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Jota Mario Vergara Escudero

CC. 1026550522
Exposición -Seminario Alegoría e imagen dialéctica
Rubén Darío Zapata
Universidad De Antioquia -Instituto de filosofía

Walter Benjamin y la ciudad

Abordar la ciudad como un espacio concreto, a fin de producir filosofía, se presenta


como una tarea sumamente compleja y, a la vez, necesaria. La ciudad vista como
elemento dialéctico, es decir, como espacio transformador y transformado,
construido y destruido; es un libro abierto para quien quiera transitar por sus
páginas, de tal manera que se convierte en una herramienta inigualable a la hora
de analizar desde diferentes ángulos al cúmulo de sujetos que alberga, así como
las complejas relaciones por ellos establecidas, de tal suerte que la ciudad misma
se convierte en un tipo de espejo a través del cual se puede observar el interior de
sus moradores.

Teniendo esto en cuenta, parece que no hay manera de escapar de la ciudad; lo


urbano pareciera no sólo determinar y definir, sino que, en cuanto tal, permite una
mejor comprensión del propio ser humano, es así como toma importancia la obra
de Walter Benjamin, en tanto que la complejidad de su pensamiento, así como sus
más íntimos intereses filosóficos, se entrecruzan con la mirada y la experiencia de
lo urbano. Y, si bien en Benjamin no hay en un estudio sistemático de la “ciudad”,
como tampoco una única manera de abordarla, ésta es como un eco, una sombra,
siempre presente en su obra.

Es así que resulta adecuado afirmar que para el filósofo alemán es necesario estar
en la ciudad para hacer filosofía, puesto que toda reflexión parte y se encuentra en
ella. Con tal fin, postuló una mirada de la ciudad de todas las maneras posibles: a
través de postales, relatos citadinos, viajes, recuerdos de la infancia, libros acerca
de las grandes metrópolis, calles, mapas, planos, transeúntes, y cuanto objeto le
permitiera acercarse a ella. En este recorrido, la literatura y París tuvieron un lugar
privilegiado y, en él, Charles Baudelaire fue su incansable guía, quizás porque para
este la ciudad es el lugar del conocimiento en tanto escenario humano del shock,
donde confluyen lo visible y lo invisible, lo agradable y lo horrible, donde tiene cabida
la auténtica reflexión y el arte.
Sin duda se puede asegurar que Benjamin es un obsesionado por París, por la
ciudad, pues en ella el crítico alemán vio la posibilidad de reconstrucción histórico-
crítica de la sociedad capitalista del siglo XIX que tanto le interesaba, como bien lo
señala Jesús Aguirre en el prólogo de Iluminaciones II “Desde 1927 hasta su muerte
trabaja Benjamin en un ambicioso proyecto: La construcción histórica-filosófica del
siglo XIX como tiempo en que nace la sociedad industrial” (Benjamin, 1972, pág.
16) En Benjamin no parece haber un interés por lo natural, sino más bien el pleno
reconocimiento de una nueva situación, a saber, la ciudad como el bosque de la
modernidad. Por ello, no es extraño que nuestro autor dedicara varias obras y
fragmentos a la reflexión en torno a ella, como tampoco que, a través de uno de sus
autores preferidos (Baudelaire), reivindicara la reflexión de la ciudad desde y en ella
misma. Justamente, este punto es el que me interesa destacar aquí, en la medida
en que posibilita la comprensión de la preocupación benjaminiana en torno a la
ciudad.

Ahora bien, hay que tener presente que, si bien París ocupó un lugar central en la
reflexión benjaminiana, ésta no se limita ni se refiere únicamente a dicha ciudad,
Por el contrario, es el resultado de la articulación de diversos escenarios que
forman, por usar un término benjaminiano, una constelación urbana.

Al respecto Susan Buck-Morss señala que son cuatro las ciudades concretas objeto
de reflexión de Walter Benjamin (Berlín, París, Moscú y Nápoles) La autora analiza
geográficamente la ubicación de estas ciudades y las ubica en los cuatro puntos
cardinales que guían el estudio que de ellas elabora Benjamin, a saber, Berlín al
norte, Paría al oeste, Moscú al este y Nápoles al sur. París y Moscú, según Buck
Morss representan el origen y el final de la sociedad burguesa, Nápoles la infancia
mítica y Berlín la infancia del autor. A partir de la interpretación suscitada por Buck-
Morss, Claudia Kerik procederá a afirmar que estas cuatro ciudades determinan
cuatro tipos de escritura en Benjamin, Crítico (Paris), Diario (Moscú), Reseña
turistas (Nápoles) y autobiografía (Berlín)

En este sentido, no es posible limitar el tema de lo urbano a un esquema cardinal


de este tipo, que parece simplificarlo. Por ello, siguiendo lo que se puede rastrear
en los escritos benjaminianos, más que de puntos cardinales o de una “zona” casi
literaria, se podría decir que estas ciudades forman una constelación urbana que se
presenta como un todo complejo, compuesto de diversos elementos que permiten
la consideración de la ciudad como objeto estético en sentido amplio.

Se hace necesario señalar que el tratamiento benjaminiano de la ciudad es


desarrollado de manera más amplia en los escritos en torno a París. Muchas de sus
reflexiones encuentran en esta ciudad no sólo su punto de partida sino también de
llegada. Por ello, son varios los textos que conforman el entramado de este segundo
recorrido urbano: París, la ciudad en el espejo (1929), los dos resúmenes de Paris
capital del siglo XIX (1935), El París del segundo imperio en Baudelaire (1938),
Sobre algunos motivos en Baudelaire (1939) y las múltiples referencias a la capital
francesa en el inacabado Libro de los Pasajes (1927-1937), entre otros. En cada
texto se ofrece una variedad de aproximaciones a lo urbano, tan diversas como la
manera en la que el propio Benjamin “recorrió” esta ciudad. En líneas generales,
son tres los aspectos que determinan radicalmente esta mirada de lo urbano como
bien lo señala Buck-Morss: la estancia prolongada en la Biblioteca Nacional de
París, la vivencia callejera de la ciudad y la fascinación por Charles Baudelaire.

Así que, la mirada benjaminiana de lo urbano busca, inspirada en Baudelaire,


sumergirse en la experiencia de lo cotidiano potenciando las relaciones entre los
distintos objetos y fragmentos, llevando a cabo una revolución lingüística basada en
el nombrar que tiene como resultado la transformación de lo pequeño en grande, de
lo banal en importante, de lo insignificante en significante “la calle hizo posible que
todas las palabras, o al menos una gran cantidad de ellas, fueran ascendidas a la
nobleza del nombre –lo que antes no les ocurría más que a poquísimas, a una clase
privilegiada de palabras–. Lo más ordinario para todos, la calle, fue lo que llevó a
cabo esta revolución del lenguaje. - Mediante los nombres de las calles, la ciudad
es un cosmos lingüístico” (Benjamin, 2005, págs. 3,5-215)
La prostitución como ejercicio marginado y la prostituta como figura alegórica

Se señala, en la primera parte del texto Iluminaciones II, que la miseria produce
sujetos marginales pero también potenciales sujetos revolucionarios porque en
última instancia la modernidad niega y absorbe en sus entrañas citadinas y así los
somete mediante la negación u omisión de lo humano. Estos sujetos serían los
encargados de transportar, mediante la narración, el horror en la ciudad y de
provocar así un choque al lector que no vive, de primera mano, la miseria humana
retratando así la paradoja de la modernidad en esperanza que el lector sea haga
participe de la revolución. Hacer patente la situación de la modernidad,
(enajenación) esa es la dimensión política que tiene la escritura de Walter Benjamín.

La ciudad se ve, según Walter Benjamín, como la materialización máxima del


capitalismo pero también, en este caso, la entendemos como una expresión
cualitativa de la modernidad y que esta sería un registro, explícito o no, de cómo un
sistema social que jerarquiza (por uso, acceso y desplazamiento de espacio) los
sujetos. Obviamente la escala social ubica a la prostituta al final de la lista y la señala
como aquello socialmente rechazables, intocable de la sociedad occidental. Incluso
dentro de “su” espacio se vuelve a re-estructura el espacio de acuerdo a una nueva
jerarquización interna de ese grupo social. ¿Por qué la ciudad? Nos invita a mirar el
patio de la modernidad, los confines oscuros y los pliegues donde se despliega la
respuesta a una otra modernidad. La ciudad concentra los productos de la
modernidad y también concentra una emergente forma de ordenar y vivir la vida. La
miseria es un fenómeno que toma la ciudad que concentra un modo de expresión
del capitalismo que también, paradojalmente, posibilita su comprensión.

La ciudad es ese campo en donde se mueve este nuevo sujeto urbano. ¿Pero en
qué contexto histórico? En un París revuelto por la Revuelta de 1871 con Blanqui
como ideólogo, y es ese escenario que Walter Benjamín está mirando a través de
los ojos de Baudelaire. Dentro de esta ciudad aparece la figura de la prostituta
seguida de la miseria como contraposición a la noción de civilización de la cual la
ciudad oficialmente trata de mostrar. Y es este marco, de la comprensión de lo
urbano, donde aparecen los restantes sujetos como el trapero y el vagabundo. La
miseria contrasta con la belleza de la Belle Époque, la modernidad que lleva las
luces y los espejos a la conciencia del sujeto citadino.

Dado que Walter Benjamín le interesa lo particular, nos lleva a considerar los sujetos
dentro de la ciudad como el aspecto más importante en su recorrido para
comprender y posteriormente intentar armar una filosofía de la contemporaneidad.
Aquello particular y único pero que también constituye, paradojalmente, en una
masa que es elaborada, y moldeada, por el capitalismo en sujetos enajenados de
su propia vivencia de la ciudad

Y dentro de este (los desechos de orden mercantilista) espacio urbano hay un barrio
destinado para otra actividad humana: la prostitución. La prostituta como sujeto
marginal es una figura desheredada de los favores de la modernidad, pero
justamente en calidad de esto es que le interesa a Benjamin porque permitiría
conocer y entender las entrañas de la modernidad y su carácter. O sea mediante
inmersión experiencial, compartida en su narración fragmentaria “en los pliegues de
la ciudad se conoce la modernidad y su perversidad” Trata de extender, mediante
un medio de privilegio como es el libro, la miseria a los que no la viven para
provocarles un choque vivencial. Es posible acceder a la vivencia, a la humanidad
detrás de los sujetos que son desechos del capitalismo, como en el caso de la
prostituta. No está garantizado pero es posible, sacudiéndose de la enajenación,
acceder al sujeto y entender, en última instancia, el capitalismo galopante.

Hemos podido analizar en clases pasadas que la alegoría en el barroco tenía como
fin mostrar el estado de decadencia de la sociedad y que en el siglo XIX Baudelaire
hizo resurgir este estilo literario, en 1857 publicó una de sus obras más importantes,
a saber, Las flores del mal, Esta obra consistía en una serie de poemas en los cuales
hacía una crítica a la sociedad de mercado, a las características que habían tomado
las multitudes, al cambio paisajístico de la ciudad misma entre otras cuestiones y a
través de ella quería mostrar la decadencia de la sociedad capitalista precisamente
en medio del esplendor y prosperidad de esa gran ciudad, sin duda este es un punto
en contra de Baudelaire ya que dicha fantasmagoría al no ser evidente impedían de
la manera más cruel que sus escritos tuvieran un interlocutor.
Señalábamos que la alegoría en el Barroco se caracterizaba por tener la capacidad
de significar cualquier cosa, pues podía perder su significado inicial y por eso era
capaz de elevarse por encima de los demás. Pues bien, si Baudelaire caracteriza a
los objetos del siglo XIX alegóricos es porque, siguiendo a Benjamin, los objetos se
convierten en mercancías dentro de la sociedad capitalista de la modernidad
perdiendo su significado inicial y pasando a tener la capacidad de significar
cualquier cosa, lo que las leyes del mercado se propongan que ese objeto debe de
significar. El objeto deviene alegórico porque pasa a tener un precio fijado por el
mercado y su significado a partir de ahora es el precio que el comerciante le quiera
dar, su significado es su precio, algo que continuamente puede variar. Las
mercancías se relacionan con su valor en el mercado tan arbitrariamente como las
cosas se relacionan con su significado en la emblemática barroca. De este modo
vemos cómo los emblemas regresan bajo la forma de mercancías. Su precio es su
significado abstracto y arbitrario. Así como con las mercancías, “el significado del
emblema está también siempre en otro lugar, en la continua metamorfosis de los
significantes. (Eagleton, 1998, pág. 58)

No obstante, toda esta fantasía es falsa, es una fantasmagoría. Los comerciantes


intentan hacer que estos objetos parezcan humanos para hacerlos más vendibles.
Baudelaire intentará mostrar lo contrario, no la humanización de la mercancía sino
-la mercancía misma en forma humana-, y donde mejor se expresa esto es en la
figura de la prostituta, tan cantada en sus poemas. La prostitución es en realidad un
verdadero emblema del capitalismo, un jeroglífico de la verdadera naturaleza de la
realidad social. Para Baudelaire la mujer misma a través de la prostitución se
convertía ella misma en un artículo de masas, en un producto más del mercado, en
un fetiche, en un objeto.

En la prostitución Baudelaire también vive su propia experiencia interna, porque él


mismo se considera en tanto que poeta prostituido por la modernidad. En la
sociedad de la modernidad el poeta debía prostituir sus poemas para sobrevivir. El
poeta sobrevivía en función de la venta de sus poemas. Por ello el autor querrá
reivindicar la importancia del poeta, su dignidad, de allí su crítica a la modernidad.
Para él sus propias experiencias se convierten en mercancías y éstas son
inventariadas bajo la forma de suvenires que petrifican las experiencias pasadas,
como cosas muertas, coleccionables. Lo cierto es que Baudelaire debe vender sus
escritos, publicarlos y acude al mercado para hacerlo.

Algunos comentarios acerca del juego


“Empezar siempre de nuevo y por el principio es la idea regulativa del juego y del
trabajo asalariado” (Walter, 1998, pág. 152)

Sin embargo, tras los pasos del deseo de novedad aparece la repetición de lo
siempre igual, el juego de casino termina desdoblado entre la búsqueda de la unidad
e integración en un extremo, y la singularidad y la diferencia en el otro.

La trasposición de la lógica del juego a las prácticas de consumo, no hace más que
realizar una experiencia absolutamente moderna, donde la búsqueda de la novedad
por mediación de las mercancías, vuelve a cada partida única y a su duración,
efímera.

Ahora bien, por otra parte, las apuestas en los juegos de azar tienen una
particularidad que las diferencia de cualquier otra experiencia mercantil: la promesa
de gratificación que moviliza el acto de compra se encuentra condicionada, en última
instancia, por la posibilidad de ganar dinero.

Esto convierte al jugador de apuestas en una especie de consumidor perfecto para


el capital, porque al tener como instancia final del juego una realización monetaria,
nunca puede alcanzar el momento de la saciedad total. Su triunfo o su derrota
siempre son parciales. Cada jugada que se cumple, invita a realizar la siguiente con
la misma ilusión renovada.

El casino de masas aparece como un tipo de emplazamiento singular que mantiene


una relación conflictiva con el resto del paisaje urbano. A diferencia de las grandes
tiendas comerciales que se instalan en las cercanías de las terminales de
transporte, las frecuentes prohibiciones legales que pesan sobre los juegos de azar,
sirvieron para expulsar a las casas de apuestas hacia los márgenes de la ciudad. Al
alejarse de los puntos de intersección de las multitudes y de la visibilidad comercial,
el casino se inscribe dentro de una tendencia internacional de la moderna industria
del ocio que apuesta a la fusión arquitectónica con los grandes monumentos del
turismo organizado.