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MURCIA UNIDA

Y OTROS RELATOS DE LA HUERTA

Laura morán Iglesias

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© 2018, Murcia Unida y otros relatos de la huerta, Laura Morán Iglesias.

© 2018, de esta edición.

www.lauramoraniglesias.com

Email: lauramoraniglesias@gmail.com

Diseño de cubierta: Laura López Ortiz.

Obra englobada dentro del catálogo del colectivo de autoedición NEUH

(www.neuh.es).

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de

esta obra y su almacenaje o difusión por cualquier medio sin permiso previo de la

autora.

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Para las criaturas más fantásticas que pueblan la huerta: los lectores.

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Resistencia murciana

—De verdad, Paco, que por ahí no es.

—Acho, Segun, déjame ya en paz. ¿No ves que estoy conduciendo?

—¿Qué conduciendo ni qué niño muerto? ¡A esto no se le puede llamar conducir!

—¿Es qué crees que tú lo haces mejor?

—¡Por supuesto! ¡Dame las riendas, acho pijo ya!

De un tirón, Segun le arrancó las riendas de las manos y el carro, guiado por pegasos, viró
bruscamente en el aire. Paco se aferró al asiento para no salir despedido: el miedo a caer sobre un
huerto de limoneros no se le quitaba, a pesar de que su carro era de los más seguros del mercado,
con cúpula protectora y cinturones de seguridad dobles. Era una de las cosas en las que no había
querido reparar en gastos cuando se compró el carromato nuevo. Lo que no quiso instalar fue el
piloto automático, y ahora se arrepentía: cada vez que salían a patrullar, Segun y él discutían por la
conducción.

Siempre terminaban igual: enfadados y con uno de los dos arrebatándole las riendas al otro.
No sabía cómo los pegasos, a quienes no les gustaban los ruidos fuertes, no se habían rebelado ya
contra ellos por tanta discusión.

«En fin, da igual. Lo importante ahora es patrullar» pensó Paco. Sacó los prismétricos de la
resistencia murciana, y oteó el horizonte. Los prismétricos no se diferenciaban mucho de los
prismáticos normales, excepto que llevaban la palabra “métrico” en el nombre y eso molestaba
mucho a los invasores ingleses. Se habían vuelto expertos en molestar a los ingleses con pequeñas
cosas, desde que obligaron a Murcia a escindirse de España.

Todo lo que querían los malditos ingleses era su sol, y con magia negra habían separado
Murcia de España y la habían colonizado. También habían abierto un portal dimensional, y de
repente las huertas murcianas se vieron inundadas de criaturas mágicas. Al principio fue el caos,
pero habían pasado ya tantos años que se habían adaptado: usaban pegasos como medio de
transporte, los trirrinos eran muy útiles en la labranza y los desfiles del Bando de la Huerta eran
mucho más espectaculares desde que se veían unicornios, leprechauns y hadas de verdad entre los
huertanos.

«No todo ha sido malo» pensó Paco, escaneando el área. Él se había casado con una mujer-
lobo, de hecho; y el novio de Segun era un elfo que se dedicaba al esparto. La comunidad mágica y
la murciana eran una, pero los malditos ingleses lo estropeaban todo: a esos sí que no los aceptarían.
Así nació la resistencia murciana, que luchaba por erradicar la presencia anglosajona de sus tierras.

—¿Ves algo? —La pregunta de Segun lo sacó de sus cavilaciones.

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—Si solo sobrevuelas arbolada, ¿qué pijo quieres que vea? Tira para el pedregal, anda, que
hace tiempo que no escaneamos esa zona.

—Acho Paco, que allí viven los trolls y sabes que les encanta tirarnos piedras.

—¿Para qué pijo crees que instalé el escudo? ¡Ya tuve suficientes pedradas la última vez!

Segun refunfuñó, pero dirigió el carro a la zona del pedregal: lo que antes había sido el cauce
del Segura. Al convertirse en isla ganaron mar por los cuatro costados, pero habían perdido su río;
aunque nadie lo echaba de menos. Toda aquella zona era ahora un pedregal habitado por trolls que,
en cuanto les avistaron, comenzaron su lanzamiento de rocas habitual.

El escudo resistió sin problemas, pero Paco no había tenido en cuenta a los pegasos.
Asustados por el ruido que hacían las piedras al rebotar con el escudo se encabritaron, y
descendieron bruscamente hacia el pedregal.

Ambos hombres gritaron y se abrazaron entre ellos, convencidos de que iban a morir.

El carro se acercaba cada vez más y más al pedregal. El escudo absorbió el impacto y se hizo
añicos, y Paco y Segun rodaron por el pedregal, magullados. Al ver a su presa caída los trolls
volvieron a dormir: se divertían lanzando cosas, pero luego dejaban tranquilos a sus víctimas. Se
levantaron doloridos y recuperaron los pegasos, que bufaban inquietos unos metros más allá. El
carro estaba hecho trizas.

—¿Y ahora qué le digo a mi mujer? —gimió Paco, desesperado. Habían gastado mucho en
ese carro; esperaba que el seguro de la resistencia cubriera al menos parte de los gastos.

—Que tiramos el carro por el pedregal, ¡jajajajaja! —Rio Segun. Paco supo que, de no ser su
mejor amigo, lo habría matado ya.

—No te vuelvo a dejar conducir jamás.

—¿Que Segun ha hecho QUÉ?

El gruñido de Milia resonó por toda la casa y Paco tragó saliva, acongojado. Sabía que a su
mujer no le haría ninguna gracia lo del carromato.

—Te tengo dicho que no le dejes conducir, Paco, ¡que se le da fatal! —suspiró. Se sentó con
cansancio en el sofá, haciéndose una bolita entre los cojines. Habían pasado dos noches desde la
luna llena y todavía estaba cansada.

—Milia, mi Emilia preciosa, no volverá a suceder —prometió Paco. Ambos sabían que sí, que
sucedería de nuevo, pero en aquel momento a ninguno le importó la mentirijilla. Paco se acurrucó
junto a Milia en el sofá y esta le abrazó—. Ahora tú tienes que descansar, ¿vale? Y no te preocupes
por nada, que la Resistencia va a pagar los desperfectos.

—El carro no me importa, Paco. ¿Y si te hubiera pasado algo? —Su voz sonó como el lamento
de un animal herido, y a Paco se le partió el corazón.

—¿Quieres que deje la resistencia? —preguntó. Para él, ella era lo más importante en el
mundo.

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Milia se alzó, indignada. Era tan grande e imponente que Paco se sentía pequeño a su lado,
pero también se sentía seguro.

—¡Claro que no! Y menos ahora que los malditos invasores ingleses planean lanzar el mismo
maleficio sobre Gibraltar. ¡Hay que pararles los pies!

Paco sonrió con orgullo. Esa era su Emilia.

—Pero la próxima vez os lleváis el carro de Según.

Él no podía estar más de acuerdo.

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El mejor bando de todos

La Gran Vía estaba llena de gente que trataba de hacerse un hueco para ver las carrozas. El
desfile había comenzado a las cinco de la tarde, saliendo desde la Plaza González Conde, y no tardaría
en llegar donde estaban ellos. Se esperaba que este Desfile del Bando de la Huerta fuera el más
espectacular de la historia del Bando. ¡Y no era para menos! Hacía cinco años que Murcia había sido
secuestrada y anexionada al Imperio Británico, y desde entonces cada día del Bando se esforzaban por
recordar a los ingleses que, pasara lo que pasase, seguirían siendo murcianos.

En aquella ocasión, Paco habían reservado silla en primera fila: no se perdería una sola carroza
por nada del mundo. Cuando el desfile comenzó a entrar por la Gran Vía le dio un vuelco al corazón.
En primera instancia, caballos, unicornios y pegasos avanzaban en majestuosa hilera, haciendo
demostraciones de poder. Tras ellos, asomado a la tarima de una carroza, el pregonero de aquel año
entonaba una soflama panocha a voz en grito.

Paco desconocía el panocho, pero había podido leer una traducción de la soflama antes del
desfile y se rio entre dientes ante los insultos y las bravuconadas dirigidas a los ingleses que, desde su
posición privilegiada en algunos balcones de la calle, sonreían sin saber qué les decían.

Llegó la Reina Infantil con su séquito, y Paco distinguió a la hija adoptiva de Segun y Leandro:
una pequeña ninfa, que saludaba con una sonrisa mellada y repartía caramelos entre los otros niños.
Y tras ella, finalmente, la carroza de la Reina.

Erguida en su palco, Emilia lucía el traje de huertana con más estilo que nadie. Era el primer
año que una no-humana ganaba el título de Reina del Bando, y Paco no cabía en sí de orgullo. Se
levantó, vitoreó y gritó a los cuatro vientos el nombre de su amada, quien desde su altura parecía más
imponente que nunca. Cientos de hadas revoloteaban alrededor de Milia y de su corte de damas
humanas, enanas y cambiaformas.

Varios leprechauns saltaron por los aires, lanzando monedas de chocolate al público. Las
ninfas hicieron surgir de entre sus dedos miles de flores que coronaron el ambiente.

Aquel fue el desfile más impresionante de todos, pero Paco solo recordaría la cara de inmensa
felicidad de su Emilia.

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Risotto con setas

—Un risotto de arroz con setas, pero solo colmenilla; y no le pongas ajo. Ah, y cambia el arroz
redondo por basmati.

—¡Marchando!

Aura resopló entre dientes. Odiaba esa clase de clientas, que cogían un plato de la carta y lo
cambiaban hasta convertirlo en otro distinto. Si no te gusta el risotto de setas, ¡no lo pidas! Si el local
fuera suyo le habría dicho que se fuera a comer a otro lado, pero claro, ella no era la jefa; y para una
clienta que tenían aquel día, tampoco era plan de echarla. Maldita huelga de tractores: tantos duendes
agricultores colapsando el centro de la ciudad era malo para el negocio.

Se metió tras la barra a recoger un poco mientras observaba de reojo a la clienta: una joven
alta y esbelta, de caderas anchas y largo pelo azul. Dios, apestaba a sirena desde allí. Aura arrugó el
morro. Nunca le había gustado el olor a mar, por eso vivía en el interior de Murcia y no en Cartagena.
Al menos no se la había encontrado cuando paseaba como loba, o el olor a pescado la habría mareado
seguro.

Observó a la sirena, que daba vueltas a su bebida distraída mientras leía el periódico. Le había
pedido Coca-Cola Light mezclada con Sprite, ¿se podía ser más especial? La sirena miró hacia arriba y,
al notar que la observaba, sonrió ampliamente antes de volver la vista a su periódico. A Aura se le cayó
el vaso al suelo del susto, haciéndose añicos. Se agachó a recoger los pedazos rotos, mascullando entre
dientes.

—¿Necesitas ayuda? –preguntó la sirena con voz suave. A Aura le dio un pequeño vuelco el
corazón cuando alzó la cabeza y la vio a su lado.

«Por dios, es altísima» pensó. Le sacaba por lo menos dos cabezas; aunque ella sabía que era
bajita para ser una cambiaformas, aquella chica era alta para ser una sirena. «Vaya pareja más dispar
seríamos».

El trozo de cristal que llevaba en la mano se volvió a resbalar entre sus dedos al darse cuenta
de lo que estaba pensando, y la sirena se apresuró a ayudarla.

—T-Tranquila, puedo sola… —murmuró entre dientes.

—No pasa nada, no tengo nada mejor que hacer mientras espero.

Ahí estaba otra vez esa sonrisa radiante, y el corazón de Aura se aceleró más que cuando corría
por Alfonso X convertida en loba.

La campanilla de la cocina sonó y Aura se puso en pie de un salto, dejando los cristales atrás.

—Tú comida ya está, esto…

—Claudia.

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—Encantada, yo soy Aura.

Y, con otra sonrisa más radiante que la anterior, Claudia volvió a su mesa. Aura recogió el
pedido y se despidió del cocinero, que terminaba la jornada. Solo quedaban ellas en el local cuando le
sirvió la comida. Dejó el plato en la mesa y sus manos se rozaron, lanzando un chispazo que reventó
una de las bombillas del local.

—¡¿Pero qué…!?

Aura retiró la mano asombrada y vio que Claudia se ponía roja de golpe.

—Perdona. Ha sido culpa mía. Las sirenas, ya sabes…

Sí, claro que lo sabía, lo había estudiado en clase. Cuando el pulso de las sirenas se aceleraba
enviaban ondas en el agua, y si estaban en tierra firme estas ondas afectaban a la electricidad. Las
implicaciones de aquel hecho hicieron que la cara de Aura se prendiera también como un farolillo del
bando.

—No te preocupes, la cambio sin problema. Que aproveche.

Aura recogió los escombros con la escoba y trajo una bombilla nueva del almacén. Buscó la
escalera por todo el local, pero no la encontró y resignada se encaramó a la mesa, esperando que
fuera suficiente. No lo era.

—¡Maldita sea! —farfulló, intentando llegar por todos los medios. De repente, la mano de
Claudia rodeó la suya y le quitó la bombilla de las manos. Sin necesidad de subirse a ningún sitio,
cambió la bombilla y le sonrió con vergüenza.

Aura no pudo devolverle la sonrisa al notar que el olor que emanaba ahora evocaba en ella
sensaciones completamente distintas. Una nueva bombilla reventó en la distancia, y ambas rieron.

Durante las próximas semanas, se rompieron muchas bombillas en el local, y Aura nunca volvió
a quejarse de los pedidos extraños que pudieran hacerle.

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Murcia Unida

Murcia celebra el quinto aniversario de la Reconquista este fin de semana

Se realizarán festividades en varias pedanías de la Región de Murcia.

Los murcianos están de enhorabuena: el viernes dará comienzo el Festival de la


Reconquista de Murcia, que marca el aniversario en el que la Resistencia
Murciana sacó por fin de sus tierras a los ingleses invasores. Se cumplen cinco
años desde que la Región de Murcia se libró del gobierno británico y pudo volver
a formar parte de la Península Ibérica y de España. Para celebrarlo, el Cortejo de
Liberación ha preparado actividades muy especiales.

El señor Ernesto cerró el periódico, satisfecho. La noticia continuaba relatando las distintas
celebraciones que se harían en toda Murcia y que él vería desde la comodidad de su salón. Le
agobiaba el centro, y más en verano. No, él estaba mejor donde estaba: en su huerta. El reloj de
pared marcó las diez de la noche y se desperezó en su butaca. Lo mejor sería que se acostara ya, si
mañana quería podar los limones sin que le diera una insolación.

La brisa fresca de la noche de verano entraba por la ventana, abierta de par en par. Ernesto
se durmió enseguida, arrullado por el canto de las chicharras y los leves ronquidos de su esposa,
Amelia, a los que ya estaba acostumbrado. Fuera, el eucalipto se mecía con el viento y un aguilucho
cenizo se posó en el tejado de la casa, limpiándose el plumaje a conciencia. Un destello a la derecha
llamó la atención del animal, que ladeó la cabeza y observó la oscuridad con ojos penetrantes. El
fogonazo de luz se repitió de nuevo y el aguilucho alzó el vuelo. Nadie más pareció darse cuenta.

Ernesto se despertó temprano al día siguiente, con el sol despuntando en el cielo. Los rayos
jugueteaban entre las ramas del eucalipto y, antes de que bañaran las hectáreas de olivos, él ya
había desayunado y trabajaba en el limonero. Podó ocho árboles antes de que el sol comenzara a
calentarle la nuca.

—Estoy hecho un solar… —murmuró, secándose el sudor de la frente con la manga.

Lo malo de podar los limoneros era que tenía que cubrirse todo el cuerpo si no quería acabar
echo un colador. Cogió la herramienta y salió con cuidado del huerto, pasando antes a echar un
vistazo a la acequia. Habían dado agua en Beniaján aquella noche, así que tendría que ir algo más
llena.

No obstante, cuando se asomó a mirar frunció el ceño y soltó un juramento: la acequia


estaba completamente seca.

—Estoy hasta la seta de los vecinos, Ernesto —refunfuñaba Amelia un rato después, cuando
su marido había vuelto a casa y le había contado lo sucedido—. Seguro que han cortado el paso en
los Pérez, pa llenar su piscina. Tiés que hacer algo.

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Ernesto se quitó el traje de podar y se puso algo más cómodo. Se ató las botas, agarró el
cayao y besó con suavidad la frente de Amelia.

—Voy ya mismo a hablar con el hijo del señor Paco.

El Consejo de los Hombres Buenos sabría qué hacer.

El teléfono sonó una vez. Tras unos minutos de silencio, volvió a sonar sin que nadie lo
atendiera. Finalmente, al tercer timbrazo, una mano se asomó por el borde de la cama y tanteó
hasta la mesilla. Isabel cogió el móvil de un manotazo y se lo llevó al oído, desembarazándose del
cuerpo de Ana mientras descolgaba.

—¿Sí? —gruñó con en un hilo de voz.

—¿Isa? ¿Te he despertao? ¡Acha, perdona! —La voz de Segun parecía de todo menos
arrepentida.

Isabel se sentó en la cama he intentó despejarse.

—Más vale que sea importante.

—Lo es. ¿Podemos vernos en una hora en ca Antonio?

Isabel se apartó el móvil de la oreja para mirar la hora: las 9:35 de la mañana. Refunfuñando,
se levantó de la cama.

—Allí estaré.

—Tráete a la Ana, si quieres.

Colgó sin más y se dirigió a la ducha. Mejor no despertar a Ana: ayer habían llegado tarde y
prefería dejarla dormir, o si no la elfa se pondría insoportable. La joven se entretuvo bajo el chorro
de agua hasta que la culpabilidad la hizo cerrar el grifo: en Murcia nunca estaban como para
derrocharla. Más despierta, se puso unos pantalones cortos y una camiseta, se calzó los bambos y
cogió sus cosas. El estómago le rugía al llegar al ascensor, pero ya desayunaría en ca Antonio. Le
puso un WhatsApp a Ana, avisándola de a dónde iba, y se colocó los auriculares. Encendió Spotify y
la lista de reproducción de la noche anterior comenzó a sonar.

El viaje en autobús hasta el centro se le hizo eterno. A Isabel le encantaría comprarse un


carro alado, pero la paga de la Resistencia no daba suficiente y los encargos eran escasos en estos
tiempos de paz.

«Además, es imposible encontrar aparcamiento para los pegasos; eso si no te los roban a la
primera de cambio», pensó mientras observaba un carro en el cielo.

Segun ya la esperaba en ca Antonio con una Estrella Levante y una marinera frente a él.

—Segun, por Dios, que son las diez de la mañana —dijo Isabel a modo de saludo, al sentarse
con él.

—Y este es mi almuerzo, y bien merecío.

Isabel hizo un gesto con la mano y la camarera, una enana con varios años a sus espaldas,
se acercó renqueando.

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—Una tosta con aceite y un café con leche, jefa.

La enana asintió en silencio y volvió tras la barra. El sonido de la cafetera llenó el local.

—Tienes cara de no haber dormido ni una miaja. ¿Dónde para Ana?

—La he dejado dormir. Ayer volvimos tarde —musitó Isabel, intentando mantener a raya el
dolor de cabeza que comenzaba a nacer.

—Vaya corretera que nos ha salío la niña. Y sí que cuidas a la Ana; a cualquier otra la habrías
despertao sin miramientos. Te tiene enchochá, ¿eh?

Segun rio e Isabel se encogió de hombros. Quería a Ana más de lo que había querido nunca
a nadie y le daba igual quién lo supiera.

—Segun, ¿me has despertado para sopar sobre mi vida o quieres algo? —espetó finalmente,
perdiendo la paciencia. El café quemaba y todo lo que quería era volverse a la cama.

—Acha pijo, cómo te pones. No se te pue decir na. Tengo un trabajo para ti.

Isabel dejó la tostada en el plato y le miró con atención.

—Más bien, la Resistencia tiene un trabajo para ti. Alguien ha abierto un nuevo portal, en
Zeneta.

Isabel tragó saliva. De pronto ya no tenía hambre.

—¡Válgame! ¿Los ingleses?

—Y yo qué pijo sé. Eso es lo que tienes que averiguar tú. Que te dé Ana una mano. Esto es
serio.

Isabel asintió y se terminó la tostada de un par de bocados. Dejó algo de dinero en la mesa
y se levantó.

—Me voy a casa, mándame la ubicación del portal y me acercaré luego con Ana.

Antes de que se fuera, Segun la detuvo cogiéndola por la muñeca y le dio un sobre con
dinero.

—La primera parte del pago; el resto, cuando termines. Suerte, chiquilla.

Isabel guiñó un ojo y por primera vez en toda la mañana esbozó una sonrisa. Ni siquiera
tenía que mirar en el sobre: la Resistencia ya conocía sus tarifas. Si era verdad que se había abierto
un nuevo portal, no escatimarían en gastos: nadie quería volver a verse anexionado a Inglaterra.

Se subió de nuevo al bus hacia casa y abandonó el centro de la ciudad con una ligera
emoción creciendo en su interior. Esperaba que no fuera cosa de los ingleses, pero hacía tiempo
que no tenía un caso tan interesante; encontrar gatos perdidos y conseguir pruebas de infidelidades
no era emocionante, aunque diera dinero. Algo tenía que aportar a casa, y como detective privada
no se conseguía mucho más. Por fin le llegaba un caso de verdad.

No habían tardado ni dos horas en presentarse en Zeneta. Desde el Palmar hasta la zona de
los hechos no había mucho camino y, mientras Ana manejaba el carromato de sus padres, Isabel la
puso al día. Con las indicaciones del GPS llegaron sin problema y aparcaron los pegasos sobre un

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camino de piedras que ocultaba las antiguas vías del tren. La casa se alzaba, amarilla y solitaria,
entre hectáreas de limoneros y olivos. Ana ató el carro a la verja enrobinada, tras la cual se asomaba
un platanero algo abandonado y varios rosales bien cuidados. Parecía que no había nadie e Isabel
no quiso molestar.

Isabel saltó primero a la acequia y le tendió una mano a su novia. Ana se agarró, saltó al
interior con ella y comenzaron a andar con cuidado. La acequia estaba seca y sucia, con restos de
barro que se pegaban a sus bambos.

—Tenías que haberme despertao esta mañana, Isa.

—Estabas demasiado bonica para molestarte. Además, para lo importante te he llamado —


sonrió Isabel.

Las puntas de las orejas de Ana se tiñeron de rojo, como siempre que la piropeaba. Tres
años juntas y aún se sonrojaba si le decía lo guapa que era.

Avanzaron con cuidado. Isabel prestaba atención a todo a su alrededor, a la espera de que
algo le diera una pista. En la acequia no había signos de que hubiera pasado una nueva hueste de
criaturas fantásticas, como había ocurrido la primera vez; tampoco un ejército inglés armado hasta
los dientes. De hecho, parecía que no había pasado nada más que algún grupo de jóvenes borrachos,
a juzgar por las botellas de cerveza tiradas por el suelo. A la altura de su cabeza apareció un grafiti
mal escrito que proclamaba el amor de Fini por Tono, con fecha de hacía unos años.

—¿Crees que se habrán casado, o algo? —preguntó Ana, señalándolo.

—Si no, hemos sido engañadas —bromeó Isabel, dedicándole una sonrisa.

Unos metros más adelante la acequia hacía un recodo en el camino y Ana olfateó el aire.

—Huele diferente. Nos estamos acercando.

Isabel se llevó la mano a la porra extensible que llevaba en la bota y la asió con los dedos.
Los años en la Resistencia la habían llenado de cicatrices y le habían enseñado a no fiarse de nadie.
En la pared de la acequia, justo antes de girar, un nuevo grafiti en color rojo les daba la bienvenida.

«Murcia unida. Una y grande otra vez».

La pintura olía todavía.

—Esto lo hicieron hace poco, después de abrir el portal —comentó Ana. Isabel asintió, y el
flequillo castaño le rozó las pestañas.

Giraron con cautela y el portal las recibió en toda su gloria: un óvalo brillante y cargado de
electricidad estática, que emitía una luz azulada y te ponía todos los pelos de punta.. Las autoridades
ya habían precintado la zona, y ahora era su turno para cerrarlo… si podían. Isabel se arrodilló frente
a él, con cuidado de que su cuerpo no tocara la zona magnética o se vería transportada a no se sabía
dónde. Ana, por su lado, salió de la acequia trepando por la pared y rodeó el portal, dejándose caer
por el otro lado para examinarlo. Isabel escuchó el sonido del agua y una exclamación.

—¡Por todos los dioses! ¡El agua está casi hasta arriba! —gritó Ana, e Isabel no tuvo ningún
reparo en soltar una larga carcajada—. No le veo el chiste, Isa, estoy calada hasta los huesos.

Isabel trató de controlarse y observó el portal mientras escuchaba a Ana salir de nuevo y
dejarse caer a su lado. Chapoteaba al andar y tenía los rizos rubios aplastados contra la cara.

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—Estás hecha un cuadro —rio Isabel entre dientes, y su novia le pasó la mano mojada por
la nuca, provocando un escalofrío—. ¡Está bien, está bien! ¡Lo siento! Entonces, ¿el agua está
retenida al otro lado?

—Te habrás quedao calva detrás de las orejas… —masculló Ana, escurriéndose la ropa.

—Tenemos que cerrar el portal antes de que pase algo, si es que no ha pasado ya. ¿Has
traído las herramientas?

—Están en el carro.

Como Ana no tenía intención de moverse, Isabel saltó de la acequia y fue hasta el carro. En
el maletero lo encontró todo y, tirada en el fondo, vio una camiseta vieja.

—Toma, para que al menos vayas algo seca —dijo, lanzándole la camiseta a su chica.

Ana la cogió con excepticismo. Estaba algo sucia, pero al menos estaba seca.

—¿Súper Perrete?

—¡Un héroe nacional!

Isabel se agachó y sacó las herramientas de la caja, mirando por encima del hombro cómo
Ana se cambiaba. Su piel, clara y húmeda por el agua, brillaba con el sol. Siguió la curva de su espalda
con los ojos y se dio cuenta de que, si seguía mirando, cuando se pusiera a trabajar en lugar de
cerrar el portal abriría uno nuevo. Desvió la mirada y se centró en su tarea: sacó las piedras, las tizas
y todos los enseres. Sobre el suelo del portal dibujó un círculo de invocación y en cada una de las
puntas de la estrella interior colocó una piedra. Bañó el dibujo con una poción y recitó las palabras
adecuadas entre dientes.

Con un simple «¡puf!» el portal se cerró… y la tromba de agua que era retenida al otro lado
pasó sobre ellas, llevándose por delante todas las herramientas y dejándolas hechas una sopa. Isabel
tosió un poco de agua sucia y masculló una maldición, mirando los centímetros de agua que cubrían
sus pies hasta los tobillos.

—Qué bien se te da —comentó Ana con ironía, ayudando a Isabel a recogerlo todo. Las
herramientas estaban escampadas bajo el agua y de las tizas no había ni rastro.

—Años de práctica, ya sabes.

Isabel se puso en pie con dificultad y Ana la ayudó a salir de la acequia y subir de nuevo al
carro.

—Ahora solo toca averiguar qué es lo que ha salido de ahí —dijo Ana, quitándole hierro al
asunto con un gesto despreocupado, mientras se escurría de nuevo el pelo.

Isabel asintió y se acomodó en el asiento, recostándose contra su hombro mientras Ana


espoleaba a los pegasos y alzaban el vuelo. El viento al despegar le secó la cara.

«La última vez salisteis vosotros. ¿Tendremos la misma suerte esta vez?».

Una buena ducha y un café cargado para acabar con la migraña que siempre le daba cerrar
portales, y estaría lista para comenzar su investigación. Se sentó delante del portátil y, con la música
resonando en sus auriculares, comenzó un par de búsquedas rápidas. Mientras ella se encargaba de

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investigar, Ana estaba al teléfono informando a la Resistencia de sus avances y poniéndose en
contacto con las autoridades locales. Lo primero que buscó Isabel fue la frase del grafiti.

«Murcia unida. Una y grande otra vez».

Parecía una clara proclama política. En la sección de noticias de Google no encontró nada,
pero algo interesante le salió en las búsquedas normales: una cuenta de Twitter.

—«Capitán Alatriste» y sus amigos han estado tuiteando mucho sobre este concepto —
murmuró, apuntando los nombres de usuario de cada uno para echarles un vistazo. Tenían un perfil
bastante similar y todos seguían varias cuentas comunes en Twitter: Traductor Murciano, Arturo
Pérez-Reverte, El País y un par de cuentas pro-humanas que le pusieron los pelos de punta.

Para cuando terminó de revisar las cuentas de cada uno, ya tenía bastante claro qué había
detrás de aquel nuevo portal: un auge del movimiento contra las criaturas fantásticas, que hasta la
fecha había pasado bastante desapercibido en la Región. Sí, siempre había habido voces que se
alzaban contra aquellos que ahora compartían sus tierras; pero se habían alzado bajito y los
murcianos habían arremetido contra ellas hasta acallarlas.

Parecía que ahora se estaban organizando. Isabel miró a Ana, que había colgado el teléfono
y estaba preparando la comida, y se prometió a sí misma que haría lo que fuera con tal de proteger
su felicidad.

«Bueno, ahora a ver qué pijo ha entrado esta vez en Murcia».

Buscó en varios portales de noticias por si alguien había avistado alguna criatura fantástica
nueva o algo fuera de lugar, pero todo estaba tranquilo. La ciudad estaba sumida en el trajín de las
festividades y no se fijaba en nada más. Programó varias alertas con las palabras «Murcia», «portal»
y «Murcia unida», para que hicieran búsquedas mientras ella no estuviera. Vagando por las páginas
de noticias y los foros más transitados, acabó en un hilo abierto esa misma mañana que le llamó la
atención. En él, una persona aseguraba haber visto en los Baños de Abrahen Ezcandari al fantasma
de Miramolín y su mujer, la cautiva… pero en carne y hueso.

Isabel se quedó mirando la entrada fijamente, sin pestañear, como si la pantalla del
ordenador fuese a revelarle la respuesta. ¿Sería posible que fuera cosa del portal? Dejó el foro en
Marcadores y apuntó la dirección de los Baños para echar un ojo más tarde. Iba a parar para comer
cuando le llegó la primera alerta de Google.

Avistan a Alfonso X paseando por Alfonso X.

Apenas podía creer lo que veía en la pantalla cuando una nueva notificación solapó la
primera.

¿Están los Reyes Católicos en el Puente de los Peligros? ¡La respuesta les sorprenderá!

—¿Qué pijo…?

Y, con un zumbido incansable, decenas de notificaciones más como esa inundaron su


teléfono.

Infante Don Juan Manuel visita su calle.

Francisco Salzillo no quiere pagar para visitar su museo y monta un buen pollo.

Al Conde de Floridablanca le gusta cómo está su parque.

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Numerosos testigos afirman haber visto a Sor Úrsula Micaela Morata en el puerto de
Cartagena.

—Por la Fuensanta... ¡Un portal temporal! —gimió Isabel—. Cuando agarre al que lo ha
hecho, le voy a dar tal somanta palos que se le van a pasar las ganas de unir Murcia.

Se levantó de golpe y comenzó a marcar el número de la Resistencia mientras llamaba a


gritos a Ana.

—¡Ana, no te lo vas a creer! ¡Un portal temporal!

El movimiento «Murcia unida» crea un portal al pasado

Portavoces de la Resistencia afirman estar investigando el caso.

Coincidiendo con el Festival de la Reconquista, un nuevo portal se ha abierto en


una acequia de Zeneta. El martes pasado, numerosos ciudadanos informaron a
través de redes sociales y medios de comunicación haber avistado a figuras del
pasado paseando por las calles de Murcia o visitando las pedanías de la Región.
Cuando las autoridades se aproximaron a ellos, los Reyes Católicos amenazaron
con «mandarlos a la hoguera por tal brujería», mientras que Ibn Arabí, conocido
como Abenarabi, estaba encantado de poder visitar «el futuro».

«Me llena de pesar lo que ha sucedido con las huertas, pero al mismo tiempo me
hallo fascinado por los avances de vuestra mística», ha dicho a un reportero de
este periódico, antes de continuar examinando el funcionamiento de una
fumigadora.

Las autoridades ya se han puesto a trabajar codo con codo con la Resistencia
Murciana, que está investigando los sucesos desde el mismo día en el que se
dieron.

«Los responsables de este nuevo portal se agrupan bajo el lema “Murcia Unida”,
un movimiento anti criaturas fantásticas que desea devolver Murcia a sus tiempos
de grandeza», ha afirmado la elfa Ana D’hiri, portavoz de la Resistencia. «Creemos
que este movimiento es mucho menos poderoso de lo que quieren hacernos creer
y, tras cerrar el portal original, estamos trabajando para devolver a cada
personaje a su época y capturar a los culpables».

La Resistencia no ha querido dar más información sobre las posibles identidades


de estos malhechores, pero fuentes sin identificar afirman que la policía está
interrogando a varios escritores y pensadores murcianos para tratar de identificar
al cabecilla de todo esto.

Mientras, el Consejo de Festividades afirma que todo continuará como estaba


previsto.

Una semana después de descubrir el portal, Isabel había conseguido encontrar a todas las
personalidades del pasado que habían cruzado sin querer. Por suerte, no habían sido más de una
docena, y poco a poco consiguió convencerlos a todos de que la acompañaran para el viaje de vuelta.

Quien más problemas le había dado había sido Nicolás de Villacís y Arias, un conocido pintor
del siglo XVII. Este se había acomodado en una casa de Los Infiernos con una familia huertana y se

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dedicaba a pintar bodegones y cuadros paisajísticos. A Isabel le había costado mucho convencerle
de que se fuera con ella.

—¡A fe mía, mi señora, que no me moveré! Nunca he tenido ocasión de pintar tan bellos
paisajes llenos de verde y amarillo en mi tiempo, ¡y el hastío me abruma de pensar en volver a pintar
una nueva virgen!

—Pero, maestro Villacís, su época le necesita —insistió Isabel por décima vez, mientras la
familia Pérez la observaba entre divertida y apenada. Parecía que le habían cogido cariño al pintor,
por lo que tampoco la ayudaban a convencerle.

—¡Paparruchas! Seguro que la historia puede sobrevivir sin mi arte, ¡pero este tiempo sí
que me necesita! ¡Quiero pintar la vida del huertano moderno! ¡Cómo se fusiona tradición con
innovación! ¡Quiero aprender a recoger olivas con ellos!

—¡Maestro Villacís, por favor! —exclamó Isabel finalmente, perdiendo los nervios. El pintor
la miró airado, como si nadie hubiera osado jamás dirigirse así a él—. Hasta Salzillo ha aceptado
volver a su época. ¿Va a permitir que otros artistas triunfen en su tiempo mientras usted se queda
aquí, en una época en la que el lienzo y el óleo han pasado de moda? Porque ahora, si no tiene usted
Twitter y una licencia de Photoshop, no va a ser famoso.

Villacís abrió y cerró la boca varias veces, lo que le daba un ridículo aire de pez bigotudo
fuera del agua. Finalmente se levantó a regañadientes, dejando el cuadro en el que trabajaba sobre
la mesa.

—Maese Pérez, muchas gracias por su acogida. Les dejo este y el resto de mis pinturas como
pago por su hospitalidad, pues mi arte es todo lo que poseo. ¡Les deseo una larga y próspera vida!

Con un suspiro cansado, Isabel se despidió de los Pérez y se llevó a Villacís consigo. Tuvo
que aguantar al pintor rezongando la mitad del camino y admirando los campos labrados durante
la otra mitad. Para cuando lo dejó en el campo de fútbol de Cieza, donde habían levantado tiendas
para acomodar a todas las personalidades, tenía una bonita migraña.

—¡Por fin! —exclamó Segun, tachando a Villacís de la lista. Era el último que faltaba por
entregar—. Acha, creía que no lo conseguirías. Eres una mocica llena de recursos.

Isabel sonrió ante el halago y firmó la lista. Ahora solo quedaba devolverlos a su tiempo.

—¿Has alquilado el bus? —preguntó, revisando una vez más otra de las listas de Segun,
donde aparecía todo el inventario que necesitaría para devolver a cada uno a su tiempo.

—LatBus nos ha hecho muy buen precio y nos ponen conductor, un tal Ángel. Ya ha firmado
el contrato de confidencialidad —se adelantó a la siguiente pregunta de Isabel.

—Pues vamos allá, antes de que Ibn Hud y los Reyes Católicos inicien una nueva Guerra
Santa.

Segun rio entre dientes, pero no la contradijo: habían tenido que habilitar zonas separadas
en el campo para que varias de las personalidades no se mataran entre ellas. El bus estaba cargado
y esperando en la puerta trasera, y Ana ya estaba junto al mismo con un montón de pegatinas en
las manos.

—¡Reyes y reinas, sultanes y visires, artistas y gente del clero, es hora de partir! —exclamó
Isabel desde la puerta.

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Sus compañeros de la Resistencia se pusieron en marcha, organizando una cola civilizada
para que la gente fuera subiendo al autobús. A los personajes salidos de las épocas más antiguas les
costó montar en la «bestia con ruedas», pero finalmente fueron persuadidos.

Antes de subir, cada pasajero se pegaba de manera diligente (o no tan diligente) una
pegatina en el pecho, en la que ponía su año y lugar de procedencia. Una vez en marcha, se
dirigieron hacia el castillo de Muhámmad ibn Mardaniš, conocido como Rey Lobo entre los
cristianos. El Rey Lobo había sido un líder militar andalusí que se había proclamado emir
independiente de Mursiya, y no le habría gustado ver el estado en el que se encontraba su castillo.

«Menos mal que este no ha cruzado el portal», pensó Isabel, con un escalofrío.

El castillo del Rey Lobo, en Monteagudo, había caído en el desuso y el abandono hasta que
la Resistencia hizo uso de él. Aquel resultaba un lugar ideal para abrir y cerrar portales sin
interrupciones indeseadas y la magia fluía con mucha más facilidad, reduciendo las migrañas de
Isabel. La joven, que iba de pie junto al conductor, admiraba el paisaje que se adentraba en la huerta
y dejaba atrás el pueblo de Cieza, intentando hacer caso omiso de los comentarios quejumbrosos
de algunos de los viajeros.

—¡Ain Xaitán! ¡Ain Xaitán! —exclamó de repente Al-Ricotí, a la altura de Blanca.

Isabel le miró sin entender y uno de sus compañeros traductores corrió a calmar al famoso
pensador.

—El Ojo de Satán —le informó otro de ellos—. Al-Ricotí vivía en el Valle del Ricote y está
señalando el Ojo de Satán en el nacimiento de la Fuente Negra, en Blanca —explicó entre susurros.

Un murmullo agitado recorrió el autobús y sor Úrsula gritó espantada:

—¡El maligno está entre nosotros!

Isabel refunfuñó entre dientes.

«Qué ganas tengo de acabar con esto».

Se iba a acercar a la hermana Úrsula para tranquilizarla cuando el autobús dio un giro brusco
que la lanzó contra el regazo de Gil Francisco Molina, el Primer Marqués de Beniel, que sonrió con
sorpresa.

—¡Me cago en tó…! —farfulló Isabel, intentando levantarse de las piernas del marqués—.
¿Qué está pasando, Ángel?

El conductor pegó otro volantazo antes de contestar.

—¡Nos han puesto pinchas en la carretera!

Su voz sonaba asustada e Isabel corrió a mirar, agarrándose contra el salpicadero a duras
penas. En efecto, la carretera estaba barricada de forma improvisada con grandes clavos de metal,
pero tan mal repartidos que era posible ir esquivándolos aunque fuera a bandazos. En ese momento,
Ángel dio un volantazo especialmente violento y el autobús derrapó, deteniéndose de golpe. Isabel
casi salió despedida, pero uno de sus compañeros la agarró a tiempo.

Alrededor del autobús comenzaron a aparecer varias figuras encapuchadas, portando armas
contundentes, como palos, tuberías o herramientas. Uno de ellos se acercaba peligrosamente a la
puerta, apuntando al cristal con una pistola, e Isabel notó cómo se le iba el color de la cara. Ella no

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era una luchadora: en la Resistencia siempre había formado parte de la red de inteligencia. Por
suerte, varios de sus compañeros sí estaban formados en guerra y enseguida tomaron el mando.

—¡Todos al suelo! —gritó Branca, una compañera enana.

Los pasajeros no dudaron en hacer lo que se les había ordenado y Branca aprovechó para
abrir la puerta de atrás con la palanca de emergencia. Con ella salieron Miguel, transformándose en
oso en cuanto pisó la calle; Lucía, una joven menuda pero con un segundo dan de kárate; y Pedro,
el guardaespaldas del grupo.

Isabel los miraba desde las ventanas, invadida por una mezcla de miedo y admiración. El
susto no se le pasaba, pero fue increíble ver a sus compañeros reducir tan rápidamente a sus
atacantes. Distraída como estaba observando la pelea, no notó que alguien se había colado en el
autobús hasta que oyó un chillido y se giró, espantada.

—¡Suelta a la peña del pasado o le vuelo la cabeza!

El tiempo se detuvo para Isabel al ver cómo uno de los encapuchados, el de la pistola, había
cogido a Ana por la espalda y la apuntaba con el arma.

«Tengo que salvarla. Tengo que protegerla. ¡Tengo que hacer algo!».

Su cerebro chillaba, pero ella era incapaz de reaccionar.

—Tr-tranquilo, estoy segura de que podemos arreglar esto sin que nadie salga herido… —
musitó, alzando las manos en un gesto de paz.

El atacante, que por la voz no podría ser muy mayor, se tensó al verla avanzar y apretó la
pistola contra la sien de Ana, que estaba blanca como el papel.

—¡Acha! ¡No te muevas que me la cargo!

Al joven le temblaba la voz casi tanto como a Isabel, y en ese momento supo que nunca
apretaría el gatillo. Dio un paso más hacia delante y por el rabillo del ojo captó la mirada de Francisco
de los Cobos, antiguo miembro de la Orden Militar de Santiago. Estaba agachado cerca del joven,
mirando fijamente a Isabel. Entonces supo lo que tenía que hacer.

—Si quieres llevarte a los pasajeros, son todos tuyos —mintió—. Pero suéltala.

El joven alzó la cabeza, sorprendido, y ese momento de distracción fue su perdición. Con un
leve gesto de cabeza, Isabel dio la orden y don Francisco se lanzó contra las piernas del atacante,
empujándolo hacia atrás. Al mismo tiempo, Isabel dio dos zancadas haca delante y tiró de Ana para
sí, arrancándola de las garras del muchacho.

La pistola se disparó y varios pasajeros gritaron.

Isabel apartó a Ana y comprobó que todos estuvieran bien. La bala había perforado el techo
y el joven asaltador yacía inconsciente tras el golpe que debía haberle propinado don Francisco.
Fuera, la Resistencia había reducido también al resto de atacantes.

Segun se levantó del suelo y fue corriendo a asistir a Isabel y Ana.

—¿Estáis bien? —preguntó acongojado.

Ambas asintieron. Ana temblaba como la gelatina de fresa, pero poco a poco el color volvía
a su cara.

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—Acho, y yo que pensaba que los ingleses eran lo peor que nos atacaría… —murmuró en
tono de broma.

El corazón de Isabel dio un vuelco y abrazó impulsivamente a Ana, que se relajó en sus
brazos. Podía notar su corazón a mil por hora contra su pecho.

—No me vuelvas a dar esos sustos —susurró Isabel.

—Ni que hubiera sido culpa mía, pijo.

—Aun así.

Mientras tanto, sus compañeros ataron a todos los atacantes y los metieron, sin muchos
miramientos, en el maletero. Tras comprobar que todo el mundo estaba bien, se pusieron en camino
otra vez, y poco a poco la normalidad volvió al autobús.

Por fin llegaron al castillo y, tras aparcar, se dirigieron a uno de los patios interiores, ya
habilitado para su propósito: abrir un único portal e ir cambiando su destino. Isabel nunca había
intentado realizar un conjuro tan potente, pero la Resistencia lo tenía todo preparado y Ana le
estrujó fuertemente la mano cuando se plantaron ante la multitud que esperaba ser devuelta a sus
hogares.

—Tú puedes —susurró en su oído, y su cálido aliento le provocó un pequeño cosquilleo.

—Gracias.

Isabel comenzó a trabajar.

Abrió el portal y el primer pasajero dio un paso al frente. Era Ibn Arabí e Isabel escribió la
fecha y el lugar de devolución con tiza en el suelo, junto al conjuro. El portal cambió de color cuando
vertió sobre él unas gotas de poción de olvido, que haría que Ibn Arabí no recordara nada de lo que
le había sucedido. Antes de hacerlo pasar, quitó del pecho del líder árabe su pegatina.

Con cada viajero del tiempo, Isabel cambiaba la fecha y el destino y vertía un poco más de
poción sobre el portal. Las horas pasaban lentas, pero cuando el sol se escondía tras las montañas
hicieron pasar al último de todos.

—No recordaré nada, ¿verdad? —preguntó Wssel de Guimbarda, con su acento cubano
cargado de decepción—. Es una pena: me gustaba más esta Murcia que la mía. Al menos sé que mi
trabajo servirá de algo.

Él mismo se quitó la pegatina y la tiró al suelo, echa una bola.

—Ha sido un placer conocerle, señor de Guimbarda —dijo Isabel con una sonrisa.

—Igualmente, moza.

Wssel no dudó dos veces en cruzar el portal; y, tras eso, Isabel lo cerró con un pequeño
«¡puf!». Se dejó caer en el suelo, agotada. Le temblaban los brazos y creía que le iba a estallar la
cabeza. Ana se apresuró a agacharse a su lado.

—¿Estás bien, Isa? —preguntó consternada.

—Guapa pijo —murmuró, dedicándole una sonrisa desde el suelo.

Ana se sonrojó y rio.

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—Deliras.

—Nunca.

Isabel se despertó en su cama a la mañana siguiente. Al parecer había terminado por perder
el conocimiento y habían tenido que cargar con ella hasta casa. Ana estaba a su lado cuando
despertó, llevando una bandeja con el desayuno: zumo de naranja de la huerta y una tostada con
tomate y aceite. A Isabel le rugieron las tripas y se puso colorada hasta las orejas.

—¡Da gusto verte despierta y hambrienta! —Ana posó la bandeja en la cama y la ayudó a
incorporarse.

—Me comería diez de estas.

—Voy a preparar pava gratinada para comer, así que no te llenes.

Ana le guiñó el ojo e Isabel sonrió.

—Por cierto —comentó Ana, poniéndola al día mientras desayunaba—, ya sabemos quién
estaba detrás de todo. Los matones que nos atacaron solo eran sus secuaces. El cabecilla es un
tontolpichín demasiado fan de Alatriste y compañía. Un auténtico Juan Valera, amos. No han
tardado nada en delatarle.

—La que ha liado con la tontá —masculló Isabel entre dientes.

—También te han hecho ya el resto del pago —dijo Ana, señalando un abultado sobre que
había en la mesilla— y estamos convidadas a cenar esta noche en el Rincón de la Huerta, ¡a
tragalopago!

Isabel rio ante la alegría de su novia y se terminó el zumo. Con la Región nuevamente en
calma, ya solo tenía que preocuparse de disfrutar de las festividades… y de Ana.

Isabel Pagán es nombrada Líder de Honor del Festival

La Resistencia Murciana ha premiado su esfuerzo para proteger la Región.

Durante el Festival de la Reconquista, la Resistencia ha nombrado a Isabel Pagán,


originaria de Mula y residente en El Palmar, «Líder de Honor» de la Resistencia
por la resolución del caso «Murcia Unida». En menos de una semana, esta joven
ha conseguido encontrar y devolver a su tiempo a todos los viajeros perdidos que
se colaron por el portal abierto por el grupo antifantasía «Murcia Unida». El líder
de dicho movimiento, A.P.R., un adolescente de la zona de Molina de Segura, ha
pasado por el juzgado de menores y sido condenado a cien horas de servicio a la
comunidad.

Por otro lado, el vecino Ernesto Alcaraz nos ha concedido una entrevista en
exclusiva que será publicada en el especial del domingo. ¡No os la perdáis!

—¡Amelia, querida, salgo en el periódico! —exclamó Ernesto, cerrando el diario de golpe.


Su mujer estaba en la huerta y no le oyó, así que salió corriendo a por ella—. ¡Publicarán mi
entrevista el domingo!

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Su mujer sonrió, con el sombrero de paja nublando sus facciones.

—¿Nos hará ricos? —preguntó, mientras revisaba que los tomates estuvieran en buenas
condiciones.

Ernesto rio.

—Acha, claro que no. ¿Cómo pijo quieres que una entrevista nos haga ricos? —se mofó.

La sonrisa de Amelia se ensanchó.

—Pues si es así, yastás agarrando l’azá y ayudándome, ¡vago! ¡Que tiés los huevos como
bolsas del Mercadona! —estufó.

Ernesto refunfuñó entre dientes, pero cogió su sombrero y la azada e hizo lo que su mujer
le pedía. Nadie podría quitarle el orgullo de haber sido el «descubridor del segundo portal
murciano», como a partir de entonces no dejó de recordar a sus amigos.

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Urge Fanzine

Los siguientes relatos fueron publicados en los volúmenes 2 y 3 del fanzine murciano
«¡Urge!». ¡Disfrutadlos!

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Agüica para murcianos

Fátima se despertó aquella mañana por culpa de un conocido dolor: unos pinchazos en la
clavícula, operada tras el último Bando, que ahora siempre le avisaba de cualquier cambio de
tiempo. Llevaban dos semanas de insoportable calor para estar a mediados de mayo, lo que solo
podía significar una cosa: lluvia. Se levantó de un salto y subió la persiana, suspirando aliviada
cuando vio las nubes de tormenta arremolinándose frente a su ventana.

La antigua autovía que antes cruzaba su paisaje era ahora un camino para la trashumancia
murciana que buscaba los pastos más frescos en esta sequía, pero en ese momento estaba desierto.
El centelleo de un rayo y su consecuente trueno sobresaltaron a Fátima, que se apresuró a cerrar
todas las ventanas de la casa.

—Hoy voy a hacer migas —dijo en voz alta, mirando a su gato—. ¿Te apetecen, Michirón?

Michirón, hecho una bola en su sofá, se desperezó y se dio la vuelta.

—Espero que Silvia se haya llevado paraguas.

No tardó mucho en empezar a llover. Las pesadas gotas de agua golpeaban contra los
cristales como si quisieran derribarlos, y Fátima se apresuró a meter el pan duro en un par de
barreños y se puso un chubasquero antes de salir. Una vez en el terrao saludó al resto de sus vecinos,
que habían tenido todos la misma idea y ponían bajo el agua sus capazos de pan mientras ellos se
refugiaban en sus trasteros. La lluvia caía con tal furia que apenas podían hablar entre ellos, y Fátima
esperó en silencio hasta que el pan estuvo listo. Su vecina la elfa corría de un lado para otro bailando
bajo la lluvia, ante el divertimento de los demás, y ella solo se alegraba de que no hubiera puesto
música porque tenía un gusto horrible.

—Fátima, cariño, luego a luego dejas quel pan se te arreblande en casa —le dijo la señora
Pilar, sacándola de su ensimismamiento. Llevaba una bolsa de plástico en la cabeza y tenía las gafas
empañadas, pero la miraba con cariño—. Sa mejor que te vayas an casa ya, que aquí te vas a agarrar
un buen gripón.

—Pues también tiene razón, doña Pilar. Traiga, que le ayudo con su barreño.

Entró en casa justo cuando la tormenta empeoraba. Dejó el pan en la bancada y corrió hacia
la ventana, mirando hacia la carretera: el nivel del agua comenzaba a subir poco a poco, inundándolo
todo, y se alegró de haber echado el ancla al coche en plena sequía. Un helicóptero de los Estados
Unidos de Murcia pasó sobrevolando su edificio y emitió el comunicado que todos los vecinos
conocían de sobra y que sonaba siempre que llovía:

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«AVISO A TOS LOS MURCIANICOS. NO SALGAN DE SUS CASAS Y CIERREN HERMÉTICAMENTE
LAS VENTANAS. AVISO A TOS LOS MURCIANICOS. NO SALGAN DE SUS CASAS Y CIERREN
HERMÉTICAMENTE LA VENTANAS. AVISO A TOS LOS MURCIANICOS…»

—Te crees tú que voy a salir yo ahora —murmuró.

Un whatsapp de Silvia le indicó que se habían encerrado en la oficina y que esperaría a que
pasara el temporal, así que más tranquila se hizo un tececico con limón y se sentó en el sillón a ver
llover. Siempre era un espectáculo digno de ver.

Cuando llevaba dos horas lloviendo sin parar y el nivel del agua llegaba al segundo piso,
Fátima comenzó a ver a los primeros surfistas que, ignorando las advertencias de la Primera
Ministra, se dirigían a las antiguas vías del Ave inacabado. Un par de piragüistas pasaron por delante
de su casa y tuvo que contener la risa cuando vio el coche del vecino del quinto navegar a la deriva.

«La próxima vez no le hará tanta gracia que yo eche el ancla tos los días» pensó.
Probablemente le tocaría ir hasta el Palmar a recuperar el coche, y no le daba ninguna pena.

La tormenta cesó cuando el agua había llegado hasta su ventana y podía ver flotar limones
y naranjas arrastrados por la riada. Los servicios de emergencia estarían ocupados reconduciendo
el agua a los embalses durante una buena temporada: en Murcia no llovía nunca, pero cuando lo
hacía llegaba hasta el cuarto.

—Bueno Michirón, vamo a preparar esas migas.

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Mala fortuna

Lo tenía todo preparado. Sus padres le habían dado permiso para usar su casa de campo
de Fortuna para una fiesta de Halloween, siempre que prometiera no destrozar nada. Por
supuesto, Victoria había prometido eso y más, aunque no estaba segura de poder cumplir su
palabra. Pero le daba igual, porque aquella iba a ser una fiesta memorable. La casa estaba
decorada por completo: telarañas falsas cubrían el techo de las dos plantas, había marcas de
sangre falsa en las paredes, velas iluminando todos los rincones y cientos de telas negras
cubriendo muebles y paredes, dándole un aire tétrico y lúgubre. Era el escenario ideal para la
perfecta fiesta de Halloween.

También había preparado la comida: boles llenos de patatas y fritos de todas las clases,
cubiertos de gusanos de gominola; dedos de salchicha bañados en kétchup; ojos de gelatina;
cupcakes en forma de cerebros; hamburguesas de colores; batidos de sangre y mucho más. Se
había pasado un mes planeando la mejor fiesta del año, que pasaría los anales de la Memoria
Histórica. Y había invitado a todo el mundo: amigos, amigos de sus amigos, conocidos,
compañeros de clase e incluso gente de otros cursos con la que nunca había hablado.

Todos habían aceptado ir, tal y como ella esperaba. Y no podía estar más contenta. Sabía
que poca gente podría resistirse a una fiesta de semejantes características después de los
últimos años. Casi todos eran demasiado jóvenes como para recordar la invasión de la Huerta
en 2018, pero por culpa de la diosa de la Tierra su vida había sido una miseria tras otra:
hambruna, escaramuzas y una vuelta a un pasado que nadie deseaba. Y, para colmo, las
inundaciones de 2028 habían vuelto a poner su mundo patas arriba, y todavía intentaban
recuperarse de ellas. La gente quería celebrar, desfogarse, dejarse llevar por una noche y
Victoria había preparado la fiesta perfecta para ello.

Y también era el momento propicio para ejecutar su plan.

Porque Victoria tenía un plan, un plan infalible para que los próximos diez años fueran
como la seda. Parecía ser la única que se había dado cuenta de que todos los problemas que
habían sufrido eran culpa de los humanos. Los humanos lo estaban invadiendo todo como una
plaga, acabando con la huerta, con los bosques, con el agua y hasta con la capa de Ozono. ¿Cómo
no iba la naturaleza a quejarse y contraatacar si ellos seguían maltratándola y superpoblándola?
Así que había decidido hacer lo correcto y hacerle un favor al mundo acabando de un plumazo
con un buen puñado de gente.

Que muchas de las personas invitadas le cayeran mal y se hubieran metido con ella en
algún momento de su vida no tenía nada que ver, por supuesto. Era una simple coincidencia.
Aquello no era una venganza, era un acto de heroísmo.

—Que empiece la fiesta —murmuró para sí. Su perro, Pencho, levantó una oreja y
bostezó en el sofá, claramente ignorando a su dueña.

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La música sonaba atronadora en todos los rincones de su casa, y la gente bailaba como
si no hubiera mañana. Victoria se sonrió, mientras ella misma movía la cabeza al ritmo de Miguel
Ríos sin poder evitarlo.

Mueve tus caderas

Cuando todo vaya mal

Mueve tus caderas

Cada día más

Alante y atrás

Como hipnotizados, sus invitados bailaban y bebían, vertiendo ron Almirante en el sofá
y llenándose la boca de los dulces que había preparado con tanto esmero, casi sin pararse a
apreciarlos. Victoria gruñó y prefirió seguir disfrutando de la fiesta.

«Panda de desagradecidos».

—¡VICKYYYYYYYYYYY! —gritó una voz ebria desde las escaleras que daban al piso de
arriba, donde se apalancaba la gente que quería más «privacidad».

«Ugh».

—¡Sonia! —saludó con fingido entusiasmo.

Sonia, la más popular de clase, bajó dando tumbos los escalones hasta llegar donde
estaba ella. Se lanzó a sus brazos y Victoria tuvo que hacer malabares para sostenerla a ella, su
propia bebida y evitar que el cubata de Sonia acabara sobre ella.

—¡PEAZO BOTELLEO, ACHA! Pero tiene’ que poner música má’ moderna, pijo. ¿Quién es
este?

—¡Miguel Ríos, tía! ¿Cómo no lo conoces? —se escandalizó Victoria. ¿Qué clase de
cultura musical tenía esta arpía?

—¿Ha salío en Operación Triunfo? —preguntó Sonia, dándole un largo trago a su cubata
y soltando un eructo nada disimulado. Victoria se zafó de ella y la dejó que se sujetara contra la
barandilla de la escalera.

«Aguanta, Vic, aguanta» trató de calmarse.

—No, Sonia, no ha salido en Operación Triunfo. Pero ahora pongo algo de los zagales de
OT, no sufras.

Sonia, no obstante, no estaba sufriendo en absoluto. Ni siquiera la estaba escuchando:


se había fijado en un chico que bailaba en el centro del salón dándolo todo y se dirigía
tambaleándose hacia él.

—¡Llévame a coscoletas, Pepe! —gritó Sonia, echándose a sus brazos. Pepe la ignoró y
siguió bailando.

Victoria suspiró, sacó su iPhone y cambió la lista de reproducción. Se oyó un grito de


euforia generalizado cuando sonaron los primeros acordes.

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—Incultos —masculló.

El reloj del salón marcaban las doce menos cuarto: hora de desaparecer y prepararlo
todo. Subió las escaleras, esquivando los cuerpos borrachos de sus compañeros, y se encerró en
la única habitación que había vetado al público: la habitación de sus padres. Abajo, en el salón,
sonaban los acordes de una antigua canción de Operación Triunfo.

Hola, mira que bien me va sola

Nadie a mí me controla

Y aunque me lo pidas ya no te doy ni la hora

En la habitación ya estaba todo preparado: un círculo de invocación pintado en el suelo,


las velas apagadas en las cinco puntas del pentáculo y el papel con la invocación esperándola en
una mesa. Pencho estaba hecho una bola en la cama, inamovible. Movió un poco la cola cuando
la vio aparecer, pero por lo demás no dio señales de reconocimiento.

Victoria encendió las velas, se sentó en el centro del círculo con el papel en la mano y
respiró profundamente. El reloj de la mesilla le indicaba que faltaban cinco minutos para las
doce. Tenía que empezar ya. Se aclaró la garganta y comenzó a recitar.

«Invocación de bruja,
Que como yo solo hay una,
Wicca reencarnada
Y normalmente amada
Me propongo a recordar
Y mis hechizos recobrar
Para poder utilizar
Todo mi poder ancestral

Invoco a mis hermanas


Las brujas bienaventuradas
Para que abran mi mente
Dejando que entre
La gran sabiduría
Que contiene la brujería

Invoco a los elementos


En este gran momento
Para que me ayuden a actuar
Y en ningún momento contrariar
Las leyes del universo
Para que todo sea perfecto

Ayúdenme a encontrar
El camino correcto
Para el hechizo ideal
En este preciso momento»

Durante unos segundos, que se le hicieron eternos, no sucedió nada. Un silencio espeso
cubría toda la estancia y Victoria solo era capaz de escuchar los latidos de su propio corazón y
los ronquidos de Pencho. De repente, se dio cuenta de que solo podía escuchar eso: la música

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de la planta baja y los ruidos de la fiesta habían enmudecido. Y mientras pensaba qué podía
significar, en el techo se abrió un agujero enorme por el que empezaron a salir, una detrás de
otra, un montón de brujas.

Victoria gritó y se apartó del círculo de un salto, evitando ser aplastada por una docena
de brujas de todas las edades, alturas y apariencias posibles, que aterrizaron sin miramientos
donde un segundo antes habían estado sus piernas. Las brujas observaron a su alrededor y una
de ellas dio un paso al frente, sin ocultar la sonrisa divertida al ver a Victoria espatarrada en el
suelo con cara de susto.

—¿Nos llamabas? —preguntó con sorna. Era una bruja menuda, entrada en carnes y con
el pelo corto y de punta, coloreado de verde. Era evidente que era la líder.

—S-sí… —musitó Victoria sin voz.

La música de la planta baja volvía a atronar la casa, y las canciones llegaban hasta su
cuarto. Las brujas se pararon a escuchar y una de ellas, alta y espigada, dio un par de saltos en
el sitio. Tenía el pelo largo y casi blanco, y la piel de un oscuro color negro.

—¡Está sonando Agoney! —chilló, dando palmas.

«¿Las brujas conocen a los triunfitos de hace veinte años?»

Victoria estaba patidifusa.

—S-sí… —repitió, incapaz de decir nada más. Antes de poder reponerse del susto, otra
de las brujas, que lucía una espesa barba azul y llevaba un moño de tres metros de alto, dio un
paso al frente.

—¿Tienes M-Clan? —preguntó.

—¿Y de las Spice Girls? —preguntó otra.

«¿Qué está pasando?» chilló la mente de Victoria. Pero, como una idiota, solo pudo
volver a asentir.

Las brujas chillaron emocionadas ante la perspectiva de escuchar al grupo murciano, y


Victoria cerró los ojos unos segundos. No entendía nada.

—¿Para qué nos has convocado? —preguntó de nuevo la líder.

«Por fin, vamos al grano».

—Quiero que ejecutéis mi venganza y acabéis con todos mis invitados —explicó
atropelladamente. Las brujas se miraron entre sí y una de ellas suspiró, meneando la cabeza.

—Nunca nos convocan pa na divertío —se lamentó una bruja de aspecto adusto y acento
extremeño.

—Jo, Maura, yo no quiero matar a nadie —se quejó otra, que llevaba una túnica de
colores y ya estaba bailando al ritmo de la música—. ¡Es Halloween! ¡Y hace años que no nos
convocan! ¿No podemos disfrutar de la fiesta?

Victoria las miró boqueando como un pez fuera del agua.

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—P-pero… —farfulló, pero las brujas le habían dado la espalda y parecían estar
deliberando entre ellas.

Tras unos minutos, una de las brujas más jóvenes chilló de alegría y gritó:

—¡Voy a llamar a los chicos!

«¿Los chicos?»

La líder de las brujas se giró a Victoria y se encogió de hombros.

—Lo siento, niña. Llevamos unos años muy malos y no nos apetece matar a nadie. ¡Nos
quedamos a la fiesta!

Antes de que Victoria pudiera decir nada, las brujas comenzaron a invocar de cara al
agujero que seguía abierto en el techo. De repente, la habitación comenzó a llenarse de seres
sobrenaturales: elfos, enanas, duendes y hadas bajaban en tropel por el portal. La habitación se
llenó peligrosamente y alguien abrió la puerta al grito de «¡FIESTA EN EL MUNDO HUMANO!»

Lo siguiente que escuchó Victoria fue el sonido de varios cristales rotos y exclamaciones
de jolgorio en la planta de abajo. Al parecer, a sus invitados humanos no les importaba nada la
presencia de seres extraños: cuantos más, mejor. Se quedó completamente sola en la
habitación, escuchando cómo la fiesta que debía haber cumplido todos sus sueños se
descontrolaba, y miró a Pencho con tristeza.

—Bueno, Pencho, al menos sí habrá un humano menos tras esta noche —murmuró—.
Mamá me va a matar.

Pencho, como era de esperar, ni siquiera levantó la cabeza para mirarla.

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Extracto de "A la orillica del quijal"

A la orillica del quijal forma parte de la antología El corazón de Ixchel (2018)


publicada por Ediciones Hati. A continuación os dejo un pequeño extracto, ¡espero que os
guste!

—Dame la orillica del quijal, ¡si no me la das, te rompo el portal!

Las voces de los más jóvenes llenaban la noche, pasando de casa en casa en busca de viandas
y presentes. Los vecinos más ancianos sonreían al verlos, pues tras varias generaciones de ritos
olvidados parecía que la Noche de las Ánimas volvía a revivir en la Región.

—Dame la orillica del quijal —recitó una joven ataviada con ropa sencilla y cubierta con un
pequeño manto que la protegía de la repentina ola de frío—. Si no me la das, te rompo el portal.

Sus amigas, más tímidas, reían entre dientes por detrás mientras Consuelo le ofrecía varios
calabacines y paparajotes recién hechos a la portavoz del grupo.

—Mucho cuidao no piséis a las animicas, mozas, que a estas horas ya están buscando su
camino de vuelta a casa —les advirtió.

El grupo de amigas le dio las gracias a Consuelo y continuó su camino. De vez en cuando,
paraban a charlar con otros grupos de jóvenes que hacían lo mismo que ellas. Conforme avanzaba
la noche las calles se empezaron a quedar desiertas. Las cuadrillas volvían a sus casas, a preparar
tostones en la lumbre y contar historias de miedo.

Cuando sonaron las doce campanadas que indicaban la media noche, ni un alma viva
quedaba fuera.

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AGRADECIMIENTOS

Esta colección de relatos no habría nacido nunca sin Enerio Dima, que con esta inocente
frase me dio la idea para escribir «Resistencia murciana» y con él vinieron todos los demás
relatos de la fantasía murciana que tanto me gusta. También tengo que darle las gracias a mi
pareja, por ser mi sensitivity reader murciano y ayudarme con la adecuación de mis textos;
y a Laura, por su preciosa portada.
Y, como siempre, a toda la gente que me lee. Espero que hayáis disfrutado leyendo
esta antología tanto como yo he disfrutado escribiendo cada uno de los relatos.

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