Vous êtes sur la page 1sur 7

23/05/2017 - 19:29

 Clarin.com
 Revista Ñ
 Literatura

50 años de un clásico

Por Antonio José Ponte:

Triple censura contra "Tres


tristes tigres"
Los avatares de la publicación de la gran novela del
cubano Guillermo Cabrera Infante, cruzada por cortes y
rupturas con su editor español, por la pluma de su
compatriota Ponte.  

Una tarde habanera de 1965 están Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera


Infante frente a un grabado antiguo. Lo examinan. El grabado cuelga
detrás del escritorio de Carpentier, en su oficina de director de la
Imprenta Nacional. Desde ese puesto ha publicado un montón de
clásicos de los cuales alardea, entre ellos un Moby Dick despojado de sus
muchas alusiones religiosas. Cabrera Infante tiene noticias de esa
censura, pero “no ha venido a antagonizar a Carpentier, sino a visitarlo”.

En el grabado hay unos efebos en una balsa rodeada de tiburones. Son


una premonición de balseros, podría decirse. Carpentier le hace notar a
Cabrera Infante que aquello que se ve al fondo es La Habana. Los dos
grandes noveladores de esa ciudad reconocen en el grabado la silueta del
Morro. Alejo Carpentier acaba de publicar El siglo de las luces, que goza
del favor de las autoridades hasta el punto de que Raúl Castro ha
ordenado una edición para el ejército. Sin embargo, lo regañan por un
capítulo de su próxima novela, centrada en el proceso revolucionario, y
terminará desechando tal proyecto.

Cabrera Infante saca sus conclusiones de ese caso: de quedarse allí


estaría expuesto, con muchas más razones que Carpentier, a la censura
revolucionaria. Si regresó a La Habana fue para el entierro de su madre,
ha intentado volver a Europa y lo han bajado del avión sin ofrecerle
razones, por kafkiana burocracia. La Habana comienza a ser su trampa y
comienza a ser la capital literaria que terminará discutiéndole a
Carpentier, por mucho que ahora se proponga no antagonizar con él.
Porque allí, entrampado y luchando por salir, esbozará la versión
definitiva de Tres tristes tigres.

Un año antes ha recibido en Barcelona el Premio Biblioteca Breve por


una versión anterior, con otro título, de esa novela. Tiene publicado hasta
el momento un libro de cuentos y una compilación de sus reseñas
cinematográficas de la revista Carteles. No son simples reseñas, él ha
hecho por la crítica de cine lo que Borges por la de libros. Ha leído bien
a Borges. En La Habana de 1965 comprende que esa primera novela
suya no puede publicarse tal como se la premiaron. Porque lo que en
verdad debe contar no es la clandestinidad revolucionaria en La Habana,
sino la ciudad que ha perdido. No las bombas de unos comandos, sino
las bombas sexuales y cabareteras de la ciudad nocturna. A lo que habría
que agregar la negativa de la censura franquista.

El Ministerio de Información y Turismo ha prohibido al editor Carlos


Barral la publicación de ese libro primigenio, Vista del amanecer en el
trópico. El informe oficial habla de “tendencia marxista esencial en la
intención del autor”. De modo que hay que intentarlo otra vez, y es ahí
donde entran los tigres. Los tigres y la reescritura. De aquella novela
original sobreviven un centenar de páginas y se escriben unas trescientas
nuevas. Paradójicamente, su autor se beneficiará de las prohibiciones de
dos policías del pensamiento, la de Francisco Franco y la de Fidel
Castro.

Si escribe Tres tristes tigres tal como lo conocemos sus lectores es por


haber padecido la cerrazón del régimen revolucionario cubano. Porque
fue censurado un cortometraje producido por él, clausuraron el
suplemento literario que dirigía, le ofrecieron como salida un puesto
diplomático en Bélgica y, al volver para el entierro de su madre,
encuentra que La Habana ha sido clausurada también. Los habaneros con
los que se encuentra son más zombis que tigres, y él no quiere terminar
como ha terminado Carpentier, censor de Melville y censurado él
mismo.

Si escribe Tres tristes tigres es también porque el régimen franquista


objeta la glorificación de la Revolución Cubana de la versión original.
Una más benigna nueva Ley de Prensa e Imprenta, la de 1966, permite
insistir ante la censura. Carlos Barral pide a Cabrera Infante que escriba
al Director General de Información una carta exculpatoria. Cabrera
Infante escribe a su censor: “El libro antiguo era una muestra un tanto
fácil de literatura ‘comprometida’ –compromiso con un tiempo y una
causa y unos hombres, todos pasajeros”. El propio Barral se ve obligado
a despedirse del jefe franquista deseándole larga vida: “Es gracia que
espero alcanzar del recto proceder de V. E. cuya vida guarde Dios por
muchos años”.

Con este nuevo intento la novela rebasa el examen, no sin recortes.


Cortan, en nombre de la moral católica, todas las tetas que aparecen.
Cortan alusiones al mundo militar, a un deicidio y, muy especialmente,
cortan las frases finales del texto. Las pronunciaba una mujer
enloquecida, su monólogo iba a perderse en alusiones al catolicismo y es
ahí mismo donde la tijera del censor suelta su chasquido, interrumpe a la
loca y da a la novela un final memorable. “Ya no se puede más”, reza la
última frase permitida.

El funcionario del Ministerio de Información y Turismo deviene en este


punto excelente editor literario. Años más tarde, reeditada la novela con
las incorporaciones de lo que fuera suprimido, su autor respetará el final
creado por aquel censor. Cabrera Infante llega a recordarlo
baudelerianamente: “¡Ah, mi querido censor! Cuánto me habría gustado
conocerlo, usted que es mi hermano, mi semejante, mi hipócrita lector.
Después de todo, ¡los dos hemos escrito el mismo libro!”.

Al final, la presentación de la novela en Barcelona le vale de coartada


para salir de Cuba, a donde no volverá nunca. Puede ya considerarse un
exiliado político, aunque tendrá la precaución de no reconocerlo en
público por el momento. Pues luego de lidiar con las censuras castrista y
franquista, le toca sortear la censura del progresismo español y
latinoamericano. Ahora que podría considerársele un apóstata, Carlos
Barral no muestra ya el mismo entusiasmo que antes para publicarlo, y
tienen que persuadirlo Juan Goytisolo y Emir Rodríguez Monegal.

Al año siguiente de publicarse la novela, en una entrevista de Tomás


Eloy Martínez publicada en Primera Plana, Cabrera Infante anuncia su
ruptura con el régimen castrista. Barral le responde con una carta llena
de insultos y rompen relaciones. “El sentimiento de asco es mutuo”,
reconoce el novelista, que cita esta advertencia final de quien fuera su
editor: “Comunico esta carta... a la Casa de las Américas, a los que
seguramente extrañaría mi silencio”. En Barcelona, Barral parece vivir
bajo sujeciones no muy distintas a las de Carpentier allá en La Habana.
Tal como afirmara Orwell y recuerda Cabrera Infante, no hay que vivir
en un país totalitario para dejarse corromper por el totalitarismo.

Julio Cortázar rompe su amistad con él. Vargas Llosa comenta en carta a
Carlos Fuentes que le han producido escalofríos “las indecentes
frivolidades contra la Revolución de nuestro amigo Guillermo”. Del
castrismo no se admite la posibilidad de un exilio. Pocos años después,
Juan Benet lamenta que Solzhenitsyn haya podido salir del gulag. El
novelista ruso visita en 1976 una España sin Franco, aunque aún con
franquismo, y concluye que aquello no puede ser una dictadura. “¿Saben
ustedes lo que es una dictadura?”, suelta en televisión. El, que ha visto
revistas extranjeras en los estanquillos de Madrid y ciudadanos
españoles con libertad de movimiento, cae en el vicio de comparar
dictaduras, cae en la tiranología comparada. Ni Solzhenitsyn ni Benet
admiten la dictadura que le correspondiera al otro, aunque si el primero
yerra por unas pocas señales de libertad, el segundo aboga abiertamente
por una mayor represión. “Yo creo firmemente que, mientras existan
personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración
subsistirán y deben subsistir”, admite. “Tal vez deberían estar un poco
mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsin no
puedan salir de ellos”.

Benet aconseja más celo a la policía soviética, Barral rinde cuentas a la


policía de Casa de las Américas. Hasta ver publicada su novela, Cabrera
Infante tiene que cuidarse de la simpatía del progresismo por los
carceleros comunistas. Y podría estar burlándose de ellos, de carceleros
y progresistas, en una sección principal de Tres tristes tigres: “La muerte
de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después –o
antes”.

Se trata del más raro artefacto de ese libro, donde José Martí, José
Lezama Lima, Lydia Cabrera, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén narran
el asesinato perpetrado por Ramón Mercader. Es, a la vez, la
construcción de un panteón literario nacional y un proceso de
autocanonización. El ha descubierto en la recepcionista de la embajada
cubana en París a la madre de Ramón Mercader, cómplice del asesinato
de Trotski. Caridad Mercader, nacida en Santiago de Cuba y crecida en
Barcelona, es protegida secreta del castrismo. El propio Mercader
terminará su vida en La Habana. En la figura del asesino de Trotski se
entrelazan Cuba y Barcelona, el celo criminal revolucionario y la
simpatía intelectual por los totalitarismos, los insultos que le dedica
Barral y la diligencia que muestra Barral en notificarse ante los
comisarios políticos del castrismo.

No resulta casual que la más extensa de esas parodias corresponda a


Alejo Carpentier. Cabrera Infante debió entender que, de todos los
maestros a homenajear y batir, era Carpentier con quien tenía que
vérselas más particularmente. Admira El acoso y Los pasos perdidos,
pero asegura no haber podido leer El siglo de las luces: “Me rechazó la
misma enumeración exhaustiva que me lanzó a parodiarla. Sé, sin
embargo, que a Alejo lo acosó mi parodia y se vio náufrago en una balsa
literaria, amenazado por un solo tiburón lejos del Morro”.

Volvía al grabado que los dos compartieran en su último encuentro en La


Habana. Hace cincuenta años, Guillermo Cabrera Infante mostró suma
astucia para sortear los embates de tres censuras políticas y publicar su
primera novela. La editorial Seix Barral festeja este cincuentenario con
una edición de Tres tristes tigresque incluye el historial de las gestiones
ante una de esas censuras, la franquista.

Link: https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/triple-
censura-tristes-tigres_0_ryBB87MZZ.html