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En defensa del derecho natural de propiedad

Decidí basar este trabajo en el pensamiento de John Locke(1632-1704), el primer filósofo


que plantea el estado moderno basado en la separación de poderes (anticipándose a Montesquieu
a quién influiría); la existencia y protección de ciertos derechos fundamentales; entre otras
cuestiones, que más tarde sentarían las bases en innumerables constituciones modernas. Su
pensamiento influyó en grandes filósofos de la época tales como, Rousseau, Voltaire, entre otros,
contribuyendo con sus escritos a la política moderna. Entre sus obras más importantes se
destacan: Dos tratados sobre el gobierno civil, Ensayo sobre el entendimiento humano, Algunos
pensamientos sobre la educación, etc.

Comenzaré este ensayo diciendo que el derecho de propiedad, es la facultad que posee
una persona para disponer de forma absoluta de un bien, sin reconocer en otra persona un poder
superior sobre éste. El mismo, junto con la vida y la libertad, es uno de los derechos
fundamentales e inherentes a la naturaleza humana. Cada individuo de una determinada
comunidad, en un comienzo posee un derecho común de propiedad sobre un determinado objeto,
sin embargo, cuando uno de ellos le agrega su trabajo, dicho bien pasa a ser propiedad privada de
aquél que agregó la mano de obra. En efecto, es el propio trabajo que agrega una persona lo que
le haría adquirir la propiedad sobre un determinado objeto. Asimismo, enseña R. Nozick, cuando la
transferencia de un determinado objeto es justa, esto es, de manera voluntaria, sea ello por
medio del intercambio, la donación o algún otro mecanismo que refleje el mutuo acuerdo de las
partes involucradas en la transferencia, también se adquirirá la propiedad sobre el mismo.

“Aunque las cosas de la naturaleza son dadas en común, el hombre, al


ser dueño de sí mismo y propietario de su persona y de las acciones y
trabajos de ésta, tiene en sí mismo el gran fundamento de la
propiedad/…/Cualquier cosa que él saca del estado en que la
naturaleza la produjo y la dejó, y la modifica con su labor y añade a ella
algo que es de sí mismo es, por consiguiente, propiedad suya”. Locke,
J. Segundo tratado sobre el gobierno civil, Cap V, § 44.

Lo expuesto en los párrafos anteriores abre algunos interrogantes: Cuando se produce la


afectación al derecho de propiedad de un individuo, el Estado, ¿tiene el deber de brindarle
seguridad? Si la respuesta es afirmativa, ¿tiene el ciudadano el mismo deber en caso de omisión
de por parte del órgano estatal?

Quien escribe el presente trabajo está a favor de la intervención del Estado en salvaguarda
de los derechos fundamentales nombrados con anterioridad. En efecto, responde
afirmativamente al primer interrogante, esto es, el deber del Estado de brindarle seguridad a sus
ciudadanos. El exceso de impotencia, ira, venganza, podría llevar la justicia por mano propia a
límites impensados. Es por eso que los ciudadanos mediante su consentimiento le otorgan al
Estado el deber de preservar su vida, libertad y propiedad frente a los ataques de terceros.

[En Argentina, la seguridad es un derecho fundamental de una persona, tal es así que se
encuentra consagrado en el art. 1 de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del
Hombre al que nuestro país adhiere, que reza: “Artículo I. Todo ser humano tiene derecho a la vida,
a la libertad y a la seguridad de su persona”. ]

En consecuencia, es el Estado en virtud del poder que la sociedad entera le delega, quien
tiene el deber de proteger a los ciudadanos y garantizarles seguridad ante cualquier daño que
puedan recibir de otro conciudadano.

El quid de la questión está en determinar qué ocurre cuando el Estado no es eficiente en


su deber de prestar seguridad, es decir, cuando un individuo es víctima en innumerables ocasiones
del mismo delito y no encuentra respuesta de los órganos estatales como el caso que veremos a
continuación. ¿Nace en cabeza del afectado el derecho de hacer todo lo que esté a su alcance sin
ninguna represalia por ello?

La introducción redactada anteriormente, es a los fines de aclarar algunos conceptos y hacer un


paralelismo con el famoso caso del que se han hecho eco prácticamente todos los medios, del
médico (en adelante sujeto A), que le quitó la vida a un ladrón (en adelante sujeto B), porque éste
no sólo se apropió del automotor del primero, sino que previo a amenazarlo con quitarle la vida, lo
atropelló mientras intentaba escapar. El hecho se agrava si tuviésemos en cuenta ciertas
circunstancias externas, tales como que el médico en cuestión ha sido víctima de este tipo de
delito en innumerables ocasiones, mientras tanto el Estado brillaba por su ausencia.
En el caso referido, existía con anterioridad un derecho de propiedad sobre el automotor
en cuestión y acto seguido, una violación de parte del sujeto B de dicho derecho en cabeza de A.
Cuando una situación de estas características ocurre, la persona que resulta perjudicada en sus
derechos fundamentales tiene todo el poder para repeler ese daño injustificado. Sería insólito y
contrario al sentido común y a la lógica más elemental, que el sujeto A en este caso, deba
quedarse paralizado observando cómo se apropian de un bien que con su trabajo ha obtenido.
Desde el punto de vista social, si el sujeto A resultase condenado legalmente por este
hecho, sería de grave perjuicio para la sociedad en su totalidad. Esto es así porque cualquier
persona, (y con justa razón), se sentiría con miedo de actuar en defensa de sus derechos
fundamentales, ya que habría un Estado que lo juzgaría por ello, bajo pena de privarle su libertad;
modificando de esta forma el esquema de principios y valores básicos que una sociedad y un
Estado de Derecho deben tener.

“Cuando no pudieren ser ejecutadas las leyes será como si no las hubiere; y un
gobierno sin leyes es, a lo que entiendo, un misterio de la vida política
inasequible a la capacidad del hombre/…/ En estos y parecidos casos, el pueblo
se hallará en libertad de proveer para sí/…/ Porque no puede jamás, por falta
ajena, perder su nativo y original derecho a preservarse a sí mismo” Locke, J.,
Segundo tratado sobre el gobierno civil, ed. cit., Cap XIX, §
219-220.

Dicho esto, así como cada persona posee estos tres derechos fundamentales en un plano
de igualdad, cuando una persona tienda a afectar alguno de estos derechos naturales y
fundamentales de otra, ésta tiene de forma instintiva y como derecho hacer cuanto estime
conveniente para la preservación de sí mismo como del resto de la sociedad. Al encontrarse en un
plano de igualdad, ninguna persona puede creerse o pensar por un segundo estar por encima del
otro. Una persona no puede, bajo ningún pretexto, afectar alguno de estos derechos
fundamentales que le pertenece a otro; si éste fuera el caso, la segunda tiene el derecho de
utilizar su propia fuerza a los fines de eliminar el daño causado. Por lo tanto, es el derecho a la
preservación de uno mismo y de toda la sociedad el que hace nacer la posibilidad de anular por sí
mismo los actos contrarios a las normas causados por terceros.

“Siendo todos iguales e independientes, nadie, deberá dañar a otro en su


vida, salud, libertad o posesiones/…/ Cada uno está obligado a preservarse a
sí mismo y a no abandonar su puesto por propio albedrío, así pues, por la
misma razón, cuando su preservación no está en juego, deberá por todos los
medios preservar el resto de la humanidad, y jamás, salvo para ajusticiar a
un criminal, arrebatar o menoscabar la vida ajena” ”. Locke, J. Segundo
tratado sobre el gobierno civil, Cap II, § 6.

“Por igual razón puede el hombre en estado de naturaleza castigar las


infracciones menores de esta ley; y acaso se me pregunte ¿con la muerte?
Responderé: Cada transgresión puede ser castigada hasta el grado, y con
tanta severidad, como bastare para hacer de ella un mal negocio para el
ofensor, causar su arrepentimiento y, por el espanto, apartar a los demás de
tal acción”. Locke, J. Segundo tratado sobre el gobierno civil,
Cap II, § 12.

Para finalizar esta breve reflexión, sólo quiero aclarar que no era mi intención juzgar los
hechos a la luz de la normativa penal vigente, ni discutir acerca de la existencia o exceso de
legítima defensa que prevé nuestro Código Penal. Se ha tratado de analizar los hechos desde un
punto de vista moral, a los fines de dar a conocer principios orientativos y de acción cuando un
derecho fundamental se encuentra afectado.
Santiago Bueno