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Coppedge, Michael.

“Instituciones y Gobernabilidad Democrática en


América Latina,”
Síntesis 22 (julio-diciembre 1994): 61-88

La gobernabilidad podría definirse como el grado en el cual el sistema


político se institucionaliza, pero esta definición no ayuda mucho a no
ser que se tenga una clara idea de lo que es la institucionalización.
Según Huntington, institucionalización es “el proceso por el cual las
organizaciones y los procedimientos adquieren valor y estabilidad”.
Incluso esta definición necesita aclararse un poco. La estabilidad es
bastante clara: es con qué frecuencia y en qué grado estas
organizaciones y procedimientos cambian. Pero nosotros realmente
necesitamos descifrar para quién estas instituciones adquieren un
valor y cuánto valor deben adquirir, ya que en el caso de que se
requiriera como condición que toda la sociedad tuviera que estar
satisfecha con sus organizaciones y procedimientos, la
institucionalización sería algo imposible.

Las personas para las cuales las organizaciones y procedimientos


deben tener validez son los relativamente poderosos, a veces
llamados actores estratégicos; es decir, aquellos que son capaces de
socavar la gobernabilidad, interfiriendo en la economía y en el orden
público. La gobernabilidad debe definirse en términos de poder,
aunque el poder es probablemente el concepto más controvertido de
la teoría política.

El concepto planteado aquí es una síntesis de diversas


aproximaciones en las que el poder se entiende como el grado en el
que un grupo es capaz de utilizar ciertos recursos políticos para su
propio beneficio. Mi lista de recursos incluye 1) los cargos públicos, 2)
ideas e información, 3) factores de producción (trabajo, tecnología y
materias primas junto con el capital), 4) fuerza violenta, 5) grupos de
activistas, y 6) autoridad moral. Cada recurso tiene un grupo
prototipo asociado a es: el gobierno y la burocracia con los altos
cargos públicos, los tecnócratas y los medios de comunicación con las
ideas y la información, las empresas con los factores de producción,
el ejército y la policía con la fuerza violenta, los partidos políticos con
los activista, y la autoridad moral con ala Iglesia. Sin embargo,
algunos grupos derivan su poder de más de un recurso: los partidos
cuentan con activistas, ideas, autoridad moral (cuando son
respetados) y los cargos públicos (cuando están en el gobierno); el
gobierno cuenta con todos los recursos posibles en un momento o en
otro.

Cualquier grupo que controle uno o más de estos recursos es


potencialmente un actor estratégico. Pero su poder también depende
de la solidez del grupo, o del grado en el cual los miembros
individuales o los subgrupos que los componen se comportan como
un bloque sólido. La solidez depende de la organización, la unidad y
el objetivo del grupo. La organización cuenta porque los grupos
latentes tienen poco poder, mientras que los grupos pequeños que
pueden hacer demandas concertadas, y proseguirlas, ejercen un
poder desproporcional a sus recursos. La unidad importa porque un
grupo que trabaja por un objetivo común es más poderoso que un
grupo dividido trabajando por objetivos contrarios. Finalmente, el
ejercicio efectivo del poder depende del grado en el que el grupo
tiene un claro objetivo, ya que incluso un grupo bien organizado,
dotado y unido tiene poco poder si carece de un “proyecto” que
promover. Los actores estratégicos típicos en América Latina son el
gobierno (los líderes políticos en la administración), el ejército, la
burocracia y las empresas estatales, las cuales son conocidas
colectivamente como el Estado; las asociaciones de empresarios, los
sindicatos y confederaciones de trabajadores, las organizaciones de
agricultores, la Iglesia y otros grupos de interés, a los que se conoce
colectivamente como la sociedad; y los partidos políticos que intentan
ser un mediador entre el Estado y la sociedad.

Los actores estratégicos no tienen porqué coincidir con las otras


organizaciones o con los procedimientos que gobiernan sus relaciones
con ellas para que haya gobernabilidad; sólo necesitan aceptar que
no pueden mejorar su situación rechazando estos procedimientos a
favor de otros o de ninguno. No les tienen porqué gustar las normas,;
sólo tienen que seguirlas porque ellos aceptan que están mejor con
que sin ellas. Por lo tanto, los actores menos poderosos pueden estar
simplemente resignados a seguir estos procedimientos, basados en
su creencia de que les falta poder para negociar otros que podrían
servir mejor a sus intereses. Llamaré “fórmulas” a estos
procedimientos que rigen las relaciones entre actores estratégicos.

Con todos estos elementos aclarados, puede darse una mejor


definición de gobernabilidad: la gobernabilidad es el grado en el que
las relaciones entre los actores estratégicos obedecen a unas
fórmulas estables y mutuamente aceptadas.