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Género e Historia – Joan. W.

Scott
Tercera parte: El género en la historia
V. Identidades masculinas y femeninas en el ámbito laboral: la política del trabajo y la familia en la
industria del vestido en 1848
Algunos estudios sobre el movimiento de la clase obrera en el siglo XIX en Francia, destacan el papel que
desempeñaron los trabajadores calificados en la defensa de las tradiciones artesanales, organizarse políticamente
y asegurar el ámbito económico. Se asociaron en una cooperativa de producción, como una alternativa a la
competencia capitalista. La palabra fraternité era el lema de su filosofía asociacionista y proyectaba la fraternidad
como la base del sistema de producción.
A pesar de que los historiadores dejaron fuera temas de género o de familia, no fue por la falta de información,
ya que la literatura de protesta de 1830 – 1840 está llena de esta temática. En el programa de los socialistas
utópicos de este periodo, la familia era un tema clave.
Los movimientos de protesta de los trabajadores del siglo XIX presentaban unos análisis de la organización social
que interpretaban la experiencia (entendida como un aspecto de la producción cultural). Tales movimientos
otorgaron a los individuos unas formas de conciencia social basadas en los términos comunes de la identificación,
proporcionando lo necesario para llevar una acción colectiva.
El autor entiende por política las discusiones sobre el poder y el conocimiento que trataban, en formas muy
variadas y a menudo simultáneamente, del voto, del trabajo, de la familia y del género. Las identidades laborales
no eran inherentes a las relaciones de producción, además, la competencia laboral era una descripción relativa, y
no absoluta, de algunos tipos de trabajo.
Scott tomó la confección del vestido debido a las tareas que hombres y mujeres llevaban a cabo. El oficio del
vestido se encontraba en un periodo de transición debido a la naciente competencia de la industria de confección,
lo que llevó a movimientos de protestas de la clase trabajadora; los sastres organizaron huelgas entre 1830 – 140,
modistas y costureras participaron de forma importante en el periódico La tribuna de las mujeres (La tribune des
femmes), quienes reclamaron el “derecho al trabajo” (sus líderes proponían alternativas socialistas y cooperativas
ante las desigualdades sociales).
Las identidades de los oficios del vestido se concebían a la vez en su aspecto económico, sexual y político. Los
sastres y las costureras, al definir sus posiciones adoptaron, incorporaron, añadieron y reaccionaron a las ideas de
otros oficios, teóricos de lo social, de los políticos republicanos y de los burgueses moralistas.
I
En 1848 los obreros y patrones se reunión en el Palacio de Luxemburgo bajo el liderazgo de Louis Blanc, para
moldear la nueva organización del trabajo. Había un desacuerdo entre los obreros y los patrones sobre el alquiler
del trabajo, ya que los primeros decían que todo el trabajo debía ser llevado a cabo en la empresa/fabrica (aquí es
el único lugar donde el trabajo puede ser dividido de forma equitativa y donde se podía tener una formación) y
los segundos decían que se debía trabajar en el hogar ya que, de lo contrario, perjudicaría a la formación de los
aprendices y traería consecuencias morales debido a que los vínculos familiares se romperían. Sin embargo, los
sastres decían que era mucho mejor si se mantenía separado el trabajo del hogar. La comisión de Luxemburgo se
disolvió antes de que la discusión pudiera dar una solución.
Sin embargo, el debate sobre el alquiler del trabajo es interesante debido a la relación existente entre el trabajo y
la familia. Los sastres equiparaban el trabajo en el taller con la posibilidad de un mayor control de las condiciones
de empleo, de las subidas salariales y con una tradición artesanal. Los cambios en el oficio se presentaban como
una salida dramática de un sistema corporativista coherente y autorregulado hacia uno caótico y competitivo, en
lugar de que tales cambios se vieran como unas modificaciones o intensificaciones de los procesos puestos en
marcha. Además, estableció los términos de una identidad ocupacional que vinculaba la capacidad técnica raro
con el alquiler del trabajo como con las habilidades prácticas.
 Trabajadores en el taller: honorables artesanos. Descendientes de sastres parisinos, quienes ya estipulaban que
todo el trabajo debía ser llevado a cabo en el taller, el cual contrataba de 2 a 20 jornaleros que pasaban a
depender de unos maestros. El taller podía ser independiente o anexa a la vivienda familiar, en ésta la mujer
ayudaba en épocas de mucho trabajo.
 Trabajadores caseros: miserables appièceurs (o trabajadores que cobran por pieza). Trabajaban en sus casas,
cobraban por piezas y, al igual que las mujeres, eran empleados esporádicamente por los sastres que trabajaban
por encargo y por los fabricantes de confección. El trabajo de sastre era por temporada, en primavera y otoño
había mucho trabajo, por lo que ahí se usaba fuerza suplementaria de trabajo. Aceptaban bajas tarifas ofrecidad
por el confectionneurs.
El número de los appièceurs aumento en la primera mitad del siglo XIX como consecuencia de la industria de
confección. Entre 1830 – 1840 este sector invadió de forma estable el mercado del vestido.
A diferencia de la sastrería por encargo, que respondía demandas de clientes individuales, la industria de
confección produjo en masa artículos en tallas estándares, se podía comprar por mayor y los trajes podían
producirse todo el año ya que la producción no dependía de encargos individuales. Los confectionneurs
(trabajadores del ramo de la confección) gozaban de mejores fuentes de crédito, tenían más capital a su
disposición, menos gastos, menos costes laborales que los pequeños sastres que trabajaban por encargo. Había
una amplia reserva de trabajadores potenciales, cuyas circunstancias se veían atenuadas frente a las demandas de
un alza de la tarifa por pieza, sin embargo, ésta tendía de disminuir en la estación de menos actividad.
La competencia de los confectionneurs afectó directamente a los reajustes del trabajo en las sastrerías que
trabajaban por encargo, llevando a algunos a la bancarrota. La mayoría comenzó a disminuir los costos del trabajo,
reduciendo el número de trabajadores en el taller y utilizando a trabajadores caseros. Algunos maestros se
convirtieron en subcontratistas y transformaron sus talleres en fábricas de explotación de obreros, los que pasaron
a engrosar las filas de los appièceurs.
En sus actividades políticas, los sastres activistas buscaron la forma de mantener la distinción entre el trabajo por
encargo y el trabajo de confección, lo que les sirvió para criticar el presente y encontrar alternativas a su situación.
Los movimientos de lucha y protesta, además de ir orientado a mantener el trabajo en el taller, también lucharon
por la mantención o aumento de los salarios para que las persona no tuvieran que trabajar a domicilio. Los sastres
creían que los pequeños empresarios se identificaban con ellos, por lo que llamaron a tener valores de cooperación
y asociación para remplazar la perspectiva competitiva.
Talleres alternativos (1833): Les daban empleo a huelguistas sin empleo y hacían efectiva la igualdad entre obreros
y patrones (basado en la capacidad común y respeto mutuo).
Trabajo en el taller (atelier) era sinónimo de trabajo calificado, por lo que el trabajo en casa era sinónimo de trabajo
no calificado. El primero, según los sastres, estaba marcado por la regulación colectiva y la calificación, mientras
que el segundo por la competitividad caótica y la falta de calificación técnica.
El ataque dirigido a los appièceurs y al trabajo doméstico contenía referencia a las mujeres y a la familia. La
autorregulación exigida por los sastres, no cabía en el trabajo en el hogar, lo que se hizo explícito en la legislación
del gobierno revolucionario al eximir a los talleres familiares de una propuesta de ley sobre el trabajo de las
mujeres y los niños porque los legisladores habían formulado objeciones a la inspección de los hogares privados.
Si el gobierno se negaba a regular los talleres familiares, los miembros del oficio no podían hacerlo tampoco. Se
creía que la autoexploración asociada al trabajo doméstico corrompía el orden y el tejido emocional de la vida
familiar (según sastres).
Las esposas de los sastres no tenían tiempo para las tareas domésticas, trabajaban sin ningún tipo de compensación.
La supuesta armonía doméstica entre el hombre y la mujer daba lugar a la discordia y al desacuerdo, lo cual
comprometía no solo las relaciones del presente, sino que también la moralidad futura por la forma en que la
aprendían los niños. Es por ello que se debe hacer la separación entre el trabajo y la casa, además, ocurría una
confusión de las esferas debido a que el hombre se encuentra en un espacio femenino, por lo que el atelier aseguro
la masculinidad, su capacidad técnica y calificación.
Sin embargo, la separación de lo masculino y femenino, nos lleva a la exclusión de la mujer al ámbito salarial.
Ella cuidaba a los hijos, el hogar y realizaba trabajos, que, como se dijo, no recibía una compensación. Hombre
como explotador de la mujer.

II
En 1848, las líderes costureras pidieron al gobierno de la Republica que apoyara sus propios planes, los cuales
hablaban de la importancia de la cooperación, la autorregulación del oficio y el deseo de acabar con el desorden
creado por la competitividad capitalista. El lugar de trabajo nunca fue tan importante para ellas como lo fue para
los sastres; el trabajo en el hogar era aceptable siempre y cuando las tarifas no estuvieran por debajo del programa
establecido o diera lugar a la subcontratación. Mucho más importante eran sus ganancias, ya que median su
calificación y la clave de su integridad e independencia. Las costureras llevaron a cabo una identidad colectiva.
Su lucha era por su “derecho al trabajo” (aprobado en febrero de 1848).
Las líderes costureras definieron ampliamente a sus votantes potenciales, incluían a las modistas (couturières) y a
las costureras (lingères), las cuales tenían calificaciones y especialidades diferentes. Las líderes observaban los
talleres donde se formaban aprendices y llevaban un registro de quienes trabajaban por pieza. Las costureras
calificadas se mezclaban con las no calificadas en los talleres. Con la llegada de la confección, las mujeres
comenzaron a aceptar trabajos por pieza, pero las bajas tarifas obligaban a incluir a los miembros de la familia en
su trabajo.
Ellas hablaban de justicia y de justicia económica, y de las necesidades e intereses específicos de las mujeres
obreras. Los orígenes de sus problemas eran por el capitalismo y por la diferencia que existía entre el hombre y la
mujer. Su socialismo se combinada con cierto feminismo.
Efectos de la confection según las líderes: Los pequeños productores fueron socavados y desplazados, además
hubo una sustitución de los hombres por las mujeres en la propiedad de los negocios y en el control de la
producción. Además, la carga del trabajo a domicilio cayó casi todo en los miembros femeninos de la familia,
quienes siguieron haciendo los trabajos domésticos. Esto fue la base para una identificación colectiva. Dicha
identidad suponía que las mujeres podían ser unas competentes administradoras de su salario y del trabajo
doméstico. Utilizo asociaciones culturales entre femineidad y la domesticidad.
El objetivo inmediato de la acción política colectiva de las costureras era ganar un mayor control de las relaciones
entre el trabajo y la familia: pidieron al gobierno talleres nacionales para mujeres y que subieran los salarios
(“compensación digna a cambio de nuestro trabajo”). En la delegación de mujeres y entre las asociaciones de
mujeres habían variadas propuestas para reorganizar el trabajo como la apertura de guardería para los niños y
comedores nacionales.
Las mujeres insistían en que ellas tuvieran la responsabilidad de sus propios asuntos de trabajo. En contraste con
los talleres subvencionados del Estado, las asociaciones productoras de costureras eran dirigidas por su totalidad
por mujeres, quienes insistían en fijar todas las políticas, sin interferencia masculina.
Para las líderes costureras, la exclusión de las mujeres del sufragio universal era una injusticia y querían
demostrarlo defendiendo la idea de que las mujeres también eran productoras y propietarias de su fuerza de trabajo
(derecho político).
La mujer hacía hincapié en el salario, al ser el denominador común con el hombre. En el periódico feminista –
socialista La Voix des femmes reclamaban una nueva sociedad en la que las mujeres pudieran divorciarse, tener
control de sus ingresos, rechazar la dominación del marido, ocuparse de los hijos y disfrutar del hogar como
también de su derecho al trabajo. El llamado del feminismo por la igualdad se basaba en la doble semejanza entre
el hombre y la mujer como fuentes de ingreso y en sus intereses y responsabilidades distintos, pero
complementarios: derechos de los productores, divisiones del trabajo entre sexos (el trabajo en el hogar no era
antítesis de la sociedad productiva).
Sin embargo, para las costureras el salario era significado de que eran productoras, mientras que para los hombres
lo era el tener competencias técnicas. De hecho, el movimiento de los hombres descalificaba a las mujeres, ya que
para ellos el ser asalariado no significaba ser productor.
Las identidades laborales poseían una dimensión política, un sentido legal y forma de participación de gobierno.
Para ellos la solución estaba en la reforma del sistema político, en el cual los hombres tenían una participación
dependiendo de su bienestar y propiedad, y las mujeres no poseían ciudadanía.
Argumento de trabajadoras: 1) su igualdad en tanto productoras y asalariada, sin distinción según calificación. 2)
diferencia respecto a los trabajadores, debido a que las mujeres, como categoría social, querían asegurarse el voto.
III
El objetivo amplio entre los sastres y las costureras era la crítica de la política económica capitalista y el rechazo
de los argumentos moralistas burgueses. La familia era una entidad abstracta, un lugar de total satisfacción
humana, en oposición a la alineación de la sociedad capitalista. La resolución del conflicto y la competencia eran
descritos a través de la pareja heterosexual: la reconciliación armoniosa de los opuestos (idealizado). Pero no
estaba claro si había o no una igualdad entre el hombre y la mujer.
La idealización de la familia coexistió junto a los movimientos, tanto de hombres como de mujeres.
La formulación de las estrategias del oficio no siguió un programa teórico único, hubo imágenes muy varias. Tomo
importancia la prensa obrera y en los movimientos políticos, en las canciones callejeras y series de melodramas.
Las imágenes eran generales en la cultura del periodo.
La representación de la familia por parte de los trabajadores, como alternativa al capitalismo, asociaba la feminidad
con el amor y los lazos emocionales. Pero la feminidad no era contradictoria con su participación en la actividad
productiva. El efecto destructivo del capitalismo era el amor, caracterizado por la caída de una joven, la cual moría
en la pobreza o llevaba a cabo la prostitución. La pureza e inocencia eran sinónimos de la virginidad femenina, así
que la prostitución significaba dar por dinero lo que se debe dar por amor.
El símbolo de la costurera caída significaba la hipocresía de la burguesía y la opresión de clase. La familia burguesa
no estaba unida por el amor, sino por el nexo del dinero, mientras que las familias empobrecidas las unía solo el
afecto.
A tono con las ideas burguesas, que representaban una división del trabajo clara entre hombres y mujeres, y que
postulaban la coexistencia espacio – temporal de la agresión y del amor, de la competitividad y la asociación, esta
visión utópica de la familia resumía la total transformación de las relaciones humanas en un nuevo orden social.
Según esta visión, la familia no podía coexistir con el capitalismo. Aprobar el papel de la mujer que la confinara
solo a trabajos domésticos, era aceptar la posibilidad de una familia ideal según el orden burgués, que, según la
visión utópica socialista, no aceptaba e insistía en que las familias bajo el capitalismo no podían ser completamente
felices.
El modelo de la familia unificada y amorosa era una alineación capitalista de cómo deberían vivir los trabajadores
y de cómo debería implementarse la división sexual del trabajo. Según la lógica feminista, la familia como fuente
de amor y emoción requería el reconocimiento de los derechos de las mujeres.
VI. El mundo del trabajo a través de las estadísticas: La “estadística de la industria de París (1847 – 1848)
Las encuestas públicas y privadas seguían proliferando entre los años de 1830-1848 porque tanto los conservadores
como los reformadores sociales afines a ellos recogieron pruebas para fundamentar sus respectivas posiciones.
Los análisis de los problemas sociales y de los programas para la reforma se basaban en la preferencia de la
veracidad científica y categorizaban las tablas numéricas. Esto fue una derivación de la ilustración acerca del poder
de la ciencia objetiva. Por lo tanto, el discurso de la reforma social a principios del siglo XIX en Francia fue
legitimado mediante la presentación de hechos estadísticos supuestamente incontrovertibles.
Las estadísticas establecieron sentido de certeza, lo que sirvió para legitimar demandas de los administradores
burgueses, de sus críticos aristocráticos y obreros. Los hechos y las cifras (de salarios, horas y coste de vida) eran
una verdad que hablaba por si sola. Los historiadores lo han utilizado para reconstruir el mundo del trabajo y la
vida de los obreros.
Los números se tratan de forma diferente a los textos que poseen subjetividades. Se señalan sus propósitos y el
contexto histórico de investigación, pero pocas veces se considera la fuente preparada con un interés específico,
la estadística no se cuestiona y se aceptan como objetivo. Esto denota en tres resultados: 1) supone posible dividir
un problema indivisible o integral, el de la naturaleza de realidad y su representación; 2) niega los aspectos
políticos inherentes a la representación; 3) subutiliza las fuentes.
El autor busca problematizar y contextualizar las categorías y conclusiones de la estadística, debido a que no son
neutras, son una forma de otorgar autoridad a ciertas visiones de orden social. Había debates en las metodologías
y contenidos para poder definir la realidad en las investigaciones estadísticas. Los informes estadísticos están
configurados a modo de un discurso político.
La Estadística de la industria en París (1847 – 1848), realizado por la Cámara de Comercio de París, publicado
en 1851 (es en lo que el autor se enfocará), presenta una cantidad de cifras que han permitido a los historiadores
describir la organización de una serie de oficios en las vísperas de la revolución de 1848. Scott concluye que la
Estadística se servía de las estadísticas y de la ciencia para legitimar su propio argumento político.
I
La Cámara de Comercio de París era un grupo elitista de hombres de negocios, fabricantes y economistas, fundada
en 1803. Era un cuerpo semiautónomo que dependía del ministro del interior y permitía la relación entre el mundo
de los negocios y el gobierno. Comenzó a trabajar en la Estadística de la industria en la segunda mitad de 1848.
Había habido una revolución en febrero de 1848, en donde los líderes habían luchado por el establecimiento de
una república. En junio hubo una insurrección que relevo a los líderes de la nación el alcance del peligro de una
revolución social. Los nuevos “barbaros” eran los obreros parisinos que habían tomado las calles para protestar
por el cierre de los talleres nacionales, patrocinados por el gobierno en ayuda de los desempleados.
El gobierno lo consideró como una amenaza y mando al ejército a poner orden, encabezado por Louis Eugène
Cavaignac. Éste, como jefe de gobierno, busco apoyo en hombres de negocios, políticos y científicos de las
ciencias sociales para lograr la restauración permanente del orden. Sometió a un análisis al movimiento conocido
como Los Días de Junio, el general pidió que se buscara la forma de estimular la economía y planes para ayudar a
los desempleados.
Había que demostrarles a los obreros que su condición no era lamentable, que la industria no había generado
necesariamente la pobreza, al contrario, que los esfuerzos personales habían redundado en el progreso individual
y en las mejoras colectivas. En La estadística de la industria, la Cámara de Comercio presentó un anteproyecto
que organizaba la realidad de la organización parisina. Formularon opiniones y respuestas sin tener la obligación
de reconocer que un argumento de causalidad y una serie de posiciones políticas estaban en la base de su propia
investigación. Bajo la objetividad, la Estadística buscaba ser la última palabra de una serie de debates políticos.
El debate implico tres grupos de la sociedad francesa:
1) investigadores privados sociales.: evaluaron y registraron en detalle la degeneración física y moral de los obreros
de la industria. Louis René Villerné identifico tres prácticas como causas del desorden social, las cuales eran la
mezcla de sexos en las fábricas, largo día de trabajo de los obreros niños y la práctica de algunos empresarios que
consistían en dar avances sobre el salario de sus obreros a modo de préstamo, lo que los llevaba a la pobreza.
2) Representante de los trabajadores: empezaron a pedir, en los periódicos de 1830, que quienes experimentaban
la pobreza en su propia piel fueran quienes hablara de ellas. Este grupo lanzó ataques contra la acumulación
capitalista, además, decían que era el capitalismo el culpable de la degradación del trabajo y la vida de los
trabajadores calificados, de los bajos salarios y la competencia.
3) Investigadores del gobierno: intentaron recoger estadísticas sobre los modelos de crecimiento industrial, salarios
y empleo. Su preocupación era seguir la huella de la actividad económica porque ésta garantizaba la prosperidad
nacional, pero la condición de los trabajadores no era su preocupación, ya que según ellos todos se beneficiaban
del crecimiento económico. La Encuesta industrial se concentró en la industria para poder responder a las
reivindicaciones en pro de una reorganización económica o reforma, sin embargo, dejo fuera a los problemas de
los obreros y la organización del trabajo, los cuales se incrementaron en la década de 1840 cuando se publicaron
informes sobre la pobreza o sobre el peligro de la clase obrera.
En las campañas políticas para la reforma, los defensores del republicanismo lanzaron un llamado de atención al
gobierno en temas laborales. El éxito de este llamamiento se hizo visible en febrero de 1848, cuando la
muchedumbre que exigía el “derecho al trabajo” propicio el derrocamiento de la Monarquía de Julio y la
instauración de la segunda República. Para ésta, el sufragio masculino era más que suficiente para la reforma y,
en lugar de incrementar la influencia del trabajo en la administración del país, pretendieron limitarla.
Un trabajador, Alberto, y el socialista Louis Blanc fueron incluidos en el primer gobierno de la República y se
proclamó el “derecho al trabajo” como principio fundamental. A Blanc se le asignó la presidencia de la Comisión
de Luxemburgo, quien debía examinar las discusiones de los trabajadores con la dirección, pero este no tenía poder
legislativo ni presupuestario, mientras que el ministro de Trabajos Públicos dirigía los Talleres Nacionales, para
aliviar el desempleo masivo que siguió a la Revolución. Sin embargo, muchos estaban insatisfechos con aquellos
talleres, por lo que Blanc levantó una nueva demanda al ministerio del Trabajo. La conservadora Asamblea
Constituyente rechazó su demanda y votó por lanzar una encuesta sobre la agricultura y el trabajo industrial. En
mayo de 1848, la investigación sobre el trabajo se convirtió en una técnica conservadora para debilitar el prestigio
del gobierno y, en consecuencia, negar la influencia política a los intereses de los trabajadores.
Dicha encuesta era llevada a cabo para frustrar las demandas más radicales de la política laboral, pero sí aceptaba
a una clase obrera definible, cuyos intereses entraban en conflicto con los de sus empresarios. Habían preguntas
sobre las condiciones de trabajo y la vida de los trabajadores, sobre cómo crear nuevos empleos, etc. Era llamativa
la ausencia de ejercicios autoconscientes en cuanto a la definición del obrero. La encuesta pudo reconocer el
conflicto de clase que había surgido durante la Revolución de 1848.
Medidas como la creación de colonias agrícolas para niños abandonados, huérfanos y delincuentes, o proporcionar
casas limpias e instituciones de ahorro, no tenían como misión atender las demandas de los trabajadores, sino
ofrecer soluciones alterativas en forma de una tutela moral y de un control social. La investigación del gobierno
ya no solo era para recopilar información, sino que también daba la intención de actuar respecto a las demandas
laborales. Sin embargo, a la Cámara no le apetecía la conexión entre información y política, por lo que preparó un
informe neutro sobre la situación objetiva, fuera de toda disputa política. Este informe se enfocó en el terreno
industrial y no en el trabajo, aunque el volumen de información pretendía ocuparse de los trabajadores, la estructura
de la Estadística parecía subordinarlos a la economía, el principal punto de ocupación.
El comité de la Cámara decidió recopilar información anterior a 1847. Realizo comparaciones esporádicas entre
los datos de 1847 que se presentaban en tablas y el estado de empleo en unos determinados oficios, cuyo objetivo
era calibrar los efectos de la Revolución, pero parece más bien que su objetivo fue capturar una situación más
normal en la cual podrían haber desembocado las cosas. La Estadística presento un plan de reconstrucción
económica y una forma de demostrar a los inversores que la confusión de meses anteriores era algo no
característico de la organización básica ni de las relaciones en la economía parisina. (Estructura de la Estadística:
pagina 159, párrafo 3)
El termine industrie denotaba tanto la actividad empresarial como cualquier actividad productiva. Los autores del
informe definieron y justificaron un mundo de empresarios: 1) todos los individuos autoempleados. 2) todos los
individuos que hacían artículos por encargo, y que empleaban a uno o más trabajadores, tanto si eran miembros
de una misma familia como si no, y tanto si eran pagados como si no. 3) todos los individuos que hacían artículos
por encargo de una “clientela burguesa” (sastres, modistas, lavanderas, etc.) 4) todos los individuos que hacían
artículos por encargo y trabajaban al mismo tiempo para varios fabricantes. La solución consistía en definirlos
como jefe de negocios, por muy pequeños que fueran.
La anterior clasificación, provoco la reducción de gentes que se consideraba trabajadores. La definición de la
Estadística negó la identificación de clase en torno a la cual se habían reunido, desde febrero a junio, maestros
empobrecidos, artesanos independientes y trabajadores cualificados. Por lo que, al referirse a los trabajadores y a
los jefes como “industriales”, rechazo la terminología socialista que los distinguía; haciendo esto, traslado el foco
de atención de las relaciones de producción al simple hecho de la actividad productiva. La Estadística apelaba a
la ciencia económica política, que además de ser su guía teórica y metodológica, era una garantía de verdad y
precisión.
II
La Cámara de comercio eligió al principal vocero de la ciencia económica para dirigir sus esfuerzos de
investigación: Horace Émile Say (1794 – 1860), hijo de Jean Baptiste Say. (Escuela liberal francesa).
Horace, en 1842, fundo la Sociedad de Economía Política y durante las décadas de 1830 y 1840 publico numerosas
ediciones de los libros de su padre, añadiéndole su revisión y comentarios. La Estadística fue probablemente el
mayor logro de todas sus publicaciones, la cual era un ingrediente de la contienda contra el socialismo, utilizaba
términos de economía política y una doctrina que reclamaba para sí el estatuto de ciencia y, con ello, un valor de
la verdad que residía fuera todo control humano.
En el Tratado de economía política se explica que el trabajo (travail) era un concepto demasiado restringido, que
no servía para describir la producción. Este término denotaba solo trabajo manual o fuerza física, pero no incluía
el conocimiento de la naturaleza y de la economía, ni la aplicación de este conocimiento que también era necesario
para la creación del valor. Así, la formación, el talento y la competencia de los artesanos significaba que eran
autoempleados de hecho o potenciales. Para Say, los empresarios tenían una función critica en el centro de las
redes de producción e intercambio.
Si la movilidad ascendente y la posibilidad de una mejora eran sinónimo de ser empresario, entre más hubieran,
más valido era socar el progreso económico individual que prometía el capitalismo, por lo que se obrero (y no
empresario) significaba estar estancado, los cuales eran trabajadores no calificados, estaban bajo la dirección de
los demás, y renunciaba a una parte de los provechos de producción por un salario.
De acuerdo esto, la Estadística alistaba a tres categorías de Chefs d’industrie (jefes industriales): quienes
empleaban más de 10 obreros, quienes empleaban de 2 a 10 obreros, y quienes empleaban a uno o ninguno (aquí
se agrega la familia del obrero). La familia obrera unida se convirtió en una pequeña empresa.
En la sección de salarios, los autores admitían que el termino empresario o “jefe de negocio” no plasmaba de forma
precisa la situación real de muchos comerciantes, hombres y mujeres. Aunque fueran contabilizados como
empresarios, en la practicas estos autoempleados eran trabajadores.
El caso de las costureras era tan complicado que desistieron en hacer la separación entre trabajadores y obreros
por cuenta propia, por lo que hicieron un cuadro de las ouvrières lingères (modista de lencería). Según los autores,
el termino trabajador era más adecuado para artesanos empobrecidos y artesanas q vendían su fuerza de trabajo
en vez de sus artículos.
Los hechos debían interpretarse dentro de la estructura teórica que daba la económica política, cualquier otro
enfoque habría puesto en duda la utilidad de esta ciencia para establecer el carácter indiscutible de las afirmaciones
de la Estadística. Ésta, por la forma que presentaba la información, presentaba, pero no reconocía, una seria de
interpretaciones alternativas a la mala situación de los trabajadores. La Estadística replicaba que el Estado y la
regulación corporativa dificultaba la prosperidad.
Say había argumentado que la multiplicación de los empresarios trajo consigo la estimulación del empleo, y que
respondía a las demandas del consumidor y de la producción. Por otro lado, la familia era la organización natural
en la que vivía la gente, la cual determinaba fenómenos económicos como la ley de salarios.
Para la Estadística la contratación de mujeres violaba la ley de salarios. J.B Say explicó dicha ley en su Tratado,
en donde señala que el salario del hombre y el de la mujer son distintos:
1) Salario de los hombres: tenía que mantener al trabajador y asegurar la subsistencia de los hijos, los cuales
constituían el capital físico de la futura generación de trabajadores manuales no calificados, por lo que para los
hombres los costos de reproducción de la fuerza de trabajo estaban incluidos en el precio que se pagaba por el
poder de trabajo. Say decía que no se podía disminuirlos salarios de subsistencia debido a que los hombres, si se
quedaban solteros, no habría una reproducción de la mano de obra, lo que llevaría, más a delante, a subir los
salarios.
Según la economía política la reproducción era un concepto económico, no biológico. Lo que hoy se denomina
como “capital humano” se adquiría y se media en términos monetarios como las sumas que se asignaban a la
crianza de un niño o los salarios que se pagaban a un hombre adulto. El trabajo de la mujer en el parto y en la
crianza no se consideraban.
2) Salario de Mujeres: mujeres y niños eran dependientes naturales, por lo que nunca tendrían que ser
autosuficientes. Aquellas mujeres que debían ser autosuficientes estaban en desventaja, por lo que debían hacerle
la competencia a otras mujeres que solo necesitaban un complemento a los ingresos familiares, por lo que
trabajaban por un salario menor. El problema estaba que demasiadas mujeres vivían fuera de su marco natural (la
familia), la cual era el único contexto viable tanto para hombres como para mujeres.
La familia era el punto crítico de la Estadística, sobre los salarios y la vida social y económica en general. Los
autores vieron en la familia el modelo de producción y la fuente de desarrollo moral e individual (disciplina y
orden). Su foco de análisis era el trabajador y el grado en que él o ella estaban incrustados en las estructuras
familiares.
Había una influencia recíproca entre la familia y el trabajo. Se vinculaba lo moral con la disciplina en el trabajo
y el comportamiento personal mientras que el lugar de trabajo ideal era un taller pequeño, encabezado por un
patrón benevolente y paternalista, los trabajadores estaban bien pagados y se comportaba correctamente,
trasladando a su vida privada las relaciones del taller. Esta interpretación disolvía la línea de separación entre la
familia y el lugar de trabajo; el orden de uno constituía el orden de la otra, conduciendo a una mejora personal
del trabajador y éste se convertía en un empresario.
Los autores de la Estadística enfatizaron la importancia del pequeño taller comparándolo con otros lugares de
trabajo:
1) Chantiers (las obras de construcción) y sus cambios constantes de trabajos forzados (como los oficios de
construcción), cuya principal desventaja era que la contratación se hacia afuera. Aquí era difícil mantener una
línea de separación entre el descanso y la búsqueda de trabajo.
2) Fabricas que tenían un gran número de trabajadores y no tenían establecidos los tradicionales límites de edad
y sexo: en las grandes fábricas, los patrones podían no supervisar cuidadosamente a sus trabajadores. La vida en
común en la fábrica, la mezcla de los secos en la misma habitación, relajaba tanto el control moral que podía
llevar a los hombres a tener comportamientos turbulentos.
3) Habitaciones individuales, en donde los trabajadores cobraban por pieza, sin ningún tipo de supervisión y sin
estar sujetos a unos códigos de conducta moral o profesional. Estos habitáculos equipados eran alojamientos
temporales para las poblaciones emigrantes y para aquellos que estaban fuera del orden familiar o laboral.
Según los autores, una familia ordenada podía subsanar los efectos peligrosos del lugar de trabajo. La Estadística
hacia distinciones entre los trabajadores caseros. Aquellos que vivían en sus residencias propias estaban casados
y poseían algunos muebles, a pesar de ser pobres, eran considerados como honorables. Los autores atribuían una
función reguladora natural a la familia cuya existencia y bienestar debían ser promovidos por el Estado; si bien
para la economía política el proteccionismo era el anatema de su política económica, en cuanto a política social
estaba a la orden del día.
III
La Estadística también presentaba un argumento político bajo la forma de una discusión sobre el desorden sexual:
realidad peligrosa y desordenada, que amenazaba la realidad aprobada por los autores. Esto vuelve a poner en tela
de juicio la descripción científica y objetiva de la estadística.
La Estadística presentaba el mundo del trabajo en los términos de una oposición entre lo bueno y lo malo, el
orden y el desorden, y entre trabajadores domésticos y disipados. Las atribuciones de los tipos de conducta moral
no eran específicas de ningún sexo. Los autores trataban el tema de la sexualidad no controlada de las mujeres,
utilizando la imagen de la prostituta para conjurar un mundo peligroso y fuera de control,
EL informe utilizaba a las mujeres para referirse al límite de las posibilidades de conducta moral. Las mujeres
encarnaban y transmitían todas sus virtudes. Se hacían cargo de jóvenes empeladas, las mujeres casadas que
estaban a la cabeza de una empresa en su ámbito familiar tenían dotes de mando y aptitudes comerciales. Como
trabajadoras, eran más fiables al estar casadas por haber aceptado la ley natural de su propia dependencia.
La mujer que vivía fuera de la familia, vivía fuera de la ley; las mujeres mayores que vivían solas eran miserables
al no poder mantenerse a ellas mismas. Las mujeres jóvenes independientes eran peligrosas y su condición era
sinónimo de una sexualidad libre de restricciones. Por su comportamiento “dudoso”, como juicio negativo,
provocaba que nunca se pudiera estar seguro de las ocupaciones de la mujer.
La mujer sola, no cabía dentro de las categorías de la Estadística, no tenía una subordinación a un padre o marido,
vivían en la marginalidad.
La Estadística presenta una cisión de realidad contingente más que absoluta, construida más que descubierta,
impuesta con unas finalidades políticas más que vivida de forma natural e inevitable.
IV
Las leyes de censura del Segundo Imperio y los informantes de la policía, previnieron la aparición de otras
versiones alternativas de la realidad del mundo laboral. Así, los términos de análisis de la Estadística conservaban
cierto estatus oficial. En la Tercera República, nuevas técnicas de investigaciones llevaron a diferentes
construcciones del mundo.
Los historiadores, que buscaban datos irreprochables, tomaron el informe por su valor nominal y lo incorporaron
a su documentación sin cuestionarse sus categorías ni interpretaciones. Un enfoque alternativo, es que cualquier
documento es parte integral de la realidad y requiere que se cuestione los términos en los que se presenta, el cómo
este contribuye en construir la “realidad” del pasado.
VII, “¡Obrera!, palabra sórdida, impía…”: las mujeres obreras en el discurso de la política económica
francesa (1840 – 1860)
En el salón de París de 1861, Auguste-Barthélémy Glaize expuso una pintura titulada Misère la Procureuse (La
procuradora miseria)1. La pintura describe no tanto un contraste estático como una narrativa de transición: del
campo a la ciudad, de la sociedad tradicional a la moderna, del orden al desorden, del atuendo y comportamientos
apropiados de las mujeres a la degradación y a la corrupción sensual. La trasformación de la mujer virgen en una
mujer de aspecto espantoso que advierte el destino que les espera. Para el artista, también era importante que los
sujetos fueran obreras. El abandono de las mujeres parece emanar de ellas mismas, quienes se apresuran, con
cierto deseo placentero, a abrazarlo. Aquí la pobreza es una advertencia para las mujeres disipadas de las
consecuencias que podrían derivarse de sus inclinaciones naturales.
Tal ambigüedad sobre las mujeres y la pobreza, caracterizo gran parte del debate sobre las mujeres en el siglo
XIX, el cual capto la atención pública entre 1858 – 1860 con la publicación de diversos estudios (como la mujer
pobre en el siglo XIX o La obrera de Julies Simon). La publicación de estos, puso la cuestión de L’Ouvrière (la
obrera) al frente de todos los debates sobre la moralidad, la organización económica y la situación de las clases
trabajadoras. También vinculó la importancia de la economía política con el debate general sobre las mujeres.
La cuestión de la mujer trabajadora sirvió para centrarse en algunas preocupaciones sobre la independencia, el
status legal y los rolos sociales apropiados por la mujer. El discurso de la economía política tuvo varias voces de
teóricos que proponían una nueva ciencia económica y críticas de todo tipo (de los proteccionistas que atacaban
el libre mercado, de los moralistas, de las feministas, etc.). Seria impreciso ver a estas voces en oposición, debido
a que una y otras coinciden en aspectos importantes y constituyen lo que Denise Riley ha llamado en otro contexto
una “red de referencias cruzadas”. Uno de los puntos en que convergen es en la mujer trabajadora, en donde se
habla sobre el efecto del desarrollo industrial en la sociedad francesa mediante diferentes concepciones de la
feminidad, la sexualidad y el orden social.
El ensayo estará enfocado en la definición de una nueva ciencia económica, de codificar leyes y disciplinar a sus
profesionales. A través de los comunicados públicos, de un periódico (Le Joumal del Économistes, fundado en
1842) y una organización (La société d’Économie Politique) anunciaron sus dos puntos de vista. Tenían
académicos, gente perteneciente a las Ciencias Morales y Políticas, en las cámaras de comercio, además de
oficinas locales y nacionales del gobierno.
Habiendo establecido el poder intelectual e institucional de su ciencia a través del control del conocimiento y del
acceso al gobierno, los economistas políticos eran capaces de proporcionar una estructura conceptual dentro del
cual tenían que trabajar quienes se planteaba cuestiones económicas.
I

1
En la página 178 sale la descripción de la pintura.
La figura de la mujer trabajadora era tanto un tema explicito e las discusiones sobre la pobreza, los salarios, las
profesiones y la familia como un sinónimo de desorden. Las discusiones sobre las mujeres trabajadoras también
implicaban consideraciones sobre las ciudades y dos tipos de problemas: 1) la situación de las mujeres jóvenes,
solas, en los centros urbanos, que trabajaban para recibir salarios miserables y engrosaban las filas de los pobres
urbanos. 2) a los habitantes de los nuevos centros industriales, a las mujeres que trabajaban mucho tiempo en las
máquinas y que vivían en hogares como miembros de unidades que apenas parecían familias normales.
El termino para referirse a mujeres trabajadoras independientes era ambiguo. Femmes isolées (mujeres
marginales) se refería a las prostitutas clandestinas, sin embargo, en estudios como la Estadística se utilizaba es
mismo termino para mujeres que vivían en piezas amuebladas y cobraban por piezas. Aquella coincidencia estaba
dada debido a que las prostitutas surgían de aquellas mujeres jóvenes trabajadoras.
Parent incluía explicaciones que no estaban estrictamente relacionadas con los salarios o con las condiciones de
trabajo; pensaba que la vanidad y el deseo de brillar podían extenderse cuando las mujeres jóvenes vivían y
trabajaban lejos de la vigilancia de patrones o padres.
Los empleos intercambiables del termino femmes isolées sugería que todas las mujeres trabajadoras eran
prostitutas potenciales, que vivían en un mundo marginal, no regulado, en el cual estaba subvertido el buen orden
(social, económico, moral y político). Por lo tanto, el termino, fusionaba a algunos tipos de mujeres trabajadoras
con las prostitutas y también identificaba el libertinaje sexual con la pobreza. El único remedio para el libertinaje
sexual era el control.
Los economistas políticos elogiaban a los talleres en los que las maestras calificadas supervisaban e instruían a
las aprendices y admitía la necesidad y la utilidad de que las mujeres casadas ganaran un salario al combinar el
trabajo en casa con los trabajos domésticos. Sin embargo, ignoraban la cuestión de la pobreza, ya que el termino
femmes isolées revelaba la realidad desoladora del estatus económico de las mujeres. En la condición patológica
de estas uno llega a comprender las “leyes naturales” de los salarios de las mujeres (leyes de los salarios de Jean.
B. Say, explicado más arriba).
La cuestión no era si el capital era humano o no, el énfasis se ponía en cómo se había creado el valor y quien lo
había creado. Los padres eran los considerados como los agentes de transformación de los niños en adultos, puesto
que sus salarios incluían los costes de subsistencia, dándole al padre el status de valor – creador (para el taller).
Al concederle un valor monetario al desarrollo humano y atribuírselo todo a los salarios de los padres, la
contribución de las mujeres, como trabajadoras domésticas y como fuentes de ingreso, se convirtió en irrelevante.
La distinción entre materia natural y la creación de valor se definía mediante las posiciones: nacimiento/
subsistencia, materias primas/ productos de valor, naturaleza – trabajador, madre – padre. Por lo tanto, si bien se
reconocía el valor de la mujer al dar a luz, se le quitaba la importancia ya que era el hombre quien llevaba a cabo
su subsistencia. Es así que las mujeres eran consideradas como trabajadores inferiores y, por consiguiente,
incapaces de crear el mismo tipo de valor.
Los hombres encarnaban las posibilidades de libertad individual, mientras que las mujeres se convirtieron en seres
sociales dependientes, con los deberes y obligaciones que la teoría suponía que ellas tenían hacia los demás.
Buret empleaba el termino sexo en un doble sentido: para referirse a las actividades socialmente aceptadas y para
denotar el acto físico que al sobrepasar ciertos límites conducía a la depravación y a la corrupción.
Las mujeres sí podían trabajar dentro de las estructuras familiares. Las discusiones alrededor de femmes isolées
no era que las mujeres no eran aptas para el trabajo, se reconocía que era importante su aporte en los presupuestos
del hogar, en especial aquellas que llevaban a cabo trabajos aptos para su resistencia física y sexo. La solución de
los salarios bajos no solo consistía en el apoyo financiero recibido de los hombres, sino en el decoro asociado a
la represión del deseo, deseo de vivir sobrepasando los propios medios y el deseo de indulgencia sexual, ambos
asociados a la prostitución.
Los críticos socialistas utilizaron la imagen de la prostituta para simbolizar la situación de todos los trabajadores
bajo la explotación capitalista. Al ubicar la sexualidad en los cuerpos de las mujeres, establecieron un contraste
de género: entre el trabajo y el sexo, la productividad y el despilfarro, ña disciplina y la indulgencia, lo masculino
y lo femenino. Esto tuvo como consecuencia la participación del hombre en el intercambio de la prostitución.
La familia patriarcal tenía que ser la escuela de la encarnación del orden. El termino femmes isolées representaba
el ámbito de la pobreza, un mundo de sexualidad turbulenta, de independencia subversiva y de peligrosa
insubordinación. Todo ello era la encarnación de la ciudad. Significaba desviación social y económica.
Lo moral era importante para los economistas políticos.
II
La cuestión del empleo de las mujeres en las fábricas implicaba no solo tomar en cuenta los salarios y las
condiciones de trabajo, sino también la relación existente entre industrialización, la urbanización y la división
sexual del trabajo.
En las discusiones de política económica sobre las mujeres trabajadoras, había dos temas importantes:
1) El efecto de la maquinaria en el mismo trabajo. La nueva división de trabajo implico el establecimiento en el
cual todo era intercambiable, las partes del producto y los trabajadores. La introducción de la maquina provoco
una homogeneidad en las diferencias de los trabajadores; perdida de la individualidad de los trabajadores y de la
capacitación técnica.
Esto provocó que la fuerza de trabajo disponible tuviera un uso más productivo, pero tuvo otras implicancias,
como la igualdad entre los sexos. El mercado de trabajo debía ser más abierto y manifestar las virtudes de la
libertad de trabajo. Las maquinas podían feminizar todo el trabajo al disociar la producción del esfuerzo físico, lo
que la economía política asociaba con la masculinidad.
2) El espacio físico de las fábricas, con las calles de las ciudades y las casas de los trabajadores.
La repercusión de la maquinaria en las distinciones laborales seguía lo más a menudo en forma de discusiones
sobre moralidad, formuladas en términos de las consecuencias que tenía la cohabitación espacial de sexos.
De estos temas hablo, por ejemplo, Villarmé, quien visitó varias ciudades.
Incluso en las fabrica donde hombres y mujeres trabajaban en diferentes tareas, el hecho de que cada uno llegara
al trabajo y salera al mismo tiempo, conducía a la promiscuidad y estimulaba la práctica de las chicas jóvenes que
trabajaban “el quinto cuarto del día” como prostitutas.
En oposición a quienes argumentaban que la fábrica era en si responsable del aparente desorden de las ciudades
industriales, Theodore Fix insistió en que la corrupción moral tenía su causa en la pobreza. Él presentó ejemplo
de patrones que tomaban medidas como separar los sexos, regular las horas de trabajo para que hombres y mujeres
no se mezclaran en la fábrica y en la calle.
El “desorden” era el termino para designar las irregularidades que existían. Las mujeres trabajadoras eran el
emblema de este problema, ya que, aunque se reconocía que ellas ganaban buenos salarios, era más importante
los perjuicios morales que la adquisición económica. Las mujeres de las fabricas estaban expuestas a ser seducidas
y arrancadas del cuidado del hogar y de los hijos, mientras que las mujeres que trabajaban en los talleres femeninos
o en su casa eran vistas como castas, ordenadas y bien preparadas para el matrimonio y maternidad.
Las descripciones de las ciudades industriales eran exageradas, debido a que había fábricas que si hacían una
segregación por sexo. Además, hombres y mujeres compartían espacios en las calles, granjas y hogares. El retrato
grafico de la mezcolanza promiscua siguió vigente debido a la ausencia, en las ciudades industriales, de las
características definitorias del buen orden: jerarquía, control, estabilidad, todas expresadas como un asunto de las
relaciones habituales entre hombres y mujeres.
La ausencia de distinciones entre los sexos indicaba un “grave desorden”, entonces la moralización de las clases
trabajadoras requería articular y reforzar la diferencia sexual. Una nueva generación de moralistas examino el
efecto del trabajo asalariado sobre las responsabilidades domésticas d las mujeres, y empezó a describir la
maternidad como el primer trabajo natural de las mujeres.
III
La discusión sobre la sexualidad de las mujeres culmino y cambio, pero no termino, en 1858 – 1860
(negociaciones del Tratado de Libre Comercio con Inglaterra). En enero de 1860, con la firma del nombrado
tratado, condenó los intentos de detener el progreso del crecimiento urbano industrial, debido a que esto significa
un aumento de la mercantilización e intensificación del ritmo económico.
Los moralistas se identificaron con la economía política y exploraron cuestiones de la moralidad a través de
investigaciones sobre el trabajo y el salario de las mujeres: Jules Simon y Julie – Victorie Daubiè trataron en sus
investigaciones algunos hechos referidos al trabajo manual de las mujeres. Estos estudios eran juicios morales,
preocupados por cuestiones generales de orden y justicia. Ambos estudios iban dirigidos a sectores populares y
también formaron parte del discurso de la economía política, abordaron sus conocimientos e ideas: Simon (quien
usaba el método de observación directa) aceptaba sus preceptos mientras que Daubiè adoptaba una posición crítica
(ella colocaba en los textos su propia voz).
Ambos autores establecieron la necesidad de las consideraciones morales en una época demasiado materialista,
abarcan imágenes de prostitución, incesto y libertinaje. Se distinguían de los primeros estudios debido a que daban
soluciones positivas, por ejemplo, mientras que Villermé abarcaba la prostitución y el incesto como punto central,
Simon era devoto del altar de una maternidad idealizada y Daubiè busco la forma de mejorar la posición de las
madres trabajadoras. Por lo tanto, estos nuevos estudios se concentraban en las madres, que eran consideradas
como la clave de una vida familiar y social ordenada.
La maternidad (descrita como una función física femenina, pero asexuada) parecía indicar la existencia de una
clase obrera potencialmente más manejable; además, las declaraciones a favor de la maternidad implicaban una
nueva visión de las relaciones entre las clases trabajadoras y medias, entre los trabajadores y Estados. Con esta
concepción de maternidad, positiva frente a la de prostituta, la mujer se presentaba como una víctima arrancada
de su trabajo natural como madres y esposas por la necesidad económica, arrancadas del trabajo y de los lugares
de trabaos adecuados a su condición sexual.
La diferencia sexual seguía estableciéndose, pero como una razón natural y como una característica física de los
cuerpos de las mujeres.
Simon era un eminente comentarista de asuntos sociales y luego uno de los legisladores más importantes de la
Tercera República. “La obrera” empezaba con un contraste dramático entre los avances tecnológicos y la ciencia,
por un lado, y la degradación de la vida familiar, por otro. La maquinización sustituyo a los hombres por las
mujeres debido a que estas eran una mano de obra más barata debido a las “leyes del salario”, lo cual hizo mejorar
la situación de las mujeres ya que el salario recibido en las fábricas era más alto que en cualquier otro lado. Sin
embargo, decía que “la mujer que se convierte en trabajadora ya no es una mujer”.
La contradicción mujer/trabajadora tuvo varias manifestaciones. Las mujeres hacían el trabajo que antes hacían
los hombres y ganaban salarios que podían inducirlas a cuestionar la autoridad de sus esposos en casa. Las
distinciones de genero se habían nivelado, ya no había un padre y una madre, había dos trabajadores.
Para Simon lo ideal era una empresa familiar de campo, donde las mujeres podrían trabajar en las tareas más
delicadas debido a su condición más débil, donde podrían interrumpir la producción para cuidar de los hijos y de
los maridos, donde podrían infundir en el hogar el espíritu amoroso y donde encarnarían y perfeccionarían a la
familia. Si la mujer permanecía en casa, conservaba los ingresos y ahorraría, previniendo la pobreza. Los salarios
de los hombres iban destinados al mantenimiento de las familias siempre que se administraban de forma adecuada,
en una atmosfera moral que solo las mujeres podían mantener.
Rara vez Simon hablaba de los hombres, pero cuando lo hacía, ponía atención en los trabajos más duros lejos del
hogar. Tenía una imagen de ellos como fuente de ingresos y personajes amorales. Simon idealizaba a las mujeres.
Para Simon no era perjudicial que la mujer recibiera un salario, siempre y cuando no la distrajera de sus
vocaciones naturales.
Todo el texto de Simon estaba construido en oposición a los conceptos materiales y monetarios; las mujeres
estaban asociadas con una espiritualidad secular, con el amor y los sentimientos. Vivian en un ámbito fuera de la
economía, lo que ellas hacían no generaba un valor de cambio cuantificable.
Poseía una doctrina de esferas separadas (Ingresos/moralización, taller/hogar, trabajadora/ madre, hombre/mujer).
Simon se basaba en los puntos de vista de los primeros críticos del capitalismo, quienes se basaban en que el
destino de la mujer era dar a luz y ser madre, por lo que el trabajo era, por lo tanto, una actividad no natural.
Su libro o propone una solución económica ni sugiere maneras de revertir los cambios. El impacto fue ideológico
ya que presentaba una negociación con los detractores del libre comercio, los cuales habían advertido un rápido
crecimiento industrial y urbano que podía socavar la vitalidad de Francia.
Julie Daubiè, autonombrada feminista, comenzó con los mismos presupuestos que Simon (pero luego los abarcó
de forma diferente), equiparando la inmoralidad y la desorganización con la pérdida de unos límites claros en
cuanto a la diferencia sexual. Daubiè mencionaba que el salario del trabajo industrial había borrado las
distinciones sexuales que se habían institucionalizado y, por es, se privó a la mujer de una actividad económica
legitima y de una protección moral. Los hombres y las máquinas usurparon los oficios tradicionalmente
femeninos, lo que significó una perdida por parte de las mujeres de una competencia de costumbre, de un trabajo
apropiado a sus aptitudes naturales de protección moral y legal, la perdida de trabajos y salarios que contribuían
a la subsistencia.
Esto produjo que hombres irresponsables monopolizaran todas las ventajas y explotaban a las mujeres las cargas
de la “civilización”. Estas cargas se cobraron en la constitución física de las mujeres (libertinaje, seducción e
incapacidad de amamantar al hijo por causa de la fatiga). Daubiè citó a médicos, los cuales decían que el estado
de las trabajadoras era peor que el de las prostitutas.
La prostitución representaba el abuso moral y físico de las mujeres. Las mujeres personificaban la familia, tenían
un deber social de su protección y, por extensión, de la protección del país. Por lo tanto, la visión de Daubiè sobre
la moral iba a la par con el de Simon: la moralidad se basaba en el sentido de responsabilidad hacia otros, el cual
se desarrollaba en el seno de las familias.
Daubiè tampoco se refirió a la maternidad o a la instrucción moral un valor debido a que aceptaba la ecuación de
la economía política entre valor y la actividad asalariada. Sin embargo, pensó en que la mujer podía crear valor
en el mercado de trabajo y emplear sus salarios, si era necesario, para apoyar únicamente a sus hijos. A diferencia
de la economía política, no vio nada intrínsecamente diferente en la productividad de hombres y mujeres, por lo
que insistió en la igualdad de salarios.
Daubiè formulo en cuestiones separadas lo que para Simon y otros eran conceptos intrínsecamente contradictorios
en un efecto de encontrar soluciones prácticas al problema de la pobreza de las mujeres. Desde su perspectiva,
este problema tenía dos causas relacionadas entre sí: 1) el monopolio de los hombres respecto a los trabajos que
habían sido femeninos o los trabajos perfectamente adecuado para las mujeres. 2) el egoísmo de los hombres, los
cuales se movían tan solo por sus derechos individuales en lugar de cumplir con sus deberes sociales.
Si la pobreza era causada por lo hombres, entonces la mujer debía buscar la reparación de los agravios. No sirve
que la mujer sea destinada a sus casas, como propone Simon, sin las leyes necesarias que limitara la fuerza del
hombre. Daubiè estaba de acuerdo que la solución a largo plazo era la moralización de los hombres, pero sostenía
que esto solo se conseguiría reforzando la posición de las mujeres. Se trataba de la aplicación de la igualdad (ante
la ley, participación en la elaboración de leyes, iguales posibilidades de acceso a la información y al aprendizaje).
Según Daubiè, la igualdad no erradicaba la diferencia sexual; la igualdad ubicaría a la mujer en una posición
desde la cual podrían protegerse a sí mismas. La igualdad al acceso al trabajo permitiría el fin del monopolio
injustificado sobre los oficios perfectamente adecuados para ellas. La igualdad de la paga eliminaría la presión
que soportaban las mujeres por trabajar en exceso, lo cual era una violación a sus inclinaciones naturales y
permitía la autosuficiencia sin depender del hombre. Los derechos legales capacitarían a las mujeres para reforzar
a los seductores a reconocer la paternidad y a los maridos recalcitrantes, a admitir las obligaciones financieras
hacia sus familias. La igualdad ante la ley confería a las mujeres el poder de reforzar las reglas normativas de la
organización familiar en muchos de los términos estructurales.
Daubiè presentaba dos problemas: 1) económico: necesidad de las mujeres de trabajar, siendo el trabajo y el
salario insuficientes para la subsistencia. Su solución era, para las mujeres solteras, la igualdad en el mercado del
trabajo. 2) moral: abandono de las familias por parte de los hombres, rompían la organización de la familia y el
orden social. Su solución era, para las mujeres casadas, el poder legar de reforzar la responsabilidad paterna.
La segunda solución anulaba la primera, debido a que ésta era un tipo de compensación para las mujeres que aún
no se casaban o en aquellas familias en donde el padre no cumplía con su rol económico. Por lo tanto, al aceptar
lo que dice la economía política sobre que los hombres como mayor fuente de subsistencia, dejaba a la mujer en
una categoría imperfecta de fuente de ingresos. Daubiè había aceptado la idea de que el trabajo y la familia eran
esferas separadas, cuando era la relación entre ellas lo que estaba en el centro del cálculo del salario.
IV
En el discurso de la economía política, las mujeres trabajadoras eran n objeto de estudio y un medio de
representación de ideas sobre el orden social y la organización social. Ellas parecían tener algo del carácter
problemático del desarrollo urbano e industrial, en concreto, su dimensión moral. Las mujeres se convirtieron en
una parte esencial del vocabulario conceptual de la ciencia moral, dejando a las mujeres trabajadoras aparte del
amplio mundo del trabajo.
El discurso de la economía política era totalmente idealizado y dice poso sobre la significancia del trabajo para
las mujeres que lo realizaban. Pero este discurso no tenía lugar en un ámbito aparte de lo material, económico o
político. La economía política proporciono los términos en los que se fundamentaban y se impugnaban las
relaciones de producción y las divisiones sexuales del trabajo.
Es en la producción de la marginalidad de las mujeres trabajadoras que podremos descubrir algunas cuestiones
más importantes de la política pública y del debate político de mediados del siglo XIX en Francia.