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ANTOLOGIA DE TEXTOS DE GRAMSCI1

TEXTOS DE LOS CUADERNOS DE LA CARCEL 1929, 1930 Y 1931

Espontaneidad y dirección consciente.


Se pueden dar varias definiciones de la expresión "espontaneidad", porque el fenómeno al que se refiere
es multilateral. Hay que observar, por de pronto, que la espontaneidad "pura" no se da en la historia: coincidiría
con la mecanicidad "pura". En el movimiento "más espontáneo" los elementos de "dirección consciente" son
simplemente incontrolables, no han dejado documentos identificables. Puede por eso decirse que el elemento de
la espontaneidad es característico de la "historia de las clases subalternas", y hasta de los elementos más
marginales y periféricos de esas clases, los cuales no han llegado a la conciencia de la clase "para sí" y por ello
no sospechan siquiera que su historia pueda tener importancia alguna, ni que tenga ningún valor dejar de ella
restos documentales.
Existe, pues, una "multiplicidad" de elementos de "dirección consciente" en esos movimientos, pero
ninguno de ellos es predominante ni sobrepasa el nivel de la "ciencia popular" de un determinado estrato social,
del "sentido común", o sea, de la concepción del mundo tradicional de aquel determinado estrato. Este es
precisamente el elemento que De Man contrapone empíricamente al marxismo, sin darse cuenta (aparentemente)
de que está cayendo en la misma posición de los que, tras describir el folklore, la hechicería, etc., y tras demostrar
que estos modos de concebir tienen una raíz históricamente robusta y están tenazmente aferrados a la sicología
de determinados estratos populares, creyeran haber "superado" con eso la ciencia moderna y tomaran por "ciencia
moderna" los burdos artículos de las revistas de difusión popular de la ciencia y las publicaciones por entregas.
Este es un verdadero caso de teratología intelectual, del cual hay más ejemplos: los "hechiceristas" relacionados
con Maeterlinck, que sostienen que hay que recoger el hilo de la alquimia y de la hechicería, roto por la violencia,
para poner a la ciencia en un camino más fecundo de descubrimientos, etc. Pero De Man tiene un mérito
incidental: muestra la necesidad de estudiar y elaborar los elementos de la sicología popular, históricamente y no
sociológicamente, activamente (o sea, para transformarlos, educándolos, en una mentalidad moderna) y no
descriptivamente como hace él; pero esta necesidad estaba por lo menos implícita (y tal vez incluso explícitamente
declarada) en la doctrina de Ilici [119 Lenin.], cosa que De Man ignora completamente. El hecho de que existan
corrientes y grupos que sostienen la espontaneidad como método demuestra indirectamente que en todo
movimiento "espontáneo" hay un elemento primitivo de dirección consciente, de disciplina. A este respecto hay
que practicar una distinción entre los elementos puramente "ideológicos" y los elementos de acción práctica, entre
los estudiosos que sostienen la espontaneidad como "método" inmanente y objetivo del devenir histórico y los
politicastros que la sostienen como método "político". En los primeros se trata de una concepción equivocada; en
los segundos se trata de una contradicción inmediata y mezquina que trasluce un origen práctico evidente, a saber,
la voluntad práctica de sustituir una determinada dirección por otra. También en los estudiosos tiene el error un
origen práctico, pero no inmediato como en el caso de los políticos. El apoliticismo de los sindicalistas franceses
de anteguerra contenía ambos elementos: era un error teórico y una contradicción (contenía el elemento
"soreliano" y el elemento de concurrencia entre la tendencia anarquista-sindicalista y la corriente socialista. Era,
además, consecuencia de los terribles hechos de París de 1871: la continuación, con métodos nuevos y con una
teoría brillante, de los treinta años de pasividad (1870-1900) de los obreros franceses. La lucha puramente
"económica" no podía disgustar a la clase dominante, sino al contrario. Lo mismo puede decirse del movimiento
catalán, que no "disgustaba" a la clase dominante española más que por el hecho de que reforzaba objetivamente
el separatismo republicano catalán, produciendo un bloque industrial republicano propiamente dicho contra los
terratenientes, la pequeña burguesía y el ejército monárquico. El movimiento turinés fue acusado al mismo tiempo
de ser "espontaneista" y "voluntarista" o bergsoniano (!). La acusación contradictoria muestra, una vez analizada,
la fecundidad y la justeza de la dirección que se le dio. Esa dirección no era "abstracta", no consistía en una
repetición mecánica de las fórmulas científicas o teóricas; no confundía la política, la acción real, con la
disquisición teorética; se aplicaba a hombres reales, formados en determinadas relaciones históricas, con

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determinados sentimientos, modos de concebir, fragmentos de concepción del mundo, etc., que resultaban de las
combinaciones "espontáneas" de un determinado ambiente de producción material, con la "casual" aglomeración
de elementos sociales dispares. Este elemento de "espontaneidad" no se descuidó, ni menos se despreció:
fue educado, orientado, depurado de todo elemento extraño que pudiera corromperlo, para hacerlo homogéneo,
pero de un modo vivo e históricamente eficaz, con la teoría moderna. Los mismos dirigentes hablaban de la
"espontaneidad" del movimiento, y era justo que hablaran así: esa afirmación era un estimulante, un energético,
un elemento de unificación en profundidad; era ante todo la negación de qué se tratara de algo arbitrario, artificial,
y no históricamente necesario. Daba a la masa una conciencia "teorética" de creadora de valores históricos e
institucionales, de fundadora de Estados. Esta unidad de la "espontaneidad" y la "dirección consciente", o sea, de
la "disciplina", es precisamente la acción política real de las clases subalternas en cuanto política de masas y no
simple aventura de grupos que se limitan a apelar a las masas.
A este propósito se plantea una cuestión teórica fundamental: ¿puede la teoría moderna encontrarse en
oposición con los sentimientos "espontáneos" de las masas? ("Espontáneos" en el sentido de no debidos a una
actividad educadora sistemática por parte de un grupo dirigente ya consciente, sino formados a través de la
experiencia cotidiana iluminada por el sentido común, o sea, por la concepción tradicional popular del mundo,
cosa que muy pedestremente se llama "instinto" y no es sino una adquisición histórica también él, sólo que
primitiva y elemental). No puede estar en oposición: hay entre una y otros diferencia "cuantitativa", de grado, no
de cualidad: tiene que ser posible una "reducción", por así decirlo, recíproca, un paso de los unos a la otra y
viceversa. (Recordar que Kant quería que sus teorías filosóficas estuvieran de acuerdo con el sentido común; la
misma posición se tiene en Croce; recordar la afirmación de Marx en la Sagrada Familia, según la cual las
fórmulas de la política francesa de la Revolución se reducen a los principios de la filosofía clásica alemana.)
Descuidar --y aun más, despreciar-- los movimientos llamados "espontáneos", --o sea, renunciar a darles una
dirección consciente, a elevarlos a un plano superior insertándolos en la política, puede a menudo tener
consecuencias serias y graves. Ocurre casi siempre que un movimiento "espontáneo" de las clases subalternas
coincide con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante, y ambos por motivos
concomitantes: por ejemplo, una crisis económica determina descontento en las clases subalternas y movimientos
espontáneos de masas, por una parte, y, por otra, determina complots de los grupos reaccionarios, que se
aprovechan de la debilitación objetiva del gobierno para intentar golpes de estado. Entre las causas eficientes de
estos golpes de estado hay que incluir la renuncia de los grupos responsables a dar una dirección consciente a los
movimientos espontáneos para convertirlos así en un factor político positivo. Ejemplo de las Vísperas sicilianas
y discusiones de los historiadores para averiguar si se trató de un movimiento espontáneo o de un movimiento
concertado: me parece que en las Vísperas sicilianas se combinaron los dos elementos: la insurrección espontánea
del pueblo siciliano contra los provenzales --ampliada con tanta velocidad que dio la impresión de ser simultánea
y, por tanto, de basarse en un acuerdo, aunque la causa fue la opresión, ya intolerable en toda el área nacional-- y
el elemento consciente de diversa importancia y eficacia, con el predominio de la conjuración de Giovanni da
Procida con los aragoneses. Otros ejemplos pueden tomarse de todas las revoluciones del pasado en las cuales las
clases subalternas eran numerosas y estaban jerarquizadas por la posición económica y por la homogeneidad. Los
movimientos "espontáneos" de los estratos populares más vastos posibilitan la llegada al poder de la clase
subalterna más adelantada por la debilitación objetiva del Estado. Este es un ejemplo "progresivo", pero en el
mundo moderno son más frecuentes los ejemplos regresivos.
Concepción histórico-política escolástica y académica, para la cual no es real y digno sino el movimiento
consciente al ciento por ciento y hasta determinado por un plano trazado previamente con todo detalle o que
corresponde (cosa idéntica) a la teoría abstracta. Pero la realidad abunda en combinaciones de lo más raro, y es
el teórico el que debe identificar en esas rarezas la confirmación de su teoría, "traducir" a lenguaje teórico los
elementos de la vida histórica, y no al revés, exigir que la realidad se presente según el esquema abstracto. Esto
no ocurrirá nunca y, por tanto, esa concepción no es sino una expresión de pasividad. (Leonardo sabía descubrir
el número de todas las manifestaciones de la vida cósmica, incluso cuando los ojos del profano no veían más que
arbitrio y desorden.) (C. XX; PP 55-59.)
TEXTOS DE LOS CUADERNOS POSTERIORES A 1931
Concepto de "ideología".
La "ideología" ha sido un aspecto del "sensismo", o sea, del materialismo francés del siglo XVIII. Su
significación originaria era "ciencia de las ideas", y como el único medio reconocido y aplicado en la ciencia era
el análisis, la expresión significaba "análisis de las ideas", o sea, "búsqueda del origen de las ideas". Las ideas
tenían que descomponerse en sus "elementos" originarios y éstos no podían ser sino "sensaciones": las ideas se
derivan de las sensaciones. Pero el sensismo podía asociarse sin demasiadas dificultades con la fe religiosa, con
las creencias más extremadas en la "potencia del Espíritu" y en sus "destinos inmortales"; así ocurrió, por ejemplo,
que Manzoni mantuvo su adhesión general al sensismo incluso después de su conversión o retorno al catolicismo,
incluso al escribir los Inni Sacri, y hasta que conoció la filosofía de Rosmini 2.
Hay que examinar históricamente --porque lógicamente el proceso es fácil de captar y de comprender--
cómo el concepto de Ideología pasó de significar "ciencia de las ideas", "análisis del origen de las ideas", a
significar un determinado "sistema de ideas".
Puede afirmarse que Freud es el último de los ideólogos, y que De Man es un "ideólogo", cosa que da
todavía más extrañeza al "entusiasmo" de Croce y los crocianos por De Man. Lo que pasa es que hay una
justificación "práctica" de ese entusiasmo. Hay que examinar el modo cómo el autor del Ensayo popular [136
Bujarin] ha quedado preso en la Ideología, cuando la filosofía de la práctica representa una superación clara y se
contrapone históricamente a la Ideología. La misma significación que el término "ideología" ha tomado en la
filosofía de la práctica contiene implícitamente un juicio de desvalor y excluye que para sus fundadores hubiera
que buscar el origen de las ideas en las sensaciones y, por tanto, en la fisiología en último análisis: esta misma
"ideología" tiene que analizarse históricamente, según la filosofía de la práctica, como una superestructura.
Me parece que un elemento de error en la consideración del valor de las ideologías se debe al hecho (nada
casual, por lo demás) de que se da el nombre de ideología tanto a la superestructura necesaria de una determinada
estructura cuanto a las elucubraciones arbitrarias de determinados individuos. El sentido peyorativo de la palabra
se ha hecho extensivo, y eso ha modificado y desnaturalizado el análisis teórico del concepto de ideología. El
proceso de ese error puede reconstruirse fácilmente: 1) se identifica la ideología como distinta de la estructura y
se afirma que no son las ideologías las que cambian las estructuras, sino a la inversa; 2) se afirma que una cierta
solución política es "ideológica", o sea, insuficiente para cambiar la estructura, aunque ella crea poderla cambiar;
se afirma que es inútil, estúpida, etc.; 3) se pasa a afirmar que toda ideología es "pura" apariencia, inútil, estúpida,
etc.
Por tanto, hay que distinguir entre ideologías históricamente orgánicas, que son necesarias para una cierta
estructura, e ideologías arbitrarias, racionalistas, "queridas". En cuanto históricamente necesarias, tienen una
validez que es validez "sicológica": organizan las masas humanas, forman el terreno en el cual los hombres se
mueven, adquieren conciencia de su posición, luchan, etc. En cuanto "arbitrarias", no crean más que
"movimientos" individuales, polémicas, etc. (tampoco éstas son completamente inútiles, porque son como el error
que se contrapone a la verdad y la consolida). (C. XVIII; I.M. S. 47-49.)
Conviene destruir el muy difundido prejuicio de que la filosofía es una cosa muy difícil por el hecho de
ser actividad intelectual propia de una determinada categoría de científicos especializados o de filósofos
profesionales y sistemáticos. Conviene, por tanto, demostrar preliminarmente que todos los hombres son
"filósofos", definiendo los límites y los caracteres de esta "filosofía espontánea" propia de "todo el mundo", o sea,
de la filosofía contenida: 1) en el mismo lenguaje, que es un conjunto de nociones y de conceptos determinados,

2
El propagador literario más eficaz de la ideología fue Destutt de Tracy (1754-1836), por la facilidad y la popularidad de su exposición;
otro fue el doctor Cabanis, con su Rapport du Physique au Moral (Condillac, Helvetius, etc., son más estrictamente filósofos). Lazo
entre catolicismo e ideología: Manzoni, Cabanis, Bourget, Taine (Taine es maestro para Maurras y para otros de tendencia católica) --
"novela sicológica"-- (Stendhal fue alumno de Tracy, etc.). De Destutt de Tracy: la obra principal es Eléments d'Ideologie (Paris, 1817-
1818), más completos en la traducción italiana, Elementi di Ideologia del conte Destutt de Tracy, traducidos por G. Compagnoni,
Milano, Stamperia di Giambattista Sonzogno, 1819 (en el texto francés falta toda una sección, creo que la referente al Amor, conocida
y utilizada por Stendhal por la traducción italiana) (ibíd.).
y no ya sólo de palabras gramaticales vacías de contenido; 2) en el sentido común y en el buen sentido; 3) en la
religión popular y también, por tanto, en todo el sistema de creencias, supersticiones, opiniones, modos de ver y
de obrar que desembocan en lo que generalmente se llama "folklore".
Una vez demostrado que todos los hombres son filósofos, aunque sea a su manera, inconscientemente,
porque ya en la más pequeña manifestación de cualquier actividad intelectual, el "lenguaje", está contenida una
determinada concepción del mundo, se pasa al segundo momento, al momento de la crítica y de la conciencia, o
sea, a la cuestión ¿es preferible "pensar" sin tener conciencia crítica de ello, de un modo disgregado y ocasional,
o sea, "participar" de una concepción del mundo "impuesta" mecánicamente por el ambiente externo, esto es, por
uno de los tantos grupos sociales en los que cada cual se encuentra inserto automáticamente desde que entra en
el mundo consciente (y que puede ser la aldea o la provincia, puede tener su origen en la parroquia, en la "actividad
intelectual" del cura o del viejarrón patriarcal cuya sabiduría es ley, o en la mujeruca que ha heredado el saber de
las brujas, o en el pequeño intelectual amargado en su propia estupidez y en su impotencia para actuar), o es
preferible elaborar uno su propia concepción del mundo consciente y críticamente, ya, por tanto, escoger la propia
esfera de actividad en conexión con ese esfuerzo, del cerebro propio, participar activamente en la producción de
la historia del mundo, ser guía de sí mismo en vez de aceptar pasivamente y supinamente la impronta puesta desde
fuera a la personalidad?
Nota I. Por causa de la concepción del mundo se pertenece siempre a una determinada agrupación, y precisamente a la de
todos los elementos sociales que comparten ese mismo modo de pensar y de obrar. Se es conformista de algún conformismo,
siempre se es hombre-masa u hombre-colectivo. La cuestión es ésta: ¿de qué tipo histórico es el conformismo, el hombre-
masa del que se es parte? Cuando la concepción del mundo no es crítica y coherente, sino ocasional y disgregada, se
pertenece simultáneamente a una multiplicidad de hombres-masa, la personalidad es un algo abigarradamente compuesto:
hay en ella elementos del hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada, prejuicios de todas
las fases históricas pasadas, groseramente localistas, e intuiciones de una filosofía futura que será propia del género humano
unificado mundialmente. Criticar la concepción propia del mundo significa, pues, hacerla unitaria y coherente y elevarla
hasta el punto al cual ha llegado el pensamiento mundial más adelantado. Significa, por tanto, también criticar toda la
filosofía habida hasta ahora, en cuanto ha dejado estratificaciones consolidadas en la filosofía popular. El comienzo de la
elaboración crítica es la conciencia de lo que realmente se es, o sea, un "conócete a ti mismo" como producto del proceso
histórico desarrollado hasta ahora, el cual ha dejado en ti mismo una infinidad de huellas recibidas sin beneficio de
inventario. Hay que empezar por hacer ese inventario.
Noto II. No se puede separar la filosofía de la historia de la filosofía, ni la cultura de la historia de la cultura. No se puede
ser filósofos en el sentido más inmediato y literal, o sea, tener una concepción del mundo críticamente coherente, sin la
conciencia de la historicidad de la fase de desarrollo que representa y del hecho de que se encuentra en contradicción con
otras concepciones o con elementos de otras concepciones. La concepción del mundo que uno tiene responde a determinados
problemas planteados por la realidad, los cuales están bien determinados y son "originales" en su actualidad. ¿Cómo es
posible pensar el presente, y un presente precisamente determinado, con un pensamiento elaborado para problemas de un
pasado a menudo muy remoto y sobrepasado? Si eso ocurre, es que se es "anacrónico" en su propia época, que se es un
fósil, y no un ser que vive modernamente. O, por lo menos, que uno está abigarradamente "compuesto". Y efectivamente
ocurre que grupos sociales que en ciertos aspectos expresan la modernidad más desarrollada están en otros aspectos
retrasados respecto de su posición social y, por tanto, son incapaces de tener completa autonomía histórica.
Nota III. Si es verdad que todo lenguaje contiene los elementos de una concepción del mundo y de una cultura, será también
verdad que por el lenguaje de cada cual se puede juzgar la mayor o menor complejidad de su concepción del mundo. El que
no habla más que su dialecto o comprende sólo parcialmente la lengua nacional participa por fuerza de una concepción del
mundo más o menos estrecha y provincial, fosilizada, anacrónica en comparación con las grandes corrientes de pensamiento
que dominan la historia mundial. Sus intereses serán restringidos, más o menos corporativos o economicistas, no
universales. Si no siempre es posible aprender más lenguas extranjeras para ponerse en contacto con vidas culturales
diversas, conviene por lo menos aprender bien la lengua nacional. Una gran cultura puede traducirse a la lengua de otra gran
cultura, puede traducir cualquier otra gran cultura, ser una expresión mundial. Pero un dialecto no puede hacer lo mismo.
Nota IV. Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos "originales"; significa también,
y especialmente, difundir críticamente verdades ya descubiertas, "socializarlas", por así decirlo, y convertirlas, por tanto, en
base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral. El que una masa de hombres sea
llevada a pensar coherentemente y de un modo unitario el presente real es un hecho "filosófico" mucho más importante y
"original" que el redescubrimiento, por parte de algún "genio" filosófico, de una nueva verdad que se mantenga dentro del
patrimonio de pequeños grupos intelectuales. (C. XVIII; I.M.S. 3-5; son un texto introductorio al estudio de la filosofía y el
materialismo histórico y tres notas.

El problema de la dirección política en la formación y el desarrollo de la nación y del Estado


moderno en Italia.
Todo el problema de la conexión entre las varias corrientes políticas del Risorgimento, o sea, de sus
relaciones recíprocas y de sus relaciones con los grupos sociales homogéneos o subordinados existentes en las
varias secciones (o en los varios sectores) históricos del territorio nacional, se reduce a este fundamental dato de
hecho: los moderados representaban un grupo social relativamente homogéneo, razón por la cual su dirección
sufrió oscilaciones relativamente limitadas (y, en cualquier caso, según una línea de desarrollo orgánicamente
progresivo), mientras que el llamado Partito d'Azione no se apoyaba concretamente en ninguna clase histórica, y
las oscilaciones sufridas por sus órganos dirigentes se componían en última instancia según los intereses de los
moderados: la afirmación atribuida a Vittorio Emanuele II de que "tenía en el bolsillo" el Partito d'Azione, o algo
parecido, es prácticamente exacta, y no sólo por los contactos personales del rey con Garibaldi, sino también
porque de hecho el Partito d'Azione fue dirigido "indirectamente" por Cavour y el rey.
El criterio metodológico en el cual hay que fundar el examen es éste: que la supremacía de un grupo social
se manifiesta de dos modos, como "dominio" y como "dirección intelectual y moral". Un grupo social es
dominante respecto de los grupos adversarios que tiende a "liquidar" o a someter incluso con la fuerza armada, y
es dirigente de los grupos afines o aliados. Un grupo social puede y hasta tiene que ser dirigente ya antes de
conquistar el poder gubernativo (ésta es una de las condiciones principales para la conquista del poder); luego,
cuando ejerce el poder y aunque lo tenga firmemente en las manos, se hace dominante, pero tiene que seguir
siendo también "dirigente". Los moderados siguieron dirigiendo el Partito d'Azione incluso después de 1870 y de
1876, y el llamado "transformismo" no fue sino la expresión parlamentaria de esa acción hegemónica intelectual,
moral y política. Se puede incluso decir que toda la vida italiana desde 1848 está caracterizada por el
transformismo, o sea, por la elaboración de una clase dirigente cada vez más amplia dentro de los marcos fijados
por los moderados desde 1848 y a partir del hundimiento de las utopías neogüelfas y federalistas, con la absorción
gradual, pero continua y obtenida con métodos de varia eficacia, de los elementos activos salidos de los grupos
aliados y hasta de los grupos adversarios y que parecían enemigos irreconciliables. En este sentido la dirección
política se ha convertido en un aspecto de la función de dominio, porque la absorción de las élites de los grupos
enemigos lleva a la decapitación de éstos y a su aniquilación por un período a menudo muy largo. En la política
de los moderados aparece claramente que puede y debe haber una actividad hegemónica incluso antes de llegar
al poder, y que no se tiene que contar sólo con la fuerza material que da el poder para ejercer una dirección eficaz;
precisamente la brillante solución de estos problemas ha posibilitado el Risorgimento en las formas y con los
límites que ha tenido, sin "terror", como "revolución" sin "revolución", o sea, como "revolución pasiva", por
utilizar una expresión de Cuoco [166] en un sentido un poco distinto del que él le da.
166 Vincenzo Cuoco, 1770-1823. Miembro del círculo ilustrado revolucionario de Nápoles (1787). Tuvo una
función de segunda fila en la República Partenopea. A la restauración de los Borbones fue condenado a veinte años de
destierro y confiscación de bienes. Durante su exilio en Europa escribió su ensayo histórico sobre la Revolución napolitana.
De vuelta a Nápoles en 1806. el rey José Bonaparte y luego Murat le confían cargos políticos que parcialmente le
confirmaron los Borbones tras la segunda restauración. La obra cultural de Cuoco, inspirada por motivos historicistas
análogos a los de la escuela de Savigny, contribuyó a difundir en la Italia del norte la tradición intelectual del sur
(especialmente Vico). Con la expresión "revolución pasiva" se refiere Cuoco a la napolitana de 1799, realizada tras la
llegada de los franceses y con escasa intervención popular. Cuoco usa la expresión peyorativamente.
¿En qué formas y con qué medios consiguieron los moderados asentar el aparato (el mecanismo) de su
hegemonía intelectual, moral y política? En formas y con medios que se pueden llamar "liberales", o sea, por
medio de iniciativas individuales, "moleculares", "privadas" (no mediante un programa de partido elaborado y
constituido según un plan antes de la acción práctica y organizativa). Por lo demás, eso era "normal", dada la
estructura y la función de los grupos sociales representados por los moderados, de los cuales los moderados eran
la capa dirigente, los intelectuales en sentido orgánico.
Para el Partito d'Azione el problema se planteaba de manera distinta, y él mismo habría debido utilizar sistemas
organizativos distintos. Los moderados eran intelectuales "condensados" ya naturalmente por la organicidad de
sus relaciones con los grupos sociales cuya expresión eran (para toda una serie de ellos se tenía una identidad de
representado y representante, o sea, los moderados eran una vanguardia real, orgánica, de las clases altas, porque
ellos mismos pertenecían económicamente a las clases altas: eran intelectuales y organizadores políticos y, al
mismo tiempo, jefes de empresa, grandes terratenientes o administradores de grandes fincas, empresarios
comerciales e industriales, etc.). Dada esa condensación o concentración orgánica, los moderados ejercían una
poderosa atracción, de forma "espontánea", sobre toda la masa de intelectuales de cualquier grado que existían en
la península en estado "difuso", "molecular", por las necesidades, satisfechas aunque fuera elementalmente, de
instrucción y administración. Aquí se aprecia la solidez metodológica de un criterio de investigación histórico-
política: no existe una clase independiente de intelectuales, sino que cada grupo social tiene su propia capa de
intelectuales o tiende a formársela; pero los intelectuales de la clase históricamente (y realistamente) progresiva,
en las condiciones dadas, ejercen una tal atracción que acaban por someter, en último análisis, como subordinados,
a los intelectuales de los demás grupos sociales y, por tanto, llegan a crear un sistema de solidaridad entre todos
los intelectuales, con vínculos de orden sicológico (vanidad, etc.) y a menudo de casta (técnico-jurídicos,
corporativos, etc.). Este hecho ocurre "espontáneamente" en los períodos históricos en los cuales el grupo social
dado es realmente progresivo, o sea, empuja realmente la sociedad entera hacia adelante, satisfaciendo no sólo
sus exigencias existenciales, sino también la tendencia a la ampliación de sus cuadros para la toma de posesión
de nuevas esferas de la actividad económico-productiva. Apenas el grupo social dominante ha agotado su función,
el bloque ideológico tiende a desintegrarse, y entonces la "espontaneidad" puede ser sustituida por la "coacción",
en formas cada vez menos disimuladas e indirectas, hasta llegar a las medidas de policía propiamente dichas y a
los golpes de Estado. (C.V.; R. 69-72; es el fragmento inicial de un largo apunte.)

Guerra de Posicion y Guerra de Maniobra o Frontal


Es necesario ver si la famosa teoría de Bronstein sobre la perrnanencia del movimiento no es el reflejo
político de la teoría de la guerra de maniobra (recordar la observación del general de cosacos Krasnov), en última
instancia, el reflejo de las condiciones generales económico-cultural-sociales de un país donde los cuadros de la
vida nacional son embrionarios y desligados, y no pueden transformarse en "trinchera o fortaleza". En este caso,
se podría decir que Bronstein, que aparece como un "occidentalista", era en cambio un cosmopolita, es decir
superficialmente nacional y superficialmente occidentalista, o europeo. Ilich, en cambio, era profundamente
nacional y profundamente europeo. En sus memorias, Bronstein recuerda que se le dijo que su teoría había
demostrado ser válida luego de... quince años, y responde al epigrama con otro epigrama. En realidad, su teoría
cono tal no era válida ni quince años antes ni quince años después; corno ocurre con los obstinados, de los que
habla Guicciardini3, él adivinó "grosso modo", es decir, tuvo razón en la previsión práctica más general. Es como
afirmar que una niña de cuatro años se convertirá en madre y al ocurrir esto, a los veinte años, decir: "lo había
adivinado", no recordando sin embargo que cuando tenía cuatro años se deseaba violarla, en la seguridad de que
se convertiría en madre. Me parece que Ilich había comprendido que era necesario pasar de la guerra de maniobra,
aplicada victoriosamente en Oriente en 1917, a la guerra de posición que era la única posible en Occidente donde,
3
Francesco Guicciardini, estadista, presidente del estado de Toscana; Maquiavelo se reunió con él en enero de 1525, por iniciativa del
papa Clemente VII, para tratar la creación de una milicia nacional. En su obra, Gramsci opone varias veces a Maquiavelo y Guicciardini,
afirmando que este último "representa un paso atrás con respecto a Maquiavelo". "Maquiavelo es ‘pesimista’ (o mejor dicho ‘realista’)
al considerar a los hombres y los móviles de su obra; Guicciardini no es pesimista, sino escéptico y sórdido". En otras palabras:
"Guicciardini... retorna a un pensamiento político puramente italiano mientras Maquiavelo se había elevado a la experiencia europea
(internacional en aquella época)" (MS, p. 85 [102]). Gramsci afirma que, en cierto sentido, "habrá que matar al hombre de Guicciardini"
para evitar la moral del conservador político y del provinciano sórdido. [E.]
La teoría de Bronstein puede ser comparada con la de ciertos sindicalistas franceses sobre la huelga general y con la teoría de Rosa
expuesta en el folleto traducido por Alessandri. El folleto de Rosa y sus teorías, por otro lado, influyeron sobre los sindicalistas
franceses, tal como se evidencia en ciertos artículos de Rosmer sobre Alemania aparecidos en La Vie ouvrière(primera serie en
pequeños fascículos). Dicha teoría depende en parte también de la teoría de la espontaneidad.
(1930-1932.)
como observa Krasnov, en breve lapso los ejércitos podían acumular interminables cantidades de municiones,
donde los cuadros sociales eran de por sí capaces de transformarse en trincheras muy provistas. Y me parece que
éste es el significado de la fórmula del "frente único", que corresponde a la concepción de un solo frente de la
Entente bajo el comando único de Foch. Sólo que Ilich no tuvo tiempo de profundizar su fórmula, aun teniendo
en cuenta el hecho de que podía ser profundizada sólo teóricamente, mientras que la tarea fundamental era
nacional, es decir, exigía un reconocimiento del terreno y una fijación de los elementos de trinchera y de fortaleza
representados por los elementos de la sociedad civil, etc. En Oriente el estado era todo, la sociedad civil era
primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del
estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El estado sólo era una trinchera avanzada, detrás
de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas; en mayor o menor medida de un estado a otro, se
entiende, pero esto precisamente exigía un reconocimiento de carácter nacional.

Tomo I (O.E. Lautaro). Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico


Estructura y superestructura.
La proposición contenida en la introducción de la Crítica de la economía política, respecto a que los
hombres toman conciencia de los conflictos de la estructura en el terreno de las ideologías, debe ser considerada
como afirmación de valor gnoseológico y no puramente psicológico y moral. De ello resulta que el principio
teórico-práctico de la hegemonía tiene también un significado gnoseológico; por lo tanto, en este campo es
necesario buscar el aporte teórico máximo de Ilic [Lenin] a la filosofía de la praxis. En efecto, Ilic habría hecho
progresar la filosofía como filosofía en cuanto hizo progresar la doctrina y la práctica política. La realización de
un aparato hegemónico, en cuanto crea un nuevo terreno ideológico, determina una reforma de las conciencias y
de los métodos de conocimiento, es un hecho de conciencia, un hecho filosófico. En lenguaje crociano: cuando
se logra introducir una nueva moral conforme a una nueva concepción del mundo se concluye por introducir
también tal concepción, es decir, se determina una completa reforma filosófica.
La estructura y las superestructuras forman un "bloque histórico", es decir que el conjunto complejo,
contradictorio y discorde de las superestructuras es el reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción.
De ello surge lo siguiente: solo un sistema totalitario de ideologías refleja racionalmente la contradicción de la
estructura y representa la existencia de las condiciones objetivas para la subversión de la praxis. Si se forma un
grupo social homogéneo al 100 % por la ideología, ello significa que existen al 100 % las premisas para dicha
subversión, es decir que lo "racional" es real activa y actualmente. El razonamiento se basa en la reciprocidad
necesaria entre estructura y superestructura (reciprocidad que es, por cierto, el proceso dialéctico real).
Paso del saber al comprender, al sentir y viceversa, del sentir al comprender, al
saber.
El elemento popular "siente", pero no siempre comprende o sabe. El elemento intelectual "sabe" pero no
comprende o, particularmente, "siente". Los dos extremos son, por lo tanto, la pedantería y el filisteísmo por una
parte, y la pasión ciega y el sectarismo por la otra. No se trata de que el pedante no pueda ser apasionado; al
contrario, la pedantería apasionada es tan ridícula y peligrosa como el sectarismo y la demagogia más
desenfrenados. El error del intelectual consiste en creer que se pueda saber sin comprender y, especialmente, sin
sentir ni ser apasionado (no sólo del saber en sí, sino del objeto del saber), es decir, que el intelectual pueda ser
tal (y no un puro pedante) si se halla separado del pueblo-nación, es decir, sin sentir las pasiones elementales del
pueblo, comprendiéndolas y, por lo tanto, explicándolas y justificándolas por la situación histórica determinada;
vinculándolas dialécticamente a las leyes de la historia, a una superior concepción del mundo, científica y
coherentemente elaborada: el "saber". No se hace política-historia sin esta pasión, sin esta vinculación sentimental
entre intelectuales y pueblo-nación. En ausencia de tal nexo, las relaciones entre el intelectual y el pueblo-nación
son o se reducen a relaciones de orden puramente burocrático, formal; los intelectuales se convierten en una casta
o un sacerdocio (el llamado centralismo orgánico).
Si las relaciones entre intelectuales y pueblo-nación, entre dirigentes y dirigidos --entre gobernantes y
gobernados--, son dadas por una adhesión orgánica en la cual el sentimiento-pasión deviene comprensión y, por
lo tanto, saber (no mecánicamente, sino de manera viviente), sólo entonces la relación es de representación y se
produce el intercambio de elementos individuales entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos;
sólo entonces se realiza la vida de conjunto, la única que es fuerza social. Se crea el "bloque histórico."
De Man "estudia" los sentimientos populares, pero no los consiente para guiarlos y conducirlos a una
catarsis de civilización moderna. Su posición es la del estudioso del folklore que tiene miedo constantemente de
que la modernidad le destruya el objeto de su ciencia. Pero, por otra parte, hay en su libro el reflejo pedantesco
de una exigencia real: que los sentimientos populares sean conocidos y estudiados tal como se presentan
objetivamente y no considerados como algo omitible e inerte en el movimiento histórico.

Tomo IV (O.E. Lautaro). NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, SOBRE POLITICA Y EL


ESTADO MODERNO. EL MODERNO PRINCIPE
Apuntes sobre la política de Maquiavelo.
El carácter fundamental de El Príncipe no es el de ser un tratado sistemático, sino un libro "viviente", donde la
ideología política y la ciencia política se fundan en la forma dramática del "mito". Entre la utopía y el tratado
escolástico, formas bajo las cuales se configuraba la ciencia política de la época, Maquiavelo dio a su concepción
una forma imaginativa y artística, donde el elemento doctrinal y racional se personificaba en
uncondottiero [capitán] que representa en forma plástica y "antropomórfica" el símbolo de la "voluntad
colectiva". El proceso de formación de una determinada voluntad colectiva, que tiene un determinado fin político,
no es representado a través de pedantescas disquisiciones y clasificaciones de principios y criterios de un método
de acción, sino como las cualidades, los rasgos característicos, deberes, necesidades, de una persona concreta,
despertando así la fantasía artística de aquellos a quienes se procura convencer y dando una forma más concreta
a las pasiones políticas [1].
1 Será necesario buscar en los escritores políticos que precedieron a Maquiavelo la existencia de escritos configurados
como El Príncipe. Su misma conclusión está ligada a este carácter "mítico" del libro. Luego de haber representado
al condottiero ideal, en un pasaje de gran eficacia artística, Maquiavelo invoca al condottiero real que históricamente lo
personifique; y es esta invocación apasionada, que se refleja en todo el libro, la que le confiere precisamente el carácter
dramático. En los Prolegomeni de Luigi Russo, Maquiavelo es llamado el artista de la política y una vez se encuentra
también la expresión "mito", pero no precisamente en el sentido arriba indicado.
El Príncipe de Maquiavelo podría ser estudiado como una ejemplificación histórica del "mito" de Sorel,
es decir, de una ideología política que no se presenta como una fría utopía, ni como una argumentación
doctrinaria, sino como la creación de una fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado
para suscitar y organizar su voluntad colectiva. El carácter utópico de El Príncipe reside en el hecho de que un
Príncipe tal no existía en la realidad histórica, no se presentaba al pueblo italiano con caracteres de inmediatez
objetiva, sino que era una pura abstracción doctrinaria, el símbolo del jefe, del condottiero ideal; pero los
elementos pasionales, míticos, contenidos en el pequeño volumen y planteados con recursos dramáticos de gran
efecto, se resumen y convierten en elementos, vivos en la conclusión, en la invocación de un príncipe "realmente
existente". En el pequeño volumen, Maquiavelo trata de cómo debe ser el Príncipe para conducir un pueblo a la
fundación de un nuevo Estado y la investigación es llevada con rigor lógico y desapego científico. En la
conclusión, Maquiavelo mismo se vuelve pueblo, se confunde con el pueblo, mas no con un pueblo concebido
en forma "genérica", sino con el pueblo que Maquiavelo previamente ha convencido con su trabajo, del cual
procede y se siente conciencia y expresión y con quien se identifica totalmente. Parece como si todo el trabajo
"lógico" no fuera otra cosa que una autorreflexión del pueblo, un razonamiento interno, que se hace en la
conciencia popular y que concluye con un grito apasionado, inmediato. La pasión, de razonamiento sobre sí
misma se transforma en "afecto", fiebre, fanatismo de acción. He aquí por qué el epílogo de El Príncipe no es
extrínseco, "pegado" desde afuera, retórico, sino que por el contrario debe ser explicado como un elemento
necesario de la obra, o mejor, como el elemento que ilumina toda la obra y que aparece como su "manifiesto
político".
Se puede estudiar cómo Sorel, partiendo de la concepción de la ideología-mito no llegó a comprender el
fenómeno del partido político y se detuvo en la concepción del sindicato profesional. Aunque es verdad que
para Sorel el "mito" no encontraba su mayor expresión en el sindicato como organización de una voluntad
colectiva, sino en la acción práctica del sindicato y de una voluntad colectiva ya actuante. La realización máxima
de dicha acción práctica debía ser la huelga general, es decir, una "actividad pasiva" de carácter negativo y
preliminar (el carácter positivo está dado solamente por el acuerdo logrado en las voluntades asociadas) que no
preveía una verdadera fase "activa y constructiva". En Sorel, por consiguiente, se enfrentaban dos necesidades:
la del mito y la de la crítica del mito, en cuanto "todo plan preestablecido es utópico y reaccionario". La solución
era abandonada al impulso de lo irracional, de lo "arbitrario" (en el sentido bergsoniano de "impulso vital") o
sea, de la "espontaneidad" 4.
Pero puede un mito, sin embargo, ser "no constructivo" ¿Puede imaginarse, en el orden de intuiciones de
Sorel, que sea productivo en realizaciones un instrumento que deja la voluntad colectiva en la fase primitiva y
elemental del mero formarse, por distinción (por "escisión"*), aunque sea con violencia, es decir, destruyendo
las relaciones morales y jurídicas existentes? Pero esta voluntad colectiva así formada de manera elemental, ¿no
cesará súbitamente de existir, disolviéndose en una infinidad de voluntades singulares que en la fase positiva
seguirán direcciones diferentes y contradictorias? Al margen de la cuestión de que no puede existir destrucción,
negación, sin una construcción y una afirmación implícitas, entendida ésta no en un sentido "metafísico", sino
práctico, o sea políticamente, como programa de partido. En este caso se ve con claridad que detrás de la
espontaneidad se supone un mecanicismo puro, detrás de la libertad (libre impulso vital) un máximo
determinismo, detrás del idealismo un materialismo absoluto.
* Para Sorel es vital que la clase obrera no establezca ninguna clase de compromiso con la burguesía, tanto en el dominio
político (antiparlamentarismo) como en el dominio económico (organización de la cooperación obrera). La organización
cooperativa posibilitaría el paso del instinto de clase a la conciencia de clase del proletariado, vale decir, el triunfo de la
"escisión" de la sociedad. Dicha escisión, "sin la cual sería imposible para el socialismo cumplir con su papel histórico",
peligra a veces cuando la burguesía, temerosa de su futuro, cede en parte a las exigencias del proletariado. Esto explica la
importancia que tiene en Sorel la teoría de la "huelga general": "Gracias a ella el socialismo subsiste joven, parecen
infantiles las tentativas encaminadas al logro de la paz social y las deserciones de los compañeros que se aburguesan,
sobre no desanimar a las masas, las impelen más la rebeldía. En suma: la escisión no corre peligro de desaparecer"
(SOREL: ob. cit., p. 123) (N. del T.).

El moderno príncipe, el mito-príncipe, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede
ser un organismo, un elemento de sociedad complejo en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva
reconocida y afirmada parcialmente en la acción. Este organismo ya ha sido dado por el desarrollo histórico y es
el partido político: la primera célula en la que se resumen los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a devenir
universales y totales. En el mundo moderno sólo una acción histórico-política inmediata e inminente,
caracterizada por la necesidad de un procedimiento rápido y fulminante, puede encarnarse míticamente en un
individuo concreto. La rapidez se torna necesaria solamente cuando se enfrenta un gran peligro inminente que
provoca la inmediata exacerbación de las pasiones y del fanatismo, aniquilando el sentido crítico y la corrosividad
irónica que pueden destruir el carácter "carismático" del condottiero (tal es lo que ha ocurrido en la ventura de
Boulanger). Pero una acción inmediata de tal especie, por su misma naturaleza, no puede ser de vasto alcance y
de carácter orgánico. Será casi siempre del tipo restauración y reorganización y no del tipo característico de la
fundación de nuevos Estados y nuevas estructuras nacionales y sociales, tal como en el caso de El Príncipe de
Maquiavelo, donde el aspecto de restauración sólo era un elemento retórico, ligado al concepto literario de la
Italia descendiente de Roma y que debía restaurar el orden y la potencia de Roma [3]; será de tipo "defensivo" y
no creativo original. Podrá tener vigencia donde se suponga que una voluntad colectiva ya existente, aunque sea

4
Habría que anotar una contradicción implícita en el modo en que Croce plantea su problema de historia y antihistoria con respecto
a otros modos de pensar del mismo autor: su aversión a los "partidos políticos" y su forma de plantear la cuestión de la
"previsibilidad" de los hechos sociales (cfr. Conversazione critiche, serie primera. pp. 150-152, reseña del libro de LUDOVICO
LIMENTANI, La previsione dei fatti sociali, Turín, Bocca, 1907). Si los hechos sociales son imprevisibles y el mismo concepto de
previsión es puro sueño, lo irracional no puede menos que dominar y toda organización de hombres es antihistórica, es un
"prejuicio". Sólo corresponde resolver en cada caso y con criterio inmediato, los particulares problemas prácticos planteados por el
desarrollo histórico (Cfr. el artículo de CROCE, Il partito come giudizio e come pregiudizio en Cultura e vita morale) y el oportunismo
es la única línea política posible.
desmembrada, dispersa, haya sufrido un colapso peligroso y amenazador, mas no decisivo y catastrófico y sea
necesario reconcentrarla y robustecerla. Pero no podrá tener vigencia donde haya que crear ex novo una voluntad
colectiva, enderezándola hacia metas concretas y racionales, pero de una concreción y racionalidad aún no
verificadas y criticadas por una experiencia histórica efectiva y universalmente conocida.
3 Más que por el modelo ejemplar de las grandes monarquías absolutas de Francia y de España, Maquiavelo fue
impulsado a su concepción política de la necesidad de un Estado unitario italiano por el recuerdo del pasado de Roma.. Es
necesario poner de relieve, sin embargo, que Maquiavelo no debe por ello ser confundido con la tradición literario-retórica.
Primero, porque este elemento no es exclusivo, ni aún dominante, y la necesidad de un gran Estado nacional no es deducida
de él, luego, porque el mismo reclamo a Roma es menos abstracto de lo que parece si es colocado puntualmente en el
clima del Humanismo y del Renacimiento. En el libro VII del Arte de la guerra se lee: "Esta provincia (Italia) parece
nacida para resucitar las cosas muertas, como se ha visto en el caso de la poesía, la pintura y la escultura", ¿por qué no
encontraría entonces la virtud militar?, etc. Habrá que reagrupar las otras menciones del mismo tipo para establecer su
carácter exacto.
El carácter "abstracto" de la concepción soreliana del "mito" aparece en la aversión (que asume la forma
pasional de una repugnancia ética) por los jacobinos, quienes fueron ciertamente una "encarnación categórica"
de El Príncipe de Maquiavelo. El moderno Príncipe debe tener una parte destinada al jacobinismo (en el
significado integral que esta noción ha tenido históricamente y debe tener conceptualmente), en cuanto
ejemplificación de cómo se formó y operó en concreto una voluntad colectiva que al menos en algunos aspectos
fue creación ex novo, original. Y es necesario que la voluntad colectiva y la voluntad política en general, sean
definidas en el sentido moderno; la voluntad como conciencia activa de la necesidad histórica, como
protagonista de un efectivo y real drama histórico.
Una de las primeras partes debería estar dedicada, precisamente, a la "voluntad colectiva", planteando así
la cuestión: "¿Cuándo puede decirse que existen las condiciones para que se pueda suscitar y desarrollar una
voluntad colectiva nacional-popular?", o sea efectuando un análisis histórico (económico) de la estructura social
del país dado y una representación "dramática" de las tentativas realizadas a través de los siglos, para suscitar
esta voluntad y las razones de sus sucesivos fracasos. ¿Por qué en Italia no se dio la monarquía absoluta en la
época de Maquiavelo? Es necesario remontarse hasta el Imperio Romano (cuestiones de la lengua, los
intelectuales, etc.), comprender la función de las Comunas medievales; el significado del catolicismo, etc. Es
necesario, en suma, hacer un esbozo de toda la historia italiana, sintético pero exacto *.
* Recordamos a los lectores que Gramsci desarrolla in extenso estos problemas tanto en Los Intelectuales y la
Organización de la Cultura, como en Literatura y Vida Nacional, editados ambos por Editorial Lautaro. Sobre las
Comunas, cfr. Il Risorgimento (Edit. Einaudi), obra en la que Gramsci analiza las causas que impidieron a las Comunas
superar la fase "económica-corporativa" para constituirse en estados capitalistas plenos. (N. del T.),
Las razones de los sucesivos fracasos de las tentativas de crear una voluntad colectiva nacional-popular
hay que buscarlas en la existencia de determinados grupos sociales que se forman de la disolución de la
burguesía comunal, en el carácter particular de otros grupos que reflejan la función internacional de Italia como
sede de la Iglesia y depositaria del Sacro Imperio Romano. Esta función y la posición consiguiente determinan
una situación interna que se puede llamar "económico-corporativa", es decir, políticamente, la peor de las formas
de sociedad feudal, la forma menos progresiva y más estancada. Faltó siempre, y no podía constituirse, una
fuerza jacobina eficiente, precisamente la fuerza que en las otras naciones ha suscitado y organizado la voluntad
colectiva nacional popular fundando los Estados modernos. Finalmente, ¿existen las condiciones para esta
voluntad?, o sea, ¿cuál es la actual relación entre estas condiciones y las fuerzas opuestas? Tradicionalmente las
fuerzas opuestas fueron la aristocracia terrateniente y más generalmente la propiedad fundiaria [del suelo] en su
conjunto, con el característico elemento italiano de una "burguesía rural" especial, herencia de parasitismo
legada a los tiempos modernos por la destrucción, como clase, de la burguesía comunal (las cien ciudades, las
ciudades del silencio)*. Las condiciones positivas hay que buscarlas en la existencia de grupos sociales urbanos,
convenientemente desarrollados en el campo de la producción industrial y que hayan alcanzado un determinado
nivel de cultura histórico-política. Es imposible cualquier formación de voluntad colectiva nacional-popular si
las grandes masas de campesinos cultivadores no irrumpen simultáneamente en la vida política. Esto es lo que
intentaba lograr Maquiavelo a través de la reforma de la milicia; esto es lo que hicieron los jacobinos en la
Revolución francesa. En esta comprensión hay que identificar un jacobinismo precoz en Maquiavelo, el germen
(más o menos fecundo) de su concepción de la revolución nacional. Toda la historia de 1815 en adelante muestra
el esfuerzo de las clases tradicionales para impedir la formación de una voluntad colectiva de este tipo, para
mantener el poder "económico-corporativo" en un sistema internacional de equilibrio pasivo.
* Ciudades del silencio (cittá del silenzio) fueron llamadas por Gabriele D'Annunzio, en sus Laudi, las ciudades italianas
que luego de haber conocido un periodo de pleno florecimiento en el pasado, decayeron y se redujeron a centros buroc
bvffrrrático-administrativos de escasa importancia. De su pasado esplendor aún conservan rastros en los monumentos y
joyas arquitectónicas, lo cual las convierte en centro del turismo mundial, por ejemplo: Ravena, Siena, Bergamo, etc. (N.
del T.).
Una parte importante del moderno Príncipe ** deberá estar dedicada a la cuestión de una reforma intelectual y moral, es
decir, a la cuestión religiosa o de una concepción del mundo. También en este campo e ncontramos en la tradición ausencia
de jacobinismo y miedo del jacobinismo (la última expresión filosófica de tal miedo es la actitud malthusiana de B. Croce
hacia la religión). El moderno Príncipe debe ser, y no puede dejar de ser, el abanderado y el organizador de una reforma
intelectual y moral, lo cual significa crear el terreno para un desarrollo ulterior de la voluntad colectiva nacional popular
hacia el cumplimiento de una forma superior y total de civilización moderna.
** Gramsci hace mención aquí, como es evidente, de la Teoría del Partido de la clase obrera (N. del T.).
Estos dos puntos fundamentales: la formación de una voluntad colectiva nacional-popular de la cual el moderno Príncipe
es al mismo tiempo el organizador y la expresión activa y operante; y la reforma intelectual y moral, deberían constituir
la estructura del trabajo. Los puntos concretos de programa deben ser incorporados en la primera parte, es decir, deben
resultar "dramáticamente" del discurso y no ser una fría y pedante exposición de razonamientos.
¿Puede haber una reforma cultural, es decir, una elevación civil de los estratos deprimidos de la sociedad, sin una
precedente reforma económica y un cambio en la posición social y en el mundo económico? Una reforma intelectual y
moral no puede dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma económica
es precisamente la manera concreta de presentarse de toda reforma intelectual y moral. El moderno Príncipe,
desarrollándose, perturba todo el sistema de relaciones intelectuales y morales en cuanto su desarrollo significa que cada
acto es concebido como útil o dañoso, como virtuoso o perverso, sólo en cuanto tiene como punto de referencia al moderno
Príncipe mismo y sirve para incrementar su poder u oponerse a él. El Príncipe ocupa, en las conciencias, el lugar de la
divinidad o del imperativo categórico, deviene la base de un laicismo moderno y de una completa laicización de toda la
vida y de todas las relaciones de costumbres.