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Arequipa: La olvidada calle Cruz

Verde y su vínculo con el


Tribunal de la Inquisición
La casa número 113, según Mario Calienes Rodríguez, funcionaba como
sede del Santo Oficio. Actualmente las casas que colindan están en
condiciones deplorables

Arequipa: La olvidada calle Cruz Verde y su vínculo con el Tribunal de la


Inquisición

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Textos: Lilian Calisaya web@grupoepensa.pe | Fotos: José Sotomayor

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27 de Septiembre del 2015 - 13:05| Arequipa -


Cada calle de la ciudad de Arequipa lleva aún entre sus casonas, a punto de caerse
algunas, una parte de historia que involucra hechos importantes. Nos trasladamos al siglo
XVI. “Arequipa adquiere destacada importancia económica en el Sur del Virreinato del
Perú, pues era el centro de contacto entre las provincias mediterráneas del Cuzco a
Charcas y la capital, Lima. La agricultura se desarrolló en todos sus valles costeños donde
se cultivaban plantas industriales como la caña de azúcar y la vid. La ganadería alcanzó
enorme desarrollo, particularmente el ganado caballar, mular y asnal, proliferó, pues se
requerían de muchas recuas para el transporte”, así describe a la ciudad Alejandro Málaga
Medina, destacado historiador arequipeño, quien se encargó de realizar trabajos de
investigación como este, en el que explica de qué manera fue dividida la ciudad en el
Virreinato en su artículo denominado “Los Corregimientos en Arequipa Siglo XVI”. Con
este panorama, nos centramos en una de las calles en las que terminaba la ciudad,
propiamente dicha, y empezaba la parte periférica de Arequipa, Hablamos de la calle Cruz
Verde, nombre que se debió a la instalación del Tribunal de la Santa Inquisición en nuestra
ciudad “No hay un registro aquí en Perú de personas arequipeñas que hayan sido
juzgadas por el Tribunal. Esa información se encuentra en España; sin embargo,
algunos estudios hechos por historiadores revelan que en Latinoamérica el 78% de
juzgamientos era por judaísmo y provenía de España”, manifiesta Mario Rommel Arce,
historiador y director de la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa.

Varios historiadores han realizado exhaustivos trabajos sobre este tema, es así que
Fernando Ayllón, en su libro “El Tribunal de la Inquisición: De la leyenda a la Historia”,
recopila datos importantes a cerca del papel que tuvo el Tribunal en nuestro país. Se
reconoce cinco etapas o periodos. El de apogeo que fue de 1569- 1621, tiempo en el que
se instalaron los inquisidores en distintas ciudades. Ellos eran presbíteros que se
designaba a cada uno de los tres juzgados de la Inquisición. Asimismo, hay registro de
personas no asalariadas, a las que se denominaba ministros. En Arequipa, se reconoce a
Martín Abad de Urrunzola como representante de este cargo.

LEA TAMBIÉN: Conoce la fascinante historia de la descalza


arequipeña que nunca pisó la calle (FOTOS)
Una importante acotación que se destaca en esta investigación de Ayllón es la siguiente ,
“una revisión de las cifras dadas por Escandell nos indica que el Tribunal, en sus inicios,
se dedicaba al control de la población”.

PERSONAJE. Un hallazgo que nos puede dar luces de la labor del Tribunal en nuestra
ciudad, es lo que encontramos en el libro de Teodoro Hampe Martínez, “Santo Oficio e
Historia Colonial: Aproximaciones al Tribunal de la Inquisición de Lima 1570-1820”, en el
que realiza una recopilación de las personas que ejercieron como inquisidores en la
Ciudad de los Reyes.

“José de Salazar y Cevallos, natural de Arequipa, fue conónigo doctoral y dignidad


del arcediano de aquella iglesia. Promovido a inquisidor de Lima, falleció antes de
tomar posesión del cargo. Su hermano Alonso Eduardo fue rector de la Universidad
San Marcos”, reza el texto de Hampe Martínez.

Asimismo, también hay que destacar las referencias sobre las formas en las que subsistía
el Tribunal. “La base de la solidez financiera se asentaba especialmente en las inversiones
en censos ( préstamos hipotecarios) y en las canonjías, rubros ambos que significaban un
97% del total de ingresos. Gracias a los valiosos análisis de Maurice Birckel (1969-1970) y
Rene Millar Carvacho (1985), se ha desbrozado el conocimiento en torno a la tesorería del
Santo Oficio Limeño”, se puede leer en este texto.

HISTORIA. Uno de los personajes que ha contribuido a la conservación de la historia de


las calles de Arequipa, así como de sus costumbres, es Héctor Ballón Lozada, quien en su
libro “Arequipa Patrimonio Cultural de la Humanidad” resalta “La casa ubicada en la
calle cruz Verde N° 113, donde funcionaba el Tribunal de la Santa Inquisición, según
versión del estudioso arequipeño, Manuel Calienes Rodríguez, que ejerció varios
años como director de la Biblioteca Municipal de Arequipa”, es así que se afirma la
existencia de una sede en esta calle.

ACTUALIDAD. Al entrar a la referida casa 113, nos encontramos con algunas estructuras
antiguas, como bóvedas y ventanas; sin embargo, la mayor parte de este recinto se
encuentra reconstruida debido a los daños que le causaron los terremotos ocurridos.

La familia Valcárcel vive en esta vivienda, que con el tiempo se ha dividido en pequeños
departamento. La señora Silvia Zegarra de Valcárcel, de 80 años, nos relata que habita allí
más de 40 años.

“Nosotros somos los vecinos más antiguos, esta casa pertenecía a la señora
Rupertra Lozada Recabarren, ella ya falleció. Muy buena gente nos quería
bastante”, recuerda la señora Silvia, quien a pesar de desconocer los antecedentes de la
viviendo como sede del Tribunal de la Santa Inquisición, reclama el cuidado de estas
casonas que se encuentran olvidadas por las autoridades, a pesar de los múltiples pedidos
que se ha hecho para que se les dé mantenimiento del caso.

Conoce la fascinante historia de


la descalza arequipeña que
nunca pisó la calle (FOTOS)
Catalina Correa -dicen- ingresó al monasterio de las Carmelitas
Descalzas caminando sobre láminas de oro...

Conoce la fascinante historia de la descalza arequipeña que nunca pisó la calle


(FOTOS)

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Textos: Johnny Tapia H. / @jjohnnyth web@grupoepensa.pe | Fotos: Johnny Tapia

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12 de Julio del 2015 - 14:16| Arequipa -


Catalina Correa -dicen- ingresó al monasterio de las Carmelitas Descalzas
caminando sobre láminas de oro.

Su abuelo, Francisco Correa, un hombre acaudalado de la época, no escatimó en gastos


para entregar a la niña a los brazos del Señor. Organizó una procesión multitudinaria y
contrató tantos músicos como existían en la ciudad para acompañarla hasta las puertas
del convento.
Catalina, con sus 16 años, arrastró un hermoso vestido blanco por las angostas calles de
Arequipa. Parecía una novia, una santa, un ángel tal vez.

Un grupo de hombres avanzaba delante de ella colocando las láminas de oro sobre
la calle. “No -le había dicho su abuelo días antes-, mi nieta no pisará la calle. Irá de su
casa al convento, sin pecado”.

La pequeña Catalina debía estar emocionada. Ingresar a la congregación de las


Carmelitas Descalzas no había sido tarea fácil. En el monasterio Santa Teresa solo
podían haber 21 monjas, no más, y casi siempre estaban completas.

Años antes, escuchar el repicar de las campanas anunciando la muerte de una monja,
animaba el corazón de Catalina. Apuraba a sus sirvientes al convento para solicitar la
plaza disponible, pero usualmente llegaban tarde. Tuvieron que pasar varios años para
que finalmente la admitieran.

Así, el año 1748, Catalina Luzar y Correa murió al mundo para servir a Dios. Aquel
día, cuando las pesadas puertas del monasterio se cerraron tras ella, renunció a su
familia, los lujos e incluso a su nombre de pila. Desde entonces la conocerían como
Catalina del Corazón de Jesús.

Francisco Correa pagó la dote convenida a la congregación y en agradecimiento a la


providencia regaló la lujosa pileta de alabastro del Claustro de las Oficinas, la pila de
agua bendita del Coro Bajo, el altar de la Sala Capitular y más.

Más tarde, cuando el anciano falleció, la madre Catalina recibió una cuantiosa herencia
que invirtió en la construcción del Claustro del Noviciado y una ermita interior.

Catalina no es una santa, pero las Carmelitas Descalzas la recuerdan como una mujer
extraordinaria. Tanto así que conservan un retrato de ella antes de su noviciado. Ninguna
otra religiosa tuvo ese privilegio.

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en monasterio Santa Teresa
RELIQUIAS. El director del Museo de Arte Virreinal de Santa Teresa, Franz Grupp, explicó
que la pileta de alabastro es uno de los objetos más valiosos del monasterio, no solo por
su contexto histórico, sino además por su peculiaridad. “Este tipo de piedra se transluce,
a pesar que tiene un espesor de 15 centímetros”.

Asimismo, en este monasterio es posible encontrar pinturas del siglo XVII y un mural
imponente en la Sala Capitular que data del sigo XVIII. “Lo curioso de estos murales es
que no tienen temáticas cristianas, como se ve en otros conventos, solo cumplen
una función decorativa”, acotó el especialista.

Sin duda, este museo es el lugar ideal para encontrar sorprendentes historias.