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ANTOLOGIA

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ANTOLOGÍA

DE

P O E T A S IVLEXIOAlSrOS

*
I
ANTOLOGIA

DE

POETAS MEXICANOS
PUBLICADA

POR LA A C A D E M I A MEXICANA

CORRESPOXDIEKTE BE LA REAL ESPÀSOLA.

Segunda Edición.

MEXICO
O F I C I N A T I P . DE LA S E C R E T A R I A D E P O M E V & P f i U l Atf.'iñ*,'*-.
Calle de San Andrés cúm. 15. (Avenida Oriente 51 •) biblioteca
Cfl Tin •
(/"'versitafy
1894 .\

4&3D2,
WVBHIMIIfWHVIWÜ
T M T A VILRERTE J M A
AZ
////

ADVERTENCIA.

ON motivo de la celebración del 4 9 Centenario


del descubrimiento de América, la Real Aca-
( demia Española invitó á las Correspondien-
tes Americanas, para que remitiesen una Antologia y
una reseña histórica de la poesía castellana cultivada
en sus respectivos países, desde la Conquista hasta
nuestros días. La Academia Mexicana, obsequiando
la invitación de la Española nombró á los Sres. D. Ca-
simiro del Collado y D. José María Roa Bárcena para
• \\ . que formasen la Antología, y á D. José María "V igil
para que escribiese la reseña, trabajos que fueron leí-
dos en varias sesiones, habiéndose acordado en seguida
su impresión en número muy reducido de ejemplares,
con objeto de que no circularan antes de que la Real
Academia eligiera las composiciones que determinase
incluir en su propia Antología-
Deseosa ahora la Academia Mexicana de que esos
Antología.—*

FONDO EMETERIO
VALVEP.DE Y TELLEZ
trabajos sean conocidos por lo que pueda importar para
nuestra historia literaria, acordó hacer esta segunda
edición, reproducción exacta de la primera, siendo de
advertir que conforme á la invitación referida, se in-
cluyeron en la Antología composiciones de autores
muertos y vivos, así mexicanos, como extraños que
hubiesen residido y escrito en México.
RESEÑA HISTORICA DE LA POESÍA MEXICANA.

L A ocupación de la ciudad de México por Hernán


Cortés y sus aliados indígenas, puso término á la
monarquía azteca, y consumó virtualmente la conquista
de los vastos dominios que en el Nuevo Mundo se "in-
corporaron á la Corona de España. Suceso de tal mag-
nitud tenía que envolver fecundas consecuencias; pues
no sólo se trataba de las creces y poderío que en el or-
den político lograba la nación española, sino, lo que
era más importante, de los gérmenes de civilización
cristiana arrojados en estas remotas regiones; de la
expansión de una de las razas más nobles y vigorosas
de Europa; de la creación de sociedades que más tarde
vendrían a convertirse en naciones soberanas, infor-
madas por el mismo espíritu de libertad y de progre-
so que tantas maravillas ha realizado y sigue realizan-
do en el Yiejo Mundo. Parece que el gobierno español
conoció intuitivamente la alteza de los deberes que ha-
bía contraído, pues procedió desde luego á la organi-
zación de la colonia por medio de minuciosos regla-

Antologfa.- 1
trabajos sean conocidos por lo que pueda importar para
nuestra historia literaria, acordó hacer esta segunda
edición, reproducción exacta de la primera, siendo de
advertir que conforme á la invitación referida, se in-
cluyeron en la Antología composiciones de autores
muertos y vivos, así mexicanos, como extraños que
hubiesen residido y escrito en México.
RESEÑA HISTORICA DE LA POESÍA MEXICANA.

L A ocupación de la ciudad de México por Hernán


Cortés y sus aliados indígenas, puso término á la
monarquía azteca, y consumó virtualmente la conquista
de los vastos dominios que en el Nuevo Mundo se "in-
corporaron á la Corona de España. Suceso de tal mag-
nitud tenía que envolver fecundas consecuencias; pues
no sólo se trataba de las creces y poderío que en el or-
den político lograba la nación española, sino, lo que
era más importante, de los gérmenes de civilización
cristiana arrojados en estas remotas regiones; de la
expansión de una de las razas más nobles y vigorosas
de Europa; de la creación de sociedades que más tarde
vendrían a convertirse en naciones soberanas, infor-
madas por el mismo espíritu de libertad y de progre-
so que tantas maravillas ha realizado y sigue realizan-
do en el Yiejo Mundo. Parece que el gobierno español
conoció intuitivamente la alteza de los deberes que ha-
bía contraído, pues procedió desde luego á la organi-
zación de la colonia por medio de minuciosos regla-

Antologfa.- 1
mentas, encaminados á asimilarla á la metrópoli, sin
olvidar como objeto principal de sus desvelos, todo lo constituido por los estudios oficiales de la época, se
relativo á la conversión de los pueblos conquistados, asociaron muy luego trabajos de elevada y peculiar
entendiéndose por tal conversión no sólo su entrada trascendencia, pues junto á la Teología, la Filosofía y
en el seno de la Iglesia, sino el inculcarles los princi- la Jurisprudencia, aparecieron el cultivo de las lenguas
pios de la civilización nuevamente planteada, y ase- indígenas, la exploración de los monumentos, las in-
gurar el patrocinio que, en cuanto fuera posible, los dagaciones históricas, que forman el caudal más pre-
pusiese á salvo de la fuerza y tiranía de los conquis- ciado de filólogos y anticuarios, á la vez que enrique-
tadores. cían con valioso contingente la Geografía, las ciencias
naturales y médicas, etc., frutos opimos que sugieren
A realizar tan elevados propósitos fueron parte im-
alta idea de la actividad intelectual desplegada en
portantísima los evangélicos varones que á la Nueva
aquellos días. Era natural que la bella literatura vi-
España llegaron cuando todavía humeaban los restos
niese á esmaltar con sus primores las arideces cientí-
de la ciudad debelada, y que en medio del desorden y
ficas, no sólo porque constituye un producto espontá-
la confusión consiguientes, dieron principio con ejem-
neo de toda sociedad humana, en que el sentimiento
plar paciencia á sus meritorios trabajos, sin arredrar-
y la imaginación buscan formas adecuadas para ma-
los las dificultades y obstáculos de todo linaje con que
nifestarse, sino porque las dotes estéticas de los nue-
tenían que tropezar en aquella situación caótica, do-
vos pobladores y las felices aptitudes de sus hijos,
minada por la violencia y el desenfreno de las pasio-
muy temprano reconocidas y admiradas, 1 no podían
nes. Cuál haya sido la actividad asombrosa con que
permanecer ociosas cuando menudeaban ocasiones pa-
así en lo político como en lo material se desenvolviera
ra ensayarse bajo la dirección de hábiles humanistas
la sociedad naciente, cuyo seno abrigaba tan hetero-
que echaron los cimientos de la educación literaria.
géneos elementos, no es de este lugar el narrarlo, y
La poesía fué cultivada principalmente en tres distin-
sólo mencionaremos en lo que á nuestro asunto con-
tas lenguas: latina, mexicana y castellana; y siendo
cierne, que la instrucción en sus diversos grados im-
esta última el objeto especial de la presente Reseña,
partida á los indios y á los hijos de los dominadores,
nos limitaremos á indicar que en la primera aparecen
fué objeto de especial atención, como lo prueban los
nombres tan ilustres como Abad, Alegre y Landívar,
varios establecimientos á tal fin destinados y que se
y que los pocos documentos que nos quedan de la se-
crearon á raíz de la conquista; la temprana introduc-
gunda, como cantares antiguos y obras dramáticas con
ción de la imprenta, y la creación de la Universidad
asuntos de la historia eclesiástica, compuestos para
de México.
instrucción de los indios, son bastantes para tener idea
Al movimiento literario y científico cuyo fondo era acerca de la importancia de ese ramo de la literatura
patria, que ofrece poderoso incentivo á la erudición
moderna. paredes oyen, Ganar amigos, que valieron á su inmortal
En cuanto al ardor con que era cultivada la poesía autor el ser colocado al igual de un Lope de Vega, de
castellana en el primer siglo de la Colonia, hallamos un Tirso de Molina, de un Calderón y de un Rojas?
un dato curioso en lo dicho por Balbuena, quien afir- Pues bien; ¿qué hubiera sido del ilustre poeta mexi-
ma que en fines de dicho siglo se habían celebrado cano si su buena estrella no le hubiera conducido á la
tres justas literarias, y que en alguna "han entrado metrópoli ele la monarquía, donde un propicio ambien-
trescientos aventureros, todos en la facultad poética te literario fecundó su numen, haciendo que acreciese
ingenios delicadísimos y que pudieran competir con con verdaderas joyas el riquísimo tesoro dramático ele
los más floridos del mundo." Indudablemente que es- que con justicia se enorgullece la patria de Cervantes?
to último envuelve una exageración; mas el solo hecho Fácil es decirlo: el mundo carecería de la obra maes-
de competir un número tan crecido de versificadores, tra que inspiró la primera comedia francesa; el poeta
muestra con evidencia la grande afición que entre noso- filósofo habría malgastado su genio en fruslerías in-
tros se tenía á este género de estudios. Por desgra- substanciales, y en unión de ellas su nombre habría
cia, de aquella copiosa labor poética nos ha llegado muy alcanzado tal vez el mismo rigoroso destino que la ma-
poco, y aun cuando no sea temerario asentar que una yor parte de sus conterráneos. De mucha menos tras-
crítica exigente hallaría de escaso valor la mayor par- cendencia, si no de inferior significación, es el segundo
te de tan exuberante mies, no es fuera de razón el su- ejemplo á que aludimos. Fernán González de Eslava
poner que en tal número de ingenios existieran algu- fué un escritor fecundo, cuyas poesías pertenecen en
nos que á haber vivido en un medio más favorable á gran parte al género dramático bajo la forma de autos
sus facultades, habrían producido obras que hoy se- sacramentales. Estas obras, que fueron el encanto de
rían gloria legítima de nuestra literatura; pero un des- nuestros antepasados, y que se leen todavía con gusto,
tino adverso ahogó su inspiración antes de que pudiera pues poseen un mérito efectivo, habrían sin remedio
abrir las alas, y sepultó e n el olvido con sus obras pre- desaparecido, si la mano piadosa de un amigo no las
maturas los nombres mismos de los malaventurados hubiese colegido y dado á la estampa, como un home-
autores. naje postumo al autor, siendo sólo de sentirse que no
se cumpliese la promesa de sacar á luz "las obras á
A corroborar esta hipótesis vienen los dos ejemplos lo humano." Al través de dos siglos y medio su bue-
que en seguida citamos. ¿Quién no conoce el altísimo na fortuna ha seguido á González Eslava: el libro de
puesto que en el Parnaso Español ocupa el eminente sus versos había llegado á ser muy raro desde hace
dramaturgo Don Juan R u i z de Alarcón y Mendoza? más de cien años; pero por una feliz casualidad, el ejem-
¿Quién no estudia y a d m i r a La verdad sospechosa, Las plar, único tal vez que existe en México, cayó en manos
del Sr. Don Joaquín García Icazbalceta, quien con el llado, mantiene el interés del principio al fin, y ofrece
primor y esmero que acostumbra publicó una segunda trozos de entonación poética dignos del asunto. ¿ Quién
edición, salvando así esas composiciones que por la fué el autor de esa obra? Lo ignoramos; pero quien-
circunstancia indicada estaban próximas á desaparecer quiera que haya sido, preciso es reconocer sus buenas
enteramente. dotes dramáticas, sin que merezca censura por haber
Bien poco es, como antes dijimos, lo que del siglo incurrido en los defectos que en su tiempo afeaban esta
X Y I nos ha llegado; pero por esas raras muestras, mu- clase de composiciones.3
tiladas algunas, vemos que la naciente literatura colo- Hija de la poesía castellana, la mexicana desconoció
nial era un fiel reflejo de la escuela y del gusto domi- esa época de ensayos y tanteos que caracterizan la in-
nantes en la península. Documento de valor inestima- fancia de las artes; nació adulta, por decirlo así, con
ble, por ser el más antiguo que hasta ahora poseemos, las galas y madurez que la fuente de donde procedía
es la descripción del Túmulo Imperial erigido en Mé- había alcanzado en la corte de los monarcas españoles.
xico para celebrar los funerales de Carlos Y el 30 de No- Los géneros cultivados aquí correspondían en un todo
viembre de 1559.2 En esa obra curiosísima, debida á á los modelos que de allá nos llegaban; nuestros inge-
la pluma del Dr. Francisco Cervantes Salazar, figuran nios se inspiraban en los mismos ideales, y sus produc-
en gran cantidad las composiciones poéticas, así lati- ciones ofrecían idéntico aire de familia, como una de
nas como castellanas que adornaron el Túmulo, y aun- las ramas que se sustentan con la savia del mismo tron-
que no se mencionan los nombres de los respectivos co. Por lo demás, los poetas de la Nueva España no
autores, que debieron ser varios, fácil es adivinar que contenían su actividad en el círculo de composiciones
por su cultura literaria no eran ciertamente inferiores fugitivas que sirven de solaz al literato, sino que alza-
á sus colegas de allende los mares. Otra de las obras ban el vuelo á más altas esferas, no arredrándolos el
que merecen citarse, es la tragedia intitulada Triunfo peso de la carga que se echaban á cuestas. Si fueron ó
de los santos, representada el año de 1578 en la coloca- no felices en su desempeño, no es de este lugar el de-
ción de las reliquias enviadas por el Papa Gregorio cirlo, pero la historia exige que apuntemos los trabajos
X I I I . La pieza, conforme á su título, "representa la de que tenemos noticias, por raras é incompletas que
persecución de Diocleciano y la prosperidad que se si- éstas sean.
guió con el imperio de Constantino." Fuera de los per-
De no escaso valor debió ser Francisco de Terrazas
sonajes históricos que en ella hablan, aparecen según
cuando mereció ser elogiado por Cervantes Saavedra
el estilo de la época otros alegóricos, tales como la Igle-
en su Canto de Caliope.1 Problema es todavía no re-
sia, la Fe, la Esperanza, la Gentilidad, la Caridad, la
suelto, de cómo llegó el autor del Quijote á tener cono-
Idolatría y la Crueldad. El argumento, bien desarro-
cimiento del poeta mexicano, pues no se sabe que éste
haya impreso ninguna de las obras que hasta hace po- en fines del siglo X V I ; circunstancia por la cual pue-
co eran ignoradas por completo. Dejando, empero, esta de considerarse esa obra como una verdadera impro-
cuestión, que tal vez se aclarará más tarde, diremos visación.
que en el Ensayo de una Biblioteca Española de Libros La predilección con que fué vista la Xueva España
Maros y Curiosos, salieron á luz tres sonetos de Terra- por los reyes católicos entre los dominios agregados á
zas, y que en un antiguo manuscrito que posee el Sr. su corona aquende los mares, contribuyó sin duda á la
García Icazbalceta, se encuentran varios fragmentos importancia de esta Colonia, cuyo adelantamiento ra-
de un poema épico intitulado Nuevo Mundo y Conquis- pidísimo nos consta de pruebas fehacientes. Entre
ta, que quedó sin concluir. Ahora bien, por esas cortas ellas, por lo que dicho queda, es elocuente testimonio
muestras se ve que Terrazas versificaba con soltura, el fervoroso culto de que fueron objeto las bellas le-
que manejaba con facilidad la lengua castellana, y que tras en la metrópoli que se alzaba orgullosa sobre las
sabía dar interés y colorido á su narración, como lo ruinas de la antigua Tenochtitlán, siendo parte digna
prueba, entre otros, el bello episodio sobre el saqueo de recuerdo la presencia de ilustres ingenios españoles
del pueblo de Naucol. En el manuscrito mencionado que enaltecieron el nombre mexicano y cooperaron en
se encuentran, además, otros fragmentos anónimos con el movimiento con tan próspera fortuna iniciado. En-
asunto semejante, que el Sr. García Icazbalceta conje- tre ellos merece especial mención el célebre autor de
tura que pertenezcan á Arrázola ó á Simón de Cuenca, El Bernardo. Traído muy joven, hizo su carrera lite-
poetas que vivieron en aquella época. raria en un colegio de México, donde dió muestras de
Contemporáneo de los referidos autores fué Don An- su precoz talento, y á la edad de diez y siete años ga-
tonio de Saavedra Guzmán, quien escribió un poema nó el premio en un certamen celebrado con ocasión de
en veinte cantos, con el nombre de El Peregrino India- la fiesta del Corpus, en presencia del Arzobispo Don
no, publicado en 1599 y reimpreso en 1880. El autor Pedro Moya y de otros seis obispos. Balbuena profe-
obtuvo los elogios de varios ingenios españoles, entre só amor acendrado á nuestra patria, de la cual trazó
ellos el célebre Lope de Vega, quien le llamó "el Lu- un cuadro bellísimo que viola tal vez las fronteras de
cano de Cortés," pues Saavedra Guzmán se propuso la realidad, en su G-randeza Mexicana, y no pierde oca-
narrar en su obra las hazañas del conquistador de Mé- sión de ponderar la facultad poética de sus hijos, que
xico, ajustándose á la verdad histórica, La crítica li- "es como una influencia y particular constelación de
teraria no ha sido favorable á El Peregrino Indiano, si esta ciudad, según la generalidad con que en su noble
bien en su descargo puede alegarse el haber sido com- juventud se ejercita;" y todavía, al encarecer las ma-
puesto poema tan extenso durante los setenta días de ravillas de nuestra capital, se expresa en estos térmi-
navegación que hizo el autor al dirigirse á España nos: "sus hermosísimas y gallardas damas, discretas
y corteses entre todas las del mundo: los delicados
español ele Rivadeneira, y un grueso volumen de ver-
ingenios de su florida juventud, ocupados en tanta di-
sos y prosa que se conserva manuscrito en la Bibliote-
versidad de loables estudios, donde sobre todo la di-
ca de la Real Academia de la Historia de Madrid. En
vina alteza de la poesía más que en otra parte resplan-
el Ensayo de una Biblioteca española de libros raros y
dece." 5
curiosos, se insertaron varias poesías de este autor: de
Eugenio de Salazar fué otro poeta español que nos ellas ofrecen especial interés para nosotros una Des-
ha dejado valioso testimonio sobre el entusiasmo con cripción de la Laguna de México, composición bucólica,
que la bella literatura era cultivada en la capital de la y una extensa Epístola al insigne Hernando de Herrera.
Nueva España. Nacido en Madrid hacia 1530, hizo sus La pintura que Eugenio ele Salazar hace ele México en
estudios en las universidades de Alcalá y Salamanca, esta última producción es tan acabada y brillante co-
y se graduó de licenciado en leyes en la de Sigüenza. mo la ideada por Bernardo ele Balbuena, y sólo nos
En 1557 casó con D^ Catalina Carrillo, de quien tuvo fijaremos, por lo que á nuestro asunto concierne, sobre
dos hijos, y después de desempeñar algunas comisio- el pasaje relativo al cultivo de la poesía. De él resulta,
nes en España, se encargó en 1567 del gobierno de en efecto, que los ingenios mexicanos se ensayaban en
Palma y Tenerife en las islas Canarias. Pasó de allí todos los géneros, desde el lírico hasta el heroico, cíes-
con el empleo de oidor á Santo Domingo, y luego con ele el epigrama, la elegía y la sátira, h^sta la comedia
el ele fiscal á la Audiencia de Guatemala. Con igual ca- y la tragedia, 7
rácter se trasladó á México por los años de 1581, fun-
Ahora bien; ¿cómo explicar la pérdida de aquella
giendo más adelante con el de oidor. Fué autor de los
riqueza literaria, ele epie sólo nos han llegado pocos y
emblemas y poesías para los funerales de Felipe II.
mutilados residuos? He aquí las juiciosas observacio-
En 1591 obtuvo el grado de doctor en la Universidad
nes que sobre el particular hace uno ele nuestros más
de México, y por último, Felipe I I I le nombró minis-
distinguidos escritores: "Al juzgar elel movimiento li-
tro del Consejo de Indias, plaza que servía en 1601:
terario en México durante el siglo X V I elebe tenerse en
ignórase la fecha de su muerte. El mismo Salazar
cuenta que ele los frutos del ingenio se malograron mu-
compendia en un soneto los principales sucesos de su
chos. Unos quedaron manuscritos y se perdieron sin
vida:6 en cuanto á las obras de que fué autor, mencio-
dejar memoria; otros, aunque impresos, corrieron igual
naremos el Argumento y recomendación, en 34 octavas
suerte, y ni sus títulos conocemos: de algunos hay noti-
reales, á los Diálogos militares del Dr. Diego García de
cia, pero'no se hallan: poquísimos han resistido á las ea-
Palacio, impresos en México el año de 1583; varias car-
lamielades ele que han sido víctimas nuestros, depósi-
tas publicadas por la Sociedad de Bibliófilos Españoles,
tos literarios. Las órelenes religiosas tuvieron desde el
algunas de las cuales se encuentran en el Epistolario
principio bibliotecas, y con ellas podían suplir los estu-
clucción clice Beristain: " E s t a obra, dedicada al Obis-
diantes la falta de la que debió tener la Universidad y
po ele Michoacán, D. Fray Baltasar de Covarrubias, es
no abrió sino muy tarde. Esas bibliotecas sufrieron
una fábula pastoral, parecida á la Galatea de Cervan-
continua destrucción por la polilla, las inundaciones,
tes. Y por ser ya poco usada la palabra "Sirgueros,"
los robos, la incuria de sus poseedores, y más que to-
quiero clecir que significa "Cantos," ele la voz griega
do por las frecuentes escaseces de papel, que provoca-
Sir, y esta es la etimología ele la voz vulgar castellana
ban á destruir libros viejos para venderlos á mercade-
Jilguero ó Xilguero."
res y polvoristas: muclio pasó á tierras extrañas. Así
ha perecido granelísima parte del tesoro que nos lega- Matías Bocanegra, originario ele Puebla, jesuíta,
ron los siglos pasados: así hemos dejaelo eclipsar glo- muy estimado de virreyes y obispos por su ingenio é
rias de nuestra patria, y nos vemos reducidos á trazar instrucción. Fué autor ele una Canción á la vista de un
bosquejos imperfectos, en vez de pintar cuadros aca- desengaño, composición que alcanzó gran popularidad
bados y bellos." 8 en el país, que se imprimió muchas veces y que imita-
ron varios poetas ele los siglos X Y I I y X V I I I . Com-
Mayor número ele obras y más cabales noticias ele puso, además, Descripción del viaje que hizo el Marqués
autores han llegado hasta nosotros, referentes al siglo de Villenapor mar y tierra á México (1640).
XV II, durante el cual la poesía mexicana continuó con
Luis Saneloval y Zapata, mexicano de ilustre" fami-
el mismo vigor de que en el precedente había ciado se-
lia, escribió Poesías varias á Nuestra Señora de Guada-
ñaladas muestras. Entre los documentos más curiosos
lupe de México. Dejó, además, otras varias obras que
ele aquella época, pues cía más acabada idea ele la fecun-
quedaron inéditas.
didad poética de nuestros abuelos, hay que citar el
Juan de Guevara, natural ele México y capellán clel
Triunfo Parténico ele Sigüenza y Góngora, colección de
convento ele Santa Inés. Gozó en su tiempo ele gran
composiciones premiadas en los certámenes que se ce-
reputación como poeta, lo cual le valió el honroso en-
lebraban en las fiestas ele la Inmaculada Concepción.
cargo ele ser elegido secretario clel certamen poético
Esas composiciones pertenecen á más de cincuenta poe-
que en 16-54 celebró la Universidad de México en loor
tas, y por tan crecido número puede conjeturarse el ele
ele la Virgen María. Fué autor de las siguientes obras:
los que competirían en la liza literaria. Siendo, por lo
segunda jornada de Amor es más laberinto, comedia
demás, ajeno de la presente Reseña detenernos en ex-
ele Sor Juana Inés ele la Cruz; Faustísima entrada en
tensos detalles, nos limitaremos á citar los escritores
México del Virrey Duque de Alburquerque (1653); Cer-
más notables, tomando por guía la excelente obra clel
tamen poético en elogio de la Concepción Mariana (1654);
Sr. D. Francisco Pimentel. 9
Centón de versos para solemnizar la dedicación del tem-
Francisco Bramón escribió Los Sirgueros de la Vir- plo clel Hospital ele Jesús, fundado por Cortés; Poesías
gen sin pecado original (México, 1620); sobre cuyapro-

S M W e c s Valiente y W t t
sagradas, premiadas por la Universidad de México en y clejó las siguientes obras: Poesías sagradas, insertas
1683 é insertas en el Triunfo Parténico. en el Triunfo Parténico; Versos premiados en el certa-
Br. José López Avilez, de quien hace Sigüenza el si- men poético por la canonización de San Juan de Dios;
guiente elogio: "Destrísimo en la composición lírica» Inscripciones y poesías en la recepción del Virrey Du-
de que nos ha dado impresas insignes obras, puede po- que de Alburquerque. He aquí cómo se expresa Si-
nerse en parangón con el poeta venusino, mereciendo güenza y Góngora acerca de este autor: " E l Lic. D.
por ello ser tenido por gran padre de las musas y hon- Francisco de Ayerra y Santa María, aunque es el ani-
ra de los certámenes académicos." Fué capellán y ma} dimidium mece, que de su querido Virgilio decía
maestro de pajes del Virrey D. Fr. Payo Enríquez de Horacio, ninguno que lo conozca me censurará de apa-
Rivera, y profesor de letras humanas. Además de un sionado si digo que es elegante latino, poeta admirable,
tomo en folio de versos latinos en alabanza de la Vir- agudo filósofo, excelentísimo jurisconsulto, profundo
gen de Guadalupe y publicado en 1669, escribió las teólogo, orador grande y cortesano político, realzán-
siguientes obras: Canto pastoril en cien fojas, impreso dose todas estas perfecciones con ser una erudita en-
en México; Versos latinos y castellanos á la Santísima ciclopedia de las floridas letras."
Virgen; el Sr. Pimentel opina que estos versos, impre-
Br. Pedro Muñoz de Castro, presbítero mexicano, de
sos según Beristain en 1682, son los que aparecen en
quien se conocen varias poesías insertas en el Triunfo
el Triunfo Parténico, publicado en 1683; Descripción
Parténico; Elogio de San José (1696); Exaltación mag-
en verso de la calzada que va de México al Santuario de
nífica de la Betlemítica rosa de la mejor americana Je-
(ruadalupe; Elogio á San Francisco de Borja: el mismo
ricó (1697); Poesías en honor de San Juan de Dios, pre-
Sr. Pimentel cree que es el mismo elogio (un epigrama
miadas en las fiestas de su canonización (1702); Ecos de
latino premiado por la Universidad) que se halla en la
las Cóncavas del Monte Carmelo por la muerte del Vi-
obra intitulada: "Festivo aparato con que la Compa-
rrey D. Fernando de Lencastre Noroña y Silva (1717).
ñía de Jesús celebró en México á San Francisco de Bor-
Gaspar de Villagra, capitán de infantería en la con-
j a ; " y por último, la biografía en verso de Fr. Payo
quista de Nuevo México y que sirvió en todas las ex-
Enríquez publicada en 1685 con el siguiente título:
pediciones de Oñate y Saldívar, escribió un poema in-
Debido recuerdo de agradecimiento leal.
titulado La historia de Nuevo México (Alcalá, 1660).
Lic. Francisco Ayerra y Santa María, clérigo secu- Arias Villalobos, sacerdote español, natural de Je-
lar originario de Puerto Rico, pero que floreció en Mé- rez, que se estableció en México á principios del siglo
xico, donde desempeñó los cargos de capellán de Jesús X V I I . Fué autor de las composiciones que se men-
María, primer rector del Seminario y visitador del cionan en seguida: Historia de México en verso castella-
Arzobispado. Murió en 1708, á los 78 años de edad, no desde la venida de los acolhiias hasta el presente (1623);
Canto descriptivo de la Ciudad de México, y además
nónigo de Valladolid, fué autor de La elocuencia del si-
varios epitafios castellanos y latinos para el cenotafio
lencio. Poema heroico, vida y martirio de San Juan Ne-
de la Virreina Marquesa de Guadalcázar (1619).
pomuceno. (Madrid, 1738).
Francisco Corchero Carrello, español, avecindado Pbro. Diego Ribera, mexicano, entre cuyas obras
desde joven en México, donde hizo su carrera litera- mencionaremos las siguientes: Descripción poética de
ria. Fué capellán de la Cárcel de Cortes durante trein- las honras fúnebres que hizo México al Sr. D. Felipe IV,
ta años, y al morir (1668) dejó todos sus bienes para y de las fiestas con que celebró la proclamación del Sr. D.
los presos y otros objetos de beneficencia. Escribió un Carlos II (1666). Relación en verso castellano de la so-
poema religioso intitulado: Desagravio de Cristo en el lemnidad con que se dedicó el templo de San Felipe de Je-
triunfo de su Cruz contra el judaismo (1649). sús (1673). Epílogo en verso castellano de las obras que
Antonio Morales Pastrana, natural de la ciudad de ha hecho en México el Excmo. Sr. D. Fr. Payo Enríquez
México, empleado fiscal y versado en las letras huma- de Rivera (1676). Novena venida de la prodigiosa ima-
nas y con algunos conocimientos en las divinas, com- gen de Nuestra Señora 'de los Remedios de México, en
puso una Canción histórica de la milagrosa imagen de verso (1673).
Guadalupe, y según parece, algunas otras poesías dedi- Felipe Santoyo, natural de Toledo y portero de la
cas al mismo asunto. En 1671 publicó una descripción Audiencia de México, publicó en verso: Descripción
de las fiestas con que se celebró la beatificación de del templo de Santa Isabel (1681). Descripción panegíri-
Santa Rosa, y en 1694 un poema á los Dolores de Ma- ca del templo de Santa Teresa la antigua (1684). Poe-
ría, sías varias, sagradas y profanas (1690). Octavas reales
Carlos de Sigüenza y Góngora." mexicano distingui- en loor de San Juan de Dios, premiadas en el certamen
dísimo, que además de sus obras históricas y científi- poético con motivo de la canonización de dicho santo.
cas escribió en verso: Primavera indiana, poema sacro- Alonso Ramírez de Vargas, mexicano, capitán, al-
histórico sobre la Virgen de Guadalupe (1662-68-83); calde mayor de Mixquiahuala, compuso una Descrip-
Poema (postumo) en elogio de San Francisco Javier ción poética de las fiestas que se celebraron en México por
(1700); y Poesías sagradas incluidas en el Triunfo Par- el nacimiento del príncipe D. Carlos (1662); y además
ténico. algunas poesías que se hallan en el Triunfo Parténico
Dr. José Mora, juez eclesiástico en Querétaro y deán y otras en el Festivo aparato con que se celebró la ca-
de la Catedral de Valladolicl, escribió: Vida de Santa nonización de San Francisco de Borja. Sigüenza y
Gertrudis en verso endecasílabo y Poesías sagradas inser- Góngora califica á este autor de "poeta excelentísimo,
tas en el Triunfo Parténico. que ha poseído desde su niñez la llave dorada de los
Dr. Miguel Reina Zeballos, natural de Puebla y ca- retretes de Apolo, donde le han sugerido las musas
Antología.—2
cuantos versos suaves, cuantos poemas heroicos, cuan- D^ María Estrada Medinilla, mexicana, publicó una
tas consumadas obras han sido empleo gratísimo de Belación en ovillejos castellanos de la entrada del Virrey
los comunes aplausos." Villena en México (1640); y otra Descripción en octavas
El mismo Sigüenza y Gróngora habla con aplauso de reales de las fiestas con que obsequió México al mismo Vi-
un auto compuesto por Ramírez de Vargas con el títu- rrey (1641).
lo de El Triunfo de Liana. Sor Teresa de Cristo, religiosa de la Concepción,
Agustín Salazar y Torres, español, que á la edad de compuso un Elogio en verso castellano, premiado en el
cinco años vino á México, en donde recibió su educa- certamen que se abrió para celebrar la canonización
ción literaria. De este autor existe una colección de de San Juan de Dios, é impreso en México (1702).
poesías publicada en Madrid con el título de Cítara Cerraremos esta larga lista con la figura más cons-
de Apolo (1694); y una Descripción en verso castellano dé- picua del siglo X V I I y tal vez de todo el período de la
la entrada del Duque de Alburquerque (México, 1653), literatura colonial en México: nos referimos á Sor Jua-
fuera de algunas piezas dramáticas que dejó inéditas. na Inés de la Cruz, monja de San Jerónimo, cuyo mérito
Eusebio Vela, mexicano, escribió las siguientes co- excepcional nos empeña á entrar en algunos pormeno-
medias, que en su mayor parte fueron impresas: El res sobre el carácter y las obras de aquella mujer ex-
menor máximo San Francisco. El Asturiano en las In- traordinaria, El 12 de Noviembre de 1651 nació Sor
dias. Por engañar, engañarse. Amar á su semejante. Juana Inés en San Miguel de Nepantla, jurisdicción
Las constantes españolas. Con agravios loco y con celos de Amecameca. La claridad de su talento y la pasión
cuerdo. Por los peligros de amor conseguir la mayor di- por el estudio se revelaron desde su más tierna edad,
cha. El amor excede al arte. Si el amor excede al arte, pues á los cinco años había adquirido todos los conoci-
ni arte ni amor áprudencia. La conquista de México en mientos que formaban en su época la educación del bello
tres partes. El Apostolado en Indias: El héroe mayor del sexo, y á los ocho compuso para la festividad del Corpus,
mundo; La pérdida de España por una mujer: El amor una loa, en que según el testimonio contemporáneo, se
más bien premiado entre traición y cautela. De este autor habían reunido las cualidades exigidas en esa clase de
dramático dice Beristam que "si no es igual á los Lope composiciones. Absteníase ya entonces ele algunos ali-
y Calderón, es seguramente superior á los Monta!va- mentos que podían entorpecer su inteligencia, y al saber
nes y á los Moretes en la decencia de las jocosidades." que había en México una Universidad dónele Se enseña-
Pbro. Vicente Torija, natural del obispado de Puebla, ban las ciencias que deseaba aprender, instaba con fre-
tradujo en verso castellano las obras de Virgilio, cuyo cuencia á sus padres para que la vistiesen ele hombre
manuscrito fué llevado á España para imprimirse, sin y la enviasen á cursar las aulas.
que se haya vuelto á saber de é ! Ya que no era posible satisfacer esta rara exigencia,
fué enviada á la edad de ocho años á casa de su abuelo,
que residía en la ciudad de México. Allí recibió veinte entonces en México, juntándose cosa de cuarenta entre
lecciones de gramática latina, que fueron bastantes para teólogos, escriturarios, filósofos, matemáticos, historia-
que llegase á conocer á fondo aquella lengua, como se dores, poetas, humanistas, etc. El resultado de aquel
revela por la clásica erudición de sus escritos, siendo de examen se ve compendiado en las siguientes palabras
advertir que el copioso caudal de conocimientos que ad- del virrey, que textualmente traslada el Padre Calleja:
quirió fué debido á su solo esfuerzo, y para esto, cuando " Á la manera que un galeón real se defendiera de po-
deseaba aprender alguna cosa, recurría al singular ex- cas chalupas que le embistieran, así se desembarazaba
Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas,
pediente de fijarse un plazo cortándose el cabello, y si
que tantos, cada uno en su clase, le propusieran."
éste crecía sin haber logrado su objeto, repetía la ope-
ración, pues según sus propias palabras, no le parecía En medio de los justos aplausos con que era feste-
razón "que estuviese vestida de cabello cabeza que es- jada, que debían lisonjear su amor propio de mujer
taba tan desnuda de noticias, que era más apetecible y de escritora, y cuando apenas había llegado á la
adorno." edad de 17 años, tomó la extraña resolución'de aban-
donar el mundo y encerrarse en un monasterio. El mo-
El brillo de su talento realzado por su hermosura
tivo que la haya impulsado á dar semejante paso, está
física, que á juzgar por los retratos que nos quedan
bien indicado por ella misma. En la posición que guar-
debió ser notable, decidió á los parientes de la joven
daba tenía que escoger forzosamente entre el matrimo-
poetisa, temerosos de los riesgos que pudiera correr,
nio y el claustro: el primero le imponía obligaciones
á colocarla en el palacio del virrey, marqués de Man-
incompatibles con la libertad que soñaba para entre-
cera, en calidad de dama de la virreina. Parece que
garse al estudio; el segundo, no obstante hallar en
esta señora le profesó un cariño especialísimo, que fué
él cosas que repugnaban á su genio, le otorgaba esa
ardientemente correspondido por parte de su bella libertad: la elección no era, pues, dudosa; tratábase
dama, á juzgar por las muchas composiciones que ésta de optar entre lo que ofrecía menores inconvenientes.
le dedicó, considerándola con el doble carácter de ami- He aquí sus palabras: "Entréme religiosa, porque
ga y protectora. El v ariado y profundo saber de la poe- aunque conocía que tenía el estado cosas (de las acce-
tisa llamó luego la atención de la Corte, y deseando ave- sorias hablo, no de las formales) que repugnaban á mi
riguar el virrey la extensión de aquellos conocimientos, genio; con todo, para la total negación que tenía al ma-
á los que llegó á atribuirse con el candor propio de la trimonio, era lo menos desproporcionado y lo más de-
época un origen sobrenatural, reunió para que la exa- cente que podía elegir en materia de la seguridad que
minaran á todos los profesores de la Universidad y deseaba de mi salvación, á cuyo primer respeto, como
demás personas notables por su instrucción que había el más importante, cedieron y sujetaron la cerviz todas
laá impertinencias de mi genio, que eran de querer vi-
vir sola, de no tener ocupación alguna obligatoria que todas partes veía objetos dignos de observación. Otra
embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de vez los médicos le ordenaron que no estudiara, por el
comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis mal estado de su salud, pero ella los convenció de que
libros." las meditaciones á que se entregaba le causaban mayor
Ahora bien, ¿encontró Sor Juana en el convento lo daño, y le concedieron que leyera. Sin embargo, dos
que tanto anhelaba? ¿Pudo satisfacer en el silencio años antes de morir vióse sometida á la prueba más
y soledad del claustro la ardiente sed de saber que dura que podía imaginarse, puesto que iba á herirla
consumía su alma? No se necesita discurrir mucho, • en la parte más sensible de su alma. En mala hora
aun cuando ella no nos lo dijera, para comprender la ocurriósele á Sor Juana impugnar un sermón del Pa-
profunda desilusión de que fué víctima y las graves dre Vieyra, predicador de gran fama en aquellos tiem-
contradicciones que sufrió en el estrecho círculo en que pos, y con este motivo D. Manuel Fernández de Santa
se vió condenada á pasar 27 años de su vida, y que en Cruz, obispo de Puebla, que debía poseer en alto grado
tan abierta oposición se hallaba con sus altas y gene- las dotes de santidad y candidez que adornaban á la pre-
rosas aspiraciones. El comercio con los libros, único lada jerónima, le dirigió bajo el nombre de Sor Filetea
refugio que le quedaba contra realidades harto peno- una carta, que se puede calificar de impertinente, en que
sas, no podía dejar satisfecho el instinto de sociabilidad después de alabar la impugnación referida, la exhor-
tan poderoso en su corazón naturalmente expansivo. taba á que abandonase las letras profanas, que se con-
" Y a se ve, decía, cuan duro es estudiar en aquellos sagrase únicamente á la religión, formulando el si-
caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y expli- guiente mandato: "Mucho tiempo ha gastado usted en
cación del maestro es sumo trabajo no sólo carecer el estudio de los filósofos y poetas; ya será razón que
se perfeccionen los empleos y se mejoren los libros."
de maestro, sino de condiscípulos con quienes conferir
y ejercitar lo estudiado, teniendo sólo por maestro un Sor Juana contestó al obispo de Puebla con una larga
libro mudo y por condiscípulo un tintero insensible." y erudita carta que contiene datos curiosísimos sobre
Pero aun de ese mezquino alivio no le fué lícito go- su propia vida, sobre sus inclinaciones literarias y so-
zar enteramente. Desde luego una prelada "muy santa bre las amarguras y contrariedades que esas inclina-
y muy candida " según se expresa la misma Sor Juana, ciones le habían ocasionado. Defiende con energía la
creyó que el estudio era cosa peligrosa, y le mandó que conveniencia de que la mujer se instruya, y al hablar
se abstuviera de semejante ocupación; ella obedeció du- de su impugnación al sermón del Padre Yieyra, mani-
rante tres meses en que 110 abrió un solo libro, sin que fiesta con toda franqueza que su entendimiento es tan
por esto disminuyese su actividad intelectual, que en libre como el del referido Padre, pues viene del mismo
solar. No obstante, aquella entereza tuvo que doble-
garse ante exigencias que por todas partes la cerca- ele San Jerónimo pagó tributo al mal gusto que domi-
ban, y haciendo el último y más grande sacrificio que naba en su época, fácil es notar la elegante sobriedad
podía imponérsele, mandó vender los cuatro mil volú- de su dicción poética cuando dejaba correr la pluma á
menes que componían su biblioteca; los mapas, instru- impulsos de la noble inspiración que llenaba su alma.
mentos científicos y músicos que poseía, repartiendo La gracia y la frescura se desbordan con deliciosa es-
entre los pobres el producto de la venta. En seguida pontaneidad, revistiendo de bellas formas la profun-
hizo confesión general; escribió con su propia sangre didad de la iclea y las pudorosas vibraciones de una
dos protestas de fe; no dejó en su celda más que al- sensibilidad exquisita.
gunos libros místicos, y se entregó á penitencias rigu-
El estado ele decadencia á que había llegado la poesía
rosas que sólo pudieron moderar los mandatos de su
española y que siguió en progresión creciente hasta más
confesor. Dos años duró esta nueva fase de su vida;
allá ele la mitad del siglo X V I I I , ejerció, como era na-
una epidemia de fiebres malignas que apareció en Mé-
tural, una pésima influencia en la literatura mexicana,
xico penetró en el convento de San Jerónimo; Sor Juana
que bebía en las mismas fuentes que aquélla; sin em-
entonces se dedicó á asistir con ardiente caridad á las
bargo, los poetas que pasamos á mencionar manifiestan
monjas enfermas, y contagiada á la vez, murió en 1695,
por su número y algunas cualidades literarias, que no
á la edad de 44 años.
disminuyó en ese tiempo el entusiasmo por los estudios
La fama que alcanzó Sor Juana durante su vida, la humanistas, que se emprendieron obras ele erudición y
ha seguido después de su muerte, obteniendo mereci- largo aliento, si bien deslucidas con los falsos atavíos de
dos elogios de ilustres escritores tanto mexicanos como una escuela extravagante. Hechas estas observaciones,
extranjeros. "Puede asegurarse, dice D.Juan Mcasio veamos los escritores más notables y las noticias que
Gallego, que las primeras obras poéticas (de mujer) acerca ele ellos nos proporciona la obra elel Sr. Pimentel
que por su variedad, extensión y crédito merecen el á que hemos hecho referencia.
título de tales, son las de Sor Juana Inés de la Cruz, Pbro. Manuel Zumaya, mexicano, tradujo varias
monja de México, en cuyo elogio se escribieron tomos óperas italianas, entre ellas una intitulada Parténope,
enteros, mereciendo á sus coetáneos el nombre de la representada en el Palacio Nacional para celebrar el
Décima Musa, y contando entre sus panegiristas al eru- natalicio ele Felipe V. En la Biblioteca Nacional exis-
dito Feyjóo." Y el distinguido académico D. Leopoldo te un ejemplar ele esta pieza, sin el nombre elel traductor
Augusto de Cueto, afirma por su parte, que " l a monja ni la fecha de su impresión; pero según indica el Sr. Pi-
de México es, entre estos poetas (sus contemporáneos), mentel, fué publicada en 1711. Zumaya escribió ade-
la que recibió del cielo estro más puro y sensibilidad más, una comedia original intitulada El Rodrigo, que se
más delicada," En efecto, si algunas veces la religiosa representó en el mismo Palacio con motivo del naci-
miento del Príncipe Luis Fernando.

Antonio Joaquín ele Rivadeneyra y Barrientos, ori-
José Luis Velasco Arellano, natural de México, es- ginario ele Puebla, escribió un poema intitulado El
cribió: Desengaño en silva libre (1711); Estímulo cris- Pasatiempo, que comienza con la creación del mundo
tiano, canto moral (ídem); Triunfo de Felipe V, poema y llega hasta Fernando YI, y un Diario, que es la re-
heroico (1713); Llanto por la muerte del Delfín de Fran- lación en verso elel viaje que hizo de Cádiz á México
cia (ídem). la Marquesa de las Amarillas, Virreina de Nueva Es-
Pbro. Juan Arrióla, oriundo de Guanajuato,fué autor paña. Sobre la primera obra clice el Sr. Pimentel:
de las siguientes obras: Poema lírico sobre la vida de "Es de gran trabajo, vasta erudición, generalmente de
Santa Rosalía, que se conserva inédito; una glosa en lenguaje correcto y buena versificación, y con regula-
catorce sonetos del atribuido á Santa Teresa, que co- res descripciones; pero ele color prosaico y ele lectura
mienza: No me mueve, mi Dios, para quererte; Canción de pesada, especialmente por la multitud ele notas. En
un desengaño, imitación de la que con igual título escri- una palabra, la obra ele Rivadeneyra es ele aquellas
bió el P. Bocanegra; y una comedia intitulada No hay donde se suple lo bello con lo difícil."
mayor mal que los celos. Pbro. José Lucas Anaya, poblano, publicó en Mé-
Pbro. Cayetano Cabrera y Quintero, fecundo escritor xico (1769), bajo el nombre de Lic. José Jiménez Frías,
que tradujo del latín en verso castellano, trescientos un poema en octavas reales sobre la pasión ele Jesu-
epigramas y varias obras de Horacio y Juvenal, así cristo. Escribió, además, otro poema sobre la apari-
como algunos epigramas del griego al latín: compuso ción de la Virgen ele Guadalupe; una vida ele Juan
además, una vida de San Francisco en verso castellano; Diego en verso castellano; dos cantos endecasílabos á
otra de Santa Rosa en verso latino, y un poema á Santa la Concepción Inmaculada ele María (Puebla, 1763),
Cristina; algunas inscripciones que se pusieron en ar- y un romance endecasílabo sobre la conversión ele un
cos triunfales, y dos comedias intituladas: La espe- joven en Paris, hecha por San Ignacio ele Loyola (Mé-
ranza malograda y El Iris de Salamanca. De sus obras xico, 1767).
en prosa mencionaremos el Escudo de armas de México, Francisco Soria, tlaxcalteca, escribió las siguientes
que es una historia de la epidemia llamada Matlaza- comedias ejue se representaron en México: Guillermo,
liuatl; artes ele la lengua hebrea, de la griega y de la Duque de Aquitania; La Mágica mexicana y Genoveva;
mexicana; dos tomos de disertaciones y oraciones aca- á las cuales obras hay que agregar: Canto á la Asun-
démicas y tres de sermones. ción en 111 octavas (Puebla, 1767), y Descripción de
D^ Anna Zúñiga, natural de México, obtuvo premios las fiestas que se verificaron en Tehuacán al dedicarse el
en los tres certámenes literarios que se celebraron con templo de los Carmelitas.
motivo de la exaltación ele Luis I al trono ele España; José Rafael Larrañaga, hijo de Zacatecas, tradujo
de la canonización ele San J u a n ele la Cruz, y ele la co-
ronación ele Fernanelo YI.
en verso castellano todas las obras de Virgilio, habien- ce para aliento de pecadores (Bogotá, 1790), y varios
do sido el primero que en nuestra lengua emprendió tomos de poesías, algunos ele los cuales se publicaron
esta difícil labor. "Larrañaga, dice el Sr. Pimentel, se sin el nombre elel autor.
ayudó consultando, con notable erudición, todo lo que
hasta su época se había escrito sobre Virgilio, y con-
siguiendo que su trabajo se distinga por estas cualida- Hasta aquí la poesía mexicana presenta ciertos ca-
des: lenguaje correcto, estilo natural, versos fáciles, y racteres generales que procuraremos señalar breve-
sobre todo, exactitud en la versión." mente. Hija legítima de la española, siguió el movi-
Pbro. Francisco Javier Alegre, veraeruzano. Este miento evolucionista que ésta efectuó del siglo X V I
sabio jesuíta, conocido por sus traducciones en verso al X V I I I , reproeluciendo sus buenas cualidades y de-
latino de la Iliacla y de la Bátriachomiomachia de Ho- fectos. No quiere elecir esto que los poetas de la Nue-
mero; por su Historia de la Compañía de Jesús en Nue- va España fuesen serviles imitadores de los peninsu-
va España; por su curso de Teología; por su poema lares, sin que se atreviesen á desviarse un solo paso
latino Alexandriada y por otras poesías escritas en el de sus modelos. Como observa exactamente el Sr. Pi-
mismo idioma; tradujo en verso castellano la Poética mentel, hay en la literatura mexicana muchas veces
de Boileaü y algunas sátiras de Horacio, trabajos que originalidad en cuanto al objeto, en cuanto á los argu-
habían permanecido inéditos, hasta que en nuestros mentos y aun en el tono y la expresión: el descubri-
días los dió á la estampa el infatigable erudito García miento del Nuevo Mundo y la Conquista de México,
Icazbalceta. La traducción ele Boileau es notabilísi- fueron asuntos que ya en el siglo X V I ocuparon la
ma, pues Alegre la ajustó á la poesía española, acom- pluma de algunos ele nuestros poetas, y Eslava ofrece
pañándola de notas en que se muestra la vasta erudi- en sus Coloquios "un color local, mexicano, en armo-
ción elel jesuíta veraeruzano. nía con el nuevo pueblo, con las nuevas costumbres,
con los nuevos ieliomas á cjue frecuentemente se refie-
José Agustín de Castro, con el título de Miscelánea
re." Por lo demás, pocos y de escasa significación eran
de poesías sagradas y humanas publicó un volumen en
los acontecimientos que provocaban la actividad de
Puebla (1797). Aumentada considerablemente dicha
aquellos poetas, y que venían á interrumpir la mono-
Miscelánea, se reimprimió en tres volúmenes (Méxi-
tonía de la vida colonial, como la exaltación ó la muer-
co, 1809).
te de un monarca, la canonización de un santo, el es-
Francisco Ruiz de León, natural de Tehuacán de
treno de un templo, la muerte ele un arzobispo ó las
las Granadas, escribió los siguientes poemas: Uernan-
fiestas con que se celebraba la llegada de un virrey.
dia (Madrid, 1755); La Tebaida Indiana, que es una
Deja entenderse que tales acontecimientos no eran los
descripción del Desierto de los Carmelitas; Mirra dul-
más adecuados para inflamar la fantasía poética, y las superiores; mas era tan recia la matriz en que su es-
composiciones á ellos relativas pueden considerarse píritu se había fundido, que tal vez no tuvieron siquie-
como ejercicios retóricos en que lucía más ó menos el ra la tentación ele metamorfosearlo. Un sistema de
ingenio, pero á los que faltaba el fuego de una inspi- doctrinas y de costumbres perfectamente uniforme or-
ración espontánea. Esta observación se liace extensiva ganizaba todos los elementos ele la vicia individual y
á los certámenes que se estilaban en aquellos tiempos, colectiva: las lecciones religiosas y morales que el ni-
pues aun cuando tuviesen por lo común objeto de ma- ño recibía en el hogar doméstico, hallábalas desen-
yor trascendencia, como una tesis teológica, los auto- vueltas y confirmadas en la instrucción que se le daba
res iban movidos por el deseo de alcanzar un premio en las escuelas: la Filosofía, la Historia, la Literatura,
que halagase su vanidad literaria: eran producciones tocias las ciencias vivían en pacífico consorcio á la som-
de circunstancias,"con las que nada tenía que ver la bra de la Teología: el Estado y la Iglesia, ligados es-
necesidad de expresar sentimientos inspirados por trechamente, formaban un solo pocler pronto á sofocar
la naturaleza, la sociedad ó las propias pasiones. cualquiera veleidad que turbase la relación unísona
La pedantesca educación literaria de aquellos auto- entre la ciencia y la creencia; y ele esta manera la ac-
res les impedía aprovechar en pro del arte la vasta tividad poética no tuvo más alimento que un objeti-
erudición clásica que poseían, prefiriendo á la severa vismo convencional y abstruso, pues el vigor del pen-
sencillez de los antiguos, las galas postizas y los relum- samiento acaba por atrofiarse cuando falta el uso libre
brones con que el mal gusto inficionó las letras espa- de la palabra.
ñolas. Así vemos en su conjunto una literatura arti- Todo concurría, por otra parte, á mantener aquella
ficial, sin calor, sin trascendencia, á través de la cual situación: la lejanía, el aislamiento de la Colonia, im-
difícilmente puede columbrarse la vicia psicológica de pedían que llegasen hasta ella los aires ele revolución
la sociedad en que se produjo. que agitaban al Viejo Mundo, y que estrellándose en
Injusto sería atribuir tan singular fenómeno á inca- los muros ele la Inquisición ele Madrid, apenas si los
pacidad de los muchos ingenios que brillaron en la percibía el oíclo siempre atento de su correspondiente
Nueva España: las condiciones sociales en que vivían, mexicana. Los intereses yuxtapuestos y contrarios
el círculo estrechísimo en que giraba su inteligencia hasta cierto punto, de los diversos pobladores del vi-
110 debían dar otro resultado. Ni puede suponerse que rreinato, imposibilitaban tocia acción mancomunada
aquellos autores dejasen de conocer los vicios de que obligase al Estado á aflojar en el ejercicio de su
que adolecía la Colonia,10 que dejasen ele sentir esas poder: la obra persistente de la conquista, las expedi-
luchas internas de que es teatro el corazón humano, y ciones ele descubrimiento, el desarrollo ele una socie-
que se tornan más agüelas y clolorosas en los hombres dad en vía ele formación, ciaban suficiente empleo á la
actividad física y moral para que se preocupase con
tas partes del período colonial, sino bajo la forma de
cuestiones que poco afectaban á la multitud, pues sólo
aspiración vaga que se alimentaba ele esperanzas re-
pueden surgir cuando los pueblos tocan esos períodos
motas. En efecto, ¿qué recuerdos, qué tradiciones, y so-
críticos en que necesidades nuevas entran en conflicto
bre todo, qué incentivos podían despertarlo en lo que
con instituciones arraigadas.
respecta á la raza indígena? La civilización superior
^ Entre las grandes fuentes de inspiración poética
planteada por la conquista, más que la fuerza mate-
figuran el sentimiento religioso y el sentimiento pa-
rial, había sellado definitivamente el ciclo precolom-
triótico. El primero dominó de preferencia en la lite-
biano: las creencias cristianas, si bien alteradas con
ratura colonial, como tenía que suceder en una socie-
los restos de añejas supersticiones, oponían obstáculo
dad profundamente creyente: asombra, empero, que
insuperable á una reacción plenamente idolátrica, y el
de vena tan rica y fecunda no hubiese brotado algu-
goce de ventajas antes desconocidas amortiguaba has-
na de esas concepciones majestuosas, impregnadas de
ta cierto punto las penalidades de su nueva situación,
unción, que transportan el pensamiento á las esferas
y alejaba el cleseo de restablecer antiguos cacicazgos
del infinito, donde atónito se suspende en la contem-
en que los macehuales eran presa del más desenfrena-
plación de misterios inefables. Mas tales concepciones
do despotismo. En cuanto á los hijos ele los españoles
no pueden medrar bajo la férula formalista que tendía
que formaban un elemento extraño al indígena con
un férreo nivel y que no era lícito traspasar sin grave
cuyas tendencias 110 podían identificarse, pronto aso-
peligro. "Yo no quiero ruido con la Inquisición," de-
mó entre ellos y los peninsulares un antagonismo pro-
cía Sor Juana Inés con su genial donaire, y ese propó-
fundo que les hacía imposible entusiasmarse con las
sito bien justificado, que todo escritor formulaba en el
glorias de la madre patria. 11 Los elescendientes ele los
fondo de su conciencia, era un germen de muerte que
conquistadores especialmente, se consideraban vícti-
esterilizaba cualquiera idea levantada que pudiese
mas de atroz injusticia, y prorrumpían en amargas
despertar la suspicacia de espíritus asustadizos, arma-
quejas al verse reducidos á una condición que forma-
dos, por otra parte, de tremenda autoridad. Así ve-
ba doloroso contraste con el medro de afortunados ad-
mos en las composiciones religiosas una mezcolanza
venedizos. Orgullosos ele su ilustre linaje, creíanse
absurda de alusiones mitológicas é ideas cristianas
con el derecho ele constituir una verdadera aristocra-
torpemente desfiguradas, que descendía muchas veces
cia; y fuerza es reconocer que no carecían ele razón, si
á chocarrerías, indignas no ya de un asunto sagrado,
en la conquista radica el origen más respetado de la
smo de cualquiera producción de carácter algo serio.
nobleza. Atribuían unas veces su adverso destino á
Por lo que hace al sentimiento patriótico propia- ingratitud ele Cortés;12 otras á la Providencia Divina
mente dicho, no existió ni pudo existir en las tres cuar- como un castigo de los crímenes cometidos por sus an-

Antología.—3
tepasados,13 sin reflexionar que la verdadera causa se
verificados en España el año de 1808 con motivo de
hallaba en la política del gobierno español, á quien no
la invasión de Napoleón el Grande: tales sucesos cau-
convenía se crease en la Colonia una clase privilegia- saron en México hondísima impresión que provocó
da que llegara con el tiempo á ser altamente peli- todo género de manifestaciones en favor de Fernando
grosa. VII, figurando entre ellas un verdadero alud de ver-
En fines del siglo X V I I I la Nueva España había sos encomiásticos de la familia destronada, acompaña-
llegado á un alto grado de desarrollo, por el cual podía dos de acres invectivas contra el audaz usurpador.
conjeturarse la proximidad de graves acontecimientos. Muchos de los autores tuvieron por conveniente ocul-
La independencia de las posesiones británicas era pa- tar sus nombres; pero otros menos modestos no qui-
ra ella un seductor ejemplo, y el influjo de las ideas sieron privar á la posteridad de tan interesante dato,
francesas que se insinuó desde luego bajo la forma re- como D. Joseph Agustín de Castro, D. José María de
galista, concretó en necesidades positivas las aspira- Madariaga, D. Rafael Ximeno, D. Carlos Calderón
ciones latentes que hasta entonces habían flotado en de la Barca, D. Josef Valdés, el Capitán Conde de Co-
la esfera de lo indefinido. Esa evolución social trajo lombini, D. Manuel González, D. Mariano Barazábal,
consigo la renovación literaria correspondiente á la D. Luis Montaña, D. Manuel Pinzón, etc., etc. Entre
efectuada en España por Fr, Diego González, Cienfue- todas aquellas composiciones no aparece una sola que
gos, Meléndez Valdés, Jovellanos, Quintana, cuyas merezca siquiera el calificativo de mediana: la hipér-
huellas siguieron Fr. Manuel Navarrete, D. Manuel bole llevada hasta la extravagancia; la adulación en
Sánchez de Tagle, D. Francisco Ortega, D. Anastasio descomunales proporciones; el odio que caía en el ri-
de Ochoa, D. Andrés Quintana Roo, etc., etc. Aquí dículo á fuerza de exageración, y todo en un lenguaje
también tuvimos odas del género empalagoso en que prosaico, duro, rastrero á la vez que altisonante y pe-
el poeta se extasiaba con La pollita de Clori y El fal- dantesco; tal es, en conjunto, esa literatura de forzado
derito de Silvia; pero en cambio la imaginación se re- patrioterismo, abortada al calor de estériles esfuerzos.
montaba ya á encumbradas regiones, se inspiraba en Pero si poéticamente hablando su valor es nulo, no
asuntos de alta trascendencia, empleando un lenguaje sucede lo mismo si se la considera desde el punto de
natural, sencillo, el solo compatible con la dignidad vista histórico. Efectivamente, al través de aquellos
poética. arranques ele entusiasmo ficticio, no es difícil descu-
Aquí debemos abrir un paréntesis que por insigni- brir la intención política con que se promovieron. Los
ficante que parezcjyio puede omitirse en la historia sucesos de España orillaron á una crisis peligrosísima,
de donde surgiría no muy tárele la guerra ele insurrec-
literaria de México, pues es la primera manifestación
ción, que tendría por final desenlace la inelepenelencia
de nuestra poesía patriótica, Conocidos son los hechos
de la Colonia. A conjurar tal evento se dirigieron las
miras del partido español, creyendo que podrían rea- de trascendencia en la poesía mexicana, que pronto re-
lizarse si se unían en un solo sentimiento de adhesión vestiría con digno ropaje las nobles y levantadas ideas
á la metrópoli, borrando toda diferencia de origen, los que por entonces apenas asomaban entre el fárrago in-
diversos pobladores de la Nueva España. ¿Qué resor- forme de lucubraciones absurdas.
te más eficaz para conseguir semejante objeto que el La erección de México en Estado independiente fué
embriagar la opinión pública con las grandes palabras uno de esos hechos históricos inevitables, pero cuya
de religión y patria, de unión y fraternidad, revesti- consumación no llegó sino después de lucha tenaz y
das con el ropaje seductor de la rima? Viva Fernando prolongada. Ya entonces la musa patriótica tuvo un
VII es el encabezado de la décima que copiamos en asunto digno en que inspirarse, y Quintana Roo, Sán-
seguida tal como se publicó: chez de Tagle, Ortega y otros poetas coetáneos de aquel
memorable acontecimiento, dieron á luz composicio-
"Nobles compatriotas míos
todos juremos al Rey,
nes en que se saludaba con entusiasmo pindàrico la
y á la Religión, y Ley nueva era de libertad que tantas dichas anunciaba, y
sigamos fuertes y píos: se lanzaban terribles anatemas contra el poder á cuya
Dexemos los desvarios sombra había nacido y crecido la Colonia, pues veíase
de antipatía reprensible en él no sólo al mantenedor de un régimen incompa-
todo el Reyno, si es posible tible con la autonomía nacional, sino al representante
piense como esta Ciudad
que " L A UNIÓN Y LA HERMANDAD
del sistema absolutista, enemigo nato de esas grandes
HACEN LA FUERZA INVENCIBLE." reformas que constituyen el ideal de los pueblos mo-
dernos. Esta sencilla consideración basta para explicar
Y luego se añadía por vía de comentario: un fenómeno literario en que á primera vista parece
Si todos somos hermanos, olvidada la verdad histórica y lastimado el sentimien-
y todos vamos á un fin, to filial de un pueblo que se enorgullece de sus oríge-
ya no hay Criollo, ó Gachupín
nes étnicos.
todos, sean Americanos.
La nueva fase en que había entrado la existencia
Es inútil recordar lo infructuoso de maniobras in- nacional tenía que ser, como lo fué en efecto, fecunda
mensamente desproporcionadas con los intereses y as- para el genio mexicano. Rotos los moldes que impri-
piraciones reales que se agitaban en la Colonia; pero mían al pensamiento uniformidad inalterable; echadas
no debe olvidarse que aquella llamarada superficial y por tierra las barreras que aislaban á México del resto
transitoria de furor versificante, señala una evolución del mundo; suprimidas las trabas múltiples que coar-
taban el uso de la palabra, pudo ya cada cual seguir


su inspiración propia; beber en las fuentes más con- percibir la sombra de la duda, se ha abandonado en
formes con sus naturales tendencias; aspirar, en suma, brazos de un desesperante pesimismo.
á una individualidad más ó menos definida según la
La rápida transformación verificada en nuestra so-
fuerza y vigor de su numen. Así, decir podemos que
ciedad y la serie de acontecimientos que la vinieron
todas las escuelas literarias, todas las ideas religiosas
preparando, así como el espíritu eminentemente inno-
y políticas, todas las doctrinas filosóficas lian tenido
vador del presente siglo, explican los diversos aspec-
sus representantes en la poesía mexicana. Considera-
tos ele la poesía mexicana que acabamos ele bosquejar.
da ésta en el conjunto de su desarrollo, no es difícil
Los literatos nacidos y formados bajo el régimen vi-
distinguir dos grandes grupos: el que ha seguido ele
rreinal, que vivían al consumarse la independencia,
cerca las huellas de los clásicos españoles, respetando
llevaban en su „alma las profundas impresiones que
escrupulosamente la forma y el lenguaje, y teniendo
dejaron los once años de guerra que precedieron á
siempre á la vista los modelos bíblicos y greco-lati-
aquel acontecimiento, sin que puecla desconocerse la
nos, y el que, obedeciendo á inspiración más espontá-
influencia que en su carácter habían ejercido las teo-
nea, ha echado por los senderos que al espíritu humano
rías filosóficas de la pasada centuria. La musa patrió-
han abierto las literaturas modernas, especialmente la
tica, vivamente excitada al ver que México figuraba
francesa, influida por los genios poderosos de Shaks-
por fin entre las naciones soberanas, inspiró cantos
peare, de Byron y de Goethe. El uno ha conservado
entusiastas á la libertad, palabra que sintetizaba todos
el tono tranquilo, la corrección atildada, la pulcritud
los bienes que un pueblo es capaz ele obtener, y que
retórica que parece huir el contacto de las realidades
se creían definitivamente conquistados. Las discordias
ordinarias: el otro, estremeciéndose con las agitacio-
civiles hicieron sentir pronto epie aquellos bienes es-
nes del día; prestando oído á los rumores que produce
taban todavía lejos, y la reacción producida por tal
el movimiento de los pueblos; constituyéndose en in-
desencanto halló expresión adecuada en el romanticis-
térprete de los odios y de las esperanzas sociales, ha
mo cjue extendía á la sazón su influencia por todo el
tomado todas las formas, que considera buenas siem-
orbe literario. Las desgracias políticas que sobrevinie-
pre que traduzcan el ideal con que sueña. En el pri-
ron, la anarquía desencadenada y la desmoralización
mero han ido á refugiarse como en templo gótico las
consiguiente dieron pábulo á una poesía enfermiza,
antiguas creencias, á cuya luz se ha buscado el senti-
que bajo la forma generalmente subjetiva expresaba
do de la misma historia; mientras que el segundo,
sufrimientos individuales y cuya causa real era el des-
accesible á todos los vientos ele la contradicción, ha
equilibrio producido por la pugna ele opuestos intere-
aquilatado su sensibilidad saludando con regocijo los
ses y tenelencms que luchaban por sobreponerse. Hu-
albores de un porvenir fantástico, ó falto ele aliento al
bo empero un momento en que el fuego revolucionario
comprimido por las exageraciones del principio auto- dolé muy distinta, debido tal vez á la diferencia de sus
ritario, estalló con nueva fuerza, y hubo entonces un respectivas posiciones sociales. Ambos ensayaron con
despertamiento de ideas y aspiraciones que hicieron buen éxito en nuestro teatro las atrevidas innovacio-
resonar la lira de los poetas con acentos marciales, nes dramáticas introducidas por dicha escuela, for-
con saludos entusiastas al porvenir que se divisaba á mando contraste con ellos D. Manuel Eduardo Goros-
través del fragor de los combates. Consumada por úl- tiza, cuyas comedias son un modelo de corrección y
timo la revolución tras el período aciago de la inter- buen gusto. D. Juan Valle fué el cantor más enérgico
vención extranjera; calmadas las pasiones bajo la be- de la revolución reformista, siendo dignas de notarse la
néfica influencia de una paz tanto tiempo deseada, la exactitud y originalidad de sus descripciones, no obs-
inspiración poética ha encontrado un campo indefinido tante haber perdido la vista desde los primeros años
que recorrer, con menos arrebato si se quiere, pero de su vida, D. Ignacio Ramírez y el joven D. Manuel
con intención más reflexiva y más profunda. A las Acuña se distinguen por el carácter materialista de
hipérboles del romanticismo han sucedido sentimien- sus producciones: la muerte voluntaria del segundo ha
tos que más se acercan á la realidad, y que expresan sido considerada como una gran pérdida para las le-
mejor las dudas, las vacilaciones, las incertidumbres tras mexicanas, pues mucho había que aguardar de su
morales que caracterizan el fin del presente siglo, sin preclara inteligencia. En el grupo que llamaremos
que hayan dejado á veces de trascender en la atmósfera tradicionalista figuran dignamente D. José Joaquín
literaria las radicales denegaciones del filosofismo po- Pesado, D. Manuel Carpió, D. Alejandro Arango y
sitivista. Escandón, que se remonta á las serenas y luminosas
Réstanos ahora mencionar los principales poetas regiones de Er. Luis de León, y D. Francisco de P .
que se han distinguido en la variada evolución que Guzmán, que por el suave misticismo de su poesía re-
dejamos trazada, Genuinos representantes de la poesía cuerda el alma apasionada de San Juan de la Cruz.
patriótica á raíz de la independencia fueron Sánchez Por caracteres especiales debemos todavía citar á
de Tagle, Ortega y Quintana Roo, cuyas composicio- los autores siguientes: D. José Rosas Moreno, notable
nes, especialmente las del último, revelan el estro le- por la fluidez y ternura de sus versos, que dejó varias
vantado de su varonil inspiración. Lugar distinguido obras dedicadas á la instrucción y educación de la ni-
ocupa en nuestra historia literaria el ilustre poeta ñez, dando así nobilísimo empleo á su privilegiado ta-
cubano D. José María Heredia, que enriqueció el par- lento. D^ Isabel Prieto de Landázuri, poetisa de ele-
naso mexicano con las más bellas de sus producciones. vado ingenio que puede calificarse de la cantora por
En la escuela romántica aparecen D. Ignacio Rodrí- excelencia del amor maternal, de los misteriosos y
guez Galván y D. Fernando Calderón, si bien de ín- tranquilos placeres del hogar doméstico. D. Manuel
Flores, inspiradísimo poeta erótico, y D. Manuel Pe- flexibilidad extraordinaria y feliz éxito ha cultivado
redo, notable por la gracia y el donaire de su musa todos los géneros, clesde el lírico hasta el dramático,
juguetona. descle el epigrama hasta la elegía y la leyenda. D. Ig-
Muchos son los poetas que viven aún y cuyas pro- nacio Montes ele Oca, distinguidísimo literato, que ha
ducciones son joyas valiosas con que diariamente se conquistado justo renombre con sus traducciones en
enriquece nuestra literatura. Faltándonos espacio pa- verso castellano de los bucólicos griegos y de las oclas
ra nombrar á tocios ellos, nos limitaremos á algunas de Pínclaro. D. Luis Gonzaga Ortiz, que en el géne-
indicaciones necesarias para completar el cuadro ele la ro amatorio ha adquirido envidiable reputación. D.
presente Reseña. Citaremos en primer lugar al deca- Joaquín Arcaclio Pagaza, que por el conocimiento pro-
no y más popular de los poetas mexicanos, D. Guiller- fundo del idioma, por la belleza artística de sus ver-
mo Prieto, que á una eclacl avanzada conserva la fe- sos, ha conseguido presentar la musa clásica con sus
cundidad y lozanía ele su juventud. El Romancero naturales atavíos sin caer en el pedantismo, ele que
nacional y La musa callejera son las obras que mejor difícilmente escapan los poetas eruditos. D. José Peón
caracterizan el genio ele este escritor: en la primera V Contreras, que ha obtenido en la escena merecidos y
se celebran los episodios más gloriosos de la guerra calurosos triunfos, y á quien su patria, Mérida de
de independencia, y la segunda es una serie ele cua- Yucatán, ha consagrado un teatro. D. Justo Sierra,
dros copiados del natural, reproducción exacta y ani- que se ha distinguido especialmente por la lozanía y
mada de los hábitos, tendencias, cualidades buenas y brillantez ele su imaginación. D. Juan ele Dios Peza,
malas que forman la idiosincrasia ele nuestro pueblo. de fecunda fantasía, que ha logrado expresar con va-
D. Casimiro del Collado, ele origen español, que ha ronil ternura el amor paternal, y ha dado á luz varios
pasado la mayor parte ele su vida en México, en clón- monólogos llenos ele interés y ele originalidad. D. Por-
ele se clió á conocer clesde hace muchos años por sus firio Parra, cuya oda á las Matemáticas es por sí sola
poesías, que han alcanzado el aplauso de críticos tan un título de gloria literaria. Con llave ele oro cerrare-
eminentes como D. Marcelino Menéndez Pelayo. D. mos esta larga aunque incompleta lista, mencionando
Ignacio M. Altamirano, que aunque ha figurado más á la Sra. D^ Esther Tapia de Castellanos, la clulce y
como orador y como crítico y polemista, ha escrito delicada poetisa, para quien, como lo hemos clicho otra
buen número de composiciones que le colocan entre vez, es tan fácil hacer una buena obra como escribir
nuestros mejores poetas líricos. D. José María Roa un buen verso.
Bárcena, que ha sabido unir á las buenas tradiciones
A los autores mencionados, que representan la edad
literarias el arranque y la espontaneidad ele una ins-
madura de la actual generación, debemos agregar al-
piración vigorosa, D. Vicente Riva Palacio, que con
gunos nombres ele esa juventud inteligente que viene
nuestro estudio. Ahora bien, para proceder con el de-
á infundir nueva vida en las letras patrias con el ca- bido orden, menester es fijar el sentido de la palabra
lor y el entusiasmo que rebosan de su alma. Esta cir- nacional; porque si se la hace sinónima de original, es
cunstancia dificulta precisar su respectivo carácter, evidente que tendremos que llegar á una solución ne-
que sólo puede llegar á fijarse tras una larga evolu- gativa.
ción de ideas y sentimientos, fruto de la experiencia y En efecto, una literatura, especialmente en lo que
del tiempo. Nadie puede desconocer, sin embargo, la concierne á la poesía, que es el producto más natural
nerviosa valentía de D. Salvador Díaz Mirón; la ori- y espontáneo de la vida psicológica de un pueblo, ex-
ginalidad descriptiva de D. Manuel José Othón; la cluye todo pensamiento preconcebido, todo plan teórico
profunda sensibilidad de D. Luis G. Urbina;. la ele- anticipado que determinen su espíritu y su carácter,
gante vaguedad de D. Manuel Gutiérrez JNajera; la pues de lo contrario no sería el reflejo vivo de la so-
filosófica melancolia.de D. Antonio Zaragoza; la correc- ciedad en que aparece. De aquí se sigue que la poesía,
ta y apasionada inspiración de D. Adalberto Esteva; sin perder la índole de espontaneidad que la caracte-
las bien dirigidas tendencias clásicas de D. Enrique riza, y precisamente por esta razón, llevará un sello
Fernández Granados; la soñadora fantasía de D. José de extranjerismo siempre que la sociedad, cuyos senti-
Bustillos; la fresca y galana imaginación de D. Ma- mientos expresa, no corresponda al desarrollo normal
nuel M. González; y en fin, las dotes privilegiadas de y progresivo de su vida autóctona. Ahora, que la Co-
otros muchos jóvenes, que inspirándose en la historia, lonia fundada por la conquista, y á la cual quedaron
en la naturaleza, en las realidades física y moral del subordinados los pobladores aborígenes, se compuso
medio en que vivimos, han iniciado un movimiento de elementos que nada tenían de comíin con estos úl-
que promete ser de fecundas y favorables consecuen- timos, y que contenía los gérmenes de una civilización
cias para las letras mexicanas. impuesta y peregrina, es un hecho histórico de verdad
Lo expuesto es suficiente para tener un concepto ge- palmaria. La lengua, la religión, las costumbres, todo
neral del origen y desenvolvimiento de la poesía en difería radicalmente del orden de cosas antes existente;
nuestro país, y podemos ya tocar una cuestión que no y cuando las creencias, los sentimientos, las aspiraciones
carece de interés, y con la cual daremos fin al presen- individuales y comunes obedecían al impulso poderoso
te trabajo, emitiendo nuestro juicio sin detenernos en que de fuera les venía, su expresión correspondiente no
examinar las opiniones que sobre ella se han formado. pudo ser otra que la que fué, es decir, esencialmente es-
La cuestión es la siguiente: ¿Existe en México una pañola en su espíritu y en su letra.
literatura nacional? Debemos advertir, ante todo, que Verdad es que los poetas, como lo hemos indicado ya,
en lo que vamos á decir nos colocamos en el punto cediendo á influencias locales, de que les era imposible
restringido de la poesía, que constituye el tema de
parte, y con cuya conservación se identifica de tal ma-
substraerse, comenzaron por alterar el habla castellana
nera, que su pérdida acarrearía la ruina de la nacio-
con la introducción de neologismos tomados de las len-
nalidad mexicana.
guas indígenas; pero estas modificaciones no fueron
No tenemos, pues, una poesía original en la acepción
tantas ni tan profundas, que imprimiesen fisonomía
estricta de la palabra; pero la cuestión de nacionalidad
propia en las producciones mexicanas, dándoles, por
debe considerarse desde un punto de vista más elevado.
consiguiente, verdadero carácter de originalidad. En
No es la comunidad de raza, de civilización, de costum-
el largo período colonial, México, estrechamente liga-
bres y de lengua lo que confunde de tal suerte á los pue-
do con España, aislado del resto del mundo, siguió de
blos que acabe por identificarlos en una personalidad
cerca las diversas fases del movimiento literario de la
indivisible, sobre todo, cuando entre ellos median cir-
metrópoli; y si bien el círculo de su actividad intelec-
cunstancias que los diferencian naturalmente. Si Mé-
tual se ensanchó inmensamente después de la indepen-
xico, lo mismo que las demás posesiones de España en
dencia, fácil es ver que los rasgos esenciales se han man-
América, llegó á constituir un estado independiente,
tenido, y que nuestra literatura continúa obedeciendo
fué en tanto que poseía las condiciones necesarias para
á los cánones que la formularon en el siglo X V I . Lau- realizar empresa de tal magnitud; es decir, que el hecho
dables han sido, sin duda, los esfuerzos para despojar no fué más que la manifestación concreta de necesida-
nuestro lenguaje poético de todas aquellas alusiones des fatales é ineludibles. Podemos, pues, establecer esta
y figuras convencionales, adornos pegadizos que nada verdad enteramente clara y sencilla: México, sin desco-
decían á la imaginación y que eran efecto del servilismo nocer la noble procedencia de su civilización, representa
con que se andaba sobre las huellas de los modelos pe- una nacionalidad perfecta, en cuanto que vive de su pro-
ninsulares. Nuestra naturaleza es bastante rica; nues- pia vida social y política. Siendo esto así, no es ya difícil
tra historia abunda en brillantes episodios; nuestra fijar la verdadera connotación de la palabra nacional, en
sociedad ofrece hábitos, problemas y tipos dignos de la cual se envuelven y subordinan los elementos étnicos
ser estudiados: todo ello compone un venero inagota- y morales que informan á la sociedad presente, puesto
ble de inspiración para el poeta y para el artista. Así que tocio lo que pertenece á México es nacional, es me-
se ha comprendido, como puede adivinarse por el mo- xicano, y por consiguiente, la poesía, nacida y desarro-
vimiento iniciado hace algún tiempo; pero esa evolu- llada en su seno, puede y debe llevar aquella denomi-
ción importante, sobre la cual se pueden fundar las más nación. Nada tiene que ver aquí la cuestión de origen;
lisonjeras esperanzas, no logrará borrar el sello genui- á nadie ha ocurrido, por ejemplo, negar el carácter de
no de nuestra literatura, que seguirá siendo hispano- nacionales á los ferrocarriles que en un país se constru-
americana, es decir, derivación legítima de la que tra- yen, sólo porque allí no tuvo su cuna ese maravilloso
jeron los fundadores de esta sociedad de que formamos
invento; lo mismo puede decirse de toda idea ó insti-
ligera á veces hasta descender á la puerilidad, nuestra
tución que en el orden físico ó moral toma de otros un
poesía atravesó los siglos coloniales con las modifica-
pueblo para su utilidad ó provecho. Y en esto no hay
ciones ele forma y ele fondo consiguientes al desenvolvi-
equívoco ni impropiedad, porque sea cual fuere la fuen-
miento social. Sucesos extraordinarios vinieron á cam-
te de donde se deriva la institución ó la idea, el solo
biar profundamente la situación de estos pueblos, que
esfuerzo que para asimilárselas emplea una sociedad,
libres de toda tutela, se sintieron dueños de sus pro-
basta para imprimirles el sello que llevan los produc-
pios destinos. El conflicto de hábitos antiguos y aspi-
tos de su propia energía.
raciones nuevas, de intereses arraigados y ambiciones
La literatura, la poesía especialmente, constituyen trascendentales, produjo ese estado de desquiciamiento
una de las grandes manifestaciones ele las necesidades que se llama revolución, y entonces la poesía, intérprete
intelectuales y estéticas de las agrupaciones humanas.. de dolores y esperanzas, de ilusiones y elesengaños, ele
Si esas manifestaciones se verifican por medio de un duelas y de cóleras, ha seguido el impulso vertiginoso
instrumento prestado, llamémosle así, como la lengua de nuestra época, más que ninguna otra inquieta y agi-
perteneciente á otro pueblo, tal circunstancia en nada tada. Así, pues, si en nuestro país no han faltado nunca
disminuye lo genuino ele la necesidad expresada, por- voces que revelen é inflamen las misteriosas vibracio-
que ésta es en sí misma independiente ele la forma cpie nes del sentimiento, en armonía con las tendencias ge-
reviste. Desde su primera aparición en el siglo X Y I , nerales, elecirse puede que poseemos una poesía propia,
nuestra poesía, no obstante los límites que la circuns- una historia literaria nacional, pobre si se quiere, pero
cribían, y tal vez por esos mismos límites, expresó con harto comprensiva para el filósofo, á cuyos ojos no hay
fidelidael el espíritu del medio ambiente en que vió la fenómeno social indiferente ni evolución insignificante
luz, pudiendo decirse que su estudio es el mejor camino en la marcha providencial del progreso humano.
para penetrar en los secretos ele la vida moral de la Co-
lonia, destinada á ser una de las principales nacionali-
México, Diciembre de 1891.
dades del Nuevo Mundo. Por dependiente que en lo
político estuviese del gobierno español; por estrecha-
J. M. Vigil.
mente ligada en costumbres, creencias y lenguaje con
lo que se llamó la madre patria, la Colonia, como todo
organismo viviente, tuvo una existencia individual, é
individuales tuvieron que ser sus diversos modos ele
existencia. Creyente hasta los candores ele la supers- »

tición; sumisa hasta los alambicamientos de la lisonja;

Antología.—4

/
N O T A S .

1. Véase en la obra del Dr. Juan de Cárdenas, intitulada: Pri-


mera parte de los problemas y secretos maravillosos de las Indias
(México, 1591), el cap. II, lib. I I I "Cuál sea la causa de ser todos
los españoles que nacen en las Indias, por la mayor parte, de in-
genio vivo, tracendido y delicado."

2. Esta obra rarísima ha sido inserta por el Sr. García Icaz-


balceta en su Bibliografía mexicana del siglo XVI. El dibujo del
túmulo, por desgracia mutilado, que acompaña al original, es se-
guramente la muestra más antigua que existe del grabado en
México.

3. E n las adiciones á la Bibliografía mexicana se baila un ex-


tenso análisis de esta tragedia.

4. E l elogio á que se bace referencia es el siguiente:

" D e la región antártica podría


Eternizar ingenios soberanos,
Que si riquezas hoy sustenta y cría
También entendimientos sobrehumanos.
Mostrarlo puedo en muchos este día,
Y en dos os quiero dar llenas las manos: También llegó la Griega Lengua rica
Uno de N u e v a España y nuevo Apolo, A aquestas partes tan remotas della,
Del Terú el otro, u n sol único y solo. Y en ellas se señala y amplifica
"Francisco el uno de Terrazas tiene L a Nueva España: ya resuena en ella
El nombre acá y allá tan conocido E l canto de las musas deleitosas
Cuya vena caudal nueva Hipocrene Que vienen con gran gusto á ennoblecella.
Ha dado al patrio venturoso nido: Y en las más claras fuentes sonorosas,
La mesma gloria al otro igual le viene, Y en los más altos montes florecidos
Pues su divino ingenio h a producido Piden veneración las dulces Diosas,
En Arequipa eterna primavera, Cantando versos dulces y medidos,
Que éste es Diego Martínez de Rivera." Diversas rimas con primor compuestas,
Que de armonía llenan los oídos.

5. Siglo de oro en las selvas de Enfile, Égloga sexta. Y a por los prados y por verdes cuestas
L a ruda Musa dulcemente suena
A las ovejas, á la sombra puestas,
6. " N a c í y casé en Madrid; crióme estudiando
Y su zampona, de malicia ajena,
La Escuela Complutense y Salmantina,
Y del ornato de ciudad, curiosa,
La licencia m e dio la Saguntina,
Con cuerda sencillez su són ordena.
La Mexicana de doctor el mando.
Y a la Elegía tierna y dolorosa
Las Salinas Keales f u i j u z g a n d o
A tiempos triste movimiento hace,
Puertos de raya á Portugal vecina,
_ E n los sucesos tristes muy llorosa.
Juez pesquisidor f u i á la contina,
Y a el Epigrama breve nos aplace
Y estuve en las Canarias gobernando.
I; s Oidor fui en la Española; Guatemala
Con su agudeza y lépido conceto
Que nos quita el enfado, y le deshace.
Me tuvo por fiscal, y de allí u n salto Y a el preguntar y responder perfeto
Di en México á fiscal, y á oidor luego: Las Musas en diálogo se atreven
De allí di otro al tribunal más alto Con gusto del oyente más discreto.
De Indias, que me puso Dios la escala: N o faltan ya Poetas que reprueben
Allí me abrase su divino f u e g o . " Con Sátira mordaz y airado celo
A los que iniquidad y vicios beben.
7. El pasaje de la Epístola á que se liace referencia, es el si- E l Lírico cantor que en alto vuelo
guiente: Se eleva con mesura y dulce acento,
También recrea aqueste extraño suelo.
" Y a nos envía nuestra madre España Y del Heroico canto el henchimiento,
De BU copiosa lengua mil riquezas, L a variedad copiosa, ilustre y grave,
Que bacen rica aquesta tierra extraña. Y a comienza á tomar aquí su asiento.
También Toscana envía las lindezas Y el Cómico que bien lo bueno alabe
De su lenguaje dulce á aqueste puesto, E n representación sabrosamente,
Que en breve estará lleno de proezas. Y las costumbres malas desalabe,

m
Y ya acudiendo la Proencia á aquesto, E l bien y el mal nos pone allí presente
Su gracioso parlar le comunica, Siguiendo el caso hasta el buen suceso,
Y presta de su haber u n grande resto. Con que el atento pueblo gusto siente.
Y el Trágico al revés m u d a el proceso
Parando en caso triste y desastrado
P a r a recuerdo y bien del pueblo avieso. 1 ' Y el otro que agujetas y alfileres
Vendía por las calles, y a es u n conde
8. D. Joaquín García Icazbaleeta. La instrucción pública en E n calidad, y en cantidad u n Fúcar:
México durante el siglo decimosexto.—Memorias de la Academia Y abomina después el lugar donde
Mexicana. Tomo I I . Adquirió estimación, gusto y haberes,
Y tiraba la jábega en Sanlúcar.
9. Historia critica de la Literatura y de las Ciencias en México.
Poetas.—México, 1883. 12. En uno de los fragmentos del poema de Terrazas, al ha-
blar de los conquistadores, se encuentran estas octavas dirigidas
10. Pocas pero enérgicas muestras nos h a n llegado de la poe-
á Cortés:
sía satírica en el período colonial; de ellas citaremos el siguiente
soneto anónimo del siglo X Y I . Pues con vidas y sangre os ayudaron,
Magnánimo Cortés, estos varones,
Minas sin plata, sin verdad mineros, Y vuestro nombre y fama eternizaron
Mercaderes por ella codiciosos, Que vuela de naciones en naciones,
Caballeros de serlo deseosos, Y estados permanentes os ganaron
Con mucha presunción bodegoneros: A costa de sus mismos corazones,
Mujeres que se venden por dineros Y de Marqués el ínclito renombre
Dejando á los mejores más quejosos; Dellos tuvo principio y claro nombre:
Calles, casas, caballos muy hermosos,
Y pues los caros compañeros fueron
Muchos amigos, pocos verdaderos:
Vivo instrumento para el bien que os vino,
Negros que no obedecen sus señores,
Regando con la sangre que vertieron
Señores que no mandan en su casa,
De vuestra suerte próspera el camino,
J u g a n d o sus mujeres noche y día:
Con ánimo del cielo que tuvieron
Colgados del virrey mil pretensores;
P a r a tan alta empresa cual convino,
Tiánguez, almoneda, behetría,
Bien fuera qu,e quedaran satisfechos
Aquesto en s u m a en esta ciudad pasa.
T a n milagrosos y tan altos hechos.
i
11. En el siguiente soneto se ve bien manifiesta la ojeriza con
que los criollos veían á los peninsulares. ¿Do está la fe de serles que pusistes
N o señor sino padre verdadero,
Viene de E s p a ñ a por el mar salobre Cuando en Cuba al partir les ofrecistes
A nuestro mexicano domicilio P o r premio á cada cual u n reino entero?
U n hombre tosco sin algún auxilio, Riquezas, honra y gloria prometistes
De salud falto y de dinero pobre. P a r a el felice tiempo venidero,
Y luego que caudal y ánimo cobre, Y sólo h a n ido siempre en tantos años
Le aplican en su bárbaro concilio, Siguiéndose unos daños á otros daños.
Otros como él, de César y Virgilio
Las dos coronas de laurel v robre.
13. Dorantes, en el Códice que dejamos citado, no hallando có-
mo explicarse la suerte desgraciada que tocó á los conquistado-

P F O 5 *1 Q
Í" -J 4 6 V
56

res, dice que "la causa y secreto Dios lo sabe, que aunque fueron
los fines buenos, con t a n grandes efectos, los medios se pudieron
errar, porque predicar Evangelio con la espada en la mano y de-
rramando sangre, es cosa temerosa, y que parece acá al juicio
humano, que sus descendientes van haciendo penitencia desta
soltura; porque apenas se bailará hombre desta cepa que no ande
mendigando, y aun p o r ventura por puertas agenas." Y pone en
seguida estas dos octavas:

Mi Dios, al juicio humano qué apartadas


Y a n las secretas sendas que caminas:
Las del hombre ignorante qué trilladas,
Qué incógnitas y ocultas las divinas:
Y cuando van las cosas dedicadas
A tí y por tí cuán bien las encaminas:
Que á estorbar el camino al virtuoso
N i n g ú n trabajo humano es poderoso.

Secretos son, Señor, que no alcanzamos,


Conceptos tuyos son que no entendemos,
POETAS MUERTOS.
Trazas y ocultas vías que ignoramos,
Estilos son que no comprehendemos.
Cuando más cerca dellos nos juzgamos
Menos de sus caminos conocemos,
Y así, siendo imposible investigarlo
Es opinión prudente no intentarlo.
56

res, dice que "la causa y secreto Dios lo sabe, que aunque fueron
los fines buenos, con t a n grandes efectos, los medios se pudieron
errar, porque predicar Evangelio con la espada en la mano y de-
rramando sangre, es cosa temerosa, y que parece acá al juicio
humano, que sus descendientes van haciendo penitencia desta
soltura; porque apenas se hallará hombre desta cepa que no ande
mendigando, y aun p o r ventura por puertas agenas." Y pone en
seguida estas dos octavas:

Mi Dios, al juicio humano qué apartadas


Y a n las secretas sendas que caminas:
Las del hombre ignorante qué trilladas,
Qué incógnitas y ocultas las divinas:
Y cuando van las cosas dedicadas
A tí y por tí cuán bien las encaminas:
Que á estorbar el camino al virtuoso
N i n g ú n trabajo humano es poderoso.

Secretos son, Señor, que no alcanzamos,


Conceptos tuyos son que no entendemos,
POETAS MUERTOS.
Trazas y ocultas vías que ignoramos,
Estilos son que no comprehendemos.
Cuando más cerca dellos nos juzgamos
Menos de sus caminos conocemos,
Y así, siendo imposible investigarlo
Es opinión prudente no intentarlo.
FRAGMENTOS DE POESIA MEXICANA DEL SIGLO XVI.
(DE AUTOR ANÓNIMO.)

I
(HABLA LA IGLESIA.)

¡ Oh nueva rigurosa
Tanto por mí temida
Y á tal sazón y tiempo publicada!
¡ Oh suerte peligrosa
Donde perder la vida
Es pérdida menor y casi nada!
Lloro que mi manada
Ha de ser esparcida
Por lobos carniceros,
Y por llanos y oteros
La veo derramada y perseguida:
Temo el supremo daño,
No se me vaya alguno del rebaño.

1. E n 1578 h u b o en México, p a r a celebrar la colocación de reliquias de


santos enviadas por S. S. Gregorio X I I I , la representación de u n a pieza dra-
m á t i c a i n t i t u l a d a " T r i u n f o de los s a n t o s . " E n la tal pieza alegórica en que
figuraban la persecución d e Diocleciano y la prosperidad bajo el reinado de
Constantino, h a y , e n boca de la Iglesia y de San Silvestre, los tres monólo-
gos a q u í insertos, y que están tomados de la " B i b l i o g r a f í a Mexicana del siglo
X V I " por Don J o a q u í n García Icazbalceta.
; Ay Dios! ¡ Cuán poco dura Y si nuestros pecados
El gozo en esta tierra, Mueven tu justa ira,
Con gran razón de lágrimas llamada; Con piedad nos mira
Cuán poco se asegura, Y de otra suerte sean castigados,
Cuán presto se destierra Y no disminuyendo
La cosa más alegre y más amada! El número que va á su Dios siguiendo.
Estaba sosegada,
Y al tiempo que crecía ¿Consentirás que sean
El culto de mi Esposo, Tus templos profanados,
Turbóse mi reposo Quemada y destruida tu Escritura?
Y vínome el dolor que yo temía. ¿Permitirás que vean
¡Ay, hijos muy queridos, Mis ojos ocupados
Lleguen al alto cielo mis gemidos! Tus templos con diabólica figura?
Virgen hermosa y pura,
Espíritu divino Volved á mí esos ojos
Que Dios me dio por prenda, Tan llenos de clemencia:
Consolador que velas y me riges, Revoque la sentencia
Dame favor contino Mi amado Dios y aplaque sus enojos,
Y á mis hijos enmienda, Y si esto es de provecho,
Pues que sólo por esto los afliges. Yo lavaré con lágrimas mi lecho.
¡ Oh Santo Amor! que eliges
Al pueblo justo y santo
Y tanto lo enriqueces, II
Ruégote muchas veces
Inclines las orejas á mi llanto, (HABLA LA IGLESIA.)

Que es de Madre afligida


Que dará por sus hijos alma y vida. ¿ Quién me dará que en fuentes de agua viva
Se puedan convertir mis tristes ojos
Si gravemente siento Y que con sangre mi dolor escriba?
Las penas y dolores Aun no son aplacados los enojos
De tus fieles, Señor, y sus querellas, De mi Dios y mi Rey con sangre tanta,
Mucho mayor tormento Con tantas penas, muertes y despojos.
Me causan los clamores El impío pueblo infiel se alegra y canta
De niños liernecitos y doncellas. Triunfando de tus templos y tu gente
Muévante, mi Dios, ellas, Y con crueza extraña nos espanta.
¡Ay Dios! ¿qué lengua habrá que diga y cuente Si alguno sacrifica, si te adora,
La crueldad, las penas y el estrago. Metido en criptas, cuevas y cavernas,
Cuanto menos Horarias dignamente ? No tiene allí sosiego sola una hora.
De llanto me sustento y satisfago, De esto me nacen lágrimas eternas
Ceniza es pan, y lágrimas bebida, Viendo tan afligidos y angustiados
Ni de otra cosa alguna caso hago. Aquellos que tú amas y gobiernas.
La gente más cruel, endurecida, Desnudos y hambrientos, destrozados,
Oyendo nuestra pena y destrucciones Aquellos que este mundo no merece,
A lástima y á lloro es conmovida. Andan por riscos, breñas y collados
¿Pues qué hará en los blandos corazones
Ver á los mansos niños como ovejas,
I I I
Y encarnizarse en ellos los leones ?
Al sumo cielo subirán mis quejas «HABLA SAN SILVESTRE.)
Diciendo: Dios eterno, ¿hasta cuándo
De tu querida Esposa ansí te alejas? ¡Oh vida triste, larga y enojosa!
Aquí prendiendo están, allí matando, Dime, ¿porqué dilatas y detienes
Embriagado está el cuchillo fiero, Al alma que en la tierra no reposa?
Tus siervos esparcidos y temblando. Vanos son tus placeres y tus bienes,
No fué tan duro nunca el crudo Ñero, Tus tormentos y penas poco duran,
Ni tanto se holgó con nuestra muerte Con sola la' apariencia te entretienes.
Como este cruel tirano carnicero. ¡ Oh dichosos aquellos que aseguran
No lloro la dichosa y rica suerte Con el martirio breve y fortaleza
De aquellos capitanes valerosos El eterno descanso que procuran!
Que por las penas han subido á verte: ¡Oh reino celestial de suma alteza!
Lloro los desdichados temerosos ¿Cuándo será aquel día venturoso
Que con flaqueza grande y de vil pecho En que podré gozar de tal lindeza?
Siguieron á los ídolos dañosos. Bien sabes tú, mi Dios, cuán deseoso
Lloro los que perdieron el derecho Estaba del martirio el flaco pecho,
De ser contigo bienaventurados Hecho con tus favores animoso.
Con tan indigno y miserable hecho. Mas como á siervo inútil sin provecho
Lloro tus sanctos templos profanados Quisiste reservarme de la muerte
Hechos establo vil, sin sacrificio, Con que fuera el deseo satisfecho.
Muertos los sacerdotes y prelados. No permitas que pueda yo ofenderte
Cesaron mis canciones y ejercicio Con vida por .tu mano libertada
De venerar tu nombre en voz sonora: De la persecución y estrago fuerte.
El lamentar me queda por oficio.
*

Por mí será tu Iglesia gobernada,


Pues es tu voluntad hasta que acabe
Conforme mi esperanza la jornada.
Procuraré que el mundo siempre alabe,
FRANCISCO D E TERRAZAS. 1
Ensalce y glorifique el sancto Nombre •
En quien todo el amor y gloria cabe.
Procuraré también que á nadie asombre
De los perseguidores el tormento, SONETO.
Pues permanece Dios y muere el hombre.
Con esperanza sola me sustento Dejad las hebras de oro ensortijado
Teniendo en mi chozuela mal pulida Que el ánima me tienen enlazada,
Mi Cristo en admirable ¿sacramento. Y volved á la nieve no pisada
Aquí tienen refugio, aquí manida Lo blanco de esas rosas matizado.
Los que del fiero mal y caso duro
Han sido conservados en la vida. Dejad las perlas y el coral preciado
De que esa boca está tan adornada;
Y hasta que del todo esté seguro
Y al cielo, de quien sois tan envidiada,
De la persecución tu pueblo santo,
Volved los soles que le habéis robado.
Aquí celebro sacrificio puro.
Y aunque el cruel rigor cesó algún tanto, La gracia y discreción que muestra ha sido
Según que fué terrible su fiereza, Del gran saber del celestial maestro
A muchos todavía pone espanto. Volvédselo á la angélica natura;
Por tu bondad, Señor, por tu grandeza,
Cese la tempestad, venga bonanza, Y todo aquesto así restituido,
Acábense los males con presteza. Veréis que lo que os queda es propio vuestro:
Mas no pierdo del todo la esperanza Ser áspera, cruel, ingrata y dura.
De darte en sacrificio yo la vida
Por vida tan ajena de mudanza.

1. H i j o de u n o de los conquistadores que vinieron con Cortés. Falleció en


México antes de 1604.

Antología.—5
Quien acude con amor
Al pobre necesitado,
A Dios se lo da fiado,
F E R N A N GONZALEZ D E E S L A V A . 1
Porque Cristo es fiador
Que le será bien pagado.
RIQUEZA Y POBREZA. Ten, cristiano, regocijo
La Riqueza que regala De ser pobre acá en el suelo,
Huyan todos de tenella: Tenlo por muy gran consuelo,
A la buena poseella, Pues Dios te tiene por hijo
Que la riqueza no es mala Para que heredes el cielo.
Sino sólo usar mal della.
Viva cualquier recatado Toda pobreza que acierta
Que es Riqueza encantadora A ser por Dios recibida,
Flor que á la vista enamora, Siendo por su amor sufrida,
Vaso de hierro dorado Está por la Gracia enjerta
Que la muerte lo desdora. En Dios que es árbol de vida.
Es pared vieja encalada Cultivóla en este suelo
Que no tiene fundamento, El Señor á quien se aplica,
Es una torre de viento Y en ser pobre está muy rica,
Y una red con tino armada Porque son frutos del cielo
Para nuestro perdimiento. Los que en Gracia justifica.
Saúl, del reino terreno
Dios le dió el mando y el palo: La corona de consuelo
Lleve de inmortal memoria,
Ved si le dañó el regalo,
Y e s t a palma d e V i t o r i a ,
Porque pobre fué muy bueno
Y así triunfe acá en el suelo
Y en siendo rico fué malo.
Hasta que triunfe en la gloria.
Y lo propio fué David
Que pobre al Señor servía,
Y puesto en la monarquía
Hizo matar en la lid
Al pobre á quien ofendía.

1. Presbítero, escritor nacido en México según E g u i a r a ; a n d a l u z en concepto


de Don J o a q u í n García Icazbaleeta: escribió en México entre 1567 y 1600. Del
decimotercio de sus "Coloquios Espirituales y S a c r a m e n t a l e s " relativo á la
R i q u e z a y Pobreza, están tomadas estas quintillas.
Que, pues sólo en la aprehensión
1 Dicen que estriban los daños,
SOR J U A N A I N E S D E LA CRUZ.
Si os imagináis dichoso,
I No seréis tan desdichado.
LUCRECIA. Sírvame el entendimiento
¡Oh famosa Lucrecia, gentil Dama, Alguna vez de descanso,
De cuyo ensangrentado noble pecho Y no siempre esté el ingenio
Salió la sangre que extinguió, á despecho Con el provecho encontrado.
Del Rey injusto, la lasciva llama! Todo el mundo es opiniones,
¡Oh con cuánta razón el Mundo aclama De pareceres tan varios,
Que lo que el uno que es negro,
Tu virtud, pues por premio de tal hecho,
El otro prueba que es blanco.
Aun es para tus sienes cerco estrecho
La amplísima corona de tu fama! A unos sirve de atractivo
Lo que otro concibe enfado:
Pero, si el modo de tu fin violento
Y lo que éste por alivio,
Puedes borrar del tiempo y sus anales,
Aquél tiene por trabajo.
Quita la punta del puñal sangriento
El que está triste, censura
Con que pusiste fin á tantos males;
Al alegre de liviano;
Que es mengua de tu honrado sentimiento
Y el que está alegre, se burla
Decir que te ayudaste de puñales.
De ver al triste penando.
Los dos Filósofos Griegos
Bien esta verdad probaron;
II Pues, lo que en el uno risa,
ROMANCE. Causaba en el otro llanto.
Finjamos que soy feliz, Célebre su oposición
Triste pensamiento, un rato: Ha sido, por siglos tantos,
Quizá podréis persuadirme, Sin que cuál acertó, esté
Aunque yo sé lo contrario. Hasta ahora averiguado.
Antes en sus dos banderas
1. N a c i d a en San M iguel N e p a n t l a , á doce leguas de México, en 1651, abrazó
El Mundo todo alistado,
el estado religioso á los diez y siete años, y m u r i ó á los c u a r e n t a y cuatro. E l
P a d r e Feijoo dijo: " L a célebre m o n j a de México, Sor J u a n a I n é s d e la C r u z
Conforme el humor le dicta,
es conocida de todos p o r su erudición y a g u d a s poesías: y así es excusado h a c e Sigue cada cual el bando.
su elogio N i n g u n o , acaso, la igualó en la universalidad de conocimientos Uno dice que de risa
de todas facultades A u n q u e su talento poético es lo que m á s se celebra, Sólo es digno el mundo vario;
f u é lo menos que t u v o . "
Y otro, que sus infortunios
Son sólo para llorados.
En los trabajos futuros
Para todo se halla prueba
La atención sutilizando,
Y razón en que fundarlo;
Más formidable que el riesgo
Y 110 hay razón para nada
Suele fingir el amago.
De haber razón para tanto.
¡Qué feliz es la ignorancia
Todos son iguales jueces:
Del que indoctamente sabio,
Y siendo iguales, y varios,
Halla de lo que padece
No hay quien pueda decidir
En lo que ignora sagrado!
Cuál es lo más acertado.
No siempre suben seguros
Pues si no hay quien lo sentencie,
Vuelos del ingenio osados,
¿Por qué pensáis vos, errado,
Que buscan trono en el fuego
Que os cometió Dios á vos
Y hallan sepulcro en el llanto.
La decisión de los casos?
También es vicio el saber,
O por qué, contra vos mismo
Que si no se va atajando,
Severamente inhumano,
Cuando menos se conoce .
Entre lo amargo y lo dulce
Es más nocivo el estrago.
Queréis elegir lo amargo?
Y si el vuelo no le abaten,
Si es mío mi entendimiento
En sutilezas cebado,
¿Por qué siempre he de encontrarlo
Por cuidar de lo curioso,
Tan torpe para el alivio,
Olvida lo necesario.
Tan agudo para el daño?
Si culta mano no impide
El discurso es un acero Crecer al árbol copado,
Que sirve por ambos cabos: Quita la substancia al fruto
De dar muerte por la punta; La locura de los ramos.
Por el pomo, de resguardo. Si andar á nave ligera
Si vos, sabiendo el peligro, No estorba lastre pesado,
Queréis por la punta usarlo, Sirve el vuelo de que sea
¿Qué culpa tiene el acero, El precipicio más alto.
Del mal uso de la mano? En amenidad inútil,
No es saber, saber hacer ¿Qué importa al florido campo,
Discursos sutiles, vanos, Si no halla fruto el Otoño,
Que el saber consiste sólo Que ostente flores el Mayo?
En elegir lo más sano. ¿De qué le sirve al ingenio
Especular las desdichas El producir muchos partos,
Y examinar los presagios, Si á la multitud se sigue
Sólo sirve de que el mal El malogro de abortarlo?
Crezca con anticiparlo.
Y á esta desdicha, por fuerza
Ha de seguirse el fracaso
De quedar el que produce,
FRAY MANUEL N A VARRETE.1
Si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego,
Que con la materia ingrato, EL ALMA PRIVABA DE LA GLORIA.
Tanto la consume más,
Para triste desahogo de la pena
Cuanto él se ostenta más claro.
Que en lo interior me agita,
Es de su propio señor
Lloro la triste y espantosa escena
Tan rebelado vasallo,
Del alma en el instante
Que convierte en sus ofensas
Que escucha la sentencia de precita.
Las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio, Vuelve á mis manos, vuelve,
Este duro afán pesado, Mi cítara sonante,
A los hijos de los hombres Que en más alegre día
Dio Dios para ejercitarlos. Acompañabas mis festivos versos:
¿Qué loca ambición nos lleva Hoy el numen resuelve
De nosotros olvidados? Que lleves el compás de la elegía;
Si es para vivir tan poco, Y por tonos diversos
¿De qué sirve saber tanto? La acompañen tus cuerdas, entretanto
¡Oh si como hay de saber, Que desata los diques de mi llanto.
Hubiera algún seminario
O escuela, donde á ignorar Luego que la memoria me presenta
Se enseñara los trabajos! Como en vasto proceso mis delitos,
De que se turba la horrorosa cuenta,
Qué felizmente viviera,
Entonces la tormenta
El que flojamente cauto
Crece de mis temores y conflitos:
Burlara las amenazas
Y entonces, cual si fuese arrebatado
Del influjo de los astros!
Al tribunal temible
Aprendamos á ignorar,
Del Juez contra mis culpas irritado,
Pensamientos, pues hallamos
Miro su rostro de furor bañado,
Que cuanto añado al discurso,
Escucho de su boca la terrible
Tanto usurparé á los años.
Sentencia de dolor y llanto eterno:

1. Eeligioso franciscano. Nació en Zamora ( M i c h o a c á n ) , el 16 de J u n i o


de 1763. Murió en el Eeal de Minas de T l a p u j a h u a el 19 de J u l i o de.l809.
Y á esta desdicha, por fuerza
Ha de seguirse el fracaso
De quedar el que produce,
FRAY MANUEL N A VARRETE.1
Si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego,
Que con la materia ingrato, EL ALMA PRIVABA DE LA GLORIA.
Tanto la consume más,
Para triste desahogo de la pena
Cuanto él se ostenta más claro.
Que en lo interior me agita,
Es de su propio señor
Lloro la triste y espantosa escena
Tan rebelado vasallo,
Del alma en el instante
Que convierte en sus ofensas
Que escucha la sentencia de precita.
Las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio, Vuelve á mis manos, vuelve,
Este duro afán pesado, Mi cítara sonante,
A los hijos de los hombres Que en más alegre día
Dio Dios para ejercitarlos. Acompañabas mis festivos versos:
¿Qué loca ambición nos lleva Hoy el numen resuelve
De nosotros olvidados? Que lleves el compás de la elegía;
Si es para vivir tan poco, Y por tonos diversos
¿De qué sirve saber tanto? La acompañen tus cuerdas, entretanto
¡Oh si como hay de saber, Que desata los diques de mi llanto.
Hubiera algún seminario
O escuela, donde á ignorar Luego que la memoria me presenta
Se enseñara los trabajos! Como en vasto proceso mis delitos,
De que se turba la horrorosa cuenta,
Qué felizmente viviera,
Entonces la tormenta
El que flojamente cauto
Crece de mis temores y conflitos:
Burlara las amenazas
Y entonces, cual si fuese arrebatado
Del influjo de los astros!
Al tribunal temible
Aprendamos á ignorar,
Del Juez contra mis culpas irritado,
Pensamientos, pues hallamos
Miro su rostro de furor bañado,
Que cuanto añado al discurso,
Escucho de su boca la terrible
Tanto usurparé á los años.
Sentencia de dolor y llanto eterno:

1. Eeligioso franciscano. Nació en Zamora ( M i c h o a c á n ) , el 16 de J u n i o


de 1763. Murió en el Eeal de Minas de T l a p u j a h u a el 19 de J u l i o de.l809.
Siento el brazo de u n Dios irresistible
Id ahora, delicias de la vida,
Que me arroja á las llamas del infierno.
A dar algún consuelo
A mi alma por vosotras afligida.
Desde que este cuidado me rodea,
Halagüeñas d e l i c i a s . . . . no queda una
Melancólico vago por el m u n d o ,
De tantas que en el suelo
Como hurtando el semblante á la alegría.
Ciñeron el laurel á mi fortuna.
Conformes sólo con mi triste idea
Todas desparecieron
Son tus lúgubres sombras, t u profundo
Como un sueño, de mí alma, y de repente
Silencio, noche obscura. El claro día
Al caos de la nada se volvieron.
En vano para m í su luz enciende;
La ciudad, su rumor, todo me ofende. Vosotros, mis amigos, id ahora
El espanto se sigue á la tristeza, A socorrer á mi alma: ¿mas qué digo?
¿Qué favor podrá ser ¡ay! suficiente
Y el más leve ruido
A salvarla ele la ira vengadora
Me parece el horrísono estallido
Del Todopoderoso su enemigo?
De un rayo que me hiende la cabeza.
¿Del Dios cuya invencible fortaleza
La imagen de la muerte á cada instante
Suscita las violentas convulsiones
Se me pone á los ojos;
De la naturaleza?
Pero aun más me horroriza t u semblante
¿Que agitando los bravos aquilones
¡Eterno Dios! de donde se desprende
Impele las soberbias tempestades,
Contra mi alma el raudal de tus enojos
Inflama los obscuros horizontes,
Que en t u furor la enciende.
Estremece los montes,
¿Fallezco? En el instante m e parece
Y hasta el nombre les borra á las ciudades?
Que el hermoso espectáculo del m u n d o
¿Del Dios? pero el palacio refulgente
Con sempiterna noche se obscurece.
Está viendo con pasmo el elevado
Sale del hondo pecho el más profundo,
Solio ele aquel monarca omnipotente:
El último suspiro, en que lanzada
La Emperatriz augusta que á su lado
Va mi alma á tu presencia
Goza de sus ternuras y caricias;
De crímenes horrendos acusada:
Angeles infinitos que agrupados
Y herida de tu voz, como de u n trueno,
Al rededor del.trono están postrados;
De t u justicia escucha la sentencia Las Cándidas doncellas
De tu eterno castigo irrevocable: Que en sus puras delicias
Atérranla tus ojos, y el sereno Enguirnaldan la frente con estrellas;
Resplandor de tu rostro le parece Santos todos; los justos bienhadados;
Nube que anuncia rayo formidable La corte de los c i e l o s . . . . ¡oh dichosa
Cuando truena el Olimpo y se enardece. Morada! clama entonces la alma mía.
Las mansiones de luz, con armonía
Allí estás, ¡oh mi m a d r e venturosa!
De voces apacibles estáis dando
Allí asomas con plácida alegría
Gracias sin término á su Autor: al mismo
i' deliciosa calma:
Que fabricó con manos eternales
hózate, pues ya tienes
Las cárceles horrendas del abismo,
Recompensado el mérito de tu alma:
hózate ¡oh madre! en infinitos bienes. Y encendió las hogueras infernales.
Pero qué ¿la b l a n d u r a de tus ojos Allá m e arroja con furor horrible
Con miradas crueles me retiras? A gemir oprimido de cadenas
¿Objeto de tus iras Que su m a n o terrible
El que sufre del cielo los enojos? Forjó para instrumento de mis penas.
¡Ay! vuélveme mi abrazo; abrazo estrecho Allá me precipita. ¡Qué caverna!
Que en el m u n d o te di cuando espiraste ¡Qué fuego abrasador! ¡Qué pestilente
V triste m e dejaste H u m o bosteza la tartárea boca!
En abundantes lágrimas deshecho. He aquí el hórrido espectro de la eterna
¿No me oyes? ¿no m e ves? ¿no me conoces? Noche, el dolor, la cólera impaciente
¡Ay! mírame por último agradable: Que sin cesar provoca
El llanto de los míseros precitos.
-Vo seas inexorable
Hierve el lago infernal; la gruta b r a m a
Al blando ruego de mis tiernas voces.
Con són horrendo de inflamada llama.
¿Huyes de m i presencia?
Los calabozos lóbregos á gritos
¿Ni una vista me pagas, ni un abrazo,
Ya parece que se h u n d e n . ¡Qué molesto
Al hacer u n a ausencia
Desorden! ¡Qué funesto,
De que es la misma eternidad el plazo?
Qué terrible lugar donde severo
¿Con tu hijo t a n cruel? ¿con un pedazo
Descarga Dios su brazo justiciero!
De t u vida? ¡Ay de mí! con raudo vuelo
¡Oh cuántos condenados
Te apartas de mis o j o s . . . . ya te fuiste
Como en ardientes h o r n o s encendidos
Para otras partes del alegre cielo.
Se ven amontonados!
Pero ¿qué estoy mirando? ¡Caso triste R e t u m b a n con sus grandes alaridos
Para mí, y d e dolor el más profundo! Las subterráneas bóvedas, y cuando
Allí el cómplice está de mi pecado. Los demonios ¿Qué es esto? Delirando
V ¡cuántos que en el m u n d o Atónito el discurso titubea;
Conocí pecadores! ¡Oh! ¡dichosos, Y cuando los demonios con horrible
Dichosos todos con envidia mía Presencia Yo deliro
Los que gozáis de Dios el dulce agrado, Con la fuerte impresión de la terrible
V os recrean sus ojos cariñosos! Imagen de esta idea.
¡Dichosos! sí, mil veces, que ocupando
Me agita el susto, y asombrado miro
Todo el infierno junto
Se le presenta á mi alma en este punto.

No me llames ¡oh Dios! aun todavía;


Mas cuando sea llevada el alma mía FRANCISCO M A N U E L SANCHEZ D E TAGLE. 1
A tu presencia augusta, oh Juez eterno,
No la arrojes, Señor, en el infierno.
Muévate mi congoja y mi gemido;
AL PRIMER JEFE DEL EJERCITO TRICABANTE.
Mi corazón doliente
Que sale por los ojos derretido. Por undécima vez su inmenso giro
Quédate, adiós, en lágrimas bañada Saturno perezoso recorría
De este álamo pendiente, Desque á la patria mía
Cítara triste, y á tu voz cansada Tristísimo suspiro
Prosiga de mis ojos la corriente. El generoso pecho trabajaba
Y ardiente llanto la mejilla araba.

Vanamente mil otros campeones


De indignación el grito levantaron,
Y tronchar intentaron
Los viejos eslabones
Que formando cadenas revolvían,
Y el cuello, piés y manos le oprimían.

No plugo al Cielo, valerosos hombres,


Víctimas de una patria agradecida;
Mas perdiendo la vida
Ganasteis claros nombres,
Que nunca sin dulcísima ternura
Habrá de pronunciar raza futura.

A tí solo, héroe invicto, hijo mimado


Del invencible Marte y de Minerva,

1 Nacido en Valladolid (hoy Morelia) el 11 de Enero de 1782. Fallecí j en


México el 7 de Diciembre de 1847.
80

A tí solo reserva
Muertes anuncia el brillo
Tamaña empresa el hado,
De afilados aceros;
Y al solo arrimo de tus fuertes brazos
Y aun las deidades que en Olimpo habitan,
Caerán los eslabones á pedazos.
Los héroes, protegiendo, á lucha incitan.

Alza y alimpia la morena frente,


¿Será, será que al Orco denegrido
Matrona augusta, y los tus ojos bellos;
Bajen nuestros hermanos á millares?
Deja ondear los cabellos ¿La libertad y lares
Al viento libremente, A precio tan subido
Y si es posible, tu ventura mide,
Habremos de comprar ? Fuera tristura,
Pues soberana te aclamó Iturbide.
Que O'Donojú la paz nos asegura.

¡Oh! salve, salve, venturoso día Sobrehumano mortal, de España gloria,


Por tres siglos ansiado vanamente; La agradecida americana gente,
No pases, no, detente; Mientras el Sol caliente
Ni traigas noche umbría, Loor dará á tu memoria;
Y aduérmanse tus horas apacibles Nuestro has de ser en tanto que animares;
En tapetes de rosa imarcesibles. Di eterno adiós á los revueltos mares.

¡Oh libertad! ¡Oh dón del almo Cíelo! América, mil veces venturosa,
Ya entre tus brazos cierras al indiano, Bendice de tu dicha á los autores;
Que en tu regazo ufano Desecha los temores;
Descansa sin recelo, Descuidada reposa:
Y el ósculo le das en frente y sienes, Si el invicto Iturbide está contigo,
Y en él ¡cuánta ventura! ¡cuántos bienes! Despreciable será todo enemigo.

Pero antes ¡ay! el estallido horrendo Las naciones del viejo continente,
De ominoso cañón el valle atruena: Despertando del sueño del olvido,
Mavorte desenfrena Ven el coloso erguido
Mil iras, y blandiendo Que majestuosamente
La enorme lanza con la diestra mano, Acá, en el Nuevo Mundo, se levanta,
Al lado va del héroe americano. Y asombradas admiran obra tanta.

Un número sin nombre de guerreros Hossana, pues, hossana, mexicanos,


Camina en pos del inmortal caudillo: Repitamos cien veces, y otras ciento,
Antología.—6
En inmortal contento;
Y digamos ufanos:
¡Vivan, por don de celestial clemencia,
La Religión, la Unión, la Independencia!
A N D R E S Q U I N T A N A ROO. 1

DIEZ Y SIES DE SEPTIEMBRE.

Ite, ait; egregias animas, quce sanguine nobis


H a n c p a t r i a m peperere suo, decórate supremis
Muneribus
(V. En., L. XI.)

Renueva ¡oh Musa! el victorioso aliento


Con que, fiel de la patria al amor santo,
El fin glorioso de su acerbo llanto
Audaz predije en inspirado acento:
Cuando más orgulloso
Y con mentidos triunfos más ufano,
El ibero sañoso
Tanto ¡ay! en la opresión cargó la mano,
Que al Anáhuac vencido
Contó por siempre á su coyunda unido.
"Al miserable esclavo (cruel decía)
Que independencia ciego apellidando,
De rebelión el pabellón nefando
Alzó una vez en algazara impía,
De nuevo en las cadenas
Con más vigor á su cerviz atadas,
Aumentemos las penas,
Que á su última progenie prolongadas,
En digno cautiverio
Por siglos aseguren nuestro imperio.

1 N a c i d o e n Mérida ( Y u c a t á n ) el 30 de N o v i e m b r e de 1787. Muerto


México el 15 de A b r i l de 18-51.
L

"¿Qué sirvió en los Dolores, vil cortijo,


Que ej aleve pastor el grito diera Del terror y la muerte precedidos,
De libertad, que dócil repitiera Feroces escuadrones
Talan impunes campos florecidos,
La inmensa chusma con afán prolijo?
Y al desierto sombrío
Su vaior inexperto
Consagran de la paz el nombre pío.
De sacrilega audacia estimulado,
A nuestra vista yerto No será empero que el benigno cielo,
Cómplice fácil de opresión sangrienta,
En el campo quedó, y escarmentado
Niegue á la patria en tan cruel tormenta .
Su criminal caudillo,
Una tierna mirada de consuelo.
Rindió ya el cuello al vengador cuchillo.
Ante el trono clemente
"Cual al romper las Pléyadas lluviosas
Sin cesar sube el encendido ruego,
El seno de las nubes encendidas,
El quejido doliente
Del mar las olas antes adormidas
De aquel prelado que inflamado en fuego
Súbito el austro altera tempestosas;
De caridad divina,
De la caterva osada
La América indefensa patrocina.
Así los restos nuestra voz espanta,
"Padre amoroso, dice, que á tu "hechura,
Que resuena indignada
Como el dón más sublime concediste
Y recuerda, si altiva se levanta,
La noble libertad con que quisiste
El respeto profundo
De tu gloria ensalzarla hasta la altura,
Que inspiró de Vespucio al rico mundo.
¿No ves un orbe entero
"¡Ay del que hoy más los sediciosos labios
Gemir, privado de excelencia tanta,
De libertad al nombre lisonjero
Bajo el dominio fiero
Abriese, pretextando novelero
Del execrable pueblo que decanta,
Mentidos males, fútiles agravios!
Asesinando al hombre,
Del cadalso oprobioso Dar honor á tu excelso y dulce nombre?
Veloz descenderá á la tumba fría,
"¡Cuánto ¡ay! en su maldad ya se gozara
Y ejemplar provechoso
Cuando por permisión inexcrutable
Al rebelde será, que en su porfía
De tu justo decreto y adorable,
Desconociere el yugo De sangre en la conquista se bañaba
Que al invicto español echarle plugo." Sacrilego arbolando
Así los hijos de Vandalia ruda La enseña de tu cruz en burla impía,
Fieros clamaron cuando el héroe augusto Cuando más profanando
Cedió de la fortuna al golpe injusto; Su religión con negra hipocresía,
Y el brazo fuerte que la empresa escuda, Para gloria del cielo
Faltando á sus campeones, Cubrió de excesos el indiano suelo!
"De entonces su poder ¡cómo ha pesado
Sobre el inerme pueblo! ¡Qué de horrores, De los héroes, su número recrece,
Creciendo siempre en crímenes mayores, Como tal vez herida
El primero á tu vista han aumentado! De la segur la encina reverdece
La astucia seductora Y más vigor recibe,
En auxilio han unido á su violencia: Y con más pompa y más verdor revive.
Moral corrompedora Mas ¿quién de la alabanza el premio digno
Predican con su bárbara insolencia, Con títulos supremos arrebata,
Y el laurel más glorioso á su sien ata,
Y por divinas leyes
Guerrero invicto, vencedor benigno?
Proclaman los caprichos de sus reyes.
El que en Iguala dijo:
"Allí se ve con asombroso espanto
Libre la patria sea, y fuélo luego
Cual traición castigado el patriotismo,
Que el estrago prolijo
En delito erigido el heroísmo
Atajó y de la guerra el voraz fuego,
Que al hombre eleva y engrandece tanto.
Y con dulce clemencia
¿Qué más? en duda horrenda
En el trono asentó la Indepeftdencia.
Se consulta el oráculo sagrado
¡Himnos sin fin á su indeleble gloria!
Por saber si la prenda
Honor eterno á los varones claros
De la razón al indio se ha otorgado,
Que el camino supieron prepararos,
Y mientras Roma calla,
¡Oh Iturbide inmortal! á la victoria.
Entre las bestias confundido se halla.
Sus nombres antes fueron
"¿Y qué, cuando llegado se creía
Cubiertos de luz pura, esplendorosa,
De redención el suspirado instante,
Mas nuestros ojos vieron
Permites, justo Dios, que ufana cante Brillar el tuyo como en noche hermosa
Nuevos triunfos la odiosa tiranía? Entre estrellas sin cuento
El adalid primero, A la luna en el alto firmamento.
El generoso Hidalgo ha perecido:
¡Sombras ilustres, que con cruento riego
El término postrero
De libertad la planta fecundasteis,
Ver no le fué de la obra concedido;
Y sus frutos dulcísimos legasteis
Mas otrc¡£ campeones
Al suelo patrio, ardiente en sacro fuego!
Suscita que rediman las naciones."
Recibid hoy benignas,
Dijo, y Morelos siente enardecido De su fiel gratitud prendas sinceras
El noble pecho en belicoso aliento; En alabanzas dignas,
La victoria en su enseña toma asiento Más que el mármol y el bronce duraderas,
Y su ejemplo de mil se ve seguido. Con que vuestra memoria
La sangre difundida Coloca en el alcázar de la gloria.
El que su familia olvida
Y más no piensa ni cuida
Que en deber y trampear;
En fin, el que á todo precio
MANUEL EDUARDO D E GOROSTIZA. 1
Juega, pierde y se envilece,
Don Jacinto, no merece
I
Compasión, sino desprecio.
E L J U G A D O R .
II

—Diréis que jugó: es verdad P E N S A M I E N T O S VARIOS.

Que jugó; nadie lo niega; (Tomado de las obras d r a m á t i c a s d e Gorostiza.)


Mas ¿quién es el que 110 juega
En nuestra actual sociedad? I
—Si juega por recreación ¡Cuánto cuesta el enmendar
Como noble y caballero, Un error! Si se supiera,
Puede á costa del dinero Más fácil mil veces fuera
Encontrar su diversión. Obrar bien que no faltar!
Quizá muy fácil le fuera
Y mucho más conveniente II

Otra hallar más inocente


Temo mi opinión perdida
Y que menos le expusiera. Y el grito de una ofendida
Sin embargo, siempre tiene Conciencia; temo también
En el uso la disculpa; El merecido desdén
Y, al fin, bien haya la culpa Del anciano Don Fermín:
Que en sí el castigo contiene! Y temo á todos, que, en fin,
Pero aquel necio que hollando Teme bien quien no obra bien.
Los más sagrados deberes,
En pos de infames placeres m
Pasa su vida jugando;
¡Un yerno amable, sensible
El que vive de engañar,
Y enamorado en extremo:
Un yerno pundonoroso
1 Nació en Veracruz el 13 de Octubre de 1789. Murió en Tacubaya el 23
Y nada cobarde; un yerno
de Octubre de 1851. A u n q u e pasó su j u v e n t u d y dio á luz sus principales
obras dramáticas en España, desde 1824 estuvo al servicio de México, y resi- Amigo de diversiones,
dió y escribió aquí desde 1833 hasta su muerte. De trasnoches V de juegos!
También encuentra barreras
¡Qué hallazgo! Yo que esperaba,
Que establecieron severas
Teniendo un yerno perfecto,
Ya la ley, ya la razón.
Ser mártir de su virtud,
Que una vez á la opinión
Hallarme uno de quien puedo
O al capricho se permita
Murmurar: quien sabrá darme
Despreciar lo que limita
A cada instante pretextos
Nuestro humano desenfreno,
Para reñirle y quejarme
Y si hallaren hombre bueno
A los vecinos y deudos!
Pueden ponerle en su ermita.

iv

¡Qué compasión, en verdad,


Merece el que se separa
De la línea del deber!
¡Infeliz! harto le cuesta,
Y el tiempo me manifiesta
Lo que no supe entender
Cuando, venturoso, el nombre
Ignoraba del disgusto;
Mas ¡ay! que siempre fué injusto
Si fué venturoso el hombre!

Bueno fuera, pese á tal,


Que así al deber se faltase
Y uno luego se escudase
Con la causa de su mal.
No, señor: el criminal
Cuando halaga su cadena
A sí mismo se condena,
Y, pues no tiene disculpa,
Ya que cometió la culpa
Que sufra también la pena.

La pasión
"Seis plagas has visto que toda la gente
Sufrió por tu culpa, le dijo el anciano;
Al Dios de mis padres resistes en vano,
Él quiere librarnos, y es fuerza partir.
MANUEL CARPIO.1 "Humíllate débil al fuerte Adonai,
Él hizo los montes, los campos y mares:
Y allá en esos cielos, él puso á millares
C A S T I G O D E F A R A O N . Las altas estrellas que miras lucir."
Del rey entretanto, cambiando colores,
Sentado el monarca glorioso de Egipto
El pecho se inunda de cólera amarga:
En trono de nácar y de oro luciente,
Ya coge la espada, ya coge la adarga,
Augusta diadema le ciñe la frente
Ya baja del solio, ya yuelve á subir.
Y adórnale el pecho radiante joyel.
Temblaron las guardias al ver el enojo
Y lleva una zona bordada de estrellas,
Que agita al monarca: cual tigre en la reja,
Su túnica es blanca de seda sonante,
Revuelve los ojos, enarca la ceja,
Y el manto soberbio de grana brillante
Y en tono tremendo comienza á decir:
En ondas le baja cubriéndole el pie.
"¿Cómo es que un hebreo, cómo es que un esclavo
El trono rodean soldados adustos
Armado tan sólo de mágica vara
De barba poblada, de rostro salvaje,
Me pida insolente y así cara á cara
De yelmo terrible, con negro plumaje,
Librar á sus tribus? Así no será.
Coturnos vellosos de piel de león.
"Primero los mares abriendo su seno
Su cota de acero bruñido relumbra;
A mí y á mis tropas y carros cubrieran,
La espada en la cinta, la pica en la mano,
Que gentes tan viles de Egipto salieran;
Esperan la seña del duro tirano,
Serán aquí siervos, aquí morirán."
Y reina el silencio por todo el salón.
Oyendo el profeta palabras tan duras,
Moisés el profeta, varón venerable
"Mañana, le dijo, verás tempestades,
. De serio semblante, de undoso cabello,
Habrá granizadas, habrá mortandades,
Terribles los ojos, indómito el cuello,
Verás maravillas que Egipto no vió."
La túnica parda, de trueno la voz,
Y dando la vuelta salió del palacio;
Preséntase, y pide que al pueblo judío
Y cuando cercano mostrábase el día,
Se deje el camino seguro y abierto,
Al cielo terrible la mano tendía,
Y hacer sacrificios allá en el desierto
Y negro nublado los aires cubrió.
En rústicas aras al grande Criador.
De Oriente al Ocaso, del Sur al mar Grande,
1 Nació en Cosamaloápam "[provincia de Veracruz] el 1? de Mayo de 1791. Errantes las sombras cubrieron el cielo,
Murió en México el 11 de Febrero do 1860.
Relámpagos rojos cruzaban el suelo,
Pacíficas duermen las Cándidas garzas
Los truenos hacían la tierra temblar:
Allá entre las cañas, orillas del río,
El Nilo bramaba, bramaban los mares,
Las bestias feroces en campo sombrío
Bramaban sus costas, silbaban los vientos;
Y en húmedas cuevas dormidas están.
De Tebas y Tanis los hondos cimientos
Del rayo temblaban al rudo estallar. Los áulicos altos, los nobles magnates
Descansan en lechos de púrpura rica;
Rasgadas las nubes, la lluvia ruidosa
Mas ¡ay! sobre sedas el rey se abanica,
Inunda los campos, rebosan las fuentes,
E inquieto en su cama no puede dormir.
Y bajan las aguas en turbios torrentes
Repasa en la mente las plagas horribles
Y arrastran las olas ganado y pastor.
Que al reino trajeron inmensa amargura,
Mezclados andaban granizos y rayos,
Le eriza el cabello su suerte futura;
La yerba del campo y el árbol hirieron; Sudando y convulso se siente morir.
El toro robusto y el hombre murieron,
Un ángel en tanto voló como un rayo
Y el reino cubrióse de luto y horror.
De Siene hasta el Delta, temblando de enojo;
El bárbaro río sus márgenes cubre, Con la ala derecha tocaba el Mar Rojo,
Arranca los cedros de Menfis altiva, La izquierda tocaba al Libio arenal.
Y en gran remolino sus palmas derriba, Volaba cubierto de espesa tiniebla,
Y arroja los troncos al férvido mar: Llevaba en la mano su acero sangriento,
En tanto el ganado del pueblo judío Sus negros cabellos vagaban al viento,
En campos floridos pastaba contento, Sus ojos brillaban con luz funeral.
Y allí no sintieron granizo ni viento,
Cual suele en los campos un gran torbellino
Y sólo de lejos oyeron tronar.
Quebrar las cañuelas de verdes espigas,
Pasada la negra ruidosa borrasca, Dejando burladas así las fatigas
Que salgan las tribus el rey no consiente; Y dulce esperanza de algún labrador;
Mas alza el caudillo la vara potente Así pasó el ángel airado matando
Y hambrientas langostas obliga á venir. A cuantos varones nacieron primero:
Y luego tinieblas espesas derrama, Murió desde el hijo del pobre leñero,
Y á Egipto sus luces el cielo le niega; Hasta el del monarca de Egipto señor.
Tan sólo el hebreo contento se entrega
Un grito de muerte se oyó á media noche
A juegos campestres y alegre festín.
En todo el imperio; llevaba la gente
Las sombras cubrían la tierra otra noche, Pavor en el alma, sudor en la frente;
El pueblo en su sueño posaba tranquilo, De todos los ojos el llanto corrió.
Y manso corría magnífico el Nilo; El rey se levanta del lecho de grana,
Gallaba la tierra, callaba la mar. Los vastos salones recorre aturdido,
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97

Sus lágrimas ruedan, y da un alarido, Aun hay obeliscos y templos y tumbas


Que en todo el alcázar, en todo se oyó. De Tebas y Menfis allá entre las ruinas,
Lloraba la reina, sus manos torcía, Que vieron al ángel en densas neblinas
Con ayes dolientes á su hijo llamando, Cual águila negra volando cruzar.
Y suelto el cabello y el velo arrastrando, Allí Bonaparte á orillas del Nilo,
Toda ella temblaba de espanto y dolor. Al dar á los turcos batalla tremenda,
Gritaban las m a d r e s por calles y plazas Es fama que dijo: "Aquí va la senda
Alzando los ojos llorosos al cielo, Que ha visto de un ángel la sombra pasar."
O bien de rodillas besaban el suelo,
Haciendo plegarias á Osiris y Amón.

Tremendo castigo de un pueblo orgulloso,


idólatra ciego, que á u n pueblo su h e r m a n o
Oprime sin tregua con bárbara mano,
Y apenas le deja del sueño gozar.
Empero esa noche, soñando en su viaje,
Las tribus dormían en rústicos lechos;
Terror no agitaba los Cándidos pechos
De aquellos mortales, amor de Jehová.
El ángel en tanto se pára en la c u m b r e
De la alta pirámide, y da una mirada
A todo el Egipto, y envaina la espada,
Y quedáse u n rato pensando entre sí.
De nuevo desplega sus rápidas alas,
Y párte, y resuena su espada en el vuelo;
Divide las nubes y encúmbrase al cielo,
Y dice postrado: Señor, ya cumplí.
Así en ese tiempo y en esas regiones,
Quebranta Adonai la fuerte cadena
Del pueblo escogido, y humilla y enfrena
Al bárbaro egipcio, y al gran Faraón.
Libró á los judíos con brazo robusto,
Y á tantos prodigios tembló el Filisteo,
El fuerte Moabita y el fuerte Idumeo,
Y el rico Fenicio temblaba en Sidón.
Antología.—7
Tan pronto ciega abate como eleva,
Y al justo á quien " h o s a n a "
Ayer cantaba, su furor hoy lleva.

FRANCISCO ORTEGA.1
Con los almos patricios virtuosos,
Amigos tuyos y del pueblo electos,
En lazo fiel te anuda:
A ITURBIDE EN SC CORONACION. Atiende á sus consejos, que no dañan:
Sólo ellos la desnuda
¡Y pudiste prestar fácil oído Verdad te dicen; los demás te engañan.
A falaz ambición, y el lauro eterno
Que tu frente ciñera Esos loores con que al cielo te alzan,
Por la venda trocar que vil te ofrece Los Víctores confusos, que de Anáhuac
La lisonja rastrera, Señor hoy te proclaman,
Que pérfida y astuta te adormece! Del rango de los héroes, inhumanos,
Te arrancan, y encaraman
¡Sus! despierta y escucha los clamores Al rango ¡oh Dios! fatal de los tiranos.
Que en tu pro y del Azteca infortunado
Te dirige la Gloria: ¿No miras, ¡oh caudillo deslumhrado,
Oye el hondo gemir del patriotismo; Ayer delicia del azteca libre!
Oye á la fiel Historia Cuánto su confianza,
Y retrocede ¡ay! del hondo abismo. Su amor y gratitud has ya perdido,
Rota ¡ay! la alianza
En el pecho magnánimo recoge
Con que debieras siempre estarle unido?
Aquel aliento y generoso brío
Que te lanzó atrevido
De puro y tierno amor no cual solía
De Iguala á la inmortal heroica hazaña,
Allegarse veráslo ya á tu lado,
Y un cetro aborrecido
Y el paternal consejo
Arroja presto que tu gloria empaña.
De tus labios oir: mas zozobrante
Desprecia la aura leve, engañadora, Temblar al sobrecejo
De la ciega voluble muchedumbre, De tu faz imperiosa y arrogante.
Que en su delirio insana
La cándida verdad, que te mostraba
El sendero del bien, rauda se aleja
1. A u t o r del Apéndice á la " H i s t o r i a de M é x i c o " por Veytia. Nacido en
Del brillo fastuoso
México el 13 de A b r i l de 1793. Muerto el 11 de Marzo de 1849.
Que rodea ese solio tan ansiado;
Ese solio ostentoso, Abalanzarse á tí? ¿Los divinales
Por nuestro mal y el tuyo levantado. Lazos de amistad bellos
Rasgar, y conjurarte mil rivales ?
Y e;i vez de sus acentos celestiales,
Rastrera turba, pérfida, insolente La patria en tanto, de dolor acerbo
De astutos lisonjeros, Y de males sin número oprimida,
Hará resonar sólo en tus oídos En tus manos ansiosa
Loores placenteros: Busca el almo pendón con que juraste
Ah! p l a c e n t e r o s . . . . pero cuán mentidos! La libertad preciosa,
Que por un cetro aciago ya trocaste.
No así fueron los himnos que entonara
Tenoxtitlán cuando te abrió sus puertas, Y no lo halla, y en mortal desmayo
Y saludó risueña Su seno maternal desgarrar siente
Al verte triunfador y enarbolando Por impías facciones;
La trigarante enseña, ¥ de desolación y angustia llena,
Seguido del leal patricio bando. Los nuevos eslabones
Mira forjar de bárbara cadena.
¡Con qué placer tu triunfo se ensalzaba!
La ingenua gratitud con qué entusiasmo ¡Oh, cuánto de pesares y desgracias,
Lo grababa en los bronces! Cuánto tiene de sustos é inquietudes,
Tu nombre amado con acento vario De dolor y de llanto
Cuál resonaba entonces Cuánto tiene de mengua y de mancila,
En las calles, las plazas y el santuario! De horror y luto cuánto
Esa diadema que á tus ojos brilla!
Ni esperes ya el clamor del inocente,
Ni de la ley la majestad hollada
Ni el sagrado derecho
De la patria vengar: que el cortesano,
De tí en continuo acecho,
Atará para el bien tu fuerte mano.

¿De la envidia las sierpes venenosas


Del trono en derredor no ves alzarse,
Y con enhiestos cuellos
A la puerta del teatro
Por un viejo dominó.

Y que empeñó su maleta


JOSE GOMEZ D E LA CORTINA. 1 En casa de un usurero
Por el preciso dinero
Para alquilar la careta.
E L DIABLO EN E L BAILE.
Luego se cortó las uñas,
En una noche de invierno Se puso guantes calados,
A fuerza de arte y paciencia, Y zapatos charolados
Obtuvo el diablo licencia Para ocultar las pezuñas;
Para salir del infierno.
Y ciñéndose la cola
Pero como no sabía A modo de cinturón,
Andar por esta ciudad, De los violines al són
No obstante su habilidad Se fué metiendo en la bola.
Cada vez más se perdía.
Pero como el diablo está
Por fin, cansado de andar
Condenado á padecer,
En tan inútil paseo,
Todo cuanto empieza á ver
Muy cerca del coliseo
Envidia y pena le da:
Fué con sus huesos á dar; •

Cabalmente en ocasión Porque luego á la memoria


Que el teatro lleno estaba, Le vino el tiempo pasado,
Pues de máscaras se daba En que antes de su pecado
Esa noche una función. Era arcángel en la gloria.

Y viendo que todos cuantos Y al ver que entre aquellas gentes


Con su dinero acudían Ningún tormento se sufre,
Hasta dentro se metían, Ni hay plomo hirviendo ni azufre,
Quiso ser uno de tantos. Ni silbidos de serpientes,
Dicen que un cuerno pagó,
Sino música, y no mala.
(Y hubiera pagado cuatro)
Y sorbetes y licores,
1. Conde de la C o r t i n a y d e Castro. N a c i ó e n México el 9 de Agosto de 1799. Y ramilletes de flores,
Falleció en la m i s m a capital el 6 de E n e r o de 1860. F u é notable h u m a n i s t a Y trajes de fiesta y gala;
y crítico, y sus obras son m u y conocidas en España.
En medio de tal bullicio
Hecho el diablo un estafermo,
Unos juzgan que está enfermo,
Otros que ha perdido el juicio; Y al ver tan bello modelo
Luzbel delante de sí,
Y agachadas las orejas, Dijo suspirando—así
No echa de ver el cuitado Son los ángeles del cielo.
Que ya el vals han comenzado
Las retozonas parejas. Luego mi querida habló,
Y su dulcísimo acento
Éste le da un empellón, El diablo que estaba atento
Aquél los callos le estruja, Fácilmente percibió;
Y otro un siete le dibuja
Con el pie en el pantalón Y su memoria de un vuelo
Pasó á otros tiempos veloz.
Al fin llega á presumir Y dijo—asi era la voz
Que en semejantes festines De los ángeles del cielo.
Sin duda los bailarines
Buscan un h a z m e - r e i r ; En medio de la alegría
De fiesta tan placentera,
Y no queriendo serlo él No es extraño que riera
Por parecerle ofensivo Allí la querida mía:
Al carácter primitivo
Del refulgente Luzbel, De Luzbel aumenta el duelo
Siempre efrecuerdo punzante,
Poco á poco la salida Y el pobre exclama al instante,
Con disimulo buscaba, Así es la risa en el cielo.
Cediendo á la pesadez
De u n machaca subteniente, Por aquel salón se extienden
Mi querida al fin consiente Los celestiales destellos,
En bailar por una vez;
Cuando Luzbel de improviso
Ve brillar la ardiente espada
Y apenas marca en el suelo
Con que defiende la entrada
El primer paso su pie,
El ángel del Paraíso.
Dice Luzbel que lo ve:
»
Así se pisa en el cielo. Ve el celestial resplandor
De mi querida en la frente,
Siguen después las mudanzas
Cuando él en la suya siente
Y la grata confusión
La maldición del Señor.
Con que avivan la pasión
*
Las festivas contradanzas.
Y cediendo al fallo eterno
Ninguna otra con más celo Que en ésta y en la otra vida
Que mi dueño, allí se inflama; Le priva de mi querida,
Luzbel la admira y exclama: Huye Luzbel al infierno.
Así se baila en el cielo. Y en medio del estampido
Con que desapareció,
Al salón del ambigú
Dicen que exclamar se oyó:
Pasa luego mi querida
¡Ay de mí! ¡lo que he perdido!
Y va siempre perseguida
Del constante Belzebú.

A observarla se prepara
Desde un obscuro rincón,
Esperando la ocasión
De ver su divina cara.

Mas no bien hubo logrado


La apetecida ventura
De gozar de la hermosura
De aquel ángel humanado;

No bien de sus ojos bellos


Que fuego y amor encienden,
¡Quién me diera gozarte y ver al vivo
En tus altas señales,
Las pisadas del tiempo fugitivo
Y de Dios los designios eternales!
JOSE JOAQUIN PESADO. 1
¡Oh! si los sacros muros visitara,
Cual pobre peregrino,
En donde tú, Señor, la lumbre clara
JERTJSALEM. Mostraste ya de tu poder divino!
Gloriosa dieta s u n t de te, civitas Dei.
SALMO L X X X V I , 3.
Donde vaticinaron tus profetas
De tu Hijo la venida,
I Y verdades sublimes y secretas
Mostraron á la tierra obscurecida:
Morada del poder y los honores,
Corte de Dios un día, Donde se presentara este Hijo amado,
Humilde y oprimido,
Objeto de consuelos y terrores,
De los sabios y grandes despreciado,
Prestigio de mí humilde fantasía:
Desecho de los hombres y abatido:
¡Qué de veces, Salem, tus sumas glorias
En donde derramó propicio y grato
A mi mente se ofrecen,
Las luces y el consuelo,
Y mezcladas con lúgubres memorias
Abriendo con su sangre al hombre ingrato
Entre profundas sombras resplandecen!
Los supremos alcázares del cielo!

Eres claro padrón, que levantado


Puso el dedo divino,
II
Para marcar al hombre esclavizado
La libertad que el cielo le previno.
Pues que una suerte contraria
Eres tú monumento sempiterno, En esta tierra me liga,
Eres viva enseñanza Encadenando enemiga
Del amor y bondades del Eterno, Los impulsos de mi amor;
Y también de su enojo y su venganza. Hágate el afecto acaso
Tocar lo que yo no veo,
1. Correspondiente de la E e a l Academia E s p a ñ o l a . N a c i d o e n S a n A g u s t í n Y en las alas del deseo
del P a l m a r , provincia de P u e b l a , el 9 de F e b r e r o de 1801. M u e r t o e n México Alza el vuelo, corazón.
el 3 de Marzo de 1861.
Junto á la rota muralla
¡Qué hermosas son en tus montes
Que á Jerusalem circunda
Las plantas del que bendice
En la soledad profunda
A los pueblos, y predice
El Eterno te hablará«
Al cautivo libertad!
Allí escuchará benigno
Del que anuncia á las naciones
Tus oraciones sencillas:
Que ningún opreso gima,
Prodigios y maravillas
Porque el Señor se aproxima
A tus ojos mostrará.
Y en el mundo reinará!

No hay para el amor distancia,


Ni tampoco inconveniente: 111

Lo pasado y lo presente
Sabe en un punto juntar. Felices los que oyeron
Paréceme que salvando ¡Oh Señor! de tu boca santa y pura
Selvas y montañas densas, Las palabras y vieron
Las soledades extensas T u modesta hermosura,
Y la inmensidad del mar, Gozando tu piedad y tu ternura!

Se presentan á mis ojos Aquí les enseñabas:


El monte de las Olivas, Allí de tu poder muestras hacías:
Los estanques de aguas vivas, Los enfermos sanabas:
El torrente de Cedrón; La muerte destruías:
Los sepulcros de los reyes, En todo, como Dios, resplandecías.
Los escombros del santuario, •
El santo monte Calvario, Brindabas á los niños
Y la colina de Sión. Tu amor: al infelice tus desvelos:
Al pobre tus cariños:
¡Salve! suelo sacrosanto, Al triste tus consuelos:
Del hombre infeliz abrigo, -A todos con la herencia de los cielos.
De su redención-testigo,
Sagrario de santidad, Y porque tú alumbraste
Asilo del inocente, Del h o m b r e las tinieblas y ceguera,
Del desgraciado patrono, Y benigno curaste
De revelaciones trono, De su culpa primera
Y templo de la verdad! La horrible llaga, inveterada y fiera:
112

Yaces ¡ay! enclavado Con profétícas voces revela


A una cruz, sobre el Gólgota pendiente: Los arcanos del tiempo futuro:
Del pecho lastimado "¡Ay del pueblo, del templo, del muro!
Lanzando tristemente "¡Ay de tí, desdichada Salem!"
Suspiro profundísimo y doliente.
En el aire, de sangre teñido,
Como trozado lirio Escuadrones de ardientes guerreros
Que sufre del Agosto los rigores, Con clarines, banderas, aceros,
Yaces con el martirio: Discurrir combatiendo se ven.
Cargaste mis errores, Despeñados después los recibe
Y eres varón de penas y dolores. En sus senos el báratro oscuro:
"¡Ay del pueblo, del templo, del muro!
Tus entrañas traspasa
"¡Ay de tí, desdichada Salem!"
El dolor, y de tu alma se apodera:
Ardiente sed te abrasa: Los levitas oyeron de noche
Tu aliento se acelera: Dentro el S A N C T A S A X C T O R U M augusto,
Tu corazón se funde como cera. De pavor penetrados y susto,
Pasos de hombres huyendo en tropel;
¡Oh pueblo descreído,
Y una voz que pronuncia: Salgamos
Sordo á las voces y al ejemplo ciego!
Presto, presto del sitio inseguro:
La sangre que has vertido
"¡Ay del pueblo, del templo, del muro!
Vendrá sobre tí luego:
"¡Ay de tí, desdichada Salem!"
Tu crimen vengará con hierro y fuego.
El concento del arpa y salterio,
Ya sobre tí fulmina
Y los ecos del gozo callaron:
Su rayo vengador, airado el cielo.
Los ancianos sus voces alzaron,
La compasión divina, Los mancebos gimieron también:
Al predecir tu duelo,
Vanos son de la virgen los lloros,
Lágrimas derramó sobre tu suelo.
Es del mago impotente el conjuro:
"¡Ay del pueblo, del templo, del muro!
IV "¡Ay de tí, desdichada Salem!"

Cuando aquesta ciudad delincuente De furor el Romano ceñido


Se manchó con la sangre del Justo, A tí viene frenético y ciego:
Un acento incesante, robusto, Le precede la muerte y el fuego,
Fatigaba los ecos doquier. El espanto le sigue después:
H-
r

Y te cerca, y te estrecha, y te intima Cubrió sombra de muerte su hermosura,


Su decreto terrífico y duro: Negra mancha su cándido decoro,
"¡Ay del pueblo, del templo, del muro! Perdió su estima, cual con liga impura
"¡Ay de tí, desdichada Salem!" Pierde su precio el oro.

Fuertes lazos te cercan de muerte, ¡Cómo yace desierta y desolada


Hambre, espada, dolor te circundan, La que un tiempo humilló pueblos enteros!

r
Tus recintos de sangre se inundan, ¡La señora del mundo' esclavizada
En tí reina mortal palidez: Llora sus males fieros!
M
Estallando tus puertas, dan paso
Su grandeza y beldad están perdidas,
Al gentil, al profano, al impuro:
Sus calles enlutadas y desiertas,
"¡Ay del pueblo, del templo, del muro!
Sus torres y murallas derruidas,
"¡Ay de tí, desdichada Salem!"
Destrozadas sus puertas.

Alza el soplo de la ira divina
Asentados en tierra sus ancianos
En tu seno una súbita llama,
Sobre ceniza vil, gimen dolientes;
El incendio voraz se derrama
Sus vírgenes también con lloros vanos
Y consume tu vana altivez:
Humillaron sus frentes.
Toda envuelta en torrentes de fuego
Ya no ofreces un punto seguro: Mi vista con el llanto se obscurece
"¡Ay del pueblo, del templo, del muro! Al contemplar escenas tan extrañas;
"¡Ay de tí, desdichada Salem!" Mi voz entre sollozos enmudece,
Se rompen mis entrañas.

VI

¿Dónde están de la flébil elegía ¡Cómo yace entregada


Los tristes ecos, el amargo llanto? Hoy á letal olvido
¿Do están que no acompañan la voz mía La ciudad, á quien antes
En tan duro quebranto? Miró el cielo benigno!

Cayó Sión de su elevado asiento, Finó, Solima bella,


El Señor la apartó de su memoria, Tu popular bullicio,
Trocó en pena y suspiros su contento, Y tristeza afrentosa
En afrenta su gloria. Domina en tu recinto.
Guando tiende la noche Llevándose delante,
Su manto denegrido, Cual mudos corderillos,
Se cruzan por tus plazas Con despiadada vara
Tristísimos suspiros. Tus vírgenes y niños.
Cayó Salem, prorrumpen Sin reyes y sin pueblo.
Los ecos adormidos, Templo ni sacrificio,
Cayó, también responden Eres de tus contrarios
Los montes convecinos. La presa y el ludibrio. -

No de Gión la fuente De los nuevos esposos


Vierte raudales limpios, Las voces de cariño,
Para regar los huertos Ya no en tu triste espacio
De higueras y de olivos: Halagan los oídos.

Hora sus aguas turbias, Todo es pavor .y llanto,


Con lánguido ruido, Todo es dolor esquivo.
Se arrastran torpemente ¡Cuán largo es tu tormento!
Entre zarzas y espinos. ¡Cuán duro tu castigo!

En vano con su acero, Cercada de tinieblas,


Quiso el cruzado altivo Hundida en un abismo,
Reconquistar tu gloria, • Jamás te mira el cielo
Dándote nuevo brillo. Con ojos compasivos.

Sus triunfos se pasaron ¡Pobrecilla! agitada


Cual pasa el torbellino, De un mar embravecido,
Que en pos tinieblas deja No hay quien ele tí se duela
Y truenos y granizo. Ni alivie tu martirio.

Y vino el agareno Cuando pisa tu suelo


Cual tigre enfurecido, El pobre peregrino,
Y te cerró en sus garras Ultrajes y rigores
Con hórridos rugidos. Participa contigo.

También el Idumeo El tirano que ostenta


Bajando de sus riscos, En tí su cetro indigno,
Dividió por despojos La piedad que te muestran
A tus inermes hijos; Castiga cual delito. -
118

¡Oh, si pudiera acaso Entonces se apagó la llama pura


Darte yo algún alivio! Que brillaba serena y esplendente,
Mas ¡ay! que nada puede Y sus alas tendió la noche obscura.
Mi canto dolorido! Poseído de horror bajé la frente,
Y al suelo la incliné con triste lloro:
Después, volviendo el •rostro hacia el Oriente,
VII
Mientras á Dios en mi aflicción imploro,
Con lágrimas amargas contemplaba Miro escrito entre luces en el cielo
Aquel funesto estrago, y el suspiro El nombre de J E H O V Á H con letras de oro.
Mi lastimado pecho trabajaba:
"¡Oh tú, fuente de vida y de consuelo!
Cuando vuelto de un éxtasis me miro, Dije con voz rendida y fervorosa,
Al resplandor de fósforo distante, ¿Por qué destruyes tu obra en este suelo?
Colocado en un árido retiro.
¿Al seno de la nada tenebrosa
El Espíritu Eterno en un instante Entregarás ¡oh Padre! tus hechuras,
Allí me trasladó; su diestra fuerte Trasuntos de tu ciencia portentosa?
Me llevó cual relámpago brillante.
Muévánte á compasión las penas duras
¡Espantoso lugar, do se convierte A que nacen tus hijos condenados:
En polvo la creación, y se dilata No les niegues del todo tus dulzuras."'
El pavoroso reino de la muerte!
En esto se agolparon mil nublados,
Una serie de rocas ciñe y ata Y cercaron mis ojos de repente,
De una parte sus lindes; el Mar Muerto Dejándolos en sombras sepultados.
Baña por otra aquella tierra ingrata.
En nueva turbación cayó mi mente,
Al extender la vista en el desierto,
Y en hondos pensamientos sumergida,
De secos esqueletos descarnados
Vagaba en lo pasado y lo presente.
El infecundo suelo vi cubierto.
Una lumbre de lo alto procedida
Y de cráneos y huesos separados,
Por la tercera vez brilló á mis ojos,
De sus primeros troncos divididos,
Y una seña de paz esclarecida
En confuso desorden hacinados.
Disipó de mi pecho los enojos:
Nunca experimentaron mis sentidos
Un Arcángel en medio despedía
Sensación más intensa de amargura,
Resplandores clarísimos y rojos.
Ni á compasión mayor fueron movidos.
El firmamento eterno comprimía Puesto en pie gravemente, revestido
Al asentar sus plantas, y eclipsaba De excelsa majestad, la voz alzando,
Con su luz la diadema que ceñía. Y el cetro de oro al cielo dirigido:

Con paso varonil se adelantaba, Del poder recibido firme usando,


Y el profundo cristal del mar undoso "Volved de .nuevo ¡oh muertos! á la vida:
Sus luces y sus fuegos reflejaba. "En nombre del Eterno yo lo mando."

Un viejo venerable y respetoso, Dijo, y al punto, una aura, que impelida


Vestido de una túnica de lino, Bajaba de los montes al desierto,
Y en la mano un bastón de oro precioso, Por un poder incógnito movida;

Reverente á encontrar al Ángel vino, El suelo resquebrado, seco, yerto,


Y arrodillado en tierra alzó el semblante, De florecillas frescas y olorosas
Todo arrobado en éxtasis divino. Con su soplo vital dejó cubierto.

Mudo permanecía en tal instante: Y viéranse en el punto presurosas


La barba sobre el pecho le bajaba, Las reliquias humanas reunirse,
Cruzados ambos brazos por delante. Renovando su enlace, artificiosas:

El cielo de esplendores le bañaba, Con nervios y cartílagos unirse,


Y en posición inmóvil su figura De carnes, miembros y vigor llenarse,
Su sombra sobre el suelo proyectaba. De fresca piel en torno revestirse:

El Ángel, descendiendo de la altura, Un pueblo entero poderoso alzarse,


Con una ascua vivísima de fuego Y entre cantos de Hosanna, con presteza
A sus labios tocó con mano pura. En tribus diferentes congregarse.

El semblante inclinó radioso luego, Colocado el profeta á su cabeza,


Y en su seno inspiró con sacro aliento Con poderoso esfuerzo lo regía,
Lleno de majestad y de grandeza.
Un alto y divinal desasosiego.

Sobre las alas rápidas del viento El Ángel desde lo alto dirigía
Alzó otra vez el vuelo presuroso, Su marcha, y le indicaba su destino:
Y allá en las nubes colocó su asiento. La tierra se aplanaba
£ y abatía:

El anciano salió de su reposo, Los montes no estorbaban el camino:


Y de santo fervor su seno henchido Saltaban de contento los collados:
Brillaba en lo alto el cielo cristalino:
Y lleno de entusiasmo glorioso:
123

Aqueste día anunciaron


Claras fuentes y lagos sosegados,
Verjeles, huertos, frescas alamedas Visiones y profetas;
Hallaba á su descanso preparados, Sus palabras, completas
Hoy se llegan á ver.
Y frutos en las verdes arboledas:
• " 'c V- • * - i
La mano del Eterno le cubría,
UN JOVEN'.
Dando sombra á sus sendas y veredas.

Jerusalem, Jerusalem, decía Hoy del sepulcro helado


La turba innumerable, y sus acentos Libertarnos le plugo,
La bóveda celeste repetía. Y el poderoso yugo
De la muerte quebró:
Entonces resonaron en los vientos
Este es el día anunciado
Mil himnos de alabanza y de victoria,
Con palabras expresas;
A que unieron alegres sus concentos
Sus eternas promesas
Lbs espíritus puros de la gloria.
Hoy el Señor cumplió.

VII

CORO PRIMERO. CORO PRIMERO.

Gloria, gloria al Señor, porque fuerte


De la muerte el poder quebrantó; Gloria, gloria al Señor, porque fuerte
Y conforme á su santa promesa De la muerte el poder quebrantó;
Al sepulcro su presa arrancó. Y conforme á su santa promesa
Al sepulcro su presa arrancó.
C.ORO SEGUNDO.

Viva, viva J E H O V Á H , que en la guerra EL PROFETA.


Los gigantes aterra de Edom:
A su pueblo visita y halaga, Regocijaos ¡oh cielos!
Y su llaga incurable sanó. Salta de gozo ¡oh tierra!
Que la muerte, la guerra
EL PROFETA.
Y la opresión cesó.
Este es ¡oh pueblo! el día Resuenen en los montes
En que el Señor demuestra Los himnos de alabanza.
La fuerza de su diestra, ¡Qué cierta es mi esperanza!
Su gloria y su poder. ¡Qué fiel es el Señor!
Grande ha sido tu culpa y sin medida,
UNA DONCELLA. • Y grande tu castigo, desdichada:
Mas apiadado ya, tu antiguo esposo
La hija de Sión querida,
Hoy te abraza y te estrecha cariñoso.
Que en prisión sepultada
Lloraba desolada .Oye lo que te dice el Sér Eterno
Sin consuelo y sin luz, Con acento dulcísimo, inefable.—
Hoy recobra gozosa "Si n o olvida la madre al niño tierno
Su espléndida belleza, Que en su seno llevó por tiempo estable,
Su Cándida pureza, ¿Cómo te olvidaría mi amor paterno,
Su primera virtud. Ni mi afecto de esposo, inestimable? .
- Ofendido, calmaste mis enojos
TODO EL PUEBLO. Con el llanto perenne de tus ojos.

Viva, viva J E H O V Á H , que en la guerra "Sabe tú, que en mi mano dibujados
Los Gigantes aterra de Edom: Tus muros y baluartes siempre tengo:
A su pueblo visita y halaga, Ellos serán al punto reparados,
Y su llaga incurable sanó. Que yo, Dios Poderoso, lo prevengo:
Yo, que vivo en los cielos estrellados;
Yo, que formé la tierra, y que contengo
En el espacio breve de mi mano
IX
Al tempestoso y férvido océano.

¡Jerusalem ilustre! este es el día "¿Se ha encogido mi brazo por ventura


En que los ojos míos van á verte Para que yo no pueda libertarte ?
Coronada de paz y de alegría, ¡Levántate, Salem! y tu amargura
Sin temor y sin riesgo de perderte. Olvida, pues que vengo á consolarte:
J E H O V Á H su salvación al suelo envía,
Vístete tu preciosa vestidura:
Destrozado el imperio de la muerte; Ven á tu antiguo trono á colocarte:
Y trocando en placer tu llanto y penas, No ya la esclavitud te deshonora,
De tu cuello desata las cadenas.
Sino que eres feliz, libre y señora.

Levántate del polvo, Sión querida, "Extiende para tí tus pabellones,


Do fuiste como esclava maltratada, Toma sitio más ancho y dilatado,
En mortales angustias sumergida,
Que ya vienen de todas las regiones
Del cáliz soporífero embriagada.
Los hijos infinitos que te he dado:
Las remotas y bárbaras naciones
No entra allí el orgulloso, el altanero,
A tí se postrarán, yo lo he mandado:
El rapaz, el violento, el homicida:
Reyes serán los criados que tú elijas,
El vicio corrompido y la torpeza
Y reinas las nodrizas de tus hijas."
Nunca empañan su brillo y su pureza.
Los cielos y los astros de repente
En pavesas y en humo se deshacen,
Y otro cielo, otro sol más refulgente,
Y estrellas más espléndidas renacen. II
El alto empíreo muéstrase patente,
E L RÚSTICO TT E L M O N A R C A .
Y entre luces sin fin, que de allí nacen,
Al suelo baja una ciudad divina, (Alio d e 1516.)
Como esposa que al tálamo camina.
Divertido en su palacio
Y llega, y se establece en el cimiento El Motezuma soberbio,
Do la antigua Solima fué labrada: Traza á su capricho gustos
Tiene de oro macizo el fundamento: Y á su querer pasatiempos.
Más pura es que el cristal, más acendrada: Reclinado en rico estrado,
Tres puertas manifiesta á cada viento, Cercado de sus guerreros,
Cada una por un ángel custodiada: Sus cortesanos le adulan,
Sus muros son crisólitos brillantes, Y le obedecen los pueblos.
Zafiros,-amatistas y diamantes. Cuando á su presencia llega
Hombre de rústico aspecto
Allí se allega el pueblo presuroso Que con libertad le dice,
Entre cantos de gozo y alegría, Sin arrogancia y sin miedo:
Y al escuadrón angélico dichoso "Ayer de tarde, Señor,
Unido en la ciudad desde aquel día, Estando solo en mi huerto,
Disfruta de la paz y del reposo
Ocupado en sus labores
Que á los suyos JEHOVÁH benigno envía.
Y entretenido en sus riegos,
Allí jamás hay noche ni tristura;
Vi una águila que bajaba
Todo es delicia y paz, placer y holgura.
A mí con rápido vuelo,
Y tomándome en sus garras
En medio se halla el trono del Cordero
Me alzó por el vago viento;
De do mana una fuente de agua viva.
Y sin tardanza llevóme
Y un árbol prodigioso y duradero,
A un bello jardín ameno,
Que cada mes da fruto con medida.
Donde en retirada gruta
Hallé de flores un lecho, Díjome otra vez la voz
Y en él, descuidado y solo, (Voz engendrada en el viento):
Así tu rey insensato
Un hombre entregado al sueño;
Pasa en deleites el tiempo,
De paños regios vestido,
Cuando sobre sí el enojo
A un lado corona y cetro,
Tiene de los Dioses fieros;
Y en su derecha empuñando
Cuando tantos enemigos
Un ardiente pebetero.
Lo detestan en secreto;
Acerquéme, y conocí
Que estabas allí tú mesmo, Y cuando audaces soldados,
En la mansión del descanso Navegando el mar inmenso,
Vienen de tierras ignotas
Y en el reino del silencio.
Para conquistar su imperio.
Quise retirarme al punto
Dirásle que se levante,
Penetrado de respeto,
Pero una voz imperiosa Y justo, cuanto guerrero,
Me hizo aproximar de nuevo, Ponga á los peligros dique
Dejándome sin acción Y á los desastres remedio.
Para esquivar sus preceptos. Apenas este discurso
Mandóme que de tu mano Dijo, que conservo impreso,
Quitase yo aquel brasero, Cuando el ave me arrebata,
Y sin piedad le aplicase Y otra vez me hallo en mi huerto.
Ardiendo, sobre tu pecho. Aquí he venido, Señor,
Resistftne cuanto pude; A cumplir con lo que debo,
Pero ¿qué vale el esfuerzo Con lo que el cielo me manda,
Con lo que pide tu reino.
Del mortal desalentado
A las deidades irritas
Para resistir al cielo?
Con tu soberbia y desprecio,
Yo mismo entonces, Señor,
Y á los hombres das enojo
Cumplí el mandato severo:
Con tu crueldad y recelos.
Te apliqué la ardiente brasa,
Despierta otra vez te digo:
Y tú sufriste cauterio,
¡Infeliz, si torpe y ciego
Sin dar señal de dolor
Tienes el pecho insensible
Y sin hacer movimiento.
A los ardores del fuego!
Juzgárate allí cadáver,
Y sabe que los sollozos
A 110 advertir que tu seno
De tus desdichados pueblos,
Se dilataba y movía,
Primero que á tus oídos
Respirando con sosiego.
Llegaron al justo cielo." —
Dijo, y volviendo la espalda
Salióse de allí, resuelto,
Poniendo al concurso espanto
JOSE MARIA HEREDIA.1
Su libertad y denuedo.
Quiso el monarca sañudo
Mandar que le traigan preso, AL COMETA DE 1825.
Cuando sintió penetrante
Planeta de terror, monstruo del cielo,
Nuevo dolor en su pecho.
Errante masa de perennes llamas
Descúbrelo, y le hallan todos
Que iluminas é inflamas
Abrasado de un cauterio,
Los desiertos del éter en tu vuelo:
En que con asombro miran
¿Qué universo lejano
Ser el vaticinio cierto.
Al sistema solar hora te envía?
¿Te lanza del Señor la airada mano
A que destruyas en tu curso insano
Del mundo la armonía?
¿Cuál es tu origen, astro pavoroso?
El sabio laborioso
Para seguirte se fatiga en vano,
Y más allá del invisible Urano
Ve abismarse tu carro misterioso.
¿El influjo del Sol allá te alcanza,
O una funesta rebelión te lanza
A ilimitada y férvida carrera?
¿Bandido inaquietable de la esfera,
Ningún sistema habitas,
Y tan cerca del Sol te precipitas
Para insultar su majestad severa?
Huye su luz, y teme que indignado
A su vasta atracción ceder te ordene,
Y entre Jove y Saturno te encadene, .
De tu brillante ropa despojado.
130 131

Llegaron al justo cielo." —


Dijo, y volviendo la espalda
Salióse de allí, resuelto,
Poniendo al concurso espanto
JOSE MARIA HEREDIA.1
Su libertad y denuedo.
Quiso el monarca sañudo
Mandar que le traigan preso, AL COMETA DE 1825.
Cuando sintió penetrante
Planeta de terror, monstruo del cielo,
Nuevo dolor en su pecho.
Errante masa de perennes llamas
Descúbrelo, y le hallan todos
Que iluminas é inflamas
Abrasado de un cauterio,
Los desiertos del éter en tu vuelo:
En que con asombro miran
¿Qué universo lejano
Ser el vaticinio cierto.
Al sistema solar hora te envía?
¿Te lanza del Señor la airada mano
A que destruyas en tu curso insano
Del mundo la armonía?
¿Cuál es tu origen, astro pavoroso?
El sabio laborioso
Para seguirte se fatiga en vano,
Y más allá del invisible Urano
Ve abismarse tu carro misterioso.
¿El influjo del Sol allá te alcanza,
O una funesta rebelión te lanza
A ilimitada y férvida carrera?
¿Bandido inaquietable de la esfera,
Ningún sistema habitas,
Y tan cerca del Sol te precipitas
Para insultar su majestad severa?
Huye su luz, y teme que indignado
A su vasta atracción ceder te ordene,
Y entre Jove y Saturno te encadene, .
De tu brillante ropa despojado.
Mas si tu curso con furor completas,
Y le hiere tu disco de diamante,
Arrojarás triunfante
Al sistema solar nuevos planetas.
Astro de luz, yo te amo. Cuando mira
WENCESLAO ALPUCHE. 1
Tu faz el vulgo con asombro y miedo,
Yo, al contemplarte, ledo .
Elévome al Criador: mi mente admira
LA FAMA.
Su alta grandeza, y tímida le adora.
Y no tan sólo ahora En lecho delicioso,
En mi alma dejas impresión profunda: De pluma delicada bien mullido,
Ya de la noche en el brillante velo, El sibarita ocioso
De mi niñez en los ardientes días, De oro y seda vestido,
A mi agitada mente parecías Descanse el cuerpo de placer rendido.
Un volcán en el cielo. Disfrute allá en su idea,
El ángel silencioso En éxtasis sabroso, todo el lleno
Que hora inocente dirección te inspira, De bienes que desea;
Se armará del Señor con la palabra Libre, feliz, sereno,
Cuando del libro del Destino se abra De pesadumbre y de fastidio ajeno.
La página sangrienta de su ira.
Entonces furibundo Y el sueño blandamente
Chocarás con los astros, que lanzados Sus párpados cerrando adormecidos,
Volarán de sus órbitas, hundidos La imagen le presente
En el éter profundo, De mil apetecidos
Deleites, fácilmente conseguidos.
Y escombros abrasados
De mundos destruidos Vendrá empero la muerte
Llevarán el terror á otro sistema! Y segará su vida descuidada
Tente, Musa, respeta el velo obscuro Con su guadaña fuerte;
Con que de Dios la majestad suprema Su memoria lanzada
Envuelve la región de lo futuro. Será entonces al seno de la nada.
Tú, cometa fugaz, ardiente vuela,
Yo sobre cama dura
Y a millones de mundos ignorados
No pueda descansar ni aun débilmente:
Al Hacedor magnífico revela.
Del dolor la amargura

1. Nació en Tihosuco, provincia de Yucatán, el 28 de Septiembre de 1804.


Falleció en Tekax el 12 de Septiembre de 1841.
Devóreme inclemente:
No tenga en donde reclinar mi frente.

Despedazada el alma
De pasiones violentas, no consiga
Un momento de calma, F E R N A N D O CALDERON. 1
Y la inquietud me siga,
Y eterno el infortunio me persiga.
EL SCESO DEL TIRANO.
Atormentado sea
Mi sueño por la imagen de la muerte: De firmar proscripciones
Aun dormido me vea Y decretar suplicios el tirano
Luchando con la suerte; Cansado se retira,
Halle sólo aflicción cuando despierte. Y en espléndido lecho hallar pretende
Pero mi acerbo llanto, El reposo y la paz. ¡Desventurado!
Del deleite jamás interrumpido, El sueño, el blando sueño,
Vigor dará á mi canto; Le niega su balsámica dulzura;
Al canto dolorido Tenaz remordimiento y amargura
Que arranque mi memoria del olvido. Sin cesar le rodean:
En todas partes estampada mira
¡Patria adorada mía!
De sus atroces crímenes la historia:
¿No cubrirán tus jóvenes de rosas
Su implacable memoria
Mi sepultura fría?
Fiel en atormentarle, le recuerda
¿Tus vírgenes hermosas
Las esposas, los hijos inocentes
No entonarán mis cánticos llorosas?
Que por su saña abandonados gimen
No de inmortal renombre En viudez y orfandad: gritos horrendos
La orgullosa ambición mi pecho inflama; Cual espada de fuego le penetran:
Pero arderá mi nombre Con pasos agitados
Con refulgente llama, Recorre su magnífico aposento,
Si su poeta Yucatán me aclama. Sin hallar el consuelo: en su alma impura
La amistad, el amor, son nombres vanos
Que jamás comprendió: los ojos torna;
Su cetro infausto y su corona mira;
Un grito lanza de mortal congoja;

1 Poeta dramático. Nació en Guadalajara el 20 de J u l i o de 1809. Murió


i la villa de Ojo-Caliente el 18 de Enero de 1845.
Con trabajo respira,
Y sus dientes rechinan entonces
Y á su lecho frenético se arroja.
Y sus cárdenos labios abriendo,
I f
Este grito lanzaron tremendo:
"¡Maldición! ¡maldición! ¡maldición!"
Ya, por fin, un sopor espantoso
Las cavernas de un monte vecino
Sus sentidos embarga un momento;
El acento fatal secundaron:
Pero el sueño redobla el tormento Largo tiempo los ecos sonaron
Con visiones de sangre y horror: Repitiendo la horrísona voz;
A un desierto se mira llevado
Y el crujir de las olas y el viento,
Donde el rayo del sol nunca brilla;
Y el estruendo del rayo espantoso
Una luz sepulcral, amarilla,
Parecía al tirano medroso
Allí esparce su triste fulgor.
Que clamaban también "¡maldición!"

Tapizado de huesos el suelo, Cambia luego la escena: entre tinieblas,


Va sobre ellos poniendo la planta, De fuego circundado,
Y al fijarla los huesos quebranta Gigantesco fantasma se presenta:
Con un sordo siniestro crujir: Con dedo descarnado
A su diestra y siniestra divisa Muestra al tirano una espantosa sima:
Esqueletos sin fin hacinados, En su profundo seno
Y los cráneos, del viento agitados, Reventar oye retumbando el trueno,
Le parece que escucha gemir. Y mira un fuego hervir como la boca
De encendido volcán, y por las llamas
Lago inmenso de sangre descubre Los demonios sacando la cabeza,
A sus plantas furioso bramando, En carcajadas hórridas prorrumpen,
Y cabezas hirsutas nadando, Y al réprobo saludan.
Que se asoman y vuelven á hundir: Tiemblan sus miembros: líbicas serpientes
Y se avanzan, se juntan, se apiñan, Ciñen su corazón, y ni un suspiro
Y sus cóncavos ojos ardiendo, Puede exhalar, ni respirar siquiera
Brilla en ellos relámpago horrendo
¡Sacude el sueño: vagorosos ojos
De infernal espantoso lucir.
En torno suyo pavoroso gira,
Y sangre, sangre, dondequiera mira!
Del tirano en el rostro se fijan
Sus atroces funestas miradas: Del lecho se lanza
En sus frentes de sangre bañadas, Con grito doliente:
Del infierno refleja el horror: Se inunda su frente
De frío sudor:
Parece que escucha
La voz del destino,
Y el trueno divino
De justo furor. JOSE D E JESUS DIAZ.

Cansados sus ojos


Anhelan el llanto; A NAPOLEON.
Mas nunca su encanto
Probó la maldad: Nuncio tuyo el cañón, meció tu cuna,
Al cielo levanta Te coronó, guerrero, la victoria;
La diestra homicida, De mayor capitán no se halla historia,
Con voz dolorida Ni de César más varia suerte alguna.
Clamando ¡piedad!
Sucumbió la discordia á tu fortuna
Mas no, que ya dada Y, á conservar de libertad la gloria,
Está su sentencia: Bendijeran con gozo tu memoria
En vano clemencia Generaciones mil una tras una.
Demanda su voz:
Sol, de entre el mar tuviste nacimiento;
¡Ya tiene con fuego
Brillar el mundo te miró asombrado,
Marcada la frente
Sobre los tronos erigir tu asiento.
Del vil delincuente,
La mano de Dios! También caíste al mar, sol despeñado:
Fué tu ascensión de pueblos escarmiento;
Es tu ocaso de reyes un dechado.

1. P a d r e de nuestro sabio ingeniero y astrónomo D o n Francisco D í a z Cova-


rrubias. Nació como por 1809, probablemente en la provincia de V e r a c r u z ; y
falleció en P u e b l a e n Septiembre de 1846. Ocupó diversos puestos públicos en
el Estado de Y e r a c r u z .
Apostura en una espada
Algo manchada de orín.
Pobre era su ferreruelo,
Pobre su valona; en fin,
Todo el vestido mostraba
IGNACIO RODRIGUEZ GALVAN.
Que su dueño era infeliz.
Hondos suspiros del pecho
Parecía despedir,
EL ANCIANO Y E L MANCEBO.
Cual si en él duros pesares
ROMANCE PRIMERO. Trabaran horrenda lid.
«

Bajaba al suelo los ojos,


Era una mañana hermosa. Como si buscara allí
Una mañana de Abril: El sepulcro do su cuerpo
Estaba sereno el cielo, Halle reposo feliz.
El sol subía al zenit, Un mozo vivo y alegre
Tendida la cabellera Hacia él mira venir
De plata y oro y carmín, Andando á paso ligero
Bajo pórtico esplendente Con arrogancia gentil.
De rosicler y rubí. Cabello negro y rizado,
Paseaba pensativo Mórbida faz de marfil;
En el prado de Madrid Sombreaba naciente bozo
Un viejo de rostro noble Los sus labios de carmín,
Y de cuerpo varonil. Do con gracia peregrina
Era espaciosa su frente, Jugaba risa infantil,
Era erguida su cerviz, Como quien de hórridas penas
Y su bigote entrecano Aun no se ha sentido herir.
Aire le daba gentil. Airoso ostentaba el joven
Dejaba en sus grandes ojos Jubón de rico matiz,
Y en su rostro descubrir Sombrero con blancas plumas,
La dulzura de un amante, Y ropilla carmesí.
La altivez de un paladín. Paróse á mirar al viejo,
Su izquierda estropeada mano Paróse el viejo infeliz,
Reposaba con viril Desarrugóse su frente,
Y aun pretendió sonreir.
1. P o e t a dramático, nacido en T i z a y u c a el 12 de M a r z o de 1816; m u e r t o e n
No se hablaron con los labios
la H a b a n a el 25 de J u l i o de 1842. Pero con las almas sí,
Cual se saludan dos ángeles Bajo de un jubón de lana
En el celestial pensil. Que bajo púrpura y sedas.
Hay consonancia en las almas, Mas de vuesarced el traje,
Y yo de mí sé decir, Si no me engaño, demuestra,
Que amo ú aborrezco á un hombre Junto con su izquierda mano,
Tan luego como le vi. Que ha visto el ceño á la guerra.
Mujeres hay tan hermosas —Soldado soy, y he seguido
Como la aurora de Abril, Las victoriosas banderas
A quienes ni amo, ni puedo Del Señor Don Juan de Austria,
Mi repugnancia encubrir. Que Dios en su reino tenga.
Que con el son de la flauta Mil veces hirió mi cuerpo
Mal se pudieran unir La cimitarra agarena;
El relincho del trotero Y en las aguas de Lepanto
Y las voces del clarín. Corrió sangre de mis venas.
Argel me miró en sus baños
ROMANCE SEGUNDO. Arrastrar duras cadenas,
Y oyó sonar mis gemidos
Con afición se miraron En sus mazmorras horrendas.
Cual si dos amigos fueran, Cautivo como me hallaba,
Y al fin el anciano al mozo Quise domar la soberbia
Saludó des ta manera: Del turco y en Argel mismo
—Guárdeos Dios, el mozo tierno, Alzar la española enseña.
El de cabellera negra. Mas de infieles renegados
—Guárdeos Dios, el noble anciano, Me vendió la infame lengua,
El joven le respondiera. Y cuatro veces el moro
—Noble soy, replica el viejo, Quiso cortar mi cabeza.
Si no por rica ascendencia, Candor fué no, necedad
Por mi corazón, que nunca
lili Se manchó con vil afrenta.
Fué mi confianza necia
¿Cómo pensaba hallar fe
—Os llamé p o r eso noble, En quien de Cristo reniega?
Que es la más clara nobleza, Conseguí ser rescatado
Pues hay duques y aun monarcas A pesar de mi pobreza,
Que tienen alma plebeya. Que mi madre y Fray Juan Gil
Muchas más veces se abriga Hicieron más que pudieran.
Corazón de heroicas prendas Volví á mi país ¡Oh España!
Cuando pisé tus arenas
w

Tú viste correr mi llanto


Y al justo varón olvidan,
Y estampar mi labio en ellas.
Dejé la sangrienta espada, Y allá en el cieno le dejan.
El anciano replicóle:
No la vida aventurera,
Que á vagar hambriento y triste —Mas del justo un nombre queda,
Me arrastraba la miseria. Que escarnio será de ingratos,
Tomé en mis dedos la pluma De almas generosas muestra.
(Fué el consuelo de mis penas). Vuestras palabras, mancebo,
Mis obras han recorrido Hasta el corazón me llegan;
Las naciones extranjeras. Si á bien lo tenéis, decidme
Veisme aquí, mozo gallardo, Vuestros placeres ó penas.
Ya con la planta en la huesa, Recuerdos de lo pasado
Alimentando mi mente Mi corazón alimentan;
Con tristes memorias muertas. Generosas esperanzas
El anciano, así diciendo, Quizá vuestro pecho alberga.
Ciñe al joven con la diestra, Seréis ornato de España,
Y una lágrima del mozo Si mi pensamiento acierta:
Siente que su mano quema. Saludarán vuestro nombre
Éste exclamó suspirando: Las edades venideras.
Y España á tanta proeza, El Dios que lo puede todo
A tanta virtud heroica Verdad ponga en vuestra lengua.
¿No supo dar recompensa? —Escuchad, el buen anciano,
Al saludar las sus torres, La historia de mis ideas.
Al pisar sus ricas tierras,
¿Qué os dio España, noble anciano? ROMANCE TERCERO.
¿Qué os dió? decidme —Cadenas.
Escandecióse el mancebo, Cuando á pensar comenzaba,
Su faz demudóse bella, A mi mente apareció
Temblaron sus labios rojos, Una idea que el reposo
Enarcó sus negras cejas. Quitaba á mi corazón.
—¡Oh suerte, clamó iracundo, De gloria fué, fué de gloria
Oh suerte, suerte funesta, El pensamiento roedor
Que á los malvados ensalzas Que me agitaba de noche,
Y al virtuoso desdeñas! Me seguía con el sol.
Al perverso las naciones Y tal se me figuraba
En silla dorada sientan, Que me decía una voz:
Eterno sera tu nombre, •P1
Serás de tu patria honor. En él quiero una corona
El sueño no me adormía, Que dé á mis sienes frescor.
Y mi opjeso corazón Y vengan penas y duelos,
Un alimento buscaba, Aquí está mi corazón.
Y este alimento era amor. ¿Qué puede temer quien tiene
Infeliz del que en su pecho Religión, poesía, amor?
No abriga ardiente pasión: Bien sé que al poeta sigue
Es su vida luz de luna, Estrella de maldición,
Que alumbra y no da calor. Y que en su alma vierte el mundo
Si alguien no alberga en su seno La ponzoña del dolor.
Amor puro y religión, ¿Qué importa, si sube al cielo,
O es un desdichado idiota, Si ve la faz á su Dios,
O es un malvado feroz. Si alumbra su yerta losa
Al débil tiendo la mano Lámpara de bendición-
Sin hacer indagación Mas un libro prodigioso
De si es turco, ó si es judío, Mi corazón halagó:
De si es idólatra ó no. Deslumhró mi fantasía
Y solamente el menguado Con su vivo resplandor.
Enciende mi indignación, Libro del cielo inspirado,
Que de Cristo con la túnica Unico libro que halló
Su alma disfraza traidor. Lugar después de Isaías,
Hijo soy de Jesucristo, Los Evangelios y Job.
El Evangelio es mi sol; Es consuelo de mis penas,
Y adoro una joven bella Astro de mi corazón;
Como hechura de mi Dios. Conmigo siempre le llevo
Ilustro mi obscura mente Cual serafín velador.
Con Lope y con Calderón: Si alguna cosa en el mundo,
El Fénix de los ingenios, Ardiente mi alma anheló,
Y el. Ángel de luz y amor. Fué el escribir otro igual
Es mi delicia el teatro, O ser su divino autor.
¿Mi delicia he dicho yo? —¿Cuál es su nombre, mancebo?
Edén de flores cubierto, El soldado preguntó.
Coronado de arrebol. —Vedle aquí, replica el joven,
Una fuerza irresistible Ved el libro encantador.
A él me arrastra veloz: Diciendo así, de su pecho
Un sucio libro sacó,
En pergamino aforrado
Y de pésima impresión.
Tomólo temblando el viejo,
Y la portada leyó,
Y gritó en voz balbuciente: M I G U E L JERONIMO M A R T I N E Z . 1
—Es el Quijote. ¡Gran Dios!
Cayó el libro de sus manos,
Llanto por su faz rodó,
Iluminóse su frente
De gloria con el claror. JESUCRISTO.

Alzó los ojos á lo alto, Inspice etfac secundum ezemplar]


Luego al suelo los bajó, quod tibí in monte momlralum est.

Y entre sollozos de fuego Era bello y gentil como entreabierto


Decía: "Gracias, Señor." El blanco lirio de fragante aroma,
Con pena y con extrañeza Y manso como tímida paloma
El mancebo le miró, Que gime solitaria en el desierto.
Y en su mente revolvía
La causa de su emoción; Hora de sangre y de sudor cubierto
Cuando el soldado infelice Cual vil esclavo de la altiva Roma,
En sus brazos le estrechó;- Sobre las rocas de ese monte asoma
Y sentía que en su pecho De amor rendido y por nosotros muerto.
Le saltaba el corazón.
Venid, ungidos; férvidos los pechos
—No adivino, buen anciano,
Y humilde el corazón, subid al punto
La causa de esa pasión.
A la sangrienta cumbre del Calvario;
Decid siquier vuestro nombre,
También os diré quién soy. Y contemplad en lágrimas deshechos
—¿Cómo os llamáis? sin soltarle El divino ejemplar cuyo trasunto
El anciano preguntó. Deben ser los ministros del santuario.
—Me llamo Agustín Moreto.
—Miguel de Cervantes yo.

1. Canónigo de la Catedral de P u e b l a . P o e t a místico y orador sagrado. N a -


ció en H u e j o t z i n g o , de la P r o v i n c i a de P u e b l a , en 1817. Falleció en P u e b l a el
•5 de Agosto de 1870.
II
JOSE S E B A S T I A N SEGURA. 1
LA PODA-

Tempusputaiionis udvenit.

EL BAUTISTA.
Podando estoy mi solitario huerto
Hora que, del invierno á los rigores Danza la hermosa Salomé en los días
Marchitos aun los árboles mayores, Del monarca que en ella se recrea,
Tórnase el campo un árido desierto. Y su túnica azul cruje y ondea
Del festín en las locas alegrías.
Cuando de galas y esplendor cubierto
El Abril pase derramando flores, —¿Quieres, él dice, las riquezas mías?
Del sol á los vivíficos ardores Tuyas serán ¡oh encanto de Judea!
Mis árboles darán su fruto cierto. La cabeza de Juan pide la hebrea
A instancias de la impúdica Herodías.
Si otra poda interior hacer pudiera
Allá en mi corazón y el alma mía, Con sacrilega planta huella osada
¡Con qué dulce placer, con cuánto anhelo La madre vil, adúltera altanera,
La sangre del Profeta derramada.
En el místico huerto recogiera
Flores de amor filial para María, Del Jordán se estremece la ribera
Frutos de vida eterna para el cielo! Viendo aquella cabeza venerada
Ser precio de los pies de una ramera.

1. I n g e n i e r o de m i n a s ; correspondiente d e la R e a l A c a d e m i a Española.
A b r a z ó en sus últimos días el estado eclesiástico. N a c i ó e n Córdoba en 1817;
falleció en México en 1889.
En obscura prisión tal vez se mira;
Se extingue de la tumba en el ambiente;
1 allí lo alumbran su esperanza y su ira.
IGNACIO RAMIREZ.1
¿Quién ha postrado su soberbia frente?
¿Ni quién resiste su mirada fiera?
El contrario estandarte, omnipotente
POR LOS DESGRACIADOS.
Allá en la Europa,'para allá volviera;
Tercer Banquete F r a t e r n a l de la Sociedad Gregoriana.—186S. \ desde el Golfo contempló en el cielo
Manto del sol, brillar nuestra bandera.
Indigno es de sufrir el navegante
¿Y seremos nosotros el modelo
Que tiembla cuando ruge la tormenta
De los humanos débiles? Un día
Y se esconde del rayo resonante:
Nos dispersamos con incierto vuelo
Indigno es de la lid quien se amedrenta
Tras los caprichos de la suerte impía
Cuando en el campo se desata el fuego
Desde aqueste edificio venerable
Que de los más audaces se alimenta.
Que de nido amoroso nos servía.
Mi madre es la desgracia; pero niego Este se abrió un camino con el sable;
Mi parentesco con aquel cobarde Aquél halló en la musa eterna fama;
Que agota, si padece, lloro y ruego. Otro se envuelve en manto miserable,

Tenemos de morir temprano ó tarde, Y pide al hospital la última cama;


Y entretanto es placer, es una gloria, Alguno el oro busca por los mares;
De una alma desdeñosa hacer alarde. Otro su herencia en el festín derrama;

Por eso el pueblo es digno de la historia. Quién consagra su vida á los altares;
Yo lo he visto sangriento y derrotado Y quién la ciencia que aprendió, cultiva
Entregarse al festín de la victoria. Sin alejarse de los patrios lares.

En vano el invasor lo ha encadenado; Y, de todos nosotros ¿quién, cautiva


La muerte en vano por su frente gira; Ha logrado arrastrar á la fortuna?
No descubre un caudillo ni un soldado: ¿Quién su existencia de dolores priva?

Si es un astro la dicha, es cual la luna;


1. N a c i ó en San M i g u e l el Grande ( G u a n a j u a t o ) el 23 de J u n i o de 1816. Un momento no más entera luce
F a l l e c i ó e n México el 15 de J u n i o de 1879.
Y á la sombra su luz sirve de cuna.
¡A cuántos desengaños nos conduce
Cuando ebrio de placer se halla el deseo!
¡Cuánta ilusión costosa nos seduce!

¡Dichoso quien su loco devaneo


Alcanza á prolongar! Con sus dolores RAMON ISAAC ALCARAZ.1
Luchar eternamente á muchos veo.

Para ellos siempre espinas, nunca flores


E L O T O Ñ O .
Produce el mundo. ¿Van tras la hermosura?
En sierpes se convierten sus amores! Tras las nocturnas lluvias
Risueña se levanta la mañana,
Con fatiga se acercan á una altura
De mil espigas rubias
Do su ambición pavonearse espera.
Coronando galana
Y oyen crujir la escala mal segura.
Del Otoño la frente soberana.
Un tesoro su rica sementera
Los huertos deliciosos
Les promete; y desátanse los ríos,
Doblan sus verdes ramas bajo el peso
Y la cosecha al mar corre ligera.
De frutos abundosos,
¿Quién es estoico ante hados tan impíos? Y al regalado beso
Yo no me atrevo á contemplar sus males Del aura, mueven su follaje espeso.
Por temor de llorar también los míos.
Y las gotas brillantes
A destinos más nobles é inmortales Trémulas penden de hojas y de flores,
Nos puede conducir una atroz pena, Cual límpidos diamantes,
A los héroes haciéndonos iguales. Del Sol á los fulgores
Reflejando del iris los colores.
Hijos del infortunio, la serena
Veloz se precipita
'Frente elevemos, como el risco osado
De la alta sierra el bramador torrente,
Cuando la tempestad se inflama y truena
Como corcel que irrita
No es el hombre feliz; el desgraciado La espuela; é impaciente
Es quien eclipsa, al fin, la turba necia Arrastra cuanto estorba su corriente.
Que en las garras del mal sólo ha llorado.
Las verdinegras cañas
¡Fortuna y gloria al hombre que se precia Del crecido maíz cubren los prados
De respeto infundir hasta á la muerte!
Dios, por invulnerable, la desprecia; 1 Correspondiente de la Real Academia Española. Falleció en México el
Y, por su dignidad, el varón fuerte. 8 de Abril de 1886.
¡A cuántos desengaños nos conduce
Cuando ebrio de placer se halla el deseo!
¡Cuánta ilusión costosa nos seduce!

¡Dichoso quien su loco devaneo


Alcanza á prolongar! Con sus dolores RAMON ISAAC ALCARAZ.1
Luchar eternamente á muchos veo.

Para ellos siempre espinas, nunca flores


E L O T O Ñ O .
Produce el mundo. ¿Van tras la hermosura?
En sierpes se convierten sus amores! Tras las nocturnas lluvias
Risueña se levanta la mañana,
Con fatiga se acercan á una altura
De mil espigas rubias
Do su ambición pavonearse espera.
Coronando galana
Y oyen crujir la escala mal segura.
Del Otoño la frente soberana.
Un tesoro su rica sementera
Los huertos deliciosos
Les promete; y desátanse los ríos,
Doblan sus verdes ramas bajo el peso
Y la cosecha al mar corre ligera.
De frutos abundosos,
¿Quién es estoico ante hados tan impíos? Y al regalado beso
Yo no me atrevo á contemplar sus males Del aura, mueven su follaje espeso.
Por temor de llorar también los míos.
Y las gotas brillantes
A destinos más nobles é inmortales Trémulas penden de hojas y de flores,
Nos puede conducir una atroz pena, Cual límpidos diamantes,
A los héroes haciéndonos iguales. Del Sol á los fulgores
Reflejando del iris los colores.
Hijos del infortunio, la serena
Veloz se precipita
'Frente elevemos, como el risco osado
De la alta sierra el bramador torrente,
Cuando la tempestad se inflama y truena
Como corcel que irrita
No es el hombre feliz; el desgraciado La espuela; é impaciente
Es quien eclipsa, al fin, la turba necia Arrastra cuanto estorba su corriente.
Que en las garras del mal sólo ha llorado.
Las verdinegras cañas
¡Fortuna y gloria al hombre que se precia Del crecido maíz cubren los prados
De respeto infundir hasta á la muerte!
Dios, por invulnerable, la desprecia; 1 Correspondiente de la Real Academia Española. Falleció en México el
Y, por su dignidad, el varón fuerte. 8 de Abril de 1886.
• 157

Y ocultan las cabanas, Maduros y dorados,


Y sus frutos granados Cual madre que contenta
Los labradores ven alborozados. El dulce fruto de su amor ostenta

La hacendosa aldeana, Así, Teresa mía,


Que en su campestre hogar 110 envidia el oro Vemos huir primero los amores;
Su vaca ordeña ufana, Y viene luego el día
Y suelta al buey y al toro, En que vemos sus flores
Del pobre labrador rico tesoro; Caer de la pasión á los ardores.

Y al campo con presteza Pero tras ellos vienen


Baja y teje, del lago á las orillas, Los dulces frutos, que de amor los lazos
Corona á su cabeza Unidos siempre tienen,
Y al cuello gargantillas Los hijos, que en los brazos
De alba ninfea y rojas maravillas Estrechamos, del alma cual pedazos.

Sentémonos, Teresa, Esposa idolatrada,


Bajo, el dosel que forman los manzanos, Contempla á nuestros hijos inocentes.
De la aromada "fresa ¿La vida duplicada
•Junto á los rojos granos, En tu interior no sientes,
Que codician los pájaros galanos. Al besar con amor sus puras frentes?

Flores vimos primero ¿No palpita tu pecho


Olorosas y frescas en los prados,' Al mirar su candor y su inocencia?
Cuando tras cierzo ñero, ¿No te parece estrecho
Los céfiros alados El mundo á su existencia,
Vagaron por los bosques perfumados. Al verlos sonreír'en tu presencia?

Al calor del Estío, Lámpara siempre viva


Y de las puras lluvias fecundantes Son los hijos, que el fuego sacrosanto
Al plácido rocío, Del casto amor aviva;
Cayeron las brillantes Del alma son encanto
Flores, dejando frutos abundantes: Cuando la agobia matador quebranto

Los frutos sazonados Venid, hijos queridos;


Que orgullosa la tierra hoy nos presenta De vuestra madre en el regazo amante
158 .

Que os vea reunidos: Crecer hemos mirado!


Mirar vuestro semblante Entonces ya tranquilo
Siempre risueño, es mi anhelar constante:. Yo descansara en mi postrer asilo

Ven, mi esposa querida;


Que nunca adversa suerte
Venid, mis tiernos hijos, que no otros
Hinque en el pecho vuestro el diente agudo;
Placeres en la vida
Que en el combate fuerte
Tenemos ya nosotros:
De la vida, sañudo
La mies de nuestro Otoño sois vosotros.
Minea el destino os dé su golpe rudo:

Que la ignorada senda


Sigáis de la virtud; que cuantas veces
Alzéis, cual pura ofrenda,
Al cielo vuestras preces,
El buen Dios vuestro amor pague con creces.

Y tú, mi dulce esposa,


Tú que formas sus tiernos corazones
Y alumbras cuidadosa
Sus débiles razones,
Y diriges sus tiernas sensaciones,

Muéstrales siempre el cielo,


Y díles que hay un Dios que galardona
De la virtud el celo,
Que la bondad corona,
Y en medio del dolor no la abandona.

Repíteles que hermanos


Somos los hombres, y que á todos amen;
Y díles que sus manos
El bien siempre derramen,
Y que su pecho en caridad inflamen

¡Oh si me fuera dado


Crecer mirarlos, como aqueste tilo
161

Menos el pecho inflaman,


Menos la fuerza de ese amor proclaman
Que el alma santa de la Madre mía.

ALEJANDRO A R A N G O Y ESCANDON. Escogida por tí, de gracia llena,


La bárbara cadena
Un punto no arrastró del enemigo:
ES LA INSACULADA C08CEPC10S DE NUESTRA SEÑORA. Tú alzaste el brazo airado,
Y no llegó ni sombra de pecado
Abre, ¡oh Señor! mi labio: á mí descienda Al blando seno que iba á darte abrigo.
Tu espíritu, y encienda
Mi alma en tu amor. Agradecido suene, Te debías á tí tan alta gloria:
No indigno de tu aliento, Por tu insigne victoria,
En himno humilde á tu bondad mi acento, Necesaria, Señor, á tu grandeza,
Y cruce, el mar y el universo llene. Pudo modesta y pía
Sola á tus ojos ofrecer María
Doquiera anuncie el regocijo puro No indigna de la tuya su pureza.
De que el mortal seguro
Gozó por fin tras larga noche umbría: El grande privilegio verdadero
Y la feliz aurora Confiese el orbe entero:
Recuerde en que tu mano bienhechora, En ningún corazón la duda habite.
Amparo de Israel, nos dió á María. ¿Quién, Padre soberano,
Contó las maravillas de tu mano?
¡Oh dulce instante y memorable y santo!
¿Quién hay, Señor, que tu poder limite?
Calmó del orbe el llanto
Y el hondo afán de su natal la nueva.
¿Retroceder no hiciste la corriente
De tu amor infinito
Del Jordán á su fuente?
Diste, al formar su corazón bendito,
¿Al pueblo de Israél no dió camino
Al linaje de Adam excelsa prueba.
Seco el mar á tu acento?
¡Ali! De la noche el estrellado velo. ¿Y en la piedra de Oreb no halló sediento
El siempre rico suelo, Fresco raudal y puro y cristalino?
El sol brillando en la mitad del día,
¿No cantan las angélicas legiones,
No cantan las naciones
1 Correspondiente de la Real Academia Española. Nacido en Puebla el
10 de Julio de 1821. Muerto en México el 28 de Febrero de 1883. En esa joya de inmortal valía,

*
Inclinada la frente,
Un prodigio, Señor, más excelente?
¿No es Madre y Virgen la feliz María?

¡Ah! que por siempre en soledad se vea FRANCISCO D E P. G U Z M A N . 1


Que negado le sea
El sol, y gima sin hallar consuelo
El pecho descreído AL SAGRADO CORAZON DE JESUS.
Que tu gracia no admire agradecido
En la Reina hermosísima del cielo. ODA.

Rica fuente de amores,


Yo te adoro, Señor: ferviente el labio
Manantial de consuelo y esperanza,
Te aclama bueno y sabio.
De finos amadores
Al levantar tu mano sacrosanta
Cumplida bienandanza,
A esa Doncella pura, Del pecador aliento y confianza:
También, Señor, á singular altura
A la mujer de que nací, levanta. Tú dé la sangre fuiste
Del Cordero de Dios urna sagrada,
Y bullir la sentiste
En tu seno inflamada
Por verse en mi rescate derramada.

De su piedad la alteza
El Padre puso en tí con larga mano,
Y toda la riqueza
De su amor soberano,
Gloria y delicia del linaje humano.

La .caudalosa vena
De su virtud.benéfica y fecunda
Desciende á tí serena,
Y tus senos inunda,
Y en mil prodigios de bondad redunda.

1 Humanista, profesor de la Escuela Preparatoria; correspondiente de la


Real Academia Española. Nacido en 1844. Muerto en México el 10 de Ene-
ro de 1884.
Sola una vez probaste
"Lázaro, ven afuera,"
Para el castigo tu poder robusto,
Grita el Omnipotente,
Y severo arrojaste
Y Lázaro á sus pies vuela obediente.
Con el azote justo
Al torpe mercader del templo augusto. Pero ¡cuámextremada
Se ostenta la virtud irresistible
Mas ¿quién, Señor, podría
*
De tu alma enamorada
Numerar los magníficos portentos
En curar la invisible,
Con que tu amor solía
Torpe gangrena del pecado horrible!
Encadenar los vientos
Y serenar turbados elementos; Por ella, de Zaqueo
Sustento generoso El ruin afán de lucro miserable,
Dar á míseras turbas condolido, Ya convertido veo
Al ciego y al leproso En codicia envidiable
Su remedio cumplido, De la sola riqueza inagotable.
Y de Satán al triste poseído?
Canta, Samaritana,
¡Qué de amargos dolores, Celebra en himno eterno tu ventura:
Qué de miserias á tu voz huyeron! A su voz soberana
Torrentes de favores Rendida el alma impura,
En Israel corrieron, Sed tuviste de amor que siempre dura.
Y al envidioso abismo entristecieron.
De asquerosos amores
Marta doliente, dínos, Vil morada tu pecho, Magdalena,
Refiérenos, María generosa, A tus fieros señores
Los suspiros divinos, Atada en vil cadena,
La angustia dolorosa Rodando vas á inacabable pena.
Del Señor de la vida ante esa fosa.
Mas no, que en tu camino
Lázaro descansaba, ^
Jesús te encontrará. Sus castos ojos
Presa ya corrompida de la muerte;
Con amor peregrino
Pero Jesús le amaba
Te miran, y de hinojos
Y el Hijo del Dios Fuerte í(
A sus plantas caíste, por despojos
Lágrimas tiernas por su amigo vierte; *

Y con voz que la esfera


Trayendo á su victoria
Tu grande corazón, despedazado
m
Un día enlutará del sol luciente,
Por la amarga memoria
¿Qué te va á tí, Rey mío,
De tu Dios ultrajado, En que este desgraciado viva ó muera?
Y en ansias de ser suyo dilatado.
Tu inmenso poderío, ,
Del celestial rocío Tu gloria siempre entera,
Que baña tus entrañas, abundoso, Para brillar mi rendimiento espera?
Devuelves largo río,
Q«e refresca amoroso Venciste, dulce hermano;
Del fondo del abismo me sacaste,
Los pies del que aun se digna ser tu esposo.
Y con tu propia mano
Él tus lágrimas paga Mis heridas curaste,
Dándote que acompañes á María, Y de tus ricas galas me adornaste.
Cuando terrible daga,
Cantada en profecía, Luego, á tu mesa puesto,
Implacable taladre su alma pía; Como tus fieles hijos regalado,
Por tus manos dispuesto
Y logres en el huerto, Gusté rico bocado,
Cuando vayas solícita á buscarle, En que te das á mi alma recatado.
Junto al sepulcro abierto,
No cadáver honrarle, Morada de sosiego,
Mas anegado en gloria contemplarle. Trono de santidad, fuente de vida,
En amoroso fuego
¿Y así, mi Dios, regalas
Haz que mi alma encendida
A quien cifró su dicha en ofenderte?
Respire sin cesar contigo unida.
¿Y de esposa en las galas,
Un gemido convierte
Del corazón, los paños de la muerte?

Yo también olvidado
Largos años de tí, y á tu enemigo
Con toda- el alma dado,
Tus riquezas prodigo,
Y á tormentos sin término me obligo.

Y mientras yo, durmiendo


Sueño de muerte, á perdición rodaba,
Tu corazón gimiendo,
En mi guarda velaba,
Y por salvarme á mi pesar, luchaba.

£
Y á toda la caterva
De dioses inmortales
Del cielo, de la tierra y del averno;
Y así vaciaban ánforas
MANUEL PEREDO.1
De sabroso Falerno,
Que era una bendición. ¡Dichosas gentes!
¡Qué falta les hicimos los presentes!
EL FIN DEL AÑO. Mas parece que entonces
Ya usaba el tiempo carcomer los bronces,
(Composición leída á la m e d i a noche del 31 de Diciembre.)
t Y echar abajo templos,
"¡Oh cuán fugaces, Postumo, mi Postumo, (Cuyos malos ejemplos
Se van los años!" Esto en son doliente Hemos aprovechado los de ogaño),
Cantaba en buen latín un tal Horacio, Y se acababa un año
Persona inteligente, Tras doce meses netos,
Que sin tener palacio, Y venía si siguiente,
Ni cocinero inglés, ni groom, ni nada, Y muy formal, de frente,
Rapábase una vida regalada
Por la posta se iba, con gran susto
Con un señor Mecenas,
De los que en el vivir hallaban gusto.
Banquero ó cosa así, hombre muy rico,
Que le alegraba el pico Y entonces, como ahora,
Con almuerzos espléndidos y cenas. (Puesto que todavía
El tiempo no ha perdido la manía
Y era de ver cómo ambos á porfía De sorber, cual rapé, hora tras hora),
Al sollo, y al faisán, y á la lamprea, Entonces, á cualquiera
Y á cuanto en mar y tierra se menea Que once lustros'viviera,
Declarando exterminio, Sin A-alerle ni influjo ni consejo,
Los encontraba el día Le sucedía que llegaba á viejo.
Recostados aún en el triclinio. Y sólo así se explica
Pero eso sí; Horacio por docenas,
Que el buen Horacio hallase una mañana
Entre uno y otro trago, En su noblf cabeza adusta cana,
Hacía odas muy buenas
Y después otras seis, y luego quince,
A Baco y á Minerva,
Y sobre la ancha frente
Asentada una arruga impertinente.
1 M é d i c o y escritor satírico; m i e m b r o correspondiente de la E e a l Acade-
m i a E s p a ñ o l a . N a c i ó e n México en 1830. Falleció en la m i s m a c i u d a d el 17 "¡Válgate Dios!" diría el buen romano,
d e Octubre de 1890.
"¡Qué aprisa hemos vivido!
"¡Quién lo hubiera creído! Que, con tantos sudores, ^
"¡Vea usted cómo es la mano! Trataron de enseñarme en el Colegio;
"Ea, reforma completa, Y lo hice, porque es muy provechoso
"Pongámonos á dieta, Esto de oir decir: —¿Quién? ¿Fulanito?
"Y basta de bureos; ¡Oh! ¡Muchacho estudioso!
"A la oración, á casa; "De cuerito á cuerito*
"Cada mochuelo váyase á su olivo, Los latinos se sabe!"
"Y á ver lo más que vivo." Y cate usted á Fulanito, grave,
Persona de importancia,
Y con esto, y cantar en són doliente
Muy formal á su cliente Y capaz de ir á ser ministro á Francia.
. '•'•¡Oh cuánfugaces, Pósturao, mi Póstumo La segunda razón, fué dar á ustedes
«Se van los años!" vió llegar la Parca, Saludable consejo,
Y de Carón después fletó la barca. Y es del tenor siguiente:
Pero dirán ustedes: Desde que al hombre sale el primer diente,
¿A qué viene todo eso que dijiste? Va por la posta hasta llegar á viejo;
¿Ni qué tenemos con que, alegre ó triste, Lo cual se corrobora
Comiendo ó ayunando, Con mil ejemplos de antes y hora.
Viviese aquel sujeto, Luego si ustedes quieren no se* viejos,
Muy apreciable y fino, Y ver, como quien dice, desde lejos
Pero hijo de vecino, Los toros, cada cual eleve un ruego
Allá á la notaría,
Y con quien nada de común tenemos,
O al registro civil, para que el día
Salvo cuando bebemos;
Que cada cual nació salga borrego.
Pues si él á la romana
Su Falerno sorbía La tercera razón, y la postrera,
Y soberanas chispas se ponía, De por qué traje á Horacio
ídem, ídem aquí, á la mexicana?. Yo, de la cabellera,
Pues sí tiene que ver, señores míos; Está á la vista; cual en un espejo
Y si he sacado á colación á Horacio, Mírense ustedes: él esperó á viejo,
Mis razones me asisten, que despacio Para notar que el tiempo va que vuela,
A exponeros me apresto, Lo cual no le ocurría
Por más que se avinagre vuestro gesto. Cuando con su compadre se.ponía
Sea la primer razón, y sea en mi abono, Aquellas turcas de que hablé no ha mucho
Que quise darme tono Y ustedes de igual modo
De que tengo en las uñas los autores Después de devorar el año todo,
Hoy que ya ni un momento le dejaron,
Es cuando calcularon
Que la vida se va, que pasó un año,
Y que ya en el entrante
Vendrán cantando jeremianos trenos ISABEL PRIETO D E L A N D A Z U R I . 1
Con una cana más y un diente menos.

Y pues que ya va largo T-A P L E G A R I A .

El que me dieron, literario encargo,


A MI HIJO.
Tiempo es de concluir, para que siga
De la habanera danza la fatiga.
Antes de dormir, bien mío,
¡Sea todo por Dios! á lo hecho, pecho;
Cruza tus manilas blancas,
Nos comimos un año, ¡buen provecho!
Y con tu voz de querube
El siguiente llegó; cada cual listo
Eleva á Dios tu plegaria.
. Esté para trincharlo, ó que él lo trinche,
La oración del inocente
Porque de Cristo á Cristo Serena é inmaculada,
En fin, hecho ya el saldo Sube más presto á los cielos
Del que pasó, hagamos al difunto De su pureza en las alas.
Funerales de rey; y yo, el heraldo, Es una hora muy dulce:
Ante dolor tamaño, Tendió ya la noche clara
Gritaré: ¡El año ha muerto! ¡Viva el año! Su luz y diáfano velo
•Que las estrellas esmaltan.
La tibia luz de la luna
Ilumina el panorama,
Y en las aguas de la fuente
Deja una huella de plata.
Uno de sus blancos rayos
Penetra por la ventana,
Y atravesando los pliegues
De la transparente gasa,

1 Nació en la Villa de Alcázar de San J u a n , en España, el 1? de Marzo


de 1833. Vino de m u y pequeña edad á México y se educó y residió en Gua-
dalajara. Aden,ás de m u y buenas poesías líricas, escribió varios dramas, fa-
vorablemente juzgados algunos de ellos por Don J u a n Eugenio Hartzenbusch.
Murió en H a m b u r g o el 28 de Septiembre de 1876.
* Como en suspiros las auras.
Que envuelve tu blando lecho
p Como una nube argentada, Vamos á o r a r . . . . no te duermas,
Con una dulce caricia Cruza tus manilas blancas,
Tu frente de rosa baña. Y con tu voz melodiosa
Vamos á orar, hijo mío, . Eleva á Dios tu plegaria.
i-
La oración es el perfume
Que ya á la oración te llama
El armonioso concierto f Más delicado del alma;
Que la natura levanta La esencia del sentimiento
•En esta hora solemne, Hondamente concentrada.
Misteriosa y sosegada. Es la súplica más tierna,
Oye: el rumor del arroyo, El himno de la esperanza,
Del aura la queja blanda, La bendición del dichoso,
Que acariciando las flores Del desdichado la lágrima,
Susurra entre la enramada; La ofrenda de la inocencia
Del postrer trino del ave A Dios tan dulce y tan grata,
La nota indecisa y vaga, Que la plegaria de un niño
Que en sus alas de zafiro Puede lavar muchas manchas.
Tibia la brisa arrebata; Vamos á orar; Dios fe escucha,
Es una oración, mi vida, Rápida la noche avanza,
M
Que pura y ferviente alzan Y para llevarla al cielo
Los céfiros y las flores, Tu ángel- tu oración aguarda.
Los árboles y las aguas,
— "Madre, el niño le contesta
Las aves y los insectos
Después de una corta pausa,
Que zumban entre las ramas.
Mientras con sus dos bracitos
Fija en el cielo un instante
El materno cuello enlaza:
Tu transparente mirada,
" T ú quieres que con Dios hable
Y admira el fulgor sereno Y Dios á mí no me habla,
rI Que las estrellas derraman. Y pues que no me responde,
Es el lenguaje sublime, .. Es que no oye mis palabras."
Con que al Creador alaban,
Y su grandeza pregonan,
Selló un beso de la madre
La boquita nacarada
I
Y su omnipotencia aclaman. Que su candorosa queja
Es su oración, hijo mío, Gravemente pronunciaba.
Que en luz los astros exhawn, — "Dios te habla siempre, alma mía;
Como en aroma las flores, Doquier su voz soberana.
I

I "I
A tu oración respondiendo Estos preceptos te manda;
Se escucha elocuente y clara Que por la voz de una madre
En el sol que te calienta, Dios siempre á los hijos h a b l a . . . .
En las sonrisas del alba, Así, ponte de rodillas,
En el aire que respiras, Dame tus manos cruzadas,
En los goces de tu infancia, Reclina en mi hombro tu frente
* Que blando beleño empapa,
En los besos cariñosos
Del padre que te idolatra, Y comienza." Con voz dulce
Y en el amor infinito Que el sueño en su sombra apaga
Que mi corazón te guarda. El rubio niño repite:
Dios á las madres inspira — " D i o s mío, yo te doy gracias,
La inmensa ternura santa Porque de tí todo bien
Con que al hijo tierno adoran Y toda dicha dimana.
Desde que á la tierra baja. Como eres padre de todos,
Dios á las madres ha dado Con sencilla confianza
La previsión delicada Mi súplica fervorosa
Con que comprenden al niño A tí el corazón levanta.
Que su auxilio les demanda Te pido por el que sufre
En ese mudo lenguaje Sumergido en la desgracia;
Que en un sollozo se escapa. Te pido por el culpable
Mil veces cuando en tu lecho Que tus preceptos quebranta;
Tranquilamente descansas, A mis padres que me adoran,
Sabiendo que sientes frío Cuida, Dios mío, y ampara,
Por intuición sobrehumana, Que ser huérfano es bien triste
Vengo á cubrirte anhelosa Me ha dicho mi madre amada.
Desde la próxima estancia. Hazme bueno y obediente,
Es que una voz de los cielos, Y perdóname mis faltas.
Que sólo una madre alcanza, Y antes que me entregue al sueño
Le advierte cuando padece Que ya mis ojos empaña,
El hijo de sus entrañas. Tu bendición, Dios piadoso,
Cuando te digo: hijo mío, Que del mal defiende y salva,
Sé bueno, al prójimo ama, En los besos de mi madre
Socorre al necesitado, Sobre mi frente derrama."
Piadoso los males calma, Al terminar débilmente
Dios por mi labio, alma mía, Estas últimas palabras,
Antología.—12
En los maternales brazos
Dormido el niño resbala.
El ángel custodio entonces
El blanco lienzo separa,
Y contemplando á la madre, J U A N VALLE.1
Que sobre el hijo inclinada,
Su dulce y tranquilo sueño
L A G U E R R A C I V I L .
Con débil canto arrullaba,
Sobre el cariñoso grupo Vuela del Septentrión al Mediodía,
Tendió las diáfanas alas; Y vuela del Poniente hasta el Levante
Y de los labios del niño El torvo genio de la guerra impía.
Recogiendo la plegaria,
Cuyos últimos acentos Lleva en su diestra espada centellante,
Aun indecisos vibraban, Sus víctimas escoge y, descargando
Alzando el vuelo murmura El golpe asolador, sigue adelante.
Con voz apacible y blanda:
Van la peste y el hambre caminando
— "Voy á llevar á los cielos
Tras él como sus dignas cortesanas,
Tu oración inmaculada;
Tumbas y tumbas tras de sí dejando.
Pero me alejo tranquilo,
Pues que tu madre te guarda." Hecatombes de víctimas humanas
Los ojos ven, y el corazón se aterra
Al fúnebre clamor de las campanas.

Llega á faltar para sepulcros tierra,


Que ni á niños ni á vírgenes ni á ancianos
Perdona el torvo genio de la guerra.

Como á José sus bárbaros hermanos,


A sus hermanos los guerreros tratan,
Y en sangre fraternal manchan sus manos.

Las furias del infierno se desatan


Y de todos murmuran al oído:
"Matad y venceréis;" y todos matan.

1. Ciego desde niño. Nació en Guanajuato el 4 de Julio de 1838. Murió en


Enero de 1865,

a
Gratitud y amistad dan al olvido
Los combatientes, y en delirio ciego
Hieren hasta al amigo ayer querido. En medio, á veces, de la lucha insana
Se encuentra con su padre algún guerrero,
Arrasan con furor á sangre y fuego
Y su espada traspásale inhumana.
Las pobladas y espléndidas ciudades
Que en desiertos trocadas quedan luego. Lo reconoce tarde en su jay! postrero,
Y al ver que el crimen su castigo tiene,
Y todavía aquellas soledades
Desgarra el propio pecho con su acero.
El vencedor en su triunfal carroza,
Cruza cual las siniestras tempestades. _ Cesad, cesad: sobre vosotros viene
En su carrera sin piedad destroza, Avida ya la peste asoladora,
Y su marcha triunfal nada detiene.
Pasando sobre el surco, los sembrados,
Y al paso incendia del pastor la choza. Será la verdadera vencedora,
Y asistida del hambre su aliada,
Saliendo de las llamas espantados
Será por fin, de México señora.
Medio desnudos van los moradores
Entre las fieras turbas de soldados; Al más fuerte le hará soltar la espada
Si no de caridad el sentimiento
Los que olvidando un punto sus furores
Sí del hambre la mano descarnada.
Convierten á la esposa ante el esposo
En víctima de lúbricos amores. Cuando el recién nacido llore hambriento,
El pecho exhausto le dará la madre,
Más y más crece el fuego pavoroso,
Y sangre beberá por alimento.
Y el soldado el doméstico santuario
Tras el botín asalta codicioso. Por mal que á la virtud proscrita cuadre,
Por quitarle su pan, fiero el hermano
Las llamas despreciando, el temerario
Al hermano herirá, y el hijo al padre.
Recorre audaz la habitación ardiendo,
Y devora el incendio al incendiario. ¿Los éjemplos de amor serán en vano
Que os da naturaleza en armonía,
De los que van su patria destruyendo
Desde el águila audaz al ruin gusano?
Es agradable música al oído
Del techo desplomándose el estruendo. ¿Vuestros ojos de buitre todavía
No se cansan de ver sangre corriendo,
El vencedor de ayer es hoy vencido,
Ni vuestros brazos de la atroz porfía?
Y el que vencido es hoy vence mañana:
De la patria es la voz largo gemido. ¡Ah! sí: ya estoy en mi alma presintiendo
Que mi patria por fin será dichosa,
Las fratricidas armas deponiendo.
La paz, como una madre cariñosa,
Sus benéficas alas con ternura
Sobre ella, al fin, extenderá amorosa.

Y movido por fin de su tristura,


JOSE ROSAS MORENO.
A Q U E L que convirtiera el agua en vino

Convertirá su acíbar en dulzura.


I I LA TUMBA DE JUAN VALLE.
Le dará bondadoso luz y tino
Quien la luz á los ciegos devolvía, Del valle silencioso,
Y seguirá mi patria el buen camino; Mansión de los amores
Do en plácida quietud rodó tu cuna,
La hará resucitar á la alegría
A verte vengo al asomar la luna,
Quien de la tumba á Lázaro sacara
Trovador de las fuentes y las flores.
De nuevo al aire y á la luz del día.
Escucha cariñoso
AQUEL que, paternal, multiplicara Las tiernas armonías
Los cinco panes, perdurables años Que en otro tiempo con placer oíste;
De paz y de abundancia le prepara. . Tal vez te arrullen con mi canto triste
Dulces recuerdos de pasados días.
Tras tanta humillación y tantos daños,
Mi pueblo se verá grande y temido De aquellas majestuosas
Envidiando su gloria los extraños. Montañas escarpadas
A estos valles me arrastra mi destino,
Y el mismo que á su pueblo protegido
Como arrastra el airado torbellino
Por en medio del mar camino abriendo
A las pálidas flores deshojadas.
En él deja al egipcio sumergido,
Yo hablé con las hermosas
Potente los obstáculos venciendo Que tu esperanza fueron,
Por la difícil senda interrumpida Yo allí tu nombre murmuré pasando,
Nos irá de la mano conduciendo. Y en las grutas los ecos suspirando
Mi angustiosa querella repitieron.
Y cual llegó á la tierra prometida
El escogido pueblo tras la guerra, Yo soy el que al abrigo
Llegaremos tras lucha fratricida De la amistad sincera,
De paz y unión á la anhelada tierra. Llorando junto á tí te dió consuelo,
Y he visto triste en tu nublado cielo

1. Nació en Lagos (Jalisco) el 14 de Agosto de 1838. Falleció en la misma


ciudad el 13 de J u l i o de 1883.
La paz, como una madre cariñosa,
Sus benéficas alas con ternura
Sobre ella, al fin, extenderá amorosa.

Y movido por fin de su tristura,


JOSE ROSAS MORENO.
A Q U E L que convirtiera el agua en vino

Convertirá su acíbar en dulzura.


I I LA TUMBA DE JUAN VALLE.
Le dará bondadoso luz y tino
Quien la luz á los ciegos devolvía, Del valle silencioso,
Y seguirá mi patria el buen camino; Mansión de los amores
Do en plácida quietud rodó tu cuna,
La hará resucitar á la alegría
A verte vengo al asomar la luna,
Quien de la tumba á Lázaro sacara
Trovador de las fuentes y las flores.
De nuevo al aire y á la luz del día.
Escucha cariñoso
AQUEL que, paternal, multiplicara Las tiernas armonías
Los cinco panes, perdurables años Que en otro tiempo con placer oíste;
De paz y de abundancia le prepara. . Tal vez te arrullen con mi canto triste
Dulces recuerdos de pasados días.
Tras tanta humillación y tantos daños,
Mi pueblo se verá grande y temido De aquellas majestuosas
Envidiando su gloria los extraños. Montañas escarpadas
A estos valles me arrastra mi destino,
Y el mismo que á su pueblo protegido
Como arrastra el airado torbellino
Por en medio del mar camino abriendo
A las pálidas flores deshojadas.
En él deja al egipcio sumergido,
Yo hablé con las hermosas
Potente los obstáculos venciendo Que tu esperanza fueron,
Por la difícil senda interrumpida Yo allí tu nombre murmuré pasando,
Nos irá de la mano conduciendo. Y en las grutas los ecos suspirando
Mi angustiosa querella repitieron.
Y cual llegó á la tierra prometida
El escogido pueblo tras la guerra, Yo soy el que al abrigo
Llegaremos tras lucha fratricida De la amistad sincera,
De paz y unión á la anhelada tierra. Llorando junto á tí te dió consuelo,
Y he visto triste en tu nublado cielo

1. Nació en Lagos (Jalisco) el 14 de Agosto de 1838. Falleció en la misma


ciudad el 13 de J u l i o de 1883.
Morir la luz de tu ilusión postrera!
Que al elevar tu vuelo
Yo recorrí contigo
Lejanas á tus pies miras las nubes,
Las .rústicas cabañas,
Y escuchas la canción de los querubes,
Estrechando tu mano con mi mano;
Y abres tus ojos á la luz del cielo.
Yo soy tu amigo fiel, yo soy tu hermano;
Yo soy el trovador de tus montañas
Dejaste de la tierra
La triste noche obscura,
No me oyes ¡ay! Mi canto
Las deshojadas flores, la esperanza,
En vano aquí resuena;
Anhelo inútil que jamás se alcanza
Lanzo en vano suspiro querelloso
Y es germen del dolor y la amargura.
Que en eterno silencio pavoroso
Dejaste aquí la guerra
De espanto y de dolor el alma llena:
Que el corazón nos hiere,
Tu rostro está sin llanto,
Las tormentas que rápidas se agitan,
Tu corazón inerte, Por las flores que nunca se marchitan,
Y aspirando narcótico beleño, Por el radiante sol que nunca muere.
Inmóvil duermes el eterno sueño
En el triste regazo de la muerte.
La sombra que tus ojos
Fatídica envolvía,
Ya nunca tus cantares
Por la muerte se mira disipada,
En nuestro bosque umbrío
Y hoy contemplas con ávida mirada
Alegres sonarán, como sonaban
La patria de la paz y la alegría.
Cuando" un tiempo feliz me despertaban
En tanto yo entre abrojos
En las tibias mañanas del Estío.
Que honda ansiedad me inspiran,
Ya nunca mis pesares
Voy cruzando el desierto tristemente,
Mitigará tu acento,
Sin hallar una palma ni una fuente
Que entre cipreses fúnebres tu lira,
¡Ay! infelices los que aquí suspiran.
Sólo en la noche lánguida suspira
Al rumor melancólico del viento.
Si la calumnia impura
Vuelve á ultrajar tu nombre;
Tu ausencia pesaroso,
En trova lastimera .Si no hallas ni una flor ni una plegaria, •
¿Qué te importa en la tumba solitaria?
Lloro en tu tumba ¡oh bardo! y mi destino,
¿Qué importa aquí la ingratitud del hombre?
Porque tú, venturoso peregrino,
Llegaste al fin á la feliz ribera. Dará á la edad futura
Dichoso tú, dichoso, La patria tu memoria;
Pues ella te ama porque fué tu amada,
Y hoy alumbra su frente ensangrentada
El espléndido rayo ele tu gloria.

Reposa en paz tranquilo,


Que si en mis ansias locas M A N U E L M. F L O R E S . 1
Volviere alguna vez de tus verjeles,
Las hojas te daré de sus laureles
Y las agrestes flores de sus rocas. ODA A LA PATRIA.
De este piadoso asilo
(5 de Mayo de 1862.)
Donde tu sombra vaga,
Conmovido me alejo tristemente, Alcemos nuestro lábaro en la cumbre
Que la luna se acerca al Occidente Esplendorosa de granito y nieve
Y su luz melancólica se apaga, g Del excelso volcán, adonde raudo
Entre el fulgor de la celeste lumbre
Voy á mirar amante Tan sólo el cóndor á llegar se atreve;
Nuestros risueños prados; Donde la nube se desgarra el seno
Adiós, por siempre adiós, y en paz reposa: Para vibrar el rayo
Yo besaré la tumba silenciosa
Y hacer rodar en el abismo el trueno.
Donde duermen tus padres olvidados.
Alcemos, sí, bajo la arcada inmensa
Y atravesando errante Del cielo tropical y sobre el ara
Las fértiles campañas, Diamantina del Ancle
Cuando canten los tiernos ruiseñores,
El augusto pendón de la victoria,
Yo entonaré, llorando entre las flores,
Que aun mereciera pedestal más grande
Los himnos de tu amor en tus montañas.
La enseña de la Patria y de la Gloria!

¡Oh santo nombre de la Patria! Escuda


Con tu prestigio inmenso
Esta mi audaz palabra tan desnuda
De elocuencia y vigor; haz que vibrante
Al pie de tus altares se levante
Y sea como la nube del incienso
Ante el ara de Dios; haz que resuene
Potente, y en su vuelo

1 Nació e n San A n d r é s .Chalchicomula, E s t a d o de P u e b l a , . e n 1840


rió, ciego, e n México.
Envueltas en sus pálidos sudarios,
Con íu renombre los espacios llene De nuestros héroes muertos asomaban
Y cubra al mundo y se levante al cielo! Las sombras espectrales
Y el Guadalupe atónitas miraban!
Ayer —fugaz minuto.que á la Historia
¡El Guadalupe! Ostenta en sus laderas
Acaba de pasar en las serenas
De la Patria las bélicas legiones,
Y deslumbrantes alas de la G l o r i a -
Brillan las armás, flotan las banderas
Ayer en la ignorada
Y se mezcla al rodar de los cañones
Cumbre de una colina que ceñía
El toque del clarín, la voz de mando
lina cinta de frágiles almenas .
Y el relincho marcial de los bridones.
Y pobre artillería,
El mexicano pabellón flotaba Y más allá, cruzando la llanura,
Bajo un cíelo de brumas, Henchidas de arrogancia,
Como en la frente del guerrero azteca Tendiendo al sol las alas voladoras
Rico penacho de vistosas plumas. Las imperiales águilas de Francia
Mas no flotaba al beso voluptuoso Conduciendo las huestes invasoras.
De las brisas del trópico; crujía
Al soplo tempestuoso Las huestes sin rival. -En sus pendones
De un huracán de muerte, y se tendía Cien y cien veces derramó laureles
Su lona tricolor, como del iris Propicia la victoria;
Sobre la frente negra de los cielos Soldados favoritos de la gloria,
La diadema se ostenta En los campos de Europa sus corceles
Cuando huyendo flamígera sacude Han dejado una huella ensangrentada,
Su melena de rayos la tormenta. Y cien veces sus páginas la Historia
Abrió á la punta de su atroz espada.
Y era también un iris de esperanza
Aquel sagrado pabellón erguido Ellos son y ya avanzan ¡Dios Supremo!
Ante el genio feroz de la matanza, ¡Ah! ¿qué va á ser de nuestra pobre tierra
Aquella enseña del derecho herido Ante esos semidioses de la guerra?
Alzándose terrible á la venganza. ¿Qué va á ser del soldado mexicano,
Allí del mundo de Colón los ojos Soldado, humilde, sin laurel ni pompa,
Severos se fijaban, centelleando . De esos titanes al tremendo empuje?
De impaciencia, de cólera y enojos.
Y quién sabe si airadas ¿Qué va á s e r ? . . . . Vedlo y a . . . . Suena la trompa,
Allá desde los picos solitarios Silba la bala, la metralla ruge,
De la alta cordillera, silenciosas,
• ' \

191 .
Avanzan con furor los batallones, ¿Y es v e r d a d . . . . es v e r d a d . . . . Los invencibles,
Se chocan los guerreros, Los que cejar no pueden,
Se desgarran flotando los pendones. Los tigres de Inkermán y Solferino,
Crujen tintos en sangre los aceros, ¿Aquí blanca la faz, perdido el tino
Tiembla la cumbre, tiembla la llanura Y con miedo en el alma retroceden?
Al estruendo mortal de la pelea,
Y de humo y polvo en la tiniebla obscura ¿En dónde está su incontrastable arrojo?
El cañón formidable centellea! ¿En dónde su furor armipotente?
¿Dó el llegar y vencer que suyo haría
¡Terrible batallar! Potente rabia Inmóvil de terror el Continente?
De insensato furor ebrio de sangre; Las águilas francesas
Festín de la venganza ¿No midieron, cruzando el Océano,
En que sólo resuena pavoroso Cuánto eres, Libertad, grande y potente
El salvaje rugir de la matanza; Bajo el inmenso cielo americano?
En que fiera la vida
Se escapa palpitante por la herida Soberbias te arrojaron sus legiones;
Del corazón indómito que aun late Y viéndolas llegar, en tu mirada
Encendido en las iras del combate; Las iras del ultraje centellearon;
Instante de terror y de grandeza Y vibrando relámpagos tu espada,
En que el débil en bravo se convierte, Sus golpes matadores
Y se hace león el corazón del fuerte, El rayo de la muerte fulminaron;
Y convulsa la vida se desgarra, Sangrienta charca abrióse t u pisada,
Y se goza el Horror, ríe la Muerte! Nada su rabia de leones pudo,
Y ante tu fuerte escudo
¡Terrible batallar! Golpe por golpe, Ellos, los invencibles se estrellaron!
Furor contra furor, vida por vida
¡Y tres veces así! Del Guadalupe
Y sangre nada más: allí la fama
Quedaron las laderas
Del francés vencedor y su pericia
De pálidos cadáveres sembradas,
Contra el derecho transformado en pueblo
Y de francesa sangre
Y armado de justicia.
Y sangre mexicana ¡ay! empapadas.
Terribles las legiones
Cual de la mar las olas turbulentas Y cuando el sol de Anáhuac esplendente
Que flagela el furor de las tormentas, Bajaba al Occidente,
Se encuentran, y se chocan, y se rompen El. ángel tutelar de la victoria
Feroces y sangrientas! Voló á arrancarle su postrero rayo,
Bañó con él de México la frente Y queda allí, soberbio monumento
Sellándola de gloria, De patriotismo y gloria,
Y con letras de sol, "Cinco de Mayo" Vistiendo con la sangre no lavada
Para los siglos escribió en la Historia! La púrpura triunfal de su victoria.

Entonces tú lo sabes, Puebla mía, Allí queda á su planta la esforzada


¡Oh Puebla! cuya heroica bizarría Guerrera de Atoyac, Puebla la bella,
Nunca ensalzar como merece supe; La tierra de mi hogar que guarda altiva
Tu nombre, sepultado en el olvido, Cual cicatrices que la gloria sella,
Aprendiólo la Francia al estampido Sus rotos muros, sus deshechos lares,
Del cañón que tronaba en Guadalupe. Sus calles destrozadas,
Y en pie las ruinas de sus grandes templos
Cayó ese nombre en la soberbia Europa Por la bala francesa acribilladas:
Con el ruido triunfal de una victoria, Elocuente padrón del heroísmo
Cayó vestido con el ampo de oro Y del patrio denuedo,
Del sol de Mayo que alumbró tu gloria. Página de la historia
Del mexicano corazón sin miedo.
Desde entonces, allá, bajo el sereno
Dosel de auroras que desplega Oriente, Allí queda la invicta
'Envuelta en alas de oro por la lumbre
Amazona mostrando cual trofeo
De aquese sol triunfal, y coronado
La palpitante herida del combate,
Con el lauro que el tiempo no destroza,
Por la cual, ante el sol, como en el roto
Del Guadalupe yérguese en la cumbre
Pecho de los guerreros de Tirteo
La figura inmortal de Zaragoza!
Se ve el valiente corazón que late.

Las águilas francesas que algún día


Allí queda ese fuerte de los libres
Tendieron sobre el mundo
Ante cuyo granito la soberbia
Ebrias de triunfo las potentes alas
De los nunca vencidos se destroza;
Llevando entre sus garras las banderas
¡Allí q u e d a r s e campo de pelea
Vencidas y hechas trizas
Donde hollaron las cruces de Crimea
De naciones altivas y guerreras;
Los cascos del corcel de Zaragoza!
Las águilas que guiaron la fortuna
¡Allí quedas, mi Puebla! Y si algún día
Sangrienta de los fieros Bonaparte,
Arroja el extranjero
No posaron su vuelo victorioso
El grito de la guerra á tu muralla,
Después, del Guadalupe en el baluarte.
Renueva tu osadía, "
Vibra de nuevo el matador acero,
Desata el huracán de la metralla,
Fulmina fiero de la muerte el rayo,
Y la sangre del campo de batalla
La seque aun otra vez la esplendorosa
MANUEL ACUNA.1
Lumbre de gloria de tu sol de Mayo!

LA. VIDA. D E L C A M P O .

Beatas Ule qui procul negotiis....


HORACIO.

Yo no sé si el señor Horacio Flaco


Fué quien se alzó el primero,
Echando noramala la cultura
Y hablando de la dicha y la ventura
Que se goza viviendo á lo ranchero.
Yo no sé si el buen vate poseía
Quinta ó hacienda, ó lo que allá se estile,
Ni si viviendo en ella se hallaría
Cuando dió en escribir su Beatus ille.
Pero el hecho y el caso
Es que desde él á Rosas,
Sin contar á Fray Luis y á Garcilaso,
No hay poeta que no hable á cada paso
De la vida del campo y de sus cosas;
Y tanto de magnífico y de bueno
Nos dicen de esa vida,
Y tanto nos repiten la escondida
Senda y la f ruta del cercado ajeno,
Que ganas dan de veras
De comprar unas buenas chaparreras,
De abandonar el fieltro por el ancho,
El bastón por la reata,

1 N a c i d o en el Saltillo (Coahuila) el 27 de Agosto de 1849. Muerto


México el 6 de Diciembre de 1873.
Vibra de nuevo el matador acero,
Desata el huracán de la metralla,
Fulmina fiero de la muerte el rayo,
Y la sangre del campo de batalla
La seque aun otra vez la esplendorosa
MANUEL ACUNA.1
Lumbre de gloria de tu sol de Mayo!

LA. VIDA. D E L C A M P O .

Beatas Ule qui procul negotiis....


HORACIO.

Yo no sé si el señor Horacio Flaco


Fué quien se alzó el primero,
Echando noramala la cultura
Y hablando de la dicha y la ventura
Que se goza viviendo á lo ranchero.
Yo no sé si el buen vate poseía
Quinta ó hacienda, ó lo que allá se estile,
Ni si viviendo en ella se hallaría
Cuando dió en escribir su Beatus ille.
Pero el hecho y el caso
Es que desde él á Rosas,
Sin contar á Fray Luis y á Garcilaso,
No hay poeta que no hable á cada paso
De la vida del campo y de sus cosas;
Y tanto de magnífico y de bueno
Nos dicen de esa vida,
Y tanto nos repiten la escondida
Senda y la f ruta del cercado ajeno,
Que ganas dan de veras
De comprar unas buenas chaparreras,
De abandonar el fieltro por el ancho,
El bastón por la reata,

1 N a c i d o en el Saltillo (Coah.uila) el 27 de Agosto de 1849. Muerto


México el 6 de Diciembre de 1873.
Y adiós diciendo á la ciudad ingrata,
A caballo ó á pie lanzarse á un rancho. ¡Ah! ¡si yo refiriera una por una
Las víctimas que debe
Y como esos señores Este error, que en el siglo diez y nueve
Saben decirlo y presentarlo todo Va haciéndose tan raro por fortuna!
Con ese memodeoclo Sin caminar más lejos,
Exclusivo á los buenos escritores, Yo que conmigo aun 110 me reconcilio
Por haberme buscado esa desgracia,
De aquí resulta en consecuencia clara
Yo soy el más completo verbi-gracia
Que ante cuadros tan bellos y felices,
De un mártir de su amor por el idilio.
Más de cuatro lectores
Se quedan con un palmo de narices
Dióme hace tiempo ya por la manía
Y soñando en rediles y pastores.
De leer y rele'er cuanto á mis manos
Sobre la vida pastoril caía,
De estos cuatro entusiastas, el que menos
Y tanto di en pensar de noche y día
Es seguro que exclama:
Sobre los bienes rústicos y urbanos,
"¡Oh! ¡la vida del campo! ¡Guán hermoso
Que convencido al fin de que la corte
Habrá de ser en la abrasada siesta
Sólo es del mal y del dolor la senda,
Gozar de la frescura y del reposo,
Exclamé: ¡que el demonio te soporte......!
Cabe la margen del riachuelo undoso
Y después de.pedir mi pasaporte,
Que corre serpenteando en la floresta!"
Me puse en dirección para una hacienda.
O bien si se halla cerca la señora
Con la que piensa dar en el busilis, Aun no asomaba el rubicundo Febo
Y que tiene por fuerza que ser Filis Poniendo al universo como nuevo,
Desde el momento en que entre á labradora, Y el saltador y alegre jilguerillo
Le dirá: "Por la tarde, Filis mía, Aun no alzaba su canto entre la¿ breñas,
Nos iremos al monte, y desde el monte Cuando yo y mi tordillo,
Verás cuán grato es al morir-el día ü n animal muy bruto por más señas,
El cuadro que presenta el horizonte." Atravesando cerros y asustando
Y esto, que ciertamente Aquí á un conejo y más allá á una liebre,
Es de grande y poética belleza, lijamos ya en vereda y caminando
Le parece al señor tan convincente, Yo en busca de un hogar y él de u n pesebre.
Que, sin andarse en chicas .
Ni pensarlo primero, Después de una hora larga
Se mete de ranchero, en la confianza De correr y correr á la ventura,
De que el dolov no puede ser ranchero. A despecho y pesar de mi andadura
Que protestaba ya contra la caiga
Más que pesada, dura,
Así fué, sobre poco más ó menos,
Y más que dura y que pesada, amarga,
El pequeño y tristísimo discurso
Pues era nada menos mi amargura;
Que improvisé al mirarme entre el concurso
Después de una hora impía
De aquellos hombres rústicos y buenos;
De correr y de andar inútilmente,
Y media hora después, una pastora,
Sin poder distinguir ni aun vagamente
No Flérida ni Arminda,
Las señales de alguna ranchería,
Pero, eso sí, tan linda
Dimos por fin con una
Que casi era una chica encantadora,
Donde cansados ya de correr tanto,
Se presentó á mi vista completando
Mi animal se alzó y dijo: ¡qué fortuna!
Con un trozo de' pan que me traía
Y yo me bajé y dije: ¡aquí planto!
Las tres cosas aquellas,
Hacerlo, y que tres perros Y haciéndome gozar con todas ellas,
Se me echaran encima, fué todo uno; De modo que yo dije: ¡aquí es la mía!
Pero á la voz de alarma, Nunca lo hubiera dicho,
Salieron de la choza unos pastores, Ó, por mejor decir, no lo hubiera hecho,
Y cogiendo unas piedras, que son arma Pues apenas siente ella sobre su hombro
De que se valen siempre esos señores, Un beso que le di en mi desvarío,
A su sola presencia fué acabando Cuando con triste asombro,
Del canino furor hasta el residuo, Cayó de mi ilusión sobre el escombro
Y yo pude por fin en eco blando Un bofetón ele Dios y Señor mío
Cantar la instalación de mi individuo.

Después de que comí aquel pan amargo,
—¡Oh habitantes felices Pan que hizo más amargo este detalle,
De esta c^narca rústica y tranquila — De mi fe y mis creencias en descargo
Les dije yo tan luego Pronuncié suspirando un sin embargo,
Como á los canes vi en lugar seguro. Y me puse en camino para el valle
—Yo vengo aquí tras del feliz sosiego Allí, pensaba yo mientras seguía
Que en la alma del labriego El mejor y más cómodo sendero,
Derrama este aire embalsamado y puro, Allí bajo de un olmo
Cansado de la vicia Encontraré un consuelo en mi tristeza,
Que se lleva en la corte aborrecida;
Ya que ruin aldeana
Yo vengo con el mal que me destroza A mi pena y dolor ha puesto colmo.
T que gimiendo mi zampona exhala, Bajo sus verdes y brillantes hojas
A que me deis un sitio en vuestra choza, Iré á llorar la pena que me m a t a ;
Media torta de pan y una zagala.— Y si la muy ingrata
Va á reírse aun allí de mis congojas,
Pues que en mi tierno y ardoroso ahinco Cuando llegué á la choza, las estrellas
Ni una sonrisa de su amor merezco, Brillaban ya en el éter indeciso,
O le hago comprender lo que padezco, Y en derredor del fuego
O le hago comprender cuántas son cinco ! Que alumbraba muy poco ciertamente,
Me hallé con que á la ley de un uso añejo,
Pero, señor, en el bendito valle, Mas para ellos bueno y necesario,
Como en alma de un bardo de veinte años, Bajo la voz de un viejo un poco viejo,
Todo estaba tan seco y tan marchito Rezaban todos juntos el rosario.
Como ella á los primeros desengaños: Esto sí no es conmigo,
Los árboles sin ramas y sin hojas, Me dije yo al primer Santa María,
La yerba macilenta y amarilla, Viendo que no era aquella la más propia
Y en medio de este cuadro y á lo lejos, Ocasión de salvarme del infierno;
Un arroyo estancado, á cuya orilla Y encontrando en la fe que mi alma acopia,
Rumiaban con afán dos toros viejos. Que aquella copia era m u y mala copia
Ante tal panorama, Para darle el valor de un Padre Eterno;
Yo que soñaba coronar mi frente Y como el sueño, gente que no reza,
Con las flores cogidas á una rama Me estaba ya doblando la cabeza
De las verdes y muchas de la fuente; Y yo empezaba ya á sentir en mi alma
Yo.que soñaba en recrear mi oído Sus primeras y dulces vaguedades,
Con la canción dulcísima y sabrosa Me decidí á dormir en santa calma
Del tordo filarmónico escondido Para acabar con tantas necedades
Entre las ramas de la selva umbrosa,
Me senté sobre el tronco de un encino, —El sueño, por lo menos,
Y me puse á llorar con tantas ganas, Me hará gozar de la ilusión que ansio—
Que los cielos al verme y al oirme Pensaba yo temblando
Llorar con un dolor tan verdadero, Y estremecido todo por el frío!
Empezaron también recio y de firme —Y como ellos me han puesto en este brete
A gemir y á llorar un aguacero. Que peor no puede ser según barrunto,
Evocaré á Fray Luis y á Navarrete
¡Ay! cómo, y cómo entonces
Y les diré lo que hay sobre el asunto !
Extrañé los simones de la plaza,
Y cómo fué aquel líquido elemento
Y me dormí pero una santa gota
Que entraba hasta mis huesos poco á poco,
Que, cayendo del .techo
El mejor y más sólido argumento
Con una precisión constante y rara,
Para obligarme á ver que estaba loco.
Bajaba desde el techo hasta la cara
Para seguir después p o r todo el pecho, Y de soñar en lo cjue ya no pasa,'
Me obligó á despertar en el instante Rompí de mi ilusión las dulces recles
En que soñaba yo, lleno ele galas, Y me volví á la corte y á mi casa,
Bailar bajo la luz ele un sol brillante Donde estoy á las órdenes de ustedes.
Entre un grupo magnífico y radiante
De blancas y bellísimas zagalas.

¡Ah! y lo cjue roncan esas buenas gentes


Que á los más fuertes árboles destroncan,
Y que hacen tanto ruido con los dientes
Que parece mentira lo que roncan!
Nunca me hubiera yo ni sospechado
Ver por aquellos mundos,
Reunidos y durmiendo lado á lado
Tantos bajos profundos
Así es que hallando aquello peor que el rezo,
Pues era una calumnia contra el arte,
Le di gracias á Dios, y sin tardanza
Me largué con la música á otra parte.

Metido en un trigal y decidido


A terminar con él, lo que era fácil
No estando muy crecido,
Me encontré al animal de mi caballo
Tan dado y atareado en su faena,
Que á no ser por un medio
Muy usado y común entre animales,
Probablemente no hallo otro remedio
De sacarlo de acjuellos andurriales.

Y aun no asomaba iluminando al mundo


La dulce claridad del rubicundo,
Y la pastora aquélla
Aun no se alzaba á ver la última estrella,
Cuando cansado ya de ser tan loco
Nació allí en cuna de armiño,
Y pudieron arrullar
Las tempestades del mar
Las tempestades del niño;
A G U S T I N F. C U E N C A . 1 .
Que el Golfo en rudas tareas,
Del rayo al fuego instantáneo,
A GOROSTIZA.
Del niño arrulló en el cráneo
Una borrasca de ideas;
Suele en peñón de basalto
Tener la águila su nido, E hizo entonces la ocasión
Y tenerlo suspendido Un majestuoso dualismo:
Siempre del risco más alto. Junto á un abismo otro abismo,
Junto á un mar un corazón.
Así, la corona el sol
Con su primera corona, Creció el niño, de un renombre
Y cuando el sol se destrona Buscando el laurel glorioso,
Pinta en ella su arrebol. Y creció casi giboso

De pensar tanto en el hombre:
Así, tras de aquella cuna •
La tempestad resplandece, Y en los humanos vaivenes,
Y después, allí parece Sobre la sima inclinado,
Un beso de amor la luna. Llegó á ser el corcovado
Que hasta el sol irguió las sienes.
¡Suprema ley de belleza
Si esconde en hermoso nido Con gloriosa fantasía
Lo que grande siempre ha sido El histórico pincel
En la gran naturaleza! De espuma orlado un bajel
Pinta en una mar bravia.
Del tiempo la luz matiza
Mi memoria al recordar, Entre las olas del viento
Y encuentro á orillas del mar Batidas con fiera saña,
La cuna de G O R O S T I Z A ; El bajel navega á España
Y en él va un rey del talento.
Donde en la arenosa falda
Del suelo veracruzano, Crespadas rugen las olas,
Rompe el Golfo mexicano Revueltas vienen y van,
Sus cristales de esmeralda. Y al fin, con el bajel dan
N a c i d o e n México. M u e r t o después de 1880. En las costas españolas.
Suena la indecisa nota
A tierra salta el viajero,
De apasionada sonrisa,
Y al presentir los cantares
Y también suena indecisa
De su lira, el Manzanares
La que de un sollozo brota.
Va corriendo más ligero.
Vibran cadencias que son
Y entre festones de flores
Para los labios encesos,
Sus remansos desmayados
El idilio de dos besos
Están ya tornasolados
Moribundos de pasión.
Por gloriosos resplandores;
Tiene el placer su armonía
Que el viajero por misión
En tan misterioso canto;
Lleva al hispano confín
El dolor tiene su llanto
Ser rival de Moratín,
Y sus risas la ironía.
Ser de Scribe inspiración.
Vierte excelsas vibraciones
La fe dícele: camina!
La arpa en su emoción extrema,
Dícele el temor: detente!
Y un himno añade al poema
Clama á la esperanza, y siente
De las humanas pasiones;
Que la duda
• le asesina.
Y brotan entonces palmas
Y aliento á su pecho sobra,
Que dan sombra al arpa de oro;
Y aliento á su pecho falta,
Porque el himno, tan sonoro
Si la duda no le asalta,
Vibra y tan puro en las almas,
O si su imperio recobra.
Alcanzando á conmoverlas,
Aire! su entusiasmo grita
Como cree la fantasía
En pos de gloriosas galas,
Qué en un cristal sonaría
Y encuentra al tender las alas
Una cascada de perlas.
El aire que necesita. •

Ve entonces el sol hispano


El dudar antes rehacio,
Un rayo más en el sol
Muere entonces, y parece
De la gloria; un arrebgl
Como que el espacio crece
De nuestro sol mexicano;
Y hay más aire en el espacio.
Y es trofeo de victoria
Suena u n arpa, y en concierto
Cada palma en los palmares;
Se alzan melodiosas claves
Cada onda del Manzanares
Como una ráfaga ele aves
Es un murmullo de gloria.
Cruzando un florido huerto.
Así el hombre inmortaliza ¡Cómo sangraban las frentes
La omnipotencia del hombre, Sobre las rotas murallas!
Y tiene el Genio otro nombre ¡Qué desborde de metrallas
En la tierra: G O R O S T I Z A . Sobre un montón de valientes!
¡Bardo que sobre tus sienes Tú eras de ellos, y luchaste
Pusiste el laurel del arte, Encorvado, pero erguido,
También fué otro tu estandarte Y al verte casi rendido, •
Y otro laurel también tienes! Mas luchando, así exclamaste:
Tu fuiste en heroica lid, "¡En la patria mi fe estriba •
Rayo de la tempestad Contra invasores abyectos;
Que inflamó la libertad Han sentado mis defectos;
En el Parque de Madrid; Pero 110 han visto mi jiba !"

Y cuando al nativo suelo ¡Bardo y guerrero! tú tienes


Enderezaste tu paso, Por blasón, frente á tu historia,
Tu estrella de héroe su ocaso Todo el cielo de la gloria
Borró sobre el patrio cielo. Recogiéndose en tus sienes!

Del Norte la ambición fiera Bardo y guerrero, al luchar


Que á la patria profanó, Moviste al destino guerra,
Tinta en sangre enarboló Y fatigaste á la tierra
Conquistadora bandera; Con tu eterno batallar.

Y en la pelea estruendosa Hiciste que palpitante,


Tu diestra blandió la espada Llena de tus resplandores,
Contra Murat fulminada," Tuviese un manto de flores
Y en Churubusco gloriosa. Bajo tus pasos de Atlante;

En el convento humeante Y uno fueron sus verjeles,


Nadie resistirte pudo, Y por sombra en el verjel
Y tu pecho sin escudo Cada flor tuvo un laurel
Fué tu escudo de diamante. De tus divinos laureles.
¡Qué aterrador el arreo Brilló una hermosa aureola
De las contrarias legiones! Sobre tu frente inspirada,
¡Qué furor de los cañones Con haces de oro formada
En el rudo cañoneo! Sobre la escena española.
Como un rumor infinito
Tus victorias se extendieron,
Y un eco triunfal volvieron
Nuestros montes de granito.

En nuestro golfo volcaron


Con estruendos inmortales
Aquellos mismos cristales
Que t u cuna columpiaron.

Y en tu carrera triunfal
Viste, en torno de tu fama,
El esplendor que derrama
Una cabeza inmortal.

. . . . Águila del pensamiento!


Si mi arpa calla, la abona
Sentir que es una corona
La admiración que yo siento.
POETAS VIVOS.
Como un rumor infinito
Tus victorias se extendieron,
Y un eco triunfal volvieron
Nuestros montes de granito.

En nuestro golfo volcaron


Con estruendos inmortales
Aquellos mismos cristales
Que t u cuna columpiaron.

Y en tu carrera triunfal
Viste, en torno de tu fama,
El esplendor que derrama
Una cabeza inmortal.

. . . . Águila del pensamiento!


Si mi arpa calla, la abona
Sentir que es una corona
La admiración que yo siento.
POETAS VIVOS.
IGNACIO M. A L T A M I R A N O .

I
'«ni: L A S A B E J A S .

Ya que del carmen en la sombra amiga


Fuego vertiendo el caluroso estío
A buscar un refugio nos obliga
Cabe el remanso del sereno río;
Ven, pobre amigo, ven, y descansando
De la ribera sobre el musgo blando,
Oirás del labio mío
Palabras de amistad, consoladoras,
Que calmarán la lúgubre tristeza
Con que insensato en tu despecho lloras.
Lamentas de los duelos la crudeza,
Tú, cuyos quietos y dorados días
Aun alumbra risueña la esperanza;
Tú, cuya confianza,
Inocentes placeres y alegrías
Jamás han enturbiado
Las desgracias impías
Con su terrible .aliento emponzoñado!
Tú joven, tú feliz, tú á quien halaga
Con sus preciosos dones la fortuna,
Como á las gentes que en la corte habitan,
Tú á quien el m u n d o seductor embriaga
Ya corrompió su corazón liviano.
Sus flores ofreciendo una por una;
Si amor á buscar fuiste
Tú á quien la j u v e n t u d , hermosa maga,
Entre el pérfido mundo cortesano,
Dulcemente convida
Por eso ahora ¡ay triste!
A disfrutar la dicha tentadora
Lloras el tiempo que perdiste en vano.
Que en sus ardientes frutos atesora
¡Amor allí no existe!
El árbol misterioso de la vida!
Allí cual frescas, perfumadas rosas,
Al corazón se ofrecen las hermosas.
Tú no debes llorar; deja que el llanto
¡Ay de quien su perfume
Del débil viejo la mejilla abrase
Aspira incauto, y de confianza lleno!
Y que la espina del tenaz quebranto
Pronto en la duda y tedio se consume
Su congojado corazón traspase.
Al negro influjo del mortal veneno.

Tú, joven, ¡á gozar! la sangre hirviente


¡Amor no existe allí La dulce niña
Sientes bullir aún; la vida es bella,
Cuando asoma el pudor por vez primera
Y en sus campos el sol resplandeciente
En su frente de ángel, y su pecho
A tus ojos destella.
Sincero amando, palpitar debiera,
De infame corrupción con el ejemplo
¿Por qué te afliges, di, ¿por qué inclinabas
No al sentimiento puro lo consagra,
Callando tristemente
Porque del oro lo convierte en templo.
La dolorida frente?
¿Qué dicha, qué placeres,
¿A la pérfida acaso recordabas?
Esperas tú encontrar de esas mujeres
Inexperto doncel ¿de qué te quejas?
En el vendido seno
¿Por qué llorando d e la vil te alejas?
A los ardores del cariño ajeno.
¿Qué ventura has perdido?
Cuando su impura llama,
¿Qué tesoro escondido
Si nace, solamente
En ese corazón p e r j u r o dejas?
Al soplo vil del interés se inflama?
¿Por qué cuando en u n día
Huye la corte, amigo, y la ventura
Primera vez miraste
Ven á buscar aquí, do la inocencia
De esa traidora la belleza impía,
Te ofrecerá en la flor de la hermosura
El terrible fulgor n o vislumbraste
Un tierno cáliz de sabrosa esencia.
De la maldad que e n su mirada ardía?
Libando su dulzura,
Ni amor, ni virtud s a n t a
Cambiará tu existencia;
Abriga esa mujer; vicio temprano,
Del tedio sanarás que te aniquila,
Y la virtud amando, suavemente
Y alimentando tu pasión insana,
Tu vida pasará cual la corriente
Tu puro corazón envenenaste.
De ese arroyo, tranquila.
Olvídala, y que presto,
Ya despertando de tu error funesto,
¿Ves discurrir zumbando entre las flores
Puedas hallar la miel de los amores
De este carmen umbroso- y escondido.
De esta montaña en las sencillas flores.
Afanosas buseando las abejas
El néctar delicioso, apetecido?
Mirta, la dulce Mirta, la que alegra
Mira cuál van dejando desdeñosas
Nuestras montañas y risueños prados,
De su brillo á pesar y su hermosura
La que garbosa con diadema negra
Las flores venenosas.
De cabellos rizados
Ellas buscan quizá las más humildes,
Su tersa frente candorosa ciñe,
Las que ocultas tal vez en la espesura
Que el alba pura con sus lampos tiñe;
De las agrestes breñas,
La de los grandes y rasgados ojos,
Apenas se distinguen, ó en la obscura
La de los frescos labios purpurinos,
Grieta se esconden de las rudas peñas.
Que ríen, mostrando deslumbrantes perlas;
Ellas no creen que al ostentarse ufanas
La de turgentes hombros y divinos
Aquellas que parecen
Que la Venus de Gnido envidiaría,
Con mayor altivez y más colores,
Mírala; ¿no enloquece tu alma joven,
Sean también las que ofrecen
Como hace tiempo enloqueció la mía?
Los nectarios mejores.
¿La faz de tu perjura es comparable,
Tú imita ese modelo,
Y su pálida tez marchita y fría
Pobre insecto, es verdad, pero dotado
Do la salud y la color simula
Por el próvido cielo
Comprado afeite, con la faz rosada
De un instinto sagaz y delicado;
De esta virgen del bosque,
Y en el jardín del mundo,
Do la sangre purísima circula
Si el néctar de la dicha libar quieres
Con el calor y el aire de los campos,
Para endulzar las penas de la vida,
Y con la grata esencia
Deja la flor pomposa, envanecida,
Que á la virtud en su soberbia insulta; Que en su redor esparce la inocencia?
Busca á la que se oculta Díme ¿á apagar su fuego esa mirada
Viviendo entre las sombras recogida. Con el ansioso labio no provoca?
¿Quién al verla riendo, no querría
Libar la miel de su encendida boca?
Una infame y perjura cortesana
¿Quién n o deseara con delirio ciego
Tu corazón sedujo; tú la amaste,
Estrecharla en sus brazos un instante?
¿Dónde buscar de amor el sacro fuego Hoy que la vida duelos nos ofrece,
Sino en su blanco seno palpitante? Hoy que la mente sin consuelo vaga
¿Y dónde hallar la dicha que asegura- Y abandonarnos el Señor parece,
Su fe constante y pura? Esta luz adorable no se apaga,
Esta dulce esperanza nos halaga,
Estas humildes flores busca ansioso, Este ensueño de paz nos adormece.
Abeja del amor, y no te cuida
De los torpes placeres Se columbra, cada año que se avanza
Que te ofrece la corte corrompida En la noche del tiempo, nueva aurora,
Si el néctar de la dicha libar quieres Encierra el porvenir nueva esperanza,
Para endulzar las penas de la vida. Nos alumbra una luz más brilladora;
La tierna juventud menos alcanza
De "esta fiebre cruel que nos devora,
De este furor de un tiempo de matanza
En que, en lucha postrer el fanatismo,
II A la ignorancia exalta fratricida
O en máscara falaz al ateísmo.
E S LA DISTRIBUCION DE PREMIOS DEL COLEGIO DESF05TA1SE8.

Apartad de la guerra fratricida Viéndolo estáis la humanidad camina


Vuestros cansados ojos ved ahora Y ¡cuán grandiosa y fuerte se presenta
Esta esperanza dulce y seductora Con el sol alumbrada de la imprenta
De la Patria infeliz, Patria querida. Y armada con el rayo! La divina
En medio de la negra desventura, Libertad de este siglo todo inventa,
Cuando demandas moribunda al cielo, Todo lo inútil del pasado arruina.
Pase de tí ese cáliz de amargura,
Te escucha Dios, y un ángel de consuelo De la vil ignorancia las postizas
Te muestra esa niñez hermosa y pura. Galas rodaron en menudas trizas;
De odiosos privilegios los vestiglos
Esa niñez que hoy tímida, inocente, Cayendo van, y tórnalos cenizas
Ya El poderoso aliento de los siglos.
recoge afanosa en los umbrales
Del templo del saber, para su frente ¡Oh! sí, pura niñez, tuyo es el día
Guirnaldas mil y mil primaverales, De luz y paz, de verdadera gloria;
Y augura ya desde su edad temprana Tú no tendrás de esta época sombría
Que irá atrevida á conquistar mañana Sino la amarga y fúnebre memoria.
De la ciencia los lauros inmortales.
Dios que contempla nuestro mal, te ayuda; En tus momentos de amargura infanda
Él prepara la dicha á tu inocencia; Y en tus horas de duda y desconsuelo.
Espera, espera; á una época de duda
Va á suceder un tiempo de creencia; Que cuando brota del pesar el lloro
Da igualdad de la ley á la insolencia Y el alma gime de dolor herida,
De los hombres soberbios y mezquinos, Alivia el recordar los sueños de oro
Y va á regir entonces tus destinos, De las risueñas albas de la vida.
En lugar del cañón, la sacra ciencia.
¡Cuántas veces recuerdo mi montaña,
Vas á ser más feliz, niñez querida,
Sus altas arboledas timbradoras,
Que los jóvenes ¡ay! tan desdichados
El ancho río que sus rocas baña,
Que alcanzamos un tiempo de tristeza,
Y aquel humilde albergue, la cabaña,
Que al contemplar nuestra ilusión perdida
Donde pasé de mi niñez las horas!
Nos sentimos de duelo quebrantados,
Inclinamos temprano la cabeza
Y cruzamos la senda de la vida, ¡Cuántas también de mi cristiana madre
Escépticos tal vez, indiferentes, El puro y tierno y celestial cariño,
Con el alma cansada y dolorida De esa pobre mujer que fué mi encanto,
Que dirigió mi corazón de niño,
V una arruga precoz en nuestras frentes.
Que me enseñaba al borde de las fuentes
T ú no serás así, tu edad de flores, Débajo de las ceibas seculares,
De sueños y esperanzas lisonjeras O al rumor de los blandos platanares,
Muy pronto va á pasar, pero tú esperas Oraciones sencillas y fervientes
¿Qué te importan del mundo los furores? Que repetí con labios balbucientes,
Aquel que siente de virtud la calma, De la agreste capilla en los altares,
Aquel que sigue el bien y en Dios confía, Cuando el incienso con los frescos ramos
El huracán del mundo desafía De mirtos y caléndulas silvestres
V afronta el porvenir, serena el alma. Iba á ofrecer como homenaje tierno
A la virgen del campo, protectora
Vas á ser más feliz pero no olvides, De la pobreza de mi hogar paterno!
De loca juventud en la inconstancia,
Estas horas serenas de la infancia
Pero basta, niñez iba á decirte
Si p a r a siempre de ella te despides.
Que soy feliz al ver sobre tus sienes
La corona más bella de la infancia
Conserva su memoria dulce y blanda
Que como premio de tu afán obtienes.
Q u e te hará mucho bien en este suelo
Hoy clel triunfo te halaga el dulce arrullo,
Y para ser tus dichas más cabales,
Ve á presentar tu frente con orgullo
A los ardientes besos maternales.
JOSE M. BUSTILLOS.
Lleva la dicha en tu cariño santo
A tu modesto hogar y aún espera,
Si conservas constante tu ardimiento, EL AGUILA Y LAS ROCAS.
Más guirnaldas coger en tu carrera.
(Fragmento.)

Aguarda, aguarda, llegará tu día,


I
Tal vez muy pronto con placer lo veas;
Espera en Dios que tu camino guía, ¡Dejadla! que tienda el vuelo,
Y hasta llegar allá ¡bendita seas, Que altiva las nubes rasgue,
Dulce esperanza de la Patria mía! Y que en la luz de la aurora
Sus fuertes alas empape!
Tiene derecho: es la reina
Magnífica de los aires;
Es el águila! ¡Qué hermosa!
Corvo el pico; flameante
La amarillenta pupila;
La pluma morena y suave;
Ancha la frente, la garra
Siempre dispuesta al combate,
Y el ademán victorioso
A la vez dulce y salvaje!
Y en el espacio la aurora
Su rojo cofre entreabre,
Y da al cielo flecos de oro,
Y da á la tierra diamantes.
A lo lejos, pensativos,
Se yerguen los dos volcanes;
México eleva sus torres
Que fresco acaricia el aire;
El aroma de los campos
Corre despertando el valle,
Detuvo el vuelo un instante;
Y el Otoño sonriente
Que en ellas dejó una rama
Sacude alegre los árboles
De laurel, y que en los árboles
Para que inunden las huertas,
De la ribera sonaron
Ya picados por las aves,
Desconocidos cantares
Duraznos de terciopelo,
¡Pueblo! entonces ¿qué sentiste?
Madroños color de sangre.
¿Qué cantaste en tus romances?
El sol asciende; y el lago
La libertad te dio un beso,
De Texcoco iluminándose,
Y tú también la besaste!
Sus rocas al sol enseña,
El terror huyó vencido:
Sus rocas, donde el ramaje
Los cercanos habitantes
Ofrece sombra y reposo
No hablaron de almas en pena,
A las palomas del valle
Sino de honor y combate;
Labriegos que vuestro arado
Y ya no volvieron nunca
Gastáis en la triste margen,
En la alta noche, á besarse
¿Por qué miráis esas rocas
Sobre las rocas del lago,
Con terror?—¡Dios nos ampare!
Las almas de los amantes.
Porque en las noches de luna,
¡Oh l i b e r t a d ! . . . . Bendecidla,
Cuando el sueño al mundo invade,
Campos, montes, flores, aves!!
Se besan allí dos muertos;
¡Dos muertos que son amantes! —

II

¿Será verdad lo que cuentan?


¿Quién fué testigo?.... ¡Dios sabe!
Pero dicen que al reflejo
De una alborada radiante,
A mediados de Septiembre
Del año de Diez, de sangre
Se tiñó un momento el lago,
Y un momento tembló el valle.
Y dicen que por el cielo
Vino un águila salvaje;
Que en las rocas de Texcoco w
Y ruge el monstruo y rápido se lanza
Infinitas distancias devorando,
Por doquiera llevando
ANTONIO CISNEROS C A M A R A . Paz y amor y riqueza y venturanza.
Del erguido madero
No pende el infeliz ¿justiciado,
Pasto ofreciendo al buitre carnicero:
I En poste transformado,
Que el hilo telegráfico sostiene,
AYER Y HOY.
Es la vestal moderna que mantiene
(Fragmento.) El pensamiento, el fuego más sagrado.
Ya la palabra humana,
Ayer para hacer picas, se buscaba Eléctrica centella
El hierro en las entrañas de la tierra,
Lleva, hasta la comarca más lejana
Y ese hierro sembraba ¡Tal vez desde una estrella hasta otra estrella
Luto y desolación y espanto y guerra. La llevará mañana!
Ayer, carbón y leña se encendían
Para arrancar la vida á fuego lento
A los que el porvenir ya presentían, II
Vuelo dando á su libre pensamiento.
RAYITO DE SOL.
Ayer, el duro tronco de los pinos
En horca la justicia transformaba, Todos los días por la mañana,
Horca vil que en las plazas y caminos Cuando el Oriente ya se engalana
La barbarie del siglo pregonaba. Con su más puro, vivo arrebol,
Hoy, siervo dócil del ingenio humano, Por las rendijas de mi ventana
Y en rieles convertido Entra un rayito claro de sol.
Que el monte cruzan, la ciudad y el llano,
Y sin que á nadie permiso pida,
El hierro la distancia ha suprimido
Que la etiqueta desconocida
Y á los pueblos del orbe ha confundido
Le ha sido siempre, llegando va
En fraternal abrazo soberano.
Hasta la cuna donde dormida
El carbón, que al arder chisporrotea,
Plácidamente mi niña está.
No convierte en ceniza
A un mártir de la ciencia ó de la idea:
Ni al dulce sueño de la inocente
Ya el agua en la caldera evaporiza,
Respetos guarda, pues imprudente
Humo arroja la altiva chimenea,
Del cortinaje pasa al través,
Y un beso deja sobre su frente,
Tiñendo en grana su nivea tez.
¡Angeles puros! ya no los veo;
La pobrecilla se despereza; Pero percibo de su aleteo
Sus lindos ojos á abrir empieza, El armonioso vago rumor,
Y palpitante ya.de emoción, \ hasta sus himnos escuchar creo,
Alza su rubia gentil cabeza, Himnos de gloria, de paz y amor!
Y á hablar se pone con el bribón.
Pero si hay cantos allá en los cielos,
¿Qué es lo que dice? Sólo lo sabe Aquí en la tierra dicha y consuelos
Quien del enigma tiene la clave Hallo en mis padres: por mí los dos
De ese dialecto que en modular Se imponen tantos, tantos desvelos,
Se afana el niño, se empeña el ave Que sustituyen á nuestro Dios.
Cuando aun el vuelo no puede alzar.
Es mi sonrisa su goce santo;
Pero conversa ¡si lo estoy viendo! Lágrimas vierten si vierto llanto;
Y me parece voy entendiendo Yo soy la estrella, soy el fanal
Lo que mi hijita cuenta, locuaz, Que en estos mares de desencanto
Al ígneo rayo que, sonriendo, Les marca el rumbo del bien y el mal.
De resplandores baña su faz:
A Dios le pido que de mi madre
— "Amigo mío, mi buen amigo, El noble seno jamás taladre
Muy enojada me hallo contigo Ruda congoja, martirio cruel,
Porque á la cita faltaste ayer; Y que proteja siempre á mi padre
Si no lo crees, mamá es testigo: ¡Ruega por ella! ruega por él!
Le he dado mucho, mucho que hacer.
¡Cuánto me adornan y cuánto me aman!
Lloré tres horas consecutivas; ¡Sus bellos dones en mí derraman!
Ni las caricias más expresivas ¡Cómo me cuidan si enferma e s t o y . . . . !
De su infinito y ardiente amor Di á mis hermanos que me reclaman,
Calmar pudieron las ansias vivas, Que aquí m e quedo, que no me voy."
Las expresiones de mi dolor. Así m u r m u r a mi pimpollito,
\ !o murmura quedo, quedito,
Razón tenía para estar triste,
Mientras los ojos cerrando va;
Que de los cielos tú no viniste,
El rayo párte, párte el rayito,
—Cielos hermosos donde moré! —
Mas sus visitas repetirá.
Y nueva alguna no me trajiste
De los hermanos que allá dejé.
II

JOSE T. D E CTJELLAR. A L A R C O N .

(Fragmento.)

I Libre la fama por el orbe todo,


¡Alarcón! repitiendo,
EL VIENTO DE LA NOCHE. Su alto triunfo pregona placentera,
Y orgullosa la patria en que naciera
¿Oyes? Ya baja á nuestro espacio umbrío El vate, vibra palmas de victoria
De las etéreas alas Y entusiasmada canta
El viento de la noche rudo y frío Himnos eternos á su limpia gloria.
Rasgando nubes con sus negras alas. Venid á regar flores,
Venid á dar al viento vuestros cantos,
¿Oyes? Como rumor de tristes voces Ardientes trovadores,
Ecos de llanto, vuelos de suspiros Y del hijo de Tasco, del poeta,
Como tropel de ayes como voces Ensalzad el aliento soberano:
De incomprensibles y volubles giros El mundo todo con respeto admire
La gloria del ilustre mexicano.
Es que el viento recoge con empeño México ¡oh patria mía!
Escorias de dolor, restos de llanto, Cara á mi corazón y desgraciada,
En la hora del sueño, Pláceme ver que rindes á porfía
En que por bien de Dios se olvida tanto. Culto al saber, y al genio omnipotente *
Tienes verde corona preparada.
Es que el viento, divino mensajero
Pláceme verte en tu dolor prolijo
De la morada pía,
Aunque el consuelo el porvenir no mande.
Barre el valle de lágrimas entero;
Llora, patria infeliz, era tu hijo,
Pues si la aurora del risueño día
Mas levanta la sien, porque era grande
Viera tanta miseria no saldría.
Un manantial de amor y de belleza
Puerto seguro, en el dolor abrigo,
Luz y perdón, alivio y fortaleza.
La heredad El trabajo, el sueño breve,
RAFAEL DELGADO.
El noble anhelo que el cariño inflama,
El fruto pingüe, y el vellón de nieve
Que á tonsa oveja su valor no debe
I
Y ardiente clima sazonó en la rama.
P A L M A S . La ribera, el agreste caserío,
( E n el c e n t e n a r i o d e Carpió.) El huerto umbroso, el florecido prado,
Y en las ardientes noches del Estío
En dónde? —Allí. El moribundo día La bandola y el canto prolongado
Incendiaba los términos del cielo Que une su estrofa al murmurar del río.
Y la pálida tarde revestía
Manto de gualda y purpurino velo.
En Ocaso, entre cúmulos de plata,
Cimas nevadas y lejanos montes, ¿En dónde? Aquí en la margen donde mora
De fuego y luz radiante catarata El alción pensativo y taciturno,
Que inunda los inmensos horizontes: Donde, cantando, en barca mecedora,
En Oriente y en zonas desiguales Echa su red el pescador nocturno.
Van las nubes marinas, Por otoñales lluvias desbordada
Al soplo de las auras vespertinas, La corriente bravia
Fingiendo esquifes y ondulantes chales. Arrastró entre sus ondas la morada,
.Rumoroso el juncal; en raudo vuelo Donde nació como ave en la enramada,
De alas y trinos el vibrante coro; Donde tranquilo en su niñez vivía.
Flores sobre las aguas y en el suelo, Ni ruinas, ni escombros Un gemido
Y alta cimera del palmar sonoro, Parece el eco del palmar cercano
En el azul espléndido del cielo ¡Qué raudas van las aguas al Océano!
Plumeros jaldes y penachos de oro. ¡Qué rápidos los hombres al olvido!
Próximo linde á la feraz llanura
El templo, la heredad, el caserío
Y en su lecho de arena que fulgura
Llanuras de esmeralda;
El caudaloso y resonante río
Gentiles y gigantes cocoteros,
Que da á Cosamaloapam su hermosura.
Muelles nelumbios de marfil y gualda
La casa del Señor Un techo amigo,
Que indolentes dormís en los esteros;
Cinta errátil de plumas voladoras De la maldad, firmísima^ segura;
Que hacia la costa en caprichoso giro En la Cruz triunfadora que le inspira,
Bogas por los espacios de zafiro Que fué á su vida codiciada meta,
Robando su carmín á las auroras; Raudal de inspiración para el poeta,
Brisa que entre las frondas susurrantes Música de los cielos en su lira.
Columpias nidos y deshojas flores,
Que del alba á los pálidos fulgores
La sabana salpicas de diamantes; Declina el sol tras el nevado monte,
Espeso bosque, caserío agreste, Venus descubre su fanal de plata,
Frágil barquilla, musicales palmas, Y la tarde, ganando el horizonte,
Vago reflejo de la luz celeste, Recoge ya sus velos de escarlata.
Templo faro de amor para las almas; Aun alumbra el vetusto campanario
Bandada silenciosa Y derrama centellas en el río
De blancas alas, que al nacer la luna ¡Ya se pierde el agreste caserío
Bajas del cielo en onda misteriosa En la sombra del bosque solitario!
Al sereno cristal de la laguna; Enciende sus hogueras la alquería,
¿Do está vuestro cantor? Pasó cual pasa Sus luces el cocuyo Soberana
Por vuestra selva errante peregrino, Reina la noche, y á la turba pía
De la mañana entre el cendal de gasa, Convida á orar en santa melodía
Rumbo á la mar el pájaro, marino. Con devoto tañido la campana.
Duerme el viento y acalla la llanura
Su triste voz ¡Estrellas á millares!.
¡Cómo brilla en el polo Cinosura!
Ni un lauro, ni una flor de la floresta ¡Cómo cintila en Escorpión Antares!
Donde nació, cuando en brillante fiesta, Así, de las tinieblas del olvido
Tras largos años de feliz memoria, Al grandioso proscenio de la historia,
A coronar Tenochtitlán se apresta Vuelve el Poeta de laurel ceñido'
Su alta virtud que sublimó la gloria Bañado en los fulgores de la gloria.
Y vivirá por siempre en las riberas
Que asiento dieron á su hogar natío,
En el dulce gemir de las palmeras,
En los remansos de su amado rio.
Y en el Señor también, en la fe pura
Del Cristo vencedor de las edades,
Que resiste las fieras tempestades
Al acabar la campesina fiesta
Que en regocijo popular rebosa,
Toda la gente, en procesión piadosa,
II Sube y transpone la empinada cuesta.

SONETOS. Cesa el petardo ele atronar el viento,


Acalla el campanario su alegría
I En el fondo del valle soñoliento,
OJOZARCO. Y repitiendo va la serranía
Á L A M E M O R I A D E P E S A D O . El són del tamboril pausado y lento
Y el llorar de la triste chirimía.
Un tiempo aquí, bajo el pinar añoso
Que fecundas con plácida corriente,
De altísimo poela, clara fuente,
Resonaba el acento deleitoso.
III
Hoy n a d a más, en tu retiro umbroso EL SALTO DE TÜXPANGO.
Y entre los surcos del maizal crujiente,
Arrulla triste la torcaz doliente, Cuelga sobre tu lecho, turbio río,
Pía en las cañas el gorrión medroso. Sus guirnaldas la muelle trepadora,
Y alegre tus riberas, zumbadora,
Rápidos vientos, al mediar el día, La estridente cigarra en el Estío.
Mecen tus ahuehuetes colosales
Con música de leda melodía, Aquí te aduermes en remanso umbrío
Que Abril perenne placentero enflora,
Y al sonoro correr de tus raudales Allá rompes tu linfa voladora
Parece que repiten todavía Por entre recio carrizal bravio.
De tu cantor los versos inmortales.
Opreso por altísimos peñones
Sesgas entre las palmas tu corriente
Que remontan voraces los alciones,
II
Y el iris brota de tu espuma hirviente,
EN" L A S MONTAÑAS. Y saltas al abismo en borbotones,
Grande y sublime y como el mar rugiente.
Todo lo enerva la pesada siesta:
En el maizal el céfiro reposa,
Y busca la cerúlea mariposa
El h ú m e d o frescor de la floresta.
IV
X-.A C R U Z DE H I E R R O .
M A N U E L D I A Z MIRON.
(EN LA CIMA DEL BORREGO.)

"¡Enseña de perdón, cruz protectora,


Sobre campos de muerte levantada,.
I
De una vida inmortal prenda sagrada V E R A C R U Z .

Alzate de los siglos vencedora!


¡Es m i p a t r i a V e d l a allí!
eres de la tormenta destructora ANÚNIMO.

Y del fuego celeste respetada,


Bañada por las olas atlánticas se eleva
¿Seráslo, acaso, de la turba airada
Do hallábanse en un tiempo las ventas de Buitrón,
Que niega a Cristo y su bondad no implora?"
Y allá en su altiva frente con sangre escrita lleva
Así, depuesto el victorioso acero, Su historia y sus desdichas, su gloria y su blasón.
Al enclavarte con piadosa mano,
Supo pedirlo á Dios soldado austero. Un tiempo á sus riberas llegaron las legiones
Que el genio condujera del célebre Cortés,
Y aquí serás contra el orgullo humano,
Y alzaron de Castilla los regios pabellones
Signo de eterna paz para el guerrero,
Allí donde las olas bañando están sus pies.
De eterna salvación para el cristiano.
Y allí, por vez primera, las playas solitarias
Oyeron, inundadas de blanca y suave luz,
Que al Dios de los cristianos se alzaban mil plegarias
Desde una tienda humilde, en torno de una cruz.

¡Cuán linda, cuán risueña, ceñida de dos mares,


Se muestra á los guerreros la tierra de Colón!
¡Cuán bellos sus palacios, sus templos, sus aduares,
Los cerros y teocaUis do rinde su oblación!

Allá sobre su lecho de flores y e?padañas,


En ricos almohadones de grana, á la oriental,
De lagos circundada, de valles y montañas,
América inclinaba su seno virginal.
IV
X-.A C R U Z DE H I E R R O .
M A N U E L D I A Z MIRON.
(EN LA CIMA DEL BORREGO.)

"¡Enseña de perdón, cruz protectora,


Sobre campos de muerte levantada,.
I
De una vida inmortal prenda sagrada V E R A C R U Z .

Alzate de los siglos vencedora!


¡Es m i p a t r i a V e d l a allí!
eres de la tormenta destructora ANÚNIMO.

Y del fuego celeste respetada,


Bañada por las olas atlánticas se eleva
¿Seráslo, acaso, de la turba airada
Do hallábanse en un tiempo las ventas de Buitrón,
Que niega a Cristo y su bondad no implora?"
Y allá en su altiva frente con sangre escrita lleva
Así, depuesto el victorioso acero, Su historia y sus desdichas, su gloria y su blasón.
Al enclavarte con piadosa mano,
Supo pedirlo á Dios soldado austero. Un tiempo á sus riberas llegaron las legiones
Que el genio condujera del célebre Cortés,
Y aquí serás contra el orgullo humano,
Y alzaron de Castilla los regios pabellones
Signo de eterna paz p a r a el guerrero,
Allí donde las olas bañando están sus pies.
De eterna salvación para el cristiano.
Y allí, por vez primera, las playas solitarias
Oyeron, inundadas de blanca y suave luz,
Que al Dios de los cristianos se alzaban mil plegarias
Desde una tienda humilde, en torno de una cruz.

¡Cuán linda, cuán risueña, ceñida de dos mares,


Se muestra á los guerreros la tierra de Colón!
¡Cuán bellos sus palacios, sus templos, sus aduares,
Los cerros y teocallis do rinde su oblación!

Allá sobre su lecho de flores y espadañas,


En ricos almohadones de grana, á la oriental,
De lagos circundada, de valles y montañas,
América inclinaba su seno virginal.
Mas ¡ay! que sus volcanes de nieve coronados
El paso no cerraron al ávido invasor, Que en juras y corridas brillaba su hermosura;
Y en danzas y festejos, sus hijos descuidados Sultana de las olas, que, erguida y orgullosa,
No oyeron de las armas iberas el rumor. Mostraba en los festines su regia vestidura!

Hermosa se ostentaba y rica y noble un día, Contáronme que un tiempo su escudo saludaban
Bajo ese ardiente cielo, la ilustre Veracruz: Las naves españolas que el puerto guarnecían:
Su nombre revelaban, su fama y su valía, Contáronme que un tiempo sus bandos acataban:
Sus puentes y castillos ornados de la cruz. Que pecho y homenaje los nobles le debían:
Que reyes y vasallos sus fueros respetaban.
Y allá dentro su alcázar sus armas adornaban
El pórtico, la lonja y el gótico artesón, Y acaso en larga noche de invierno me contaron,
Y en medio de sus plazas sus hijos saludaban Con voz triste y solemne, sus viejas tradiciones.
Con júbilo indecible su escudo y su pendón. Sus cuentos populares, de niño, me arrullaron;
• «
Y en tanto que bramaban los recios aquilones, *
Dos veces el incendio devora sus hogares
A leer sobre su arena su historia me enseñaron.
Y ciñe con s u s alas ardientes la ciudad:
Dos veces los piratas profanan sus altares
Su frente, en otro tiempo, la villa coronaba
Y dejan en s u seno la muerte y la orfandad.
En juras y corridas, con oro y pedrería:
• Su larga servidumbre con fiestas olvidaba:
Más bella, empero, luego se alzó la noble villa
Esclava que en su lecho de múcar sonreía
Y templos y palacios de múcar erigió:
En tanto que á sus ojos la lágrima asomaba!
Sus nobles hechos luego lavaron su mancilla;
La gloria de s u s hijos sus timbres ilustró.
Rompió luego en las lides su yugo y su cadena:
Allí está la primera ciudad del continente: De dueños y señores triunfó por su bravura;
Allí la h e r m o s a joya del cetro colonial: Y libre, sus pendones alzando como buena,
Las glorias d o un imperio pasaron por su frente: Guerrera victoriosa, mostraba su hermosura,
Pasaron sus caciques, su pompa virreinal! Y, altiva, levantaba su frente de la arena.

En láminas de piedra escrita eslá su historia: Cubrió sus pardas sienes de lauros inmortales:
Sus dioses y caciques con polvo ya cubrió: Ulúa ante sus armas triunfante se humilló:
De gloria se cubrieron su nombre y sus anales,
Borro de sus señores y dueños la memoria,
Que al pie de sus cañones, rodeada de sus leales,
Y aquí sobre l a a r e n a —"pasaron"— escribió.
El rango de los héroes la villa conquistó.
Contáronme, de niño, que su oro y su ventura
Oyó de la discordia, después, los alaridos:
Doquiera d e r r a m a b a la villa generosa:
Oyó de la lisonja maligna los consejos:
Antología.-16
»
Su seno destrozaron rencores y partidos:
Tornáronse en combates sangrientos sus festejos Sin toca la cabeza, la faz ensangrentada,
Y el ruido de las armas oyóse en sus ejidos. Aquella en otro tiempo cual reina saludada
No tiene ya festines, ni cánticos de amor.
Miró sus ricas joyas la Francia codiciosa,
Y al Golfo mexicano sus naves dirigió. Pasó, como su gloria, su espléndida belleza,
Alzóse entre sus muros, airada y animosa, Y el sol que iluminaba su regia bacanal
La virgen de las olas, la villa valerosa, Alumbra hora tan sólo su duelo, su tristeza,
Y al galo en sus arenas ardientes combatió. Que fueron sólo un sueño de gloria y de grandeza
Su pompa y sus festejos, su fausto sin rival.
-
Mas ¡ay! que osada t u r b a de viles invasores
Un sueño mas el sueño fugaz de la ventura:
Llegara á sus riberas en triste, aciago día.
Delirio de una joven que reina se soñó,
Cayeron bajo el hacha sus bravos defensores:
Y al verse en el espejo la regia vestidura,
La muerte ó el incendio, s u s plazas recorría
¡Ay! vió que marchitaba su joven hermosura,
Al hurra que lanzaban los tercios vencedores.
Y al suelo sus pendientes, sus galas, arrojó.
Y es voz que, á sus acentos, airados levantaron
Sus ricos fundadores las frentes enterradas: ¿Do está la grey modesta que oraba en sus altares,
Que al pie del roto muro d e múcar se sentaron, En medio de una tienda, en torno de una cruz?
O, al brillo del incendio, las calles asoladas, ¿Do están los que fundaron su alcázar y sus lares,
Postrados en la arena sangrienta, contemplaron. Aquellos que en palacios trocaron sus aduares
Y, ufanos, la llamaron "la Nueva Veracruz?"
De propios y de extraños la sangre ha salpicado
Sus campos y heredades, su alcázar y sus templos: Pasaron ya.—Del tiempo severo las lecciones
La muerte sus guerreros mil veces ha diezmado: Las piedras carcomidas mostrando están doquier.
De arrojo y de bravura recuerdan mil ejemplos La tierra es ancha tumba de pueblos y naciones.
Sus páginas de piedra que el tiempo ha respetado. El soplo de los siglos arrastra sus padrones
Y torna en polvo estéril su gloria y su poder.
El polvo de los siglos las regias tradiciones
Borrando va en la bella ciudad ennoblecida: Allí está la primera ciudad del continente:
Rompieron los extraños su cetro y sus pendones, Allí la rica joya del cetro colonial:
Y fábula creyeron su gloria ya perdida, Las glorias de un imperio pasaron por su frente;
Y fábulas tan sólo su fama y sus blasones. Pasaron sus caciques, su pompa virreinal !

En torno de sus ruinas, m a t r o n a fatigada, Allí la que ha brillado, temida y respetada


Ya inclina sobre el polvo la frente, con dolor: En lides y consejos, en ciencia y en valor:
Allí la noble villa de torres coronada
Que alzaba en los festines sus cánticos de amor.
II
Allí la noble cuna de sabios y guerreros;
Allí la renombrada, marítima ciudad FRAGMENTOS DEL POEMA "DON FERNANDO."
Que su oro, su corona, sus títulos y fueros
Trocara por la hermosa, la santa libertad. I

"¿Quién es ése que, osado, desde el suelo


En láminas de piedra escrita está su historia:
Ante el humano tribunal me llama?
Sus dioses y caciques con polvo ya cubrió:
¿Quién es aquése que maldice al cielo, g
Borró de sus señores y dueños la memoria,
Que así me juzga y contra mí reclama?
Y aquí sobre la arena—"pasaron " — escribió.
¿Quién es el loco que, en su loco anhelo,
Airado contra mí blasfema y clama?
¿Quién es ese gusano de la tierra
Inspírame y escucha: que mi alma al contemplarte Que excita contra mí odios y guerra?
Rebose en elevada, sublime inspiración:
Frenético se vuelve, el rostro airado,
Que pueda con mis cantos ¡oh patria! consolarte,
Porque padece, contra mí, el impío,
En tanto que en tu seno rebrama el aquilón.
Y con las propias armas que le he dado,
Pretende herirme en su furor sombrío.
Acuérdate que, niño, jugaba en tus riberas:
De mi existencia duda el desdichado;
Que siempre en tu defensa las armas empuñé:
Duda y no ve, en su extraño desvarío,
Acuérdate que siempre, con trovas lastimeras *
Que mientras más me niega, más me afirma;
O cánticos alegres, tu nombre saludé.
Que con su propio ser, mi ser confirma.

¡Oh patria! no me olvides. Si doblo mi cabeza ¿Quién le dió esa razón que me condena
Y caigo sobre el polvo que piso con dolor, Y el tribunal á que me cita, impía?
Recuerda que he cantado tu gloria y tu belleza, ¿Quién rompió con su sangre la cadena
Que debes á mi tumba siquiera alguna flor Que el yugo del pecado le imponía?
¿No le hice libre y consolé en su pena,
Con la promesa de la gloria mía?
¿No he venido del cieno á leVantarle
Y hasta mi excelsa majestad á alzarle?

Bajo su imperio coloqué la tierra;


Cuanto en ella formé le pertenece;
Cuanto de dicha y de ventura encierra, Puse en vosotros celestiales signos,
Cuanto la hace fecunda y la embellece. La conciencia, el talento y la belleza.
El hombre, empero, en implacable guerra Si de mis dones abusáis, indignos;
Contra mí, me desprecia ó me escarnece: Si preferís el mal; si con fiereza
Duda de mi razón y mi pureza: Mis bienes despreciáis en ese suelo,
Mide por su estatura mi grandeza! ¿De quién la culpa? ¿Vuestra, ó de mi anhelo?

¿Quién pudo darle, sino yo, la vida? Sin entendimiento doy, ¿cómo pudiera
¿Quién pudo dar tan elevado vuelo Negar la libertad, que es su atributo?
A la humana razón, que huye, perdida Sin ese entendimiento, di, ¿no fuera
Entre tinieblas, de su patria, el cielo? Igual t u condición á la del bruto?
Le di libre albedrío y en su suelo ¿Quiere llegar, por eso, ya, altanera,
Puse la dicha y cuanto al bien convida. Tu razón á la gloria que disfruto?
El bien es esencial y positivo; ¿Quiere ser ella Dios? En su locura
El mal accidental y negativo. ¿Querrá que me convierta en criatura?

¿De qué me culpará? P o r q u e ha pisado ¿Y cómo todo lo que soy daría


Los abrojos del mal me llama injusto? " Sin anular yo mismo mi existencia?
¿Porque eligió la senda del pecado ¿Cómo en el hombre así vaciar podría
No he de ser grande, poderoso y justo?
Mi perfección, mi eternidad, mi ciencia?
¿El bien no le ofrecí? ¿No le h e llamado?
¿No veis que en un momento suprimía
¿Le volví, por ventura, el rostro adusto?
Cuanto crió mi infinita inteligencia;
¿Por qué cayó en tribulación blasfema,
Que al anularme, mi obra portentosa
Y así contra su autor, necio, se extrema? Se abismara en la nada tenebrosa?

¿De qué me culpareis?—Si en vuestro daño O vuestro labio á la razón acusa


Convertís vuestro bien y en un tormento, La condición del bruto apeteciendo,
¿Por qué el mal me atribuís y el desengaño O bien de la razón, osado, abusa
Y contra mí lanzáis el pensamiento? Mi excelsitud el hombre pretendiendo.
¿Por qué, sí así corréis t r a s el engaño O mi palabra y protección rehusa
A la verdad c u l p á i s ? - P o r q u e un momento Y se alza contra mí; ó bien, queriendo
Perturbe el orden la-criatura humana, La perfección divina, hasta mi trono
Diréis que el orden, mi obra, es cosa vana? Voces lanza, frenético, de encono.

Os hice libres, porque o s quise dignos ¿Por qué se atreve á rebelarse, díme,
De mi infinito amor y mi grandeza: Contra su propia imperfección?—Ignora
*
«

Que ella el carácter de criatura imprime


En todo ser que sobre el mundo mora? El reino de los cielos conquistarle,
Si la criatura, en su razón, suprime, Envuelto un día en el mortal sudario?
¿Qué le queda del orbe? Si devora ¿Qué más que á mi derecha colocarle,
Su propio ser, ó así le da tormento, Dar mi vida por él,- y mi santuario
Qué quedará en su propio entendimiento? Abrir al mundo, y, con la fe cristiana,
Dejarle una promesa soberana?
¡Acusáis mi justicia!—Criatura r
Del tiempo y del espacio, alzarte quieres ¿Juzgáis, quizá, que mi poder amengua
Hasta mi ser increado, hasta mi altura, La ronca maldición de un pueblo impío?
Y olvidas tú que polvo no más eres. ¿Hay voz que alcance, en vuestra pobre lengua,
Olvidas en tu orgullo, en tu locura, A explicar mi saber, mi poderío?
Que el tiempo y el espacio en donde mueres ¿Qué es el hombre ante mí? Fruto de mengua.
¿Qué puede contra mí su desvarío?
No existen para mí, que todo es mío,
Si vuelvo á él mis ojos enojado,
Tiempo y eternidad, mundo y vacío!
Caerá sobre su rostro quebrantado.
¿Queréis que alcance á comprender mis fines
Ya vagues tú por el espacio inmenso
Sin mi divina luz la mente humana?
Donde giran mil mundos portentosos;
¿Queréis que el infinito haya confines?
Ya de las nubes tras el velo denso
¿Que sea mi excelsitud terrena y vana?
Cruces sobre los astros luminosos;
¿Queréis medir por vuestras miras ruines
Ya absorto, fijo, en tu dolor intenso,
Las obras de mi ciencia soberana?
Mires del mal los antros tenebrosos;
Si sois para vosotros un arcano,
Ya, rendido, en la-sima de la nada
¿Cómo habéis de entender lo sobrehumano?
Sumerjas tu razón avergonzada;

El mal es vuestra obra; el bien la mía.


Doquier me encontrarás. A mí en su vuelo
El mal es el desorden y el pecado.
Me hallará la razón, y en su caída,
Aquel que de mis leyes se desvía,
Ya en alas de la fe suba hasta el cielo,
Del bien se aleja y vivé desdichado.
Ya se arrastre en el polvo, envilecida.
Del delito primero desde el día,
Soy principio y soy fin; luz y consuelo:
El hombre, hijo del mal, del mal formado.
En mí reside el germen de la vida;
Llevó doquier y por doquier consigo
Y todo aquello que existencia tiene
La culpa de su especie y su castigo.
De mí nace, en mí crece y se mantiene.

¿Qué más p u d e yo hacer que levantarle Fuera de mí ¿qué veis? A vuestra planta
Del cieno, y, con mi sangre, en el Calvario, ¿Qué ven, sin mí, vuestros cansados ojos?

+
¡Ay! se estremece la ánima y se espanta;
Sombras al tacto y á los pies abrojos! Yo soy Señor del cielo y del abismo,
Ved, pues, que todo pasa y se quebranta Y nadie es contra mí grande ni fuerte.
Y os deja sólo turbación ó enojos. Yo soy quien con su sangre os dio el bautismo
¿Por qué me huís? Sin mí, todo es vacío, De redención, desde una cruz, inerte.
Noche eterna, miseria, d e s v a r í o . . . . Yo soy aquel que á levantaros vino:
Soy la verdad, la vida y el camino.
¿No revelan sus obras celestiales
A ese Dios en quien, necio, descreíste? Galló la voz. Arrodillóse Hernando,
Las eternas y públicas señales Y en el húmedo y sucio pavimento
De su inmenso poder nunca entendiste? La altiva frente con dolor doblando,
De ese mundo en los bienes y los males Arrepentido acaso, oró un momento.
Su justicia y bondad no comprendiste? Entonces —de su infancia comparando
¿Quién hay, si una alma tiene, que le ignore? La fe sencilla con su actual t o r m e n t o -
¿Quién hay, que al contemplarse no le adore? Perdóname —exclamó— perdón, Dios mío!
Humilde vuelve á tí tu siervo impío.
Mira hacia el cielo. Espléndido se ostenta.
¿Quién le pobló de mundos incontables?
Mira á la tierra y di: ¿quién la sustenta? II

¿Dónde están sus cimientos perdurables?


¿Quién en los aires su gran mole asienta? Tendido en las regiones donde nace
¿Quién obró tantas cosas admirables? Y asoma el sol su disco esplendoroso,
Sin mi poder, sin mi bondad, ¿qué fuerais? Un pueblo extraño medio oculto yace
¿Dónde estabais? decid. Antes, ¿dónde erais? En medio de u n abismo tenebroso.
Meditabundo, inmoble, satisface
Ciegos: ¿novéis q u e mi justicia escrita Su vocación con siglos de reposo.
Está en el alma, en la conciencia humana? Correr los tiempos mira, indiferente,
¿Que mi ciencia es inmensa, es infinita, Tornarse- en piedra su humillada frente.
No os lo dice mi hechura sobrehumana?
Adorador de la sustancia inmensa,
La tierra que habitáis, p o r mí bendita
Duerme, sobre una tumba, descuidado.
Y llena de mi gracia soberana,
Quizá á la vuelta de su sueño piensa
Que.es mi bondad extrema no os revela?
A la eterna sustancia haber pasado.
Que soy un Dios que os ama y os consuela? Buscóle Hernán en su región extensa, .

É inmoble le encontró. Nos ha legado
Yo saco el orden del desorden mismo
Recuerdos truncos, pálidos, sombríos;
Del mal el bien, la vida de la muerte.
Profunda obscuridad y hondos vacíos.
Volvióse hacia el Egipto. Esas regiones
Canales son do pasan del Oriente Roma es la reina: el mundo está á su planta,
Hombres y cosas, ciencia, instituciones, Y su fuerza contempla silencioso.
Para alterarse luego en Occidente. Si airada mira, ó su pendón levanta,
Todo cambia y en nuevas condiciones Todo cede á su esfuerzo poderoso.
Entra ya el hombre, activo é impaciente. Al frente de cien reinos se adelanta
La unidad oriental se descompone; Su cetro alzando firme y victorioso,
La griega variedad se sobrepone. Y en medio sus conquistas, altanera,
Su espada arroja y por doquier impera.
¡Grecia! He ahí que surge bullicioso
Estudiad á esa Roma: leed su historia:
Un pueblo semi-Dios y semi-humano;
Su loco empeño de brillar la ofusca.
No inmoble como aquel, ni desdeñoso,
Ciencias y artes, por premio á su victoria,
Sino activo, sensual, artista y vano.
Ved con qué afán en los vencidos busca.
Viviera aquél absorto y en reposo;
Culto rinde á sus dioses y á su gloria,
Éste es juguete de su afán mundano.
Griega en lo varia, en lo severa, etrusca.
Allí eran sombra, nada más, los hombres;
Todo lo trae á sí, se lo asimila;
Aquí son dioses con humanos nombres.
Ó lo renueva todo, ó lo aniquila.

Son su libro sagrado sus pasiones


Mas no esperéis que la salud del mundo
Deificadas por él, que, en su demencia,
Venga de Roma: ved más adelante.
Tomó por realidad sus ambiciones;
En un sueño letárgico y profundo
Creyó divinas su aptitud, su ciencia. Duerme en Augusto la águila triunfante.
¿Qué os dice de ese pueblo de ilusiones, Ese suelo sangriento é infecundo
Que á sí se amó, la universal conciencia? No arrojará la luz santificante.
Que fué su genio artístico y gracioso, Buscadla en Galilea, do un niño tierno
Pero incompleto, efímero, aunque hermoso. Viene á cumplir los votos del Eterno.

^ Mas ved: mientras la Grecia vanidosa ' Mirad bien á ese niño: en él se encierra
Se deifica, una cueva dé bandidos . Lo que fué, lo que es, lo que no ha sido.
Se convierte en ciudad, ciudad grandiosa, No hay, fuera dél, más que homicida guerra,
Do lo antiguo y lo nuevo están unidos. Honda tiniebla y criminal olvido;
Grecia sucumbe ante ella: victoriosa. Página misteriosa, que abre y cierra
Ve la reina ciudad pasar vencidos El libro de la ley, que ha resumido
Reyes y pueblos, como sombras vanas, Los siglos todos y la humana historia
Ante las pardas águilas romanas. En su palabra eterna y en su gloria!
Ese niño es un Dios. Brota á raudales
De sus labios el bien. Sobre su huella »
De agua viva y de amor los manantiales
Fecundos surgen, y con sangre sella
Sobre una cruz sus votos celestiales. SALVADOR DIAZ MIRON.
La salvación, la gloria deja en ella,
Que al espirar, pendiente de un madero,
Llama á su eterna gloria al mundo entero. 1
.A. L A S p u e r t a s .

Al fulgor ensangrentado
De una hornaza nunca extipta,
Junto al yunque en que el ardiente
Hierro herido arroja chispas;
Levantando y abatiendo
El martillo que fatiga;
Sudoroso y atezado,
Un Vulcano está á tu vista.

Esta atmósfera de infierno,


Roja á fuerza de encendida,
En que el Cíclope trabaja
Como en una pompa olímpica,
Bien pudiera sofocarte
Con su fuego y su ceniza
¡Que de tí no éntre aquí más
Que la luz de tu pupila!

No penetres en el antro,
No busques idolatrías
En este taller, —panoplia
De tantas sagradas iras!
Yo amo la belleza, es cierto;
Mas no á la manera antigua;
Vástago de esta centuria
Voy por donde ella me guía.
Ese niño es un Dios. Brota á raudales
De sus labios el bien. Sobre su huella »
De agua viva y de amor los manantiales
Fecundos surgen, y con sangre sella
Sobre una cruz sus votos celestiales. SALVADOR DIAZ MIRON.
La salvación, la gloria deja en ella,
Que al espirar, pendiente de un madero,
Llama á su eterna gloria al mundo entero. I
.A. L A S P U E R T A S .

Al fulgor ensangrentado
De una hornaza nunca extipta,
Junto al yunque en que el ardiente
Hierro herido arroja chispas;
Levantando y abatiendo
El martillo que fatiga;
Sudoroso y atezado,
Un Vulcano está á tu vista.

Esta atmósfera de infierno,


Roja á fuerza de encendida,
En que el Cíclope trabaja
Como en una pompa olímpica,
Bien pudiera sofocarte
Con su fuego y su ceniza
¡Que de tí no éntre aquí más
Que la luz de tu pupila!

No penetres en el antro,
No busques idolatrías
En este taller, —panoplia
De tantas sagradas iras!
Yo amo la belleza, es cierto;
Mas no á la manera antigua;
Vástago de esta centuria
Voy por donde ella me guía.
Y ni para honrar los templos Que moristeis á manos enemigas,
La moderna Grecia artística Fulgentes de entusiasmo las miradas,
Sobre los pechos de Helena Tintas hasta los puños las espadas
Modela copas divinas; Y rotas por delante las lorigas!
Ni el nuevo genio ateniense
Mira, con ansias lascivas, ¡Obscuros Alejandros y Espartacos!
En la cadera de Aspasia La ingratitud de vuestro sino aterra
El contorno de su lira: La musa de los signos elegiacos.

Ni la estética en su arena ¡En las cruentas labores de la Guerra,


Premia, como antes solía, Sembradora de lauros, fuisteis sacos
El más melódico beso De estiércol ¡ay! para abonar la tierra!
Aplicado á una mejilla;
Ni en los litigios famosos
Que dirime la justicia,
La desnudez de Frinea
III
Es hoy razón decisiva.
VICTOR HUGO.
Tu lugar no está en mi fragua:
¿Qué te importa la obra mía? ¿Qué palabra mejor que la que canta?
Yo no labro joyas de esas ¿Qué timbres de más prez que los que encierra
Que á las mujeres cautivan: Ese rey triunfador á cuya planta
Forjo armaduras, escudos, Es un mezquino pedestal la tierra?
Cascos, espadas y picas, ¿Qué fuerza más divina
Para todos los derechos Que la de ese Titán que escala el cielo,
Que combaten por la vida! ' ' Desafiando al rayo, —que fulmina

Todo lo que se empina
Sobre este bajo y miserable suelo,
Espíritu y volcán, torre y encina?
II
¡El cóndor gigantesco de los Andes,
A LOS HEROES SIN NOMBRE. El buitre colosal de orlado cuello,
No h a batido jamás alas tan grandes
¡Milicias que en las épicas fatigas
Ni ha visto de tan cerca un sol tan bello!
Caísteis, indistintas é ignoradas,
Cual por la hoz del rústico segadas El poeta es el antro en que la obscura
En tiempo de cosechas las espigas; Sibila del progreso se revuelve;
El vaso en que la vida se depura ¡Oh soñador excelso! Yo te he visto
Y, libre de la escoria, se resuelve Tocar el cielo, en el batido estuario,
En verdad, en virtud y en hermosura! Ara de t u ideal! Tú, como Cristo,
¡No hay gloria de más claros arreboles Completaste el Tabor con el Calvario!
Que la de ser, en la penumbra inmensa, Misionero de luz propicio al ciego,
Uno de esos crisoles Tu genio, semejante á un meteoro,
En que la luz del alma se condensa Llovió desde el zenit lenguas de fuego
Como el fuego del éter en los soles! Y abrió en la inmensidad surcos de oro!

No es cierto que tu espíritu esté falto


De esa unidad espléndida y bruñida
El vidente está allí, noble y sereno: Que constituye el mérito más alto
Si los hombres lo afligen porque es bueno De un libro, de un diamante y de una vida;
Y en su yerma heredad siembran la ortiga, Pero pagaste el natural tributo!
Él los consuela, y del terruño ajeno Primero el huevo, y en seguida el ave!
Recoge el cardo, como R u t h la espiga! Es fuerza que la flor preceda al fruto
Árbol que el viento del Otoño hiere Y el hombre empiece, donde el niño acabe!'
En la hoja, en la flor, en el retoño! Roja y azul la sangre que te ahima
¡Árbol que al viento del Otoño muere Hizo de tí la aurora que refleja,
Y que perfuma el viento del Otoño! La púrpura del sol que se aproxima
Todo el vapor que del pantano sube Y el zafir de la noche que se aleja.
Miasmático y sombrío, Tu frente audaz, que el pensamiento arruga,
Se cuaja arriba en tormentosa nube, Puede alzarse sin mancha! Dios te impele,
¡Pero cleseiende en bienhechor rocío! Nadie reprocha á la rastrera oruga
¿Qué importa que el sublime Prometeo. Que se convierta en mariposa y vuele!
Bajo el chispazo que su frente atrae, Envueltos en su túnica inconsútil,
Muerda el polvo en la lid, si como Anteo Tus veinte años de destierro gimen
Se endereza mayor siempre que cae? El crimen te absolvió ¡Pero fué inútil!
La ráfaga que zumba ¡Tú no absolviste al crimen!
No ha de apagar la estrella. Y allí, de pie, sobre tu peña sola,
¡Dejad que al fin el trovador sucumba! Nueva Pathmos ceñida por la ola;
¡La luz de su estro, como nunca bella. Allí vuelto á los réprobos distantes,
Brotará por las grietas de su tumba! Y en tu lengua de hipérboles y elipsis,
Lanzaste, nuevo Juan, los fulgurantes
Relámpagos de un nuevo Apocalipsis!

-
Y tú no fuiste el único en el duelo,
En la pena, en el Gólgota, en la injuria
Cuanto era cumbre ó remontaba vuelo Sin rival cuando canta y cuando gime,
Sufrió el embate de la misma furia. Tu voz reina en el duelo y en la fiesta:
Tus versos son la música sublime,
Mas ¿cómo pudo ser? ¿Qué fuerza extraña, No de una lira, sino de una orquesta!
Qué ingente cataclismo No hay nota por tu acento no emitida:
Decapitó de un golpe la montaña, Tan grande en la inquietud como en la calma,
Aventando sus crestas al abismo? Tocas todo el registro de la vida,
¿Qué tempestad de tenebrosos rastros, Recorres todo el diapasón del alma!
Qué estallido de horno Siempre con igual éxito, tu numen
Rompió el volcán, bajo su nimbo de astros, Brota en odas, idilios y elegías,
Arrojando sus águilas en torno?
Y es que en tí se completan y resumen
¡Profanado el augusto tabernáculo
Píndaro, Anacreonte y Jeremías!
Y erguidos y triunfantes los protervos! Tu genio no es el bólido infecundo
¡Apagada la zarza en el pináculo Que en vano estalla en el celaje incierto:
Y allí agrupados en festín los cuervos! Es la columna que dirige al mundo,
¡El pueblo subyugado por la tropa, Camino del Edén por el desierto!
El pueblo audaz que con ardor fecundo, El ideal que el porvenir reserva
Dando su sangre en holocausto á Europa, Y que hace ahora su primer ensayo,
Reivindicó la libertad del mundo! Saldría de tu frente, cual Minerva
¡Radiante y vencedor el culto falso! Surgió de la cerviz del dios del rayo!
¡La virtud perseguida con encono! Angeles que combaten con vestiglos
¡El deber expirando en el cadalso Y.que alcanzan victoria tras victoria,—
Y la infamia sentándose en el trono! Tus himnos brillan como el sol!— La historia
¡Obscureciendo el sol! ¡La Francia esclava! No lia producido en sus mejores siglos
—¿En dónde estaba Dios que no veía, Gloria que pueda superar tu gloria!
Puesto que así dejaba
Prevalecer la noche sobre el día?
¡Contemplad al coloso!
¡Oh poeta! Tu espíritu enamora: Ved cómo lucha y lucha y no desmaya,
Es cual la estatua que el egipcio estulto Cómo pisa radiante y majestuoso
Honraba por sonora; El más alto crestón del Himalaya;
Tiene el supremo pedestal: el culto, Cómo allí, —puesto en Dios el pensamiento,—
Y la suprema inspiración: la aurora! Revela un nuevo mundo en cada grito
¡Atlas en que se apoya el firmamento!
¡Atalaya que explora el infinito!
262

Sombra y desolación era la suerte:


Vino tu genio, codiciaba palmas,
IV
Y fué el corcel en que montó la Muerte
A B Y R O N . En ese Apocalipsis de las almas.

Eras á un tiempo el ángel y el vestiglo; Trágico, taciturno, sobrehumano,


El astro y el espectro en el cometa; Entre tanta ceniza y tanto escombro,
Todo un siglo hecho hombre; todo un siglo Pasaste con tu cítara en la mano,
De befa y de pasión hecho poeta. Como un verdugo con su hierro al hombro!

Te calumniaban con insigne dolo; Cual de una nube de borrasca y guerra,


Y bello y tentador y altivo y fiero, Y en medio de una convulsión caíste:
Fuiste un Don Juan que se cantaba solo, Pisaste ortigas al tocar la tierra,
Un Luzbel trovador y aventurero. Y la cruzaste claudicando y triste.

Trataste al mundo como el monstruo á Afán de emigración, jamás extinto,


Pasmaste con enigmas la fe ciega; Te arrojó sin cesar sobre las naves:
Te pusiste la máscara de un tipo, Errar de clima en clima es un instinto
Como el actor en la tragedia griega. En ciertos genios como en ciertas aves.
Del fango impuro á tu soberbia frente Las olas te atraían, y mostrabas
Subió un vapor que obscureció tu juicio: Vivo placer á las riberas solas,
Te dejaste arrastrar por la corriente, Cuando —soberbio nadador— rasgabas
Y diste pompa y esplendor al vicio. Desnudo y ágil y tenaz las olas.-
Y tu numen fué entonces'un mal hado, Igual al mar poi? tu doblez extraña,
Nutrido y lleno de impiedad sangrienta: Reflejabas el cielo á que tendías^ -
Para cada fanal tuvo un nublado, Y audaz y atronador y hecho montaña,
Y para cada vela una tormenta! Te alzabas hasta él y lo escupías!
Llegaste á las supremas ironías, No envidiabas al piélago sus dones:
Como cediendo á impulsos espontáneos: Tú tenías también ímpetus, brumas,
Profanabas la tumba en tus orgías, Trombas, brillos, honduras, explosiones,
Bebiendo el vino del placer en cráneos. Monstruos, perlas, vorágines y espumas!
Tus lúgubres acentos repitieron
¿Fuiste u n loco? Tal vez; pero esplendente!
El grito aterrador, el grito mismo El sentido común, razón menguada,
Que los bajeles de Tiberio oyeron Nunca ha sido ni artista ni vidente,
Bajo una tempestad, sobre el abismo. Ni paladín, ni redentor ni nada!
¡Cuán grandes fueron tus postreros días!
¡Cuán excelsos tus últimos anhelos!
Eras Manfredo en el Jung Frau; querías
Caer, pero caer desde los cieíos!

¿Por qué llevarte á la natal ribera? RICARDO DOMINGUEZ,


¿Por qué robarte á Missolónghi? ¿Acaso
Fué nunca tierra para tí extranjera
La tierra del Olimpo y del Parnaso?
E N M I H O G A R .

La británica orilla en vano oprime


¡Qué brillante el sol que besa
Tu ilustre polvo con su arena recia:
De tu vidriera el cristal;
Grecia guardó tu aparición sublime;
Nunca lo he visto tan bello,
Tu verdadero monumento es Grecia.
No lo he visto así jamás!
Duerme. Tu gloria crecerá entretanto,
¡Qué rayo tan puro alumbra
Mientras palpite el corazón de un hombre.
Hoy tu frente virginal!
Descansa en paz. Las ondas de Lepanto
Con él tus ojos se encienden;
Eternamente cantarán tu nombre!
¡Cuanta hermosura les da!
Y cuando la razón fría y adusta
¡Oh! ¡qué mañana tan tibia!
Dispare un dardo á tu az¡rosa vida.
¡Cómo huele el azahar!
La heroica sombra de tu muerte augusta
¡Qué pomas las del naranjo!
Interpondrá su redentora egida.
¡Qué rosas las del rosal!

¡Cuánta flor hay en los huertos


Que alcanzo aquí á columbrar;
Cuánta campánula azul,
Cuánto lirio y tulipán!

¡Qué amarilla la retama!


¡Qué menudo el limonar!
¡Qué blanco el álamo altivo!
¡Qué azul el cañaveral!

¡Qué rojas las amapolas


Que á abrirse comienzan ya!
¡Qué sombroso el mangle negro!
¡Qué húmedo el verde cañal !
¡Oh! ¡qué mañana tan bella No muráis para mis ojos,
La primera del hogar! Cielo y tierra, no muráis;
Antes como hoy de contino
Con vuestro canto alegrad
Este sitio que amo tanto;
La frente de las montañas Alegradlo, que es mi hogar!
De luz coronada está:
El volcán brilla á lo lejos
Con el brillo del cristal.

¡Qué sueltas corren las. nubes


Por la azul inmensidad!
¡Qué música la del río;
Parece u n himno nupcial!

¿Por qué se vuelven tus ojos


En pos de la claridad
Con que se abrillanta el cielo?
¿Por qué no me miras ya?

¡Ah! perdona, es que tus labios


Por mi amor rezando están:
Haces bien: reza hoy que es día
De hacer votos y cíe orar.

Reza en voz: alta, bien mío,


Que en mi labio tiembla ya
Tu plegaria ¡Oh! ¡yo quisiera
También ponerme á rezar!

Sol hermoso, campo alegre,


Nubes q u e el cielo adornáis,
Pájaros, flores, paisajes,
Cuanto m e mira gozar:
En el silencio de la noche triste

Se oye el trotar de tu corcel bravio.
Todo, un aspecto funeral reviste,
De extraña luna al resplandor sombrío;
Y trémulo el soldado de Sadowa,
ADALBERTO A, ESTEVA.
Vengador de su patria y abolengo,
Mira en sueños al héroe de Moscowa
Cruzar con los infantes de Marengo!
A N A P O L E O N .

Nadie tan alto como tú! Ni el mismo


Salve, genio inmortal! Tu nombre solo
Que escalara los Alpes elevados,
Es como toque de clarín de guerra;
Para quien Capua fué mortal abismo
Aun suele enmudecer, de polo á polo,
A tu recuerdo la asombrada tierra; Donde se hundió el valor de sus soldados;
Aun parece escucharse con pavura Ni el que en él Ganges místico y distante
El rumor de tus bravos escuadrones, Hizo beber á su corcel de guerra;
Rayo del mismo Dios, genio gigante,
Y se destacan en la sombra obscura
A cuyo paso se extendió la tierra!
Las mechas de tus bélicos cañones! ,

Fué tu hombre inmortal de luz cubierto


No has muerto, no! Cuando la noche llega, Lo mismo en las llanuras de la Prusia
Ceñido de laurel, dejas la tumba; Que en la arena candente del Desierto
Es tu potente voz la que congrega Y en las estepas áridas de Rusia:
La gran legión mientras el viento zumba; Esos Alpes que á Aníbal contemplaron
Eres tú quien les habla de victoria Avanzar precedido de la gloria,
Y el néctar de los héroes les escancia, Sintiéndote pasar, te saludaron
Quien á la luz del nimbo de la gloria Como al hijo feliz de la victoria!
El cielo muestra á la afligida Francia!

• •
Ellos te vieron descender airado
No has muerto, no! Tu nombre es como aquellos Al frente de tu tropa silenciosa,
Nombres que á Homero eternizar le plugo; Con el sublime rostro iluminado
Con él llenó sus cánticos más bellos Por la luz de los genios misteriosa.
El Homero del siglo, Víctor Hugo. En tanto la ciudad en la llanura
Cuando amenaza coligada Europa De sorpresa y terror se estremecía,
A la patria vencida, en Santa Elena Como las hojas en la selva obscura
Ve tu fantasma la francesa tropa Al comenzar la tempestad bravia!
Soñando á un tiempo en Austerlitz y en Jena!
Y luego las Pirámides! Al grito
Pero 110! Fué preciso que cayeras!
Que lanzaron tus labios de inspirado,
Rasgabas ya del porvenir los velos,
Frente á aquellas montañas de granito,
Tus águilas volaban altaneras
Centinelas de piedra del pasado,
En todas las regiones de los cielos:
Luchaba la oriental caballería
Dejando por la tienda de campaña
Con tu ejército firme como el roble,
Del trono de los Césares la pompa,
Mientras enviar el cielo parecía
Gobernabas á Italia, á Suecia, á España,
Todos sus rayos á tu frente noble!
Al ronco són de tu guerrera trompa!
La noche de Austerlitz, imperturbables
Evocados los tétricos vestiglos
Fueron los astros nimbo d e tu frente;
Que llenaron de sombras la Edad Media;
Dos coronas mellaba con sus sables
Interrumpido el curso de los siglos
Vencedores tu ejército valiente:
Por u n titán que hasta el Olimpo asedia;
Te alzaste en. el bridón sobre" el estribo
Trocado el Universo en incensario
Por ver los muertos de contrarias filas, De un hombre acariciado por la suerte;
Y de la luna el resplandor más vivo Desconocido D i o s . . . . fué necesario
Brilló con menos luz que tus pupilas! Restablecerlo todo con tu muerte!

Oh! Si vivieras tu, ¡cuán diferente


No fuiste menos grande en la caída:
Fuera el destino de tu patria amada!
Sólo Dios ó el acaso te vencieron!
¡Cuál se agitara con tu voz potente
El sublime holocausto de su vida
El alma del ejército inflamada!
Los héroes de tu guardia te, ofrecieron,
¡Cómo las playas que el Mosela besa
Y al darte con su carga formidable
Resonaran con gritos de victoria!
El laurel más hermoso de tu gloria,
¡Cuál se cirniera el águila francesa
A pesar del destino inexorable
En el cielo brillante de la Historia!
Fué su hecatombe tu inmortal victoria!

Alzando grave la soberbia frente


Tú obscureciste el brillo de los reyes
Que sólo el genio con su peso inclina,
Con el claro fulgor de tu talento:
Mandaras comenzar la lid ardiente
A todo el orbe le impusiste leyes
Desde la cima azul de u n a colina;
Haciéndolo el esclavo de tu acento.
É irguiéndote otra vez, siempre radiante,
Si no llevó hasta Roma sus legiones
Entre el rudo fragor de la metralla,
Pirro, guerrero de saber profundo,
Proyectaras tu sombra de gigante
Tú sometiste al yugo diez naciones
Sobre el campo encendido de batalla!
En tu marcha de triunfo por el mundo!
Nada opaca las grandes claridades
Que de tu genio despediste un día,
Y pasas á través de las edades
Como los astros en la noche umbría:
Si del Norte los bárbaros huíanos JOSE M A R I A E S T E V A .
Tu sepulcro de mármol derribaran,
De entre el escombro, como siempre ufanos,
Tus fulgores purísimos brotaran!
I
Venerando tu dicha y tus dolores,
Se te admira triunfante y derrotado; COSTUMBRES NACIONALES.
Tu nombre augusto lleno de esplendores
EL JAROCHO.
Es como un estandarte mutilado;
Se miran los girones con tristeza;
Ya pasado Malibrán,
Pero es honor del batallón su herida,
Camino de Medellín,
Y la tropa, al mirarlo á su cabeza,
Del espartal al confín,
Le presenta las armas conmovida!
Cabalga en manco alazán
Compadre Chico Crispín.

Natural del Novillero,


Tres mancos allí tenía;
Seis reses en el potrero:
Cerca de la Nevería
Hace oficios de vaquero.

Calzón de pana ajustado


Hasta media pantorrilla,
Con medios lleva abrochado;
Sombrero de medio lado,
Con espejos su toquilla.

Y un puro con tal esmero


Lleva en su boca el galano,
Que, si no es tabaco habano,
Es de las vegas veguero,
Pues él no fuma villano.
275
A paso lento camina
Una hamaca había en la choza
En su alazano trotón,
Junto á un pequeño jardín:
Y á los rayos de Lucina
De allí se paró una moza,
Que los campos ilumina,
Jarochita que destroza
Comienza aquesta canción:
El corazón de Crispín.

Chuiripampli se casa
Levantada la cabeza
Con la torera,
Mostraba al andar, serena,
Ypoeso le dicen Churripamplera:
Tanto garbo y gentileza,
Que si no fuera morena
Y ejto éj tan verdá
Fuera romana belleza.
Como ver á un borrico volá

Por loj elemento:
Súchiles blancos y olientes
•Churripampli de mij pensamiento
Entre su pelo tenía,
¿Dónde te hallaréf
Y cocuyos que cogía
Y en la ejquina tomando café;
Y en su cabeza lucientes,
Y en la ejquina tomando café.
Con alfileres prendía.

Sijuerej á loj toroj, Con su camisa de olán


Cuando lojaya, Y con su celeste enagua
No monte jen la rucia Se fué acercando al galán,
Sino en la baya; Que montado en su alazán
Y si tienej dinero Tenía por pecho una fragua.

Tomarój el asiento primero,
Con grande ternura: Y el galán que así la vió
Y veráj al negrito Ventura Hasta la cerca acercarse,
Con su escarapela: Con ternura suspiró;
Ese-sí que la pava la pela, Hizo al sombrero ladearse,
Ese sí que la pava la pela. Y así amoroso le habló:

Por una choza pasaba "Oigasjté, ña Sacramenta.


Cuando su canto acabó, Le diré ajté mi pasión,
Y el manco alazán paró, Y si uté ej crijtiana atenta
Que algo de allí le gustaba, Tiene uté aquí un corazón
O alguno allí le llamó. Que con naa se amedrenta.
277
" Soy conjtante en el querer,
" E l é jombre muy celano:
Y en el amar dadivoso:
Tal vej ya pronto vendrá:
Si uté no lo quiere crer,
Camine alante, crijtiano,
Lo dirá ñor Sinforoso,
Que si nos ve mano á mano
Que fué el que me lo hizo ver.
Y hablando, se enojará."

"Mi dinero no dejmembra;


—*' Querido ángel humanal:
Y si en gajtarlo me pulo,
De dir no me tengo, no:
Pueo darle un cachirulo.
Yo soy hombre muy cabal,
Como el que tiene la jembra
Y que venga mi rival,
Mujer de ñor Cleto Angulo.
Que aquí verá quién soy yo."

" U n a j naguaj le daré,


En esto estaban los dos,
Y una banda de burato,
Cuando al oír de Ventura
Y prendaj le compraré, La seca robusta tos,
Que en amar no soy barato Ña Sacramenta se apura,
Cuando se me ama con fe. Y el galán le dice: "Adiós."

" Y iremoj á Meellín Y luego, de mal talante,


Montando uté un güen andante, Mudando el color Crispin,
Y si hay algún ambulante Saca el moruno c o r t a n t e . . . .
Que ofenda allí á ñor Crispin, Y arrienda su flaco andante
Sé manejar mi cortante." Camino de Medellín.

Crispin acabó dé hablar;


La moza su rostro esconde,
Y después de suspirar, II
Con compasivo mirar,
A MATILDE.
Así al galán le responde: *
Adiós, Matilde, adiós: fué tu destino
" Ese amor que uté me jura Abandonar tan joven, tan hermosa,
No puedo ejcucharlo, no, El difícil camino
Puej que me ama ñor Ventura, De esta vida cansada y enojosa.
Y ejtoy de su amor segura,
Nunca flor más modesta en los pensiles
Y soy muy conjtante yo.
El aroma exhaló de tu ternura,
Ni en sus catorce abriles
Tan festiva brilló, tan fresca y pura.

Apenas ¡ay! la juventud graciosa


A la virgen que càndida dormía E N R I Q U E F E R N A N D E Z GRANADOS
Con sus dedos de rosa
Las blancas puertas del Edén le abría;

El sol ardiente con su luz primera, I


De la mañana entre la espesa bruma, A H E B E B T O .
Al ave vocinglera
O
Doraba, apenas, la pintada pluma; Dulce cantor que al hora de la siesta,
Mientras pace tranquilo tu ganado,
Apenas el jazmín fresco y vistoso
Tan blandamente cantas, recostado
Que entre las hojas del granado asoma»
Bajo el ramaje de la encina enhiesta:
En el jardín frondoso
Al viento daba su primer aroma; Tu caramillo pastoril me presta

Y enséñame ese tono delicado
Cuando dijo el Señor: con el süave
Con que, flébil zenzontle, enamorado,
Perfume de la flor unidos quiero
Trinas tu amor, oculto en la floresta.
Las primicias del ave
Y de la virgen el amor primero. Y así de Pan la caña melodiosa
Y la muerte pasó, y con espanto Prueben tus labios, y tu blando acento
El ave huyó del amoroso nido, Eterno vague en la campiña hermosa.
Y su apacible canto Yo imitaré tu lánguido concento,
Quedó en las flores del jardín perdido. Siempre cantando á Laura desdeñosa
Y la muerte pasó, y con su aliento Este afán, este amor, esto que siento
Hirió á la joven, que cayó contrita;
Enfurecióse el viento
¡Ay! y la flor se desprendió marchita II

E L VINO D E LESBOS.
A la voz del Señor Omnipotente
¡Ay! que la muerte ó la esperanza envía, Si queréis de mi lira
Inclinaste la frente, Oir los sones,
Pobre lucero que brillaste un día. Dadme vino de Lesbos,
Que huele á flores.
281
Y si queréis que dulces Por el cantor de Laura
Amores cante, Brindan las mozas;
Venga Lelia á mi lado Y á los brindis suceden
Y el vino escancie. Risas sonoras.
Pero no en cinceladas
Corintias copas, Él entanto, beodo,
Porque el vino de Lesbos El vino toma;
Se liba en rosas. Y olvidando á su amada,
El amor nos lo brinda, Brinda por todas.
Y el que lo bebe Y al apurar del néctar
Arder en sacro fuego La última gota,
Feliz se siente. ¡Ay! la imagen de Laura
Es dulce como el néctar Mira en la copa!
Que en los festines
De Olimpo, Ganimedes
Alegre sirve! •
¡Que venga Lelia hermosa,
Y sus hechizos
Celebraré en mis cantos
Bebiendo vino!
Vereis cómo la niña
Si oye mis coplas,
Me da el vino de Lesbos,
Pero en su boca
Porque el vino de Lesbos,
Se liba en rosas!

III
E L BRINDIS.

Coronadas las fuentes


De mirto y rosas,
Descubiertos los senos
• Y altas las copas,
¡Prodigioso poder, de alto amor fino
Testimonio inmortal, que hace que al hombre
Baje obediente al Hacedor divino!
BAFÁEL GOMEZ.
Al recuerdo feliz de este sin nombre
De los cielos favor, que sufra y pene
epitai^AMIO. Porque al sueño te entregas, no te asombre.

(Fragmento.) Me auguraba que en fiesta tan solene


Velarías la víspera, esperando
EL P A S T O R .
Del nuevo sol la claridad perene.
Del corazón voy á rasgar los velos,
Si hay velos para tí, Paloma mía; Pero veo ¡oh dolor! que el sueño blando
Mas no creás que en la alma siento celos. Preferistes, y no te congratulas
Conmigo, ni conmigo estás gozando.
Siete semanas de años más un día
Cumplen hoy, desde aquel en que atraído
ESPOSA.
Por tu gracia, hermosura y gallardía,

A mí te uniste, y por tu mano ungido Mi Pastorcillo, que en amar emulas


Fui con un óleo, en santidad precioso, Y vences á millares, ¿por qué, duro,
Y me entraste al santuario de tu nido Faltas sobre la que amas acumulas?
*
Entonces ¿lo recuerdas? ¡Ah! tu esposo ¡No he olvidado ese día, ¡te lo juro!
No lo olvida: entre el humo del incienso, Antes ha de nacer la fresca rosa
Más que fragantes flores aromoso, Del fuego, y de la rosa el oro puro.

Me distes á comer con gozo intenso Primero al fondo de la mar undosa


Un pan, que es de los Ángeles tesoro, Descenderá el conclor, y á la montaña
Místico pan, en la virtud inmenso: Trepará la ballena monstruosa.

Y me diste á beber en copa de oro ¡Pensaste que dormía! Esto me extraña
De un vino que vigora y no embriaga, En tí, como me duelen tus eríojos,
Gran misterio de fe que amo y adoro.'
Aunque sean de amor, ó muestra ó maña.
Y más, poder me diste para que haga
Si á la sombra del álamo los ojos
A toda hora ese pan y aquese vino,
Cerré, por ocultarte mi tristeza
En que de convertirse Dios se paga.
Ha sido nada más, no por antojos.
Siendo de ambos la incólume belleza
Y ventura inefable de este día,
Poner alas debiste á la presteza;

Y á mí venir con himnos de alegría ERNESTO GONZALEZ.


A darme y recibir los parabienes:
Siempre fué del varón la primacía.
CUESTION DE NOMBRES.
Bien sabes cuánto sufro; aquí me tienes;
(Fragmento del p o e m a "Aurora."}
Heces de amarga mirra llevo al pecho,
Y corona de espinas en las sienes.
I
A mis dolores es el mar estrecho,
En esta vida, que se llama vida
Y angosta á mis trabajos la ancha tierra,
Por amargo sarcasmo,
Que- no produce inculta ni en barbecho.
Pese á Bacon y á Erasmo,
Hay entre el vulgo una verdad sabida
Muchedumbre infernal me cerca y cierra,
Y sostengo contra ella gran combate, Y por todos los hombres repetida.
De la Aurora al Ocaso cruda guerra. Yo pienso que un marino,
Al ver cuál se suceden con violencia
Y sin embargo, ahora nada abate Uno tras otro males, que el destino
El corazón que en júbilo rebosa, (Mejor la Providencia)
Y en arrobos de amor apenas late. Encadena del hombre en el camino,
Con intuitiva ciencia,
Del gran aniversario la gloriosa Y allá en los mares viendo
Fecha celebraremos aquí unidos, Cómo empuja una ola á otra ola,
El Esposo abrazado de la Esposa. Forma en un buen refrán dióle, diciendo:
"No siempre una desgracia viene sola."

II

Escuchad esta carta que María,


Desde su quinta á la ciudad cercana,
A su madre escribía;
Y que, una hora transcurrida, abría
Con -emoción la venerable anciana.
Siendo de ambos la incólume belleza
Y ventura inefable de este día,
Poner alas debiste á la presteza;

Y á mí venir con himnos de alegría ERNESTO GONZALEZ.


A darme y recibir los parabienes:
Siempre fué del varón la primacía.
CUESTION DE NOMBRES.
Bien sabes cuánto sufro; aquí me tienes;
(Fragmento del p o e m a "Aurora."}
Heces de amarga mirra llevo al pecho,
Y corona de espinas en las sienes.
I
A mis dolores es el mar estrecho,
En esta vida, que se llama vida
Y angosta á mis trabajos la ancha tierra,
Por amargo sarcasmo,
Que- no produce inculta ni en barbecho.
Pese á Bacon y á Erasmo,
Hay entre el vulgo una verdad sabida
Muchedumbre infernal me cerca y cierra,
Y sostengo contra ella gran combate, Y por todos los hombres repetida.
De la Aurora al Ocaso cruda guerra. Yo pienso que un marino,
Al ver cuál se suceden con violencia
Y sin embargo, ahora nada abate Uno tras otro males, que el destino
El corazón que en júbilo rebosa, (Mejor la Providencia)
Y en arrobos de amor apenas late. Encadena del hombre en el camino,
Con intuitiva ciencia,
Del gran aniversario la gloriosa Y allá en los mares viendo
Fecha celebraremos aquí unidos, Cómo empuja una ola á otra ola,
El Esposo abrazado de la Esposa. Forma en un buen refrán dióle, diciendo:
"No siempre una desgracia viene sola."

II

Escuchad esta carta que María,


Desde su quinta á la ciudad cercana,
A su madre escribía;
Y que, una hora transcurrida, abría
Con -emoción la venerable anciana.
"Su padre así lo quiere: ¡pena impía!
III Su padre, que ayer tarde, con franqueza
Me dijo que al creer es cuando reza,
"Madre del alma: El pecho acostumbrado Y él nunca reza, nunca, madre mía
A no guardaros dicha ni secreto,
Hoy, á su tierna condición sujeto, "Su padre, sí," que á mi piadosa instancia
Sus penas vierte en vos, atribulado. Contestó decisivo y terminante
Que es un nombre vulgar, poco eleganft.
"¡Penas! —diréis— Si amores y placeres Ya no usado en Madrid, Londres ni Francia.
Sólo hallaba mi hija en su marido!
Y es la verdad, porque hasta ayer he sido "Y en esta grave y sin igual dolencia,
La más feliz de todas las mujeres. Explicadme una frase que un secreto
Es para mí; me dijo: "Yo respeto
"Lo que os digo no es dardo que alevoso La augusta libertad de la conciencia"
Clavo en mi Alberto, sin conciencia, y vana:
Yo sé de vos que una mujer cristiana "Y añadió cariñoso: "No te asombres:
No juzga la conducta de su esposo. El mundo, cara esposa, está en mi abono;
Así lo exige el gusto y el buen tono,
"Al probar de la vida la aspereza, Y al fin ¿todo, qué es?.... Cuestión de nombres."
Esta alma que dichosa fué un momento,
No esquiva ni el dolor ni el sufrimiento, "Y es la segunda de las dos cuestiones
Sólo pide consejo y fortaleza. Que entre nosotros con pavor surgía;
Mas ¡ay! mi matrimonio, madre mía,
"Voy á ser madre, y si el Señor bendice Ya va siendo cuestión de corazones.
El fruto de mi amor, y á verlo llego,
Vereis que no me engaño, que aunque ciego, "Pues si engañada por febril deseo
—"Es una niña"— el corazón me dice. Yo seguí mi amoroso pensamiento,
Y mi esposo no siente lo que siento,
"Y esta niña que, amante, yo quería
Ni cree ¡triste de mí! lo que yo creo:
Consagrar á la Virgen sacrosanta
No os lo puedo decir mi pena es tanta!... "Si al no creer, su amor desaparece,
No llevará por nombre el de María. Que afecto sin creencias es mentira,
Y el amor conyugal que á Dios no mira
"Y así como si fuéramos, señora,
Se derrumba, y al fin se desvanece:
Algo como gentiles ó paganos,
Esta niña, que es hija de cristianos, "Si soy amada sólo por mí misma,
Se llamará —¿lo creereis?— Aurora! Y el amor que se basa en la criatura
Es roca que suspensa de una altura,
A leve impulso, con fragor se abisma: IV

"Si de mi esposo la florida mente Al otro día en que la buena anciana


Es de talento, lúcida, un tesoro, Recibió tal misiva,
Y el corazón, que es lo que más valoro, María, en la mañana,
Yace á su Dios, helado, indiferente: Un papel desdoblaba
Con mano temblorosa y convulsiva.
"Si vos y yo faltando de la tierra Y halló sólo un grabado
En breve hacia el Señor las dos volamos, En el que se miraba
Y al morir, aquí abajo abandonamos Pintado con primores
Tanto dolor y tanto amor que encierra: Un corazon de zarzas coronado,
Circuido de vivos resplandores;
"Y del mar de la vida en los vaivenes
Y al dorso, escrito en letras vacilantes
No encuentra quien la enseñe la hija mía
Y bien poco elegantes,
A poner, como yo la enseñaría,
Cual de un pulso que trémulo consigue
La señal de la cruz sobre las sienes,
Trazar sus caracteres, lo que sigue:

"¿Qué importa entonces que me adore Alberto?


¿Qué importa que en mi tumba Hore y gima, V
Si en su alma no hay "fe que le redima "Yo sé que existe un Sér bueno y clemente
Y úna al esposo vivo con el muerto? Que siempre velará por su criatura,
Y que en la senda de mi vida obscura
"Me direís, buena Madre, que entretanto,
Será mi luz eterna y refulgente.
Siempre hay un Dios que escucha á los que ruegan;
Perdonadme, es verdad mis ojos ciegan "Yo sé que existe un Sér Omnipotente
Anublados y turbios por el llanto. Que mi intenso dolor y mi amargura
Puede cambiar en plácida ventura
"Y entretanto también, vitales lazos Cuando á mi bien lo juzgue conducente.
Romper quiere el dolor de pena muero
"Por eso, si mis horas de alegría
Y hoy que su origen aterrada inquiero,.
Hoy el dolor, acerbo, no perdona,
Mi pobre corazón se hace pedazos.
Desfallecer no debe el alma mía.

"Adiós adiós se pierde mi cabeza "Ciñámonos de espinas la corona,


Os lo repito hasta el postrer momento: Recordando ser Dios quien nos la envía,
Yo no esquivo el dolor ni el sufrimiento, Y que un padre á sus hijos no abandona."
Sólo pido consejo y fortaleza!"
Y deseando ver siempre azul y flores,
Al aire dió las alas de su amor.

Pero arriba volando, siembre arriba,


JUSTO P. GONZALEZ. Lo azul tornado en negro llegó á ver,
Y en vez de alfombra de galanas flores,
Sombra sobre la tierra vió también.
I Hora ¿n lo negro del vacío, errante,
N O X . A tí se acerca en busca de la luz:
Quizá tú puedes alumbrar tus flores,
Cuando ya el sol se puso, coronada Y le puedes volver su cielo azul.
De marchitados mirtos y violetas,
Del alta noche entre las sombres quietas
La tierra se recoge á descansar.

Tú, de ilusiones muertas coronado,


Miras ponerse el sol de la esperanza:
Firmeza, corazón, tu noche avanza;
Pronto reposarás!

II
E R R A N T E .

Cuando por vez primera el ave mira


En toda su extensión el cielo azul
Y la ancha tierra tapizada en flores
Bañadas en las olas de la luz,

Las alas mueve y se levanta al cielo;


Mas no elevando mucho su volar,
Vivida, alegre, derramando trinos,
Por entre azul y flores siempre va.

Mil flores vió mi corazón un tiempo,


El cielo azul de la esperanza vió,
II
M A N U E L M. GONZALEZ.
L O S P A P Á S - P O E T A S .
•B
EPÍSTOLA Á MANUEL ÁLVAREZ DEL CASTILLO.
I
B A R C A R O L A . Como llegara al templo el desgraciado
Hijo de Agamenón, en su locura,
Pescadores que en horas de calma Yo á la amistad me acojo fatigado.
Dejáis la ribera,
Quizás peque de falsa esta figura,
Y sin miedo ni afán en el alma,
Pues no soy un Orestes parricida
Cantando, cantando y en barca ligera,
Ni las furias me acosan por ventura.
Pedís vuestro fácil sustento á la mar:
Pero ¡ay! mi buen amigo, por la vida
Os empuja una brisa riente;
Del ser á quien más amas y respetas,
La onda dormida
Te ruego que me ampares con tu egida.
Vuestra red sin enojos consiente,
Y libres de penas ganáis vuestra vida ¿Cómo, siendo quien eres, no te inquietas
Muy cerca la playa, muy cerca el hogar. Al ver cuál se desata ese torrente,
Ese aluvión de los papás-poetas?
¡Ah! vosotros no sois marineros!
Es nauta el que alienta ¿Cómo tu agudo ingenio los consiente
En el alma combates tan fieros Y, nuevo Juvenal, no les aplica
Como el mar en la ruda tormenta; La despiadada tunda consiguiente?
Es nauta el que boga con vivido ardor. Tan criminal silencio no se explica
Tratándose de quien, para el ridículo,
A vosotros os da el Oceáno
Tiene por pluma destructora pica.
El pez moribundo

Que preso en las mallas cogió vuestra mano. Ya es fuerza que te ocupes de ese artículo,
Al nauta le brinda su seno profundo Ya es fuerza que contengas á esa plaga
Corales y perlas, sepulcro y honor. Que corre de lo impune en el vehículo.
Cada vez más terrible nos amaga,
Cada vez más se aumentan sus legiones
Y en la prensa y el libro se propaga.
Ya la trágica Musa, en las canciones
Que consagró á la gloria, diviniza No es posible sufrir este tormento.
La industria que inventó los biberones. ¿Qué tenemos que ver con la hermosura
De tanto chiquitín que sale á cuento?
Apolo sienta plaza de nodriza
Y en lavar de su n e n e los pañales Comprendo que el autor de la criatura
Las castálicas aguas utiliza. Se complazca en tener los ojos fijos
De su amor paternal en la ventura.
Hoy privan los afectos paternales,
Y todo ser con prole está obligado Pero goce de tales regocijos,
A pintar, con sus pelos y señales, Cuando más, en la santa compañía
De la señora madre de sus hijos.
El retrato del hijo idolatrado,
Como si ai mundo entero le importara Mas no, señor! Se ha dado en la manía
Conocer al muñeco tan sonado. De exhibir los secretos de la casa
Al través del cristal de poesía.
Ya es Carlitos, Momón, Lolita ó Clara
El héroe del poema sensiblero Si el afán del amor tu pecho abrasa
Que el cariñoso p a d r e nos dispara. Y aun á intentar el trance funerario
Que llamamos casorio se propasa,
Y qué cosas nos dice el majadero!
Piensa que en este tiempo estrafalario,
Que el niño, que es u n monstruo de viveza,
Ya mete la manita en el puchero. Para evitar uniones infelices,
Ya no basta el dinero necesario.
Que es rizada y m u y rubia su cabeza,
Te será indispensable que poetices
Que es un ángel de Dios, por más que el chico-
No le deba ni un cuarto á la belleza. Para que digas en cantar sonoro
Cómo tiene Carlitos las narices,
Y ese numen doméstico es tan rico,
Y, además, que el muchacho es un tesoro,
Que por cada simpleza que relata
Un Salomón, un sabio prematuro
Nos ministra cien odas y otro pico.
Que te dice pa-pá, con pico de oro.
Si al muchachuelo le arañó la gata,
Deberás referirnos el apuro
Al punto unas cuartetas sobre el caso
En que te viste al abrazarle un día,
Que salgan á decir de qué se trata.
Porque te quiso arrebatar el puro;
Si ya Juanito ensaya el primer paso,
Amén de la trillada letanía
Que vengan las quintillas al momento
De la espadita, el gorro, los soldados,
Y publíquese el hecho en el Parnaso.
El buen abuelo y la amorosa tía,
Con otros mil sucesos regalados Sí! lo reclama el Arte y á su lado
Que asombrarán á la curiosa gente La Familia también, que triste mira
Por parecerse en todo á los citados. El velo de su templo desgarrado.

¡Y qué versos nos lanza comunmente Acabe de una vez tanta mentira,
Esa pléyade augusta de babiecas Que ni son, cual se dice, esos anhelos,
Que el Parnaso escaló tan de repente! Ni tan pobre de asunto está la lira!

No parece sinó que las Batuecas Pide á la Sensatez, que está en los cielos,
Se han propuesto enlodar la hermosa fama Que descargue su mágica palmeta
Del cantor de Fusiles y Muñecas. Sobre la mano del p a p á - p o e t a
Que nos hable otra vez de sus chicuelos.
Y nadie intenta detener la llama
De ese incendio voraz que en los pensiles
Risueños del buen gusto se derrama.

Lo que no hable de cosas infantiles,


Del muchacho que brinca y que berrea
Con todo el fuego de sus tres abriles,

No espere, quien lo escriba, que se lea


Sin oir que les llamen mamarrachos
A los frutos sazones de la idea.

Hoy estamos, Manuel, por los muchachos,


Por sus dengues, sus risas, sus pucheros,
Por sus pies pequeñitos de borrachos.

Lo cual quiere decir que los solteros


O no hablamos palabra, ó nos surtimos
Sin la menor tardanza de herederos,

Siempre que quien los tenga por racimos


No quiera socorrernos con alguno
Para rimar empalagosos mimos.

Reflexiona, por Dios, cuán oportuno


Aun para el mismo hogar tan calumniado,
Fuera poner mordaza á tanto tuno.
Líneas celestes y figuras de oro.
Aquel soneto á Dios, es del Boyero:
De Sirio deslumbrante, esa cuarteta,
Y ese canto á la rubia que yo quiero
M A N U E L GUTIERREZ N A J E R A . Fué escrito por la cauda del cometa.

Yo escucho nada más, y dejo abiertas


I De mi curioso espíritu las puertas.
Los versos entran sin pedir permiso;
NADA ES MIO.
»
Mi espíritu es su casa: Dios los manda
Me preguntas ¡oh Rosa! cómo escribo? Con cédula formal del Paraíso
I)e qué manera, con menudas hojas, Para que aloje á la traviesa banda.
Cintas de seda y pétalos de flores, Algunos á mis castas ilusiones
Voy construyendo estancia por estancia? Escandalizan con su alegre charla:
Yo mismo no lo sé! Como la tuya Esos son los soldados, los dragones,.
Es, Rosa de los cielos, mi ignorancia! Los que trae en su clámide sombría
" H ú m e d a n o c h e tras caliente día."
Yo no escribo mis versos, no los creo; Otros de aquellos huéspedes pequeños
Viven dentro de mí; vienen de fuera: Se detienen muy poco: los risueños.
A ése, travieso, lo formp el deseo; Cantan, mis penas con su voz consuelan,
A aquél, lleno de luz, la Primavera! Sacuden las alitas y se vuelan!

A veces en mis cantos colabora


Los tristes — ¡esos sí que son constantes!
Una rubia magnífica: la aurora! Alguno, como lúgubre corneja
Hago un verso y lo plagio sin sentirlo Posada en la cornisa de la torre,
De algún poeta inédito, del mirlo, Mientras la noche silenciosa corre
Del parlanchín gorrión ó de la abeja Hace ya mucho tiempo que se queja!
Que, silbando á las bellas mariposas,
Se embriaga en la taberna de las rosas.
Los versos que más amo, los que expresan
No soy poeta: ya lo ves! en vano
Mis ansias y mis íntimos cariños,
Halagas con tal título mi oído,
Esos versos que lloran y que besan,
Que no es zenzontle ó ruiseñor el nido
¿Sabes tú lo que
» son? Risas de niños. Ni tenor ó barítono el piano!

Otras veces me ayudan las estrellas


Y sus rayos de luz trazan en mi alma
II La noche es formidable: hay en su seno
Formas extrañas, voces misteriosas;
TRISTISSIMA NOX.
Es la muerte aparente de los seres,
Es la vida profunda de las cosas.
I
Dios deja errar lo malo y lo deforme
Hora de inmensa paz! Naturaleza,
En las sombras nocturnas: de su encierro
Entregada en las horas de la noche
Salen brujas y fieras y malvados;
A insomnes trasgos y fantasmas fieros,
En el dormido campo ladra el perro,
Breves instantes dormitar parece
Maulla el gato negro en los tejados.
En espera del alba. Cae el viento,
Pueblan el aire gritos estridentes:
Con las alas inmóviles, en tierra;
Ya de infeliz mujer es el quejido,
Duerme la encina; el lobo soñoliento
Ya el trote de caballos invisibles
Se tiende dócil y los ojos cierra.
O de salvaje hambriento el alarido;
Plegarias, maldiciones y sollozos;
Es el inmenso sueño, el sueño breve
Cantos de bardo; cláusulas tremendas
Que no agitan las lluvias torrenciales, De indignado profeta; el grito agudo
Y sólo turban, en el duro invierno, De las aves nictálopes que pasan;
Lentas lloviznas ó menuda lluvia. El balar de la oveja en cuya nuca
Es el inmenso sueño: paso á paso El leopardo feroz las uñas hinca;
La pantera que ha poco devoraba El confuso rumor de la hojarasca
A la mísera res, busca en silencio Que remueve el venado cuando brinca;
El hediondo cubil; ya no se oye Choque de escobas que en el aire azotan
De la culebra rápida el silbido, Las malévolas brujas, y clamores
Y entre grandes lumbradas, que alimentan De dolientes espíritus que flotan
Las rajas crepitantes de la encina, Como cuerpos de niebla entre las flores;
Recuéstase el viajero de los bosques Todo en violento remolimo sube
Al lado de su vieja carabina. Y al viajador errante aterroriza;
Todo en el aire negro se propaga,
Todo reposa: por los aires huye, Cuaja la sangre y el cabello eriza!
Tras diabólica bruja, el ágil duende; Bocas sin cuerpo gritan en la sombra;
Se aproxima la luz, el mal concluye, Cruja la puerta de reseca tabla;
Suben las almas y la paz desciende.
Los diablos llaman, el pavor nos nombra,
El monte quiere huir y el árbol habla.
IV

III
La noche no desciende de los cielos
Es marea profunda y tenebrosa
La noche es formidable: las pupilas
Que sube de los antros: mirad cómo
Que en su profunda obscuridad se abren,
Aduéñase primero del abismo
Aparecen sangrientas en el lobo,
Y se retuerce en sus verdosas aguas.
De amarillo color en la lechuza.
Sube, en seguida, á los rientes valles,
Todas.despiden luces infernales Y, cuando ya domina la planicie,
É iluminan la marcha silenciosa
El sol, convulso, brilla todavía
Del gato montaraz y los chacales, En la torre del alto campanario,
La astuta comadreja y la raposa. Y en la copa del cedro, en la alquería
Sólo el fósforo brilla: en esos ojos Y en la cresta del monte solitario.
Que ardientes lucen como vivas fraguas,
En los fuegos errantes de los aires, Es náufraga la luz: terrible y lenta
En las ondas plomizas de las aguas. Surge la sombra: amedrentada sube
Cuando la luz espira, el color duerme: La triste claridad á los tejados,
Lo que vive en la sombra es negro ó pardo, Al árbol, á los picos elevados,
Tiene las cerdas ásperas del oso A la montaña enhiesta y á la nube!
O las manchas obscuras del leopardo. Y cuando al fin, airosa la tiniebla
Las plumas de los pájaros nocturnos La arroja de sus límites postreros,
Con la densa tiniebla se confunden, En pedazos, la luz, el cielo puebla
Y cual delgadas láminas, hirsutas, De soles, de planetas y luceros!
En la carne se hunden.
Cuanto en la noche tenebrosa alienta
Es tardo en el andar, torpe en el vuelo:
La serpiente lucífuga se arrastra; V
En el alto ciprés se pára el buho;
El cuervo acecha; lo que vuela baja,
Y con ella se van la paz amiga,
Y, cautelosa, la terrible hiena
La dulce confianza, el noble brío
Despacio marcha y vigorosa encaja
De quien, alegre, con vigor trabaja;
Las garras inflexibles en la arena.
Y para consolarnos, mudo y frío,
Con sus alas de bronce el sueño baja
Entonces todo tímido se oculta: Ora con voz tristísima se quejan.
En el establo, los pesados bueyes; Son los sueños: habitan las cavernas
En el aprisco, el balador ganado; Invisibles del aire, ó bien se ocultan
En la cuna pequeña, la inocencia; Dentro del propio sér; la luz evitan
En su tranquilo hogar, el hombre honrado, Y para ser visibles y palpables
Y el recuerdo impasible, en la conciencia! El fondo de la noche necesitan.

Mil temores informes y confusos Se acercan: con sus garfios y tenazas


Del hombre y de los brutos se apoderan; De retorcido bronce, al lecho llegan,
En la orilla del nido, vigilante, Y á nuestra boca, trémula de espanto,
El ave guarda el sueño de su cría Labios helados y viscosos pegan.
Y esconde la cabeza bajo el ala; Éste, iracundo, con sus pies de cabra
El noble perro con mirada grave Las sábanas araña; aquél, riendo,
Interroga la sombra y ver procura; Muestra los agudísimos colmillos;
Los caballos piafando se encabritan Ése, felino monstruo, nos contempla
Y con pavor ó sobresalto evitan Con sus enormes ojos amarillos.
Las altos montes y la selva obscura.
Ya el toro rebramando nos persigue:
Ya, vivos, en la fosa nos entierran;
Si en la extensa llanada le sorprende
Con su cortejo fúnebre la noche, Ya, como el ave, rápidos hendemos
El potro joven á su hermano busca El aire tenue, cuando abrupto flanco
Y en su lomo descansa la cabeza. Destroza nuestras alas y caemos
Todo tiende á juntarse en esta hora, Al fondo pedregoso del barranco.
Todo en la vasta soledad se hermana,
Otras veces también, sombras dolientes
Hasta que alegre la triunfal diana
Por soberano astrólogo evocadas,
En el áureo clarín toca la aurora! Pasan ante los ojos impacientes
Las figuras amadas:
La madre que del seno de la fosa
VI Nos llama, y acorrerla no podemos;
El padre ausente, la culpable esposa
También el alma se compunge ¡oh noche! Que en otros brazos iracundos vemos!
En tu ébano profundo. ¡Cuántas fieras, Y si en el lienzo obscuro se perfila
A tu favor alzándose, ya graznan La casta sombra de la amada muerta,
Como torvas lechuzas; ya semejan Huye el sueño veloz de la pupila,
Endriagos fabulosos; ora rugen, Y el dolor, sollozando, se despierta!
VII
IX

En medio de la horrible pesadilla ¡Ah! Con cuánta ansiedad espera el alma,


Trazan, á veces, los traviesos duendes Como el árbol y el pájaro, la hora
Grotesca historia, lances inconexos, Que sobresaltos y temores calma,
Figuras que parecen retratadas Luctuosa madre de la rubia aurora!
En espejos convexos. También la prisionera, la cautiva
Como frisos de gnomos que entrelazan Del miserable cuerpo, luz desea,
Canijas piernas, en tumulto cruzan Como la flor que en sótanos obscuros,
Enanos retozones que se abrazan Buscando la enrejada claraboya,
Y en el aire sus miembros desmenuzan. Trepa difícilmente por los muros.
Ata nuestra garganta férreo nudo,
Y entre el bullicio de la turba loca, Un sosiego infinito se difunde
Sentimos del murciélago velludo En alcobas y campos: el enfermo
Las repugnantes alas en la boca. Cierra, por fin, los párpados cansados;
Y la esposa, que vela diligente,
Ahogando los sollozos de su pecho,
VIII Deja ya de rezar, dobla la frente,
Y duerme fatigada al pie del lecho.

Cuando al enfermo espíritu no asaltan Todo es blando rumor: en la cornisa


Pueriles y fantásticos terrores, La golondrina matinal gorjea,
Basta para amargar nuestra vigilia Y alegre llama á la primera misa
El recuerdo tenaz de los dolores. La aguda campanita de la aldea.
En tanto que la luz el cielo inunda, Cerrado está el cancel, la iglesia obscura;
Dormitan en sus celdas los recuerdos; Pero ya se oye en la pequeña nave
Mas, como hileras de callados monjes La tos cascada del anciano cura
Que el claustro cruzan y á rezar maitines r Y el rechinar de la vetusta llave.
Calada la capucha entran al coro, Se aproxima la luz: el gallo canta.
Así, ceñudos, los recuerdos vienen Pronto al primer agudo cacareo
Cuando la noche lúgubre promedia, Otro en la casa próxima contesta,
Y torvos j u n t o al lecho se detienen Y luego cien y mil: la ranchería,
Levantando sus cantos de tragedia. Las dispersas cabañas, los corrales,
Elevan la sonora greguería
Con que saludan el albor del día
Los vigilantes gallos matinales.
Más temprano que el alba se levanta
A la voz de la alondra, en los encinos
Para esperarte ¡oh virgen! en la puerta.
Los zenzontles contestan: los pinzones
Te precede el perfume: los jilgueros
Con las tórtolas charlan en los pinos, Se empinan en las ramas temblorosas,
Y en el fresno rebullen los gorriones. Y tus heraldos, leves y ligeros,
El leñador, de cuyo fuerte cincho Van derramando perlas en las rosas!
El hacha cuelga, deja su cabaña; En la alcoba que aún tan sólo espías,
Y suena y se propaga en la montaña Bocas enamoradas cuchichean,
De los nobles caballos el relincho. Y en los encajes de la luz que envías
El toro lentamente se endereza, Almas de nuevos seres aletean.
Alza el testuz, sacude la cabeza Solícitas bajando por las lomas
Y prorrumpe en mugido prolongado. A la luz del lucero matutino,
Corre el ágil lebrel. Madrugadores, Corren las brisas esparciendo aromas
Se alejan los alegres cazadores En la atmósfera azul de tu camino.
Por los límites verdes del poblado. Y como lluvia de purpúreas flores
Caída de las pálidas estrellas, •
Bajan sueños, no lúbricos, de amores,
X Al lecho virginal de las doncellas!

¡Oh luz! ¡oh claridad! ¡oh sol! ¡oh día!


A tí se vuelve la creación entera!
De tu mirada brota la alegría; XI
De tu beso nació la primavera!
No apareces aún y ya presiente
Tu aparición la tierra jubilosa; ¡Oh luz! ¡oh claridad! ¡oh sol! ¡oh día!
Escucha tus pisadas en la cumbre La tierra, como casta desposada
Del nevado volcán; por cada poro Que espera, en el umbral de la alquería,
Quiere absorber la matinal frescura, De blancos azahares coronada,
Y en tanto Venus sus pestañas de oro Púdica y amorosa se estremece;
Abre curiosa en la celeste altura. Los niveos brazos en el pecho junta,
Y con trémula voz, que desfallece,
No apareces aún, y todo canta! Por su amado á los céfiros pregunta.
Impaciente la vida ya despierta.
Vas á llegar! Estremecida y muda
La novia espera en el hogar abierto;
Y con voz formidable te saluda
El soberbio elefante en el desierto.
El carro solitario de la Osa
Halla en el mar incógnita guarida,
J U A N B. H I J A R Y H A R O .
Y, vencedora al fin, surges radiosa
¡Oh luz! ¡oh claridad! ¡oh sol! ¡oh vida!
Á EMILIO CASTELAR.

I
H O J A S D E OTOÑO.

Id por el mundo en paz, mis pobres versos;


Las alas desplegad, cruzad los mares,
Y llevad estos cantos de tristeza
A la sagrada tumba de mis padres.
Allá, donde las tórtolas arrullan,
Bajo las frondas de los verdes sáuces,
Colgad mi lira rota y que en sus cuerdas
Rompa la brisa en lastimeros ayes.
Mustia corona de inodoras flores
Que de mi frente pálida brotaste
Para regar tus pétalos marchitos
En las dormidas sombras de la tarde;
Presentimientos de la dicha humana;
Cantos y amores de mi hogar errante,
Id á buscar la noche de la vida
Que el fin se acerca de tan largo viaje.

Pero al pasar por donde duerme Laura,


Sobre las flores que en su tumba nacen,
Dejadle, como prendas de recuerdos,
Todos los besos que en mi labio laten.

Y si no he de volver, si mi destino
Quiere que ausente mi existencia acabe,
Y con voz formidable te saluda
El soberbio elefante en el desierto.
El carro solitario de la Osa
Halla en el mar incógnita guarida,
J U A N B. H I J A R Y H A R O .
Y, vencedora al fin, surges radiosa
¡Oh luz! ¡oh claridad! ¡oh sol! ¡oh vida!
Á EMILIO CASTELAR.

I
H O J A S D E OTOÑO.

Id por el mundo en paz, mis pobres versos;


Las alas desplegad, cruzad los mares,
Y llevad estos cantos de tristeza
A la sagrada tumba de mis padres.
Allá, donde las tórtolas arrullan,
Bajo las frondas de los verdes sáuces,
Colgad mi lira rota y que en sus cuerdas
Rompa la brisa en lastimeros ayes.
Mustia corona de inodoras flores
Que de mi frente pálida brotaste
Para regar tus pétalos marchitos
En las dormidas sombras de la tarde;
Presentimientos de la dicha humana;
Cantos y amores de mi hogar errante,
Id á buscar la noche de la vida
Que el fin se acerca de tan largo viaje.

Pero al pasar por donde duerme Laura,


Sobre las flores que en su tumba nacen,
Dejadle, como prendas de recuerdos,
Todos los besos que en mi labio laten.

Y si no he de volver, si mi destino
Quiere que ausente mi existencia acabe,
En el sepulcro de mi caro hermano
Todo mi corazón también dejadle. Tended el ala rota, y si en la espuma
De las marinas olas zozobraseis,
De mis buenos amigos á la puerta Encontrareis velado por la muerte
Llegad, cantando cual viajeras aves, El sarcófago inmenso de los mares.
Que os pedirán noticia del ausente
Viendo que vais enviados de mi parte. Volad bajo ese piélago que surcan,
Como naves de luz y de diamante,
De la Ibera Nación cantad la gloria, Esos astros que llevan silenciosos
Que si Reina y Señora, fué una madre: Quién sabe si otras mil humanidades.
Como hermana y guerrera nuestras águilas
Volarán con el león á los combates. Si propicios los Cielos y el destino
Os llevan á la patria, al fin del viaje,
Feliz me dió, cuando viví en su seno, Contad que en la ciudad de las tristezas
Con ese instinto que heredó del árabe, Vagando entre ruinas me dejasteis.
Un lugar de familia en sus banquetes,
Aquí clonde los rayos de la luna
Y una arpa de consuelo en mis pesares.
Del arco roto por la hendida clave,
• Allá el proscrito de la hermosa América Como espectros de luz, cortan las sombras
Encuentra siempre, al declinar la tarde, Sobre las tumbas que en el suelo se abren:
Sabroso pan y delicioso vino,
Donde en tropel murallas y acueductos
Cariño al fin de cariñosa madre!
Los flancos cenicientos dan al aire,
De mi dulce Beatriz rodó la cuna Cual carcomidas vértebras que anuncian
A la orilla del claro Manzanares, Los insepultos restos de un gigante:
Y bañó con la espuma de sus ondas
Desde el alto peñón donde Virgilio,
Esta preciosa flor de mi l i n a j e . . . .
Bajo el haya frondosa y los pinares,
Id por el mundo en paz, mis pobres versos: Hace pulsar á Títiro la avena
Las alas desplegad, cruzad los mares, Y balar á los tiernos recentales:
Y llevad estos cantos de tristeza
En donde bajan de empinados montes
Al asilo feliz de mis penates.
Las sombras soñolientas de la tarde,
Y sube el humo de las pardas chozas
Volad, huérfanos cantos, á la patria,
Como torres azules en los valles:
Como las secas hojas de los árboles
Que el tiempo arranca y el olvido lleva
Donde el Cisne de Mantua, solitario,
Por la noche sin luz de las edades.
Los amores cantó de los zagales,
1 del Troyano Príncipe la historia
Aras, columnas, termas y obeliscos,
Por el vasto desierto de los mares:
Bronces fundidos, pórfidos y esmaltes
¡No son más que despojos, que dispersa
Desde el mismo peñón contemplo triste,
El tiempo en sus revueltas tempestades!
Bajo un crespón de Cándidos celajes,
A la vencida Reina de las gentes Así arrojó la mano del destino
En su sepulcro de musgosos mármoles. Todo el encanto de mi dicha al aire
Cuando al través de escollos y arrecifes
Por dondequiera que mis pasos lleve
Lanzó sin rumbo, por la mar, mi nave.
No hay sitio en que mi planta no resbale
Sobre escombros en olas esparcidos Peregrino sin gloria ni fortuna,
Por el inmenso mar de las edades. De región en región camino errante,
Ya del violento Sena por la playa,
Desde Tíber al alto Capitolio
O del Ródano azul bajo los sauces.
. No hay una sola piedra que no me hable,
Entre cardos y humildes parietarias, Y del druídico dolmen en la piedra
De una extinguida raza de gigantes. O del templo, sin dios, bajo las naves,
Escribo siempre, en cariñosos versos,
Cuando hiere la reja del arado Los dulces nombres de mis patrios lares.
La espalda de esta tierra, brota sangre
De ese pueblo de mármol que en su seno Hojas de otoño son que de mi vida
En formas escultóricas renace. Cayendo van, al declinar la tarde,
Para llevar mis últimas canciones
César, los Gracos, Cicerón y Horacio A la sagrada tumba de mis padres!
Sacuden sus mortajas seculares,
Y volviendo del mundo de los muertos
Ocupan sus augustos pedestales. II

FRAGMENTOS.
Derribados, y á flor de las colinas,
Se ven triclinios, templos y penates ¡Allá Pompeya está! Bajo la planta
Donde el eco repite sollozando Del monstruo aterrador, yace vencida,
El grito de las águilas salvajes. Mientras soberbio el empinado monte
Su cimera de llamas y huracanes
Sobre el mosaico regio que decora Sobre el Golfo Parténope levanta,
Los pavimentos de granito y jaspe, Y puebla con las fraguas de su pecho
Se escucha con pavor en el silencio De tinieblas y muerte el horizonte.
La sierpe de colores arrastrarse.
Y alumbró su desastre un sol de gloria
Allá fué la ciudad Allá está ahora Desde la inmensa soledad del cielo.
Desafiando impasible las edades,
Náufraga mártir de la estirpe griega, Todo á la luz asoma redimido;
De cuya frente disipó la aurora Mas envuelto en penumbras y misterio,
La sombra de las ígneas tempestades. La muerte y el Vesubio se dividen
El dilatado imperio
En la verde colina en que blanquea De u n campo de ciudades, que reposa
De adelfas y cipreses circundada, En la solemne paz de un cementerio.
El aura matinal su sien orea
Y refresca su frente desmayada. El fúnebre silencio de la historia
Al solitario caminante arredra,
La mar profunda con cristal la riega,
Al ver entre ruinas y peñascos
La playa recorriendo atronadora;
Sólo la sombra de la humana gloria
Triste la tarde con la brisas canta
¡Héroes, poetas de luciente mármol
Y triste el Sarno con sus linfas llora.
Y todo un pueblo convertido en piedra!

Mas ¡ay! que en vano su abatida frente


¡Montones de ceniza Todo escombros
Ciñen el mirto y la silvestre hiedra.
¡Aras, columnas, bronces, monumentos !
Ella duerme su sueño indiferente
¡Es la muerta ciudad, llevada en hombros
En ese lecho sepulcral de piedra
Por los siglos que el tiempo arremolina,
Como la flor marchita por los vientos!
Siglos y siglos la olvidó la historia;
Y sobre el pardo y húmedo sudario
Que borró de la tierra su memoria,
Quién sabe cuántos nombres el silencio
Ha cubierto de polvo y de ceniza
A la postrera luz ele un tenebrario!

Los dioses se despiertan ya, vencidos


Por el hijo de Dios en el Calvario,
Y bajan de los muros carcomidos
A esconderse en el campo solitario.

Cayeron de sus cipos las estatuas,


Rodando en mil pedazos por el suelo.
II

EL ARCHIDUQUE.
I P A N D R O ACAICO.
Aquí lo conocí. Con palpitante
(I. S . D . IGNACIO MONTES DE OCA Y OBREGON.)
Seno, en este magnífico recinto,
Del vástago imperial de Carlos Quinto
P o r la primera vez llegué delante.
SONETOS
Brillaban en su traje de Almirante
Tomados del poema " Recuerdos y Meditaciones en Miramar."
Sobre el pecho el Toisón, la espada al cinto.
¡Que majestad! De mármol de Corinto
I
Parecía su pálido semblante.
MIRAMAR EN 1876.
Entre sus guardias de elevada talla,
Sepulcro de doradas ilusiones, Y áulicos gigantescos, el Hapsburgo,
Terror de las modernas monarquías, Cual Ayax ó Saúl, sobresalía.
Ostentas hoy, cual en mejores días,
A Aquiles igualar en la batalla;
Tus muros y almenados torreones.
En el consejo á Minos y á Licurgo;

Corona azteca vanidoso pones A Néstor en el trono prometía.

En pórticos y vastas galerías,


Y de México al Águila confías
Tu regia alcoba y mágicos salones.
III
¿Mas dó el príncipe está, que ser y fama EL ORATORIO.
Te diera, y n o m b r e de fatal dulzura?
¿Dó la que fué t u luz, augusta dama? ¡Señor! T u s juicios reverente adoro,
Y en la desierta, lúgubre capilla
Encubre aquél sangrienta sepultura, Del solitario Alcázar, la rodilla
Y á la infeliz princesa, en lenta llama Doblando humilde, por mis reyes óro.
Quemando va terrífica locura.
¡Cuán otra en aquel día! Del sonoro
Órgano, de la Europa maravilla,
Aun oigo el eco, y á mis ojos brilla
La cera ardiendo en los blandones de oro.

¡Con qué fervor el Ambrosiano canto


Entonábamos tocios! ¡Con qué fuego ¡A cuántos elevó desde la escoria
Dimos gracias á Dios por favor tanto! El torbellino de civil contienda,
Que del gobierno al empuñar la rienda
Resto de aquella corte, solo llego, Sin provecho cayeron y sin gloria!
Y á fúnebre salmodia mezclo el llanto
Campo, Comercio, Foro, Artes, Milicia,
Con que su trono ensangrentado riego.
Sangre plebeya, noble, azteca, hispana,
En el poder mostraron su impericia.

IV ¿Y habrá de ser traidor, quien á lejana


E L 19 D E J U N I O D E 1867. Región, pide E Q U I D A D E N L A J U S T I C I A
Para la triste patria mexicana?
¡Desventurada raza mexicana!
Mandar no sabe, obedecer no quiere:
Al que aclamaba rey, voluble hiere;
Al que hoy ensalza, abatirá mañana.
VI
¡Victoriosa facción republicana,
No goces, no! M A X I M I L I A N O muere o F U E L O C U R A " ?

Mas en tu seno sobra quien impere De conocida fruta la figura


Con despótica vara y ley tirana. Observo aquí doquier. Más escudriña
Después del que hora sacudir te plugo Mi vista, y hallo más la índica Piña
Con infanda traición, otro más grave En cuadros, en relieve, en escultura. .
Romperá tu cerviz, sangriento yugo;
Mas no concedió al Príncipe Natura
Y nunca satisfecha, harás que clave Verla fructificar en la campiña
Siempre nuevos puñales el verdugo, Do el olivar y la fecunda viña
Y roja tumba á tus señores cave. Hace crecer constante Agricultura.

La planta, fruta ó flor que bajo el cielo


Del trópico nació, pompa y fragancia
V Hallar no puede entre el austríaco hielo.
¿ F U E T R A I C I O N ?
¿Y no se llamará candor de infancia
De una felicidad siempre ilusoria El trasplantar al mexicano suelo
Buscaba en vano México la senda; Un Príncipe alemán y usos de Francia?
Yerro tras yerro, culpas sin enmienda,
Guerra y guerra no más: tal fué su historia.
¿Do las turbas están al trono fieles?
VII ¿Do las aclamaciones y el ruido,
Los arcos de triunfo y los laureles?
"JCOTS T I F I D A R E . "

¡Ay! ¿Por qué abandoné mi patrio nido?


¡Oh Príncipe! ¿Do vas? ¿Qué espesa bruma ¡Ambición de reinar! ¿A dó me impeles?
Engañadora tiende ante tus ojos ¡Usurpador Francés! ¿Dó me has traído?
Adverso Numen? Cegen tus arrojos,
"i torna antes que el rayo te consuma.

¡Oh, vuelve á Miramar! De Moctezuma


El solio, que te ofrecen los antojos IX
Del pérfido Francés, trono es de abrojos,
A P O L O G I A .
Cáliz que guarda hiél bajo la espuma.
Borró con el martirio el gran Cipriano
Odia á tu noble Casa Bonaparte.
Sus cartas al Pastor de los Pastores;
Aunque cetro te dona, desconfía:
Del santo Hermenegildo los ardores
Témelo, aun hoy que protección te imparte.
Y rebelión, en sangre ahogó el arriano;
¡Ay del troyano que en los griegos fía!
De María de Escocia, el inhumano
Escondida hallará con púnico arte
Patíbulo, lavó yerros y amores;
Bajo el manto real, la soga impía.
Y con sangriento velo sus errores
Cubrió el E M P E R A D O R M A X I M I L I A N O .

Y si á la Estuardo lloro, ¿quién lo extraña?


V I I I
¿Quién, si mi incienso en los altares arde
Al mártir de Cartago ó al de España?
CARLOTA E N V E R A C R U Z .
¡Dejad que de ensalzar haga hoy alarde
No es esta playa de abrasada arena Al regio Mártir! Ya nada lo empaña.
La que en mis sueños vi, tierra encantada; ¿Quién su memoria insultará cobarde?
Ni encuentro en esta atmósfera pesada
La brisa que esperé, de aromas llena.

Cual doble funeral, lánguida suena


Solitaria campana. El gozo nada
Manifiesta en la calle despoblada
¡No reveléis, oh lágrimas, mi pena!
Más que el palacio señorial brillante
De pórtico esculpido en mármol rudo,
Y más que la riqueza deslumbrante
FRANCISCO LOPEZ C A R V A J A L . De columnas, blasón, clave y escudo,
Amo las ruinas de la sabia Grecia,
De Lacio en las campiñas, la casuca
Que de los tiempos el rigor desprecia,
I
La cornisa en que el ave se acurruca,
-ERE P E R E N N I U S . El roto capitel de hojas de acanto
Y la rota cariátide en que crece
Dame la sombra del laurel acerbo
La parietaria con el mirto santo,
Que gime á la ventisca
Que así al favonio mece
Y la hojarasca que desecha el serbo
La verde cabellera,
Por donde el Pó sus márgenes enrisca.
Como se me parece
Dame el amor 4e aquella luz ardiente
De un yelmo de granito la cimera.
Del cielo azul adonde Atenas mira,
Y esa brisa de olores que suspira
La patria del recuerdo, aquella tierra
Un suspiro de amor sobre la frente.
Que en cerco de colinas
Venga á mi plectro el aire
La Roma de los Césares encierra,
De la antigua canción, y más amenos Me habla con la belleza" de las ruinas.
Me s;erán y más ricos de donaire La espléndida comarca
Los tonos de los cánticos helenos. Que de hermosura guarda y poesía
Dame, oh bardo, las flores amarillas Lo que la mente á comprender no abarca
De color de lo viejo Aquella en que solía,
No quiero manto azul ni campanillas, Con lira griega de melifluas notas,
Colgados por mirarse en un espejo, Vibrar de Homero el épico lenguaje,
Del raudal de mi edad en las orillas. Que hoy apaga el clamor de las gaviotas
Mis sueños son de ayer: quiero el idilio Y asorda el mar con su rumor salvaje,
Y no la estrofa femenil moderna; Me arrebata á los mundos del ensueño,
Quiero ensayar un canto en que se cierna Y ese país de los misterios dueño,
La inspiración excelsa de Virgilio. El Egipto teócrata, sapiente,
Más que los opulenlos alijares Que sembró el arenal yermo y tranquilo
Que miran á la vega, De montañas del arte, cuya frente
Hartos de azulejados alminares Aun se refleja en el remoto Nilo;
En que arábiga pompa se despliega; Que en Heliópolis, templos hizo un día
Al sol que veneraba el ibis santo, Caen sus hojuelas como nieve en copos,
Ese Egipto ¡A qué ideales de armonía Penden sus flores que la brisa orea,
Arrastra el alma con su eterno encanto! Si quier vueltas al sol como heliotropos,
¡Qué vagos que se antojan al poeta Lejanas del amor de sus penates
Y qué bellos también los carrizales. ¡Tal hacen columpiar el arpa hebrea
De verde plumazón que el aire inquieta! Los sauces pensativos del Eufrates!
¡Qué altivos cabe el monte los cedrales!
¡Qué lleno de memorias ese suelo
Del ancha Galilea,
Y quién nos diera contemplar su cielo II
Cuando, al perderse, Sirio' centellea
F A R F R O M .
Tras el agria corona del Carmelo!
¡Valles de Sión! os sueño y me figuro Cual suele rezagada golondrina
Que vienen á mi plectro en torbellino Que la crudeza del invierno duro
Las brisas del Cedrón torvo y obscuro. Ni conmueve ni arredra,
De! Olivar divino Tornar á su morada peregrina
Siento venir aromas tempraneros Colgada en las parásitas del muro
Y cual turbión de viejos ruiseñores Y oculta entre la hiedra;
Que arrancó de olorosos balsameras Así tornan al alma entumecida
El vendaval de los pasados días, De la ausencia entre el hielo,
Vienen á mi laúd, pensando en veros, Las memorias más gratas de la vida,
Los gemidos del arpa de Isaías. Pájaros que emigraron á otro suelo
¡Oh numen! Si tu aliento soberano, Donde el amor se anida
Nuevo Edipo. ludibrio de la Esfinge, Y que hoy, sin miedo al frío,
Hallase de la forma el mudo arcano! Acuden á su hogar, al pecho mío.
¡Si hablara el labio lo que el numen finge, No sobre agrestes peñas
Mi acento fuera catarata liirviente, Alzará el alhelí sus verdes hojas,
Luz sideral, fragancia de jardines, Ni crecerán entre espinosas breñas
Carmen donde las alas del ambiente Gardenias blancas y camelias rojas;
Se impregnase de lirios y jazmines! Pero á la sombra dulce que les presta
El tibio invernadero
Así no es! Atónito me pierdo En la abrasada siesta,
En los sueños de ayer; mi fantasía Bien pueden entreabrir su flor enhiesta
Yerra callada, estéril y sin guía Las madreselvas del amor primero.
Por la extensión inmensa del recuerdo. Y no importa que el fuego de unos ojos
En que mi vista recreóse u n día,
Y cuando con más fuerza me lo pide
No les dé su calor, ni su alegría
Menos debo quererte y más te quiero.
Les dé la aurora de tus labios rojos;
No por eso te olvido: tras los velos De aroma deleitoso urna murina,
Que flotan en los cielos Astro que con cegar encanta: eso eres,
De la ausencia, mi anhelo te presiente, Y allá va mi albedrío donde quieres,
Que espejo de recuerdos es la mente Cual, donde quiere Dios, la golondrina.
Y en él te miro siempre, m i paloma,
¡Prenda del alma! En batallar horrible,
Como el lirio ve al sol, cuando se asoma
Apuro mi dolor con gozo extraño,
Al cristal tembloroso de la fuente.
Una sombra me sigue: el desengaño;
Otra sombra persigo: el imposible!

Pero no importa! Loco devaneo


III Me finge amado y mi ventura es cierta....
Penetra en mi alma, la hallarás abierta
F A T A L I T Y .
Y en ella te verás cual yo te veo!
Ase el muérdago acerbo la corteza
Del tronco añoso de vivir cansado
Y le absorbe la savia. Así h a n dejado
A mi alma tu recuerdo y t u belleza.

Nos vimos en el mar. U n cierzo mismo


Unió las dos, al impulsar t u nave;
Otro nos separó; después ¡quién sabe
Qué vendaval nos junte en el abismo!

Nos espoleaba ardiente u n vago anhelo:


Penetrar en el mundo de lo ignoto;
Ansia de más allá, la del piloto;
Afán de alondra de subir al cielo.
Un sueño de mis sueños: eso fuiste.
Buscando estrellas me encontré tus ojos:
Más dijeron entonces tus sonrojos,
Que tu voz cuando "te a m o , " me dijiste.
Me aparta de tu amor destino artero,
La razón me reclama que t e olvide;
Cruza el musgo gimiendo dulcemente
La límpida corriente
En cuyas ondas se retrata el cielo,
Pareciendo decir en su cadencia:
JOSE LOPEZ PORTILLO Y ROJAS
—Es bella la existencia;
Correr, gozar, morir, tal es mi anhelo.

A L M A N A T U R A .
Envueltos en sus lánguidos capuces
Caminando del monte por la falda, Los copudos saúces
Miro huir á mi espalda Se asoman á las aguas con tristeza,
De la ciudad el triste caserío, Cual sabios que pensando en los engaños
En tanto que á mis ojos anhelantes De los rápidos años,
Aparecen radiantes Inclinaran gimiendo la cabeza.
El campo inmenso y el azul vacío.
Entre las frondas de la selva obscura,
Tíñese de rubor el alba pura En la fresca espesura
En la diáfana altura, Se oye el trinar de cadenciosas aves,
Y semeja el confín mar de escarlata; Que van cantando en argentinas notas
Asoma el sol la rubicunda frente Sus ternuras ignotas,
En el lejano Oriente Sus blandos goces y sus penas graves.
Y por la esfera su esplendor dilata.

Sobre el primor de las campestres galas ¡Salud, esplendoroso panorama!


Bate el viento las alas De la vida la llama
Y alegres himnos por doquier concierta; Siento que en mí vuestro fulgor atiza,
De ruidos misteriosos se alza el coro, Y entre contento, inspiración y pasmo,
Brama gozoso el toro El perdido entusiasmo
Y el eco aletargado se despierta. Vuelve á arder de mi pecho en la ceniza!

El labrador alegre y satisfecho Mi rápido corcel, de aire sediento,


Va en el amplio barbecho La nariz abre al viento
Surcos trazando con el corvo arado, Y el arqueado cuello alza gozoso;
Y la yunta obediente y silenciosa Baña de espuma la apretada cincha,
Camina perezosa Y con fuerza relincha
Desde un extremo al otro del cercado. Tascando el freno, de correr ansioso.
Al escuchar su acento entusiasmado,
Se detiene el ganado
Que la rica dehesa casi esconde,
Y sacudiendo la crinada frente, V I C E N T E D A N I E L LLORENTE.
Con relincho potente
Al saludo ele júbilo responde.
T R A B A J E M O S .
Oprimiendo en la mano sacudida
La restirada brida ¡Bien haya con nosotros tu talento!
Que al noble ardor del alazán ofende, El mal no cesa de tender su lazo
Siento que yo también cruzar quisiera Inicuo contra el bien. Burlar su intento
En rápida carrera Debe el cerebro pensador; no el brazo.
El campo inmenso que ante mí se extiende;
Las almas llenas de virtud estoica,
Saquemos la Verdad de su destierro
Y volar, c,ual de vértigo llevado,
Vuelva triunfante tras la lucha heroica,
Al confín esfumado
Lucha ele la razón, y no del hierro.
Que se mira en los tenues horizontes,
Y embriagado de luz y de fragancia, En vano pugna, con empuje exiguo,
Devorar la distancia Quien contra el Dios del porvenir se atreve
Burlando abismos y salvando montes. ¡Para la sombra del oprobio antiguo,

Basta lá luz del siglo diez y nueve!
Soy átomo no más de tu grandeza,
Alma naturaleza: Si con fantasmas la ignorancia explota
En mí la magia de tu fuerza siento; Quien la desgracia de los pueblos labra,
Brillo en tu luz, y con tus himnos canto; Ya la bandera de la Ciencia flota,
Ardo en tu fuego santo Y es señora del mundo la palabra.
Y me arrebata tu divino aliento. Retrogradar es sueño ¡Un embeleso
De los que guerra á la Verdad juraron!
Llevo en mí la aflicción del desterrado!
¿Quién detiene ese sol, sol de progreso,
Del horizonte amado
Si ya los tiempos de Josué pasaron?
El ansia inextinguible me consume ;
Guía mis pasos el fulgor de un sueño, ¡Y hay quien no tienda al porvenir su anhelo!
Y aunque ignoto y pequeño, ¡Y hay quien declare el adelanto impío,
Soy luz, inmensidad, nota y perfume. Y ame lo que se arrastra, y odie el vuelo!
Existe ese baldón, hermano mío.
La hidra del error, con ardimiento Si el hondo sufrimiento te acobarda,
Se endereza en la lid nos reta ufana Ausentes la esperanza y el consuelo,
¡Es inútil! Dios quiere su hundimiento, La fe del mártir en tu pecho guarda:
Porque es en bien de la conciencia humana. Quien no lleva la cruz, no gana el cielo.

Doquiera, hermano, la mentira aliente,


Es del apóstol disputarle el paso
¡Para el genio del bien, eterno Oriente! III
¡Para el genio del mal, eterno Ocaso!
I N V E R N A L .

¿Dónde están las bandadas de ruiseñores


Que en tu copa dejaron alegres trinos?
II. ¿Dónde está aquel ramaje lleno de flores
Cuya sombra fué madre de peregrinos?
DOLORA.

¿En dónde, árbol desnudo, la regia veste


Pálida como el cirio
Que bordaron las flores más olorosas?
Que tu mano de nácar oprimiera,
¿En dónde están tus galas, tu pompa agreste?
Y blanca y mustia cual tronchado lirio
¿Qué se hicieron tus rondas de mariposas?
Que el aquilón azota en la pradera;
Abismada, sumisa, reverente, ¡Pasó! Todo en la vida sufre mudanza.
El pensamiento fijo Pero tú, .sí te doblas mustio, sombrío,
En Dios, bajo el hermoso crucifijo, Huérfano de tus hojas verde-esperanza,
Doblaste —lo observé— la altiva frente. Y sufriendo el azote del cierzo impío;
, »

Acerquéme al lugar donde te hallabas, Sabes que pasajero será tu daño;


Y observé, al acercarme, que gemías Que ha de volver tu pompa tan lisonjera,
Y que al Cristo clamabas Como las golondrinas año tras año
En medio de la angustia que sentías ¡Solo es triste el invierno del desengaño
Y entonces dije mientras tú rezabas: Porque después no vuelve la primavera!
—Pobre mujer! Te abaten los rigores
Ineludibles del dolor humano.
La pena es redención. Fuerza es que llores.
¿Qué virgen no ha sufrido sus dolores?
¿Qué bella flor no tuvo su gusano?
Dolorosa, levántate del suelo.
Por imposible perfección se afana
El hombre iluso; y de bregar cansado,
Al borde del abismo se amilana:
L A U R A MENDEZ D E CUENCA.
Deja su fe en las ruinas del pasado,
Y por la duda el corazón herido,
Busca la puerta del sepulcro ansiado.
N I E B L A S .

Mas antes de caer en el olvido,


En el alma la queja comprimida,
Va apurando la hiél de un dolor nuevo
Y henchidos corazón y pensamiento
Sin probar un placer desconocido.
Del congojoso tedio de la vida,
Como brota del árbol el renuevo
Así te espero, humano sufrimiento:
En las tibias mañanas tropicales
¡Ay! ni cedes, ni menguas ni te paras!
Al dulce beso del amante Febo,
¡Alerta siempre y sin cesar hambriento!
Así las esperanzas á raudales
Pues ni en flaqueza femenil reparas,
Germinan en el alma soñadora
No vaciles, que altiva y arrogante
Al llegar de la vida á lós umbrales.
Despreciaré los golpes que preparas.
Viene la juventud como la aurora,
Yo firme y tú tenaz, sigue adelante;
Con su cortejo de galanas flores
No temas, no, que el suplicante lloro
Que el viento mece y que la luz colora.
Surcos de fuego deje en mi semblante.

Ni gracia pido, ni piedad imploro: Y cual turba de pájaros cantores,


Ahogo á solas dél dolor los gritos, Los sueños en confusa algarabía,
Despliegan su plumaje de colores.
Como á solas mis lágrimas devoro.

Sé que de la pasión los apetitos En concurso la suelta fantasía


Al espíritu austero y sosegado Con el inquieto afán de lo ignorado
Conturban con anhelos infinitos; Forja el amor que el ánimo extasía.
*
Que nada es la razón si á nuestro lado Ya se asoma, ya llega, ya ha pasado;
Surge con insistencia incontrastable Ya consumió las castas inocencias,
La tentadorá imagen del pecado. Ya evaporó el perfume delicado.

Nada es la voluntad inquebrantable, Ya ni se inquieta el alma por ausencias,


Pues se aprisiona la grandeza humana Ni en los labios enjutos y ateridos
Entre carne corrupta y deleznable. Palpitan amorosas confidencias.
Ya no se agita el pecho por latidos
Del corazón; y al organismo activa
La congoja febril de los sentidos.

¡Oh ilusión! mariposa fugitiva


LUIS G. ORTIZ.
Que surges á la luz de una mirada,
Más cariñosa cuanto más furtiva.

Pronto tiendes tu vuelo á la ignorada


I
Región en que el espíritu confuso SONETOS.

El vértigo presiente de la nada.


I
Siempre el misterio á la razón se opuso:
M I F U E N T E .
El audaz pensamiento el freno tasca
Al pie de la inocente y escondida
Y exánime sucumbe el hombre iluso.
Mística choza en que rodó mi cuna,
Por fin, del mundo en la áspera borrasca Sus ondas derramando una por una
Sólo quedan del árbol de la vida Rueda mi fuente entre el verdor perdida.
Agrio tronco y- escuálida hojarasca: Cuántas noches mirando repetida
Voluble amor, desecha la guarida En su cristal á la naciente luna,
En que arrulló promesas de ternura, ¡Quién tuviera, exclamaba, la fortuna
Y busca en otro corazón cabida. De ir en el mar por la región tendida!
Quísolo Dios: sobre flotante leño
¿Qué deja al hombre al fin? Tedio, amargura,
Y entre las ondas de la mar hirviente
Recuerdos de una sombra pasajera,
Vi realizarse mi afanoso empeño:
Quién sabe si de pena ó de ventura.
Viendo á Dios en el mar bajé la frente;
Tal vez necesidad de una quimera,
Pero agora en el mar, tan sólo sueño
Tal vez necesidad de una esperanza,
Mi humilde y dulce y sonorosa fuente.
Del dulce alivio de una fe cualquiera.

Mientras tanto en incierta lontananza


El indeciso término del viaje II
¡Ay! la razón á comprender no alcanza.
• L A S G O L O N D R I N A S .

¿Y esto es vivir? — En el revuelto oleaje Salud, salud, alígeras viajeras,


Del mundo, yo no sé ni en lo que creo. Amantes tiernas del Abril florido,
Ven, ¡oh dolor! Mi espíritu salvaje Que cruzáis sobre el lago adormecido
Te espera, como al buitre, Promoteo. • De la estación de amores mensajeras.
Ya no se agita el pecho por latidos
Del corazón; y al organismo activa
La congoja febril de los sentidos.

¡Oh ilusión! mariposa fugitiva


LUIS G. ORTIZ.
Que surges á la luz de una mirada,
Más cariñosa cuanto más furtiva.

Pronto tiendes tu vuelo á la ignorada


I
Región en que el espíritu confuso SONETOS.

El vértigo presiente de la nada.


I
Siempre el misterio á la razón se opuso:
M I F U E N T E .
El audaz pensamiento el freno tasca
Al pie de la inocente y escondida
Y exánime sucumbe el hombre iluso.
Mística choza en que rodó mi cuna,
Por fin, del mundo en la áspera borrasca Sus ondas derramando una por una
Sólo quedan del árbol de la vida Rueda mi fuente entre el verdor perdida.
Agrio tronco y- escuálida hojarasca: Cuántas noches mirando repetida
Voluble amor, desecha la guarida En su cristal á la naciente luna,
En que arrulló promesas de ternura, ¡Quién tuviera, exclamaba, la fortuna
Y busca en otro corazón cabida. De ir en el mar por la región tendida!
Quísolo Dios: sobre flotante leño
¿Qué deja al hombre al fin? Tedio, amargura,
Y entre las ondas de la mar hirviente
Recuerdos de una sombra pasajera,
Vi realizarse mi afanoso empeño:
Quién sabe si de pena ó de ventura.
Viendo á Dios en el mar bajé la frente;
Tal vez necesidad de una quimera,
Pero agora en el mar, tan sólo sueño
Tal vez necesidad de una esperanza,
Mi humilde y dulce y sonorosa fuente.
Del dulce alivio de una fe cualquiera.

Mientras tanto en incierta lontananza


El indeciso término del viaje II
¡Ay! la razón á comprender no alcanza.
• L A S G O L O N D R I N A S .

¿Y esto es vivir? — En el revuelto oleaje Salud, salud, alígeras viajeras,


Del mundo, yo no sé ni en lo que creo. Amantes tiernas del Abril florido,
Ven, ¡oh dolor! Mi espíritu salvaje Que cruzáis sobre el lago adormecido
Te espera, como al buitre, Promoteo. • De la estación de amores mensajeras.
No abandonéis ¡oh amigas! las riberas.
Que cuando niño recorrí embebido;
Suspended en mi techo vuestro nido
Y amorosas cantad, aves parleras. II

Cantad, cantad entre las lindas flores LA B O D A PASTORIL.

Que circundan sencillas mi ventana,


•A JUSTO SIERRA.
Y me haréis olvidar tristes dolores.
(¿use tibi, quse tali r e d d a m pro c a r m i n a dona?
Arrulladme en mi lecho en la mañana, VIEG. Bcc. ÉGL. V .
Mientras sueño con Laura y sus amores,
¡Dulces amores de mi edad temprana! I
L A A L D E A .

Azul el cielo está, y es la montaña


III Toda flores, verdor, trinos y aroma,
Y finge el aura arrullos de paloma
L A U L T I M A G O L O N D R I N A .
Y se mira en las fuentes la espadaña.
Ya con la última flor de primavera Apolo, en tanto, fulgurante baña
También la última y dulce golondrina, El valle hermoso-en cuya verde loma
Huyendo de la escarcha y la neblina, Como cisne entre mirtos, blanco asoma
Se alejó de mi choza y mi ribera. El sacro templo, abajo la campaña.
Hoy en el blando nido en que se oyera Lá Inocencia que vive entre pastores,
El cantar de la ausente peregrina, Feliz habita la apacible aldea,
Sólo u n lamento, cuando el sol declina, Donde entre acacias, rosas y verdores
El viento finge en nota lastimera. Besa en la noche Cándida Febea,
Dos chozas en que viven con las flores
Al pueblo y soto, al nido y la cabaña
Mirtilo en una, en otra Galatea.
Y al transparente y sonoroso río,
Todo una sombra taciturna baña.

Y en esa soledad de invierno frío, II


Sólo t u amor mi espíritu acompaña;
L A C I T A .

¡No vayas tú á (Tejarme, oh dueño mío!
Como el lirio que nace con la aurora
De nieve el manto y salpicado de oro,
Sale al oír el matutino coro,
Suelto el cabello la gentil pastora.
Mirtilo el boquirrubio, en esa hora
La espera al pie del verde sicomoro;
Zagal enamorado que un tesoro IV
De amor guarda á la virgen que le adora.
EL TALAMO.
Ella dichosa sus ovejas guía,
Y él sus inquietas cabras al enhiesto Llega la esposa al tálamo que en flores
Peñón cercano de la fresca umbría; Placer y Amor en competencia ornaron,
• Mustios los dulces ojos que cerraron
Y uniéndose á la vez en el recuesto Los besos de la madre en sus amores.
Se ven, se hablan, se besan, y decía
Virginidad llorando, los primores
Ella: "¿Cuándo, mi bien?" Y él: "Presto, presto."
Que á la blanca doncella engalanaron,
Ve bajar de sus hombros que temblaron
Desnudos cual sus senos seductores.
III
Huye la diosa; al lecho misterioso
HIMENEO. Venus conduce á la beldad divina
Que mal esconde el susto fatigoso.
Saltó el Héspero ya: su cabellera
De azules llamas, perfumada agita Mirtilo hablando quedo á ella se inclina
La antorcha que en el templo dulce imita Y se oye un ¡ay! mas el Pudor cuidoso
La luz de Venus que en el cielo impera. Del lecho cierra la nupcial cortina.

Sobre el altar la ofrenda, sólo espera


A los amantes en la sacra cita; 7
-

A ella cual blanca y pjira margarita,


A él como nardo en su estación primera.
La multitud en entusiasta grito
"Ellos," prorrumpe, y el pastor Alfeo
Dirige el coro en el sencillo mito;

Amor realiza el férvido deseo,


Y entre el perfume del sagrado rito
Canta el coro tres veces: "¡Himeneo!"
Y el espacio atraviesan-veloces
Tripulando sus góndolas negras.
Sólo Venus en lo alto del cielo
M A N U E L JOSE OTHON. Como un foco inmortal centellea.

III
I
En la tierra las cosas presienten
SURGITE! "Un instante solemne, y esperan.
Surte el agua, las fuentes palpitan,
Se estremece la obscura arboleda,
I
Y en la fronda se siente el latido
Blanco el cielo.. Montañas obscuras De unas almas que cantan y vuelan.
Se destacan en fondo gris perla. Son visibles espíritus: brotan
Sobre el pico más alto ha prendido
Del ramaje; las hojas despliegan
Su penacho de luz una estrella.
El sutil pabellón de esmeralda.
Un alfange de plata la luna
Todo es vida y rumor, todo tiembla.
Recortando las nubes semeja,
Y un concierto de arpegios y trinos
Y un lucero muy pálido y triste Por los aires inmensos resuena.
Desde el claro perfil de la sierra,
Soñoliento su blanca mirada
IV
Arrojando tenaz, parpadea,
A la vez que otros astros se ocultan A lo lejos se escucha el estruendo
En el seno de la húmeda niebla. Del trabajo y la lucha que llegan.
El reposo es momento que pasa;
II Sólo fuerte y durable es la brega.
¡Hombre, sús! Abandona tu lecho,
Los nocturnos ruidos se apagan Que la vida te llama y espera.
Y se apagan también las estrellas. Ya en tu seno las visceras laten;
Por el Este, sus franjas de oro, Ya en tu sienes la sangre golpea
De la aurora gentil mensajeras, ¡La montaña calcárea á tus huesos;
Tiende el sol, que en su lecho de nubes Sus entrañas de hierro á tus venas;
Como un rey oriental se espereza. Y á tu espíritu ardiente los rayos
Y las sombras buscando refugio Con que inunda tu Dios las esferas!
De Occidente en los mares navegan,
Y cuando quiero verla, tiendo los ojos
II A los del horizonte celajes rojos.
En ellos miro el rayo de tu sonriáa;
D. Q U I J O T E Y DULCINEA.
Tu voz oigo en el soplo de cada brisa.
Por tí vencí gigantes, domé vestiglos;
ÉL.
Por mí vivirás siempre siglos y siglos.
Yo soy el caballero de los leones, Llorar hice las peñas de las montañas
Desfacedor de entuertos y sinrazones. Y están llenos los libros de mis hazañas.
De la fe y la justicia llevo la palma; Si te desencantaras, princesa mía,
Culto eterno les rindo dentro del alma. Acaso ¡oh Dios! entonces no te amaría;
Una ruda batalla fué mi existencia, Que en la existencia
Y en el cristal sereno de mi conciencia A lo desconocido va la conciencia.
Brilló el destello
ELLA.
De todo lo que es grande, de lo que es bello.
Así que me idolatres por siempre quiero:
Jamás impura sombra cruzó mi mente. También yo te idolatro, mi caballero.
Dios me inundó en su lumbre resplandeciente.
Y si por mí te quejas de mal ferido,
El mundo, al ver mis hechos y mi figura,
No temas que tus hechos ponga en olvido.
Dice que soy la imagen de'la locura.
Acabará tu vida serena y pura,
¿Locura la esperanza, la fe, la gloria? Mas para mí no hay muerte ni sepultura.
El bien y la justicia ¿serán escoria? Verásme desde lejos, mi fiel amigo:
Batallar con la sombra que me rodea, La humanidad veráme también, contigo
Amarte como te amo, mi Dulcinea Soy la esperanza,
¡Oh! dime tú, que brillas en el Toboso Que siempre se* persigue, nunca se alcanza.
Como el sol en los cielos esplendoroso,
¿Es locura todo esto, la fe, la calma, £
El amor, la belleza, la luz, el alma?
III
Si es así, mi alma quiere seguirla terca
¡Bendita la locura que á Dios.me acerca! HIMNO DE LOS BOSQUES.

I
Ni aun tu sombra conozco; jamás te he visto;
En este sosegado apartamiento,
Y sin embargo vives, porque yo existo.
Lejos de cortesanas ambiciones,
Llevo tu casta imagen en mí grabada
Libre curso dejando al pensamiento,
Invisible y obscura como la nada.
Quiero escuchar suspiros y canciones.
*

¡El himno de los bosques! Lo acompaña Y los rayos de luz hinchen el viento,
Con su apacible susurrar el viento, Hacen temblar el éter, y parece.
El coro de las aves con su acento, Que en explosión de notas y colores
Con su rumor eterno la montaña. Va á inundar á la tierra el firmamento.
El torrente caudal se precipita
Al hondo cauce, con furor azota III
Las piedras de su lecho, y la infinita
Estrofa ardiente de su seno brota. Allá, tras las montañas orientales,
¡Del gigante salterio en cada nota Surge de pronto el sol, como una roja
El salmo inmenso del amor palpita ! Llamarada de incendios colosales,
Y sobre los abruptos peñascales
Ríos de lava incandescente arroja.
II
Entonces de los flancos de la sierra
Bañada en luz, del robledal obscuro,
Huyendo por la selva presurosos
Del espantoso, acantilado muro
Se pierden de la noche los rumores.
Los mochuelos á su antro van medrosos Que el paso estrecho á la hondonada cierra;
A esconderse, y exhalan los alcores De los profundos valles, de los lagos
Sus primeros alientos deleitosos. Azules y lejanos que se mecen
Abandona mis párpados el sueño. Blandamente del aura á los halagos,
La llanura despierta alborozada; Y de los matorrales que estremecen
Con su semblante pálido y risueño Los vientos de las flores, de los nidos,
La vino á despertar la madrugada. De todo lo que tiembla ó lo que canta,
Del Oriente los blancos resplandores Una voz poderosa se levanta
A aparecer comienzan. La cañada De arpegios y sollozos y gemidos.
Suspira vagamente; el sauce, llora
Cabe la fresca orilla del riachuelo, Bala el ganado que á los pastos llevan
Y la alondra gentil levanta al cielo Silbando- los pastores. Mansamente
Un preludio del himno de la aurora. Pacen los bueyes y mugiendo abrevan
La bandada de pájaros canora En las límpidas ondas de la fuente.
Sus trinos une al murmurar del río. Bajo el espeso bosque de raíces
Gime el follaje temblador; colora Que el tronco de las ceibas ha formado,
La luz los campos, las montañas dora, Grita el papán y se oye ert el sembrado
Y á lo lejos blanquea el caserío. El triste cuchichiar de las perdices.
Y va creciendo el resplandor, y crece Mezcla aquí sus ruidos y sus sones
El concierto á la vez. Ya los rumores Todo lo que voz tiene; la corteza
Que hincha la savia ya, crepitaciones, El chupamirto vuela entre las flores;
Su rumor misterioso la maleza Sobre las ondas de cristal fundido
Y el clarín de la selva sus canciones. Cae el escarabajo de colores;
Y á lo lejos,, muy lejos, cuando el viento Mientras que la libélula temblando
Que los maizales apacible orea Va sobre los cristales bullidores,
Sopla del Septentrión, se oye el acento Sus alas sutilísimas vibrando.
Y algazara que, locas de contento, El limpio manantial gorgoritea
Arrojan las campanas de la aldea Bajo el peñasco gris que le sombrea;
Es que también se alegra y alboroza Corre sobre las guijas murmurando,
E l viejo campanario. La mañana Lame las piedras, los juncales baña
Con húmedas caricias lo remoza; Y en el lago se hunde. La espadaña
Sostiene con amor la cruz cristiana Se estremece á la orilla susurrando,
Sobre su humilde cúpula; su velo Y la garza morena se pasea
Para cubrirlo tienden las neblinas Al són del agua cariñoso y blando.
Como cendales que le presta el cielo,
Y en torno de la cruz las golondrinas
Cantan, girando en caprichoso vuelo.
Ya sus calientes hálitos la siesta
Eclia sobre los campos. Agostada
IV Se duerme la amapola en la floresta
Y, muerta, la campánula morada
Oigo pasar, b a j o las frescas chacas Desprende el tallo de la roca enhiesta.
Que del sol templan los ardientes rayos, Pero bajo la selva estremecida
En bandadas los verdes guacamayos, No deja aún de palpitar la vida:
Dispersas y en desorden las urracas. Toda ritmica voz la manifiesta.
Va creciendo el calor. Comienza el viento No ha callado una nota ni un ruido:
Las alas á plegar. Entre la fronda; En el espacio rojo y encendido
Lanzando triste y gemidor acento, Se oye á los cuervos crascitar, veloces
La solitaria tórtola aletea, La atmósfera cruzando, y la montaña
Suspenden los saúces su lamento; Devuelve el eco de sus roncas voces.
Calla la voz de la cañada honda, Las palomas zurean en el nido:
I
Entre las hojas de la verde caña
Y un vago y p o s f r e r hálito menea
Se escucha el agudísimo zumbido
Las áureas p u n t a s de la espiga blonda.
Del insecto apresado por la araña.
Entonces otros múltiples rumores
Las secas ramas quiébranse al ligero
Como un e n j a m b r e zumban á mi oído:

{
Salto de las ardillas; su chasquido
A unirse va con el golpeo bronco Brota la fuente en la escondida gruta *
Del pintado y nervioso carpintero Con plácido rumor, y acompasada,
Que está eif el árbol taladrando el tronco; Por la trémula brisa acariciada,
Y las ondas armónicas desgarra La selva agita su melena hirsuta.
Con desacorde són el chirriante Esta es la calma de los bosques; mueve
Monótono cantar de la cigarra. Blandamente la tarde silenciosa
Corre por la hojarasca crepitante La azul y blanca y ondulante y leve
La lagartija gris; zumba la mosca Gasa que encubre su mirar de diosa.
Luciendo al aire el tornasol brillante,
Y agitando su crótalo sonante Mas ya Aquilón sus furias apareja
Bajo el breñal la víbora se enrosca. Y su pulmón la tempestad inflama.
Ronco alarido y angustiosa queja
El intenso calor h a resecado Por sus gargantas de granito deja
La savia de los árboles; cayendo La montaña escapar; maldice, clama;
Algunas hojas van, y al abrasado El bosque muge y el torrente brama;
Aliento de la tierra evaporado, Y de las altas cimas despeñado,
Se revienta la crústula crujiendo. Por el espasmo trágico rompido,
— E n tanto yo, cabe la margen pura, ' Rueda el vertiginoso acantilado
Del bosque por los sones arrullado, Donde han hecho las águilas el nido
Cedo al sueño embriagante que me enerva Y su salvaje amor depositado.
Y hallo reposo y plácida frescura Y al mirarle por tierra destruido
Sobre la alfombra de tupida hierba. Expresión de su cólera sombría,
• * Aterrador y lúgubre graznido
Unen á la tremenda sinfonía.
VI

Trepando audaz por la empinada cuesta Bajo hasta la llanura. Hinchado el río
Y rompiendo los ásperos ramajes, Arrastra en pos peñascos y troncones
Llego hasta el dorso de la abrupta cresta, Que con las ondas encrespadas luchan.
Donde forman un himno á toda orquesta' • En las entrañas del abismo frío
Los gritos de los pájaros salvajes. Que parecen hervir, palpitaciones
Con los temblores del pinar sombrío De una monstruosa viscera se escuchan.
Mezcla su canto el viento, la hondonada Retorcidas raíces, al empuje
Su salmodia, su alegre carcajada Feroz, rompen su cárcel de terrones.
Las cataratas del lejano río. Se desgaja el espléndido follaje
Del viejo tronco, que al rajarse cruje.
Antología.—23
El huracán golpea los peñones;
La oda de oro que al mediar el. día
Su última racha entre las grietas zumba,
De púrpura esplendente se colora;
Y es su postrer rugido de coraje
De la tarde la pálida elegía
El trueno que, alejándose, retumba
Y la balada azul, la precursora
Sobre el desierto y lóbrego paisaje.
De la noche tristísima y sombría
Cual bandada de pájaros errando
VII Fueron á guarecerse en la campana
De la rústica iglesia, que lejana
Augusta ya la noche se avecina
Se ve, sobre las lomas descollando.
Envuelta en sombras. El fragor lejano
Y en el instante místico en que al cielo
Del viento, aun estremece la colina
El Angelus se eleva condensando
Y las espigas del trigal inclina
Todas las armonías de la tierra,
Que han dispersado por la tierra el grano.
El himno de los bosques alza el vuelo
Siento bajo mis pies trepidaciones
Sobre lago, colina, valle y sierra;
Del peñascal; entre su quiebra obscura,
Y al par de la expresión que en su agonía
Revuelto el manantial, ya no murmura,
Lajtarde eleva á la divina altura,
Salta garrulador á borbotones.
Del universo el corazón m u r m u r a
Son las últimas notas del concierto
Esta inmensa oración: ¡ S A L V E , M A R Í A !
De un día tropical. En el abierto
Espacio del Poniente, un rayo de oro
Vacila y tiembla. El valle está desierto
Y se envuelve en cendales amarillos
Que van palideciendo.—Ya el sonoro
Acento de la noche se levanta.
Ya empiezan melancólicos los grillos
A preludiar en el solemne coro
¡Ya es otra voz inmensa la que canta!

Es el supremo instante. Los ruidos


Y las quejas, los cantos y rumores
Escapados del fondo de los nidos,
De las fuentes, los árboles, las flores;
El sonrosado idilio de la aurora
De estrofas cremesinas que el sol dora;
La égloga de la verde pastoría;
Las estrellas en solio de amaranto
Al horizonte yérguense vecinas
Salpicando de gotas cristalinas
J O A Q U I N ARCADIO P A G A Z A . Las negras hojas del dormido acanto.

De un árbol á otro en verberar se afana


Nocturna el ave con pesado vuelo
I
Las auras leves y la sombra vana;
AB JO YE PRINCIPIUM
Y presa el alma de pavor y duelo,
DAMETAS. Al místico rumor de la campana
Se encoge, y treme, y se remonta al cielo.
¡Oh Musas Heliconias, dadme aliento!
Comencemos por Jove soberano,
Que martilló con vigorosa mano
Hasta combar el alto firmamento. III
El á la Tierra púsole cimiento EL RIO DE ALDONZA.
Sin escuadra ni plomo; en el verano
Es voz y fama que de Julio ardiente
Él borda la pradera, y del manzano
En calurosa y húmeda mañana,
Cuaja las flores y encadena el viento.
La tierna Aldonza virgen aldeana,
Él fecunda los hatos, y él enseña Lloró el desvío de un amor ausente;
Al mirlo su selvática armonía,
Su piedad reflejando en la cigüeña. Que sucumbió la joven inocente
De amargo duelo víctima temprafia;
Y aun cuando mora en sempiterno día,
Y que al morir trocóse en la fontana
Él me ama, pastor; y no desdeña
Que hoy fluye cautelosa y transparente.
Mí canto y melodiosa poesía.
Recuerdan los viajeros con ternura,
Al vadear la fuente peregrina,
Tan extraña y acerba desventura.
II
LA ORACION DE LA TARDE. Y el agrícola crédulo imagina
Ver de Aldonza la pálida figura
Tiende la tarde-el silencioso manto
Envuelta de la tarde en la neblina.
De albos vapores y húmidas neblinas,
Y los valles y lagos y colinas
Mudos deponen su divino encanto.
Con perlas y diamantes le decora
Y ciñe la alba sien el astro bello
IV Nuncio feliz de la rosada aurora:
EL RIO. Dorado y tibio su primer destello
¡ Salve, deidad agreste, claro río, Le envía el sol; y fresca y trepadora
De mi pueblo natal lustre y decoro, La agreste vid se le encarama al cuello.
Que resbalas magnífico y sonoro
Entre brumas y gélido rocío!
*VI
Es el blanco nenúfar tu atavío,
-A. L , S O L .
Tus cuernos de coral, tu barba de oro,
Los jilguerillos tu preciado coro, Despierta, oh rey, y al férculo esplendente
Tu espléndida mansión el bosque umbrío. De oro y carmín, diamantes y brocado,
Sube y contempla sobre el mar rizado
Hiedra y labruscas se encaraman blondas
Tu egregio efod é inmaculada frente.
Y enlazan por cubrirte en los calores
Con campanillas y rizadas frondas. Alas y voz al adormido ambiente
Da generoso; púrpura al nublado;
Te dan fragancia las palustres flores,
Zafir al éter; ópalos al prado;
Y al chapuzarse, tus cerúleas ondas
Al ave galas; iris á la fuente.
Ensortijan los cisnes nadadores.
• Radiante incuba sobre el ancha tierra
Que de tu amor llevada y poesía
Por el espacio embebecida yerra.

V Y tras los montes al perderse el día,


En lecho de coral los ojos cierra;
"CRUZ BLANCA-"
Y duerme, duerme entre la bruma fría.
En medio á dos madroños que de grana
Tiñó mi cielo dulce y bendecido,
En pedestal mohoso y carcomido, VII
Tosca una cruz se eleva soberana. E L PINO.

Al rayar el albor de la mañana Fresno gigante, procer avellano,


La saludan del Ábrego el silbido, Abeto erguido, plátano eminente,
De la púdica tórtola el gemido Callad, parleros, y humillad la frente,
Y el plácido rumor de la fontana. Callad delante del atleta anciano.
De la protervia de Aquilón tirano,
De los horrores de la escarcha urente,
De las tormentas y del rayo ardiente
Ya os defendía envejecido y cano.

Sobre vosotros tiende la mirada PORFIRIO P A R R A .


Arrogante y magnífico, severo
Su ademán, la mejilla sonrosada.
A L A S M A T E M A T I C A S .
Él os miró nacer, y fué el primero
¡Lo grande y lo pequeño, todo mides!
Que al anunciarse aquí la fe sagrada
¡Lo incógnito descifras
Cobijó con su sombra al misionero.
Con el arte sublime de tus cifras,
Ciencia de los Pitágoras y Euclides!
El sitio en que resides,
Templo de la razón en luz bañado,
Del saber erigido en la alta cumbre,
Jamás profanará la duda inquieta;
De la verdad el sello te fué dado,
Arde en tu frente creadora lumbre,
Hay en tu voz alientos de profeta.

¿Cuál de las ciencias al tender el vuelo


A alturas tales á encumbrarse aspira?
¡Rozas con 'tu ala gigantesca el cielo,
Muy debajo de tí la tierra gira,
Tu mirada sagaz penetra el velo
Con que envolvió Naturaleza al mundo;
Todo cede á tu esfuerzo de coloso,
Gime bajo tu yugo el mar profundo,
Persigues al planeta vagabundo;
Mide los orbes tu compás grandioso !

Ni el pliegue de tu frente pensadora


Ni de tu faz el ceño
Me alejaron de tí: quise ser dueño
De tus hondos misterios, y negando
De la protervia de Aquilón tirano,
De los horrores de la escarcha urente,
De las tormentas y del rayo ardiente
Ya os defendía envejecido y cano.

Sobre vosotros tiende la mirada PORFIRIO P A R R A .


Arrogante y magnífico, severo
Su ademán, la mejilla sonrosada.
A L A S M A T E M A T I C A S .
Él os miró nacer, y fué el primero
¡Lo grande y lo pequeño, todo mides!
Que al anunciarse aquí la fe sagrada
¡Lo incógnito descifras
Cobijó con su sombra al misionero.
Con el arte sublime de tus cifras,
Ciencia de los Pitágoras y Euclides!
El sitio en que resides,
Templo de la razón en luz bañado,
Del saber erigido en la alta cumbre,
Jamás profanará la duda inquieta;
De la verdad el sello te fué dado,
Arde en tu frente creadora lumbre,
Hay en tu voz alientos de profeta.

¿Cuál de las ciencias al tender el vuelo


A alturas tales á encumbrarse aspira?
¡Rozas con 'tu ala gigantesca el cielo,
Muy debajo de tí la tierra gira,
Tu mirada sagaz penetra el velo
Con que envolvió Naturaleza al mundo;
Todo cede á tu esfuerzo de coloso,
Gime bajo tu yugo el mar profundo,
Persigues al planeta vagabundo;
Mide los orbes tu compás grandioso !

Ni el pliegue de tu frente pensadora


Ni de tu faz el ceño
Me alejaron de tí: quise ser dueño
De tus hondos misterios, y negando
El tributo debido al dulce sueño,
En sus raptos espléndidos abarca,
Se esforzaba mi mano temblorosa
Y más aún, si dado contar fuera,
Por escribir tu lengua prodigiosa;
Como efi amplísima arca
Quise asentar mi planta vacilante
En los mágicos números cupiera!
Efi tu recinto augusto, y mis oídos,
Sorpresa, asombro, admiración y espanto
Centinelas de mi alma vigilante,
Infunden tus guarismos portentosos:
Acechaban ¡oh ciencia de las ciencias!
¿Cómo pueden sus rasgos caprichosos
Con incansable afán tus confidencias.
Tánto significar, contener tánto?
En la nada fecunda de tus ceros
Quise abismarme, conocer los ritmos De la región del número saliendo, .
Con que normas tus cálculos severos, Los campos de Geber huella afanoso
Llegar hasta sus límites postreros El sacerdote del austero culto:
En alas de tus raudos logaritmos. Las monótonas pampas extendiendo
Por leguas y más leguas sin reposo
¿Qué voz potente celebrar pudiera,
La ruda tela de su manto inculto;
Oh ciencia de los números adusta,
Del Sahara las móviles arenas
El copioso raudal de tus conceptos?
A las gracias de Flora siempre ajenas,
¡De cuán varia manera
O el recinto polar que el hielo viste,
De los guarismos la legión augusta
Figuraran apenas,
Al tenor de tus útiles preceptos
Suele agruparse en una y otra hilera! Álgebra obscura, descarnada, triste,
Como en veloz carrera La aridez, la frialdad que te reviste.

Al ciervo acosa la tenaz jauría,
Su pompa no despliega en tus dominios
Unas de otras en pos, así se lanzan
La palabra sonora y palpitante,
A descubrir el número buscado Ni la frase galana su hermosura;
Tus cifras, aritmética sublime, Helados voces, secos raciocinios,
Le persiguen, le atisban y le alcanzan Anhelos del saber febricitante,
Aunque esté de tinieblas circundado. Álgebra, moran en tu sede obscura.
Tú matas la escritura,
¡Insondables abismos
Tú la reduces á sus signos yertos,
Llenaran tus innúmeros guarismos!
¡Qué increíble portento; Y como el viento al polvo de las ruinas,
A sitios ignorados y desiertos
Cuanto dora la luz del grato día,
Cuanta estrella tachona el firmamento, En t u inquieto afanar los encaminas.

Cuanto flotare en la extensión vacía,
Mas ¡ah! ¡qué articuló la lengua torpe!
Cuanto la fantasía
Finja engaños falaces la apariencia,
Huya el liviano de tu rostro austero, A la ciencia que urdiendo silenciosa
Tú iluminas la sabia inteligencia: Su fórmula sagaz, maravillosa,
Podrá faltar la flor de suave esencüt, A la materia indómita ha rendido.
No el fruto sazonado, en tu sendero. ¡Descorred de las vanas apariencias
El denso, el tenebroso, el torpe velo
Se alza de la arbolada soberano Que la mansión del Álgebra sublime
El álamo gentil; ramos frondosos Mancha, y esconde cual la nube al cielo!
Su tronco erguido sin ceder sustenta; ¡Mirad, mirad: lo que antes parecía
Compiten con las ricas esmeraldas Tétricas ruinas, páramo infecundo,
De%u follaje inquieto las guirnaldas; Confusión, soledad, tiniebla'fría,
La vista mira atenta Trocóse en prado, en continente, en mundo
Bellezas tales y la voz las cuenta; Que al abrigo clel símbolo crecía!
Entre sus verdes y lozanas hojas ¡Oh ciencia de los cálculos grandiosa!
Suspira el aura, y tímida avecilla Cuánta idea, qué luz, cuánta hermosura
Exhala en dulces trinos sus congojas; Desconoce el profano
Discurre al pie la clara fuentecilla; Burlado por tu austera vestidura !
Blanda lluvia refresca Tenebrosa cuestión, enigma obscuro
La copa altiva, airosa, pintoresca, Como el que traza misteriosa esfinge
• O hiriéndola del sol los rayos de oro, El hombre te propone; presto brilla
El fanal vivo que tu ingenio finge,
Cual manto bienhechor cubre su sombra
Y hace surgir la solución sencilla.
Del verde prado la florida alfombra.
En la alba frente del papiro terso
Y el ánimo se olvida,
Trazas tú misteriosos caracteres
Al contemplar tan rara gentileza,
Que á modo de conjuro
De la raíz tortuosa y escondida
Abren el antro obscuro
Que con su áspera, obscura y vil corteza
Que esconde los misterios de los seres.
Tanta pompa sostiene, tanta vida.
Como el sol refulgente
El velo rasga de la torva noche
Así también, cuando triunfante el hombre
Que la risueña faz clel mundo oculta,
Salva con puente audaz la sima negra,
Ilumina tu luz esplendorosa
O taladra la roca resistente, La sima pavorosa
O la soberbia cúpula fabrica, Que á la verdad incógnita sepulta.
O cruza en alas del vapor ardiente
El suelo inmóvil y la mar hirviente,
La fama vocinglera lo publica; Signos extraños, misteriosos cálculos,
Y acaso afrenta con ingrato olvido La multitud ignara

í
Por vanos garrapatos os tomara.
Tímido ya me postro,
¿Y por qué el calculista Ciencia, ante tu poder y tu grandeza;
Sus caracteres roba al alfabeto? Ya palidece de terror mi rostro,
¿No harán surgir ante su atenta vista • Vértigo insano turba mi cabeza;
El que persigue, número secreto, Mas potente atracción á tí me impele,
Los guarismos indianos,
Y sin t e n e | piedad deani flaqueza,
De la razón espléndida conquista Arrastra en pos de tí mí planta imbele.
Que no alcanzaron griegos ni romanos? ¿Adonde, Matemática sublime,
¿Por qué tu mano audaz, profanadora, Conducirme podrás ? Ya complaciente
Turbar osa el sosiego^ Del número el secreto me mostraste,
De que disfruta el alfabeto ilustre Y á encontrar en la obscura y seca fórmula
Que cual rara vasija de áureo lustre La luz y el blando jugo me enseñaste.
Contuvo el néctar del ingenio griego? Aun se extienden más lejos tus dominios:
Le rompe tu afán ciego, ¿Cuáles serán los invencibles diques
Y sus fragmentos de alabanza dignos Que no puedan salvar tus raciocinios ?
Que del genio selló la augusta llama, "Sigúeme y no repliques:
Su alfa, su corva ro, su esbelta gama, ¿Con tan poco tu anhelo se conforma?
Calculador, confundes con tus signos; En tu obsequio abriré la herrada puerta
Es en vano clamar, que no penetra Que comunica al mundo de la forma
En tu oído mi voz, tú no desmayas, Con la región del cálculo desierta."
Asocias en extraño maridaje
El número y la letra, Así dijo la diosa; callo y sigo,
Y trazas nuevas, peregrinas rayas, De más raros portentos
Cual si cedieras á ímpetu salvaje. Dispuesto á ser testigo.
¡Torpes protestas de ignorancia ruda, "Mira," dice al final de la jornada,
En la roca del cálculo estrellaos; Es la forma increada
Dejadle continuar su labor muda, Por mis arduos desvelos extraída
En cuya cima creadora idea De entre los seres todos." No vi nada;
Poblados mundos sacará del caos! Los torpes ojos con afán restriego,
¡No profanéis el misterioso escrito; Creíme idiota ó ciego,
De verdad nueva ó sin igual portento Y por la decepción estimulada,
Pueden sus toscas líneas ser cimiento! Discurrió así mi voz emocionada:
¡Sabed que entre los muros de granito
Que del Álgebra cercan el santuario, ¿Razono, madre augusta, ó desvarío?
Se convierte en real lo imaginario, Asir la etérea forma me ofreciste,
Brota del vano cero lo infinito !
Y en vano busco el caprichoso río, Dejándome en los áridos umbrales
El boscaje sombrío, De su templo imponente, portentoso.
El ave rauda que á los cielos sube, Clamé, volví á clamar; la augusta ciencia
Los movibles contornos de la nube, Que las líneas preside
De los oteros la florida espalda, Y sus contornos regulares mide,
De las llanuras el unido suelo, ^ Mostróme al fin su reino misterioso.
Las construcciones mágicas que el hielo A influjo de su numen
Suele erigir en las polares zonas, El pasmoso resumen
Cordilleras que humillen á los Andes, Admiré de sus dones,
Selvas cual las que riega el Amazonas. La áurea red de brillantes concepciones
Doquier la forma existe, Que con el punto enlazan el volumen.
Cual tela prodigiosa todo viste: Cual las almas gemelas,
Uniforme se tiende en la llanura,
Marchan con paso igual al infinito
. De mil modos se pliega en la espesura,
Las líneas paralelas.
Y con arte supremo se adereza La mente se conturba
Cuando halaga en el cáliz de la rosa Contemplando el conjunto
O enamora en la faz de la belleza. De tanta línea curva,
A mi afanar la forma prometiste, Prole variada del inquieto punto.
Y en el vacío lóbrego me hundiste.
Quiero palpar el mágico Proteo Entre ellas tus contornos regulares
Que en la forma se envuelve, aunque al palparle Galana ostentas, circular figura,
Me aflija con su vértigo el mareo. Curva perfecta; en la ancha faz del cielo
Mire yo el nido de la forma bella Cortejando á la inmóvil Cinosura
Que enciende en nuestras almas el deseo, Te copian los etéreos luminares;
Sorprenda el antro en el que incuba y crece La juguetona luz cien y cien veces
El monstruo que de horror nos estremece: Tus correctos perfiles ha trazado:
Con la forma deliro Irradias en el halo vagaroso,
Y sus misterios penetrar aspiro: Al crepúsculo pálido limitas,
Envuélvanme sus pliegues no contadps, Iris misma ha tomado
Siga mi planta su tortuoso giro, Tus gentiles esbozos por dechado.
Toque yo sus contornos ignorados, Curva graciosa, bella,
Dame la forma, sabia Geometría....,.! Admirar accesible
"¡La forma que pretendes no es la mía!" Y á la medida rígida inflexible:
Tu figura hechicera,
Dijo la diosa austera, y de mí huyendo,
A la par que seduce nuestra vista
Castigó tan pueril impertinencia
Nuestra razón humilla y desespera. Se adelanta la curva siempre abierta,
El hombre ha pretendido reducirte Como nuestra alma á la esperanza alada.
Del número á habitar la estrecha cárcel; Viene tras el contorno circunscrito
Mas siempre en vano fué, que tus contornos Aquel que semejante al pensamiento
Del cálculo las redes eludieron; Camina audaz en pos del infinito,
Como al salir del cauce angosto el río v ¿Cómo cupieras en mi canto estrecho,
Desparrama sus móviles cristales, Parábola grandiosa?
Así de la urna del guarismo h u y ^ o n Con sus hilos la diáfana cascada
Tus libérrimos puntos; ni pudieron Finge en los aires tu figura hermosa,
Sujetarlos las cifras decimales Y suelen los cometas peregrinos
Por más que á centenares se reunieron. Dibujarte completa, portentosa
En la faz de los cielos cristalinos.
Inhábil, no h a logrado calcularte,
Mas amoroso de tus formas puras, ¿Cómo cantar la hipérbola gigante?
Complácese el mortal en trasladarte ¿Qué muros de diamante
A las raras hechuras Pudieran encerrar su rama doble
De la industria sagaz, del diestro arte. Que sin fin se despliega en el vacío,
¡Cuántas veces, de dientes erizada, Y por cuádruple rumbo va adelante
Has sido, noble curva, transformada Cansando al débil pensamiento mío?
En órgano de máquina grandiosa! ¡Cuántos soles de espléndido topacio,
Cuántos ignotos, singulares mundos
¡Cercas de los vehículos las ruedas,
Encontrará, del misterioso espacio
El niveo dedo ciñes de la hermosa,
Al sondear los ámbitos profundos!
Y te envileces ¡ay! en las monedas!
Y á curva tal sin descansar persigue
¿Y qué podrá decir mi pobre ingenio Recta amorosa que jamás la alcanza
De tí, curva del genio, ¡Del hombre imagen que á la dicha sigue!
Elipse bella? ¡Lámina atrevida
Con golpe sesgo dividiendo el cono, Loor no habrá que á tu grandeza cuadre,
A tu esbozo agraciado dió la vida! . Matemática augusta, lumbre viva
El enorme planeta De la razón, de los portentos madre;
Que raudo hiende la extensión vacía De tus mil líneas en la red, cautiva
Su marcha imperturbable á tí sujeta. #
La extensión colosal yace á tus plantas;
Indómito el error ve con encono
Que las verdades santas
Volvamos á otra parte la mirada:
Florecen al abrigo de tu trono.
En pos de la cerrada
Si en ignota región tus ojos fijos
¡Salve, triforme ciencia,
La planta audaz á conquistarla mueves,
De literales, números y líneas!
Apréstanse á los cálculos prolijos
La verdad se reclina en tu regazo,
Dóciles cifras, signos compendiosos,
Hallan en tí: saber la inteligencia,
Fórmulas sabias, luminosas, breves, La mano agilidad, empuje el brazo.
Y hermosa estrella prende la victoria v Prosigue imperturbable tu camino,
En el celeste manto de tu gloria. Huella la faz del suelo.
Explora de la tierra el seno obscuro,
Así al tendido llano Remonta el audaz vuelo,
Con rígido compás midió tu mano; Y hendiendo por doquier el éter puro,
Las negras nubes traspasó la altura, Sus más hondos arcanos roba al cielo;
Tu numen soberano En la red de tus cálculos sujeta
De la eminencia contempló la sombra, La cauda vaporosa del cometa;
Y el gigante engreído Del espacio en los ámbitos profundos,
Desde la frente al pie quedó medido. Girando en torno de ignorados soles,
Sorprende extraños mundos.
Medita, inquiere, afana,
Acumuló el espacio
A millares sus ámbitos vacíos Y en la vasta extensión del universo
Entre el suelo y el disco d e topacio Con el tibio calor, la luz hermana.
Del inflamado sol; tú meditaste, Puéblese á tus esfuerzos el vacío,
Y la enorme distancia calculaste. Di como ondula por el cielo terso
A inmensa lejanía Del sutil éter el brillante río;
Brilla del éter en las vastas salas Calcula sus inquietas vibraciones,
Con temblorosa luz la clara estrella; Demuestra que los globos más lejanos
Rinde distancia tal la fantasía, Obedecen á iguales impulsiones,
Y de la luz sutil las raudas alas Que son los cielos y la tierra hermanos.
Prolongan afanosas su ágil vuelo Transcribe audaz las notas placenteras
Emprendido en el astro misterioso Del espléndido coro
Que entonan armoniosas las esferas.
Y por fin terminado en nuestro suelo.
Mas tu afán portentoso
De tal distancia salvará el abismo,
¡Ha de ser por tu n u m e n calculada,
Y siendo inmensa, quedará guardada
En la caja pequeña de u n guarismo !
Del pavonado casco "¡Por Castilla!"
Y un viva resonó, tal como suele
El retumbar siniestro
Del trueno pavoroso,
JOSE P E O N CONTRERAS.
Que en la revuelta esfera se dilata.

Lo mismo que bramando se desata


I El aquilón sañudo,
El altivo escuadrón partió ligero,
AL CONQUISTADOR DE ANAHÜAC.
Embrazados la lanza y el escudo,
Sin que después h a y a visto
Al redoblar del atambor guerrero.
el absorto m u n d o u n h o m b r e ,
que de H e r n á n Cortés al l a d o
la H i s t o r i a i m p a r c i a l coloque. No sin tornar al golfo la mirada,
EL DuauE DE RIVAS.
Allí donde orgullosa se mecía
Paso! A través de la tiniebla umbría En las primeras horas de aquel día,
De los remotos tiempos, A la risueña luz de la alborada,
Tienda su vuelo audaz la fantasía Del ave alegre á la primera nota,
Sobre las verdes cumbres, Del ágil marinero á los cantares,
Del opulento Anáhuac atalaya; Juguete de los vientos tutelares,
Y en las alas atónitas del viento, Hija del mar, la castellana flota
Deténgase un momento
Del golfo azteca en la arenosa playa.

Unas naves allí Sobre los puentes Corred,, valientes, á la lucha fiera;
La roja llama del incendio humea, Detrás, la madre patria; á vuestra vista,
De las olas hirvientes El pomposo laurel de la conquista;
En el cristal obscuro centellea, Los campos ignorados
Por todos lados pavorosa brilla; Donde tejió riendo placentera,
Vuela en pavesas ígneas el velamen, La cuna de sus glorias Primavera
Del aire maravilla, Con las eternas flores de sus prados.

Y al crujir el robusto maderamen
Se hunde en las aguas la cortante quilla. Y era Cortés, el que llevado sólo
De su marcial instinto,
—"¡Sús! ¡A las armas!"'— grita en la ribera Cuando brillaba ya de polo á polo
Mancebo audaz, á l g i d o la cimera El sol de Carlos Quinto,
Iba al fuerte clamor de la victoria, Y el batallar comienza pavoroso,
Con su espada no más y su fiereza, Corre la sangre en río caudaloso,
Sin corona y sin cetro, Arde en las plazas la siniestra hoguera,
A igualar en los fastos de la historia Se ve, á su luz, desierta la trinchera
La majestad de César con su gloria, Y henchido de cadáveres el foso.
La grandeza de un Rey con su grandeza.
¡Todo es gemidos y ayes el espacio;
¡Y era Cortés! marchando valeroso, Juntos crujen la choza y el palacio,
Lo imposible á sus pies avasallaba, Y se alza el sol de Oriente,
Luchaba con los suyos y triunfaba Y se hunde en Occidente,
Contra el poder inmenso del coloso. Y pasa un día, y otro y otro clía
Se oculta, y todavía
Si pudo á Moctezuma Sangré refleja en su nublada frente!
Con su ingenio vencer, aun le esperaba, ¡ Y sangre se refleja
Tranquilo el corazón, fuertes las manos, En la pálida faz de la alta luna,
El héroe de los héroes mexicanos Si es que el humo á su luz el paso deja
Para quebrar su rayo en la laguna!

Niños, mujeres, débiles ancianos


Préstame, inspiración, tu sacro numen, Atraviesan las calles solitarias,
Enciende mi alma en ardorosa llama, Alzan hambrientos temblorosas manos,
Y la vibrante trompa de la fama En el cielo se pierden sus plegarias,
En las ondas del rápido elemento Y mueren entre escombros
Deje suelta la voz el aire atruene, Al fulgor de cien teas funerarias!
Y en épico cantar mi pensamiento Mas Cuauhtemoc no cede: áirado empuña
Con enérgica rima el mundo llene. La sangrienta macana, que se embota
Firme se apresta la imperial señora Del castellano en la acerada cota.
Del poderoso ikiáhuac, á la lucha; ¡Inútil resistir! la muerte trueca
El caudal de sus armas atesora, Cadáver por cadáver, y tirana
Y el són guerrero del clarín escucha! La sangre generosa del azteca
Tiende sobre ella el pavoroso manto Mezcla en los surcos con la sangre hispana.
La lóbrega tiniebla; no se abate ¡Inútil resistir! Fuerte y altivo,
Su sien altiva á la inconstante suerte, Digno de su rival, á quien esquivo
Y resuelta á lidiar hasta la muerte ' El hado la faz vuelve, está el guerrero,
Lanza sus bravos hijos al combate! El castellano fiero
Que á Marte hurtó la poderosa lanza
Y el invencible acero,
Rayo fulgente que encendió la gloria,
II
Y entre el rudo fragor de la matanza
Arranca el verde lauro á la victoria! TROVAS COLOMBINAS.

(Fragmento.)
¡Oh, patria que ensalzó mi idolatría!
No tengas por.,agravio "¡Amor, mi amor! Celeste mensajera
Que al vencedor de Anáhuac cante el labio Del dulce bien y la esperanza mía,
Que tus victorias pregonar solía. De tu edad en la dulce primavera
Los héroes no tuvieron Te vi caer sobre la tierra fría;
Nunca patria ni hogar; nunca el profundo Amor, amor, en mi ilusión primera
Rencor herirlos puede, nunca el dolo; Inagotable fuente de alegría;
¡La patria de los héroes es el mundo! Purísimo raudal que apuré ansioso
¡La gloria de Cortés no es gloria sólo Más que agora infelice, venturoso.
De la noble Castilla! ¡El cielo quiera
Que al resonar mi canto, " ¿Adonde voy, errante peregrino,
Y su vuelo al tender sobre las olas Sin sombra, sin amparo, sin consuelo?
Que abrieron paso al pabellón ibero, Murieron ya las flores del camino,
Desde las verdes playas españolas Se apagaron las lámparas del cielo:
Su nombre extienda el universo entero! Sobre mí poderoso torbellino
Las nubes amontona en denso velo;
Y tú, gigante sombra, que apareces La soledad mi espíritu amedrenta,
Girando en torno mío, Y ruge en mis oídos la tormenta.
El galardón recibe que mereces.
Harto en momento impío " Si escuchara tu voz, Felipa mía,
Te hirió la ingratitud cuando apuraste Vibrante como música sonora,
El cáliz de la envidia hasta las heces; Renacieran la paz y la alegría
Pues fué tan grande el mundo Del que sin paz sus alegrías llora;
Que legaste á tu patria con tu empeño, Renacieran las flores que tejía.
Que te miró pequeño Al risueño alborar de blanca aurora,
Ante grandeza tanta ! Con que anudaba los perdidos lazos,
¡Hoy la posteridad tu nombre canta, Embriagado de amor entre tus brazos.
La vil calumnia desarruga el ceño,
Y pedestal eterno te levanta! "¿Y era un sueño no más tanta ventura?
¿Fantástica ilusión, belleza tanta?
Al través de esa losa helada y dura Hoy, triste, amortajando su alegría,
Que al golpe de mi pecho se quebranta, Cerró mi corazón á los amores.
La imagen de tu pálida hermosura Y pues lo quiso Dios, la tumba fría
Pienso que ante mis ojos se levanta, Guarde aquí tus encantos seductores
Y de nuevo, suavísima y tranquila, Que, á despeché del tiempo y del olvido,
Arde la luz del cielo en tu pupila. En mi alma vivirás como has vivido.

"Parece que otra vez los dos unidos " Yo te he de ver en el fulgor postrero
Con las caricias de tu amor profundo, Del día al espirar en mi ventana,
Soñamos de placer embebecidos, Y al fenecer la noche en el lucero
En hallar para el mundo un nuevo mundo. Que sé pierde á la luz de la mañana;
Delirantes, acaso, los sentidos, 'En el vapor errante y pasajero
El espíritu inquieto y vagabundo, Que el cielo azul recorta y engalana,
Dejábamos volar el pensamiento O al fulgor ¿leí relámpago en la nube
Libre y altivo en la región del viento. Que en alas del turbión al éter sube.

"Mas hoy ¿qué resta de placer tan vivo? " Y cuando logre, al cabo de mi anhelo
De tan fugaz placer ¿ya qué nos queda? Hallar la tierra que soñó mi mente,
Movió su rueda el porvenir esquivo Y grande al fin, bajo el dosel del cielo,
Y á los dos nos hundió bajo su rueda. Ante Dios nada más baje la frente;
Errante, desdichado, fugitivo, Al detener mi fatigoso vuelo,
Mientras la duda el corazón hospeda, En las arenas de la playa ardiente,
Iré sin guía, sin timón, sin norte, Veré tu imagen en la nueva orilla
De lugar en lugar, de corte en corte Y sentiré tu beso en mi mejilla.

"Mas dondequiera que me arrastre el hado " E n tanto, dulce bien, recibe el mío
Pienovarán nuestra sencilla historia De mi cariño santo en el exceso."—
Las dulces horas que pasé á tu lado, Y el noble Genovés, grave y sombrío,
Fugaces retornando á la memoria. De su dolor en las cadenas preso,
Presente siempre miraré el pasado; Cayó de hinojos sobre el césped frío,
Y ya á la luz ardiente de la gloria, Y en él dejando el doloroso beso
O de la sombra al tenebroso abrigo, Que repitió la noche en són lejano,
Tu amor, tu imagen, estarán conmigo. Partió, llevando al niño de la mano.

" T u amor, sólo tu amor: si el alma mía


Cuna le dió de• perfumadas flores '
Sé que tu frente el malestar inclina;
Sé que ansioso tu espíritu se lanza
En busca de un destello de esperanza,
JOSE P E O N DEL .VALLE. Como en busca de sol la golondrina.

Pobre mártir de amor, lucha y 110 llores;


Quiso en el mundo la contraria suerte
TRES SONETOS.
Convertir en abrojos nuestras flores;

I Pero algo hay más allá; aun he de verte,


Y no habrá quien me robe tus amores
Ayer, cuando la noche descorría Cuando nos una el lazo de la muerte!
Su pabellón de estrellas, á tu lado,
Del mundo y ele sus luchas olvidado,
Risueñas lontananzas me fingía*.

Hoy, cuando el rayo de su luz sombría


Vierte la luna triste, aquel pasado
Lejos los dos A nuestra angustia en vano
Recuerdo en mí aislamiento, y angustiado,
Buscamos afanosos un consuelo:
Rigores lloro de la suerte mía.
Está frío el ambiente, negro el cielo,
Huyó de nuestra dicha el dulce acuerdo: Desnudo el monte y sin verdor el llano.
Tú lamentas mi ausencia; yo abatido,
Perdida y sola, en el confín lejano
Entre las brumas del pesar me pierdo.
Del siniestro horizonte, en raudo vuelo
Y de cansancio y de dolor rendido, Se aleja la esperanza; sólo el duelo
En el árbol sin hojas del recuerdo, Nos tiende amigo su crispada mano.
Rueslro infeliz amor cuelga su nido.
¡Ilusiones de ayer, id donde os llama
El que cruza feliz y sin enojos
La senda del que espera, goza y ama:

Que ella y yo que vivimos entre abrojos,


II Sólo anhelamos que termine el drama
Yo sé que cuando el sol lento declina Y en el sepulcro unir nuestros despojos!
En la obscura y brumosa lontananza,
Por senda triste y olvidada avanza
Tu planta débil que al azar camina.
Que aparte de su vida las tristezas
Y horribles decepciones;
Que no pierdan la luz de su esperanza,
Ni sus castas y dulces ilusiones.
JOSEFINA PEREZ D E GARCIA TORRES.

Que sus labios no manche la mentira,


Ni el provocante insulto,
RIMAS A MIS HIJOS.
Y el honor, la lealtad y el patriotismo
El viento zumba entre los mustios troncos Formen de su-alma el venerado culto.
Y arrastra despiadado
Que nunca en vano el infortunio toque
Las amarillas hojas desprendidas
De su hogar los umbrales,
Del antes regio y rumoroso prado.
• Y de la caridad el ángel bello
Menuda lluvia, cual neblina opaca, Los inunde de dichas inmortales.
Azota los cristales
De mi abrigada alcoba en donde juegan Que la fe con su antorcha bendecida
Un grupo de criaturas celestiales. Ilumine su senda,
Y siempre, para el mal, la Santa Virgen
Son tres querubes Cándidos y bellos; Ponga en sus ojos invisible venda.
De grandes, negros ojos;
Esbeltos como el junco de los lagos Que el limpio nombre de su amante padre
Y de labios fresquísimos y rojos. Conserven siempre puro,
Y afronten del pesar la noche densa
Son mis hijos amados; son mi aurora
Con paso firme y ánimo seguro.
En mi noche de duelo;
La sonrisa de amor que me deleita Que cuando reposemos de la tumba
Y enaltece mi espíritu hasta el cielo. En el obscuro seno
Su padre y yo, y solos para siempre
Cuando contemplo sus hermosas frentes,
Del mundo prueben el letal veneno,
Radiantes de inocencia,
Y pienso en las pasiones borrascosas Recuerden que enseñarles de la vida
Y en las luchas sin fin de la existencia; El bien, fué nuestro anhelo,
Y que el sér que trabaja y es honrado
Mi corazón se oprime y estremece,
No sufre humillación en su desvelo.
Y doblo las rodillas
Pidiendo al Hacedor del Universo Que nada valen los aplausos vanos,
Con súplicas fervientes y sencillas, Ni del placer la esencia,
Y es preferible á todos los honores
LaJ quietud de una límpida conciencia.

Entonces nuestras almas conmovidas,


Dejando lo finito, IGNACIO PEREZ SALAZAR.
Se elevarán á Dios en himno ardiente,
Perdiéndose en lo azul de lo infinito.
ETERNA ALIANZA.

Sobre el mármol de rica chimenea


Dos estatuas se ven:
En ellas el Amor y la Constancia
Representó el cincel.
Ambas figuras en estrecho abrazo
Confundidas están,
Que esa forma dió el émulo de Fidias
Al grupo escultural.

Contemplando una vez ese alabastro


De conjunto feliz,
Y pensando en lo que él simbolizaba,
Exclamé para mí:
¡La Constancia! ¡el Amor! con tierno abrazo
Se ligan; hacen bien.
Infeliz del Amor si la Constancia
Llega á apartarse de él!
Y es preferible á todos los honores
LaJ quietud de una límpida conciencia.

Entonces nuestras almas conmovidas,


Dejando lo finito, IGNACIO PEREZ SALAZAR.
Se elevarán á Dios en himno ardiente,
Perdiéndose en lo azul de lo infinito.
ETERNA ALIANZA.

Sobre el mármol de rica chimenea


Dos estatuas se ven:
En ellas el Amor y la Constancia
Representó el cincel.
Ambas figuras en estrecho abrazo
Confundidas están,
Que esa forma dió el émulo de Fidias
Al grupo escultural.

Contemplando una vez ese alabastro


De conjunto feliz,
Y pensando en lo que él simbolizaba,
Exclamé para mí:
¡La Constancia! ¡el Amor! con tierno abrazo
Se ligan; hacen bien.
Infeliz del Amor si la Constancia
Llega á apartarse de él!
Se imagina quizá que nunca el lloro
I S A B E L PESADO. En nubes cubrirá su claro cielo;
Risueño porvenir, placeres, oro,
Busca tan sólo en el mezquino suelo. •
INFORTUNIO.
Mas ¿para qué anhelar de mis hermanos
Lágrimas de dolor vierten mis ojos
Alivio á mi penar y mi lamento,
Y al rodar por mi pálida mejilla,
Si de Dios los decretos soberanos
Riegan de estéril suelo los abrojos
Tendrán en mí seguró cumplimiento?
Y no las flores de amistad sencilla.

Caen como lluvia en incendiado huerto, Hora que se halla en soledad umbría
Cual de la aurora el llanto en roca dura, Mi alma infeliz envuelta en negro velo,
Como semilla en arenal desierto Sé que hay para sufrir, la tierra impía,
Que no fecunda el sol ni el aura pura. Y siento que hay para gozar, el cielo.

No se cuidan los míseros humanos Y entonces ¡oh mi Dios! tu voz amante


¡Ay! del dolor que al desgraciado oprime: Habla á mi corazón desfallecido,
Se entregan ciegos á deleites vanos Vuelvo á tí la mirada suplicante,
Y olvidan siempre al que sin tregua gime. Y angustiada te muestro el seno herido.

Jamás la alegre multitud que miro Y tú, Señor, con mano cariñosa
Cruzar liviana mi azarosa, senda, El bálsamo le aplicas del consuelo;
Une á mis tristes ayes un suspiro: Y el mar de mi existencia borrascosa
No hay uno solo que mi mal comprenda. Tornas en manso y límpido arroyuelo.

Cuando el amigo que creí sincero La nave en que bogaba, en noche obscura
De mí se aleja, y júzgame importuna, El huracán horrísono impelía;
Exclamo en mi pesar: ¡No hay verdadero Y ya en las bravas ondas, sepultura
Hidalgo sentimiento en alma alguna! Entre ardientes relámpagos le abría:

El cobarde mortal huye espantado Cuando apareces Tú, mi fiel Amante,


Del ser á quien aflige negra pena; Me tomas en tus brazos, y á tu seno
Teme, al verle, sentirse contagiado Estrechas mi cabeza delirante,
Y arrastrar de sus males la cadena. De compasión y de bondades lleno.

Y de mi vida el árido camino


Siembras de lindas y olorosas flores;
¡No te apartes de mí, Dueño Divino,
Que es tuyo sólo mí caudal de amores!

Porque ¿en dónde, mi bien, si tú te alejas,


He de posar mi atormentada frente?
¿A quién he de decir mis tristes quejas? J U A N D E DIOS PEZA.
¿Quién dará alivio al ánima doliente?

Me vería, cual árbol en invierno,


I
De sus hojas y frutos despojado;
Y en soledad horrible y luto eterno E>T M I B A R R I O .

Mi pobre corazón atribulado.


Sobre la rota ventana antigua
Si te vas, nunca olvides, Amor mío, Con tosco alféizar, con puerta exigua,
Que á tí tengo mi vida consagrada: Que hacia la obscura calleja da,
Mi cuerpo encierra en el sepulcro frío, Pasmando al vulgo como estantigua
Y lleva mi alma á tu feliz morada. Tallada en piedra, la santa está.

* Borró la lluvia los mil colores


Que hubo en su manto y en su dosel,
Y recordando tiempos mejores,
Guarda amarillas y secas flores
De las verbenas del tiempo aquel.

El polvo cubre sus auréolas,


Las telarañas visten su faz,
Nadie á sus plantas riega amapolas;
Y ve la santa las calles solas,
La casa triste, la gente en paz.

Por muchos años allí prendido,


Unico adorno del tosco altar,
Flota un guiñapo descolorido,
Piadosa ofrenda que no ha caído
De las desgracias al hondo mar.

A arrebatarlo nadie se atreve;


Símbolo antiguo de gran piedad,
Mira del tiempo la marcha breve
Y cuando el aire lo empuja y mueve,
Pero qué amarga profunda huella
Dice á los años: pasad, pasad.
Llevo en mi pecho! ¡Cuán triste estoy!
¡Pobre guiñapo que el aire enreda! La fe radiante como una estrella,
¡Qué amarga y muda lección me da! La casa alegre, la niña bella,
La vida pasa y el mundo rueda, El perro amigo ¿Dónde están hoy?
Y siempre hay algo que se nos queda
¡Oh calle sola! ¡Vetusta casa!
De tanto y tanto que se nos va!
¡Angostas puertas de aquel balcón!
Tras esa Virgen de obscura piedra Si todo muere, si todo pasa,
Que á nadie inspira santo fervor, ¿Por qué esta fiebre que el pecho abrasa
Todo el pasado surge y me arredra; No ha consumido mi corazón?
Escombros míos, yo soy la hiedra;
Nidos desiertos, yo fui el amor. Ya no hay macetas llenas de flores
Que convirtieran en u n pensil
Altas paredes desportilladas Azotehuelas y corredores
Cuyos sillares sin musgo vi, Ya no se escuchan frases de amores,
¡Cuántas memorias tenéis guardadas! Ni hay golondrinas del mes de Abril.
Niveas cortinas, jaulas doradas,
Tiestos azules ¡no estáis aquí! Frente á la casa la cruz cristiana
Del mismo templo donde rezó;
En mi azarosa vida revuelta Las mismas misas de la mañana,
Fui de esta casa dueño y señor; La misma torre con la campana
¿Do está la ninfa de crencha suelta, Que entre mis brazos la despertó.
De grandes ojos, blanca y esbelta,
Qué fué mi encanto, mi fe, mi amor? Vetusta casa, mansión desierta,
Mírame solo volviendo á tí
¡Oh mundo ingrato! ¡Cuántos reveses Arrodillado beso tu puerta,
En tí he sufrido! La tempestad Creyendo loco que aquella muerta
Todos mis campos dejó sin mieses Adentro espera pensando en mí.
La" niña duerme bajo cipreses,
Su sueño arrulla la eternidad.
II
¡Todo ha pasado! ¡Todo ha caído! A L P A P A L O A P A M .
Sólo en mi pecho queda la fe,
¡Salve, anchuroso río,
Como el guiñapo descolorido
Con muros de esmeralda por riberas!
Que á la escultura flota prendido
¡En medio de tus ondas pasajeras
¡Tocio se ha muerto! ¡Todo se fué!
Concibe á Dios el pensamiento mío!
La alegre casa rústica, escondida
Con eterna ansiedad é igual encanto
De tu serena margen en la falda,
Hasta la mar profunda te deslizas
Y la palmera erguida
Y al blando soplo de las auras, rizas Con su inmenso penacho de esmeralda;
Sobre un abismo azul tu regio manto. En el diáfano espacio,
Fúlgida antorcha que á lo lejos arde,
No hay en mi numen que tu luz abrasa
Lágrima de topacio
Nada digno de tí. Débil, aspiro
La solitaria estrella de la tarde;
A cantar tu esplendor. Prosigue, pasa.......
Bordando las laderas
Al ver tu majestad callo y te admiro!
Del pescador humilde las cabanas;
Las espigas en anchas sementeras;
¿Qué mano augusta y pródiga en belleza,
La agreste soledad de las montañas:
Al extenderte sobre el virgen suelo,
.El resonante coro
Coronó con sus pompas tu grandeza?
A que tu eterno murmurar responde
¡Nuestra madre inmortal, Naturaleza,
Y en que á los gritos del salvaje loro
En tus remansos aprisiona el cielo!
Se mezcla el arpa de oro
De los jilgueros que la yagua esconde;
¿Qué estrofas no aprendidas te murmura
La tonina saltando en tus espumas
Robándote al pasar tus frescas galas,
Que el pesado alcatraz roza intranquilo;
La brisa que deshace con sus alas
La esbelta garza de nevadas plumas
El niveo encaje de tu linfa pura?
Burlando el acechar del cocodrilo;
Estrellas tejen tu inmortal corona
El huaco centinela entre el follaje,
En las noches del trópico calladas,
La guacamaya de pausado vuelo
Y las tibias, tranquilas alboradas,
Y como bardo errante del boscaje
Oro derraman en tu fértil zona.
El pardo ruiseñor, eco del cielo;
Todo forma tu trono y tu paisaje:
C u a n t o la tierra esconde Todo matiza y borda tus orillas;
Hernioso y rico en montes y praderas,
Y tú, grande, magnífico, fecundo,
Su g r a n tesoro de misterios lleno,
En medio de tan regias maravillas
Lo p u s o en tus riberas
Buscas por tumba el mar del Nuevo Mundo.
Y lo fecunda tu anchuroso seno!
Eres la eternidad que se desliza
Si m u e r e el sol en lecho de escarlata Sobre las obras frágiles humanas
Líquida lumbre entre tus ondas brilla Y mira igual el fuego y la ceniza,
Y en ellas alza la cortante quilla Mientras el soplo de los siglos riza
Al m o v e r s e el bajel, rosas de plata. Su larga cauda de temblantes canas.
¡Sólo tú eres eterno! Ni te abrasas
Con la lumbre del sol, ni en el invierno
Corre, anchuroso río,
Tus ímpetus sosiegas: siempre pasas
Corre y torna á correr sin detenerte;
Y el hombre envidia tu pasar eterno!
Todos vamos á un fin triste y sombrío,
Tú vas hacia la mar, yo hacia la muerte! El hombre, el rey que en tus volubles olas
Callando males que su pecho afligen,
-
Tú puedes, en tus fértiles riberas,
No puede nunca, meditando á solas,
Ver nacer y morir, año tras año,
Saber su fin ni descubrir su origen!
Aves, flores, espigas y palmeras
Sin que nunca en invierno sientas daño ¿De dó viene? ¿A dó va? ¿Quién ha logrado
Ni te alienten las dulces primaveras! Su destino explorar? Negra es la suerte
Que esconde lo futuro y lo pasado!
Indiferente á todo, raudo lanzas Tú paras en el mar, él en la muerte!
A un abismo sin fin tus verdes ondas,
Deja que mi cansada fantasía
Y arrastras cual perdidas esperanzas
Tu regia pompa y majestad admire;
Las aves muertas, las marchitas frondas,
Deja que el alma mía
El roble añoso, por el rayo herido,
Mirándote correr sienta y se inspire;
Los frutos arrancados
Eres grande y hermoso
Antes de que estuvieran sazonados,
Cuando entre flores mil soberbio creces,
Y algún desierto nido,
Y si te encrespa el norte proceloso
¡Hogar sin fe ni amor, que va al olvido!
Gigante brazo ele la mar pareces!
Cual tú rápido vas al Océano,
A la ciudad risueña
Siempre lleno de luz y en blanda calma,
Que como amante tuya se reclina
Vuela á lo inmenso el pensamiento humano
Plácida, pintoresca y halagüeña
Copiando en su cristal el sol del alma! En tu clámide azul y cristalina,
Prestas eterno encanto á sus riberas,
Así vuelan las aves de colores
A sus jardines das verdor y galas
Que en el nidal de la ilusión se crían;
Así se van la dicha y los amores Y se mira en tus ondas pasajeras
Que á las volubles ondas todo fían; Cual niveo cisne de brillantes alas.
Así, cual tú, se lanza Llévame allí ! Sacude la tristeza
A otro abismo sin fondo la esperanza; Que embarga y mata el pensamiento mío,
Así la hermosa juventud camina Y prosigue soberbio de belleza
De místicos acentos al arrullo, ¡Salve, mil veces, anchuroso río!
¡Dios existe! ¡Tú copias su grandeza!
Y así todo declina
De la corriente humana en el murmullo.
Ya delira Margot por ser anciana,
III Y Juan, que vive en paz, ama la guerra.

F U S I L E S Y M U Ñ E C A S . Mirándolos jugar me aflijo y callo;


¿Cuál será sobre el mundo su fortuna?
CUADRO REALISTA.
Sueña el niño con armas y caballo,
Juan y Margot, dos ángeles hermanos La niña con velar junto á la cuna.
Que embellecen mi hogar con sus cariños,
El uno corre de entusiasmo ciego,
Se entretienen con juegos tan humanos
La niña arrulla á su muñeca inerme,
Que parecen personas desde niños.
Y mientras grita el uno: F U E G O , F U E G O ,
Mientras Juan, de tres años, es soldado La otra m u r m u r a triste: D U E R M E , D U E R M E .
Y monta en una caña endeble y hueca,
Besa Margot con labios de granado A mi lado ante juegos tan extraños
Los labios de cartón de su muñeca: Concha, la primogénita, me mira:
Es toda una persona de seis años
Lucen los dos sus inocentes galas, Que charla, que comenta y que suspira!
• •
Y alegres sueñan en tan dulces lazos:
Él, que cruza sereno entre las balas; ¿Por qué inclina su lánguida cabeza
Ella, que arrulla un niño entre sus brazos. Mientras deshoja inquieta algunas flores?
¿Será la que ha heredado mi tristeza?
Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,
¿Será la que comprende mis dolores?
El kepis de papel sobre la frente,
Alienta al niño en su inocencia grata Cuando me rindo del dolor al peso,
El orgullo viril de ser valiente. Cuando la negra duda me avasalla,
Quizá piensa, en sus juegos infantiles, Se me cuelga del cuello, me da un beso,
Que en este mundo que su afán recrea. Se le saltan las lágrimas, y calla.
Son como el suyo todos los fusiles
Sueltas sus trenzas claras y sedosas,
Con q u e la torpe humanidad pelea.
Y oprimiendo mi mano entre sus manos,
Que pesan poco, que sin odios lucen, Parece que medita en muchas cosas
Que es igual el más débil al más fuerte, Al mirar cómo juegan sus hermanos.
Y que, si se disparan, no producen
Humo, fragor, consternación y muerte. Margot que canta en madre transformada
Y arrulla á un hijo que jamás se queja,
¡Olí misteriosa condición humana!
Ni tiene que llorar desengañada,
Siempre lo opuesto buscas en la tierra:
Ni el hijo crece, ni se vuelve vieja.
Y este guerrero audaz de tres abriles
Que ya se finge apuesto caballero,
No logra en sus campañas infantiles
Manchar con sangre y lágrimas su acero.

¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres! GUILLERMO PRIETO.


Amo tus goces, busco tus cariños;
¡Cómo han de ser los sueños de los hombres
Más dulces que los sueños de los niños! I
¡Oh mis hijos! No quiera la fortuna F U E M E S POETICAS.
Turbar jamás vuestra inocente calma:
De querubín ardiente son tus alas,
No dejéis esa espada ni esa cuna:
Sublime inspiración! Ven á mi acento:
¡Cuando son de verdad matan el alma!
Con fiebre de ambición laten mis venas:
Rompa tronando mi clamor el viento,
Cual desborda sus ondas el torrente
Que ya no cupo en el estrecho cauce;
Como rasgando el rayo prepotente
La tenebrosa nube en que revienta,
Arde la selva, avívase la llama,
Y al cruzar en su carro la tormenta,
El incendio crujiendo se derrama.
Ya te siento venir; bañó mi frente
Vivido el rayo de tu luz divina,
Y es menos puro el apacible brillo
Con que tiembla la estrella vespertina.
Mi alma atrevida con delirio busca
Tu indeficiente luz, astro de gloria!
Obedece y resuena, lira mía;
Palpita de placer bajo mi mano,
Como se agita de la hermosa el seno
Cuando el amante audaz besa su frente;
Y así nadando el alma en un ambiente
De ilusión, de placer y de armonía,
Mi soplo vagará sobre la tierra
Empapado en tus himnos, patria mía.
Antología.—Ü6
Y este guerrero audaz de tres abriles
Que ya se finge apuesto caballero,
No logra en sus campañas infantiles
Manchar con sangre y lágrimas su acero.

¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres! GUILLERMO PRIETO.


Amo tus goces, busco tus cariños;
¡Cómo han de ser los sueños de los hombres
Más dulces que los sueños de los niños! I
¡Oh mis hijos! No quiera la fortuna F U E M E S POETICAS.
Turbar jamás vuestra inocente calma:
De querubín ardiente son tus alas,
No dejéis esa espada ni esa cuna:
Sublime inspiración! Ven á mi acento:
¡Cuando son de verdad matan el alma!
Con fiebre de ambición laten mis venas:
Rompa tronando mi clamor el viento,
Cual desborda sus ondas el torrente
Que ya no cupo en el estrecho cauce;
Como rasgando el rayo prepotente
La tenebrosa nube en que revienta,
Arde la selva, avívase la llama,
Y al cruzar en su carro la tormenta,
El incendio crujiendo se derrama.
Ya te siento venir; bañó mi frente
Vivido el rayo de tu luz divina,
Y es menos puro el apacible brillo
Con que tiembla la estrella vespertina.
Mi alma atrevida con delirio busca
Tu indeficiente luz, astro de gloria!
Obedece y resuena, lira mía;
Palpita de placer bajo mi mano,
Como se agita de la hermosa el seno
Cuando el amante audaz besa su frente;
Y así nadando el alma en un ambiente
De ilusión, de placer y de armonía,
Mi soplo vagará sobre la tierra
Empapado en tus himnos, patria mía.
Antología.—Ü6
"Mi patria, vedla allí; soy mexicano."
¡Ardiente juventud! Tú que levantas
Cantad, vates, cantad: ¿cómo en la patria
A las regiones del espacio el vuelo,
En que muestra sin velo el firmamento
Y que sientes rodar bajo tus plantas
Los mundos mil que en sus entrañas arden,
Mezquino y reducido nuestro suelo;
La voz ha de callar del sentimiento?
Tú que audaz, como el águila salvaje,
¿Cómo mudas é inertes las pasiones
Buscas al sol con ávida pupila,
Donde aspira el mortal vida de fuego,
Y perdida en su luz deslumbradora
Donde suspira lánguido el ambiente,
Desplegas los tesoros de tu canto:
Donde ceden las plantas amorosas
Hijos de inspiraciones y de encanto
Al sensual beso de la clara fuente,
Que os entregáis de la ilusión al sueño Donde de un mundo que espiró, la tumba
En brazos de la dulce poesía, Envuelven con su lava los volcanes,
Cantad, cantad; vuestro solemne acento Donde el rayo terrífico retumba
Discurra con las auras perfumadas,
Y en la nube en que rápido resbala,
Y gire en vibraciones delicadas
La Omnipotencia del Señor escribe
Al tenue suspirar del manso viento.
Y su tránsito fúlgido señala?
¡Oh mi patria, magnífico es tu cielo,
Veces mil solitario el pensamiento
Rica vegetación se alza gigante
Desplegó el ala en la tiniebla fría
Bajo las orlas de tu regio manto! Do alumbra reverente el firmamento
Eres la Hija de Dios, la virgen bella: La augusta faz del Hacedor del día.
Tuviste como lámpara en la cuna Cayó en el caos el divino aliento
Del Septentrión la refulgente estrella: Y desplegó su manto lo infinito,
El sol te idolatró, linda doncella: Y Dios dijo: Vivid, y las miradas
Fué tu púdico velo De mil mundos sublimes se encendieron;
Su manto augusto recamado de oro; Y al chocar los torrentes de luz viva
Les das tu aliento á tus eternas flores, En tu trono magnífico, Dios mío,
Besan tus pies las ondas de tus mares, Dispersáronse hermosas las estrellas,
Te dan las aves mágicos cantares, Como arroja al rodar la catarata
Los torrentes entonan tus loores. Diáfanas gotas de luciente plata.
¡Oh mi patria! Felice quien ha visto Yo miro al firmamento con ternura,
De tus volcanes en la eterna nieve Promesa al alma de felice suerte,
Reverberar tu sol; muy más felice Puerto de amor que espléndido fulgura
Quien en medio á la dicha ó desventura Más allá de los mares de la muerte.
Y en tu seno ó allende el Océano, Vedlo, vates; cantad. Ese lenguaje
Puede exclamar con llanto dé ternura, De ardiente sentimiento y de armonía,
Tendiendo franca al Septentrión la mano:
Es un lenguaje de himnos de alabanza,
Es de la fe dulcísima el idioma,
De la alma luz, de la ternura aroma.
Pedir á la natura sus colores
Mas si robusto el atrevido acento- Y vuestros ecos perfumar sentidos
De vuestra lira enérgico se arranca; Con el aliento dulce de las flores.
Si entre pasiones alteradas brota, Ved moribundo al sol: sobre su tumba
Como ola furibunda que se azota Tímido luce el astro vespertino,
Entre las rocas de la mar crugiendo, Y en la faz del crepúsculo medrosa
Alzad entonces el cantar tremendo. Espira tenue su fulgor divino.
Oíd! El trueno súbito revienta; Celajes mil de fúlgida escarlata
El rayo aterrador ruge iracundo, Le forman ondeantes pabellones,
Y rápida se extiende la tormenta. Que leves, cual fugaces ilusiones,
Su vista de relámpago recorre Van á morir en las lejanas nubes
El universo sumergido en duelo, Que el astro de la noche ha matizado
Y en la tiniebla trémula los mares Con brillo hermoso de bruñida plata.
Huérfanos gimen al b r a m a r el cielo En lo profundo mírase el zafiro
Heridas por las ráfagas de viento, Tachonado de espléndidas estrellas:
Negras las ondas de la mar saltaron; En el valle m u r m u r a la corriente,
Remedando alaridos de tormento, Y al vibrar, va perdiendo sus cristales
En las rocas sus fuentes quebrantaron. La postrimera luz del sol poniente.
Del viento crece el incansable empuje, En la nieve de la áspera montaña
Y en las revueltas nubes relumbrando, Aun brilla el día; y por el éter puro
La tempestad solemne se pasea El humo que se alzó de la cabaña
Himnos al Dios de Sabaót cantando. Solitario se eleva por los aires
Unid los vuestros, jóvenes! Las almas El crepúsculo escuche los loores,
Que comprenden la voz de la tormenta, Y el cántico feliz girará blando
Que oyen en el rugir del torbellino Con el aura que muere susurrando,
Cánticos puros al Señor Divino, Ebria con el perfume de las flores.
Que conservan sublime simpatía Cantad, así que en la*enramada obscura
Con la luz, con los vientos, con los mares, Y en la copa del sauce que reclina
Y que al pasar la tempestad sombría, Su faz en la corriente cristalina,
Cual la gaviota entonan sus cantares El zenzontle despliegue sus acentos
Esas las almas son dignos altares La faz del astro que en el monte espira,
Al culto de la noble poesía. Las flores entregadas al desmayo,
También podéis como sincero espejo La fugace luciérnaga que gira,
El són lejano del modesto río,
De la luna naciente el dulce rayo
Su inefable delicia en la ventura,
Al través visto de árboles pomposos,
Su acíbar y su infierno en el tormento,
Y los campos y el blanco caserío;
Aquí hallarás la angélica hermosura
Todo os inspirará: vuestros acentos De tez morena y de mirar de fuego,
Serán eternos, como lo es el cuadro
Y beberás torrentes de ternura
Que produjo los tiernos sentimientos.
En el brillar de sus divinos ojos.
Si de la lira el áspero concierto
¡Felice tiempo en que irritada hervía
Busca la soledad y la grandeza,
La pasión de mi amor en mis entrañas,
Tú elevas á los cielos tu cabeza
Y al suspirar la lira resonante,
Y eres grande, y magnífico, desierto.
De amor perdido, de entusiasmo ciego,
Virgen tu seno, regio tu ropaje
Amaba y en amar me complacía,
De inmortal y aromática verdura, Porque era inmensa y generosa el alma
Sólo al sol que comprende tu hermosura
Y un mundo de ilusión reproducía!
Muestras sin velo tu beldad salvaje. . i Rugosa y abatida está mi frente:
De sociedad hipócrita las leyes
La zanjaron frenéticas pasiones,
No profanaron tu arrogante seno: Cual carcome la roca de la playa
Sólo obedeces á la voz de trueno El azotar de turbulentas olas.
Del que es Señor de pueblos y de reyes. Ya en medio de los mágicos festines,
Cantadle ufanos, jóvenes ardientes: Al verterse profusos los licores,
Son sus bardos también los huracanes; Deidades con sus frentes de jazmines,
Alumbran sus festines los volcanes, Deidades con sus ojos brilladores,
Celebran sus amores los torrentes. Mezclaban á mis cánticos de amores
Allí al salvaje mírase altanero Sus voces de encantados serafines.
En los montes prendiendo sus lumbreras Y tu nombre aclamaba, esposa mía,
Y mezclando su cántico guerrero Y el alma en mis entrañas palpitaba:
Al rugido estruendoso de las fieras. Cada ardiente suspiro que exhalaba
Su dosel de magnífica esmeralda Era un eco de angélica armonía.
Le da de los encinos el ramaje, Y en ese tiempo, solazando el alma
En que otros tiempos se meció su cuna: A la margen de un lago cristalino,
Las aves, sus penachos y ropaje; Vi de las aguas que turbó la calma
Y del sol, de las aguas y las flores Un vapor que ligero se mecía,
Forma astuto su mágico lenguaje. Y blanco, cual las alas de un querube,
Explotad esa mina, mexicanos: Sobre la superficie resbalaba:
En ella aprenderéis á amar al hombre Su belleza mi vista seducía
Y á odiar con entusiasmo á los tiranos. Era una blanca y hechicera nube,
Dulce ilusión de amor, del alma aliento,
Yo la creía el cisne de los lagos
Tus cuerdas se laxaron con mi llanto:
Tendí la mano á detener su curso,
Convoca á los amigos de mi infancia,
Y vistiendo del iris los colores,
A los hijos del canto y la ternura,
Sobre mi frente dirigió su vuelo:
A esos á quienes amo como hermanos,
Ya la cauda blanquísima plegaba
Cuya espléndida gloria es mi ventura.
Quedando como Cándida paloma,
Tomen lugar entre los hijos míos
Ya su manto magnífico extendía,
Que viven con la sangre de mis venas,
La orla bordando de carmín y de oro;
Cuando mi última luz triste reluzca.
Ya fugaz en los aires se mecía,
Id, desplegad vuestros sublimes cantos,
Ya en las olas del lago se posaba;
No me toquéis, me encontraréis dormido;
Con amor su carrera proseguía,
Mas llevaré un recuerdo de consuelo,
Y ya al tocarla, al envolver mi frente, Recuerdo el más querido,
Galana, hermosa, en el azul del cielo Que aliviará tal vez mi fatal suerte,
Como faja de plata rielando, Al recorrer los mares de la muerte
Fuese á otros mundos á prestar su encanto, Envuelto en la tiniebla del olvido.
Dejando á mi alma soledad y llanto.
Y esa engañosa nube fué la gloria!
Yo sentía la fe de conquistarla,
Mi alma de rey y de águila el esfuerzo: II
Quería se posase en mi cabeza,
AL MAR.
Aunque al tocarla produjera el rayo.
¡Ay! que la tumba tragará mi nombre, Te siento en mí: cuando tu voz potente
Y dormiré con él en su tinieblaü! Saludó retronando en lontananza,
Como el ave altanera que en las redes Se renovó mi sér; alcé mi frente
Mira los campos y el sereno cielo, Nunca abatida por el hado impío,
Y siente fuerza de emprender el vuelo, Y vibrante brotó del pecho mío
Y al volar la contienen sus cadenas, Un cántico de amor y de alabanza.
Así yo gimo entre horrorosas penas! ¿Te encadenó el Señor en estas playas
Águila envejecida en la alta cumbre, Cuando, Satán del mundo,
Rastrera buscaré del sol la lumbre Temerario plagiando el infinito,
Y me aislaré en las rocas dolorido. Le quisiste anegar, y en lo profundo
Humilde lira mía, Gimes ¡oh mar! en sempiterno grito?
Mi hermana en la orfandad, mi solo encanto Tú también te retuerces cual remedo
En mis amargas horas de martirio, De la eterna agonía;
De gloria me animaste en el delirio; También, como al sér mío.
.La soledad te cercan y el vacío;
Y siempre en inquietud y en amargura.
Te precipitas en su negro seno
Te acaricia la luz del claro día,
Despedazando tu altanera frente.
Te ven los astros de la noche obscura.
En tanto, el viento horrible,
A mí te vi venir, como en locura,
Arrastrando al relámpago y al rayo,
Desparcido el cabello de tus ondas'
Cimbra el espacio, rasga el negro velo
De espuma en el vaivén, como cercada De la tiniebla, se prosterna el mundo
De invisibles espíritus, llegando
Y un siniestro contento se percibe
De abismos ignorados y clamando
¡Oh mar! en lo profundo, -
En acentos humanos que morían
Cual si con esa pompa celebraras,
Y el grito y el sollozo confundían. Entre el eterno duelo,
A mí te vi venir ¡oh mar divino! Tus nupcias con el cielo!
Y supe contener tanta grandeza, Cansada de fatiga, cual si el aura
Como tiembla la gota de la lluvia Tierna te prodigara sus caricias,
En la hoja leve del robusto encino! A su encanto dulcísimo te entregas,
Eres sublime ¡oh mar! Los horizontes Calmas tu enojo, viertes tus sonrisas
Recogiendo las alas fatigadas, Y como niña con las olas juegas
Se prosternan á tí desde los montes. Cuando te dan su música las brisas.
Prendida de tus hombros la luz bella Tú eres un sér de vida y de pasiones:
Forma los pliegues de tu manto inmenso. Escuchas, amas, te enloqueces, lloras,
Entre la blanca bruma Nos sobrecoges de terrible espanto,
Se perciben los tumbos de tus ondas, Embriagas de grandeza y enamoras.
Cual de hermosa en el seno palpitante Cuando por vez primera ¡oh mar sublime!
Los encajes levísimos de espuma. Me vi junto de tí, como tocando
Si te agitas, arrojas de tu seno El borde del magnífico infinito,
En explosión tremenda las montañas, Dios, clamó el labio en estusiasta grito:
Y es u n remedo de la brisa el trueno, Dios, repitió tu inquieta lontananza:
Terrible mar, si gimen tus entrañas. Y Dios, me pareció que proclamaban
¿Quién te describe ¡oh mar! cuando bravia, Las ondas repitiendo mi alabanza.
Como m u j e r celosa, Entonces ¡ay! la juventud hervía
En medio de tu marcha procelosa En mi temprano corazón; la suerte,
El escollo tus iras desafía? Cual guirnalda de luz, embellecía
Vas, t e encrespas, le ciñes con porfía, La frente horrible de la misma muerte.
Retrocedes rugiente, Y grande, grande el corazón, y abierto
Y del tenaz- luchar desesperada, Al amor, á la patria y á la gloria,
Émulo me sentí de tu grandeza
Y mi orgullo me daba la victoria.
Sobre tu frente derramó la nada,
Y te dejó gimiendo
Entonces, el celaje que cruzaba
A tu muro de arena encadenada?
Por el espacio con sus alas de oro,
¿O, promesa de bien, en tus cristales
De la patria me hablaba.
Los átomos conservas que algún día,
Entonces ¡ay! en la ola que moría
Cuando la tierra muera,
Reclinada en la arena sollozando.
Produzcan con encantos celestiales
Recordaba el mirar de mi. María,
Otra luz, otros seres, otro mundo,
Sus lindos ojos y su acento blando.
Y entonces nuestro suelo
Si una huérfana rama atravesaba
A tus plantas, se llame mar profundo
Juguete de las ondas, cual yo errante,
En que retrate su grandeza el cielo?
Lejos de su pensil y de su fuente,
Hoy llegué junto á tí como otro tiempo
La saludaba con mi voz amante,
Siguiendo ¡oh Libertad! tu blanca estela;
La consolaba de la patria ausente. Hoy llegué junto á tí cuando se hundía
Si el pájaro perdido iba siguiendo En abismos de horror y de anarquía
Rendido de fatiga, mi navio, La linfa de cristal de mi esperanza;
¡Cuánto sufrir, Dios mío! Y hoy, como en otro tiempo, la voz mía
Su ala se plega, aléjase la nave, En himno se tornó de tu alabanza;
Y se esfuerza y se abate y desfallece, Porque eres un poema de grandeza,
Y convulso, arrastrándose en las ondas, Porque en tí el huracán sus notas vierte,
El hijo de los bosques desparece. Luz y vida coronan tu cabeza,
En tanto, tus inmensas soledades Tienes por pedestal tiniebla y muerte.
La gaviota recorre, desafiando Nadie muere en la tierra; allí se duerme
Las fieras tempestades. De tierna madre en el amante pecho:
Entonces, en la popa, dominando Velan cipreses nuestro sueño triste,
La inmensa soledad, me parecía Y riegan flores nuestro triste lecho.
Que una voz á lo lejos me llamaba Solitaria una cruz dice al viajero
Y acentos misteriosos me decía: Que pague su tributo
Y yo le preguntaba: De lágrimas y luto,
¿Quién eres tú? ¿De la creación olvido En el extenso llano y el sendero.
Te quedaste sus formas esperando En tí se muere ¡oh mar! Ni la ceniza
Engendro indescifrable, en agonía Le das al viento: en ola que sepulta
Entre el ser y no ser siempre luchando? La rica pompa de poblada nave,
¿Al desunirse de la tierra el cielo Nada conserva las mortales huellas;
En tus entrañas refugiaste el caos? Se pierden y en tu seno indiferente
¿O, mágica creación, rebelde un día, Nace la aurora y brillan las estrellas.
Provocaste á tu Dios; se alzó tremendo;
A tí me entrego ¡oh mar! roto navio,
Destrozado en las recias tempestades, Que cuelga el sol del cielo de Occidente
Sin rumbo, sin timón, siempre anhelante Y reproduce en su cristal el río.
Por el seguro puerto, Y así elevado y con la frente erguida,
Encerrando en mi pecho dolorido ¡Oh juventud! te estrecharé en mi seno,
Las tumbas y el desierto Mientras retumba amenazante el trueno
Pero humillado no; y en mi fiereza En el mar tempestuoso de mi vida.
A tí tendiendo las convulsas manos, Y así elevado en ráfagas de acentos
Sintiendo en tí de mi alma la grandeza Que estallan del volcán de mi ternura,
Y ahogando mi tormento, Volarán, perfumándose los vientos
Le pido á Dios la paz de mis hermanos; Con mis himnos de amor y de ventura.
Y renuevo mi augusto juramento Águila joven, tú desde tu altura
De mi odio á la traición y á los tiranos. Herida viste en la caduca rama
Al ave sin su sombra y sin su nido,
Que en vez de canto armónico exhalaba
Doloroso gemido.
III
Nave ligera, ¿el vuelo detuviste,
A JACINTO GUTIERREZ Y COLL. Orlada de tus lindas banderolas,
Para amparar amante al barco triste
A mí, tú, ¡inspiración! á mí, que ardiente Que se va hundiendo náufrago en las olas?
A tu ala de relámpago confiado, Ave de dulce canto, •
Tendí en la tempestad soberbio el vuelo ¿Por qué dejas tus mágicos pensiles?
Y á la región etérea remontado, ¿Por qué del lago el delicioso encanto
Cruzando el firmamento de la gloria, Y su faz sosegada y cristalina,
Olvidé el fango del mundano suelo. Para trinar entre la ingrata hierba
Angel de inspiración, cuando tu cauda Que surge entre las grietas de la ruina?
Se agita en el espacio, se alza en olas ¿Por qué, poeta, al trovador errante,
De ópalo y grana el esplendor del día; Al que tiene en la planta vivas llagas
Estalla el viento en himnos de esperanza; De atravesar desiertos y malezas,
Sobre la tierra llueven flores bellas, Le ofreces esplendores,
Y señalan la senda que recorres Le circuyes de amigos y ternezas,
Cuando llega la sombra, las estrellas. Le coronas de lauros y de flores ?
Van dejando tus cantos deliciosos ¿No ves tú que los lauros y las rosas
Como estela de fuego en el vacío, Se secan con mi llanto? ¿Tú no sabes
Como el manto de púrpura esplendente Que cuando no halla abrojos mi camino
Teme abismos mi bárbaro destino? . . . .
¿No sabes que ese vino que levanta Bendiga el cielo, trigueña,
Tu copa transparente, entre sollozos Esos brillantes luceros,
Va á pasar calcinando mi garganta? Tan vivos, tan zalameros,
¡Qué! ¿no Conoces que si rasgo el velo Tan sagaces, tan así.
Con que cubro mis ansias, como noche • Cuando los guiñas alegre,
Va á sepultarnos mi tremendo duelo? . . . . ¡Vive Dios! que pierdo el juicio;
Ven á mi corazón posa tu frente Me sublevo y me desquicio,
Sobre mi pecho invoca de tu padre, Y no sé lo que es de mí.
En quien adoras santa la memoria,
Maldigo yo los amores
Y á las altas virtudes y al renombre
Que no son así, de holgorio;
Entre mis brazos te ungirá la gloria.
Que parecen responsorio
Según el gemir tenaz.
El amor es el contento,
IV La delicia, el abandono;
Quédese para el buen tono
CANCION POPULAR.
Con llantos enamorar.
(DE FIDEL.)
Cuando estrecho tu cintura,
Ancho sombrero poblano Por Cristo que no me engañas,
En la despejada frente; Ni á una resma de bretañas
La manga al hombro pendiente, Debes su aspecto galán.
Y su jarana en la mano; Cuando de tu linda cara
Negra calzonera abierta, Un beso y otro te arranco,
Con rica botonadura; No me queda un ruedo blanco
Luenga daga en la cintura Cual quien come mazapán.
Con nácar banda encubierta:

Así á la luz de la luna- Cuando ostentas salerosa


Canta trovas Pepe el Tuno, Tus encantos seductores,
Recordando uno por uno Rejuvenece las flores
Los lances de su fortuna. El viento de tu castor.
Retoza la jaranita Y cuando su falda astuta
Bajo sus dedos lascivos, Con tu andar airoso vuelas,
Y á sus cantos expresivos Relucen sus lentejuelas
Su china alegre palpita. Como destellos del sol.
Breve el pie, delgado el labio,
Pero ¡ay quien te hable, trigueña!
Con imperceptible bozo;
Yo le daré, por San Pablo,
Bajo el delgado rebozo
Un recuerdo para el diablo
Latiendo un fiel corazón:
En la hoja de mi puñal.
Para la gente plebeya
De un bote apago las luces,
Es la vida la hermosura;
Como frenético embisto;
Ni hay comercio en la ternura
Vale que, de Cristo á Cristo,
Ni contrato en la pasión.
Solo Dios es capitán.

Ni u n hombre, al pedir la mano


Cántame un són, mi trigueña,
De una muchacha al notario,
De esos de tono sabroso,
Hace primero inventario
De• esos de acento amoroso
Al objeto de su amor.
Que me derriten á mí;
Adiós, china.—Adiós, amigo:
De esos que dejan recuerdos
Envido —Quiero— Atrevida:
Y que me inspiran contento;
Nos casaremos, mi vida,
De esos que exhalan al viento
Y que nos bendiga Dios.
Un aroma de jazmín.

Si te miro en un fandango Yo te adoro, mi trigueña,


De esos de arpa y de dos luces, Con delirio, encanto mío;
Me entusiasmo y me hago cruces Y siento hasta el calofrío
Admirando tu primor. Cuando me hallo junto á tí.
¡Qué saque! ¡oh Dios! ¡qué jaleo! Cuando predican del cielo
¡Que redoble! y otro salto: Te vienes á mi memoria:
Más pianito; no tan alto, Yo ya sé cómo es la gloria,
Porque se enoja el Señor. Que conozco á un serafín.

¡Canario! que esa cabriola Te adoro de cuerpo entero;


Diera gozo al mismo infierno: Te adoro con toda el alma;
Alto, q u e me descuaderno; Te adoro en medio á la calma,
Tenga compasión de mí. Y te adoro en el dolor.
Más j a r a b e , más mistela; Por más que miro en las calles
Luz, q u e la pieza se opaca; Tanta orgullosa catrina,
Si esto ve, no nos ataca Digo: más linda es mi china,
El almirante Baudin. Y su enagua de castor.
Y ¡la ronda! —Dense presos:
Pepe el Timo— Nada importa :
Por portador de arma corta,
Al grillete por un mes.
No llores, por Dios; te llevo M A N U E L P U G A Y ACAL.
Del pecho entre tela y tela:
Yo soy hombre, el tiempo vuela;
Que no te conozca el juez
I
OCEANO NOX.

Todo duerme en torno mío;


Sólo el mar está despierto:
De la onda vigilante
Se oye el monólogo eterno.
Plegadas las velas todas,
Porque también duerme el viento,
El barco que se desliza
Sobre el Océano inmenso,
Al fulgor de las estrellas
Parece un enorme féretro.
Ellas mismas, las radiosas
Pupilas del firmamento,
Parecen cirios que arden
Junto al túmulo de un muerto.
¿Por qué todo está tan triste?
¿Por qué está todo tan negro?
Y ¿por qué obstruye la bruma
Mi fatigado cerebro?
—"Hombre imprudente, que huyes
Del vivificante sueño,
Y vienes del Océano
A sorprender los secretos,
Sabe que yo soy tan sólo
Dilatado cementerio.
Yo sirvo de último asilo
Y ¡la ronda! —Dense presos:
Pepe el Timo— Nada importa :
Por portador de arma corta,
Al grillete por un mes.
No llores, por Dios; te llevo M A N U E L P U G A Y ACAL.
Del pecho entre tela y tela:
Yo soy hombre, el tiempo vuela;
Que no te conozca el juez
I
OCEANO NOX.

Todo duerme en torno mío;


Sólo el mar está despierto:
De la onda vigilante
Se oye el monólogo eterno.
Plegadas las velas todas,
Porque también duerme el viento,
El barco que se desliza
Sobre el Océano inmenso,
Al fulgor de las estrellas
Parece un enorme féretro.
Ellas mismas, las radiosas
Pupilas del firmamento,
Parecen cirios que arden
Junto al túmulo de un muerto.
¿Por qué todo está tan triste?
¿Por qué está todo tan negro?
Y ¿por qué obstruye la bruma
Mi fatigado cerebro?
—"Hombre imprudente, que huyes
Del vivificante sueño,
Y vienes del Océano
A sorprender los secretos,
Sabe que yo soy tan sólo
Dilatado cementerio.
Yo sirvo de último asilo
A cadáveres sin cuento
Que en mis abismos profundos
Duermen el último sueño. II
Allá en las playas remotas
AMBICION.
Que azoto á veces colérico,
Hijos, esposas y madres En Suiza, por los altos ventisqueros,
Lloran por los que no han vuelto. Sin querer descansar un solo instante,
No los verán nunca, nunca; Huyendo de la turba de viajeros
Mi presa son; yo los tengo, Corría jadeante.
' Y es mentirosa conseja Por el borde de abismos tenebrosos
Que yo mis presas devuelvo. Pasaba persiguiendo temerario
Que de todo cuanto muere Los vértices —¡fantasmas misteriosos
En el mundo, soy el dueño, Envueltos en blanquísimo sudario!—
Y todo, tarde ó temprano, Ansiaba, en mi soberbia y mi locura,
Ha de venir á mi seno. Llegar, tras tanto afán y pena tanta,
Tú mismo, cuando al fin logres Hasta la ignota, inmensurable altura
Llegar á seguro puerto, Do nunca humano sér puso la planta.
No habrás aún escapado
A mi poderío inmenso. En mi patria después, de los boscajes
Por tí y por los que descansan Por lo más silencioso é intrincado,
Bajo la tierra, en sosiego, Por donde no hay ni claros ni pasajes,
He de ir pronto, muy pronto, También he caminado.
Yo, destructor elemento, En tanto que mi faz ensangrentaban
Cuando islas y continentes Las espinas agudas que la herían,
Invada al fin, y en el piélago Mis manos anhelantes apartaban
Sin límites del vacío Las ramas que á mi paso se oponían.
El orbe ruede en silencio, Porque, siempre soberbio y orgulloso,
Como una lágrima enorme Llegar quería tras afán tan rudo,
Llorada por los que fueron." Al rincón de la selva más umbroso,
Esto la mar me decía Do nunca humano pie posarse pudo.
En su monólogo eterno,
Una noche en que ella sólo En el afán eterno de la vida,
Y yo estábamos despiertos. Sin que nunca la lucha me fatigue
Ni me acobarde la ilusión perdida,
Una ansia me persigue.
Quiero encontrar el corazón dormido
Que los sueños de amor nunca han turbado,
Que junto de otro pecho no ha latido
Ni al eco de otra voz ha palpitado.
Quiero, en mis orgullosos ideales, AMBROSIO RAMIREZ.
Hallar el alma para mí creada,
Virgen como las selvas tropicales,
Como la nieve alpina, inmaculada! ODA A L T R A B A J O .
# I':";-

Ya en el cielo presagian los crepúsculos


La bella luz del día; ya amanece
Tras las riscosas cumbres de los montes,
Y de nocturna soledad los signos
Disipa la mañana; es ya la hora
De acudir al reclamo con que invita
El trabajo al placer de sus festines:
La blanda esclavitud del torpe sueño,
Romped, caros amigos. ¿Por acaso
No para todos amanece el día?
Y es el día feliz con que comienza
De otro siglo de oro el curso plácido
Que no Saturno regirá. Más grande
Que el áurea edad del fabuloso numen
Nuestro siglo ha de ser, que en más ventura
Y en equidad mayor y paz bendita
Gobernará á los hombres el trabajo.
Si amorosa cual antes no es la tierra
Que sin cultivo sazonadas pomas
Nos prodigue doquier; si las encinas
No manan dulce miel, ni leche Cándida
Ha de ser el caudal de nuestros ríos;
De la madre común el blando seno,
Por el sudor del hombre fecundado,
Derramará sin fin de bien seguro
Y dones positivos ancha vena.
Nuestro mal de presente fenecido
Pronto será, y entonces, Madre patria, Que gentil segadora .en bellos haces
Para tí empezará de venturosos Recogerá las mieses opulentas.
Y ricos años prolongada serie. Ve presa, madre patria, á la discordia
Ya no habrá quien se arroje en quilla frágil, Cargada de cadenas, y la turba
Sin estrella ni ruta, al Océano De ruindades exánime á tus plantas.
Que agitan la ambición, la artera maña, Mira en-tus campos el mortal beleño,
El torpe dolo, la ruin falsía; Que ánimo y fuerzas y vigor enerva,
A ese túmido mar donde han hallado Doquier marchito, y la frondosa oliva
Claros varones y plebeyas gentes, Regalando á tus hijos fresca sombra.
En vez de honor excelso y alta gloria, ¡Oye qué grato en el taller se escucha
Y tras de recia tempestad, segura De alígeros volantes el ruido!
Muerte en el seno del hinchado piélago; ¡Qué negro sube el humo de las fábricas
Pero sí la llanura del Atlante Al cielo en gruesas nubes! ¡Oh mil veces
Que nuestras costas baña, de ligeras Venturoso trabajo!
Naos mercantes se yerá poblada; Y ya que hubieren
Oiráse de las máquinas, henchidas Los vicios terminado, almas virtudes
De lo ajeno trocado por lo propio Tornarán á vivir entre los hombres:
Con voluntad concorde, el fuerte grito En sus tronos augustos la justicia
Retumbando en las cóncavas montañas. Y la verdad excelsa con luz pura
De nuevo brillarán; del fiero Marte
Ved ya cuál cruzan el inmenso valle No habrá á quien guste el.bárbaro ejercicio
Y los prados amenos; ved cuál suben De sanguinarias lides contra hermanos;
A las enhiestas cumbres, cuál penetran La amable paz y la concordia santa
El seno de los montes, cuál del río Habrán grata manida en todo pecho:
Se lanzan á través en curso férvido. A la feliz progenie que suceda
De natura, del arte y de la industria, Darán los cielos abundosos meseS:
Mercurio activo volará, llevando Y tú, Patria, depuesto el torvo ceño
De ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo De propios y de extraños enemigos,
El preciado tesoro á los mortales. Dejarás los pesares que hoy te afligen
No más atado el yugo ponderoso Entre mirtos y rosas olvidados.
Al cuello habrá de ser de tardos bueyes, ¡Cuánto gozo habrá entonces en el mundo!
Que otra reja abrirá los grandes surcos, ¡Qué dichosos, amigos, de esta Patria,
Y otro será el arado, otra la esteva. Que tanto amamos, correrán los días!
Ni más el arador, de sus labores ¡Y cuán hermoso al declinar la tarde
Hacinará con pena el fruto cierto, Habrá de ser en el hogar paterno,
Junto á la amada esposa y caros hijos,
Disfrutar las delicias que regala
Tras largo trabajar dulce reposo!
O en el. disanto, cabe la onda pura,
V I C E N T E R I V A PALACIO.
Bajo las frondas del ameno prado,
¡Con qué placer los fatigados miembros
Cobrarán su vigor en grata fiesta!
¡Oh, si pluguiese al cielo que mis días I
Los bienhadados años alcanzaran EL ESCORIAL.
Que te esperan ¡oh Patria! Aunque las
Resuena en el marmóreo pavimento
Nunca han sido conmigo dadivosas,
Del medroso viajero la pisada,
Pugnara por lograr el don celeste
Y repite la bóveda elevada
De su divina inspiración, y entonces
El gemido tristísimo del viento.
Fuera en mi senectud consuelo santo,
La sien ceñida de laurel, tu dicha En la Historia se lanza el pensamiento,
Decir al m u n d o en numeroso canto! Vive la vida de la edad pasada,
Y se agita en el alma conturbada
Supersticioso y vago sentimiento.

Palpita aquí el recuerdo, que aquí en vano,


Contra su propia hiél, buscó un abrigo,
Esclavo de sí mismo un soberano

Que la vida cruzó sin un amigo:


Águila que vivió como un gusano,
Monarca que murió como un mendigo.

II

A MI MADRE.

¡Oh cuán lejos están aquellos días


En que cantando alegre y placentera,
Jugando con mi negra cabellera,
En tu blando regazo me dormías!
¡Con qué grato embeleso recogías —Si me es adversa la suerte,
La balbuciente frase pasajera Cubran mi lecho de muerte
Que, por ser de mis labios la primera, Los pliegues de mi bandera.
Con maternal orgullo repetías!
—¿De dó vienes, hijo mío?
Hoy que de la vejez con el quebranto —Padre, torno de la guerra.
Mi barba se desata en blanco armiño, —¿Y fué tu destino impío?
Y contemplo la vida sin encanto, —Libre está ya nuestra tierra,
Y libre por nuestro brío.
Al recordar tu celestial cariño,
De mis cansados ojos brota el llanto, —¿Y alcanzaste, hijo querido?
Porque pensando en tí, me siento niño. —No preguntéis, por favor:
Después de quedar herido
Alcancé, padre, el olvido
III Y un recuerdo de dolor.

GLORIA.
—¿Y esperas, en tu dolencia?
—Sólo espero, por mi mal,
—¿Adonde vas, hijo mío? Tras vergonzosa indigencia,
—Al combate, á la victoria; La cama de un hospital
Suena el clarín de la gloria, Para acabar mi existencia.
Y piensa escribir mi brío
—¿Y tus sueños? —Se han borrado
Mi nombre ilustre en la Historia.
¡Ay padre! de mi memoria.
— E s grande tu atrevimiento. —Locura es, hijo, la gloria,
—Padre, el mundo lo proclama; Que nunca del hombre honrado
Guarda el recuerdo la Historia.
Cuando la patria nos llama,
Con tan noble sentimiento,
¿Qué corazón no. se inflama?
IV
—¿Y qué buscas, delirante,
A. D O S GOLONDRINAS.
Tras de la ruda batalla?
—Ver mi bandera triunfante (EN EL MAR.)
Entre el polvo que levante
¿Adonde vais, peregrinas,
El bote de la metralla.
Ligeras cruzando y solas,
—¡Ay! hijo, temo perderte; Inocentes golondrinas,
Me agita la pena fiera. Del mar las tendidas olas?
Si acaso con vuelo incierto
Murmullos, cantos, rugidos,
Buscáis un puerto seguro,
Como la voz del desierto.
Yo os daré tranquilo puerto
Bajo un sol ardiente y puro. Seguid con alegre vuelo
Hasta esa patria, viajeras;
Y allá, si queréis creerme,
Veréis retratar el cielo
Entre mirtos y azahares
Los lagos de las praderas.
Vereis mi patria que duerme
Al ronco son de dos mares. Veréis mares azulados
Como el puro firmamento,
Tended allá vuestro vuelo Y de perlas coronados
Y hallareis plácido encanto Al soplo manso del viento.
Donde es una fiesta el cielo,
Donde es el idioma un canto. Veréis cruzar hechiceras
Garzas blancas y rosadas,
Sobre cascadas de flores, Las lucientes cordilleras
Perlas regando la aurora, De las ondas encrespadas.
Los alados trovadores
La anuncian cuando colora. Y en la ribera frondosa
Del mar la brillante espuma,
En los lagos de cristal Regar la playa arenosa
Que blanda toca la brisa, Del país de Moctezuma.
Plácida luz matinal
Ensaya dulce sonrisa. Mecerse los cocoteros,
Dando sombra regalada,
Allí en la obscura montaña Y entre los verdes mangueros
Se mece gigante encino, Pasar el aura callada.
Como flexible espadaña
En el lago cristalino. Y en desatado torrente
La luz intensa bañar
Y flores, y aves y fuentes El bosque, el prado, la fuente,
Y mares, con grato son, El lago, la sierra, el mar.
Alzando están reverentes
Sus himnos de adoración. Llegar con pausado vuelo
Las noches tibias y bellas,
Y se mezclan confundidos En su fantástico velo
En un inmenso concierto Tejiendo polvo de estrellas.
Y en el húmedo follaje
Mil insectos luminosos
Que brillan en el ramaje
O se arrastran afanosos.
JUSTO S I E R R A .
Y surgir entre la sombra,
Melancólicos, suaves
Con tal ternura que asombra, I
Los cantos de extrañas aves.
EL F U N E R A L BUCOLICO.
Y sigue en grato concierto,
Tncipe SIenalios mecum mea tibia verens.
De las aves el arrullo,
VIRG. ÉGL. V I I I .
Lejano, manso é incierto
De las fuentes el murmullo. Su esfera de cristal la luna apaga
En la pálida niebla de la aurora,
Y más que rumor, gemido Y la brisa del mar fresca y sonora
En los árboles gigantes, Entre los pinos de la costa vaga.
Fingir el viento perdido
Entre las hojas flotantes. Aquí murió de amor, en hora aciaga,
Mirtilo, y bala su rebaño, llora
Seguid, pobres golondrinas, La primavera, y le tributa Flora
Buscando tan dulce cielo, Rústico incienso cuyo olor embriaga.
Que encontraréis, peregrinas,
A vuestras penas consuelo. Allí la pira está; doliente y grave
Danza emprenden en torno los pastores
Seguid, y con rumbo cierto Coronados de cipro y de verbena:
Cruzad la cerrada bruma;
Que os dará seguro puerto La selva plañe con murmurio suave,
La patria de Moctezuma. Y yace, de Mirtilo entre las flores,
Oliendo á miel aún la dulce avena.
Y dejando el mar bravio,
Alzad himno de alabanza,
Llevando hasta el suelo mío
Mi recuerdo y mi esperanza. Mas llegan los pastores en bandadas
Al reir la mañana en el Oriente;
Mezclan su voz al cántico doliente,
Y se abren las violas perfumadas.
Y en el húmedo follaje
Mil insectos luminosos
Que brillan en el ramaje
O se arrastran afanosos.
JUSTO S I E R R A .
Y surgir entre la sombra,
Melancólicos, suaves
Con tal ternura que asombra, I
Los cantos de extrañas aves.
EL F U N E R A L BUCOLICO.
Y sigue en grato concierto,
Tncipe SIenalios mecum mea tibia verens.
De las aves el arrullo,
VIRG. ÉGL. V I I I .
Lejano, manso é incierto
De las fuentes el murmullo. Su esfera de cristal la luna apaga
En la pálida niebla de la aurora,
Y más que rumor, gemido Y la brisa del mar fresca y sonora
En los árboles gigantes, Entre los pinos de la costa vaga.
Fingir el viento perdido
Entre las hojas flotantes. Aquí murió de amor, en hora aciaga,
Mirtilo, y bala su rebaño, llora
Seguid, pobres golondrinas, La primavera, y le tributa Flora
Buscando tan dulce cielo, Rústico incienso cuyo olor embriaga.
Que encontraréis, peregrinas,
A vuestras penas consuelo. Allí la pira está; doliente y grave
Danza emprenden en torno los pastores
Seguid, y con rumbo cierto Coronados de cipro y de verbena:
Cruzad la cerrada bruma;
Que os dará seguro puerto La selva plañe con murmurio suave,
La patria de Moctezuma. Y yace, de Mirtilo entre las flores,
Oliendo á miel aún la dulce avena.
Y dejando el mar bravio,
Alzad himno de alabanza,
Llevando hasta el suelo mío
Mi recuerdo y mi esperanza. Mas llegan los pastores en bandadas
Al reir la mañana en el Oriente;
Mezclan su voz al cántico doliente,
Y se abren las violas perfumadas.
Ya se tornan guirnaldas animadas
En un vaso de arcilla, negro y rojo,
Las danzas; ya las mueve ritmo ardiente
Recogen las cenizas al momento
Al que hacen coro en la vecina fuente
Los pastores, y en tosco monumento
Faunos lascivos y risueñas dríadas.
Guardan píos el mísero despojo.
Vibra Febo su dardo de diamante:
El baile raudo gira; el seno opreso Duerme, Mirtilo; la floresta umbría
De las pastoras rompe en delirante Que en tu sepulcro abandonado vierte
Su inefable y serena poesía,
Grito de amor que llena el aire enceso.
Mirtilo, el boquirrubio, en ese'instante No olvidará tu dolorosa suerte:
Vuelto habría á la vida con un beso. Ni de tu amor la efímera elegía,
Ni tus bodas eternas con la muerte.

Únese á los sollozos convulsivos


De los abiertos labios, el sonoro
Choque, y recogen el caliente lloro II
Las rojas bocas en los ojos vivos.
AL ACTOR DE " L O S MURMURIOS DE LA SELVA."
¡Homenaje á Mirtilo! ¿Cómo esquivos
Podrían ser sus manes á ese coro? Quod si Threicio blandius Orpheo
A u d i t a m ruoderere arboribus fidem
Al soplo del amor y en barca de ovó l í o n vanee redeat sanguis imagini.
Su alma huía los cármenes nativos. HORATII Carminum.—Liber I,
Carmen XXIV.

Las tazas nuevas en que hierve pura


Probaste en la vernácula zampoña
La leche, vierten del redondo seno
A revivir los cánticos helenos,
A torrentes su nítida blancura.
Y el tallo yerto para tí retoña.
Sobre el fúnebre altar de aromas lleno, La sicilide abeja tus serenos
El fuego borda al fin la Pira obscura Versos busca, de gérmenes de vida
Y asciende el sol en el zafir sereno. Y de dulzura misteriosa llenos.
A tu rústica puerta y escondida
Cuelga, entre las volutas de la hiedra,
Crece la hoguera, muerde con enojo
Tu avena, en miel del Hyblos embebida;
Las ramas cuya esencia bebe el viento,
Y el baile muere al exhalar su aliento Táñesla cual ninguno; tu grey medra
La última llama en el postrer abrojo. Al oírla, florecen los alcores,
La fuente ríe en el brocal de piedra,
Al primero la íntima plegaria,
Y cantan los arpados ruiseñores.
A la diosa los délficos- cantares
En tu honor aun celebran su concilio,
Ay! afuera la errante procelaria
De Febo á los cadentes resplandores,
Anuncia tempestad á los hogares;
Las Piérides sacras, y el Idilio
Afuera el ala férrea de los vientos,
Enlaza á tu corona de cristiano
Enloqueciendo los insomnes mares,
Una rama del lauro de Virgilio. • •

Los estrella del globo en los cimientos


Oh! díme ¿no es divino, por humano,
O los arrastra en montes que naufragan,
El arte que formando egregio coro,
En vórtices de sombra, y que violentos
Con los aedas nace soberano,

En Athenas, de Grecia alma y decoro, Resurgen del abismo, al cielo amagan


Toca al zenit y deja en los latinos Y de la tarde en la velada frente
Labios, morir sus cláusulas de oro? Despedazan el Iris y lo apagan

Creación perdurable, á los destinos ¡Cuán bueno, cuánto al ánimo es clemente


De una raza excedió; en ella informa El solemne silencio del pasado!
Lo bello al realizarse; sus genuinos ¡Qué deleite recóndito se siente

Caracteres serán perpetua norma Si el anhelo de hoy queda olvidado


De la poesía, forma de la vida " P o r la dulzura de mejor memoria!"
A que da ser la vida de la forma. ¡Cuán amable refugio el inviolado

Tú lo sabes; por eso tu alma henchida Santuario del arte, en que la Historia
De música inefable, trasvasaste Semeja himno lejano, y un suspiro
A la urna por Teócrito esculpida. La vida, y breve exhalación la gloria!

Y del Mincio en los cálamos posaste, Mas ¡ay! tramontó el sol que en el zafiro
Que en perlas desgranó su crista! puro Vio transcurrir la era de alegría
Para hallar en tus rimas áureo engaste. En que su amor gentil cantó Titiro,

¿Y nada más? Existe en el seguro Y el viento que á Virgilio conducía


De tu conciencia un Dios que comunica Llevaba entre sus ondas hasta el puerto
Tu vida con el cielo, y cabe el muro De la estrofa de Horacio la armonía!

De tu humilde cabafia, en flores rica, ¿Por qué crece entre el mármol del desierto
Una latina diosa solitaria Templo del dios de Klaros, el espino?
Tu casto amor con su blancura indica; ¿Y por qué ha muerto Pan? ¡Ay! pero ha muerto,
Y de tu caila el ritmo peregrino Cual de herida colmena con presteza
¡Oh dulce bucoliasta americano! Se parten los enjambres, así huyeron
El sueño del caprípedo divino Los dioses de la gran naturaleza;

Ha de probar á interrumpir en vano. Flores y aves exánimes cayeron,


Duerme el numen el sueño del Averno Desaprendió la selva misteriosa
Desde el día que de un altar cristiano El habla de las brisas, y bebieron

Bajó un efluvio penetrante y tierno Las estériles piedras la olorosa


Impregnado en las lagrimas del mundo Y blonda miel de los panales rotos.
Y otro ideal surgió Y este era eterno Égloga, láctea y boquirrubia diosa,

Porque era el dolor. No el infecundo Desamparó las greyes y los sotos,


Dolor pagano, alguna vez sublime Y aquel, de nublos y borrascas lleno,
Pero suicida; no, sino el profundo Cielo, antes puro. Yace en los ignotos

Manantial que en todo hombre oculto gime, Prados del asfodelo, en cuyo seno
O al cielo en rojo surtidor se lanza: Extínguese sin eco el canto grave
Dolor que santifica y que redime, Del arpa santa en que solloza el treno.

Y del que surge pura la esperanza. La Égloga espiró; conserva el ave


Pero aquel nuevo llanto ¡cuántas flores El Iris de sus alas cuando muerta,
Quemó y cuán presto disolvió la alianza Mas no los trinos de su voz suave!

De la antigua poesía y los pastores!


El placer de vivir, y la inefable Depon la flauta pánica; despierta
Fruición de embriagarse en los amores A nuevo afán tu corazón, lo escuda
Con triple bronce, y en la ola incierta
De la mujer, la frágil, la adorable;
La devoción por cuanto bello emana Del Ponto hirsuto, y en la mar sañuda
De la materia (que es de lo Inmutable De nuestra Edad demente, tu barquilla
Lanza, ¡y que Dios en tu socorro acuda!
Cambiante perenne) culpa insana
Digna de la Gehena fué; al altura O sois vasos de aroma hechos de arcilla
Los brazos levantó la estirpe humana Y fugaz vuestra esencia se evapora,
O augusto signo en vuestra frente brilla
Implorando piedad Mortaja obscura
Dafnis halló en el Claustro, y la cabeza De una misión, si heroica, aterradora
De espinas coronó Cloe la i m p u r a . . . . . ¡Oh Poetas! mostrar á los humanos
El Sol oculto que las cimas dora.
O consumís vuestra alma en ayes vanos, ¿Y en qué Sol, si ya el nuestro se h a apagado?
O de la prosa, triunfadora impía, ¿Si están mudos oráculos y altares?
Sebéis el ideal guardar ufanos; Si en un rayo supremo condensado

• Lo erigís como antorcha en la sombría El fulgor de los mundos estelares,


Realidad, y llegáis á la ribera Ni un faro, ni uno solo, encender puede
De la gran noche, con la fe en el día. En la noche sin fin de nuestros mares?

Tú tienes esa fe viril y austera, El Universo á nuestro empuje cede:


Hay en tí poderosas vibraciones, En polvo de creencias van cayendo
Voces como la tuya el siglo espera. Sus viejos aledaños; nada excede

Canta, canta al compás de los bordones A esta fuerza; el Examen, el tremendo


De la lira de bronce, aunque á tu acento Explosivo que mina Cielo y Tierra
Estallen de dolor los corazones. Y rueda en tanto el Orbe, entre el estruendo

¡Qué importa! Si el dolor es el aliento Que al estallar en inexpiable'guerra


Del nuevo, que del hombre antiguo brota Hacen los dogmas proceres. ¡Ruina
Cual del carbón la llama con el viento! Que se agiganta y al vidente aterra,,

Sigue en tu nave el rumbo y la derrota Y por entre la cual densa y sanguina


Que van á lo ideal, mientras tus venas La ola humana rompe efervescente
Tengan sangre y .tu cítara una nota. Y á nuevos horizontes se encamina!
Puede el Noto romper mástil y antenas, ¡Nos queda la Verdad! dice el prudente;
No poner miedo en tí. ¿Qué su coraje ¿Pero qué importa la verdad que pasa?
Es para el que hallará mares serenas ¡Solo importa lo eterno á nuestra mente!
De eternamente arrullador oleaje?
La Ciencia, vasto mar que todo arrasa,
Tienes seguro el puerto prometido,
Es como el mar, que no tiene una gota
No puedes desmayar en el viaje.
Para calmar la sed que nos abrasa.
Nosotros sí; que el azaroso nido
Ay! no es la Duda; á la región ignota
De nuestra inspiración, ya no calienta
Nos dirigimos, pero no salvamos
Ágüilas que transpongan el olvido,
Nunca el abismo en que la noche flota.
Y surcando soberbias la tormenta, '
Y sufrimos, ¡oh! sí, mas no dudamos;
Sepan clavar, vencido ya el nublado,
No; sabemos que nunca de la escala
Su pupila en el Sol, brava y sangrienta.
De lo Absoluto se hallarán los tramos.
445
Ese es el secreto de la vida:
Jamás tal poesía, la que exhala Olvidar; tú has hallado en las arenas
El espíritu enfermo, ave que al suelo Un Oasis; allí cantando olvida
Tiene clavada para siempre el ala,
Pero no lo podrás, y tus serenas
Podrá satisfacér el hondo anhelo Horas de inspiración serán turbadas
Por esos ideales al proscrito Por la agria voz de las humanas penas.
Caros: un Dios y un más allá en el cielo
Entonces nos dirás tristes baladas,
Suspende tu canción y oirás el grito Llenas, como las ráfagas de invierno,
Que el alma nueva en su naufragio lanza; De nidos rotos y hojas arrancadas
Sólo ansia una tabla: el Infinito,
- 41 - Aun vivirá Virgilio, ¡que es eterno!
Y nuestra voz á hablarle sólo alcanza Mas no el de la Natura dulce amante,
De aceptar el deber sin recompensa, Sino un genio flotando entre el Infierno
De cumplir el deber sin esperanza Y la sombra fatídica del Dante.
Y nos rechaza, ¡acaso en tu fe piensa!
Arranca de las cuerdas del salterio,
Poeta y sacerdote, nota inmensa

Que al vibrar de la sombra en el imperio,


Para el grupo escogido que ama y siente,
Se torne luz y alumbre el gran misterio;

O en amor se transmute omnipotente


Y por él el enigma se resuelva
Que torna al mundo en la Ciudad, doliente.

Pero antes tu experto labio vuelva


A copiar, en las cañas desiguales
Del dios Pan, los murmurios de la selva.

Y estos que lloro subjetivos males,


Si son ciertos, ¿por qué no desleírlos
En la muelle canción de los zagales?

¿Por qué de las alondras y los mirlos,


Parvada celestial que en tu arpa anida,
No han de poder los cantos adormirlos?
Si un tiempo fuisteis el afán primero
Del inspirado trovador, su gloria,
Os habéis convertido en irrisoria
Ofrenda concedida hasta al torero.
FRANCISCO SOSA.
Del histrión infeliz ornáis la frente
Entre el aplauso de la turba necia
I Que el circo asorda cual turbión rugiente

E L MENDIGO. Quien de sensato con razón se precia


¡Oh coronas! os mira indiferente,
Ya no piedad sino temor abrigo, Y vuestro brillo el pensador desprecia.
(No porque lleve corazón de roca)
Si oigo que santa caridad invoca
Envuelto en sus harapos el mendigo.

En él oculto encuentro al enemigo


De la familia y del taller; provoca A L A CIENCIA..

Al incauto holgazán á vida loca,


Yo no te admiro, 110, cuando la prora
Que es de su infame proceder testigo.
Del hermoso bajel los mares hiende,
Si un asilo benéfico le ofrece Ni cuando altiva y poderosa asciende
La hermosa y noble caridad cristiana, Las cumbres la veloz locomotora.
Al nombre del asilo se enardece.
No ensalzo tu poder porque señora
¿Trabajo le brindáis? con furia insana Eres del rayo que á tu voz desciende,
Os mira, y al instante desparece Ni me asombra saber cómo sorprende
Para volver á mendigar mañana. Secretos, tu mirada indagadora.

•|
Mas si del torpe error y la mentira
Tu luz al hombre por su bien redime
II Y en la razón y en la verdad le inspira,

QUANTUM MUTATES AB ILLO. Entonces tu grandeza en mí se imprime,


Y el alma ¡oh Ciencia! con fervor admira*
¡ Coronas de laurel! para el guerrero
Tu excelsa gloria y tu poder sublime.
Emblema hermoso de eternal memoria,
Coronas esculpidas por la historia
En el bronce ó el mármol duradero;
IV

A LELIA. ESTHER T A P I A D E CASTELLANOS.

Cuando marchite tus galanas flores


El que es de la beldad fiero enemigo, TXJS PENSAMIENTOS.
Y en vano pidas protección y abrigo
A los que fueron, Lelia, tus amores; I

Cuando todos te olviden; cuando llores Yo cultivo cariñosa


En triste soledad, sin un amigo En unos preciosos tiestos
Que de tu pena ruda al ser testigo Unas plantas florecientes
Anhele disipar tus sinsabores, De variados pensamientos.

Entonces ven á mí; conserva el pecho Unos son blancos, muy blancos,
Puro el recuerdo de su afecto santo Unos son negros, muy negros.
Y olvida tu pasado desvarío. »Otros predicen ventura,
Los otros pregonan duelo.
Entonces, Lelia, ven; mi hogar estrecho
Contigo partiré, que no lo es tanto Los blancos dicen amor,
Que en él no quepan tu dolor y el mío. Olvido dicen los negros.
Las unos paz y alegría,
Los otros eludas y celos.

Y un lenguaje misterioso
Tienen esos pensamientos
t)ue yo adivino en sus hojas
Cuando en las tardes los riego.

II

El abismo que en tus ojos


Impenetrable contemplo,
Me recuerdan con tristeza
Esos pensamientos negros.
IV

A LELIA. ESTHER T A P I A D E CASTELLANOS.

Cuando marchite tus galanas flores


El que es de la beldad fiero enemigo, TXJS PENSAMIENTOS.
Y en vano pidas protección y abrigo
A los que fueron, Lelia, tus amores; I

Cuando todos te olviden; cuando llores Yo cultivo cariñosa


En triste soledad, sin un amigo En unos preciosos tiestos
Que de tu pena ruda al ser testigo Unas plantas florecientes
Anhele disipar tus sinsabores, De variados pensamientos.

Entonces ven á mí; conserva el pecho Unos son blancos, muy blancos,
Puro el recuerdo de su afecto santo Unos son negros, muy negros.
Y olvida tu pasado desvarío. »Otros predicen ventura,
Los otros pregonan duelo.
Entonces, Lelia, ven; mi hogar estrecho
Contigo partiré, que no lo es tanto Los blancos dicen amor,
Que en él no quepan tu dolor y el mío. Olvido dicen los negros.
Las unos paz y alegría,
Los otros eludas y celos.

Y un lenguaje misterioso
Tienen esos pensamientos
t)ue yo adivino en sus hojas
Cuando en las tardes los riego.

II

El abismo que en tus ojos


Impenetrable contemplo,
Me recuerdan con tristeza
Esos pensamientos negros.
Y la sonrisa agradable
Que en horas tranquilas veo
Jugueteando en tus labios,
Al ver los blancos, recuerdo.
LUIS G. U R B I N A .
Que lo que de tí recibo
Lo bendigo, lo venero,
L A U L T I M A S E R E N A T A .
Lo mismo grata ventura
Que triste y amargo duelo: A J u a n d e Dios P e z a .

CANTO PRIMERO.
Ora el amor inefable,
O bien el dolor intenso, I
Las divinas alegrías,
Vaga, confusa, incierta,
O los crueles tormentos.
Como un girón de niebla en el Invierno,
• Y siempre llevo en el alma Aun se agita y despierta
Tus queridos pensamientos, Mi memoria rendida,
Ya sean negros ó blancos, Con el triste recuerdo de mi vida
Como guardo tus recuerdos. Amargo á veces, pero siempre tierno.
No es la historia completa; son escenas
Aisladas, en que el drama
Se desarrolla más, en que las penas
Luchan con el placer que las fascina,
Y en que á través de la confusa trama
La catástrofe triste se adivina.
Empero, más vivaz, más culminante,.
Más clara, hay una escena,
Infeliz episodio de mi historia,
Que se presenta sola en mi memoria
Como el suelto eslabón de una cadena.
Allá mi dócil pensamiento vuela
En horas de quietud, y por mi frente
Vuelve á cruzar el caso infortunado,
Unica nave que dejó su estela
Indeleble, luciente,
Sobre el obscuro mar de mi pasado.
II
Aulas llenas de luz: allí los rayos
Cuando cierro los ojos ahuyentando De un espléndido sol, limpio y sereno,
Pensamientos é imágenes sombrías, Indecisos brillaban,
Y, urna de mis recuerdos, abro el alma Ora sobre los rizos
Para que se perfume mi existencia De cabezas alegres, soñadoras,
Con la divina esencia Atentas á la altura
Que exhalan hoy mis juveniles días, En que el maestro reposado y grave
Miro á través de la dorada gasa Hablaba con mesura;
Del sueño, los diversos, Ora por los rincones
Pobres lugares do mi infancia pasa: Iluminando solitarios bancos,
Aquel rincón del patio de mi casa O ya sobre los negros pizarrones
Donde compuse mis primeros versos; Llenos de líneas y guarismos blancos.
Aquella biblioteca obscura y fría ¡Patios extensos, amplios corredores
Tapizada de viejos pergaminos, De mi querida escuela,
En donde yo leía Cuál se refresca la memoria mía
Los libros peregrinos Cuando á vosotros anhelante vuela!
Que exaltaron mi loca fantasía; Y cuál mi fantasía
La ventana ruinosa Rompiendo el triste, tenebroso seno,
Do mi primera novia me besaba, Que ocultaba sus galas,
La iglesia de mi barrio, silenciosa, En vuestro ambiente, lleno
Triste, churrigueresca, De luz y poesía
Con su nave elevada y gigantesca,
Su pórtico de toscas esculturas, Alegre empapa las inquietas alas!
Y sus torres hermosas
Recortando, pesadas y angulosas,
IV
El transparente azul de las alturas!
Por fin, ya estás aquí, calle tortuosa,
III Estrecha, solitaria;
Ni un detalle he perdido; la medrosa
Después la mente mía
Larga fachada de color obscuro,
Cual corcel hostigado en su carrera,
Frente á la tapia donde cada piedra
Se exalta, se aligera,
Desmoronada, decoraba el muro
Y me conduce á sitios encantados
Con un penacho de frondosa hiedra:
Donde pasó mi j u v e n t u d primera.
La forma caprichosa
De dos columnas de labrado rudo,
En cuya base jónica, reposa
El tosco cuadro del antiguo escudo; Sobre el ancho sillón, las amarillas
Y luego, aquella reja Manos cruzadas en el blando pecho,
De hierro ennegrecido Allí tendida, inerte,
En la que alguien parece que se queja Sintiendo resbalar p o r sus mejillas
De mi culpable olvido! La sombra de la muerte;
¡Ah! qué mucho que siempre que os recuerde Allí, como en un lecho,
Fachada, tapia, reja, hiedra verde, La cabeza inclinada
Llore por mi abandono y por mi ausencia, Como una flor tronchada;
Si én vuestra calle, lóbrega y sombría, Con los ojos cerrados, el cabello
La más pura ilusión de mi existencia Desordenado en su revuelto giro,
Se ha quedado llorando todavía! Y en el delgado y transparente cuello
Conteniendo un sollozo ó un suspiro.
CANTO SEGUNDO. Como un nimtío de luz, un fino encaje,
Movido á veces por su aliento flébil,
I Ornando su cabeza,
Yo estaba enamorado: ¡quién no siente Y envuelto en blanco y vaporoso traje
Arder á los quince años esa llama: El cuerpecito enflaquecido y débil.
La edad, en que se piensa en ser valiente,
En que se sueñan lauros en la frente, III
Y de un saínete vil se forja un drama!
La edad en que queremos como sabios
Pasé, volví á pasar, y me detuve
Penetrar los arcanos de la ciencia,
Frente á aquella visión; sentí que el alma
Que alcen un himno á la virtud los labios,
Se postraba de hinojos,
Ser de los vicios el eterno azote,
Cuando vi que sus párpados se abrían
E ir por el mundo desfaciendo agravios
Y abrasadores rayos desprendían
Con las débiles armas del Quijote!
Los profundos abismos de sus ojos.

II
IV
Así nació mi amor: en una tarde
Pasaba con mi libro bajo el brazo
Y el sol, que se escondía
Por esa calle, y en la reja aquella
Entre las nubes de color sangriento;
Vi por primera tez, gentil y pura,
La luna, sin fulgor, que aparecía
La niña de mis sueños de ventura,
Sobre el obscuro azul del firmamento;
Pálida, triste, pudorosa, bella.
Una estrella que erraba
Brillando en los lejanos horizontes,
En el espeso velo
En que ya la silueta de los montes VII
Va cortando los términos del cielo;
¡Cuantas veces la vi, como en un sueño,
La nieve del volcán, resplandeciente,
Fijar en mí sus ojos,
Enrojecida por el sol poniente,
Y aparecer en su mejilla pálida
Y hasta un granado que en la tapia asoma
Misteriosos y púdicos sonrojos!
Su rama más florida,
Creí que nuestras almas se mandaban 1
Hablaron de calor, de luz, de aroma,
Algo como un saludo",
De juventud, de porvenir, de vida.
Y en tristes confidencias entablaban
Algún diálogo mudo.
¿Fué cierto? No lo sé; nunca he podido
Descifrar el misterio,
¡Qué contraste, Dios mío! Ni al descansar cual hoy, yo en el olvido,
¡Qué mirada tan honda de tristeza Y ella en el cementerio!
Te dirigió la niña moribunda, En mi ánimo abatido
Madre Naturaleza! Yo sólo sé que duerme desde entonces
Yo ante dolor tan vivo, La fe con que una vez osaba amarla,
Viéndote hacer de tu hermosura alarde, Cual la chispa en el seno de los bronces
Me retiré callado y pensativo Mientras no viene el golpe á despertarla.
Y así nació mi amor, aquella tarde !
VIII
VI Una noche, mi cuarto de estudiante
No pudo contener, porque era estrecho,
A Después de mis faenas
Todas las ilusiones que brotaron
Estudiantiles, iba apresurado
Del solitario fondo de mi pecho.
Sintiendo con vigor inusitado
Al canto dé mi amor, como gemidos
Correr la sangre ardiente por; mis venas:
De la suprema angustia,
Pasaba, como siempre, cabizbajo,
Respondieron los últimos crujidos
Tímido, palpitante,
De mi lámpara mustia;
Siquiera fuese por mirar su sombra,
El Invierno, otra vez, á los cristales
El divino perfil de su semblante,
De mi ventana en que se mira un cielo
O escuchar en un éxtasis amante
Pavoroso y sombrío,
El rumor de sus pasos por la alfombra.
Fué á llamar con sus lágrimas de hielo
Trémulo me acerqué, y en el exceso
Como cuajadas gotas de rocío.
De mi cariño puro,
De mi alcoba salí, dejando el sueño;
Imprimí largo beso
Crucé las calles tristes y desiertas,
En el pesado y carcomido muro;
Llegué a la casa de mi amado dueño,
En voz baja le hablé de mis amores,
Y allí detuve el paso
En voz baja también canté mis penas,
Frente á esa línea de fulgor escaso
Cual cantaban antiguos trovadores
Que lanzan las maderas entreabiertas.
En dulce mandolín sus cantilenas.
Mi romántico ensueño,
Mi arpa era el viento, cuya voz eólica
¿Dónde vagaba en tan* solemne hora?
En la frondosa rama del granado
Tal vez m e parecía
Vibraba melancólica;
Que yo era el Trovador de esa Leonora.
Con dulce acento entre la verde hiedra,
Ignoraba su nombre, y no os asombre
O grave y triste como voz lejana
Que así tuviera la razón perdida,
Entre los rotos ángulos de piedra
Pues t o d o s los delirios de mi vida
O el hierro sin color de la ventana.
Nunca h a n tenido nombre.
Cuando alcé la mirada al firmamento
Me oculté en un rincón de la fachada;
¡Ni u n a luz; ni un rumor! Todo dormía, Y vi la estrella huérfana y tranquila,
Sólo m i alegre corazón latía Lanzándome el reflejo macilento
Entre las rotas nubes De su inmóvil pupila,
Un astro nada más resplandecía; Me pareció que acompañaba al viento
¡De q u é grata ternura Y que en aquella noche, breve y grata,
Se llenó aquella noche Entonaba también mi serenata.
Mi alma, en el centro de su fe, segura!
CANTO TERCERO.

IX
I
Entretanto, mi pálida.. . . ¿dormía?
¿En mí soñaba acaso? ó reclinada Nueve tardes sin verla; nueve días
En el b o r d e del lecho, ^ Sin sol, sin luz, sin galas;
Sintiendo estaba lo que yo sentía Todas mis alegrías
Allá en el fondo de mi cuarto estrecho? Sin fuerzas ya para tender las alas!
¡Ah! si estaba despierta, I M i espíritu cansado
Vago presentimiento Y el horizonte de mi amor velado.
De que y o estaba ahí, frente á su puerta, Largas horas, que envueltas
¿No la haría temblar por un momento? En el manto de sombras del crepúsculo,
¡Qué batalla tan ruda
Libraron en mí mismo,
Visteis mi angustia horrible, La esperanza, el temor, la fe y la duda!
Sin que mi labio prorrumpiera un grito, Como bíblicos ángeles
Y me visteis inmóvil, pareciendo
Lucharon sobre el puente del abismo!
Quizá tan insensible
Me decidí por fin; hoy que me acuerdo
Como aquellas columnas de granito;
Mi decisión me pasma:
Si cruzasteis el mundo,
Crucé á lo largo de la tapia vieja,
Horas que el aura de la noche besa,
Y, ebrio por el dolor, como un fantasma
En vuestro tardo paso
Me detuve en la r e j a . . . .
No encontrasteis, acaso,
En tan triste momento
Un dolor más profundo,
Quiso también acompañarme el viento;
Más inquietud, más pena, más tristeza!.
Gimió en los hierros, empujó la puerta,
Iluminóse la ventana abierta,
II
Y por aquella parte luminosa
Aquella noche, llena El confuso rumor de una plegaria
De reflejos purísimos, traía Fué rodando, rodando hasta perderse
Ese silencio sepulcral que asombra; Por la calle torcida, tenebrosa,
Recortaba con bordes luminosos Estrecha, interminable, s o l i t a r i a . . . .
Los obscuros contornos de la sombra;
Dibujaba en el muro IV
Fantásticas siluetas,
Y hacía arder su resplandor más puro ¡Cómo llegué hasta allí! Sólo recuerdo
Entre las verdes grietas! Impresiones primeras;
Yo la miré en la calle El crujir de las ceras,
Tender sobre el quebrado pavimento De multitud de flores la fragancia,
Su luz, como blanquísimo sudario, Y algunos rostros lívidos
Prendiendo, aterradora cual ninguna, Llorando en los rincones de la estancia.
El amarillo disco de la luna Y blanca, entre las ceras y las flores,
En la elevada cruz del campanario. Por un velo cubierta,
Allí estaba el amor de mis amores!
III Allí estaba la muerta!
Y corrieron las horas, y me hallaron Me acerqué paso á paso
En la misma actitud, m u d o y sombrío; Con la alma estremecida,
El alma estremeciéndose de pena, Pues que aquel era el delicado vaso
Y el cuerpo estremeciéndose de frío
Que contuvo la esencia de su vida. La estrella que cantó mi serenata
Y levanté ese velo, Llena de paz, fulgura,
Y á la rojiza llama de los cirios Callada y triste, como yo en mi duelo,
Vi aquella faz serena, Sobre la muda soledad del cielo
De luz, de gloria y de ternura llena! Que semeja en lo inmenso mi amargura.
Vi aquellas amarillas
Manos cruzadas sobre el blando pecho;
Allí tendida, inerte,
Ya marchitas del todo sus mejillas,
Ya envuelta por las sombras de la muerte.
Tomé una d e esas manos, seca y fría,
Y la estreché, temblando, con la mía;
Y aquel diálogo mudo
Que interrumpió el dolor y el alma hospeda
Como á rayo de luz seco follaje,
Concluyó con el último saludo
De un espíritu triste que se queda
Y otro que emprende el misterioso viaje.
No gemí; no lloré; yo era la nube
Que en tempestuoso cielo se pasea,
Bañada en agua por el éter sube,
Y al no poder llover, relampaguea!

¡Oh casta imagen de mis sueños, pasa!


¡Pobre rincón del patio de mi casa,
Corredores extensos de mi escuela,
Pasad; con retardaros, todavía
Mi espíritu cansado se consuela!
No he vuelto á ver la reja ni la calle,
Mas vivirán en la memoria mía
Mientras mi débil corazón batalle.
Alguna noche grata
Que recuerda mis horas de ventura,
¡Oh dulce estrella del amor! Errante,
Al contemplarte cuando el sol desmaya,
Se escucha el beso largo y delirante
De Otelo y de Desdémona en la playa.
JESUS E. V A L E N Z U E L A .
Del oleaje en la revuelta espuma
Quiebra la luz su postrimer reflejo,
EN LA PLAYA. Y del haz de las aguas, en la bruma,
Se alzan la noche y su letal cortejo.
Tras la lejana cumbre ele los montes
El negro carro de las ruedas de oro
Se muere el sol como vencido atleta,
Tirado avanza por las horas mudas,
Y se encienden los anchos horizontes
Y en torno surgen murmurando un coro
Con regia luz sobre la mar inquieta.
Las blancas oceánides desnudas.
El rumor de las olas un lamento
Reina el silencio. En el espacio vago
Alza perenne con extraña rima,
Brillan los astros con su luz incierta;
Y se enciende en el alma el pensamiento
Se oyen á veces el reir de Yago,
De morir como el sol, sobre la cima.
Voces de Otelo proclamando ¡muerta!
Rumbo á la playa la lejana vela ¿Qué horror encubres en tu seno obscuro
Asoma adelantando presurosa, ¡Oh noche! indiferente á los d o l o r e s ? . . . .
Como avecilla que hacia el nido vuela ¡Ah! despedaza tu ropaje impuro
Huyendo del milano que la acosa. Manchado por fatídicos colores.
• •
Cerca ya se oyen gritos y canciones Nada es verdad. Guando el Oriente ciña
Que entona el pescador á su regreso, La corona de luz de la mañana,
Sobre el domado mar que ricos dones Vendrán el héroe y la graciosa niña
A sus afanes rinde con exceso. Feliz con él y de su dicha ufana.
Con voces raras y de vario modo Los sueños negros de la noche triste
Todo manda en redor su despedida Disipará la brisa de los mares;
Al padre de la luz, y canta todo Ya el sol de oro la montaña viste,
La inmensa majestad de su caída.
Y naves llegan de los patrios lares.
Brota la estrella del amor; la sigue ¡Venid! ¡venid! El plácido suceso
Cerca Diana en el azul del cielo, En el ruido del dolor desmaya.
Como alma enamorada que persigue •¡Han muerto! ¡han muerto! y su tremante beso
Dicha fugaz que se le torna en duelo. No sonará ya más sobre la playa!
De mi voz al conjuro poderoso
De nuevo se alzarán los edificios
Cuyo aspecto severo y majestuoso
Del azteca saber nos dejó indicios.
EDUARDO DEL VALLE. De sus dioses terribles el odioso
Anhelo de sangrientos sacrificios
Presentaré también como evidencia
CUAHUTEMOC.
Segura de la idólatra creencia.
(Fragmento.)

Cantaré la belleza de su cielo;


En el nombre del Ser cuya existencia
De sus brisas la plácida frescura;
No conoció principio ni fin tiene,
La exuberancia de su fértil suelo,
Y cuya soberana Omnipotencia
Y de sus flores la fragáncia pura.
El movifniento universal sostiene;
Así veloz recorrerá mi vuelo
En el nombre de Aquel cuya influencia
Ya el monte colosal, ya la llanura,
Cuanto existe, benéfica mantiene,
Ora el arroyo manso, ora el torrente
Voy á elevar mi voz entusiasmado
Que arrasa lo que encuentra en su corriente.
Para cantar de Análiuac el pasado.

¡Anáhuac! el recinto de las flores; ¡Ah! si tener lograra el dulce encanto


El emporio feliz de la riqueza; Del gran Netzahualcóyotl la voz mía,
El país de lós pájaros cantores; Fuera el murmullo de mi débil canto
EL paraíso de sin par belleza. Inagotable fuente de armonía.
Anáhuac, que ostentando los primores ¡Cuánta dulzura sin igual, y cuánto
Que pródiga le dió Naturaleza, Esplendor mi palabra expresaría
Como una virgen candida brindaba Si yo lograra que á mi mente inquieta
Los inmensos tesoros que guardaba. Diera su inspiración el rey poeta!

Voy á cantar los hechos valerosos Entonces de mis labios, con presura,
De los de Anáhuac ínclitos guerreros No frases brotarían, sino flores
Que midieron sus armas animosos De blando aroma y sin igual frescura
Con destructora hueste de extranjeros. Que ostentaran bellísimos colores.
Voy á cantar los lances prodigiosos El manso murmurar del aura pura
De los caudillos que lograron fieros Que acaricia los mirtos tembladores,
Hacer morder al invasor la tierra A veces mi voz rústica sería,
En t a n sagrada como infausta guerra.
Y otras rumor de tempestad bravia.
¡Con qué vigor mi varonil acento
Tosca es mi voz. Desnuda del ropaje
Las acciones heroicas relatara
De la divina, bella poesía,
Del bravo Cuitlahuác, cuyo ardimiento
No podrá tributar un homenaje
Hasta el propio enemigo respetara!
Digno á la patria la palabra mía.
Lleno de inspiración, mi pensamiento
Pero no temo que. el mordaz ultraje
A la región celeste se acercara;
Se desate en mi contra con porfía;
Y en imágenes ricas en belleza
Porque tiene mi acento pobre y rudo I
De Anáhuac cantaría la grandeza.
De C C A H U T E M O C el nombre por escudo.

Sin más sostén-, empero, que el ardiente


Y profundo entusiasmo que atesora
Mi pecho por la raza, que valiente
Lidió con la legión conquistadora;
Sin más inspiración que la que siente
Quien admira esa lid conmovedora, .
Voy á elevar mis férvidos cantares

,
De la querida patria en los altares.

¿Y qué pecho no late entusiasmado


Al recordar de C U A H Ü T E M O C la gloria I V
Que como claro sol han conservado
Las páginas eternas de la historia?
¿Quién no siente su espíritu inspirado
I
Cuando los hechos trae á la memoria
Del valeroso intrépido caudillo
Que á México cubrió de inmortal brillo?

Débil mi canto, su rumor apenas


Se escuchará cual se qye la corriente,
En las noches calladas y serenas, 1 1
De la apacible y apartada fuente.
¡Ah! si el ardor que corre por mis venas
Diera á mi voz su fuerza prepotente,
Un himno al héroe de Anahuác alzara •

Que el universo, al resonar, llenara.


El tiempo y el espacio desparece,
El telégrafo, rayó que obedece,
El pararrayo que desarma al cielo.

R A M O N VALLE. En tanto Europa fiera en su pasado


Que el antiguo saber y la fe alienta,
Nos dió la Cruz y nos envió la imprenta.
M E X I C O Y K S P A Ñ A.. ¡Ah! ¡si hubiera la pólvora olvidado!

(Fragmento.)
Córrase un velo de perpetuo olvido
Dios lo quiso, y cual se abre la neblina En esta fiesta á la pasión extraña,
Que los soberbios Ancles ocultaba, Para siempre olvidemos
Ante la orden divina Un pasado doliente,
La tierra se ensanchaba, Y desde hoy recordemos solamente
Y dando un paso la obediente historia, Los beneficios de la madre España.
Vio Colón de la Rábida en el monte
A la luz pura de. su misma gloria, Honremos siempre á los que el sér nos dieron
La América detrás del horizonte. Y admiremos su hazaña
Con que de honor brillante se cubrieron,
El m a r desconocido y proceloso Como el mundo la admira.
Ya no e s barrera ante el esfuerzo humano; Odio jamás, sólo el amor inspira
Es el q u e une en abrazo cariñoso La santa Religión que nos trajeron.
Al Viejo Mundo con su nuevo hermano.
Rayos q u e se unen en el foco ardiente, Las páginas borremos de la Historia;
Polen q u e se'confunde de dos palmas, Dios sabrá dar castigo y recompensa;
Su vida, sus ideas y sus almas El que se venga, mereció la ofensa,.
Cambiaron uno y otro continente. Y el que perdona, se cubrió de gloria.
Nos dio Europa, maestra complaciente,
El método al Progreso necesario, Guatimoctzín, Caupolicán, titanes,
Y México, la Reina de Occidente, Con vuestra luz la humanidad refleja;
Dió al gran Papa Gregorio el calendario. Cortés, Pizarro, Sámano, Calleja,
Morillo, Orrantia, paz á vuestros manes!
Mientras llegaba el día
En que á Europa la América daría De hoy más, España, la nación gloriosa,
El vapor poderoso á cuyo vuelo En su trono de siglos asentada,
Contemplará orgullosa
A las nuevas naciones,
Que iguales, del Señor á la mirada, * w - »

A su pendón unieron sus pendones.


ANTONIO ZARAGOZA.

Ella, España, nos dio la sangre hirviente


Que corre generosa en nuestras venas,
Y el alma independiente,
I
Que no sufre ni grillos ni cadenas. LA Ü L T I S A NOCHE.
Ella nos dio su espíritu guerrero,
Ella nos dió en herencia su arrogancia, Ningún rumor en la ciudad se oía,
Que no sabe sufrir yugo extranjero, Todo enlutaba de la noche el velo:
Con Sagunto y Numancia, El silencio y la sombra, —¡ qué armonía
Con Yiriato y Pelayo, Cori almas que lloraban sin consuelo!
Con Zaragoza, y con el Dos de Mayo.
¡De cuántos desgarrados corazones
Hondo lamento de dolor brotaba!
Quisimos, madre, ser, como tú, grandes;
Hasta el- viento rasando los balcones,
Quisimos, como tú, tener laureles;
Parece que sus quejas exhalaba.
Tú nos diste cañones y corceles;
Por Asturias, tenemos nuestros Andes; Por un cirio amarillo de repente
Somos, no á tí, pero á tu.gloria, fieles. Una gota de cera iba rodando:
No perdones, admira nuestra hazaña; Parecía una lágrima candente
Somos dignos de tí, la madre España! Por pálida mejilla resbalando.

Un extraño contraste se veía


Junto al cuerpo bellísimo sin alma:
Todos lloraban, y ella sonreía,
Ellos en el dolor, y ella en la calma.

Sus ojos, para el mundo ya cerrados,


Para un mundo mejor tenía abiertos,
Y en ellos se miraban retratados
Los goces celestiales de los muertos.

Ya lágrimas amargas no podían


Turbar la limpidez de su mirada;
Y sus ojos con éxtasis veían Tendida muellemente sobre el lecho,
El resplandor de la eternal inorada. Q u e no tenía forma funeraria,
Con las manos unidas sobre el pecho,
Si asomaba á los párpados el llanto
Parecía elevar una plegaria.
Al contemplar su pálida belleza,
No era esa angustia que destroza tanto, Como lleva la brújula el marino
Era melancolía y no tristeza. . Al recorrer el mar alborotado,
P a r a surcar el piélago divino,
Es la amarga tristeza noche umbría Ella llevaba al Dios crucificado.
Sin estrellas, sin luces y sin calma;
Pero es la celestial melancolía Al comenzar su viaje hacia la altura
Un tranquilo crepúsculo del alma. Al amparo de Cristo se acogía,
Y entre sus manos de sin par blancura
Y, ya olvidada del dolor que aterra,
Brillar un crucifijo se veía.
Creía el alma en éxtasis profundo,
Que, suspensa la vida de la tierra, Los resplandores del blandón inciertos,
Vivía con la vida de otro mundo. Fingían en su rostro, fugitivos,

Júbilo por los goces de los muertos,
Y voces celestiales á lo lejos
Tristeza por las penas de los vivos.
Hablaban de reposo y bienandanza,
Y verse parecían los reflejos ¡Ultima noche que la hermosa muerta
De la infinita luz de la esperanza. Pasaba en ese hogar de que fué encanto;
Se iba, y dejaba en la mansión desierta,
Y se pensaba por extraña suerte
Sólo un recuerdo de perpetuo llanto!
Oir una armonía seductora;
Tal vez cantan las almas á la muerte
Se iba, y dejaba á sus pequeños hijos
Como cantan las aves á la aurora.
De sus besos de amor sin el consuelo;
Parecían salir del aposento, Y ellos, por siempre en su recuerdo fijos,
Cual la que vio Jacob, santas escalas, Sólo han de conocerla allá en el cielo.
Y dulces resonaban en el viento
* *
Acaso era ilusión; pero á medida
Acentos de ángel y rumores de alas.
Que en las alas del tiempo se acercaba
Tanta unción en su faz resplandecía, La hora de la eterna despedida,
Que, al verla, nadie la creyera inerte; Más doliente su rostro se mostraba.
Su actitud soñadora parecía
¿Por qué ya al separarla el nuevo día
Un éxtasis divino y no la muerte.
De los que fueron luz de su existencia,
Indiferente y frío
Tan triste su expresión aparecía? Seguí cruzando con doliente calma;
¿También los muertos llorarán la ausencia? Y me sacaron de éxtasis sombrío,
Las notas que cayeron cual rocío
Disipada por fin la noche obscura,
En las flores marchitas de mi alma.
Ese sol que da vida á cuanto existe
Vino á alumbrar su tétrica hermosura. Eran de Strauss, mágico que vive
¡Cuan alegre la aurora, ella cuán triste! _ Creando de armonías un tesoro,
De ese poeta-músico que escribe
Despertó la ciudad á los albores,
Con pardas brumas y con rayos de oro.
Volviendo á sus pesares y á sus gozos:
Afuera, de la vida los rumores;
Es un extraño wals, triste y alegre,
Adentro, de la muerte los sollozos.
Que á un tiempo llora y ríe,
¡Y todo despertó con nueva vida Que me recuerda, en su variado encanto,
Cuando en Oriente el sol lució risueño, Una mujer hermosa que sonríe,
Y ella tan sólo, pálida y dormida, Con los ojos bañados por el llanto.
• No despertó de su tranquilo sueño!
Tiene notas veloces como el vuelo
Los que inerte llorando la veían, De un sér á los espacios infinitos;
Soñaban con la eterna venturanza; Viaje de una alma que al llegar al cielo
Todos algo sublime poseían: Es recibida con alegres gritos.
¡Ella los cielos, ellos la esperanza!
Vago turbión de notas desatadas,
Veloces, sutilísimas, ligeras,
II Cual las de ángeles rápidas bandadas
Que triunfantes recorren las esferas.
ACELERACION.

(Wals de Strauss.)
Yo pensaba en el alma refulgente
Era noche de llanto y de tristeza; Que acababa de alzar su .vuelo blando,
En su fúnebre lecho la vi inerte; Y la veía en mi delirio ardiente
No podía olvidar esa belleza Por los cielos cruzar, rauda volando.
Melancólica y dulce de la muerte.
Y las notas de Strauss semejaban,
Desdeñaba en mi pena á la insensata
Ligeras y argentinas,
Multitud, que contenta se reía;
Ecos perdidos que hasta mí llegaban
Y el rumor de la alegre serenata
De misteriosas músicas divinas.
A mis oídos plácido venía.
Y del alma los ojos De nuevo me agobió con su amargura
Bañados por la luz de la esperanza, La inmensa pesadumbre de la muerte.
Veían en su anhelo
Murió! Cuando en mis horas de tristeza
Un grupo luminoso en lontananza
Gozo de mis recuerdos con la calma,
Rápidamente levantarse al cielo.*
Viene su melancólica belleza
Si una alma pura vuela A conmoverme en lo íntimo del alma.
Al reino de la paz y la alegría,
Va dejando en su tránsito una estela Recordar esas notas me extasía
De perfume, de luz y de armonía. Y vierto el lloro que consuela tanto.
¡Bendito el que ha creado la armonía
Mas las notas alegres y sonoras Y bendito el Señor que nos dió el llanto!
En tristes se trocaron con presteza,
Y las oí sonar desgarradoras,
Como un hondo gemido de tristeza.

Aquellas notas raudas y tranquilas


Presto se hicieron lentas y dolientes,
Como en las antes plácidas pupilas
Brotan de pronto lágrimas ardientes.

Sonaron dolorosas en mi oído


Cual postrer ¡ay! que el moribundo lanza,
Como el último adiós de un ser querido,
O el "eco de un dolor sin esperanza.

Si las notas primeras me fingían


La llegada triunfal de una alma al cielo,
Las últimas los ayes parecían
De los que la lloraban en el suelo.

Y al mágico poder de la armonía,


Llena el alma de angustia y de cariño,
Desbordada sentí mi pena impía,
Y me quedé llorando como un hiño.

Desvanecida mi visión tan pura,


Otra vez en su lecho la vi inerte;
"Te elevas, y en tu orgullo
Me miras con desprecio,
Porque levanto apenas
La frente en mi humildad;
R A F A E L D E ZAYAS E N R I & U E Z . Mas Júpiter castiga
En tí el orgullo necio:
I Su rayo te destroza,
Mientras que á mí, jamás !"
F I L A N T R O P I A .
Y contestó la palma
Un filántropo del día, Concisa y elocuente:
Hombre de mucho dinero, "Naciste para el suelo,
Y ante él, infeliz obrero Para el espacio yo;
Que de hambre se moría. Y en muerte como en vida
"Fueron vanos mis afanes Nuestro hado es diferente:
Yendo del trabajo en pos; A tí te mata un asno,
Una limosna, por Dios!" A mí me hiere Dios !"
"Yo no mantengo holgazanes!"
"Ved que convulso m e agitó;
Tengo una ténia"
III
"No es broma?
E L ASNO.
Pues tome un duro, y que c o m a
Ese pobre animalito " Miraba un caballo á un burro
Y díjole con desprecio:
No te acerques á mí, necio,
II Villano, imbécil, cazurro,
L A P A L M A . Que se ofende mi decoro
Estando en tu compañía;
Al pie de enhiesta palma
Tú eres plebe, yo hidalguía,
Raquítico crecía
Tú eres cobre, yo soy oro.
El césped, vanidoso
Somos los dos oro y cobre,
Cual los enanos s o n ;
Dijo el sesudo borrico;
Y viendo á la procera,
Tú eres el asno del rico,
Con honda antipatía,
Y yo el caballo del pobre.
Le dijo, haciendo esfuerzos
Para engrosar la voz:
Monótona igualdad no interrumpida
La que presenta siempre ese paisaje:
IV
Es el mismo verdor en el follaje,
LA ESTATUA. Es la misma colina, el mismo lago,
Es el mismo rumor débil y vago,
Fidias exhibe ante la ilustre Atenas
Es la misma beldad y el mismo traje.
Soberbia estatua, en que parece el fuego
De la vida correr entre las venas;
¿Cómo puedes vivir donde Natura,
Asombrosa creación del arte griego.
Cual un cadáver, en silencio duerme,
Sin anhelos, sin lucha, fría, inerme,
Y la entusiasta multitud le aclama,
En la que nunca la pasión fulgura;
Bendice el numen que al autor inspira;
Que ni tiene esos raptos de locura,
"Hijo de Apolo," con amor lo llama,
Ni el encanto imprevisto del acaso,
Y como á un dios en su pasión le mira.
Ni el desmayo del sol en el ocaso,
Al ver el triunfo que el artista alcanza, Ni de ciego furor el paroxismo,
Felamén, el de Paros, envidioso, Ni la amenaza oculta del abismo,
Hasta la estatua con furor avanza Como la mar, donde mi vida paso?
Y dice al pueblo, adusto y desdeñoso:
¡La mar, la mar! Coqueta sonriente
No así lo celebréis, ¡oh gente fatua!
Que á todos nos ofrece sus amores,
No así le discernáis la gloria entera!
Que nos arrulla en lánguidos rumores,
Que si Fidias la forma dió á la estatua,
O nos atrae en vértigo inclemente,
El mármol lo saqué de mi cantera!
Ora avara, después munificente;
Ya insensible, después voluptüosa;
Ya se muestra irascible, ya medrosa
Y ¿Quién puede resistir, diosa divina,
Tus promesas de ardiente concubina,
EL POEMA DE LA MAR.
Y tus caricias tímidas de esposa?
(Fragmentos.)

I ¡La mar, la m a r ! . . . . La lúbrica bacante


Que exhala de pasión perenne grito,
Falta luz, falta aire, falta vida
Y en su embriaguez se lanza al infinito
En tu ciudad, que envuelve la montaña;
Para abrazar á su anhelado amante,
Prefiero á esos palacios mi cabaña
En la marina roca suspendida. Y luego se desploma palpitante;
Con su honda queja los espacios llena;
Su.cólera desata ó la refrena, Y al verla puedo abandonar el suelo;
Y en su lucha constante y repetida, Un poeta, cual tú, de regias galas,
Desmelenada y ciega y desceñida, Que ostenta del condor las recias alas,
Va á la playa á morir sobre la arena. Cantando al mar, se elevará hasta cíelo!

II

Ven, amigo, á la mar. La dura pena


Que en las ciudades nos destroza.el alma,
La mar mitiga. Con su augusta calma
El abatido espíritu serena.
Ven, amigo, á la mar; grata faena
Hará más descansado tu reposo;
Allí sobre el abismo bullicioso,
La mano en el trabajo se encallece
Y el espíritu, en cambio, se ennoblece,
Y el corazón se vuelve generoso.

Ven, amigo, á la mar, la soberana


Creación que concibió Naturaleza.
¿Quién contemplando su eternal grandeza
Puede pensar en la miseria humana?
No en la costa hallarás la cortesana
Adulación que en la ciudad descuella,
Ni de la envidia la luctuosa huella;
Que si el marino es rudo compañero,
En su odio y su amor siempre es sincero,
Y al dar la mano, el corazón va en ella.

Ven á la mar, que es de esperanza emblema.


Al oir de sus ondas la.armonía
Darás tregua al dolor, y tu elegía
Se ha de trocar en épico poema.
Ella es de inspiración fuente suprema. . . .
Yo soy gaviota de medroso vuelo,
Cuando el ciprés funesto,
En triste lontananza,
A m i s cansados ojos
La sombra ofrezca de sus mustias ramas;
OVIDIO ZORRILLA.
No t e m a , no! — Sereno
A la feliz morada
Camine, do la muerte
•A. L I D I A .
Con blando ceño á lo inmortal me llama.

Adiós, mi dulce amiga; Promesas misteriosas


Del infortunio en alas, Me finja la esperanza;
Al fin mi adversa suerte Y bendiciendo muera
De tus amantes brazos me separa. De mi imposible amor la dulce causa!

Adiós ! Aun la memoria


De mi pasión infausta,
II
Borrar pueda la ausencia
Y tu alma virgen á la paz renazca. A LA M E M O R I A DE DIEGO BENCOMO.

Pueda voluble el tiempo Al fin, mi caro amigo,


En fáciles mudanzas, Tras lidia tormentosa,
De tus amantes cuitas Descansas sosegado
La hiél trocar en venturosa calma. De los llorosos sauces á la sombra.

Yo solo ¡ ay triste! apure Al fin tras la borrasca,


De esta honda angustia el ansia, S e r e n o el mar, sus ondas
Y delirando guarde El apacible y dulce
En mi mente tu imagen adorada. Azul hermoso de los cielos toman.

Yo solo del olvido Al fin la peregrina


Huya la dicha vana, Ave cansada, ansiosa,
Y siempre á tu recuerdo El vuelo fatigado
Tributo sean mis acerbas lágrimas. Sobre el florido manantial acorta.

Y cuando de mi vida ¡ Feliz, pues ya tu espíritu


En la pendiente ingrata, Su s e d devoradora
Rendido á mis dolores Calmó en la fuente augusta
Bajo su peso imponderable caiga; Que descendió del Paraíso al Gólgota!
Sí, que el Pastor divino
Las hubo en guarda todas,
Y fuiste tú su oveja,
Y no h a b r á de perderse ni una sola!

Y pues del error triste


Y* la maldad odiosa,
L o s antros miserables
Dejaste p o r tu bien en feliz hora;

P u e s no ya el torpe aullido
D e las pasiones locas, INDICE.
A tu conciencia mueve
Guerra f e r o z en íntima congoja; Páginas.'
Advertencia Y
¡ Dichoso tú en el puerto, Reseña histórica de la poesía mexicana 1
Y a libre de zozobras !
¡ Dichoso tú en la tumba, /
POETAS MUERTOS.

Absorto e n la verdad, firme en la gloria! (ORDEN DE ANTIGÜEDAD.)

A u t o r anónimo 59
Francisco de Terrazas 65
F e r n á n González de Eslava 66
' Sor J u a n a Inés de la C r u z 68
F r a y Manuel Navarrete 7.3
Francisco Munuel Sánchez de Tagle 79
IFIUST.
---Andrés Q u i n t a n a Roo 83
Manuel Eduardo de Gorostiza 88
Manuel Carpió 92
Francisco Ortega 98
José Gómez de la Cortina 102
José J o a q u í n Pesado 108
José María Heredia 131
"Wenceslao A l p u c b e 133
F e r n a n d o Calderón 135
José de Jesús Diaz 139
Ignacio Rodríguez Galván 140
Miguel J e r ó n i m o M artínez .• 149
José Sebastián Segura 151
Ignacio Ramírez 152
Ramón Isaac Alcaráz 155
Alejandro Arango y Escandón igo
Sí, que el Pastor divino
Las hubo en guarda todas,
Y fuiste tú su oveja,
Y no h a b r á de perderse ni una sola!

Y pues del error triste


Y* la maldad odiosa,
L o s antros miserables
Dejaste p o r tu bien en feliz hora;

P u e s no ya el torpe aullido
D e las pasiones locas, INDICE.
A tu conciencia mueve
Guerra f e r o z en íntima congoja; Páginas.'
Advertencia Y
¡ Dichoso tú en el puerto, Reseña histórica de la poesía mexicana 1
Y a libre de zozobras !
¡ Dichoso tú en la tumba, /
POETAS MUERTOS.

Absorto e n la verdad, firme en la gloria! (ORDEN DE ANTIGÜEDAD.)

A u t o r anónimo 59
Francisco de Terrazas 65
F e r n á n González de Eslava 66
' Sor J u a n a Inés de la C r u z 68
F r a y Manuel Navarrete 7.3
Francisco Munuel Sánchez de Tagle 79
IFIUST.
---Andrés Q u i n t a n a Roo 83
Manuel Eduardo de Gorostiza 88
Manuel Carpió 92
Francisco Ortega 98
José Gómez de la Cortina 102
José J o a q u í n Pesado 108
José María Heredia 131
"Wenceslao A l p u c b e 133
F e r n a n d o Calderón 135
José de Jesús Diaz 139
Ignacio Rodríguez Galván 140
Miguel J e r ó n i m o M artínez .• 149
José Sebastián Segura 151
Ignacio Ramírez 152
Ramón Isaac Alcaráz 155
Alejandro Arango y Escandón igo
Páginas.
PágiD&s.
388
Francisco de P . Guzmán ""igg Pesado Isabel
391
Manuel Peredo ^68 P e z a J u a n de Dios
401
Isabel Prieto de Landázuri |73 Prieto Guillermo
J u a n Valle j-g P u g a y Acal Manuel ^
40K
José Rosas Moreno jgg Ramírez Ambrosio
Manuel M. Flores 187 R i v a Palacio Vicente 429

Manuel Acuña jgg - S i e r r a Justo 435

Agustín F . Cuenca.... 204 _ .


Sosa Francisco
446
449
T a p i a de Castellanos Esther
451
POETAS VIVOS. U r b i n a Luis
464
Valenzuela Jesús
(ORDEN A L F A B É T I C O . I 4
Valle Eduardo del ®6
Altamirano Ignacio M 213 Valle Ramón 470

Bustillos José M 223 473


Zaragoza Antonio
Cisneros Cámara Antonio 226 480
Zayas Enríquez Rafael de
Cuellar José T. de 230
486
Zorrilla Ovidio
Delgado Rafael 239
Díaz Mirón Manuel. 239
Díaz Mirón Salvador 255
Domínguez Ricardo 265
Esteva Adalberto 268
Esteva José María... 273
Fernández Granados Enrique 279
Gómez Rafael 282
González Ernesto , 285
González Justo P 290
González Manuel M 292
Gutiérrez Nájera Manuel 298

H í j a r y Haro J u a n B gjj"
I p a n d r o Acaico g^g
López Carvajal Francisco 324
López Portillo y Rojas José 330
Llórente Vicente Daniel 333
Méndez de Cuenca Laura. 335
Ortiz Luis G . 33^
Othón Manuel José 344
Pagaza Joaquín Arcadio . 3gg

Parra Porfirio 3g2


Peón Contreras José 374
Peón del Valle José 382
. Pérez de García Torres Josefina 334
Pérez Sa)azar Ignacio 337

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