Vous êtes sur la page 1sur 14
LOS NUEVOS CAMINOS DE LA HISTORIA ECONOMICA Gabriel Tortella* E nun principio fue Adam Smith; después, Karl Marx. Ambos pueden ser considerados fundadores de la historia econémica desde puntos de vista diametralmente opuestos. Durante mucho tiempo los dos pensadores simboli- zaron dos visiones y sistemas antagénicos de] mundo y de Ja historia. Sin embargo, hoy el espectro de Marx ya no recorre el mundo, y si lo hace, es de puntillas y muy tenueinente. Era el més espectacular de ambos, con su barba y sus melenas, con su lenguaje truculento y su tremenda brillantez expositiva; Adam Smith, levemente excéntrico, flemético, prosista légico y claro, apelaba més al intelecto que a la emocién. Sin embargo, tras el derrumbe de la Union Soviética parece haber ganado la batalla. Sin esta bipolaridad intelectual, que teflejaba la bipolaridad politica del munde, qué queda hoy de las viejas bata- las dialécticas? ;Sigue la historia econémica dando vueltas a los mismos pro- blemas? Se ha renovado? {Se ha convertido en otra cosa? Se ha transfor- mado en una abstrusa filosoffa para eruditos a la violeta? zTiene alguna relevancia para e] mundo de hoy? Por sorprendente que parezca, la respuesta a todas estas preguntas es afirmativa. Adam Smith fue el primer cientffico social en utilizar sistematicamente la historia econémica para fundamentar sus teorfas. Era un gran lector y lo mismo acudfa al pasado clsico para ilustrar las ventajas del intercambio y del trans- porte maritimo que a la historia del imperio espafiol para demostrar los fallos del mercantilismo. Con Adam Smith la historia econémica era el campo de * Catedritico de historia econémica en la Universidad de Alcalé y presidente de la Asociacién Internacional de Historia Econémica. 85 86 Gabriel Tortella experiencia de la ciencia social, la realidad sistematizada sobre la que debfan contrastarse las conclusiones de la economia. Los seguidores de Smith, la escuela clasica inglesa, cuyo maximo exponente fue David Ricardo, se fueron decantando por un método més abstracto que el de su maestro. A partir de entonces, teorfa econémica e historia econémica han ido divergiendo y conver- giendo periédicamente. Con Marx, en cambio, la historia econémica parecié erigirse en Ia ciencia social por antonomasia. Para Marx, la evolucién de la eco- nomfa determinaba la historia en su conjunto. La historia de la economfa y su evolucién, por tanto, se convertia en la explicacién fundamental para compren- der la historia de la sociedad y, por tanto, la sociedad misma. Desde entonces (mediados del siglo x1x) hasta muy recientemente, la influencia del marxismo en historia econémica ha sido muy fuerte. Pese a esta fuerte influencia marxista, el establecimiento de la historia eco- némica como disciplina universitaria tuvo lugar en los pafses anglosajones y nacié con un mayor entronque con la escuela clsica inglesa. Aunque los problemas centrales de la histonografia econémica marxista (el impacto de la tevolucién industrial sobre el nivel de vida de las clases trabajadoras, las causas econdémicas de la innovaci6n técnica, la interrelacidn entre el cambio econémi- co y la estructura social), estaban muy presentes en los escritos de autores como Amold Toynbee y William Ashley, que fueron los primeros profesores oficial- mente designados para la ensefianza de la historia econdmica, la tradici6n his- t6rico-econémica anglosajona no era de raiz marxista, sino derivada de Smith y de la escuela clasica inglesa, incluyendo a John Stuart Mill, William Stanley Jevons y Alfred Marshall. Ello no significa, insisto, que la nueva profesin académica dejara de lado los problemas tradicionalmente caros a la escuela marxista. En concreto, el tema quiz4 més debatido por la historiografia anglo- sajona ha sido el mismo que ya planteara Friedrich Engels, el alter ego de Marx, en 1844: la repercusi6n de la revolucién industrial sobre el nivel de vida de los trabajadores ingleses. INDUSTRIALIZACION, NIVEL DE VIDA Y¥ EQUIDAD Es imposible hacer justicia en estas lineas a la complejidad de este debate. Si quiero sefialar que el punto de partida, el de la primera historia de la revolucién industrial inglesa (la de Toynbee), publicada en 1884, estaba més cerca de la posicién de Engels (La de los lamados “pesimistas”, es decir, los que crefan que Ja industrializacién habia producido un deterioro en el nivel de vida de los tra- bajadores) que la de los economistas clasicos, los “optimistas”, que crefan que industrializaci6n significaba desarrollo y el desarrollo un aumento del bienestar general. Hoy, por supuesto, la perspectiva hist6rica ha venido a dar la razén a Los nuevos caminos de la historia econémica 87 Jos optimistas, por cuanto serfa absurdo negar que los trabajadores de los paises industrializados tienen un nivel de vida mucho mis alto que el de sus abuelos 0 bisabuelos. Sin embargo, el debate académico contintia porque, si los efectos a largo plazo de la industrializacién sobre el bienestar ya no los discute nadie, los efectos a corto y medio plazo sobre al menos ciertos grupos de trabajadores siguen siendo objeto de polémica, y ciertos trabajos recientes han producido, como veremos, considerables sorpresas. Hay que subrayar que, aunque la discusién sobre industrializacién y nivel de vida es de origen inglés y se ha centrado tenazmente sobre el caso briténico, hoy cada vez més se va intentando transponer el estudio de esta cuestién a otros paises, a medida que la ciencia y sus métodos de estudio se desarrollan en Ambi- tos més amplios. Digamos que para el caso inglés, y tras improbos esfuerzos investigativos y rfos de tinta vertidos, la cuestién se centra en ciertos grupos sociales (caracterfsticamente los tejedores manuales, desplazados desde princi- pios del siglo xix por los telares mecénicos) y se circunscribe a la primera mitad de esa centuria, en que las guerras y revoluciones provocaron grave inestabilidad econ6mica. Hoy est4 muy claro que, tras abandonar Inglaterra el proteccionismo agrario con la abolicién de las Leyes de Cereales en 1846, el nivel de vida general comenzé a mejorar perceptiblemente. Hay un problema que esté muy relacionado con el del nivel de vida, pero que no debe confundirse con éste: el de la distribucién de la renta y de la riqueza. En efecto, en los periodos iniciales del crecimiento parece casi natural que los aumentos de renta y riqueza se repartan desigualmente: los introductores de las grandes innovaciones (desde la m&quina de vapor y las méquinas de hilar hasta los automéviles 0 los ordenadores) realizan unos beneficios fabulosos (pense- mos en Edison, Rockefeller, Siemens, Rothschild, o Bill Gates), mientras que sus empleados ganan mucho menos y el comiin de los mortales, aunque también se beneficie de esas innovaciones, tiene una mejora muy marginal. Por tanto, aunque no haya disminucién del nivel de vida, sf puede producirse un aumento de la desigualdad: aunque las rentas mas bajas no desciendan, el abanico se hace mas amplio; este fenémeno parece haber sido bastante general en las primeras etapas del desarrollo. Naturalmente, a la larga también parece que hay una tendencia a la dismi- nucién de las desigualdades por dos tipos de razones: una politica y otra econémica. Polfticamente, los Estados modernos han ido ofreciendo una legislacién cada vez mds encaminada a compensar a los desfavorecidos en el juego econ6mico: impuestos progresivos, seguridad social, seguro de desempleo, etc. Econdémicamente, el desarrollo tiende a absorber cantidades crecientes de mano de obra, lo cual, sino hay interferencias (como estas mismas leyes de pro- teccién social, 0 como los movimientos migratorios), produce aumentos abso- lutos y relativos de salarios. La actitud de los distintos grupos sociales ante estas interferencias es ambigua, en general porque aquf a menudo se contraponen