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VIOLENCIA

ETIMOLOGÍA:

La violencia fue asociada desde tiempos muy remotos a la idea de la fuerza física y el poder. Los
romanos llamaban vīs a esa fuerza, al vigor que permite que la voluntad de uno se imponga
sobre la de otro. Vis tempestatis se llama en latín a la "fuerza de una tempestad". En el Código
de Justiniano se habla de una "fuerza mayor, que no se puede resistir" (vis magna cui resisti non
potest), el concepto jurídico de fuerza mayor.
Vīs dio lugar al adjetivo violentus que, aplicado a cosas, se puede traducir como ‘violento,
impetuoso, furioso, incontenible’ y, cuando se refiere a personas, como ‘fuerte, violento,
irascible’. De violentus se derivaron violare (con el sentido de ‘agredir con violencia, maltratar,
arruinar, dañar’) y violentia, que significó ‘impetuosidad’, ‘ardor (del sol)', ‘rigor’ (del invierno),
así como ‘ferocidad’, ‘rudeza’ y ‘saña’.
Cabe agregar que vīs, el vocablo latino que dio lugar a esta familia de palabras, proviene de la
raíz prehistórica indoeuropea wei-, ‘fuerza vital’.
DEFINICIONES:

Del latín violentĭa, la violencia es la cualidad de violento o la acción y efecto de violentar o


violentarse. Lo violento, por su parte, es aquello que está fuera de su natural estado, situación
o modo; que se ejecuta con fuerza, ímpetu o brusquedad; o que se hace contra el gusto o la
voluntad de uno mismo. (RAE)
La violencia, por lo tanto, es un comportamiento deliberado que puede provocar daños físicos
o psíquicos al prójimo. Es importante tener en cuenta que, más allá de la agresión física, la
violencia puede ser emocional mediante ofensas o amenazas. Por eso la violencia puede causar
tanto secuelas físicas como psicológicas.
Existen muchas teorías acerca de la violencia y entre ellas destaca la conocida como Triángulo
de la Violencia, que fue desarrollada por el sociólogo noruego Johan Galtung, uno de los
expertos más importantes en materia de conflictos sociales y de la paz.
Con aquella terminología lo que hace aquel es establecer la conexión y la relación que existe
entre los tres tipos de violencia que considera que existen en la sociedad. Es decir, entre la
violencia cultural, la estructural y la directa.
La primera, la llamada cultural, es la que se manifiesta a través de obras de arte, la ciencia o la
religión, entre otras áreas. La segunda, la llamada estructural, por su parte es la que se considera
más peligrosa de todas ellas pues es la que se origina, a través de diversos sistemas, como
consecuencia de no poder o no ver satisfechas las necesidades que se tienen.
Y finalmente está la violencia directa que es la que se realiza de manera física o verbal sobre
personas, contra el medio ambiente o contra los bienes de la sociedad en general. Robos,
asesinatos, daños contra los recursos naturales o ataques a inmuebles son algunas de las
manifestaciones más habituales de este tipo de violencia.
La violencia busca imponer u obtener algo por la fuerza. Existen muchas formas de violencia que
son castigadas como delitos por la ley. De todas formas, es importante tener en cuenta que el
concepto de violencia varía según la cultura y la época.
Hay sociedades donde, por ejemplo, las mujeres son obligadas a casarse con el hombre que las
elige o las compra, algo que, para el mundo occidental, constituye una forma de violencia contra
el género femenino.
Es importante subrayar que lamentablemente en los últimos años ha adquirido una gran
presencia en la sociedad de todo el mundo lo que se conoce como violencia de género. Esta es
la que se produce sobre una persona en base a su sexo o a su género, no obstante,
fundamentalmente se utiliza para referirse a la que los hombres ejercen sobre sus mujeres.
Por otra parte, existen manifestaciones violentas que son aprobadas por la ley y por el Estado.
Por ejemplo, la pena de muerte es legal en numerosos países democráticos, como los Estados
Unidos. Sin embargo, muchas asociaciones civiles consideran que todo asesinato (sea legal o no)
es una violación de los derechos humanos.
Por último, cabe recordar que Mahatma Gandhi, uno de los máximos exponentes de la no-
violencia y del pacifismo, reconocía que no existe ninguna persona completamente libre de
violencia, ya que ésta es una característica innata de los seres humanos.
La violencia es el tipo de interacción entre sujetos que se manifiesta en aquellas conductas o
situaciones que, de forma deliberada, aprendida o imitada, provocan o amenazan con
hacer daño, mal o sometimiento grave (físico, sexual, verbal o psicológico) a un individuo o a
una colectividad, afectando a las personas violentadas de tal manera que sus potencialidades
presentes o futuras se vean afectadas. Puede producirse a través de acciones y lenguajes, pero
también de silencios e inacciones, y es valorada negativamente por la ética, la moral y
el derecho, que atribuyen generalmente al Estado el monopolio de la violencia. La violencia
puede ser de carácter ofensivo o defensivo (también se utilizan los conceptos de violencia
proactiva y violencia reactiva), habilitando en este último caso figuras de justificación ética de la
violencia, como la legítima defensa y el derecho de resistencia contra la opresión.
La Organización Mundial de la Salud define la violencia como: El uso intencional de la fuerza o
el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o
comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños
psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones.

Anceschi (2009) señala que la violencia es un concepto subjetivo de definición compleja, ya que
puede adquirir diversos tipos de acepciones según el punto de vista desde el que lo analicemos.
Así la definición no será la misma desde una perspectiva moralista o jurídica y dentro del ámbito
jurídico un penalista no la definirá de la misma manera que un civilista. Es por ello que realmente
su definición es compleja identificando casos en los que incluso esta es “legítima” como método
de resolución de conflictos (Vidal, 2008; Garaigordobil y Oñederra , 2010). Según Anceschi
(2009) ninguna norma del ordenamiento italiano define el concepto de violencia en sentido
general a excepción de la ley penal militar, la cual define solamente algunas de las formas más
graves de violencia física aplicables al ámbito militar. Calabrese (1997:112) indica que “la
violencia y la agresión son dos caras de la misma moneda que tradicionalmente ha sido aceptada
como mecanismo de control por los individuos que han ostentado el papel hegemónico dentro
del grupo social que de uno u otro modo se han visto justificados y por lo tanto, legitimados en
el ejercicio de esa violencia y de ese poder arbitrario”. En este sentido Gorjón (2004: 31-32)
señala que el propio Consejo General del Poder Judicial indica que “conceptualmente la
violencia se presenta como un estadio más avanzado de la agresividad. No hay violencia en
sentido técnico, por una agresión aislada, esporádica, sino que esa agresión debe producirse en
un contexto de sometimiento de la víctima. El agresor -sujeto dominante- se mueve en un
ambiente en el cual la víctima se encuentra subordinada. Ello se produce paulatinamente en un
contexto de continua agresión y correlativo deterioro de la personalidad de la víctima. En este
sentido puede hablarse de relaciones de dominación”.

Vidal (2008) la definen como “la violación de la integridad de la persona “, la cual “suele ejercerse
cuando interviene la fuerza física o la amenaza de su uso, pero también cuando se actúa en una
secuencia que causa indefensión en el otro”, por lo que este autor la considera un proceso en el
que participamos todos y no un simple acto cuyo fin es la afirmación del “dominio” a través del
cual busca el “control” de la presencia y las condiciones del estar, así como hacer del otro un
medio considerándolo como propio y operando siempre sobre el “estar” del sujeto. (p. 17-20).
Mullendre (1996:27) señala que “la palabra violencia transmite una idea incompleta”, puesto
que esta puede tomar diversas formas que en su combinación den lugar a la intimidación,
humillación y/o control. Blair (2009:11) señala que cuando la violencia se asume en su dimensión
política, los autores remiten, en esencia, al problema del Estado y definen violencia como “el
uso ilegítimo o ilegal de la fuerza”; esto para diferenciarla de la llamada violencia “legítima”, con
la que quieren designar la potestad o el monopolio sobre el uso de la fuerza concedido al Estado.
Señala que “la violencia en sentido estricto, la única violencia medible e incontestable es la
violencia física. Es el ataque directo, corporal contra las personas. Ella reviste un triple carácter:
brutal, exterior y doloroso. Lo que la define es el uso material de la fuerza, la rudeza
voluntariamente cometida en detrimento de alguien” (p. 14).

Brownw (2007) indica que es necesario tener claro la diferencia entre tres conceptos claros:
abuso, violencia y acoso. La violencia ya la hemos definido pero en el caso del abuso es preciso
señalar que se refiere a una situación en la que la víctima es menor o que posee unas
capacidades disminuidas o se encuentra en una situación de inferioridad. Para entender lo que
es el acoso, ESADE (2003:6) en un informe sobre este concepto y su prevalencia indica “el acoso
moral se entiende mejor desde la metáfora de la prisión psíquica. En concreto, y entre las
múltiples explicaciones que describen la metáfora podemos entender a las organizaciones como
estructuras patriarcales generalmente asimiladas a los valores masculinos de agresividad y
autoritarismo. Cuando estas estructuras son las dominantes en una organización el resultado el
miedo y la dependencia de la autoridad, es decir, una situación donde el abuso está permitido y
legitimado”.

En Derecho también significa 'coacción'. Esta palabra procede del latín violentĭa. La violencia
está relacionada con la agresividad, que es un componente biológico presente especialmente
en los animales superiores y que se utiliza por motivos de supervivencia para conseguir
alimento, defender un territorio y conseguir reproducirse.

El ser humano en ocasiones utiliza ese impulso de agresividad con consciencia e intención de
provocar daño, es entonces cuando se define como violencia y puede considerarse una
agresividad patológica.

TIPOS DE VIOLENCIA

Según Johan Galtung, existen diferentes tipos de violencia: directa, estructural y cultural. Puede
ser ejercida contra otros, pero también autoinfligida (autolesiones, suicidio). Además, se
considera como tal cualquier forma de ella que lesione o sea susceptible de dañar
la dignidad, honor, integridad o libertad de las personas. Puede presentarse prácticamente en
cualquier ámbito: en la pareja, familia, escuela, trabajo, comunidad o instituciones y puede
llegar en último extremo a la muerte.
La violencia puede ser física cuando se ejerce contra el cuerpo de otros seres humanos, animales
o cosas; emocional cuando se ofenden sus sentimientos, e intelectual cuando se miente
deliberadamente a un individuo o a una colectividad (posverdad), por lo que esta última se
solapa y es especialmente difícil de detectar, además de que suele conducir a las otras (sus
formas históricas más frecuentes son la ideología -política o religiosa- excluyente, la censura,
el adoctrinamiento, el racismo, la publicidad maleducada, la obsolescencia programada, la
manipulación informativa interesada (por ejemplo, cuando grupos de presión orquestan
campañas de posverdad y demonización contra medidas beneficiosas para la mayoría de los
otros, como el Obamacare...). La violencia intelectual es tal vez, por ello, la más peligrosa a largo
plazo, pudiendo acarrear incluso genocidios. Otras formas de violencia intelectual consisten en
enmascararla superficialmente con estrategias de rebranding, por ejemplo los llamados
"lavados de cara" (Pinkwashing, Purplewashing, Redwashing, Greenwashing...)
Los muchos tipos de violencia distinguibles varían (y sus definiciones) según las épocas, los
lugares, los medios, las culturas, los ordenamientos legales, las distintas evoluciones sociales y
tecnológicas, etcétera.
Violencia interpersonal
Es la conducta de dominio o asertividad que emplea la fuerza física (golpes, violación, tortura…),
verbal o psicológica (injurias, doble vínculo, hostigamiento, acoso, estrés, gaslighting, privación
de derechos humanos y jurídicos o libertad, abuso de posición dominante…). Estos
comportamientos pueden ser conscientes o no. Esta categoría incluye la violencia de
pareja, violencia en el noviazgo, violencia contra la mujer, violencia contra el varón, violencia
doméstica contra el varón, violencia psicológica en la pareja, la violencia doméstica, de género,
de padres a hijos (y viceversa), así como diferentes formas de adoctrinamiento; las violencias
externas son las cometidas en el contexto laboral por parte de elementos externos a su
organización (clientes, usuarios, alumnos...). En efecto, parece ser que los trabajos en que se
trata con gente en forma directa suelen ser especialmente duros psicológicamente y más
expuestos a este tipo de violencia (sanidad, periodismo, enseñanza, policía...).
Violencia de Estado
Desde antiguo se constata la preferencia del mal menor sobre el bien y la utopía para gobernar,
doctrina conocida como razón de Estado y sostenida desde El Príncipe de Maquiavelo.
Los Estados practican discretamente o reivindican, según la célebre definición de Max Weber,
un «monopolio de la violencia legítima», para ejecutar las decisiones judiciales, asegurar
el orden público o, en caso de guerra o riesgo de guerra (se intenta entonces legitimarla con las
doctrinas de la «guerra justa»). Esta última puede degenerar en terrorismo de Estado u otras
formas de violencia más extremas como el genocidio. El periodista Dan Rather dijo al respecto:
"Si matas a un hombre, te envían a la silla eléctrica; si matas a diez, te llaman asesino en serie y
ruedan una película; y si matas a cien mil, te invitan a Ginebra, a negociar". Y Stalin: "La muerte
de un hombre es una tragedia; la de cien mil, una estadística". Véase banalidad del mal.
Violencia criminal
El crimen espontáneo u organizado, puede tener unas causas sociales y económicas (anomia,
pobreza, exclusión social) o psicológicas (paranoia, esquizofrenia, etc.). Se manifiesta en formas
penalizadas por la ley como la violación y el asesinato, entre muchas otras. Esta forma de
violencia constituye según algunos autores el anverso de una violencia estática y/o simbólica.
Sus causas identificadas son el urbanismo, los conflictos (violencia institucional, estructural,
sistémica, patronal, interpersonal…); la pobreza y las desigualdades.
Violencia política
Agrupa todos los actos violentos por parte del Estado (véase antes violencia de Estado) o de sus
súbditos contra él que sus autores legitiman en nombre de un objetivo político
(revolución, resistencia a la opresión, derecho a la insurrección, tiranicidio, «causa
justa», terrorismo...). En su forma intelectual consiste en distintos tipos
de mentira, propaganda y manipulación. Ciertas formas de respuesta violenta pero
proporcionadas (y de resistencia o servicio al restablecimiento del Estado de derecho), cuando
otras soluciones no son ya posibles son corrientemente admitidas por la moral, por el derecho
y por la doctrina de los derechos del hombre; en caso de legítima defensa, por ejemplo, o
de estado de necesidad, o en caso de resistencia a la opresión de un tirano.
Violencia simbólica
Es la tesis de Pierre Bourdieu, quien designa numerosas variedades de violencias: verbal
(eventual primera etapa antes de pasar al hecho); o invisible, institucional: es también
la violencia estructural (Johan Galtung) cara a la cual los individuos parecen impotentes. Esta
última designa numerosos fenómenos diferentes que favorecen el dominio de un grupo sobre
otro y la estigmatización de pueblos, y puede conducir hasta la creación de un chivo expiatorio o
"cabeza de turco". Nana
VIOLENCIA ECONÓMICA
En derecho civil, la violencia económica es un caso reciente de falta de consentimiento que
justifica anular los contratos cuya conclusión se fundó sobre esta falta. Es admitida con ciertos
límites por los tribunales. Y es en la actualidad considerada por ciertos juristas como una nueva
forma de violencia tradicional. En Francia, la primera cámara civil del Tribunal de Casación, en
una sentencia del 3 de abril de 2002, y sobre el fundamento del artículo 1112 del Código
civil francés, ha juzgado así que «la explotación abusiva de una situación de dependencia
económica, hecha para aprovechar el temor del mal que amenaza directamente a los intereses
legítimos de la persona, puede viciar el consentimiento de la violencia
VIOLENCIA PSICOLÓGICA Y PATOLÓGICA
Es cualquier acto u omisión que dañe la estabilidad psicológica y puede consistir en: negligencia,
abandono, descuido reiterado, celotipia, insultos, humillaciones, devaluación, marginación,
indiferencia, infidelidad, comparaciones destructivas, rechazo, restricción a la
autodeterminación... Ciertos desórdenes mentales se acompañan de raptos de violencia; en el
ámbito sexual, por ejemplo, el sadismo. En el psicoanálisis también puede manifestarse como
un tipo de represión aprendida patógena, esto es, que origina enfermedades nerviosas o
mentales. Sigmund Freud afirma de hecho que una pulsión de muerte o tánatos se opone
destructivamente a un segundo principio vital que llama libidoo eros. Pero Erich Fromm, por
otra parte, hablando sobre la pulsión de muerte en El miedo a la libertad (1941), afirma que ese
principio tiene un origen exterior o social:
El impulso de vida y el de destrucción no son factores mutuamente independientes,
sino que son inversamente proporcionales. Cuanto más el impulso vital se ve frustrado,
tanto más fuerte resulta el que se dirige hacia la destrucción; cuando más plenamente
se realiza la vida, tanto menor es la fuerza de la destructividad. Esta es "producto de la
vida no vivida"
Se encontrado recientemente en la orina y en la sangre de pacientes afectados por ciertas
enfermedades mentales una toxina que parece anormalmente producida por su organismo.
Esta toxina (una bufotenina) no ha sido encontrada en esas dosis más que en pacientes que
presentan trastornos psicológicos y también en pacientes no drogados y sin contacto con
anfibios, pero violentos. Se la encuentra en la orina o sangre de pacientes para todas las
grandes enfermedades psiquiátricas, hasta el punto de que se la ha propuesto como
indicador de diagnóstico.
La toxina es idéntica a la que se encuentra entre las bufotoxinas (alucinógenos que
provocan síntomas como una psicosis de tipo esquizofrenia) del veneno de numerosas
especies de sapos. Pero se ignora aún si el mismo proceso está implicado en los dos casos y
en determinar si esta molécula está en el origen de los trastornos mentales en el hombre,
o si ella misma es un subproducto de otro proceso patológico. Unos indicios argumentan en
todo caso en favor de ciertas similitudes entre la acción de la bufotoxina sobre el cerebro,
y en particular sobre la degradación de la serotonina y unos procesos que intervienen en los
desórdenes mentales.
VIOLENCIA NATURAL
Es la violencia de las fuerzas de la naturaleza; de
las tempestades, inundaciones, seísmos, incendios forestales, tsunamis y otras catástrofes
naturales. Es a veces la violencia que el ser humano percibe del mundo animal
(el instinto de caza, rituales de dominación, etc). Para el filósofo Jean-François Malherbe, no se
podría propiamente hablar de violencia en este último caso:
Se dice que Grecia en la Antigüedad consideraba que la cuestión de la violencia ("bia") no se
planteaba para los animales ("zôoi"), sino solamente en el dominio de la vida humana ("bios").
Esto significa precisamente que la cuestión de la violencia tiene que ver con la palabra propia de
lo humano y sugiere que los animales no son, propiamente hablando, violentos: sus
comportamientos obedecen simplemente a las leyes inexorables de la naturaleza. La «violencia
animal» no es pues más que una proyección antropomórfica sobre el comportamiento animal
CIBERVIOLENCIA
Violencia que consiste en que una persona use la violencia (física o verbal) para ridiculizar a
alguno y haga un vídeo, una publicación o cualquier otra forma de comunicación y la divulgue
por Internet o en sus redes sociales. El 7 % de los vídeos publicados por Youtube en 2010, esto
es, 50.000, pertenecen a ciberviolencia. Y hay una escalada notable en importancia de la
popularidad de este agresivo y agresor fenómeno estimada en un aumento de más del 57 %.
VIOLENCIA DE GÉNERO
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) define la violencia contra la mujer como todo
acto que cause “un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de
tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida
pública como en la privada”. Esto es, violencia doméstica, asaltos o violaciones
sexuales, prostitución forzada, discriminación laboral, el aborto selectivo por sexo, violencia
física y sexual contra personas que ejercen la prostitución, infanticidio en base al
género, feminicidio, castración parcial o total, ablación de clítoris, tráfico de personas,
violaciones sexuales en guerras o situaciones de represión estatal, acoso y hostigamiento sexual
—entre ellos el sadismo y el acoso callejero—, patrones de acoso u hostigamiento en
organizaciones masculinas, represión de la sexualidad heterodoxa y
ataques homofóbicos y transfóbicos hacia personas o grupos o su tolerancia, entre otras. La
erradicación de la violencia de género puede ser llevada a cabo bajo la transmisión de
información y modelos de vida. Las dependencias gubernamentales, el sector empresarial y los
medios de comunicación tienen un papel de suma importancia en esta acción así como la
constante participación de la sociedad.
CULTURA DE VIOLENCIA
Es la que se ejerce sobre el individuo y la colectividad heterodoxa por medio de una
cultura ortodoxa acrítica, autorizándola como una respuesta legítima a cualquier forma de
conflicto moral, social o político e imponiéndola por medio de una ideología, una religión, una
cultura, una moral, una conducta, una educación o simplemente un rol. Según Johan
Galtung crea un marco legitimador de la violencia y se concreta en actitudes. Se divulga por
medio de prejuicios y se plasma en juguetes, narraciones, películas, dibujos animados, series de
televisión y deportes violentos (caza, toreo, boxeo...) o mediante el fomento y protección del
coleccionismo de armas o la permisividad ante las mismas por parte de los estados (venta libre
de armas sin control en los Estados Unidos, uso de minas antipersonales y de armas de
destrucción masiva, etc.) o de las redes sociales de Internet(ciberviolencia). La educación
además interviene en autorizar o asumir unos roles o conductas violentas u hostiles
determinadas hacia animales, personas, razas o sexos. Impregna la literatura generando incluso
estructuras narrativas que se repiten incesantemente en culturas como la occidental y dan lugar
a lo que Walter Wink ha llamado el "mito de la violencia redentora". La facilita el soslayamiento
o evitación de conductas empáticas como los modales o urbanidad. Otro aspecto de esta
violencia es la creación de posverdad o propaganda invisible por medio de la manipulación, por
parte de los medios de comunicación de masas, del pensamiento colectivo, común o gregario,
generando la llamada por Antonio Gramsci hegemonía cultural. Este tipo de violencia puede ser
tácita o implícita, cuando se ejerce como persecución subliminal, la censura implícita o en forma
de autocensura y autocontrol que se espera generar en diferentes individuos sin que se pida
abiertamente.
VIOLENCIA RELIGIOSA
Entre las creadas por el fenómeno denominado ideología, es la que inspiran las distintas
religiones o creencias exclusivistas contra aquellos (casi siempre en proporción minoritaria) que
no son de su fe o credo o no comparten similares ritos, a causa de no haberse desarrollado en
su sociedad un grado suficiente de tolerancia humana y social. Véase ortodoxia y heterodoxia.
LA VIOLENCIA COMO FENÓMENO FILOGENÉTICO
Un grupo de investigadores españoles ha investigado la violencia como fenómeno filogenético,
manejando coeficientes de violencia de especies animales y humanas a lo largo de
la prehistoria y de la historia. Sus resultados estiman que el progreso humano ha bajado la
violencia del homo sapiens del 2% al 0,001 moderno actual.18 Por otra parte, la Declaración de
Sevilla de 1986, elaborada por un grupo de científicos de la UNESCO, enfrentó las teorías
ambientalistas y biologicistas sobre el origen de la violencia concluyendo lo siguiente:
Es científicamente incorrecto afirmar que tenemos una tendencia a la guerra heredada
de nuestros ancestros animales. Aunque la lucha sea un fenómeno frecuente en el
reino animal, se conocen pocos casos de lucha organizada entre grupos de la misma
especie, y en ninguno de éstos se emplean herramientas como armas [...] Es
científicamente incorrecto afirmar que la guerra o cualquier otra forma de conducta
violenta está genéticamente programada en la naturaleza humana [...] Es
científicamente incorrecto afirmar que en el curso de la evolución humana ha habido
una selección hacia la conducta agresiva en mayor medida que hacia otro tipo de
conducta [...] Es científicamente incorrecto afirmar que los humanos tenemos un
"cerebro violento" [...] Concluimos que la biología no condena a la humanidad a la
guerra, y que la humanidad puede librarse de las ataduras del pesimismo biológico y,
afrontar con confianza los cambios necesarios para ello.

SEGÚN LA OMS

La clasificación de la OMS, divide la violencia en tres categorías generales, según las


características de los que cometen el acto de violencia:
– la violencia auto infligida (comportamiento suicida y autolesiones),
– la violencia interpersonal (violencia familiar, que incluye menores, pareja y ancianos; así como
violencia entre personas sin parentesco),
– la violencia colectiva (social, política y económica)
La violencia se presenta en distintos ámbitos, por ejemplo, la violencia en el trabajo, que incluye
no sólo el maltrato físico sino también psíquico. Muchos trabajadores son sometidos al maltrato,
al acoso sexual, a amenazas, a la intimidación y otras formas de violencia psíquica. En
investigaciones efectuadas en el Reino Unido se ha comprobado que 53% de los empleados han
sufrido intimidación en el trabajo, y 78% han presenciado dicho comportamiento. Los actos
repetidos de violencia desde la intimidación, el acoso sexual y las amenazas hasta la humillación
y el menosprecio de los trabajadores pueden convertirse en casos muy graves por efecto
acumulativo. En Suecia, se calcula que tal comportamiento ha sido un factor en 10% a 15% de
los suicidios.

Otro caso es el de la violencia juvenil, que daña profundamente no solo a las víctimas, sino
también a sus familias, amigos y comunidades. Sus efectos se ven no solo en los casos de muerte,
enfermedad y discapacidad, sino también en la calidad de vida. La violencia que afecta a los
jóvenes incrementa enormemente los costos de los servicios de salud y asistencia social, reduce
la productividad, disminuye el valor de la propiedad, desorganiza una serie de servicios
esenciales y en general socava la estructura de la sociedad. Se presenta la violencia juvenil en
personas cuyas edades van desde los 10 y los 29 años. No obstante, las tasas altas de agresión y
victimización a menudo se extienden hasta el grupo de 30 a 35 años de edad y este grupo de
jóvenes adultos de más edad también debe ser tenido en cuenta al tratar de comprender y evitar
la violencia juvenil. En 2000, se produjeron a nivel mundial unos 199 000 homicidios de jóvenes
(9,2 por 100 000 habitantes). En otras palabras, un promedio de 565 niños, adolescentes y
adultos jóvenes de 10 a 29 años de edad mueren cada día como resultado de la violencia
interpersonal. Las tasas de homicidios varían considerablemente según la región y fluctúan entre
0,9 por 100 000 en los países de ingreso alto de Europa y partes de Asia y el Pacífico a 17,6 por
100 000 en África y 36,4 por 100 000 en América Latina. En México, donde las agresiones con
armas de fuego provocan más o menos el 50% de los homicidios de jóvenes, las tasas
permanecieron altas, aumentando de 14,7 por 100 000 a 15,6 por 100 000. Entre los principales
factores de la personalidad y del comportamiento que pueden predecir la violencia juvenil están
la hiperactividad, la impulsividad, el control deficiente del comportamiento y los problemas de
atención. Curiosamente la nerviosidad y la ansiedad están relacionadas negativamente con la
violencia.

MALTRATO A MENORES

En 1999, la Reunión de Consulta de la OMS sobre la Prevención del Maltrato de Menores redactó
la siguiente definición: “El maltrato o la vejación de menores abarca todas las formas de malos
tratos físicos y emocionales, abuso sexual, descuido o negligencia o explotación comercial o de
otro tipo, que originen un daño real o potencial para la salud del niño, su supervivencia,
desarrollo o dignidad en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder.” Se
establecen cuatro tipos de maltrato de niños por los cuidadores, a saber: – el maltrato físico
(real o potencial), – el abuso sexual, – el maltrato emocional (se produce cuando un cuidador no
brinda las condiciones apropiadas y propicias e incluye actos que tienen efectos adversos sobre
la salud emocional y el desarrollo del niño. Tales actos incluyen la restricción de los movimientos
del menor, la denigración, la ridiculización, las amenazas e intimidación, la discriminación, el
rechazo y otras formas no físicas de tratamiento hostil), – el descuido (cuando uno de los padres
no toma medidas para promover el desarrollo del niño —estando en condiciones de hacerlo—
en una o varias de las siguientes áreas: la salud, la educación, el desarrollo emocional, la
nutrición, el amparo y las condiciones de vida seguras).

EL LACTANTE ZAMARREADO

El zamarreo (sacudir), es una forma frecuente de maltrato observado en los niños muy
pequeños. La mayoría de los niños zamarreados tienen menos de 9 meses de edad. Los autores
de este tipo de maltrato comúnmente son varones y esto puede ser más bien un reflejo del
hecho de que los hombres, que en promedio son más fuertes que las mujeres, y no de que sean
más propensos que las mujeres a zamarrear a los niños. Se pueden producir hemorragias
intracraneales, hemorragias retinianas y pequeñas fracturas “astilladas” en las principales
articulaciones de las extremidades del niño, como resultado del zamarreo muy rápido. Estas
lesiones también pueden ser consecuencia de una combinación de zamarreo y del golpe de la
cabeza contra una superficie. Hay indicios de que cerca de un tercio de los lactantes sacudidos
violentamente mueren y que la mayoría de los sobrevivientes sufren consecuencias a largo
plazo, como retraso mental, parálisis cerebral o ceguera. El niño golpeado Uno de los síndromes
del maltrato de menores es el del “niño golpeado”. Este término se aplica en general a los niños
que presentan lesiones repetidas y graves en la piel, el aparato esquelético o el sistema nervioso.
Incluye a niños con fracturas múltiples producidas en distintas fechas, traumatismo
craneoencefálico y traumatismo visceral grave, con indicios de un castigo repetido.
Afortunadamente, si bien los casos son trágicos, esta modalidad de maltrato es poco frecuente.
Según la Organización Mundial de la Salud, en 2000 hubo unas 57 000 defunciones atribuidas a
homicidios en los menores de 15 años de edad. Las estimaciones de los homicidios de niños a
nivel mundial indican que los lactantes y los niños muy pequeños corren un riesgo mayor, con
tasas en el grupo de 0 a 4 años de edad que equivalen a más del doble de las observadas en los
niños de 5 a 14 años.

ABUSO SEXUAL

Los niños pueden ser llevados a servicios profesionales debido a problemas físicos o de conducta
que, cuando se investigan más a fondo, resultan ser consecuencia del abuso sexual. Los niños
que han sido maltratados sexualmente presentan síntomas de infección, lesión genital, dolor
abdominal, estreñimiento, infecciones crónicas o recurrentes de las vías urinarias o problemas
de conducta. Para poder detectar el abuso sexual de menores se requiere una gran suspicacia y
estar familiarizado con los indicadores verbales, conductuales y físicos del abuso. Muchos niños
revelan espontáneamente el abuso a las personas que los cuidan o a otras personas, aunque
quizá también haya signos indirectos físicos o de conducta.

VIOLENCIA DE PAREJA

Una de las formas más comunes de violencia contra la mujer es la infligida por su marido o pareja
masculina. Esto contrasta sobremanera con la situación de los hombres, mucho más expuestos
a sufrir agresiones de extraños o de conocidos que de personas de su círculo íntimo. Este
comportamiento incluye:
• Agresiones físicas: por ejemplo, abofetear, golpear con los puños, patear.
• Maltrato psíquico: por ejemplo, mediante intimidación, denigración y humillación constantes.
• Relaciones sexuales forzadas y otras formas de coacción sexual.
• Diversos comportamientos dominantes: por ejemplo, aislar a una persona de su familia y
amigos, vigilar sus movimientos y restringir su acceso a la información o asistencia. En
Monterrey (México), 52% de las mujeres agredidas físicamente también habían sido maltratadas
sexualmente por su pareja. Sobre la dinámica de la violencia en la pareja, parecería haber al
menos dos modalidades:
• Modalidad grave (llamado maltrato físico) se caracteriza diversas formas de maltrato,
amedrentamiento y amenazas, aunadas a una conducta posesiva y un comportamiento
dominante por parte del agresor.
• Forma moderada de violencia (denominada violencia común de pareja) en las relaciones
íntimas, en que la frustración y la ira continuas ocasionalmente estallan en forma de agresión
física.

Sucesos que desencadenan la violencia masculina en la pareja:


– no obedecer al hombre
– contestarle mal
– no tener la comida preparada a tiempo
– no atender adecuadamente a los hijos o el hogar
– preguntarle al hombre por cuestiones de dinero o de sus enamoradas;
– salir sin el permiso del hombre
– negarse a mantener relaciones sexuales con el hombre
– sospechas, por parte del hombre, de infidelidad de la mujer.
SEGÚN LA UNICEF

Violencia física
Incluye todos los castigos físicos, formas de tortura y tratos o penas crueles, inhumanas o
degradantes, además de la intimidación y las novatadas por parte de los adultos o de otros niños.
El castigo físico se refiere a todo castigo que utilice la fuerza física con el fin de causar dolor o
malestar por leve que sea. En la mayoría de los casos, se trata de pegar a los niños (“manotazos”,
“bofetadas”, “palizas”) con la mano o con algún objeto (azote, vara, cinturón, zapato, cuchara
de madera, etc). También se incluyen las patadas, zarandeos o empujones a los niños, arañazos,
mordiscos, pellizcos, tirones de pelo o de orejas, golpes con un palo, someterles a posturas
incómodas, quemaduras u obligarlos a ingerir ciertos productos.
Violencia sexual
Se considera violencia sexual cualquier actividad sexual impuesta por un adulto a un niño,
protegido por el Derecho Penal. Esto incluye: a) La incitación o la coacción a cualquier actividad
sexual ilegal o psicológicamente perjudicial; b) El uso de niñ os para la explotación sexual
comercial; c) El uso de niñ os para la producción de imágenes o grabaciones de abusos sexuales
y d) La prostitución infantil, la esclavitud sexual, la explotación de niños para el turismo sexual,
la trata (dentro y entre los países), la venta de niñ os con fines sexuales y el matrimonio forzoso.
Se consideran también abusos las actividades sexuales contra niños cuando el perpetrador es
significativamente mayor que la víctima o utiliza su poder, amenaza u otro medio de presión.
Las actividades sexuales consentidas entre niños no se consideran abuso sexual si estos superan
la edad límite establecida por cada Estado.
Violencia mental
Se describe a menudo como maltrato psicológico, abuso o agresión verbal y maltrato o descuido
emocional, y puede consistir en: a) Todo tipo de interacción persistente y perjudicial para el
niñ o; b) Sustos, y amenazas; explotarlo y corromperlo; desdeñ arlo y rechazarlo; aislarlo,
ignorarlo y discriminarlo; c) Desatender sus necesidades afectivas, su salud mental y sus
necesidades médicas y educativas; d) Insultarlo, injuriarlo, humillarlo, menospreciarlo,
ridiculizarlo y herir sus sentimientos; e) Exponerlo a la violencia doméstica; f) Someterlo a un
régimen de incomunicación o aislamiento o a condiciones de detención humillantes o
degradantes, y g) Someterlo a la intimidación y las novatadas por parte de adultos u otros
niñ os por medio de las TIC, como teléfonos móviles o Internet (cyber-bulling).
Descuido o trato negligente
Se entiende por descuido no atender las necesidades fi ́sicas y psicológicas del niñ o, no
protegerlo del peligro y no proporcionarle servicios médicos, de registro de nacimiento y de otro
tipo cuando las personas responsables de su atención tienen los medios, el conocimiento y el
acceso a los servicios necesarios para ello. Incluye: a) El descuido físico, que ocurre cuando no
se protege al niñ o del daño, entre otras cosas por no vigilarlo o se desatienden sus necesidades
básicas, por ejemplo, de alimentación, vivienda y vestido adecuados y de atención a salud; b) El
descuido psicológico o emocional que consiste, entre otras cosas, en la falta de apoyo emocional
y afectiva, la desatención crónica del niñ o, la falta de disposición psicológica por parte de los
cuidadores que no tienen en cuenta las pistas y señ ales emitidas por los niños de corta edad, y
la exposición a la violencia y al uso indebido de drogas o de alcohol por parte de los cuidadores;
c) El descuido de la salud fi ́sica o mental del niñ o, al no proporcionarle la atención médica
necesaria; d) El descuido educativo, cuando los cuidadores incumplen las leyes que les obligan
a asegurar la educación de sus hijos mediante la asistencia escolar o de otro modo, y e) El
abandono.
Las definiciones han sido adaptadas de: Comité de los Derechos del Niño de las Naciones
Unidas, Observación general Nº 13 (2011): Derecho del niño a no ser objeto de ninguna forma
de violencia, Documento de Naciones Unidas CRC/C/GC/13, Oficina del Alto Comisionado para
los Derechos Humanos, Ginebra, 18 de abril de 2011. Además de las definiciones aquí
presentadas, la observación también define “tortura y tratamiento o castigo degradante o
inhumano”, “violencia entre niños”, “autolesión”, “prácticas perjudiciales”, “violencia en los
medios de comunicación”, “violencia a través de tecnologías de la información y las
comunicación” y “violaciones de los derechos del niño en las instituciones y en el sistema”. La
observación también especifica los tipos de violencia física a los que pueden estar sometidos los
niños con discapacidades.

Porqué somos violentos

Existen diversas teorías que explican tanto la agresividad como la existencia de conductas
violentas, las cuales atribuyen factores etiológicos diferenciales (biológicos, emocionales,
cognitivos, ambientales…). Así encontramos estudios basados en:
- “Teorías biologicistas”: como los de Halperin (1994) o Wurtman (1995) que explican la
agresividad desde las deficiencias genéticas, hormonales y de los neurotransmisores. - Estudios
fundamentados en “teorías del condicionamiento” (clásico, operante y social) las cuales
justifican el aprendizaje de este tipo de conductas a través de distintas vías (Bandura y Walker,
1963; Berkowitz y Rawlin, 1963; Anderson y Bushman, 2002 y Pahlavan, 2002).
- “Teorías psicoanalistas” que explican las pulsaciones agresivas como innatas y parte de la
estructura psíquica del hombre (Freud, 1920).
- “Teorías de la freustración-agresión” (Dollar et al., 1939; Berkowitz, 1993; Espinosa et al., 2003
y Naouri, 2005).
- Teorías como la de las “habilidades sociales” que explicajan por la existencia de un déficit de
las competencias o señales sociales apropiadas (Slee, 1993; Sutton y Smith, 1999) - “Teorías
miméticas” según las cuales las relaciones humanas son conflictivas y violentas a causa del deseo
(Barahona, 2006 y Rojas Marcos, 1995).
- “Teorías contextuales o ecológicas” (Díaz-Aguado, 2004 y Bronfenbrenner, 1979). - “Teorías
sociológicas” las cuales atribuyen este tipo de conductas a variables ambientales y del contexto
social (Ovejero, 1997).

La violencia existe desde siempre; violencia para sobrevivir, violencia para controlar el poder,
violencia para sublevarse contra la dominación, violencia física y psíquica.

Los etólogos, en sus investigaciones sobre el comportamiento innato de los animales, llegaron
a la conclusión de que el instinto agresivo tiene un carácter de supervivencia. Por lo tanto, la
agresión existente entre los animales no es negativa para la especie, sino un instinto necesario
para su existencia.

Charles Darwin, en su obra sobre “El origen de las especies por medio de la selección natural”,
proclamó al mono como padre del hombre, argumentando que sus instintos de lucha por la vida
le permitieron seleccionar lo mejor de la especie y sobreponerse a la naturaleza salvaje. El mayor
aporte de Darwin a la teoría evolucionista fue descubrir que la naturaleza, en su constante lucha
por la vida, no sólo refrenaba la expansión genética de las especies, sino que, a través de esa
lucha, sobrevivían los mejores y sucumbían los menos aptos. Solamente así puede explicarse el
enfrentamiento habido entre especies y grupos sociales, apenas el hombre entra en la historia,
salvaje, impotente ante la naturaleza y en medio de una cierta desigualdad social que, con el
transcurso del tiempo, deriva en la lucha de clases.

El hombre, desde el instante en que levantó una piedra y la arrojó contra su adversario, utilizó
un arma de defensa y sobrevivencia muchísimo antes de que el primer trozo de sílex hubiese
sido convertido en punta de lanza. “Una ojeada a la Historia de la Humanidad -dice Sigmund
Freud-, nos muestra una serie ininterrumpida de conflictos entre una comunidad y otra u otras,
entre conglomerados mayores o menores, entre ciudades, comarcas, tribus, pueblos, Estados;
conflictos que casi invariablemente fueron decididos por el cotejo bélico de las respectivas
fuerzas (...) Al principio, en la pequeña horda humana, la mayor fuerza muscular era la que
decidía a quién debía pertenecer alguna cosa o la voluntad de qué debía llevarse a cabo. Al poco
tiempo la fuerza muscular fue reforzada y sustituida por el empleo de herramientas: triunfó
aquél que poseía las mejores armas o que sabía emplearlas con mayor habilidad. Con la
adopción de las armas, la superioridad intelectual ya comienza a ocupar la plaza de la fuerza
muscular bruta, pero el objetivo final de la lucha sigue siendo el mismo: por el daño que se le
inflige o por la aniquilación de sus fuerzas, una de las partes contendientes ha de ser obligada a
abandonar sus pretensiones o su oposición” (Freud, S., 1972, pp. 3.208-9).

Desde la más remota antigüedad, los hombres se enfrentaron entre sí por diversos motivos. En
los últimos 5.000 años de la historia, la humanidad ha experimentado miles de guerra, y en todas
ellas se han usado armas más poderosas que la fuerza humana. La historia de la humanidad es
una historia de guerras y conquistas, donde el más fuerte se impone al más débil, y que si de los
textos de historia quitásemos las guerras, se convertirían en un puñado de páginas en blanco.

En la Edad de la Piedra, los mismos instrumentos ideados para defenderse de la naturaleza


salvaje fueron trocados en armas de guerra. Después, cuando el hombre descubrió los metales,
construyó armas más mortíferas que la honda y la lanza con punta de piedra. Al irrumpir la
pólvora en la historia, se fabricaron proyectiles para ser disparados por medio de un cañón. De
modo que el arte de la guerra se perfeccionó entre el siglo XV y XVIII, con la progresiva
consolidación del arma de fuego como factor decisivo en la contienda. El uso de la pólvora se
extendió rápidamente a los campos de batalla y las armas tradicionales fueron sustituidas por
arcabuces, mosquetes y cañones.

La guerra, que es un producto de la violencia y el deseo de poder, está generada por los instintos
agresivos de la psicología humana. Ya en julio de 1932, cuando Albert Einstein -el físico cuyas
teorías sobre la relatividad y la gravitación universales revolucionaron el mundo de la ciencia- le
preguntó a Sigmund Freud: ¿Qué podría hacerse para evitar a los hombres el desastre de la
guerra? El padre del psicoanálisis, en una carta fechada en septiembre de 1932, le respondió:
“Usted expresa su asombro por el hecho de que sea tan fácil entusiasmar a los hombres para la
guerra, y sospecha que algo, un instinto del odio y de la destrucción, obra en ellos facilitando
ese enardecimiento. Una vez más, no puedo sino compartir sin restricciones su opinión.
Nosotros creemos en la existencia de semejante instinto, y precisamente durante los últimos
años hemos tratado de estudiar sus manifestaciones. Permítame usted que exponga por ello
una parte de la teoría de los instintos a la que hemos llegado en el psicoanálisis después de
muchos tanteos y vacilaciones. Nosotros aceptamos que los instintos de los hombres no
pertenecen más que a dos categorías: o bien son aquellos que tienden a conservar y a unir -los
denominados ‘eróticos’, completamente en el sentido del Eros del ‘Symposion’ platónico, o
‘sexuales’, ampliando deliberadamente el concepto popular de la ‘sexualidad’-, o bien son los
instintos que tienden a destruir y a matar: los comprendemos en los términos ‘instintos de
agresión o de destrucción’. Como usted advierte, no se trata más que de una transfiguración
teórica de la antítesis entre el amor y el odio, universalmente conocida y quizá relacionada
primordialmente con aquella otra, entre atracción y repulsión, que desempeña un papel tan
importante en el terreno de su ciencia (...) Con todo, quisiera detenerme un instante más en
nuestro instinto de destrucción, cuya popularidad de ningún modo corre pareja con su
importancia. Sucede que mediante cierto despliegue de especulación, hemos llegado a concebir
que este instinto obra en todo ser viviente, ocasionando la tendencia de llevarlo a su
desintegración, de reducir la vida al estado de la materia inanimada. Merece, pues, en todo
sentido la designación de instinto de muerte, mientras que los instintos eróticos representan las
tendencias hacia la vida. El instinto de muerte se torna instinto de destrucción cuando, con la
ayuda de órganos especiales, es dirigido hacia fuera, hacia los objetos. El ser viviente protege en
cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena (...) De lo que antecede derivamos para
nuestros fines inmediatos la conclusión de que serán inútiles los propósitos para eliminar las
tendencias agresivas del hombre. Dicen que en regiones muy felices de la Tierra, donde la
naturaleza ofrece pródigamente cuanto el hombre necesita para su subsistencia, existen
pueblos cuya vida transcurre pacíficamente, entre los cuales se desconoce la fuerza y la agresión.
Apenas puedo creerlo, y me gustaría averiguar algo más sobre esos seres dichosos. También los
bolcheviques esperan que podrán eliminar la agresión humana asegurando la satisfacción de las
necesidades materiales y estableciendo la igualdad entre los miembros de la comunidad. Yo creo
que esto es una ilusión (...) Por otra parte, como usted mismo advierte, no se trata de eliminar
del todo las tendencias agresivas, humanas, se puede intentar desviarlas, al punto que no
necesiten buscar su expresión en la guerra (...) Pero con toda probabilidad esto es una esperanza
utópica. Los restantes caminos para evitar indirectamente la guerra son por cierto más
accesibles, pero en cambio no prometen un resultado inmediato que uno se moriría de hambre
antes de tener harina” (Freud, S., 1972, pp. 3.210-14).

Para Nicolás Maquiavelo, lo propio que para Friedrich Nietzsche, la violencia es algo inherente
al género humano y la guerra una necesidad de los Estados; en tanto para los padres del
socialismo científico, la violencia, aparte de ser un producto de la lucha de clases, es un medio y
no un fin, puesto que sirve para transformar las estructuras socioeconómicas de una sociedad,
pero no para eliminar al hombre en sí. Además, consideran que existe una violencia reaccionaria,
que usa la burguesía para defender sus privilegios, y otra violencia revolucionaria, que tiende a
destruir el aparato burocrático-militar de la clase dominante y socializar los medios de
producción.

Cuando los marxistas plantean que la lucha de clases genera la violencia, y la violencia es el
motor que permite la transformación cualitativa de la sociedad, admiten que la transición del
capitalismo al socialismo requiere cambios radicales en las relaciones de producción. Empero,
“hay que recordar también que el imperio de la fuerza, que el marxismo está dispuesto a aceptar
favorablemente, con objeto de liberar a los hombres de la servidumbre económica y establecer
las condiciones en que deben basarse las relaciones verdaderamente morales, no va dirigido
contra los individuos, sino contra una clase y las instituciones en que fundamenta su posición
dominante” (Ash, W., 1964, p. 146).

Si bien es cierto que el marxismo justifica los medios para alcanzar los fines, llegando al límite
de favorecer el uso de la violencia revolucionaria para liberar a los oprimidos y abolir la
propiedad privada de los medios de producción, es también cierto que, una vez abolida la lucha
de clases, la violencia deja de ser un medio que justifica el fin.

Los psicoanalistas consideran que la violencia es producto de los mismos hombres, por ser desde
un principio seres instintivos, motivados por deseos que son el resultado de apetencias salvajes
y primitivas. “Los pequeños -señala Anna Freud-, en todos los períodos de la historia, han
demostrado rasgos de violencia, de agresión y destrucción (...) Las manifestaciones del instinto
agresivo se hallan estrechamente amalgamadas con las manifestaciones sexuales” (Freud, A.,
1980, p. 78).

El instinto de agresión infantil, según Anna Freud, aparece en la primera fase bajo la forma del
sadismo oral, utilizando sus dientes como instrumentos de agresión; en la fase anal son
notoriamente destructivos, tercos, dominantes y posesivos; en la fase fálica la agresión se
manifiesta bajo actitudes de virilidad, en conexión con las manifestaciones del llamado
“complejo de Edipo”.
Sin embargo, Sigmund Freud y Konrad Lorenz comparten la idea de que la agresión puede
descargarse de diferentes maneras. Por ejemplo, practicando algún deporte de lucha libre o
rompiendo algún objeto que está al alcance de la mano. Si Lorenz aconseja que el amor es el
mejor antídoto contra la agresividad, Freud afirma que los instintos de agresión no aceptados
socialmente pueden ser sublimados en el arte, la religión, las ideologías políticas u otros actos
socialmente aceptables. La catarsis implica despojarse de los sentimientos de culpa y de los
conflictos emocionales, a través de llevarlos al plano consciente y darles una forma de expresión.

Se dice que el niño, incluso el más inocente y pacífico, tiene sentimientos destructivos o
“instintos de muerte”, que si son dirigidos hacia adentro pueden conducirlo al suicidio, o bien,
si son dirigidos hacia fuera, pueden llevarlo a cometer un crimen. La agresividad del niño,
asimismo, puede ser estimulada por el rechazo social del cual es objeto o por una simple falta
de afectividad emocional, puesto que el problema de la violencia no sólo está fuera de nosotros,
en el entorno social, sino también dentro de nosotros; un peligro que aumenta en una sociedad
que enseña, desde temprana edad, que las cosas no se consiguen sino por medio de una
inhumana y egoísta competencia. “El otro” no se nos presenta, en nuestra educación para la
vida, como un cooperador sino como un competidor, como un enemigo. A esto se suman los
medios de comunicación que propagan la violencia, estimulando la agresividad del niño.

Según el psicólogo Robert R. Sears, los niños que sufren castigos físicos y psíquicos son los que
demuestran mayor agresividad en la escuela y en las actividades lúdicas, que los niños que se
desarrollan en hogares donde la convivencia es armónica. Para Sears, como para los psicólogos
que se prestaron algunos conceptos del psicoanálisis, la agresión es una consecuencia de las
frustraciones y prohibiciones con las cuales tropiezan los niños en su entorno. Cuando el niño
reacciona con agresividad es porque quiere manifestar su decepción frente a la madre o frente
al contexto social que lo rodea.

Por otro lado, no cesan de aflorar teorías que rechazan la idea de la violencia como instinto
innato, afirmando que la agresividad no es más que un fenómeno adquirido en el contexto
social. Los naturalistas, a diferencia de Freud y Lorenz, sostienen que una de las peculiaridades
de la especie humana es su educabilidad, su capacidad de adaptación y su flexibilidad; factores
que permiten -y permitieron- la evolución de la humanidad, desde que el hombre dejó de vivir
en los árboles y en las cavernas. De ahí que en las comunidades primitivas, donde los grupos
humanos estaban constituidos por treinta o cincuenta individuos, los elementos agresivos no
hubiesen prosperado. En esas sociedades, cuyas actividades principales eran la recolección y la
caza, la ayuda mutua y la preocupación por los demás -la cooperación- no sólo eran estimadas,
sino que constituían condiciones estrictamente necesarias para la supervivencia del grupo.

Muchos de los naturalistas, que afirman que el hombre nunca fue agresivo ni imperfecto desde
su nacimiento, tienen como cabecera la “Biblia”, en cuyo primer libro, “Génesis”, se describe la
creación de un mundo exento de maldades y sufrimientos. El sexto día en que Dios crea al
hombre y la mujer, a su imagen y semejanza, los hace perfectos en cuerpo y alma, pero ni bien
caen en la tentación de una criatura maligna (Satanás), Adán y Eva son expulsados del paraíso
por desobedecer lo que el Creador les dejó dicho: “Que no comieran del árbol del conocimiento
de lo bueno y lo malo”. Fue entonces cuando Dios, refiriéndose a la serpiente, le dijo: “Tú eres
la maldita entre todos los animales domésticos y entre todas las bestias salvajes del campo.
Sobre tu vientre irás y polvo comerás todos los días de tu vida (...) Pondré enemistad entre tú y
la mujer, y entre la descendencia de ella. Él te magullará en la cabeza y tú le magullarás en el
talón”. Y, dirigiéndose a Eva, sentenció: “Aumentaré en gran manera el dolor de tu preñez; con
dolor de parto darás a luz hijos, y tu deseo vehemente será por tu esposo, y él te dominará”. En
efecto, cuando Adán y Eva tuvieron descendientes, éstos nacieron cargados de pecados y fueron
imperfectos como sus progenitores. Caín encarnaba ya la violencia y, con su agresión
irrefrenable, degolló a su hermano Abel, para así dar origen a la violencia humana.

En el siglo V, San Agustín -el teólogo que escribió “La ciudad de Dios”- arguyó que el Creador no
era el responsable de que exista el mal, sino el hombre, ya que Dios -el autor de las cualidades
humanas y no de los vicios- creó al hombre recto; pero el hombre, habiéndose hecho corrupto
por su propia voluntad y habiendo sido condenado justamente, engendró hijos corruptos y
violentos. Entonces, del mal uso del libre albedrío se originó todo el proceso del mal.

En el siglo XVI, el protestante francés Juan Calvino pensaba, al igual que San Agustín y Martín
Lutero, que algunos seres humanos estaban predestinados por Dios a ser hijos herederos del
reino celestial; en tanto otros, cuya naturaleza humana fue corrompida por el pecado original,
estaban destinados a ser los recipientes de su ira y a padecer la condenación eterna.

En el siglo XVIII, Jean-Jacques Rousseau sostenía la teoría de que el hombre era naturalmente
bueno, que la sociedad corrompía esta bondad y que, por lo tanto, la persona no nacía perversa
sino que se hacía perversa, y que era necesario volver a la virtud primitiva. “Es bueno todo lo
que viene del Creador de las cosas: que todo degenera en las manos del hombre”. Es decir, la
actitud de bondad o de maldad es fruto del medio social en el cual se desarrolla el individuo.

El psicólogo Alberto Bandura, de acuerdo con el filósofo francés, estima que el comportamiento
humano, más que ser genético o hereditario, es un fenómeno adquirido por medio de la
observación e imitación. En idéntica línea se mantiene Ashley Montagu, para quien la
agresividad de los hombres no es una reacción sino una respuesta: el hombre no nace con un
carácter agresivo, sino con un sistema muy organizado de tendencias hacia el crecimiento y el
desarrollo de su ambiente de comprensión y cooperación.

John Lewis, en su libro “Hombre y evolución”, rebate la teoría sobre la agresividad innata,
señalando que no existen razones para suponer que el hombre sea movido por impulsos
instintivos, ya que “no existe testimonio antropológico alguno que corrobore esa concepción del
hombre primitivo considerado como un ser esencialmente competitivo. El hombre, al contrario,
ha sido siempre, por naturaleza, más cooperativo que agresivo. La teoría psicológica de Freud,
afirmando la indiscutible base agresiva de la naturaleza humana, no tiene validez real alguna”
(Lewis, J., 1968, p. 136).

Helen Schwartzmann, estudiando la antropología del juego en una isla del Océano Pacífico,
constató que los niños no estaban familiarizados con la connotación semántica de las palabras
“ganar-perder”, en vista de que el juego para ellos implicaba un modo de ponerse en contacto
con el mundo circundante, una actividad alegre, llena de fantasía y exenta de vencedores y
vencidos. Esto demuestra que la competencia, al no formar parte de la naturaleza del juego, es
propia de las sociedades modernas, donde se incentiva a diario el espíritu de competencia entre
individuos.

No es casual que los instintos agresivos del hombre estén reflejados en gran parte de la
literatura, desde “Robinsón Crusoe”, de Daniel Defoe, hasta “El señor de las moscas”, de William
Golding -premio Nobel de Literatura 1983-, quien en su novela narra la conducta animal de un
grupo de niños ingleses, que, luego de sobrevivir a un accidente de aviación en una isla desértica,
intentan organizar su propia sociedad lejos del mundo adulto y de los valores ético-morales de
la cultura occidental. Sin embargo, una vez que fracasan en su intento, se transforman en
arquetipos de cazadores salvajes y primitivos, cuya única ley es el odio y la violencia, como si la
sociedad moderna hubiese virado hacia su pasado más remoto, pues el terror cósmico y el deseo
de dominación suprimen las normas éticas y morales asimiladas y dan rienda suelta a los
instintos atávicos latentes bajo las costumbres civilizadas.

William Golding, convencido de la maldad intrínseca del ser humano, manifestó en cierta
ocasión: “Mi novela es un intento de analizar los defectos sociales o las normas que rigen los
defectos de la naturaleza salvaje”, puesto que la sociedad y los hombres están programados
genéticamente para el sadismo y la violencia.

Agreguemos a todo esto el pensamiento de George Friedrich Nicolai, quien, en su libro “Biología
de la guerra”, apunta: La guerra en las sociedades humanas es una supervivencia de los instintos
de agresividad que arrastra nuestra especie desde las lejanías de su genealogía zoológica a la
cual se debe oponer la urgencia de remodelar la convivencia humana en un factible proceso de
superhumanización, reemplazando los ciegos y violentos instintos por el sereno gobierno de la
razón.

Con todo, la discusión sobre el carácter innato o adquirido de la violencia humana, por ser
motivo de controversias, tomará demasiado tiempo antes de alcanzar su punto final, debido a
que, a diferencia de Rousseau, Bandura, Lewis y otros, el filósofo inglés Thomas Hobbes, tres
siglos antes que Sigmund Freud, sentenció que la humanidad tiene una agresividad innata.
Mucho después, los etólogos Konrad Lorenz, Karl Von Frisch y el holandés Nikolaas Tinbergen,
comparando la conducta animal y humana, detectaron que la agresividad es genética, y que el
instinto de agresión humana dirigido hacia sus congéneres es la causa de la violencia
contemporánea.

1. El determinismo biológico y teorías instintivas


Esta línea pone énfasis en el carácter distintivo de la agresividad. La
explicación viene principalmente dada por elementos que se entienden
como “interiores” y constitutivos de la persona. Es decir que, la causa de la
agresión se explica precisamente por lo que hay “dentro” de cada quien.
Lo anterior queda generalmente condensado bajo el término de “instinto”,
comprendido como facultad necesaria para la supervivencia de la especie,
con lo cual, la agresividad es definida en términos de proceso
adaptativo, desarrollado como consecuencia de la evolución. Según la
lectura que se hace de esto último pueden quedar pocas o nulas
posibilidades de modificar las respuestas agresivas.
Podemos ver que esto último se corresponde con teorías cercanas tanto a la
psicológica como la biología, así como a las teorías evolucionistas, no
obstante, el término de “instinto” ha sido comprendido también de distintas
formas según la teoría que lo utiliza.
En el caso del psicoanálisis freudiano, la agresividad como instinto, o más
bien “pulsión” (que es el equivalente al “instinto” para la psique), ha sido
comprendida como una clave en la constitución de la personalidad. Es decir,
que tiene funciones importantes en la estructuración psíquica de cada
sujeto, así como en sostener dicha estructura de una forma o de otra.

2. Las explicaciones ambientalistas


Esta línea explica la agresividad como resultado del aprendizaje y varios
factores ambientales complejos. Se agrupan aquí una serie de trabajos que
explican la agresividad como consecuencia de un elemento externo que es el
principal desencadenante. Dicho de otra forma, antes de la agresión, hay
otra experiencia, relacionada con un evento ajeno a la persona: la
frustración.
Esto último es conocido como la teoría de la frustración-agresión y explica
que, tal como las teorías instintivas lo propusieron, la agresividad es un
fenómeno innato. No obstante, depende en todo momento de si la
frustración se genera, o no. A su vez la frustración es generalmente definida
como la consecuencia de no poder llevar a cabo una acción tal como ha sido
anticipada, y en este sentido, la agresividad sirve como un calmante de los
niveles altos de frustración.

3. El aprendizaje social
La base de las teorías que explican la agresividad por aprendizaje social es el
conductismo. En estas, se atribuye la causa de la agresividad a aquello que ha
sido asociado ante la presencia de un estímulo determinado, así como al
refuerzo que ha venido después de la acción que sigue a dicha asociación.
En otras palabras, la agresividad se explica bajo la clásica fórmula del
condicionamiento operante: ante un estímulo hay una respuesta (una
conducta), y ante esta última, hay una consecuencia, que según cómo se
presenta puede generar la repetición de la conducta, o bien, extinguirla. Y en
este sentido, es posible tomar en cuenta qué estímulos y qué refuerzos son
los que desencadenan cierto tipo de comportamiento agresivo.
Quizá la más representativa de las teorías del aprendizaje social ha sido la
de Albert Bandura, quien desarrolló la “teoría del aprendizaje vicario”,
donde propone que aprendemos ciertos comportamientos con base a los
refuerzos o castigos que vemos que reciben las otras personas, después de
llevar a cabo ciertos comportamientos.
La agresividad, entonces, podría ser consecuencia de comportamientos
aprendidos por imitación, y por haber asimilado las consecuencias
observadas en las conductas ajenas.
Entre otras cosas, las teorías de Bandura han permitido separar dos
procesos: por un lado, el mecanismo por medio del cual aprendemos un
comportamiento agresivo; y por otro, el proceso por el que somos capaces, o
no, de ejecutarlo. Y con esto último se hace posible comprender por qué, o
bajo qué condiciones, puede evitarse su ejecución, más allá de que ya se ha
aprendido la lógica y la función social de la agresividad.

4. Teoría psicosocial
La teoría psicosocial ha permitido poner en relación dos dimensiones de lo
humano, que pueden resultar fundamentales para comprender la
agresividad. Estas dimensiones son, por un lado, los procesos psicológicos
individuales, y por el otro, los fenómenos sociales, que lejos de actuar de
manera separada, interactúan estrechamente, y tienen como consecuencia
que ocurra un comportamiento, una actitud, una identidad específica,
etcétera.
En la misma línea, la psicología social, y en especial la de tradición
socioconstruccionista, ha puesto atención a un elemento clave en los
estudios sobre la agresividad: para poder determinar qué comportamiento
es agresivo, primero tienen que existir una serie de normas
socioculturales que indiquen qué es lo que se entiende como “agresión”, y
qué no.
Y en este sentido, el comportamiento agresivo es lo que transgrede la norma
sociocultural. Lo que es más: puede entenderse como “agresivo” un
comportamiento cuando viene de una persona en concreto, y puede no
entenderse igual cuando viene de otra.
Lo anterior permite pensar la agresión en un contexto que al ser social, no es
neutro, sino que está sustentado en relaciones de poder y posibilidades de
agencia determinadas.
En otras palabras, y dado que la agresividad no siempre se manifiesta como
una conducta observable, es importante analizar las formas que la
representan, la manifiestan y la experimentan. Esto permite considerar que
la agresividad tiene lugar sólo cuando se establece una relación, con lo cual,
difícilmente puede ser explicada en términos individuales ni con matices
homogéneos que apliquen para todas las relaciones y experiencias.
La psicología social a partir de aquí ha explicado la agresión como una
conducta ubicada en un contexto concreto de relaciones. Así mismo las
tradiciones más clásicas la ha entendido como una conducta que causa daño
de manera intencional. Esto último nos lleva a plantear un siguiente
problema, que es el de la posibilidad de establecer diferencias entre la
agresividad y la violencia.

¿Agresividad o violencia?
La agresividad ha sido traducida por muchas teorías como “comportamiento
agresivo”, lo que dicho de otra manera es la acción de agredir. Y en este
sentido, se equipara con frecuencia al concepto de “violencia”. A partir de
esto, es común encontrar que la agresividad y la violencia se presenten y
utilicen como sinónimos.
Sanmartí (2006; 2012) nos habla de la necesidad de apuntar algunas
diferencias entre ambos fenómenos. Dicha necesidad nos lleva a distinguir
entre la participación de biología y la intencionalidad de cada proceso, así
como de contextualizarlos en el entramado de las instituciones sociales que
participan en su producción y reproducción; lo que implica reconocer el
carácter tanto humano como social. Carácter que la propia respuesta
adaptativa o de defensa (la agresividad) por sí misma no tiene.
Para el mismo autor, la agresividad es una conducta que se presenta de
manera automática ante ciertos estímulos, y por lo mismo, se inhibe ante
otros estímulos. Y en este sentido, la agresividad puede ser
comprendida como un proceso adaptativo y defensivo, común a los seres
vivos. Pero que no es lo mismo que la violencia. La violencia es “agresividad
alterada”, es decir, una forma de agresividad que está cargada con
significados socioculturales. Dichos significados hacen que se despliegue ya
no de manera automática, sino intencional y potencialmente dañina.

Intencionalidad, violencia y emociones


Más allá ser la respuesta biológica ante estímulos potencialmente riesgosos
para la sobrevivencia, la violencia pone en acto los significados
socioculturales que atribuimos a ciertos eventos comprendidos en términos
de peligrosidad. En este sentido podemos pensar que la violencia es un
comportamiento que solo puede tener lugar entre los seres humanos,
mientras que la agresividad o la conducta agresiva, son respuestas que
pueden tener lugar también en otras especies.
En esta comprensión de la agresividad juegan un papel activo y relevante las
emociones, como el miedo, entendido también en términos innatos como un
esquema adaptativo y un mecanismo de sobrevivencia. Lo que nos lleva a
considerar que tanto el miedo como la agresividad pueden ser pensados más
allá de ser “buenos” o “malos”.

Intersecciones de la agresividad y la violencia:


¿hay tipos de agresión?
Si es posible mirar la agresividad desde el punto de vista de los procesos por
medio de los cuales una persona se vuelve competente para la sociedad (la
socialización), también podemos poner atención a los distintos fenómenos y
experiencias que son distintas, por ejemplo, por las diferencias de clase,
raza, género, condición socioeconómica, discapacidad, etc.
En este sentido, la experiencia que provoca frustración y desencadena una
conducta agresiva, que quizá es después violenta, puede no ser
desencadenante de la misma forma en mujeres o en hombres, en niños o en
adultos, en alguien de clase alta y alguien de clase baja, etc.
Es así porque no todas las personas nos hemos socializado en relación con los
mismos recursos para vivir y manifestar tanto la frustración como la
agresividad de la misma manera. Y por lamisma razón, el abordaje es
también multidimensional y es importante situarlo en el contexto relacional
donde se genera.

Referencias bibliográficas:

 Sanmartí, J. (2012). Claves para entender la violencia en el siglo XXI. Ludus


Vitalis, XX(32): 145-160.
 Sanmartí, J. (2006). ¿Qué es esa cosa llamada violencia? En Instituto de
Educación de Aguascalientes. ¿Qué es esa cosa llamada violencia?.
Suplemento del Boletín Diario de Campo. Recuperado 22 de junio de 2018.
Disponible en
http://www.iea.gob.mx/ocse/archivos/ALUMNOS/27%20QUE%20ES%20LA%
20VIOLENCIA.pdf#page=7.
 Domenech, M. & Iñiguez, L. (2002). La construcción social de la violencia.
Athenea Digital, 2: 1-10.