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El pensamiento político en los Estados Unidos de América

durante la lucha por la Independencia

El proceso de evolución económica en las colonias norteamericanas condujo,


inevitablemente, a una agudización cada vez más acentuada de las contradicciones existentes
entre estas colonias y la metrópoli inglesa.

La Cámara de Comercio de Londres, que ejercía la función administrativa en los asuntos de


las colonias y velaba por los derechos monopolistas de los terratenientes y de la burguesía de
la metrópoli inglesa, trababa por todos los medios el acrecentamiento de la industria, de la
agricultura y del comercio en aquellas colonias. Estas tenían prohibido fundar manufacturas
capaces de competir con las inglesas.

Carecían del derecho a comerciar fuera de las posesiones británicas, con excepción de los
diferentes puntos establecidos por las autoridades inglesas. Tampoco se permitía que del
exterior se comerciara directamente con el conjunto de ellas, ni con cada una por separado.
Además, toda una serie de extensiones territoriales, no cultivadas, fueron declaradas
propiedad de la corona inglesa, prohibiéndose a los colonos instalarse en ellas. Con esta
medida se buscaba asegurar, a la burguesía comercial de la metrópoli, el comercio
monopolista de rapiña con los indios y, al mismo tiempo, impedir a los colonos de las tierras
de los grandes propietarios ingleses, el abandono de éstas para irse a las tierras libres del
Occidente.

Las contradicciones entre la metrópoli inglesa y las colonias alcanzaron una gravísima
agudización, lo cual halló su evidente manifestación en la guerra de las colonias
norteamericanas contra Inglaterra, por su independencia (1775-1783).

Esta guerra por la independencia, por su carácter, tuvo un sentido objetivamente progresista:
“Fue la guerra del pueblo norteamericano contra los bandidos ingleses que oprimían y que
mantenían en la esclavitud colonial a América”... El pueblo norteamericano, hizo notar
Lenin, dio en esta guerra el ejemplo de una guerra revolucionaria contra la esclavitud feudal.
El desenlace victorioso de la guerra de las colonias norteamericanas contra la metrópoli
inglesa había sido resuelto de antemano gracias a la participación más activa de las amplias
masas populares que luchaban por una causa justa: por la conquista de la independencia
política de su patria. La “Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de América”
(4 de julio de 1776) señalaba que “las colonias unidas son, y por derecho deben serlo, Estados
libres e independientes, que se han liberado de toda subordinación a la corona británica, y
que todo lazo político entre ellas y el Estado de Gran Bretaña debe ser y está completamente
aniquilado; y que, como Estados libres e independientes, poseen el pleno poder para declarar
la guerra, concertar la paz, entrar en alianza, instaurar el comercio, y llevar a cabo todos los
demás actos y asuntos, como corresponde a Estados independientes según el derecho.”

El valor progresista de esta “Declaración” reside en haber proclamado y fijado jurídicamente


el derecho del pueblo norteamericano a formar su propio Estado soberano e independiente.
Este se formaliza, primeramente, en forma de confederación burguesa y, más tarde, en
federación burguesa: los Estados Unidos de América del Norte. Sin embargo, los frutos de la
victoria de la lucha por la independencia, conquistada por la sangre de las masas populares,
fueron aprovechados tan sólo por la gran burguesía industrial y comercial del Norte y por los
esclavistas, y plantadores del Sur. Los sectores trabajadores de la población de las colonias
—granjeros pobres, artesanos y obreros de las producciones manufactureras— no obtuvieron
ningún mejoramiento sustancial de su situación material como resultado de la conquista de
la independencia. Inmediatamente después de terminadas las operaciones bélicas contra las
tropas inglesas, las contradicciones sociales entre los participantes en esta lucha por la
independencia (pequeños farmers, artesanos y obreros, por una parte, y, por la otra, burguesía
comercial e industrial y plantadores), experimentaban frecuentemente una acentuada
agravación, traduciéndose en sublevaciones populares.

El programa político de los federalistas se reducía a la reivindicación de la consolidación y


el afianzamiento del aparato estatal, de la dictadura de la gran burguesía, y la creación, para
estos fines, de un poderoso y centralizado poder federal. Tendían a restringir al máximo los
derechos políticos y las libertades de las masas trabajadoras, sobre todo mediante la
implantación de altos censos patrimoniales para los electores.

En la lucha contra la ideología antipopular de los “federalistas”, se formó y se acrecentó la


tendencia progresista, democrático-burguesa, del pensamiento político. Esta tendencia,
representada por pensadores políticos y estadistas avanzados como Jefferson, traducía las
esperanzas de la pequeña burguesía, de los granjeros libres, de los artesanos y de los obreros
de las producciones manufactureras. Apoyados en el movimiento de masas en favor de la
adopción de enmiendas democráticas a la Constitución de 1787, los leaders de la tendencia
progresista reclamaban la democratización del régimen de Estado de los EE.UU., la
ampliación de los derechos y libertades de los ciudadanos, el establecimiento del derecho
electoral universal, etc. Como se sabe, precisamente bajo la presión del movimiento popular
de masas, en el año 1791 se introdujeron en el texto de la Constitución de 1787, diez
enmiendas, que proclamaban los diversos derechos y libertades democrático-burgueses de
los ciudadanos de los EE.UU.