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La ilusión del orden

Mientras pensaba la forma de iniciar este texto recordé la pregunta que me hace
constantemente un estudiante: «¿Por qué siempre leemos gente que ya está muerta?» Y lo
hace sin importar el tema o el tipo de texto; aún no atino a una respuesta que lo convenza,
pero quizá ninguna lo haga. Lo que en realidad parece molestarle es la distancia, la sensación
incómoda de que aquello que está leyendo tiene poco, o nada, que ver con su día a día, con
su contexto, con su vida. Mi fracaso está en la imposibilidad de hacerle ver de forma
pragmática aquello que el pasado puede comunicarle sobre el presente, conseguir que
entienda que las obras históricas están hechas en la atemporalidad, en un idioma universal
que es capaz de hablarnos a todos porque su lenguaje es el de lo mítico. Bien lo dice
Yourcenar en las notas a Memorias de Adriano: «atender sólo a lo más duradero, a lo más
esencial que hay en nosotros, en las emociones de los sentidos o en las operaciones del
espíritu, como puntos de contacto con esos hombres que, como nosotros, comieron
aceitunas».
En mi caso, la vocación por la ficción histórica surge de la conciencia de que representar
el presente supone una labor tremendamente ardua, puesto que pone en juego toda la
compleja red de interpretaciones que tenemos sobre lo que nos rodea: afectos, miedos, juicios
de valor. No obstante, esto no significa que escribir sobre La violencia bi-partidista de la
primera mitad del siglo XX se haga desde un lugar impersonal despojado de valoraciones,
pero sí que todo momento lejano podemos observarlo en tercera persona, en una dimensión
más amplia debido al hecho de que no nos define de forma tan profunda como el huidizo
ahora.
A lo anterior quisiera sumar que para mí la razón de fondo se define en una sola palabra:
orden. Si escribo sobre hechos que pasaron hace 50 o 60 años es porque me generan la ilusión
de que comprendo a cabalidad su panorama, que soy capaz de reconstruir un todo a partir de
unas cuantas partes y con eso dotar de orden el caos particular de una subjetividad en la
ficción. Es la misma razón por la que leo y por la que me parece que la literatura logró
convertirse en el arte más amplio: las obras literarias nos permiten sentir que detrás de la
existencia habita un orden, una lógica de causalidad en la cual el mundo se representa libre
de variables: buscar al asesino de Layo siempre conducirá a Edipo, o descifrar los
manuscritos siempre será el final de los Buendía; de cualquier forma, esta sensación nos
engaña al hacernos creer que la vida también puede funcionar del mismo modo, que podemos
encontrar esas relaciones de causa y efecto, consiguiendo así escapar a lo impredecible.
La tensión anterior conseguí comprenderla a través de dos enseñanzas que me dio la
literatura. La primera está en Gonzalo Arango y dice: «la vida está hecha de pequeños azares,
materia prima del destino […] Lo inesperado es lo que le da a la vida carácter de aventura,
perderlo o ganarlo todo a la vuelta de una esquina, sin uno saber siquiera para dónde iba».
La segunda es un clásico de los manuales de escritura: «En los cuentos nada sobra, nada está
por azar».
Un cuento como el que acabo de leer es, entonces, mi manera de tratar de aspirar a ese
lenguaje mítico en donde las experiencias de las existencias ordenadas del pasado se
convierten en sentido, logrando así crear respuestas para las inesperadas preguntas de hoy, o
de mañana.