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Propuesta para publicar en CONTEXTO

Javier Cigüela Sola


Barcelona, 3 de Diciembre de 2018

VOX POPULI

Parece que hay un nuevo fantasma recorriendo el mundo, y en nuestros lares ha


ocupado ya unos cuantos escaños: todavía no sabemos muy bien lo robusto o endeble
que es el cuerpo a través del cual se nos está presentando, pero sabemos muy bien que
nos circunda en la medida en que no paramos de hablar de él, en que tratamos de
describir su rostro y tornarlo más familiar, más conocido, menos peligroso. Le
ponemos nombres a modo de neutralización psicológica, como si el lenguaje pudiera
librarnos de la violencia de lo real: extrema derecha, fascismo, neo-franquismo,
dextropopulismo, nacionalpopulismo, llamémoslo X; y nos parece que comprendemos
un poco más, que estamos más cerca de la solución, que desaparecerá tan pronto como
le añadamos una etiqueta y se incorpore al crisol de identidades en pugna que
constituyen hoy nuestro espacio social. Los fascistas: un colectivo indignado más a la
lista.

La risa colectiva difícil de evitar, cierto es puede leerse como una risa nerviosa, esa
que se desata sola cuando nos vemos frente a un peligro incierto: es un efecto tramposo
más de la presencia fantasmal del fascismo, el hecho de que pensemos que vamos
ganando mientras nos reímos de quienes lo proclaman. No deja de ser una anécdota
más que Coque Malla trolease a VOX descubriéndoles que la canción que habían
utilizado se refería a la cocaína y al amor homosexual: el eco de dicho troleo, más de 80
mil veces compartido y más de 2 millones de veces reproducido en Facebook, indica
algo más que nuestras ganas de reírnos del fascismo. Lo hemos repetido en campaña:
VOX, una panda de frikis a caballo, “¿qué pretenden conquistar así?”, pues de
momento la capacidad de decidir quién gobierna en la región más poblada del país. En
este caso la risa, como decía Bergson, “por muy espontánea que se la crea, oculta un
prejuicio de asociación y hasta de complicidad con otros rientes efectivos o
imaginarios”. Nos reímos y compartimos el chascarrillo del cantante para definirnos
“nosotros” frente a “ellos”: pero tras la risa hay también algo de miedo, no a ellos
individualmente sino como “colectivo político”, y por desgracia hay implícita también
una afirmación que desde luego retroalimenta el mismo fascismo que creíamos
combatir, y que en cierto modo nos asemeja a él. Eso de que existe un “nosotros”, y que
existe un “ellos”.

Pero todo eso, la risa y las etiquetas, no pasa de ser un narcótico, por necesario que sea:
en realidad no tenemos ni idea de si lo de VOX en Andalucía se va a quedar en eso
(que no es poco) o si será el comienzo de un movimiento de masas parecido al que ha
hecho a Trump presidente o el que acaba de hacer ganar las elecciones a Bolsonaro,
cabeza visible del fantasma en Brasil. Nuestro Trump autóctono, un tal Abascal, es un
tipo que presume de llevar siempre una pistola encima: como en el resto de casos, su
fascismo radica principalmente en la promesa de solucionar problemas muy complejos
(crisis económica, criminalidad, flujos migratorios...) con soluciones simples. Lo que
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Barcelona, 3 de Diciembre de 2018
quiere decir, en este caso: con violencia. El núcleo propagandístico tiene que ver con la
política del miedo, muy efectiva en tiempos de sentimentalismo y emotividad; en
tiempos, en fin, de precariedad, otro alimento del miedo. La inmigración es uno de los
temas estrella: ¿la real? No, por supuesto, o solo un poquito, aderezada con la
imaginaria. Como a todo buen populismo, a VOX la realidad le da igual, en eso son a
su manera hegelianos, y por eso Abascal es capaz de decir en la misma entrevista que
la inmigración ilegal es un problema masivo y que hay una “clara intención de llamar”
a ella, incluso de financiarla, que son los inmigrantes quienes roban a las abuelas, y
renglón seguido decir que no tiene ningún dato que lo avale y que es una convicción
que sale “de la observación de las noticias” (El mundo, 14 Oct. 2018).

Conforme el fenómeno VOX va creciendo no he dejado de preguntarme sobre aquello


que escribieron Deleuze y Guattari sobre las masas y el fascismo (llamémosle X): “¿Por
qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación? (...)
¿Por qué soportan los hombres desde siglos la explotación, la humillación, la
esclavitud, hasta el punto de quererlas no sólo para los demás, sino también para sí
mismos?”. Su respuesta fue algo inquietante: es un error, dijeron, “invocar un
desconocimiento o una ilusión de las masas para explicar el fascismo”, pues éste debe
explicarse “en términos de deseo: no, las masas no fueron engañadas, ellas desearon el
fascismo en determinado momento, en determinadas circunstancias, y esto es lo que
precisa explicación, esta perversión del deseo gregario”. Buena parte de nuestra
ceguera frente a la extrema derecha y de nuestro fracaso se debe al hecho de que lo
atribuimos tan sólo a un engaño exitoso: bajo esa perspectiva las 10.000 personas del
acto de Vistalegre y los 400.000 votantes andaluces serían algo así como niños bajo el
embrujo de una ilusión utópica, la de una España perfecta, pura, católica, sin
corrupción ni criminalidad, sin nacionalismos periféricos, sin feminazis ni ciclistas,
unida y grande etc., etc. Por supuesto que algo de eso hay, pero no sólo en VOX: el
problema actual radica en que ese juego ilusorio hoy llamado post-verdad
contamina en mayor o medida todo el espectro político, pues VOX no es el único
partido que pretende reducir la complejidad social mediante la propaganda y las
promesas irrealizables, tampoco es el único cuya identidad es forjada en oposición a
los enemigos, ni tampoco el único que crea problemas ficticios como forma de
condicionar el debate político, ni son sus ellos los únicos que adoptan convicciones
fuertes de la observación de las noticias. VOX comparte con el PP la sobredimensión y
electoralización del fenómeno migratorio y el populismo punitivo, con Ciudadanos la
criminalización de las nacionalidades históricas, con el PSOE la falsa presunción de
que “la corrupción son los otros”, con los partidos independentistas el nacionalismo
excluyente, con Podemos la polarización social y la utilización de significantes vacíos
como “la élite” y “el pueblo”, y así indefinidamente. Puede ser que su deseo sea más
radical, pero si de lo que hablamos es de propaganda, populismo, simplificación,
creación de enemigos a los que linchar y superioridad moral, eso lo estamos deseando
todos. En cierto modo VOX sería nuestra propia caricatura, más que un antagonista. Y
el peligro al que apunta es uno que nace de dentro de nosotros, no de afuera.
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Barcelona, 3 de Diciembre de 2018
Hace un tiempo leí un mini-ensayo del colectivo Homo Velamine, que me parece que
expresa al problema fundamental de nuestro miope acercamiento al nuevo fascismo:
“Hay que volver a dirigir el dedo a esa estructura de kiriarcado. Pero ya no podemos
hacerlo con idea clara del ‘nosotros contra ellos’. Hemos comprendido que el ‘ellos’ es
nuestras tías, abuelos, vecinos y compañeras de trabajo. El enemigo tiene nombre y
cara, perros y nietos”. Así las cosas, la batalla contra el fascismo pasa en primer lugar
por deshacer la robustez de la división “nosotros” y “ellos”: hay tanta gente en el
“ellos”, sea el que sea el “nosotros” desde el que miremos, y tantas polarizaciones
solapadas (machismo vs. feminismo; conservadores vs. progres; nacionalistas vs.
centralistas; vegetarianos vs. carnívoros; ciclistas vs. conductores de coche; etc.), que la
eliminación del “otro” bien puede dejarnos completamente solos. La soledad es, en fin,
el único antídoto efectivo contra nuestra tendencia patológica a sentirnos ofendidos,
contra el hecho de que no es lo que el otro “hace” lo que me ofende, sino su propio
“ser”.

Por otro lado, la risa es útil y necesaria, pero no puede ser el único método desde el
que abordemos el problema de la extrema derecha: es necesario recuperar aquello que
quiere destruir, y no es otra cosa que la existencia de una realidad objetiva y
comprobable capaz de desenmascarar la post-verdad como pura y simple mentira.
¿Qué puede ser más efectivo para desenmascarar a VOX, decirles a sus simpatizantes
que cantan a la homosexualidad y partirnos de risa, o discutir entre todos (no sólo
contra ellos) si la presencia mediática que tiene la inmigración africana se corresponde
con los datos, según los cuales en los últimos 8 años ha bajado en número, y en la
actualidad no supera el 2% de la población? ¿Reírnos de la bandera que portan, o
discutir el modo en que la criminalidad se está politizando asquerosamente, en un país
con una de las tasas de delincuencia más bajas del mundo? ¿qué es más efectivo en la
lucha contra el nacionalpopulismo, centrar el debate y la política exclusivamente en la
lucha de identidades polarizadas, o dar una respuesta real al hecho de que el fenómeno
mismo es una reacción contra una precariedad vital y económica que en el fondo casi
todos sufrimos? ¿qué preferimos, fingir que se trata de viejos estúpidos, o asumir el
hecho de que entre esa gente habrá quien tenga sus razones (erróneas o no) para
pensar como piensa, y que sólo tomándolos en serio podremos dejar de alimentar
nuestra propia visión supremacista de que son una “pobre gente” a la que hay que de-
construir y aleccionar? Por volver, en fin, a Deleuze y Guattari, la pregunta hoy ya no
puede ser sólo ¿por qué las masas desean el fascismo? Si no, ¿qué hay de eso que llamamos
fascismo en el corazón mismo de lo que llamamos democracia? Dicho de otro modo: ¿qué hay
de nosotros en la caricatura?

Javier Cigüela Sola, ensayista y profesor de Derecho penal y criminología. Su último


libro es Exclosos i transparentats. Del panòptic a la pantalla digital (Inst. Alfons el
Magnànim, Premio València Nova de Ensayo 2017)
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