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La depresión:

un estudio
psicoanalítico
Hugo B.Bleichmar

N
Ediciones
Nueva Visión

r
Hugo B. Bleichmar: La depresión: un estudio psicoanalítico
Colección Psicología Contemporánea
Dirigida por Jorge Rodríguez
Hugo B. Bleichmar .

La depresión: un estudio
psicoanalítico
con la colaboración d·e
Emilce Dio de Bleichmar

Ediciones Nueva Visión


Buenos Aires
Primera edición: febrero de l 976
Segunda edición: julio de 1978
Tercera edición: ago~to de 1980

© 1980 por Ediciones Nueva Visión SAIC


Tucumán 3748, Buenos Aires, Répúblic?. Argentina
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
Impreso en la Argentina / Printed in Argentina
Prohibida ·Ia reproduqción total o garcial
Al primer hombre que descubrió el fuego, y a to·
dos los que supieron conservar .el descubrimiento.
Al primer hombre que descubrió la ternura, y a
todos los que supieron transmitírnosla.
Al primer hombre ... , y a todos los que . ..
íNDICE

.,

Prólogo 9
Introducción 11

Capitulo I
Narcisismo 38
Capítulo JI
El narcisismo y las estructuras psicopatológicas 60

Capítulo I I I
Culpa y depresión. Papel de la agresión en la depresión 74

Capítulo IV
El· autorreproche y la estructura del inconsciente 110
Capítulo V
Elementos para una clasificación de las depresiones 121
Capitulo VI
Pskogénesis de Jos cuadros depresivos 135

Capítulo VII
La teoría de la libido. El pensamiento analógico en fa teoría
psicoanalítica 150
Emilce Dio de Bleichmar
Capítulo VIII
Tratamiento psicoanalítico de las depresiones 167
Bibliografía 174
PRúLOGO

El Psicoanálisis es una disciplina científica difícil, pues sus hipo·


tesis rio están en condiciones de ser verificadas o refutadas con el
mismo grado de certidumbre que las de otro tipo de e·studios. Esto
coloca al investigador en una situación subjetiva muy pa'rticulal".
y peligrosa: sus propias dudas lo hacen proclive a ceder ante
aquellos que, sin poseer mayor.es ·pruebas que él, tienen al meno~.
el mérito, o la osadía, de formular sus ideas en forma de convic·
ciones tajantes. La fu~rza de la creencia es frecuentemente un .
buen sucedáneo de la verdad, sobre todo si ésta es esquiva.
Si a lo anterior _se le agregan las ventajas que implica el estar
a la moda en un mercado de consumo .del psicoanálisis conio es
Buenos Aires, se hacen entonces comprensibles las. olas de popula.
ridad que sucesivamente nos impregnan.
No teniendo la· pretensión de poder eludir por completo tales
. influencias, deseamos que su explicitación, en cambio, nos sirva
a nosotros mismos como ideario para reencontrar nuestra autono-
mía de pensamiento en las m.il oportunidades en qtie la perdemos.
Yendo ahora más específicamente al presente trabajo digamos
que sus objetivos son la caracterización clínica de las depresiones
y la explicación dinámica de las mismas, como así también un in~
tento de abordar el problema de su génesis. Para poder encarar
estas cuestiones hemos tenido que revisar una serie de articula-
dores teóricos, en especial el del narcisismo, que otorguen sentido
a las formulaciones propuestas.

9
Por otra parte, si el tema de las depresiones nos pareció digno
de reflexión no fue solamente por la importancia que ellas revis-
ten en la patología mental, sino porque constituyen una buena
oportunidad para plantear problemas de índole más general: una
metodología para la delimitación de las estructuras psicopatoló-
gicas, un modelo sobre sus condiciones de origen y, derivando de
lo anterior, las bases sobre las que poder asentar una terapia en
cuya sistematización ·hubiera cierta racionalidad. De ahí que, en
relación con esto último, los lineamientos esbozados en el capítulo
sobre tratamiento psicoanalítico de las depresiones resulten una
consecuencia de lo sostenido a lo largo de las páginas previas.
·El núcleo del libro lo constituye el curso que durante 1974
organizamos en el Centro de Docencia e Investigación. Hemos
agregado varios temas que no t\tvimos la oportunidad de ·desarro-r
llar; y revisado aquellas hipótesis que a la luz de las discusiones
sostenidas se nos revelaron como insuficientes o francamente in-
correctas~
Queremos expresar · nuestra gratitud para con los alumnos,
que nos brindaron un clima estimulante, y para los miembros
del equipo docente que nos acompañaron en una empresa desarro-
llada en condiciones que, sin exageración, se pueden considerar
particularmente duras: Clara Arno, Norberto Bleichmar, Fanny
Baremblit de Salzberg, Carlos E. Barreda, Angel Natalio Costan-
tino, Diana Rabinovich de De Santos y Eisa Wolberg.

10
INTRODUCCIÓN

Bajo la denominación de depresión se designa habitualmente


tanto al cuadro clínico caracterizado por la presencia de elemen·
tos diversos: · tristeza, inhibición psicomotriz, .autorreproches, visión
pesimista de la vida, etcétera, como al estado afectivo de la tris·
teza. * En este último sentid.o se suele decir que alguien está
deprimido cuando se encuentra triste, aun cuando falten todos los
otros elementos mencionados. Esta equiparación entre el síndrome
y uno de los síntomas del mismo no es una mera confusión ter·
minológica, sino que refleja una concepción causal, en que la
tristeza es considerada como el elemento que pone en marcha a
los demás, que serían su consecuencia. De ahí que se hiciera for-
. mar parte a las depresiones de la categoría nosológica de los tras-
tornos del humor, o de la afectívidad.
Sin embargo puede estar presente la tristeza y no haber inhi·
bición, predominando por el contrario la excitación psicomotriz.
Es lo que se ve en la depresión· ansiosa o agitada.
Por otra parte una persona ·puede autotreprocharse, estar
enojada consigo mismo, sin presentar rti tristeza ni inhibición.
Además alguien puede no sentir interés en lo que le rodea, con-
siderar que no es valioso o suficientemente motivante, revelando
de este modo una inhibición o abulia -que no es la -de la esqui-
zofrenia-, y. no existir autorreproches.

* Ya veremos las restricciones que se deben. ·hacer cuando se califica a la


tristeza como estado afectivo. ·

11
La conclusión que se impone entonces es que la relación en·
tre tristeza, inhibición y autorreproches es más compleja que la
que suele plantearse. Copresencia en un síndrome no implica obli-
gatoriamente causalidad, como creyó entenderlo la psiquiatría
dásica por un lado, al ·hacer derivar al autorreproche de la afec-
tivi9ad, o por el otro una corriente del psicoanálisis actual que,
invirtie11do el orden, otorgó al autorreproche el papel de deter-
minante de la tristeza, y por ende de la depresión.
Mientras no se penetre en el orden de racionalidad de la
génesis y de Ja articulación de los elementos copresentes se con-
tinuará oscilando en la atribución a uno u otro del rol de deter-
minante de los demás. La tristeza puede ser desencadenada por
el autorreproche, pero no se explica por éste. De igual manera el
autorreproche no se justifica por la tristeza.
Cada uno de estos elementos posee su génesis, con sus con-
. diciones de .producción· propias, ·que resultan necesario detectar.
La duda que puede planteársenos es si al hacer tanto hin-
capié en la necesidad de estudiar cada uno de los elementos de
la estructura depresiva no estamos cayendo en un atomismo .desar-
ticulante, ~n algo equivalente a lo que con razón se ha criticado
en la psiquiatría clásica cuando abordó el .estudio de las "fun-
ciones psíquicas". La lingüística estructural nos ofrece el modelo
de un método de análisis que nos pone a cubierto de este riesgo.
El .estudio de las unidades constituyentes de un sistema no invo-
lucra la anulación del ·análisis de la articulación de los mismos,
y si no se quiere caer en una suerte de guestaltismo en que hay
. un todo entelequia!, es necesario que delimitar esas unidades de
análisis sea. una tarea simultánea al descubrimiento , de su arti-
culación.
Como si lo anterior no fu era suficiente para s~ñalar las di-
ficultades que subyacen a un estudio sobre la depresión, podría-
mos agregar que hablar de ésta en singular.. como si se tratara
de una. única entidad, río hace . suficiente mérito a la diversidad
.de cuadros que han recibido esta denominación: depresión del
duelo normal, ·psicosis melancólica, depresión ·neurótica, depresión
anaclítica, etcétera. Resulta conveniente entonces precisar cuál
sería el denotninador común de todas estas entidades, la "esencia"
del fenómeno ··depresivo que justificase el mantenimiento del con-
cepto éomo unificador y, por ende, que crease la posibilidad de

12
que nuestro estudio no se desJjce por Ja arena movediz2 de diferen-
tes referentes reales, tomándolos como similares. Para abordar este
problema se puede seguir el camino de recorrer los usos del tér-
mino, es decir ver a qué fenómeno se designa como depresión y
luego detectar lo que hay de común en todos ellos. Una metodo-
logía de este tipo no hace sino legitimar el recorte de lo real
que produce un término del vocabulario. El riesgo es grande, y
consiste en tomar el consenso que un conjunto de hablantes tenga
sobre el uso de un término como prueba de que el mismo refleja
una unidad en lo real.1 Las razones que pueden haber incidido
a lo largo de la evolución del lenguaje para que un término fuera
aplicado a diversas condiciones no deriva de la unidad real que
puede haber entre éstas, sino que en muchos casos es el efecto
de la ilusión bajo la cual se creyó descubrir esa unidad.2 El razo-
namiento, al ir construyendo categorías que recortan lo real, está
expuesto a los mismos procesos de desplazamiento y condensación
que Freud describió para el proceso primario, o que Cameron con-
sideró típico del esquizofrénico cuando acuñó la expresión "pensa-
miento sobreinclusivo" .3 Es lo que acontece cuando se denomina
melancólico o depresivo al individuo que está constantemente in-
satisfecho de sí, que se queja continuamente de sus realizaciones,
de su suerte,4 pero que, como consignamos antes, en vez de estar
triste se muestra enojado, y en vez de ··inhibido puede hallarse -
hiperactivo. Como el autorreproche y la insatisfacción de sí mismo

1 Aquí rozamos problemas de la filosofía del lenguaje, como la relación


. ,entre el lenguaje y lo real. Digamos que si bien lo real no puede sino ser
captado en las mallas del lenguaje al que está sometido, y esto es lo que
señalan todos los aportes de las ciencias del hombre, el lenguaje puede ir .
evolucionando para delinear más adecuadamente una realidad que existe
fuera de él. ·
2 Para ilustrar cómo va variando el recorte de lo real que realizan determi-
nados términos recordemos el ·concepto de "lipemanía" de Esquirol. Primi-
tivamente bajo esta expresión se abarcaba a la actual melancolía, a la neuro-
sis obsesiva, a los estados confusionales y al estupor de _la ~~-quizofrenia ca-
. tatónica. La unificación de los cuadros enumerados por medio de ese tér-
mino y su uso por reiteradas generaciones de psiquiatras no constituía ninguna
garantía de que aquellos conformasen una verdadera unidad nosológica que
excluyera otros agrupamientos posibles.
3 N. Cameron, "Reasoning, Regression and Communication in Schizophre-
nics", Psychol. Monog., 50, p. 1, 1938.·
4 En estos casos se su:Ie utilizar la categoría de caracteropatía melancólica .

. 13
son parte del cuadro de la melancolía psicótica, y ésta se ha to-
mado como paradigma de las depresiones, aquel individuo será
considerado un depresivo. El razonamiento implicado es el de to-
mar la parte por el todo, o sea el mecanismo psíquico del despla-
zamiento por metonimia.5
Resulta de lo anterior que no podemos considerar el autorre-
proche como nota definitoria de la depresión. Nos queda entonces
por ver si tienen tal carácter la tristeza y la inhibición. Pero en
cuanto a esta última ya dijimos que la depresión agitada nos
demuestra que no es esencial. Podría parecer entonces que nos
encontramos por fin ante lo que constituye el. núcleo de la de-
presión: la tristeza. Pero para nuestro deséoncierto recordemos
esa situación tan familiar en que alguien, tras una desilusión de
cualquier tipo, ve disminuir su interés por las personas y las cosas,
ofreciendo ante los ojos del observador una inhibición más o me-
nos acentuada, sin que sienta tristeza ni se haga reproches a sí
mismo. La inhibición aparece acá como lo central del fenómeno
que mt¡y pocos psiquiatras vacilarían en catalogar como depresivo,
aunque ya habíamos descartado que fuera indispensable para de-
finir la depresión.
Se podría intentar aquí un golpe de furca y decir que ese
individuo en realidad está triste pero que no se percata de ello,
siendo .inconsciente la tristeza. A pesar de que la solución es atrac-
tiva, no se puede sostener, pues si la tristeza es un afecto, no pue-
de tener, al menos para la teoría freudiana , tal propiedad de in-
conciencia. Freud destacó, en "Lo inconsciente", que los afectos, en
tanto procesos de descarga, son conscientes.6 Señaló en ese texto la
diferencia entre las ideas que se reprimen y los afectos que se su-
primen, es decir que cuando no están presentes en la conciencia
tampoco se hallan en el inconsciente produciendo efectos.
Nos encontramos así en una situación singular: un cuadro
clínico del cual se predica su existencia cuando hay tristeza y /o
inhibición, aunque estos elementos sean prescindibles para la ca-
racterización de aquél, de modo que aun cuando falten, uno por

s No tenemos más remedio que postergar la demostración de que el autorre-


proche puede dar o no lugar a un cuadro depresivo, y que a su vez éste pue-
de no ser causado por aquél.
6 Respecto a la teoría de los afectos véase ,el examen de la literatura que
hace André Green en Le discours vivant, P.U.F., Parísi 1973.

14
. vez, igual pqdcn1os hablar de depresión. ¿Habremos llegado acaso
a la situación de tener que admitir que detrás del término y el
concepto de depresión no se encuentra ninguna entidad reaf? No
creemos que ·sea así. La contradicción aparentemente insoluble se
debe, a nuestro juicio, a dos órdenes de razones: a) la naturaleza
de la llamada tristeza, a la cual, sin detenernos mucho, hemos
considerado un afecto, y b) tanto la tristeza como la inhibición
no serían en última instancia sino ··manifestaciones de alguna otra
entidad que las condiciona y que, en rigor, constituye la base del
fenónteno depresivo. Ambas cuestiones están entrelazadas, razón
por la cual las abordaremos conjuntamente.
Si bien este no es el lugar apropiado para desarrollar una.
teoría de los afectos, queremos dar algunos indicios que fijen nues-
tra posición al respecto. Lo que recibe el nombre de tristeza es
un abanico de estados en que el dolor psíquico se desencadena por
la significación que una situa~ión determinada tiene para el sujeto.
Y si la significación está de por medio es porque en la tristeza,
obviamente, el-afecto está enlazado a un determinado tipo de ideas,
constituyéndose así una estructura cognitiva-afectiva. Por algo al-
gunos tratados de psiquiatría, precisos en su lenguaje, hablan de
dolor moral, con lo que, por medio de este último término, intro-
ducen el papel de las ideas ..
· Si las ideas contribuyen a otorgar especificidad al efecto dis-
placen tero de la tristeza, diferenciándolo de otros tipos de displa-
cer, c6mo el del miedo o la ansiedad, ¿cuál es la clase particular
de ideas de la depresión? ¿Qué carácter general deben tener esas
ideas para poder presentarse bajo formas tan disímiles como las .
que encontramos en la depresión ante la muerte de un ser que-
rido, en la d,epresión anaclítica del bebé, en la del neurótico que
se deprime por no· ser tan 'Jnteligente o hermoso como desearía,
o en la del psicótico que cree que sus familiares han quedado
arruinados o dañados por lo que él ha hecho, en suma, que se
siente culpable?
Responderemos de inmediato a estos interrogantes, si bien
para validar nuestras afirmaciones tendremos que recorrer el tema
en los distintos capítulos del presente libro. En todas esas condi-
ciones se siente como inalca1¡zable algo deseado, anhelado. Un
deseo al que se está fijado es vivido como irrealizable: el adulto
en el duelo y el bebé en la depresión anaclítica anhelan la pre-

15
sencia del ser querido que ya no vuelve, pese a sus deseos; el
neurótico siente como inalcanzable su anhelo de ser el Yo Ideal
ante los ojos de él mismo y de los demás, o sea, se siente no amado
por su Superyó y los personajes externos; el psicótico melancólico,
llevado por su convicción delirante, cree inalcanzable el anhelo de
bienestar para sus seres queridos y de ser él, a su vez, digno de
amor por su bondad. Todos estos individuos afectados de depre-
sión, más allá de las diferencias, sienten que algo se ha perdido .
. Esto es lo que Freud puso al descubierto cuando definió la de-
presión como la reacción a la pérdida de objeto.
·Pero si la pérdida de objeto es la condición de la depresión,
su antecedente, esto no basta para mostrar en qué consiste. Una
cosa es la condición de producción de un fenómeno, en este caso
la pérdida de objeto, y otra aquello en que consiste el fenómeno.
Nuevamente podemos apelar a Freud, quien supo ubicar
mediante una expresión enigmática, prácticamente olvidada en to-
dos los estudios psicoanalíticos sobre el tema, cuál es el carácter
peculiar de la depresión. En el apartado C del apéndice a "Inhibi-
ción, síntoma y angustia" consigna que el hecho de que la supe-
ración del duelo sea penosa se debe a la "no satisfacible carga de
anhelo" que el deudo concentra en la persona muerta. Anhelo se
refiere a una meta que no se alcanza, a un deseo de algo; por lo
tanto no se trata simplemente de un afecto sino que está presente
en el psiquismo como representaciones 7 ideativas; de ahí la ex-
pre~ión formada por dos términos: "carga de anhelo", que Freud,
significativamente, se ocupó en caracterizar como imposible de sa-
tisfacer.
Bien, si hemos convertido a la pérdida de objeto en la con-
dición de la depresión, y a la imposibilidad de la realización de
un- deseo en su esencia, en el eje alrededor del cual giran los .
distintos cuadros depresivos, nuestros próximos pasos tendrán que
encaminarse a aclarar cómo se constituye el objeto libidinal, qué
relación guarda con el deseo, qué debe entenderse por pérdida de

7 El término representación posee una raigambre que lo hace peligroso. Si


con re-presentar se estuviera sosteniendo la tesis de que el psiquismo copia
al mundo real, volviéndolo a ''presentar" en forma de elementos mentales,
se habría producido el deslizamiento al empirismo. Cuando empleemos el
término debe entenderse que no nos adscribimos a esa concepción, sino que
consideramos a la representación como una construcción.

16
objeto, y especialmente cuál es la razón por la cual la pérdida
produce depresión, en sus diversas variantes, es decir en unas
ocasiones dominada por la tristeza, en otras por la inhibición o por
el autorreproche, o bien con todos estos elementos presentes.

Constitución del objeto libidinal. Del objeto


de la necesidad a la demanda de amor

El primer objeto capaz de provocar una activación placentera del


lactante es el pecho. En el cap. VII de "La interpretación de los
sueños", en el apartado sobre la realización de deseos, Freud
desarrolla el concepto de "experiencia de satisfacción'' para dar
cuenta de ese encuentro entre el lactante y-el pecho. La "experien-
cia. de satisfacción"- es caracterizada de la siguiente nlanera: 1) In-
mediatamente después del nacimiento, ante el surgimiento de una
necesidad de orden biológico, por ejemplo el hambre, éste es vi-
venciado por -el lactante como displacer, que a su vez se explica
por un incremento de tensión, al -que Freud denomina "tensión
de necesidad"; 2) Por la presencia de un objeto externo adecua-
do -por ejemplo el pecho que provee el alimento- la necesidad
se satisface, quedando esta primera experiencia inscripta en el
psiquismo como "experiencia de satisfacción"; 3) A· partir de en--
tonces, nuevamente la emergencia de la "tensión de necesidad"
determinará que se cargue la huella mnésica de la "experiencia
de satisfacción", que aparece entonces como la representación com-
pleja hacia la cual tiende el deseo. Es decir, que en el primer
momento solo habría tensión biológica y después de constituida
la "experiencia de satisfacción" aquélla va a quedar ligada a una
representación específica que será evocada cada vez que surja. Esta
evocación de la "experiencia de satisfacción" va a ser lo que Freud
denominará deseo, definiéndolo como el movimiento -proceso,
tendencia hacia- que va del polo del displacer al del placer, o
más específicamente, ya hemos visto, como la carga mnésica de
la "experiencia de satisfacción". El objeto de la -"experiencia de
satisfacción" será el objeto del deseo.
Ahora bien, en la "experiencia de satisfacción" no se resuelve
solamente una necesidad de orden material, la del alimento. No se
alcanza el placer solamente a través del equilibrio del medio in-

17
tct110 que produce el alimento, o la distensión del aparato diges-
tivo. -Se obtiene simultáneamente un goce erógeno: la estitnulación
de la zona bucal, de los labios, de la lengua, de la mejilla, etcéte.. a.
Por otra parte, que el goce erógeno no es reducible a la satisfac-
ción de la necesidad queda suficientemente de1nostrado por el
chupeteo que puede prolongar en el lactante la mamada que sa-
tisfizo su hambre. En este caso ya no desea la leche y sin embargo
sí el placer del rítmico accionar de su boca. En el terreno de la
psicopatología, la obesidad c01npulsiva de carácter psíquico nos
ilustra también esa separación entre necesidad biológica y goce
erógeno. Esta separación tiene aden1ás otra consecuencia: había-
111os dicho que la tensión de necesidad hacía surgir la huella mné-
sica de la "experiencia de satisfacción". E.n este caso la necesidad
biológica constituye un prer!·equisito, un primer tiempo, que desen-
cadena la evocación de la "experiencia de satisfacción". Pero si en
ésta se realiza además un goce erógeno ya no será necesario que
la necesidad preceda a la evocación de la huella. Por el contrario,
la huella misma de la "experiencia de satisfacción" será capaz de
despertar un estado de tensión como tendencia a la misma. Así,
por ejemplo, el adulto que viendo su plato preferido desea inge-
rirlo no funciona según el modelo: primero "tensión de nece-
sidad", luego "experiencia de satisfacción". Por el contrario, la
percepción del plato, al evocar la "experiencia de satisfacción",
crea la tensión del deseo. Lo que genéticamente pudo haber sido
un segundo tiempo, la "experiencia ·de satisfacción", se convierte
en un antecedente que despierta el deseo.
Pero todavía existe una consecuencia, aun más importante, de·
rivada del hecho de que en la "experiencia de satisfacción" haya
un doble componente. La necesidad orgánica es colmable, ya que
alcanzado determinado equilibrio físico-químico aquélla cesa. Por
el contrario, en l~ existencia de algo que está más allá de la ne-
cesidad, reside precisamente la posibilidad de que el deseo ad-
quiera el carácter de inagotable.
Volviendo a la "experiencia de satisfacción" recorde1nos que
el lactante cuando mama mira el rostro de su madre, es tocado
por ésta, recibe su calor. Estas impresiones forman parte constitu-
tiva de la "experiencia de satisfacción" y del deseo que con ella se
constituye. La mirada de la madre queda así cargada del g:oce eró-
geno de la boca del lactante que mama. Se convierte, por coinci-

18
dencia temporal, en objeto erógeno, es decir algo que es capaz de
despertar vivencias placenteras equivalentes a las que produjo el
pecho, objeto en el sentido literal del término.
Con lo anterior se ha producido un verdadero salto cualita·
tivo. En la primitiva "experiencia de satisfacción" estaban juntas
la resolución -de la necesidad y el goce de la estimulación de la
zona erógena específica. En cambio cuando la mirada de la madre,
o sus palabras, producen placer por haber estado encadenadas
éstas con el primitivo placer de órgano, ya no hay nada qtte se
satisfaga en el plano biológico, estamos en el -p uro terreno del ero·
tismo. Incluso de un erotismo que no requiere de una localización
en una zona corporal en particular, la boca por ejemplo. Toda la
activación placentera que era capaz de despertar el contacto con
el pecho podrá ser ahora respuesta jubilosa ante la visión de esa
gestalt privilegiada que constituye el rostro de la madre. La re·
presentación de ese rostro será ahora la huella mnésica hacia la
que tenderá el lactante. El deseo de éste ya no lo será de un objeto
concreto, material, sino del amor del personaje que pa.r a él seá
significativo. Su deseo será el de ser deseado por el otro. Basta
observar un bebe de 15 meses repitiendo gozosamente determi-
nados gestos, que resultan graciosos para otro, para entender cón10
una respuesta favorable de la figura significativa puede construir
como placentero un detennin~do movimiento.
Este orden de fenómenos ha permitido llegar a esta conclu-
sión, extensamente trabajada por los lacanianos: el deseo es deseo
del otro. Y esto en un doble sentido: deseo del otro en tanto se
toma como deseo propio aquel deseo que aporta el personaje sig·
nificativo, se desea aquello que es deseado por el otro, se desea
a imagen y semejanza del otro. Algo se convierte en deseable y
su logro produce júbilo por la identificación que se tiene con la
persona que constituye un objeto libidinal. Desde esta perspectiva
el deseo no es la relación directa entre el sujeto y el objeto. Hegel
en "La fenomenología del espíritu" señala elocuentemente que la
marca esencial del deseo humano es que no es deseo de una cosa
por el valor de la cosa en sí misma, sino que se puede desear
algo por el valor que ese algo tiene para otro sujeto, que es, en
última instancia, el verdadero objeto de deseo pará el sujeto. Si
queremos atenernos a un simple ejemplo, que no por su vulgari~
dad es menos ilustrativo, tomemos la moda. Algo se convierte en

19
objeto de deseo no por el valor intrínseco que tenga para el sujeto
que lo desea sino porque de pronto es objeto de deseo para otro
sujeto. El sujeto a través de las mediaciones simbólicas · puede ubi-
carse en el lugar de otro que estaría realizando un deseo, y llegar
así a vivenciar como deseable algo que nunca fue sentido por él
a ni~el concreto de sus órganos sensoriales, sino que adquiere tal
carácter gra~ias al poder de creación de sentido del lenguaje. Pen-
semos al respecto simplemente en el carácter de fu ente creadora
de deseos que tiene el mito del paraíso. Ni siquiera resulta indis-
pensable que se nos diga cuáles serían las vivencias concretas que
en él tendremos. Es suficiente que se nos anticipe que es un lugar
maravilloso, así, en abstracto, para que el término maravilloso
adquiera resonancias en un orden de lenguaje.
Dijimos que la formulación el deseo es el deseo del otro tiene
una segunda acepción. No solo se desea una cosa concreta sino
que . también se desea ser objeto del deseo de otro, es decir ser
deseado por ese otro. Y este deseo de ser deseado por el otro
constituye precisamente la causa de que se tome lo que es deseo
concreto del otro como si fuera el propio deseo. Para ser el objeto
del deseo del otro se termina deseando lo que el otro desea.
Entrelazadas así las dos significaciones de que el deseo es
el deseo del otro, el bebe desea obtener el reconocimiento, el amor,
la aprobación del otro.
Una vez dado este paso el objeto del deseo es el amor, la
aprobación, el reconocimiento que el otro pueda brindar.
Ahora bien, cuando el otro es interiorizado y los deseos del
personaje significativo se convierten en ideales que el sujeto aspira
a satisfacer, el objeto del cual se demanda amor es ahora. una
parte del propio s:ujeto, que en calidad de Superyó lo puede amar
o reprobar.8 Si el sujeto no cumple con los ideales de su Superyó
corre el riesgo de perder el amor de éste, así como antes pudo
sucederle con el objeto externo.
8 Somos conscientes de los riesgos de la concepción personológica del apa-
rato psíquico tal como surge en muchos pasajes de "El Yo y el Ello", con-
cepción que retoma Lagache * y que descuida un enfoque verdaderamente
tópico. Pero con las reservas del caso, permite apuntar a la escisión de la
personalidad y a los procesos de interiorización de relacior:es in ersubjetivas
que constituyen uno de los aportes del Psicoanálisis.
* Lagache, "La psychanalyse et la structure de la personali:é" ~ en La Psycha-
nalyse, 1962, VI, p. 39.

20
Lo anterior permite vislumbrar todo el camino recorrido desde
el momento en que el objeto libidinal era el pecho y la leche, hasta
aquel en que el objeto que se desea es el amor del Superyó, amor
que se deriva de las primitivas satisfacciones corporales pero q1:1e,
una vez constituido, es capaz de construir como satisfactorias o no
a esas mismas funciones. ·
La compleja dialéctica entre el objeto ljbidinal parcial pecho
o leche, la madre como objeto total, y el ainor del Superyó, dia-
léctica que no se resuelve en una linealidad genética que vaya del
primero a este último sino que también funciona en sentido in-
verso, subraya la unidad entre ellos. Todos son objetos libidinales
para el deseo de un sujeto, con el "atributo común de que la ex~
pectativa del logro del mismo es fuente de actividad que tiende
hacia el objeto, y de júbilo por el goce anticipado.
El haber mostrado cómo distintos objetos libidinales poseen
una profunda unidad genética 9 y estructural permitirá entender
por qué ante la pérdida de cualquiera de ellos el cuadro que se
desencadene conservará las huellas de esa unidad en la sintoma-
tología de la depresión.

Pérdida del objeto libidinal. Carga de anhelo

Spitz 10 observó en bebes de 6 a 12 meses que, cuando se los se-


paraba de sus madres, con las que previamente había mantenido
una buena relación, se desarrollaban una serie de alteraciones.
Inmediatamente después de la separación se transformaban en
bebes llorosos, lo que contrastaba con la anterior conducta feliz.
Después de algún. tiempo aparecía el retraimiento; los bebes so-
lían yacer postrados en sus camitas, sin tomar parte de la vida
que lo rodeaba. Cuando un observador se acercaba a ellos pa-
9 Hacemos hincapié en la unidad genética. A despecho de algunos planteos
que entienden que estructuralismo es sinónimo de a-historicidad, creemos
que uno de los méritos del Psicoanálisis es el de haberse formulado también
como una Psicología genética, es decir, de. haber introducido la dimensión
diacrónica. Un estructuralismo que pretenda prescindir de la historia no es
científico, aun cuando cuente con el aval de la figura a la que más debe:
Lévi-Strauss. Importar ese error en el Psicoanálisis implica mutilarlo.
10 René Spitz, El primer año de vida del niño, Fondo de Cultura Económi-

ca, México, 1969:

21
recían ignorarlo. La conducta de retraimiento solía persistir ·dos·
o tres meses durante los cuales los bebes perdían peso, padecían
de insomnio, mostraban un retraso en el crecimiento y una pro-
pensión a las enfermedades infecciosas. Este período era seguido
por otro que se caracterizaba por la rigidez de la expresión facial.
Los bebes solían quedar tendidos, con los ojos muy abiertos e inex-
presivos, las facies inmóviles, y como si se encontraran total-
mente aislados del entorno.
Spitz destacó que todos los niños que presentaban este cuadro
tenían una experiencia en común: entre el sexto y el octavo me~
se ·1os había separado de sus madres. Hizo resaltar que "la sin-
tomatología de los niños separados de sus madres se asemeja de
modo sorprendente a los síntomas que nos son familiares en la
depresión adulta. Además, en la etiología. de la perturbación la
pérdida de objeto amoroso es sobresaliente tanto en el adulto como
en el infante hasta el punto que uno se siente inclinado a consi-
derarlo como el factor determinante". 11
En los casos en que la privación materna se prolongaba, ce-
saba le actividad autoerótica de los bebes, quienes entraban en
un profundo marasmo.
Si bien no compartimos la explicación de Spitz acerca de
las causas que subyacen a la depresión anaclítica, retenemos en
cainbio la validez de la descripción que ha sido confirmada am-
pliamente.U Dice Spitz, como explicación del cuadro: "En la au-
sencia de éste (el objeto libidinal) ambas pulsiones quedan pri-
vadas de su blanco ... entonces las pulsiones quedan en el aire,
por así decirlo. Si seguimos el destino de la pulsión agresiva nos
encontramos con que el infante vuelve de rechazo la agresión con-
tra sí mismo, el único objeto que le queda." 13 Tratando Spitz de
no incurrir en lo que considera, con razón, como inadecuado en
Melanie Klein -el atribuir al bebe una organización de su Super-
yó similar a la del adulto, con la consiguiente explicación de la
depresión en . base a los sentimientos de culpabilidad-, no ve
otro camino que salirse del orden de las significaciones en que

11 Op. cit., p. 202.


12 Véase al respecto la bibliografía que se encuentra en el libro de John
Bowlby, Attachment and Loss, Basic Books, Nueva York, 1969.
B Op. cit., p. 211.
·transcurre para el niño la pérdida de objeto ·y apelar a la teoría
de las pulsiones. .
Bowlby y sus colaboradores destacan en sucesivas publicacio-
nes que el niño, a consecuencia de la pérdida del objeto 1ibidinnl,
.pasa por una serie de fases, que denominaron: de protesta, de
desesperanza, de retraimiento. Con respecto a la primera de ellas,
dice Bowlby: "Durante la misma el niño pequeño aparece agu-
damente perturbado por haber perdido a su madre y procura
reconquistarla recurriendo al ejercicio completo de sus limitados
recursos. A menudo llorará, sacudirá su cunita, se arrojará para
todos lados, y buscará ansiosamente en dirección a cualquier ruido
o sonido que pudiera ser la madre perdida." 14 A esta fase de pro-
testa sigue luego la de desesperanza, que según Bowlby es análoga
al penar del adulto, y por fin la de desapego emocional.
Si bien aceptamos que, debido a la distinta complejidad del
psiquismo, la depresión anaclítica -del bebe es diferente del duelo
por la muerte de .un ser querido en el adulto; queremos conservar,
sin embargo, los elementos que en lo fenoménico aparecen como
comunes, para adentrarnos de este modo en lo que a nuestro juiciq
se halla por detrás.
Inmediatamente después de verse separado de la madre, el
lactante se 1nuestra hiperactivo, llora, y cuando ya es más grande
y dispone del lenguaje, la llama desesperadamente. Algo similar
ocurre en el adulto cuando se encuentra ante el hecho de que su
objeto libidinal ha muerto. Da muestra~ de agitación, llora, se le
ocurre pensar que no está muerto, que sería posible recuperarlo,
se dice a sí mismo: "si hubiéramos hecho esto ... " Se encuentra
en ese primer período de ilusión en el cual fantasea desandar
lo andado, rescatar de la muerte al ser querido. Reconoce que
el objeto ya no está y al mismo tiempo reniega de ese conocimiento.
En este período la pérdida· de objeto ha puesto en marcha
los mecanismos tendientes a reencontrarlo, y entre ellos el llanto
merece un lugar especial. El llanto no e~ simplemente la expresión
de un estado afectivo doloroso sino que constituye un llamado, un
mensaje dentro de una estructura intersubjetiva. El chico aprende
rápidamente a utilizar el llanto, primitivamente reflejo del dolor,
en la comunicación con su objeto libidinal, hecho que se puede

14 Op. cit.

23
apreciar en toda su desnudez en los niños que solo saben pedir a
sus padres llorando. El llanto es, pues, diferente de la tristeza;
muchas veces se lo ha confundido con ella, considerándolo su ma-
nifestación externa. El niño separado de su madre o el adulto en
duelo procuran· recuperar el objeto perdido mediante el acto má-
gico del llanto.
Pero si se pierde la esperanza de recuperar el objeto, desapa-
rece la motivación que daba lugar a la actividad de la fase en
que no se lo. daba por irremediablemente perdido. La desapari-
ción de la motivación se manifiesta por medio de la inhibición
psicomotriz, que en su grado máximo puede llegar al estupor me-
lancólico del individuo que se encuentra absolutamente inmóvil,
sin llanto, incluso sin quejido.
Ahora bien, en el hombre la inhibición por pérdida de objeto
no es la simple ausencia de la motivación de acercamiento a ese
objeto, porque si así fuera se tendría que conservar la actividad
para lo que constituyen otros intereses, otros objetos libidinales.
Lo notable de la inhibición depresiva es que no se restringe a los
intentos con respecto al objeto perdido sino que se extiende a todos
los demás objetos. Esto se debe a que el deseo respecto del objeto
perdido llena todo el horizonte mental del sujeto que no puede
sino girar en torno a él. El sujeto está fijado a ese deseo y simul-
táneamente lo siente como irrealizable, de ahí la intensa "carga
de anhelo" a la que nos hemos referido.
Resulta conveniente recordar aquí que el deseo no es dolo-
roso o placentero de por sí y que adquiere tal carácter en la me-
dida en que se anticipe o avizore su posibilidad o su imposibili-
dad de realización. Algo que está en el futuro -la experiencia
en que el deseo se realiza- retroactúa sobre el momento presente
del desear y le otorga el carácter de placentero.15 La misma consi-
deración es válida para la anticipación de la no realización del
deseo, que es lo que provee el carácter doloroso de ese desear.
Sintetizando lo anterior podemos decir que la inhibición de
la depresión se define por tres caracteres: a) se mantiene un deseo;

Corresponde a Lacan el mérito de haber retomado en Psicoanálisis la vieja


t.'i
problemática filosófica del tiempo para destacar la incidencia de los distintos
tiempos en un m<?mento dado. (J. Lacan, "Le temps logique et l'assertion de
certitude anticipée", en Ecrits, Du Seuil, París, 1966.)

24
b) el deseo se anticipa como irrealizable; c) hay fijación de ese
deseo, es decir imposibilidad de pasar a otro.
No bastarían las dos primeras condiciones para que se pro-
duzca la inhibición; la tercera, la de que no se puede pasar a otro
deseo, es esencial. Y aquí es donde entra en juego la teoría de la
fijación, la que por otra parte permite entender la relación entre
la neurosis obsesiva y la melancolía, relación que ya Abraham había
hecho notar. Ambas tienen algo en común, que es esa tendencia del
psiquismo a la adherencia a determinados contenidos.
De lo anterior se desprende que la inhibición depresiva re-
sulta de la convergencia de dos variables. En primer lugar, de que
haya o no expectativa de recuperar el objeto perdido, y segundo,
del grado de fijación, es decir de la posibilidad-imposibilidad de
pasar a otro objeto.
Para fijar lo que estamos planteando haremos un gráfico que
no tiene por finalidad establecer una especie de proporcionalidad
cuantitativa, sino servir a fines de ilustración. Si en un par de
coordenadas colocamos en un eje el grado de fijación al objeto
del deseo, y en el otro a la expectativa de irrecuperabilidad del
objeto, la inhibición quedará delimitada por el área existente entre
las coordenadas, creciendo a medida que éstas se incrementan.

expectativa de irrecupcrabilidad

¿Qué es lo que quere1nos señalar mostrando a la inhibición


como un área? Que si la fijación a un objeto no es grande _y la
expectativa de irrecuperabilidad en cambio es enorme (al objeto
se lo siente como irremediablemente perdido), 1a inhibición será

25
pequena. Así alguien puede perder a un objeto,. pero si no tiene
fijación al mismo estará en condiciones de pasar a otro, con toda
la actividad que esto implica. La recíproca, cuando la fijación es
grande pero la expectativa de irrecuperabilidad es mínima, cons--
tituye el primer tiempo de la pérdida de objet() al que antes nos
referimos. Más aún, como el objeto todavía no está constituido
como perdido -como irreversiblemente ausente- se producirá
además toda la actividad tendiente a recuperarlo que ocasiona el
ten1or a perderlo. 16 La d.epresión agitada corresponde al primer
momento de la pérdida. Podemos decir que se está a mitad de ca-
mino de construir al objeto como perdido, y de ahí proviene la
desesperación. La inhibición aparece como un segundo tiempo cuan-
do se ha perdido la esperanza de recuperar al objeto.
El gráfico consignado indica por lo tanto que la inhibición
es función del crecimiento de la expectativa de inecuperabilidad
del objeto y del grado de fijación. No es por lo tanto un fenómeno
todo o nada, sino que posee un gradiente.
Ahora bien, la inhibición depresiva, por le que vamos viendo,
es consecuencia de una particular vicisitud del deseo, la cual de-
termina el retardo o la casi anulación que sufren la ideación, la
percepción, la motilidad, las manifestaciones afectivas. Si enten~
diéramos que la inhibición tiene un orden de realidad equivalente
a aquello que se lentifica, la estaríamos reificando. Una analogía
nos ayudará a entender esto. La inhibición es un determinado ritmo
en el flujo de algo que circula, pero no es independiente de ese
circulante, no es una cosa en sí misma.

La depresión y los afectos. La tristeza

A diferencia de la inhibición, la tristeza constituye una entidad,


en el sentido que se define por caracteres propios. Sin pretender
desarrollar una teoría general de los afectos, como adelantáramos
antes, no podemos sin embargo dejar de consignar muy sumaria-

16 Recordemos que Freud estableció la diferencia entre la ansiedad y el


dolor del duelo: la primera es ocasionada por el temor de perder el objeto,
mientras que en la segunda ya se da por perdido al objeto.*
~· S. Freud, "Inhibición, síntoma y angustia" (1926), .S.E.

26
mente algunas ideas imprescindibles para la argumentación que
guía la reflexión en. este capítulo.
Existen dos opciones semánticas con respecto a la palabra
tristeza: una es llamar así a la cualidad específica en la serie.
displacer-placer percibida por el sujeto en relación con determina-
das ideas. La otra es denominar con ese término a la estructura
cognitiva-afectiva de la cual es parte la cualidad afectiva. Pero el
problema semántico no es lo esencial, sino que al aceptar que
la cualidad afectiva y la idea forman una estructura de modÓ tal
que se condicionan mutuamente, resulta imprescindible formular-
nos los ~iguientes interrogantes: a) ¿Cuál es el tipo de articula-
ción que existe entre la cualidad afectiva y la idea?; b) Ambos ele-
mentos tienen génesis diferentes?, e) ¿Es factible la desarticula-
ción entre el afecto y la idea de modo que se tornen indepen-
dientes?
Si ·bien hemos hecho las preguntas por separado a fin · de
presentar los problen1as con más claridad, en realidad se trata
de una única cuestión, que abordaremos, por ende, sin la división
que utilizamos para su planteamientoP
El afecto es de un orden diferente de la idea. Freud mantuvo
esta dualidad a lo largo de toda su obra, planteando tanto en sus
trabajos sobre los sueños como en aquellos sobre las neurosis que
había que seguir por separado la vicisitud del afecto y la de la
idea. Además señaló en repetidas oportunidades que la pulsión
se expresaba en dos registros diferentes, el de los afectos y el de
las ideas. Con respecto a los afectos consideró que correspondían
ala percepción psíquica de procesos de descarga, entendiendo con
esto que la excitación concluía en la acción de efectores muscula-'
res y sec~etorios.
Si bien el número de afectos que puede experin1entar un recién
nacido es relativamente reducido, se va ampliando progresivamente
a partir del nacimiento, surgiendo diferentes cualidades de afectos
en correlación con detenninadas ideas. Pero aunque los afectos se
desarrollen en interdependencia con las ideas, transcurren dentro
del orden de materialidad que les es propio, en el interior de la
17 Obsérvese que volvemos a plantear aquí el problema que comenzamos a
abordar al comienzo de este capítulo -cuando intentábamos precisar la
esencia de la depresión- acerca de la relación existente entre los distintos
elementos que la constituyen.

27
serie displacer-placer, sin que nunca se anule la distinción con las
ideas, que integran otra serie de índole particular. Los afectos y
las ideas constituyen así dos series entrelazadas que en determinados
puntos se anudan y dan origen a estructuras cognitivo-afectivas
específicas, en las que un afecto dado ren1ite a una clase de ideas
en particular, y viceversa.* -
Pero que los afectos y determinadas ideas se presenten como
unidades, como verdaderos bloques, no impide que puedan desli-
garse y aun deslizarse los elementos de la serie de los afectos con
respecto a la serie ideativa.
Ya hetnos con1entado, cuando nos intcrrogan1os si el afecto
puede o no aparecer, por hallarse inconsciente, que Freud daba a
esta cuestión una respuesta negativa. Pero Freud no sólo dice que
el afecto no puede ser inconsciente, que es un determinado orden
de problemas, sino que además, aclara que el afecto " ... es supri-
mido, es decir se le impide por completo desarrollarse" .18 Y esto
es lo fundamental, pues si al afecto se le impide por completo
desarrollarse resulta que un tipo particular de ideas puede existir
sin su correspondiente afecto.
Recapitulando, tenemos que en el entrecruzamiento entre las
ideas y los afectos se origina la particularidad de que por un lado
constituyen· estructuras articuladas y por el otro ~on entidades se-
parables. Vea1nos las consecu_encias de esta doble condición para
la génesis de las depresiones, a fin de poder caracterizar cuál es el
núcleo definitorio del concepto de depresión, y, a la vez, justificar
las diferencias existentes en sus formas de aparición fenoménica.

La estructura cognitiva-afectiva

Los afectos y las ideas forman, como hemos dicho reiteradamente,


>::Resulta una imprecisión llamar afecto a condiciones tales como el miedo,
o el amor por ejemplo. En el caso de un sujeto que experimenta miedo,
tiene representaciones acerca de un objeto que puede dañarlo, de él amenaza-
do por un peligro, de su relación con el objeto atacante, etcétera. Simultá-
neamente posee un sentimiento displacentero ligado a esas ideas. Es decir,
el miedo implica una construcción intelectual, en la que lo ideativo está
coordinado con lo propiamente afectivo. Designar .como afecto a lo que es una
estructura cognitiva-afectiva constituye, en rigor, nombrar al todo por la parte.
is S. Freud, "Lo inconsciente" (1914), S.E., vol. XIV, p. 178.

28
estructuras, es decir, organizaciones ·más o menos estables, en
donde la presencia de determinadas ideas incide en la emergencia
de reacciones emocionales que les corresponden específicamente.
Para confirmar este papel determinante de la idea sobre el afecto,
o mejor aún, este resurgimiento de estados emocionales a partir de
ciertos esquemas ideativos no es necesario apelar a la psiquiatría
de las depresiones, sino que toda la vida cotidiana nos ofrece tes·
timónios de cómo una noticia, una idea puede sumir a un sujeto
en la más profunda tristeza o alegría.
Ahora bien, habría que preguntarse si es posible pensar que
la recíproca es factible, es decir, que un afecto sea capaz de evocar
ciertas ideas._ Antes de esbozar una respuesta resulta imperioso
considerar una cuestión previa: ¿qué se quiere decir cuando se
habla de afectos que evocan a posteriori ciertas ideas? ¿No es lo
propio de un afecto aquello que le otorga su cualidad, su propia
existencia, su especificidad el que esté relacionado con determina-
das ideas? ¿No habría que diferenciar entre estados em~cionales
primitivo~ -a la manera de esquemas indiferenciados- y senti-
mientos que ya implicarían su correlación obligada con las ideas?
Los psicofármacos antidepresivos juegan aquí el papel de piedra
del escándalo y constituyen una posibilidad de reflexión. En efec·
to, en ciertos tipos de depresiones, tanto psicóticas como no psi·
cóticas, con ideas de contenidos diversos (autorreproches, desva-
lorización, pesimismo, temas hiponcondríacos, ideas de suicidio, et-
cétera) , el psicofármaco es capaz de determinar un cam~io radical
en el contenido del pensamiento de esos cuadros, que incluso puede
llegar a la hipomanía o a la manía franca. El efecto de .la droga
no puede atribuirse a la circunstancia de la administración de la
misma (relación médico-paciente, valor mágico del medicamento,
fantasías producidas por su ingestión) , pues las pruebas de "doble
ciego" señalan una marcada diferencia entre el efecto modificador
de la ·droga y el del placebo. Está fuera de duda entonces que
la acción de la droga pueda atribuirse al significado psicológico que
tiene su ingestión.
Pero si la molécula de la droga es la que actúa, ¿podrá hacer-
lo a nivel de las ideas? Existe un fuerte argumento en contra: una
misma y única molécula de un antidepresivo determinado es ca-
paz de actuar sobre ideas depresivas de la más diversa naturaleza,
cuya variedad es enorme. Habría que postular que todas esas ideas

29
forn1an una clase con una constitución físico-química similar. Da-
da la exigencia de tal hipótesis ad-hoc, verdadero emparche teórico,
la posibilidad de que las moléculas del psicofármaco. ejerzan su
acción sobre las ideas, es poco verosímil.
.Con respecto a los esquen1as afectivos sucede algo distinto.
El número de. éstos es sensiblemente menor que el de las ideas,
y existe un verdadero proceso de convergencia, en el sentido de
que a una multiplicidad de ideas le corresponde un esquema afec-
tivo común. Resulta entonces más factible, por la evidencia positi..
va acumulada, pensar que la acción de los psicofármacos se ejerce
sobre los esquemas afectivos más que sobre los ideativos.
Si a lo. anterior se le agrega que en la actualidad saben1os
que existen zonas privilegiadas en el encéfalo cuya estimulación
produce una respuesta emocional, no sólo en el hombre sino en
animales inferiores, podemos concluir con cierto margen de ra-
zonabilidad que los esquemas afectivos no tienen que ser necesa-
riamente activados por la vía de la ideación, o sea de la signifi-
cación.19
Lo anterior no cuestiona la organización y diferenciación de
los afectos en imbricación con las ideas, sino tan solo el carácter
unidireccional de la relación. Una vez que unos y otros se han
coordinado como estructuras, las ideas producirán la puesta en
acción de· los esquemas afectivos, pero también éstos podrán inci-
dir para que surjan las ideas correspondientes. Se podrá llegar
entonces al cuadro de la depresión por dos caminos: desde las
ideas, y estamos de esta manera en el terreno de las depresiones
psicógenas, y desde los afectos, vía que correspondería a las de-
presiones que, no sin razón, han sido llamadas . orgánicas.20

19 Para los estudios biológicos sobre. las emociones véase: J. A. Gray, "The
Structure of the Emotions and the Limbic System" y E. Fonberg, "Control
of Emotional Behaviour througth the Hypothalamus and Amygdaloid Com-
p!ex", ámbos trabajos en Physiology, Emotion & Psychosomatic Illness, Ci-
ba Foundation Symposium, 8, 1972; J. C. Goldar, "Sistema límbico", Enci-
clopedia de Psiquiatría, El Ateneo, Buenos Aires (en prensa); H. Heiman,
''Psychobiological AspeCts of Depression", en P. Kielholtz (comp.), Masked
Depression, H. Huber, Viena, 1973; P. Knapp, Expression of the Emotions
in Man, Int. Un. Press, Nueva York, 1963.
21J Recordemos que a pesar de que el psicoanálisis se ocupa de las depre-
siones psicógenas, el factor orgánico ya fue contemplado ·por Freud en la
teoría general de la producción de las enfermedades mentales al introducir

30
· · Digamos que el hecho de que una depresión sea de origen
orgánico no excluye la analizabilidad de las ideas que presenta
el paciente, es decir la inserción inteligible de las mismas en su
vida. Aun cuando el factor determinante sea el somático y los
esquemas afectivos evoquen las ideas que les son correlativas, és-
tas no podrán sino construirse con los ladrillos de que dispone el
sujeto, y serán siempre ideas adquiridas en episodios significativos
de su vida, y que por lo tanto podrán remitir de vuelta a los mis-
mos. En este caso analizabilidad, como sinónimo de comprensión,
debe ser diferenciado por un lado del problema de la psicogénesis
o de la organogénesis (puede ser de una u otra naturaleza), y por
el otro de la curabilidad del cuadro. Además del error de aquel
tipo de psiquiatría que por preconizar el carácter orgánico de las
enfermedades mentales desechó considerar su estructura y temá-
tica psicológica, existe otro error que guarda cierta sim.etría con
aquél: considerar que el hecho de que se pueda comprender un
delirio es un índice del origen psicológico de éste, de ahí que se
decida fácilmente sobre la génesis de algunas entidades, como la
esquizofrenia, por ejemplo. Sucede lo mismo que con la alucina-
ción. Que pueda ser comprensible, como una clara realización de
deseos, no se explica por este último carácter ya que lo que él
revela es su temática pero no su naturaleza diferente del pensar
no alucinatorio.21 .

el concepto de series complementarias,* y en el caso particular de la melan·


colía en el trabajo "Duelo y melancolía".
* S. Freud, "Introducción al Psicoanálisis", S.E., XVI, p. 347.
21 Explicar la psicosis por su temática sería como explicar la naturaleza del
sueño por su contenido y decir que se sueña para realizar tal deseo o ela-
borar tal situación traumática. El sueño tiene condiciones propias de pro-
ducción, que se encuentran en el nivel neurofisiológico. Las psicosis, por su
parte, las que obedecen a una causa orgánica o bien a una causa psicológica,
tienen un orden de determinación diferente del contenido de lo que se delira.
Las drogas alucinógenas nos muestran elocuentemente que la causa de la
alucinación es diferente del poder motivacional que pudiera poseer su con-
tenido. Generalmente se considera que en el contenido está la causa de la
alucinación, suponiéndose que, una vez vencida cie.r ta "barrera" de la inten·
sidad, se produce aquélla. Ni siquiera la alucinación por causas psíquicas se
justifica por su tema manifiesto o inconsciente. El funcionamiento mental ha
sufrido una reestructuración de modo que el pensar ideativo es reemplazado
por las imágenes.

31
Por tanto, la posibilidad de descifrar una fantasía no descarta
que el cuadro pueda ser de origen orgánico.
Se podría entender que la depresión de causa orgánica es
desencadenada por alteraciones a nivel de los esquemas afectivos
que incidirán en el surgimiento de ideas específicas, que son las
que se encuentran en la melancolía llamada endógena. Digamos
de paso que los cuadros así clasificados corresponden en realidad
a dos entidades diferentes: a) Aquellos en los que pese a no apa-
recer en el relato del paciente un factor psicológico que jtJ.stifique
la depresión, se lo encuentra como elemento inconsciente. Los psi-
quiatras que desconocieron al inconsciente se apresuraron a rotular
como endógenas muchas depresiones que según el psicoanálisis se
encontraban perfectamente motivadas en la conflictiva del sujeto,
que el paciente es incapaz de relatar en la anamnesis y que el ana-
lista debe descubrir a través de su emergencia en puntos privile-
giados del discurso. Estos cuadros deben excluirse de la categoría
endógena. b) Aquellos en que el análisis no encuentra como punto
de partida conflictos inconscientes que justifiquen el cuadro. Con
todo, siempre resulta dudoso clasificar como endógena a una de-
presión, ya que al hacerse el diagnóstico por la negativa, al analista
siempre le queda la duda de que haya profundizado suficientemen-
te la comprensión psicológica del paciente. Algún día podremos
diagnosticar verdaderas depresiones endógenas cuando el diagnós-
tico se apoye en los datos positivos, de cualquier naturaleza que
sean, y no sobre la mera ausencia de otros.
Si nos hemos permitido incursionar en el campo de lo orgá-
níco y lo psicológico es porque nos pareció doblemente necesario.
En primer lugar para poder abarcar al fenómeno de la depresión,
y además porque consideramos saludable que la ciencia rompa con
el parroquialismo que hace creer que la limitad'a área de trabajo
en la que uno se desenvuelve es la única verdadera, y que las otras
posiciones navegan en el error y la oscuridad. El hecho que ha-
yamos optado por investigar en el campo del psicoanálisis y las
significaciones, no significa que desdeñemos el aporte de otros
estudios. Consignemos además, para concluir la consideración de
este aspecto, que lo orgánico y lo psicológico se combinan de mod~
que existen casos que se encuentran en uno de los extremos de
incidencia 1 de uno de los factores _, a los cuales podremos denominar

32
endógenos, y otros en el extremo opuesto, en que la depresión es
exclusivamente psicógena.

Hacia una precisión del concepto de depresión

Si en el punto de partida de ciertos esquemas afectivos se evocan


determinadas ideas, o si tomando a éstas como origen se producen
·aquéllos, parecería que toda· definición de la depresión · debería
asentarse sobre un doble pilar: el afecto tristeza y cierto tipo de
ideas. Con respecto a la vieja controversia entre las escuelas inte-
lectualistas, que veían en el trastorno ideativo la esencia de la
depresión, y las escuelas que preferían cónsidetar a los ~ectos
como la causa de aquéllas, podría entenderse que se debió a que no
tuvieron en cuenta el tipo de articulación en que hacemos hincapié.
Nuestro juicio salomónico habría dado la razón . a unas y otras.
Sin embargo se trataría de un mero· eclecticismo, a menos que
quede perfectamente aclarado eri qué sentido una y otra escuela
captaron una parte de verdad del tema en discusión.
Para ello tenemos que distinguir entre definir a un f enóineno
por su génesis, es decir por su origen, por lo que pone en marcha
el proceso, o hacerlo por .su· e·structura, o sea por la articulación
de sus elementos una vez que alcanza su desarrollo.
Desde el punto de vista de la génesis, un reducido número de
depresiones -las llamadas endógenas- pueden comenzar por tras-
tornos de la base material de los esquemas afectivos, en tanto la
gran mayoría lo hace por el lado ideativo. Pero mientras que no
se puede mantener un cuadro de tristeza sin que estén presentes
ideas que le son correlativas,22 es posible encontrar la inversa. Al-
guien puede tener _una visión pesimista del futuro, considerar que
su vida ha sido un fracaso, que no vale gran cosa como persona,
que de nada sirve vivir, e incluso sopesar la idea de suicidarse, en
suma, manifestar ideas que nadie vacilaría en catalogar como cla-
ramente melancólicas, y sin embargo no demostrar tristeza, pudien-
do predominar en cambio la rabia, el enojo consigo mismo. En
otros casos el mismo conjunto de ideas puede darse con una mar-
22Inclusive en ese período inicial de · la: melancolía endógena en que el
paciente está triste y no sabe por qué, todo hace suponer que ya hay ideas
depresivas, pero que no tiene conciencia de ellas.

33
cada frialdad emocional y ello, al llamar la ~atención del observador,
constituye lo que se ha dado en calificar de-=-disoc~va.
Se podrá decir que los cuadros que presentan este conjunto
de ideas· acompañado de frialdad emocional corresponden en rea-
lidad a esquizofrenias, para agregar a continuación que se trata
de la forma depresiva de éstas. Más allá de la cuestión nosológica,
que no corresponde discutir aquí, de cualquier manera reafirman
un hecho que hemos venido señalando a lo largo de esta introduc-
ción: determinados contenidos ideativos pueden no tener el corre-
lato emocional que se podría esperar. Y si en estos casos se puede
apelar a separar el cuadro del campo de las depresiones verdaderas
por la frialdad emocional, para ubicarlo en el de las esquizofre-
nias, en cambio en la primera de -las condiciones mencionadas
-aquella en que está el conjunto de ideas pero con intensa re-
percusión emocional del tipo de la rabia- tal tipo de argumenta-
ción resulta poco convincente.
De esta manera queda planteada una asimetría esencial entre
los afectos depresivos y las ideas. Mientras que no podemos en-
tender el desarrollo de cualidades de afectos sin su coordinación
con ideas determinadas, la coordinación de éstas con los afectos
es más laxa. Un sujeto pudo adquirir la serie de ideas que encon-
tramos en los cuadros depresivos y quedar ausente la génesis de
determinados esquemas afectivos, o aun existiendo esquemas como
potencialidades hallarse bloqueada su puesta en acción, su actua-
lización.
De lo anterior se concluye que el núcleo de la depresión, en
tanto estado, no lo podemos buscar ni en el llanto, ni en la tristeza,
ni en la inhibición psicomotriz, pues todos ellos pueden faltar,
sino en el tipo de ideas que poseen en. común todos aquellos cua-
dros en los cuales por lo menos una de estas manifestaciones está
presente. Cuando decimos ideas no nos referimos a los temas de
que se quejan los depresivos y que aparecen en los tratados de Psi-
quiatría, como las ideas de ruina, de fracaso, de inferioridad, de
culpa. Si estas ideas son capaces de producir depresión es porque
todas ellas implican una muy definida representación que el suje(o
se hace de la no realizabilidad de un deseo en que alcanzaría un
ideal, o una medida, con respecto al cual se siente arruinado, fra-
casado, inferior, culpable.

34
Esta representución de un deseo como irrealizable, deseo al
que se está intensamente fijado, constituye pues el contenido del
pensamiento del depresivo, más allá de las formas patticulares que
tenga. La tristeza es la manifestación dolorosa ante este pensa-
miento; la inhibición,23 la renuncia ante el carácter de realización
imposible que el sujeto atribuye al deseo; el llanto, como dijimos
antes, además de expresión de dolor, es el intento regresivo de
obtener lo deseado por medio de la técnica que en la infancia
reveló. ser efectiva; el autorreproche, al que hemos dedicado todo
un capítulo, la respuesta agresiva, que se vuelve contra sí n1is1no,
por la frustración del deseo.
El valor de la formulación q'lle proponemos para la depresión
radica, a nuestro entender, en que permite abarcar las variantes
feno1nénicas de la depresión como modalidades de reacción frente
a la estructura del deseo. Que estén todas presentes o sólo alguna
de ellas ya no es decisivo para el concepto de depresión.
Por otra parte, desde la perspectiva de la irrealizabilidad del
deseo adquiere profundidad el enunciado freudiano según el cual
la depresión es la reacción ante Ia pérdida del objeto libidinal.
Dicha pérdida será Ja condición de en1ergencia de un estado en
que el deseo se representa como irrealizable.24
Ahora bien, ¿hay un tipo específico de deseo que cuando
es vivido como irrealizable nos ubica en el campo de la · depresión,
o por el contrario cualquier .deseo es capaz de ~ desempeñar esta
función? No estamos en condiciones de contestar una pregunta
\
\

23 Recuérdese que la inhibición en la depresión anaclítica de Spitz no sobre-


viene en el primer momento sino cuando se pierden las esperanzas· de recu-
perar el objeto deseado y perdido.
24 Cuando Fairbairn, oponiéndose a Freud, sostiene que la libido no e~ bus-
cadora de placer sino de objetos, crea una falsa opción. La libido busca al
objeto pOrque a través de éste se consuma el placer. La formulación inade-
cuada de Fairbairn,* sin embargo, apuntaba a algo verdaderamente impor-
tante : señalar que el placer no era producido por la descarga a nivel de una
zona erógena parcial con independencia del ob.ieto total, sino que a su vez
el objeto total podía erogenizar una parte del cuerpo, por la que fluía la
libido que liabía cargado a ese objeto total. Esta es la problemática que han
abordado los psicoanalistas del grupo lacaniano, en especial Leclaire.'~*
* Fairbairn, Estudio psicoanalítico de la personalidad, Hormé, Buenos Aires,
1962.
** Leclaire, Psychanalyser, Du Seuil, París, 1968.

35
plante"ada en estos términos de alternativa. Lo que sí podemos
decir es que determinados deseos de amor, cuando no se realizan,
implican depresión.
Así, la situación del duelo normal, en que se ha perdido un
objeto a través del cual se podía satisfacer el deseo amoroso, cons-
tituye un ejemplo. Igual cosa sucede con la depresión narcisista,
en· la quy el .sujeto siente que en vez de ser el Yo Ideal es el nega-
tivo de éste.25 ~ignificando para el sujeto que si siendo el Yo Ideal
tiene el amor del objeto externo y del Superyó, no serlo adquiere el
· sentido de perder el amor de uno y otro, y por -lo tanto la no
realización de un deseo de amor. De ahí la depresión.
En la depresión· culposa -consecutiva ·al sentimiento de que
se ha atacado al objeto y se lo ha dañado- tan adecuadamente des-
crita por Melanie Klein, se da también el hecho de que se sienta
perdido al objeto de amor -por estar dañado- y además se viva
como perdido el amor que podría .brindar el objeto externo y el
Superyó, ya que se es agresivo.
Vemos pues que las tres condidones consignadas pueden
explicarse desd.e la ' hipótesis en que se supone que la depresión
corresponde a una condición, la pérdida de objeto, y constituye un
estado en que se vive un deseo como irrealizable. Ya tendremos
ocasión de examinar detenidamente a lo largo del libro la formu-
lación que ahora aparece básicamente como un punto de partida,
pero que no queríamos dejar de anticipar tanto para que se viera
la unidad ·que subyace a fenómenos aparentemente tan disímiles,
como también para sostener que las teorías que han pretendido
explicar la depresión son parciales. En efecto, a grandes rasgo....;,
en el Psicoanálisis actual hay dos grandes · teorías sobre la depre-
sión: 1) La depresión por descenso de la autoestima. Es la que
sostienen autores como Fenichel 26 o Bibring; 27 2) .La depresión co-
mo consecuencia de los impulsos agresivos. En esta teoría se des-
taca el fundamental aporte de Melanie Klein.
Cuando nos encontramos ante dos explicaciones de este tipo
podemos preguntarnos si una es correcta y la otra equivocada. Sin
25 Véase el capítulo sobre Narcisismo.
26 O. Fenichel, Teoría psicoanalítica de las neurosis, Nova, Buenos Aires,
1957, pp. 495 y ss.- - .
27 E. Bibring, "El mecanismo de la depresión", en P. Greenacre (comp.),

Perturbaciones de la afectividad, Hormé, Buenos Aires, 1959.

36
embargo el material clínico que ofrecen Melanie Klein, Fenichel y
Bibring nos permite concluir que corresponden a una apreciación
adecuada de datos, y que lo inadecuado es en cambio generalizar
a partir de un aspecto parcial, pretender que el elemento elegido,
presuntamente causal, permite entender todas las depresiones y,
por lo tanto, está en la esencia del fenómeno.
Teniendo en cuenta, entonces, qµe el descenso de la auto-
estima o la agresión no constituyen, cada uno de ellos, la explica-
ción de la depresión, el elemento unificador no puede encontrarse
ni en el nivel de uno ni en el de otro. Tiene que hallarse en otro
nivel que permita abarcar las explicaciones parciales y que es, a
nuestro juicio, el de la estructura del deseo, tal como lo hemos
sostenido reiteradamente en esta introducción.

37
Capítulo 1

NARCISISMO

En el capítulo. anterior dijimos que la pérdida de un objeto podía


dar origen a la depresión. No nos detuvimos mucho en esa opor-
ir

tunidad en las características que debía reunir tal objeto, aunque


dejamos constancia, siguiendo a Freud, de que se podría tratar
de algo que fuera un ideal para el sujeto que sufría la pérdida.
Para mayor precisión partamos de un simple hecho de ob-
servación: alguien aspira a ser de determinada manera, ponga-
mos por caso bello, valiente, bondadoso o inteligente. Se trata
evidentemente de atributos que ante sus ojos lo convertirían en
alguien digno de estimación. Pero si por cualquier circunstancia
esa persona llega al convencimiento-· qe que en vez de ser bella
es fea, en vez de valiente es cobarde, etcétera, podrá deprimirse.
¿Cómo se debe entender lo sucedido? Esa persona que se ve fea
o cobarde no se puede amar a sí misma, ha dejado de ser su
propio ideal, o en otros términos ha perdido el amor de su Su-
peryó. ·Pero para que esto sea posible .hace falta que esa persona
·haya construido dichos atributos como ideales de perfección. Y
es precisamente eso, que alguien se haya tomado a sí mismo como
objeto de amor, viendo en sí a un ideal, lo que forma el núcleo
de la caracterización del narcisismo. En el caso Schreber, Freud
da como característica definitoria del narcisismo que "el sujeto
comience por tomarse a sí mismo, a su propio cuerpo, como obje-
.to de amor" .1 El mito de Narciso, enamorado de la belleza de su
1S. Freud, "Notas psicoanalíticas sobre un informe autobiográfico de un caso
de paranoia" (1911), S.E., vol. XII, p. 60.

38
propia imagen, provee por lo tanto el modelo a partir del cual se
desarrolla el concepto.
No nos interesa hacer aquí una síntesis de la teoría psicoa-
nalítica acerca del narcisismo f!.i tampoco un estudio de los nu.;
merosos problemas que en él se plantean. Solamente nos deten-
dremos en algunos aspectos del narcisismo que creemos particu-
larmente· atinentes al tema de la depresión.
Al intentar fundar la razón de la diferencia entre el duelo
normal y lacmelancolía, Freud consideró que en esta última con-
·dición el 9bjeto perdido habíá sido elegido de acuerdo con el tipo
de ~c.ción narcisis.J1!. Ahora bien, ¿qué es lo que se debe de
entender por elección narcisista de objeto? · La respuesta no es
unívoca. Freud, en "Introducción al narcisismo" (1914), designa
como elección narcisista de objeto la . que se caracteriza por ser
el objeto elegido conforme a cómo es el sujeto, cómo fue el sujet_o,
cómo el sujeto quisiera ser, o alguien que una vez fue una parte
del sujeto, el hijo para la madre por ejemplo.2 Pareciera entonces
que la elección narcisista se caracteriza porque en ella el objeto
~iene una semejanza con el Yo que lo elige, o sea que la elección
se hace a imagen y semejanza del Yo. Este ·es el concepto de
elección narcisista de objeto explícito en el texto citado. Sin em~
bargo, en el mismo texto Freud dice que las mujeres aman y hacen
elección de objeto según el tipo narcísista.3 O sea, eligen como
objeto sexual a los que las aman, a aquellos que las hiperestiman y
las convierten en su ideal. Acá, evidentemente, al hablar de la elec-
ción narcisista de objeto no se refiere al hecho de que el objeto ele-
gido por la mujer lo sea a imagen y semejanza del Yo que elige; lo
que se quiere destacar es que mediante ese objeto sexual lo que se
satisface es el narcisismo del sujeto, es decir su autoestima.
Vemos así que en el texto mencionado hay una definición
explícita y otra que no constituye una verdadera definición sino
·una caracterización a partir de un eje~plo clínico. Vemos en-
tonces que en Freud la elección narcisista de objeto abarca tanto
la elección que se ha realizadó a imagen y semejanza del Yo
como la que se ha realizado para elevar la autoestima, la vivencia
de perfección, de completud, de omnipotencia.

2 S. Freud, "Introducción al narcisismo" (1914), S.E., vol. XIV, p. 90.


3 Op. cit., p. 88.
.
l . 39
Para que se vea- con más -clarida'd la diferencia que estamos
tratando de hacer entre la elección narcisista de objeto a imagen
y semejanza y la elección narcisista de objeto cuya finalidad es
_restituir la autoestima me valdré de un ejemplo clínico. Se trata
de un adolescente que en una sesión me comentó entusiasmado
que tuvo una relación con una chica que le pareció formidable.
Lo que según su descripción lo entusiasmaba más era la vagina
de la muchacha, la cual, por ser estrecha -así la caracterizó-
le provocaba una sensación particular de satisfacción. Lo que se
pudo comprobar era que la vagina estrecha de la muchacha mol-
deaba, precisamente por su estrechez, su pene como grande, como
poderoso. De modo que el objeto era elegido narcisísticamente
como satisfactorio, como aquel que mejoraba la autoestima del
sujeto, por permitirle tener la vivencia de un pene grande. O sea
que aquí_ lo que define como narcisista a la elección no es que
ésta -sea a imagen y semejanza del sujeto, ni siquiera que él te-
niendo la imagen de su pene como chico y queriendo enton-
ces a una vagina chica quiere a su propio pene por semejante
a ésta. Lo que estaba en juego era que 1a vagina pequeña permitía
significar a su pene como grande.
En apoyo de la caracterización doble que hacemos de la
elección narcisista de objeto volvamos nuevamente a Freud, quien
dice de la elección narcisista en la mujer: "no necesitan amar sino
ser amadas y aceptan al hombre que llena esta condición" (sub-
rayado nuestro) .4 Es decir que . la condición de aceptación del
hombre es que las· ame, que las hiperestime. No interesa por lo
tanto el hombre en sí mismo y de ahí la expresión "aceptan al
hombre que llena esta condición·" . La elección no se hace enton-
tes por los atributos del objeto, porque éste sea semejante al que
elige, sino porque convierte al individuo en un ideaL
Ahora bien, si una elección narcisista de objeto se puede
realizar porque el objeto elegido lo es a imagen y semejanza del
Yo o bien porque restituye la autoestima del Yo, ellp significa
que en el concepto de narcisismo están articuladas dos categorías.
Por un lado está la relación de semej.anza o diferencia que existe
entre el Yo y el objeto, y por el otro la vivenda de perfección, de
omnipotencia, ec última instancia de autoestima satisfecha. No por

4 Op. cit., p. 89 . .

40
nada el trabajo ·de "Introducción al Narcisismo" comienza con ·
una caracterización del narcisismo como elección a imagen y se-
mejanza -con. la cita de la elección homosexual que retoma de
]a nota agregad~ a "Tres ensayos para una teoría sexual" 5- y cOn-
. cluye con toda la última parte del tercer capítulo en que hace un
estudio de la autoestima, que, digamos de paso, es la palabra que
debe reemplazar en la traducción castellana de López Ballesteros
a la que aparece equivocadamente eri su lugar: autopercepción.
Por lo anterior vamos viendo que en el tema del narcisismo
tendremos que abordar dos órdenes de problemas, uno es el de
la relación entre el Yo y el objeto, relación de semejanza o de di-
ferencia, y el segundo problema es el de la vivencia de perfección,
de autosatisfacción, de completud, en síntesis, de hiperestima-
ción de sí mismo.
Tomemos la primera de las cuestiones mencionadas: la re-
lación existente entre el Yo y el objeto. Si volvemos a la cita del
caso Schreber en donde Freu4 dice: "El sujeto comienza por to-
marse a sí mismo, su propio cuerpo, como objeto de amor", esta
cita podría servir de base para refutar ·la pretendida anobjetalidad
del narcisismo primario. El razonamiento podría ser el siguiente:
si el propio cuerpo o "sí mismo" . son objetos · de amor .para el
sujeto, resulta evidente que hay un objeto, por lo tanto el narci-
sismo primario no sería anobjetal. Pese a su aparente solidez en
el plano de la lógica, lo que hace este razonamiento es jugar con
la palabra objeto cambiando la extensión del términ9, usando
objeto en el sentido clásico de la filosofía, como todo lo que se
opone al sujeto. Los que sostienen, siguiendo al mismo Freud,
que el narcisismo primario es anobjetal, en realidad denominan ·
objeto a algo que no es el sujeto ni el Yo,6 a un objeto otro que
el objeto que es el Yo. Esta tripartkión entre sujeto o persona,
Yo, y objeto rio-Yo se encuentra claramente en "El Yo y el Ello",
en donde el Ello -que no cometeremos el error de equipararlo

s S. Freud, "Tres ensayos para una teoría sexual" {1905), S.E., vol. VII,
p. 145.
6 Acá usamos Yo en uno de los sentidos con que aparece en "El Yo y el
Ello", como representación que el sujeto tiene de sí mismo. Para una preci-
sión de las connotaciones que tiene el término Yo véase el próximo apartado
· de este capítulo. ·

41
al sujeto- toma al Yo con10 su objeto de amor, pudiendo ir la
libido a otros· objetos, de acuerdo con la célebre metáfora, grata
para Freud, de la ameba con los seudópodos. Pero lo esencial es
que en este caso el Yo es un objeto para otra entidad, que en este
caso · es el Ello. Si la única refutación a la tesis de la anobjetali-
dad del narcisismo primario fuera la que estamos considerando,
la discusión habría pasado a ser puramente semántica, una discu-
sión en torno del término objeto, que es el prototip9 de la dis-
cusión que no interesa. La problemática pertinente, por lo tanto,
no es si el Yo es un objeto para el sujeto, cosa que es, sino si este
Yo es anobjetal en el sentido de ser independiente, en su cons-
titución, con respecto a otro objeto externo también al sujeto. O
dicho en otros térm,inos, si el Yo objeto de amor del narcisismo
se constituye sin tener nada que ver con otro objeto, es decir si
se desarrolla simplemente por maduración a partir del Ello, con-
cepción vigente en una parte del Psicoanálisis actual. Pero dado
que el Yo que es tomado como objeto de amor es la representa-
ción que el sujeto se hace de sí mismo, y que esta representación
se construye en buena medida por la identificación con otro, y ·
a partir de la representación de sí que otro le da al sujeto, el Yo
del narcisismo involucra necesariamente al objeto.
Pareciera entonces que si nos preguntamos si el narcisismo
primario es anobjetal u objeta!, contestar que es objeta! constitui-
ría una respuesta que satisface nuestra posición. Pero por algo
la discusión entre objetalidad y anobjetalidad ha hecho oscilar
entre las dos posibilidades convirtiéndose en uno de los dilemas
clásicos del Psicoanálisis. Lo que sucede, a nuestro juicio, es que
el narcisismo es objeta! desde el punto de vista de la situación
estructurante en que se constituye el Yo, situadón en la que no
hay un Yo preexistente al encuentro con el objeto, sino que aquél
se construye precisamente en ese encuentro. En el apartado si-
guiente tendremos ocasión de volver a esta concepción del Yo
para desarrollarla, aunque por ahora nos basta enunciarla para
dej~r consignado que, de acuerdo con esto, el narcisismo primario
es objetal desde la estructura en que se constituye el Yo. Pero
desde la vivencia del sujeto, o sea cómo experiencia éste la exis-
tencia del objeto, posición desde la cual también teorizó Freud
el tema del narcisismo, hay dos creencias ilusorias: 1) la creencia

42
en la no existencia del objeto y, 2) la creencia en la existencia
de otro cuando en realidad uno está frente a su propia imagen.
Tomemos el primer caso, en que el sujeto no reconoce la
existencia del objeto como diferente· de sí. Podemos dar como
ejemplo el del chico que se identifica con el rostro de su seme-
jante como si fuera el suyo propio, o que, en la situación de
transitivismo descripta por Wallon, llora al ver caer al otro. En
estas situaciones el chico tiene como representación de sí, como
Yo, lo que es representación de un objeto no reconocido como tal.
El segundo caso de ilusión -cuando el sujeto cree que hay
otro cuando en realidad se trata de él mismo- está ejemplifica-
do por el mito de Narciso, en el cual, habiendo uno solo, Nar-
ciso, éste cree que hay dos y se enamora de su propia imagen.
Es un caso similar al de la elección narcisista de objeto hecha a
imagen y semejanza. Cuando se cree conscientemente que hay dos
objetos, en realidad está el Yo, en tanto representación, que es
amado en el objeto. Recuérdese ese ejemplo, realmente notable
para el análisis del homosexual, que da Freud, el cual, aparte de
intentar resolver el problema de la génesis de la homosexualidad,
constituye un paradigma por su examen de la relación entre un su-
jeto y un objeto. El homosexual ama al joven, pero -como dice
Freud- el joven es para él el representante de sí mismo, mientras
que él está identificado con su madre, de modo que amando al
joven en realidad se está amando a sí mismo. En este caso el
sujeto vive en su conciencia como si él y el otro fueran dos ob-
jetos separados y diferentes, pero en cuanto a los rasgos que .
determinaron esa elección narcisista hay una representación in-
consciente -la de su propio Yo- que es vista y amada en el
otro.
En el caso que es.tamos considerando, el del homosexual
narcisista que cree que hay dos -él y el joven-, en realidad
hay más de dos, pues está la madre con la cual él está identificado
y está el joven con el cual se identifica. Ahora bien, este complejo
juego de representaciones es posible debido a la existencia de
representaciones que ·son . conscientes unas e inconscientes otras,
lo cual es una prueba más de que los conceptos que estamos
utilizando, identificación y narcisismo, son incomprensibles si no
se los articula con la · división en consciente· e' inconscie·nte, esen-

43
cial para el Psicoanálisis. Con respecto a la imagen inponsciente,
el Yo y el otro son lo mismo.
Se entiende, entonces, por qué se llama relación narcisista
tanto a la de Narciso que ama a su imagen como si fuera otro
real, como a la de aquel que_ama su propio Yo en el otro. Si el
Yo se constituye originalmente por identificación con el otro se
hacen ·factibles para el sujeto las ilusiones de estar frente a su
Yo, cuando en realidad está frente al del otro, o de estar frente
a otro Yo, cuando en realidad está ante el suyo.

El amor del narcisismo

Hemos dicho que en la elección ·narc_isista se articulan por un


lado el hecho de que el objeto sea a imagen y semejanza y por
el otro el de que realce la autoestima del sujeto. Adentrémonos ahora
en este segundo aspecto.
Freud habla del narcisismo infantil en términos que desta-
can la vivencia placentera del niño de sentirse excelso, perfecto,
de que su belleza, su inteligencia y todas sus cualidades lejos
de ser cuestionadas son por el contrario hiperestimadas. Por lo
tanto el amor del narcisismo se caracteriza por la idealización, es
decir por el mejoramiento de las cualidades del sujeto. Entonces
debe entenderse que el narcisismo, definido como la .condición
en que el sujeto se toma a sí mismo como objeto de amor, impli-
. ca hiperestimación.
Desde esta perspectiva del narcisismo, centrada en la sobre-
valoración que el sujeto hace de sí, se aclara por qué Fre\ld
entendió que uno de los elementos esenciales que establecía la·
diferencia· entre el duelo normal y la melancolía era que en
ést~ la elección del objeto perdido había sido de natural~za narci-
sista. Si en la melancolía el objeto perdido es de naturaleza
narcisista, es decir aumenta la valoración del sujeto, su pérdida pro-
ducirá una disminución de ésta .7
Aunque la tesis de que la melancolía se diferencia de otras
formas de depresión pues en éstas la elección de objeto no ha
7 En "Duelo y melancolía" hay también otro argumento para explicar la
autoestima disminuida en el melancólico: el reproche contra el objeto vuelto
contra el propio sujeto a través de la identificación.

44

'
4
sido de tipo narcisista es muy cuestionable, lo que nos . interesa ·
retener aquí es que la caída de la hiperestimación narcisista, ya
sea por pérdida del objeto elegido narcisísticamente o por pérdi-
da del Yo en tanto Ideal, es capaz, de producir depresión.

Génesis del narcisismo

Freud ofrece dos ~oncepciones del narcisismo; en una de ellas el


enfoque económico se une a la teoría de la libido. Desde esta
perspectiva, el narcisismo primario es la condición en que toda
la libido está en el ·Yo,8 o la situación prenatal en que por una
armonía de orden b~ológico no existe tensión en el organismo·.
Esta es una de las concepciones del narcisismo que se encuentra
presente en parte del Psicoanálisis actual. Su ejemplo paradig-
mático lo constituye Green cuando~ en El narcisismo primario,
¿estado o estructura?, lo .define como "el estado de aquiescencia
absoluta en el cual está abolida toda tensión".9
En la otta concepción del narcisimo se lo entiende . como la
valoración que el sujeto hace de sí mismo, como la significación
que el Yo en tanto representación de sí toma .para· el sujeto, es
decir cómo éste se ubica en una escala qe preferencias, de valores.
1

No nos interesa cuestionar el enfoque económico del narci-


sismo. Hemos optado por ;no discutir con quienes defienden la
· teoría económica en Freud. Creemos que la actitud más útil para
el progreso científico, · y la menos esterilizante, es dejar que los
partidarios ·de tal orientación prosigan sus investigaciónes y apor-
ten las pruebas que coloquen ese tipo de formulaciones metapsi-
cológicas en correlación con los datos de la clínica, permitiendó
explicados o predecirlos. Si esto sucediera, la polémica tendría
otras bases, se habría producido ·un vuelco y los que no compar~
timos el enfoque económico nos .encontraríamos con nuevos ar-
gumentos que harían revisar nuestra opfnión. Pero mientras esto
no ocurra, la- decisión que hemos tomado tiene la ventaja de no
. ligarnos a una problemática en la que no confiamos.

s S. Freud, "Esquema del psicoanálisis". (1938), S.E., vol. XXIII, p. 150.


9 A. Gr(fen, El narcisismo primario,· ¿estado ·o estructura?, Proteo, Buenos
Aires, 1970, p. 82.

45
. -
Si nos hemos detenido en las dos concepciones existentes del
narcisismo es porque a partir de cada una de ellas surgirá una
teoría diferente sobre la génesis del mismo. Si se acepta al nar-
cisismo como condición económica, habrá un narcisismo primario,
anobjetal, biológico. El narcisismo se originará dentro del indi-
viduo y de ahí partirá hacia los objetos. La posibilidad de la
anobjetalidad no es sólo pensable sino lógicamente obligatoria.
El narcisismo caracterizado por el amor del su jeto a la repre-
sentación de sí mismo será siempre secundario. El problema que
habrá que explicar es cómo se pasa del nivel de las cargas, de
las cantidades de excitación al de las representaciones valorativas.
En cambio, si el concepto del narcisismo está desde su origen
en el campo mismo de la significación, de las valoraciones, la
cuestión se puede plantear de la siguiente manera: ¿Cómo es que
alguien adquiere la valoración de sí mismo? ¿Cómo se constituye
una representación del Yo que es digna de amor?
Una vez planteadas estas preguntas, resulta inmediatamente
evidente que si se habla de valoraciones, éstas implican un orden
simbólico que es exterior al individuo, el de la cultura, en la cual
aquél se inscribe.
Pero se trata de algo. más que la construcción de categorías
cognitivo-afectivas de valoración en las cuales luego el sujeto
apresaría su propia representación. Si se tratase de esto, la cultur~
actuaría simplemente proveyendo al sujeto de las escalas con 4ue
éste se mediría, y la valoración sería una actividad que le com-
petiría a éL Apuntamos, en cambiq, a mostrar que la represen-
tación valorativa de sí es construida en la intersubjetividad, esen-
cialmente la existente entre el sujeto y los personajes significativos
de su infancia. -
_Veamos un ejemplo que puede utilizarse como punto de
partida para este desarrollo. La mujer que ama y ad1nira sus
bucles o sus ojos está admirando en realidad la representación
que ha tenido de ellos un otro significativo. Es el otro el que con-
vierte n1eros objetos anatómicos en algo digno de ser admirado por
bello. Resulta fácil imaginar las n1últiples situaciones en que una
madre puede convertir en adorados los ojos y los bucles de su
hija o en notables las producciones intelectuales o físicas de la
misma. El niño, por Ja dependencia con respecto a su objeto de
amoi·, se identifica con esa imagen valorada que le viene del otro

4-6
y pasa a valorarse. El propio Freud reconoció que la representa-
ción de sí mismo viene de otro cuando, en "Un recuerdo infantil
de. Goethe", escribió: "Un hombre qu~ ha sido el favorito in-
discutido de su madre conserva durante toda la vida el senti-
miento de un conquistador, esa confianza en el éxito que a menu·
do lleva al éxito real". 1º
Cuando se dice entonces que el narcisismo · del niño es el
narcisismo de los padres no solamente se quiere significar con esta
afirmación que los .Padres satisfacen su propia necesidad de estima
hipervalorando al hijo, que es su producto, sino también que la
vivencia del narcisismo satisfecho del niño tiene su origen en
los padres.
Además de realizar los padres la inducción directa de una
imagen valorada del niño con la cual éste se identifica, también
la hiperestimación puede surgir por identificación con figuras que
se hiperestiman. Más adelante, cuando estudiemos la constitución
del Yo Ideal, volveremos sobre este punto.
Por otra parte, la representación que el sujeto hace de sí
como bello, inteligente, bravo, etcétera, no consiste en un mero
colocarse en una escala de cualidades sino que al darse estas
cualidades como existentes en personajes concretos, el que posee
esos atributos de máxima perfección queda ubicado en el lugar
de preferencia con respecto a los otros. El narcisismo está de este
modo estructurado en el seno mismo de la situación · edípica, en
donde la perfección queda connotada como triunfo frente al rival.
El Edipo implica que hay alguien además del propio sujeto que
puede ser amaélo por el otro significativo. Tener los valores de
la perfección narcisista asegura que se siga estando ubicado en
el lugar de privilegio.

El Yo del narcisismo. El Yo Ideal

Para tratar de delimitar el conceptq de Yo que. está involucrado


en el narcisismo debemos recordar que Freud diferencia narci-
sismo de autoerotismo porque en este último no está constituido

º
1 S. Freud (1917), "Un recuerdo infantil de· Goethe", en Dichtung und
Wahrheit (1917), S.E., vol. XVII, p. 156.

47
el Yo, y se requiete "un nuevo acto psíquico" que posibilite que
el individuo tenga una representación ,unificada · de sí como ob-
jeto de amor. O sea que el Yo del· narcisismo es la representación ,
de sí, la imagen que el sujeto toma como que es él. Aquí resulta
. conveniente hacer dos aclaraciones. La primera, que la expresión
"sí mismo" ha merecido ((ríticas. Cuando se dice que el Yo es
la representación de sí mismo se está haciendo esta definición des-
de la vivencia que el individuo tiene de sí, pero nosotros hemos
señalado ·en el apartado anterior que desde la situación estructu-
rante en la que se constituye ,el Yo, en realidad lo que se toma
como imagen de sí es la representación de otro. Por lo tanto, decir
que el Yo es la representación de sí .mismo constituye una defi-
nición parcial que podría prestarse a equívocos si no se aclarase
que con ello se alude simplemente al hecho de que el. sí mismo
es un efecto de ilusión. ·
La ·segunda aclaración se refiere al término imagen. :Éste tie-
ne el inconveni}!nte de estar muy ligado al orden de la percepción,
en especial la visual. El Yo no se representa solamente como
una envoltura, como provisto de determinados atributos anatómi-
. cos . susceptibles de ser descriptos en· el orden de la percepción,
sino que t.ambién se repres,enta como dotado de determinados
atributos abstractos~ que no transcurren ni mucho menos en el
orden de la percepción visual. Así, por ejemplo, cuando el Yo
es considerado bu,eno o malo, inteligente u obtuso, trabajador
o haragán, lo que está ~n cuestión no constituye para nada algo
del orden de la percepción. Se. trata de una construcción más
compleja, y es por eso· que la palabra representación 11 nos parece
más adecuada que imagen. A J?esar de todo, la palabra imagen
tiene un mérito: apunta, define un aspecto, el hecho de que la
primera representación que el sujeto toma como que es él, en
realidad es una representación del orden visual, una imagen del
cuerpo. Entonces el término imagen resulta · adecuado para ca-
racterizar el momento constitutivo del Yo, pero no para desig-
nar lo que es el Yo en tanto estru~tura compleja formada por
múltiples representaciones. Más adelante retornaremos a este .;pro-

11 En la Introducción vimos, ·por otra parte, los riesgos de la expresión re-


presentación;

48
blema de la relación entre el momento genético constitutivo del
Yo y su ulterior conformación.
Planteadas así las cosas, el Yo que . el sujeto toma como¡
objeto de amor, aquel sobre el cual vuelca su libido, es una
representación. La planche ha tenido el mérito de ubicar el lugar .
de la obra de Freud donde se encuentra el concepto de Yo en
tanto representación. En su trabajo "Vida y muerte en Psico-
análisis" ,12 señala dos citas de Freud de "El Yo y el Ello", una ·
en el trabajo original y otra en la traducción inglesa de 1927. En
ellas Freud plantea que el "Yo es ante todo un Yo corporal, no
es tan solo un ser de superficie, sino que es en sí mismo la ,pro-
yección de una superficie" y todavía aclara más en esa nota a
la traducción inglesa donde dice que "el Yo se deriva en última
instancia de sensaciones corporales, principalmente de las que
nacen de la superficie del cuerpo, puede por eso ser considerado
~orno una proyección mental [la bastardilla es nuestra] de la su-
perficie corporal junto con el hecho de que representa la super-
ficie del aparato psíquico" .13 Aquí se puede detectar el doble
concepto que Freud tiene del Yo. Por un lado, el Yo es una dife-
renciación del Ello, a partir de la percepción-conciencia, · pero,
además, y esto es lo que nos interesa en nuestro enfoque sobre
el narcisismo, es la proyección mental de la superficie corporal,
o sea, la representación de la envoltura corporal, la imagen que
se tiene del cuerpo. Pero aunque sea esta la acepción que nos
interesa en el caso del narcisismo, no podemos olvidar que en
Freud existe también el otro concepto de Yo, el Yo como órga-
no, el Yo función, abarcando funciones tales como la percepción,
la conciencia, el acceso a, la motilidad, los mecanismos defensi-
vos, etcétera.
El Yo representación es equivalente a lo que autores ingle-
ses como Jacobson y Sandler llaman representación del Self .14

1:!J. Laplanche, Vida · y muerte en psicoanálisis, Amorrortu, Buenos Aires,


1973, p. 112.
13 S. Freud, "El Yo y el Ello" (1923) , S.E., vol. XIX, p. 26.
14 E. Jacobson, The Sel/ and the Object World; :lriternational Universities
Press, Nueva York, 1954; J. Sandler, A. Holder y ·n. Meers, "The Ego Ideal
and the Ideal Self", en The PsychoanalitiC Study of the Child, 1963, p. 139.
H. Hartmann hizo una clara diferenciación entre Yo y Self en su hoy clásico
trabajo publicado en 1950 en el Psychoanalitic Study of the Child, vol. V.

49
Ahora bien, ¿cuál es la relación entre t<l Yo función y el
Yo represel).tación? El Yo función es la condición de posibilidad
para que exista el Yo representación, ya que éste se construye
obviamente gracias a la existencia de ·diferentes funciones del
psiquismo que permiten la existe·ncia de l~ representación. Pero,
a su vez, y esto resulta ya más interesante para el Psicoanálisis,
la representación que el sujeto se hace de sí mismo es capaz de
influir en las funciones psíquicas y corporales. Es lo quy seña-
ló Freud, siguiendo a Charcot, cuando en los "Historiales sobre
la Histeria" descubrió las diferentes alteraciones de la función por
la significación que esa función adquiría al ser representada en
el psiquismo, es decir al formar parte del Y o representación.
Esto abre la muy importante problemática de la libidiniza-
ción de una función o de una actividad. Cuando hablamos de
libidinización, o sea carga con la energía de la pulsión sexual,
nos referimos, desde el punto de vista metapsicológico, a lo que
desde el punto de vista descriptivo es la posibilidad de amar
a una función, pudiendo ser esa f tinción incluso de orden sexual.
Veamos esto. El maníaco que tiene una hiperactividad sexual no
goza simplemente por la satisfacción de una necesidad biológica,
del ejercicio sexual en tanto condición biológica. A su vez se
contempla a sí mismo como una persona capaz de tener múlti-
ples relaciones sexuales y ello aumenta su sentimiento de omni-
potencia, de .perfección. Pasa a amar su función. Aquí se ve
más claramente lo que queríamos señalar: no basta que una
función sea sexual para que esté narcisísticamente libidinizada,
pu~s el amor. a la función es distinto del ejercicio de la función,
aun cuando esa función sea propiamente sexual. En el maníaco
que ama su sexualidad la función sexual tenía de por sí libido.
Si la pulsión tiene una fuente que es una zona erógena parecería
una redundancia decir que la función se ha cargado con libido
narcisista, pero por algo Freud habla de libido narcisista y no
de libido a secas. Esto indica que para él hay una libido de la
zona erógena, de naturaleza biológica, y otra que es la narcisista.
Lo que nos interesa aquí es el aspecto narcisista de la libido,
o sea el enamoramiento de la función y no el mero ejercicio de
fa misma.
Queda aclarado entonces. que' cuando decimos que la fun-
ción se ha cargado con libido narcisista queremos destacar que
50
el ejercicio de esa función acrecienta el amor del individuo por
su Yo. Esto es lo que se puede observar, por ejemplo, en el caso
del estudiante que ante el éxito que le brindan sus estudios, con
lo cual incrementa su autoestima, pasa a valorar determinadas
fondones, las intelectuales. O sea que hay todo un interjuego
en que la satisfacción con el propio Yo -la satisfacción ,n-arcisis-
ta- modifica el juicio que se tiene sobre una actividad determi-
n.ada. Encontramos la inversa en casos de inhibición progresiva
de una función a consecuencia de 'que el ejercicio de la misma
produce una disn1inución de la autoestima. Esta posibilidad de
modificar la función mediante la · valoración que implica para
el Yo, explica que la tnedalla otorgarla. como recompensa tenga
un valor de estímulo, ya que al aumentar el amor por .el Yo a
través de la medalla-premio, se incrementa el amor por la acti-
vidad misma.
Para las personalidades narcisistas, cuyas actividades · y fun-
ciones están centradas alrededor de su propia valoración, se con-
vierte en moti~ante la función o actividad que aumenta la auto-
estima. La recíproca, co1no acabamos de señalar, tan1bién es
cierta y pasan a ser rechazadas como desagradables las f uncio-
nes que empequeñecen a uno ante sus propios ojos. Así se pue-
den entender diferentes tipos de inhibiciones.
Esto es particularmente im'portante porque vuelve a replan-
tear que la inhibición es provocada por diversas clases de angus-
tia y no por una en particular. Según cierta tendencia del Psico-
análisis actual, manifiesta sobre todo en los trabajos kleinianos,
las inhibiciones son ocasionadas por un determinado tipo de
fantasías agresivas, por la culpa, por las ansiedades de tipo cor-
poral que despiertan, pero no se asigna suficiente importancia
al papel que juega en ellas el narcisisn10 lastimado. No ha de
extrañar tal actitud si se tiene en cuenta el relativo abandono
en que ha tenido esta escuela al ten1a del narcisismo, que, salvo
contadas. excepciones, la de · Rosenfeld por ejemplo, no ha sido
objeto de trabajos de in1portancia .

Constitución del Y o representación

El Yo se constituye y se mantiene básicamente por fo identifi-


cación con la i1nagen del otro. "Del" tiene un doble sentido ..

51
Primero quiere decir a imagen y semejanza de como el otro se
presenta para el .sujeto ·que sufre la identificación.15 Tengamos en
cuenta además que la imagen del otro puede ser la imagen que
el otro tiene de sí y que el sujeto que se identifica con ese otro
acepta como tal. En este caso el Yo se construye por identifi-
cación con el "Yo representación" del otro.
Pero, en segundo término, "del" también tiene el sentido
de que el Yo de un sujeto se constituye sobre la base de la ima-
gen que el otro tiene de ese sujeto, al que identifica como s"iendo
tal cosa. El otro nos ve de determinada manera y nosotros nos
identificamos con esa imagen.16
La idea -muy trabajada en la teoría lacaniana- de que el
Y~ representad§!?. !'!º es el sujeto sino una especie de máscara,
es equivalente a otros desarrollos paralelos en el psicoanálisis,
aunque no pueden considerarse como sus antecedentes porque
pertenecen en realidad a distintos· marcos teóricos. En ese sen-
tido cabe mencionar el concepto de personalidad as if de Helen
Deutsch, el de falso sel/ de Winnicott, la seudomadurez pl~ntea­
da _por Meltzer, los trabajos de Laing sobre la mistificación de la
experiencia y del otorgamiento . de una falsa identidad. Con las
diferencias del caso., estos conceptos nos plantean la existencia
de una problemática que concita la atención de los psicoanalistas
actuales: la constitución de la identidad como 'una ilusión, como
una ideología que puede tener una mayor o menor corresponden-
cia ·con la realidad.
A esta altura resulta conveni~nte aclarar que si bien el Yo
se constituye en la infancia, no se debe entender que existe un
solo acto de fundación y que a partir de entonces, el Yo se
mantendría de por sí. Ya en un trabajo que publicamos hace

15 Decimos "como el otro se presenta para el sujeto" a fin de señalar que el


otro con er cual se identifica el sujeto al construir su Yo no es el otro real,
con todos los inconvenientes que podría tener esta denominación, sino como
se cree que el otro es.
16 Repárese que el tipo de desarrollo que estamos haciendo es sin:tilar al
que habíamos introducido en el primer capítulo cuando dijimos que el'deseo
es el deseo del otro en un doble sentido, con lo que se ve que esta estructura
de pensamiento, en donde algo es del otro, es de naturaleza formal, y sirve
para distintos problemas, el del deseo, la constitución del Yo, etcétera, por-
que en última instancia se trata dei orden de la intersubjetividad en cuyo
seno transcurren esos .fenómenos.

52
unos años 17 decíamos que la identidad no se sostiene de por sí
en la subjetividad del sujeto, sino en la medida en que otro acepta
tal identidad como verdadera; o sea que la presencia del otro no·
solo es fundante sino que a su vez es esencial para el manteni-
miento y las sucesivas transformaciones del Yo · representación.
Esto hace que consideremos el estudio de Lacan sobre la fase
del espejo como un paradigma de la constitución del Yo, como
una señal de que el Yo representación depende de una imagen
que le viene desde afuera, pero sin que tengamos por qué sus-
cribir las afirmaciones· sobre el momento evolutivo en que Lacan
plantea que ocurre, afirmaciones que, en realidad, deben ser con-
firmadas por la psicología evolutiva, ni tampoco todas las conclu-
siones que él cree deducir. Por otra parte, Lacan dice que la fase
del espejo es la matriz de las identificaciones imaginarias ulte-
riores, señalándose con lo de matriz que se trata de un molde y
· que por lo tanto no es toda la identidad que tiene el sujeto.
Veamos ahora la importancia que puede tener para la psico-
patología que el Yo representación se construya a partir de otro.
El hijo de padres melancólicos cuya imagen de sí mismos es la
de no valer nada, ve favorecida la construcción de un Yo repre-
sentación desvalorizado, por identificación con el Yo representa-
ción de quienes se ven a sí mismos desprovistos de todo valor.
La recíproca sucede con quienes se identifican con la omnipoten-
cia de los padres.
Eh el caso del hijo del f óbico se puede apreciar una situa-
ción muy particular. Al sentirse los padres ante los acontecimien-
tos de la vida como si se hallaran en peligro mortal, al verse como
si fueran vulnerables, el hijo -también se ve como si fuera vul-
nerable y en su representación de sí mismo se ve sujeto a morir
en cualquier momento por identificación con padres ·imaginaria-
mente expuestos a esa vicisitud. Por otra parte, los padres del
fóbico, constantemente preocupados por lo que le puede pasar
al hijo, lo ubican en el lugar del que corre peligro, posición con
la que se identifica el hijo, asumiendo así como su Yo represen-
tación el de alguien que está en situación de riesgo.
Pero que la imagen que alguien tiene de sí le venga del otro

17H. Bleichmar, "Notas sobre el papel del otro en la constitución de la


identidad idealizada", Acta, vol. 18, 1972, p. 297.

53
también permite ·explicar los casos en que alguien se constituye
como desvalorizado frente a padres desvalorizantes; es el caso,
por ejemplo de hijos melancólicos con padres paranoicos. Este
ejemplo tiene la ventaja de romper con la simplificación que
podría ·aportar la idea de identificación, o sea que el melancó-
lico es el que ·tuvo padres melancólicos. El hijo es visto por los
padres paranoicos,· que proyectan en él sus aspectos rechazados,
como el incapaz, el retrasado, etcétera, y el hijo asume esa imagen
como propia.
.
O tan1bién podemos ·consignar el caso de aquellos padres
culpabilizantes para quienes el hijo está siempre en infracción;
el hijo se identifica entonces con la imagen que los padres tienen
de él y a su vez construye su función crítica por identificación
con la crítica de los padres.
Si al analizar el concepto de identificación hemos separado
los dos casos del sentido de "del", es obvio que no hay tipos·
puros en cuanto a estar identificado con la imagen del otro tal
como el otro nos ve, o tal como el otro se ve a sí mismo. La
identidad se construye a través de la dialéctica compleja de la
doble acepción de la i~entificación con la imagen del otro.

Yo Ideal
La construcción de la representación que el sujeto se hace de sí
mismo (Yo representación) integra siempre elementos valorati-
vos. Así, por ejemplo, cuando alguien se ve como alto o bajo,
gordo o flaco, en estas categorías está incluido un determinado
juicio de valor, que varía según la cultura o · la microcultura
familiar, pero que de una u otra forma está siempre presente.
Prácticamente, no existen rasgos del Y o que no estén en corre-
lación con una escala de preferencias. Aun los que aparecerían
como más puramente d~scriptivos se hallan ubicados en una
escala de valor. Y como en toda escala existen puntos que son
los de máximo valor, en el caso de los atributos del "Yo repre-
sentaeión", aquellos que se ubican en el extremo de máxima va-
loración conforman un Yo Ideal.18 . La palabra ideal aparece aquí

18 Sobre la relación entre el Yo Ideal y el Ideal del Yo y los intentos de


discrimjn.adón entre ambos véase: J. Laplanche y J. Pontalis, Vocabulaire

54
adjetivando al Yo, o sea, está indicando que el Yo es ideal en
un doble sentido: perfecto y anhelado de ser como él, y también
ideal en tanto ilusorio. Poden1os entonces definir al Yo Ideal co-
mo la representac.ión de un personaje que poseería los atributos
de n1áxima valoración (belleza, poderío, coraje, inteligencia, et-
cétera). Los personajes heroicos, las estrellas de cine, las figuras
de la n1itología son paradigmas de Yo Ideal. Los sueños diurnos
en los que el sujeto se consuela de sus limitaciones imaginándose
como capaz de realizar grandes hazañas, ocupar lugares desta-
cados, poseer las cualidades más excelsas, nos aportan también
modelos del Yo Ideal. En el terreno de la Psicopatología, la exis-
tencia del Yo Ideal como representación a la que aspira el su-
jeto se nos revela abiertamente a través de los delirios megaló-
manos, en los que el sujeto se cree ese Yo Ideal en forma de
santo, profeta o guerrero invencible.
Si bien existe la costumbre de designar al Yo Ideal en sin-
gular, como si fuera una entidad simple, en realidad no hay un
solo Yo Ideal sino que existen muchos, que corresponden a los
diferentes rasgos. Una persona puede tener un Yo Ideal para
un determinado valor moral, otro para los aspectos físicos, y aun
dentro de éstos para un rasgo en particular, como la forma de la
nariz, la silueta, el pelo, etcétera. En el capítulo siguiente vol-
vere~os sobre este punto.
·Pero así como la escala de las valoraciones tiene puntos má-
ximos, en los cuales está ubicado el Yo Ideal, también posee
puntos de mínima estimación. Para que pueda concebirse algo
perfecto es necesario que se tenga una representación de lo que
no lo es, de lo imperfecto. Es totalmente imposible, desde el
punto de vista lógico y vivencia!, la categoría d~ perfección sin
la correspondiente recíproca de imperfección. Esto nos permite
abordar un problema que se plantea en la fase del espejo tal
como ha sido conceptualizada por Lacan. Lacan plantea que el

de la Psychanalyse, pp. 184 y 255, P.U.F., París, 1967; D. Lagache, "La


.psychanalyse et la structure de la personnalité", en La psychanalyse, P .U.F.,
París, vol. VI, p. 39, 1962; J. Lacan, "Remarque sur le repport de 1.Janiel
Lagache", en Ecrits, Du Seuil, París, 1966; D. Liberman y colab., "El Ideal
· del Yo. Su conceptuación teórica y clínica", Rev. Arg. de Psicoanálisis, 1968,
. vol. 2, p. 227. ·

55
n1no obtiene una imagen unificada de sí, a través de la visión
que de él le devuelve el espejo, y que la fantasía de cuerpo frag-
mentado resulta de un efecto retroactivo ·de tal representación
unificada del cuerpo. Si tal representación unificada no existiera,
nada podría entenderse como fragmentado, ya que la idea de
fragmentado proviene del efecto de contraste con la representa-
ción unificada. Pero creemos necesario considerar que la recí-
proca también es cierta. Si no se tiene la noción de fragmento
nada puede entenderse como entero y no se justificaría el saludo
jubiloso de la imagen especular.
Entonces, al preguntarnos cuál es previa, la fantasía de
cuerpo fragmentado o la representación unificada, se plantea una
situación que parecería una verdadera aporía. Lo que sucede, a
nuestro entender, es que se constituyen simultáneamente, en un
mismo acto, la imagen del cuerpo unificado y la imagen del
cuerpo despedazado. La imagen que aparece como unificada es
_la que permite, por contraste, hacer vivenciar la otra como frag-
mentada, y las sensaciones que no aparecían previamente con-
ceptualizadas como fragmento son las que determin~n, por con-
traste, que se vea a una determinada imagen como unificadora.
O -sea, en el momento preciso de la visión de la ~magen especular
se ha producido un salto, algo equivalente a ese nuevo acto
psíquico que requier~ Freud para pasar del autoerotismo al nar-
cisismo, salto que implica pasar de la pura percepción de la in-
coordinación motriz a la significación de la misma como frag-
mentación.
Que la imagen de perfección y la de imperfección se pre-
suponen recíprocament_e lo podemos ilustrar con la situación en
que la madre es omnipotente para el chico por contraste con su
propia incapacidad motriz, para tomar un determinado orden de
incapacidad. Pero, a su vez, la incapacidad motriz es vivida como
impotencia, significada como tal, por contraste con lo que apa-
rece como coordinación en la madre. De igual manera el her-
mano mayor es contemplado con _embeleso por el menor porque
hace precisamente lo que él no puede hacer. En este caso, al igual
que en el ejemplo anterior, hay q1:1e distinguir el hecho de. que
el niño capte. que no puede alcanzar motrizmente algo que
desea, y la vivencia de impotencia, de inferioridad con que puede
quedar significada esa imposibilidad motriz. Queremos destacar

56
aquí que no se trata de la mera percepción, aprehensión directa
de una realidad de orden natural, sino de la f arma en que esta
realidad queda codificada.
Ahora bien, si las categorías de perfección, omnipotencia,
in1plican las recíprocas, el Yo Ideal implica la posibilidad de
existencia de otro Yo que no sea ideal y que se caractei:izaría por
estar ubicado en el lugar de la menor valoración de la escala.
En función de esto, para este Yo resulta adecuada la denomina-
ción de negativo del Yo Ideal.19 El Yo Ideal y su negativo se
. encuentran ubicados sobre el mismo eje semántico, en los polos
del mismo, pudiendo existir puntos intermedios entre uno y otro.
Cuando se compara el Yo Ideal con el negativo de ese Yo
Ideal, cabe preguntar si existe algo que sea en sí mismo el n~­
gativo, o si, simplemente, éste está dado por la ausencia del rasgo
positivo. O, planteado en otros términos, cuando se contrasta
el Yo Ideal con su negativo, lo perfecto con lo imperfecto, lo
bueno con lo malo, etcétera, ¿es que existe un solo rasgo que
cuando está presente, a la manera de una marca, implica una
determinada posición, y que cuando no está, es la presencia de
una ausencia lo que da el carácter de negativo? O, ¿se podría
tratar de dos marcas? Este problema de la existencia de una o de
dos marcas para establecer rasgos diferenciales ha sido encarado
por la lingüística, aunque no vamos a referirnos aquí al desarrollo
que ha tenido en esta disciplina. Lo que nos interesa es mos-
trar la aplicación que se podría dar en el campo psicoanalítico.
Así, en la fase fálica, en que el niño reconoce la existencia de
dos sexos pero solamente hay un órgano que cuenta: el falo, hay
una marca -el falo- que posibilita por presencia o ausencia
dos categorías. Se diferencia al varón de la mujer, pero, sin em-
bargo, la mujer aparece como aquella a la que le falta el falo.
· O sea, dos categorías y una sola marca; si se posee ésta, queda
· uno ubicado en la categoría de varón, pero quien no la posee,
está castrada, es mujer. Sin embargo, el niño accede ulteriormente
a las categorías de masculinidad y femineidad desde otra pers-
pectiva. La femineidad ya no es solamente la ausencia de pene,
sino que es la pr~sencia de vagina. De modo que mascul~no y

S. Kaplan y R. Whitman, "The Negative Ego Ideal", Int. /. Psyclzoanal.,


19
XLVI, p. 183, 1965.

57
femenino no aparecen definido~ con respecto a un único rasgo, _
el falo, sino con respecto a dos marcas: p·ene o vagina.
Lo anterior nos lleva a la conclusión de que los dos ele-
mentos de una categoría relacional, en este caso el Yo Ideal y el
negativo del Yo Ideal, se pueden construir, por lo tanto, sobre
la base de la presencia de una o dos marcas. Lo decisivo no es .
que la diferencia se establezca sobre una u otra condición sino
estudiar qué es lo que determina que una de las posiciones mar-
cadas aparezca como el Yo Ideal mientras que la otra, ya sea pe;_
ausencia de la marca anterior o por presencia de una marca di-
ferente, aparezca como el negativo del Yo Ideal. Aquí, nueva-
mente, la respuesta no puede residir en una mera percatación de
la realidad natural de la marca, sino en la valoración que en el
orden de la cultura o de la microcultura familiar se haya hecho
de la misma, y sobre todo, como veremos en el capítulo siguiente,
que se haya codificado que la no existencia de la marca del Yo
Ideal implica _que se queda convertido en el negativo del Yo Ideal,
sin que haya grados intermedios.
Gracias a que existe un Yo Ideal y un negativo del mismo,
y a que el sujeto se puede identificar como uno u otro, estas iden-
tificaciones dan origen a una serie de posibles combinatorias que
no pretendemos agotar ahora, sino simplemente ilustrar. Así, exis-
ten casos en que el sujeto se identifica como el Yo Ideal e iden-
tifica -aquí, si se quiere, identifica proyectivamente- el .nega-
tivo del Yo Ideal en otra persona. Su necesidad de representarse
como el Yo Ideal es . tan importante que tiene una dificultad
particular para tolerar el análisis, precisamente porque debido
a que el mecanismo de la identificación proyectiva logra conser-
var su identificación con el Yo Ideal, cuando se le señala algo
en el curso del análisis, este señalamiento es vivido como que
no es perfecto puesto que merece que sea interpretado por el
analista, lo que implica a sus ojos quedar ubicado en el lugar
del negativo del Yo Ideal.
Otro ejemplo de la misma relación entre Yo ideal y nega-
tivo del Yo Ideal lo encontramos en la situación absolutamente
típica de retorno al hogar cuando han salido juntas varias parejas
amigas. Se asiste al placer final de toda buena salida de amigos:
cada pareja critica a la otra, logrando de esta manera reconstruir
su identificación, en tanto pareja, con el Yo Ideal que estuvo

58
cuestionado durante la salida por todo ese tipo de conversación
de ostentación, en que más que lo que se dice importa quedar
colocado a los ojos de los demás en el lugar del Yo Ideal Di-
gamos de paso que la envidia que se experimenta en esa si-
tuación ante la ostentación del otro no es por el objeto en sí mis-
mo que el otro pudiera poseer, sino que a través de ese objeto
el· otro queda ubicado en el lugar de nláxirria valoración, de
modo que la envidia recae sobre la posición que esa posesión
otorga. Esta es también la esencia de la envidia del pene en la
tnujer, ya que se desea éste porque otorga a su portador la con-
dición de ser completo, perfecto.
A diferencia del caso anterior, tenemos la condición en que
el sujeto se identifica con el negativo del Yo Ideal y por el con-
trario identifica al Yo Ideal en los otros. Nos encontramos enton-
ces en una de las variantes de la melancolía. La otra es aquella
en que tanto el sujeto como los otros quedan identificados con
el negativo del Yo Ideal.
Ya dijimos que no hemos pretendido agotar las posibles com-
binaciones sino mostrar las posibilidades de análisis que se abren
cuando se entiende al Yo Ideal ño como una entidad en sí misma
sino como parte de una categoría relacional, de la cual es un
elemento junto al negativ0 fiel Yo Ideal.

59
Capítulo 11

EL NARCISISMO Y LAS ESTRUCTURAS


PSICOPATOLóGICAS

Si el apartamiento de la identificación con el Yo Ideal de per-


fección -ya sea física, mental o moral- puede ser vivido como
la caída en la identificación con el negativo del Yo Ideal, es decir
en el no valer nada, esto sucede porque para la persona en cues-
tión solo existen dos posiciones: o es el Yo Ideal, o bien, por el
contrario, es el negativo del Yo Idea~. Q. sea, que en estos casos
se funciona con una lógica binaria, todo o nada, · quedando ex-
cluidas las posiciones intermedias de la escala.
Pero si por no tener un determinado rasgo ideal el sujeto se
vive como el negativo del Yo Ideal, es condición necesaria que
ese rasgo haya asumido la valoración total de la personalidad.
Es decir, que ese Yo Ideal parcial pase a . ser vivido como si
fuera la persona en su totalidad, se convierta en el Yo Ideal que
es tenido en cuenta en ese momento, quedando eclipsados todos
los demás Yo Ideal posibles conformados sobre otros rasgos di-
ferentes a aquel que se sintió no poseer.
Resulta así que para que el apartamiento de la identifica-
ción con el Yo Ideal implique la caída en la identificación con el
negativo del Yo Ideal se requier_en dos condiciones: 1) que se
funcione con la lógica binaria de las dos posiciones, y 2) que
· se funcione con la lógica del rasgo único prevalente, rasgo que
asume el valor total y elimina el examen de la valoración de los
otros rasgos. Vamos a considerar este último punto con más pre-
cisión: supongamos una mujer que cumple con los rasgos de su
Yo Ideal corporal en cuanto a su figura, su cara, su pelo, sus
ojos, etcétera, pero que respecto a su nariz se ubica en el negativo

60
del .Yo Ideal. Que ese rasgo pueda corresponder al negativo del
Yo Ideal, que viva a su nariz como la más fea del mundo, no la
ubica a ella automáticamente en la identificación con el negativo
del Yo Idea,I como persona total, dado que podría sentir que
pese a ser su nariz la más fea del mundo, todos los demás atri-
butos, que . siente como ideales, bastan para compensarla. Si ese
rasgo parcial puede determinar que el Yo, bajo el cual esa per·
sona se representa, sea el negativo del Yo Ideal, es porque ese
rasgo asume la valoración total de la persona.
En este punto nos reencontramos con algo que ha sido bien
trabajado por la escuela kleiniana. Recuérdese el concepto de
objeto parcial de Klein: parcial en el sentido de que está escin-
dido en bueno y en malo, y en el de que se toma una parte del
cuerpo -básicamente el pecho o el pene- por la totalidad. Se
puede considerar entonces que si se ha caído en el negativo del
Yo Ideal es porque se funciona en términos de objeto parcial.
Resulta útil señalar el valor de- ese aspecto de la teoría
kleiniana para hacer justicia a Melanie Klein. en un momento
· en que está ubicada, en nuestro medio, en el lado descendente
de ·1a ola de popularidad de que gozó ·anteriormente. La obra de
Melanie Klein corre el riesgo de ser juzgada bajo la óptica de
esta lógica de dos posic_iones a la que nos estamos refiriendo: si
no es el Yo Ideal qued.(:l convertida en el negativo del Yo Ideal.
Lo que se puede objetar a Klein en este punto específico
no es la descripción del funcionamiento psíquico en términos de
una lógica de los objetos parciales, la descripción de esa estruc-
tura que es parte de la posición esquizo-paranoide. Este es, en
realidad, uno de sus aportes. Lo que se le puede imputar es .que
esa estructura de funcionamiento binario sea considerada el resulta-
do de un déficit de síntesis, por parte del lactante, de experiencias
que son o bien enormemente placenteras, o bien enormemente desa-
grádables. Se le puede cuestionar que, en su concepción, la fi-
jación a una lógica de dos posiciones sea consecuencia d~ fac-
tores tales como la envidia excesiva o el monto de instinto de
muerte, los cuales impedirían que se alcance una integración que
se supone natural, o sea, que si las cosas marcharan "bien", el
lactante de por sí llegaría a "captar la realidad tal como es".
Sobre este punto nuestra crítica a M. Klein es más radical
que la que se le suele hacer cuando se le reprocha que no tiene

61
e11 cuenta el papel de la realidad exterior. Basta leer artículos
como "El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos",
en el apartado donde dice: "Si -lo que rodea al niño ·es predomi-
nantemente un mundo de personas en paz unas con otras y con
su Yo, resulta de esto una integración, una armonía interior y un
sentimiento de seguridad" ,1 basta prestar atención a líneas como
éstas para comprender que Melanie Klein tenía en cuenta la
realidad exterior.
Pero, ¿a cuál realidad deben1os adjudicar la prioridad en la
estructuración del psiquismo: a la realidad del dato empírico, ·de
la \experiencia en sí, o la realidad del sisten1a de significacio-
nes que se le proporciona al lactante para que pueda pensar y
sentir una determinada vivencia y construirla como tal? Si exis-
te una fijación a una posición esquizo-paranoide, de la cual
forma parte la lógiGa de las dos posiciones, no es por défi-
cit en el camino que conduciría de por sí a una lógica acorde
con la realidad, sino que al niño su universo le es continua-
mente codificado por los adultos significativos en términos de
una u otra lógica. Al niño se le proporciona simultáneamen-
te una concepción de cómo es el n1l1ndo, y en esa concepción va
incluido un código 2 que indica cómo construir concepciones acer-
ca del mismo, es decir un sistema de operar datos. En el caso de
los sujetos fijados a las posiciones esquizo-paranoides siempre des-
cubrimos que este es el código de sus personajes significativos.
No es, por lo tanto, que el niño, en su maduración, no al-
cance a darse cuenta de que el "pecho malo" y "el pecho bue-
no" son aspectos parciales de un mismo objeto porque no puede
integrar por déficit ambos objetos, siendo entonces la no inte-
gración precisamente eso, un déficit, una ausencia, un vacío de
algo, sino que al niño se le construye activamente un código
en que la escisión entre objeto bueno y malo es la forma en
q~e debe percibir los objetos.

1 M. Klein, "El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos"


· (1940), en Contribuciones al psicoanálisis, Hormé, Buenos Aires, 1964, p. 280.
2 Código debe entenderse aquí de acuerdo con la acepción que tiene en
lingüística: "Sistema de restricciones", o sea modo de organizar datos.*
* O. Ducrot y T. Todorov, Dictionnaire Encyclopédique des Sciences du
Langage, Du Seuil, París, 1972, p. 137.

62
Hecha esta disgresión, que consideramos útil, pues tiende·_- a ·
fijar el alcance y los límites de la obra kleiniana, podemos volver
ahora al tema del colapso narcisista.
Si hay colapso, es decir caída desde la identificación con el
Yo Ideal a la identificación con el negativo del Yo Ideal, es por-
que el primero pudo constituirse, y a su vez el sujeto pu.do iden-
tificarse con él. Esta segunda condición es esencial y debe ser
diferenciada de aquella otra en que el sujeto nunca estuvo co-
locado en el lugar del Yo Ideal. Así, en los caracterópatas me-
lancólicos, el Yo Ideal está constituido, pero sien1pre se halla
ubicado donde ellos no están; de ahí su desvalorización crónica.
Esto se puede ilustrar con un breve ejemplo.
Se trata de un adolescente .melancólico, hijo de madre sol-
tera. El nacimiento de este hijo fue para la madre la marca de
su deshonra. En vez de constituirse para ella en el falo que la
completaba, que Je restituía su omnipotencia y perfección, fue
por el contrario lo que la hacía vivir ante sus ojos y los de los
de1nás como imperfecta. Ni el hijo ni la madre pudieron identifi-
carse en consecuencia con el Yo Ideal. Éste existía, en tanto
representación psíquica, desde el comienzo, aunque colocado en
en otro, por ejemplo, la madre casada y su hijo legítimo. Si ha-
bía un sentitniento de indignidad en esa rnujer era porque con-
frontaba su situación con otra, que la parecía caracterizarse por_
la perfección; o sea, la encarnada por un Yo Ideal. La des-
valorización del hijo se explicaba por una doble fuente: era con-
siderado por su madre como el que nada valía, inducción por lo
tanto de una identificación con el negativo del Yo Ideal, y a la
vez, al identificarse con su madre, el niño lo hacía con una
figura desvalorizada:
La · constitución de un Yo Idear es por lo tanto la condición
necesaria para la existencia del colapso narcisista, aunque no su-
ficiente para que éste se produzca. En el ejemplo del adolescente
n1elancólico que hen1os consignado, es inadecuado decir que éste
ha sufrido un colapso narcisista. En realidad nunca llegó a estar
en ·la posición de Y o Ideal desde la cual pudiera descender a la
del negativo del Yo Ideal.
Es un caso totalmente distinto de aquel en que por la pre-
sencia de padi;es idealizadores se constituye el Yo Ideal y la iden-
tificación con el mismo. El colapso es la pérdida de tal identifi.:.

63
cación. En este sentido la oscilación entre la fase maníaca de la
psicosis -maníaco-depresiva, en que se está identificado con' el
Yo Ideal, y .la fase depresiva señala precisamente que no hay
~olapso sino desde la identificación con el Yo Ideal, ·la que se
pierde para dar paso a la fase depresiva.
Las condiciones que pueden dar lugar al colapso narcisista
son múltiples, y sin que nuestra enumeración tenga un carácter
exhaustivo, mencionamos las siguientes:
a) la emergencia de aquello que no puede ser renegado por el
Yo, renegado en el sentido estrictamente freudiano del término. El
reanálisis que hace ' Lacan del caso Juanito en el seminario sobre
HLas relaciones de objeto y las estructuras freudianas" ,3 dejando a
un lado su concepción de la fobia, a la que no podemos adherirnos,
contiene un pasaje en el que deseamos detenernos. Lacan plantea
que el colapso de J uanito sobreviene en el momento en que tiene
su primera erección. En ese momento se le hace "real" su pene.
Lo notable es que en el momento en que su pene sufre la erec-
ción, o sea, en el momento en que es más largo que nunca, Jua-
nito entra en colapso. Y sucede esto porque en el momento de la
erección el pene atrae su atención -en ese sentido se le con·
vierte en real- y Juanito puede entonces compararlo con los
otros penes. De esta compar~ción resulta que él, que se sentía
todo para la madre, y por lo tanto dotado de máximo valor
fálico, al ver que su pene es chico en comparación con los de-
más, "esa cosita" le aparece miserable. ¿Pero miserable con res·
pecto a qué? No solo con respecto a otro pene, puro objetivo
anatómico. Miserable por contraste con él mismo que estaba
identificado con el falo, que era todo para la madre.
Lo que se destaca en este pasaje es que indica que el co·
lapso narcisista se puede producir en el momento de triunfar,
ya que ese triunfo lo es para un observador externo, pero no
para el sujeto. Este triunfo fija un punto de referencia, un mo-
mento de evaluación. Es el caso del escritor que obtiene un
premio. Para un observador exterior a él es . un triunfo, pero para
el escritor ese premio posibilita el momento de evaluación al
que nos referíamos, y por lo tanto, ¡qué miseria es ese premio

3 J. Lacan, uLa relation d'objet et les structures freudiennes", seminario pu-


blicado en el BI.tlletin de Psychologie de la Sorbonne, París,

64
comparado con los altos designios a que aspiraba, el Premio No-
bel por ejemplo!, o con aquel Yo Ideal encarnado en algún gran
escritqr de la antigüedad con el cual él se compara.
~o se trata entonces que el colapso narcisista se produzca
en el n101nento de triunfar por culpa, sino que ni siquiera puede
ser vivido como triunfo, constituyendo, por el contrario, una de-
rrota en la comparación con el :yo Ideal que no se puede al-
canzar. Para que haya culpa es necesario que el acontecimiento
haya sido vivido como triunfo, lo que no sucede en las circuns-
tancias a que nos referimos.
Vemos -así, una vez más, que el colapso es el resultado de
una comparación, de una distancia entre el Yo Ideal y el negati-
vo, y no una apreciación en simples términos absolutos.
b) El colapso narcisista pue_de ocurrir también ante los éxitos
logrados por otra persona. Para el sujeto que obedece a la lógica
de dos posiciones el triunfo de otro lo coloca ante sus ojos como
si fuera el negativo del Yo Ideal. ·Hay una sola posibilidad de
ser el Yo Ideal, hay un solo lugar para éste y si otro lo es, él
queda entonces ubicado en el lugar del negativo del Yo Ideal.
Reco1·demos lo que dijimos respecto al Edipo al final del apartado
"Génesis del narcisismo", en el cap. l.
Ahora bien, cualesquiera que sean las circunstancias en que
se produzca el apartamiento de la identificación con el Y o Ideal,
la caída o posibilidad de caída (acentuamos posibilidad de caí-
da) en el negativo del Yo Ideal produce un estado doloroso, an-
gustiante.
A esta altura nos po~remos valer del modelo que presenta-
mos ya en la Introducción cuando, al remitirnos a "La interpre~
tación de los sueños", recordábamos que Freud vinculaba la ''ex~
periencia de satisfacción" con la "tensión de necesidad". En el
caso del colapso narcisista o ante la in1ninencia del mismo, re-
sulta posible aplicar el modelo que vimos entonces. La identifi..
cación con el negativo del Yo Ideal constituye una situación de
tensión dolorosa, ante la cual el sujeto tiende 4 a identificarse con
el Yo Ideal. O sea:

4 Tenemos · acá nuevamente el concepto de movimiento, así como el deseo


era movimiento.

65
a)

tensión de necesidad deseo Experiencia de


satisfacción

b)
.
Identificación con el
deseo Identificación
negativo · del Y o Ideal
con el Yo Ideal
== tensión narcisista.
Freud habló de una satisfacción narcisista en el Yo Ideal,
. y si la expresión tiene sentido es por su vinculación con otra
expresión freudiana, la de '.'experiencia de satisfacción". Pode-
mos entonces~ legíthnamente, considerar la existencia de una
"tensión narcisista" que, así como la "tensión de necesidad" po-
nía en marcha ·el deseo conducente al reencuentro con la "ex~
periencia de satisfacción", pone en marcha el movimiento psíquico
tendiente al reencuentro con la identificación con el Yo Ideal.
Y si la "te.nsión narcisista" alimenta el deseo de reencuentro con
la identificación con el Yo Ideal, resulta entonces que interviene en
la estructuración del deseo, otorgándole un contenido particular,
y constituyendo en tanto deseo una· entidad motivacional.5
Digamo$, aden1ás, que para comprender qué es la "tensión
narcisista" podemos apelar . al modelo presentado por Freud en
"Inhibición, Síntoma y Angustia". En ese trabajo Freud plantea
que la angustia-señal es precisamente eso, una señal ante la po-

s En el interesante trabajo "Algunos problemas conceptuales en la consirle-


ración de los trastornos del narcisismo" (Rev. Arg. de Psicoanal., 2, 1968,
p. 383), W. G . Joffe, J. Sandler y colaboradores sostienen que "el dolor
mental, en el sentido en que utilizamos aquí el término, refleja una discre-
pancia sustancial entre la: representación mental del verdadero Self en ese
momento y una forma ideal del Self. La falta de autoestima, los sentimientos
de inferioridad y de desvalorización, de vergüenza y de culpa representan
derivados particulares de orden superior del afecto básico de dolor". Véase
también sobre el examen de los trastornos narcisistas: H. Kohut, The Analy-
sis of the Sel/, Int. Uni v. Press, Nueva York, 1971, y el fournal of the
American Psychoanalytic Association, 11? 2, vol. 22, 1974, que publica varios
trapajos sobre el tema.

66
sibilidad de recaída en la situación traumática, diferenciándose
.de la angustia automática que es la reacción que se produce en, el
Yo cuando ya se está en la situación traumática. La angustia-señal
es una especie de anticipo, un alerta que el sujeto vive ante la
posibilidad de volver a vivenciar la angustia automática. Si equi-
paramos situación traumática con colapso narcisista veremos que
la "tensión narcisista" no es necesariamente · la caída en el co-
lapso narcisista, sino la angustia-señal, con contenido. narcisista,
ante la posibilidad de caída en ese tipo particular de situación
traumática.

Reacciones frente a la tensión o al colapso narcisista

El. narcisismo, la hipervaloración de la. representación de sí mis-


mo, constituye un componente esencial de todo ser humano. Nadie
puede escapar a la construcción de modelos ideales y a quedar
ubicado con ·respecto a ellos·. Pero concebir al narcisismo como
universal hace correr' el riesgo de borrar las diferencias ·que
pueda presentar en los distintos sujetos. Si todos fueran narcisis-
tas de igual manera, la e~presión personalidad narcisista carecería
de sentido, pues no existiría una categoría que constituyera su
opuesto. Es necesario, pues, -tratar el problema del narcisismo
con más precisión.
Intentamos ·caracterizar a las personalidades narcisistas, con
todas las insuficiencias que implica la postulación, teniendo en
cuenta que todo lo que acontece en ellas es codificado en fun-
ción de los siguientes factores: a) cuánto valen; b) alcanzan o
no la identificación con el Yo Ideal; c) caen o no en la identi-
ficación con el negativo del Yo Ideal. Pese a que tal caracteri-
zación ad0lece de cierta vaguedad, señala sin embargo 'una ten-
dencia, que constituye el centro de la categoría: la preocupación
·p or la valoración, por la autoestima. Así como el fóbico codifi-
ca todo en función de la peligrosidad que pueda tener, el narci-
sista lo hace et lunción __Qel .Yator que tenga: es o no_es perfecto/
------ . . .

6 Digamos, para evitar malos entendidos, que no estamos contraponiendo el


ser f óbico al ser narcisista, pues se puede tener ambos atributos. Lo que hace-
mos es señalar por medio de una comparación cómo una determinada forma
de codificar permite edificar conceptualmente una categoría.
\

67
Las formas que asuma el narc1s1smo y las diferentes defen-
sas frente a la tensión narcisista intervendrán en la génesis , de
los distintos cuadros psicopatológicos. Que Freud entendió así
este carácter universal del narcisismo lo testimonia ese párrafo
de "Introducción al narcisismo", al cual lamentablemente no se
le presta suficiente atención, en que dice: "El frecuente origen
de la paranoia en un daño al Yo, en una frustración de satis-
facción dentro de la esfera del Ideal del Y o se hace, por lo tanto.
inteligible." 7
Si la homosexualidad era para Freud la causa de la paranoia
en d caso Schreber en 1911, en el texto citado de 1914, puede
explicar en qué sentido debe entenderse tal correlación. El impul~
so homosexual resulta intolerable al sujeto porque afecta a su
narcisismo, a su propia valoración, y de 'a hí entonces que deba
apelar a los complicados mecanismos ·de la paranoia para recha-
zar la· percatación de su conciencia. Recordemos también que en
el texto de "Introducción al narcisismo" Freud sostiene que la
construcción de un Ideal es la condición para que haya repre-
sión, es decir que la necesidad de conformar la propia imagen
a la altura del Ideal determina que algunas representaciones sean
in.tolerables para la conciencia, porque ubican al sujeto de tal
i:nodo que no es aquello a que aspira . .
Entendido así el narcisismo, como una estructura motivacio-
nal, lo podemos reencontrar en cuadros 'clásicos de la psiéopa-
tología. El cuadro del delirio sensitivo de autorreferencia, des-
cripto por Kretschmer, en que el individuo, constantemente pre-
ocupado por lo que piensan de él, cree entender los acontecimien-
tos de su entorno como referencias desvalorizantes de su persona,
pone al desnudo el problema del narcisismo. Se trata de una si-
tuación en que una injuria narcisista produce efectos. El exhibi-
cionismo, los rasgos de orgullo, de vanidad, de vergüenza, todos
tienen que ver con el narcisismo. Ya veremos enseguida en qué
forma.

7 S. Freud, "Introducción al narcisismo", S.E., vol. XIV, p. 102.

68
Defensas del narcisismo

Frente a la "tensión narcisista" se pueden poner en juego de-


fensas para evitar la caída en el colapso narcisista. Según una
caracterización global, esas defensas pueden ser de dos órdenes:
a) específicas del narcisismo: son las del orden de las compensa-
1
ciones, aquellas en que se adquiere un atributo positivo que per-
mite identificar itnaginarian1ente el sujeto con el Yo Ideal; b) no
específicas: pode1nos enu1nerar en ellas los distintos 'n1ecanismos
de defensa. No nos detendren1os en estos últitnos sino que, por
su especificidad, nos interesan ]as primeras, las compensaciones.
Ante la "tensión narcisista" el individuo puede buscar una
compensación en los logros externos: posiciones, status, pr"emios,
triunfos, poder, etcétera. Logra así que la realidad exterior le de-
vuelva desde los ojos de los demás la identificación con el Yo
Ideal. Pero. como esta identificación se tambalea continuamente,
el sujeto necesita contrarrestar sin cesar la tensión narcisista me-
diante nuevos logros.
La compensación puede ocurrir exclusivamente en la fanta-
sía. Recuérdese al respecto lo que señalábamos en otro capítulo
acerca de los sueños diurnos de los adolescentes, en los cuales
Lagache destacaba el carácter de megalomanía.8
Pero las compensaciones de la injuria narcisista tanto en la
realidad co1no en la fantasía pueden realizarse mediante sustitutos·
simbólicos de aquello que uno se siente que no se tiene. Ilustremos
esto con el fetichismo o también con el travestismo. En la película
Ana y los lobos, de Saura, existe un personaje, el hermano mayor,
cuyo hobby es colecc;ionar uniformes militares. En un pasaje de·
la película en que la madre relata los sistemas de crianza. que
había empleado con sus distintos hijos, dice que lo vestía de nena
hasta que hizo la primera comunión, porque en realidad quería
una hija. El hermano mayor, frente al daño narcisista de la iden-
tificación femenina,- y así ·d~ebe entenderse la ansiedad de cas-
tración, en cuyo detalle entraren1os enseguida, hace una compen-
sáción: se convierte en fetichista y a través del uniforme militar
asume unc;t identidad idealizada, como se puede observar ~ua~do

.s D. Lagache, "La psychanalyse et la structure de la personnalité", en . La


Psychanalyse, P.U.F., París, 1962, vol. VI, p. 39.

69
se conduce de un modo exhibicionista frente a Ana. Igual valor
tiene su interés narcisista por las armas o ·por las botas militares.·
En el caso del travestista, ya sea el qu~ se identifica con la
mujer o la mujer que se disfraza de hombre, logra acceder a tra-
vés del disfraz a la posición de máxima valoración, al identifi-
carse con el "Yo Ideal. La identidad sexual que correspondería
al sexo que tienen anatómicamente es vivida como la caída en
el negativo del Yo Ideal. A través del travestí lo que se está ha-
ciendo es identificarse con el personaje todopoderoso que el
disfraz le crea la ilusión de ser. El travestí sirve para convertirlo
en el falo.
Es necesario aclarar aquí qué se entiende por falo para evi-
tar que esta expresión se convierta en un slogan de fácil circu-
lación, de sentido sobreentendido pero no aclarado. Digamos por
co~enzar que el complejo de castración no es solo temor al daño
corporal.9 Freud dice que el complejo de castración es en I el
hombre ansiedad de castración y en la mujer envidia al pene.
Esto último es esencial porque señala que en la mujer la ansie-
dad no reside · en que se le corte algo que ella siente que no
tiene, sino en el deseo de tener lo 'que le otorgaría la máxima
valoración. Si se entiende por valor fálico la máxima valoración,
cualquier cosa, cualquier elemento que completando algo lo trans-
forme en perfecto, que colme una falta, será el falo. Pero, como
señala abundantemente al respecto toda la literatura lacaniana, el
pene en sí mismo no es el falo, y éste puede estar constituido,
como hemos dicho, por cualquier ·atributo: para la madre, por
el hijo, para el fetichista, por su fetiche, para el travestí,- por su
disfraz.
Cuando sobreviene el descubrimiento de la diferencia anató-
mica entre los dos sexos el pene podrá ser el representante de
la completud, de la perfección, y solo entonces quedará cargado
de valor fálico. Desde esta perspectiva es posible entend~r que
_cuando Freud dice que el fetiche es el falo materno, esta aseve-
ración tiene un sentido restringido y uno amplio. El· sentido res-

9 Existe un equívoco con respecto al concepto freudiano de complejo de


castración, pues se lo ha entendido como ansiedad de daño corporal; para
no entrar en desplazamientos injustos señalemos que el propio Freud ha dado
lugar a ese maientendido.

70
tringido es ver al falo como el pene materno, pero el sentido
amplio, que es el que más nos interesa, es entender al fe_tiche
como aquello que tiene valor fálico. Esto liga indisolublemente
el fetichismo al narcisismo dado que si el fe tiche otorga el valor
f áli90 permite la identificación con el Yo Ideal.
.... Si resulta necesario redefinir el complejo de castr~ción es
porque. la castración debe entenderse precisamente como la pér-
dida de ese valor fálico. Esta es la castración simbólica a que
alude Lacan, lectura .de Freud tendenciosa sin lugar, pero que
tiene el mérito de rescatar el carácter amplio que otorgó Freud
al complejo de castración.
Reducir la castración a la ansiedad corporal -aun cuando
a ésta se le otorguen distintas modalidades, como en la teoría
kleiniana: pérdida de una parte del cuerpo, pérdida del pene,
vaciamiento del vientre materno, etcétera, o las distintas formas
bajo las cuales la admitió Freud: destete, pérdida de las heces,
pérdida del pene-· es no tener en cuenta que todas estas mo-
dalidades corporales constituyen una de las formas que puede
asumir la castración. Recordemos que según Freud 1a causa de
la ansiedad de castración es el interés narcisista por el pene. Es
precisamente "por eso, porque el pene tiene una significación
particular del orden de la valoración, que su pérdi~a angustia
más que el dolor físico que podría provocar la lesión anatómica
de cualquier otra parte del cuerpo. Si la pérdida de un pie o de
una mano actúa como sustituto simbólico de la pérdida del pene
· es porque lo que está en juego no es el dolor físico sino una
determinada valoración. Si no fuera así no se podría entender
1

por qué habría de provocar tanta preocupación la pérdida del


pene, y no la de otra zona corporal, eventualmente tan sensible
a una herida como aquélla.
Para continuar con el examen de la importancia del narci-
sismo par.a la psicopatología tomemos el caso del. exhibicionista.
Cuando el exhibicionista se desabrocha el pantalón mostrando su
pene, contrarrestando así su ansiedad de castración, ·no solo esta
diciendo: "Yo no tengo el dolor de la castración física, ésta no
ha tenido lugar", como muchas veces se ha entendido la castra-
ción. Lo que está diciendo es: "Miren mi falo, quién soy, mi-
ren lo que tengo''. En eso reside todo el orgullo del exhibicionista.

71
Si se entiende el exhibicionismo no solo como ese caso parti-
cular de ostentación del pene, sino como cualquier tipo de exhi-
bicionismo. de orden físico, mental, moral, se llega a la notable
conclusión de que se ha hecho una verdadera desfiguración y
simplificación del tema 'del exhibicionismo. El exhibicionista fue
entendido como aquel que, simbólicamente, sustitutivamente, a .
través de lo que ·mostraba, señalaba la existencia de· un pene
poder_oso. Si exhibía su men.te, su auto, éstos en realidad consti-
tuían penes. Y comó además la teoría del simbolismo que se
utilizaba pará estas ecuaciones era la de la analogfa 'morfológica
o funcional, se búscaba correlaciones de formas, en el sentido
más corriente del térM.ino, que hubieran permitido el ·pasaje del
pene al símbolo que· :io representaba. Que la razón del exhibicio-
nismo deba buscarse en otro lugar áistinto del pene nos lo evi-
dencia el hecho de que el nifio es y lo hacen exhibicionista .
antes de la edad del reconocimiento anatómico de los sexos.
Basta ver a un niño de pocos meses haciendo monerías para
darse cuenta de que la estructura exhibicionista no deriva ·de la
importancia atribuida al pene, que correspondería al período
edípico freudiano de tres a cinco años. La niña es exhibkionista
antes del reconocimiento de la diferencia anatómica de los se-
xos, antes de que pueda convertir al pene en un objeto de exhibi-
ción. El exhibicionismo está mucho más relacionado con el falo, con .
el deseo de ser todo para el otro, que. con el pene. Después, el valor
exhibicionista de éste será un efecto de la estructura exhibicio-
nista y no al revés. Las distintas modalidades exhibicionistas no
son por tanto sustitutos shnbólicos de la exhibición del pene sin<7
. que éste asume el valor fálico de la estructura exhibicionista.

Falla de las compensaciones

Si los logros, las fantasías. las identificaciones imaginarias, el


exhibicionismo, son modalidades bajo la.s cuales se puede salir
de la "tensión narcisista" para arribar a l~ identificación con el
Yo Ideal, en algunas circunstancias la "tensión narcisista" es com-
batida por otros medios: la eliminación de la percatación de la
ofensa narcisista. Entramos entonces, como hemos señalado más
arriba, en la utilización de los diferentes mecanismos de defensa
' 72
que se pueden poner en acción frente a las representaciones do-
lorosas: represión, negación, renegación, etcétera.
Ahora bien, si las compensaciones frente a la tensión nar-
cisista, o los distintos mecanismos de defensa fracasan por algún
motivo, se produce entonces el "colapso narcisista", el cual es
causa de la depresión, que más adelante caracterizaremos como
depresión narcisista.

73
Capítulo III

CULPA Y DEPRESióN.
PAPEL DE LA AGRESIÓN EN LA DEPRESIÓN

La mayorfa de Jos autores psicoanalíticos han subrayado el papel


que desempeña la agresión en la génesis de la depresión.1 No nos
detendremos a estudiar cuáles son los factores que inciden en la
determinación de la agresión, el papel de la pulsión, de la frus-
tración, de la identificación. Lo que nos guía, más bien, es tratar
de e~pccificar en _qué forma la agresión puede conducir a la de-
presión. Digamos a modo de aclaración preliminar que . conside-
raremos con10 agresión a la intencionalidad de provocar daño o
sufrimiento, ya sea físico o n1oral, por el placer que ello implica.
La agresión no queda caracterizada así exclusivamente por sus
efectos, sino por la motivacion subjetiva que la desencadena. Es
por ello qu'e hablamos de i~ltencionalidad agresiva.

Agresión al narcisismo

Una vez constituido el Yo Ideal y vivenciada la tensión narcisista


ante la caída en la identificación con el negativo del Yg, Ideal,
es decir experienciado el dolor propio del , narcisismo, el indi-
viduo puede satisfacer su intenciona}.idad agresiva a través del
sufrimiento que alguien experimenta al sentirse inferior, malo. En
estas condiciones la palabra · adquiere toda la eficacia simbólica
de un arma, posibilitando que- se haga sufrir mediante la ridi··

1H. Rosenf~ld, "Una investigación sobre la teoría analítica de la depresión",·


Rev. Uruguaya ele Psicoanal., 1963, t. 2, n'? 1, '•p. 53.

74
culización, la inferiorización. Así como el ataque corporal tiene
sus armas específicas, la palabra -constituye el instrumento privi-
legiado de ataque al narcisismo, .aun cuando no sea el único.
Cuando enfocan1os el tema de la castración simbólica des-
tacamos que no debía considerarse al daño narcisista como una
forma sustituta del daño corporal. Si bien en el desarrollo evo-
lutivo el dolor corporal puede ser un antecedente genético del
dolor n1oral o psíquico, el esquema que trata de entender ia agre-
sión como esencialmente corporql es reduccionista, como lo de-
muestran todos los casos en qúe se acepta el dolor corporal
antes que el deshonor. El harakiri constituye un buen ejemplo;
o también el dolor del tajo en la cara durante el duelo criollo
adquiere tal carácter por la . injuria narcisista que ocasiona y la
imagen de debilidad que crea, y no por el mero sufrimiento del
desgarro corporal. Más que tajo es marca que señala la firma
del adversario triunfante.
Por otra parte no es válido pensar que, detrás de lo que
aparece como daño al narcisismo, lo que verdaderamente se teme
sea el daño corporal bajo el cual se lo vivencia en la fantasía.
El ejemplo del harakiri no se explica desde esta perspectiva. Aun
más, el dolor corporal puede ser modificado en su existencia mis-
ma por medio de la significación que se le· otorgue. La palmada
sin fuerza en el trasero de un niño provoca su llanto por la sig-
nificación de desamor y humillación que adquiere para él.
Con esto queremos seJalar el carácter simplificador de los
análisis que transcurren ~xclusivamente en el examen del temor
a los daños corporales~ o de la intencionalidad agresiva corporal,
análisis en que se trata de detaJiar las mil y una formas de agre-
sión .que se supone son las más temidas: lastimar, quemar, des-
garrar, etcétera. Subrayemos simplificante y exclusivamente para
indicar que ese nivel debe ser analizado, pero, a su vez, articu-
lado en su significación. La teoría kleiniana, por no tener en
cuenta esto, subestimó el tema de la agresión al narcisismo. Y no
basta con señalar . una que otra línea de un texto de Melanie
.Klein, o de alguno de sus seguidores, para alegar que se ha con-
templado el tema del narcisismo; una obra se· define por su
orientación general, y no por una cita ocasional. Los cientos de
casos kleiaianos publicados y, por comenzar, los de la propia

75
· Melanie Klein, se dedican a reseñar que la intencionalidad agre-:
siva ocurre fundamentalmente en un nivel corporal, concreto.
Cuando la agresión está dirigida contra el propio sujeto,
cuando, según \Veiss, éste no se ama sino que se odia 2 a través
del eslabonamiento agresión-desvalorización-colapso narcisista, pue-
de caer en la depresión. Cuando analicemos el papel del Superyó
en el autorreproche volveren1os a estudiar con más detalle este
problema.
Ahora bien, así como el narcisisn10 es el amor por el propio
Yo, o sea, es una relación consigo nlismo en que el Yo es tomado
con10 objeto de amor por el individuo, de igual manera la autoagre-
sión es una relación del individuo consigo mismo en que el Yo
es tomado como objeto de odio. La autoagresión es a la inten-
cionalidad agresiva lo que el narcisismo es al amor. Se abre
así toda la posibilidad de analizar la relación de odio consigo
misn10 como la interiorización de una relación intersubjetiva.

Condiciones del masoquismo

Queremos adelantar aquí la necesidad de distinguir dos tipos de


condiciones en que el sufrimiento puede dar placer.

1) Cuando a través del sufrimiento se busca el a-mor del otro o


del Superyó. La autoagresión y el sufrimiento actúan como sacri-
ficio rítual, como propiciación. No constituyen el fin en sí mismo
sino un medio, el que se cree adecuado para conseguir el amor
d~l otro, o aplacar al perseguidor. Sufrir es una especie de con-
traseña para el amor. Es vivido por e] individuo como indicio de
bondad.
Toda la cultura induce este tipo · de masoquismo. Se premia
al sufrimiento, de modo que la persona confunde el hecho de que
se le diga "pobre" con el hecho de que se la quiera, quedando
de esta manera fijada a una forma prevalente de demanda de
amor. De ahí que algunos individuos no aceptan que se crea
que están bien. Cuando se encuentran con otra persona, la reci-
ben con el rosario de sus desgracias, pues necesitan verse~ su-

2 Tomado a partir de Rosenfeld en op. cit., nota 1.

76
friendo para entrever la posibilidad de sentirse queridos. Lo que
sucede es que como el sujeto está escindido, mientras un polo de
identificación sufre, otro lo mira sufrir. No se identifican con el
dolor sino con la contemplación del dolor desde una perspectiva
de amor por el sufriente.
Los sueños diurnós de muerte heroica, .vivida con estoicismo
ante la mirada admirativa de los demás, constituyen un buen
ejemplo de lo que acabamos de consignar.
Pero si en estos casos la intención no es provocar el sufri-
miento en sí mismo sino el amor del otro, sucede a veces lo que
le ocurrió al aprendiz de brujo, y el individuo queda atrapado
en la propia imagen que ha intentado dar, pasando a tomar como
identidad lo que antes era un polo de identificación. Interesa
entonces señalar una progresión: un primer tiempo en que el sujeto
necesita activamente verse a sí mismo como si estuviera mal, y un
segundo tiempo en que esa imagen cobra autonomía con respecto ·
a la situación... original que la determinó, situación de demanda
de amor, y ella, que era fuente de placer, se convierte en causa
de sufrimiento. El sufriente queda capturado por su propia ima-
gen y entonces puede lamentarse de ser lo que en un momento
quiso ser.
2) En este caso, a diferencia del anterior, se busca el sufrimiento
en sí. Cuando alguien se dice a sí mismo: "te lo merecés", el
placer no es del que sufre sino del que castiga. En este caso, aun
cuando se habla de masoquismo, el placer se realiza desde la
identificación con el agresor, desde la parte sádica. Pensar esta
situación en términos de masoquismo sería tomar solo lo mani-
fiesto y considerar al sujeto como unificado. Si se reconoce la
escisión, queda en claro por qué Freud vio al masoquismo unido
al sadismo, formando el par sado-masoquismo.
En el llamado masoquismo moral hay una doble satis{ac-
ción: por un lado la parte que at aéi,--o sea el polo de identifica-
ción con la figura vengadora, y· por otro lado la parte que sufre,
o sea el polo de identificación que siente que al ser contemplado
. se lo ve como que es bueno, sufriendo. Por lo que se puede ver
el masoquismo moral es una situación qúe abarca las dos con-
diciones que hemos descripto más arriba.

77
Relació11 agresión-culpa-depresión. Exanzen de la teoría kleiniana

El apartado anterior ha servido de introducción al estudio del


papel de la agresión en la génesis de la depresión; es necesario
ahora encarar el esquema de Melanie K!ein, debido a la difusión
que ha adquirido como intento de explicar la depresión.
Según ]a autora me11:cionada In agresión genera culpa cuando
se integra el objeto bueno y malo en un objeto total, con la con-
siguiente integración de las einociones de amor y odio, de modo
que se siente responsabilidad por lo que se le ha hecho al objeto
bueno. El sujeto se siente entonces culpable y, penando por el
objeto, se deprime. Lo notable es que no se haya dado ninguna
razón capaz de fundamentar la relación entre culpa y depresión,
sino que se ha tomado a ésta como una reacción de orden na-
tural, siempre que se hayan cun1plido las eondiciones menciona-
das. En vez de tratar de ver cuál es la razón por la cual la culpa
genera depresión, lo que, a nuestr.o juicio, hubiera llevado a acla-
raciones significativas, se limitó a la constatación. de una evidencia.
El esquema - kleiniano supone entonces el siguiente encade-
namiento que tiene carácter de serie causal, de manera que pre-
sentados en un determinado orden, cada elemento es causa del que
le sigue: agresión determina culpa, y ésta, depresión. Exa·mine-
mos pues cada uno de los ·eslabones. En primer término la agre-
sión en tanto capaz de generar culpa. Deben1os decir al respecto
que la agresión no produce automáticainente culpa. En la Con-
ferencia XXXI de "Nuevas aportaciones al psicoanálisis", Freud
destaca que el sentimiento de culpa es la consecuencia de la
pugna o tensfón existente entre el Yo y el Superyó. Pero antes de
que se constituya el Superyó, existe un estado en que. todavía
·no se puede hablar de culpa sino de ansiedad social. Dice Freud:
"Pero, como es sabido, el niño pequeño es amoral, no posee
inhibición alguna de sus impulsos tendientes al placer; el papel
que Juego toma a su cargo el Sµperyó es desempeñado primero
por un poder exterior, por la· autoridad de los padres. La in-
fluencia de los padres gobierna al niño con el otorgamiento de
pruebas de cariño y amenazas de castigos que indican al niño
una pérdida de amor y son además terÍ'ibles de por sí. Este miedo
rea1 es e] antecedente del 1niedo ulterior a la conciencia n1oral;
1nientras reina no hay que hablar de Superyó ni de conciencia

78
moral. Solo después se forma la situación secundaria que acep-
-tamos de1nasiado a la ligera como 'normal, situación en la cual
la inhibición o sea la restricción exterior ·es interiorizada siendo
sustituida la instancia parental por el Superyó, el cual vigila,
amenaza al Yo como exactamente antes los padres al niño." 3
La importancia de esta cita radica en el hecho de que destaca
elocuentemente que el Superyó no existe en el momento del na-
ci1niento sino que es construido, que es precedido por una etapa
en que el niño tiene miedo si realiza un acto considerado ilí~i to
por los mayores y siempre que exista ·1a posibilidad de ser des-
cubierto. Esta etapa, en la que segün Freud no existe culpa sino
ansiedad social, merece nuestro interés. La deno1ninación de an-
siedad social intenta hacer resaltar que la ansiedad es causada
por un factor de orden social, exterior al sujeto.
Ahora b~ep., en estas condiciones uno se puede preguntar
si dado que el niño sabe que está haciendo a]go que lo expone
_al _castigo, si, dado que tiene un conocimiento de la norma, no
se puede llamar Superyó a este conocimiento. Para Freud la res-
puesta es clara: el conocimiento no es suficiente, pues la exis-
tencia del Superyó implica además que el sujeto esté identificado
con la norma, que la tome como propia.
·>~Se podría pensar que la concepción kleiniana de la ansiedad -
persecutoria o, como ha sido especificada por Grinberg,4 de la
~ulpa persecutoria es equivalente a la ansiedad social en Freud.
Sin embargo, en la concepción kleiniana si el niño tiene miedo
es porque proyectó en el otro su propio Superyó perseguidor, el
cual a su vez resultó de la introyección de un pecho vivido como
perseguidor por las fantasías agresivas del propio niño. En Freud,
en cambio, es notable el aporte de la cultura a la constitución -
de la norma; el niño se inscribe en ella, pudiendo no identifi-
carse con la misma. El aspecto de la identificación es central dado
que ubica el problema en la relación intersubjétiva, en sus vici-
situdes, en la constitución del sujeto. Y aunque Freud no dejara
para nada de .lado el papel de las fantasías del niño, como lo
señalara explícitamente en el "Malestar en la Cultura", se..hace

3 S. Freud, "Conf. XXXI" (1932-33) , S.E., vol. XXIl; p. 62.


4 León Grinberg, Culpa y depresión, Paidós, Buenos Afres, 1963.

79
hincapié sin embargo en el papel de la autoridad exterior ·y de
la norma que de ella emana.
Aunque Melanie Klein, en cambio, señala,· reiteradamente el
papel del objeto externo, coloca su acento en 1a fantasía del niño,
fantasía que tendría una autonomía de por .s í .. Lo externo en Me-
lanie Klein cumple más bien el papel de un modulador, de algo
que puede neutralizar la acción. de las pulsiones de vida y muerte,
mitigándolas o exacerbándolus, que el de un agente que inter-
viene en la estructuración misma de la fantasía.
Lo básico en el sentimiento de culpa no es la presencia de
inayor o menor agresión sino cón10 se inscribe éste. Hay _un pa-
saje de Freud en~' Introducción al narcisismo" que realmente vale
la pena citar: "Los impulsos, sucesos, deseos o impresiones que
un individuo detern1inado tolera en sí o por lo menos elabora
conscientemente son rechazados por otros con indignación, o in-
cluso ahogados antes de que puedan llegar a la conciencia. Po-
demos decir que uno de estos sujetos ha construido un Ideal con
el que compara su Yo real, mientras que el otro carece de seme-
jante Ideal." Repárese err la última parte de la cita: "el otro ca-
rece de se1nejante Ideal". La frase es taxativa. No es que se
tenga el Ideal y éste se encuentre reprimido~
No hay por qué suponer una construcción del Ideal del Yo
uniforme para todos los individuos, para todos los 1 'grupos, para
todas las culturas. Esto nos plantea la necesidad de -investigar
más profundan1ente la constitución de los distintos modelos de
Ideal del Yo, y nos alerta acerca de una conversión mecánica
de la agresión en sentin1iento de culpabilidad. Existe'n numerosos
casos · en que la agresión en -vez de producir culpa es por el
contrario valorada, vivida con orgullo, como algo meritorio.
Para representar la relación entre la agresión real o fanta-
seada y el sentimiento de culpabilidad podemos hacer uso de
un gráfico.
Si tenemos un par de coordenadas, y colocamos en uno de
los ejes a la agresión real o fantasea da y en . el otro la codifica-
ción culpógena, podemos ver que entre ambos ejes se delimita
un área que representa al sentimiento de culpabilidad. Nos parece
particularmente útil este gráfico porque al articular el papel de
la agresión con la codificación permite visualizar que la agresión
juega un papel, aunque junto a esta última. Que es ilustrativo

80
codificación cu1pógcna

y no pretende dar una cuantificación exacta nos lo demuestra


el hecho de que no vale para el valor cero de cualquiera de las·
coordenadas, y esto, por otra parte, ·si bien. es matemáticamente
pensable, no lo es desde el punto de vista ·psicoanalítico, pues
no existe en un individuo una situación en que la agr~sión tome
el valor cero.
La misma Klein reconoció que la agresión no ·implica auto-
máticamente culpa cuando desta.có que en la posición esquizo-
paranoi.de la agresión no genera remordimiento, preocupación por
el otro, o deseos de reparar, y que éstos solo cuand.o: .existen con-
forman la posición depresiva. Pero el problema .radica en que
. Melanie Klein entendió, como ya lo adelantamos en otro capí-.
tulo, que el arribo a la posición depresiva. era el resultado '.de
una maduración propia del individuo: si todo va bien, se alcanza
esa síntesis entre dos objetos parciales y se llega al objeto · total
sobre el que convergen los ilnpulsos de amor y odio; con la
preocupación correspondiente al hecho de que se o~ia al mismo
objeto que se ama. Como diría · Melanie -Klein: . El amor predo-
mina sobre el odio; se siente responsabilidad y culpa por los ata-
ques realizados contra el objeto. Lo que no advirtió Klein es el
hecho de que ver al objeto como algo total, sentir pena por él,
experimentar remordimientos y deseos de repararlo no es algo
que se genere como un proceso dentro del individuo por la me-
cánica propia de sus impulsos sino que resulta de una adquisición;
por parte del individuo, de las categorías que le aporta la cul-
tura, categorías en las que se determina que el que atacó es malo;_

81
que el objeto sufre, que debe repararlo, etcétera. Lo que ella vio, ·
como desarrollo de pensamientos que se desenvuelven en el inte-
rior de un . psiquismo, es en realidad la inscripción de pensamien- .
tos que ya están en la cultura como estructuras preformadas en
relación con el individuo. Lo que determinará entonces que uno
quede ·fijado a la ·posición esquizo-paranoide, o pase a la posi-
ción depresiva, no serán por lo ·tanto las vicisitudes de la madu-
ración de un proceso que se produciría espontáneamente si nada
lo perturbase, sino, por el contrario, las vicisitudes de la pre-
sencia o ausencia de determinados códigos en los person(;ljes sig~
nificativos del individuo y de la interiorización de esos códigos
en el interjuego complejo de deseos en que se constituye el sujeto.
Queda claro entonces que no cuestionamos el hecho de que
la agresión genere culpa sino que objetamos las condiciones que
en el análisis kleiniano aparecen como suficientes para dar cuenta
de este paso de la agresión a la culpa.
Pero la teoría kleiniana no solo simplificó el examen de la
relación agresión-culpa sino que supuso que si hay culpa en un
. individuo es porque previamente tiene que haber habido agresióP.
real o fantaseada. Veremos que esta concepción descuida elemen·
tos esenciales· del funcionamiento psíquico y de la relación del
hombre con la cultura. Sentirse malo, agresivo, no es necesaria-
mente resultado de una progresión que parte de un hecho ~in­
gular, en que alguien se representa agrediendo, y luego extrae la
conclusión lógica de que es n1alo y agresivo. No es un simple
proceso de generalización a partir de proposiciones singulares,
ya que el Yo en tanto representación de sí mismo se constituye
por momentos de identificación totalizantes.
En efecto, si el personaje significativo ve al niño como
malo, ya se lo diga explícitamente o bien se lo transmita a través
de las mil formas sutiles en que se puede inducir inconsciente-
mente en otro una determinada imagen de sí, el niño se re-
presentará a ~í mismo como malo independientemente de sus con-
ductas o fantasías. Y el personaje significativo puede verlo como
malo sin que · este juicio de atribución guarde ninguna relación
con lo que el niño es o haga. Uno de los padres p1.i"ed.e ''decidir"
antes del nacimiento del hijo que éste será malo, o al verlo in-
mediatamente después del nacimiento representarse al hijo de
esa manera porque éste tiene el mismo color de ojos o de cabellos

82
que tal personaje odiado al que se considera malo. Nada ha hecho
este niño y ya es malo para el inconsciente de su adulto signifi-
cativo, imagen totalizante desvinculada de experiencias singula-
res que presuntamente la irían construyendo como total. La re-
presentación que el niño se haga de sí mismo, constituida por la
captación de la imagen que le viene del otro, será entonces la de
alguien malo.
Así como el niño puede tomar valor fálico independiente-
mente de sus propiedades reales y de sus conductas o fantasías,
porque así es para el deseo de sus padres, de igual manera puede
convertirse en el negativo del Yo Ideal para el eje semántico de
la bondad-maldad y constituirse como alguien malo y culpabilizado.
Por. otra parte la imagen de sí como la de alguien malo pue-
de originarse en la identificación con figuras cufposas. El niño,
al identificarse con la imagen de su adulto significatiYo que tiene
a su vez como imagen de sí la de ser malo y que se siente cons-
tantemente culpable, podrá tomar como propia la que le perte-
nece a aquél. Recuérdese al respecto el ejemplo del adolescente
melancólico, hijo de madre soltera, citado anteriormente. En aquel
caso, por identificación con una figura desvalorizada, adquirió
un Yo representación desvalorizado. Lo mismo puede suceder con
la representación de sí mismo como culpable.
En esa identificación primaria con alguien que se siente cul-
pable, el niño se vivirá en falta continuamente, como si hubiera
agredido, sin necesidad de que lo haya hecho en su conducta o en
su fantasía.
Pero queremos llevar la idea hasta sus últimas consecuen-
cias. No solo se trata de que por la identificación adquirió el
código de que determinadas conductas o fantasías que para otra
gente no serían consideradas agresivas o indicios de maldad, para
él sí lo son. La construcción de su imagen como la de alguien
malo o culpable no solo reside en la forma en que codifica con-
ductas o fantasías particulares. Esta codificación particular, ya
lo hemos señalado reiteradamente al comienzo .de este capítulo~
constituye un camino por el que algui~n se puede sentir culpa-
ble, pero aquí queremos señalar otro camino, el que recorre al-
guien que al identificarse con un personaje significativo que es
culpable adquiere de sí el juicio formulado de que es un infractor
de las normas. No se requiere entonces que hara una conducta

83
particular o fantasía a partir de la que se avale tal juicio. Sucede
exactamente lo mismo que con el prejuicio. Una vez constituido
éste, no se requiere una actitud previa de aquel sobre el cual
recae el prejuicio. Las conductas del personaje odiado serán leí-
das como confirmatorias de lo que se ha afirmado previamente
en el prejuicio. ·
Resulta sorprendente que no se haya advertido que la des-
cripción del prejuicio en un nivel social se aplica completamente
-en tanto representación totalizante- al prejuicio que alguien
puede tener respecto de sí mismo. Más notable aun es que el
estudio del prejuicio haya quedado reducido al nivel psico-socioló-
gico y no se haya visto que en él estaba en acción un modo de
funcionamiento general del psiquismo, que consideraremos deta-
lladan1ente en el capítulo siguiente.
Recapitulando la exposición anterior ven1os entonces que
alguien se puede sentir culpable no por lo que hizo o fantaseó
sino por dos órdenes de condiciones: a) Identificación con la
i1nagen .que otro le da de sí, in1agen en la que aparece como
culpable. b) Identificación con otro que se siente culpable. Con
respecto a este punto, "El Yo y el Ello" contiene un párrafo no-
table que no fue suficientemente explotado por el mismo Freud,
y que todos los que lo siguieron parecieran haber descuidado.
En una nota al pie de página, en el cap. V, cuando está anali-1
zando el sentimiento inconsciente de culpa, Freud dice: "Uno
tiene una oportunidad especial de influir en él cuando este senti-
miento inconsciente de culpa no es propio, es prestado, cuando es
el producto de una identificación con otra persona que una vez
fue objeto de una catexis erótica; un sentimiento de culpa que
su~gió de esta manera -o sea por identificación- es a menudo
la única huella de la relación amorosa abandonada y por eso no
es tan fácil de reconocer como tal." 5 En la traducción de López
Ballesteros falta algo particularmente importante: "cuando no es
· propio, es prestado", pues "no es propio" significa obviamente
que no deriva del propio sujeto.
El párrafo mencionado indica ot~a forma de la constitución
del sentimiento inconsciente de culpabilidad· que no tiene que ver
con pensamientos o conductas agresivas en particular.

s S. Freud.. S.E., vol. XIX, p. 50.

84
Y no. es casual que Freud llegase conceptualmente en "El
Yo y el Ello" a poder formular este origen del sentimiento in-
consciente de culpa. Acababa de .elaborar el concepto de iden-
tificación; lo había hecho sintetizándolo en "Psicología de las
masas y análisis del Yo" y eri "El Yo y el Ello", de modo que
terminar viendo el sentimiento de culpa como el resultado de
una identificación no era más que la aplicación de todo un desarro-
llo teórico que le- había .permitido encontrar otra forma de en-
tender la génesis de la culpa, además de la que aceptaba la clí-
nica freudiana hasta ese momento.
¿Significa esto que la agresión es ajena a la culpa? Lo que
sucede ·es que hay que establecer una diferencia dentro de lo
que está implicado en- el sentimiento de culpa, o sea, por un lado,
qué elementos se articulan en esa estructura cognitiva~afectiva y,
por otro lado, cómo esos mismos elementos dan origen unos a otros
en un individuo en particular. Quizás esto requiera una aclara-
ción. Cuando decimos "lo que está implicado en el sentimiento
de culpa", nos referimos ~ lo que está involucrado cuando al-
guien siente culpa, o en otro orden, cuáles son los elementos
que integran el concepto de culpa. La agresión está relacionada
con el hecho de ver al otro como dañado, de sentirse responsa-
ble de ello, de experimentar pena por él, de desear darle una re-
paración, etcétera, y en esa estructura cognitiva-afectiva la agresión
aparece como un antecedente lógico, o sea, como un prerrequisito,
no como un antecedente cronológico o genético, sino como con-
dición causal de los elementos mencionados en la representación
que se hace el culposo. ·
La estructura del sentimiento de culpa expresada en función
de una proposición, resulta entonces así: "porque agredí siento
que el otro está dañado y porque soy responsable debo reparar el
daño", o mejor "si hay agresión, luego hay culpa". Es decir, en
términos lógicos, si se da la co:qdició~ de la agresión, entonces
hay culpa. Pero una vez constituida la estructura cognitiva ''agre-
sión, luego culpa", no es necesario que el individuo reproduzca
la secuehcia en ese orden. Esto es lo central de la tesis que de-
searnos promover. Si alguien se siente dañino, malo, culpable, y
y~ hemos señalado que ello puede ser el resultado de cualquiera
ae ·1os dos tipos de identificación, entonc~s deducirá, sacará como

85 ·
conclusión, que tiene que haber herido, agredido, ya que aquello
implica esto último.
Utilicemos un ejemplo muy directo, que por eso mismo .· y
por estar ligado a lo manifiesto no debe ser entendido como la
forma en que creemos se induce la representación que alguien
tiene de sí como dañino, malo, agresivo o culpable, sino como
una situación que ilustra fácilmente lo que se quiere mostrar.
Cuando un adulto significativo le dice a un niño: "Sos malo,
mataste al pajarito", no solo le está codificando que matar al pa·
jarito es malo, agresivo, no solo le está induciendo un senti-
miento de culpabilidad referido ·a esa situación en particular, de
modo que cada vez que mate a un pajarito o fantasee con matar
a uno se sentirá culpable, sino que al enunciar "sos malo", ha
creado una identidad que está más allá de un hecho en parti-
cular. El niño pasa a ser malo, o sea una propiedad que hace
a una supuesta esencia del individuo, algo que es permanente, es
una identidad de la cual el haber matado un pajarito es simple-
mente una manifestación, una prueba.
Ahora bien, \ese niño ha adquirido por una parte la estruc- ·
tura "porque agredís sos ma~o" como estructura cognitiva, y si-
multánean1ente, ligada a esta proposición, habrá adquirido la
· identidad de que es malo. Entonces se producirá en él el razo-
namiento: si soy malo, si me siento malo es porque he agredido.
La proposición "si ·hay agresión, luego hay culpa" se invierte, y
en vez de ser la culpa una consecuencia de la agresión, se deduce
que ésta ha tenido que ocurrir porque existe aquélla. Esto es lo
que se puede ver en esos cuadros, que algunos prefieren conside-
. rar verdaderas psicosis, en los que el paciente está preguntándose
constantemente a quién dañó, lastimó, agredió, mató, etcétera.
Recuérdese, entre otros, el caso del Hombre de las Ratas.
La imagen de malo, dañino, es por lo tanto totalizante,
previa, y otorga significación de agresivas a conductas en particular.
Estás son significadas a partir de aquella caracterización general.6
Volvamos ahora a la teoría kleiniana de la culpa. La con-
clusión de qué si alguien tiene sentimientos de culpa ello se debe
a que tiene impulsos agresivos, no hace más que calcar el razo-

6 Volveremos más adelante sobre esta cuestión, cuando ilustremos el papel


de la identificación en ·los sentimientos de culpabilidad.

86 ·
namiento "si soy culpable es porque agredí". Lo teoría aparece
de este modo dando status científico a lo que en realidad no cons-
tituye más que un efecto ilusorio de la captura del sujeto por
una imagen totalizante, a partir de la cual deduce consecuencia_s.
La teoría kleiniana de la culpa falla al suponer que el sentimiento
de culpa resulta únicamente de la captación inconsciente de im-
pulsos agresivos. En vez de poner al descubierto qué es lo deter-
minante, toma a la fantasía como fundante, considerando a su vez
que ésta se halla gobernada en última instancia por los montos
del interjuego pulsional.
Se puede decir entdnces con razón que la teoría kleiniana
de la culpa es ideológica, no solo porque desatiende la codifica-
ción otorgando carácter de esencia humana -a lo que son ubica- .
ciones valorativas, sino muy especialmente porque tiene el con-
cepto de ideológico como recubrimiento, como efecto ilusorio, co-
mo ocultamiento. La teoría kleiniana de la culpa convalida lo
imaginario del individuo y lo eleva al nivel de conocimiento
científico.
Señalemos de paso el efecto iatrogénico de una teoría que
le dice al ·paciente lo mismo que él se dice a sí mismo, aun cuando
lo frasee en términos de fantasías profundas: que si es culpable
es· porque agredió. A la luz de las consideraciones anteriores,
parece posible explicar la culpabilización, que más de uno ad-
virtió en muchos análisis kleiriianos, en función de la teoría de
la que hace uso.
Pero, en este terreno, es injusto atribuir exclusivamente la
responsabilidad a Melanie Klein. Para no prolongar una nefasta
tradición en el Psicoanálisis actual cons.istente en criticar a al-
guno de los continuadores de Freud por algo que en realidad es
imputable al propio Freud, señalemos que cuando éste, en "El
Yo y el Ello", dice que el Superyó sabe más que el propio Yo
de los impulsos agresivos, sienta las bases para que la culpa sea
ineludiblemente derivada de la agresión, concretamente . presente
en un individuo. Cuando analicemos el autorreproche volveremos
a estudiar el problema del empirismo en Freud y tendremos oca-
sión de pasar revista a sus dos concepciones de la culpa, u.na ·
-la que prácticamente está en vigencia en el psicoanálisis.· ac-
tual- que se remonta al trabajo de 1894 sobre "Neuropsicosis
de defensa" y que reaparece constantemente en toda la obra

. 87
freudiana, y otra que tonrn cuerpo en "El Yo y el Ello", aun
cuando no esté ·totalmente desarrollada.

La representación totalizan/e. Deducción inconsciente,


inducción consciente

Cuando analizatnos la relación entre agresión y culpa hemos te-


nido que reconocer la existencia de un nlodo de funcionamiento
del psiquismo en el cual en vez de proceder ele las condiciones sin-
gulares hacia lo que aparece como una consecuencia , o sea de
lo particular a lo menos particular, sucede todo lo contrario, y lo
que en la estructura fundante es consecuencia, en la conciencia
aparece co1no causa. Como · este modo de funcionamiento es más
general que su ocurrencia en el caso de Ja culpa y lo veremos en
acción en la racionalización, en los delirios sislemáticos (celoti-
pia, delirio persecutorio), en los sentin1ientos de inferioridad, en
la manía, etcétera, le dedicaremos una consideración especial.
Comencemos por el caso de la celotipia. En esta forma parti-
cular de paranoia el individuo, que ha llegado a la concluyente
convicción de que es engañado por su pareja, entiende que cada
uno de los actos de ésta tienden al encuentro con el personaje
con el que es engañado, o al ocultamiento de esta situación
de engaño. Si el otro n1iembro de la pareja se demora n1edia hora
es porque se encontró con su a1nante; si se den1ora so-lo unos mi-
nutos es porque se comunicó telefónicamente con aquél ; si no hay
tal demora y no se mueve de su casa, lo hace para despistar . Haga
lo que haga cada conducta será leída c01no ligada a la supuesta
relación ilegítima. Cuando a un individuo que tiene tal convic-
ción se le piden pruebas de lo que afirn1a replica: "Bueno, ayer
llegó media hora tarde ¿no?, "hoy estuvo quince minutos frente
al espejo", etcétera. Es decir, da como evidencia, como fundamen-
to de su afirmación, lo que en realidad dedujo a partir de la con-
vicción inicial.
Veamos un poco más detenidamente la estructura de ra-
zonamiento implicada. Existe primero una afirmación que fun-
ciona como la premisa siguiente: "Mi pareja me es infiel", o plan-
teada en términos que nos permitan utilizar como modelo el silo-
gismo clásico: "Todo lo que mi pareja hace está vinculado al hecho ·

88
d.e serme infiel". Recalquemos la palabra "todo". Luego una se-
gunda proposición que es observacional: ''hace tal cosa" y por
fin la conclusión del razonamiento: "tal cosa es un acto de infi-
delidad".
Ahora bien, lo más interesante es que la direcc!ón del ra-
zonamiento que va desde la convicción que funciona como pre-
misa mayor hasta su conclusión es totalmente inconsciente para
el individuo, y, por .el contrario, lo que aparece en su concien~ia
es la dirección opuesta. Cree que por tales y tales datos singu-
lares debe llegar a la conclusión de que su pareja le es infiel.
Es decir, inconscientemente el razonamiento funciona como un
sistema hipotético deductivo, a partir del cual se derivan conclu-
siones singulares, pero ese individuo se representa su funciona-
miento a la inversa: cree que parte de datos singulares y luego
llega por inducción generalizadora a una conclusión dada. Esta
es la misma estructura de razonamiento que encontramos en to-
dos los delirios sistemáticos, por ejemplo los clásicos de perse-
~.
cuc1on.
Pasemos a otro cuadro., el que Freud designó en "Duelo y
melancolía" con la afortunada expresión de manía de empeque-
ñecimiento. El término manía nos indica aquí algo que es repe-
titivo, una tendencia, una estructura que es productora de múl-
tiples sentimientos de inferioridad. Introduzcamos aquí un ejemplo
clínico: se trata de un paciente que tenía como representación
' de sí la de ser alguien inferior, corporal y mentalmente, represen-
tación que era el resultado de su identificación con la imagen que
de él daba su personaje significativo. En una oportunidad en que
estuvo de novio, no podía entender que todos sus amigos le dije-
ran que su novia era linda cuando él no la veía así. El razona-
miento inconsciente que determinaba que él viera a su pareja como
una mujer fea era el siguiente: "si ella es mi novia no puede ser
linda, porque una mujer linda no me hubiera prestado aten-
ción." En Gambio, lo que aparecía en su conciencia cra: "mi novia
no es linda, esto confirma que yo no valga nada pues no puedo
conseguirme una mujer linda".
Veamos ahora el mecanismo defensivo de la racionalización.
El individuo tiene una conducta~ o un sentimiento, o un pen-
samiento manifiesto, causado por una· motivación que le es in~
consciente. En su conciencia adscribe esa conducta, sentimiento

89
o . pensamiento manifiesto a otra causa que aparece así como ar-
gumento racionalizador. Veamos esto en un esquenia:

n1otivación
inconsciente

efecto 1 n1anifiesto

efecto 2 manifiesto

Existe una motivación inconsciente que determina un efecto,


que llamaremos efecto l. Una vez que aparece ese efecto 1
(sentimiento, impulso, pensamiento) en su conciencia, a partir
de él se produce un argumento racionalizador que es un efecto 2;
y este efecto 2 en vez de ser visto como si fuera causado por ese
efecto 1, es visto como si estuviera motivando al efecto 1. En
el esquema podemos colocar una flecha punteada entre motiva-
ción inconsciente y efecto 2, pues si bien en algunas oportuni-
dades la elección_ del argumento racionalizador lleva ·rastros de
aquellas motivaciones inconscientes, en otras muchas no sucede
así. No siempre es necesario que el argumento racionalizador alu-
da al contenido de lo reprimido. Puede muy bien ser el resultado
de una coincidencia en su aparición tempero-espacial con el efec-
to 1. Esto se ve muy fácilmente en las racionalizaciones de los
niños: cualquier cosa que por coincidencia témpora-espacial apa-
rezca simultáneamente con efecto 1, es tomado como buena excusa
para justificar el efecto 1. Con esto deseamos subrayar que no
es obligatorio que en el argumento racionalizador haya una emer-
gencia de lo reprimido, o sea una transacción, etcétera, aun cuan-
do eso puede suceder. Así como en la elección del objeto fetíche
no hay que buscar una relación analógica con aquello· a lo que
sustituye, lo mismo su~ede con el argumento racionalizador.
En el ·caso de la racionalización, nuevamente, si tomamos en
cuenta el segundo tiempo del mecanis~o, el paso del efecto 1 al
2, el razonamiento consciente sigue ún camino inverso a~ del
razonamiento inconsciente que es determinante.

90
Digamos al pasar que en el primer tiempo la motivación del
efec.to 1 puede ser cualquiera, entre otras una identificación, de
modo que podemos equiparar el caso con el del sentimiento de cul-
pabilidad por identificación.
Tom~mos ahora el caso de la erotomanía. A partir de la idea
de que otra persona está enamorada de él o ella, se deduce que
cada una de las conductas tiende a manifestar secretamente ese
amor, manifestación que por razones diversas no podría ser hecha
explícita. El que sufre de erotomanía ve pruebas, para él ciertas,
del amor de la otra persona. Desde el punto de vista del tema es
la recíproca de la celotipia: en vez de serle infiel y ocultarlo, lo
ama y lo oculta. Pero desde el punto de vista del mecanismo en
acción es lo mismo, hay un esquema global que precede a los
datos particulares y les va otorgando sentido.
Detengámonos ahora en el maníaco que tiene una hiperesti-
mación de sí mismo. A partir de esa representación cada una de
sus conductas o atributos serán juzgadas como magnificentes.
Recuerde lo que decíamos en este mismo capítulo sobre el que
porta el _falo: cada uno de sus atributos v" a ser considerado va-
. lioso, es decir, valores fálicos.
~e~os ahora un tipo de sofisma muy. particular, al que
se ha llamado "petición de principios" o "razonamiento circular".
Consiste en utilizar como pruebas aparentes para una afirmación
general lo que en realidad no ·son sino consecuencias que se han
deducido de esta misma afirmación general. Para dar un ejem-
plo: el diálogo de dos personajes, uno qe lbs cuales le dice al
otro: -"Los fantasmas existen". -"¿Cómo lo sabés? -"Porque
ellos me lo han dicho." En este sofisma el esquema es similar
al que hemos analizado en todos los ejemplos citados anteriormen-
te, o ~ea, una convicción general que crea consecuencias que son
consideradas como si fueran la causa de esa convicción general.
Veamos otro caso, el del sujeto enojado que se acerca a otro,
o a sí mismo, con actitud crítica y termina encontrando defectos
que son después los que a su juicio han justificado su actitud
crítica. Como vemos, la estructura del razonamiento es similar
a la de los casos anteriores.
Estamos ahora en condiciones de iniciar un primer movi-
miento tendiente a la síntesis en el prejuicio y en el sentimiento
de culpabilidad, en la celotipia, en la erotomanía, en la manía

91
de empequeñecimiento, en los delirios sistemáticos, en la "petición
de principios", en .la crítica que· por '-hostilidad va construyendo
argumentos que después aparecen como la causa de la hostilidad,
en los sistemas ideológicos de diferente naturaleza. O sea, en con-
diciones tan diversas que van desde fenómenos psicológicos que ·
se podrían considerar como nortnales · hasta· otros que entran en
el campo franco de la psicosis hemos encontrado un tipo de fun-
cionamiento del psiquismo caracterizado porque la representación
que el individuo se hace conscientemente de su funcionamiento
psíquico le indica que el razonamiento va de lo singular a lo ge-
neral -inducción generalizadora-, mientras que el razonamiento
inconsciente detérminante va de lo general a lo particular, razo-
namiento deductivo. Adviértase que no ponemos el énfasis ni
en la inducción ni en la deducción en sí mismas -en realidad
esto sería de la incumbencia de la lógica-, sino en la relación .
inversa que existe entre ambas estructuras en la conciencia y en
el inconsciente. En este sentido forman una estructura articulada,
y por ello es necesario explicar por qué aparece en la conciencia
un razonamiento que tiene una estructura inversa ·a la d~l razo-
namiento que transcurre inconscientemente.
La primera idea · que podía surgir es que si hay , una entidad
que es inconsciente y otra consciente, que oculta lo anterior, es
por razones defensivas y por la vigencia del principio del placer.
En el caso de la erotomanía y de la man"ía de engrandecimiento
esta argumentación aparecería respaldada. Es obvio que en el caso
de la erotomanía, si se desea pensar que la otra persona está
enamorada, lo que guía -lós indicios que se cree ir detectando Y·
por los cuales· la otra "persona manifestaría secretamente su amor,
es el deseo de ma.ntener la ilusión de que la otra persona está
realmente enamorada.
Pero una cosa es la razón de la constitución de un meca-
nismo y otra la ·utilización de este mecanismo con diferentes
finalidades. El caso del desplazamiento es típico en este. sentido.
Es un mecanismo general del funcionamiento del psiquismo, pro-
pio del "proceso prin1ario", que puede ser .utilizado ·por la cen-
sura o por la defensa, pero que se .encuentra más allá de ésta,
en el sentido de que ni la censura ni la defensa son los orígenes
del mecanismo. Por otra parte, resulta inadecuado seguir tratand.o
de explicar todas las formaciones psicopatológicas, por ejemplo,

92
las producciones de un delirante que sufre el delirio de persecu-
ción o las de un 1nelancólico, que ,tiené sentimientos de inferio-
ridad, corno el resultado de la defensa exclusivamente, y por lo
tanto de la vigencia del principio del placer.
Desde aquella concepción estas producciones, en realidad,
serían si1nplemente realizaciones de deseos frente ·a situaciones·
que ocasionarían angustia o a lo sumo transacciones entre el deseo
y la defensa. En rigor, no se ve claramente como algo que es en
sí 1nisn10 el summum de la angustia, como, por ejemplo, algunos
momentos de máxima persecución en que el individuo llega a
sentirse en riesgo 111ortal y, desesperado, termina realizando algo
que atenta con su propia vida, podría entenderse como una de-
fensa contra una angustia mayor. Resulta necesario entonces re-
visar la psicopatología que se ha constituido íntegramente a partir
del "principio del placer" y con la aplicación exclusiva de éste.
Cuando, en 1920, escribe Freud: "Más allá del principio del pla-
cer", y ya no explica los sueños de angustia como lo hizo en "La
interpretación de los sueños", recurriendo siempre a ún argumento
que permitiera verlos como una realización de deseos, sino ba-·
sándose en un principio que enuncia en el título inismo del trabajo
-'.'Más allá del principio· del placer"-, o sea la compulsión a la
repetición, eso mismo indica que existen efectos que no son bus-
cados por el individuo sino que, por el contrario, el individuo
cae en ello. Por lo tanto no es q~e eliminemos al deseo como mo-
tor del psiquismo, sino que cuando se desea algo, se puede caer,
por la compulsión a la repetición, en algo que no es el efecto·
buscado. Tal aplicación de "Más allá del principio del placer" a la
génesis de los síntomas no se ha realizado, y todos los historiales
freudianos han sido objeto de análisis efectuados a la luz de "La
Interpretación de los sueños", ya que son anteriores a "Más allá
del principio del placer" ( 1920).
Ahora bien, si a partir del "principio del placer" no poden1os
deducir la causa de la existencia de esta estructura de pensamiento
a cuyo estudio estamos abocados, tendremos que buscar la ex-
plicación en otra parte. Enunciémosla desde ya, y después procu-
raremos afianzar la tesis que sostenemos. La explicación se halla
para nosotros en el hecho de que el hombre se inscribe en un orden
cultural, en un mundo de lenguaje, en el cual se le ofrecen pensa-
mientos ya formados que funcionan como entidades a priori. Si la

93
rea1idad tiene que ser aprehendida en la malla del lenguaje, y éste
ya se halla constituido, los juicios de atribución -los juicios en que
se predica un atributo, una cualidad, una esencia de un sujeto- no
se construirán por inducción generalizadora, sino que se captarán
en actos cognitivos que la filosofía designó en una época como
.intuiciones, intuiciones que opuso al pensar discursivo, o mejor
aun a la deducción.
Al hombre se le proporcionan conceptos con los que piensa
la realidad que lo circunda y lo mismo se hace con la represen~
tación que tiene de sí n1ismo. Es identificado como malo, bueno,
inteligente o tonto, en actos de captación totalizadora por parte
del adulto que profiere esos juicios. Se le dice, por ejemplo: "Ton-
to, mirá como caminás". En realidad, entre caminar de determi-
nada ma~era y ser tonto no hay ninguna relación necesaria, pues
puede caminar así y no ser tonto, y puede ser tonto sin tener ese
tipo de marcha. El juicio de tonto -imagen totalizadora- puede
ser más bien la expresión de fastidio, de animosidad, del impulso
agresivo del adulto que desea inferiorizarlo por medio de esa ima-
gen negativa. Es obvio que ese juicio puede surgir en el adulto
por cualquier causa y encontrar en ese andar del niño su opor-
tunidad de manifestarse.
Lo que deseamos destacar es que el hecho de que ese n1no
reciba la imagen de tonto no deriva de su modo de caminar, de
esa situación concreta, sino de alguna otra motivación que tiene ese
adulto por la cual necesita llamarlo tonto, quizá para señalar sim-
plemente uria posibilidad, que el adulto esté lidiando en ese mo-
mento con un sentimiento de inferioridad, con el de sentirse ton-
to. Aprovecha entonces la oportunidad de que el niño camine
de determinada manera para hacer la proyección de su sentimiento
de inferioridad.
Pero, además, al decirle "tonto, mirá como caminás" crea la
ilusión, que se inscribe como estructura de razonamiento consi-
guiente en el niño, de que porque camina de esa manera entonces
el adulto llegó .a la conclusión de que es tonto. O sea que mientras
lo identifica como tonto por una causa dada, sin embargo el ar-
gumento que utiliza con el niño es "porque caminás así sos ton-
to". Al niño se le otorga así una estructura de pensamiento, de
implicación lógica, en que parecería que se hubiera procedido por
inducción -a partir de la forma de caminar- hacia la genera-

94
lización de un atributo, cuando en realidad se partió del- juicio
?tributivo y se lo justificó por el modo de caminar .7 Esquematice-
mos lo anterior:

motivación inconsciente
(adulto)

juicio de
"tonto"

caminás ele tal 1nanera

Los calificativos de inconsciente o de consciente escritos so-


bre ias flechas _indican que los que tienen tal carácter son los pro-
cesos psíquicos que van de la motivación en el adulto a la expresión
de "'tonto" y de ésta a "caminás de tal manera".
La relación entre el tipo particular de motivación inconscien-
te en el adulto y su juicio manifiesto, según el cual el niño es
tonto forma parte de una estructura que es analizable en el adulto
que formula tal juicio. Pero una vez que se ha dado al niño la
imagen con la que éste se identifica, la representación totaliza-
dora de "tonto" queda desvinculada de la motivación específica
que la generó. O sea, habrá motivaciones por las cuales el adulto
le dice tonto, pero una vez que este niño se identifica con esa
imagen de tonto, en el inconsciente del niño no está la motiva-
ción del adulto que determinó que lo llamara tonto.
El niño se identifica con esa in1agen de sí sin que quede,
de la motivación del adulto., en él algo más que ese efecto, esa
imagen identificatoria de tonto. Como es obvio, no hace t..
falta que
un episodio sea explicitado verbalmente -ya que hay" mil formas
de comunicar imágenes totalizadoras que son inconscientes·· aun

7 Digamos que decidimos considerar al atributo "tonto" como una generaliza-


ción pues al no ser simplemente "te has comportado de manera tonta en esta
ocasión", es decir la descripción de una circunstancia particular, sino la ca-
racterización de algo permanente -esencia o ser-, supone la premisa "todas
· 1as veces te comportás de esta manera tonta".

95
para el adulto significativo- y por lo tanto esa imagen, la más·
de las veces, queda inconscientemente inscripta en el niño.
Queremos dejar bien sentado que el pasaje del otro signifi-
cativo -el adulto- al niño, la inscripción de esta imagen de
sí, hace que algo se pierda, algo que no podrá recuperarse anali-
zando al niño. En éste queda inscripta la imagen de tonto, pero
no la verdadera causa -la que hemos llamado motivación incons-
ciente- que en el adulto significativo llevó a construir esa ima-
gen. Por eso, dado que ésta es el resultado de una identificación
con la imagen que le viene de otro, resulta inadecuado buscar en
el inconsciente de ese niño la razón de dicha imagen en causas
que aparentemente la justificarían. La identificación resulta así
muda con respecto a la motivación determinante y concluye sien-
do, como diría Freud, "el resto que queda de una catexis de objeto".
A esto aludíamos precisamente en nuestro trabajo "Notas para
un enfoque estructural en Psicopatología· Psicoanalítica",8 cuando
decíamos: "Así como Freud alertó sobre la diferencia entre el
inconsciente sistemático y descriptivo, hoy debemos hacerlo sobre
la representación inconsciente y el efecto inconsciente de la es-
tructura". En el caso que estamos considerando, la representación
inconsciente en el niño puede ser la de tonto, pero el efecto in-
consciente de la estructura determinante se refiere, tanto a la re-
lación existente en el inconsciente del otro entre esa representación
y otras representaciones, como a la relación del otro significativo
con el niño. Esta estructura de deseos que comprende al niño .
y al adulto es la que produce efectos.
Si es cierto (y hay razones para afirmarlo) que el inconsciente
es el discurso del Otro, como afirma Lacan, lo que hay en el in-
consciente de un ipdividuo pueden ser restos del discurso del
Otro que no permiten reconstruir el otro discurso, sino que son
simplemente sus efectos. Por más que procuremos afinar nuestro
análisis de ese niño en particular, no llegaríamos, como expre-
samos antes, más que a la identificación.
En ese niño, por otra parte, el análisis de la ra=ón de su
identificación no tiene que buscarse en el contenido específico
de la misma. ·No es que por algún motivo inconsciente él desee
tener de sí la imagen de tonto, y al proporcionársela el adulto,

s Acta Psiquiátrica, vol. 19, p. 280, 1973.

96
entGnces se apropie de ella. Muchas veces se ha teorizado: "si ese
individuo aceptó esa imagen proveniente dei otro, por algo debe
ser". ¡Seguro qtte sí! Pero eso no se debe a que se encuentren un
deseo particular del adulto significativo y· ese mismo deseo en el
niño. Como el niño tiene el deseo genérico de ser el objeto del
deseo del otro; los deseos particulares del adulto .p ueden inscri-
birse en su psiquismo como si fu esen sus propios deseos particu-
lares. La· idea de la conjunción .entre .dos deseos similares, tan di-
fundida en .Psicoanálisis, debe ser reemplazada por esta que aca-
bamos de enunciar.
Lo que venimos de expresar tiene validez no sólo en la re..
lación entre un niño y un adulto significativo, sino en todo par
estructurado sobre la base de la dependencia con respecto a un
otro significativo que es el que aporta el deseo específico. Muchos
análisis de las llamadas simbiosis psicopatológicas tendrían que
ser revisados a la luz de este principio,. según el cual no se trata
de que · se encuentren dos deseos que son idénticos sino que lo
que confluye es un ·deseo genérico de ser el objeto del deseo del
otro y el deseo particular surgido del otro significativo.
Recapitulando, el niño toma ·entonces del adulto los concep-
tos, la representación de sí mismo, y, principalmente, las estruc..
turas del pensamiento, un modo de razonar, de implicar lógica-
mente, de organizar los· datos. ·Y esto último es esencial porque
permite profundizar algunas concepciones que podrían conside..
rarse simplificadoras. Así, cuando se dice que el deseo es el deseo
del otro, o la representación de sí es la que viene del otro, se
pueden entender estas formulaciones en un sentido restringido,
significando, literalmente, que los deseos · o· las representaciones
de sí mismo son básicamente aquellas que concreta y específica.
mente tiene el otro significativo; Se habría introyectado así ·un
deseo o una representación determinada que pasa a ser tomada
como propia. No cabe duda de que es esto lo que ocurre; por
eso a lo largo de todo el libro, y especiahnente en este capítulo, no
dejamos de destacar . que éste es un hecho esencial para entender
cómo uno construye la representación de sí mismo. Pero lo que
el otro aporta, además de contenidos específicos, es una forma
de construir deseos :o· representaciones .de sí mismo.
Para mayor aclaración, volvamos al ·ejemplo del adulto que
le dice al niño: ·"Tonto, mirá cómo· caminás". Ese juicio, d~cíamos,

97
puede derivar de un estado emocional del adulto que es raciona- ·
!izado usando como excusa la manera de caminar del niño. Más
allá del contenido específico que tiene "tonto" o "caminás de tal
manera" se le brinda al niño un modo de construir representa-
ciones totalizadoras de sí mismo tomando por base un dato aislado,
una manera de descargar un estado emocional penoso mediante
el ataque a la representación del otro (pero que también se usará
para la propia representación). Además, el suponer que el atri·
buto es la consecuencia del dato, cuando en realidad se ha seguido
un camino opuesto a aquel que aparece en la conciencia.
Resulta obvio entonces por qué, en muchos casos, puede con-
ducir a un fracaso la expectativa de hallar en el propio sujeto la
razón del contenido específico del deseo o la representación que
tiene de sí. Esto sucede no solo porque desde el punto de vista me-
todológico sea difícil reconstruir a aquellos, sino porque se . ha
supuesto una forma de transmisión lineal.
Los padres aportan deseos y representaciones específicas, y,'
junto a éstos, el modelo para construir otros, de modo que el ma-
. terial que luego dispondrán los hijos podrá originarse en otras
fuentes, no siendo desdeñable el papel del azar en los mil en-
cuentros que son posibles en la vida de un sujeto, aunque este
material se organizara según las primitivas reglas de construcción.
El deseo que viene del otro es por tanto una estructura que,
conservadas las propiedades básicas, admite diversas manifesta-
ciones. Más aún, en el caso que estamos utilizando para nuestro
examen, el niño podrá adquirir por identificación la representa-
ción de sí como la de alguien tonto, pero se forjará en él simul-
táneamente la tendencia a correlacionar una acción, una reali-
zación propia, con· un juicio de valor sobre sí. Para extremar
nuestro planteo, podrá llegar a tener habilidades mentales o cor-
porales y a valorarlas positivamente, pero lo que quedará de la.
primitiva situación estructurante será precisamente la tendencia
a la autoobservación valorativa de todas sus funciones. Será un
narcisista en nuestra acepción del término, o sea aquellas persona-
lidades que se evalúan constantemente. El signo del valor podrá
haber cambiado radicalmente con respecto al dado originalmente
por los padreª, pero no la tendencia a la valoración en sí misma.
En conclusión, no es necesario que se reproduzca en el in-
dividuo el ~ovimiento en particular que llevó al adulto signifi-

98
cátivo a edificar una determinada concepción con la que el indi-
viduo se podrá identificar. Además, tampoco es necesario que
la identificación se produzca con la forma específica de aquella
concepción. ~l análisis de la estructura del inconsciente de un
individuo, estructura que es efecto de una estructura más amplia,
no 1'asta para la reconstrucción de ésta que es determinante, aun-
.que proporcione indicios acerca del modo en que puede . haber
ocurrido la estructuración.
Por otro camino llegamos, pues, a la tesis que fue punto de
partida: si _no es obligatorio que encontremos la razón de la ima-
gen que alguien tiene de sí, en cuanto a su contenido específico,
en el individuo que es el portador de la misma, tampoco es ne-
cesario fundar el sentimiento de culpabilidad en los impulsos
agresivos del sujetu que padece de él.

Ejemplificación del papel de la identificación en la génesis ·


del sentimiento de culpabilidad

En los ·ejemplos que daremos no se quiere explicar la génesis. de


la neurosis ni en el caso del Hombre de las Ratas ni en el de nues·
tro paciente. Tampoco se intenta ubicar el conjunto de condicio-
nes que determinan los contenidos patológicos. Solamente se
pretende ilustrar el papel que desempeña la identificación espe-
cular -el hecho de quedar capturado en la imagen del otro- en
la génesis de ios sentimientos de culpabilidad, y limitar por ende
el papel que se suele atribuir a los impulsos del propio individuo.
Al modelo explicativo "porque agredí -en la realidad o en la
fantasía- soy culpable" quere~os sumar otro, habitualmente des-
deñado: "porque quedé ubicado como culpable deduzco que he
agredido".
Estos resguardos, y algunos otros que tomaremos más ade-
lante, tienen por objeto adelantarnos a objeciones que nosotros
mismos podríamos hacernos si pretendiéramos que las ilustrado• ,
nes son exhaustivas de las condiciones en juego. Lo que quere-·..
mos evitar son dos riesgos: 1c.>) que se crea· que el análisis que
hac·emos es completo, que se considere por lo tanto que las ejem-
plificaciones dan cue·nta de toda la estructura en acción, y que
se lo aplique al análisis de otros casos y 2?) que ante la exigen:.

99
cia de dar cuenta d~ la estructura total -exigenc:;ia a la cual no
estamos en condiciones de responder-, se desdeñe la participa-
ción de los aspectos parciales que estamos delimitando. O sea,
que eon el argurn~nto --por otra pa.rte obvio- de que la explica..
éión propu~sta no es suficiente, no se vea lo qúe queda explicado.
Por comenzar, queremos analizar algunos aspectos del caso
del -Ho1nbre de las Ratas .. En este historial Freud plantea clara-
mente .el deseo de muerte del paciente hacia el padre y la n1uje~
amada. Este deseo es inconsciente. En · cambio, en la conciencia
el Hombre de las Ratas se reprocha una serie de hechos, de los
cuales ni .a los ojos de sus propios contemporáneos hubiera teni-
do por qué acusarse. Freud señala adecuadamente que el autorre-
proche que se formula conscientemente el Hombre de las Ratas
resulta de un desplazainiento del autorreproche inconsciente por
el deseo de muerte de sus seres queridos.
La problemática que queda así centrada es la siguiente: ¿Por
qué se reprocha frente a un deseo que otro hombre no se· repro-
c~aría? En "Introducción al narcisismo", Freud, al comienzo del
cap. III, plantea esta 1nisma cuestión en la siguiente forma: "Las
mismas impresiones, experiencias, impulsos y deseos que un hom-
bre permite, o por .lo menas elabora consciente1nente, serán re-
chazados con la n1ás grande indignación por otro, o aun aparta..
dos antes que ellos entren a la conciencia ... Nosotros podemos
decir que· un hombre ha establecid0 un ideal en ·él 'mismo por el
cual mide su Yo real, mientras el otro no ha f armado tal ideaL
Para el Yo. la .formación de un ideal sería el factor condicionante
de la represión/' En este párrafo comienza a enunciarse clara-
mente otra concepción de la culpa basada en la particular estruc-
tura del .Superyó, concepción que aporta un cambio con respecto
·a _la que impregnaba la clínica freudiana desde los trabajos de la
decada del 90. Ese cambio culmina en " El Yo y el Ello" donde
se plantea cómo se encarniza el Superyó con el Yo.
El problema no reside entonces en que el Ho1nbre de las
Ratas -desee la muerte- del padre o de la mujer amada. Este es un
deseo de · orden universal,· y lo que caracteriza al Hombre ,de las
Ratas es la forma particular en que este deseo entra en una de-
terminada estructura psíquica. El hecho de tener un impulso .hostil
hacia el padre no sería una · razón para que lo reprimiera el Hom-
bre de las Ratas v. por lo ~ tanto, en un paso ulterior, desplazara

100
el autorreproche. No es el balance entre amor y odio Jo que de-
termina la ·represión del odio, sino otro orden de determinación
en cuyo examen entraremos.
En el historial Freud relata una experiencia que tuvo el Hom-
bre de las Ratas entre los tres y los cuatro años. Por algo que
había hecho -posiblemente, de acuerdo con el relato de la ma-
dre, por haber mordido a la niñera- el padre, mientras lo cas-
tigaba, se sorprendió por la reacción de su hijo, quien, in1potente
para desprenderse, gtitó: "Tú lámpara, tú toalla, tú plato." Freud
consigna en su historial que el padre, sorprendido por "tal des-
carga de furia", dejó de golpearlo y declaró: "El chico será un
gran hombre o bien un gran criminal." Detengámonos en esta frase.
El paciente creyó, continúa diciendo Freud, que la escena hizo una
impresión permanente tanto en él como en su padre. Este nunca
volvió a golpearlo. El Hombre de las Ratas no recordaba esta
escena, pero le fue contada por los padres en varias oportunidades.
Mientras le pegaba el padre del Hombre de las Ratas codi-
ficó la respuesta · del hijo, respuesta irascible, como indicación de
criminalidad, a tal punto que sacó como conclusión: "Si este chico
hace esto podrá ser un gran hombre o un criminal", y además lo
formuló en términos de duda: será un gran hombre o un criminal.
Esta es la duda que retorna en el Hombre de las Ratas cuan-
do continuamente tiene que hacerse reasegurar por un amigo que
él en realidad es bueno, que no es un criminal.
Volvamos de nuevo al episodio. El padre lo acusa de que
puede llegar a ser un criminal. Le otorga una identidad probable
con la que el Hombre de las Ratas se identifica. Este es el punto
clave de toda nuestra argumentación. Debemos agregar que la si-
tuación además es interesante porque el que está pegando es el
padre; el Hombre de las Ratas reacciona mediante las palabras,
pero el que queda ubicado en la identidad criminal por la locu-
ción del padre es el propio Hombre de las Ratas. Por otra parte,
al ver la cara asustada de su padre el Hombre de las Ratas vio
en ella la confirmación del peligro de su propia cólera, de la im-
portancia que ésta tenía. No son sin1plemente las sensaciones que
en ese momento se daban corporalmente en el Hombre de las
Ratas, o sus fantasías, las que le indican qué es lo que puede
ocasionar su cólera. Por el contrario, las implicaciones, las con-
secuencias de ésta son vistas a través de la cara del padre. Si el

101
padre se asusta, el 1-lotnbre de las Ratas viéndose en Utla Cata
asustada, por identificación alienante, va a sentirse asustado con
respecto a su propia cólera. La cara del ·padre le moldeó la fan-
tasía de la peligrosidad de su cólera.9
Pero hay _algo que es todavía más importante: ·el padre le
dice al Hombre de las Ratas, "el chico será un gran hombre o un
gran criminal". Al decir el padre que será una cosa u otra, ubica
en un futuro indefinido algo que, por lo tanto, nunca pod~á ser
contrarrestado por la experiencia de un prese·nte.
La primera parte de la frase proferida por el padre ("El chico
será un gran hombre") tiene efecto en los momentos en que el
Hombre de las Ratas se cree un salvador -"un gran hombre"-,
pot :ejemplo, cuando estima que debe salvar de un accidente a la
mujer amada retirando una piedra del camino por donde pasará
.
su carruaje.
En el historial del Hombre de las Ratas se ve a la vez su
impulso hostil y la crítica de ·su hostilidad. En el pasaje en que
Freud relata que el Hombre de las Ratas disparó con .una esco-
peta de juguete a la frente de su hermano, y que luego se tiró al
suelo acusándose por lo que hizo,. se puede apreciar que en este
segundo tiempo el Hombre de las Ratas se ha identificado con un
padre que ·está asustado por su ira y que critica al presunto culpable.
Pero no concluye aquí lo que podemos extraer del historial
del Hombre de las Ratas, lo que nos aporta Freud en su minu-
ciosa semiología. El Hombre de la·s Ratas dice que su padre es
fácilmente irritable: "en su violencia no se sabía a veces hasta
dónde podía llegar." El hombre de las Ratas tien.e del padre y de
sí mismo la imagen de una violencia incontrolable, imagen que es
la que el padre le dio de él en. el episodio mencionado. Aquí :se
puede ver el efecto de las múltiples reverberaciones imaginarias de
la relación dual especular.
Antes de extr~er de este historial conclusiones generales úti-
les para nuestro estudio sobre la relación entre agresión y culpa,
conviene hacer algunas consideraciones: 1) es· legítimo pensar que
la escena d'el historial del Hombre de las Ratas que hemos co-
mentado constituye simplemente la muestra de un tipo de rela-
9 Queda claro que cuando decimos la cara del padre no nos referimos al
puro gesto ya que esta cara es significada por un contexto de lenguaje en
que el padre codifica el gesto de una determinada manera.

102
ción existente entre el Hombre de las Ratas y su padre, la cual,
repetida, con las variantes del caso, _en. múltiples oportunidades,
. tiene un carácter estructurante. No se trata de algo que ocurrió
en una oportunidad, y que por ello adquiere un carácter traumá-
tico, sino de lo cotidiano llevado al papel de estructurante de la
personalidad. 2) No es necesario que para que un adulto signi-
ficativo otorgue una identificación, ésta tenga que formularse en
forma manifiesta, explícita. Ya señalamos en los capítulos ante-
riores que el adulto puede tener como inconsciente la imagen que
el niño dependiente toma de él, y que las formas de trasmisión ·
de esas imágenes son también inconscientes. El ejemplo consignado
tiene la ventaja de que la imagen que aparece en la formulación
manifiesta del padre sirve para facilitar la ilustraeión. 3) En el
análisis no se tiene en cuenta lo que en el inconsciente del padre
del Hombre de las Ratas determina que la imagen con la que
identifica a su hijo sea la de un criminal. 4) Hacemos transcurrir
todo el análisis en el nivel imaginario. 5) Hay que distinguir en-
tre un acontecimiento como . el del episodio relatado y la estruc-
tura de la cual aquél es parte constituyente.
Ahora bien, al haberse identificado al Hombre de las Ratas
con una representación de sí en que se lo veía como un criminal
en potencia se pueden entender entonces los datos particulares del
historial, como por ejemplo, las constantes acusaciones, el ince-
sante sentimiento de culpabilidad:. el paciente ha incorporado un
código, el paterno, en que las conductas implican agresión, cuan-
do para otros individu.os no sería así. Además, y esto es lo esen-
cial, la imagen totalizadora de criminal le hará deducir que dado
que lo es, un crimen ha sido _cometido o él puede cometerlo. Por
ello estará observando, constantemente preocupado, qué es lo que
hizo o lo que podría hacer, y debe tomar las medidas precautorias
que constituyen las formaciones defensivas que tan adecuadamente
apuntó Freud en el historial. Cada elemento de la vida cotidiana
será captado por el Hombre de las Ratas dentro del juicio de atri-
bución de que él es culpable. Como hemos señalado antes, una
vez creada una identidad se comporta como una estructura pro-
ductiva.
Tomaremos otro ejemplo clínico. Se trata de un paciente que
es martillero en una inmobiliaria y tiene por función -en el de-

103
partamento legal ·de la misma- intervenir en la redacción y firma
de los boletos y escrituras.
Su sintomatología se caracteriza por el temor obsesivo de
que alguna de las personas que se presentan como propietarias
de los inmuebles en realidad no lo sean; que a la firm.a del boleto
concurra otro en lugar del legítimo titular, y que de esa manera
alguien I?Ueda ser estafado, y él, por negligencia, convertirse en
cómplice de la estafa. El temor es tan obsesionante que cuando
está fuera de la oficina llama constantemente para ver si ha
concurrido alguien para presentar alguna reclamación. En las opor-
tunidades en que algún funcionario va a la oficina, trátese de un
policía, de un inspector o hasta de un simple operario de teléfo-
nos, es presa del pánico, pues teme que descubran algo que le pasó
desapercibido, y que eso pueda ser una estafa. Una vez que llegó
a la oficina una citación de un juzgado corrió desesperadamente
para aved guar ele qué se trataba, /e intentó convencer a un emplea-
do, que de nada lo acusaba, que era inocente. Todos sus ten1ores
confluyen hacia una fantasía consciente: como consecuencia de ser
cómplice de la estafa perderá la n1atrícula .de martillero e irá a
la cárcel. Para protegerse frente a esta eventualidad es sumamente
escrupuloso, y desecha operaciones beneficiosas que son totalmente
lícitas si existe algún aspecto que pudiera parecerle sospechoso.
Algunos antecedentes del paciente: la madre abandonó al pa-
dre cuando el paciente tenía dos o tres años de edad, porque. era
un estafador. El padre se presentaba en distintos lugares y hacién-
dose pasar por el hermano -una persona muy caracterizada y sol-
vente en su medio social- con cualquier pretexto, obtenía présta-
mos que se obligaba a restituir en dos o tres días.
El padre fue sentenciado a un año y seis meses de prisión y en
el expediente de sentencia que el paciente me trajo, decía: "Fulano
de tal o tan1bién alias fulano de tat o también alias fulano", y daba
así una serie de alias que constituían las distintas identidades con
las que el padre se presentaba para cometer las estafas.
En una oportunidad la madre le mostró un recorte de diario
que el paciente guardó y que luego me trajo, cuyo titular decía: "Se
pasó de vivo". En él se reseñaba cómo el padre había vendido en-
tradas en el hipódromo, que en realidad eran entradas de favor.
Otro dato importante a consignar es el de que varios miem..
bros de la f~milia habían resuelto cambiar su apellido, para no apa-

·104
recer como judíos, utilizando un truco muy particular. El abuelo
paterno -inscribió a sus hijos pbniéndoles antes del apellido dos
non1bres, uno de los cuales podía funcionar como nombre en ese
caso, pero que también suele ser un apellido, aparentemente de
origen inglés. Después se eliminó el apellido real y lo que era el
segundo nombre pasó a ser el apellido. El padre del paciente hizo
lo mismo: agregó un nombre que hacía las veces de apellido.
. La madre lo alertaba continuan1entc para que no fuera como
el padre. Tenía la preocupación constante de que pudiera parecerse
a su 1narido. Le decía que era increíble que sin haber conocido a
su padre se le pareciera tanto. Los fa111iliares del paciente, cuando
éste ya ejerc_ía la profesión de martillero, le señalaron en n1ttltiples
circunstancias su temor de que resultara igual al padre.
En una oportunidad en que se portó mal -no recordaba en qué
había consistido su mala conducta-, la madre lo llevó a la conii-
~

saría y simuló que lo pondrían preso si volvía a portarse de esa


manera. El paciente recuerda ·que lloró mucho y por un tiempo
pensó que lo iban a llevar a la cárcel.
A la men9r falta que cometiera, la madre se vestía y atnenaza-
ba con. dejarlo.
Cabe consignar que, en contraste· con estas preocupaciones, el
paciente no presentaba otros miedos. Por ejemplo, se queda a vivir
en.un lugar descampado, en el que no hay más casa que la suya, sor-
prendiendo a los amigos por su falta de miedo. No llegaba a ima-
ginarse que se pudiera tratar de una situación peligrosa.
Esta actitud es totalmente coherente con la que asume la madre
hacia una cardiopatía muy grave que aqueja al paciente. La madre le
restó toda importancia, pese a que por la índole de la cardiopatía,
la vida de su hijo corre peligro. Ya adulto, el paciente se da cuenta
de la gravedad de su estado y obtiene un subsidio para ser operado
en EE.UU .. Lo acompafia la madre y lo verdaderamente notable de
la situación, de la cual se guarda el testilnonio de una grabación del
paciente cuando estaba internado en la clínica Mayo, es que ni el
paciente ni la madre daban la menor muestra de preocupación por
esa operación, que sin embargo tenía un alto riesgo de n1ortalidad.
En la grabación, que data de unos días previos a la operación, el
paciente habla a los amigos de la Argentina como si estuviera ha-
ciendo un viaje turístico por los Estados Unidos.

105
En contraste con esta actitud, la madre estaba ·permanentemente
asustada porque no le daban recibo por el subalquiler de la casa
en que vivía. A pesar de que lC? pagaba puntualmente no recibía
ningún comprobante de la inquilina prindpal, temía que ésta d~s­
conociera sus derechos, que dijera que no era cierto que ella vivía
en la casa, y había ido varias veces a la comisaría para que quedara
algún antecedente que, llegado el caso, pudiera esgrimir.
La madre, cuando el paciente era chico, le había mostrado en
varias oportunidades el sitio en que guardaba las joyas, para que
estuviera advertido en caso de que a ella le pasara algo, pues temía
que pudiera venir alguien y aprovecharse de que. él era un incauto.
Cuando terminó su carrera de martillero, la madre le decía: "Tené
cuidado, no firmes nada si no estás seguro, fijate bien porque sos
un atolondrado."
Cuando murió el abuelo paterno, la madre del paciente y él
fu eron a reclamar parte de la herencia. La abuela hizo firmar a los
tíos un escrito por el cual se comprometían a ayudar a la madre
mientras el paciente estudiase. La madre asignaba mucha importan-
cia a este escrito.
De niño, una vez que era tesorero de la comisión juvenil de un
club, otro niño le dijo que no debía ser tesorero porque su padre
era un estafador.
Durante el tratamiento me impresionó que necesita;ra que otro
le proporcionara argumentos jurídicos que él ya poseía. Consultaba
con abogados o trataba de que yo mismo le suministrara los ar-
gumentos que él introducía previamente; y una vez que contaba
con los argum~ntos del otro se tranquilizaba y se convencía de que
no era un estafador.
La madre estaba constantemente asustada ante la inquilina
principal. En una oportunidad ésta llegó a pegarle, y la madre so-
portó el castigo por miedo a que la echasen de la casa. La madre
investía a la inquilina principal con la máxima autoridad, la veía
como un ser todopoderoso.
Así coino la madre consideraba a la inquilina principal, él
considera a la autoridad, como algo que lo puede todo.
· Ahora podemos extraer algunas conclusion'es de este historial
tan fragmentariamente presentado. La primera de ellas es que el .
paciente asumió las preocupaciones de su madre y no las que hu'..
hieran correspondido a lo que llamaríamos "su prop ·a realidad".

106
No le preocupaba su cardiopatía, lo que prueba que un _temor no
s.e crea por la realidad empírica sino por la forma en que es codi-
ficado. La madre le señaló cuáles eran las cosas por las cuales de-
bía o no preocuparse. El temor de la madre a perder su propio
empleo -tenía un puesto público-, reaparece en. el paciente bajo
la forma de miedo a perder la matrícula. La madre le proporcionó
la imagen del que podía ser un estafador o, en el mejor de los
casos, un incauto que sería estafado por otro, es decir un estafado-
estafador. El paciente, en una relación dual ·con la madre, se vio
como la madre lo veía. Tomó de ésta no solo el contenido de sus
temores, sino también una forma de codificar las faltas, en la cual ·
se funciona según el principio de todo o nada. No hay graduación
entre la falta y la pena (recuér~ese el episodio de la comisaría) .
.Por eso, ·cuando entrevé la posibilidad de una transgresión, le pa-
rece factible lo que a su entender ·es la máxima penalidad: perder
la matrícula e ir preso.
Comenzamos a percibir algo que nos parece capital en este caso
en tanto ilustración de una afirmación general: que no solo el deseo
del niño es el deseo del otro, sino que también su temor es el
temor del otro imaginario. La madre, además de darle una iden-
tidad, le brindó una representación de cómo debe verse a los otros:
los otros son siempre los que pueden estafar, usurpar.
A la preocupación de la madre por no tener un papel que cer-
tificase su condición de subinquilina, él respondió teniendo un papel
que llevaba siempre consigo, una fotocopia de su título de marti-
--Hero que, a sus ojos, lo investía de autoridad. Además, para pro-
tegerse frente a la autoridad, se hacía, compensatoriamente, amigo
de todas las personas que tenían tal carácter.
¿Cuáles son, además, las enseñanzas que· se pueden obtener
del material presentado? Una forma que podría ser la habitual de
entender· su sentimiento de persecución y de culpabilidad sería
considerar que a consecuencia de lo que el paciente hace, o sea pe
sus impulsos de estafar, tiene miedo de ser estafado, de modo que
este miedo sería la vuelta de lo que previamente se ha reprimido y
proyectado. Desde esta perspectiva se buscarían todas aquellas con-
ductas que analógicamente podrían co"nsiderarse estafadoras del pa-
ciente -y que, por otra parte,- todo individuo posee-, y entonces
se extraería la conclusión de que, a consecuenda de esa actitud
estafadora, él tiene miedo de ser estafado. Pero lo ·singular en este

107
caso no es que el paciente sea un estafador o tenga fantasías de
estafador, sino que, por el contrario, tiene el temor de ser un esta-
fador. Hay que distinguir, por una parte, entre identificarse con
un rasgo, o. sea adoptar como propia lo que es una característica
de otra per~ona, e identificarse, por otra parte, con la imagen que el
otro tiene del sujeto que sufre la identificación, es decir tomar
como propia la representación bajo la cual el otro lo ve.
Podemos pensar entonces que no se trata de que el paciente
se identificó con eI padre estafador, o sea con aquellas actividades
. realizadas por el padre, con todas las variantes del caso, sino que
se trata de una identificación con la representación del padre en
tanto estafador. Es decir, con una identidad totalizadora. El paciente
se representa a sí mismo como la madre representó al padre. Asume
como identidad suya la identidad del padre, pero no en el sentido
de ser como el padre, de serlo realmente, sino de representarse a sí
mismo tal como era el padre visto por los ojos de la madre. La •
madre le otorgó una identidad de cómo debía ser él: muy escru-
puloso jurídicamente. Pero además le indujo el miedo a tener la
identid~d del padre. El se identificó con este miedo de la madre
y se ve a sí mismo como un posible estafador.
Por la dependencia del niño con respecto a la madre, depen~
dencia biológica, de amor y cognitiva, el paciente se identificó con
las representaciones deseadas y temidas de la madre.
Para entender esta diferencia .entre identificarse
. con la con-
ductá real del padre e identificarse con la representación que otro
tenía del padre, volvamos a la diferencia que hemos distinguido
entre lo que un sujeto es y el "Yo representación". El "Yo repre-
sentación" es la forma bajo la cual el sujeto se ve a sí mismo, que
no tiene por qué concordar con lo que el sujeto es. El sujeto es,
pero a la vez se representa, y esta representación de sí no tiene
por qué describir adecuadamente lo que el sujeto es.
Aquel tipo de aplicación de la teoría de la proyección que
supone que la representación que el sujeto tiene de sí es copia fiel.
de lo que realmente es, y que luego en un segundo tiempo, al serle
intolerable aquella representación la reprim~ y la proyecta, da por
supuesto una especie de adecuación inmanente de la representa-
ción al ser.
Es precisamente la discontinuidad entre el ser y la represen-
tación que alguien tiene de sí mismo lo que explica por qué con-

108
sideramos como simplificante el haber hecho derivar el sentimiento
de culpabilidad de los impulsos agresivos exclusivamente. En efec-
to, se pensó que como alguien se representa tal como es, en caso
de sentirse culpable, esto sería la consecuencia de que realmente
es agresivo. Pero si, por el contrario, existe una discontinuidad
radical entre el ser y la forma en que alguien se representa a sí
mismo, un individuo puede considerar culpable, sentir culpa, sin
haber agredido:-·Alguien puede representarse como estafador sin
tener impulsos de estafar, porque otros le dieron esa imagen de sí.
Tal es el caso de nuestro paciente.
Capítulo IV

EL AUTORREPROCHE Y LA ESTRUCTURA
DEL INCONSCIENTE

El autorreproche no constituye la manifestación exterior, la ex-


presión ruidosa del sentimiento de culpabilidad. No todo senti. .
miento de culpabilidad desetnboca en un autorreproche y éste no
tiene a aquél como única causa.
Para pode.r dar contenido a nuestras afirmaciones debemos
delimitar el sentido con que empleamos las expresiones sentimien-
to de culpabilidad y autorreproche.
El sentimiento de culpabilidad es el estado doloroso que al-
guien experimenta consciente o inconscientemente cuando se cum-
plen_ las siguientes condiciones: a) Se representa a sí mismo como
infractor de una nortna, preferentemente que prohíba dañar, per-
judicar o hacer sufrir a alguien, en suma que proscriba la agre-
sión. b) Esta norma es -aceptadá como- legítima y forma parte del
Ideal del Yo. Esta ~ondición es la que permite diferenciar, como
hemos vistb en el capítulo respectivo, entre "culpa" y "ánsiedad
social". Por otra part~ ya hemos señalado que la representa~ión
que alguien tiene de sí, en la quer aparece como productor de .un
daño, puede construirse tanto por la vía de la identificación -sin
que en realidad haya agredido-, o como consecuencia de accio-
nes o fantasías que tengan, sí, tal carácter agresivo. Pero una vez
construida Ja representación de que ·se ha dañado, se puede reac-
ci_o11ar d_e diversas maneras: a) tener miedo al castigo, a la reta-
liación. Esto es lo que se ha denominado culpa persecutoria; 1
b) sentir p~na por el daño realizado y desear repararlo. Esta-

1 León Grinberg, Culpa y depresión, Paidós, Buenos Aires, 1963.

110
mos entonces en la posición depresiva descripta por Melanie Klein; ·
e) puede sentirse odio contra sí mismo por el daño causado y en-
tonces ·se busca el castigo del culpable -en este caso de uno
mismo-. El sujeto tom() a su cargo el castigo. Ha interiorizado
un vínculo caracterizado por el hecho de que alguien reacciona
castigando a aquel que se· aparta de la norma. El . Superyó del
sujeto se convierte entonces en el representante de e.ste perso-
naje punitivo.
En este último caso el autorreproche constituye pues la res-
puesta agresiva a la representación que el sujeto se hace de sí ·
mismo como agresor. Cuando decimos "respuesta" queremos des-
tacar que el autorreproche es un segundo tiempo, una eventua-
lidad, del sentimiento de culpabilidad, pero no su consecuencia
obligada .
.---Los autorreproches pueden revestir contenidos temáticos di-
versos, no solamente el de que se ha agredido. Pueden tomar
la forma de críticas que el individuo se hace a sí mismo por
considerarse un incapaz, un estúpido, un inútil, todo lo cual cons-
tituye por lo tanto la respuesta agresiva a la frustración de no
cumplir con el Yo Ideal narcisista.
El autorreproche es así un tipo de castigo que alguien se
aplica por no ser como debería en el ideal de la norma moral
(agresividad) o de la perfección física o mental, es decir en el
área del narcisismo. En el caso particular de que el autorrepro-
che sea consecutivo a un sentimiento de culpabilidad podemos
decir ·que aparece como la respuesta simétrica a la agresión que
se considera haber realizado, o sea que "el que a hierro mata, a
hierro muere".
Lo que nos interesa de lo anterior es destacar el papel que
juega la autoagresión en la constitución del autorreproche, siendo
éste una manifestación de aquélla.
En cuanto a la génesis del autorreproche, son dos las con-
cepciones que se han expuesto en la teoría psicoanalítica: 1) El
autorreproche es el efecto del desplazamiento de otro reproche
que permanece fuera de la conciencia y que. se justificaríil por la
naturaleza de su contenido. El autorreproche manifiesto oculta
de esta manera a otro autorreproche. Esta es la concepción que
aparece, para citar algunos textos, en "Las neuropsicosis de de•
fensa" (1894), "El Hombre de las Ratas" (1909), "El Yo. y el

111
Ello" (1923), y en el capítulo sobre las relaciones subordinadas del
Yo, cuando Freud dice que el Superyó sabe más del Ello que el
propio Yo. 2) El autorreproche es en realidad un reproche diri-
gido contra un objeto externo, con el que el Yo está identificado,
tras · la pérdida del mismo. Esta es la concepción que surge en
"Duelo y melancolía" ( 1917).
Ambas explicaciones se basan en el mismo principio: un re-
proche, dirigido contra sí mismo o contra otro, no es aceptado
y entonces, mediante determinados mecanismos inconscientes, se
logra eliminar la percatación consciente de lo que sería la causa
legítima y verdadera. Lo que esta explicación aclara son los ca-
minos que puede seguir un ·reproche rechazado una vez que ya
está constituido, pero no nos dice nada de la razón, de la legali-
dad en que· se sustenta el reproche supuestamente original, o sea
cuál es la causa por la que en ese individuo algo merece ser ob-
jeto de reproche. Recordemos al respecto, una vez más, ese pá-
rrafo de "Introducción al narcisismo" en que Freud dice que las
impresiones, los impulsos y pensamientos que un individuo tole-
raría en otro podrán provocar la indignación y el rechazo más
grandes. O sea que admitiendo la existencia de mecanismos que
producen transformaciones de un reproche constituido, resulta
indispensable estudiar dos cosas: a) por qué se constituye el
reproche -original; b) las formas particulares de su transformación .

Con respecto a la constitución del reproche original, este ·es
el terreno ·del psicoanálisis donde domina :MI empirismo: se desa-
tiende la codificación y la identificación en la estructuración del
autorreproche, temas que no volveremos a tratar aquí por habe~­
los analizado suficientemente. Diremos solamente que lejos de
concluir el análisis de un autorreproche en el momento en que
se lo puede ligar a otro reproche que es inconsciente o a una
crítica dirigida a un objeto con él que se istá identificado, sólo
en ese punto comienza el análisis de la estructura que determinó
que el inconsciente de ese individuo · se pudiera convertir en un
. productor de aritorreproches o de reproches dirigidos contra otro.
Así cpmo no puede haber símbolo sin función simbólica,
tampoco puede haber. reproche· sin una estructura produc~ora de
críticas. Queremos enfatizar nuestra referencia a una esfructura
capaz de generar críticas, pues con el hábito que :existe en ·Psico-
análisis de buscar en todo reproche otro reproche ·p articular, ·se

112
favorece la idea simplificadora de que la relación entre el re-
proche manifiesto y lo inconsciente reprimido es de término a
término. Aun cuando se pretenda corregir esta correlació!\ lineal
diciendo que entre el elemento original y el que emerge en la
concienCia hay todo un · encadenan1iento, una red de sustitutos,
de cualquier manera se mantiene el esquema de que el elemento
manifiesto reemplaza a un elemento particular~
Los análisis se pierden de esta n1anera en el interminable
y vano esfuerzo de buscar el típico elemento original que sería
la causa del sustituto, en la esperanza de que una vez descu-
bierto aquél, desaparezcan sus efectos. Se ve así al analista, ante
los continuos autorrep.roches . de su paciente, correr detrás de
otro reproche que de alguna manera, por parecer más terrible,
justificaría ante sus propios ojos, el desplazamiento defensivo.
Vana tarea, resabio de una concepción ingenua de la teoría trau-
mática y de cómo ésta queda registrada en el inconsciente. Esta
concepción de la teoría traumática posee una implicación tera-
péutica que le · es correlativa: · si se hace consciente el elemento
original, desaparece el sustituto. Teoría patogénica por un lado
y teoría terapéutica por el otro, pertenecientes ambas a una época
en que por entender Freud que el síntoma era un "cuerpo ex-
traño", en una personalidad a la que por lo demás se preocupaba
de describir como sana, hacía ver la posibilidad de que el pa-
ciente se curase en pocos meses.2
Pero por .algo Freud tuvo que introducir el concepto de
elaboración en su trabajo de 1914, "Recuerdo, repetición y ela-
boración". Si hay que elaborar es porque el simple recuerdo, el
descubrimiento .del elemento original ya no es suficiente para
desandar lo andado. ·Para ese entonces Freud, evidentemente, está
revisando en profundidad su concepción del trauma patogénico
y de la estructura .del inconsciente, como lo den1uestra ese párra-
fo del trabajo de 1915 . sobre lo "Inconsciente", en que F~'ud
discute la doble inscripción y señala la necesidad de postularla
porque una vez que se ha hecho consciente un determinado . ele-
mento reprimido, o sea al existir su representación en la concien-
cia, continúa sin embargo produciendo efectos, es decir, debe
mantenerse simultáneam~mte como .representación inconsciente.
·2Para una ampliación de esta discusión véase el capítulo sobre tratamiento
de las depresiones.

113
Que se trata de una preocupación teórica importante para
Freud lo de·muestra su emergencia como problemática en un
trabajo de la misma época, el historial del Hombre de los Lobos,
cuando en el capítulo IX, al describir la inercia psíquica, dice
que es imposible anular en algunos individuos· aquellos "desarro-
llos" que en otros es fácil anular
Este tema de la "inercia psíquica", a veces llamada "adhe-
sividad de la libido", también aparece en la Conferencia XXII
de "Introducción al psicoanálisis" y en "Un caso de paranoia
contrario a la teoría psicoanalítica", de 1915. La evidencia de
que Freud está lidiando con una problemática teórica, es que
ella reaparece luego, en 1926, en el capítulo XI de "Inhibición,
síntoma y angustia", en 1937 en el capítulo VI de "Análisis ter-
.minable e interminable", y en 1938 en el "Compendio de psico-
análisis". En el camino no podemos dejar sin mencionar el tra-
bajo de 1920 en que la compulsión a la repetición entra de lleno
en la teoría.
Más allá de los términos empleados, "adhesividad de la li-
bido", "fijación" -que ya aparecen en "Tres ensayos para una
teoría sexual", de 1905- o "inercia psíquica", y de las expli-
caciones propuestas para el fenómeno, lo que resulta incuestiona-
ble es que en todas esas oportunidades Freud gira en torno de
una problem~~ica: por qué, pese a que alguien torna consciente
la situación o -las situaciones supuestamente patogénicas, el incons-
ciente no deja de producir efectos de lo reprimido. ¿Acaso no
se· ha llegado a hacer conscientes todos los sucesos traumáticos
y por lo tanto, éstos continúan produciendo efectos y entonces el
análisis consiste en una limpieza a fondo, en no dejar de recuperar
ninguno de los recuerdos olvidados? ¿Acaso la causa de que se con-
tinúen produciendo manifestaciones de lo reprimido reside en que no
llegamos a todos y a cada u~o de los sucesos traumáticos?
, Si pensáramos así, lo único que habríamos cambiado es la
correlación entre un episodio traumático y un efecto para su-
plantarla por la existente entre una serie de episodios traumáti-
cos y una serie de efectos, pero siempre conservando la relación
lineal de episodio a efecto. Lo único que. se habría multiplicado
es el número de un episodio traumático aislado -y no hay du-
das de que existen neurosis traumáticas- o de la sucesión de
episodios que tienen el carácter de traumáticos. Pero los aconteci-

114
mientos no son cuerpos extraños enquistados, sino productores de es-
tructuras que se autonomizan con respecto a la situación original
fundan te.
Para entender mejor este problema nos valdremos de un
ejemplo. En uno de esos cuentos de ciencia ficción en que se
hace uso de la máquina del tiempo se envía a un sujeto a un
pasado remoto con la expresa consigna de no apartarse bajo nin-
gún concepto de un camino que va a encontrar. Ya en el pasado,
ante un imprevisto, .da un salto y pisa fuera del camino, retor-
nando rápidamente a éste. Cuando el proceso de la máquina se
invierte, y el viajero del tiempo vuelve a la época original de la
cual partió, encuentra que todo es completamente diferente. Se
halla frente a un mundo que nluy poco se parece a aquel que
dejó al comienzo del experimento. Entonces recuerda que al
apartarse del camino por un brevísimo instante había aplastado
a un insecto, y comprende así que ese insecto, al ser eliminado
millones de años antes, había cerrado toda una línea evolutiva,
toda una progenie animal que a su vez habría sido alimento de
otras progenies y que al desaparecer anuló también la existen-
cia de éstas. En suma, la muerte de ese pequeño insecto había
alterado todo un equilibriÓ ecológico que, a través de una mul-
tiplicación de efectos encadenados, concluyó en la modificación
de la evolución global del mundo. -
Sin el dramatismo de la muerte de un insecto que altera la
evolución global, en la historia de un individuo existen aconte-
cimientos determinantes de que se vaya construyendo como su-
jeto d.e una manera y no de otra. Una vez construida la estructura
de personalidad, es un error creer que si volvemos a colocar en el
pasado el insecto pisoteado, se podrá rehacer la evolución que no
se llevó a cabo y modificar la que tuvo lugar.
El' hecho de comprender que los acontecimientos crean es-
tructuras de funcionamiento que no son sin1ples "contenidos" de
ese n1olde que sería el psiquismo contribuyó a que se pasara de
la primera tópica a la segunda. Cuando en "El Yo y el Ello"
Freud habla de la severidad del Superyó, y severidad implica un
atributo constante, está señalando que no se trata de que el
-individuo se sienta culpable de algo en particular -de un con-
tenido temático-, sino de que sus diferentes sentimientos, pen-
samientos, impulsos, serán catalogados, codificados, respondidos

115
de una manera constante por su Superyó que tiene, para utilizar
una analogía tomada de la con1putación, un determinado programa.
El problema es entonces cómo explicar la génesis ·de una
estructura y cuál es la relación entre la misma y los elementos
particulares que esta estructura es capaz de producir.
Este es un problema que no ha sido solucionado por el
Psicoanálisis y que, por otra parte, no es exclusivo del mismo,
ya que _constituye el centro de las preocupaciones de una buena
parte de los estudios actuales en las ciencias del hombre. Así,
por ejemplo, la Gramática Generativa de Cho1nsky tiene plan-
teado un problema, que, con las diferencias del caso, es equiva-
lente: cómo describir estructuras que sean capaces de producir
un número prácticamente infinito de frases. O en otros términos,
cómo justificar que con un número finito de . reglas un individuo
pueda generar un. número infinito de frases, que .no sólo ese in-
dividuo no escuchó nunca sino que nadie las había producido
antes. En el trabajo en que Chomsky critica a Skinner,3 más allá
de la presuposición innatista de Chomsky, lo que queda claro es
que la producción particular de una frase ·e n un mon1ento dado
(la "performance"), no depende de su relación con otra frase
de ·contenido similar previan1ente aprendida, sino de la construc.
ción de una gramática que, co1no entidad abstract~ -sistema hi-
potético deductivo-, permite mediante la aplicación de reglas
de transformación producir frases. Esta capacidad de generar es
lo que la gramática chomskyana llama "competencia lingüística".
De igual manera el individuo que se autorreprocha tiene la
competencia, competencia en el sentido mencionado, de producir
un número infinito de autorreproches que no necesariamente están
ligados en su contenido. Digamos que la relación entre los autorre-
proches que se formula alguien y aquellas críticas que generaron
las estructuras que los producen no es exclusivamente temática, de
contenido, en última instancia de contenido singular, de ahí que
la aplicación de un modelo asociacionista entre te1nas sea em·
pobrecedora.
Cuando alguien se acerca hostilmente a otro el tema de la
crítica importa n1enos que la intencionalidad de formularla, pues
alguien, como hemos mostrado en los capítulos anteriores, puede

3 :HA .Review of :B. F. Skinncr's verhal Behavicr"i-en Language, 35, 1, 1959.

116
r
utilizar con10 excusa una .situación totalmente contingente que le
provee el otro para vehiculizar por ese nledio su intencionalidad
agresiva. Lo fundamental en esa situación es que la intenciona-
lidad hostil encuentra én ese individuo una estructura determi-_
nada, en este caso la del reproche, que permite efectivizarla. En
otros la intencionalidad hostil se revelará a través de la agre-
sión física, en otros a través del temor hipocondríaco, en otros
-a través de la trampa psicopática en que se daña sin dejar huellas
haciendo entrar a Ja víctima en el lazo, en otros a través de la
burla maníaca, etcétera.
Constituida entonces la estructura en que existe: a) alguien
que critica; b) alguien que es criticado, y c) temas de la' crítica,
su lnantenimiento estará asegurado por el hecho de que todos los
datos serán organizados bajo la forma de alguien criticando a otro.
Si bien los temas de los reproches -autorreproches o hete-
rÓrrcproches- tienen importancia, pues nos están marcando la
singularidad de ese individuo, no menos lo es el estudio de las
cond]cio11es que detern1inaron la existencia de dos posiciones,
la de crítico y la de criticado. Y creadas las dos posiciones, el
Yo puede quedar identificado con una de ellas: quedar fijado
en la posición de criticado, es el caso de la n1elancolía, o por el
contrario en la posición del que critica, es el caso de la reivin-
dicadón paranoica.
Si el Yo queda fijado en la de criticado, haga lo que haga
siempre estará nrnl. Es lo que hemos visto que sucede cuando
se asu111e la identidad de que se es malo o inadecuado. No es
so]an1ente que la conciencia moral critica porque se infringe ]a
norma o no se cumple con el ideal, sino que se acerca al objeto
o éll Yo con una actitud hostil, creando la distancia, la diferencia
entre el ideal y lo que se supone que es. Esa diferencia la pro-
duce activamente, ya sea modificando el ideal o la valoración de
sí mfan10. Es, para utilizar un ejen1plo, el caso del funcionario
que teniendo entre ojos al postulante cambia continuamente los
requerim!ento de n1odo que aquél nunca pueda satisfacerlos. La
conciencia crítica no es simplemente algo estático que compara
lo ya existente, un ideal y el Yo real, sino algo que puede- tener
la intencionalidad de que nunca se acorte la distancia entre el
Ideal y el Yo. No es que se mire neutralmente al Yo, se lo eval(1e
y luego se compare esta medida con la del ideal y de esa manera

117
se percate de que hay una diferencia. Aquel que odia a otro,
siempre encontrará la forma de que el otro no se ajuste a un
modelo que lo haría satisfactorio, aun a riesgo de tener que estar
cambiando continuamente el modelo.
Si bien alguien puede quedar fijado en la posición de criti-
cado o en la de crítico, lo más frecuente es que se oscile entre
ambas, o sea de la melancolía a la paranoia reivindicativa. Eduardo
W eiss fue el primero en señalar la relación entre paranoia rei-
vindicatí va y melancolía. También Rado se refirió a la misma.
Pero el antecedente está en el pro:?io Freud, en "Duelo y melan-
colía", donde a pesar de no describir la alternancia en las estruc-
turas, caracterizó como rasgo del nlelancólico el dar muestras de
falta de humildad, el sentirse ofendido y comportarse como si
hubiera sido tratado con gran injusticia. O sea, funcionando si-
multáneamente como un paranoico. Es que no se puede ser un
melancólico si no se tiene una función crítica exacerbada, función
crítica que es la misma que aquella de la paranoia reivindicati- .
va. Lo que caracterizó al paranoico reivindicativo es que la po-
sición no tolerada es la de culpabilízado, la de culpabilizador es
preferida, pues actúa como una defensa frente a· aquélla. En este
caso la paranoia es una defensa frente a la culpa, a la melancolía.
Pero la melancolía puede ser una defensa ante la ·crítica al
objeto externo. Porque no se tolera esta crítica· al objeto externo,
ya· sea por culpa o por persecución, se opta por criticarse a sí
mismo. Como ilustración valga el caso tan frecuente en los gru-
pos de estudio en los que el que interviene comienza diciendo:
"Debe ser porque yo no entiendo esto, porque esto no me resulta
claro, que yo quisiera preguntar ... " Se prefiere asumir que uno
es el que tiene la dificultad, por temor a criticar al texto o al
coordinador del grupo. Esto que constituye simplemente una ma-
niobra táctica, más o menos consciente en una situación determi-
nada, cuando se interioriza y se transforma en rasgo de persona-
lidad, pasa a ser parte de la estructura culposa de personalidad.
De lo anterior se desprende que no es que el melancólico detecte
un aspecto objetable y luego objete, sino que se acerca con una
actitud crítica hasta encontrar en él aquello que justifica la crí-
tica. La actitud crítica precede al juicio particular y lo construye.
. La identificación melancólica puede ser tanto el resultado de
la identificación con una figura melancólica, .como el efecto de

118
la inducción culpógena por parte de un progenitor paranoico rei- ·
vindicador. Veremos un ejemplo que por lo ilustrativo nos de-
muestra esta última contingencia. La madre de una paciente me-
lancólica, como sus hijos no habían ido para el día de la madre,
se vistió de fiesta, puso la mesa en que había platos para todos,
llamó a un fotógrafo y se sacó una foto brindando sola. Des-
pués se las mostró a los hijos. Más allá de lo grotesco de· la ejem-
plificación, lo que ésta permite ver es la intencionalidad agresiva
y la inducción culpógena.
La relación entre paranoia y melancolía queda, además, muy
bien ilustrada con el cuadro de las melancolías involutivas, mez-
cla de autorreproches y reivindicaciones paranoicas.
Por no haberse visto la relación entre melancolía y paranoia
muchos análisis de melancólicos transcurren en el terreno de tra-
tar de convertirlos en paranoicos. Se les ."5eñala continuamente
cómo se dejan perjudicar, cómo se dejan culpabilizar por los de-
más, por los padres, cómo asumen siempre· la posición de criti-
cados cuando en realidad los responsables son los otros, etc.
Para tratar de que escapen a la compulsión al autorreproche,
no se ve otro canlino que transformarlos en paranoicos, con lo cual
se tiende a reproducir la estructura de alguien que critica a otro; .
lo único que se pretende variar es la posición en esa estructura.
El riesgo de esto reside en que manteniendo la función crítica
inmodificable bastará la circunstancia en que el sujeto sufra un
revés para que si no le resulta factible culpabilizar a otro, vuelva
a retornar todos los reproches sobre sí mismo, dado que éstos
nunca dejaron de existir. Lo único que se había hecho era proyec-
tarlos.

Articulación entre los elementos constitutivos del cuadro


clínico de la depresión

Cuando uno se encuentra ante u11 pacíente melancólico que se


autorreprocha con furor, al mismo tiempo que llora, emite queji-
dos y solicita ayuda, no . puede menos que sentir una cierta perple-
jidad. Pareciera que hubiera una verdadera mezcla de emociones.
Sin embargo, las cosas se aclaran si pensamos que ese paciente
está escindido. Sucede como si contuviera simultáneamente a dos

119
personas: una que ataca, busca ocasionar sufrimiento, humilla·
done~, y otra que reacciona ante lo anterior dando muestras de
dolor y pidiendo cle1nencia a través del llanto~ que tiene el carác-
. ter de técnica aplacatoria, inspiradora de lástima. Decir que se
trata de dos personas en una no constituye una sitnple metáfora,
ya que refleja la puesta en acción en un individuo de estructuras
cognitivo~afectivas que en algún momento correspondieron a dos
personas en relación, es decir que constituyen la interiorización
de un vínculo intersubjetiva.
El llanto constituye en estas condiciones una defensa frente
al ataque, el cual en sí mismo puede no tener ese carácter de
defensa sino ser la expresión primaria de una intencionalidad
agresiva. Por lo tanto, resulta indispeñsable no tomar el cuadro
clínico de la depresión como una estructura defensiva in tato,
sino entender que algunos elementos juegan un papel frente a
otros.
La articulación entre los · que aparecen como elementos se-
n1iológicos puede adquirir una gran complejidad. Así, por ejemplo
la autoagresión puede ser una defensa frente a la persecución que
el individuo no se atreve á enfrentar, con10 puede verse clara-
n1ente en el sentido que revisten 1nuchas autocríticas. Una vez
desencadenada la agresión contra sí mismo, puede sumir al sujeto
en la depresión por hacerle sentir que no posee determinados va-
lores. La depresión en este caso no es defensiva sino la conse-
cuencia del ataque contra sí mismo.· A su vez, ante la angustia
por los ataques y por el sufrimiento de la tristeza, el sujeto puede
encarar las técnicas mencionadas de propiciación: llanto, lan1ento.
No se debe considerar que todo este conjunto de encadena-
mientos causales ocurre en fases o períodos separados sino que se
produce con la rapidez que tiene lo psíquico, ofreciendo el pa~
ciente el cuadro complejo de todos los. ele1nentos como coexistentes.

120
Capítulo V

ELEMENTOS PARA UNA CLASIFICACióN


DE LAS DEPRESIONES

Nos hemos ocupado de señalar en los capítulos anteriores que los


sentimientos de culpabilidad surgen en fonna más con1pleja que
lo que pudiera hacer pensar el esquema agresión-culpa.
No es necesario, por otra parte, que insistamos en el hecho
de que la depresión no requiere con10 condición a los sentimientos
de culpabilidad, ya que la depresión narcisista -aquella causada
por el no logro de la identificación con el Yo Ideal- lo de1nues-
tra suficientemente.
Y en este caso no resulta legítimo afirmar que lo que sucede
es que se siente culpa pcr no ser como el Yo Ideal. Cuando se
afirma esto se está variando el sjgnificado del término culpa y
anulándose la distinción que Freud quiso mantener entre los sen-
thnientos de culpa y de inferioridad. Resulta necesario, en cam-
bio, ver cuál es la relación entre los senthnientos de inferioridad
de Ja tensión narcisista, por un lado, y los sentimientos de culpa-
bilidad, por el otro.
En la culpa y en la tensión narcisista -sentimiento de infe-
rioridad- no se cumple con un ideal, pero ahí se detiene la se-
mejanza. La diferencia estriba: a) en el tipo de ideal que no se
satisface; b) la responsabilidad que pueda sentir o no el individuo
con respecto a ese no cu1nplimiento, lo que está vinculado al
concepto de infracción; e) la preocupación por el. estad.o del objeto.
En la culpa el ideal es, esquemáticamente, el de "no dañarás",
o "no perjudicarás", con todas las variantes que pueda asumir
esta fórmula sintética.

121
La tensión narcisista en cambio se define por un ideal que
en caso de ser satisfecho permite sentirse perfecto, valioso. Si se
cumple ese ideal se está ubicado en el lugar de preferencia ante
los ojos de un otro significativo, pudiendo ser el otro significativo
el Superyó del sujeto. Pero si no se cumple con ese ideal, el sujeto
no se siente amado, elegido, preferido, y sí en cambio relegado
ante un presunto rival triunfante. El es, en esas circunstancias, el
negativo del Yo Ideal, y el que pasa a ser amado como Yo Ideal
es otro con respecto a él. De este modo el ideal narcisista satis-
fecho permite localizar al sujeto en la posición de valor fálico.
Las variantes de éste pueden ton1ar la forma de los atributos inte-
ligencia, belleza, omnipotencia, etcétera.
De lo anterior se desprende la diferencia entre el ideal del
narcisismo y el ideal que está en juego en los sentimientos de
culpabilidad.
Pero la diferencia no radica, como señaláramos, en el tipo
de ideal sino también en la adjudicación de responsabilidad, la
que es consubstancial con la suposición del libre albeldrío, o exis-
tencia de opciones para el sujeto sobre el curso de su conducta.
No habría sentimiento de culpabilidad si no existiera una estruc-
tura cognitiva que la antecede lógicamente, posibilitándola, que
es aquella en que el sujeto se representa como colocado frente a
por lo menos dos opciones entre las que podría escoger " libre-
mente"; si elige una de ellas, que es la marcada como la de la
infracción, entonces es culpable, ya que él " podría" haber optado
por la otra.
En el sentimiento de culpabilidad el sujeto se vive por lo
tanto ·como responsable por una conducta que va activamente en
contra de. la norma, violándola. A diferencia de lo anterior el no
cumplimiento con el ideal narcisista no supone necesariamente que
esto sea consecuéncia de una acción previa que se podría haber
realizado o no. Puede alguien representarse como feo o tonto y
esto entenderlo como resultado de haber venido así sin que él o
· los demás sean culpabilizados ni consciente ni inconscien~emente.
Cuanto decimos no supone necesariamente que el individuo crea
que es el negativo del Yo Ideal como consecuencia de una a~ción
previa, lo ·que queremos destacar es la posibilidad de existencia
de casos et que sí se representa ser el negativo del Yo Ideal como

122
co11secue11cia de tina accióil de la que se siente responsable. En
estos casos el sujeto se siente inferior y culpable simultáneamente. ·
Por otra parte en el sentimiento de inferioridad la angustia
está referida exclusivamente a la representación de sí mismo .. El
"Yo función" sufre la angustia porque el "Yo representación'' no
es como quisiera. En el sentimiento de culpabilidad si bien el "Yo
función" puede experimentar angustia por el estado del "Yo re-
presentación" como consecuencia de los ataques que contra él
realizó, tan1bién ·es posible, y esto es lo inás frecuente, que la
preocupación sea acerca de la representación del objeto.
·Si nos hemos ocupado en tratar de diferenciar el sentimiento
de culpabilidad del de inferioridad es porque nos va a ser útil .
para intentar aportar elementos para una clasificación de las de-
.
presiones.
Para comenzar veamos alrededor de qué elemento unificador
se podrían organizar las diferentes categorías de depresión. Ya
cuando tratamos el tema de la pérdida de objeto precisamos que
cualquier circunstancia en que un deseo sea entrevisto como irrea-
lizable, que no se logre algo anhelado y se cumpla la condición
de que se mantenga la fijación al deseo, podrá desembocar en
una depresión. Lo anhelado que se siente como inalcanzable po-
drá ser tanto el seguir teniendo al ser amado, verlo como vivo,
sano y f eJiz, "como él sentirse admirado o preferido frente a un
rival. Lo anhelado se convierte así en un ideal, en el sentido de
meta a alcanzar, y los diferentes tipos de depresión se podrán ca-
racterizar de acuerdo con el tipo de ideal en juego.
Si el ideal es de perfección narcisista, con la connotación que
hemos dado de ésta, su no logro dará lugar a la categoría "depre-
sión narcisista". Si el ideal es el de "no dañarás" y de que ..el
objeto esté indemne, y se siente que se infringió al primero en la
realidad o en la fantasía, la consecuencia podrá ser que se s~enta
al objeto como dañado y al sujeto como malo. Esto último dife-
rencia esencialmente la Hdepresión culposa" de aquella otra en
que el objeto puede verse como dañado, y de ahí la pena y la de-
presión, pero sin que exista el sentimiento de responsabilidad.
Alguien puede enterarse de que un ser querido murió en circuns-
tancias en que no siente para nada que haya ocasionado ese hecho
o que haya podido evitarlo.

123
A nuestro j.uicio carece de tundan1ento suponer que si no
aparece sentimiento de culpabilidad éste debe estar en el incons-
ciente reprimido. Como ya hemos sostenido, no se puede utilizar
al inconsciente como una galera de 1nago a la cual se apela para
extraer de , ella el dato que compietaría la teoría que se sostiene.
Esta actitud de a111pararse en que no se pcdrá refutar que a]go
existe por el hecho de que a ese a1go se le atribuye la propiedad
de no ser detectable, se asen1eja bastante a ese juego de niños en
que uno de ellos dice que hay un personaje en la habitación al
que el otro no alcanza a ver, y cuando éste le pide pruebas, se le
contesta que no lo podrá ver y que el personaje no le va a dar
ninguna manifestación perceptible porque no cree en su existencia.
El inconsciente, si bien no se mL~estra .directamente a la intros-
pección, y de ahí su denominación, no es invisible. Sie1npre apa-
recen rastros, elementos sustitutivos, afectos que nos permiten ates-
tiguar su existencia. Esa ha sido la tarea freudiana; no sólo afir-
mar la existencia de un inconsciente sino señalar los catninos po-
~itivos de penetración en él: análisis de lapsus, sueños, etcétera.
Para aquellas depresiones en que el centro no es ni la ''ten-
sión narcisista" ni el sentimiento de culpabilidad creemos que cua-
dra que se la llame "depresión por pérdida simple de objeto". Su
tnejor ejemplo lo constituye el duelo florn1al por la n1uerte de un
ser querido. Aun cuando en todo duelo se pasa por momentos en
que hay sentimientos de culpabilidad, éstos son los n1icroepisodios
melancólicos dentro de un proceso en que lo central es el penar
porque el objeto ya no está más.
Volviendo a la "depresión culposa", el acento puede recaer
en el estado del objeto, o en el hecho de que el sujeto se siente
1nalo, es decir no cumpliendo con el ideal narcisista de ser bon-
dadoso. La "depresión culposa" tiene así un carácter 1nuy particu-
lar: posee elementos tanto de la "depresión narcisista" con10 de
la "depresión por pérdida simple de objeto", el penar por el ob-
jeto. Se podría pensar entonces que no constituye una categoría
en sí sino la simple articulación de dos categorías. Sin embargo
la presencia del elemento culpabilidad es, como lo señaláran1os,
patogn01nónico y no se encuentra ni en la categoría "depresión
narcisista" ni en la "por pérdida simple ele objeto". ·
Ade1nás, considerarla una categoría aparte tiepe la ventaja
de pe.rmitir que se señale el papel que posee la representación de

124
la. agresión en la génesis de la deprcsión. 1 Aclnrei11os esto : el Su-
peryó del sujeto puede ser agresivo, atacar constante111ente al Yo,
·desvalorizarlo, acercarse a él con odio y sumirlo a través de la des-
valorización en la "depresión narcisista" sin que el sujeto ne-
cesariamente se · represente ni consciente ni inconscientemente a
él n1ismo como agresivo. La agresión del Superyó, en tanto efec-
tivizada, es diferente aquí de la representación que el sujeto pue-
da hacerse de cómo es él. Podrá concordar o no Ja representación
con lo que el sujeto es, pero así como hay una distancia entre el
"Yo representación" y d :- 'ser'', de igual manera existe una bre-
cha, obturable o no, entre la agresión del Superyó y la represen·
tación que el sujeto pueda hacerse de si es agresivo o no.
Diferenciar entre la ·agresión en tanto actividad del sujeto y
la representación de la agresión es esencial, pues en cuanto activi-
dad la agresión podrá generar ya sea una "depresión narcisista''
-por el ataque constante hecho ·por el Superyó al narcisismo del
Yo- o una "depresión culposa" - . por crítica del Superyó al Yo
acerca de lo que presuntamente éste le ·hizo ··al objeto-

easos 1nixtos

Hay que diferenciar entre las categorías de depresión que aquí


propone1nos como· categorías delimitadas por la presencia-ausen-
cia de determinadas notas definitorias y la ocurrencia de las mis~
mas en un individuo en particular. En una persona dada podrán
coexistir ele1nentos de ·la depresión narcisista y · de la culposa, lo
que es bastante frecuente. En ese individuo la depresión podrá
ser llamada mixta, especificándose además la existencia o no de
dominancia. Pero mixta es un calificativo que cuadra a la ocu-
rrencia (en el sentido que tiene el término: acontecer, suceder,
tener lugar, existir en una circunstancia determinada) y no una
categoría nosológica en sí misma. Aun cuando se podría pensar
que en la clasificación correspondería colocar la categoría de de·
presión mixta, la diferencia que acabamos de hacer entre la cate-
goría como concepto y su "ocurrencia" en un individuo nos lleva

1Subrayamos representación para diferenciar ésta, como imagen que el


sujeto se construye de· lo que él hizo, de la agresión en tanto acción real.

125
a no incluirla. Enseguida tenqren1os ocasión de volver sobre este
punto. .
Las categorías depresión narcisista y depresión culposa son
aplicables tanto a la neurosis como a la psfoosis, y cuando la
depresión sobr~viene en una personalidad cuya estructuración es
psicótica o bien neurótica asumirá formas propias de una u otra.
Lo que queremos destacar es que el hecho de que una depresión
sea neurótka o psicótica no dependerá de la estructura de la
depresión en sí, sino de otros factores, que serán aquellos que
determinen la psicosis y la neurosis. Se trata en última instancia
de· entender los cuadros psicopatológicos, tal como se presentan
en los individuos concretos, como una articulación de estructuras,
de modo que la depresión podrá tener lugar en cualquier tipo de
personalidad, es decir articularse con estructuras de personalidad
histérica, obsesiva, fóbica, etcétera.
Así como es posible caracterizar teóricamente la estructura
obsesiva, fóbica, histérica, etcétera~ como entidades independien-
tes, que se definen por rasgos distintivos, y esta autonomía con-
ceptual no es obstáculo para que en una misma persona puedan
estar presentes elementos obsesivos, fóbicos, histéricos -es decir
·que en una misma persona aparezcan estructuras psicopatológicas
diferentes-, de igual manera la categoría depresión, y cada una
de las subcategorías que la componen, y a las· que nos referire-
mos más adelante, pueden articularse entre sí en . un individuo
en particular, o con otras estructuras que desde el punto de vista
conceptual tienen autonomía con respecto a la categoría depresión.
Cuando decimos autonomía se debe entender . como una au-
tonomía relativa, pues si bien las notas definitorias que permiten
caracterizar a la estructura en cuestión estarán presentes cualquie-
ra sea la otra estructura con la que se articule, sin embargo no
asumirá la misma f orina específica en todas las probables con-
figuraciones articulatorias. Así, para ilustrar lo aseverado, una
depresión psicótica tendrá particularidades que la distingan con
respecto a una neurótica, como por ejemplo en el contenido del
autorreproche, en la espera delirante de castigo, o inclusive en
la autopunición que llegue · hasta el suicidio. La articulación de
dos estructuras no es simplemente la sumatoria de ambas sino una
modificación de cada una de ellas por la otra. La estructura que
se articule con otra adquirirá propiedades particulares en función

126
de aquella con la que está en relación, pero sin qu.e por ello
pierda las notas fundamentales que permitan diferenciarla. ·

Subclases de la depresión narcisista

La discriminación que Freud hiciera en el seno del Superyó de


las funciones de ideal, autobservación y de conciencia crítica nos
parece aportar una base sólida para la delimitación de subclases
.en las depresiones narcisistas. Recordemos que la conciencia crítica
es la que compara el ideal -el modelo- con el Yo considerado
como real, o sea la representación que el sujeto se hace de cómo
·es él en el plano de los valores. Lo del plano valorativo debe ser
enfatizado pues no siempre se distinguió adecuadamente la auto-
observación del Yo de la del Superyó, creándose el falso dilema
de si la autoobservación era función de una u otra de estas ins-
tancias, no reparándose en que se trataba de autoobservaciones
cualitativamente diferentes. La autoobservación del Superyó con-·
duce a la representación valorada que el sujeto tiene de sí mismo,
o en otros términos, el "Yo representación" en los aspectos que
implican juicio de valor. La autoobservación del Yo, en cambio,
es la que produce representaciones que no implican valores esté-
ticos o morales.2
En el caso de la depresión narcisista la diferencia entre el
Yo Ideal -el modelo- y el Yo considerado como real puede ser
creada por lo elevado de las metas, o por la minusvalía del "Yo
representación".
Se podría pensar que estamos haciendo con esto una sepa-
ración artificial, que la desvalorización del · "Yo representación"
se debe siempre a . que se lo compara con un ideal que és des-
mesuradamente importante. Sin embargo existen individuos en los
que la meta no es fuera de lo común, y que inclusive se lan1entan
de no poder ser como los demás. Su ideal no es elevado, aspiran

2 Con el argumento, absolutamente válido, de que la valoración impregna


las representaciones y es parte de ellas puede no discriminarse que una
cosa es que el individuo se diga a sí mismo que es bueno o malo, o gor<lo
y esto último implicando valor negativo, y otra muy distinta . que auto-
observándose llegue a la conclusión de que siente calor por ejemplo, no in-
cluyéndose una valoración de· su Yo representación.

127
a realizaciones modestas, pero la re.presentación que tienen de sí
no alcanza ni siquiera a satisfacer esas exigencias. Lo central de
estos casos no es entonces lo elevado del ideal sino la pobre ima-
gen de sí, que puede ser el resultado tanto de una identificación
con figuras desvalorizadas -padres melancólicos por ejemplo-
con10 de la asunción de la identidad que le inducen figuras des-
valorizc.n tes, padres paranoicos por ejemplo.
Lo anterior es una condición totalmente diferente de aquella
otra en la que se hallan algunas personas en que siempre hay una
distancia no obturable entre el Yo Ideal y ·el Yo representación
por la importancia de las metas de perfección que son anheladas.
Valgan como ejemplo los individuos que aspiran ·a grandes rea-
liza.ciones: cargos en1inentes, enormes fortunas, Pren1io Nobel,
reina de belleza, etcétera. Aquí sí la representación del Yo es
sien1pre pobre por contraste con el fin perseguido.
Ahora bien, existe una tercera condición en que se presenta
una brecha entre el Yo Ideal y el Yo representación y que no
depende de que aquéllos estén constituidos en forma estable, co-
n10 de meta clevnda o de representación disminuida. El sujeto en
estos casos manifiesta su intenciona lidad agresiva contra sí mismo
a través de construir un ideal que no es que sea elevado de por
sí sino que se hará tan elevado como sea necesario con la fina-
lidad de que la brecha nunca se cierre, o también mediante la
desvalorización de la representación del Yo tanto cmno sea ne-
cesario pm·a que no alcance la fusión con el Yo Ideal. Es la
- íntencíonalidad agresiva la que construye simultánean1ente el ideal
como e1e•1ado y el Yo representación co1no disminuido. Así como
cuando un individuo que está enojado busca argumentos para
lastin1ar, de igual manera el sujeto irritado consigo mismo eleva-
rá los jdealcs o disnlinuirá al Yo representación con la finalidad
de hacerse sufrir.
Lo que quere1nos destacar aquí es que ni el ideal ni el Yo
representación son, en estos casos, organizaciones estables de la
personalidad sino que se construyen activamente en función de
las . oscilaciones del odio o del amor que el sujeto se tenga en
cada 1nomento. ·
Para ilustrar las diferencias entre las tres subclases de la
categoría "depresión narcisista" emplearemos la analogía que nos
fuera útil antes, en la que se suponía la existencia de un postu-

128
lante que realiza un trán1ite en que debe presentar determinados
certificados ante un empleado. El caso del ideal elevado estará
representado por aquella condición en que lo exigido al postulan-
te fuera una verdadera montaña de certificados, algunos de ellos
imposibles de obtener. El caso del Yo representación desvalori-
zado sería aquel en que, pese a que los certificados que se re-
quieren podrían ser nportados por la mayoría de los individuos,
el postulante en cuestión no se representa como teniendo los mé-
ritos para proveer ninguno. El tercer caso -aquel que se carac-
teriza por una conciencia crítica ensañada- sería el del empleado
que odiando al postulante, queriéndolo hacer sufrir, va continua-
mente creando nuevos requerimientos de certificados y considera
además que los que se le aportan no están en condiciones, o sea
un ideal elevado y una desvalorización de lo presentado. Haga lo
que haga el postulante siempre estará por debajo de lo exigido.
Lo anterior nos permite entender por qué la expresión "se-
veridad del Superyó" es compleja, pues implica ya sea un ideal
elevado, una pobre representación de sí o una conciencia crítica
que fabrica constantemente la brecha entre uno y otro.

Subclases de la depresión culposa

En la categoría "depresión culposa" pueden hacerse las mismas


consider&ciones que para las de la "depresión narcisista". Aquélla
puede ser producida por: a) Elevados ideales de no agresión y
de bienestar del objeto, visibles en personas que por ser máximo
el ideal de no agresión, cualquier cosa que hagan las ubica como
agresivos, y por lo tanto culpables (véase análisis que hicimos del
Hombre de las Ratas), b) Los que quedan identificados con la
representación de sí como la de alguien malo, agresivo y que por
lo tanto deducen a posteriori que deben de haber agredido. Aquí
se abren dos subclases; alguien puede sentirse malo: 1) por estar
identificado con figuras culposas -el chico identificado con padres
que continuamente se sienten culpables, padres melancólicos-
y 2) por identificarse con la representación inducida por figuras
culpógenas, padres paranoicos, c) Por último tenemos aquellos
casos en que por la agresividad de la conciencia crítica, ésta crea

129
sieropre una brecha entre el ideal de no agresión y la representa-
ción del Y o como transgresor de la norma.
Habíamos destacado antes que en la depresión culposa hay
un doble componente: a) El referido ·al juicio que el sujeto se
hace sobre- sí, en que se ve o no como agresivo, es decir a la di-
ferencia que pueda crearse entre el representarse como agresivo
y el ideal de no serlo; b) La diferencia que se puede hacer entre
el estado del objeto en tanto dañado con respecto al ideal de
objeto indemne. Mientras que el primer elemento a) implica ne-
cesariamente al b), dado que si el individuo se representa como_
agresivo tiene que haber por necesidad lógica un agredido, la
recíproca no es cierta; el objeto puede estar dañado sin que el
sujeto sienta que ello se debe a su conducta. Es como recordára-
mos el caso de la "depresión por pérdida simple de objeto". Po-
demos ahora reformular con más vigor la diferencia entre "de-
presión culposa" y "por pérdida simple de objeto" diciendo que
la primera corresponde a la forma de implicación lógica "si ...
entonces . .. " pudiendo tomar las formas:- "si el objeto está da-
ñado es porque Yo soy malo y lo agredí", o bien "si soy malo
entonces tengo que haber agredido y el objeto está dañado'''. En
la depresión por pérdida de objeto faltan tales implicaciones.
A nuestro juicio, lo interesante de esta forma de conceptua-
lizar la relación entre los dos elementos de la "depresión culposa"
es que ésta puede con1enzar porque el sujeto se ve como agresivo,
o porque ve al objeto co1no dañado. Bastará que la persona que
funciona con este tipo de implicación lógica se encuentre ante un
objeto dañado o sufriente para que inmediatamente se sienta cul-
pable de ello. Además no resulta necesario que sienta que lo ha
agredido y por ello lo ~ea como dañado, sino que al encontrar en
su camino a un objeto dañado puede sentirse culpable, en especial
si no hace nada para repararlo. En este caso el sentirse malo no es
por lo que hizo, lo que por otra parte puede ser atribuido a un
agente distinto a él n1ismo, sino por lo que se hace, ante el objeto
dañado.
Cada subclase de la depresión culposa articulará por un lado
el elemento representación del Yo como agresiYo o no, y por el
otro la representación del objeto como dañado o no.

130
· Pérdida simple de objeto

Hemos dicho que cuando no se cumple con el ideal de que el


objeto esté. sano, feliz, presente, y no existe ni descenso de la
autoestima ni sentimiento de culpabilidad hablamos de "pérdida
simple de objeto".
Esta puede producirse porque el ideal acerca del estado del
objeto sea · tan elevado y su intolerancia al apartamiento de este
ide.al tan marcado que los estados con1unes de bienestar del objeto
o de felicidad, por comparación con el ideal, sean vividos como in-
suficientes y por lo tanto se siga anhelando el logro de aquel ideal.
Al no satisfacerse ese '1deal de bienestar, de felicidad del objeto,
se cae en la depresión.
Pero existe otra condición en que se siente al objeto como si
estuviera perdido, dañado, como si no gozara de un estado ideal
y no es porque las ip.etas sean particularmente elevadas sino por-
que la representación que se hace del objeto no alcanza siquiera
a los niveles que se podrían considerar con10 normales. Esto sucede
cuando al objeto se lo representa, realística o fantaseadaniente,
como dañado, infeliz, muerto, irreparablemente auseríte. La mejor
ilustración de esta condición es la depresión por muerte de un
ser querido, el duelo llamado normal, en que el ideal no es parti-
cularmente elevado. Se podría decir que en realidad en el incons-
ciente el ideal sí es elevado -fantasía de vida eterna- y que la
depresión en realidad resulta de la no realización del anhelo de
esa vida eterna, con lo que se borraría la diferencia con la sub-
clase en que la pérdida es sentida por lo elevado del ideal. Si bien
esta forma de razonar nos parece aceptable, con todo cree1nos que
es conveniente diferenciar cuando el ideal es anormalmente elevado,
y por lo tanto nunca alcanzable, de aquellos casos en que el ideal
no asume tal característica. ·
Tanto en la depresión culposa como en la narcisista la gra-
vedad del cuadro estará dada por la coexistencia de los elementos
que permiten construir cada una de las tres subclases en que las
hemos dividido. Así por ejemplo si alguien tiene un elevado ideal
narcisista pero no una minusvalía del "Yo representación" y tam-
poco una conciencia crítica sádica que goce con su sufrimiento,
podrá estar insatisfecho y deprimido pero no tanto como si coin-
cidieran los tres factores.

131
Como fa depresión narcis1sta y la culposa dependen de una
1nisma condición: la estructura del Superyó, diferenciándose en
ei tipo de ideal en juego -perfección narcisista, o bienestar del
objeto y no agresividad-, se entiende por qué es tan frecuente
que coexistan en un 1nismo individuo. Cuando el Superyó se ca-
racteriza· por la tendencia a construir ideales elevados o por el
sadismo de la conciencia crítica, ese Superyó severo podrá tomar
a uno o a ainbos de los tipos de ideal señalados co1no base para
la exigencia respecto del Y o.
Lo anterior evidencia que la depresión narcisista y la cul-
posa, en1parentadas entre sí, tienen un elen1ento básico que per-
mite oponerlas a la depresión por pérdida simple de objeto: la
patología del Superyó; esto es lo que ya estaba esbozado en ''In-
troducción a1 narcisismo", cuando Freud, ahondando en el estudio
de la 1nelancolía, se ve conducido a considerar la existencia del
ideal y de la conciencia moral.
. La clasificación propuesta puede exponerse en forma de cua-
dro sinóptico.

a) Elevado ideal narcisista (Yo Ideal)


1) Depresión b) l\1inusvalía "Yo representación" (Identifica-
narcisista ción con el negativo del Yo Ideal)
e) Agresividad conciencia crítica
l

a) Elevado ideal de bienestar del objeto y de


.,
no agres1on
2) Depresión b) "Yo representación" malo-agresivo; objeto
culposa
dañado, sufriendo
e) Agresividad de la conciencia crítica

a) Elevado ideal de bienestar del objeto (sano,


3) Pérdida indemne, feliz)
simple b) Representación del objeto en la posición del
negativo del ideal (muerte, infelicidad, etc.) 3

3 No se debe confundir negativo del ideal con negativo del Yo Ideal. Poco
se gana haciendo de la construcción de un ideal o del mecanismo de idea-

132
Características de la clasificación

La clasificación tiene por propósito poder ubicar los diferentes


tipos de depresión, tal como se presentan en la clínica, y penetrar
en la estructura de las mismas. Lo que aparece a la izquierda del
cuadro como depresión narcisista, culposa y por pérdida simple de
objeto, son las categorías que corresponden a la presencia en el
paciente ya sea de sentimientos de inferioridad, de culpa o bien la
ausencia de ambos.4 Es decir, queda consignado aquí el tipo espe-
cífico de ideal que, al no cumplirse, produce la depresión .
Continuando el ·cuadro, a la derecha de lo anterior se señalan
condiciones de la estructura del psiquisn10, de las cuales los datos
de la izquierda son su manifestación, o n1ejor dicho su versión.
El cuadro no consigna, lo que constituiría una nueva colu1nna
a la derecha de las anteriores, cuáles son las condiciones genéticas
de producción de esas estructuras, aun cuando por lo trabajado en
los capítulos respectivos, a los que nos remitimos, el mecanismo
de identificación con figuras culposas o desvalorizadas y la asun-
ción de la identidad inducida por personajes desvalorizantes o cul-
pógenos juegan un papel central. Habría que considerar aden1ás
cómo se articulan estos factores con las experiencias vitales que
pueden adquirir el carácter de traumático en función de determi-
nadas codificaciones bajo las que son inscriptas. _
El camino que seguimos para leer el cuadro es el mismo que
debe recorrer el clínico que observa una depresión: desde la ma-
nifestación de determinados datos -inferioridad, culpa- hasta
las condiciones estructurales presentes en ese individuo, de' las cua-
les los primeros son efectos. Luego, la reconstrucción de las causas
que dieron origen a esas estructuras y a la forma particular que
asumieron. Es decir, del dato singular al estudio de la estructura
de la que el dato es manifestación, y de la estructura a la historia
en la que· se produjo. 5

lización algo exclusivo del narcisismo. Tanto la construcción de un ideal


como la idealización son procesos mentales que intervienen en la instaura-
ción del narcisismo así como también fuera de esta área.
4 Presencia no implica que sean necesariamente observables, manifiestos,
sino simplemente que puedan ser detectados mediante una lectura psico-
analítica.
5 Véase por la pertinencia que poseen para los problemas aquí planteados

133
El hecho de que en el cuadro estén especificadas tres sub-
clases para la depresión narcisista y la culposa es, a nuestro juicio,
relevante para la explicación psicogenética. Así, si se detecta que
alguien tiene una imagen desvalorizada de sí, que ésta no resulta
de que los ideales sean anormalmente elevados (el caso del que
se conformaría con ser como los demás, nivel que siente que no
alcanza) y que no presenta una tendencia agresiva contra sí mis-
mo, todo esto nos coloca en la búsqueda del papel de la identifi-
cación en la construcción del "Yo representación". Nos podremos
preguntar entonces si alguno de los personajes significativos con
los cuales pudiera haberse identificado tiene una imagen desvalo-
rizada de sí, si ha existido una figura inductora de desvalorización,
qué acontecimientos en la vida de este sujeto pueden haber pro-
vocado ese efecto, cuáles han sido las experiencias de castración
simbólica que lo pueden haber marcado de tal manera, etcétera.
Es distinto este caso de aquel otro en que lo central son los
impulsos hostiles, la agresividad exacerbada en forma de hiper-
crítica constante. Aquí lo que buscaremos son las fuentes de tal
agresividad, de que ésta asuma la forma particular de desvalori-
_zación, · de la estructuración de ia conciencia crítica, de que la
agresividad esté dirigida contra el propio sujeto y no contra el
exterior'· etcétera.
Lo anterior nos conduce a pensar que si la · clasificación pro-
puesta tiene, pese a sus insuficiencias, algún mérito, éste sería el
de posibilitar que se diferencie mejor fenótnenos que no por darse
frecuentemente en forma conjunta dejan de ser independientes. La
clasificación también permitiría precisar mejor hacia qué lados
deben encararse la investigación en cada paciente en particular.
En este sentido abriría perspectivas de mayor racionalidad en un
en.foque terapéutico, ya qu~ se podría caracterizar núcleos de con-
flictos específicos, aspectos delimitados del Superyó, y planeár en
consecuencia metas de modificación menos vagas.

los artículos "Historia y estructura en el conocimiento del hombre", de Lan-


teri-Laura, y "La estructura y la forma", de Lévi-Strauss, ambos en Intro-
ducción al estructuralismo, Nueva Visión, Buenos Aires, 1969.

134
Capítulo VI

PSICOG~NESIS DE LOS CUADROS DEPRESIVOS 1

El síntoma tiene un sentido que permanece fuera del campo de la


conciencia por efecto de la defensa. Esta aserción, que es parte
de la revolución freudiana, no por ser hoy en día un lugar común
deja de merecer interés. Implica que lo que aparece manifiesta-
mente constituye un sustituto de otra entidad a la que reemplaza.
El nlodelo teórico establece una relación, próxima o alejada, entre
el tema del síntoma y el del elemento inconsciente al que sustituye.
Así, para tomar un ejemplo clásico, el miedo de Juanito al caballo
se halla en lugar del miedo reprimido al padre. O en el caso de la
melancolía, el autorreproche, en vez del reproche al objeto.
El modelo psicopatológico que estamos considerando sufrió un
desarrollo a lo largo· de la obra de Freud. Encontramos la ejem-
plificación simplificada en los "Estudios sobre la histeria" (1895),
Pero el desarrollo no alteró su esencia básica: la relación entre dos
contenidos, el latente y el manifiesto, y la subsistencia de éste a
favor de que aquél continuara en estado de represión. Por otra
parte, la denominación de contenido latente y manifiesto no fue
casual ni desacertada: "son dos versiones de un mismo conteni-
do . . ." , como d.ir1a Freud.2
1

El análisis freudiano descolló en la sagacidad con que per-


siguió las vinculaciones existentes entre esos dos contenidos: a ve-
ces la analogía morfológica, otras, la coexistencia temporal y no
1 Las ideas centrales de este capítulo estaban esbozadas en nuestro trabajo:
"Notas para un enfoque estructural en psicopatología psicoanalítica", publi-
cado en Acta Psiquiátrica, 19, 1973, p. 280.
2 S. Freud, "La interpretación de los sueños", S.E., vol. IV, p. 277.

135
pocas, el pasaje de uno a otro a través del juego del significante
("Psicopatología de la vida cotidiana" y "El chiste") .
Pero el análisis del contenido singular de un síntoma abre el
camino de su comprensión, no lo clausura. ¿Por qué ante la an-
siedad de castración alguien hace un síntoma obsesivo, otro una
fobia y un tercero una constl'ucción delirante? O, ¿cuál es la ra-
zón por la cual ante diferentes contenidos angustiantes un mismo
individuo reacciona con un tipo estereotipado de conducta, sea
ésta la apelación a la droga a la que es adicto, la defensa obsesiva
o la proyección paranoide? Esto nos lleva a considerar que las
estructuras psicopatológicas consisten no solo en lo que dicen sino·
tan1bién en cómo lo dict:n. 3
Introduzcamos aquí un breve ejemplo clínico que servirá co·
mo telón de fondo en relación al ·cual se harán más claras las tesis
que desarrollaremos.
Carola es una adolescente de 17 años. Viene a analizarse por
un severo cuadro depresivo: tristeza, autodenigración, llanto, fan-
tasías conscientes de suicidio, lamentaciones de su fracaso, de ser
poco sociable, de que no tiene interés en encontrarse con mucha-
chos, etc. La imagen que tiene de sí es en todo opue.sta a la que
.encarna su Yo 1de al.
Antes de tomarla en tratamiento realicé varias entrevistas con
la familia: madre, padre y un hermano n1ayor. No me detendré en
la dinámica familiar sino que solo señalaré algunos datos. La ma-
dre aparece como una caracterópata hipersegura, a quien nada le
pasa, que se muestra totalmente satisfecha de sí. Constantemente
hace juicios tajantes, lapidarios, sobre todos y todo. Tal cosa, si
sucediera, sería "canallesca", tal otra "abon1inable" , tal otra una
"estupidez". El padre es un hiperemotivo que hace poco tuvo un
episodio depresivo con ideas de suicidio. Ante Jos ojos de la madre
es débil, sin carácter.
Carola aparece como si fuera una persona mixta, el padre
y la madre simultáneamente. De la madre tiene el juicio hipercrí-
tico, pero a diferencia de aquélla la exigencia está vuelta contra

3 Frcud sostiene en "La disposición a la neurosis obsesiva", S.E., vol. XII,


p. 319: " ... un mismo contenido era expresado por cada una de ambas
neurosis en un lenguaje diferente". Como vemos, retoma · la misma idea que
antes mencionáramos para el contenido latente y manifiesto a partir de
"La interpretación de los sueños".

136
ella misma, identificada con el padre. Lo que entre los padres es
un·tipo particular de vínculo (madre· hipercrítica - padre criticado)
en ella es intrapsíquico, habiendo introyectado a la madre en el
Superyó y al padre como representación de sí n1isma. Esta última
identificación ha sido determinada, a su vez, por la madre que
"decidió" que Carola es igual al padre, por lo tanto hipersensible,
falta de méritos.
La depresión de Carola no es la reactivación de un clue]o
mal elaborado, al m~nos en la acepción corriente, o sea de un
determinado episodio de pérdida dolorosa. No·. es depresión por
algo en particular. Es una fonna de mirarse a sí, la única que
conoce al haber aprendido a verse como la madre ve al padre.
Haga lo que haga, nunca será satisfactorio, así como nada del pa-
dre lo es para la madre. Siempre hay una distancia entre su Yo
· Ideal y la imagen que ella toma como su Yo real.
Es digno de consignar que durante su infancia existía en
su casa una especie de boletín de calificaciones, en el que se le
ponía notas en aspectos tales como: bondad, con1pañerismo, cum-
plimiento, laboriosidad, etcétera.
Las distintas circunstancias de la vida simplemente brindan
el material, la oportunidad, para la. repetición de una forma de
relación entre los padres y de éstos con ella, ahora interiorizada
en ella. Siempre el 1nodelo de cómo debería ser está por delante
de cómo considera que es. Más aun, no es que sus logros y atri-
butos estén por debajo de su Ideal ya formado, sino que éste
se construye en ·cada oportunidad como una perfección a la que
debería alcanzar en el aspecto específico que en ese momento esté
en consideración: belleza, inteligencia, sociabilidad, etcétera.

Contenido singular y forma del contenido del síntoma 4


\

Un fóbico puede tener miedo a los ascensores, a la oscuridad, a


nadar, a las enfermedades, etcétera. Se puede entender cada uno
de esos miedos como resultado de sucesivos desplazamientos · de
un miedo original básico, o bien como sustitutos independientes,

4 Forma del contenido es utilizada aquí en el sentido que le da Greimas


en Semántica estructural, Gredos, Madrid, 1971.

137
aunque articulados, de diferentes miedos básicos. Cualquiera que
sea la opción hay algo que resulta llamativo: los miedos pueden
multiplicarse y hasta llegar a ser p~ovocado:; por elementos hasta
entonces desconocidos en la realidad física, o en el orden de la
cultttra. Se pueqe decir que el fóbico "asimila" (en el sentido de
Piaget) o "desplaza" (Teoría psicoanqlítica), con lo que se está
itnplícitamente enunciando que el f óbico tiene un código en que los
nuevos datos entran bajo determinado valor: provocan miedo.
Por lo tanto no es que el fóbico tenga un contenido al que
es fóbico sino que tiene un campo semántico particular, diferente
del de otros cuadros y que se define por una tríada: miedo -no
miedo- reaseguramiento. Los objetos y situaciones se clasifican
según pertenezcan a uno u otro de los elementos de la tríada.
No es solamente que, por el hecho de establecer conexiones aso-
ciativas entre objetos o situaciones que le producen miedo con
otros nuevos, éstos queden investidos de los atributos de aquéllos.5
No es pues la mera generalización que proponen W atson y Rayner
en su clásica experiencia conductista del 20, en que el pequeño
Alberto pasaba del miedo al golpe de la barra al miedo a la ratita
por coincidencia temporal y luego al miedo a los animales con pelo o
a la vestimentas con piel, lo que da origen a las fobias .6 El fóbico
,entra en contacto con el nuevo obieto con un preconcepto; con un
esquema; lo enfrenta preguntándose "si es peligroso o no, si es
reaseguraddr" y cuando reconote en ese objeto atributos de otros
que ya estaban clasificados como peligrosos, neutros o tranquili-
zadores, los nuevos objetos .pasan a integrar las categorías ante-
riores. Los atributos eel' objeto sirven exclusivamente para decidir
en cuál de las tres categorías serán ubicados, pero no crean esas
categorías. Estas preexisten al contacto con el nuevo objeto y
condicionan a éste. Creer que el fóbico ''contamina" los objetos
por las coincidencias -que éste tiene con otro al que previamente
temía, es razonar de la misma manera que el conociao personaje del
cuento que se excitaba ·sexualmente con la gallina y lo explicaba di-
1

ciendo que era porque ésta se movía como una mujer seductora.
Cuando el sistema clasificatorio está en actividad, solo entonces sur-
5 Esta posición es una recaída en la teoría del asociacionismo mecanicista,
en la que se incurre en algunos trabajos psicoanalíticos.
6 J. B. Watson y R. Rayner, " Conditioned.Emotional Reactions", en S. Ha·
rrison y J. F. MacDermott (comps.) Int. Univ. Press, Nueva York, 1972.

138
gen las analogías.7 Lo peculiar del fóbice es el sistema clasificatorio
señalado, en cuya adquisición juega un papel decisivo la identifi·
cación con un padre o con una madre fóbica. No hemos encon·
trado hasta ahora ningún caso de fobia en que ésta no existiera
a su vez en el personaje padre, madre o sustituto que fue signi·
ficativo para el paciente. ·
Constituye un error que se haya visto en el fenómeno de
desplazamiento lo que caracteriza a la fobia. Por otra parte, si lo
fuera, tendría que darse solamente en ella. Existe también despla·
zamiento en el paranoico, en el que el perseguidor pasa de un
objeto a etro. Lo propio de la fobia es, pues, el código que va unifi·
cando los distintos objetos y situaciones en las categorías básicas
señaladas, que conforman las verdaderas invariantes de la estruc·
tura de personalidad.

Génesis de las estructuras ps.icopato!ógicas


.
Ahora bien, si la fobia o la melancolía no son el contenido de
un miedo o de un reproche sino un estilo codificador, no se puede
seguir considerando el síntoma simplemente como el sustituto de
un contenido reprimido determinado. Este es, en todo caso, su de·
terminación final, lo que otorga especificidad a una forma, pero
por sobre todo el síntoma es mensaje en el seno de un código,
ejemplificación de la estructura. En otros términos, el síntoma es
a la estructura psicopatológica lo que el habla es a la lengua. Es
decir, puesta en acción, en un momento dado y con un contenido
específico, de una capacidad general que excede a esa producción
concreta. Toda neurosis f óbica, obsesiva o histérica con sus sínto·
mas específicos se produce en el seno de una personalidad fóbica,
obsesiva o histérica, respectivamente. Y éstas no se definen por
un contenido sino pot los mecanismos empleados.
Lo que nos interesa entonces es .traspasar la determinación

7Al que estando en la calle espera ansiosamente a alguien le bastan míni-


mos detalles de coincidencia física para creer reconocer a la persona desea-
da en cualquier extraño. El esquema anticipatorio crea la analogUz, o en el
modelo kleiniano, la fantasía modela el dato ..

139
del "síntoma ejemplificación" para entrar en la del código que
lo posibilitó.8
Al psicopatólogo se le i111pone por tanto una doble tarea:
primero la de describir esas estructuras - ·la articulación entre sus
elementos (sincronía)- y luego la de tratar de determinar cómo
se generaron. Enfatizamos luego, pues creemos que una metodo-
logía para .el estudio de la génesis debe partir de la particulariza-
ción de los rasgos pertinentes de la estructura -que es un modelo
teórico- para poder buscar cuáles son las condiciones que contri-
buyeron a generar esos rasgos.9 Las condiciones en que se piense
tendrán que estar relacionadas conceptualmente con el rasgo per-
tinente que se considera como su producto. Así, por ejemplo, si se
define la desvalorización como el resultado de la distancia entre
el Yo Ideal y la imagen del Yo real, el modelo patogenético tendrá
que explicar cuáles fueron en la vida de ese individuo las condi-
ciones que establecieron esa particular articulación entre el Yo Ideal
y esa imagen d~l Yo real.
Los fracasos de buena parte de los estudios patogénicos radi-
can en que se toma un 1nodelo para la estructura y otro distinto
para las condiciones de producción de esas estructuras. Son ejem-
plo de esto los trabajos en que los intentos de C<?rrelación se hacen
de la siguiente manera: se to1nan por un lado los cuadros nosológicos
clásicos, y por el otro se confecciona un inventario, lo más exhaus-
tivo posible, de características vitales del sujeto (lactancia natural
o no, posición en la secuencia de hermanos, edad del control de
esfínteres, pérdidas significativas, etcétera) . Se espera que por
, una suerte de magia prestada por la estadística "al final" salga
una correlación entre factores en juego. Ningún análisis estadísti-
co, por más correcta que sea la manipulación de los datos, podrá
encontrar los. factores patogénicos si ésto,s no se hallan. entre los
datos con Jos que se trabaja. y no se puede confiar en la casualidad
(entre otras cosas porque la misma estadística va en contra de

B Nuevamente acude a nuestra atención la evocación de la empresa de la


gramática generativa de Chomsky: . un número finito de reglas qu€ permitan
generar un número infinito de frases. Este sería "e l problema a resolver en
las neurosis.
9 Esta· metodología fue empleada por Sluzki y Vcrón (Comunicación y neu-
rosis, I nst. Di Tella, Buenos Aires, 1970) , aunque aplicándola a modelos
teóricos completamente distintos de Jos propuestos en este trabajo.

140
ella) para esperar quedar gratamente sorprendido con el hallazgo.
En todo caso la probabilidad estadística de encontrar conclusiones
es significativamente nlás elevada si el modelo del que se extraen
los probables factores patogenéticos es congruente con el del que
desea explicar como su producto.

La carta 46 de Freud a Fliess y la elección de neurosis

El doble aspecto del síntoma, el de tener un sentido básico de


carácter sexual y el de ser al mismo tiempo la expresión de es-
tructuras diferenciadas -los diversos cuadros neuróticos- im-
pregnó los trabajos de Freud de la década del 90. Su preocupa-
ción era no solo desentrañar la relación entre el síntoma manifiesto
y el sentido latente sino también, y muy especialmente, averiguar
por qué, si todos los síntomas tenían, para él, un contenido sexual
se presentaban sin en1bargo c01no histéricos, obsesivos o paranoi-
cos. En términos freudianos, cuál era la causa de "la elección de
neurosis" .10 Poco importa que para esa época pensase que la neu-
rosis obsesiva era debida a experiencias sexuales activas y la
histérica a pasivas, lo que por otra parte es explícitamente cues~
tionado en el trabajo sobre "La sexualidad en la etiología de las
neurosis" ,11 aunque sin abandonar totalmente la idea. Lo central
. era la proble1nática planteada. Así escribe la carta 46 a Fliess, del
30 de mayo de 1896, cuyas proposiciones son el núcleo, aún hoy
en día, para las soluciones propuestas dentro de la teoría psicoana-
lítica acerca de la elección de neurosis.
En la carta mencionada Freud postula: a) que se deben re-
conocer cuatro períodos de la vida: uno hasta los 4 años, otro
hasta los 8, otro hasta los 14 años, y por último el de la madurez.
b) Que hay una correlación entre el momento en que ocurre la
escena sexual traumática y el tipo de neurosis ocasionado. 12 La
escena para la histeria ocurriría antes de los cuatro años, la de la

10 Para una lista de los textos freudianos en que está abordado el tema de
la elección de neurosis, véase el prólogo de Strachey a "La disposición a la
neurosis obsesiva", S.E., vol. XII, p. 313.
11 S. Freud, S.E., vol. VII , p. 275.
12 La bastardilla es nuestra.

141
neurosis obsesiva entre los cuatro y los ocho, y la paranoia entre
los ocho y la pubertad.
La razón de que la escena traumática deba ocurrir antes de
los cuatro años para desencadenar la histeria y entre los cuatro y
los ocho para ocasionar la neurosis obsesiv~ radicaría en que hasta
esa edad los restos mnémicos no pueden ser traducidos en palabras,
por lo que la energía se descargaría en forma de conversiones so-
máticas, mientras que después la traducción en palabras ocasionaría
la posibilidad de que los síntomas permanezcan a nivel mental en
forma de obsesiones.
Veamos ahora lo esencial de las tesis y la racionalidad que
las coordina: 1) Hay una correlación entre el momento evolutivo
en que ocurre un determinado acontecimiénto o series de aconteci-
mientos y el tipo de neurosis resultante. 2) Como la neurosis his-
térica es caracterizada por la conversión, es decir algo que pasa
en el cuerpo y la obsesiva por el autorreproche 13 y éste requiere
palabras para poder ser formulado, lo que se tomará como relevan-
te en la cronología será por lo tanto si el lenguaje está o no com-
pletamente desarrollado, fijándose en forma arbitraria para esto
último la edad de cuatro años.
O sea, que ·habiéndose elegido en la carta 46 una variable
determinada, la ausencia-presencia de la expresión verbal, se esta-
blecerán etapas evolutivas para esa variable, de modo que se po-
drán hacer coincidir con cada una de esas etapas un ·cuadro psico-
patológico diferente, cuyos síntomas se supondrán dependientes de
las características alcanzadas por la variable. Se estaría fijado al
momento evolutivo de la variable en que algo anormal habría
determinado la fijación.
Los cuatro períodos de la carta 46 son dejados de lado por
Freud, pero el esquema básico reaparece como invariable, a pesar
de lo que podría verse como diferencias en un primer examen. Así
en los "Dos principios del suceder psíquico" ( 1911) dice Freud:
"Mientras el Yo va a través de su transformación desde un Y o

13 Resulta ilustrativo para observar el cambio en la nosología psicoanalítica


que en la década del 90 el autorreproche es el eje alrededor del cual cons-
truye Freud el concepto de neurosis obsesiva. Las dudas, los ceremoniales,
juegan un papel secundario. Recién en 1926 en "Inhibición, síntoma y an·
gustia" se convierten explícitamente en típicos de esa neurosis el aislamiento
y la anulación.

142
de placer hasta un Yo de realidad, las pulsiones sexuales sufren
los cambios que las conducen desde su autoerotismo original, a tra-
vés de varias fases intermedias, hasta el ainor objetal al servicio de
la .procreación. Si nosotros estmnos acertados en pensar que cada
paso en estos dos cursos de desarrollos pueden devenir en el sitio
de una disposición a una ulterior enfermedad neurótica, es plau·
sible suponer que la forma tomada por la enfermedad ulterior (la
elección de neurosis) 14 dependerán de la particular fase del desarro-
llo del Yo y de la libido en que la inhibición disposicional ha
ocurrido." 15
En el caso Schreber la paranoia se caracteriza por la mega-
lomanía y ésta será tomada para decidir cuál es el punto de fija-
ción: "Debe recordarse que la mayoría de los casos de paranoia
presentan rasgos de megalomanía y que la megalomanía pu~de en
sí misma constituir una paranoia. De esto puede concluirse que
en la paranoia la libido liberada se liga al Yo y es utilizada para
el engrandecimiento del Yo. Se hace un retorno al estadio del
narcisismo (conocido para nosotros por el desarrollo de la libido,
en el cual el único objeto sexual de una persona es su propio Yo) .
Sobre la base de esta evidencia clínica podemos suponer que los
paranoicos han desarrollado con ellos una fijación al estadio del
narcisismo ... " 16 ·
Nuevamente se halla aquí el esquema de la carta 46. Es decir,
a) un esquema evolutivo considerado normal, en este caso el de
la libido, que va del narcisismo al amor objeta!; b) la caracteri-
zación de la paranoia por la megalomanía y la ubicación de ésta
como propia de la etapa narcisista de la libido; c) suponer que
el cuadro patológico es el resultado de una fijación a un estadio
en la evolución de la variable elegida, en este caso ya no _la ad-
quisición de la palabra sino la evolución de la libido.
A medida que el esquema de la libido va tomando más im-
portancia las neurosis son atribuidas a etapas de la misma. En 1913
en "La disposición a la neurosis obsesiva", la fijación en la etapa
sádico-anal se considera como el prerrequisito del cuadro. La razón
de tal correspondencia se halla en que a la etapa anal se le .adju-

14 Está entre paréntesis y en bastardilla en el original.


is S. Freud, S.E., vol. XII, p. 224.
16 S. Freud, S.E., vol. XII, p. 72.

143
dica la propiedad del sadismo, y cotno el neurótico obsesivo se
destacaría por el sadisrno de sus autorreproches, por el autotor-
1nento al que se s0111ete, parece lógico relacionar el cuadro con la
etapa señalada._ Además, las f orraaciones consideradas reac.tivas
contra el sadisn10, el control en primer lugar, parecen tener un
carácter análogo al control esfinteriano.
No es nuestro interés detenernos aquí en un examen crítico
pormenorizado de la pretendida correlación entre la teoría de las
etapas libidinales, cuyo exponente más acabado es Abraham, y los
cuadros psicopatológicos, correlación que por su in1portancia y vi-
gencia rnerecen un estudio especial que haremos en el próximo
capítulo. Solamente queremos constatar una vez más que lo básico
del esquema de la carta 46 continúa en pie.
Y este esque111a no tiene validez solo para Freud o Abraham,
sino para los distintos modelos psicogénicos que, aunque aparen-
temente diferentes, lo continúan en la teoría psicoanalítica. Cuan-
do Melanie Klein, sin dejar de lado las zonas erógenas en la deter-
minación del tipo de neurosis, crea su teoría del desarrollo psico-
lógico que pasa por dos etapas que se constituirán, por la posibili-
dad de recaídas y de oscilaciones, en dos posiciones estructurales
-la esquizoparanoide y la depresiva-, también intenta ver en la
fijación patológica a momentos de ese desarrollo la causa de la
especificidad de los cuadros mentales. En lugar de hacer hincapié
en una cronología fija de edades, como en la carta 46, y de tomar
la variable del desarrollo de la palabra, utiliza dos entidades teóri-
cas como variables evolutivas : las zonas erógenas y las posiciones,
y a partir de ellas sutgen los cuadros.
Algo similar sucede con los trabajos lacanianos en que se
estudian las determinantes de los cuadros psicopatológicos. En vez
de la teoría de la libido, o de las posiciones esquizoparanoides y de-
. presivas, lo que se toma como eje de análisis es el Edipo estructu-
ral. Los momentos del n1is1no sirven para jalonar las condiciones
patógenas. Y si bien se intenta romper con una cronología, de ahí
que sean momentos del Edipo y no simplemente tiempos, la fijación
a uno de estos momentos es lo que produce la psicosis o la neu-
rosis, y el pasaje al momento ulterior la condición de la cura.17
17 Véase por la claridad expositiva y la presentación de material clínico el
libro de Mustapha Safouan, Etudes sur L'Oedipe, du Seuil, París, 1974, es-
pecialmente el cap. l.

144
Digamos, por otra parte, que la dimensión te1nporal se rcin-
troduce continuamente en la teoría lacaniana, pese al esfuerzo del
estructuralismo ahistórico.
Así, aunque tanto Melanie Klein -con su énfasis en la ex-
presión "posiciones"- como Lacan lo que desean es delimitar es-
tructuras, con todo caracterizan momentos evolutivos, en que se
pasa de una estructura a otra. Serán para Melanie Klein la pri-
mera mitad del año de vida para la posición esquizoparanoide, o la
segunda para la depresiva, o para Lacan el período que va desde
los 6 a los 30 meses para el estadio del espejo -paradigma de
todas las identificaciones imaginarias-, o sino el acceso al len-
guaje como momento que posibilita la metáfora paterna, la ins-
cripción del falo como significante básico y por lo tanto la salida
del .p rimer momento del Edipo. En todas estas circunstancias hay
un período de la vida que estaría en relación normalmente con al-
guna de las estructuras postuladas dentro del parámetro elegido.
Recapitulando, más allá de las diferencias que ofrecen las
posiciones mencionadas, de cualquier manera se mantiene el mo-
delo: algo que evoluciona pasando por etapas, cuando ocurren
perturbaciones ocasiona entidades psicopatológicas específicas que
tienen su punto de fijación en las mismas.
Por lo expuesto al comienzo de este capítulo se puede enten-
der por qué consideramos objetable cualquier teoría· que intente
establecer en forma rígida momentos de la evolución en que se
producirían los acontecimientos predisponentes a la depresión. Esta
depende de factores que como el elevado ideal narcisista, la ima-
gen de sí desvalorizada, o la agresividad de la -conciencia crítica,
no tienen una época determinada en que se construyen, sino que
poseen un desarrollo de estructuración y reestructuración a lo lar-
go de la vida del sujeto. Así, por ejemplo, la identificación con una
figura desvalorizada, o la asunción de la identidad inducida
por figuras desvalorizantes son procesos que no tienen un curso pre-
fijado en etapas. Igual cosa sucede con la organización de una per-
sonalidad con tendencia a volver la agresión contra sí misma.
Por otra parte, la injuria nar~isista no es necesario que ocurra
"antes de que los deseos edípicos hayan sido superados", como
piensa Abraham en su trabajo clásico sobre las etapas evolutivas

1.45
de la libido. El daño narcisista ·puede ocurrir antes del período
edípico o después.18
En relación con el carácter estructurante de los diversos acon-
teci1nientos resulta evidente que éstos no revisten importancia. de
por sí, por la simple "realidad" de lo que le pasó al sujeto, si-
no por el modo en que .fu.eron codificados, significados para ese su-
jeto por aquellos de los cuales depende en la construcción de su
mundo emocional y conceptual. Se comete. un error, a nuestro juicio,
cuando en la explicación de un cuadro a posteriori de la recolección
de la historia clínica se atribuye a tales o cuales hechos vividos
por el paciente la causa de su enfermedad. Es un resabio del em-
pirismo de la primera época del psicoanálisis, en que se buscaba
el episodio "real" que habría dado lugar al síntoma. Esto es lo
que hace resaltar Maud Mannoni cuando dice: ''La idea del trau-
matismo como explicación de ciertos procesos mórbidos fue intro-
ducida por Freud, pero ulteriormente se percibió que los futuros
efectos de un acontecimiento doloroso para el sujeto estaban rela-
cionados con la f arma en que el acontecimiento era tratado por
las palabras del adulto. Las palabras del adulto 19 dejan una mayor
ilnpronta en el niño que el acontecimiento niismo." 20

Psicogénesis de la estructura depresiva

De acuerdo con lo sostenido al comienzo de este capítulo, una vez


caracterizada la estructura de un determinado cuadro nosológico
el modelo psicogenético deberá partir de la búsqueda de las con-
diciones que puedan haber contribuido a generar los rasgos con-
siderados específicos de esa estructura. Además, como las depresio-
nes spn entidades que, junto a lo común que permite englobarlas
bajo una categoría única, ofrecen diferen_~ias que las convierten en
subcategorías, el modelo psicogenético tendrá que poder justificar
también estas últimas. La consideración que acabamos de hacer
tiene por meta no caer en lo que constituye una simplificación por

18 Edípico en el sentido clásico del término.


19 La bastardilla es nuestra.
20 Maud Mannoni, L'enfant, sa maladie· et les autres, du Seuil, París, 1967.
Traducción sobre la edición inglesa de Pantheon Books, Nueva York, 1970,
p. 111. .

146
parte de los modelos psicogenéticos habituales en los que se pro-
ponen condiciones que no respetan la especificidad.21
Yendo ahora más directamente a las depresiones, comenzare•
mos por la depresión narcisista. Predispondrán a una depresión nar-.
cisista crónica todos los factores que tienden a crear un elevado
ideal narcisista, una aspiración de Yo Ideal que se ofrezca siempre
como meta inalcanzable. El Yo Ideal de completud y perfección
que los padres desean que sean sus hijos se convertirá en la pesada
carga que éstos llevarán sobre sí. La trasmisión de un Yo Ideal
de tales características, a través de la identificación con el deseo
de los padres, hará del individuo un eterno insuficiente con ·rela-
ción a aquél.
Junto al factor anterior, o independientemente de él, la cons-
trucción de una representación desvalorizada de sí empujará tam-
bién hacia la depresión· narcisista. No es necesario que haya ocu-
rrido un episodio singular que dañe al narcisismo infantil, aun
cuando de darse tal acontecimiento favorecerá la estructuración de
una representación de sí minusvaluada. Al mismo resultado puede
llegarse a través de la construcción lenta pero continua de un "Yo
representación" con esas características. La identificación con fi-
guras de padres desvalorizados o la asunción de la desvalorización
inducida por los mismos tiene tal efecto.
Por fin, los factores que coadyuven a: 1) incrementar la agre-
sividad del sujeto; 2) favorecer que ésta se vuelque sobre sí mis-
mo; 3) que se exprese en forma de conciencia crítica, y 4) privi-
legiar como forma de agresión el ataque al narcisismo, todos ellos
serán precondiciones para la depresión narcisista. No viene al
caso entrar en el detalle de lo que puede favorecer el desarrollo
de cada uno de estos cuatro factores. Señalemos, sin pretender
agotar la enumeración, que para el primero -incremento de la
agresividad- las frustraciones reiteradas y la identificación con el
agresor son importantes. Para. el segundo -vuelta de la agresión

21 Aun cuando merecería un tratamiento especial, creemos fundado decir que


tal es el riesgo de una propuesta como la de Lacan para explicar "la" psico-
sis según un mecanismo único, el de la forclusión. Nos parece cuestionable
la réplica que se podría, a su vez, hacer a nuestra objeción diciendo que el
mecanismo de la forclusión explica el hecho psicótico y que "después" se
podrían encontrar las particularidades, pues esto es suponer una unidad a
priori.

147
contra sí misn10--. los sentimientos de culpabilidad y la excesiva
persecución real o fantaseada que hace que la respuesta agresiva
en vez de ser descargada hacia el objeto se canalice hacia el Yo,
con la finalidad inclusive de aplacar al objeto perseguidor, me-
recen tenerse en cuenta.
Vemos de esta manera que a la depresión narcisista se puede
arribar por la acción conjunta o independiente de factores que
entran en una constelación causal, factores que a su vez dependen
de otros que son causales para ellos.
Lo que nos importa más que el detalle exhaustivo de las f ac-
tores, es señalar una metodología para el desarrollo de un modelo
psicogenético. A modo de representación espacial de este mo-
delo podríamos suponer que la depresión narcisista ocupa el cen-
tro de un triángulo cuyos vértices serían el elevado ideal narcisis-
ta, la minusvalía de la representación de sí y la agresividad de la
conciencia crítica. Cada uno de éstos sería el punto de partida
de una ramificada arborización de factores que los producen, los
cuales también tendrían su ramificación de elementos causales.
Eventualmente, a medida que a los tres factores que hemos ubi-
cado en los vértices del triángulo se le agregasen otros que se
describierán como pertinentes, se reemplazaría la figura elegida,
aunque manteniéndose la idea de una figura en expansión.
Para la depresión culposa crónica se puede hacer el mismo
tipo de análisis que para la narcisista, por lo que nos eximimos
de pormenorizar.
Las condiciones que conducen a la depresión . aguda, la del
colapso narcisista por ejemplo, son aquellas en que habiéndose
constituido en el sujeto la identificación del Yo representación con
el Yo ideal - á diferencia de las depresiones crónicas en que esto
no sucedió- por un acontecimiento determinado se pasa de ser
el Yo Ideal a convertirse en el negativo del Yo Ideal. Cuanto más
fantástica sea la identificación con el Yo Ideal tanto más factible
será el colapso. Muchas depresiones en los momentos de cambio
durante el ciclo vital: ingreso de la escolaridad, pasaje a la ado-
lescencia, jubilación, etcétera, tienen lugar cuando, alteradas las
circunstancias en que se era el Yo Ideal, tas nuevas condiciones
enfrentan a la persona con la imposibilidad de mantener tal identi-
dad. Si se funciona con la lógica de las dos posiciones, a la que
nos hemos referido .en el capítulo sobre colapso narcisista, al no

148
ser el Yo Ideal se convertirá automáticamente en el negativc.. del
Yo .Ideal. Los factores que inciden para la producción del funcio-
namiento de acuerdo con la lógica de las dos posiciones serán in-
tervinientes por tanto en la psicogénesis de la depresión aguda por
colapso.

149
Capítulo VII

LA TEORtA DE LA LIBIIX>. EL PENSAMIENTO


ANALóGICO EN LA TEOR1A PSICOANALtTICA

Emilce Dio de Bleichmar

El artículo "Un breve estudio de la evolución de la libido con-


siderada a la luz de los trastornos mentales" 1 puede interpretarse
como un cierre en el diálogo entre Freud y Abraham acerca del
edificio teórico genético-evolutivo más importante del campo psico-
analítico. Como su título lo expresa es una propuesta orgánica de
correlación y ubicación de cada cuadro psicopatológico en una de-
terminada etapa pulsional. Propuesta vigente aún hoy, pues si
bien ha sido parcialmente criticada,2 el edificio sigue en pie. Nadie
que trate e1 tema de la melancolía puede pasar por alto la fija-
ción oral.
En este sentido creemos importante un examen crítico del
sistema de ideas sobre la psicogénesis incluido en el trabajo de
Abraham, puesto que es uno de los aportes que mejor expresa una
de las tendencias prevalecientes del psicoanálisis posfreudiano: ~a
negligencia de la estructura en provecho del dinamismo. Además
las cualidades diferenciales de las vivencias se explicarán por las
variaciones de la. cantidad de energía con que el deseo invista al
objeto. En última instancia la melancolía sería el producto de un
alto monto de erotismo y/ o sadismo oral constitucional.
Las conclusiones de Abraham sobre los factores presentes para
la producción del cuadro melancólico son: 1) una acentuación cons-
titucional del erotismo oral; 2) la fijación de la libido a esa fase;

1 K. Abraham, Psicoanálisis clínico, Hormé, Buenos Aires, 1959.


2 R. Fairbairn, "Revisión de la psicopatología de las psicosis y psiconeuro·
sis", en Estudio psicoanalítico de la personalidad, Hormé, Buenos Aires, 1962.

150
3) una seria ofensa al narcisismo infantil antes de la superación
del Complejo de Edipo; 4) la repetición en Ja vida posterior de
la decepción primera. El mismo Abraham se ocupa en demostrar
que en realidad la ofensa al narcisismo es una co:q.secuencia de
las demandas de amor insaciables de este tipo de personalidades
y que por esta misma razón siempre terminan cayendo en la frus-
tración, en la herida narcisística; por lo tanto el motivo fuerte en
la. psicogénesis queda circunscripto al erotismo oral acentuado, y
a la fijación de la libido en esta etapa, puntos de los cuales se
desprenden después como consecuencia los otros factores.
Melanie Klein, continuadora de las ideas de Abraham, com-
plejizará el sistema al incluir las organizaciones tempranas del Yo
y del Superyó como otros puntos a los que también se fija o se
regresa, pero dichas estructuras intrapsíquicas en última instancia
se verán modeladas por el monto de envidia constitucional vigente
en el sistema.
El énfasis en el papel genético de la pulsión es evidente.

La teoría de las fases

a) LAS ZONAS ERÓGENAS


Lo que caracteriza una fase de la libido es un determinado modo
de organización de la vida sexual, organización que se sustenta
sobre dos ejes:. la primacía ·de una zona erógena y el predominio
de un tipo de actividad sobre el que se modaliza la relación de amor.
El examen del 'primer eje nos enfrenta con varios problemas: la
constitución de una zona erógena, la noción de primacía de la que
se desprende la idea de una seriación cronológica de las fases, la
sustitución de una por otra durante el desarrollo evolutivo. Ya se
trató con cierto detalle en la Introducción cómo el placer sexual
ordl se apoya para surgir en la función vital de la alin1entación,
pero que es otra cosa que la función. Si bie·1 el cuerpo, la mucosa
bucal y labial. en el caso de la zona oral, contienen la virtualidad
de un placer por su funcionalidad fisiológicamente determinada,
. este placer se instala como un efecto marginal de la · alimenta-
ción; este plus de placer se entiende como la huella de la satisfacción
que va a persistir como llamado, aun antes de que renazca el

15'1
hambre, y que se añadirá en lo sucesivo cotno una espera <listii1ta
<le ln exigencia sie1npre renovada de la necesidad. O sea, que
sobre el placer funcional se agrega el placer de órgano, es decir el·
primer plus, el chupeteo en el vacío, lo que Freu<l describe como
el paradigma del autoerotismo, "los labios que se besan a sí mis-
mos'' ··
Se señaló también -en la Introducción- que no es posible
sustancializar el deseo como algo en sí mismo placentero, que
puede ser placentero o doloroso en función de la anticipación de
una realización o no, que retroactúa sobre él. Es decir, que el placer
en el sentido sexual nace de un juego con el recuerdo de la satis-
facción y con la anticipación de su realización. La fórmula hege-
liana que lo deseado solo se erige co1no tal por medio de la me-
diación, en el caso de la oralidad se ejemplifica en que no solo
es el niño deseando la reproducción del momento placentero lo
que nos pern1ite delimitar ese goce de órgano y la constitución
entonces de una zona erógena, sino que parece ser un factor
esencial que' otro -la madre- proyecte un valor sexual en el
lugar de la satisfacción de Ja necesidad. Que para los ojos de otro
-el que alimenta- el apaciguan1iento de la necesidad sea mirado
como un goce, parece que solo así se completa un valor erógeno
que se inscribe en la nlucosa del bebé, valor erógeno que no de-
pende de la cantidad de leche ni de la te1nperatura de la misma,
es decir del seno en sí, sino que depende del deseo 111aterno. O sea,
que la erogeneidad materna no Ja debe1nos entender c01no algo que
le aflore a la n1adre por los órganos sexuales -el seno o la
piel-, de hecho es ese conjunto complejo de los brazos que acunan,
la voz que arrulla, el balanceo, los ojos que miran. La erogeneidad
la debemos entender co1no un aspecto que puede estar presente
o ausente a partir de la significación total que ese hijo tenga para
esa madre. Si el hijo le otorga un valor por el cual cumple una
1neta de su ideal del Yo, o porque de este 1nodo es más estilnada,
o más querida por su entorno significativo, si el hijo equilibra su
matrimonio o la ayuda a retener a su marido, si el hijo varón Je
posibilita, por ejemplo, acceder el pre1nio de la fecundidad, éste
tendrá un valor fálico, el valor de colmarla en algo deseado. Pero
si por el contrario y radicalizando un tanto la oposición, la coar~

3 S. Freud, "Tres ensayOs y una teorín sexual", S.E., tomo VII.

152
ta en otras expectativas de vida, la aleja de su marido a quien
quiere, o le acarrea la envidia de su propia madre o la pérdida
de su trabajo, o la convierte en "la madre soltera", la capacidad
erógena de esta madre se verá seriamente comprometida, así como
el valor fálico del hijo.
Leclaire 4 propone llamar a las zonas erógenas ''zonas subjeti-
vas", pues ellas contienen, por un lado, para el bebé la subjetividad
incipiente de ese llamado, de esa espera, de ese corte que supone
el deseo y que la madre dotará de su erogeneidad si para ella existe
una o muchas zonas erógenas que impliquen también un deseo,
un llamado, una falta que se colma en el momento del cuerpo a
cuerpo y del entrecruzamiento de las miradas.
Desde la teorización lacaniana la relación dual supone solo
dos términos: la díada madre-hijo, pero esta relación se halla de
entrada ordenada por la triangulación edípica presente en la díada
a través del inconsciente materno; a esto me refiero cuando digo
que la zona erógena del bebé remite a otra zona erógena que
es la de la madre, erogeneidad presente en ella -por el hecho de
que posee un cuerpo con zonas biológicamente determinadas para
la función alimenticia, pero simbólicamente ordenadas por el deseo
que remite a su propio Edipo y a su propia castración.
La zona erógena se constituye, entonces sobre la base de dos
plus de placer sobre el placer funcional: el primer plus es el_placer
de órgano, que es la posibilidad de placer innato, biológicamente
determinado, de ciertas zonas del cuerpo. Y el segundo plus es el
placer que carga la zona por el. goce del . otro, es la inscripción .
materna. Este s~gundo plus ya no depende de la biología, pero su
ausencia puede modificar la biología de tal modo que el placer
de órgal}O no se constituya, y ya vimos cón10 este segundo plus
era condición del complejo universo de significaciones presentes
en la madre que a Ja manera de un código prestará su marca de
placer o de dolor a la zona.
Queda entonces muy claro que no cuestionamos la disposición
constitucional al placer de órgano asegurada por la filogenia, sino
que el análisis recae en las modificaciones que puede sufrir ese
placer a partir de la erogeneidad de la madre, es dedr, a partir
de las significaciones que supone el código materno. Las perturba-

4 S. Leclaire, El objeto del psicoanálisis, Siglo XXI, Buenos Aires, 1972.

153
dones pueden alcanzar auri el nivel estrictan1ente biológico de la
actividad vital como en los casos de hospitalismo, depresión anaclí-
tica o de anorexia nerviosa, en los cuales el déficit de alimenta-
ción co~promete la supervivencia.
Damos énfasis a este punto, el código materno, pues cabe
preguntarse si las significaciones sádicas, destructivas de la fase
oral, atribuibles a la función alin1enticia, son condición de los
órganos incluidos, los dientes, o nzás bien la destrucción, el sadis·
mo, ejecutados a través de los mismos debe ser signado, codificado
como tal para que tenga todo el peso de la significación aniquilante
que se le atribuye. Abraham aportó al esquema freudiano de las
fases la subdivisión de la fase oral en una primera de succión
preambivalente y una segunda canibalística que inaugura la ambi-
valencia en las relaciones humanas. Es decir, que todo el peso del
sadismo hun1ano recae en los dientes y en la actividad de la man-
díbula. Luego Melanie Klein subsana un tanto este punto al ex-
tender el sadismo a todas las zonas -incluida la oral uno- y al
entender la agresión como dependiente de algo más general como
la pulsión de muerte; pero lo que no se modifica es la suposición
de que hay una actividad o una fantasía agresiva de por sí, que
tiene su significación fija, adherida, que existe una solidaridad
entre un órgano como los dientes o la masticación y las fantasías
derivadas de estas actividades y la significación agresiva.
Reiteradamente s, 6• 7 se ha señalado la vertiente biologista· in·
cluida en la concepción de la libido como una suerte de flores-
cencia del cuerpo que va cambiando de zonas por un programa
predeterminado por alguna ley de Ja naturaleza. Concepción, por
otra parte, no extraña a Freud,8 pues él mismo sostenía este

s J.Lacan, Écrits, du Seuil, París, 1966.


6 A. Green. "La diacronía en el freudismo" y "El psicoanálisis ante la opo-
sición de la historia y la estructura", en Estructuralismo y psicoanálisis, Nue-
va Visión, Buenos Aires, 1970.
7 M. Tort, "El concepto freudiano de representante'', Cahiers pour l'Analyse,
n"' 5, du Seuil, 1970.
8 Cuando Freud presenta en forma sistemática sus enfoques etiológicos es

cuando el biologismo en la teoría se acentúa. Los trabajos sobre la determi-


nación de la neurosis obsesiva sientan las bases de la serie causal: consti-
tución sexual -mecanismos de reacción-, rasgo de carácter. Así es que en
"La disposición a la neurosis obsesiva" dice: " ... Pero· precisamente en el
terreno de la evolución del carácter hallamos algo comparable al caso pa-

154
criterio aunque no en forma exclusiva. De~pués de Freud esta línea
teórica se hipertrofia y se unilateraliza, extendiéndose "el biologis-
mo" al sadismo, el que también deberá recorrer una serie de etapas
ordenadas lineal y cronológicamente. Todo el esfuerz_o clínico se
centrará en averiguar en qué momento exacto del desarrollo emer-
gerá el suelo corporal que dará cuenta de la génesis progresiva
de una evolución hacia lo psíquico; en qué momento el bebe suc-
cionó, cuándo se produjo la dentición, el destete, etcétera, des-
contando que efectivamente el acontecimiento, el hecho en sí, con-
lleva ineludiblemente la significación.
La teoría de las fases libidi~osas y sádicas no solo .incluye
una perspectiva biologista sino que en la noción de primacía tam-
bién se desliza una determinada concepción de la historia. En el
curso del desarrollo infantil la p~imacía, es decir el comando de la
sexualidad va cambiando de sede y en virtud de este cambio se da la
seriación cronológica: oral, anal, fálica y genital. Esta seriación no
solo da la impresión de aproximarse demasiado a una maduración
biológica fijada y predeterminada, sino que, como señala Green,9 se
ha identificado por completo la diacronía freudiana con el desarro-
llo de la libido. Desarrollo que no cabe cuestionar aunque sí intentar
una reformulación de las bases sobre las que se sustenta.
El comando de una zona erógena, es decir la primacía, parece
solo pooer sostenerse para la actividad ·oral, en el sentido de una
relación casi exclusiva con el medio ambiente y esto hasta cierto

tológico antes descripto: una intensificación de la organi;z;ación sexual pre-


genital sádica y erótico anal. Es sabido y ha dado mucho que lamentar a
los hombres que el carácter de las mujeres suele cambiar .- singularmente al
sobrevenir la menopausia y poner un término a su función genital. Se hacen
regañonas, impertinentes y obstinadas, mezquinas y avaras, most¡ando por
tanto típicos rasgos sádicos y erótico anales ajenos antes a su carácter", S.E.,
tomo XII, p. 323.
Y en "Sobre las transmutaciones de los instintos y especialmente del
erotismo anal" sostiene que: "En la defecación se plantea ~l niño una pri-
mera decisión entre la disposición narcisista y el amor a un objeto. Expul-
sará dócilmente los excrementos como 'sacrificio' al amor, o los retendrá para
la satisfacción autoerótica y más tarde para la afirmación de su voluntad per-
sonal. Con la adopción de esta segunda ~onducta quedará constituida la obs-
tinación que por tanto tiene su origen en una persistencia narcisista en el
erotismo anal", S.E., tomo XVII, p. 130.
9 0b. citadas.

155
punto y no Je mu11cra absoluta, pues los cuidados higiénicos por
parte de la n1adrc que inician al bebe en el placer anal, fálico o de
la piel en general también están presentes desde el prilner día.
L~1s organizaciones posteriores - a su vez-· no supritnen el fun-
cionamiento, ni mucho menos, de las actividades no predominan-
tes. ¿Qué significa entonces la prin1acía anal? No se puede enten-
der co1no una suspensión, ni siquiera como el paso a un segundo
plano de toda la sexualidad oral; de hecho ésta se encuentra ar·
tk.uladn a la organización anal y los intercambios orales se im-
pregnan de las significaciones ligadas a la actividad anal. En este
punto el defecto mayor que habitualmente se le adjudica a Melanie
Klein, de confundirlo todo, ha sido su mayor virtud, pues dio
cuenta de una realidad ele la sexualidad infantil; ella describió Ja
presencia de fantasías anales y genitales junto a las orales casi
desde un comienzo.
Por otra parte, los buenos pediatras previenen a las madres
con bebes sin dificultades en la lactancia que a partir de los diez
ineses o el año el niño puede en1pezar a rebelarse en este área
y comenzar con inapetencia, y les dicen que no se asusten, que
todo esto es bastante normal. Ahora bien: ¿cómo comprender ·este
dato? Se instala la rebeldía, el no, que es típicamente entendido
como anal, pero de cualquier modo la zona oral sigue imperando co-
1no terreno en que se juega el placer o displacer. A su vez, el
dulce bebe que devoraba la mamudera y que ahora escupe, re-
chaza el sólido y hace muy di Fícil el mon1ento dé la comida, en-
contrará una rnamá que seguramente responderá significativamente
a este cambio. En rigor, el abandono de la leche, el paso al sólido,
a la relativa autonomía de llevarse solo la comida a la boca ha
sido implantado por una mamá para quien todo esto tiene un sin-
número de significaciones, de deseos incluidos, que algún peso
inductor de la conducta clel bebe debe haber poseído. Por lo tanto
la erogeneización de la zona oral por parte de la madre está presente
como organizador constante en la vida del niño, más allá de la
etapa de succión, a lo largo de gran parte de su infancia o de su
historia.
Por otra parte, la linealidad histórica propuesta por la su-
puesta cronología se opone a una de las concepciones más caras
en Freud con respecto a la temporalidad y la causalidad psíquica,
me refiero a la estructuración "a posteriori" (apres coup), que es-

156
cinde el mon1ento de la experiencia del mon1ento de la significa~
ción. 10 Discontinuidad esencial para la represión· que no actúa so-
bre experiencias, sino sobre "recuerdos", recuerdos que no se re-
cuerdan justamente porque cobran sentido, porque adquieren una
significación.
Ahora bien, si el cuerpo no es un generador de significacio-
nes, si se inserta e inscribe en un mundo simbólico que lo precede
y lo significa, si necesita el pasaje por otro que le otorgue cuali-
dades diferenciales, si a su vez el "cuerpo oral" no se reduce a la
etapa oral, sino que se incluye en una diacronía que se extiende
en la historia del individuo y si alcanza su total sentido en otro
momento que no es el de la experiencia, se comprende que los
esfuerzos de datación -si en tal o cual edad un niño quedó afec-
tado- no contempla.n la cuestión de las relaciones entre el signi-
ficante y el deseo. Relación que parece difícil ubicar cronológi-
camente, pues su génesis no es puntual.

J) LA ACTIVIDAD PREDOMINANTE

Siguiendo a Laplanche y Pontalis, 11 habíamos señalado que los dos


~jes que fundan el concepto de fase de la libido son: la primacía
de una zona erógena y el predominio de un tipo de actividad.
Examinemos ahora la incorporación, actividad sobre la cual se
hace recaer el peso de lo que tendría de estructurante y normativo
la fase oral en relación con el psiquismo y las relaciones de objeto.
Por incorporación se entiende: 1) la actividad oral propia-
mente dicha, es decir la ingestión de alimentos; 2) una fantasía
por la cual el sujeto introduce, guarda un objeto dentro de su
cuerpo; 3) el n1odelo corporal de mecanismos psicológicos como
la introyección o la identificación.
Ahora bien, la incorporación co1no actividad real no se limita
a la actividad oral en sí, ni a la fase oral. Otras zonas erógenas y
otras funciones también implican una actividad incorporativa, por
ejemplo la incorporación a través de la piel, la respiración, así
como la audición y la visión: éstas parecen ser terrenos privile-

to Para una revisión del ·,concepto de retroacción véase la nota de Strachey,


S.E., vol. 111, p. 167.
11 J. Laplanche y J. B. Pontalis, Vocabulaire de la Psychanalyse, P.U.F., Pa-
rís, 1967.

157
giados para este tipo de actividad, pues todo lo que es visto y oído
se incorpora. A su vez como fantasía no se limita a la boca, pues
las funciones mencionadas (ver, escuchar) pueden ser sus soportes
habituales. El mismo Abraham .sostiene la incorporación anal en
el paranoico y la fantasía de incorporar el pene durante el acto
sexual.
Por otra parte, sostener que la incorporación oral subyace co-
mo fantasía a todo mecanismo de identificación suscita las siguien-
tes dudas: ¿cómo entender los hechos del transitivismo? El niño
que rompe a llorar inmediatamente cuando otro llora a su lado,
el contagio que se opera, parecen incompatibles con fantasías de
incorporar algo que implica una previa diferenciación dentro-fuera.
El caníbal que devora al enemigo para incorporar las cualidades
envidiadas y temidas d_el otro sabe muy bien que el enemigo es
otro que él, y al incorporarlo-lo que sobrevalora y confunde es lo
real con lo simbólico, cree que comiendo su cuerpo obtendrá sus
. propiedades. La identificación del· niño con el otro y con la si-
tuación total que lo engloba, parece ser un fenómeno más complejo,
más abarcativo, un estado inicial de desconocimiento de sí y del
otro que_no puede ser reducido a que cuando come siente que el
seno es suyo, porque entonces con la misma razón es lícito sostener
que cuando oye siente que es él el que habla y cuando es mirado
es él el que ve, o cuando alguien llora es él quien sufre, o ·es a él
a quien le duele. Todo esto no parece poder reducirse a lo oral
de ninguna manera. Y cuando decimos todo esto estamos inclu-
yendo nada menos que el narcisismo; pues para Abraham el nar-
cisismo se sustenta eminentemente en una actitud incorporativa, es
decir el narcisista es aquel que solo desea ser amado, a lo que
agrega el elemento canibalístico como el ingrediente que da cuenta
de la ambivalencia.
El modelo biológico que se halla propuesto como punto de
partida sobre el .que se instalan los procesos psíquicos pierde el
isomorfismo al trasponer los umbrales -d e la etapa oral. Pues es
posible admitir que la succión sea la base de la introyección y el
escupir de la proyección (modelo propuesto por Freud en "Los
in.stintos y sus vicisitudes) ,12 pero .ya en la etapa anal . el parale-
lismo se · descalabra porque la expulsión anal _también lo es de la

12 S. Freud, S.E., tomo XIV.

158
proyección y la retención podría sustentar no solo el control, sino
también el bloqueo afectivo o las inhibiciones. Al llegar a la etapa
fálica el caos es total, pues ¿qué relación de semejanza_podemos
hallar entre esta fase de la libido y el mecanismo de conversión?
A su vez, si se quiere ser fiel al modelo, una serie de mecanismos
específicos como la intelectualización o la racionalización quedan
sin sustento corporál. ¿Cuál para la disociación?
Si la propuesta naufraga, ¿por qué seguir sosteniéndola para
la melancolía? Los procesos mentales específicos de este cuadro
se liberarían de las cadenas de la oralidad, la incorporación y la
comida, temas por otra parte bastante ausentes en la cura de los
pacientes melancólicos.
Si el n1odelo quedara a nivel de la metaforización, no sería
grave, pero, como ocurre muchas veces, el modelo se erige en ex-
plicación causal del fenómeno. Parece que en este tratamiento
analógico de la relación entre la actividad corporal y el mecanismo
psíquico el pensamiento psicoanalítico hubiera quedado ligado al
tipo de funcionamiento propio del proceso primario.
Por otra parte, el proceso de descubrimiento de los mecanismos
del Yo ha seguido un proceso inverso al que se supone que ha
seguido el de su génesis. Freud en su trabajo clínico asiste al hecho
frecuentemente repetido de que sus pacientes digan: "no, yo nunca .
he pensado eso". La negación es descripta como un hecho eminen-
temente lingüístico y un derivado de la función del juicio y com-
parada con "el lenguaje de los impulsos orales".13 Ahora bien, so-
bre esta comparación cuyo status teórico en Freud queda poco ex-

13 "A la función del juicio le concierne adoptar, en última instancia, dos cla-
ses de decisiones. Debe atribuir o desechar que una cosa posee determinada
propiedad y debe considerar o impugnar, si una representación tiene exis-
tencia en la realidad. Originalmente, la propiedad objeto de la decisión pue-
de haber sido buena o mala, útil o perniciosa. Expresándolo en el lenguaje
de las mociones pulsionales más antiguas -las orales- la alternativa sería:
Esto lo quiero comer, o lo quiero escupir, o bien en una versión más amplia:
"Esto lo quiero incorporar o lo quiero excluir de mí". Es decir, "ha de estar
dentro de mí o ·fuera de mí". Como lo he expuesto en otra ocasión el Yo de
placer original procura introyectar dentro de sí todo lo bueno y expulsar de
sí todo "lo malo. Lo que es malot lo ajeno al Yo, y lo que está fuera de él,
son' cosas primitivamente idénticas entre sí.

159
· plicitado se erige todo el edificio psicogenético de los desarrollos
posteriores.14• 15• 16• 17
Sobre la base de la comparación, de la semejanza entre el sí
y el no por un lado, e incorporar y escupir la comida por el otro,
como se supone que el cuerpo gobierna, se ubica la génesis del
fenómeno en la actividad corporal. Ahora bien, cuando en Psico-
análisis uno se refiere a la acción de escupir se descuenta que no
se trata del acto reflejo, sino de una. conducta con un contenido
simbólico de rechazo. Nuevamente surge un interrogante: ¿este
significado es inherente al acto en sí? o implica la preexistencia
de un orden simbólico que posibilite el sí y el no lingüístico y que
otorgue sentido de rechazo a lo que es mera expulsión material.
En la coexistencia de rasgos de obstinación y constipación en
la neurosis obsesiva ocurre algo similar, no se considera que am-

14 S. Freud, "La negación", S.E., tomo XIX, pp. 236-237.


13 K. Abraham, op cit.
16 S. Isaacs, "Naturaleza y función de la fantasía", en M. Klein, Desarrollos

en psicoanálisis, Hormé, Buenos Aires, 1962. En este trabajo la autora sos-


tiene: "Freud consideró la relación entre fantasías orales de incorporación
y los primeros procesos de introyección en su ensayo sobre la negación. En
él no solo establece que aun las funciones intelectuales del juicio y el juicio
de realidad, "derivan de la interrelélción de los impulsos instintivos prima-
rios (la bastardilla es mía) y descansan sobre el mecanismo de la introyec-
ción (punto al cual volveremos en breve),. sino que también nos revela el
papel desempeñado en ésta por la fantasía. Refiriéndose a ese aspecto del
juicio que afirma o niega que una cosa tenga una propiedad particúlar,
Frettd dice: "Expresado en el lenguaje de lo arcaico, es decir, de los im-
pulsos orales instintivos, la alternativa significa: 'Tengo que conservar esto
dentro de mí y librarme de esto otro'. Es decir: 'tiene que estar dentro de mí
o fuera de mí' (1925) . El deseo así formulado es lo mismo que una fanta-
sía. Freud llama a'quí pintorescamente ' el lenguaje del impulso oral' a lo que
en otra parte denomina la 'expresión mental' de un instinto, es decir las
fantasías que son los representantes psíquicos de un anhelo corporal. En este
ejemplo real Freud nos demuestra que la fantasía es el equivalente mental
de un instinto, pero esto es formular al mismo tiempo el aspecto subjetivo
del mecanismo de la introyección (o proyección). Por lo tanto la fantasía
es el vínculo entre el impulso· del Ello y el mecanismo del Y o, el medio por
el cual uno se trasmuta en el otro. 'Deseo comer esto y por lo tanto lo he
comido' es una fantasía que representa al impulso del Ello en la vida psí-
quica y es al mismo tiempo la experiencia subjetiva del mecanismo o función
de ,introyección."
11 O. Fenichel, Teoría psicoanalítica de las neurosis, Nova, Buenos Aires,
1957.

160
bas puedan ser efecto de la persistencia en una posición narcisista,
sino que se hace depender el narcisismo del erotismo anal.
Por lo tanto, lo que queda cuestionado es que una formación
imaginaria, una fantasía o un tipo de fantasía específica sea de-
terminante para la estructura y dinámica de un cuadro psicopato-
lógico, así como también que se haga derivar en forma lineal y
rígida de cada zona del cuerpo, ~e cada actividad real del mismo
un mecanismo psicológico que a su vez es el responsable absoluto
del cuadro, por ejemplo: la introyección para la melancolía o la
proyección para la paranoia.

C) LA FIJACIÓN

Para discutir este punto me quiero referir a un ejemplo que da


Abraham. 18 Dice así: "Las personas con una intensificación cons-
titucional del erotismo oral son muy exigentes en sus demandas de
gratificación de la zona erógena en cuestión y reaccionan con gran
disgusto ante toda frustración al respecto. El placer excesivo que
extraen de la succión persiste bajo ·muchas formas en el curso de
la vida. Obtienen un placer anormal de la alimentación y espe-
cialmente del uso de las mandíbulas. Una de mis pacientes me des-
cribió espontáneamente el gran placer que le producía abrir· la
boca, otros encuentran especialmente placentera la contracción de
los músculos de la mandíbula. Las personas de esta clase son in-
saciables en sus demandas de manifestaciones de afecto de carácter
oral. Otro paciente dijo que siempre que pensaba en su niñez sen-
tía en la boca un gusto rancio que le recordaba cierta sopa que
solían darle y que le desagradaba mucho; el análisis demostró que
esta sensación era expresión de los celos que sentía por su hermano
menor al que veía amamantado por su madre ·cuando él tenía que
tomar sopa y gachas. En lo profundo de su corazón le envidiaba:··al
hermano la íntima relación con su madre de la que ya no disfru-.
taba. En sus estados depresivos lo dominaba el deseo del pecho de
su madre, un anhelo que era indescriptiblemente fuerte y dife·
rente de toda otra cosa. Si cuando el individuo crece la libido per-
manece fijada en este punto, se ha cumplido una de las condicio·
nes más importantes para la aparición de una depresión melan-
cólica."
is Op. cit., p. 348.

161
Es obvio que la insaciabilidad en las· demandas de ·amor ora-
les o el gusto rancio· en la boca parecen ser explicados por esa
característica constitucional que es el placer anormal en la succión
o el uso anormal de las mandíbulas; esto en última instancia es e}
factor fuerte de la fijación. Aquí Abraham ejemplifica la tesis-
freudiana de la disposición: este ingrediente de anormal placer en
la succión, esta aparición de un gusto rancio en. la boca en forma
repetida parece dar cuenta de la viscosidad particular de la libido
que queda ahí en la boca organizando esa zona, esa relación y no
bajando nunca m~~·
El concepto de fijación así descripto remite a toda la concep-
ción biologista ya señalada; pero a su vez en Freud encontramos:
otra acepción de fijación: como inscripción, como inscripción de
recuerdos, de huellas en sistemas mnésicos capaces de "traducir~
se" de un sistema a otro. La fij8:ción tendría que ver básicamente
con la depresión primaria y con la constitución misma de la pul-
sión. En "La represión" Freud 19 dice así: "Tenemos razones para
admitir una represión primitiva, una primera fase de la represión
·consistente en que el representante psíquico del instinto ve nega-
do el acceso a la conciencia, con ello se produce una fijación, el
representante correspondiente persiste a partir de entonces en forma
inalterable, la pulsión permanece ligada a él." La relación entre
pulsión y su representante, desde la definición de la represión
primaria, no es entonces · la de una ·esencia con ·su expresión o la.
de una excitación somática con su correlato psíquico. Así parece:
que la relación, la articulación propuesta para uno y ·otro es la·
de un vínculo, una fijación, un encuentro de dos elementos que
son a su vez uno exterior al otro. La palabra fijación, que en
el contexto de la teoría de la libido ha retenido solo el sentido·
de algo que queda detenido, inmutable, aludiría desde: esta· pers-
pectiva a la capacidad de asegurar, de pegar, de intrincar, pero,
en donde queda bien clara que se asegura el encuentro . de dos
elementos diferentes. Es cierto que el sentido genético no ha sido·
abandonado, pero halla su fundamento en esa búsqueda de . mo-
mentos primarios en donde se inscriben de. modo insoluble en el
inconsciente ciertas representaciones selectivas, momentos .a su.
vez en que se constituye la pulsión en virtud de ese mismo proceso...

!9 S. Freud L, S.E., tomo XIV, p. 148.

162
Volvamos al ejemplo de Abraham, al paciente que siempre
que pensaba en su niñez sentía un gusto rancio en la boca, huella
de esa sopa desagradable. Pero ese recuerdo consciente remitió
a otra escena reprimida y rescatada por la labor del análisis, la
escena de los celos que sentía hacia la pareja de la madre ama-
mantado al hermanito mientras él tenía que contentarse con su
sopa. De todo este complejo queda solamente el gusto rancio co-
mo pulsión oral fijada. Trazo gustativo que aparece una y otra
vez, memoria del cuerpo, pero un cuerpo que se articula con la
mamá, el hermanito tomando el pecho, su exclusión, sus celos, su
narcisismo herido, todo esto en ese "gusto rancio", término que
parece poder apresar y evocar el conjunto de significaciones.
Abraham nos brinda otro hermoso ejemplo, el del paciente
que cada vez que experimentaba un estado de depresión sentía
ciertos impulsos inexplicables, como una vez el de comprarse al-
gunas piezas de pan de Johannis (una golosina). "El paciente
-dice Abraham- tuvo de inmediato una asociación tOn · esta
historia que fue la siguiente: ·en la pequeña ciudad en que vivía
cuando niño había un negocio. frente a su casa, la propietaria era
una viuda cuyo hijo era su compañero de juegos. Recordaba que
esa mujer solía darle pan de Johannis. En ese período ya había
tenido la desventurada experiencia que fue el origen de su en-
fermedad, una profunda decepción en sus relacione·s amorosas por
parte de la madre. En sus recuerdos infantiles esta mujer que·
vivía frente a su casa fue erigida en un modelo y comparada con
su madre_ "mala". Su impulso a comprar el pan de Johannis en
el negocio y a comerlo tenía el significado inmediato de un deseo
de amor maternal y cuidado. El hecho de que hubiera elegido
como símbolo precisamente ese pan, se debía a su forma alargada
y su color que le recordaban sus excrementos, de modo que nos
encontramos una vez más con el impulso a comer excremento
como expresión del deseo de un objeto amoroso perdido." 20
Aquí se perfila con mayor nitidez lo contingente de la orali-
dad o de la analidad, pues si la mujer le hubiera ofrecido como
muestra de amor, por ejemplo, figuritas, probablemente se hu-
biera convertido (para Abraham) en un anal retentivo en su afán
posterior de coleccionista compulsivo.

20 Op. cit., p. 340.

··163
O sea que tanto en el gusto rancio, como en el impulso a
comer pan de. Johannis, el cuerpo está en juego, es un factor esen-
.cial que está del lado del registro de una experiencia sensible de
placer-displacer, de la captación de una diferencia que queda ins-
taurada en forma imborrable en él, en f arma de un trazo acústfoo,
visual, táctil u olfativo. Pero el proceso que conduce a la deter-
minación del trazo no halla su fundamento en el cuerpo mismo,
en un orden que lo subyace, biológico o físico-químico, sino en
un orden intersubjetiva de relaciones tales como la de los ejemplos
citados: la mamá y el bebe, la habilidad y el gusto de esa señora
p0r las gachas, la mamá de su amiguito y su generosidad en com-
prarle golosinas, es decir en relaciones intersubjetivas sintetizadas_
en la fórmula: Complejo de Edipo. El cuerpo presta elementos
que a modo de significantes se ligarán a la significación de la
situación.
· Para ilustrar el momento y el modo de la fijación · Leclaire
propone el siguiente ejemplo: "Una circunstancia dolorosa, en el
malestar que frisa con el desvanecimiento, del dolor que marca
el choque contra el borde de una piedra solo subsiste o se exa-
ce~ba el perfume de madreselvas que trepa por los matorrales de
los alrededores, es entonces como en el choque de esta cuasi dis-
locación por la irrupción del dolor, al límite del desvanecimiento~
el olor de madreselva se desprendiera como el único término dis-
tintivo, 1narcando así y antes que el desvanecimiento propiamente
dicho o . el dolor se produzca, el instante· mismo en que toda
coherencia parece anularse, al mismo tiempo que se mantiene al-
rededor de este único olor." 21 De esta manera entonces, que la
fijación oral, en. caso de encontrarla en el melancólico, ese gusto
rancio o el pan de Johannis solo nos señalarían como el olor a
r.nadreselvas una puerta para acceder al momento de· la diferen-
cia, al momento de la frustración, indicación de un camino cuyo
punto de partida debemos buscarlo en otro lado y no en las ca-
racterísticas de la pulsión en juego~ La frustración no será olfativa
para el olor a madreselvas, 'n i oral para el pan de )ohannis, sino
que se trata de una frustración de amor, "frustración de amor
que encuentra en la satisfacción de la necesidad su coartada" .22
21S. Leclaire, Psicoanalizar, Siglo XXI, Buenos Aires, 1970.
22J. Lacan, en "La relation d'objet et les structures freudiennes", Bulletin de
Psychologie, La Sorbona, 1958.

164
Ahora bien, el concepto de frustración de amor nos lleva
a reexaminar la oposición clásica objeto parcial- objeto total. El
progreso de lo parcial o lo total está presente en todas las líneas
evolutivas, las distintas zonas erógenas son fuente de pulsiones ·
parciales que se unifican bajo la primacía genital, las relaciones
de objeto comienzan siendo parciales para llegar en el pleno amor
objetivo a serlo con objetos totales. Lacan propone el siguiente
análisis: "¿Qué sucede cuando la madre deja de responder a la
solicitud del deseo, ~uando responde a su arbitrio?". Lacan agre;.
ga: "El acceso a los objetos se modifica, asistimos a una inversión
de posición. Los objetos que hasta ese momento eran simplemen-
te objetos de satisfacción. (el pecho) se transforman en dones, ·en
parte de ese poder materno." 23
Desde la subjetividad del bebe, el pecho, el rostro y las manos
se convierten en partes de la madre (ahora real) qúe ésta otorgara
o no, como muestra de amor, como testimonio de su favor. Cada
cuidado, cada caricia, cada sopa, cada pan de Johannis se codificará
como un don de amor materno y la frustración no será engendrada
por la no satisfacción de la necesidad sino por la negaciórt del don
. que ello implica.
· Veamos un último ejemplo, una paciente obesa se levanta
a las dos de la mañana y va a la cocina, busca un pan Iactal_, lo
huele, Jo acaricia, lo estruja en sus manos, admira su· blan'c uta y
se lo come pensando en la blancura de la piel de la madre. Es
obvio que no caeremos en el error de pensar que tiene hambre,
que satisface una necesidad, pero sí podemos caer en un segundo
error, pensar que el pan representa el objeto parcial pecho y que
es lo que en última instancia desea el paciente incorporar. Gené~
ticamente no se discute -como datos de la psicología evolutiva-
que primero se pueda captar el pecho y luego la totalidad de la
madre, que se pasa de lo parcial a lo total aunque desde la sub-
jetividad del bebe ambas sean totalidades; en el momento del
pecho, éste es para él la totalldad. Lo que interesa ver es que des-
pués resulta al revés, del objeto total se pasa al parcial en cuanto
resto caído del objeto total, y el seno en cuanto real se convierte
en parte del objeto simbólico y es incorporado como sustituto del

23 J. Lacan, Seminario "La relation d'objet et les estructures freudiennes '.:,


Bulletin de Psychologie, La Sorbona.

165
don. En nuestro ejemplo, el pan lactal sustituye el momento de
la presencia de la madre, de sus caricias, de lá blancura de,.Ia piel,
presencia que a su vez es la concretización del don de sn amor.
Esta línea explicativa fue ya iniciada por Fairbairn,24 quien
comentando la observación del caso de un bebe que si bien au-
mentaba de peso lloraba todo el día, dice así: "La relevancia de
esta· historia está en que ilustra cómo un infante puede desarrollar
tina actitud oral por una relación personal insatisfactoria con su
madre y · así constituirse una zona oral erotogénica. En este caso
citado la necesidad emocional del niño se convirtió en una nece-
sidad oral." Si bien no nos adherimos a la teoría generál sobre
las relaciones de objeto sustentada por este autor (la libido bus-
cadora de objetos), creemos que él ya señalaba a través de la
preeminencia que otorgaba a éstas el papel del otro en el proceso
de erogenización.
Para concluir, si el papel de la zona· erógena oral queda
relativizado a ser asiento del registro de una marca, si las fantasías
orales· y los mecanismos de introyección o identificac1ón por sí
sGlos no especifican una patología, ni son suficientes para dar
cuenta de un fenómeno tan complejo como el narcisismo, si el
objeto parcial oral es aquel que se desprende del total, obviamente
parece. que. la oralidad no tiene el derecho a retener la hegemonía
en la psicogénesis de las depre~ione&.

24·
"Observations on the Nature of Hysterical States", Brit. /. Med. Psychol.,
vol. 27, 1954.

166
Capítulo VIII

TRATAMIENTO PSICOANAUTICO· DE LAS DEPRESIONES

En los capítulos anteriores -en especial el 111, IV, V y VI he-


mos estudiado la estructura psicopatológica de ias depresiones y
su psicogénesis, habiendo sentado las bases para lo que · puede
ser una terapia coherentemente orientada. Por ello en este capí-
tulo nos limitaremos · a enunciar los lineamientos más generales
del tratamiento psicoanalítico de las depresiones, sin entrar en es-
pecificaciones pormenorizadas, que dejamos para un estudio ulte-
rior sobre técnica de la cura.
Antes de aborda¡ específicamente .· el tema del tratamiento
de las depresiones resulta indispensable hacer algunas observa·
dones sobre la teoría de la cura en · Psicoanálisis, a fin de prestar
un. marco más general a la discusión. .
La mayor parte de los escritos de Freud sobre. la teoría de
la cura, comprendidos los llamados trabajos técnicos (1911-1915)
y los historiafos clínicos en que la cuestión es abordada . reitera-
damente, son anteriores al desarrollo del enfoque estructura[ La
concepción dominante en toda .esa época era .que si se hacía cons-
ciente el sentido del síntoma, éste no solo desaparecía ~ino que · el
paciente _q uedaba liberado ·para siempre de ·1a posibilidad de una
nueva emergencia de los . productos patológicos. Al desaparecer
el trabajo de la represión, como consecuencia del llenado de la
laguna mnésica, no quedaba fundamento para el retorno de los
síntomas. Esta visión optimista de Freud queda ilustrada en lo
que escribió en la Conferencia XXVIII de· ·"Nuevas Conferencias
introductorias al psicoanálisis" 1 cuando ~ompara los efectos de
.
l S. Freud, S.E., vol. XVI, p. 451.

·t67
la sugestión hipnótica con los del Psicoanálisis: "Un tratamiento
analítico demanda tanto del médieo como del paciente la reali-
zación de un trabajo serio, el cual es empleado en el levantamien-
. to de las resistencias internas. A través de la supresión de estás
resistencias la vida n1ental del paciente es cambiada permanente-
mente, es elevada a un mayor nivel de desarrollo y permanece
protegida en contra de nuevas posibilidades de caer enfermo."2
Cuando en 1937 Freud escribe "Análisis terminable e inter-
minable" su perspectiva ya es otra. Al comienzo mismo del
trabajo dice, refiriéndose al error de apreciación optimista come-
tida en el Hombre de los Lobos: "Cuando él me dejó en mitad
del verano de 1914, con tan pocas sospechas como el resto de
nosotros de lo que ocurriría poco más adelante, yo creía que su
cura era radical y permanente~"3 • 4 A continuación Freud señala que
se equivocó con ese vaticinio, y detalla las nuevas recaídas del
Hon1bre de los Lobos.
¿Hay que imputar acaso a la inexperiencia clínica de Freud
que creyera que la cura era radical y permanente? La posibilidad de
esto es inadmisible. El tratamiento terminó en 1914 y fue publicado
en 1918, es decir cuando ya lo central del edificio teórico del
Psk')análisis estaba en pie. Es además el último de los grandes
historiales de Freud, y ni siquiera se puéde apelar al argumento
de que antes Freud no habría tenido oportunidad de volver a ver
a un paciente al cabo de unos años de tratamiento, pues esto era
imposible para el que había ejercido el Psicoanálisis en una misma
ciud1d por más de veinte años.
La razón hay que intentar hallarla en otr(!!·' lado. Si Freud
dice: " En estos últimos meses de su tratamiento él fue capaz de
reproducir todos los recuerdos y de descubrir todas las conexiones
que parecían necesarias para entender su temprana neurosis y
dominar la presente",5 y basándose en esto puede concluir tajan-
temente con un pronóstico de cura radical y permanente, es por-
que considera que "la reproducción ·de todos los ~ecuerdos y el
descubrimiento de todas las conexiones", lo que además puede
hacerse en unos pocos meses, es suficiente. E.s exactamente la pri-
~ La bastardilla es nuestra.
3 La bastardiHa es nuestr( .
4 S. Freud, S.E., vol. XXIII, p. 217.
' S. Freud, ídem.

168
mitiva concepción de la enfermedad y de la cura que aparece en
los historiales sobre la histeria, en que la sintomatología era con-
siderada un quiste en una personalidad sana. Si el histérico sufría
simplemente de reminiscencias, o sea que al no recordar un acon-
tecimiento lo hacía a través del síntoma -su símbolo mnésico-,.
una vez eliminado el olvido se resolvía el síntoma.
Pero si en cambio el síntoma es atendido como ejemplifica-
ción de una estructura, como mensaje en el seno de un código, no
como engarzado en la personalidad sino siendo la personalidad,.
no hay posibilidad de asegurar cambio radical y permanente a
menos que se reestructure aquélla. Esto es lo que expresa Freud
con todas las letras en ''Análisis terminable e interminable" cuan-
do refiriéndose al caso particular de los mecanismos de defensa
dice "Ellos devienen modos regulares de reacción de su carácter,.
que son repetidos a todo lo largo de la vida toda vez que ocurra
urta situación similar a la original." 6 Y refiriéndose a la "alteración
del Yo", expresión que trasunta ya otra concepción de la enfer-
medad al entenderla como modificación permanente de una es-
tructura, dice en relación con la terapia: "Durante el tratamiento,
nuestro trabajo terapéutico oscila continuamente adelante y atrás,
como un péndulo entre un trozo de análisis del Ello y un trozo
de análisis · del Yo. En un caso queremos hacer consciente algo
del Ello, en el otro deseamos corregir algo en el Yo."7
No nos interesa esta opción entre hacer consciente y corregirp
opción por demás problemática pues se puede corregir a través
del hacer consciente, sino la palabra "corregir" pues_ en ese con-
texto tiene. el sentido· de cambiar una estructura, es decir, algo
que tiene permanencia, la nombrada "alteración del Yo". Esta
concepci6n tiene como condición de posibilidad el enfoque es-
tructural que Freud había culminado años atrás en "El Yo y el
Ello", enfoque cuyo mérito no reside en que haya dividido el apa-
rato psíquico en tres entidades, lo que podía dar lugar a muchas.
reflexiones, sino en considerar de forma explícita y sistemática
la existencia de organizaciones . estables de la personalidad.
La teoría de la cura, por lo tanto, debe contemplar cómo
modificar las estructuras q~e se organizaron en forma particula:...

6 S. Freud, op. cit., p. 237.


7 S. Freud, op. cit., p. 238.

169
.de cuadros psicopatológicos. En primer lugar debe aportar, y esto
es esencial, la elaboración de un plan terapéutico que contemple
la especificidad del cuadro psfoopatológico en juego, es decir que
los objetivos del tratamiento tienen que guardar una relación de
racionalidad con la caracterización que se tenga de la estructura
psicopatológica.
De igual manera que cuando estudiamos el problema de la
psicogénesis planteamos que previamente se debía caracterizar una
·estructura psicopatológica para después poder pensar en._cuáles
eran los factores que incidirían en su origen, para modificar esa
estructura es indispensable tener una clara idea de cuáles son los
elementos que la integran, para saber así qué es lo que se espera
·cambiar y en qué dirección. ·
· Como la afirmación que antecede puede hacer surgir los ·ar-
_gumentos tantas veces oídos de que el analista no quiere n&da
de su paciente, que lo único que debe hacer es proveer los instru-
mentos para que aquél elija el camino, etc., detengámonos en el
análisis de los mismos. No es cierto que el an.alista no quier~ nada,
que no tenga concepciones. de qué es ser sano y qué e.s ser enfermo
y que no guíe siempre a su paciente en una determinada dirección.
·suponer esto es desconocer que el analista tiene concepciones que
'le hacen seleccionar como pertinentes unos datos del discurso y
·desechar otros, que su escuchar es tendencioso, que cuando a de-
termina.das conductas las considera como sintomáticas es porqµe
·está haciendo uso de un sistema clasificatorio que le aporta su
cultura y que no es neutro.
El mejor respeto por la individualidad del paciente consiste
·en tratar de terminar con la· mistificación hipócrita de la neutra-
lidad, que lo único que favorece es que se lo manipule más, pues
ni siquiera se está en el conocimiento consciente de que se lo está
haciendo. Todo análisis es un adoctrinamiento, y no escapa a esto
ni el pretendido laissez faire -tíe la antipsiquiatría ni el silencio
prolongado que supone dejar que aflore el deseo del paciente, has-
ta entonces falseado por las trampas de la demanda. Basta escu-
char en los partidistas de esto último un lenguaje mimético con
el estilo y el vocabulario del maestro para damos cuenta de que
la captura por el deseo del otro no se previene por una simple
variante técnica.

170
Tener un plan terapéutico explícito es quedar protegido de
los desvíos de los planes no formulados pero que igualmente se
ejecutan.
Tomemos ahora a los fines de ejemplificar la necesidad de
una terapia orientada de acuerdo con la caracterización teórica
del cuadro psicopatológico, el caso de las depresiones. Por de
pronto si queremos ser coherentes con nuestra tesis no podremos
encontrar un plan único, sino que éste se tendrá que adaptar al
tipo particular de depresión. Supongamos que alguien padece de
una depresión narcisista y que ·ésta tiene como eje una imagen
desvalorizada de sí. El análisis consistirá en un primer paso en
hacer consciente esta imagen, en caso de ser inconsciente. Aunque,
con todo, esta etapa no es lo más importante pues muchos pa-
cientes se quejan precisamente de esa desvalorización. Se trata,
más bien, de desentrañar cómo se formó esa representación, si e~
el resultado de la identificación con figuras desvalorizadas, o la
asunción de la identidad dada por figuras desvalorizantes, cuáles
son los episodios que adquirieron la significación de ofensas nar-
cisista y que puedan haberla originado, por qué éstos no pudieron
ser superados, etcétera.
Estamos de este modo en el terreno de las "construcciones
en Psicoanálisis", tal como lo plantea Freud en el trabajo que
lleva ese nombre. Al respecto débemos preguntarnos si esa re-
presentación del- Yo persiste por inercia psíquica 8 o si juega
algún papel defensivo en el momento presente, como podría ser,
por ejemplo, proteger al sujeto contra el temor a los ataques envi-
diosos de los demás.
Nos podemos interrogar cuál es la utilidad que tiene para
la cura una labor reconstructiva cbmo la señalada. ¿No es mejor
el trabajo en el aquí y ahora transferencial, desprendiéndonos de
la historia, lo que siempre haría correr el peligro de la intelectua-
lización que ocurre e.t' esos pacientes que son capaces de contar
la historia, que a su vez les contó su analista sobre cómo habría
sido su historia? En realidad el problema de la intelectualización
no depende de que se trabaje en la dimensión histórica o en el
8 Para el tema de la inercia psíquica véase el cap. I'"", "El autorreproche
y fa estructura del inconsciente", en el que se consigna la bibliografía freu-
diana al respecto.

171
presente transferenciaL Se puede intelectualizar la transferencia
y por el contrario haber enorme repercusión afectiva en el recuerdo.
Creemos que el valor de mostrar la génesis de una convicción
como es la de una determinada representación de sí mismo, radica
en que le quita su carácter de absoluta, permite tomar distancia
con respecto a aquélla y verla no como algo que es así sin discu-
sión; sino como el resultado de ciertas condiciones que intervi-
nieron en su producción. O sea, relativiza la fuerza ·de la convic-
ción al mostrar que ésta a su vez tiene una determinación. A la
creencia del paciente: "Yo me siento inferior porque lo soy en
realidad", abre la posibilidad de que se plantee que el sentirse
inferior no tiene corno única explicación su correspondencia con
la realidad, de la que sería el juicio adecuado, mero reflejos sino
que depende de otro orden de causacióñ que es el de la razón por
la que se fue determinando esa creencia. A la conclusión cerrada
del paciente de que se siente inferior porque lo es, el psicoanalista
responde reformulando la problemática: ¿Qué es lo que hace sen:.
tirio de tal manera, qué puede ser independiente de cómo usted
es? En definitiva, aquí la labor terapéutica consiste en romper el
espejismo en qué el paciente se encuentra al justificar la repre-
sentación de sí por una supuesta realidad.
Muchas veces se defendió / a la reconstrucción histórica uti-
lizando la teoría de la cura de la primera época freudiana, a la
que aludimos al comienzo de este capítulo: recordando lo olvi-
dado desaparecen sus efectos. Cuando en un capítulo anterior
utilizamos la alegoría de que no era posible rehacer la historia
evolutiva volviendo a colocar el insecto eliminado señalamos que
no se cambia por desandar lo andado, sino que lo que resulta
posible es establecer nuevas significaciones. y esto es lo que po-
sibilita la reconstrucción genética. No lo hace por la mera fuerza
del "recuerdo", sino que en el proceso de hacerlo se reorganiza el
mundo conceptual, 9 se resignifica la experiencia.
Tomemos ahora por caso la depresión culposa. En estas cir-
cunstancias habrá que diferenciar si los sentimientos de cul-
pabilidad son por la agresividad del sujeto o fundamentalmente

9 Una vez escrita-s estas líneas llegó a nuestras manos el Seminario n? 1 de


tacan, du Seuil, 1974, en el que dice: "Yo diría a fin de cuentas que de lo
que se trata es menos de recordar que de reescribir la historia" (p. 40) .

172
por que tiene de sí la imagen de ser agresivo, la que no depende
obligatoriamente de aquélla. Si este fu era el caso se abre el mismo
~amino que para analizar la representación desvalorizada de sí,
ya que enfatizar que la culpa es por la agresividad no hace sino
repetir lo que el paciente mismo dice, reforzando su patología, tal
como lo hemos planteado en el capítulo respectivo.10 Si la causa
fu era en cambio la agresividad del paciente, la dureza de su con~
ciencia crítica, se inicia la ardua tarea de detectar las causas de
la misma, con toda la multiplicidad de condiciones determinantes
·que inciden en su producción.

.10 Véase el cap. III.

173
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176
Este libro se terminó de imprimir en los talleres de Industria Gráfica del Libro S.R.L.,

Warnes 2383, Buenos Aires, agosto de 1980. Tirada 2.000 ejemplares


El objetivo primordial
de este libro es la
caracterización clínica de
las depresiones y la
explicación dinámica de las
mismas; también, un intento
de abordar el problema de
su génesis. Para ello el
autor revisa una serie ·de
articuladores teóricos
-como es el caso del
narcisismo- que otorgan
sentido a las formulaciones
propuestas.

Si el tema de las depresiones


es digno de reflexión no lo
es solamente por la
importancia que ellas
revisten en la patología
mental, sino porque
constituyen una buena
oportunidad para plantear
problemas de índole más
general: una metodología
para la delimitación de las
estructuras psicopatológicas,
un modelo sobre sus
condiciones de origen y,
derivando de lo anterior,
las bases sobre las cuales
poder asentar una terapia en
cuya sistematización haya
cierta racionalidad.

Psicología .
Contem.poránea