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Instituto Superior de Formación Docente y Técnica

Altos Estudios del Pilar

Informe académico

La vida y la muerte, dos caras de la misma moneda

Apellido y nombre: Gulli, Karina.

Cátedra: Historia social y cultural de la literatura III.

Profesora: Rivero, Tania.

Año: 2018.

Carrera: Profesorado de Educación secundaria en Lengua y Literatura.

1
Introducción:

Desde el dialéctico origen de la humanidad, uno de los interrogantes que más ha inquietado
al hombre está relacionado con la idea de la muerte. ¿Qué es la muerte? ¿Qué hay después de ella?
¿Por qué existe temor hacia la muerte? ¿A dónde va el alma? Sin lugar a dudas, la posibilidad de la
muerte es inminente. Puede abordarse dicha temática desde una amplia gama de perspectivas, siendo
las más importantes la visión teológica y la filosófica.

Teniendo en cuenta lo dicho, el objetivo de las siguientes líneas será realizar un análisis
literario de las obras La dama del alba, de Alejandro Casona, Las intermitencias de la muerte, de
José Saramago y Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique. Gracias a dicho análisis, se
desarrollará una reflexión acerca de cómo aparece la figura de la muerte en las obras mencionadas.

En primera instancia, se hablará sobre La dama del alba, obra de teatro escrita por el
dramaturgo Alejandro Casona en el año 1944. Este drama está compuesto por cuatro actos. Varios de
los personajes fundamentales no poseen nombre, por lo que se los conoce como Madre, Abuelo y
Peregrina. Esto puede encontrarse en otros autores de la Generación del 27, como por ejemplo,
Federico García Lorca. No obstante, se conoce el nombre del resto, Adela, Martín, Angélica, Telva,
etc.

El melodrama inicia con una descripción de la didascalia. Con respecto al marco narrativo,
menciona que la historia transcurre en algún lugar de Asturias en España, pero sin dejar en claro en
qué tiempo ocurre. El elemento más llamativo de este comienzo es la guadaña que está colgada de la
pared. Este indicio tendrá relevancia en dos oportunidades más adelante. La trama comienza con una
escena familiar entre la Madre, el Abuelo, Telva y los niños. Aquí, el lector conocerá una pequeña
parte del elemento fundamental: la muerte. Madre dice « ¡No irán! Para ir a la escuela hay que pasar
por el río… No quiero que mis hijos se acerquen al río»1. Ella no quiere sufrir una pérdida
nuevamente, por lo que sobreprotege a su descendencia.

Se deja muy en claro el hecho de que no existe felicidad en la casa desde la partida de
Angélica; esto lo dice la Madre « Antes era fácil ser feliz. Estaba aquí Angélica; y donde ella ponía
la mano todo era alegría»2. Este sentimiento se reflejó aun en la Edad Media, según palabras del
historiador francés Philippe Ariès « El hombre de fines de la Edad Media identificaba su impotencia

1
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 10.
2
Ib, p. 12.

2
con su destrucción física, su muerte»3. El personaje de la madre siente esta impotencia día a día,
debido a la inexplicable muerte de su hija. Desde este momento, al avanzar la historia, progresa el
relato retrospectivo que cuenta lo sucedido con Angélica hasta el punto de poder reconstruir lo que
se cree que sucedió.

Tres días después de contraer matrimonio con Martín, ella desaparece y el único indicio que
se encuentra es un pañuelo cerca del río que indicó que había fallecido ahogada. La Madre afirma que
gran parte de su dolor se debe a este hecho, ya que nunca se encontró el cuerpo de Angélica para
poder darle la debida sepultura «El hombre es tierra y debe volver a la tierra. Solo el día que la
encuentren podré yo descansar en paz4». Sobre este tema, Aries afirma que «La tumba visible era un
medio de garantizar la permanencia del difunto, tanto en el cielo como en la tierra»5. Por lo tanto, la
Madre tiene una doble pérdida, ya que siente que perdió a su hija, que le daba alegría a la casa y, al
mismo tiempo, no pudo despedirse ni tener la certeza de qué ocurrió con el cadáver.

No obstante, no todo es tiniebla dentro de la casa. Telva, la criada, representa la idea de salir
adelante al decir «Pero la vida no se detiene. ¿De qué le sirve correr las cortinas y empeñarse en gritar
que es de noche? Al otro lado de la ventana todos los días sale el sol»6. Como puede verse, ella quiere
ayudar a la Madre para que entre en razón, ya que el duelo que está realizando no permite que la
familia pueda tener ni siquiera un resquicio de felicidad. Este personaje posee una historia trágica, ya
que ha perdido a sus siete hijos el mismo día, debido a que trabajaban en una peligrosa mina de
carbón. Sin embargo, deja muy en claro que no se quedó estática llorando por su lamentable pérdida,
sino que, por el contrario, salió adelante. Tuvo que lavar los siete cuerpos ella misma para darles la
correspondiente sepultura.

En la figura de Martín también aparece de progreso, aunque su motivación se debe


principalmente a que conoce la verdad acerca de lo que ocurrió con su esposa «más vale sembrar una
cosecha nueva que llorar por la que se perdió»7. Sin embargo, la Madre hace caso omiso a todos estos
comentarios para permanecer inmersa en su lamento «Sé que no te gusta recordar. Pero no te pido
que hables. Me bastaría que te sentarás junto a mí»8. En este diálogo aparece la necesidad que tiene
de ser acompañada. Queda muy claro el hecho de que luego de cuatro años la Madre de Angélica se

3
Ariès, Philippe, “Riqueza y pobreza ante la muerte en la Edad Media”, en Morir en Occidente, Buenos Aires,
Adriana Hidalgo editora, 2000, p. 132.
4
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 15.
5
Ariès, Philippe, “Riqueza y pobreza ante la muerte en la Edad Media”, en Morir en Occidente, Buenos Aires,
Adriana Hidalgo editora, 2000, p. 109.
6
Ib. p. 13.
7
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 16.
8
Ib. p. 15.

3
siente dolida y no logra superar su duelo. En definitiva, la Madre espera que la hija vuelva para, al
menos, poder enterrarla. Su mente no logra salir del abismo en que se encuentra. De esta manera,
arrastra a todos los integrantes de la familia a un oscuro lamento, similar a un letargo eterno.

La actitud de Martín no ayuda en nada a Madre; por el contrario, él sigue con su vida con
normalidad. Él va al pueblo, cuida a los caballos, se dedica a la cacería y consigue las provisiones
para la casa.

A continuación, luego de unos diálogos, aparece en escena la Peregrina. Para no dar rodeos,
este personaje es la representación física de la muerte. Al contrario de lo que podría esperarse, no
posee una imagen horrorosa, sino que se presenta una mujer muy frágil que irá desarrollando su
femineidad y su humanidad con el correr de los acontecimientos. Esto puede verse en el segundo
encuentro que tiene con el Abuelo « ¿Comprendes ahora lo amargo de mi destino? Presenciar todos
los dolores sin poder llorar… Tener todos los sentimientos de una mujer sin poder usar ninguno… ¡Y
estar condenada a matar siempre, siempre, sin poder nunca morir!»9. Llega al punto de preguntarle al
resto de personajes si le temen. Lo cierto es que la percepción que tienen sobre ella es algo inquietante,
pero para los niños es una posible compañera de juegos. Es más, gracias a ellos la muerte descubre
una nueva sensación: la risa. Esta acción la ejecuta de sobremanera. Llega al punto de reírse a
carcajadas tan inquietantes que asustan a los niños. Lo interesante es que al entrar la Peregrina en
escena el perro comienza a ladrar constantemente durante toda la escena.

Esto se contrapone a la imagen de la Muerte que se tenía en la Baja Edad Media, según
afirma el historiador holandés Johan Huizinga « (La muerte) riendo sarcásticamente, con el andar de
un antiguo y tieso maestro de baile, invita al Papa, al emperador, al noble, al jornalero, al monje, al
loco y a todas las demás clases y condiciones a que la sigan»10. Por lo tanto, resulta interesante pensar
en esta figura femenina de la muerte que es incapaz de causar ningún tipo de pavor o estremecimiento.
Incluso, llega a formar una imagen muy dulce junto a los niños de la casa. Esto lo aclara la didascalia
al describir cómo Didascalia en medio del juego «la Peregrina se deja caer riendo cada vez más. Los
niños la imitan riendo también. Pero la risa de la peregrina va en aumento, nerviosa, inquietante»11.

A continuación, la Peregrina mantiene un diálogo con el abuelo, cuando él logra recordar que
ya la ha visto anteriormente. En ese punto, la Muerte le comenta acerca de las tres veces que ha
visitado esta región. Todas estas oportunidades están vinculadas con el fallecimiento de distintas

9
Ib. p. 36.
10
Huizinga, Johan, “La imagen de la muerte”, en El otoño de la Edad Media, Buenos Aires, Altaya, 2009, p.
206.
11
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 27.

4
personas, entre ellas, los siete hijos de Telva. Además, por primera vez le nombran a Angélica,
nombre al que ella no reacciona.

Más tarde, en brazos de Martín llegará Adela, una mujer que estaba a punto de suicidarse en
el río. Esto abre las puertas a un recurso fundamental para esta obra, que es la antítesis. Aparecen
muchos contrastes, de la oscuridad se va a la luz, de la tristeza a la alegría; el personaje de Adela,
pasa de ser una desconocida a ser parte de la familia. Ella en un momento les manifiesta a los niños
« ¿Qué hacéis aquí encerrados? El campo se ha hecho para correr. Esta noche iremos todos juntos»12
. No es casualidad. La obra empieza con lo lúgubre y la muerte de una manera muy triste. Luego
cambia, ya que puede figurarse cómo la luz va apareciendo constantemente. Surge la calma y el gozo.
Telva explica la evolución de la casa desde que apareció Adela. En un comienzo, «Los niños quietos
en el rincón, la rueca llena de polvo, y la ama con sus ojos fijos y su rosario en la mano. Toda la casa
parecía un reloj parado»13. Luego, le explica cómo evolucionó el hogar gracias a la intervención de
la nueva hija, «una casa que vivía a oscuras, y un golpe de viento que abre de pronto todas las
ventanas. Fuiste tú»14.

Con respecto a los tópicos trabajados por esta obra, esta se alínea con el tempus fugit, que
significa que la vida es fugaz. El paso por la tierra es muy rápido, no se puede hacer nada al respecto
ya que todo termina y solo queda lamentarse. La madre comprende que el paso del tiempo es
inexorable cuando sale de la casa para ir al pueblo y afirma que «en el huerto parroquial hay árboles
nuevos. Y esos chicos se dan tanta prisa en crecer… Algunos ni me conocían»15.

Otro tópico presente es el Ubi sunt. Huizinga habla sobre esto con una línea exquisita
«¿Dónde han ido a parar todos aquellos que antes llenaban el mundo con su gloria?»16; pues esta es
la esencia del tópico. Puede verse en la falta que hace Angélica en su casa, especialmente para su
madre.

Sin lugar a dudas, esto es un interesante punto de encuentro para comenzar a reflexionar sobre
la poesía Coplas por la muerte de su padre, escrita por Jorge Manrique. Específicamente, se trata de
una elegía, ya que el tema principal es un lamento del autor (que se refleja en el yo poético) debido a

12
Ib. p. 47.
13
Ib. p. 49.
14
Ib. p. 48.
15
Ib. p. 51.
16
Huizinga, Johan, “La imagen de la muerte”, en El otoño de la Edad Media, Buenos Aires, Altaya, 2009, p.
195.

5
la muerte de su padre. Esta obra está compuesta por cuarenta coplas escritas en octosílabos
combinados con algunos casos de tetrasílabos y pentasílabos.

En la cuarta copla puede leerse «a Aquel solo me encomiendo»17. En este punto, se realiza la
invocación; se dirige a Jesús y le pide su inspiración. De la misma manera, da la pauta de que se toma
en cuenta la concepción cristiana de la existencia: el sufrimiento es el medio para la vida eterna. «Este
mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar»18. Esta creencia es un pilar en la Edad
Media, aunque el autor se encuentre, prácticamente, con un pie en el Renacimiento.

Con respecto a lo mencionado anteriormente, en esta elegía aparecen tópicos similares a los
abordados en La dama del alba. Por ejemplo, el Ubi sunt, que tiene por traducción ¿dónde están?, es
un lamento propio de la Edad Media, por lo tanto no es extraño encontrarlo en esta poesía que data
de finales de este periodo. Los poetas se preguntaban dónde está la grandeza de Carlo Magno, la
sabiduría de Sócrates, dónde está la soberbia del rey. En Coplas por la muerte de su padre, el tópico
del Ubi sunt aparece cuando el yo poético se pregunta retóricamente « ¿Qué se hizo el rey don Juan?
/ ¿Qué fue de tanto galán, / qué fue de tanta invención / como trajeron?»19. Aquí comienza una larga
lamentación, por lo que solo se citó un fragmento.

Esta tristeza se mantiene durante toda la obra, por ejemplo «ved de cuán poco valor / son las
cosas tras que andamos / y corremos, / que en este mundo traidor / aun primero que muramos / las
perdemos” »20. Como puede verse, el yo poético deja claro que el tiempo acaba con la belleza y la
fuerza. Aparece así, un claro ejemplo de Tempus fugit. De la misma manera, puede leerse «pues que
vemos lo presente / cómo en un punto se es ido / y acabado»21. Sin mucho que decir, en un instante
se acaba la vida. Se vuelve a mencionar la brevedad de la vida y el paso del tiempo. Ariès lo describe
como «el signo del amor apasionado por la vida y la dolorosa conciencia de su fragilidad»22.

Mientras se reflexiona sobre este tema, aparece otro tópico al mismo tiempo, que es el de la
muerte igualitaria. En el comienzo de la elegía puede leerse lo siguiente «Nuestras vidas son los ríos
/ que van a dar en la mar / que es el morir (…) / son iguales / los que viven por sus manos / y los

17
Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial Huemul,
1974, 108.
18
Ib. p. 109.
19
Ib. p. 114.
20
Ib. p. 110.
21
Ib. p. 109.
22
Ariès, Philippe, “Riqueza y pobreza ante la muerte en la Edad Media”, en Morir en Occidente, Buenos
Aires, Adriana Hidalgo editora, 2000, p. 131.

6
ricos23». Esta idea de que la muerte iguala a todas las personas, independientemente de sus
características, circulaba mucho durante la Edad Media. Acerca de este tema, Huizinga afirma que
«el motivo de la danza de la muerte, la muerte arrebatando a los hombres de toda edad y condición»24.
Asimismo, este razonamiento aparece en varias oportunidades dentro de la poesía. Más adelante
puede leerse «Así que no hay cosa fuerte, / que a papas y emperadores / y prelados, / así los trata la
Muerte / como a los pobres pastores/ de ganados»25. Como es sabido, el tema de la muerte igualadora
de todas las clases sociales, que ya aparece en la Biblia, en el libro de Job, se desarrolla en la Danza
de la Muerte, compuesta en España en el siglo XIV: «A la danza mortal venid los nacidos / que en el
mundo sois de cualquier estado, / el que non quisiere a fuerza e amidos / facerle he venir muy toste
parado…»26.

Un punto interesante de la elegía de Manrique tiene que ver con la última parte, que comienza
en la copla XXV, donde se da lugar al elogio a su padre, verdadero motivo por el que escribe
susodichas líneas «Sus hechos grandes y claros (…) / ni los quiero hacer caros, / pues que el mundo
todo sabe / cuáles fueron. / Qué amigo de sus amigos (…)»27. Si bien el autor escribe con mucha pena
debido a su pérdida, resulta inevitable vincular estos versos con lo que menciona Ariès acerca de lo
que se creía en la Edad Media que se dejaba en la tierra al morir «su gloria sobrevivirá en las
generaciones futuras que no dejarán de alabarlo. Y por otro lado, este renombre ganado por sus
virtudes asegurará su inmortalidad en el cielo»28. Es indudable que el poeta enumera las cualidades
de su padre y las razones que tenía la comunidad de guardar su memoria. En rigor de verdad, era un
gran guerrero y ayudó mucho a su comunidad.

Desarrollo:

No es ninguna novedad que existen numerosas conexiones y puntos en común entre la


literatura perteneciente a diferentes épocas. Esto se debe a que históricamente el hombre ha tenido
grandes inquietudes que, al día de hoy, permanecen sin respuesta definitiva. Por ejemplo, al hablar

23
Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial Huemul,
1974, p. 108.
24
Huizinga, Johan, “La imagen de la muerte”, en El otoño de la Edad Media, Buenos Aires, Altaya, 2009, p.
195.
25
Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial Huemul,
1974, p. 113.
26
Anónimo, La Dança general de la Muerte, disponible en
http://www.larramendi.es/en/corpus/unidad.do?idCorpus=1000&idUnidad=100324&posicion=1.
27
Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial Huemul,
1974, p. 117.
28
Ariès, Philippe, “Riqueza y pobreza ante la muerte en la Edad Media”, en Morir en Occidente, Buenos
Aires, Adriana Hidalgo editora, 2000, p. 106.

7
de la muerte, existen diferencias y similitudes en Coplas por la muerte de su padre, La dama del alba
y Las intermitencias de la muerte.

En primer lugar, en la obra de Alejandro Casona, el Abuelo afirma algo muy interesante para
tomar como punto de partida «Es la peor de las angustias. Sientes que el rayo está levantado en el aire
como un látigo. Si te quedas quieto, lo tienes encima; si echas a correr, es la señal para que te alcance.
No puedes hacer nada más que esperar lo invisible, conteniendo el aliento»29. En este punto, el abuelo
hace una analogía hermosa al comparar lo que sucede en el monte durante una tormenta con la figura
de la muerte. Él quiere, a toda costa, proteger a Adela para que la familia no vuelva a sufrir una
pérdida «Esta noche en el baile no te separes de mí. Si oyes que una voz extraña te llama, apriétame
fuerte la mano y no te muevas de mi lado ¿Me lo prometes?»30. Se forma así, una escena con un gran
valor de ternura. Puede verse el sentimiento familiar de protección que logró construir el abuelo con
Adela.

Igualmente, en la obra de Jorge Manrique puede leerse «Las huestes innumerables (…) / ¿qué
aprovecha? / Cuando tú vienes airada / todo lo pasas de claro / con tu flecha»31. Resulta atractivo
recordar que en Las Danzas de la muerte, una de las imágenes con que se representa a la muerte es
la de un arquero. El punto de relación entre estas obras tiene que ver con el carácter implacable de la
muerte. En ambos casos, se la compara con algo prácticamente imposible de esquivar, como es el
caso de un rayo y una flecha. Solamente queda esperar lo inevitable. Surge una pregunta un poco
pesimista al pensar en esta cuestión: ¿De qué sirve todo lo hecho, si la muerte habrá de llevárselo? Se
espera arribar a una respuesta en la conclusión.

Con respecto a Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, puede encontrarse una
relación muy atractiva «Ese siempre fue de todos los momentos, el más breve, un suspiro y ya está.
Una vela que de repente se apaga sin necesidad de que nadie sople»32. Al leer estas tres
representaciones de la Muerte, es decir, dibujadas como una flecha, un rayo y un suspiro, se infiere
cómo llega el final de la vida en nada más y nada menos que un instante. ¿Es una meditación
pesimista? Todo depende del prisma con el que mire. Sin lugar a dudas, puede afirmarse que la
conclusión de la existencia ya no se ve como en la Edad Media. Huizinga afirma algo interesante
sobre el tratamiento del tema en aquella época «Con la representación de la muerte surge un
estremecimiento de horror. La idea religiosa, que lo dominaba todo, lo tradujo enseguida en moral,

29
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 57.
30
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 58.
31
Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial Huemul,
1974, p. 117.
32
Saramago, José, Las intermitencias de la muerte, Buenos Aires, Alfaguara, 2005, p. 77.

8
lo convirtió en un memento mori»33. No sería azaroso mencionar, por lo expuesto, que el sentimiento
que mantiene el hombre sobre una materia tan desconocida como la defunción ha madurado.

En segundo lugar, otro punto de encuentro entre las obras tiene que ver con el consuelo tras
la muerte. Con respecto a la obra de Manrique, esto se figura en la respuesta del Maestre, cerca del
final «No gastemos tiempo ya / en esta vida mezquina (…) y consiento en mi morir / con voluntad
placentera, / clara y pura, / que querer hombre vivir / cuando Dios quiere que muera / es locura»34.
Como puede verse, el padre acepta la muerte con la resignación cristiana característico de la Edad
Media. Gracias a esto, el yo poético cierra la elegía «Que aunque la vida perdió, / dejónos harto
consuelo / su memoria35». Como puede verse, el poeta relata el momento de la muerte y halla consuelo
en el recuerdo de su padre.

De la misma manera sucede en La dama del alba. Para dar inicio al cierre, la Peregrina
finalmente comprende su misión en aquel sitio de España y se lo narra a los niños «La bella durmiente
del río fue encontrada, más hermosa que nunca. Respetada por el agua y los peces, tenía los cabellos
limpios, las manos tibias todavía, y en los labios una sonrisa de paz… como si los años del fondo
hubieran ocurrido en un instante»36. A propósito de dicho relato, se produce una prolepsis, es decir,
un quiebre en el relato que adelanta el final. La Peregrina realiza una narración muy bella acerca de
la manera en la que encontrarán el cuerpo de Angélica. Con esta base, al momento de su encuentro
con la Muerte, la Peregrina la seducirá para inducirla al suicidio al afirmarle que «ella (la madre) ya
no te necesita. Tiene tu recuerdo, que vale más que tú37». La Peregrina, por lo tanto, tiene como
objetivo que Angélica salve el recuerdo que su familia tiene acerca de ella, ya que con estas memorias,
todos serán más felices. Esta es una relación con los versos de Manrique, ya que el poeta honra el
recuerdo de su padre. Una vez que llega el fin de la vida, todo lo que queda es la valoración de los
bellos momentos vividos. Ariès comenta algo llamativo acerca de esta visión «Se consideraba a la
hora de la muerte como una condensación de la vida en su totalidad, con su masa de riquezas tanto
temporales como espirituales»38. Es decir, fue fundamental para ambas obras que se mantuviera el
recuerdo de los seres queridos de la manera más pulcra posible. Huizinga sostiene una frase llamativa

33
Huizinga, Johan, “La imagen de la muerte”, en El otoño de la Edad Media, Buenos Aires, Altaya, 2009, p.
207.
34
Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial Huemul,
1974, p. 122.
35
Ib. p. 123.
36
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 69.
37
Ib. p. 88
38
Ariès, Philippe, “Riqueza y pobreza ante la muerte en la Edad Media”, en Morir en Occidente, Buenos
Aires, Adriana Hidalgo editora, 2000, p. 116.

9
para reflexionar acerca de este asunto «¿Qué queda de toda la belleza y la gloria humana? El recuerdo,
un nombre. Pero la melancolía de este pensamiento no basta para satisfacer la necesidad de horror
que se siente ante la muerte»39. Por lo tanto, aunque hayan memorias hermosas de lo que había sido
el ser querido en vida, el dolor y el horror ante la muerte causa estragos muy fuertes.

Lo mencionado también tiene cabida con la novela de Saramago. Allí, en un punto se


preguntan acerca de la posible muerte de la reina. Puede leerse con un tono muy irónico «Le
preguntaré a su majestad qué prefiere, si ver a la reina madre agonizante (…), o verla, por morir,
triunfadora de la muerte, en la gloria eterna y resplandeciente de los cielos»40. Acá aparece
nuevamente la figura de los recuerdos. Se cuestiona si es mejor mantener en vida a la monarca o si se
prefiere que tenga una muerte digna. Si se elige la segunda opción, obviamente, todas las memorias
que se tengan serán gloriosas, como ha sucedido en las dos obras citadas anteriormente. La conclusión
irónica que ofrece Saramago afirma que es mejor mantener los recuerdos de un ser querido que tenerlo
enfermo en su lecho.

Un tercer punto de encuentro será la concepción espiritual que se tiene acerca de la Muerte.
En Coplas por la muerte de su padre hay una postura religiosa donde se ve claramente la posición
divulgada por la Iglesia en los versos «El vivir que es perdurable / no se gana con estados /
mundanales, (…) / mas los buenos religiosos / gánanlo con oraciones / y con lloros»41. En este punto
aparece la figura del pecado y la idea de orar para vivir. Esto se refuerza con el siguiente ejemplo:
«Partid con buena esperanza / que la otra vida tercera / ganaréis»42. En definitiva, el yo poético afirma
que Rodrigo Manrique ha ganado el derecho a la vida eterna, ya que había cumplido todos los deberes
necesarios. Ariès da una explicación sobre esta cuestión «En la baja Edad Media nadie tenía
garantizada la salvación: ni los clérigos, ni los monjes, ni los papas, que hervían en la marmita del
infierno. Había que asegurarse los recursos del tesoro de oraciones y gracias administrado por la
Iglesia»43. Es decir, en la época de Manrique todos tenían la misma posibilidad de ser condenados al
infierno, independientemente de su posición social. Por lo tanto, había que esforzarse constantemente
durante toda la vida. Esto da una idea de cómo apareció la idea de la muerte igualadora.

39
Huizinga, Johan, “La imagen de la muerte”, en El otoño de la Edad Media, Buenos Aires, Altaya, 2009, p.
197.
40
Saramago, José, Las intermitencias de la muerte, Buenos Aires, Alfaguara, 2005, p. 18.
41
Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial Huemul,
1974, p. 121.
42
Ib. p. 122.
43
Ariès, Philippe, “Riqueza y pobreza ante la muerte en la Edad Media”, en Morir en Occidente, Buenos
Aires, Adriana Hidalgo editora, 2000, p. 109.

10
Con respecto a La dama del alba, la concepción espiritual está más divulgada a la moral y al
respeto por el matrimonio. Por lo tanto, la figuración religiosa está latente. Esto aparece cuando el
Abuelo le cuenta a la Peregrina que «Tres días lo fue (su esposa)»44. Acá el abuelo menciona el tiempo
que duró el matrimonio entre Angélica y Martín. Curiosamente, es un número sagrado, ya que es el
tiempo que pasó entre la muerte y la resurrección de Jesús. Podría tratarse de una metáfora que refleja
el sacrificio final que realiza Angélica. No obstante, dicho elemento narrativo logra que Martín
encuentre el verdadero amor. Aparece una estratagema que fue totalmente desconocida para la
Peregrina, que no comprendía por qué se quedó dormida ni por qué figuraba una muerte igual a la de
Adela siete Lunas después. «Te digo que no la conozco. ¡No la he visto nunca!»45, afirma la Muerte
cuando le preguntan sobre Angélica. Luego de una breve reflexión, comprende su misión cuando
aparece la desaparecida y la Peregrina le dice a Angélica « ¿Tendrías el valor para mirarlos cara a
cara? ¿Qué palabras podrías decirles? (…) Nadie te quitó a tu familia, tú la abandonaste.»46.Como
puede verse, se trata claramente de un recurso de la argumentación. La peregrina utiliza una pregunta
retórica para comenzar a seducir a la pobre desdichada con la idea del suicidio. Esto se debe a la
concepción espiritual que se tiene acerca de la moral. La fidelidad al matrimonio fue considerada un
pilar en esta época y la traición merece un castigo. Aun así, cabe hacerse la pregunta ¿Angélica no
merecía acaso una segunda oportunidad, sobre todo luego de los padecimientos que sufrió? «He
sufrido todo lo peor que puede sufrir una mujer. He conocido el abandono y la soledad; la espera
humillante en las mesas de mármol. Me he visto rodar de mano en mano como moneda sucia.»47. La
única respuesta está relacionada a una lección didáctica.

En contraposición, en Las intermitencias de la muerte, la espiritualidad y la moral reciben un


tratamiento que permite al narrador realizar una crítica social muy dura. En las tres obras la muerte
está relacionada a Dios. En dos trabajos anteriores, se debe tener una vida honrosa para poder acceder
al Reino de los cielos. No obstante, en la novela de Saramago puede leerse que «Sin muerte no hay
resurrección, y sin resurrección no hay iglesia»48. El análisis que hace el autor juzga el rol que la
iglesia le ha dado a la muerte, ya que influyó drásticamente en el comportamiento del hombre durante
el transcurso de la historia. Esta ironía encierra una profunda reflexión filosófica acerca de las
emociones humanas motivadas por el engaño. En todo momento debe tenerse en cuenta que no

44
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 64.
45
Ib. p. 65.
46
Ib. p. 84.
47
Ib. p. 85.
48
Saramago, José, Las intermitencias de la muerte, Buenos Aires, Alfaguara, 2005, p. 17.

11
solamente se ve afectada la iglesia, sino que el autor critica mordazmente los medios masivos de
comunicación, la política y las construcciones sociales.

En tercer lugar, se hablará acerca del carácter psicológico de la muerte. En el melodrama de


Alejandro Casona, como ya se ha dicho, la Muerte posee rasgos femeninos y, de alguna manera, cierta
curiosidad por tener sentimientos. En el momento de su llegada a la casa, la Peregrina se queda
dormida debido al cansancio y le dice al abuelo que «Tus nietos tuvieron la culpa. Me contagiaron su
vida un momento, y hasta me hicieron soñar que tenía un corazón caliente. Solo un niño puede realizar
tal milagro»49. Sin lugar a dudas, ella sintió la calidez de la familia y, al menos por un momento,
desarrolla los sentimientos humanos. Pese a que falló en su objetivo de llevarse a Martín, no lo
lamenta, ya que lo ha disfrutado. Asimismo, no solo desea sentir el amor familiar, sino que realiza
una fuerte declaración: «¡Y cómo os envidio a las que podéis sentir ese dolor que se ciñe a la carne
como un cinturón de clavos, pero que ninguna quisiera arrancarse!». A consecuencia de dicha
necesidad, la Peregrina suspira por el anhelo de un amor, de un cariño y un afecto real. Sin embargo,
por culpa de su destino, se encuentra condenada a acompañar a un sinfín de personas hacia el otro
lado. A pesar de esto, se permite disfrutar los pequeños momentos que le regala la casa. En la
didascalia se describe que «al fin sus ojos se animan, se pone la corona de rosas en los cabellos, toma
un espejo del costurero de Adela y se contempla con femenina curiosidad»50. Como se ha dicho
anteriormente, se muestra claramente la humanidad en la muerte.

Con respecto a Las coplas por la muerte de su padre, puede verse, de la misma manera, una
figura humana de la muerte. «Después de tanta hazaña (…) / vino la Muerte a llamar / a su puerta»51.
Como puede observarse, la Muerte ya viene por él. «Diciendo: “Buen caballero, / dejad el mundo
engañoso / y su halago; (…) / Esfuércese la virtud / para sofrir esta afrenta / que vos llama”» 52. Sin
lugar a dudas, el verdugo llega con una figura humana, bastante similar a los que sucede en La dama
del alba. No obstante, hay una diferencia radical; en el caso de la Elegía de Manrique, la Muerte
enaltece la figura de Rodrigo Manrique de una manera muy vistosa «Y pues vos, claro varón, /tanta
sangre derramastes / de paganos, / esperad el galardón / que en este mundo ganastes / por las manos»53.
Es decir, la Muerte engrandece la figura de su padre, la exalta y le deja muy en claro que gracias a
todos sus logros en vida tiene asegurada la entrada al paraíso. Esto tiene relación con lo que menciona

49
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 33.
50
Ib. p. 83.
51
Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial Huemul,
1974, p. 120.
52
Ib. p. 121.
53
Ib. p. 122.

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Ariès «La destrucción a la que estaban destinados los cuerpos más bellos, las carreras más gloriosas:
ubi sunt»54. Por lo dicho, se figura que este tópico está presente a lo largo de toda la obra y no aparece
azarosamente, sino que demuestra el planteo de este historiador «La verdad es que el hombre de fines
de la Edad Media y comienzos de los tiempos modernos amó locamente las cosas terrenales»55.
Gracias a esta concepción imperante es que se resalta asiduamente el valor de los logros y las hazañas
realizadas en vida por el padre.

Con respecto a la novela Las intermitencias de la muerte puede verse de la misma manera a
la Muerte con una silueta humana, más específicamente, una figura femenina. Según estipulan los
expertos dentro de la historia «Sería una mujer de alrededor de los treinta y seis años de edad y
hermosa como pocas»56. Esto es una relación con La dama del alba, ya que la Peregrina mantiene
mucha similitud con esta dama. Asimismo, en la obra de José Saramago, ella queda encantada con el
concierto del violonchelista que pudo esquivar el viaje al más allá «La muerte está orgullosa de lo
bien que su violonchelista ha tocado. Como si se tratara de una persona de la familia, la madre, la
hermana, una novia»57. Igualmente, esta figura humanizada de la Muerte fue cautivada de una manera
similar, por no decir igual, que los mortales cuando observa el cuaderno donde estaba la suite de Bach
«La muerte se dejó caer sobre las rodillas, era toda ella, ahora, un cuerpo rehecho, por eso tenía
rodillas, y piernas, y pies, y brazos, y manos, y una cara que escondía entre las manos, y unos hombros
que temblaban no se sabe por qué, llorar no será, no se puede pedir tanto a quien siempre deja un
rastro de lágrimas por donde pasa, pero ninguna de ellas suya»58. Se forma una estampa bellísima en
la que aparece una tonalidad excesivamente delicada que se contrapone a todo lo leído en la novela
hasta el momento.

Como puede verse, en ninguna de las tres obras la muerte posee un carácter horroroso ni
amenazador. Por el contrario, transmite una serie de sentimientos relacionados con la tranquilidad y
los sentimientos humanos. Los personajes que la encarnan se preocupan por transmitir paz a aquellos
que perecerán bajo el vigor de la guadaña.

Para concluir, existe una diferencia radical entre las tres obras trabajadas; y tiene que ver con
el concepto del amor que transmite la muerte. La Peregrina en La dama del alba le pregunta al abuelo

54
Ariès, Philippe, “Riqueza y pobreza ante la muerte en la Edad Media”, en Morir en Occidente, Buenos
Aires, Adriana Hidalgo editora, 2000, p. 122.
55
Ib. p. 99.
56
Saramago, José, Las intermitencias de la muerte, Buenos Aires, Alfaguara, 2005, p. 84.
57
Ib. p. 111.
58
Ib. p. 99.

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« ¿Tan distinta me imaginas de la vida? ¿Crees que podríamos existir la una sin la otra?» 59. Lo que
quiso decir es que la vida y la muerte están conectadas; de la misma manera que ocurre con la luz y
la oscuridad. No podría existir una sin la otra. No es como si una fuese buena y la otra, mala.
Simplemente son las dos caras de la misma moneda. Gracias a este pensamiento es que los Saramago
y Casona humanizan la muerte. Al hacer esto, le brindan sentimientos propios de los mortales. En la
obra mencionada, como ya se dijo, la Peregrina posee una feminidad muy dulce. No obstante, ella se
ve incapaz de amar. Esto puede verse cuando le cuenta sus traumas al abuelo «cuando toco algo bello,
lo mato. No puedo amar»60. Este efecto aumenta el dramatismo de la escena. Esto se describe cuando
le narra al abuelo cómo dejo ciego a un sujeto del que estaba enamorada por el simple hecho de tocarle
los ojos.

Por otro lado, en Las intermitencias de la muerte sucede algo muy similar. La muerte,
representada por una bella mujer de aproximadamente treinta y seis años, escucha la declaración de
amor de un violonchelista «Sí, Porque me he enamorado de una mujer de quien no sé nada, que anda
jugando conmigo, que mañana se irá para no sé dónde y que no volveré a ver»61. Si fuese el caso de
la Peregrina, debería alejarse rápidamente para no dañar inconscientemente al artista. Todo lo
contrario. La Muerte se entrega de lleno a los placeres y goces humanos «La muerte volvió a la cama,
se abrazó al hombre, y, sin comprender lo que le estaba sucediendo, ella que nunca dormía, sintió que
el sueño le bajaba suavemente los párpados. Al día siguiente no murió nadie»62. En definitiva, la
peligrosa mujer se da lugar para amar al violonchelista, cosa que irónicamente da origen a toda la
historia de la novela. Así, descuida su importante labor y provoca todo el caos conocido.

Conclusión:

Luego de realizar este análisis literario, puede afirmarse que hay un deseo latente de conservar
la vida. A pesar de todo lo que pudiere suceder, se puede decir que el dolor y la muerte pueden ser
vencidos a través del amor. Por ejemplo, cuando la peregrina se queda dormida gracias a alegre juego
con los niños; solamente ellos podían lograr tal milagro. Salvaron la vida de Martín sin siquiera darse
cuenta. Lo mismo ocurre con la dama de Las intermitencias de la Muerte, ya que gracias a su amor
con el violonchelista descuida sus labores provocando una extensión indeterminada de la existencia.

59
Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000, p. 34.
60
Ib. p. 40.
61
Saramago, José, Las intermitencias de la muerte, Buenos Aires, Alfaguara, 2005, p. 136.
62
Ib. p. 137.

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De la misma manera, nada puede ser eterno, ni la vida, ni el dolor que deja la muerte a su
paso. Pueden ocurrir cosas horribles, como el adiós de los seres queridos, pero arriba de ello puede
nacer algo muy lindo, como el amor entre Adela y Martín. Este romance, al contrario que el primer
matrimonio con Angélica, es real. Y queda a la imaginación del lector cómo será su felicidad. En La
dama del alba no hay mujeres ideales. Angélica, por ejemplo, no es la esposa perfecta, ya que no ama
a su marido y huye para iniciar una nueva vida. Y Adela, que pese a sus imperfecciones logra formar
parte de la familia y devolver la calidez al hogar. Estas imperfecciones de Adela están relacionadas
con su pasado, cosa que Casona cuida muy bien de no revelar. Por lo tanto, pese a que el drama y la
tragedia están presentes en toda la obra, hay un final muy bello y poético, propio de la Generación
del 27.

En el caso de Coplas por la muerte de su padre, ocurre algo similar. Frente al final de la vida
de Rodrigo Manrique, su hijo ha creado una elegía llena de lamento que recrea la visión que se tenía
en los finales de la Edad Media y es un retrato muy fiel acerca de la perspectiva que se tuvo sobre la
muerte. Por si eso no fuera poco, la belleza de los versos y la calidad de la métrica reflejan la calidad
del autor. Ciertamente, frente al abismo de la vida, Jorge Manrique ha plasmado sus recuerdos de tal
manera que han logrado perdurar en el tiempo y ser leídos por generaciones enteras hasta llegar al día
de hoy.

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Bibliografía

Anónimo, La danza de la muerte. disponible en


http://www.larramendi.es/en/corpus/unidad.do?idCorpus=1000&idUnidad=100324&posicion=1

Ariès, Philippe, “Riqueza y pobreza ante la muerte en la Edad Media”, en Morir en Occidente: desde
la Edad Media hasta la actualidad, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2000.

Casona, Alejandro, La dama del alba, Buenos Aires, Losada, 2000.

Huizinga, Johan, “La imagen de la muerte”, en El otoo de la Edad Media, Buenos Aires, Altaya,
2009.

Manrique, Jorge, “Coplas por la muerte de su padre”, en Cancionero, Buenos Aires, Editorial
Huemul, 1974.

Rivero, Tania, Las Danzas de la Muerte, ficha de cátedra.

Saramago, José, Las intermitencias de la muerte, Buenos Aires, Alfaguara, 2005.

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