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Rosa Luxemburgo y la militancia internacionalista como bandera

Extracto del libro Rosa Luxemburgo y la reinvención de la política, de Hernán Ouviña,


publicado por la Editorial El Colectivo, Editorial Quimantú y la Fundación Rosa
Luxemburgo. Se presentará este viernes a las 19 horas en Comuna 0 (Boedo 325, Ciudad
Autónoma de Buenos Aires).

Tal vez por haber sido una activista polaca, judía y migrante, que tuvo a la humanidad –y
dentro de ella a la clase trabajadora– como única patria, Rosa ejercitó desde joven y hasta sus
últimos días de vida la solidaridad internacional y el hermanamiento a partir de la diversidad
de identidades subalternas forjadas en ese rompecabezas difícil de ensamblar que era Europa,
cuestionando las fronteras artificiales impuestas por Imperios y Estados, e impugnando desde
la praxis militante los chauvinismos y xenofobias que proliferaron al calor de la primera
guerra mundial, incluso en las filas de los sindicatos y partidos de izquierda.

Al igual que Marx, un moro migrante que jamás pudo regresar a su territorio de origen y fue
expulsado de diferentes países por regímenes autoritarios, falleciendo en el exilio, Rosa
ostentó esa connotación de “extranjera” para gran parte de la dirigencia socialista, aún luego
de haberse radicado ya de manera definitiva en Alemania. Enemiga de las fronteras estatales y
del chauvinismo que fomentaba una cultura de la enemistad y el desvínculo entre pueblos,
supo ejercitar la trashumancia y la movilidad constante durante toda su vida, siempre en pos
de garantizar la autoafirmación de la condición humana.

También aquí para ella el punto de vista metodológico de la totalidad resulta imperioso, no
solamente para entender fenómenos como las guerras, el imperialismo, los endeudamientos, la
división del trabajo entre países y regiones, el subdesarrollo, las crisis y el dominio colonial,
sino además para asumir la lucha de clases y otros antagonismos, como una relación de
fuerzas global que se fractura, territorializa y resignifica -con sus rasgos distintivos– en
múltiples realidades, pero que requiere sí o sí respuestas a nivel planetario.

De ahí que batallara siempre por apuntalar y fortalecer una identidad internacionalista en la
clase trabajadora, a contramano de las tendencias nacionalistas que atizaban los Estados
imperiales y las constantes guerras entre potencias. Por eso solía afirmar de manera insistente
que la fraternidad universal de las y los trabajadores era una única patria. No es azaroso que,
durante su activa militancia como educadora en la Escuela de formación del partido, haya
bregado por la incorporación de una materia específica que pudiese reconstruir y sistematizar
la historia del socialismo y también de las luchas sindicales desde un punto de vista
internacional, que contemplase y al mismo tiempo trascendiese (a partir de una perspectiva de
articulación y mutuo condicionamiento) las respectivas realidades nacionales. “Estoy muy
contenta de que hayamos conseguido, el camarada Schulz y yo, introducir finalmente la
historia del socialismo internacional; ahora trabajo para introducir el movimiento sindical y su
historia, y también su situación en diversos países como materia específica (hice esta solicitud
en la última reunión de profesores y de la dirección). Yo lo considero de una importancia
extraordinaria y tan necesaria como la historia del socialismo”, expresó en una de sus cartas.

En 1911, a raíz del conflicto desatado por la actitud imperialista de Alemania y otras potencias
en Marruecos, Rosa polemiza con quienes pretenden desentenderse de esta problemática bajo
el argumento mezquino de que resulta algo lejano y ajeno, que para colmo venía a estropear la
“paz” lograda internamente en Alemania en una coyuntura donde, al año siguiente, se debían
celebrar elecciones. Frente a estas posiciones oportunistas, ironiza expresando que “hemos
oído hablar mucho sobre la ‘espléndida situación’ en el que nos estamos acercando a las
elecciones al Reichstag, y al mismo tiempo se nos ha advertido en repetidas ocasiones no
estropear esta ‘situación’ por alguna acción imprudente”. Es que el anti-imperialismo y la
solidaridad entre pueblos para ella no estaba supeditada a conveniencias pragmáticas ni
instrumentales, ni tampoco debía respetar tiempos y lógicas electoralistas, sino que constituía
una actitud ética y política de carácter estratégico, que debía ejercitarse a nivel cotidiana y
en forma militante, no a través de discursos y documentos que se agotaran en la mera retórica
de la denuncia.

Se suele perder de vista que La acumulación del capital, lejos de ser un libro de “economía”,
constituye un estudio político con una clara intencionalidad centrada en hacer visible y
denunciar la dinámica expansionista e imperial por parte de las potencias y Estados europeas
hacia las zonas y territorios periféricos, así como sus límites objetivos y contradicciones
inherentes a escala global, que no equivalían para ella a adscribir a un sentido de la
inevitabilidad (ya que eso redundaría, en palabras de Walter Benjamin, en una aceptación
pasiva que nadase “en favor de la corriente del progreso”). Este libro oficia de ensordecedor
grito anti-imperialista, ya que ausculta el proceso violento de despojo a través del cual “el
capital recorre el mundo entero; saca medios de producción de todos los rincones de la Tierra,
cogiéndolos o adquiriéndolos de todos los grados de cultura y formas sociales”.

Es por ello que el carácter crecientemente planetario de la acumulación capitalista se parece


poco y nada a lo descripto por la teoría burguesa liberal, que según ella nos habla “de la
‘competencia pacífica’, de las maravillas técnicas y del puro tráfico de mercancías”. Antes
bien, en tanto fenómeno histórico tiene al imperialismo como “expresión política”, que se vale
de los más variados artilugios y mecanismos para conseguir sus propósitos: “Aquí reinan,
como métodos, la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de
intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión,
la rapiña”.

Asimismo, en los “Borradores de las Tesis de Junius”, aprobadas con leves enmiendas de Karl
Liebknecht en la Conferencia del Grupo Internacional el 1 de enero de 1916, y divulgadas
clandestinamente como parte de las Cartas de Espartaco, Rosa afirma de manera contundente
que “la lucha de clases en el interior de los Estados burgueses contra las clases dominantes y
la solidaridad internacional de los proletarios de todos los países, son las dos reglas vitales
inseparables para la clase trabajadora en su lucha de liberación histórico-mundial. No existe
socialismo por fuera de la solidaridad internacional del proletariado, y no existe socialismo
fuera de la lucha de clases. El proletariado socialista no puede, ni en tiempos de paz ni en
tiempos de guerra, renunciar a la lucha de clases y a la solidaridad internacional sin cometer
un suicidio” (Luxemburgo, 2017b: 12).

Bolívar Echeverría ha postulado de forma sugestiva que la falta de pertenencia a una nación-
Estado fue lo que le permitió a Rosa concebir al internacionalismo como un postulado guía,
en el que se asentaba su discurso y práctica militante a lo largo de toda su vida. De ahí la
obsesión permanente –agrega este marxista ecuatoriano– por “despertar y difundir el carácter
‘histórico-mundial’ de la revolución comunista”, porque “el internacionalismo proletario no
puede resultar de una coincidencia automática de los intereses proletarios en los distintos y
enfrentados Estados nacionales; debe ser levantado de manera consciente y organizada
mediante una política que haga presente el alcance mundial de toda conquista comunista,
incluso en las que parecen más internas, locales o nacionales de luchas proletarias”.
Transcurridos más de 150 años de su salida a la calle, la consigna del Manifiesto Comunista
que convoca a la unión de las y los trabajadores del mundo aún espera ser concretada. Recrear
para nuestro tiempo histórico ese internacionalismo, implica asumir a la diversidad como un
rasgo constitutivo de las luchas que se libran a lo largo y ancho de los cinco continentes. El
desafío, por tanto, es dejar de pensar desde la homogeneidad a este tipo de plataformas y
proyectos de hermanamiento, sin que esto equivalga a una apología de la fragmentación o del
encapsulamiento. Pensar y actuar dialécticamente, teniendo como precepto una política
colaborativa, de manera tal que puedan conjugarse tanto las construcciones territoriales en
cada lugar como las plataformas de articulación y los proyectos mancomunados que
trasciendan fronteras, constituye un imperativo ético y político de primer orden para los
pueblos del mundo.

Como anillos concéntricos, estas instancias por fundar seguramente requieran diferentes
niveles de coordinación y confluencia, variados y simultáneos espacios de hermanamiento,
con agendas y temporalidades complementarias, entre las organizaciones, movimientos,
comunidades y pueblos del sur global. Aquel mundo en el que quepan muchos mundos del
que nos habla el zapatismo, simboliza esta ansiada unidad en la diversidad, tan necesaria en
esta época sumida en el desvínculo, la competencia constante y las violencias múltiples de un
sistema de muerte cada vez más desquiciado. Hoy más que nunca, como supo afirmar el poeta
y militante cubano José Martí, patria debe equivaler a humanidad.

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