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AMANECER EN LA PLAYA

Ángel Torres Quesada

Tiempo estimado de lectura: 10 min 33 seg

[...] la ternura, la nostalgia, la poesía, tienen también un lugar importante


en la obra de Ángel Torres, y este relato es una buena muestra de ello.
Un relato que, además, constituye un más que interesante experimento
dentro del conjunto de la obra del más importante autor gaditano actual
de ciencia-ficción [...]

Presentación de Domingo Santos. Asimov, ciencia-ficción número 14, noviembre de


2004

Siempre que pienso en ello tengo que hacer un esfuerzo para recordar el
tiempo que ha transcurrido desde que se inició el cambio. Ocurrió de
pronto, de la noche a la mañana, y como siempre termino creyendo que
no tiene importancia que haya sido seis, ocho o diez los meses que han
pasado.

Como cada mañana, lo primero que compruebo al despertar es si se


enciende la lámpara de mi dormitorio.

Me preocupa que un día no pueda afeitarme. Como nunca he usado


navaja o cuchillas desechables, sin la maquinilla eléctrica no sabría cómo
librarme de la barba que cada mañana insiste en ensombrecer mi rostro.

Seguro que antes faltará la electricidad que el agua, pienso cuando


termino de rasurarme. Después me doy una ducha caliente y tarareo una
canción. Luego elijo la ropa que voy a ponerme, extiendo sobre la cama
mi traje gris perla, la camisa celeste y la corbata que me regaló Paqui en
nuestro último aniversario de bodas, sobria y oscura, salpicada por
minúsculos puntitos azules.

Conecto la radio. La misma emisora del día anterior difunde una música
agradable, suave y placentera. No he movido el dial desde hace meses.
Ya no hay voces discutiendo acaloradamente por las mañanas, no echo
de menos las agrias tertulias. Si no fuera porque sería de mal gusto,
incluso me alegraría que su franja horaria haya sido ocupada por música
moderna y clásica. Las charlas en la radio fueron suspendidas por falta de
tertulianos, y también por la desgana de los oyentes a llamar y formular
preguntas estúpidas. Me gusta más la radio de ahora. En el fondo siempre
he odiado las discusiones entre políticos, financieros y deportistas, los
debates dirigidos por pedantes periodistas. También es un alivio para mí
no tener que oír las noticias acerca de los escándalos y corrupciones
políticas, las malas noticias del mundo en general, con sus guerras,
hambrunas y matanzas. No todo va a ser malo.

¿Quién fue el cretino que afirmó en una de esas charlas que los primeros
en ser llamados serían las malas personas? Lo dijo y se quedó tan ancho.
Esa mañana apenas hubo llamadas de protesta, y al poco la tertulia fue
eliminada de la programación por falta de asistentes. Me alegré.

Hago muecas ante el espejo mientras me ajusto el nudo de la corbata. No


creo que las malas personas hayan encabezado la lista, si es que ésta ha
sido redactada por la mano que mueve los hilos de esta burda
representación de guiñol, como alguien definió a cuanto está ocurriendo.

Una representación, repito para mí mientras me contemplo en el espejo.


Me gusta la frase. Se lo contaré a Laura, apenas la vea.

Laura.

A veces me pongo triste cuando pienso en ella, pero también su recuerdo


me alegra, sobre todo cuando empiezo a vivir el nuevo día. Confío en
verla esta mañana, creo que hoy lo deseo con más fervor que nunca;
estoy ansioso por estrechar su mano, pienso que, apenas la vea aparecer,
suspiraré aliviado. Me pregunto si debo llamarla para recordarle nuestra
cita, pero si ha salido y el timbre suena y suena y no me contesta, pensaré
que por fin ha ocurrido lo que tanto temo que llegue a ocurrir algún día,
y me desesperaría tanto que mi corazón no lo soportaría. Qué tontería
acababa de pensar.

Yo no podría morir de un infarto, eso ya no ocurre, no hay infartos ni


nadie ha muerto de cáncer o a causa de otra enfermedad.

De nuevo me contemplo en el espejo grande y desapruebo mi aspecto


por demasiado formal. Me he vestido como para ir a una boda, no para
dar un paseo por la playa. ¿En qué estaría pensando?

En cinco minutos mi aspecto ha cambiado. Ahora visto una chaqueta


ligera, llevo el cuello de la camisa abierto y calzo zapatillas de deporte.
Me siento más cómodo.

Salgo del piso y llamo al ascensor. Enciendo un cigarrillo y me digo que


no debería fumar en la cabina, pero soy el único inquilino del edificio,
aparte de la familia del cuarto derecha, mejor dicho lo que queda de ella,
y un poco de humo no molestará a nadie.
En el vestíbulo está la hija de la portera. Es joven, limpia el suelo con una
bayeta. Le doy los buenos días. Es la primera vez que la veo hacer el
trabajo de su madre y no le pregunto por ella. ¿Para qué?

La chica, de unos quince años, responde a mi saludo con un buenos días


sin entusiasmo. La observo y veo que no hay tristeza en su mirada.
Tampoco debo darle el pésame. Ya nadie lo hace, resulta de pésimo gusto
dar el pésame.

Son las nueve de la mañana y el sol, como todos días a aquella hora,
desde hace no sé cuánto, apenas se adivina tras las espesas y rosadas
nubes que ocultan el cielo. Las calles aún están húmedas. Ha llovido.
Como todas las noches, ha llovido de doce a una. La temperatura, no
necesito comprobarlo, es de veinticuatro grados; después del mediodía
aumentará un par de grados y al atardecer descenderá un poco. Un
tiempo excelente. Como siempre.

Los hombres del tiempo fueron los primeros en quedarse sin empleo.
¿Para qué van a servir si disfrutamos de un clima estupendo y sin
cambios, igual en todo el mundo?

En la calle sólo me cruzo con una mujer y un niño durante todo mi paseo
hasta el quiosco de la esquina. Ella lleva una bolsa con comida del
supermercado y él se dirige al colegio. Tal vez ayer, o la semana anterior,
algún amigo le acompañaba. Ahora va solo. Debe tener diez o doce años,
camina deprisa, va a llegar con retraso a la clase, pero no parece
preocupado. Su profesor, si ha acudido aquella mañana al trabajo, no le
regañará por su falta de puntualidad, pero es posible que le riña si no ha
hecho los deberes.

El quiosco está cerrado. Si Juan no lo ha abierto a esta hora es que ya no


lo hará nunca más. Pero la camioneta del reparto ha dejado en la acera
el paquete con los periódicos. Cojo un ejemplar, lo sopeso y me da la
impresión que contiene menos páginas que el del día anterior.

Busco en los bolsillos unas monedas para dejarlas, pero no llevo suelto y
me alejo leyendo la primera página, un poco avergonzado. Lo que acabo
de hacer me ha provocado una sensación extraña, me hace sentir culpable
y me pregunto por qué. Sólo son unos céntimos. Además, ¿a quién se los
he robado? Es la primera vez que hago algo parecido. Pienso en Juan y
me parece verle sonreír, como hacía cada mañana cuando me vendía el
periódico. Espero que ahora sea feliz. Vivía solo, apenas tenía amigos,
pero era una buena persona; a veces me decía que estaba impaciente y
deseaba que pronto le tocara a él.
¿Dónde compraré el periódico a partir de hoy?

Escucho el sonido de un coche y vuelvo la cabeza. Cada día es más difícil


verlos en marcha. Casi todos los coches están aparcados, muchos en
doble fila. La gente que los deja procura que el suyo no deje inmovilizado
a otro. Es fácil saber cuál no volverá a ser usado por su dueño, sólo hay
que comprobar la cantidad de polvo que lo cubre.

A veces me pregunto cómo amanecerían las calles si las cosas que están
pasando sucedieran a cualquier hora del día. Es mejor que ocurra de
noche, o cuando las personas duermen. No es que el espectáculo resultara
desagradable, pero a mí no me gustaría ver ropas tiradas por todas
partes. Esto resultaría demasiado significativo.

Hojeo el periódico sin dejar de caminar. Las noticias no pueden ser más
insulsas. No pasa nada interesante en el país ni tampoco en el mundo;
todo sigue igual que ayer excepto los censos, puestos al día por
esforzados hombres y mujeres. Los comentarios fríos y especulativos de
los pensadores y científicos son más aburridos que nunca, y encima
escasean. Últimamente se nota la falta de buenos columnistas. Sospecho
que están utilizando material antiguo para llenar las páginas. Busco la
sección de estadística, que está después de la página de la bolsa, y de un
vistazo compruebo que ahora estamos alrededor del setenta y cinco por
ciento, pero creo que el porcentaje es mucho más alto. La bolsa ni sube
ni baja. Qué bien.

Casi sin darme cuenta he llegado a la cafetería en la que desayuno todas


las mañanas. Me hice cliente de ella el mismo día en que empecé a vivir
en el barrio. Tienen obrador propio y la pastelería siempre es reciente.
Recuerdo que volví al día siguiente, acompañado por Paqui, yo quería que
ella probara los croissants.

De eso hace veinte años.

Apenas entro me doy cuenta que falta algo y no tardo en descubrir que
no huelo a bollos recién horneados. Hay un hombre sentado en un
taburete, los brazos apoyados en la barra, terminando de beber un
chocolate. Al lado de la máquina de café, el hijo de los dueños sujeta la
jarra de la leche bajo el vaporizador y la calienta. Me gusta el ruido que
hace la leche al hervir. Se vuelve y me saluda con el acostumbrado ¿qué
tal, señor Garrido? y añade que lamenta no poder servirme lo de siempre.
Le digo que no se preocupe, que lo entiendo. Es fácil adivinar que esta
madrugada no se ha encendido el horno del obrador. Ya sólo trabajaba el
padre, la madre dejó de ayudarle el mes anterior. El chico se llama Javier,
y a partir de hoy tendrá que abrir él solo la cafetería.

Es la primera vez en veinte años que no tengo croissants en mi desayuno.


Pido un café doble y me conformo con un insípido donut.

Javier se inclina sobre el mostrador y me susurra.

—Mañana se acaba, señor Garrido.

Dejo de mojar el donut en el café y le miro. No he entendido lo que acaba


de decirme, y él, adivinando mi perplejidad, sonríe y vuelve a decirme.

—Mañana será el día.

—¿Y qué? —pregunto.

Se retira, se encoge de hombros y me sonríe. Dicen que los jóvenes han


adquirido mayor capacidad de entendimiento que los adultos desde que
empezó todo, pero no recuerdo quién fue el autor de dicha teoría. ¿Acaso
lo he leído en alguna parte, cuando todavía se publicaban revistas? Por
aquel entonces también se decía que los jóvenes no debían preocuparse,
pues ellos sobrevivirían.

Javier mueve la cabeza, pasa un paño por el fregadero y retira el servicio


del cliente que se acaba de marchar, después de darnos los buenos días
y dejar el dinero en el mostrador.

—¿Es que no recuerda nada? —me pregunta Javier. Yo muevo la cabeza


de un lado a otro y él continúa—: Todo el mundo sabe que esto duraría
333 días o el doble, es decir, 666 días. No habrá término medio. Si
pasamos del primer ciclo, nos acercaremos al número de la bestia, y esto
significará que el demonio está detrás de todo.

—Pero, ¿qué quieres decir?

—Mañana se cumplirá el día trescientos treinta y tres, y todas nuestras


dudas quedarán despejadas. Yo tengo esperanza, señor Garrido. No sé lo
qué pasará, pero tengo esperanza. Otros son pesimistas. Yo soy
optimista. ¿Y usted?

Miro al fondo de la taza. Ha quedado un poco de azúcar porque no he


removido el café lo suficiente. Ahogo un suspiro. No me atrae la idea de
pasarme otros trescientos treinta y tres días de espera para averiguar si
Javier tiene razón o no.
Creo que confiar en conocer un final u otro es una actitud vanidosa. Cargo
sobre mis espaldas el asombro de demasiadas mañanas de seguir en el
mundo; cada vez que abro los ojos me pregunto por qué no me ha tocado
a mí. Sólo deseo que el día que cruce ese umbral, el que sea que nos
espera, y si soy elegido para pasar al otro lado mi mente esté lo bastante
despejada como para comprender si he sido afortunado o la desgracia se
ha cebado en mí.

Pero este pensamiento, que ya no estoy seguro de si es mío o lo he leído,


escuchado o comentado con alguien, sólo me dura un breve instante, y
enseguida se adueña de mí esa especie de estoicismo que parece
anestesiar nuestro raciocinio. ¿Debemos dar gracias a alguien por
habernos convertido en seres tan sumisos y pasivos?

Todos hemos sido condicionados desde el primer día, lo sé. De otra


manera nadie hubiera podido vivir sin enloquecer. Pero ni un caso de
locura, ni un intento de suicidio para anticipar el desenlace que, tarde o
temprano, conocerán los que queden después del día siguiente al 333, o
del 666, según se mire, según se crea que todo cuanto está ocurriendo
es obra de Dios o del diablo.

—Mañana no abriré, señor Garrido.

La voz de Javier me ha arrancado de mis pensamientos. Me alegro que lo


haya hecho. No sé por qué, pero siempre que empiezo a discurrir sobre
lo que nos está pasando un profundo dolor nace en lo más profundo de
mi ser, como si un mecanismo saltara en el momento en que la situación
me inquieta más de lo tolerable.

Observo al muchacho. Javier sonríe, está muy ocupado en dejar brillante


el mostrador, silba una canción que estuvo de moda hace un año. Desde
entonces no se han escrito canciones, no se ha estrenado una película,
no se ha editado un libro.

—¿Por qué no abrirás? —pregunto sin entender por qué él está tan seguro
de despertar mañana.

—Iré a la playa.

No me explica más y pienso que no lo hará aunque se lo pida.

No quiere cobrarme el desayuno, dice que estoy invitado, y mientras me


dirijo hacia la salida me dice como si fuera una promesa.
—Hasta mañana, señor Garrido.

¿Qué ha querido decir?

Me vuelvo y le observo. Laura está convencida de que los jóvenes saben


más que nosotros, las personas mayores, acerca de lo que está pasando.
No logro entender las reglas del juego, si es que existen, si es que lo que
estamos viviendo es un juego.

Una vez en la calle me doy cuenta que he olvidado el periódico, pero no


me siento con fuerza para volver a buscarlo, como si el hecho de mirarme
de nuevo en los ojos de Javier me diera miedo.

Me dirijo al aparcamiento, bajo la escalera y no encuentro al encargado


por ninguna parte. En la cabina están las llaves de todos los coches. No
elijo las del mío, sino las de un Audi. Su dueño no lo coge hace semanas.
No le importará prestármelo.

Laura fue como una novia mía que dejé de ver un día, cuando teníamos
quince años; ella se cambió de barrio, se marchó a otro instituto. Más
tarde empezó a estudiar una carrera en otra ciudad y no supe de su vida
hasta que me enteré de que había vuelto, pero casada. Yo también me
casé. A veces nos cruzábamos por la calle y nuestros saludos eran fríos,
y a veces ni nos saludábamos. Sin embargo, me enteré que no había
tenido hijos. Yo tampoco. Ella se divorció y yo continué casado hasta hace
unos meses. Una mañana comprendí que acababa de enviudar, cuando
desperté y encontré el camisón de Paqui sobre la cama.

Laura y yo nos encontramos una tarde en la playa, yo caminando sobre


la arena seca porque llevaba zapatos, ella chapoteando en los charcos con
las zapatillas en las manos.

Nos miramos hasta que nos dijimos hola, nos paramos, nos sonreímos y
continuamos paseando, pero juntos; hablamos de todo, recordamos
cosas que creíamos haber olvidado. En ningún momento mencionamos,
ni siquiera de pasada, que el mundo estaba lleno de resignación. Cuando
ella preguntó por mi mujer, le respondí que Paqui ya no vivía conmigo.
Lo entendió. Después de un instante de silencio se interesó por algo que
me sorprendió. Quiso saber si yo había asistido a la marcha de Paqui.
Cuando conseguí reaccionar, le respondí que no.

A partir de aquel día nos veíamos todas las mañanas, dábamos un paseo,
y al cabo de una hora nos despedimos hasta el día siguiente. Cada vez
que se despedía de mí con un hasta mañana me parecía ver en su rostro
un poco de desilusión.

Una mañana cualquiera uno de los dos no acudirá a la cita. Cada día que
nos vemos renace la esperanza en nosotros.

Salgo del coche después de estacionarlo en doble fila. No cierro la puerta,


dejo la llave puesta. No me pasa por la cabeza que no lo encuentre al
volver. Ya no se roban los coches.

Cruzo la calle para dirigirme al edificio donde Laura tiene su apartamento.


Cuando me acerco al portal, ella aparece acompañada de un hombre
mayor, casi un anciano. Me detengo y los observo. Hablan un poco y se
despiden. No salgo al encuentro de Laura hasta que él se aleja caminando
despacio, con la cabeza agachada. Lleva un pequeño ramo de rosas en la
mano.

Laura me espera. El suave y rosado sol de la mañana le ilumina el rostro.


Tiene los ojos entornados, algo húmedos. Sí, ha llorado.

—Hola —la saludo, y como todas las mañanas reprimo el deseo de darle
un beso.

Me hace un gesto con la cabeza hacia el anciano que está a punto de


doblar la esquina.

—Va al cementerio, a poner flores a su esposa.

Lo único que se me ocurre es que ya era viudo antes de que los entierros
se convirtieran en un recuerdo y los empleados de las funerarias
cambiasen de empleo o dejaran de trabajar. No ha sido necesario acudir
al trabajo desde entonces. Quien lo hace, como Javier o como Juan hasta
ayer, es porque le apetece.

Ella parece haber adivinado mis pensamientos, y tomándome del brazo


me dice.

—Ha sido esta noche —Entorna los ojos y su expresión se llena de


dulzura—. ¿Sabes? Él estaba despierto cuando ella dormía; me ha dicho
que desapareció sin abrir los ojos, pero con una sonrisa en los labios,
como si estuviera soñando algo bonito. Luego la vio convertirse en una
nube perfumada. Es la primera persona que conozco que ha podido verlo.
¿Crees que es una gracia que Dios sólo concede a algunos?

—Es posible —respondo, no muy convencido.


En vez de tomar la calle que conduce a la avenida, ella me obliga a dar
media vuelta y nos dirigimos a la playa.

Nos sentamos en la arena, de espaldas a la pared de una cafetería que


este año no ha abierto al empezar la temporada.

—¿Por qué crees que ha ido al cementerio? —pregunto al cabo de un rato


de silencio, que se me antoja incómodo.

—Tenían un lugar reservado para cuando murieran, querían estar juntos.


El uno esperaría al otro. Él cree que ella ya está allí. Me ha dicho que esta
noche vendrá a la playa para ver el próximo amanecer —Hace una pausa,
creo que deliberadamente—. Está convencido de que será el último.

Me digo que el vecino de Laura piensa igual que Javier. Así que no sólo
son los niños y los jóvenes quienes van a acudir a la playa.

—¿Y tú? —le pregunto, tomando su mano.

Ella dirige una mirada a la interminable playa. Hay bastante gente, pero
la extensión de arena es tan grande que las personas más cercanas
parecen hallarse a cientos de metros de nosotros. Me alegra que nadie
pueda molestarnos.

—No pienso marcharme —afirma, y se estremece—. Me quedaré.

El día es un poco más cálido que los anteriores, no sopla la más leve brisa.
Se está bien en la arena, resulta acogedor.

Al mediodía nos abrazamos. Nuestros besos, largos y profundos, son


suaves, no tienen prisa y los convertimos en el preludio de nuestro amor
sobre la cálida arena.

La tarde transcurre lentamente, nuestro abrazo no se acaba, nuestro


silencio no se interrumpe.

Luego es suficiente con mirarnos a los ojos. Sin pedir ni dar explicaciones,
parece que estamos de acuerdo en quedarnos en la playa. No sentimos
hambre ni sed, ni frío ni calor.

La llegada del anochecer nos sorprende. No es igual que al comienzo de


las otras noches. Hay más gente en la playa, hombres, mujeres, niños y
ancianos que pasean en grupos o en solitario. No hace falta que las luces
del paseo se enciendan para ver que del cielo desciende un resplandor
que no es el rosado fulgor del día, sino una suave luz blanca y celeste.
Algunas estrellas comienzan a lanzarnos guiños, apenas aparecen en los
vacíos que van dejando las nubes al romperse en jirones.

Aunque hemos intentado evitarlo, el sueño acaba venciéndonos y nos


dormimos.

Me despierto asustado. El resplandor resulta extraño, es una mezcla de


color rojo y blanco, y las nubes son profundas, como si se hubieran
alejado; hay una mezcla de estrellas y vacíos profundos en el cielo, dan
la sensación que se estuviera formado un túnel que termina en el otro
extremo del universo.

Laura ya está despierta, la siento estremecerse en mis brazos. El silencio


es total. La ausencia de ruidos llega a dolerme.

—Cuando era niño —digo en voz baja— soñaba que miraba al cielo de la
noche, lo veía abrirse y parecía un gigante de larga barba sentado en un
trono, como aguardando algo. Nunca vi bien su rostro; jamás llegué a
comprender si estaba furioso o alegre, si era vengativo o misericordioso.

—Recuerdo haber tenido un sueño parecido —susurra Laura, se arrebuja


contra mí—. Casi lo había olvidado.

La gente mira hacia arriba, las últimas nubes se encogen, empiezan a


desaparecer de aquel cielo extraño. Nos levantamos y caminamos
despacio. Los que estamos en la playa empezamos a formar un grupo
cada vez más numeroso. Veo a Javier y al vecino de Laura.

Estoy rodeado de sonrisas, de gestos risueños. Nadie parece tener miedo.


No es necesario rezar, tal vez no lo haya sido nunca.

Laura y yo no nos decimos nada, no necesitamos palabras para saber que


ambos sentimos que éste será el último amanecer, que el momento que
tanto hemos estado esperando se acerca... y no debemos temerlo.

Me siento feliz.

Cogidos de las manos seguimos caminando, la mirada puesta en el cielo


de este amanecer distinto a todos los demás amaneceres. El túnel se hace
más nítido, más lleno de luz, sigue abriéndose paso hacia el otro lado del
infinito.

F I N.

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