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EL PROCÉS
La historia de dos ‘processos’
La fiscalía y las defensas tratarán de imponer, en el juicio, su propio relato
sobre lo que ocurrió en Cataluña y cómo deben interpretarse los hechos
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Jesús García

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Barcelona 11 FEB 2019 - 08:23 CET


Los exconsejeros de la Generalitat llegan a la Audiencia Nacional el 2 de
noviembre. En vídeo, esto es lo que se juzga en el 'procés'. FOTO: LUIS SEVILLANO |
VÍDEO: ATLAS

Era la revolución de las sonrisas, era la rebelión contra el Estado; era la edad de
la esperanza y la de la crispación; la época del derecho a la autodeterminación y
la del desafío unilateral; era la primavera de la libertad y el otoño de las
prisiones; las movilizaciones eran pacíficas, las algaradas eran violentas; íbamos
todos derechos a la independencia, todos nos precipitábamos a la confrontación.

Los sucesos ocurridos en los meses más convulsos del procés en Cataluña parecen, a
primera vista, evidentes e incontrovertidos. Todo está documentado, publicado en
diarios oficiales, examinado por mil ojos, retransmitido casi en vivo. Y aun así,
la batalla por los hechos —por su naturaleza y su alcance, por sus consecuencias
penales— será la primera y más relevante del juicio que afrontan los políticos
catalanes en el Tribunal Supremo. ¿Estuvo la independencia “a punto de lograrse”,
como dice el fiscal, o fue todo un enorme farol para forzar al Gobierno a negociar?
¿La protesta ante la Conselleria de Economía fue el “asedio” de una “turba” o una
“protesta pacífica”? Y el día del referéndum, ¿los policías se excedieron o usaron
legítimamente la fuerza ante la “contumaz” resistencia de los ciudadanos?
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Un juicio es, entre otras cosas, una disputa dialéctica para imponer un relato. El
homicida quiere que crean su coartada. El corrupto, que no lo hizo. El agresor
sexual, que hubo consentimiento. Con la vista contra los líderes independentistas
ocurre algo parecido. “Hay unos datos objetivos. Pasaron cosas. Pero lo importante
es qué se proyecta sobre esos hechos, con qué lente se miran”, sostiene un jurista
ajeno a la macrocausa que arranca el martes y que pondrá a prueba una vez más los
vínculos de Barcelona y Madrid, cada una, también, con su particular mirada sobre
el procés.

La Fiscalía ha elaborado, a partir de los atestados policiales, una narrativa


propia del procés que le lleva a hablar de “violencia” y a sostener que hubo delito
de rebelión. Pero ese relato, tal como está contado, “no se corresponde en absoluto
con la realidad”, replica la defensa de Jordi Sànchez. O bien muestra como “hechos
incontrovertidos” lo que en realidad son “opiniones y valoraciones”, agrega el
abogado del exconsejero Joaquim Forn.

Antes de entrar en la pelea jurídica —si concurren o no los requisitos del tipo
delictivo—, la clave es “marcar el terreno de juego”, agrega el jurista. Aquello
que, en la sentencia, serán los “hechos probados”. Con la violencia (o su ausencia)
como hilo conductor, fiscalía y defensas han delimitado dos campos incompatibles,
dos relatos, la historia de dos processos.

El contexto político. La Fiscalía define el procés como una “estrategia


perfectamente planificada, concertada y organizada” para “fracturar el orden
constitucional” y lograr la independencia. El Gobierno, el Parlament y las
entidades sociales (ANC y Òmnium) iniciaron su “actuación ilegal” en 2015 con la
“hoja de ruta”, que con palabras benévolas buscaba en realidad “una insurrección
patente” contra el Estado. Los líderes de ese desafío estuvieron “a punto de
lograr” su objetivo: “declarar la independencia y obligar al Estado a aceptarla”.
El 1-O y la violencia

Los independentistas repiten a menudo que la única violencia del procésfue la que
descargaron las porras de la Guardia Civil y de la Policía contra ciudadanos
pacíficos que estaban votando. Más de un millar, según sus cálculos, fueron
lesionados ese día. Ese argumento reproducen, con matices, las defensas: las cargas
fueron “desproporcionadas e innecesarias”, y los mensajes de los líderes políticos
llamaron siempre a la resistencia “pacífica”. Pensaban que la jornada sería similar
a la plácida consulta sobre la independencia del 9 de noviembre de 2014. Los
ciudadanos se limitaron a “ejercer pacíficamente el derecho de expresión, reunión y
manifestación” más allá de que hubiera incidentes aislados. Para la Fiscalía, en
cambio, hay dos violencias: la de los ciudadanos —que cometieron “actos de agresión
contra la policía” y actuaron como un “muro humano”— y la de los políticos como
instigadores. Los exconsejeros eran “plenamente conscientes” de la “altísima
probabilidad” de que estallaran incidentes; entre otras cosas, por el precedente
del 20-S. Y aun así, los dirigentes “fomentaron, propiciaron y buscaron el
enfrentamiento directo entre multitudes de ciudadanos y las fuerzas de seguridad”.
La cifra de heridos, añade el fiscal, está “manipulada para magnificar la represión
policial”.

Las dos historias del procés atañen también a lo que ocurrió después: los actos de
acoso a policías alojados en Cataluña, las huelgas, la intervención del Rey, la
declaración del 27-O y la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Frente al
plan concertado que dibuja la Fiscalía, las defensas dicen que los acusados se
limitaron a asumir el “mandato del pueblo” y que defienden el derecho a la
autodeterminación de forma “cívica y pacífica”; pero nunca declarar la
independencia “por medios violentos”. Como epílogo, la malversación de fondos
públicos, campo abonado también para la discrepancia: el fiscal insiste en que se
usó dinero de todos para fines ilegales, mientras que las defensas replican que ni
un solo euro público se empleó en el referéndum.

Las defensas —con sus variantes— vienen a decir que los acusados se limitaron a
canalizar una “reivindicación política” legítima. E insisten en que el objetivo fue
siempre abrir “canales y vías de diálogo para encontrar una salida política”, a lo
que el Gobierno se negó.

20-S, ¿asedio o protesta? El 20 de septiembre de 2017, un juez de Barcelona ordenó


40 registros en sedes de la Generalitat y 14 detenciones de altos cargos por
organizar el referéndum. Durante todo el día, miles de personas se concentraron
frente al Departamento de Economía mientras la Guardia Civil se incautaba de
documentación. Acudieron a la llamada hecha de, entre otros, el expresidente de la
ANC, Jordi Sànchez, y el presidente de Òmnium, Jordi Cuixart.

El 20-S es una cita clave en el proceso judicial porque la Fiscalía ancla en esa
jornada su relato de la violencia. Para la acusación, Sànchez y Cuixart animaron a
la “ejecución de actos de fuerza, intimidación y violencia” que “entorpecieron
gravemente” el cumplimiento de la orden judicial. Cita dos ejemplos: los detenidos
no pudieron estar presentes en los registros y la comisión judicial se vio “privada
de libertad de movimientos”. Donde la Fiscalía ve el “asedio” de una “turba”, las
defensas ven “un acto de ejercicio del derecho de reunión y manifestación pacífica”
y “una muestra más del civismo” de las protestas del independentismo. Los
detenidos, recuerdan, renunciaron a su derecho a estar presentes en el registro,
mientras que la movilidad de la comitiva se garantizó con un “ágil corredor humano”
—organizado por voluntarios de la ANC— que les permitió desarrollar el trabajo “sin
incidencias”.

La Fiscalía señala que dos coches de la Guardia Civil quedaron destrozados y que
Sànchez y Cuixart se subieron a uno de ellos a las 23.40. Las defensas replican que
solo lo hicieron para pedir que la gente se marchara, que los periodistas se habían
subido antes a tomar imágenes y que “algunos manifestantes” aprovecharon la
“desprotección” para “pintarlos y causarles daños”; en ningún caso, dicen, puede
atribuirse esa violencia a los líderes sociales. Tampoco se les puede atribuir los
incidentes que, una vez desconvocada la manifestación, causaron unas 500 personas
al enfrentarse con los Mossos. Pero la Fiscalía insiste: con su “incendiaria
convocatoria”, los actos de violencia fueron “conocidos, inducidos y consentidos”
por ambos.

El 1-O y el papel de los Mossos. En el relato de la Fiscalía, los Mossos d’Esquadra


juegan un papel esencial: pusieron su “poder coactivo” en manos de la Generalitat
y, con su “inacción y pasividad”, hicieron posible la consulta ilegal. Los mandos
“antepusieron las directrices políticas recibidas del Govern al cumplimiento de la
ley”. Su plan de actuación para el 1-O, con solo 7.000 agentes “cuando en unas
elecciones son 12.000”, era tan ineficaz que “neutralizaba por completo” el
cumplimiento de la orden judicial de impedir la consulta. A esa orden, dictada por
el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, se acogen precisamente los Mossos y
las defensas para justificar que todo se hizo correctamente. El 27 de septiembre,
la magistrada Mercedes Armas ordenó a los tres cuerpos policiales que se impidieran
las votaciones, pero “sin alterar la normal convivencia ciudadana”.

La defensa del exconsejero de Interior Joaquim Forn señala que, aunque los mandos
advirtieran de riesgos para la seguridad, en ningún caso se proyectó “un escenario
de insurrección ciudadana masiva”. Y recuerda, además, que nadie —ni siquiera el
coronel designado para coordinar el operativo, Diego Pérez de los Cobos, testigo
destacadísimo de entre los más de 500 que escuchará el Supremo— puso en duda el
dispositivo policial.
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