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SI ESTO ES UN HOMBRE DE PRIMO LEVI

RECURSOS LITERARIOS

La originalidad de Si esto es un hombre proviene de su cruce de diversos

géneros: contiene algo de novela de formación, de informe antropológico y casi

zoológico, de literatura de memorias y también de reflexión filosófica y moral, sin

terminar de pertenecer a ninguno de estos géneros. Tiene también de novela de

aventuras y supervivencia e incluso contiene una parte de cuento infantil.

Hay una cosa, sin embargo, que desde el principio se niega a ser y que tanto

abunda en la literatura del Holocausto: una obra que explote el morbo y la

truculencia: «No lo he escrito con intención de formular nuevos cargos; sino más

bien de proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos

aspectos del alma humana» (27). Levi rehúye la victimización desde la primera

frase: «Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944» (27). En

contra de lo esperado, comienza no lamentándose, sino congratulándose de

su suerte.

También desde el principio señala con claridad la raíz de todo mal político:

aquellos («individuos o pueblos») que piensan que «todo extranjero es un

enemigo». Cuando este prejuicio se convierte en doctrina, «entonces, al final de

la cadena está el Lager» (27). Levi no limita el mal simplemente a los judíos y el

antisemitismo, sino que lo generaliza a cualquier discriminación contra el

diferente, del que el antisemitismo sería tan sólo un caso.

En el apéndice de 1976 se muestra aún más explícito: La aversión contra los

judíos, impropiamente llamada antisemitismo, es un caso particular de un

fenómeno más vasto: la aversión contra quien es diferente a uno. No hay duda
de que se trata, en sus orígenes, de un hecho zoológico: los animales de una

misma especie, pero de grupos distintos manifiestan entre sí fenómenos de

intolerancia (233-234).

El autor advierte también de que su obra, aunque memorialística, persigue un

propósito muy claro de actualidad, pues el prejuicio asesino no está en absoluto

erradicado: «La historia de los campos de concentración debería ser entendida

por todos como una siniestra señal de peligro» (27).

Pero sin duda la primera motivación del libro es personal: la urgencia de

expresarse «como una liberación interior» (28); la «necesidad de hablar a “los

demás”, de hacer que “los demás” supiesen…». «De aquí su carácter

fragmentario: sus capítulos han sido escritos no en una sucesión lógica sino por

su orden de urgencia».

ANÁLISIS DE PERSONAJES

La reflexión moral nunca es abstracta en Levi, se encarna siempre en casos

concretos, comportamientos individuales, retratos de caracteres y de personajes.

En uno de los capítulos centrales del libro, «Los hundidos y los salvados» ―tan

importante para el propio autor que, ya al final de su vida, lo retomaría para

convertirlo en un libro del mismo título―, Levi nos presenta cuatro casos

paradigmáticos de supervivientes. Los cuatro, sin embargo, a pesar de ser tan

diferentes, coinciden en una cosa: un egoísmo despiadado, sin ninguna

cortapisa moral, dispuesto a todo por la supervivencia.

Tenemos el hombre normal (Schepchel) que no duda

en traicionar para sobrevivir; el que proviene de la clase


dominante (Alfred L., ingeniero y directivo de empresa)

que aplica su feroz clasismo a la supervivencia; la

animalidad encarnada (Elías Lindzin), un enano hercúleo

y medio subnormal, capaz de resistir cualquier embate

debido precisamente a su inhumanidad («Si Elías recobra

la libertad se verá confinado al margen del consorcio

humano, en una cárcel o en un manicomio. Pero aquí, en

el Lager, no hay criminales ni locos»: el producto de

desecho es el mejor adaptado para la vida en el campo).

Por último, Henri (foto de la izquierda), un joven culto

y despabilado: «Sólo tiene veintidós años; es

inteligentísimo, habla francés, alemán, inglés y ruso, tiene

una óptima cultura científica y literaria» (130). Henri es

astuto y sabe inspirar compasión con su aspecto aniñado

a los prisioneros ingleses con los que negocia: «Henri

tiene el cuerpo y la cara delicados y sutilmente perversos del San Sebastián del

Sodoma»

(131). Levi, después de pintar un retrato más bien halagüeño de él («Hablar con

Henri es
útil y agradable; hasta sucede a veces que al oírle afectuoso y cercano parece

posible una

comunicación, quizás hasta un afecto»), lo despacha lapidario porque sabe que

es tan

despiadado como el resto: «Hoy sé que Henri está vivo. Daría cualquier cosa por

saber de

su vida de hombre libre, pero no quiero volver a verlo» (132).

El verdadero Henri se llamaba Paul Steinberg y tenía dieciocho años, no

veintidós.

Había nacido en Berlín, en una familia judía rusa que emigró a Italia y

posteriormente a

Francia en 1933, y de ahí a Barcelona, desde donde regresó a Francia debido a

la guerra

civil española. El joven Steinberg era políglota como buen nómada y las

ajetreadas

vicisitudes de su infancia y adolescencia lo habían hecho adaptable y

desapegado

afectivamente, aptitudes que se revelarían de lo más idóneas en Auschwitz. En

septiembre

de 1943 fue denunciado y detenido en París, y desde allí, vía Drancy, enviado a

Auschwitz,
como tantos otros judíos franceses. Como señala Levi, su astucia y encanto le

granjearon la

protección de diversos «prominentes» (kapos, médicos, prisioneros de guerra),

gracias a lo

cual sorteó todos los peligros y logró salir vivo de Auschwitz. Muchos años más

tarde, en

1996 y ya enfermo de cáncer, publicó un libro de memorias2

donde trata de contrarrestar, o

al menos justificar, la imagen negativa que daba Levi de él, al que, por cierto, no

recordaba

aunque coincidieran en el comando químico de Buna. Steinberg reconoce la

degradación

moral que el Lager provocó en él, aunque ¿cómo podía esperar nadie que un

adolescente

preservase su integridad cuando la mayoría de los hombres curtidos no lo

lograron?

«Seguramente yo era así», confiesa sobre la visión que Levi dio de él en Si esto

es un hombre,

«ferozmente determinado a hacer cualquier cosa por sobrevivir, dispuesto a

emplearcualquier medio que tuviera a mano, incluyendo mi talento para inspirar

simpatía y lástima.
Lo más extraño de todo acerca de esta relación que parece haber dejado tan

profundas

huellas en su memoria [se refiere a Levi], es que no me acuerdo en absoluto de

él. ¿Acaso

porque consideré que no me sería de utilidad? Lo cual confirmaría de paso su

juicio sobre

mí […] ¿Debe uno sentirse tan culpable por haber sobrevivido?».

Al lado del egoísmo despiadado, que es lo que más abunda, Levi rescata

también algunos

raros casos de solidaridad y desprendimiento.

En el emotivo capítulo «El canto de Ulises», habla el autor del Pikolo de su

comando (una

especie de grumete del barracón):

«Jean era un estudiante alsaciano; aunque tenía veinticuatro años, era el

Häftling [prisionero] más

joven del Kommando Químico. Por eso le había tocado el cargo de Pikolo, es

decir, de pinche letrado,

afecto a la limpieza de la barraca, a la entrega de las

herramientas, al lavado de las escudillas, a la contabilidad de

las horas de trabajo del Kommando […] Hay que saber que el

cargo de Pikolo es un grado bastante elevado en la jerarquía


de las Prominencias» (141-142).

Aun así, Jean Samuel (en la foto) es un Pikolo benévolo

y muy querido, lo cual no es lo habitual:

«Era despabilado y físicamente robusto, y al mismo tiempo

pacífico y amigable: aun conduciendo con tenacidad y coraje

su secreta lucha individual contra el campo y contra la

muerte, no se olvidaba de mantener relaciones humanas con

los compañeros menos privilegiados» (142).

Levi trata de recordar un canto de la Divina Comedia para

traducírsela a Jean Samuel, que desea aprender italiano y es

un oyente atento y sensible. En uno de los pasajes más

estremecedores del libro, el italiano da con unos versos que le conmueven hasta

lo más

hondo porque le recuerdan la humanidad que creía haber perdido:

para vivir cual brutos no os hicieron,

mas para profesar virtud y ciencia

Jean Samuel sobrevivió a Auschwitz y fue entrañable amigo de Primo Levi, con

el que se

carteó toda su vida. Murió en 2010, con 88 años.


En agosto de 1944 comienzan los bombardeos sobre la planta industrial de

BunaMonowitz y la producción se retrasa y finalmente se detiene. Durante estas

fechas Levi

conoce a Lorenzo Perrone (foto de página siguiente), no un prisionero, sino un

trabajador

civil italiano, albañil de profesión y paisano del Piamonte, que le ayudó a

sobrevivir

proporcionándole de manera clandestina y arriesgada raciones extra de comida.

También

escribió cartas a Italia en su nombre y le hizo llegar un paquete de comida. Levi

siempre

reconoció que le debía la vida:

… un obrero civil italiano me trajo un pedazo de pan y las sobras de su rancho

todos los días y

durante seis meses; me dio una camiseta suya llena de remiendos; escribió para

mí una carta a Italia y

me hizo recibir la respuesta […] creo que es a Lorenzo a quien debo estar hoy

vivo; y no tanto por

su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su

presencia, con su manera

tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro

[…] Los
personajes de estas páginas no son hombres […] Pero Lorenzo era un hombre;

su humanidad era

pura e incontaminada, se encontraba fuera de este mundo de negación. Gracias

a Lorenzo no me olvidé yo mismo de que era un hombre (153-156). Tras la guerra

y retornado a Italia, Perrone se hallaba tan traumatizado por lo que había visto

que abandonó el trabajo y se entregó al alcoholismo. Levi lo visitó en diversas

ocasiones en el pueblo en que vivía, Fossano, y trató de rescatarlo de la vida de

mendigo que llevaba. Todo fue en vano: Lorezo Perrone murió tuberculoso y

alcoholizado en 1952, con 48 años. En 1998 fue nombrado «Justo entre las

Naciones» por Yad Vashem. En una entrevista con el autor, Levi evocaba

emocionado a Perrone: Era muy ignorante, casi analfabeto, apenas sabía

escribir. No era un hombre religioso; ni siquiera conocía los Evangelios, pero por

instinto intentó rescatar a la gente, no por orgullo ni por la fama, sino simplemente

porque tenía buen corazón y por pura humanidad. Una vez me preguntó en su

estilo lacónico: ¿Para qué hemos venido al mundo si no para ayudarnos unos a

otros? Pero se sentía atemorizado por la marcha del mundo. Después de ver a

la gente morir como moscas en Auschwitz, ya no podía ser feliz. No era judío ni

siquiera un prisionero. Pero era una persona muy sensible. Cuando regresó tras

la guerra comenzó a beber. Fui a verle ―vivía no lejos de Turín― y traté de

convencerle de que dejase de beber. Como era un alcohólico, había dejado su

trabajo de albañil y se dedicaba a recoger chatarra. Se bebía cada lira que

ganaba. Le pregunté por qué y él me respondió con su franqueza: «No quiero

vivir más; estoy harto de la vida… Después de ver esta amenaza de la bomba

atómica… Creo que ya he visto de todo…»3 Levi llamó a sus hijos Lisa Lorenza

(nacida en 1948) y Renzo (nacido en 1957) en honor de Lorenzo Perrone. Tras


pasar por la enfermería, a Levi le envían a un nuevo block, donde tiene la suerte

de reencontrarse con un amigo italiano, Alberto Dalla Volta (en la foto), un joven

animoso y despabilado que se convertirá en compañero inseparable y le

enseñará a sobrevivir: Alberto es mi mejor amigo. Sólo tiene veintidós años, dos

menos que yo, pero ninguno de los italianos ha demostrado una capacidad de

adaptación semejante a la suya. Alberto entró en el Lager con la cabeza alta, y

vive en el Lager ileso e incorrupto […] los dos estamos unidos por un

estrechísimo pacto de alianza, por lo que cada bocado «organizado» [extra,

clandestino] es dividido en dos partes rigurosamente iguales […] La sangre de

sus venas es demasiado libre para que Alberto, mi viejo amigo no domado,

piense en arrellanarse en una colocación; su instinto lo conduce a otra parte,

hacia otras soluciones, hacia lo imprevisto, lo extemporáneo, lo nuevo. A un buen

empleo, Alberto prefiere sin dudar las incertidumbres y las batallas de la

«profesión liberal» (83, 174).

En el último capítulo, Alberto Dalla Volta acude a despedirse: será la última vez

que se

vean; Alberto morirá durante las marchas de la muerte:

Y vino al fin Alberto, desafiando la prohibición, a decirme adiós por la ventana.

Era mi inseparable:

nosotros éramos «los dos italianos» y las más de las veces los compañeros

extranjeros confundían

nuestros nombres. Desde hacía seis meses compartíamos la litera y cada gramo

de comida
«organizada» extrarración […] Nos despedimos, no hacían falta muchas

palabras, ya nos lo habíamos

dicho todo infinitas veces (192-193).

Alberto, hijo de un comerciante de muebles, nació en Mantua en 1922 y vivió en

Brescia

casi toda su vida, hasta su detención en diciembre de 1943. Fue deportado junto

con su

padre, que perecería en la cámara de gas en 1944. La madre y un hermano

lograron

sobrevivir a la guerra escondiéndose.

En el último capítulo del libro, titulado «Historia

de diez días», aparece Charles Conreau (1913-

2012, en la foto), un maestro francés y prisionero

político no judío, que llegó a Auschwitz en los

últimos tiempos, por lo que se encontraba en

mejor estado que el resto de los prisioneros. Como

Primo, estaba ingresado en la enfermería debido a

la escarlatina, pero era el preso en mejores

condiciones físicas del barracón, y de ahí que se

convirtiera en el compañero de Primo en sus

excursiones al exterior de la enfermería en busca de


provisiones. Gracias a esas batidas casi todos los

enfermos del barracón de infecciosos lograron

sobrevivir hasta la llegada de los rusos.

Levi describe a los dos franceses con los que se

encuentra en el barracón: «Los dos franceses con

escarlatina eran simpáticos. Eran dos provincianos de los Vosgos, ingresados

en el campo

pocos días antes con una gran expedición de civiles rastreados por los alemanes

que se

retiraban de la Lorena». Uno de ellos «se llamaba Charles, era maestro de

escuela y tenía

treinta y dos años» (189). «Charles era valiente y robusto», nos cuenta Primo

(196).

Levi mostró siempre gratitud ante la entereza y humanidad de Charles:

Parte de nuestra existencia reside en las almas de quienes se nos aproximan:

he aquí por qué es no

humana la experiencia de quien ha vivido días en que el hombre ha sido una

cosa para el hombre.

Nosotros tres [los dos franceses, Charles y Arthur, y Levi] fuimos en gran parte

inmunes, y nos

debemos por ello mutua gratitud; es por lo que mi amistad con Charles resistirá

al tiempo (212).
El 27 de enero llegan por fin los rusos. De los once enfermos del barracón de

infecciosos

sólo sobrevivirán en los próximos días cinco. El libro acaba precisamente con un

recuerdo

a su amigo francés: «…Charles ha vuelto a su profesión de maestro; nos hemos

escrito

largas cartas y espero volverlo a ver algún día» (213).

Al lado de estas poderosas figuras individuales, se encuentran también retratos

colectivos,

que reflejan el propósito nazi de convertir a los individuos en una masa anónima,

uniformada e indistinguible. Levi dibuja en diversas ocasiones a una

muchedumbre de

condenados, entre los que se incluye, que parece entresacada del infierno

dantesco. Por

ejemplo al principio del relato, cuando tras el ritual del ingreso los presos

contemplan en

qué han quedado convertidos:

Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene

palabras para expresar

esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi

profética, se nos ha
revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una

condición humana más

miserable no existe y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han

quitado la ropa, los

zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán; y si nos escucharan

no nos entenderían.

Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar

en nosotros la fuerza

de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que

hemos sido, permanezca

(47).

Otro muestra sobrecogedora sucede casi al final de la historia, cuando Levi es

admitido al

fin para trabajar en el laboratorio y allí se encuentra por primera vez en mucho

tiempo con

mujeres civiles, no prisioneras, que le hacen avergonzarse de su aspecto:

No sabemos qué aspecto tenemos; nos vemos el uno al otro y a veces nos

reflejamos en un cristal

terso. Somos ridículos y repugnantes. Nuestro cráneo está calvo el lunes y

cubierto por una corta

pelusa oscura el sábado. Tenemos la cara hinchada y amarilla

permanentemente marcada por las


cortaduras del barbero apresurado, y frecuentemente por cardenales y llagas

entumecidas; tenemos el

cuello largo y nudoso como pollos desplumados. Nuestra ropa está

increíblemente sucia, manchada

de barro, sangre y pringue […] Estamos llenos de pulgas, y nos rascamos a

menudo

desvergonzadamente; estamos obligados a pedir permiso para ir a las letrinas

con humillante

frecuencia. Nuestros zuecos de madera son insoportablemente ruidosos y llenos

capas superpuestas

de barro y de grasa reglamentaria.

Y luego a nuestro olor nosotros estamos acostumbrados pero las chicas no, y

no desperdician

ocasión de manifestárnoslo. No es el olor genérico del mal lavado, sino el olor a

Häftling, suave y

dulzón, que se nos ha agarrado a nuestra llegada al Lager y se exhala tenaz de

los dormitorios, de las

cocinas, de los lavaderos y de los retretes del Lager. Se adquiere enseguida y

no se pierde nunca: «¿tan

joven y ya hiedes?», así se suele acoger entre nosotros a los recién llegados

(178).
Tampoco a los verdugos se los individualiza más que rara vez y con mayor

razón; ellos

mismos han repudiado su humanidad al renunciar a su libertad individual, se han

convertido en una especie casi animal, regida por automatismos. Al contrario que

los

prisioneros, su degradación es más imperdonable por ser voluntaria y no forzada:

Construyen refugios y trincheras, reparan los daños, construyen, combaten,

mandan, organizan y

matan. ¿Qué otra cosa podrían hacer? Son alemanes: este comportamiento

suyo no es deliberado y

meditado, sino que procede de su naturaleza y del destino que han elegido. No

podrían hacer otra

cosa: si se hiere el cuerpo de un agonizante la herida empieza a cicatrizar,

aunque todo el cuerpo

vaya a morirse al día siguiente (177).

Mucho antes que Hannah Arendt, Goldhagen y otros historiadores actuales,

Primo Levi

ya insistía en que la mayoría de los nazis y de quienes los apoyaron era gente

corriente, no

psicópatas. Eso es precisamente lo que los hace tan terroríficos. Como decía la

escritora
norteamericana Mary McCarthy en una frase a menudo citada: «Llamar a alguien

monstruo

no lo hace más culpable sino menos, al clasificarlo junto a las bestias y los

demonios». El

corolario está claro: la atrocidad y el genocidio están al alcance de cualquiera:

Hay que recordar que estos fieles, y entre ellos también los diligentes ejecutores

de órdenes

inhumanas, no eran esbirros natos, no eran (salvo pocas excepciones)

monstruos: eran gente

cualquiera. Los monstruos existen pero son demasiados pocos para ser

realmente peligrosos; más

peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y

obedecer sin discutir,

como Eichmann, como Hoess, comandante de Auschwitz, como Stangl,

comandante de Treblinka...

(Apéndice de 1976, p. 242)

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