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¿Rara qué sirve

la historia
en un tiempo de crisis?

Josep Fontana

Ediciones Pensamiento Crítico


Colección Mundo sin Fronteras

Bogotá, D. C., 2006


Coordinación de edición: Renán Vega Cantor
Luz Angela Núñez Espinel

Ilustración de la portada: Mendigos junto al mar,


Pablo Picasso, 1903.

© Todos los derechos reservados para esta edición


Ediciones Pensamiento Crítico
Correo electrónico: pen_critico@yahoo.es
Apartado Aéreo No. 24621
Bogotá - Colombia

ISBN: 958-97224-5-8

la . Reimpresión 2006

Diagramación y edición:
Ediciones Pensamiento Crítico.

Impresión y acabados:
Editora Guadalupe Ltda.
Bogotá, D.C. - 2006
En memoria de Darío Betancourt
«En realidad, cuando meditamos
sobre el pasado, para enterarnos
de lo que llevaba dentro, es fácil
que encontremos en él un cúmulo
de esperanzas -no logradas, pero
tampoco fallidas-, un futuro en
suma, objeto legítimo de profe­
cías».
Antonio Machado, Obras. Poesía y
prosa, Editorial Losada, Buenos Ai­
res, 1964, p. 428.
INDICE

PRESENTACIÓN...................................... 11

1. ¿PARA QUÉ SIRVE UN


HISTORIADOR EN UN TIEMPO
DE CRISIS?......................................... 37

2. ¿QUÉ HISTORIA PARA


EL SIGLO XX I?.................................. 61

3. PRESENTE Y FUTURO DE LA
HISTORIA ECONÓMICA..................... 85

4. ENSEÑAR HISTORIA:
¿CÓMO Y PARA Q U É?................... 107

5: LA TRAMA SOCIAL DE LA
HISTORIA AGRARIA...................... 129

6. ERIC HOBSBAWM:
EL HISTORIADOR COMO
INTÉRPRETE DEL PRESENTE....... 151

7. ESTADO, NACIÓN E IDENTIDAD


EN AMÉRICA LATINA........................172
PRESENTACION

La Historia como esperanza crítica


en la obra de Josep Fontana

«Este es un libro que quiere estimular la


práctica de lo que Pierre Vilar llama “pen­
sar históricamente”. Su propósito es ayu­
dar a combatir los tópicos y prejuicios his­
tóricos que obstaculizan la comprensión del
mundo en que vivimos: estimular a pensar
la historia y el mundo, personalmente, crí­
ticamente».
Josep Fontana, Introducción al estudio de la
historia. Editorial Crítica, Barcelona, 1999,
p. 14.

a edición en Colombia del libro del historia-


1 «j dor catalán Josep Fontana ¿Para qué sirve la
historia en un tiempo de crisis?, concebido espe­
cialmente para Pensamiento Crítico, es una bue­
na oportunidad para evocar sus concepciones
críticas y renovadoras sobre la historiografía,
plasmadas en una diversidad de libros publica­
dos en las últimas décadas1.

\ Entre los libros de Josep Fontana dedicados al análisis


historiográfico el primero que conocemos fue publica-
12 Presentación

En este pequeño libro que presentamos, Jo-


sep Fontana sintetiza en breves pero magistra­
les trazos sus concepciones sobre la historia er
el mundo actual. Sin la pretensión de agotar to­
dos sus aportes, se puede señalar que en el con­
junto de su obra encontramos una lúcida crítica
a las «últimas» modas que han invadido el cam­
po de la historia, entre las que se destacan el «fin
de la historia», el posmodemismo, y las diver­
sas expresiones del giro cultural y lingüístico.
Para Josep Fontana, las formulaciones so­
bre el «fin de la historia» sólo pretenden justifi­
car y eternizar a la sociedad capitalista y gene­
ralizar la resignación política que se desprende
de la «globalización» -esa palabreja de moda que
cual aparato ortopédico se emplea para todo lo
que no se puede explicar sin que, en la mayoría
de los casos, se sepa a ciencia cierta de que se
está hablando- que habría culminado en una
supuesta fase de dicha y prosperidad para to­
dos los habitantes del planeta y ante la cual, poi

do hace 30 años y el más reciente fue editado en el 2001


En su orden nos apoyaremos en las siguientes obras: La
historia, Biblioteca Salvat de Grandes Temas, Barcelona
1973; Historia. Análisis del pasado y proyecto social Edito­
rial Crítica, Barcelona, 1982; La historia después del fin de
la historia. Reflexiones acerca de la situación actual de la cien­
cia histórica, Editorial Crítica, Barcelona, 1992; Europa ante
el espejo, Editorial Crítica, Barcelona, 1994; Introducción
al estudio de la historia, Editorial Crítica, Barcelona, 1999;
La historia de los hombres, Editorial Crítica, Barcelona,
2001.
La Historia como esperanza critica 13

lo demás, nada se podría hacer2. El fin de la his­


toria no sólo es un despropósito analítico sino
que pretende presentar como benéficas las polí­
ticas adelantadas por los nuevos y viejos capita­
listas en todos los continentes durante el dece­
nio de 1990, y que tan catastróficas han sido des­
de la antigua URSS hasta Argentina. Las pala­
bras de Paul Nizan, escritas hace mucho tiem­
po, sintetizan muy bien las pretensiones de aque­
llos que postulan el fin de la historia: «Cuando
la burguesía está en el poder, el objetivo de toda
la historia ha sido logrado, la historia debe de­
tenerse». Sin embargo, de manera muy signifi­
cativo la historia rápidamente se encargo de hun­
dir a los «teóricos del acabóse», porque desdé
que se anudó el fin de la historia -en la prima­
vera de 1989- se han seguido presentando con­
flictos, guerras, levantamientos y luchas en di­
versos lugares del planeta y, además, la tan alar­
deada democratización no trajo los resultados
anunciados de libertad y justicia, iú mucho
menos la «libertad de mercado» ha servido para
distribuir de manera más equitativa los ingre­
sos y riquezas entre las distintas clases sociales.
En pocas palabras, la moda del fin de la historia
ha tenido muy corta duración y por eso ha sido
reemplazada por intentos similares, elaborados
siempre desde la extrema derecha, de justificar
el capitalismo, tal y como el «choque de civili­
zaciones » de Samuel Huntington, un veterano

2. Josep Fontana, La historia después del fin de la historia.


pp. 8 y ss.; La historia dé los hombres, pp. 310 y ss.
14 Presentación

politólogo contrainsurgente del Departamento


de Estado de los Estados Unidos, no por casua­
lidad del mismo lugar donde se mueve Francis
Fukuyama el reciclador del «fin de la historia»3.
Las concepciones posmodemas, por su par­
te, reducen el conocimiento histórico al análisis
de los discursos y las palabras olvidándose de
los hechos, o peor aún pretendiendo que el pa­
sado no existe o que no hay forma de llegar a
conocerlo4 y también pregonan un «fin de la his­
toria» al privar a todos los acontecimientos his­
tóricos de sentido: «El fin de la historia del pos-
modernismo es la conversión de toda secuen­
cia temporal en simultaneidad, la coexistencia
de todas las posibilidades como un gran calidos­
copio en que ninguna de las pautas es más per­
suasiva, dominante o significativa que cualquier
otra». Esas consideraciones posmodemas, para
nada inocentes, expresan el intento del mundo
occidental por «mantener su trayectoria de ex­
pansión y dominación minando todos los crite­
rios de realidad y verdad» ahora que tiene se­
rias dudas sobre sus verdades y realidades5.
A su vez, las actuales modas historiográfi-
cas (llámense culturalismo, mentalidades, pos­
colonialismo, etc.), se han limitádo al análisis de
los discursos, negándose de manera explícita a

3. Ibid, pp. 311-312.


4. J. Fontana, La Historia de los hombres, p. 325.
5. Ziauddin Sardar, Posmodernism and the other. The new
imperialismo of western cultura, Londres, Pluto Press,
1998, pp. 15 y 85-86, citado en La Historia de los hom­
bres, p. 326.
La Historia como esperanza crítica 15

estudiar la realidad social. Todas las modas del


giro lingüístico en lugar de ampliaí la base del
conocimiento histórico a partir de la integración
analítica de símbolos, representaciones y expre­
siones culturales, con los avances consolidados
de la historia social y económica, han caído en
un elitista determinismo cultural, incluso más
estrecho que el determinismo económico que
suelen criticar. Desde el punto de vista social,
este determinismo es impulsado por ciertos in­
telectuales «yuppies», ansiosos de compartir mi­
gajas de poder con las clases dominantes y cuyo
escepticismo ideológico los coloca al servicio de
la «economía de mercado» (un término eufemís-
tico para referirse al capitalismo) a la que no
dudan en justificar6. A su manera, las modas
historiográficas buscan evadirse de la sociedad,
que sigue existiendo y no es tan solo un «cons-
tructo lingüístico», a la que ya no quieren expli­
car porque sería imposible o porque toda expli­
cación es arbitraria. De ahí, ese culto desafora­
do por el análisis textual, separado de la reali­
dad social, que lleva a que la historia académica
produzca y consuma, ante todo, «textos sobre
otros textos, no sobre problemas del hombre y
la sociedad»7. Josep Fontana precisa las conse­
6. Alberto Adsuara Vehi, «Libelo: de la Historia Cultu­
ral a los estudios culturales», en Archipiélago. Cuadernos
de crítica de la cultura, No. 47, Junio-agosto 2001, Ma­
drid, pp. 76-83;
7. Raimundo Cuesta et al, «Entrevista a Josep Fontana»,
en Federación Icaria, Con-ciencia social Anuario de la geo­
grafía, la historia y las ciencias sociales, No. 1,1997, Edito­
rial Akal, Madrid, p. 116.
16 Presentación

cuencias reales que se derivan de las considera­


ciones culturalistas en el campo de la historia:
«Estamos viviendo en un mundo donde hay
gente que pasa hambre, y mucha que está en
paro, angustiada y que no ve nada claro su fu­
turo; que hay campesinos masacrados en Amé­
rica Central. Todos estos hombres y mujeres tienen
problemas reales que no son problemas de discurso y
que no pueden afrontar en términos meramente cul­
turales. El marroquí que se echa al mar en una
patera y lleva aquí (en España) una vida apura­
da no viene a predicar el Islam, viene a intentar
sobrevivir. Hay problemas reales y lo que nece­
sitamos es un método de análisis que nos per­
mita entenderlos y buscar respuestas»8.

La labor de Josep Fontana no se ha limita­


do a efectuar una crítica sistemática, rigurosa y
actualizada de las diversas modas historiográ-
ficas -sustentado en una formidable base biblio­
gráfica en La historia de los hombres, un libro in­
dispensable para conocer la evolución del cono­
cimiento histórico desde sus orígenes hasta el
día de hoy- sino que además formula y funda­
menta un programa de trabajo para afrontar la
«crisis de la historia». Esta crisis de la disciplina
histórica se manifiesta en varios aspectos: el co­
nocimiento se ha fragmentado en mil pedazos;
ya no son convincentes los modelos lineales y

8. Ibid, pp. 123-124. (Subrayado nuestro).


La Historia como esperanza crítica 17

progresistas; tal y como esta concebida no es útil


a los seres humanos del mundo actual; y, pre­
domina el escepticismo hacia ella entre las nue­
vas generaciones. Valga decir que para el autor
catalán plantearse la superación de esa crisis no
es una mera pretensión académica para satisfa­
cer a los «iniciados de la tribu de los investiga­
dores» sino una urgencia política, en la medida
en que los historiadores -por lo menos los que
están convencidos de la utilidad social de su ofi­
cio- pueden ayudar a clarificar y comprender
los problemas cruciales de nuestro tiempo, bos­
quejando propuestas que contribuyan a sortear
la crisis civilizatoria a la que nos ha llevado el
capitalismo.
Para Fontana la historia, en contra de la con­
cepción habitual, no debe contentarse con estu­
diar el pasado sino que debe explicar los proce­
sos evolutivos que han conducido al presente,
lo que implica convertirla en «una herramienta
para interpretar los problemas colectivos de los
hombres y de las mujeres, para entender el mun­
do y ayudar a cambiarlo»9. Esta tesis esencial­
mente política va contra la corriente contempla­
tiva y pasiva, pretendidamente apolítica, que
hoy predomina en el mundo de los historiado­
res, y se inscribe en el ámbito de la postura filo­
sófica de Carlos Marx en su famosa, aunque hoy
olvidada, undécima tesis sobre Feuerbach. Jo­
sep Fontana reivindica el «compromiso cívico
del historiador» para afrontar los problemas cru-

9. J. Fontana, Introducción al estudio de la historia, p. 305.


18 Presentación

cíales de nuestro tiempo, para denunciar las


mentiras y falsedades que escuchamos a diario
sobre la marcha «apacible y exitosa» del mundo
pretendidamente globalizado y para ayudar a
los hombres y mujeres a entender las razones
por las cuáles las cosas son como son. Todo esto
significa explicar el origen de la desigualdad, de
la injusticia y de la barbarie, las cuales sólo pue­
den ser entendidas en una perspectiva tempo­
ral y escudriñando en sus raíces históricas10.
Fontana propone un programa de trabajo
para la renovación de la historia, programa que
él mismo ha empezado a desarrollar en sus últi­
mas investigaciones, y del cual es un ejemplo el
material que configura este pequeño libro. En
este programa de una «historia para todos», se
destacan algunos aspectos centrales: abandonar
la concepción de progreso y de una historia li­
neal; superar el eurocentrismo; rechazar las dis­
criminaciones de género, sexo y clase; redefinir
la función social de la historia; y exaltar la labor
del historiador como crítico del presente.
En cuanto a la crítica del progreso, Fontana
parte de constatar las limitaciones y fracasos de
las visiones lineales de la historia que lo ven
como el «fin» natural de esa evolución, apoyán­
dose en la crítica al progreso formulada por
Walter Benjamín, cuyas «Tesis de filosofía de la
historia» y sus inconclusos «Pasajes de París»11

10. R. Cuesta et. Al, op. cit., p. 131.


11. Para un análisis sistemático de la crítica al progreso
de Walter Benjamín ver: Michael Lowy, Avertissement
d'incendie. Une lectura des théses «sur le concept d'histoire»,
La Historia como esperanza crítica 19

son un soporte indispensable para plantearse un


análisis histórico que no esté concebido en tér­
minos de la lógica del progreso, ya que el autor
aleman consideraba como necesario un mate­
rialismo histórico en el que la idea de progreso
fuese aniquilada, porque su «principio básico no
es el progreso, sino la actualización», y porque
«los antagonismos sociales se disuelven en el
cuento de hadas de que el progreso es el futuro
cercano».Tanto Benjamín como Fontana se si­
túan en lo que Emest Bloch llamaría «el marxis­
mo cálido», opuesto al «marxismo frío» que rin­
de culto a las fuerzas productivas y a las «leyes
de la historia». Ese «marxismo calido» reivindi­
ca las acciones de los hombres y mujeres como
hacedores y transformadores de la historia, con
ahínco y determinación rechaza la visión que le
rinde culto al progreso, a la técnica y a la evolu­
ción lineal y rescata la visión de los vencidos y
de los carentes de esperanza, porque cpmo de­
cía Benjamín, «sólo gracias a aquellos sin espe­
ranza, nos es dada la esperanza».
Esa crítica del progreso se hace a partir de
una mirada dialéctica que permite ver más allá
de las innovaciones técnicas, presentadas exclu­
sivamente como grandes conquistas de la hu­
manidad, para indagar en sus contradictorios
efectos sociales, en sus consecuencias en la vida
cotidiana de las personas, en las perdidas y re­
trocesos que originan y en las catástrofes cultu­

PUF, París, 2001; Susan Buck Morss, Dialéctica de la mi­


rada. Walter Benjamín y el proyecto de los Pasajes, Editorial
Visor, Madrid, 1995.
20 Presentación

rales que producen (recordemos que Benjamín


señalaba que «toda obra de cultura es una obra
de barbarie»). La actualización crítica dé la no­
ción de progreso nos conduce a examinar la evi­
dente desigualdad que reina en el mundo de
hoy, pese a que los ideólogos del capitalismo nos
digan que vivimos en el mejor y único mundo
posible, como se puede apreciar con algunos
datos elementales: aumento de la brecha entre
los países capitalistas centrales y los países pe­
riféricos, lo que ha llevado a que la mayor parte
de los países del planeta estén hoy en peores
condiciones que hace unos años, pues entre 1992
y 2002 el ingreso per capita se redujo en 81 países
y en ese mismo lapso de tiempo en el mundo
otras 100 millones de personas transitaron de la
pobreza a la miseria extrema; desempleo cróni­
co en todo el mundo a niveles nunca vistos, pues
se calcula que entre 800 y 1000 millones de per­
sonas, un tercio de la población activa, está des­
empleada o subempleada; empeoramiento de las
condiciones de vida tanto en el sur como en el
norte; migraciones y desplazamiento forzado de
grandes grupos humanos que deben soportar
infrahumanas condiciones de existencia, etc.12.
12. Para una muestra actualizada sobre el retroceso so­
cial de la década de 1990 puede consultarse, Michel
Chossudovsky, La globalización de la pobreza y el nuevo
orden mundial, Siglo XXI Editores, México, 2002; Eric
Toussaint, La bolsa o la vida. Las finanzas contra los pue­
blos, DADTM, San Sebastián, 2002; Gemma Galdón (Edi­
tor), Mundo S.A. Voces contra la globalización, Ediciones
de La Tempestad, Barcelona, 2002;, Jean Ziegler, Les
nouveaux maitres de monde, Fayard, París, 2002.
La Historia como esperanza crítica 21

Hay, entonces, una contradicción entre los


resultados reales, no precisamente benéficos, que
ha tenido el modelo de progreso para la mayor
parte de los habitantes de la tierra y el culto exa­
cerbado a ese progreso por parte de historiado­
res, economistas, científicos, políticos y medios
de comunicación. La historia debería, nos dice
Josep Fontana, no sólo dejar constancia de la
contradicción entre las promesas anunciadas, y
nunca cumplidas, del progreso en su vertiente
tecnológica y las miserias que soportan millo­
nes de seres humanos, sino explicar, además, por
qué razones han fallado las promesas de la visión
lineal de la historia, sustentada en el progreso
técnico y en el culto a las fuerzas productivas13.
En otros términos, es preciso reconocer que un
mayor dominio de la naturaleza se manifiesta
en notables retrocesos sociales, como se puede
percibir hoy con el hecho de que quienes más
alaban a la técnica son los mismos que prego­
nan e impulsan la perdida de las conquistas
sociales (empleo estable, descanso remunera­
do, salud, educación y cultura como servicios
públicos, etc.) que los trabajadores lograron
arrancarle al capitalismo a través de sus lu­
chas y acciones. Y estas conquistas sociales son
las que deben defenderse contra los neolibera­
les y globalizadores, que tienen siempre a flor
de labios la palabra progreso para justificar las
antisociales políticas que realizan en todos los
continentes.
13. J. Fontana, La historia después del fin de la historia, pp.
128-130.
22 Presentación

En lo atinente a sus críticas al eurocentris-


mo, Fontana partiendo de un conocimiento de­
tallado de la producción historiográfica de di­
versos lugares del mundo (India, África, Amé­
rica Latina, Estados Unidos, Inglaterra, Francia,
Italia, España) reivindica una aproximación
compleja y comparativa al estudio de la historia
que permita romper con las visiones unilatera­
les y de marcado sesgo euroestadounidense o
con sus calcos mecánicos en otros lugares del
mundo, donde se han reproducido los modelos
y patrones europeos, negándose a ver las carac­
terísticas propias de la historia del resto de la
humanidad, porque en últimas, «interpretar la
historia de los pueblos no europeos a la luz de
nuestras concepciones significa arrebatarles su
propia historia y dificultar la solución de sus
problemas»14. Esta crítica al eurocentrismo per­
mite aproximarse a «viejos» problemas de una
forma abierta, tal y como nos lo demuestra en
los capítulos de este libro relacionados con la
historia agraria y con la identidad de América
Latina.
La necesidad de superar el eurocentrismo
se sustenta, si faltara decirlo, en hechos incon­
trovertibles, siendo dos de los más evidentes la
reducción progresiva de la población de Euro­
pa occidental y de los Estados Unidos -que de
constituir hoy el 18 por ciento decrecerá rápida­
mente en el futuro inmediato- con respecto al
total de la población mundial y la urbanización

14. J. Fontana, Europa ante el espejo, p. 132.


La Historia como esperanza crítica 23

acelerada en el sur del mundo, en donde en los


próximos años se encontrarán las 20 ciudades
más grandes y pobladas15. Estos dos aspectos
indican lo «marginal» y «parroquial» que hoy
por hoy sigue siendo una historia «universal»
escrita desde los parámetros europeos o estado­
unidenses, lo que conduce, nada menos, que a
desconocer al 85 por ciento de la humanidad.
Por supuesto, la dominación renovada de Esta­
dos Unidos y de sus socios de la Unión Euro­
pea ha hecho invisible a ese 85 por ciento de los
habitantes de la tierra, pero los procesos históri­
cos mirados en una perspectiva de largo plazo
indican que en el futuro inmediato la historia
«universal» ya no seguirá ni las pautas trazadas
por Europa y los Estados Unidos, sino de otras
fuerzas que se dibujan en el horizonte. Por su­
puesto, la decadencia del mundo occidental no
se soluciona, como hoy se pretende en Estados
Unidos y en la Unión Europea, con la construc­
ción de guettos de «civilización» para impedir
la llegada de los «nuevos bárbaros»: «Si nos
empeñamos en encerramos tras los muros, pe­
receremos a manos de los asaltantes de dentro y
de fuera. Los europeos y su civilización desapa­
recerían entonces, como han desaparecido todas
las comunidades que han perdido su capacidad
de adaptarse a un entorno cambiante. Si ello
sucede, habrá concluido un período de la histo­
ria del hombre y comenzará otro»16.

15. J. Fontana, Introducción..., p. 302.


16. J. Fontana, Europa ante el espejo, p. 156.
24 Presentación

Respecto a las exclusiones de clase, sexo y


raza presentes en los discursos históricos pre­
dominantes, Fontana contrapone una «historia
total» renovada que «deberá ocuparse de todos
los hombres y mujeres en una globalidad que
abarque tanto la diversidad de los espacios y de
las culturas como la de los grupos sociales, lo
cual obligará en buena parte a corregir las defi­
ciencias de las viejas versiones. Habrá de renun­
ciar al eurocentrismo y prescindirá, en conse­
cuencia, del modelo único de evolución huma­
na con sus concepciones mecanicistas del pro­
greso, que aparece como el producto fatal de las
“leyes de la historia”, con muy escasa participa­
ción de los humanos que deberían ser sus pro­
tagonistas activos»17. En esta perspectiva, las
discriminaciones de raza, genero y clase son la
expresión «interna» del eurocentrismo, del cul­
to al progreso y de la visión lineal de la historia,
o, en otros términos, las discriminaciones euro-
centristas no solamente tienen consecuencias
negativas para los pueblos no europeos, sino
para los pobres en general, incluyendo a los po­
bres europeos, y entre esos sobresalen los traba­
jadores y las mujeres18. La visión lineal del pro­
greso está asociada a todo lo que la historiogra­
fía eurocéntrica ha dejado de lado: a los «pue­
blos sin historia», un 85 por ciento del orbe, si
tomamos como punto de referencia actual a la
minoría demográfica y espacial que constituye
el mal llamado «mundo desarrollado»; a los
17. J. Fontana, Historia de los hombres, pp. 354-355.
18. J. Fontana, Europa ante el espejo, p. 147.
La Historia como esperanza crítica 25

hombres pobres tanto de los países centrales


como del resto del planeta, es decir, obreros,
campesinos, indígenas, negros y grupos étnicos;
a las mujeres, en las que sólo se incluye a ciertas
damas y «señoras», de toda la tierra; y, en gene­
ral, a los «perdedores», de los ludditas en ade­
lante, que no caben en el discurso lineal de los
«progresistas ganadores» y cuyas acciones son
presentadas de manera arbitraria como un re­
chazo a la técnica y a las «bendiciones» del pro­
greso mecánico y no, como lo que han sido, una
defensa de su forma de vida y de su cultura con­
tra los embates de un modelo destructor y ho-
mogeneizador, como el que hoy se ha extendi­
do en todo el planeta y que se cubre con el eufe­
mismo de la «globalización»19. Porque «todo lo
que cae fuera de este esquema es menosprecia­
do como una aberración que no podía sostener­

19. Es bueno mencionar algunos de los trabajos que se


han publicado en los últimos tiempos en torno a los
ludditas y su relación con la crítica al modelo de pro­
greso científico y tecnológico imperante en la actuali­
dad. Entre esos trabajos se destacan los de David Noble,
Una visión diferente del progreso. En defensa del luddismo,
Alikornio Ediciones, Barcelona, 2001 y La locura de la
automatización, Alikornio Ediciones, Barcelona, 2002;
Frank E. Manuel et al, Máquina maldita. Contribuciones
para una historia del luddismo, Alikornio Ediciones, Bar­
celona, 2002; David Watson, Contra la megamáquina.
Ensayos sobre el imperio y el desastre tecnológico, Alikornio
Ediciones, Barcelona, 2002. Una obra de teatro del re­
volucionario Ernest Toller, presidente del Concejo Re­
volucionario de Munich en 1918, titulada Los destructo­
res de máquinas ha sido recientemente impresa en caste­
llano por Alikornio Ediciones, Barcelona, 2002.
26 Presentación

se ante la marcha irresistible de las fuerzas del


progreso, o como una utopía inviable»20.
En lo relacionado con la función social de
la historia, Fontana efectúa un análisis sistemá­
tico en su libro La historia de los hombres en el
que parte de constatar la crisis de la historia y el
escepticismo hacia la historia como discurso ex­
plicativo de la realidad -lo cual se ha debido,
principalmente, a los fallos e insuficiencias de
los métodos y explicaciones tradicionales que
tuvieron su apogeo durante la «época de oro»
del capitalismo occidental después del fin de la
segunda guerra mundial- para indicar que esa
crisis no se remedia cayendo en el nihilismo ni
en el eclecticismo hoy reinante en el seno de los
estudios históricos sino mediante la recupera­
ción de «unos fundamentos teóricos y metodo­
lógicos sólidos, que hagan posible que nuestro
trabajo pueda volver a ponemos en contacto con
los problemas reales de los hombres y mujeres
de nuestro mundo»21.
Fontana manifiesta también una gran pre­
ocupación por el uso público de la historia, que
en múltiples circunstancias conduce a la justifi­
cación del racismo y de la exterminación física y
cultural de los adversarios, como sucedió en
Ruanda en 1994 pero como de la misma forma
acontece en los países que se pretenden «desa­
rrollados», como en Estados Unidos, en donde
la historia oficial sigue justificando la explota­
ción colonial, el exterminio de indígenas y ne­
20. J. Fontana, La Historia de los hombres, p. 359.
21. Ibid, p. 16.
La Historia como esperanza crítica 27

gros, la expansión imperialista y el sometimien­


to de países pobres, todo a nombre de la «de­
fensa de la patria» o de la «seguridad nacional».
«Es claro -nos dice Fontana en el primer capítu­
lo de este libro- que hay que denunciar los abu­
sos de este discurso público, y que ello justifica
en buena medida el trabajo del historiador». Pero
la denuncia no es suficiente, sino que es necesa­
rio que el historiador participe «activamente en
la formación de la memoria pública, si no que­
remos abandonar una herramienta tan podero­
sa en manos de los manipuladores».
Por último, en esta agenda se destaca la re­
lación del historiador con su mundo y sus pro­
blemas, lo que en este libro es analizado a pro­
pósito de la obra de Eric Hobsbawm La era de los
Extremos22. En este aspecto, los historiadores tie­
nen una tarea inmensa para descifrar las razo­
nes de los grandes fracasos del siglo XX y de la
generalización de la barbarie, para ayudar a
evitar que ésta última se mantenga como hasta
ahora y que se reproduzca en el futuro; para
determinar las circunstancias que han conlleva­
do al fracaso del «desarrollismo» y que han hun­
dido a la humanidad en la desigualdad más
pasmosa de todos los tiempos, en contra de las
promesas optimistas de los «teóricos» del des­
pegue hacia el «primer mundo» (los analistas
del subdesarrollo de hace cuarenta años y los
neoliberales de ahora) que nos anuncian que,
aplicando determinadas recetas, los retrasados
22. Eric Hobsbawm, Age of Extremes. The Short Twenty
Century 1914-1991, Michael Joseph Ltd, Londres, 1994.
28 Presentación

rápidamente despegarán y alcanzarán a la so­


ciedad de alto consumo de masas, y todos lle-
gremos al impostergable desarrollo del mundo
industrializado23. El historiador como voz críti­
ca de su tiempo tiene la función de desmentir
de manera rotunda las falsas promesas de neo­
liberales y globalizadores que hoy, como los
desarrollistas de ayer, nos venden, y a un alto
precio, nuevas recetas milagrosas para superar
la pobreza y el atraso, cuando en la realidad se
observa que dicho recetario aumenta la pobre­
za y amplia la brecha que separa a los países
centrales de los países periféricos.

Las preocupaciones de Josep Fontana sobre


la función social de la historia lo han llevado a
ocuparse también de la enseñanza de la histo­
ria, puesto que esta actividad es vital en la for­
mación de una conciencia crítica entre las nue­
vas generaciones de hombres y mujeres. Recal­
cando la importancia que les confiere a los do­
centes de historia ha llegado a afirmar, lo que
para los historiadores profesionales debe cons­
tituir una herejía, que historiadores no'son solo los
que investigan sino también los que enseñan, e in­
cluso, desde el punto de vista del radio de ac­
ción social de la historia, resultan más impor­
tantes los profesores de educación primaria y

73. Según la versión bastante conocida de W. W. Rostow,


Las etapas del crecimiento económico. Un manifiesto no co­
munista, Fondo de Cultura Económica, México, 1970.
La Historia como esperanza crítica 29

secundaria que los investigadores profesionales.


Considera que los docentes no deben ocuparse
de enseñar formulas, recetarios ni catecismos,
lo cual ha hecho mucho daño a generaciones
enteras de estudiantes en España y el mundo
entero, pues esto es lo que conduce precisamen­
te a la apatía por la historia como saber. Porque
si se quieren emplear las aulas como un lugar
de memorización de fechas, datos, dinastías,
guerras o de exaltación de reyes, presidentes o
dictadores, los estudiantes encontraran que es
mucho más útil la botánica y la geología que por
«lo menos sirve para conocer las hierbas y las
piedras»24. Para Fontana, la enseñanza de la his­
toria debe contribuir a pensar históricamente,
según la recomendación de su maestro francés
Pierre Vilar, quien ya en 1937 había dicho en un
discurso dedicado a la enseñanza de la historia
que su función «no es llenar las cabezas sino ejerci­
tar las inteligencias»25.
Pensar históricamente quiere decir poseer
una conciencia crítica, como lo manifestaba Fon­
tana hace más de veinte años, al referirse al caso
de la disciplina histórica: «Cuantos trabajamos
en este terreno -y compartimos, a un tiempo, las
preocupaciones por la transformación de la so­
ciedad en que vivimos- hemos creído siempre

24. J. Fontana, Análisis del pasado y proyecto social, p. 248.


25. Honorio Cardoso García, «Las últimas lecciones de
Pierre Vilar», en Federación Icaria, Con-ciencia social.
Anuario de la geografía, la historia y las ciencias sociales,
No. 1, 1997, Editorial Akal, Madrid, 1997, p. 192. (Su­
brayado nuestro).
30 Presentación

que nuestra disciplina tenía una importancia en la


educación, tanto por su voluntad totalizadora...
como porque puede ser, empleada adecuada­
mente, una herramienta valiosísima para la for­
mación de una conciencia crítica»26.
Esa conciencia crítica no sólo debe existir
hacia el pasado sino principalmente hacia el pre­
sente, porque mediante el estudio de las socie­
dades en su dimensión temporal, a partir de la
experiencia acumulada y de la posibilidad de
ver los acontecimientos retrospectivamente, se
puede constatar que no existen «leyes de la his­
toria», que no hay caminos únicos sino múlti­
ples senderos en el devenir social y que la adop­
ción de una determinada vía fue hecha a cam­
bio de desechar otras alternativas, que nada está
fatalmente determinado de antemano, que los
hombres y mujeres intervienen en la historia y
pueden transformarla y que el paisaje social, por
no ser ni natural ni eterno, es susceptible de ser
modificado.
Si el objetivo es desarrollar un pensamien­
to histórico, hay que abandonar el viejo esque­
ma de enseñar historia basándose en el procedi­
miento dé contar cosas y de describir situacio­
nes, que utiliza de manera exclusiva la capaci­
dad memorística de los estudiantes. «No hay que
“contar cosas”; las cosas ya se aprenden leyen­
do o por televisión. Hay que explicarlas racio­
nalmente». Los profesores de historia harían una
labor encomiable, si al concluir un curso sus
26. J. Fontana, Análisis del pasado y proyecto social, pp.
247-248. (Subrayado nuestro).
La Historia como esperanza crítica 31

alumnos «fueran capaces de leer y entender el


periódico»27.
En un artículo sobre enseñanza escrito en
1975, Fontana considera que no basta con cam­
biar los contenidos que se enseñan en historia
sino que es pertinente modificar también las for­
mas de enseñar puesto que para ejercitar algo
más que la memoria se necesita de otro tipo de
aprendizaje, «con participación más activa de
unos estudiantes a quienes hemos de pedir que
se esfuercen por comprender los mecanismos de
articulación que enlazan los hechos» en lugar
de limitarse a aprenderlos en orden cronológi­
co28. También recomienda como procedimiento
para la enseñanza de la historia el que se esta­
blezca una relación adecuada entre los procesos
históricos con los problemas del presente, para
que los estudiantes sientan que se están anali­
zando cuestiones palpitantes que tienen que ver
con ellos directa o indirectamente y que no se
están tratando hechos muertos desprovistos de
cualquier vínculo con nuestro entorno. Con este
procedimiento, Fontana está reivindicando para
la enseñanza de la historia el mismo criterio que
reclama para la historia en general: que sea es­
crita desde el presente y para el presente, como ya
lo exaltaba brillantemente Walter Benjamín
cuando decía que «los acontecimientos que ro­
dean al historiador, y en los que éste toma parte

27. R. Cuesta et al., op. cit., p. 129.


28. J. Fontana, «Para una renovación de la enseñanza
de la historia», en Cuadernos de Pedagogía, No. 11,1975,
p. 13.
32 Presentación

personalmente están en la base de su exposición


como un texto escrito en tinta invisible». Así, en
el caso de la enseñanza de la historia para Fon­
tana el presente es esencial, como nos lo recuer­
da con su propia experiencia docente: «Cundo
explico a los estudiantes historia contemporá­
nea (el mundo entre 1914 y 1945) me sale es­
pontáneamente, siempre que puedo, utilizar
comparaciones con hechos y problemas actua­
les. Un poco para que entiendan que hablo de
cosas vivas. Por ejemplo, cuando explicas la for­
mación de Yugoslavia, te encuentras con que la
gente se interesa porque eso te ayuda a enten­
der hechos actuales; o cuando les explicas el
nazismo... Procura siempre que tenga un senti­
do de actualidad con el que se pueda conectar.
Pienso que... la reflexión que conduce a enten­
der cosas de nuestro mundo casi siempre es po­
sible»29.
En el renacimiento de una conciencia críti­
ca que lleve a renovar la esperanza y a buscar
alternativas humanas al tipo de sociedad impe­
rante, los profesores de historia y la historia es­
colar desempeñan un papel central, como lo re­
calca Josep Fontana en su libro contra la ideolo­
gía del fin de la historia: «Vivimos momentos
de desconcierto ideológico (...) a la tarea de re­
componer esta conciencia crítica, de devolver
alguna esperanza y de reanimar la capacidad
de acción colectiva hemos de contribuir entre
todos. Quienes nos dedicamos a la enseñanza, y en

29. R. Cuesta et al., op. cit., pp. 124-125.


La Historia como esperanza crítica 33

especial a las ciencias sociales, tenemos en ello una


función esencial Por desconcertados que nos sinta­
mos, sabemos que nuestra obligación es ayudar a que
se mantenga viva la capacidad de las nuevas genera­
ciones para razonar, preguntar y criticar, mientras
que, entre todos, reconstruimos los programas para
una nueva esperanza y evitamos que, con la excu­
sa del fin de la historia, lo que paren de verdad
sean nuestras posibilidades de cambiar el pre­
sente y construir un futuro mejor»30.

Para terminar, hay que señalar que el com­


promiso de Josep Fontana con la historia y el
conocimiento es ejemplar, como se pone de pre­
sente al constatar su labor de difusión en cata­
lán y castellano de un amplio acervo bibliográ­
fico, en diversas colecciones de libros que dirige
en la Editorial Crítica de Barcelona. En esa edi­
torial, el autor que hoy presentamos ha desple­
gado una extraordinaria labor de difusión no
sólo en el campo de la historia y de las ciencias
sociales sino de las ciencias en general. A su la­
bor de difusión le debemos el conocimiento que
ahora se tiene en lengua castellana de autores
como Edward Thompson, George Rude, Eric
Hobsbawm, Cario Cipolla, Robert Bremen, Ra-
najit Guha, Marc Bloch, Pierre Vilar, Raphael
Samuel, Noam Chomsky, Stephen Jay Gould,

30. J. Fontana, La historia después del fin de la historia, pp.


143-144. (Subrayado nuestro).
34 Presentación

Frangois Jacob y muchos otros que han sido tra­


ducidos a nuestra lengua y que han posibilita­
do el enriquecimiento cultural y la difusión del
pensamiento crítico en nuestro continente; y
también le debemos que algunos autores lati­
noamericanos, como Manuel Moreno Fraginals,
fueran conocidos más allá de sus respectivos
países y que, paradójicamente, tuviéramos no­
ticias de su existencia vía España.
Todas las múltiples facetas del trabajo de
Josep Fontana -del cual hemos pretendido pre­
sentar en estas líneas una visión sintética, ob­
viamente parcial y recortada, de sus aportes his-
toriográficos -son la expresión de un compro­
miso cívico con su oficio de historiador, de una
conciencia crítica frente a los problemas de nues­
tro tiempo (a los problemas reales de hombres y
mujeres sometidos hoy más que nunca a la opre­
sión, la explotación y la injusticia), a una aper­
tura mental que lo ha llevado a apropiarse de
diversos instrumentos teóricos y analíticos que
nos proporciona la ciencia de hoy, como se pue­
de ver en sus múltiples referencias a la biología,
la física, la paleontología, la química, etc. Esa es
otra sugestiva recomendación para quienes es­
tudian la historia y la sociedad, ya que éstas no
pueden ser entendidas, como nos lo demostró
fehacientemente Marx, sin apoyarse en los re­
sultados de las ciencias contemporáneas, sin que
eso suponga confundir ni trasladar mecánica­
mente sus resultados, e incluso su terminología,
al campo de la historia y del conocimiento so­
cial. Y, como lo recalca Fontana, esto no signifi­
La Historia como esperanza crítica 35

ca el abandono de las mejores tradiciones inte­


lectuales (como lo más fecundo de la tradición
marxista) sino la necesaria complementariedad
con los desarrollos del conocimiento en general
para poder indagar en los asuntos más acucian­
tes de nuestro presente.
Por todo esto, para concluir se pueden sus­
cribir y aplicar a su propio caso, las palabras que
Josep Fontana le brindara a Edward Thompson
cuando presentaba en 1977 la primera edición
castellana de La formación de la clase obrera en In­
glaterra: «Es una obra llena de ideas nuevas que
plantea problemas teóricos importantes y que
no habla para la “comunidad académica” sino
para el hombre común -lo que quiere decir para
el hombre sin adjetivos- a quien el pasado le in­
teresa sobre todo como ayuda para descifrar el
presente». Estas, sus propias palabras, son apli­
cables por completo a toda su obra historiográ-
fica, incluyendo sus labores de investigador,
docente y difusor del conocimiento histórico,
actividades que no han pretendido conseguir
reconocimientos académicos ni han sido utili­
zadas como credenciales de ascenso social, sino
que, sencillamente, se han llevado a cabo para
ayudarnos a entender la complejidad de la so­
ciedad en que nos ha tocado vivir, afrontando
con pasión y esperanza crítica los nuevos retos
para transformarla, siempre en la busqueda de
un mundo mejor, sin desfallecer nunca, a pesar
de las derrotas y de los obstáculos, porque como
decía el poeta francés Paul Eluard -en una frase
que tanto gusta a Fontana: «Aunque no hubiese
36 Josep Fontana

tenido en toda mi vida más que un solo momento


de esperanza, hubiese librado este combate. In­
cluso si he de perderlo, porque otros lo gana­
rán. Todos los otros»31.

Renán Vega Cantor


Profesor Titular
Universidad Pedagógica Nacional

31. Paul Éluard, «Une legón de morale», prefacio, en


Oeuvres Completes, Gallimard, Pas, 1984, n, p. 304, cita­
do en J. Fontana, La historia de los hombres, p. 367.
1

¿PARA QUÉ SIRVE


UN HISTORIADOR
EN UN TIEM PO DE CRISIS?

uisiera exponer algunas ideas sobre este


oficio nuestro de historiador en relación
l ds tiempos revueltos en que vivimos. ¿Para
qué sirve un historiador en un tiempo de cri­
sis? Esa es la cuestión sobre la cual quisiera
reflexionar.
Hubo un tiempo, a mediados del siglo pa­
sado, en que los historiadores cultivaban lo que
se dio en llamar historia económica y social, y se
esforzaban en estudiar problemas que tenían que
ver con los de su época y de su entorno. Cuando
investigaban la revolución francesa, estaban tra­
tando de encontrar respuestas para el debate
entre la democracia y el totalitarismo; cuando
se ocupaban de la industrialización, intentaban
comprender mejor los mecanismos del creci­
miento capitalista para aprender a orientarlo de
un modo socialmente útil.
Lo malo fue que estos métodos, que tan fe­
cundos resultados habían dado -y ahí está para
demostrarlo lo mejor que ha producido la histo­
38 Josep Fontana

riografía del siglo XX- los convirtieron otros en


un recetario mecánico que daba las respuestas a
partir de una teoría previamente memorizada
en catecismos laicos que no sólo servían para
explicar el pasado sin necesidad de perder el
tiempo investigando en los archivos, sino que
eran a modo de conjuros para actuar sobre la
realidad presente y transformar el mundo.
Sólo que el mundo se resistió a dejarse trans­
formar y los análisis del pasado escritos a partir
de estos formularios quedaron en retórica vacía
de sentido que hoy resulta poco menos que ile­
gible. El doble desencanto en los terrenos de la
política y de la historia llevó a la mayoría al es­
cepticismo en lo que se refiere a las posibilida­
des de cambiar sustancialmente el mundo, y al
desconcierto en el terreno del trabajo de los his­
toriadores, que se retiraron del compromiso cí­
vico a la tranquilidad de la vida académica, y
dejaron de interesarse por los grandes proble­
mas de la sociedad para dedicarse a refinamien­
tos que sólo podían apreciar los iniciados.
Este alejamiento del mundo real se produjo
también entre los cultivadores de otras discipli­
nas de las ciencias sociales, como entre los eco­
nomistas, que se refugiaron, en nombre de la
ciencia, en formalizaciones abstractas, constru­
yendo modelos que pretendían describir la rea­
lidad a partir de unas pocas variables, presupo­
niendo que las demás eran estables o poco rele­
vantes, de modo que podía prescindirse de ellas.
Lo que ocurre es que en este campo ha co­
menzado ya una vigorosa reacción de denun­
¿Para qué sirve un historiador...? 39

cia, lo cual no ha sucedido, ni parece que vaya a


producirse en un futuro inmediato, en el de la
historia. La reacción a que me refiero comenzó
con una protesta de los estudiantes franceses de
economía pidiendo el regreso desde la teoría
abstracta que se les enseñaba en las aulas al
mundo de la realidad, se ha prolongado más
tarde con una controversia acerca de si el uso de
modelos matemáticos es o no una condición
imprescindible para una economía científica, ha
tenido también repercusiones entre los estudian­
tes de ciencias políticas de Estados Unidos, que
sostienen que «el problema dicta el método y
no viceversa», y ha conducido a un movimiento
internacional, el de la «economía postautista»,
que publica en internet una revista a la que con­
tribuyen economistas del mundo entero. El úl­
timo episodio de este movimiento, en marzo de
2003, ha sido una petición firmada por setecien­
tos estudiantes del Departamento de Economía
de la Universidad de Harvard solicitando un
cambio radical, a favor de un curso que «no sólo
enseñe a los estudiantes los modos de pensar
aceptados, sino que les impulse a pensar crítica­
mente y con profundidad acerca de las verda­
des convencionales»1.
En un texto aparecido hace un tiempo en
esta misma revista, un artículo de Tony Lawson
titulado «De vuelta a la realidad», se recuerda a
los economistas que la idea que sirve de funda­

\ «The Harvard student petition», en Post-autistic


Economics Revieiv, No. 10, abril 2 de 2003.
40 Josep Fontana

mentó al autismo -reflejada en estas palabras de


Maurice Aliáis, Premio Nobel de Economía de
1988: «La condición esencial de toda ciencia es
la existencia de regularidades que pueden ana­
lizarse y predecirse. Este es el caso de la mecá­
nica celeste. Pero también es verdad respecto de
muchos fenómenos económicos»- es falsa inclu­
so para la mecánica celeste, o para la cosmolo­
gía, si prefieren ustedes un nombre más habi­
tual para la misma cosa.
La ciencia actual hace mucho que ha aban­
donado la ilusión del mecanicismo determinis­
ta y presta hoy una considerable atención a las
relaciones no lineales, más abundantes en la na­
turaleza, y sobre todo en la vida, que los enca­
denamientos directos de causas y efectos. Como
ha dicho Ilya Prigogine: «No sólo hay leyes, sino
acontecimientos que no pueden deducirse de las
leyes». O, en palabras de John Cornwell, «la na­
turaleza está constituida por acontecimientos y
por las relaciones entre ellos, tanto como por
substancias y partículas separadas. La historici­
dad es una característica importante de la cien­
cia». Hasta el punto de que un biólogo molecu­
lar nos asegura que su disciplina está abando­
nando la «fútil búsqueda de leyes» y que «mu­
chos biólogos moleculares están convirtiéndose
en historiadores». Lo cual no quiere decir, evi­
dentemente, que estén dedicándose a la historia
de la ciencia, sino que han recuperado una vi­
sión más abierta a la percepción de las compleji­
dades de la realidad, capaz de tomar en cuenta
los elementos de contingencia que existen en ella,
¿Para qué sirve un historiador...? 41

como lo han hecho los científicos naturales que


han revitalizado el darwinismo con la teoría del
equilibrio puntuado y nos dicen, como Stephen
Jay Gould, que la aparición del hombre no es la
culminación del proceso evolutivo, sino un mero
accidente histórico.
El camino recorrido por los cultivadores de
la historia hasta el momento ha sido muy dis­
tinto, lo cual depende en parte de los condicio­
namientos políticos que implica su uso público,
al que me voy a referir más adelante. Como ha
dicho Eric Hobsbawm: «No se puede huir del
pasado, esto es, de los que recogen, interpretan,
construyen ese pasado y debaten en tomo a él.
Nuestro día a día, los estados en los que vivi­
mos, los gobiernos que nos rigen, están rodea­
dos por los resultados de la profesión de histo­
riador, o mejor dicho empapados en ellos»2.
Volvamos, sin embargo, a los problemas de
la teoría. Después del desencanto por el fracaso
de los viejos métodos con los que se pretendían
resolver todos los problemas con un breve rece­
tario de fórmulas, muchos historiadores han lle­
nado el vacío con nuevas fórmulas de menor al­
cance, de las que esperan que les devuelvan la
seguridad y la certeza, aunque sea para horizon­
tes muy limitados. Vivimos en medio de una
multitud de escuelas, a veces no más allá de sec­
tas, que profesan su fe en un enfoque concreto,
cuya aplicación lo explica y resuelve todo: estu­
dio de las mentalidades o de las representacio­
2. Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo
XX, Barcelona, Crítica, 2003, p.261.
42 Josep Fontana

nes, microhistoria, postmodernismo, postcolo­


nialismo. .. Todo lo que ustedes quieran. Hay un
rasgo que todas estas tendencias tienen en co­
mún: una atención casi exclusiva a lo cultural,
menospreciando la vieja preocupación por es­
tudiar los datos de la economía y de la sociedad.
Con ello vienen seguramente a colmar un
vacío en nuestras viejas interpretaciones, que no
prestaron la atención debida a los factores cul­
turales, y es bueno que aceptemos lo que en este
sentido nos aportan. Ninguna escuela debe me­
nospreciarse, porque cada una de ellas tiene una
parte de la verdad; cada caja de utillaje metodo­
lógico tiene alguna herramienta útil. Pero nin­
guna basta por sí misma, en especial si se limita
a la cultura y al lenguaje y deja a un lado aspec­
tos tan fundamentales como los que están liga­
dos a la vida, la subsistencia y el trabajo de los
hombres y mujeres comunes. Me parece que la
cruda realidad en que vivimos me ahorra tener
que insistir en este punto. Porque los problemas
sociales que nos rodean son generalmente muy
complejos, debe ser su propia naturaleza la que
determine los métodos que utilicemos para ayu­
dar a entenderlos a través de su origen y de su
desarrollo, tomando herramierttas de todas las
cajas en que podamos encontrar algo útil.
Lo que no se puede admitir es que se pre­
tenda abordarlos con ópticas sectoriales, con las
que sólo se puede alcanzar una visión sesgada
de la realidad, sometiéndola a lo que en tiempos
de la vieja cultura humanística se hubiera llama­
do un «lecho de Procusto», en recuerdo del ban­
¿Para qué sirve un historiador...? 43

dido que acogía a los viajeros en su casa y los


acomodaba en camas que eran o demasiado cor­
tas para ellos, y entonces les cortaba las piernas,
o demasiado largas, y los alargaba a martilla­
zos. Mucha de la historia que se escribe en estos
tiempos ha sido sometida a un trato parecido.
Es verdad que el aprendizaje de las reglas
de una escuela y la adhesión a una secta dan
seguridad y le ayudan a uno en la medida en
que le integran en un grupo humano que com­
parte sus ideas, lo cual no es poco cuando se vive
en un medio universitario en que la escasez de
perspectivas de trabajo para los jóvenes ha crea­
do un clima de insolidaridad y una competen­
cia despiadada. Pertenecer a una escuela suele
facilitar el acceso a los coloquios y a las publica­
ciones especializadas del grupo, y puede ayu­
darle a uno en su carrera.
Pero el coste de esta limitación es que nos
encierra en reductos tribales y nos separa del
mundo exterior. Si los economistas se han dis­
tanciado de la realidad, y su ciencia, contra lo
que quería Aliáis, no consigue predecir, sino que
se ve sorprendida una y otra vez por los aconte­
cimientos que no supo prever, y debe conten­
tarse con explicarlos a posteriori, los historiado­
res nos hemos alejado todavía más, al desinte­
resarnos de los problemas que importan al ciu­
dadano común para integrarnos en un pequeño
mundo cerrado que menosprecia el de la calle,
y nos dedicamos a escribir exclusivamente para
la tribu de los iniciados, y mayoritariamente para
otros profesionales (que al fin y al cabo son quie­
44 Josep Fontana

nes nos tienen que juzgar en las tesis o en los


concursos de que dependen nuestras carreras).
Lo que sucede es que quienes viven en este
mundo exterior, en eso que he llamado la calle,
necesitan también de la historia, como la necesi­
ta cualquier ser humano -en la medida en que la
historia cumple para todo grupo la misma fun­
ción que la memoria para cada individuo, que
es la de darle un sentido de identidad que le hace
ser él mismo y no otro- y como los profesionales
no les proporcionamos la historia que necesitan,
la reciben de manera asistemática, pero muy efi­
caz, de los políticos, de los comentaristas de la
radio y la televisión, de las celebraciones con­
memorativas (cuyo tono y sentido determinan
en última instancia las instituciones que las pa­
gan) o incluso de las novelas y del cine.
Todo eso forma una parte sustancial de lo
que llamamos el uso público de la historia, que
un historiador italiano ha definido como «todo
lo que no entra directamente en la historia pro­
fesional, pero constituye la memoria pública (...);
todo lo que crea el discurso histórico difuso, la
visión de la historia, consciente o inconsciente,
que es propia de todos los ciudadanos. Algo en
que los historiadores desempeñan un papel, pero
que es gestionado substancialmente por otros
protagonistas, políticos y por los medios de co­
municación de masas»3.

3. Gianpasquale Santomassimo, «Guerra e legiti-


mazione storica», en Passato e presente, No. 54, sep­
tiembre-diciembre de 2001, pp. 5-23, (citas de pp. 8-9.)
¿Para qué sirve un historiador...? 45

El uso público comienza evidentemente con


la educación, de la que recibimos los contenidos
de una visión histórica codificada, fruto de una
larga labor de colonización intelectual desde el
poder, que es quien ha decidido cuál es «nues­
tro» pasado, porque necesita asegurarse con ello
de que compartimos «su» definición de la iden­
tidad del grupo del que formamos parte, y que
no tiene inconveniente en controlar y censurar
los textos y los programas cuando le conviene.
Porque eso de la historia es demasiado impor­
tante como para dejarlo sin vigilancia. Orwell
ya había afirmado, en su visión de un mundo
totalitario, que «quien controla el pasado con­
trola el futuro y quien controla el presente con­
trola el pasado», y Khruschev manifestó, más
tarde, que «los historiadores son gente peligro­
sa, capaces de volverlo todo cabeza abajo. Con­
viene vigilarlos».
El poder, además, complementa esta codi­
ficación con una pedagogía de los monumentos
y las conmemoraciones. El novelista norteame­
ricano De Lillo nos habla de cómo «segregan
historia visible. La enjaulan, la consolidan y la
recubren de bronce, la exhiben cuidadosamente
en su relicario en museos y plazas y parques
conmemorativos»4. Esta historia «pública», su­
mando todos sus componentes, cumple una fun­
ción muy importante, porque acaba influyendo
en el voto de la gente o en su disposición a to­
mar las armas para defender unos valores in­
4. Don de Lillo, Submundo, Barcelona, Circe, 2000, p. 76
(1/ cp. 2)
46 Josep Fontana

culcados por la educación, o incluso para matar


a quienes le han sido designados como enemi­
gos de estos valores.
Los ejemplos son tan abundantes que no
merece la pena acumularlos. Adolf Hitler no
apreciaba entre todos los maestros que había
tenido más que a su viejo profesor de historia,
un austríaco imbuido de odio y desprecio hacia
los eslavos, que le había enseñado, según decía
el Führer, a «retener lo fundamental y a pres­
cindir de lo accesorio», esto es a simplificar, que
es todo lo contrario de lo que un buen maestro
de historia debe enseñar a sus estudiantes, a
quienes forma para que agucen el espíritu críti­
co y desconfíen de cualquiera que pretenda
movilizar sus emociones y suspender su capa­
cidad de razonar.
No se trata sólo de Hitler. Detrás de cada
poder despótico suele haber una justificación
histórica que se dedica a legitimarlo. Los milita­
res argentinos que gobernaron dictatorialmente
este país, o los chilenos que secundaron a Pino-
chet, habían recibido una parte sustancial de su
inspiración del discurso fascistizante de la His­
panidad difundido desde la España franquista.
Hay ejemplos especialmente dramáticos de
los efectos que puede causar un mal uso públi­
co de la historia. En Ruanda, por ejemplo, tutsis
y hutus vivían en paz hasta que las escuelas de
los colonizadores belgas enseñaron a los hutus
a odiar a los supuestos señores feudales tutsis,
con una interpretación sesgada y falseada de su
historia, que legitimó la siniestra matanza de
¿Para qué sirve un historiador...? 47

familias tutsi como una revolución antifeudal


liberadora.
Alguien podría deducir de lo que digo: Si
la historia, puesta en malas manos, instrumen-
talizada desde el poder, llega a tener efectos tan
nefastos, lo mejor es que nos libremos de ella.
Pero eso no es posible, porque las colectivida-
, des humanas, al igual que sus miembros toma­
dos individualmente, necesitan disponer de una
memoria. Sabemos hoy que nuestra memoria
personal no es un depósito de representaciones
-un archivo de imágenes fotográficas, más o
menos desvaídas, de los hechos del pasado que
guardamos en la mente-, sino que es en reali­
dad un complejo sistema de relaciones que tie­
ne un papel esencial en la formación de la con­
ciencia. Una de sus funciones más importantes
es, precisamente, la de hacer, en palabras de un
gran neurobiólogo, «una forma de “recategori-
zación” durante la experiencia en curso, más que
una reproducción de una secuencia previa de
acontecimientos». Los neurobiólogos nos dicen
que la conciencia se vale de la memoria para
evaluar las situaciones a qué ha de enfrentarse
mediante la construcción de un «presente recor­
dado», que no es la evocación de un momento
determinado del pasado, sino la capacidad de
poner en juego toda una serie de experiencias
previas para diseñar un escenario al cual pue­
dan incorporarse los elementos nuevos que se
nos presentan5.
5. Gerald M. Edelman y Giulio Tononi, A universe of
consciousness. Hoiu matter becomes imagination, Nueva
48 Josep Fontana

De modo parecido los historiadores, al tra­


bajar con la memoria colectiva, no se dedican a
recuperar hechos que estaban enterrados bajo
las ruinas del olvido, sino que usan su capaci­
dad de construir, a partir de la diversidad de
elementos del pasado que tienen a su disposi­
ción, «presentes recordados», para contribuir a
que la conciencia colectiva pueda responder a
las necesidades del momento, no sacando lec­
ciones inmediatas de situaciones del pasado que
no han de repetirse, sino creando escenarios con-
trafactuales en que sea posible encajar e inter­
pretar los hechos nuevos que se nos presentan:
escenarios en que el pasado se ilumina, por de­
cirlo en los términos que empleaba Walter Ben­
jamín, en el momento del reconocimiento.
Se quiera o no, las colectividades humanas
funcionan a partir de estas conciencias colecti­
vas compartidas, y en la medida en que el dis­
curso público tiende a formarlas, el historiador
no puede quedar al margen de él. Porque si bien
es frecuente que los historiadores académicos
proclamen su desprecio por estos usos públicos,
como si se tratara de una profanación de su mi­
nisterio, la verdad es que no suelen tener incon­
veniente en prestarles apoyo cuando se trata del

York, Basic Books, 2000, passim, cita de p. 95; de modo


semejante Gilíes Fauconnier y Mark Tumer en The way
we think. Conceptual bending and the mind's hidden
complexities, Nueva York, Basic Books, 2002, señalan la
importancia de «la construcción de lo irreal», del uso de
escenarios contrafactuales, como son los de los «presen­
tes recordados».
¿Para qué sirve un historiador...? 49

discurso del orden establecido que reparte be­


neficios y prebendas. Nunca ha habido un ré­
gimen tan corrupto ni una dictadura tan feroz
que no hayan podido contar con un coro de his­
toriadores bien alimentados para elaborar su
genealogía y sostener que representan la cul­
minación de la historia patria, o incluso de la
universal.
Está claro que hay que denunciar los abu­
sos de este discurso público, y que ello justifica
en buena medida el trabajo del historiador. Pero
no basta con esto, sino que debemos aspirar a
participar activamente en la formación de la
memoria pública, si no queremos abandonar una
herramienta tan poderosa en manos de los ma­
nipuladores. Lo entendió en los momentos fina­
les de su vida, mientras luchaba en la resisten­
cia contra los nazis, Marc Bloch, que reivindica­
ba la capacidad del historiador para cambiar las
cosas. Una conciencia colectiva, decía, está for­
mada por «una multitud de conciencias indivi­
duales que se influyen incesantemente entre sí».
Por ello, «formarse una idea clara de las necesi­
dades sociales y esforzarse en difundirla signi­
fica introducir un grano de levadura en la men­
talidad común; darse una oportunidad de mo­
dificarla un poco y, como consecuencia de ello,
de inclinar de algún modo el curso de los acon­
tecimientos, que están regidos, en última instan­
cia, por la psicología de los hombres». Quisiera
insistir en estas hermosas palabras de Bloch:
«formarse una idea clara de las necesidades so­
ciales y esforzarse en difundirla». ¡Qué esplén­
50 Josep Fontana

dido programa para el trabajo de un historia­


dor!
Es verdad que no disponemos de los abun­
dantes recursos con que los poderes estableci­
dos alimentan la difusión de sus discursos, pero
existen múltiples formas en que podemos
aproximarnos a las realidades locales y tenemos
además un instrumento formidable, como es el
trabajo que puede hacerse en la formación del
profesorado, y en especial del de enseñanza
media, que es quien debe hacer llegar el conoci­
miento de la historia a un mayor número de es­
tudiantes.
Para intervenir en esta tarea está claro que
nos sirven de muy poco las diversas modalida­
des de las nuevas escuelas culturales, que lo
reducen todo al discurso y la representación.
Enfrentarse a problemas globales, como los que
ha vivido en las últimas décadas Argentina,
para ayudar a explicarlos requiere el uso de un
instrumental analítico mucho más potente,
mucho más globalizador -déjenme emplear esta
palabra «á la mode»- del estilo de los de la vieja
historia económica y social, eliminando de ella
todo lo que haya caducado e introduciendo lo
que sea necesario para atender nuevas exigen­
cias.
La reconstrucción de esta nueva historia
debe abandonar, en primer lugar, el modelo
único de la evolución humana con sus concep­
ciones mecanicistas sobre el progreso: la vi­
sión lineal que ha dominado en nuestro cam­
po desde hace más de dos siglos y que ha ser­
¿Para qué sirve un historiador...? 51

vido para justificar, a la vez, el imperialismo


y las formas de desarrollo con distribución
desigual. Para ustedes, en concreto, me pare­
ce que esta exigencia resulta evidente. Porque
si miran su pasado inmediato resulta que Ar­
gentina ha estado cumpliendo las reglas que,
de acuerdo con todos los teorizadores del sis­
tema, de Rostow a Fukuyama, debían haberle
garantizado el progreso económico y la esta­
bilidad social: han tenido ustedes unos años
de impecable trayectoria de democracia par­
lamentaria, como lo demuestra la sucesión de
elecciones que dieron el poder a partidos con­
trapuestos, de Alfonsín a Menem, primero, y
de Menem a De la Rúa, después, y se han man­
tenido en todo este tiempo dentro de una es­
tricta observancia de las reglas del mercado,
y resulta que ello no les ha conducido a la pros­
peridad prometida. De lo cual hay que dedu­
cir que la receta era cuando menos ineficaz,
posiblemente tramposa, y que hay que buscar
explicaciones alternativas a las consagradas
por estos teorizadores que pretendían dedu­
cir de una visión simplista y sesgada de la his­
toria las leyes del progreso.
Hemos de elaborar una visión que nos ayu­
de a entender que no hay un camino único y for­
zado hacia el progreso, sino que cada momento
del pasado, igual que cada momento del pre­
sente, no contiene solamente la semilla de un
futuro predeterminado e inescapable, sino la de
toda una diversidad de futuros posibles, uno de
los cuales üuede acabar convirtiéndose en do­
52 Josep Fontana

minante por razones complejas, sin que esto sig­


nifique que sea el mejor, en términos de balance
social, ni que los otros estén totalmente descar­
tados para el futuro. Christopher Hill ha dicho:
«Una vez que se ha producido el acontecimien­
to, éste parece inevitable; las alternativas se es­
fuman. La historia la escriben los ganadores (...);
pero merece la pena adentrarnos imaginativa­
mente atrás en el tiempo en que las diversas
opciones parecían abiertas».
No se trata, evidentemente, de construir
escenarios imaginarios de «historia virtual»,
sino de explorar de otro modo la realidad. Es­
tos métodos de historia no lineal deberían ser­
virnos para recuperar mucho de lo que nos he­
mos dejado olvidado por un camino marcado
por la mitología del progreso: el peso real de
las aportaciones culturales de los pueblos no
europeos, el papel de la mujer, la importancia
de la cultura de las clases populares, entendi­
da como saber y no como folklore, o la raciona­
lidad de unos proyectos de futuro alternativos
que no triunfaron en su momento, pero en los
que tal vez sigue quedando mucho que resca­
tar. Una historia que renuncie a explicar las
cosas «tal como han pasado» -esto es, de la
única manera en que podían pasar- y atienda
la demanda de Walter Benjamín para que el
historiador trabaje como el físico en la desinte­
gración del átomo, con el fin de liberar las enor­
mes fuerzas que quedaron abandonadas en las
bifurcaciones en que se hizo una elección -en
las encrucijadas en que se escogió uno u otro
¿Para qué sirve un historiador...? 53

camino-, o entre el bagaje de los que fueron


derrotados6.
Me gusta citar aquel texto que Antonio
Machado publicó durante la guerra civil espa­
ñola: «En realidad, cuando meditamos sobre el
pasado, para enterarnos de lo que llevaba den­
tro, es fácil que encontremos en él un cúmulo
de esperanzas -no logradas, pero tampoco falli­
das», un futuro, en suma, objeto legítimo de pro­
fecía». Yo cambiaría tan sólo el final de este tex­
to para decir que el trabajo del historiador, bu­
ceando en el pasado para averiguar lo que lle­
vaba dentro, le puede conducir a descubrir en
él unos futuros posibles, objeto legítimo de es­
peranza, más que de profecía.
Una historia no lineal debe, además, supe­
rar el viejo esquema tradicional que tenía como
protagonistas esenciales a los grupos dominan­
tes, políticos, económicos y culturales, de las
sociedades desarrolladas, y dejaba al margen de
la historia a los pueblos y a los grupos subalter­
nos, y a la inmensa mayoría de las mujeres. Hay
que remediar la exclusión de los pueblos de cul­
tura no europea, los «pueblos sin historia», a
escala de las visiones universales -o «mundia­
les», para decirlo más llanamente- y la de las
mujeres y las clases subalternas en las historias
de aquellos otros países que se suele admitir que
sí tienen historia.

6. Walter Benjamín, Paris, capitale du XlXe siécle. Le


livre des passages, Paris, Editions du Cerf, 1989, p. 480.
54 Josep Fontana

Si les digo que necesitamos reconstruir un


método global de trabajo, no es por razones que
procedan de alguna especie de necesidad inter­
na de la ciencia, sino por otras, más poderosas,
que derivan del hecho de que lo necesitamos
para hacernos cargo de la que me parece ser la
gran tarea que tienen encomendada los histo­
riadores de comienzos del siglo XXI: aquélla que
la sociedad les va a exigir.
Porque si los historiadores de los últimos
cien años se ocuparon, como dije al comienzo,
de la génesis de la democracia política y del de­
sarrollo del capitalismo, a nosotros nos corres­
ponde el reto de encontrar las razones de los
grandes fracasos del siglo XX: las causas que
puedan explicar la barbarie que lo ha caracteri­
zado -y desgraciadamente el siglo XXI comien­
za anunciando lo peor-, para evitar que se re­
produzca en el futuro y, sobre todo, la naturale­
za de los mecanismos que, pese al innegable
enriquecimiento global asegurado por los avan­
ces de la ciencia y la tecnología, han engendra­
do una mayor desigualdad y han aumentado
dramáticamente las distancias entre los países
ricos y los países pobres, desmintiendo las pro­
mesas del proyecto de desarrollo formulado al
término de la segunda guerra mundial, que pro­
metía extender los beneficios del avance econó­
mico a todos los países subdesarrollados del
mundo.
Unos mecanismos que siguen actuando en
nuestros días, porque, como ha dicho Jeff Ga­
tes, hay que denunciar una globalización que
¿Para qué sirve un historiador...? 55

se pretende presentarnos como neutral, cuan­


do resulta que sus operaciones incontroladas
son una de las razones fundamentales de que
la riqueza esté siendo redistribuida: de los po­
bres a los ricos en el interior de cada país (algo
que puede contribuir a explicar que los Esta­
dos Unidos tengan hoy una población de dos
millones de reclusos, mayoritariamente negros,
en sus cárceles), de los países pobres a los paí­
ses ricos, a escala mundial (y de eso no me pa­
rece que haga falta dar muchos ejemplos), del
futuro al presente, en las expectativas de todos7.
Hablemos un poco de ese mundo feliz que
se nos dice que ha llegado al fin de la historia
(ya hace muchos años que Paul Nizan dijo, anti­
cipándose a Fukuyama, que «cuando la burgue­
sía está en el poder, el objetivo de toda la histo­
ria ha sido logrado, la historia debe detenerse»).
Pues bien, de acuerdo con las cifras del Banco
Mundial, en 47 de los 133 países de los que se
nos ofrecen datos, el PNB per capita disminuyó
entre 1985 y 1995. Entre estos países hay, en lu­
gar destacado, como era de esperar, algunos del
África subsahariana, como Ruanda, Angola o
Camerún, pero también Nicaragua, Perú y Bra­
sil, por citar ejemplos menos obvios. Lo cual re­
sulta implicar en conjunto a unos 800 millones
de hombres y mujeres -a uno de cada siete habi­
tantes del planeta.

7. De un artículo en la «Newsletter» de economía post-


autista, No. 9: pae_news@btintemet.com.
56 Josep Fontana

Y en este mundo feliz, por otra parte, lleva­


mos ya una serie de años en que las guerras se
han sucedido sin parar: en Ruanda, en el Con­
go, en Bosnia, Kosovo, Chechenia, Afganistán,
Irak, y la previsión es que van a seguir en otros
escenarios. Resulta sorprendente que, después
de haber anunciado el fin de la historia, Francis
Fukuyama sea uno de los firmantes del mani­
fiesto publicado por sesenta académicos norte­
americanos en el mes de febrero de 2002 en que
los planes militares del presidente Bush son ca­
lificados como «una guerra justa», con estas pa­
labras: «Hay tiempos en que hacer la guerra no
sólo está moralmente permitido, sino que es
moralmente necesario, como respuesta a actos
reprobables de violencia, odio e injusticia. Este
es uno de tales momentos»8. Algunos pensamos,
por el contrario, que el terrorismo que se pre­
tende combatir procede más del malestar, la
humillación y la pobreza de muchos que del in-
tegrismo religioso de unos pocos, lo que signifi­
ca que no se arregla con más bombas, sino con
un sistema capaz de establecer una igualdad
mayor, de hombre a hombre y de país a país. Y
este sistema no es ciertamente el que hoy existe.
No se trata de especular con las causas de
la pobreza en el mundo, ni de hacer llamadas a
la movilización de ayuda humanitaria, dos acti­
vidades meritorias, pero que no corresponden a
nuestra esfera profesional. Lo que un historia­
dor debe hacer es investigar, con las herramien­
8. Texto tomado del Washington Post, 12 de febrero de
2002 .
¿Para qué sirve un historiador...? 57

tas de su oficio, los grandes problemas de su


tiempo para ayudar a otros a entenderlos y para
que, entendiéndolos, nos pongamos entre todos
a tratar de resolverlos. Recuerdo aquellos ver­
sos de Brecht sobre el revolucionario que decían
que allá donde la opresión reina y se echa la
culpa al destino «él dirá los nombres». En este
sentido, el trabajo del historiador -que no ha de
limitarse a dar los nombres, sino que debe tam­
bién explicar las acciones- puede convertirse en
uno de los fundamentos de la actuación de quie­
nes intenten mejorar este mundo, por poco que
sea, que aunque sea poco merecerá la pena.
Tenemos una grave responsabilidad ante
una sociedad a la que no sólo debemos contarle
qué sucedió en el pasado, que en el fondo es lo
menos importante, sino que hemos de enseñar­
le a lo que mi maestro Pierre Vilar llama «pen­
sar históricamente». A no aceptar sin crítica nada
de lo que se pretende legitimar a partir del pa­
sado, a no dejarse engañar por tópicos que ape­
lan a los sentimientos para inducirnos a no utili­
zar la razón. En este supuesto tiempo feliz, en
que se nos dice que la evolución de la sociedad
ha llegado ya al colmo de la perfección, resulta
que vuelve a haber, como sucedió en 1968 en
París, Praga o Berkeley, una generación de jóve­
nes que no aceptan de buen grado el mundo que
les han dado, y que se sublevan contra lo que se
pretende venderles como «globalización». Lo
malo es que estos nuevos rebeldes, como les su­
cedió a los de 1968, actúan movidos por un re­
chazo moral, pero no tienen claro lo que quisie­
58 Josep Fontana

ran poner en lugar del sistema que combaten.


Necesitamos repensar el futuro entre todos para
encontrar salidas hacia adelante, pero el futuro
sólo se puede construir sobre la base de las ex­
periencias humanas, esto es sobre el pasado, y
ahí el papel del historiador es absolutamente
indispensable. Aunque no sea más que para evi­
tar que se siga intoxicando al común de la gente
con una visión desesperanzadora que sostiene
que todo intento de cambiar las reglas del juego
social conduce necesariamente al desastre.
En un tiempo como éste, el deber del histo­
riador es implicarse en el mundo en que vive.
Lo decía mi viejo y añorado amigo Manuel Mo­
reno Fraginals, que ha muerto hace pocos me­
ses, cuando escribió, denunciando la esterilidad
de una erudición que no tiene más objeto que la
promoción académica: «Quien no sienta la ale­
gría infinita de estar aquí en este mundo revuel­
to y cambiante, peligroso y bello, doloroso y san­
griento como un parto, pero como él creador de
nueva vida, está incapacitado para escribir his­
toria».
Pero hay un texto más elocuente todavía
que éste acerca de la responsabilidad del histo­
riador. Lo escribió Marc Bloch en los días difíci­
les que siguieron a la derrota de Francia, en 1940,
en ese libro admirable que es L'étrange défaite,
reprochándose a sí mismo, como a sus colegas
historiadores, haber permanecido al margen de
lo que estaba sucediendo en su país: «No nos
hemos atrevido a ser, en la plaza pública, la voz
que clama en el desierto... hemos preferido re­
¿Para qué sirve un historiador...? 59

cluirnos en la quietud temerosa de nuestros ta­


lleres... De la mayor parte de nosotros se podrá
decir que hemos sido buenos operarios. Pero
¿hemos sido también buenos ciudadanos?».
Esa nueva clase de historia que necesitamos
debe servir para crear conciencia crítica acerca
del pasado con el fin de que comprendamos
mejor el presente, debe aportar elementos para
combatir los mecanismos sociales que engen­
dran desigualdad y pobreza y debe denunciar
los prejuicios que enfrentan a unos hombres con­
tra otros, y, sobre todo, a quienes los utilizan para
beneficiarse de ello. Esta es una historia que no
tiene todavía modelos completos, pero sí mu­
chos intentos puntuales; una historia que hemos
de inventar entre todos, no desde el distancia-
miento de la teoría, sino desde la propia expe­
riencia del trabajo, desde lo que Thompson lla­
maba «la realidad ambigua y ambivalente» del
archivo. La clase de historia que se hace en el
seno mismo de «este mundo revuelto y cambian­
te», como pedía Moreno, y que cumple con la
exigencia que formulaba Bloch de que nos sirva
para convertirnos en «la voz que clama en la
plaza pública». Esa es la clase de historia que
puede hacer del historiador alguien que contri­
buya con su trabajo a mejorar las cosas en un
tiempo de crisis.
En la medida en que el historiador conoce
el mapa de la evolución de las sociedades hu­
manas, sabe la mentira de los signos indicado­
res que marcan una dirección única y puede
encontrar los otros caminos que conducían a
60 Josep Fontana

otros destinos distintos y tal vez mejores, le co­


rresponde participar en primera línea en la ta­
rea de denunciar los engaños y reanimar la es­
peranza de que todavía, como dijo Tom Paine
hace más de dos siglos, «está en nuestras manos
volver a empezar el mundo de nuevo»9. De que
no estamos en el «fin de la historia», sino en el
fin de «una historia» y que nos corresponde ini­
ciar la construcción de otra nueva.
Armados de razones, debemos ayudar a
limpiar de maleza la encrucijada en que nos
encontramos para que se vean más claros los
diversos caminos que se abren por delante y para
que entre todos elijamos los mejores. El que yo
quisiera encontrar, por mi parte, aunque admi­
to que ésta es una elección personal que nace de
exigencias éticas y no de presupuestos científi­
cos, es el que nos lleve a una sociedad donde
haya, como dijo un gran historiador francés, «la
mayor igualdad posible dentro de la mayor li­
bertad posible».

9. Thomas Paine, Common sense, Chicago, New Patriot


Publications, 1976, p. 65.
2

¿QUÉ HISTORIA
PARA EL SIGLO XXI?

l mayor de los desafíos que se ha planteado


E la historia en la segunda mitad del siglo XX,
y que sigue vigente a comienzos del XXI, es el
de superar el viejo esquema tradicional que ex­
plicaba una fábula de progreso universal en tér­
minos eurocéntricos -justificando de paso el im­
perialismo en nombre de «la carga del hombre
blanco»- y que tenía como protagonistas esen­
ciales a los grupos dominantes, políticos y eco­
nómicos, de las sociedades desarrolladas, que
se suponía que eran los actores decisivos de este
tipo de progreso, dejando al margen de la histo­
ria a los grupos subalternos y a la inmensa ma­
yoría de las mujeres.
Esta es una cuestión que hay que examinar
desde la doble perspectiva de la exclusión de
los pueblos no europeos (de los «pueblos sin his­
toria», como se dice a veces) a escala de las his­
torias «universales» o «mundiales», y de la ex­
clusión social de buena parte de la población, y
en especial de las mujeres y de las clases subal­
ternas, a escala de las historias «nacionales» de
62 Josep Fontana

los países desarrollados, es decir, de los «países


con historia».
Es verdad que tenemos una historia de los
trabajadores, presentada casi siempre a partir
de la crónica de sus organizaciones y de sus lu­
chas; es decir, realizada como «historia del mo­
vimiento obrero». Y que se ha intentado agre­
garle una historia de los campesinos, contradi­
ciendo el tópico que veía su disminución relati­
va como una mera consecuencia de la moderni­
zación de la economía, y la desaparición de su
cultura, como el resultado feliz de su integra­
ción en la comunidad y en la cultura «naciona­
les», que habría dado lugar a que entrasen en la
vida política moderna, abandonando viejos sue­
ños igualitarios utópicos. Lo que escapase a la
pauta de la modernización, como habría sido
una consideración autónoma de la historia de
los campesinos, se marginaba habitualmente,
entre otras razones porque las fuentes no acos­
tumbran a decir gran cosa acerca de las resis­
tencias campesinas a la asimilación «modemi-
zadora», como no sean las fuentes de naturale­
za judicial que conservan los testimonios de la
represión contra sus formas de lucha: hurtos
campestres, roturaciones ilícitas, incendios de
casas y cosechas, etc.
Desde mediados del siglo XX, sin embargo,
y una vez comprobado que los campesinos se­
guían siendo importantes -por el volumen de
población que representan en los países subde-
sarrollados, y como problema para el futuro, en
los desarrollados- se los ha recuperado como
¿Qué historia para el siglo X X I? 63

protagonistas de la historia contemporánea, aun­


que apenas si ha comenzado una historia de su
actuación analizada en sus propios términos,
donde sus revueltas se sitúen dentro de un sis­
tema de relaciones que nos permita verlas, no
como simples «reacciones», como se ha hecho
habitualmente, sino como una acción compleja
que tiene su propia coherencia interna. Quien
ha ido más lejos en esta dirección es el historia­
dor indio Ranajit Guha, al insistir en la necesi­
dad de entender la lógica de la actuación cam­
pesina y reivindicar el carácter político de las
revueltas rurales, mostrando que en su aparen­
te incoherencia se puede encontrar la formación
de «una conciencia que aprendía a compilar y
clasificar los momentos individuales y diversos
de la experiencia y a organizados en algún tipo
de generalizaciones».
Será también en el siglo XX cuando las mu­
jeres reclamen con insistencia su lugar en una
historia general, como antes habían reclamado
su plena participación en la sociedad. Al soste­
ner que las imágenes de la masculinidad y de la
feminidad estaban socialmente construidas, la
historia feminista ha mostrado que lo están tam­
bién las relaciones entre los géneros en la socie­
dad. Pero el desarrollo de esta línea de estudios,
si bien ha alcanzado un volumen considerable,
no se ha producido sin problemas, porque la
confrontación de género ha llevado a intentar
escribir una historia específica de las mujeres que
conduce a menudo a olvidar que las diferencias
sociales pasan también por el interior del géne­
64 Josep Fontana

ro y hacen que mucha historiografía de las mu­


jeres mezcle y confunda «mujeres» y «señoras»,
o tienda a subvalorar, en otro terreno, la tras­
cendencia de las divisiones raciales. Lo que cabe
esperar es que, una vez recuperadas las muje­
res de la oscuridad y el silencio, su historia se
integre plenamente en una historia común, apor­
tándole nuevas perspectivas.
En conjunto se puede decir que la integra­
ción de los excluidos en el relato central es toda­
vía un objetivo a conseguir. Las recuperaciones
de estas otras historias marginadas se ha hecho
en gran parte fuera del cuadro general, que es el
que nos ofrece explicaciones globales, sin tratar
de integrarlo en él ni presentar interpretaciones
de conjunto alternativas.
El modelo lineal de la historia del progre­
so tenía, como he dicho, otro ámbito de exclu­
sión, tal vez más importante: la de todos los
pueblos que no pertenecen a la cultura domi­
nante de origen europeo, lo que ahora se llama
«occidente», cuyas sociedades y culturas se
solían presentar como dormidas en el tiempo
hasta el momento en que la colonización las
introdujo en la dinámica de la modernización.
Esto afectaba a la vez a África y a los pueblos
indígenas que habitaban América y Oceanía
antes de la llegada de los colonizadores, mien­
tras que en el caso de Asia, donde no era posi­
ble pasar por alto el hecho de que había habido
civilizaciones que en muchos sentidos se ha­
bían adelantado culturalmente a Europa, su
retraso posterior se atribuía a la fuerza del «des­
¿Qué historia para el siglo X X I? 65

potismo» oriental o a la debilidad de sus socie­


dades civiles.
En lo que concierne a los pueblos «primiti­
vos» actuales, la tarea de los científicos sociales
europeos ha servido a menudo para confirmar
su marginación: los antropólogos alemanes que
estudiaban a principios del siglo XX las pobla­
ciones africanas colonizadas llegaron a conclu­
siones sobre la conveniencia de la «extinción»
de las «razas inferiores» y de los mestizos, que
servirían más adelante de inspiración al holo­
causto. Por otro lado, los esfuerzos realizados
en colaboración por antropólogos e historiado­
res a fin de reconstruir el pasado de los pueblos
indígenas tampoco han dado resultados entera­
mente satisfactorios. En ningún lugar estos tra­
bajos deben haber sido cuantitativamente más
importantes que en América del Norte, donde
los estudios sobre los pueblos indígenas tienen
un peso importante en el mundo académico.
Pero esta etnohistoria se ha hecho desde una
perspectiva externa, y al margen de los miem­
bros de los pueblos estudiados, que no han par­
ticipado en la elaboración de esta visión de su
pasado y se quejan por el hecho de que «la his­
toria convencional ha sido incapaz de producir
un discurso que respete a los amerindios».
El rechazo del eurocentrismo se planteó
abiertamente desde el terreno de los estudios
culturales en lo que acabaría convirtiéndose en
el postcolonialismo, que tiene uno de sus ante­
cedentes en la obra de Edward Said, un profe­
sor norteamericano de literatura comparada, de
66 Josep Fontana

origen palestino, que publicó en 1978 Orientalis­


mo, donde denunciaba la forma en que el dis­
curso académico occidental tendía a construir
el concepto de un Oriente esencialmente dife­
rente de Occidente y a convertirse con ello en
un arma del imperialismo. Said tenía razón al
denunciar la penetración de esta óptica en los
más diversos dominios de la literatura o de las
ciencias sociales y es evidente que ha desempe­
ñado un papel considerable en despertar la con­
ciencia de este hecho, pero las contradicciones
de su obra han contribuido a que su herencia
resulte ambigua y haya conducido a la retórica
vacía de la mayor parte de lo que se presenta
como postcolonialismo, que conduce a rechazar
la ciencia, incluso las matemáticas, como armas
del imperialismo.
Es verdad que las ciencias sociales domi­
nantes son eurocéntricas, pero la solución no
consiste en abandonar las comparaciones entre
culturas y limitarse «a exponer la contingencia,
la particularidad y tal vez la incognoscibilidad
de los momentos históricos», sino que hay que
confrontar las percepciones sesgadas de los dos
lados para construir otras mejores.
Una respuesta crítica a estas limitaciones,
que enlazaba conjuntamente los problemas de
la exclusión social y los de la marginación euro-
céntrica, la dio, a partir de fines de los años se­
tenta, la escuela india de los «subaltem studies»,
inspirada sobre todo por el ya citado Ranajit
Guha, que en el manifiesto inicial de Subaltem
studies denunciaba el carácter elitista de una his­
¿Qué historia para el siglo X X I? 67

toria nacionalista india que había heredado to­


dos los prejuicios de la colonial y que era inca­
paz de mostrar «la contribución hecha por el
pueblo por si mismo, esto es independientemente
de la élite» y de explicar el campo autónomo de
la política india en los tiempos coloniales, en que
los protagonistas no eran ni las autoridades co­
loniales ni los grupos dominantes de la socie­
dad indígena, «sino las clases y grupos subal­
ternos que constituyen la masa de la población
trabajadora y los estratos intermedios en la ciu­
dad y en el campo- esto es, el pueblo». Guha
reconoce a Gramsci como una de sus fuentes de
inspiración en su propósito de analizar las for­
mas de movilización horizontal de estos grupos,
su ideología, la formación de una política «del
pueblo», determinada en parte por las condicio­
nes de explotación de estas clases subalternas, y
la dicotomía que se estableció entre una burgue­
sía que no supo representar a la nación y unas
clases subalternas que, pese a la importancia de
sus revueltas, no consiguieron cuajar una lucha
nacional de liberación.
Uno de los problemas más graves, y más
insidiosos, entre los muchos que ha creado el
eurocentrismo ha sido su influencia en las nue­
vas historias autóctonas, donde se pueden en­
contrar generalmente dos defectos, que son co­
munes a un determinado estadio inicial de las
historiografías del sur de Asia, de África y de
América Latina. El primero es la adopción de
los modelos historiográficos europeos, que ha
llevado a intentar descubrir en el propio pasa­
68 Josep Fontana

do aquellas mismas etapas que los historiado­


res europeos señalaban en sus países: las conse­
cuencias de la transposición del concepto de feu­
dalismo han sido graves en el caso de algunos
partidos de la izquierda latinoamericana, que se
empeñaban en propiciar inviables revoluciones
burguesas, aunque tuviera que ser aliándose con
las dictaduras militares, y han tenido efectos
sangrantes en Ruanda, donde ha servido para
justificar como una «revolución social» el exter­
minio de los tutsis.
El tránsito de una historia colonial a otra
nacionalista resultaba especialmente complejo
en el caso de África, ya que los viejos modelos
interpretativos coloniales comenzaban por ex­
cluirla de la historia. Para los británicos o los
franceses el continente era, en todo caso, un es­
cenario de la historia del imperio: de la acción
de los europeos -descubridores, militares, admi­
nistradores- en tierras africanas. Inmediatamen­
te después de la independencia, los historiado­
res africanos se vieron empujados a escribir una
especie de historia «resistente», opuesta a la del
imperialismo, pero que usaba los modelos in­
terpretativos europeos para reintegrar su conti­
nente al mismo tipo de historia que se derivaba
de aquellos esquemas, lo que los obligaba a bus­
car los rastros de estados, de intercambios a lar­
ga distancia o de redes urbanas, abandonando
a la etnografía el estudio de la vida rural, es de­
cir la parte esencial de la realidad africana: «de
esta manera -se ha dicho- la mayor parte de los
africanos que han vivido quedaban fuera de la
¿Qué historia para el siglo X X I? 69

ciencia». O respondían con la simple inversión


de los valores de la historiografía colonial, a la
vez que trataban, contradictoriamente, de hallar
un sentido histórico a los nuevos marcos nacio­
nales definidos por la partición colonial, lo que
les comprometía a legitimar de entrada las cons­
trucciones políticas y las formas de organización
nacidas de la independencia.
El fracaso económico inicial de los países
africanos independizados llevó a buscar una
interpretación, próxima a las teorías latinoame­
ricanas de la dependencia, que echaba toda la
culpa del atraso al colonialismo. De la vieja vi­
sión colonialista de un pasado africano primiti­
vo, fruto de la incapacidad de sus habitantes,
que habría sido modificado por la acción civili­
zadora de los europeos, se pasó ahora a una re­
cuperación optimista de la historia propia -con
reivindicaciones extremas de los valores africa­
nos, como la de la «negritud» del Antiguo Egip­
to- que sobrevaloraba el estado de civilización y
desarrollo, en términos europeos, de África en
los inicios de la edad moderna. Desde este pun­
to de partida la explicación del subdesarrollo
actual se reducía a establecer las culpas del co­
lonialismo: a afirmar, como sostenía un libro de
Walter Rodney, que Europa había subdesarro-
llado a África.
Las consecuencias de esta tara original, que
impedía la fundación de una historia legítima­
mente africana, las sufriría, paradójicamente,
Ernesto Che Guevara al intentar iniciar un pro­
ceso revolucionario en el Congo. Acudió con
70 Josep Fontana

ideas extraídas de interpretaciones históricas y


políticas de raíz europea, como eran las del mar­
xismo, y descubrió, por ejemplo, que no había
en aquel rincón de Africa el tipo de problemas
de lucha por la propiedad de la tierra que ha­
bían conocido Europa y una América coloniza­
da por los europeos, sino que los campesinos
respondían a formas propias de vida y a solida­
ridades tribales. Las soluciones que llevaba
aprendidas de Cuba no servían para hacer la
revolución en aquel medio social donde la con­
tradicción principal era la que existía «entre na­
ciones explotadoras y pueblos explotados».
En América latina se hizo inicialmente una
historia nacionalista que no daba ningún pro­
tagonismo a los nativos, atribuía todos los ma­
les a la colonia y fijaba el momento fundacio­
nal en la independencia, que habría dado lu­
gar a una ruptura total, gracias a la dirección
ejercida por los «proceres» fundadores del es­
tado. Ha sido necesario proceder después a una
reconstrucción de esta visión, de la cual han
surgido, sobre todo en la América andina, unos
trabajos de etnohistoria que han conseguido
aproximarse a la problemática de los indíge­
nas, en ocasiones gracias a la asociación de eru­
dición histórica y preocupación política por la
suerte de las grandes masas nativas que viven
hoy en países como Ecuador, Perú o Bolivia.
Unos indígenas que reivindican ahora su na­
cionalidad étnica en Ecuador y que en algunos
casos, como el de los cataristas de Bolivia, as­
piran, por el hecho de ser mayoría, a alcanzar
¿Qué historia para el siglo X X I? 71

el control de la nación criolla que se construyó


sin tenerles en cuenta.
Ha sido necesario también reconstruir la
historia colonial y profundizar en la de las so­
ciedades nacionales surgidas de la emancipa­
ción, superando la falsa ruptura radical que se
suponía existir entre la época anterior y poste­
rior a ésta, para alcanzar una visión que no se
limite, como ha denunciado Germán Carrera
Damas, a mostrarnos una historia vista exclusi­
vamente a través de la mentalidad criolla, deci­
didamente eurocéntrica, sino que establezca una
nueva valoración que incluya «su rico patrimo­
nio indígena y africano».
En Oceanía, en cambio, donde el debate
sobre el pasado se ha hecho casi exclusivamen­
te en términos de antropología, esta situación
puede modificarse por la presión de los grupos
nativos que quieren asumir el estudio de su his­
toria -como pasa en Nueva Zelanda, donde los
maoríes discuten el tipo de análisis llevado a
cabo hasta ahora por los pakeha (por los neoze­
landeses de origen europeo)-, o que denuncian,
como en Australia, las interpretaciones «blan­
cas» que han servido para construir la imagen
de la inferioridad del nativo y justificar que se
le arrebate el control de los recursos naturales.
Partiendo de estas revisiones, cabe pregun­
tarse si hay alguna posibilidad de reconstruir
una historia universal que escape del pie forza­
do del «orden convencional de la evolución uni-
lineal» que organiza todas las historias de los
hombres en función del punto de llegada de la
72 Josep Fontana

clase de presente impuesto por los pueblos eu­


ropeos: que lleva todas las corrientes, todos los
proyectos diversos del pasado, hacia su único y
definitivo fin de la historia.
La única vía de escape de la linealidad pa­
rece residir en la adopción de formas de explo­
ración comparativa que analicen desarrollos dis­
tintos. Un ejemplo ambicioso, pero discutible,
lo tenemos en Victor Lieberman, que ha queri­
do romper las dicotomías que se contentan con
la comparación, y contraposición, entre el este y
el oeste (las «historias binarias», como él las de­
nomina), con un esquema comparativo de la
evolución de diversos países de Eurasia -Birma­
nia, Tailandia, Vietnam, Francia, Rusia y Japón-
entre el final de la edad media y 1830, que mos­
traría la aparición independiente y paralela de
procesos de «consolidación territorial, centrali­
zación administrativa, integración cultural-étni-
ca e intensificación comercial», debidos en gran
parte a la coincidencia de expansión agrícola,
aumento de los intercambios, disponibilidad de
armas de fuego y mejora de los métodos fisca­
les, y a una serie de cambios culturales que esti­
mularían el desarrollo del estado. Es también
una pauta comparativa, pero esta vez no con
Europa sino entre África y Asia del sur, lo que
propone Mamadou Diouf al preguntarse: «Leer
los rastros entrecruzados y múltiples de las tra­
yectorias que se dibujan en África desde hace
cerca de medio siglo, ¿no nos impone una revi­
sión radical del modelo histórico occidental para
tomar en cuenta la diversidad de las condicio­
¿Qué historia para el siglo XXI? 73

nes culturales e históricas de los grupos impli­


cados?».
Aunque hay que tener en cuenta que elabo­
rar una historia comparativa no es fácil. Con fre­
cuencia se cae en la trampa de hacer las compa­
raciones entre los estados actuales, asumiendo
que cada una de las entidades que comparamos
tiene un carácter uniforme que permite hacer
afirmaciones generalizadoras sobre ellas en di­
versos momentos de la historia, lo cual no suele
ser cierto. La solución consistiría en agrupar los
elementos que queremos estudiar de otras for­
mas, en marcos territoriales distintos a los de los
estados-nación actuales, o utilizando criterios no
territoriales.
Estos problemas nos exigen tratar de cons­
truir una nueva historia «total» que pueda ocu­
parse de todos los hombres y mujeres en una
globalidad que abarque tanto la diversidad de
los espacios y de las culturas, como la de los gru­
pos sociales, lo cual obligará a corregir buena
parte de las deficiencias de las viejas versiones.
Habrá de renunciar al eurocentrismo y prescin­
dirá, en consecuencia, del modelo único de la
evolución humana con sus concepciones meca-
nicistas del progreso, que aparece como el pro­
ducto fatal de las «leyes de la historia», con muy
escasa participación de los humanos, que debe­
rían aparecer como sus protagonistas activos y
no sólo como sus víctimas pasivas. Walter Ben­
jamín denunció en sus «Tesis de filosofía de la
historia» el gran fraude que la concepción me-
canicista del progreso había significado para la
74 Josep Fontana

clase obrera, al hacerle creer que tenía el triunfo


asegurado por «las leyes de la historia». En su
inacabado «Libro de los pasajes» lo razonaba
históricamente: el concepto de progreso tuvo
una función crítica hasta la Ilustración, pero en
el siglo XIX, con el triunfo de la burguesía, ésta
lo desnaturalizó y, auxiliada por la doctrina de
la selección natural, «ha popularizado la idea
de que el progreso se realiza automáticamen­
te». Lo cual resulta una forma muy eficaz de
despolitizarlo y de incitar a los hombres a la in­
acción, como lo hacen, de otro modo, aquellos
que interpretan hoy el progreso en función ex­
clusivamente de los avances de la ciencia y de
la tecnología.
La linealidad de este modelo está asociada
a una práctica errónea de los historiadores, que
los lleva a proceder a partir de un análisis abs­
tracto hacia el dato puntual, coleccionando he­
chos que puedan encajarse en el lugar que se les
ha asignado previamente en un modelo inter­
pretativo. Guando lo que convendría es, por el
contrario, comenzar por el hecho concreto, por
el acontecimiento con todo lo que tiene de com­
plejo y peculiar.
Quisiera explicarlo con una imagen. El his­
toriador acostumbra a proceder como quien re­
suelve un rompecabezas, un puzzle, valiéndose
de un modelo que le muestra las líneas genera­
les de la solución, y va buscando el lugar con­
creto en que las líneas de la pieza, esto es las
características del acontecimiento o del dato,
encajan con exactitud, lo cual le sirve para con­
¿Qué historia para el siglo X X I? 75

firmar -o en todo caso para revisar- la validez


de la solución anticipada, del modelo interpre­
tativo que ha adelantado como hipótesis de par­
tida. Pero un acontecimiento no es una pieza
plana que pueda explicarse por completo a par­
tir de este ajuste, sino un poliedro, un cuerpo de
tres dimensiones con un gran número de caras,
una de las cuales encaja en el modelo de nues­
tro rompecabezas, mientras que las otras lo si­
túan en un haz de diversas relaciones y deter­
minan que pueda encajar en otros tantos mode­
los, en otros tantos rompecabezas. Si partimos
de la solución preestablecida, sólo veremos esta
dimensión plana de los hechos; si partimos del
acontecimiento, podremos distinguir la diversi­
dad de los planos que se entrecruzan en él y es­
coger los que nos aporten perspectivas más in­
teresantes.
Esta práctica respondería a la incitación de
Edward Thompson para que busquemos en el
archivo «la realidad ambigua y ambivalente», o
a la de Walter Benjamin, que quería un método
de trabajo capaz de asociar el rigor de la teoría
con la «visibilidad» de la historia: un método
que hiciese posible «descubrir en el análisis del
pequeño momento singular el cristal del acon­
tecimiento total».
La linealidad es, de hecho, una consecuen­
cia necesaria del «fin de la historia» propugna­
do por una burguesía triunfante que tiene inte­
rés en hacernos creer en la existencia de un úni­
co orden final de las cosas, al cual han de tender
naturalmente todas las líneas de evolución, ocul­
76 Josep Fontana

tando que «los conceptos de la clase dominante


han sido siempre los espejos gracias a los cuales
se ha venido a constituir la imagen de un or­
den».
La linealidad exige, por fuerza, la idea de
continuidad: «La celebración o la apología -dice
Benjamin- se esfuerzan en ocultar los momen­
tos revolucionarios en el curso de la historia. Lo
que quiere en su corazón es fabricar una conti­
nuidad. No da por esto importancia más que a
aquellos elementos de la obra que han entrado
ya a formar parte de su influjo posterior. Olvida
en cambio los puntos en que la tradición se inte­
rrumpe y las rupturas y asperezas que ofrecen
apoyo a quien se propone ir más allá». Hay que
arrancar la época de esta «continuidad cosifica-
da» y hacer explotar su homogeneidad «llenán­
dola con las ruinas, esto es con el presente». Po­
dremos así superar la idea de progreso con la
de «actualización» y aprender a aproximarnos
a lo que ha sido, «tratándolo, no de manera his-
toriográfica, como hasta ahora se ha hecho, sino
de manera política, con categorías políticas».
Abandonar la linealidad nos ayudará a su­
perar, no solo el eurocentrismo, sino también el
determinismo. Al proponer las formas de desa­
rrollo económico y social actuales como el pun­
to culminante del progreso -como el único pun­
to de llegada posible, pese a sus deficiencias y a
su irracionalidad-, hemos escogido de entre to­
das las posibilidades abiertas a los hombres del
pasado tan sólo aquellas que conducían a este
presente y hemos menospreciado las altemati-
¿Qué historia para el siglo X X I? 77

vas que algunos propusieron, o intentaron, sin


detenernos a explorar las posibilidades de futu­
ro que contenían.
Renunciando a esta visión que ha servido
para justificar, como necesarios e inevitables,
tanto el imperialismo como las formas de desa­
rrollo con distribución desigual, podríamos ayu­
dar a construir interpretaciones más realistas,
capaces de mostrarnos no sólo la evolución si­
multánea de líneas diferentes, sino el hecho de
que en cada una de ellas, incluyendo la que aca­
baría dominando, no hay un avance continuo
en una dirección, sino una sucesión de ruptu­
ras, de bifurcaciones en que se pudo escoger
entre diversos caminos posibles, y no siempre
se eligió el que podía haber sido el mejor en tér­
minos del bienestar del mayor número posible
de hombres y mujeres, sino el que convenía -o
por lo menos el que parecía convenir- a aque­
llos grupos que disponían de la capacidad de
persuasión y de la fuerza represiva necesarias
para decidir: «resulta de un interés vital reco­
nocer un punto determinado de desarrollo como
una encrucijada».
Contra la historia que pretendía explicar las
cosas «tal como han pasado» -esto es, del único
modo en que podían pasar- Benjamín proponía
al historiador que trabajase como el físico en la
desintegración del átomo, con el fin de liberar
las enormes fuerzas que han quedado atrapa­
das en la explicación lineal de la historia, que
habría sido «el narcótico más poderoso de nues­
tro siglo».
78 Josep Fontana

Abandonadas en las bifurcaciones en que


se tomó una opción -en las encrucijadas en que
se escogió uno u otro camino-, o entre el bagaje
de los que fueron derrotados por unos vence­
dores que después han reescrito la historia para
legitimar su triunfo, hay muchas cosas que me­
rece la pena recuperar. No es lícito pensar, para
poner un solo ejemplo, que el fracaso de los re­
gímenes de la Europa oriental a fines del siglo
XX transforme en menospreciables las esperan­
zas y los esfuerzos de todos los hombres y mu­
jeres que han luchado desde hace siglos para
conseguir una sociedad más igualitaria. El lega­
do de éstos forma parte, con muchos otros, de
las «enormes fuerzas» olvidadas en los rinco­
nes de una narración lineal del pasado: de una
pretendida historia de progreso que, encima,
termina mal.
Llevar a la práctica el proyecto de escribir
esta nueva clase de historia nos obligará a cam­
biar muchas de las normas habituales de nues­
tro trabajo. Tendremos que desintegrar el tipo
de continuidad histórica falaz que se construye
habitualmente en función de la voluntad de es­
tablecer una genealogía, esto es una justificación,
del objeto histórico que nos hemos propuesto
explicar.
Ranahit Guha ha denunciado una de estas
falsas continuidades, tal vez la más frecuente y
perniciosa: la de quienes crean esquemas inter­
pretativos que tienen como fundamento esen­
cial legitimar retrospectivamente las construc­
ciones estatales y la estructura del poder social
¿Qué historia para el siglo X X I? 79

de nuestro tiempo. Guha examina las conven­


ciones que hacen que se considere determina­
dos acontecimientos y hechos como «históricos»,
lo que significa que se los ha escogido para la
historia. Pero ¿quién los designa para esta fun­
ción? Hay una discriminación en la selección que
se hace de acuerdo con valores y criterios que
no se especifican. Pero, si se mira con atención,
no es difícil advertir que la autoridad que con­
duce la operación es, en la mayor parte de los
casos, una ideología que piensa que la vida del
estado es central para la historia y que, en con­
secuencia, sólo considera interesantes los hechos
que se refieren a ella.
Esta tradición de «estatismo» arranca de los
orígenes del pensamiento histórico moderno con
el renacimiento italiano y el ascenso de la bur­
guesía en Europa durante los tres siglos siguien­
tes no hizo más que reforzarla, de modo que la
política «oficial» -la política del estado- se con­
virtió en la sustancia misma de la historia, que
desde el siglo XIX se integró en el sistema aca­
démico con sus programas y con una profesión
dedicada a propagarlos en la enseñanza y a tra­
vés de la producción de trabajos escritos.
Ver el conjunto de los hechos, enumerar «los
acontecimientos sin distinguir los pequeños de
los grandes», tomando conciencia de que nada
de lo que ha sucedido se ha perdido para la his­
toria, corresponde a «la humanidad redimida»,
dijo Benjamin: «eso significa que sólo la huma­
nidad redimida puede citar el pasado en cada
uno de sus momentos». Para ello se necesita,
80 Josep Fontana

para empezar, un tipo de escritura que sea ca­


paz de escuchar y transcribir a la vez las diver­
sas voces de la historia, no sólo las de los diri­
gentes.
La solución es muy compleja. Porque resul­
ta fácil decir que lo que queremos es una espe­
cie de historia coral; pero el problema mayor es
el de poner orden en la multitud de narraciones
que se nos ofrecen con este método para conse­
guir algún tipo de síntesis. Un método que res­
pondiese a estos planteamientos -y que haría de
entrada muy difícil la pretensión de construir
una «historia universal»- nos obligaría a una
investigación mucho más compleja y a inventar
un tipo de relato polifónico que, sin olvidar el
hilo conductor del «estado» -porque, se quiera
o no, el papel del poder hay que tenerlo siem­
pre presente-, escogiese el número suficiente de
las voces altas y bajas, grandes y pequeñas, de
la historia para articularlas en un coro más sig­
nificativo que las visiones tradicionales que nos
hablan de los soberanos y de sus conquistas y
olvidan a los campesinos que pagaron con su
esfuerzo el coste de los ejércitos que les permi­
tieron ganar las batallas. O que las de una histo­
ria social que hace de los campesinos los prota­
gonistas -lo cual significa un avance en el terre­
no de la representatividad, puesto que son mu­
chos más que los soberanos- pero no nos dice
nada de los que, haciendo las leyes y exigiendo
los impuestos, determinaron buena parte de sus
vidas. La forma de relato que habrá de incluir a
los unos y a los otros -y muchas más voces toda­
¿Qué historia para el siglo X X I? 81

vía- en pie de igualdad, sin instrumentalizarlas


(sin contentarse con subordinar los campesinos,
ni que sea como víctimas, a la historia de los re­
yes) está aún por inventar, y es más que proba­
ble que requiera muchas experiencias y tanteos
hasta llegar a alcanzar la eficacia necesaria.
Construyendo esta clase de historia nos
aproximaremos, sin duda, a crear una memoria
colectiva que tenga una auténtica utilidad so­
cial. Me explicaré. Sabemos hoy que la memo­
ria personal de cada ser humano no es un depó­
sito de representaciones -a modo de un alma­
cén de imágenes fotográficas más o menos bo­
rradas por el tiempo- sino un complejo sistema
de relaciones que tiene un papel esencial en la
formación de la conciencia. Los neuorobiólogos
nos dicen que la conciencia se vale de la memo­
ria para evaluar las situaciones a que ha de en­
frentarse mediante la construcción de un «pre­
sente recordado», que no es la evocación de un
momento determinado del pasado, sino la ca­
pacidad de poner enjuego experiencias previas
para diseñar un escenario al cual puedan incor­
porarse también los elementos nuevos que se nos
presentan.
Del mismo modo los historiadores, al tra­
bajar con la memoria colectiva, no se dedican a
recuperar del pasado verdades que estaban en­
terradas bajo las ruinas del olvido, sino que usan
su capacidad de construir «presentes recorda­
dos» para contribuir a la formación de la clase
de conciencia colectiva que corresponde a las
necesidades del momento, no sacando lecciones
82 Josep Fontana

inmediatas de situaciones del pasado que no han


de repetirse, como se suele pensar, sino creando
escenarios en que sea posible encajar y interpre­
tar los hechos nuevos que se nos presentan: es­
cenarios en que el pasado se ilumina en el mo­
mento de su cognoscibilidad, cuando «se pre­
senta de improviso al sujeto histórico en el mo­
mento del peligro».
Porque, se quiera o no, se sea o no consciente
de ello, el historiador trabaja siempre en el pre­
sente y para el presente: «Los acontecimientos
que rodean al historiador, y en los que éste toma
parte personalmente -ha dicho Benjamín- están
en la base de su exposición como un texto escri­
to en tinta invisible. La historia que somete al
lector viene a representar algo así como el con­
junto de las citas que se insertan en este texto, y
son tan sólo estas citas las que están escritas de
un modo que todos pueden leer».
Todas estas propuestas de revisión teórica,
todos estos planos todavía confusos de caminos
que apuntan al futuro, no se los presento como
elementos de un debate académico, y mucho
menos aun como recetas preparadas para apli­
carlas inmediatamente al trabajo, sino como una
contribución al necesario esfuerzo colectivo de
reconstruir una práctica que nos permita aproxi­
mamos de nuevo, eficazmente, a los problemas
de nuestras sociedades y de nuestro tiempo.
En la medida en que el historiador es quien
conoce mejor el mapa de la evolución délas so­
ciedades humanas, quien sabe la mentira de los
signos indicadores que marcan una dirección
¿Qué historia para el siglo X X I? 83

única y quien puede descubrir el rastro de los


otros caminos que llevaban a destinos diferen­
tes, y tal vez mejores, es a él a quien correspon­
de, mas que a nadie, la tarea de denunciar los
engaños y reavivar las esperanzas de que pode­
mos, como dijera Tom Paine, «volver a empe­
zar el mundo de nuevo».
Conscientes de la trascendencia que pue­
den tener estas visiones de pasado que nutren
las memorias colectivas, no es lícito que nos des­
entendamos del problema de los usos de la his­
toria en nombre de una imposible neutralidad
que, por otra parte, no impedirá que «los pode­
res» sigan haciendo un uso adoctrinador de ella.
En las circunstancias confusas y difíciles del pre­
sente, a los historiadores nos corresponde com­
batir, armados de razones, los prejuicios basa­
dos en lecturas malsanas del pasado, a la vez
que las profecías paralizadoras de la globaliza-
ción. De este modo contribuiremos a limpiar de
maleza la encrucijada en que nos encontramos
y ayudaremos a que se perciban con mayor cla­
ridad los diversos caminos que se abren ante
nosotros y a que entre todos escojamos los que
puedan conducirnos al ideal de una sociedad
en que, como dijo un gran historiador, haya «la
mayor igualdad posible, dentro de la mayor li­
bertad posible».
Este es un objetivo que muchos seguimos
creyendo lícito, aunque se haya pretendido des­
calificarlo. En la lucha por construir una socie­
dad como ésta hemos perdido muchas batallas
e incluso alguna guerra. No ha de sorprender
84 Josep Fontana

que muchos hayan creído que el triunfo era im­


posible y hayan abandonado el combate, sin
darse cuenta de que, incluso habiendo perdido,
se ha conseguido cambiar muchas cosas que ya
no volverán a ser como eran en el pasado. Así lo
entendía también William Morris cuando, en
1887, al conmemorar una de estas grandes de­
rrotas colectivas, escribía: «La Commune de Pa­
rís no es otra cosa que un eslabón en la lucha
que ha tenido lugar a lo largo de la historia de
los oprimidos contra los opresores; y sin todas
las derrotas del pasado no tendríamos la espe­
ranza de una victoria final».
No estoy seguro de que hoy pensemos en
una victoria final -esta ilusión era también hija
de las falacias del progreso lineal-, sino que as­
piramos, más modestamente, a algunos logros,
por parciales que sean, que, con todo, habrán
valido el esfuerzo y la lucha. Y pienso que, a
pesar de las derrotas, ha merecido la pena in­
tentarlo, y que es necesario que sigamos en ello.
Porque, como dijo Paul Eluard: «Aunque no
hubiese tenido en toda mi vida más que un solo
momento de esperanza, hubiese librado este
combate. Incluso si he de perderlo, porque otros
lo ganarán. Todos los otros».
3

PRESEN TE Y FUTUR O
DE LA HISTORIA ECONÓM ICA

uisiera reflexionar acerca de la realidad de


Q la historia económica en este tiempo de
desconcierto intelectual en que vivimos y acer­
ca de sus posibilidades de futuro. Algo que po­
dría presentarse como la respuesta a una pre­
gunta: ¿Qué puede hacer hoy el historiador de
la economía, situado entre sus colegas los histo­
riadores «generalistas», que parecen haber per­
dido el rumbo, y unos economistas que empie­
zan a hacerse preguntas sobre el sentido de su
trabajo?
El desconcierto de los historiadores es tan
evidente que no merece la pena dedicar mucho
tiempo a esta cuestión. Abandonaron el cultivo
de la historia económica y social para ocuparse
fundamentalmente de la cultura y han acabado
pasando del estudio de la cultura como produc­
to de la sociedad, que era un proyecto razona­
ble, al de «la construcción cultural de la reali­
dad»1. Incapaces de escapar de la cárcel de las
palabras se interesan más en el estudio de los
86 Josep Fontana

discursos que en el de los hechos. Se les puede


aplicar lo que Czeslaw Milosz ha escrito acerca
de estos tiempos en que «una palabra no se re­
fiere a una cosa, por ejemplo a un árbol, sino a
un texto sobre un árbol, el cual fue a su vez en­
gendrado por otro texto sobre un árbol»2. En la
historia postmoderna no hay hombres ni muje­
res que trabajen, coman o tengan hambre, naz­
can o mueran... Se han convertido en espectros
y, con ello, ha dejado de tener sentido su propia
historia.
He dicho también que hay economistas que
expresan dudas sobre el camino que está si­
guiendo su disciplina, que parece estar aleján­
dose de los grandes problemas de la realidad,
que son cada vez más complejos y evolucionan
a un ritmo cada vez más rápido, mientras los
celadores de la ortodoxia económica se dedican,
y cito la frase de un gran economista, «a buscar
las vaciedades de un puro rigor abstracto»3. En
1988 un grupo de economistas italianos de es­

1. Mark Poster, Cultural history and postmodernity, New


York, Columbia University Press, 1997, p. 3; Patrick Jo-
yce, «The return of history: postmodernism and the po-
litics of academic history in Britain», Past and Present,
158 (febr.1998), pp. 207-235 (cita de p.229). La expresión
citada literalmente es de Peter Burke en Times Literary
Supplement, 26 de noviembre de 1993, p. 30.
2. Czeslaw Milosz, Road-side dog, New York, Farrar,
Straus and Giroux, 1998, p. 30.
3. La crítica la hacía ya Leontieff en 1971 («Theoretical
assumptions and non-observed facts»), la repite Teren-
ce Hutchinson (The uses and abuses ofeconomics, Londres,
Routledge, 1994), observando que la elegancia y el ri­
Presente y futuro de la historia económica 87

cuelas y tendencias diversas publicaba un lla­


mamiento angustiado en que denunciaban la
reducción de su trabajo a la elaboración de ins­
trumentos analíticos cada vez más refinados,
olvidando que el objetivo principal de la econo­
mía había de ser «la comprensión de los proble­
mas de la sociedad en su concreción e integridad,
en su perspectiva histórica y en su marco institu­
cional»4.
En una línea semejante, pero de manera más
enfática, se manifestaron en junio del año 2000
un grupo de estudiantes franceses de economía
que redactaron una petición en que se quejaban
del estado actual de la ciencia económica: del
uso indiscriminado de las matemáticas y de la
«dominación represiva» de la economía neoclá­
sica con exclusión de otros enfoques alternati­
vos de carácter crítico. Los estudiantes les pe­
dían a sus maestros que se enfrentasen a los he­
chos empíricos y a lo concreto, y que aceptasen
el pluralismo de enfoques adaptados a la com­
plejidad de los objetos económicos y a la incerti-
dumbre que envuelve la mayor parte de las
grandes cuestiones económicas: que hicieran
cambios y reformas «para rescatar la economía

gor deductivo se obtienen habitualmente en el análisis


económico a costa de una simplificación que lo con­
vierte en irrelevante para un uso práctico. En un sentido
semejante las contribuciones de Arrow y de Solow a
W.N.Parker, ed., Economic history and the modem econo-
mist, Oxford, Blackwell, 1986.
4. «Studiosi di economía política», en La Repübblica, 30
de septiembre de 1988, p. 10
88 Josep Fontana

de su estado autista y socialmente irresponsa­


ble». La petición puso en marcha el Movimien­
to por una economía postautista que ha comen­
zado a extenderse por el mundo entero entre
grupos de estudiantes y profesores contestata­
rios, que en otro tiempo hubiéramos caracteri­
zado simplemente como «de izquierda».
Hoy el movimiento por una economía pos­
tautista publica una revista electrónica que se
difunde en ciento veinte países distintos, don­
de tiene buen número de seguidores entre es­
tudiantes y profesores. En España, por ejem­
plo, el grupo de la Universidad Autónoma de
Madrid ha publicado un manifiesto en que de­
nuncia «el distanciamiento de la realidad en
la enseñanza de la economía política» y rei­
vindica el pluralismo en la docencia de la eco­
nomía.
El tono crítico, desde un punto de vista po­
lítico y social, que tienen normalmente los escri­
tos de los cultivadores de esta «economía pos­
tautista» puede explicar la respuesta desconfia­
da que les ha dado el premio Nobel de econo­
mía Robert Solow, quien ha dicho que, en efec­
to, el modelo neoclásico tradicional que critican
los jóvenes postautistas no es válido, pero que
en realidad la propia economía neoclásica lo ha
criticado y superado y que hoy estudia merca­
dos incompletos, competencia imperfecta, pre­
cios rígidos, información asimétrica y otras com­
plejidades. Lo que ha llevado a que Hilary Put-
nam diga que la economía neoclásica «tiene un
doble juego de libros, como las empresas que
Presente y futuro de la historia económica 89

defraudan en el pago de impuestos». Un juego


destinado a los estudiantes, los políticos y los
periodistas que habla de un óptimo social con
competencia perfecta y mercado libre. Y otro,
más realista, que es el que se muestra cuando
los críticos denuncian las simplificaciones del
primero5.
La idea de una ciencia económica deducti­
va y matemática surgió en los Estados Unidos
como un intento de aproximarse a la realidad,
después de la amarga experiencia del crash de
1929, que puso en evidencia la escasa fiabilidad
de los métodos de previsión existentes y llevó a
la formación de la Comisión Cowles, que se con­
virtió, después de la segunda guerra mundial,
en un centro impulsor de los contactos entre los
economistas académicos y los centros directo­
res de la política y de los negocios.
El propio prestigio que había conseguido
la economía en estos años fue responsable de su
inmovilismo posterior, cuando, tratando de es­
capar de la crisis de las ciencias sociales después
de 1945, sus cultivadores pretendieron salvarse
conservando la versión canónica de la discipli­
na, a costa, dice Hollinger, de «evitar las com­
plejidades del mundo real con la misma deter­
minación con que un metodista evita una taber­
na»6. Y, si bien lograron obtener resultados bri-

5. Cita de la Newsletter de economía postautista, No. 9


pae_neios@btintemet.com .
6. David A.Hollinger, «The disciplines and the identity
debates, 1970-1995», en Bender y Schorske, American aca-
demic culture in transition, pp. 353-371.
90 Josep Fontana

liantes, sobre todo en el campo de la microeco-


nomía, donde se puede proceder con un núme­
ro de variables manejable, tuvieron menos éxi­
tos con problemas que, como sucede con la ma­
yoría de los que se presentan en el mundo real,
no pueden analizarse eficazmente si se simplifi­
can en exceso. Porque, como les recuerda Ro-
bert Solow a quienes pretenden trabajar en este
campo como si fuese una ciencia exacta, no hay
unas leyes de la economía válidas para cualquier
tiempo y lugar y «la parte de la economía que es
independiente de la historia y del contexto so­
cial no sólo es limitada sino carente de interés»7.
El uso de un instrumental analítico de ca­
rácter matemático es fundamental, pero con fre­
cuencia el lenguaje matemático se utiliza para
escapar de la confrontación con el de la vida
cotidiana, que pondría al descubierto la vacui­
dad de lo que, adecuadamente disfrazado, se
puede hacer pasar por teoría. Paul Krugman ha
denunciado que mucho de lo que los economis­
tas actuales hacen es «usar matemáticas orna­
mentales para decir cosas que podrían haberse
expresado igualmente en un lenguaje más llano
-o, en ocasiones, para decir cosas que hubieran
parecido tonterías si su significado no estuviese
oscurecido por las matemáticas»8.
7. Robert M.Solow, «How did economics get that way
and what way did it get?» en Bender y Schorske, Ameri­
can academic culture in transformation, pp. 57-76 (cita de
p. 74); C.P. Kindleberger, Economic laws and economic
history, Cambridge, Cambridge University Press, Í988.
8. Paul Krugman, The accidental theorist. Essays on the
dismal science, New York, Norton, 1998, p. VIII.
Presente y futuro de la historia económica 91

Pero no es de los problemas de la teoría eco­


nómica que quiero hablar, ni tengo competen­
cia para hacerlo. Lo que me importa, y es aque­
llo de que me ocuparé, son las consecuencias de
esta situación en el campo de la historia econó­
mica.
Las relaciones entre historia y teoría econó­
mica son tan viejas que arrancan por lo menos
de David Hume y Adam Smith; pero fue sobre
todo el estudio de las fluctuaciones y del ciclo el
que llevó a una primera y fecunda asociación,
de la que son muestra libros como, por citar un
solo ejemplo, Industrial fluctuations de Pigou
(1927). Tras la segunda guerra mundial esta vin­
culación se mantuvo en los estudios sobre el cre­
cimiento económico y la industrialización, en
obras como las de Alexander Gerschenkron, que
escribió textos muy interesantes acerca de los
problemas metodológicos y filosóficos de la his­
toria y que, a través del «Workshop of history»
de su cátedra de economía en Harvard, influyó
decisivamente en el nacimiento de la «New eco-
nomic history» o historia econométrica.
No es este el momento de recordar los ini­
cios de la escuela, con los libros de Conrad y
Meyer sobre la esclavitud y de Robert W. Fogel
y Albert Fishlow sobre los ferrocarriles y el cre­
cimiento económico norteamericano. Desde
1966 los trabajos de «cliometría» comenzaron a
proliferar, sobre todo en los Estados Unidos,
donde el Journal ofEconomic History se convirtió
en una especie de órgano oficioso de la escuela,
mientras los cultivadores de una historia eco­
92 Josep Fontana

nómica menos formalizada, pero más capaz de


plantearse los grandes problemas del crecimien­
to económico, seguían dominando en Europa,
en revistas como la británica Economic History
Review. La progresiva especialización de los clió-
metras, y la naturaleza limitada de los proble­
mas que planteaban, les alejaron gradualmente
del resto de los historiadores, y aun más de un
público que encontraba difíciles y poco atracti­
vos sus trabajos.
La necesidad de pasar de los problemas
concretos que se podían resolver con el material
cuantitativo disponible a las grandes cuestiones
históricas para la que no se disponía de una evi­
dencia serial suficiente -o que hubiese requeri­
do el estudio simultáneo de un número dema­
siado elevado de variables- estimuló la apari­
ción de una «novísima historia económica», li­
gada a la «economía institucional», que no se
preocupaba tanto de la medición como de esta­
blecer razonamientos deductivos a partir del
estudio de las instituciones, de los costes de
transacción (de los costes de especificar y ha­
cer cumplir los contratos) y de los derechos de
propiedad, que tendría su máximo exponente
en Douglass C. North, quien consideraba que
un elemento esencial de los sistemas politico­
económicos eran las «creencias» que sostienen
sus miembros, en especial los dirigentes políti­
cos y económicos que «conducen a lo largo del
tiempo a la formación de una estructura elabo­
rada de instituciones, tanto con reglas formales
como con normas informales, que determinan
Presente y futuro de la historia económica 93

conjuntamente los resultados políticos y econó­


micos». Parece, sin embargo, que a North la ex­
periencia de la realidad económica le ha lleva­
do a una moderación que lo sitúa lejos del sim­
plismo neoliberal dominante en la secta. En lu­
gar de creer que todo se ha hecho de la manera
mejor y más racional posible, piensa que «la his­
toria económica es un interminable relato depri­
mente de errores que han conducido a hambre,
agotamiento, engaño, guerra, muerte, estanca­
miento económico y decadencia y a la desapari­
ción de civilizaciones enteras», y que no hay
posibilidad de hacer «predicciones inteligentes
sobre el cambio a largo plazo», porque las reali­
dades son complejas y las condiciones cambian,
lo cual hace necesaria la clase de observación
que es propia del historiador9.
No fue, sin embargo, esta visión pondera­
da la que se dio en la mayor parte de los histo­
riadores que en los años setenta cayeron en la
tentación de apuntarse a una disciplina que se
presentaba como «una forma de teoría neoclási­
ca aplicada»10. Adoptaron su cuerpo teórico
como base esencial de su trabajo y generaliza­

9. Douglass C. North y Robert P. Thomas, The rise ofthe


western world. A New Economic History, Cambridge, Cam­
bridge University Press, 1973; Institutions, institutitional
change and economic performance, Cambridge, Cambrid­
ge University Press, 1990. Las últimas observaciones son
de Understanding the process of economic change, Londres,
Institute of Economic Affairs, 1999 (citas de las pp. 11,
18 y 23).
10. Peter Temin en New Economic History, H ar-
mondsworth, Penguin, 1973, p. 8.
94 Josep Fontana

ron el uso de métodos econométricos, lo qúe les


permitió permanecer en los departamentos de
Economía y ver como la cliometría era aceptada
por los economistas como «una parte integral
de la disciplina». A cambio de renunciar, en con­
trapartida, a su identidad y de que sus cultiva­
dores se convirtieran en simples ilustradores de
una teoría que otros elaboraban, lo cual ha aca­
bado reduciéndolos a miembros marginales y
prescindibles de estos departamentos.
La escasa entidad de su aportación al cam­
po de la teoría económica se evidencia, por ejem­
plo, en lo poco que han ayudado a resolver el
reto de integrar en el análisis económico la con­
sideración de lo político, que resulta demasiado
complejo como para reducirlo a los costes de
transacción y a los derechos de propiedad, que
es a lo que suele limitarse una historia económi­
ca institucional neoclásica, sino que exigiría to­
mar en cuenta que, como ha escrito Robert So-
low, «toda actividad económica está inmersa en
una red de instituciones sociales, costumbres,
creencias y actitudes», que de ello se derivan
diferencias entre situaciones distintas en un
momento dado -ya que los hombres viven en
sociedades distintas y actúan en cada una de
ellas de acuerdo con escalas de valores, hábitos
y códigos que les resultan tan reales como las
mismas condiciones físicas- y que la influencia
que estos factores ejercen sobre los resultados
puede ser decisiva a largo plazo11.
11. Robert E. Solow, «Economics: is something missing?»,
en William N. Parker, ed., Economic history and the mo-
Presente y futuro de la historia económica 95

Los propios economistas han denunciado


la insuficiencia de la aportación de los clióme-
tras. Si Snooks les reprocha que hayan «cedido
a la tentación de explicar a los economistas lo
que quieren oír -una historia sobre la simplici­
dad causal del proceso de cambio- en lugar de
la que los economistas necesitarían escuchar,
que es la que habla de la complejidad y sutile­
za del mundo real»12, Robert Solow, que había
escrito en 1986 que los historiadores de la eco­
nomía no le estaban ofreciendo al teórico otra
cosa que el mismo menjurje rutinario que éste
ya produce por su cuenta -¿«Por qué voy a
creerme -escribe- cuando se aplica a unos da­
tos insuficientes del siglo XVIII algo que no me
convence cuando se elabora con los datos más
ricos del siglo XX?»-, repetía en 1997 sus que­
jas por la falta de creatividad de los historiado­
res con estas palabras: «Tengo la decepcionan­
te impresión de que se inclinan en exceso a
aceptar los modelos diseñados por los econo­
mistas de fines del siglo XX para aplicarlos sin

dem economist, Oxford, Blackwell, 1987, pp. 21-29, citas


de pp. 22 y 15; en el mismo volumen un texto de Kenne-
th Arrow, «History: the view from economics» (pp. 13-
20) donde se dice que «las diferencias culturales entre
naciones, con todas las implicaciones para la política y
la economía, son precipitaciones de acontecimientos del
pasado, con frecuencia de un pasado distante».
12. G. D. Snooks, «What should economists be told about
the past? A review article», en Austrálian Economic His­
tory Review, XXX, No. 2 (septiembre de 1990), pp. 89-94
(cita de p. 94).
96 Josep Fontana

ningún tipo de crítica a los datos de otros luga­


res y otros tiempos»13.
Los cliómetras han vivido unas décadas fe­
lices, convencidos de que el futuro era suyo. Es
cierto que eran ignorados por los historiadores
generales, pero ellos les replicaban con su me­
nosprecio. También lo es, y esto resultaba más
grave, que les ignoraba el público general, que
encuentra aburridos sus libros, pero se consola­
ban diciéndose que eso ocurría porque sus es­
critos eran demasiado científicos para el vulgo
(pero no debía ser tan sólo por eso, cuando un
economista como Solow ha dicho, refiriéndose
a estos trabajos: «Dejando aparte otras conside­
raciones, no resulta nada divertido leerlos»)14.
La situación actual de esta versión de la his­
toria económica no es muy optimista. Christo-
pher Lloyd nos dice que está desapareciendo
institucionalmente en una serie de países y de­
nuncia que el panorama intelectual que se ad­
vierte en las reuniones de la disciplina es decep­
cionante, con congresos en que se presentan co­
municaciones que no van más allá del uso de la
teoría neoclásica ortodoxa para llegar «a conclu­
siones sobre la validez estadística de conjunto
de datos», en medio de voces que se lamentan
por el hecho de no atraer a más historiadores a
sus reuniones.

13. Robert M. Solow, «How did economics get that way


and what way did it get?», en Bender y Schorske, Ameri­
can academic culture, pp. 57-76 (cita de p. 72).
14. Solow, «Economics... », p. 26.
Presente y futuro de la historia económica 97

Lo que ocurre es que al cabo de más de trein­


ta años de «new economic history» -que ya em­
pieza a no ser tan «nueva»- las promesas inicia­
les de los estudios de Conrad y Meyer o de Fo-
gel no se han cumplido. Muchos de los trabajos
posteriores no han sido más que elaboraciones
cuantitativas sobre viejos datos, que no entran
jamás en contacto con el hecho bruto tal como
surge del archivo, donde, como decía Edward
P. Thompson, «se encuentra la evidencia enig­
mática y ambivalente», porque ésta evidencia
se presta mal a manipulaciones elementales. Se
limitan a usar datos cuantitativos de segunda
mano, sin plantearse problemas acerca de su
validez y de su significado real: el precio del tri­
go en una ciudad determinada en un año con­
creto, por ejemplo, se convierte en un «hecho»
que se incorpora a un modelo sin discutirlo, ig­
norando que no existe el trigo, sino clases muy
distintas de trigo, que el precio de un año suma
el de dos cosechas diferentes o que el que obtie­
ne el campesino endeudado, obligado a vender
en los momentos de mayor competencia, es muy
distinto al que conseguirá el traficante que lo
puede almacenar para aguardar precios más al­
tos, por citar tan sólo unas pocas de las muchas
peculiaridades que pueden acabar redondeán­
dose en la cifra media de un precio anual15.

15. Véase, por ejemplo, E. A. Wrigley, «Algunas reflexio­


nes sobre la producción y los precios del grano en las
economías preindustriales», en Gentes, ciudades y rique­
za, Barcelona, Crítica, 1992, pp. 134-185.
98 Josep Fontana

Si al manejo de datos mal entendidos le


añadimos el riesgo de operar con ellos a medio
y largo plazo, sin tomar en cuenta los cambios
que se producen en las condiciones sociales -ol­
vidando, y vuelvo a citar a Solow, que «la vali­
dez de un modelo económico puede depender
del contexto social»- nos encontraremos en la
situación que el propio Solow nos describe al
decir que «un poco de habilidad y de persisten­
cia nos puede llevar al resultado que desee­
mos»16.
Presos en el terreno de la abstracción, el re­
finamiento de los instrumentos matemáticos lle­
va, paradójicamente, a los cliómetras a una sim­
plificación cada vez mayor, lo cual perpetúa su
exilio de la vida real y les dificulta seguir los
caminos de la teoría económica cuando ésta se
aparta del terreno tradicional. Un excelente
manual de cliometría llega a considerar los mo­
delos de trayectorias dependientes (path-depen-
dents) que toman en consideración «los peque­
ños acontecimientos históricos que pueden pro­
vocar fenómenos de coherencia capaces de de­
terminar unívocamente el resultado final del
proceso», pero se ve obligado a añadir que «aún
se encuentran en fase experimental en el plano
teórico, y las aportaciones empíricas son esca­
sas»17. Es el miedo a abandonar la seguridad de

16. Solow, «Economics...», citas de pp. 28 y 22.


17. Alberto Baccini y Renato Giannetti, Cliometría, Bar­
celona, Crítica, 1997, p.180.
Presente y futuro de la historia económica 99

las relaciones lineales para enfrentarse a lo acci­


dental y a lo contingente18.
La consideración de la contingencia es, pre­
cisamente, lo que está reintroduciendo un senti­
do de historicidad en las ciencias naturales. Un
premio Nobel de química, Ilya Prigogine, ha es­
crito que «tanto en dinámica clásica como en fí­
sica las leyes fundamentales expresan hoy posi­
bilidades y no ya certezas. Tenemos no sólo le­
yes, sino acontecimientos que no pueden dedu­
cirse de las leyes»19; algunos científicos natura­
les afirman hoy que «la naturaleza está consti­
tuida por acontecimientos y por las relaciones
entre ellos tanto como por sustancias o partícu­
las separadas», lo que les lleva a afirmar que «la
historicidad es una característica importante de
la ciencia»20. Un biólogo nos dice que «nada en
la biología tiene sentido si no es a la luz de la
historia» y otro nos asegura que su disciplina
está abandonando «la fútil búsqueda de leyes»
y haciéndose cada vez más histórica (literalmen­

18. Como lo intentaron Paul David en «Clio and the eco­


nomics of QWERTY », en American Economic Reviezv, 75
(1985), pp. 332-337, o David S.Landes en «What room
for accident in history?: explaining big changes by sma-
11 events», en Economic History Review, XLVII, 4 (1994),
pp. 637-656.
19. I. Prigogine: La fin des certitudes, París, Odile Jacob,
1996, p.14.
20. John Cornwell, en el prefacio a Nature's imagination.
The frontiers ofscientific visión, Oxford, Oxford Universi-
ty Pres, 1995, p. V.
100 Josep Fontana

te: «Muchos biólogos moleculares están convir­


tiéndose en historiadores aunque les pese»)21.
A lo cual podemos añadir las afirmaciones
de un paleontólogo como Stephen Jay Gould,
quien nos dice, desvaneciendo los sueños de los
cientifistas, que «los seres humanos son conta­
dores de historias por naturaleza» y que «orga­
nizamos el mundo como un conjunto de rela­
tos»22. No ha de extrañar que todo esto haya ser­
vido para que algunos historiadores de la eco­
nomía apunten la conveniencia de que las cien­
cias sociales abandonen también las falacias de
la teleología y el progreso, tomen ejemplo de
visiones como la de la «teoría del equilibrio pun­
tuado de Gould»23 y se abran a las perspectivas
que ofrece la teoría de la complejidad24, sin caer
en transposiciones mecánicas y abusivas del léxi­
co científico, como las que denunció el llamado
escándalo Sokal.
Situados entre los historiadores y los eco­
nomistas, me parece que los historiadores de la
economía tienen la posibilidad de tomar todo lo

21. Steven Rose, Lifelines. Biology beyond determinism, New


York, Oxford University Press, 1998, p.309; Robert Po-
llack, Signs oflife. The language and meaning ofDNA, New
York, Houghton Mifflin, 1994, pp. 152-153.
22. Stephen Jay Gould, Milenio, Barcelona, Crítica, 1998,
pp. 164-165.
23. Como lo hace, por ejemplo, Lloyd en «Can economic
history...?», p. 261.
24. Véanse las sugerencias que se hacen sobre «techno-
logial coevolution and economic takeoff», en Stuart Kau-
ffman, At home in the Universe. The searchfor lazos ofcom-
plexity, Harmondsworth, Penguin, 1996, pp. 289-298.
Presente y futuro de la historia económica 101

que hay de aprovechable en los nuevos méto­


dos y las nuevas formulaciones de cada uno de
los dos campos, y de evitar, al propio tiempo,
los errores de los unos y de los otros, lo cual re­
sultará más fácil si podemos mantenemos fuera
de los campos de concentración en que los jefes
de fila de las grandes disciplinas académicas
mantienen encerrados a sus súbditos, retenidos
tras las alambradas por la fuerza que les da a
los vigilantes el control del acceso a las plazas
de enseñanza, a los proyectos de investigación
y a la publicación en las revistas que cuentan
para «hacer currículo».
A los historiadores «generalistas» les hemos
de enseñar a volver a entrar en contacto con la
economía. Thomas Rwaski ha escrito: «Los his­
toriadores que menosprecian la economía pue­
den perder de vista factores que afectan todas
las situaciones históricas. Santos y pecadores,
élites y masas, ricos y pobres, todos necesitan
comida, vestido y un techo»25. No es solo esto,
sino que los factores económicos determinan
cuestiones tan importantes para los seres huma­
nos como la duración y la calidad de su vida, en
términos que difícilmente pueden reducirse a
construcciones lingüísticas. Según las cifras del
Banco Mundial hay países en que los hombres y
las mujeres tienen una esperanza de vida al na­
cer de menos de 40 años, como Sierra Leona,
Mozambique o Ruanda, mientras en otros es
25. Thomas G. Rawski, en Rawski et al., Economics and
the historian, Berkeley, University of California Press,
1996, p. 1.
102 Josep Fontana

prácticamente de 80, como en Suecia o Japón.


Tras de esta diferencia están, sencillamente, las
condiciones económicas vigentes en unos y en
otros.
De nuestros colegas economistas tenemos
mucho que seguir aprendiendo. Desearía que
quede claro que no menosprecio la importan­
cia que tiene un razonamiento teórico correc­
to, que puede evitarnos caer en la actitud que
Krugman reprocha a aquellos historiadores
económicos que «antes consumirían un año re­
uniendo datos que un día en estudiar una teo­
ría, aunque sólo sea para aprender lo que es
necesario saber para rechazarla»26. Podemos
por nuestra parte compensarles ofreciéndoles
en intercambio algo que nos ayude a obtener,
como pedían los economistas italianos a que
antes me he referido, «la comprensión de los
problemas de la sociedad en su concreción e
integridad, en su perspectiva histórica yen su
cuadro institucional».
Porque ocurre que en este mundo feliz en
que hace ya más de cincuenta años que se in­
ventó el mito del desarrollismo y más de diez
que Fukuyama proclamó que la historia había
llegado a su fin y que debíamos dejar de esfor­
zamos en cambiar unas sociedades que habían
llegado cerca de la perfección, resulta que no ha
habido el desarrollo universal que nos prome­
tieron hace más de medio siglo y que había de
liquidar la pobreza en el mundo, sino que hay

26. Paul Krugman, The accidental theorist, p. 115.


Presente y futuro de la historia económica 103

más pobres que entonces. De acuerdo con las


cifras del Banco Mundial, en 47 de los 133 paí­
ses de los que se ofrecen datos el PNB per capita
disminuyó entre 1985 y 1995. Entre ellos hay en
lugar destacado, como era de esperar, algunos
del África subsahariana como Ruanda, Angola
o Camerún, pero también figuran otros como
Nicaragua, Brasil o Perú. Esa disminución afec­
ta en conjunto a unos 800 millones de hombres
y mujeres, a uno de cada siete habitantes del
planeta. Y en cuanto al fin de la historia, parece
claro que, tras diez años de guerras continua­
das, tendremos que esperar, por lo menos, a ver
cómo se resuelvan problemas como el del Irak o
el de Palestina. O en qué acaba esa guerra gene­
ral contra el terrorismo que parece haber pasa­
do por alto que tal vez la raíz del problema no
esté en los integrismos religiosos (como quisie­
ra el señor Huntington) sino en la pobreza cre­
ciente de una parte de la población del planeta,
lo cual no se arregla con más bombas, sino con
un sistema que sea capaz de generar una distri­
bución mejor y más equitativa de los recursos,
de hombre a hombre, de país a país y del pre­
sente al futuro. Y este sistema no es el hoy exis­
tente.
No se trata de especular sobre las causas de
la pobreza en el mundo, ni de hacer llamamien­
tos para la movilización de ayuda humanitaria,
dos actividades meritorias pero que no corres­
ponden a nuestra esfera profesional. La obliga­
ción de un historiador consiste en investigar con
las herramientas de su oficio los grandes pro­
104 Josep Fontana

blemas de su tiempo para ayudar a otros a en­


tenderlos, y entre estos «otros» deben figurar en
un lugar destacado los economistas, que son
quienes habrán de arbitrar soluciones para es­
tos problemas, si se quiere ir más allá del dis­
curso humanitario, loable pero insuficiente, de
las ONG.
Denunciar los engaños de los programas
que prometían conseguir un desarrollo univer­
sal nos obliga a renovar los análisis para cons­
truir nuevas propuestas que se fundamenten en
las condiciones reales del presente. Y me refiero
a las condiciones del presente en el mundo en­
tero. Porque en este universo de la globalización
resulta más válida que nunca la afirmación de
que «ningún hombre es una isla», y está claro
que cuando doblan las campanas de la crisis, lo
hacen por todos nosotros. Porque si el mundo
que llamamos subdesarrollado, que no es otra
cosa que el mundo pobre y sin perspectivas de
desarrollo, lucha por su supervivencia, nosotros
mismos, en el mundo desarrollado, lo hemos de
hacer para salvarnos del empobrecimiento que
significa la amenaza de perder imas conquistas
que se ganaron en dos siglos de luchas sociales:
la enseñanza pública, la sanidad pública y el sis­
tema público de pensiones.
Cuando hablo de usar para el estudio de
los grandes problemas las herramientas de nues­
tro oficio me refiero a los análisis en una dimen­
sión temporal larga, que son los propios del his­
toriador, pero también a que éste debe aportar
al trabajo del economista, como al de otros cien­
Presente y futuro de la historia económica 105

tíficos sociales, la consideración del contexto


cultural y social.
Recuperar la identidad del trabajo en el
campo de la historia económica significa recor­
dar que esta no es ni una rama de la ciencia eco­
nómica, ni una variedad temática de la historia
-como la historia militar o la historia de la Igle­
sia-, sino, en todo caso, un modo de hacer histo­
ria. De la economía se distingue por estudiar el
tiempo largo; de las diferentes especializaciones
de la historia, por el hecho de que no se limita a
analizar las actividades económicas aisladamen­
te, sino que las sitúa en un contexto más amplio,
con la intención de explicar la complejidad de
los hechos sociales, «las interconexiones entre
la producción material, las instituciones políti­
cas y socioeconómicas, el entorno físico, la cul­
tura o la ideología»27.
Unas interconexiones que no pueden estu­
diarse con herramientas elementales como las
que explican la conducta humana en el terreno
económico en términos de expectativas raciona­
les, sino que necesitan un instrumental mucho
más afinado, capaz de penetrar en los sistemas
de ideas y de prejuicios que determinan las ac­
ciones humanas, y de dar, por otra parte, el peso
que les corresponde al error, el engaño y a la
corrupción para llegar a entender cabalmente un
mundo como el nuestro donde no dominan las
expectativas racionales, sino la especulación y
la codicia.

27. Lloyd, «Can economic history...?», p.263.


106 Josep Fontana

Hemos de recuperar la línea de trabajo que


utiliza para el análisis de la complejidad social
el punto de vista privilegiado que nos ofrece la
evolución de la economía, que significa el estu­
dio de la producción y los intercambios, pero
también el de aspectos de tanta trascendencia
como las condiciones de vida y de trabajo o el
reparto de la riqueza, como cultivadores de una
disciplina que debe desbordar las fronteras de
la segmentación burocrática del saber para po­
der enfrentarse con eficacia al estudio de pro­
blemas sociales complejos. Una historia econó­
mica firmemente asentada en el presente y de­
cididamente orientada hacia el análisis de los
problemas reales puede convertirse en una va­
liosa herramienta de construcción del futuro.
4

ENSEÑAR HISTORIA:
¿CÓM O Y PARA QUÉ?

ivimos en momentos en que la historia


V como disciplina está en crisis y quienes nos
dedicamos a ella parecemos los parientes pobres
del mundo de la investigación y de la enseñan­
za. Y, sin embargo, eso de la historia debe ser
algo muy importante cuando los políticos la usan
constantemente para sus fines, se dedican a or­
ganizar un festival conmemorativo tras otro y
se empeñan en controlar lo que ellos consideran
que deberíamos enseñar: algo que no sucede con
la física, las matemáticas o la literatura. ¿Por qué
todo esto?
Es verdad que son las concepciones socia­
les vigentes las que determinan en buena medi­
da la coloración y el sentido del relato histórico,
pero su contenido concreto suele ser fijado en
algún modo por las directrices del poder políti­
co. Todos somos súbditos de uno u otro estado,
ya que los estados controlan todos los territo­
rios en que podamos pensar en establecemos, y
todos hemos recibido con nuestra educación una
visión histórica codificada, fruto de una larga
108 Josep Fontana

labor de colonización intelectual desde el poder,


que es quien ha decidido cuál es «nuestro» pa­
sado, porque necesita asegurarse con ello de que
compartimos «su» definición de la identidad del
grupo del que formamos parte.
La imposición política se suele disfrazar, sin
embargo, con los valores sociales que nos han
sido transmitidos también por la educación. Las
universidades británicas, y en especial las de
Oxford y Cambridge, elaboraron en el siglo XIX
un sistema de valores para las élites dirigentes
de la nación y del imperio. Una elaboración en
que fue sobre todo la historia la disciplina en­
cargada de reforzar el consenso en torno a Dios,
la patria y la moral. La historia era enseñada,
estudiada y contrastada de acuerdo con un con­
junto de suposiciones que tenían mucho más que
ver con un consenso patriótico que con los mé­
todos de la crítica o el peso de la evidencia. La
enseñanza de esta clase de historia marcó las
convicciones, y con ellas la conducta, de los gra­
duados universitarios británicos que habían de
convertirse en los dirigentes de la política, los
docentes de todos los niveles, los intelectuales e
incluso los ejecutivos de los negocios y de la in­
dustria.
Por debajo de la universidad, difundiendo
la doctrina que ésta ha elaborado, se encuentra
la escuela. Como dijo Paul Nizan en uno de sus
textos de combate, el estado quiso hacer del
maestro el reemplazante del sacerdote, tratan­
do de que tuviese en la sociedad burguesa «la
función que el cura había cumplido en benefi­
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 109

ció del régimen feudal y de la monarquía». «El


prestigio local del maestro laico -añade- servía
para propagar en las más pequeñas localidades
una especie de enseñanza de estado de la moral
oficial, que los candidatos a maestro aprendían
en las escuelas normales»1.
Estas ideas, asimiladas y asumidas de ma­
nera inconsciente, se funden con la sustancia
misma del patriotismo y aseguran la estabilidad
de un sistema social que necesita este fundamen­
to de educación histórico-moral para sobrevivir.
Recuerden que una de las razones que impulsó
en Francia al ministro Chevenement a empren­
der la reforma de la enseñanza fue el descubri­
miento de que muchos alumnos no conocían el
texto del himno nacional francés, «La Marselle-
sa».
Los gobiernos se han ocupado siempre de
controlar la producción historiográfica, nom­
brando cronistas e historiadores oficiales «Na­
poleón se encargaba incluso de fijar cómo ha­
bían de ser los cuadros que reproducían sus ba­
tallas, entre otras razones porque, como algún
otro político que ustedes y yo sabemos, necesi­
taba disimular su corta estatura- o establecien­
do academias como la que Felipe V fundó en
España en 1738 y que durante más de doscien­
tos cincuenta años ha pretendido fijar la verdad
histórica políticamente correcta (con mucha in­
eficacia, todo hay que decirlo, ya que ni siquiera

Paul Nizan, «El enemigo público número 1», en Por


una nueva cultura, Méjico, Era, 1975, cita de p. 98.
110 Josep Fontana

consiguió llevar a buen puerto el proyecto de


una historia general de España que inició Cáno­
vas del Castillo y que quedó inacabada. Afortu­
nadamente, añadiré). Pero de lo que los gobier­
nos se han preocupado siempre, sobre todo, es
de vigilar los contenidos que se transmiten en la
enseñanza.
Orwell dijo, en su visión de un mundo to­
talitario, que «quien controla el pasado contro­
la el futuro y quien controla el presente contro­
la el pasado». Lo cual significa, en suma, que
quien impone su visión de la historia puede
imponer su visión de la política, y quien tiene
el poder político se esfuerza, en consecuencia,
en controlar la visión de la historia que ha de
enseñarse y difundirse. Esto explica la necesi­
dad de vigilar a quienes nos ocupamos de es­
tas cosas. Según dijo en su tiempo Khruschev:
«Los historiadores son gente peligrosa, capa­
ces de volverlo todo cabeza abajo. Conviene
controlarlos». No se trata tan sólo del conoci­
miento del pasado como saber independiente,
porque, se sea o no consciente de ello, el histo­
riador trabaja siempre en el presente, y para el
presente, incluso cuando no lo alude explícita­
mente. Como dijo Walter Benjamín: «Los acon­
tecimientos que rodean al historiador, y en los
cuales él mismo toma parte, están en la base de
su exposición como un texto escrito en tinta
invisible. La historia que somete al lector viene
a representar como el conjunto de las citas que
se insertan en este texto, y son tan sólo estas
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 111

citas las que están escritas de un modo que to­


dos pueden leer»2.
En España las preocupaciones políticas por
el contenido patriótico en la enseñanza de la
historia se reforzaron a fines del siglo XIX, con
la conciencia de la crisis del imperio y el surgi­
miento de planteamientos protonacionalistas,
que en realidad no pasaban por entonces de
moderadamente regionalistas. La intervención
política fue generalmente errática y un tanto
pintoresca. En 1893, por ejemplo, se ordenó que
se izase cada día la bandera en la escuela; en
1921, después de la derrota de Annual, se or­
denó que se pusiera un retrato del rey en las
escuelas públicas; en 1926, que en las clases de
geografía se explicase el vuelo trasatlántico del
Plus Ultra3.
Con la llegada de la Segunda República
Española -que comenzó su andadura en los pri­
meros días creando siete mil plazas de maestro
y aumentando los sueldos de los docentes- cam­
biaron las concepciones de la historia que se
quería enseñar a los niños, y se estimuló a que
se les comunicaran valores de solidaridad y co­
operación, dejando en un segundo plano la exal­
tación guerrera y el patrioterismo. Todo volvió
a cambiar con el levantamiento militar de 1936.
Contra la enseñanza razonadora de la época

2. Walter Benjamín, «Passagen-Werk», No. 11, 3.


3. María del Mar del Pozo Andrés and Jacques F. A.
Braster, «The rebirth of the Spanish race: The state, na-
tionalism, and education in Spain, 1875-1931», en Euro-
peam History Quarterly, 29, (1999), 1, pp. 75-107.
112 Josep Fontana

republicana, cuyos libros serían condenados a


la hoguera, se impuso otra que estaba destina­
da a inculcar valores y a apartar del niño la
funesta manía de pensar. A comienzos de mayo
de 1937 José María Pemán defendía en presen­
cia de Franco, que aprobó entusiásticamente su
discurso, una enseñanza adoctrinadora, de im­
posición de los valores «de arriba a abajo, mi­
sionalmente», y de una simplicidad elemental:
«El catecismo o el refranero -decía- que hablan
por afirmaciones, son más creídos que los pro­
fesores de Filosofía, que hablan por argumen­
tos»4.
El terreno en que el adoctrinamiento y la
vigilancia habían de ser mayores era precisa­
mente el de la enseñanza de la historia, que de­
bía ser base y fundamento de toda la educación.
Lo dicen las instrucciones contenidas en una cir­
cular del Ministerio de Educación Nacional pu­
blicada en Vitoria el 5 de marzo de 1938: «Nues­
tra hermosísima historia, nuestra tradición ex­
celsa, proyectadas en el futuro, han de formar
la fina urdimbre del ambiente escolar». A lo que
se añaden instrucciones más precisas: «El maes­
tro debe aprovechar la gloria y el sufrimiento
de estos momentos para sembrar con caracteres
indelebles en las almas infantiles ambiciones y
anhelos preclaros. (...). Cantos populares e him­
nos patrióticos han de ser entonados por los ni­
ños en todas las sesiones de la escuela».

4. Alted, Política del Nuevo estado, p. 182.


Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 113

Mi generación se educó con esta historia


imperial de yeso y cartón piedra, que no era más
que la vieja historia de los reyes y las batallas
con un rebozado de retórica fascistoide. Una
historia que hablaba de la España de Felipe II o
de Femando VII, como si estos personajes hu­
biesen determinado por completo las experien­
cias vividas de todos los demás españoles. Y que
apenas se ocupaba de la otra historia: la de los
más.
No se consiguió gran cosa con estas déca­
das de enseñanza de la historia imperial aso­
ciada a la llamada formación del espíritu na­
cional, y el tinglado franquista, que los profe­
sores nos habíamos encargado de minar por
nuestra cuenta, se vino abajo con el régimen.
Ello explica que la llegada del Partido Popular
(PP) nos trajese una primera ministra de Edu­
cación que comenzó manifestando su angustia
por el hecho de que no se estuviese enseñando
-de que ustedes y yo no estuviésemos enseñan­
do- lo que ella llamaba «la verdadera historia
de España», como si no hubiese tantas histo­
rias verdaderas de España como concepciones
de lo que se quiere que sea este país. Su suce-
sora ha pasado de la angustia al ataque, mo­
viendo toda la artillería a su alcance en apoyo
de sus reivindicaciones de una interpretación
nacionalista conservadora. El propio Mayor
Oreja, en la época en que era ministro del Inte­
rior, llegó a implicar en ello a la Guardia Civil,
de manera equívoca, pero en modo alguno ino­
cente, al animarla a «contribuir a la historia de
114 Josep Fontana

España para que no la vuelvan a deformar los


que no creen en ella»5.
Déjenme aclarar lo que quiero decir al ha­
blar de que hay distintas historias de España.
Suele usarse la historia como explicación del
presente, como genealogía del orden estableci­
do -por ello se propugna que expliquemos Es­
paña «de Atapuerca a Aznar». Pero ahí, en este
pasado, hay corrientes muy diversas que con­
ducían a finales que no eran precisamente Az­
nar. En 1936, por ejemplo, se enfrentaron dos
modelos muy distintos de lo que podía ser este
país, uno de los cuales venció, no por la volun­
tad general de los españoles -que acababan pre­
cisamente de votar al Frente Popular-, ni por las
leyes indefectibles de la historia, que no existen,
sino, ante todo, por el apoyo internacional que
tuvieron los vencedores y el abandono en que
las grandes potencias dejaron a los vencidos.
Pues bien, esas dos Españas tenían genealogías
diferentes y pedían de nosotros formas distin­
tas de explorar el pasado.
Lo malo, para el orden establecido, es que,
si enseñamos las cosas de.este modo, si invita­
mos a nuestros estudiantes a entender que el

5. Sobre el proyecto de reforma de Esperanza Aguirre


y su fracaso, J.M. Ortiz de Orruño, ed., Historia y sistema
educativo, Madrid, Marcial Pons> 1998; el discurso de
Mayor en La Vanguardia, 14 de mayo de 1999, p. 20. El
desdichado informe de la Academia dio lugar, como
réplica, al libro, coordinado por Juan Sisinio Pérez Gar­
zón, La gestión de la memoria. La historia de España al servi­
cio del poder, Barcelona, Crítica, 2000.
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 115

pasado no es un camino único cuyo trazado está


exactamente fijado en los manuales, sino un cam­
po abierto recorrido por luchas y proyectos muy
diversos, donde podemos encontrar caminos
que lleven a futuros distintos, estaremos desper­
tando en él una conciencia crítica, no sólo hacia
el pasado sino hacia el presente. Y eso es, preci­
samente, lo que se quiere impedir que hagamos.
En una novela utópica, o más bien distópi­
ca, publicada en 1872 -que era, en realidad, una
crítica de la sociedad inglesa de su tiempo-
Samuel Butler nos hablaba del país de Erewhon
donde los dirigentes tenían muy claro para qué
había de servir la enseñanza. Les cito literalmen­
te: «El deber del hombre -sostienen- es pensar
como sus prójimos; el cielo le proteja si juzga
bueno lo que ellos juzgan malo (...). El venera­
ble profesor de Sabiduría mundana (...) me ha­
bló muy seriamente sobre este tema (...). Era uno
de los de mayor peso en la Universidad y goza­
ba de la reputación de haber trabajado más tal
vez que cualquiera otra persona viviente por la
supresión de todo tipo de originalidad. “No es
asunto nuestro -decía- ayudar a los estudiantes
a pensar por sí mismos. Con seguridad que esto
es lo último que uno que les quiera beneficiar
les estimulará a hacer. Nuestro deber es cuidar
que piensen como nosotros pensamos, o, por lo
menos, como juzgamos conveniente decir que
pensamos”»6.

6. Samuel Butler, Erewhon, capítulo XXII, Barcelona,


Abraxas, 1999, pp. 174-175.
116 Josep Fontana

Lo cual se parece curiosamente a lo que


muchos años después decían en los Estados
Unidos las «Hijas de las guerras coloniales», que
sostenía que era intolerable que se quisiera «dar
al niño un punto de vista objetivo, en lugar de
enseñarle americanismo real “mi país con
razón o sin ella”. Este es el punto de vista que
queremos que adopten nuestros hijos. No po­
demos permitir que se les enseñe a ser objetivos
y a que se formen ellos mismos sus opiniones»7.
Algo de eso mismo hay en la clase de histo­
ria que se quiere que enseñemos. Una historia
que debería mostrar que existe un hilo directo
de Atapuerca al PP y que todo los demás son
desvíos que resulta innecesario explorar, con
unos programas llenos de datos a memorizar
que desalienten la tentación de razonar. La his­
toria debe ser una materia de aprendizaje me-
morístico, se supone. Lo cual no me parece mal,
si se plantea con un conocimiento adecuado de
cuál es la naturaleza real y la función de la me­
moria.
Sabemos hoy que nuestra memoria perso­
nal no es un depósito de representaciones -un
archivo de imágenes fotográficas más o menos
borrosas de los hechos del pasado- sino un com­
plejo sistema de relaciones que tiene un papel
esencial en la formación de la conciencia. Una
de sus funciones más importantes es, como ha
dicho un gran neurobiólogo -el premio Nóbel
7, Gary B.Nash, Charlotte Crabtree and Rose E.Dunn,
History on trial. Culture wars and the teaching of the past,
New York, Alfred A. Knopf, 1997, pp. 44-45.
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 117

Gerald Edelman-, la de permitir «una forma de


recategorización durante la experiencia en cur­
so, más que una reproducción de una secuencia
de acontecimientos». La conciencia se vale de la
memoria para evaluar las situaciones nuevas a
que hemos de enfrentamos mediante la cons­
trucción de un «presente recordado», que no es
la evocación de un momento determinado del
pasado, sino la capacidad de poner enjuego toda
una serie de experiencias previas para diseñar
un escenario al cual podamos incorporar los
nuevos elementos que se nos presentan.
De modo semejante el historiador, al traba­
jar con la memoria colectiva, no se dedica a re­
cuperar hechos enterrados bajo las ruinas del
olvido por el mero gusto del hallazgo, sino que
usa su capacidad de construir, a partir de la di­
versidad de elementos del pasado a su alcance,
«presentes recordados» que puedan contribuir
a que la conciencia colectiva responda a los nue­
vos problemas que se le plantean, no sacando
lecciones inmediatas de situaciones del pasado
que no se repetirán, sino creando escenarios con-
trafactuales en que se puedan encajar e inter­
pretar los hechos nuevos que se nos presentan:
escenarios en que el pasado se ilumina, para
decirlo con palabras de Walter Benjamín, en el
momento del reconocimiento.
No se trata, como se ve, de aquella vieja tri­
vialidad de sacar «lecciones de la historia» de
modo directo e inmediato. Como ha dicho un
profesional de la materia: «Uno de los mayores
riesgos de sacar lecciones de la historia es que
118 Josep Fontana

tales lecciones resultan con frecuencia ilusorias


o se revelan equivocadas cuando se aplican en
nuevas y distintas circunstancias»8. Déjenme
aclararles, para evitar confusiones, que este pro­
fesional a que me refiero no es un profesor uni­
versitario sino el «chief historian» de la CIA,
organización que, en efecto, cometió errores
como el de creer que la operación realizada con­
tra Arbenz en Guatemala se podía repetir en
Cuba con Castro.
Esa otra forma de concebir las lecciones de
la historia que les planteo, esta otra memoria,
que no conduce a la repetición mecánica sino al
razonamiento, explica por qué la enseñanza de
la historia es necesaria para los hombres y las
mujeres de hoy. Las colectividades humanas,
igual que sus miembros considerados indivi­
dualmente, necesitan contar con una memoria
compartida. Nos guste o no, las colectividades
funcionan a partir de estas conciencias colecti­
vas. Por ello el discurso público se preocupa de
interferir en ellas, de formarlas, y con frecuen­
cia de deformarlas.
Una novela norteamericana,« Undenvorld»,
de Don de Lillo, describe la forma en que se con­
trola el pasado desde arriba: «A mi me gustaba
-dice el protagonista- el modo que tenía la his­
toria de no descontrolarse. Segregaban historia
visible. La enjaulaban, la consolidaban y la re­

8. J. Kenneth McDonald, «chief historian» de la CIA, en


Nick Cullather, Secret history. The CIA's classified account
ofits operation in Guatemala, 1952-1954, Stanford, Stan­
ford University Press, 1999, p. 6.
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 119

cubrían de bronce, la exhibían cuidadosamente


en su relicario en museos y plazas y parques
conmemorativos».
Esta «historia controlada y exhibida» cum­
ple una función muy importante, porque acaba
influyendo en el voto de la gente o en su dispo­
sición a tomar las armas para defender unos
valores inculcados por la educación, o para ma­
tar a quienes le han sido designados como ene­
migos de estos valores.
Por ello el historiador -y a estas alturas ya
se habrán dado cuenta ustedes que aplico este
término con el mismo valor a quienes se dedi­
can a la investigación que a quienes trabajan
sobre todo en la enseñanza- que tiene un papel
esencial en la elaboración y transmisión de este
discurso público, debe tomar conciencia de su
responsabilidad. Porque si bien suele ser fre­
cuente que los historiadores académicos procla­
men su menosprecio por estos usos públicos,
como si se tratase de una profanación de su mi­
nisterio, la verdad es que no suelen tener incon­
veniente en acomodarse a las demandas del or­
den establecido que reparte beneficios y distin­
ciones.
Nunca ha habido un régimen tan corrupto
ni una dictadura tan brutal que no hayan podi­
do contar con un coro de historiadores bien ali­
mentados dispuestos a elaborar su genealogía y
a sostener que representan la culminación de la
historia de la patria, o incluso de la universal.
Hace unos meses un físico, profesor de una de
las universidades de Madrid, me decía, escan­
120 Josep Fontana

dalizado del espectáculo que veía a su alrede­


dor: «Los historiadores se han vuelto todos del
PP». Lo realmente escandaloso no es que ahora
parezcan del PP, sino que se trata de los mismos
que hace unos años parecían dar pleno apoyo al
Partido Socialista Obrero Español (PSOE). O tal
vez haya que considerar esto como algo natu­
ral, ya que, al fin y al cabo, las instituciones pú­
blicas son los clientes principales del trabajo del
historiador académico, que ha de esforzarse, si
quiere prosperar, en proporcionarles la clase de
mercancía que le piden.
Contra esa aparente inocencia del académi­
co que se indignaría si le dijésemos que hace
política con su trabajo -que posiblemente lo ig­
nora, como el burgués de Moliere ignoraba que
hablaba en prosa- pienso que quienes nos dedi­
camos a la historia debemos tener un compro­
miso explícito con el presente. Una forma de
enmascarar el carácter «político» del trabajo aca­
démico consiste precisamente en separarlo de
los problemas del entorno, como si perteneciese
a un universo de ideas puro e incontaminado.
Como ha dicho un historiador afroamericano:
«Las tradiciones del gremio, reforzadas por una
filosofía de la historia positivista, prohíben a los
historiadores académicos tomar posiciones en
su trabajo respecto del presente. Un fetichismo
de los hechos, reforzado por un modelo anticua­
do a imitación de las ciencias naturales, domina
aún en la historia y en otras ciencias sociales y
refuerza el punto de vista de que cualquier po-
sicionamiento consciente ha de rechazarse como
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 121

ideológico. De este modo la posición del histo­


riador es oficialmente no comprometida: es la
de un observador al margen de la historia»9.
Esta negativa al compromiso con el presen­
te es una trampa. El historiador está en su tiem­
po y construye su visión de la historia para los
hombres de hoy, no para los del pasado, que ya
no pueden leerle, ni para los del futuro, que ten­
drán posiblemente unos problemas y imas pre­
ocupaciones que ni siquiera podemos adivinar.
Está en medio de las batallas de su tiempo, in­
cluso cuando finge ignorarlas sobre todo cuan­
do finge ignorarlas. La única postura honrada
que un historiador puede adoptar es la de decir
dónde está y con quién va.
La supuesta neutralidad del historiador no
es más que una coartada para justificar el hábi­
to de acomodarse en cada momento a lo que
quiere el orden establecido. Lo que ha sucedido
en la antigua Unión Soviética, por ejemplo, po­
dría hacer que enrojeciera de vergüenza un ri­
noceronte, pero no un académico. Habiendo
cambiado el clima político, los viejos figurones
académicos no se pusieron a escribir, como hu­
biera sido deseable, nuevos manuales que enfo­
caran la historia de Rusia desde otras perspecti­
vas, sino que se limitaron a volver del revés los
viejos, como reflejados en un espejo, de modo
que lo que antes eran héroes se convirtieran en
villanos y a la inversa. Uno de estos deconstruc­
9. Michel-Rolph Trouillot, Silencing the past. Power and
the production of history, Boston, Beacon Press, 1995, pp.
151-152. í
122 Josep Fontana

tores del pasado ha sido, por ejemplo, Yuri Afa-


nasev; el único problema es que se trata de un
hombre que se especializó en otros tiempos en
la «crítica de las falsificaciones burguesas», has­
ta que, al llegar Gorbachev y advertir que los
vientos cambiaban, mudó rotundamente de re­
gistro10.
Que asumamos nuestro compromiso con el
presente no significa que debamos convertir
nuestra enseñanza en una predicación política.
Nuestra función es la de ayudar a que los jóve­
nes aprendan a pensar por sí mismos, aunque
ello les lleve en direcciones distintas a las que
nosotros sostenemos.
No queremos una enseñanza de la historia
que amontone en la memoria del estudiante
datos inútiles que pronto olvidará, pero tam­
poco queremos que sirva para inculcarle una
colección de verdades establecidas, del signo
que sean, sino que le adiestre para hacer aque­
llo que mi viejo maestro Pierre Vilar llama
«pensar históricamente». Que le enseñe que el
panorama del mundo social en que vive es tan
contingente como el del paisaje físico de su en­
torno y que, como aquel, puede ser modifica­
do. Que no hay nada «natural», «sagrado» e
intocable en ese paisaje social, más allá de un
único principio ético fundamental que es el del
reconocimiento del derecho de todo hombre y
toda mujer a su vida, libertad y dignidad. Todo

10. Robert Service, liussia. Experiment ivith a people, Lon­


dres, Macmillan, 2002, pp. 190-192 y 218-220.
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 123

lo demás es discutible y todo puede ser cam­


biado, y debería ser cambiado cuando conven­
ga a los más.
No me importa nada, francamente, cuán­
tos nombres de reyes van a ser capaces de rete­
ner al término de su educación: hace ya dos si­
glos y medio que Voltaire denunció la inutili­
dad de este estúpido ejercicio memorístico. Re­
cuerdo un libro publicado en la inmediata pos­
guerra española por un asesor del ministerio de
Educación nacional en que el autor se escanda­
lizaba de que los estudiantes no supieran quién
había sido el padre de Alfonso XII. Teniendo en
cuenta que esta es una cuestión tan hipotética
que se puede sospechar que ni su madre, Isabel
II, lo sabía, no veo porque hay que exigirles tal
conocimiento a los estudiantes. Me parecería
más útil, por poner un ejemplo alternativo refe­
rido al propio monarca, que se les explicase por
qué razón, durante el reinado de Alfonso XII,
tantos campesinos gallegos tuvieron que aban­
donar sus pueblos para emigrar a ultramar.
A la historia de los reyes prefiero otra que
explique que en la España de Felipe II, de la que
tanto se ha hablado en los últimos años, había,
además del rey, su familia, sus ministros y ge­
nerales, además de Juan de Austria y de Anto­
nio Pérez, unos millones de campesinos, solda­
dos, moriscos, frailes, marineros y picaros; que
nos diga quién navegaba en la Armada preten­
didamente invencible, quién acarreaba las pie­
dras de El Escorial y, sobre todo, quién pagó la
factura de las guerras y los monumentos -o me­
124 Josep Fontana

jor, cómo la pagaron los que siempre pagan es­


tas cuentas, ayer como hoy.
Y lo que vale para los reyes vale para los
acontecimientos. En los comentarios acerca de
los nuevos programas de historia a que asistí en
Valencia vi que en ellos se incluía, por ejemplo,
la paz y el sistema de Westfalia. ¿De qué le pue­
de servir a un joven que no va a estudiar más
tarde historia en la universidad aprender estas
cosas? Lo único útil que podría deducir de ahí
es que se trata del origen de una secuencia de
acuerdos internacionales que van, a través del
congreso de Viena, hasta la fundación de las
Naciones Unidas, para que entendiera el fraca­
so de los sucesivos intentos de encontrar formas
de arbitraje pacífico de los conflictos internacio­
nales. Pero para esta tarea es mejor que le expli­
quemos directamente lo que es la ONU, y de qué
modo las reglas de funcionamiento impuestas
por las grandes potencias la convierten en un
instrumento prácticamente inútil, para que no
caiga en el error ingenuo de pensar, como he
oído en ocasiones a algún alma cándida, que la
ONU es un foro en que las grandes cuestiones
se deciden por el voto de todos los miembros.
Pero los usos políticos de la historia son muy
diversos y no se limitan a los del nacionalismo
conservador. Se está utilizando hoy, por ejem­
plo, para, con el pretexto de la globalización,
mostramos el presente como la feliz e inevita­
ble culminación del progreso humano. Lo que
tiene el inconveniente de esconder que los avan­
ces y las conquistas, que evidentemente los ha
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 125

habido y los hay, se han globalizado muy poco.


A fines de octubre de 2002 se publicaba en un
periódico de Barcelona una entrevista con un
senegalés que tiene algunos estudios universi­
tarios -salió de su país con media carrera y un
matrimonio reciente- que a la pregunta de hasta
qué punto la globalidad histórica podía ayudar­
nos a entender otras culturas contestaba, me
parece que muy sensatamente: «la globalidad
histórica es tan sólo la globalidad de la historia
que domina»11.
En el último libro que ha publicado el suizo
Jean Ziegler, sobre la base de una excelente in­
formación actualizada, se nos explica que es
verdad que la producción y el comercio mun­
diales han crecido prodigiosamente en las últi­
mas décadas, pero que entre 1992 y 2002 el in­
greso per cápita ha disminuido en 81 países y el
número de los hombres y mujeres extremada­
mente pobres ha aumentado en el mundo por lo
menos en cien millones12. La historia que ense­
ñemos tiene que hacer comprensibles los avan­
ces de la producción y del comercio, debidos a
la globalización, pero debe explicar también las
causas, y las consecuencias, de un reparto tan
desigual. Lo cual implica que, al igual que sos­
tenía antes que hay más de una historia de Es­
paña posible, también hay más de una historia
del desarrollo económico contemporáneo.

11. Jesús A. Vila, entrevista con Aíiou Diau, Avui, 26 de


octubre de 2002, Quadem d'histdria, p. IV.
12. Jean Ziegler, Les nouveaux maitres du monde, París,
Fayard, 2002, pp. 73-76.
126 Josep Fontana

Debemos denunciar los abusos del discur­


so público, y esto justifica en buena medida el
trabajo del historiador. Pero no basta con ello,
sino que hemos de aspirar a participar activa­
mente en la formación de la memoria pública, si
no queremos abandonar un instrumento tan
poderoso en manos de los manipuladores. Lo
entendió así en los momentos finales de su vida,
cuando luchaba en la resistencia contra los na­
zis, Marc Bloch, que reivindicaba la capacidad
del historiador para cambiar las cosas. Una con­
ciencia colectiva, decía, está formada por «una
multitud de conciencias individuales que se in­
fluyen incesantemente entre ellas». Por eso, «for­
marse una idea clara de las necesidades sociales
y esforzarse en difundirla significa introducir un
grano de levadura en la mentalidad común: dar­
se una oportunidad de modificarla un poco y,
como consecuencia de ello, de inclinar de algún
modo el curso de los acontecimientos, que están
regidos en última instancia por la psicología de
los hombres».
Quisiera insistir en estas palabras de Bloch:
«Formarse una idea de las necesidades sociales
y esforzarse en difundirla», porque me parece
un programa ideal para el trabajo del historia­
dor.
Pensarán ustedes que exagero el alcance de
lo que podemos hacer quienes nos dedicamos a
la enseñanza. Parto, por una parte de mi propia
experiencia de muchos años que me ha permiti­
do advertir que, en efecto, he enseñado a unos
cuantos a pensar, según me dicen hoy algunos
Enseñar historia: ¿Cómo y para qué? 127

de los que fueron hace veinte o treinta años mis


estudiantes. Pero también de otras evidencias
más objetivas. En The Economist de hace pocas
semanas, que no es precisamente una publica­
ción de izquierdas, aparecía un editorial donde
se sostiene que toda una serie de estudios reali­
zados últimamente demuestran que el empleo
en masa de los ordenadores en la escuela, que
ha costado miles de millones de dólares, no ha
cumplido las esperanzas de mejorar la enseñan­
za que suscitaron. Que se ha llegado a la con­
clusión de que los progresos se consiguen sobre
todo con «un buen profesor, preparado para
acomodar la lección a las variadas capacidades
de una clase». Una investigación realizada en
Israel ha demostrado que la mejor manera de
gastar dinero productivamente en el sistema
escolar consiste en reducir las dimensiones de
las clases y mejorar la preparación de lo que
enseñan. Pero, concluye The Economist, «¿qué
político desea una respuesta pasada de moda
como ésta?»13.
Es verdad que no tenemos los recursos
abundantes con que los poderes establecidos
alimentan la difusión de sus discursos, pero hay
muchas formas en que podemos acercarnos a
las realidades locales y, sobre todo, disponemos
de un instrumento formidable como es la ense­
ñanza y, sobre todo, la enseñanza media, que es
la única que puede hacer llegar a todos este

13. «Screen it out», en The Economist, 26 de octubre de


2002, p. 13.
128 Josep Fontana

aprendizaje del «pensar históricamente» que ha


de equipar a los estudiantes para que aprendan
a dudar, a no aceptar mansamente los hechos
que contienen los libros de historia como certe­
zas semejantes a les que se enseñan en el estu­
dio de las matemáticas, sino como opiniones y
juicios que se pueden analizar. Con el fin de que
este aprendizaje les acostumbre a mantener una
actitud semejante ante las certezas que les que­
rrán vender cada día unos medios de comuni­
cación domesticados. Vuelvo a las palabras de
Marc Bloch que he citado: introducir un grano
de levadura de conciencia en la mentalidad del
estudiante. Esta me parece ser la gran tarea que
puede hacer aquel que enseña historia.
Una historia que podrá realizar aquello que
quería el poeta al decir: «Quiero mostrar la mul­
titud y cada hombre en detalle, con lo que lo
anima y lo que lo desespera, y en sus estaciones
de hombre, todo lo que ilumina: su esperanza y
su sangre, su historia y su pena»14.

14. Paul Eluard, «Pouvoir tout dire», en CEuvres Com­


pletes, París, Gallimard, 1984, II, p. 363.
5

LA TRAM A SOCIAL
DE LA HISTORIA AGRARIA

esde hace unos años la historia agraria ha


D cobrado nuevo interés y ha alcanzado ni­
veles muy altos de calidad entre nosotros. Lo
cual no deja de ser paradójico cuando, de acuer­
do con el consentimiento poco menos que gene­
ral, la agricultura misma ha dejado de tener im­
portancia en nuestra economía y el agricultor ha
pasado a ser algo así como el habitante de una
reserva para especies en peligro de extinción,
mantenido con políticas de protección muy di­
versas.
Me temo, sin embargo, que en el progreso
de la historia agraria en estos últimos años, en
que se ha avanzado notablemente en el conoci­
miento de cuanto se refiere a la producción, la
comercialización o las condiciones ecológicas, ha
habido un cierto olvido de su trama social, un
terreno en el que seguimos anclados en viejos
tópicos del pasado, como son el del campesino
como protagonista y el de las agitaciones y al­
garadas como su forma de manifestación habi­
130 Josep Fontana

tual. Y aunque no tengo ninguna autoridad para


hablar de estas cuestiones delante de amigos y
colegas que saben mucho más que yo en este
terreno específico de la historia agraria, quisie­
ra, sin embargo, apuntar algunas reflexiones, con
la simple y modesta pretensión de iniciar un diá-
logo.
Hablamos de campesinos. Pero ¿qué es un
campesino? Se me ocurrió en una ocasión hacer
una exploración en tomo al léxico, a través de
los diccionarios de la lengua castellana, y el re­
sultado fue advertir que la voz «campesino» era
artificial, nueva y sin raíces. No existía en el dic­
cionario de Covarrubias y en el de la Academia
Española de 1791 figuraba sólo como adjetivo,
como sinónimo de campestre. Por otra parte
«agricultor» es un cultismo y la única voz tradi­
cional y castiza en este terreno parece ser «la­
brador», que en el diccionario de 1791 tenía tres
acepciones: el que trabaja la tierra, el que posee
tierras aunque no las trabaje y «todo hombre o
mujer que vive en lugar corto o aldea, aunque no se
ocupe del ministerio del campo». Nada específico,
por tanto. Y, sobre todo, nada que corresponda
a lo que hoy entendemos como un campesino.
Para decirlo llanamente, la idea de lo que hoy
llamamos «campesino» es una construcción del
siglo XIX, Lo que había con anterioridad era más
bien el concepto del habitante de los pueblos,
que se contraponía por su rudeza de costum­
bres -y para muchos, como Voltaire, por su cor­
tedad de inteligencia- con el civilizado urbano:
el ciudadano. Pese a lo cual tendré que seguir
La trama social de la historia agraria 13 1

usando a continuación la palabra «campesino»


en ocasiones, para no apartarme de un vocabu­
lario usual y compartido.
El otro problema, además, es que este cam­
pesino suele aparecer en la historia como vícti­
ma sumisa y pasiva, y sólo adquiere un papel
activo en momentos puntuales, cuando explota
en una revuelta. Recuerden ustedes el libro de
Díaz del Moral que durante tanto tiempo se ha
considerado como la obra fundamental sobre la
historia de la sociedad agraria andaluza y que no
pasaba de ser, como decía su mismo título, una
historia de las «agitaciones campesinas». Una
historia que a primera vista parece escrita con sim­
patía hacia las víctimas, pero no con compren­
sión, como lo demuestra el prólogo en que hay
un profundo menosprecio hacia ese «mundo del
trabajo muscular», para decirlo con sus propias
palabras, al que achaca una «estrecha visión eco­
nómica» y un «mal disimulado desdén hacia las
actividades más nobles del espíritu». «El obreris­
mo -añadía en estas páginas, escritas hacia 1920-
está vencido al presente» e iba a acabar «hundi­
do por completo» a corto plazo. Lo que no resul­
tó ser precisamente una gran profecía1.
Hay dos cosas a combatir en la visión de
Díaz del Moral: que las agitaciones andaluzas
fueran campesinas y que la única actuación dis-
cemible en esta sociedad agraria fuera la de ta­

\ Juan Díaz del Moral, Historia de las agitaciones campe­


sinas andaluzas, Madrid, Alianza, 1973, citas del prólo-
go, p. 26.
132 Josep Fontana

les agitaciones. Cabría suponer que desde el le­


jano artículo de Thompson sobre la economía
moral de la multitud deberíamos haber aban­
donado ya lo que él llamaba la visión espasmó-
dica de los movimientos de protesta de masas;
pero parece que los tópicos siguen presentes en
cuanto se refiere a la sociedad agraria.
Está claro, sin embargo, que no se deben
identificar de manera simplista, como solíamos
hacer en el pasado, y no me importa confesar
que también he compartido esta confusión, las
luchas agrarias con la revuelta, que no es más
que un momento extremo, y no siempre presen­
te, del conflicto, que se compone de resistencias,
por un lado, pero también, por otro, de pactos
que implican, además de las relaciones de pro­
piedad, que es lo único que algunos alcanzan a
percibir, la pugna en tomo a determinadas par­
celas de poder local que les permitían a los cam­
pesinos negociar en mejores condiciones.
Lo había percibido Balzac al denunciar a
«este infatigable zapador, este roedor que divi­
de y desmenuza el suelo (...), que trabaja sin ce­
sar, metido en todos los ayuntamientos, entro­
nizado en el consejo municipal, armado como
guardia nacional en todos los rincones de Fran­
cia». Y lo hemos visto también en el caso de al­
gunos países de América Latina después de la
independencia, como en Méjico, en algunas de
cuyas regiones los campesinos, una vez desapa­
recidas las «repúblicas de indios», pudieron ac­
ceder a los ayuntamientos y participaron desde
ellos en la vida política, negociando la aplica­
La trama social de la historia agraria 133

ción de las leyes, como nos muestra el libro de


Guardino sobre el estado de Guerrero2. En Perú
también, después de la independencia, los cam­
pesinos se vieron favorecidos por las nuevas
condiciones políticas, y las comunidades expe­
rimentaron lo que Nils Jacobsen ha llamado «un
breve intervalo de mejora en la extensión de su
autonomía». Sólo que en este caso la mejora no
tuvo continuidad. La Sierra peruana quedó mar­
ginada en una economía que se orientaba cada
vez más hacia la Costa y que abandonó gradual­
mente la población serrana al poder de los ga­
monales3.
De esa forma de mirar la participación de
los campesinos en la construcción de las socie­
dades modernas, considerando sus actuaciones
en lugar de verles siempre como víctimas pasi­
vas, ha surgido también la singular visión de
Florencia Mallon que, haciendo historia política
desde abajo e incorporando la complejidad lo­
cal a los modelos que explican la formación del
estado, trata deponer de relieve el papel activo
de los campesinos en la construcción de la na­
ción moderna4.

2. Peter F. Guardino, Peasants, politics and theformation


ofMexico's national state. Guerrero, 1800-1857, Stanford,
Stanford University Press, 1996.
3. Nils Jacobsen, Mirages of transition. The Peruvian alti­
plano, 1780-1930, Berkeley, University of California Press,
1993.
4. Florencia E. Mallon, Peasant and nation. The making of
postcolonial México and Perú, Berkeley, University of Ca­
lifornia Press, 1995.
134 Josep Fontana

También nuestro malogrado amigo Anto­


nio Cabral insistió en combatir, refiriéndose es­
pecíficamente a Andalucía, las visiones que pre­
suponían la pasividad campesina en el proceso
de «revolución liberal» para sostener que «fue
la propia movilización de los braceros y peque­
ños campesinos la que obligó a los gobiernos» a
legislar en su favor, y la que explicaría «la alian­
za de braceros y campesinos andaluces con la
burguesía más liberal y progresista».
Esta misma reivindicación de la autonomía
campesina, esta voluntad de analizar la actua­
ción de los miembros de la sociedad agraria de
acuerdo con su propia lógica, es la que le permi­
te a Hugues Neveux5, refiriéndose a un marco
territorial más amplio y a un período anterior,
desmitificar las «revueltas campesinas» del trán­
sito de la edad media a la moderna -los «furores
campesinos» de alguna vieja visión reacciona­
ria6-, y situarlas dentro de «un sistema de relacio­
nes que las incluye», proponiéndonos que no las
veamos como una simple «reacción», sino como
una acción compleja que tiene su propia cohe­
rencia interna. O la que ha llevado a algunos
investigadores a buscar las voces de protesta de
los campesinos en uno de los pocos lugares en
que se nos han conservado, como son los archi­
vos judiciales, desgajándolas de los elementos

5. Hugues Neveux, Les révoltes paysannes en Europe,


XlVe-XVIIe siecle, París, Albin Michel, 1997.
6. Poland Mousnier, Fureurs paysannes. Les paysans dans
les révoltes du XVIIe siecle. Frunce, Russie, Chine, París,
Calmann-Lévy, 1967.
La trama social de la historia agraria 135

deformadores que les ha añadido su crimina-


lización7. Aunque ésta sea, como veremos, una
tarea harto difícil.
Los movimientos de protesta y revuelta en
que participaban los que hemos llamado por
comodidad campesinos solían ser complejos y
su ideología reflejaba, considerada globalmen­
te, la diversidad de esta composición social, pero
tenía como elemento permanente una noción de
resistencia a la élite que procedía de la subalter-
nidad común a todos sus componentes sociales
y'la distinguía netamente de la política de los
grupos dirigentes, aunque en ocasiones el énfa­
sis en algunos intereses de grupo desequilibra­
se los movimientos, crease escisiones y debilita­
se las alianzas horizontales de los subalternos.
Por otra parte, uno de las características esen­
ciales de esta política era que reflejaba las con­
diciones de explotación a que estaban someti­
dos campesinos y trabajadores, pero también los
pobres urbanos y las capas inferiores de la pe­
queña burguesía. Unas condiciones que daban
a esta política unas normas y valores que la se­
paraban netamente de la de las élites, aunque
en algunos momentos puntuales pudiesen co­
incidir, aunque fuese con perspectivas y objeti­
vos diferentes, en el mismo movimiento.
Analizando el papel de los sectores popu­
lares en el movimiento mejicano de independen­

7. Por ejemplo, Regina Schulte, The village in court. Ar-


son, infanticide and poaching in the court records of upper
Bavaria, 1848-1910, Cambridge, Cambridge University
Press, 1994.
136 Josep Fontana

cia, Eric Van Young señala que ninguno de los


dos modelos explicativos que se usan habitual­
mente en las ciencias sociales, el de la división
horizontal de la lucha de clases o el vertical de
la protesta política nacionalista, de carácter in­
terclasista e integrador, sirve para entenderlo en
su complejidad, sino que hay que verlo como la
combinación de dos rebeliones, entrelazadas
pero distintas, una protagonizada por la élite
criolla y otra rural y popular, basada en la iden­
tidad y en la cultura étnicas8.
Una coincidencia parecida, con la misma
confusión, se produjo en la revolución española
de 1868, cuando los republicanos de Jerez enca­
recían a sus correligionarios la necesidad de
«aplazar la cuestión social hasta después de implan­
tada la república» y cuando Femando Garrido,
que viajaba por Andalucía acompañado por
Élias Reclus, amenazaba a los habitantes de Alo­
ra con ponerse del lado de la guardia civil si asal­
taban la cárcel para liberar a sus correligiona­
rios presos9.

8. Eric Van Young, «Los sectores populares en el movi­


miento mexicano de independencia, 1810-1821: una pers­
pectiva comparada», en Víctor Manuel Uribe y Luis Ja­
vier Ortiz, eds., Naciones, gentes y territorios. Ensayos de
historia e historiografía comparada de América Latina y el
Caribe, Medellín, Universidad de Antioquia, 2000, pp.
141-174.
9. Elias Reclús, «Impresiones de un viaje por España
(notas de un bloc en país de revolución)», publicadas,
en traducción de E. Carbó en La revista blanca, 2a época,
IX (1931-1932) a XI (1933).
La trama social de la historia agraria 137

En otros casos la revuelta afecta únicamen­


te a los grupos subalternos. Estos son precisa­
mente los más difíciles de investigar, dado que
las fuentes de que disponemos no proceden de
los propios implicados y están fuertemente ses­
gadas. Este es un tema que el historiador indio
Ranahit Guha ha examinado con mucha agude­
za10. Las fuentes primarias, las oficiales, nos dice,
son las que dan pie al mito de que las insurrec­
ciones rurales «son asuntos puramente espon­
táneos e impremeditados. La verdad -dice
Guha- es casi lo contrario. Sería difícil citar un
levantamiento de escala significativa que no es­
tuviese precedido por formas de movilización
menos militantes» y por intentos previos de
negociación.
Cuando se busca una explicación a estos
movimientos se hace con «una enumeración de
causas -de, por ejemplo, factores de privación
económica y política que no tienen nada que ver
con la conciencia del campesino o que se rela­
cionan con ella negativamente- que se supone
que desencadenan la revuelta como una espe­
cie de acción refleja, esto es, como una respues­
ta instintiva y casi inconsciente al sufrimiento
físico de uno u otro tipo (por ejemplo, hambre,
tortura, trabajo forzado) o como reacción pasi­
va a alguna iniciativa de su enemigo principal».
La culpa de ello es en buena medida de la
naturaleza de las fuentes, que son en primer lu­
gar las coetáneas de la autoridad, que nos pin­
10. Todas las citas de Guha proceden del libro Las voces
de la historia, Crítica, Barcelona, 2002.
138 Josep Fontana

tan a los rebeldes como fanáticos y bárbaros. «De


éstas depende un discurso secundario oficial,
que se pretende neutral pero que parte de la
aceptación del orden establecido (...) y otro más
liberal, que simpatiza con los campesinos y con
sus sufrimientos, pero que acaba poniéndose del
lado de la ley y el orden, porque deriva de las
ideas que la burguesía ascendente usó como un
elemento de progreso, pero que acabaron con­
virtiéndose en un instrumento de opresión».
Déjenme señalar que a mí me parece que esta es
la categoría a la cual pertenece el libro de Díaz
del Moral, cuyo título mismo se sitúa en la lógi­
ca de esta prosa de la contrainsurgencia liberal.
Hay todavía un discurso terciario, que no
sólo incluye historiadores de orden, sino tam­
bién los de izquierdas, que si condenan a los
represores, lo hacen para poner estos aconteci­
mientos en otro eje externo como es el de la lu­
cha por la libertad y el socialismo (los convier­
ten en precursores de futuros en que los rebel­
des ni siquiera pensaban, y que tal vez no hu­
biesen aceptado). Con esto practican, y me in­
teresa subrayar estas palabras de Guha, «un acto
de apropiación que excluye al rebelde como sujeto
consciente de su propia historia y lo incorpora como
un elemento contingente en otra historia con otro
protagonista». Si el discurso secundario oficial
tenía como protagonista al sistema establecido,
el secundario liberal tiene a la burguesía y este
último, el terciario, tiene como protagonista una
abstracción llamada «trabajador-campesino».
La historiografía no puede eliminar esta dis­
La trama social de la historia agraria 139

torsión, porque forma parte de su propia ópti­


ca: «Lo que puede hacer es reconocerla como un
parámetro, como un dato que determina la forma
del propio ejercicio, dejando de pretender que puede
captar por entero la conciencia del pasado y recons­
truirla. Sólo así podrá reducir significativamente la
distancia entre este pasado y la percepción del his­
toriador para llegar a una aproximación que es lo
mejor que podemos esperar».
La linealidad de una historiografía radical
en busca de una conciencia ideal puede difícil­
mente iluminar, sigo con Guha, «la combina­
ción de sectarismo y militancia que es una ca­
racterística tan importante de la historia rural».
Es incapaz de comprender, por ejemplo, los ele­
mentos de naturaleza religiosa que se presen­
tan en ocasiones en ellos o toda una serie de
otras contradicciones. «Cegado por el resplan­
dor de una conciencia perfecta e inmaculada,
el historiador no ve otra cosa, por ejemplo, que
solidaridad en la conducta de los rebeldes y no
consigue percibir lo otro, y en concreto la trai­
ción». Preso de abstracciones vacías, el discur­
so terciario, incluso el de carácter radical «sólo
se ha distanciado de la prosa de la contrainsur-
gencia por una declaración de intenciones. Aun
deberá hacer un largo camino antes de que el
insurgente pueda confiar en su trabajo para
recuperar el lugar que le corresponde en la his­
toria».
Estudiando los movimientos de insurgen-
cia rural en la India, Guha ha reivindicado la
existencia de conciencia en unos movimientos a
140 Josep Fontana

los que se suele acusar de espontaneidad, por­


que hay el vicio de identificar lo consciente con
lo que está organizado y responde a un progra­
ma, generalmente a alguna forma más o menos
explícita del tipo de programa que sintoniza con
las ideas de quienes los analizan y que los des­
califican como pre-políticos, al no encontrar en
ellos aquellos elementos que piensan que debe­
rían estar presentes.
Pero en estos movimientos de las masas
rurales «no había nada que no fuese político». En
un medio en que el desarrollo capitalista era in­
cipiente los excedentes de los campesinos no se
obtenían por el juego de los mecanismos del
mercado, sino por la fuerza extraeconómica de
la posición de los terratenientes en la sociedad
local. Una de sus consecuencias era el aumento
de las deudas de los campesinos que ponía mu­
chas tierras en manos de los prestamistas y de
los usureros. Terratenientes, usureros y funcio­
narios formaban así un aparato de dominación
de naturaleza política, de modo que la lucha del
campesino contra esta dominación debía ser
necesariamente política. No había nada de es­
pontáneo en la revuelta, aunque no tuviese un
programa para reemplazar el poder que quería
destruir.
Me gustaría aplicar alguna de las conside­
raciones que he apuntado a una de las «agita­
ciones campesinas andaluzas», para decirlo al
modo tradicional, más famosas y peor conoci­
das: me refiero a la de Iznájar y Loja en 1861,
que asociamos habitualmente al albéitar Pérez
La trama social de la historia agraria 141

del Álamo que, por cierto, si hemos de creer a


Ángel Aroca11, era también uno de los mayores
contribuyentes de Loja, lo que no se suele decir.
En un caso como éste empiecen ustedes,
como norma general, dejando a un lado las me­
morias tardías de los dirigentes, que suelen re­
construir lo sucedido para justificarse y que de­
forman para ello los hechos hasta hacerlos irre­
conocibles. Víctima de mis simpatías democrá-
tico-populares, yo me creí, por ejemplo, las me­
morias en que el sargento Gómez contaba lo
sucedido en el llamado «motín de la Granja» de
1936, hasta que descubrí que a lo largo de su
vida el citado sargento había ido contando ver­
siones distintas de lo ocurrido y que la última,
que yo había tomado al pie de la letra para rei­
vindicarlo, apenas tenía nada que ver con la rea­
lidad. Mejor será que olvidemos, por ello, lo que
escribió años más tarde Pérez del Álamo12 y que
procedamos a una rápida revisión, basándonos
en el texto más característico producido por la
represión, que resulta ser, a la vez, el relato más
extenso y documentado de los acontecimientos:
la memoria del gobernador de Málaga Antonio
Guerola13.
11. Angel Aroca Lara, «Iznájar en el levantamiento de
Pérez del Alamo», en Asociación provincial cordobesa de
cronistas oficiales, pp. 111-128.
12. Rafael Pérez del Alamo, Apuntes sobre dos revolucio­
nes andaluzas, Madrid, Zero, 1971 (el título de la edición
original era «Apuntes históricos sobre dos revoluciones».
13. Todas las citas que siguen proceden de Antonio Gue­
rola, Memoria de mi administración en la provincia de Má­
laga como gobernador de ella desde diciembre de 1857 hasta
142 Josep Fontana

Sabemos bien, y ello no tiene por qué sor­


prender, que en el movimiento de Loja partici­
paron, además de jornaleros, pequeños propie­
tarios, artesanos y dueños de establecimientos
comerciales modestos. Pero lo importante no es
verificar la participación, sino tratar de aclarar
de dónde surgió la iniciativa.
Pues bien, de creer al gobernador, que te­
nía buena información, los dirigentes de los
movimientos que estallaron o que se prepara­
ban eran fundamentalmente artesanos. En Má­
laga se disponían a iniciarlo «Antonio Sáez, ta­
labartero, catalán» -más adelante aclarará que
«vino hace poco tiempo de Madrid y Barcelo­
na»-, persona muy notable por sus ideas revo­
lucionarias y por ser hombre de empuje y ener­
gía» y «un joven encuadernador llamado Ma­
nuel Sánchez», de quienes, como se ve, habla
incluso con respeto, aunque se apresure a me­
terlos en la cárcel. Lo que se estaba preparando
era, según él, un plan combinado para un levan­
tamiento general, cuyas motivaciones explica en
estos términos: «A las tendencias naturales de la
época, que tanto halagan a la clase pobre; al ejemplo
seductor de Garibaldi derrocando tronos e invadien­
do reinos con un puñado de aventureros, se ha agre­
gado la predicación diaria de los periódicos democrá­
ticos, cuyos efectos se conocen mucho más en los cam­
pos que en la corte». El gobernador no consiguió
convencer al ministro con sus temores, de for­
ma que éste le dijo que lo mejor que podía hacer
el 15 de febrero de 1863, Sevilla, Fundación Sevillana de
Electricidad, 1996, III, pp. 1075-1177.
La trama social de la historia agraria 143

era no mezclarse en los problemas laborales «y


dejar a los obreros en libertad de que trabajen o dejen
de hacerlo, según convenga a sus intereses».
Aquel verano de 1861 hubo, como tantas
otras veces, problemas al fijar los jornales para
la siega, pero el gobernador se empeñaba en
verlo en términos conspirativos. «El ensayo he­
cho sobre los tejedores de Antequera -dirá; lue­
go hablaremos de lo que había sucedido en esta
ciudad- se quiso repetir en los jornaleros que tra­
bajan en la siega del trigo». Reconocía que «la
fijación del precio del jornal» debía ser libre,
pero sostenía que cuando los jornaleros «se coa­
ligan para encarecer abusivamente el precio del tra­
bajo cometen un delito penado por el código». Lo
que no se aclaraba era quién tenía que decidir
si el precio que pedían por su trabajo era abu­
sivo o razonable.
Mientras tanto seguía vigilando a los diri­
gentes revolucionarios de Málaga, tales como un
«hábil ebanista» y un «hojalatero», aunque se
veía obligado a reconocer que «no tratan de alte­
rar el orden», sino sólo de estar preparados en
atención a lo que estaba sucediendo en otras
partes de Europa, y en especial en Italia. Para
combatir el espíritu revolucionario redactó una
circular en que atacaba las «ideas absurdas de la
excelencia de una democracia exagerada, fundada en
que cuando sea gobierno repartirá los bienes de los
ricos, y no habrá quintas, ni contribuciones7 ni ejér­
cito, ni pobres, pero que en cambio habrá libertad para
tüdo». Ante su estupefacción, el ministro le pro­
hibió publicarla.
144 Josep Fontana

Y así se llegó a los sucesos de Iznájar y Loja,


a su desastrado final y a la represión. Suerte tu­
vieron, añade, de poder evitar que el movimien­
to se extendiera a Antequera: «esa turbulenta
Antequera que parece la cuna y centro de la demo­
cracia andaluza» -una frase, por cierto, que aun­
que pensada en su tiempo como escarnio, me
suena a mí como el mejor elogio que se pueda
hacer de una ciudad: «cuna y centro de la demo­
cracia andaluza».
Hubo detenciones de los supuestos dirigen­
tes, entre los que encontramos un estanquero,
un carpintero, el capataz de un cortijo, un ven-
torrillero... Y hubo centenares de presos, de los
que uno fue ejecutado, 34 se enviaron a Feman­
do Poo condenados a cadena perpetua, 206 a
Canarias a trabajos forzados y 238 a presidio en
Baleares y en Santoña. El viaje que Isabel II hizo
a Andalucía poco después redujo las penas de
muchos, pero el castigo y el sufrimiento fueron
grandes. Y déjenme añadir que la confusión en
este terreno es total. Díaz del Moral, basándose
en Pirala, dice que hubo seis fusilados y que los
condenados a presidio «no pasaron de medio
centenar». Se equivoca. De los condenados a
muerte la mayoría escapó; pero los presos fue­
ron muchos -el padre Claret, que también dis­
ponía de buena información, asegura que fue­
ron 1.18314- y los condenados a presidio en «ul­
tramar», como dice el gobernador, sumaban

14. Antonio María Claret, Escritos autobiográficos y espiri­


tuales, Madrid, B.A.C., 1959, pp. 390-393.
La trama social de la historia agraria 145

cientos. El mismo añadirá que «se embarcaban en


Málaga en buques de guerra» y que verlos «era un
triste espectáculo».
Hace años conocí a un hombre nacido en
un villorrio cercano a Iznájar y le escuché un
dicho que me sorprendió, porque parecía tener
que ver con los sucesos de Loja. Le pregunté por
él y me contó que le había oído contar esas cosas
a su abuelo, que había sido uno de los jornale­
ros que siguieron a unos hombres a caballo que
pasaron sublevando a los trabajadores. Pero los
recuerdos más claros que le había transmitido
su abuelo eran los de la dureza de la represión
que se llevó a más de doscientos hombres a tra­
bajos forzados en Canarias. El dicho que le ha­
bía oído se refería al alcalde de una localidad
que denunció a algunos de los implicados y que
desapareció sin dejar rastro. Al parecer, según
la opinión popular, fue asesinado y empareda­
do en una casa para que no se encontrase su ca­
dáver.
Para el gobernador Guerola los jornaleros -
él no los llama nunca campesinos- eran simples
peones engañados, y se contentaba con destinar­
les una especie de sermón moral contra la repú­
blica y contra las ideas igualitarias, con argu­
mentos tan sutiles como el de decirles que «el
que en este mundo sufre y es bueno tiene mucha pro­
babilidad de ser en la otra vida feliz, (...) lo que tal
vez no suceda en alguno de estos ricos que ahora en­
vidiáis» (aclararé que respeto su sintaxis, inclu­
so cuando no es correcta). Lo cual no parece con­
cordar con el argumento siguiente que sostiene
146 Josep Fontana

que los ricos son buenos, por lo menos en Espa­


ña, porque «¿Quién de vosotros no tiene un padri­
no a quién acude cuando no tiene jornal para que le
adelante o le dé algo?». Un sermón amenizado con
rasgos de ingenio como el de decir: «Por otra
parte, si todos fuésemos ricos ¿quién trabajaría la tie­
rra y las fábricas?». Por fortuna parece que esta
insigne pieza de literatura moral, que firmaba
como «un amigo de los pobres», no llegó nunca
a publicarse.
Pero el movimiento mismo era cosa, en opi­
nión de Guerola, de dirigentes de otra laya, in­
tegrados en una especie de sociedad carbonaria
republicana, fundada en Granada hacia 1854, y
que recibía el nombre de «Venta Nacional». Una
sociedad de la que eran miembros destacados,
entre otros, buena parte de los capataces de los
cortijos, que eran quienes, en su opinión, coac­
cionaban a los jornaleros. El gobernador trans­
cribe en su memoria los textos tremebundos de
los juramentos que hacían quienes ingresaban
en la sociedad. Todo ello formaba parte de las
visiones conspirativas que son habituales en los
represores y nos lo podemos tomar con un cier­
to escepticismo.
Pero a mi no me acaba de parecer convin­
cente esta visión de una sociedad carbonaria
empeñada en hacer la revolución a corto plazo
que, no se sabe cómo, logra prender la revuelta
en los jornaleros. Me parece que hay signos de
algo mucho más serio y más hondo, que afecta a
los grupos subalternos de la sociedad andaluza,
y que va más allá de las conspiraciones. Quisie­
La trama social de la historia agraria 147

ra mostrarlo examinando unos acontecimientos


difíciles de interpretar, y en apariencia de poca
importancia -que nunca figurarían en un libro
como el de Díaz del Moral porque no fueron ni
agitaciones ni campesinas- que ocurrieron en
Antequera a comienzos de 1861, meses antes del
movimiento de Loja.
Guerola le escribía al ministro, Posada He­
rrera, en febrero de 1861 que «Antequera es una
población de malísimas condiciones políticas, y un
pequeño Barcelona», puesto que es «un pueblo fa­
bril, donde siempre germinan más las ideas avanza­
das en política» y porque su aristocracia, siendo im­
portante -en su momento añadirá que son tam­
bién los propietarios de la mayor parte de la tie­
rra-, estaba dividida, «no sólo por razones de fami­
lia, sino por espíritu de partido».
De las dimensiones que hubiera debido te­
ner esta supuesta sociedad secreta que integra­
ba a los revolucionarios potenciales de las cla­
ses subalternas daba prueba un acontecimiento
que él mismo había presenciado en Antequera.
Les citaré su descripción de los acontecimien­
tos: «Hace algunos días se dio el viático a un
jornalero, afiliado sin duda a la sociedad, y con
extrañeza y hasta espanto del vecindario, se vie­
ron acudir cerca de mil personas de la clase obre­
ra con faroles para acompañar al viático, que­
riendo ello hacer un alarde de sus fuerzas (...).
Pues bien, anteanoche hubo que dar otra vez el
viático a la mujer de un carpintero, que sin duda
es de los afiliados. Tuve por un confidente aviso
de que se preparaba una demostración semejan*
148 Josep Fontana

te, precisamente por estar yo aquí, pues habían


dicho los jefes que querían viese yo cuán nume­
rosa y cuán pacífica era la democracia en Ante­
quera... En el acto dispuse que los empleados
de vigilancia se constituyesen en las inmedia­
ciones de la iglesia y no permitieran que fueran
formando la procesión con el viático más que
los veinte faroles de la parroquia, obligando a
todos los demás a apagar los suyos. No es exa­
gerado decir a V.E. que más de dos mil perso­
nas aparecieron allí con faroles, pero en el acto
que los empleados de vigilancia les intimidaban
que los apagasen lo hicieron sin la menor resis­
tencia ni réplica, y se contentaron con seguir si­
lenciosos y tranquilamente detrás del viático en
forma de procesión hasta la casa de la enferma».
Tras lo cual concluye: «Tal es el estado de esta ciu­
dad. Las autoridades, vigilantes para descubrir y
prontas para dar con el menor indicio de trastorno
material. Los vecinos honrados poseídos de una gran
intranquilidad moral, y las clases trabajadoras, uni­
das, conjuradas, pero sin dar el menor pretexto para
que se proceda contra ellas».
¿Qué quieren que les diga? A mi todo eso
no me suena a sociedad secreta carbonaria, ni
por las dimensiones (aunque rebajemos en lo que
convenga las cifras del gobernador, posiblemen­
te engrosadas por el miedo), ni por las formas
de una actuación que, al margen de muy poco
carbonaria -no sé yo que haya muchos prece­
dentes de acompañamiento carbonario del viá­
tico- tampoco parece encaminada a la revolu­
ción, sino a una afirmación de grupo.
La trama social de la historia agraria 149

Aquí me parece que apunta la realidad de


una sociedad andaluza mucho más compleja y
espesa, si se me admite la palabra, que la del
estereotipo habitual que lo divide todo en terra­
tenientes y campesinos, con un puñado de arte­
sanos, tenderos, ventorrilleros y barberos por
medio. Y me parece que necesitamos conocerla
mejor: conocer lo que pensaban y lo que se pro­
ponían estas clases subalternas, si queremos
entender la auténtica trama social de los movi­
mientos de masas andaluces, liberándolos del
tópico devaluador que lo reduce todo a algara­
das, revueltas y motines: a agitaciones, en suma,
sin dirección ni objetivo.
Me parece que necesitamos hacer un esfuer­
zo para recuperar para la historia, devolvién­
doles su condición de protagonistas de su desti­
no, a todo ese amplio conjunto de las clases sub­
alternas rurales y urbanas de Andalucía; nece­
sitamos escuchar sus voces, extrayéndolas has­
ta donde sea posible de la retórica dominante
de la contrainsurgencia, para que nos expliquen
sus razones y sus sueños. No sólo para enten­
der mejor lo que sucedió en el pasado, sino por­
que, como dijera en tiempos de esperanza y de
tragedia Antonio Machado, es posible que en
estos proyectos y en estos sueños, frustrados
pero no enteramente perdidos, encontremos ele­
mentos que puedan recuperarse para construir
todavía un futuro mejor.
6

ERIC HOBSBAWM:
EL HISTORIADOR COMO
IN TÉRPRETE DEL PRESENTE

on muchos los que creen que el trabajo del


S historiador consiste en descifrar el pasado.
No es así. Lo que llamamos el pasado, cualquier
tiempo o momento de la historia humana que
escojamos para estudiar, es una selva inabarca­
ble en que hay tantos caminos posibles que na­
die podría pensar en recorrerlos todos. El histo­
riador busca, en esta confusa maraña, aquellos
senderos que conducen hacia los problemas que
más le preocupan, que le importa aclarar y en­
tender, para hacerlos comprensibles a los demás.
Y, por el hecho mismo de vivir inmerso en su
tiempo, es difícil que se abstraiga de preocupar­
se por aquello que afecta a los hombres y muje­
res de su entorno.
Eric Hobsbawm es, en este sentido, un ejem­
plo elocuente. Su obra estuvo influida por los
debates políticos e ideológicos de su tiempo des­
de su mismo comienzo, desde los estudios de
historia social y del movimiento obrero, pasan-
152 Josep Fontana

do por sus contribuciones a la renovación teóri­


ca de la historiografía marxista, con el plantea­
miento del tema de «la crisis general del siglo
XVII» y con la publicación en 1964 del fragmen­
to de las Grundrisse de Marx dedicado a las for­
maciones económicas precapitalistas, al que an­
tepuso una introducción provocativa, que inci­
taba a lecturas heterodoxas -esto es, no dogmá­
ticas- de los textos de Marx, y culminando con
la serie de las «eras», que acabarían componien­
do, aunque el propio autor nos diga que no fue
esa su intención inicial, una historia global de
los tiempos contemporáneos, desde La era de la
revolución, publicada en 1962, hasta la de los con­
trastes, que apareció en 1994 y que se ha conso­
lidado en la apreciación general como la mejor
visión de conjunto sobre la historia del siglo XX.
Porque aunque la bibliografía de Eric Hobs-
bawm sea amplia y muy variada -a los textos
que he citado habría que añadir aun sus traba­
jos metodológicos sobre la historia, los dedica­
dos al nacionalismo, sus escritos sobre el jazz,
etc.- y pudiera darle a alguno la sensación de
una obra dispersa, que responde puntualmente
a momentos e intereses distintos, sucede que
vista en su conjunto, desde hoy, con la ventaja
de la perspectiva que se consigue mirando ha­
cia atrás desde un punto avanzado del camino,
podemos damos cuenta de que toda ella con­
ducía de algún modo hasta esta valoración del
siglo XX que nos ha ofrecido en The age of extre­
mes.
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete.., 153

Hablemos un poco de las valoraciones del


siglo. El XIX fue el primero en que los hombres
tuvieron conciencia de estar viviendo en un si­
glo determinado, en un tiempo de progreso tec­
nológico y modernidad, lo que puede explicar
el optimismo con que se entró en el siglo XX,
pese a que los últimos años del XIX no fuesen
especialmente esperanzadores, puesto que fue­
ron tiempos de crisis económica y de guerras,
con el añadido del temor generalizado a que se
estuviese preparando un enfrentamiento entre
las grandes potencias, aunque nadie fuese ca­
paz de adivinar la magnitud y la brutalidad del
doble conflicto -o, tal vez mejor, del conflicto en
dos actos- que empezó en 1914 y acabó en 1945.
Paradójicamente, el siglo XX parecía termi­
nar en lo que podía considerarse como una rela­
tiva paz, en comparación con las décadas agita­
das de su segunda mitad, y en plena euforia eco­
nómica (dos ilusiones que los primeros años del
siglo XXI se han encargado de desmentir); aun­
que también en el desconcierto y el desencanto,
que se manifestaban en actos de protesta como
los que se habían producido en Seattle y en Pra­
ga, reflejo del descontento con que las nuevas
generaciones acogen el mundo supuestamente
feliz que los vencedores de la guerra fría han
preparado para ellos. O en tantos otros signos
del rumbo incierto de los tiempos. Lo explicaré
con un ejemplo: el 17 de octubre del año 2000,
en un sólo día, la prensa ofrecía estas noticias: la
FAO calcula que 826 millones de seres huma­
nos pasan hambre, un abogado alemán que es­
154 Josep Fontana

tuvo diez años encarcelado por su militancia en


la Fracción del Ejército Rojo se ha convertido en
uno de los intelectuales de la extrema derecha
neonazi y, para completarlo, se podía leer una
entrevista con Daniel Cohn Bendit, presunto
héroe de las revueltas estudiantiles del 68, en
que proclamaba: «ahora creo que no hay ningu­
na alternativa a la economía de mercado» y que
«Europa es para mí muy importante porque
defiende las ideas de la sociedad que hemos
construido en estos últimos sesenta o setenta
años», que resulta ser la misma que produce hoy
826 millones de seres humanos que sufren ham­
bre. Tres noticias que encajan a la perfección en
un panorama de incoherencia y desconcierto.
No es extraño que no se repitiesen ahora
las previsiones optimistas que se publicaban en
tomo a 1900. La mayor parte de los balances del
siglo reflejan hoy el temor ante un futuro incier­
to, que se quiere exorcizar con vagas invocacio­
nes a los milagros que podrán aportar las nue­
vas tecnologías, olvidando que hace algo más
de cincuenta años fracasaron otras profecías
parecidas que aseguraban que la energía ató­
mica iba a proporcionamos a todos una vida
de ocio feliz y de bienestar ilimitado, y que para
el año 2000 habría acabado la pobreza en el
mundo.
El temor ante el futuro parece una lógica
consecuencia de la herencia del siglo, tal como
la muestra la mayor parte de estos balances. Si
en 1900 se podía pasar revista al siglo XIX como
una época de progreso científico y desarrollo
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete.., 155

industrial, las valoraciones que hoy se hacen del


XX resultan menos optimistas.
Lo reflejan los propios títulos de los libros
en que se publican, como el de Dark continent en
que Mark Mazower revisa la evolución de Eu­
ropa1, el de una compilación publicada recien­
temente en Brúcelas que responde al de Los tu­
multos de un siglo2, o el de Joel Kotek y Pierre
Rigoulot El siglo de los campos de concentración,
con un subtítulo todavía más explícito que nos
habla de «cien años de mal radical»3.
Otros, como Humanity de Jonathan Glover,
presentado como «una historia moral del siglo
XX»4, resultan ser poca cosa más que una bien­
intencionada denuncia de las brutalidades del
siglo, que carga las tintas en la condena de esos
supuestos herederos de la utopía ilustrada que
serían Stalin, Mao, Pol Pot o Hitler, y se mueven
en muchos casos en un nivel de análisis muy
superficial. Por ejemplo, meter en el saco del tri-
balismo, sin más matices, el genocidio de Ruan­
da implica ignorar, como en otras guerras su­
puestamente civiles del tercer mundo, el papel
de la incitación exterior por parte.de unas viejas
potencias coloniales que han manipulado la po­
1. Mark Mazower, Dark continent: Europe's twentieth cen-
tury, Londres, Alien Lañe, 1998.
2. Jean Vanwelkenhuyzen, ed., Les tumultes d'un siécle,
Bruselas, Complexe, 2000.
3. Joél Kotek et Pierre Rigoulot, Le siécle des camps. Dé-
tention, concentration, extermination. Cent ans de mal radi­
cal, París, J.C. Lattés, 2000.
4. Jonathan Glover, Humanity. A moral history ofthe twen­
tieth century, Londres, Jonathan Cape, 1999.
156 Josep Fontana

lítica de los nuevos estados en defensa de sus


intereses, y que han conseguido mantener en el
poder durante muchos años a sus peones. Re­
sulta, así, que esta «historia moral» que conde­
na las matanzas, deja al margen de su conside­
ración la gran atrocidad global de un sistema
que engendra pobreza, alienta los conflictos ci­
viles en los países subdesarrollados y, una vez
puestos en marcha, vende a los dos bandos en­
frentados las armas que necesitan para masa­
crarse.
Casi todos estos libros caen en la trampa de
reducir los males del siglo a las culpas del fas­
cismo y del comunismo: Rojo y pardo. El mal del
siglo, como dice el título de un libro delirante,
cuyo autor ve en el pacto nazi-soviético el ori­
gen de todas las desgracias del pasado y del pre­
sente5. O, de modo parecido, en el libro de Ro-
bert Conquest sobre un «siglo devastado» -si-
guen, como se ve, los títulos catastrofistas-, en
que todas las calamidades se nos presentan como
fruto de la acción nefasta de las ideas revolucio­
narias6.
Conviene usar con mucha cautela un adje­
tivo como el de «revolucionario» y cuidarse de
no sobrevalorar los efectos reales de la retórica
de los líderes. Si hay algo realmente impresio­
nante en el libro de Saúl Friedlánder sobre la

5. Thierry Wolton, Rouge Brun. La mal du siecle, París, J.


C. Lattés, 1999.
6. Robert Conquest, Rejlections on a ravaged century,
Nueva York, Norton, 2000.
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete.., 157

persecución de los judíos en la Alemania nazi7,


es ver cómo una gran parte de la sociedad ale­
mana se sumó entusiásticamente, desde el pri­
mer momento, a la exclusión y condena de los
judíos, sin que hubiera que esperar a que la re­
tórica nazi la intoxicase. Por otra parte, no se
debe olvidar que si hubo ideas revolucionarias
que conmovieran al mundo, se debió a que con
anterioridad había situaciones prerrevoluciona-
rias insoportables que permiten explicar la di­
fusión de estas ideas, aunque no basten para jus­
tificar todo lo que se hizo en su nombre.
Lo que pretenden la mayor parte de estas
visiones es reducir la historia del siglo a un gran
enfrentamiento entre los totalitarismos, fascista
y comunista, contra algo llamado «el mundo li­
bre», un término nacido de esa confusión, que
Hobsbawm denuncia en su libro, entre el capi­
talismo y la democracia liberal, como se puede
advertir cuando vemos que en este mundo libre
se incluyen el África del Sur del apartheid, la
Argentina del terror militar o la Indonesia de
Suharto.
No hay que confundir las cosas: cuando
Suharto visitó los Estados Unidos en 1995, fue
recibido por Clinton y Gore con los brazos abier­
tos. Le riñeron un poco por las salvajadas que
cometía en Timor Oriental, pero pasaron acto
seguido a hablar cordialmente de negocios. Un
alto funcionario de la administración america­

7. Saúl Friedlánder, Nazi Germany and thejews. The years


of persecution, 1933-1939, Londres, Weidenfeld and Ni-
colson, 1997.
158 Josep Fontana

na no dudó en decir: «He's our kind of guy»8.


(El es nuestro tipo de gente).
Está claro que un sistema que incluye a Su-
harto, a Mobutu o a Pinochet, entre otros mu­
chos especímenes parecidos -recuérdese por
ejemplo al emperador Bokassa, presunto consu­
midor de carne humana, por el que De Gaulle
sentía una evidente debilidad (sólo le molesta­
ba que en las recepciones oficiales le llamase
«papá», en lugar de general o presidente)-, debe
tener otros rasgos que lo definan, porque no
puede caracterizarse únicamente por su compro­
miso universal en la defensa de las libertades
democráticas.
Una historia del siglo XX ha de explicar
muchas cosas que no tienen nada que ver con
los enfrentamientos de la llamada guerra fría,
que esta clase de libros parece que intentan per­
petuar (¿Cómo entender de otro modo que en
las recomendaciones bibliográficas de un recien­
te estudio sobre el tercer Reich se nos diga algo
tan delirante como que el libro de Frangois Fu-
ret, Le passé d'une illusion, es «la mejor... guía para
la historia y la política europeas del siglo XX»9).
Una historia del siglo XX debe permitimos en­
tender, por ejemplo, la cruda realidad que un
economista ha definido con estas palabras:
«Cuando el siglo veinte concluye dos conjuntos
de hechos económicos se nos presentan en un

8. Tariq Ali, «Our Herods», New Left Review, 5 sept/ oct


2000, pp. 5-14.
9. Michael Burleigh, The third Reich. A new history, Lon­
dres, Macmillan, 2000, p. 922.
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete.., 159

total y perturbador contraste. Por primera vez


en la historia, los recursos existentes y la tecno­
logía, tomados en conjunto, hacen posible que
la totalidad de los seis mil millones de habitan­
tes de la Tierra puedan -ahora mismo o en el
transcurso de una generación- ser adecuada­
mente alimentados, vestidos, dotados de vivien­
da y educados, y que puedan tener su salud
adecuadamente cuidada. Y en segundo lugar,
en contra de esto, resulta que más de la mitad
de esta población está mal alimentada (con mu­
chos millones de seres humanos muriendo de
hambre), sin vivienda adecuada, mal vestida,
mal educada, con una salud precaria y conde­
nada a unas tasas de mortalidad infantil y a unas
esperanzas medias de vida que corresponden a
las del inicio de la revolución industrial»10.
Que esta situación no es fruto de los «tota­
litarismos», para decirlo con la terminología tra­
dicional, sino de la dinámica propia del capita­
lismo lo demuestra el hecho de que, de 1989 para
acá, no ha hecho más que agravarse, como lo
muestran las cifras compiladas por el Banco
Mundial. Paradójicamente, el fin de la «guerra
fría» ha acentuado las desigualdades, entre otras
razones porque ha hecho desaparecer la preocu­
pación por ayudar a los países que entonces se
llamaban «en vías de desarrollo» -una denomi­
nación que ha acabado resultando un sarcasmo-
con el fin de atraerlos a una u otra esfera de in­
fluencia política. Etiopía, por ejemplo, era un
10. Douglas Dowd, Capitalism and its economics. A critical
history, Sterling, VA, Pluto Press, 2000, p.xii.
160 Josep Fontana

peón interesante en los años de la guerra fría y


podía recibir ofertas de ayuda de uno u otro
bando. Hoy Etiopía no importa a nadie y se la
puede dejar morir de hambre sin más preocu­
paciones. Lo que ayer eran ayudas de estado a
estado, se limita hoy a la insuficiente caridad de
las ONG, de algunas de las cuales se ha llegado
a decir que no pasan de ser entidades carroñe-
ras que prosperan y se nutren con las catástro­
fes africanas.
Hace años mi amigo el historiador italiano
Renato Zangheri proponía a una serie de histo­
riadores escribir una historia del «capitalismo
real», desde el siglo XVI hasta el presente. Hu­
biera sido útil. Pero lo que está claro es que cual­
quier visión de la historia del siglo XX que no
incluya como un elemento interpretativo esen­
cial la trayectoria real del capitalismo -no sólo
su supuesta vocación, tantas veces desmentida,
de promover y defender la libertad- no puede
permitimos entender por qué sigue habiendo
hoy 826 millones de seres humanos que pasan
hambre. Y que eso de la pobreza y el hambre no
es una invención estadística de las Naciones
Unidas, como sostienen nuestros neoliberales,
empeñados en convencernos de que vivimos en
un mundo feliz, lo demuestra la cotidiana aven­
tura de quienes se lanzan en pateras al mar para
llegar a nuestras playas y dormir al raso en las
calles y plazas de nuestras ciudades, donde su­
fren miseria y discriminación, pero saben que
por lo menos tienen alguna esperanza mayor de
sobrevivir.
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete.. 161

Si algo debe quedar claro es que no todos


los males del siglo se reducen a las matanzas. A
lo que hay que añadir, además, que no todas las
matanzas tuvieron como causa la lucha por la
libertad, sino que muchas de ellas, como la ma­
sacre de 1965 en Indonesia o el prolongado ge­
nocidio de los campesinos en América central,
han sido producto de la lucha por el beneficio:
por la conservación de unos derechos de pro­
piedad no siempre legítimos y de unas condi­
ciones de explotación difícilmente justificables.
Las simplificaciones son siempre peligrosas.
Los acontecimientos deben analizarse en toda
su complejidad, sin contentarse con etiquetar­
los con la retórica legitimadora con que los pro­
tagonistas justifican sus actos. Por ejemplo, si
hemos de creer lo que nos dice la documenta­
ción recientemente desclasificada, el súbito cam­
bio que llevó a Stalin en los primeros meses de
1950 a aprobar el inicio del conflicto de Corea,
al que hasta entonces se había resistido, tuvo
menos que ver con razones ideológicas -y me­
nos aun con cualquier supuesto proyecto de con­
quista mundial- que con la necesidad de com­
pensar a la Unión Soviética con el acceso a los
puertos de Corea la pérdida del puerto chino de
Lushun, que le había sido cedido por Chiang
Kai-shek en 1945, y al que tenía que renunciar
como consecuencia del tratado de amistad fir­
mado con Mao en febrero de 195011. Un Mao que,

11. Shen Zhiua: «Sino-Soviet relations and the origins of


the Korean war: Stalin's strategic goals in the Far East»,
Journal of coid war studies, 2 (2000), N°. 2, p. 44-68.
162 Josep Fontana

por cierto, pocos años después denunciaría el


«socialimperialismo soviético», lo cual demues­
tra, cuando menos, que el rojo es un color con
muchos matices.
No pretendo, con este ejemplo, sostener que
lo que hay que hacer es volver a la vieja historia
de las relaciones internacionales para explicarlo
todo, sino insistir en que necesitamos analizar
los acontecimientos en más de una dimensión
para entenderlos. Y que conviene, sobre todo,
evitar el error tan frecuente en los historiadores
que, convencidos de que, conociendo el final de
la trama, dominan también los detalles de su
desarrollo, deciden actuar como directores de
escena que asignan a cada actor el matiz con­
creto que conviene a su papel, olvidando que
las decisiones reales se tomaron en muchas oca­
siones en función de análisis equivocados, de
errores de percepción o de prejuicios que no han
quedado registrados en las historias oficiales.
Un ejeritplo: en la noche del primero de
marzo de 1956, un Anthony Edén furioso tele­
foneaba a Sir Anthony Nutting para exigirle que
acabase con Nasser. Nutting ha recordado así
su conversación con el primer ministro británi­
co: «Yo dije. “Muy bien. Usted echa a Nasser,
pero ¿a quién vamos a poner en su lugar?”. “No
quiero a nadie”, me dijo. Yo añadí, “Bien, enton­
ces habrá anarquía y caos en Egipto”. “No me
importa si hay anarquía y caos en Egipto. Deje­
mos que haya anarquía y caos en Egipto. Yo lo
único que quiero es librarme de Nasser”».
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete... 163

Actitud irracional que sólo puede entender­


se en los términos de una aventura política in­
sensata, que se basaba en suposiciones como la
que aparece en el diario de Macmillan el 26 de
noviembre de 1955: «Hemos obtenido informa­
ción muy secreta, pero fiable, de que Nasser ha
aceptado ya (más o menos) permitir el “socialis­
mo popular” (en otras palabras el comunismo)
en Egipto, como parte del trato de compra de
armas a los checos»12. ¿Cómo encajar esto en una
interpretación histórica que lo reduce todo al
enfrentamiento entre totalitarismo y democra­
cia?
Déjenme darles otra muestra de la dificul­
tad que implica analizar incluso decisiones que
parecen poderse interpretar en blanco y negro,
como la del presidente norteamericano Johnson
cuando, con motivo de los incidentes del golfo
de Tonkín, llevó la guerra de Vietnam a una es­
calada sangrienta. Leyendo hoy la transcripción
de las cintas grabadas en el despacho oval de la
Casa Blanca en los primeros días de agosto de
1964, podemos recuperar las incertidumbres de
Johnson en unos momentos en que estaba con­
dicionado por la proximidad de unas eleccio­
nes presidenciales a tres meses vista, en las que
había de enfrentarse a Goldwater. El 3 de agos­
to la inquietud de Jonson se acentuó, cuando
un político republicano moderado, a quien se
suponía que era algo así como el portavoz de
12. Peter Hennessy, The prime minister. The office and its
holders since 1945, Londres, Alien Lañe, 2000, pp.215-216
y 227.
164 Josep Fontana

Eisenhower, le advirtió que, para enfrentarse a


Goldwater, tenía que ir con mucho cuidado de
no parecer demasiado blando ante la amenaza
comunista. Al día siguiente por la mañana un
Jonson obsesionado por el miedo a parecer dé­
bil recibía noticias confusas acerca de la posible
existencia de un nuevo ataque nordvietnamita
a los barcos de guerra norteamericanos en el
golfo de Tonkín. Lo lógico hubiera sido aguar­
dar a que el ataque se confirmase, pero alguien
filtró prematuramente a la prensa, en este mis­
mo día, la noticia de que se había producido -
hoy sabemos que no existió- y ello obligó a
Johnson a adelantarse anunciando medidas
de represalia sin poder aguardar a la verifica­
ción. Elementos de contingencia como estos pue­
den en ocasiones condicionar decisiones de gra­
ves consecuencias. Sin que debamos olvidar que
el hecho de que Johnson ganase estas elecciones
evitó que llegase al poder un hombre como Gold­
water, que ya había anunciado que estaba dis­
puesto a defoliar Vietnam del Norte con bom­
bas atómicas13.
La primera sensación que tenemos cuando
pasamos de las visiones polarizadas del siglo a
que me he estado refiriendo hasta ahora a la que
nos ha dado Hobsbawm en la última de sus
«eras» es la de entrar en un mundo de matiz y
diversidad, donde el siglo no es analizado como

13. Michael R. Beschloss, Taking charge. The Johnson Whi-


te House Tapes, 1963-1964, New York, Touchstone (Si­
món and Schuster), 1997, pp. 496-512.
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete.., 165

un único enfrentamiento entre buenos y malos,


sino que se nos presenta en una sucesión de tres
grandes etapas, en cuyas articulaciones interio­
res hay que penetrar para interpretar la evolu­
ción global. En la primera de estas etapas, preci­
samente, en esa «era de las catástrofes» que abar­
ca de 1914 a 1945 y que comprende las dos gue­
rras mundiales, la crisis económica de los años
treinta y «la caída del liberalismo», es donde
debemos buscar la génesis de la gran fractura
política que se prolongará en otros cincuenta
años de guerra supuestamente fría (que no re­
sultó nada fría en Corea, Vietnam, Indonesia,
Camboya o Nicaragua, por citar tan sólo unos
ejemplos de los muchos conflictos que produje­
ron millones de muertos).
Para entender el mundo del siglo XX hay
que partir del legado de la primera guerra mun­
dial, como hace Hobsbawm. De poco sirve sos­
tener, como John Keegan, que fue un «conflicto
trágico e innecesario» que hubiera podido evi­
tarse fácilmente14 o, como Niall Ferguson, que
«fue el más grande error de la historia huma­
na»15, o decir que sin ella no hubiera habido ni
revolución en Rusia, ni nazismo, ni Segunda
Guerra Mundial16, afirmación discutible, y en
todo caso indemostrable. Lo que realmente im­
porta es que esta guerra, que no tenía nada que
ver en sus orígenes con las ideas revoluciona­

14. John Keegan, The first world war, Londres, Hutchin-


son, 1998, p. 3.
15. The pity ofwar. Londres, Alien Lañe, 1998.
16. Por ejemplo, Glover, Humanity, p. 178.
166 Josep Fontana

rias ni con la lucha por la democracia, sino que


hunde sus raíces en los conflictos que se estaban
produciendo entre potencias imperialistas so­
cialmente conservadoras, transformó las socie­
dades que la vivieron, porque los grandes sufri­
mientos que originó, y la visible insensatez con
que consumió vidas humanas -lanzando, por
ejemplo, soldados con la bayoneta calada con­
tra las alambradas y las ametralladoras que los
segaban-, creó una nueva conciencia en los hom­
bres. Eso lo supo ver perfectamente John May-
nard Keynes, a quien por aquel entonces no ha­
cían caso los políticos, cuando advirtió que «la
desigualdad era la base del orden social ante­
rior a la guerra» y que «descubierto el engaño»,
pudiera ser que las clases trabajadoras no siguie­
sen aceptándolo17.0 , en términos distintos, Sal-
vatore Quasimodo, al señalar que el hombre que
regresa de la guerra «no encuentra ya medidas
de certeza en un modo de vida interior, olvida­
do o ironizado durante sus enfrentamientos con
la muerte»18.
Lo que ocurre es que los gobiernos de las
potencias beligerantes, y en especial los de las
vencedoras, no entendieron nada de esto y no
hicieron ninguna concesión, con lo que provo­
caron las primeras grandes crisis sociales de la
Europa occidental de la posguerra: huelgas de

17. John Maynard Keynes, The economic consequences of


the ipeace, Londres, Macmillan, 1984, p. 13.
18. Salvatore Quasimodo, «Discorso sulla poesía», en Per
conoscere Quasimodo, Verona, Amaldo Mondadori, 1973,
cita de p. 225.
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete.. 167

los ferroviarios en Francia, huelga general en


Inglaterra (la única de su historia, hasta hoy),
ocupación de fábricas en Italia... Esta primera
oleada de inquietud pudo contenerse sin dema­
siado esfuerzo, salvo en Italia. Pero cuando la
crisis económica de los años treinta acabó de
poner al descubierto las taras del sistema, los
medios para preservar el orden social estableci­
do resultaron insuficientes y se necesitaron so­
luciones más drásticas, incompatibles con el
mantenimiento del liberalismo. Es de hecho la
crisis económica la que favorece la llegada al
poder de Hitler y la consolidación del de Stalin:
no se olvide que ambos se presentaban a sus
sociedades, y al mundo, como portadores de
soluciones para acabar con la crisis y asegurar
el crecimiento económico.
De la catástrofe de la segunda guerra mun­
dial el mundo salió hacia una edad de oro en
que parecía que todos los sueños del progreso
podían conquistarse, pero que llevaba en su seno
buena parte de las viejas contradicciones. Esta
vez la guerra se había hecho en nombre de la
democracia y trajo aparejadas muchas prome­
sas, pero al cabo de veinte años, desencantados
ante las limitaciones de lo realmente consegui­
do, los jóvenes de medio mundo reclamaron una
sociedad más justa y más libre, en una revuelta
que no logró cambiar unos sistemas que habían
aprendido a defenderse, pero que permitió po­
tenciar el curso de una revolución social y cul­
tural que la reacción conservadora posterior no
consiguió detener.
168 Josep Fontana

En Estados Unidos, por ejemplo, los negros


consiguieron acabar con su régimen de apar-
theid, que había salido intacto de la segunda
guerra mundial (lo único que se logró con ante­
rioridad, ante el temor a un nuevo conflicto, fue
que se eliminase la segregación en el ejército).
Pero hubo de ser su propia movilización, apo­
yada en los años sesenta por los grupos de estu­
diantes que se oponían a la guerra de Vietnam,
la que forzase la actuación legislativa de unos
gobiernos que, al mismo tiempo que promulga­
ban leyes favorables a la integración racial, ac­
tuaban bajo mano contra los activistas que lu­
chaban por los derechos civiles (entre 1956 y
1971 el FBI desarrolló un programa de contrain­
teligencia que realizó 295 acciones contra gru­
pos organizados negros). Y se necesitó todavía
mucho más que las leyes para vencer las resis­
tencias de la sociedad del sur, que sigue hoy tra­
tando de perpetuar la vieja disciplina social con
el arma de la pena de muerte.
Los dos extensos capítulos que Hobsbawm
dedica sucesivamente a «la revolución social» y
a «la revolución cultural», dos fenómenos que
contribuyeron conjuntamente al desgaste y rup­
tura de la vieja trama social, son, sin duda, la
parte esencial de la obra, que permite poner de
relieve la trascendencia de conquistas como la
de los espacios de libertad que las mujeres ga­
naron, por lo menos en el mundo desarrollado
o la transformación de las relaciones familiares,
que erosionó el viejo modelo patriarcal.
Eric Hobsbawm: El historiador como intérprete... 169

El panorama que ha trazado Hobsbawm


concluye, como era lógico, con las dos décadas
finales de crisis, analizando en detalle, matiza-
damente, todos los elementos problemáticos que
se ofrecen a la sociedad actual, todas las amena­
zas para el futuro. Pero este registro de los ma­
les del presente no es en él, como en otros casos,
una anticipación de desastres. La historia, nos
dice, «no ayuda a hacer profecías», pero sirve
para conocer con exactitud dónde estamos, y
cómo hemos llegado hasta aquí, lo cual debería
ayudamos a escoger las soluciones que nos per­
mitan salir adelante, evitando viejos errores. En
su entrevista sobre el nuevo siglo, publicada cin­
co años más tarde, Hobsbawm podía retomar
esta prospectiva y repetir, al propio tiempo, el
balance final que estaba implícito ya en el título
de un libro que calificaba el siglo como la era de
los contrastes, no sólo de los desastres y las cri­
sis, insistiendo que en muchos aspectos el mun­
do está mejor que antes y que «los hijos de este
siglo disfrutan de mejores condiciones materia­
les y espirituales que las que tuvieron sus pa­
dres y sus abuelos».
Lo cual no es tan sólo una jaculatoria final
para devolver el ánimo a sus lectores, sino un
recordatorio de que en medio de catástrofes y
matanzas, los hombres y las mujeres del siglo
XX supieron consolidar avances y mejoras que
no se han perdido. No es el panglossianismo
obtuso de los neoliberales, para quienes todo va
bien, sino el sutil análisis de Gibbon, que admi­
te que el genio individual o los avances de los
170 Josep Fontana

grupos ilustrados pueden perderse, como pasó


con los palacios y las leyes de Roma, pero que
hay ganancias sociales que se mantienen: «plan­
tas resistentes que sobreviven a la tempestad y
asientan una raíz perenne en el suelo más des­
favorable».
De ahí la paradoja de que el libro de Hobs­
bawm, que en teoría debiera ser la amarga re­
flexión de un hombre que ha visto hundirse bue­
na parte de sus esperanzas, sea el más optimis­
ta, en lo que se refiere a las perspectivas de fu­
turo, de todos los balances del siglo publicados
en estos años. Lo cual responde a aquella lúcida
esperanza que hace más de doscientos años ex­
presó uno de los mayores pensadorés revolu­
cionarios de todos los tiempos, Tom Paine, me­
nospreciado tal vez porque no había estudiado
en ninguna universidad y no entendía el latín,
quien la sintetizó en la que tal vez sea la más
subversiva de las propuestas que jamás se ha­
yan hecho, el más perdurable de los programas
revolucionarios: «está en nuestras manos volver
a empezar el mundo de nuevo».
Una obra como la de Eric Hobsbawm, ca­
paz de reavivar estas esperanzas en medio del
desánimo y del desconcierto dominantes en
nuestros días, es una excelente muestra de esa
clase de historia que, como decía el principio,
explora las selvas del pasado para mostramos
dónde nos encontramos hoy y cómo hemos lle­
gado hasta aquí, con el fin de ayudarnos a co­
brar conciencia de que nuestro futuro no está
fatalmente condicionado por el destino, sino que
Para que sirve la historia en un tiempo 171

depende, en última instancia, de nuestras deci­


siones colectivas: del camino que entre todos
queramos escoger.
7

ESTADO, NACION E IDENTIDAD


EN AM ERICA LATINA

ablar de estado y de nación no es fácil, y lo


H es menos aun aclarar qué relación guar­
dan uno y otra con la existencia previa o con la
formación posterior de identidades colectivas.
Las definiciones habituales de estado son
confusas. La mayoría se limitan a describirlo
como una unidad territorial controlada por un
poder soberano. Se nos dice, a lo más, que debe
poseer tres características fundamentales: el con­
trol de un territorio definido por unas fronteras,
la capacidad de mantener el monopolio de la
elaboración de reglas dentro de este territorio y
un conjunto de instituciones que disponen de
medios de coerción y de violencia. Pero esto no
es más que una descripción de la forma en que
se ejerce el poder y la única identidad que con
ello se define es la de los dominados en relación
con sus dominadores.
Que la cosa no debe estar muy clara lo de­
muestra el hecho de que nadie sea capaz de de­
cir cuántos estados existen hoy en el mundo. El
Estado, nación e identidad en América Latina 173

Banco Mundial cuenta 160 (de los cuales hay seis


que no llegan a los cien mil habitantes y uno con
menos de cincuenta mil). La ONU -que, para­
dójicamente, se llama «Organización de Nacio­
nes Unidas», cuando es en realidad una agru­
pación de estados-, tiene 185 miembros y el mi­
nisterio de Asuntos exteriores alemán calcula
que existen 281 estados en el mundo. Parece,
pues, que estos tres organismos no están utili­
zando la misma definición de estado.
La palabra estado, en esta acepción territo­
rial y política, parece datar del siglo XVI, pero
tampoco hay que dar demasiada importancia a
esto, porque es evidente que antes se designaba
lo mismo con otros nombres, como el de repú­
blica. En el diccionario castellano de Covarrubi-
as, publicado en 1611, se usa generalmente la
palabra «república»; pero en la voz «estado» y
después de la acepción principal, que es la de
«estamento» como grupo social, se añade: «En
otra manera se toma por el goviemo de la per­
sona real y de su reyno» y se incluyen expresio­
nes como «materia de estado», definida como
«todo lo que pertenece al dicho govierno» o se
nos dice que el «Consejo de Estado» es el que se
ocupa de las cuestiones de paz y de guerra.
Pero si no es fácil aclarar qué sea el estado,
más allá de considerarlo como una forma de
designar en términos institucionales una forma
de poder político, definir qué es la nación resul­
ta poco menos que imposible, como lo demues­
tra que exista sobre ello una literatura inmensa,
que está creciendo en términos alarmantes en
174 Josep Fontana

estos últimos años, pero de la cual no se pueden


deducir unos rasgos comunes que permitan lle­
gar a una concepción generalmente aceptada.
Con mucha frecuencia se confunde la na­
ción con el estado, lo cual ocurría ya en la voz
«nación» de la Encyclopédie, donde se la descri­
be como «una considerable cantidad de gente
que habita una extensión de país, cerrada den­
tro de ciertos límites y que obedece a un mismo
gobierno». En una enciclopedia moderna de las
ciencias sociales1 se elude definir la nación, con
la excusa de que hay muchas dificultades para
especificar lo que sea, y se traspasan las explica­
ciones al artículo «nacionalismo». Todo lo que
en él se nos dice acerca de la nación son vague­
dades del tipo de «una cierta cultura común es
indispensable y una lengua compartida muy
deseable». Parémonos por un momento en eso
de la lengua, que ya Turgot había señalado en
1751 como un elemento esencial de identidad,
al sostener que un estado es un conjunto de hom­
bres reunidos bajo un mismo gobierno, y una
nación, una reunión de hombres que compar­
ten la misma lengua materna. Porque resulta que
en Suiza tienen cuatro lenguas oficiales, tres de
las cuales las comparten con los estados veci­
nos, y que los países ultramarinos de poblamien-
to europeo que se independizaron de sus me­
trópolis, como los de América, escogieron com­

\ Adam and Jessica Kuper, eds., The social science en-


cyclopedia, Londres, Routledge. El artículo al que me re­
fiero es «nationalism» y su autor es Kenneth Minogu,
de la London School of Economics (pp. 551-552).
Estado, nación e identidad en América Latina 175

partir su lengua con éstas, incluso en los casos


en que existían en ellos otras lenguas amplia­
mente habladas, como sucedía en algunos luga­
res de América Latina con el guaraní, el que­
chua o el aymara.
Si el concepto de «nación» presenta proble­
mas, nadie parece tenerlos con la definición de
«nacionalismo»2, que eso todo el mundo tiene
claro lo que es y que se suele usar hoy en un
sentido peyorativo, como una de las aberracio­
nes del fin del milenio que casi siempre se men­
ciona para condenarla. En realidad lo que se
suele condenar son los nacionalismos de los de­
más, y en especial los reivindicativos, que re­
sultan muy molestos para quienes hablan des­
de el cobijo de un estado-nación consolidado,
donde ni siquiera hace falta ser nacionalista y se
puede incluso presumir de estar por encima de
estas cosas. Eso sí, «hasta la hoguera exclusive»,
por decirlo como Rabelais, porque cuando se
remueve un poco la cuestión, cualquier duda
acerca de la excelsitud nacional de la patria de
uno puede obtener respuestas violentas. La na­
ción está asumida de manera tan «natural» que
se puede llegar a no verla (se ve sólo el naciona­
lismo en el ojo ajeno) y se pueden producir he­
chos tan paradójicos como el que se dio en el
caso de los anarcosindicalistas españoles, que
eran intemacionalistas por definición, pero de­
nominaron Confederación Nacional del Trabajo
el sindicato que fundaron en 1910.
2. Gellner sostiene que es el nacionalismo el que crea la
nación, y no al contrario.
176 Josep Fontana

¿Qué es entonces la nación? Las definicio­


nes más elementales son seguramente las que
se expresan en términos étnicos. Resulta eviden­
te que hay casos en que la etnia ha sido un fun­
damento de la lucha nacional, como ha sucedi­
do en muchos países colonizados; pero que la
cuestión es compleja lo demuestra no sólo el
hecho de que muchas naciones compartan una
misma definición étnica (la celebración hispáni­
ca del 12 de octubre fue creada como «fiesta de
la raza»), sino el de que en algunos casos de
emancipaciones coloniales haya sucedido que no
todos los emancipados eran de la misma etnia,
como en Sri Lanka (con cingaleses y tamiles) o
en Ruanda (con tutsis y hutus), lo cual ha traído
nuevos y graves problemas después de la inde­
pendencia. En los países latinoamericanos la
nacionalidad es por definición pluriétnica, o tal
vez fuera mejor decir «supraétnica».
Si la etnia no resulta una base de definición
satisfactoria, veamos lo que sucede con la cultu­
ra. Por lo general, tras de una manifestación de
nacionalismo emergente hay la conciencia co­
lectiva de un grupo que propone un proyecto
específico de futuro basándose en la existencia
de rasgos culturales comunes entre sus miem­
bros, y en especial la de lo que podemos llamar
un substrato histórico, que no tiene nada que ver
con el discurso sobre el pasado que se enseña en
la escuela como una forma de educación nacio­
nal, sino que es el resultado de una evolución
conjunta acumulada que ha dado elementos
compartidos y diferenciadores: una tradición
Estado, nación e identidad en América Latina 177

política, una opción religiosa, una especializa-


ción en el trabajo, etc.
Hay que insistir, sin embargo, en que, si la
existencia de un substrato histórico común pa­
rece necesaria, no es, en cambio, suficiente. Los
rasgos que definen una identidad colectiva pue­
den existir sin originar necesariamente una con­
ciencia nacional; ello sólo ocurre cuando hay un
grupo de hombres que piensan que merece la
pena recuperar los signos distintivos que les
unen entre sí y los separan de otros, porque tie­
nen un proyecto social colectivo que sólo puede
realizarse con su libre iniciativa. Vendrá enton­
ces aquella secuencia de etapas que Miroslav
Hroch ha señalado, basándose en la historia de
los movimientos nacionalistas europeos de los
siglos XIX y XX: una primera fase en que unos
intelectuales se interesan por la cultura, la his­
toria y las tradiciones propias; una segunda en
que no se contentan con estudiarlas sino que
comienzan a difundirlas entre la población para
crear conciencia nacional, y una tercera en que
el resultado es una agitación nacionalista de
masas3.
Sería éste, en una primera aproximación
superficial -que requiere, además, adaptaciones
específicas-, el caso de los países latinoamerica­
nos surgidos del imperio colonial español. Na­
cieron sobre fronteras creadas por los coloniza­
dores y no sólo no reivindicaban el pasado de

3. Miroslav Hroch, Social preconditions ofnational revi-


val in Europe, Cambridge, Cambridge University Press,
1985.
178 Josep Fontana

los pueblos colonizados, sino que se esforzaron


en marginarlos. Los flirteos incaicos de algunos
libertadores duraron poco y es posible que fue­
sen resultado de una influencia europea más que
indígena, puesto que los incas estuvieron de
moda en el siglo XVIII europeo, en especial en­
tre los fisiócratas, a quienes apasionaban los
imperios despóticos, cuanto más exóticos me­
jor4. Surgían estas naciones, además, sin una len­
gua ni una cultura propias, ya que las compar­
tían con sus dominadores. Pero tenían un pro­
yecto político que sólo podían realizar indepen­
dizándose de la metrópoli, lo cual les obligó a
forzar la construcción de unos nacionalismos
culturales capaces de asimilar a los pueblos in­
dígenas, por una parte, y por otra, y eso lo reali­
zaron con mayor éxito, a las grandes masas de
inmigrantes europeos que acudieron posterior­
mente a estos países con el deseo de integrarse
plenamente en ellos. Pero ésta es tan sólo una
primera aproximación, muy incompleta.
La nación, entendida de este modo, surge
de una voluntad colectiva y hay nación cuando
un grupo suficientemente numeroso de hombres
reivindica lo que tiene en común y que le distin­
gue de otros. Para Lucien Febvre, en imas lec­
ciones sobre «honor y patria» que se han publi­
cado hace poco5, el estado es una «máquina» que

4. Emest Lluch, Acaecimientos de Manuel Belgrano fisió­


crata, y su traducción de las «Máximas generales del gobier­
no económico de un reyno agricultor» de Francois Quesnay,
Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1984.
5. Lucien Febvre, Honneur et patrie, París, Perrin, 1996.
Estado, nación e identidad en América Latina 179

no tiene otro objeto que realizar sus fines, nor­


malmente por la fuerza, mientras que la nación
es «la toma de conciencia colectiva de un pasa­
do tradicional por parte de grupos reunidos, de
buen grado o por la fuerza, en un mismo marco
y que experimentan la acción cohesionadora
cotidiana de la vida en común». Quisiera llamar
la atención sobre este inciso «de buen grado o
por la fuerza», que explica muchas cosas de lo
sucedido en Francia.
El problema es que la nación no tiene una
traducción política propia que la permita con­
vertirse en una forma de ejercicio del poder.
Pertenece a la dimensión de la conciencia y, para
encamar en la realidad, necesita asociarse al es­
tado y engendrar con él ese híbrido que llama­
mos el «estado-nación» o, más frecuentemente,
la «nación-estado» (pero me parece que es me­
jor poner los dos componentes por el orden de
su importancia real, y está claro que lo primero
es el estado).
Pudiéramos decir que el estado-nación es
una forma de estado, esto es de poder, que se
disfraza de nación, esto es de conciencia. Pero
para entender mejor su naturaleza hay que ob­
servar cómo nació en su lugar de origen, que es
Europa. Veremos entonces que no surgió de la
acción de grupos que, compartiendo una con­
ciencia nacional, quisieron construir un estado.
Por lo general la cosa se produjo a la inversa.
Fueron los viejos estados del absolutismo los
que, cuando vieron amenazado el consenso so­
cial en que se basaban, optaron por convertirse
180 Josep Fontana

en naciones. Los estados-nación europeos han


nacido en muchos casos sobre las fronteras de
las viejas monarquías que amalgamaban nacio­
nes distintas, unificadas tan sólo por el hecho
de estar sometidas a un mismo soberano. La
nacionalización del estado ha exigido una com-
pactación de ese conjunto, identificándolo con
una nacionalidad dominante en él, lo que pode­
mos llamar un proceso de «etnogénesis», y ele­
vando a quienes formaban parte de él de la ca­
tegoría de súbditos a la de ciudadanos, iguales
en derechos ante la ley, por lo menos en teoría,
aunque, durante mucho tiempo, con derechos
políticos muy distintos, en función sobre todo
de su fortuna.
Para reforzar la nueva identidad se inven­
taron los himnos nacionales, las banderas (que
hasta entonces tenían un uso exclusivamente
militar, sobre todo naval) y toda la retórica del
patriotismo. En el diccionario de la Real Acade­
mia Española de 1791 «patria» sólo significaba
todavía «el lugar, ciudad o país en que se ha
nacido». El nuevo sentido de la palabra no apa­
rece en él hasta 1884 (pero ya se sabe que los
diccionarios, y en especial los académicos, se
atrasan respecto del uso general).
En Gran Bretaña este proceso tuvo lugar en
el siglo XVIII respecto de Escocia, gracias a que
el sistema parlamentario permitió unificar los
intereses de los grupos dominantes y facilitó la
asimilación de las clases superiores escocesas (a
fines del siglo XVIII el gálico había dejado prác­
ticamente de hablarse en Escocia). Francia, en
Estado, nación e identidad en América Latina 181

cambio, realizó su nacionalización después de


la revolución, construyendo una nación france­
sa que había de coincidir con el territorio here­
dado de la monarquía (el hexágono), para lo cual
se persiguieron las lenguas locales en favor del
francés, se hizo una división territorial que rom­
pía los viejos marcos históricos, se inventaron
unos mitos nacionales franceses (¿quién se acor­
daba antes de la Revolución de Clodoveo?) y,
sobre todo, se llevó a cabo un gran esfuerzo de
educación pública para imponer no sólo una len­
gua, sino también una cultura común. Todo ello
a la vez que se ponía en marcha un proyecto po­
lítico que articulaba los intereses de los diversos
grupos dirigentes y reforzaba los lazos econó­
micos del conjunto de la población en el marco
de un mercado nacional.
Los casos de Italia y de Alemania, donde una
unificación cultural precedió a la política (al re­
vés que en Gran Bretaña o Francia), son distin­
tos a éstos, como lo es el de Suiza, que consoli­
dó su unión, basada en un tratado firmado en
1848 entre 25 micronaciones soberanas, a fines
del siglo XIX, y que en 1891 se inventó unos ante­
cedentes medievales para celebrar el séptimo cen­
tenario de una nación que acababa de nacer.
El caso de las naciones latinoamericanas
tiene elementos comunes con los de estos paí­
ses europeos y, a la vez, otros que son muy dis­
tintos. Los estados-nación surgieron en Améri­
ca definidos por imas fronteras extrañas, ni cul­
turales (¿por qué no una unidad que se exten­
diese desde el noroeste argentino al sur del
182 Josep Fontana

Perú?), ni físicas (¿por qué no una nación ama­


zónica?). La base legal, como es sabido, eran
los territorios de las antiguas audiencias, de lí­
mites mal definidos, y de ahí los problemas de
fronteras que siguen existiendo6. Más impor­
tantes habrían sido, según Arcila Farías, las
estrechas relaciones creadas en el marco de las
intendencias7, pero no parece lógico que una
realidad todavía tan reciente como era la de las
intendencias hubiese tenido tiempo de conse­
guir tanta identificación8. Lo que parece claro,
en todo caso, es que los centros de poder tien­
den a perpetuarse, sea cual fuere el régimen
vigente, lo cual puede explicar que los esque­
mas de organización y dependencia coloniales
hayan tendido a sobrevivir después de la inde­
pendencia.
Me parece que el caso de América Latina
nos ofrece una espléndida y todavía insuficien­

6. Véase, sobre estas cuestiones de límites, guerras y na­


cionalización, el trabajo de Heraclio Bonilla, «El pecu­
liar nacionalismo de los países andinos», leído en el IX
Congreso de Historia de Colombia celebrado en Tunja en
mayo de 1995.
7. Eduardo Arcila Farías, prólogo a Gisela Morazzani,
La intendencia en España y en América, Caracas, U.C.V.,
1966, pp. 9-22.
8. Una visión más compleja de las articulaciones y en­
frentamientos de los poderes locales puede encontrarse
en los trabajos que han analizado la sociedad peruana
en relación con las rebeliones del siglo XVIII. Por ejem­
plo, el de Scarlett O'Phelan Godoy, Kurakas sin sucesio­
nes. Del cacique al alcalde de indios, 1750-1835, Cuzco,
C.E.R.A. Bartolomé de las Casas, 1997.
Estado, nación e identidad en América Latina 183

temente explotada oportunidad de profundizar


en nuestro conocimiento de la aparición de los
estados-nación y de la formación de conciencias
nacionales (de procesos de etnogénesis), a con­
dición, eso sí, de que seamos capaces de dejar a
un lado los mitos fundacionales y que efectue­
mos un análisis comparado. Un análisis que ten­
dría que explicarnos muchas cosas para las que
las teorizaciones al uso no nos dan respuestas
satisfactorias. Por qué, por ejemplo, fueron los
centros máximos del poder colonial, México y
Perú, donde los defectos del viejo sistema de­
bían resultar más visibles, los que más se resis­
tieron a independizarse.
Una explicación posible sería la de que era
en éstos lugares donde existían grupos sociales
dominantes que se beneficiaban del imperio,
como los comerciantes del consulado de Méxi­
co9; pero parece claro que ésta es tan sólo una
parte de la explicación. Tal vez haya que rela­
cionarlo con la circunstancia de que los dos co­
inciden con las zonas en que había habido las
mayores insurrecciones campesinas no muchos
años atrás (en Perú a fines del siglo XVIII y en
México a comienzos del siglo XIX): imas insu­
rrecciones que más adelante han sido canoniza­
das en el santoral emancipador, pero que fue­
ron duramente reprimidas en su tiempo por los

9. Sobre estas cuestiones resultan interesantes las re­


flexiones de Guadalupe Jiménez Codinach en México,
su tiempo de nacer, 1750-1821, Méxigo, Banamex, 1997.
184 Josep Fontana

mismos grupos sociales que más adelante enca­


bezarían la independencia10.
Que en ambos casos haya pesado la exis­
tencia de esa amenaza que significaba -por lo
menos en los miedos de los propietarios crio­
llos» la masa de los «campesinos-indígenas»
parece razonable. No eran lugares donde fuera
prudente remover la sociedad con propuestas
revolucionarias. Refiriéndose a Lima, pero la
apreciación es extensible al conjunto del Perú,
Alberto Flores Galindo escribió: «La imbricación
entre situación colonial, explotación económica
y segregación étnica edificó una sociedad, aun­
que suene paradójico, tan violenta como esta­
ble»11. Convenía dejar las cosas como estaban.
¿Acaso no tenemos, por otra parte, el ejemplo
extremo de esto mismo en Cuba, donde el mie­
do al esclavo negro no sólo frenó la voluntad de
independencia sino cualquier manifestación
política reivindicativa?
Hay dos grandes aspectos que me parece
que deben estudiarse comparativamente, si que­
remos entender el surgimiento de los estados-
nación latinoamericanos. El primero se refiere
en propiedad a su carácter de estados: a los
mecanismos que permitieron constituir estados
10. Algo semejante ha sucedido con la canonización de
Zapata por parte del P.R.I. mejicano, que lleva a que los
mismos políticos que se han dedicado recientemente a
liquidar la reforma agraria no hayan olvidado dar el
nombre de Emiliano a alguno de sus hijos, en un hipó­
crita homenaje al revolucionario campesino.
11. Alberto Flores Galindo, Aristocracia y plebe. Lima, 1760-
1830, Lima, Mosca Azul, 1984.
Estado, nación e identidad en América Latina 185

centralizados que habían de combinar y equili­


brar territorios con intereses muy distintos. El
caso de la asociación entre Sierra y Costa en
Ecuador, entre esas dos capitales que son Quito
y Guayaquil, es relativamente sencillo de expli­
car, porque sólo exige relacionar dos factores.
Pero hay también que explicar casos más com­
plejos, analizando las tensiones entre centralis­
mo, federalismo y secesión, para entender cómo
se ha formado el estado mexicano, cómo no se
ha formado, en cambio, el centroamericano, o la
articulación de Argentina o de Colombia. Y todo
eso requiere análisis muy complejos12. Análisis
que habrán de partir de un estudio adecuado
de la naturaleza de los mercados tardocolonia-
les, y de las mutaciones que sufrieron con la in­
dependencia, algo en que los investigadores la­
tinoamericanos han hecho, de Sempat Assadu-
rian para acá, un trabajo espléndido. Pero he
dicho «habrán de partir», porque me parece que
necesitan tomar en cuenta otras muchas cosas
que se expresan en los planos de la sociedad y
de la política.
La formación de los estados no puede en­
tenderse correctamente, por otra parte, si no se
considera al mismo tiempo la de las naciones

12. Me refiero, claro está, a propuestas más complejas


que las generales de Tilly o las que ha avanzado para la
América andina Adam Anderle («Alternativas de la for­
mación del estado en la región de los Andes a comien­
zos del siglo XIX», en A. Annino et al., eds, America Lati­
na dallo stato coloniale alio stato nazionale, Franco Angeli,
I, pp. 31-42).
186 Josep Fontana

que los legitiman, lo cual implica adentrarse en


el complejo estudio de cómo el «campesino-in­
dígena» se ha integrado en la nación, cuando lo
ha hecho.
Me detendré un poco en el sujeto al que me
he referido como campesino-indígena, que no
es un sustantivo seguido de un adjetivo sino un
término unitario. ¿Qué es realmente ese campe­
sino o ese indio? Un ser contingente y cambian­
te. Parece claro que la de indígena nunca fue una
categoría racial (entre otras razones porque an­
tes de la conquista no existían «indios», sino una
multitud de pueblos distintos, algunos de los
cuales optaron por aliarse con los conquistado­
res), sino más bien social y cultural (así como
fiscal). De tal modo la entendía Tomás Callisa-
ya, lugarteniente de Túpac Catari, que en 1781
daba orden de pasar a cuchillo a «toda persona
que parezca ser española o que, a lo menos, esté
vestida a imitación de tales españoles»13. En teo­
ría la nación independiente debió haber hecho
desaparecer al campesino-indígena para conver­
tirlo en ciudadano-campesino, pero en el Perú
independiente el «tributo de indígenas» colonial
se convirtió, entre 1826 y 1854, en la «contribu­
ción de indígenas», y en Bolivia la «contribución
indígena» se mantuvo hasta los umbrales del
siglo XX14. Lo que los nuevos estados no olvida­

13. Boleslao Lewin, La rebelión de Túpac Amaru, Eudeba,


Buenos Aires, 1957, p. 492.
14. Nicolás Sánchez-Albornoz, Indios y tributos en el Alto
Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1978; Tris-
tan Platt, Estado boliviano y ayllu andino, Lima, I.E.P., 1982
Estado, nación e identidad en América Latina 187

ron hacer fue «modernizar» la propiedad de la


tierra, lo que les llevó a eliminar la propiedad
colectiva en un proceso que implicó casi siem­
pre el despojo de los campesinos15.
Hubo unos primeros momentos, sin embar­
go, en que los campesinos sacaron provecho de
la nueva situación. En algunas regiones de Méxi­
co los campesinos, desaparecidas las «repúbli­
cas de indios», lograron acceder a los ayunta­
mientos y participar desde ellos en la vida polí­
tica, negociando la aplicación de las leyes dicta­
das desde la capital16. En Perú hubo tres déca­
das, tras la independencia, en que los campesi-
nos-indígenas se vieron favorecidos por las nue­
vas condiciones y las comunidades tuvieron lo
que Nils Jacobsen ha llamado «un breve inter­
valo de extensión de su autonomía». Pero esta
mejora no tuvo continuidad. La Sierra peruana
fue quedando marginada en una economía que
se orientaba cada vez más hacia la Costa y, aban­
donada gradualmente su población al poder lo­
cal de los gamonales, se rompió la relación del
estado con sus súbditos indígenas (la protección

y Jorge Alejandro Sanz Ovando, El tributo indígena en las


finanzas bolivianas del siglo XIX, La Paz, Comité Ejecuti­
vo de la Universidad Boliviana, 1985.
15. Una visión comparada de este proceso puede encon­
trarse en Robert H.Jackson, ed., Liberáis, the Church and
indian peasants. Corporate lands and the challenge of reform
in nineteenth-century Spanish America, Albunquerque,
University of New México Press, 1997.
16. Peter F. Guardino, Peasants, politics, and the formation
of México's national state, Guerrero, 1800-1857, Stanford,
Stanford University Press, 1996.
188 Josep Fontana

de las comunidades a cambio de tributo) y éstos


se convirtieron legalmente en campesinos, suje­
tos individuales ante la ley y el impuesto, mien­
tras se los condenaba socialmente a seguir sien­
do indios. Como ha escrito Jacobsen, «la redefi­
nición de los indios de colectivo histórico cor­
porativo a grupo racial intrínsecamente diferen­
ciado, y fuera del confín de la civilización, vino
a formar la base de la relación neocolonial entre
el campesinado y la élite provincial»17. Es bien
sabido que los grupos dominantes de las nue­
vas sociedades republicanas combinaron su afán
por descubrirse antepasados godos -no es por
casualidad que la celebración «de la raza» a que
antes aludía tuvo en sus orígenes sus mayores
valedores en América Latina- con un profundo
desprecio por el indio y el cholo18.
Eso es lo que explica que en épocas recientes
historiadores, antropólogos y sociólogos se esfor­
zaran en elevar de nuevo, ni que fuera concep­
tualmente, el indio a la categoría de campesino
por un afán progresista de reivindicación de los
sometidos. En el hermoso libro de Severo Martí­
nez Peláez, La patria del criollo, -menos conocido
de lo que debiera, tal vez porque se ha publicado
17. Nils Jacobsen, Mirages oftransition. The Peruvian Alti­
plano, 1780-1930, Berkeley, University of California Press,
1993, p.333. Para la actitud de los propios campesinos,
Carlos Degregori, «Cultura andina y problema r acio-
nal», en Ideología (Ayacucho), No. 9, diciembre de 1985,
pp. 37-41.
18. Marie-Daniéle Demelas, «Darwinismo a la criolla: el
darwinismo social en Bolivia, 1880-1939», en Historia
boliviana, No. 4, (1984), pp. 55-82.
Estado, nación e identidad en América Latina 189

en Guatemala, y nada de lo que aparezca allí tie­


ne el prestigio de lo que editan las prensas de
cualquier universidad provincial de los Estados
Unidos- se nos dice que «los indios son un pro­
ducto del régimen colonial, un resultado de la
opresión y la explotación de los nativos»19. El
caso de Chiapas demuestra, en todo caso, que
también lo son de la explotación postcolonial.
Las cosas parecen haber cambiado desde
entonces, por lo menos en los países con una
fuerte proporción de población campesina au­
tóctona. Lo señalaba Xavier Alba en 1991: «Du­
rante las últimas décadas, para sorpresa de so­
ciólogos y politólogos, en casi toda la región
andina se retornó con fuerza inesperada a una
problemática específicamente indígena que pa­
recía haber sido superada desde la década del
cincuenta, cuando se impuso hablar sólo de
“campesinos” y “sindicatos”»20.
En un reciente libro colectivo sobre el cam­
po en la América Latina colonial observo tam­
bién que, al analizar los distintos grupos socia­
les, se comienza hablando de los terratenientes,
se sigue con el clero, con los «grupos medios»,
con los negros y queda para el final lo que se
nos describe como los «pueblos indígenas»21.
Los campesinos perecen haber desaparecido.
19. Severo Martínez Peláez, La patria del criollo, San José,
Editorial Universitaria Centroamericana, 1976, p. 570.
20. Xavier Albá, «El retomo del indio», en Revista andi­
na, IX (1991), No. 2, pp. 299-345.
21. Louisa Schell Hoberman and Susan Migden Socolow,
eds., The countryside in colonial Latín America, Albunquer-
que, University of New México Press, 1996.
190 Josep Fontana

¿Significa esto, acaso, que las construccio­


nes nacionales están en quiebra? No lo creo. De
hecho, lo que parece estar en crisis, por lo me­
nos en algunas partes, es más bien el estado que
la nación. Cuando se ven los barrios periféri­
cos de Lima o de Bogotá y se advierte cómo,
allá donde el estado no llega, son los propios
ciudadanos los que se organizan comunitaria­
mente desde abajo para resolver sus problemas,
se tiene la intuición de que algo fundamental
puede estar empezando a cambiar en este te­
rreno.
Pero también en el plano de la nación está
ocurriendo algo. Recuerdo, hace unos años,
cuando la televisión ecuatoriana entrevistaba
a uno de los dirigentes de la asociación de las
nacionalidades indígenas, el malestar de la lo-
cutora que no entendía eso de las nacionalida­
des y preguntaba: «Pero, entonces, ¿ustedes no
son ecuatorianos?». De entonces acá las cosas
más bien han madurado y los ecuatorianos se
han ido acostumbrando a estas cosas. También
la insurrección zapatista de Chiapas ha vuelto
a sacar a la luz a los campesinos como indíge­
nas. Y hay casos todavía más complejos. Re­
cuerdo mi conversación con un historiador ay-
mara catarista, que me vino a decir que el pro­
grama político de los suyos no podía ser más
simple: ellos eran los más y tenían derecho a
regir el estado. Lo que hay detrás, sin embar­
go, es algo que va más allá de la aritmética elec­
Estado, nación e identidad en América Latina 191

toral: la posible aparición de una conciencia de


nación aymara22.
Para comprender todas estas cosas necesi­
tamos un mejor conocimiento de la relación del
campesino con la formación de los estados na­
cionales. Las investigaciones históricas se han
centrado en demasía en las rebeliones, lo que
lleva a pensar que existe una dinámica que al­
terna la revuelta con el sometimiento, cuando
las cosas son mucho más complejas y la revuel­
ta debe verse como un momento dentro de un
proceso donde lo que en realidad domina es un
equilibrio inestable hecho de negociación y com­
promiso. Y hay que entender que los resultados
de estos compromisos no se encuentran normal­
mente reflejados en los textos constitucionales
ni en las leyes del poder central, sino que deben
investigarse a escala provincial, que es donde
se puede advertir de qué modo se aplican, y se
modifican en la práctica, las constituciones y las
leyes.
Uno se siente sorprendido al ver que un li­
bro reciente sobre la formación del estado na­
cional en México23 no se ocupa de lo que sucede

**. Xavier Albá, «Del sinuoso y largo camino en la histo­


ria y la conciencia hacia la identidad de la nación ayma­
ra». Uso este texto en una versión presentada en el colo­
quio «Nuevas perspectivas antropológicas, demográfi­
cas y ecológicas de la conquista de América», celebrado
en Barcelona en abril de 1990.
23. Manuel Ferrer Muñoz, La formación de un estado na­
cional en México. El Imperio y la República federal: 1821-
1835, México, Universidad Nacional Autónoma de Méxi­
co, 1995.
192 Josep Fontana

fuera de la capital como si los grupos dominan­


tes y los intereses locales fueran testigos indife­
rentes de una historia que se habría desarrolla­
do exclusivamente en los círculos más elevados
del poder, y en donde lo que contaba era la dis­
cusión teórica inspirada en Montesquieu, en
Rousseau o en Benjamín Constant. El libro, bien
organizado y excelente como trabajo erudito,
está lastrado por el hecho de usar únicamente
el tipo de fuentes impresas oficiales que expre­
san la visión de tan sólo una pequeña parte de
esa sociedad compleja. Si se quiere saber cómo
funcionaba realmente el poder, hay que ir a ob­
servar la forma en que se ejercía «sobre el terre­
no», si se me permite la expresión. El libro de
Guardino sobre Guerrero entre 1800 y 1857 y el
comparativo de Florencia E. Mallon sobre Méxi­
co y Perú, nos dicen más sobre estas cuestiones,
que este estudio que considera globalmente, ais­
ladamente, el estado mexicano, como su fuese
un ente incorpóreo24.
Y, si queremos llegar al fondo de las cosas,
tendremos que estudiar también el papel que
han desempeñado estos protagonistas mayori-
tarios que han sido, en muchos países, los cam-
pesinos-indígenas, para lo cual ni siquiera estas
otras fuentes del poder local nos bastan. Como
saben los historiadores sociales, si se quiere en­
contrar el rastro de la vida cotidiana de los mar­

24. Florencia E. Mallon, Peasant and nation. The making of


postcolonial México and Perú, Berkeley, University of Ca­
lifornia Press, 1995.
Estado, nación e identidad en América Latina 193

ginados, no se debe ir a buscarlo en los textos


legales ni en los periódicos, sino en la documen­
tación de los tribunales, donde tal vez no apa­
rezcan fielmente reflejados sus argumentos, pero
sí sus conflictos25.
Todo lo cual me llevaría simplemente a con­
cluir que la tarea que queda por hacer es inmen­
sa, pero que es, al propio tiempo, apasionante.
Y que la naturaleza del proceso de formación
de los estados-nación latinoamericanos hace que
éste resulte ser, no un campo marginal de estu­
dio al cual aplicar los modelos teóricos elabora­
dos a partir de la historia europea, sino, por el
contrario, un terreno privilegiado que permiti­
rá nuevos avances en nuestra comprensión de
ese juégo complejo entre los poderes políticos y
las formas diversas de la conciencia colectiva.

25. Alberto Flores Galindo en Buscando un inca: identidad


y utopía en los Andes, La Habana, Casa de las Américas,
1986, p. 281, señalaba, refiriéndose a las fuentes, «care­
cemos de testimonios en que los mismos campesinos sean
quienes se expresen directamente». Lo más próximo a
ello son en realidad las fuentes judiciales. Sobre la forma
en que se han usado para iluminar la vida de los margi­
nados citaré, como ejemplos, el estudio sobre los campe­
sinos de Baviera de Regina Schulte -The village in court.
Arson, infanticide, and poaching in the court records of Up-
per Bavaria, 1848-1910, New York, Cambridge Universi­
ty Press, 1994- y, en un terreno muy distinto, pero sujeto
a las mismas carencias en cuanto a las fuentes, el de Anne-
Marie Sohn sobre la vida privada de las mujeres france­
sas -Chrysalides. Femmes dans la vie privée (XIXe-XXe
siécles), París, Publications de la Sorbonne, 1996, 2 volú­
menes.
194 Josep Fontana

Sin olvidar que se trata también, y sobre todo,


de un campo de estudio que debe ayudarnos a
entender mejor muchos problemas actuales de
las naciones de América Latina, que tienen por
delante la tarea de construir sociedades en que
los campesinos no sean exterminados, como lo
siguen siendo en algunas partes, ni marginados,
como lo son en casi todas, sino que accedan por
fin a esa condición de ciudadanos iguales que la
independencia les prometió y todavía no les ha
dado.