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El Capitalismo es el Fin del Mundo

Jodi Dean. Mark Fisher Memorial Lecture 2019.

Muchas gracias al Departamento de Cultura Visual y a Henriette Gunkel por invitarme.


Como todos ustedes, yo amaba, admiraba y aprendía de Mark Fisher. Y hay mucho y
demasiado que decir sobre eso así que espero reconocerán y entenderán mi decisión
de refugiarme en la forma de la conferencia académica, porque es la única manera en
la que en verdad puedo imaginar el poder manejar esto.

Muchos de nosotros asociamos la observación de Fredric Jameson de que “es más fácil
imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” con Mark Fisher. Ello, por buenas
razones: la descripción que hace Mark sobre el realismo capitalista nos confronta con
los horrores intolerables, no obstante inevitables, del capitalismo. Desde la
destrucción genocida del colonialismo de poblamiento, pasando por la demolición de
las culturas y la dilución de la vida que acompaña la producción e intercambio de
mercancías, hasta el cambio climático que altera al planeta, el Capital subsume al
mundo. Podemos imaginar con facilidad el fin del mundo porque, bajo el capitalismo,
la mayoría de nosotros lo confronta cada día -de maneras conscientes e inconscientes,
en tanto somos obligados a elegir nuestra explotación, desposesión y confinamiento.

Es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo porque el capitalismo,
para la mayoría de nosotros, es el fin del mundo. Lo presenciamos y tenemos que
enfrentarlo en las ruinas del día a día: vidas perdidas, vidas de pérdida. En los Estados
Unidos, la expectativa de vida ha decaído por dos años seguidos - en buena parte,
debido a enfermedades de la desesperación: adicción, sobredosis, suicidio. En el Reino
Unido, el porcentaje de gente en el nivel más bajo de ingresos que tiene que lidiar con
enfermedades mentales es casi el doble del porcentaje de aquellos en el nivel más alto
de ingresos que tienen que enfrentarse a enfermedades mentales. Tanto en el Reino
Unido como Estados Unidos, en tanto crece la desigualdad, también crece la
depresión, la ansiedad y el decaimiento físico: las bajas del capitalismo, como Mark lo
dice en Realismo Capitalista. Y como lo hemos visto en las últimas décadas de reportes
de suicidios de Grecia, Italia e India, por mencionar solo algunos lugares, los estragos
del capitalismo -los desahucios hipotecarios, la pérdida de trabajos, la deuda, el
intolerable estrés de competir por menos –, son mortales, de fin del mundo: las
víctimas mortales del capitalismo, pérdidas en la lucha de clases.

Pensando en línea con Mark, quisiera rescatar las posibilidades del deseo comunista
de las ruinas del capitalismo. Empezaré hablando del realismo capitalismo, resaltando
sus características clave. Luego utilizaré el ensayo de Mark, Saliendo del Castillo del
Vampiro, para introducir los tópicos de camaradería y solidaridad, entendiendo ambos
como indispensables para cualquier retorno contemporáneo al comunismo. Esto es:
indispensable a la posibilidad de un mundo comunista, uno que podemos y vamos a
construir juntos, fuera de los productos y remanentes del capitalismo. Esto me
permitirá luego considerar la pérdida de camaradería y lo que recuperarla podría
posibilitarnos. Y exploraré ello a través de la novela de 1962 El cuaderno dorado, de
Doris Lessing. Este es el esquema de la charla de hoy.

Primero, entonces, el realismo capitalista. Como muchos de ustedes probablemente


sepan, la idea del realismo capitalista de Mark Fisher –que de hecho creo que es su
contribución teórica más importante- tiene cuatro características básicas.
La primera es que el realismo capitalista es una respuesta a la imposibilidad de
imaginar una alternativa al capitalismo. Es el nombre para lo que Mark llama
“impotencia reflexiva”. Así que el realismo capitalista es una respuesta, una respuesta
a la ausencia de otro horizonte, una respuesta a la pérdida del comunismo como
horizonte de nuestra política. Entonces, Mark especifica que el realismo capitalista no
es simplemente la sensación de que no hay alternativa al capitalismo, sino que es una
respuesta a esa sensación, una reacción a esa pérdida de sentido de posibilidad. Como
lo dice Mark en una discusión con Jeremy Gilbert en New Formations, el realismo
capitalista es una “resignación, o un fatalismo”: ya sea que nos guste o no, las cosas no
van a ser diferentes. Es como si no importara lo que hacemos o si hacemos algo del
todo, el capitalismo es todo lo que hay y ha venido para quedarse.

Algo que debemos notar en este argumento es la poslegitimación, esto es, Mark
enfatiza que no importa si la gente piensa que el capitalismo es un sistema bueno o
justo o eficiente. Él dice: “las operaciones del capital no dependen de algún tipo de
creencia subjetivamente compartida”. Lo que importa ahora es que no podemos
imaginar nada más. El realismo capitalista da nombre a este estancamiento intolerable
en un sistema intolerable del que no podemos imaginar ir más allá. Otra vez, lo que
Mark apropiadamente denomina “impotencia reflexiva”.

La segunda característica es que el realismo capitalista es una patología de la


izquierda. El realismo capitalista es la conformidad de la izquierda, la aceptación de la
derrota de la izquierda, es la izquierda dándose por vencida –y cediendo. Mark
enfatiza que “es la izquierda la que ha tenido que contarse a sí misma la historia de
que no hay punto en luchar por una alternativa al capitalismo”. Añadiría que esto
tiende a estar acompañado por una concesión de la izquierda al anticomunismo,
típicamente vía los nombres de Stalin y de Mao, una concesión que dice que la lección
del siglo XX es que cualquier otra cosa que no sea el capitalismo es la muerte. Que el
capitalismo mismo es la muerte se niega, se desplaza, se ignora o –y aquí volvemos al
primer punto- no importa que el capitalismo sea la muerte, porque no podemos
imaginarnos nada más que eso.

Esta concesión al anticomunismo puede o no puede ser plenamente consciente. Está


presente, sin embargo, en la práctica de la izquierda, lo que lleva a la tercera
característica del realismo capitalista: el realismo capitalista es un asunto de lo que
hacemos. Ese es el tercer atributo: es un asunto de lo que hacemos. Bajamos nuestras
expectativas. Sustituimos la organización por el espectáculo. Mark, partiendo de Zizek,
resalta la forma en la que el realismo capitalista no es una cuestión de lo que
pensemos: podemos pensar que el capitalismo es un sistema terrible y explotador que
nos condena a la mayoría de nosotros a vendernos para sobrevivir en un escenario en
el que hay cada vez más pocos compradores, pero nuestras acciones se prestan al
juego. No solamente nuestras acciones económicas, sino nuestras acciones políticas.
Como señala Mark, las actividades de la izquierda a finales de los 90 y principios de los
2000 “tomaron la forma de protestas escenificadas más que la de la organización
política” y por eso “pudo sentirse que el capitalismo consistía meramente en un
conjunto de demandas histéricas que en su mismo momento de formulación se sabían
incapaces de encontrar respuesta”. Piénsese aquí en el anticapitalismo como un gesto
hípster: nihilismo cínico y una suerte de actitud de saber-más-radical que enfatiza
como el capitalismo es tan malo y nos mantiene tan sujetados que no hay nada que
podamos hacer, nada puede hacerse excepto quizás teorizar sobre la forma valor.
Mark escribe: “podríamos tener convicciones de izquierda y una imagen auto percibida
de izquierda, ¡siempre y cuando estas no afecten el trabajo de manera significativa!”.

Cuarto: el realismo capitalista es un efecto del colapso en la creencia en la política


colectiva. Este cuarto aspecto del realismo capitalista no está explicitado de manera
directa en el libro Realismo Capitalista, pero se da a entender. Se presupone en la
crítica de Mark a la privatización del estrés, por qué los individuos deben “resolver su
propia angustia psicológica” cuando es claramente un problema generalizado en las
sociedades capitalistas. ¿Por qué tantas personas jóvenes sufren de ansiedad,
trastorno por estrés postraumático y desórdenes obsesivo-compulsivos, depresión,
disociación? [Como paréntesis: mi hija siempre me mira como si fuese una estúpida
cuando digo esto. “¡Es el capitalismo y el patriarcado!”, me dice]. Que el realismo
capitalista es un efecto del colapso en la creencia en la política colectiva también se
presupone en la crítica de Mark a la “quimio-biologización de la enfermedad mental”,
esta asociación del sufrimiento con la química del cerebro que nos dice “refuerza el
impulso del sistema capitalista hacia el sujeto atomizado”. Finalmente, se presupone
en el sentimentalismo consensuado del Live 8 que reemplazó al antagonismo de la
huelga del mineros. Lo que está en juego en este reemplazo es la ausencia de un
sujeto colectivo, un sujeto que demanda ser construido.

Entonces, para reiterar: pérdida de imaginación, patología de izquierda, lo que


hacemos y la pérdida de la creencia en una política colectiva; el concepto de realismo
capitalista de Mark Fisher da nombre a esa impotencia reflexiva que sobrecarga a una
izquierda incapaz de imaginar un fin al capitalismo, enclavándola en actividades sin
sentido que sostienen su propio entrampamiento. Una vez que la izquierda no tiene
horizonte más allá del capitalismo, una vez esta ha perdido su capacidad de imaginar
otro futuro, ya no cree en que la política colectiva importa. Entonces, se hunde en el
individualismo, esteticismo y moralismo, con además de izquierda pero sin esperanza
de llegar a lado alguno.

*
En Saliendo del Castillo del Vampiro, Mark Fisher extiende el argumento del realismo
capitalista de tres formas importantes. Primero, vincula el moralismo, individualismo y
privatización excesivos, característicos del realismo capitalista, a la negación de la
clase. La pérdida de la colectividad es el resultado del abandono de la clase
trabajadora, del desvío de la preferencia de la clase como tópico, del eclipse de la
conciencia de clase como un asunto de la política de izquierdas. En su lugar, “modos de
subjetividad burguesas” llegan a dominar al movimiento. Liberales, metas liberales,
preocupaciones liberales toman el lugar de la izquierda. La visión subyacente es la de
individuos orientados hacia sí mismos, la política como posesión, la transformación
reducida al cambio de actitud y una esfera fija naturalizada de privilegio y opresión.
Anclada en una visión de la identidad como el principal vector de la política, la energía
política vira de cuestiones tácticas y estratégicas organizacionales a pruebas de fuego
actitudinales previas, excluyendo desde el principio la colectividad necesaria para la
política revolucionaria de izquierdas.

Segundo, -el segundo punto en el que Mark extiende el argumento en Saliendo del
Castillo del Vampiro-, el segundo punto que es crucial y vital apunta por supuesto es la
reafirmación de la clase. El primero es la ausencia como problema, por lo que tenemos
que reafirmarla. Mark escribe:

“Una izquierda que no tiene a la clase como núcleo puede ser considerada
solamente como un grupo de presión liberal. La conciencia de clase siempre es
doble: involucra una conocimiento simultáneo de la forma en la que la clase
enmarca y da forma a toda experiencia y el conocimiento de la posición
particular que ocupamos en la estructura de clase. Debe recordarse que el
objetivo de nuestra lucha no es el reconocimiento por parte de la burguesía, ni
siquiera la destrucción de la burguesía en sí misma. Es la estructura de clase –
una estructura que hiere a todos, incluso a quienes se benefician
materialmente de ella- la que debe ser destruida. Los intereses de la clase
trabajadora son los intereses de todos; los intereses de la burguesía son los
intereses del capital, que son los intereses de nadie. Nuestra lucha debe
dirigirse a la construcción de un mundo nuevo y sorprendente, no a la
preservación de identidades perfiladas y distorsionadas por el capital”.

Reconocer la clase es reconocer la dimensión de situacionalidad económica: la


ubicación en la estructura económica y social por virtud de la función de uno en la
producción capitalista. El objetivo, como enfatiza Fisher, es destruir esa estructura; no
estamos tratando de que sea inclusiva o de reconocer que nos reconozca, estamos
tratando de destruirla.

Tercero: Mark asocia el retorno a la clase con la revigorización de la camaradería y la


solidaridad. Nadie es perfecto, todo el mundo comete errores, así que… ¿cómo
trabajamos juntos? ¿Cómo nos fiscalizamos y rendimos cuentas los unos a los otros de
maneras que nos permitan avanzar? ¿Cómo dirigimos y cambiamos las prácticas de
irrespeto dentro del movimiento? A través de la camaradería y la solidaridad. Mark
dice: “necesitamos aprender, o reaprender, cómo construir camaradería y solidaridad
en vez de hacerle el trabajo al Capital al condenarnos y abusar entre nosotros
mismos”. Estoy de acuerdo: debemos enseñar y alentarnos entre nosotros, ser
pacientes, alentar, incluso quizás perdonar, especialmente a aquellos que están de
nuestro lado. Si no lo hacemos, si vemos enemigos en todos lados, ¿cómo podemos
tener incluso un lado? No hay otra manera. Si no somos camaradas, no podemos
luchar la larga lucha. E incluso si pudiésemos, sin camaradas no hay un mundo qué
ganar.

Entonces, a la próxima sección. Esta es la discusión sobre Doris Lessing. La


llamo Seamos camaradas.

La importancia del énfasis de Mark en construir camaradería y solidaridad se confirma


en El Cuaderno Dorado de Doris Lessing, una novela de más de 50 años que da
testimonio de muchos de los efectos que Mark asociará con el realismo capitalista. La
novela describe la decadencia y éxodo que se difuminaron a través del mundo
comunista a raíz de las revelaciones de Kruschev respecto de las purgas, arrestos,
encarcelamientos y ejecuciones que ocurrieron bajo Stalin. Podríamos pensar la novela
como una suerte de historia de origen para nuestros problemas en nuestro presente,
para la pérdida de un mundo nacido de la lucha común. Mi objetivo es leer a Lessing
para Mark –esto es, encontrar en la descripción de Lessing del fin de la camaradería
rastros del realismo capitalista y quizás elementos que nos lleven fuera de este.

La imagen de Lessing del colapso del orden simbólico del comunismo de mitad de siglo
es una imagen del fin del mundo. El fin de la camaradería es la revelación de un
lenguaje común, la revelación de un sentido compartido sobre el significado de las
palabras en relación al mundo. Como Mark, Lessing rechaza privatizar la enfermedad
mental: para ella, la disolución de la confianza en el Partido –esto es, en la lucha
colectiva con el comunismo como su horizonte- se expresa como psicosis. La escena
que nos brinda es una de agotamiento, cinismo, desesperanza y desorden. Lo mejor
que puedo esperar cuando no eres mi camarada, cuando no hay camaradas, es un
liberalismo viejo y cansado. Dada la psicosis que se asienta con el colapso del partido
incluso este pequeño sueño se siente imposible, tal y como vemos en Polonia, Hungría
y partes de Rusia hoy.

La novela empieza en 1957, con una conversación que introduce a los personajes
principales: Anna, la autora de una novela exitosa y cuyos cuadernos constituyen el
cuerpo de la novela; la amiga de Anna, Molly, una actriz menor que recientemente ha
vuelto de un viaje de un año en Europa; el exesposo de Molly, Richard, y su hijo de 20
años, Tommy. En la novela, a Richard le disgusta el hecho de que Tommy sufre de una
parálisis de la voluntad –Tommy solamente se sienta todo el día taciturno, esta es una
era pre Nintendo. (Risas). Richard atribuye el malestar de Tommy al colapso del
Partido Comunista. El impacto del año pasado -1956, el discurso de Kruschev, la
invasión de Hungría, la Guerra del Sinaí- ha sido severo: “los tiempos no son fáciles
para ser socialista”. Richard recalca el punto: “¿y ahora qué? Rusia ha caído en
desgracia. ¿Y qué valen los camaradas ahora? La mayoría de ellos sufren depresiones
nerviosas o están ganando mucho dinero, por lo que veo”.
Colapso y capitalismo. Esto captura la sensación de muchos de los que abandonaron el
partido a raíz de las revelaciones de Kruschev, las no-opciones disponibles para ellos
en un mundo arrojado al caos: colapso y capitalismo. Nuestro presente de ansiedad,
depresión y desesperación en los extremos del cambio climático, desigualdad y la
preocupación de que quizás ya no seamos capaces de costearnos la vida. Dos lados de
la misma moneda. Bajo el capitalismo, alguien siempre hace dinero del sufrimiento de
otros. Al preguntar “¿qué valen los camaradas ahora?”, Richard no está diciendo nada
que Molly y Anna no sepan: ellas mismas también han empezado a distanciarse del
partido y de sus antiguos camaradas. Previamente, Molly estaba siempre
apresurándose a organizar algo, llena de vida y entusiasmo. Ahora ya no siente
obligación alguna de seguir haciendo trabajo político.

Anna todavía siente algo: un vínculo o conexión continuada a aquellos a los que
todavía considera sus camaradas, no obstante ella, quizás como nosotros, está
agotada, confundida, insegura, atrapada y tratando de entender la pérdida de un gran
sueño. Tratando de englobarlo todo, Ana recolecta recortes de periódicos,
documentales de varios años de la tensión y horror internacional de mitad de los años
50: la Guerra de Corea, la detonación de la Bomba de Hidrógeno, la Caza de Brujas
anticomunista en los Estados Unidos, purgas en el bloque soviético y así. El Partido
Comunista es terrible y sin embargo parece la única barrera a la agresión nuclear de
EEUU. Gran Bretaña hace explotar una bomba atómica. El acta McCarran autoriza al
Fiscal General de los Estados Unidos a crear centros de detención para la gente que
podría comprometerse en conspiración o espionaje. El Mau Mau se levanta en Kenia.
Líderes comunistas son ahorcados en Praga. Al defender a la Unión Soviética a toda
costa, el Partido no provee de un espacio para hacer frente a la verdad del mundo y sin
embargo, sin él, el mundo se siente despojado, sin sentido, condenado a una fachada
de liberalismo que enmascara el imperalismo, el autoritarismo y el colonialismo. El
Partido mantenía abierta una brecha de posibilidad; no estamos condenados a un
capitalismo eterno sino solo de manera negativa: una negación del capitalismo, no una
promesa positiva.

Tommy –recuerden que este es el taciturno hijo de 20 años de Molly y Richard-


confronta a Anna sobre su abandono del trabajo partidario. Anna dice que no se puede
esperar que las mujeres de mediana edad se aferren a certezas juveniles y consignas y
gritos de batalla, pero le disgusta escuchar lo que oye salir de su boca: “hablo como
una vieja liberal, cansada de la vida”. Tommy observa que Anna solía vivir bajo una
filosofía y se mofa de ella por referirse al mito comunista y demanda saber bajo qué
filosofía vive ahora. La respuesta de Anna es positiva, esperanzada: describe un mundo
capaz de avanzar, un sueño que se mantiene vivo para una nueva generación de
personas. Tommy deja en claro que él no será esa generación: Tommy se dispara – de
hecho, este segmento del libro termina con la probabilidad de que morirá antes del
amanecer.

Una sección subsecuente del libro regresa en el tiempo a una reunión del grupo de
escritores al que pertenece Anna que ocurrió en 1952. Este retroceso contrasta con la
linealidad esperanzada de la respuesta de Anna a Tommy. La vida, camarada, no ha
mejorado. En esta sección, Anna se ocupa de los cambios en el lenguaje, modalidades
conflictivas de significado y tono. Su grupo de escritura trata sin éxito de discutir un
panfleto ilegible sobre lingüística escrito por Stalin y nota un tono en su conversación
que la hace sentirse incómoda, un tono asociado a poner excusas: “Bueno, por
supuesto. Ten presente que sus tradiciones legales son muy distintas de las nuestras”.
Anna recuerda que una vez se reconoció hablando de este modo y “empecé a
tartamudear, pese a que normalmente no tartamudeo”. Y también nota una sensación
crecientemente familiar: “las palabras, de repente, pierden sentido. Me sorprendo
escuchando una frase, una expresión, un grupo de palabras, como si pertenecieran a
una lengua extranjera. El abismo entre lo que se supone significan y lo que en realidad
dicen parece infranqueable”. Los camaradas fracasan en decir lo que todos saben
cierto: el panfleto de Stalin es un síntoma de un malestar general sobre el lenguaje,
pero como camaradas ya no pueden hablar entre sí. Se ven atrapados en una situación
donde las palabras que pueden decir no se adecuan a lo que necesita decirse.

Anna observa que está preparada para creer que Stalin está loco y es un asesino, no
obstante, le “agrada que la gente se refiera a él en un tono de simple y afable respeto.
Porque, si se abandonara ese tono, se perdería algo muy importante. En efecto, por
paradójico que parezca, se perdería cierta fe en las posibilidades de la democracia, de
la honestidad, y un sueño perecería..., al menos para los de nuestra época”. El tono de
respeto apunta a la camaradería, a estar del mismo lado. No es el mismo tono de las
excusas, para Anna usar el tono de respeto al hablar de Stalin no es seña de que uno es
estalinista, esto es, no indica que uno está poniendo excusas a las purgas y los campos.
Indica la creencia en la lucha colectiva por un mundo mejor, y la cosa es que incluso los
escépticos antiestalinistas tienen que admitir que esto es correcto: el fin del
experimento socialista del siglo XX destruyó también la democracia.

Anna decide dejar el partido tras darse cuenta de que ya no puede hace su trabajo
partidario, que es dar conferencias sobre arte. Su conferencia típica implica una crítica
del egoísmo del arte burgués. En medio de una conferencia, varios meses antes de
abandonar el partido, empezó a tartamudear y no pudo terminar. Anna continúa: “no
he dado más conferencias. Sé muy bien lo que significa este tartamudeo”. Su decisión
de dejar el partido es un efecto, no una causa, de la disolución de la conexión entre las
palabras y el significado. En una conversación con camaradas y colegas, experimenta
esta pérdida de nuevo: las palabras pierden su significado. Puede escuchar sus voces
pero las palabras “no significan nada”. En lugar de las palabras, ella ve imágenes,
escenas de muerte, tortura, interrogatorios y tal. Estas escenas se conectan no a las
palabras usadas sino a la realidad que repudian. Imágenes sin significado: una
convergencia de lo Imaginario y de lo Real, lo que Zizek describe como la decadencia
del Simbólico.

Tommy, el hijo gruñón que se disparó, sobrevive. Vive, pero queda ciego. Así que la
juventud continúa indispuesta e incapaz de mantener vivo el sueño comunista. ¿Cómo
podría? El sentido del mundo que una vez proveyó el comunismo se está
desmoronando, junto a las prácticas de camaradería que había sostenido previamente.
Tommy se vuelve una presencia dominante ciega, demasiado consciente, en la casa de
su madre Molly. Molly está atrapada tanto por él como por un nuevo sentido en el que
la vida se ha vuelto cuestión de acostumbrarse a cosas que son verdaderamente
intolerables. Aunque lento y cuidadoso, como alguna clase de zombi, Tommy parece
feliz. Molly lo describe como “todo él de una pieza” por primera vez en su vida, y sin
embargo está horrorizada por sus propias palabras al contrastarlas con la verdad de su
mutilación. La verdad es que “él disfruta”. Tommy ya no tiene que elegir. Tommy ya no
tiene que sentirse obligado a encontrar una forma de avanzar. Él puede estar donde
está, plenamente ocupando ese lugar de capitalismo y colapso sin tener que analizar,
entender, o verlo. Es como si la ceguera le diese a Tommy la capacidad de forzar una
escena maternal para Molly, envolverla en una unicidad infantil que lo completa a
costa de su miseria. Debo agregar que Molly y Tommy no permanecen entrelazados en
esta suerte de pareja infantil, él luego se pegará a una madrastra y luego a una esposa
y luego deriva a una política informe e incoherente de multitudes espontáneas y
estudiantes expresivos.

Anna siente que se derrumba. Las palabras no significan nada, esta frase se repite
múltiples veces. Estas son cada vez más y más “una serie de sonidos desprovistos de
sentido (como el habla de los niños)”. Cuando Anna anota las palabras, se disuelven en
imágenes que nada tienen que ver con ellas. Está asustada, se enamora de Saul Green,
un socialista estadounidense hospedándose en su casa y Saul mismo también está
derrumbándose: en una conversación con Anna –y creo que esto prefigura el mundo
de las redes sociales- Saul habla compulsivamente sin decir nada. Anna escribe:
“estaba escuchando de forma especial la palabra «yo» en lo que decía. Yo, yo, yo, ya...
De pronto, comencé a tener la impresión de que la palabra me la disparaban como
balas de una ametralladora”. Este hablar compulsivo, este “yo, yo, yo, yo” se vuelve la
marca de la locura de Saul. A veces, este carga con flujos de jerga política que Anna
puede identificar por tiempo y tendencia: trotskistas, americanos, inicios de los 50,
antiestalinismo prematuro. Anna misma se enferma más y más, se obsesiona con Saul
y pasa más tiempo durmiendo y soñando. Empiezan a llamarse entre ellos
“camaradas”, usando la palabra “con una nostalgia irónica” nacida del “descreimiento
y la destrucción”.

Saul observa: “cada vez que me burlo del revolucionario ciento por ciento, noto que
caigo en aquello que más odio”. Más que nada, Saul quiere volver a la felicidad de un
tiempo en el que él creía junto a otros que podían cambiar el mundo. Saul empieza de
nuevo con el compulsivo “yo, yo, yo, yo” como una “ametralladora disparando
regularmente”. Anna escribe: “yo escuchaba y no escuchaba, como si fuera un discurso
escrito por mí que leía otro. Sí, era yo; era todo el mundo: el yo, yo, yo soy. Yo seré. Yo
no seré. Yo haré. Yo quiero”. En un punto, Saul grita: “Dios mío, ¿qué hemos perdido,
qué hemos perdido, qué hemos perdido, cómo podremos jamás volver a encontrarlo,
cómo podremos volver a encontrarlo?”. Luego, vuelve al “yo, yo, yo”, mientras que
Anna se acurruca en una bola enferma y ebria. Sin el Partido, sin el comunismo
proveyendo de significado y estructura, Anna no tiene idea de cómo entender el
mundo. Se experimenta a sí misma “como un punto central de concienciación al que
atacaban un millón de hechos inconexos, y como si el punto central fuera a
desaparecer cuando no pudiera ser capaz de sopesar y equilibrar los hechos, de
tenerlos todos en cuenta”. Por supuesto, su propia identidad, su yo individual es
insuficiente para la tarea de sostener un mundo.
El libro termina con Tommy haciendo negocios junto a su padre; esto es, pasando del
colapso al capitalismo. Tommy abraza el privilegio de clase patriarcal. Racionaliza su
decisión diciendo: “el mundo va a cambiar con los esfuerzos de los grandes hombres
de negocios progresistas, y ejerciendo influencia sobre los Ministerios”. Por supuesto,
nosotros sabemos el nombre para esto: neoliberalismo, austeridad, recortes de
presupuesto. Molly se casa. Anna trabaja como consejera matrimonial. Es como si
Lessing supiese que el Thatcherismo está en camino: no hay tal cosa como una
sociedad, hay hombres y mujeres individuales y hay familias. La pérdida del Partido, el
rol organizador del comunismo en la vida del siglo XX es la pérdida de una perspectiva
que deja que la sociedad sea vista. Tommy, su generación, no puede ver el mundo que
su madre y Anna vieron. Los antiguos camaradas viran hacia la vida privada mientras
que el espacio y posibilidad de la política se contrae a la ética y a la economía.

El mundo que Lessing describe es el mundo de la izquierda no solamente después de


1956, sino después de 1968 y 1989. Es nuestro mundo que parece demasiado agotado
incluso para el viejo y cansado liberalismo. El fin de la camaradería es el fin del mundo:
falta de significado, incoherencia, locura y la desorientadora insistencia sin sentido en
el “yo”. Los problemas que enfrenta el mundo pueden ser solo abordados a través del
comunismo, como camaradas. La lucha de clases hoy en día es la lucha por un futuro.
El capitalismo no es satisfactorio frente a los retos del cambio climático y las
resultantes migraciones y luchas por los recursos. Todo lo que puede ofrecer es
desigualdad, militarismo, muros y genocidio. Al mismo tiempo, la camarada no está
libre de riesgos, no es una solución mágica a todos los problemas que enfrenta la
izquierda, mucho menos el mundo, pero es la única manera a través de la cual estos
problemas pueden ser solucionados. Cualquier opción inferior nos condena a la
competencia, al individualismo, al cinismo y a la melancolía a los que hemos
descendido.

*
Debo confesar que odio este punto bastante sombrío al que he llegado y esperaría que
Mark también lo odiase. Recordemos que él alaba a Russell Brand por hacer del
comunismo algo cool, sexy y proletario en vez de una perorata acusatoria. Mark
escribe: “Brand hacía que las personas se sintieran bien consigo mismas; mientras que
la izquierda moralizadora se especializa en hacer sentir mal a la gente, y no está feliz
hasta que sus cabezas están inclinadas por la culpa y el autodesprecio”. Espero no
haber hecho que nadie aquí se sienta bien consigo misma. No sé bien cómo referirme
a ello pero quisiera cerrar diciendo algo más sobre cómo la camaradería, la figura del
camarada, podría proveer de un camino en el que podamos ayudarnos a sentirnos
mejor y a ser mejores en la lucha común. Como señaló Mark, "debemos reaprender
cómo construir camaradería y solidaridad".

La camaradería da forma a la relación política entre aquellos del mismo lado. Es una
figura genérica abstracta de pertenencia política que promete alienación y realización,
liberación de las restricciones del capitalismo patriarcal racista y una nueva relación
nacida del trabajo político colectivo hacia un futuro emancipatorio igualitario. Al
exceder el sentido de la política como convicción y elección individual, el camarada
apunta a las expectativas de solidaridad como indispensables para la acción política.
Cuando hacemos cosas por nuestros camaradas, cuando hacemos cosas por
camaradería, entonces asistimos a reuniones que de otro modo no hubiésemos
asistido, hacemos trabajo político que de otro modo hubiésemos evitado. Tratamos de
estar a la altura de las responsabilidades para con nosotros. Experimentamos el gozo
de de la lucha comprometida, de aprender en la práctica. Superamos los miedos que
podrían habernos abrumado de no haber tenido otra opción que enfrentarlos a solas:
Mis camaradas me hacen mejor, más fuerte, más de lo que podría ser por mí mismo.

Considérese qué tan extraño es usar camarada como autodescripción: yo soy un


camarada. Camarada apunta de inmediato a un otro, no a mí mismo, a alguien que
está junto a mí en la lucha común. Fuerza el reconocimiento de la pertenencia
política: yo tengo un camarada. Camarada es el punto cero del comunismo en tanto
cambia nuestra relación con nosotros mismos, entre nosotros en el mundo. Por tanto,
remarca una relación política más allá del binario amigo-enemigo, llamando la
atención sobre el efecto de estar de un mismo lado, estar del lado de quienes están en
eso. Llama la atención sobre cómo trabaja el compromiso compartido de vuelta en
aquellos que lo comparten, permitiéndoles generar nuevas habilidades y efectos.
Resalta el hecho de que las partes partisanas son siempre más que su suma: la suma
siempre vuelve a ellos.

Algunos en la izquierda son verdaderamente escépticos sobre este tipo de pertenencia


política: viendo a la disciplina de la camaradería solo como una restricción en vez de
como una decisión de crear capacidad colectiva, sustituyen la fantasía de que la
política puede ser individual por la realidad de la lucha y el movimiento político. Esta
sustitución evade el hecho de que la camaradería es una elección. E ignora, también, la
cualidad liberadora de la disciplina: al tener camaradas, estamos liberados de las
obligaciones de ser y hacer y saberlo todo. Hay un colectivo mayor con una línea, un
programa, un conjunto de textos, tareas y metas. Somos liberados de impulsos tales
como los ordenados por el capitalismo comunicativo, de criticar y comentar en la
indignación del momento. Somos liberados del cinismo que pasa como madurez
gracias al optimismo práctico que engendra el esperanzado trabajo entre camaradas.
La disciplina nos provee del soporte que nos libera a cometer errores, aprender y
crecer. Cuando erremos, nuestros camaradas estarán allí para atraparnos, sacudirnos
del polvo y ponernos de vuelta en el camino correcto. No estamos abandonados a
recorrerlo en solitario. Me pregunto a cuántos hemos perdido por nuestro fracaso en
tratarlos como camaradas.

Con demasiada frecuencia, los izquierdistas desorganizados permanecen extasiados


por la ilusión de la gente común espontáneamente creando nuevas formas de vida que
marcarán el comienzo de un futuro glorioso. Esta ilusión falla en reconocer las
privaciones y des-capacitaciones que 40 años de neoliberalismo han ejercido. Si fuera
cierto que la austeridad, la deuda, el colapso de infraestructuras institucionales y la
fuga de capitales, si fuera cierto que estas permitiesen la emergencia espontánea de
formas de vida igualitarias, no veríamos las enormes desigualdades económicas, la
intensificación de la violencia racializada, el descenso en la expectativa de vida, la
muerte lenta, la ansiedad, depresión y desesperación de los jóvenes, el agua no apta
para el consumo, la tierra contaminada, la militarización de la vigilancia y
mantenimiento del orden público y los desolados barrios urbanos y suburbanos que
son ahora lugar común. El agotamiento de los recursos incluye el agotamiento de los
recursos humanos. En muchas ocasiones, las personas quieren hacer algo pero no
saben qué hacer o cómo hacerlo: podrían estar aisladas en espacios de trabajo sin
sindicatos, abrumadas por múltiples posiciones laborales de medio tiempo para estirar
el delicado cuidado a amigos y familia –y debería mencionar aquí el trabajo crucial que
el IWGB Union, el Sindicato de Trabajadores Independientes de Gran Bretaña, que está
trabajando ahora con trabajadores de baja remuneración, como la campaña para traer
aquí a Goldsmiths trabajadores de seguridad in-house y creo que se puede aprender
más de eso en el Precarious Workers Bulletin que quizás tengan aquí al frente o qye
estén distribuyendo aquí, pero se me pidió que hiciera mención a eso, así que quería
asegurarme de decirlo aquí. (Palmas).

La organización disciplinada, la disciplina de los camaradas comprometidos a la lucha


común por un futuro igualitario emancipatorio es necesaria. Algunas veces queremos y
necesitamos que alguien nos diga qué hacer, porque estamos demasiado cansados y
sobrecargados para resolverlo por nuestra cuenta. Algunas veces, cuando se nos da
una tarea, sentimos que nuestros pequeños esfuerzos tienen un significado y un
propósito mayor, talvez incluso significancia global en la inmemorial batalla del pueblo
contra la opresión. A veces, el solo saber que tenemos camaradas que comparten
nuestro compromiso, nuestras alegrías y nuestros esfuerzos para aprender de la
derrota hace posible el trabajo político donde antes no lo era.

Algunos izquierdistas estarán de acuerdo con todo lo que he dicho… y luego añadirán
un “pero”. ¿Pero no terminaremos decepcionados y traicionados? ¿No fracasará todo
en última instancia, como ha pasado tantas veces? ¿Qué de los daños que los
camaradas se infligieron los unos a los otros en nombre de la camaradería? ¿Y qué de
la persistencia del sexismo y del racismo, de la intolerancia y del prejuicio? ¿Qué pasa
cuando ya no estamos en el mismo bando, cuando no podemos decir “nosotros” ni
tampoco reconocer un bando? Hablando con franqueza, la tendencia crítica a rechazar
una idea a causa de un montón de posibles fallas es generalizada en entornos de
izquierda -una fachada intelectual que enmascara un fracaso de la voluntad política
que no convencería a nadie en cualquier otro contexto. Es una suerte de
predeterminación al fracaso realmente extraña que nunca nos creeríamos en otra
situación; uno nunca diría: “oh, no tomes un café con esa persona, puedes
enamorarte y luego tener un divorcio caro y odioso”, “no hables en la reunión en caso
pierdas la idea y termines sonando estúpido”, “no hagas deporte o ejercicio porque
puedes lastimarte y nunca serás bueno de todos modos”, “no vivas porque
inevitablemente morirás”.

Preocuparse por el final clausura la posibilidad de comenzar. Las relaciones terminan.


Los fracasos ocurren. Pero el fracaso no es algo a lo que hay que temer, sino algo de lo
que aprender, un siguiente paso. Perdemos a nuestros camaradas, pero el hecho de
que exista un final no debería adelantarse a los comienzos.

(Transcripción y traducción por I. M. Calderón)