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SENTENCIA 15/1982, de 23 de abril

8. De ello no se deriva, sin embargo, que el derecho del objetor esté por entero subordinado a la actuación del
legislador. El que la objeción de conciencia sea un derecho que para su desarrollo y plena eficacia requiera la
interpositio legislatoris no significa que sea exigible tan sólo cuando el legislador lo haya desarrollado, de modo
que su reconocimiento constitucional no tendría otra consecuencia que la de establecer un mandato dirigido al
legislador sin virtualidad para amparar por sí mismo pretensiones individuales. Como ha señalado
reiteradamente este Tribunal, los principios constitucionales y los derechos y libertades fundamentales vinculan
a todos los poderes públicos (arts. 9.1 y 53.1 de la Constitución) y son origen inmediato de derechos y
obligaciones y no meros principios programáticos; el hecho mismo de que nuestra norma fundamental en su
art. 53.2 prevea un sistema especial de tutela a través del recurso de amparo, que se extiende a la objeción de
conciencia, no es sino una confirmación del principio de su aplicabilidad inmediata. Este principio general no
tendrá más excepciones que aquellos casos en que así lo imponga la propia Constitución o en que la naturaleza
misma de la norma impida considerarla inmediatamente aplicable supuestos que no se dan en el derecho a la
objeción de conciencia.
Es cierto que cuando se opera con esa reserva de configuración legal el mandato constitucional puede no tener,
hasta que la regulación se produzca, más que un mínimo contenido que en el caso presente habría de
identificarse con la suspensión provisional de la incorporación a filas, pero ese mínimo contenido ha de ser
protegido, ya que de otro modo el amparo previsto en el art. 53.2 de la Constitución carecería de efectividad y
se produciría la negación radical de un derecho que goza de la máxima protección constitucional en nuestro
ordenamiento jurídico. La dilación en el cumplimiento del deber que la Constitución impone al legislador no
puede lesionar el derecho reconocido en ella.
Para cumplir el mandato constitucional es preciso, por tanto, declarar que el objetor de conciencia tiene
derecho a que su incorporación a filas se aplace hasta que se configure el procedimiento que pueda conferir
plena realización a su derecho de objetor, declaración, por otra parte, cuyos efectos inmediatos son
equivalentes a los previstos en el Real Decreto 3011/1976, de 23 de diciembre, ya que, según advierte el
Abogado del Estado, la Presidencia del Gobierno no está haciendo uso en el momento presente de la
autorización en él contenida en relación con la prestación social sustitutoria.
No corresponde, sin embargo, a este Tribunal determinar la forma en que dicha suspensión o aplazamiento ha
de concederse, por lo que no puede proceder, como pretende el recurrente en su escrito de demanda, a la
adopción de las medidas adecuadas para que el Ministerio de Defensa y sus órganos subordinados le concedan
la prórroga de incorporación a filas de cuarta clase a).

La CE reconoce el dcho a la objeción de conciencia: hacer el servicio militar. Se lo deniegan

SENTENCIA 16/1982, de 28 de abril


1. Hay una afirmación en las alegaciones presentadas por La Nueva Mutua que, aunque no afecta directamente al
fondo del recurso, este Tribunal no puede pasar por alto. Se dice allí, a propósito de la supuesta indefensión de
que pueda haber sido víctima el señor Rodríguez Martín en el trámite de ejecución y argumentando contra ella,
que «los preceptos de la Constitución no son alegables ante los Tribunales porque la propia Constitución así lo
ordena». Obviamente tal afirmación carece de todo fundamento y por ello su autor no cita en su apoyo ningún
precepto constitucional que diga lo que él atribuye genérica y erróneamente a la Constitución. Conviene no
olvidar nunca que la Constitución, lejos de ser un mero catálogo de principios de no inmediata vinculación y de
no inmediato cumplimiento hasta que sean objeto de desarrollo por vía legal, es una norma jurídica, la norma
suprema de nuestro ordenamiento, y en cuanto tal tanto los ciudadanos como todos los poderes públicos, y por
consiguiente también los Jueces y Magistrados integrantes del poder judicial, están sujetos a ella (arts. 9.1 y
117.1 de la C. E.). Por ello es indudable que sus preceptos son alegables ante los Tribunales (dejando al margen
la oportunidad o pertinencia de cada alegación de cada precepto en cada caso), quienes, como todos los
poderes públicos, están además vinculados al cumplimiento y respeto de los derechos y libertades reconocidos
en el Capítulo Segundo del Título I de la Constitución (art. 53.1 de la C. E.), entre los que se cuentan, por
supuesto, los contenidos en el art. 24, cuya vulneración se cuestiona por el demandante en amparo. Sin
perjuicio de lo que a este respecto decimos en el fundamento tercero, puede afirmarse que el hoy recurrente
en amparo desde un punto de vista formal actuó correctamente cuando en su escrito de 8 de junio de 1981
contra el Auto de 1 de junio invocó expresamente el art. 24 de la Constitución que él entendía que había sido
vulnerado por el Magistrado de ejecutorias, y tenía razón al afirmar allí que los derechos contenidos en tal
artículo son reconocidos no con carácter de mero programa, sino para su vigencia inmediata; por otra parte,
con tal invocación preparaba el camino para el futuro proceso de amparo constitucional y cumplía con el
requisito del art. 44.1 c) de la LOTC. Hasta ahí, pues, tiene razón en su actuación y en sus alegaciones el
recurrente y no la tiene la representación de La Nueva Mutua. Lo que sucede es que la cuestión a dilucidar no es
la hasta aquí tratada, sino la de si el art. 24 de la Constitución ha sido o no debidamente respetado en este caso
por los Autos impugnados del Magistrado de ejecutorias. A ello, y no a otros aspectos tangenciales y
manifiestamente improcedentes en sede constitucional, habremos de limitar nuestro examen, que no tiene por
qué referirse ni a los aspectos estrictamente patrimoniales del caso que podrían ser objeto de otro proceso
ordinario entre el recurrente y La Nueva Mutua a propósito de la interpretación de la póliza del seguro
voluntario, proceso en el que la representación del señor Rodríguez Martín podría exponer nuevamente su
personalísima valoración de la existencia de un índice de alcoholemia en sangre de 2,68 gramos por mil; ni a la
sorprendente afirmación del demandante en amparo según el cual, al requerírsele el pago de la indemnización
de un millón por la secuela de incapacidad producida por él a la víctima, ha sido objeto de una medida
confiscatoria y expropiatoria contraria a los arts. 33.3 y 31.3 de la Constitución, pues, sin necesidad de entrar en
otras consideraciones, basta con decir que las posibles vulneraciones de tales artículos no dan derecho a
recabar la tutela específica en que consiste el recurso de amparo constitucional (art. 53.2 de la C. E. y art. 41.2
de la LOTC).

SENTENCIA 80/1982, de 20 de diciembre


1. En tres ocasiones (al apelar, al recurrir en casación y al plantear el presente amparo constitucional) ha
suscitado la recurrente el problema del valor normativo inmediato del art. 14 de la Constitución y el de su
posible efecto derogatorio respecto al art. 137 del Código Civil en su redacción anterior, y ciertamente ese es el
núcleo del caso a resolver y en él vamos a centrar nuestro análisis, dejando al margen, por no ser necesario, el
problema del art. 39 de la Constitución en función del párrafo tercero del art. 53 de nuestra norma suprema.
Que la Constitución es precisamente eso, nuestra norma suprema y no una declaración prográmatica o principal
es algo que se afirma de modo inequívoco y general en su art. 9.1 donde se dice que «los ciudadanos y los
poderes públicos están sujetos a la Constitución», sujeción o vinculatoriedad normativa que se predica en
presente de indicativo, esto es, desde su entrada en vigor, que tuvo lugar, según la disposición final, el mismo
día de su publicación en el «Boletín Oficial del Estado». Decisiones reiteradas de este Tribunal en cuanto
intérprete supremo de la Constitución (art. 1 de la LOTC) han declarado ese indubitable valor de la Constitución
como norma. Pero si es cierto que tal valor necesita ser modulado en lo concerniente a los arts. 39 a 52 en los
términos del art. 53.3 de la C.E., no puede caber duda a propósito de la vinculatoriedad inmediata (es decir, sin
necesidad de mediación del legislador ordinario) de los arts. 14 a 38, componentes del capítulo segundo del
título primero, pues el párrafo primero del art. 53 declara que los derechos y libertades reconocidos en dicho
capítulo «vinculan a todos los poderes públicos». Que el ejercicio de tales derechos haya de regularse sólo por
ley y la necesidad de que ésta respete su contenido esencial, implican que esos derechos ya existen, con
carácter vinculante para todos los poderes públicos entre los cuales se insertan obviamente «los Jueces y
Magistrados integrantes del poder judicial» (art. 117 de la C.E.), desde el momento mismo de la entrada en
vigor del texto constitucional. Uno de tales derechos es el de igualdad ante la Ley que tienen todos los
españoles, sin que pueda prevalecer discriminación alguna entre ellos por razón de nacimiento (art. 14 de la
C.E.).
Ahora bien, este valor normativo inmediato del art. 14 ha sido ignorado o abiertamente negado tanto por la
Sentencia de 31 de enero de 1980 de la Audiencia Territorial de Sevilla como por la de la Sala Primera del
Tribunal Supremo, de 8 de abril de 1982. En efecto, en la primera de ellas, de modo casi incidental, y.sin
referencia explícita al art. 14 (aunque éste había sido alegado por la parte apelante en el acto de la vista), pero
en relación expresa con la «vigente Constitución», se afirma que «el contenido de las Leyes Fundamentales del
Estado integra meras enunciaciones de principios encaminados a orientar la futura labor del Poder Público, sin
eficacia para provocar el nacimiento de derechos civiles salvo que éstos se desarrollen por leyes ulteriores», y se
cita en apoyo de tal aseveración la Sentencia de 19 de enero de 1972. Esa dicotomía entre «Leyes
Fundamentales» de carácter principal y orientativo para el «Poder Público», y «Leyes ulteriores», que serían las
verdaderas y las únicas de las que nacerían derechos, acaso fuera admisible en relación con el régimen vigente
en la fecha de la Sentencia evocada, pero lo que en modo alguno puede admitirse es la equiparación a tal efecto
ni a ningún otro entre aquellas «Leyes Fundamentales» y la Constitución Española de 1978, para cuya
valoración e interpretación es necesario prescindir de criterios ya periclitados. Por su parte la Sentencia ahora
impugnada del Tribunal Supremo contiene dentro del contexto más ampliamente citado en el antecedente
cuarto, la afirmación de que «tal mandato (el del art. 14) tiene alcance de una declaración de principio»
necesitada de ulterior desarrollo, y en coherencia con esta interpretación no se ha apreciado el efecto
derogatorio del art. 14 respecto al 137 del Código Civil en virtud de la disposición derogatoria tercera de la
Constitución.
Así, pues, como consecuencia de estos erróneos razonamientos las dos Sentencias impugnadas han aplicado,
después de entrar en vigor la Constitución, el art. 137 del Código Civil en su redacción anterior, y como éste
contenía un criterio discriminatorio por razón de nacimiento contrario a la igualdad en punto al régimen de las
acciones de filiación, entre las pertenecientes a los hijos que pretendieran el reconocimiento de la filiación
matrimonial o el de la extramatrimonial, tanto la Sentencia de apelación como la de casación contienen fallos
contrarios al derecho de igualdad que perpetúan en el presente posconstitucional un trato discriminatorio
nacido al amparo de la legislación preconstitucional, por todo lo cual deben ser anuladas por este Tribunal.

SENTENCIA 77/1982, de 20 de diciembre


1. La cuestión principal planteada en el presente recurso, y de la que derivan todas las demás, es la de
determinar si forma parte o no del contenido de un derecho fundamental, en el presente caso del art. 20.1 a) y
d) de la C.E., el derecho a obtener por parte de la Administración, y eventualmente de los Tribunales, el
reconocimiento expreso de tal derecho fundamental sin que previamente se haya producido por la propia
Administración una violación del mismo.
En el caso particular que nos ocupa, la sociedad recurrente parece partir de la hipótesis de que mientras no se
declare su derecho a editar, difundir y poner a la venta sus publicaciones y, en concreto «Diario 16», todos los
días de la semana, incluidos los lunes por la mañana, está privado de tal derecho. En otras palabras se deduce
de la argumentación de la sociedad recurrente que si puede proseguir su actividad de referencia es porque la
Administración lo tolera simplemente y su derecho al respecto sólo lo puede ejercer plenamente si la
Administración o los Tribunales así lo declaran expresamente.
Frente a la postura del recurrente es preciso afirmar que se trata de ejercitar parte del contenido del derecho
fundamental del art. 20.1 a) y d) de la C.E. y que no tiene porqué ser generalmente reconocido expresa y
formalmente por la Administración, ya que el mismo nace directamente de la C.E. y su titular no tiene por
consiguiente para ejercitarlo que esperar a un previo reconocimiento administrativo. Y ello porque, tal como
está configurada constitucionalmente dicha libertad, el ejercicio de la misma no exige con carácter general más
que la pura y simple abstención por parte de la Administración, la ausencia de trabas o impedimentos de ésta y
no el reconocimiento formal y explícito de que tal libertad corresponde a sus respectivos titulares. Se trata de
una de las libertades de los sujetos particulares que no exigen más que una mera actitud de no injerencia por
parte de los poderes públicos.
Ninguna traba o impedimento por parte de la Administración ha habido en el caso que analizamos a la difusión
y venta del diario propiedad de la sociedad recurrente los lunes por la mañana. Es más, el único procedimiento
puesto en marcha cuya resolución en un determinado sentido podría habérselo impedido -el expediente
sancionador incoado a instancia del Presidente de la Federación de Asociaciones de Prensa-, terminó con el
sobreseimiento del mismo.
Por consiguiente, ha faltado el presupuesto necesario para que la pretensión de reconocimiento del derecho
fundamental alegado por la recurrente fuese exigible jurídicamente, ya que sin lesión previa de tal derecho no
puede haber pretensión alguna a su reconocimiento. Al respecto cabe afirmar que de ningún precepto de la
Constitución contenido en la Sección Primera del capítulo II de su título I cabe deducir, en efecto, tal pretensión.
Y es que una cosa es el derecho fundamental o la libertad pública, tal como vienen consagrados en los
preceptos de dicha Sección -y, en su caso, en las Leyes que los regulen y desarrollen, de acuerdo con su
contenido constitucional-, y otra muy distinta el derecho a obtener su reconocimiento formal y expreso -por
parte de la Administración y, en su caso, de los Tribunales-, derecho este último que no forma parte, sin más
requisitos, del contenido de aquéllos.
2. El planteamiento que del tema suscitado se acaba de hacer no tiene por qué modificarse por el hecho de que
determinadas normas reglamentarias preconstitucionales, que limitan el ejercicio del derecho a difundir la
prensa periódica los lunes por la mañana, no hayan sido anuladas o derogadas formal y expresamente por la
Administración.
La sociedad recurrente ha hecho de este tema una cuestión capital de su pretensión tanto ante la
Administración como ante la jurisdicción contenciosa y, finalmente, ante este T.C., pero con independencia de
tal declaración formal y de cualquier consideración por nuestra parte acerca de la validez o invalidez de tales
normas con anterioridad a la C.E., es lo cierto que desde la perspectiva constitucional, única que ahora interesa,
cabe entender en todo caso que las limitaciones establecidas por las disposiciones reglamentarias aludidas han
quedado derogadas por la C.E., de acuerdo con su disposición derogatoria tercera al ser incompatibles con la
misma.
Los derechos fundamentales se ejercitan de acuerdo con su contenido constitucionalmente sancionado y, de
estar éste desarrollado legalmente, de acuerdo también con lo que disponga la Ley correspondiente, siempre
que ésta sea posterior a la C.E. y no haya sido declarada inconstitucional por este Tribunal. Si la Ley reguladora
del derecho fundamental es anterior a la Constitución e infringe ésta, no cabe duda que debe considerarse
inaplicable en lo que vulnere dicha norma constitucional por haber quedado derogada. Lo mismo debe
concluirse, y con mayor razón, cuando la norma que vulnera lo dispuesto en la C.E. es de naturaleza
reglamentaria, y todo ello sin necesidad de que el legislador, la Administración o los Tribunales, según los casos,
hagan una declaración en tal sentido.
Si además se da el caso, como ha ocurrido en el supuesto que contemplamos, que la Administración no ha
aplicado las normas que se reputan derogadas, no puede deducirse la consecuencia de que la falta de tal
declaración expresa coloca a los ciudadanos formalmente destinatarios de aquellas normas en una situación de
ejercicio del derecho por mera tolerancia de la Administración. Por el contrario, la actitud de la Administración
ante el hecho de la publicación los días señalados del mencionado diario ha quedado perfectamente clara con la
resolución del expediente sancionador, el valor de cuyo sobreseimiento se ha minimizado por la sociedad
recurrente. Si la Administración, pudiendo haber sancionado a «I. y P., S. A.» no lo hizo y ello en base
precisamente a que las normas reglamentarias impeditivas del derecho de aquélla eran nulas incluso en el
derecho anterior a la C.E. y, en todo caso, han sido derogadas por ésta, es que la referida Administración ha sido
muy consciente de cuál es el derecho vigente y aplicable en materia de publicaciones periódicas, consciencia
que le consta formalmente a «I. y P., S. A.» a través de la oportuna notificación de la resolución que pone fin al
expediente sancionador que le había sido incoado y que la Administración no tiene por qué reiterar al contestar
una petición de reconocimiento de un derecho que no ha vulnerado previamente.
No cabe duda que desde el punto de vista de la seguridad jurídica y para alejar cualquier eventual aplicación de
tales normas lo mejor es que exista una declaración expresa por el órgano competente en tal sentido; pero la
inexistencia de dicha declaración no supone en absoluto el que hayan de considerarse necesariamente por
alguien como válidas y vigentes.
De todo lo anterior se deduce que la falta de declaración expresa de la nulidad, en su caso, o de la derogación
del art. 8.2 del Decreto 743/1966 y del art. 3 de la Orden de 2 de marzo de 1968 no han causado lesión alguna
en el ejercicio del derecho a la libertad de expresión y de información del que es titular la sociedad recurrente.
3. Seguidamente pasamos a considerar, siempre desde la perspectiva del proceso de amparo constitucional, el
sentido y alcance del silencio de la Administración ante la petición formulada por «I. y P., S. A.» el 29 de
septiembre de 1980.
La sociedad demandante se esfuerza en su demanda ante este Tribunal por demostrar que dicho silencio no
tiene el valor de mera denegación presunta, a los exclusivos efectos procesales de permitir el conocimiento por
los Tribunales contenciosos de su pretensión, sino de un verdadero acto sustantivo negador de su derecho a
publicar libremente «Diario 16» los lunes por la mañana. Pero la simple ausencia de respuesta de la
Administración, en relación a un derecho fundamental o una libertad pública cuyo ejercicio no requiere
actividad alguna por parte de la Administración, que es lo que sucede en el caso aquí planteado, no puede
causar, por sí misma, lesión alguna en la esfera jurídica del particular solicitante y, en concreto y por lo que aquí
respecta, de sus derechos fundamentales sancionados en el art. 20.1 a) y d) de la C.E. A lo que se debe añadir
que al no existir una lesión previa por parte de la Administración de derecho alguno de la citada sociedad
recurrente, los Tribunales contenciosos no tuvieron por qué hacer declaración alguna de reconocimiento de tal
derecho, sea o no fundamental.
4. A la vista de lo que antecede este T.C. considera que no ha existido ni por parte de la Administración, ni por
parte de los Tribunales que han conocido de los pertinentes recursos contenciosos, violación alguna de los
derechos fundamentales invocados por la sociedad demandante en los respectivos silencio y decisiones de una
y otros.
Bien entendido, además, que tampoco puede aceptarse la afirmación de la sociedad demandante -contenido,
por cierto, como un nuevo motivo de nulidad en las alegaciones y no en el escrito de demanda- de que tales
decisiones judiciales han infringido también el derecho de la misma a obtener una tutela judicial efectiva,
consagrada en el art. 24.1 de la C.E. Y ello porque aparte de no haberse invocado formalmente dicha infracción
en el proceso judicial previo con lo que ya sería suficiente para rechazarlo como inadmisible en este proceso de
amparo por faltar el requisito exigido por la letra c) del art. 44.1 de la LOTC no puede en absoluto tacharse -
como hace la sociedad recurrente- de falta de congruencia a las Sentencias impugnadas que juzgaron, de
acuerdo con el art. 43 de la Ley jurisdiccional, dentro del límite de las pretensiones del demandante, que obtuvo
una resolución fundada en Derecho aunque no fuera favorable a sus pretensiones, por lo cual, como ha
reiterado el Tribunal Constitucional en numerosos Autos, no puede estimarse vulnerado el contenido de dicho
derecho fundamental. En consecuencia, no puede estimarse la primera de las pretensiones aducidas ante este
T.C. por la sociedad demandante de amparo.
Al no existir tal violación de un derecho fundamental, tampoco procede que por este T.C. se haga declaración
alguna sobre las otras dos pretensiones formuladas por la sociedad recurrente en el súplico de su demanda de
amparo -por un lado, reconocimiento del derecho de «I. y P., S. A.», a editar, difundir y poner a la venta sin
restricción alguna, es decir, libremente sus publicaciones periódicas y, en concreto, el periódico «Diario 16» y,
por otro, declaración de que están derogadas por la Constitución y, en concreto, en virtud de su disposición
derogatoria (num. 3), los arts. 8 a) del Decreto 743/1966 y 3 de la Orden de 2 de marzo de 1968, en tanto que
opuestos a art. 20.1 a) y d) de la C. E. y al contenido de los derechos fundamentales en dicho precepto
proclamados-, ya que tal declaración excedería del ámbito del recurso fundamental vulnerado en los términos
del art. 55.1 de la LOTC.
Como es obvio, tal ausencia de declaración por parte del T.C. no lleva como consecuencia ni la negación del
derecho que dice tener la demandante ni la afirmación de que las normas reglamentarias señaladas estén
vigentes y no sean contrarias a la Constitución. Simplemente, que este T.C. no tiene por qué hacer en este caso
tales declaraciones y ello porque, insistimos, ni ha habido violación por parte de la Administración ni de los
Tribunales contenciosos del derecho que se pretende sea reconocido, ni aplicación efectiva de las referidas
normas reglamentarias.
STC 80/1983, de 10 de octubre
La demanda de amparo formulada por el recurrente en relación con la supuesta indefensión en que le habrían
situado las resoluciones del Tribunal de Defensa de la Competencia, vulnerando con ello el art. 24.1 de la
Constitución, se apoya en dos premisas que es preciso considerar previamente: la presentación del recurso de
súplica dentro del plazo señalado en el art. 124.3 del Reglamento del Tribunal de Defensa de la Competencia y
la imposibilidad de recurrir en vía contencioso-administrativa la Sentencia dictada por dicho Tribunal en el
expediente 160/1980.
Por lo que se refiere a la formulación del recurso de súplica, el recurrente alega que fue presentado dentro del
plazo de diez días fijado en el art. 124.3 del mencionado Reglamento, pero lo cierto es que dicho plazo ha de
contarse a partir del siguiente al de la fecha de notificación de la resolución impugnada, y aun cuando el
recurrente afirma en su escrito de demanda que dicha notificación se produjo el día 20 de abril de 1981, de la
única prueba documental aportada en las actuaciones posteriormente remitidas por el Tribunal de Defensa de
la Competencia se deduce que dicha notificación fue realizada el 11 de abril, por correo y con acuse de recibo,
en el domicilio y a nombre de la entidad («Agrupación Nacional de Vendedores de Prensa», sita en Madrid, c/.
San Bernardo, 115, 3.°) señalada por el recurrente en su escrito de alegaciones de fecha 1 de septiembre de
1980, dentro del expediente 160/1980 (folio 35), por lo que, al presentarse el escrito de súplica en la estafeta
de Correos el día 28 de abril, resulta obvio -como la providencia de 12 de mayo de 1981 del Tribunal de Defensa
de la Competencia señala- que el recurso fue interpuesto fuera del plazo establecido en el art. 124.3 del
Reglamento de dicho Tribunal.
En cuanto a la posibilidad de revisar en vía contencioso-administrativa la Sentencia dictada por el Tribunal de
Defensa de la Competencia, el recurrente afirma que tal posibilidad resulta excluida por la propia legislación
reguladora de las actuaciones de dicho Tribunal (Ley de 20 de julio de 1963 y Reglamento de 14 de marzo de
1965), que excluyen de la vía contencioso-administrativa las resoluciones que el Tribunal dicte formulando las
declaraciones y ordenando las intimaciones previstas en la Ley, así como los actos concretos que sean
consecuencia de ella.
Es preciso, sin embargo, señalar al respecto que, en virtud de la Disposición derogatoria, párrafo 3.°, de la
Constitución, han quedado sin efecto cuantas disposiciones se opongan a lo establecido en la norma
fundamental. Por ello han de entenderse derogados por la propia Constitución todos aquellos preceptos que
excluyen de la revisión jurisdiccional en vía contencioso- administrativa algunas de las resoluciones del Tribunal
de Defensa de la Competencia por oponerse a los arts. 24.1, 106.1 y 117.5 de la Constitución, los cuales
proclaman el derecho de toda persona a la tutela efectiva de los jueces y tribunales, el sometimiento de toda
actuación administrativa al control judicial, y el principio de unidad jurisdiccional como base de la organización y
funcionamiento de los Tribunales.
De todo lo anterior se desprende que las resoluciones del Tribunal de Defensa de la Competencia -tanto la
providencia que inadmite el recurso como la Sentencia que pone fin al expediente- no han colocado al
recurrente en situación de indefensión, ni puede afirmarse que le hayan impedido el acceso a los Tribunales de
justicia, vulnerando con ello su derecho a la tutela judicial reconocido en el art. 24.1 de la Constitución. Es el
propio recurrente quien no ha ejercitado su derecho, al no actuar con la debida diligencia formulando el recurso
de súplica fuera de plazo y al no intentar la vía contencioso-administrativa para hacer valer sus pretensiones.
STC 66/1983, de 21 de julio
. La debida decisión de la cuestión esencial planteada en este proceso de amparo constitucional exige
previamente delimitar específicamente su objeto, partiendo a tal fin de la precisión de que la pretensión se
dirige frente a resoluciones de órganos jurisdiccionales, y concretamente contra la Sentencia del Tribunal
Central de Trabajo, fundándola en la vulneración por dicha resolución de los derechos constitucionales
reconocidos en los arts. 24.1 y 25.1 de la Constitución Española, por entender el recurrente que con tal
vulneración se le privó de la tutela efectiva de Jueces y Tribunales, produciéndosele indefensión y por habérsele
sancionado por acciones u omisiones que en el momento de producirse no constituían delito, falta o infracción
administrativa.
Estas alegaciones que constituyen la causa petendi del proceso constitucional, son las que exigen su examen y
pronunciamiento decisorio al trasluz de la debida interpretación jurídico- constitucional, referida a la actividad
procesal del Tribunal Central de Trabajo, y no respecto a los hechos concretos que originaron el proceso, sobre
los que, en ningún caso, podría entrar a conocer este Tribunal, según lo dispuesto en el art. 44.1 b) de la Ley
Orgánica del Tribunal Constitucional (LOTC).
Y la cuestión de fondo planteada no está realmente determinada por la validez o invalidez del despido del
trabajador recurrente, sino por su adecuación o inadecuación a los mandatos constitucionales según la
interpretación del referido Tribunal Central de Trabajo, al estimar inconstitucional el núm. 7.° del art. 6 del Real
Decreto-ley de 4 de marzo de 1977, en cuanto atribuía de manera absoluta al empresario la facultad de
designar los trabajadores que durante la huelga debían velar por el mantenimiento de los locales, maquinaria e
instalaciones, al no ser de su exclusiva competencia la designación de los trabajadores que integraban el equipo
de mantenimiento, estimado inexistente el incumplimiento grave a que se refiere el art. 52 c) del Estatuto de
los Trabajadores, declarando improcedente su despido.
El razonamiento que subyace en las alegaciones del recurrente versa esencialmente sobre la determinación del
momento en que debe considerarse que empiezan a surtir efectos las Sentencias del Tribunal Constitucional,
pues el recurrente, apoyándose en los arts. 164.1 de la Constitución y 38.1 de la LOTC (que disponen,
respectivamente, que, las sentencias de tal órgano tienen valor de cosa juzgada a partir del día siguiente de su
publicación, y que aquellas en procedimientos de inconstitucionalidad tendrán ese valor, vincularán a todos los
poderes públicos y producirán efectos generales desde la fecha de su publicación en el «Boletín Oficial del
Estado» mantiene que la declaración de inconstitucionalidad del art. 6, apartado 7 del Decreto-ley 17/1977,
realizada por la Sentencia del Tribunal Constitucional de 8 de abril de 1981, no puede afectar a un acto, como la
resolución de un contrato de trabajo, producido mucho antes de tal fecha y en aplicación de esa norma; la cual,
si bien más adelante fue declarada inconstitucional, era en ese momento -no habiéndose producido aún tal
declaración- perfectamente válida y aplicable, al dar efectividad el Tribunal Central de Trabajo a una decisión
del Tribunal Constitucional, sobre hechos producidos antes de su publicación, concediéndole carácter
retroactivo, siendo esta aplicación retroactiva la que habría originado la vulneración de los derechos del
recurrente, antes señalados, susceptibles de amparo.
2. Al ser ésta la base argumental genérica del presente recurso, conviene, antes de examinar las alegaciones
particulares del caso, y en relación con las circunstancias del mismo, ponderar sus elementos esenciales,
partiendo a tal fin, de que este Tribunal Constitucional en la Sentencia de 8 de abril de 1981 y respecto al
Decreto-ley 17/1977, vino a precisar que «es inconstitucional el apartado 7 del art. 6, en cuanto atribuye de
manera exclusiva al empresario la facultad de designar a los trabajadores que durante la huelga deban velar por
el mantenimiento de los locales, máquinas e instalaciones», estableciendo más adelante, «que nosotros
entendemos inconstitucional simplemente el juicio de contraste entre las dos normas, al que sigue una
consecuencia jurídica», por lo que del contraste entre la norma en cuestión y la norma constitucional contenida
en el art. 28.2 del texto fundamental sobre el derecho de los trabajadores a la huelga, resulta un juicio sobre la
conformidad o no de la primera con la segunda, y si los mandatos contenidos en la disposición examinada se
oponen a los preceptos constitucionales, la norma será, pues, inconstitucional, siendo esto lo que afirmaba
dicha resolución, del párrafo 7 del art. 6 citado, al oponerse a lo dispuesto en el art. 28.2 de la Constitución.
Para precisar los efectos de esta declaración, es preciso tener en cuenta que la norma afectada había entrado
en vigor antes de la promulgación de la Constitución, y que ésta en su disposición transitoria tercera proclama
que, «quedan derogadas cuantas disposiciones se opongan a lo establecido en esta Constitución», por lo que el
momento en que comenzó a tener efecto dicha derogación fue el de entrada en vigor de la Constitución, esto
es, y según su disposición final, el día siguiente de su promulgación en el «Boletín Oficial del Estado», el 29 de
diciembre de 1978, momento a partir del cual habrían de considerarse derogadas y sin vigencia alguna aquellas
disposiciones anteriores que se opusieran a los preceptos constitucionales.
Esta derogación del Derecho positivo anterior por la fuerza normativa de la Constitución, derivada tanto del
carácter de Ley superior de ésta como de su posterior temporalidad, constituye una cuestión que como declaró
la Sentencia de 8 de abril de 1981, pueden resolver por sí solos los Tribunales ordinarios, sin que los
pronunciamientos al respecto del Tribunal Constitucional tengan un valor constitutivo y sí meramente
declarativos de una realidad, ya que la derogación de los preceptos opuestos a la Constitución y anteriores a
ella derivan de la disposición y fuerza derogatoria de aquélla, y no del pronunciamiento de este órgano y se
produce desde el momento en que la Constitución entró en vigor; por lo que tanto los Jueces ordinarios como
este Tribunal pueden, y deben inaplicarlos, con la diferencia de que si bien en algunos casos, y hasta que se
produzca un pronunciamiento de este Tribunal, pudieran plantearse dudas o vacilaciones en cuanto a la
conformidad de un precepto preconstitucional con el texto fundamental, una vez que este Tribunal se ha
pronunciado decidiendo sobre el tema, todos los poderes del Estado deben acatar su decisión.
La declaración de inconstitucionalidad del referido apartado 7 del art. 6 del Decreto-ley 17/1977, efectuada por
la Sentencia citada de este Tribunal,supuso indudablemente el reconocimiento de que había quedado derogado
y resultaba por tanto inaplicable a partir de la entrada en vigor de la Constitución, y que, por lo mismo, los
órganos judiciales no sólo podían sino que debían inaplicarlo sin necesidad de plantear alguna de
inconstitucionalidad, pues la declaración de este Tribunal no vino a cambiar en modo alguno tal situación, ya
que el mismo no tiene poderes legislativos para alterar a su arbitrio el ordenamiento jurídico, sino a reconocer
expresamente la inconstitucionalidad de la norma en cuestión con las consecuencias que de ello derivan, y
excluyendo por tanto toda posible duda con respecto a su inaplicación, una vez promulgada la Constitución, y el
carácter general de la vinculación de todos los poderes públicos a esta declaración de inconstitucionalidad, a
partir de la publicación de la Sentencia en que se formulaba, no excluye, pues, que anteriormente los Tribunales
hubieran podido y debido inaplicar la norma derogada por la Constitución, por lo que la Sentencia de 8 de abril
de 1981 no tendría al respecto un efecto retroactivo, sino confirmatorio.
3. A la luz de estas consideraciones, es como hay que analizar las alegaciones de la parte actora en el proceso,
cuando afirman que la falta de tutela jurisdiccional derivaría de la aplicación por el Tribunal Central de Trabajo,
con efectos retroactivos, de la Sentencia del Tribunal Constitucional de 8 de abril de 1981 a unos hechos
ocurridos con anterioridad; Sentencia, que se dice, vendría a modificar, al declararlo inconstitucional, el
apartado 7 del art. 6 del Decreto-ley 17/1977, plenamente válido y eficaz hasta ese momento, y que como tal
había sido aplicado.
Por lo antes expuesto, el argumento no resulta admisible, al faltar su principal fundamento, esto es, que tal
precepto fuera válido y eficaz una vez entrado en vigor el texto constitucional, toda vez que dicha norma al
oponerse a los preceptos constitucionales había quedado derogada por la Constitución, y correspondía a los
Tribunales, en virtud del principio iura novit curia, proceder de oficio, en su caso, a su inaplicación, antes de la
Sentencia del Tribunal Constitucional, y con mayor motivo, y sin posibilidad de dudas al respecto, después de
ésta, por todo lo que actuó correctamente el Tribunal Central de Trabajo al considerar que, al no estar en vigor
el citado precepto, ni estar por tanto facultada la dirección de la empresa para designar unilateralmente los
trabajadores que habrían de llevar a cabo los trabajos de mantenimiento, no era posible estimar la existencia
del incumplimiento grave a que hace referencia el art. 54.2 del Estatuto de los Trabajadores, como causa válida
de rescisión del contrato de trabajo, por lo que el despido debía declararse improcedente, resultando por ello
infundada la afirmación del recurrente de que, de haberse observado rigurosamente los plazos establecidos por
la Ley de Procedimiento Laboral vigente, es absolutamente previsible que el Tribunal Central dictando un fallo
con anterioridad a la Sentencia de 8 de abril de 1981, hubiese desestimado el recurso de suplicación, estimando
aplicable el tantas veces citado apartado 7 del art. 6 del Decreto-ley 17/1977, ya que ello equivaldría a
considerar absolutamente imprevisible la declaración hecha por este Tribunal de la inconstitucionalidad del
citado precepto, como si, en lugar de pronunciarse, según sus competencias, de acuerdo a un juicio objetivo e
inevitable de comparación de la norma con la Constitución, hubiera actuado con plena discrecionalidad, como
haría el legislador al innovar el ordenamiento jurídico, debiendo ser más bien la previsión la contraria, esto es,
que el Tribunal Central hubiera corregido en todo caso la aplicación efectuada por el órgano jurisdiccional a quo
del precepto derogado por la Constitución, y una vez dictada y publicada la Sentencia de 8 de abril de 1981, el
mismo Tribunal Central como el resto de los poderes públicos se encontraban vinculados por ella; sin que ello
constituya atentado alguno al principio de seguridad jurídica, que por el contrario, se vería vulnerado si dejase
al libre juicio de los afectados la determinación de cuál fuera en cada caso la regla de derecho aplicable, máxime
en lo que afecta a derechos fundamentales y libertades públicas, pues como este Tribunal ha señalado en su
Sentencia de 21 de marzo de 1981, «la Constitución establece y fundamenta un orden de convivencia política
general de cara al futuro, singularmente en materias de derechos fundamentales y libertades públicas», de lo
que no cabe derivar que ningún acto posterior a la vigencia y contraria a sus mandatos -como en este caso sería
la aplicación del apartado 7 del art. 6 del Real Decreto 17/1977- pueda prevalecer y ser declarado legítimo y
preferente, tenga o no conciencia de su constitucionalidad la persona que lo lleve a cabo, pues la seguridad
jurídica resulta tutelada por cuanto que el art. 40.1 de la LOTC establece que «las Sentencias declaratorias de la
inconstitucionalidad de leyes, disposiciones o actos con fuerza de Ley, no permitirán revisar procesos fenecidos
mediante Sentencia con fuerza de cosa juzgada en las que se haya hecho aplicación de las leyes, disposiciones o
actos inconstitucionales», mas en el presente caso, lo que el Tribunal Central de Trabajo revocó fue una
Sentencia de la Magistratura por haberse interpuesto recurso, no tratándose en modo alguno de revisión de un
proceso fenecido, sino de una obligada aplicación de un mandato constitucional a un proceso en curso,
aplicación obligada tanto antes como, con mayor razón, después de producida la Sentencia de este Tribunal
declaratoria de la inconstitucionalidad del precepto en cuestión.
4. No es tampoco admisible el segundo motivo de indefensión alegado por el recurrente, alegando que el
Tribunal Central de Trabajo no le concedió oportunidad para formular nuevas alegaciones a partir del momento
en que se decidió aplicar la doctrina sentada por este Tribunal, ya que tal audiencia no aparece en forma alguna
prevista en el trámite del recurso de suplicación ante el Tribunal Central de Trabajo, antes bien, el art. 160 de la
Ley de Procedimiento Laboral determina expresamente que el Tribunal Central no admitirá escritos ni
alegaciones de las partes, y además es conocida doctrina, la de que los Tribunales no están limitados por los
preceptos expresamente invocados por las partes, sino que les corresponde elegir conforme a Derecho, y según
su criterio, la norma adecuada para resolver la cuestión planteada, en virtud del principio del cambio de punto
de vista jurídico, proclamado en el axioma da mihi factum, dabo tibi ius, sin que aparezca indicio alguno de
indefensión derivado de la apreciación por dicho Tribunal de la inconstitucionalidad, y consiguiente inaplicación
de la norma tantas veces mencionada, contenida en el art. 6, apartado 7, del Real Decreto-ley 17/1977.
5. No es por fin admisible la alegada vulneración del art. 25.1 de la Constitución, por la Sentencia recurrida en
amparo, de constituir una condena al recurrente la aplicación retroactiva de una norma que no estaba en vigor
en el momento en que se produjeron los hechos motivadores de tal sanción, ya que en primer lugar, supone
extender indebidamente el concepto de sanción asimilándolo a la simple consecuencia desfavorable de una
actuación propia, cuando en ningún momento se ha pretendido en el proceso laboral seguido determinar las
consecuencias y punición del delito, infracción o falta administrativa alguna -supuestos éstos en los que sería
posible traer a colación las disposiciones del art. 25.1 de la Constitución-, sino las consecuencias de un despido
improcedente, y después como razón de fondo, sobre todo, porque como ya quedó antes indicado, no es
posible aceptar que se tratare de aplicación retroactiva de una norma, porque la entrada en vigor de la
Constitución supuso, como ya se ha reiterado, la derogación y pérdida de vigencia desde ese momento de toda
disposición opuesta al texto fundamental; por lo que el Derecho aplicado por el Tribunal Central, considerando
derogado por inconstitucional el art. 6.7 del Real Decreto-ley 17/1977, era el Derecho vigente en el momento
de producirse los hechos que dieron lugar al despido que declaró improcedente el mismo Tribunal, no
existiendo modificación de norma alguna ni alteración del orden jurídico que derivasen de la constatación por el
Tribunal Constitucional de la inconstitucionalidad de la norma en cuestión, con lo que las razones anteriormente
expuestas sobre el Derecho vigente en su momento son igualmente aplicables a este respecto.
6. En virtud de todo lo argumentado, resulta procedente desestimar el recurso de amparo, en todo su alcance.

ST C 11/1981, de 8 de abril
2. La seguida razón de inadmisibilidad que esgrime el Abogado del Estado consiste en entender que el recurso
del señor Vida Soria plantea realmente una cuestión de vigencia o derogación de normas anteriores a la
Constitución por obra de ésta y que ésta es materia absolutamente inadecuada para ser discutida en un recurso
de inconstitucionalidad.
El argumento que en este punto utiliza el Abogado del Estado es que, al ser nuestra Constitución una norma
directamente aplicable y contener una disposición derogatoria de toda la legislación anterior que la contradiga,
el problema que plantea el ajuste entre la legislación anterior y la Constitución es una cuestión de vigencia o de
derogación. Por ello, según el Abogado del Estado, la pregunta relativa a si una ley derogada es conforme o no
con la Constitución carece de sentido.
Sin embargo, frente a este argumento, que a primera vista parece poseer una contundente fuerza lógica, hay
que señalar que no existe una auténtica contradicción entre el problema vigencia-derogación y el problema
constitucionalidad-inconstitucionalidad. No es enteramente exacta la opinión de que el tema de la vigencia o
derogación es previo al de la constitucionalidad porque respecto de normas derogadas no cabe ni siquiera
plantearse el tema de su constitucionalidad. En puridad, ocurre más bien lo contrario. En la medida en que la
derogación se produce por contradicción con la Constitución, la contradicción con la Constitución es una
premisa de la derogación. Nosotros entendemos por inconstitucionalidad simplemente el juicio de contraste
entre las dos normas, al que subsigue una consecuencia jurídica. Más inconstitucionalidad no es la
consecuencia, sino, simplemente, la premisa de esa consecuencia. Por eso puede decirse que la
inconstitucionalidad de las leyes anteriores conduce a unas consecuencias que pueden ser concurrentemente la
derogación y la nulidad.
La conclusión anterior, que es meridiana, se empaña porque el problema debatido se complica con otros dos,
como son el de la posibilidad de una acción directa de inconstitucionalidad contra la legislación anterior a la
Constitución y el problema del monopolio jurisdiccional en esta materia.
Respecto del primer problema, ahora enunciado, cabe pensar que la inconstitucionalidad de las leyes anteriores
a la Constitución o preconstitucionales sólo puede suscitarse ante este Tribunal a través de la vía de la cuestión
planteada por los jueces ordinarios, pero no, en cambio, mediante acción directa de las minorías de los cuerpos
legisladores. Frente a esta manera de pensar hay que señalar que no existe en nuestro Derecho ningún
precepto que prive a las actuales minorías parlamentarias de acción para impugnar la legislación anterior. Es
verdad que en el futuro el tema no se planteará, por cuanto que el plazo para el ejercicio de la acción directa y
su transcurso hacen caducar tal acción. En el momento actual, el problema surge y no puede resolverse
negativamente, porque, como se ha dicho, no existe la prohibición, y tampoco existe razón alguna para
entender excluida la potestad de los grupos parlamentarios. Más bien parece que la conclusión a la que se debe
llegar es la contraria si se piensa que todos los legitimados para acudir ante este Tribunal, además de defender
sus estrictos intereses personales o políticos, realizan una función pública cual es la de poner en marcha los
mecanismos de depuración del ordenamiento jurídico. En otro sentido se puede pensar que si las personas a
quienes las leyes otorgan potestad para que acudan ante este Tribunal, ejercitan una acción de
inconstitucionalidad, si el Tribunal no les atiende incide en denegación de justicia. Si la cuestión le es propuesta,
el Tribunal tiene que pronunciarse sobre ella.
Lo anterior no significa en modo alguno que el Tribunal pretenda asumir el monopolio para decidir la
derogación del Derecho positivo anterior por la fuerza normativa de la Constitución en cuanto norma. Esta es
una cuestión que obviamente pueden resolver por sí solos los jueces ordinarios. Mas es claro también que
pueden someterla a este Tribunal por la vía de los arts. 35 y sigs. de la Ley Orgánica del mismo y si la cuestión le
es propuesta al Tribunal, el Tribunal deberá resolverla, porque no deja de ser, bajo uno u otro prisma, una
cuestión de inconstitucionalidad, ya que el art. 35 parte de la premisa de que la solución del problema se le
presenta al juez como dudosa.
La diferencia que existe entre el pronunciamiento de este Tribunal y el que puedan adoptar sobre los temas de
derogación los jueces ordinarios consiste obviamente en que, una vez que este Tribunal se ha pronunciado
sobre el tema, todos los poderes del Estado deben acatamiento a su decisión, mientras que las resoluciones de
los órganos jurisdiccionales surten solamente sus efectos en el caso concreto y entre las partes implicadas en tal
caso concreto.