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ANTÍFONA DE

ENTRADA /SAL/002/07 Hch/13/33 NV/PAS:

"De mis entrañas te engendré antes que el lucero de la


mañana" (/Sal/109/03). Antes que el lucero de la mañana,
lo cual quiere decir en la eternidad, antes de que existiese
el mundo y el tiempo. Antes que el lucero de la mañana,
o sea, en esta noche, del seno de la Virgen. Antes que el
lucero de la mañana, es decir, en la noche de Pascua, del
seno de la tumba. ¡Lenguaje divino de la
Sagrada Escritura! Con sólo dos palabras pone de
manifiesto todo el misterio de Cristo, y la liturgia, que lo
comprende y lo pregona, lo hace realidad y vida en el
sacrificio del altar, desde la noche del nacimiento, que
hoy celebramos, hasta la noche de la Pascua y de
la resurrección.

NACIMIENTO/RS: Sí, también la resurrección; pues aun


cuando como solemnidad litúrgica se encuentre todavía
muy lejos, viene incluida, sin embargo, en la solemnidad
de hoy, de la encarnación. Porque ¿acaso la resurreción no
es, a su vez, un nacimiento? Nacimiento de la tumba, que
da plena perfección al nacimiento del seno de la Virgen.
Mucho mejor que al Cristo Niño que se encuentra en el
pesebre convienen al Cristo resucitado los salmos del
introito, gradual y comunión que entonamos esta noche. El
Apóstol relacionó con el Señor resucitado las palabras del
salmo profético: "Tú eres mi hijo, yo te engendré hoy"; y
con razón, ya que el segundo nacimiento de la tumba no
hace sino perfeccionar la generación del Hijo de Dios en
esta tierra. Es la resurrección la que coloca al nuevo Adán
en toda su perfección y gloria, divina y humana, como
Señor de la creación y punto central de todo el cosmos. En
el Resucitado se complace en contemplar el Padre
celestial la imagen ya madurada de su idea más
querida en la creación: el hombre. Por eso es muy natural
que la liturgia de esta noche, al celebrar el primer
nacimiento de Cristo, de la Virgen, evoque también la
mística presencia de su segundo nacimiento de la tumba.
Detrás de la imagen del Niño, la Iglesia ve resplandecer
la gloria del Hombre y del Vencedor, y al tiempo que
escucha la palabras de los pastores: "Vamos a Belén",
oye también la palabra del Señor: "Mirad, subimos a
Jerusalén" (Lc 18, 31). Este es, pues, el "hoy vendrá y
nos salvará". Viene a salvarnos.

BELEN/JERUSALEN:Por eso, en la solemnidad de esta


noche debemos tan sólo pasar por Belén y subir hasta
Jerusalén. En Belén nace el Niño, contemplamos al que
viene; más en Jerusalén vemos al que sufre, al que obra
nuestra salvación y al resucitado que lleva a su perfección
la gloria del hombre nuevo. El Niño del pesebre no nos
fascinaría con una tal seguridad de redención si no
viésemos en El la belleza glorificada del resucitado.

EMILIANA LÖHR
EL AÑO DEL SEÑOR
EL MISTERIO DE CRISTO EN EL AÑO LITURGICO I
EDIC.GUADARRAMA MADRID 1962.Pág. 95 ss.

2.

¡Hemos venido a celebrar un nacimiento y resulta que


nosotros mismos somos los recién nacidos! "¡Ha
aparecido la gracia" (Tt/02/11) y somos nosotros mismos
lo que ella ha salvado! ¡Somos el hombre salvado, en
razón de haber nacido como hijos de Dios! A nosotros
llega la palabra pronunciada en la eternidad: "Mi hijo eres
Tú, Yo te he engendrado hoy" , y la Iglesia,
comprendiendo que esto va a ella dirigido, hic et nunc,
hace que éstas sean las primera y las últimas palabras de
la misa de medianoche.

EMILIANA LÖHR
EL AÑO DEL SEÑOR
EL MISTERIO DE CRISTO EN EL AÑO LITURGICO I
EDIC.GUADARRAMA MADRID 1962.Pág. 100

3.

La Misa navideña de medianoche celebra el alumbramiento


de María, que da a luz al Niño. Pero, en un sentido más
profundo, esta noche festeja ese otro alumbramiento más
universal por el cual Dios, a. través de Jesús, hace que
surja la luz de en medio de ls tinieblas.

Las tinieblas son la oscuridad que hay en el mundo a


causa de la injusticia, el hambre, la pobreza; a causa de la
opresión de unos hermanos sobre otros; a causa del
orgullo del hombre, de su avidez de poder y de dominio.
Todo ello constituye como una oquedad tenebrosa, como
un seno estéril, como una tumba.

Hasta aquí desciende María y el fruto de su vientre,


cuando tienen que refugiarse en la gruta abandonada,
cuando tienen que someterse a las órdenes de un
gobernador impuesto por potencias extranjeras y
abandonar la propia casa. Hasta aquí ha descendido
Israel, país pequeño, su patria chica, ocupado durante
siglos por países más poderosos.

En medio de esa noche oscura nace Jesús, como niño


inefable que ilumina a todo hombre que viene a este
mundo. Dios ha suscitado del corazón de la noche la
aparición luminosa y real de un hombre, hijo del hombre e
hijo de Dios. Ha resonado la Buena Noticia, la alegría, la
claridad de la aurora.

Dentro de unos años, pocos, volverá a brillar de nuevo la


gloria, el esplendor de Dios, también a través de Jesús,
cuando le resucita el Padre por haber sabido descender
hasta la muerte en cruz y hasta la tumba ignominiosa de
los ajusticiados, en favor de los hermanos.

El alumbramiento de la noche, no el oscurecimiento del


día, es la palabra definitiva de Dios.

Texto: La expresión inicial "en aquellos días" no es el


habitual encabezamiento litúrgico, sino que pertenece al
texto y hace referencia a Lc. 1, 36-37, donde el mensajero
celeste ha ofrecido a María la maternidad de Isabel como
señal de garantía de su propia maternidad. La expresión,
pues, enlaza el texto de hoy con ese ofrecimiento. Nótese
que María ha aceptado como suficiente y válida una
garantía humanamente inviable. En Lc. 1,7, en efecto,
Lucas ha presentado a Isabel como una mujer estéril y en
edad de no poder tener hijos.

El texto comienza con María yendo al encuentro de Isabel.


El autor tiene prisa por llegar. Nada es relevante hasta el
salto de la criatura en el vientre de Isabel. Lucas había
preparado cuidadosamente este momento desde 1, 15: ya
desde el vientre de su madre estará lleno del Espíritu
Santo. La situación es, en efecto, una eclosión del Espíritu.
El salto de la criatura y el grito exultante de su madre son
la expresión de esta eclosión. La razón es evidente: el
Señor está aquí.

María y los lectores nos enteramos de ello de labios de


Isabel. La atmósfera toda es de alegría y de júbilo. Isabel
es toda palabra, en contraste con su ocultamiento anterior
durante cinco meses (Lc. 1, 24) y con la mudez de su
marido (Lc. 1, 22). Isabel es todo buena noticia. Sus
últimas palabras son susceptibles de una doble
interpretación, igualmente posible sintácticamente. La
traducción litúrgica ha optado por la interpretación causal:
¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el
Señor se cumplirá.

Particularmente me inclino por la interpretación


completiva: ¡Dichosa tú, que has creído que se cumpliría
lo que te ha dicho el Señor. Esta interpretación me parece
más en consonancia con el contexto. Lucas, en efecto, ha
relacionado expresamente el texto de hoy con la garantía
ofrecida por el mensajero celeste a María.

La respuesta de María fue entonces de aceptación de la


garantía ofrecida, a pesar de la inviabilidad humana de la
misma. Lucas resalta ahora, por medio de Isabel, la
aceptación de María: ha sido una aceptación de creyente.

Resumiendo: Lucas nos da la increíble buena noticia de


que Dios es realidad humana y, a la vez, nos propone con
vistas a su aceptación el modelo creyente de María.
Comentario. Se ha dicho muchas veces: creer es hacer
posible lo imposible. Hoy, una vez más, hay que seguir
diciéndolo. Creer contra toda desesperanza, cuando la
evidencia invite incluso a no esperar nada.
¿La evidencia? ¿No habremos confundido esta palabra con
pragmatismo interesado? Demasiado a menudo la
evidencia es una simple cuestión de intereses egoístas.
Cuando hay capacidad utópica los límites de la evidencia
se hacen menos férreos y más fluidos e insospechados. ¿Y
si la capacidad utópica humana tiene su fuente en Dios?
Isabel felicita a María por este tipo de capacidad utópica.
Dos mujeres, seres sin prestigio ni relevancia en la
sociedad de entonces. Lucas gusta de convertir a los
marginados en protagonistas de la aventura creyente.
María, una marginada, es el modelo de creyente que Lucas
nos propone imitar. Gracias a una marginada el Señor es
realidad humana. ¡Gracias, María por haber creído!.

ALBERTO BENITO
DABAR 1988, 4

2.

Nota preliminar. La traducción litúrgica del último versículo


es como sigue: dichosa tú que has creído, porque lo que
te ha dicho el Señor, se cumplirá. Esta traducción es
correcta con la sintaxis del original. Pero también lo es
esta otra: Dichosa tú que has creído que lo que dice el
Señor se cumple. En igualdad de posibilidades habrá que
escoger la que responda mejor a la dinámica del texto. Y
creo que es la segunda. Puede quedar así: Dichosa tú por
haber creído en el cumplimiento de lo que Dios te ha
dicho.

Comentario. -En realidad el texto de hoy no debería


separarse del que leíamos el día de la Inmaculada.
Veíamos entonces cómo María aceptaba que para Dios no
hay nada imposible. Y concluíamos con la siguiente
pregunta: ¿Podemos siquiera sospechar lo que Dios puede
cuando encuentra un ser humano sencillo y abierto a El?
Es decir, el de hace dos domingos era un texto abierto,
pendiente de respuesta. Esta llega en el texto de hoy,
cerrando lo que entonces quedaba abierto. Ambos forman,
pues, una unidad de sentido dentro de una estructura de
apertura y cierre.
El relato comienza de manera rápida, sin detenciones. En
un momento el autor nos traslada de Nazaret a la casa de
Zacarías, al sur del país. Lo hacemos acompañando a
María, cuyo bagaje es su incondicional disponibilidad a
Dios. He aquí la esclava del Señor. Ya en la casa el relato
se hace saludo entre María e Isabel. El autor detiene en
este punto el relato para decirnos que María es la Madre
de Dios. La forma de hacerlo es absolutamente deliciosa:
la criatura que lleva dentro Isabel salta de alegría. A partir
de aquí todo es profusión, apoteosis, exaltación. Es el
homenaje a María por haber aceptado que para Dios no
hay nada imposible. ¡Dichosa tú por haber creído en el
cumplimiento de lo que Dios te ha dicho! ¿Por qué no
pensar que este homenaje a María es a su vez una
invitación a nosotros los lectores? Una invitación a a ser
seres humanos sencillos y abiertos a Dios. ¿Quién puede
sospechar lo que acontecería si fuéramos así? De esta
manera el texto adquiere nuevas e insospechadas
aperturas de sentido y, con ellas, la posibilidad de que lo
imposible siga siendo siempre realidad. ¡Qué bonita es la
existencia cuando Dios es diáfano gracias a un ser humano
permeable a El.

ALBERTO BENITO
DABAR 1985, 4

3.

Con excepción de la franja marítima, toda Judea es una


región montañosa. Así que Lucas no facilita información
precisa sobre el lugar adonde se dirigió María. Tampoco
nos dice que María no emprendería ese camino con el
propósito de comprobar lo que le había dicho el ángel y,
por otra parte, tampoco parece probable que lo hiciera con
el ánimo de atender a su prima en el parto, ya que el
mismo Lucas sugiere que no estaba en casa de Isabel
cuando nació su sobrino. Podemos suponer piadosamente
que María sintió la necesidad de comunicar su gozo y
compartir el de su prima.
Seguramente María se uniría en el camino de alguna
caravana, puesto que José no parece que la acompañara
(cf. Mt 1, 18). En todo caso, lo importante en este relato
no es lo que sucedió o pudo suceder, sino lo que en él se
anuncia, el mensaje evangélico. No olvidemos que los
evangelistas no están interesados, en principio, en escribir
una biografía, sino en la proclamación del evangelio.

El saludo de María provoca la respuesta maravillosa de


Isabel que, entusiasmada, prorrumpe en alabanza
profética bajo la acción del Espíritu Santo. Isabel ha
reconocido en el hijo de María a "su Señor". Por eso llama
a María la más bendita entre todas las mujeres. Si
cualquier hijo es una bendición de Dios para su madre,
mucho más lo será aquel hijo que es bendito delante de
Dios y por quien han sido bendecidos todos los hijos de
mujer.

En lenguaje bíblico se llama "visita" de Dios a su pueblo a


la acción salvadora de Dios, a la intervención de Dios en
beneficio de su pueblo. Dios, que ha visitado a su pueblo
por medio de profetas, ahora lo visita definitivamente por
medio de su propio Hijo. La familia del bautista es la
primera que experimenta los efectos salvadores de esta
visita: hasta el niño de Isabel salta de gozo en el vientre
de su madre; el que había de ser su precursor nota ya la
presencia del mesías tan deseado. Pero, como dice Juan
evangelista, no todos recibieron con agrado la visita del
Señor, el cual "vino a los suyos y los suyos no lo
recibieron" (Jn 1,11; cf Lc 19, 42).

Isabel llama dichosa a María porque ha creído y no solo


porque es la madre del Señor. Más tarde, Jesús,
respondiendo a una mujer que bendice a su madre por
haberlo llevado en sus extrañas, dirá que la verdadera
dicha consiste en creer en la palabra de Dios y en
practicarla (Lc 11, 27s). Y en otra ocasión afirmará que su
madre y sus hermanos son todos los que creen en el
evangelio que predica (8, 19-21).

EUCARISTÍA 1988, 60
4. M/ARCA-ALIANZA.

Los capítulos primero y segundo de Lucas tienen un fuerte


sabor del AT, aunque no se cite explícitamente. Lucas
combina aquí datos históricos con una profunda reflexión
de la Escritura, actualizando los bíblicos del A.T. en
función de una nueva situación, descubriendo nuevos
valores en esta Palabra y actualizando en función del
Señor Jesús lo que en el AT se refería al Señor Dios.

Así la escena de la visitación, que es la lectura evangélica


de hoy, tiene como telón de fondo el traslado del arca a
Jerusalén realizado por David (cf. 2 Sam 6,1-12). Ambos
viajes -el del arca y el de María- tienen lugar en el
territorio de Judá y provocan las mismas reacciones:
alegría en los lugares por donde pasa el arca y alegría de
Isabel, saltos de alegría de David y de Juan Bautista; el
arca que sube hacia Jerusalén entra en casa de
Obededom, permanece tres meses en ella y la llena de
bendiciones, María entra en casa de Zacarías, permanece
tres meses en ella e Isabel se llena del Espíritu Santo. No
es el arca del Señor la que ahora sube hacia Jerusalén,
sino "la madre de mi Señor" , la nueva arca de la alianza
que lleva al Señor Jesús. David se considera indigno de
recibir en su casa el arca, y por su parte Isabel exclama
"¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?"
(recuérdese que Señor es un título mesiánico).

Esta relación profunda de la escena de hoy con la subida


del arca hacia Jerusalén y la propia subida de María hacia
la montaña de Judá, nos presentan ya la gran "subida" de
Jesús hacia Jerusalén, uno de los grandes temas del
evangelio lucano.

No podemos dejar de notar el paralelismo entre las


palabras que Isabel dirige a María y las que se dirigieron a
Judit (cf. Jdt 13, 18-19): "Bendita entre todas las mujeres
de la tierra... y bendito el Señor Dios"; Lucas cambia "el
Señor Dios" por "el fruto de tu vientre", estableciendo así
una estrechísima relación entre ambos.

El encuentro entre las dos madres es, de hecho, el


encuentro de Juan Bautista con Jesús. Juan queda "lleno
del Espíritu Santo desde el vientre de su madre" como se
había anunciado a su padre Zacarías (cfr. Lc 1, 16) y por
boca de su madre inaugura su misión anunciando ya al
Mesías.

Finalmente, Isabel declara feliz a María porque -


contrariamente a lo que hizo Zacarías- ella ha creído que
se realizaría lo que la Palabra de Dios dijo: del mismo
modo que la fe de Abraham inició la historia del pueblo de
Israel, la fe de María inicia la etapa definitiva de la historia
de la salvación. Y esta bendición queda situada en la línea
de Lc 11,27: "Dichosos los que escuchan la Palabra de
Dios y la guardan". FE/M-ABRAHAN M/ABRAHAN.

JOSEP ROCA
MISA DOMINICAL 1979, 23

5.

La profecía se ha convertido en realidad. La anunciada


madre del Mesías, la que lo traería al mundo en Belén,
según Miqueas, entra ya en escena: ella con su hijo en las
entrañas. El nacimiento del Mesías en Belén de Efrata nos
lo describirá Lucas en el capítulo siguiente (donde también
hará una referencia a la redención cuando se presente al
Niño Jesús en el templo: 2,33-35). El Mesías y su madre,
anunciados en el Antiguo Testamento, ahora son
bendecidos en el Nuevo. (Algunos comentaristas creen ver
en la escena de la visitación una realidad de lo que no
sería más que la figura en el A.T.: la entrada del arca de la
Alianza en Jerusalén (2 Sam 6). Pero quizás debamos
decir que hay excesivo simbolismo).

Los tiempos nuevos han comenzado, la salvación y la paz


anunciadas y tan deseadas están ya al alcance de la
mano, De ahí que junto a la alegría y al entusiasmo se
haga mención de la fe, la fe de María, heredera de la fe de
Israel que ha sabido confiar en la promesa de Dios:
"¡Dichosa tú, que has creído!". La fe ha visto el
cumplimiento de las profecías, pero esta misma fe cree
que va a darse aún un nuevo y más amplio cumplimiento:
"lo que te ha dicho el Señor se cumplirá".

María, madre del Mesías, mujer dichosa, junto con la


gracia de Cristo que nos trae, nos da un ejemplo de fe, de
alegría, de disponibilidad, de servicio. Ella, figura del
Adviento, prepara el camino al Camino: empieza a
preparar el camino que un día va a hacer Jesús, camino de
generosidad y de entrega total, venido no a ser servido
sino a servir.

JM. VERNET
MISA DOMINICAL 1982, 24

6.

"¡Dichosa tú, que has creído!": La alabanza hacia María es


doble: como madre del Señor y como creyente. Quedan
reunidas aquí las dos bendiciones que encontramos en Lc
11, 27-28: una en boca de una mujer sobre la maternidad
y la otra de Jesús sobre los que creen. Igualmente se
acentúan en toda la escena los aspectos de gozo y de
felicidad como señales del nuevo tiempo mesiánico que
empieza.

JOAN NASPLEDA
MISA DOMINICAL 1988, 24

7.M/Arca Alianza

El relato de la Visitación es presentado por San Lucas


siguiendo el mismo procedimiento midráshico que el
Evangelio anterior (Lc 1, 26-38).

a) La idea evocada en este relato es la del traslado del


Arca de la Alianza a Jerusalén (2 Sam 6, 2-11). En ambos
casos, el viaje se realiza por el país de Judá hacia
Jerusalén (v. 39; cf. 2 Sam 6, 2), da lugar a las mismas
manifestaciones de alegría (vv. 42, 44 y 2 Sam 6, 2), e
incluso a "danzas" sagradas (v. 44, en el que el Niño
"salta" en el seno de su Madre: cf. 2 Sam 6, 12). La casa
de Zacarías (v. 40) se convierte en la réplica de la casa de
Obed-Edom (e Sam 6, 10) y María es fuente de
bendiciones en ella como el Arca lo había sido
antiguamente (v. 41; cf. 2 Sam 6, 11-12). El grito de
Isabel al recibir a María (v.43) reproduce casi
textualmente el de David delante del Arca (2 Sam 6, 9).
Finalmente, María, lo mismo que el Arca, permanece tres
meses en casa de su huéspedes (v. 56; cf. 2 Sam 6, 11).

Tras este simbolismo un tanto rebuscado se oculta la idea


directriz de San Lucas: los hechos que rodean el
nacimiento de Jesús dan cumplimiento al mismo tiempo a
la profecía de Mal 3 y a la de las setenta semanas de
Daniel. Dios ha enviado ya a su ángel al templo, bajo la
figura de Gabriel, cerca de Zacarías (Mal 3, 1 y Lc 1, 5-
25); ahora ya no queda más que el mismo Dios haga su
aparición en su Templo (Mal 3, 2). La salida de María hacia
la casa de Isabel es ya una etapa con la que María
conduce a su Hijo hasta Judá; la segunda etapa será la
subida propiamente dicha a Jerusalén en Lc 2, 22-38, que
se termina con la presentación oficial del Niño en el
Templo.

b) Si la evocación del Arca de la Alianza es, ante todo, la


de la presencia de Dios en su Templo, no debe olvidarse
del todo que el Arca conducía al pueblo al combate y que
su evocación nos sitúa, pues, dentro de un contexto de
combate que se hace más agudo todavía debido a la
preocupación de Lucas por presentar a María bajo los
rasgos de la mujer victoriosa de los enemigos. En efecto,
el v. 42, en el que Isabel bendice a María y a su Hijo es la
réplica de las aclamaciones dirigidas a Jael (Jue 5, 2-31)
después de su victoria sobre el enemigo, y a Judit (Jdt 13,
17-18; 15, 9-10) después de su victoria sobre
Holofernes. M/COMBATE M/VICTORIA.

Comparada con el Arca de la Alianza y con las mujeres


guerreras del Antiguo Testamento, María aparece, pues,
aquí, como la mujer que asegura a su pueblo la victoria
definitiva sobre el mal e inaugura la era mesiánica en la
que el pecado y la desgracia serán abolidos. María es la
verdadera morada de Dios entre los hombres. Lucas la ha
presentado así comparándola con el Arca o con Sión.

Dios no habita ya, pues, en un templo de piedras, sino en


personas vivas. Al igual que María, cada cristiano es en el
mundo signo de la presencia de Dios. Son las actitudes de
su vida y sus compromisos, y no ya piedras sagradas, las
que edifican la habitación divina sobre la tierra. Por
profana que sea, la vida de un cristiano está ya ahora más
cargada de presencia divina que un templo consagrado y
que un Arca de la Alianza. La Eucaristía carga nuestras
vidas de esa densidad.

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA I
MAROVA MADRID 1969.Pág. 159

8.

Los cc.1-2 del tercer evangelio están construidos en forma


de díptico: dos figuras paralelas se entrelazan, la del
Bautista y la de Jesús. De ambos se nos anuncia el
nacimiento, se nos narra su nacimiento y circuncisión y se
nos presenta su crecimiento. El fragmento que enlaza las
dos anunciaciones con los dos nacimientos, es
precisamente el de la Visitación de María a Isabel. Las dos
madres se encuentran.

Isabel es símbolo del AT. Como las antiguas matriarcas de


Israel se nos dice que es estéril y anciana. Sin embargo,
es capaz de ser fecunda por la acción de Dios. El Espíritu
Santo la llena de su presencia, como había llenado a Israel
a lo largo de su historia, para reconocer la presencia del
Señor que llega en María.

María es símbolo de la nueva Sión que es madre fecunda,


que lleva al Señor en su seno y lo presenta a los que
quieran recibirlo. Es la nueva Arca de la Alianza que
contiene al que es la Palabra de Dios a los hombres. Ella
se apresura en su paso y comunica gozo mesiánico allí
donde llega.
Aquí resuena la primera Bienaventuranza de los
evangelios: "Dichosa tú, que has creído". Por la fe de
Abrahán dio inicio al pueblo creyente, por la fe de María
inicia su etapa definitiva el pueblo de Dios. La fe de María
está en el origen de la fe de la iglesia. Recordemos que los
Padres de la iglesia afirmaban que María concibió no sólo
físicamente a Jesús en su cuerpo, sino también en su
espíritu y en su corazón.

La Creación y la Vocación de Abrahán contenían, en el AT,


sendas bendiciones. Isabel pronuncia una bendición sobre
María y Jesús que marca el final del AT y el comienzo del
NT.

JORDI LATORRE
MISA DOMINICAL 1991, 17

9. M/VISITADORA

La Virgen es la primera en ser dignificada por el


advenimiento divino; por eso se convierte para el resto de
la humanidad en la "Visitadora". Aun antes de que Dios
aparezca en el mundo en forma visible, lo trae la Virgen a
los hombres hecho ya hombre en su seno. Viene Dios a
ella, y en ella visita a la humanidad. Se procura un hogar
entre los hombres a fin de facilitarles el vivir ellos en la
Divinidad. La puerta por donde entra sin necesidad de
abrirla es la Virgen. Así como se apareció a los discípulos
en la noche de Pascua, de la misma manera va hoy a casa
de Isabel con las puertas cerradas. No quiere mostrarse
del todo ni aparecer ya en pleno día; se limita a asomarse
a través de la puerta cerrada: "Está ya detrás de nuestros
muros, mirando por las ventanas, atisbando por entre las
celosías" (Ct/02/09). Sin embargo, Isabel,
inmediatamente lo reconoce: "¿De dónde a mí tanto bien,
que llegue a mí la Madre de mi Señor?, exclama Isabel.

Es un verdadero Adviento; la Virgen viene, llevando a Dios


en su seno; la Madre de Dios viene, o sea, Dios mismo es
quien viene.
Su presencia origina a la par temor y alegría; alegre
sobresalto y santo temor, cosas ambas muy propias ante
la aparición divina. Pero la alegría sobrepuja al temor:
"Daba saltos de júbilo el niño en mi seno", afirma Isabel.
Sin embargo, hay todavía otra señal que descubre la
presencia de Dios: el espíritu humano es impulsado por
ella. El Espíritu (Pneuma) de profecía se apodera del
hombre, le abre los ojos interiores para descubrir el plan
escondido de la redención divina y le desata la lengua en
alabanzas al amor eterno: "Isabel se sintió llena del
Espíritu Santo, y, exclamando en alta voz, dijo: Bendita tú
eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu
vientre". A lo que responde María: "Mi alma canta la
grandeza del Señor".

EMILIANA LÖHR
EL AÑO DEL SEÑOR
EL MISTERIO DE CRISTO EN EL AÑO LITURGICO I
EDIC.GUADARRAMA MADRID 1962.Pág. 64 s.

10.

El Adviento cclebra la Venida mística del Señor a los


corazones mediante la gracia de Cristo, del cual nosotros
somos instrumentos. Esto es lo que nos recuerda la
Visitación. A pesar del esfuerzo que representaba en aquel
tiempo para una futura madre aquel viaje de más de cien
kilómetros, María no duda en prestar sus servicios a su
prima, de la cual supo que, a pesar de su edad avanzada,
iba a tener las alegrías, pero también los cuidados de la
maternidad. Un servicio fraternal es siempre para nosotros
ocasión de llevar a Cristo. En el caso de María, esto fue
auténtico, incluso materialmente, podríamos decir. Ella
lleva a Cristo; ella santifica mediante la irradiación de
Cristo, a quien lleva dentro de sí. También a nosotros se
nos pide que irradiemos a Cristo mediante el ejercicio de
la caridad fraterna. Esta irradiación puede ser real y
eficiente independientemente, e incluso con anterioridad a
todo testimonio hablado, a toda «predicación», a todo
«sermón».
Para nosotros aquí se trata, pues, de "ser": ser hijo de
Dios, penetrado de la vida divina; al «ser» Cristo, nosotros
le irradiaremos. "To be or not to be, that is the question»
(Shakespeare, Hamlet, III, 1); «ser o no ser», esta es la
cuestión, la primera y principal cuestión para un cristiano.

Puede ser útil, e incluso necesario en ocasiones, dar


testimonio expreso de nuestra fe, estar orgullosos de ella,
predicarla; mas esto es un aspecto secundario.
Anteriormente, por la simple presencia en el mundo de
verdaderos cristianos, Cristo está allí presente, y El no
puede dejar de santificar, de la misma manera que
santificó a Juan Bautista en la Visitación.

Eligiendo entre «ser» y «parecer», es mucho más


importante ser; y es que «ser» es ya una adquisición
importante, una realidad apreciable; parecer sin ser, no es
nada, es mucho menos que nada: es falsedad, fariseísmo.

Oración: Invitación a la plegaria silenciosa para que cada


cual examine si su primera preocupación es más bien la de
ser y no la de parecer, la de no parecer sino porque es y
en la medida en que lo es. Recogimiento en silencio;
oración del celebrante, por ejemplo en estos términos:
«Ayúdanos, Señor, a «ser» tus hijos, a vivir en cristiano, a
fin de que, por todo lo que somos, irradiemos a Cristo.

HEUSCHEN
LA BIBLIA CADA SEMANA
EDIC. MAROVA/MADRID 1965.Pág 31 s.

11.

María se puso en camino, y con buena marcha, al


encuentro de Isabel, No iba a verificar las señales
anunciadas. Ni mucho menos para contar su experiencia
angélico-divina, movida por la vanidad. Iba para estas tres
cosas: para felicitar, para compartir y para servir. Iba,
como se ve, movida solamente por el amor. Por eso tiene
prisas, porque el amor es fuerza quemante. La Virgen de
la Visitación es la Virgen de la Caridad.
CARITAS
RIOS DEL CORAZON
ADVIENTO Y NAVIDAD 1992/91-2.Págs. 68

12.

Una vez recibido el anuncio del ángel y sabiendo que su


prima también espera un hijo, María se dirige presurosa a
su casa: los motivos serían ayudarla y pedirle consejo,
pero de hecho la escena se convierte en un momento de
gran celebración gozosa de la obra salvadora de Dios: la
alegría rezuma en cada una de las frases de la escena.
También se puede ver un cierto deseo del evangelista de
señalar la primacía de Jesús respecto a Juan, cuestionada
en algunos ambientes cercanos al primer cristianismo.

El viaje es sorprendente: una muchacha joven y


embarazada atravesando sola Palestina. Pero tanto da. Es
un gran esfuerzo para ella, pero mayores son las ganas de
estar al lado de su prima y compartir la Buena Noticia. Y
hay, sobre todo, una gran fuerza simbólica: María,
procedente de las regiones del Norte, las tierras siempre
en peligro de paganismo, se dirige a Judá, hacia el centro
religioso, llevando con ella al Señor; ahora, la Jerusalén
que tiene en su interior al Señor y de la que hablaba
Sofonías el domingo pasado, ya no es una ciudad de
piedra sino que es aquella joven de Nazaret, del territorio
de Zabul6n y Neftalí (Is 8,23; Mt4,12-17).Realmente la
manera de acercarse Dios a los hombres ha cambiado
radicalmente.

El encuentro entre las dos mujeres muestra todo lo que


comporta la llegada de Dios a aquellos que tienen ganas
de verlo. Es el Espíritu el que hace descubrir la presencia
del Señor a través de las sencillas realidades humanas
que, por ellas mismas, no muestran nada de especial. Y,
cuando se descubre, se produce la explosión de alegría:
Juan Bautista en el vientre de Isabel representa aquí a
todo el pueblo que esperaba la llegada del Mesías.
Isabel alaba a María por haber sido escogida por Dios, y
alaba al Señor que está en sus entrañas. Y al final la
vuelve a alabar pero expresando entonces, en una
magnífica síntesis, la actitud básica del creyente que María
representa: María es la que ha creído, es decir, la que ha
sido capaz de fiarse de Dios y aceptar lo que ella entendía
que Dios le proponía, por complicado que fuera; y por eso,
y por complicado que todo pueda ser en el futuro, en ella
y por ella se realizarán las promesas que Dios ha hecho
(ella será la madre del salvador; por ella el mundo recibirá
la salvación): el Magnificat que María proclama a
continuación es la expresión de estos convencimientos.