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Nuevo Catecismo

para adultos
Versión íntegra
del Catecismo holandés
NUEVO CATECISMO
PARA ADULTOS
Tersión íntegra del Catecismo "Holandés

BARCELONA
EDITORIAL HERDER
1969
Versión castellana de DANIEL RUIZ BUENO, de la obra De meuwe katechismus, geloof ver-
kondigmg mor volwassenen, preparada por el Instituto Superior de Catequética de Nimega
Paul Brand, Hilversum-Amberes, L C.G Malmberg, 'S-Hertogenbosch, J J Romen&Zonen
Roermond-Maaseik 1966

Las citas del Nuevo Testamento están tomadas de la versión ecuménica dirigida por el padre
Serafín de Ausejo, Barcelona 21968

Sobrecubierta de A. TIERZ

Editorial Herder S.A., Provenía 388, Barcelona (España) 1969

EXPEDIENTE N.° 2 435/69

Es PROPIEDAD DEPÓSITO LEGAL B. 45 305-1968 PRINTED IN SPATN

GRAFESA — Ñapóles, 249 — Barcelona


ADVERTENCIA EDITORIAL

El libro que se ofrece a los lectores de lengua castellana fue


publicado en octubre de 1966 bajo el título de De nieuwe kate-
chismus, gelaof verkondiging voor valwassenen, con el imprima-
tur del cardenal Bernard Alfrink, arzobispo de Utrecht. Fruto de
diez años de sostenida labor, realizada por un nutrido equipo
de expertos agrupados en el Instituto Superior de Catequética, de
Nimega (que había recibido el encargo de los obispos holande-
ses), la obra alcanzó inmediatamente una gran difusión en los
Países Bajos y suscitó encontrados comentarios. En general, és-
tos fueron positivos. Los críticos subrayaron la seriedad del
propósito de los redactores y su acierto en formular para el
hombre de hoy la esencia del mensaje cristiano.
No faltaron, sin embargo, las objeciones y reparos por parte de
algunos comentaristas que formularon reservas sobre el modo
de exposición adoptado por los redactores, estimando que podría
acarrear graves confusiones en algunos puntos capitales del dog-
ma y la moral católicos. A este respecto, debe citarse la solicitud
que, apenas transcurrido un mes desde la aparición de la obra,
un grupo de fieles holandeses elevó a S.S. Pablo vi. El escrito de-
nunciaba algunos pasajes como contrarios a la fe, o, por lo menos,
como susceptibles de inducir a error, debido a la presunta ambi-
güedad en que habían incurrido sus redactores, y pedía la inter-
vención del Santo Padre.
En la primavera siguiente (abril de 1967), una comisión de
expertos nombrada por la Santa Sede acometió el trabajo de re-
visar la obra juntamente con una delegación del episcopado ho-
landés. Entretanto, • el Instituto de Nimega no autorizó ninguna
versión a otras lenguas, hasta que los revisores llegaran a un
acuerdo.

V
Al escribir la presente Advertencia (octubre de 1968) ha trans-
currido un año y medio sin que el debate abierto haya terminado
A pesar de los deseos manifestados por la Santa Sede y el
propio Instituto de Nimega, no se logro evitar que, ante la enor-
me expectación que había despertado la obra, ésta apareciera pu-
blicada en inglés, por Burns Oates (Londres 1967) y Herder & Her-
der (Nueva York 1967), en alemán por Herder Verlag (Fnburgo
de Brisgovia 1967 en edición limitada fuera de comercio) y
Dekker & Van der Vegt (Nimega 1968), y, más recientemente,
en francés por Idoc - France (París 1968)
La difusión extraordinaria que tales versiones han ido dando
a la obra original, hacía del todo urgente la publicación en cas-
tellano de una versión que, autorizadamente, transmitiera el tex-
to tal como quedó aprobado por los obispos holandeses y, al
propio tiempo, suministrara con absoluta responsabilidad los da-
tos más importantes que legítimamente tiene derecho a conocer
cualquier lector que se interese por el presente libro y el debate
abierto en torno a él
Importa mucho señalar que en ningún momento sus críticos
más severos llegaron a denunciar la obra como herética Más
bien han ido señalando como controvertibles varias formulacio-
nes, sin que hasta el presente se haya divulgado una relación ofi-
cial de los puntos en litigio
No es éste el lugar apropiado para ofrecer un resumen de las
objeciones formuladas y la defensa de todos y cada uno de los
puntos debatidos Si se desea enjuiciar objetivamente la cues-
tión, resulta indispensable penetrarse del propósito que abrigan
los redactores de la obra y el objetivo principal que persiguen
El prólogo de los obispos holandeses (págs ix-x) y la nota preli-
minar sobre la utilización del libro (págs XI-XII) ilustran sumaria-
mente al respecto Pero una visión más completa sólo puede
lograrse recurriendo a otros subsidios Hemos pensado que ofre-
cería interés y cumpliría el fin propuesto la obnta preparada por
el profesor Josef Dreissen, de Aquisgrán (Diagnosis del Catecismo
Holandés Estructura y método de un libro revolucionario), que
publicamos simultáneamente con la versión castellana del Cate-
cismo
Ello no excluye, sin embargo, que, para una más completa
información del lector, se ofrezcan a su consideración en un Apén-
dice dieciocho puntos discutidos, de notoria importancia, apostilla-
dos con notas y aclaraciones de fuente segura. Hay noticia de que
en el seno de las comisiones se han discutido, por lo menos, treinta
puntos más de menor importancia, que no son conocidos con cer-
teza y de los cuales no cabe, por tanto, dar ninguna referencia
concreta

VI
Frente a la concepción ceñidamente dogmática del Catecismo
tridentino, nos hallamos ante una obra concebida y estructurada
partiendo de idénticos presupuestos doctrinales, pero orientada
hacia un objetivo pastoral que viene a ser la razón misma de su
existencia.
Es probable que la diferencia en el punto de partida de am-
bos catecismos acentúe otras diferencias, más de forma que de
fondo Ello explica que el magisterio del romano Pontífice reite-
rara en fecha reciente lo que constituye el fundamento de la fe
cristiana, adoptando la forma tradicional del Credo y explicitando
cuidadosamente los términos teológicos tradicionales cuya virtua-
lidad y significado, con el uso frecuente y el correr de los años,
pueden haberse debilitado u obscurecido para el común de los fieles
Cabe esperar confiadamente que, a través y por encima de to-
das las diferencias formales del texto discutido, la candad y la
ciencia teológica de los expertos llamados a resolver el problema
planteado darán a la postre con la solución adecuada, a mayor
gloria de Dios y provecho del pueblo fiel.

Octubre de 1968

Compuesta y a punto de entrar en máquina la presente obra,


Acta Apostohcae Seáis de 28-30 de noviembre de 1968, ha publi-
cado (págs 685-691) una Declaratw de la Comisión Cardenalicia
sobre el Nuevo Catecismo Para una más completa orientación del
lector, damos en un segundo Apéndice (págs 497 ss) la parte doc-
trinal de este documento, la parte primera, de carácter histórico,
queda ampliamente suplida por la Advertencia Editorial, que ha leído
el lector y la obrita del profesor J. DREISSEN, antes citada

Diciembre de 1968

VII
PRÓLOGO D E LA EDICIÓN ORIGINAL

Nos complacemos en encabezar este volumen con un deseo


para todos los lugares a los que llegue: Paz a esta casa y a todos
los que moran en ella.
La palabra «catecismo» viene de un término griego que sig-
nifica «resonar». Las páginas que siguen no pretenden, efectiva-
mente, otra cosa que hacer resonar el mensaje que Jesús de Na-
zaret trajo al mundo.
Y, sin embargo, será un sonido nuevo. La intención que persi-
gue este volumen se cifra en exponer la renovación que se dejó
oir en el Concilio.
Pero no entendamos mal la expresión «nuevo». No quiere de-
cir que hayan cambiado algunos puntos de la fe, mientras todo
lo demás habría quedado como antes. De ser así, hubiera bastado
modificar algunas páginas del catecismo anterior. Pero no es así.
Es exactamente al revés. Todo el mensaje, la fe en su totalidad
sigue siendo la misma, y sin embargo es nueva la manera de
acercarnos a ella, es nuevo el aspecto de conjunto. Todo lo vivo
permanece igual a sí mismo y se renueva. El mensaje de Cristo
es algo vivo. Por eso, este Catecismo para adultos se esfuerza
por anunciar la fe imperecedera en una forma moderna.
Esto ha hecho necesaria una nueva clase de catecismo. El an-
tiguo estaba redactado en fórmulas breves, que era fácil apren-
der de memoria. La predicación de la fe que aquí se propone a
los adultos, quiere ser útil de otra manera: anunciando el men-
saje en el lenguaje diario y disponiendo del tiempo necesario para
esclarecer sus fundamentos y las cuestiones actuales a la luz del
evangelio.
¡Ojalá merezca este Catecismo la gracia de edificar la comu-
nidad, obra principal de Dios! Vivir con Dios es ciertamente un

IX
deber personal, pero no solitario, sino capaz de articular la co-
munidad.
Deseamos que este libro nos haga ser, por tanto, en primer
término un solo corazón y una sola alma con toda la Iglesia cató-
lica, en la que viven hombres tan distintos por su raza, cultura
y modo de pensar, como sólo pueden serlo los hombres. Pero
también que contribuya a fomentar al tiempo la conciencia de
unidad entre todos los cristianos. Lo que aquí se predica, es al
cabo el remo de Dios, cuya venida pedimos todos. Finalmente,
abrigamos también la esperanza cierta de que este libro podrá
servir para ahondar nuestra unidad con todos los hombres que
con nosotros pueblan el mismo mundo, y con nosotros comparten
las mismas preocupaciones y los mismos deseos. De este mundo,
de estas preocupaciones y de estos deseos habla el mensaje que
se contiene en este libro, i Ojalá los límites entre las creencias, que
aquí no se borran m se silencian, sean no precisamente barreras,
sino lugares de encuentro, a fin de iluminar y distinguir la exis-
tencia de todos nosotros'

Los OBISPOS DE HOLANDA

X
SOBRE LA UTILIZACIÓN D E E S T E LIBRO

El servicio que pretende prestar este Catecismo consiste en


exponer el mensaje cristiano en una amplia perspectiva. Pero
también intenta dar respuesta a muchas cuestiones especiales. Por
eso se aspira a hacer de cada sección un todo completo en sí mis-
mo. En este aspecto, el presente Catecismo no es propiamente un
solo libro, sino una colección de opúsculos, de extensión entre
tres y treinta páginas. Informa sobre cuestiones que exigen una
respuesta. Se puede empezar la lectura, como más guste, por cual-
quier parte.
La línea estructural de la obra es histórica.
Para facilitar su consulta, hay tres instrumentos: primera-
mente, el índice general al comienzo del libro; luego, un índice
alfabético al final, y, finalmente, las cifras marginales que remi-
ten a las páginas en que se trata también el tema correspondiente,
a menudo con mayor extensión o desde otros presupuestos.
El que quiera encontrar el mensaje de la fe más resumido
aún que en este catecismo, debe acudir primero a los doce ar-
tículos del símbolo apostólico, y al credo algo más extenso de
la santa misa, que son los símbolos primigenios de la fe de la
Iglesia. También el índice de materias que sigue, ofrece una bre-
ve síntesis, si se van siguiendo los títulos de los capítulos (en
letra mayor).
El lugar que este libro espera ocupar en la biblioteca es el
lugar inmediato a la Biblia, pues el Catecismo se propone lle-
var una y otra vez al creyente a la fuente perenne de la palabra
de Dios.
En la elección de los temas tratados, ha servido de norma lo
que puede ser objeto de reflexión para un creyente adulto. Por
lo que hace a las expresiones, se ha renunciado lo más posible

XI
a toda erudición; el fiel que piensa seriamente no debe hallar obs-
táculos innecesarios.
Para terminar, un ruego a católicos y no católicos. Cada pa-
labra que profiere un hombre puede dar lugar a falsas interpreta-
ciones ; un libro con tantas palabras se prestará a muchas de estas
interpretaciones erróneas. Trátese, pues, de entender siempre lo
escrito según el espíritu de toda la buena nueva. El que lea una
página, atienda también a las páginas que anteceden y a las .que
siguen. A veces se explica y explana allí lo que en una página se
echó de menos. En un libro que no trata de ofrecer una exposi-
ción al dedillo, sino de aproximarse a lo inefable, no se debe
desgajar una frase del conjunto.
El centro de esta predicación está en el mensaje de pascua.
Si de este libro se quitara la noticia de la resurrección de Jesús,
ninguna de sus páginas conservaría el menor valor.
La fe inconmovible en el mensaje de Jesús y el mandato di-
vino de exponer el misterio inefable de Dios en el lenguaje de
nuestro tiempo, son los dos elementos que han configurado el
presente Catecismo.

XII
ÍNDICE

ADVERTENCIA EDITORIAL V

PRÓLOGO DE LA EDICIÓN ORIGINAL IX

SOBRE LA UTILIZACIÓN DE ESTE LIBRO . . . . . . . XI

PARTE PRIMERA. EL MISTERIO DE LA EXISTENCIA


EL HOMBRE SE PREGUNTA 3
Cuando las cosas pierden su evidencia 4 — Todo lo que
hacemos y omitimos es una pregunta y una respuesta a la
misma 5
GLORIA Y MISERIA DEL HOMBRE 5
Convivimos con otros S — En el mundo 6 — Somos parte
del mundo 6 — Libertad creciente 7 — La miseria 7 —
Todo tiene su tiempo 8
EL MUNDO EN EVOLUCIÓN 10
Mi origen 10 — Nuestro origen 10 — Evolución 11 — La
evolución del universo 12 — El futuro del hombre 13
EL DESEO SIN LÍMITES 14

¿Hay algo que pueda ser mi absoluto? 14


LA LLAMADA DE NUESTRA CONCIENCIA 18

LA LLAMADA A LO INFINITO 19
Reconocible por la razón 19 — No desprendido de la vida 20
LA RAYA BAJO LA CUENTA 20
No sólo finitos, sino frágiles y quebrados 20 — ¡ Ojalá nos
saliera al paso lo Absoluto! 22

XIII
EL MENSAJE QUE DE ÉL HEMOS OÍDO 22
Palabra de Dios 22 — Nos has creado para ti 24

P A R T E SEGUNDA. EL CAMINO HACIA CRISTO

A. EL CAMINO DE LOS PUEBLOS

RELIGIONES PRIMITIVAS 29

LAS GRANDES CIVILIZACIONES DEL PASADO 30

EL HINDUISMO 31

EL BUDISMO , 32

EL UNIVERSISMO CHINO 34

EL ISLAM 35

EL HUMANISMO Y EL MARXISMO 36

EL ESPÍRITU DE DIOS EN TODO EL MUNDO 37

B. EL CAMINO DE ISRAEL

LAS MARAVILLAS DE DIOS 39


La época de los pastores hebreos (1800-1200 a. de Cr. apro-
ximadamente) 39 — La época del establecimiento (1200-1000
a. de Cr. aproximadamente) 40 — La época de la antigua
monarquía oriental (hacia 1000-587 a. de Cr.) 41 — El cau-
tiverio (587-539 a. de Cr.) 41 — La época del judaismo
(desde el 500 a. de Cr. aproximadamente) 42

LA PALABRA DE DIOS 42
La palabra que revela 42 — Alianza 43 — La palabra en la
historia entera de Israel 44 — Narración de los orígenes 45
Fenómenos únicos en Israel: mesianismo, el sentido de la
historia, monoteísmo 45 — La experiencia de la cercanía
de Dios: Dios está presente por la palabra, la ley, la sabi-
duría 46

LA SAGRADA ESCRITURA 50
¿ Cómo nació la Biblia ? 50 — Los géneros literarios. Has-
ta qué punto se han de tomar a la letra las narraciones

XIV
bíblicas 52 — Los géneros literarios de la Biblia son aún
hoy día accesibles 57 — Los libros del Antiguo Testa-
mento el Pentateuco, los libros históricos, los libros poéti-
cos y sapienciales, los libros proféticos 58 — No es un libro
de edificación 62 — Bondad creciente 63 — El Espíritu 63
La Escritura, obra del Espíritu 64 — El sentido espiritual
de ia Escritura 64 — Niveles de ¡a vida de fe 65

PARTE TERCERA EL H I J O D E L HOMBRE

EL HOMBRE QUE DIO TESTIMONIO DE LA LUZ 71


La palabra «evangelio» 71 — Juan Bautista 72 — El reino
de Dios está cerca 72 — El adviento 74

EL ORIGEN DE JESÚS 75
La historia de la infancia 76 — Hijo del hombre 77 — Hijo
de Dios 78 — Mateo 79 — Lucas 79 — La madre del Se-
ñor 80 — El Verbo se hizo carne 81 — Imagen del ser de
Dios 82 — Aquí está también implicado el hombre 84 —
La celebración del nacimiento de Jesús 86 — La epifanía
del Señor 90 — Primer encuentro con Jerusalén 91 — Cria-
do en Nazaret 92 — Segundo encuentro con Jerusalén 92 —
La conciencia de Jesús 93

BAUTISMO Y TENTACIÓN 94

EL REINO DE DIOS 96
Cana 96 — Una gran luz 97 — ¿Qué significa el reino de
los cielos ' 9 7 — El reino de Dios aparece con Jesús 98 —
Las parábolas 99 — Parábolas del reino de los cielos ocul-
to 100 — Las ocho bienaventuranzas 101 — Se derriban las
fronteras 102 — La alegría 103 — El juicio 104 — El reino
en el tiempo 106 — La Iglesia predica a Jesús 107

LOS SIGNOS 107


Profecías cumplidas 107 — ¿Qué es un milagro' 108 —
Los milagros de Jesús, desinterés, sencillez y bondad 109
Curaciones 110 — Expulsiones de demonios 111 — Milagros
sobre la naturaleza 111 — Al servicio de la predicación 112
Fe y milagros 112 — Signos 112

EL SEÑOR NOS FNSEÑ \ A ORAR 113


En la oración de Jesús entran los hombres 114 — La trans-
figuración 115 — Últimas oraciones de su vida terrena 115
La palabra «Abba» 115 — Confianza y perseverancia en la
oración 117 -— Franqueza, honradez y vigilancia 118 —

XV
Perdónanos nuestras deudas 119 — Llamad y os abri-
rán 120 — El padrenuestro 122 — La originalidad del pa-
drenuestro 122

CRISTO, CON SU OBEDIENCIA, NOS MUESTRA LA VOLUNTAD DEL


PADRE 123
Un único deseo 123 — La fe 124 — Donde el hombre es
uno 125 — La fe no depende de la capacidad intelectual 126
El incrédulo 127 — Jesús tiene poder sobre la ley 128 —
Fidelidad a la ley 129 — El sentido más profundo de la
ley 130 — Juicio y recompensa 131 — El mayor man-
damiento 132 — Como a ti mismo 133 — Amor 134 —
Como el sol y la lluvia de Dios 135

EL UNGIDO CONGREGA A SU IGLESIA 135


Un pueblo nuevo 135 — La formación de los apóstoles 136
Instrucciones a los apóstoles para su misión 137 — Discur-
so eclesial 138 — Poder del cielo en manos de hombres 139
Servicio y responsabilidad del ministro 139 — Pedro 141 —
La Iglesia es un don de Dios 143 — La Iglesia como «sa-
cramento del reino de los cielos» 143

¿QUIÉN ES ÉSTE? 144


La investigación sobre la «vida de Jesús» 144 — Los evan-
gelios no son una biografía ordinaria 145 — Jesús, hom-
bre de su tiempo, pero totalmente otro 146 — Autoridad 149
Los nombres de Jesús 150

HACIA LA PASCUA 154


Jerusalén 154 — Para padecer 155 — La cuaresma 157

ENTRADA Y ESTANCIA EN JERUSALÉN 159


Domingo de ramos 160 — Días de amenaza 160

LA ÚLTIMA CENA 161


Lavatorio de los pies 161 — Traición 162 — Discurso de
despedida 162 — Esto es mi cuerpo, entregado por vos-
otros 163 — La celebración del jueves santo 165

LA MUERTE DEL JUSTO 167


La oración en el huerto de Getsemaní 167 — El testimonio
ante los jueces 167 — Crucificado 168 — La glong. de la
cruz 169 — Viernes santo 170

DESCENSO AL REINO DE LOS MUERTOS 172


Los salmos sobre la vida 172 — La región de los muer-
tos 172

XVI
H E RESUCITADO Y AÚN ESTOY CON VOSOTROS . - . . . . 174
La piedra angular de la fe 174 — La mañana del primer
domingo 175 — Las apariciones 177 — Las apariciones
visibles, signos de su presencia invisible 178 — Unión por
la fe 179

LA CELEBRACIÓN DE LA PASCUA 180


La iconografía de la resurrección 180 — Los signos que
dio el Señor 181 — La alegría pascual 183 — Domingo de
pascua 184

SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE 185


Por la resurrección, está Jesús junto al Padre 185 — Todo
crece hacia Él 186 — Su presencia permanente 187

OS ENVIARÉ EL PROTECTOR 188


La promesa del Espíritu 188 — El don del Espíritu 189 —
Los dones ordinarios del Espíritu 190 — Los dones espe-
ciales del Espíritu Santo 191 — El Espíritu invisible 193 —
La liturgia de Pentecostés y del resto del año 193

P A R T E CUARTA. E L CAMINO D E CRISTO

LA IGLESIA NACIENTE 197


La alegría del comienzo 197 — Dificultades del comien-
zo 198 — El Antiguo Testamento en la Iglesia nacien-
te 199 — Origen de los evangelios 199 — Pablo 202 — El
más antiguo testimonio sobre Jesús 203 — La Biblia, base
permanente 204 — Autoridad sacerdotal 205 — Unidad con
el Resucitado 205 — María, figura de la Iglesia 205 — La
historia tiene una dirección 206

LA HISTORIA DE LA IGLESIA . . . 206


Hasta el año 311 Las persecuciones 206 — Después del
311 Integración en la vida social 208 — Después del año
400 Difusión entre los germanos 210 — La Iglesia en orien-
te 210 — Del año 900 al año 1000 aproximadamente El
siglo de hierro 211 — Después del año 1000 Expansión 211
1054 Ruptura entre oriente y occidente 212 — Siglos x n
y XIII ¿Culminación' 213 — La inquisición 214 — 1300-
1500 Continuación de la edad media 215 — Siglo xvi
Caminos divergentes 216 — Edad moderna. Una religión
difundida por todo el mundo 220 — La Iglesia en los últi-
mos años 221 — El movimiento ecuménico 222 — Una his-

XVII
toria de la Iglesia en pequeño: las órdenes religiosas 223 —
Humanización del mundo a partir de la venida de Cristo 225
Otra perspectiva de la historia del pueblo de Dios 226 —
¿ Quién pertenece al pueblo de Dios ? Sentidos de la palabra
Iglesia 226 — El estrato más profundo de la historia 227

LA FE DE LA PREDICACIÓN. LA CONVERSIÓN 228


Un mensaje que no hemos inventado 228 — Umbrales difí-
ciles de trasponer 228 — ¿ Determinan los padres la fe de
sus hijos ? 230

EL BAÑO DEL AGUA CON LA PALABRA 233


Comienzo del catecumenado 233 — El penúltimo paso 234 —
El bautismo 235 — Nuevo nacimiento 235 — El baño que
purifica 236 — Sumergidos en su muerte 237 — Un pueblo
que cambia de vida 238 — ¿Y los otros ? 239 — El bau-
tismo de los niños 240 — Los niños no bautizados 242 —
No separemos el bautismo de la totalidad 243

SIGNOS DE VIDA 243


Consagración de los grandes momentos de nuestra vida 243
Dios se nos ha hecho visible 244 — Sencillez de los sig-
nos 244 — ¿Símbolo o realidad? 245 — Los sacramen-
tales 246

LA CONFIRMACIÓN 247
Liturgia de la confirmación 247 — Conexión con el bautis-
mo 248 — El don del Espíritu Santo 248 — Algunas par-
ticularidades 249

EL PODER DEL PECADO 249


No hay pecado sin redención 250 — Culpabilidad univer-
sal 250 — El mensaje de Gen 1-11 252 — El mensaje de
Rom 5 253 — La historia del paraíso: mensaje sobre el
hombre, no historia de los orígenes 253 — La entrada del
pecado en el mundo 254 — No es una imperfección no cul-
pable 255 — Culpabilidad colectiva 255 — Aversión a
Cristo 256 — El poder extraordinario de la gracia 258 —
¿ Cuál es. en este tema, el mensaje de la fe ? 259 — El pe-
cado original ¿ introdujo cambios en el mundo ? 259 — Peca-
do y muerte, perdón y vida 260

LA REDENCIÓN 260
El hombre frente a la angustia 260 — Hinduismo y budis-
mo 261 — El islam 262 — El humanismo 263 — Marxis-

XVIII
mo 264 — El hombre libre en el espacio divino 267 —
Nuestra impotencia para salvarnos 267 — Nuestra lucha
contra el pecado y la miseria 267 — «Tú levantas mi ca-
beza» (Sal 3, 4) 268 — Redimidos por la muerte de Jesús 269
Resumen 272 — Donde otras doctrinas de salvación se su-
peran a sí mismas, ¿ es necesario ver la obra de Cristo ? 273
Los no cristianos nos evangelizan 275 — Elección 276

VIDA EN ABUNDANCIA 276


La gracia 276 — ¿Dónde hallamos la gracia? 278

LA FE 279
Creer. Qué es y qué no es 279 — La fe conio tarea 281 —
¿Es razonable la fe? 282 — La duda 283 •— ¿Qué puede
hacer el cristiano en la duda ? 284

ESPERANZA 286
Confianza en el hombre 287 — La paciencia 288

AMOR 289
La médula del mensaje de Jesús 289 — Ama y haz lo que
quieras 290 — La medida del amor 291

LA ORACIÓN DEL CRISTIANO 293


Delante de Dios 293 — Caminos de la oración 294 — La
oración litúrgica 296 — Orar solos 297 — Dios es siempre
más grande 298 — ¡ Señor, enséñanos a orar! 299 — No
puede haber oración desvinculada de nuesti- a vida 300 —
Hay muchos modos de orar 302 — Oración contemplati-
va 304 — Los caminos de la mística 305 — Los salmos 307

EL DÍA DEL SEÑOR 307


Día de la eucaristía 308 — Día de descanso 308

PALABRAS DE VIDA ETERNA 309


El libro de familia 310 — La palabra de Dios en la re-
forma 311 — Las sectas 313 — La palabra, pan para el hom-
bre de todos los tiempos 314 — Solicitud de la Iglesia de
Dios por la predicación 316 — Palabra y comunidad 317 —
Liturgia de la palabra 318

LA EUCARISTÍA 319
«El memorial mío» 319 — Riqueza de significados 320 — La
estructura de la celebración 321 — Reunidos para conme-
morar 323 — La eucaristía es acción de gracias 324 —
Comida comunitaria 324 — «La nueva alianza es mi san-

XIX
gre» 326 — Muchos significados. Una sola vivencia 327 —
Presencia de Cristo en los signos 328 — Presencia de Jesús
en el año litúrgico 330 — La presencia eucarística no es
un hecho aislado de la totalidad de la vida cristiana 330 —
¿Cuánto dura la presencia eucarística? 331 — La Iglesia
guarda el pan del cielo 332 — Lo santo y lo profano 333

EL SACERDOCIO DEL PUEBLO DE DIOS


Un pueblo adquirido por Dios 334 — Nuestra insuficiencia
335 — Espíritu de servicio 335 — Nuestra tarea en este
mundo 336 — La santidad de la Iglesia 337 — Proclama-
ción de la verdad 337 — ¿ Y los no católicos ? 338 — To-
lerancia 339 — ¿ Por qué las misiones ? Las nuevas Igle-
sias 340 — Las tribulaciones de Cristo 342

EL SACERDOCIO PASTORAL
Servicio 343 — El ministerio apostólico 343 — El ministe-
rio se transmite 344 — El Señor representado por hombres
vivos 345 — El pastor da su vida 345 — El pastor da la vida
de Cristo 346 — El obispo 346 — Los obispos son envia-
dos 347 — Relación entre el sacerdocio de Cristo, el sacer-
docio universal del pueblo de Dios y el de los pastores 348 —
Sacerdotes y diáconos 349 — El ministerio entre los otros
cristianos 350 — El colegio de los obispos y la infalibili-
dad 350 — Verdad y movimiento 351 — Unidad por medio
del sucesor de Pedro 352 — «No es que intentemos dominar
con imperio en vuestra fe, sino que colaboramos con vuestra
alegría...» (2 Cor 1, 24) 354 — La vocaciónal sacerdocio 354

EL SEGUNDO MANDAMIENTO ES SEMEJANTE AL PRIMERO .


Origen de los diez mandamientos 356 — Los mandamientos
en la comunidad humana 357 — La conciencia en armonía
con el mandamiento 358 — La conciencia en tensión con el
mandamiento 358 — Encargo de formar cada uno su con-
ciencia 360 — El amor al prójimo, un misterio de fe 361 —
No hallamos a Dios sin el prójimo 362 — Ley sin lími-
tes 363 — La Iglesia en el mundo 364

MATRIMONIO Y FAMILIA
Nacido de otros hombres 365 — La creación del hom-
bre 366 — La familia, hogar donde germina el amor hu-
mano 366 — La sexualidad 367 — Homosexualidad 368 —
Amor y noviazgo 369 — Carácter transitorio del noviaz-
go 371 — El matrimonio en la historia 372 — El matrimonio
en el Antiguo Testamento 372 — El matrimonio en el

XX
Nuevo Testamento 373 — El matrimonio es un sacramen-
to 376 — El matrimonio, acontecimiento público 376 —
El matrimonio civil 377 — Sobre los matrimonios de los
no católicos 378 — Bajo la protección de la ley 378 — El
matrimonio mixto 381 — La castidad 384 — Amor fecun-
do 384 — Planificación de la familia 385 — Honra a tu
padre y a tu madre 386 — Educación para el amor 388 —
Educación para la virilidad y feminidad 389 — Educa-
ción para la independencia 391

LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS 393


Célibes por amor del reino de los cielos 393 — Sin propie-
dad 394 — Obediencia 395 — Sin reservas 395 — Libres
con vistas a la nueva creación 396 — Cristo célibe y po-
bre 397 — Celibato sacerdotal 398 — Juntos ante Dios 399

LA IGLESIA Y EL ESTADO 400


Colaboración leal 400 — Tensión entre la Iglesia y el Es-
tado 401 — La propia misión 402 — Unidad de todos los
hombres 403

EL RESPETO A LA VIDA 403


«No matarás» 404 — Pena de muerte. Guerra 406

UN MUNDO DE TRABAJO 409


Perspectiva de confianza 409 — Liberados del yugo 410

POSESIÓN DE LA TIERRA 412


Contaminados por el pecado 413 — La redención de la ri-
queza 413 — Justa distribución 413 — El espíritu del ser-
món de la montaña 414 — ¿Tenemos las manos limpias? 415
El robo 415

AYUDA AL NECESITADO 416


Los derechos del hombre 416 — Da a quien tiene menos que
tú 417 — ¿Cuánto? 417 — Dar la propia vida 418

EL PLACER DE VIVIR EN COMPAÑÍA 419


El tiempo libre 420 — El arte y la ciencia 420 — Autono-
mía de la ciencia y el arte 421 — Jesús y la cultu-
ra 422

A LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD 422


La conversación. Hablar bien o mal de otros 423 — Veraci-
dad 424 — La mentira 424 — Adivinación, horóscopo 425 —

XXI
El servicio a la palabra 426 — Misterio, no enigma 427 —
«Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,
37) 430
EL FALLO DEL CRISTIANO. EL PECADO 430
Lo que es pecado 431 — El misterio del mal 431 — Pe-
cados graves y menos graves 433 — Aversión a Dios 434
EL PERDÓN 435
Perdón y reparación 436 — La Iglesia, cauce del per-
dón 438 — El sacramento de la penitencia 438 — Evolu-
ción histórica de la penitencia 439 — Frecuencia de la con-
fesión 440 — La realización del sacramento de la peniten-
cia 441 — La confesión 441 — La penitencia 442 — La
absolución 443 — Contrición (o arrepentimiento) 443

P A R T E QUINTA. EL TÉRMINO D E L CAMINO


LAS POSTRIMERÍAS 447
La esperanza inextirpable 447 — El atardecer de la vi-
da 447 — La enfermedad 448 — La unción de los enfer-
mos 449 — La muerte 450 — La escritura y el poder de
Dios 451 — Resucitarán 452 — La comunión de los san-
tos 454 — ¿Qué podemos hacer por los difuntos? La puri-
ficación 456 — La resurrección el último día 457 — El
juicio 459 — La reprobación 459 — La nueva creación 460
Toda la Escritura habla de la fidelidad de Dios 464 — Vi-
vir en la esperanza 465

DIOS 467
El que habita en luz inaccesible 467 — «Él nos ha creado»
(Sal 100) 468 — «Cuanto dista el cielo de la tierra.» Tras-
cendencia de Dios 469 — «Israel, hijo mío.» Inmanencia
de Dios 470 — Pura verdad 471 — El hombre Job habla
con Dios 471 — «No aborreces nada de lo que has crea-
do» 473 — «Todo lo que pidiereis al Padre en mi nom-
bre» 474 — «Con él estoy en la tribulación» (Sal 91) 475 —
Dios es muy otro de lo que nos imaginamos 476 — El
Dios viviente 477 — «Porque en Él fue creado todo» 478 —
Dios es amor 479
APÉNDICE I. PUNTOS DISCUTIDOS 481

APÉNDICE I I . PARTE DOCTRINAL DE LA DECLARACIÓN DE LA


COMISIÓN CARDENALICIA SOBRE EL «NUEVO CATECISMO» . 497

ÍNDICE ANALÍTICO 503

XXII
PARTE PRIMERA
EL MISTERIO DE LA EXISTENCIA
EL HOMBRE SE PREGUNTA

¿ Qué problemas preocupaban a nuestros antepasados, cuando


entraran por vez primera en contacto con el cristianismo ? Lo ig-
noramos : está envuelto en la oscuridad de la historia.
Pero una cosa es cierta: el mensaje de Jesús fue para ellos
respuesta, luz y fuerza.
Existe una antigua narración sobre los comienzos del cristia-
nismo en uno de los pueblos germánicos que ilustra esta cuestión.
Hacia fines del siglo vi, el papa Gregorio Magno envió misioneros
benedictinos de Roma a Inglaterra, con el mandato de predicar
allí el mensaje de Cristo, pero sin que le moviera ninguna inten-
ción política. Uno de ellos, Paulino, logró penetrar hasta la remota
Northumberland, donde el príncipe reinante, el rey Edwin, se
mostró al principio muy reservado respecto a la nueva doctrina.
Después de un tiempo de dudas, el rey decidió convocar una junta
de sabios. En esta junta se levantó uno de los consejeros y dijo:
«Majestad, cuando vos estáis sentado a la mesa con vuestros no-
bles y vasallos, en medio del hogar arde el fuego, y la sala está
caliente; allá fuera, empero, brama por doquier el viento de in-
vierno que trae frío, lluvia y nieve. De pronto entra un pajarillo
y revolotea por la sala. Entra por una puerta y sale por la otra.
Los pocos momentos que está dentro, se siente al abrigo del mal
tiempo; pero apenas desaparece de nuestras miradas, retorna al
oscuro invierno. Lo mismo acontece — a mi parecer — con la vida
humana. No sabemos lo que antecedió, ni sabemos tampoco lo que
viene después. Si esta nueva doctrina da alguna seguridad sobre
esto, vale la pena que la sigamos.»
Cada generación, cada hombre, debe plantearse siempre la
pregunta de nuevo. Un hombre es un ser que interroga constante-
mente a la vida.

3
Por eso comenzamos este libro con la pregunta por el sentido
de nuestra existencia. Esto no quiere decir que adoptemos desde
el comienzo un criterio no cristiano; sí, empero, que también nos-
otros los cristianos somos hombres que preguntan. Una y otra vez
queremos y debemos hacernos cargo de lo que nuestra fe res-
ponde a los interrogantes de nuestra existencia.

Cuando las cosas pierden su evidencia


En cuanto el niño comienza a discernir, pregunta y vuelve a
preguntar. De momento parece que queda satisfecho con las res-
puestas que recibe; pero, llegado a adulto, sigue el hombre pro-
poniendo sus preguntas. Entonces tropieza con la pregunta, que
excede siempre a cualquiera respuesta que se pueda excogitar:
¿Quién soy yo? ¿Qué es el hombre?
i Quién es esta avecilla que revolotea por aquí, en la atmós-
fera cálida y clara, lanzada a un camino incierto en su comienzo
e incierto en su remate? ¿Cuál es el sentido de esta vida? ¿Qué
sentido tiene este universo? Nosotros hacemos hoy estas pregun-
tas en nuestras casas de distinta manera que los germanos antaño
en sus bosques; pero ¿ no es acaso la misma ?
A veces nos sorprende en momentos de calma, cuando las
cosas pierden su evidencia cotidiana.
Esta admiración puede embargar al hombre con no poca vehe-
mencia entre los doce y los veinte años, cuando se rasga el velo
de la conciencia infantil, cuando parece como si, por primera
vez, se viera a sí mismo y al mundo, nuevo, maravilloso y
terrible.
La pregunta no se acalla con la madurez ni decae en la vejez;
se plantea siempre de nuevo, aunque de forma diferente. El joven
padre cuyos pequeñuelos duermen arriba, mientras él, de nuevo en
el hogar, descansa junto a su esposa, pasado ya el agobio del
día, pregunta por el sentido de la vida de modo distinto que
quien, aborrecido y abandonado por sus hijos, lleva una vida hu-
manamente fracasada. El estudiante plantea la cuestión, en una dis-
cusión nocturna, de modo distinto que en obrero que, en una
fría mañana, está aguardando el autobús. La mujer, encadenada en
el lecho del dolor, pregunta de otro modo que la mujer sana, re-
costada al sol. El hombre de piadosa condición pregunta de otra
forma que el hombre en quien sobresale más bien su aptitud para
los asuntos de este mundo. El creyente interroga de otro modo
que el incrédulo. El que trata de vivir ajustado a su conciencia,
de otro modo que quien no oye su voz. El hombre del siglo x i x
plantea la cuestión de modo distinto que el del siglo xx. Pero, en
el fondo, se trata del mismo enigma que pide solución.

4
El sujeto a quien tal cuestión se dirige no puede permanecer
ante ella sin interés, quedándose al margen. Es algo que afecta al
objeto de la propia vida, a la propia felicidad. El pobre pajarillo
dentro de la sala cálida y luminosa se pregunta por la dirección
de su vuelo.

Pero ¿ no será tal vez una pregunta superflua, para gentes que
disponen de tiempo ? ¿ No será ilusión vana y no seriedad consis-
tente? Quien se entrega por completo a sus quehaceres, quien se
dedica a" su trabajo y a su familia, ¿ qué más ha de hacer aún ?

Todo lo que hacemos y omitimos es una pregunta y una


respuesta a la misma
Pero nuestro trabajo, nuestra familia, todo aquello que nos
ocupa, sea penoso o grato, se confunde con esta pregunta. Parece
tan grande y honda que la proponemos hasta con nuestro cora-
zón y nuestras manos. No sólo las cavilaciones a que nos entre-
gamos en momentos de calma, sino todo lo que hacemos, es una
demanda tierna, poderosa y urgente a la existencia. Que sea feliz
para nosotros. Que tenga sentido pleno. Que realmente nos des-
cubra su sentido.
Sin embargo, el curso de nuestro trabajo, la vida íntima de
nuestra familia, no son sólo preguntas incesantes a la vida. Son
también respuestas. De nuestras propias manos, de nuestro mismo
amor brota una respuesta. El trabajo acabado, la salud, los hijos
queridos, son ya cumplimiento de nuestro anhelo de que la vida
tenga para nosotros un sentido. La dicha es de suyo algo pleno
de sentido.

GLORIA Y MISERIA DEL HOMBRE

¿Podemos detenernos un momento para describir brevemente


nuestra vida en esta tierra? Vamos a intentarlo por la enumera-
ción de cuatro componentes esenciales de nuestra existencia:
1) Convivimos con otros. 2) En el mundo. 3) Somos parte mínima
del mundo. 4) Pero estamos dotados de libertad y de espiri-
tualidad. Estos cuatro elementos son a par los sillares de nuestra
felicidad.

Convivimos con otros


No vivimos aislados unos de otros, sino juntos. Pocas verda-
des hay tan honda e inconmoviblemente ancladas en nuestro ser.

5
Una vida sin semejantes, es imposible, un hombre solo no po-
dría hablar, ni pensar, ni amar, es más, ni siquiera haber nacido
Nos necesitamos mutuamente, nos amamos unos a otros El
niño no tiene una madre solamente para que le cuide Esto acaso
lo pueda hacer un día una maquina No puede prescindir de su
madre como persona Toda la sociedad humana es una trama de
amistad, de confianza (en todos los órdenes confianza respecto a
la autoridad, el taxista, el maestro, los periodistas) y de amor La
convivencia es una respuesta importante a la pregunta sobre el
sentido de nuestra vida y sobre la felicidad El amor y la solida-
ridad son plenificacion de vida Todo un largo día de oficina puede
no tener para el sentimiento de una persona mas que un objeto,
una finalidad, estar por la noche en casa, con su mujer y sus hijos.
Conviviendo con las personas a quienes ama.

En el mundo
Así discurre nuestra vida, en convivencia con los demás Pero
vivimos también con las cosas, plantas y animales de este mundo.
Desde nuestro primer grito tomamos contacto con esta tierra,
palpando, asiendo, chupando, jugando, cambiando, trabajando, cons-
truyendo, calculando, pensando, admirando El hombre llena real-
mente su existencia modificando el mundo (desde el que friega
hasta el que construye cohetes espaciales) No es una existencia
sin sentido Es un cometido alegre que el hombre proporcione
a su mujer una existencia, una casa, y ella, por su parte, le cree
un hogar Juntos lo ordenan todo para que allí pueda haber una
cuna, donde el niño este seguro y caliente Los dos crean un
mundo en que puedan vivir los hijos
Y no solo en lo pequeño, pueblo a pueblo y hasta como huma-
nidad entera tratamos de hacer el mundo humano y habitable,
de «someterlo» por nuestro trabajo De este modo no sólo des-
arrollamos el mundo material, sino también a nosotros mismos
Por nuestro trabajo crecemos y nos hacemos hombres

Somos parte del mundo


Un tercer elemento de nuestra existencia consiste en que tam-
bién nosotros somos parte de este mundo material Resulta que
estamos formados de los mismos materiales que la tierra que nos
rodea De tal forma somos parte de este mundo hasta las últi-
mas fibras de nuestro ser, que, sin la materia de este mundo, sin
los procesos de nuestras células cerebrales, no podríamos tener un
pensamiento, ni tomar una resolución Lo cual no es una humilla-
ción Así somos, y ésta es nuestra gloria

6
Libertad creciente
El cuarto componente de nuestra existencia consiste en que
el hombre es también más que su cuerpo. Un animal, por su olfato
y vista, tiene sin duda noticia de las cosas y seres que le rodean,
pero no es capaz de tornar a sí. Por eso tampoco puede darse
cuenta de que existe. Sus reacciones están determinadas por estímu-
los y señales. No tiene libertad. También nosotros estamos deter-
minados por percepciones, impresiones y estímulos, pero en nos-
otros hay una claridad que se hace cargo conscientemente de todo,
hasta de nuestro mismo pensamiento, y lo hace objeto de refle-
xión. Tal es el misterio señero de nuestro «yo». Esto mismo nos
da a entender que somos responsables. No estamos sometidos por
entero a los estímulos y reflejos, como el animal, sino que po-
demos enfrentarnos con las cosas con una libertad muy concreta.
Este hecho de que somos un fragmento del mundo, capaz de pen-
sar y conmoverse, seres dotados de libertad creciente, que pueden
decidirse por el bien, es también algo que colma nuestra existencia.

La miseria
Esta descripción de nuestra existencia no sería sena y sin-
cera si nos paráramos aquí, pues incluso los sillares de nuestra
dicha y gloria están penetrados por nuestra miseria.
Comencemos por la convivencia. Podemos endulzarnos la vida
mutuamente, pero también amargárnosla, i Y qué amargura cuando
se defrauda la mutua confianza, con culpa o sin ella (por parte del
superior, del chófer, del esposo) ' i Y cuánta originalidad no se
pierde por el mero hecho de vivir con otros' Como le escribía
una vez un obrero del puerto a un sacerdote amigo, que celebraba
sus bodas de oro «La mayor parte de los hombres nacen como
originales y terminan como copias.»
Y el dulce amor, i con qué facilidad se convierte en pasión,
que degenera en crueldad inhumana' Ni la alianza de por vida que
concluyen el hombre y la mujer queda excluida de parejo azar.
i Cuánta incomprensión, cuánta desilusión, qué hondas heridas
pueden producirse entre ellos, precisamente por estar tan cerca
uno del o t r o ' Y dígase lo mismo de padres e hijos por estar tam-
bién tan juntos Muchos jóvenes matrimonios dieron micialmente
una respuesta clara y nítida a la pregunta de la vida. Pero duró
poco.
Así acaece también con el trabajo en el mundo, fuente, de
suyo, de gozo. El trabajo sirve para desarrollar al hombre, pero
también lo limita, i Y qué duro puede resultar, qué monótono y
opresor' El mismo cuerpo del hombre, irradiación de toda la

7
persona, puede degenerar en juguete de la pasión sin par. i Y qué
pronto se deteriora' ¿ Y quién, que sienta o vea dolor, osará
hablar aún de la gloria del cuerpo' i Y, luego, la fatiga'
Incluso aquello que constituye la corona del fíombre y que le
pone por encima del animal, su conciencia y libertad, i qué impo-
tentes, qué oscuras, qué trabadas se hallan en nosotros' ¿ Qué sa-
bemos propiamente ' ¿ Hasta qué punto somos «libres» en nuestros
impulsos' Y, lo que es aún peor, ¿cómo podemos hacer a ciencia
y conciencia lo que prohibe nuestro más hondo conocimiento,
nuestro más hondo querer. pereza, maldad, egoísmo, culpa ?
Por muchas veces que la vida diga «sí» a nuestra pregunta
por la felicidad, a través de esta respuesta se oye también un
«aún no» y un «no» Jamás llegamos a alcanzar el fin de nuestros
anhelos

Todo tiene su tiempo


Pero todavía hay una desazón más profunda. Se apodera justa-
mente de nosotros cuando la vida nos contesta con un sí cuando
el trabajo humaniza efectivamente al hombre y al mundo, cuando
el amor es perfecto y bueno. Lo que verdaderamente es bueno
pide permanencia Pero nada dura en este mundo. Precisamente
cuando algo único y soñado se hace realidad, sabe el hombre que
también eso ha de pasar. Un hombre del Antiguo Testamento
60 experimentó profundamente en sí mismo esta verdad, en la cúspi-
de justamente de su dicha, y la consignó por escrito.

«Todas las cosas tienen su tiempo,


y todo lo que hay bajo el cielo su momento.
Hay tiempo de nacer
y tiempo de morir,
tiempo de plantar,
y tiempo de arrancar lo que se plantó.
Tiempo de dar muerte,
y tiempo de curar,
tiempo de derribar,
y tiempo de edificar
Tiempo de llorar,
y tiempo de reír,
tiempo de gemir, y tiempo de bailar.
Tiempo de esparcir piedras,
y tiempo de recogerlas,
tiempo de abrazar,
y tiempo de abstenerse de abrazos.
Tiempo de buscar,

8
y tiempo de perder;
tiempo de conservar,
y tiempo de arrojar.
Tiempo de rasgar,
y tiempo de coser;
tiempo de callar,
y tiempo de hablar.
Tiempo de amar,
y tiempo de odiar;
tiempo de guerra
y tiempo de paz» (Ecl 3, 1-8).

Cierto que permanece el fruto de nuestro trabajo; que el ham-


bre puede dejar tras sí obras inmortales de arte; que nuestro
saber y nuestro amor perviven en nuestros hijos y nietos, en una
humanidad abierta al futuro. Pero ¿puede todo esto dar al hombre
que muere la esperanza de que su vida haya tenido un sentido ?
Su conciencia, su «yo» desaparecen de la tierra. ¿Tiene a sus ojos
suficiente sentido el incierto crepúsculo de su vida en comparación
con sus anteriores empeños, con el bien que hizo y con las injus-
ticias que sufrió? Cuando este «yo» único, que lo esperaba todo,
deje de existir para siempre el día de la muerte, ¿habrá podido
colmar enteramente el sentido de su existencia ?

Los creyentes del Antiguo Testamento trataron de hallar res-


puesta a esta pregunta. De un más allá apenas si tenían idea.
Era preciso que la existencia terrena tuviera un sentido. Y ese sen-
tido se buscaba en la dicha d!e la propia vida y en una venturosa
descendencia. Pero la antigua alianza no logró dominar el pro-
blema, como lo atestigua el libro entero del Eclesiastés:

«Porque la suerte del hombre y de las bestias es la misma:


el uno muere, el otro también;
ambos respiran de la misma manera;
y el hombre no tiene ninguna ventaja sobre la bestia;
porque todo es vanidad.

Uno y otro van a parar a un mismo lugar:


de la tierra vienen los dos,
y a la tierra igualmente vuelven a parar.
¿Quién ha visto si el aliento de los hijos del hombre
sube hacia arriba,
y el de los brutos cae hacia abajo?» (Ecl 3, 19-21).

9
EL MUNDO EN EVOLUCIÓN

Prosigamos nuestras pesquisas. A veces recibimos respuesta


a la pregunta por el sentido de alguna cosa, cuando estudiamos
su origen. ¿ Cómo empezó ? Esto puede aclarar su razón de ser,
su finalidad.

Mi origen
¿ Cómo empezó nuestra vida ? ¿ De dónde procede ? De nuestros
padres. Cada año se hacen nuevos descubrimientos sobre los pro-
cesos de la fecundación y la herencia. Pero todavía no podemos
predecir si realmente tendrá lugar un nacimiento ni calcular si
lo que ha de nacer será concebido niño o niña; menos aún hacer
pronósticos sobre su carácter. Pero podemos pensar que se harán
progresos en este sentido. Sin embargo, el nacimiento de un
nuevo ser, de un nuevo centro de pensamiento y de amor sigue
siendo un acontecimiento que escapa al alcance de padres y cientí-
ficos. Un nuevo hombre es algo irrepetible, que no podemos com-
prender del todo. Lo que yo soy, no es reducible a sólo un conglo-
merado de células que podemos analizar al microscopio. Cada vez
que surge un nuevo hombre tiene lugar el salto que lleva a una
nueva persona, el origen y comienzo absoluto de un «yo», que
antes no existía en modo alguno.
Y este comienzo absoluto, este origen, está propiamente en-
vuelto en la oscuridad. Sin embargo, el niño crece. En más de un
aspecto, su evolución no sigue un movimiento descendente, sino
ascendente. Quizá tal hecho nos proporciona una indicación sobre
el sentido de la existencia. Pero esta indicación no es inequívoca
y clara, pues, por otra parte, es cierto que el que se hace viejo, en
muchos aspectos sigue el curso de una evolución descendente.

Nuestro origen
Mas, si el origen de cada hombre no da respuesta, ¿la dará
tal vez el origen de la especie humana f Retrocedamos al pasado,
a nuestro propio pasado.
Nuestros padres. Nuestros abuelos. Según retrocedemos, co-
mienza a hacerse oscuro. Un nombre aislado, un acontecimiento
solitario. Sin embargo, bien pronto —para la mayor parte de las
gentes a comienzos del siglo x i x — oscuridad completa. Algunas
«viejas» familias conocen unos cuantos nombres que se remontan
a la edad media, pero no más lejos. La historia de nuestro pueblo,
en conjunto, se enraiza en los albores de la historia; pero el ori-

10
gen de las tribus que entonces inmigraron o habitaban ya en
nuestro suelo, se pierde rápidamente en la oscuridad. Cierto pa-
rentesco lingüístico entre pueblos de Europa y otros procedentes
de la India señala una vaga dirección en la noche del pasado. En
ciertos lugares del mundo se remonta la historia un poco más: en
el Cercano Oriente, en China; pero en ninguna parte sobrepasa
los cinco mil años.
Más atrás aún, tal vez encontremos algunas pinturas rupes-
tres, algún minúsculo símbolo de la fecundidad, los restos del fue-
go de algún campamento, ocultos bajo la tierra. En conclusión,
sólo unos escasos restos de cuerpos humanos, de los que des-
cendemos.

Evolución
¿No da todo esto respuesta alguna? Algo nos dice. Los ha-
llazgos de cráneos y esqueletos han puesto en evidencia algo que
antes no sabía aún nadie, y es que, cuanto más profundamente
descendemos en el pasado, tanto más primitiva aparece la forma
del hombre.
La ciencia conoce, antes del homo sapiens (el hombre actual),
al hombre de Neanderthal con frente y mentón hundidos. Antes
de él — este período se remonta a los 200 000 años — las diversas
formas de anthropus, con muy reducido ángulo facial, pero ya
erguido. Aquellos homínidos manejaban groseros utensilios de
piedra; cazaban, aunque no sabemos cómo. Si se retrocede aún
trescientos mil años — es decir, medio millón de años antes de
nuestra época— puede distinguirse una forma todavía más primi-
tiva, el ausfralopithecus, un ser de caracteres simiescos, pero más
cercano al hombre que los monos actuales.
Así pues, casi todo es incierto: las fechas y los períodos, los
eslabones entre las distintas fases. Sin embargo, una línea muy
notable se dibuja con creciente claridad: una especie animal que
vive en bosques y llanos va ascendiendo, en lenta evolución, hasta
nosotros.
La vida, pues, que late en mí procede del animal. Esto extra-
ñaba mucho a la gente en otro tiempo, y acaso no tanto porque
la cosa parezca indigna, pues la Sagrada Escritura hace descender
al hombre de algo muy inferior, a saber, del barro. La causa del
choque fue más bien el contraste con el relato d e la Escritura.
Por aquellos tiempos se veía demasiado la Sagrada Escritura
como un libro de historia natural, y no como una narración, es-
crita para iluminar con la luz de Dios al mundo existente.
Esta dificultad ha desaparecido hoy día por una mejor inte-
ligencia de la Sagrada Escritura. Además los hallazgos en la tie-

11
rra se multiplican, cada vez vemos mejor el grandioso espectácu-
lo la columna vertebral que se va enderezando lentamente, el
cráneo que va creciendo en tamaño y contenido, el animal que se
yergue hasta convertirse en hombre
El conjunto parece apuntar a una especie de respuesta. La vida
tiene una dirección, de una forma u otra, tiene un sentido Pero
esto no es una respuesta clara El origen de la humanidad perma-
nece fuera del alcance de nuestra percepción ¿ Cuando comenzó
el hombre ' ¿ Era ya el australopithecus uno de nosotros ' ¿ Quizá
el anthropoptthecics?
Naturalmente, la humanidad hubo de comenzar un día en unos
primeros hombres Aunque la transición se muestra como gradual
366 ante una observación exterior, la hominizacion, sin embargo, re-
presenta respecto del animal un modo de existir tan radicalmente
nuevo, que tuvo que haber un momento determinado en que ciertos
seres vivientes dejaron de ser «algo» y empezaron a ser «alguien»
Este comienzo ha desaparecido para siempre en la oscuridad de
la historia

La evolución del universo


La uencia nos dice que a la historia del hombre antecede otra,
mucho más larga la historia de la vida Esta historia nos retro-
trae a épocas inasequibles para nosotros, cuando en alguna parte
de esta bola enfriada de piedra, aire y agua, se formó aquella
combinación de carbono, que aún ahora constituye las células de
toda materia viva Por mucho que se remonte en el tiempo esta
vida, todavía es muy joven comparada con aquella materia inani-
mada, que precede a la vida y se pierde en fechas incalculables,
en que las galaxias se disgregaron en un universo, cuyos límites
no han sido aun descubiertos ¿ De dónde procede la materia ?
¿ Procede en absoluto de algo '

i Qué significa el que todo esto exista y crezca' El azar y la


selección desempeñan un gran papel en el crecimiento de la vida
Pero ¿ ofrecen una explicación' ¿ Qué azar es ese que tiende tan
incesantemente hacia arriba, a través de fases cada vez más ma-
ravillosas existir, vivir, sentir, pensar ? ¿ Qué quiere decir e s o ?
¿Podemos reconocer un sentido en ello'
Mas, por otra parte, podemos comprobar que en esta vida pu-
jante, aparecen siempre el sufrimiento y el dolor de animales
y hombres, el miedo, la mutilación y la decadencia Por muy
magnifica que sea la serie de seres cuya columna vertebral se va
enderezando y cuyo cráneo se agranda, esta columna vertebral es
un día puro costillar, puro esqueleto, y de unas cuencas cada vez

12
más hermosas, ya no nos mira un ojo. ¿ Por qué comenzó mi vida ?
¿Vuela el pájaro «hombre» de la oscuridad a la oscuridad? El
pasado no nos da sobre ello respuesta clara. ¿ Nos la dará tal vez
el futuro?

El futura del hombre


Si consideramos atentamente el curso de la historia, parece
que la evolución ascendente continúa. Hoy enseñamos a nuestros
hijos mucho más que lo que sabían o necesitaban nuestros abue-
los. El peligro de epidemias ha desaparecido de grandes porcio-
nes de la tierra. Enfermedades aparentemente incurables han sido
curadas por la medicina. Nos inclinamos con menos fatiga y su-
dor de nuestra frente a los «cardos y espinas» de esta tierra.
Aumenta el tiempo libre, las posibilidades de desplazamiento, la
comunicación. Parece que estamos a punto de asir los astros...
También somos menos bárbaros que los hombres de hace sólo
doscientos años. Las penas que antes se imponían a criminales y
enemigos: el potro, la ceguera, las ejecuciones públicas, no se co-
nocen hoy día. Son ya cosas incomprensibles. Ahora tenemos
más compasión de los animales que antes tenían los hombres de
sus semejantes. Este progreso está nutrido de indestructible espe-
ranza. Un niño recién nacido vive hoy día en una esfera de nueva
expectación. Después de cada guerra, han jugado nuevamente los
niños sobre sus ruinas. Si echamos una ojeada a nuestro planeta,
nos parece a menudo que nos hallamos otra vez al comienzo de
una nueva conquista solidaria del mundo.
Sin embargo, después de siglos de progreso y humanismo han
tenido lugar, precisamente en los países más civilizados de la tie-
rra, asesinatos en masa que no tienen par en la historia. Y si es
cierto que hemos inventado medios para aplazar la muerte, al
mimo paso han progresado los medios para matar. Lanzamos
cohetes más allá de los límites de nuestro planeta; pero fabrica-
mos también otros con los que se podría aniquilar este mismo
planeta. El futuro es incierto.
El mío también. ¿Seré bueno o malo? ¿y mis hijos? ¿Por qué
corriente serán arrastrados ? Y luego reaparece la certeza de la
muerte. Es la pildora amarga de todo anhelo. Aun cuando el fu-
turo de la humanidad fuera más venturoso y se implantara un
reino ideal de amistad y libertad, a cada hombre en particular le
seguiría esperando la puerta oscura por la que tendrá que pasar
con tanto más dolor cuanto más venturoso sea este reino y más
perfecta la humanidad. Aun cuando la ciencia descubriera un día
algo para prolongar aún más la vida, en este mundo podría suce-
der, no obstante, siempre y en cada momento todo lo imaginable.

13
No estamos seguros de nuestra vida ni de nuestra dicha. El sen-
tido de la vida es incierto.
¿ Será entonces toda la historia de la humanidad — el presen-
te, pasado y futuro—, será toda la evolución del universo con
sus dolores y angustias, con su amor y su alegría y sus ruinas,
una pura broma sin sentido ? ¿ Se trata de un proyecto absurdo,
que empezó un día y deberá acabarse otro, o que se repite infini-
tamente en los movimientos de dilatación y contracción de un
cosmos sin origen ni término? Nada de cuanto en el mundo hemos
interrogado, nos ha dado respuesta sobre ello.

EL DESEO SIN LÍMITES

i Hay algo que pueda ser mi absoluto f


Ahora bien, si la existencia es así, ¿por qué no nos hacemos
a ella? ¿Por qué andamos por la vida formulando una pregunta
que sobrepasa todo lo que hallamos ? ¿ Cómo es posible que recha-
cemos por insuficiente toda respuesta ?
Nuestro corazón busca certidumbre cabal, quiere amor dura-
dero, felicidad sin nubes. Este deseo no se cumple realmente
jamás. Sin embargo, vive en nosotros en todo lo que hacemos. Él
determina por completo nuestra vida diaria.

El más ligero minuto del diario quehacer está lleno de deseos


incumplidos. Por ejemplo (trátase, naturalmente, de una mujer):
Estoy lavando. Pienso: A las diez y media me tomo un café y
descanso. Son las diez y media. Me siento y respiro, estoy com-
pletamente tranquila y me relajo. ¿Sin ningún deseo? Pienso al
punto: Lástima no venga fulana o zutana a tener un ratillo de
palique. O : Hay que continuar trabajando, pero pronto estará
todo tendido. Y cuando todo esté tendido, pienso: Si saliera el sol,
¡ qué pronto estaría todo seco! O pienso: Hoy hay un bonito pro-
grama en la televisión. O : ¿ No habría un remedia para las ve-
rrugas que tiene Juan en las manos ? Y así sucesivamente. Nunca
cesamos de desear.

¿ No hay entonces un momento en que me sienta plenamente


satisfecho ? Así lo parece a veces: cuando todo nuestro ser se
concentra en una cosa y luego podemos gozar de ella. Por ejem-
plo, tengo una sed espantosa, en la estepa o en el desierto. Más
sed cada vez. Mi ser entero es un grito que pide agua. El agua es
para mí «todo». Por fin la encuentro en un oasis. Me echo de
bruces y bebo, y por un momento parece que estoy completamente

14
satisfecho, enteramente en paz. Pero inmediatamente me atormen-
ta otro deseo. Me duelen los pies. Estoy solo.
Nada puede ser mi «todo».
Pero tal vez «alguien» pueda ser mi «todo». Ser totalmente
uno para otro, como hombre y mujer, verterse uno en otro y no
desear otra cosa que el amado, que se posee y del que es uno parte.
¿Es esto lo sumo, el cumplimiento de nuestro anhelo? Sin em-
bargo, también entonces hay momentos en que se le viene a uno a
las mientes lo que en una comedia de Claudel dice la mujer sobre su
gracia femenina: «Yo soy la promesa, imposible de cumplir, y en
esto está mi encanto.» Y así, por una parte y por otra, puede
haber desilusiones paralizadoras y hasta deprimentes.
No obstante, más sorprendentes que la tragedia de las aspi-
raciones insatisfechas son las experiencias en que late la alegría
de verse plenificado el uno en el otro y que, a pesar de ello, y
hasta precisamente por ello, abren más ancha perspectiva. Cuando
nos embarga una gran dicha, parécenos como si algo se agitara
al tiempo dentro de nosotros; se tiene sensación de que algo así
no puede darse sin más, por puro azar. Algo tan magnífico ¿no de-
berá estar a salvo en otro algo, que sea perfecto, cierto, bueno y
duradero? Se pregunta, por ejemplo, una joven pareja: «¿A quién
debemos que nuestro primer sentimiento de amor, inolvidable, se
convirtiera en amor de enamorado? Creíamos que nos dábamos
nuestro amor uno al otro, pero a veces no podemos menos que
pensar que somos dados uno a otro, que no es azar, sino que tenía
que ser así. ¿Por obra de quién?»

En tales momentos parece como si en nuestras mismas pregun-


tas por el sentido de la vida, hubiera ya una resonancia afirmati-
va : Sí, la vida tiene un sentido, nuestro deseo está orientado a su
cumplimiento. Gozamos de arrimo en algo que es más grande que
lo más grande, más amable que lo más querido sobre la tierra. Es
la sospecha de que, más allá de nuestros límites, hay para nuestro
corazón algo infinito. La humanidad lo ha expresado de mil mane-
ras. Así, en este poema, en que se habla de la impotencia y, al
tiempo, de la inefable profundidad de la comunidad entre per-
sonas :

Hay momentos, cuando callas


y miras a través de la ventana,
en que tu belleza me cautiva
con una desesperanza tan grande
y tan antigua como yo.
De ella ningún consuelo
puede entonces liberarme,

15
ni siquiera un beso,
ni tan solo una palabra.

Este estar sujeto a verte,


siendo mis ojos los que de ti me separan;
este sentirte a mi lado,
pero distante de mí, sin mí nacido,
me atenaza las entrañas con dolor de parto.

Callando, miras a través de la ventana.


El viento a veces agita tus cabellos,
orillados al borde de tu frente
como el agua de un remanso.
A veces deriva una nube por el cielo
y veo en tus ojos deslizarse su sombra.

Es como si fueras eterno,


como si sólo un instante
pudiera yo vivir a tu lado,
separada de ti por mi temporalidad.
Entonces me vuelves el rostro
y veo tu sonrisa...

M. VASALIS

De otra forma suenan las reflexiones de un hombre que re-


cuerda a su mujer difunta. «En todo caso — confiesa —, un bien
me ha traído el matrimonio: Ya no puedo creer que la religión
brote de nuestros anhelos, inconscientes e insatisfechos, y sea un
sustitutivo del instinto sexual. En estos pocos años, H. y yo
hemos gozado del amor como de una fiesta, de todas las formas
y maneras: solemne y feliz, romántica y realista, a veces con el
dramatismo de una tormenta, otras cómodamente y sin énfasis,
como quien se pone unas zapatillas. Ningún rincón de nuestro
corazón ni de nuestro cuerpo quedó insatisfecho. Si Dios fuera
un sustitutivo del amor, hubiéramos perdido todo interés por Él.
¿Quién iba a preocuparse del sustitutivo, cuando se posee la cosa
misma? Pero no acaeció así. Los dos sabíamos que, fuera de nos-
otros mismos, necesitábamos de algo más, de algo totalmente dife-
rente que respondía a una necesidad también totalmente diversa.
Se podría decir que los amantes, mientras se poseen, no experimen-
tan necesidad de leer, ni de comer ni... de respirar» (N.W. Clerk).
Esta profundidad, más profunda que el mundo, se expresa
asimismo en el siguiente poema, escrito por un preso en un cam-
po de concentración:

16
La que agita el pañuelo
Mi mujer es aquella que marcha bajo la luz
por el campo de trigo, aquella que agita su pañuelo»
Me envía el último signo de amor
en este momento en que, a su pesar, me deja.

,; Quién sabe por cuánto tiempo parte ?


Yo quedo solitario,
y sin embargo un cierto júbilo agita mi sangre.
No me siento ya prisionero;
el espacio que me rodea se ha llenado del saludo de su
mano.

Dios mío, que ves y sabes


que yo jamás he pedido nada para mí,
todo lo que tú me diste, que fue mucho,
lo acepté con gratitud

escucha, para hoy y para el resto de mi vida,


este único ruego que te dirijo:
Que mi mujer sea siempre, en signo de tu amor,
aquella que agita su pañuelo.

Este simple saludo de su mano


me hace comprender el secreto de por qué
a tu ángel mensajero le hiciste decir:
«Dios te salve María.»

Y es que todo lo que se mueve


aquí en la tierra, en el mar
y en los cielos llenos de tu gloria,
no es otra cosa que un saludo al alma,
un saludo mensajero de tu bondad.

Quien quiera comprender a Dios,


que escapa a la razón,
¡ contemple la danza de las olas y de las estrellas,
y los adioses de una mano amada!

Todo lo que creo y profeso


se resume en esta ley, que para mí es suprema:
sea mi alma cual mano que saluda a Dios,
pues no conozco oración más perfecta.

17
Sea como una caña en la corriente de tu gracia,
como una ola que se desparrama en último adiós sobre la
tibia arena,
como un campo de trigo bajo el sol
que siente el aliento de la brisa en el verano.

Que mi alma se parezca al alma de la mujer


que me envía tu saludo divino,
ella es un don tuyo y yo te lo agradezco,
la vida es buena.

ANTÓN VAN DUINKERKEN

Lo mismo en la dicha que en el dolor puede brotar en nosotros


un barrunto de un más allá de todo límite. No despachemos a la
ligera la profunda sencillez de este presentimiento con explicaciones
de falaz evidencia, que nunca llegan a estar a la altura de esta
cuestión No digamos que debemos estar contentos con nuestra
vida, bella, agitada, humana y finita, pues en realidad no lo esta-
mos Todo lo que hacemos, lo hacemos impulsados por aquel anhelo,
que entraña el barrunto de que una infinitud omnisciente, sobera-
namente bondadosa y buena sostiene nuestra finitud en sus manos.

LA LLAMADA DE NUESTRA CONCIENCIA

Hemos hablado de nuestro anhelo de felicidad. Hablemos ahora


de nuestro anhelo de ser buenos
El hombre sabe que no puede alcanzar la dicha a cualquier pre-
cio, pues entonces dejaría precisamente de ser dicha. Quiere ser
bueno Un hombre puede experimentar un fuerte amor por una
mujer, pero, si de este modo, ha de hacer infelices a un marido y
cuatro niños, tal amor es imposible El hombre pone la bondad por
encima de la felicidad, en otro caso, no logrará ser realmente fe-
liz Asi nos lo dice nuestra conciencia

Todo hombre, religioso o no, sabe que tiene una conciencia.


A menudo se ha intentado reducir esta «voz de la conciencia» a
una realidad más fácilmente «comprensible», para poder explicarla.
Se ha pensado en un «freno» natural. Así como el instinto de con-
servación (el miedo a la muerte) mantiene al hombre dentro de
los limites de la vida humana, de modo semejante — se pensaba —,
aunque en otro orden, pudiera funcionar la conciencia Se ha in-
tentado entenderla a base de la propia estimación, del temor al
qué dirán, de los hábitos hereditarios, de la educación y del medio

18
ambiente. Todos estos elementos explican realmente algo. Expli-
can las diversas formas de la conciencia: por qué este pueblo
traza la línea divisoria entre el bien y el mal de una manera y el
otro de otra; y lo que se dice de un pueblo, dicese de cada hombre.
Pues hay en la humanidad gran divergencia en lo que la concien-
cia manda como bueno y prohibe como malo. Todos, sin embargo,
estamos de acuerdo en hacer una distinción entre lo bueno y lo
malo, más profunda que la distinción entre lo útil y lo inútil,
lo agradable y desagradable.
Aun cuando nadie vea el mal que hago ni dañe por él direc-
tamente a nadie, mi conciencia me exhorta, me acusa, me turba;
pero sobre todo me anima y empuja a hacer lo bueno y recto. Los
demás me pueden ayudar a descubrir lo que es bueno y lo que no
lo es; pero frente a la responsabilidad, la vergüenza, los remordi-
mientos, el deseo de ser bueno, en una palabra, la convicción de
que debo obrar bien (o debí haber obrado) estoy yo solo. En
solitario siento mis remordimientos. Y a tal recinto ni siquiera la
madre cariñosa puede llegar con su ayuda. Aquí se oye otra voz.
i Mi propia estimación ? No, cuando la conciencia nos inculpa
no nos sentimos jueces. Sentimos algo más grande. ¿ Se atisban
tal vez inconscientemente los ojos de la humanidad entera? No,
se trata al parecer de la experiencia de «hallarnos solos con nues-
tra culpa».
El juicio de la conciencia engendra en nosotros sentimientos
profundos de temor e inquietud: el temor de no corresponder
al verdadero y más profundo destino de nuestra vida; pero, sobre
todo, la conciencia es fuente de honda y pura alegría: la alegría
de estar de acuerdo con nuestro fin y destino.

¿ Tiene entonces mi vida un fin y un sentido ? También del


anhelo de ser buenos se desprende la intuición de que yo, ser finito
y débil, tengo un fin y estoy ordenado a un bien absoluto.

LA LLAMADA A LO INFINITO

Reconocible por la razón


Nuestra bondad finita reclama la existencia de la infinita bon-
dad. Nuestra impotencia reclama la omnipotencia. Nuestra huma-
nidad reclama lo divino. Lo que pone de relieve nuestra fi-
nitud — que nos hace reconocerla como tal — es lo infinito que se
manifiesta en mis deseos y pensamientos. Si el mundo entero, si
nuestra vida entera no ha de ser un absurdo o, en el mejor de los
casos, una pura broma, no podemos menos de confesar que existe

19
la infinito. Por eso pudo decir san Pablo: «En efecto, desde la
creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios, tanto su
eterno poder como su deidad, se hacen claramente visibles, enten-
didas a través de sus obras» (Rom 1, 20).

No desprendido de la vida
El apóstol nos hace ver sin duda aquí el importante papel que
le toca a la razón en toda nuestra vida. Además señala especial-
mente la culpa como obstáculo. Pero eso no quiere decir que se
trate necesariamente de culpa personal, siempre que la razón huma-
na se abstiene de pronunciar un «sí» a cosa tan grande y decisiva.
El ambiente, la educación, la estructura psíquica hacen a menudo
casi imposible rendirse a la evidencia de todo aquello que apunta a
lo infinito. Los hechos muestran que, en general, hay que estar
familiarizados con Dios por la fe antes de que uno se incline a
la evidencia de tales indicios.
El creyente no debe gloriarse tampoco de haber conocido lo que
da sentido a la existencia humana, pues no posee tal conocimiento
gracias a su habilidad ni talento. Es merced que se le ha hecho.

Los sabios pueden elaborar la intuición del corazón humano


en prueba científica; pero no matemática, pues aquí las matemáti-
cas quedan fuera de lugar. Incluso la historia como ciencia se
resiste a entrar en fórmulas matemáticas, pues comprende la vida
entera. Mucho menos podrán verterse jamás en fórmulas o pa-
labras fijas las más profundas cuestiones de la existencia. Son
demasiado grandes y están excesivamente ligadas a todo lo que
constituye al hombre. Pero a este profundo nivel, la reflexión sis-
temática es de hecho ciencia y esta ciencia puede demostrar, por
vía de razón, que en todos los enunciados sobre nuestra vida nos
referimos a lo infinito como la verdad, la realidad, la bondad, la
alegría.

LA RAYA BAJO LA CUENTA

No sólo finitos, sino frágiles y quebrados


Pero, por más que el hombre —todo lo vagamente qué se quie-
r a — pueda llegar en su vida y pensamiento al barrunto de un
origen infinito, y por más que una profunda filosofía pueda de-
mostrar que en nuestro pensar y hablar se trasluce el fondo de
lo infinito, una profunda hendidura recorre toda nuestra reflexión.
Esta hendidura es la miseria del mundo. ¿Cómo se compaginan

20
la enfermedad, la desilusión y la maldad que imperan sobre la
tierra con un origen infinitamente bueno? No somos sólo finitos
— cualidad que de hecho reclama la realidad del infinito —, esta-
mos también rotos y consumidos. La culpa y la muerte atraviesan
de punta a cabo nuestra existencia finita.
¿De dónde procede esto? El ser perfecto que encontramos por
reflexión, no responde del absurdo, la suciedad y la muerte. ¿ Cómo
imaginarnos un ser infinito, que conserva en la existencia todo
lo bueno y bello al tiempo que todo lo sucio y repugnante?

«De noche mis huesos son taladrados,


y no duermen los dolores que me consumen.
Mi carne está oprimida por una gran violencia
que me ciñe como el cuello de mi túnica.
Dios me ha arrojado al fango,
y asemejo al polvo y la ceniza.

Clamo a ti, y no me respondes;


estoy en tu presencia, y ni siquiera me miras.
Te portas conmigo como si fueras mi enemigo;
con tu mano fuerte me golpeas.
Me llevas a caballo sobre el viento,
me zarandeas con la tempestad.
Bien sé que me conduces a la muerte,
al lugar de cita de todos los vivientes.

Pero yo no he alzado la mano contra el pobre


cuando en su angustia recurría a mí.
¿ No he llorado con el que tiene vida dura
y no se ha apiadado mi alma del indigente?
Yo esperaba la dicha, pero vino el infortunio;
aguardaba la luz, y vino la oscuridad.
Mis entrañas hierven sin reposo.
Cada día me trae nuevos sufrimientos.
Ando melancólico y nadie me consuela.
Levántame y doy gritos en medio de la gente.
H e venido a ser hermano de chacales
y compañero para las avestruces.
Mi piel se ha ennegrecido sobre mí,
mis huesos se han consumido por la fiebre» (Job 30, 17-30).

Y el término es la muerte:

«Como una montaña acaba por derruirse,


un peñasco por cambiar de sitio,

21
el agua por desgastar las piedras,
el aguacero por arrastrar las tierras,
así destruyes tú la esperanza del hombre.
Si un humano muere, ¿volverá a vivir?
Le abates, y él se va para siempre;
le desfiguras, y después le despides» (Job 14, 18-20).

IO jala nos saliera al paso lo Absoluto!


¡ Qué absurdo: un deseo inmenso que una y otra vez se estrella
contra el muro de la muerte y de la culpa!

«Estoy cansado, ¡oh Dios'.,


estoy cansado, ¡oh Dios!, estoy agotado.
Soy el más ignorante de los hombres
no tengo inteligencia de hombre.
No he aprendido la sabiduría,
e ignoro la ciencia de los santos.
¿Quién ha subido al cielo y bajado de allí?
¿ Quién recogió el viento con sus manos ?
¿ Quién encerró las aguas en su manto ?
¿Quién h a afianzado los límites de la tierra?
¿ Cuál es su nombre y cuál el de su hijo,
si lo sabes?» (Prov 30, 1-4).

¡ Con qué facilidad veis la respuesta!, grita a los piadosos el


hombre que busca, y que no llegará a ver solución. ¿ Cómo pue-
de concluirse tan sencillamente de la creación que existe un ser
supremo? Acaso sea inconcebible que este mundo subsista sin una
causa primera, infinita y perfecta. Pero ¿ cómo se compagina eso
con tanto dolor y miseria?
¡Ojalá hablara el Infinito! ¡Ojalá saliera una vez a nuestro
encuentro! ¡Ojalá se revelara y defendiera contra Job, contra
nosotros mismos! ¡ Ojalá Él mismo nos descubriera la razón de
ser de nuestra existencia tan magnífica y dolorosa a un tiempo!

EL MENSAJE QUE DE ÉL HEMOS OÍDO

Palabra de Dios
Corre por el mundo un mensaje de que Dios, el Infinito, se
reveló en Jesús de Nazaret:

22
Lo que era desde el principio, ltf que hemos oído, lo
que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contem-
plado y lo que nuestras manos hafl palpado acerca de
la Palabra de la vida, pues la vida se manifestó y hemos
visto y testificamos y os anunciamos la vida eterna que
estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos vis-
to y oído, os lo anunciamos también a vosotros, para que
también vosotros tengáis comunión con nosotros. Pues
efectivamente nuestra comunión es con el Padre y con
su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que sea col-
mado nuestro gozo.
Éste es el mensaje que de él heínos oído y os anun-
ciamos : que Dios es luz y que en él no hay tiniebla al-
guna (1 Jn 1, 1-5).

Jesús es la respuesta. Respuesta harto desconcertante, para que


la hubiera podido soñar un hombre. El mismo Hijo de Dios des-
ciende a nuestra miseria. Dios mismo sufre con nosotros en una
muestra de extremo amor. Así ha amado Ditfs al mundo.
No es ésta una respuesta capaz de aclararnos el último «por
qué». El misterio de la existencia no queda 3sí resuelto. Pero no
cabe duda de que la fe en Cristo nos señala claramente en qué
dirección se halla la verdad. Dios no se limita a permitir el mal.
Esto sería cruel. El mal no viene de Dios. Él lo combate y Él mis-
mo se vio envuelto en el mal. En una de las penas de muerte más
crueles que conoce la cruel humanidad, aparece como nuestro
redentor. Un madero horizontal y otro vertical, y en ellos clavado
un hombre, en quien se nos muestra el mismo Dios. Esta cruz que
mira a todas las direcciones, como un hombre con los brazos exten-
didos, es la saeta que apunta al misterio insondable de Dios. Oscu-
ramente nos señala el corazón del misterio.
En la cruz ha abierto Dios su corazón, ha delatado su más
profundo misterio. Dios se hace solidario con las víctimas.
Más adelante trataremos más despacio en este libro de la exis- 471-477
tencia del mal, y de nuestra tendencia a construir con excesiva
facilidad una omnipotencia divina cortada por el patrón de nues-
tras ideas. Pues con harta frecuencia, pretendemos saber al dedillo
lo que Dios «hubiera podido» hacer u omitir. De este modo se lo
convierte de hecho en un poderoso dominador, que nos abandona
tranquilamente en la miseria. Pero la omnipotencia de Dios es algo
más profundo, más inefable, algo muy distinto de lo que nosotros
podemos representarnos. Hemos de hacernos cada vez más cons-
cientes de que sólo lo encontramos y conocernos realmente en un
punto: en Jesús.
A toda pregunta sobre Dios, busquemos la respuesta en Jesús.

23
Su vida nos enseña que la verdadera omnipotencia de Dios lucha
contra el dolor y el pecado de manera distinta, más misteriosa y
comprometida de lo que pudiéramos imaginar con nuestras ideas
sobre la omnipotencia. Así vence Él nuestra culpa y nuestra muer-
te para siempre. Por qué lo hace de esta manera, no lo sabemos.
Lo que sabemos es que se trata de un misterio de luz y bondad.
El que cree en Jesús, descubre algo del modo como Dios ve las
cosas.

Nos has creado para ti


Pero se nos objetará: ¿No será esta fe una construcción de
nuestro miedo ante la vida ? ¿ No sucederá que buscamos sola y
41-42 únicamente seguridad contra la miseria de nuestra existencia, y «pro-
42-43 yectamos» este anhelo hacia fuera ?
Que el hombre busque arrimo y que en vista del vacío que ve
en el mundo entre también en juego la angustia, no es argumento
contra la existencia de aquel que puede darnos la seguridad y
arrimo. Además sería totalmente gratuito pretender que la angus-
tia es el único motivo determinante de la fe. ¿ Se nos permite
una comparación ? Cuando un niño pequeño, perdido entre un
tropel de gente, busca a su madre, lo hace por miedo. No puede
arreglárselas sin su madre. Pero ¿quiere esto decir que la busca
sólo por miedo ? ¿ No puede ser además por amor ? Así parece
16-17 ser en.efecto, pues esta querencia se muestra también en momen-
tos de alegría.
Pero con esto no está dicho todo sobre la «proyección». En
estos últimos tiempos se ha descubierto, en efecto, una importante
verdad, y es que el psiquismo, el ambiente y la educación desem-
peñan un papel importante en la idea que el hombre se forma de
Dios. Pero nada se dice con ello sobre la existencia o no existen-
cia de lo infinito. Sea norabuena cierto que «proyectamos», es
decir, que hacemos existir fuera de nosotros, de manera indepen-
diente, lo que en nosotros mismos vive; pero sigue en pie la cuestión
de si el hombre es algo más que él mismo. Nuestra fe responde que
sí. La doctrina cristiana ha reconocido siempre el contenido más
que humano del hombre. «Nos has creado para ti, y nuestro cora-
zón está inquieto hasta que descanse en ti» (san Agustín, al co-
mienzo de sus Confesiones).
Naturalmente, la existencia de proyecciones nos puede decir
algo acerca de nuestra búsqueda de lo Infinito. Las proyecciones
nos permiten reconocer que en ocasiones sólo aparentemente bus-
camos a Dios. La Sagrada Escritura habla a menudo sobre este
punto. No hay sino leer a Jer 7 y a Jn 16, 1-3. Así atribuimos
infundadamente a Dios — a veces con más reflexión, otras sin

24
ella — algo que en parte es propia fantasía de dudoso contenido.
Y cuando se hace claro que nos hemos forjado un Dios según
nuestras insanas imaginaciones, que le hemos visto donde no
estaba, puede suceder que súbitamente nos encontremos con las
manos vacías Lo divino que pensábamos ver, desaparece del hori-
zonte , sólo nos queda el vacío, en que gritamos ¿ Existes o no
existes tú, Dios m í o '
¿ Qué camino podemos hallar en la oscuridad, cuando han caído
derribados nuestros falsos dioses 7 Ningún otro sino el que pase
la prueba de la experiencia de la realidad humana, el camino que
no signifique fuga ante lo humano, sino que lleve derechamente al
más profundo desenvolvimiento del hombre 260 276
Este camino se nos ofrece en el hombre Jesús de Nazaret: Él
— el hijo del hombre— es el hombre y por ello justamente el ca-
mino que nos lleva al Dios vivo «A Dios no lo ha visto nadie
jamás El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, Él nos
lo declaro» (Jn 1, 18).

Hemos operado aquí el mismo movimiento que en páginas ante-


riores partiendo del remoto Desconocido hemos llegado a la cer-
canía de su revelación Tal es el sentido actual de la palabra de
Jesús «Cumplido es el tiempo y el reino de Dios está cerca, haced
penitencia y creed en la buena nueva» (Me 1, 15) Cuando, en me-
dio de las tinieblas, clamamos por Dios, allí está Jesús, nuestro her-
mano, en medio de nosotros, para decirnos «Venid y veréis» (Jn 1,
39) Todo este libro persigue una sola finalidad la de aceptar esta
invitación
Puesto que la aparición de la gloria de Dios acontece dentro
del desarrollo de la humanidad, el presente volumen se orientará
en su estructura por la historia, una historia en que nuestra pro
pía vida ocupa un lugar perfectamente determinado.

25
PARTE SEGUNDA
EL. CAMINO HACIA CRISTO
A. E L CAMINO DE LOS PUEBLOS

RELIGIONES PRIMITIVAS

En el momento en que asoma en el horizonte del pasado, la


familia humana aparece dispersa y dividida en incontables pue-
blos, tribus y clanes que se desconocen mutuamente.
Sobre la corteza terrestre, aún sin cultivar, en las selvas y
tundras, comenzó a dejarse oir el lenguaje humano. No eran gritos
que sólo expresaran un deseo o un sentimiento, como los que lan-
zan los animales en celo o doloridos. Los sonidos se configuraron
en signos matizados de la realidad, hasta lo que llamamos pala-
bras. El hombre reflexionaba sobre la realidad y ponía nombre a las
cosas; y esto no sólo para sí mismo, sino también para los demás.
No es bueno que el hombre esté solo.
Naturalmente, el primer pensar y hablar comunitario se diri-
gió a lo más inmediato, a lo que se percibe por los sentidos: los
otros hombres, los animales, las partes del cuerpo, las cosas de la
naturaleza, los fenómenos atmosféricos. Lo percibido fue conce-
bido preferentemente como un todo. Apenas llegaban a un pensar
diferenciador, razonador y delimitador. Sin embargo, en la técni-
ca y en el obrar primitivos se aplicaba ya un pensamiento práctico
y lógico. Parece también que, tras los fenómenos, se investigaban
las causas y se discurría sobre el origen de las cosas y de los
hombres.
Este tantear se repitió miles de veces y en mil partes. Entre
angustia y seguridad, entre dolor y gozo y — algo esencialmente hu-
mano — entre bien y mal (por muy solidariamente que esto se sin-
tiera), allí estaba el hombre, siempre a la búsqueda. Y buscaba
no sólo con su inteligencia, sino con todo su ser.
La criatura comenzó a responder a la obra de su Creador. «Él
hizo provenir de uno solo a todo el linaje humano para habitar sobre
toda la faz de la tierra... para que busquen a Dios, a ver si a

29
tientas dan con él y lo encuentran» (Pablo a los atenienses, Act
17, 26-27).
Tras las cosas y en las cosas, veían actuar fuerzas que fueron
más o menos personificadas en espíritus y dioses Por medio de
ritos mágicos y también con oraciones y sacrificios, trató el hom-
bre de influir en el mundo suprasensible.
Prácticamente no se ha considerado jamás a la muerte como
acontecimiento en consonancia con el curso natural de las cosas.
Por eso se creyó que no afectaba al hombre entero Algo de la
persona debía persistir. Esta creencia, bien que en formas varias,
era universal
La fe de que un Dios era el Supremo, no aparece siempre, es
cierto, pero se encuentra hasta en las más remotas civilizaciones
No hay ámbito sobre la tierra, ni etapa de la civilización en que
no exista esta fe.

Todo el tanteo y búsqueda del hombre estaba fuertemente in-


fluido por su modo de vida En tal forma estaba a merced de la
naturaleza, que para sostenerse sólo disponía de la caza y lo que
podía recoger, por eso el mundo animal tenía singular importancia
para él Así se explica que a veces se imaginara a los seres supe-
riores como señores de los animales y hasta en forma animal, etc.
De ahí la frecuencia con que se encuentra la idea de un ser supre-
mo sobre todo como dispensador de alimento
En estadios más avanzados de civilización —por ejemplo, en
la cultura agrícola — son a menuda personificados en forma de
dioses los principales fenómenos de la naturaleza, como el sol, la
luna, la tormenta Aparecen los ritos de fecundidad y los sacri-
ficios cruentos de animales y hombres La idea de un Dios supre-
mo aparece sólo ocasionalmente
En cambio, en las religiones de pueblos de pastores se acentúa
siempre la realidad de un supremo Dios del cielo.

LAS GRANDES CIVILIZACIONES DEL PASADO

Hace relativamente poco — unos cinco mil años — que los


hombres crearon por primera vez una cultura superior Un estado
fundado en una base ideológica unía a un gran número de hombres.
En él aparece ya una división del trabajo, de suerte que el cuidado
por el sustento diario deja de absorber exclusivamente las ener-
gías de todos Surgieron centros de gobierno, de culto y forma-
ción las primeras ciudades El lenguaje fue fijado en signos vi-
sibles la primera escritura
Este proceso tuvo lugar en el Oriente Medio, en Mesopotamia,

30
donde hacia el a ñ o 3000 a. de Cr. t u v o su cuna la civilización
sumeria. A orillas del N i l o s u r g i ó u n a g r a n c u l t u r a hacia el 2800
a. de Cr., j u n t o al I n d o hacia el 2500, en China hacia el 1500
antes de Cr. L u e g o siguen las civilizaciones de Méjico hacia el 1000
y el P e r ú hacia el 800 a. de Cr. S e supone o r d i n a r i a m e n t e que
en el origen de estas c u l t u r a s p r i m a r i a s h a y dependencias m u -
tuas. L a religión r e v e s t í a f o r m a s magníficas: templos, imágenes,
cantos. L a s g r a n d e s c u l t u r a s se c a r a c t e r i z a b a n , en g e n e r a l , p o r
el politeísmo. É s t e pudo h a b e r n a c i d o de f o r m a s v a r i a s : obje-
t i v a n d o d e t e r m i n a d o s aspectos, estados o formas locales del dios
supremo, o a d o r a n d o a sus v a s t a g o s celestes, o a ñ a d i e n d o a los
propios dioses los d e los pueblos vencidos. L a s m á s d e las veces
se reconoce e n t r e ellos a u n r e y de los dioses c o m o Altísimo. E n
Gen 14, Melquisedec es «sacerdote del Altísimo». 275
Nobles filósofos culminan a veces la religiosidad n a t u r a l exis-
t e n t e en un pueblo, p o r ejemplo, e n t r e los griegos.
Se prosiguió, pues, t a n t e a n d o y b u s c a n d o . M e z c l a d a s con culpa
(por e j . , el despotismo y la i m p u r e z a ) y con e r r o r e s (sobre todo
el fatalismo o fe en el h a d o ) , estas religiones h a n sido, sin em-
b a r g o , el camino por el que millones d e h o m b r e s e x p e r i m e n t a r o n
en sus vidas el m i s t e r i o de Dios. G r a n d e y p r o f u n d a es la sabidu-
ría q u e los h u m a n o s l o g r a r o n a f a n o s a m e n t e , g r a c i a s a u n a g r a n
aplicación y abnegación. Y podemos e s t a r convencidos de que
en la s a b i d u r í a de las diversas religiones a c t u a b a el V e r b o eterno,
n u e s t r o S e ñ o r J e s u c r i s t o , p o r m e d i o d e su E s p í r i t u S a n t o . N o a 37
pública luz, c o m o plugo a Dios r e v e l a r l o e n t r e los j u d í o s p a r a
todo el m u n d o , p e r o sí real y p r o f u n d a m e n t e .

T r e s g r a n d e s concepciones religiosas existen h o y día que, j u n -


t o con el j u d a i s m o y la revelación cristiana, d e s p i e r t a n seria a d -
miración : el hinduismo, el b u d i s m o y el islam. A l t r a t a r de estas
religiones, a ñ a d i r e m o s también a l g u n a s p a l a b r a s s o b r e el «univer-
sismo» chino.

EL HINDUISMO

El hinduismo o brahmanismo (empleamos ambas palabras en el


mismo sentido) es la religión que, a la llegada de los arios a la
India (hacia 1500 a. de Cr.), se desarrolló con elementos tomados
tanto de los vencedores como de los vencidos. El hinduismo es
un fruto que se fue formando lentamente de la experiencia
humana. Un sondeo incansable de las propias profundidades, me-
ditación no interrumpida, solicitud extrema por que nada se pierda
de la riqueza de la experiencia.

31
«El hinduismo — dice Gandhi — es una incansable búsqueda
de la verdad. Es la religión de la verdad. La verdad es Dios.
Hemos conocido la negación de Dios, nunca la negación de la
verdad.» La abertura, flexibilidad y tolerancia del hinduismo no
tienen límites. En él caben el primitivo politeísmo y la más refi-
nada filosofía. De ahí que resulte imposible señalar a un dios de-
terminado como privativo de esta religión.
La realidad terrena, la vida, la alegría, la personalidad, el
amor, son para ellos apariencia engañosa y fuente de dolor. Sólo
puede uno escapar a él por la renuncia y el recogimiento (si-
guiendo el Advaita-Vedanta) o por determinados ejercicios de
recogimiento (siguiendo el Samkhya y el Yoga).
Ese escapar consiste en que el «yo» (Atman) refluya al todo
(Brahmán); en otros términos, en hacerse consciente — propia-
mente en no hacerse consciente, pues toda conciencia queda en-
tonces anulada— de que «Atman [es] igual a Brahmán». Sin con-
ciencia, sin sentimiento, amor ni personalidad, en perfecta unidad
con el todo, el hombre elude las vicisitudes de la existencia.
El que no sube tan alto, tiene que renacer después de su muer-
te, según la ley de su karma (de las acciones de su vida), reen-
carnación que puede ser más baja (en un animal), o más alta (en
en un tipo más perfecto de hombre). Es digno de consideración en
esta doctrina el que sea posible seguir un camino errado, sin
que este camino implique ingratitud o violación del amor. Así,
propiamente, no existe en ella la noción de pecado.
La rigurosa división de la sociedad en castas (1, sacerdotes;
2, guerreros; 3, comerciantes y labradores; 4, subordinados, y más
abajo aún los parias sin casta) está mantenida por la doctrina
de la transmigración de las almas.
Es impresionante ver el punto tan central que ocupan lo espi-
ritual e interno.

En el capítulo sobre la redención, hablaremos de nuevo so-


bre el hinduismo y sobre una característica suya que le hace so-
brepasar sus propios principios. Es claro que una religión tan
antigua y grande no puede despacharse con unas cuantas pala-
bras, como aquí hemos hecho (imagínese que alguien tratara
tan de prisa el cristianismo). Pero, al menos, hemos trazado al-
gunos de sus principales rasgos.

EL BUDISMO

Sólo un corto grupo de privilegiados podría seguir el rigor


de vida que pedía el brahmanismo. Ello oprimía en gran ma-

32
ñera a la masa, señaladamente a las castas inferiores. Hacia
el año 500 a. de Cr. nació un hombre, por nombre Sidharta Gau-
tama, por sobrenombre Budha (el iluminado), que indicó un ca-
mino más armónico. Lo que libera al hombre no es la extrema
negación de sí mismo, sino el equilibrio: equilibrio entre el arte
de vivir y la renuncia de sí mismo. Ello conduce a la serenidad
y a la paz. La transmigración de las almas y el paso a una forma
de no-existencia (nirvana) son elementos comunes a hinduismo
y budismo. Pero éste es eminentemente práctico: «Sigue el ca-
mino y no preguntes por lo que aún no ha sido más allá de lo que
es. Obra solo y con tus propias fuerzas.» El budismo es una
liberación, por las propias fuerzas, del karma o acciones de la
vida. La meta consiste en escapar al dolor. La vida misma es
dolor.
Como primera gran experiencia en la vida de Buda se nos
relata que fue desde niño criado en palacios y jardines, donde
se le tuvo ajeno a todo sufrimiento; pero de pronto se puso a
pensar, una vez, en el dolor, la vejez y la muerte. El dolor, ense-
ña Buda, nace de la búsqueda apasionada de experiencias senso-
riales y de vida. Procura aturdir este deseo y así escaparás al to-
rrente de las cosas dolorosas, transitorias e inesenciales de que se
compone el mundo y nosotros mismos. Así llegarás al nirvana, la
existencia impersonal, que no sabe de dolor. Las ocho vías que
conducen a ella muestran la nobleza de la doctrina de Buda. La
primera es el claro conocimiento, es decir, la comprensión de la
visión descrita anteriormente. El segundo camino es el del bien
obrar, que consiste en tener buena voluntad, desinterés, en no querer
hacer daño a nadie. Así se continúa explicando una moral elevada
y pura. Esta doctrina de la liberación por las propias fuerzas se
propone seguir caminos sobrios, positivos y fundados en la más
comprobada experiencia, y en este sentido contrasta con el matiz
más ritualista y litúrgico del hinduismo. De Dios no se habla.
Buda no niega ni afirma nada sobre este punto.
El pecado y el amor no son aquí tampoco las verdaderas raí- 261
ees de la existencia. El karma, las fuerzas vitales, deben ser con- 431
ducidas, por decirlo así, por vías prácticas al bien. El arrepen-
timiento, tal como nosotros lo entendemos, es decir, como con-
ciencia de haber violado el amor, queda aquí excluido. La buena
voluntad es camino de liberación. No se trata de sentir compa-
sión por la miseria del otro, ni de una aspiración completa a Dios
y al prójimo, ni de lo que entienden los cristianos por caridad.

Sin embargo, sobrepasando la inspiración básica del budismo,


surgió una ideología budista que contiene ya algunas caracterís-
ticas de una doctrina del amor. Esto sucedió en el budismo del

33
I
mahayana (el «gran vehículo») Sobre él trataremos más extensa-
273-274 mente al hablar de la redención. El mahayana se propagó sobre todo
por el Tíbet, China y Japón. Una forma clásica, más antigua, de bu-
dismo, el htnayana o «pequeño vehículo», conquistó el sureste de
Asia. En la India fue desapareciendo lentamente el budismo a
partir del siglo vil, de forma que el hinduismo sigue siendo la
religión más extendida. Pero, desde hace unos años, también allí
se propaga fuertemente la doctrina de Buda, sobre todo entre
los panas

EL UNIVERSÍSIMO CHINO

Digamos aquí también unas palabras sobre las ideologías que


surgieron en la grande y antigua China. En algunas de ellas, se
destaca la veneración o culto de muchos dioses, otras son prin-
cipalmente filosóficas Un rasgo común de las especulaciones chi-
nas es que contienen una teoría sobre la estructura y armonía
del universo De aquí les vino sin duda el nombre general de
«universismo chino»
Es fundamental en él la doctrina de que la unidad primigenia
se dividió en dos fuerzas Yang (claro, cálido, activo, productor,
masculino) y Yin (receptivo, tranquilo, frío, oscuro, femenino)
Ambas fuerzas se necesitan mutuamente, de su armonía y ten-
sión procede todo De Yang nace primeramente el cielo, y de
Yin la tierra, luego, de los dos juntos, los otros seres Las esta-
ciones, por ejemplo, deben su existencia a una victoria de Yang
(verano), o a una victoria de Yin (invierno). Esta ideología ima-
gina un ciclo de 129 600 años que va desde la unidad primigenia
a la creación del universo, y retorna otra vez a la unidad, para
empezar después de nuevo en una sucesión sin fin
La fuerza que mueve todo esto se llama Tao (el camino).
Éste está contenido ya en la unidad primigenia y produce la
armonía de la totalidad de la creación Buscar el Tao es buscar
el recto camino de la vida.

Confucio (Kung-Fu Tse), nacido el SS1 a. de Cr., enseña una


conducta de este género fundándose en antiguas tradiciones y en
sus propias reflexiones. Culto de los antepasados, dominio de sí
mismo, humanidad y bondad son en ella los elementos principales.
Es una doctrina muy práctica, con miras a la acción.
La otra forma del universismo chino, el taoísmo, que se re-
monta al profundo pensador Lao-Tse, cultiva más la contempla-
ción y aspira a la tranquilidad y a sumergirse libre de deseos, en el
fondo primero de las cosas Lao-Tse fue posiblemente contem-

34
poráneo de Confucio. No es seguro que hayamos de contar estas
dos doctrinas entre las ideologías vivas de la humanidad actual.
Fuera de China es escaso su dinamismo. En su país de origen
están pasando ahora — no sabemos aún con qué resultado — por
la prueba del fuego del marxismo.

EL ISLAM

Apenas nadie dudará de la fuerza expansiva del islamismo.


Juntamente con el hinduismo y el budismo, constituye una de las
grandes religiones no cristianas del mundo. Nació entre las tri-
bus árabes, que hasta entonces (hacia el 600 d. de Cr.) habían 210
vivido en el politeísmo. Tal vez hubieran abrazado la fe cristiana,
que había llegado ya hasta sus fronteras, pero por estos años apa-
reció Mahoma (Mohamed), oriundo de La Meca, en Arabia. Maho-
ma se apoyó en las visiones que había recibido, en una cueva
próxima, nada menos que del mismo Dios (Alah). Éstas lo per-
suadieron de que él mismo era «el sello de los profetas», el que
culminaría definitivamente las revelaciones de Dios desde Abra-
ham hasta Jesús
El meollo de su doctrina está en la absoluta unidad, la unici-
dad y el poder de Dios. El libro en que consignó sus revelaciones
se llama Corán, que se considera como literalmente dictado por
Dios.
Los deberes religiosos del islam son. 1) Reconocer a Alah por
un credo. 2) Recitar cinco veces al día una oración en dirección a La
Meca. 3) Dar determinada limosna a los pobres. 4) Ayunar du-
rante el mes de Ramadán desde la salida a la puesta del sol.
5) Hacer la peregrinación a La Meca por lo menos una vez en la
vida. El viernes se celebra en la mezquita una reunión religiosa,
siempre que asistan por lo menos cuarenta personas. La música
y las imágenes están prohibidas en el culto. El deber de la guerra
santa no incumbe al muslim particular, sino a la comunidad, si
la situación lo exige. Actualmente, esta guerra se entiende sobre
todo como guerra espiritual Está permitida, la poligamia. El que
muere en la guerra santa va derecho al paraíso. Los otros hom-
bres buenos entran en él al fin de los tiempos. Los malos son cas-
tigados en el infierno. Muchos piensan que el fin del mundo será
anunciado mediante el segundo advenimiento de Jesús.
Impresiona en esta religión la profunda reverencia ante el
poder absoluto de Dios.
La doctrina y los deberes son sencillos y claros. Por eso, la
predicación del islam se puede hacer en muy poco tiempo. Las
conversiones de mahometanos a la fe cristiana siguen siendo 261262

35
274-275 raras. En el capítulo sobre la redención se hablará de nuevo so-
bre esta religión.

EL HUMANISMO Y EL MARXISMO

254-264 Aún no hemos mencionado dos grandes corrientes espirituales


274-275 de la humanidad actual, precisamente las dos a las que pertenecen
compatriotas, vecinos y amigos nuestros: el humanismo y el mar-
xismo. Ninguna de estas dos grandes corrientes es una religión,
pero ambas representan una concepción que atañe a la actitud
ante el Absoluto.
El humanismo parte de la convicción de que o bien no existe
el Absoluto, o no se nos manifiesta con tal claridad que podamos
construir nuestra vida sobre la fe en él. Los humanistas quieren
practicar el bien únicamente por razón del hombre. En su moral
y en su actitud ante la vida, contiene el humanismo muchos ele-
mentos cristianos.

264-266 El marxismo confiesa abiertamente en su credo — al menos


274-275 hasta hoy— que no existe Dios. Es perjudicial para el hombre
creer en Dios. El que dirige su corazón a lo Absoluto, proyecta
una parte de sí mismo hacia fuera, pierde parte de sí mismo, se
«enajena». «La religión es el suspiro de una creación torturada, el
alma de un mundo Sin corazón y el espíritu que nace de un estado
de cosas sin espíritu. Es el opio del pueblo» (Marx).
Esta doctrina nació en un tiempo en que una fe entendida
sólo en parte impidió realmente a muchos hombres empeñarse
eficazmente por la justa distribución del alimento, el vestido y la
vivienda. Ella sirve a los cristianos de examen de conciencia per-
manente respuecto a lo que hacen del mensaje de Cristo.
Nacido en un mundo judío-cristiano, el marxismo, a despe-
cho de su reacción absolutamente negativa frente a él, ha tomado
elementos del mismo. Por ejemplo, la expectación de un futuro
mejor, y la idea de que incluso el «pequeño» y oprimido puede
ser también portador de salvación. Estos elementos del marxis-
mo pueden ser para muchos el camino hacia un cristianismo vi-
vido de una manera nueva.
En este sentido tal vez nos sea lícito calificar al marxismo no
sólo de postcristiano, sino también de precristiano. Pues según la
fe que inspira este libro, Cristo es el cumplimiento de los desig-
nios de Dios sobre la humanidad. Por eso, en las ideologías que
han surgido después de Él: islamismo, humanismo y marxismo,
vemos un deseo inconsciente, una búsqueda errabunda de su clara
y pura imagen que tan frecuentemente oscutecemos los cristianos.

36
EL ESPÍRITU DE DIOS EN TODO EL MUNDO

No es nuestro propósito juzgar por menudo los elementos de


pecado, de satanás y de mal que contienen también cada una de las
ideologías y religiones citadas. El hinduismo y el budismo orien-
tan al espíritu humano hacia el nirvana, el islamismo lo aprisio-
na en una doctrina que no llama a Dios Padre, el humanismo no
quiere que se oriente a los hijos hacia Dios y el marxismo pre-
senta el espejismo de un futuro que no llegará jamás; todo esto
contiene maldad y corrupción humana. Pero, confiando en el espí-
ritu de Dios, que a nadie deja de lado, queremos dirigir prime-
ramente nuestra atención a la verdad y bondad que procuran a
los hombres.
Esto puede también sernos a nosotros de provecho. El refle-
jo de verdad que hay en otras concepciones, puede hacer que un 275
cristiano se dé más cuenta de la profundidad y realismo de la
doctrina de Jesús. «Porque toda verdad, sea quien fuere el que
la predique, viene del Espíritu Santo», dice santo Tomás de
Aquino, en el siglo x m , repitiendo una expresión de san Ambrosio,
del siglo iv. En el tanteo de la humanidad que busca a Dios,
vive el tanteo de Dios en la búsqueda del hombre.

En Israel creemos nosotros que Dios comenzó a purificar e 468-470


iluminar la aspiración de los hombres hacia la más profunda ver-
dad. En este pueblo se ofreció Él a toda la humanidad y se unió
a su destino, para preparar su máxima gloria, que es ésta: «De tal
forma amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16).
Esta historia de la salud comenzó muy lentamente, no con
súbita sorpresa, ni al margen de la evolución de los hombres y de
las circunstancias. Al contrario, el pueblo en que Dios se reveló
compartió las vicisitudes y la mentalidad de un pueblo corriente
del Oriente antiguo. Pero precisamente en esto se dibuja un
rasgo extraordinario, una originalidad que es un enigma para
los incrédulos, y para los creyentes un signo de que en este pue-
blo buscó Dios de forma señera a la humanidad. «Sin violencia
y casi inadvertidamente, el divino compañero de viaje se juntó a
la humanidad en su peregrinación. Apenas llegó, entabló diálogo.
Intervino para dar un nuevo giro. Así se dio un comienzo nuevo,
que poco a poco prosigue su efecto» (H. Renckens).

37
B. E L CAMINO D E ISRAEL

En algún punto entre el Nilo y el Eufrates, vivía un grupo


de nómadas. Habían huido de Egipto, pueblo de elevada civili-
zación, donde se les había hecho imposible la vida, tanto en el plano
social, como en el religioso. Privados de seguridad, tras una fuga
dramática, se estableció en Cades, en la soledad del desierto, for-
mando una federación de diversas tribus. El nombre de su Dios
era Yahveh.
Reducidos a la desnuda existencia, en un vacío entre dos
mundos, constituían un terreno espiritual virgen. En estas tribus,
llamadas a continuar su marcha y en tentación perenne de vol-
verse a las «ollas de Egipto», buscó Dios al hombre. «Seréis
para mí de entre todos los pueblos la porción escogida, porque
mía es toda la tierra» (Éx 19, 5). Esta revelación puede leerse en
los diversos libros que forman el Antiguo Testamento.
Aquí sólo mostraremos algunas líneas del Antiguo Testamento
que sirvan de ayuda para la lectura personal de sus libros. La
exposición que sigue se atiene a este orden: La revelación di-
vina llega a Israel 1) por acontecimientos, 2) por palabras acer-
ca de estos acontecimientos, 3) por el hecho de que esas palabras
fueran consignadas por escrito.

LAS MARAVILLAS DE DIOS

La época de los pastores hebreos (1800-1200 a. de Cr.


aproximadamente)
Los mismos hechos son ya una revelación de Dios sin palabras.
Unos pastores hebreos huyen de Egipto. En una situación de todo

39
en todo humana (lucha por la existencia, por la comida, vestido
y vivienda), dentro de formas en parte ya existentes, tomando in-
cluso tal vez un nombre de Dios ya vigente en aquellos lugares,
lo auténticamente divino se abre paso. Una figura carismática,
Moisés, desempeña en estos acontecimientos una misión señera.
Unos cuatrocientos años antes, silencio. Un pueblo que vive
en Egipto. No sabemos más.
Pero antes del año 1700 a. de Cr., vivieron en Canaán, entre
el Jordán y el Mediterráneo, unos pastores que Israel considera
como sus antepasados: los «patriarcas». Son Abraham, Isaac y
Jacob, llamado también Israel. Ellos son el punto de partida de
las intervenciones de Dios en nuestra historia. Apenas cabe ima-
ginárnoslos puntualmente, dada la distancia de tiempo que nos
separa de ellos. Sí nos llama, empero, la atención el que algunos
usos y nombres que aparecen en estas narraciones sobre los pa-
triarcas, coincidan con lo que descifran modernas investigaciones
en las escrituras cuneiformes de la época.

La época del establecimiento (1200-1000 a. de Cr. apro-


ximadamente)
¿Qué sucedió después de Moisés? Las tribus de nómadas he-
breos entraron en la tierra fértil de Canaán, y estalló la guerra
entre ellas y los habitantes de las ciudades de estos territorios.
El número de víctimas fue seguramente menor que el indicado
por la Biblia. Con el tiempo fue ocupado el país.
De estos siglos han llegado hasta nosotros algunos nombres:
Josué y, más tarde, lo¿ «jueces», por ejemplo, Sansón, Gedeón y
Jefté. Como se desprende de los mismos relatos, eran rudos aque-
llos tiempos.
66 Las tribus estaban esparcidas por todo el país: al sur de
Jerusalén la tribu de Judá (y la de Simeón que desaparecería
con el tiempo), al norte las restantes. Jerusalén no había sido aún
conquistada. Era como una cuña entre ambos grupos. Lo que a
todas unía era el culto de Yahveh.
Al penetrar Israel en Canaán, aconteció algo muy notable. La
ciencia de las religiones dice que cuando un pueblo nómada se
hace sedentario, es decir, pasa a la agricultura y ganadería, como
. acaeció con Israel, cambia su religión. El Dios uno de la tribu
es sustituido por una multitud de dioses locales del campo y la
fertilidad.
Lo maravilloso es que no aconteciera así en Israel. Cierto
que no faltó la tentación de aceptar los dioses locales de la fer-
tilidad, los Baales y Astartés, pertenecientes a aquellas tierras;
pero el pueblo eñ conjunto no cayó en la tentación. En el cultivo

40
de la tierra permaneció fiel a la revelación del desierto. El
hecho tuvo consecuencias: Yahveh le dio fuerza, unidad y paz.

La época de la antigua monarquía oriental (hacia 1000-587


a. de Cr.)
El mismo fenómeno es de observar cuando el pueblo entra en
su siguiente fase cultural. Así pues, hacia el año 1000, coronó
Israel la época de su sedentarismo, se convirtió en monarquía.
¡ El rey David! Él conquistó a Jerusalén. ¡ El rey Salomón, que
edificó en ella el templo!
Según las leyes ordinarias de evolución de una religión, hu-
biera tenido que surgir entonces una religión estatal, cuyo Dios
principal hubiera sido la personificación del poder del Estado. Un
Dios que, como sombra proyectada en el cielo, hiciera y dijese lo que
quería el Estado, a la manera de Marduk, dios babilónico, mera
proyección celeste de los deseos de Babilonia ¿Sucedería lo mismo
ahora, al convertirse Israel en monarquía del antiguo Oriente ?
Yahveh se convirtió en el Dios del rey y de la nación. Hubo
unidad entre la vida y la religión. Fue el sereno y cálido medio-
día del yahvismo: no hubo contraste entre la vida social y la re-
ligión, entre prosperidad y culto. Pero Yahveh no fue una crea-
ción del Estado. No, en contraste perfecto con los pueblos vecinos,
fue Yahveh quien configuró el Estado. Naturalmente, no faltó la
tentación de rebajarlo a esclavo del Estado; pero Yahveh era un
Dios vivo. Por medio de los profetas, que aparecen a lo largo de
todo el período de la monarquía, mantuvo pura su revelación.
Después de Salomón, la monarquía declinó más y más hacia
un despotismo típicamente oriental; tanto más alta fue entonces
la misión de estos profetas, que formaron en el pueblo un núcleo
de verdaderos adoradores de Yahveh, un auténtico «resto». El
Estado y la religión, no se identificaron más en lo sucesivo.

El cautiverio (587-539 a. de Cr.)


La cautividad fue la salvación del mensaje de Israel, pues
desapareció el Estado, como habían predicho los profetas. El reino,
escindido en dos a la muerte de Salomón, se convirtió en dos
pequeños Estados tapón entre las grandes potencias de Mesopota-
mia y Egipto, y acabó siendo aplastado por ellas. En el año 721 an-
tes de Cr., el reino del norte (Israel, con Sama'ia por capital)
fue llevado cautivo a Asiría; en el 587, el reino del sur (Judá,
con Jerusalén por capital) fue transportado a Babilonia.
Con la desaparición del Estado tendría que haber desapare-
cido — siempre según las leyes de la h: ;tona de las religiones —

41
el Dios nacional. Pero Yahveh permaneció. En el nuevo «desier-
to» de la cautividad fue sentido de nuevo. En medio de los otros
pueblos se le reconoce de una manera aún más consciente como
creador del cielo y de la tierra. Por la voz de sus profetas con-
duce a la patria un «resto», cuando, el año 539 a. de Cr., tuvo que
rendirse Babilonia a los persas.

La época del judaismo (desde el 500 a. de Cr. aproxima-


damente)
Fueron sobre todo los habitantes del antiguo Judá quienes
retornaron. De aquí que se llame a los cinco siglos siguientes el
período del judaismo. Se reedificó Jerusalén; pero apenas se die-
ron hechos políticos decisivos. En el siglo n a. de Cr., bajo el
caudillaje de los Macabeos, hubo una insurrección contra la do-
minación helenística. El año 63 vino la ocupación romana.
La fuerza de este pueblo no radica en su independencia polí-
tica. Jerusalén vino a ser el centro de un pueblo, disperso, aun-
que no perdido, por todo el mundo antiguo. Con el nombre de
«diáspora» (dispersión) se designa a los judíos que viven fueta
de Palestina. Durante estos siglos viven en este pueblo un gran
número de hombres sencillos, de fe profunda, que reconocen su
78, 88 propia insuficiencia, y ponen toda su esperanza en el advenimiento
91, 102 de Dios. Son llamados «los pobres de Yahveh». Entre ellos estará
un día — para bien de todos los hombres — la cuna de Jesús en
337, 398 las cercanías de Jerusalén.

Tal es la historia del Antiguo Testamento, con sus períodos


de vida pastoril, agrícola y nacional, hasta acabar en comunidad
espiritual dispersa por doquier. Son acontecimientos mundanales
y corrientes, como el curso de la vida de cualquiera de nosotros.
En ellos se reveló la fidelidad de Dios. (Sobre la fidelidad de Dios
para con Israel después de la resurrección de Jesús, véase el ca-
198-199 pítulo «La Iglesia naciente».)

LA PALABRA DE DIOS

La palabra que revela


Hasta aquí hemos procurado hablar sólo, en lo posible, de
los acontecimientos. Fijémonos ahora en la palabra que actuaba en
Israel desde sus orígenes.
En las danzas, cantos y recitaciones de las reuniones litúrgicas
resonaban cánticos, oraciones y sobre todo narraciones. De este

42
modo comenzó a ponerse en claro el sentido de los acontecimien-
tos. Sólo por la palabra se hace la realidad enteramente real. La
obra de Yahveh solamente aparecía como tal cuando un gran
creyente la mostraba en los acontecimientos.
El efecto directo de la palabra hablada ha desaparecido las
más de las ve'ces en la oscuridad del pasado. No obstante, hay un
período que nos es mejor conocido y que proyecta bastante luz
sobre la función de la palabra en toda la historia de Israel. Es el
período de los profetas, que hablaban al pueblo de Yahveh. Por
su penetración en la fe, se orientaban según los designios de Dios.
Pero Israel no recibía a ciegas a todo el que pretendía hablar
en nombre de Yahveh. Había también falsos profetas. Los verda-
deros profetas se «acreditaban» en razón de su mensaje; éste
se acordaba con la fe pura en Yahveh, con la experiencia de lo
que en verdad es liberador, aportado propiamente por Dios. Este
mensaje fue continuamente objeto de nueva formulación, a través
de generaciones y siempre con creciente espiritualidad. No se acor-
daba con una religiosidad ligera y tibia, ni con los ensueños del
rey y del pueblo. Era muy a menudo un lenguaje duro que provo-
caba la división de los espíritus. Quien era puro de corazón reco-
nocía la alegría del mensaje, la verdadera vocación de Israel.

Alianza
¿Se podría resumir en un término el contenido del mensaje
dado a Israel?
Tal vez en el término «alianza». Alianza quiere decir mutua
unión y amistad. ¿ Unión y amistad entre quiénes ? Entre el pue-
blo mismo y entre Dios y el pueblo. No pueden separarse estas dos
formas de unidad. Estando unidos con Yahveh permanecían sóli- 271
damente unidos entre sí. Manteniendo la unidad entre sí, el pueblo 361-363
permanecía unido con Yahveh.
La predicación trata siempre de la alianza. Su objeto era po-
ner de manifiesto que lo mismo en la historia que en la vida de
cada hombre, la realidad más profunda ha de buscarse y verse
en el ofrecimiento que Dios nos hace de su amistad y fidelidad, y la 452
de la fidelidad y amistad de unos con otros.

La palabra de Dios revelaba así por sí misma otra realidad, 267


que es peculiar de Israel y el cristianismo: el pecado. Ello quiere 431, 443
decir que la defectibilidad no es a la postre una fría imperfección,
ni el dejarse dominar por un poder maligno y extraño, sino una
infidelidad personal a una amistad personal. Eí mal es siempre
algo personal. Israel ve la historia humana como una historia de
amor y, por ende, algo que debe tomarse en serio.

43
50-52 La palabra en la historia entera de Israel
39-40 Qué matiz tenía y qué notificaba la palabra en tiempo de los
patriarcas, es muy difícil de saber puntualmente. Algo nos de-
latan los antiguos nombres de Dios; por ejemplo, «el Fuerte de
Jacob». Tal denominación alude a una alianza entre Dios y Ja-
cob. El comienzo de esta alianza está en Abraham, Isaac y Jacob.
Bien que muy implicada con una imagen primitiva del mundo
y de Dios, fue entonces cuando entró en el mundo esta alianza sin-
gular. Abraham vivía y pensaba ciertamente de modo muy distinto
que nosotros. Pero las experiencias que nosotros tenemos de Dios
las tuvo también él. Somos amigos del mismo Dios. Con razón lla-
mamos a este nómada semibárbaro padre de nuestra fe.
39-40 Del tiempo de la salida de Egipto, cuando comienza a dibu-
jarse la federación de las tribus, se nos han conservado fórmu-
las, como los antiguos «diez mandamientos». Los tres prime-
ros hablan de la alianza con Yahveh, los siete restantes de la
alianza de unos con otros. Y aquí vemos una vez más lo íntima-
mente que depende la unión de unos con otros de la unión de
todos con Yahveh.
Durante los siglos de los jueces surgieron nuevos acuerdos,
cánticos y narraciones que fueron afianzando más y más la alian-
za aún primitiva.
Bajo el reinado de David, para quien el mantenimiento de la
alianza era evidencia primera, nacieron, entre otros, los cánticos
litúrgicos, que llevan el nombre de «salmos». También por en-
42-43 tonces empieza a resonar la voz de admonición de los profetas.
Como ya hemos visto, ésta se dejará oir con mayor intensidad a
medida que avanzan los tiempos de la monarquía. Y denuncia
con negros tintes aquello que es contrario a la alianza: la infi-
delidad para con Yahveh y la dureza de corazón para con el
prójimo. Mediante la trágica imagen de la mujer amada que aban-
dona a su marido, pero a quien su marido no puede olvidar, ha-
blan los profetas del amor y de la ira de Yahveh, y de su deter-
minación de no romper jamás, por su parte, la alianza.
Mientras duraron las calamidades del cautiverio, este último
rasgo de la inagotable fidelidad de Dios aparece en primer plano
como motivo de consuelo y de fuerza. En aquel tiempo, en que
Israel tenía que vivir como rebaño minúsculo, sin patria y sin
templo, entre religiones seductoras e impresionantes, se dio más
clara cuenta de su alianza con Yahveh.
41-42 Esta actitud se mantuvo durante la restauración y dispersión
después del cautiverio. Mantenerse fiel a Yahveh significa hacer
historia y atender al futuro. Esta fe es expresada de múltiples
formas.

44
Narración de los orígenes 56
En los siglos que precedieron y siguieron a la cautividad reso- 252-254
naron también voces que proyectan la luz de Dios no sólo sobre el 408
sentido de la historia de Israel, sino también sobre el de la historia
de todo el linaje humano. La narración de los orígenes, que aparece
ahora al comienzo de la Biblia (Gen 1, 11: Adán y Eva, Caín, Noé,
Babel), recibió entonces su forma. En otra parte expondremos que,
en último término, estos capítulos no se proponen narrar deter-
minados hechos históricos, sino expresar la convicción de que
lo acontecido entre Dios e Israel acontece también entre Dios y
la humanidad entera: el ofrecimiento, por parte de Dios, de la
alianza, contrariada por nuestros pecados. Tal es el profundo
mensaje de estas narraciones imperecederas, que nos conciernen
a todos.

Fenómenos únicos en Israel

El mesianismo
El mensaje sobre la fidelidad de Dios hace que se produzca en
Israel un fenómeno único en el mundo: se aguarda algo de Dios.
Naturalmente, todo hombre ansia la salvación y todas las reli-
giones son siempre una doctrina de salvación. Pero sólo Israel
mantiene la conciencia viva de que esta redención es liberación
de nuestra humana infidelidad, es decir, liberación del pecado.
Sólo Israel tiene además conciencia de que la redención se
cumple en la historia. El mundo camina hacia una «meta». Esta
«meta» reviste desde David una forma concreta: Dios permane-
cerá fiel a la casa de David, como anuncia la voz de los profetas.
En el futuro surgirá de la casa de David una figura que prome-
terá la salvación en nombre de Yahveh. Israel esperaba al envia-
do de Yahveh: el¡ Mesías.

El sentido de la historia 86
El contacto inmediato con el Dios vivo hace a Israel sensible 55, 206
al sentido de la historia. También en esto se yergue Israel solita-
rio en el antiguo Oriente. Este pueblo minúsculo, con una cultura
muy inferior a la de los grandes imperios sus vecinos, llevó a
cabo una obra histórica que no tiene par. Cierto que también en
otros pueblos encontramos muchas narraciones y crónicas. Pero
sólo Israel se interesa por el trasfondo ulterior de los hechos y
su mutua dependencia. Israel está persuadido de que el Dios vivo
actúa en la historia.

45
Monoteísmo
La promesa y el sentido de la historia van estrechamente uni-
dos con otro rasgo de la religión de Israel: el culto de un solo Dios.
Sin duda se dan en otras partes formas de monoteísmo. Así
se dio, por ej., en Egipto el culto al sol por parte del faraón Ec-
natón, y en otras religiones se adoró a un solo Dios como el supre-
mo entre los otros dioses. Pero éstas nunca tienen la consecuencia,
concentración y fuerza que ostenta el verdadero Dios en Israel.
El monoteísmo no es en Israel primariamente una cuestión de
260-276 números. Se trata de algo más profundo y total, de algo que está
lleno de vida, a saber, que Él es único, incomparablemente activo
y salvador. Esta idea de Dios no tiene parangón, ni aun remoto, en
las religiones de aquella época.

La experiencia d-e la cercanía de Dios

Dios está presente por la palabra


La palabra era en Israel el medio de poner la obra de Dios
a su verdadera luz. Pero precisamente por esto era al tiempo algo
más. La misma palabra era una manifestación, una obra de Yah-
veh. Por ella se hacía patente al hombre mísero el creador del
universo.

«Toda carne es heno,


mas la palabra de nuestro Dios permanece eternamente»
(Is 40, 6-8).

Así cantaba el «segundo Isaías» al final de la cautividad. Y


también:

«Como bajan la lluvia y la nieve de los cielos y no tornan


allá,
sin haber empapado y fecundado la tierra
y haberla hecho germinar
para que dé simiente al sembrador y pan para comer,
así será mi palabra, que sale de mi boca:
no volverá a mí de vacío
sin haber realizado lo que quise
y cumplido la misión para que la envié» (Is 55, 10-11).

46
La ley
Por la palabra se acerca Dios a nosotros. También está cerca 356-360
de nosotros por una forma particular de la palabra: la ley, que
es la expresión de la conciencia del pueblo. Por la ley «se tocaba»
a Dios. «Guardadlos y ponedlos en práctica (las leyes y manda-
mientos), porque así seréis sabios y prudentes a los ojos de los
pueblos. Cuando tengan noticia de estas leyes dirán con admira-
ción; esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente. Porque
¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como
lo está Yahveh, nuestro Dios, siempre que le invocamos ? Y ¿ cuál
es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos, como
toda esta ley que yo os presento hoy?» (Dt 4, 6-8).
«Los mandamientos de la ley no están en el cielo de forma
que puedas decir: ¿ Quién subirá por nosotros al cielo para ba-
járnoslos de allí?... Cerca de ti está la palabra, en tu boca y
corazón está...» (Dt 30, 12-14).

La sabiduría
Todavía hay otra expresión por la que Israel describe la pre-
sencia de Dios: la sabiduría. Sobre todo en tiempos tardíos se
empleó esta palabra, tan densa de sentido, para expresar la presen-
cia de Dios:

«Toda sabiduría viene del Señor


y en Él permanece por toda la eternidad.
Las arenas del mar, las gotas de la lluvia
y los días de la eternidad, ¿ quién podrá contarlos ?
La altura de los cielos, la anchura de la tierra,
y la profundidad del océano ¿quién podrá alcanzarlos?
Antes que todo fue creada la sabiduría,
y la luz de la inteligencia existe desde la eternidad.
La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las
alturas,
y sus caminos, los mandatos eternos» (Eclo 1, 1-5).

Detengámonos un momento para profundizar en esta noción de


sabiduría. Partimos de nuestro propio mundo moderno.
Sin duda puede llenarnos de profunda admiración la contem-
plación del cuadro en el que en breves letras y cifras se indican
todos los elementos de que se compone nuestra tierra. Es lo que
llamamos el «sistema periódico». ¡ Qué extraordinaria y sutil inte-
ligencia humana ha sido menester para elaborarlo! Y, sin embargo,
ello no es más que una reflexión, una pesquisa, acerca de lo que

47
hay ya en las cosas, de lo que originariamente había sido pensado
por una sabiduría ya existente.
Se han hecho investigaciones sobre la migración de las aves. Se
ha llegado a descubrimientos de una admirable profundidad de
comprensión. Pero ¡ cuan grande no debe ser la sabiduría que,
con poder creador, ha hecho que se den en las aves todas esas
modalidades de vuelo!
Es encantadora la sabiduría de algunas personas — d e una pa-
trona u hotelera, de un amigo, de una amada— que saben en-
contrar el tono adecuado y la palabra suave que despierta alegría.
Pero ¡ qué sabiduría supone haber ideado este corazón que en-
cuentra tales palabras y no menos el otro que puede recibirlas!
A todo lo que existe antecede una sabiduría sutil y penetrante,
que hace crecer en el mundo la estructura, la vida, el conocimien-
to y la sabiduría. Esta sabiduría viene de Dios. Israel habla a ve-
ces de ella como de una realidad creada; otras veces, como de un
aspecto del mismo Dios. Es el semblante de Dios que se vuelve
hacia el mundo, que se ocupa de nosotros los hombres.
La admiración y agradecimiento va a veces tan lejos que se
habla sobre esta sabiduría como sobre una persona. No es que se
la piense como persona; es sólo un modo especial de representar-
la. Con imágenes poéticas se le hace decir:

«Antes que los abismos fui engendrada...


Cuando asentó los cielos, allí estaba yo...
Cuando echó los cimientos de la tierra
con Él estaba yo, como arquitecto...
recreándome en el orbe de la tierra...» (Prov 8, 24-31).

En el libro de la Sabiduría se lee:

«Pues en ella hay un espíritu inteligente, santo,


único y múltiple, sutil,
ágil, penetrante, inmaculado,
cierto, impasible, benévolo, agudo, libre, bienhechor, aman-
te de los hombres, estable, seguro, tranquilo,
todopoderoso, omnisciente,
que penetra todos los espíritus,
los inteligentes, ios puros, los más sutiles...
Porque es un hálito del poder divino,
una emanación pura de la gloria del Omnipotente,
por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es mi re-
flejo de la luz eterna,
un espejo sin mancha de la actividad de Dios,
una imagen de su bondad» (Sab 7, 22-23.25-26).

48
Un moderno hombre de ciencia ha hecho notar que lo único al
parecer constante e inmóvil en la materia, que continuamente cam-
bia y se deshace, son las leyes de la naturaleza. Esto puede ser-
virnos, por similitud, para comprender mejor la forma en que se
presenta a Israel la sabiduría de Dios. En efecto, el libro de la
Sabiduría prosigue:

«Aunque es única, lo puede todo;


permaneciendo la misma, todo lo renueva.»

La manifestación suprema de esta sabiduría está en el hombre


no sólo en su entendimiento, sino en su vida entera: en su bon-
dad y santidad. El texto prosigue así •

«De una generación a otra, se derrama en las almas


santas,
y de ellas hace amigos de Dios y profetas» (Sab 7, 27).

Es lo más excelso que hay sobre la tierra. El autor sagrado


dice un poco más adelante.

«Yo la amé y anhelé desde mis años mozos;


me esforcé por hacerla esposa mía» (Sab 8, 2).

«Palabra», «ley», «sabiduría», son modos de expresar lo mis-


mo, a saber, que el Dios vivo condescendió a tratar con Israel y
el mundo. Si nos hemos detenido algo más en la expresión «sabi-
duría», es porque este concepto no es apenas atendido en nuestra
predicación. Pero nos hemos detenido sobre todo en este concepto,
porque la «sabiduría», lo mismo que la «palabra», es manifestada
en el Nuevo Testamento como un «alguien». Pablo habla de Cristo
usando los mismos términos que el Antiguo Testamento aplica a
la sabiduría «Él es el reflejo de su gloria (la de Dios)» (Heb
1, 3). «Él es imagen del Dios invisible», pues «en Él fueron crea-
das todas las cosas en los cielos y sobre la tierra... Todo fue
creado por Él y para Él. Él es ante todo, y todo subsaste en Él »
(Col 1, 15-17). Dios nos viene al encuentro en una persona muy
concreta. la del Verbo, que se hizo carne.
En la palabra, en la ley y en la sabiduría tuvo lugar un primer
contacto, velado, del Hijo de Dios con la humanidad. Así se pre-
paró la encarnación del Verbo, la aparición de la sabiduría. A ve- 81-82
ees puede ser aconsejable volver los ojos a estas descripciones
cósmicas del Antiguo Testamento, a fin de darnos más y más cuenta
de lo profundamente que, en toda realidad de este mundo, está
478-4:
actuando entre nosotros Cristo.

49
{
LA SAGRADA ESCRITURA

¿ Se ha diluido acaso en el aire la palabra dirigida a Israel ? La


mayor parte de ella seguramente. Pero algo, su núcleo precisamen-
te, cristalizó en escritos. La palabra ha sido consignada por escri-
to. Algo tan santo está en medio de nosotros. La revelación de
Dios en el desierto está en las estanterías de nuestra biblioteca.
La palabra de Dios nos ha sido transmitida.
¿ Cuándo se puso todo esto por escrito ? Algo desde el tiempo
de David aproximadamente (1000 a. de Cr.) y posteriormente a
lo largo de toda la historia de Israel. El Antiguo Testamento es
una colección de escritos, sobre los que se trabajó durante más de
mil años. A menudo, ni siquiera los diferentes libros particulares
fueron escritos de una sola vez. Muchos fueron surgiendo lenta-
mente, a la manera de las catedrales, en las que se trabajó siglos.
Un ejemplo es el libro del Éxodo: Leyes de la época de David se
entremezclan con otras posteriores a la cautividad. Se trata de un
código que va desarrollándose a par del propio pueblo. También
el libro de los Salmos fue creciendo de esta forma. Entre el salmo
más antiguo y el más reciente tal vez hayan transcurrido 800 años.
El Antiguo Testamento refleja la larga existencia de un pueblo.
Se podría comparar con una antología literaria que contuviera,
desde los orígenes a la actualidad, el núcleo de nuestra literatura
en toda su variedad. La diferencia está en que la literatura de
Israel está orientada hacia los grandes hilos conductores de este
«pueblo de Dios»: Dios se propone salvar a este pueblo y con él
al mundo entero.

¿ Cómo nació la Biblia ?


Gracias a las investigaciones sobre la lengua y el estilo, cabe
distinguir con creciente precisión las fases particulares de la com-
posición de la Biblia. Para quienes se interesen por el tema damos
seguidamente una síntesis, al tiempo que nos excusamos ante quie-
nes opinen que así se interrumpe el carácter de predicación del
presente capítulo.
La primera fase es la de los autores yahvistas y elohístas
(Y y E) de la monarquía antigua (hacia 1000-750). Ellos escribie-
ron la historia de su tiempo (por ej., 2 Sam 9 - 1 , Re 2 : «la
dinastía de David», uno de los primeros grandes y clásicos frag-
mentos de la Sagrada Escritura). En estos círculos se escribieron
también acontecimientos de tiempos antiguos, que se habían trans-
mitido oralmente. Fragmentos muy antiguos son, por ej., los diez
mandamientos, el salmo 29, el cántico de Débora en Jue 5. Tam-

50
bien la historia del paraíso (Gen 2-3) es ejemplo de un tema an-
tiguo fijado y puesto por escrito en los medios yahvistas y elohístas.
En general, puede decirse que lo fundamental del Pentateuco (los
cinco primeros libros del Antiguo Testamento) se compuso en
esta fase.
El segundo período de los orígenes de la Escritura está rela-
cionado con el movimiento profético. Se lo puede fechar entre los
años 750 y 500. En este tiempo se compusieron no sólo la mayor
parte de los libros proféticos, sino también Josué, Jueces, 1-2 Sa-
muel, 1-2 Reyes. Además se refundió y coleccionó de nuevo la
literatura anterior. El ejemplo más saliente es la nueva redacción
de la ley en lenguaje profético, la «segunda ley» o Deuteronomio.
De ahí el nombre de escuela deuteronómica (D) que se da a la
literatura de este tiempo.
Finalmente, hay que mentar también la producción literaria re-
ligiosa después de la cautividad. Sus autores fueron sobre todo
sacerdotes. De ahí el nombre de escuela sacerdotal (P=alemán,
Priester). Esta escuela continúa la historiografía nacional (1-2 Pa-
ralipómenos, Esdras, Nehemías). En este tiempo se refundieron
definitivamente los antiguos libros ya existentes (el relato de la
creación de Génesis 1 pertenece a este período). Muchas leyes,
salmos y proverbios fueron admitidos en la Sagrada Escritura.
Hacia el año 200 surge en el seno de la comunidad de fe autén-
tica, formada por judíos que vivían fuera de Palestina, la versión
griega de la Sagrada Escritura. Se llamó la versión de los Setenta
y fue la Biblia preferentemente usada por los apóstoles.
Si quisiéramos caracterizar de forma brevísima los estilos de
las varias escuelas, diríamos que Y y E son primitivas, D cálida
y P clara. De este modo, la evolución entera de un pueblo se re-
fleja en la Escritura.
No hemos de imaginarnos el conjunto de este proceso como
si los autores fuesen conscientes de que estaban componiendo la
«Sagrada Escritura». Sobre la inspiración del Espíritu Santo en 64
la génesis de la misma hablaremos más adelante.

Digamos también unas palabras sobre las fases en que la Es- 204
critura fue admitida como canónica, es decir, como libro oficial-
mente sagrado. Sabemos que cuando, hacia el año 450 a. de Cr.,
los samaritanos se separaron de los judíos, se llevaron consigo el
Pentateuco («la Ley»). De ahí cabe deducir que por entonces sólo
el Pentateuco era tenido por canónico.
Hacia el 300 a. de Cr., como se puede demostrar, eran tenidos
por canónicos los libros proféticos y Josué hasta los Reyes inclu-
sive (que los judíos llamaban «libros proféticos»). Los restantes
libros (que los judíos llamaban «escrituras») no gozaban en el

51
Antiguo Testamento de una delimitación canónica tan precisa. Por
el tiempo en que se hizo la traducción griega de la Biblia, se suma-
ron, procedentes de la comunidad de fe auténtica de judíos que
vivían en la diáspora (o dispersión), algunos libros que no están
contenidos en la Biblia hebraica. Talen son: Tobías, Judit, partes
de Ester, 1-2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y par-
tes de Daniel.
Hasta el año 200 aproximadamente fueron estos libros propie-
dad indiscutida de la Iglesia. Pero llegó un momento en que no
parecieron tan adecuados para el diálogo con los judíos, los cuales,
hacia el año 100 d. de Cr., habían vuelto al canon hebreo. Esta
cuestión se convirtió entonces en motivo de discusión dentro de la
primitiva iglesia. La tradición católica los cuenta entre los libros
de la Biblia, la reforma calvinista no, la luterana los pone de
apéndice a la Biblia como lectura edificante. La cuestión no es tan
importante como pudiera parecer. El que estos libros, por lo de-
más muy hermosos en su mayoría, formen parte de la Escritura,
no significa que sean tan importantes como los otros. No enrique-
cen esencialmente la revelación.

En la transcripción de los nombres bíblicos hubo diferencias


entre católicos y protestantes. Los católicos siguieron -en este pun-
to la versión de los Setenta; tomaron, pues, los nombres tal como
fueron transcritos en griego hacia el año 200 a. de Cr. La refor-
ma protestante siguió la transcripción fijada por los judíos en la
primera edad media, cuando se añadieron las vocales a las pala-
bras hebreas (el hebreo no tenía propiamente vocales). Aquí segui-
mos la transcripción corriente en España.

Los géneros literarios


145 Hasta qué pmnto se han de tomar a la letra
las narraciones bíblicas
Los datos que acabamos de indicar no son necesarios propia r
mente para la inteligencia de la Sagrada Escritura. Ahora vamos
a ocuparnos de otro punto que tiene más importancia para enten-
der la Escritura, y es que, en el Antiguo Testamento, se dan va-
rios «géneros literarios». Detengámonos aquí un momento.
Por «género literario» se entiende «la manera en que un es-
critor emplea el lenguaje». Una ley o una descripción arquitectó-
nica emplean distinto lenguaje que un poema. En un caso se trata
de describir con la mayor exactitud posible; en el otro, de suge-
rirnos algo. Una novela usa un género literario distinto al de un
atestado. En un caso se trata de una narración, fiel a la vida y
que muestra «al hombre», pero que no es necesario aconteciera

52
tal como se describe; en el otro, se trata de enumerar con exacti-
tud hechos efectivamente acontecidos, reconózcase o no en ellos
la auténtica vida del hombre.
Sin darnos cuenta de ello, nosotros mismos empleamos frecuen-
temente, al hablar o escribir, distintos géneros literarios. El que
ha sido, por ejemplo, testigo de un accidente en que ha muerto
un niño, relatará el mismo hecho de modo muy distinto a la poli-
cía y a los padres de la víctima, o a su propia mujer. Tres géneros,
en cada uno de los cuales las mismas cosas se dicen de distinta
manera: unas se omiten y otras pasan a primer término. Diversas
personas usan frecuentemente de diversos «géneros literarios».
Hay quien narra con tal precisión y objetividad, sin interesarse
íntimamente por lo que dice, como si estuviera redactando un ates-
tado policíaco; otro exagera un tanto las cosas, a fin de captar en
su relato algo vivo del acontecimiento. Si no se conoce al que
habla, es fácil cometer un error. En el primer caso se dirá que al
que habla no le importa nada de lo ocurrido; en el segundo, que
miente. En realidad, se trata de dos lenguajes distintos.
Todo lo que se dice y escribe debe juzgarse según su género
literario. De lo contrario, la equivocación es segura. El género
puede distinguirse según familias, grupos sociales y regiones. Una
misma palabra puede evocar matices diferentes según el contexto,
la provincia, el autor.
También según el tiempo pueden darse distintos géneros lite-
rarios. Una breve palabra en nuestro tiempo puede contener tanta
pasión como la que expresa toda una larga parrafada de hace
30 años. Si no se tienen en cuenta estas diferencias, es fácil con-
fundir el sentido de lo que se dice.
De hecho, en la interpretación del Antiguo Testamento, se han
cometido equivocaciones. Si una distancia de unos centenares de
kilómetros o una treintena de años de historia dan lugar a equi-
vocaciones, ¡ qué fácil no será entender mal el Antiguo Testamen-
to, que nos introduce en un mundo totalmente otro que el nuestro,
y que está separado de nosotros por un intervalo de 2000 a 3000
años!
Estos errores han sido particularmente frecuentes en lo que
se refiere a los relatos históricos. Se ha querido interpretar las
narraciones de acuerdo con nuestras ideas actuales, como un in-
forme que ha de tomarse más o menos a la letra. Pero no siem-
pre es éste, en absoluto, el género literario de la Biblia. La narra-
ción, por ej., de la creación, con sus seis días, es un poema, cuyo
fondo no es otro sino que todo procede de la mano de Dios. La
forma es una invención maravillosa, pero no un informe. A ello
aludió ya, entre otros, santo Tomás de Aquino en el siglo XIII.
Que la narración sobre Adán y Eva no debe ser tomada por 44

53
452 relato histórico, es algo que sabemos de poco tiempo a esta parte.
408 Trata, como ya hemos dicho, del hombre. Esto, desde luego, se
sabía ya antes; pero, por faltar otras fuentes, se tomaban también
los nombres y pormenores como verdad histórica. Lo mismo hay
que decir de los capítulos 2-11 del Génesis.
A partir de Génesis 12, se sigue contando los sucesos como
historia, pero del modo como este pueblo entiende la historia. Lo
que importa a Israel es presentar en primer término las líneas fun-
damentales del acontecimiento. Y ya hemos visto antes cuáles son
estas líneas centrales: la alianza creadora de Dios, la humana
infidelidad, la salvación que sólo viene de Dios. Israel había expe-
rimentado estas cosas en acontecimientos. Como todos los gran-
des hechos humanos, aquellos acontecimientos iban ligados a gran-
des experiencias internas. Y también éstas forman parte de los
hechos. Un acontecimiento es como un témpano sobre el océano,
del que emerge una décima parte sobre el nivel del agua, otras
nueve partes quedan sumergidas. La experiencia interna constitu-
ye la mayor parte del acontecimiento. Un grupo de nómadas veja-
dos y oprimidos escapa a sus opresores a través de un brazo del
mar Rojo secado por el viento. Una impresionante experiencia, que
un pueblo entero no se cansa de contar. Pero entonces no se cono-
cía aún el arte de describir psicológicamente una experiencia íntima,
como acontece, por ej., en la novela moderna. Este género litera-
rio no existía por aquellas fechas.
¿ Cómo reproducir entonces en palabras las nueve décimas par-
tes del témpano, la conciencia de haber sido ayudados por Yahveh ?
Se llegó a la formulación de esta gran experiencia por medio de
un relato grandioso. Era el género literario de este pueblo. Se exa-
geraron los hechos exteriores para hacer justicia a la magnitud
de la experiencia. Así nacieron narraciones de inmortal belleza,
que, precisamente por sus hipérboles, nos hacen ver los aconte-
cimientos mucho mejor de lo que sería capaz una documentación
objetiva.
Así, por ejemplo, en el libro del Éxodo (17, 8-13) se describe
la batalla que el pueblo hubo de librar contra los amalecitas. So-
bre el monte estaba Moisés con los brazos extendidos. Si dejaba
caer los brazos, Israel era derrotado; cuando los levantaba, ven-
cía Israel. Por la tarde estaba tan cansado que dos hombres hubie-
ron de sostenerle los brazos. ¡ Qué acertadamente se expresa aquí
lo que sucedía: El caudillo puesto por Dios llevaba al pueblo a la
victoria! Toda la experiencia interior y exterior se condensa en
la imagen del hombre con los brazos extendidos.
El Antiguo Testamento está lleno de magníficos pasajes de esta
índole. Ya vimos que se trabajó durante siglos en la elaboración
de estos libros. De este modo se yuxtaponen a veces dos repre-

54
sentaciones de un mismo hecho. Así leemos, por ejemplo, en el
relato del paso del mar Rojo que un viento de oriente dejó seco
el brazo de mar (Éx 14, 21). Dios intervino mediante un conocido
fenómeno natural. Pero los salmistas y narradores que vinieron
luego, hallaron otra explicación que condensaba la misma expe-
riencia: el agua se levantó a derecha e izquierda como una mu-
ralla. También esta explicación se consignó en la narración, y se
puso inmediatamente después de la anterior (Éx 14, 22). Al relatar
de nuevo lo sucedido, pero en mayores dimensiones, se convirtió
este acontecimiento en prototipo de toda salvación.

Tal vez nos maravillemos de la libertad con que se procedía.


Pero se trata justamente del género literario de aquel tiempo, y no
del nuestro. Esta libertad está íntimamente relacionada con un
vivo sentido de la unidad de la historia. El escritor estaba profun-
damente persuadido de que el mismo Dios que obraba en la actua-
lidad había obrado en el pasado. De ahí que se atreviera a tras-
ladar a las viejas narraciones sus propias experiencias. La apos-
tasía, por ejemplo, del pueblo en el desierto fue descrita como un
«baile en torno al becerro de oro». Esto coincide exactamente con
la forma en que el escritor de los años de la monarquía entendía
ta «apostasía»: el servicio a los becerros en Israel. No podía pre-
sentar más claramente a sus lectores la apostasía del desierto. Al
mismo tiempo creó así un símbolo de la apostasía para todos los
tiempos.
De modo general, podemos decir que, como hemos visto, el gé-
nero literario de Israel gusta de transformar experiencias internas
en narraciones concretas. Un excelente ejemplo nos lo ofrece la
vocación de Samuel. Un joven no sabe si está llamado o no. Me-
dita sobre su vocación. Unas veces piensa que sí, otras que no.
Durante la noche se atormenta cavilando. Lo consulta con otros.
Un escritor moderno describiría todo este proceso con precisión
-psicológica. Pero Israel hizo de él la narración tan sublime como
sencilla, que leemos en 1 Sam 3.
Si no se tiene en cuenta el género literario de Israel, se podría
pensar que Dios habló literalmente, cuando leemos: «Dijo Dios...»
(a Jeremías, a Moisés, a Abraham). Pero Dios no tiene por qué
emitir sonidos humanos. Se trata de la certidumbre de fe que Él
comunica. Abraham es el padre de los creyentes.

Al decir todo esto, ¿no hemos empequeñecido y rebajado la re-


velación de Dios a Israel ? Porque ya, en los relatos de milagros,
hemos sospechado que frecuentemente se trata de acontecimientos
que, bien mirados, no parecen tan extraordinarios. Y del hablar
de Dios decimos que fue sobre todo un habla interior.

55
4+4S Pero ¿hay derecho a llamar a esto empequeñecimiento? Todo
lo contrario, así tenemos vista libre para est? gran milagro de
Israel: su historia entera. Un pueblo ordinario con una historia
extraordinaria se destaca fundamentalmente de los otros. En esto
radica el verdadero caudillaje de Yahveh. Los relatos de libera-
ciones y los prodigios son la calderilla en que se extiende ante nos-
otros esta gran suma.
El milagro no está en que Dios hablara a Israel con frases sen-
sibles, sino en que de este pueblo minúsculo haya salido la voz
con que habla Dios a toda la humanidad. Tal es la profunda sig-
nificación de los pasajes en que leemos: «Dijo Dios...» Recono-
cemos la epifanía (aparición) de Dios en su diafama (transparen-
cia) en la historia y voz de Israel. No nos dejemos engañar por
las ilustraciones a la historia bíblica al estilo del siglo xix, en que
se dibujaban nubes, rayos y triángulos en el aire. En los trabajos
y en el hablar de hombres, nos dio Dios su revelación única.
44-45 Una cosa hay que tener aquí bien presente, y es que se trata
351-352 de verdadera historia. Israel fue realmente coriducido por sucesos
201-204 y palabras a lo largo de su historia. No se trata de un mito, ni de
316 una fábula intemporal. Aun los relatos de Génesis 1-11, que no
45 reproducen ningún acontecimiento determinado, dan a entender que
la humanidad avanza y se hace su propia historia.

Apenas se abre el Antiguo Testamento, el lector se pregunta


hasta qué punto sucedió literalmente ésta o la otra historia.
A esta pregunta pueden darse globalmente tres respuestas:
Primera: Las personas en la historia de los patriarcas son his-
tóricas y muchos de sus rasgos se remontan en efecto a aquellos
tiempos. Las líneas generales del éxodo o salida de Egipto y
muchos pormenores se remontan al tiempo en que sucedió. En la
historia posterior, la línea fundamental del relato reproduce, en
verdad, los hechos acaecidos.
La segunda respuesta es que en las obras científicas se podrán
encontrar indicaciones más precisas acerca del grado de «litera-
lidad» que corresponde a las diversas narraciones; pero, a pesar
de esto, hasta la ciencia más exacta está aún llena de incertidum-
bre. Y es que un género literario de otro tiempo no puede ahora
verterse exactamente en fórmulas determinadas. En parangón con
las tendencias de hace cincuenta años, tal vez demos ahora nosotros
en el extremo contrario y tengamos muchas narraciones por menos
literales de lo que fueron en realidad. Tal vez sucedieran realmen-
te más cosas extraordinarias, externamente perceptibles, de lo que
108-109 a menudo pensamos actualmente. ¿Por qué han de acontecer hoy
455 día cosas semejantes en Lourdes, y no antaño en Israel? Acaso
hiciera Dios resonar realmente para los hombres de entonces como

56
revelación una voz exterior, de forma que, a pesar de todo, mu-
chas narraciones debieran entenderse literalmente.
Y viene ahora nuestra tercera respuesta, que esclarece una
parte esencialísima de todo el problema. A decir verdad, no im-
porta tanto conocer el grado de «literalidad» exterior. Entregué-
monos a la narración, tal como la tenemos delante. Metámonos en 202
ella. Podemos estar seguros de que la parte auténtica del aconte- 315-316
cimiento, las nueve décimas partes del témpano, penetrarán en
nuestra alma. El que vive los relatos, vive la historia de Israel.
Por eso no es tan trágico el que, durante tanto tiempo, se desco-
nociera la noción de género literario y se tomaran al pie de la
letra muchos relatos, por ejemplo, la historia del paraíso terrenal.
También así se comprendió el mensaje de la creación, del pecado
original y de la torre de Babel. ¿ Qué quita ni pone al mensaje
propiamente dicho creer que Dios habló a Abraham con palabras
sensibles o no ? También el que cree en la literalidad sabe que a
la postre no es eso lo que importa; lo importante es Dios, que
dirige un llamamiento al corazón del hombre.

Los géneros literarios de la Biblia son aún hoy día


accesibles
Una cuestión postrera se nos impone. Ya hemos indicado lo
remotos que nos resultan los géneros literarios de la Biblia. Sien-
do esto así, ¿puede un hombre moderno notar que aún le dicen
algo? ¿Puede tomarlos en serio?
En esto se ve bien claro lo ventajoso de que Israel tuviera
tal sensibilidad para captar la unidad de la historia. En los anti-
guos acontecimientos ponía justamente de relieve lo que aún hoy
día conserva su validez: la manera en que Dios actúa, las grandes
líneas. Por consiguiente, los géneros literarios de la Biblia están
ordenados a destacar en cada narración algo umversalmente hu-
mano. Es un espejo en que se ve el hombre y, por ende, nosotros.
Por eso, los relatos bíblicos nos son aún próximos.
Y están también particularmente cerca de nosotros, por ser a
menudo tan maravillosos. Poseen lo eternamente humano de las
grandes obras de arte. Se los podría comparar con las grandes
estatuas de los faraones del desierto de Egipto. Tampoco los fa-
raones que allí se reproducen están siempre retratados con exac-
titud. Y, sin embargo, estas antiguas imágenes muestran más al
hombre (y, por tanto, también a los faraones) que los muñecos de
cera, de desconcertante exactitud, en el gabinete de Madame Tus-
saud. Así también, los relatos bíblicos pueden decirnos más acerca
del hombre a los ojos de Dios, que no mucha., de las narraciones
de nuestra misma época. Además, las expresiones y símbolos bíbli-

57
eos están llenos de vida y humanidad auténtica. Propiamente ha-
blando, no envejecerán, mientras el hombre tenga cuerpo La Biblia
emplea palabras —abismo, roca, agua, luz, mano, oído, muerte,
vida— que entienden lo mismo el astronauta en la cabina espa-
cial que el ama de casa en la cocina.

Los libros del Antiguo Testamento


Creemos prestar un servicio al lector con la lista que sigue.
El título de los libros del Antiguo Testamento tiene un timbre
extraño para muchos oídos. Por eso tal vez sea oportuno un cua-
dro de conjunto. Los presentamos en el orden que se ha formado
50 con el tiempo, que no corresponde ni al orden de su composición,
51 ni al de su inclusión en el canon (o lista oficial); se trata más bien
52 de un orden sistemático.

El Pentateuco
La Biblia comienza con el libro del Génesis, que es como decir
«de los orígenes». Vienen al principio las narraciones de los co-
mienzos, a las que sigue la historia de los patriarcas.
El Éxodo, que quiere decir «salida», comienza prácticamente
con la vocación de Moisés, siguen las diez plagas de Egipto, el
comienzo del éxodo propiamente dicho, el relato del Sinaí y muchas
leyes.
El libro siguiente, Lemtico, recibe su nombre de los levitas,
que desempeñan un papel principal en el culto. Más de un lector
que comenzó lleno de ánimo la lectura de la Biblia, se estancó en
este libro, que contiene, en efecto, tras algunos relatos sobre Aarón
y sus hijos, innumerables prescripciones relativas al culto. Por lo
demás, no es de aconsejar leer la Biblia de un tirón, como no hay
quien eche mano de una estantería de libros para leerlos seguidos
de izquierda a derecha.
El libro de los Números se llama así por el censo del pueblo
que en él se contiene. Israel peregrina aún por el desierto. El libro
relata hechos de esta peregrinación y añade nuevas leyes.
El Deuteronomio, es decir, «segunda ley», resume en lenguaje
inflamado la ley y el éxodo. Este libro, compuesto durante la mo-
narquía, respira el espíritu de los profetas, y es una visión pro-
fética del éxodo. Termina con la muerte de Moisés. Estos cinco
libros (que en su conjunto se llaman «La ley» o el Pentateuco) se
atribuyen tradicionalmente a Moisés. Esto no quiere decir, natu-
ralmente, que él los escribiera materialmente, sino que, al comien-
zo de la legislación, fue él la figura descollante.

58
Los libros históricos
El libro de Josué describe episodios de la conquista de Canaán.
Termina con la federación de las tribus en Siquem.
El libro de los Jueces trae la historia del tiempo en que no
había rey en Israel. En tiempos de tribulación surgía un juez,
un liberador. En ningún otro libro de la Escritura se ve tan
claramente el primitivismo y barbarie de la humanidad con quien
quiso tratar Dios. Sólo lentamente la irá Él transformando según
sus deseos.
A Jueces sigue el libro de Rut, con su encantadora historia
sobre la juventud de una tatarabuela de David.
1-2 Samuel relatan los comienzos de la monarquía; 1-2 Reyes
hablan sobre los monarcas siguientes hasta la cautividad de Ba-
bilonia.
1-2 Crónicas relatan una vez más la historia desde David a
la cautividad de Babilonia. Al comienzo se aducen listas de nom-
bres desde Adán a David. El estilo del libro es «más exacto»,
pero de menos fuerza y colorido que los de Samuel y los Reyes.
Se presta especial atención al culto. El libro procede de círculos
sacerdotales de después del cautiverio.
Muy breves son los libros de Esdras y Nehemías, que narran
cómo los cautivos volvieron a las ruinas de Jerusalén, reconstru-
yeron la ciudad y reorganizaron la comunidad.
Siguen tres relatos sobre la intervención salvadora de Dios,
los libros de Tobías, Judií y Ester.
Al final de los libros históricos vienen 1-2 Macabeos, que na-
rran la lucha de los hermanos Macabeos contra los ocupantes si-
rios durante el siglo n a. de Cr.

Los libros poéticos y sapienciales


Siguen ahora en la Biblia los «libros poéticos y sapienciales».
Abre la marcha un gran poema, dramático e impresionante,
sobre el dolor humano y la cuestión de la justicia de Dios: el 20-21
libro de Job.
El libro plantea la cuestión del porqué y es un grito en de-
manda de respuesta directa de Dios. Dios se revela al final en
la grandeza de la naturaleza como Alguien cuyos pensamientos no
están a nuestro alcance. El libro da una respuesta como podía
darse antes del advenimiento de Cristo.
Al libro de Job siguen los Salmos, la colección poética más 307
leída de la humanidad. Como una gota de agua refleja todo el
paisaje, así se descubre en el salterio toda la Sagrada Escritura
en forma de oraciones y cánticos. Son como un sondeo en el

59
alma del hombre veterotestamentario. Muchos salmos son atri-
buidos a David, Pero es un caso semejante al de Moisés y el
Pentateuco. David es la gran personalidad al comienzo de esta
forma literaria; de ahí que se atribuyan a su nombre muchos
salmos compuestos después de él. Se admite con certeza que en
el salterio hay salmos auténticamente davídicos; pero no sabemos
exactamente cuáles. Hay que buscarlos sobre todo en los 40 pri-
meros ; tal vez el 18 (17).
Asi como David es el hombre de los salmos y Moisés el de las
leyes, así muchas sentencias sabias son atribuidas a Salomón.
Por ejemplo, el libro de los Proverbios, que sigue a los salmos.
Se trata de una colección de máximas de vida práctica, resumidas
en breves proverbios. A las sentencias antecede un himno, en
que se cuenta el origen divino de la sabiduría.
El Eclesiastés es también un libro sapiencial, pero más corto
y de otro ambiente. Denuncia deficiencias conceptuales que apa-
recen en otras partes del Antiguo Testamento. Alguien lo ha
llamado la bancarrota del Antiguo Testamento. Precisamente por
ello, este libro, bellamente escrito, crítico y un tanto pesimista,
resulta ser una preparación para el Nuevo Testamento.
291 Sigue el Cantar de los cantares, título que está calcado sobre
ra el hebreo. Es una colección de arrebatados poemas de amor.
El libro de la Sabiduría es una Joa a la sabiduría de Dios y
a su acción en la historia de Israel.
El Eclesiástico (libro de la Iglesia) es una colección de má-
ximas de sabiduría práctica, compuesta hacia el 200 a. de Cr. por
un tal Jesús ben Sirac (Sirácida). Es cosa singular cómo esta
sabiduría, tan sobria y práctica, nos habla aún hoy día, siendo
así que el libro fue escrito para una sociedad patriarcal, total-
mente distinta de la nuestra.

42-43 Los libros proféticos


Queda por mentar un género de libros que son los más ar-
dientes e inflamados que contiene el Antiguo Testamento. Son los
libros proféticos, que pintan la lucha por la fidelidad a Yahveh
por parte de un pueblo que una y otra vez es sorprendido con el
hurto en la mano. En ellos resuena aún el eco de las palabras
que se oyeron un día por las calles y plazas de Jerusalén, y los
oráculos de Dios que fueron puestos por escrito.
Vienen primeramente los cuatro «profetas mayores», así lla-
mados porque sus libros son más extensos. Isaías vivió unos 150
años antes del cautiverio. Es el profeta clásico cuya palabra gol-
pea y consuela. La última parte, del capítulo 40 hasta el final,
i espira consuelo y aliento, y procede de discípulos posteriores de

60
su escuela. Los capítulos 40-55 (el «Deutero-Isaías») son particu-
larmente brillantes.
Sigue el libro de Jeremías, poeta muy delicado, dotado de
cálida sensibilidad para hombres, animales y plantas. En él pug-
nan la necesidad de ternura y la dureza de su mensaje. Jeremías
vivió en momentos de terrible vicisitud: inmediatamente antes de
la cautividad y a los comienzos de ella. A Jeremías siguen tinco
Lamentaciones, probablemente una liturgia que debía celebrarse
ante las ruinas de Jerusalén. No son del mismo Jeremías. Después
viene una profecía, atribuida a Baruc, discípulo de Jeremías, y
una carta a los cautivos, que se supone también de Jeremías. El
haber atribuido a Jeremías estas tres últimas obras es una prueba
de lo vivo que se conserva el recuerdo del gran profeta.
Con Ezequiél nos hallamos en plena época del cautiverio de
Babilonia. En su denso libro hay siempre algo que contemplar:
acciones simbólicas, visiones, comparaciones muy elaboradas. Ter-
mina con una visión esperanzadora de los tiempos nuevos y del
nuevo templo.
Daniel es de carácter completamente distinto a los anterio-
res. La primera parte consta de narraciones; la segunda, de vi-
siones en que, por medio de misteriosos ensueños, se presentan
las grandes fuerzas impulsoras de la historia. Siguen aún dos
narraciones: Susana y Bel y el dragón.
A estos cuatro «profetas mayores» siguen los doce «menores»,
así llamados por la menor extensión de sus escritos. Oseas, el
marido abandonado por su mujer. El matrimonio roto le hace
comprender el drama entre Yahveh e Israel. Joel, que hizo resonar
su voz en tiempo de una espantosa plaga de langostas. Amos, el
campesino del reino del norte, con lenguaje granítico, es el más
antiguo profeta, cuya palabra escrita ha llegado hasta nosotros.
Abdúts sólo nos ha dejado una página con oráculos de venganza,
que, sin embargo, _no debemos separar del resto del movimiento pro-
fético. Jonás, un libro que se halla desde luego entre los profetas
menores, pero que difiere mucho de ellos. Es una narración ficticia
que contiene el mensaje de que Dios se compadece de todos los
hombres. Miqueas es contemporáneo de Isaías. Su profecía con-
tiene las palabras sobre la descendencia de David, oriunda de Be-
lén, de donde saldría un día el Redentor. Muy breves son los
oráculos de Nakúm contra Nínive; los de Habacwc, con su potente
cántico al final, y los de Sofonías sobre el día de Yahveh.
Hay, finalmente, tres profetas del tiempo de la restauración
después de la cautividad. El primero es Ageo; sigue Zacarías,
cuya profecía, difícil, pero rica, habla también del futuro Redentor,
que será manso y montará sobre un pollino. Por fin, Malograos,
habla de la venida de Dios para desterrar toda miseria y necesidad.

61
No es un libro de edificación
Muchas cosas hemos dicho hasta aquí acerca del Antiguo Tes-
tamento ; pero quien ahora lo hojee por su cuenta, sentirá que
todos esos bellos y pulidos pensamientos se le deshacen como el
humo. El libro es, por sí mismo, de subyugante magnificiencia, y
al tiempo, áspero como un paisaje de montaña.
Nuestra perplejidad en la lectura puede provenir de que espe-
ramos encontrarnos con un libro piadoso y edificante, que sólo
nos pone delante hechos de la más exquisita pureza y bondad.
Pero ya en la historia (o historias) de los patriarcas tropezamos
con acciones rudas y crueles o con cosas inmorales para nuestro
modo de sentir, todo ello narrado con la mayor impasibilidad. Al
leerlo nosotros, es bien sepamos que la Biblia no es un libro edi-
ficante, sino reflejo de la realidad. Dios va de camino con una
humanidad primitiva. Sólo con el tiempo se irán refinando las
costumbres. En la historia de Abraham no se nos invita a hacer
todo lo que él hizo, sino a considerar las líneas de su conducta,
cómo, a todo evento, se mantuvo fiel a Yahveh. Es menester una
visión amplia para leer bien el Antiguo Testamento. Hay que
ser capaces de imaginar que las cosas pueden ser de otro modo
que entre nosotros.
La lectura no resultará tan difícil cuando los hechos son ex-
presamente calificados de malos, como en el pecado de Sodoma,
o simplemente narrados, como en el caso del engaño de las hijas
de Lot. Pero hay veces en que al parecer Dios los aprueba, por
ejemplo, en la trampa de Jacob para lograr la bendición de su
padre o en el exterminio de los habitantes de Canaán. Allí se dice
que fue Yahveh el que dio la orden de exterminio.
Sin embargo, también estos casos deben ser considerados como
imperfección primitiva. Para conservar puro el culto de Yahveh,
no se sabía entonces cosa mejor que aplicar los métodos de aquel
tiempo y de aquella civilización, o acaso fuera una necesidad el
aplicarlos. La mentalidad de Dios no había penetrado aún lo bas-
tante la mentalidad humana. Mucho era ya que se permaneciera
fiel a Yahveh.
Cuan imperfectas y humanas (demasiado humanas) fueron aún
las cosas en el Antiguo Testamento, vese claro por las palabras
de Jesús sobre el hecho de que un marido podía repudiar simple-
mente a su mujer. Así se permitió, dice Jesús, «por vuestra du-
reza de corazón». Las verdaderas intenciones de Dios no eran ésas.
Lo mismo hay que decir de las matanzas que narra el libro de
Josué, que no fueron, por lo demás, tantas como hacen suponer
las cifras indicadas (y mucho menores que el exterminio de los
indios en los Estados Unidos).

62
Bondad creciente 224-225

En el Antiguo Testamento cabe descubrir un creciente refina-


miento del sentido moral; el espíritu de Yahveh va fermentando
la masa. El contacto con Él no deja nunca de producir fruto. Esta
circunstancia precisamente hace tan atrayente el Antiguo Testa-
mento. Hemos de mirar siempre adonde va. Algo se está desen-
volviendo, algo va creciendo de abajo arriba, cada vez más arriba
y más ampliamente.
De ello se tenía conciencia. La historia de Israel está llena 45-46
del grandioso presentimiento de que se camina hacia un día. Por
eso, una palabra dicha en nombre de Yahveh es al tiempo muchas
veces una palabra sobre el futuro; palabra a veces confusa, pero
llena de certeza. Sobre todo los profetas, cuya misión consistía 42-43
en predicar castigo y maldición, indicaban también ese futuro. Así
se explica que la palabra «profeta», que propiamente significa «el
que expresa las cosas», haya venido a tener entre nosotros el
sentido de «uno que predice el futuro». Expresar algo significaba
para Israel decir que vendría la salvación, el día de Yahveh. La
más profunda salvación es que el hombre sea cada vez mejor.
A eso tiende la línea penosa y ascendente de Israel. Por eso, los
puntos culminantes de las profecías veterotestamentarias están en
los pasajes de Jeremías y Ezequiel que aducimos a continuación:

«Vienen días, palabra de Yahveh, en que yo concluiré


una alianza nueva con la casa de Israel y la casa de
Judá.»

«Pondré mi ley en su seno y la escribiré en su corazón,


y seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31, 31.33).

«Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un es-


píritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré
un corazón de carne» (Ez 36, 26).

El Espíritu
En todo el Antiguo Testamento alienta una fuerza primigenia,
un violento y alto impulso de vida. Esta vitalidad no se echa de
menos en otros nobles movimientos de la humanidad; pero en
Israel se percibe con especial cercanía. Aquí es pura y fuerte,
dentro de la impureza y debilidad humanas. Este hálito de vida
tiene un nombre: Espíritu. Cuando el Espíritu de Yahveh se apo-
dera de alguien, éste se levanta sobre sí mismo.
Al comienzo, esta venida del Espíritu se manifestaba a nivel

63
188 primitivo. C u a n d o el E s p í r i t u de Y a h v e h v i n o sobre Sansón, éste
recibió fuerzas p a r a luchar.
C u a n d o alguien q u e d a lleno del E s p í r i t u de Dios, con esa ple-
n i t u d se enlazan fenómenos del propio ambiente cultural, como
la d a n z a y el éxtasis. P e r o tales fenómenos n o son lo esencial, y
d e s a p a r e c e n en u n a . c u l t u r a superior. L o s p r o f e t a s clásicos no
salen ya de sí mismos ( é x t a s i s ) . Y a n o están fuera del m u n d o , su
éxtasis se realiza en la concentración y en la libertad. S u inspi-
190-191 ración se hace p r o g r e s i v a m e n t e m á s clara y p u r a . E s t o car'acte-
305 riza al E s p í r i t u . Se t r a t a de u n estilo cada vez m á s habitual.
94 P a r a el futuro se a g u a r d a al rey sobre el que r e p o s a r á el E s -
p í r i t u (Is 11, 2 ) , y h a s t a el pueblo e n t e r o recibirá este E s p í r i t u
(Jl 2, 28). L a c o r o n a c i ó n del don del E s p í r i t u vino por J e s ú s , co-
m o revelan, e n t r e o t r o s , los acontecimientos de Pentecostés.

202 La Escritura, obra del Espíritu


P e r o ya en el A n t i g u o T e s t a m e n t o actuaba el E s p í r i t u como
impulso y calor vital que todo lo anima. Él está en los aconte-
cimientos e inspira las p a l a b r a s . Él h a c e n a c e r las e s c r i t u r a s . E l
libro que t o m a m o s en las m a n o s , el A n t i g u o T e s t a m e n t o , es obra
del Espíritu Santo.
Pero esto no ha de entenderse en el sentido de que el Espí-
ritu dictara las escrituras a sus autores, o que les susurrara al
oído las ideas sin conexión con la vida y la fe de Israel. Los auto-
res bíblicos reflejan la fe de Israel, pero con su estilo propio, con
su propia personalidad y con la visión propia de sus tiempos. Las
épocas en que se compusieron los libros sagrados son sólo momen-
tos destacados en la totalidad de un acontecer impregnado por el
Espíritu. El hecho de la inspiración no debe separarse de la acción
de Dios en el conjunto del fenómeno de Israel.
¿Quiere esto decir que la Escritura es, en parte, obra del Es-
píritu de Dios y en parte, obra del hombre ? No, es en su tota-
lidad del hombre y es en su totalidad de Dios, como la música
debe atribuirse enteramente al pianista y al piano. Cuando actúa
el Espíritu de Dios, no queda anulado el hombre, sino que torna
más bien a sí mismo.

97, 172
199 El sentido espiritual de la Escritura
r
314-315
Todo esto cabe decir también del Nuevo Testamento. Que un
solo Espíritu anima a toda la Biblia, pruébalo su maravillosa uni-
dad. Lo que en el Antiguo Testamento tiende hacia lo alto, en
un estadio bajo y de forma primitiva, aparece en el Nuevo Testa-
mento espiritual y puro. Y si echamos una ojeada al conjunto,

64
como podemos hacerlo los que vivimos después de Cristo, presen-
tiremos ya en el Antiguo Testamento lo que el Espíritu hará con
la misma realidad en el Nuevo. Presentiremos en las viejas narra-
ciones, los designios y el impulso del Espíritu orientados hacia el
Nuevo Testamento. Cuando leemos, por ejemplo, sobre la lucha con-
tra el enemigo, sabemos que Cristo hará de esta lucha una lucha
contra el mal. Cuando leemos sobre el cordero sacrificado, pensare-
mos en el cuerpo taladrado de Cristo. Cuando se nos habla de la li-
beración de la esclavitud de Egipto, caemos en la cuenta de que en
la misma línea está la liberación de la impotencia del pecado. Así
pues, las antiguas narraciones vienen a- ser símbolos de la nueva
salvación.
De este modo se deben leer las Escrituras, puesto que un solo
Espíritu sopla por todas ellas. «La Escritura está emparentada
consigo misma.» Así pues, además de su sentido literal, las na-
rraciones bíblicas tienen — vistas en conjunto — un sentido espi-
ritual más profundo: son prefiguración de Cristo y de nuestra vida
en Cristo.
Por lo general, el autor veterotestamentario no tuvo concien-
cia de ello, pero sin duda compartía el presentimiento general en
Israel de que Dios se revelaría en algo nuevo. En este sentido
cabe decir que Ja significación espiritual más profunda no escapaba
totalmente al autor. El Señor y los apóstoles nos enseñaron que las
antiguas narraciones deben leerse como símbolos de nuestra vida
en Cristo.
Este ascenso del Antiguo Testamento hacia el Nuevo es un ju-
biloso reconocer a Cristo. Al tiempo hacemos nuestro aquel impulso
hacia arriba, que animaba en Israel. Volvemos también una y otra
vez de nuevo nuestra mirada a Cristo, que de lo contrario podría
perder a nuestros ojos su carácter excepcional. Sólo así nos hare-
mos cargo de la novedad que entraña el Nuevo Testamento. La
misma rudeza y crueldad de las antiguas narraciones cobra entonces
una significación especial: respiramos con alivio, pues podemos le-
vantarnos por encima de su letra y decir: afortunadamente, la in-
tención del Espíritu era a la postre otra. Leernos, por ejemplo, sobre
la guerra de Josué, y sabemos que, en último término, se trata de la
lucha que libró Jesús y en la que también nosotros entramos, la lu-
cha por la caridad, gozo y paz, que son frutos del Espíritu Santo.

Niveles de la vida de fe
¿Quiere ello decir que podemos sentirnos superiores a los
hombres de entonces ? ¡ N o ! Nosotros tenemos simplemente la
suerte de vivir en un estadio mucho más avanzado. Pero lo que
importa no es el estadio en que nos encontramos, sino la fe, la

65
fidelidad y bondad con que vivimos nuestro propio nivel de des-
arrollo.
Cada período de la historia de Israel es bueno a su manera.
Vamos a seguirlos brevemente.
39-42 Hasta David inclusive — podríamos decir — se concibe a Dios,
sobre todo, como donante del bienestar temporal: la tierra prome-
tida que mana leche y miel. Para conseguir y conservar esta
tierra, era necesario mantener la fidelidad a Yahveh y la fidelidad
de unos a otros. Los demás, los enemigos, quedaban excluidos.
Esta actitud se expresa, de forma muy característica, en el libro
de los Jueces, que revela un gran heroísmo y una robusta re-
ligiosidad.
41-42 En tiempo de los profetas, la alianza se fue desprendiendo pau-
42-43 latinamente de la idea del bienestar terreno. Ahora se trataba de
ser fiel a Yahveh por causa del mismo Yahveh. Se ve al prójimo
con más abertura. Servir a Yahveh significaba hacer bien al opri-
mido, a la viuda y al huérfano. El israelita se interesaba al mismo
tiempo por los otros pueblos y los otros hombres, que tienen tam-
bién una conciencia. «Vivir bien» ya no significa que a uno le
vayan bien las cosas, sino que abriga buenos sentimientos.
41-42 Después del destierro, los mejores descubren una unidad aún
más alta con la humanidad y, por ende, con Dios. Se percibe la
propia insuficiencia y al mismo tiempo, que no hay diferencia
con respecto al resto de los hombres, que tienen también dos ojos,
dos oídos y un corazón. En el libro de la Sabiduría se dice:

«Cierras los ojos a los pecados de los hombres para que


se arrepientan.
Porque quieres todo lo que existe, y no aborreces nada de
lo que has hecho,
pues, si algo odiares, no lo hubieras creado.
¿Cómo hubiese subsistido cosa que no hubieses queri-
do tú?
¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado? Pero
tú a todos perdonas porque todo te pertenece,
Señor, amigo de todo lo que vive» (Sab 11, 23-26).

El sentimiento de la propia insuficiencia entraña a menudo


un gran deseo de un redentor.
Podemos distinguir, pues, tres fases: fidelidad y bienestar co-
lectivos del pueblo (Jueces), vida personal con conciencia personal
(profetas), sentido del prójimo y expectación de un Salvador que
Dios enviaría (época después de la cautividad). En cada uno
de estos estadios podía el hombre mostrarse como un gran servi-
dor de Dios.

66
Por lo demás, aun dentro de nuestro mundo cristiano, siguen
conservando su actualidad estas tres etapas. Hay fases de la vida,
estadios de civilización, agrupaciones y personas, en las que sólo
se puede experimentar la fe cristiana en forma de bienestar (Dios
es bueno con nuestra familia, con nuestra nación). Otros atien-
den más a la pureza y rectitud de sus sentimientos. Finalmente, en
otros se da, sobre todo, una actitud de generosa abertura a todos los
hombres. Estas tres fases pueden darse simultáneamente en todos
los hombres. En las tres puede ser uno bueno, con tal que — a imi-
tación del mejor núcleo de Israel — se procure avanzar siempre. El
que no es capaz de ello, se fosiliza en su fase actual.
También en las grandes ideologías o religiones de la huma-
nidad se pueden distinguir los mismos estadios. El uno está más
avanzado que el otro. No se los puede medir por el mismo rasero.
Encontramos, pues, la religiosidad en el seno de un grupo cerra-
do ; un ulterior desarrollo de la conciencia personal y la práctica de
la bondad para con los demás; el sentimiento de ser hombre entre
los hombres y la espera de un redentor. Nosotros creemos que a
través de estas etapas ascendentes, está la humanidad entera cami-
no de Cristo.
En Israel, el pueblo en que nació Cristo, este ascenso tuvo
lugar de forma señera, favorecido por una clara visión de las re-
laciones entre Dios y el mundo. Tanteando, a través de mil sendas
y laberintos, dando muchas veces en callejones sin salida, pero
siempre perseverando en la búsqueda no deja el género humano
de avanzar. Siempre que se mantenga la fidelidad al Espíritu bue-
no, se llega a adquirir, consciente o inconscientemente, familia-
ridad con la manifestación humana de Dios, que es lo que vamos
a anunciar seguidamente.

67
PARTE TERCERA
EL HIJO DEL HOMBRE
EL HOMBRE QUE DIO TESTIMONIO DE LA LUZ

La palabra ^evangelio-»
Los acontecimientos que vamos a relatar fueron resumidos y
como cifrados, por quienes los narraron desde el principio, en la
palabra «evangelio» (en griego, evangelion). La palabra quiere
decir «buena nueva», «noticia alegre», «albricias», «mensaje de
alegría», algo así como una carta esperada o un recado en la puer-
ta, que súbitamente hace cambiar a un hombre abatido y le llena
de inesperada alegría.
En realidad, la palabra «evangelio» procede de tiempos cala-
mitosos. Fue dicha a los cautivos de Babilonia. Estaban prisio- 41-42
ñeros en tierra extraña. Allá lejos, al otro lado del desierto, yacía
Jerusalén entre escombros y cenizas. Pero, al cabo de los años, la
situación política tomó un giro favorable. El persa Ciro penetró
en el imperio babilónico y dio libertad a los cautivos. Entonces, un
profeta de la escuela de Isaías contempló en una visión cómo Dios
marcharía de nuevo con su pueblo camino de Jerusalén a través del
desierto. El profeta oyó una voz, probablemente interior, que
gritaba:
«Preparad en el desierto un camino a Yahveh,
trazad recta en la estepa una calzada para nuestro Dios.
Que todo valle sea elevado,
y todo monte y cerro sean rebajados...» (Is 40, 3-5).
Este grito estremecedor, envuelto en brillantes imágenes de
magnificencia oriental, expresa bien la majestad con que Dios quie-
re marchar en medio de su pueblo camino de Jerusalén, como
antaño en el éxodo de Egipto.
Idealmente, es enviado delante un heraldo camino de Jerusa-
lén. El heraldo debe subir a la cima de una colina y contemplar
las ruinas de Jerusalén:

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pertenece ya al Nuevo Testamento: «La ley y los profetas llegan
hasta Juan...» (Le 16, 16). Pertenece a él como figura puesta jus-
tamente en la encrucijada. Es como un mojón entre dos períodos,
el antiguo y el nuevo. El camino hacia Cristo pasa por Juan.
Lo cual no vale solamente para esta vez, por un momento de la
historia, "sino por siempre. La conversión que Juan predicó será
siempre el camino que lleve al reino cuya cercanía anunció.
Juan no es, pues, figura que podamos olvidar, una vez apare-
cida la luz verdadera, que es Jesús. Juan es siempre actual, pues
incita a una preparación, que es siempre necesaria para todos. Por
eso en la vida de la Iglesia hay cuatro semanas al año, en las que
llega de nuevo a ella el grito del Bautista. Estas cuatro semanas
se llaman de «adviento».

El adviento
Adviento es, originariamente, una palabra latina que quiere
decir «llegada solemne». Desde el cuarto domingo anterior al
25 de diciembre hasta esta misma fecha, recuerda la Iglesia el
advenimiento o llegada del Señor.
La conmemoración litúrgica no es nunca mero recuerdo. Se
330 trata de acontecimientos que aún hoy día nos afectan. Esta con-
memoración quiere decir para nosotros: compromiso. Pero ni aun
así lo hemos dicho todo. En efecto, se podría concebir tal conme-
moración como si fuera el recuerdo que dedicamos a un difunto.
Entonces, revivimos en nuestro interior lo que ya acaeció hace
mucho tiempo. En la «celebración» litúrgica, por el contrario, no
revivimos los hechos tan sólo en nuestra conciencia, sino también
en la realidad. Pues todos los acontecimientos que conmemora la
liturgia suponen un encuentro concreto de Dios con los hombres.
Y Dios está pronto a comunicar a los hombres que lo rememoran
juntos, lo más auténtico que tuvo el acontecimiento pasado: su
propia gracia. Vivimos, por ende, el mismo encuentro con Dios
que quienes entonces presenciaron con corazón abierto el aconte-
cimiento. Más aún, lo vivimos más profundamente que quienes en-
tonces sólo corporalmente lo presenciaron, por ejemplo, uno que
durante la predicación de Juan pasara por allí de camino y no se
detuviera a oírla.
Así pues, celebrar el adviento quiere decir: estar imbuidos en
el anhelo por el advenimiento de Dios, porque creemos firmemente
en el mismo. Experimentamos el hecho de que Dios se acerca
más y más a nuestra oscuridad
42-43 Por eso, durante este período, se escogen muchos pasajes (lec-
60 ciones) de los profetas, que son los grandes vigías de Israel. El
libro de Isaías se usa con preferencia. Es el más monumental

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entre los libros proféticos y abunda en textos mesiánicos. La gran-
diosa certidumbre, inspirada por la fe, de que Dios enviará a su
ungido y su salud, inspiró a Isaías palabras que conmueven aún
al hombre de hoy en su anhelo de hallar a Dios. «Tened buen
ánimo, no temáis, mirad que viene vuestro Dios.» Este profeta
es, en consecuencia, una de las tres grandes figuras que se nos po-
nen ante los ojos en la liturgia de adviento. También el conmove-
dor cántico del adviento: Rorate caeli de super, está tomado de
Isaías.
Ya hemos hablado de la segunda gran figura, es decir, Juan
Bautista. El pueblo cristiano se traslada espiritualmente a las
orillas del Jordán, y vive una vez más, con intensidad proporcio-
nada a su devoción, la atmósfera de gozosa expectación, y tam-
bién las serias admoniciones que conservan su valor para todas
las edades.
Finalmente, la liturgia nos hace leer en este tiempo todos los
relatos acerca de la más humana e inmediata de todas las pre-
paraciones : cómo vivió la madre el advenimiento del que fue ex-
pectación de los siglos. Y lo vivió de triple manera: en su seno,
en su fe (como nota la Escritura: Le 1, 45) y en la alegría mesiá-
nica del Magníficat.
Tres figuras apuntan, pues, a una sola, que no ha aparecido
aún. Pero la esperan en actitud diferente: Desde la nostalgia do-
lorida del profeta hasta la «expectación gozosa» de una joven
madre. De este modo se entremezclan en la liturgia de adviento
los símbolos de la desolación y de la alegría.
El adviento comprende todas las formas de la venida de Jesús.
La primera, naturalmente, su entrada histórica en el mundo; pero,
a su vez, también su venida en esta hora a nuestra sociedad huma-
na. Y ésta tampoco es presentada independiente de su segundo
advenimiento, de su revelación al fin de los tiempos. Con la evoca-
ción de este postrer advenimiento comienza, en efecto, el primer
domingo de adviento.

Además de la liturgia general de la Iglesia, existen también


otras prácticas domésticas, como la corona de adviento con cuatro
velas, de las que se enciende una más cada domingo: la luz va
brillando con creciente claridad.

EL ORIGEN DE JESÚS

Sin que nadie lo notara, apareció un día en medio de las gentes


que acudían al bautismo de Juan, el esperado de los siglos.
¿Quién era? ¿De dónde venía?

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Hablaría, sin duda, el dialecto de los galileos, pues era oriun-
do de Galilea, la provincia judía del norte, medio pagana y no muy
estimada. Nazaret, un pequeño nido colgado de unas colinas, fue
su «patria chica». «¿Puede salir nada bueno de Nazaret?», pre-
gunta uno al oir hablar de él (Jn 1, 46). Tiene alrededor de trein-
ta años de edad (Le 3, 23). Su nombre tampoco es muy llamativo:
Yehoshua, que nosotros traducimos por Jesús.

144-iso La historia de la infancia


¿ Quién es ?
La primera indicación que hallamos en las capas más anti-
guas del Nuevo Testamento no se refiere a su juventud, ni si-
quiera al curso general de su vida, sino a lo que fue culminación
de su existencia: su muerte y su liberación de ella por obra de
Dios, es decir, su resurrección. Este acontecimiento divino deja
todo lo demás en la penumbra. Lo que se cuenta ante todo y sobre
todo es que ahora vive.
Cuando luego se cuenta el curso de su vida y sus palabras, se
hace ya desde la respuesta, dictada por la fe, a la pregunta de
quién es en resumen. Y cuando finalmente se narra su niñez (se
sube «corriente arriba», hacia la fuente), no se pinta ésta con la
intención de reunir material para una «vida de Jesús», apta para
satisfacer la curiosidad. Sin duda, estos relatos de la infancia no
se compusieron sin recuerdos históricos (Mt 1-2 y Le 1-2). Pero
lo que en el fondo se pretendía era esclarecer a hombres conven-
cidos de que Él vive — y que lo conocen por la oración y por
su propia vida — la enorme importancia de su aparición entre
nosotros por cuanto las profecías de Dios comienzan a cumplirse y
la luz irrumpe con fuerza. Los relatos de la infancia son, en el
más auténtico sentido, «evangelio», buena nueva.

¿No es lástima que estemos tan poco informados sobre algunos


pormenores históricos ? Evidentemente, algo hay en nuestra natu-
raleza que lamenta esta deficiencia. Prueba de ello es la necesidad
que se sintió en los primeros siglos de inventar leyendas acerca
de la infancia de Jesús (el niño fabricaba pajaritos de barro, les
daba un golpecito con la mano y echaban a volar). Prueba de lo
mismo, es también la necesidad que siente nuestro tiempo de
descubrir en cualquier alusión histórica algo de las circunstancias
concretas. Es curiosidad inspirada por el amor y deseo de cono-
cer mejor al Señor.
Pero i es éste el mejor camino para ello ? ¿ Puede darse una
enumeración de pormenores que sea capaz de poner ante nuestros
ojos los hechos salvadores del Dios vivo, tal como lo hacen las

76
palabras del evangelio inspiradas por la fe ? Ciertamente que no.
La historia de la infancia, según Mateo y Lucas, es una buena
nueva en si misma, que refleja con toda su sencillez, de manera
pura, la grandeza real de la aparición del Señor sobre la tierra,
y nos la refleja de tal forma que podemos celebrar con los he-
chos narrados no menos de tres fiestas: Navidad, Reyes y la Can-
delaria o Purificación.
Al hablar en este libro acerca de la vida de Jesús, espera-
mos mantenernos fieles al espíritu de los evangelios. No vamos a
intentar reconstruir por ellos una biografía, como si buscáramos
información sobre alguien que ha muerto. Queremos que los evan-
gelios nos hablen por sí mismos, con su sencilla claridad, y nos den
el mensaje de Alguien que vive.

Hijo del hombre


Los relatos acerca del origen del Señor anuncian explícita-
mente tanto su procedencia humana como su procedencia divina.
Más adelante la fe formulará, con los términos del concilio de
Calcedonia, que en Él se hallan unidas la humanidad y la divini- 81-8S
dad; pero esta verdad está ya expresamente contenida en las pri-
meras páginas de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Mateo y Lucas denuncian el entronque de Jesús en la huma-


nidad, de la forma más solemne que es posible: por medio de una
genealogía (Mt 1, 1-17; Le 3, 23-38). En Mateo especialmente,
que comienza con ella su evangelio, se percibe bien la impresión
que produce esta enumeración. Este comienzo suena así: «Libro
de la genealogía de Jesucristo»; a lo que corresponde en griego
el nombre que lleva el primer libro de la Biblia: Génesis.
La lista se compone de tres partes iguales. El efecto literario
importa más que la información exacta. Se trata de una obertura,
en que se dirige la atención a los momentos culminantes. La ge-
nealogía no es del todo clara a partir de David. Hay una diver-
gencia entre Mateo y Lucas, que acaso se pueda resolver admitien-
do la posible existencia de algún matrimonio de levirato (entre
cuñados) (Dt 25, 6). Sin duda, iremos más de acuerdo con la
intención que movió a los autores, si nos fijamos en que Lucas
pone de relieve otra descendencia, la de Adán. Con ello han que-
rido decir que Jesús pertenece a todo el género humano.
En la genealogía de Mateo se mencionan también cuatro muje-
res: Tamar, Rahab, Rut y la mujer de Urías. ¿Por qué estas
cuatro? Tal vez porque las cuatro eran extranjeras; Mateo insi-
nuaría así lo mismo que Lucas al mentar a Adán, a saber, que
Jesús pertenece a toda la humanidad. ¿Las mencionó también

77
Mateo porque a tres de ellas las pinta el Antiguo Testamento en una
situación de pecado o les¡ atribuye una profesión pecaminosa? En
todo caso, ahí están, junto a muchos hombres pecadores, como sig-
no indudable de que Jesús procede de una humanidad pecadora. Las
listas terminan en José. Por medio de él vinculan a Jesús con la
humanidad. Este varón modesto, que aparece en la aurora de
la Salud, este «pobre de Yahveh» era, según la ley, el anillo que
unía a Jesús con el pueblo de Israel: «el último de los patriarcas.»

Hijo de Dios
Al tiempo que el origen humano de jesús, consignan también
los evangelios su origen divino.
De algunas grandes figuras del Antiguo Testamento se cuenta
que fueron fruto de la oración. Tras ardientes deseos, tras ora-
ción y promesa de Dios, dio finalmente fruto un matrimonio hasta
entonces estéril. Así nacieron los antepasados de Israel, Isaac y
Jacob, así Sansón, Samuel y el niño de la casa de Acaz, que fue
el signo de la fidelidad de Dios en tiempos adversos. Así también
Juan Bautista. En estos relatos se expresa con especial claridad
lo que cabe decir de toda paternidad: que a fin de cuentas es de
Dios de quien se recibe un nuevo ser humano (cada vez único).
Nuestro lenguaje ordinario indica certeramente lo mismo, pues
solemos decir que los padres, han «tenido» un hijo, y no que lo
han «engendrado».
Entre todos los niños prometidos por Dios en Israel, Jesús
representa la cima más alta. Cuando él vino al mundo, había todo
45 un pueblo que pedía su nacimiento; una larga historia lo había
prometido. Era hijo de la promesa como ningún otro. El más
profundo anhelo de todo el género humano. Nació enteramente de
la gracia, enteramente de la promesa: «Concebido' por obra del
Espíritu Santo.» Era el regalo hecho por Dios a los hombres^
Esto dan a entender los evangelistas Mateo y Lucas al decir
que Jesús no tuvo su origen en la voluntad de un hombre. Procla-
man que este nacimiento sobresale infinitamente por encima del
nacimiento de todo hijo de hombre, y no tiene que ver con cuan-
to de por sí pueden los hombres. Tal es el profundo sentido del
artículo de la fe: «Nació de Santa María Virgen.» Nada hay en
el seno de la humanidad, nada en la fecundidad humana, que pu-
diera dar este fruto, pues de Él dependen toda humana fecundidad
y toda la génesis y evolución del linaje humano: todo fue creado
en Él. A nadie en último término debe la humanidad esta prome-
sa, sino sólo al Espíritu de Dios. El origen de Cristo no se debe
ni a la sangre, ni a la voluntad de la carne, ni a voluntad de varón,
sino sólo a Dios; desde infinita altura, desde infinita lejanía.

78
Mateo
Todo esto es narrado por Mateo y Lucas en palabras humanas
y sencillas que ponen de manifiesto lo que de nuevo vemos en Jesús.
Mateo dice: «El nacimiento de Jesucristo fue así. Su madre María
estaba desposada con José; y, antes de vivir juntos, resultó que
ella había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. Pero
José, su esposo, como era bueno y no quería denunciarla, deter-
minó repudiarla en secreto. Y mientras andaba cavilando en ello,
un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo
de David, no temas llevarte a casa a María tu esposa, porque lo
engendrado en ella es obra del Espíritu Santo"» (Mt 1, 18-20).

Lucas
Poseemos además el texto maravilloso del más delicado de los
evangelistas: el relato de la anunciación por Lucas (1, 26-38), una
meditación sobre un acontecimiento divino, en que, lo mejor que
se puede, se expresa la plenitud de gracia que supone para la his-
toria universal el advenimiento de Cristo.
Lucas nombra como mensajero de Dios a Gabriel, el ángel que,
en el libro de Daniel, anuncia el fin de los tiempos. Su aparición
significaría, por tanto, que ha llegado por fin el momento de la
misericordia de Dios. Incluso el mensaje está lleno de alusiones
a las anteriores promesas de Dios. Ya el saludo del ángel abre
todo un mundo de seguridad de la salvación en sentido del Anti-
guo Testamento. «Dios te salve, altamente dotada de gracia.» Cada
pueblo tiene su propio modo de saludar. Nosotros, un tanto vul-
garmente, nos deseamos «buenos días» o «buenas noches». En
griego se desea la alegría: Khaire, «alégrate». Éste es el saludo
que leemos en Lucas: «Alégrate, agraciada.» Esta interpelación
es, a par, mucho más que un saludo griego ordinario. Es un eco
de promesas proféticas, como la Sofonías:

«¡Canta, hija de Sión!


¡ Da voces de júbilo, Israel!
¡ Regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!...
Yahveh, el rey de Israel, está en medio de ti...»
(Sof 3, 14-15).
Y también:

«¡Alégrate con alegría grande, hija de Sión I


¡Salta de júbilo, hija de Jerusalén!
¡ Mira que viene a ti tu rey:
él es justo y es tu salvador...!» (Zac 9, 9).

79
T a l e s invitaciones están d i r i g i d a s a la «hija de Sión» q u e es
el p u e b l o de I s r a e l (especialmente J e r u s a l é n ) , personificado en la
imagen de u n a m u c h a c h a . «Señora S i ó n » , d i r í a m o s nosotros.
M a s los gritos de j ú b i l o de los p r o f e t a s se cumplieron a h o r a
en esta doncella, q u e r e p r e s e n t a a t o d o el p u e b l o d e I s r a e l y lo
incorpora. E n M a r í a está p r e s e n t e Israel y recibe el m e n s a j e que
Dios le envía al r e y Mesías.
M a r í a dijo al á n g e l : «¿ C ó m o s u c e d e r á esto ?, pues y o no
conozco varón.» E s t a p r e g u n t a es la i n t r o d u c c i ó n a la s e g u n d a
p a r t e del m e n s a j e : «El E s p í r i t u S a n t o d e s c e n d e r á s o b r e ti y el
p o d e r del . A l t í s i m o - t e e n v o l v e r á en su s o m b r a » ( L e 1, 35). L a
expresión «te envolverá en su s o m b r a » está t o m a d a del A n t i g u o
T e s t a m e n t o y evoca la n u b e luminosa que descendió como signo
185 de la presencia de D i o s s o b r e la t i e n d a del d e s i e r t o o el t e m p l o d e
J e r u s a l é n ( É x 40, 3 4 - 3 5 ; N ú m 9, 1 5 ; 2 C r ó 7, 2 ) . M u c h a s m á s alu-
siones al A n t i g u o T e s t a m e n t o contiene esta sola p á g i n a del e v a n -
gelio de Lucas.

78 La madre del Señor

83, 91 D e t e n g á m o n o s u n o s m o m e n t o s m á s en la figura de esta doncella


96, 169 en la q u e Dios hizo t a n g r a n d e s cosas, en la q u e a c a b a u n a e d a d
M, 205 del m u n d o y comienza o t r a . M a r í a , la m á s c l a r a imagen de la e x -
258 pectación d e I s r a e l , se c o n v i e r t e en p r o t o t i p o de la Iglesia, que
S45-455 recibe a J e s ú s . Ella n o tiene la misión de p r e d i c a r , como la t u -
vieron J u a n B a u t i s t a y los apóstoles. M a r í a n o es u n h e r a l d o
oficial. A s í se explica que el e v a n g e l i o de M a r c o s , que t r a t a sólo
de la predicación pública de J e s ú s , le dedique poca atención. P e r o
M a t e o , L u c a s y J u a n descubren p r o g r e s i v a m e n t e su misión. É s t a
n o consiste sólo en el p a r e n t e s c o de s a n g r e con J e s ú s (cf. L e 8,
15-21); M a r í a está implicada con t o d a su p e r s o n a en los aconte-
cimientos. E l l a « g u a r d ó en su corazón» las acciones s a l v a d o r a s
( L e 2, 19-51). Ella «creyó» ( 1 , 45). Prius mente concepit quam
ventre: concibió a n t e s en su espíritu que en su seno. E l culto que
se le t r i b u t a en la iglesia p o r r a z ó n de su p u e s t o señero en el
m i s t e r i o de Cristo, es a u t é n t i c a m e n t e evangélico.

J e s ú s fue su p r i m o g é n i t o . L o s evangelios n o c u e n t a n que


M a r í a t u v i e r a otros hijos después de Él. E l h e c h o de que se
hable de « h e r m a n o s y h e r m a n a s » de J e s ú s ( M t 13, 55-56) no sig-
nifica m u c h o en este c o n t e x t o . E n h e b r e o y a r a m e o se llaman así
incluso los p a r i e n t e s remotos. A s í se hace aún en N a z a r e t . Q u e
los « h e r m a n o s y h e r m a n a s de J e s ú s » n o h a n de s e r n e c e s a r i a m e n t e
hijos de J o s é y M a r í a se ve p o r el h e c h o d e que los dos «her-
m a n o s » de Jesús n o m b r a d o s en M t 13, 55, en 27, 56 se llaman

80
hijos de otra María. Es muy verosímil que este Santiago y José no
se nombrarían sin más de no ser los mismos nombrados antes.
Juan 19, 27 hace particularmente improbable que María tuviera
otros hijos fuera de Jesús. Es interesante notar que, en el arte
cristiano, incluido el de la reforma protestante, no se representa
nunca a María con varios hijos.
La Iglesia celebra la anunciación a María el 25 de marzo,
nueve meses antes de navidad. Hay costumbre de rezar el ángelus
tres veces al día en horas indicadas por toque de campanas: a las
seis de la mañana, a las doce y a las seis de la tarde. En esta ora-
ción recordamos el misterio del Hijo de Dios hecho hombre.

El Verbo se hizo carne


¿Se dio María exactamente cuenta de quién era el que ella
daba a luz ? Probablemente, no, pues sólo la resurrección comen-
zó a poner plenamente en claro quién era Jesús. A partir de
entonces, pronto se podrían escribir palabras como estos himnos:

«Él es imagen del Dios invisible,


primogénito de toda criatura,
porque en Él fueron creadas todas las cosas»

(Col 1, 15-16).

O este cántico:

«El cual, siendo de condición divina,


no hizo alarde de ser igual a Dios,
sino que se despojó a sí mismo,
tomando condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres» (Flp 2, 6-7).
Estos textos del Nuevo Testamento fueron escritos antes de
los evangelios. Y no son esos solos. También en pasajes posterio-
res se habla del origen divino de Jesús. Así en el prólogo del
evangelio de san Juan:

«Al principio ya existía la Palabra,


y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Él — l a Palabra— estaba al principio junto a Dios»
(Jn 1, 1-2).

El que nació estaba «al principio», en- aquel «principio pri-


mero» de que habla Gen 1, 1:

81
«Todo llegó a ser por medio de él,
y sin él nada se hizo de cuanto fue hecho» (Jn 1, 3).
«Todas las cosas fueron creadas por medio de él y con
miras a él» (Col 1, 16)

Así proclama el Nuevo Testamento, que el que nació estaba


ya operando en el mundo desde el principio Eso da a entender
el término que emplea Juan la Palabra (el Verbo), que recuerda
la expresión «Dijo Dios» en el relato de la creación Es una evo-
45 cacion de la palabra de Dios, que por la boca de varones santos
47-49 y profetas creó a Israel Es un recuerdo de la sabiduría vivi-
ficante de Dios, «resplandor de su gloria» (cf Heb 1, 3)
Este amor de Dios al hombre, de que el antiguo testanento
tenia ya fuerte conciencia, es el que apareció ahora humanado
sobre la tierra Dios no está ya lejos de nosotros «Y el —la
Palabra — se hizo carne» (Jn 1, 14)
Todo el que medite sobre esto ha de quedar atónito ante el
hecho prodigioso Sólo un motivo puede haber para el misterio
de la encarnación del Hijo de Dios es el amor, capaz de hacer
tales cosas «Porque hasta tal punto amó Dios al mundo, que le
dio a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16)

Imagen del ser de Dios


Es un misterio tan divino, que apenas si el hombre se atreve
a creerlo Tal vez podamos verlo mejor en toda su profundidad,
si para comenzar, estudiamos los intentos del hombre por empe-
queñecerlo Pues ya desde los primeros siglos del cristianismo
hay en nosotros una tendencia a no aceptar este misterio en toda
su gloria Por tres veces hubo de intervenir la Iglesia con sus
definiciones a fin de que el misterio entero permaneciera abierto
¿En qué consiste, pues, esa tendencia a empequeñecer la en-
carnación de Jesús y atenuar el misterio'
Tal vez lo podamos describir asi partiendo de nuestras pro-
pias ideas y acaso tambión de nuestra deficiente inteligencia del
Antiguo Testamento, nos hemos forjado un concepto de Dios,
de su ser invisible, de su poder e inaccesibilidad Luego compa-
ramos, aun sin querer, este concepto con Jesús y decimos Jesús
no puede ser Dios
21-22 i Como si supiéramos realmente quién es Dios' i Como si la
idea que nos formamos de Dios pudiera convenir totalmente a
Dios' En realidad solo por Jesús sabemos quién es Dios No
conocemos a Jesús por nuestra idea de Dios, sino que conocemos
93 94 a Dios por Jesús Su aparición es la única explanación verdadera
476 de la revelación de Dios

82
Hacia el año 300 de nuestra era, las tendencias mencionadas
antes se concretaron en la doctrina de un presbítero de Alejan-
dría por nombre Arrio. Arrio comparó a un Dios inventado y
excogitado por los hombres con la aparición de Jesús y declaró:
Cristo no es Dios, aunque sí una criatura de orden altísimo.
El primer concilio universal de la Iglesia, celebrado en Ni-
cea el año 325, se ocupó de esta cuestión. El concilio proclamó
que en Jesús apareció realmente Dios sobre la tierra como per-
sona, como la persona del Hijo.
El símbolo de la fe proclamado en Nicea es el credo que aún
ahora rezamos o cantamos en la misa después del evangelio: 319
«Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no hecho, consubstancial con el Padre.»
«¡ Engendrado, no hecho!» Se trata aquí de un auténtico ori- 478-480
gen (de un nacimiento) en Dios y de Dios, que no tiene que ver
con una creación.
Así, el Hijo procede del Padre.

Mas, para el hombre, siguen en pie algunos interrogantes. To-


davía le sigue costando trabajo armonizar la noción de Dios que
se haya forjado, más o menos por su cuenta, con la auténtica
manifestación de Dios en Jesús.
Hacia el año 400 de nuestra era llevó esto a pensar que el
Hijo de Dios en el cielo y el hombre Jesús en la tierra eran
propiamente dos personas, que ambas estaban íntimamente uni-
das, pero en el fondo seguían siendo dos. Así se intentaba man-
tener «pura» una determinada noción de Dios. Esta teoría fue
sentada por Nestorio, un obispo del siglo v.
Pero no necesitamos remontarnos a tiempos tan remotos. En
la práctica de nuestro trato con Cristo puede suceder aún hoy
día lo mismo, sobre todo en personas de orientación científica o
semicientifica. Por un lado admitimos que Jesús «es el Hijo de
Dios», pero esta fe no desempeña luego papel alguno en nuestra
relación con Jesús. Seguimos considerándolo como un rabí de
hace unos dos mil años. Hablamos de Él como de un gran hombre,
pero hombre al cabo. No vemos propiamente en su vida humana
la persona del hijo de Dios, el resplandor de la luz eterna.
Para contrarrestar esta tendencia, el concilio de Éfeso (431)
proclamó que, sin merma de la diferencia entre la naturaleza hu-
mana y la divina, en Cristo hay una sola persona. Para expresar
de manera inequívoca este misterio de Cristo, el concilio dio a
María el título de theotokos (Deigenifrix) o madre de Dios.

Pero todavía quedaba una posibilidad de entender mal el con-


cepto de Dios. En tiempos del concilio de Éfeso fue defendido

83
este falso concepto por los monofisitas. Reconocían con gran re-
verencia (entre sus filas había muchos monjes) la unidad de la
persona de Cristo; pero entendían esto como si poseyera exclusi-
vamente una naturaleza: la divina. A pesar de la apariencia hu-
mana de Jesús, no había una realidad auténticamente humana. El
Hijo de Dios haría como si fuera hombre, pero sin serlo en
verdad. Dios habría andado por la tierra con apariencia de hombre.
También estos modos incorrectos de ver pueden afectar y en-
turbiar nuestra relación con Cristo, sobre todo entre gentes pia-
dosas. Se fijan tanto en la divinidad de Cristo, que ya no ven
más. Así, a veces se leen descripciones del niño Jesús en que
éste sólo aparentemente es un verdadero niño. Obra como si
viviera en realidad vida humana; pero no crece como un hombre,
no piensa y siente como un hombre. Es infinitamente perfecto y
sólo se rodea de una humanidad apariencial.

Después del concilio de Nicea, que definió la divinidad de


Cristo, y del de Éfeso, que definió la unidad de persona, se hizo
necesaria otra gran asamblea eclesiástica para salvaguardar su
humanidad. Esta resolución, grandiosa y definitiva, fue tomada en
el concilio de Calcedonia, el año 451, sólo veinte años después del
de Éfeso. El concilio declaró que, en la persona única de Cristo,
subsiste de forma perfecta no sólo la naturaleza divina, sino
también la humana. El Dios verdadero aparece en un verdadero
hombre. La majestad de Dios es tan buena, tan cercana, tan ma-
yestática y tan familiar para nosotros, como lo es Jesús; está tan
interesada en la lucha contra el mal como lo está Jesús. Nada
de construcciones conceptuales. Jesús., que nació, murió y resucitó
y que por su Espíritu pervive en la iglesia, nos dice cómo es Dios.
¡ Fuera también con nuestros miedos! En Jesús, que por nos-
75-476 otros luchó contra el mal «hasta el derramamiento de su sangre»,
hallamos el camino que nos lleva al fondo del misterio de Dios. El
corazón humano de Cristo es el corazón de Dios.

Aqm está también implicado el hombre


En los tres mentados concilios, que fueron aceptaos, integra-
mente incluso por los reformadores protestantes, se salvaguardó
lo que de único y señero tuvo la aparición de Jesús sobre la
tierra. Fueron celebrados, en épocas de confusión; sin embargo,
por ellos levantó Dios la humanidad a un nuevo r.ivel.
Es posible comprobar este nivel en un detalle singular: la
filología asegura que nuestro concepto de persona, en el sentido
más profundo de la palabra, sólo se ha puesto en claro a base de
estos concilios.

84
Los romanos tenían ciertamente la palabra «persona», como
término jurídico aplicable al ciudadano libre. Para ellos, pues,
un esclavo no era «persona». Los griegos conocían el concepto
de «individuo» como realización autónoma de la naturaleza hu-
mana universal. Pero la propiedad señera, que representa al hom-
bre en su plena dignidad —lo que expresamos con la palabra
persona —, sólo quedó esclarecido en estos grandes concilios. Por
cuanto el Hijo de Dios se hizo realmente hombre, se convirtió
la persona humana en un ser que no tiene límite en su dignidad.
Así nació la conciencia del valor y derechos del hombre, aun del
inválido o enfermo que, aparentemente es improductivo para
la sociedad. Humanamente hablando, por el reconocimiento de la 213
persona del prójimo se quitó su peor aguijón a la esclavitud, 225
aun antes de que su abolición se impusiera económica y socialmen- 63, 64-67
te. Hacen falta muchos siglos para que algo tan grandioso penetre 224-226
definitivamente en la humanidad. No podemos imaginar el cariz que 240-269
presentaría la humanidad de no haber venido Cristo. Ni cristia-
nos, ni marxistas, ni humanistas pueden imaginárselo. Se dice
fácilmente que dos mil años de cristianismo no han conducido a
nada. ¿ Cómo lo sabemos ? Nadie puede comprender en toda su
extensión lo que para el mundo significa la revelación de Dios.
En el arte se ve algo de ello. Un gran conocedor de la histo-
ria del arte, André Malraux, que no es cristiano, lo ha hecho
notar alguna vez. Los rostros del arte romano — así los ve
Malraux — son en primer término «naturalezas», fragmentos de
la universal naturaleza humana; en cambio, la cara de una ima-
gen medieval es una biografía. «Y las más bellas bocas del arte
gótico se asemejan a cicatrices que ha dejado la vida.»

¿No nos habremos alejado, con estas consideraciones, del te-


ma que nos ocupa, es decir, la encarnación ? Al contrario, estas con-
sideraciones nos hacen entrever hasta qué punto van unidas la
humanación de Dios y la humanación del hombre, del hombre tal
como Dios quiere; más aún, la divinización del hombre, como se
decía en tiempo de los grandes concilios. Dios se hizo realmente
hombre para hacernos a nosotros realmente divinos. El hombre
tiene su parte en ello.
Los dogmas no son meras palabras, sino valores... valores que 320-321
dilatan nuestro horizonte espiritual. El objeto de los tres grandes 337-338
concilios cristológicos no es otro que el de abrir las puertas lo
más de par en par posible. No niegan nada. Sólo niegan las ne- 351-352
gaciones humanas. Explican y despliegan el misterio contenido en 430
los evangelios.

85
La celebración del nacimiento de Jesús
No conocemos exactamente el día en que nació Jesús. Origi-
nariamente, no se sentía tal interés por la fecha del nacimiento del
Señor. Sólo se celebraba la fiesta de pascua en que se rememoraba
todo el misterio de Cristo. Pero en el siglo n i se sintió el deseo
de celebrar por separado su natividad.
Se" trata, pues, del mismo fenómeno que encontramos en las
narraciones evangélicas: primero, los grandes hechos salvadores
realizados por Cristo en su edad madura; y después, el deseo de
remontar «corriente arriba» y contemplar lo que aconteciera cro-
nológicamente antes.
Al no conocerse el día del nacimiento de Jesús, había libertad
para escoger la fecha más significativa. Se tomó espontáneamente
el tiempo del año en que los días comienzan a crecer. Así, el
25 de diciembre y el 6 de enero son, desde tiempos inmemoriales,
las fechas de la primera manifestación de Jesús sobre la tierra.
De este modo se reemplazaban fiestas paganas. Pero esto es
secundario. La razón más profunda es mucho más sencilla y hu-
mana. Con la venida de la nueva luz de la naturaleza, se festeja
la luz nueva que no se extinguirá jamás. Es una luz espiritual.
Por eso, importa poco que en nuestras ciudades siempre ilumina-
das o en el hemisferio sur apenas sea aplicable o no lo sea en
45 absoluto, este símbolo natural. La fe cristiana ama la naturaleza y
6, 178 la sigue de buen grado; pero no es una religión natural, del eterno
i, 206 retorno de las estaciones, sino una religión histórica, de hechos
reales que conservan eternamente su valor.
El nacimiento de Jesús es un hecho sucedido en la historia,
el hecho justamente por el que se cuenta toda la historia humana:
antes de Cristo y después de Cristo. El año 1 es el año del na-
cimiento de Cristo, una visión magnífica por la que Dionisio, el
Exiguo (o Pequeño), monje del siglo vi, sustituyó la antigua nu-
meración que partía de la fundación de Roma. Sin duda que en
relación con la noticia de Lucas, según la cual al comenzar Jesús
su vida pública tenía «unos treinta años» (Le 3, 23), atendió poco
Dionisio a «unos», indicación de cantidad aproximada. La conse-
cuencia es que, probablemente, erró de cuatro a siete cifras en el
cálculo. Pero el yerro no tiene importancia excesiva. Aunque
Jesús naciera unos años antes, el recuento por el anno Domini,
«en el año del Señor», conserva su profunda significación de que
con Jesús comenzó una nueva era de la humanidad.
El acontecimiento histórico de la aparición de Dios para nues-
330 tra salvación se actualiza para nosotros en la liturgia. Por eso
vamos a redactar este capítulo partiendo de nuestra celebración
anual de su venida. Esto no encierra dificultad, pues la liturgia

86
contiene desde el 25 de diciembre al 2 de febrero todos los rela-
tos importantes.
En la noche más oscura del año rememora la Iglesia el na-
cimiento de Jesús, y lo hace celebrando tres veces la eucaristía:
a media noche, a la aurora y de día, cada vez con nuevos cánticos
y oraciones. Esta costumbre procede de Jerusalén. Allí se cele-
braba primero una vigilia en Belén. A la aurora la procesión
llegaba a Jerusalén, y ya durante el día se celebraba otra reunión
en la iglesia principal de la ciudad. De ahí que la Iglesia siga
celebrando aún tres misas en la fiesta de Navidad.
Cuando los fieles se reúnen a medianoche, los monjes de las
órdenes contemplativas de todo el mundo han cantado ya durante
dos horas enteras los largos maitines de Navidad, más de una hora
de salmos, lecciones de Isaías, comentarios del papa León, Gregorio 216-217
Magno, Agustín y Ambrosio, todo ello un largo clamor de ad-
miración y pasmo ante el misterio. Así se ha preparado la Iglesia
contemplativa, mientras la mayoría de nosotros hace también los
preparativos para esta noche en que se cumplieron las profecías
y María y José se preparan para el nacimiento.
La misa de la noche comienza con un cántico acerca del eter-
no nacimiento del Hijo, engendrado por el Padre: «El Señor me
ha dicho: Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy.» La epís-
tola está tomada de la carta de san Pablo a Tito: «Porque ha apa-
recido la Gracia salvadora de Dios a todos los hombres» (Tit 2, 11).
Después de los interludios tomados de los salmos reales, la litur-
gia nocturna de la palabra llega a su punto culminante con el
sencillo relato del nacimiento: un censo general llevó a José y
María a Belén, la ciudad de David. «Y sucedió que, mientras
ellos estaban allí, se le cumplieron a María los días del alum-
bramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pa-
ñales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos
en la posada» (Le 2, 6-7).
Un pesebre se destina a dar de comer a los anímales. La luz
apareció, pues, como un pobre, para el que no hay lugar en la po-
sada. Pero la ciudad en que nace, permite reconocer su grandeza.
Es la ciudad regia de Belén, en la que se cumplen ahora las pro-
mesas hechas a David.
El evangelio cuenta también una aparición de ángeles: irrumpe
en la tierra la gloria de Dios. Los ángeles cantan:

«Gloria a Dios en las alturas,


y en la tierra paz a los hombres, objeto de su amor.»

Antes solía traducirse este texto: «...a los hombres de buena


voluntad.» Pero lo que realmente quiere decir es que los hombres

87
son objeto de la buena voluntad de Dios. De ahí la nueva traduc-
ción. Este beneplácito divino, del que no se excluye a nadie, es
el gran tema de esta noche: «El amor no está en que nosotros
hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó a nosotros, y
envió a su Hijo, propiciación por nuestros pecados» (Jn 4, 10).
Después del relato sobre el nacimiento, sigue una predicación
sobre el misterio que se celebra y luego viene la celebración del
banquete del Señor.

La misa de la aurora está llena de textos relativos a la luz. La


epístola está tomada también de la carta de Tito, y habla de la
bondad de Dios, de la buena voluntad de Dios, de la iniciativa
de Dios en la obra de nuestra salud eterna: «Nos salvó no por
las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino según
su misericordia» (Tit 3, 4-7).
El evangelio prosigue el relato de Lucas en el mismo lugar
donde se había cesado en la misa de la aurora, y describe la pri-
mera elección que Dios hizo: unos pobres pastores que encuen-
tran al niño. Los pastores no sólo eran pobres, sino también
91 despreciados. Ellos representan a todo el pueblo, como les había
dicho el ángel: «Os anuncio una gran alegría (aquí se halla la
palabra «evangelio» en su forma verbal), que ío será para todo el
pueblo» (Le 2, 10). En el primer momento en que la salud no es
ya un futuro, sino que comienza a ser un «ahora» glorioso, el
evangelio ve ya invertidos los valores. Los representantes del
pueblo no son los nobles, sino los despreciados.
Con el evangelio de la misa de la aurora termina la narra-
ción del nacimiento de Jesús.

La misa del día es propiamente la misa de la fiesta. Las más


grandiosas palabras sobre el nacimiento eterno del Hijo se han
guardado para este momento. El introito comienza ingenuamente:
«Un niño nos ha nacido...», pero inmediatamente sigue: «el seño-
río reposará en sus hombros. Su nombre es "mensajero del gran
consejo"» (Is 9,5). La epístola es el magistral comienzo de la
carta a los Hebreos (1, 1-12). Como evangelio se escogió el pró-
logo del evangelio de san Juan:

«En el principio existía la Palabra,


y la Palabra estaba con Dios,
y la Palabra era Dios.
Ella estaba al principio con Dios.
Todo se hizo por ella
y sin ella nada se hizo de cuanto existe.
En ella estaba la vida,

88
y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en las tinieblas
y las tinieblas no la vencieron...

La Palabra era la luz verdadera


que ilumina a todo hombre
que viene a este mundo.
En el mundo estaba
y e) mundo fue hecho por ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron
les dio poder de hacerse hijos de Dios,
a los que creen en su nombre;
la cual no nació de sangre,
ni de deseo de carne,
ni de deseo de hombre,
sino que nació de Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y puso su Morada entre nosotros,
y hemos visto su gloria,
gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 1-14).

Con tal sublimes tonos celebra la liturgia de la Iglesia este


misterio. .Nosotros nos unimos a ella con toda el alma y corazón
y recibimos la gracia de Navidad: el encuentro con Cristo en- 74
tero en la figura de un nifio. 330

Esta fiesta se continúa en la familia y en otras comunidades


de vida. El nacimiento, los villancicos, cantados por nosotros mis-
• mos, u oídos en la radio y en los discos, el árbol de Navidad con
su hoja perenne, todo ello hace que la fiesta del nacimiento de
Jesús, más que ninguna otra, cree un ambiente especial, tanto en
la familia como en la calle.
El 25 de diciembre es para los no creyentes la fiesta que in-
troduce en el invierno. Se descansa del trabajo del otoño y se vive
la intimidad de la familia. También para los cristianos cumple
Navidad esta función. Así cobra la fiesta del nacimiento de Cristo
una tensión singular que sintió ya san Francisco de Asís, y han
puesto a menudo de relieve los poetas modernos. Se quiere ex-
presar que Navidad es, por una parte, una fiesta de pobreza y
amor, de salir del propio ámbito; mas, por otra, una fiesta de abun-
dancia, fiesta en que se permanece en el propio círculo y se goza

89
de cerrada intimidad, y en este sentido también una fiesta de amor.
Siempre será deber cristiano mantenerse abierto al prójimo fuera
del propio ámbito vital. Sólo así tendrá nuestra celebración de la
Navidad algo de común con la actitud de Jesús, que deja la mo-
rada del Padre para venir a habitar entre los hombres.
Ocho días después del nacimiento del Niño, nos cuenta Lucas
que fue circuncidado. La Iglesia conmemora el hecho una semana
después, el día de Año Nuevo. Por la circuncisión, tal como la
prescribía la ley, Jesús fue admitido en el pueblo de Israel.
En esta ocasión recibió el Niño el nombre que ya llevaba an-
tes de nacer: Jesús, que quiere originariamente decir: «Yahveh
salva.» Es el mismo nombre que llevó el caudillo que introdujo al
pueblo en la tierra prometida: Yehoshua (Josué).

La epifanía del Señor


Todavía no está cerrado el ciclo de Navidad. La liturgia del 6
de enero forma otro momento culminante. Es una fiesta que anti-
guamente se celebraba aún con mayor esplendor que el mismo naci-
miento del Señor. Aun hoy día ocupa en la Iglesia de oriente el
mismo puesto que entre nosotros la Navidad. Es la celebración
de una idea grandiosa: la manifestación (epifanía) del Señor.
Se han reunido aquí tres hechos salvadores: la adoración de
los magos de oriente, el bautismo de Cristo en el Jordán y las
bodas de Cana; por tanto, tres manifestaciones incipientes de su
gloria.
Como epístola se escogió uno de los fragmentos más jubilosos
del libro de Isaías (60, 1-6): «Levántate, ilumínate, Jerusalén.»
El Señor quiere inundar de su luz a Jerusalén, de suerte que las
naciones paganas acudirán a ella. De hecho, por Jesús apareció
la salud de Dios en Jerusalén y Palestina.
El evangelio narra el primero de los tres hechos indicados.
Es una historia que Mateo pone al comienzo de su evangelio: Je-
sús aparece por vez primera a los no judíos, señal de que también
el mundo fuera de Israel está incluido en el advenimiento de
Jesús. Con ayuda de un signo del cielo estrellado y de una profecía
judaica, unos «sabios» de Oriente (¿de Persia, Babilonia, Arabia?)
hallan al Niño con su madre y le tributan honores regios. Desde
la época de las catacumbas se pintó con predilección la escena de
los magos para proclamar que Jesús había aparecido para todo
el mundo. Además de epifanía, se suele llamar también a esta
fiesta la adoración de los reyes.

La historia de los magos tiene un trágico epílogo en la matanza


de los niños de Belén y en la huida a Egipto. La muerte de los

90
inocentes que, sin saberlo, derramaron su sangre por Jesús, se
celebra dentro de la semana de Navidad, el 28 de diciembre, fiesta
de los Santos Inocentes.
La huida a Egipto significaba que, al retorno, siguió Jesús el
mismo camino que antaño el pueblo de Israel en su salida de Egip-
to. Así lo nota Mateo: «...para que se cumpliera lo que dijo el
Señor por el profeta que dice: De Egipto llamé a mi Hijo»
(Mt 2, 15). Jesús es el Hijo escogido en grado muy superior al
pueblo de Israel. Por Él saldrá el mundo definitivamente y para
siempre de la casa de esclavitud.

Primer encuentro con Jerusalén


Lucas cuenta otro hecho de Jesús Niño: el Señor sube por vez
primera a Jerusalén. Este hecho salvador se celebra el 2 de fe-
brero, fiesta de la «presentación en el templo» o de la «purificación
de María» (popularmente, la «Candelaria»). Cuarenta días des-
pués del nacimiento, los padres de Jesús subieron a Jerusalén para
cumplir un precepto de la ley. María tenía que someterse a una
solemne purificación y Jesús ser consagrado a Dios como primo-
génito. (El primogénito humano era luego «rescatado»; como sus
padres eran pobres, bastó que dieran por el rescate un par de
palomas.)
De los distintos significados que tiene esta fiesta, la liturgia
se ha fijado en uno especialmente. A juicio de los modernos exe-
getas, tal significado es central para Lucas, a saber, que Jerusa-
lén, la ciudad de las promesas, recibiera por vez primera en sus
brazos al prometido. Esta liturgia, de origen oriental, es de una
exuberancia poco conforme con la sobriedad romana. «¡Adorna
tu tálamo, Sión! ¡ Recibe a Cristo rey! Abraza a María, que es
puerta del cielo. Ella lleva en sus brazos al rey de la gloria que
brilla de nuevo.» Así se canta al Niño y a su madre.
La epístola, tomada de Malaquías (3, 1-4), habla de la venida
del Señor para purificar su templo. El evangelio es una parte del
correspondiente relato de Lucas (2, 22-32).
El profundo sentido de este acontecimiento se pone de mani-
fiesto en que tampoco ahora son los guías religiosos oficiales del
pueblo los que le dan la bienvenida en Jerusalén, sino un anciano
y una anciana, que representan sin duda a los «pobres de Yahveh», 42, 78
que pacientemente aguardan la «consolación de Israel». 88, 102
Se llamaban Simeón y Ana. Simeón entona un himno en ho-
nor de este niño: «Luz para ser revelada a las naciones y para glo-
ria de tu pueblo Israel.» Gentiles y judíos son objeto de elección.
Toda la obra salvadora de Jesús está también simbolizada así en
uno de los primeros acontecimientos de su vida. Y también lo

91
están las lágrimas, que el ahora niño derramará más adelante sobre
esta ciudad (Le 19, 41-44). Simeón habló, en efecto, a la joven
04-105 madre no sólo del ensalzamiento, sino también de la caída de
47-149 muchos. Este niño desenmascarará interiormente a los hombres.
5, 169 Esto significará para María como siete espadas de dolor.

Criado en Nazaret
Jesús se crió en Nazaret. José era carpintero (Mt 13, 55). Tam-
bién Jesús ejerció esta profesión (Me 6, 3). Así pues, hasta los
30 años de su vida aproximadamente, estuvo dentro de un orden
social con su propia tarea, y vivió en una familia sencilla.
Hace un siglo todavía, nuestros abuelos gustaban de meditar en
la vida familiar de Nazaret. Les conmovía el ejemplo de paz, obe-
diencia y amor que cabe imaginar en la familia nazarena. De
ahí que, el año 1892, se introdujera en la Iglesia una fiesta en
honor de la sagrada familia, que se celebra el primer domingo des-
pués de Epifanía.
Pero la vida oculta de Jesús es también modelo para nosotros
en otro aspecto. Su vida en una aldehuela nos hace ver cómo es
Dios y cómo obra. Nazaret nos dice que el Hijo de Dios se nos
apareció en la vida ordinaria de la humanidad, en la vida, que
llevamos los hombres desde los cazadores de la prehistoria hasta
los habitantes de ciudades y campos de la actualidad, los padres de
familia, los chicos de la escuela, el ama de casa. La vida de fa-
milia y sociedad, con todas sus cargas y alegrías del trabajo, es
vida que, aparentemente, no hace historia. Y, sin embargo, de
esa vida sale el Hijo de Dios. Por ello vemos una vez más, con
un poco más: de claridad, quién es Dios. Dios es el que quiere
aparecerse de manera ordinaria, el que ha compartido en lo oculto
la vida diaria de los hombres, cercano a nuestras vidas particula-
res que no llaman la atención ni hacen historia. Nazaret nos hace
ver que Dios está con nosotros, en nuestro trabajo y en nuestra
vida familiar. Ésta es la finalidad que persigue la fiesta de la vida
oculta de Jesús, que se celebra el domingo después de Reyes.

Segundo encuentro con Jerusalén


No disponemos de relatos que nos cuenten la vida de Nazaret,
pero hay una excepción. Cuando Jesús tenía doce años, subió con
sus padres para la fiesta de pascua a Jerusalén y, a la vuelta, cuen-
ta Lucas, se quedó en la ciudad sin avisar a nadie. María y José
lo encontraron al cabo de tres días en medio de los doctores en
el templo. Aquellos rabinos estaban pasmados de sus prudentes
respuestas, pero María le dirigió la reprensión de una madre:

92
«Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros' Tu padre y yo
te hemos buscado con dolor» (Le 2, 48).
Jesús recogió la palabra «padre» de labios de María y con-
testó que Él debía estar en las cosas de su Padre. Quería decir
de Dios, su Padre Sus padres no entendieron esta palabra, pero
María la guardó en su corazón.
I Qué significado tiene este incidente ? Para entenderlo, convie-
ne saber por qué lo narra Lucas Como ya hemos notado, para este 90
evangelista es siempre muy importante que Jesús se revele en ns 116
Jerusalén. Dios había prometido que allí se manifestaría a los 154155
hombres. Así sucedió por primera vez en la presentación de Jesús
en el templo. Entonces Jesús no podía aún hablar. Jerusalén ha-
bló en la persona de Simeón y Ana Allí se encontró por vez
primera con su Señor. En este episodio del Jesús de doce años,
habla ya Jesús Ahora se encuentra el Señor por vez primera con
Jerusalén Vemos por nuestros propios ojos cómo se cumplen las
promesas de Dios a su pueblo.
Lucas narró este acontecimiento tan humano para cerrar su rela-
to acerca de la juventud de Jesús. Un joven provinciano, pueble-
rino de Nazaret, aparece de pronto en la capital, la ciudad de
Dios, y siente con todas las fibras de su ser que aquélla es su
casa. Jesús queda fascinado por esta mirada a la majestad de
Dios su Padre y por vez primera barrunta la tarea de su vida
hasta el punto de olvidar a sus padres.
Un joven inteligente descubre su vocación He ahí la manera
como Dios entra en su templo 1 De qué modo tan maravillosamente
distinto se cumplen las profecías, de qué modo tan humano' Dios
se nos muestra en un hombre que va creciendo. «Y Jesús crecía
en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hom-
bres» (Le 2, 52).

La conciencia de Jesús
Cabría preguntar aquí ¿ Cómo puede ser Hijo de Dios y, por
ende, saberlo todo, y hombre al mismo tiempo, y, por ende, crecer
en sabiduría' Es la misma pregunta que hicimos ya en el último
capítulo, pero referida ahora con más precisión a la conciencia 82-83
de Jesús.
También aquí sé ha de responder que debemos ser cautelo-
sos para no hablar desde nuestras concepciones humanas, como
si conociéramos ya perfectamente a Dios antes de conocer a Je-
sús Jesús no está ahí para los que se imaginan que conocen a
Dios, sino para los que buscan a Dios. Nosotros sólo podemos
dirigir nuestra mirada al hombre Jesús Sólo mirándole a Él, po-
demos adivinar algo del Dios que se nos ha-revelado en Él La

93
grandeza de Dios es mucho más que cuanto nosotros podemos
476 imaginar de «grandeza>.
La conciencia de Dios es mucho más viva y cálida de lo que,
con nuestros medios humanos, podemos imaginar de una «con-
ciencia absoluta». En el saber auténticamente humano de Jesús
(por el que, por ej., se abría el mundo a sus ojos como se abre
para cualquier hombre), se refleja algo de su igualdad con Dios.
En Jesús se nos ha hecho Dios asequible.

BAUTISMO Y TENTACIÓN

Es de esperar que se describan los comienzos de la vida pública


de Jesús de manera que en ellos se exprese el núcleo esencial de
su misión.
La vocación de los hombres de Dios del Antiguo Testamento
es referida a menudo al comienzo de su historia. Por medio de
, 57 magníficas imágenes exteriores — una vara de almendro en Jere-
305 mías (1, 11), una sala del trono con un altar de fuego en Isaías
(6, 1-7) — se expresan profundas vivencias interiores.
Al comienzo de la vida pública de Jesús describen los evange-
lios un hecho que desde la más antigua tradición es transmitido
con insistencia: su bautismo de manos de Juan en el Jordán. Es el
segundo acontecimiento salvador que se celebra en la Epifanía
(como evangelio se lee una semana más tarde, el 13 de enero).
El hecho es narrado de forma que las imágenes exteriores
apuntan a una realidad que jamás se podrá expresar adecuadamen-
te en palabras. Se trata del contacto del Padre con Jesús y de la
fuerza del Espíritu. Este contacto es expresado con tétennos del
Antiguo Testamento: «Tú eres mi Hijo amado, en quien me he
complacido» (Me 1, 11). Así se evoca la figura del siervo de Dios,
del siervo paciente de Yahveh, al que están consagrados algunos
-273 cánticos del libro de Isaías. Allí se lee: «He aquí a mi siervo, en
quien se complace mi alma» (Is 42, 1). Y en otro pasaje (53, 6 ) :
«Yahveh cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros.»
El bautismo es, pues, un signo de su servicio, de su «sumisión»
y hasta de su muerte. Más adelante, aludirá Jesús por dos veces
237 a su t é r m i n o con la p a l a b r a «bautismo» ( M e 10, 3 8 ; L e 12, 50).
E l H i j o a m a d o se c o n s a g r a a sí mismo c o m o siervo, como h u m i l -
238 de y pequeño, como c o r d e r o que lleva los pecados del m u n d o . T a l
es su vocación.
«Vio r a s g a r s e los cielos y al E s p í r i t u en f o r m a de paloma que
descendía sobre Él», leemos a d e m á s ( M e 1, 10). D e modo seme-
j a n t e p r o s i g u e también el cántico del s i e r v o de Y a h v e h : « S o b r e
Él he puesto mi espíritu» (Is 42, 1).

94
Los varones de Dios del pasado estaban animados por el Es-
píritu de Dios como por un principio extraño, superior a ellos. En 64
cambio, en toda la ulterior vida pública de Jesús su plenitud de
Espíritu aparece como algo natural, como si no tuviera necesidad,
por decirlo así, del Espíritu. Esto no es, naturalmente, verdad.
Mejor sería decir que no posee el Espíritu como un elemento
extraño, sino como una fuerza que le pertenece, como si fuera su
propio Espíritu. «Pues aquel a quien Dios ha enviado, habla las
palabras de Dios, porque le da el Espíritu sin medida» (Jn 3, 34;
cf. Is 11, 2 ; Jn 1, 33).
Por este bautismo del Espíritu, cobra nuevo significado el bau-
tismo de agua de Juan: se convierte en símbolo del bautismo del 233, 243
Espíritu para todos los creyentes futuros. Por este motivo canta
la liturgia de Oriente en la vigilia de la Epifanía: «Hoy inclina el
Señor la cabeza ante la mano del precursor; hoy lo bautiza Juan
en las ondas del Jordán; hoy oculta el Señor en el agua las cul-
pas de los hombres; hoy es atestiguado desde lo alto como hijo
amado de Dios; hoy santifica el Señor la naturaleza del Agua. Se
inmerge en la corriente del Jordán no para purificarse a sí mismo,
sino para preparar nuestra regeneración.»

Quizá se podrían pasar por alto las consecuencias que había


de tener para Jesús su vocación; pero los evangelios excluyen tal
posibilidad, pues nos hablan de tentaciones contra la misma: «Sino
que fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado»
(Heb 4, 15).
Fue tentado en medio de su actividad pública, por ejemplo, cuan-
do reveló por vez primera la forma de su muerte, el bautismo de-
finitivo que sería su muerte: «entonces le tomó Pedro aparte y
comenzó a increparle, y dijo: ¡ Dios te libre, Señor! ¡ No te suce-
da tal cosa! Pero Él se volvió y dijo a Pedro: "¡Apártate de mí,
Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, pues no sientes las
cosas de Dios, sino las de los hombres"» (Mt 16, 22-23). La peti-
ción bien intencionada de Pedro contenía veneno para Jesús. Era
la oposición a su bautismo, la tentación por parte de su adversa-
rio, Satán. n i , 46i
Los evangelios nos hablan de tentaciones en el desierto. Que
este lugar, la figura del diablo y la triple tentación sean un relato
histórico o una estilización, nada quita ni pone al hecho salvador.
Sin embargo, es significativo que se hable del desierto. Éste es,
en efecto, el lugar del encuentro con Dios y también de la tenta-
ción. Jesús vuelve a seguir la peregrinación por el desierto del
pueblo de Israel. El pueblo fue tentado en el desierto y sucumbió
a la tentación. Jesús la resiste con la misma naturalidad con que
posee el Espíritu, mediante tres palabras tomadas de la situación

95
de Israel (Dt 8, 3 ; 6, 16; 6, 13). Donde el pueblo olvidó entonces
(y toda la humanidad con él) su misión y, de espaldas a Dios,
anhelaba volver a las ollas de Egipto, dice Él que el hombre vive
también de toda palabra que sale de la boca de Dios. Donde el
pueblo quiso tentar a Dios y arrancarle un milagro, se niega Jesús
a ofrecer un aparatoso espectáculo. Donde el pueblo se afanó por
los ídolos mundanos, rechazó Jesús todo señorío mundano que el
diablo le ofrecía en compensación si se postraba ante él.
Obrar un milagro en provecho propio, pedir a Dios un espec-
táculo exterior impresionante, pretender dominio terreno: he ahí
tres caminos que Él no quería seguir. Son tres cosas al alcance de
quienes quieren triunfar. Jesús sabía que había venido a invertir
la escala de los valores. «Lo que quieren los hombres», como le
dijo a Pedro, lo que en el mundo pasa por sabiduría y gloria, es
lo que Él tenía que evitar precisamente. Su bautismo significaba:
someterse, ser un hombre insignificante, un servidor, vivir para la
muerte. En una palabra: no éxito, sino servicio. Permanecer fiel
a ese destino fue toda su alegría. Una alegría nueva en el mundo.
Y he aquí que vinieron ángeles y le servían.
No en balde leemos este evangelio del servicio de Jesús al co-
mienzo de la cuaresma, tiempo en que tratamos de restablecer en
nosotros la actitud clara de una vida cristiana.

EL REINO DE DIOS

Cana
En la apartada Galilea reveló Jesús por vez primera su gloria.
El evangelio de Juan comienza con unas bodas que se celebraron
en Cana, pueblecillo vecino a Nazaret. Jesús cambia el agua (que
estaba allí para los ritos de purificación de los judíos) en exce-
lente vino. Un primer signo simbólico de la alegría mesiánica que
en la «hora» de la muerte y resurrección de Jesús sustituiría lo
viejo por lo nuevo, el agua por el vino. El evangelista Juan hace
notar a este propósito que María pidió esta señal. Parece que Jesús
quiere negarse de pronto y alude a su hora (última), que tocaba
determinar al Padre, y no a María. Sin embargo, accede a la
súplica. Juan consignó, seguramente con intención, la parte que
cupo a María en este milagro, tanto más cuanto que mencionará
expresamente la presencia de María en aquella hora (Jn 19, 26).
Las bodas de Cana son el tercer hecho salvador que se celebra
en la fiesta de la Epifanía del Señor el día 6 de enero. El evange-
lio se lee el segundo domingo después de reyes.

96
Una gran luz
Galilea fue la primera en oír el mensaje de Jesús. Esta tierra
fronteriza había sido ocupada por los asirios en tiempos del pro-
feta Isaías. Sin embargo, confiando en la gracia de Dios, el profeta
predijo a esta región un brillante futuro. La profecía resultó cier-
ta ahora, pues este pedazo de tierra fue precisamente el primero
que oyó el mensaje. Al contar Mateo que Jesús se estableció en
Cafarnaúm, escribe también

«Para que se cumpliese el oráculo del profeta Isaías


Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí,
camino del mar, allende el Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo postrado en tinieblas
ha visto una intensa luz,
a los postrados en paraje de sombras de muerte,
una luz les ha amanecido» (Mt 4, 14-16).

Vino en unas bodas, luz en las tinieblas así ven los evange-
lios a Jesús en su aparición en Galilea
Ahora bien, el mensaje que Jesús anuncia, se puede cifrar en
la palabra «reino de los cielos» «Desde entonces comenzó Jesús
a predicar Convertios, porque el reino de los cielos está cerca»
(Mt 4, 17).

¿ Qué significa el remo de los cielos f


Jesús dijo propiamente «reino de Dios», como afirman los otros
tres evangelistas Sólo Mateo escribe siempre «reino de los cielos»,
siguiendo la manera de hablar de los rabinos que sustituían, por
reverencia, el nombre de Dios por la palabra «cielos».
Se trata, pues, del reino de Dios, pero no ha de entenderse
como el territorio en que Dios reina, sino como la soberanía de
Dios «Reinado de Dios» o «señorío de Dios» expresan con exac-
titud la idea en cuestión Para los oyentes de Jesús eran expre-
siones cargadas de vida No necesitaban explicación, como no es
preciso explicar al enfermo lo que significa «curarse» ni al solda-
do lo que significa «paz» El reino de Dios era algo que todo el 4142
mundo ansiaba Esta expresión, que se remonta al Antiguo Tes- 45, 72
tamento, compendiaba la fe en que Dios es el señor del mundo
y aparecería un día para desterrar de él la injusticia y la mise- 154 155
n a y poner fin a tantas amarguras de la existencia Éste es el
meollo puro de la anhelante expectación.
En el curso del tiempo, esta expectación tomó a menudo formas

97
menos puras. Había gentes para quienes oir esta palabra y echar
mano de las armas era todo uno. El reinado de Dios significaba para
ellos la victoria sobre los gentiles, la restauración nacional, la erec-
ción de un Estado en que imperara Dios. Otros veían a su vez en
la venida del reino de Dios una intervención divina, que sacudiría
les fuerzas celestes y haría surgir un mundo nuevo. Estos soñado-
res especulaban con predicciones exactas sobre el día preciso en
que se acabaría el mundo. Sus descripciones están de ordinario
llenas de fantasías. Estos movimientos se llaman apocalípticos.
64 Ambas concepciones se fundan en una inteligencia a menudo
muy material y literal del lenguaje figurado de los profetas. Lo
que en éstos quedaba abierto, tomaba ahora una forma fija y de-
terminada, de matiz nacionalista y apocalíptico. En el núcleo puro
de la expectación del reino de Dios entraban ingredientes menos
puros, sentimientos sobre todo de resentimiento nacional.

El reino de Dios aparece con Jesús


En este mundo dejó oir Jesús su primera apelación: «Conver-
tios, porque el reino de Dios está cerca.» Se comprendía bien lo que
quería decir. Pero ¿ de qué manera entendía Jesús este reino ? Ni se
desenvainó ninguna espada, ni cayó ninguna estrella del cielo. Fue
la primera sorpresa de su mensaje, el que nada de esto sucediera.
Tampoco fija ninguna fecha. «Velad, pues —dirá un día—,
porque no sabéis en qué día va a llegar vuestro Señor» (Mt 24, 42).
Así condena la tendencia humana, que aún hoy día existe, a deter-
minar puntualmente el día en que va a terminar el mundo. Tal
fecha exacta acaso dé un estímulo a la fe, una fortaleza aparente,
en cuanto dirige la atención a algo exterior y concreto; pero Jesús
quiere comunicarnos una verdad más profunda.
Jesús se abstiene también de las fantásticas descripciones que
eran entonces moneda corriente. Sin duda anunciará también Él
una universal manifestación de Dios, pero el «fin del mundo» no
coincide para Él con los albores del reino. Además, su idea del
fin, comparada con las imaginaciones apocalípticas del tiempo, es
simple y decididamente pobre. Su mensaje se concentraba con
toda energía no en un acontecimiento exterior, sino en el hecho
de que Dios reinaría.
Con esto entramos en la parte más sorprendente de su mensa-
je. Jesús anuncia un reinado que ha comenzado ya. El reino de
Dios está a la vista. ¿ Dónde ? En su propio advenimiento.

«Y vuelto hacia sus discípulos les dijo, a solas: Di-


chosos los ojos que ven lo que estáis viendo. Porque yo
os digo: muchos profetas y reyes quisieron ver lo que

98
vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oir lo que vos-
otros estáis oyendo, y no lo oyeron» (Le 10, 23-24).

«Y bienaventurado aquel que en mí no encuentre oca-


sión de tropiezo» (Mt 11, 6).

Cierto que al principio relegó muy a segundo término el mis-


terio de su persona y sólo habló del reinado de Dios. Pero eso no
bastaba para ocultar que el reino de Dios había aparecido ya por
el solo hecho de su propia presencia.
Mientras los videntes apocalípticos hablaban sobre cosas que
caían fuera de ellos mismos, Jesús lleva el reino de Dios en sí
mismo. El reinado de Dios no es para él una visión lejana. El
mismo Jesús está en medio de él, empeñado en la lucha contra
otro reino: «Pero, si yo arrojo los demonios por el dedo de Dios,
es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Le 11, 20).
Sin embargo, nada hace pensar en una conmoción cósmica.
A los que le preguntan sobre el momento, les responde Jesús: «El
reino de Dios no ha de venir aparatosamente; ni se dirá: "Míralo
aquí o allí", porque mirad: el reino de Dios ya está en medio de
vosotros» (Le 17, 20-21). Nada, pues, de alzamiento nacional, nin-
guna señal en el cielo, sino algo de Dios y del cielo, que está ocul-
to en el cotidiano quehacer, en la vida ordinaria de los hombres.

Las parábolas
Jesús comienza hablando en parábolas, narraciones destinadas
a ilustrar una verdad. También las usaban entonces los doctores
de la ley. Pero Jesús las usa de forma completamente nueva. Los
doctores se proponían aclarar un texto propuesto. En Jesús, las 146-148
parábolas son el mismo mensaje. Con frescura y sencillez, narran
historias de la vida diaria, que todo el mundo podía entender.
.A veces también casos extraños que rara vez se dan, por ejemplo,
un banquete al que no acude nadie. Pero aun estos casos se en-
tienden inmediatamente.
«¿Quién de entre vosotros...?» De forma tan sencilla, tan in-
mediata y directa comienza a menudo Jesús sus parábolas. Este
modo de comenzar una narración es característico de Jesús. Nin-
gún rabino de su tiempo empleó esta fórmula.
Jesús habla en las parábolas para ser entendido. A este propó-
sito escribe Marcos: «Y con muchas parábolas así, les proponía
el mensaje según lo pwHam recibir» (Me 4, 33).
Sin embargo, una condición previa se requiere para entender
estas parábolas. Después de algunas de ellas exclama Jesús: «El
que tenga oídos para oir, que oiga.» Es menester una disposición

99
para entregarse, para convertir su vida; un órgano, un oído para
captar el oculto mensaje. El que no posee esa disposición, sólo oye
la historieta. La parábola no entendida es entonces indicio de que
está uno fuera. Lo que debería ser camino para entender, se torna
signo de reprobación. Tal es el sentido de Me 4, 10-13, pasaje que
no debe leerse sin tener en cuenta el v. 33, ya antes citado, del
mismo capítulo.

Parábolas del reino de los cielos oculto


No debe sorprendernos que algunas parábolas de Jesús traten de
una cualidad insospechada del reino de los cielos: su carácter oculto.

El reino de los cielos se parece a un poco de levadu-


ra que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de
harina, hasta que fermentó toda la masa» (Mt 13, 33).

Otra parábola les propuso:

«El reino de los cielos se parece a un grano de mos-


taza que un hombre tomó y sembró en su campo. Y con
ser la más pequeña de todas las semillas, cuando crece
es la mayor de las hortalizas y se convierte en árbol, de
modo que los pájaros del cielo pueden venir y anidar en
sus ramas» (Mt 13, 31-32).

La maravilla del contraste entre principio y fin, que observamos


diariamente en la naturaleza, le presta a Jesús tema para explicar
la aparente insignificancia de los comienzos del reino de Dios. Tam-
bién la breve parábola de la semilla que crece por sí misma mues-
tra lo modestamente que el reino de Dios se va abriendo camino,
pero también con qué soberana independencia de los hombres.

«El reino de los cielos viene a ser esto: Un hombre


arroja la semilla en la tierra. Y ya duerma o ya vele,
de noche o de día, la semilla germina y va creciendo sin
que él sepa cómo. La tierra, por sí misma, produce pri-
mero la hierba, luego la espiga y, por último, el trigo
bien granado en la espiga. Y cuando el fruto está a pun-
to, en seguida aquel hombre manda meter la hoz, porque
ha llegado el tiempo de la siega» (Me 4, 26-29).

Estas parábolas eran, sin género de duda, una respuesta a las


gentes que movían la cabeza y se decían: ¿ Esto es el reino de
Dios? Aquí se ven las consecuencias de lo que Jesús tomó sobre

100
sí en el bautismo: Lo que importa no es el efecto exterior que 94-9
deslumhra a los hombres, pero no les nutre, sino la acción menu-
da, ordinaria y que no llama la atención. También el reino de
Dios tiene forma de siervo.

Las ocho bienaventuranzas


En ninguna parte aparece esto más sorprendentemente que al
comienzo del sermón de la montaña, la alocución de Jesús sobre 130-131
una colina de Galilea, en que Mateó reunió muchas de sus palabras:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos


es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán con-
solados.
Bienaventurados los sufridos, porque ellos heredarán la
tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcan-
zarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos ve-
rán a Dios.
Bienaventurados los que practican la paz, porque ellos
serán hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por atenerse a lo que es
justo, porque de ellos es el reino de los cielos»
(Mt 5, 3-10).

Con estas «ocho bienaventuranzas» no ha querido enviar Je-


sús otros tantos tipos de hombres. Se refería a un solo grupo
humano. No es fácil definirlo. Pero sería falso ver en ellas un de-
terminado sector social, por ejemplo, los que no tienen nada. Ya
la primera bienaventuranza habla de los pobres de espíritu. No se
trata del no tener como tal, sino de una actitud espiritual, de un 412
sentimiento. Por otra parte, tampoco sería exacto ver en ellas
solamente a hombres que se han asimilado determinadas virtudes
de ascesis y amor a la paz. No se trata, pues, de determinada clase
social, pero tampoco de una suma de virtudes.
¿ De qué se trata entonces ? Tal vez pudiéramos intentar des-
cribirlo así: Jesús se refiere a hombres que nada tienen que espe-
rar del mundo y todo lo esperan de Dios; hombres a quienes el
mundo mira por encima de los hombros, pero que se abren ente-
ramente, sin rencor, a Dios. En una palabra, son los hombres cuya
vida puede compararse con la esclavitud y servicio de amor que

101
Jesús escogió para sí en su bautismo. Es una actitud que trastor-
na todos los criterios «mundanales». De esta manera proclama el
Hijo de Dios bienaventurados a los que viven como Él vivió por
propia elección. Ellos poseen la disposición ideal para aguardar el
42 reino de Dios y hasta para recibirlo ya ahora como una profunda
alegría en su existencia terrena, que a menudo es tan poco atra-
yente. Dios los consolará, saciará y hará hijos suyos.
A menudo se tratará de verdaderos pobres; a veces, también
de virtuosos. Pero también entra en la cuenta aquel alcabalero o
publicano que oraba en el templo (Le 18, 9-14), que no era pobre
ni virtuoso, pero se daba cuenta de su insuficiencia y tenía verdade-
ra hambre y sed de la justicia, y estaba dispuesto a cambiar de vida.
No se trata en las bienaventuranzas de recintos bien acotados, sino
de aquel potente acontecer dinámico, por el que Dios está presente
para todos los que lo necesitan y lo aguardan. Y así se ve claro que
el juicio de Dios sobre el triunfo o el fracaso, sobre lo alto y lo
bajo, la dicha o el dolor, es completamente distinto que el nuestro.
En el Israel contemporáneo de Jesús había grupos de «bue-
nos» bien definidos, que se tenían por el «residuo» ortodoxo del
pueblo, y en cierto sentido lo eran, pues se mantenían fieles a la
ley y a la fe. Tales eran, por ejemplo, los fariseos ( = separados).
Jesús no se vincula a ningún «residuo» ortodoxo, sino que busca
gentes completamente distintas. Busca a las ovejas perdidas de
Israel. Ningún fariseo queda excluido, a condición de que sea
hombre tal como lo describen las bienaventuranzas. Esto chocaba:
«Muchos primeros serán los últimos y los últimos los primeros»
(Me 10, 31). «Y dichoso aquel que no se escandalice de mí»
(Mt 11, 6). De hecho, los escriban y fariseos se mantuvieron al
margen, mientras mucha gente «sin importancia» corría a Jesús.

Se derriban las fronteras


Hasta qué punto se derriban muchas fronteras, a que estába-
mos acostumbrados, por el mensaje de Jesús, pruébalo el hecho
de que reiteradamente pone de relieve la complacencia de Dios
sobre los samaritanos, pueblo heterodoxo que vivía entre Judea y
Samaría. Jesús parece obrar así sin poner en pie de igualdad el
error de los samaritanos con el judaismo (cf. Jn 4, 22).
Jesús no predicó fuera de Palestina; pero, al encontrarse (en
el evangelio de Mateo) con el centurión extranjero, habla de los
muchos que vendrían de oriente y occidente y se sentarían a la
misma mesa con Abraham, Isaac y Jacob. Luego, tampoco la fron-
tera de Israel es ya válida. La salvación comienza sin duda por
los judíos; pero el pueblo que se congregará para formar el reino
de Dios procede de todas partes. También este hecho era chocante.

102
Pero su más desconcertante derribo de fronteras fue su trato 90
con públicos pecadores. Si un honrado señor, con fama de bueno,
fariseo, le convida a comer, Jesús no se niega (Le 7, 36); pero tam-
poco cuando lo hace un cobrador romano de tributos, un estafa-
dor, un traidor a su patria: un publicano. Más aún, Él mismo se
le entra por la puerta (Le 19, 5-6). La cosa era inaudita: un maes-
tro religioso no podía comer con pecadores.
Sería superficial ver en esta conducta de Jesús un mero des-
precio de las costumbres rutinarias. Mucho menos quería dejar a
estos pecadores, por un trato de camaradería, en el estado en que
se hallaban. Se hallaban en la miseria y Él les traía el reino de
Dios. El comer con ellos era ya el comienzo del reino de Dios. La
comida en común era para Jesús símbolo del tiempo de la alegría
mesiánica y de la unión con Dios. Así lo mostrará para siempre
en su última cena; pero ya las comidas durante su vida apuntan a 161
lo mismo. Comer con pecadores significaba llevarles el reino amo-
roso de Dios y, por ende, liberación del pecado.
Una profunda paz irradia de esos incidentes. Ellos muestran
cómo se inicia el advenimiento del reino de Dios y cómo son los
hombres en quienes pensaba Jesús al proclamar las bienaventuran-
zas. He aquí uno de esos relatos, henchidos de pura alegría:

«Habiendo entrado en Jericó, iba atravesando la ciu-


dad. Cuando he aquí que un hombre, por nombre Zaqueo,
que era jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién
era Jesús, y no lo lograba por causa del gentío, pues era
bajo de estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un
sicómoro para verle, pues por allí tenía que pasar. Y cuan-
do Jesús llegó a aquel sitio, alzó los ojos, y le dijo:
"Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me que-
de yo en tu casa." Y él bajó a toda prisa, y lo recibió
con alegría. Pero todos los que lo vieron, murmuraban
diciendo: " H a ido a hospedarse a casa de un hombre
pecador." Zaqueo, puesto en pie, le dijo: "Daré, Señor,
la mitad de mis bienes a los pobres; y si a alguien he
defraudado en algo, le devolveré el. cuadruplo." Jesús le
dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque
también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hom-
bre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido"»
(Le 19, 1-10).

La alegría
El advenimiento del reino de Dios es una decisión de la gracia
de Dios, la cual pide correspondencia. ¿Cómo ha de ser ésta?

103
«El que no, recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará
en él» (Me 10, 15). Con estas palabras no eleva el Señor a ideal.,
como románticamente pudiera imaginarse, la inocencia del niño;
lo que Él recomienda es la pequenez, el dejarse regalar, y también
sin duda la humildad del nuevo comienzo. En el evangelio de Juan,
dice Jesús a Nicodemo: «El que no naciere de lo alto, no puede
ver el reino de Dios» (3, 3). Con ello se expresa la misma actitud
que veíamos en las ocho bienaventuranzas.
Quienes de este modo se hacen niños, aceptan el don de la
gracia y se entregan a su vez a ella, reciben la alegría de Dios.
El que se niega, se priva de esta alegría. El evangelio alude reite-
radamente a la intensa tristeza de quienes se aferran a su vida
anterior y no entran en los designios de Dios. Por ejemplo, los
que «murmuran» en los banquetes (Le 19, 7), o con motivo de las
curaciones (Me 3, 6), o de que le aclamen los niños en el templo
(Mt 21, 15). Así también los trabajadores de las primeras horas
o el hermano mayor del hijo pródigo: «menester era celebrar un
festín y alegrarse, pues este hermano tuyo había muerto y ha
resucitado; se había perdido y lo hemos encontrado» (Le 15, 32).
Ésta es la alegría de quienes no se sienten seguros por sus pro-
pias excelencias, sino por la gracia de Dios. Son los que saben
que les ha sido dado mucho. Por eso, el más espantoso ejemplo de
quien se cierra a la alegría mesiánica sea tal vez la parábola del
deudor a quien se le ha perdonado una deuda fabulosa, de una
cantidad como nadie poseía seguramente en Palestina (casi 10 mi-
llones de dólares) y, después de ese perdón, agarra por el cuello
un compañero que le debía cien denarios (apenas 20 dólares). Ol-
vidó la deuda que Dios le había perdonado y la alegría que esto
causa y se adscribe al número de los que «no quieren» (Mt 18,
21-35). No perdonar al otro, dice Jesús, significa olvidar la propia
deuda, el propio perdón y alegría.

El mensaje de Jesús es muy serio. Ahí está la parábola del sem-


brador (Mt 13, 3-23). El reino de Dios llega a uno que puede ser
piedra o tierra buena. Es más, uno puede ser tierra buena al prin-
cipio; pero las «solicitudes humanas y el engaño de las riquezas
sofocan la palabra» (Mt 13, 22).
«Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y
espacioso el camino que conduce a la perdición, y muchos son los
que entran por él» (Mt 7, 13; cf. también Le 13, 23). La adver-
tencia es espantosa. Jesús no habla aquí del número de los que se
salvan; pero sin duda afirma que son incontables los que se nie-
gan a corresponder a la gracia o se desalientan, y ponen así en

104
juego su alegría, tal vez su alegría eterna. El camino es angosto.
No debiera hablarse tan largamente de este dictamen que
perdiese su estremecedora seriedad. Y hemos de pensar más en
nosotros mismos que en «la» humanidad. Éste parece ser también
el deseo de Jesús, cuando en Le 13, 23 le preguntan: «Señor, ¿son
pocos los que se salvan?» Como respuesta a esta pregunta sobre
el destino de la humanidad, Jesús da una advertencia a los cir-
cunstantes: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha; que
muchos — o s lo digo y o — intentarán entrar, pero no lo conse-
guirán.» Cada uno ha de esforzarse en entrar por esa puerta. El
hombre tiene en sus manos esa oportunidad real. Sobre el número
no podemos emitir juicio alguno.
El reino es algo por el que se entrega todo:

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escon-


dido en el campo; un hombre lo encentró y lo escondió;
y se va lleno de alegría, vende cuanto tiene y compra
el campo aquel» (Mt 13, 44).

Lo mismo dice Jesús en el sermón de la montaña, pero con tal


seriedad y apremio que sentimos cerca de nosotros la eternidad:

«Si, pues, tu ojo derecho es para ti ocasión de peca-


do, sácatelo y arrójalo de ti; porque más te vale perder
uno solo de tus miembros, que ser arrojado todo tu cuer-
po a la gehenna.
Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córta-
tela y arrójala de ti; porque más te vale perder uno solo
de tus miembros, que ir tu cuerpo a la gehenna» (Mt 5,
29-30).

Innumerables veces nos exhorta Jesús a la vigilancia:

«Tened bien ceñida la cintura y encendidas las lám-


paras, y sed como los que están esperando a que regrese
su señor del banquete de bodas, para abrirle inmediata-
mente cuando vuelva y llame. Dichosos aquellos criados
a quienes el señor, al volver, los encuentre velando. Os
lo aseguro: él también se ceñirá la cintura, los hará po-
nerse a la mesa y se acercará a servirlos» (Le 12, 35-37).

El carácter de las acciones que Jesús exige, puédese ver por


Mt 25, 31-46. Allí son eternamente absueltos o eternamente con- 158
denados los hombres según el bien que hicieron o dejaron de hacer
«con uno de estos más pequeños», como dice Jesús.

105
El reino en el tiempo
Por muy sublime y divino que sea el reino de Dios, nunca rom-
pe sus vínculos con el ahora y aquí, con nosotros. Estamos cons-
truyendo, en el tiempo, la eternidad El momento del remo es el
«hoy», el instante en que Jesús está presente Pero en las pará-
bolas sobre el crecimiento vimos que su acción va en auge El
reino de Dios crece hacia una revelación en el futuro.
La primera revelación es la resurrección de Jesús Por eso,
dice Él mismo «Os lo aseguro hay algunos de los aquí presentes
que no experimentarán la muerte sin que vean llegado con poder
el remo de Dios» (Me 9, 1) Es el gran momento en que Dios
mostrará su señorío resucitando a Jesús de entre los muertos y
dando su espíritu a los hombres En este momento comienza el
tiempo en que el reino de Dios se extenderá por todo el mundo.
Para este fin escogió Jesús a sus discípulos «No temas, pequeño
rebaño, que ha tenido a bien vuestro Padre daros el reino» (Le 12,
32) Él dejó incluso en la tierra las «llaves del reino de los cielos».
En una palabra, para mantener vivo su remo en este mundo, se
143 formó Jesús un pueblo al que llama «mi Iglesia» Pero su Iglesia
no es aún el reino de Dios, sino solo «germen y principio de este
reino sobre la tierra Mientras ella va. creciendo poco a poco,
anhela la consumación del reino y con todas sus fuerzas espera y
ardientemente desea unirse con su rey en la gloria» (concilio Vati-
cano I I , Constitución dogmática sobre la Iglesia, n ° 5).
«Después, será el final cuando entregue el reino a Dios Pa-
dre, y destruya todo principado y toda potestad y poder Porque
él tiene que reinar hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus
pies El último enemigo en ser destruido, será la muerte En efec-
to Todas las cosas las sometió bajo sus pies Pero al decir que
todas las cosas están sometidas, está claro que será con excepción
del que se las sometió todas Y cuando se le hayan sometido todas
las cosas, entonces también se someterá el mismo Hijo al que
se lo sometió todo, para que Dios sea todo en todos» (1 Cor 15,
24-28)
Lo que apareció con sencillez y amor en las llanuras de Galilea,
se consumará en un gran amor entre todo lo que existe.
Recibir el reino de Dios significa querer pertenecer a él Creer
en el reino de Dios significa creer en la indestructible unidad de
los hombres en la alegría del Padre.

106
La Iglesia predica a Jesús
No ha sido posible decir en este capítulo todo lo relativo al
reino de Dios. Así, por ejemplo, no hemos hablado del Padre,
siendo así que el Padre es el centro de los pensamientos de Jesús,
el sol que ilumina su espíritu.
¿ Es lástima que hayamos omitido tantas cosas ? No, pues en
este libro seguiremos hablando del reino de Dios. En realidad, no
hay página en que no se trate de él.
Sin embargo, no emplearemos la palabra «reino de Dios» tan
a menudo como lo hizo Jesús. Así hizo también la Iglesia desde
sus orígenes. ¿ Por qué ? Algunos han dicho que esto se debe a
que la iglesia habla demasiado de sí misma. Pero no es ésa la
verdadera razón. La verdadera razón es que después de la resu-
rrección y glorificación de Jesús se puso bien de manifiesto quién
era Él. Este humilde Jesús no es sólo el heraldo del reino de Dios,
sino también el rey. Este humilde rabí no sólo pregona el señorío,
sino que Él mismo es el Señor. Él es «el reino en persona» (auto- 150
basileia), en expresión de Orígenes. El que a Él ve, ve al Padre.
Por eso, predicar a Él es predicar al Padre, el reino del Padre.
Eso es lo que la Iglesia trata de hacer. Al predicar a Jesús, pre-
dica el reino de Dios. Bueno es ir una y otra vez a Galilea a oir
allí a Jesús. Muchos domingos tienen por evangelio algunas de
las parábolas del reino de los cielos. Y no pasa día en que no suba
a Dios el deseo de la familia: «Venga a nosotros tu reino.»

LOS SIGNOS

Profecías cumplidas
Jesús anunció el reino de Dios con sus palabras y con sus mi-
lagros o signos. «Mas si expulso los demonios por el dedo de
Dios, sígnese que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Le 11,
20). Cuando Juan Bautista manda desde su prisión a preguntar
por el mesianismo de Jesús, éste le contesta: «Id y contad a Juan
lo que estáis oyendo y viendo: los ciegos ven y los cojos andan,
las leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resuci-
tan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; y dichoso aquel
que no se escandalice de mí» (Mt 11, 4-6).
Con estas palabras aludía Jesús a un pasaje del profeta Isaías
que habla del tiempo en que vendría Dios:

«Decid a los de corazón apocado:


¡ Ánimo, no temáis !

107
Mirad que vuestro Dios
prepara la venganza,
la retribución de Dios,
él es quien la prepara y él os salvará
Entonces se despegarán los ojos de los ciegos,
y se abrirán los oídos de los sordos.
Entonces saltará el cojo como un ciervo
y la lengua del mudo cantará de júbilo.
Brotarán aguas en el desierto
y torrentes en la estepa» (Is 35, 4-6)

Los signos, pues, acreditan a Jesús como quien trae la alegría de


Dios Tal vez estos milagros no aparecieron en forma tan ostento-
sa, sino más familiar de lo que creían los profetas. Quizás hubiera
esperado Juan al hombre con el bieldo en la mano, al juez univer-
sal, que bautizaría al mundo con fuego Incluso en los milagros
aparece el estilo de Jesús como algo inesperado, inesperado en su
bondad y su cercanía humanas Mas no por eso dejan de ser mi-
lagros Al contrario, precisamente por esto son signos especialí-
simos de la grandeza de Dios en favor de la miseria humana

l Qué es un milagro ?
Bien está que reflexionemos un momento sobre lo que la Biblia
entiende por milagro Para la Sagrada Escritura, milagro es un
acontecimiento o hecho en que el hombre ve la acción de Dios
Así canta un salmo sobre el cielo estrellado «Los cielos, oh Señor,
celebran tus prodigios» (Sal 89, 6) Pero de preferencia emplea el
término «milagro» o «prodigio» para expresar los acontecimientos
en que se muestra particularmente claro el poder salvador de
Dios En el Nuevo Testamento se realizan en relación con Cristo.
Se trata de cosas extraordinarias, buenas, que provocan admira-
ción y tienen un sentido Se los llama «milagros», «signos», «obras»,
«fuerzas»
Es natural que el hombre moderno, que sabe algo más acerca
de la naturaleza y de sus leyes, se plantee la cuestión de si estos
hechos suceden «fuera de las leyes de la naturaleza» Esta inte-
rrogación, como prueba lo que acabamos de decir, no es bíblica.
También para nosotros va perdiendo su sentido poco a poco.
Porque ¿qué sabemos de la relación entre la nueva creación que
aquí se abre paso y las leyes de la naturaleza'
Lo único que podemos decir es que —por supuesto con vistas
a la salvación y al juicio— se ponen en juego fuerzas poderosas
en favor del hombre, siempre en relación con Cristo. Nada nos
obliga a considerar los milagros como una intervención arbitraria

108
y extraña de Dios, como si Dios impidiera el curso de su propia
creación. Por el contrario, el milagro no va contra las fuerzas de
la creación, sino que las hace brillar de manera maravillosa, bue-
na y feliz, en la dirección ya indicada del «gemido y dolores de
parto» que siente la creación (Rom 8, 22). «Mi Padre todavía
sigue trabajando, y yo sigo trabajando también» (Jn 5, 17).
Por todas estas razones, no debemos hablar de «violación de
las leyes de la naturaleza». Lo más propio es decir que el milagro
hace al hombre consciente de que ignora lo que puede pasar en
él mismo y en el mundo. El hombre se admira cuando el mundo
le permite conocer algo de los fines que le son propios. En el
milagro rastrea el creyente la acción incipiente de la nueva crea-
ción, en la que ha entrado ya el Señor resucitado.

Los milagros de Jesús: desinterés, sencillez y bondad


En conjunto, los milagros de Jesús que han llegado a nosotros
tienen un carácter tan original y propio, que no nos queda sino
admitir como única explicación ésta: Jesús obró efectivamente
milagros.
Lo primero que llama la atención a los exegetas es que sean
tan pocos. No constituyen el elemento principal de los evangelios,
como sucede en muchas biografías de hombres célebres de aquel
tiempo.
También llama la atención el desinterés de los milagros de
Jesús. Algo de ello vimos en las tentaciones del desierto. Jesús
se niega entonces a hacer un milagro en provecho propio o para
dar un espectáculo. De hecho, no obró ni un solo milagro en pro-
vecho propio. Y al comenzar su pasión desaparecen por completo.
Con no menor cuidado evitó todo lo que pudiera acercar sus
milagros a los linderos profanos de la ostentación o la jactancia.
No hay sino comparar el comportamiento de Jesús con el de
. muchos magos, taumaturgos y profesionales de ciencias ocultas,
para sentirse impresionado por la sencillez, pureza y dignidad de
su porte. Aun cuando recurre a ciertos medios, como mandar al
enfermo que se lave, todo es a la postre muy sencillo. En una pa-
labra, los milagros no se exhiben ante un público, sino que se
ordenan a personas.
Y luego la naturalidad y facilidad con que obra Jesús sus
milagros: nada de hipnosis, ningún ceremonial, ni complicados
preparativos, ni equipos de auxiliares, sino una sencilla palabra
que impera y manda, dicha a veces a gran distancia. Sobre los
milagros de Jesús se cierne la serenidad de la acción creadora
de Dios.
Tampoco es de ver en el poder taumatúrgico de Jesús atisbo

109
alguno de magia, esto es, el intento de disponer de Dios por me-
dio de determinados actos, sin que el hombre se entregue a Él
sin personal relación con Dios. Jesús ora expresamente en sus
milagros: «Padre, te doy gracias porque me has oído» (Jn 11, 41).
Él, el Hijo, obra en personal relación con el Padre y no necesita
preguntar. «Yo sabía que siempre me oyes, pero lo he dicho por
la gente que está en torno» (11, 42).
El que los milagros de Jesús sean signos de su misión, no
significa que el hombre sobre quien o para quien los obra le sea
indiferente. Ese hombre vivo no era para él un objeto que tenía
casualmente delante. Jesús obraba sus milagros por compasión:
«Al verla el Señor, sintió compasión de ella» (a la vista de la
viuda de Naím, Le 7, 23). Pues es inseparable de las señales pro-
digiosas que la ayuda de Dios sea personal y auténtica. Una cura-
ción corporal es también obra de salud eterna.
Significativo es también el hecho de que entre los milagros de
73-474 Jesús no haya ninguno ordenado a castigar, en contraste con el
Antiguo Testamento, en el que se narran casos en que el «juicio»
de Dios opera de manera prodigiosa. Nada de eso en Jesús.
Cuando los «hijos del trueno» le piden que haga bajar fuego del
cielo para abrasar cierto lugarejo de Samaria, Jesús se vuelve
y los reprende severamente (Le 9, 55). La higuera seca (Me 11,
12-14, 20) no significaba un castigo, sino un aviso. Además, por
Lucas (13, 6-9) que en lugar de este milagro pone una parábola,
podemos ver cuan suave y condescendiente era aquí la mente de
Jesús.

Curaciones
Los milagros de Jesús son sobre todo curaciones. Dios mandó
a su enviado con poder para curar, con poder para superar la muer-
te. Así se ve señaladamente claro por los tres relatos de resu-
rrecciones de muertos. Es difícil decir cuál de los tres relatos del
evangelio es el más hermoso (Me 5, 21-43; Le 7, 11-17; Jn 11). En
su lucha contra la enfermedad y la muerte ve Jesús al tiempo una
lucha contra el mal y hasta contra el maligno.
De una mujer completamente encorvada dice que está atada
95 por Satán (como una bestia atada que no puede ir al abrevadero,
46i Le 13, 15-16). Jesús vino para curar heridas más profundas. Al
cabo, los curados corporalmente morirían un día u otro. Jesús
opera una curación que salva a los hombres más allá de la muerte.
U2-H3 Le importa la curación del pecado. La curación corporal es sólo
un símbolo. El reino de Dios quiere decir lucha... contra el mal.

110
Expulsiones de demonios
Este carácter de lucha se ve aún más claro en otra serie de
milagros de Jesús.
Jesús se encuentra a menudo con hombres «poseídos del demo-
nio». Un poseso no quiere decir en el evangelio un hombre peca-
dor, sino alguien que no es él mismo y da signos de espantosa
locura y frenesí. Muchos posesos son presentados como enfermos,
por ejemplo, en Mt 17, 15, en que se dice que el joven poseso
sufre de «epilepsia». Ello quiere decir que, para el evangelio, en-
fermedad y posesión no son cosas tan distintas como tal vez nos-
otros nos imaginemos. En las dos cosas veía Jesús la acción del
demonio: lo mismo en una columna vertebral torcida que en los
gritos solitarios «en los sepulcros y en los montes» (Me 5, 5).
Pero en este último caso se enfrenta Jesús directamente con el
maligno. Aquí no era atacado el cuerpo del hombre, sino su espí-
ritu. Uno de los más claros signos del reino consideraba a Jesús
como capaz de curar y socorrer en esta miseria.
Jesús habla sobre Satanás como si fuera un poder personal. En
el evangelio se consignan expresiones de posesos en que éstos
llaman a Jesús «el Santo de Dios» (Me 1, 24) o «Hijo del Dios
altísimo» (S, 7). No sabemos qué clase de fuerzas operan aquí.
Jesús manifestó en una ocasión su majestad de manera muy
evidente al liberar a un pobre poseso y permitir luego que los
espíritus (que se llamaban «legión») entraran en una piara de
cerdos. La piara se precipitó en el mar. Así pues, por un hecho
de la naturaleza se nos permite adivinar la furia con que se lleva
la lucha. Sin embargo, el verdadero signo no son los cerdos que
se arrojan al mar, sino esto: «Lléganse a Jesús (los gerasenos) y
ven al endemoniado, el que había tenido toda aquella legión, sen-
tado ya, vestido y en su sano juicio» (Me 5, 15). Un hombre cu-
rado: he ahí el verdadero signo.

Milagros sobre la naturaleza


Hay finalmente milagros de Jesús sobre la naturaleza. Éstos no
son presentados como postes indicadores en una ruta desconocida,
sino como signo* que se orientan a personas concretas en el am-
biente que les era familiar. El reducir a calma la tempestad habla
de seguridad para los que le siguen. La pesca milagrosa es un
regalo sorprendente después de una noche de vano trabajo y al
tiempo mandato de ser pescadores de hombres. La maravillosa
multiplicación de los panes significa la cesación del hambre, pero
es también signo del banquete mesiánico, que se mostrará al co-
mer la carne y beber la sangre de Jesús (Jn 6).

111
Al servicio de la predicación
Una vez que buscaban al Señor por razón de sus milagros, dijo
114 Él: «Vamonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para predicar
también en ellas; pues para eso he venido» (Me 1, 38).
La tarea principal de Jesús era la de predicar. Esta predica-
ción es el «signo de Jonás profeta» (cf. Le 11, 29). Donde no
se da una relación con la predicación, Jesús no obra milagros, por
ejemplo, ante un grupo cerrado de hombres, como sus paisanos
de Nazaret, los fariseos o Herodes. Si es cierto que una vez
se lee: «Creedme..., al menos, creedlo por las obras mismas»
(Jn 14, 11), también leemos que Jesús no tenía mucha confianza
en quienes sólo creían por razón de los milagros (Jn 2, 23-24).
Y Él mismo dice de los hermanos del rico glotón: «Si no escuchan
a Moisés y a los profetas, ni aunque resucite uno de entre los
muertos se dejarán persuadir» (Le 16, 31).

Fe y milagros
Así pues, al milagro precede una fe inicial. El milagro la afianza
y robustece.
A veces exige Jesús previamente una fe firme. Esto tal vez nos
extrañe. En una de estas situaciones se profirió la breve jacula-
toria: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad» (Me 9, 24). Por lo
demás, la exigencia de una fe previa no significa que la fe opere
milagros, como acontece a veces con los que oran por su salud.
La fe, la entrega sin reservas, es un primer requisito; pero Dios
es el que cura. Por eso no es menester sea el mismo enfermo quien
cree. En Me 9, 24 vemos que es el padre el que tiene fe. Si el
milagro fuera cuestión de concentración en la fe, o producto de
esta misma fe, sería una habilidad del curado y no signo del reino.
El milagro es obra de Dios, que apunta a una liberación más
profunda: la aceptación de su reino.

Signos
Los milagros de Jesús no son sólo parte de su predicación, sino
que tienen un sentido en sí mismos. «Los hechos de la Palabra son
también palabras» (Agustín).
315 Así curó Jesús una vez a un paralítico como signo expreso del
perdón de los pecados (Mt 9, 6-7). En este caso, no se trataba sola-
mente de probar que Jesús puede obrar en el orden de lo invisible,
sino también de un signo de lo invisible: el hombre curado, que
se va a casa con su camilla a cuestas, es un signo del perdón y
curación que alcanzan más allá de la muerte. Esto explica que los

112
cristianos de las catacumbas pintaran al paralítico cargado con su
camilla sobre los sepulcros de sus seres queridos. La pintura sim-
bolizaba el perdón por el bautismo, la alegría eterna.
En realidad, los sacramentos son la verdadera prolongación de 243-245
los signos de Cristo. El evangelio de Juan es ejemplar a este 161
propósito. Fue escrito en una iglesia que llevaba más de medio 200-202
siglo sintiendo al Señor en su presencia sacramental. Así por
ejemplo, la multiplicación de los panes (Jn 6) alude a la euca-
ristía como alimento; la curación del ciego de nacimiento (Jn 9),
al bautismo como iluminación.
Aunque los sacramentos son la verdadera continuación de los
milagros de Jesús, Él quiso, no obstante, que sus milagros terrenos
pervivieran como signos en la Iglesia. «El Señor cooperaba con
ellos (los apóstoles) y confirmaba su palabra por medio de los
signos que la acompañaban» (Me 16, 20). Es el final del evangelio
de Marcos. El milagro es en la vida de la Iglesia- fenómeno tan
«ordinario», que, desde hace siglos, nadie ha sido canonizado si
no ha obrado por lo menos dos milagros, como señal de que el
Señor «ha cooperado» efectivamente con él de modo muy especial.
Sin embargo, de la acción de Jesús en la Iglesia hay que de-
cir lo mismo que de su vida en la tierra: lo más profundo que
Él nos da no son sus milagros que sólo afectan a unos cuantos.
Lo de verdad valioso, son su palabra, su eucaristía, su perdón y
los otros sacramentos, como signos que se destinan a todos.

EL SEÑOR NOS ENSEÑA A ORAR 293-307

Consideremos ahora cómo trata Jesús con quien era el centro


de todos sus pensamientos, es decir, el Padre.
Jesús es hombre de oración. No se limita a una sola forma de
orar. En Él se da toda la escala de posibilidades por las que el
hombre procura ponerse en contacto con Dios. Con sus discípu-
los cumple la celebración litúrgica prescrita a su pueblo (Mt 26, 30).
En la sinagoga, rezaba los salmos y oraciones como cualquier cre-
yente. En ninguna parte hallamos el menor indicio que se abstu-
viera de tales rezos. Juntamente con su pueblo hallaba al Padre.
Una vez se nos cuenta que entona un salmo del Antiguo Testa-
mento, y es probable lo recitara hasta el cabo (Me 15, 34).
Pero este modelo ora, sobre todo, con sus propias palabras.
Esta clase de oración es el más característico en Él. De la fres-
cura de sus parábolas podemos ya concluir lo directa y sencilla que 99
será su oración. De hecho se dirige a su Padre con la más absoluta
espontaneidad (cf. por ej. Lucas 10, 21). Así rezaría siempre que
se pasara la soledad de la noche «en el monte para orar» (Le 6, 12).

113
Es muy probable que Jesús orara también mentalmente, sin pa-
labras; pero el hecho no se consigna en ninguna parte.

En la oración de Jesús entran les hombres


Podemos observar que de la oración de Jesús se nos habla
siempre en relación con su misión. El hecho de haberse retirado al
desierto — a los «ejercicios» a los que le empujó el Espíritu —
se interpreta en el evangelio como preparación para ello. Lo
mismo significa el que, más adelante, cuando las turbas le querían
imponer un mesianismo político, después de la milagrosa multipli-
cación de los panes, buscara la soledad. Se va al desierto para
aprestarse de nuevo al cumplimiento de su vocación. También pasa
en oración la noche antes de la elección de los apóstoles: cada
uno de sus colaboradores le es regalado por el Padre en la ora-
ción. Incluso sus milagros eran fruto de la oración, obrados en
relación personal con el Padre. Marcos nos ha conservado un
breve episodio, que nos perfila con increíble precisión la impor-
tancia que tenía la oración en la vida de Jesús:

«Por la mañana, muy temprano, antes de amanecer, se


levantó, salió y se fue a un lugar desierto. Allí se quedó
orando. Simón y sus compañeros salieron a buscarle; y
cuando lo encontraron, le dicen: "Todos te andan bus-
cando." Él les responde: "Vamonos a otra parte, a las
aldeas vecinas,.para predicar también en ellas, pues para
eso he venido» (Me 1, 35 ss).

El hombre actual, que sabe que toda obra buena hecha por
amor es también oración, se admira ante estos hechos. Ve que
Jesús se retira a orar. En esto se pone de manifiesto lo mucho
que se engaña el hombre si descuida su diálogo con Dios y con-
300 sagra todo su tiempo al quehacer diario en el trabajo, en la casa,
o en las obras de caridad.
Pero este breve incidente nos enseña también por qué hemos de
orar. Después de esta noche de oración, Jesús vio con mayor cla-
ridad en qué consistía su verdadera misión, su verdadero servicio
a los hombres, y así se encaminó a otra parte. La oración pone
en la recta dirección la brújula que señala la meta de nuestras
ocupaciones.
La oración es también una fuerza para los otros: «Simón, Si-
món, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como
al trigo; pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe»
(Le 22, 31-32).

114
La transfiguración
La actividad de Jesús está toda penetrada por la oración. Una
vez nos muestran los evangelios el esplendor de su trato con el
Padre en una magnificencia única. Cuando estaba orando sobre
un monte, oyen sus discípulos una voz, ven una nube esplendente
y cómo los vestidos y rostro de Jesús están inundados de claridad.
Por estos símbolos se hace patente a los ojos lo que interiormente
acontecía: la presencia del Padre en el Hijo por el Espíritu. Una
gloriosa experiencia de su bautismo y de su vocación. Por un
momento aparece también visible el mundo de vida y amor que
une al Padre y al Hijo.
Pero precisamente en este momento celeste se siente Jesús ex-
traordinariamente cercano a su misión terrena; con dos gloriosos
varones que le habían precedido, Moisés y Elias, está Él hablando
sobre el término de su vida («éxodo» dice el texto, para indicar su U4
muerte) que se cumpliría en Jerusalén (Le 9, 31).
Es decir, que la oración de Jesús no equivale a una evasión de
su vida ni de su misión, sino ingrediente de ellas.

Ultimas oraciones de su vida terrena


En el capítulo 17 del evangelio de san Juan podemos leer cómo
oró Jesús después de la última cena, tal como años más tarde lo
recordó, inspirado por el Espíritu de Jesús, el discípulo que en
tan memorable ocasión había reclinado su cabeza sobre el pecho
del Señor. Jesús recita por toda su Iglesia la «oración del sumo
sacerdote». En este ardiente coloquio con su Padre, toma parte
toda su existencia glorificada en forma particular. Toda la reali-
dad de Jesús se nos hace patente en él.
Pero la más conmovedora oración de Jesús es seguramente aquel
grito suyo en el huerto de Getsemaní: «Abba, Padre, todo te
-es posible: aparta de mí este cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino
lo que quieras, tú» (Me 14, 36).
De la mano del Padre anduvo Jesús su camino. Primogénito
del nuevo pueblo, con la oración hizo de su vida una vida llena
de grandeza.

La palabra «Abba»
En el vocabulario de Jesús hay una expresión que lo sintetiza
todo. Es la palabra Abba. Así llama Jesús a Dios. Quiere decir
Padre. En esta palabra, tan humana, se abre todo el insondable
abismo del amor entre el Hijo y el Padre, un abismo lleno de sen-
cillez, porque Dios es infinitamente sencillo. Pero la palabra Abba

115
significa algo más íntimo aún que «Padre». Es una palabra infantil
367 y confiada, uno de los primeros sonidos que afloran en la boca
humana: papá, abba. Esta palabra aramaica es un diminutivo. Así
llamaba Jesús a Dios. Y además nos enseña también a nosotros a
decir abba. Nos lo enseña por sí mismo durante su vida, y -no
menos después de su resurrección por medio del Espíritu.
«Porque no sabemos cómo pedir para orar como es debido; sin
embargo, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos
intraducibies en palabras.» «Recibiréis un Espíritu que os hace
hijos adoptivos, en virtud del cual clamamos: Abba! Padre. El
Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos
hijos de Dios» (Rom 8, 26.15-16). Estas palabras nos permiten
dar una mirada a la primitiva comunidad cristiana, en que se
190 oraba bajo inspiración del Espíritu Santo a veces extáticamente.
Y allí se oía de labios de los que hablaban el griego la palabra
aramea Abba.
Las difíciles frases del apóstol Pablo, que acabamos de citar,
sólo pueden entenderse si se comprende su meollo: la palabra
Abba. El Espíritu de Jesús impulsaba a los creyentes a dirigirse
a Dios con la palabra familiar Abba. Y a ello nos sigue impulsan-
do aún a nosotros en la iglesia ese mismo Espíritu.
También en el Antiguo Testamento se llamaba en ocasiones «pa-
dre» a Dios con toda solemnidad: padre del pueblo, del rey elegido,
de los piadosos. Pero así como la predicación del reino de Dios en
labios de Jesús es nueva e inmediata, así también lo es la forma
en que Él llama «Padre» a Dios. Él lo hace como hijo. Y con la
misma espontaneidad y frecuencia con que el Hijo se dirige al
Padre, podemos y debemos también nosotros, juntamente con el
Hijo, dirigirnos al Padre. El título de «Padre» es en el Nuevo Tes-
tamento infinitamente más rico que el mismo título en el Anti-
guo Testamento.
Indudablemente, el modo de hablar de Jesús nos hace ver que
Él tiene con el Padre una relación más profunda que nosotros.
En efecto, Jesús no dice nunca «Padre nuestro» (excepto cuando
152 pone estas palabras en boca nuestra), sino «mi Padre» y «vuestro
81-85 Padre». Dios es su padre, de otra forma que nuestro Padre. La
filiación no le adviene, sino que la posee desde el principio. Nues-
74-480 tra filiación nos adviene precisamente por Jesús. Que es lo mismo
que venirnos el reino de Dios.
Si queremos saber puntualmente cómo entiende Jesús la pala-
bra padre respecto de nosotros, no hay sino leer la página más
conmovedora del evangelio: la parábola del padre misericordioso.
Esta narración ha llevado tradicionalmente el título de «parábola
del hijo pródigo», debido a una confusión de acentos, pero en rea-
lidad la figura principal es el padre. En esta parábola describe

116
Jesús a Dios para todo el que lo quiere entender (Le 15, 11-32).
Jesús, pues, tuvo la audacia de tomar algo tan natural como
la paternidad para llamar a Dios por su nombre. El hombre que
tenga una noción de «padre», frustrada, tendrá que andar largo
camino para acercarse con corazón libre a Dios y decir: «El Espíritu
que he recibido no es Espíritu de esclavitud para temer de nuevo,
sino el espíritu de filiación que me hace clamar: Abba Padre»
(cf. Rom 8, 15). Pero, puesto que el Hijo es hombre y hermano
nuestro, en todo camino está Jesús y, con Él la posibilidad del con-
tacto amoroso con el misterio de Dios. Y precisamente el esfuerzo
por comprender la paternidad de Dios puede conducir a un más
consciente y claro espíritu de filiación para con el único Padre.

Confianza y perseverancia en la oración


Jesús nos enseña que el hombre puede acudir siempre a Él, tal
como es, en lo profano de su vida con sus miserias y necesi-
dades. El Padre sabe que necesitamos de muchas cosas ordinarias.
Por un lado, nos dice Jesús en consecuencia, que no hablemos mu-
cho en nuestras oraciones, como hacen los gentiles (Mt 6, 7-8);
mas, por otra parte, nos aconseja que no nos cansemos nunca de
orar. La palabra «molestar» no es demasiado fuerte, cuando en
Le 11, 5-13 se lee de aquel amigo importuno que va a pedir por
la noche un pan a otro amigo, y en 18, 1-7 de la viuda que im-
portuna al juez hasta que le hace justicia.
Los dos consejos parecen contradecirse: no hemos de hablar
demasiado y hemos de hablar mucho. Pero si se atiende a lo que
quiso decir Jesús, todo viene a ser lo mismo: tratar con Dios como
con un padre. Por una parte, el Padre no acoge la súplica co-
mo recompensa calculable en razón de un número determinado de
bellas palabras, al estilo de los gentiles, que calculaban la gracia
concedida en razón del esfuerzo del hombre; pero, por otra parte,
quiere que se «moleste» a Dios oportuna e inoportunamente. Los
dos consejos son, pues, un llamamiento a una confianza sin límites.
También el consejo de Jesús, es decir, retirarnos a orar a nues-
tro aposento, se funda en la paternidad de Dios: «Y tu Padre
que ve en lo escondido, te lo recompensará» (Mt 6, 6).
Jesús da valor especial a la oración que se hace en común con
hermanos y hermanas en la fe:

«Os aseguro además: si dos de vosotros unen sus vo-


ces en la tierra para pedir cualquier cosa, la conseguirán
de mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o
tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo entre ellos»
(Mt 18, 19-20).

117
Franqueza, honradez y vigilancia
La actitud de franqueza o libertad en el trato con Dios, que
Jesús enseña, no es irreverencia. El padre con quien podemos co-
municarnos es el Padre que está en el cielo, el Dios santo, en
cuyo acatamiento no hay impureza ni falsía alguna. Cierto que
la oración, tal como la describe Jesús, es siempre cosa del que
necesita y busca remedio a su necesidad; pero también nos pide
que no nos engañemos a nosotros mismos ante el Padre. «No todo
el que me diga "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos;
sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos»
(Mt 7, 21).

«Por tanto, si al ir a presentar tu ofrenda ante el altar,


recuerdas allí que tu hermano tiene algo contra ti, deja
allí tu ofrenda ante el altar y ve a reconciliarte con tu
hermano. Y entonces vuelve a presentar tu ofrenda»
(Mt 5, 23-24).

Por eso nos dice también Jesús: «Velad y orad.» La oración


tiene para Él mucho que ver con la vigilancia, con la prontitud,
con la espera de la venida de Dios.

«Tened cuidado de vosotros mismos, no sea que vuestro


corazón se embote por la crápula, la embriaguez y las
preocupaciones de la vida, y caiga de improviso sobre
vosotros aquel día como un lazo; pues ha de llegar para
todos los habitantes de la tierra. Velad, pues, orando en
todo tiempo, para que logréis escapar de todas estas co-
sas que han de sobrevenir y para comparecer seguros ante
el Hijo del hombre» (Le 21, 34-36).

O, como dijo Jesús en su oración en el huerto de Getsemaní:


«Vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación» (Me 14, 38).
Esta continua expectativa ante la venida del reino de Dios
está contenida también en la petición del padrenuestro: «Santifi-
cado sea el tu nombre.» En ella se pide a Dios que muestre su
poder y gloria. No quitemos importancia a esta petición, pues pe-
dimos a Dios que se manifieste en nuestro mundo y en nuestra
vida. Lo mismo significa también la otra petición: «Venga a nos-
otros tu reino.»

U8
Perdónanos nuestras deudas
De esta actitud de reverente expectación, resulta que, por el
modo de hablar de Jesús, experimenta un giro inesperado la
pregunta: «Si Dios es padre, ¿ cómo puede permitir tanto mal
en el mundo ?» Con esta pregunta trata el hombre de pedir cuen-
tas a Dios; pero Jesús la dirige contra el objetante. Así, por
ejemplo, en su reacción ante dos desgracias públicas.

«En aquel momento se presentaron unos para anun-


ciarle lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pila-
tos con la de los sacrificios que ofrecían. Él les respondió:
¿Pensáis que aquellos galileos, por haber sufrido seme-
jante suerte, eran más pecadores que todos los demás
galileos? Nada de eso — o s lo digo yo —; pero, si no
os convertís, todos pereceréis igualmente. Y de aquellos
dieciocho sobre los cuales cayó la torre de Siloé y los
mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los de-
más habitantes de Jerusalén? Nnda de eso — o s lo digo
yo —; pero, si no os convertís, todos pereceréis de la
misma manera» (Le 13, 1-5).

Jesús se opone así a la concepción del Antiguo Testamento, se-


gún la cual una desgracia era signo de una culpa o deuda para
con Dios. No es esa la idea del Nuevo Testamento, ¡y ojalá acabá-
ramos de liberarnos de la del Antiguo! Pero de la actitud de Jesús
resulta también que no considera a los hombres como tales, exen-
tos de toda deuda. «Perdónanos nuestras deudas» es una de las
peticiones de la oración que Él nos enseña. El hombre es para
Él como el siervo de la parábola, a quien le fueron perdonados
10 000 talentos (casi 10 millones de dólares; Mt 18, 23-27).
Naturalmente, con esto no quedan respondidas todas las cues-
tiones acerca del dolor y del sufrimiento. Más adelante, tratare- 472
mos en este libro sobre el mensaje evangélico de que Dios no per- 479-480
mite impasiblemente el dolor, sino que lucha contra él. Sin embar-
go, por las palabras de Jesús queda aquí fijado ya algo que no carece
de importancia: nuestra relación con Dios. No es Dios el que
es llamado a dar cuentas, sino nosotros. Dios se muestra amo-
roso y paciente con nosotros, que somos malos. Toda la vida y
pasión de Jesús son revelación de este amor de Dios. Este amor
resalta también claramente en la parábola de admonición que si-
gue inmediatamente al pasaje antes citado:

«Entonces les propuso esta parábola: un hombre tenía


plantada una higuera en su viña; fue a buscar fruto en

119
ella, pero no lo encontró. Dijo, pues, al viñador: Ya hace
tres años que estoy viniendo a buscar fruto en esta hi-
guera, y no lo encuentro. Córtala. ¿ Para qué va a estar
ocupando inútilmente el terreno? Mas el viñador le dijo:
Señor, déjala aún este año; ya cavaré yo en derredor
de ella y le echaré estiércol, a ver si da fruto el año
que viene; de lo contrario, entonces la cortarás» (Le
13, 6-9).

474-476 Llamad y os abrirán


Otra custión resuelve Jesús de forma igualmente insospecha-
da: la oración no oída. «He orado, y no he conseguido nada.»
Jesús dice con la mayor sencillez: «Todo cuanto pidáis en la ora-
ción, creed que ya lo habéis obtenido, y se os concederá» (Me 11,
24). En Mateo se lee un poco menos paradójicamente: «Cuanto pi-
diereis, con fe, en la oración, lo recibiréis» (21, 22). Todo viene a
decir lo mismo, que seremos oídos. Jesús no da otra respuesta.
Por eso, el que realmente ha comprendido el llamamiento a la
oración, no callará si no es inmediatamente oído, sino que orará
con más insistencia. Jesús pide que pidamos una y otra vez: «Pe-
did y os darán; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán»
(Le 11, 9).
Si el hombre lo hace así, llega a tal trato con Dios, que pron-
to surge la petición más profunda: «Hágase tu voluntad, así en
la tierra como en el cielo.» La voluntad de Dios es algo celeste
y glorioso; pero

«...cuanto se eleva el cielo sobre la tierra,


así se elevan mis caminos sobre vuestros caminos
y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos» (Is 55, 9).

Por eso, no vemos a menudo la manera como Dios nos oye.


Pues aunque lo concedido está siempre en la línea de nuestras
peticiones, es frecuentemente más profundo de lo que nos imagi-
namos. Para tal concesión no hay ejemplo más claro que el dado
por Jesús en el huerto de los olivos. Jesús pidió que pasara de él
la pasión. La más humana, la más urgente de todas las oraciones.
Sin embargo, hubo de sufrir la pasión. Y, no obstante, fue oído,
sólo que en otro sentido más profundo. Tiempo después de la
resurrección, escribirá el autor de la carta a los Hebreos:

«El que en los días de su vida mortal presentó, a


gritos y con lágrimas, oraciones y súplicas al que podía
salvarlo de la muerte, y fue escuchado en atención a

120
su piedad reverencial. Y aun siendo Hijo, aprendió, por
lo que padeció, la obediencia» (Heb S, 7-8).

Jesús pidió ser liberado de la pasión de viernes santo y reci-


bió la gloria de la mañana de pascua. Y ya en la oración del
huerto, había interpuesto esta súplica: No se haga mi voluntad,
sino la tuya. Dios quiere algo más glorioso, lo celestial y defini-
tivo. Y nosotros podemos alegrarnos y regocijarnos por la promesa
de Jesús: «Pedid y recibiréis.» El más hermoso ejemplo de una
seguridad tan increíblemente firme en la oración, es el reino de
Dios que Jesús trajo a la tierra. En su venida fueron oídas las,
oraciones, entre ellas las de los fariseos. ¡ Venga el reino de
Dios! La gracia era más celestial, más profunda y sencilla, más
próxima al corazón de los hombres de lo que ellos habían espe-
rado. Por tso no la comprendieron.
Es menester fe constante y creciente no sólo para orar, sino
también para estar atentos a la manera como es oída nuestra
oración. Pueden existir las formas más crasas de ceguera. A ve-
ces, cuando todo nuestro exterior demuestra con creces que ha
sido escuchada nuestra petición del pan nuestro de cada día, to-
davía somos capaces de decir: He pedido en balde. Es menester
fe para ver que Dios nos ha escuchado. Constantemente puede
uno sorprenderse culpable de ceguera,
Jesús nos exhorta también a que pidamos en su nombre (Jn 16,
24). Esto significa ponerle a Él por intercesor, acercarnos al
Padre de la mano de Jesús, nuestro hermano. Pero significa tam-
bién orar como Él oró, con su mismo espíritu y, por ende, con
sus mismas palabras: «No se haga mi voluntad, sino la tuya.»
Esto sólo puede aprenderse despacio, es la tarea de toda la vida.
El apóstol que reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y
vivió aún setenta años según el Espíritu de Jesús, resume así
todo esto: «Y ésta es la plena confianza que tenemos en Él: que
.si pedimos algo según su voluntad, nos oye. Y si sabemos que nos
oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que ya tenemos lo que
le hemos pedido» (1 Jn 5, 14-15).
Y el mismo Jesús nos dice que el don supremo es el buen
espíritu:

«Pues ¿hay entre vosotros algún padre, que, si su hijo


le pide un pescado, en lugar de un pescado le dé una
serpiente? O, si pide un huevo, ¿le dará un escorpión?
Y si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos
cosas buenas, ¿con cuánta más razón el Padre que está
en el cielo dará Espíritu Santo a los que le piden?»
(Le 11, 11-13).

121
Todo lo antedicho está resumido en la oración que Jesús nos
enseñó: «Vosotros oraréis así:

Padre nuestro, que estás en los cielos,


santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día dánosle hoy,
y perdónanos nuestras deudas
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,
y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.»

Así dice el texto según Mt 6, 9-13. Las liturgias orientales y


los protestantes añaden aún una frase final. Esta terminación li-
túrgica, de remota antigüedad, no pertenece propiamente a los textos
escriturísticos, aunque se añadió a algunos códices tardíos. Por este
motivo la ponen entre paréntesis los protestantes, cuando la re-
cogen en el texto de la Sagrada Escritura. Es una frase muy bella
y dice así:

«Porque tuyo es el reino


y el poder y la gloria
por los siglos de los siglos. Amén.»

Los cristianos orientales emplean la misma doxología, pero


dando el nombre de las tres personas divinas:

«Porque tuyo es el reino,


el poder y la gloria,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
ahora, y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.»

La originalidad del padrenuestro


Algunos trozos del padrenuestro se asemejan a otros textos de
oraciones judías. Pero, en su conjunto, el padrenuestro se dis-
tingue, lo mismo que el reino de Dios que trajo Jesús, de todas las
concepciones de los antiguos. En primer lugar, sorprende la sen-
cillez de la forma, inaudita hasta la fecha, por la que se renuncia
a las largas introducciones usuales entonces, y también, como
acabamos de ver, a la solemne conclusión. Peculiares son además
las peticiones sobre el nombre de Dios, la venida de su reino y

122
el cumplimiento de su voluntad, que están por encima de todo
nacionalismo. Pero lo más característico es que se ponen al prin-
cipio, antes de las peticiones por nuestras propias necesidades.
Estas últimas peticiones se distinguen por su realismo y su con-
tacto con lo cotidiano.
Así pues, esta oración armoniza en su sencillez el potente adve- 148
nimiento futuro de Dios "con lo más humano y lo más diario. Es
demasiado breve y sustanciosa para rezarla precipitadamente. Los ca-
tólicos debemos emular en esto a los protestantes y aprender de ellos.

Terminemos este capítulo con la interpretación que el mismo


evangelio ofrece del padrenuestro. Es breve y se atiene a lo 438
esencial. «Porque, si perdonáis a los hombres sus faltas, también
os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial; pero, si no perdo-
náis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras
faltas» (Mt 6, 14-15).

CRISTO, CON* SU OBEDIENCIA, NOS MUESTRA


LA VOLUNTAD DEL PADRE

Un único deseo 92-93


Ya a sus doce años sorprendió Jesús a sus padres por la pasión
que en Él ardía: «¿ No sabíais que yo tengo que estar en las cosas
de mi Padre ?» (Le 2, 49). Así lo presenta el evangelio desde sus
primeras palabras. Un hombre cumple lo que el Padre quiere. La
intimidad entre el Padre y su unigénito, que es Dios de Dios y luz 81-85
de luz, se puso de manifiesto en una existencia humana. 152-513
Y esta existencia h u m a n a consiste en la obediencia. A s í lo d e s - 476-480
cribe el autor de la carta a los hebreos:

«Por eso, al venir al mundo, Cristo dice:


Sacrificio y ofrenda no quisiste,
pero me preparaste un cuerpo;
holocaustos y expiaciones por el pecado no te fueron
agradables.
Entonces dije: "Aquí estoy;
en el rollo del libro así está escrito de mí,
para cumplir, oh Dios, tu voluntad"» (Heb 10, 5-7).

Esta tarea de su vida no fue para Jesús oscura ni pesada. Era


más bien su alegría. En forma magnífica describe san Juan esta ta-
rea de la vida de Jesús como entrega a la voluntad del Padre, en
la conversación con 'a mujer samaritana, junto al pozo de Jacob.

123
Después de abrir los ojos de aquella mujer a la luz y a la verdad,
«le rogaban sus discípulos diciendo: "Rabbí, come." Pero Él les
contestó: "Yo tengo para comer un alimento que vosotros no cono-
céis". Los discípulos se preguntaban unos a otros: "¿Le habrá
traído alguien de comer?" Díceles Jesús: "Mi alimento es hacer
la voluntad del que me envió y llevar a término su obra"» (Jn 4,
31-34).
Si quisiéramos condensar la espiritualidad personal de Jesús
en una fórmula única, no encontraríamos palabras tan apropiadas
como éstas: La voluntad de Dios. Su «vocación» en el Jordán fue
una vocación de servicio. Su predicación es el reino de Dios; su
más profunda oración: «Hágase tu voluntad.» Todo viene a parar
a lo mismo: obediencia perfecta.

Esta vida parecía extraña a los demás. Mucho de lo que pa-


rece constituir la vida de un hombre cabal, no lo tuvo o no lo hizo
en su vida este hombre dechado de hombres. Cabe incluso pre-
guntarse si esta vida merece llamarse realmente grande. ¿ No fue
harto estrecha, harto limitada y unilateral ? Jesús no se creó una
fortuna, no se casó, no tuvo hijos. Y la más alta dignidad del
hombre, su propia voluntad, la identificó totalmente con la vo-
luntad de otro.
Pero, bien mirada, ostenta de hecho grandes y muy varias di-
mensiones. El que nada poseía, trajo al mundo tesoros a los que
no atacaron el orín ni la polilla. El que no tuvo mujer ni hijos,
es hermano de todos los hombres y dispensa la vida a cuantos
a Él se acercan. Hizo suya la voluntad de otro; pero ¿hubo jamás
en la tierra nadie más libre que Él?
Jesús dio a la humanidad el ejemplo de una vida que sobrepasa
cuanto podía soñarse. Una vida que se rige y dirige por la voluntad
de Dios, es la vida más rica, más amplia y sencilla que es posible
en este mundo. En eso consiste el reino y señorío de Dios.

La fe
Jesús nos invitó a vivir en la misma obediencia: «Convertios
y creed al evangelio» (Me 1, 15).
Lo primero es creer. Sólo por la entrega de toda la propia per-
sona, sólo saliendo uno de sí mismo, se llega al conocimiento y
reconocimiento de esta buena nueva. Esta disposición de espíritu
se llama fe. Ya hemos visto antes que los milagros pueden ser
camino para la fe, pero que no deben nunca desprenderse de la pala-
bra de Jesús, que es mucho más importante y esencial que los
milagros. En Jn 6 pregunta Jesús a los apóstoles si también ellos
quieren irse de su lado, como habían hecho las turbas. Y Pedro

124
responde por todos: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes pa-
labras de vida eterna-» (Jn 6, 68). En ninguna parte encuentra el
hombre tanta verdad como en Jesús, ora busque con su entendi-
miento, ora con su persona entera. Eso sí, no deben verse sus
palabras desprendidas de la sencillez y majestad de su persona:
una autoridad celeste que no hipnotiza, sino que lleva precisa- 148-150
mente al hombre a sí mismo. Finalmente, es menester ver estas
tres cosas: milagros, palabras y persona de Jesús en conexión con
el testimonio del Padre, como lo indica el evangelio de san Juan.
Una vez — cuenta Juan — le preguntaron a Jesús por sus testigos
y Él respondió:
«Y en vuestra misma ley está escrito que el testimonio de dos
personas es válido. Soy yo quien doy testimonio de mí mismo,
pero también da testimonio de mí el Padre que me envió. Pre-
guntáronle, pues: "¿Dónde está tu padre?" Jesús contestó: "Ni
me conocéis a mí, ni a mi Padre; si me conocierais a mí, tam-
bién conoceríais a mi Padre"» (Jn 8, 17-19).
El que realmente conoce a Jesús y se entrega enteramente a Él,
posee al tiempo un testimonio interior. El Padre le hace saber in-
teriormente que ha encontrado el recto camino que lleva a la verdad
y a la vida. El camino que lleva a Jesús no va contra la razón mas
el último paso es un acto de confianza. Éste no es ajeno a la refle-
xión, sino un modo de conocer superior al frío razonamiento. Cala 281-282
más hondo. Pues, por muy alto que pongamos el trabajo analí-
tico del intelecto, no es él lo más profundo y total que hay en
el hombre.

Donde el hombre es uno


Hay en nosotros un estrato que es más profundo que el enten-
dimiento, más personal que el sentimiento, más humano que el
inconsciente. Es el punto en que se da la unidad entre los dos
grandes aspectos de nuestro ser: el conocimiento y el amor. La
aspiración a la verdad y la aspiración a la bondad son una sola
cosa. En esta primigenia unidad, conocer no significa una luz
fría, ni amar una pasión oscura. El conocimiento está aquí hen-
chido de amor. El amor tiene aquí ojos.
Es el estrato de nuestro ser en que amamos, en que reside la
conciencia, en que podemos ser profunda y sencillamente felices,
en que somos hombres a nivel más hondo: un «yo» vivo, un
«tú» vivo.
A esta capa habla Jesús cuando nos pide fe. Nuestro conoci-
miento, nuestra apetencia de verdad hallan su orientación por
la unión primigenia con la apetencia del bien. Esto acontece en la
convicción, evidente por sí misma, de que todo lo que en su tota-

125
lidad es bueno, es también verdadero en su totalidad. Decir real-
mente «sí» al Señor es un juicio de valor de grandiosa totalidad e
inmediatez.
228-231 Esto no quiere decir que la razón quede descartada, sino que
427-430 no se la aisla. La razón sigue unida con todo lo que somos.
Guardémonos de llamar a esa unidad «sentimiento», palabra
que usan muchos para denotar reacciones menos profundas y cen-
trales del hombre. También «intuición» significa algo distinto en
el vocabulario corriente. La palabra «conciencia» daría mejor en el
blanco. «Conocimiento connatural al deseo del bien» es fórmula
demasiado larga y complicada. «Entrega personal» no es lo sufi-
cientemente radical y primario para expresar algo tan fundamen-
tal. Así volvemos a la vieja y magnífica expresión con que nuestros
padres tradujeron el concepto bíblico: «fe», que está profundamente
relacionado con el concepto «amor». Los dos conceptos de «fe» y
«amor» tienen una misma raíz personal (y en holandés hasta eti-
mológica: geloof = fe; liefde = amor).

La fe no depende de la capacidad intelectual


Puesto que Dios pone la fe en lo más profundo del hombre,
la fe no está ligada a las dotes intelectuales, como lo está, por
ejemplo, la filosofía. Si el camino hacia Dios sólo pudiera seguirse
intelectualmente, los inteligentes y cultos hallarían a Dios con
la mayor facilidad. Los menos cultos o menos dotados estarían,
por lo que atañe al fin último de su vida, en situación de infe-
rioridad. Pero no, Dios es hallado por una forma de conocimiento
que depende más de la disposición interior del hombre, que no
de su talento intelectual. «En aquel momento, Jesús se estremeció
de gozo en el Espíritu Santo y exclamó: "Yo te bendigo, Padre,
Señor del cielo y de la tierra; porque has ocultado estas cosas
a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí,
Padre, así lo has querido tú"» (Le 10, 21).
Naturalmente, esta contraposición, típicamente oriental, no quie-
re decir que el Padre rechace a los inteligentes, sino lo poco de-
cisivo que es el intelecto para llegar a Dios. A este camino de
la fe apuntan los dos primeros capítulos de la carta primera a
los Corintios. «¿ Dónde está el sabio ? ¿ Dónde el letrado ? ¿ Dón-
de el filósofo de las cosas de este mundo? ¿No convirtió Dios
en necedad la sabiduría del mundo? Y porque el mundo, me-
diante su sabiduría, no conoció a Dios en la sabiduría de Dios,
quiso Dios, por la necedad del mensaje de la predicación, sal-
var a los que tienen fe» (1 Cor 1, 20-21). Pues lo necio de Dios
es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios más poderoso que
los hombres» (1 Cor 1, 25). «Y lo plebeyo del mundo, y lo des-

126
preciable, lo que no cuenta, Dios lo escogió para destruir lo que
cuenta. De suerte que no hay lugar para el orgullo humano en
la presencia de Dios» (1 Cor 1, 28-29). «Sin embargo, entre los
ya formados usamos un lenguaje de sabiduría; pero no de una
sabiduría de este mundo...; sino de sabiduría misteriosa de Dios,
la que estaba oculta, y que Dios destinó desde el principio para
nuestra gloria» (2, 6-7).

El incrédulo
La fe es piedra de toque para todo el mundo. «El que no cree,
ya está condenado... Y ésta es la condenación: que la luz vino al
mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque
las obras de ellos eran malas. Pues todo el que obra el mal, odia
la luz y no se acerca a la luz, porque no se descubra la maldad
de sus obras. Pero el que practica la verdad, se acerca a la luz, y
así queda manifiesto que sus obras están hechas en Dios» (Jn 3,
18-21).
Estos textos son particularmente tajantes precisamente en el
evangelio de san Juan. El discípulo amado de Jesús advierte al
hombre, en forma francamente terrorífica, que no se puede igno-
rar impunemente lo más grande que hay sobre la tierra y menos
despreciarlo. En todo el evangelio se condenan «las solicitudes
mundanales» (Mt 13, 22), la indiferencia, la vida falsa, los pre-
juicios, por los que muchos, aun remordiéndoles la conciencia, se
apartan de Jesús. Lo que Jesús pide no es poco:

«Grandes multitudes iban caminando con él, y vol-


viéndose hacia ellas, les dijo: Si alguno viene a mí y no
aborrece a su padre y a su madre, a la mujer y a los
hijos, a los hermanos y hermanas, y más aún, incluso a
sí mismo, no puede ser mi discípulo. Quien no lleva su
cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo»
(Le 14, 25-27).

Jesús sabía perfectamente lo difícil que es la fe, como se ve por


la parábola del sembrador, en que tantos granos se pierden. También
una frase de Lucas, que enlaza flojamente con el contexto, apun-
ta en la misma dirección: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre,
¿encontrará la fe sobre la tierra?» (Le 18, 8). Esta frase está
emparentada con la siguiente de Mateo (24, 12): «Y al crecer cada
vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará.»
¿ Quiere decir esto que todo el que no cree está por el mismo caso 232
condenado? De suyo, no. Bajo palabras incrédulas puede vivir un 283-286
corazón dispuesto a creer al que ha faltado la posibilidad de en- 391-39$

127
contrar realmente a Cristo en la Iglesia. Puede suceder que el men-
saje sobre Cristo no haya entrado aún realmente en la historia de
un hombre.
El hombre no puede saberlo todo, ni lo bueno ni lo malo. Por eso,
no se debe romper el trato con quien haya roto la comunión con la
Iglesia de Cristo, trátese de un miembro de nuestra familia o de un
vecino. Esto no se debería hacer, ni aun en el caso que creamos que
nos sería posible emitir un juicio exacto. Porque ¿quién de nosotros
está sin pecado? Por otra parte, no debemos conformarnos interior-
mente con que alguien pase de largo junto a Cristo. Aun cuando crea-
mos conocer perfectamente la causa por la que esta o la otra persona
no puede creer en un momento dado, nunca debiéramos emitir un
juicio definitivo sobre si la persona en cuestión está en el puesto que
le corresponde. Acaso podamos sospecharlo, pero no compete tam-
poco al hombre juzgar sobre ello. Sólo podemos amarnos unos a
otros lo mejor que nos seaposible.

Jesús tiene poder sobre la ley


149-150 Cuando Jesús exige la fe, habla con una autoridad que causa
asombro. El mismo poder ostenta cuando insta a ajustar la vida a la
voluntad de Dios. En Él estaba muy cerca el mismo Dios, autor de
la ley. Por eso echó cruz y raya sobre las tradiciones farisaicas que
atañían al sábado, y lo hizo con un notable argumento humano
Me 2, 27). Así modificaba la tradición de los antiguos.
Pero vemos también que en dos pasajes modifica incluso la Sa-
grada Escritura. Primeramente, en las prescripciones sobre la pureza
ritual. Según la ley, había toda una muchedumbre de acciones y
alimentos que hacían al hombre «puro» o «impuro». Sobre todo, el
libro del Levítico está lleno de tales prescripciones, y la tradición
las había exagerado aún más:

«Y llamando de nuevo en torno a sí al pueblo, les


decía: "Oídme todos y entended: Nada hay externo al
hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo; son
las cosas que salen del interior del hombre las que lo
contaminan." Y cuando entró en casa, alejado ya de la
gente, le preguntaban sus discípulos el sentido de la pa-
rábola. Y les contesta: "¿Tan faltos de entendimiento
estáis también vosotros ? ¿ No comprendéis que nada de
lo externo que entra en el hombre puede contaminarlo,
porque no entra en el interior de su corazón — con lo
cual declaraba puros todos los alimentos —, sino que pasa
al vientre y luego va a parar a la cloaca?" Y seguía
diciendo: "Lo que sale del interior del hombre, eso es lo

128
que contamina al hombre. Porque de lo interior, del co-
razón de los hombres, proceden las malas intenciones,
fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, mal-
dades, engaño, lujuria, envidia, injuria, soberbia, des-
atino. Todos estos \ icios proceden del interior y son los
que contaminan al hombre"» (Me 7, 14-23).

Claramente expone Jesús una visión más profunda del matri-


monio En el Antiguo Testamento era bastante fácil divorciarse:

«Se acercan a él también unos fariseos y, para ten-


tarlo, le preguntaban si es lícito al marido despedir a
su mujer Pero él les respondió "¿Qué es lo que Moisés
os m a n d ó ' " Ellos contestaron: "Moisés permitió redactar
el acta de divorcio para despedirla." Entonces les repli-
có Jesús "Mirando a la dureza de vuestro corazón os
escribió Moisés este precepto Pero desde el principio
de la creación Varón y hembra los hizo, por eso mismo
dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán los
dos una sola carne; de manera que ya no son dos, sino
una sola carne Por consiguiente, lo que Dios unió, no lo
separe el hombre" Ya en casa, nuevamente los discípu-
los le preguntaban sobre lo mismo. Y les dice: "El que
despide a su mujer y se casa con otra, comete adulterio
contra aquélla, y si ella misma despide a su marido y se
casa con otro, comete adulterio."» (Me 10, 2-13).

Mateo narra además a este propósito la consternación de los


discípulos. «Si tal es la situación del hombre con respecto a la mu-
jer, no conviene casarse» (19, 10) Tan poco preparados estaban
aún para la nueva concepción del matrimonio que restauraba efec-
tivamente el honor de la mujer y hacía del amor conyugal una per-
sonalísima entrega mutua de marido y mujer.

bideltdad a la ley
En conjunto, acata Jesús la ley existente Es importante no
perderlo de vista. No lo veríamos como es, si lo considerásemos
como un revolucionario fanático o un simple demoledor. «No pen-
séis que he venido a abrogar la ley o los profetas, no he venido
a abrogar, sino a cumplir» (Mt 5, 17). Jesús se opone, pues, a la
anarquía y a la desobediencia y afirma claramente la ley de Dios.

129
El sentido más profundo de la ley
358-361 Por otra parte, rompe Jesús en determinados puntos con esa
ley. «Oísteis que se dijo a los antiguos... yo, empero, os digo», se
101-102 reitera por seis veces en el sermón de la montaña.
Todas las modificaciones que introduce en este sentido, inte-
riorizan lo que hasta entonces se había quedado en lo exterior
(pero sin suprimir la prohibición exterior). Las podríamos resu-
mir con la fórmula: «No sólo... sino ya.» No sólo el homicidio,
sino ya el primer pensamiento, la sola palabra de odio pronuncia-
da. No sólo el adulterio, sino ya la sola mirada y deseo, y el pen-
samiento que consiente. No sólo el divorcio ilegal, sino toda se-
paración. La misma idea hallamos también cuando exige que se
diga la verdad sin necesidad de juramento, en el mandato de no
vengarse, y finalmente en la invitación a un amor que no excluya
a nadie, ni aun a los enemigos, al igual que el Padre que hace
salir su sol y envía su lluvia sobre justos y pecadores (Mt 5, 43-48).
Los oyentes quedaron pasmados de estas palabras (Mt 7, 28).
Hasta en la forma de hablar, concisa, certera, imponente y esti-
mulante a la vez, se podía palpar: aquí está Dios.
363-364 Las exigencias del sermón de la montaña no son leyes minucio-
samente formuladas, una red sutil de ordenaciones (en que, por lo
demás, cada malla forma un agujero, .por donde escapar a la ley).
Aunque hay prescripciones que son necesarias en la vida humana
a fin de que cada uno sepa cuál es su puesto, sin embargo, ninguna
prescripción particular es capaz de suyo de hacer bueno a nadie.
En el sermón de la montaña no nos pone el Señor en la mano un
reglamento impersonal, sino delante del Dios vivo. El hombre tie-
ne delante la voluntad de Dios^sin velos ni tapujos.
La primera reacción es de asombro y gozo: Sí, así es; así debe
ser, esto es vida, esto es bueno, esto es el reino y señorío de Dios.
Pero inmediatamente aflora la pregunta: ¿Es esto posible? Por
ejemplo, cuando el Señor dice: «No os enfrentéis al malvado»
(Mt 5, 39). Y en seguida pensamos: esto no se puede cumplir lite-
291 raímente. Precisamente por eso no se puede convertir en ley. Y, sin
embargo, es voluntad de Dios, es la alegría del reino de Dios que
esto suceda en forma cada día más heroica y desinteresada. Pero,
en lo que hace al modo, jamás lo sabremos cumplidamente.
Por eso pedimos: «Venga a nosotros tu reino», y : «Hágase tu
voluntad.» Pedimos que se nos conceda seguir los preceptos del ser-
món de la montaña así en la tierra como en el cielo; que estos
preceptos sean como una levadura que transforme la tierra.
La santa Iglesia ha destacado el carácter no jurídico del ser-
món de la montaña, por cuanto jamás ha proclamado como ley

130
ninguna de las prescripciones que derivan de él. No existe una
ley canónica que nos mande volver la mejilla izquierda si nos han
dado un bofetón en la derecha; ninguna ley tampoco que vede
todo juramento. Pero es digno de lástima el cristiano que piense
que las exigencias de Cristo y de su Iglesia se agotan en una ley
perfectamente definida. Ante nosotros están las exigencias del
sermón de la montaña, no como señales simplemente insinuantes,
sino como serios postulados por los que seremos juzgados. Vigen
para todos. Según Mateo, Jesús dirigió el sermón de la montaña
«a sus discípulos». En Mateo quiere esto decir: Atención, que es-
tas palabras se destinan particularmente a la Iglesia. Así, el ser-
món de la montaña no es una especie de iniciación superior para
quienes guardan ya los diez mandamientos. No se dirige a los
«perfectos», sino a todo el mundo, aun a quienes no cumplen bien
los diez mandamientos. A todos se nos invita a que subamos en
espíritu a la colina de Galilea y oigamos allí la más íntima vo-
luntad de Dios y pidamos y roguemos que se realice en nosotros
mismos el reinado de Dios.
Pero también cabe preguntar si no es descorazonador que se
nos impongan preceptos, que no podemos cumplir plenamente. Así
sería si el sermón de la montaña constara de leyes bien definidas, del
tipo de «hasta aquí y nada más». Pero no hay tal. El sermón de
la montaña contiene preceptos que nos invitan a ir lo más lejos
que podamos y a poner en el empeño toda nuestra persona. Esto
significa que podemos estar ciertos de que Dios no se fija tanto
en el éxito exterior, cuanto en el empeño que ponemos con nues-
tro corazón. Este empeño, por lo demás, se acredita en obras, tal
vez incluso en obras mejores.
De este modo, el incumplimiento por debilidad del sermón de
la montaña no debe ser motivo de desaliento o angustia, sino
de humildad, de una humildad que entraña aquella alegría que
Jesús describe con estas palabras:

«Así también vosotros, cuando hubiereis hecho todo lo que fue


mandado, decid: Siervos somos sin provecho; hemos hecho lo que
debíamos hacer» (Le 17, 10).

Juicio y recompensa
Todo lo que acabamos de decir, no significa que no haya juicio. 104-105
Todo lo contrario. Pero es el juicio de Dios sobre nuestro cora- 363-364
zón. Este juicio es más severo que si se tratara de meras leyes.
Pero quien realmente procura amar a su prójimo, puede confiar
en que, aunque su corazón lo acuse, Dios es más grande que su
corazón (cf. 1 Jn 3, 20).

131
290-291 Lo que antecede tampoco quiere decir que no haya recompensa.
«0-467 Jesús termina las bienaventuranzas con esta exclamación: «Ale-
graos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el
169 cielo» (Mt 5, 12). Esta recompensa no es una contrapartida bien
calculada. Dios no es un patrono que concluye un contrato de
trabajo con el hombre. Naturalmente, nunca da poco; Él gusta,
por el contrario, de dar mucho más de lo merecido (y precisamen-
te por este motivo se enojaron el hermano del hijo pródigo y los
trabajadores de las primeras horas). El galardón de Dios no es,
pues, una «paga»; equivale a admitirnos en su amor. Este amor
es el «tesoro del cielo» (cf. Mt 6, 19-21). «Bienaventurados aque-
llos siervos a quienes, a su llegada, halle el amo despiertos. En
verdad os digo que se ceñirá, les hará sentarse a la mesa y, pa-
sando de uno en uno, les servirá» (Le 12, 37).
Nadie sabe cuántos méritos ha adquirido. Por eso, nadie debe
vivir solamente con el ojo a la ganancia, sino por amor. Por eso
no sólo debemos guardar los diez mandamientos, sino esforzarnos
por llevar a la práctica los postulados, inquietantes y arrebatado-
res, del sermón de la montaña en nuestra vida, en nuestra familia
y en nuestro trabajo.
El sermón de la montaña se halla en Mt 5-7.

191 El mayor mandamiento


289-293
¡61-364 Un doctor de la ley le preguntó una vez a Jesús:
388
U6-420 «Maestro, ¿ cuál es el mandamiento mayor de la Ley ?
79.480 Él le dijo: Amarás al Señor, Dios tuyo, con todo tu co-
razón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es
el mayor y el primer mandamiento. El segundo es seme-
jante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De
estos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas»
(Mt 22, 36-40).

Al combinar el Señor dos pasajes del Antiguo Testamento y


hacer de ellos el núcleo de la ley, establece su mandamiento más re-
novador. Es un mandamiento de omnímodo amor, de amor a Dios
y al prójimo, sin excluir al mismo que ama. El mandamiento da
por supuesto que nos amamos a nosotros mismos. Es realmente
amor por los cuatro costados.
Las expresiones: «Con todo tu corazón, con toda tu alma y
con toda tu mente», dan a entender que se trata aquí de lo más
importante para la vida humana. Con esas expresiones se puede
describir también el enamoramiento. Dios es, como dice sin tapu-
jos el Antiguo Testamento, un Dios celoso. Nos ama tanto que

132
exige que le amemos. «El Señor vive» (Sal 18, 47). El que no 298-299
quisiera acomodarse a Él, haría de la imagen del Padre una som-
bra, y no podría tampoco llegar a amar al prójimo hasta el límite
Por la misma razón, se engañaría a sí mismo el que, en su con-
dición de hombre, descuidase el segundo mandamiento por razón
del primero. Tampoco por este camino se encontraría enteramen-
te a Dios. «Si alguno dice: "Amo a Dios", pero aborrece a su
hermano, es un embustero. Porque quien no ama a su herma-
no que está viendo, ¿cómo puede amar a Dios al que no ve?»
(1 Jn 4, 20).
¿Habría, pues, que mirar, por así decirlo, a través del pró-
jimo y pensar sólo en Dios? En modo alguno. En la doctrina
de Jesús, el prójimo no es una sombra transparente, ni un medio
útil para mostrar el hombre su amor a Dios. El prójimo tiene un
fin en sí, con sus necesidades, su persona y su humanidad. Del
mismo modo que para Jesús la viuda de Naim, ante cuyas lágri-
mas «sintió compasión de ella». Como el herido para el samari-
tano. También aquí dice el evangelio que el samaritano «sin-
tió compasión». Y toda la narración se centra de tal forma en
la persona del infortunado, que sólo él constituye el centro de la
misma. Parécenos percibir juntamente con él los pasos del buen
samaritano que se le acerca y que se van perdiendo luego en la
lejanía.
Jesús llevará consigo al cielo a quienes hayan dado hospedaje
a peregrinos y visitado enfermos, sin pensar que se lo hacían a
Él mismo. Sin embargo, Él lo mira como si a Él mismo se hubiera
hecho, precisamente porque se ha amado al prójimo de forma tan
personal y sincera por razón del mismo prójimo. Dios está en los
hombres. Él los hace ser hombres. El que de todo punto se aparta 361-362
del hombre, se aparta por el mismo caso de Dios.

Como a ti mismo
Con qué exhaustividad ha de compenetrarse el hombre y vivir
con su prójimo, nos lo dio a entender bien claramente Jesús por
la breve frase tomada del Levítico: Amarás a tu prójimo como a
ti mismo. La frase ha sido comentada así: «Si el mandamiento del
amor al prójimo no se hubiera formulado en estos términos: "como
a ti mismo", que tan fáciles son de manejar y contienen, no obs-
tante, en sí mismos toda la tensión de la eternidad, el mandamien-
to del amor al prójimo no habría dominado de este modo al amor
propio. No cabe torcer y retorcer este "como a ti mismo". Juz-
gando con la precisión de la eternidad, penetra hasta los últimos
repliegues del corazón, allí donde el hombre se ama a sí mismo.
Esta formulación del precepto del amor al prójimo no le deja al

133
amor propio la menor excusa ni la menor escapatoria. ¡ Cosa no-
table ! Se podrían entablar discusiones largas y profundas sobre
cómo ha de amar el hombre a su prójimo, y el amor propio halla-
ría siempre excusas y escapatorias, alegando que el tema no esta-
ba agotado, se había pasado por alto un caso, un punto no se
había estudiado con suficiente exactitud y claridad. Pero ¡ este
como a ti mismo! No hay púgil que pueda asir tan firme e inextri-
cablemente a su contrario como este mandamiento al amor propio.»
Sobre la palabra «prójimo», empleada por Jesús, escribe el
mismo autor: «Sí, a distancia, todo el mundo conoce a su próji-
mo. Pero, a distancia, el prójimo es pura fantasía, pues su nombre
significa que está cerca, "próximo" a nosotros, el primero que
venga, cualquier hombre sin distinción. A distancia, el prójimo es
una sombra, como un fantasma ideal que le ronda a uno por la
cabeza. En cambio, no cae en la cuenta de que el hombre que
en ese preciso momento pasa a su lado, es su prójimo.»
Estas profundas palabras de un autor protestante (Kierke-
gaard) no han de entenderse en el sentido de que el amor no sabe
de alegría. En un mundo que, según Pablo, no conocía el amor ni
la compasión (Rom 1, 31), este precepto significó alegría y paz,
k22í una renovación interior del hombre, que hoy nos parece la cosa
más natural del mundo: un nuevo mundo.

Amor
El amor cristiano fue conocido en el mundo de entonces bajo
otro nombre, tomado de la versión griega del Antiguo Testamen-
to. Aquí aparece reiteradas veces en contraposición al uso profa-
no. El amor cristiano se llama ágape, que nosotros designamos
como «caridad». Este término fue escogido, sin duda, para sosla-
yar otra palabra gastada y de mal sentido en aquel tiempo: eros.
Eros se empleaba entonces a menudo en sentido de una sensualidad
egoísta, como actualmente «amor» en películas de bajo nivel. La
palabra eros no aparece en todo el Nuevo Testamento. De ahí que
la buena nueva de la ágape o caridad resuene en éste como una
liberación.
Sin embargo, no puede concluirse de esto que esta caridad o
ágape celestial carezca de todo rasgo de amor terreno. La palabra
griega ágape puede efectivamente emplearse para todas las espe-
cies de amor, no sólo para el desinteresado altruismo, sino tam-
bién para la mutua atracción entre personas. Así la usa también
el Nuevo Testamento. ¡ Con qué colores tan humanos no se nos
pinta, por ejemplo, el deseo que siente por su hijo el padre del
pródigo y este mismo por su padre!
Así pues, que el amor cristiano sea puro, generoso y liberador

134
no quiere decir que desconozca la atracción mutua entre dos per- 366-368
sonas. Al contrario, el amor que Cristo predica, tiene visos muy 388-391
humanos, se da la mano con todo cariño humano y lo sublima.

Como el sol y la lluvia de Dios


La sublimación más decisiva que Jesús trajo, fue la de exten- 169
der el amor a los enemigos: «Yo, empero, os digo: Amad a vues-
tros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los
que os ultrajan y persiguen, para que seáis hijos de vuestro Pa-
dre, que está en los cielos, el cual hace salir su sol sobre malos y
buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque, si amáis a los que
os aman, ¿ qué galardón tendréis ? ¿ No hacen otro tanto aun los
publícanos ? Y si sólo saludáis a vuestros hermanos, ¿ qué hacéis
de más ? ¿ No hacen otro tanto aun los gentiles ? Vosotros, pues,
sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,
44-48).
Estas palabras aluden al ejemplo que da Dios mismo, al hacer
brillar el sol y caer la lluvia para todos, sin distinción. Así, para
Jesús, el amor tiene su raíz más honda no en una visión determi-
nada del hombre o del mundo, sino en la raíz y fondo primero de
toda existencia, que es Dios. El amor pertenece al reino de Dios, 479-480
porque «Dios es amor» (1 Jn 4, 8),

EL UNGIDO CONGREGA SU IGLESIA

Un pueblo nuevo 344-355


¿ E n t e n d í a Jesús el advenimiento del reino de Dios como la san-
tificación de personas o grupos aislados, desvinculados e n t r e s í ?
Jesús obró a lo h u m a n o e n t r e hombres. Y los hombres viven
juntos. P o r eso hizo lo mismo que hiciera Dios en el A n t i g u o T e s -
t a m e n t o : formó u n pueblo.
Al principio fue sólo un g r u p o reducido, p e r o d u e ñ o de una
magnífica p r o m e s a : « N o temas, pequeño rebaño, porque a vuestro
P a d r e le ha parecido bien daros a vosotros el reino» ( L e 12, 32).
Lentamente, el reino de Dios va t o m a n d o forma entre los hombres.
H a y muchos indicios de que Jesús no sólo previo este pueblo,
sino que además se preocupó de antemano por él. Sería, natural-
mente, necio pensar que ya antes de su muerte había dejado una
organización perfecta. Como maestro profético busca el corazón del
hombre. Pero sería también desconocer su personalidad si se quisie-
ra hacer de Él un profeta sublime que esparce a boleo su palabra
sin la preocupación humana de crear, por medio de ella una comu-

135
nidad. De Él nació un pueblo nuevo, al que está llamada toda la
humanidad La raza y alcurnia no cuentan en él para nada, lo que
cuenta es la conciencia de la propia imperfección y la disposición
para recibir el reino de Dios.

La formación de los apóstoles


El signo más claro de que Jesús pensaba en una comunidad, es
la formación de discípulos. Todo rabbí los tenía, pero, precisa-
mente porque Jesús no era un maestro ordinario, tampoco sus dis-
cípulos formaban un grupo corriente y moliente Los discípulos de
los rabinos se buscaban ellos mismos sus maestros, se ejercitaban
con ellos en la interpretación de la ley y lentamente ascendían
también ellos al grado de maestros Choca, en cambio, la manera
como Jesús reúne en torno a sí a sus discípulos, pues no le
escogen éstos a Él, sino que es Él quien llama al que le place
(Me 3, 13) i Y con qué autoridad y qué inmediatez tuvo lugar
esto 1 (Sería trabajo interesante reunir las diversas historias de
vocación del evangelio )
Al llamarlos, Jesús pide cuanto cabe pedir a sus discípulos

«Mientras ellos iban siguiendo adelante, uno le dijo


por el camino "Te seguiré adondequiera que vayas "
Y Jesús le contestó "Las zorras tienen madrigueras, y
las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tie-
ne dónde reclinar la cabeza " A otro le dijo. "Sigúeme."
Éste respondió "Permíteme que vaya primero a enterrar
a mi padre." Pero Jesús le replicó "Deja a los muertos
que entierren a sus muertos, pero tú, vete a anunciar el
reino de Dios." También dijo otro "Te seguiré, Señor,
pero permíteme que vaya primero a despedirme de los
míos." Pero Jesús le respondió. "Ninguno que ha echa-
do la mano al arado y mira hacia atrás, es apto para el
reino de Dios"» (Le 9, 57-62).

Estas palabras, referentes a la elección de un más amplio círcu-


lo de discípulos, no deben entenderse como indiferencia respecto
de padres y parientes. Esto es precisamente lo que Jesús reprocha
a los fariseos (Me 7, 9-13) y lo que tal vez reprochara también
hoy día a algunas comunidades monacales. Lo que Jesús quiere
dar a entender aquí — con agudeza oriental, que se delata, por
ejemplo, en el juego de palabras «muertos que entierren a sus
muertos» — es lo radical del nuevo comienzo. Dejar a la espalda
todo lo viejo, forma parte de la alegría del reino de Dios Preci-
samente toda la historia de la salvación comienza con estas pala-

136
bras «Dijo Yahveh a Abraham Sal de tu tierra y de tu parentela
y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré, y yo
haré de ti una nación grande...» (Gen 12, 1-2).
Los discípulos de Jesús formaban un «pequeño rebaño», al que
inicia en los misterios del remo de Dios Pero especialmente ins-
truye a los doce. Les enseña a bautizar Y por lo que a la palabra
atañe, les enseña mucho más que los rabinos a sus discípulos Los
rabinos instruían en la interpretación de la ley, pero Jesús hace
a sus apóstoles heraldos de un acontecimiento. la venida del reino
de Dios y de la voluntad de Dios.
Esta misión supone grandes poderes. Así escribe Mateo- «Y con-
vocando a sus discípulos, les dio poder de arrojar espíritus impu-
ros y de curar toda enfermedad y toda dolencia» (10, 1). El mis-
mo nombre de apóstol indica un gran poder. Apóstol en su origen
es palabra griega (apostólos) y quiere decir «enviado». Es traduc-
ción de la palabra hebrea Salta), que significaba en tiempo de Jesús
no sólo un «portavoz» o mensajero, sino uno que es enviado con
poderes De este modo, los apóstoles son más que los discípulos
ordinarios de los rabinos. Pero en otro aspecto son menos. Un dis-
cípulo de un rabino puede llegar a ser rabino, pero un apóstol de
Jesús no llegará jamás a ser lo que es Jesús. Él — y sólo É l — es
Señor. Un apóstol tiene poderes, pero sólo Jesús los da.

Instrucciones a los apóstoles para su misión


El capítulo diez de san Mateo contiene las instrucciones que
da el Señor a sus apóstoles antes de mandarlos a su misión. He
aquí algunas de ellas

«Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos,


sed, por tanto, cautos como las serpientes y sencillos
como las palomas. Tened mucho cuidado con la gente-
porque os entregarán a los tribunales del sanedrín y os
azotarán en sus sinagogas, también seréis llevados ante
gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio
ante ellos y ante los gentiles Pero cuando os entreguen,
no os preocupéis de cómo o qué habéis de decir, porque
se os dará en aquel momento lo que habéis de decir,
pues no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíri-
tu de vuestro Padre quien hablará en vosotros. Y entre-
gará a la muerte el hermano al hermano, y el padre al
hijo, y los hijos se levantarán contra sus padres y les darán
muerte Y seréis odiados por todos a causa de mi nom-
bre, pero el que se mantenga firme hasta el final, ése se
salvará. Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la

137
otra, porque os aseguro: no acabaréis de recorrer las
ciudades de Israel sin que venga el Hijo del hombre.
Un discípulo no está por encima del maestro, ni un es-
clavo por encima de su señor. Ya es bastante que el dis-
cípulo llegue a ser como su maestro y el esclavo como
su señor. Si al señor de la casa lo llamaron Beelzébul,
¡ cuánto más a los que viven con él! Pero no les tengáis
miedo; porque nada hay oculto que no se descubra, y
nada secreto que no se conozca. Lo que os digo en la
oscuridad, decidlo a plena luz; lo que escucháis al oído,
proclamadlo desde las terrazas. No tengáis miedo a los
que matan el cuerpo; que al alma no pueden matarla.
Temed más bien a quien tiene poder para hacer que pe-
rezcan cuerpo y alma en la gehenna. ¿ Acaso no se venden
por un as dos pajarillos? Sin embargo, ni uno de ellos
cae a tierra sin permitirlo vuestro Padre. Y en vosotros,
hasta los cabellos de la cabeza están todos contados. Así
que no tengáis miedo. Vosotros valéis más que muchos
pajarillos. Por tanto, de todo aquel que se declare en mi
favor delante de los hombres, también yo me declararé
en favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos.
Pero a aquel que me niegue delante de los hombres, tam-
bién yo lo negaré delante de mi Padre que está en los
cielos. No creáis que vine a traer paz a la tierra; no vine
a traer paz, sino espada. Porque vine a enfrentar al
hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera
con su suegra; y serán enemigos del hombre los de su
propia casa. El que ama a su padre o a su madre más
que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o
a su hija más que a mí, no es digno de mí; y quien no
toma su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí. El
que haya encontrado su vida, la perderá; y el que haya
perdido su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 10,
16-39).

Discurso eclesial
El capítulo 18 de san Mateo suele ser llamado «discurso ecle-
sial», por contener reglas de conducta para la vida de la Iglesia.
He aquí una sección del mismo:

«¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y


se le extravía una de ellas, ¿no dejará las noventa y nue-
ve en los montes, para irse a buscar la extraviada ?
Y cuando llega a encontrarla, os aseguro que se alegra

138
por ella más que por las noventa y nueve que no se extra-
viaron. De la misma manera, no quiere vuestro Padre
que está en los cielos que se pierda uno solo de estos
pequeños.
Si tu hermano comete un pecado, ve y repréndelo a
solas tú con él. Si te escucha, ya ganaste a tu hermano;
pero, si no te escucha, toma todavía contigo a uno o dos,
para que todo asunto se decida a base de dos o tres tes-
tigos; y si no les hace caso, díselo a la Iglesia; y si tam-
poco a la Iglesia le hace caso, sea para ti como un pa-
gano o un publicano.
Os lo aseguro: todo lo que atéis en la tierra, atado
será en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, des-
atado será en el cielo» (Mt 18, 12-18).

Poder del cielo en manos de hombres 192


Precisamente por estas últimas palabras se ve con particular
claridad la gran autoridad dada a" los apóstoles. Las palabras «atar»
y «desatar» equivalen a declarar algo lícito o ilícito, y también
excluir a uno de la comunión o comunidad (excomulgar) o admi-
tirlo de nuevo en elia. Se trata, pues, de ía autoridad necesaria
en una comunidad, es decir, el poder decidir sobre lo que está y
lo que no está permitido y de declarar quién pertenece, o no, a ella.
La expresión «todo lo que» da a entender que se trata de un
gran poder. La palabra «cielo» es en Mateo una perífrasis del
nombre de Dios. Todo lo que los apóstoles atan y desatan es, con-
siguientemente, atado o desatado delante de Dios. ¡ Sublime poder
otorgado a los hombres! Pero que este poder tiene por objeto y
fin la Salud eterna, la vida y el perdón, sigúese de una sentencia
del Señor en el evangelio de Juan: «A quienes perdonéis los peca-
dos, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis les queda-
r á n retenidos» (20, 23). Sobre este punto volveremos más adelante. 343-355

Servicio y responsabilidad del ministro 347


Para comprender la finalidad vivificante de este poder, es con- 353
veniente leer íntegro el capítulo 18 de Mateo, el discurso ecle-
sial. Allí podemos ver que el representante de la autoridad
no está a los ojos de Dios en situación distinta, o más eleva-
da, que el fiel ordinario. Al contrario, su puesto le impone una
responsabilidad mayor respecto de su Señor. Así leemos en Lucas:

«Entended bien esto: si el dueño de casa supiera a


qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar su

139
dicho. Pero la crítica moderna enseña que esta frase no falta en
ninguno de los códices, ni aun en los más antiguos. Además, en
estas frases llenas de imágenes encontramos tantos elementos se-
míticos, que pocas frases hay en Mateo que pertenezcan con tanta
seguridad como éstas a su evangelio. Así, por ejemplo, el juego
de palabras Pedro-piedra solamente se puede explicar satisfacto-
riamente en razón del primitivo texto arameo: Kepha-kepha, (y
casualmente en francés, Pierre-pierre). En griego se tradujo Pe-
tros-petra, y se hubiera podido traducir también Petros-petros.
No se hizo así porque petra significa roca firme, peña, que es lo
que Jesús pensaba; petras, en cambio, sugiere más bien una piedra,
un canto que se puede tirar. Para el nombre propio se tomó Petros,
porque la palabra petra es femenina. Hoy día, hasta los autores
protestantes reconocen que la interpretación corriente y obvia es la
más aceptable. Así, el conocido exegeta protestante Günter Born-
kamm escribe: «En la interpretación de las palabras sobre Pedro
y la Iglesia, la teología romanocatólica y la protestante se han
aproximado entre sí desde hace bastante tiempo. La "roca" no es
ni Cristo, como ya pensaba Agustín y tras él Lutero, ni la fe de
Pedro ni el oficio de la predicación, como lo entendieron los refor-
madores, sino el mismo Pedro como director de la Iglesia.»
Cierto que algunos de ellos se preguntan si habría podido
decir Jesús personalmente una frase, que tan claramente habla
de la Iglesia. Sobre esfa cuestión no hay unanimidad entre los
autores protestantes. Lo que niegan es que las palabras de Jesús
se puedan aplicar también a los sucesores de Pedro (sobre ello
352-354 volveremos en el capítulo sobre el oficio o ministerio).
Las polémicas suscitadas en torno a este texto no deben indu-
cirnos a hacer de él una fría «prueba» en pro o en contra de una
tesis. Abramos los ojos al fuerte consuelo que emana de estas
palabras. La palabra «Iglesia» (qahal) se usa a menudo en el
Antiguo Testamento para significar el pueblo en el desierto. Y en
eso pensaba justamente Jesús: en un nuevo pueblo.
Por «puertas del Hades» (muerte, mundo subterráneo) hay
que entender el poder del mal. Éste no prevalecerá nunca sobre
la Iglesia de Dios.
También el cielo tiene sus puertas. Sus llaves invisibles están
en manos de Pedro. Él desempeña la función de aquel padre de
familia con todos los poderes, que se describe en Is 22, 21-22.
139 Luego siguen las palabras que en Mt 18 están dirigidas a los
apóstoles en general: «atar» y «desatar», es decir, el poder de
declarar algo recto o torcido, de rechazar o aceptar algo, de
forma que sea también válido en el cielo, es decir, delante de Dios.
Este poder se otorga aquí sólo a Pedro; al débil, vulgar e impul-
sivo Pedro, a la roca que Jesús ha de pulir aún mediante alguna

142
recriminación. El Señor apela a él constantemente hasta en los
momentos de flaqueza: «Y volviéndose el Señor, dirigió una mira-
da a Pedro» (Le 22, 61). Esto sucedió poco después de haberle dicho
Jesús: «Y tú, cuando luego te hayas vuelto, confirma a tus her-
manos» (22, 32).
Juan trae la elección de Pedro después de la muerte de Jesús.
De ahí se sigue que la fundación de la Iglesia estaba sobre todo
prevista para el tiempo subsiguiente a la existencia terrena de Jesús:

«Cuando terminaron de almorzar, dícele Jesús a Simón


Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?"
Respóndele: "Sí, Señor; tú sabes que te quiero." Él le
contesta: "Apacienta mis corderos." Vuelve a pregun-
tarle por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?"
Respóndele: "Sí, Señor; tú sabes que te quiero." Él le
contesta: "Sé pastor de mis ovejas." Por tercera vez
le pregunta: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?" Pedro
sintió pena cuando Jesús le dijo por tercera vez "¿Me
quieres?", y le respondió: "Señor, tú lo sabes todo; tú
conoces bien que te quiero." Dícele Jesús: "Apacienta
mis ovejas"» (Jn 21, 15-17).

La Iglesia es un don de Dios


La constitución de la comunidad parte de las autoridades que es-
tableció Cristo mismo. La edificación no es operada por la comuni-
dad, sino que le es dada. Tal es el sentido más profundo de la
autoridad en la Iglesia. «Quien a vosotros escucha a mí me escucha»
(Le 10, 16). En el capítulo sobre el oficio pastoral volveremos so-
bre este punto. El reconocerlo constituye una primordial alegría
cristiana. Lo que nos une unos con otros es un regalo de Cristo,
y no sólo obra nuestra.

La Iglesia como «sacramento» del reino de los cielos


Cristo habló más sobre el reino de Dios que sobre la Iglesia.
¿Son ambos la misma cosa o se distinguen entre sí?
La Iglesia es la comunidad en que se despliegan los signos
del reino de Dios (los sacramentos), en que resuena la palabra
del reino (el evangelio), en que muchos se esfuerzan por llevar
una vida conforme al reino. En una palabra, la Iglesia es la co-
munidad en que el reino de Dios se hace visible y audible. Se
podría llamar a la Iglesia el «sacramento» del reino de Dios, el
signo que significa y realiza al tiempo el reino de Dios que une
a los hombres entre sí.

143
37-338 Pero queda siempre la miseria de nuestro pecado y de nuestra
obstinación. El reino de los cielos se asemeja a menudo al hom-
bre que sembró buena semilla en su campo y se encontró luego
con abundante cizaña. La Iglesia no equivale ya a la posesión del
reino, sino al esfuerzo por conseguirlo, un esfuerzo que tiene la
promesa consoladora de que las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella.

¿QUIÉN ES ÉSTE?

La investigación sobre la «.vida de Jesús»


¿Cómo se podría describir de la mejor forma la personalidad
de Jesús, tal como la conocemos por la historia ? Al hacerlo, de-
bemos procurar, ante todo, prescindir de la fantasía. La investi-
gación científica liberal trató de ver, desde 1800 hasta 1920, de
forma nueva la vida de Jesús fuera de la tradición eclesiástica.
Su trabajo se apoyaba a menudo en una sincera admiración por
la figura de Cristo y en una auténtica fe inquisitiva. Sin embargo,
no logró en conjunto liberarse de fantasías. En este período se
publicaron innumerables «vidas de Jesús», que completaban los
hechos que transmite el evangelio con bellas descripciones de la
naturaleza, y sobre todo presentaban una ingeniosa y puntual pin-
tura de la evolución psíquica de Jesús. El Señor era presentado
exclusivamente como gran figura, que comenzó a enseñar con ju-
venil entusiasmo y acabó en desilusión y amarga polémica.
Como consecuencia de estos estudios, se dirigió más la aten-
ción a la personalidad humana de Jesús; lo cual no es malo, pues,
como vimos, el creyente tiende a olvidar un tanto que Jesús es
83-85 al mismo tiempo Dios y hombre verdadero.
Otra consecuencia positiva es que ahora, después de siglo y
medio, hemos comprobado la impotencia e imperfección de todos
esos ensayos. Así han dejado libre el camino para acercarnos de
nuevo directamente a Jesús, tal como nos lo presenta el evange-
lio. Pues si echamos ahora una ojeada a la serie de «vidas de
Jesús», veremos que, en sus apasionantes biografías psicológicas,
los autores no reprodujeron tanto el espíritu de Jesús cuanto el
del tiempo en que vivían ellos mismos. Así, durante la «ilustra-
ción» vino a ser Jesús un maestro ilustrado sobre Dios y la vir-
tud; durante el romanticismo se le describe como un «genio reli-
gioso» ; en ambientes kantianos se convirtió en maestro de ética
al estilo de Kant; en la época de las luchas sociales se le pintó
como un campeón de las reformas sociales, y así sucesivamente.
Todas estas imágenes están anticuadas y está comprobado que

144
son falsas, o parciales. Después de siglo y medio de esfuerzos, los
evangelios se yerguen ante nosotros en su sencillez inconmovible,
precisa y, no obstante, impenetrable, ante lo que se deshace como
tela de araña todo intento puramente humano de entender la figu-
ra del Señor. Es más, nos aparecen más nuevos y sorprendentes
que todas las imágenes de Jesús que antaño parecieron tan moder-
nas. Así, la investigación sobre Jesús de Nazaret se halla ante el
enigma eternamente nuevo: ¿ Quién es éste ? Aunque las inter-
pretaciones anticuadas pasan hoy día precisamente como «cientí-
ficas», sin embargo, la actual ciencia bíblica, aun la que no está
sujeta a ninguna Iglesia, sabe que no es lícito dejarse arrastrar
por la corriente de tales construcciones fantásticas. Las fuentes se
parecen muy poco a «biografías con evolución psicológica», y mucho
a testimonio, actualización y llamamiento.

Los evangelios no son urna biografía ordinaria


Por cuatro escritos señaladamente conocemos los rasgos hu-
manos de la persona de Jesús. Cada uno de ellos contiene entera
la «buena nueva», todo el «evangelio».
Precisamente porque estos escritos son en primer término un
mensaje, dejan sin responder muchas preguntas curiosas. Tales pre-
guntas caen fuera del mensaje. Así, por ejemplo, en ninguna par-
te se hace referencia al aspecto exterior de Jesús. Los evangelis-
tas no se interesaron tampoco por la sucesión exacta de los hechos
ni por una puntual topografía. Es, por ejemplo, imposible deducir
de los relatos evangélicos si la vida pública de Jesús duró uno,
dos o tres años. Si se comparan los evangelios entre sí, se ad-
vierte, de una parte, que las palabras de Jesús están transmitidas
muy cuidadosamente, pero se nota, por otra, cierta libertad de
variación, que responde a la situación de la comunidad para la
que hablaba el evangelista.
Todas estas características están en consonancia con el he-
cho de que los evangelios no son recuerdos dedicados piadosamente
a alguien, que ha muerto, sino que están henchidos de la presencia
de alguien que vive. Esto explica esa cierta libertad en la repro-
ducción y transmisión de sus palabras. La Iglesia sabía que Jesús
estaba con ella en la predicación. El evangelio de Juan habla
expresamente de que el Espíritu Santo ayuda a recordar (14, 26;
15, 26; 16, 13). Sólo que esto no ha de entenderse como si el
Espíritu Santo hiciera las veces de un disco de gramófono o de
una cinta magnetofónica, sino que ayudaba a comprender en su
sentido más profundo los hechos —transmitidos a veces con pun-
tual exactitud— y a trasladarlos al lenguaje vivo de la comunidad.
Por lo que atañe a la descripción de los sucesos, no debe to-

145
marse demasiado como una narración seguida. Naturalmente, hay-
una sucesión u orden en el curso de la vida de Jesús; pero ciertas
frases o partículas como «luego», «en aquel momento» son a me-
nudo meras fórmulas estilísticas, que no podemos tomar literal-
mente en el sentido actual.
El estilo de los evangelios es más bien un estilo de «períco-
pas», es decir, una serie de breves fragmentos (episodios), en
cada uno de los cuales vemos, como a través de un prisma, la per-
sona entera del Señor. No son, pues, anillos de una cadena de
sucesos, como en una biografía ordinaria, sino que cada una por
sí es una representación completa del Señor. Ello quiere decir
que Jesús no aparece ante nosotros en el evangelio como otras
figuras del pasado, por ejemplo, héroes o artistas. De éstos posee-
mos a menudo más pormenores biográficos. Pero pertenecen a un
tiempo pasado. Nadie les dirige ya la palabra. No así en el caso de
Jesús. En cada perícopa se yergue entero y nos llama a sí. Por
eso, un relato evangélico no es algo que se pueda oir indiferente-
mente, como si dijéramos, „ sentados con una pierna sobre otra.
El relato evangélico nos invita justamente a levantarnos.
La manera como la Iglesia ordena los evangelios en la cele-
bración eucarística, corresponde muy bien a esta forma literaria.
En la misa, los evangelios se leen por fragmentos o perícopas, y
se escuchan de pie.
104 Sobre el nuevo testamento, cf. también el capítulo sobre el ori-
gen de los evangelios.

Jesús, hombre de su tiempo, pero totalmente otro


El hecho de que el Jesús de los evangelios no permita que le in-
terrogue el hombre moderno acerca de su psicología, sino que sea
Él quien interroga y provoca al hombre moderno, no quiere decir
que su persona esté envuelta en velos de oscuridad o se pierda
en lejanía inaccesible. Al contrario, ¿cómo había de preguntar y
provocar, si no se nos presentara claramente ? Esta cercanía de
los acontecimientos, este realismo, es justamente una caracterís-
tica de los evangelios, que no escapa a nadie cuando se pone en
contacto con ellos. Todo el mundo en que vive Jesús, todo su
mundo en torno, está dibujado en pinceladas directas y auténticas.
Sacerdotes y doctores de la ley, fariseos y publícanos, ricos y
pobres, sanos y enfermos, justos y pecadores, todos están insertos
claramente en el gran acontecimiento que supone — para cada uno
a su manera — el encuentro con Jesús.
Y lo sorprendente es que Jesús está totalmente en medio de
ese mundo tan vivamente descrito y, sin embargo, es inasible y
totalmente otro.

146
Jesús es, pues, el hombre que anuncia el advenimiento del reino
de Dios, por ende, un profeta. «¿Quién es éste?», preguntaban en
Jerusalén al entrar Jesús triunfalmente en la ciudad. Y el pueblo
contestó: «Éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea» (Mt
21, 11). Pero al mismo tiempo es totalmente distinto de un profeta.
De un profeta se esperaba que presentara sus cartas credenciales
mediante el relato de su vocación. Y se esperaba sobre todo que,
por una sentencia introductoria, dijera de quién procedía su men-
saje: «Así dice Yahveh.» Jesús no alude nunca a una vocación,
sino que habla siempre por su cuenta. Hay una palabra cortita,
que es característica del hablar de Jesús. Ha quedado en hebreo
dentro del texto griego. Es la palabra amén, que solemos traducir
por «en verdad». Es la palabra que confirma lo que se ha dicho:
«Así es.» En este sentido la empleamos aun hoy en señal de asen-
timiento, cuando rezamos.
Ahora bien, Jesús emplea esta palabra de manera singular. En
efecto, la emplea no después, sino antes de la frase. Comienza por
una confirmación. Y además no sigue luego: «Así dice el Señor»,
sino «Yo os digo». Por ejemplo: «En verdad os digo: El que
no recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará en él»
(Me 10, 15).
Este «amén» antepuesto a la frase, no es un modo petulante de
hablar, sino la serena y humilde conciencia de su misión en un
hombre con plena autoridad, que puede hablar con la mayor natu-
ralidad en nombre de Dios. Es como la confirmación de la voluntad
antecedente del Padre.
Además de las características de un profeta, Jesús ostenta tam-
bién las de maestro (rabí). Un rabí es un hombre que discute con
sus discípulos, con otros maestros, anda errante y enseña en las
sinagogas. La profesión de Jesús es propiamente la de rabí, y ello
explica que así se le llame frecuentemente.
Pero si nueva fue su actuación como profeta, no menos sor-
prendente resulta su actividad de maestro. Ya el mero hecho de
que fuera a la par profeta y maestro constituía de todo punto una
novedad. Y en cuanto a la manera de instruir, un rabí tenía obliga-
ción de alegar la Escritura o la autoridad de otros maestros; pero en
Jesús instruye Dios inmediatamente. Incluso la Escritura, como vi-
mos, es por Él completada y, en realidad, corregida.
Además, todo eso se hace con palabras sencillas, que no requie-
ren conocimientos previos, sino que se entienden directa e inmedia-
tamente. Son palabras en consonancia con la situación de cada cual
con su vida ordinaria, con sus experiencias normales. Ya lo vimos
en las parábolas. También las sentencias breves de Jesús son de 99
desconcertante evidencia. «Bástele a cada día su propia angustia»
(Mt 6, 34). «Nadie enciende una luz y la pone debajo del celemín»

147
(5, 15). Y también en Juan: «Cuando la mujer va a dar a luz, sien-
te tristeza, porque llegó su hora; pero, apenas da a luz al niño,
no se acuerda ya de su angustia por la alegría de haber traído un
hombre al mundo» (Jn 16, 21). «De verdad os lo aseguro: Si el
grano de trigo que cae en la tierra no muere, él queda solo; pero,
si muere, produce mucho fruto» (Jn 12, 24). Expresiones como
éstas, tan frecuentes en los cuatro evangelios, nos hacen ver que
lo más característico en el estilo de enseñanza de Jesús, es su
gran inmediatez. No hay en él circunloquios, ni sueños sobre el
pasado, ni fuga a lo por venir: «El reino de Dios ya está en medio
de vosotros» (Le 17, 21), y : «Bienaventurado aquel que en mí no
encuentre ocasión de tropiezo» (Mt 11, 6).
123 Jesús hace sentir sin rodeos, a todo el que se le acerca, la in-
mediatez de Dios. Él mismo lleva consigo esta inmediatez. Ello
da a su persona una autoridad serena, que no tiene par.

«Cada una de las escenas descritas en los evangelios nos pin-


ta la maestría admirable con que Jesús domina la situación, en
consonancia con los hombres con quienes se encuentra. De ello nos
hablan numerosos discursos y disputas, en que penetra el interior
de sus adversarios, rebate sus objeciones, responde a sus pre-
guntas u obliga a que ellos le respondan. Puede abrir la boca,
tirar de la lengua, diríamos, a sus rivales y puede también ta-
parles la boca (Mt 22, 34). También en su encuentro con necesi-
tados salen de Él fuerzas maravillosas; los enfermos se estrujan
en torno a Él, sus familiares y amigos le piden ayuda. A menudo
escucha Jesús la petición, pero también puede rechazarla, hacer
esperar o poner a prueba a los que piden. No raras veces se nie-
ga y busca la soledad (Me 1, 35 s s ) ; pero a menudo da Él el
primer paso y está pronto a hacer el beneficio, con tal de que
los necesitados se abandonen a Él con entera confianza (Mt 8, 5ss;
Le 19, l s s ) ; en su libertad, rompe las estrechas fronteras que
han levantado las tradiciones y determinadas ideas. Lo que se
ve también claramente en el trato con sus discípulos. Los llama
con palabra de mandato, soberana (Me 1, 16ss); pero también
amonesta y disuade a más de uno para que no le siga (Le 9, 57ss;
14, 28ss). La conducta y el proceder de Jesús están una y otra
vez en el más vivo contraste con lo que las gentes esperan de Él
o esperan para sí. Como cuenta Juan (6, 15), Jesús huye de la
muchedumbre que quiere proclamarlo rey. En los encuentros de
Jesús observamos siempre una característica: que conoce a los
hombres y penetra sus pensamientos, lo que se suele presentar en
el evangelio como un milagro. Los dos hijos del Zebedeo hubie-
ron de experimentarlo cuando Jesús rechazó sus ambiciosos de-
seos» (Me 10, 35ss). Esto escribé el exegeta protestante Günter

148
Bornkamm, del que hemos tomado en esta parte algunas obser-
vaciones, que agradecemos.
Esta soberanía de Jesús se destaca también en Le 7, 36-50;
Jn 8, 1-11; Me 10, 17-22.
El pasaje citado en último lugar habla también de la forma en
que Jesús era capaz de mirar a alguien. Sobre este punto se nos 143
refieren casos varios. Este mirar era característico en Él. Los
relatos evangélicos muestran que aquí no se trata ni de hipnotismo
ni de una mirada sentimental. La mirada de Jesús fuerza al
hombre a una decisión liberadora, pero la decisión tiene que to-
marla el hombre, que no pierde su personalidad.
Todo género de hombres quieren ver a Jesús: los buenos con
sus virtudes, los pecadores con su culpa, los posesos con su fre-
nesí, los enfermos con sus torturas, los eruditos con sus argu-
mentos, y el fondo de todos es visto por Él en su verdadera reali-
dad. Luego Él los invita a que declaren por sí mismos lo que son.

Autoridad
Para esta actitud de soberanía de Jesús, para esta sencilla,
pero intangible majestad en el obrar de Jesús, tienen los evan-
gelios una expresión propia: autoridad (exouña). También se po-
dría traducir por «poder». «Y se quedaban atónitos de su manera
de enseñar, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no
como los escribas» (Me 1, 22).
En esta afirmación está expresada la característica más in-
confundible de la persona de Jesús. Este rasgo se reconoce en toda
perícopa, en toda sentencia, en todo acto que de Él se nos cuenta.
Gracias a esto no aparece Jesús en los evangelios perdido en con-
fusa lejanía, sino en clara proximidad a nosotros y nos invita.
No tomemos esta «autoridad» de la persona de Jesús como
elegante frialdad o mansedumbre indiferente. No; olvidemos por
xm momento las estampitas o estatuillas de yeso blanco o rosado.
¡ Qué duro es Jesús en la expulsión de los demonios! «Jesús le
increpó: Enmudece y sal de este hombre» (Me 1, 25). ¡Con
que justa indignación procede en la expulsión de los mercaderes del
templo! (Jn 2, 15). Jesús pone toda su persona en lo que hace,
por ejemplo, cuando un leproso le pide ayuda: «Y Jesús, movido a
compasión, extendió la mano...» (Me 1, 41). Muy conmovedor es
también el pequeño incidente de los niños. Jesús, leemos «lo llevó
muy a mal» que sus discípulos trataran de apartarlos; en cam-
bio «los estrechaba entre sus brazos [los niños] y los bendecía»
(Me 10, 14ss).
Entenderíamos mal la «autoridad» de Jesús si sólo viéramos
en ella el carácter humano de un genial pastor de almas. Tal con-

149
fusión no haría justicia a todos los hechos que nos han transmitido
los evangelios. Estos hechos hablan de algo distinto, del acónte-
lo? cimiento de la llegada del reino de Dios. Jesús completa todo lo
que le precede con palabras que durarán más que el cielo y tierra,
destinados a pasar (Me 13, 31). Por Él reina Dios definitivamente.
Lo que le da autoridad es el hecho irreversible de la revelación y
del reino de Dios definitivos.
Pero la autoridad de Jesús es al mismo tiempo la autoridad de
93-96 quien en su bautismo del Jordán y en el desierto se consagró a
la humanidad, al servicio hasta la muerte, a la bajeza y servi-
dumbre. Es la autoridad del reino de Dios, oculto y escondido,
loo Mas justamente por eso conmueve tan extraordinaria y profunda-
mente los corazones de los hombres.

Los nombres de Jesús


Hasta aquí hemos tratado de describir la persona de Jesús
por los hechos consignados en los evangelios; ahora tomamos otro
camino para responder a la pregunta: «¿Quién es éste?» Vamos
a recorrer los nombres que le dio la primitiva Iglesia para ex-
presar su grandeza y dignidad.
76 Ya hemos aducido algunos de ellos; así, su nombre propio de
90-91 Jesús, que quiere decir: «Yahveh salva.» Así también el nombre
de su primer oficio: carpintero, nombre que no carece de significa-
ción para la salud eterna.
148 Así también el de su oficio posterior: Rabí o maestro. Es un
maestro de vida, en cuyo parangón apenas si merece nadie el nom-
bre de maestro. «Ni dejéis que os llamen maestros, que uno sólo es
vuestro maestro: Cristo» (Mt 23, 10). He ahí un buen título para
hablar a Jesús en la oración, sobre todo cuando no sabe uno por
dónde tirar y hacen falta luz y sabiduría.
Ya hemos visto que a veces se le llamó a Jesús profeta. En
ocasiones, alude Él mismo a que es sucesor de los profetas, como
se ve por ejemplo, por la parábola de los malos viñadores (Mt 21,
33-38), y por esta misteriosa sentencia: «Sin embargo, hoy, ma-
ñana y pasado tengo que seguir mi camino, porque no cabe que
un profeta pierda la vida fuera de Jerusalén. ¡ Jerusalén, Jerusa-
lén: la que mata a los profetas y apedrea a los que fueron envia-
dos a ella...!» (Le 13, 33-34).
La Iglesia emplea muy a menudo el título de Cristo o Ungido.
97-98 En hebreo este título es Mesías; en griego, XPISTOS; en letras
capitales, abreviadas, X P o sfc. Este título alude al rey tanto tiem-
po esperado, que reemplazaría el dominio extranjero por la sobera-
nía de Dios. Era un título peligroso, pues iba ligado con estrechas
expectaciones nacionalistas. De haberlo usado el Señor, las turbas

150
lo hubieran alzado rey (cf. Jn 6, 15). De ahí que Jesús evite esta
expresión en la predicación pública. Así se ve por el evangelio
de Marcos. Sin embargo, este mismo evangelio cuenta como Jesús,
al fin de su vida, se reconoce oficialmente como el Cristo o Mesías
delante del sanedrín judío (Me 14, 62). Pero al mismo tiempo hace
esta confesión en sentido más alto y profundo: Su reino no es de
este mundo.
En los otros evangelios es menor esta reserva de Jesús res-
pecto al título de Mesías. Cuando estos evangelios fueron escri-
tos, el nombre estaba ya purificado de su resabio político. Se em-
pleaba ordinariamente al contar la vida de Jesús y reproducir sus
palabras. Este nombre alude a la fidelidad de Dios en sus prome-
sas : Dios envió a su Mesías. Con él se expresa también clara-
mente lo que en la vida de Jesús se hizo cada vez más claro: el
reino de Dios brilló en Él mismo, Él es su centro, el rey cuyo
reino no es de este mundo. El nombre de «Hijo de David», que
se da a Jesús algunas veces, viene a decir poco más o menos lo
mismo que Cristo.

Para indicar su mesianidad, Jesús mismo escogió una palabra


que en las ideas de las gentes tenía menos que ver con la domina-
ción terrena. Procede de la profecía de Daniel. A un pueblo atri-
bulado, que corre peligro de ser aplastado entre potencias, descritas
como bestias, se le muestra un salvador:

«Yo miré entonces, a causa del ruido de las palabras


grandiosas que decía aquella asta, y mientras miraba,
fue muerta la bestia, y su cuerpo destruido y arrojado
al fuego. En cuanto a las otras bestias, se les quitó el
poder, y recibieron un espacio de vida, hasta un tiempo
y un momento fijados. Yo estaba, pues, observando du-
rante la visión nocturna, y he aquí que venía entre las
nubes del cielo uno que parecía Hijo del hombre, se
adelantó hacia el anciano de muchos días, y fue llevado a
su presencia» (Dan 7, 11-13).

Este Hijo del hombre, de origen celestial, trae el definitivo rei-


no de Dios. Los evangelios emplean la expresión «Hijo del hombre»
como nombre con el que Jesús se designó a sí mismo. Esta expre-
sión no indica, como se podría creer, su humanidad, sino precisa-
mente su origen celeste. «Hijo del hombre» no es una expresión
empleada por Jesús para presentarse modestamente como inferior
a lo que es en realidad. Es título de grandeza, para dar a entender
que su mesianidad es de orden distinto al terreno,. Por eso cambia
por este nombre el título de Mesías o Cristo: «De nuevo le pre-

151
gunta el sumo sacerdote y le dice: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo del
Bendito?" Jesús respondió: "Pues sí, lo soy; y veréis al Hijo del
hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo entre las nu-
bes del cielo"» (Me 14, 61-62). Este título no se encuentra en las
cartas de los apóstoles, y en los evangelios sólo en boca de Jesús.
Se recordaba, pues, como el nombre que el Señor se daba a sí
mismo. Se trata de una expresión muy rica, pues, a la par que la
grandeza de Jesús, indica también la humildad insólita de su me-
sianidad, su carácter «totalmente otro». En su misma composición
aparece algo de la unidad de Jesús con el linaje humano. En efec-
to, «Hijo del hombre» (ben adanu) es un idiotismo semítico que
significa propiamente «hombre». Jesús es el hombre, el adam por
excelencia.

Jesús recibe también el título de Hijo de Dios. Este título se


usaba a menudo para denotar una relación especial del hombre
con Dios. Pero Jesús es simplemente «el Hijo» (Me 13, 32). Por
su modo de hablar, vimos ya la categoría única de su filiación;
116 Jesús no dice nunca «nuestro Padre», sino: «mi Padre y vuestro
Padre.» La misma singularidad de su filiación divina resulta de
la parábola de los malos viñadores (Mt 21, 33-40). El amo de la
viña envía primero a sus criados; Jos profetas, Luego viene eJ
hijo (el «hijo amado», según Me 12, 6, la misma palabra que se
emplea en el bautismo del Jordán y sobre el monte de la trans-
figuración).
No se excluye que el título de «Hijo de Dios» fuera también
usado como mesiánico, pues en el Antiguo Testamento se llama
frecuentemente así al rey como antecesor del Mesías. Pero, en
Jesús, esta denominación recibió, lo mismo que el título de Mesías,
grandeza inesperada y significación celeste. Ningún título repro-
duce mejor el misterio de su persona. Aquí radica la razón última
149 de su «autoridad». Él, que trajo el reino de Dios, no era un ex-
traño, sino el Hijo, que poseía la gloria de Dios antes de que el
mundo fuera: «De verdad os aseguro: Antes que Abraham exis-
tiera, yo soy» (Jn 8, 58). «Porque tanto amó Dios al mundo, que
entregó a su Hijo unigénito» (3, 16).
81-85 Antes de la resurrección de Jesús, nadie pensó ciertamente en
477-480 lo insondable de este título. Incluso es bueno también para nos-
otros que no pensemos en seguida en un misterio de Dios, lejos de
este mundo. Él título correría así riesgo de quedar vacío para
nosotros, cosa remota y demasiado grande. Es bueno que repita-
mos el esfuerzo de los discípulos para comprender el sentido altí-
simo de este nombre. Sólo entonces podremos descubrir la riqueza
de la filiación divina expresada por palabras tales como obediencia,
abba, «complacencia» y el «Hijo amado».

152
E l n o m b r e de « H i j o » fue una vez sustituido, en san J u a n , p o r
el «Verbo» (logos, p a l a b r a ) . A l h a b l a r del n a c i m i e n t o de J e s ú s , 46-49
m e n t a m o s ya este título, j u n t o a o t r o s n o m b r e s gloriosos, como
«reflejo de su gloria, i m p r o n t a de su ser» ( H e b 1, 3 ) . 81-82
M u y a m e n u d o se llama a J e s ú s en el N u e v o T e s t a m e n t o el
Señor (en g r i e g o , Kyrios; en latín, Dominus). A s í lo l l a m a r o n los
fieles después de la r e s u r r e c c i ó n . H a y en esto a l g o m á s que u n a
p r o t e s t a tácita c o n t r a la apoteosis de los e m p e r a d o r e s r o m a n o s , que
se llamaban a sí mismos «el S e ñ o r » . E l título d a d o a J e s ú s sig-
nifica m u c h o m á s . « S e ñ o r » e r a el n o m b r e de Dios en el A n t i g u o
T e s t a m e n t o . L a naciente Iglesia dio a sabiendas este n o m b r e a
J e s ú s glorificado. P o r eso, la síntesis m á s b r e v e de t o d a la b u e n a
nueva, del evangelio, es la profesión de f e : «Jesús es S e ñ o r »
( R o m 10, 9 ; 1 C o r 12, 3 ; Col 2, 6 ) .
F i n a l m e n t e , h a y en el N u e v o T e s t a m e n t o algunos pasajes en
que s e . llama a J e s ú s Dios. E l « H i j o único, Dios», de J n 1, 18 es en
algunos códices el « H i j o único». P e r o en J n 1, 1 se dice con t o d a
c l a r i d a d : «Y el V e r b o e r a Dios.» T o m á s dice i g u a l m e n t e : « S e ñ o r
m í o y Dios mío» ( J n 20, 2 8 ) . E n la c a r t a a los R o m a n o s dice P a -
blo, según la t r a d u c c i ó n m á s c o r r i e n t e : «Cristo, el cual está por
e n c i m a de todo, Dios b e n d i t o p a r a siempre. A m é n » ( R o m 9, 5 ) ;
y en ocasiones v a r i a s , a d e m á s de d a r l e el t í t u l o d i v i n o de S e ñ o r ,
P a b l o reconoce a J e s ú s a t r i b u t o s divinos.
T o d a v í a h a y m u c h o s otros n o m b r e s en el N u e v o T e s t a m e n t o que
describen su g r a n d e z a y n a c e n e s p o n t á n e a m e n t e de la plenitud de
la fe. A s í , el de alfa y omega (A y £2), que da a e n t e n d e r que la
h i s t o r i a comienza v acaba en C r i s t o ; o la exclamación de J u a n en
el c u a r t o e v a n g e l i o : « C o r d e r o de Dios que q u i t a los pecados del
m u n d o » ( J n 1, 2 9 ) .

E s n o t a b l e q u e , d e e n t r e t o d o s estos n o m b r e s , el m á s v e n e r a d o
h a y a sido su p r o p i o n o m b r e : Jesús. Y a P a b l o e s c r i b e : « P a r a que
-en el n o m b r e de J e s ú s s e doble t o d a rodilla» ( F l p 2, ' 1 0 ) , y en la
liturgia sólo al n o m b r e de J e s ú s se inclina la cabeza.
Lo expuesto nos muestra el esmero con que la Sagrada Escritura
y la Iglesia cuidan los grandes títulos de Jesús. Por ello conviene
que también nosotros tratemos con el máximo respeto el nombre
de «Dios». Todos los títulos de Jesús, y éste particularmente, re-
sumen en forma condensada todo el misterio de su persona.

153
HACIA LA PASCUA

Jerusalén
La resolución de Jesús de marchar a Jerusalén, representa in-
dudablemente un giro decisivo en la carrera de su vida. Lucas, que
ya en la historia de la infancia había hablado de dos encuentros
de Jesús con Jerusalén, describe ahora la resolución de Jesús con
estas palabras, un tanto enigmáticas:

«Y sucedió que, al cumplirse el tiempo de su elevación,


tomó la decisión irrevocable de ir hacia Jerusalén»
(Le 9, 51).

Así se dice textualmente en el evangelio.


Una enorme decisión indican efectivamente estas palabras. Lo
que pudo barruntar el niño de doce años, ha madurado ahora en
la voluntad del hombre cabal. Marcha a la ciudad que Él llamó
un día la «ciudad del gran rey» (Mt 5, 35).
En esta ciudad aparecerá el reino de Dios, como habían predi-
cho los profetas:

«Sucederá en la sucesión de los días,


que el monte de la casa de Yahveh
tendrá sus cimientos sobre la cumbre de todos los montes,
y se elevará sobre los collados;
y todas las naciones acudirán a él.
Vendrán numerosos pueblos y dirán:
Venid, subamos al monte de Yahveh,
a la casa del Dios de Jacob,
para que nos muestre sus caminos,
y andemos por sus sendas.
Porque de Sión saldrá la ley,
y de Jerusalén la palabra del Señor.
Y él será el juez de todas las gentes,
y el arbitro de numerosos pueblos.
Y ellos fundirán sus espadas para hacer rejas de arado,
y sus lanzas para hacer hoces.
No desenvainará la espada un pueblo contra otro,
ni se adiestrarán más en el arte de la guerra»
(Is 2, 2-4).

Con símbolos como éstos predijeron los profetas el reino de


Dios, que saldría de Jerusalén. Pero ni ellos mismos sabían enton-

154
ees la forma concreta que tomaría este reino. Ahora había llegado
el momento. Jesús se pone en camino para revelar el reino de
Dios. Sus discípulos, por el camino, están aún llenos de la ima-
ginación de que las profecías se cumplirían en forma muy terrena
(Le 19, 11). Y personalmente esperaban que les tocarían puestos
importantes en este reino (Me 10, 37).

Para padecer
Pero Jesús sabe que las cosas sucederán de muy distinta ma-
nera. A los dos discípulos que tanto codiciaban los puestos de
honor, les dice: «¿Sois capaces de... ser bautizados con el bautis-
mo que yo voy a recibir?» (Me 10, 38). El bautismo a que Jesús 95
se refiere es el cumplimiento del que recibió en el Jordán: de ser- 237-238
vidumbre hasta la muerte.
Cuando una vez se le advirtió en Galilea que Herodes buscaba
quitarle la vida, Él responde: «Id a decirle a ese zorro: Yo arrojo
demonios y realizo curaciones hoy y mañana; y al tercer día ten-
dré terminada mi obra. Sin embargo, hoy, mañana y pasado tengo
que seguir mi camino, porque no cabe que un profeta pierda la
vida fuera de Jerusalén» (Le 13, 32-33). De ahí que entre los dis-
cípulos dominara un sentimiento de espanto:

«Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús camina-


ba delante de ellos; ellos estaban asombrados, y los que
les seguían, llenos de miedo. Y tomando de nuevo con-
sigo a los doce, se puso a indicarles lo que luego le había
de suceder: "Mirad que subimos a Jerusalén y el Hijo
del hombre será entregado a los pontífices y a los escribas,
lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, y
se burlarán de él y le escupirán, lo azotarán y lo matarán;
pero a los tres días resucitará"» (Me 10, 32-34).

Jesús moriría a manos de los hombres. Lo que de divino y


nuevo había en Él, fue desde el principio rechazado por muchos.
Él estaba puesto para caída y resurrección de muchos, a fin de 91
que se revelaran las intenciones de muchos corazones. 104-105
Los que se cerraron a su mensaje, pertenecían a grupos diversos.
Estaba el grupo político de los herodianos; los fariseos con su
rigorismo legal; los saduceos, casta liberal sacerdotal, que empu-
ñaba las riendas del mando; la aristocracia laica, que se llamaban
los «ancianos» del pueblo. Al cerrarse a la novedad sobrecogedora
que aparecía en Jesús, ahogaban en sí mismos la voz de su propio
Dios (Jn 8, 19). Pecaban contra el Espíritu Santo de Dios (Me 3,
28-30), es decir, impedían en sí mismos la posibilidad de una

155
auténtica conversión. Muchos del pueblo ordinario los seguirían
en Jerusalen.
«¡Jerusalen, Jerusalen; la que mata a los profetas y apedrea
a los que fueron enviados a ella! ¡ Cuántas veces quise reunir a
tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo sus alas! Pero vos-
otros no quisisteis» (Le 13, 34). En la cúspide de su misión, en
el momento en que trae a la ciudad el reino de Dios, lo abate el
pecado de la humanidad (y no sólo el de los judíos). La lucha
que por tanto tiempo había sostenido con sus palabras, curaciones
y expulsiones de demonios, toma en Jerusalen sesgo de duelo de-
finitivo. En el momento de ser prendido dirá: «Ésta es vuestra hora:
el poder de las tinieblas» (Le 22, 53). ¿Cómo combate Jesús en
ese duelo ? Cumpliendo resueltamente la voluntad del Padre por
la obediencia y amor a su vocación. Jesús sabe que de su humi-
llación puede el Padre sacar triunfante el reino de Dios, como
del grano que cae a tierra y muere, sale el tallo con la espiga de
trigo (Jn 12, 24).
Saldrá algo que no pudieron sospechar los más audaces profe-
tas: la victoria sobre la muerte, que comenzará en Él y será luego
concedida a toda la humanidad. Para eso fue a Jerusalen. Los acon-
tecimientos que van a seguir, están parafraseados en los evangelios
como su «salida» (Le 9, 31), como su «elevación» (9, 51), su «consu-
mación» (13, 32), su «glorificación» (Jn 13, 31), su «hora» (12, 23).
Cabe preguntar lo que habría sucedido de no ser Jesús repro-
bado y matado por los hombres. Acaso el reino de Dios hubiera
aparecido de modo totalmente otro en Jerusalen. Pero es ocioso
hablar sobre este punto, dado caso que, de hecho, el reino de Dios
vino por la muerte dolorosa de Jesús.
Entonces se vio que ya el Antiguo Testamento contenía alusio-
nes a la pasión de Jesús.
En él hay descripciones de hombres que sufren y son salvados
por Dios (por ej., los salmos 17, 22, 69). Y hasta hay una sección
(Is 52-13—53, 12) en que se describe a uno que toma sobre sí los
pecados de los otros:

«Por causa de nuestras iniquidades fue llagado...


Como ovejas descarriadas éramos todos nosotros:
cada cual se desvió para seguir su propio camino.
Y Yahveh hizo caer sobre él
los crímenes de todos nosotros.
Fue maltratado, pero él se humilló,
y no abrió su boca» (Is 53, 5-7).

Jamás se habrían atrevido los judíos a aplicar tales palabras


al Mesías; pero en Jesús se hizo patente que el Ungido de Dios había

156
de llegar hasta tal grado de servidumbre. Él mismo había dicho ya:
«Porque el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a
dar su vida en rescate por la humanidad» (Me 10, 45). (Sobre la
enigmática palabra «rescate», volveremos en el capítulo sobre la
redención.) 270
Veamos ahora cómo Jesús se nos acerca a los hombres por su
muerte. Él asumió hasta el fin nuestra vida apresada p o r el pecado,
«nuestro vivir p a r a la muerte». Nadie tiene mayor amor que é s t e : 172-173
«dar u n o la propia vida p o r sus amigos» (Jn 15, 13). 271
L a cosa no era fácil p a r a él. Jesús estaba en situación seme-
j a n t e a la de quien va a sufrir u n a operación espantosa, p e r o
a g u a r d a al tiempo una curación de maravillosa, i n a u d i t a : « Y o
tengo un bautismo con que h e de ser bautizado. ¡ Y c u á n t a es m i
angustia hasta que esto se c u m p l a ! » (Le 12, 50).

La cuaresma
La Iglesia se p r e p a r a durante cuarenta días a los acontecimien-
tos que tendrán lugar en Jerusalén. E n este tiempo se invita p a r -
ticularmente a los cristianos a la conversión: «Ahora es el tiempo
favorable; a h o r a es el día de la salvación» (2 Cor 6, 2 ) , leemos el
p r i m e r domingo de cuaresma. Los cuarenta días vienen anunciados
por tres domingos q u e les p r e c e d e n : septuagésima, sexagésima,
quincuagésima, pero no empiezan hasta el miércoles siguiente: el
miércoles de ceniza. Antes de la misa se t r a z a con ceniza una cruz
en la frente de los fieles, al tiempo que se dicen estas p a l a b r a s :
«Acuérdate, hombre, que eres polvo y al polvo volverás.» E s la
única vez que la liturgia no llama a los fieles «hermanos» o por
sus propios nombres, sino «hombre».
Son las palabras de castigo en el paraíso, y nos hacen sentir
profundamente nuestra miseria. L a cruz de ceniza es signo de u n a
profunda verdad. N o la tomemos a la ligera. A b r e seis semanas
.de sinceridad p a r a con nosotros mismos, tiempo que n o h a de ser de
olvido, sino de recogimiento y reflexión: Memento, homo!
P e r o la cuaresma es también el tiempo de r e p a r a r nuestras quie-
bras, tiempo de conversión, de penitencia, de defender nuestra
libertad interior contra todo que pudiera apartarnos de nuestra
misión de servicio y amor.
El primer domingo de cuaresma se lee el evangelio de las ten-
taciones del desierto. Jesús vence efectivamente las tentaciones 95-96
contra la misión de su vida, que e r a de perfecto servicio.

¿ Q u é se espera de nosotros en la c u a r e s m a ? A n t e s e r a mucho


más fácil responder de pronto a esta pregunta. H a b í a u n a práctica
bien determinada de ayuno, que daba la impresión de que uno

157
hacía al menos algo concreto. Pero, actualmente, el ayuno es asun-
to menos claro. El trabajo que desgasta a menudo nuestros ner-
vios, nuestras ideas sobre la relación entre cuerpo y espíritu, nues-
tras comidas que distan mucho de ser opíparas, han hecho del
ayuno cosa difícilmente adaptable a nuestro tiempo. La ley del
ayuno ha quedado muy reducida y no forma ya para la mayor
parte de los cristianos el contenido principal de la cuaresma. ¿Qué
debemos, pues, hacer?
La cuaresma es tiempo de austeridad, y no de fiestas y diver-
siones. Con vigilancia evangélica y cierta inexorable sinceridad
para con nosotros mismos, hemos de procurar reinstaurar en nos-
otros el reino de Dios, en unión con nuestro Señor, que camina a
su pasión. Esta reinstauración puede ser distinta para cada uno,
según se lo inspire el amor. Para uno puede significar la cuaresma
alguna restricción en el fumar y en la bebida; para otro, el estric-
to cumplimiento en el deber de su trabajó y en la familia, mayor
paciencia en las dificultades, más atención a lo que quieren los
demás. Es muy apropiado que dejemos algún dinero para los nece-
sitados y para obras buenas, sobre todo cuando también a nosotros
418 nos vendría bien para mil cosas. Como una advertencia e invita-
ción, leemos al comienzo de la cuaresma, en el evangelio del pri-
mer lunes de cuaresma: «Todo lo que hicisteis con uno de estos
hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Sobre
.-419 este punto hablaremos aún en el capítulo: «Ayuda al necesitado».
>-297 En tiempo de cuaresma habría que insistir particularmente en la
¡-304 práctica de la oración. Tal vez fuera oportuno revisar a fondo
la propia oración de la mañana y de la noche, y hacer con especial
devoción la bendición de la mesa en familia. Las parroquias ofre-
318 cen durante este tiempo ejercicios y devociones especiales, en las
que es bueno tomar parte. Pero, sobre todo, la cuaresma es el
8-444 tiempo de una buena y sincera confesión.
También en nuestra vida social debería notarse la austeridad
de la cuaresma. Incluso la misma liturgia aplaza ciertas fiestas,
por ejemplo, la celebración de bodas («se cierran las velaciones»,
a no ser por causa grave). Por el mismo caso, convendría hacer lo
posible para aplazar también ciertas fiestas de la vida diaria. La
molestia que acaso se cause así a otros, queda compensada por el
bien que" se hace a los mismos, pues se les facilita la práctica de
una vida conscientemente recogida.
La liturgia de cuaresma es notable por la especial elección de
los textos escriturarios. Tres temas dominan especialmente: Pe-
nitencia y perdón de los pecados (sobre todo en la primera se-
mana), reflexiones sobre el bautismo (sobre todo en la tercera y
cuarta semanas) y la pasión de Cristo (sobre todo en la quinta y
sexta semanas). La segunda no tiene tema característico.

158
Con el quinto domingo comienza el «tiempo de pasión». Las
imágenes de los santos que pudieran evocar el pensamiento de la
gloria, se velan con paños morados. Hasta la cruz, que desde anti-
guo muestra algo de la gloria y resurrección, queda también velada
por un paño morado. Los textos evangélicos de esta semana se
toman de las penosas disputas del Señor con los fariseos. La Igle-
sia concentra su atención en la lucha de Jesús.

ENTRADA Y ESTANCIA EN JERUSALÉN

Los cuatro evangelistas pusieron interés en relatar la manera


cómo el Mesías prometido entró en la ciudad de las promesas al
llevar allí el reino de Dios: montado sobre un pollino. El asno era
la cabalgadura de los antiguos príncipes de Israel, hombres senci-
llos (Gen 49, 11; Jue 5, 9; 1 Re 1, 38). El caballo vino a ser sím-
bolo de los reyes, soberbios y guerreros (cf. Is 31, 1; 1 Re 1, 5).
Por eso, predijo el profeta Zacarías que el futuro Mesías vendría
caballero sobre un asno, y desterraría los caballos de guerra (la
soberbia y orgullo) :

«¡Oh hija de Sión!, regocíjate en gran manera;


salta de júbilo, ¡ oh hija de Jerusalén!;
he aquí que a ti viene tu rey;
él es justo y es tu salvador;
viene pobre, y montado en un asno
un pollino, cría de una asna.

Él destruirá los carros de guerra de Efraím


y los caballos de Jerusalén,
y serán hechos pedazos los arcos guerreros;
y él anunciará la paz a las naciones,
y dominará desde un mar a otro,
y desde el río hasta los confines de la tierra» (Zac 9, 9-10).

Naturalmente, Jesús no estaba obligado a cumplir literalmente


estos signos; lo que importa es el espíritu de los mismos: senci-
llez y paz. Pero, en este caso, cumplió Jesús el signo aun en su
exterioridad. Así tenemos para siempre la imagen del rey que
hace su entrada montado sobre un asno, y es proclamado «Hijo
de David» por una muchedumbre que arroja por el suelo vestidos,
ramos de palmera y manojos de flores campestres. Los niños, con
escándalo de los fariseos, prosiguen sus aclamaciones hasta den-
tro del templo.
De este modo reaccionó Jerusalén de algún modo a la venida

159
de Jesús y al comienzo del reino de Dios. Pero el verdadero co-
mienzo estaría en otra parte: en su muerte.

Domingo de ramos
La liturgia, siguiendo los evangelios, rememora can especial
atención este acontecimiento. El sexto domingo de cuaresma, una
semana antes de pascua, se celebra antes de la misa una proce-
sión, en la que se cantan himnos en honor de Cristo rey. Se ben-
dicen ramos de olivo (o de otros árboles), que se llevan durante
la procesión y después a casa. Es un signo de que tomamos parte
en el gesto de amor y atención que los judíos tributaron a Jesús.
Estos ramos se usan a menudo para asperjar con agua bendita, por
245 ejemplo, al bendecir la casa antes de la comunión de los enfermos
450 o al administrar el sacramento de la extremaunción.
Después de la procesión de los ramos comienza lo principal,
que es la santa misa. Ésta no habla ya de la entrada, sino de la
pasión que está llegando. Como evangelio se lee la historia de
la pasión según san Mateo.

Días de amenaza
Entre la entrada de Jesús en Jerusalén y su prendimiento en
el huerto de los olivos, interponen los evangelios diversas locucio-
nes de Jesús: discusiones con los escribas, saduceos y fariseos,
parábolas sobre la reprobación de Israel, la violentísima invectiva
contra escribas y fariseos, y, finalmente, la predicación sobre la
destrucción de Jerusalén, que pondría fin a la existencia del pue-
blo judío en la tierra prometida. Esta destrucción era para Jesús
símbolo de las catástrofes al fin del mundo, cuya perspectiva deja
458 ver en todo su discurso, pero sin señalar «día ni hora» (Mt 24, 36).
Jesús, pues, actúa como los otros profetas que, antes de Él,
fueron muertos en Jerusalén; Él es el último profeta, el Hijo ama-
do (Le 20, 13). Más aún que en los profetas, su violencia es un
intento supremo de ganar al pueblo: «¡Ah, si tú también hubie-
ras comprendido en este día el mensaje de Paz! Pero ¡ ay! que-
da oculto a tus ojos» (Le 19, 42).
Los días que pasó en Jerusalén, son un encuentro último y su-
premo con el mal, que anida en los hombres. Una y otra vez acon-
seja a los suyos que vigilen y estén apercibidos. Son días muy se-
rios, imagen de todos los días decisivos en la vida de la Iglesia y
de todo hombre.
El conflicto llega rápidamente a su punto culminante. Jesús no
tiene más armas que las palabras que le manda hablar su Padre,
las obras que su Padre le manda ejecutar, la autoridad señera de

160
su persona y el testimonio del mismo Padre en la parte mejor del
corazón de cada uno Los fariseos y la autoridad optan por la vio-
lencia, y así se decide su prendimiento.
La liturgia conmemora los últimos días antes de la pasión de
Jesús (lunes, martes y miércoles de la semana santa) leyendo pa-
sajes muy violentos y personales de los profetas, por ejemplo, este
de Isaías (50, 6)
«Entregué mis espaldas a los que me azotaban,
y mis mejillas a los que arrancaban mis barbas»
El evangelio del lunes cuenta cómo María, hermana de Láza-
ro, derrama sobre los pies de Jesús un vaso de perfume de nardo,
de gran precio, sin saberlo — dice Jesús — se adelantó a ungirlo
para su sepultura El martes se lee la pasión según san Marcos,
el miércoles, según san Lucas

LA ÚLTIMA CENA 318 333

La noche última de su vida celebró Jesús un banquete con sus


discípulos
El escoger para despedida una comida, está en consonancia con
cuanto hizo y dijo en su vida Pues ya muchas veces había des-
crito el cumplimiento del reino de Dios como un banquete (Mt 8,
11) y sus propias comidas, con propios y extraños, fueron alusión
a este gozoso acontecimiento Los evangelios dan a entender que
se trata de la fiesta de la pascua judia
La pascua judía era la conmemoración de la liberación de Egip-
to y hemos de imaginárnosla como una comida con recitaciones,
oraciones, bendiciones y cánticos, en una palabra, una comida que
significa acción de gracias Pero también podemos decirlo al re-
ves una acción de gracias acompañada de una comida
Jesús deseó este momento Es su ultima cena antes del eterno
festín de bodas en el reino de Dios «Con ardiente deseo he de-
seado comer esta pascua con vosotros antes de padecer, porque
os digo que ya no la voy a comer más hasta que se cumpla en el
reino de Dios» (Le 22, 15-16)

Lavatorio de los pies


Juan describe cómo comenzó la cena. Con sorpresa de sus dis-
cípulos, Jesús se ciñó un lienzo y les lavó los pies como un criado
Esta escena es una expresa indicación del humilde servicio por el
que ha de venir el reino de Dios (Jn 13, 12-17) Así, esta comida
pascual no significa sólo que el reino de Dios ha de venir con
gloria, sino también en que se ha de fundar en la servidumbre 94-96

161
Este relato de Juan alude al gran don que aparecerá en el curso
de la cena: la eucaristía, que es darse de todo en todo, tener parte
en Él, servidumbre hasta la muerte.

Traición
Una sombra espantosa se cierne sobre esta comida de amistad.
Uno de los doce está del lado del enemigo. ¿ Por qué ? El origen
del mal es siempre oscuro. Los evangelistas hacen notar que la
incredulidad de Judas se daba la mano con su avaricia. También
Judas era amigo de Jesús.

«Si me hubiera ultrajado mi enemigo,


sabría soportarlo.
Si fuese mi adversario el que me oprime,
me escondería de él.
Mas fuiste tú, mi compañero,
mi familiar y amigo.
Con el que he compartido la dulce confidencia
y a la casa de Dios marchamos juntos
en cortejo festivo» (Sal 55, 13-15).
«Hasta el amigo de mi confianza,
el que mi pan comía,
contra mí el calcañar ha levantado» (Sal 41, 10).

Ni las más claras alusiones de Jesús pudieron contener a Ju-


das. Así se cumplían las Escrituras. Los salmos que describen esta
cruel forma del desengaño humano, describieron la suerte de Jesús.
Hasta este dolor quiso compartir Él con la humanidad. Judas sa-
lió del cenáculo. Era de noche, nota Juan.

Discurso de despedida
La tensión de aquella noche nos la describe Juan con estilo
propio. Juan muestra a Jesús radiante de aquella gloria que luego
se revelaría en Él. Nos muestra a Jesús entero.
En el discurso de despedida de Jesús (que los clásicos españo-
les llaman «sermón de la cena»), se nos conserva el recuerdo del
discípulo que de joven asistió a la última cena y conservó su re-
cuerdo durante toda su vida. Y este recuerdo penetró en la vida
y celebraciones varias de la liturgia, en que el Señor glorificado
está presente por su Espíritu.
El tema central del sermón de la cena es el amor: amor entre
Jesús y el Padre, entre Jesús y nosotros, entre el Padre y nos-
otros, y entre nosotros mismos. • Acaba con la grande y universal
oración de Jesús, sumo sacerdote.

162
Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros
En esta última cena anticipó Jesús su propia muerte ante sus
discípulos. Realizó una acción profética. Sobre este momento inol-
vidable poseemos un testimonio anterior a los mismos evangelios.
Procede de una de las primeras cartas de Pablo.
«Yo recibí una tradición procedente del Señor, que a mi vez
os he transmitido.; y es ésta: que el Señor Jesús, la noche en que
era entregado, tomó pan; y recitando la acción de gracias, lo par-
tió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros.
Haced esto en memoria de mí." Lo mismo hizo con la copa, des-
pués de haber cenado, diciendo: "Esta copa es la nueva alianza
en mi sangre. Cada vez que bebáis, haced esto en memoria de mí."
Porque cada vez que coméis de este pan y bebéis de esta copa,
estáis anunciando la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Cor
11, 23-26).
El suceso en sí mismo no implica un gesto extraordinario: se
cortaba una hogaza para distribuir los trozos a los comensales.
Esto formaba parte, juntamente con la bendición, del rito pascual.
Pero ¡ qué desconcertante significado adquiere esta fracción del
pan cuando Jesús dice las palabras inauditas: ¡ Esto es mi cuerpo!
Este pan roto significa ahora su cuerpo igualmente despedazado.
Significa su muerte.
Pero el signo se hace aún más claro en las palabras que dice
Jesús sobre el cáliz, el cual, según lo prescrito, contenía vino tinto.
Ya la notable alusión a la sangre indica una muerte violenta; pero
Jesús añade — así leemos en Mateo y Marcos — que es «derra-
mada». Jesús es sacrificado como una víctima. 271
El pan y el vino aluden consiguientemente a la manera como
Jesús había de morir. Pero hay más: muestran también por qué
muere.
Sobre el cáliz dice Jesús las palabras sobre la «nueva alianza». 43
Esta maravillosa «nueva alianza», de la que ya había hablado Je-
remías seiscientos años antes (Jer 31, 31-34), ha llegado ahora.
Y como la antigua alianza fue confirmada con sangre de anima-
les (Éx 24, 8), así la nueva con la sangre del Hijo. Y esta sangre
es derramada «por muchos». Este «muchos» es un recuerdo del
cántico del siervo paciente de Yahveh, en que se lee:

«Por sus sufrimientos mi siervo justificará a muchos,


y él es quien cargará con sus pecados...
pues se ha entregado él mismo a la muerte,
y ha sido contado entre los facinerosos,
pues h a tomado sobre sí los pecados de las multitudes,
y ha rogado por los transgresores» (Is 53, 11.12).

163
El sacrificio es «por muchos para la remisión de los pecados»
(Mt 26, 28). En arameo, lengua de Jesús, «muchos» quiere decir
todos. Pero Jesús no solamente quiere poner en claro esta realidad.
No sólo quiere mostrar algo a sus discípulos, sino ofrecerles la
posibilidad de entrar corporalmente en contacto con su sacrificio
y su alianza. Por eso, en esta solemne acción no invita previa-
mente a oir y atender, como las parábolas, sino a comer: «Tomad,
comed... bebed de él todos...» Al seguir esta invitación de Jesús,
se toma parte en las bendiciones de la alianza y del sacrificio de
la alianza. Al entrar en contacto con el cuerpo muerto y resuci-
tado de Jesús, se entra en contacto con el mundo redimido, con
el reino de Dios. «El pan que partimos, ¿no es comunión con el
cuerpo de Cristo?» (1 Cor 10, 16).
Por los expresivos símbolos del pan partido y del rojo vino
no se nos ofrece sólo un recuerdo, sino una realidad: el cuerpo y
la sangre de Jesús (y es de notar que en lenguaje semítico, «cuer-
po» significa todo el hombre. Dígase lo mismo de «sangre». La
sangre significaba toda la fuerza vital. Recibimos, pues, la perso-
na entera de Jesús).
Sobre este último gesto de amor de Jesús, por el que nos da
su cuerpo en comida y su sangre en bebida, nos habla el evange-
lio de san Juan en frases que todo cristiano conoce.

«Pues mi carne es verdadera comida, y mi sangre es


verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi san-
gre, permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 55-56).

Cuando fueron pronunciadas estas palabras — por el tiempo


de una pascua (Jn 6, 4) —, nadie entendió cómo podrían hacerse
un día realidad. La gente se formó las más rudas ideas. «¡ Into-
lerables son estas palabras! ¿ Quién es capaz de escucharlas si-
quiera?» (Jn 6, 60). Pero luego vienen las palabras del Señor:
«Pues ¿y si vierais al Hijo del hombre subiendo a donde estaba
antes ? El espíritu es el que da vida, la carne de nada sirve. Las
palabras que yo os he dicho, son espíritu y son vida» (Jn 6, 62-63).
En la noche de la cena se puso en claro lo que quería decir
Jesús: la glorificación del Hijo del hombre, su nueva existencia
espiritual, es lo que hace posible que esté tan íntimamente con
nosotros que hasta podemos comer su carne.
Pero ¿ estaba Jesús glorificado ya en la última cena ?
El Señor se ofrecía ya en sacrificio. Y ejecutó una acción pro-
fética, que no sólo predecía lo que iba a suceder, sino que lo hacía
ya realidad en los signos. Jesús se sacrificaba realmente. La cena
pertenece ya a la culminación de la gloria de su pasión. La ce-
lebración de esta cena contenía el sacrificio de su vida.

164
Jesús transformó, pues, la antigua comida de liberación nacio-
nal en la conmemoración de una nueva liberación, la comida del
cordero pascual con la sangre salvadora, en la comida de su pro-
pio cuerpo con la sangre salvadora. Con lo cual dejó a su Iglesia
una comida, que es una acción de gracias, o una accción de gracias
que es una comida. Hace presente lo más amoroso que Él hizo: el
sacrificio de su vida y la glorificación que en él estaba contenida.

Comida, acción de gracias y sacrificio al tiempo. Los actos más


sencillos: alargar un pedazo de pan y una copa de vino, y las pa-
labras más sencillas: «Esto es mi cuerpo... mi sangre», se tornan
para nosotros puntos culminantes de todo lo que Jesús es y da.
Son más de lo que un cristiano puede experimentar de una vez:
expectación del reino de Dios, recuerdo de la despedida de Jesús,
actualización del sacrificio de su vida, acción de gracias (en grie-
go, eukharisHa) y signo y causa eficiente del mutuo amor en la
Iglesia.

Desde Pablo se ha meditado mucho sobre cómo se han de en-


tender estos signos. Pero más importante que estas consideraciones
de la Iglesia, es su obediencia al mandato del Señor: «Haced
esto...» Al cumplir la Iglesia este mandato, la última cena la ha
acompañado, nutrido y formado a lo largo de los siglos hasta el
día de hoy. Desde el primer despertar de la razón, a los seis o
siete años, hasta la última hora de nuestra vida — entendida lite-
ralmente — está Jesús cerca, a nuestro lado, con el sacrificio de
la suya. Está junto a nosotros con su sacrificio, hasta que venga.
(Más adelante se dedicará otro capítulo de este libro a los múlti-
ples significados y al modo de celebrar la eucaristía.)

La celebración del jueves santo


No es de maravillar que el día de la última cena rebose la li-
turgia de alegría. Este día se llama jueves santo.

Por la mañana no se celebra la misa, a excepción de la iglesia


catedral, y se celebra con doce sacerdotes, siete diáconos y siete
subdiáconos. Durante esta misa, se mezclan y consagran los santos
óleos para el año siguiente. Todos los deanos de la diócesis acu-
den este día a la catedral para recoger los santos óleos. Los párro-
cos y rectores de iglesias los recogen por la tarde en las iglesias
decanales. De esta manera se ostenta en este día la solidaridad
en la administración de los sacramentos en toda la diócesis.
Hay tres clases de santos óleos. Primeramente, el crisma, el
de mayor dignidad litúrgica, pues simboliza la unción por el Es-

165
píritu Santo. Antiguamente se guardaba con una lámpara que
ardía ante él. El simbolismo del crisma radica originariamente en
su perfume, símbolo del Espíritu que lo llena todo. Las materias
de que se compone son bálsamos finos y preciosos, mezclados con
aceite de oliva. Con él se unge al pueblo cristiano para ser un
247 «sacerdocio regio» (1 Pe 2, 9). Por eso se emplea el crisma para
16, 349 la unción después del bautismo, en la confirmación, en la consa-
246 gración de los obispos, y también en la de una iglesia, de un altar,
de las campanas y del cáliz.
La segunda clase de santos óleos son los óleos de los enfer-
W9-450 mos. El simbolismo está aquí en el uso del aceite como medio cu-
rativo. Se emplea en la unción de los enfermos (lo que hasta aho-
ra hemos llamado la extremaunción).
Hay, finalmente, el óleo de los catecúmenos. Su simbolismo vie-
ne del uso que antiguamente hacían del aceite los atletas, que se
frotaban con él para cobrar agilidad y fuerza. Se emplea en la
¡34-235 unción antes del bautismo, en las unciones de las manos de los
349 nuevos presbíteros, y en la consagración del agua bautismal, de
una iglesia y de un altar.
La preparación de los santos óleos se hace desde antiguo el
día de jueves santo, pues las solemnidades del bautismo y la con-
firmación se celebraban sobre todo en pascua.

A nadie puede sorprender que la conmemoración de la última


cena se haga el jueves santo por la tarde. En cada iglesia se ce-
lebra una sola misa. Ningún sacerdote la dice en privado. Todos
están reunidos para la última cena.
Como epístola se lee el más antiguo te;xto eucarístico (1 Cor
11, 20-32), como evangelio el relato del lavatorio de los pies
161-162 (Jn 13, 1-15) que, como vimos, es una importante interpretación
de la eucaristía. Inmediatamente después, se cumple literalmente en
la liturgia el simbólico mandato (mandatum) de Jesús. «Así tam-
bién vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.» El sacerdote
lava los pies a doce de los asistentes. El coro canta: «Donde
hay unidad y amor, allí está Dios.»
En el canon, después de las palabras: «el cual la noche antes
de padecer», se añade la palabra «hoy». Esta palabra «hoy» ocu-
74 rre en la liturgia de cualquier gran festividad. Ella nos impide
330 soñar en un mero pasado como si no tuviéramos delante una rea-
lidad actual. Tan santa es la liturgia.
Hay cristianos que luego, calladamente y ya sin acción litúr-
gica, quieren meditar en la agonía de Jesús en el huerto de los
olivos. Esta noche, en efecto, dijo Él a sus amigos: «¿ No podéis
estas despiertos una hora conmigo?» Esta oración de una hora no
se debería hacer con el fin de buscar la consolación sensible, sino

166
para permanecer junto al Sefior y velar con Él, sea cual fuere
nuestro estado de espíritu. Aunque no pudiéramos tener otro pen-
samiento, sino lo mal que estamos de rodillas, él bastaría para
mostrar al Señor nuestro amor y nuestra unión con Él. Lo que
importa no es la devoción sensible, sino la presencia constante.

LA MUERTE DEL JUSTO

La oración en el huerto de Getsemmá


Jesús fue preso en el lugar donde estaba haciendo oración, un
tranquilo huerto de Olivos en una ladera frente a la ciudad. Sa-
bía lo que le iba a pasar y sufrió espantosamente durante su ora-
ción. Decía a sus discípulos: «Mi alma siente tristezas de muerte»
(Me 14, 34). «Y su sudor era como gruesas gotas de sangre, que
iban cayendo hasta la tierra» (Le 22, 44). Su oración, acaso la
más bella que se ha hecho sobre la tierra, era así: «Abtxi! ¡Pa-
dre, todo te es posible: aparta de mí este cáliz ! Pero no lo que
yo quiero, sino lo que [quieras] tú» (Me 14, 36). Nunca en tal
medida se había mostrado Jesús como uno de nosotros: sintió
«terror y angustia» (Me 14, 33), «en agonía» (Le 22, 44). Sin
embargo, la voluntad del Padre es para Él un cáliz confortador
(Le 22, 43). Los discípulos dormían.
En el momento de ser prendido, Jesús se serena. Judas, a quien
Él había amado y escogido, apretó el rostro, cuyos rasgos conocía
uno a uno, con el suyo, y lo besó. «Velad y orad, para que no
entréis en tentación» (Mt 26, 41), había dicho Jesús poco antes a
sus apóstoles.
El cuadro de este prendimiento es doloroso. No nos muestra a
Jesús y a los suyos a un lado, y a sus enemigos a otro. Lo que
vemos es a Jesús completamente solo, frente a sus enemigos, ca-
pitaneados por uno de los suyos. Los otros emprenden la huida.
Uno de ellos da un golpe de ciego con una espada; pero ese precisa-
mente jurará poco después: «No conozco a ese hombre» (Mt 26, 72).

El testimonio ante los jueces


Jesús había predicho a sus apóstoles que serían llevados ante
los tribunales para dar público testimonio. Ahora está Él mismo,
el primero, ante un tribunal y da testimonio.
Ante el sanedrín se le interroga: «¿ Eres tú el Cristo, el Hijo
del Bendita?» (Me 14, 61). También el título de «Hijo del Ben-
dito» significaba probablemente el Cristo o Mesías. Jesús sabía
que estos títulos tenían un resabio nacionalista; por eso atestiguó

167
que lo era, pero escogió su propio nombre sin ningún resabio fal-
so: Hijo del hombre. Y dijo: «Pues sí, lo soy; y veréis al Hijo
150-151 del hombre sentado a la diestra del Poder (Ps 110, 1) y viniendo
entre las nubes del cielo» (Dan 7, 13) (Me 14, 62).
Lo mismo atestigua Jesús delante de Pilato, gobernador ro-
mano, a cuyas manos vino a parar el proceso. En Juan leemos:
«Mi reino no es de este mundo... Yo para esto he nacido y para
esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el
que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 36-37).
Pilato, hombre culto, contesta: «¿Y qué es la verdad?», y lo
entrega a una soldadesca primitiva, que juega con él a rey. Lo
azotan ignominiosamente, le echan un manto de púrpura a los
hombros, le ponen una corona de espinas sobre la cabeza y en la
mano una caña por cetro.
Mientras Jesús daba testimonio ante el sanedrín, Pedro le negó
y Judas se ahorcó. El aviso de Jesús durante la última cena nos
hace suponer lo peor: «¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo
del hombre va a ser entregado! Más le valiera a tal hombre no
haber nacido» (Mt 26, 24). Sin embargo, ni aun en este caso te-
nemos certeza acerca del juicio de Dios.

Crucificado
De la prisión y sala del juicio es llevado Jesús a la muerte. La
sentencia fue ejecutada en un lugar de ejecución, en un altozano
no muy distante de la ciudad, por nombre Gólgota o Calvario.
La inhumana pena de muerte por crucifixión, de origen orien-
tal, que el imperio romano aplicaba principalmente a los esclavos
como la ejecución más cruel, le fue también aplicada al Hijo del
hombre. Los evangelistas son sobrios en sus relatos: «Y lo cru-
cificaron» (Me), «después que lo crucificaron» (Mt), «lo crucifi-
caron» (Le), «donde lo crucificaron» (Jn).
Los evangelios ponen patéticamente de relieve que en Jesús se
172 cumplen dos salmos conmovedores: el salmo 22: «Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?» y el salmo 69: «Sálvame, oh
Dios, / pues las aguas me llegan hasta el cuello.» A veces se cum-
plen aun en los pormenores: se le da a beber vinagre, se distribu-
yen sus vestidos, los circunstantes, que lo atormentan, mueven la
cabeza, Jesús grita: «Tengo sed» (Jn 19, 28).
Pero más importante que estos pormenores es que aquí se cum-
ple lo esencial de estos salmos: el abismo de la miseria humana,
pero también la salvación divina, como los mismos salmos lo des-
criben. Jesús entonó la primera de estas dos oraciones en su
congoja y dolor; tal vez rezara el salmo hasta el final. No lo
sabemos.

168
Juntamente con el comienzo del salmo 22, los evangelistas ci-
tan aún seis palabras más de Jesús, exclamaciones que iluminan
este tremendo acontecimiento. De sus verdugos dice: «Padre, per-
dónalos, porque no saben lo que hacen» (Le 23, 34). Al ladrón cru- 135
cificado a su lado, le promete: «En verdad te digo: Hoy estarás 131-132
conmigo en el paraíso» (23, 43). ¡ Qué fiel permanece Jesús a sí
mismo!
Por el evangelio de san Juan sabemos que Jesús dirigió su vis-
ta a Juan y dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; y a
Juan: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquel momento la recibió 96
el discípulo en su casa (Jn 19, 26s). Dado el peculiar simbolismo
del cuarto evangelio, no debemos ver en estas palabras la mera
expresión del amor filial de Jesús, que veló para que su madre no
se quedase abandonada; los creyentes, representados por «el dis-
cípulo a quien Jesús amaba», reciben una nueva Eva. En esta 91
hora, en que entra al mundo nueva vida, se da a los hombres 342-343
nueva madre, madre de todos los vivientes. Es una hora de dolo-
res de parto. La atmósfera ostenta señales de fin del mundo: ti-
nieblas en claro día. Jesús dice: «Tengo sed.»

Después de estar colgado de la cruz durante tres horas, murió


el Señor hacia las tres de la tarde. Antes de morir lanzó un gran
grito. No se extinguió simplemente; hasta el último momento con-
servó la claridad de su conciencia; entregó su vida porque quiso.
Como contenido del grito de Jesús nos ofrece Lucas las palabras
del Salmo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Le 23,
46). Juan recuerda el último gesto' de Jesús: cómo serenamente
inclinó la cabeza, coronada tal vez aún de espinas. Como última
palabra de Jesús, cita Juan: «Está consumado.»
El bautismo de muerte, al que Jesús se había consagrado en el
Jordán como siervo de Yahveh, ante el que se había angustiado y 94-96
que había añorado, está cumplido al fin. El reino de Dios ha ve- 269-272
nido por su sangre.

La gloria de la cruz
En los evangelios se habla de signos que nos dan a entender la
importancia y significación de la muerte de Jesús; talen son: un
terremoto (el alcance estremecedor de esta muerte); el rasgarse
del velo del templo (acabamiento de la antigua alianza); aparicio-
nes de muertos (noticia enigmática de Mateo, de que no se habla
en ninguna otra parte del Nuevo Testamento, pero cuya signifi-
cación simbólica es clara: la virtud vivificante de esta muerte).
Pero sobre todo, desde este momento, se yergue el signo de la
cruz. Como silueta se dibuja en el cielo crepuscular. En adelante 22

169
la cruz renovará al mundo. A la verdad, nadie podía verlo enton-
ces. El Gólgota era un altozano de cadáveres y moribundos que
infundía horror: el lugar de las calaveras. Sin embargo, el re-
cuerdo de Juan que evoca aquel momento, descubre en él signos
de gloria: a este nuevo cordero no se le quebró ningún hueso,
exactamente como el cordero pascual; pero recuerda, sobre todo,
cómo de una lanzada fue abierto el costado de Jesús (para cer-
ciorarse de que estaba muerto) y de él brotó sangre y agua según
las palabras: «Corrientes de agua viva saldrán de su cuerpo»
(Jn 7, 38) y : «Mi sangre es verdaderamente bebida» (6, 55). Por
eso habló Juan de la sangre y del agua en el Señor crucificado, que
son alusión a los sacramentos de la Iglesia: el bautismo, fuente del
Espíritu, y la eucaristía, fuente de vida. Este evangelio deja en-
trever también que el último aliento de Jesús significa su última dá-
diva. Pues en él se dice más patéticamente que en Mateo: «Entregó
su espíritu» (Jn 19, 30). El Espíritu es el don que desde ahora co-
mienza a salir de él, tal como efectivamente lo insuflará el Señor
tres días más tarde y dirá: «Recibid el Espíritu Santo» (20, 22).
Así, ya sobre la cruz, aparece claro lo que constituye la vida
de la Iglesia, bautismo, eucaristía y Espíritu Santo. Juan lo re-
cuerda de nuevo en su primera carta: «Pues tres son los que tes-
tifican : el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres van a lo mismo»
(1 Jn 5, 8). Van a lo mismo porque proceden los tres del núcleo de
la persona, del corazón de Jesús. Este corazón rebosa de amor,
de gracia, salvación y curación: agua, sangre, aliento (bautismo,
eucaristía, Espíritu).
Y sobre el signo de la cruz, en que pende el cadáver — que es
el nuevo templo, con la fuente perenne (Jn 2, 2 1 ; Zac 13, 1) —,
está la inscripción gloriosa, que fue pensada como cruel ironía
humana, pero que se convirtió en ironía divina que trae la salva-
ción : Jesús de Nazaret, rey de los judío9.
«Realmente, este hombre era Hijo de Dios» (Me 15, 39), dijo
el centurión que hacía la guardia.
Los criminales ejecutados debían ser arrojados sin ritos fúne-
bres ni procesión, en una fosa cualquiera. La animosa intervención
de José de Arimatea, noble senador, consiguió de Pilato la en-
trega del cuerpo de Jesús, que fue puesto en un sepulcro nuevo,
cavado en la peña.

Viernes santo
La conmemoración del día de la muerte de Jesús se ha hecho
siemple sin celebración plena de la eucaristía. Se aguarda hasta la
vigilia pascual para celebrar de nuevo la misa, pues sólo entonces
puede conmemorarse la consumación de Jesús en todos sus aspectos.

170
En el nombre de este día (que en ciertos países se llama «vier-
nes bueno»), se trasluce ya algo de lo que domina en la liturgia:
dentro de la tristeza, una incipiente alegría por todo lo que allí
sucedió. La estructura de la liturgia se parece a la de la santa
misa: liturgia de la palabra y de la oración, y finalmente comu-
nión. El intermedio lo ocupa, en lugar de la celebración del sacri-
ficio, la adoración de la santa cruz.
La celebración comienza por la postración del preste, diácono
y subdiácono ante el altar. Inmediatamente se leen dos fragmen-
tos del Antiguo Testamento': Os 6, 1-6, en que se expresa la con-
fianza en el poder de Dios para resucitar a los muertos y se men-
cionan las condiciones para ello, condiciones que se cumplieron
en Jesús; y Éx 12, 1-11, sobre el cordero pascual con su sangre
salvadora. Como lección del Nuevo Testamento resuena la historia
de la pasión, en que brilla con más fuerza la glorificación de Jesús:
la pasión según san Juan. Luego viene una serie de solemnes ora-
ciones por toda la humanidad. Son de gran fervor y sencillez y
proceden probablemente de la primera época de las persecuciones
romanas.
Luego comienza la adoración de la cruz. En tres etapas se va
retirando el paño morado que cubre el crucifijo, y en cada una
de ellas se canta en tono cada vez más alto: «Éste es el madero
de la cruz en-que estuvo colgada la salud del mundo.» El pueblo
entero contesta: Venite, adoremus, «Venid, adorémoslo». Al besar
después el crucifijo (que puede ser una cruz hermosa y hasta festi-
va), adoramos al Señor en su pasión y en la gloria que Él conquistó.
Durante la adoración se cantan los «improperios», de expre-
sión tan personal, que no tiene par en la liturgia romana. Final-
mente, tras el rezo común del padrenuestro, se recibe la comunión,
que nos da parte en el Señor.

Otro modo de ahondar en el misterio de este día, es la prácti-


ca del vía crucis. A diferencia de la celebración litúrgica, se trata
aquí de una devoción privada. Es un modo de orar muy humano
y también muy evangélico. Pues se rememora aquí piadosamente
lo que constituye también un punto culminante de los evangelios, 76
a saber: la pasión del Señor. Sin embargo, el vía crucis no es
tan rico como la liturgia y el evangelio, que dejan traslucir más la
gloria de Cristo.
Las comunidades protestantes dedican este día a conmemorar
especialmente la muerte de Jesús, y lo hacen por la celebración
de la cena.
Todos los cristianos debemos pasar el viernes santo con el ma-
yor recogimiento y gratitud posibles.

171
IJFS< FXSO \L REINO DF I OS MUERTOS

Los salmos sobre la vida


En los salmos no se predijo sólo la pasión de Jesús, sino tam-
bién su liberación y gloria. Una y otra cosa en los mismos salmos:
el 22, cuyo comienzo recitó Jesús en la cruz; el 16, 69, 118 y mu-
chos otros. «No moriré, sino que vivo, y cantaré del Señor los
altos hechos» (Sal 118, 17).
Si consideramos más despacio tales expresiones, parecen ha-
blar de una liberación en el umbral de la muerte de una enfer-
medad mortal o de una amenaza a la vida. Tal liberación era real-
mente acción de Dios, pero acción provisional hasta que venía
definitivamente la muerte. Sin embargo, estas palabras son de una
notable transparencia, a través de la cual se presiente claramente
una plenitud de vida. Dios es mucho más que un médico, que sólo
provisionalmente puede enfrentarse con la muerte. Ahora bien,
como el Antiguo Testamento no vio con bastante claridad la in-
mortalidad del hombre, esta consumación de vida no pudo ser ex-
presada perfectamente. Palpita en los salmos una intuición que
no pueden reproducir enteramente. Se quedan a mitad de camino
en su tendencia, pero esta profundísima tendencia irradia por
doquier.
Esta tendencia no se manifestó claramente hasta la plenitud de
la revelación Jesús cumplió los salmos de liberación lo mismo
que cumplió las profecías sobre el remo de Dios: en cuanto realizó
el sentido más profundo de lo que estaba escrito. La liberación
en el umbral de la muerte se convierte por obra suya en libera-
ción mas allá del umbral de la muerte. Así se cumplieron en Él
los salmos.

La legión de los muertos


Jesns, pues, pasó la puerta oscura, de la que nadie vuelve. Mu-
rió realmente Éste es el misterio propio del sábado santo que con-
fesamos en el símbolo de los apóstoles con las palabras: «descen-
dió a los infiernos»
Es una expresión en que apenas nos detenemos hoy día, un
punto de fe al margen de nuestra atención La causa se entiende
fácilmente. Tal expresión corresponde a una imagen distinta del
mundo Para los judíos y para los griegos gentiles, morir quería
decir bajar al shcol, al hades, al mundo subterráneo, al reino de
los muertos. Esto quiere aquí decir la palabra «infiernos». No es
el lugar de los malos, sino el reino de los muertos, adonde van a

172
parar buenos y malos Se tenía, pues, una idea más o menos es-
pacial de un lugar habitado por sombras, donde, por lo demás,
todo era distinto que en el mundo, porque allí todo estaba
«muerto».
Para nuestra conciencia de creyentes de hoy estar muerto no
significa estar ligado a un determinado lugar El muerto existe,
pero ¿dónde' Sencillamente, no lo sabemos
En conclusión, la frase «descendió a los infiernos» está com-
puesta de conceptos que no son ya los nuestros. Sin embargo, la
verdad de fe sigue en pie Nuestro deber es expresarla ahora en
nuestra actual imagen del mundo. Ésta quiere decir dos cosas
primero, algo que pertenece más bien al viernes santo, luego, algo
que entra ya en el ámbito de pascua
Lo primero es la verdad de que Jesús murió efectivamente. Al
decir que «descendió a los infiernos», se quena decir que Jesús estu-
vo «realmente muerto», que pasó por la humillación de estar muerto,
separado de esta vida, excluido del mundo que sigue viviendo.
Jesús pasó por la muerte real, y nosotros tenemos el consuelo
de que por muy honda que sea nuestra caída en el obscuro abis-
mo de la muerte, nada podrá impedir que Jesús que pasó por él,
nos haga ver que en el fondo de este abismo se halla la vida eterna.
En el Antiguo Testamento se pensaba que Dios no cuidaba ya de
los que habían bajado al sheol, ahora se nos ha revelado que, aun
en la muerte, el Señor está con nosotros
Tal es la primera significación de las palabras «descendió a los
infiernos», que es el misterio de fe del sábado santo Pero hay aún
otro aspecto Puesto que Jesús «se reúne con sus padres», es decir,
se junta a la masa de los muertos, el pensamiento de la Iglesia se
dirige a la humanidad difunta, de la que Dios se preocupa Y así
nos hacemos cuenta de que Jesús comunicó la redención a la masa
de los muertos, inmediatamente después de su propia muerte.
«Y por el [espíritu] fue a predicar a los espíritus encarcelados, a
los que en otro tiempo rehusaron creer, cuando la paciencia de
Dios daba largas, mientras en los días de Noé se preparaba el
arca. » (1 Pe 3, 19-20)
El juicio y la redención se destinan a todos los hombres Los
muertos «que aguardan» reciben la salvación eterna los que aguar-
daban en el hades o sheol, como se decía antaño entre griegos y
judíos, los que aguardaban en el «limbo de los padres», expresión
posterior, los que aguardaban, decimos simplemente nosotros No
sabemos ni dónde ni cómo La Escritura habla de ello con mucha
sobriedad.

Lo que sí sabemos hoy es lo múltiple y antigua que es esta


humanidad desde los tiempos primigenios Por eso, este misterio

173
de la fe posee para nosotros dimensiones mayores que para los
cristianos de otros tiempos Sin embargo, tal vez nunca haya sido
representado tan bellamente como en los iconos bizantinos y rusos
de la resurrección, que muestran al Señor que se inclina para asir
con su diestra y levantar a un viejo Adán, es decir, la humani-
dad. También para nosotros, hombres de hoy día, ese gesto es
una expresión de todo el misterio del sábado santo El Señor que
pasó personalmente por la muerte se inclina sobre la humanidad
muerta, para darle vida para siempre

HE RESUCITADO Y AÚN ESTOY CON VOSOTROS

Lo que la ciencia histórica puede decir acerca de la resurrec-


ción de Jesús, esy que sus discípulos dieron testimonio de ella El
proceso de la resurrección en cuanto tal, quedó substraído a toda
mirada humana y escapa a toda verificación científica. Las apa-
riciones de Jesús después de su muerte fueron únicamente algunos
encuentros con sus amigos y discípulos La ciencia histórica se ha
de detener por fuerza en estos testigos Puede sopesar su credi-
bilidad El cristiano debe hacerlo No puede creer «al azar» (1 Cor
L18-1TO 15, 2) Pero el último paso que se le pide es la fe
No hay testimonio más unánime en todo el Nuevo Testamento.
De los escritos más antiguos a los mas recientes, todos culminan
en que Dios «resucitó a su Hijo de entre los muertos» (1 Tes 1,
10) Y que «los apostóles vieron al Señor» (Jn 20, 25)

La piedra angular de la fe
No es la opinión de unos pocos, que fue imponiéndose poco a
poco y vino a ser opinión común N o , desde el principio esta con-
vicción es el centro y piedra angular de la predicación de todos
«En conclusión, sea yo, sean ellos [los otros apóstoles], así predi-
camos y así habéis creído» (1 Cor 15, 11)
De la resurrección depende la fe «Y si Cristo no ha sido re-
sucitado, vacía, por tanto, es nuestra proclamación, vacía también
vuestra fe... aún estáis en vuestros pecados» (1 Cor 15, 14 17)
Si no hay resurrección, prosigue Pablo, los apóstoles somos
unos impostores, y vosotros, engañados de la manera más lamen-
table, porque «si nuestra esperanza en Cristo sólo es para esta
vida, somos los más desgraciados de todos los hombres» (1 Cor
15, 19) En tal caso, mejor que conformarse con un Cristo ima-
ginario, prefiere asociarse a los que dicen, entre tristes y conten-
tos «Comamos y bebamos, que mañana moriremos» (1 Cor 15, 32)
Tal es la actitud de los primeros testigos No aparecen para

174
nada como gentes que se refugian en una ilusión, llevados de la
angustia y la fantasía, por no tener valor para mirar cara a cara
la realidad. No. Cualquier cosa antes que construir su vida sobre
un embuste. Pero ellos pueden decir con toda sencillez: «Cristo
ha resucitado de entre los muertos» (1 Cor 15, 20).
El más antiguo testimonio escrito que poseemos sobre la re-
surrección es el de Pablo, lo mismo que respecto de la eucaristía.
Y lo mismo que allí, encabeza aquí sus palabras con la adverten-
cia especial de que también él ha recibido de otros este testimo-
nio. Estas palabras son, pues, más antiguas. Y así tropezamos con
el estrato más antiguo, con la piedra roqueña del Antiguo Testa-
mento, y leemos:
«Porque os trasmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí:
que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que
fue sepultado y que al tercer día fue resucitado según las Escri-
turas ; que se le apareció a Cefas, después a los doce; más tarde se
apareció a más de quinientos hermanos juntos, de los cuales, la
mayor parte viven todavía; otros han muerto; después se le apare-
ció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; al último de todos,
como a un aborto, se me apareció también a mí» (1 Cor 15, 3-8).
Este mensaje, este kerygma coincide con todo lo que sabemos,
por los Hechos de ¡os apóstoles, sobre la primera predicación de
los apóstoles.
Del relato de Pablo se deduce que Jesús se apareció probable-
mente a Pedro antes que a nadie. Esta primera aparición está
mentada de paso en Le 24, 34; pero en ningún evangelio se des-
cribe con detalle.

La mañana del primer domingo


Todos los evangelios comienzan por una narración muy mo-
desta y sencilla: las mujeres que el domingo por la mañana van
a ver el sepulcro. Una palabra clave para entender plenamente el
sentido de esta narración, es la mención del color «blanco». Junto
al sepulcro es visto un «joven» (Me; un «ángel», Mt). Joven o
ángel lleva vestiduras blancas. Blanco es el color de la santidad
de Dios, el color del fin de los tiempos, cuando Dios reinará; es
el color del «día de Yahveh».
Ahora, inmediatamente después del sábado, cuando por vez pri-
mera en la historia universal sale el sol sobre una mañana de do-
mingo, sobre un «día del Señor». (Apoc 1, 10), unas mujeres son
recibidas por alguien vestido de las blancas ropas del fin de los
tiempos. Su reacción es de miedo.
En Marcos, esta escena está penetrada toda por la consterna-
ción ; en Mateo, la tierra tiembla al descender el ángel; en Lucas,

175
las mujeres se postran rostro en tierra. Es la reacción del hombre
al entrar Dios en el mundo. Pero todo esto es mera envoltura de
lo que importa, el engarce donde brilla el verdadero diamante
de la narración: «¡Ha resucitado!» He ahí la palabra tranquili-
zante y gozosa. Es el mismo mensaje de pascua que en Pablo:
El Señor vive.
Los cuatro evangelistas ofrecen el mensaje de la resurrección
de Jesús en forma narrativa. Si se comparan sus relatos entre sí,
observaremos que éstos difieren entre sí mucho más que, por ejem-
plo, las historias de la pasión. Los distintos autores aducen apa-
riciones distintas, y, cuando tratan el mismo hecho, difieren en
pormenores.
De esto deduce legítimamente la ciencia bíblica que estas na-
rraciones tardaron más en llegar a una forma narrativa fija, que
la precedente historia de la pasión. Es decir, mientras que el
mensaje pascual es muy antiguo y central, las narraciones del
mismo no consiguieron tan inmediatamente un puesto fijo. La cosa
es comprensible. La pasión era un acontecimiento único; pero los
acontecimientos de pascua fueron muchos: «También con muchas
pruebas se les mostró vivo después de su pasión» (Act 1, 3). Ni
Pablo, ni ninguno de los evangelistas, tratan de reproducirlos to-
dos. Hacen una selección, no mayor de lo que se requiere para
proclamar debidamente el mensaje pascual señero. Tal es la razón
de que no apareciera tan rápidamente una forma narrativa fija
para describir la resurrección. Se formaron diversas líneas de
tradición y surgieron diferencias de pormenor.
Lo mismo hay que decir del relato sobre el sepulcro vacío.
Marcos y Lucas hablan de tres mujeres junto al sepulcro (aunque
no las mismas), Mateo de dos, Juan de una (aunque ésta dice en
20, 2: «No sabemos...»). En Marcos se dice también: «No dijeron
nada a nadie» (16, 8), mientras en Mateo (28, 8) leemos: «Fueron
corriendo a contárselo a los discípulos.» En Lucas se echa de
menos el mandato de ir a Galilea.
Además, Mateo y Marcos hablan de la aparición de un solo
ángel, Lucas y Juan de dos. Pero en Juan sucede esto en una se-
gunda visita y los ángeles no dan recado alguno. En el relato de
Mateo, el ángel está sentado sobre una piedra; según los otros
tres evangelistas, en el interior del sepulcro.
Después de la escena del sepulcro vacío, añade Mateo una
aparición a las mujeres, que probablemente tuvo lugar en otro
momento.
Se ve, pues, lo poco armonizados que están los cuatro relatos.
Sin embargo, están acordes en los temas capitales: el sepulcro
vacío, las apariciones, y, sobre todo, el mensaje propiamente dicho:
El Señor vive. En sus divergencias nos permiten tal vez reconocer

176
algo del gozoso azoramiento de aquella mañana, en que fue anun-
ciada la vida cuando se aguardaba la confirmación de la muerte.
Lo que sin duda ponen de relieve en sus diferencias, es la certi-
dumbre y honradez de la naciente Iglesia, que no alisó secretamente
estas desigualdades, sino que, con entera libertad de espíritu, dejó
que circularan tal como estaban. Pero lo que sobre todo aparece
claro en estas diferencias, es la unidad y prevalencia del mensaje
de pascua. Esto es lo que importa en las narraciones. Toda la
vida de Jesús está escrita, como ya hemos visto, para presentar-
nos un mensaje.
Nos hemos detenido algo más en esta cuestión, porque se trata
del mensaje central de nuestra fe, de la base y fundamento de
nuestra certidumbre. Con ello seguimos también el consejo, ya
mentado, de san Pablo de «no creer al azar» (1 Cor 15, 2).

Lew apariciones
Entre tanto, nada hemos dicho sobre las apariciones de Jesús.
En la narración sobre el sepulcro vacío, no lo vimos a Él mismo.
¿Cómo aparecerá? ¿Como una llamarada de fuego? ¿Entre gri- 72-74
tos de triunfo ?
La alegría que ahora empieza, no se expresa en formas gran-
diosas. Dios no quiso ponérnosla ante los ojos en manifestaciones
sobrecogedoras, sino sencillamente, humana y casi idílicamente.
María Magdalena piensa que es el hortelano. Pero él no tiene
más que decir: «María», para darse a conocer. A las mujeres las
saluda simplemente: «Dios os guarde.» En Jerusalén, se presenta
en medio de los apóstoles, sopla sobre ellos, come con ellos pes-
cado y miel, y les dice: «La paz sea con vosotros.» En Galilea
aparece sobre un monte, se acerca a los allí presentes y habla con
ellos. Con Pedro y otros toma su desayuno a orillas del lago.
También a Pablo se le aparece, más aún, se le muestra entre es-
plendores deslumbrantes, pero también con palabras tan humanas
como éstas: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues.»
Consuela como un amigo. Dondequiera tropieza con gentes des-
alentadas.
En estos relatos de apariciones asoma, entre líneas, pero con
claridad meridiana, el contraste entre lo que hace Dios y lo que
hacen los hombres, es decir, las mujeres, los apóstoles, los testi-
gos que nos representan. Tienen miedo, se sienten impotentes y
se arrebujan unos con otros como gentes a quienes se les ha aca-
bado toda sabiduría y toda confianza. Su esperanza no tiene ya
base alguna. «Habría que poner cabeza abajo todos los relatos de
pascua, si hubiera que cifrarlos en las palabras de Fausto: "Cele-
bran la resurrección del Señor, porque ellos mismos han resuci-

177
tado." No, ellos no han resucitado. Lo que experimentan —pri-
mero con temor y angustia y después con alegría y júbilo— es
precisamente que ellos, los discípulos, están señalados por la
muerte el día de pascua; en cambio, el crucificado y sepultado
vive» 1
No es posible imaginarse, por tanto, que la resurrección pueda
explicarse por el estado de espíritu de los apóstoles. No dieron,
sin quererlo, forma de visiones a sus expectaciones. Para asegurar
esto habría que comenzar por poner realmente cabeza abajo los re-
latos pascuales. Los textos dan a entender claramente que los
apóstoles no abrigaban expectación alguna. Por lo que atañe a las
predicciones de Jesús sobre su propia resurrección, los apóstoles
no las entendieron cuando las hizo, y menos después de su muer-
te. Después de una de esas predicciones leemos en Lucas: «Sin
embargo, ellos nada de esto comprendieron; pues estas cosas re-
sultaban para ellos ininteligibles, ni captaban el sentido de lo que
les había dicho» (Le 18, 34).
Otras hipótesis que quieren explicar la resurrección de Jesús
como invención humana, son todavía más inverosímiles. Un embus-
te planeado a ciencia y conciencia por apóstoles y discípulos pug-
na con su carácter tal como nos lo pintan los evangelios. Un em-
buste de otros, que habrían robado el cadáver y engañado así a
los mismos apóstoles, pugna con el desenvolvimiento de los hechos:
a la postre no los convenció el sepulcro vacío, sino las apariciones.
Ha habido también otra teoría, la de un mito de primavera que
se habría creado a base de la vida renaciente. Esta fantasía puede
86 rechazarse sin más, pues no tiene nada que ver con la Biblia.
La tesis, finalmente, de que Jesús no murió siquiera, pugna no
sólo con la historia de la pasión, sino también con el nuevo modo
con que Jesús se presenta entre los suyos. Su modo de existir es
distinto. Se lo ve y súbitamente se lo deja de ver. Las puertas
cerradas no le impiden entrar donde quiere.
En conclusión, lo que comienza a renovar la historia universal
no es una obra humana, sino una acción de Dios. La cabeza hu-
millada de Jesús se levanta para siempre. El reino de Dios se
despliega en un hombre que se ha hecho nuevo.

Las apariciones visibles, signos de su presencia invisible


En los relatos de apariciones del Señor, nos llama la atención
el que los discípulos no lo reconozcan de pronto. Por otra parte,
comprueban que es Él. Esto tiene un profundo sentido. Natural-
mente, es ante todo una prueba más de que la imagen del Señor

1. G. HORNKAMM, Jesús von Nazareth. Stuttgart =1960, p. 169.

178
resucitado les viene de la realidad y no es creación de su fantasía.
Necesitan tiempo hasta reconocerlo. Pero esto nos hace ver algo
aún más profundo que atañe al mismo Jesús: su novedad. Jesús
no es ya enteramente el mismo. Sus apariciones no significan que
quiera continuar unas semanas más su vida terrena, sino que inicia
a sus discípulos y a su Iglesia en una nueva manera de su presen-
cia. El hecho de que súbitamente pueda ser visto en medio de sus
discípulos, no significa sólo que puede entrar «con las* puertas
cerradas», sino que está siempre presente aunque no lo vean. El
Señor resucitado es la nueva creación entre nosotros. Las apari-
ciones son indicios tácitos de su presencia permanente.
A María en el huerto, a los discípulos en el cenáculo, sobre un 309-319
monte y a orillas del mar, se les manifiesta en su palabra. Esto
nos llama señaladamente la atención en el relato de Lucas sobre
los discípulos de Emaús. Se les junta en persona en el camino,
pero esto parece no decirles nada. Sin embargo: «¿ Verdad que den-
tro de nosotros ardía nuestro corazón cuando nos venía hablando
por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Le 24, 32). En la
palabra encontraron al Señor.
Una segunda manera de darse a conocer es un gesto preciso:
la «fracción del pan» en Emaús. Que Jesús celebrara entonces la
eucaristía con los discípulos de Emaús o no la celebrara, es punto
irrelevante. En ambos casos tenía este gesto el sentido de aludir
a la eucaristía, en que en adelante se daría a conocer. También el 319-333
pescado y la miel, que Jesús come, alude a ella, pues antiguamente
se juntaba a la celebración eucarística dicha comida. Son indica-
ciones de su presencia en la eucaristía. Así pues, al aparecerse
visiblemente, ilustró sobre su presencia invisible.
Por lo mismo sopló también sobre sus discípulos y les dio el 276-278
Espíritu Santo, por el'que en lo sucesivo nos uniríamos con Él.
En las apariciones se habla igualmente del oficio pastoral de Pe- 343-355
dro y del perdón de los pecados. Esto todo son modos de la pre- 436-444
. sencia permanente de Jesús.

Unión por la fe 124-128


E s t a presencia d e Jesús será reconocida por la fe. T a m b i é n 278-286
esto nos hacen ver las apariciones. Y a vimos cómo los discípulos
de Emaús sólo lo reconocieron cuando comenzaron a abrir su co-
razón por la fe. El verdadero reconocimiento no se lo dieron los
ojos corporales, sino los de la fe.
Cierto que en Juan leemos cómo Tomás reconoce, cuando aún
era «incrédulo», a Jesús. Pero hay que considerar la cosa despa-
cio. Aquí no se trata de uno que rehusa su entrega a Cristo, sino de
aquel cuyas palabras consigna el mismo evangelio: «Vamos tam-

179
bien nosotros a morir con Él» (Jn 11, 16) Y el relato de esta apa-
rición acaba con estas otras «Bienaventurados los que no vieron
y creyeron» (20, 29) He ahí de lo que se trata todo el que se
entrega al Señor, puede estar cierto de que el Señor está con él
aunque no lo vea Por lo demás, lo que Tomás confiesa no es lo
que ve con sus ojos, sino lo que le hace reconocer la luz de la fe
Y así dice mucho más de lo que pueden ver sus ojos «Señor mío
y Dios mío »
Pues no hemos de olvidar que el Señor resucitado es la nueva
creación Para entrar en contacto con él, necesitamos los órga-
nos de la nueva creación la entrega de todo el hombre al Espíritu
de Dios, la fe
El que no hubiera estado dispuesto a creer, tampoco hubiera
reconocido a Jesús por las apariciones. Eso da a entender lo que
se dice sobre los hermanos del rico epulón «Si no escuchan a
Moisés y a los profetas, ni aunque resucite uno de entre los muer-
tos se dejarán persuadir» (Le 16, 31) Aquí está la clave de la cues-
tión de por qué Jesús no se apareció a los fariseos y al pueblo en-
tero No lo hubieran reconocido Tampoco para nosotros hubiera
aumentado la fuerza convictiva mediante las apariciones a todo el
pueblo, pues en tal caso se habría hablado también de sugestión
de masas
Es una idea consoladora el que también a los testigos oculares
se les exija la fe No están, pues, tan lejos de nosotros, que re-
cibimos la señal del profeta Jonás, es decir, primero la predicación
(Le 11, 30) y luego el mensaje de su resurrección (Mt 12, 40), en
la predicación No basta el ojo frío para percibir la realidad de la
resurrección de Cristo, la nueva creación Para ello es menester
126127 algo más radical el hombre entero
Todavía cabe hacerce otra pregunta ¿Por qué no se quedó el
Señor en la Iglesia en forma visible' De ello trataremos al ha-
187 188 blar del misterio de la ascensión del Señor, que nos mostrará lo
330 universal y cercano de su presencia espintual Sobre la significa-
ción de la resurrección de Jesús para la nuestra se tratará al ha-
450-456 blar del cielo nuevo y la tierra nueva.

LA CELEBRACIÓN DE LA PASCUA

La iconografía de la resurrección
El arte cristiano se ocupó amorosamente de temas determina-
dos de la vida gloriosa de Jesús las mujeres junto al sepulcro,
la Magdalena en el huerto florido, los discípulos de Emaús, Jesús
y los doce, la aparición a Tomas Sólo relativamente tarde, en la

180
edad media, se comenzó a representar lo que los evangelios no des-
criben: a Jesús saliendo del sepulcro. Acaso sea también más her-
moso atenernos a las apariciones en que Jesús se encuentra con
sus amigos, que contemplar una pintura de la resurrección en que
Jesús aterra a los pobres guardias.
Una forma muy especial de representar la resurrección, con-
siste en pintar al Señor sobre la cruz, pero de manera que su figura
sea tanto de resucitado como de paciente. Sobre el calvario se pro-
yecta ya la gloria de pascua.
Las figuras en que aparece solamente el Señor glorificado, con
sus llagas visibles, envuelto sólo en un velo, son raras en los países
nórdicos, y más frecuentes en el sur de Europa. Lo que sí se co-
noce en todos los países son las imágenes del Señor resucitado, en
que ostenta su corazón. Este tema que, en último término, se re-
monta a Jn 19, 34 (el costado abierto por la lanza), ha dado oca- 170
sión a muy pocas obras de verdadero arte.
Muy tempranamente apareció la imagen del «buen pastor», pri-
mera imagen de Cristo entre los cristianos: un joven pastor, aún
imberbe, símbolo de la persona intemporal de Jesús, que salva a
los hombres de la muerte.
Finalmente, de los primitivos tiempos del cristianismo, provie-
ne una representación simbólica, sumamente sencilla y bella de
la resurrección: las dos primeras letras del nombre griego de
Cristo (XPICTOC), rodeadas de una corona triunfal de la que
comen unas palomas (las almas de los fieles). Debajo duermen los
guardias. Este tema merecería que ocupara un lugar de honor en
la familia durante el tiempo pascual. Ya que el nacimiento de Je-
sús se representa en los belenes, puestos en una habitación, sería
razonable que también la resurrección tuviera su símbolo propio.

Los signos que dio el Señor


Pero los signos más importantes para Él no son los signos del
arte, sino los que Él mismo dio: su palabra, el bautismo, la remi- 178-179
sión de los pecados, la eucaristía, la presencia de su espíritu entre
nosotros, en una palabra, la alegría pascual. 330
Al conmemorar la Iglesia la resurrección de Jesús, lo hace
también por medio de estos signos.
La resurrección se celebra por la noche. Son las horas más
santas del año. Ninguna noche es tan apropiada para que los cre-
yentes velen, como ésta.
La celebración litúrgica comienza en la iglesia a oscuras: son
las tinieblas en que estaríamos sin Jesús, privados de la esperanza
en Dios. Se hace fuego fuera del templo y en él se enciende una
sola vela, el gran cirio pascual, símbolo del Señor cuya luz ilu-

181
mina nuestra noche. Esta columna de cera es introducida, luciente,
en la oscuridad de la casa de Dios, donde todos los asistentes en-
cienden luego sus propias velas. Todo el ámbito se convierte en
mar de luces. Cada uno tiene en la mano el signo de lo que en su
interior se produce: luz pura, no por sí mismo, sino por Jesús.
Las velas permanecen encendidas, mientras la voz del diácono
entona el pregón pascual, un largo grito de júbilo por la resurrec-
ción del Señor, que no tiene par en texto y melodía.
Luego prosigue la celebración en un estilo más sobrio. La con-
currencia se sienta para oir las lecturas de la Escritura, que alter-
nan con oraciones y cánticos. Es la verdadera manera de velar.
De este modo se pasaba la noche antiguamente. Las lecturas se
toman todas del Antiguo Testamento: las promesas de la antigua
alianza, que ahora se cumplen, son una manera de reconocer a
Jesús, como lo reconocieron los discípulos de Emaús. La primera
lectura de esta noche de la nueva creación es de Gen 1, 1-2, 2, el
poema de la creación. Sigue Éx 14, 24 - 15, 1, la más grande
de las «obras maravillosas» de Dios en el Antiguo Testamento:
paso del mar Rojo, destrucción de los egipcios, fin de la escla-
vitud. Símbolo todo ello de nuestro bautismo, en que han que-
dado sepultados nuestros pecados y, por obra de Jesús, hemos sido
hechos hijos de Dios. La tercera lección: Is 4, 2 - 6 , 5, ls, alude
a la restauración de Jerusalén, profe.cía que Jesús verificará en
nosotros al establecer en nuestro corazón el reino de Dios. Por
último se lee el testamento de Moisés, Dt 31, 22-32, 4, como
exhortación a ser fieles a lo que nos ha sido dado.
Estas lecturas son una preparación para lo que ahora viene:
235 el bautismo. De antiguo era éste administrado en esta noche de
la nueva luz. También actualmente es ésta la noche más apropiada
para la recepción de este sacramento. Se bendice la pila bautismal
y luego, si hay catecúmenos o niños pequeños, se administra el
bautismo. En este momento renuevan todos los asistentes sus pro-
mesas del bautismo. Es la respuesta, personal, siempre nueva, que
damos a la luz.
La liturgia del bautismo se inicia y acaba con la primera y
segunda mitad, respectivamente, de las letanías de los santos. Toda
la humanidad redimida es invocada.
Ahora comienza con todo el esplendor posible la celebración
de la eucaristía. En la liturgia de la palabra, entre la epístola
que habla de nuestra resurrección con Cristo (Col 3, 1-4) y el
evangelio sobre el sepulcro vacío, se canta el primer «aleluya»
(palabra hebrea que significa «alabad a Yahveh»). Por tres veces,
en tono cada vez más alto, resuena la melodía, expresión de tanto
gozo, paz y sentimiento de liberación, que alguien lo ha llamado
«el primer aleteo del Espíritu Santo».

182
Viene después el banquete eucarístico. El Señor resucitado nos
invita, y nosotros lo reconocemos en la fracción del pan. Es el
punto culminante de la noche sagrada.
Esta celebración, la más gozosa de la Iglesia, fue trasladada
poco a poco, a partir del año 1000, a la mañana del sábado. Con
ello perdió parte de su sentido y valor. Pero, el año 1951, fue
restituida al lugar que le corresponde, que es la noche de pascua.
A la verdad, tomar parte en la vigilia pascual no significa actual-
mente velar toda la noche, como se hacía antaño. Por lo demás,
también de la antigüedad cristiana sabemos que no se pasaba toda
la noche en la iglesia. Mientras se administraba el bautismo, la
gente se iba a casa a tomar alimento.
El que oye misa el domingo de pascua, celebra naturalmente
la pascua. Pero el núcleo de todo está en la noche, una noche más
santa que la de navidad, pues la consumación es más gloriosa que
el comienzo.
Al tomar parte en la vigilia pascual, no hemos de esperar sen-
tir las mismas emociones de navidad. Navidad, con su tesoro de
conmovedoras melodías, tiene algo totalmente peculiar; pascua con
su simbolismo más rico y profundo también. Se podría cifrar el
ambiente del nacimiento del Señor en dos palabras: paz y ternu-
ra ; el de pascua, tal vez en estas otras: paz y gozo.

La alegría pascual
¡ Alegría i Pascua nos invita a esta disposición de ánimo, que no
es, ni mucho menos, fácil de mantener. Si ya en viernes santo
no era fácil mantener el espíritu de contrición cuando en nuestro
ambiente todo es bueno y feliz, más difícil resulta mostrarse ale-
gre en pascua, a pesar de las inquietudes y penas que nos rodean.
Esto requiere un gran desprendimiento de sí mismo y una fe só-
lida, y ello tanto más, cuanto que esta alegría nada tiene que ver
-con la alucinación de un Carnaval en que se cierran los ojos a
muchas cosas o sólo se miran por el lado alegre. La alegría pascual
es lúcida y tiene valor para mirarlo todo frente a frente, incluso
la muerte, pues estriba en la vida de Jesús que supera la muerte:
«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 55). Una ca-
racterística especial de esta alegría es la de estar relacionada con 103-104
el perdón de los pecados. El bautismo — o la confesión, que es
un-«segundo bautismo»— ha traído a los asistentes a la vigilia
pascual el perdón de Jesús. «Si en alguna parte del mundo hay
alegría, es en el corazón puro» (Imitación de Cristo).
La alegría que nos da la pascua es la más pura alegría que
existe en el mundo. Para expresar algo de ella, la comparó Jesús
al gozo de la madre que ha dado a luz un hijo (Jn 16, 21-22). Es

183
fruto del Espíritu Santo. Por ello está emparentada con el suave
soplo de Jesús sobre los apóstoles el día de pascua. Es un signo
de su presencia entre nosotros, como lo es su bautismo, su pala-
bra y su eucaristía.
Como otro don cualquiera del Espíritu, tampoco esta alegría
es ajena a los influjos terrenos. Lo sobrenatural no destruye lo na-
tural, sino que lo levanta y completa. Así, en esta experiencia
pascual influye todo lo que crea ambiente, desde la salud física
hasta la música. Sin embargo, lo más íntimo de ella es paz, cuya
fuente es el Señor resucitado: «paz os dejo... no como el mundo
la da, la doy yo» (Jn 14, 27).
Un signo de la calidad divina de nuestra alegría es que nadie
283-284 nos la puede arrebatar. En el dolor, en la perturbación, en la an-
gustia y desolación, algo de esta paz permanece en el fondo de
306 nuestro espíritu, un núcleo de seguridad. «Y esa alegría vuestra
466 nadie os la quitará» (Jn 16, 22). Es cierto que cuando sobrevienen
estados tan colmados de sufrimiento, apenas si cabe ya llamarla
alegría. Pero por lo menos se puede llamar paz y seguridad. Una
paz profunda, casi imperceptible, en el fondo de toda inquietud;
una seguridad, ya casi no sentida, en el fondo de toda duda.
Como obra de Dios, nuestra paz y la medida en que la expe-
rimentamos depende del don de Dios. Por eso no hay que «con-
tar» de antemano con ella en la noche de pascua. Muchos verdade-
ros siervos de Dios sienten precisamente en las grandes festivida-
des una profunda desolación, por lo que su alegría interior queda
embargada por la duda y el abatimiento. Mas, por lo general, las
grandes fiestas de la Iglesia son para quienes sinceramente bus-
can al Señor, fuente de auténtica alegría.
No vayamos, sin embargo, a la vigilia pascual (ni a la misa del
gallo, de navidad) con el único fin de buscar alegría; busquemos al
Señor de la manera que fuere. Él sabe bien lo que ha de hacer.

Domingo de pascua
El domingo de pascua hizo domingos a todos los domingos del
año, pues por haber resucitado el Señor el día siguiente al sábado,
los cristianos hicieron de este día su fiesta semanal (el día del
307-30» Señor). Todo domingo es desde entonces rememoración de la re-
surrección del Señor. Ahora bien, ¿cómo celebrar mejor la pas-
cua, el domingo de todos los domingos, que con una nueva eucaris-
tía, una nueva comunión, acompañada de nuevas lecturas (1 Cor 5,
7-8; Me 16, 1-7), cánticos y oraciones?
Esta selección de textos para la santa misa se continúa du-
rante toda la semana de pascua. Es una fiesta prolongada. Antaño,
cada día de esta semana era considerado como domingo. Los neófi-

184
tos seguían llevandp sus blancas vestiduras, que no deponían hasta
el domingo siguiente. Pero con el domingo in albis, que pone fin a
la octava de pascua, no termina la alegría de pascua. Hasta Pente-
costés, cincuenta días después de pascua, el aleluya resuena incesan-
temente en la liturgia. Los evangelios hablan del «buen pastor» y
de la promesa de Jesús de permanecer con nosotros por su Espíritu.

SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE

Por la resurrección, está Jesús junto al Padre


¿ Dónde estaba Jesús durante los cuarenta días después de pas-
cua, cuando se aparecía a sus discípulos ? ¿ Estaba solitario en al-
gún lugar de Palestina, del que salía de cuando en cuando para
ver a sus discípulos ? ¡ N o ! Jesús estaba junto al Padre, y «desde
allí» se hacía visible y tangible a los suyos.
¿Quiere ello decir que Jesús subió al Padre inmediatamente des-
pués de la resurrección ? Consideremos su encuentro con María
Magdalena la mañana de pascua. Jesús le dice que no le retenga.
El estado anterior, la acostumbrada proximidad terrena, ya ha
pasado. Jesús pertenece ahora al Padre. Habla de subir: «To-
davía no he subido...» y . «vete a mis hermanos y diles: voy a
subir a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios»
(Jn 20, 17).
Por más puntos oscuros que queden aún en estas palabras, su
mensaje central es claro: la resurrección equivale a estar con el
Padre. Por otros textos del Nuevo Testamento se ve también claro
que, por su resurrección, el Señor está ya a la diestra del Padre.
Lucas señaladamente nos ofrece un relato en que este «estar
junto al Padre» se nos pone plásticamente ante la vista. Lucas
cuenta cómo el Señor, después de las palabras y bendición de
-despedida, no desaparece súbitamente, como en el caso de los
discípulos de Emaús, sino que ahora va subiendo. Todos los rela-
tos de pascua hacen resaltar el «estoy con vosotros»; éste, que
es el postrero, dirige nuestra atención a «voy al Padre». Sin em-
bargo, junto al Padre estaba ya desde su resurrección, y con
nosotros permanece aún después de subir al Padre.
La historia de la ascensión es muy sencilla. Nada de pomposa
apoteosis (acto final), como en los mitos paganos o en una pieza
de teatro; sólo una recatada indicación del término de la marcha:
al Padre. Jesús se remontó unos momentos hasta que lo cubrió una
nube. Esta nube indica la presencia de Dios (cf. Le 9, 34-35 y 80
muchos lugares del Antiguo Testamento). Pero simboliza al tiempo
las «nubes del cielo» en que volverá el Hijo del hombre.

185
El mensaje evangélico no dice aquí que Jesús, después de cu-
bierto por la nube, atravesara la atmósfera hasta llegar finalmen-
te al Padre. La humanidad gloriosa de Cristo no recorre distan-
cias, como nosotros. Además, el Padre, el cielo, no está arriba.
La dirección hacia arriba fue escogida porque la bóveda celeste
con su luz, su libertad e inmensidad, es un símbolo magnífico de
la morada de Dios. Pero el Padre, hacia el que va Jesús, no está
ligado a un lugar (Jn 4, 24).
Debemos, pues, dar de mano a toda concepción espacial. Lo
que sabemos es que Jesús, como hombre, está con el Padre; como
hombre y, por ende, con su cuerpo, pero no con un cuerpo te-
rreno. Cómo es ese modo de existir — el comienzo de la nueva
creación — no lo sabemos. Todavía no vivimos plenamente en la
nueva creación y se nos escapa su forma y realidad (cf. el capí-
tulo «Camino de la resurrección»). Atengámonos, pues, a la ex-
presión de la Escritura: «Está sentado a la diestra del Padre.»
También esta expresión es una imagen. El Padre no tiene «diestra».
Sin embargo, cualquiera comprende la gloria y amor que esta ex-
presión da a entender.
En resumen: por su resurrección, Jesús está junto al Padre.
El último relato de apariciones nos lo da a entender con un gesto
simbólico: la ascensión. Sobre la actual existencia de Jesús como
hombre, sabemos que está en el amor del Padre.

Todo crece hacia Él


Pablo dice que Jesús «subió... para llenarlo todo» (Ef 4, 10).
Jesús hombre es el centro de la creación de Dios. Todo lo que
crece en el mundo, cada persona que crece en el mundo, tiende
hacia Él, pues en Él ha aparecido Dios. Pablo lo expresa en el
himno que sigue:

«Él es imagen del Dios invisible,


primogénito de toda criatura,
pues en Él fueron creadas todas las cosas
en los cielos y sobre la tierra:
las visibles y las invisibles,
ya tronos, ya dominaciones,
ya principados, ya potestades:
todas las cosas fueron creadas por medio de Él y con
miras a Él;
y Él es ante todo,
y todas las cosas tienen en Él su consistencia.
Y Él es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia;
Él, que es principio,

186
el primogénito de entre los muertos,
para que así Él tenga primacía en todo:
pues en Él tuvo a bien residir toda la plenitud,
y por Él reconciliar consigo todas las cosas,
pacificando por la sangre de su cruz,
ya las cosas de sobre la tierra,
va las que están en los cielos» (Col 1, 15-20)

Su presencia permanente
Una pregunta se nos impone al desaparecer de la tierra la figu-
ra visible de Jesús ¿Por qué no se quedó visiblemente entre nos-
otros ?
Respuesta «Os conviene que yo me vaya. Pues si no me
fuera, no vendría a vosotros el Protector, pero, si me voy, os lo
enviaré» (Jn 16, 7).
La figura humana de Jesús es sustituida por la presencia del
Protector, que es el Espíritu Santo, y Jesús dice que ello nos
conviene
El Espíritu, dentro de nosotros, nos une más estrechamente con
Jesús que lo que pudiera hacerlo su forma humana El Señor pue-
de ahora penetrarnos más profundamente y puede estar más um-
versalmente presente en el mundo Por eso, lo que garantiza ahora
su presencia no es retenerle, como quería María Magdalena, sino
recibir el Espíritu En efecto, el Espíritu es Espíritu de Jesús:
«Porque no hablará por cuenta propia... porque recibirá de lo mío
y os lo anunciará» (Jn 16, 13-14).
Ver con los ojos es cómodo, pero el camino hacia el Señor es
la atenta mirada del corazón «Bienaventurados los ''mpios de
corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8).
Al no seguir viviendo y actuando entre nosotros como un
hombre más, ya que está en todos nosotros, nos da una misión
-y una oportunidad. Ahora nos toca a nosotros glorificar a Dios-
en una vida humana en la tierra.
Toda la vida de la Iglesia su predicación, sus sacramentos, el
Espíritu Santo, penas y alegrías, fuerza y flaqueza, vivir y morir,
todo ello — con todos sus altibajos — continúa la vida de Jesús.
Por eso no es del todo exacto decir que ahora no se ve a Jesús. Su
visibilidad es otra. Su vida de resucitado en el mundo se refleja 244
visiblemente en los hombres. Naturalmente, todavía no se mani-
fiesta plenamente lo que somos «Vuestra vida está oculta, junta- 240,278
mente con Cristo, en Dios» (Col 3, 3). Jesús no se manifestará del
todo hasta que nuestra vida haya alcanzado su plenitud en la nue-
va creación.
Pero no nos precipitemos en llamar a esta consumación «segun-

187
da venida del Señor», expresión que no aparece en el Nuevo Tes-
tamento. El Señor no vuelve, porque está ya con nosotros. Enton-
ces su presencia se manifestará cumplidamente.

En la misa de la fiesta de la ascensión se apaga, después del


evangelio, el cirio pascual, que durante cuarenta días ha simboli-
zado las apariciones de Jesús.
Sin embargo, la Iglesia aguarda ahora durante nueve días la
nueva presencia de Jesús por el Espíritu Santo. Nueve días nos
cuenta Lucas que pasaron los apóstoles en oración juntamente
con los hermanos de Jesús, las mujeres de Galilea y María. De
estos nueve días vino la práctica de prolongar una oración espe-
cial durante nueve días Es lo que se llama una novena. La novena
más importante es la de pentecostés, pues en ella pedimos el Es-
píritu Santo

OS ENVIARÉ EL PROTECTOR

La promesa del Espíritu


«Quien tenga sed, venga a mí y beba Esto lo dijo refiriéndose
al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él» (Jn 7,
37-39)
El Espíritu Santo es como agua refrescante y al tiempo, como
fuego abrasador En hebreo, lengua del Antiguo Testamento, «Es-
píritu» quiere decir «soplo» o «hálito», y también «viento».
Agua, fuego, hálito, viento son signos materiales para indicar
la impresión que produce el Espíritu de Dios en el hombre que
lo recibe
Ya el Antiguo Testamento empleaba esta palabra para significar
el don de Dios. La fuerza creadora, sobre todo la fuerza que crea
la vida, fue llamada aliento de Dios, Espíritu de Dios. Mas, aparte
de ello, hablábase, sobre todo, de Espíritu de Dios cuando se tra-
taba de un don personal que traía una liberación La misma fuerza
física de Sansón se llama fuerza del Espíritu de Dios, en cuanto
unió al pueblo Que 13, 25, 14, 6-19, 15, 14) La inspiración profé-
tica era don del Espíritu de Dios (1 Sam 10, 6; Ez 11, 5, Zac 7,
12) La sabiduría de los ancianos que administraban justicia venía
del Espíritu de Dios (Núm 11, 17). El rey es el ungido por el
Espíritu de Dios (1 Sam 16, 13). Estos impulsos del Espíritu eran
a menudo, como en el caso de Sansón, de carácter primitivo, aco-
modados a la situación interior y exterior del tiempo. Y afectaban
siempre só'o a personas particulares, nunca al pueblo en general.
Pero también se esperaba un don más sublime y profundo del

188
Espíritu, que en parte se comunicaría al pueblo entero. Un día
fue corriendo un joven a decirle a Moisés cómo dos hombres esta-
ban profetizando, pero no en la tienda sagrada, sino simplemente
en el campamento. Y Josué reaccionó con esta exclamación: «Se-
ñor mío, Moisés, no les permitas tal cosa.» Pero Moisés suspiró:
«¡Quién me dijera que todo el pueblo profetiza y que el Señor
ha concedido a todos su Espíritu» (Núm 11, 26-29).
Y cuando más tarde, en los días del profeta Joel, una plaga de
langostas evocó el futuro día de Yahveh, el profeta predijo sobre
este día que no sólo traería juicio y calamidad, sino también una
efusión general del Espíritu:

«Después de esto derramaré mi espíritu sobre toda carne,


y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas,
y vuestros ancianos tendrán sueños,
y vuestros mozos verán visiones.
Aun sobre vuestros esclavos y esclavas
derramaré mi Espíritu en aquellos días.
...sobre el monte Sión
y en Jerusalén habrá salvación» (Jl 3, 1-5).

¡ Todo el pueblo animado del Espíritu de Dios! Joel pensaba


en visiones proféticas y en fenómenos especiales de que gozarían
todos. Ezequiel prevé un efecto más ordinario, pero más profundo:
«Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un Espíritu nue-
vo ; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré un corazón de
carne. Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y os haré caminar
en mis mandamientos y observar mis preceptos y ponerlos por
obra» (Ez 36, 27-28). Y Jeremías: «Una nueva alianza... Pondré
mi ley en su seno y se la escribiré en el corazón» (Jer 31, 31-33).
El Espíritu operará una instrucción suave e interior, una expe-
riencia amorosa de la voluntad de Dios.
Estos textos de Ezequiel y de Jeremías son cimas espirituales
del Antiguo Testamento, y describen lo que Jesús dará, la expan-
sión de su obra salvadora; su acción última en la instauración del
reino de Dios.

El don del Espíritu,


Jesús da el Espíritu. Inmediatamente después de su muerte re-
dentora^ el Espíritu fluye de Él a torrentes: «Beba el que cree en 169-no
mi» (Jn 7, 38). El agua, que significa el bautismo, designa a par
al Espíritu. Agua y Espíritu son «una sola cosa» o «van a lo mis-
mo» (1 Jn 5, 8). La tarde de pascua, al soplar sobre ellos, Jesús
dio con toda claridad su Espíritu a los apóstoles.

189
En la naciente Iglesia se consignan aún otros casos de efusión
del Espíritu, pero se pone particular énfasis en la primera, que
tuvo lugar cincuenta días después de pascua, en el Pentecostés
judío, que rememoraba la alianza del Sinaí En aquella ocasión,
este don de la nueva alianza fue bien perceptiblemente otorgado
a los apóstoles y sus amigos. Se oyó el bramido de un viento hura-
canado, aparecieron lenguas de fuego, y apóstoles y discípulos
hablaron en éxtasis «lenguas extrañas».
Este hablar «lenguas extrañas» se refiere a aquel hablar
del que escribe Pablo (en 1 Cor 12-14) que era un hablar extático
que expresaba realmente la inspiración, pero era ininteligible
¿O lo oía cada uno efectivamente como traducido a su propia
lengua' No lo sabemos, y tampoco tiene mucha importancia Lo
importante es la unidad que súbitamente surgió entre aquellos
338 hombres Lucas, en larga lista, enumera expresamente todos los
pueblos allí representados Lo que se cuenta en la historia de la
223 335 torre de Babel el extrañamiento y hostilidad, simbolizados en
341 la multitud de lenguas, cambia de signo en Pentecostés Los hom-
403, 409 bres tienen «un solo corazón y una sola alma» (Act 4, 32)
Daba la impresión de que todos estaban embriagados Cuando
la gente lo dijo, Pedro hizo la sabia observación «No están bo-
rrachos estos hombres, como vosotros suponéis, puesto que es la
hora tercia del día» (Act 2, 15) Pero el incidente nos muestra
la impresión producida hombres que estaban fuera de sí mis-
mos Posteriormente escribe Pablo a los Efesios «No os embria-
guéis con vino... sino dejaos llenar de Espíritu» (5, 18) También
aquí se parangonan el don del Espíritu con los efectos del vino
El don del Espíritu era algo que arrebataba y ponía en éxtasis
En 1 Cor 12-14 podemos ver como por el resquicio de una
64 puerta, algo de estos éxtasis del Espíritu que se dieron en la na-
305 cíente Iglesia Un exceso de alegría y arrobamiento que se ma-
nifestaba en sonidos maravillosos Pero todo don de Dios recibe for-
ma y es influido por la realidad terrena, de ahí que también en el
caso de Connto podamos admitir el influjo del carácter popular y
de las costumbres religiosas existentes Por eso, no debemos de-
jarnos fascinar por lo extraordinario de tales dones Ello nos lle-
varía a preguntar, erradamente ¿ Dónde está hoy el Espíritu Santo ?

Los dones ordinarios del Espíritu


Los dones especiales del Espíritu hablar lenguas, profecías,
curaciones y otros son hoy día menos frecuentes que en la primi-
tiva Iglesia, y ello, como ya hemos notado, porque son otras las
costumbres religiosas, pero tal vez también porque las necesida-
des sentidas al poner los fundamentos no son las que se sienten

190
al continuar el edificio. Los frutos actuales del Espíritu son más
bien los ordinarios, los que tienen por función iluminar, instruir,
aprovechar y servir.
Son tan ordinarios que pueden hallarse por doquier: en la 276-293
cocina y en el cuarto de estar, en la escuela y en el taller. Y, sin
embargo, precisamente estos dones, dice Pablo en 1 Cor 12-14 y
sobre todo en el famoso capítulo 13, son los más altos y profun- 64
dos. Más importante que el éxtasis es la interpretación, pues ésta 305
edifica más a la Iglesia (1 Cor 14, 5. 19). Más que hablar lenguas
vale la caridad. «Si hablo las lenguas de los hombres y aun de 132
los ángeles, pero no tengo amor, soy como bronce que resuena o
címbalo que retiñe» (1 Cor 13, 1). Así pues, el Espíritu Santo está
presente en lo «más ordinario», en el amor cristiano, pues nada
hay más grande que eso «más ordinario».
La más clara descripción de lo que lleva a cabo el Espíritu
Santo la da Pablo en su carta a los Gálatas: «Mas el fruto del
Espíritu es amor, alegría, paz, comprensión, benignidad, bondad,
fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gal 5, 22. 23).
Se podría prolongar esta lista describiendo toda la vida cris-
tiana : la fidelidad callada, la bondad abnegada (toda una vida de-
dicada al cuidado de los enfermos), cumplimiento callado del deber
(madre de familia), confianza inconmovible del pecador en que el
corazón de Dios es más grande, la fortaleza en las tentaciones,
afectuosa solicitud para con el vecino que se halla en apuros,
auténtico amor de Dios, la fervorosa perseverancia de la oración
en silencio, la paciencia en el dolor, la alegría de la buena concien-
cia. Tal es hoy día la acción y obra del Espíritu Santo (cf. también
el capítulo sobre la confirmación). 248
Se habla ordinariamente de los siete dones del Espíritu Santo.
Esta expresión se ha formado por influjo de Is 11, 1-3, en que se
lee que sobre el Mesías reposará el Espíritu de sabiduría, de enten-
dimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad y de te-
,mor del Señor.
La manera como el Espíritu Santo obra en nosotros no es aje-
na al influjo del temperamento, costumbres y herencia, como no
lo fue entre los corintios. Sin embargo, con nuestras cualidades
y a través de ellas obra el Espíritu Santo en nosotros y también
en hombres que ni siquiera saben que hay Espíritu Santo.

Los dones especiales del Espíritu, Santo


Pero también en nuestros días se dan los dones especiales del
Espíritu, dones sorprendentes. Su fin, igual que en la primitiva
Iglesia, es el de edificar y mover de forma extraordinaria a la
comunidad creyente. Aunque la vida cristiana ordinaria es el pri-

191
mer don del Espíritu, el primer carisma, se llaman especialmente
carismas estos dones extraordinarios. Sin embargo, los actuales
carismas presentan aspecto distinto del que tenían en la primitiva
Iglesia, pues tenemos otras necesidades. Tales son, por ejemplo,
un apostolado extraordinariamente eficaz, una enseñanza luminosa
(teología), un gobierno de amplias miras, fuerza plástica de un
artista, labor educativa (por el padre u otros) y, finalmente, la
vida ordinaria cristiana vivida de forma extraordinaria (en los
santos).
Tales dones son a menudo contagiosos, de modo que afectan
más bien a grupos que a personas particulares. A veces hay lu-
gares más abiertos a la acción del Espíritu, no como lugares en
sí, sino por las disposiciones con que los visitan los cristianos:
455 Belén, Lourdes, Roma, etc.
Es digno de notar que los primeros en recibir el Espíritu San-
136 to, en pascua y Pentecostés, fueron precisamente Pedro y los otros
apóstoles, es decir, los dirigentes de la Iglesia. El gobierno or-
dinario es el primer camino del Espíritu Santo, y nadie puede
calcular la cantidad de amor, alegría, paz, comprensión, benigni-
dad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza que se ha difun-
346 dido por el mundo, merced a los gobernantes de la Iglesia, figuras
enérgicas o personalidades discretas. Su ministerio es, en sí mis-
mo, un carisma ordenador al que incumbe examinar la pureza de
los otros carismas. En este sentido dice Pablo: «Si alguno se ima-
gina ser profeta o estar inspirado, reconozca que lo que os escribo
es una orden del Señor; y si no lo reconoce, tampoco él será reco-
nocido» (1 Cor 14, 37-38). El orden forma parte de los dones del
Espíritu de Dios. «Dios no es Dios de desorden, sino de paz»
(1 Cor 14, 33). El oficio pastoral cuida de los carismas y discierne
los espíritus. Esto .puede acontecer muy especialmente en un con-
cilio. Sin embargo, los carismas son también a menudo un com-
plemento del gobierno de la Iglesia, que le puede venir de simples
sacerdotes y fieles. Buen ejemplo es san Francisco de Asís, que
no era más que diácono y señaló al papa caminos nuevos.
Los carismas pueden entrar en conflicto entre sí. Pues aun el
hecho de estar repartidos lleva consigo que uno posea lo que a
otro falta. De ahí que un carisma especial acarree con frecuencia
dolor. Aun con la mejor voluntad, no siempre tenemos suficiente
comprensión para aquello con lo que cuenta el otro, para lo que
puede exigir justamente. Todo don personal es limitado y choca
con el del vecino. De ahí la necesidad de ser suave y no áspero
de una parte, y la de saber esperar pacientemente, de otra. De no
hacerlo así, el hombre carismático puede caer en el derrotismo o
ir a parar en la rebelión egocéntrica. Se comienza con el Espíritu
y se acaba en la escisión. El don de Dios debe ser confirmado de

192
continuo como auténtico. Jesús nos dice: «Vigilad.» Cuando un
hombre carismático no es fiel a su misión, ello no quiere decir
que el carisma no sea verdadero. El principio pudo ser bueno, y
el pueblo de Dios puede proseguir lo que empezó bien.
Por tanto, si habíamos pensado que es raro y no frecuente ver
en el mundo la acción del Espíritu Santo, podemos ver ahora con
cuánta frecuencia la experimentamos, lo que dicho en otras pala-
bras es: el amor cristiano, las personas carismáticas, el ministerio
en la Iglesia. Mas aun siempre que hablamos de la «gracia», esta- 276-278
mos hablando de la acción del Espíritu Santo.

El Espíritu invisible
Si el Espíritu desapareciera del mundo, ¡qué pronto se notaría
su ausencia! ¡ Qué pronto, por ende, se caería en la cuenta de su
anterior presencia! Sería como si desapareciera el agua de un
terreno de regadío. El agua no era apenas advertida; pero, apenas
desaparece, todo cambia. Los campos antes floridos, se convierten
en desiertos polvorientos.
Cuando la Iglesia ora al Espíritu Santo, se vale en efecto de la
misma comparación. Del salmo 104 saca una expresión en que
la fuerza vital de la naturaleza es llamada hálito de Dios, Espíritu
de Dios. Por él subsisten todos los seres vivientes.

«Si tú ocultas tu rostro, ellos se aterran;


si tú recoges su aliento, ellos fenecen
y retornan a su polvo.
Al emitir tu aliento, son creados,
el aspecto de la tierra se remoza» (Sal 104, 29s).

La liturgia de Pentecostés y del resta del año


La liturgia se dirige pocas veces directamente al Espíritu San-
to. La faz que el Espíritu Santo nos muestra es la faz de Cristo.
La Iglesia no ora tanto al Espíritu, cuanto en el Espíritu, por el
que Jesús está presente y llamamos a Dios «Abba!, Padre.» Sin
embargo, podemos muy bien dirigirnos a Él mismo. La liturgia nos
da ejemplo de ello, señaladamente en el tiempo de Pentecostés. La
fiesta del domingo de Pentecostés con sus ornamentos rojos, tiene
un ambiente de alegría y súplicas a un tiempo.

Luego sigue en el año litúrgico un largo período de tranquila


meditación sobre el reino de los cielos. Es el tiempo «después de
Pentecostés», que dura hasta el comienzo del adviento. El color
de los ornamentos es de sosegada esperanza: verde.

193
Este tiempo comienza con la conmemoración de tres misterios, a
los que — en sentir del pueblo cristiano — no se les había hecho
aún enteramente justicia en la liturgia del tiempo pascual.
Ante todo, en el primer domingo después de pentecostés, un
misterio manifestado en la obra salvadora de Jesús el misterio
477-480 del Dios trino, del Padre que envió al Hijo, del Hijo que fue en-
viado y del Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo. Es el do-
mingo de la Santísima Trinidad.
161-167 El jueves siguiente se celebra de nuevo, de modo especial, el
319 333 misterio del jueves santo es la fiesta del corpus, de la presencia
del Señor en la eucaristía.
169 Ocho días después, el viernes, se conmemora una vez más el
180181 misterio del viernes santo el misterio del corazón herido por la
lanza. Es, a par, un misterio de resurrección, en que Jesús nos
muestra el centro radiante y desbordante de su persona Existe
también la costumbre de conmemorar esta verdad de fe el primer
viernes de cada mes.
Así se celebran de nuevo determinados misterios de la reden-
ción. Lo cual es razonable, pues pentecostés no cierra el ciclo de
74 nuestra salud Pentecostés hace, por el contrario, que Jesús y todos
330 sus misterios de salvación estén presentes para siempre en nues-
tra existencia.
208 La acción del Espíritu Santo sobre la vida de los hombres
celébrala la liturgia en los natalicios de los santos, que es preci-
454-455 sámente el día de su muerte Así, dentro de la liturgia del año
eclesiástico, se celebra la memoria de las más varias personalida-
des El I o de noviembre se recuerda, en fiesta común, a todos los
que se guiaron en su vida por el Espíritu de Dios. Es la festividad
de todos los santos Son los «ciento cuarenta y cuatro mil seña-
lados» que forman la «muchedumbre que nadie podía contar», de
101 que habla la primera lectura de la misa El evangelio es el de las
ocho bienaventuranzas.

Para representar el misterio de pentecostés, los artistas cristia-


nos gustan de poner a María en medio de los apóstoles Sobre su
80 cabeza desciende la llama del Espíritu Santo es la imagen de la
Iglesia llena del Espíritu de Jesús.
Tenemos la posibilidad de vivir en esta Iglesia, realidad huma-
na, encendida e iluminada por el Espíritu Santo y llamada por el
Hijo del hombre a seguir sus pasos.

194
PARTE CUARTA
EL CAMINO DE CRISTO
LA IGLESIA NACIENTE

La alegría del comienzo


El autor del libro de los Hechos de los apóstoles nos describe
la venida del Espíritu Santo, reproduce un discurso de Pedro, y
prosigue:
«Los que aceptaron, pues, su palabra se bautizaron, y se agre-
garon aquel día como unas tres mil personas.
»Y se mantenían adheridos a la enseñanza de los apóstoles y
a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones.
El temor se apoderaba de todos, pues eran muchos los prodigios y
señales realizados por los apóstoles. Y todos los creyentes a una
tenían todas las cosas en común, y vendían sus posesiones y sus
bienes y las repartían entre todos según las necesidades de cada
cual. Diariamente perseveraban unánimes en el templo, partían el
pan en las casas y tomaban juntos el alimento con alegría y sen-
cillez de corazón; alababan a Dios y tenían el favor de todo el
pueblo. Y el Señor agregaba día tras día a la comunidad a los que
iban siendo salvados» (Act 2, 41-47).

Con tan sencillas palabras se nos narra el comienzo de la re-


dención divina: un reducido grupo de personas en Jerusalén que
creen que Jesús ha vencido la muerte, que el Espíritu Santo ha
descendido y que los pecados son perdonados. Y así, con esta gran
simplicidad se introdujo en el mundo la salvación.
En la página transcrita del libro de los Hechos reconocemos
ya a la Iglesia de hoy: el pueblo, el bautismo, la doctrina, la frac-
ción del pan, el temor o reverencia (inspirada por la certeza de la
presencia y acción de Dios), el gobierno de los apóstoles, la ayu-
da mutua, la comunidad de bienes (que hoy día se practica de for-
mas varias, desde las colectas hasta el voto de pobreza), la ale-
gría, cierta confianza por parte de los extraños.

197
Realmente, muchos problemas que nos preocupan hoy no exis-
tían entonces. El número de cristianos era pequeño. Todo tenía
frescura de aurora. De ahí que la Iglesia haya mirado siempre
con nostalgia el gozo de aquellos primeros días. Así lo ha hecho
señaladamente en momentos de renovación, por ejemplo, en el
216-218 siglo XIII, en el xvi y en el nuestro. Nos inspiramos en la sencillez
221 de los orígenes.

Dificultades del comienzo


Por lo demás, los Hechos de los apóstoles y las cartas de Pa-
blo nos hacen ver cómo ni siquiera en estos comienzos faltaron
dificultades provenientes de dentro y de fuera, en lo cual recono-
cemos también a la Iglesia de hoy. Siempre ha habido problemas.
Una de las más graves dificultades del comienzo fue la actitud
que debía adoptarse ante la revelación antigua, la religión judaica.
En efecto, la naciente Iglesia veía con creciente claridad que
como miembros suyos podían admitirse también, en pie de igual-
dad, creyentes no judíos, sin que tuvieran obligación de observar
la ley judaica. A esto se juntaba el terrible drama de que la ma-
yoría de Israel no había reconocido a Jesús. La Iglesia, cierta-
mente, estaba construida sobre Israel; Jesús, María y los apóstoles
eran judíos; pero el pueblo escogido en su conjunto no había en-
trado en la Iglesia. Sin embargo, los judíos seguían siendo los
primeros llamados. Su existencia entrañaba un misterio. La gran-
deza de este misterio se percibe bien en los capítulos 9-11 de la
carta a los Romanos, escrita por el judío Pablo. Pablo estaba con-
vencido de que semejante situación resultaría salvífica incluso para
los judíos. Siguen siendo llamados, pues «los dones de Dios y su
llamada son irrevocables» (Rom 11, 29). Como pueblo, la salvación
eterna les toca más de cerca que a ningún otro pueblo. El concilio
Vaticano n ha declarado expresamente no poderse deducir de la Es-
critura que, como pueblo, estén los judíos maldecidos o reprobados.
En el siglo i hubo cierto número de cristianos de ascendencia
judaica que pretendieron hacer obligatorios para todos los usos
judaicos, como la circuncisión y los preceptos sobre alimentos.
Esto condujo a una escisión que duraría siglos. Fue la primera
de las muchas y dolorosas escisiones (cismas) que sufriría la Igle-
sia de Dios en el curso de su historia. El Nuevo Testamento nos
habla también de falsas doctrinas (herejías). Por todo ello se ve
que la Iglesia tenía que vivir y crecer a través de tanteos y ten-
taciones, de dificultades y diferencias. También aquí cabe decir:
«para que queden patentes los pensamientos de muchos corazones»
(Le 2, 35). Naturalmente, esto no quiere decir que todo cismático
o hereje tenga plena y entera culpa personal; pero de hecho, den-

198
tro de los errores o cismas, pudo haber mucho de soberbia y «du-
reza de cerviz». Así juzgan los autores del Nuevo Testamento. En
este juicio percibimos la alta estima que desde el principio sintió
la Iglesia por la conservación de la pura doctrina de los apóstoles,
y el horror por toda deformación, empobrecimiento y tergiversación
de la verdad revelada.
La Iglesia tiene la misión de guardar sobre la tierra un men- 351
saje que no es de la tierra. Aunque quisiera, no puede eludir esta
responsabilidad. No puede barloventear con la verdad de Dios. Con
ello dañaría a creyentes e incrédulos y caería ella misma en las
tinieblas. Pero exactamente como tiene deber de guardar la doc-
trina revelada, lo tiene de pensarla y formularla siempre de nue-
vo, según las necesidades del tiempo en que vive. Conservar en su
pureza e integridad y pensar abierta y modernamente son dos ten-
dencias que vemos operantes en el modo y manera como nacieron
en el seno de la Iglesia los libros del Nuevo Testamento.

El Antiguo Testamento en la Iglesia naciente


Al nacer la Iglesia, sólo existía el Antiguo Testamento, que ella
no rechazó. Al contrario, la Iglesia vio que sólo ahora podía ser
plenamente entendido. Con el corazón ardiente (cf. Le 24, 32), los 179
creyentes se percataron de que allí se hablaba veladamente de 64
Jesús. Allí, por ejemplo, se narraba que el maná procuraba comi-
da para un solo día. Pero, después de Jesús, se vio que el maná
era símbolo y preparación de lo que Él daría: «Vuestros padres
comieron el maná en el desierto y murieron... El que comiere de
este pan vivirá eternamente» (Jn 6, 49-51). Así sucedió con todo
el Antiguo Testamento: bajo la letra, se buscaba el espíritu que
preparaba en los viejos libros lo que saldría a plena luz en los
nuevos evangelios (cf. 2 Cor 3). Ello explica que, aun hoy día,
la Iglesia siga leyendo en sus asambleas litúrgicas el Antiguo
-Testamento como palabra de Dios: Jesús lo ha renovado. Ello m
explica también que la Iglesia siguiera — y siga — rezando los 307
salmos.

Origen de los evangelios


Así pues, el Antiguo Testamento fue el primer libro sagrado
de la Iglesia. Sin embargo, pronto se sintió la necesidad de escritos
que contaran «las cosas cumplidas entre nosotros». Así nacieron los
cuatro evangelios.
De hecho, conocemos la vida de Jesús no por un escrito único,
sino por cuatro libros paralelos, hecho señero en la historia de la
literatura. Cada uno de los escritos contiene toda la buena nueva

199
(ev-angelion), de donde les viene su nombre. Se los designa por
sus autores: Mateo, el publicano convertido en apóstol; Marcos,
un joven discípulo, de Jerusalén; en casa de su madre (donde aca-
so estuvo el cenáculo) se reunía la comunidad (Act 12, 12) ; Lucas,
compañero de Pablo, a quien éste llamaba «médico querido» (Col 4,
14); y, finalmente, Juan, «el discípulo a quien Jesús amaba»,
que llegó a extrema vejez.

Según tradición muy antigua, el primero que escribió fue Ma-


teo, probablemente hacia el año 50, en Palestina o Siria; pero sólo
posteriormente recibió este evangelio su forma actual. Así que el
evangelio más antiguo que poseemos es el de Marcos, escrito hacia
el año 63 en Roma. La forma definitiva de Mateo y el evangelio
de Lucas, escrito en Grecia, datan probablemente de los años 70-80;
el de Juan, escrito en Asia Menor, se sitúa hacia el año 100.
Los tres primeros evangelios, que se llaman sinópticos, coin-
ciden a veces literalmente. Ello prueba que de un modo u otro están
relacionados entre sí.
Se supone que, al escribir Marcos, tuvo delante el primer Mateo.
Pero, según otro testimonio muy antiguo, utilizó también como
fuente la predicación en Roma de Pedro, testigo ocular.
Cuando se compuso nuestro Mateo actual, el redactor tuvo a
mano, además del Mateo original) el evangelio de Marcos, más
una colección escrita de «palabras de Jesús».
Lucas aprovechó también estas fuentes para componer un re-
lato, debidamente ordenado, dirigido a un griego influyente, el
«ilustre Teófilo», «después de haber investigado con exactitud
todos esos sucesos desde su origen», «a fin de que conozcas bien
la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Le 1, 3-4).

Tradición oral
I
I 1
Primer Mateo "Palabras de Jesús"

X
Marcos

Mateo Lucas

A la par que estas fuentes, cada evangelista tenía naturalmente


sus propios recuerdos y (o) el testimonio de la tradición oral de «los
que fueron desde el principio testigos oculares y luego servidores
de la palabra» (1, 2).

200
El evangelio de Juan, de cuño muy personal, muestra poco in- 112, 145
flujo de los sinópticos. Es el nuevo relato de un testigo ocular, i*2
impregnado de una experiencia de Jesús, por obra de su Espíritu,
durante más de sesenta años.
Estos libros son un testimonio de la solicitud de la Iglesia por
mantener el mensaje recibido, pero atestiguan a la par cómo este
mensaje se adaptaba siempre a la mentalidad del medio en que
era predicado.
Cada evangelio proyecta luz sobre los puntos que una Igle-
sia determinada tenía por más importantes. Así Mateo, que es-
cribe para judíos, reúne en cinco discursos palabras de Jesús, pa-
ralelamente a los cinco libros de Moisés, de suerte que el Señor
aparece como nuevo legislador. Marcos se interesa sobre todo por
revelar a Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Lucas escribe para
griegos cultos; y por tanto, describe un curso histórico (por eso
compone también el libro de los Hechos de los apóstoles), y pone'
de relieve la predilección de Jesús por los pobres, los pecadores y
las mujeres, postergadas entre aquéllos. Lucas habla también fre-
cuentemente del Espíritu Santo y de la oración.
A veces, el vocabulario empleado nos permite averiguar en
qué comunidad o Iglesia- fue predicado un evangelio antes de ser
consignado por escrito. Pues por mucho cuidado que se pusiera
en conservar las palabras de Jesús en su tenor primigenio, y por
más que el mensaje de Jesús, rítmico y figurado, facilitara esta
labor de la memoria, siempre es cierto que se transmitían sus pa-
labras en una tradición viva. Lo cual quiere decir que se intro- 52-58
dudan con libertad aclaraciones y adaptaciones. Ya vimos cómo
Mateo sustituye por «reino de los cielos» las palabras de Jesús: 97-98
«reino de Dios». Esta forma de reproducir nos llama la atención
sobre todo en Juan. En las sentencias de Jesús se percibe el voca-
bulario corriente en los medios de Asia Menor en que Juan predi-
caba. La expresión, por ejemplo, «reino de Dios» no la emplea
apenas Juan. Seguramente les decía ya poco a aquellos cultos
asiáticos. «Luz» y «vida» eran términos mucho más evocativos,
y ello explica que estas expresiones se hallen muy frecuentemente
en los discursos de Jesús, tal como nos los transmite Juan: el
apóstol se percató de que así daba mejor a entender lo que Jesús
quiso decir con «reino de Dios».
Pero eso no quiere decir que se diera rienda suelta a la fanta-
sía y se forjara un Cristo a gusto y placer de cada uno. Cierto que
los evangelistas no se proponen redactar un informe preciso mes
por mes y día por día. Su fin es un evangelio, una buena nueva.
Sin embargo, para lograr este fin es de todo punto necesario que
realmente sucedieran cosas y se profiriesen palabras. De no haber 86
pasado nada, no hubiera mensaje que anunciar.

201
En este sentido, parece que precisamente el cuarto evangelio
suele ser muy exacto en lo concerniente a los hechos. Es una de
las razones para atribuir este testimonio, por muy tardíamente
que se escribiera, al anciano apóstol Juan Pongamos sólo un ejem-
plo durante mucho tiempo pareció un enigma a los intérpretes el
aspecto que podía ofrecer una «piscina con cinco pórticos» (Jn 5, 2)
Se pensaba más bien en un detalle simbólico Pero las "excavaciones
de Jerusalén han sacado a la luz una piscina de forma rectangular
en que los centros de dos de sus lados estaban unidos por una
serie de columnas La información histórica del cuarto evangelio
era exacta
55 57 Pero no sólo es de importancia que las cosas sucedieran, sino
316 también que se refiriera fielmente lo que de hecho sucedió la pe-
culiaridad de la vocación de Jesús La actual ciencia bíblica ha
descubierto hasta qué punto fue ésta precisamente la preocupación
de los evangelistas En un tiempo en que muchos testigos ocula-
res habían muerto y había riesgo de que en la misma tradición
oral se infiltraran ideas legalistas o ílumimstas, la Iglesia trató de
fijar la tradición pura, lo que Jesús había sido realmente Tal
es el origen de los evangelios y de los otros escritos del Nuevo
Testamento
Esta solicitud de la Iglesia por mantener la pura imagen de
Jesús, la verdadera fe, fue dirigida por el Espíritu Santo que
vivía en la naciente Iglesia Pero el Espíritu Santo no operó fue-
ra de la vida de la Iglesia, ni al margen de la actividad literaria
humana, sino dentro de una y otra (cf, sobre este punto, «La Es-
64 entura, obra del Espíritu Santo»).
Hasta qué punto nos presentan los cuatro evangelios al mismo
Señor, se ve bien claro en la inconfundible originalidad que nos
sale al paso, con la misma intensidad, en los cuatro Es eviden-
te que tuvieron una sola fuente la persona de Jesús de Nazaret
(sobre el estilo propiq de cada evangelista y sobre la fuerza con
que nos acercan a Jesús por ese mismo estilo, cf el capítulo
144 150 «¿Quién es éste'»).
Los cuatro evangelios no son nuestra única fuente de noticias
acerca de Jesús En la primitiva Iglesia se escribieron también
cartas, que procedían de la pluma (o de la esfera de influencia) de
Pablo (catorce), de Santiago el Menor (una), de Pedro (dos),
de Juan (tres), de Judas Tadeo (una) Añádase un escrito profético
bajo el nombre de Juan el libro del Apocalipsis.

Pablo
Pablo fue un fariseo, de cultura griega y ciudadanía romana.
Asistió y dio su asentimiento a la muerte del primer mártir, Este-

202
ban, que rogó por sus perseguidores y su oración fue oída. Poco
después, cuando iba a la caza de cristianos, Pablo fue sorprendido
por una aparición de Jesús, que lo convirtió de perseguidor en
apóstol. Pablo se dirigió a los gentiles y desempeñó un importante
cometido en la fijación de una actitud concreta respecto al judais-
mo. También en él se nos muestran con gran intensidad las dos
características de toda predicación: gran fidelidad a la verdad tra-
dicional y constante reelaboración de la misma. Sus cartas, ade-
más de ser un conmovedor documento humano y un fragmento de
insondable teología sobre la misión de Jesús, son también el más
antiguo testimonio sobre el mismo Jesús. Algunas son más anti-
guas que los evangelios. Las dos cartas a los Tesalonicenses datan
ya de los años 51-52; las dirigidas a las iglesias de Corinto, Roma
y Galacia, de pocos años más tarde.

El más antiguo testimonio sobre Jesús


Ahora bien, la ciencia bíblica ha descubierto, hace relativa-
mente poco, en estas cartas fragmentos más antiguos que ellas
mismas. Son los que describen, en formulación concisa, toda la
obra de Jesús. Parece que Pablo los tomó literalmente de la tra-
dición oral. Su vocabulario es distinto al que hubiera usado Pa-
blo, de haberlos redactado él mismo. El fragmento más bello es
sin duda 1 Cor 15, 3-5; al que puede añadirse Rom 1, 1-4; 1 Tes 174-175
1, 9-10 y otros. El contenido de estos fragmentos dice que Jesús
cumplió las Escrituras por su muerte, sepultura y resurrección y
que, para nuestra redención, fue levantado a la diestra de Dios
Padre. Esta antiquísima síntesis de todo el misterio de Jesús se
llama kerygma, el pregón del heraldo. La misma forma tienen los
discursos de los apóstoles en el libro de los Hechos.
La demostración científica de la presencia de este kerygma pri-
migenio no carece de importancia. Ha habido una teoría, según
-la cual, la fe cristiana sería sólo el mito de un dios que muere y
resucita, sin fundamento en una persona histórica. Sólo posterior-
mente, se decía, se excogitó cierto Jesús de Nazaret. A ello se
contraponía otra hipótesis increíble, según la cual, debió existir la
historia corriente y moliente de un hombre, Jesús de Nazaret, pero
sin significado alguno para la salvación de los hombres. El carác-
ter redentor de su vida sería fruto de progresivas especulaciones
posteriores.
¿Qué nos muestra, pues, el kerygmaf Que ya desde el princi-
pio, tanto los hechos históricos como su significado suprahistórico
formaban parte del núcleo del mensaje de la fe. Que Jesús murió
y fue sepultado, son hechos históricos; que, según las Escrituras,
resucitó y fue glorificado para nuestra salvación, traspasa las fron-

203
teras del tiempo Todo el mensaje cristiano estaba ahí desde el
principio

Sobre el resto del Nuevo Testamento, haremos solamente unas


breves indicaciones
Las cartas son escritos circunstanciales y por eso reproducen
tan espontáneamente la vida, las necesidades y las ideas de la na-
ciente Iglesia El libro de los Hechos de los apóstoles nos ofrece
una serie de hechos sobre el camino seguido por la Iglesia desde
la comunidad primera de Jerusalén hasta convertirse en Iglesia
universal El Apocalipsis (revelación) nos descubre en cuadros vi-
sionarios el trasfondo de la historia, no tanto de estos hechos o los
otros (por más alusiones que contenga a las persecuciones), cuan-
to de la gran lucha entre el bien y el mal, que todavía prosigue
Cabe comprender y sentir este libro, aunque no se capten todos sus
pormenores

La Biblia, base permanente


La generación de los apóstoles no es sólo el período inicial,
sino también el fundamental y fundacional Es el tiempo en que
aún viven los testigos oculares y el Espíritu lleva a los apóstoles
a la «verdad plena» (Jn 16, 13).
De ahí la importancia señera e irreversible de este periodo
la de recoger todo lo que Jesús había traído. Después de este tiem-
po queda «cerrada» la revelación que había comenzado en Abra-
ham y alcanzado su plenitud en Jesús Sin duda que a veces, en
contacto con nuevas necesidades, la Iglesia comprendió luego más
profundamente el contenido del mensaje, y ello da a menudo la
impresión de novedad Pero algo sustancialmente nuevo no se ha
añadido nunca De ahí la importancia única que tienen los escri-
50-51 tos del Nuevo Testamento Hacia el año 150, la Iglesia fijó la lista
310-311 (canon) de estos libros del Nuevo Testamento, después de cribar
cuidadosamente evangelios y escritos falsificados o no auténticos.
La Iglesia tiene la certeza infalible de que en esta cuestión
vital ha sido guiada por el Espíritu de Dios Los protestantes re-
conocen también el Nuevo Testamento en la misma extensión que
nosotros
Con el tiempo surgió el bello simbolismo de los cuatro evan-
gelios (no de los evangelistas) en la figura de los cuatro seres vi-
vientes de Ezequiel 1 y del Apocalipsis 4 cuatro fuerzas en torno
al Jesús único, sus cuatro voces Actualmente, a Mateo se atribu-
ye el hombre, a Marcos el león, a Lucas el toro y a Juan el águila

204
Autoridad sacerdotal
Así pues, los escritos fundamentales no necesitan ser sustitui-
dos por otros, sí, empero, los hombres que fueron fundamento de
la Iglesia Los escritos permanecen, los hombres mueren. El Señor
quiso que su presencia quedara como encarnada en un ministerio
de servicio, pero con autoridad y permanente. Pedro y los apósto-
les transmitieron su ministerio de dirección, en su plenitud, a los
obispos, parcialmente, a presbíteros y diáconos. Lo que no pudie-
ron transmitir fue su función de fundamentos o fundadores, se-
ría imposible hacerlo Ahora bien, el servicio de estos dirigentes
no consiste sólo en mandar o gobernar, sino también en presidir
la eucaristía, en perdonar los pecados y en instruir Es una auto-
ridad sacerdotal (véase más sobre el particular en el capítulo sobre 343 355
el oficio pastoral)

Unidos con el Resucitado


Así entra la Iglesia en la historia para vivir el remo de Dios
sobre la tierra Ella sabe que Jesús la ama, y se siente como espo-
sa suya que lo aguarda «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por
ella... para presentársela a sí mismo toda gloriosa, sin mancha m
arruga, ni cosa parecida, sino, por el contrario, santa e inmacu-
lada» (Ef 5, 25-27)
Y todavía se puede expresar más profundamente la unidad de
la Iglesia con Cristo Pablo prosigue «Pues nadie odió jamás a
su propia carne, sino que la nutre y la cuida, como también Cris-
to a la Iglesia, porgue somos miembros de su cuerpo» (Ef 5, 29-30).
De hecho, la Iglesia se siente tan unida con Jesús por obra del
Espíritu Santo, que Pablo la llama su cuerpo, con todo lo que
interior y extenormente ha recibido de Jesús Y para permanecer
cuerpo suyo y serlo cada vez más, la Iglesia come y bebe diana- 325
mene, exterior e interiormente, con boca y corazón, la eucaristía, 337
que es el cuerpo de Jesús.

María, figura de la Iglesia


La naciente Iglesia tenía a María en medio de ella. En la época
apostólica se habla cada vez más de María precisamente Lucas y
Juan, los últimos evangelistas, la mencionan en los pasajes más
importantes
Ya en la anunciación había representado al pueblo de Israel, en 79-80
Pentecostés aparece como figura del nuevo pueblo de Dios, como la 169
mujer que, después de amargos dolores (Le 2, 35, Jn 19, 25), no
piensa ya en ellos, sino en el nuevo ser que ha venido a la vida.

205
La Iglesia, cuya figura es María, somos todos nosotros. En
este sentido María es nuestra hermana. Pero la Iglesia es para
cada uno de nosotros como una madre que nos cuida. En este sen-
tido, María, que personifica a la Iglesia, es nuestra madre.
454-455 Podemos hablar confiadamente con ella, si esto nos hace ver y
alcanzar a Jesús de forma nueva. La vida del pueblo de Dios en
oriente y occidente ha demostrado efectivamente que la devoción
a la Virgen es un camino para llegar al Señor. El creyente oye
•que Jesús le dice: «Hijo, ahí tienes a tu madre»; pero ahí están
también otras palabras de Jesús: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
María ama a los hijos de la Iglesia. Nuestra salvación es no
sólo más sublime, sino también más humana de lo que nosotros
pensamos.

La historia tiene una dirección


La Iglesia se adentra en la historia. ¿Cuánto durará esta his-
toria ? No poseemos respuesta de Jesús a este propósito. Al prin-
cipio se pensó que iba a durar poco. La esposa aguardaba con im-
paciencia. Sin embargo, ya en vida de los apóstoles se vio claro
que se desplegaría una historia de larga duración. La Iglesia, no
obstante, permaneció vigilante. Así, la última página de la Biblia
termina con estas palabras: «El Espíritu y la esposa dicen: Ven;
y el que oiga, diga Ven; y el que tenga sed, venga... Dice el que
da fe de estas cosas: Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús»
(Apoc 22, 17.20). Este deseo y esta certidumbre dan a la historia
45, 55 rumbo y sostén. La historia no es un eterno retorno sin fin, ni un
86 fatal impulso a la negra destrucción. La humanidad camina hacia
un encuentro en el amor.

LA HISTORIA DE LA IGLESIA

Hasta el año 311: Las persecuciones


Así comenzó la gran aventura. El mundo en que empezó a di-
fundirse el mensaje evangélico era, según Pablo, «sin amor ni
compasión» (Rom 1, 31). Pero también es cierto que, siquiera a
tientas, en él se buscó a Dios intensamente. Es más, la humani-
dad, cuya fuente es Dios, había alcanzado por la cultura cierto
366 grado de refinamiento. En un poeta como Virgilio (19 a. de Cr.),
hallamos una sincera nostalgia del bien y de lo divino. Habíase
formado también una unidad estatal que permitía la comunicación
entre muchos hombres: era la «paz romana».

206
Sin embargo, la primera respuesta de la sociedad al cristianis-
mo fue la persecución. El imperio romano comprendió que, pese a
todas las protestas de lealtad, algo había aparecido en el mundo
que, en el fondo, no tomaba su autoridad del Estado. La calumnia
y la difamación (incendio de Roma durante el gobierno de Nerón,
eñ el año 64) hicieron estallar la persecución.
Un breve documento de los años 111-113 muestra cómo fraca-
só entonces el tan refinado derecho romano, al igual que había
fracasado antes con Pilato. Uno de los mejores emperadores ro-
manos, Trajano, con tono de magnanimidad y mesura, escribe a
Plinio el Joven, gobernador del Ponto y de Bitinia (Asia Menor) :
«Trajano a Plinio. Has seguido, lugarteniente mío, el procedimien-
to que debiste en el despacho de las causas de los que te han sido
delatados como cristianos. En efecto, sobre ello no se puede de-
terminar nada como universalmente válido. No se debe buscarlos;
pero si son delatados y quedan convictos, deben ser castigados; de
modo, sin embargo, que quien negare ser cristiano y lo ponga de
manifiesto por obra, es decir, rindiendo culto a nuestros dioses, por
más que ofrezca sospechas por lo pasado, debe alcanzar perdón
en gracia de su arrepentimiento. Los memoriales que se presenten
sin firma, no deben admitirse en ningún género de acusación,
pues es cosa, de pésimo ejemplo e impropia de nuestro tiempo.»
Esta carta, modelo de corrección, era respuesta a otra de Pli-
nio que, en resumidas cuentas, venía a decir: «No hallo culpa en
esta gente.» Sin embargo, los castigó por su «obstinación y su-
perstición».
Durante trescientos años, por ocasiones y causas varias, fue-
ron perseguidos cruentamente los cristianos con algunos intervalos
de tranquilidad Hay actas de mártires, de loca crueldad por parte
de los verdugos, y de heroica firmeza en las víctimas. En las cata-
cumbas — los corredores subterráneos en que descansaban los
muertos —, la palabra que, sin duda, más llama la atención es
par (paz).
Se han conservado algunas cartas de Ignacio, obispo de An-
tioquía, que, hacia el año 100, fue arrojado a las fieras en Roma:
«Trigo soy de Dios y por los dientes de las fieras he de ser mo-
lido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo... Fuego
y cruz y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, des-
coyuntamientos de mis miembros, trituraciones de todo mi cuerpo,
tormentos arroces del diablo vengan sobre mí, a condición sólo
de alcanzar a Jesucristo... dejadme asir la luz pura. Llegado allá
seré de verdad hombre.»

Se envidiaba y veneraba a los mártires. No se los consideraba


como figuras del pasado, sino como vivientes en el paraíso, indis-

207
tintamente de la forma y lugar en que esto sucediera. Se invoca-
ba su intercesión ante Dios. Así, el culto de los santos nació de la
fe en la regeneración. El día de su muerte se llamaba precisamen-
te su natalicio.

Ya en estos siglos hubo una serie de escritores de nota: la pri-


mera oleada de reflexión sobre el mensaje cristiano.
Hacia el año 200 vivieron Ireneo de Lyón, que hubo de defen-
der la pureza del evangelio contra las especulaciones gnósticas;
Orígenes de Alejandría, profundo conocedor de la Escritura y el
más grande pensador cristiano de la época; Tertuliano, abogado
de Cartago, de estilo ardiente, que se pasó luego a una secta ra-
dical, y Cipriano de Cartago, que fue influido por Tertuliano.
Del gobierno de las Iglesias por este tiempo hablaremos en el
343-355 capítulo sobre el oficio pastoral del sacerdote.

Después del 311: Integración en la vida social


Después de trescientos años de hostilidad, un emperador ro-
mano se hizo cristiano: Constantino el Grande (311). La Iglesia
se ligó a un imperio terrenal. Acontecimiento de inmensa influen-
cia en la historia del pueblo de Dios.
Lo primero que choca a los ojos son las magníficas iglesias
(algunas de las cuales se mantienen aún en pie), que, a partir de
la paz constantiniana, se fueron sucediendo. No eran edificios es-
pléndidos para albergar un ídolo, que el pueblo adoraba desde
fuera, sino ámbitos bellos, sobre todo en su interior, capaces para
contener una gran muchedumbre: «la primera arquitectura demo-
crática». En efecto, el pueblo de Dios es el verdadero lugar de la
presencia de Dios, puesto que él es el cuerpo de Cristo.
En Roma, la iglesia donde fue enterrado san Pablo (San Pablo
Extramuros de la ciudad), Santa María la Mayor y la iglesia de
Belén son basílicas que proceden de aquel tiempo. Santa Sofía
de Constantinopla, con su maravillosa cúpula, es de fecha algo
posterior: poco después del año 500.

Grandes espíritus expusieron el mensaje de Cristo al más alto


nivel de su siglo. Son los llamados padres de la Iglesia. En Orien-
te florecieron, entre otros, Atanasio, Basilio, Gregorio de Nacianzo,
Gregorio de Nisa, y la simpática figura de Juan Crisóstomo, con
su elocuencia exuberante y popular. Eran a la vez sabios y dirigen-
tes de grandes diócesis. Su pensamiento sobre Dios y la obra di-
vina no perdía nunca el contacto con el pueblo de Dios.
También en Occidente, los más profundos pensadores fueron
a la par pastores de almas: el enérgico Ambrosio, que tomó mu-

208
cho de Orígenes; Agustín, tan hondamente humano, cuya aventu-
ra espiritual podemos seguir paso a paso en sus magníficas Con-
fesiones. Entre los muchos problemas que Agustín aclaró a la luz
de la tradición, el mayor es sin duda que el hombre no puede li-
brarse por sí mismo del pecado. La gracia de Dios es absoluta-
mente indispensable. Jerónimo, el sabio biblista de lengua acerada,
es el único de los grandes que no fue obispo ni gobernó una igle-
sia. Todos vivieron en torno al año 400. Hacia el 500, el papa
León Magno, que se enfrentó con Atila, dijo cosas profundas so-
bre la encarnación de Cristo. El x papa Gregorio Magno, que ejer-
ció su cargo hacia el 600, reunió, resumida, mucha sabiduría de
siglos anteriores. Él envió, con amplia visión pastoral, misioneros
a Inglaterra.
La vida de estos hombres estaba tan en armonía con su doctri-
na, que todos son venerados como santos.

Para esclarecer ciertas cuestiones de importancia se convoca-


ron los concilios: los tres más importantes de este tiempo han sido
ya mentados al hablar sobre la persona de Jesús. Se trata de cues-
tiones que ocuparon y preocuparon mucho a la Iglesia en su pe-
regrinación por la historia. Tampoco en este tiempo se vio la
Iglesia sin cismas y herejías. Casi todas las opiniones rechazadas
por los concilios pervivieron en un grupo de adeptos. A menudo,
las cuestiones fueron oscurecidas, en ambos bandos, por culpa
humana, por faltas de tacto y contrastes nacionales. La esci-
sión más extensa fue sin duda la de Arrio. El arrianismo subsis-
tió durante siglos.

Al abrazar los representantes del imperio romano el cristianis-


mo, pareció que el mensaje de Cristo no sólo podía desplegarse
bajo la persecución, sino también en la paz.
Pero el apoyo del imperio representaba también un peligro de
muerte. Los emperadores se inmiscuyeron en la interpretación del
mensaje. Se pospuso a los no cristianos. Se hicieron guerras en
nombre de Cristo. La Iglesia corría riesgo de ser identificada con
un poder profano determinado y perder así la sencillez y catolici-
dad de su mensaje.
Naturalmente, también hubo influjos en la otra dirección: la
Iglesia enseñó a la sociedad de entonces mucha tolerancia y sabi-
duría. Además, la identificación del camino de Cristo con un apa-
rato estatal fue desde luego una amenaza, pero no logró prevale-
cer totalmente; todo el mundo sabía que, a la postre, el imperio
romano no era lo mismo que el reino de Cristo. Y así, cuando
en occidente fue destruido al fin el imperio romano, la fe prosi-
guió su camino en las nuevas circunstancias.

209
Después del año 400: Difusión entre los germanos
El evangelio arraigó entre los pueblos germánicos que vencie-
ron al imperio romano. Los francos se adhirieron a la Iglesia ca-
tólica hacia el año 500. También sus príncipes, el más grande de
los cuales, hacia el 800, fue Carlomagno, aspiraron a una fuerte
vinculación entre cristiandad e imperio secular. Ello tuvo conse-
cuencias buenas y malas, entre éstas las conversiones forzadas.
Pero tampoco en esta ocasión fue posible la plena identificación
de la Iglesia con el reino secular, por la sencilla razón de que la
Iglesia estaba más difundida que el reino franco. Irlanda (que
se había convertido muy tempranamente) e Inglaterra estaban fue-
ra de él, lo mismo que el sur de Italia, la España cristiana y todo
el oriente. Carlomagno sabía que, aun dentro de sus dominios, no
era un príncipe eclesiástico, independiente de los obispos y del papa.

Por lo que al papa atañe, un antecesor de Carlomagno donó a


los sucesores de san Pedro la ciudad de Roma y sus contornos,
de forma que ejercían en aquellos territorios el poder temporal.
Esta donación tuvo por consecuencia que no cayera en poder de
un reino o Estado determinado aquel centro de la cristiandad.
Esto ha significado sin duda un beneficio para la libertad del evan-
gelio, pero no dejó de tener a veces sus lados sombríos.

La Iglesia en oriente
En oriente continuó en pie el imperio romano, que entonces se
llamó el imperio bizantino. La predicación de la buena nueva fue-
ra de las fronteras de ese imperio tropezó pronto con una trágica
barrera al este y al sur. Y así, hacia el año 600, surgió en el de-
sierto arábigo un hombre llamado Mahoma, que predicó una for-
ma sencilla y viril de monoteísmo: el islam.
Nos enfrentamos aquí con uno de los más dolorosos interro-
gantes en la vida de la Iglesia: el hecho de que la confesión cris-
tiana puede desaparecer de regiones enteras. En África del Norte,
la tierra de san Agustín, no quedó rastro de comunidades cristia-
nas. Los mahometanos, entonces como ahora, se dejaban ganar di-
fícilmente para el mensaje de Cristo. Son hermanos nuestros en
la confesión de un solo Dios, pero seguimos divididos en lo que
35-36 atañe a la humanidad de Dios que se manifestó en Cristo y, por
ende, respecto de nuestra tarea sobre la tierra (cf. sobre este pun-
274 to los capítulos sobre el islam y la redención). La Iglesia bizantina
262-263 se dilató por la predicación del evangelio en el norte, en Rusia;
pero esto aconteció en un período muy posterior (hacia el año 1000).

210
Del año 900 al año 1000 aproximadamente:
El siglo de hierro
Después de Carlomagno, el occidente se hundió en un siglo de
tinieblas. Los incursores asiáticos, los piratas musulmanes y es-
candinavos conmovieron y desorganizaron la vida social. En Ro-
ma, la elección del papa cayó en manos de clanes de la nobleza
local, que mutuamente se hacían la guerra. Jamás se vio a hom-
bres más indignos sentados sobre la cátedra de Pedro. El período
comprendido entre los años 900-1000 se llama el siglo de hierro.
Así, no fue solamente por una falsa interpretación del párrafo
simbólico de Ap 20, 1-2 por lo que muchos esperaban el fin del
mundo en el año 1000, sino también porque veían que el occidente
se hundía. El patrimonio estaba en la ruina, la historia había
alcanzado su término. Ahora tenía que aparecer el Señor.

Después del año 1000: Expansión


El Señor apareció, en efecto, pero de modo distinto a como era
esperado: por medio de una nueva primavera. Un contemporá-
neo escribe sobre Europa: «Fue como si el mundo se hubiera qui-
tado sus viejos vestidos y puéstose por doquier blanquísimas ro-
pas de iglesias» (Rudolf Glober). Los nuevos edificios, a veces de
piedra sin pulir, eran indicios de una nueva fuerza vital de santi-
dad. Soplaba un nuevo espíritu.

Un factor importante en esta renovación fue el monasterio


benedictino de Cluny, fundado en el año 909 en el este de Francia.
Su ideal era una vida monástica perfecta. Característica suya fue
la de querer liberarse de la intervención del poder temporal en el
terreno espiritual. Los monasterios se pusieron, pues, bajo la in-
mediata autoridad del papa. Esta libertas (liberación de la inge- 401
rencia secular) era, evidentemente, lo que entonces necesitaba la
vida cristiana. Siguieron nuevas fundaciones, hasta que, finalmen-
te, la congregación de Cluny se propagó por toda Europa. No pre-
tendía suscitar un movimiento político; sin embargo, el ideal que
encarnaba había de traer consecuencias políticas. Se aspiraba a
una mayor separación entre el poder temporal y el gobierno de la
Iglesia.
El primer resultado fue que se logró sustraer la elección del
papa al poder de decisión del emperador y de la nobleza romana.
No mucho después estalló violentamente el conflicto *con el poder
temporal en la cuestión de las investiduras de los obispos (el em-
perador, o el rey, nombraban a los obispos y los investían en su
cargo). A menudo los mismos príncipes implantaban a los obis-

211
pos como señores temporales de sus diócesis, pues eran más
seguros y no formaban dinastía. Esto significa que los empe-
radores y reyes nombraban con mucha frecuencia a los obispos.
En el año 1122 se llegó a un razonable equilibrio en este asunto,
y así se hizo justicia a los derechos del imperio (o reino), pero
teniendo también en cuenta el hecho de que los obispos son ante
todo ministros de la Iglesia. En lo sucesivo los cabildos catedrali-
cios elegirían al obispo; el emperador sólo enviaría a la elección
a un representante suyo.

1054: Ruptura entre oriente y occidente


Esta libertad que hizo a la Iglesia más independiente del po-
der civil y daba más relieve a la autoridad del papa, entrañaba
también sus peligros. Pues así se acreció la diferencia de atmós-
fera y clima ya existente con la Iglesia de oriente, que de siem-
pre estaba familiarizada con una unión más estrecha entre los dos
poderes.
Las relaciones entre Roma y Bizancio habían sido frecuente-
mente tensas en los últimos siglos. Cuestiones de formulaciones
teológicas (procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo),
formas litúrgicas (pan con levadura o sin levadura), y de autori-
dad espiritual (¿qué poder tiene la sede de Roma?), a las que se
unían circunstancias políticas y diferencias de formación y lengua,
hicieron difícil la unidad.
En este siglo xi se llegó a un cisma. El 1054 fue el año fatal.
La Iglesia de oriente se ha mantenido pura en su doctrina y po-
see ordenaciones válidas; pero ha vivido separada de la sede de
Pedro, y viceversa.
223 El año 1965, al final del concilio Vaticano n , se levantó como
signo de reconciliación la mutua excomunión que se habían lan-
zado una y otra Iglesia; pero con ello no desapareció la diversa
manera de ver las cosas de una y otra parte; pero, así lo espera-
mos, se dio un paso importante camino de la unidad.
La tradición de la Iglesia oriental es de una inmensa reveren-
cia ante la majestad de Dios. Su fina y suave vitalidad se pone de
manifiesto en su liturgia. De buena gana seguiríamos hablando
de su rica historia si el espacio nos lo permitiera. Pero hemos de
continuar con aquella parte de la historia de la Iglesia que toca
más de cerca la nuestra.

212
Siglos XII y XIII: ¿ Culminación t
El occidente prosiguió su vida, menos culto que el este, pero
henchido de vitalidad. Inspiráronle nuevas ideas, como las de
aquella figura tan humana que fue Anselmo, arzobispo de Canter-
bury (hacia el año 1100). Escritos recién descubiertos de la anti-
güedad griega, especialmente de Aristóteles, exigían ser confron-
tados con el pensamiento cristiano, inspirado por la fe. Por el
mismo tiempo, marchaban a Palestina los cruzados cristianos, con
gran ímpetu y no menos idealismo, a fin de arrojar a los musul-
manes de los santos lugares (las cruzadas, inspiradas por el espí-
ritu de aquel tiempo).
Levantáronse iglesias monacales y catedrales de incomparable
belleza, primero en el fuerte y puro estilo que se llama románico;
luego, señaladamente en Francia, en el jubiloso estilo gótico.
Surgió una nueva visión de la sencillez evangélica. Los hom-
bres se habían hecho más humanos y se descubrió entonces de
modo muy particular la humanidad de Jesús. Así un san Bernardo
y un san Francisco de Asís. En la ciencia profunda y de cristalina
claridad de Tomás de Aquino se dio para los cristianos de occi-
dente un impresionante encuentro y hasta un abrazo entre la razón
y la fe. Tomás habló en categorías mentales de Aristóteles acerca
del mensaje de Cristo, destinado a todos los tiempos. Los habi-
tantes de las ciudades, que ahora nacen y crean un tipo de hombre
completamente nuevo, viven la fe en su nueva situación. La escla- 85
vitud, que había disminuido ya fuertemente, desaparece práctica- 224
mente del todo durante las cruzadas.
El siglo entre 1200-1300 nos causa, efectivamente, la impresión
de haber sido una hora de gracia en la historia de la Iglesia de
Cristo en Europa. Entonces se dio el caso de un rey que llegó a
santo. Arbitro imparcial entre reyes, cedió por pura justicia y a
impulso propio un territorio (fin de la primera guerra de los cien
-años).
Este monarca, san Luis rey de Francia, murió en una cruzada,
que no había emprendido, como otros, por hacer botín o por
espíritu aventurero. En París, la Sainte Chapelle es un recuer-
do de este hombre, que la hizo levantar para que sirviera de
relicario a la corona de espinas de Cristo. Algunos rasgos que nos
horrorizan en la edad media tardía, no estaban aún umversalmen-
te difundidos en este siglo. Así, por ejemplo, las quemas de brujas
(una plaga sobre todo de los países germánicos, que desde el año
1500 hasta muy entrado el siglo XVIII envenenaría la atmósfera);
así tampoco las sutilezas de la lógica menor y el pensamiento ju-
rídico en la teología. Estos excesos no aparecieron hasta la baja
edad media.

213
La inquisición
Sin embargo, también en este tiempo acontecieron cosas de es-
panto. Lo peor acaeció así: En una sociedad de pensamiento prác-
ticamente uniforme, surgió otro divergente, que se organizó y se
difundió con vigor propagandista. Fue el movimiento de los cata-
ros, al que pertenecían los albigenses. Sus ideas se movían en el
marco del rudo contraste y oposición entre el bien (las almas puras)
y el mal (el resto del mundo). El matrimonio y la propagación de
la especie eran para ellos invención del demonio; rechazaban el
juramento de fidelidad, que era base de la sociedad de entonces, lo
mismo que los sacramentos, el ministerio de la Iglesia, los días de
fiesta, la construcción de templos, etc.
La sociedad entera trató de defenderse contra tales movimien-
tos : el pueblo, la autoridad civil no menos que la eclesiástica. An-
tes de 1200 se dio a menudo el caso de un pueblo que «linchaba»
expeditivamente a los herejes capturados, «pues temía —dice un
texto — que el clero fuera demasiado blando».
Hacia el año 400, un obispo como san Juan Crisóstomo había
calificado de crimen imperdonable matar a un hereje. No se opo-
nía, empero, a que se les prohibiera hablar y reunirse, a fin de
debilitar la propagación de la herejía. Hacia el 1150, san Bernar-
do impugnaba la muerte de los herejes (aunque no su encarcela-
miento). Pero después de 1200, en que se agudiza el peligro cáta-
ro, la autoridad eclesiástica y civil se dan la mano para emplear
medios crueles e injustos contra los herejes. Como las raíces del
movimiento perseguido eran de carácter ideológico, la investiga-
ción (inquisición) corría a cargo del obispo o del juez pontificio,
y ellos dictaminaban sobre la herejía. El poder civil dictaba en-
tonces sentencia de condenación y la ejecutaba (por lo general
quemaba vivo al hereje). Es evidente que los dos poderes eran
responsables de la pena de muerte, y no sólo el brazo secular que
la ejecutaba. Se consideraba a los maestros heterodoxos como fal-
sificadores de moneda espiritual, falsificación peor que la de mo-
neda corriente, que estaba ya muy duramente castigada.
La idea de que todo secuaz de una herejía había de condenar-
se eternamente, hacía además de todo hereje un asesino de las
almas.
Tal vez esto nos ayude a comprender que algunos grandes hom-
bres y santos no levantaran nunca su voz contra tales procedi-
mientos. Un santo Tomás de Aquino aprobó la inquisición. Nos-
otros nos preguntamos cómo fue posible que la sociedad cristiana
procediera contra los heterodoxos con métodos semejantes a los
empleados por el imperio romano contra los cristianos. Una vez
más se ve aquí hasta qué punto puede dañar a la sencillez y man-

214
sedumbre exigidas por el evangelio la unión de intereses entre el
Estado y la Iglesia, que fue muy estrecha en este tiempo.
Ese daño no aparece sólo en las prácticas de la Inquisición.
Muchos aspectos de las cruzadas, incluso la existencia de las «ór-
denes de caballería», ponen también de manifiesto lo quebradizo
de la situación medieval. Por ahí se ve claro hasta qué punto es
la Iglesia humanidad que ha de crecer en Dios. Y también este
crecimiento se dio. Por doquier surgieron una y otra vez asocia-
ciones para cuidar a los enfermos y combatir el duelo o las gue- 225-226
rras privadas y la guerra en general. Los miembros de la orden
tercera de san Francisco (laicos) no podían llevar armas. Esto era
una gran renuncia para un hombre de aquellos tiempos.

1300-1500: Continuación, de la edad media


El prestigio de la autoridad del papa alcanzó entonces su cús-
pide. Los países cristianos ponían los ojos en este elemento supra-
nacional de Europa. El peligro estaba en que la Iglesia liberada
dominara la sociedad en un terreno que era de la competencia de
la autoridad secular. Pero, a partir de 1300, la conciencia nacional
de los Estados se fue fortaleciendo cada vez más. Francia ofrece
en su territorio residencia al papa cuando éste abandona Roma,
desmoronada y consumida por las facciones, bajo influencia ger-
mánica, y fija su sede en Avifión. Por una malhadada concurren-
cia de circunstancias (una .elección papal dudosa), la Iglesia se
encontró en un momento dado con dos papas, uno en Roma y otro
en Aviñón. La incertidumbre era grande; en ambos bandos hubo
santos. Un concilio no logró arreglar la situación, pues el tercer
papa por él elegido no halló acatamiento universal. Finalmen-
te, tras cuarenta años de duda, fue aclarada la cuestión du-
rante el concilio de Constanza (1417); pero este largo episodio
no había sido ningún bien para la cristiandad occidental.
Por lo demás, en este mismo período florecieron grandes escri-
tores y escritoras místicas, y se dieron ejemplos de santidad
heroica.
En las órdenes religiosas surgieron movimientos hacia mayor
sencillez y rigor. Pero la riqueza de bienes de la Iglesia y el en-
vejecimiento de muchas instituciones, que en su tiempo tuvieron
su razón de ser, aletargaron el espíritu de muchos dirigentes de
la Iglesia, en que toda santidad brillaba por su ausencia. Pingües
beneficios se acumulaban en manos de unos cuantos, que eran in-
capaces de cumplir sus obligaciones. Las investigaciones modernas
han demostrado que tales situaciones no eran generales; pero bas-
tante mal era que se dieran siquiera. Se dejaba sentir con fuerza
el llamamiento por una reforma.

215
Pero la reforma no vino. En Italia, donde la historia (desde
1400) pasaba otra página brillante, que se llamaría el renacimiento,
los papas se entregaron en cuerpo y alma al nuevo humanismo y
se preocuparon muy poco del descontento y miseria que imperaban,
señaladamente al otro lado de los Alpes.

Siglo XVI: Caminos divergentes


198-209 Entonces sobrevino a la Iglesia una catástrofe, que, juntamen-
te con la repulsa de Israel, el arnanismo y el cisma de oriente,
es uno de los desgarrones más grandes que ha sufrido en su his-
toria. Un hombre de palabra vigorosa y profética y de profundo
sentimiento religioso, desencadenó en Alemania, hacia 1517, un
movimiento que no supo permanecer dentro de la Iglesia univer-
sal. Este hombre se llamó Martín Lutero.
Luego vinieron otros, que también tenían su opinión personal.
Los más importantes fueron el suizo Zumgho y el austero y so-
brio francés Calvino, hombre penetrado de la absoluta majestad
de Dios 1.
La Iglesia católica no tiene las manos limpias en lo que respec-
ta a estos sucesos. Muchos cristianos, aun entre los pastores de la
Iglesia, se habían mantenido apegados a sus riquezas, sensualidad
y ambición, habían procedido muy mal en su tarea de guardianes
de la Iglesia de Cristo. Pero también vivían en la Iglesia muchísi-
mos hombres sabios y santos, tanto .en la jerarquía como en el
pueblo. Ellos serán la fuerza impulsora que lleve a cabo la refor-
ma dentro de la Iglesia.

Entre ellos hubo el presbítero Erasmo de Rotterdam, hombre


irónico que predicó la mansedumbre, el sentido común y un fino
humanismo. Su moderación no pudo competir en aquel tiempo con
la profundidad religiosa de Lutero. Pero su tolerancia evangélica
puede enseñar mucho a nuestro tiempo.
Hombre de temple muy distinto fue el caballero español Igna-
cio de Loyola, herido en una pierna en la defensa de Pamplona.
Desde 1521, sacudido por graves crisis religiosas y lleno del con-
suelo del Espíritu de Dios, comenzó a ver el mundo a la luz de
Dios Su primer intento fue predicar el evangelio a los mu-
sulmanes sin apelar a la fuerza. Todavía no pensaba en la refor-
ma del norte, si es que tenía siquiera noticias de ella. Sin embar-

1 «Reforma» y «reformadores* suelen referirse al gran movimiento del si


glo xvi, iniciado por Lutero, Calvmo y Zuingho «Protestante» es nombre mas
general, que incluye, además de las Iglesias de la reforma, a todas las demás
confesiones cristianas, que directa o indirectamente tienen relación con el moví
miento inicial de la «reforma»

216
go, el siglo en que vivió lo llamó a c o o p e r a r en u n a triple t a r e a :
1) r e f o r m a r la Iglesia, con la convicción de que los obispos son
siempre los d i r i g e n t e s de ella, establecidos por D i o s ; 2) contener
la escisión donde fuera posible; 3) p r e d i c a r el e v a n g e l i o en las
p a r t e s de la t i e r r a recién descubiertas. P e r o I g n a c i o de Loyola es
u n o e n t r e m u c h o s . O t r o s n o m b r e s gloriosos son Carlos B o r r o m e o
en Milán y P e d r o Canisio nacido en N i m e g a .
P o r entonces a l e n t a b a en la Iglesia u n deseo a r d i e n t e de que
se c o n v o c a r a u n concilio, que, efectivamente, s e c o n g r e g ó p o r fin
en T r e n t o (1545-1563). E l concilio d e T r e n t o expuso la doctrina
católica, p r o f u n d a m e n t e y sin polémica, en las cuestiones que sus-
c i t a r o n los r e f o r m a d o r e s . A la vez s u p r i m i ó abusos varios en la
Iglesia. T a l vez p r o c e d i e r a , al h a c e r l o , con e x c e s i v a rigidez.
E n t r e t a n t o , el r e n a c i m i e n t o a r i s t o c r á t i c o evolucionó hacia u n a
c u l t u r a con m u c h o s elementos p o p u l a r e s y p i a d o s o s : el b a r r o c o .

¿ F u e la t r i u n f a n t e brillantez de este estilo lo que d e s l u m h r ó a


m u c h o s frente al sobrio espíritu de las ciencias n a t u r a l e s , que es-
t a b a n a m a n e c i e n d o ? E n todo caso, el a b s u r d o proceso r o m a n o
c o n t r a Galileo, hacia 1600, es un síntoma de c e g u e r a p a r a los va-
lores en este t e r r e n o . Y esto es t a n t o m á s de l a m e n t a r , c u a n t o p r e -
cisamente en este tiempo, por o b r a e n t r e o t r o s de I g n a c i o , se puso
el fundamento de u n a m a n e r a de ser cristiano, u n a n u e v a espiri-
tualidad, que e n c u e n t r a a Dios en la realidad t e r r e n a (visión del
s a n t o j u n t o al río C a r d o n e r ) . Y todavía es m á s de l a m e n t a r esa
c e g u e r a , p o r c u a n t o j u s t a m e n t e la tradición bíblica y la posterior
tradición cristiana implican de suyo la visión del m u n d o de que
h a n salido de hecho las ciencias de la n a t u r a l e z a : u n m u n d o que
n o es Dios (inaccesible), sino creación de Dios (desacralización y
desdemonización del m u n d o ; no hay sino r e c o r d a r el Cántico a las
criaturas, de san F r a n c i s c o , que habla del « h e r m a n o » sol, n o del
«padre» sol) ; un m u n d o , p o r o t r a p a r t e , que no es a p a r i e n c i a , sino 261-262
- realidad, siquiera se halle en dolores de p a r t o ; un m u n d o , final- 262-263
m e n t e , que n o es r e g i d o c a p r i c h o s a m e n t e por el ser s u p r e m o , sino
q u e ha recibido sus valores y leyes propias.
E s difícil p e n s a r que sea p u r a m e n t e casual el hecho de que
las ciencias n a t u r a l e s n a c i e r a n en la p a r t e del m u n d o p e n e t r a d a
p o r la fe cristiana. M á s aún, la idea de que la difusión de
la cultura técnica es ya u n a p a r t e de la difusión de la r e d e n -
ción de Cristo, contiene tal vez m á s v e r d a d de lo que a p a r e c e
a p r i m e r a vista (cf. t a m b i é n los capítulos sobre la redención y el 268
t r a b a j o sobre el m u n d o ) . 409-412

E n el siglo x v i s u r g e un n u e v o estilo de a r q u i t e c t u r a religiosa


en que las columnas n o impiden la vista. L a s iglesias se convierten

217
más que nunca en espacios comunitarios. Así, la iglesia II Gesú y
también la nave principal de San Pedro en Roma.

La renovación católica se llama a veces contrarreforma, ex-


presión que no tiene nada de afortunada. La Iglesia no iba en pri-
mer término contra nadie, ni contra nada, sino que deseaba reno-
varse. Secundariamente, hubo también una fuerte reacción defen-
siva. Muchas cosas valiosas fueron miradas sospechosamente en
el mundo católico precisamente por el relieve que se les daba en-
tre los reformadores que ya no eran católicos.
Las diferencias se han exagerado de uno y otro lado. Sin em-
311-313 bargo, ambos bandos leemos la misma Biblia, creemos los mismos
doce artículos del credo y aceptamos el actual movimiento ecu-
ménico. Por eso mencionamos de mala gana las diferencias. No
obstante, debemos detenernos un momento en ellas.
Acaso la diferencia más profunda pueda describirse de la ma-
nera siguiente. La cristiandad católica cree más firmemente que la
salud eterna está encarnada en las cosas más ordinarias: el pan
sobre el altar, la voz de una asamblea reunida en Roma, las pala-
bras de la absolución. Hasta punto tal se hace Dios hombre aun en
la Iglesia de hoy.
Naturalmente, en estas realidades cotidianas" sólo encuentra a
Dios aquel que se acerca con fe. Pero estamos ciertos de lo que
Él nos ofrece: el pan es el cuerpo de Cristo; la absolución, el per-
dón; la palabra de la Iglesia universal, la verdad. Esta fe en la
tangibilidad de Dios depende de la convicción de que la realidad
mundana, incluso el hombre, es buena a la postre, tan buena que,
a pesar de que la oscurecemos por el pecado y la perdición, es
posible encontrar a Dios en ella.
243-246 La reforma protestante, en cambio, vive desde el principio en
282 la creencia de que no es posible alcanzar a Dios tan palpable-
350 mente en los sacramentos y en la palabra autorizada de la actual
436 Iglesia. La salud eterna es más espiritual. Las cosas terrenas no
son capaces de llevar hasta tal punto en sí mismas la salvación. Me-
dios para entrar en contacto con Dios, se consideran, sobre todo,
la palabra de la Sagrada Escritura y también los símbolos de la
fe de los primeros concilios universales. Añádase además una es-
pecial atención a la experiencia interior individual.
438-444 El perdón de los pecados puede servir de ejemplo. Para el ca-
tólico, la confesión es una garantía perceptible por parte de Dios
(aun en el caso de que el confesor fuera un gran pecador). El
protestante busca la certidumbre del perdón en un signo interior
de Dios. Pero lo sorprendente es que el católico, que no busca tan-
to la experiencia interna, precisamente por esta naturalidad en
su proceder, alcanza en gran medida la experiencia de la paz in-

218
terior; mientras los que buscan la certidumbre en la experiencia
interior, suelen recibir esta paz sólo en medida limitada. Pero
i qué profundidad cristiana en este indagar un signo de Dios!
Esta diversidad de actitudes religiosas crea tipos también dis-
tintos de hombres. La reforma protestante ha hecho a sus hombres
más alerta, más personales, pero también más intranquilos y, a me-
nudo, también más sombríos. En la Iglesia católica, la paz puede
ser muy humana y como la cosa más natural del mundo; pero ello
entraña el peligro de tratar harto familiarmente con Dios, con los
hombres y las.cosas. Sin embargo, sería ingratitud en nosotros no
ver en la paz sentida un signo de Dios, un signo no de nuestra
bondad, sino del don de la presencia divina: amor, alegría, paz.
Pero tampoco puede calcularse cuánto bien y cuánta santidad se
desarrollan en la Iglesia de la reforma protestante — aun en aque-
llo que tiene de más peculiar —, para el bien de toda la cristiandad.
La Iglesia católica no puede prescindir de la. reforma.
Nos hemos detenido un tanto sobre nuestras diferencias para
decir que el problema de la reforma es una cuestión seria. Es
algo que abarca y cambia al hombre hasta en sus más hondas
raíces; una actitud ante la culpa, el mundo, Cristo y Dios. El pro-
testantismo no luchó por una quimera. Afortunadamente, con esto
no está dicho todo. Quede reservado el resto para unas páginas
más adelante, en que hablaremos del movimiento ecuménico del 222-223
siglo xx.

Cuando se originó la escisión protestante en la Iglesia, domi-


naba la creencia de que una comunidad social, región o reino,
debía tener en conjunto la misma religión. Los secuaces de la
reforma fueron perseguidos por la inquisición, y ello constituye 214-215
una página sombría en la historia de la Iglesia, como páginas
sombrías son en la historia del protestantismo la matanza de ca-
tólicos y hasta de protestantes disidentes. ¡ Sea fecunda la sangre
de unos y otros!
La idea que subyace a todo esto, a saber, que una sociedad
única debe tener también religión única, trajo consigo otra extraña
norma. Cuando ya la reforma protestante se hubo difundido am-
pliamente, se determinó en Alemania y en otras partes que cada
uno debía abrazar la religión del príncipe o señor bajo cuyo do-
minio estaba: cuius regio, illius et reUgio: cuya es la región, es 401
también la religión. El que no aceptara esta regla, tenía que emi-
grar. Tan difícil les resultaba arreglárselas con más de una creen-
cia dentro de una sociedad única.
Antes de que se llegara a un arreglo, se desencadenaron mu-
chas guerras civiles e internacionales. También entraron en juego
intereses y diferencias nacionales, con más fuerza incluso que los

219
motivos religiosos (basta recordar la guerra de los treinta años).
Por eso no es exacto etiquetar todos estos acontecimientos como
guerras de religión, siquiera la actitud religiosa de los estados
desempeñara también su papel en ellos. Todavía durante siglos
hubo países con una religión dominante u «oficial» y una minoría
oprimida (Inglaterra, los Países Bajos, Italia, España, Escan-
dinavia, etc.).

Edad moderna. Una religión difundida por todo el mundo


Posteriormente se desarrollaron otros modos de ver las cosas.
A partir de 1600 y, sobre todo, desde 1700, aparecieron hombres
que no querían en absoluto ser cristianos, pero creían aún en
Dios (deísmo). Desde 1800 se multiplican los pensadores que no
aceptan en absoluto la existencia de Dios (ateísmo).
Así, la sociedad acogió en su seno creencias cada vez más di-
vergentes. Mucho tiempo pasó hasta que Iglesia y Estado se avi-
401 nieron a ello. Poco a poco se fue dibujando una solución: separar
402 en creciente independencia los dos poderes. Ello no r e p u g n a en
n a d a al m e n s a j e del evangelio. E l E s t a d o ya no apoya de a n t e -
m a n o a la religión, sino que e n t r a en contacto con ella, por ser
creencia de u n p o r c e n t a j e de sus subditos. A s í , en los últimos
siglos, la Iglesia vive cada vez m á s dispersa entre h o m b r e s de o t r a s
42 creencias (situación de d i á s p o r a ) .
Al tiempo, está ya la Iglesia extendida p o r todo el m u n d o (si-
tuación u n i v e r s a l ) . N o e r a antes así, cuando sólo u n a p a r t e del
planeta oyó el m e n s a j e de Cristo. Sin e m b a r g o , por los mismos
años en que se deshacía la creencia medieval, u n i t a r i a , fueron d e s -
cubiertas otras partes de la tierra (Cristóbal Colón, Vasco de
Gama). Muchos se lanzaron a ellas con ansia de botín; pero no
faltaron misioneros que predicaron el evangelio. El acontecimiento
más importante del siglo xvi no. es la dolorosa escisión de Europa,
sino el hecho grandioso de que la Iglesia comenzó finalmente a pro-
pagarse entre gentes que piensan de otro modo, hasta los confines
de la tierra.

340-341 Se pretendía allí que el mensaje de Jesús echara raíces en la


lengua, vestido y ritos propios de los pueblos evangelizados; así
lo hizo, por ejemplo, De Nobili en la India. Pero, desgraciadamen-
te, hubo muchos misioneros que confundieron cristianismo y cul-
tura europea, y se opusieron a que los nuevos cristianos dieran
forma propia a su pensar y obrar. Es lo que se llama «controver-
sia de los ritos en Asia», durante los siglos xvi y xvn. El pleito
se resolvió a favor de los europeizantes. Los misioneros que de-
fendían la opinión contraria hubieron de obedecer. A partir de

220
fines del siglo pasado, los métodos misionales siguen cada vez más
el procedimiento de un De Nobili.

La Iglesia en los últimos años


En una breve exposición como la presente no es posible hacer
justicia a los acontecimientos, corrientes y grandes personalidades
de los últimos siglos. Baste remitir a la vasta bibliografía existen-
te. El destino de la Iglesia está entretejido más que nunca con el
de todo el género humano. Ello implica nuevas dificultades, pero
también nuevas virtudes y tareas, por ejemplo, de tolerancia sin
deslealtad, de independencia respecto del medio ambiente y, a la
par, de solidaridad con los heterodoxos. La nueva situación crea
también nuevas posibilidades, por ejemplo, de permanente correc-
ción propia y eliminación de malas inteligencias. Cierto que hay
todavía Estados que favorecen determinada concepción de Dios
y oprimen o posponen a los que profesan opinión distinta. Por
modo semejante, en grandes porciones de la humanidad se favo-
rece exclusivamente, por parte del Estado, la idea de que Dios no
existe. En esas partes del mundo, el cristianismo vive postergado
o perseguido. Desgraciadamente, ha habido hasta ahora países en
que el católico tiene algo de perseguidor o por lo menos de quien
posterga a los demás.
Sin embargo, a pesar de todo, nuestro planeta entero parece
abrirse a la comunicación y al contacto entre todos los hombres.
El concilio Vaticano n termina su «declaración sobre la acti-
tud de la Iglesia para con las religiones no cristianas» con estas
afirmaciones:
«No podemos invocar a Dios,- Padre de todos, si negamos el
afecto y la acción fraterna a cualesquiera hombres, que han sido
creados a imagen de Dios. La conducta del hombre para con Dios
Padre y su comportamiento con los hombres, sus hermanos, están
de tal forma unidos, que dice la Escritura: el que no ama, no ha
conocido a Dios (1 Jn 4, 8). Así se elimina el apoyo a toda teoría
o práctica que introduzca discriminación entre los hombres y tn-
tre los pueblos, en lo que toca a la dignidad humana y a los dere-
chos que de ella dimanan. La Iglesia, por consiguiente, reprueba
como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o veja-
ción realizada por motivos de raza o color, de condición o religión.
Por esto, el sagrado concilio, siguiendo las huellas de los santos
apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que,
observando en medio de las naciones una conducta ejemplar...
(1 Pe 2, 12), en cuanto sea posible y de ellos depende, tengan paz
con todos los hombres (cf. Rom 12, 18), para que sean verdadera-
mente hijos del Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 45).»

221
El hecho de que las iglesias no tengan ahora torres que des-
cuellen sobre los tejados es otro fenómeno de la situación de diás-
pora. Es indudable que tales edificios no son ya lugar de culto
para toda la población. A menudo se tiene gusto especial en cons-
truir iglesias pequeñas, abiertas, pero íntimas: Cristo como una
levadura en medio de nuestras viviendas. La teología pone su
empeño en cuestiones que le plantea el hombre dentro y fuera de
la Iglesia (investigación bíblica, evolucionismo, valor "de lo pro-
fano, nuevos puntos de vista éticos).
Un acontecimiento importante para la historia de la Iglesia ha
sido el progreso de los medios de comunicación (aviación, televi-
sión, etc.). Esto trae como consecuencia que el no cristiano sea
mi «prójimo» espacialmente. La creencia de los otros se me hace
constantemente presente, llega hasta mi domicilio. El cristiano oye
más y es más oído.

El mmñmiento ecuménico
Desde 1910 se perfila entre los cristianos un movimiento que
trata de contrarrestar la tendencia a la escisión de los últimos
siglos. Desde que, en 1948, se formó definitivamente en Amsterdam
el Consejo Mundial de las Iglesias, el movimiento ecuménico co-
menzó a tomar claramente forma.
Este Consejo Mundial no pretende ser una Iglesia, que recu-
bra a todas las Iglesias, una «Iglesia universal», sino lo que
en 1961 fue definitivamente formulado en Nueva Delhi: «El
Consejo ecuménico es una asociación fraterna de Iglesias que,
de acuerdo con la Escritura, confiesan a Cristo como Dios y re-
dentor, y se esfuerzan por corresponder juntas a su común voca-
ción, para gloria del Dios uno, del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.» El consejo se propone unir a todos los cristianos en su
común vocación en pro de la humanidad: una vocación de predi-
335 cación, comunión y servicio (martyria, koinonia, diakonia).
Casi todas las comunidades eclesiales no católicas se han ad-
herido al Consejo Mundial. A los comienzos, la Iglesia católica se
mostró oficialmente reservada, señaladamente por lo que atañe al
contacto- con los protestantes, no tanto respecto del diálogo con
las Iglesias de oriente. Siempre, sin embargo, ha habido en ella
grupos activos preocupados por la unidad.
Desde el gran concilio convocado y abierto por Juan x x m ,
el deseo de unidad ha ido tomando forma y se abren caminos
para alcanzarla, como lo prueba, entre otros hechos, la crea-
ción en 1961 del Secretariado para el Fomento de la Unidad en-
tre los Cristianos. Constantemente gana terreno la convicción de
que el deseo ecuménico no significa indiferencia en la búsqueda

222
de la verdad de Dios, significa, antes bien, atender al deber de
la verdad, tal como lo declara el concilio Vaticano n «Es necesa-
rio que los católicos, con gozo, reconozcan y aprecien en su valor
los tesoros verdaderamente cristianos que, procedentes del patri-
monio común, se encuentran en nuestros hermanos separados Es
justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las virtudes
en la vida de quienes dan testimonio de Cristo, y, a veces, hasta
el derramamiento de su sangre» (Decreto sobre el ecwmemsmo, 4)
Durante siglos, como hemos visto, podía observarse en la cris- 212
tiandad una especie de movimiento de líneas divergentes, ahora 311313
parece como si nos halláramos ante el espectáculo de líneas que
revierten y tienden a aproximarse, según la oración de Jesús.
«Que todos sean una sola cosa » Hay que abrirse a este movi-
miento por la oración, por la continua conversión y renovación,
por el estudio de las fuentes de la fe y de la distinta tradición,
por la prontitud a abandonar formas que nos son caras, por el
diálogo sincero y paciente, con una seriedad que evite fáciles eva-
siones, por el amor al pobre y más pequeño hermano de nuestra
Iglesia o de la Iglesia de los demás, por nuestra cooperación en
servicio de toda la humanidad Esta obertura nos da el refrigerio
y la alegría del buen espíritu.

Una historia de la Iglesia en pequ>eño- las órdenes re-


ligiosas
En la síntesis de historia de la Iglesia que acabamos de ofre-
cer, hemos tratado de cuestiones como las relaciones de la Igle-
sia con el Estado, la escisión y unidad entre los cristianos, etc
Pero otros muchos aspectos han sido pasados por alto Así, nada
hemos dicho del camino de la entrega especial a Cristo, que parte
de las palabras evangélicas «Si quieres ser perfecto, anda, vende 393-399
todos tus bienes y dáselos a los pobres... ven luego y sigúeme»
(Mt 19, 21). Echemos también una ojeada a este campo de la
historia de la Iglesia
Este consejo fue seguido de las formas más varias a lo largo
de los siglos Y siempre ha ido junto con el ejemplo de virgini-
dad dado por Cristo En la primitiva Iglesia, las vírgenes y asce-
tas vivían en el seno de la comunidad eclesial Posteriormente, aun
antes de la paz constantiniana, se retiraron algunos al desierto
(Antonio de Egipto) Muy pronto se instituyo la vida común o
cenobítica Así, la candad mutua y la obediencia libremente esco-
gida se añadieron naturalmente como elementos nuevos a la ante-
rior pobreza y castidad (Pacomio de Egipto) Para esta vida en
común se redactaron reglas de profunda sabiduría evangélica La
regla de san Basilio se difundió sobre todo en oriente, la de san

223
Benito, en occidente. En occidente también escribió san Agustín
una regla para sacerdotes que vivían en comunidad.
Los seguidores de la regla benedictina fueron beneméritos de
la cultura europea, que nació gracias a sus esfuerzos (agricultura,
ciencia), y de la obra misional.
Sin embargo, su principal contribución a la sociedad está en
otra cosa, que ellos mismos llaman su obra principal: la oración
(cantada) en común.
En esto se diferencian los benedictinos de otras dos órdenes
religiosas, de enérgica vitalidad, que se fundaron en el siglo XIII :
los frailes menores (franciscanos) y los frailes predicadores (do-
minicos). Los nuevos religiosos vivían en las ciudades, y su prin-
cipal servicio era la predicación: los franciscanos sobre todo por
218 una vida de pobreza, por su sencillez ante Dios y ante los hom-
bres, y también por la palabra de Dios; los dominicos por el estu-
213 dio y la predicación (santo Tomás de Aquino fue dominico). Pos-
217 teriormente, en el siglo xvi, Ignacio de Loyola proyectó y llevó
a cabo una forma de vida religiosa que se mantuvo aún más unida
al mundo. En la Compañía de Jesús, como Ignacio llamó a su
orden, se echan de menos el coro y el carácter monástico.
En nuestros días, observamos en las congregaciones e institu-
tos seculares recién fundados una presencia aún más amplia
«en el mundo», lo que no impide que vivan de acuerdo con los
consejos evangélicos.
En la historia de estos movimientos, la iniciativa estuvo, por
lo general, en manos de varones; pero nunca faltaron mujeres que
fundasen también comunidades religiosas adaptadas al espíritu
del tiempo. Acaso hayan pasado a segundo término a partir del
siglo xvi por no haberse podido realizar dos intentos de hallar
una solución de acuerdo con el tiempo (Mary Ward y Ángela
de Merici).

Al fundarse en la Iglesia nuevas órdenes o congregaciones re-


ligiosas, continuaron existiendo las anteriores. Si han seguido man-
teniendo el espíritu de sus fundadores, la mayoría de ellas no están
aún anticuadas. El siglo xx necesita de la pax benedictina, de la
alegría franciscana y del amor a la verdad dominicana, etc. En
nuestros días se ha fundado una comunidad protestante en Taizé
(Francia), de composición internacional y espíritu muy ecuménico.
El mensaje de Cristo se nos ha transmitido a menudo por obra
de una congregación religiosa: en la parroquia, en la escuela, en el
trato personal. Su historia nos concierne de cerca.

224
Humanización del mundo a partir de la venida de Cristo 63, 64-67

Todavía no hemos puesto al descubierto todas las dimensiones 85-8í


de la historia de la Iglesia. Por eso querríamos hacer resaltar un 134-135
tercer aspecto de la historia del mensaje de Cristo, difícil de 209, 213
destacar con exactitud, pero de profunda influencia. La fe cris- 215, 217
tiana comenzó en una sociedad en que se aceptaban generalmente 280
la dureza y una desigualdad fundamental entre libre y esclavo, en- 267-268
tre ciudadano y bárbaro y hasta entre hombre y mujer. La doc-
trina de Jesús minó los fundamentos de este modo de ver. Todos 323
somos iguales ante Dios. Pablo lo expresa así: «Ya no hay judío 337
ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni hembra, 341, 361
pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Pareja 372, 401
tesis fue una bomba retardada, que ha ido estallando sucesiva- 406
mente hasta nuestros días. Nadie, ni el mismo Pablo, sacó direc- 416-417
tamente la consecuencia de que se debía abolir la esclavitud; sin 437
embargo, a partir de entonces, como hombres, el esclavo y el li-
bre eran absolutamente iguales (cf. Ef 6, 5-9), y por el mismo caso
el pobre y el rico. «Suponed que entra en vuestra reunión un
hombre con anillo de oro y con vestido elegante y que entra
también un pobre con vestido sucio. Si atendéis al que lleva el ves-
tido elegante y le decís: "Tú siéntate aquí en lugar preferente";
y al pobre le decís: "Tú quédate allí de pie o siéntate bajo mi
escabel", ¿no juzgáis con parcialidad en vuestro interior y os
hacéis jueces de pensamientos inicuos». (Sant 2, 3-4).
La consecuencia hubo de imponerla la historia. Con muchos
altos y bajos, favorecida o impedida por las circunstancias eco-
nómicas, la esclavitud fue primero mitigada en el mundo cristiano 85
y finalmente de todo en todo suprimida. ¡ Harto duró, desde luego! 213
Tampoco la democracia y justicia social dejan de tener rela-
ción con el principio de igualdad ante Dios que Cristo trajo al
mundo: que todos los hombres sean iguales en su relación con
Dios, significa una igualdad arraigada en lo más hondo de su
ser. Así, ha disminuido también la dureza y crueldad en el tra-
to de nuestros semejantes (por ejemplo, los condenados en las
cárceles, los alumnos de una clase, etc.) ; aun con los animales es
más sensible el hombre moderno. Mucha maldad, mucha crueldad 403
quedan en el mundo; pero, por lo menos, se trata de ocultarla,
pues se tiene conciencia de que es algo que no debería ser.
El espíritu cristiano ha penetrado en la humanidad como una
levadura.

Otros dirán que este proceso es simplemente un signo de que


el género humano tiende hacia una mayor humanización. Pero
esto no es forzosamente contrario a lo que decimos. Esta humani-

225
dad que progresa ha sido creada para tender y llegar a una manera
479-480 de vida, tal como Jesús la quiere e inspira
Pero también es de notar que los que más han luchado por una
275 mayor igualdad y humanidad han sido muchas veces los no cristia-
nos, que han concentrado toda su energía en la sola verdad por
ellos vista Esta concentración ha acelerado la evolución, pero
acaso no siempre con ventaja de la armonía humana
Sin embargo, siempre queda en pie como fenómeno histórico
señero que la lucha contra la miseria y el concepto de mayor
igualdad entre los hombres se han desarrollado en aquella parte
del mundo en que el mensaje cristiano ha penetrado las concien-
cias, la parte en que Cristo ha podido ser mejor conocido como
compañero de camino de los hombres

Otra perspectiva de la historia del pueblo de Dios


Acontecimientos impresionantes, fundaciones de ordenes religio-
sas, gozosa humanización de los pueblos, he ahí tres líneas en la
historia del mensaje de Dios sobre la tierra Sin embargo, nos
embarga aun el sentimiento de no haber hecho plenamente justi-
cia a esa historia Se trata sólo de estrechas sendas que hemos
trazado por el inmenso campo de la historia A derecha e izquier-
da de ellas se tienden, invisibles para el ojo del historiador, los
dominios de aquellas vidas humanas cuya bondad ha sido olvidada
Tout au long de longues, longues plames,
peuple immense avance lentetnent (Aimé Duval).
«A lo largo de largos, largos llanos,
un pueblo inmenso avanza lentamente »
Tal vez intolerante por ignorancia, tal vez rudo y duro para
con hombres y animales, tal vez lastrado con muchas adherencias
de superación de sus orígenes paganos, tal vez confuso con mil
prejuicios, pero esforzándose entre altos y bajos por cumplir el
mensaje de Cristo asi avanza un pueblo por la historia
Esta lucha por la vida de oración, por la propia abnegación,
por la cálida bondad, por la fidelidad matrimonial, por la virgini-
dad, la paz y la paciencia tal es la verdadera historia de la Iglesia.

¿ Quién pertenece al pueblo de Dios f Sentidos


de la palabra Iglesia
¿ Quién es este pueblo ' Son los que hallan a Cristo en la Igle-
sia católica vi\a, que despierta sus conciencias Son los que llama-
mos simplemente la Iglesia
Pero tampoco podemos negar el nombre de Iglesia de Cristo a

226
quienes, aun viviendo en el cisma o la herejía, encuentran a Cris-
to. No solos, sino con ellos nos llamamos Iglesia con toda pleni-
tud de sentido.
Hay además muchos que no se llaman cristianos, pero cuya
vida tiende de hecho, según el mensaje de Cristo, a la bondad
y al amor. Acaso rechacen el nombre de Cristo por no saber
quién es; sin embargo, en un clima creado por Cristo realizan de
hecho sinceramente valores que Cristo trajo al mundo. En un sen- 386
tido más lato podemos quizá aplicarles también el nombre de
Iglesia, pues pertenecen al pueblo que, a través de la historia,
transmite a la humanidad algo del mensaje de Cristo.
Hay, finalmente, hombres a quienes la historia no ha puesto en
contacto con el mensaje de Cristo, pero que ponen atento oído a
la voz de Dios en su conciencia y en sus leyes. Tampoco a éstos
quisiéramos excluirlos en nuestro pensamiento del pueblo que ca-
mina hacia la luz, que es Cristo, aun cuando no hayan oído su
nombre. Pues el Espíritu considera y despierta la buena disposi- 239
ción del corazón, el tácito deseo de iluminación y nuevo nacimien-
to, tal como los da Jesús. Así nos atrevemos a decirlo por las
razones alegadas en el capítulo sobre el sacerdocio general. Por
eso, no se quiere a veces negarles el nombre de Iglesia. Pero, en 239-240
tal caso, el nombre se tomaría en sentido latísimo. Tal vez sea
mejor no hacerlo y emplear la noción de Iglesia en su sentido
lato, sólo cuando existe una comprobable vinculación histórica
con el mensaje de Cristo.

El estrato más profundo de la historia


Acabamos de evocar la historia de la bondad y paciencia olvi-
dadas. ¿ Hemos penetrado así en el núcleo más hondo de la his-
toria de la Iglesia ? No. Aún podemos descender algo más.
Bajo esta corriente de bondad, discurre en los mismos hombres
- la historia del pecado y de la gracia. Esto es lo más profundo: la
infidelidad (decadencia, destrucción), la dureza (guerra, inquisición,
enemistad), la seducción, la cobardía, la incredulidad, el odio, a to-
do lo cual ha respondido siempre Dios con su gracia. Cada vez
ha querido Dios comenzar de nuevo para dar a cada uno su santo
Espíritu. Ésta es la verdadera dimensión de la historia de la bon-
dad. Más que ninguna otra línea histórica, esta línea del pecado
y de la gracia se esconde en el misterio: millares de millares de
misterios de vidas llevados al sepulcro, a la eternidad de Dios.
Es la historia del poder def pecado y de la prepotencia de la 249-260
gracia. Si algo caracteriza a los que, dentro de la humanidad tra- 260-276
tan de vivir la vida de Jesús, es que están penetrados del sentido
de su propia insuficiencia y de la gloria de Dios. 335

227
124-127 LA FE NACE DE LA PREDICACIÓN. LA CONVERSIÓN

279-286 Un mensaje que no hemos inventado


La fe viene de lo que se oye en la predicación. No es invención
propia. No la logramos por el mero reflexionar sobre la naturaleza
y el hombre, i No i Se oye lo que no se ha visto. Se oye lo que
Cristo nos ha comunicado del Padre. Se oye por la voz de la
Iglesia.
278 Sin duda, hemos sido creados «para Cristo». Toda la realidad,
incluso nosotros mismos, está ya en relación con Él. Así, nues-
tras sensaciones espontáneas, nuestro sentido común o sana razón,
nuestra capacidad de amar, nuestro progreso humano contienen
ya mucho de Cristo. Sin embargo, no podemos apoyarnos en-
teramente en nuestro propio modo de ser, ni en nuestro propio
progreso. Donde fallan nuestro sentir y pensar, la revelación nos
361 muestra la ruta. El evangelio contiene siempre algo inesperado. El
evangelio es un mensaje que nos obliga constantemente a cambiar
de manera de pensar. El evangelio nos hace nuevos. Esto quiere
75 decir conversión.

Umbrales difíciles de trasponer


El hombre tiene que franquear puertas difíciles para llegar a
la fe (y otras luego, para ahondar más y más en ella). Los obs-
táculos son distintos para cada uno; pero, a la postre, algo univer-
sal humano hay en todos. De ahí que nos atrevamos a describir
algunos de ellos.
El primer obstáculo es, sin duda, la voluntad del hombre que
quiere someterlo todo, dominarlo todo, incluso a sus semejantes,
i Nada de admiración, nada de reverencia! La única pregunta que
el dominador se hace ante los hombres y las cosas es ésta: ¿ Qué
podré sacar de ellos ? Las cosas no encierran misterio alguno
que le inspire temor y le haga pensar: ¿ De dónde vienen las co-
13-17 sas ? ¿ Qué sentido tienen ? Se echan cálculos, se busca la seguri-
427-430 dad en los números. Todo lo inesperado es tabú.
La misma actitud se toma respecto de los hombres. No se mira
al otro como otro centro de amor y libertad, como otro «yo» irre-
petible con su propia vida. Se lo mira exclusivamente como algo
que es o no, útil y apetecible. Se «manipulan» cosas y hombres y
se cierran los ojos a su misterio.
De pareja actitud llevamos todos algo dentro de nosotros. Se-
ñaladamente en nuestro siglo técnico, que tanto sabe de observa-
ción y cálculo, es frecuente que nos encerremos en este marco.

228
Sin embargo, el mismo achaque sufrieron hombres anteriores a
nosotros. La fría y dura codicia, mezclada frecuentemente de so-
berbia, es un vicio que tenemos profundamente arraigado, por muy
afables que nos mostremos en nuestro trato.

El que realmente ama, da un paso más allá de este umbral. En


tal caso, el prójimo ya no es el objeto de nuestro sentimiento o
de interés calculado; es realmente «otro», con su propia profun-
didad y posibilidades insospechadas. Entonces desistimos de calcu-
larlo y preverlo todo. La única manera de conocer al otro tal
como es, será ahora entregarse, confiar, creer. Sin fe no hay
amor. Esta fe en el otro no es una forma inferior, sino supe-
rior de conocimiento. Es el único camino para conocer lo más
alto que existe sobre la tierra: otra persona. Una fría descripción
psicológica, por inteligente que sea, no llega nunca al «yo» del
otro; el conocimiento con amor, sí. Por eso, el decir «Creo en
ti» no significa incertidumbre, como, por ejvemplo, la frase: «Creo
que lloverá mañana.» Decir «creo en ti» significa la manera de
comprender y conocer más digna que puede descubrirse sobre la
tierra; un encuentro que conoce al otro en su irrepetible peculia-
ridad, y ello del único modo posible: por el amor, el respeto y la
admiración. El verdadero amor no nos hace ciegos, sino clari-
videntes.

Sin embargo, el que trate de vivir el amor mutuo hasta su


límite extremo, hará más de una vez en su punto culminante la
experiencia de que aquello no es lo último. Todos estamos referi-
dos unos a otros.
¿Cómo y por quién? ¿Cuál es el misterio último que nos traba
y nos hace existir? La misma imposibilidad de retener los momen-
tos culminantes nos plantea esta cuestión: <¡ De dónde viene este
deseo desmedido, que nunca llega a saciarse ? ¿ Es una mentira ?
¿O será algo o alguien que llama a la puerta de nuestro corazón,
alguien más grande que todo lo que conocemos ? Cabe retroceder
espantados ante esta pregunta, como ante una barrera. Entonces
nos paramos en la grandiosa admiración, respeto y amor de este
mundo, y rehusamos penetrar en esta cuestión: si nuestro amor
no alcanza el término, si lo infinitamente admirable que parece
se anuncia en él, existe realmente, ¿no tengo yo que contar con
la posibilidad de que se revele?
Quien rehuye tal abertura, se estancará en una trágica im-
potencia.

Pero cabe también levantar la cabeza y escuchar; pues, pregun-


tando, buscando, tanteando, la inteligencia humana puede formarse

229
una idea de cómo ha de ser el otro, el trascendente absoluto. Pro-
yectamos un «dios de los filósofos», y nuestro proyecto o esquema
puede contener mucho de verdad. Con ello, sin embargo, no he-
mos dado aún con el camino de Cristo. Nos lo impide un umbral,
un umbral de entrada baja. Sólo el que se agacha puede trasponer-
lo. Este agacharse quiere decir no espantarse ante el hecho de
que el hablar de Dios sea tan ordinario. Dios mismo ha hablado
humanamente en Cristo. Reconocerlo es una humillación. Una
conversión.

Y aun entonces podemos pararnos vacilantes ante un umbral.


Sin duda, estamos dispuestos a reconocer que Jesús nos ha permi-
tido tocar y oir a Dios; pero no que lo haga aún en cosas tan
humanas y externas como los sacramentos, la palabra, el minis-
terio y la comunidad de su Iglesia. Se comprende que retroce-
damos ante ese umbral. Pero así seguiríamos cerrados en parte a
lo que Dios nos da. El contacto con el Señor no es meramente in-
dividual e invisible. Sólo en aquella comunidad que es el cuerpo
de Cristo encontramos a Dios como el «otro» y no ya como produc-
to de la propia fantasía.
Disponemos de una brújula exterior: el desenvolvimiento del
mensaje de Cristo; y de otra interior: la paz que el mundo no
puede dar. Ambas muestran a par la puerta para el que quiera
agacharse. La casa en que se entra, aparece luego de altura ma-
ravillosa.

¿Determinan los podres la fe de sus hijos t


Muchos, en el amplio mundo, llegan a la fe cuando son ya adul-
tos. Pero, entre nosotros, la primera predicación es generalmente
la mano de la madre que apunta al crucifijo o a una imagen de la
Virgen, o la del padre que prepara por Navidad el belencito, o
una palabra que el niño oye sobre las cosas de la fe.
Se dice a veces que no debería ser así. Un niño no debería ser
educado en una religión determinada, sino hacer de adulto su pro-
pia elección. Lo segundo es verdad, lo primero no. Es verdad que
un adulto debe hacer una elección por cuenta propia; mas no por
eso han de dejar de dar los padres una religión a sus hijos. Todo
el que realmente sea creyente estará en esto de acuerdo con
nosotros.
En primer lugar, ¿cabe imaginar que Cristo rehusara hablar a
los niños del Padre celestial ? El evangelio habla justamente de
«estos pequeños que creen en mí».
Este sentimiento espontáneo del creyente es razonable y res-
ponsable. No hay sino reflexionar sobre la naturaleza humana. El

230
hombre es, de todo en todo, un animal educandum, un ser vivo que
se desarrolla por la educación. Los padres dan a sus hijos lo mejor
que poseen en todo orden de cosas: su cultura, sus convicciones (por
ejemplo: que no se debe ser cruel con los animales, que es mejor
vivir libres que no bajo una tiranía). Acaso el mejor ejemplo sea
el lenguaje. Si se dejara crecer solos a dos niños pequeños, sin
contacto con los mayores, poco humano saldría de pareja soledad.
Antaño se pensó alguna vez que así se desarrollarían un lenguaje
perfecto y la más pura moral. Pero la verdad es que no se desarro-
llarían ni lenguaje, ni ideas, ni moral de ninguna especie. Hoy se
sabe que el niño toma su carácter humano de quienes lo rodean,
ante todo de sus padres. Ello quiere decir que los padres transmiten
a sus hijos su más rica humanidad. Ahora bien, los padres que reco-
nocen agradecidos que su fe es su mayor riqueza y su mayor ver-
dad, pueden y deben transmitírsela a sus hijos, Desde luego, no hay
quien diga a sus hijos: Espera a hablar, espera a formarte hasta
que tengas viente años, y entonces te escoges la lengua y formación
que más te plazca. El gran santo Tomás de Aquino puso bien de
relieve este punto en plena edad media al defender el derecho de los
judíos a dar a sus hijos educación judaica.
Podemos expresar lo dicho de otro modo. Los padres ponen
a sus hijos en contacto con personas de su estima, como los abue-
los, algún vecino, etc. Si estiman al Señor, si el Señor es real-
mente alguien para ellos, si realmente lo aman, enseñarán también
a sus hijos a comunicarse con Él.
Además, los niños imitan el ejemplo de sus padres. Si los pa-
dres viven como creyentes (lo cual no es cosa puramente interior),
los niños crecerán en el mismo camino, pues nada es más efectivo
que el ejemplo. Aun cuando un padre o una madre trataran de
ocultar su fe, de hecho y de palabra, no por ello dejarían libres a
sus hijos. Aun entonces se los educaría en una convicción, la de
que la fe cristiana es asunto sin importancia, O por lo menos de un
valor puramente invisible.

Mas cuando el niño se ha hecho un joven, llega para él el mo-


mento — o período— de la conversión. Entonces tendrá que de-
cidir si quiere realmente hacer suya la herencia espiritual de sus
padres. La convicción de los veinte años no puede tener el solo
fundamento de que los padres fueran católicos (o no católicos).
El joven tiene que franquear personalmente los umbrales. El que
ha sido educado como católico, lo hará con más naturalidad que el 391-393
no católico. Lo cual es a veces una desventaja. En este caso,
es conveniente que la predicación del evangelio se haga de modo
que produzca un choque o sacudida; es preciso que obligue a sen-
tir lo poco natural que Dios se haya hecho hombre y nos hable en

231
la Iglesia. Sin embargo, aun en este caso, el educado católicamen-
te estará en situación de privilegio para tomar tal decisión.
Algunos prejuicios no existen para él. Ha experimentado ya la
paz. De niño se acostumbró a hablar con Dios. Un joven de veinte
años puede amar y besar, porque de niño fue besado, pues sus
padres no esperaron su opinión para el caso. Esto nos abre los
278-279 ojos sobre la manera como Dios da la fe. Ésta, como todo lo
humano, tiene algo de común o social. Israel creía socialmente. La
fe de uno influye en la fe de otro (cf. Le 22, 32). La Iglesia cree
socialmente.
La fe de los hombres y de la comunidad influye en la fe del
niño. Ello no quiere decir, ni mucho menos, que la fe del niño no
sea personal. El niño se ha asociado personalmente a la riqueza que
ha recibido de los otros. Lo que quiere decir, es que la fe no es
cosa individual y solitaria: se cree con la Iglesia y el reconocer
este hecho es también un acto de verdadera y profunda humildad.
Así, a la pregunta de si los padres determinan la fe de los
hijos hay que contestar sí y no. No, porque llegado el hombre a
edad adulta, tiene que definir él por sí mismo su actitud ante
Cristo. Nadie se hace creyente adulto automáticamente sin con-
sultar, como si dijéramos, con su libertad. Sin embargo, también
es verdad que la opción de los padres influye en la de los hijos.
Ello es inevitable, es bueno y querido por Dios. Ello quiere decir
que la fe se da comunitariamente a los hombres.

Si un joven abandona la fe de sus padres, este hecho puede de-


128 berse a culpa y obstinación. El joven no quiere la conversión.
Pero el caso puede ser también menos claro. Pueden darse circuns-
tancias que oscurezcan la faz de la Iglesia y, por ende, la faz de
Cristo. Volver por un tiempo las espaldas a la Iglesia, puede a
veces significar un progreso: se quiere tomar más en serio a Dios.
Puede, en tercer lugar, tratarse de una combinación de los dos
factores. Pero, en los tres casos, deben dejar los padres al niño
cada vez con mayor libertad según va creciendo. La fe puede
307-308 encarecerse, pero no imponerse. Es necesario que los padres res-
peten, cada vez más, las creencias sinceras de los hijos, aunque
estén convencidos de que éstos se equivocan. Y nunca hay que
cerrar la puerta al hijo o a la hija que hayan abandonado la fe.

Huelga detenerse en lo doloroso que ha de ser para los padres


no poder transmitir a sus hijos toda la riqueza de su fe. Ello pue-
de ser un motivo para reavivar su propia fe. En efecto, a veces se
ha querido y mandado lo que personalmente no se hacía. Esta si-
tuación trágica puede ser ocasión para practicar realmente lo que
ahora no se dice ni se manda al joven que echa por su camino.

232
Sin embargo, felices los padres que en los hijos crecidos ven
renovarse el acontecimiento de Pentecostés.

EL BAÑO DEL AGUA CON LA PALABRA

«Se bautizaran.-» Con estas palabras termina en el libro de los


Hechos el relato sobre Pentecostés (Act 2, 41). El bautismo: en-
tramos en la Iglesia de Dios por un signo visible.
Al hablar en este capítulo de la celebración del bautismo, to-
mamos su rito del bautismo de los adultos. Seguidamente hablare-
mos del bautismo de los niños.

Comienzo del catecumenado


La primera ceremonia consiste en ser admitido como catecúme-
no o candidato al bautismo, y se desarrolla fuera, a la puerta de
la Iglesia. Esto es ya un símbolo. También lo es la estola morada
del sacerdote, en cuanto indica que aún estamos en camino (morado
es también el color del adviento y cuaresma, tiempos de peregri-
nación hacia un término). Las ceremonias que siguen están igual-
mente henchidas de significación. Todo se convierte en símbolo.
El lugar, el color, los gestos e instrumentos, todo tiene su propio
lenguaje que puede entenderse sin necesidad de estudios.
La recepción comienza con este diálogo: ¿ Qué pides a la Igle-
sia de Dios ? — La fe. — ¿ Qué te da la fe ? — La vida eterna.
Estas respuestas, en boca de un hombre mortal, son impresionantes.
Se pide lo que es menester para la vida eterna. Para la vida eter-
na se necesita ante todo la fe. Se acude a bautizarse porque se
tiene fe y, sin embargo, se pide la fe. Ello nos recuerda la sú-
plica que trae el evangelio: «¡ Creo ! ¡ Tú ayúdame en mi falta de
fe!» (Me 9, 24). Lo cual quiere decir que, a la postre, la fe es
algo que se recibe y no algo que viene por obra nuestra.
Después de indicar las obras necesarias para entrar en la vida
eterna, se pregunta por las disposiciones del candidato. Luego, el
sacerdote repite el gesto pascual de Jesús: sopla sobre el catecú-
meno y manda al espíritu inmundo que deje entrar al Espíritu
Santo.

Esta expulsión del espíritu inmundo se repite varias veces


durante la ceremonia del catecumenado. Se ordena que se retire el
mal que amenaza al hombre. Para indicar ese mal se emplea siem-
pre la palabra personal demonio o diablo. Sin embargo, con estas
palabras se designa todo género de mal: la influencia de los peca-
dos de otros, las malas inclinaciones del candidato y hasta sus

233
errores anteriores acerca de Dios. De este último aspecto sólo se
considera el lado'nocivo en una celebración de tono vehemente:
la luz contra las tinieblas.
Y con razón, pues este signo es la vivencia, breve e intensa, de
un fragmento de la historia de la vida. La lucha, la conver-
sión del catecúmeno se sintetiza con concisión y profundidad bí-
284 blicas: los momentos de tentación, de indecisión, de tinieblas, de
desesperación que un día se le presentaron y que pueden volver,
y frente a todo eso, una y otra vez la paz, la bondad, la alegría
de Dios. En una palabra: expulsión del espíritu malo, recepción
del Espíritu bueno.

El rito prosigue. El sacerdote signa con la cruz el cuerpo del


catecúmeno: frente, oídos, ojos, nariz, boca, pecho y espaldas.
Todo el auerpo queda iluminado por la cruz. El gesto va acompa-
ñado de buenos deseos y oraciones.
Al primer encuentro, la Iglesia no puede dar aún la eucaristía;
en su lugar da un poco de sal, símbolo de la incorrupción. Pero la
sal quiere decir también que las cosas de Dios deben recibir sabor
y no sabernos a insípidas. Sed sapientiae, que da sabor a las cosas.
Algo tiene, finalmente, que ver con el despertar de la sed de agua.
Con ello se despide el catecúmeno. Comienza así el tiem-
po de preparación que puede durar años.

El penúltimo paso
Los ritos siguientes incluyen una representación de la lucha
entre Dios y Satán en el bautizando, el cual es signado con la
cruz por sus garantes (padrino y madrina) y por el sacerdote.
Se conjura al mal a que se retire de él. El catecúmeno es intro-
ducido en la Iglesia, donde, durante un momento, da gracias en
silencio. Luego reza en voz alta el credo o símbolo de los após-
115-117 toles y el padrenuestro (¡Llama padre a Dios!). Así expresa ahora
121 públicamente, ante la comunidad y ante Dios, lo que ha acaecido en
un proceso interno y en las horas de su preparación. Es un um-
bral ante el que cabe estremecerse. Pero forma parte del sacramen-
to. Aquí no habla sólo Cristo al hombre. Se trata de un diálogo
en que el hombre responde en voz alta dentro de la comunidad
eclesial.
A continuación, es otra vez Cristo quien obra por boca y mano
de la Iglesia. Después de un nuevo exorcismo, se repite el magnífico
gesto de Jesús, cuando untó con saliva los oídos del sordo. ¿ No
112-113 eran en realidad los milagros de Jesús signos de una curación más
profunda, que es la que aquí se otorga? Después se dice: Effathá!,
es decir: «¡Ábrete!» (Me 7, 34). También se toca la nariz (el

234
contacto efectivo puede omitirse por razón de higiene), que ha
de percibir el suave olor de Cristo.
Como final del rito, el bautizando elegido es ungido entre los
omoplatos con óleo de los catecúmenos: símbolo de la agilidad y
fuerza en el combate. También esto es una respuesta de Cristo 166
por medio del signo de su Iglesia: fuerza para mantenerse firme.

El bautismo
Pero todavía no se ha administrado propiamente el bautismo.
Éste puede recibirse desde luego en cualquier día y en cualquier
noche del año. Una noche es, sin embargo, especialmente apropia-
da para ello: la noche en que Jesús resucitó a una vida eterna.
Por eso, en esta noche, se entona un himno en honor del agua
bautismal, y se la bendice para su finalidad. Pues, efectivamente,
se bautiza con agua. La oración de la vigilia pascual, cantada en
voz alta, va recorriendo toda la Escritura, a fin de comprender la
gran significación de este elemento, desde el abismo primigenio so-
bre el que se cernía el espíritu de Dios, pasando por las aguas
del diluvio y el mar Rojo, hasta la que brotó del costado de Jesús.
La liturgia se detiene largamente a meditar sobre este elemento.
¿ No ha descubierto de nuevo la moderna psicología que el agua
es en el alma de cada hombre uno de los más profundos símbolos ?
¿ No han averiguado las modernas ciencias naturales que toda vida
sobre la tierra procede de este elemento? En los tiempos primige-
nios sólo había vida — nuestra vida — en el mar. La obstetricia
ha comprobado también que todo hombre nace del agua que hay
dentro de la membrana amniótica, y que este fluido tiene la misma
composición que el agua marina. Nuestra vida viene del agua.
Dios predestinó a este elemento, el más maternal de todos, para
ser signo eficaz de nuestro renacer celestial. «Que el Espíritu
Santo fecunde esta agua, preparada para dar nueva vida a los
hombres, mezclándose con ella misteriosamente, para que los hijos
del cielo, concebidos en la santidad, salgan del seno inmaculado
de esta divina fuente, renacidos como una nueva creación» (del
prefacio de la bendición del agua bautismal).

Nuevo nacimiento
El hombre entra en la Iglesia por un nacimiento, y sería caso
de preguntarnos como Nicodemo: «¿ Cómo puede nacer un hom-
bre, cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez
en el vientre de su madre, y volver a nacer? Jesús respondió: «De
verdad, te aseguro: quien no nace de agua y Espíritu, no puede
entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 4-5).

235
El que se bautiza, recibe una vida nueva, que procede del agua
y del Espíritu. Por eso, bautizarse es mucho más que inscribirse
en una asociación. El Espíritu Santo nos quiere hacer nacer, reno-
varnos en la Iglesia y por ella. El nacimiento no es nunca mera-
mente individual, y menos lo será el nacer de Dios.
Poco antes del bautismo se pregunta de nuevo sobre la fe. Lue-
go sigue la pregunta expresa sobre si se ha venido libremente:
«¿ Quieres ser bautizado ?». Inmediatamente, el agua fluye sobre
el bautizado, mientras resuenan las palabras: «Yo te bautizo en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (cf. Mt 28, 19).
El agua dice nacimiento, las palabras especifican de qué nacimien-
to se trata. Se trata de que el Espíritu Santo entra en nosotros, nos
da vida y nos hace hijos del Padre celestial.
248 Inmediatamente después del bautismo, sigue una unción con el
crisma, cuyo perfume simboliza al Espíritu Santo.

Por obra del Espíritu santificante estamos nosotros en Cristo


y Cristo está en nosotros. Estamos llenos de la gracia santificante.
Así, este misterio puede expresarse con tres fórmulas distin-
tas : recibir el Espíritu Santo, recibir la gracia santificante (el
estado de gracia) y vivir en Cristo. Todo significa lo mismo.
En Cristo: como personas que se aman y se van pareciendo ca-
da vez más, adoptan la misma actitud y tienen los mismos gustos
y hasta llevan una vida única; así, aunque en zona más profunda,
acontece entre Cristo y nosotros. Vivimos su vida. Y la vivimos
por obra del Espíritu, por quien está Él presente. De este modo
comenzamos a tener parte en la nueva creación.

El baño que 'purifica


En quien ha sido incorporado a Cristo por el bautismo, no hay
ya lugar para el pecado. El agua que fluye, significa, además de
nacimiento, lavatorio. El bautismo lava los pecados que se hayan
cometido en la vida pasada, y, por el contacto con Jesús, se extirpa
hasta la raíz del pecado, que es la culpa original (de ello se ha-
249-260 blará todavía en el capítulo siguiente; luego trataremos de que no
es oportuno aislar esta victoria sobre el pecado de nuestra lucha
de toda la vida).
Aun cuando los pecados del catecúmeno hubieran sido ro-
436-438 jos como escarlata, Cristo los tornaría más blancos que la nie-
ve. Somos amigos de Dios. Comienza nueva vida de pureza. La
luz ha vencido (el bautismo se llama también iluminación).

Poco después de la unción con el crisma se da al bautizado,


como símbolo de pureza y de luz, una blanca vestidura y una vela

236
encendida, mientras se expresan sendos deseos de bendición. Con
ello acaba la ceremonia del bautismo.

El bautismo no se puede repetir. Esta irrepetibilidad se expresa


al decir que el bautismo de agua imprime un carácter indeleble.
Estamos bautizados de una vez para siempre. Claro que quien
durante el bautismo expresara su voluntad de no ser bautizado, no
lo estaría. Del bautismo de los niños hablaremos más adelante. 240-242

Sumergidos en su muerte
Como todos los grandes símbolos de la humanidad, el agua tie-
ne doble significación: de salvación y de destrucción. El agua no
significa sólo vida, sino también diluvio; no sólo beber, lavar y
nadar, sino también ahogarse: el agua «que llega hasta el cuello».
Por eso, no podemos terminar este capítulo sin considerar el sacra-
mento también a esta luz. «¿ O es que ignoráis que cuantos fuimos
sumergidos por el bautismo en Cristo Jesús, fue en su muerte don-
de fuimos sumergidos ? Pues por medio del bautismo fuimos sepul-
tados juntamente con Él en su muerte...» (Rom 6, 3-4).
Este simbolismo resulta más claro cuando el bautismo se admi-
nistra por inmersión, como en oriente. El hombre viejo, el hom-
bre cautivo del egoísmo, de la inmoralidad, de la pereza, de las
tinieblas, de la soberbia y pertinacia, está destinado a morir. El
hombre viejo muere con la muerte de Cristo. Esto quiere decir en
primer lugar, como vimos, el perdón de los pecados; pero signi-
fica también un cambio de vida.
Para comprender este cambio en toda su profundidad, es me-
nester que volvamos a las orillas del Jordán y luego al Calvario. 173-175
Cristo se bautiza. ¿ En orden a qué ? En orden a su muerte. En
su bautismo fue consagrado para seguir el camino de la humilla- 155-157
ción, para ser un hombre sin importancia, un siervo, uno que
finalmente se hizo obediente • hasta la muerte (contra este espí-
ritu fue tentado con el espíritu opuesto: no servir). Dos veces lla-
ma Él mismo «bautismo» a su futura muerte (Me 10, 38; Le 12, 50).
Esta muerte es la cúspide de su servicio. Su verdadero bautismo.
Lo mismo acaece con nosotros al ser bautizados en Cristo. Nos
declaramos solidarios con su vida: servicio, humildad y obediencia
hasta la muerte. Aceptamos el bautismo como destino de nues-
tra vida: servicio y sufrimiento y, por remate, la muerte. Nuestra
muerte es nuestro bautismo en el sentido más propio de la pala-
bra. La aceptamos como Jesús, con Jesús y en Jesús. Que el Se-
ñor nos ha redimido no significa que nos haya hecho incapaces de
pecar y padecer; sino que, en unión con Él, podemos contribuir
a redimirnos a nosotros mismos y a los demás, pero siempre a

237
la manera de Él. La manera que expresa Jesús cuando pregunta
a dos de sus discípulos: «¿Sois capaces de beber el cáliz que yo
voy a beber o de ser bautizados con el bautismo que yo voy a re-
cibir?» (Me 10, 38). Vencemos por su fuerza, a ejemplo suyo
y totalmente en su espíritu — serviciales y humildes, pacificado-
res y pobres de espíritu — nuestros pecados, hasta que un día la
muerte sea nuestro último acto de servicio, que nos liberará com-
pletamente. El bautismo, con que también Jesús fue bautizado.

¿ No es un pensamiento sombrío el ser consagrados para la


muerte el día gozoso del bautismo? Pero ¿puede haber consuelo
mayor ? Nuestra vida mortal se torna, juntamente con Jesús, de
absurda, en fecunda. Dios ha hecho de los gemidos de la huma-
nidad, dolores de parto para nueva vida. Si el agua a que descen-
demos es un signo de muerte, al subir de ella se torna en signo de
resurrección y regeneración. De ahi que se administre el bautis-
mo en la noche gozosa de pascua.

Un pueblo que cambia de vida

El bautismo no es un puro contacto individual con el Señor.


El contacto se realiza por nuestra incorporación a la Iglesia. El
bautismo encaja nuevas piedras en el edificio de la Iglesia, edifica
el cuerpo de Cristo.
«Porque como el cuerpo es uno solo y tiene muchos miembros;
y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un solo
cuerpo, así también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos,
esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu para for-
mar un solo cuerpo, y a todos se nos dio a beber un solo Espíritu»
(1 Cor 12, 12-13).

Sin distinción de nacionalidad, riqueza ni talentos naturales,


ni de otro género alguno, somos admitidos en aquella sociedad,
cuyo lema, a imitación de Jesús, es servir. Todos juntos pasamos
el mar Rojo, como hombres llamados a la obediencia, que hacen
del servicio el distintivo de su vida.
Nos hacemos humildes al condescender con los humildes de Dios,
como Cristo condescendió con nosotros y se hizo tan humilde como
cualquiera de nosotros. Y también todos juntos nos enfrentamos
con la opuesta actitud de vida.

¿Qué quiere decir esto? ¿Traza el sacramento de la unidad una


línea divisoria entre los hombres? Sí. «El que no está conmigo
está contra mí», dijo Jesús. Pero fijémonos bien por dónde va

238
la línea de separación: entre quienes verifican el bautismo de Cris-
to para la muerte en una vida bautismal de servicio (aun cuando
no hayan podido recibir el bautismo de agua; como veremos más
adelante) y quienes viven de acuerdo con las satánicas seducciones
del poder, la inmoralidad y la desidia espiritual (aun cuando hayan
recibido el sacramento que no verifican). Entre quienes tratan de 239-242
hacer verdad la palabra del Espíritu Santo: «Heme aquí», y quie-
nes viven según la palabra del tentador: «No serviré.»
¿ Se trata, pues, de una línea divisoria ? Desde luego que sí.
Pero fijémonos otra vez por dónde v a : a través de mí mismo. Una
porción de mí mismo dice: «No serviré»; otra: «Heme aquí.» El
Espíritu bueno y el espíritu malo tienen sus frentes, sus líneas de
combate dentro de mí. Sin duda hay hombres que están casi de todo
en todo poseídos del espíritu malo; sin embargo, por lo que a las
personas atañe, no podemos ni debemos juzgar. ¡ Quién sabe qué
llamita de bondad, de servicio y, por ende, de contacto con Jesús
queda aún en muchas vidas aparentemente rebeldes, egoístas y
corrompidas! Jesús no extinguirá ciertamente ese «pabilo hu-
meante».
¿ Cambia uno sensiblemente por el bautismo ? A menudo re-
presenta un fuerte impulso de crecimiento y pureza. Pero también
puede ser que de pronto no se note cambio alguno. No importa.
Hay que guardarse de ver el bautismo como algo aislado, como
un acto por sí. El bautismo es un comienzo. Se inserta en un
todo, en una vida entera, y esta vida no debe verse tampoco
como algo aislado, sino en el conjunto de la vida de toda la
Iglesia. Entonces se descubre una corriente ancha y profunda de
bondad y servicio callado a lo largo de los siglos. La nueva ino- 225
cencia creada por el Espíritu Santo, la personalidad renacida de
tantos millones de hombres ha renovado realmente la faz de la
tierra. No podemos ni imaginar cuál hubiera sido la dureza de co-
razón de la humanidad sin el bautismo traído por Jesús.
Es de antiguo doctrina católica que los cristianos bautizados
fuera de la Iglesia católica reciben realmente el bautismo. Éste es,
junto con nuestra condición de hombres, el más fuerte y hondo
fundamento de la conciencia ecuménica.

¿ Y los otros f
Ahora tenemos que volver a un punto del que ya se ha habla-
do antes. Hemos hablado de la bondad, del espíritu de servicio y
optimismo que puede darse en los no bautizados. ¿Puede repre-
sentar todo ello un contacto real con Jesús, sin necesidad del bau-
tismo de agua?
Desde luego, por el mero hecho de haber nacido, tienen con- 85

239
tacto con Jesús. En efecto, Jesús es para ellos su semejante. La
Iglesia cree que, si son de buena voluntad, participan de la re-
dención de Jesús. La fidelidad a la misión de su vida, el servicio
hasta la muerte, los bautiza con el bautismo con que fue bautiza-
do Jesús. Cuando alguien, que no está bautizado, es matado ex-
presamente por causa de Jesús, es lo que se llama bautismo de
sangre. En otros casos se habla de bautismo de fuego o de deseo,
aunque se trate de un deseo inconsciente. Todo el que es obe-
diente hasta la muerte, recibe el fruto del bautismo cristiano. Este
«bautismo de los no bautizados» no es algo puramente interior.
278 Es la buena disposición y espíritu de servicio de todo su vivir y
morir.

Todo esto, empero, no quiere decir que se pueda prescindir


del signo eficaz del bautismo de agua. Este signo muestra que te-
nemos necesidad del perdón que nos aporta. Proclama que el Señor
está en contacto con nosotros. Nos congrega, visible y tangible-
mente, en un solo pueblo al que ha sido dado el Espíritu y en el
que se opera el perdón de los pecados.
No se trata de formalidades sin importancia. Quiere decir que
el bautismo constituye una parte del mensaje cristiano, de la de-
cisión de nuestra vida, de la intensidad del perdón de Cristo. El
bautismo, pues, opera una realidad, mete una levadura dentro de
la masa del mundo. Lo que en otro caso quedaría informe y erran-
te, cobra forma e intensidad, desde el momento en que la Iglesia
de Cristo actúa visiblemente en el mundo, de manera especial
mediante el bautismo. Nadie, pues, que crea en Cristo y sepa que
hay un bautismo, puede menospreciarlo.
275-278 En el bautismo de un nuevo cristiano se ve también patente
lo que Dios quiere hacer — y comienza a hacer— con los otros.
Cuando tu hijo recibe el bautismo, lo recibe también para muchos
otros. Aun cuando éstos no lo reciban, viven por lo menos en
una humanidad (en un medio) en que se recibe el bautismo. En
cierto sentido, los cristianos se bautizan también para ellos.

El bautismo de los niños


Aunque antes hemos tomado como ejemplo el bautismo de los
adultos (por ser el más claro), lo más frecuente es que asistamos
al bautismo de los niños. Su uso proviene de los primeros tiempos
de la Iglesia.
En el capítulo anterior hemos visto ser la cosa más natural
230-233 del mundo que los padres cristianos eduquen cristianamente a sus
hijos. Allí dimos la razón de ello. Que esta educación comience
por el sacramento de la iniciación, no es de maravillar. Con ello

240
dan los padres una señal inequívoca de que quieren que sus hijos
sean admitidos y criados en la Iglesia.
Una cuestión se impone. El niño no tiene aún conciencia y no
es, consiguientemente, capaz de conversión ni de fe personal. ¿ Cómo
puede recibir el sacramento que es signo de la conversión y de
la fe?
El niño recibe este sacramento de la manera como vive en lo
demás: en dependencia de los adultos. Cristo ha dado la salvación
socialmente, no aislada; no a personas sueltas, sino a un pueblo.
Como todo rebaño tiene sus crías, así todo pueblo que crece tiene
sus niños, seres pequeños, cuya existencia humana está enteramen-
te sostenida por la de sus mayores. De ahí que los niños no sean
bautizados por tener personalmente fe, sino porque nosotros en-
contramos muy natural transmitirles nuestra fe. Introducimos a
los niños en nuestra propia fe, los introducimos en la fe de la
Iglesia.
Aquí hay que decir también que el bautismo no debe separarse
del conjunto. A su manera infantil, aunque auténtica, los niños
quedan, por el bautismo, llenos del Espíritu Santo y de su gracia,
son incorporados a Cristo y consagrados para un servicio y muer-
te redentora y para la vida eterna. Pero después es necesario des-
arrollar todo esto, mediante una educación cristiana. El bautismo
no debe mirarse, ni teórica ni prácticamente, aislado de esta edu-
cación. Cabe preguntar si los niños que han sido bautizados en
fuerza de la costumbre dominante, pero luego no han sido educa-
dos conscientemente según el cristianismo, pueden llamarse real-
mente cristianos, verdaderos miembros de la Iglesia. Por esto exi-
ge ésta la garantía de una educación cristiana.

Tampoco se debe considerar el bautismo sin tener en cuenta


la creciente autonomía e independencia del niño. Sobre ello hemos
hablado ya. A la larga, tiene que venir una conversión, una en-
trega personal. Como signo de ella, en el paso a la edad adulta,
se renuevan solemnemente las promesas del bautismo. Esta reno-
vación puede hacerse junto con los adultos en la vigilia pascual,
uno de cuyos momentos es la renovación por parte de todos los
asistentes, de las promesas del bautismo. Pero la renovación autén-
tica vendrá seguramente después y se convertirá en diaria: la
respuesta en momento dado a un compañero o amigo, la resisten-
cia secreta a una tentación, una vida de bondad, de espíritu de
servicio, de aceptación de la muerte.

En el bautismo se le pone al niño el nombre, que es el de algún


santo bajo cuya protección se lo considera desde entonces; no
porque no baste la gracia de Cristo, sino porque Cristo quiere

241
venir a nosotros a través de la comunidad eclesial, incluida de la
que está ya en la gloria.
El bautismo interesa no sólo a los padres, sino también a la
Iglesia en general. El bautizando es «presentado» por los padri-
nos, que, durante la ceremonia, llevan al niño (a lo tocan) ; a no
ser ques lo hagan el padre o la madre. Después de los padres, pa-
drino y madrina representan a la comunidad de la Iglesia y parti-
cipan de la responsabilidad en la cristiana educación de su ahijado.
Deben tener por lo menos trece años.

Los niños no bautizados


Lo que antes hemos dicho acerca del significado bautismo de
los cristianos para toda la humanidad, vale también para el bau-
tismo de los niños. El bautismo de un niño es un signo de la
impaciencia de Dios para poner de manifiesto que todo hijo de
hombre, recién nacido, es objeto de! llamamiento de Dios.
Todo hijo de hombre... ciertamente; pero ¿qué pasa con los
niños que mueren sin bautizar ? Hemos dicho que un adulto no
bautizado puede salvarse si cumple fielmente la misión de su vida,
y comparte así, siquiera inconscientemente, el espíritu de servicio
de Cristo. Pero los niños no bautizados son incapaces aun de ese
«bautismo de vida». Han muerto antes de llegar al uso de la ra-
zón. ¿ Qué pasa, pues, con ellos ?
Sobre este punto ha reinado incertidumbre durante mucho tiem-
po en la historia de la Iglesia, pues se atribuía una importancia,
exclusivamente individual, al bautismo de agua. Agustín desahoga
su corazón en una carta a Jerónimo: «Cuando se plantea la cues-
tión de las penas de los niños, créeme que me oprime gran preocu-
pación, y no sé en absoluto qué responder.»
Esto era hacia el año 400. Hacia el año 1100, el grande y hu-
mano Anselmo sigue en la incertidumbre. No ve camino por don-
de puedan salvarse los niños. Sin embargo, concluye: «He hablado
conforme a la capacidad de mi inteligencia, no con afirmaciones,
sino con conjeturas, hasta que Dios revele, de uno u otro modo,
algo mejor. Pero sí alguien piensa de otra manera, no rechazo la
opinión de nadie, si puede demostrar que es verdadera.»
En el curso de los siglos, la Iglesia ha sacado de los tesoros de
su fe las pruebas siguientes. La Iglesia ha comprendido cada vez
más claramente que a la presente cuestión deben aplicarse tres
verdades. Primera, Dios quiere que todos los hombres se salven.
Ahí entran, sin género de duda, también los niños, que el evan-
gelio nos presenta como objetos de la predilección divina. Segun-
da, Cristo nació y murió por todos. Tercera, nadie se condena, si
no es por pecados personales. Basándonos en estas premisas, cabe

242
admitir un camino por el que los niños sin bautismo alcancen la
salvación. No sabemos en qué consiste este camino. En todo caso,
sabemos que están en Cristo.

No separemos el bautismo de la totalidad


Aquí hay que repetir, una vez más, que el bautismo no debe
considerarse aisladamente, como algo que acontece individual y
momentáneamente entre Dios y el alma. Desde el momento en que
el bautismo de agua se separa del conjunto, surgen extraños pro-
blemas, de que nos habla la historia de la Iglesia Como una mano
só'o es realmente mano dentro de la totalidad del cuerpo, así el 237
bautismo sólo es signo real de Cristo dentro del todo en que se 241
nos da dentro del todo de nuestra vida y muerte, de la educa- 237
ción cristiana, de la comunión con la Iglesia, de la unión con la 240
humanidad.

SIGNOS DE VIDA

Ya que hemos hablado del bautismo, detengámonos un momen-


to sobre el hecho de que existen signos de vida; signos externos,
por los que Cristo quiere unirse con nosotros La Iglesia enumera
en total siete y los llama sacramentos. ¿Cabe decir de ellos algo
general ?

Consagración de los grandes momentos de nuestra vida


Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha dado siempre a los
puntos culminantes de su vida una forma festiva o significativa.
El nacimiento, la mayoría de edad, el matrimonio y la muerte son
acontecimientos en que espontáneamente rompe la grisácea mo-
notonía del vivir cotidiano y crea formas que muestran lo que de
verdad es la existencia. Nos damos cuenta de quiénes o qué so-
mos Festejamos nuestro propio existir.

Formas de celebrar nuestra propia vida son los sacramentos, 337-338


que el Señor nos ha dado en su 'Iglesia. Los momentos centrales
de nuestra vida adquieren en ellos una configuración, que tiene
por objeto decirnos que hemos sido redimidos para una vida nue-
va. Pero aquí hay algo más que un mero decir. Los sacramentos
no son signos vacíos, sino eficaces; no sólo hablan de redención,
sino que la dan.
Y la dan, porque en ellos está cerca de nosotros el Redentor.
Al signo que, entre todos ellos, es central, le dio forma perso- I61-I67

243
319-333 nalmente el Señor la noche que iba a padecer. Para mostrar y
realizar su misión con nosotros, aprovechó una realidad de la vida
humana: una comida en común (un hecho capital, que se repite
constantemente): tomó el pan y dijo: Esto es mi cuerpo.
Pero el Señor no obra solamente entre nosotros por la euca-
ristía, siquiera sea ésta el más excelente sacramento de su pre-
233-243 sencia. Cuando un niño nace o un hombre es admitido en la Igle-
sia, ahí está para ellos el sacramento del bautismo. Para el bauti-
zado que llega a la madurez cristiana está la confirmación. Si
247-249 hombre y mujer se prometen fidelidad para toda la vida, su con-
376-377 sentimiento es signo de la presencia de Cristo. La encomienda del
348-349 oficio pastoral es gesto suyo: la ordenación. Nunca nos deja el
Señor sin un signo de su vida, ni siquiera en el pecado, pues te-
438-444 nemos a nuestra disposición la confesión. Y en una tan profunda
449-450 realidad de nuestra vida como es la enfermedad, permanece tam-
bién con nosotros en la unción de los enfermos.

Dios se nos ha hecho visible


Si meditamos sobre el lugar de estos signos en la obra saluda-
ble de Dios, podemos resumirlo diciendo que Dios se hizo visible
188 y tangible en Cristo. En la Iglesia siguió Cristo —y, por ende,
113 Dios — visible y tangible entre nosotros. La Iglesia, por su parte,
es visible y tangible en los siete signos. Son como las manos de
Cristo que ahora nos asen, y la palabra de Cristo que ahora nos
178-179 llega. Son su tangibilidad actual. Ya vimos que las apariciones
pascuales eran indicios de esta su nueva visibilidad. En el hombre
40, 278 no hay interioridad posible sin manifestación exterior; tampoco
218 hay interioridad cristiana sin manifestación exterior. Por tanto,
en la presente obra de Cristo tiene su lugar el signo, una realidad
tan humana, prenda de seguridad y certidumbre. Él obra en el
signo. Sirviéndose de sus ministros, el Señor es quien obra en la
comunidad de su Iglesia fiel; si es necesario, incluso por medio de
un ministro pecador.
Sin embargo, no hay que pensar que el sacramento obre, como
si dijéramos, automáticamente. Si es cierto que la santidad del mi-
nistro no es decisiva, la fe y disposición del sujeto .del sacramento
sí lo son. La recepción de un sacramento es un encuentro con el
Señor, y un encuentro no se da unilateralmente. El sacramento
dice que el Señor es fiel; pero no puede, sin nosotros, unirse con
nosotros.

244
Sencillez de los signos
Para significar estos encuentros o unión del Señor con nosotros
en los puntos cruciales de nuestra vida, se han escogido cosas ele-
mentales de nuestra existencia: agua, pan, vino, óleos, una im-
posición de manos, la pronunciación de un «sí», la confesión de
una culpa. Todo tan familiar y sencillo como lo fue la vida.de Je-
sús en Palestina.
Precisamente los signos de nuestro diario existir pasan a ser
signos del Señor resucitado y de la nueva creación.
La relación de los signos con las cosas terrenas resalta par-
ticularmente cuando el ministro sabe ejecutarlos dándoles relieve.
Pero al mismo tiempo debe manifestarse, con toda sencillez y so-
briedad, su eficacia para producir una nueva existencia. Lo ordi-
nario pasa a ser signo. Bautizarse no es tomar un baño; la euca-
ristía no es hartar el cuerpo. El bautizado se lava ya en un mundo
nuevo, y es en un mundo nuevo donde come la comunidad.
También forma parte del sacramento el proferir algunas pa-
labras en fórmulas breves y concisas. Las palabras lo hacen ver-
dadero sacramento, pues ellas dan forma, orientación y claridad
al gesto.
La forma del sacramento no está rígidamente fijada. Se ha des-
arrollado a lo largo de los siglos y a veces puede aún variar. El
signo puede ampliarse con ceremonias llenas de sentido o redu-
cirse a lo esencial. Son posibles, por tanto, algunos cambios, pues
no se trata de fórmulas mágicas que pierden su eficacia si se cam-
bia una sola letra.
La Iglesia ha conservado estos signos con la fidelidad con que
se transmite lo que se ha recibido; pero también con flexibilidad,
ya que han de ser presentados en forma significativa.

¿Símbolo o realidad?
Alguien pudiera preguntar si los sacramentos son símbolos o
realidad. La eucaristía, por ejemplo, o el bautismo ¿son un signo
o una realidad auténtica ?
Las dos cosas. Los sacramentos son —digámoslo primero —
signos. El pan significa el deseo que Jesús tiene de alimentar-
nos y de unirse con nosotros. El agua significa el nuevo naci-
miento. Los sacramentos son signos que indican la presencia de
Jesús (es decir, el Espíritu Santo y la gracia). Pero la cosa no
para ahí. Los sacramentos significan y dan. Realizan realmente lo
que simbolizan. La eucaristía es alimento que nos da el cuerpo de 165
Cristo; el bautismo es regeneración o nuevo nacimiento. Lo que 233-236
simbólicamente se indica, es realmente dado.

245
Los sacramentales
Digamos ahora, para terminar, unas breves palabras sobre los
sacramentales. Desde muy antiguo acostumbró la Iglesia a dar su
bendición a los hombres y a lo que los hombres hacen o utilizan:
un nuevo trabajo, una vivienda, utensilios, alimentos, etc. La ben-
dición de la Iglesia es una súplica a Dios para que Él conceda
dicha, gracia y bendición. Estas oraciones no son recitadas por
uno cualquiera, como individuo, sino por quien tiene autoridad
como representante de una comunidad. Así, en una familia, la
bendición de la mesa la dicen el padre o la madre. Y las bendicio-
nes en nombre de toda la comunidad eclesial (que frecuentemente
tienen fórmulas fijas) están reservadas a los sacerdotes.
Cuando por la bendición se destina una cosa para el servicio
especial de Dios (una iglesia, una campana, un cáliz, el agua, un
rosario), el acto se llama, según los casos, bendición o consagra-
ción. La oración empleada pide a Dios que del objeto bendecido
o consagrado emane bendición para quienes lo usen; que sean lu-
gares de encuentro con Dios. Y nos atrevemos a ver lo santo en
cosas tan ordinarias, porque los sacramentos de Jesús nos hacen
ver que las cosas de este mundo no dejan de tener relación con
el reino de Dios.
Pero debemos considerar, naturalmente, que los sacramentales
no nos procuran un contacto con lo divino, tan profundo y cier-
to como los sacramentos. Tampoco son tan constantes como ellos,
sino que varían mucho. Son realmente como la calderilla de la
sacramentalidad, una orla, a menudo pintoresca, de la vida sacra-
mental, en estrecha dependencia de los usos locales.
En nuestro tiempo, con frecuencia somos sensibles a los signos
de Dios no precisamente en lugares consagrados, sino dondequiera
que se hallen: veremos un signo en el agua, cuando el sol irrum-
pe en la cocina y se refleja en el agua del barreño en que flotan las
verduras, o cuando el mar rompe sus olas sobre la arena de la
playa. El que en todo eso podamos ver una vislumbre de la gloria
de Dios, se debe también a la existencia de los sacramentos.

Tal vez hayamos hablado harto escuetamente sobre un tema


tan importante como los sacramentos. Así lo hemos hecho a fin de
reservarnos más espacio en cada uno de ellos; allí presentaremos
los signos como el particular encuentro con el Señor que cada uno
representa.

246
LA •CONFIRMACIÓN

Liturgia de la confirmación
Imponerle a uno las manos en nombre de Dios, quiere decir
llamarlo a la esfera de lo divino. Con este gesto daban los após-
toles a los cristianos el Espíritu Santo. Pedro y Juan «les iban
imponiendo las manos y recibían el Espíritu Santo» (Act 8, 17).
Aun ahora, cuando llega el cristiano a la madurez, se ejecuta sobre
él este signo, que se llama confirmación, es decir, fortalecimiento.
Es el sacramento que completa el bautismo.
Con las manos extendidas dice el obispo sobre el confirmando:

«Dios todopoderoso y eterno,


que te dignaste regenerar por el agua y el Espíritu Santo
a estos tus siervos
y les perdonaste todos sus pecados;
envía sobre ellos desde el cielo
al Espíritu Santo Paráclito,
con sus siete dones. Amén.
El Espíritu de sabiduría y de inteligencia. Amén.
El Espíritu de consejo y de fortaleza. Amén.
El Espíritu de ciencia y de piedad. Amén.
Llénalos del Espíritu de tu temor
y márcalos con el signo de la cruz t de Cristo,
disponiéndolos para la vida eterna.»

Los confirmandos se acercan uno a uno al obispo, que les im-


pone las manos sobre la cabeza, y les unge la frente con crisma,
símbolo del buen olor del Espíritu que los penetra. Así queda el
cristiano ungido como miembro pleno de «un sacerdocio regio,
nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2, 9).
Seguidamente, el obispo da una ligera bofetada en la mejilla
del confirmando, costumbre medieval que puede indicar las ofen-
sas y persecuciones que han de sufrirse por causa de Cristo. Al
darla, dice el obispo: «La paz sea contigo.»
El momento mejor para conferir la confirmación es la santa
misa, después del evangelio. Acaba con el canto del credo en co-
mún. Unir así la confirmación con la ceremonia eucarística tiene
un profundo sentido. Pues ya de antiguo, el bautismo, la confir-
mación y la eucaristía forman la iniciación completa del cristiano.

247
Conexión con el bautismo
Pudiera preguntarse qué significa propiamente el que en la
confirmación recibamos el Espíritu Santo. ¿ No lo poseemos ya por
el bautismo'
Lo uno no excluye lo otro Lo que se nos ha dado en el bau-
tismo, es fortalecido en la confirmación La confirmación es nuevo
Pentecostés que corona al bautismo Primitivamente, y aun actual-
mente en oriente, la confirmación se administraba inmediatamente
después del bautismo Como Jesús fue ungido por el Espíritu San-
to al momento de salir del Jordán, y como a poco de salir del
sepulcro insufló el Espíritu sobre sus apóstoles (y como se unge
uno con perfumes inmediatamente después del baño) , así, después
del bautismo, en el que se trata preferentemente de la purificación,
se celebra una vez más, con rito particular, la alegría y fuerza del
Espíritu Santo.
Cuan estrechamente están relacionados el bautismo y la con-
firmación, se ve por el hecho de que, en occidente, en que la
confirmación no se administra inmediatamente después del bau-
tismo, al final de éste se alude al don del Espíritu Santo me-
diante una ceremonia afín a la confirmación la unción con el cris-
236 ma Esta unción no es aún la verdadera confirmación, pero su
semejanza es evidente

El don del Espíritu Santo


Si quisiéramos precisar lo que es propio de la confirmación, es
decir, la donación del Espíritu Santo, habríamos de repetir aquí
188 195 todo el capitulo sobre Pentecostés, que también aquí tiene su lugar.

Añadamos sólo unas breves palabras Primeramente, no se ha


243 de considerar este sacramento como una acción mágica con valor
en sí misma, capaz de disponer del Espíritu de Dios Al igual que
el bautismo, la confirmación sólo se puede entender rectamente
dentro de la totalidad de la vida cristiana La ceremonia sola, sin
la correspondiente predicación y educación, apenas si tiene senti-
do Cabe preguntarse, como notamos respecto del bautismo, si los
niños que se han bautizado y confirmado en virtud de la costum-
bre imperante, pero no son educados cristianamente a conciencia,
pueden realmente llamarse cristianos y miembros de la Iglesia

Otra observación hay que hacer como complemento al capítu-


lo sobre Pentecostés Se ha de considerar la confirmación en cone-
xión con los dones del Espíritu Santo que dicen relación con la
madurez cristiana la gracia de salir uno de sí mismo y dar tes-

248
timonio de la fe. «Todo cuanto deseéis que os hagan los hombres,
hacedlo igualmente vosotros con ellos» (Mt 7, 12). «Cuando os en-
tregaren, no os preocupéis de cómo o qué habéis de decir... pues
no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro
Padre quien hablará en vosotros» (10, 19-20).
La confirmación confiere al cristiano una misión de testimo-
nio y servicio de la palabra. Lo hace adulto y responsable, a cada
uno en su propio ambiente.

Algunas particularidades
El hecho de que la confirmación sólo pueda ser administrada
por el obispo (fuera de peligro de muerte, en tal caso la puede
administrar el párroco o el capellán del hospital), tiene un pro-
fundo sentido. El obispo es el representante del Espíritu, puesto
por Dios, y el ministro propio de los sacramentos.
Él administra el sacramento del Espíritu, que es complemento
del bautismo. Al hecho de no poder venir el obispo sino de tiem-
po en tiempo se debe que la confirmación se administre siem-
pre a grupos muy numerosos y no se ligue a fechas determina-
das del año ni de la edad De ahí que difícilmente adquiera el
debido relieve. Razón de más para que padres, maestros y sacer-
dotes rodeen la confirmación de buenas explicaciones y confor-
men reverentemente su celebración litúrgica. De hecho, la confir-
mación se recibe la mayoría de las veces en edad escolar.
En algunos lugares existe la costumbre de añadir un nuevo
nombre al confirmado Más razonable sería considerar despacio, 242
en la instrucción sobre la confirmación, el nombre del santo reci-
bido en el bautismo Tampoco tiene sentido tomar padrinos en la
confirmación, a no ser que se llame a los que lo fueron en el bau-
tismo Esto tendría más sentido

Este sacramento sólo se recibe una vez Acaso uno no se acuer-


de mucho de su confirmación, o recuerde precisamente que, al re-
cibirla, no entendía gran cosa de su sentido, pero debe saber que
la confirmación es un don que se desarrolla Una vez recibido, va
creciendo al ritmo de la vida en el Espíritu de Dios.

EL PODER DEL PECADO 430-435

Con todo lo que llevamos didio hasta aquí, hemos descrito la gé-
nesis y desarrollo de nuestra salvación, desde el comienzo de la
vida hasta nuestra propia entrada en la Iglesia por los sacramentos
de la iniciación, que son el bautismo y la confirmación, de la euca-

249
ristía, el tercero y más grande sacramento de iniciación, hablare-
mos más adelante al tratar de la plenitud de la vida cristiana. Ahora
ha llegado el momento de volver la vista atrás y recapitular, de
la manera más profunda posible, para que recordemos y sepamos
en qué consiste nuestra salvación. Así vamos a intentar hacerlo en
los dos capítulos que siguen. En el presente hablaremos del peca-
do; en el próximo, de la redención.

No hay pecado sin redención


En ninguna parte veremos el pecado en estado puro. La huma-
nidad ha sido siempre aquella humanidad a la que Jesús iba a ve-
nir o a la que de hecho ha venido. Por eso, aun en la sociedad
más bárbara de antaño o de hogaño, se trata siempre de hombres
que son los semejantes del Hijo de Dios.
239 Un niño recién nacido, que no está bautizado, entra, no obs-
tante, en un mundo en que se está realizando la redención. Es, por
ende, de antemano un hermano de Cristo, y está llamado a su
amistad. Y por lo que a los adultos atañe, por muy arruinada que
sea su vida moralmente, por mucha maldad que un hombre pueda
albergar dentro de sí, nadie está proscrito, nadie queda excluido
del llamamiento del Dios bueno.

Culpabilidad universal
Esto, sin embargo, no quiere decir que el hombre no pueda
sentir súbitamente, en sí mismo y en el mundo en torno, la con-
ciencia de una profunda y oscura culpa que lleva adherida: ine-
vitables guerras, que brotan como úlceras, a pesar de que casi
nadie las quiere; la soberbia del capitalismo y colonialismo, el
envenenamiento de la atmósfera social por la lucha de clases y
el odio de razas. En el seno de esta Europa tan culta perecieron
recientemente seis millones de hombres en las cámaras de gas, por
el solo crimen de pertenecer a otra raza.
Nuestra incapacidad egoísta de amarnos mutuamente es parte
de esa culpa universal; no menos lo es nuestra negligencia en
cambiar de vida y pensamientos. También nosotros hacemos mal
a los hombres, también nosotros contribuimos al mal inmenso del
universo. Nuestras manos no están limpias. «El mundo entero se
siente reo de culpa ante Dios» (Rom 3, 19).
A veces se ha querido explicar todas estas miserias como una
imperfección inherente a nuestra evolución natural; no se trataría
de pecado, sino de falta de madurez. Se ha pretendido que la
causa de las malas acciones son sólo las aberraciones psíquicas. Sin
embargo, por mucho de verdad que puedan contener tales explica-

250
ciones, en momentos críticos se ve claro que son demasiado llanas,
demasiado limpias para decir todo lo que el hombre experimenta:
la gran incapacidad de amar, incapacidad ineludible y, no obstan-
te, culpable.

«Yo advertí, en efecto, que no era humanamente posible ser


"buena" (o pura) y no dejar de serlo.
»Si quería, por ejemplo, dirigir mi mirada en una dirección,
sólo podía hacerlo a costa de otra; si tiraba decididamente por
una ladera arriba, había que abandonar la otra... una y otra vez
tropezamos con la impotencia humana, con la impotencia precisa-
mente de realizar el ideal, de realizar una vida moral perfecta-
mente limpia y perfectamente responsable. Entre la intuición mo-
ral y el obrar efectivo parece haber una distancia como de la tie-
rra al cielo. No pasa día, ni hora, ni cuarto de hora en que no
seamos culpables por causa de semejante insuficiencia. Nunca
hacemos bastante, ni lo que hacemos lo hacemos bastante bien...
excepto esta insuficiencia, que es lo único que alcanzamos, pues
a la postre estamos hechos así. Esto es verdad de mí mismo y de
cualquier otro. Cada día, cada hora, cada cuarto de hora cometo
una falta moral por lo que atañe a mi obrar y a mis relaciones
con mí prójimo. Si pudiera decirme: Yo no soy precisamente una
santa (dado caso que la santidad esté por encima de la insuficien-
cia humana), y puedo, por tanto, darme por contenta con lo que
soy...; pero esto es un sofisma, porque yo no estoy contenta.
Me sorprendo constantemente en mi insuficiencia humana y, por
más que todo ello dependa de mi inperfección ingénita, me doy,
no obstante, cuenta de una especie de descalabro... y ello quiere
decir que mi insuficiencia humana constituye también mi culpa
humana. Suena a cosa extraña ser culpable, sin que uno pueda
hacer nada en ello. Mas aun cuando no exista propósito ni plan
deliberado, tenemos conciencia de la propia insuficiencia, y, por
ende, de culpa; de una culpa que a veces se perfila con harta cla-
ridad en los efectos de nuestro obrar o dejar de obrar» (Anna
Blaman).

«Si hay un Dios, y en efecto lo hay, el género humano está en-


vuelto, desde su origen, en una terrible calamidad. Está en des-
acuerdo con los designios de su Creador. Esto es un hecho, y un
hecho tan cierto como el de su propia existencia. De ahí que la
doctrina que se llama teológicamente el pecado original, resulte
para mí casi tan cierta como que el mundo existe, o como la mis-
ma existencia de Dios» (John Henry Newman).

251
El mensaje de Gen 1-11
La Sagrada Escritura habla del pecado original de manera cla-
rísima en los capítulos 1-11 del libro del Génesis y, sobre todo, en
el capítulo 5 de la carta a los Romanos Gen 1-11 contiene las
primitivas narraciones de Adán, Caín, Noé y la torre de Babel
Sabemos que no se trata aquí de describir hechos históricos ais-
lados La intención es más profunda Mediante relatos simbólicos
se describe el meollo de toda la historia de la humanidad, incluida
la del porvenir Adán es el hombre, a Caín lo podemos ver en
el periódico y tal vez viva en nuestro propio corazón, Noé y los
408 constructores de la torre de Babel somos nosotros mismos.
45 En los capítulos 1-11 describe el Génesis los elementos funda-
se 57 mentales de toda vida humana con Dios Hasta el capítulo 12,
372 que trata de Abraham, no empezamos a distinguir figuras histón-
4o cas del pasado ¿Cuál es, pues, el mensaje que contienen estos
once capítulos'
1 Dios crea y da el crecimiento, como lo proclaman el poe-
ma de la creación (Gen 1) y las grandiosas genealogías (que no
deben tomarse al pie de la letra)
2 Muéstrase también que el hombre está destinado a la amis-
tad con Dios, como lo da a entender la historia del paraíso terre-
nal (Gen 2)
3 El tercer elemento es el pecado humano Por amarga ex-
periencia propia, hubo de conocer y reconocer Israel esta cons-
tante de la historia humana Por cuatro veces describe una caída
la historia primitiva la comida del fruto prohibido, el fratrici-
dio, la corrupción de los contemporáneos de Noé y la construcción
de la torre de Babel Estos actos son símbolos de nuestros grandes
pecados
4 Pero Dios no deja al hombre solo Ya en Israel se muestra
como el Dios incomprensiblemente misericordioso Lo mismo dan
a entender las historias primitivas A cada caída sigue una mani-
festación de la gracia Al expulsarlos del paraíso, Dios da vesti-
dos a nuestros primeros padres y les promete que la descendencia
de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente Caín recibe un
signo para que nadie lo pueda matar En la historia de Noé, el
elemento de salvación ocupa casi todo el espacio E inmediata-
mente después de la torre de Babel comienza la historia de Abra-
ham, principio de la gran restauración que traería el Hijo de Dios
La historia primitiva es un mensaje eterno sobre los más pro-
fundos elementos de nuestra vida con Dios 1) la creación, 2) la
elección, 3) el pecado, 4) la redención.

252
El mensaje de Rom, 5
En el Nuevo Testamento se ve aún más claramente que el men-
saje de Dios contiene estos elementos. Pero es sobre todo Pablo,
quien en el capítulo 5 de la carta a los Romanos, nos lo presenta
en toda su profundidad. A primera vista, parece como si en este
pasaje quisiera acentuar ante todo el hecho de que el pecado entró
en el mundo por un solo hombre. Pero esta repetición constante,
como de un eco, de la palabra mw, en que Pablo partía de la ima-
gen contemporánea del mundo, es mera forma literaria, no el
mensaje en sí mismo. Lo que este trozo, de difícil interpretación,
quiere expresar, es hasta qué punto reina en la humanidad el pe-
cado juntamente con la muerte, y hasta qué punto ha sobreabun-
dado la gracia, la reparación juntamente con la vida eterna al venir
Jesús al mundo.

La historia del paraíso: mensaje sobre el hombre,


no historia de los orígenes
De todos estos fragmentos bíblicos, es la historia del paraíso
terrenal la que más hondamente se nos ha grabado en la memo-
ria ; pero hemos de pensar que, como hemos visto, los fragmentos
siguientes contienen el mismo mensaje. Sin duda, los capítulos so-
bre Adán y Eva son especialmente impresionantes. En pocas pa-
labras e imágenes tenemos ante los ojos toda la gloria y miseria
de nuestro ser de hombres. Este trozo bíblico, certero e incom-
prensible, no podrá ser jamás suplantado en cuanto exposición de
conjunto de lo que es el hombre ante Dios; pero sí podrá (y
deberá) ser suplantado en cuanto descripción de los orígenes de la 9-13
humanidad.
Vamos a detenernos un momento sobre este problema: ¿ Qué
hay que pensar sobre el origen del pecado ?

En tiempos pasados, y hasta poco ha, la imagen o idea del mun-


do era estática. Las cosas persistían tal como habían empezado a
ser desde el principio. El que quería decir algo sobre los elemen-
tos fundamentales de la existencia examinaba sus comienzos. Allí
estaba la explicación.
La existencia de las cosas se explicaba en el sentido de que
Dios las había creado, como puede decirse de un carpintero que
ha hecho una mesa.
La explicación de la existencia del pecado radicaba sobre todo
en el hecho de que el hombre había pecado.

253
468 Pero nuestra imagen del mundo se ha modificado entre tanto.
Ahora tenemos una perspectiva amplia sobre el remoto pasa-
do. Y vemos que, comoquiera que fuera, el mundo se halla en
movimiento ascendente, en crecimiento. Nuestra visión del mundo
no es ya estática, sino dinámica. Ello quiere decir que la explica-
ción real no está en los orígenes, sino en el curso y consumación.
En lugar de decir: Dios ha creado, vale más decir: Dios crea.
Si, hablando a lo humano, retirara su mano creadora de nosotros,
nada existiría. Dios no es el carpintero que puede volver las es-
paldas a la obra que ha hecho. El universo entero subsiste en
Dios, depende de Dios. La creación crece en sus manos. Todo el
curso de las cosas es obra suya, y sólo esta totalidad dará la ex-
plicación y hará ver que «todo es muy bueno» (Gen 1," 31).
Por tanto, los orígenes son para nosotros menos importantes
que antaño. Aún respecto del pecado sucede así: no hay que dar
significación particular al conocimiento de un primer pecado. No se
trata principalmente de que el hombre haya pecado y esté corrom-
pido; el hombre peca y se corrompe. Tenemos el pecado de Adán y
Eva más próximo de lo que pensamos: está en nosotros mismos.

La entrada del pecado en el mundo


Y, sin embargo, precisamente por lo que hace al pecado, no
podemos menos de plantearnos la cuestión de sus orígenes. De los
orígenes esperamos una respuesta segura a la cuestión de cómo
es siquiera posible que se haya podido deslizar semejante fallo en
la obra de Dios. Por muy lento e imperceptible que nos imagine-
mos el comienzo, en un momento u otro hubo de comenzar el peca-
do. La respuesta es idéntica a la que se daba en la antigua visión
del mundo, es decir, que el pecado tiene que ver con la libertad
humana. En la humanidad se desarrolló el pecado al mismo tiempo
que la libertad.
Pero entonces ¿ fue necesario que el pecado viniera al mundo ?
A esto sólo podemos contestar que ello hubo de suceder con algu-
na medida de libertad, pues en otro caso no sería pecado. Y libertad
significa que también podía no haberse hecho. Pero esto no quie-
re absolutamente decir que en conjunto sea posible evitar todos
los pecados. Que se dé este o el otro pecado, no es cosa forzosa;
pero que se dé en general el mal, parece prácticamente inevitable.
No lo sabemos. Nuestra inteligencia sigue siendo impotente para
comprender el origen de la maldad, incluso en nuestra propia vida.
432-433 Si realmente hemos pecado, sabemos en lo profundo de nuestro
ser que hemos cometido la acción pecaminosa. Nos sentimos cul-
pables. Y, sin embargo, nos llevamos las manos a. la cabeza: ¿ Cómo
he podido llegar a eso ? Y es que el mal no puede comprenderse. Es

254
la sinrazón, el contrasentido en sí. De ahí que también en la
historia de la humanidad sea incomprensible el comienzo del mal.
Sin embargo, el mal existe, y existe contra la voluntad de
Dios. Pero Dios — así lo creemos — tiene poder para sacar bien
del mal (cf. el último capítulo).

No es una imperfección no culpable


Antes de ahondar en la existencia de este mal, hemos de dejar
bien sentado que realmente se trata de pecado y de culpa.
Esto es cosa diferente del hecho de que, en un mundo en
vías de evolución, el hombre sea un ser imperfecto, con escaso
entendimiento y pasiones no dominadas. El hombre primitivo en
las estepas, bosques y cavernas era todavía un ser que le falta-
ba mucho para humanizarse; tenía que deshacerse del animal 29
que llevaba dentro. No era aún, ni mucho menos, perfecto. Sin n
embargo, esta imperfección, de suyo, no es el pecado. Cierto que
el pecado obra intrincado con estas pasiones e instintos; pero el
pecado es precisamente aquel elemento del instinto que no es ani-
mal ; allí está realmente la culpa. En un mundo de evolución
ascendente, el pecado consistirá, con frecuencia, en negarse a cre-
cer en la dirección que muestra la conciencia.

Culpabilidad colectiva
Tornemos de nuevo a la Sagrada Escritura y veamos lo que
dice en otros pasajes sobre la culpa del hombre.
En cierto sentido, la Sagrada Escritura es una historia del
pecado. Después de los relatos de Génesis 1-11, sigue la historia
del pueblo escogido, que una y otra vez aparece como de dura cer-
viz, apóstata, «adúltero», como una «esposa infiel» (Os 1-3). Sor-
préndenos que se llame pecador al pueblo en conjunto. Otros pa-
sajes posteriores de la Sagrada Escritura encarecen sin duda la
responsabilidad personal; sin embargo, en el fondo existe siempre
la conciencia de que el pecado es cosa de todo el pueblo.
También Jesús permite pensar en una solidaridad en el peca-
do, cuando dice, por ejemplo, a los fariseos que cometen sus crí-
menes para que «así caiga sobre vosotros toda la sangre inocente
derramada sobre la tierra» (Mt 23, 35). Y de las palabras de Juan:
«Éste es el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo»
(Jn 1, 29), cabe deducir que el mal de la humanidad es conside-
rado como un gran pecado único. No se habla allí de los «peca-
dos», sino del pecado del mundo.
Tratemos ahora de comprender esta solidaridad en el mal, con-
siderando los grados de contagiosidad de nuestros pecados.

255
En primer lugar, tenemos las dolorosas consecuencias. Un
hombre puede herir a otro.
Es un pensamiento espantoso; pero más espantoso aún es el
que se pueda contagiar a otro con el mal, con el pecado mismo. Es
el mal ejemplo, por el que el bien se ahoga en germen y, además, el
mal aparece como realizable. Y si el mal ejemplo va acompañado de
fuerza seductora, nos hallamos ante la peor forma de escándalo,
que arrancó de Jesús una de sus más impresionantes sentencias:
«Si uno es ocasión de pecado para cualquiera de estos pequeños
que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una rue-
da de molino de las que mueven los asnos, y lo sumergieran en el
fondo del mar. ¡ Ay del mundo por los escándalos!» (Mt 18, 6-7).
La fuerza contagiosa del pecado se ve aún más claramente
en la destrucción del sentido de los valores. Una familia de ava-
rientos engendra avarientos; la cosa es evidente; una sociedad
egoísta propaga como peste el egoísmo; el colonialismo produce
explotadores y el racismo cámaras de gas.
Aludimos a grupos determinados: pero si lo miramos más des-
pacio, veremos que el mundo entero es un ambiente único de
educación. Ahora bien, es doctrina de la Escritura que en el mun-
do reina el pecado. Hay en él un estado por el que los valores están
oscurecidos en toda la humanidad, y más oscurecido que otro al-
guno el valor supremo del amor.

Aversión a Cristo
Este estado o condición pertenece al hombre mismo. No nos
viene de fuera. Lo llevamos realmente dentro, pues pertenecer al
género humano es esencial a todos. Todo hombre lleva adherida a
su ser una profunda rebeldía contra Dios, anterior a su actos
personales e ingrediente de todos ellos; una repugnancia contra
el amor verdadero. No es que en todo aspiremos deliberadamente al
mal. Pero, si miramos a la cruz de Jesús, ¿quién no tendrá que
confesar que su vida no está en armonía con ese amor? Donde
Dios muestra su amor y su corazón, nos percatamos de que nos
quedamos cortos, y hasta que nos resistimos y mostramos mala
gana. Nos sublevamos.
Hay en esto algo de satánico (cf. Me 8, 33). No sentimos lo que
Dios quiere, sino lo que quieren los hombres. No queremos el
amor de Dios ni el amor del prójimo llevado hasta su extremo.
Nos cerramos a la intimidad de Dios, al paraíso de Dios, y, por
nosotros mismos, somos impotentes para obrar de otro modo.
Esta impotencia no deja de tener culpa. Cierto que las posi-
bilidades de nuestra libertad son limitadas; pero aún nos queda
libertad, y con ésta resistimos a la vida divina, a la alegría

256
y al amor a que hemos sido llamados. Esta solidaridad con la
culpa es algo que el hombre no puede dilucidar totalmente. El
mal es siempre oscuro. Ni siquiera antaño se creia haberlo enten-
dido enteramente. Entonces se buscó la solución en la propa-
gación de la naturaleza humana por generación corporal a par-
tir de Adán pecador. Sin embargo, esta explicación del carácter
colectivo del pecado no pertenece, en sí misma, a la revelación
divina. La unidad real del género humano no la pone la Escritura
en la ascendencia («griegos, bárbaros o judíos»), sino en el llama-
miento por un Padre único. La solidaridad en el mal está situada
igualmente a este mismo nivel, pero en la negativa del hombre.
No viene a nosotros sólo por generación, sino por todos lados,
por todos los caminos por los que se relacionan los hombres. El
pecado que contagia a los otros no fue cpmetido por un Adán al
comienzo de la humanidad, sino por Adán, el hombre, por cada
hombre. Es «el pecado del mundo», en que entran también mis
pecados. Yo no soy un cordero inocente, sino corrompido por los
otros. También yo coopero en la corrupción.

En tiempo de Agustín (hacia el año 400) se dio el nombre de


pecado original a esta universal condición pecadora, tal como nos
la enseñan la Escritura y nuestra propia experiencia. Los padres
de la Iglesia griega empleaban la palabra «muerte», la muerte del
alma. Como se ponía mucho énfasis en que el pecado original
venía, por vía de generación, de los padres, se discutió mucho
sobre el pecado original en los niños. Nosotros vemos la con-
taminación de manera más total, en su procedencia de la humanidad
entera y, con ello, cargamos el acento sobre el hombre adulto. El
pecado original es el pecado de la humanidad en conjunto (incluido
yo mismo), en cuanto afecta a todo hombre. En todo pecado per-
sonal resuena como acorde fundamental el pecado original.
Hemos de tener presente que este pecado de origen no es un
pecado en el sentido ordinario de la palabra. Podemos decir que
sólo toma forma en nuestros pecados personales. Y así nadie se
condena por sólo el pecado original, sino por los pecados perso-
nales en que, por decirlo así, es ratificado el pecado original. En
este sentido, el bautismo es igualmente la iniciación para un com-
bate de toda vida contra los pecados personales.

El pecado del mundo alcanzó su punto culminante en la cru-


cifixión de Cristo. Es la caída más radical: el único que es bueno,
asesinado; Dios, expulsado. Todos los hombres tomaron parte en el
crimen. Los que dieron la sentencia y manejaron el martillo com-
prendieron sin duda menos lo que hacían que muchos de nosotros.
«Gemid humanos, todos en Él pusisteis vuestras manos.»

257
El poder extraordinario de la gracia
Este pecado, el mayor de todos, tuvo por contrapartida, por par-
te de Dios, la redención El «no» más brutal puso en boca de
Dios el «sí» más incomprensible. De este modo, el bien es más
fuerte que el mal en el mundo Donde abundó el pecado, sobre-
abundó la gracia Puesto que tenemos tal redentor por hermano
nuestro, podemos confiar que, en la humanidad, ya desde los pri-
meros tiempos, el bien obra más fuertemente, más contagiosamente
que el mal
También esto se puede deducir de la Sagrada Escritura, ya que
si es una historia del contagio del pecado, lo es en grado mayor
de la acción contagiosa de la gracia. A veces obramos como si
el bien que hay en nosotros fuera estrictamente propiedad per-
sonal nuestra; pero sepamos ver que nuestra bondad también la
poseemos en común con una solidaridad que confiamos es más
fuerte que la del pecado
He aquí la razón por la que los autores de este libro — si se
les permite aludir alguna vez a sí mismos — se atrevieron a escri-
birlo Aunque saben que algo de su herencia de pecado y aversión
a Dios puede haberse infiltrado en sus páginas, confían, no obs-
tante, que en ellas operarán aun con mayor sobreabundancia las
fuerzas de bondad y gracia que a ellos llegan provenientes de la
humanidad y de la Iglesia.
Es por causa de esta mayor fuerza de la gracia sobre el mal
por lo que la revelación cristiana puede llamarse a sí misma bue-
na nueva

Esta alegría por el mayor poder de la gracia se expresa cla-


ramente en una verdad de fe que sólo lentamente fue compren-
dida por la Iglesia en toda su plenitud. Un Tomás de Aquino y
hasta un Bernardo no pudieron aún comprender que tal afirmación
fuera posible Pero la Iglesia la dedujo lentamente del tesoro de la
revelación y la definió solemnemente el siglo pasado Mana no co-
noció la culpa original Fue concebida inmaculada Viviendo en un
mundo de pecado, la tocó ciertamente el dolor del mundo, pero no
su maldad Es hermana nuestra en el dolor, pero no en la culpa.
Ella venció enteramente al mal por el bien, victoria que debe na-
turalmente a la redención de Cristo.
No es de maravillar que la vida de perfecta obediencia vivida
por Cristo, fuera también vivida con entera perfección por una
mujer «Varón y hembra los creó» (Gen 1, 27) Al lado del ver-
dadero Adán fue creada la verdadera Eva María es parte del
misterio de Cristo.

258
I Cuál es, en este tema, el mensaje de la fet
¿Cuál es, en suma, el mensaje de Dios contenido en este capítu-
lo ' Ünicamente el mensaje bíblico 1 ° El género humano fue creado
por Dios 2 ° Fue llamado a una íntima participación de su vida.
3 ° Culpable en su totalidad y solidariamente, no corresponde a los
designios de Dios 4 o Dios quiere liberarnos y sanarnos Su sal-
vación es restablecimiento, restauración
Hemos expuesto este mensaje de acuerdo con nuestra actual
visión del mundo un mundo en crecimiento y evolución Como el
autor bíblico anunció el mensaje de acuerdo con su visión del
mundo, así lo hacemos hoy nosotros de acuerdo con la nuestra
Lo cual es posible, pues en ambos casos se trata del mismo men-
saje, de los mismos cuatro elementos, del mismo misterio divino,
que nos ha sido revelado

El pecado original ¿introdujo cambios en el mundo?


Para muchos queda aún en el aire una pregunta, un problema,
al que se dio antiguamente mucha importancia en la instrucción
religiosa el problema de la «justicia original» antes del pecado
Dice Tomás de Aquino que «no delata sana razón» el pensar
que en alguna ocasión hubieran sido mansas las fieras (cosa que
oímos en la escuela) Nada nos obliga a admitir una creación
distinta antes del pecado del hombre Cardos y espinas pueden ha-
ber existido siempre
Por lo que al hombre atañe, no tenemos por qué suponer que
al principio se diera un estado de paradisíaca integridad e in-
mortalidad Ya hemos visto lo que quiere expresar la historia
del paraíso el designio de Dios, que se realiza en toda la histo-
ria del universo y, señaladamente, al fin Sobre el principio no
podemos decir propiamente nada ¿ Qué significa entonces el len-
guaje figurado de la maldición del paraíso (Gen 3, 16-19) cardos
y espinas, parto con dolor, sudor de la frente y tragedia del ma-
trimonio' Significa que estas cosas no entran en el designio mas
profundo y definitivo de Dios Y describe además que también
esto tiene que ver con el pecado.
El pecado hace peor al mundo Donde reina la pereza, brotan 471
cardos y espinas en el campo, se rompen los diques Donde impera
el odio, se convierte una ciudad en escombro Y sobre todo, lo
que cala más hondo una humanidad en pecado siente el mundo
como una carga pesada El que está íntimamente dañado lo ve
todo negro Los cardos y espinas están en el hombre mismo

259
269-273 Pecado y muerte, perdón y vida
En participar nuestra visión de la muerte se enlaza misteriosa-
mente con el pecado. La Sagrada Escritura lo expresa a veces di-
9-u ciendo que por el pecado entró la muerte en el mundo. Mas como
254 los orígenes no son claros para nosotros, tampoco lo es el origen
de la muerte biológica. Sin embargo, si consideramos el curso de
la historia de la salud, veremos que, además del pecado, también la
muerte ha perdido su aguijón. La resurrección de Jesús anuncia,
en efecto, no sólo el perdón, sino también la vida eterna. La con-
sumación de la historia humana traerá consigo, juntamente con la
victoria completa sobre el pecado, la total victoria sobre la muer-
te. Todo humano que haya querido liberarse del pecado, oirá de
boca de Jesús las palabras dichas al buen ladrón sobre la cruz:
«Hoy estarás conmigo en el paraíso.»

LA REDENCIÓN

El anterior capítulo h*a descrito nuestra miseria; el presente


anuncia nuestra salvación, que en realidad ya la hemos descrito.
Todo lo que precede: el Antiguo Testamento, Jesús de Nazaret, la
vida de la Iglesia, todo constituye la progresiva y gran salvación
en que creemos.
Pero el presente capítulo tratará de indicar en qué consiste la
salvación. Para ello comenzamos por dar un largo rodeo e indicar
los mayores intentos de la humanidad para redimirse fuera de
la religión cristiana.

El hombre frente a la angustia


Todos, de un modo u otro, experimentamos la vida como mo-
tivo de angustia. Si somos felices, tememos perder la felicidad.
Si somos desgraciados... no hay más que decir: «¿Es cosa seria,
señor doctor?», o : «Me vuelvo loca cuando pienso en él.» «Nadie
me ha querido nunca.» «¿He querido yo jamás a nadie?» «Estoy
siempre en un atolladero.» «Me sale todo mal.» «Soy malo.» «¿Por
qué había de morir el único a quien yo amaba?» «¡Imagínese qué
miseria!» «¡ Imagínate solamente que el coche perdió la di-
rección !»
- ¿No tenemos todos nuestro propio modo de liberarnos de la
angustia, de la insatisfacción y de la incertidumbre ? Previsión,
trabajo duro, la música, reflexión sobre el verdadero sentido de
todo acontecer. O bien, no reflexionar, sino simplemente «vivir».
Hay actitudes optimistas, visiones soleadas, y también pesimismo,

260
que amortigua el choque del inevitable desengaño. O ser tanto más
bueno y abierto cuanto el mundo es más malo y cerrado... Miles
y miles de posturas personales por las que tratamos de escapar a
nuestra limitación humana.
En la humanidad han aparecido varias doctrinas de redención,
en que millones y millones de hombres han hallado el sentido más
profundo de su existencia. Las más importantes son sin duda
el hinduismo, el budismo, el islam, el humanismo occidental y el
marxismo; grupo aparte: el judaismo y la Iglesia de Jesús.
Vamos a tratar brevemente de cada una y hacernos frente
a ellas la pregunta de si redimen realmente al hombre entero, o
queda una parte de nuestro ser, con sus deseos infinitos, irredenta
y entregada al azar.
Nos hacemos esta pregunta como creyentes en Cristo; pero, en
la respuesta, no apelamos como criterio a la fe cristiana. Res-
pondemos sencillamente partiendo de nuestra condición humana
(sensibilizados, es verdad, por los valores cristianos, pues siendo
nosotros cristianos, no es posible hacerlo de otro modo).

Hinduismo y budismo 31.33


Del hinduismo y budismo ofrecimos ya un esbozo en la según- 273-275
da parte. Allí pudimos ver, sin duda, algo de la profundidad y
riqueza de estas actitudes religiosas. Ambas son camino de re-
dención. Su base es la experiencia de la vida como dolor (la ex-
periencia de la miseria tropical de las masas de la India). Pero
no quieren entregarse a la miseria como a una fatalidad. Al con-
trario, se busca la liberación por la contemplación, por el ascetis-
mo o por la «óctuple senda». En el hinduismo resalta el enérgico
esfuerzo en esta búsqueda; en el budismo, el personalismo.
Mas, por otra parte, ambos enseñan al hombre a doblegarse ante
la fatalidad. Si es cierto que enseñan a mantenerse firme, libre de
concupiscencias y conflictos, la miseria sigue subsistiendo en el
mundo como una fatalidad ineludible. La miseria humana queda co-
mo mitigada en el interior de hombres eminentes, pero no en el
mundo. Éste es tenido por mera apariencia. De ahí el escaso es-
tímulo para trabajar en su mejoramiento. Y la eternidad, esperada
o no, no es un encuentro en el amor, no es una expansión de la
persona, sino una disolución de la personalidad, que desaparece
en el todo. 273
En una palabra, entre los demás hombres — a los que respe-
t a — el hindú y el budista se resignan a la miseria de este mun-
do, a la extinción de su desarrollo, a la inexistencia de la vida
eterna en un amor consciente y personal.

261
El islam
Totalmente distinta es la actitud del islam. El destino terreno
no es para ellos una apariencia. Viene de la mano de alguien que
es misericordioso y lleno de gracia, de mano de Alá, el Dios uno.
Es Dios viviente y consciente, omnipotente y bueno. Es absoluta-
mente uno (unitario, no uno y trino).
Todo depende de Él. Esto lo enseña también el cristianismo.
Pero en el islam — a diferencia de la concepción cristiana—, esto
quiere decir que nada natural posee actividad propia. Según la
teología tradicional del islam, las leyes naturales de este mundo,
las leyes del bien y del mal en la conciencia, na han recibido de
Alá ninguna causalidad propia. Él las dirige de manera absoluta-
mente inmediata, y también de manera absolutamente arbitraria.
Si quisiera que mañana las cosas fuesen otras, ley serían. Nada se
lo impide, sino su propia voluntad. De ahí que tarnpoco la vida mo-
ral tenga su punto de partida en el corazón del hombre. Viene
inmediata y exclusivamente de la voluntad de Diog. En el islam no
puede hablarse de una noción profunda de peca.do ni de gracia.
Cumplir determinados deberes perfectamente definidos: eso es todo.
Si se mira al destino terreno, la fe en el Dios misericordioso,
dador de toda gracia, significa por de pronto afearía. Aíguien que
es bueno, lo dirige todo. La vida no es sólo apariencia y dolor,
como para el budista.
De este modo, el islam puede ci;ear un climfi de alegría. Es-
timula a sus seguidores a llevar al mundo al conocimiento de
Alá. Formas refinadas de vida florecieron bajo §[ islam.
Esta alegría sube todavía de punto, por la promesa que se
hace a los creyentes de una eternidad, que es continuación ideali-
zada de la existencia terrena.

Sin embargo, el islam no puede escapar al fatalismo. Esta doc-


trina, cuyo nombre mismo de islam significa «entrega» (a Dios),
lleva esta entrega a un punto que nosotros llamaríamos fatalismo.
La idea de que Alá no da a hombres y cosas leyes propias, lleva a
menudo a eludir todo esfuerzo por mejorar la suerte. Así pues,
Alá no sólo rige al rico y al pobre, sino que El mismo los ha
creado cada uno en su propio estado. De ahí la creencia de que
cada uno debe entregarse inerte a su propio destino y dejar al
prójimo en el suyo.
Así se explica que el Corán — al contrario de lo que ocurre en
la Biblia— contenga indicaciones concretas y precisas para la vida
en sociedad. Tal es la voluntad de Alá. Queda poco espacio para el
progreso. Como en las religiones de la India, la suerte terrena
del hombre, su dolor y miseria, ha quedado en gran parte intacta.

262
Cabría preguntar, respecto del islam, si no puede hallarse en
el Corán un fundamento teológico para el progreso. En muchos
países musulmanes se está buscando. Pero, hasta el presente, hay
que decir que en la visión de Dios y del mundo propia del islam
domina el fatalismo.

El humanismo
274-:
Las doctrinas de redención que acabamos de esbozar, proceden-
tes de la India y de Arabia, tienen muy pocos partidarios en nues-
tros propios países de occidente. ¿ Es porque en ellos es demasiado
grande la fe en lo terreno? ¿O hay otros motivos para la repulsa?
Comoquiera que sea, en occidente ha surgido, al margen del
cristianismo, otra postura completamente diferente ante el dolor
y la miseria: el humanismo. Como grupo, no niega ni afirma la
existencia de Dios; pero la tiene por harto incierta para poder
fundar sobre ella la vida. El hombre tiene que hacerse bueno y
feliz por el hombre mismo. El fatalismo y la miseria deben ser
combatidos con todos los medios de que dispone la inteligencia
humana, la ciencia y la técnica. ¡ No os sometáis al fatalismo
como el musulmán, no impidáis la evolución de vuestro trabajo y
de vuestro amor, como el hindú y el budista! ¡ Haldas en cinta y a
trabajar! En esta actitud animosa y serena parece quedar pros-
crita toda sumisión al fatalismo.
Sin embargo, el problema del destino se yergue ante el activo
sabio humanista con más fuerza incluso que ante el piadoso oriental.
Y es que sordo al deseo de más vida y más ser que brota de la
hondura misma de nuestro ser, el humanista enseña que el hom-
bre no es sino hombre... El deseo de eternidad, de amor perfec-
to, de absoluto, queda amputado. Por lo menos el hinduismo, bu-
dismo e islam dejaban abierto un camino hacia esa meta; el
humanismo se desentiende de estas que llama evasiones.
Ahora bien, el hombre quiere saber por qué y para qué vive. 3-21
Mucho más, si la vida es grande y buena, como lo sintió una vez
un humanista, que había pasado la noche persuadiendo a su vecino
para que no se suicidase. Cuando a la madrugada volvió a casa,
agotado, pero profundamente feliz: «Sentí, dice, la necesidad de
dar gracias a alguien. ¿Es ese al que vosotros llamáis Dios?»
Para el humanista subsiste el problema del bien. ¿De dónde y
adonde va el bien? ¿A desaparecer en la muerte? ¿Es el universo
entero una broma sin gracia ? ¿ Quién nos liberará de una existen-
cia que pide más de lo que da?
El humanismo que concede al hombre el honor de ser hombre,
lo encierra también en la fatalidad de ser hombre. El hombre re-
sulta ser la medida de su redención. No hay otra perspectiva que

263
la de una posible y lenta ascensión de la humanidad; pero de una
humanidad que constantemente se extingue en cada persona.

36 Marxismo
275 Una forma muy definida del humanismo occidental es el mar-
xismo, que afirma explícitamente ser una doctrina de redención.
No deja de tener importancia a este propósito que los padres de
Marx fueran de ascendencia judía, miembros del pueblo que aún
aguarda la venida de un mesías salvador. Lo mismo que en Buda,
el resorte de la obra de Marx fue la miseria humana. La miseria
ignominiosa del naciente proletariado industrial en la primera
mitad del siglo xix lo impulsó a la reflexión.
A diferencia de Buda, Marx no busca la redención en una paz
individual, en la impasibilidad o en la disolución; ni tampoco en
el esfuerzo por ser simplemente hombre, como enseña el humanis-
mo. La redención está para él en un proceso de las cosas bien
definido: concretamente, en el retorno a la relación originaria en-
tre el hombre y la obra de sus manos. En los tiempos primitivos,
en un estado natural, el hombre era dueño de su propia obra. El
hombre se había puesto a sí mismo en esta obra, se había perdido
en ella; pero conservaba el goce y uso de ella, y, por ende, se
conservaba a sí mismo. En este sentido, no se enajenaba a sí mis-
mo. Avanzando, empero, la civilización, la división del trabajo y
la mecanización produjeron un nuevo estado de cosas. Hay hom-
bres que poseen poderosos medios de producción, que son activa-
dos por el trabajo de otros. De esta forma hay quien se hace cada
vez más rico. Posee cosas que él no ha hecho. Él mismo queda
absorbido en estas cosas, que se convierten en prolongaciones de
su persona. En cierto sentido, su persona pasa a ser cosa extraña.
Así se transforma en un ser extraño a su propia yo. Está «alie-
nado».
El trabajador explotado queda igualmente alienado y de ma-
nera mucho más dolorosa. Ha renunciado a sí mismo en la obra
de sus manos. Si conservara esta obra, se conservaría también a
sí mismo. Pero tiene que entregarla, y recibe menos salario que
el que merece. Así queda también él «alienado».
La necesidad de escapar a este estado, parte de los trabajadores.
En ellos está la salvación y el porvenir. Su situación terminaría
por hacerse insoportable, pues —de acuerdo con las previsiones
de Marx para el futuro— la diferencia entre ricos y pobres será
cada vez mayor... hasta que un día explote la bomba, el prole-
tariado asuma el poder, socialice los medios de producción y pro-
clame su propia dictadura.
Después del período de esta dictadura surgirá una sociedad, un

264
Estado ideal, en el que se restablecerá el estado natural primigenio.
El hombre gozará de la obra de sus manos. Se restablecerá la
relación con la naturaleza. Se trabajará a su gusto: «En la socie-
dad comunista, en que cada uno puede desarrollarse en el ramo
que le plazca y nadie tiene un campo de actividad exclusivo, la
sociedad regula la producción general y así hace posible para mí
hacer hoy esto y mañana lo otro. Por la mañana puedo cazar, al
mediodía pescar, por la tarde criar ganado o criticar la comida, sin
convertirme nunca en cazador, pescador, ganadero o crítico si no
en la medida en que me dé la gana» x.
Qué cariz práctico tomará todo eso, no lo dice puntualmente
Marx. Pero amanecerá una nueva alegría. El hombre no pregun-
tará ya por la vida, ni por la muerte, ni por Dios. No se alienará
tampoco rompiéndose la cabeza por cosas tan inútiles. Vivirá ar-
mónica y felizmente en una medida que no nos podemos ni ima-
ginar. Será un hombre nuevo, no alienado de las cosas y de los
otros hombres.
Este nuevo nacimiento tendrá lugar en una crisis, con dolores.
La masa del proletariado tiene que llegar a la extrema miseria
para que se lance a hacer la revolución. Por eso se opone el mar-
xismo radical a las leyes que mejoren la situación existente, pues
no hacen sino retardar la forzosa evolución. Lo único que importa
es favorecer el proceso de la historia, haciendo sentir al proletariado
su situación, predicando la revolución y atizando el odio de clases.
El hombre puede aceptar de buena gana este proceso de evo-
lución, que, en todo caso, es inevitable. La evolución de la huma-
nidad sigue leyes cuyo curso no puede eludir. No se trata de pe-
cado ni de bondad humana. Se trata de conocer el proceso de la
historia. El capitalista no es un malvado, pero está de más. El 287
proletario no es un santo, pero está donde ha de brotar la
salvación.

Una vez más planteamos la pregunta de este capítulo: ¿Puede


este mensaje de salvación superar el fatalismo ?
El «materialismo histórico marxista», que acabamos de esbozar,
ofrece 1) un porvenir de liberación; 2) una teoría fascinante, y
3) una posibilidad de actuar ahora mismo. El hombre puede ser
dueño de su destino de una manera concreta.
Pero ¿se somete el destino a nuestra voluntad? Comencemos
por lo que acabamos de asentar. El hombre es anillo de una ca-
dena — de suyo ni bueno ni malo — en un proceso histórico. Este
determinismo hace del individuo un mero peón en el tablero de aje-
dez de la historia. El «yo» insustituible de cada cual se diluye

1. KAKI. MAKX, Die deutsche Ideologie, 1845.

265
en la totalidad. El «yo», en el marxismo, es propiamente la millo-
nésima parte de un millón de hombres.
Prácticamente, ello quiere decir que el peón puede ser sacri-
ficado en favor del todo (lo cual es cosa distinta del cristiano sa-
crificio de si mismo en favor de los otros). Esto es aterrador. Una
sociedad que estima en tan poco al individuo, que llega a sacrifi-
carlo, se destruye a sí misma. Nadie está ya seguro. El curso de
la historia puede exigir que se liquide a uno. El curso de la his-
toria es el destino, al que nadie escapa en el marxismo. También
aquí es axiomático que el hombre es sólo hombre. ¿Quién lo libe-
rará? ¿El Estado ideal del porvenir?
Y aun cuando éste viniera, ¿podría conjurar el destino? Cuan-
to más magnífico fuese ese Estado, más dolorosa sería la muerte.
¿ Y después de la muerte ? ¡ Tinieblas! Y, sin embargo, siempre
se erguirá el interrogante: ¿ Qué fin, qué causa, qué origen tiene
esa magnificencia ? ¿ Puede el hombre cambiar hasta el punto de
no hacerse esas preguntas?
El gran dirigente socialista holandés Troelstra escribió en 1915:
«El materialismo histórico puede prestar buena ayuda para cons-
truir una nueva visión del mundo, pero no puede pretender ser
una filosofía completa de la vida. Su base es demasiado estrecha y
sus métodos muy unilaterales. Proyecta luz sobre los cambios de
los métodos de producción en cuanto afectan a la sociedad, Estado,
clase y partidos; pero el proceso cósmico en general y los más
profundos instintos y deseos de la persona humana quedan fuera
de sus perspectivas sociológicas. De ahí que deje insatisfechos los
más íntimos deseos del alma y mire la persona humana desde un
solo aspecto, a saber, como una función de fuerzas sociales. Esto
conduce fácilmente a una especie de fatalismo, que se da por
satisfecho con haber dado una explicación sociológica de ciertos
hechos. Ello lleva al "reconocimiento" de la "necesidad" de
ciertos hechos que ofenden la conciencia humana... A la larga,
no puede satisfacer la disposición religiosa del hombre.»
Indudablemente hay en el marxismo una especie de impulso re-
ligioso. De la revelación judeocristiana se han tomado diversos
temas: un futuro «sagrado» como retorno a la finalidad original
de las cosas; un mensaje en que «se cree»; un partido que es un
«pueblo santo»; la idea de un «ahora» considerado como la «ple-
nitud» de los tiempos; un «redentor paciente», el proletariado. Sin
embargo, el contenido de todos estos temas es sociológico y no
da respuesta a las preguntas últimas.

266
El hombre Ubre en el espacio divino
Tratemos ahora de descubrir lo que acontece con la suerte hu-
mana cuando Dios se revela a sí mismo. Nosotros creemos que Dios
se ha manifestado en Jesús. ¿ Qué consecuencias ha tenido esta
manifestación? ¿ H a vencido Jesús nuestro destino?

Cuando Dios se revela, aparece por contraste lo que somos


nosotros. La santidad de Jesús y su amor al Padre nos hacen ver la
trama de egoísmo y tibieza que nos aprisiona. La raíz de lo que nos
parece nuestro destino fatal está en nosotros mismos. Así, lo pri-
mero que nos regala la revelación divina es un diagnóstico co-
rrecto. Lo fatídico para nosotros no es algo venido de fuera: no
es un decreto de Alá, ni un karma férreo, ni leyes de la naturaleza
humana, ni una dialéctica histórica, cosas todas que se nos im-
pondrían desde fuera. No, lo fatal incumbe a nuestra responsabi-
lidad colectiva y, no obstante, libre: el pecado. No existe para el
hombre hado que le domine desde arriba o desde abajo. El hom- 431
bre se mueve en un gran espacio con sus propias acciones, que
lo pueden hacer feliz o desgraciado en el tiempo y en la eterni-
dad. Con ello es presentado el hombre en toda su dignidad y res-
ponsabilidad. En este sentido, la noción de pecado es un concepto
único de la religión judeocristiana, y fuera de la Escritura sólo 43
se encuentran vagas afinidades de ella.

335
Nuestra impotencia para salvarnos
Pero, a par de esta responsabilidad, la fe cristiana enseña tam- 256
bien que el hombre no puede salvarse por sí solo.
El contacto con Dios, nuestro fundamente, ha sido roto por el
pecado, y nosotros, sin Dios, no podemos restablecerlo. He ahí la
segunda gran característica de redención: el hombre solo no es
la medida de nuestra redención, como enseñan el humanismo y el
marxismo. Ni uno ni otro pueden liberarnos de ser simples hombres
(en estado de evolución). Pero Jesús nos levanta por encima de
nuestra impotencia mediante el don de su Espíritu, que contiene un
nuevo nacimiento: victoria sobre el pecado, vida con Dios y
liberación de la muerte.

Nuestra lucha contra el pecado y la miseria


Esta acción de Dios no nos condena a renunciar a nuestra res-
ponsabilidad, ni a la tarea de nuestro desenvolvimiento. Al con-
trario, Dios nos redime para que despleguemos nuestra propia ac-
tividad, bondad y amor; para vencer el pecado, el mal y la miseria

267
con todos los medios a nuestra disposición. Nuestro Dios no ad-
mite fatalismo. No hay que admitir resignadamente el pecado ni
la miseria como una fatalidad, o respetarlos como voluntad de
Dios. ¡ N o ! La voluntad de Dios es precisamente que los venzamos.
Ésta es la tarea que confía a la humanidad en su marcha a través
de la historia.
225-226 El cristiano no está llamado a interesarse por el desenvolvi-
miento terreno en grado menor que el humanista o el marxista.
El amor que aprende de Jesús y el convencimiento de que toda
bondad viene de Dios son las razones por las que el cristiano se
siente en la tierra, a fin de cuentas, en su casa más que otro cual-
409-410 quiera. El cristiano lucha contra las miserias de la vida con todo
416-419 lo que tiene a mano.
Cierto que, de hecho, la cristiandad alimentó a veces ideas fa-
talistas respecto de la suerte terrena del hombre. El mirar al cielo
hizo que muchos vieran como su misión más importante combatir
el pecado individual y no vencer la miseria humana en general.
Señaladamente algunos grupos protestantes — aunque no ellos so-
los — se mostraron fatalistas extremos en su conducta, pues se
negaron incluso a la vacunación y a la lucha contra las inunda-
ciones. Se tardó a veces en comprender hasta qué punto está lla-
mada la humanidad al progreso sobre la tierra. Hoy día, con una
visión histórica más amplia de la evolución, comprendemos ya me-
jor que la doctrina sobre el pecado, el amor y la responsabilidad
nos obliga a «dominar la tierra», es decir, a hacerla más humana
y habitable. (Sobre el eventual influjo de otras ideologías sobre la
conciencia cristiana hablaremos más adelante.)
Sin embargo, esta conciencia estuvo siempre viva en la fe
cristiana. Esta fe ponía el mundo en manos del hombre, un mun-
372 do que no era de dioses o espíritus o de una voluntad divina que
descartara la voluntad del hombre. Fuerzas bloqueadas quedaron
así libres. Por eso, no es azar que en la parte precisamente cris-
217 tiana de la tierra se iniciara aquel dominio de las fuerzas naturales
que llamamos ciencia y técnica. Si es cierto que en ocasiones hubo
creyentes que se cerraron contra ese progreso, también lo es que
éste nació de una visión cristiana del mundo en grado mayor de
lo que a menudo se imaginan creyentes e incrédulos.

«Tú levantas mi cabeza» (Sal 3, 4)


Sin embargo, hay momentos críticos en que el progreso resulta
una amarga ironía. Ante quien tiene delante a su niño muerto en
accidente de tráfico, es cruel hablar del progreso de la humanidad.
Su hijo no existe. Sabemos también cuánta, cizaña de necedad, mal
y miserias de distintas clases (alteraciones nerviosas y psíquicas)

268
puede crecer mezclada con el buen trigo del auténtico progreso.
Hay pecado y sufrimiento al que no puede llegar el hombre con
toda su energía ni con el más bello progreso. ¿Nos redime también
de esta fatalidad el mensaje de Jesús?
La respuesta fue dada con una palabra que, según vimos, es
la primera y más antigua del cristianismo. Jesús llevó a cabo algo
que no hicieron ni Buda, ni Mahoma, ni Marx ni otro alguno :
resucitó de entre los muertos. Éste es también el mensaje del pre- 174-180
senté libro: Jesús vive. El pecado y la muerte han sido vencidos. El
nifio muerto vivirá, no absorbido por el océano del universo, sino
con vida y amor propios suyos, unido con Dios y con los hombres.
Sin la resurrección nuestra fe no tiene sentido; sin la resurrec-
ción seríamos los más miserables de los hombres, embusteros pre-
cisamente en lo que más importa. La resurrección de Jesús quiere
decir que lo empezado en la tierra se acabará en la gloria. 411

Redimidos por la muerte de Jesús


Pero con esto no está aún dicho todo. El evangelio proclama
que hemos sido redimidos no sólo por la resurrección de Jesús,
sino también por su muerte. Éste es un nuevo consuelo para quie-
nes vivimos en el sufrimiento y en la angustia de la muerte. ¿ Cómo
ha de entenderse que una muerte pueda ser redentora ?

Dios creó una vida humana que, en la perfecta sencillez del


servicio, cumplió el destino propio de la creación: la vida de su 81-85
Hijo, que es imagen suya. Él fue el amor en este mundo sin amor. 154-157
Esa misión del amor fue para Él trabajosa. La vida de Jesús
nos hace ver lo dura que le resultó. En un mundo torcido, tuvo que
vivir rectamente; en una humanidad desobediente, permanecer obe-
diente; en un mundo egoísta, ser el amor.
Ello fue tan imposible, que lo mataron. Fue la culminación del
absurdo del mal, y la Iglesia trató de explicárselo desde el prin-
cipio con palabras del Antiguo Testamento. Ahí tenemos, en el se-
gundo Isaías, los cánticos del servidor de Yahveh (Is 42, 1-9; 49,
1-6; SO, 4-11; 52, 13; 53, 12). Estos cánticos hablan de una vida
fracasada, que luego resultó ser fuente de dicha y de bondad.

«Varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos,


ante quien se vuelve el rostro,
menospreciado, no estimado de nadie.
Pero él tomó verdaderamente sobre sí todas nuestras en-
fermedades...
Nosotros lo tuvimos por castigado...
Fue taladrado por causa de nuestros pecados...

269
Todos andábamos errantes como ovejas,
cada uno tiraba por su camino.
Pero Yahveh hizo caer sobre él
las iniquidades de todos nosotros.
...Plugo a Yahveh quebrantarlo con padecimientos.
Ofreciendo su vida en expiación...» (Is 53, 3-6.10).

No sabemos quién fue el personaje histórico de estos miste-


riosos cánticos que exaltan un dolor inocente que resulta fecundo.
Lo cierto es que expresan algo que sólo se realizó plenamente en
la muerte y resurrección de Jesús, y ayudaron a los apóstoles a
comprender que la muerte de Cristo tenía un puesto en los planes
de Dios.
Pero ¿cómo puede redimirnos la ruina, el dolor y la muerte de
alguien ?
Nos encontramos ante un misterio.que desborda todos los con-
ceptos, bien que despierta un eco profundo en nuestros corazones.
Vamos a detenernos algo más en este punto, pues muchos de nos-
otros nos hemos educado con ideas parciales acerca del mismo.
En la edad media y durante mucho tiempo después (incluso
hasta en la predicación de nuestros dias) se ha acentuado el as-
pecto de satisfacción: la muerte de Jesús fue un sacrificio de repa-
ración. El Padre había sido ofendido, el orden legal perturbado;
debía, pues, tener lugar un castigo. Este castigo se cumplió en el
Hijo. Así el orden quedaba de nuevo restablecido.
Tal concepción parte de una idea estrecha de justicia, que no
es totalmente la que hoy día poseemos. Era idea medieval que el
delito o el pecado viene a perturbar un orden legal que el castigo
y el dolor podían restablecer. También nosotros seguimos pensan-
do así con harta frecuencia. El que ha hecho algo malo, dice:
«Castígame, lo he merecido.» Nosotros, hombres de hoy, de ordi-
nario vemos la culpa y el mal de modo más personal. El molestado
y ofendido no es un orden jurídico, sino una persona. Así pues,
436-438 la reparación no se efectúa mediante el dolor y el castigo, sino
mediante las disculpas, las obras y el amor.
La interpretación de la Escritura se orienta también en este
sentido. La redención de que Jesús es portador, la Escritura no
la ve en primer lugar en los dolores que Él sufre a fin de resta-
blecer un orden jurídico, sino en la disposición de servicio y en la
bondad de su vida, satisfactoria por nosotros. El Padre no exigió
dolor y muerte, sino una vida humana buena y bien vivida. Que
acabara en tal muerte, fue debido a nosotros. Pero Jesús no se
arredró por ello. Su muerte fue su obediencia suprema. Así repa-
ró Él por nosotros. Vista así, su muerte fue voluntad dei Padre.
Que aquí estuviera incluido el dolor y la muerte, encierra un

270
tremendo .misterio que hombre alguno es capaz de penetrar. Pero
nosotros comprenderíamos erradamente este misterio si creyéra-
mos que el Padre «quería ver efusión de sangre».

El Nuevo Testamento se sirve de varias expresiones concretas


para designar la redención. Las principales son: rescate, reconci-
liación, justicia, sangre, pecado. Con frecuencia se interpretan en
el sentido de un orden jurídico restablecido de modo cruento. Pero
¿es esto lo que designan? Veámoslas por separado.

Jesús nos ha rescatado mediante su muerte. La palabra hace


recordar cómo Dios «rescató» de Egipto a Israel. Y allí no se
paga ningún rescate. Quiere decir que el pueblo vuelve a ser «pue-
blo de Dios». Así, por la muerte de Jesús, nosotros volvemos a
ser hijos de Dios. La alianza se restablece.
Se dice también que, por la muerte de Jesús, somos reconcilia-
dos con Dios. Consideremos la expresión. No se dice que Dios
se reconcilie con nosotros. No es un Dios airado el que ha de
reconciliarse con el hombre, sino el hombre pecador quien tiene
que reconciliarse con Dios. También aquí se trata de restablecer
la alianza.
Este restablecimiento se hace por la justicia de Dios. Pero,
contra lo que podría pensarse, esta justicia no es una justicia
férrea, inflexible, que exige el castigo hasta la última gota de san-
gre, sino el poder creador de Dios que nos hace justos y buenos.
Se habla asimismo de sangre. Oigamos las palabras de la últi-
ma cena: «Pues esto es mi sangre, la de la alianza, que será derra-
mada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).
Sangre es una palabra importante para comprender la obra
de Jesús. Es una alusión a la sangre de la alianza sinaítica: el
animal era sacrificado a Yahveh, pero la sangre, que pertenecía
a Dios, era asperjada sobre el pueblo. La sangre es un don de
Dios a Israel; Dios e Israel participan de una sola y misma san-
gre (vida); hay entre ellos una hermandad de sangre, casi podría
decirse consanguinidad.
Así, la sangre de Jesús no es tanto ofrenda a Dios cuanto
ofrenda de Dios. Jesús da su sangre no a un Padre que reclama
castigo, sino a nosotros. La sangre de Dios es nuestra sangre. Esta-
mos unidos: la nueva alianza es su sangre.
Por último, se halla el término pecado en el siguiente texto
paulino: «Al que no conocía pecado lo hizo pecado, con el fin de
que nosotros viniéramos a ser en Él justicia de Dios» (2 Cor 5,
21). Tampoco en este complicado contexto se da a entender que
Dios obrara «como si» Jesús fuera un pecador y dejara caer el
castigo sobre Él. Por el contrario, este párrafo quiere decir: Jesús

271
ha entrado de modo absoluto en nuestro mundo marcado por el
pecado y la muerte; se ha hecho a sí mismo una parte de este
mundo a fin de darnos en él su santidad. Se ha convertido en un
maldito colgado del madero para librarnos a nosotros de la mal-
dición de nuestras transgresiones.

Todas estas expresiones nos hablan de la obediencia de Jesús,


de su disposición a servir hasta la muerte. No dicen, en realidad,
suplente. Dios necesita su vida como amor en nuestro nombre.
Pero el que en este mundo quiere amar, choca — como Jesús —
en un mundo donde el que ama es desechado,
mundo, donde el que ama es desechado.
El gran misterio consiste en que el reino de Dios se ha difun-
dido aun cuando los hombres, todos nosotros, le dimos muerte.
No por esto se alejaron de nosotros Jesús y el Padre. En el ma-
yor pecado brilló el mayor amor. Así hemos sido redimidos por la
muerte de Jesús.
Por eso creemos que la muerte y la desgracia no son lo últi-
mo, un destino oscuro, pues Dios nos hace ver que de ahí puede Él
sacar vida y felicidad. Por eso es misión del cristiano trabajar
y confiar mientras puede. A él ha sido dada la esperanza de que,
cuando ya no pueda más, en la muerte o en la impotencia, todavía
puede, en unión con su Señor, dar y recibir.

Resumen
Resumamos brevemente cómo nos ha redimido el Señor. Jesús
coge el mal por su raíz, por el pecado. Y lo hace así por su obe-
diencia hasta la muerte. «Por sus llagas hemos sanado nosotros.»
Hay sobre la tierra un hombre bueno. Su espíritu quiere continuar
en nosotros su vida y su acción. Él opera en el hombre el princi-
pio de un nuevo nacimiento. Así pone a la humanidad en acción
contra el pecado y la miseria.
Redímenos además de ser meramente hombres. Hasta el fra-
caso deja de ser un destino solitario, puesto que significa que
«somos sumergidos» juntamente con nuestro Señor y hermano
410-412 Cristo. No se le quita al dolor su amargura, pero sí su fatalidad.
Debemos ante todo atacarlo hasta la postrera posibilidad; pero
luego, cuando ya no es posible más, sabemos que es dolor reden-
tor. Tal es la cualidad que le dio Jesús al pasar por él.
Si contemplamos atentamente una figura de Buda, cuyo rostro
sereno hace casi visible la evasión del dolor, y nos volvemos lue-
go súbitamente a una imagen de Jesús crucificado, percibiremos
por un choque lo ordinario y corriente que es esto último: un
hombre ordinario colgado de un madero. Sufre dolor y muere.

272
Ésta es la redención en que nosotros creemos. El redentor no se
evadió del dolor por la ascesis Pasó por él e hizo del dolor amor.
Hizo de él la cruz santa, los brazos extendidos del que resucitó
de la oscura muerte. La resurrección es la confirmación de la vic-
toria completa de Jesús sobre el hado Por la resurrección se con-
virtió la cruz en el símbolo más divino que la humanidad ha co-
nocido jamás La cruz significa despliegue definitivo de vida: amor.
No desaparecemos personalmente en la muerte, como enseñan
el humanismo y el marxismo, no quedaremos inmersos en la co-
rriente del universo, como se inclinan a pensar el hinduismo y
el budismo Tampoco llevaremos, lejos de Dios, una especie de
vida terrena perdurable, como enseña el islam. Nosotros amane-
ceremos en amor personal de unos a otros y de todos a Dios
En el último capítulo trataremos de explicar la relación que 476-480
en fin de cuentas guarda esta promesa con la revelación del amor
uni-tnno en Dios

Donde otras doctrinas ole salvación se superan a sí mts-


mas, ¿ es necesario ver la obra de Cristo ?
Todavía no podemos cerrar este capítulo Aún tenemos que
decir algo sobre las otras religiones y caminos de redención. Ya
hemos hablado de sus actitudes fundamentales, pero en estas re-
ligiones e ideologías hay todavía algo que vale la pena advertir En
ellas perviven impulsos que se armonizan difícilmente con su acti-
tud fundamental y sus propias explicaciones Ya lo dijimos en la
segunda parte de este libro, ahora debemos detenernos un mo- 3134
mentó en este punto
Hacia el comienzo de la era cristiana se puede reconocer en
el hinduismo una nueva inspiración preparada ya de antaño Esta
religión, cuya idea de Dios es tan varia y confusa, llega enton-
ces muchas veces a la fe en un solo Dios. Vishnu y Shiva son dos
figuras de Dios que, cada una en lugares distintos, son adoradas
como el Dios único
Esto no atenta aún contra los fundamentos del hinduismo, pero
sí el hecho de que un amor personal del Dios único y al Dios
único comience a mover los corazones. Así se expresa en el fa-
moso Bhagavadgita Este hecho apenas es compatible con la idea
de un mundo en que todo — incluso el «yo» humano — es llama-
do una ilusión. Parejo amor personal no puede tampoco explicarse
en el supuesto de un todo en que se pierde, despersonahzada, la
conciencia personal del hombre En la Bhagavadgita hay un lati-
do de encuentro personal De ahí nació una profunda poesía. Así
Tukaram, poeta del siglo xvn, le dice a Vishnu

273
«Tú sostienes mi mano y me llevas seguro,
pues a mi lado estás tú dondequiera.
Doquiera voy, en ti me apoyo,
pues mi pesada carga tú la llevas...
Nueva esperanza así me envías,
y una vez y otra a un mundo nuevo me conduces,
donde en cada hombre un nuevo amigo reconozco,
y quienquiera que encuentro es mi pariente.
Como un niño dichoso, oh Dios, estoy jugando
en tu mundo querido.
Por eso repite ahora T u k a :
Tu bondad se extiende por doquiera.»
Esta actitud de alegría y amor, que los principios fundamen-
tales del hinduismo no pueden justificar, la vimos también resonar
en el mensaje de Jesús. ¿ No sería posible decir que aquí el Espí-
ritu de Jesús se manifiesta de algún modo?

También en el budismo se opera un cambio. El verdadero fin de


esta vía es redimirse por la supresión de todo deseo, todo, incluso
el amor, que puede hacer padecer a un hombre. La benevolencia
es buena para llegar a la tranquilidad, dice el budismo. Pero absor-
berse en otro por razón del otro, impide la entrada en el nirvana.
Sin embargo, el budismo del Mahayana (el gran vehículo) ad-
mite realmente la solicitud por los otros. El hombre ideal no es
el asceta en su retiro, sino el boddhisattva, que predica y se en-
trega a los demás. Estos boddhisattvas desean realmente la salva-
ción de los demás. En lugar de extinguir este deseo, buscando la
tranquilidad para alcanzar así el nirvana, se inmergen de nuevo,
por amor del otro, en la corriente de las apariencias y de lo mu-
dable. Esta actitud delata un amor, que no puede tener fundamento
en la doctrina de Buda. La clave está en el mensaje de Jesús:
amor personal de Dios, a Dios y, por Dios, al prójimo.

Es admirable cómo penetró el amor en el islam. Es cierto que


el Corán tiene un versículo aislado en que se habla del amor a Dios
y a los hombres; pero es un amor de pura obediencia, no amor
de unión o comunión. Este amor de comunión no entra en los
dogmas del islam. Dios es el Inaccesible.
Pronto, sin embargo, en la edad media, por obra de importan-
304-307 tes hombres piadosos del mundo islámico, penetró una mística del
amor. Así, Al Halaj, que fue torturado el año 922 por causa de
su doctrina y murió rogando por sus verdugos, dejó este poema:

«Yo soy aquel [Dios] a quien amo,


él, a quien amo, es yo;

274
somos dos almas que moran en un cuerpo;
si a mí me veis, veis a él,
y si a él veis, nos veis a los dos.»

Los místicos del islam buscaban a menudo vincularse a Cristo.


Por otra parte, todavía en 1953, la revista de la universidad islá-
mica de El Cairo afirmaba que no hay una mística islámica -como
tal. La doctrina del islam no ofrece base para una mística del
amor. Nosotros creemos que el mensaje de Jesús le ofrece esa base.

No desestimemos sobre todo los valores cristianos que viven


en el humanismo y el marxismo. En el humanismo no hay que ir
muy lejos para dar con elementos cristianos. A menudo se viven
en él de manera impresionante. Pero el humanismo en sí no
puede dar la razón más honda de ellos. Ya hablamos sobre el pro-
blema del bien en el humanismo. Muchas riquezas se encuentran
en el humanismo que sólo pueden tener fundamento adecuado en
el mensaje de Jesús.

En el marxismo aparece una y otra vez la tendencia, que va


en realidad contra su propia doctrina, a considerar al individuo
y señaladamente al oprimido como valioso en sí mismo y no sólo
como parte de una humanidad valiosa. ¿No es lícito ver aquí algo
del Espíritu de aquel que cargó sobre sus hombros la oveja perdi-
da y dejó las noventa y nueve en el desierto ?

En resolución, en las religiones e ideologías ajenas a la fe


cristiana se hallan elementos que, estrictamente hablando, son
extraños a ellas, pero que están totalmente de acuerdo con el Espí-
ritu de Cristo.

Los no cristianos nos evangelizan


Pero no es esto todo. Parece como si la verdad de Cristo hi-
ciera sentir su efecto en los elementos propios de estas religiones
e ideologías. A menudo aparecen en ellas, a luz intensa, verdades 225-226
parciales de la fe católica. A veces son vividas unilateralmente en
exceso; otras, empero, con intensidad tan superior a la nuestra, 338-339
que nos dejan avergonzados. Así, la total dedicación del hindú,
la mansedumbre del budista, la entrega a Dios del musulmán, la
solicitud del humanista por las cosas de la tierra, la pasión del
marxista por la justicia y el progreso social.
Se puede decir que, en cierto aspecto, los caminos no cristia-
nos ponen de nuevo ante los ojos de los cristianos fragmentos de
verdad cristiana. En este sentido, a veces nos evangelizan.
Melquisedec, el sacerdote gentil del <Dios altísimo» en medio del 31

275
politeísmo cananeo, puede servir de símbolo para todos los que bus-
can en el mundo a Dios y un buen camino para el hombre. Melqui-
sedec es nombrado todos los días con honor en la celebración de la
sagrada eucaristía, inmediatamente después de la consagración.

Elección
Una pregunta para terminar: ¿A qué se debe que merecieran
las tierras en torno al Mediterráneo y Europa haber sido las pri-
meras, por mucho tiempo las únicas, en poseer la revelación
cristiana?
Esto sería lo mismo que preguntar por dónde mereció Abra-
ham ser llamado el primero, o por qué fueron los judíos el pueblo
escogido. La respuesta es siempre la misma: por la amorosa elec-
ción de Dios. Pero aquí hemos de considerar que la salvación es
240 para todos. No sólo se da a la Iglesia, sino que es dada por medio
de la Iglesia. Los cristianos son llamados a ser una «ciudad sobre
278 el monte», y mostrar así pacientemente que Jesús colma el deseo
más profundo y más grande de todo el que quiere conjurar el des-
tino, de todo el que quiere ser enteramente redimido, de todo el
que quiere ser puro, verdadero, y bueno, de todo el que anhela que
el amor sea lo último y lo más hondo.

VIDA EN ABUNDANCIA

427-430 Lo que se conoce en el amor entraña un misterio sagrado, pero


no es complicado. Así conocen el padre y la madre a su niño, cuan-
do una vez más van a cubrirlo por la noche: llenos de misterio,
pero cercana y familiarmente. Así conoce el niño pequeño a sus
padres; en muchas cosas sin entenderlos, pero no le son extraños,
sino familiares.
Confiamos también que lo que vamos a decir en los capítulos si-
guientes sobre el don insondable de Dios, no aparezca complicado.
Pues no de otra cosa nos proponemos hablar, sino del Espíritu de
188-194 Dios, infinitamente simple, que no confunde, sino que reconforta.

La gracia
Dios quiere que poseamos su Espíritu. Este deseo actúa en el
interior de toda la marcha ascendente de la humanidad. Se mos-
tró de manera particular en la historia de Israel, pero no se re-
170-175 veló plenamente hasta que Jesús, hombre como nosotros, nos dio
su Espíritu.
La riqueza de este don está expresada en la Sagrada Escritura
y en la tradición con diversos términos, que apuntan todos a una

276
misma realidad: recibimos vida divina, somos hijos de Dios, esta-
mos en Cristo, Dios mora en nosotros, somos miembros del cuerpo
de Cristo, recibimos la gracia. Asi se expresa invariablemente, en un
aspecto cada vez distinto, la presencia del Espíritu Santo en nosotros.

Detengámonos particularmente en uno de esos términos: la gra-


cia. En la instrucción religiosa se ha solido distinguir entre gra-
cia santificante (el estado de gracia) y gracia actual o auxilio de
la gracia, que se concede para cada acto. El que recuerde aún esta
distinción, no olvide que se trata siempre de la misma gracia, de
la presencia del único Espíritu Santo.
El Espíritu que entra en nosotros es Espíritu viviente. Por eso
es inexacto hablar de la gracia como de algo impersonal que se
nos diese en cantidad, como si el don de Dios fuese — discúlpese
la expresión — una especie de fluido sobrenatural invisible o
— dicho de otra forma — un certificado de que somos miembros
de la Iglesia. La gracia consiste en ser conocidos y estar anima-
dos por Espíritu de Jesús y del Padre.
«¡ Gracia a vosotros y p a z ! » : con este saludo comienzan casi
todas las cartas del Nuevo Testamento. Prácticamente, es la más
antigua expresión escrita de la buena nueva que poseemos: Gratia
vobis et pax (1 Tes 1, 1).

En las lenguas de la Sagrada Escritura, griego y hebreo, la pa-


labra «gracia» posee una rica gama de matices semánticos. Sig-
nifica — para empezar por éste — la respuesta de Dios a nuestros
pecados, es decir, su misericordia, el apartar la vista de ellos,
perdón («otorgar gracia», en oposición a «hacer justicia»). 436-438
E s t a palabra indica a la vez que es don libre de Dios, iniciati- 280, 289
va que no depende de prestaciones nuestras (algo que se nos da
«gratis»). Gracia significa finalmente que el hombre es objeto del
beneplácito divino, que es gracioso o agraciado.

«Gracia, gratis, gracioso» son tres expresiones que en la vida


d i a r i a — c a d a u n a en su c a m p o : el derecho, el comercio y el trato
m u t u o — tienen u n a g r a t a resonancia. La palabra «gracia» es un
intento de explicar la riqueza de lo q u e Dios hace con nosotros.
Estos tres significados se hallan desarrollados sobre todo en las
cartas de san Pablo. Lleno de gratitud, proclama u n a y otra vez
el apóstol que, como pueblo cristiano, 1) hemos sido liberados del
pecado, 2) y lo hemos sido sin hacer nada de nuestra parte, y
3) cómo la gracia nos ha renovado y purificado. L a explicación
m á s apasionada y siempre actual, la da P a b l o en los capítulos 1-8
de la carta a los Romanos. N a d a m e j o r podemos hacer que remi-
tir a ellos al lector, y, eventualmente, al comentario que ofrecen

277
— en modesta medida— las ediciones de la Biblia a estos magnífi-
cos textos sobre la gracia.

¿Dónde hallamos la gracia?


La gracia no está sólo dentro de nosotros, sino entretejida con
toda la realidad. Por ejemplo, la gracia de Cristo en mi esposa
puede ser para mí una gracia. Mi misma esposa es entonces una
gracia, un gesto del amor liberal y redentor de Dios.
No es del todo exacta la expresión que se oye a veces: Después
de Dios o junto a Dios, todo lo debo a mis padres. Dios no está
delante ni al lado de mis padres. El Espíritu de Dios viene tam-
bién a. mí en ellos. Mejor sería decir, cuando se quiere expresar
algo semejante: mis padres son para mí una verdadera gracia
de Dios.
Mas no sólo los hombres; también las cosas y hasta las situa-
ciones, pueden ser para nosotros una gracia de Dios. La reden-
ción de Dios puede obrar por medio de todo cuanto existe. El que
tiene en sí el Espíritu, lo encuentra como amigo fuera de la pro-
pia persona. «Sabemos que todas las cosas colaboran para bien
4-«7 de los que aman a Dios» (Rom 8, 28). Todas las cosas. Nada
bueno en la creación se sustrae al influjo de Cristo.
6 El camino real del Espíritu es el que pasa por los otros hom-
232, 258 bres. Y aún debemos decir más radicalmente: El Espíritu se nos
280, 292 da siempre en común. Sería individualismo engañoso pensar que
306, 317 el Espíritu Santo se da a cada uno aislado de los demás. Todos
358 juntos tenemos un solo Espíritu. El Espíritu nos une, nos traba,
413 forma de nosotros una Iglesia o comunidad, nos hace estar en
438 Cristo, nos hace hermanos unos de otros. Por eso, comemos todos
de un mismo pan. Sólo viviendo en comunión con otros hombres
creyentes, recibimos la vida de Dios, no de otro modo.
Incluso fuera de la Iglesia visible obra el Espíritu Santo, aun-
que no se crea en Cristo (con tal de que el hombre procure vivir
según su mejor ciencia y conciencia, y se mantenga abierto a
Dios); pero ni siquiera en este caso se trata de la acción sobre un
hombre aislado, que experimentara algo interiormente para sí solo;
240 también entonces opera el Espíritu Santo sobre el amor mutuo y
lo fortifica.

En los capítulos que siguen vamos a exponer la actitud funda-


mental que en nosotros opera la gracia; pero no nos valdremos,
como en el capítulo sobre Pentecostés, de la síntesis de Gal 5, sino
de la división de 1 Cor 13, que tan profundamente se ha arraigado
en el pensamiento cristiano: fe, esperanza y amor.

278
124-128
LA FE 228-233

Creer. Qué es y qué no es


Jesús habla más a menudo sobre la fe que sobre el amor. La
fe es el don del Espíritu Santo, por el que entregamos todo nues-
tro ser al que es mayor que nosotros, y asentimos a su mensaje. 126-127
La fe no se constituye sólo por el entendimiento que razona; en
tal caso sería fría afirmación, no fe. Tampoco nos lleva a ella un 427-430
sentimiento superficial, pues para ello no sería menester ahondar en
el campo del entendimiento y sus razones. No. Por la fe se entra
en contacto, de una manera efectiva y profunda, con realidades
como la historia de Israel, Jesús de Nazaret y la existencia de la 39-227
Iglesia. Todas estas realidades en conjunto constituyen un testi-
monio que nos sitúa ante una opción. Nuestro entendimiento refle-
xiona sobre ello. Pero el Señor que da testimonio, clama: «Es
indudable que no se puede llegar a la fe sin reflexión; pero, si quie-
res conocer realmente quién soy, te pido la entrega de ti mismo.»
La fe es un salto, pero un salto que encuentra la justificación en
sí mismo. En la propia entrega experimentamos que en ella está
la vida, el crecimiento y el camino. Si la cosa se pudiera calcular
matemáticamente, ya no sería una experiencia tan auténticamente
humana y viva.
Es algo así como lo que sucede cuando se conoce lo que es más
digno de ser conocido en el mundo: a otro hombre. También aquí 229
la razón es insuficiente. El que contrae matrimonio, no lo hace
porque ha penetrado todas las reconditeces de su consorte, sino por-
que cree en él. Es el modo de conocer para todo lo que hay de
grande y total en nuestra vida. Por eso — y en medida supe-
rior — por la fe conocemos al Creador que se nos revela.
Hay dentro de nosotros, tan honda como nuestra conciencia,
la profunda certeza de que es bueno creer. Lo que es más profun-
damente valioso, es también más profundamente verdadero.
Cuando nuestros oídos oyen la Escritura y nuestras manos to-
can la Iglesia, en lo más hondo de nuestro ser vislumbramos algo
de Dios. Esto acontece de la misma forma en que nuestra con-
ciencia experimenta algo de Dios: velada, nunca directamente y,
no obstante, como algo que determina nuestra vida entera y nos
coge más profundamente que otra realidad alguna. Podemos des-
oír y hasta sofocar este llamamiento, podemos darle las más va-
rias interpretaciones por razón de la educación recibida y las
propias ideas, pero existe. Y apenas el hombre se serena o tiene
que tomar una decisión vital, ahí está esa conciencia, esa voz, el
Espíritu de Dios en el fondo de nuestro ser.

279
127 De la fe hablamos ya al narrar la vida de Jesús. Allí vimos la
grandeza de la fe en el mero hecho de que las gentes sencillas no
van a la zaga de los hombres instruidos. No se trata, en efecto, de
talento intelectual, sino.de la entrega de sí mismo. Una mujer que
abre la puerta al predicador de una religión extraña y se contenta
con decirle: «Nosotros tenemos ya nuestra religión», puede expre-
sar con ello una auténtica fe. Incluso los que se han criado en un
país puramente católico y no se han preguntado nunca si la fe ca-
tólica es la verdadera, pueden también tener una fe muy auténtica.

Fe quiere decir participación en la vida de Dios. La luz que se re-


cibe no es, por ende, obra nuestra, sino obra de Dios, gracia que se
277 recibe gratis (si no, no sería gracia). Lo que no quiere decir que el
hombre reciba este don sin poner nada de su parte: el hombre tiene
ante todo que abrirse a la fe. Pero lo que Dios da no es equivalente
ni guarda proporción con lo que hace el hombre. Las vías por don-
de viene la fe son múltiples: la educación, el trato con otros, etc.

278 Del don de la fe hay que decir lo que es verdad de todo otro
don: nunca se nos da sin relación con otros hombres. La fe es
algo que atañe a todos. Creemos todos juntos.
Se cree también pura los demás hombres. Ésta es la única res-
276 puesta a la pregunta de nuestro corazón: ¿Por qué creemos nos-
240 otros y ellos no? Lo que se nos ha dado sin mérito alguno nues-
337-338 tro, significa también, de muchos modos, algo para los demás.

La fe es respuesta afirmativa a la revelación de Dios. Pero en-


tenderíamos equivocadamente esta revelación si la tomáramos como
351 un gran sistema de verdades hechas y derechas. La revelación es
en primera línea un mensaje y una luz: luz de Dios sobre nuestra
vida, sobre la historia, sobre el bien y el mal, sobre la muerte, so-
bre Dios mismo, sobre el valor definitivo del amor. Al proclamar
esta revelación, hay que valerse de palabras, es menester un or-
den y un contexto. Pero no debe darse nunca la impresión de que
la revelación de Dios sea un sistema de valiosos elementos de in-
formación sueltos. Es más bien una visión de la realidad desde
Dios. Ver con los ojos de la fe significa ver con los ojos de Dios.

«Pues, según está escrito: Lo que el ojo no vio ni el


oído oyó, ni el corazón humano' imaginó, eso preparó
Dios para los que le aman.

»Pero a nosotros nos lo ha revelado Dios por el Es-


píritu; porque el Espíritu lo explora todo, aun las pro-
fundidades de Dios. Entre los hombres, ¿quién es el que
sabe lo que hay en el hombre, sino el Espíritu del hom-

280
bre que está en él ? De la misma manera sólo el Espíritu
de Dios sabe lo que hay en Dios. Ahora bien, nosotros
hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu
que viene de Dios, para que conozcamos las gracias que
Dios nos ha concedido. Éste es también nuestro lenguaje,
que no consiste en palabras enseñadas por humana sabi-
duría, sino en palabras enseñadas por el Espíritu, expre-
sando las cosas del Espíritu con lenguaje espiritual.
»E1 hombre puramente humano no capta las cosas del
Espíritu de Dios, porque son para él necedad; y no pue-
de conocerlas, porque sólo pueden ser examinadas con
criterios de Espíritu. Por el contrario, el hombre dotado
de Espíritu puede examinar todas las cosas, pero él no
puede ser examinado por nadie.

»Pues, ¿quién conoció la mente del Señor, de modo


que pueda aconsejarle ? Pero nosotros realmente poseemos
la mente de Cristo» (1 Cor 2, 9-16).

La fe como tarea
Nuestra fe no se mantiene sin poner nosotros manos a la obra.
Es algo que se atiende o se descuida. Es decir, la fe es una tarea.
El que reconoce íntimamente la revelación de Dios, tiene aún ante
sí largo camino que andar.
Se trata de llevar a la práctica la más profunda verdad que
uno cree, pero no ve y, a veces, ni siente. La fe es una y otra vez
salto en el vacío. Cuando nos invade el encanto de una tenta-
ción, hay que dar un salto en el vacío si queremos realizar la fe
y contestar que no, es decir, decir que sí a los hombres a quienes
queremos ser fieles, y decir que sí a Dios. En un día de lluvia
porfiada, rodeados de colegas impertinentes, con gritos y discusio-
nes en casa, es obra heroica creer en el Espíritu Santo y, por
ende, en la posible bondad de los otros y la nuestra propia. Cuan-
do estamos abrumados, es obra de fe heroica seguir confiando en
Dios y aceptar el sentido que Jesús dio al sufrimiento.
La fe, pues, no consiste en ser miembro de la Iglesia y conti-
nuar siéndolo inconscientemente. La fe tiene siempre algo que
ver con el momento presente. Es creer que Dios tiene poder en
este momento para no dejarnos solos, que puede en este momen-
to cambiar el curso de las cosas, que puede ahora mismo hacer un
milagro de su amor. «Entonces él se levantó, increpó al viento y
dijo al m a r : "¡Calla! ¡enmudece!" El viento cesó y sobrevino
una gran calma. Luego les dijo: "¿Por qué estáis medrosos?
¿Cómo no tenéis fe?"» (Me 4, 39-40). La fe es superación de la

281
desconfianza del mundo en Dios. Es una de las grandes fuerzas
en el progreso de la humanidad. ¿Es de maravillar que tan fre-
cuentemente recomiende Jesús dar este salto más allá de nos-
otros mismos?

¿Es razonable la fet


Esta superación de la desconfianza no es irracional. Aunque
229 la razón no sea capaz de penetrar hasta el fondo, puede reconocer,
126 sin embargo, que la fe es el verdadero modo de conocer las gran-
des realidades. Además, la fe no es tal que en ella haya de guar-
dar la razón silencio absoluto. El capítulo sobre la resurrección
y otras muchas páginas de este libro ponen de manifiesto que la
reflexión tiene aquí su función propia. Es un modo de ver típica-
mente católico que la razón y la fe se dan la mano. La reforma, fiel
218 a su reserva frente a las posibilidades salvíficas de Jo terreno, re-
213 calca más la trascendencia de la fe.
421-422 Acerca de las relaciones entre la fe y la ciencia, han surgido
muchos aparentes problemas, pues se tuvo por fe lo que no lo era,
y por ciencia lo que tampoco lo era. La revelación no nos dice
nada acerca del curso de los astros ni sobre el origen del mun-
do. Y la ciencia no tiene tampoco nada que decir sobre lo más
profundo de nuestra vida ni sobre la procedencia última del
mundo. Sin embargo, como la fe y la ciencia se mueven en la
misma realidad, los conflictos son siempre posibles. Conflictor,
por lo demás, aparentes, pues sólo hay una verdad única.
En los casos en que la ciencia seria es competente, ella tiene
prioridad en los casos de conflicto, con aquella medida de certeza
que le es propia y que a menudo es mera hipótesis. Si los creyen-
tes lo han entendido a veces de otro modo, ello se debe a que han
sacado de la revelación conclusiones que no les era lícito sacar.
Así, del relato de la creación, que es una descripción poética de
los orígenes de la humanidad, se ha concluido a veces la imposi-
252-254 bilidad de una evolución. Pero no es éste el mensaje divino con-
tenido en el relato. Así también se han tenido hasta poco ha ideas
53-57 a propósito de la interpretación literal del Antiguo Testamento y
200-203 del Nuevo que parecían evidentes y, sin embargo, no pertenecen
al mensaje divino.
¿Es la fe más cierta que la ciencia? La fe ofrece una especie
distinta de certidumbre. Digamos sólo que la adhesión o asenti-
miento a la fe se enlaza con nuestra capacidad más profunda.
Ello hace de esta certidumbre la más honda y la más grande que
conocemos sobre la tierra. Pero es, al tiempo, una certeza de
entrega y amor, de amor a Dios, a quien sólo en esta entrega
conocemos. Esto quiere decir que en ella no pisamos tierra firme,

282
por así decirlo Por tanto, la duda es ingrediente esencial de la
certidumbre de la fe.

La duda
Si uno vuelve la vista a sí mismo, cabe preguntarse siempre
¿ No me engañaré a mí mismo, o no seré engañado por o t r o ' Los
períodos de certidumbre pueden alternar con otros de vacilación o
sacudidas internas La fe de muchos hombres es de perenne tran-
quilidad, la de otros se debate, por lo general, entre dudas 1
La presencia de la duda no dice por sí misma nada contra la
certidumbre con que se cree Una duda violenta puede darse la ma-
no con una fe firme como una roca Es más, precisamente una fe
fuerte pasa a menudo por grandes dudas Cuanto más ama uno,
cuanto más totalmente se entrega, tanto más se abandona el pro-
pio yo, tanto más se pone en juego Una fe atribulada sigue siendo
fe plena. La fe real es siempre plena o entera No se puede ser
mitad creyente y mitad incrédulo Desde el momento en que uno
dice Sí, quiero creer, cree plenamente Nadie ha apostatado nunca
de su fe si realmente no ha querido.
El pobre hombre que según el evangelio clamó a Jesús «Creo,
Señor, pero ayuda a mi incredulidad», tenía fe entera Por eso
curó Jesús a su hijo Teresa de Lisieux pasó por espantosas dudas
en su fe antes de morir en su convento a los veintitrés años De
su fe no había quedado más que su última entrega Quiero creer,
ayuda a mi incredulidad. Así, esta humilde monja se hizo una
santa, que merecería un puesto entre los héroes de la fe de los que
habla el capítulo 11 de la carta a los Hebreos En medio de la
gran crisis de fe por la que pasaban sus contemporáneos, desde
los intelectuales a los obreros, sufrió ella este dolor con suprema
entrega de amor, en dos periodos de nueve meses i Cuánta vida
no habrá brotado de aquel dolor y aquella entrega'
Contemplemos al Señor mismo en sus tentaciones del desierto
y en su grito de abandono sobre la cruz En Él vemos mejor que
en parte alguna cómo la duda no suprime la certeza Precisamen-
te en las tentaciones y en la cruz se consuma su entrega
Por dondequiera abramos la Sagrada Escritura hallamos hom-
bres que sufren crisis de fe y confianza Abraham (Gen 22) , el
pueblo en el desierto (Éx 17, 4-7), el pueblo después de la destruc-
ción de Jerusalén (Is 49, 14) , hombres enfermos (Sal 22) , hom-
bres de responsabilidad (Le 22, 31)
1 Aquí empleamos la palabra «duda» para cualquier tentación o dificultad en
la fe, no entendemos, pues, la duda en el sentido en que la entienden algunos textos
de religión, es decir, como resistencia a la entrega en que consiste la fe Sobre el
pecado de la duda en este sentido, cf en la tercera parte «El que no cree»

283
Cada época tiene sus propias formas de crisis de fe. H a habido
siglos en la historia de la Iglesia en que la oscuridad apareció
287-288 más bien como desesperación. Se creía estar condenado para
siempre: Dios no me salva. O se pasaba por un período de es-
crúpulos o angustias de conciencia. Una forma que aparece fre-
cuentemente entre nosotros es el sentimiento de que la existencia
de Dios y del Espíritu de Jesús son pura ilusión.
470-476 La duda puede venir de las más variadas direcciones: ¿ Cómo
se compone la crueldad de este mundo con la bondad de Dios ?
O bien: La salvación que se predica no es para mí. O bien: Dios
2-24 no entra en la experiencia de mi existencia. No me dice nada.
260-276 O bien: Las gentes que no tienen fe, viven tan bien o mejor que
268-337 los creyentes. Sobre parejos interrogantes se habla en otras par-
tes de este libro a la luz de la revelación divina. Aquí sólo nos
preguntamos qué ha de hacer el cristiano en tiempo de duda.

¿ Qué puede hacer el cristiano en la duda f


Antaño se daba frecuentemente el consejo de no pensar en ello.
Este consejo tal vez fuera oportuno cuando uno estaba torturado,
por ejemplo, por la idea angustiosa de su propia condenación. Me-
.nos acomodado parece a la situación actual. Sin embargo — ¡ co-
mencemos por aquí! — todavía podemos sacar de este consejo
alguna sabia norma, y es la siguiente: no nos dejemos arrastrar
por cualquier pensamiento que se nos ocurra, no seamos esclavos
de ideas fijas. A menudo es también bueno no meterse en averi-
guaciones sobre la duda en el mismo momento en que nos asalta.
Sigamos por de pronto viviendo simplemente como creyentes que
somos; fijemos luego un momento para ocuparnos de la duda:
hoy, al mediodía, mañana, el mes que viene. En el momento fijado,
examinemos despacio nuestra duda (si es menester, con papel y
pluma en mano).
Bueno es sobre todo consultar a otros creyentes: a un sacerdo-
te, a un amigo, a un maestro, a un profesor. Si uno nos desilusio-
na con sus respuestas evasivas o con sus falsos razonamientos,
acudamos a otro. En asunto tan importante, un esfuerzo prolon-
279 gado no es demasiado pedir.
Muchas veces se descubre que la impresión de claridad y evi-
dencia despertada por la duda es más aparente que efectiva. Que-
da uno como fascinado por una idea que se deshilacha apenas se
confronta con la realidad entera. Una aclaración puede hacer
mucho bien, siquiera por el hecho de averiguar que no era doc-
trina católica lo que se tenía por tal. De este modo se aprende
a conocer mejor el mensaje propio de Jesús. Por eso es también
bueno consultar a hombres doctos y leer buenos libros.

284
Sin embargo, el esclarecimiento no significa siempre la cura-
ción, pues las dificultades de la fe radican en honduras a que no
llega el intelecto Lo absurdo del dolor nos abate o sentimos que
Dios no nos dice nada Y así muchas otras razones A la verdad,
aun entonces, un mejor conocimiento de la fe puede proyectar luz
sobre nuestros problemas y preocupaciones, si comprendemos, por
ejemplo, que Dios lucha a nuestro lado contra el mal o si descu- 470-477
brimos su presencia en nuestras alegrías diarias.
Y, sin embargo, el mero saber no ahonda lo suficiente Puede
haber otra cosa en el fondo Nuestra fe ha podido perder su rum-
bo o vacilar, porque no vivimos ya de acuerdo con ella, y nos
dejamos arrastrar por «las preocupaciones del mundo, la seducción
de las riquezas y toda suerte de malos deseos» (Me 4, 19) Tal vez
hayamos tomado una resolución contra nuestra conciencia, y poco
a poco hemos logrado acomodar a ella nuestra creencia También
ha podido oscurecerse nuestra visión de Dios por alguna perturba-
ción interior, por no haber sido capaces d« amar a los otros, por
habernos permitido aborrecer a nuestro propio padre, etc Son
cosas contra las que el mero pensar no vale para nada 117
i Qué hacer, p u e s ? El remedio está muchas veces en ajustar
realmente nuestra vida a nuestras creencias y humillarnos en la 3 19
medida en que no lo hemos logrado. A otros se les pedirá mayor 228 230
apertura y vigilancia para descubrir a Dios en todos los aconte-
cimientos.
Y queda aún la oración, acto mucho más vital que la refle- 113-122
xión Clamar al mismo en quien creemos, por más que la fe en
Él sufra tribulación Para ello, hay que precaverse contra la 293-307
insinceridad, no esconderse, por así decirlo, entre discursos y ora-
ciones A veces, la única oración posible será ésta «Señor, si
existes, dámelo a conocer » A veces, esto es más sincero que re-
flexionar sin orar El que sólo reflexiona, cubre muchas veces su
oración con discursos, porque no cuenta ya con la posibilidad de
que su oración sea escuchada.
Pero, a veces, la superación de la duda necesita otros proce- 362 363
dimientos exige que uno normalice las relaciones con sus seme-
jantes El hombre que choca con todos, que no sabe entregarse
confiadamente, que vive humanamente aislado — acaso por incapa-
cidad completamente inculpable — muchas veces sentirá la fe como
algo imposible Y caso que crea en Dios y en Cristo, su fe carece
casi en absoluto de calor y calidad En estas condiciones, pensar
en Dios sólo es una manera de permanecer aislado El remedio
sería que otros se acercaran a él con calor y amor, y así le devol-
vieran la posibilidad de creer en la vida, de creer en los otros, de
creer en el Señor.
Alguien ha dicho en una ocasión Hay tantos modos de orar

285
como hombres. Lo mismo se podría decir seguramente acerca de
las dificultades' en la fe. De ahí la imposibilidad de dar consejos
de validez universal. Pues también puede haber gentes que no
deban ya precisamente concentrarse en Dios, sino liberarse de una
concentración que ha venido a ser obsesiva y vivir simplemente,
sin privar a sus incertidumbres de ninguna posibilidad de arreglo.
«Si Dios existe y el cristianismo no es una ilusión, la fe en Dios
puede muy bien sobrellevar la duda» (H.M.M. Fortmann). En tal
caso, no se hace otra cosa sino ser sincero con los demás ni otra
oración sino la de mantenerse abierto.
«Cuando le abrí, estaba silbando junto al umbral de la puerta,
cosa que él no hace nunca.» Así describe la madre de un estudian-
te la vuelta de su hijo, después de que un sacerdote le había
dado un consejo semejante al que acabamos de presentar. Nuestro
Dios es Dios de alegría y paz.

Nos hemos detenido tanto en las dudas de fe, precisamente


porque ellas hacen ver a su manera qué es la fe. La duda for-
ma parte de la fe. Tiene en ella un sentido y una función po-
sitiva. Obliga al creyente a formarse más clara idea del mensaje
de Jesús. Hace más consciente la entrega de sí mismo. Purifica
la fe de motivos accidentales. La dilata, pues las realidades y va-
lores recién descubiertos — fuente de muchas dudas — no aparecen
H, 45 ya como algo ajeno a Dios, sino como algo que nos viene de Él
61 (véase de qué forma tan grandiosa acaeció esto en la crisis de fe
de Israel en la cautividad de Babilonia, Is 40-55).
En una palabra, la crisis interioriza y da calor a nuestro con-
tacto con Dios, pues es una parte de nuestra historia vivida con Él.

ESPERANZA

i Será menester hablar de la esperanza después de la fe ? Una


fe plenamente vivida entraña la esperanza. Sin embargo, bueno
será que penetremos algo más en el calor y alegría de nuestra
entrega a Dios por la fe. Porque la esperanza no es más que el
lado de la fe que nos da la certeza de que Dios tiene cuidado del
mundo y lo ama.
La esperanza no es un vulgar optimismo, un verlo todo color
de rosa según el lema: Esperemos siempre lo mejor, luego veremos.
Tal actitud puede ser debida a un carácter alegre, pero también
superficial.
La auténtica esperanza sólo tiene fundamento cuando podemos
pensar confiados en las postrimerías de la vida. La eternidad de
Dios y la resurrección de Cristo son las razones de la esperanza

286
cristiana; a las que se añade la bondad de Dios, que no abando-
nará a aquellos por quienes vivió* Jesús, mientras nosotros nos
mantengamos asidos a Él. Pero esta confianza no podemos dár-
nosla nosotros mismos, es don del Espíritu Santo.
La esperanza no entraña oposición al buen sentido crítico ni al
realismo. Una vista penetrante v y sin falsas ilusiones para nuestras
propias deficiencias y las del mundo es perfectamente compatible
con la esperanza. La manera como se manifiesta la esperanza de-
pende del carácter y disposición de espíritu. En uno es paz pro-
funda a pesar de todo lo que pueda ocurrir; en otro, una lucha
contra el ingénito pesimismo; en otro, la capacidad de no exacer-
barse nunca ni dar entrada al rencor. La esperanza consiste cierta-
mente en confiar en que nuestra propia vida eterna está en buenas
manos, pero no es única y exclusivamente esto; es saber que es
la vida del mundo entero lo que está en buenas manos. Dios tiene
un designio de bondad sobre cada hombre.

Confianza en el hombre
La Iglesia cree en los designios bondadosos de Dios sobre to-
dos los hombres. Así, en el mundo hay un pueblo que confía en el
hombre. Nadie está excluido de la gracia de Dios. El perseguidor
puede convertirse en apóstol, el blasfemo en santo, y hasta pode-
mos creer que el ignorante procede de buena fe. No es lícito des-
truir al contrario, sino que se le debe invitar a que entre; por él
habrá mayor alegría en el cielo que por los noventa y nueve justos
que ya están dentro. En una palabra, todo hombre está destinado
a la dicha. Nadie está reprobado. Lo cual no es tan evidente y
natural como acaso se pudiera creer. El comunismo, por ejemplo,
que prevé la salvación para toda la humanidad, opina que hay
hombres definitivamente excluidos del bienestar. Un capitalista
no puede hacerse jamás proletario. Tiene que desaparecer, no con-
vertirse, pues para ellos es incapaz de cambio. No se confía en
toda la humanidad, como lo hace el cristianismo. Un comunista
puede hacerse cristiano y, a menudo, muy buen cristiano. Es más
— para citar un caso de orden distinto —: el peor asesino que pi-
diera ser admitido en la Iglesia de Jesús, no podría ser rechazado.

Muchos humanistas profesan una efectiva confianza en el hom-


bre, pero les falta la fe en la resurrección y, por ende, son en
cierto sentido «hombres que no tienen esperanza». A su confianza
les falta el áncora por la que la confianza cristiana es inconmo-
vible: la bondad de Jesús que puede dar al hombre un nuevo
nacimiento. En el humanismo, el hombre queda reducido a sí
mismo. Un humanista que medita sobre su propia maldad y la de

287
los demás, como lo hacen, por ejemplo, muchos existencialistas
franceses, no tiene base sólida para la esperanza. El hombre es
absurdo y pura insinceridad.

El cristiano convencido de que Dios había excluido de antemano


a alguien de su amor, sería un hereje, es decir, presentaría como
revelado por Dios algo que Dios no ha revelado. Sigúese que la
predestinación al mal es una idea anticristiana, que deforma y
oscurece la actitud para con Dios y para con los hombres.
Cierto que la conciencia católica ha visto a menudo con poca
claridad cómo puede salvar Dios a uno que muere como musulmán.
242 Estrechez de miras que ha ennegrecido a menudo la confianza de
los cristianos en la bienaventuranza eterna de toda la huma-
nidad. Pero, aun en estos casos, nunca ha faltado por lo menos
la certeza de que todo hombre recibe la gracia suficiente para
salvarse.
Esta esperanza se ha ido haciendo cada vez más fuerte en la
Iglesia, y todavía ha de fortalecerse más. Es una gran fuerza en
el hombre esta confianza de que va ascendiendo hacia el que no
es Dios de muertos, sino de vivos.

Frente a la actitud expuesta, se yergue la tentación de deses-


perarse y la desconfianza. La desesperación sería imaginar que
nuestros pecados son más poderosos que el amor de Dios. Dios,
dicen, no nos salva. La desconfianza en el amor de Dios pue-
de ser una tentación muy grave. El que la consintiera de todo
corazón desconocería el atributo más propio de Dios y cometería
pecado grave. Pero ¿quién podrá decir en qué caso se trata de
un sentimiento patológico de desesperación y en cuál de un recha-
zo deliberado —y, por tanto, culpable— de la mano salvadora
de Dios ?

La paciencia
La paciencia anda muy pegada a la esperanza, y consiste en
estar vigilante, con afecto, pero desapasionadamente. Sin dar lugar
a la amargura y al resentimiento, hay que estar pronto a recoger
cualquier centellita de bondad que brille en las acciones del pró-
jimo, cualquier centellita de verdad en sus palabras. La paciencia
es una de las virtudes más apreciables de nuestros días, en que se
expresan y mutuamente combaten tan variadas opiniones, en que
se tropieza con tanto rencor, y tantas heridas hacemos y recibi-
220-222 mos. Que la esperanza en Dios nos dé paciencia para no cerrarnos
a nadie y no ser nunca ciegamente duros.
Creemos, en efecto, que en los tanteos y búsqueda de la huma-

288
nidad, Dios revela cada vez con mayor claridad su rostro, hasta 457-467
que aparezca Jesús, que es, para nosotros, la faz humana de Dios.
Él sacará de la humanidad el reino de paz y de bondad. Ésta es
nuestra más profunda esperanza. ¡ Ven, Señor Jesús! Maranatha!

AMOR 132

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por


medio del Espíritu Santo» (Rom S, 5). El amor de Dios. ¿Quiere
decir Pablo el amor a Dios? No. Pablo habla del amor que viene
de Dios.
A los hombres se nos ha hecho merced de una chispa del gran
incendio divino. Por eso, el primer pensamiento de un cristiano no
debe ser: «tengo que amar»; hay algo, que es anterior: «De hecho,
amo.» Por el hecho de pertenecer a Jesús, poseemos ya el amor
en nosotros. Somos hombres que amamos, y lo somos no por nues-
tros méritos, sino por una donación de Dios que no está a nuestro 277
alcance.
Reconocer que se tiene en sí el amor, es un gran acto de fe,
del que sólo se puede decir una cosa: Hazlo. Cree que Dios te ha
creado y renovado de forma que de hecho amas. Créelo y hallarás
que es verdad.
Este don es a par una obligación: «Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste
es el mandamiento mayor y primero. El segundo es semejante a él:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 37-39).

La medula del mensaje de Jesús


Venimos ahora a hablar sobre lo más sagrado del mensaje de
Jesús. Esto no se puede exponer en unas cuantas páginas. Este ca-
pítulo sólo contendrá algunas observaciones. De hecho, todo el
presente libro habla del amor. Al hablar del reino de Dios, dijimos
ya que todo el libro trata de ese reino. Lo mismo pudiera decirse 107
de otros muchos temas: la fe, Jesús, la Iglesia, el Espíritu Santo,
la gracia. Pero sólo queremos afirmarlo del reino de Dios, porque
él es el núcleo de la predicación de Jesús; y del amor, porque él
es su gran mandamiento. Estas dos cosas, a saber, el reino de
Dios y el amor cristiano, constituyen el mismo mensaje. El reino
de Dios es el reino del amor. El que reza: «Venga a nosotros tu
reino», puede rezar igualmente: «Venga a nosotros tu amor.» Por-
menores sobre el amor se hallarán en los capítulos: «Cristo, con su 132-135
obediencia, nos muestra la voluntad del Padre»; «Os enviaré el 191
Protector»; «El segundo mandamiento es semejante al primero». 356-365

289
Ama y haz lo que quieras
De buena gana vamos a decir unas palabras sobre el hecho de
que el amor constituye la mayor de todas las virtudes La mayor,
no en el sentido en que un árbol es mayor que otro, sino porque
esta presente en toda buena cualidad La perseverancia, la sabi-
duría, la templanza, la amabilidad, la obediencia y el espíritu de
servicio solo valen en la medida que contienen amor, en cuanto son
formas del amor
San Agustín lo expresó en fórmula concisa «Ama y haz lo
que quieras» (Ama et fac quod vis) Pues el que ama, sólo puede
querer el bien El amor basta El amor lo es todo
San Agustín se refería al verdadero amor, al amor generoso
que se sale de sí mismo Todos sabemos cuan fácilmente deja de
tener nuestro amor veinticuatro quilates, muchas veces en el fon-
do nos buscamos a nosotros mismos Para que no nos equivoquemos,
hay en la predicación de Jesús y de la Iglesia otros mandamien-
tos , pero no se yuxtaponen al del amor, son más bien flechas
que nos indican el camino del amor puro Todo mandamiento
es mandamiento de amor El imperativo de Jesús «Amarás al Se-
308 ños Dios tuyo, con todo tu corazón», va acompañado del dato de
la Iglesia de celebrar la eucaristía todos los domingos. El otro
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo», va acompañado de la
384 prohibición del adulterio (cf también el capitulo «El segundo man-
336 365 damiento es semejante al primero»).
135 136 Jesús explicó además lo que es el amor puro al hacerlo ex-
tensivo a nuestros enemigos También a éstos debemos amar
«Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis'
i No hacen lo mismo aun los publícanos'» (Mt 5, 46) Nuestro
Padre celestial que hace salir su sol sobre buenos y malos es nues-
tro modelo «Sed, pues, perfectos, como perfecto es nuestro Padre
celestial» (5, 48)
362 363 El amor es tan divino, que no sólo debe decirse que «Dios es
amor», sino también que «el amor es Dios». Dondequiera vive
algo de puro amor, aun cuando el hombre no conozca a Dios, allí
vive Dios Allí hay vida divina

Todo el que ama, crece como hombre aquí y en la eternidad


Esto puede hacer que alguno arrugue la frente Se dirá que, a la
postre, en el amor nos buscamos siempre a nosotros mismas nues-
tro medro, nuestra recompensa aquí y en el cielo, no existe un
verdadero amor perfecto en que sólo se busque al otro Esta ob-
jeción no da del todo en el blanco La verdad es que Dios es
hasta tal punto amor, que todo el que ama se acerca más a Él.
Tan magnífico es el orden cósmico, y no puede ser de otro modo.

290
Pero esto no quiere decir que el amor no pueda ser puro. Jesu-
cristo no nos amó por su propio provecho, sino por razón de
nosotros mismos. Y de muchos santos podemos también suponer
que en grado muy alto, se olvidaron de sí mismos; en muchos mo-
mentos, no pasó por sus mientes que así se hacían mejores y ga-
naban el cielo. Claro que, al ponerse a meditar tranquilamente so-
bre ello, veían que el galardón divino era forzoso. Pero el amor 131
es cosa muy distinta que meditar y reflexionar sobre las propias
acciones. El amor es acción, un salirse de sí mismo. Por eso puede
describir Pablo: «Hasta desearía yo mismo ser anatema, ser sepa-
rado de Cristo en bien de mis hermanos los de mi raza según la
carne» (Rom 9, 3). Deseo imposible, pero que indica bien hasta
dónde puede llegar el auténtico amor. El amor no es, en primer
término, sentimiento, sino acción. Por muy necesario que sea el
sentimiento para que el amor sea cálido, humano y humilde, su
blanco y su piedra de toque es lo que realmente queremos hacer.
Las palabras que emplea el Cantar de los cantares sobre el 60
amor de la esposa y el amor entre Yahveh y su pueblo, y que la
Iglesia ha entendido del amor que trajo Jesús a la tierra, pueden
hacernos comprender lo poco de sentimental que se contiene en 372
este amor: «Fuerte como la muerte es el amor» (Cant 8, 6).

La medida del amor 133


Pero ¿ no debe la sana razón moderar el amor ? La sana razón
no tiene por qué moderar el amor real, sino apoyarlo, ayudar a
que sea auténtica realidad.
La sana razón que se esfuerza por buscar en todo la mayor
bondad posible, ayuda al amor, es decir, ayuda a que el hombre
se «identifique» con su prójimo, a que lo tome por punto de par-
tida ; ayuda a hacer posible lo imposible (a la reconciliación en
casos de enemistades inveteradas, a ayudar en casos desesperados) ;
ayuda a dar sentido sobrehumano a lo humanamente necio (ante-
poner el interés ajeno al propio interés), pues se toma al otro por
punto de partida, se hacen propios los deseos del otro (como lo 133
hizo el buen samaritano).
La «sana razón», empero, que se toma sólo a sí misma por pun-
to de partida: «Fo (y mi familia) tengo razón; yo no puedo pres-
cindir de esto o lo otro», no hace suyos los deseos del prójimo, ni
busca, por ende, una posibilidad en lo imposible. Son los que dicen
que la caridad bien entendida comienza por uno mismo; y en rea-
lidad quieren decir que comienza, sigue y termina en uno mismo.
Las consecuencias son los graves pecados de omisión en socorrer
al prójimo o las enemistades permanentes en las familias cris-
tianas.

291
Amar quiere decir salir uno de sí mismo. Por eso, el amar no
cae por completo dentro de nuestra línea. Nos asustamos, tanto del
amor a Dios como del amor al prójimo. Constituyen una amenaza
para la seguridad de nuestra vida.
Hasta qué punto resulta necio el amor para nosotros, hombres
que necesitamos redención, lo puso bien de manifiesto Jesús en el
sermón de la montaña: «Y si alguien te pega en la mejilla derecha,
130-131 preséntale también la otra» (Mt 5, 39). Ciertamente cuando Jesús
recibió un bofetón en casa de Anas, no presentó la otra mejilla.
Es que no se trata de eso. No se trata de una prescripción precisa
y material, sino de una actitud de espíritu.
«Y al que quiera llevarte a juicio por quitarte la túnica, déjale
también el manto» (5, 40). En otras palabras: Al que te quiera
quitar la chaqueta, déjale también el abrigo. Y al que te obligue a
ir con él una milla, acompáñale dos. Esto suena a cosa muy extra-
ña; pero es mensaje de Jesús. Pablo describe la misma, actitud de
espíritu con estas palabras: «No te dejes vencer por el mal, sino
vence al mal con el bien» (Rom 12, 21).
El que devuelve bien por mal, pone las cosas a un nivel ente-
ramente nuevo. Una fuerza desconocida se desata sobre el otro:
«Haciéndolo así, amontonarás carbones encendidos sobre su ca-
oeza» (Rom 12, 20). ¡Qaé distensión, qaé situación de entrega, de
sí mismo se crearía así!
Todos somos principiantes en el amor. El egoísmo y la insin-
ceridad, unidos a inhibiciones nacidas de incapacidad e inmadurez
interiores, hacen de nosotros inexpertos que tienen que apren-
derlo todo. Ahora bien, este aprender no se lleva a cabo por un
esfuerzo extremado. La locura del evangelio es serena. El forzar
las cosas no dice con el evangelio. Cierto que aprendemos a amar
por la fuerza de la voluntad, en cuanto ésta libera al hombre y
lo hace independiente y sacrificado; pero camino para el amor
pueden ser igualmente la alegría, las buenas relaciones, el buen
414 humor y hasta la sana rivalidad. Todo lo que hace que un hombre
se abra, todo lo que lo saca de su cerrazón egoísta, puede ser co-
mienzo de la gracia.
Del amor hay que decir con más razón aún que de la fe que
278 nos es dado en común. Debemos amar juntos. El amor no puede
venir siempre de un lado único. Esto tal vez no parezca un buen
consejo para nuestro obrar, pues ¿no ha de hacer cada uno de su
parte todo lo que está a su alcance? Naturalmente que sí, pero al
mismo tiempo es cierto que el amor del otro, el amor que viene
de la otra parte, nos ayuda poderosamente. Entonces recibimos
también nosotros carbones encendidos sobre la cabeza, «llamas de
Yahveh» (Cant 8, 6).
Si bien el amor nos atemoriza, él es también el más profundo

292
anhelo de nuestro ser y del Espíritu que vive en nosotros. Por eso,
es una gran liberación saber que nuestra vida no tiene otro fin 479-480
que amar. Todo lo demás no es sino futilidad:

«Si hablo las lenguas de los hombres y de los ángeles,


pero no tengo amor, soy como bronce que suena o como
címbalo que retiñe. Y si tengo el don de profecía y co-
nozco todos los misterios y todo el saber; y si tengo
tanta fe como para mover montañas, pero no tengo amor,
nada soy. Y si doy en limosnas todo lo que tengo, y en-
trego mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de
nada me sirve.
»E1 amor es paciente, el amor es benigno; no tiene
envidia; no presume ni se engríe; no es indecoroso ni
busca su interés; no se irrita ni lleva cuenta del mal; no
se alegra de la injusticia, sino que se goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo so-
porta» (1 Cor 13, 1-7).

LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Delante de Dios
El hombre es el único ser sobre la tierra que puede dirigirse
a aquel que es su origen y su ultima razón de ser. El pájaro se
contenta con buscar su comida y cebar a sus crías; la vaca pasta la
hierba, duerme, pare novillos, nos da leche y muere sin que piense
jamás en su criador; el hombre, empero, puede arrodillarse en
adoración ante el misterio de su origen.
En cierto sentido, también los animales alaban el misterio de su
existencia por el mero hecho de vivir. El poeta Gnido Gezelle ve
cómo unos insectos escriben el nombre de Dios con sus ágiles mo-
vimientos sobre la tranquila superficie de una charca del campo.
Y el salmista canta:

«Tú formas las tinieblas y, al venir la noche,


por ella errantes van las bestias fieras;
cachorros de leones dan rugidos por la presa
y a Dios piden ración con hambre dura» (Sal 104, 20-21).

Pero es el hombre quien sabe eso y lo canta. El hombre com-


prende que el rugido del león en la noche tropical es respuesta de
la vida a la creación de la vida. Los gritos de los animales sólo
se tornan gritos a Dios en el «animal racional», en el hombre.
Sólo nosotros comparecemos ante Dios con la mente y el corazón.

293
356-357 Por eso, aquel antiquísimo resumen de buena conducta humana, los
diez mandamientos, comienza por un triple precepto sobre las re-
laciones del hombre con Dios:

«Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado de la


tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud.
No tendrás más dioses que a mí.
No te harás imagen de escultura, ni figura alguna de
las cosas que hay arriba en el cielo, ni ahí abajo, en la
tierra, ni de las que hay en las aguas debajo de la tierra.
No te postrarás ante ellas, no las servirás, pues yo,
Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso...
No tomarás en vano el nombre del Señor...
Acuérdate de santificar el día del sábado»
(Éx 20, 1-5. 7-8).

Se invita al hombre a que busque tiempo libre para Dios. Se


aparta de lo visible y cotidiano; hace descansar sus manos y las
junta; da descanso a sus ojos, a fin de contemplar lo más hondo,
la razón de ser de hombres y cosas; el cuerpo entero coopera a la
dedicación a Dios. De pie, de rodillas o sentado, toma la postura
conveniente, una postura de entrega, de salida de uno mismo. Los
pensamientos buscan apoyo para ocuparse en el misterio insonda-
ble. La fantasía trabaja poco o no trabaja nada. Buscamos tam-
bién, solos o con otros, lugar acomodado a la oración.
Todo esto son modos para poder captar la presencia de Dios:
lugares especiales, posturas, pensamientos, imaginaciones; la mú-
sica, una iglesia recoleta, la paz del paisaje, la bóveda inmensa
del cielo. Así, dentro y fuera de nosotros, buscamos símbolos para
ocuparnos de aquel que «es más alto que lo más alto que hay en
mí, y más íntimo que lo más íntimo de mi ser». Él está fuera de
nuestro alcance y posibilidades. De cada símbolo hemos de decir
469 que no es Él. Sin embargo, hacia Él se orienta lo más hondo de
nuestro ser.

Si continuáramos hablando así, no llegaríamos nunca a la ora-


ción cristiana. Nos quedaríamos en la mera religiosidad humana,
y ni aun eso. Pues sólo hemos mencionado la mitad — y no la
mitad más importante—, a saber, la forma en que intentamos ha-
blar con Dios. Pero orar es ante todo escuchar a Dios. Ésta es
la otra mitad, la más importante: que Dios habla.

Caminos de la oración
¿Qué palabra, pues, nos dirige Dios?
En el Hijo, que es de la tierra, y, a la par, Hijo del Padre,

294
nos da el Padre acceso a sí mismo He ahí lo primero y más im-
portante ver qué modos, qué símbolos nos da Dios en Cristo ¿ Qué
modos, qué símbolos son éstos ' Todo aquello en que encontramos 289
a Jesucristo nuestro mutuo amor en su Espíritu, la palabra de 309
la Escritura inspirada por su Espíritu, el bautismo y los otros sa- 243-247
cramentos, señaladamente el don del pan y del vino

Este último don, la eucaristía, es el corazón de la oración cris-


tiana. En ella recibimos a Cristo entero su palabra, su cuerpo, su
santo Espíritu En palabra descubrimos cómo hemos de hablar
a Dios Su cuerpo sacrificado es la única oblación que podemos
ofrecer Su santo Espíritu nos dice qué hemos de decir y pedir, e
intercede por nosotros ante Dios con gemidos inefables
Ahora bien, ¿cómo hemos de cooperar debidamente a la cele-
bración de la santa misa ' ¿ cómo debemos orar en el acto que es
la culminación de nuestra oración ? Debemos hacer todo lo que
de suyo pide la celebración reunimos, escuchar, conmemorar, dar
gracias, ofrecernos juntamente con Cristo, comer y beber del pan
y el vino, etc En otro capítulo hablaremos de todo ello más por 319
extenso
Pero hay una peculiaridad que queremos poner ya aquí de re-
lieve, a saber, que nuestra suprema oración tiene lugar comunita- 351
n a y no solitariamente La eucaristía es una asamblea No es de
maravillar que este hecho nos origine dificultades
Éstas proceden de dos causas primero, el rezar y cantar jun-
tos nos distrae, y segundo, no nos gustan los demás En cuanto
a lo primero, supone un error que viene de cuando el altar estaba
muy lejos y la lengua era el latín En aquellos tiempos, los fieles
aprovechaban la misa para orar callada e íntimamente Por muy
buena que sea tal oración, no es ése el fin primero de la euca-
ristía La eucaristía no fue pensada para que olvidáramos el ve-
cino, sino para que nos sintiéramos solidarios con él
La segunda dificultad es que no aguantamos a los otros. La
solución no es retirarnos por completo. Mejor es tratar de enten-
der al otro por qué es así, por qué obra así. Consideradas así las
cosas, el ir a misa significa todo un quehacer, pero un quehacer
encomendado por Cristo.
He ahí lo peculiar. La suprema oración, la eucaristía, es al
tiempo la reunión del amor. Cuando salimos del ordinario quehacer,
cuando nos elevamos a Dios, nos encontramos con nuestro vecino,
nuestra mujer, nuestros hijos, nuestro prójimo Tal es el mensaje
de Jesús. Por eso, el «yo pecador» al comienzo de la misa es
también una petición de que el Señor quebrante nuestra indiferencia
y nuestra hostilidad.

295
La oración litúrgica
Así pues, la eucaristía y los otros sacramentos no son cosas
privadas, sino que pertenecen a la Iglesia como comunidad.
Orientada en torno a la celebración de la eucaristía, existe otra
oración que recibe su forma de la Iglesia como comunidad Nos
referimos a las horas canónicas, llamadas también rezo del coro o
del breviario «iOh tesoro de oraciones sin falsía'», dice de ellas
Gnido Gezelle Las horas canónicas nacieron de un desarrollo de
las oraciones de la mañana y de la noche, que, en los primeros
siglos, se rezaban o cantaban diariamente en la Iglesia Los sacra-
mentos y las horas canónicas juntos se llaman la liturgia o culto
de la Iglesia (en torno a ellos hay también algunas bendiciones,
oraciones de viaje y de la mesa, que tienen forma fija y pertenecen
también a la liturgia).

El núcleo de las horas canónicas está formado aún ahora por


las oraciones de la mañana y de la noche laudes y vísperas En
el curso de los siglos se añadieron en monasterios y catedrales
07-209 otras partes maitines, que constan principalmente de lecciones de
86-87 la Sagrada Escritura y de los grandes escritores eclesiásticos, y
se rezan a veces por la noche, tercia, sexta y nona, breves ora-
ciones para las horas de tercia, sexta y nona después de salido el
sol, finalmente, completas para antes de acostarse
La estructura de laudes es como sigue comienzan por algunos
salmos de la más fuerte tonalidad laudatoria que cabe hallar,
sigue una lección muy corta de la Sagrada Escritura, luego un
himno y el cántico de Zacarías (Le 1, 67-79) Se termina por una
breve oración.
Esta forma antigua posee un maravilloso frescor Muchas
oraciones de la mañana, compuestas en época tardía, perdieron su
vigor, al paso que las laudes se nos ofrecen en toda su lozanía Lo
mismo hay que decir de las vísperas, que presentan estructura seme-
jante, siquiera se hayan escogido salmos de tono algo más familiar
y suplicante Por eso, laudes y vísperas no son sólo de importancia
para los sacerdotes y religiosos, que los rezan diariamente, sino
303-304 que pueden también recomendarse a los otros ensílanos
Una característica sorprendente de estas oraciones es, entre
otras, lo poco centradas que están en el hombre. El hombre sale
de sí mismo para alabar a Dios Así, prácticamente ni en laudes
se piensa en el día siguiente, ni en víspera en el día pasado Sólo se
santifica sencillamente la hora en cuestión.
Añádase también la variedad Cada día de la semana tiene sal-
mos distintos, y con los días y tiempos del año cambia el capítulo
de la Sagrada Escritura y la oración final.

296
Todo esto podría servir de inspiración para un particular o para
un grupo que quieran ordenar su oración según una estructura
y variedad semejantes un salmo en alabanza a Dios, unas pala-
bras de la Sagrada Esentura, un trozo del cántico de Zacarías y
una oración espontánea propia (sobre el modo de utilizar los salmos,
cf el final de este capítulo).

Entre laudes y vísperas tiene lugar diariamente la celebración


de la eucaristía, culminación de la liturgia de la Iglesia La más
importante celebración eucarística de la semana es siempre la del
domingo El conjunto de los domingos forma un gran ciclo anual,
en que se despliega ante nosotros en toda su variedad el misterio
de nuestro Señor Por eso, la misa de cada domingo tiene distin-
tas lecturas, cantos y oraciones, a fin de poner de relieve cada vez
un distinto hecho de salvación, un aspecto diverso del Señor Tam-
bién en los días de trabajo se acomoda la celebración eucarística
al tiempo del año eclesiástico, a que también se han adaptado los
laudes, las vísperas y demás horas canónicas
Así pues, toda la liturgia del año eclesiástico es una actualiza-
ción grandiosa del misterio de nuestra redención, que culmina el
domingo de pascua. No hay por qué hablar largamente del tema,
pues nosotros mismos tomamos parte activa en la vida litúrgica
de la Iglesia.
Hay también una oración común, que debe su forma a origen
privado A menudo se inspirará en la liturgia, por ejemplo, unas
oraciones de la noche que hace por sí misma una familia, o las pre-
ces espontáneas que reza una parroquia en tiempo de necesidad.

Orar solos
Hay también un modo de orar en silencio De él habla Jesús
cuando dice «Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu apo-
sento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en lo secreto, y tu Padre,
que ve en lo secreto, te dará la recompensa» (Mt 6, 6) Y Él mis-
mo lo hizo así en el desierto, entre las fieras, sobre un monte.
También nosotros practicamos esta forma de oración. Nos reti-
ramos para buscar en la más profunda capa de nuestra existencia
Después de un día de «afanosa actividad», el hombre «se recoge» y
«el corazón se eleva a Dios» Pareja oración pertenece a la vida
cnstian? con el mismo título que la liturgia. Por la liturgia, nues-
tra oración permanece en contacto con la gran corriente viva; por
la oración nacida de libre impulso personal, vivimos todo lo que
de personal hay entre nosotros y Dios, sin desligarnos de la
comunidad. De no darse esta oración personal, nuestra liturgia
quedaría huera y reducida a mero formalismo.

297
También para este modo de rezar vale lo dicho sobre la litur-
gia : Dios es el primero que habla. Pues ante todo vino a nosotros
su palabra por boca de nuestros educadores y maestros en la fe:
el mensaje del evangelio.
Esta revelación de Dios fija nuestra atención en el hecho de
que Dios empezó a hablar mucho antes. El universo, las plantas,
9-19 los hombres — el padre, la madre y los otros — todo ello es un
365-368 gesto, una palabra de Dios. Y todavía puedo remontarme más: Mi
propia existencia es la primera palabra que me dirige. «En Él
vivimos, nos movemos y somos» (Act 17, 28). Esto me lleva muy
lejos. Mis padres no me quisieron «a mí». Quisieron un hijo, niño
o niña. «A mí» sólo me conoció y quiso Dios.
Así que orar significa primeramente advertir con agradecimien-
to, por la fe, lo que Dios hace con nosotros. Sólo en segundo lugar
quiere decir: intentar darle con todo nuestro corazón una respuesta.

Dios es siempre más grande


¿Una respuesta? ¿Podemos entonces hablar con Dios? ¿Pode-
mos realmente dirigirnos a Él como a una persona?
Lo más profundo que puede decirse sobre la realidad del mun-
do es que, en último término, es personal: el amor mutuo es lo
más profundo de todo. Lo más profundo que los hombres podemos
decir acerca del misterio de los orígenes no es que son una nebu-
losa primera, un fluido impersonal, sino alguien a quien podemos
tratar de «tú». Como decía el cura de Ars, la mejor manera de
tratar con Dios es hablarle como si fuera un hombre. Cristo nos
115 ha hecho posible este trato, al llamar a Dios Abba, la manera
familiar de llamar los niños a su padre. Es más, en Cristo se ha
476-480 hecho Dios aún más accesible. En el Hijo de Dios se nos aparece
Dios con rostro humano.
Sin embargo, también hay que advertir que Dios es más que
un «tú» humano, más que un «alguien». Cuando pensamos en «al-
guien», sólo percibimos un aspecto limitado. De aquí o de allá, de
perfil o de frente. Es un alguien limitado, una persona. Mas este
«tú», que es Dios, me está presente por todas partes, desde las
raíces de mi existencia y de la existencia de los otros. Es la fuente
que mana por todos lados y me inunda.
Así, puede suceder que no nos dirijamos a Él directamente y,
sin embargo, permanezcamos en su presencia: sin palabras, sin
pensamientos, con corazón expectante, a fin de no quitar a Dios
469 su grandeza. Él es infinitamente más que una persona, es tan ancho
como el océano (e infinitamente más). Lo mismo hay que decir de
Cristo, aunque de otro modo. En Él está Dios para nosotros de ma-
nera totalmente personal. Y, sin embargo, también Él es más que

298
un hombre También Él nos inunda por todas partes En la oración
experimentamos, pues, el misterio de su ser humano o divino A la
postre, una oración profundamente cristiana sentirá una y otra vez 84
el calor de experimentar que, en la más profunda hondura, aquello
que nos sale al paso en todas partes como poderosa conjetura, es
una persona. En ninguna parte — así creemos nosotros — puede
experimentarse esto de manera mas pura que en el corazón abier-
to de Jesús de Nazaret, hijo unigénito de Dios no

¡Señor, enséñanos a orwrl


Una y otra vez nos sube a los labios la súplica Señor, ensé-
ñanos a orar, pero sobre todo en nuestros días tan azacanados y
ruidosos trabajo, visitas, radio, periódicos, trafico, números, cole-
gas, hijos
Señor, ¿cómo hemos de o r a r ' Acaso no dependa de que tenga-
mos menos tiempo que los hombres de antaño, que sufrían tan lar-
gas jornadas de trabajo Es que el ritmo febril de nuestro tiempo
nos arrastra
Y hay todavía otra cosa Cuando en tranquilo paseo, en una
iglesia en que entramos, en nuestra propia habitación, hablamos
contigo, Señor, esta oración no es a menudo nuestra auténtica
vida Es un mundo aparte al que nos retiramos Nuestra verdadera
existencia — asi lo sentimos nosotros — tiene por escenario nues-
tra familia, nuestro trabajo, los acontecimientos, el progreso de
nuestro país y del mundo Enséñanos, pues, Señor, cómo podemos
hablarte de nuestra auténtica vida, con alegría y sinceridad

Más de uno habrá que quisiera clamar a Dios de esta forma


¿Es que no puede haber una oración relacionada realmente con
nuestra vida ordinaria ' ¿ Una oración que no parezca una dependen-
cia marginal — a veces cerrada e inútil — sino que sea una res-
puesta efectiva a la primera palabra de Dios, que es mi propia
existencia ?
i Sí, tiene que haberla • Y el camino hacia ella comienza al
comprender que nuestra primera y mejor respuesta a Dios es nues-
tra vida tal como se desenvuelve la solicitud por los hijos, nues-
tro trabajo, nuestro estudio, nuestro cariño, nuestra constancia y
paciencia y, sobre todo, nuestra obediencia a su voluntad
Ha habido santos que han insistido especialmente en que toda
nuestra vida es oración Oigamos a Jesús «No todo el que me
dice i Señor, Señor', entrará en el reino de los cielos, sino el que
cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21)
Tratar de vivir bien ¿es una oración que basta? Ya es mucho
Y de hecho hay gentes que a ello quieren limitarse Una tarea

299
diaria absorbente deja poco lugar para el recogimiento. No les
queda ya tiempo para una oración que les parece apresurada e
inauténtica. Creen más en armonía con el misterio infinito de
Dios, hacer que su vida sea simplemente la respuesta. Esto es por
lo menos sincero.
Sin embargo, ¿hasta qué punto es humano y posible estancarse
ahí? ¿Es humano no dirigir una palabra a alguien a quien apre-
ciamos ? ¿ y es posible perseverar así en la fe y obediencia ? En
la hora más amarga de su vida, hizo Jesús esta advertencia a sus
íntimos discípulos: «Velad y orad, para que no entréis en tenta-
ción; el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41).
No podemos pasar sin la vigilancia de la oración. De lo con-
trario nuestra obediencia degeneraría en capricho. Se volatilizaría
el sentimiento de la presencia de Dios, de suerte que, en el mo-
mento de prueba, olvidaríamos o despreciaríamos su voluntad. La
acción no es posible sin la reflexión, no es posible ampliar sin
profundizar a un tiempo; no puede durar el amor sin expresarse.
Incluso en la vida de Jesús vimos cómo huía de las turbas que
llegaban a Él con sus enfermos para retirarse a orar. Después de
la oración se daba cuenta de su misión, que consistía en seguir
predicando la buena nueva.
También nosotros, y con más razón aún, necesitamos de la
oración. Necesitamos hablar con Dios — o intentarlo — desde lo
profundo de nuestro corazón. De lo contrarío, corremos riesgo de
imaginarnos ser misión nuestra algo que ni siquiera nos atañe.
En efecto, nos inclinamos a mirar nuestro trabajo y nuestro amor
como más indispensables de lo que realmente son. La oración pue-
de enseñarnos que Dios tiene además otros caminos. Orar quiere
decir distanciarnos de nuestros propios prejuicios y mirar la exis-
tencia a la luz de quien nos hizo merced de ella.

No puede haber oración desvinculada de nuestra vida


Pero esta oración no debe aislarse de nuestro ordinario queha-
cer. No debe ser recoleto parque religioso, al margen de nuestra
vida real. Es menester insertar nuestra oración en el ritmo de
nuestra vida con todos sus altibajos.
No todo tiempo es igual en nuestra existencia. Hay tiempos
de crecimiento, en que todo va como una seda. Y hay tiempos de
decadencia, cuando no somos reconocidos, nos hacemos viejos, nos
desilusionamos o nos ponemos enfermos. Hay tiempos de decisiones
nuevas, y los hay de seguir simplemente la rutina. De esta varie-
dad de momentos ha de salir espontáneamente nuestro trato
con Dios.
No pensemos precipitadamente que poseemos ya esta atenta

300
espontaneidad. A todos nos hace falta un aprendizaje. A veces
creemos que equivale a orar cuando tenemos gana de hacerlo. Pero
la gana no es necesaria. Cuando meditamos en la presencia de Dios
sobre cómo vamos a emprender un camino de la vida o cómo
tomar una resolución; cuando luchamos con Dios ante una dificul-
tad en la fe, y hasta cuando nos sentimos jubilosos y agradecidos
—'todo en armonía con nuestra vida real—, puede acaecer que
hayamos de empezar por vencer alguna indiferencia o repugnan-
cia. Superficialmente mirado, no tenemos ganas de hacer oración.
Y, no obstante, la oración forma un todo con nuestra existencia.
Brota de nuestra vida real, y conecta con un sentido muy profundo
inserto en nosotros. Y hasta puede suceder que, durante la misma
oración, sintamos repugnancia, inquietud, vacío interior, distrac-
ción, aridez, y, sin embargo, sabemos que debemos perseverar.
Todo aquel que quiera orar bien hallará tales dificultades en la
oración.
Acaso estas dificultades por establecer el contacto con Dios
son las que hacen disminuir el peligro de construirse, al margen
de la propia vida, un pequeño mundo religioso, aislado de nues-
tra existencia real.
La unidad entre nuestra oración y la situación de nuestra vida
puede consistir en que a veces nos contentemos con vivir, otras
supliquemos a Dios, unas veces le demos gracias y estemos jubi-
losos, otras nos admiremos, a veces estemos vigilantes, otras nos
lamentemos, otras, finalmente, ni seamos capaces de lamentarnos,
tan agobiados estamos. A veces tendremos que vencer una aver-
sión o disgusto por las cosas de Dios, que proviene de hastío o
cansancio, pero puede proceder también de una conducta con la
que no acabamos de romper.
A la postre, la disposición interior ha de ser siempre obedien-
cia y amor. De ahí dimana todo, hasta nuestra oración de petición.
Sobre esta manera de oración y cómo es oída se habla en los ca-
pítulos «El Señor nos enseña a orar» y «Dios».

La postura corporal en la oración es expresión de nuestra ac-


titud interior, y ésta provoca, a par, aquélla: tan íntimamente uni-
dos están lo exterior y lo interior. Ninguna postura está proscrita;
pero arrodillarse o estar de pie, por su simetría y ligera incomodi-
dad, son símbolos fuertes y eficaces de la prontitud, de la vigilancia
y del amor. Sentarse en una sencilla silla junto a la mesa, puede
ser a veces postura mejor que tener las piernas cruzadas en un
sillón. Por la noche, antes de conciliar el sueño, se halla a veces
silencio para meditar y orar. Pero quizá será bueno arrodillarse
antes y rezar una oración de la noche. También paseando se puede
sentir con todo el corazón el misterio de Dios. Ello depende de

301
muchos factores. Lo cierto es que la postura más cómoda no siem-
pre es la mejor. Se trata de encontrar a Dios de la manera más
sincera posible.

Hay muchos modos de orar


Repasemos ahora brevemente los muchos modos en que se pue-
de orar. Quien ama a Dios, le dirá a menudo algo entre día. Como
hay muchos que maldicen sin darse cuenta, así hay otros (¿o tal
vez los mismos?) que dicen a menudo, dándose cuenta, en su co-
razón: «Ayúdame», o bien: «Dame paciencia», o bien: «¡Gracias!>
Son pequeñas manifestaciones de las grandes actitudes fundamen-
tales: fe, esperanza y caridad. Hay quienes precisamente en el
tráfago ruidoso, en medio de un atasco de la circulación o en una
fiesta, se sienten recogidos con la instantaneidad del relámpago en
el silencio de Dios.
Puede suceder a la inversa, que quien durante mucho tiempo
no haya dicho una palabra a Dios, halle de pronto, en la paz de
unas vacaciones, las palabras justas que decirle.
Un medio muy sencillo de recogerse es recitar una oración
conocida. No despreciemos este modo de orar. En una vida de
tráfago las palabras fijas son un apoyo y un estímulo. Así puede
uno rezar para sí un padrenuestro y un avemaria. Los dos signos
de la cruz al comienzo y al final, son como dos portezuelas entre
las que estamos libres para Dios. Hasta los niños pequeños han
aprendido a estarse quietos durante el rezo. Ya se entiende que en
tal oración vocal no podemos ir pensando en cada una de las pa-
labras. Estábamos preparando la comida, los niños se habían pe-
leado; en una palabra, había poca ayuda para el recogimiento.
Y, sin embargo, el gesto entero ha sido una breve pausa de paz, una
indicación de que Dios está entre nosotros, un acto de gratitud.
Mayor silencio interior nos procuramos con una oración vocal
más larga, tomada, por ejemplo, de un devocionario, o uno o va-
rios salmos. Tampoco en este caso es posible pensar siempre en
las palabras. Sin embargo, crean una atmósfera de recogimiento,
que permite que la luz de Dios brille sobre nuestra vida o que nos
hace decir cuan tristes o cuan agradecidos estamos por nuestra
existencia.
Lo mismo vale decir del rosario. Las palabras son tan bellas y
monótonas que nos regalan ese espacio de un cuarto de hora en
que podemos estar tranquilos en la presencia de Dios. Nunca se
ha intentado naturalmente que pensemos en todas las palabras.
Podemos pensar en los misterios, en un niño que nos preocupa, en
un vecino moribundo, en una pareja de recién casados o en otro
cualquiera por quien queramos rogar.

302
Por la mañana temprano es tiempo privilegiado para orar. Mu-
chos de nosotros nos sentiríamos más felices y emprenderíamos
apaciblemente la jornada si nos levantáramos media hora antes.
A quien madruga, Dios le ayuda. Y esta ayuda empieza ya a ma-
nifestarse con una buena oración.
De hecho hay muchos que no hacen nunca la oración de la
mañana y, sin embargo, sienten el deber de comenzar el día con
Dios. Por ejemplo, para algunos son los «buenos días» algo que
Dios escucha. Y es que el amor mutuo viene de Él y a Él va.
Pero se puede dirigir también a Dios un breve saludo y unirse a
los que tienen tiempo (o se lo toman) para estar por un espacio
más largo en la presencia de Dios.

«Aclamad al Señor, las tierras todas.


Al Señor servid con alegría,
en su presencia entrad con regocijo.
Sabed que el Señor es Dios,
Él nos ha hecho y suyos somos:
pueblo suyo y rebaño de sus pastos» (Sal 100, 2-3).

Así rezan las laudes del domingo.


Muchos tienen la costumbre de ofrecer a Dios por la mañana y
en forma explícito el día y sus acciones. El hacerlo puede ser real-
mente bueno, pero sin olvidar que nuestros días y nuestras acciones
serán de Dios no por la fórmula de ofrecimiento, ni siquiera por
nuestra intención o deseo, sino por la obediencia a la misión más
honda de nuestra vida.

Frecuentemente se ajusta mejor al ritmo de nuestra vida una


buena oración de la noche que la oración de la mañana. La lle-
gada de la noche es tiempo propicio para meditar, dar gracias a
Dios, pedir perdón de nuestras faltas, leer un capítulo de la Sa-
grada Escritura o de otro buen libro. Para los casados, que com-
parten su vida, ¿qué razón puede haber que les impida orar juntos
a aquel en cuyo nombre se casaron ? Puede ser muy bueno formar
la oración de la noche, parte de palabras fijas (por ejemplo, un
fragmento del evangelio o un salmo), parte de palabras propias,
aunque sólo fueran tres o cuatro. Las oraciones sabidas son para
gentes muy ocupadas como un lugar de refugio en que encontrar
la paz; las palabras propias dan intimidad a la oración.

Además de las oraciones de la mañana y de la noche, hay que


mentar la bendición de la mesa. Antes de comer, pedimos la bendi-
ción de la comida, y después damos gracias por ella. Es uno de los
modos de distinguirse la comida humana, en común, del comer de

303
158 los animales. No dejemos que esta costumbre se pierda en nuestras
familias. Si su práctica se ha descuidado o desaparecido, procuremos
restablecerla. La forma no debe orientarse demasiado a los niños.
Éstos deben rezar con sus padres, no los padres con los niños.

295 La santa rriisa, como hemos visto, no es en primer término una


332 ocasión para hacer oración personal. Sin embargo, durante ella pue-
de hater momentos de tranquilidad, en que — sin apartarnos, natu-
ralmente, de la comunidad — podemos levantar nuestro corazón a
Dios con palabras nuestras.

Los ejercicios espirituales pueden ser para muchos una sorpresa


y una renovación. Se pide por unos días hospitalidad en un monas-
terio o en una casa especial de ejercicios, donde se ponen a disposi-
ción del ejercitante libros, soledad y hombres que conocen bien el
evangelio y los caminos del espirita Los ejercicios son especialmen-
te de recomendar cuando uno no está satisfecho de la vida que lleva
o hay que tomar una determinación de vital importancia.

Oración contemplativa
El que desee conocer cada vez mejor a Dios, debe meditar reve-
rentemente sobre Él. Nos arrodillamos, se considera, palabra por pa-
labra, una oración (el padrenuestro o un salmo), un episodio del evan-
gelio o una virtud (la paciencia, el espíritu de servicio o de sacrifi-
cio, etc.). Sobre ello hablamos con Dios, y de la consideración y del
coloquio divino sacamos claridad, fuerza y amor. Este modo de orar
se llama meditación y nadie podrá nunca saber cuánto progreso ha
aportado a la humanidad y cuánto bien ha traído al mundo.
Cuando alguien hace meditación de forma regular durante años
(o «trata de meditar», corregirá algún meditante), llega un momen-
to en que ya no es capaz de hacerlo. Trata de recoger sus pensa-
mientos y no lo consigue. Y, sin embargo, quiere orar. Su corazón
quiere estar con Dios, quiere penetrar en la profundidad divina
de la realidad. A veces siente aridez y hasta repugnancia y oscu-
184 ridad, y sin embargo, hay algo en él que quiere perseverar en la
oración Experimenta muy fuertemente que no obra, sino que otro
306 obra sobre él. A veces es invadido por la plenitud de la paz de Dios.
Se siente como arrebatado. El hombre experimenta que Dios está
con él.
Esta oración, en que el pensamiento obra menos, se llama oración
de quietud. De meditación pasa a ser contemplación. El que perse-
vere por mucho tiempo en la meditación llegará a ese grado. Hay
quienes piensan que, aun llegados aquí, han de continuar pensando
y fabricando consideraciones. No comprenden que están en otro gra-

304
do de oración. Un buen director puede prevenir en estos casos mu-
cha confusión y sufrimiento, haciendo ver que no hay retroceso, sino
adelanto. No hay que empeñarse ya en conseguir pensamientos y pa-
labras, cuando el alma está sencillamente con Dios.

Los caminos de la mística


Con la oración de quietud no acaba el camino hacia una experien-
cia de Dios siempre mayor. La contemplación pasa por períodos de
luz y oscuridad — toda historia de amor tiene sus altos y bajos —
hacia una sencillez cada vez más profunda. El alma siente con fuer-
za creciente no ser ella la que obra, sino Dios. Esta manera de orar
se llama oración mística, denominación que nada tiene que ver con
lo vago y confuso, sino que indica la experiencia de la cercanía del
poder y del amor de Dios. La historia nos muestra que una experien-
cia mística ha sido a menudo núcleo de irradiación de una actividad
amplia y bienhechora. Tal el proceso que se nos describe en Is 6:
una experiencia mística de que brotó la vida entera y el hablar en-
tero del profeta. Este capítulo sexto reproduce con imágenes exte-
riores el momento inolvidable que es fuente interna de todo el libro
de Isaías: el profeta ante el acatamiento de Dios. Y en todas las li-
turgias de la cristiandad sigue aún resonando, pues en todas las mi-
sas de oriente y occidente comienza el canon por el «Santo, santo,
santo», de esta experiencia de lo divino.
En el curso de la historia de la Iglesia abundan los grandes hom-
bres y mujeres que se han esforzado en consign;: por escrito las
experiencias místicas que recibían. En algunos, como Agustín, Gre-
gorio y Bernardo, no parece que esas altas gracias de oración fueran
acompañadas de fenómenos extraordinarios; otros, como Teresa de
Jesús y Juan de la Cruz, los experimentaron sin duda; por ejemplo,
no ver ni sentir con su propio cuerpo. Los místicos que experimen-
tan estas cosas dicen muy poco sobre ellas, y están persuadidos de
que lo esencial no está en tales síntomas extraordinarios. Muchas
veces los consideran incluso como un obstáculo. Sin duda estos
síntomas dependen también de la cultura propia de la época. En
todo caso, indican las potentes fuerzas que actúan.
Pero lo que los grandes místicos describen como la gracia supre-
ma de oración no tiene nunca nada que ver con estos fenómenos. Es
de sublime sencillez. Santa Teresa escribió un libro en que el alma
está representada por un castillo con siete moradas (la palabra da
título al libro: Las moradas). Morada tras morada, se llega a la sép-
tima en que mora Dios, es decir, Cristo. Su presencia se percibe en
todo el castillo, pero al llegar el alma al centro, inmersa en la pro-
pia realidad, se siente toda invadida por el sereno sentimiento de
que Dios está en ella. El alma vive dentro de la realidad terrena,

305
que se presenta magnífica ante ella, pues comprende que Dios es el
corazón inefable de toda realidad.

278 ¿ Es siempre la experiencia mistica una vivencia individual ?


Ningún místico se considera desligado del amor a los hombres.
Además, la mística florece en un ambiente de piedad, en que hay
otros que buscan a Dios por el mismo camino y hablan entre sí
sobre sus hallazgos.
Rara vez se describen éxtasis en común. San Agustín cuenta
en sus Confesiones una intensa experiencia de Dios habida junta-
mente con su madre durante su estancia en Ostia, puerto de Roma.
190-191 Si nos remontamos a las fuentes, hallamos experiencias místi-
cas multitudinarias en los acontecimientos de Pentecostés. Tam-
poco las apariciones de pascua, por muy singulares que sean,
deben separarse de la historia de la mística. Al cabo, fueron un
178-179 contacto especialmente perceptible con el Señor resucitado.
La mística no va forzosamente de la mano con una gran san-
tidad, es decir, con la caridad en su máximo grado. Muchos san-
tos no experimentaron los fenómenos místicos; personas, en
cambio, menos santas han pasado copiosamente por ellos.
La oración mística no se dá únicamente en la Iglesia católica.
274-275 El capítulo sobre la redención habla del misticismo del islam.

Una pregunta aún para terminar: ¿Es también la mística para


el hombre y la mujer corrientes? Existen gentes en que, a pri-
mera vista, nada llama la atención, fuera de una gran bondad.
Puede ser, sin embargo, que Dios les haga merced de tan profunda
y serena alegría en su oración, que podrían en realidad llamarla
mística, si conocieran el nombre. Pero ¿qué importa el nombre,
si se da la realidad?

Sime dolore non vivitw in amore: «Sin dolor no se puede vivir


en amor.» El que pisa las luminosas alturas de la mística, pasa
283-286 también por los tenebrosos valles de la duda y casi de la desespe-
ración. Y aun el hombre sencillo que camina por las verdes coli-
nas de la oración gozosa, ha pasado por llanuras bajas, frías y
nebulosas.
Orar no es un pasatiempo agradable; el amor es sometido a
448-449 prueba. No hemos de imaginarnos estas pruebas como algo extra-
ordinario. Son a veces de trivialidad desesperante: simple repug-
nancia a la oración (junto con algún deseo de ella), sentirse aco-
sado en el propio ambiente o envuelto por la duda y la melanco-
lía. Cantemos en tales casos: «Aunque hubiera de andar por los
valles sombríos de la muerte ningún mal temería, pues estás tú
conmigo» (Sal 23, 4).

306
Los salmos