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Sociología del rrrte~·
3. Dialéctica de lo estético

Segunda edición

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Sección: Ciencias sociales.
Número: 242

Otras obras de la misma secc1on:


A. Hauser: «Historia social de la literatura y el arte» (P.O. 19,
20 y 21).
J. Soustelle: «Los cuatro soles. Origen y ocaso de las culturas»
(P.O. 71).
A. de Tocqueville: «La democracia en América» (P.O. 74).
L. Marcuse: «Filosofía americana» (P.O. 77).
L. Strauss: «¿Qué es filosofía política?» (P.O. 91 ).
M. Kidron: «El capitalismo occidental de la posgu,rra» (P.O. 1091.
E. Ruiz García: «América Latina hoy» (P.O. 114 y 115).
f. Vogt: «El concepto de la historia de Ranke a Toynbee»
(P.O. 116).
J. de Castro: «Geopolítica del hambre» (P.O. 140 y 141).
L. Bonilla: «Las revoluciones españolas en el siglo XVI» (P.O. 148)
J. P. Harroy: «La economía de los pueblos sin maquinismo»
(P.O. 152).
G. Duncan Mitchell: «Historia de la sociología» (P.O. 144 y 164 ).
H. Lefebvre: «Marx» (P. O. 172).
:vi. Berthold: «Historia social del teatro» (P.O. 177 y 178).
A. Hauser: «Fundamentos de la sociología del arte» (P.O. 180)
G. Gurvitch: «Proudhorn> (P.O. 181).
l. C. Jarvie: «Sociología del cine» (P.O. 182).
S. de Coster-F. Hotyat: «Sociología de la educación» (P.O. 184 ).
R. L. Heilbroner: «El porvenir humano» (P.O. 191).
M. Twain: «Las tres erres» (P.O. 192).
D. Lacalle: «Técnicos, científicos y clases sociales» (P.O. 216).
J. Maquet: «El poder negro de Africa» (B.H.A. 66).
A. Hauser: «Sociología del arte».
E. V. Schneider: «Sociología industrial. Relaciones sociales entre
la industria y la comunidad».
S. F. Nade!: «Teoría de la estructura social».
J. Monnerot: <<Sociología del comunismo».
T. Parsons: «La estn1ctura de la acción sociah>.
Arnold Hauser:
Sociología del arte
3. Dialéctica de lo
estético

Ediciones Guadarrama
Colección
Universitario
de Bolsillo
Punto
Omega
Título original: «Sociologie der Kunst»
Traductor: Vicente Romano Villalba
Portada: Estudio R&S
Printed in Spain

© Arnold Hauser
© Ed. esp. Editorial Labor, S. A. Calabria, 235-239,
Barcelona-15, 1977.
D~púsito kg«l: M. 3ll7ü-l9/7
ISBN: 84-335-0242-5
ISBN: 84-335-2970-6 (obra completa)
Impreso en Gráficas Iharra, S. A. Matilde Hernán<l<!z, 31,
MADRID--19.
Tercera parte

Dialécti ca de lo estético
1. Concepto de dialéctica

1. Arte y ciencia
La dialéctica gira en torno al problema fundamenta l de la filo-
sofía: en torno al movimiento desde la simple percepción a la expe-
riencia diferenciada, del objeto inconsciente al sujeto consciente, de
la mera naturaleza a la cultura y a la historia. ¿Qué ocurre, se pre-
gunta especialmente, cuando se alcanza el estado de cultura? ¿Cómo
avanza la historia? ¿Qué es lo que motiva a los portadores de la
evolución a que continúen el camino? ¿En qué formas se efectúa
el transcurso ulterior y en qué estriba el objetivo de los procesos?
La doctrina dialéctica parte del principio de que es en las antino-
mias en donde se revelan como deberes y exigencias las actitudes
que se hacen dudosas y necesitan un cambio, las relaciones inter-
humanas precarias y las convenciones supervivientes. Todo punto
de vista y aspecto unilateral. todo interés y deseo de éxito particu-
lares, produce contradicciones y coloca al individuo ante alterna-
tivas que impelen a tomar una decisión. Toda perspectiva nueva
va unida a una visión contrapuesta o divergente que no debe quedar
inadvertida. Cuanto más numerosos sean los puntos de vista que
se manifiesten en el conflicto de las actitudes, tanto más favorable
será la posibilidad de establecer los motivos decisivos del comporta-
miento finalmente prevalente entre los intereses antitéticos. La
meta del trabajo mental dialéctico es la aproximación más profunda
a la totalidad de las fuerzas en conflicto y la obtención de una ima-
gen lo más exacta posible de la esfera de la que proceden ius consti-

423
tutivos del complejo en cuestión. Natura lmente , en este contexto
no es posible siempre más que una totalid ad aproximada. La inves-
tigación cientifica se extiende como una investigación dividida en
e
partes, en momentos de por si cada vez más numerosos, siempr
inagotables, y como el plante amien to dialéct ico se amplía contin ua-
mente con el desarrollo, la totalidad de las respuestas posibles de-
viene cada vez más ilusoria. Tan sólo la exposición artística con-
centra da desde un principio, y encam inada a una totalidad inten-
siva, puede hacer justicia a la diferenciación y a la integración
simult ánea del material objeto de configuración.
Mas para Hegel y Marx el arte no posee ningún carácter autó-
nomo e inman ente, indicador o prometedor de una totalidad. Desde
su punto de vista no constituye más que un factor del curso total
del desarrollo histórico-social. Como unidad global y nombr e colec-
tivo de todas las obras, formas y estilos que han podido ser y serán
se convierte en mero estadio o fase, en un mome nto dialéctico de la
historia de la human idad. Carece de la substancialidad que posee
la obra de arte individual para la vivencia concreta. La totalidad
intensiva de tal obra estriba esencialmente en que no es ni conti-
nuable, ni revisable ni corregible. En cuanto categoría general, el
arte es, en cambio, por su imperfección extensiva, a menud o apto
de desarrollo y de incremento técnico, aunqu e cualita tivame nte no
de perfeccionamiento. Sin embargo, la obra individual sólo es cua-
litativamente variable durant e el proceso de creación; una vez ter-
minad a, no está sujeta más que a interpretaciones diversas, pero
en substancia es invariable.
Igual que la relación entre individuo y sociedad, invención y
convención, voluntad subjetiva de expresión y medios expresivos
n
objetivos, es una relación fundam entalm ente dialéctica, tambié
lo es la existente entre los factores estéticos inman entes a la obra
-
y las condiciones de producción transcendentes a ella. Los elemen
tos mutua mente relacionados de la creació n artístic a no sólo se
influyen recíprocamente, tambié n se constituyen unos a otros en
dependencia mutua . Si se quiere saber cómo son, hay que saber
tambié n cómo se condicionan entre sí. No sólo se configuran la so-
ciedad, su' instituciones y medios de comprensión de acuerdo con
los distintos individuos, sus necesidades y deseos, tambie n los su-
jetos y su deseo de expresión son en parte producto de las formas
expresivas disponibles. La dialéctica es un proceso en donde no
n
sólo el trabajo es un producto del trabaja dor sino donde tambié

424
el trabajador es la personificación de su trabajo. Solamente a la
luz de este conocimiento, adquiere la expresión marxista de que
el hombre es creador de su historia y de sí mismo su pleno sentido,
a saber, el de que no modela su existencia, desarrolla sus capacidades
y aumenta su poder en la lucha con la naturaleza, sino en medio y
a través de los medios, instrumentos y formas creados por él.
La relación interna entre fuerzas productivas y medios de pro-
ducción, infraestructura y superestructura, economía e ideología,
no puede explicarse más que en este sentido dialéctico de la función
mutuamente constitutiva. Para la ideología dogmática, antidialéc-
tica, en la que la significación de los componentes de un estado
de cosas es fija desde un principio, las partes integrantes de un
complejo permanecen desde un principio rígidamente separadas e
incompatibles entre sí, como el cuerpo y el alma en el sentido de
Hegel, por ejemplo, quien afirma que si se «suponen ambas como
abstractamente independientes entre sí, son tan incompenetrables
como cada materia contra otra» '. Pero la dialéctica sólo hace jus-
ticia a la penetración recíproca de circunstancias y puntos de vista
antitéticos cuando no se reduce a su influencia y adaptación recí-
procas. Esto es, no significa ni que uno se funde totalmente en el
otro ni que uno vence por completo a otro, sino únicamente que,
pese a su interdependencia, los dos conservan su particularidad. El
principio fundamental al pensamiento dialéctico se basa en el cono-
cimiento de que determinaciones y actitudes opuestas no se excluyen
mutuamente, sino que, por el contrario, van indisolublemente unidos
entre sí y no revelan su carácter sino a través de su antagonismo,
igual que el individuo y la sociedad o la forma y el contenido.
El transcurso de toda la evolución cultural se revela del modo
más claro y expresivo en el proceso de la dialéctica, la perturbación
y sacudida del equilibrio entre los componentes de las constelaciones
históricas, de la negación de sus momentos positivos, de la trans-
formación de su estática en dinámica, de la transformación de todo
lo tranquilo en movimiento. El estadio de la negatividad e intran-
quilidad en que se enfrentan mutuamente condiciones contradicto-
rias, relaciones de producción anticuadas y nuevas fuerzas produc-
tivas, necesidades subjetivamente progresivas y circunstancias obje-
tivamente retardatarias, ideologías socialmente más o menos fijas,
lleva a través de la «negación de la negación» al descubrimiento

¡ Hegel: Enciclopedia de las ciencias filosóficas, parágrafo 389.

425
de un nuevo equilibrio y de una nueva compensación de los opues-
tos. Tales procesos ocurren en todo medio histórico, pero del modo
más claro y revolucionario en el medio social. Las estructuras de
grupo, las relaciones de propiedad, formas de dominio, normas jurí-
dicas, instituciones, usos y costumbres, nacen y cambian debido al
encuentro de los individuos con las variables circunstancias mate-
riales y la oposición, desplazamiento o adaptación que hagan valer
frente a ellas. Una estructura social existe únicamente mientras
permanezca equilibrado el dualismo de las condiciones y necesidades
de la vida gracias a la imposición o aceptación. Tan pronto como
las nuevas fuerzas productivas, materiales o espirituales, perturban
el equilibrio entre producción y consumo, servicio y retribución,
deseo de validez y posibilidad de éxito, empieza la conmoción y so-
cavación del sistema.
Para la comprensión de la dialéctica se requiere la consideración
de la naturaleza heterogéneamente condicionada del hombre, que
no sólo está ahí, sino que también es consciente de su existencia,
y que no sólo es consciente de su existencia, sino que también
quiere cambiarla. En Marx, este dualismo se manifiesta especial-
mente en la doctrina de la indivisibilidad entre teoría y práctica.
Se defina e interprete como se quiera, la dialéctica de la historia
y de la cultura gira en torno a la unidad que se ha de establecer
entre contrarios aparentemente incompatibles, y consiste en la dispu-
ta entre las ideologías de la conciencia social y la idea de la verdad
pura, el querer espontáneo y el poder condicionado, el deseo de
cambiar nuestra existencia y la inercia de la existencia, en breve,
entre las necesidades, intereses y objetivos nuestros y las condicio-
nes materiales de nuestra existencia. Se trata de un incesante movi-
miento pendular en donde van indisolublemente unidos entre si
progreso y regreso, intención y supuesto, motivos conscientes e in-
conscientes. Detener permanente mente este movimiento es algo ra-
cionalmente inimaginable; significaría el fin de la historia, y el anun-
cio de su fin sería puro mesianismo. Cabe «creer» lo que se quiera
o pueda; pero para el pensam;ento racional los límites de la historia
son los límites de la humanidad . Habría que volver al estado natu-
ral o poder vislumbrar un mundo utópico, redimido de toda división
y alienación, para poder transcender estos limites.

426
2. Estructura de la dialéctica
Etimológicamente habría que definir a la dialéctica como con-
versación, disputa o controversia. Sea como sea, sólo tiene sentido
y finalidad cuando los interlocutores representan opiniones, acti-
tudes y deseos opuestos, y cuando mediante el desafío y la réplica,
el ataque y la defensa, llegan a un conocimiento o decisión en donde
ni uno ni otro tienen absolutamente razón, sino que ambos acceden
a una solución que ninguno de ellos conocía o consideraba alcan-
zable antes como conducta correcta, pensamiento prácticamente
adecuado o acción apropiada a las circunstancias. Tanto Hegel como
Marx reconocieron el dominio del mismo principio dialéctico en el
pensamiento pragmático y en la evolución socio-histórica; para
ellos, la dialéctica era el lazo de unión entre las distintas esferas de
la actividad humana. Y lo que Marx entendía especialmente por
humanismo realista, por esencia de las tareas y exigencias que ha
de realizar el hombre, estaba determinado, según su convicción
fundamental, por el reflejo empiricamente correcto de la realidad,
tanto en la acción práctica como en el pensamiento teórico o la
creación artística. La «corrección» de este reflejo, sin embargo, no
significaba para él ni la determinación absoluta ni exclusiva del
proceder humano desde fuera. En el sentido del humanismo rea-
lista, toda dialéctica es más bien determinada de modo inmanente
en tanto que las contradicciones manifiestas en ella son determina-
das por las condiciones externas de la existencia, pero el proceso
dialéctico sucede gracias a la dinámica interna y por medio de la
capacidad de reacción y la disposición funcional de un aparato cate-
gorial subjetivo. Los cambios decisivos determinantes del sistema
respectivo no se efectúan ni en las fuerzas productivas ni en las
relaciones de producción, ni en la infraestructura ni en la supra-
estructura únicamente, sino en ambas al mismo tiempo. La infraes-
tructura es su indispensable substrato, la supraestructura su única
expresión ordenada, comunicable y comprensible. No es sino en
el plano de la supraestructura donde se tiene conciencia de la exis-
tencia de contradicciones, crisis, conflictos y de la inevitabilidad de
su solución. Es aquí donde adquieren su sentido recíproco los tér-
minos tesis y antítesis, negación y negación de la negación, aunque
de ningún modo devienen puro producto mental, mera manipula-
ción o interpretación de la realidad. Pero por muy hondo que calen

427
en la base material, en cuanto supraestructu ra adoptan una calidad
que no existe en la infraestructura.
El hecho fundamental al que se refiere todo pensamiento y vo-
luntad realista estriba en la circunstancia de que el sujeto nunca se
encuentra ante un mundo objetivo listo desde un principio, sino
en que el yo y el mundo se hallan siempre sujetos en mutua depen-
dencia. Ninguno de los dos factores es solamente producto o única-
mente productor. La inevitabilidad e inconclusión de la dialéctica
provienen de que la conciencia objetivadora se enfrenta en cada
punto de su desarrollo con un elemento relativamente inerte y
terco, una realidad alejada de la conciencia y extraña al sujeto, el
hecho de un ser material crudo o una forma cultural ya autónoma,
cuajada en forma objetiva, entra en tensión con esta materialidad
bruta u objetividad culturalmente formada, entra en conflicto con
una u otra, y, a fin de hallar un compromiso, procura transformar
el conflicto dinámico en un equilibrio estático, hasta que este estado
de reposo se vuelve a perturbar también con la aparición de una
nueva resistencia dinámica, se pone en movimiento y llega a otro
equilibrio anulador de tensiones mayores y más diversas.
En esta ensambladura recíproca se revela uno de los rasgos más
característicos de la dialéctica, su curso imprevisiblemente retorcido,
incomparable con la dirección rectilínea de la evolución biológico-
genética. Visto bajo un aspecto dialéctico, el proceso histórico no es
claramente dirigido, derivable directa e ininterrumpid amente de su
origen, sino el resultado paulatinamen te obtenido y continuament e
variable de unos factores que aparecen siempre de nuevo y crean
siempre nuevas complicaciones. Cada fase del desarrollo puede re-
presentar un momento creador, modificador y revalorizador de todas
las etapas anteriores. Cada posición de la que se parta choca en el
curso de la evolución con los contrastes más diversos y se encuentra
implicada en los conflictos más insospechables, lo mismo que cada
solución o síntesis a que se llegue puede convertirse en tesis de in-
numerables antinomias nuevas.
En cuanto portador de todos estos rasgos, el proceso social es
el proceso dialéctico por excelencia. Ningún otro fenómeno refleja
de una manera más viva y completa el carácter conflictivo de los
cambios históricos y la contradictoriedad inherente a sus formas.
La particularidad de las formaciones sociales -grupos, asociaciones,
estamentos, clases económicas, capas instruidas- estriba en su uni-
dad individualmente diferenciada y colectivamente integrada. Esta

428
naturaleza doble condiciona su variabilidad dialéctica. Lo típico de
la dialéctica de las estructuras sociales es precisamente que el sujeto
no deviene lo que es sino a través de ella; la personificación de la
libertad individual de un ser social y de la vinculación colectiva de
un individuo.

429
2. El principio de contradicc
ión

La doble verdad
lím ite com o elen1en10 de
lo lin1 itad o
La idea de la «doble verdad»,
aparecida por prim era vez en
con la disputa de los universale
s, es, en cua nto prin -
del dualismo y del relativismo,
anterior a la de la dialéctica,
menos de la dialéctica real, aun
que no ant erio r a la dialéctica
cor1cept11al. A la doble verdad
correspondía, en la filosofía de
Media, un parecido aspecto dob la
le en el arte de la mis ma
El gótico se desplegó ya bajo
este signo. Pero tan pro nto
pareció posible rep res ent ar las
cosas «Correctamente», sin
su idea extraterrenal, la oposici
ón de las afirmaciones se
en mera cuestión de las circuns
tancias y pun tos de vista.
validez absoluta de la verdad se
puso en dud a en más aspectos,
desde finales del Renacimiento
clásico, a excepción de cortas
int:enru¡1dones, la solución contrad
ictoria de los problemas teóricos
prácticos se convirtió en un fen
ómeno cada vez más frecuente.
Hegel y Marx tam bié n perdió su
derecho de incontestabilidad
principio de la falta de contradicci
ón en la lógica pur a; la validez
una afirmación en nin gún modo
anu lab a ya desde un principio
de la afirmación contraria.
La dialéctica hegeliana par tía dire
ctamente del axioma de que A
al mismo tiempo no-A y de que
todo tiene un sentido doble,
Se basaba en la decidida nec
esidad absoluta de la

431
umon de ideas y normas, que según la lógica formal figuraban
como incompatibles e irreductibles entre sí. La contradicción de los
valores de posición se convirtió en criterio de verdad. Ya no se
podía afirmar solamente que conceptos complementarios, como,
por ejemplo, arriba y abajo, derecha e izquierda, positivo y negativo,
tienen sentido y relevancia en relación mutua, sino también que
categorías como yo y mundo, individuo y sociedad, o capitalismo
y socialismo, se condicionan mutuament e más que se excluyen.
La autocontradicción, mal vista por la lógica, se convirtió en piedra
angular de la teoría dialéctica. Juicios mutuament e contradictorios,
como los de que las verdades y valores son históricamente condicio-
nados y al mismo tiempo figuran como atemporales, que las evolu-
ciones históricas representan al mismo tiempo procesos progresivos
y regresivos o constituyen series continuas y discontinuas, le abrie-
ron conexiones nuevas, desconocidas e insospechadas hasta enton-
ces. Su vigencia simultánea no parecia ni absurda ni contraria
a la experiencia, a lo sumo, y precisamente para ventaja suya,
antipositivista.
La justificación más evidente de la lógica dialéctica estriba en
que no sólo supera el principio de no contradicción de la lógica
formal, en que más bien transciende sus límites supuestos. Cuando
se afirma que A es al mismo tiempo no-A, no se dice que A y no-A
son una misma cosa, sino únicamente que se incluye el concepto
no-A cuando se dice o piensa A. Como límite, A es sencillamente
inimaginable sin el no-A. Si no hubiera más economía que la de la
libre competencia, más ética que la del amor al prójimo, más estilo
artístico que el del clasicismo, entonces ni el capitalismo ni el cris-
tianismo o el Renacimiento tendrían sentido concretamente com-
prensible. Todos estos conceptos adquieren verdadero sentido úni-
camente en contraste con lo que no son. Pero Hegel fue más allá,
al afirmar que cada cosa es ella misma y al mismo tiempo su con-
trario. En la proposición A =no-A, el no-A no es mero límite, sino que
es inherente al A y anticipado con él. Lo que es A, puede y, en
determinadas circunstancias, tiene que convertirse en no-A; ahí
radica el paso primero y decisivo de la dialéctica. Toda ecuación
encierra en sí contradicciones latentes, ocultas, reprimidas o incons-
cientes, que se hacen manifiestas más tarde o más temprano, y
llevan a un conflicto y a la superación de la contradicción revelada.
La ecuación de A y no-A es el motor del movimiento. Su sentido
se formuló concretamente de esta manera, más o menos: «La socie-

432
dad sólo se convierte en problema ... para aquél que puede pensarla
distinta a la existente; solamente a través de lo que no es, se reve-
lará como lo que es ...» '.

lnn1anencia ) transcenden cia

Hegel comprendió un rasgo esencial de la dialéctica al establecer


que el espíritu quedaría rncio, ciego. sin mundo, sin ponerse un
limite ni crearse una resistencia en el mundo objetivo. También
reconoció que, como correlación de este rasgo, el mundo de los
objetos, objetivamente válido y resistente a la subjetividad espon-
tánea, es en parte la creación del sujeto mismo. Debe sus formas
especiales, su distinta objetividad según las esferas. a las categorias
racionales del sujeto; pero al cosificar el sujeto sus configurnciones
y darles un sentido autónomo, las transciende al mismo tiempo.
En general, donde se revela de la manera más impresionante y
fecunda este entrelazamiento de trttnscendencia e inn1anencia y con
ello la paradoja de la dialéctica es en el arte, cuyas creaciones «per-
tenecen» y <<no pertenecen» a sus autores, en el sentido de la
sentencia hegeliana.
Hegel se mantuvo en su tesis arbitrariamente decretada acerC<-1
del final de la historia, a fin de poner directamente una meta a un
proceso en realidad infinito; pero si se designa su filosoffa corno
puramente ideal y especulatirn, se la ignora en el fondo. De hecho,
no se preocupó menos del «reflejo» fiel de la realidac'. que se preo-
cupó Marx de la consideración de la parte de la razón en la génesis
de este reflejo. Con su expresión de «volver del re,·és» el sistema
hegeliano puede haber contribuido él mismo más que rn1die al
malentendido de su relación con su principal antecesor y habe1·
encubierto más que nadie el origen de su doctrine\ <\cerca de la
indivisibilidad de la inmanencia y transcendencia del pensamiento.
de la naturaleza subjetiva y objetivn de los procesos espirituales,
de la lucha eterna de la razón con la realidad material. Hegel. lo
mismo que él, no está ni mús acá ni más allá de la dicotomh~
aqui en cuestión, sino que se coloca esencialmente en la concilia-
ción de la razón con b realidad y la superación ele b disc¡epancia
entre pensamiento y praxis. Por eso decía Lenin, insinuando evi-

1
Th. W. Adorno: «Zur Logik der Soziah\·issenschaften:>. Kólner Zeit-
schrift für Soziologie, 14, 1962, p. 262.

433
dentemente a Hegel, que el astuto idea
lismo de la dialéctica co-
rrectamente entendida está más próximo
que el materialismo tonto.
Pero el «materialismo listo», a diferenc
ia de los dos, transciende
los límites de los conceptos en que los pien
sa '.
Para Hegel, el proceso dialéctico consiste
en la transición de una
antitesis a otra, en su unidad complem
entaria, «llevando la direc-
ción la contradicción». Por último llega
todo al movimiento de un
estadio más primitivo a otro más diferenc
iado. Lo que antes era
uno , aho ra es dos, y, al dividirse, prod
uce de si mismo otro, uno
nuevo. La antinomia creadora contiene
la dialéctica en germen.
especialmente el principio según el cual
se «anula» la contradic-
ción de la lógica formal y el negativo se
transforma en positivo. La
diversidad se convierte en el origen de
una unid ad nueva, más
compleja. El proceso part e de una tens
ión entr e intereses, pun tos
de vista y aspectos contradictorios, de un
desacuerdo entr e condi-
ciones de existencia y necesidades variable
s, de una diferencia que
impele a la distensión y al equilibrio. Pero
la armonía lograda entr e
las fuerzas en desacuerdo es siempre sola
mente provisional; siempre
se vuelve a pert urba r y a restablecer tras
más o menos tlempo. Las
tesis y actitudes mut uam ente excluyentes
vuelven a unirse, con lo
que las superadas tampoco se destruyen
necesariamente, sino que
por lo general se conservan en la forma
nueva, constituyendo un
momento del proceso que ocupa histórica
o mentalmente un nivel
superior, que resume la evolución ya efec
tuada y anticipa la si-
guiente. En este sentido es la contradi
cción y su reducción, la
negación que se llena de contenido positivo,
el principio fundamen-
ta] y el elemento realmente creador de
la dialéctica.
Meros contrastes del tipo de ambigüedade
s, polaridades o re-
ciprocidades no condicionan en y de por
sí ning unas tensiones ni
conflictos en el sentido de contradiccio
nes dialécticas. Y las am-
bivalencias como amo r y odio, presunci
ón y humillación, agresi-
vidad y servilismo, sadismo y masoquismo
, cabe que sean insepara-
1 bles, se perjudiquen o beneficien mut uam
ente , pero carecen de la
característica decisiva de la dialéctica,
la función constitutiva de
1 un momento en la génesis del otro. El odio
no lo produce el amor,
ni el sadismo el masoquismo, ni la petu
lancia la humillación,
aunque a veces lo aho nde n y agudicen.
Si, por otro lado, el indi-

' ldem; Aspekte der Hegelschen Philosoph


ie, 1967, p. 12.

434
viduo deviene lo que es por la sociedad, el trabajo asalariado por
la explotación, la alienación por la mecanización del trabajo o la
espontaneidad por un sistema de convenciones, entonces ambos
factores adquieren un elemento complementario, creador, impres-
cindible, gracias a su relación mutua: ya no es solamente que, por
ejemplo, sin acumulación no habría ninguna depauperación, nin-
guna coalición combativa de los trabajadores y ningún socialismo,
sino también que el capitalismo adquiere su completo significado
y cumple su papel histórico debido a estas circunstancias. En las
simples complementaridades, tales como claro y oscuro, joven y
viejo, rubato y accelerando, un momento gana tanto como el otro
pierde; siempre se trata de una compensación. La antítesis del
proceso dialéctico, por el contrario, no repara ninguna pérdida
sufrida por la tesis. Designa más bien una fuerza productiva recién
salida, nuevos medios económicos, progresos técnicos, facultades
individuales o disposiciones colectivas, gracias a las cuales quedan
anticuados las relaciones de producción, formas de dominio, vías
legales, conceptos morales y normas existentes, gracias a las cuales
se llega a una ruptura entre lo anticuado y lo nuevo y se hace
necesaria otra conciliación de las necesidades con las condiciones
de vida.
La renovación de las fuerzas productivas, el cambio de los con-
flictos de intereses y el intento de zanjarlos son rasgos permanentes
de la evolución histórica. El pensamiento dialéctico viene determi-
nado por la conciencia de este progreso y deriva de su necesidad
absoluta los principios de una lógica dinámica, contraria a la va-
lidez de normas ahistóricas. Persigue la constante formación, articu-
lación y organización de la realidad, desarticulada en su atempo-
ralidad y necesitada de estructuración. Expresa la razón de que
toda afirmación sobre el ser social es transitoria y ha de rebasar
sus propios límites; que todo conocimiento está vinculado a la situa-
ción y varía con sus presuposiciones. Estructu ra e historia no se
excluyen mutuam ente; toda estructura es también un producto
social, una forma que la historia condiciona al ser condicionada
por ella. Teniendo presente una idea de este tipo define Engels el
principio hegeliano en los términos de que «no ha de concebirse
el mundo como un complejo de cosas terminadas, sino como un
complejo de procesos, donde las cosas aparentemente estables efec-
túan también un cambio constante del devenir y del pasar, al igual

435
que lo hacen sus imágenes mentales en nuest ra cabez
a, los con-
ceptos ... »'.

Resist encia y contr adicci ón

La resistencia que encue ntra la satisfacción de las neces


idades
en las condiciones de la existencia deter mina en prime
r lugar la
completa significación y profundidad del efecto que parte
de ellas.
Cada rasgo de un proceso dialéctico condiciona un rasgo
contrario.
Al impulso que mueve al sujeto como porta dor de una
actividad,
de una conducta o de una intención, se enfre ntan fuerza
s resistentes
a la subjetividad desde dentr o o desde fuera, paralizador
as o modi-
ficadoras del impulso originario. Con este mom ento de
la negación
como segundo paso r la superación de la resistencia
como tercero
termi nan las tres fases clásicas de la fórmula dialéctica.
Estas tres
fases están latentes en todo tipo de dialéctica, aunq ue
de ningú n
modo se revelan y manifiestan en la misma medid«.
El mom ento
decisivo, aunqu e no el verdadero impulso, es· la resist
encia sin la
cual no saldría de sí misma ningu na intención, ningú
n acto de
voluntad ni ningú n esfuerzo. Nada ilustra esto más vivam
ente que
la experiencia de la paloma de Kant, a la cual, ante
Ja resistencia
del aire se le ocurre que en un espacio sin aire volaría
much o mejor
que en el lleno de él. Pero no se le ocurre, de mane ra antidi
aléctica,
que es precisamente la presión de aire la que hace posib
le el vuelo.
Los adversarios de la dialéctica, para quienes la doctr
ina es
un enigma y, por tanto, un fastidio, podían apren der del
entendido
en deportes que, en un partid o de fútbol, inten taba explic
ar a un
espectador decepcionado que cada equipo jugab a tan
bien como le
perm itía el contrario. Ning una paloma vuela en el
espacio sin
aire, ningú n equipo de fútbol ni nigún grupo de homb
res lucha
contra muñecos, con lo que su rendimiento no sólo viene
limitado
por el despliegue de energías de los adversarios, sino
que a veces
tamb ién lo aume nta. El éx!to del equipo A no depen
de solamente
del juego del equipo B, no sólo el resultado de la comp
etición sino
tamb ién el juego se configura de acuerdo con su mutu
a dependen-
cia. Cada uno de los grupos competidores juega contr a
un adversario
creado por .;í mismo. Este tipo de reciprocidad se revela
tanto en
3
Engels: Ludwig Feuerbach, en Obras escogidas
de Ivlarx-Engels, II.
página 1953 de la edición alemana.

436
todos los ámbitos ele las actividades humana s que los éxitos no
sólo aumenta n con la excelencia de los adversarios, sino que tam-
bién se menoscaban con su insuficiencia. General mente dos equipos
excelentes juegan mejor uno contra otro que jugaría cada uno ele
ellos con otro equipo más débil. Vivimos, luchamos, trabajam os,
creamos obras de arte y artefactos en cambio con fuerzas y facul-
tades opuestas, desafíos y réplicas, peligros posibles y medidas de-
fensivas anticipadas. Cuando se afirma que una orquesta toca tan
bien como se lo permite su director, habria que añadir que también
el director dirige lo bien que se lo permite la orquesta. Ambas
,1firmaciones son correctas, pero sólo lo son estando
en relación
una con la otra; su correcció n se basa en la relación dialéctic a de
dos funciones.

Identidad

La interpret ación confusa del princ1p10 de la negac1on dimana


por lo general ele la confusión de los conceptos ele oposición ~· con-
tradicción. Normalm ente se consideran. si no como conceptos si-
nónin1os, sí con10 conceptos 1nutuan1ente subordin ados, y se Yis-
lu1nbran en uno o en otro la forma mús rigurosa, estrecl1a y radical
de dos categorías ciertame nte no idénticas entre si. pero tampoco
absoluta mente excluyentes. Mas lo esencial es que fenómenos
opuestos pueden existir conjuntan1ente. mientras que puntos de
vista y juicios contradictorios son incompatibles e insostenibles en
conexión mutua. Raciona lmente no puede afirn111rse que el agun
es al mismo tiempo liquida v sólida. que. en el mismo sentido, la
percepción sensible es al mismo tiempo obligatoria y no obligatoria.
Eventualidades distintas de esta clase sólo pueden ser ciertas en
circunstancias diferentes. Por el contrnrio, bajo las mismas condi-
ciones históricas y sociales existe a menudo una contradicción de
naturale za dialéctica entre circunstancias corno, por ejemplo, la
burguesía liberal. de un lacio, y represiva, de otro, de la actividad
artística parcialmente espontán ea y parcialmente convencional. el
público artístico de una época individu almente diferenciado y el
reunido en clases, grupos profesionales y capas instruidas. La con-
tradicción lógica no requiere ninguna solución y pern1anece ine-
quilibrable; pero la contradicción dialéctica puede y tiene que ser
¡ superada. En la lógica formal la contradicción es siempre total y
J hay que rechazarla siempre, en la dialéctica, nor el contrariu, sólo
¡
¡ 437
se po ne n en duda, elimi
nan o modifican ciertos
nes, componentes y funcio aspectos, relacio-
nes de un estado de cos
otros permanecen invari as, mi en tra s que
ables.
En términos dialécticos
existe, po r lo que se refier
ción de las expresiones e a la aplica-
«aposición» y «contradicci
secuencia evidente, en ón>>, un a incon-
pa rti cu lar cuando se tra
cuál de las dos debe atr ta de averiguar a
ibuírsele un significado
pu nto de vista de la dia on tológico, desde el
léctica real, y a cuál un
dológico, desde el de la significado meto-
dialéctica conceptual. De
vista pu ram en te semántic sde el pu nto de
o se atribuiría al tér mi no
carácter más bien de ser «oposición» un
gue de posición, pero Ma
se dirigió casi exclusivam rx, cuya atención
ente a la dialéctica real,
de «contradicciones» cuan ha bla casi siempre
do hace mención de los
En contraste con los ele conflictos sociales.
atas, Pla tón , Agustín, De
se tra ta en él, como en scartes o Spinoza,
la mayoría de los repres
de la dialéctica, de evolu en tantes modernos
ciones reales en las que
tión no consiste en la suc el proceso en cues-
esión de reposo y movim
venir, existencia y cambio iento, ser y de-
, sino en la sim ult an eid ad
estáticos y dinámicos, no de los momentos
en la tenacidad tra ns ito ria
consiguiente sino en la co y en el cambio
ntradicción que condicion
del fut uro po r el presen a la anticipación
te.
La dialéctica marxista se
encamina sobre todo a
y explicación de este ras la descripción
go. El Manifiesto comurJ
po ne su ma yo r acento ista, po r ejemplo,
en la transformación de
toyens progresistas en la la clase de los ci-
de los bourgeois conserva
en la inherencia de un o dores, asi como
en el otro. La un ión de los
tipo encierra el germen opuestos de este
de las simultaneidades ult
guesía inh ere nte en los eriores. La bu r-
ciudadanos progresistas
dignidad personal en el «h a disuelto la
valor de cambio ... , ha co
ción abierta, descarada, loc ado la explota-
directa, a secas, en el lug
enmascarada con ilusione ar de la explotación
s religiosas y políticas».
duración de la economía Y du ran te toda la
de libre competencia y
ne n estos contrastes y tráfico se ma nti e-
cambios histórico-dialécti
nómicas de la sociedad co s, las crisis eco-
burguesa, ap are nte me nte
salariales y el estado de est able, las luchas
ánimo, crónicamente exp
trabajadores, su pu est am losivo, de los
en te tutelados. «La burgu
forjado las armas que le esía no sólo ha
ac arr ea rán la muerte; tam
los hombres que ma ne jar bié n ha creado
án estas armas, los obrer
proletariado». La ma ne ra os modernos, el
en que funciona la dialéc
toria, en qu e el movimien tica de la his-
to produce movimiento,
los movimientos

438
constitutivos unos de otros, se revela del modo más claro en
fenómeno de la «alienación», que se manifiesta originariamente
la despersonalización del trabajo mecánico, pero que fir,almente
ªºª""' también a la clase capitalista y se convierte en rasgo esencial
la época.
Por tanto, la dialéctica no estriba solamente en el cambio que
una tesis, afirmación o posición bajo la influencia de
antítesis, negación u oposición, ni siquiera en la mera acción
de los intereses, puntos de vista y aspectos antitéticos,
que consiste principalmente en el hecho de que acción y reac-
son inseparables entre sí y se condicionan mutuamente, en una
de que son impensables, una sin otra. En la gran compe-
por la vida, cada cual juega lo mejor que el adversario le
permite, juega según las reglas que sigue el otro. El «juego» mismo
el resultado, por ejemplo, sino la plataforma de la acción
y las «reglas del juego» no surgen una tras otra ni una
otra, sino que forman los principios simultánea y regularmente
relevantes de un acuerdo tácito.
El equilibrio de las tendencias antagónicas es ciertamente, tanto
Marx como en Hegel, el sentido y la finalidad del proceso dialéc-
la identidad de los contrarios, ya sea del ser y no-ser, de la
y del espíritu, de las fuerzas productivas y de su efecto,
en Hegel parece ser un resto puro y a menudo insignifi-
de la heredada filosofía de la identidad. En Marx, sin embargo,
en cuanto síntoma de la superación de la lucha de clases y de la
conciliación de las tendencias sociales, no es más que una ilusión
esperanza, una utopía y profecía, la ilusión del premio de victoria,
en modo alguno la «moneda a embolsar» de la dialéctica. La con-
tradicción expresada en la negación es y sigue siendo el rasgo
primario del proceso; la llamada «identidad» de las antinomias
no es más que el premio puesto a la ejecución de una operación
realizada con éxito.
La dialéctica no se basa exclusivamente ni en el materialismo
o idealismo ni en la supuesta identidad de ambos. Se cimenta en
la unión de fenómenos qu_e permanecen fundamentalmente, en la
continuidad de su dualismo y en la contradicción ineliminable de
sus principios, tan sólo conciliables siempre de manera provisoria.
La materialidad pura no puede vencer jamás el absurdo y la inuti-
lidad ciegos de la mera existencia. Hasta que no entra en contacto
con el sujeto, con el principio humano, no se convierte en objeto

439
del pensamiento y en sub str
ato de la historia. Po r eso
Marx de un materialismo ha bla siempre
dialéctico. cu an do sus par
cesores doctdnarios ha bla n tidarios y su-
sencillamente de materialism
materia no lleva en sí la o. La mera
dialéctica, como tampoco
ritu puro. Ta n pronto com la lleva el espí-
o empieza a moverse v
históricamente no es ya sol desarrollarse
amente materialista. La sol
lidar'. del desarrollo es má a potencia-
s qu e la materialidad ·inert
Pero en contraste con la e en y po r si.
doctrina de Hegel, tam bié
en y por sí ahistórico y ant n el espíritu es
idialéctico; igual que la ma
inafectada, le viene da da ter ia bru ta,
«en abstracto» al principio
de la división, y al conflic de la historia,
to en tre ho mb re y natura
objeto, cosa y forma. leza, sujeto y
La esperanza de toda dia
léctica mira a la sup era ció
contradicciones entre asp n de las
ectos, conductas y objetiv
sim ult ún eam ent e y referidos os aparecidos
a los mismos fenomenos.
telación histórico-social evo To da cons-
luciona tarde o tem pra no
plejo insostenible de contra hacia un com-
dicciones, debido a los des
Jcurridos en la relación ent plazamientos
re los productores y los con
de la producción. La salida sumidores
ap are nte de esta situación
nificar, en sentido hu ma nis puede sig-
ta y social, un ascenso o
y la correspondiente teo un descenso
ría histórica puede ser asc
cendente. Mientras Hegel end ente o des-
ve en la manifestación el
table del hombre histórica des tino ineluc-
mente condicionado, su
evolución es descendente. No teuría ele la
cambia la descendencia en
ha sta que no concibe el pen ascendencia
samiento de la der nlu ció n
alienado, objetivo, a la int del espíritu
imidad del sujeto. Lo mism
Marx salva realmente su som o qu e tampoco
bría concepción ele la histor
con el concepto de la luc ia, cargada
ha de clases, del peligro ele
desesperada de la rotación la aceptación
ete rna ele la relación «am
ha sta que no se le ocurre o y esclavo»,
la idea de la «sociedad sin
Mas tan to la ascendencia clases».
como la descendencia no
un a solución transitoria de es más que
las tareas impuestas por la
rieclad ele las situaciones his contraclicto-
tóricas. La historia no tom
ción definitiva ni en un a a un a posi-
dirección ni en otra. En cu
general de la historia, la dia an to principio
léctica carece de dirección
es prometedora y otras des . Un as veces
esperada en relación con
precaria en que siempre vue la situación
lve a encontrarse la socied
ele la hu ma nid ad se forma ad. El destino
según principios contrapuest
se relevan momentos pro os, en donde
gresivos y conservadores,
presivos, libertadores y vin liberales y re-
culaclores. espiritualmente
espontáneos

440
y znaterialmente inertes. Mas, en térrr1inos generales, la evolución
histórica carece de valor. Solamente las etapas individuales tienen
más o menos valor, según su relación con las necesidades actuales.
La historia misma, igual que la vida en sí, es ,inconmensurable;
su valor se rige según el usü que se haga ele ellas en cuanto oportu-
níclades para producir un rendimiento. Su interpretación general,
va sea en el sentido ele un progreso continuo o final, ya sea en el
de un descenso inevitable. no es más que un intento de estatuir
consecuencia y necesidad donde, sin mistificación. no puede .ha
blarse de nada semejante.

2. La división del proceso dialéctico

A primera vista, la dialéctica describe un desarrollo gradual de


tres 1niembros, semejante al silogis1no. Pero mientras el silogismo es
una fórmula metodológica vacía. la dialéctica responde a un proceso
rec1l con un contenido concreto, del que hay que prescindir para
conseguir un esquema indiferente. un mero morfos procedendi.
L1 esencia de la dialéctica estriba. desviándonos de su estructura
clásica en tres partes, en un complejo de dos fases y actitudes opues-
tas entre sí: de un lado. en la negación y abandono de una concep-
ción o institución predominante. en el rechazo de aspiraciones
reclén expresadas, debido a fuerzas recién surgidas o titulas ele de-
recho recién elevados, y, ele otro bdo, en la supresión del antago-
nismo resultante gracias a una unidad más co1npleja, a una sín-
tesis nueva, abarcadora de los contrnstes. La contradictoriedad de los
puntos de vista es el origen. y su conciliación la salida del proceso
dialéctico. Pero ni la articulación tripartita ni la claramente limitada
división bipartita es un momento necesario ele la estructura dialéc-
tica; su criterio decisivo es el antagonismo inismo.
La dialéctica es diálogo, pregunta y respuesta, desafío y réplica.
tensión y distensión, disputa y fallo. Pero el proceso no llega a su
terminación, por ejemplo. mediante la destrucción de una u otra
de las fuerzas o principios en disputa, sino mediante el cambio de
su papel y significado. conservando en ello sus moment0s vivos,
no totalmente anticuados. todavía fecundos para la evolución ul-
terior. Hegel es el primero que obsen-a esta conservación, o, como

441
él la llama, «anulación» de los elem
entos contradictorios, y ace ntú a
al mismo tiempo el proceso dia
léctico del modo más porfiado y
compromisos en el esquema de sin
la trimembración, insistiendo má
que nad a en la fórmula rígida s
de la tesis, antítesis y síntesis,
tru ctu ra que resultó ya bas tan te es-
angosta en Fichte, pero que has
aho ra no reveló por primera vez ta
su insuficiencia. La dialéctica de
Hegel se mueve a un ritmo mecán
ico, a cuyo compás tem ario tien
que bailar aho ra todo, como no e
se ha dejado de observar. El aná
lisis, por ejemplo, de la evolución -
del am or en su Filosofía del de-
recho, según el cual la persona
sola se sien te falt a de algo, se vue
a enc ont rar luego en otra person lve
a y finalmente se une mo ralm ent
a ella, mu estr a la habilidad de virt e
uoso con que es capaz de demos-
trar el pulso de este ritmo en
cualquier proceso. Tod o se des
en tres partes, en tres fases, en hace
tres figuras de danza, a través
cuyo ritmo estereotipado se tran de
sluce con tan ta más claridad
artificiosidad de la coreografía. la
Lo que sigue siendo inconfund
es que todo devenir, toda evoluc ible
ión y cambio, puede reducirse
la oposición de dos principios, a
la inercia de la realidad materi
de las instituciones, convenciones al,
y formas petrificadas de la cul tur
existente, por un lado, y la din a
ámica de incitaciones en la form
de energias recién descubiertas a
o aplicadas de ma ner a nueva,
impulsos internos espontáneos de
o de aptitudes has ta entonces
igual, por otro lado. El proceso sin
dialéctico, como ya observó Len
no tiene por qué romperse necesa in,
riamente en tres fases: puede mo
trar más o menos fases evolutivas s-
. Su característica prin cip al no
en nin gún caso el núm ero de es
etapas. Lo esencial es la movili
de las relaciones, el paso de un dad
estado a otro, la solubilidad de
complejos históricos, su divisibilid los
ad y componibilidad en el curso
del desarrollo. Prescindiendo de
la circunstancia de cuántos mie
bros inc urr an en el proceso, el asp m-
ecto global bajo el que constituye
una conexión los momentos en n
cuestión, es el objetivo de la dia
tica. Lo antidialéctico es una visi léc-
ón en la que aparecen unos in-
dependientes de otros.
La dialéctica designa una form
a de evolución histórica que se
repite ·co n frecuencia, aun que
no infaliblemente, inconfundible
pero desvinculada en términos ,
generales, una forma a la que
puede atribuirse una validez gen no
eral ni una estr uct ura per ma nen
Representa, más bien, el princip te.
io de nna tipología histórica, cuy
límites son abiertos y vagos. Y os
así como la forma det erm ina nte
proceso dialéctico del pensamien del
to y de la his tori a no consiste
en

442
la triada sino en la opos1c1on y contradicción de los momentos
envueltos, la «síntesis» tampoco resulta necesariamente de la unión
y acumulación de tesis y antítesis, sino en el abandono de deter-
minados momentos, incompatibles entre sí, y la conservación de
otros. A veces, en largos trayectos del proceso no se produce nin-
guna síntesis calificable de solución, sino que se mantiene en una
oposición precaria, transitoriamente insoluble, de los factores y,
con ello, en una situación en la que no se puede elegir ninguno de
los caminos de la bifurcación. Mas se efectúe como se quiera la
evolución, lo decisivo es que, pese a la negación inevitablemente
resultante, manifiesta o latente, la posición negada nunca se aban-
dona totalmente en un decurso histórico más o menos homogéneo,
sino que una parte de ella se conserva como un logro imperdible e
insustituible. La posición superada contiene momentos, unas veces
más importantes y otras menos, de la evolución consiguiente y se
anticipa en parte con su conservación a la solución del conflicto
en cuestión, de suerte que no se trata ya más que de la transforma-
ción de una potencialidad en una actualidad. El paso dialéctico
decisivo consiste así en la negación como origen de la nueva poten-
cialidad, no en la actualización de una posibilidad que, mediante
impedimentos imprevisibles, puede frustrarse o cumplirse.
La negación es la potencialidad todavía incumplida, pero ya
prometedora. El feudalismo problemático e insostenible envuelve
al capitalismo todavía irrealizable, pero actualizado con la crisis del
sistema feudal, así como la praxis del trabajo asalariado y de la
economía de tráfico. Mas el viejo sistema se hace problemático
porque los supuestos de la nueva economía y sociedad vienen ya
dados con las fuerzas productivas libremente disponibles. El capi-
talismo no es el producto de un cambio ejecutado inmanentemente
en el «espíritu» feudal, igual que el Renacimiento tampoco es el
simple resultado del cambio de gusto y de pensamiento efectuado
en el gótico. Pero el Renacimiento se presiente ya como negación
del gótico; las fuerzas, técnicas, medios de producción y organiza-
ciones del trabajo necesarios para su realización, el individualismo
y la nueva disciplina dominadora del individuo se dan ya antes de
que aparezca el Renacimiento como herencia del gótico. Sí, sólo
tiene sentido como gótico negado, y, en cuanto tal, inherente a la
negación. Únicamente bajo un aspecto como este resulta compren-
sible la proposición hegeliana de que A es al mismo tiempo no-A.
Cabe que formalmente sea todavía muy dudosa, pero desde el punto

443
de vista histórico-heurí
stico es fu nd am en tal .
es enigmático, pero el To do cambio ab ru pt o.
problema del cambio
me nte automático, de inm an en te, aparente-
estilo y de modo de pe ·
paradójica formulación nsar es insoluble. La
hegeliana de la contr
de su ren un cia a medit adictoriedad dim an a
aciones adecuadas.
En Kant la dialéctica
tenía todavía dos fases,
la verdad tranquilizante siendo la primera
y la certeza, y la se gu nd
apariencia. No vio más a la fe y la mera
que la desunión de los
la dialéctica como fuen principios, y rechazó
te de juicios sintéticos.
por el contrario, que Sus sucesores declaran,
es el único camino se
miento de la verdad, gu ro pa ra el descubri-
la cual se inicia con
«inmovilidad» de la la desviación de la
lógica y lleva al cono
verdades lógicas tambié cimiento de que las
n es tán condicionadas
jetas a modificaciones históricamente y su-
dialécticas.
No obstante, Ka nt vis
lumbraba ya en más
constitución antagónica de un aspecto la
de las disposiciones hu
ejemplo, en tre otros, ma na s, y citaba como
la «insociable sociabil
«El hombre persigue la idad» de los hombres
concordia», dice, «pero .
mejor lo que es buen la natúraleza sabe
o para su na tur ale za ;
Co n razón se ha visto ella quiere discordia».
el eco de este pe ns am ien
define la sociedad de to en Tonnies, quien
suerte que los hombres
mente unidos en ella, «no es tán esencial-
sino esencialmente sepa
Sin embargo, le estaba rad os».
reservado a Fichte el gr
de que el espíritu se mi an descubrimiento
ra a si mismo en su acfr,
existe «en sí» sino que -idad, y no solamente
también está «p ara sí»
De acuerdo con la dia en sus ideas y obras.
léctica de Fíchte, el es
algo objetivo y ajeno; píritu deviene el no-yo
y su negación radica ,
obrn de arte no se conv en ese ser otro. Mas la
ierte solamente en expre
ción, sino también, en sión y autoafirma-
el sentido de Hegel, en
artista, en forma au tón «enajenación>> del
om a e inmanente, en
debía ser originariame alg o distinto a lo que
nte. Ta n pr on to como
tivamente su obra, cosa ob serva y juzga obje-
que. además, hace du ra
y otr a vez y siempre nt e su tra ba jo un a
más desligado, no le
medida limitada y cada pertenece sin o en un a
vez más reducida, el co
él y su cri atu ra espiritu rdón umbilical en tre
al se ha roto. Sólo rec
través de la «negación upera su creación a
de t1 negación», cua_n
yo enajenado. En su do vuelve a totnar su
calidad de receptor ha
su obra alienada. vuelto a reconquistar

444
Dialéctica e historicidad

La dialéctica deviene claramente un proceso ontológicamente


determinado, es decir, no sólo una operación metodológica, con el
reconocimiento de la historicidad de la cultura humana. Descartes,
a Leibniz y Kant son de pensamiento marcadamente ahistórico '; los
a representantes ele la filosofía alemana poskantiana fueron los pri-
)
meros en comprender el condicionamiento histórico ele los procesos
conscientes, y Hegel el primero que desplegó su filosofía en cate-
gorías esencialmente históricas en lugar ele científico-naturales. Cier-
to que seguía siendo dudoso no poder hablar ele fenómenos como
individuo y sociedad, forma y contenido, espontaneidad y conven-
ción. sin pensar en una determinada articulación y organización
del material en cuestión. Pero al mismo tiempo era bien claro que
tales estructuras no transcienden el tiempo ni la historia, y que ha-
blar ele estructuras permanentes es tan absurdo como aceptar im-
pulsos, disposiciones e inclinaciones anímicos invariables. Ambos
factores resultan estar sometidos a la evolución histórica y las nuevas
incitaciones van necesariamente vinculadas a estructuras nuevas.
Mas, en este sentido, el historicismo no sólo es lo más valioso que
toma Marx de Hegel, la inherente doctrina ele la ascendencia, el
mesianismo utópico y profético, constituyen también la herencia
romántica más crítica que le cae. No sélo comparte la convicción
hegeliana al haber descubierto la regla del desarrollo histórico
gracias a la dialéctica, sino también al creer hallarse ciertamente
~n la dirección ele su supuesta línea ascendente.
Sin embargo, en ninguno de ellos se revela con toda claridad
el pensamiento ascendente. Hegel, que concibe la génesis, desarrollo
e incliviclualización ele las formas culturales, como procesos de ena-
jenación, alienación y despersonalización del hombre, como pérdida
ele su subjetividad e intimidad, actúa todavía a las sombras ele este
peligro cuando atribuye al hombre la capacidad ele salvar sus pro-
ductos objetivados y desprendidos de él mediante su readmisión en
el sujeto para el espíritu absoluto. Y también Marx se debate entre
su pérdida en los productos objetivados del trabajo y la liberación
de la sociedad alienada y su cultura despersonalizada mediante la
ausencia final de clases. Ambos se hallan dentro ele unos limites

' Cf. Robert Heiss: Wesen und Formen der Dialektik. 1959, pp. 52-53.

445
cuyo paso an ula ría el
princ1p10 de la dialéctic
las fuerzas sociales, cond a, la opos1c10n de
icionantes del movimien
El fruto científico del pe to histórico.
nsamiento en las forma
y de contradicción se s de la negación
muestra en innumerable
teoría del sicoanálisis s variantes: en la
acerca de los dos plano
mueve el individuo, al s sobre los que se
«racionalizar» sus impu
la sociología cuyos su lsos irracionales; en
jetos, en cu an to miem
piensan y ac túa n de ma bros de un grupo,
ne ra distinta a como lo
conexiones; en la doctr ha cía n en las demás
ina de la conciencia de
concepción totalmente clase, en cu an to
diferente de la concien
manifiesta; en la teoría cia sicológicamente
del conocimiento, según
sabe más de lo que perci la cu al el sujeto
be; en la filosofía de De
la contradicción y conc sca rtes, basada en
iliación de la esfera on
noscitiva; en la doctrina tológica y de la cog-
de las ideas platónica,
templa más de lo que se en la que se con-
comprende; y en la sa bid
quien sabe que no sabe. ur ía de Sócrates,
En todos estos casos tra
miento sus límites lógico sci ende el pensa-
s o estira demasiado su
no se quiere decir qu e fuerza; con lo cual
se incluya en la irracion
pensamiento dialéctico alídad. Ta mb ién el
es lógico, au nq ue no de
que no son absurdos tod vía sencilla. E igual
os los planteamientos
puestas contradictorias, qu e pe rm ite n res-
muchas de estas respu
tructivas que las claras est as son más ins-
.
Sólo se comprende el sen
tido de la dialéctica y
que se le atribuye en ell el significado
a a la negación, cu an do
puede contener un en se piensa que esta
riquecimiento de la me
contiene indefectibleme ra afirmación y la
nte en el sentido de He
cepto negativo, el cual ge l. El nuevo con-
presupone el positivo,
del pensamiento más alt describe un a fase
a y amplia que el concep
positivo. El descubrimien to un ila ter alm en te
to de que toda posición
modo la propia negació encierra en cierto
n, de que todo movim
marcha por ella y cons iento es puesto en
tituye así el verdadero
al que está sometido el mo tor del desarrollo,
ser como totalidad, conti
filosofía crítica po stk an ene el origen de la
tia na , que se alza enton
positividad, lo mismo qu ces a un a nueva
e toda la vida social. El
sofía escéptica, nacida origen de la filo-
de la ideología de las
sociales postrevoluciona de sil usionadas capas
rias, alienadas de la bu
es evidente. Con sus du rguesía do mi na nte ,
das y contradicciones, la
es la filosofía de estos dialéctica moderna
grupos sociales, que ve
juicio la justificación de n puesta en tela de
su existencia y que ellos
du da a fin de llegar a un mismos po ne n en
a nueva autoafirmación
a través de la luc ha

446
contra estos peligros, y, en cuanto «negación de la negación», sacar
la voluntad de renacimiento y de existencia continuada, aunque
siempre amenazada de nuevo, de las ruinas de sus esperanzas rotas.
La autoalienación del sujeto en el proceso de la formación de
objetos, «conciencia desafortunada» por la pérdida de su intimidad
autosuficiente en contacto con el mundo exterior, la despersonali-
zación de los productores por la cosificación del trabajo, el desin-
terés del obrero en el producto de sus manos debido a la división
del trabajo, el empobrecimiento del proletarido por la acumulación
de los medios de producción en unas cuantas manos, la deshuma-
nización de las ciencias como consecuencia de la especialización
y la del arte en relación con el movimiento del arte por el arte, son
meras formas de la misma negación, de la misma desintegración
de la existencia y cultura humanas, pero al mismo tiempo son tam-
bién el germen de una nueva integración. La evolución lleva de una
forma de frustración a otra, pero también a puntos de reposo, y
en verdad no sólo en formas de euforias despreocupadas, sino tam-
bién en forma de resuelta acumulación de fuerzas que separan entre
sí los períodos de intranquilidad, derrota y desesperación.

3. El análisis dialéctico
El elemento humano y el objetivo

El origen de toda dialéctica real es la invalidación de la corres-


pondencia de factores que han perdido su relevancia o cambiado
su función a consecuencia de la aparición de nuevas fuerzas pro-
ductivas, necesidades vitales y relaciones de producción. El proceso
dialéctico estriba esencialmente en la sustitución del equilibrio sa-
cudido por los elementos nuevos por una relación más flexible y
amplia. Comienza con la crisis del funcionamiento de las institucio-
nes existentes, con el conflicto entre los deseos y las satisfacciones,
con la amenaza hasta entonces imperceptible o inconsciente de una
paz incierta, y tiene generalmente una conclusión más o menos
forzada y siempre solamente transitoria gracias a la conciliación de
las necesidades predominantes con las condiciones dadas. Pero la
crisis y el conflicto no se hacen valer dialécticamente hasta que los
hombres efectúan la solución de la disputa. La sociedad en que
transcurre el proceso no es ningún autómata, ni los hombres so-
cializados tampoco son ruedas de maquinaria movidas desde fuer;i..
Cierto, el feudalismo es la negación inevitable de la economía es-
clavista, el trabajo asalariado la de la servidumbre, los trabajadores
enzarzados en la lucha de clases la del proletariado todavía incapaz
de coalición. Todas estas formaciones económicas y sociales son,
empero, obra premeditada del hombre, por muy necesarias que
resulten también de sus supuestos históricos. Pues, como dijo Marx,
una «necesidad histórica» es una «necesidad a desaparecer» ·, esto
es, una regularidad cambiable por los hombres. Las diferentes for-
mas sociales se hacen con el tiempo necesariamente problemáticas,
anticuadas e insostenibles, pero aquellas que ocupan su lugar mues-
tran, por de pronto, contornos difusos y permanecen en parte fle-
xibles, indecisas, es decir, no desprovistas de toda libertad.
L'l relación dialéctica existe solamente donde los contrarios no
existen sencillamente uno junto al otro, como norte y sur, atrac-
ción y repulsión, electricidad cargada en sentido positivo y negativo,
sino como momentos de un mismo estado de cosas, acto o proceso,
son inseparables uno del otro; donde la tensión entre ellos cons-
tituye el criterío de su existencia y condiciona un estado que, car-
gado de conflicto como está, es insostenible, aunque resulta elimi-
nable mediante la reorientación de las fuerzas conflictivas. Persiste
así una relación dialéctica entre la voluntad de expresión y los
medios expresivos del sujeto, la continuidad y discontinuidad de la
evolución cultural, el tradicionalismo y racionalismo de la actividad
social. Así es también la lucha interna entre las distintas tendencias,
inherentes a todo trabajo creador, articuladas paulatinamente, lucha
que permite, sobre todo, al proceso creador artístico convertirse
en un proceso coherente, en donde se hace valer un momento tras
otro o gracias al otro, como resultado de la superación de uno por
otro o como su conciliación mutua.
Mientras que los fenómenos meramente contrarios, polares o
complementarios se producen en la naturaleza unidos entre sí y se
influyen mutuamente, pero no se condicionan, las oposiciones dia-
lécticas representan no sólo modificaciones diferentes de un principio
variable, sino toda su esencia según hechos interdependientes.
Cierto, las fuerzas productivas existen objetivamente con indepen-
dencia de las relaciones de producción y muestran frente a ellas

_; Marx:: Elenientos de econo1nía política, borrador de 1857/58, p. 716 de


la edición alemana de 1953.

448
una primacía ontológica. Mas como condiciones eficaces de la
existencia, prácticamente funcionantes, no se revelan hasta que
ocurre un desplazamiento de las circunstancias y un cambio en la
configuración de las necesidades o de los rendimientos en ejecución.
Pero tales desplazamientos, variaciones y cambios no se notan
hasta que no se insinúa ya la renovación de las fuerzas productivas
y de la productividad. Sólo se puede hablar de la prioridad de
estas fuerzas en el sentido de que se relevan continuame nte en la
forma de materiales de trabajo, fuentes de energía y métodos de
empleo recién descubiertos, mientras que las relaciones de pro-
ducción y de propiedad una vez fijas, la praxis jurídica, la organi-
zación y aprovechamiento del trabajo, tienden al conservadurismo.
Según Marx, estas se convierten en cadenas de las fuerzas produc-
tivas crecientes y en aplicación de las oprimidas, llegándose asi a
oposiciones, conflictos y luchas entre las instituciones existentes y
los medios disponibles. Nuevo y viejo, tradición y reforma, derecho
tradicional y deseado, estática y dinámica de las formas de vida
sólo constituyen, sin embargo, una oposición interna en tanto el
mismo sistema social es su portador, pero de ningún modo en el
sentido, por ejemplo, de que su conflicto dimana del «automovi-
miento» del sistema.
El antagonismo dialéctico se basa en el hecho de que en todo
ser imaginable ha de pensarse también una determinad a categoría
racional como forma constitutiva y en toda operación racional ha
de colocarse también como substrato una cosa ajena a todo lo ra-
cional y conceptual, aunque no sea todavía ningún «objeto» ter-
minado. Del dualismo de esta no-identidad fundamenta l se deriva,
desde Kant, toda crítica del conocimiento racional, empíricamente
dirigida. Pero casi toda. la filosofía postkantian a pretende soslayar
esta no-identidad, y olvidar, como sobre todo Hegel, que un pensa-
miento sin resistencia, por muy alto que sea el nivel al que se co-
loque, es incompatible con el sentido de la dialéctica y del conoci-
miento. Hegel se opone a la separación de las categorías racionales
y a la objetividad desnuda, óntica, porque teme que las formas
subjetivas puras y el algo objetivo puro perderían su calidad con-
creta y adoptarían un carácter delicadamente abstracto. Sin em-
bargo, cree salvar su vinculación a la vida y el nexo con el mundo
del pensamiento y de los sentidos al aferrarse a la identidad entre
lo que es y lo que figura, lo particular y lo general, eL objeto y el
sujeto.

449
Mas la unión de estos principios no se garantiza con su supuesta
identidad, sino mediante su indivisibilidad en toda forma cultural.
Cuando· se piensa en su carácter, hay que pensar también en su
acción recíproca, la cual los mantiene en tensión; si se quiere com-
prender su función, hay que medir el papel de la resistencia que se
ha de vencer para que se hagan valer. Su u.nidad no estriba en su
identidad, sino en la circunstancia de que se imponen uno actu.
En el concepto del hombre como «Ser respondiente» ' se con-
tiene también este rasgo de su naturaleza dialécticamente condi-
cionada. Responde al verse colocado ante alternativas objetivas y
reaccionar a ellas estimulado por sus necesidades subjetivas. Sus
respuestas no son ni puramente espontáneas ni mecánican1ente
condicionadas. Son el resultado de una disputa bilateralmente con-
dicionada entre lo que ocurre dentro y fuera de él. Nuevas fuerzas
productivas crean nuevas necesidades, que se articulan por primera
vez con miras a su satisfacción. Pero necesidades latentes, vagas
e inconscientes, también pueden convertirse en fuerzas productivas
y crear nuevas relaciones de producción. El hombre consciente y
racional se comporta también frente a los propios impulsos oscuros
como ser «respondiente», dialécticamente seleccionaúor y juzgante,
como un ser que produce algo enteramente nuevo y original de
sus circunstancias, de las incitaciones y disposiciones que, en lo
más intimo, le son tan ajern1s como los objetos insensibles que yacen
fuera de él. La respuesta que halla a las preguntas, desafíos y tareas
que se le presentan son su propiedad, su trabajo, su aportación a
la realidad que lo rodea y estimula y que es el supuesto de su exis-
tencia en cuanto sujeto reaccionante.
En el sentido del manuscrito de Marx de 1844, las facultades
y aptitudes se convierten en lo que son al funcionar, es decir, a lo
largo de su polémica, de su lucha con las dificultades e impedimen-
tos hallados en el camino hacia el éxito. Sólo que no se sabe para
lo que uno está capacitado al encontrarse con resistencias; las facul-
tades se crean también cuando uno se enfrenta a tareas nuevas,
desconocidas anteriormente. El rendimiento positivo ocurre gene-
ralmente después de haberle precedido una serie de intentos fallidos.
La negación contiene el germen de su superación y es el momento
más fecundo de la evolución por excelencia. Con ella se efectúa el

r. Gespriiche Georg Lukács niit W. Abendroth, H. H. Holz und L. R "fler,


edición de Theo Pínkus. 1967, p. í05.

450
llamado «Cambio repentino», que introduce una nueva época, una
nueva organización social, una nueva dirección del gusto y del es-
tilo. «Ciertamente, el gótico surgió grano a grano», dice Paul Frankl,
¿pero acaso tenía ya el primero que colocó el' primer granito proto-
rrótico la idea del montón, esto es, del gótico? ' Indudablemente el
~ambio al gótico sucede con una negación, ya sea con el rechazo
del «último granito románico», ya sea con la insufieiencia del
«granito protogótico» aislado y la necesidad del «montón del gó-
tico». ¿Pero cuándo y cómo surge el montón de los grartitos? La
pregunta es esencialmente sinónima de la pregunta más general,
a saber, cuándo y cómo sucede en absoluto un «cambio repentino»
en la historia, y depende de la pregunta más fundamental de bajo
qué circunstancias y en qué sentido se transforma una cantidad
determinada en una calidad nueva. De hecho sólo se puede afirmar
que se efectúa un cambio repentino del románico al gótico en algún
momento y en algún lugar, pero lo dudoso es que el «montón» de
los granitos protogóticos deja de ser en algún momento una simple
suma de granitos. Fuera de la negación, sin embargo, no hay nada
semejante a una cisura entre los granitos del viejo estilo y el montón
del nuevo. El comienzo de la disolución del feudalismo, el naci-
miento de la nueva burguesía urbana, la resurrección de las ciu-
dades, las cruzadas y su efecto moral, la secularización de la ins-
trucción, el emocionalismo religioso, el desarrollo de ia concepción
nominalista del mundo y el interés inherente por lo individual y
particular son meros «granitos» en el «montón» del cambio, pero
no contienen prácticamente nada que permitiera deducir la particu-
laridad cualitativa del gótico, su peculiar ideal de belleza, su acre-
centada sensibilidad, su renuncia a rigurosa forma tectónica en in-
terés de la diferenciación, intimidad y afectación. Los investigadores
que afirman que en la historia .del arte sólo puede hablarse de algo
así como el número de granitos, tendrían que admitir al menos que
el verdadero cambio de estilo; es decir, el cambio por el que un ím-
petu estilístico se convierte en estilo, sucede en un punto indeter-
minado, y que en la evolución no puede transmitirse ninguna clase
de corte, fuera de la «negación».

' Pau! Frankl: «Der Beginn der Gotik», Wolfflin-Festschrift. 1924, p. 117.

451
El cantbio de cantida d en calidad

Si la contradicción dialéctica no significase nada más que la


circunstancia de que el proletariado fuese movido a indignación
sobre el conflicto entre su naturaleza human a y su situación vital
',
se quedaría en la superficie la explicación marxista del proceso his-
tórico. Pero las contradicciones son más honda s y existen también
allí donde los antagonismos diman an de la estruc tura intern a de
una sociedad ya insostenible. Se trata entonces de la contradictorie-
dad de los principios de un mismo sistema: en la economía escla-
vista, la servidumbre y el capitalismo, de la obtención de fuerzas
productivas que conducen a la destrucción o a la transformación
de la respectiva forma económica. El hecho de que en la economía
y sociedad de las postrimerías de Roma no pueda subsistir más sin
el trabajo esclavista, antes tan lucrativo, o que la moder na indust ria
de mercancías tenga que cambi ar su estruc tura bajo el dictado de
los sindicatos y el peligro de la huelga paralizadora, es un momento
mucho más decisivo del dominio de clases en descomposición que
la conciencia de clase de los trabajadores, más o menos manifiesta
y operativa.
En estas y parecidas condiciones, la explicación de los desarro-
llos sociohistóricos no sucede sin la hipótesis de contradicciones
internas en las estructuras sociales. La democracia ateniense era
progresiva si se juzga por las normas de la aristocracia estatal fami-
liar, pero muy conservadora si se mira desde el punto de vista
plebeyo. El moderno capitalismo industrial es un ~rden social de
la libre competencia para los capaces de competir y un escenario
de combate con las mismas oportunidades de éxito para los capace
s
de luchar. Pero es desde un principio selectivo y exclusivo al equi-
par a los individuos y grupos, que vienen al caso para la competen-
cia, con medios de lucha más o menos adecuados. Y de esta suerte
aparecen tambié n los aspectos contradictorios de un arte como el de
Versalles, llevando unas veces un carácter más o menos formalista
y mesurado y otras un carácter más rebosante de expresionismo,
según el nexo histórico-estilístico en que se produzca, y el lugar
desde el que se observe. Todo punto de vista antidialécticamente
unilateral resulta falso o insuficiente frente a él. En los ejemplos

" Marx: La sagrada familia, Primeros escritos editados por S.


Landshut,
1953, p. 317 de la edición alemana.

452
de este tipo es evidente que los fenómenos históricos no representan
ningunos estados de cosas claros, invariablemente fijos, definibles
de una vez para siempre, sino formaciones en marcha y complejos
de fuerzas en acción.
Hegel era plenamente consciente de la dificultad resultante de
pensar en contradicciones. «Es ridículo decir», escribía en su Filo-
sofía del Derecho, «que la contradicción no deja pensar. Lo correcto
de esta afirmación es únicamente que en la contradicción no puede
hallar su satisfacción». Emst Bloch tiene que haber pensado en
este pasaje cuando declaró que, según la dialéctica, A puede ser al
mismo tiempo no-A, pero no puede continuar siéndolo'. Aquí ra-
dica el contenido esencial de la filosofía hegeliana. A la contradic-
ción pertenece su reducción en sentido positivo: la «negación de la
negación». De lo negado dialécticamente se conserva algo positivo,
mientras que lo insostenible se desecha. E igual que toda negativi-
dad contiene algo positivo, el contenido semántico de una manifes-
tación o actitud encierra también elementos negativos. Dicho en
otras palabras, el sentido de la inmanencia es tan inimaginable sin
el de la transcendencia como es el de la transcendencia sin confron-
tarlo con la idea de inmanencia.
El criterio de la dialéctica no estriba en el hecho de que el pro-
ceso histórico y social se efectúe en una serie ininterrumpida de
contradicciones, y que su devenir y cambio no esté garantizado por
la concordia de sus factores. La dialéctica se revela y mantiene por la
circunstancia de que la negación con que inicia su curso profundiza
y amplía el sentido y el campo de validez de los elementos en vez
de disminuirlo. La acumulación capitalista conlleva su propia nega-
ción y su destrucción mediante la coalición de los obreros explotados
al principio. Las consecuencias negativas pertenecen en la misma
me.dida a la concreción del progreso que a sus motivaciones positivas.

Paradojas de la dialéctica

Innumerables estados de cosas, particularmente los de natura-


leza espiritual, no son representables más que en semejante forma
paradójica. Kierkegaard, el pregonero mús porfiado de la paradoja
como principio fundamental de la existencia humana, podría haber
resumido su filosofía de la religión en la proposición de que Dios,

' Ernst Bloch: Subjekt-Objekt. Erliiuterungen w Hegel. 1952, p. 117.

453
esencia de la omnipotencia y omnisciencia, se decidió por revelarse
en la limitada razón humana. De una manera paradójica seme-
jante manifestó Platón en su parábola de la «cueva» el enigma del
conocimiento humano, Tertuliano la relación entre saber y creer en
el lema credo quia absurdum, la escolástica el problema de la con-
tradicción lógica en la doctrina de la «doble verdad», Cusano la
contradictoriedad de su concepción del mundo en la coincidentia
oppositorum y la docta ignorantia, Lutero la inconmensurabilidad
de la salvación y mérito en la doctrina de la predestinación, Ma-
quiavelo la discrepancia entre objetivos políticos y consideraciones
humanas en el p~incipio de la «doble moral», Descartes la relación
enigmática entre ser y pensamiento en la doctrina del cogito ergo
sum, Leibniz el abismo entre inmanencia y transcendencia en la
noción de la «mónada sin ventanas», y toda la estética perpleja
ante la irracionalidad de la calidad artística en la resignada admi-
sión del je ne sais quoi. El ejemplo más notable lo constituye, sin
embargo, un producto del paradójico chiste judío. Como es bien
sabido, el judío creyente se rodea de una santidad tan inaccesible
que nunca pronuncia el nombre de Dios y siempre que lo cita en
sus oraciones como Jahvé, leerá Adonai (Señor), a diferencia de la
escritura efectiva. Sólo una vez al año, en la fiesta máxima, en el
momento más solemne del servicio divino, pronuncia el rabino la
palabra «Dios», echándose al suelo y cubriéndose la cabeza con
la capa de las oraciones, pero de manera que su voz, ahogada en
el fuerte canto del coro y en la atronadora música del órgano, re-
sulta imperceptible para la comunidad. Ahora bien, estos mismos
judíos están tan familiarizados con su Dios que se cuenta la historia
siguiente. En la víspera de la mencionada fiesta, el dia de la peni-
tencia y de la reconciliación, el pobre aldeano judío habla al Todo-
poderoso de esta manera franca y libre: «¡Señor, escúchame! Ahí
está nuestro buen y honrado carnicero, que no engañaría a nadie
en una perra chica, ni echaría a ningún mendigo con las manos
vacías, y a menudo ni siquiera él ni su mujer tienen un trocito
de carne que llevarse a la boca. O nuestro zapatero, la decencia y ia
devoción mismas, tiene que ver cómo su madre agoniza bajo los
más terribles tormentos. Y nuestro buen viñador, medio ciego ya
y ciego del todo pronto. Yo te pregunto en esta santa noche: Dios
querido, ¿es esto justo? ¿Es justo? ¿Pero sabes una cosa? Si nos
perdonas mañana, en tu día santo, también te perdonaremos noso-

454
tros» ,... Y lo mismo que aqui, donde se trata de cosas grandes, de
cosas que serían dignas de saber y que debemos poner bien en
claro, también nos expresamos a menudo en semejante manera
paradójica y no clara, corriente en la comprensión humana.
También Marx llegó a una formulación en cierto modo para-
dójica de su dialéctica cuando dice que el pensamiento y el ser son
«ciertamente distintos pero al mismo tiempo en mutua unidad» ",
estableciendo asi, a primera vista, una tesis no menos desconcer-
tante que Hegel con la proposición de la racionalidad de todo ser.
Pero la «unidad» en Marx no significa ninguna identidad. Si el
pensamiento parece en él una función de la materialidad, le estuvo
reservado al posterior marxismo vulgar calificar el espíritu de pro-
ducto de la materia. Pues incluso aunque se atribuya a la concien-
cia una calidad óntica, en el sentido de Marx, habrá de admitirse
que representa un ser especial, «intencional», cognoscitiva, emo-
cional y volicionalmente dirigido, si bien es estimulado desde fuera
a su intencionalidad, mientras que el mero ser material, al consti-
tuir un elemento decisivo, sencillamente imprescindible, ele todos
los prc,cesos vitales, tiene que ser mistificado para convertirse en
origen ele una espontaneidad.
Desde el punto de vista de la dialéctica, hasta el medio del len-
guaje, lo mismo que cualquier medio de expresión que utilice el
artista, aparece como un momento de resistencia, como un obstácu-
lo que hay que vencer y que se intercala entre la intención artística
y el producto. De ningún modo es la obra triunfo completo ele la
voluntad de expresión sobre los medios expresivos, sino más bien
un compromiso entre ambos. La dificultad de esta operación no se
puede ni eludir ni ocultar, pues ocurre lo que se dice en La ideología
alemana: «El 'espíritu' arrastra desde el comienzo la maldición de
ser 'prisionero' de la materia, que se presenta aquí en forma de
capás de aire movidas, tonos, en breve, del lenguaje. El lenguaje
es tan antiguo como la conciencia, el lenguaje es la conciencia prác-
tica, existente también para otras personas, esto es, también para
mí la conciencia real existente, y el lenguaje, igual que la concien-
cia, surge de .la necesidad, de la imperiosiclacl del trato con otras
personas» ". En este sentido, «lenguaje» significa todo medio de

'° Cf. Leo Rosen: The /oys o/ Yiddish, 1970. p. 4.


n Marx: Primeros escritos, p. 239 de la edición alemana.
t:! Marx-Engels: La ideología aleniana, l 953, p. 27 de la edición alemana.

455
comunicación que une al sujeto comunicante con el receptor, impi-
diendo al mismo tiempo su contacto recíproco.

Automovirnif¡tlto

La «génesis inmanente de las diferencias» de la que Hegel de-


riva en última instancia la dialéctica y que para él hace superflua
y hasta absurda la explicación de las distintas formas evolutivas
como consecuencias de intervenciones externas, contradice no sólo
su afirmación de que la dialéctica no es ningún perpetuum mobile,
sino también el principio fundamental dualista de toda concepción
dialéctica del mundo, que puede muy bien ser estética", y que no
puede quedarse estancada en ningún monismo. Cierto, como cree
Marx, el hombre no es en modo alguno incapaz de encontrar su
paz, pero tampoco es ningún ser armónico ni conciliado consigo
mismo .• Y si el materialismo significase efectivamente una «explica-
ción del mundo por sí sólo» '', el monismo materialista apenas sería
compatible. con el principio dialéctico. La dialéctica es un dualismo
orientado parcialmente hacia las condiciones objetivas de la exis-
tencia y, en parte también, hacia las necesidades subjetivas de la
vida; puede que en cuanto utopía transcienda ambos factores, pero
en ningún caso se inicia más allá de su contradicción. La existencia
tiene que pensarse como una relación conflictiva sujeto-objeto, an-
tes de que pueda verse como una esfera de deseos libre de conflictos.
Tanto la dialéctica hegeliana como la marxista presuponen, de
un lado, la descomposición del complejo objeto de análisis en sus
motivos, y, de otro lado, la complementación de los motivos en la
totalidad de un nexo razonable sociohistórico. Se apoyan en la
hipótesis de que semejante conexión consiste en una serie de rela-
ciones tesis-antítesis, de que el análisis lleva siempre a parejas de
opuestos cada vez más diferenciados, produciendo finalmente una
visión global del complejo respectivo. La dialéctica abriga la espe-
ranza de que los momentos prácticamente dispares de una evolución
se encuentran idealmente en alguna parte. El movimiento que ga-
rantiza el progreso de un estadio al otro, lo concebía todavía Marx
de una manera algo mística como «automovimiento», con su fuente
inagotable en las llamadas «contradicciones internas» de las estruc-

" Cf. Helmut Ogiermann: Materialistische Dialektik, 1958, p. 105.


" Ernst Bloch: op. cit., p. 99.

456
i- turas sociales. Naturalmente, este movimiento, lo mismo que todo
perpetuum mobile, es impulsado en realidad desde fuera, y el pro-
ceso sólo puede calificarse de «interno» en tanto que los procederes,
interpretaciones y valores opuestos aparecen dentro de los mismos
periodos históricos y a menudo de las mismas capas sociales. Así,
oues, las mismas condiciones que originan una tendencia pueden
ta poner en peligro su continuación. De los factores que transcienden
lS
el sistema depende el que prevalezca uno de los dos efectos que
lo son posibles.
e, La lógica dialéctica se concentra en momentos del movimiento
n
entre oposiciones que afirman su particularidad en el curso del
.o
proceso, por un lado, y los enriquecen con rasgos nuevos, por otro.
Representa un devenir en el que se mantiene la unión de los fenó-
u menos cambiantes. La lógica formal persiste, por el contrario, en
;o las relaciones estáticas y es incapaz de abarcar el movimiento de los
l-
conceptos como devenir. La filosofía kantiana saltó sus limites al
a sustituir las substancias, en su calidad de esencias transcendentes,
.o
por substratos de categorías racionales inmanentes. La persecución
s-
del movimiento entre inmanencia y transcendencia ocupa a toda
la filosofía poskantiana desde Fichte a Hegel y Marx, bajo el domi-
nio del principio de la dialéctica. La misma pregunta se oye una
y otra vez en versiones distintas: ¿cómo se llega del sujeto al objeto?
¿Cómo se configura la transcendencia, en y de por sí desconocida,
como substrato de la operación, en y de por si incomprensible, de
la razón? ¿De dónde parte el movimiento? ¿Qué le antecede como
primacía? ¿Y hasta qué punto puede hablarse en absoluto de una
primacía en este contexto?
En Kant, la formación del objeto y lo que sus sucesores entien-
den por objetivación o alienación, es un proceso ahistórico, en Hegel
y ~n Marx, por el contrario, el proceso es sencillamente histórico.
Para Hegel todo momento es un punto crítico y la existencia socio-
humana un espectáculo histórico ininterrumpido. Mas, en cierto
n
modo, deshistoriza de nuevo la alienación efectuada con toda for-
l-
mación objetiva al suponer que, por su hipotética inevitabilidad,
x
no está vinculada a ningún momento ni lugar determinados ni a
:e
ninguna complicación de las necesidades e impedimentos. En Marx,
:-
por el contrario, la ruptura entre el yo y el mundo resultante con
la alienación es siempre un acontecimiento histórico concreto que
tiene siempre presuposiciones especiales y no se repite bajo condi-
ciones subjetivas y objetivas cualesquiera. De esta suerte se aliena

457
el obrero respecto del trabajo propio, de la sociedad y de sí mismo,
debido a la mecanización de la producción, a la división del trabajo
en la manufactura, a la acumulación de los medios de producción
en pocas manos y a la relación despersonalizada entre patrono y
obrero en tiempos del cambio revolucionario del feudalismo al capi-
talismo. Para Marx, historicidad es sinónimo de socialización, pero
el hombre y la sociedad no se encuentran en cada momento de su
existencia ante decisiones vitales y cambios que hacen época.
En Kant, el sujeto cognoscente, sensible y agente es una entidad
está ti ca, con sus categorías. El paso decisivo que lleva a la filosofía
poskantiana y a su dialéctica histórica, depende del reconocimiento
de que el sujeto no representa ningún aparato categorial ahistórico,
sino que comporta un carácter esencialmente variable, que cambia
con su lugar. Cuando Hegel dice que la verdad «no es ninguna
moneda acuñada que puede darse lista y embolsarse asi» '°, quiere
decir precisamente que responde a un movimiento que se adapta
a los procesos objetivos, se inicia siempre de nuevo, se niega y se
«anula» en el sentido complejo de la palabra. Cambia de figura,
pero en modo alguno desaparece del nexo de proposiciones vigentes.
Hasta las verdades matemáticas y científico-naturales cuya validez
no se pone en duda ninguna, no se aplican siempre con claridad.
También ellas adoptan un carácter manipulable, también ellas se
convierten en partes de ideologías y adquieren un peso variable
según éstas.
Tanto en Marx como en Hegel, la verdad y el conocimiento sólo
tienen sentido concreto y valor práctico dentro de un sistema histó-
ricamente coherente. Mientras haya contradicciones entre los prin-
cipios y doctrinas de la ciencia no se alcanza ninguna imagen del
mundo global y homogénea. Sin embargo, pertenece a la esencia
dialéctica de la historia y del pensamiento el hecho de que las
concepciones homogéneas e integradas del mundo resulten también
síntesis únicamente transitorias y tarde o temprano insuficientes,
aunque tanto Hegel como Marx rebasan este principio dialéctico
de una manera tan atrevida como prometedora con la utopía de la
realización del «espíritu absoluto» o de la «sociedad sin clases».

15
Hegel: La fenomenología del espíritu, edición de Joh. Hoffmeister, 1952t1,
página 33 de la edición alemana.

458
4. El concepto de «reducción »

Logros históricos

La dialéctica se mueve entre el princ1p10 de negac1on, sin el


cual no se pone en movimiento ningún desarrollo mental o histó-
rico, y el de reducción, sin el cual se quedaría en la mera negación.
Pero lo mismo que la negación no es ninguna respuesta sino única-
mente parte de una pregunta, la reducción no es ningún paso ais-
lado sino el resultado del proceso lógico o histórico. En el sentido
positivo de este concepto tan complejo, representa el producto final
de toda la operación dialéctica. La reducción de un estado de cosas
0 de una posición, de una forma social o ideológica,
puede suceder
aniquilando, descomponiendo o destruyendo el sistema que se ha
hecho insostenible, como desaparece, por ejemplo, la esclavitud
con el principio del feudalismo, la fe en el geocentrismo con la apa-
rición del heliocentrismo, el arte campesino de las tierras bajas con
la propagación del arte de masas de la gran ciudad. Pero reducción
significa también la transposición de una cosa a un nivel más alto
en sentido literal, como, por ejemplo, la ascensión de la producción
mecánica desde la fase de la manufactur a a la de la fábrica. Por
último, la reducción de un estado, en sentido estrictamente dia-
léctico, significa su rebasamiento por una forma más desarrollada
en donde la más primitiva desaparece y se extingue parcialmente,
y en parte se conserva también, siendo incorporada en los bienes
culturales permanentes de la sociedad.
Mediante este viraje notable, que vincula el papel negativo de
los pasos anteriores de la evolución cultural con un paso positivo,
el efecto disgregador de los procesos históricos con la adquisición
de bienes culturales permanentes, su problemática incesante con
la tradición afianzada, la dialéctica adquiere asi su verdadero sig-
nificado, su propiedad de definir y resolver cometidos que no podrían
superarse de ninguna otra manera. De ningún otro modo puede
quedar ocupado un puesto perdido o afirmarse la validez de una
verdad abandonada. Sólo dialécticamente se explica que un estilo
artístico como, por ejemplo, el geometrismo o el clasicismo basado
en el principio de la subordinación pierda su papel determinan te
como criterio del gusto y continúe siendo, a pesar de ello, un factor
constitutivo de la evolución ulterior. Pero el significado de los pro-
ductos estilísticos consumados continúa siendo dialéctico no sólo

459
en el sentido de que el Renacimiento sería impensable sin el gótico,
el barroco sin el Renacimiento, o el rococó sin el barroco, y de que
cada uno de estos estilos está contenido en el siguiente, sino también
en el sentido de que ningún estilo realmente creador transcurre sin
dejar huella ni, en condiciones correspondierites, no pueda dar
lugar a ningún renacimiento.
El acto de la reducción no constituye solamente la parte más
singular del proceso dialéctico, sino también la más fecunda. Cabe
que la negación sea un factor igualmente imprescindible del des-
arrollo, como negación de la negación, pero si lo negado desapare-
ciese totalmente del acontecer ulterior, la dialéctica seria un proceso
sin valor en y de por si, en vez de convertirse en el momento más
productivo de la formación cultural. En el fenómeno de que los
nexos y normas pierden su actualidad, pero conservan más o menos
su sentido y valor, se revela en todo caso la característica más no-
table de los procesos históricos. Responde al conocimiento de que
dos puntos de vista, aspectos u opiniones opuestos, no sólo pueden
ser correctos, pese a su contradicción, sino que a menudo manifiestan
precisamente gracias a su esencia contradictoria una verdad más
amplia que algunas afirmaciones sin contradicción. Si se comprende
que una forma económica y de dominio mina su propia existencia
al perfeccionarse y agudizarse y que en el sistema siguiente se man-
tiene «reducido», no obstante, lo anterior, se ha reconocido enton-
ces la esencia de la dialéctica, gracias a la cual se llega a conoci-
mientos que no se alcanzarían de ninguna otra manera.
La «tesis» de la que parte un proceso dialéctico, la «antítesis»
por la que se perturba su estática, y la «síntesis» que elimina la
perturbación pueden pensarse independientes una de otra, pero
lo que realmente importa al proceso es la repetida negación y
reducción. Tesis y antítesis no son dos elementos que se suman o
restan, partes separadas de una correlación, y la síntesis no es nin-
guna suma, sino una fusión en la que no se diferencian ya entre
sí los componentes. Fuera de la negación y de la reducción, todo
lo demás no son más que restos del gastado modelo escolar ele la
dialéctica. Lo esencial es que una misma cosa puede ser juzgada
correctamente desde dos puntos ele vista distintos, y que ele
uno de los dos aspectos pueden conservarse determinados mcJmentos. J
El análisis unilateral, ya sea aprobatorio o reprobatorio, resulta ser
falso ante la mayoría de los fenómenos históricos; su
rostro no se revela sino a las dos luces ele la dialéctica. Fenó:menos 1

460
como tradición y convención, formalismo estilístico y subjetivismo,
intransigencia moral y tolerancia, tienen que ser considerados y
juzgados dialécticamente si se quieren comprender correctamente.
La actitud adialéctica ante estas formas y modos de pensar no
solo miope y confusa, sino que por lo general también es ideológi-
camente falaz y desconcertante. La dialéctica no es precisamente
asunto exclusivo de la lógica y de la crítica del conocimiento, sino
también de la ética y de la política. Se trata de una filosofía huma-
nista, que fundamenta y consolida la fe en la indestructibilidad de
los valores sociales logrados, o al menos en su preservación parcial,
por encima de toda negación o disminución. En cuanto tal, tiende
por principio al optimismo y se da por satisfecha, si no con la re-
dención de la humanidad, sí con el posible renacimiento de culturas
humanas.
Como en la mayoría de sus partidarios, la seguridad de Hegel
en el futuro se manifiesta en la confianza de que nada se pierde en
la historia y de que el espíritu, como se dice en las Lecciones de
filosofía de la historia, «tiene en su profundidad actual los momen-
tos que parece haber dejado atrás». La inherencia del pasado en el
presente es el rasgo más esencial de la evolución histórica; es el re-
sultado de la reducción de los estadios superados por el porvenir. La
oruga no está ya en la mariposa, por mucho qu!= lo asegure Hegel;
mas el naturalismo del Renacimiento, por ejemplo, permaneció
inolvidado y continúa siendo recordable. Lo que actúa aquí es el
recuerdo selectivo de la sociedad, que no por eso funciona sin elec-
ción, una facultad del medio social sui generis, medio relacionado
sólo difusamente con el individuo sicológico aislado. El sujeto ele la
reducción es el grupo, en su calidad ele guardián y transmisor de los
bienes culturales. De él depende que los logros o rendimientos se
queden en meros monumentos culturales o se conviertan en fuerzas
productivas del desarrollo, ·en estímulo ele renacimientos.
La historicidad de los fenómenos estriba esencialmente en que
también lo que pasa y se esfuma en apariencia, continúa viviendo
y actuando potencialmente. Como vínculo entre pasado, presente
y futuro, la tradición es el instrumento de la superación de las
evoluciones transcurridas y de los logros de la cultura, amenazados
de extinción. Esta pervivencia de lo caduco en el terreno de la his-
toria difiere totalmente de la conservación de la materia y de la
energía o de las metamorfosis de lo orgánico en la naturaleza. Todo
lo histórico cambia objetivamente sólo en tanto vive; después cam-

461
bia a lo sumo nuestra relación con lo pasado. La naturaleza, por e
contrario, se transforma en el estado inerte y en sus formas inorc
gánicas, pero no a la manera de la historia, es decir, según la'
interpretamos nosotros, sino independientemente de nosotros y deL
uso que hagamos de ella. Tampoco desaparece del todo un se ·•
natural inerte del ciclo del ente físico. Sin embargo, el ser histórico·
«reducido» se diferencia de esta existencia corporal por una especie
de fluctuación entre dos formas distintas de existencia y pervivencia:.
ya no vive en el sentido habitual de la palabra, pero tampoco está
muerto en el sentido de que sólo pervive en una forma invalidada,
descompuesta y cada vez más disuelta. Existe sociológicamente;
pero no biológica ni químicamente.

Tradición

El cambio de la negación en negación de la negación, de una


determinada cantidad en una cualidad nueva, en breve, la aseen:
sión de un estadio del desarrollo a otro fundamen talmente distinto;
en el sentido de la reducción, constituye la esencia de todo el pro-
ceso dialéctico. Todas las características decisivas de la dialéctic
resultan de su análisis. En la inversión de lo negativo en positivo,'
inversión de la que consta esencialmente el proceso, las fases ais• ·
ladas desempeñan un papel relativamente pequeño. Lo decisivo es
la continuidad del desarrollo, restablecida pese a toda perturbación, .
continuidad a cuya naturaleza dialéctica pertenece el hecho de que'·
se trata de la unidad de elementos discontinuos y de que la conti-
nuidad de este tipo sólo puede imaginarse como consistente en ele-
mentos discontinuos. Dicho en otras palabras, que una tradición,
existe únicamente donde lo tradicional ha de afirmarse contra poc!
sibles interrupciones y la continuidad de la cultura tradicional
está articulada por cisuras. Mas, igual que no puede hablarse de.
ningún deseo de continuidad sin saltos amenazadores, y lo mismo•
que el vegetar indolente o la persistencia inmóvil en lo existent
constituye la condición previa de los movimientos reformadores,
la tradición adquiere también verdadero significado en la historia'
de una cultura dispuesta y madura para la renovación.
La historia de la cultura es un tejido del que sólo se rompen'
siempre algunos hilos aislados, mientras que los otros son refor-¡
zados y vueltos a hilar por el vínculo de una tradición fecunda o,
el dominio de una autoridad conservadora. Igual que lo viejo, lo::

462
históricamente arraigado y preservado como «residuos», únicamente
se rompe del todo a consecuencia de una catástrofe cultural, de la
que apenas tenemos ejemplos, la evolución cultural tampoco em-
pieza en ningún sitio desde un principio desde finales del estado
natural. La historia dialéctica representa en todas partes la combi-
mtción de continuidad y discontinuidad, de continuación y ruptura,
de reforma y revolución, y hasta en la fase final se unen mutuamente
desprendimiento total y la readopción de la objetividad en la
intimidad.
La reducción dialéctica desempeña un papel parecido a la
«astucia de la razón» en el encuentro de las fuerzas espirituales. Se
revela en ella una racionalidad no sólo independiente de la con-
ciencia sicológica de sus portadores, sino a menudo opuesta a sus
objetivos conscientes. Cabe que los representantes individuales de
la evolución practiquen aún activamente la negación y reducción
de las posiciones rebasadas e históricamente superadas, pero el
sujeto social «inconsciente» las conserva de una manera más o
menos intacta y las incorpora en las nuevas relaciones de produc-
ción y formas de dominio, ideologías y normas. La reducción, como
continuidad en el cambio, se abre paso sin que nadie lo quisiera,
o, dicho al modo marxista, de suerte que nadie sabe lo que todos
hacen. Es la quintaesencia de la dialéctica, entre cuya negatividad
inicial y positividad final, entre cuyo principio de duda y de espe-
ranza está destinada la humanidad a moverse.
Ningún marxista crítico ha supuesto nunca que la reducción,
la fase de la conciliación-de los contrarios dialécticos y la disolución
armónica de las disarmonías, no significa en el fondo nada más que
la conservación de «ideas viejas», tal como se le reprochó a la dia-
léctica 16 • El sentido de la reducción dimana de la transformación
de una «idea vieja» en otra actual, de la actualización que experi-
menta una forma rebasada bajo la influencia de los momentos que
ella hubiera superado, en pocas palabras, de la transformación
mediante las relaciones que se derivaron de su función anterior. La
«idea» reducida. se diferencia de la «vieja» salvando la distancia
que existe entre pasado y presente, uniendo la actualidad con lo
anticuado. El proceso empieza con la doble naturaleza de los fenó-
menos históricos, se continúa con la disolución de una forma por

u; Karl R. Popper: «Was ist Dialektik?». en Logik der So:.ialwissertschaften.


edición de E. Topitsch, 1967, p. 265.

463
otra y lleva finalmente a su desvanecimiento, en el sentido de Marx,
por ejemplo, de que el hombre, «al actuar sobre la naturaleza ex-
terna y cambiarla, transforma al mismo tiempo su propia natu-
raleza» ".

Progreso y totalidad

Tanto el arte como la filosofía se esfuerzan, según la expresión


hegeliana de que lo verdadero es el todo, por alcanzar el mismo
objetivo, la obtención de una imagen total de la realidad. La
rencia inmensa, aunque no totalmente irreconciliable, entre arno,m
estriba en que el arte representa la realidad como forma concreta.
plásticamente sensible, y la filosofía, por el contrario, la lleva
formas abstractas, conceptualmente distanciadas. La totalidad
arte, en cuanto «intensiva», es completa en toda figura a11tf.11ti·co ·
la totalidad que persigue la filosofía, en cuanto «extensiva», es,
embargo, incompleta, como descripción abstracta de la re:a1111a<1.
Mas la dialéctica persigue el todo y no el progreso tanto en
filosofía como en el arte. Las doctrinas filosóficas posterimes no
acercan al ideal de la realidad como tampoco lo hacen los
mientas y productos artísticos posteriores a la llamada idea de
belleza. Las diferentes filosofías se suceden como sistemas ce1ntr·adm
en sí, de modo parecido a los estilos y creaciones artísticos m:ngmc)S
a sí mismos. Su evolución no consiste en un sistema au.to¡pe1cfoe-
cionante de la verdad, sino en la rotación repetida con que otro<m
a su centro, libre todavía de progreso, fijo, círculos cada vez
amplios, en una totalidad que, desde un principio, se da
posibilidad en el arte, y que en la filosofía continúa siendo hasta
final un ideal inasequible ". El concepto de progreso, que
idéntico al de desarrollo histórico, no corresponde a los proc<esc1s·>
dialécticos. Las concepciones del mundo, sistemas
lores morales, concepciones y teorías del conocimiento '"'""""'~'"
que se suceden dialécticamente, pero no de modo co:nrrten1sur2
ni consistente, no presentan un progreso rectilíneo, como tarnp<Jco
lo hacen los sucesivos movimientos y creaciones del arte. El """"·'-
tesco de los procesos dialécticos y de las evoluciones artísticas
dica en que ambos significan un desplazamiento del centro del

" Marx: El Capital. l. 1967. p. 192 de la edición alemana.


isCf. Karl Mannheim: «Historismus», en Archiv für So:úalw~:seriscl1a/t
und Sozialpolitik, 1924.

464
vimiento y no la mera acumulación de elementos en torno al
mismo centro, tal como sucede en las ciencias exactas.
En ninguna disciplina científica es el afán de totalidad, la
necesidad de abarcar la realidad respectiva como totalidad, tan
fuerte como en la filosofía, que, precisamente por eso, puede figurar
como doctrina de las totalidades deseadas. Tiende a integrar los
conocimientos de otro modo atomizados y a redondearlos en una
imagen homogénea y completa, aunque no definitiva, del mundo.
y tanto más notable resulta entonces la ridiculización, en el campo
de la filosofía, de este afán de totalidad, particularmente en inglés,
donde resulta divertido insinuar el casi homónimo hollowism (vacío)
cuando se dice wholism (totalidad), lo cual no carece enteramente
de comicidad, tal como utiliza la expresión el argot dialéctico. El
eterno gemir y llorar por la patria perdida, consistente en nada
menos que todo el mundo, por incómodo que se haya hecho, la
«nostalgia del ],ogar», como dice Novalis de la filosofía, es el verda-
dero dolor de no tener su hogar en ninguna parte.
Para Hegel, el factor decisivo de la dialéctica, y con ello del
pensamiento filosófico sin más, es la prosecución de la totalidad y,
por cierto, no sólo en el sentido de la unidad del conocimiento, sino
también en el de la eliminación de toda limitación, de toda insufi-
ciencia, de toda desmembración que conlleva la coacción. el dolor
y el desfallecimiento de cualquier forma. La categoría de la totalidad
ha absorbido el papel de la negación y de la negación de la negación
,. lo ha sustituido en el proceso de la dialéctica. Si la filosofía figuró
;iempre como vehículo de liberación de lo defectuoso, destrozado
v discrepante en la existencia, cada uno de sus pasos se dirige en
Hegel hacia el objetivo de convertir arche y telos en una sola cosa.
Tanto la victoria del «espíritu absoluto», en cuanto principio de
totalidad. como la realización de la «sociedad sin clases» de i\1arx.
designan el estado en que se detiene la rueda de Ixión y el hombre
recupera su totalidad.
La idea de la totalidad, que en Hegel se convierte en la noción
central de la dialéctica, no es ninguna categoría cuantitativa ni
responde, por ej~mplo, a la de integridad. La totalidad aquí en
cuestión significa más que la suma de sus partes. En conceptos
colectivos tales como orden eco11ómico, sistema social o estilo ar-
tístico, se les añade ya a los componentes algo nuevo, algo no con-
tenido en ninguna de las partes ni en ninguna suma de ellas,
mediante lo cual adquieren una calidad nueva, especial, manifiesta

465
en todos sus elementos, las circunstancias designadas por los c
rrespondientes conceptos colectivos y genéricos. Las totalidades qu·
se revelan en los procesos dialécticos no son ni cosas sensibles n
universales abstractos o hipótesis, sino realidades fenomenológicas
que tienen que ser pensadas para relacionar entre si los objetos d,
la experiencia y establecer la vinculación entre lo particular y 1 ·
general. Hastc que no se consuma esta unión no devienen lo indi
vidual y lo general lo que son, igual que los hombres individual ·
no se convierten en sujetos sociales y al mismo tiempo en individu
hasta que no constituyen colectivos. En el fondo, la idea de dia
léctica consiste, sobre todo en Hegel y Marx, en que lo genera
sólo tiene sentido y efecto en las individuaciones particulares y la
singularidades solamente en su conexión. De esta suerte, la noció
de totalidad se alza a la cabeza de la jerarquía dialéctica, y la form
conceptual «abstracta», vacía-general, carente de toda singularida
concreta se hunde en la fase más baja de lo imaginable.
En cuanto ejemplo más evidente de la unión de lo general co
lo particular, el arte se convierte en el prototipo de toda forma dia
léctica, en todo caso en una ilustración de su estructura más per
fecta que la filosofía, que contrapone la totalidad y particularida
de los elementos, mientras que el arte excluye la oposición. L
tensión entre lo general y lo singular se revela también en él, per ·
en ia •obra de arte auténtica no deviene un conflicto que ponga e
peligro la unidad. Como dice Hegel, «la originalidad del arte con
sume así, ciertamente, toda particularidad casual, pero sólo la ah
sorbe para que el artista pueda seguir por entero el impulso de s ·
admiración satisfecha únicamente por la cosa» ".
El concepto de totalidad de Hegel se basa en la hipótesis d
que la dialéctica es capaz de abarcar los procesos evolutivos en s
totalidad, sin abandonar la concreción de Ws fenómenos individua
les que constituyen sus componentes. En esta unión de lo genera
con lo particular estriba para él la verdad y autenticidad ".le todos
los rendimientos objetivos del sujeto; la validez de los conocimientos
científicos, la relevancia de las relaciones morales, el valor de la·
creaciones, formas, composiciones y normas artísticas que olvidari
este rasgo de la totalidad, figuran como algo «abstracto>>. Pensar
dialéctica, global y concretamente significa siempre para Hegel una
misma cosa: poner en relación lo particular con lo general. Con su
19
Hegel: Estética. ed. de Fr. Bassenge. l 955, p. 305.

466
doctrina de que el saber absoluto no se manifiesta hasta que se haya
ejecutado su desarrollo histórico, cree también reforzar su prin-
cipio filosófico, a saber, el axioma de que «lo verdadero es el todo»,
o, formulado históricamente, que «hasta el fin no es lo que en
realidad es» ".
La totalidad que se ha impuesto la dialéctica como objetivo no
es en modo alguno una forma que se halla en cualquier sitio y de
cualquier manera, lista, indicada de antemano e invariable. No
es siempre más que lo que se entiende por totalidad, esto es, una
figura histórica, incompleta e interminable. También ella describe
una forma del ser dinámica, no estática, en devenir y no devenida,
un fenómeno que sigue dentro del juego de fuerzas dialéctico y se
convierte en ideología o en utopía. El principio de la totalidad es
un mero deseo: un postulado sin el cual la filosofía carecería, por
cierto, de sentido y de finalidad, pero con el que en modo alguno
se halla en la meta; una esperanza y exigencia que es decisiva y
determinante para el pensamiento, pero que nunca se puede cum-
plir. Renunciar a la totalidad del conocimiento, despreciar el deber
inherente en ella, por irrealizable que sea, significaría renunciar al
objetivo máximo de la filosofía.

5. Análisis y síntesis
Síntesis anticipada

Nada se presta mejor para dar a conocer la peculiaridad del pro-


ceso dialéctico que la comprensión de la relación entre síntesis y
análisis. La satisfacción sobre los logros del pensamiento y de la
evolución histórica tiene su más viva expresión en el gusto por
la síntesis. Pero quienes no conocen ni el estímulo del atrevimiento
inherente en ella ni la alegría sentida en la superación de sus peli-
gros no se cansan de prevenir a los aventureros irresponsables contra
las consecuencias de síntesis apresuradas, y de recordar que aún no
ha llegado la hora de la recopilación o, como llaman despectiva-
mente a la visión de conjunto anticipada, de la «especialización
universal». Naturalmente, esa hora no llegará nunca para ellos, y
mucho menos por ser su idea del sentido del análisis tan insuficiente

~0 1dem: Fenomenología del espíritu, edición cit. p. 21.

467
~~~
y acrítica como su noc10n de la ejecución y de la función de ' la~I
síntesis. Ignoran, sobre todo, que, en el pensamiento y la inves,il
tigación correctos, análisis y síntesis constituyen una pareja de·íl ·
conceptos dialécticamente inseparable, que sólo tienen sentido erí<l'
relación mutua, se desarrollan pari pasu, y son interdependiente~;\lf
en cada fase de su evolución. Se determinan, favorecen y li:Uitani'I
mutuamente; el adelanto de uno estimula al otro a acelerar mme,.,;11\
diatamente sus pasos, permite deducir una nueva síntesis de cada:(ij
logro efectuado en el ámbito de la investigación particular y obliga'§j
1
a toda visión de conjunto nueva a e.xaminar los detalles. El análisis''!
fecundo sólo se puede efectuar en el marco de una síntesis antici-.'~J
pada. En las ciencias exactas toda síntesis es anticipada, una síntesis!I
puramente transitoria. En las demás ciencias, toda síntesis con~íll
pretensiones de validez tiene que confirmarse en los hallazgos par::~¡ IT/ : :-:1

ticulares. El error_ de los «analizador_es» que gustan. de_ acumular,cljf¡


y a menudo se olvidan de pensar, estriba en la creencia ciega de qu¡;¡¡¡f ,
la fecunda investigación de detalles es también posible sin una visión·+I ·
de la síntesis de los detalles, aunque sea muy transitoria. No se'~I
dan cuenta, sobre todo, de que la ídea de la correlación de lo~'(fj
componentes de un todo varía continuamente en el curso de la~! 1
investigación, de que todo hallazgo nuevo altera, corrige y enriquece •. I
el concepto del sistema, condicionando así una nueva imagen de la~l
totalidad. ;i~J
">:;:i\I ,
La «trampa de la totalidad»
1¿~~ ,
La síntesis supuestamente apresurada, esto es, la pretensión cle~il
poder formar una imagen apropiada de un todo antes de haberiJI .
efectuado el análisis completo del material respectivo y habe~.¡· ·
reunido todos los hechos aislados pertinentes, se le atribuyen al~f •
supuesto engaño, calificado de «trampa dpfa totalidad» (fallacy of('I ·.
U:~olism, en, inglés). Se olv.idab~ aqu_í el hecho de ~~e la orgar:iza.-.·.····\.'1·.·.0.~.·.
cion homogenea del matenal dispomble y la creacion de una idea:•":i
de conjunto no puede aplazarse hasta que se hayan analizado;'~l1· •
acumulado y ordenado todos los hechos relevantes, en primer lugatfl.~ ·;
porque su reunión y ordenación nunca tiene fin, y luego también·,··.·.·.··¡·i.·i'~.·
y sobre todo, porque no se puede empezar con el análisis científico'!~·
de un estado de cosas antes de la existencia de un sistema de rela"'l1 :\ih
'
ción y de la anticipación de una síntesis. El sistema anticipadcin'h .
exige, sin embargo, la revisión y modificación constantes, en latf 4 .
medida en que sean visibles y analizables los hechos antes igno-~
'-\{~'

468
rados. El trabajo científico consiste esencialmente en la corrección
alternativa de conocimientos parciales y en una visión global, en
la anticipación constante y la suspensión repetida de totalidades
a lo largo de la aproximación a una verdad cada vez más amplia y
firme.
Todo conocimiento va cargado con la tensión existente entre
las circunstancias que sabemos de las cosas y las que quisiéramos
saber y esperamos conocer. Sin un mínimo de saber, de determinadas
percepciones, por insignificantes e inconexas que estén, no se pone
en movimiento ningún proceso cognoscitivo. Sin una idea de con-
junto, por limitada e insostenible que sea, sin una síntesis, aunque
sea transitoria, no se puede formular, empero, ninguna pregunta
específicamente científica. Pues una pregunta sólo tiene relevancia
teórica en un conexión que sea más amplia que el objeto al que
va dirigida, igual que sólo tiene contenido concreto y finalidad
práctica en relación con un objeto particular. Hay que conocer
la posición de lo singular en el todo para poderlo convertir en
objeto de una cuestión científica. Mas para la mera selección del
material decisivo hay que efectuar ya una especie de síntesis de lo
existente en bruto y sín orden. Igual que las categorías racionales
son vacías sin sensaciones y las percepciones sensibles ciegas sin
conceptos, los componentes particulares y la concepción total del
conocimiento se presuponen mutuamente.
El arte representa el modelo ejemplar de esta relación. Nada
lo ilustra mejor que la estructura de la obra de arte, la cual sólo
puede desarrollarse, formarse e integrars~ cuando el artísta tiene
desde el comienzo una visión del trabajo que ha de efectuar, por
mucho que cambie también su idea del camino que ha de recorrer.
Pues, igual que una obra de arte sólo tiene sentido y se puede
gozar después de haber comprendido la posición de sus partes en
conexión mutua y después de estar en condiciones de determinar su
papel en la génesis de la vivencia artística. las actitudes intelec-
tuales, emocionales e intencionales tienen que aparecer como mo-
mentos de una coucepción homogénea del mundo, de un modo de
pensar que envuelva a toda Ja personalidad y de una sensibilidad
sencillamente indivisible, a fin de ser comprensibles tanto en su
particularidad como en su totalidad.

469
6. Dialéctica metodológica y ontológica

Dialéctica conceptual

En cuanto guía lógico-metodológica para el pensamiento fecu


do, la dialéctica tiene un largo pasado tras sí y tuve ya divers
aplicaciones en la filosofía griega. En cuanto teoría ontológica qu
debe respqnder a un proceso real, no se manifiesta totalmente sin
hasta comienzos del siglo pasado. Sin embargo, fue Heráclito
primero en reconocer el significado de la dialéctica como movimient
y del devenir inherente al principio del movimiento. Este princip
dinámico se mantiene también en muchos aspectos en Platón, ·
a la estática que implica su filosofía, como en cierto modo t
idealismo, convirtiéndose en algo fundamental para los neoplat
nicos, especialmente en su doctrina de la emanación y su utop'
acerca de la vuelta al proto-uno. Prescindiendo de algunas tende.
cias nominalistas anteriores, la dialéctica real desempeña enton
un papel más o menos decisivo, especialmente en los filósofos de
manierismo, sobre todo en Maquiavelo, con su doctrina de la «dob
moral», y Cusano, pregonero de la coincidentia oppositorum, au.
que también en Descartes, al menos en lo referente a su unión .d
la ontología con la no ética, igual que en todos los pensadores p ·
teriores atraídos por la problemática de lo paradójico. Mas no s
convierte en doctrina filosófica fundamental hasta la aparición d
Hegel y Marx. Éstos fueron los primeros en vislumbrar en ella ..
paradigma por el que se ordenan y desarrollan las cosas de r
realidad concreta. :.
El papel metodológico de la dialéctica responde a su significad
etimológico: es camino y medio para el descubrimiento de la verda
En cuanto tal puede aplicarse indistintamente, aunque nunca pu
figurar como el único procedimiento apropiado y eficaz. Es una t •
nica frecuentemente copfirmada para la investigación, examen
explicación de la realiáad móvil, que se desarrolla y cambia hist
rica, social y espiritualmente, pero es también una fórmula q .
deja intactos el contenido veraz y el valor político o moral de 1
conclusiones. Referida a toda la realidad, la dialéctica no es m
que una construcción hipotéticamente dudosa, referida a la hist
ria adquiere, sin embargo, un valor real positivo al revelar
los mismos procesos oposiciones conflictivas, contradicciones q
requieren disputa y reducción. De esta manera no expone

470
una mera fórmula, un procedimiento mental puramente metódi-
co, una pura manipulación conceptual, sino una verdad rica en
contenido, pragmática. Sus reglas no se derivan como consecuen-
cias puramente lógicas de un punto de vista o principio cual-
quiera, no dimanan especulativamente de una premisa, por ejemplo,
mediante la sustitución de un concepto por otro. El impulso al
desarrollo dialéctico es siempre una necesidad real, concreta, el
sentimiento de insatisfacción con lo dado y existente, y el deseo
irrecusable de algo que no contiene lo dado y representa lo con-
trario de lo existente y de lo que se ha hecho insuficiente.

Dialéctica real

El principio de Hegel, «la contradicción mueve el mundo, todas


las cosas son contradictorias», no indica aún este principio de nece-
sidad, aunque tampoco se trata ya de una dialéctica conceptual
lógico-formal, sino de una dialéctica real concreta, en la que el
momento de la contradicción cede el paso a la superación. No le
interesa ya la transformación de las ideas en y de por sí, sino única-
mente su cambio como factores y síntomas de la evolución de la
realidad. La cuestión no consiste ya en armonizar manifestaciones
contradictorias, sino en llegar a una solución de los procederes
contrapuestos, de la que resulta que su desarmonía era un estadio
que tenía que alcanzarse y superarse para salir de una crisis funesta.
Dicho en otras palabras, la dialéctica no consiste en describir círculos
en torno a los hechos, sino que es la «marcha de la cosa misma».
Pero si en Hegel no es ya ninguna doctrina metódica pura, ninguna
técnica puramente heurística para la explicación e interpretación de
los procesos, en Marx d\'viene totalmente una ciencia del ser, de una
teoría de la historia se convierte en historia. Sus fases evolutivas son
etapas del mismo curso histórico.
Cuando se dice que el sistema del feudalismo se ha quedado
anticuado debido a la aparición de nuevas fuerzas productivas, la
producción mecanizada y el trabajo asalariado libremente dispo-
nible, y que el antagonismo entre las relaciones de producción su-
peradas y las fuerzas nuevas hallaron un equilibrio transitorio en d
capitalismo inicial, así como no es ninguna descripción metafórica
o interpretación filosófica de los procesos, sino la representación
desnuda del acontecer en y de por sí. En el sentido de Marx, para

471
:I;:Íifi
quien toda dialéctica verdadera es dialéctica real y todo lo real ~''1'!
dialéctico, d~sa~a~ece la distancia :ntre los h~chos y l~ teoría. ;;~: ~ ,
Mas la dialectica no puede calificarse de simple metodo mentaU1iJ;,
ni de proceso real a secas. No es ningún punto de vista arbitrarici''I'' ·.
ni ningún principio neutral de organización con que se acerca ¡¡:¡·ipl\
teoría .ª la re~lid,ad: Determinados procesos pue~en comprenderseij
y explicarse dialecticamente, otros no. Hay fenomenos sobre los:ff~ ·
que la dialéctica no tiene nada importante que decir, y otros cuyá;Yl~
peculiaridad permanece oculta si no se consideran de un modo'~I ·.
d .ial'ectrco.
. S1. para el botamco,
' . .
el economista .
o el pmtor ' ¿¡¡¡:¡ '
un arbolii~~
es siempre un árbol (aunque también muchas cosas más) y nunca:kl '.
es su propio contrario, un fenómeno como el capitalismo sería inde;i;I.
finible sin la dialéctica de sus contradicciones internas, en particular,Ér
de la creciente socialización de la producción y la simultánea mono-.y}\~,
°~
1
polización de los medios de producción, y sin la inherente lucha};I •
de clases y la consiguiente ideología. ''.i~ .
La aplicabilidad del aparato categorial dialéctico viene condi-.JI'
cionada, por tanto, por los procesos reales, pero la circunstancia dé,j~­
que un proceso sea dialécticamente imaginable depende de la exis~S'¡fi ·
tencia del aparato conceptual correspondiente. Ninguna dialéctic~~i\I .
conceptual sería concebible sin contradicción, conflicto y lucha fác':;;ll.
ticos. Ni ninguna dialéctica real sucedería, por otro lado, sin u!i:Zf1~1
aparato mental que defina las cuestiones en litigio y los medios d'C,¡¡¡~
combate. La dialéctica real no es ninguna realidad que se ha d$~¡~~
aceptar sin más, ningún ser simple, objetivo. Cierto, se basa en la~!\&~ '
relaciones reales y no se podría construir mentalmente sin su discre-?M ',. ,
pancia; pero solo es adecuadamente pensable en concordancia co~§l¡1;
otras relaciones. Sin categorías como concordia y discordia, coordi- *f' ·.
0 'i
i1ación y conflicto, armonía y desarmonía, no habría ningún anta~úJt-;/'
gonismo perceptible ni ninguna solución tdeológica de las contra~W~
dicciones; habría únicamente ser vegetativo, por un lado, y pura'i,!,l
destrucción, por otro. Mas la dialéctica es un producto derivado;~~
del encuentro y condicionamiento mutuo de cosas y conceptos.,:¡t~
La clase obrera incfu.strial no actúa de una manera disolventef~ff
dentro de la producción capitalista de mercancías porque piense'b.¡R
de forma revolucionaria, sino porque el trabajo asalariado industrial,~j.lJ
la producc~~n i:iecanizada, las relacion:s de trabajo impersonales,·~··,
la explotac1on dictada por la competencia, el ataque de los patronosf/¡i~ '
por la clase obrera socializada y organizada, condicionan en y de~¡~/í ·
por sí un proceso revolucionario. Pero este proceso no deviene dialéc-'f;I \
'//i, '
,',\;

472
¡jco hasta que se hacen inseparables la realidad de las relaciones de
producción y las categorías racionales de su problemática. Cierto,
una revolución es una revolución en todas las circunstancias, pero
su dialéctica, que no sólo es una representación sino también una
interpretación, resultaría incompleta sin el correspondiente aparato
conceptual. La conciencia de la revolución como movimiento dialéc-
tico no se establece primero post festum, sino que constituye parte
integrante de la revolución en marcha, a cuyo ser pertenece el hecho
de que la clase revolucionaria la reconozca como revolución suya.
El proceso de la dialéctica, por tanto, nunca se efectúa solamente
en la realidad objetiva, sino siempre también en sus reflejos, en las
relaciones de los hombres con ella. La dialéctica utiliza, pero no
cambia los objetos asequibles; sólo altera su función en la praxis
concreta. Su significado ontológico estriba en su ascensión a la exis-
tencia fáctica, concreta, de los hombres. Cambios histórico-dialéc-
ticos no ocurren solamente en las cabezas, aunque se refieran a las
cosas concretas en cuanto suelo y marco suyo y únicamente las
afecten en cuanto portadores de sus funciones. Incluyen determi-
nadas circunstancias en el proceso histórico y excluyen otras, pero
sin transformar ninguna en su constitución ontológica. Cuando la
economía feudal pasa a la capitalista, no cambia en nada la realidad
objetiva con que tuvo que vérselas el feudalismo, sólo cambia la
relación de los hombres con ellas, aunque ocurra esto bajo la
influencia de nuevas circunstancias externas. Se abandonan deter-
minados objetos, herramientas, fuerzas y métodos de trabajo, ocu-
pando su lugar otros, nuevas fuerzas productivas y medios de
trabajo. Pero igual que el torno de hilar no se convierte en un telar.
tampoco sucede ninguna disputa entre el torno de hilar y la sociedad
de economía no menos feudal. La polémica se efectúa únicamente
entre los hombres de la época feudal, condicionada por la ideología
del señorío y de la servidumbre, y el hombre que utiliza las nuevas
fuerzas productivas del capitalismo inicial. y modifica en conso-
nancia con ellas su pensamiento, su forma económica y orden de
dominio, sus relaciones de producción y conceptos jurídicos. Y lo
mismo que el telar, la plata americana tampoco responde a ninguna
pregunta dialéctica; eso sólo lo hace el hombre en posesión del telm
o de la plata. El supuesto de su respuesta. sin embargo, es la pose-
sión de tales cosas.
La doctrina de la dialéctica real, según la cual la realidad se
divide en contrarios, debido al impulso inmanente en ella. y se

473
implica en contradicciones, resuelve conflictos y supera momen
negados, es metafísica dogmática, ya sea su base ideal o maten
El proceso dialéctico no transcurre nunca de una manera pu·
mente inmanente, sino siempre en conexión con estímulos q
están fuera del sistema, condiciones externas, objetivas, o nec ·
dades internas, subjetivas. No se piensa dialécticamente porque
se quiera sino al quererlo, y se configura la historia según princip{
dialécticos no porque se tenga que hacerlo sino al tener que hace{!
Aunque el mismo Marx califica de vez en cuando a la dialécti'
de «forma de representación», es decir, de «método» ", y exp!i'
cada fase del desarrollo referida a la totalidad de los fenómen'
en cuestión, esto es, vista en cierto modo bajo condiciones de la '
ratorio, no vislumbra en ella, lo mismo que en el fondo Heg'
ninguna guia pura y simple para el pensamiento correcto y la inv'
ligación eficaz, y apenas se preocupa de la operación lógica, sitl.
principalmente y por lo general exclusivamente del conflicto cJ
fuerzas que transcurre en la realidad concreta, en la cm;figuraci'
del ser histórico-social. Para él, la dialéctica no es ningún pr
dimiento para el estudio de los procesos, sino la táctica de la co
ducción del proceso, de la actividad directa y de su conclusión fe!(
una doctrina ontológica y teleológica, una teoría consistente, en
fondo, no en reglas del planteamiento, demostración y deducció'
sino en el esquema de la estructura y de la tipología de las form
evolutivas de las mismas cosas. ...

Contenidos y formas categoriales

Por inevitable y práctico que parezca el materialismo co ·


consecuencia de esta teoría, no puede hablarse aquí, visto crític
mente, de ningún factor que se mueva unilateralm ente; ni de u.
ser dinámico-dialéctico en y de por sí, que pone en movimiento ·
aparato categorial estático de la razón, ni de un pensamiento espo·
táneo que activa una realiti(ad material inerte. El pensamiento ·
hace dialéctico cuando entrit en contacto con un orden de cos ..
discordante, preso en el conflicto de sus contradicciones interna.$'
sin embargo, el orden respectivo no se disuelve antes sino junto ce).
este contacto. Pero sea cual fuere la constitución del pensamien,,

" Marx: El Capital. Epílogo a la segunda edición.

474
subjetivo y del ser objetivo, o se tome la pos1c10n que se quiera
respecto a esta pregunta, en última instancia sin respuesta, depen-
den dialécticamente uno de otro, es decir, que devienen lo que son
en una relación mutuamente constitutiva. El ser material se hace
dialéctico al presentarse el pensamiento como unidad que todo lo
abarca y, al mismo tiempo, como multiplicidad infinitamente dife-
renciadora. Por otro lado, el ser espiritual es dialéctico al ser la
conciencia consciente de sí misma en unión con y en oposición a
un ser no espiritual. Se ocupe la posición que se quiera en relación
con la primacía del espíritu o de la materia y en relación con el
papel de los constitutivos categoriales y objetivos de la objetividad,
[as funciones dialécticas no son determinadas únicamente ni por lo
material ni por lo ideal. El predominio de uno o de otro principio
contradiría el concepto de dialéctica.
Hay que estar en posesión del aparato categorial del método
dialéctico a fin de percibir la dialéctica· como fenómeno ontológico;
pero sin el proceso dialéctico ontológico que transcurre en la realidad
serían sencillamente inimaginables los conceptos dialécticos. Así
que, prácticamente, hay que partir de la estructura dialéctica, o
tendente a la dialéctica, de la realidad, la cual, en cuanto tal reali-
dad, sería en y de por sí inconcebible e indesignable, pero que
ni produce el aparato conceptual dialéctico ni tampoco es pro-
ducido por él. De todos modos, hay que considerar la realidad onto-
lógica como substrato imprescindible de los conceptos. Se trata aquí
del fenómeno, tan conocido en la sociología, del condicionamiento
recíproco y el desarrollo simultáneo de los contenidos y formas
categoriales: una relación en la que de bien poco sirve el principio
de causalidad y que más bien, como se ha demostrado repetidas
veces, ha de explicarse como producida al entrar en contacto unos
con otros sus componentes.
La dialéctica, en cuanto proceso mental e histórico intersiste-
mático, integrador de los factores y aspectos más diversos y opuestos
tos de la realidad, demuestra que con el pensamiento, voluntad y
actuación cambia también el substrato de estas actividades racio-
nales y la historia se convierte en lo que el hombre hace de ella.
Se trata siempre de un acto de opinión y no de un mero método
mental. La dialéctica, por decirlo en una palabra, es un proceso
pragmático y no solamente teórico, en el que están implicados dos
sujetos distintos o dos fases de la conducta de un mismo sujeto.

475
Se solucionan problemas, se rechazan soluciones posibles y se elig :
otras más adecuadas, incurriendo así en contradicción unos sujef
con otros o también consigo mismos, según sus diferentes estadi
evolutivos, capacidades e inclinaciones .

476
3. Dialéctica de la historia
y de la naturaleza

1. Teoría critica y profética de la historia


Historicismo

La doctrina dialéctica de Marx es una teoría histórica lo mismo


que toda dialéctica que no está al servicio exclusivo de tareas me-
·todológicas o intereses metafísicos. Los fenómenos que intenta
averiguar constan de procesos y potencialidades que impelen a la
actualidad, el desarrollo y la satisfacción. Cabe que los procesos
se encaminen hacia un objetivo utópico, mesiánico, prometedor de
una solución definitiva de los problemas, y que el estado de cosas
que los produce sea una realidad firme, óntica. La dialéctica mar-
xista persigue el estudio de la marcha evolutiva con sus giros, obs-
táculos y rodeos, en cuanto origen y punto final de los procesos.
En esta calidad se convierte en la base de una interpretación nueva,
atrevida y fascinante de la historia, a la que nada puede hacer la
critica ejercida contra ella, pese a sus límites. El curso histórico
tiene en ella una explicación concluyente, cuya sencillez no ocurre
a costa de su aplicabilidad. Por el contrario, es una de las pocas
· doctrinas filosóficas que no pierde ninguna profundidad ni riqueza
pese a la simplificación de su formulación. La contradictoricdad
más o menos inherente a toda situación de la vida, a toda intención
y acción, la incertidumbre, obstrucción y negación, cuyas sombras
acompañan siempre a cada toma de posición, la incompatibilidad
de ' tdos saturados y rebasados con condiciones de existencia

477
recién surgidas, la superación destructora y al mismo tiempo co
servadora en cuanto vinculo entre pasado y presente, no son
que determinaciones de la praxis, que pueden traducirse al 1
guaje de todos y observarse en los acontecimientos más import an
y cotidianos. Lo dudoso es tan sólo la supues ta validez general
la doctrina, la hipótesis de que todo acontecer es dialéctico; in
dable es y sigue siendo, por el contrario, su validez como la doctri
más amplia que se pueda imagin ar sobre la teoria de la histor(
El núcleo de la teoría marxista lo constituye ese historicis ·
que Leibniz formula de suerte que «el presente va preñad o d1
futuro» (Carta a Bayle de 1702), acuñan do así el lema de taj
la dialéctica histórica. La definición de la historia como produc
del hombre a través de su trabajo resuena todavía como un ·
suyo. En cada una de sus variaciones la dialéctica modifica el te ·
de la historicidad de todo lo human o. Sus más enconados adv
sarios son también enemigos de la historia, a saber, esos cons
vadores que, como dijo Nietzsche, «creen honrar una cosa cuan ·
la deshistorizan ... Lo que es, no deviene; lo que deviene, no es
Pero la característica más esencial de la dialéctica reside precis
mente en el principio de considerar todo lo que es como algo <ley.
nido, y explica no sólo lo que es sino tambié n lo que ha sido c01¡Í
un ser en devenir. El que lo nuevo resulte de lo viejo se con
desde hace tiempo, pero el de que lo viejo presente rasgos des·:
nacidos mirado a la luz de lo nuevo y un sentido diferente para c~
presente según el punto de vista bajo el que se observe y juzgue,'
un conocimiento que ha conquistado por primera vez la nueva di
léctica histórica. ··
La historia consiste en la sucesión incalculable de acont
mientas imprevisibles. No existe ningun a regla de composición
tructural, ningún esquema de periodicidad, ningún denominad
común que pudiera n aplicarse a la historia en su totalidad.
acción recíproca entre tradición y renovación, instituciones fij
y necesidades variables, circunstancias materiales y objetivos id
les representa un momento esencial de condiciones y relaciones
tóricas, pero no las reduce a ningun a fórmula universal, clara
inmutable. En realidad no sólo se transfo rma la prevalencia de
factor o de otro, cada uno de ellos cambia de sentido y de pa .
de acuerdo con los cambios que ocurren en los demás factor"

1
Nietzsche: GOtzendiimmerung. Die «Vernunft» in der Philosophie, I. ,

478
uno no sólo altera la evolución del otro, sino que se desarrolla
¡ rnisrno al compás del desarrollo del otro. Según este enlace de los
·. omentos constitutivos, la historia no se configura en relación
··· n principios claros, firmes desde un principio e inmutables, sino
conexión con tendencias e impulsos sometidos a un cambio
ntinuo, y en unión con un pasado que ofrece él mismo rasgos
el devenir.
Fuera de los principios de negac1on y oposición, revolución y
adición, o disolución y reducción, la dialéctica histórica no se
ge por ningún esquema constante. Tras el supuesto ritmo ter-
ario de las evoluciones lleva el carácter de una fórmula mágico-
. itica. de una especie de santa trinidad. La idea del progreso his-
órico-universal en tres fases se encuentra ya antes de Hegel y
arx. aunque sin relación alguna con la dialéctica. Sobre todo Vico
1abla en este sentido de la era de
los dioses, los héroes y los hom-
bres. si bien todavía en un tono mitológico. La filosofía románti-
;Co-rousseauniana clasifica la evolución en la libertad del estado
natural, la pérdida de la libertad como precio por la civilización
onseguida y la reconquista de la libertad mediante la Ilustración
la revolución. Hegel recibió también cierta influencia de esta
concepción. como prueba el hecho de que califique la época del
despotismo como período de la libertad para uno, la Antigüedad
corno el de la libertad para pocos, y los tiempos modernos como
el de la libertad para todos, o después, cuando divide la historia
por las llamadas eras universales de la unidad primigenia, de la
exteriorización y de la autoperfección del espíritu. De acuerdo con
;la misma idea, Marx construye la conocida fórmula socialista de
la libertad del comunismo primitivo, de la alienación debida a la
explotación de los desposeídos por el dominio de clase y del volver
en sí de los hombres en la sociedad sin clases del futuro. Según
:·Hegel, el arte se desarrolla también en tres fases: el principio es-
; tético encuentra su realización verdadera, pura, en el arte griego;
en la Edad Media y en el Renacimiento es dominado por el prin-
cipio religioso y sustituido por la ideología dominante del cristia-
nismo; finalmente, en la Edad Moderna se «reducen» los dos prin-
cipios superados de por sí: el espíritu preserva tanto la idea greco-
estética como la cristiano-religiosa, expresándolas en la forma artís-
; tica nueva, libre, de la prosa. Marx coincide con Hegel en que con-
sidera las creaciones de los griegos el punto culminante del arte,
aunque, a diferencia de él, designa el dominio de clases del capita-

479
lismo como causa de su decadencia posterior, de su alienaci¡
cosificación y prosaísmo, y espera su nueva ascensión de la s¡(
ración del sistema de clases'. Pero se olvida de mencionar el car'
ter clasista del arte griego, manteniéndos e firme en la ejemplarid'
del mismo. >
El esquema de la dialéctica, la marcha por estadios desde'
posición a la negación y desde ésta a la conciliación de los contr
rios y a la reducción del punto de vista superado, el carácter glob
y la repetición infinita del proceso que se reduce, no se revela :
ninguna forma de modo tan claro y significativo como en la histo
Cabe que el pensamiento lógico esté ordenado dialécticamente, ¡)~
la simultánea afirmación y negación de una tesis tiene un carác
algo caprichoso, sin mencionar ya la conciliación de las contrácf
ciones y la reducción del principio negado en una fase más alta
decisiva. Mas en la historia nada ocurre efectivamente sin la p~
ticipación de momentos antagónicos; el momento positivo y ri
gativo tienen el mismo pero, la producción y la destrucción;';
evolución y la revolución, la tradición y la reforma, actúan cti'
juntamente. La historia universal es el escenario universal en don
la acción no sólo se representa como encuentro a un desafío,";.
sólo juega el papel que le otorgan las potencias contrarias, sin
que, en general, nace como reacción a un estímulo. Alejan '
Magno, César y Napoleón no sólo deben su grandeza a los adv
sarios que combtíeron, el capitalismo no deviene lo que es gra6
al orden que niega y a las fuerzas que le amenazan, los románti
no sólo «leen las obras clásicas como deben leerse» ', también'
sistemas filosóficos y las doctrinas científicas se despliegan co
formas de movimientos y antimovimientos, llevando su existen
histórica como pregunta y respuesta de un diálogo dialéctico. ..
El principio según el cual la negación de un punto de vis
tiene en y de por sí la misma validez y el mismo peso que la '.p
sición negada no sólo significa, sin embargo, un juego de cori2é'
tos, sino que es lógicamente absurda. Unicamente en el terren -
la historia existen conjuntament e comportamientos que se con
dicen mutuamente. En este terreno el capitalismo puede ser
gresivo y al mismo tiempo conservador, democrático y monopoli.
egoísta y autodestructor, rigorista y liberal, naturalista y anti

' Cf. Georg Lukúcs: Der junge Hegel, 1948, pp. 128-30.
' Proust: Pastiches et mé/anges, 1919, p. 267.

480
¡uralista, y la creac10n artística ser, de un lado, espontá nea, y, de
,--otro, conven cional, comuni cativa y misteri osa, y el artista ser nar-
. cisista y hastiad o de sí mismo. Estas afirmaciones contradictorias
se apoyan en una racionalización histórica especial, totalme nte
.distinta de la verdad lógico-formal. Examinadas con más detalle
resulta que no sólo el predicado sino tambié n el sujeto de los
juicios y puntos de vista es distinto de un caso al otro. Las afir-
maciones, actitudes y acciones mutuan 1ente contradictorias se re-
fieren a substrntos diferentes y variables desde el punto ele 'is ta
' de ia historia de la evolución.

sujeto de los proceso s dialéctico:::>

Si las funciones de pregun ta y respuesta, desafio y encuentro,


satisfacción y hastío, la efectúan personas diferentes, empíricamente
independientes, entonces la disputa en que consiste el proceso clia-
·léctico puede calificarse literalmente de controversia y antagonismo
con papeles asignados; evident emente la acción y la reacció11 estári.
separndas una ele otra. Pero estructuralmente. los portadores de
]as contradicciones, crisis y conflictos que ocurren dentro de una
'psique individual variable y uniforme, y que. en la conduc ta de
Cun sujeto pensante, sensible, agente y creador de artefactos, llevan
a alteraciones ele los sentidos y cambios de voluntad, indecisiones
y dudas, admisiones y compromisos, estos portadores corresponden
.· también a sujetos individuales, enlazados en relaciones interperso-
nales. La racionalidad de la dialéctica se hace valer con el mismo
'rigor en ambos casos. La dialéctica no «se mueve sola» ni en la
.vida de la sociedad ni en la del individuo; el sujeto choca dentro de
sí misn10 con no menos resistencias «objetivas» concretas, tenaces~
que en el mundo exterior. Encuen tra o desarrolla dentro de la pro-
:pia persona los límites y obstáculos que lo llevan a tomar con-
~.ciencia de sí mismo y lo incitan a efectuar su autorrealizació
n,
sólo que el diálogo dialéctico se convierte aqui en un monólogo.
Pese a su multilateralidad, la dialéctica está, no obstante, muy
Aejos de extenderse a todo el ámbito de la historia, sin mencio nar
"en absoluto a toda la realidad. Tampo co la historia se rige única-
:mente y siempre por principios ,;; ·ilécticos. Antagonismos y anti-
·.nomias, conflictos y conciliaciones dialécticos pertenecen por cierto
:;a los acontecimientos más generales ele la vida histórica, pero no
. todo lo histórico se deriva del cambio ele consonancia y disonancia,

431
tensión y distensión. Prescindiendo de las épocas largas y a men
repetidas de evolución rectilínea, consecuentemente progresiva, t
bién en los períodos evolutivos interrumpidos y ricos en cam
y en casi cada interrupción o viraje, se abre más de una s
de la resultante situación crítica. La mayoría de las veces se h
uno ante una bifurcación de caminos que se ofrece como soluci
equivalentes. «La dialéctica interna», escribe Dilthey, «lleva
un punto de vista a otro ... Las dificultades contenidas en un pu
de vista van más allá de sí mismas. Pero no es correcto, como h
la escuela de Hegel, suponer que conducen al punto ele vista~
guiente. Según el principio ele multilateraliclacl de las consecuen
pueden solucionarse ele distinta manera ... »".
De ningún modo produce la dialéctica una solución definiti
clara e indudable de los problemas resultantes. Tan sólo h
conscientes al directamente interesado en su solución del h
de que, en cada situación vital concreta, uno puede elegir e
dos «decisiones alternativas»'. Y esto atañe no sólo al riesgo m
que uno encuentra en las encrucijadas de la vida, sino tamb.'
a la responsabilidad, el peligro y las oportunidades inherent ·
cada paso en el trabajo científico y en la creación artística. La
bertacl humana consiste en la elección entre las distintas posi
dades abiertas y limitadas por el pensamiento y el proceder
lécticos.

El materialismo histórico correctamente entendido es el p


más decisivo en el desarrollo de la ciencia histórica desde el rom.
ticismo. Como es sabido, afirma que el desarrollo histórico no f
su origen y motor en las ideas o entidades, sustancias o ener,
fijas que en el curso de los acontecimientos sólo producen variaci
de su esencia ahistórica, sino que la evolución histórica represe
un proceso que, de acuerdo con su carácter dialéctico, no conti,
nada estático, eternamente vigente, ni tampoco nada unilate
mente actuante ni claramente explicable, sino que, con todos.·
factores, está sometido a un movimiento continuo y a un cam
constante de significado. La dinámica bilateralmente condicion
ele este proceso se remonta tan lejos que, en la historia, nunca'

1
Wilhelm Dilthey: Die Funktion der Anthropologie in der Kultur des
und 17. Jahrlwnderts, Schriften. II, 1914, p. 267.
~. Cf. Lukúcs: Tres co11iiersaciones. lug. cit., p. 1 IO.

482
ega al punto en donde uno no estuviera frente a ninguna acción
· íproca de determinantes contrarias.

posición

Para la filosofía de la historia de Hegel y sus sucesores es igual-


ente importan te que no se fundamen te en una posición y vigencia
e valores sino en una ontología, así como que se trate en ella de
rocesos, tendencias y direcciones y no de objetos y hechos pasivos.
arte, por cierto, de una realidad concreta, objetiva, inalienable,
e condiciones objetivas, sensibles, reales, de la existencia. Pero lo
eterminante en ella es una ontología histórica y en modo alguno
temporal, siempre variable, apta de desarrollo ulterior y que exige
a perfección última. Lo que le importa es un ser que, como la
· erdad, va deviniendo; una existencia, movida y febril, ese «delirio
. rioso en el que ningún miembro está ebrio», un todo, cada uno
e cuyos miembros «Se disuelve directamente al separarse »'.
La primacía de la historicidad, que puede parecer dudosa en
relación con el ser ontológico de las cosas que forman el substrato
He los cambios históricos, es indudable en relación con su estructura,
'su composición, con la coordinación y subordinación de sus mo-
entos individuales, con la forma expresiva común a las distintas
formas culturales de una sociedad o de un período histórico. La
'afirmación de que toda estructura es, de antemano, una forma
'histórica, responde a la verdad, pero no a toda la verdad. La his-
·toria demuestra la inconsistencia, el cambio inevitable de las es-
tructuras. Sin embargo, cabe que algunas de ellas sobrevivan a
determinados cambios históricos, aunque de ningún modo sean
indestructibles en cualquier circunstancia. Que se afirmen o no
.según el caso, lo cierto es que siempre wm vinculadas de alguna
'•manera a la situación histórica respectiva. Ninguna estructura sub-
.'siste o desaparece independientemente de las condiciones reinantes
·de la existencia o ni siquiera en oposición a su acción ideológica,
•determinante de las formaciones espirituales. Una estructura sen-
•cillamente heredada y ciegamente adoptada se hace valer, a lo
sumo. como impedimento en la lucha de las fuerzas dialécticas
frente a los cambios más profundos.

6
Hegel: La fenomenología del espíritu, loe. cit., p. 39.

483
Estructura e historicida d

Estructur a e historicidad no guardan mutuame nte ni rel"


de complementaridad ni de alternativas. No es ni como pi
los estructuralistas doctrinarios ni como creen sus adversario{
lateralmente históricos, a saber, que hay que elegir y que se P,.
elegir entre estructura e historia, entre sistemas suprahist ó '
de validez atemporal, y espontaneidad libre, entregada a la ·
trariedad momentánea. Pues, igual que las mismas estructuras'
figuras históricas, la historia, por su parte, está siempre estructu
de alguna manera: se expresa en un lenguaje siempre consist
únicamen te el est\(do natural ahistórico, el ser purament e ve
tivo, sin ninguna memoria ni ninguna tradición, la casual'
indefinida y la evolución biológica mecánica, sin ninguna elec
carecen de estructura, de organización, son asintácticas en el seri,
empleado aqui. Además de la solución al conflicto entre los;;
tintos elementos del sistema, depende hasta qué punto prey
más el principio de estructura, la fidelidad al orden estaolecid ·
un sistema, o la historicidad, cc11 el predomin io bien de uno.
de otro elemento. De antemano no se dan ni la estructura fi
la historia en cuanto devenir desordenado y desorganizado. ·
se mueve y se sigue moviendo, pero lo que se mueve es siempr
«algo» ciertamente cualificado, un determina do complejo y con..
de elementos. Igual que ese algo sólo es perceptible como algo rrí'
el movimiento encuentra su límite y su medida en algo inni;
sensiblemente fijo. •.
El historicismo está tan condicionado históricamente, tiene.
suposiciones históricas y sociales tan determina das como su:·
trario, el antihistoricismo o el conservadurismo ahistórico. .
producto de sociedades dinámicas, antitradicionalistas, progresis,
lo mismo que la concepción del mundo estática, indiferente.{
historia, es la expresión de un orden social contrario al cambi,
los valores y normas actuales. El orden avanzado o rezagad
se revela nunca de manera unilateral o independiente; en ]o,¡<i
casos, el juicio correspondiente de los procesos históricos de
de la dialéctica de las ideologias progresistas y conservadora.
reformismo se hace valer hasta donde se lo permite el conserv.
rismo, y las aspiraciones conservadoras dominan en confo
con las tendencias reformistas. Pero si el historicismo no se
valer por sí solo, esto significa que su contenido de verdad

484
'dicionado y limitado como el reconocimiento de su verdad. La
·oria posee indudablemente un substrato no histórico; lo ahis-
co, sin embargo, aparece siempre en forma histórica. Todo lo
órico se produce en oposición a una índole ahistórica, igual que
0 lo suprahistór ica que pueda penetrar en nuestra existencia se
jste de formas históricas, o si se quiere, se disfraza de ellas al
vertirse en objeto de vivencias concretas, conscientes, racional-
te controlables.

t~rtad y dependencia

'!'como complejo de factores continuos y discontinuos, la historia


:el terreno de la libertad y de la esclavitud. La salida marxista
las condiciones materiales de las formas culturales conduce a la
• 'tesis de la continuidad ininterrump ida del desarrollo histórico,
ficción hegeliana del espíritu universal ilimitadamente inde-
iente lleva a la hipótesis de la incesante discontinuidad de los
esos y a la doctrina de la «astucia de la razón» como único
•ite puesto a la libertad del hombre. Pero, en sentido estricto, el
bre no es ni libre ni dependiente; es ambas cosas, según la
ación en que se encuentre y el papel que le permita desempeñar
elación dialéctica de los principios de continuidad y disconti-
;dad. Sólo prosigue lo que le permiten conservar las tendencias
·.su espíritu, inclinadas por la discontinuidad y espontaneidad,
'e abandona lo que, pese a la tradición que lo «carga», resulta ya
•ompatible con las nuevas condiciones de la existencia. El deseo
··armonía de la continuidad y discontinuidad de las actividades
nductas humanas no sería, por cierto, la definición peor de la
éctica histórica. Igual que la perfecta continuidad no se da nunca
'fa realidad objetiva, exteriorizada en el río vivo de la intimidad,
historia se desarrolla únicamente donde existen tradiciones con-
uadas, aunque sean perturbadas de vez en cuando.
9;Como la marcha dialéctica de la historia no se rige por ningún
determinado que permita suponer la periodicidad de los pro-
os v la construcción del desarrollo, no se puede establecer, a lo
o: más que una tipología de las contradicciones, conflictos y
as de conciliación de las oposiciones. Esta tipología no permite
ucir. sin embargo, ninguna regularidad en relación con la
,ngitud y el número de los períodos y deja que fases evolutivas
rgas y rectilíneas sucedan a otras cortas y muy sinuosas. En todo

485
caso la dialéctica es incompatible con la vuelta periódica de
mismas circunstancias.
La mistificación, que transforma la historia en un proceso
talista con una salida fija de antemano, está relacionada principall,
mente con la exclusión del individuo, en cuanto factor de•~isiivo:
de la dialéctica de los procesos. Como dice Sartre, por ejemplo,
principio supraindividual se convierte en una especie de
divino'. Sólo que se olvida de mencionar el hecho de que el
individua] es tan adinámico y adialéctico como el supraindividual
El individuo aislado, existente, por así decirlo, en el espacio
es tan poco espontáneo y creador, y, en el sentido de Sartre,
«inerte» como la forma social supraindividual '.
La noción de un «destino histórico» inevitable constituye
de las formas peores de mitificación de la existencia humana.
las fuerzas económicas y sociales tienen su propia lógica, pero
implican ningún telas inevitable de la evolución histórica, la
pese a la firmeza de su base material, conserva cierta libertad
movimiento, del movimiento más allá del supuesto telas. La
manencia en una meta insuperable y libre de peligro en la ev<Jlució
se apoya en una filosofía mística de la esperanza, de suerte
el reino marxista de la libertad, sin la amenaza de ninguna
estratificación de los elementos sociales, no deja de ser una
por cuidadosa que sea su definición. Como se dice, empieza «dandi
cesa el trabajo determinado por la necesidad y la
externa; por tanto, de acuerdo con la índole de la cosa, yace
allá de la esfera de la verdadera producción material»".
El mesianismo profético de Marx cumplió una función nnHt;~;
pero su optimismo emocionalmente condicionado tenía pr,onm<u
raíces metafísicas y no yacía, por ejemplo, en la su¡oer·hcie
ideas agitadoras como un ajuste posterior. En La sagrada
se decía ya lo siguiente: «Entre las cualidades innatas de la
el movimiento es la primera y principal, no sólo como m<Jví:mi1enl
mecánico y matemático, sino incluso más como impulso,

' Jean-Paul Sartre: Critique de ía raison dialectique, 1960, p. 131


' Ibídem. pp. 359, 369.
' Ibídem, pp. 165-377.
" Marx: El Capital, loe. cit., Ill, p. 828.

486
vital, fuerza de tensión, como tormento de la materia, por utilizar
la expresión de Jacobo Bohme» ".

Pronóstico

La dialéctica utópica, profética y mesiánica dice lo que una cosa


debe ser o promete hacerse; la dialéctica científica, por el contrario,
establece únicamente lo que es, lo que fue y cómo se convirtió en
lo que parece. Naturalmente, toda situación histórica, según su
noción completa, la cual incluye los cambios quizá aparentes, con-
tiene algo indicador del futuro y, según el punto de vista del ob-
servador, un destello de esperanza o motivo de preocupación. De
cada actualidad pueden derivarse potencialidades, pero ninguna
potencialidad contiene la razón suficiente de su actualización. Esto
es lo que motiva la imposibilidad de calcular y la irracionalidad
ele !u historia. La hipótesis ele que se detiene, ya sea por el ascenso
o descenso, por la autorrealización del espíritu universal o la auto-
superadón del hombre alienado o por la ausencia de clases como
consecuencia del hundimiento del capitalismo y la superación de
b economía y de la sociedad de la división del trabajo y del feti-
chismo de la mercancía, es pura especulación que supone el fin del
movimiento dentro del dominio de fuerzas en cuestión. Tal fin es
incompatible con el principio de !u dialéctica, en cuanto proceso
que se perpetúa. Cierto, Hegel creía que la operación dialéctica
del espíritu y el curso de la historia cargado de crisis y conflictos
se corresponden esencialmente, que, por lo tanto, la historia se
mueve, en el fondo, de manera dialéctica y la dialéctica tiene un
fundamento histórico. Era falsa, sin embargo, la conclusión de que
el desarrollo histórico, en cuanto proceso dialéctico, posee una di-
rección constante y una meta definitiva. El pronóstico marxista de
la historia sólo concuerda en parte con la concepción hegeliana;
no se refiere exclusivamente más que al fin del sistema capitalista, y
al objeto final de la historia de la humanidad solamente en el sentido
de una interpretación algo atrevida. Marx incluso parece querer
evitar esta impresión al hacer comenzar la verdadera historia de la
humanidad con la sociedad sin clases y afirmar únicamente que el
actual orden capitalista es insostenible debido a sus contradicciones
internas. Prescindiendo de que no pretende indicar ningún mo-

11
ldem: Los primeros escritos. p. 330 de la edición alemana.

487
men to determinado par a el viraje
decisivo, Marx sólo profeti
una forma «sin clases» de la socieda
d, pero en modo alguno s·
estratificación ni conflictos. Y aun
que considera la superación d
la explotación capitalista y la anulaci
ón de los privilegios de clas ·
inherentes a ella como un triu nfo
sin igual, su significado par a];
hum anid ad es conmensurable, mie
ntra s que la readmisión de tod
la realidad objetivada en la inti mid
ad del sujeto es sencillamenf
inconmensurable. La sociedad libe
rada del capitalismo puede qlÍe
dé comienzo a una nueva historia
, pero el espíritu universal nél
expuesto ya a nin gun a alienación, esto
es, no necesitado de nin gun a
objetivación, en el sentido de Hegel,
carece, en cambio, eo ipso d
historia.

2. La ficción de la dialéctica de
la naturaleza
Nat ural eza n1uda

Hab lar de una dialéctica de la natu


raleza, como hace Engelsf
pero que se callan Marx y sus part
idarios más perspicaces, no sólo
es incompatible con la dialéctica de
la historia sino que cambia
sentido de toda la dialéctica. Si la
dialéctica significa esencialment~
diálogo, pre gun ta y respuesta, pronun
ciación y discusión, elimina~
ción de contradicciones y anulación
de posiciones insostenibles, si
arra nca de una situación precaria
que se ha de reforzar med iant e
el aba ndo no de una posición y la
obtención de un pun to más
elevado y una visión más amplia, si
de un opo nen te iner te e indife.c
ren te hace un adversario vivo, que
se ada pta conscientemente a las'.
cambiantes condiciones de la existenc
ia, su principio es inaplicable;:
a los procesos de la naturaleza.
Las condiciones natu rale s cambian .
con stan tem ente y a veces
bajo la influencia de necesidades y
esfuerzos. La natu rale za parece
«elegir» entr e posibilidades de reac
ción distintas y has ta opuestas,
mas la reacción nun ca sucede en
realidad como resultado de una
disputa, de una controversia o pers
uasión, siempre sucede lo que''
tiene que suceder. La naturaleza
no sabe nad a de lo que hac e/
siendo indiferente que reacciones
de una o de otra man era a uni
estímulo. El cam ino que toma no
se deduce de la reflexión o e!'
examen, no expresa ningun~ manifes
tación de voluntad ni repre-
senta ninguna acción, se entienda
e.orno se quiera. En este sentido

488
Ja dialéctica se efectúa solamente entre funciones y formas cultu-
rales. Procesos laborales y mentales, procederes políticos y morales,
ideologías y sus formas expresivas, esto es, manifestaciones de in-
dividuos y grupos sociales. En la naturaleza no hay una «negación»
rnás que en sentido metafórico, y la «negación de la negación» no
•1: se da en absoluto. En ella no se «reduce» nada, solamente se
.·conserva o se supera; en cuanto fenómeno, lo superado se destruye
y desaparece. Dicho en otros términos: la naturalez a reacciona a
Jos estímulos e influjos no a la manera de que conserve en cierto
·· modo su propia particularidad al tener en cuenta las demandas de
tipo extraño. Los distintos estadios evolutivos de un ser natural
no responden en absoluto a las fases evolutivas sucesivas, dialéc-
t!camente condicionadas, de una forma cultural o de una forma
ideológica. La naturalez a sólo reacciona, mas no responde; se deja
influir, llevar de una dirección a otra pero no toma ningunas
«decisiones» que pudieran compararse de algún modo con tomas
de posición humanas.
En la relación hombre y naturalez a se enfrentan agentes cons-
cientes e inconscientes, intencionales y no intencionales, pero en
ningún caso agentes que revelen intenciones por ambos lados, a
diferencia con la relación entre individuo e individuo, individuos
y sociedad, formas sociales y personas aisladas o grupos, donde el
elemento social, la clase, la capa instruida, la institución o el sis-
tema de convenciones, ciertamente, «no responde» directamente,
no toma ningunas decisiones patentes, no coopera o se opone li-
teralmente, pero sí manifiesta intenciones en tanto es portador de
una conciencia de clase, de un modo ele pensar, de una tradición
v se revela a través ele individuos con intenciones. La acción mutua
dialéctica sigue siendo un diálogo, incluso aunque un interlocutor
sólo participe indirectamente en la pronunciación e, incluso,aunque
el diálogo se convierta en un monólogo del individuo en lucha
consigo mismo.
La transferencia del concepto de dialéctica a los procesos na-
turales es irrealizable, porque en ellos sólo se puede hablar ele
conflictos internos en sentido muy figurado, mientras que la relación
de las formaciones sociales entre sí va siempre unida a conflictos
de intereses, luchas de competencia y al dominio de un elemento
por otro. En cambio, por muy complicado que sean el proceso vital
de un ser natural· y el condicionamiento mutilo de sus funciones

..¡39
vitales, es inimaginable un organismo puramente biológico, «cuy •
partes individuales quisieran cambiarse por otras»".
Si la naturaleza deviene lo que el hombre quiere hacer de ella<
entre los dos tiene lugar una adaptación, el proceso no represen
con mucho ninguna dialéctica de la naturaleza. A saber, no es
naturaleza la que responde al hombre y disputa con él, son m
bien los hombres quienes se acoplan de algún modo a las con
dones naturales. Si, por ejemplo, el clima de una región provoca e
ellos reacciones diferentes de vez en cuando, no es necesariament
el clima lo que cambia sino su tolerancia. En un caso así es bi
evidente que la llamada «dialéctica de la naturaleza» no es m~.
que un ingenuo antropomorfismo. ·
Si el hombre altera su relación con la naturaleza, también
inequívoca la participación de las condiciones con que ha de h.
bérselas en su proceder cambiado. No sólo vence, sino que tambi'
es vencido, por inarticulada que sea la voz del adversario y p.
desintencionada que sea la solución por la que ha de regirse.
naturaleza no quiere nada de él y se hace valer frente a él sin inte
ción ninguna. Sólo los hombres tienen intenciones con la natur..
leza; esta ejerce, a lo sumo, una resistencia pasiva ante ellas.
El desarrollo de una planta, por utilizar el ejemplo de Heg
es rectilíneo y, en cuanto fenómeno natural, transcurre sin cisur
sólo se aparece ordenado dialécticamente después de una interpr
tación lógica preconcebida. El capullo no es la negación de ·
semilla como tampoco lo es el fruto de la flor o del capullo,
decir, la negación de la negación. Interpretaciones de ese tipo s'
metáforas vacías, trasposiciones demasiado libres de procesos n"
turales inconscientes a alternativas y decisiones racionales. Es· .
razón caprichosa, que no entra en acción sino post festum, la q
transforma el proceso natural mecánico en un acto intencion
dialécticamente estructurado, efectuado en forma de contradicion'
disputas y decisiones. Cierto, capullo, flor y fruto son fases difer~
ciables del proceso, pero no responden una a la otra, no represé
tan ningunas decisiones a las que fuesen impelidas, las fases e
lutivas posteriores no reducen en sentido positivo las anteriores,
el fruto es el fin, la «finalidad» si se quiere, del proceso, pero '
modo alguno es algo así como una síntesis, tn1 resumen y el res,

" Jos. Popper-Lynkeus: Die allgemeine Niihrpflicht als Li5sung der


zialen Frage, 1923', p. 72.

490
tado lógico del proceso en sentido dialéctico. No sucede nada que
pudiera justificar la expresión hegeliana de que «en la naturaleza
el concepto habla al concepto».

I!istorificación de la naturaleza

La dialéctica universal que incluye por igual a la naturaleza y a


la historia no sólo historiza la naturaleza, qne puede devenir cier-
tamente un factor histórico, pero que es en y de por sí ahistórica,
es decir, que se repite regular y periódicamente, sino que· también
naturaliza la historia al convertirla en un fenómeno natural previ-
sible, excluyente ele toda casualidad y ele toda improvisación. In-
cluso Marx se enreda a veces en su terminología, como, por ejemplo,
cuando habla ele una «ley natural» del movimiento ele la sociedad
vele un «proceso históriconatural ele la socialización ". Sin embargo,
;ólo pretende apuntar a la rigurosidad ele la regularidad social y
no, por ejemplo, al cálculo científiconatural de los acontecimientos
históricos.

Polar, complementario, contrario, contradictorio

El error mental al que se ha ele atribuir principalmente la hipó-


tesis de una dialéctica ele la naturaleza estriba en que se consideran
contradictorios muchos fenómenos meramente polares, complemen-
tarios y sencillamente contrarios. Norte y Sur, derecha e izquierda,
carga eléctrica positiva y negativa son únicamente polaridades; luz
y oscuridad, día y noche, lo inmensamente grande e inmensamente
pequeño en las matemáticas, son complementaridacles; veneno y
antídoto, atracción y repulsión, viejo y n11evo no son más q11e ca-
tegorías contrarias; espacio y tiempo, amor y odio, fuego y agua
solamente eventualidades diferentes o actitudes ambivalentes; no
tienen nada que ver con la dialéctica, la contradicción y la anti-
nomia. Un contrario dialéctico va siempre unido a una contradic-
toriedad interna y acaba en la discordia de su portador consigo
mismo. Tal desavenencia no se da en la naturaleza porque no· hay
en absoluto ningunos hechos internamente opuestos, sino única-
mente puntos de vista, principios, intereses, sensaciones e intencio-
nes internamente opuestas frente a los hechos.

" Marx: El Capital, Prólogo a la !.º edición, 1967, !, p. 15 de la edición


alemana.

491
La moderna investigación cientifica supone en la naturaleza{
apoyándose en doctrinas como la teoría corpuscular y la teoria de:
las ondas de la luz, una dialéctica interna objetiva, independ iente'
del pensamiento humano y de la praxis social. Pero las regulari~
dades diferentes, si, opuestas, que pueden seguir los fenómenos.
naturales no tienen nada en común con las contradicciones entre
necesidades, esfuerzos y exigencias humanos. Una oposición ncí:
motiva en y de por sí un proceso dialéctico. El proceso dialéctico
no resulta hasta que no se modifican en contacto mutuo los mo~
tivos opuestos y desembocan en un equilibrio, hasta que no s.e
supera y abandona un motivo y se anula el otro, incluyéndolo el1
el desarrollo ulterior.
Contemp lada desde puntos de vista diferentes y reflejada, por
tanto, de manera distinta, tampoco se convierte una cosa en subs-
trato de un proceso dialéctico. Cabe que los distintos puntos dii
vista den lugar a ideas complementarias, ambivalentes o polarmenté''
contrapuestas, pero su diversidad no responde a ninguna contra::'
dictoriedad interna del objeto correspondiente como tampoco pral
duce una contradicción entre sus componentes. Impresiones, as
pectas e ideas no se combaten ni concilian mutuame nte, eso sól
lo hacen los sujetos que las utilizan para sus fines, para la promociórJ.
de sus objetivos y obstaculización de sus adversarios.
No deben confundirse fenómenos polarmen te contrapue stoi
cualidades complementarias o sensaciones ambivalentes, con anti\
nomias dialécticas porque no se desarrollan ni cambian en relaci(1
mutua ni bajo la influencia recíproca, mientras que, por el contrario'
las categorías dialécticamente antitéticas no son ni sicológicamenf
perceptibles, ni lógicamente pensables, fuera de esta relación,
se dan en forma social e históricamente fáctica. No existe ninguT1
controversia ni unidad entre las circunstancias y puntos de visf
opuestos solamente en el aspecto de su perspectiva y no de su con
titución dialéctica; son mutuame nte impenetrables, inatacable5 :
inasimilables. Los fenómenos situados fuera de la unidad de C·
historia, la sociedad y la cultura sólo se tocan aislada y unilat
ralmente; pero también se transform an los factores sociales de;
historia y de la cultura en fenómenos naturales imperme ab]
cuando se supone entre ellos una causalidad movida en un s
plano, en una sola dirección, en vez de una dialéctica recíproc
total, determina nte de todo su contexto.

492
El encuentro de carga eléctrica positiva
y negativa, la corpus-
cularidad y formación ond ulat oria de la
luz, la unió n de atracción
v repulsión en el núcleo atómico, no
son contradicciones, sino
imicamente fenómenos opuestos o dive
rgentes. No existe entre
ellos ning una disputa, a lo sumo cierta
tensión de energías diver-
gentes. Si se exprime el concepto, es claro
que no sólo se puede
habl ar de tal concepto entr e los hombres
. La llam ada «luc ha por
la existencia» no sólo existe, por cierto,
entre distintos seres vivos
animales, sino tam bién dentro de orga
nismos biológicos aislados
en los que luch an mut uam ente tendenci
as diferentes en intereses
vitales unitarios. Y sóio se puede hab lar
de una «lucha» o «disputa»
en sentido figurado en la natu rale za inor
gánica donde exista una
tensión de tendencias distintas. En este
sentido, la luch a permite
la coexistencia de antagonismos, tal com
o se dan en la naturaleza
inorgánica y, parcialmente, tam bién en
la orgánica, sí, hast a en el
mundo anim al-h uma no no socializado,
mientras que en sentido
dialéctico siempre conduce a la polémica
y a la ruin a o la supre-
macía de uno de los momentos contradi
ctorios.

Hombre, natu ralez a, histo ria


En tant o se hable en absoluto de algo
así como una dialéctica
de la naturaleza, sólo es cuestión de una
relación entre hombre
v naturaleza, pero nun ca una relación
entr e fenómenos naturales.
La naturaleza sólo puede ser dialéctica para los hombres y
mente por el camino existente entre amb sola-
os ''. Cierto, antes de la
existencia del hombre, de la razón hum
ana, de las necesidades y
esfuerzos hum ano s, existió ya, evidentemen
te, un juego de las fuer-
zas naturales, pero no hub o una función
dialéctica que favoreciera
v dificultase tales empeños, o que pudiera
interpretarse en cualquier
;entido como preg unta y respuesta, alte
rnativa y decisión. No es
imaginable ning una dialéctica entre las
mismas fuerzas naturales.
a menos que se suponga un espiritualism
o que perm ita imp erar en
el universo o fuerzas espirituales de índo
le no antropomorfa y
poder supr ahu man o. Fuerzas opuestas com
o gravedad y repulsión
en la natu rale za inorgánica, o asimilaci
ón y diferenciación en la
naturaleza orgánica irracional, no pres
upone ninguna conciencia
ni ning una capacidad de conciencia. con
que esté vinculada la con-

11
Cf. H. Ogiermann: Materialistiche Diale
ktik, p. 55 .

..¡93
tradictoriedad interna en la vida histórico-social. Los antagonism
que se revelan en la lucha de clases, en la oposición de los sistem.
filosóficos sucesivos, en el cambio estilístico de las artes o en el pr ·;
ceso de la génesis de la obra de arte aislada, son totalmente ajen
a fenómenos como la «selección natural», la diferenciación de la
especies y a su adaptación biológica al medio ambiente dadÓ
Como es sabido, Marx relaciona siempre la dialéctica con;
concepto de «trabajo» y de la historia como producto del homb
trabajador. Su extensión a un factor creador del ser en generál
esto es, a la naturaleza muda y ciega, proviene de Engels, qct'.
trabajaba con menos rigor. La diferencia fundamental entre l~
doctrinas de ambos pensadores es muy clara en ese aspecto. ·
obstante, se ha recordado con razón que Marx se acercó finalme
a la concepción de Engels, aunque al parecer con cierta oposició
y que pensaba en una fundamentación ontológica general del m
terialismo dialéctico ". Pero también es cierto que habla de
dialéctica de la naturaleza solamente en sentido figurado, en
forma mediatizada y limitada por la historia, conocida desde ·
ideología alemana: «No conocemos más que una sola ciencia.
ciencia de la historia. La historia puede contemplarse desde .d ·
lados. Pero estos dos lados no pueden separarse; mientras exisi:~
hombres, se condicionan mutuamente la historia de la natural
y la historia del hombre». De todos modos diferencia de un mo~'
más claro y definitivo entre historia y naturaleza en El Capita
«... la historia humana se distingue de la historia natural en cj"
una la hemos hecho y la otra no la hemos hecho» '".
La dialéctica de la naturaleza no viene al caso no sólo porq'
son inadecuados a los procesos naturales conceptos como coll.ti.
dicciones internas, disputas y soluciones dialécticas del tipo •:
síntesis y reducciones, sino también porque todo lo que experiní' ·
tamos como efecto de la naturaleza en nuestras formas de vida,'!:'
hace valer mediante el medio social y según éste. La influencia'.;
las condiciones climáticas más elementales presentan aún coefici~'
tes sociales. Cabe que la temperatura sea un factor invariable,
sivo, pero la reacción de los hombres a ella varía según los cas
La significación de las condiciones objetivas en general, lo mis
que la de las naturales en particular, pueden ser tan amplia);

" 1.-J.Calvez: La Pensée de Karl Marx, 1956, pp. 411 y sig.


" Marx: El Capital, I, p. 393, nota.

494
I~
1
1

multilateralmente mediatizadas para la dialéctica de los procesos


;"''ri1rn< que a menudo, los cambios revolucionarios más violentos
parecen ocurrir sin motivos comprensibles. Igualmente, las revolu-
ciones no suceden cuando son mayores la miseria y la opresión,
sino cuando se vislumbra ya la posibilidad de su eliminación. La
transformación de las circunstancias objetivas en fuerzas históricas
se ha efectuado ya antes de que penetren en la conciencia como
fuerzas dialécticas.
En principio, las fuerzas naturales pueden ser mutuamente
contrapuestas, pero ni nacen ni persisten gracias a esta oposición.
El capitalismo debe su significado y función históricos a la oposición
que despliega contra el sistema precedente; sin ella no existiría nin-
•Ún capitalismo en nuestro sentido. Sin el gótico tampoco sería
o
el Renacimiento lo que es, y sin éste también seria inimaginable
el manierismo y el barroco. Las fuerzas naturales opuestas se ex-
cluyen o merman mutuamente el efecto que parte de ellas; los mo-
vimientos y direcciones históricos incluyen su oposición.

495
4. Dialéctica de lo estético

1. Las paradojas del arte


Despsicologizac ión y animación

El nacimiento del arte como forma objetiva, la configuración


estructural de la obra de arte, las fases de la creación artística y
el desarrollo de los estilos artísticos son meros fenómenos dialéc-
ticos del tipo más puro, claro e inconfundible. Todos los elementos
decisivos de la dialéctica, la negación de la actitud de que se parte,
la disputa entre las fuerzas superadas y las nacientes, el estableci-
miento de un nuevo equilibrio en donde aparecen reducidos los mo-
mentos insostenibles, pero todavía activos, no solamente continúan
siendo claros en ellos, sino que se agudizan aún más en su relación
mutua. En ninguna otra formación cultural se manifiestan con
tanta claridad y conservan su papel en tal medida las distintas fases
del proceso dialéctico. En la teoría, por ejemplo, la fase del im-
. pulso individual se supera totalmente y se expulsa del proceso dia-
léctico como un momento sicológico irrelevante, mientras que en el
ámbito de lo estético puede ser superado, mas aparece incorporado
y elevado en las conexiones formales y de contenido ulteriores, más
':desarrolladas y diferenciadas. Pese a toda su autonomía, la obra
(de arte auténtica conserva rasgos de su origen. El ideal de la teoría
ientífica estriba en la liberación más amplia posible del conoci-
miento respecto de las motivaciones individuales y los intereses
personales que acompañan el acto cognoscitivo. En el arte, por el

497
contrario, esa desubjetivación no es ni posible ni deseada. La obl'.
de arte tiende también a una objetivación, pues la disolución t
tal de la creación artística en veleidades subjetivas implicaría
fin de la tensión de los factores en que estriba un rasgo esenci
del arte, tanto como la reducción de la creación artística a un reflej
de la realidad subjetivamente indiferente, puramente objetivo. Igu
que, en lo estético, toda objetividad pura carece de ese rasgo qü
convierte a toda obra de arte auténtica en expresión de una per'
sonalidad singular, la mera subjetividad, por otro lado, desligad
de todo lo objetivo, carece de compromiso en este terreno.
sujeto artístico auténtico se vive a sí mismo, sus propios senti2
mientas, su forma de pensar, sensibilidad y concepción formal
como vehículo de su imagen del mundo y concibe el mundo cornil
substrato de sus vivencias. Se vive proyectado hacia la realidad ·
vive la realidad al apropiársela. Sin esta relación dialéctica ent
subjetividad y objetividad, todo reflejo de la realidad seria artr
ticamente irrelevante. e inarticulada toda manifestación de la i ·
timidad.
Intimidad subjetiva y expresión objetiva, profundidad emociorl
y amplitud universal, espontaneidad anímica y mediación form
no sólo son inseparables en el arte sino que se hacen valer úni ·
mente por su limitación mutua. No sólo no hay en él ningu
corrección objetiva sin un coeficiente subjetivo, sino que siemp
hay únicamente tanta intimidad como deje revelar el mundo o'
jetivo representado, y sólo tanta objetividad como pueda ser p ..
netrada por el afecto y la sensibilidad. Georg Lukács indicó est:
dos extremos en la literatura moderna, tal como aparecen repr:
sentados, de un lado, por Hugo von Hofmannsthal con su lírf
impresionista, y, de otro, por Alain Robbe-Grillet con el objetivis
del Nouveau roman '. En parte, todo el mundo objetivo servía' ·
simple oportunidad para la exposición de actividades anímica
habilidades formales, en parte se esforzaba uno por demostrar q
también es artísticamente representable y digna de descripción
realidad totalmente deshumanizada y descolorida. Emotividad pu
imágenes poéticas o demás construcciones formales no se apoy c
sin embargo, en sí solas, como tampoco puede sensibilizarse ar
ticamente un mundo carente por completo de imágenes y for
mente indiferente.

1
G. Lukúcs: Estética, 1963, I. i, p. 779 de la edición alemana.

498
Ningu na actividad espiritual responde de una maner a tan com-
pleta a la condición en la que Sartre, por ejemplo, vislumbra el
criterio a secas de la dialéctica, y que él define como la simult ánea
<<interiorización de lo externo» y «exteriorización de lo interno
» ~,
como la producción y consumo del arte. En el fenómeno estético
,
que es al mismo tiempo pronunciación y entendimiento, no sólo el
sujeto llena totalm ente la realidad objetiva, tambié n el sujeto
y
el objeto se enlazan entre si tan indisolublemente que uno de ellos
sólo es accesible a través del otro.
Mas la dialéctica de lo estético no se limita únicam ente al an-
tagonismo de las fuerzas reveladas por el sujeto y el objeto; los
impulsos que mueven al sujeto pueden estar tambié n implicados
en conflictos dialécticos. La misma voluntad de expresión tampoco
es siempre un impulso claro y sin resistencia. La obra de arte
puede ser tanto producto del sujeto independi~nte, que se resiste
y
se cierra a todo lo ajeno, más allá de la personalidad creadora,
como del sujeto que solicita aprobación y participación.
La obra de arte no sólo es producto de la dialéctica en el sentido
de que lo son todas las demás formas espirituales, a saber, como
resultado de la disput a entre los factores diferentes representados
por el sujeto y el objeto, las categorías racionales las circunstancia
s
irracionales, las intenciones espontáneas y las resistencias inertes
,
sino tambié n en el sentido de que en la creación artística surge
algo que responde a la voluntad artística y al mismo tiempo la
contradice tanto interna como externamente. De un lado, el arte
es expresión de la voluntad universal, de la afirmación del ser y de
la vida, de la aceptación de la continua tion humaine y del acuerd
o
con sus reglas de juego; de otro lado, el arte es crítica, negación,
repudio de los hechos, circunstancias e instituciones de la praxis
de la vida, según que le parezcan al observador en y de por sí buenas
y mejores o malas y amenazantes. Unas veces es una representación
fiel de ese mundo que se nos ha dado como única propiedad nues-
tra segura, otras la de la evasión de ese mundo, considerado ahora
como una opresión cruel e inhum ana de hechos. Pero, en sentido
estricto, no es dialéctico a causa de esta oposición, sino por el hecho
de que, pese a toda la fidelidad a lo fáctico, tiene siempre presente
algo que va más allá de la objetividad, algo nuevo, inédito, inco-
mensurable, pero que, por otro lado, también sus fantásticos cas-

' J.-P. Sartre: op. cit., p. 66.

499
tillos en el aire están construidos con las piedras de la realidad.
Lo dialéctico de su ser va tan lejos que sus castillos en el aire pro"
<lucen un efecto fantástico únicam ente porque están hechos de
ese material, y su realismo desconcierta únicam ente porque
ilusión consciente juega en él un papel tan import ante.
Apenas puede establecerse una tesis de import ancia sobre la
constitución del arte sin enredarse en contradicciones. La teoría
.
de Riegl sobre la «volun tad artística» afirma, como es sabido, que
tras todo objetivo artistico y toda dirección estilística se oculta una
intención especial, y que los productos artísticos están determinados
>:

por esta intención antes que por la habilidad de sus autore s. La


hipótesis implícita aquí es que entre querer y poder en el arte no!<
existe ningun a tensión decisiva y la lucha del artista con las di-.
y
ficultades técnicas, materiales y formales, con patrocinadores
clientes, el mercado artístico y la crítica, es relativ amente insig-
...·
nificante, hipótesis que resulta insostenible a todas luces. Mas
a.'
igualmente insostenible es la inversión mecánica de la tesis,
saber, la afirmación de que el artista sólo quiere lo que es capaz
de ejecutar.
Engels se anticipó a la teoría artística de Konrad Fiedler al·
declarar que la mano no sólo es órgano sino tambié n producto del.
a
trabaj o'. La dialéctica en que está implicada la creación artístic_
se deriva claramente de esta circunstancia. El artista no sólo es"
creador sino tambié n criatur a de su arte; todavía no está listo"
cuando emprende su obra, sino que más bien se desarrolla al
compás de la creación artística que nace y se desplega. Las rela,;'.
ciones son sumam ente complicadas, pero está bien claro que 1.0~
r
distintos factores del proceso creador sólo adquieren su carácte
especial en su unión mutua .
La idea de la reciprocidad de estos factores no proviene, s·
embargo, de Engels sino de Marx, quien la desarrolló ya en
Borrador de 1857/58, donde exponía que es la producción la q':l,
crea a los productores, la necesidad del producto, el sentido pa¡-"
su compresión y la capacidad para su uso y goce. El pasaje funda
menta l reza así: «El hambr e es el hambre; pero el hambr e que ~
satisface con carne guisada, comida con cuchillo y tenedor, ·
(Partii:•i
' Engels: «Anteil der Arbeit an der Menschwerdung des Alfen»
del mono). en Obras escogidas
cipación del trabajo en la humanización
Marx-Engels, II, pp. 72 y sig. de la edición alemana .

500
distinta al hambre que engulle la carne cruda ayudándose con las
manos, las uñas y los dientes. Por eso, la producción produce ob-
jetiva y· subjetivamente no sólo el objeto sino también la forma de
consumo. Así, pues, la producción crea a los productores. La pro-
ducción no sólo proporciona a la necesidad un material, sino que
también proporciona la necesidad al material... El objeto artístico,
lo mismo que cualquier otro producto, crea un público entendido
en arte y capaz de gozar de la belleza. Por tanto, la producción no
sólo produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para
el objeto»".
Una paradoja semejante caracteriza también la relación entre
la obra y la biografía de un artista. Se configure como se quiera,
esta relación está mutuament e condicionada. La biografía del ar-
tista está determinad a por su obra en la misma medida que su
obra por su destino. En sus creaciones resume sus experiencias
de la vida y traza en los acontecimientos de su vida el material de
sus obras, procurando hacer de su vida lo que es capaz de repre-
sentar. Su obra deviene así el eco de su biografía, y la historia de
su vida se convierte, parcialmente, en anticipación de sus obras.
Posee sus vivencias típicas porque dispone de los medios de una
configuración artística particular. El tipo de sus vivencias varía
con el cambio de las aptitudes para reproducirlas. Una fase nueva
de su evolución artística produce una nueva disposición vivencia],
igual que una nueva vivencia decisiva puede dar origen a una nueva
capacidad creadora. Pero una forma de configuración demasiado
típica puede conducir también al estrangulam iento de la capacidad
vi,·encial y una concepción del mundo demasiado dogmática, obte-
nida de la propia experiencia de la vida. puede conducir a la
limitación de la facultad configuradora. De todos modos, el artista
no es después de terminar su evolución creadora la misma per-
sona que emprendió la obra, como tampoco el arte del maestro
maduro o viejo es el mismo que pretendía el principiante. Toda
obra lograda está encaminada , por cierto, a una totalidad, a la
totalidad ele la vida, pero no siempre la totalidad tiene el mismo
rnlumen y la misma diferenciación que vislumbra el artista. Tam-
bién esta cambia con la vida movida que él lleva.

-i Marx: Elementos de la crítica de la econonúa política,


borrador, pp. 13-14
de la edición alemana.

.so 1
La índole paradójica del arte dimana esencialmente de la con;
tradictoriedad de que, de un lado, es mímesis, reflejo de la realidad/
reproducción de experiencias, expresión de sensaciones y emociO::.
nes espontáneas, y, de otro lado, un conjunto de artefactos, ilu:; •
siones, figuras de fantasía, deseos y apariencias. Representa sen~.·
cillamente la unión paradigmática de libertad y coacción, anarquíl.\¡
y norma, alucinación y fidelidad natural, particularidad y tipismo¡'
inmanencia de la forma y transcendencia del sistema. La paradoja
de estas antinomias estriba en que los aspectos, atributos y cuali:'
dades opuestos no guardan entre sí la misma relación que correcto·
y falso, verdadero y erróneo, présbita y miope, sino que tienen eÜ
mismo derecho a reconocimiento. Significado formal y de contenid9;:
belleza práctica y estéril, forma expresiva espontánea y conve11-'•
cional, motivos históricamente concretos y motivos desligados d~.
la historia, no se excluyen mutuamente como tampoco lo hace{
el «reflejo de la realidad» y la «ilusión consciente». Van más bie~
juntos y carecen de sentido el uno sin el otro. Por eso se aciertá
cuando se descubre una forma elemental del arte en lo paradójicq;
en la unión de lo incompatible. :
La paradoja fundamental del arte, en la que se revela al mismo
tiempo su esencia dialéctica, se manifiestq también en la coiii
tradicción de la distancia sentimental y la simultánea vinculaciÓ~
emocional del artista en relación con su objeto, sus figuras y la'
vivencias descritas en la obra. Como dice Diderot, logra una d
cripción tanto más fiel de sentimientos cuanto más insensiblemen,te
trabaje él mismo en su obra. Mas tiene que haber experimenta~§·
lo que significa un sentimiento a fin de poderlo causar. Pero eri'
cuanto artista, sólo tiene que habérselas siempre con la imagoA~.
sentimientos, y no con los sentimientos mismos. Así es como h(\y
que entender también las palabras de André Gide de que hay q~
superar el estado lírico para ser artista; pero para superarlo tien
uno que haberse encontrado en ese estado. Y en el mismo senti~<?,
declara T. S. Eliot que «no son los sentimientos personales ·del. e
poeta, no son los sentimientos que provocaron sentimientos .efs' e
pedales cualesquiera de su vida, los que lo hacen notable}
interesante. Estos pueden ser sencillos, toscos y bajos. Hasta q
no entran en su poesía no se transforman en cosas muy complejd
en tales que, en todo caso, no tienen nada que ver con la co
plejidad que denotan los sentimientos de la gente que manifiest
en la vida sentimientos complejos y extraordinarios ... La profesi!),

502
de poeta no consiste en el descubrimiento de nuevos
sentimientos
v en su elaboración poética, de suerte que, aunq ue perso
nalm ente
~unca los viviera, no actúa n de modo distinto a aquellos
con los
que está familiarizado ... Se trata de concentración de
la novedad
resultante de esas vivencias que no le parecen vivencias
ningu nas
al hombre preso de la praxis y de la actividad, una conce
ntración
que no se produce ni consciente ni inten ciona dame nte
... Claro que
con esto no se dice todo. A menudo, en la poesia se
trata de algo
que ha de ser consciente y bien pensado. En realidad
el mal poeta
procede generalmente de un modo inconsciente cuand
o debiera
proceder conscientemente, y de una mane ra consciente
cuand o de-
biera hacerlo inconscientemente. Ambos fallos lo induc
en a ser «per-
sonal». Hace r poesía no significa liberar sentimientos,
sino liberarse
de ellos; no es expresión sino defensa de la personalida
d. Pero de
ésta y de sus sentimientos sólo se escapa, natur almen
te, quien
sabe lo que significan. Hay muchos que saben aprec
iar la ex-
presión de emociones autén ticas en la poesía, y tamb ién
hay otros,
aunque menos numerosos, que estim an la habil idad
técnica. Pero
hay muy pocos que saben cuánd o se enfre ntan a la
expresión de
sentimientos significativos, sentimientos que radic an
en la poesía
y no en la historia del poeta. El sentim iento poétic
o es impersonal.
Y el poeta sólo puede alcanzar esta impersonalidad cuand
o se en-
trega por completo a la obra en creación '.
En la frase hegeliana de que la obra le pertenece y no
le perte-
nece al autor se expesa del modo más agudo y signif
icativo la
índole dialéctico-paradójica del arte. La obra es produ
cto de su
autor individual y al mismo tiempo de la sociedad a
la que está
destinada. Pero, por eso, no es propiedad de su creador
más que en
sentido limitado, porque, a menudo, este mismo no sabe
con cer-
teza cómo la obra ha adquirido la forma que lleva,
ni responder
a algunas de las pregu ntas que .ella plant ea. Es como
si a menu do
tuviera que rellenar la estruc tura defectuosa que no es
capaz ni de
completar ni de elucidar, la estruc tura del mater ial que
le propor-
ciona la existencia y que fluye de una mane ra inarti culad
a, con un
contenido hallado a ciegas. Acertada es, sin embargo,
la expresión
de Hegel en el sentido de que, principalmente, la obra
ultim ada se
desliga del autor, en cuant o forma perfectamente objeti
vada, y se
·, T. S. Eliot: «Tradition and the individual talent»
, en Selected Essays,
19'32. pp. 20-22.

503
convierte en propiedad de quienes la gozan y aprecian, en el sentid
de que, sin embargo, el artista apenas se reconoce ya en la ligur
firme y alienada. La obra de arte sólo se mantiene hasta su te'·
minación en la dialéctica de los factores subjetivos y objetivos.e!
la creación. Luego, el sujeto receptor toma el papel del sujet
productor en el proceso dialéctico. La controversia sucede aho ·•·
entre el público y la obra ultimada, alienada del autor.

Voluntad universal y asociación universal


Guyau observa que a finales del siglo xvm, cuando más pro-
fundo parecía el dominio de lo pastoral, con su sentimentalismo'
y frivolidad, en el arte y en el gusto, es cuando más próxima estab~
la revolución, con su realismo y rigorismo, que, por tanto, como ··
1
cree, la cultura del rococó no había sido más que un fenómeif '
superficial". Pero la solución del problema planteado por la corrí'
pleja situación no es tan fácil. Más bien hay que buscarla enl
complejidad de los motivos, según la cual las formas artístic
no son la simple reproducción, el reflejo positivo y la expresiÓ
directa de las relaciones sociales, sino que vienen determinadas pÓr
un fondo inconsciente y a menudo dificil de descubrir, por est
mulos reprimidos y objetivos ideológicamente desfigurados. Qt.l
por consiguiente, en la configuración de las creaciones artístic
y en vez de la causalidad clara y directa, actúa precisamente. és
dialéctica mediatizada de la que se habla siempre aquí, y que, el!.
la misma época y la misma sociedad pueden expresarse en form
diferentes, y contradictorias, según los factores que prevaleicá
La sociedad prerrevolucionaria no sólo estaba dividida en vari
clases y capas instruidas que se interesaban por el arte, los misnt' ...
grupos sociales aislados no se encaminaban siempre hacia los mi~~
mos objetivos e ideales, e incluso los mismos intereses, ideas ·
aspiraciones se interpretaban, fundamentaban y justificaban a vecé·
de manera distinta. Así, por ejemplo, el sentimiento de la vi4
burgués toma en Chardin formas totalmente distintas a las qu.
adopta en David. La proximidad de la revolución de que habl
Guyau provoca en éste una actitud heroica, junto al cual resul{
en cierto aspecto más conservador el arte de Chardin, más viejo;
más vinculado formalmente al rococó. A la luz de este ejemp!"

'
1
J.-M. Guyau: L'art au point de vue sociologique, 1926, 1-t;\ edición, P· 11
504
sin hablar ya de la relación entre Voltaire y Rousseau, no parecen
nada claros conceptos como «revolucionario», «burgués», «progre-
sista» y «conservador», y tienen que ser juzgados por las fuerzas
dialécticas determinantes de las direcciones individuales. Salta a la
vista la manera simplificadora que tiene Guyau de observar las
cosas, si se tiene en cuenta que la cultura del rococó era más baja
que la cultura espiritual del período inmediata mente posterior, que
sus productos artísticos no eran en ningún modo cualitativamente
inferiores, que sus portadores no constituían ni una minoría des-
preciable ni una clase de edad ya impotente, y que en particular
Watteau no era un pintor inferior, «más superficial» que David.
La constelación histórica puede parecer confusa en un principio,
pero la estimación contradictoria de los productos artísticos que va
relacionada con las distintas lealtades sociales y el punto de vista
unas veces humanist a y otras formalista frente al arte, no justifica
en absoluto el desprecio que encuentra el punto de vista dialéctico
entre sus adversarios ideológicamente ofuscados. El hecho de que
haya sentimientos ambivalentes, como por ejemplo el de odio-amor,
nadie lo pone ya en duda, y por lo general se acepta también el
hecho de que la sicología de motivaciones claras debe complemen-
tarse con una sicología más compleja, que diferencie actitudes
como la de la «racionalización» de actitudes no permisibles del todo,
pero tampoco totalmente escamoteables. En Hegel se echa de menos
que siga principios parecidos, y a Marx ni siquiera se le perdona
que con sus principios de la dialéctica remueva valores «imperece-
deros e indudables».

2. La creación artística

Paradigma de la dialéctica
La creación artística es un prototipo del proceso dialéctico, con
sus antagonismos, el subjetivismo del impulso creador espontáneo
y la disposición comunicativa, de un lado, y las resistencias obje-
tivas con que choca en los medios reluctantes de la comunicación,
y que ha de superar o eludir, de otro lado. La contradictoriedad
de los factores decisivos y su inherente problemática, la acumulación
y solución de problemas, la superación de soluciones provisionales
por otras posteriores; todo esto es lo que en parte conserva los logros

505
adquiridos, la serie de modificaciones y correcciones y de fórm
siempre insatisfechas, necesitadas de otra nueva correcció ·
transposición de las capas laborales existentes y la revaloriz~
de los elementos retenidos crean un concepto precisamente ej
piar del funcionamiento de la dialéctica.
De todos modos, no hay ningún terreno de la actividad hum
en donde se revele con más claridad que en la creación artís.
la relación mutua de los factores de las necesidades y de su sa· ·
facción, del deseo de expresión y de los medios expresivos, deJ
contenidos vivenciales y de las formas de representación. La intú
dependencia y la discordia entre los momentos individuales ;··
plicados en el proceso forman una red tan tupida que apena:
posible hablar de uno sin tener en cuenta el otro. Sobre todo.
se puede separar el sentido de los distintos elementos aislados.
sentido de la obra en general. Y no sólo ocurre que la idea'
artista acerca de su propia obra se modifica con cada fase d~
configuración, sino también que es imposible averiguar qué e·
ponentes serán efectivos antes y cuáles después. Ni siquiera se pue
establecer con seguridad si y en qué medida el primer imp".
creador hacia la producción parte de una visión formal inte •
de una imagen sonora afectiva, de una estructura lingüística;,
presiva, o de un medio de configuración hallado, externo; si, ·
tanto, la forma visual, acústica o lingiiística es un vínculo elé'
e intencionalmente aplicado o uno dado y hallado. La reduce'
dialéctica de los elementos, dicho en otros término, es tan sól
que nunca se sabe si la materia prima, el argument o apenas g
arrollado, la difusa forma óptica y el fluctuante sentimiento ¡·
son el presupuesto para la elección del motivo que se va a rep·
sentar. El principio de que la dialéctica de la creación artístic~
revela del modo más claro y agudo en la dependencia mutua de 1
contenidos de expresión y de las formas expresivas, de los moti~
y de los medios, de la visión artística y de la técnica, significa, pu
en lo esencial, que la vivencia que se va a configurar y la idea . Cj
se va a transmiti r no vienen dadas de una manera fija y termin5.
antes de disponer de los correspondientes medios de expresión ..
artista no sabe lo que tiene que decir hasta que no sabe cómo¡.
t
va a decir. ·
De ningún modo transcurre el proceso de suerte que el ar
únicamen te lleva a una fase superior de su actividad, ejecuta
más cuidado, detalle y perspicacia lo que h¡¡ intentado realizar:

506

:¡,

~{;
¡~';~¡
,j~ 11 a fase anterior, inferior, de una manera más primitiva, espon- 'f
ilftánea, menos pensada. La vivencia artística más primitiva, todavía
leompletamente embrionaria, supone ya un paso por el camino del
¡1fproceso dialéctico que lleva a la obra consumada. Pero hasta qué
@punto sea el artista consciente de ello es una cuestión tanto más
ll;¡nsignificante cuanto que las etapas más avanzadas de la creación
~\presentan todavía rasgos de los que no se da cuenta ninguna. No es
. lanecesariamente más consciente de la índole contradictoria del acto
1 ~:\creador a lo largo de su ejecución, sino que, a menudo, el mismo
!~acto se hace cada vez más contradictorio y complejo.
\,>
n\, Mientras no termina el proceso creador, permanecen activos
. ~%Jos dos factores de la dialéctica, condicionada en parte subjetiva y
1 !i\en parte objetivamente, esto es, cada cambio efectuado en un lado
i ~crea una situación a la que van unidos cambios impredictibles en
1~el otro. Pero si durante el proceso aparecen motivos siempre nuevos
~:y a menudo heterogéneos que dan a la configuración de la obra
¡ ~~un giro imprevisto, los elementos ya establecidos conservan tam-
; ~¡bién un carácter decisivo para el desarrol!o ulterior y constitutivo
~para el producto final. Una vez que el poeta ha encontrado los
, '¡primeros versos de su poema, el pintor ha dado las primeras pin-
'. ~jceladas, el compositor marcado el primer acorde y conservado su
• !0'-
1
Jtforma o el recuerdo de ella, no dispone ya con entera libertad
. ~\de sus ideas y de su representación. Está tan firme vinculado por
: iJio ya formulado como por las ideas y sensaciones que quiere e.x-
. ~:presar. Cada elemento nuevo de la obra supone un equilibrio, un
'~compromiso y una integración sui generis entre todos los com-
~yponentes existentes de la creación artística. Lo configurado ad-
~f quiere una objetividad autónoma, rígida frente al contenido aní-
r~.mico aún informe. Deviene un cuerpo extraño que transciende
~:el sujeto, que la fuerza creadora del artista ha de vencer y la obra.
!;+incipiente ha de asimilar, iniciándose asi una disputa entre los
. w' elementos objetivados y espontáneos de la configuración.
t};
' ttFases de la creación artística

En estas circunstancias puede describirse el curso de la creación


~ artística esencialmente de manera que el primer paso determina el
~'.segundo, los dos primeros el tercero, y así sucesivamente. Ningún
~ paso aislado ni ninguna cantidad de pasos efectuados permiten
~¡sacar conclusiones claras y seguras sobre el tipo y la dirección

.1 t~;
507
de los pasos siguientes. Ningún paso puede elucidarse sin el C(í
cimiento de los anteriores, pero ninguno se puede calcular .t
poco a base de todos los anteriores. Sin embargo, cada mom
nuevo no sólo viene condicionado por las etapas anteriores;!!
la configuración, sino que, junto con ellas, conduce a una nu~
síntesis, a una nueva panorámica, aunque sólo sea provisiotl
del todo del proceso. El aspecto nuevo no enlaza sencillamente'(!'
los aspectos anteriores, sino que representa su suma. De lo ya r~ .
!izado obtiene su significado pareciendo que simultáneamente c ·
ple o limita una promesa. Cada momento nuevo del proceso cread ;
produce un electo progresivo y regresivo; constituye una nue
promesa o reinterpreta una ya hecha, amplía o limita los elemen"'
implicados en el juego. . '::
Así, pues, en este proceso, el artista no se rige exclusivam~H
por su plan original y sus primeras ideas, sino también, y en vercl~
de una manera decisiva, por la dirección paulatinamente variabl
que toma su obra en génesis, de suerte que, con frecuencia,. n'
mismo sabe adónde lo llevan los personajes que se emancipa
sus ocurrencias en apariencia adicionales y casuales. Lo «adicion
que tal vez estuviera latente desde un principio, puede cambf
fundamentalmente el sentido de lo «transitorio». La existencia;fd
Sancho Panza es el ejemplo clásico de la fecundidad de una de esf.
ocurrencias adicionales. ·. •!!
El transcurso del proceso creador estriba, además de la contii{
ción rectilínea y del complemento consecuente del argumeri
situación que se ha de desarrollar, en correcciones y limpiezas"'
no son de índole evolucionista sino dialéctica, aunque las pa
de la obra nacidas con anterioridad permanezcan de hecho j
riables. Su significado varia a la luz de las partes posteriores:
sólo un tema musical adopta una nueva cualidad expresiva y ..
diferenciación con cada variación; no sólo cada una de estas .va·
ciones contiene en cierto modo, en una obra musical importa •
todas las variaciones antecedentes y las revaloriza al mismo tieri.
de suerte que todos los tonos anteriores resuenan en ella y g~.
peso: la capacidad de variación de los temas, la relación mtl
entre un motivo, vivencia o impulso de cualquier tipo y las itj
rrupciones y complicaciones que experimentan, presta a todo"_ ,
un carácter «musical».
Todo paso de la creación artística efectúa una función
al mejorar todo lo conseguido anteriormente, lo formalmente

508
]izado y técnicamente resuelto, por medio de lo recién vivido
y recién
. adquirido para el arte, aunqu e al mismo tiempo conse
rva de lo
•superado todo lo que aún puede resolver una tarea artísti
ca. Cada
fase nueva del proceso creador descompone, por tanto,
la figura
'.producida anteriormente, y la vuelve a reproducir en
1•
forma más
compleja, prestando a sus componentes un significado
nuevo, un
Jluevo valor de posición y un nuevo papel estructural
en el todo
de la obra.
La dialéctica aquí en cuestión no sólo se extiende al
antago-
JJismo de los elementos subjetivos y objetivos, originales
y derivados,
de contenido y formales, sino tamb ién a los elementos
racionales
. e irracionales de la obra de arte. En ningu na etapa de
la producción
artistica están separados ni son independientes unos
de otros. Sin
·embargo, no siempre resulta totalm ente claro cuáles
son los mo-
.mentos que hay que considerar condicionados espon
tánea e invo-
;Juntariamente y cuáles racional e intencionalmente.
El elemento
melódico de una composición no es en absoluto más
original que
isu totalidad o armonía. Pero el origen sentim entalm ente
irracional
· e componentes como los temas musicales, los complejos
pictóricos
• e colores o las formas lingüísticas poéticas, no es en
modo alguno
siJJónimo de espontaneidad. Lo que se suele enten der por
intuición
·.o inspiración sólo produce, por lo común, vivencias olvida das o
{¡eprimidas, y lo que parece ser una ocurrencia inmo
tivada o una
inspiración mom entán ea, es en realidad, por lo comú
n, conse-
cuencia de un trabajo ment al preparado desde hace
much o y ya
avanzado, sólo que ha quedado ignorado y sin revela
r. El talento
.es un don libre, mas la obra que se obtiene en vano y
sin esfuerzo,
''·se conquista; pues de hecho: le hasar d ne favorise que
les esprit s
préparés.

"io consc iente y lo incon scient e


Tan aguda como la oposición entre los deseos subje
tivos de
'expresión del artist a y los medios expresivos que tiene
a su dispo-
sición es la contradicción entre los motivos conscientes
y los in-
conscientes que subyacen a su trabajo. En la obra
puede n vis-
umbrarse tanto la síntesis de estos motivos como el
equilibrio
· ntre el estímulo artístico espontáneo y la resistencia
pasiva del
aterial y medio dados. No es más que un mito romántico
el que
.todo lo que el espíritu produce por impulso interno, de
una mane ra

509
inconsciente o irracional, dimana de una capa más honda y;:·
una conexión más rica de los motivos animicos que lo que el;;
píritu ejecuta en una esfera más accesible a la conciencia Y;
pensamiento racional. Los impulsos, inclinaciones y aptitudes.;
tuitivos e irracionales no tienen con la atemporalidad y la valid
general ninguna relación más estrecha que las disposiciones y :Ji
bilidades conscientes y dominadas por la razón. Lo inconsci
e intuitivo tampoco representa la unidad y totalidad del espiri~
la totalidad e integridad de la persona, con más perfección que
pensamiento racional y discursivo. Las manifestaciones espontáne!'
acriticas e incensuradas de la psique no son ni más homogéneas,\
más coherentes que las actividades espirituales derivadas, racionaI
y teleológicas. Y el inconsciente de sujetos diferentes no ofr''
ninguna imagen más uniforme que su origen, situación de c .
o instrucción, que sus ideas u opiniones claramente formulab
en breve, que sus actitudes conscientes o capaces de serlo. Por: :
no es en absoluto el mismo tipo de inconsciente el que se rev
por ejemplo, en el arte de los primitivos, los dibujos infantiles,
pintarrajos de los locos y las obras de un neurótico o sicópata:
rango de Van Gogh. ·
Los sectores conscientes e inconscientes de la psique no co ·
tuyen ningunos compartimentos mutuamente estancos, ni siqu·
dos espacios contiguos con una puerta de comunicación, o
sumo con una que permita el tránsito entre ambos, pero e
que, como decía Freud, había un portero. Dicho con más prec·
hay que imaginárselos como dos vasos comunicantes cuyos c~
nidos se mezclan en una especie de endósmosis, o dicho en •e\
términos, que se relacionan mutuamente de una manera dialóg
dialéctica. Lo consciente no adquiere su cualidad especial sinq
oposición con lo inconsciente, y sólo se sabe del inconsci·
porque se es consciente de determinadas cosas. La analogía d
reciprocidad de los procederes conscientes e inconscientes co
relaciones dialécticas es, sin embargo, mucho más amplia qu"
forma puramente «dialógica». Lo inconsciente y lo vigente m ·
!izado se convierte en una tarea del análisis consciente, en una:Y
gacióm>, en la que nada puede quedar tal cual está. La apar(
de emociones inconscientes provoca una mayor activación d .
facultades conscientes. Pero cuanto más esforzada, más cap···
reacción y más comprensiva sea la conciencia, tantas más ·~
amplias y profundas del inconsciente se sentirán como algof

510
.,,
'

i
blemático e intranquilizador, necesitado, de aclaración e interpre- '
tación.

}larx, Fíedler, Lessing


Cuando Marx habla de la diferencia entre los productos del
hombre y de los animales, como, por ejemplo, de las construcciones
de un arquitecto y de una abeja o de un castor, se aparta en cierto
modo de los principios de la propia dialéctica. Afirma que el ar-
quitecto, en contraste con la «mejor abeja» tiene ya listo en su
cabeza el plano de su obra antes de que empiece el trabajo, con-
cediéndole así a la conciencia, que según su dialéctica no aparece
nunca totalmente independiente, la primada sobre las respectivas
condiciones de trabajo, que se hacen valer paulatinament e. La
concepción de Konrad Fiedler sobre la marcha de la creación
artística corresponde más exactamente a la contradictoriedad pau-
latina y a la bilateralidad constante del proceso. Según esta, la
forma de una obra de arte nunca yace lista antes de su completa
ejecución. La figura nace por medio de un acción reciproca entre
intención y posibilidad de realización, impulso e instrumento, mo-
tivo y medio, y esta acción reciproca no deja lugar a ninguna
unilateralidad de los elementos constitutivos. El punto de partida
no es siempre la intención espontánea o el plan formal del autor.
El instrumento dado, el material hallado, la posibilidad de con-
firmación y, sobre todo, el cometido planteado desde fuera, pueden
suponer igualmente el primer momento del proceso de creación.
Pincel y color, necesidad motora y conformación caprichosa cons-
tituyen no sólo entre los niños y los monos el verdadero motivo de
la actividad de tipo artístico, y los materiales amorfos o las habili-
dades mecánicas también desempeñan a menudo un papel impor-
tante en la fase superior de la creación artística.
En relación con el nexo de los componentes espirituales y
manuales de la producción artística, Lessing piensa todavía de
un modo totalmente adialéctico, como se deduce de su observación
sobre la posibilidad de un Rafael «sin manos». Fíedler, por el con-
trario, quien declara expresa y repetidamente que, en la creación
artística, «la mano no ejecuta nada que no se haya podido con-
figurar ya en el espíritu» ', es bien consciente de la indisolubilidad
entre «espíritu» y «mano», la cual escapa a Lessing e incluso a
1
Konrad Fiedler: Schriften über Kunst, 1913, U, p. 168.

511
Marx. «Hasta en los ensayos más elementales de una activid
representadora plástica», dice, «no hace la mano nada que 11'
haya hecho ya el ojo; más bien surge algo nuevo, y la mano el'
prende la continuación de lo que hace el ojo,' llevándolo más lejÓ
O, como se dice todavía con más claridad y con una indicación obv
a Lessing, «... el proceso ejecutado por la mano (es) únicamenteia
estadio ulterior de un proceso unitario, indivisible ... Pues si ponenF
el caso de que los hombres estuvieran ciertamente en posesión a
toda su organización espiritual, pero que nacieran sin m1lnos, ~'¡!
circunstancia no motivaría en el sentido de más arriba la atrófi
del mundo de la imaginación, pero sí sería imposible la gén~:
de representaciones artísticas»'. ·
El origen del pensamiento de Fiedler hay que buscarlo ind'
dablemente en Lessing. aunque la conclusión final es totalm.e'
opuesta al punto de vista insinuado en el Laocoonte. Lessing afid
todavía en terreno rigurosamente clasicista con su hipótesis de/tl
Rafael «sin manos», es decir, de un pintor que no sólo puede teÍí
ideas artísticas sin poder realizarlas, sino cuyas ideas tampoco ·p~
derían nada de su valor artístico si no llegaran a realizarse. P
la ejecución artística, como él supone, no sigue directamente ({[·
concepción de la idea artística y no es condicionada exclusivameJi
por esta. Ambas se desarrollan más bien en una vinculación mu(
tan estrecha que, a menudo, apenas se puede establecer si el ·
ceso ha partido de un estímulo ideal o de uno técnico.
Debido a la oposición consciente al punto de vista de Lessi
el carácter dialéctico de la creación artística se revela en Fi'
con más claridad que en Marx o Engels. A saber, el principio'
que la obra de arte no es la representación sencilla y directa'
una visión, no es la transmisión literal y mecánica de una fig'
ideal, completa y definitiva de antemano, en formas sensibl
encuentra en él su formulación más rigurosa e inconfundible ..•.
medios representativos pierden por completo el carácter de ins ::
mentos pasivos y neutrales y devienen momentos del acto cread
totalmente productivos, fecundadores de la visión artística y fom
tadores de la invención ". La ejecución del plan artístico eh
material y en el medio dados no es ninguna operación de imj:J;

" Ibídem, p. 275.


' lbidem, pp. 168 y síg.
" Ibídem, I, pp. 59-60, 275; 11, pp. 168-71.

512
secundaria; al contrario, la ejecuc10n es idéntica al verda-
trabajo artístico, efectuado en determinadas formas sensibles,
ejecución es el acto creador mismo.
Según la formulación dialéctica del principio de Fiedler, el ar-
parte de un concepto en y de por si indeterminado, sin com-
nromb;o e indefinible, de la obra que va a producir. Una necesidad
menudo vaga, un contenido de expresión más o menos confuso
una concepción formal fluctuante constituyen el motivo del pri-
intento, tímido y dudoso, de satisfacer la necesidad, de dar el
M;,,,,,,r paso titubeante por un camino cuyo recorrido eficaz es du-
hasta el final. El siguiente paso no lleva solamente 11 un nuevo
co;m>>le110 de forma-contenido, sino que es ya el resultado de un des-
imprevisto, bilateralmente determinado, dialógico-dialéctico,
disputa entre el impulso original y el primer ímpetu ex-
a seguirlo, el primer arranque a la manipulación con
material que se va a trabajar. Tanto este como cada paso ulte-
esto es, toda la continuación del primer ímpetu representa
transmisión de una visión en y de por sí inmadura e inexacta-
articulada en un lenguaje extranjero, un medio que se define
afirma él mismo por primera vez. Todo es ajeno a esta visión,
la intimidad propia, no objetivada: no sólo las palabras, tonos
colores, no sólo el instrumento, el pincel, el cincel, el instrument o
la gramática y la prosodia, sino también las facultades
aptitudes todavía abstractas, ajenas al objeto y sin elección, del
La historia de la génesis de una obra de arte se efectúa
forma de adaptación alternativa de fin y medio, querer y poder,
e intransigencia del talento. Arranca de un todo anti-
cit1ad,o, por inciertos que sean todavía sus contornos, y de un detalle
generalmente inconexo. El significado final del todo, igual
que el del detalle, se deriva de su cambiante relación mutua. Con
cada rasgo nuevo varía no sólo Ir, existencia, el número y el enlace
de los detalles, sino también la imagen del todo en cuanto sistema,
que no es la suma de los detalles, pero cuyo sentido global puede
modificarse con cada detalle nuevo.
· Bergson parece continuar con su noción del arte el pensamiento
de Fiedler, pensamiento que, además, debe haber ignorado. «El
retrato terminado», escribe en este sentido, «está condicionado por
la fisionomía del modelo, la índole del artista, los colores ... Nadie,
ni siquiera el artista, podía imaginar, sin embargo, lo que sería el
retrato. pues predecirlo habría significado conocer su figura ultí-

513
macla antes de que esta existiera»". De esta suerte, Bergson formula.'
la tesis de que, en el arte, la idea se revela por primera vez en unió
de su realización, y lo hace de una forma más radical aún qu
Fiedler.
La indisolubilidad de forma y contenido, sujeto y objeto, querer::
y poder, contiene la clave para la comprensión de la génesis y des 0
arrollo de todas las formas culturales, pero no elucida ningún pro
ceso histórico con más claridad que la de la creación artística y e]
cambio estilístico. En ningún otro contexto resulta tan inconfunl
dible que el planteamiento del problema y su solución aparecen'
uno actu, y que el cometido que se ha de resolver no se comprendé
hasta que se vislumbra ya su solución, que, por tanto, una situación
crítica no se hace insostenible hasta que no se tiene la idea de su'
solución. En este sentido hay que entender también las palabra5,
de Marx de que la humanidad sólo se plantea tareas que puedéci
resolver. El gótico no se sobrevive hasta el crepúsculo de las idea$''
del Renacimiento, el final del rococó apenas se diferencia de lo
comienzos del neoclasicismo, y la revolución no irrumpe en
apogeo del absolutismo, sino en la época en que se vislumbra l
posibilidad del cambio del sistema social. . y
Cada fase de los procesos artísticos, cada estadio del trabajq
creador y ele la evolución estilística contiene en germen, aunqu~·
no en forma visible hasta el. final del proceso respectivo. la etap' ·
siguiente, lo mismo que cada capa ele la estructura ele una figur
artística no revela su sentido y su valor sino en conexión con e
resto ele las capas. E igual que el logro ele la obra ele arte incliviclu
continúa siendo cuestión abierta hasta la última pasada, apen~
puede decirse tampoco adónde conduce un estilo antes de haber~
dicho la última palabra en el diálogo de los factores constitutivo~
Los elementos decisivos para el valor cualitativo ele una obra, sob~
todo, se encuentran en un equilibrio tan frágil, siempre en peligr
que, a menudo. también hay que preguntarse en los product
más importantes si lo decisivo en el logro fue el esfuerzo y
maestría o la suerte y el azar.

11 Henri Bergson: L'Évolution créatrice, 1907, p. 7.

514
3. Dialéc tica de la estruct ura de la obra

Estructu ra y partitur a

La escritura de la obra de arte se basa en la opos1c1on de las


partes sucesivas. Cada figura artística debe su efecto en gran parte
a este principio, a saber, a la acentuación y al incremento que
experimentan sus elementos a causa de esta contraposíón, de la
antítesis, conciliación y la renovada disputa de los motivos que se
revelan tanto en el todo como en cada componente de la obra. El
antagonismo que existe entre el arte y la realidad ajena a él, que
domina la relación entre el impulso creador y los medios conven-
cionales de expresión y que condiciona la continu idad y disconti-
nuidad de la tradición artística, ese antagonismo tiene su repeti-
ción, continuación y diferenciación en la tensión de los distintos
elementos formales de la obra de arte.
La función dialéctica, unas veces analítica. otras sintética, di-
solvente o niveladora, progresiva o regresiva, de estos elementos
se manifiesta del modo más claro en la música, y. a decir· verdad,
de la forma más inconfundible en la sonata. Junto a la disposición
contrapuesta del materia! temático con dos motivos correspondien-
tes, propia también de la forma más sencilla de canción ( Lied).
la composición de sonatas ofrece las tres partes clásicas. A la ex-
posición con los dos temas emocionales y sentimentales, por lo
general también contradictorios en el tono y en la armonía, le
sigue la ejecución como disputa entre las dos enunciaciones y la
repetición como conclusión y resumen de la argumentación. Según
el mismo principio de oposición se desarrolla también la conexión
de las distintas frases de una composición clásica o romántica. Las
partes «masculinas» y «femeninas». activistas y contemplativas,
dramáticas y melódicas, se suceden unas a otras. El cambio de sen-
timientos vivos, violentos, febriles y serenos, tranquilos, cadencio-
sos, caracteriza también la estructu ra de las formas de variación
esencialmente aditivas, cuyas secciones aisladas se destacan igual-
mente unas de otras en forma de antinom ia según el ritmo, la
tonalidad y la armonía.
La estructu ra de una obra de arte se representa del modo más
ilustrativo en el modelo de una partitur a, en donde la polifonía,
In pluralidad de capas, la contradictoriedad y simultá nea integrabi-
lidad de !as figuras son bien diáfanas. Cada fase de una composición

515
aparece como la disolución y conservación, la negación y la conti•.
nuación «lógica» de la anterior. El movimiento del pensami ento
musical se manifiesta tanto en dirección vertical, como despliegu~
armónico del complejo fundame ntal de tonos, como en dirección
horizontal, en cuanto desarrollo continua do de motivo. El principio
de la dialéctica se hace valer tanto en la sucesión temática como en
la coexistencia de contrapu nto, y representa el engarce paradigmá-
tico de las distintas capas de la obra en cualquier forma artística. El
artista piensa siempre en las categorías de una «partitu ra», la cual
pone en juego y equilibra simultán eamente las distintas fases evo-
lutivas, aspectos y conexiones.
La estructu ra del drama, según la cual no sólo los distintos
actos sino también las escenas individuales de un acto están cons-
truidas de manera antitética, es dialécticamente tan aguda, aunque
no tan clara, como la estructu ra de una pieza musical. Una relación
moral contradictoria de anteman o lleva a la crisis por la negación
de uno de sus motivos, y a la catástrofe, o a la salida feliz como
solución del antagonismo dramático, por la decisión que exige la
situación. Con la adversidad sin compromisos de sus protagonistas,
la alternati va de los principios morales en cuestión, la conn1oc:ión
del orden moral como negación y su producción como negación
la negación, la tragedia es también en este aspecto un
de la forma artística. Pero por la coexistencia de caracteres nnnA•otn·" r:
es dialéctica la estructu ra de toda narració n dramátic amente
dizada y que gire en torno a un dilema moral. La relación
Don Quijote y Sancho Panza es paradigmática. Y en lo que se
fiere a la forma dialéctica en general, no sólo se ordena la
en el sentido aristotélico, por el esquema de «principio, centro
final», toda forma literaria que no sea mero esbozo, presenta
más o menos claridad estas tres fases. Hasta la poesía lírica mats:'ri'1i'
sencilla consta de miembros que pueden calificarse de tesis, anm-·.;
tesis y síntesis. En esta disposición, el papel principal lo desempeña..,
el estímulo del cambio, pero, en el fondo, la fórmula dialéctica es; ;
la que produce la impresión de la unidad y totalidad de la orga-
nización artística.
.¿
,,
En la forma final, separada del proceso genético, de las artes· •
visuales es más difícil mostrar la estructu ra dialéctica. Como la::
misma dialéctica es un proceso resulta más fácil exponer sus fases,;:
en las creaciones temporales de la música o de la poesía que en«J
medios que excluyen el elemento temporal o lo reducen a un de;;,

516
r

nom inad or espacial. Pero tamb ién es evid


ente en estas el que la
forma lograda se produce como la solución
de una tensión entre
presupuestos en un principio contradictorio
s, tales como material
vivencia! sensorialmente heterogéneo y visib
ilidad, espacio y tiempo
homogéneos, acción narr ativ a y composición
decorativa de figuras,
calidad sent imen tal y colorido. Tam bién
aquí los momentos par-
ciales está n compuestos de tal man era que
corresponden al todo
aún irrealizado, pero ya anticipado. A cada
nuevo mom ento en el
curso de la génesis de una obra se vuelve
a cristalizar todo lo ya
efectuado, adquiere un nuevo valor posicion
al, aunq ue de hecho
permanezca invariable.

Form n y cont enid o

En el arte, es dialéctica sobre todo la relac


ión forma-con tenido,
y en verdad no sólo porque el cambio de
un elemento produce el
cambio del otro, sino tamb ién son inimagin
ables el uno sin el otro
y no se puede decir lo que es forma sin
saber lo que se forma y
que se forma algo. Únicamente cuando se
es consciente de la pre-
sencia de ambos factores y se man tien e la
conciencia ele su indiso-
lubilidad, se comprende que el arte consta
de tensiones y disten-
siones, de conflictos y conciliaciones, ele difer
enciaciones e integra-
ciones. La obra es vehículo y producto de
la acción mut ua entr e
las formas variables ele expresión y el cont
enido de vivencias, re-
novador, diferenciador y profunclizador.
En su génesis se trata
de dos momentos cambiantes pari pasu de
un complejo en realidad
indisoluble. Pero si se explica el nexo de man
era que el contenido
«se cambia» en forma y la forma en contenid
o, se utiliza entonces
un modo de expresión pura men te metafóric
o. Con ayuda de la
metáfora no se dice nada más preciso o com
prensible sobre el pro-
ceso. La expresión pertenece a la jerga, no
a la esencia de la dia-
léctica. La forma no es ni el mero complem
ento del contenido ni
se produce sencillamente de este; y el cont
enido no es de ning ún
modo subs trato puro, el port ador invariabl
e de la forma. Se des-
arrollan conj unta men te paso a paso com
o solución indivisa de
cometidos mut uam ente planteados. Ni el cont
enido de una obra ni
su forma existen listos de ante man o. Son
el resultado, divisible
únic ame nte en teoría, de un proceso prácticam
ente unitario.
Dialécticamente, sin embargo, la forma no
se enfr enta primera-
mente al material y al argumento. a la repr
esentación acabada de

.517
personajes y destinos, sino a la mimesis, al reflejo de la realidad
artísticamente inarticulada, en cuanto contraste suyo. La orgarff.·.
zación de una obra de arte según los principios de la unidad, piQS'.
porcionalidad, orden y ritmo es fundamentalmente distinta, aunque
prácticamente inseparable, de su satisfacción con elementos mimét
ticos, realistas, que producen la impresión de vivencias directas.
De la mímesis sólo entra en la obra tanto como la estructura formal,
en cuanto marco y límite, le permita, y la forma se impone en la'·
medida del material mimético que ella ha de abarcar, se hace valer•.
a costa de este material. Reflejo de la realidad y forma, sin embargo~ ·
no sólo se revelan en oposición mutua, sino que también se producen ·
con ayuda recíproca. Si la mímesis es el substrato de la forma, lo"'
es porque convierte a la forma en forma de algo, de modo seme-.•S
jante a como la mímesis no se convierte en reflejo de la realidad sino';.•
por la relación categorial entre sujeto y objeto.
En cuanto tensión de momentos antagónicos y equilibrio entre.
factores mutuamente complementarios y compensadores de un pr¿~.
ceso encaminado a una síntesis, la relación forma-contenido es Jjt
manifestación más evidente e ilustrativa de la índole dialéctica del
arte. Cabe que en casos extremos parezca todo forma o contenid¿, •
pero en realidad un momento nunca es absorbido y sustituido P()f
el otro. La historia entera del arte se mueve entre sus límites sin·
alcanzar nunca los de uno o los de otro. Así, pues, existe entre ell\Í~.·
una reciprocidad y convertibilidad ineliminable, aunque continuac
mente desplazada, de suerte que, a veces, apenas puede establecer;~.
dónde termina el efecto de un factor y dónde empieza el otro..La.
muerte al final de la tragedia y el casamiento al fin de la comedi~
pueden presentarse como parte del argumento y también comp'"
parte de la estructura formal.

4. El proceso histórico~artístico

Ca1nbio de estilo
En cuanto proceso, la dialéctica del arte se manifiesta del modo·
más directo, menos figurado y metafórico, en la forma de la evoluc'
ción histórico-estilística. En este contexto, las tendencias antité;.'•
ticas aparecen siempre vinculadas a individuos y grupos especiales,'·
más o menos separados entre sí. en lucha por la validez, la influeJ:JP

518
cia y el éxito. Las fuerzas en conflicto no se pueden atribuir siempre
a Pedro o Pablo, pero los papeles sí se pueden repartir siempre
entre instancias diferentes. En primer lugar, se diferencian entre
sí por la prioridad de las emociones con afán de expresión y de
los medios expresivos disponibles. La respuesta a la cuestión del
origen del primer impulso del desarrollo varia de un caso a otro,
siendo como es una cuestión puramente histórica Cabe que se
derive de un adelanto técnico que se impone corara los viejos
principios formales, o de una nueva concepción formal que no
puede dominar ya el aparato técnico existente. El estímulo que pone
en movimiento el proceso dialéctico, ya sea de índole formal técnica
o estética, representa la nueva «fuerza productiva»; la vieja forma,
en contraste con la nueva técnica, o la vieja técnica, como resistencia
contra la nueva concepción formal, representa las desfasadas «re-
laciones de producción», de las que sólo se conserva siempre tanto
como permita la nueva fuerza productiva.
En la estructura artística de la obra, los distintos factores for-
males adoptan un carácter objetivo al emanciparse de sus repre-
sentantes personales. Su relación mutua sólo puede denominarse
dialéctica en cuanto fruto de las fases evolutivas, de las intenciones
y opiniones modificadas de los individuos creadores, esto es, de
ningún modo en sentido activista literal. Pero también en el proceso
de la creacción artística individual hay que entender metafórica-
mente la lucha de las fuerzas dialécticas opuestas; se hace valer en
el plano sicológico continuado de una persona, si bien estimulado
por distintas agencias sociales. Los distintos momentos de la dia-
léctica artística no se manifiestan repartidos en personas, grupos
y capas diferentes sino en la historia del arte en cuanto proceso
colectivo. Aquí es donde efectivamente se tiene que ver con sujetos
que preguntan y responden, dispuestos a hacer manifestaciones y
resistentes a ellas, con verdadero conflicto y lucha, con victoria y
derrota, separación y transmisión.
El acontecimiento histórico-artístico fundamental es el cambio
de estilo y de gusto, fenómeno dialéctico inconfundible, resultado
de tendencias contradictorias, mutuamente incompatibles de mo-
mento. La dificultad especial de la pregunta acerca del tipo de este
cambio, del sentido de la continuidad y discontinuidad en la
transición ele un estilo a otro, dimana de la circunstancia de que
la ruptura con el pasado y la unión a él, de que el desarrollo y el
progreso en el arte juegan un papel diferente y se apoyan en fac-

519
tores distintos a los de otros aspectos de la historia del arte, y en
particular en la de la ciencia y la técnica. En esta, el proceso his-
tórico es en el fondo continuado y progresivo, mientras que en el
arte lo es incoherente, sinuoso y, por lo que respecta a la calidad de
los productos, incompatible con el concepto del progreso. La noción
fundamental y central de la historia del arte, el estilo temporal
colectivo, tiene un significado dialéctico tanto más riguroso, cuanto
que lo recibe en su mayor parte de la disputa con las tendencias y
direcciones que encuentra. Un estilo artístico es un fenómeno en
movimiento constante, que se constituye de nuevo con cada factor
de la producción y repetición, con cada obra y con cada criterio
de gusto que se revela en ella, en pro o en contra. Su esencia
estriba en el devenir, no en el ser, y sólo vive mientras «deviene».
Nunca alcanza consumación de la obra de arte, sino que se inte-
rrumpe en algún sitio, cambia de dirección, se da la vuelta, se
estanca, oscila, sin alcanzar su fin, su objetivo y su ideal.
En cuanto historia de los estilos, la historia del arte sólo puede
concebirse a base de la categoría dialéctica de la anulación. Cada
nuevo impulso artístico-histórico reduce las formas estilísticas exis-
tentes, las descompone y las hace anticuadas, pero conservando
sus elementos ulteriormente desarrollables. El desarrollo histórico-
artistico refleja en cada fase un proceso que transcurre en forma
de antinomias, exclusiones y reducciones. En todas partes están
mutuamente entrelazadas sus posiciones positivas y negativas. El
axioma fundamental de su interpretación como nexo de direcciones
rebasadas y actuales es que las creaciones artísticas de épocas pa-
sadas sólo adquieren sentido y relevancia desde el punto de vista
de un presente vivo y productivo, y que, en general, sólo así
pueden comprenderse y gozarse. Los investigadores y pensadores
que ejecuten un trabajo en el campo de la historia o de la crítica ·····•<·d
del arte no son sujetos epistemológicos abstractos, independientes
de las circunstancias, de las condiciones prácticas e ideológicas, rlP ••··:m;.¡¡
su tiempo y de su sociedad, como tampoco lo son los individuos
receptores en general. Están enredados por igual en la dialéctica
la existencia, la lucha de clases y la ideológica. Esta relación es
tanto más complicada, tanto menos separable de su dualidad y ••·••·''¡
ambigüedad dialéctica, cuanto que la tradición, de la que, además
de la praxis artística actual, se deriva todo modo de pensar irniicador
de un valor de posición histórico, cuanto que la tradición no
halla en ningún modo clara, sino que ella misma se está to1·m,mc10.

520
Pues no sólo la producción artística actual está condicionada por
el arte remanen te o redescubierto y despejado del pasado, también
los estilos olvidados y abandonados, pero resucitados y revalorados,
de épocas históricas rebasadas adoptan una nueva forma a la luz
de la dírección artística en desarrollo.

Dualism o de los estilos

La praxis y la teoría del arte están tan arraigadas en ideas dua-


listas que, en la historía y la crítica del arte, se ha intentad o siempre
distinguir dos príncipios opuestos de las tendencias y deducir de
ellos las direcciones estilísticas. La distinción de viejos modelos e
innovaciones precursoras, criterios de arte idealistas y realistas, ob-
jetivos y subjetivos, forman parte de las primeras formulaciones de
]a antinomia, la de universalismo e individualismo, rigorismo formal
y anarquía , racionalismo y universalismo, clasicismo y romanti-
cismo, de las posteriores, ingenuo y sentimental, apolíneo y dioni-
síaco, abstracción y con1penetración, introversión y extraversión,
tipismo y singularidad, de las más recientes. Y en el mismo sentido
se habla ahora de geometrismo y naturalismo, tectónica y atectónica,
yuxtaposición y subordinación, formalismo y expresionismo. Todos
estos conceptos giran en torno al mismo antagonismo. Se trata siem-
pre de la elección entre entrega a la realidad concreta y renuncia a
ella, entre preservación y destrucción de la realidad experimental. En
el cambio de los estilos, el mundo final, espacio-temporal, se acepta
o rechaza, se refleja o desfigura, se siente como algo satisfactorio
y prometedor o como algo amenaza nte y desesperado. El sujeto
se somete a sus reglas o procura imponerle la norma de un orden
«Superior», de una realidad ideal, normativa. Pero no siempre son
categorías claramente opuestas las que vienen a cuento en esta
tipología. Estilos como el gótico, el Renacimiento, el manierismo
y el barroco pueden considerarse, ciertamente, en relación con una
u otra dirección, aunque con ninguna constituyen una pareja de
conceptos unida y rigurosamente cerrada. Su relación con ellas es
dialéctica, pero mediatizadá de un modo más complejo y múltiple
que la relación existente entre antítesis sencillas y claras.
Hasta el clasicismo de la revolución francesa, que revela diáfa-
namente la oposición dialéctica al arte del ancien régime, no apa-
rece de una manera tan espontán ea y directa como se suele suponer.
Desde los tiempos del gótico transcurre ya el desarrollo artístico

521
entre los dos polos de una tectónica menos rigurosa y de un expre-
sionismo más libre, es decir, de una concepción artística tendente
al clasicismo y otra opuesta a él. Ningún estilo representa desde
entonces la simple negación, antítesis o síntesi~ de la tendencia
estilística anterior; tampoco la evolución estilística vuelve a ser
nunca totalmente rectilínea en una u otra dirección. Los investiga-
dores que esperan de un estilo como el clasicismo de la época de
la revolución una acentuación clara de la dirección antecedente,
encuentran peculiar y precisamente irregular el que el movimiento
no lleve de lo sencillo a lo complicado, esto es, por ejemplo, cie lo
linear a lo pictórico o de lo pictórico a lo más pictórico, sino que 1
el proceso diferenciador se irrumpa y la evolución retroceda a un ·.*··

estadio superado. Wéilfflin cree que en tal marcha atrás el impulso *


está «más claramente fundamenta do en las condiciones externas» ~
•.
que en los procesos complicado s ininterrum pidos". En realidad, las , Y
.1
«condiciones externas» desempeñan, sin embargo, el mismo papel .;::. . ,
en los dos casos. En cada nivel y en cada estadio del desarrolló ';;. . •
se mantiene abierta, e indecisa de antemano, acerca del objetiv?;:,.;,'
al que se va a dirigir la historia. Mantener la dirección existente;-'•''·"
es una tarea condicionada por la contradicción, y que la dialécticail~•..;.
ha de resolver, y depende de disposiciones espirituales «internas»c/1;:(r
en la misma medida que de condiciones materiales «externas», tanto¡;;"
como lo pueda ser la tarea de su cambio. El afán por detener o)!,
interrumpir el avance de las tendencias artísticas del ancien réginíe, ..
no requiere ningunas fuerzas fundamenta lmente diferentes, aunque
sí otros impulsos e ideales que el deseo de mantenerla s o aumeritar,'
su efecto. El estilo artístico del período de la revolución se difeJ:
renda de los clasicismos anteriores en que el rigorismo formal{;y1'.
adquiere mayor acento y alcanza un dominio más exclusivo que erí,.!~X
ningún otro desde el Renacimiento. Pero el arte de David no care""''
en absoluto de esa tensión ,entre estímulos internos y externos y,·
se halla a igual distancia entre posibilidades estilísticas opuestas,''
lo mismo que todo cambio de dirección artística desde el gótic():
También él representa un compromiso y se somete a determinada~;~
convenciones, aunque, como todo arte importante, a su propia';~
manera.

l:! H. WOlfflin: Kunstgeschich tliche Grundbegriff e, 1927 ', p. 252.

522
Can1bio interno y externo ele estilo

Por historia del arte hay que entender sobre todo el cambio
de los criterios del gusto, nociones de belleza y concepciones for-
males, aunque también incluye la evolución de los logros técnicos,
procedimientos anuales e instrumentos, el cambio de los medios
y vehículos de la comprensión. Las variaciones en un campo con-
ducen normalme nte a cambios en el otro, pero no sólo no se puede
hablar de ninguna primacía de uno u otro terreno, sino tampoco
de ninguna relación causal entre ambos. Un estilo nuevo no es ni
la consecuencia de la acción de nuevos principios formales sobre
la utilización de medios de representación técnica más viejos, ni
el resultado de la influencia de nuevos adelantos técnicos sobre el
tipo de configuración anterior. Es resultado de la dialéctica entre
los componentes inmanent emente formales y «transcendente» o
«abstractamente» técnicos. Por eso no se puede responder en un
sentido claro preguntas como la de si el cambio de estilo de la
arquitectu ra románica a la gótica se debe a una adquisición de
la técnica de la construcción, en particular al progreso efectuado
en la técnica de la construcción, en particular al progreso efectuado
en la solución de la tarea que planteaba el abovedado de grandes
espacios interiores, o a una nueva visión formal, a una nueva
concepción de la división del espacio, la cual favorece desde un
principio la tendencia a la altura, y en relación con la cual la
arquitectura gótica desempeñaba un papel meramen te subordinado.
En estos casos, técnica y óptica son indisolubles una de la otra,
pero no son mutuame nte reducibles.
Hay pocas fases de la historia del arte en las que el desarrollo
dialéctico, condicionado por las presuposiciones antitéticas del cam-
bio de estilo, se revele con más claridad que en tiempos de la
transición del románico al gótico. Sin embargu, como ocurre a
menudo, el cambio estilístico puede estudiarse mejor en las crea-
ciones del arte plástico que en las obras de la poesía. La explicación
radica, de un lado, en que el ejercicio de las artes plásticas relacio-
nadas con el trabajo manual se mantiene vinculado durante la
Edad Media, en términos generales, a un estamento profesional
homogéneo y, debido a esto, la división de su evolución purament e
estilística parece mucho más clara que la producción poética, que
repetidamente se desplaza de una capa social a otra, esto es, que de
antemano se desenvuelve a empellones y saltos, y de otro lado, en

523
que el espíritu burgués que mueve la nueva sociedad, de estabilidad
perturbada, se impone más rápida y directamente en las artes
plásticas que en la poesía, intelectualmente más limitada y con más
campo para el diletantismo. El cambio decisivo del espíritu occi-
dental de la época de transición, la vuelta del reino divino a la na-
turaleza, de las cosas últimas al mundo de las criaturas, se efectúan
en la escultura y en la pintura antes y de un modo más claro, y la
presentación de lo vivo y orgánico, que desde el fin de la Antigüedad
había perdido su sentido y valor, choca con menos obstáculos que
en las otras formas. Las palabras de Santo Tomás: «Dios se alegra
de todas las cosas, pues cada una de ellas concuerda con su esen-
cia», resuenan como una solución acertada para todo el naturalismo
nuevo.
Pero igual que la filosofía tomista no significa ningún nomina-
lismo directo y sin reservas, también el interés del arte por los
objetos individuales concretos de la experiencia no es más que uno
de los momentos disparatados, enredados en la dialéctica de la con-
cepción contradictoria del mundo. También en el arte, lo mismo que ·
en la filosofía tendente al nominalismo y el sentimiento de ·la vida
de la época, cada vez más individualista, se manifiesta el conflicto
entre la idea de un Dios transcendente, situado en el más allá, y la
de un poder divino inmanente, efectivo en las cosas mismas.
el orden ontológico y metafísico, que sigue siendo decisivo, conc
tinúan reflejándose, por cierto, los principios de la sociedad re1ma:1.
clasificada en estamentos, pero las nuevas fuerzas productivas,
trabajadores que se liberan de las cadenas de la servidumbre,
transformación de los servicios personales en trabajo
!izado, pagado según el rendimiento, y la mecanización de la
ducción dividida según el trabajo, estas nuevas fuerzas pr<)d11ctivftS.•
no son ya compatibles con las viejas relaciones de producción,
inherente liberación, por limitado que sea su efecto, se revela
tísticamente en el hecho de que las manifestaciones más dí1:ní:nutas e'.>
de la existencia empiezan a presentarse como algo singular y
table en su singularidad.
Mas aún no se puede hablar de un naturalismo unilateral,
transforme toda la realidad en una suma de percepciones se11sible:s,füi!l
como tampoco se puede hablar de la completa situación del do:milnió{i\'f
feudal por el orden burgués o del desplazamiento total de la dtc~7•:,::;c·'j
tadura espiritual de la Iglesia por una cultura laica,
clero. El dualismo de la concepción predominante del

524
la dialéctica de las fuerzas en mov
imiento no se revela en nin gún
sitio con más claridad que en el con
flicto entr e el universalismo y
el individualismo del gótico. En el
arte, la natu rale za no es ya la
realidad material mu da y pasiva,
tal como le parecía a la idea
judeo-cristiana de un creador y sob
erano invisible, espiritual, del
mundo. Ya no carece por completo
de espíritu, sino que es espiri-
tual men te tran spa rent e, aun que en
modo alguno llena de espíritu.
El idealismo gótico es al mismo tiem
po un natu rali smo que aspira
a formar sus figuras ideales espiritu
ales de una man era empírica-
men te correcta, de acuerdo por ente
ro con la estr uctu ra del capita-
lismo incipiente, que ve la salida
del feudalismo en la uni ón de
la emancípación del trab ajad or indi
vidual con la opresión de la
clase obrera, y según la nueva filos
ofía, que no coloca ya las ideas
por encima de las cosas individuales
sino dentro de ellas, mante-
niendo así las ideas, pero dejando
tam bién que se hag an valer los
hechos aislados de la experiencia.
Este limitado nominalismo,· que,
por cierto, no niega la in-
fluencia de las ideas en la formación
de las concepciones del mun do,
pero no las separa de los objetos
de la experiencia, es la forma
fun dam enta l del dualismo gótico, en
el cual se revela inconfundi-
blemente el fondo social del viraje
histórico. El «realismo» de la
disputa de los universales correspond
ía a un orden social esencial-
mente democrático, a una jerarqu
ía en donde sólo con taba n las
cabezas, mientras que los subalterno
s no disfrutaban de nin gun a
clase de libertad. El nominalismo,
por el contrario, responde a la
disolución pau lati na de las formas
autoritarias de gobierno y a la
preparación de un orden social más
democrático en contraste con
el principio de la subordinación y
de la opresión. El realismo filo-
sófico es la expresión de una socieda
d estática, conservadora y tra-
dicionalista, el nominalismo es la de
una sociedad dinámica, liberal
y progresiva. El cambio de una
a otra significa la aur ora del de-
recho a la ascensión par a aquellos
que ocupan los escalones infe-
riores de la escala social.
La dialéctica que se revela en el con
flicto de las fuerzas feudales
y antifeudales en la disputa de los
universales de la dialéctica, en
el cambio de estilo del espiritualismo
al empirismo del arte, se hace
rnler tam bién en la solución contrad
ictoria de los problemas de
composición del gótico. Reduce, por
un lado, el orden del arte
romántico, esencialmente ornamental
, que sigue el principio de
sucesión regular, y lo sustituye por
una forma más en consonancia

525
con el clasicismo, dirigida a la concentración, pero, por otro lado,
descompone la representación, dominada en el romántico al menos
por una unidad ornamental, en meras composiciones parciales que,
individualmente, corresponden más o menos a las reglas del prin-
cipio clásico de subordinación, aunque, en su totalidad, constituyen
a menudo una acumulación desordenada de episodios. Así, pues,
pese al afán de aligerar la composición rígida y compacta del ro-
mánico, sigue imperando todavía el principio de una organización
aditiva, tan alejada de la unidad de la forma clásica como la di-
versidad de la forma naturalista, y está sometida a la misma
dialéctica que todo el ser social, que la vida religiosa y el pensa-
miento filosófico de la época, que representa la transición histórica
entre tradicionalismo y racionalismo.

Forma y técnica
El antagonismo que impera en la economía, sociedad, religión
¡
y filosofía de esta época y que se manifiesta en la relación entre
economía de consumo y de lucro, feudalismo y burguesía, transcen-
dencia e inmanencia del mundo, universalismo y nominalismo, y
que determina tanto la relación del espiritualismo gótico con la
naturaleza como la del gótico con el romántico, se manifiesta tamc
bién en la relación dialéctica entre los principios racionales e irra,
cionales del mismo gótico, particularmente de su arquitectura. m
siglo xrx, que intentó elucidar el carácter de la arquitectura gótica,
de acuerdo con su propia concepción tecnológica del mundo, lo
califica de «arte calculador de ingeniería», derivado del principio.
de lo práctico y lo útil, y procuraba expresar visualmente en sus
formas, sobre todo, lo técnicamente necesario y constructivamente.
posible. Los teóricos representantes del siglo se esforzaron por .
derivar los principios formales de la arquitectura, en particular su
fraudulento verticalismo y el complicado funcionalismo de sus ele-
mentos, de la bóveda cruzada, esto es, de un descubrimiento de.
la técnica de la construcción. Tal explicación tecnicista parecia •
responder totalmente al racionalismo general, que pretendía disolver
el tradicionalismo de la Edad Media anterior. Pero es curioso que¡
a pesar de ello, el azar irracional que tan pronto aceleraba como
retardaba el progreso del trabajo en una construcción, y todo lo
parecia desviación casual en relación con las ideas tmnd:arrten:talle9,
de los edilicios, desempeñase un papel tan grande, perturbador Cl<=lil:C
verdadero proceso dialéctico, en la historia de la arquitectura guuca.•··:':';':•}i

526
Al principio se expuso el descubrimiento de la bóveda de aristas
como el momento esencialmente creador en la génesis del gótico,
y
el resto de las demás formas arquitectónicas como meras conse-
cuencias de este adelanto técnico. Luego se invirtió la relación, se
consideró la idea formal de la distribución vertical como mome nto
primario y su ejecución técnica como momento derivado, secundario
tanto en lo que respecta a la historia de la evolución como a la
estética. En el fondo, la controversia entre racionalistas e irraciona-
listas afectaba al mismo antagonismo que existía entre las opinio
-
nes de Gottfried Semper y Alois Riegl acerca del origen del arte ".
Por un lado se quería derivar la forma artística del cometido práctic
o
dado y de su solución técnica, y, por otro lado, se reconocía y sub-
rny'1ba que la misma solución técnica no era más que una parte
o varian te de la forma estética-visual. Ambos lados cometen la
misma falta, aunqu e con signos distintos. El tecnicismo de Viollet
-
le-Duc era tan romántico como el esteticismo de Ernst Gall, con
la diferencia de que uno partía de la vinculación total y otro de la
libertad absoluta de la voluntad artísti ca''.
En realidad, los principios formales y el procedimiento técnico
de cada fase de los desenvolvimientos artísticos son tan dependientes
entre sí como los factores de procesos dialécticos en general. La
independización de uno u otro como variables independientes es
siempre un acto arbitrario e irracional: consecuencia del pensa-
miento «romántico», adialéctico. Su sucesión histórica o sicológica
carece de importancia para su verdadera relación mutua , pues de-
pende siempre de tantos momentos incalculables que ha de consi-
derarse «casual». En la práctica es tan posible que da nervad ura
se derivase de razones puram ente técnicas y se descubriese despué
s
su aprovechamiento artístico» ", como que la visión formal estétic
a
precediera al descubrimiento técnico y que, en sus intentos de so-
lución técnicos, el arquitecto se rigiese ya por esta idea sin ar-
ticulación práctica todavía, tal vez aún entera mente inconsciente
para él. Lo único que parece indudable es que existe una relació
n
mutua mente constitutiva entre las formas estéticas y los medios
13
Gottfried Semper: Der Stil in den technischen und tektonischen
Küns-
ten, 1860. -Alois Riegl: Stilfragen, 1893.
11
Viollet- le-Duc: Diction aire raisonnée. 1865 - Ernst GaII: Die gotische
Baukunst in Frankreich und Deutsch/and, 1925.
H Paul Frankl: «Meinungen ii.ber Herkun
ft und VVesen der Gotik». en
W. Timmling: Kunstgeschichte und Kunstwissenschaft, 1923, p.
21.

527
técnicos. Evidentemente la v1s1on formal no es sólo germen y el
medio técnico no es sólo vehículo; un factor resulta del otro, sin
que ninguno de ellos ocupase continuam ente la primacía en su
relación, o que continuase siendo decisivo el estímulo primario que
en un caso determinado parte de uno de ellos.
El arte puede considerarse como paradigm a de formaciones
dialécticas, y, a decir verdad, no solo en lo que se refiere a los pasos
históricamente sucesivos y estructura lmente correspondientes o com-
plementarios de su desenvolvimiento, sino también en lo que atañe
a la conexión del sistema, que, en cada una de sus formas y fases
individuales, se apoya en el antagonismo de dos principios funda-
mentales. De un lado, constituye una estructura que, en el sentido
del arte por el arte, es forma pura, esto es, sin interés ni compro-
miso alguno frente a los objetos de la realidad y los problemas de
la vida, y que, por su indiferencia ante toda praxis, no puede
relacionarse positivamente con ninguna de éstas. Pero en contraste
con el aislamiento y la autonomí a de su forma, el arte representa
al mismo tiempo un compromiso lleno de contenido concreto, una
doctrina referida a la vida individual y social, un mensaje y re-
querimiento. Por heterogéneos que sean los dos elementos de esta
pareja antagónica, ninguno de ellos es imaginable sin el otro. La
noción ele la forma pura sólo tiene verdadero sentido en relación
con un ser formalmente indiferente; su autonomí a no puede sig-
nificar más que la emancipación de todo vínculo con la realidad.
Por otro lado, el compromiso significa rechazo ostensible ele varia-
ciones y combinaciones sin compromiso ele las formas. Forma y
contenido se anulan al anularse mutuame nte. Pues lo mismo que
el arte sólo tiene sentido en su ser-otra-cosa, en su diferencia con
la realidad afonnal, sólo adquiere esa relación innegable, aunque
negativa, con la realidad ele que depende su existencia, mediante
la negación de la relevancia ele la forma en sí y el acento ele su
compromiso.

5:28
;:,. Lín1ites de la dialécti ca

1. Evolución y revolución

Pese a toda la importancia que pueda tener la dialéctica en


la historia del arte, su validez no es absolutamente ilimitada. Uno
podría estar conforme con la concepción de que el problema ante
el que se halla el arte a cada viraje de su historia ha de considerarse
expresión de una contradicción interna y un conflicto latente, úni-
camente si todo estilo nuevo representase una elección entre po-
sibilidades opuestas y tomase un curso divergente de la dirección
;1rtística precedente, cosa que no siempre ocurre. El rococó, por
ejemplo, representa más bien la continuación que la oposición del
barroco, pese al hecho de que corresponde al gusto de una socie-
dad que, en muchos aspectos, es distinta a la precedente. Y en el
mismo barroco puede vislumbrarse tanto la continuación como
la oposición del Renacimiento. A menudo la antítesis de los estilos
sucesivos parece pertenecer más bien al aparato categorial de la
historia del arte, al esquema de su formación conceptual, que a la
índole de los fenómenos artísticos concretos. Y así, la idea de si los
estilos consecutivos se insertan o no en la fórmula de una dialéctica,
de una oposición fundamental, depende de dónde se coloquen las
cisuras de la evolución. Según se clasifique, por ejemplo, la historia
del arte italiano del siglo XVI y se separen entre sí el Renacimiento
tardío, el primer barroco, el manierismo y el barroco pleno, o se
vislumbren en ellos las fases de un proceso de diferenciación,

529
ofrece el siglo la imagen de un desarrollo consecuente o de una
serie de aspiraciones opuestas con crisis, conflictos y compromisos.
Las formas del pensamiento, sensación y actuación realistas se
desenvuelven por lo general sobre relaciones y posiciones contra-
dictorias, pero no exclusivamente por la vía de tales conflictos. Las
contradicciones y su conciliación, la negación y la reducción de
las posiciones negadas, la disputa y su solución no agotan en modo
alguno las formas del desarrollo histórico. Carecería de sentido y
de fundamento cerrarse a la comprensión de que el proceso evo-
lutivo termina una vez y se transforma en un movimiento revolu-
cionario, como afirmar que, según su esencia, el proceso es inflexi-
blemente rectilíneo, sin cambios ni giros opuestos, es decir, que
transcurre como evolución pura. Lo dudoso es, sin embargo, si lo
determinante para los acontecimientos respectivos es la evolución
o la revolución. Si se consideran éstas, esencialmente, innovaciones
o cambios de curso, y se ven los acontecimientos decisivos de la
historia social en el ascenso y descenso de las clases, los de la
historia de la filosofía en el cambio de los sistemas, los de la his-
toria del arte en el cambio ele estilo y de gusto, la dialéctica apa-
rece indudablemente como el principio decisivo de los procesos, los
cual es cierto, sobre todo, para períodos de crisis en ciernes, en
donde los acontecimientos típicos son la discontinuidad del des-
arrollo, las interrupciones de su línea y las oscilaciones del mo-
vimiento emprendido.
Pero no sólo los desarrollos continuados, seguidores de una
continuación rectilínea y ele un incremento paulatino de la ten-
dencia estilística predominante, están libres de coeficientes dialéc-
ticos, tampoco los cambios radicales de la historia estilística están
siempre dialécticamente condicionados. El principio nuevo, deter-
minante de tal cambio, no se presenta necesariametne como antí-
tesis de los principios estilísticos anteriores, y el equilibrio ele las
tendencias opuestas no siempre representa una síntesis. La transi-
ción de uno a otro puede ocurrir, por ejemplo, como el día sucede
a la noche, el agua apaga el fuego o el veneno se contrarresta
con el antídoto. No tiene por qué haber existido entre ellos ninguna
contradicción en sentido hegeliano. La dialéctica de las tendencias,
constelaciones y objetivos variables no deja de ser, por eso, una
forma fundamental del proceso histórico, y en todo caso, la forma
a la que hay que atribuir la validez más amplia. Constituye la
única legalidad, aunque no generalmente válida del todo, sí incon-

530
dicionalmente típica, de los procesos históricos. Todo lo que, por
lo demás, puede decirse de la marcha de la historia, se refiere a
fenómenos únicos, no esquematizables, muy variables.

2. Bifurcación de cammos

Pese a la resistencia fundamental que encuentra la dialéctica


por parte de los representantes conservadores de la «cientificidad»,
admiten estos algunos fragmentos histórico-teóricos, separados de
la doctrina en general, y, a veces, le conceden incluso un reconoci-
miento más amplio, si bien callado e inconsciente, de lo que se
merecen. Así, por ejemplo, habitualmente se atribuyen papeles casi
dramáticos a los estilos sucesivos al suponer que la evolución ar-
tística consiste en soluciones continuadas de problemas y que los
problemas se ofrecen en forma de alternativas. Ni siquiera se
sospecha que con esta fórmula del proceso histórico-artístico se
utiliza la «doctrina errónea» del «perro muerto» de Hegel. Hasta
Wolfflin, para quien los diferentes estilos no guardan ninguna re-
lación sistemática sino puramente cronológica, los concibe en rela-
ción mutua como tesis y antítesis. Cuando deja moverse la historia
de los estilos entre supuestas oposiciones, como clasicismo y barroco,
y los considera planteamiento y solución de problemas, olvida la
circunstancia de que en la historia del arte existe también el cam-
bio sin problemas, y que las soluciones ofrecen a menudo una
elección entre más de dos posibilidades. La bifurcación de los
caminos viables que se abren en una situación crítica, que requiere
una decisión, puede muchas veces llevar a más de dos direcciones.
A fines del período clásico griego se abre el camino hacia el cla-
sicismo formalista de los epígonos, al barroco retórico de los círculos
aristocráticos y al pequeño arte trivial de las capas inferiores.
Al esplendor del gótico suceden las diferentes direcciones estilísticas,
que no se disuelven en ningún mero dualismo, del formalismo del
«gótico intencional», del emocionalismo de la concepción burguesa
del arte y del primer Renacimiento orientado al clasicismo. El
Renacimiento tardío oscila entre el academicismo clasicista, el ma-
nierismo intelectualista y el barroco teatral. Junto a la diversidad
de estas ramificaciones, la dialéctica, limitada a una decisión al-
ternativa, parece una simplificación arriesgada de los hechos his-
tóricos.

531
Los críticos ingenuos de la dialéctica señalan a veces que esta
valora tan pronto negativa como positivamente las mismas rela-
ciones histórico-sociales,. que juzga de modo pilerente los produc-
tos artísticos estilísticamente homogéneos de un época y que, a
menudo, atribuye tendencias estilísticas contradictorias a la misma
sociedad. Olvidan no sólo que la concepción artística de una so-
ciedad es siempre parte de un contexto mayor, localmente dife-
renciado, sino que también pasan por alto el hecho de que la
ambivalencia de las tendencias y la ambigüedad de las valo;aciones
son propias de la mayor parte de los procederes humanos. Al modo
de los adversarios de la crítica de arte díaléctica se ha ridiculizado
también la motivación contradictoria de inhibiciones, fracasos y
neurosis morbosos, sin comprender que el sicoanálisis vio lo pa-
tológico en la exageración de las reacciones anímicas, ya fuera
positivo o negativo su efecto sobre el estimulo respectivo. Se hi-
cieron comprensibles por primera vez como objeto de una in-
terpretación ambivalente, igual que se comprendió, por ejemplo,
la novela corta italiana de los siglos x1v y xv como farsa para la
capa superior deseosa de entretenimien to y como arma en la lucha
de clases de la burguesía ascendente. Su carácter esencial se encierra
en esta ambigüedad, lo mismo que la explicación de la neurosis
radica en la ambivalencia de las actitudes anímicas. Y de este modo
produce también la crisis del estado aristocrático de sangre griega
el nacimiento de la tragedia y al mismo tiempo el de la comedia,
el hundimiento del feudalismo el sentimentalismo y Cinismo bur-
gueses, el fin del Renacimiento el manierismo intelectualmente ex-
clusivo y el arte cortesano retórico o el arte de masas sentimentalist a
del barroco.

3. Ambivalencia y dialéctica
Hegel, para quien una cosa significa ella misma y al mismo
tiempo su contrario, no veía nada enigmático en tales funciones e
interpretaciones contradictorias de los mismos fenómenos histó-
ricos. Marx, en cambio, luchó toda su vida con la dificultad por
hacer brotar de una cosa su contrario. No luchó con simples qui-
meras, y sus partidarios ponen las cosas demasiado fáciles cuando
liquidan de un golpe a quienes dudan de la validez de la dialéctica
afirmando que piensan de manera adialéctica. Los procederes con-

532
l
tradictorios en relación con los mismos hechos no están siempre
condicionados dialécticamente, sino que, a menudo, son sencilla-
mente absurdos y, por tanto, inaceptables racionalmente. La sus-
pensión de la lógica formal no equivale sencillamente a la del
racionalismo; la dialéctica posee su propia racionalidad. Obras y
movimientos artísticos pueden ser interpretados de manera diferente,
pero fenómenos como el natural ismo o el formalismo tienen en y de
por si un sentido determinado, invariable, por diferentes que sean
sus funciones según las condiciones en que estén implicadas. Se
obtiene un concepto falso de la dialéctica cuando se confunde la
entidad y la función de una cosa y cuando, del hecho de que las
funciones cambian, se deduce que las cosas y formas carecen de
carácter óntico propio.
La neurosis es inconsecuente. En y de por sí, ni el amor ni el
odio son neuróticos, sino su mezcla, el odio-amor. La ambivalencia
de las tendencias es el compañero sicoanalítico de la dialéctica, el
equivalente sicológico de la interpretación dialécticamente contra-
dictoria de las formas culturales; es el producto de la simultá nea
afirmación y negación de emociones, la expresión de aspectos di-
vergentes en relación con ellas, igual que la dialéctica es expresión
de funciones divergentes dentro de un estado de cosas en relación
con un mismo estilo temporal. La ambigüedad de los fenómenos
artísticos no se deriva, por ejemplo, de la circunstancia de que no
se comprenda su univocidad, o de que unas veces se en tiendan y
otras no, sino de que, a menudo, responden a ideologías diferentes
y sirven a fines distintos.
La negación dialéctica, consistente en la lucha de formas de
economía y de dominio, objetivos e instituciones políticas, en el
rechazo de pautas y normas, presupone el mismo orden de catego-
rías mentales que subyace en la simultá nea afirmación de estos
hechos, principios y valoraciones. Los combatientes de un sistema
toman sus armas, por de pronto, del arsenal de sus adversarios, a
saber, de los defensores del sistema atacado por ellos. El artista se
sirve· del mismo lenguaje, acepte o no la situación social dada, que
afirma y propaga sus correspondientes valores y normas , o los re-
chaza, critica e intenta descalificarlos. Desde el período de la revo-
lución se es criatura de la sociedad burguesa tanto en cuanto ca-
pitalista como en cuanto socialista. En la estimulación positiva o
negativa de las relaciones se utilizan las mismas formas mentales

l 533
0 lingüísticas. ¿Por qué no deben interpretarse entonces en sentido
diferente las mismas formas artísticas?

4. filosofía de la identidad
La dialéctica, en particular la de Hegel, no se desprendió por
completo de la herencia de la filosofía de la identidad; ésta continuó
siendo la fuente de sus dogmas más tortuosos. El más conocido y
fundamental de estos dogmas del sistema hegeliano era el de la
identidad entre «verdadero» y «real». La doctrina de la «racio-
nalidad de todo ente», formulada, como es sabido, en los Funda-
mentos de la filosofía del derecho, del modo siguiente: «Lo que es
racional, es real; y lo que es real, es racional», representa la in-
terpretación más aguda de la dialéctica entrelazada con la filosofía
de la identidad. Pone patas arriba la doctrina, a menos que se
interprete en el sentido arbitrario de que a cada fase evolutiva del
ser corresponde una tal razón irreversible, como creía Marx. Mas la
realidad no es ni racional ni irracional, sino ajena a la razón; co-
rresponde o contradice a la razón según la relación dialéctica en
que se coloque con ella.
Como es sabido, la objetividad es inimaginable sin las corres-
pondientes categorías racionales, igual que estas se disolverían en
nada sin un substrato objetivo para cada filosofía que no sea pura-
mente espiritualista. Sin embargo, su interdependencia no significa
en rnodo alguno su identidad. La interdependencia desprovista de
toda identidad es en la relación sujeto-objeto de manifestaciones
y artefactos más evidente que en la relación cosa-razón, y el error
fundamental de la dialéctica hegeliana, en la que desempeña un
papel tan grande la identidad entre configuración subjetiva y figura
objetiva, tiene consecuencias tanto más graves precisamente porque
es rnenos clara.
No es más que un juego de palabras decir que sujeto y objeto
son tan poco diferenciables entre si que, al fin y al cabo, uno se
disfraza siempre del otro. Es cierto que el contenido de un objeto
es pensamiento subjetivo objetivado, y que el mismo sujeto se
convierte en objeto al contemplarse en su propia actividad y con-
cebirse a sí mismo como un ente objetivo. Pero la firmación de
que han de considerarse, por ende, idénticos convierte en puro
absurdo la comprensión teórico-cognoscitiva, obtenida desde la su-

534
perac10n del «realismo ingenuo», de que nos
movemos en el
dualismo irreductible de un mund o sujeto-objeto.
La escisión entre
subjetividad y objetividad se continúa, por cierto,
en el mismo yo,
y el individuo no tiene conciencia de su existencia
hasta que no
se contempla dividido en un factor subjetivo y otro
objetivo. Pero
esto no transforma todavía la objetividad objetiva
en ning una ca-
tegoría mera ment e subjetiva y no desviste a la «con
ciencia en ge-
neral» de su subjetividad antropomorfa, irreductib
le a ning una
objetividad, por muy generalizada y pálid a que sea.
La indisolubi-
lidad de lo general y lo parti cular en cada forma
de la experiencia,
y, sobre todo, en la vivencia estética, no aclara más
la tesis de la
identidad de los opuestos en el sentido de la dialé
ctica hegeliana.
Cabe que el pensamiento de uno parezca imposible
sin la noción
del otro, cabe que incluso los dos se inclu yan mutu
amen te. a pesar
de ello su identidad queda sin demostrar.

5. Mov imie nto dialé ctico y auto mov imie nto

Tam bién la teoría del automovimiento del espír


itu y de la
sociedad, esto es, la doctrina de que el origen de los
procesos sociales
radica en la contradictoriedad inter na de los fenóm
enos, es un resto
de la filosofía de la identidad y, con su idea de
la inma nenc ia, es
una de las insuficiencias de la forma clásica de
la dialéctica. El
movimiento de la economía presenta todavía en
Marx un rasgo
problemático al presuponer, como la autorización
del espíritu en
Hegel, una especie de perpetuum mobile del desar
rollo. Incluso
aunq ue la dialéctica respondiese a una ley general,
domi nante de
toda la historicidad, cosa que no ocurre, sería inim
agina ble como
automovimiento. Pues, en sentido histórico, el movi
miento sucede
donde se revela una necesidad especial; pero tal
necesidad motiva
la separación del sujeto y del objeto.
La interpretación de la dialéctica como automovim
iento pro-
cede del deseo de establecerla como «principio prime
ro». Pero en
cuan to tal se autoa nula, ya que toda dialéctica se
inicia con la opo-
sición de dos principios, un esfr:nulo y una resistencia
, y permanet.
condicionada bilateralmente, mientras dure el proce
so. Es un prin-
cipio situa do fuera del sistema, no inma nente ,
el que la pone y
mant iene en movimiento. El automovimiento de
la historia presu-

535
pondría una espontaneidad racionalmente tan incomprensible como
la inspiración artística.
Tambi én el concepto del cambio repentino de una cantid ad
determ inada en una calidad nueva no es más que una forma me-
tafórica del automovimiento del substra to del desarrollo. Cierto
que los granitos aislados no empiezan a constituir un montó n hasta
que llegan a cierta cantidad, igual que se requiere cierta cantid ad
de personas para que los individuos se transfo rmen en un grupo
social, y es incuestionable que la nueva calidad, la realidad sui
generis del todo así surgido, no existía en los componentes indivi-
duales del montó n o del grupo ni tampoco es la simple suma de
sus componentes. Lo que se entiende por cambio dialéctico, no
corresponde exactamente al proceso que se efectúa en la génesis
de una calidad nueva en la esfera social. Por diferente que sea la
particularidad de un grupo social respecto de la de sus miembros
aislados, surge únicam ente porque el individuo está predispuesto
de antem ano a la socialización y el principio de lo social le es inhe-
rente en cuanto individuo. Aquí no se trata, por tanto, de un
«cambio» del individuo en sociedad, sino de un proceso por el cual
algo inarticulado se convierte simult áneam ente en individuo y en
grupo. Y esto tampoco sucede en modo alguno como automovi-
miento, sino en parte como individuación y en parte como unión
o
bajo la influencia de condiciones de existencia externas. El proces
dialéctico empieza donde se enfren tan individuo y sociedad; su
diferenciación, por tanto, no es el resultado de un desarrollo dia-
léctico.

6. Fetichización de la negación

En tanto el cambio haya de surgir mediante el automovimiento


de su substrato, su concepto es inadecuado al proceso histórico-
dialéctico. En contraste con la evolución biológica, el movimiento
dialéctico es discontinuo. La transición de la tesis a la antítesis,
de la contradicción a la conciliación, de la disputa a la reducción,
incluye un salto no mediatizado en un punto cualquiera. Este salto
es tan incompatible con la transformación automovida, inman ente
en la esfera, de una cantid ad conmensurable en una calidad incon-
mensurable, como lo es con la transformación mutua de espíritu
y
materia. La única forma adecuada y clara en la que el movim iento

536
1 dialéctico de una fase a otra puede representarse, es la indica
ción
1 de las ruptur as en la cadena de las mediatizaciones. Se revela
ya
en ese axioma de la doctrina de la dialéctica de que todo
movi-
..1 miento dialéctico comienza con una negación. Y como en el
sentido
de Hegel todo movimiento real es dialéctico, para él y sus
parti-
darios todo proceso histórico y menta l se deriva de una negac
ión. Es
cierto que la mayoría de los fenómenos históricos conducen,
sobre
su negación y su opuesto, a formas de desarrollo ulteriores
y más
elevadas. Pero la doctrina de que la negación tiene que
destruir
primero, antes de que sea ella misma destruida, es una mistifi
ca-
ción drama tizant e que simplifica los procesos reales y, a menud
o, los
desvirtúa. Suponer con Hegel que una situación es despla
zada y
sustituida y, como en el caso del capullo por la flor, «nega
da» por
otra, no es más que puro logicismo y racionalismo fetichizante
. A
decir verdad, la realidad es en y de por si tan poco lógica
como
es óntica una operación lógica.
Si por verdad científica se entiende una afirmación clara
de
hechos, una manifestación que corresponde a los principios
de la
proposición lógica de la contradicción y del tertiu m non datur,
la
dialéctica no puede aspirar a ningu na cientificidad. En el
sentido
de la lógica formal, científico es solamente el análisis o explic
ación
que bajo las mismas condiciones experimentales lleva a los
mismos
resultados. La dialéctica no puede ni tampoco intent a respon
der
a este requisito. Su esencia, por el contrario, radica en
que los
resultados que alcanza pueden ser también muy diferentes
bajo
las mismas presuposiciones externas, en el mismo medio ambie
nte
natura l y en la misma época. Un estado de cosas dialécticame
nte
motivado consta, de antemano, de elementos opuestos.
El con-
cepto de barroco incluye, en determinadas condiciones, como
sobre
todo en las francesas del siglo XVII, rasgos ajenos al estilo,
clasi-
cistas. La contradicción entre naturalismo y formalismo
puede
resultar estilísticamente insignificante, como en el arte manie
rista.
y el natura lista Bruegel puede ocasionalmente producir un efecto
no
menos formalista que el afectado Parmigianino. Afirmar que
tales
oposiciones tienen un fundamento lógico sería tan absurd
o como
declarar que son indemostrables en la realidad y repres entan
meras
invenciones o tergiversaciones perversas de hechos simples y
claros.
La doctrina hegeliana de que toda determinación es en y de
por
sí contradictoria y que, por tanto, contiene la negación de sí
misma,
puesto que al decir el predicado lo que es una cosa, dice al
mismo

537
tiempo lo que no es, tiene un significado puramente formal que
no afecta la verdadera constitución del objeto respectivo. Marx le
criticaba a Hegel del modo más agudo este formalismo lógico, y
en el deseo de derivar la realidad de la idea veía el paradigma de
lo que él llamaba mistificación.

7. Proliferación de las opos1c1ones

El axioma de la dialéctica hegeliana de que con cada concepto


nuevo se establece también su contrario, lleva a la acumulación de
las oposiciones y a la inundación de la teoría con antinomias apa- 1
rentemente «dialécticas». Se utilizan como tales no sólo conceptos 1
meramente complementarios y alternativos, que implican fenó-
menos contrapuestos, pero no contradictorios, se utilizan no sólo
ideas claras y lacónicas, como derecha e izquierda, grande y pequeño,
finito e infinito, que no se hallan en ninguna clase de tensión ni
conflicto mutuos, sino que también se recurre a ideas como existen-
cia y esencia, derecho y moralidad, familia y sociedad burguesa,
que ni siquiera están opuestas la una a la otra. Tampoco Marx
está totalmente exento de la debilidad por esta insaciabilidad de
oposiciones y contradicciones, que él reprocha a Hegel y a Proudhon.
También él, tal como achaca sobre todo a Prouclhon, parece más
interesado en las contradicciones que en su solución.
Puede afirmarse con razón que puntos ele vista e interpreta-
ciones mutuamente opuestos son instructivos, y a menudo impres-
cindibles, para la comprensión ele los procesos históricos. Pero
apenas se puede mantener que debilitan el principio ele contradic-
ción de la lógica formal, o que hay que aceptar sin más su contra-
clictorieclad. Ésta representa más bien, en cada caso resultante, un
problema y un aspecto que hay que justificar. Kant opinaba aún que
la razón cae en una dialéctica ele contradicciones insolubles cuando
se emancipa de la experiencia; Hegel fue el primero en declarar
que las contradicciones no sólo se mueven desde un principio en
los límites ele la razón, sino que son ellas precisamente las que
ponen en movimiento la realidad, de otro modo estática, y son
idénticas a la realidad en movimiento, devenir y crecimiento.
También Marx cree en la constante movilidad y movimiento del
mundo histórico-social dialécticamente determinado, pero cree ha-

538
ber encontrado el motor del movimiento en una dirección opuesta
a la tendencia hegeliana.

8. Totalidad
Los motivos decisivos ele la dialéctica clásica, tanto ele la hege-
liana como ele la marxista, la negación y la negación ele la negación,
la disarmonia y la armonía restablecida, la enajenación y la anu-
lación, están encaminadas a la realización de la totalidad de la
existencia humana alienada, rota en el curso de la historia, al
renacimiento de «todo el hombre», que ha sucumbido víctima de la
cultura histórica. La sustitución de la existencia fragmentaria y
atomizada que lleva la humanidad desde finales del nebuloso es-
tado natural y los comienzos de la cultura problemática que cono-
cemos, por ltna existencia homogénea y orgánicamente coherente,
este ideal de un rousseauismo inalienable a pesar de todas sus
dudas, es el ideal ele toda dialéctica real que abarque la teoría y
la praxis. Para esta no se trata sólo de la obtención de una
filosofía como ciencia clave, central y global, sino, sobre todo y
siempre, de la lucha contra la alienación en el sentido en que Hegel
y Marx están de acuerdo.
El «todo» ele la verdad, del conocimiento, ele la sociedad en
cuanto comunidad humana, el nexo homogéneo ele sus necesidades,
normas, inclinaciones, capacidades y rendimientos, no los vemos ni
comprendemos en ninguna forma teórica; también la dialéctica no
expresa más que la voluntad ele comprender esta totalidad. La
totalidad extensiva del saber universal sigue siendo para siempre
inconclusa, en el pensamiento dialéctico no se expresa más que la
necesidad de complemento del conocimiento y el deseo de una
imagen del mundo integral, y no su posesión o el camino seguro
para lograrlo. La primacía que concede la dialéctica a la categoría
de la totalidad sobre los aspectos parciales del saber. se justifica
por el hecho de que los momentos individuales de todas las actitudes
humanas van más allá ele sí mismos y tienden a la perfección,
siendo indiferente que esta sea alcanzable o no. Ciertamente. la
dialéctica amplía el conocimiento de los nexos en que está enredado
el hombre socializado y preso de tareas culturales, pero el ele la to-
talidad ele las relaciones también le está reservado.

539
La cualidad atribuida a la «totalidad dialéctica» por parte del
marxismo ortodoxo, a saber, la de que sus momentos individuales
«llevan en sí la estructura del todo» ', no la muestran en realidad
más que las obras de arte. Sólo en la obra de arte son los compo-
nentes individuales del mismo tipo que su totalidad y unidad; sólo
aquí late en ellos la misma vida que en el organismo del que son
miembros. La inherencia de la totalidad en las partes que se calificó
en este estudio de «totalidad intensiva», a diferencia de la inalcan-
zable «totalidad extensiva», no se halla en ninguna figura teórica.
Es la característica que distingue del modo más significativo y pro-
fundo las formas del arte de todas las demás estructuras. Pero la
noción de totalidad, sin estar sometida a ninguna diferenciación
de este tipo, se ha convertido en idea fija y en ídolo del materia-
lismo dialéctico. En la lucha desesperada contra la alienación que
trajeron consigo la división del trabajo, la especialización de los
rendimientos, la despersonalización del trabajador y la atomización
de la sociedad, el ideal de la totalidad coherente se convirtió en la
encarnación de los valores destruidos y en el modelo de esa fe-
tichización, cuyo mecanismo descubrió precisamente la teoría mar-
xista.
Mas poner en duda la totalidad, pese a su mistificación, en
cuanto imagen rectora de la praxis, del pensamiento, de la exis-
tencia digna del hombre, en cuanto verdadero objetivo de la filosofía,
e ignorar que la filosofía surgió por primera vez de la preocupación
por la pérdida de una imagen homogénea y totalitaria del mundo
y la descomposición e inconexión de la existencia humana, sólo
testimonia la falta de sentido para la índole y la función de la
filosofía. Pero no puede negarse que la expresión se ha convertido
en un simple cliché de la jerga dialéctica, y que, aunque se tuvo
conciencia clara del significado del asunto, uno podía cansarse
de la palabra tanto como, por ejemplo, de la eterna queja sobre la
«alienación», la cual se haría finalmente responsable de todo lo
adverso en la vida de la sociedad. El vocablo impropio desacreditó
la cosa.
En la acrobacia lingüística de los dialécticos embargados por el
virtuosismo de Hegel, nada quedó más limpio y firme que la
misma terminología fetichizada, la cual giraba en torno a las con-

1
Georg Lukács: Historia y conciencia de clase, 1923, p. 217,de la edi-
ción alemant1.

540
signas mag1cas de negac1on, anulación, identidad, alienación y
totalidad. Lo que actuaba y actúa aquí es un «encant amiento de
palabra s»' que rehúsa examinar la aplicación de conceptos que
figuran como sacrosantos. La entidad inerte de las palabras impide
el pensamiento de entrar en contacto con los hechos. No se debe
pensar en excesos le este género, si se quiere prestar oídos al am-
bicioso Georges Gurvitch, el cual quisiera escribir en el frontispicio
de la casa de las «ciencias del hombre», esta divisa de resonancias
dantescas: «No entre aquí nadie que no sea dialéctic o»'. La obser-
vación de las palabras de Marx: «el arma de la crítica no puede
suplir la crítica de las armas»" , podría evitar la exaltación de tales
pretensiones. La validez de la dialéctica no es ilimitada, aunque
su significado tampoco se rompe por el número de casos en los que
no se confirma.

:: Cf. Hans Albert: «Der Mythus dcr totalen Vernunft», Der Posítiuis-
niusstreit in der deutschen Soziologie , 1962, p. 239.
3
Georges Gurvitch: Dialectiqu e et sociologie, 1962, p. 239.
1
Marx: Anales franco-alenianes, 1844.

541
Indice

Tercera parte: DIALÉCTICA DE LO ESTÉTICO

l. Concepto de dialéctica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 42 3
l. Arte y ciencia ., ............ ............ ... . 423
2. Estructura de la ciencia ............ ........ . 427

2. El pnnc1p10 de contradicción ............ ..... . 431 1


¡
l. La doble verdad ............ ............ .. . 431
El límite como elemento de lo limitado.
Inmanencia v transcendencia. Resistencia
y contradicci6n. Identidad.
2. La división del proceso dialéctico ........ . 441
l
Las tres fases. Dialéctica e historicidad.
. . d"la l'ec t"!CO ••....•..... .•..•.•.....
3. El an ál!SIS 447
El elemento humano y el objetivo. El cam-
bio de cantidad en calidad. Paradojas de
la dialéctica. Automovimiento.
4. El concepto de «reducción» ............ .. . 459
Logros históricos. Tradición. Progreso y
totalidad.
5. Análisis y síntesis . . .. . . .. . .. . . . .. . . .. . .. . .. . 467
Síntesis anticipada. La «trampa de la tota-
lidad».
6. Dialéctica metodológica y ontológica . . . . . . 470
Dialéctica conceptual. Dialéctica real. Con-
tenidos y formas categoriales.

3. Dialéctica de la historia y de la naturaleza 477


l. Teoría crítica y profética de la historia .. . 477
Historicismo. El sujeto de los procesos dia-
lécticos. Ontología y posición. Estructura
e historicidad. Libertad y dependencia.
Pronóstico.
2. La ficción de la dialéctica de la naturaleza. 488
Naturaleza muda. Historificación de la na-
turaleza. Polar, complementario, contrario,
contradictorio. Hombre, naturalew, his-
toria.

4. Dialéctica de lo estético ....... _................ 497


l. Las paradojas del arte .. . .. . .. .. .. .. . .. .. .. 497
Despsicologización y animación. Voluntad
universal y asociación universal.
2. La creación artística .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. 505
Paradigma de la dialéctica. Fases de la
creación artística. Lo consciente y lo m-
consciente. Marx, Friedler, Lessing.
3. Dialéctica de la estructura de la obra 515
Estructura y partitura. Forma y contenido.
4. El proceso histórico-artístico .. .. .. .. . .. .. .. 518
Cambio de estilo. Dualismo de los estilos.
Cambio interno y externo de estilo. For-
ma y técnica.

5. Límites de la dialéctica 529


l. Evolución y revolución .................... . 529
1 2. Bifurcación de caminos .................... . 531
1
3. Ambivalencia y dialéctica . . . . . . . . . . . . . . . . . . 532
4. Filosofía de la identidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . 534
5. Movimiento dialéctico y automovimiento. 535
6. Fetichización de la negación . . .. . . . . . . . . . . . 536
7. Proliferación de las oposiciones . . . . . . . . . 538
8. Totalidad .. . . . .. .. . . ... . . . . . .. . . . . . .. . . . . . . . . . . . 539
Dialéctica de lo estético cons- ¡

f~I
tituye el volumen 3 de la mo-
numental «Sociología dél arte»
que Ediciones Guadarrama pu-
blica ahora en Punto Omega,
Colección Universitaria de Bol-
sillo. UJ
Esta obra, que corona la ex- :')1
traordinaria labor investigado-
ra y creadora de Arnold H au- <l'.: j
ser, se basa en sus trabajos an- I ¡
teriores, y principalmente en el <{
aparato conceptual presentado
en su «Teorías del arte» (Pun-
to Omega, núm. 53 ). Aunque
los conceptos fundamentales se
conservan en lo esencial, las
ideas del autor han sufrido una
evolución que no puede por
menos de manifestarse en esta
.obra cimera. Así, por ejemplo,
la separación entre el marxis-
mo politico, .que le permite
depurar la teoría de ciertos
lastres metafísicos, la interpre-
tación del materialismo · histó-
Fico en el sentido de ampliar
el concepto de infraestructura
para dar cabida a elementos
de carácter espiritual, o la apli-
cación matizada del método
dialéctico, que le conducé a
negar que todo proceso histó-
rico haya de ser necesariamen-
te dialéctico.
Obra de plena madurez, en .la
que el autor nos da lo mejor
de sí mismo, y la cual quedará
sin duda como la primera obra
clásica de sociología del arte.

Guadarran•a