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D r.

A ngel A m o r 'R u ib a l
PBOF. 1>E I A UNIV. r . COaPOSTELuiNA

LOS PROBLEMAS
FUNDAMENTALES
D E LA

FILOSOFIA V DEL DOGMA


La visión de Dios a través de la naturale­
za.—Las pruebas de la existencia de Dios
en la filosofía y teología medieval.

TO B O SEX TO

MADRID |j BARCELONA
"V. Süabez, P r e c i a d o s , 4 8 . E .S ubirana, Puertftferriso, 14
M. E cssvabría, Poz, 6. A q ü st I n ü o s c h ,
G. M o lin a , P o u t e j o s , 3. || R o u d a U o iv e r a id & d , 5 .

ALEMANIA
B. H éroeb , Freiburg im Breisgiu.
Im p rim atur.
C a s e . B U btI h d i E b r b b b a .
ín d ic e - s u m a r io

c a p ít u l o V il

Xja visión del Ser divino y las prnebaa de su existencia


a través de la filosofía y teología medioevales
Págs.

E l trán sito de] proceso cognoscitivo da Dios, según la pa­


trística, al proceso íilosófico-teológico medioeval. La
antología platónica, y sos modificaciones escolásticas,
aplicadas a¿ conocimiento de Díor. El concepto del ente
según las teorías platónica y ngoplatóníca, en relación
con la' m ateria. La ontologfa aristotélica «ti orden al
problema del conocimiento de Dios. La u n id a d del entu
cono propiedad prim ariam ente única, y evolución de la
teoría. Encuentro en este ponto de la doctrina aristo té­
lica y neoplatóniaa. Doble aplicación de la teoría del
ente a los seres concretos en proceso descendente y as­
cendente, Posición análoga de la doctrina platónica y
de la aristotélica es la vía cognoscitiva descendente, y
sus inconvenientes. Los aspectos sucesivo!» de los u n iv e r ­
sales; d ialéctico, m e ta fin c o y teológico; y rectificacio­
nes en la materia. El proceso cognoscitivo ascendente o
teológico en las doctrinas platónica y aristotélica. Di­
ficultados inherentes a los respectivos sistemas Des­
viaciones de la c itología platónica eo su aplicación
teológica medioeval; id. en la ontologia aristotélica.
Consigaiente intercambio de conceptos platónicos o pla­
tonizantes y aristotélicos en las exposiciones teológicas, y
en orden a las pruebas de la existencia de Dios. Atenua­
ciones en lia doctrinas platonizantes y peripatéticas
«obre el conocimionto de Dios en la escolástica. Encuen­
tro de las teorías platónica y aristotélica en el proceso
cognoscitivo ascendente, análogo al descendente. In­
compatibilidad de la teoría platónica y aristotélica da
las esencias en su aplicación a la doctrina teológica de
Dios y de la Trinidad. La teoría c íclica & través de la
teología medioeval............................................ 265-274
IV
pie».
CAPÍTULO VIII
Las teorías filosóficas en la elaboración de las pruebas
de la existencia de Dios.
(f b b i o b o e m f i b i c q )

Derivaciones del pensamiento pía Iónico y aristotélico en


la¿ solucionen concretas sobre el conocimiento de Dios:
a) en la cognoscibilidad del Ser divino; h) en el carácter
de la demostrabilidad de su existencia; c¡ en la natu­
raleza de las pruebas utilizadas. Las doctrinas escolia-
ticas sobre ¡a cognoscibilidad de la Asistencia divina.
Id. sobre la Indole de su demostrabilidad. Si la tesis,
Dio» existe, es p e r se nota, o non p e r se nota. Alcance
da la cuestión en la m ateria. Las dos opiniones e x tre­
mas. Las dos tesis interm edias, y respectiva base filosó­
fica. El conocimiento p o tid v o y el negativo en cada
una de ellas. Extensión del problem a a la cuestión de si
en la demostración de la existencia divinase presupone
o do se presupone la id ea de Dios. Orientaciones de las
escuelas dichas. Atenuaciones de los teorías platonizan­
te y aristotélica, en sentido opueBto, para su empleo en
la m ateria. La nataraleza de Ibb prueoas empleadas en
la ¿poca de que se tra ta . Pruebas internas, externa» y
rnirJat. Categorías de argumentación. Argumentos del
orden psicológico; id. del cosmológico; id. Ideológico;
id . m etafisico, y ontológico' Origen y fuentes de las
pruebas medioevales de la existencia de Dios. Modali­
dades con que se ofrecen los argum entos agostlíiitnoa
en la m ateria. Diversos perfodOBen la evolución medio
eval de las pruebas de la existencia de Dios. Caracterla- .
tica de los respectivos periodos, im p íric o , de clasifi­
cación y de teo ria . El período empírico; sos represen-
tantee; y argum entos que se utilizan. C ritica y con­
clusión....................................................................................... 275*306

CAPÍTULO IX

Las teorías filosóficas en 1a elaboración medioeval


de las pruebas de la existencia de Dios.
(PEBIODO OI CI.ASIFICA.Clta)

El resurgim iento de las ideas helentz&htes sobre la Divi­


nidad en el periodo de clarificación. Síntesis del pro­
ceso cognoscitivo consiguiente respecto de Dios. Tres
momentos de percepción resultantes de la teología ne­
g a tiv a y p o sitiv a . Oscilaciones en el uso de las doc­
trin as aludidas. Fases de este periodo doctrinal: an-
td m ia n a ; a b e la rd ia n a ; la de toa Victorinos; y la
pla tónico-aristotélica posterior. La fa ie a n a d m x a n a
y característica de la doctrina de S. Akbemío. Sns
pruebas de l a existencia de Dios. El argum ento dicho
ortológico. Postulado* qne inolnje. Conceptos previos
que es necea ario fijar pa ra bu estudio. Examen del p ri­
mer postulado. Si tenemos idea propia del ser más f r a u ­
de posible. Examen del postulado segundo. Si supuesta
la idea hum ana del ser más grande posible, esta idea
responde necesariamente al verdadero concepto de Dios.
E l terc e r postulado. SI supuestos los dos postulados pre­
cedentes, b asta la idea de Dios p a ra concluir sa real
existencia. Los valores doctrinales e históricos del ar-
;amento anselmiauo: 1 “ Aspectos del argum ento en re-
Í acida con los sistemas filosóficos; 2.° Carácter del mis­
ma en S. Ansexmo; 3.° Valor del argum ento, y de sa
defensa aaselmíena; l.° El argum ento de S. Amselmo
en tre los escolásticos; 5.* El mismo argum ento en los
filósofos posteriores. Conclusión. Fase a b ela rd ia n a .
La etupa desde A b e la rd o hasta los Victorinos. La es*
cuela filosófica y la teológica de A b e la rd o . Represen­
tación capital de esta escuela. Su contacto con la de los
Victorinos. Los conceptos ontológicos y psicológicos de
esta fase, y sa aplicación a la Divinidad. Pruebas abe-
lardianas de la existencia de Dios. Id. de R u p e rto
D k c ts , y R o b e rto P u l l b t k . P edho L ohbaed o ; sa de­
pendencia de la escuela de A b ei^odo y de loa Victo­
rin o s. Impersonalidad de sus L i b r i S e n te n tia ru m , y
factores múltiples que lo integran. Sos pruebas de la
existencia de Dios. Sucesores doctrinales d e P . Lombab-
d o en la m ateria. Fase de lo» Victorinot. Caracterís­
tica de los mismos. Pruebas de la existencia de Dios se­
gún H uoo y R icaedo de S. V íotoe. Pasa p la tín ic o -
a risto té lic a posterior. El conocimiento de Dios eo R.
F is c b a c k e , (J. t>E A u x e e re ; y 6 . db A o v rb h la; id. en
A ltsj. oe A le s, At,c. M ¿gno, M. s e A u tta s p a rta , Eh-
b i« ü e d e GUm>, etc. Síntesis, critica y conclusión. . . 307-483

CAPÍTULO I

L as teorías filosóficas en la elaboración m edioeval


de las pruebas de la existencia de Dios.
(PKRIODO D I TBOKIA)

Evolución filosófica en el periodo de teoría acerca de la


existencia de Dios. La conformación m oderada en el pro­
blem a de los universales. Influencias de las antiguas teo­
rías; el B i i n como idea suprema de Dios, y el Acto p u ­
ro , en el platonismo y arlstatelism o. Identidad de canse-
. caencias en ambos sistemas respecto del origen de lo
finito. E l concepto platónico de ser como prim aiio en
las criaturas y secundario en Dios. L a interpretación
del ente por la u n id a d como base de la esencia, axis-
VI
Pigs.
tencia y propiedades. SiatesiB del proceso de «9ta doc­
trin a entre platónicos y aristotélicos. Sn aplicación teo ­
lógica, y consecuencias. U lterior desarrollo de estila
Ideas. La eíencia y la existencia como elem entos intrín ­
secam ente diversos en la teoría p latónica. Aplicaciones.
Los dos problem as, el mitológico y ol gnosenlógico, y
eos resultantes en «1 oso teológico de dicha teoría. El
problem a on tológico-téológico en B o e c io , y sus influen­
cias posteriores. E l principio plotim ano. D iversu m eit
eme, et id qtiod eft on sua evoluciones. Aplicación teoló­
g ica del mismo. E l problema ynoseológico y sus d eriva­
ciones agnósticas, flagna la doble ram ificación de la te o ­
ría. La» doctrinas arábigo-teológicas i>n este punto. Te-
ais de Avick.na, A l g a z l l , etc. La tesis ontológica de
A v e b r o e s on la m ateria; puntos capitales de oposición a
la de los anteriores; y 8u aceptación por St o . T omás .
Géncnis m ixta de la teoría, on tológica arislotélico-esco-
lástica, y elem entos fragm entarios que la integran .
Adaptación de la misma a los problemas de la Divinidad. 485-555

CAPÍTULO XI

Sistem atización filosófica


de l a s prnebas de Ja existencia de Dios en.
Sto. Tomás de Aqnino y í)ans Escoto.
(LOS RiZO N iM rEN TO S EB STO. TOM Í6)

L a confluencia de los sistem as filosóficos en orden a las


pruebas de Ja existen cia de Dios. La representación ros-
activa de St o . T omás y D o n s E scoto . P untos que han
S c d istinguirse en la argum entación de Sto . T omás acer­
ca de la existencia de Dios. Valor fundam ental y valor
d e sistem a. Fuentes de sus pruebas. Principio que infor­
man 6stsn: a) La teoría de las p a rtic ip a c io n e s en ellas;
hj la teoría de la p o tencia y acto p eripatética; deficien­
cias de la misma; c) la teoría aristotélica del m o vi­
m iento; su uso en las pruebas de la existencia de Dios;
■ su s defectos metafisicoa; su inconsistencia en e l orden
físico; su eliminaoión sucesiva desda E sco to hasta Cura.
y G a j.ile o . La aplicación psíquica y teológica de la teo ­
ría aristotélica d el movimiento y bus resultados. Llueas
generales sobre una teoría legítim a del dinamismo subs­
tancial, y sus formas relativas de potenoia y acto. Adap­
tación directa de la teoría de A veim ose y en. especial
de M aim ónides sobre el m ovimiento por S to . T o u á i.
Los argumento» de Sxo. TouÁs. Examén del p r im e r a r ­
gum ento. Puntos que abarca y critica del mismo en ans
varios aspectos. SsgunAo argum ento; su examen d in -
tífico. Tercer argum ento, y valor d el mismo. C uarto
argum ento, y sn estadio critico. Quinto argum ento;
s a exam en. Sexto argum ento no común a ambas Boma».
vu
PígB.

C ritica, L o b argum entos de D u ss E s c o t o . Lo» d o s pun­


to» de divergencia entre E s c o t o y la escnela do A jlb .
I U q h o en la m ateria. La dem ostrabilidad de la exis­
tencia de Dios aobre u n medio físico, o sobre u n medio
m ttafUico, y seguidores de uno y otro procedimiento.
L is dos formas de conocer tom ista y esootista. El p ri­
mar argum ento de E s c o t o . Critica'. Segundo argum en­
to . Critica. Tercer argum ento de E e c o t o ; sa examen
critico. Conclosión................................................................. 557-614
.¿ i J D - V E ia i'E r r S T O L A .

Debido s las condiciones en que hubo de im prim irse este t o ­


mo, su paginacidD y capitulo» aparecen num erados cual si fue­
sen continuación del volumen precedente, en vez de com enzar
dicba num eración con el mismo tom o. C ircunstancia e x tern a J
accidental que en n ad a afecta al orden del libro d í m eaos a s a
contenido.
CARÍTUL.O VII

La visión del Ser divino y las pruebas de su


existencia a través de la filosofía y teología
medioevales
S u m a r i o . E l trá n s ito d e l proceso cognoscitivo de D ios, seg ú n la
p a trís tic a , al proceso filosófico-teológico m edioeval. L a ontologfa
p lató n ica, y sus m odificaciones escolásticas, aplicadas a l conoci­
m ien to de D ios. E l conoepto d e l ente se g ü n las teo rías p la tó n ic a
y n eo p lató n ica, en relació n con la m a te ria . L a ontologfa a ris to ­
télica en o rd en al p ro b lem a d e l conocim iento de Dios, L a u n i d a d
del en te como p ro p ie d a d p rim a ria m e n te única, y evolución de la
te o ría . É u c u e n tro en este pun to de la d o c trin a a risto té lic a y neo-
p lató u icá. D oble aplicación de la te o ría d el e n te a los se res con­
c reto s en proceso d escen d en te y a sc en d en te. Posición an álo g a'd e
la d o c trin a p lató n ica y de la a risto té lic a en la v ía cognoscitiva
d esc e n d e n te , y sus inconvenientes. Los asp ecto s sucesivos de los
u n iv e r s a le s ; d ia lé c tic o , m e ta fis ic o y teológico; y rectificaciones
en la m a te ria . E l proceso cognoscitivo a sc e n d e n te o teo ló g ico en
las d o ctrin as p lató n ica y a risto té lic a . D ificultades in h e re n te s a
los resp ectiv o s sistem as" D esviaciones de la on to lo g ía p lató n ica
en su aplicación teo ló g ica m edioeval; id. en la o ntología a ris to ­
té lic a . C o n sig u ien te in tercam bio de conceptos platónicos o p la to ­
nizan tes y aristo télico s en las exposiciones te o ló g icas, y en orden
a las p ru eb as de la ex isten cia de Dios. A tenuaciones en las doc­
tr in a s p la to n iz a n te s y p e rip a té tic a s s o b re el conocim iento de Dios
en la escolástica. E n cu en tro de las teo rías p la tó n ic a y a r is to té li­
ca en el proceso cognoscitivo a sc e n d e n te , análogo a l descén-
d e n te . In c o m p a tib ilid a d de la te o ría p lató n ica y a ris to té lic a de
las esen cia s en su ap licació n a la d o ctrin a teológica de Dios y de
la T rin id a d . L a te o r ía c íc lic a a tra v é s de la te o lo g ía m edioeval.

I
.
272 Las múltiples variantes que hemos podido
observar en las doctrinas que preceden acerca del
concepto de Dios, y pruebas de su existencia, son
todas ellas fácilmente explicables como derivación de
unos mismos principios filosóficos fundamentales. Y
los que hayan seguido la evolución de aquellas dos
grandes leyes de inm anencia y trascendencia estu-
- 266 -

diadas en el volumen anterior ( t. IV), a través de


las diversas escuelas, podrán fácil méate lu í lar aho-
en el problema del conocimiento y ser de Dios,
una aplicación cumplida de las mismas, con sus na­
turales consecuencias, según las modalidades plató­
nico-estoicas y plotiüianas.
Como la ontología. del platonismo se modifica en
los tiempos medioevales para en trar en contacto
primero, con la ontología. aristotélica y luego que­
dar supeditada a ella, aunque sin dejar de influirla,
asf tam bién las normas de inmanencia y trascenden­
cia sufren marcadas atenuaciones, que refluyen ju la
teoría del conocimiento de Dios.
273. Sabemos ya que el ente ontolúgico de la
escuela platónica guarda singulares afinidades con el
ente, teológico en la misma escuela. De suerte que el
trán sito do uno a otro se ha hecho más de una vez
con detrimento de los conceptos de ambas formas de
entidad.
La ontología platónica multiplicando las catego­
rías de seres según las categorías de ideas, hace
que desaparezca como característica del ente la u n i­
dad, por lo mismo que ésta es incompatible con los
tipos ideales divergentes a que lo real debe aju sta r­
se. Mas al mismo tiempo el reino de las ideas en su
gradación ascendente exige un centro supremo de
donde deriven no sólo sil eficiencia respecto del ser*
sino la inteligibilidad misma que es algo común a
todas ellas. E ste centro supremo es el principio ul-
tratrascendente, lo Uno, puesto más allá .de las:
ideas, cuyos vestigios sa revelan en éstas, pero que
en sí es inaccesible mediante ellas.
— 257 —

La característica, pues, del supremo principio


de los seres, d o es el ser; ya que éste supone la
causalidad de la ¿tira p reexistente, y aquel principio
hállase todavía sobre las ideas mismas que han de
modelar los seres. El distintivo propio de esa fuen­
te inaccesible de los en tes, es ei dinamismo del
bien como difusivo; y este dinamismo constituye el
Bien sumo; por el cual es el bien el distiutivo p ri­
mario de cuanto es inteligible y de cuanto es enle.
(V. sobre la ontol. plat. lo dicho en el t. IV ).
274. No hay para que m entar que trasladadas
esta? jiormas ontológicas al orden teológico, donde
entran necesariamente como interpretación de la e n ti­
dad de las cosas y de Dios, dan por resultado la teo­
ría de la Divinidad ultratrasceudente que hemos es­
tudiado, con el sistem a de interm ediarios y de p a r ­
ticipaciones a través de las ideas o ejemplares que
tam biéu hemos visto. De esta ejcm plaridad arranca
el ciclo de correspondencias cognoscitivas según la
ley de inmanencia y trascendencia, que actúa en el
espíritu cou más vigor, como es n atural, que en los
demás órdenes de seres del universo. Asi la coucien-
cia de la Divinidad os tan íntim a como Ja naturaleza
misma, por inmanencia en ella de la virtualidad
ejemplada (como loyos o como idea), qne se eulaza
por nexo outológico de origen y de representación
con Dios, como sor trasceudeute; de suerte que sin.
ser la Divinidad conocida ni cognoscible en sí, es de
hecho cognoscible y couocida, cuanto es dable p ri­
mero en el espíritu, y por derivación, tam bién en
las cosas y a través de ellas. He ahí la fuente de las
dos formas generales platonizantes de prueba de la
— ¿58 —

existencia de Dios; la psicológica o interna, y la


cosmológica., o externa, apoyada en la primera, se­
gún efectivam ente hemos podido observar.
La ontología, aristotélica no sigue el mismo ca­
mino; untes aparece con nimbos opuestos de proce­
dimiento, siquiera on el fondo venga a encontrarse
en contacto con la ontología platónica, nuicho más
íntimo de lo que se piensa. De ello sólo nos ocupare­
mos en este lugar refiriéudouos al problema del co­
nocimiento natural de Dios.
275. Como sabido es, m ientras la ontología pla­
tónica comienza por la idea, y de ella lince brotar el
ente, o la realidad de las cosas; la ontología aristo té­
lica comienza por las cosas como entes constituidos,
y de ellas hace derivar las ideas. De esta suerte para
llegar a un concepto útiieo, universa'isimo de ente,
es necesario subir por abstracción de los singulares, a
la unidad univcrsalisim a en el mismo, al contrario de
lo que acontece en el platonismo. La u n id a d , pues,
obtenida sobre las cosas concretas, aparece coino ca­
racterística peculiar del ente aristotélico; y de hecho
así procedió la formación y asimilación escolástica dé
la teoría, señalando primero dicha u n id a d como pro­
piedad única del ente, ya que esto bastaba para dar la
nota uiÚYersaiísima de aquél, y poder constituir las
diversas categoría s, sin entrar en ulteriores disqui­
siciones sobre el contenido y valor entitativo de esa
unidad ab stracta. Que si luego se dijo de todo ente
que es u n o , bueno y verdadero, estas últim as propie­
dades comenzarou por sor tenidas como denominacio­
nes e xtrínsecas, propias no del ente en general, sino
de los entes particulares y concrotos.
— 259 —

Pero es manifiesto que esa u n id a d por disgrega­


ción en lo real, destituida de las propiedades de los
entes concretos, resu lta igualm ente destituida del
ser, qvio es la primera condición coacreta de lo real,
y.que al mismo tiempo reclama la existencia de las
demás propiedades, para coustituir algo real y con­
creto. La ontología aristotélica, pues, constituyendo
la unidad como elemento del ente universalfsirao,
se ponía en el caso (aunque parezca una paradoja)
de prescindir del ser en la noción de ente, por lo
mismo que partiendo del ser concreto en la teoría
para la formación de las ideas, y siendo éstas por
consiguiente tan múltiples eu sus categorías como
los seres, era imposible y contradictorio llegar a la
unidad trascendente conservando el tipo ideal de
los singulares, y con ellos la entidad singular y m úl­
tiple que representan.
276. Y he ahí como, aun en los primeros concep­
tos ontológicos, a pesar de la an títesis de procedi­
miento, podemos descubrir un punto fundam ental de
encuentro entre la oulología aristotélica y la platóni­
ca. Porque o s e in te n ta conservar la realidad del ser
dentro de la m entada u n idad suprema aristotélica, o
no. Si lo primero, desaparece en absoluto dicha pre­
sunta vn id a il del ente trascendente, sustituida por
]ft multiplicidad real de los seres y de sus tipos res­
pectivos cualquiera que sean las apariencias con que
se intente ocultarla. Por lo tanto aquella unidad no
sólo no pasa de ser puram ente ideal, sin o que no tiene
significación de categoría alguna de realidades;justa-
mentecomo sucede en. la multiplicidad de tipos euti-
-tativos platónicos bajo la unidad de lo ultratrasceii-
— 260 —

dente. Y si se dice lo segundo, venimos a la misma-


consecuencia platónica de la unidad como idea pura
trascendente sin ser real, pero al mismo tiempo con
capacidad de evolucionar h asta obtenerlo y expresar­
lo en los seres concretos.
El problema ontológico que indicamos, con las
dificultades y mutuo encuentro platónico-aristotéli­
co que acabamos de señalar, tiene sus m anifesta­
ciones en doble sentido; uno de proceso descendente,
y otro aseendeMe. En orden desándenle el proble­
ma del contenido del ente reaparece al tra ta r de las
diversas categorías de seres con su individuación
en titativ a, y singularm ente c;i la constitución do
Jas esencias, ya en ?í, y a en su forma individualiza­
da. En la ontologfa platónica, donde el ser depende
de las ideas, ya no se puede aspirar lógicamente a
otra cosa que a categorías de idealidad, sin que sea
posible forma alguna de verdadera individuación de
los singulares.
277. Eo la ontologfa aristotélica, aunque so
quiero hacer que las ideas dependan del ser, se acaba
por inv ertir el procedimiento al d estituir al ente tra s­
cendente de todo contenido propio como tal. Porque,
en efecto, su descenso a los singulares, y a cada ca­
tegoría de éstos, o es el descenso do una idea, o no
existe en realidad dicho descenso. Si lo primero, la
solución aristotélica es de hecho idéntica a la plató­
nica, y tan insubsistente como ésta. Si lo segundo,
no es posible reconocer nada capaz do individualizar
ni los singulares ni sus diversas categorías; porque
siendo de la misma condición universal, aunque en
grado d istinto, los géneros y especies, como los tí-
— 261 —

pos esenciales, o eaencias correspondientes a éstas,


lo que se diga del descenso del ente trascendente a
tales categorías, y a su contenido, ha de deciise for­
zosamente de éstas respecto ds los individuos concre­
tos a que sb refieren. En la hipótesis, pues, de que sea
absurdo un descenso del ente a grados inferiores, ab­
surdo es de la misma m anera el descenso de estos
grados universales a sus iudividuos. Individuos que
no pueden ex istir realm ente en el aristotelism o (co­
mo no caben en el platonismo), sino a condición de
hacerlos concretos acudiendo a determ inantes ex trín ­
secos a sn n aturaleza no individualizada por sí (ya que
ésta es universal), los cuales determ inantes se hallan
por su condición en ol mismo caso para ser a su vez
individualizados; y así in in finitiim .
Y haciendo aplicación de esto al ente trascen­
dente, hallamos que de igual su erte puede impug­
narse cou el mismo argum ento, la tesis platónica,
que la aristotélica. Si en efecto el ente trascen­
dente no desciende a los singulares, en esa hipótesis
representa una pura idea, sin contenido real, así
en el platonismo como en el aristotelism o. Si por
el contrario descendiese a los singulares, esto h a ­
bría, de verificarse, necesariamente mediante algo
extrínseco al ente trascendente, o a su concepto. Y
este algo, si es realidad, estaría ya incluido en el
concepto universalísimo del ente trascendente, con
lo cual no podría ser extrínseco, ni servir de dife­
rencia individualizante; y si uo expresa realidad, no
puede constituir individuación real, ni por consi­
guiente gradación en los entes.
278. No es m enester nos detengamos ahora en
— 262 —

ulterior examen de estas doctrinas, deq u e habremos


de ocuparnos más cumplidamento en otro lugar, con
referencia a las varias, pero ineficaces soluciones
escolásticas en la materia. Habremos de recordar
sin embargo a nuestro objeto la conexión obligada
del problema ontológico indicado, con el problema
prim eram ente lógico, luego m u ta fisico , y por ú lti­
mo ontológico-teológico de los u n iv e rsa le s.
Se alcanza sin dificultad que m ientras la adapta­
ción de la teoría del en lc platónico y aristo té­
lico se mantenía en el estado rudim entario antes
aludido, el problema de los u n iv e rs a le s, no po­
día ofrecerse como expresión de soluciones m eta­
físicas que son resu ltan tes de la aplicación de la
teoría del ser a las peTsouas concretas de lo real.
Por eso dicho problema comieuza por ser de ca­
rácter puram ente dialéctico; sobre si a los gé­
neros y especies responde o no realidad propia en
las cosas. En este sentido no hace a nuestro propó­
sito la cuestión, sin o es para hacer constar dos s ig ­
nificadas equivocaciones sobre este punto. Una, refe­
rente a la génesis del problema; que no pocos, supo­
niendo constituida la teoría del uute como ahora se
plantea, le dan desde su principio a la cuestión de
los u n iv e rsa le s carácter raetafísico, que no tenía ni
podia tener m ientras se rehuía hablar del ser como
contenido real del ente trascendente a la manera
dicha (1). La otra equivocación es respecto a la di-

(1) O tros por el contrario tra ta n el problem a como p u ra ­


m ente lógico, y por su aspecto externo, sin relación a lg u n a a s a
origen, envolviendo en conjunto su v alor dialéctico y m etafísico*
desorientando en absoluto su sistem atización.
— 263 —

visión de las soluciones y teorías acerca do los t i n i -


versales. Do igual modo que en su aspecto dialécti­
co la cuestión no se propone sino en cuauto a saber
si corresponde o no corresponde algo en la cosa a
los géneros y especies, tampoco en su aspecto m eta-
físico aparecen más que dos entremos bien mauiíLes-
tos: el del rea lism o , y el del a n tir e a lism o . E l pri­
mero. sin preocuparse del valor de la idea, atiende
al valor objetivo de la esencia, como universal en
cada naturaleza; y el segundo, sin preocuparse do la
manifestación externa de las esencias, estudia su
universalidad como resu ltan te de la universalidad
de la idea. Y si bien es verdad que entre r e a lista s y
a n tir e a lista s (y más de una vez en un mismo filóso­
fo) se dan oscilaciones varias, en modo alguno son
éstas las que se señalan. La vulgar clasificación de
n o m in a lism o p u ro (ficción de nominalismo que no
existió ni en R oscelin o ni en otro alguno), rea lism o
p u r o , realism o p la tó n ic o , co n cep tu a lism o , es origi­
nariamente convencional e inexacta, si bien más ta r ­
de llegan a acentuarse esas orientaciones, no menos
que es convencional y falso hacer provenir sistem áti­
camente ora de P la tó n ora de A r is tó te le s éstas o
aquellas teorías de las mencionadas, como en otro
lugar habremos de m ostrar.
279. Así el r ea lism o coaio el a n lir e a lism o , en
cuauto manifestaciones de la fase m e ta física de los
u n iv e rsa le s, provieneu ya de A r is tó te le s ya de P l a ­
tó n , según las vari autos de interpretación, y las
evoluciones en los principios recibidos de los m is­
mos, o de sus in térp retes. Y está esto en perfecta
consonancia con lo que dejamos notado sobre los
264 —

puntos de confluencia del ente platónico y del ento


aristotélico, y la consiguiente fácil derivación co­
mún de unas mismas consecuencias, sobre todo en el
estado flnctnante de principios y conclusiones de
que so tra ta . Asi el eute trascendente como u n i­
dad , al modo dicho, sin contenido expresivo del
ser, aun siendo de origen aristotélico, hállaso do
hecho en análoga condición y lleva a los mismos
resultados que el eute platónico forjado en la pura
idea. Da igual m anera que para hacer descender el
ente a lo real concreto, lo mismo cabe utilizar la
realización do la idea según la fórmula platónica del
ente, que según la fórmula aristotélica dicha (1).
Los universales, pues, en su carácter ontológico
no son sino evolucióu y aplicación determ inada de
la teoría del ente trascendente, con todas las venta­
jas o desventajas que dicha teoría pueda ofrecer. Y
ya veremos como el misino térm ino medio del deno­
minado realismo moderado tradicional refleja todos
los inconvenientes de la interpretación seiuiplatóni-
ca y sem iaristotélica del ente trascendente en que se
apoya.
280. Si nos referimos a sn aspecto ontológico-
teológico, aparecen los universales con carácter orto­
doxo, y heterodoxo: como interpretación de la esencia
divina en si; como interpretación de ésta en orden a
las Personas de la Trinidad, y del ser absoluto de la

(1) En lu g a r oportuno habrem os de ver como la doctrina de


I& m a t e r ia y f o r m a en su aspecto o n to ló g ic o , superior a au
aspecto fís ic o en A ristó te le s y Platóm , ejerció m arcado influjo
en cuestión ríe las u n iv e r s a le s , y en las variante? con que se
ofrece.
— 265 —

Divinidad y de sus atrib u to s, que es lo que más direc­


tam ente hace aquí a nuestro objeto. Mas todo ello
corresponde ya a las m anifestaciones del ente onto-
lógico en el proceso que hemos dicho ascendente, en
oposición al proceso descendente de aquél a las for­
mas concretas de lo fiuito.
El proceso del ente ontológico en vía ascenden­
te, esto es, en su adaptación al ente teológica, no
puede menos de aparecer así en la teoría a risto té li­
ca como en la platónica, con hondas deficiencias.
Desde luego los mismos inconvenientes que se en­
cuentran en la evolución de descenso del ente tra s­
cendente a las realidades Auitas, se presentan de
igual modo en su aplicación al concepto de la D ivi­
nidad; puesto que tan difícil es el proceso en sí de
la idea generalísima de entidad a un contenido real
determinado de carácter contingente, como de carác­
te r necesario; y en uno y otro caso se reproducen
las dificultades atrás señaladas de la misma m anera.
281. A parte de esto, existe otra dificultad de
aplicación del ente trascendente al Ente teológico,
que proviene de la condición del ser infinito de Dios.
P ara reducir la Divinidad al contouido de la idea de
ente trascendente según los sistem as de que t r a ta ­
mos, es necesario dar a éste ima capacidad represen­
ta tiv a infiuita no sólo en extensión, sino en in te n ­
sión; de suorte que el ser de Dios sea re p re se n ta re
en cuauto contenido del ente trascendente, como es
represenl.nble ol ser de las criatu ras, haciéndose así
predicable de lo finito y de lo infinito, con todas sus
consecuencias.
La condicióa misma de los sistem as outológicos
— 266 —

platóuico y aristotélico poue el ser de Dios fuera de


los dominios del ente trascendente, anulaudo así
todo proceso ascendente. Recordemos, en efecto,
que en la ontología platónica la idea es fuente del
ser, y lo precede; de suerte que siendo las ideas por
su índole expresivas de una forma o categoría de
seres, ninguna puede alcanzar a la plenitud del ser
de Dios, como tampoco idea alguna puede ser fuen­
te de la Diviuidad, sino que al contrario la Divini­
dad ha de ser fuente do las ideas, y por lo tanto es
necesario que se encuentro más allá de todas ellas.
En la ontología aristotélica, doude el ser es
fueute de la idea, o por lo menos eso se intenta ha­
cer, ninguna idea formada por el entendimiento hu­
mano al contacto do los seres finitos puede respon­
der al ente infinito; de suerte que por intrínseca
condición el ente trascendente aristotélico excluye
el proceso ascendente a la Divinidad. Y la coudición
misma psicológica hum aua, de conformidad con oso,
reclama como coudición esencial de conocimiento la
percepción sensible, dentro de cuya esfera han de
elaborarse todos sus conceptos.
282. Y he ahí como la ontología aristotélica al
igual de la platónica, que en eljorden descendente no
dan solución categórica al problema de la visióu con­
creta y de la constitución do las cosas, en el orden
ascendente se enenentrau con iguales dificultades.
La ontología escolástica, y antes rudim entaria­
m ente la ontología p atrística, hubieron de desviar
las lógicas consecuencias de aquellos sistem as, me­
diante adaptaciones más o menos cumplidas, y m is o
menos inestables, las cuales mejor que obra de cien­
— 267 —

cia, dirianse y son quizás labor de ingenio y de arte


sobre la metafísica antigua, para hacer viables los
postulados de ésta. En esa obra de adaptación las
ideas platónicas comienzan por perder su dinamismo
eficiente de lo real, y la objetividad en si, para con­
vertirse en ejemplares de virtualidad muy relativ a,
y en subordinación intrínseca al E n te supremo, que
es principio úuico de su eficiencia. De ese modo las
ideas que proceden de Dios, impresas eu el espíritu,
o vistas a través de las cosas ejempladas, pueden in­
terpretarse como medio cognoscitivo de llegar a la
Divinidad, o también de sentir se presencia en nos­
otros y en los dem is seres.
Cierto que para decir que las ideas son ejem pla­
res de lo Divinidad, es necesario primero conocer la
existencia de Dios, y por lo tanto tales ejemplares
la suponen conocida, y no sirven para probarla. Mas
ello no ha obstado al uso del argum ento; si bien ba
motivado que en no pocos casos la intentada demos­
tración ideológica se transform ase eu afectiva, o de
presencia sentida.
A su vez el criterio aristotélico de las cosas co­
mo medida de las ideas, y por lo tau to de la subor­
dinación esencial de éstas a la condición y lím ites de
las cosas, sufre sus atenuaciones, ya concediendo al
espíritu ap titu d natural para conocer lanío mejor
cuanto Miás se eleva sobre lo sensible (doctrina harto
común en tre los escolásticos, que tambiéu proclama
Sio. T omás), que es desvirtuar radicalmente el prin­
cipio aristotélico de la ordenación natural de las ideas-
a lo sensible donde se originan; ya sobreponiendo al
tipo ideológico del ente que resu lta de las represen-
— 268 -

tildones sensibles concretas, otro tipo o modalidad


inicial del ente que preceda al conocimiento concreto,
y que sea lo primero que se perciba / prim um quod
venü in menle esl ens), como medio de intelección ul­
terio r de la cosa. E ste concepto inicial, que a la vez
no ofrece contenido determ inado.está en realidad fue­
ra de los confines que el aristotelism o fija al ente, y
en tra en la esfera de las orientaciones coguoscitivas
platónicas.
Con esto, la representación del ente trascendente
aristotélico adquiere un carácter diverso del que a
prim era vista ofrece, y puede llevarse y de hecho
fué llevada la teoría a extremos en contradicción con
el pensamiento del E staqirita . Mas ello no consti­
tu ía una dificultad, cuando no se tratab a de conser­
var lu integridad del sistem a, sino de hacer que el
sistem a pudiese servir a los fines a que se destinaba.
283. A esa posición que acabamos de señalar en
las doctrinas platónicas y aristotélicas, es debido el
intercam bio de conceptos que se advierte en los s e ­
guidores de una y otra escuela; la fácil transición de
un modo de resolver los problemas ontológicos al
opuesto, o tenido como ta l;la derivación de consecuen­
cias doctrinales y de teoría que a primera v ista pare­
cen peculiares de algunas de aquellas escuelas, y re­
sulten comunes a segnidores de ambas (buen ejemplo
de ello las soluciones al problema indicado de los
universales); y para referirnos más directam ente a
nuestro objeto, la agrupación y uso simultáneo de
pruebas de la existencia de Dios platónicas y aristo­
télicas, o que exigen los principios filosóficos pecu­
liares de uua u otra escuda, y quo sin ombargo son
— 269 —

utilizadas frecaen tfsimamente por uu mismo autor


en un mismo tratad o , como adelanto veremos. E sto ,
que sería flagrante contradicción, intentando proce­
der según las exigencias filosóficas de cada escuela,
deja de serlo cuando se considera que aun profesan­
do eu el aristotelism o o platonism o, en general la
escolástica deformó uno y otro, desnaturalizando los
sistemas para hacerlos serv ir a la teología, y crean­
do así con ellos un todo frecuentem ente amorfo, que
lo mismo cabe dentro de uno que de otro grupo doc­
trin a l. No faltan quienes sin atenerse a ningún or­
den de principios, recogen de ambas escuelas cuanto
puede proporcionar uu argumcufco más en favor de
su tesis, y en nuestro caso, de la existencia d e ü io s r
Taiga o no valga dislocado del sistem a; como igual­
mente se encuentran seguidores de ésta o de la otra
escuela que proponiéndose permanecer dentro de ella
estrictam ente, en cuanto le es dado, mantienen la
argumentación con carácter fijo y unilateral. Pero
en su mayoría, y en especial los grandes m aestros
de la escolástica, proceden por la acumulación de
pruebas del E nte teológico, después de haber tran s­
formado el unir, ontolúgico, haciéndolo apto para las
transiciones aludidas y otras análogas.
234. Aproximadas al modo señalado la ontoiogfa
aristotélica y la ontología platónica, el procc&o as-
cend>'ni<’ a que atrás nos liemos referido puede efec­
tuarse con criterio semejante y aun idéntico, en am ­
bas escuelas. Por eso la cuestión psfqnico-ontológica
sostenida en torno al conocimiento de Dios por a ris­
totélicos y platónicos medioevales sobre el ente m ií-
voco y el eute análogo, y que tiene su baso on los
— 270 —

respectivos sistem as, pierde su valor científico siem­


pre que a dichos sistem as se Ies hace perder su ca­
racterística cognoscitiva; y se desvirtúa también su
valor práctico cuando los mismos que disen ten en
pro o eu contra de la u n iv o c id a d o de la a n a lo g ía t
comienzan por ju n tar pruebas acerca del conocer hu­
mano de Dios que responden al conocimiento u n iv o ­
co , y al análo g o , y que exigen profesar a un tiempo
las teorías respectivas. Es decir, que en principio,
dadas las modalidades ya señaladas que sobrevienen
al ente platónico en relación con la idea, y al ente
aristotélico en relación con la cosa, bajo la acción
escolástica, el proceso ascendente en lino y otro sis­
tem a, lo mismo puede hacerse con carácter unívoco
en el ente, que con carácter a n á logo. Las divergen­
cias son creadas luego más al amparo de la orienta­
ción de los sistem as, que no por exigencia de ellos,
supuestas las desviaciones a que vinieron som eti­
dos. E n otro lugar habremos de ocuparnos amplia­
m ente de este punto. Aquí sólo notaremos que por
cuanto con el ente u nívoco puede recorrerse lógica­
m ente la escala cognoscitiva hasta llegar a la com­
prehensión de la Divinidad, sus partidarios dentro de
la teología ortodoxa, se ven obligados a lim itar el
alcance de la u n iv o c id a d del ente respecto de Dios;
y a su vez, por cuanto con el ente a n á lo g o puede
descenderse en la escala cognoscitiva h a s ta llegar al
agnosticism o, es necesario a sus defensores m ante­
ner en el ser un sentido u ltra real, en cuanto la no­
ción d e ente trascendente sobreponiéndose y aun
precediendo al conocimiento de las formas concretas,
de la realidad finita, a la m anera que hemos dicho
— 271 —

permite trasponer por lo menos n e g a tiv a m e n te sns


confines. Así es como, partiendo de la roción p arti­
cular de cada ser concreto, para in tegrar con la mul­
titud iudividual de éstos uu concepto de ente tra s ­
cendente común, como hacen los partidarios del ente
análogo, se acaba por afirmar un valor absoluto del
ser, pnesto fuera de las formas singulares en que se
manifiesta; sin lo cual el concepto puro de ser tr a s ­
cendente no expresaría realidad alguna, ya que la
multiplicidad de las cosas en sí es la antítesis de la
u n id a d trascendente, y la forma de trascendencia
que expresa el eute no corresponde jamás a las
cosas en sf e individualizadas, Y nótese que aun dan­
do por uu momento que en cuanto suma de entes sin­
gulares pudiera subsistir la forma del. eute trascen­
dente, éste nunca podría expresar otra cosa que la
'u n id a d ae todos ellos, sin contenido concreto per­
ceptible a Ja conciencia, de ninguno. Y por lo tanto
anto la conciencia, y como acto cognoscitivo, el en­
te trascendente aparecería sin contenido; capaz por
consiguiente de predicarse u n ív o c a m e n te de todos,
en su unidad amorfa, e insubstancial.
285. Hemos aludido antes a las derivaciones de
la teorfa |del ente, entre las cuales ocupa el primer
lugar la formación y contenido de los u n iv e rs a le s ; de
lo cual sólo nos ocupamos aquí con referencia a las teo­
rías del conocimiento de Dios, sin perjuicio de volver
oportunamente con mayor detenimiento sobre el
asunto. Y es de observar como en esta primera a p li­
cación de la teoría ontológica eu proceso ascendente,
la doctrina platónica y la aristotélica se encuentran
de igual forma que se encuentran en el proceso
— 272 —

descendente. E n efecto, si la te o ría p lató n ica no


puede lle g a r a las esencias sin g u la re s e in d iv id u a­
lizadas sino imponiendo au elem ento ex trín se co a
e llas que. determ ino la individuación, en ig u al caso
se en cu e n tra la te o ría a ris to té lic a , seg ú n la cual
tam bién ¡a esencia es in trín se c am e n te u u iv e rsal den­
tro del tipo especifico resp ectiv o , y sólo d e te rm in a -
ble y d eterm inad a muditiuie el principio de in d iv i­
duación (la consabida m n 'c ria s íg n a la fjn a n tita tcJ ,
to ta lm e n te ex trín seco y y u x ta p u e sto , y a su vez
indÍT Ídnalizable; que es lo que hace o p ta r a o tro s
por la individualidad de la cosa sin g u la r en si m is­
m a; lo ciiül e s tá en co n trad icció n con el tipo de u n i­
v e rsalid ad d é l a esencia en sen tid o a ris to té lic o .
E sa diferenciación ap aren te de las te o ría s dichas,
y su m il convergencia en un tip o común de idealidad
la te n te , al cual sin em bargo no es difícil lleg ar, hace
que la doctrin a do las esencias, y el u n iv e rs a l quo
re p re s e n ta n , re s u lte ta n incapaz de ser aplicado a
D ios según la te o ría p lató n ica, como seg ú n la a r is ­
to té lic a . E n efecto, si la escncht seg ú n e! realism o
platónico no puede resp o n d er al se r in d iv id u al de
D ios, sin q u e b ra n ta r su indiv id u alid ad que ni r e ­
s u lta ría de la idea ui tam poco de nada ex trín se co a
ella, o su sim plicidad (por k d iv e rsa en tid ad que
e x p re sa ría n los a trib u to s divinos); lo mismo e x a c ta ­
m en te sucede cotí la e sc u d a a r is to té lic a , que. por
exigencia in trín se c a es de lip a especifico, y por lo
ta n to uo indiv id u al, de no s u s ta n tiv a rs e la especie
(¡dea), como realidad concreta, cual se ven obligados
a efectuarlo los aristo té lic o s que poniendo el p rin c i­
pio de individuación en la m a lc r ía s íg n a la q u a n li -
- 273 -

ta.lv, no pueden adm itir multiplicación individaat en


los espíritus angélicos, sin hacer cada individuo an­
gélico de especie diversa. Ya liemos notado (v. t. IV ,
u. 62, sig tes.) que esto, a parte de otros inconve­
nientes, significa una reversión al platonismo dentro
de la tesis aristotélica. Y en cuanto a su aplicación
a la Divinidad resu lta siempre recurso inadmisible,
toda vez quo Dios no está dentro de ninguna espe­
cie, ni segúu los aristotélicos mismos puede ésta
predicarse de Dios, porque está fuera de toda cate­
goría.
286- E sto, por lo que hace al Ser divino en cuan­
to naturalm ente cognoscible, y como entidad indivi­
dual, distinta de todas las demás. Que si se tr a ta de
la Trinidad, los incouvenientes aparecen todavía más
manifiestos. Respecto de este dogma la tesis de la
esencia aristotélica conduce a la anulación del mismo,
de igual manera y en igual grado que la tesis de la
esencia platónica. Desde e ste punto de vista las dis­
cusiones m edio3?ales sobre el realism o puro, o el
realismo medio de los escolásticos aristotélicos, no
resuelve cosa alguna. Si con el realismo platónico,
en efecto, desaparece la identidad de la esencia si
se multiplica ésta segiiii las personas; o la distinción
de personas en nna misma esencia si se mantiene la
unidad individual de ella; con el realism o moderado
aristotélico, o se m ultiplican las personas dentro de
un tipo esencial especifico como la multiplicación de
individuos dentro del tipo específico de la esencia
humana, y desaparece la identidad de esencia propia
de la Triuidad. o se multiplican las personas según
su tipo especifico propio, que es m ultiplicar las
— 274 —

esencias, y suprim ir la distinción de personas den­


tro de un solo ser esencial. La teoría platónica y
platonizante en sus varios aspectos, no perm ite la
distinción en las divinas personas, sino mediante
gradaciones diveras esenciales en ellas, y la teoría
aristotélica a su vez no perm ite la identidad num é­
rica de esencia sino mediante la indistinción de p er­
sonas.
C A P ÍT U L O VIH

Las teorías filosóficas


en la elaboración medioeval de las pruebas
de la e x is te n c ia de D io s.

( p e r ío d o e m p ír ic o )

Sumario. Darivacioues del pensamiento platónico y aristotélico


en lia soluciones concretas sobre el conocimiento de Dios: a) en
la cognoscibilidad del Ser divino; b) en el carácter de la demos­
trab ilidad d« su existencia; c) ea La naturaleza de las pruebas
utilizadas. Las doctrinas escolásticas sobre le. cognoscibilidad de
la existencia divina. Id. sobre la índole de su dem ostrabilidad. Si
la tesis, D ioi axiale, ea p e r se nota, o no» per te nota. Alcance
de la cuestión ea la m ateria. Las dos opiniones extremos. Las
dos tesisinterm edias, respectiva base filosófica. E l conocimien­
to positivo y el negativo en cada nna de ellas. Extensión del
roblema a la cuestión de si en la demostración de la existencia
S m nft se presupone o uo se presupone la idea de Dios. Orienta­
ciones de las ea en el na dichas. Atenuaciones de las teorías plato­
nizante y aristotélica, en sentido opuesto, p a ra sn empleo en la
m ateria. La naturaleza de las pruebas empleadas ea la época de
qne se tra ta . Pruebas internas, externas y mixtas. CategoriaB*
ds argum entación. Argumentos del orden psicológico; id. del
cosmológico; id. ideológico; id. metafiaico, y oiUolóffieo. Qri^
en y fuentes y de las pruebas medioevales de tu existencia de
g ios. Modalidades con que se ofrecen los argumentos agostinia-
Eos en la m ateria. Diversos periodos en la evolución medioeval
de las prnebas de la existencia de Dios. Característica de los res -
pectivos períodos, empírico, de clarificación y de teoría. El
Íieriodo empírico; sns representantes; y argum entos que se n ti-
iz&n. Critica y conclusión.

I
287. Después de las observaciones hechas sobro
las teorías del s er que hubieron de privar en ol'sis-
teraa teológico, y sobre los puntos da convergen­
cia de las mismas, en sí consideradas, y on sus
derivaciones, debemos ahora hacer notar el aspecto
— 276 —

característico que cada teoría reviste en los proble­


m as referentes al conocimiento de Dios entre los
escolásticos, Son estos problemas: 1.° La cognos­
cibilidad del Ser divino. 2.° La demostrabilidad de su
existencia. 3 .° L a naturaleza de las pruebas de su
existencia.
¿Puede ser Dios conocido por el hombre? Es la
primera cuestión que se ofroce; y así propuesta, fué
resuelta en general por los escolásticos en sentido
afirmativo. Sólo algunas formas de misticismo medio­
eval, y más tarde el nominalismo de O ccaii hacen d&
Dios nn ser ininteligible, y oculto al humano cono­
cer. El primero como resultante de una exageración
platónica o ncoplatónica; y el segundo como consi­
guiente a uua exageración analítica en el aristotelis-
mo. Ello no obstante, el misticismo dicho, no renun­
ciaba a todo coaociiniento de la Divinidad, porque la
hacía accesible a la in tu ició n extática, que siquie­
ra no fuese la manera ordinaria de nuestras percep­
ciones, dejaba al hombre interior en aptitud de ele­
v a rse por movimiento afectivo al Supremo Ser. El
panteísmo místico do la Edad media origínase sobra
esa orientación teológ ico-pialo uizan te, por e x alta­
ción del conocimiento interior ante todo otro conoci­
m iento, en cuanto esa especial visión venía a enla­
zarse con la comunicación primordial de la vida divi­
na, que así se manifestaba en la conciencia finita, pa­
ra elevarla a lo infinito.
Y c-uaudo uo llegaba aquel procedimiento p lato n i­
zante a los extrem os panteístus, daba origen a las
orientaciones del conocer tradicional, m ediante una
revelación primera, al modo del tradicionalism o del
— ‘277 —

siglo x ix, según dejamos notado en otro lugar (y. t .


IV , c. 6). De igual suerte el nominalismo al renun­
ciar a todo conocimiento intelectual de Dios, acogió-
so ol mismo procedimiento tradicional de lo revelado,
recurso tan débil como obligado pat a todo agnosticis­
mo que no quiere caer en el escepticismo. En las de­
más escuelas la tesis del conocimiento natural hu­
mano de Dios es universalmente sostenida.
286. Mas, dada la aptitud natural para conocer
la existencia divina, ¿cómo Dios es conocido por la
humana inteligencia; y cuál es por lo tauto el carác­
te r de su demostrabilidad? E sta cuestión previa no
sólo a las pruebas de la existencia de Dios, sino a
ulteriores conceptos acerca de la Diviuidad, envuel­
ve el problema outológico-psicológico ya esbozado
de la naturaleza del ente, y su valor como vehículo
de la idea de Dios; siquiera los teólogos descuidasen
babitualm ente el eslabonar sus soluciones acerca de
la Divinidad, con las soluciones psíquicas y ontoló-
gicas presupuestas, que virtualm ente han de apare­
cer incluidas en aquéllas.
Una cuestión ha venido sin embargo a form ular­
se. la cual aunque era presentada con carácter secun­
dario, lleva en sí la fórmula de la demostrabilidad de
Dios según cada escuela. E s la cuestión de si la tesis
Dios existe constituye proposición per se ñola, o non
per se ñola . P ara unos, Dios existe, es proposición
per se nota en absoluto, y siu género algimo de res­
tricciones. P ara otros dicha proposición es también
en Absoluto tion per se n o ta, o sea puesta fuera de
nuestro alcance.
E n tre esos dos extrem os están otras dos opinio-
— 278 —

a es interm edias. Una la de los que afirmaa qu&


aquella proposición es nota quoad se, mas no q u o a i
«os; otra la de los que diceu que es ñola quoad se,
y por eso mismo nota quoad nos, si bion la calidad'
de nuestro conocimiento humano lim ita el alcance de
aquella percepción.
289. La tesis p rim era de las señ alad as respoii-
de a la ontología platónica o p la to n iz an te, ta l corno-
hemos v isto se re v e la cu los teólogos de la escuela
a le jan d rin a, y cr¡ los e sc rito re s m edioevales de orien­
tació n neopiíitónica, sea d ire c ta , sea a tra v é s dol
Psetido-A iiEopf\GiTA o de S. A gustín . S eg ú n ella,
como la sin te tiz a b a E cidio R ouako, seg u id o r de la
m ism a, la proposición I)io<; exista puede ser dem os­
tra d a , pero no necesita d em ostración, porque es per se
ñola. Y es que a la idea del ser se le hace tomar una
re p re sen ta c ió n a b so lu ta elevándola a lo infinito, con
un valor objetivo co rre sp o n d ien te, y con ello se lle­
g a lógicam ente al a rg u m e n to an selm iau o , o c u al­
q uiera do las v a ria n te s con que puede o frecerse. El
ser onlológico aparece asi como el m om ento p rim ero
de u n a m ás a lta concepción de lo re a l, q ue es la
Entidad infinita, a que conduce.
La segunda tesis extrem a, es la del agnosticis­
mo escolástico acerca de Dios, a. que ya nos hemos
referido. Eu ella figura de una p arte el misticismo
platonizante, de que hemos hccho m érito, el cual lle­
vando al extrem o la trascendencia de Dios, lo pone
más allá de todo ser, de toda eutidad, al estilo
ultratrascendentc antiguo; y por lo tanto lo aisla de'
toda representación mediante el enl.e mitológico. De
o tra p arte, el nominalismo que entre otros rep re -
— 279 —

sonta O ccam (1), y en especial G abriel E iel (2);


donde al desaparecer la significación re a l y v a lo r de
los conceptos u n iv e rsales, d esaparece ta m b ié n , y en
prim er térm in o , la a p titu d del concepto de ser para
significar nada tra sc e n d e n te , o no tra sc e n d e n te , q ue
no sean los sin g u la re s co n creto s.
290. De las dos tesis interm edias, la prim era es
la del íiristotelisrao en su interpretación moderada,
en especial represontado por S to. T omás, y la segun­
da es la de los platonizantes también moderados (do
tipo agustiniano), entre cuyos representantes en la
m ateria se distingue D uks E scoto.
E n ambas doctrinas so Teconoce el hecho de que
la existencia de Dios no es para nosotros evidente,
y perceptible sin argum entos discursivos. Pero se
diferencia hondamente una y otra por la diversidad
do principios que suponen. En la doctrina a risto té ­
lica (de A lb . Magno. S to. T omAs , etc.) partiendo de
que el ser de la idea, depende del ser de la cosa, ha
de sostenerse por consecuencia que las ideas deriva­
das de los seres fiuitos están lim itadas a ellos; y por
lo tanto nada significan ni expresan directam ente eo
orden al Ser infinito, cualquiera q u esea la evidencia
objetiva que a éste le corresponda. P or el contrario
en la teoría ueoplatónica y filatonizante-agustiniana
(de S. A nselmo, S. B uenaventura, E scoto, etc.)
dependiendo del ser de la idea el ser de la cosa, la
amplitud representativa de la idea ya no se subordi­
na a un orden de entes dado, sino que, a la inverso,

(1) V. entre otros lugs,, In 1. Sent. d. 3, q. 2,


(2) In l.S c n t., d. 2, q. 20, a. 2.
— 280 —

los entes se subordinan al alcance significativo de la


idea, si bien ésta en su forma sujetiva puede ofrecer­
se con grados ditiersas de percepción, según la v a ­
ria manera de ofrecer a la conciencia la cosa perci­
bida.
E n eso se funda en primer térm ino la teoría de
la univocidad del eute, para su aplicación a Dios y
a las criaturas. De igual modo que eu la doctrina
opuesta se va a la negación del concepto del ser uní­
voco, y a la afirmación por lo tanto do que ni aun el
concepto de ser, tal como el entendimiento humano
lo forma, puede aplicarse a Dios, si no es analógica­
mente.
291. Y de conformidad cou ostus diversas orien­
taciones, ofrécese también con carácter diverso la de­
mostrabilidad do la existencia de Dios. La primera de
la referidas doctrinas, en efecto, no requiere que el
conocimiento de Dios sea negativo; sino que dentro
del proceso de gradaciones perceptivas hace posible
conocer, siquiera sea eu grado muy ténue, quid fíeus
sit. Y esto en el orden discursivo; pues en el orden
afectivo y extático, ya sahornos hasta donde llega la
intuición platonizante y plotiniana. Por el contrario
en la doctrina opuesta donde las ideas no van más
allá de las cosas que representan, no podemos saber
quid Deus sit; sino simplemente quid non sit; au n ­
que mediante diferencias negativas podamos alcan­
zar alguna determinación del ser de Dios.
En relación con este punto como extensión del
problema mismo, ofrécese también el saber si la
demostración de la existencia de Dios implica y
presupone o no la idea de Dios, y la conciencia de
— 281 —

su ser como determinado. L a antigua escolástica


nada propone explícitam ente sobre esto, aunque
más tarde se halle esbozado de un modo inicial en
algunos teólogos (v. g r. en S üArez Meí. d. 29, s. 2),
no obstante tratarse de uu problema de psicología
teológica estrechamente enlazado con la sistem atiza­
ción de las pruebas de la existencia de Dios, y con el
proceso constructivo científico de éstas ca relación
con sus atributos, como oportunamente veremos. Mas
en las dos encontradas maneras de presentar nuestro
conocimiento de Dios, ora como negativo, ora como
positivo, y en los principios respectivos de donde
hemos visto proceden dichas doctrinas, M llunse im­
plícitas las fórmulas de solución que oada escuela
puede ofrecer.
292. La teoría platonizaute-agustiniana, en
■efecto, exige tanto mtls para sus pruebas de la exis­
tencia de Dios la idea previa del mismo, cnanto esas
mismas pruebas no subsisten sin suponer ya conoci­
da la existencia divina; pnr cuauto el valor en sí obje­
tivado de las ideas uo es nada, si antes no se da por
existente a Dios como fuente de aquel valor.
En la teoría aristotélica moderada, o sea del co­
nocimiento do Dios por negaciones, a ía inversa de
la anterior, no sólo no se supone nna idea determ i­
nada de la Divinidad para formular sus pruebas, sino
que eu. rigor lógico se excluye toda conciencia de
Dios aun como entidad personal; ya porque las prue­
bas aristotélicas del p rim u m ?novens no exigen, si­
no la afirmación inmediata del prim&r motor, cual­
quiera que se su naturaleza, ulteriorm ente determ i-
nable, ya porque la determinación del ser de Dios
- 282 —

por negaciones, esto es, por exclusión de las imper­


fecciones en las ideas de las cosas que conocemos,
exige una elaboración discursiva diversa, y mucho
más laboriosa, que las argumentaciones acerca del
m otor y del m ó v il. De allí que en estíL escuela se d e
por legítimo que las pruebas de la existencia di­
vina sólo couduceu directam ente a demostrar qua
existe algo que sea principio y causa de lo contin­
gente, pero sin determ inar otra cosa, aunque por
discurso posterior se llegue al concepto de Dios.
293. Veremos eu su lugar como ambas teorías
son insostenibles; no menos que los principios siste­
máticos ya indicados, de donde dichas doctrinas proce­
den. T es de observar desde luego que ni los partida­
rios, como E sc o to , de la doctrina primera, permane­
cen fieles a ella en sus consecuencias, que atenúan
varias m aceras, al igual que atenúan el concepto y
alcance del eute unívoco; ni los seguidores de la
tésis aristotélica, como S to . TomAs, dejan de a p artar­
se de olla, tratando de desviar así, siquiera ello r e ­
sulte a costa de la lógica y de la integridad de la
teoría, las consecuencias aguósticas a que ésta con­
duce en el orden suprasensible. De esa manera mien­
tra s el S to . Tomás aristo télico partiendo de que p r i-
tm im in td le c lu m est ens m a lc ría le, limita el cono­
cer humano por su intrínseca condición a las cosas
sensibles, mediante la escala fatigosa de géneros y
especies, el S to . Tomás agustiuiano Imito. en el ente
como ta l, sin limitaciones, el p r im u m in ld lig ib ile ; de
suerte que todo lo demás sea conocido mediante ulte­
riores determinaciones de su contenido; o,como el mis­
mo escribe; u n d e opportel qao d om nes alies. concep-
— 283 —

tiones inlelleclu s a c c ip ia n tu r ex a d d ilio n e a d ru s.

Mas, de esto habernos de tra ta r coa mayor am plitud,


al estudiar los principios psico-ontológicos sobre el
conocimiento cíe Dios en la escolástica, y las desvia­
ciones de las escuelas en varios sentidos.

294. Supuesto lo que precede sobre las normas


ontológicos y cognoscitivas de platonizantes y aris­
totélicos medioevales, y la aplicación de aquellos al
conocimiento de la Divinidad, veamos de estudiar
esto problema según sus aspectos en la filosofía y
teología escolástica. Varios puntos son de determ i­
nar antes para proceder con claridad en la m ateria:
1." L a naturaleza de las pruebas del conocimiento de
Dios. 2.° Las categorías de pruebas utilizadas por
las diversas escuelas 3.° El origen y procedencia de
■los argum entos empleados.
Por el primer concepto, que responde al m ed io de
demostración de la existencia de Dios, redúcense a
tres los órdeues de pruebas, a saber: pruebas in te r ­
n a s (de carácter sujetivo derivados del mundo in te r­
no de las ideas); e xlern a s (de naturaleza objetiva,
provenientes del mundo exterior); y m ix ta s , donde
al proceso discursivo de carácter externo, se le da
una base científica peculiar según la escuela. Los
argum entos in te rn o s son de índole platonizante y
neoplatónica, como desde luego se alcanza. Los ar­
gumentos externos son de uso indistinto en las es­
cuelas, con predominio del elemento aristotélico,
cuando sus doctrinas llegaron a imponerse. Los a r ­
gumentos m ix to s revisten la forma y modalidad pe­
culiar de la escuela que los utiliza.
- 284 —

295. Las clases de pruebas en uso entre los es­


colásticos, son muy varias; pero cabe reducirlas a de­
term inadas categorías. La primera división general
que se ofrece, es la de argum entos teológicos, o mejor
e sc r itu ra r io s , tomados de testimonios del A ntiguo y
Nuevo Testam ento, respocto a la existencia de Dios;
y argum entos filosóficos . o del orden racional. A
estos últimos nos referimos aquí exclusivam ente;
pues ios primeros ni se ofrecen a estudio en relación
con las teorías filosóficas de que tratam os, ni en sí
son válidos siuo en cuanto presuponen la dem ostra­
bilidad racional de la existencia de Dios. Todo testo
bíblico, como revelado, supone conocida la existen­
cia de la Divinidad; de no íirgtiirse sobre el mismo
texto de efecto a c a u sa , que es colocarse en el orden
racioual y discursivo.
Viniendo, pues, a las pruebas de carácter filosó­
fico en el conocimiento del Ser primero, podemos
reducirlas a las siguientes:
a! Pruebas del orden psicológico, derivadas de la
existencia en nosotros de idea6 inm utables; v. g r. las
de v e r d a d , bon d a d ju s tic ia , etc. E sta argum enta­
ción suele ofrecerse con dos v ariantes principales;
una considerando dichas ideas cu cuanto a su e x is ­
te n c ia en nosotros; para probar con ello que no pue­
den ser sino participaciones de la V erdad, Bondad y
Justicia infinitas, porque toda forma lim itada supo­
ne una forma absoluta e ilim itada de la cual procede.
O tra que se refiere a las ideas en sí mismas, en
cuanto encierran tal intrínseca inm utabilidad, que es
necesario fuesen siempre lo que son y por consi­
guiente que sean eternas; pero no pudiendo ser eter-
— 285 —

ra s en sí, es necesario que tengan ia razón de su se r


en Dios como fuente de toda esencia.
A estas dos variantes de! orden psíquico corres­
ponden otras dos del orden psfquico-ótico. Y son el
argumento dconlológico derivado de la existencia
de una ley moral con deberes y derechos que la con­
ciencia nos revela, y que suponen un legislador; y el
argumento eudemonológico, procedente del deseo-
innato de una inm ortalidad feliz.
b} Demostraciones de orden cosmológico, o sea
derivadas del universo visible y de sus propiedades*
las cuales demostraciones eran presentadas con múl­
tiples variantes. Son las principales: E l argum ento
físico fundado en el orden y belleza del mundo. El-
argumento antropológico fundarlo ya en la naturale­
za del alma, ya en la del compuesto humano.
El argum ento Isleológico, fundado en la razón de-
finalidad que se observa en todas las cosas visibles.
E l argumento cinelógico, fundado en la m utabilidad
y movimiento de los seres contingentes.
c) Demostraciones del orden metafísico; las
cuales, con variautes diversas, se apoyan en el ca­
rácter de contingencia del mundo, deduciendo de su
ser finito temporal y necesario la existencia de una
Causa infinita, eterna y necesaria.
d¡ Demostración dicha por antonomasia del or­
den ontológico, en la cual de la idea de Dios en si
considerada, y como cute mayor que el cual no es po-
ibla pensar ningún otro, deducían su existencia real.
Tales son los tipos generales a que pueden red u ­
cirse las razones de los escolásticos acerca de la
existencia do Dios; aunque no es necesario ad v ertir
— 286-

que no se ofrecen coa esta, grad ació n e a todos ellos.


En la primera época de la escolástica son pre­
ponderantes los argumentos dol orden cosmológico,
mezclados con razonamientos teológicos y textos de
la E scritu ra; lo cual no obsta pnra que vayan a, vo­
ces envueltas ea ellos ideas referentes a los argum en­
tos del orden metuffaico. Eu las épocas subsiguientes
aparecen entremezclados los demás aludidos argu­
mentos como varemos.

296. En cuanto al origen y fuentes de las prue­


bas preseutadas por los teólogos medioevales (dejan­
do aparte la propia iniciativa de éstos, ya en cuanto
a form ularlas, ya ea cuanto a p resentar con modali­
dad peculiar las recibidas), son varias las proceden­
cias que cabe señalar. Las pruebas de carácter escri­
tu rario , con aspecto teológico, o mfstico, tienen,
como es natural y obligado, su fuente en los testim o­
nios bíblicos, y su interpretación y confirmación on la
patrística.
L a s p ru e b a s del orden n a tu ra l o filosófico, proce­
den de las d iv e rsas fu e n te s d o ctrin ales sucesiv am en ­
te conocidas entonces, y u tiliz a d a s con m ayor o m e­
n o r p referen cia, seg ú n las escuelas y te n d en cias doc­
trin a le s . Son fu en tes prin cip ales h a sta el siglo x n
e n las enseñanzas so b re e s te p u n to , S. A gustín ,
B oecio , M arco T ulto, el Pseudo-AREOP agita (conoci­
do, e n tre o tra s , por la versión la tin a de E scoto E riú -
gkna), y P lotino (trad u c id o al la tín por V ictori ­
no , te x to que y a sirv ió a S . A gustín , seg ú n h e ­
m os notado; v. t. IV , n . 4 3 ). D esde el s. x n , al d i­
v u lg a rs e las obras de A ristóteles p o r in terv en ció n
— 287 —

pe los árabes, aparecen como fuentes doctrinales en


fia materia, además de los citados, el E stagirita y
teus comentadores; y más bien son los comentarios
arábigo-judaicos que no el texto mismo aristotélico,
lo que proporciona la orientación escolástica en las
pruebas y conocimiento de Dios, al igual que en
otros m últiples problemas. Ya hemos notado atrás
(t. IY , 355) que los filósofos árabes fueron quienes
antes que nadie utilizaron el argum ento de A ristó­
teles del molor inm óvil; y los primeros por consi­
guiente on desfigurar y desviar la doctrina aristoté­
lica sobre este punto para obtener la prueba de la
existencia de Dios, tal como luego se perpetuó en la
teología escolástica. En A verroes y A lgacel , no me­
nos que en M aimómides. etc. el aristotelism o teoló­
gico medioeval ha encontrado m ateriales los más
abundantes acerca de m últiples problemas de la D i­
vinidad, y del ser del universo, así como argum entos
ya formulados sobre k divina existencia, que apenas
hicieron los teólogos más que reproducir (v. t. IV
c it., c. 6).
297. Es de recordar que los filósofos árabes, im­
portadores del aristotelism o teológico, no fueron ex­
clusivamente aristotélicos, sino que sus comentarios
llegaban impregnados de ideas neoplatónicas, ora re­
cogidas en los escritos pscxido-aristotélicos, ora reci­
bidas directam ente del platonismo y neoplatonismo
entremezclados, que la filosofía arábiga no distinguía.
Ya hemos observado que los árabes utilizaron los es­
critos de P lotino citáudolos como propios de P la to s ,
debido en buena parte a la confusión que ocasionaba
el escribirse eutre ellos de idéntica m anera los nom ­
— 288-
b res m encionados de P latón y P lotino (la escritura
sin vocales, a lo sem ítico, da en e sto s nombres la s
m ism as consonantes, con la co n sig u ien te in d iferen ­
cia pu ra significar P lotino o P latón, seg ú n las v o ­
cales que se le añ ad an ).
Consecuencia de esa aproximación de doctrinas
aristotélicas y platonizantes fué que en la teología
Se m antuviesen ambas orientaciones, y aun se ju n ta ­
sen elementos de aquellas escuelas en la exposición
filosófica de una misma tesis teológica; de lo cual te ­
nemos desde luego un ejemplo en las pruebas de la
existencia de Dios, en no pocos escolásticos, sin ex­
cluir a Sro. T omás. Con esto, k s influencias del
Pseudo-ÁtiiiOPAGiTA y de S. A gustín adquirieron en
nnos casos (y. gr. entre los teólogos místicos como
en la escuela de los V ictorinos, y entre los platoni­
zantes, como los sostenedores de las corrientes agus-
tinianas), un relieve que antes no alcanzaban; y eu
otros, fueron recibidos sus conceptos, por aproxima­
ción externa y y u xtapuesta, con los de A ristóteles.
298. En orden a la existencia de Dios las ideas
de S, A gustín adquieren especial relieve, y por eso
aparecen con diversos matices flotando en toda la
escolástica, entre platónicos y aristotélicos. Sus
pruebas, en la m ateria reciben modalidades, y ofré-
cense con diferencias que conviene hacer notar. Soa
éstas:
1.° La sistem atización de los razonamientos
agustim anos; que S. A oustiií los presenta sistem ati­
zados; y como consecuencia, el mayor alcance y vi­
gor lógico que aquellos argum entos reciben en la
escolástica.
— 289 —

2.° L a adaptación de argum entos según las es-


:uelas, y el uso sim ultáneo de otros no ngustinianos.
Lo característico de las pruebas agustinianas, lo he­
mos visto ya. hállase en su aspecto neoplatonizante.
Del neoplatonismo toma el Doctor de Hipona la teo*
ría de las ideas innatas, como impresiou divina en el
alma. De la misma fuente recibe su teoría de las
participaciones (participación de lo Bueno infinito
en la bondad finita, de lo Verdadero eterno en la
verdad creada, etc.), que es complemeuto de sn doc­
trina acerca de las ideas inm utables e innatas. No
es menester insistamos aquí ea dem ostrar que la
teoría de las ideas innatas, como la sostiene S. A g u s­
t í n , lejos de servir pava probar la existencia de
Dios, la supone probada por el hecho mismo de la
existencia de las ideas. A l igual que la teoría de
l a s participaciones, impresas por Dios, que es como
¡la esencia de los argum entos mencionados, no tiene
valor alguno desde el momento e:i que se rapare
que las ideas en sí estáu destituidas de entidad
objetiva distinta del entendimiento en que se pro­
ducen. No son más que la conveniencia de dos tér-
miuos percibidos mentalmente, y derivados de la en­
tidad real de los seres conocidos; y es claro que esta
percepción es un simple testim onio de la realidad de
las cosas, como en su orden lo es la im aginación y
los sentidos externos, sin género alguno de superio-
res participaciones, fuera del hecho de ser cada fa­
cultad perceptiva testimonio de lo que es. Las ideas,
pues, de verdad, bondad, etc., presentadas como i n ­
mutables y eternas, sé reducen a notas de objetos
reales o derivaciones de ellos, que una vez concebi-
TO.YIO V 19
- 290 —

dos como existentes, siempre pueden ser concebi­


dos de la misma manera; io cual no tiene nada de
maravilloso, supuesta la facultad cognoscitiva, ni
exije otra participación que la que reclama
para se rlo que es el más insignificante de los seres
del Universo.
299. Los escolásticos, sin embargo, no llegan a
esta conclusiva; si bien se dividen en cuanto al liso y
valor que conceden a tales argum entos. Unos asien­
ten a ellos francamente, como S . A nselmo, aunque
abandonando las ideas innatas: otros les dan cardctci’
intuicionista y m ístico, como la escuela de S . B üena-
v en t d iu , y la agustiniana en general; otros como
S to . T omás , aunque posponiéndolos a los argumentos
aristotélicos, los ju n tan con ellos, sin reparar en que
desde el punto de vista de teoría son inconciliables
entre sí, y parten de principios doctrinales opues­
to s y antitéticos.
3.° Los argum entos de S. A gustín, eu cnanto
fundados en la teoría de las participaciones, son com­
parativos por naturaleza; esto es, parten de la exis­
tencia de algo más o menos ente, para concluir que
existe uu sumo Bien, una suma Verdad y un Ente
sumo. Los escolásticos, sin abandonar la doctrina do
las participaciones, toman generalm ente los grado*
en tita ti vos como expresión de la contingencia de los
entes, con lo cual no son ya los razonamientos agns-
tinianos, aunque sean argum entos do mayor valor
filosófico.
4.° Los argum entos de S. A gustín , aunque di­
seminados en sus escritos, constituyen un todo orgá­
nico, cuya razón genética es la inducción sostenida
— 291 —

»or las diversas manifestaciones del ser en las cria-


;uras; pero cuya base filosófica está, en el concepto
le id m como algo objetivo en sí, con necesidad in­
trínseca independientemente de la inteligencia donde
8e forma, y con entidad y origen muy superior a los
objetos sensibles que la idea representa, por cnanto
éstos no pueden agotarla nunca ni aun llenar su
virtud significativa. Por eso m ediante las cosas y las
¡deas comparadas entre si, debemos llegar a Dios,
según S. A gustIn.
Los escolásticos sin parar mientes en el organis­
mo doctrinal agustiniano de las pruebas de la exis­
tencia de Dios, en g en eral desatendieron su valor
filosófico y de sistem a. De ahi procede que se encuen­
tr e en uu mismo escritor una prueba de S. A g d stín .
netam ente platónica, al lado de otra puram ente aris­
totélica, contraria eu los principios que supone a la
anterior;de ahí que los grados de entidad de S . A g u s­
t í n se conviertan en argum entos de contingencia; y
que su teoría psicológica haya podido dar elementos
lo mismo a S . A nselm o que a S to . T omAs , a H ugo de
S. V íc to r como a A le ja n d r o de A le s y E sco to .
Con S . A g u stín fué utilizado grandem ente el Pseudo-
A re o p a g ita , tenido, como se sabe, por el S. D iokisio
de los tiempos apostólicos, con la consiguiente a u to ­
ridad y ascendiente en sus enseñanzas.

300. Hechas estas observaciones para precisar


las velaciones agustinianas con la doctrina escolástica
acerca del punco que nos ocupa, veamos ahora las di­
versas etapas que ofrocen las pruebas de la existencia
de Dios, eu relación con la labor filosófica escolástica-.
— 292-

Habremos de distinguir al efecto tre s periodos:


un período e m pírico ; un período dogm ático; un pe­
ríodo critico.
E l período em p írico , que es el de la escolástica
prim itiva, después de S. Ju a n D am asceno, es una
fase de simple y u x ta p o sic ió n ; eu ella se ofrecen
pruebas varias de la existencia de Dios, pero sin
discutir su valor, ni menos ajustar aquéllas a p rin ­
cipios de sistem a. No se distingue entre pruebas de
valor moral y de valor metafísico, ni entre las que
conducen inmediatamente a la existencia de un Dios
creador, y las qne llevan de modo inmediato sólo a la
existencia de un supremo ordenador (pruebas cosino-
lógicas).
El periodo dogm ático, o doctrinal asertivo, es un
periodo de c lasifica ció n . E u él no se someten a hon­
do examen las pruebas de la existencia de Dios; y
aunque se subordinan a tesis doctrinales dadas, es
sólo para ordenarlas y distribuirlas, sin discutir su
mayor o menor alcance dem ostrativo.
El periodo dogm ático perm ite, sin embargo, dar
preferencia a unas pruebas respecto de otras, sobre
todo en relación con los principios doctrinales del
que las formula.
El período critico representa la fase últim a, que
diremos fase de la teo ría . En él no sólo se seleccio­
n an los argum entos sobre la existencia de Dios, si­
no que ss examinan en sus fundam entos, se clasifi­
can, aceptan o rechazan, dentro de las normas de
escuela, a las cuales se procura ajustar la critica de
dichas pruebas, en cnanto los procedimientos de la
época lo perm itían.
— 293 —

301. En el período em pírico, o de yuxtaposición,


comprendemos la fase que hemos denominado prim e­
ra, h a s ta S. A nselm o ; o sea la fase preanselmiana.
En el periodo dogmático o de clasificación, com­
prendemos las etapas varias desde S. A nselmo h asta
S to. T omAü. F ase eu la cual se encuentran como va­
riantes, la de S. A nselmo, la de A belardo hasta
H ugo y R icardo de S . V íctor ; la de los Victorinos;
la de A l e j . de A les y S . B uenaventura.
E l periodo crítico y de teoría alcanza a S to . To-
m ís , de una m a n e ra in icial; se a c e n tú a en E scoto, y
eu las v a ria n te s de la escuela a g u stin ia n a (y a de ca­
rá c te r Iradicionalisla, aunque p la to n iz a n te , y a de
carácter in tn ic io n ista ); y d eg en era por e x ag e ra c ió n ,
en la escuela n o m in a lista de O ccau . B i e l , Card .
Ccsa , e tc .

302. Periodo em pírico. La ausencia de las


normas filosóficas que eu tiempos precedentes hemos
visto presidían a una sistem atización de las ideas
acerca de la Divinidad, hace que esta etapa ofrezca
a nuestro objeto poco digno de especial estudio. En
el mundo griego el D amasceno representa esta fase
con sn obra más conocida «Fuente de la sabiduría»
(nTjy^i yva)C£(u{). En su tercera p arte, que es la De {¡de
orlhvdoxa ("Exíooij áxptói^ tíjs bpfloWfcu ittoxeoí) tr a ta en
efecto da Dios y de su existencia (1. I), con el crite­
rio de acumulación que preside a toda la obra donde
unas veces se ju n tan en la misma tesis conceptos pla­
tónicos y aristotélicos, o tras veces se encuentran
doctrinas opuestas sólo justificables en cuanto ex­
tractos de au to res y libros distintos. Así eu orden a
— 294 —

la existencia de Dios, reconoce el Damasceno que son


vías para su conocimiento las criaturas, el gobierno
del universo, etc., todo lo cual hace visible a Dios
en sus actos; y al mismo tiempo enseña que Dios es
inaccesible a la mente humana, al cual el discurso
ño alcanza, por hallarse más allá, de todo concepto
de ser a lo neoplatónico; imp navt» 6vx«, úTtep
ao-to xo Etvai «v (c. 12). Sostiene (D ial., 3) con la doc-
triu a fundada en A r is tó te le s , que mediante la per­
cepción extorna podemos llegar a un conocimien­
to análogo de Dios; y no obstante afirma (ib. .1) que
Dios no es designable más que por la negación de to­
do Ser, con el Pseudo-AREoPAGiTA, y que de Dios só­
lo conocemos su infinidad y su incomprensibilidad.
Dios, según el D am asceno, es substancia (oücia), en
Sentido aristotélico (np&Yna aü0>jrcKpx-cov xai |ir¡ Seóji7]vov
é-cépou jtpój OiMtpgiv), añadiendo luego que según esta
definición Dios es en rigor la única substancia (por
una interpretación equivoca, análoga a la de Spínoza
al definir la substancia, auuque muy lejos de inten­
ta r nada análogo al monismo de éste). Mas al mismo
tiempo afirma y sostiene que con todo rigor y exac­
titu d las criaturas son substancia (o<Wa}; y que Dios,
es algo sitprasubxlancial (ímspo¿mo{).
303. Las pruebas de la existoncia de Dios que
S. J uan D amasceno más precisam ente formula, son:
aj L a del orden del mundo, y de los seres que
hay en él mantenidos en admirable concierto. Por­
que o hay que decir que este es resultado del acaso,
lo cual es imposible, o hay que reconocer un ordena­
dor que sabiamente las dispuso.
b/ La de la conservación de las cosas, a pesar
— 295 -

de sa continuo mudarse, y no obstante la oposición


que tienen entre sí los elementos que encierran; lo
cual exige una fuerza suprema que después de haber­
las así formado, hace que subsistan. Fuerza suprema
que denominamos Dios.
c! La de lo creado (contingente), que es el a r ­
gumento principal, y el primero que propone, aun­
que se invierta aquí el orden para hacerlo resaltar
sobre los precedentes. Todo lo que existe es creado
o increado. Todo lo croado es mudable; pues al ser
creado comienza, con una mutación, y por lo ta n to ,
siendo la m utación ¿le su naturaleza, como mudable
y contingente tiene que continuar. Lo increado es
inmutable; pues siendo opuesto como increado en su
ser, al ser de lo creado, ha de serlo también eu las
propiedades que de ello derivan. A hora bien; existen
cosas mudables; luego fueron creadas. Y desde el mo­
mento en que hay creación, existe un Creador, el cual
por serlo, es inm utable, y adornado de las demás pro­
piedades consiguientes; luego Dios existe (1).
Es una forma en cierta manera original de presen­
tar el argum ento mctafísico de lo contingente y nece­
sario; j es también el que ha de sostener el valor de
las dos argumentaciones precedentes, en sa base filo­
sófica.

(1) H a v ia t a Avia -í¡ x u a t a saxtv, r¡ ¿ x v .a z a . E i [isv oúv


x t w m , n a v w o t x a i i p e i v i a - liv y x p x o s l m i Ano x p o v j p g o x o ,
turna i p 07 q j B it o x t ia s t a i. i t a v x u j , t¡ u B s tp o jie v a f| x w a rc p o a t-
píoiv áXXoioüjiEva. E l 8e áw xiota x a x a xov tvjs ¿7ioA.ou0eia{ lo -
fo v , x a i á tp e itT o u 'Sv stvcui ¿ v a v x io v , to u t o j v rtttt
o too xu>£ íivai loyog évcevxioc, tjyouv kxiIÍ'.otíitec. (Ob. c. I, 3).
Siguen a. éstas que diríam os p r e m is a s , las cotias cu encías en el
argumento que arriba indica.mes.
— 296-

La posición del D amasceno, con ese aspecto doc­


trin a l doble e incohereute muchas veces, responde
de una parte a la característica de esta etapa, que es
la yuslaposición de doctrinas en general, y en espe­
cial a nuestro objeto, respecto de Dios; y de otra
p arte señala el proceso doctrinal do las etapas poste­
riores,donde no se renuncia ya al sincretismo platóui-
co-aristotélico iniciado, sino que se procede a hacer­
lo viable, procurando atenuar las diferencias, y des­
v irtu a r, o mejor alejar las oposiciones latentes entre
los sistem as, para utilizar uno y otro.
304. A la actuación del D amísceno en h teolo­
gía helénica, responde do algún modo en el mundo
latino la de B oecio, que es de análogo sincre­
tismo, bien que sin las lagunas que se notan en el
D amasceno, Sabido es que fué decidido intento de
B oecio no sólo traducir y divulgar entre los latinos
a P latón y A históteles , sino también harmonizad:
sus escuelas, y m ostrar su m utua correspondencia
(v. De in lerpret., su coment. mayor eu el 1. II). L a­
bor que excedía en mucho a lo que B oecio se hallaba
en condiciones de realizar; pero que procuró ensayar,
y que le condujo ea sus escritos a reunir las ideas
de aquellos filósofos eu cuauto le era factiblo. P o r
esto, respecto del ser de Dios y de sus pruebas, o ra
es aristotélico, ora platónico; y m ieutras de una par­
te usa el argum ento cosmológico, del gobierno d ivi­
no, etc., de otra invoca como medio seguro de llegar
a Dios, el sentim iento Intimo y el movimiento efec­
tivo ( i); y ai mismo tiempo rehuye resolver el pro-

(1) Esas a lte rn a tiv a s <le conceptos en Boecio fué « u s a do


- 297 —

ileraa de las comunicaciones en tre el mundo y Dios,


i mejor, entre la m ateria prim era y la Divinidad,
Iejando así indecisa sobre este punto capital, la
onciliación del pensam iento filosófico (platónico o

Í rístotélico) con su pensam iento teológico.

305. Hemos mentado la influencia de B oecio


y cu especial de su doctrina'sobre Dios entre los la ti­
nos; ya que ontre los griegos apenas fué conocido h as­
ta el.s. xiv, por la traducción de M. P laítüdes (1). Y a
su vez las ideas del D amasceno, de ascendiente en
la teología helénica de la decadencia, como en la gre-
que sea n.cusa.do por síg an o s (fe escepticismo, aunque eu realidad
no eea sino un ecléctico en equilibrio inestable. No de o tra s u e r­
te que su «ccitud respecto al orden teológico en su D e c o n s o la -
tio n e P h ilo s o p h ia e , im pregnada de neoplatonism o, h a ocasio­
nado que dicho filósofo fnesn tenido por no cristiano, y conside­
rados, en consecuencia, como apócrifos sus tra tad o s teológicos,
(F u. N izstch , D a s S y s te m d e s B o e t h im , u . d ie chin s u g e ss -
ch r. th e o lo fi■ S c h r i f t e n ) ; siquiera sea tiui van a la p rim era co­
mo la segunda aserción. Cf. K k ie q , Uab. d ie ih r.o to g . S c h r if te n
des B o t ih iu s ; D raesokb, Unb. d in th e o l. S c h r i f . d e s B o e -
tíu iís (Jab rb . f. p io t. Theol-, t . X II), contra N izstch . B o sisio ,
S iu l' a u te n tic U d d e tic o p e r e le o lo g ich e d i B o e s io ; B ieaghi,
B o e c io , f iló s o fo , teó lo g o , etc.; H jld eeb an d , B o e th iu s , u .
sainé S tc llu n g s . C h r i s te n t., asim ism o, Rc iie id , D ie W e l-
tatn sch uung d e s B o e t h ia s n . s o in T r o s b u c h (Stimmen au s
39).
(1) L a versión g rie g a por MAximo P la n u d e s sólo compren­
de D e c o n s o la iio n e P h i l . ; v. la ed. de E. A. B é ta h t (Gineb.,
1871); a n tes fueron v arios trozos publicados por C. E . 'Webek
(Darmgtadt, 1832-33). O tras versiones antigu as no g rie g a s exia-
tsn, que p ru e b a n la difusión de las ideas boetiauas, en tre ellas>
la anglo-sajona (del rey A lfredo), ed it. por S e d o fib ld (L ond.,
1899); y la de N ó te se , en la cd. de P e ip e r (D ie S c h r if te n
N o lk e r s u . s u in e r S e h u le , T ubing, 1862-83).
- 298 —

co-rusa (4 ), no e n tra en el cam po latino h a sta el s .x n ,


m ediante la v ersió n de B e rg u sd io n e d e P is a , que
con ser h a rto deficiente y sem ib árb ara, b astó para
q ue L a fuent- de la sabiduría, a d q u iriese p re s tig io s

(4) Segrin en oti-o lu g a r (t- I , c . 5 ) h em os n o ta d o , en Ift


te o lo g ía greco-ru sa fn é d e esp ecial au toridad la F u e n te d e la
s a b id u r í a d e l D a m a s c v n o m ien tras la s obras de lo s m aestros
escolásticos latin os no pen etraron a llí, sirv ien d o do m odelo ya
tard íam en te a la te o lo g ía o r to d o x a sistem a tiza d a . Con la
Eúvoipn Tfí; íepa^ ©eoXoYÍ0lS. N icolás K ík s u l a s , entro
los G riegos cism á tic o s, y el S p o c tilu m T fte o lo g ite d e C. T ran k-
v illj o n S ta v b o v e tz k t , y ln C o ro n a F id e l de S . P e t h o v s k t S it -
«iaw ovitch , en tre lus ru sos, com ienzan las m an ifestacion es d e la
¡afluencia teológica esc o lá stic a y d e la p a trística la tin a en Ib
d ogm ática greco-rusn ; influencia q ue en orden al conocim iento
de D ios y pruebas d e su ex iste n c ia , de que tíos ocu p am os, uo
m enos que en ios dem ás órd en es, so con vierte para los te ó lo g o ;
p osteriores en luento d irecta de con ceptos y d octrin as (v. t. I,
. c it.) . P or lo q ue h ace a la obra m entftda del D au aü cen o, con­
tin uó en la te o lo g ía grc co -r u sa com o te x to p a tr lstic o , y al m is­
mo tiem po com a exp osición sistem á tica , a la m anera de la s
S e m e n c ia s de ? . Lombardo en tre los la tin o s. Su v ersión p ri­
m era (con varias m odificaciones) segú n lo notad o a tr á s , fu e al
b ú lgaro, heclm por el E iu r c a búlg Ju an (s . x); cuyo te x to fuá
p ublicado por Ir S- H . do Moskn (1877) con el titu lo do B o g o i-
lo b ie S b . lo a in a , etc. L a prim era v ersión rusa fué la de A.
M ik b a ilo v itcii (s. x v i), a la cual siguieron v a ria s q u e eu otro
lu g a r h em os m entado, que hicieron caer en d esu so el te x to g rie­
g o , h a sta la eú . cr itic a de A . B ecm zov, de uso p referen te y más
A utorizada en la ig le s ia ru sa . E l ascen d ien te d e la s d octrin as del
D amasceno en la te o lo g ía o r to d o x a a p arece aun bien reflejado
en te ó lo g o s ru sos tan significados como M acario B ü i.gak oy, S i l ­
v estre M a le y a n se y , F ilaket G umii. e v s s t , M a u n o v sk y , e t c ., de
cu yos e sc rito s e id e a s h em os hablado atr á s (v . t. I, n 153,
s ig s .) . V . tam bién P o h pise v , I s to r ia r u s s k o i sto b e s n o s li, t - I r
s . 1 .a -2 .a , en tre otros c r ítico s ru so s,
- 299 —

entre los teólogos. A esta versión siguieron otras en


el s. xni (1), acentuándose más cada vez la autori­
dad dol D amasceno, viniendo la p arte De fide ortko-
doxa coa la división apócrifa cuatro libros (no existe
eu el tex to griego) a servir de modelo a las Senten­
cias de P . L ombardo, como el Hceret. fab. comp., de
T eodoketo de Cibo , había servido de modelo para su
obra al D amasceno. Desde e n to n c es, y más aun des­
de el tiempo de S. B uenaventura, el De fide ortlio-
doxa se hace casi v u lg ar, y aparece citado en las
glosas marginales de P . L ombardo, en tra en la gran
Glossa ordinaria, y es utilizado y estudiado como
los libros de las Senlentice.
306. E n tre tanto la comunicación greco-latina
continuaba su camino mediante las versiones del
Pseudo-AüEOPAGUA, y de su com entarista S. MAxi-
mo; compenetración en que ha tomado parte tan sig ­
nificada y eficaz E scoto E riúgena , no sólo con la
versión de las obras mencionadas, sino con sus pro­
pios escritos. B asta una somera lectura de E kiúge-
s a , eu especial de sus Comentarios al Pseudo- D io ­
nisio , y de su comentador S. Máximo, para adquirir

(1) Después do la versión del ju ris ta de P isa m encionada, ap a­


rece la de R oberto G ro s s a te s ta , ob. da L inco lk , de Ib cual h ab la
Kdger B a c ín | y después otros muchos escrito res inglesas, e n tre
ellos, P u s (D e ili u s t r . A n g lio i s e n p i . , y T a tjn e r (B ib lio th ,
b r ita n ic o - h ib c r n ic a ) . O tra versión de nutor desconocido men­
ciona G h e lu h c k ( L e m o u e e m e n í thual. d. s. x n ), qna por los
testos que aduce es sin duda diversa de la a n te rio r. E xiste a d é ­
rala o tra del s. xv, de q n e h a referencia E h rh ak d , del carm elita
Faxezio, cuyos prestigios lite ra rio s e ra a bien recouocidos ou el
renacim iento.
— 300 —

la convicción de que E riugena recibe grandísim as


influencias de los escritores griegos referidos (v. p.
oj. la ed. Floss, de E riúgena y sus versiones y
com eat.de que nos servimos). (1).
Sin embargo, en la fase a que nos referimos nin­
guno de los m aestros de la teología se impone por
su significación filosófica y de sistema; sino qoe más
bien se atiende a la parte p ositiva, y a las ense­
ñanzas que ellos proponen, sia preocuparse de los
principios de donde las derivan. T rátase, pues, de
una reversión trad icio n atista semejante de algún
modo a la que hemos visto representaa S. I rekbo ,
T ertuliano , L actancio, etc., en frente a las aspira­
ciones de la filosofía helénica, pero sin el vigor y el
espíritu de éstos.
307, Debe al efecto ser recordado aquí que al
lado de la filosofía especulativa de la dogmática, hubo
desformarse con peculiar impulso de los latinos, una
crilei'ioloqia inicial sobre el valor da la filosofía, y de
la autoridad (escrituraria y patrística) en el dogma;
de esta su e rte no sólo venia a figurar la filosofía en

(1) En 3Í1GKE Int. t. 152. V. asimismo lo q u e dejam os n o ta ­


do acerca de E riú gh n a en el t . IV , c. 4 . T odas las pretendidas
influencias oriéntalos e n la s o b r u a de E r iü o e k a , son exclusiva­
m ente dal Fseurio-AREoPACiTA y de 5 . Máximo, cuyos conceptos
llev a h a sta el panteísm o. V. Draeseke, Zu Mtixiruits Conf.
(Z tschr. T. w iss. T heol., t. 47); id. Zu J . S c o t. E riúgem a (Z tsclir.
c. t . 4G); ¡d. J . S c o t. E r iu g e n a , itn d d e sxe n G 0io & h m m d n ,n er
•(Studien z. Gesch. ti. Theol. etc. (¡e Seeberg, t . 1X¡. Sobre su
significación doctrinal, v .e l cit. a trá s , Raauük, Die J . S cot . S riú -
« 8 n a S te ltu n g s . M itt& ta lt. S c h o l. u . M y s t.; H fb k t, J . S .
E r i u g e n a , o d e r o . d .U r s p r u n g e in e r c h r ie tl, P h i l,; S chmidt ,
M y u tik des M it te l a lt , etc. V . tam bién nuestro t . IV , 1. c it.
— 801 -

lugar secundario respecto del criterio de autoridad,


lo cual no era discutible tampoco anteriorm ente, si­
no que por exageración uo difícil de explicar dada la
condición de los tiempos, coadyuvaba eso grandem en­
te a hacer prevalecer la doctrina positiva, con merma
de la investigación filosófica. B astaría m entar aquí
como indicio de la orientación de los tiempos el
ComnwnitoHum de V ic en te de L er in s sobL’e el va­
lor de la doctrina de la tradición, con su fórmula fa­
mosa y de tan controvertible interpretación: quod
semper, quod ubique, quod ab ómnibus; sin contar
la idea saliente de la autoridad p atrística en los Mo­
rales de S. G regorio M ag no ; eu las obras de S . L eó n ,
en los escritos de S. P róspero de A q u it a n ia , etc.; y
es una m uestra bien significativa del ascendiente de
las pruebas por autoridad p atrística ver como en el
s, v ii (649) el concilio L a tr. (bajo Martín I), comien­
za sus once primeros cánones invariablem ente con
esta frase: Siquis secundum SS . Paires non confi-
te tu r... Con las doctrinas patrísticas fórmanse aque­
llos catálogos de textos selectos, que pasan de unos
escritores a otros, y que procura cada cual aum eij^
ta r (1); oscríbense tratad o s directivos en orden a 1¿£
libros aceptables o no por sus doctrinéis; de e s a ic d a ll
es el decreto psoudo-gelasiano De libiis recipiendnti
y el citado Conmonitorio reviste también ese aspeen

(3) Entre estos catálogos son da mencionar los de S. León


en su carta a F c.a v i .i k o , y e l posterior aumentado al emperador
León (on 458). Práctica que fué acentuándose, y que en el s. vil
el papa Martín autorizaba solemnemente haciendo leer en un
concilio contra los monotelitas (v, M.issi, t. X, 1071, sigts.) un
selecto catálogo patristico de esta Indole.
— 302 —
to . No hay para que decir que el espíritu enciclopé­
dico, no filosófico, sino positivo que informa los oscri-
torcs más salientes de !a época, entre los que poda­
mos señalar a S. G regorio M ., a S. B eda , a S. I sidoro
H ispalen se , y a R abano-M auro, es un reflejo de esa
orientación positiva, sia aspiracioues especulativas y
de principios (1). A los reFeridos sum arios o catálo­
gos patrísticos suceden entre ios escolásticos los
Florilegios (Flores P atrura), con el mismo carácter
de aquéllos; y a la vez estos Florilegios son el prin­
cipio de las S enlenlia, quo acaban por ser Sum as de
teología.

XI

308. Los conceptos de S. A g u stín , aunque des­


membrados de su filosofía, flotan coa los boecianos en
el ambiente, no menos que los de otros escritores pro­
fanos y eclesiásticos. Y por lo que hace al couoci-
miento de Dios y de su existencia, os desde luego a
modo de vulgar axioma que Dios pueda ser conocido
m ediante las criaturas (S. Isid o ro , S e a t., I , 4. y a n ­
tes S. P uosp. d e A quit. in ps. 146; S. G r e s . M., Mo­
ra l., V , 52, etc.); si bien igualm ente se ostablcco

(1) Ninguno do estos escritores, por )o demás liarte signifi­


cados, puedo decirse filósofo, ni promovedor de la filosofía, o de
sus aplicaciones ftl dogma. Los tratados atribuidos en los tiem­
pos medioevales a B e d a , Aosiom ata phitosofica ocnerabilis
B o d a , y L íb er de consiititiiono m u n d i, eu nioilo alguno Id
pertsr.ee eu.
— 303 —

e ningún ser finito puede llegar ¡i conocer la Diví-


lad bal cual es. Sobre e sab ase general, las prue-
5 de la existencia de Dios revisten el doble aspec-
tenlár/ico-escriturario, propio de la teología posi-
n. y el cosmológico, con matices varios, pero sin
ir de los limites que esta forma de argum enta-
■n representa, en cnanto por si sola no basta para
jbar un Creador universal y supremo, sino un Su-
ítno Ordenador de las cosas.
Dejando los argum entos teológico-escriturarios,
c en si sólo tienen valor confirmativo y son harto
incides, habremos de referirnos al argum ento filo-
ico. cuya representación llevau principalmente
I sidoro de S evilla , Cándido de F ulda , B enedicto
A b u s o , y A ton de Y ercelli , que son los que más
ectameute aparecen en esta fase formulando las
uebas do la existencia de Dios.
309. Por lo que hace a S. I sidoro de S ev illa ,
s varios razonamientos, pueden condensarse en un
sino argumento cosmológico: La belleza y orden del
)iverso dem uestran su A utor soberano, de igual
crte que las obras de a rte revelan su artífice. Ese
el pensamiento que sirve de base a la dem ostra-
in de S. I sidoro (1), y que pudiera decirse una pa-

: (1) St'.nt. I, c. 4. El mismo pensamiento se halla en Tajóh


?n.f. I, 9). Lo» Libri Ircs Scnt. fle S. I sidoro están espe-
Imentc Comindos sobre las doctrines teoltígieRS modioovales de
Gr. Mabno . Es la '.'mica obra do tí. I sidoro qne hace a nues-
objeto; si bioi) ln míis significada, y a la que debe sus prosti-
'5 huii en la esfera teológica de que tratamos, el doctor espa-
'•uratite la Edad media, es la de las Etiiiiolofliris; nombre
i no oxpiosa con exactitud el contenido de la obra, la cual
- 304 -

ráfraais del texto: «a niagnitudiue speciei e t creatu-


rae potest coguoscibilíter creator eorura videri» (Sap.
IB, 5); que ol mismo dos recuerda, bien que revelan­
do en algunas de las formas en que desenvuelve su
razonamiento la influencia de S. A gustín , asi como 1»
de S, G regokio M agno .
E n lo s D icta Candidi, que deben a trib u ir se a
Cándido de F clda (2 ) , así como en B enedicto de
A niano aparece el a rgu m en to cosmológico, pero mo­
dificado en sen tid o antropológico, y acu sand o ora la
le ctu ra de S. A gustín , ora la de B okcio, y en mane­
ra b ien clara la de Marco T ulio .
Después de dividir así los Dicta Candidi, como el

es una verdadera Sum a de los hum anos conocimientos bu aquel


tiem po. En las Et;¡mologi<z han espigado los principales escri­
to re s m edioo7tUs; así como a Ir vez este notable tratn d o es
m is qno nada recopilación do trabajos anteriores, sin m írito ilu
original ¡dad, aniique adm irable por la cu ltu ra inmensa que reve­
la, en los tiempos do decadencia en que fuá escrito. V. p a ra las
S c n t .,y las EUjmol. la ed. de Asevauj, (en Migue 1. t. S1-S5).
Sobre las E tyn i., y d ato s p a ra la c rit. do fuentes, T eüfel-
Schwahe, (iostih. d. rom . L iít.; tam bién Scuw abz, Obsorcat-
criiiecB in h id o r i H ispid. O rígenes; y mi especial, Dresshi.;
De h id o r i O riijinum fonlibtix (Dis. T u rin , 1874), Y. asimis­
mo A. Ebert, A llg cm . Gosch. d. L itt. des M itte la li., etc. I-
(2) Asi lo ju z g a tam bién E k o b e s , «Friiicgisus «lid Candi-
dus». (Fliil. Jí.lii’btTch, t. X IX ), donde distingue uu Cáhdiiu
compañero de A l c u ix o , y otro.de F l-l d a . distinto del anterior
que vino más tardo a figurar en el palacio de Cario Magno.
L as indicaciones referentes a la dem ostración de la existen­
cia de Dios en éste j on B e k e d ic t o d e A n u n o , tom adas do ma­
n u scritos inéditos (del s. x, ol del prim ero, y del xit el del últi­
mo), ofrécelas G kundw ald, «Gesdi d. Q-ottesbeiveise im Mític-]
k i t . » , y n e llas nos atenem os aquí. j
— 306 —

texto de B enedicto , la naturaleza toda en tres g r a ­


dos (que es clasificación de S, A gustín ) , in v.num
quod est, in atiu d quod vivil, in tertium quod inte-
tlifjit, m uestran como cada uno de estos grados está
subordinado al otro, y suponea uno superior que los
domiua a todos, que es el de la inteligeucia. Mas la
inteligencia a su vez, m ientras ve su supremacía,
reconoce también que dista mucho de ser omnipoten­
te, que su acción es débil y lim itada; y por consi­
guiente así como el espíritu está sobre los grados
inferiores limitados, asi la limitación en éste supone
el grado superior ilimitado, que sólo puede ser Dios;
porque si el hombre que es señor entre los seres del
mundo, uo es señor de todo, es necesario que exista
otro que sea señor del muudo y del hombre para ser
señor de todas las cosas (i).
310. A ton d e V ercelli emplea el mismo argu­
mento cosmológico, en dos formas distintas; ana la
común que aparece eu la E scritura (coeli euarrant
gloriam, De¡); y otrabundada en que uiuguna cosa en
el timado es superior en todos los conceptos a las de­
más, sino que unas son a la vez superiores e inferio-

(1) Este argum ento (preséntenlo adem ás en form a d ialoga­


da) g u a rd a estrecha analogía con el siguiente que pone Cicerón
en labios do Crisipo: «Si est aliquul in rsru m n a tu ra quod ho-
raiuis meus, quod ra tio , quod vis, qnort potestas hum ana oífise-
re nou potcst, e st certe id quod ¡liad efflcit, liomino m elius; atq n i
res eoelestes omnesqne cae, qu&rum est ordo sem piternas, ah
tioiiiini eonüti non po-wmit; est ig itu r id a (]r.o iíla coníiciuutur,
licmine nialius. Id nutam quid potius dixeris quitiu Demn? E le -
nim si dii non suut, quid csse pottíst ¡u rcrurn n a tu ra liomine
:n<ilius?, ote.». (D e a a t. deorutn, I I , 6).
tom o v 10
— 306 -

res a otras desde diversos puntos de vista. E l firm


m eato «»xcede a los astros por su m agnitud, éstos
son superiores por su luz, la tierra sobresale por ;
fertilidad; do donde concluye que no pueden hallar
en el mundo más que cosas lim itadas, las cuales p
serlo reclaman nn Criador y uu Ordenador (1). Es
argum ento es una variante sobre S . A gustín y Mari
T ulio, como se re fácilmente.
311. Las argumentaciones citadas son muesti
fehaciente de la depresión que en este periodo sufr
el elemento filosófico, y su uso en el problema teológ
co. Ni aun aquellos raciocinios do mayores vuelos e
la patrística sou traídos a coutribucióu como sin
pies testim onios, donde se reflejase la vitalidad cíei
tífica de épocas anteriores. Mas si por un momenl
parecen rotos los eslabones con que por tan varia m¡
ñera hemos visto se encueutran unidos los grande
sistem as de la teología griega y latina, eso no sigtii
Jica sino una variante tran sito ria de la honda crisi
general científica en la época de que nos ocupamos

(1) Omtiis quippe c re a tin a praedicat se non esse Creatorei


prsesertim cum niliil creatu raru m om nia in óm nibus snpen
V erbi g ra tia , cosí uta prsecellit rnagnitudiue; so], lan a, ot stell
cU ritudine, té r r a fertilízate; ac per hoc evideoter ostendil*
quod omnia habant Creatorem , qui ea condidit. re g it e t gult
c » t , e t omnia preccedit. (Exposit. io ep. ad Rom .— Grundw^
I. til.).
C A PÍTU LO IX

Las teorías filosóficas


en la elaboración medioeval de las pruebas
de la e x is te n c ia de D ios.

( p e r ío d o d e c l a s if ic a c ió n )

S u m a r i o . El resurgim iento de las ideas íielenizantea sobre la D i­


vinidad en el periodo de clasificación. S ín tesis del proceso co g ­
noscitivo cousiguieute respecto de D ios. T res momeatns d»
percepción resultan tes de la te ología negativa y positiva.
Oscilaciones en el uso de las doctrinas aludida». Foses de es­
te periodo doctrinal: amelmiana; abelardiana;l& de los Vic­
torinos; y la Jjlatónico-ariatotélíca p osterior. Lajfoffe ttnsel-
minna y característica de la doctrina de S. A n selm o. Sra
pruebas de la existencia de Dios. E l argumento dicho ontológico.
Postulado» que ¡nclnyfl. Conceptos previos que es necesario
fijar para su estadio. Examen ti el prim er postulado. Si tenem os
iaca propia d el ser m is grande posible. Examen del postulado
segundo. Si supuesta la idea humana del ser m is grande p osible,
esta idea responde necesariam ente al verdadero concepto de
Dios. E l tercer postulado. Si supuestos los dos p ostulados p rece­
den les, basta la idea do Dios para concluir su real existencia.
Los valores d octrinales e históricos del argu m ento tnselm íano:
1.° Aspectos d el argum ento en relación con los sistem as filosófi­
cos; 2 .” Carácter d tl mismo en S. A n s e l m o ; 3 .“ V alor d el argu ­
mento, y de au defensa anseimiana; 4." El argum ento de S. A n ­
s e lm o entre lo» escolásticos; 5." El mismo argu m ento en lo#
filósofos posteriores. Conclusión. Fa-se abelardinna. La eta ­
pa desde AnEr.iKuo Uasta los Victorinos. La escuela filosófica
y la teológica de A b e l a r d o . R epresentación Capital do esta
escuela. Su contacto con la de lo s Victorinos. Los conceptos on-
lólógieos y p*i-j>!.6gir.nn fin «uta fase, y su aplicación a la D ivini­
dad. Pruebas abclardianas de la ex isten cia de D ios. Id. de Ru -
rEKTO D e u íz , y R o b e r to Pur.LBVK. T e d r o L o h d a eu o ; su de­
pendencia de la escuela de AitKL AILIIOy d é lo s Victorinos. Im ­
personalidad de sus IA W i Santenliarum, y factores m ú lti­
p les que lo integral:. Sus pruebas de la existencia de Dios. Su­
cesores d octrinales d e P . L ombas d o ; en la m ateria. Fase de io»
Victorino». C aracterística de los mismns. Pruebas de la A sisten­
cia de Dios segú n H u g o y R i c a r d o b e S. V ier o n , fa s e piaíóni-
co-arirtol&ica p osterior. El «m ocitnieuto de D ios en R. F i s c h a »
308 -

CB.B, G. de Aoxkkhjí, y Cr. ul AuvtHNrA; id. en Alej. de


Alus, Alb. Magno, S, Bukkivk.vfurí, M. de Aquísparta.,
EfiRiqcB riK Oasd, etc. Síntesin critica y conclusión.

X
312. E a el periodo que hemos dicho dogmático,
o de clasificación, comienza la rehabilitación de Jas
doctrinas recibidas de los antiguos m aestros, con la
sistematización progresiva que imponía la necesidad
de ordenar las ideas filosófico-teológicas segúu p rin ­
cipios dados.
E s esta una obra lenta y de oscilaciones varias
que no se completa h asta eí s . x j i i , singularm ente
en cuanto se refiere a los problemas outológicos en
su relación con el ser de Dios y del mundo.
Con tales problemas vienen a resurgir las ideas
helénicas im portadas a! mundo latino principalmen­
te por S. A gustín y m ed ia n te la versión del Pseudo-
A reopagita , las cuales ideas abren paso a otras de la
misma índole aplicables a múltiples cuestiones filosó­
fico! eo lógicas.
L a s ín t e s is de a q u e lla s d o ctrin a s eu el problem a
de la D iv in id a d , d e que tr a ta m o s , y en la fase a q ue
n o s r e fe rim o s, puede h acerse en p ocas lin e a s, repro
d ncien d o los co n cep to s c a p ita le s del Pseudo-AREOPA-
g i t a y a g u stin ia n o s en la m ateria: 1 .° D io s no sólo
e s tá sobre todo g én er o y c a te g o r ía , sino tíu n b ién s o ­
bro to d a id ea o con cep to (ún¿p nav-a voDv,' ex p resió n y a
de S . C ir ilo ); 2 .° el en ten d im ie n to h u m an o, s e g ú n
e s t o , lle g a d esde lu ego a la certeza, d e la e x is te n c ia de
D io s p ero no p en etra su se r , sin o que só lo lo desci'i-
be (e l a v á h e o s de los a n tig u o s); 0 .° e s te con oci­
m ie n to tie n e su k is c en la com u n icación prim ordial
- 309 —

de Dios a la naturaleza, sea ea cuanto ha puesto ea


ella el reflejo de los eternos ejemplares que daa
valor objetivable a la idea, por la cual llegamos a
Dios, sea por el movimiento afectivo que hace ir por
impulso y luego se n tir las manifestaciones de la
Divinidad, sea finalmente por la idea innata del ser
supremo (la í^ u to s a-eorvací* helénica) (1) cou grados
diversos en su perceptibilidad inmediata; 4.° Dios,
que es el autor de todas las criatu ras, es también
revelado por ellas, y cognoscible en ellas; y asi
los argum entos del orden psicológica indicados,
se completan con otros cosmológicos y metafísicas',
5.® El conocimiento humano del ser de Dios puede
alcanzarse de dos m aneras, correspondiendo a las
dos fuentes de conocer su existencia: el modo i n ­
tuitivo de percepción m ística, por presencia inme­
diata, sin idea formal en que de alguna manera se
represente el ser supremo; y el modo discursivo,
sea partiendo del mundo psicológico, o de las ideas,
al modo dicho, sea arguraentaudo sobre el mundo
externo, en la forma cosmológica aludida; 6 .° la
formación del tipo ideológico, cuanto es dable alcan-

(1) Sobrado consta por lo expuesto a tr á s , q ae la p a trístic a


platonizante m antuvo como uun de sus c a racterísticas lac o n d i-
c ; ó j in n a ta de la i d t m d e Dios, qae sirvirt tam bién a los esco ­

lásticos p a rtid ario s de ella, Y us en absoluto inexacto lo que di-


Co K leutokm en la Philosophie d . V orscii, t. II, im pugnando
el innatism o de G hrdil , e tc., que ninguno de los P P . sostuvo
que fuese innata la idea de Dios. L as palab ras a rrib a c ita d a s,
’ nyo-og &£io-fv(n<j£al son justam ente de S. Cirilo A lejandrino
(G taph. ¿n G en., 1), que responden a la tradición de to d a sn.
escuela.
— 310 —
zarlo, de la Divinidad, procede en ambos sistemas
in lu ilivo y discursivo sobre la teoría platonizante
de las dos teologías, la negativa y la afirm ativa,
que abren los caminos de toda la elaboración teoló­
gica acerca, do Dios, en sil esencia, eu sus atrib u ­
tos, operaciones, etc.
313. Tres momentos podemos distinguir como re ­
sultantes del uso dé las dos teologías mencionadas:
Un primer momento en el cual se afirman de Dios to ­
das la9 perfecciones existentes o posibles en las cria­
tu ra s, de las cuales Dios es principio y causa; es esto
lo quo constituyo la teología positiva. Un momento
segundo, en el cual se niegan de Dios las afirmacio­
n e s correspondientes a l momento anterior, por
cuanto Dios está infinitamente sobre tales perfec­
ciones; es lo que constituye la teología n egativa; y
un tercer momento, a modo de sín tesis, entre la
tesis y an títesis de los precedentes, en el cual se
advierte reflejameoto que ni la afirmación primera
destruye la negación, ni ésta aquélla, sino quo am­
bas se couciliau, y significan que Dios encierra toda
perfección, pero en grado inmensamente más alto
que todas h s perfecciones por nosotros imaginables,
que es el objeto de las negaciones, o de la teología
negativ a.
Todo ello no es sino una reproducción atenuada
de los conceptos del Pseudo-ARiíoPA.r,iTA (v. en espe­
cial De div. nom ., 1 .1; y D e m yst. theol., 1. V), y
de su comentador S. Máximo, tan conocido y estu ­
diado en la Edad media (1).

(1) V. sobre el Pseudo-Diomsio, y S. M á x im o lo que deja-


-3 1 1 —

314. L o s con cep tos q ue acabam os de en u m erar,


corresp o n d ien tes por su o rig en a la e s c u e la p la to n i­
za n te. son tam b ién re cib id o s por la esc u e la te o ló g ic a
a r isto télica que ap arece p o ste rio r m e n te ; p ues sa lv a
la form a de p ru eb a d e la e x is te n c ia d e D io s por e l
p rocedim ien to in tu itiv o , todo lo r e sta n te a sí lo que
se refiere a la s pru eb as p sic o ló g ic a s , como a la m a­
nera de en ten d er la tra scen d en cia D iv in a , y a las
dos teo lo g ía s es re cib id o , por el a r isto te lis m o te o ló ­
gico m e d io e v a l, com o bieu s e d esp ren d e de lo que
dejam os sen ta d o an terio rm en te ( v . t . IV ., en e sp e ­
cia l, cap. 6 . p ara e l gran influjo de S . A g u s tín y d el
Fseudo-AREoPACiTA en A lb . M ., S t o . TomAs e t c .) .
No se crea sin embargo que el resurgim iento de
aquellas capitales ideas de in m a n e n c ia y tr a s c e n ­
den cia en su aplicación al conocimiento de Dios,
íiparcce ahora de una manera regular y uniforme.
Auu en el periodo d o g m á tic o y de cla sifica ció n que

moa expuesto, t. IV , c. i). P or lo dora&s, las dos teolog[fi6, posi­


tiva y neg&tivft, que en el Pseudü-AnEor*GiiA rospouden al con*
cepto u ltra tra sce n d cn te de la D ivinidad, en la escolástica sig-
oiQcan lit aceptaciín de ose concepto, pero reducido a simple
trascendencia., esto es, a una infinita m l ü n d comprehensible
bajo la form a de ser. El id gao m a ju s co tjila ri non p o te tt
de S. A nselm o refiriéndose a Dios, reproducido en ol fondo por
los demás escolásticos, expresa bio» la atenuación a que nos r e ­
ferimos. Ha aquí una definición, o mejor descripción, de Dios,
dentro de la tesis pseado-diom siana, rio A n a s t a s io el S in a itt,
perfectam ente adaptable a la de los teólogos m edioevales, en
especial de la época que nos referim os: 6 s 6 j |¿ev ¿ativ oúota
ávftinoí, « Itía uavaX.wfij, rcctojjj is tia s a¡-c(a n £ irtíp o ío io j. 9»ó{
í o t i y étxímjjujj x a i « a t a v í o s n a p ’ avOpiiraoj tmotpjij, n á O T H
únápSíüjj Tte>(.>juxTÍ. (Hodegos A th a n ., I I, M. g r ., c. 89),
— 812 —
nos ocupa, son muy marcadas las oscilaciones que se
ofrecen respecto no ya a la teoría de dichas ideas, siao
en cuanto a la aplicación de las doctrinas que las en­
cierran. Desde este punto do vista podemos distin­
guir en este periodo: a) ia fase anselmiana, que re ­
presenta en la doctrina acerca de las pruebas do la
existencia de Dios, el resurgim iento mentado; b) la
fase abelardiana que alcanza desde A belardo hasta
los Victorinos, y en la cual se acentúa un retro ­
ceso y desvío de la orientación dicha; c) la fase de
los Victorinos h asta A lejandro de A l e s , donde re­
aparece el predominio de aquellas ideas con varian­
tes significadas sobre el conocimiento de Dios; d) la
fase desde A l . de A l e s , hasta S to . T omás, que repre­
senta el grado más alto do sincretismo aristotélico-
platónico, y la consiguiente especial modalidad de las
normas de trascendencia e inm anencia en el conocer
humano de lo Diviuo.

F A S E A N SELM IA N A

315. Comencemos, pues, por la apreciación y


examen de las doctrinas de S . A nselmo eu la m ateria,
que abre el periodo de clasificación en el problema del
conocimiento de Dios, con una sistematización inicial
que puede competir con la que anteriorm ente eusaya
E scoto E riúgena , en sentido heterodoxo.
Con S. A hselmo vuelven a todo su vigor los
argum entos agnstiniauos acerca de la existencia de
Dios; con más el famoso argum ento dicho o rtológi­
co, el cual si bien peculiar en su modalidad caracfce-
— 313 —

tstica de S. A nselmo , es de base platónico-agusti-


iana, o platónico-pseudodionisiana, o ambas cosas a
i vez. Porque es de notar que aunque la doctrina
e S, A gustín es utilizada por modo especial en la
jorfa anselmiana, no debe ni puede decirse aquélla,
íente exclusiva utilizada por S. A nselmo para la
laboraciónde sus conceptos, a la vez filosóficos y
sológicos, como tradicionalm ente se afirma y repite-
. A nselmo conoció y utilizó sin duda alguna el
seudo-Diotrisio, y los Escolios de S. M isino en la
ersión de E biú g e n a ; y a ello es debido que los
mceptos agustinianos rociban on S. A nselmo un
iatiz neoplatouizante más vivo, que no en el Doctor
3 Hipoua. Del Pseudo-AüEOPAGiTA provienen eu San
xselmo: 1.® La teoría de las razones necesarias,
m que et doctor de Cantorbery se propone demos-
•ar la verdad de los misterios; que es un reflejo de
, teoría de las participacion eg en el orden cognos-
sivo, con Inadaptación consiguiente; y justam ente
'S dos tratados el Monologio y el Prosologio don-
3 formula las pruebas de la existencia de Dios, apa-
scoti seüalados por su autor como inspirados en ese
“iterio. «Dúo parva opuscula, Monologion ct Proso-
giou, qnae ad hoc máxime facta sunt, u t quod fide
üiemus de divina natura e t ejus Personis praeter
icftuatiouem. uecessariis ratiouibus sine S cripturae
icioritate probari possit» (De fide T ría ., c. 2) (1).
•° La teoría del realism o platonizante o neoplató-
ico que enseña y aplica a los dogmas, aunque pro-
íre atenuar sus consecuencias; aplicación teológica

(1) V. sobre bsí» el t. IV, n. 274 sigts.


— 314 -

que está manifiesta en el Pseudo-DioNisio, no men


que en S. MAximo. A s í objetiva S. A nselmo la espet
como tal, y cree argüir lógicamente aplicando a
Trinidad eso mismo para salvar la unidad de nat
raleza y distinción de personas (1), a la manera de
form a ¿tu in a (3-swns) en si objetivada del Pseud
A r eo pa g ita . Procedimiento que de no d esviarlos
A nselmo on sus consecuencias, anularla a un tiem
la Trinidad (equiparada así a la multiplicidad
individuos eu la especie humana), y las person
mismas divinas consideradas en sf; ya que apara
rían con subordinación necesaria a una realicl
universal que sin ser Dios, os subsistente sin 1
personas divinas; y por su misma universalidad ol>
tiv a , incapaz de individualizarlas.
3.° E l uso y aplicación de la misma teoría,
las pruebas de la existencia de Dios, al argüir reil
radam ente sobre las gradaciones de ser de banda
etc. No existe más que una Bondad en sf, por la ci
las demás cosas pueden ser buenas (2). E sta bond

(1) iQ u i nondutn in t e llig it quom odo plu res liom iiies


sp ecie sin t unus liorno. q u alitcr coin preh eu dít quom odo pin
persones q iu r u m siu g u la p erfectu s D eu s e s t, sin t unus Den
(D e fide T r in ., 2).
(2) £1 mismo pensam iento en el Pseudo A b e o f a s i i a :
ctyaSóv oüsLcüSec if t t O i v t i j t c í v t i xa S'/xct íta x e lv e i ir|V «
Dixrjta. (De d ír. ro m ., 1, 4). Y a este ten o r muellísim os luj
res. Todos los seres finitos son participes de esas foram s id
les u a iv e n a le s que sin d e ja r su universalidad, se indlviduali:
en las cosas, y te refieren a ln plenitud de la ¿dea que sb obj¡
v» plenam ente en Dios: ...t<Sv £úviu>v áp^í|v.,. tt)v aütoCn)
X ttl itD v ¿(lo íu fv -trjv aÜ T O onoiáxv)T a- x a £ tdSv f jv o jjié v a v ... iijv i
-toivwoiv: etc. (De div. nom. Y, 5).
— 316 —
iD ios:... «lllud itaque solum e st snmme bouum
uod solum est per se bonum ». (Monol. I). Si existen
ues cosas qus se dicea buenas, es necesario que
xista la Bondad en virtud de la cual dichos seres
oí) buenos por la bondad que so comunica a todos,
es la misma eu todos (1). Según este procedimiento
eoplatóüico y pseudo-dionisiano, la bondad es una
nma de realidad que sobreviene y es comunicada a
js cosas, que en sí no la tienen, sino participada del
nmo Bien. De esta su erte se llega lógicamente a la
.elación del ser en tos entes finitos, y a su absorción
n las formas de lo A bsoluto, ya que la entidad
s la primera forma abstracta que debe ser participa-
a. S. Anselmo aleja esta consecuencia (como también
atenta hacerlo el Pseudo-ARKOPAGiTA), sen ta n d o que
i participación de la Bondad no se efectúa, por difu-
ion entitativ a en las criatu ras, sino que llega a
lias mediante la creación. Pero esto, que sirve para
alvar la ortodoxia, indudable e u S . A nselmo , anula
1 mismo tiempo el argum ento que él utiliza, Porque
1 razonamiento se funda en que la Bondad en si
uisrna, como algo uno y universal, se comunica a
os diversos seres en grados distintos; y por lo tan-
o, probada la existencia de algo bueno, queda
[amostrada la existencia de la plenitud de la Bon-
lad en si. Mas interpuesta la creación para explicar
■ales participaciones, ya éstas no dem uestran nada
m el sentido dicho, sino en otro muy diverso, que

(1) «Quoscumque dicu o tu r aliquid, escribe, p e r ftliquod


licuntur, quad non aliud Dt aliud sed idam itc llig itu r io diver-
ls*. (Monol. 1), Concepto reitera d o eu m últiples ocasiones.
— 316 —
cam bia el argum ento eu el v u lg ar y com ente
relación entre efecto, y cau sa, o argum ento
contingencia eu las criaturas. Lo que se dice r<
pecto a la doctrina anselmiana en el punto menci
nado, es en un todo aplicable a otras formas simi
res de argumentación que utiliza.
4.°- La identidad fundamental de teoría cogm
citiva en S. A nselmo y en el Pseudo-AREOPAQiT
Sabido es que éste admite tres etapas del conocí
la primera as la percepción natural (1); la según
es la de la presencia de las ideas al alma, mediai
la contemplación del alma misma; la tercera es
percepción de la verdad eu la fuente suprema de to
verdad, desde que el espíritu por movimiento al
tractiv o y en esp ira l, según frase pseudo-dionisiat
se pone en contacto con Dios. Ahora bien, seg
S. A nselmo existen igualm ente tres fuentes de <
nocimiento: la percepción sensible, que comienza
la sensación (Mo:iol. 83, etc.); la presencia del ali
a sf misma, (Monol. 46), a la que corresponde
representación objetiva de las ideas, con e l val
trascendente que S. Anselmo les reconoce; y
visión finalmente mediante la luz de la verda
q u e es lo más característico en la teoría anselmia
y acusa mayor semejanza cou e l Pseudo-DioNisj
En efecto, S. A nselmo enseña con la misma viv

(l) Tintándose d o l conocimionto J e Dios, subordina


este conocimiento al dé la enseñanza por la
P a e u d o - O f o N is io
v o l i c i ó n (y. lo dicho a trá s , t . IV , c. i); pero esto lo hace ati
-diendo n la m ayor i m p o r t a n c i a toológien. de Ift fuente revelaá
y no cu otro sentido.
— 317 —

neoplatónica pseiido-dionisiana, que la luz de la.


|rdnd es la proyección directa e inm ediata de la
hibre divina, preseute en sí misma al espíritu; es
(os, cuya presencia hace que la verdad se vea por
í en las cosas, en cuanto las cosas se ven por El.
Tere hanc (lucem) aon video, quia nimia mihi est,
tanip.n quidquid video per i 1Lani video.* (M edit.,
.). Por eso segúu el mismo doctor de Bec, al ver la
ídíid se ve al autor de ella; «si erg o vidit lu-
m et veritfitem, vidit te» (Prosol. 14). que es la
ictrina misma del Pseudo-AREOFAGiiA; el cual
mbiéu procu ni dejar a salvo la uo compcehensibi-
lad divina, cual si el ser de I¡is cosas se reflejase eu
os, siu que El se ofreciese según es a la m ente,
i lo que sintetiza en aquella gráfica contradictoria
ipresión, al decir que a Dios so vo por un rayo de
curidad divin a (io3 o-eígu oxótou; «v-ii»); y a lo cual
spomle la análoga doctrina de S. A nselmo : «Tamen
uduin te vidit, quia vidit te aliqm item is..., uon.
lit, te sicuti es» (Prosol. 14).
316. Con lo dicho hay lo bastaute para poder juz-
r del paralelismo ontológico, psicológico y teológi-
de las ideas anselmianas cou las pseudo-diouisia-
5 en sos lineas capitales, que es cuauto basta al
¡eLo. Y ello explica como S . A nselmo tiene especial
¡dilección por S. A gustín entre los Padres, y le si-
e y le reproduce en sus enseñanzas, pero acentuan-
por modo singular el ambiente platonizante del
ctov de Hipoiia, mediaute la influencia deiPseudo-
eopagita. Puede decirse que si a E riúgena es debi­
ta gran dilusiúu alcanzada por las obras del llamado
Dionisio A reopagita en los tiempos medioevales,
— 318 —
a S. A nselmo deben éstas su aproximación j prior
ra grao influencia en el saber teológico escolástic
Y es esto de notar no sólo para apreciar eu gener
el aspecto de las doctrinas anselmianas, sino p¡v
concretar el sentido objetivo que en su psicolcg
tienen las ideas, a lo neoplatónico; lo cual sirve i
base al famoso argum ento dicho por antonomasia o
tológico, y que luego estudiarem os. Desde el m
mentó eu que las ideas por exigencia intrínseca e
presen un valor necesariamente objetivo, sea con
realidad de lo existente, sea con la realidad de
posible, que es también una variante de lo real ent
los platonizantes escolásticos y no escolásticos,
es difícil concluir que dentro de la idea de una rea
dad infinita eu la plenitud significativa de esta pal
bra, se iuclaye la plenitud de realidad que la id
misma, según su valor objetivo dicho, exige pa
que sea verdadera. Porque si la idea en este caso
incluyese la plenitud de la realidad, o sea la ex
tencia real de Dios, faltarla en olla la objetiviá
que supone y exige en el mismo grado en que
idea; y por lo tanto o no sería idea verdadera, o
serla idea de lo más grande posible.

317. Supuesto lo dicho, vengamos a las pruct


anselmianas de la existencia de Dios, y a la modalid
filosófica que incluyen. Dos secciones puedan formf
se con la argumentación de S. A nselmo sobre e¡
punto: Una constituida por su argum ento ontolói
co, que expone en el P rosologiu m , y luego desí
vuelve en su respuesta a G aühilók, el monje impu
nador de dicho argum ento, a quien H egel eo din
- 319 —

snominar el K akt de los tiempos medioevales, si-


Hiera sea esto bien inexacto.
Otra sección la constituyen los demás argum en­
tó que el doctor de Cantorbery propone sobre el
lismo asunto, y que se encuentran en el Monolo-
ium.
Empezando por estas ultim as, adviértese desde
lego en ellas que estáu influidas por el neoplatonis-
10 pseudo-dionisiano, vaciado en los moldes de las
d¿finanzas, a sa vez platonizantes, de S. A oüstíit.
nr eso en el fondo son de éste las pruebas que en el
lonologio aduce S. A nselmo, aunque ordenadas, y
Diapletadas en su pensamiento por sí influjo aludido,
'como previniendo cualquiera interpretación meaos
rtodoxa de sus doctrinas, advierte en la introduc-
¡óu del citado Monologio, que nadie le juzgue por
ns doctrinas antes de leer a S. A gustín , sino que
primero estudie diligentem ente los libros D a T r i-
ita te del S. Doctor, y después según ellos emita su
Licio sobre el opúsculo». «Sed prius libros De T ri-
itftie praefati doccoris A gustini diligeater perspi-
,at. deinde secundum eos opusculum meum diju-
icet».
318. Comienza S. A nselmo , a la manera platoni-
«.nto y pseudo-dioiiisiaua, anteponiendo en el argu-
ifinto el concepto de B ien , al mismo concepto de
ir. Sobre aquel concepto arguye como S. A gusti'k ,
sus predecesores de escuela; pero no se detiene en
1idea Bondad, sino que so «xtiende luego a la de
ír, y pasa de ésta a la de m u ta b ilidad en las cosas
nitas, demostraudo de esas tres maneras la exis-
encia de Dios.
— 320 —
El concepto de bien lo dem uestra, según S. A
s b lm o , porque existen cosas que s o n buenas, y q
s o d rafia o menos buenas. Pero nada hay m
o menos bueno, ni igualm ente bueno, sino c
relación a a l g o bueno que no e s ninguna de 1
cosas que se comparan entre sí. Luego las cosas k
ñas san tales en virtud de una bondad que es siei
pre la misma e inm utable E sta bondad es el Supi
mo Bien, por el cual cada cosa participa de bonda
El supremo Bien es summe bonum y summe ma
num. «¿Quis autem dubitet, escribe, illud ipsuru, p
quod cunta su u t boan, esse magnum bouum?... E
ig itu r unnra aliqoid summe maguum, et summe t
m ir a , id summum omnium quse suut».
319. De una manera análoga busca S . A k se l:
en el concepto de ser otra demostración de la existe
cia de Dios. No sólo|todo lo que existe es bueno ])
botidad p articular, que supone una Bondad supreiu
sino que existe con ser particular, el cual se fuá
en una suprema existencia. Todos los seres convi
nen eu la existencia aunque se diferencian cut
sí; y el origen de esta conveniencia tiene que e
ta r en uu principio superior a todo lo existente,
sea en un ser existente por si mismo, que es Dio
Pur igual procedimiento y como ampliación i
argum ento anterior, deduce de la diversidad de I
cosas la existencia de Dios. E s indudable quo esi
tan ea el mundo cosas diversas, las cuales ti
nen d istiuta categoría o grado por su natnralez
por ejemplo uu pedazo de madura, un caballo y i
hombre. Por consiguiente es necesario que haya t
ser que esté por encima de todos los grados de cutí
— 321 —
por cuanto si no existiese, faltaría toda razón para
¡la diversidad de grados o categorías eu el ser.
! Estos razonamientos son, uo es m enester;repetir­
lo, uua fase ulterior de los argum entos alejandrinos,
con todos sus inconveuieutes. Suprímase la repre­
sentación abstracta y de unidad universal, que se lo
da a la idea, cual si. fuese un tipo objetivo en el cual
se modelan los subtipos de los entes distintos, y se
ha derrumbado todo ese edificio de p a rticipacion es,
y de pruebas que en ellas se intentan fundar.

ARGUMENTO OSTOLÓGICO ANSELNIANO

320. Vengamos ahora al arg u m eu to dicho on to­


lógico, de S. A nselmo , ta n co n tro v er tid o , y espe­
cialm ente d ig n o de a ten ció n d eten id a por los concep­
tos o u to ló g ico s y p sic o ló g ic o s q u e a tra v és d e dicho
argu m en to s e ofrecen para estu d ia d o s.
El argumento en su forma esencial, como apare­
ce en el Prosologio, redúcese a lo siguiente:
Existe en nosotros la idea de un ente mayor que
|el cual no se puede pensar ningúu otro. Mas, el ser
mayor que el cual no es posible peusar otro, ::o pue-
;tle existir tan sólo eu el entendimiento; luego ese
ente existe también cu la realidad, fuera del euten-
tüÍDiiento. « E x ista ergo p ro c u l dubio aliqu id, quo
hiryus cogitari non va let, et in intellectu et in re».
La prueba ele esto es, que si existiese tan sólo
en la idea el ente de que se tra ta , ya uo sería el ma­
yor que se puede pensar; porque es más ser en el or­
den real que ser sólo en la idea; y por lo tanto pen~
to m o V 21
— 322 —

fiando que dicho ente existiese eu la realidad, se


pensaría ya en un eute mayor que el que sólo existe
ea el entendimiento. Seria, pues, y no sería tal ente
ideal el más graude posible, que os contradictorio.
«E xiste por lo tanto uu ser tal, concluye S. A nsel ­
mo, mayor que el cual ningún otro se puede pensar,
y que ui auu se puede concebir que no exista. Y este
ser sois vos, Señor Dios nuestro. Vos sois, pues,
Señor mi Dios, y tan verdaderamente sois, que no se
puede siquiera concebir que vos no seáis».
Ho ahí la argumentación anselmiana. Argumen­
tación según la cual, como se ve, no sólo de la idea,
o representación conceptual de Dios se puede con­
cluir la real existencia de Dios, sino que esta exis­
tencia real so incluye necesariamente en el concepto
dicho. Y por lo tanto de ia, idea de Dios se sigue de
un modo necesario la existencia de Dios; o como
dice S. A n s e l m o , no puede concebirse Dios como
idea, y como no existente.
¿Es lógica la consecuencia? ¿Dada la idea del en­
te más grande coucebiblo, cabe formular contra ol
ateo que declara tener esa idea, un argum ento irre­
futable sobre ella en favor de la existencia do Dios?
321, P ara apreciar debidamente ol razonamiento
deben desde luego distinguirse los varios conceptas
que a modo de postulados se incluyen en el mismo,
e inquirir luego su verdad. Conviene a l efecto
determ inar: 1.° Si tenemos verd a d era idea del
ente más grande posible, o si llegamos a una repre­
sentación más o menos inadecuada de ella, mediante
otros conceptos en que se apoya esa imperfecta
representación. 2." Si dada la idea del euto mis
— 323 -

grande posible, según la humana capacidad cognos­


citiva. se signe necesariam ente que tal idea respon­
da a la idea verdadera de Dios, o por el contrario
cabe una idea que apesar de ser en nosotros la del
ente mayor que podemos pensar, no responde al con-
copto verdadero y propio de Dios. 3.° Si supuesto
lo primero y lo segundo, podemos concluir lógica­
mente de la idea del ser más grande, U real existen­
cia de este ser.
Esto último qne es de donde parte S. A vselmo ,
constituye el eje de la controversia tal como se pro­
pone. Mas no por eso dejan de ser im portantes, y
aun decisivos los problem as que encierran los dos
primeros postulados de la tesis, que S. A nselmo da
por supuestos, y que al tr a ta r de su argum ento sue­
len darse por concedidos sin discutirlos ni mencio­
narlos.

322. Pero antes de pasar a su estudio habre­


mos de señalar algunas ideas que están en relación
inmediata con la cuestión discutida, y que siu em­
bargo no han de confluid irse con ella, antes bien de­
ben tenerse por descartadas.
Lo primero es, que el ente míls grande posible en
el orden ideal, incluye necesariam ente la existencia
ideal del ente más grande posible. E s contradictorio
que un ente sea el más grande que se puede concebir
en un orden dado, sin que ten g a en el mismo orden
toda la perfección que se puede concebir. L a existen»
cia, pues, ideal en el ser ideal mayor posible es com­
plemento esencial del mismo.
Por consiguiente, dicho eute no podría en su or­
- 324 —

den ideal decirse posible con la posibilidad de contin­


gen cia, que significa poder ser o no se r, en absoluto,
sino que seria necesario eu su idealidad; lo cual sig­
nifica que aquel eute tendría la plenitud del ser en el
orden idea], cuyo elemento esencial es la existencia
ideal como idealmente necesaria. Algo así como la
necesidad que hallamos en el principio de no conlra-
dicción, sin aten d er al mundo real.
Hay por lo tan to entre el ente contingente y fini­
to y el ente infinito eo el orden idea! la misma dife­
rencia que existe entre uno y otro en el orden real,
323. E s lo segundo que eu la esencia del ser
infinito m i va envuelta por necesidad intrínseca la
existencia real, por la misma razón que la existencia
ideal está envuelta en la esencia ideal o sea en J¡v
idea del ente infinito.
Síguese de aquí que un ente infinito que no e x is­
tiese en acto, seria un ente contradictorio; porque
estaría en la categoría de los entes contingentes,
dependiendo de otro, como éstos, para existir, y al
mismo tiempo no podía estar en dicha categoría, por
ser el ente más grande posible.
Pero de eso tan sólo puede inferirse qne si el
ente infinito no existe en acto, no puede jam ás exis­
t ir ente infinito, o sea, es imposible un eute real
infinito. Lo cual no obsta para que dicho cute so
ccnciba con una existencia idea!, cual corresponde a
un tipo ideal de ente infinito.
P o r aquí se ve donde está la base única y al
mismo tiempo el punto débil de la argumentación
anselmiana; consiste en suponer que si el ente infi­
nito no existe en acto, tampoco puede existir idea
— 326 —

de este ente infinito; porque si es imposible el ente


infinito que realm ente no oxista, debe, según dicho
argumento, ser imposible el concepto ideal de dicho
ente. De ahí la o tra forma en que varios de los pro-
pugnadores de la prueba indicada prefieren presen­
tarla:
Si el ser más grande posible no existe realm ente,
tampoco existe idealm ente; es así quo existe ideal­
mente, pues tenemos idea de él, luego existe real­
mente.
324. Lo tercero es, que si a la idea del ente
infinito se le da base objetiva, o fundamento de reali­
dad eu su representación como acontece en el siste­
ma aristotélico, el argum ento puede ser concluyen­
te; pero pierde 9n carácter, y viene a convertirse en
argumentación a p o ste rio ri, aunque conserve otra
íorma. Decimos que «puede ser concluyente», por­
que el que lo sea o no, depende de que valga o no
valga la razón que se invoque para sentar su objeti­
vidad.
Es lo cuarto, que si tuviésemos intuición de la
naturaleza iufinita, conoceríamos que de ella se sigue
la necesidad de su existencia real, como del conoci­
miento de una figura geom étrica se sigue el de la
necesidad de los elementos que la forman. Pero p ri­
vados de tal conocimiento, la elaboración refleja
sobre los factores de n u estra percepción que perm i­
ten elevarnos a una idea, no decide sobre el valor
de la idea cuando se aísla de aquéllos en cuanto al
valor real que deba atribuírsele.
- 326 -

LOS POSTULADOS DEL ARGUMENTO ONTOIÓGICO

325. Hemos ya señalado los conceptos iumedia


tam ente presupuestos, en el argum ento auseimhino
la existencia en nosotros de la idea del ente mayo
posible; la equivalencia de esa idea a la idea propi;
de Dios, y el valor necesariamente cxislencial en 1
idea de lo mayor que pueda humanameute concebirse
Ahora bien, niuguuo de estos postulados puede dara
no ya por indiscutible, sino que todos deben decirs
falsos.
Eu cuanto al primer postulado, es manifiesto qu<
la idea del cnto mayor posible lia de traducirse poi
la idea de ente infinito eu toda la plenitud de foi'
m as que lo iüíiuito pueda predicarse del ser má
perfecto posible. Mas, limitándonos por el momenti
a la noción ab stracta de lo infinito, es necesario re
conocer que no teuemos idea precisa de éste, ni llega
mos a alcanzar lo que sea eu sí lo infinito, sino tai
sólo lo que no es; nadie ignora, en efecto, que si
descripción conceptual la formamos sobre el tipo po
sitivo de una idea de la finito, añadiendo luego una
parte negativa, la negación de limite; y en esta ne^
gación es precisamente doude se encuentra la carafr
terística de lo iufinito, y la deficiencia por lo tanto
de un concepto propio del mismo en nuestra mente.
32B. Lo que acontece con la idea abstracta de
infinito, sucede con dificultades inmciisamente ma­
yores cuando se tra ta de la idea de un ente concreto
infinito en todo género de perfecciones. Y esto
por motivos generales diversos; prim ero, por U
— 327 —

ausencia de una idea adecuada de lo que es perfec­


ción, o deja de serlo, que sólo determinamos y al­
canzamos do uu modo relativo a las cosas conocidas;
segundo, por la falta consiguiente de una idea de
todas las perfecciones, y de su oposición y concilia­
ción entre ellas; tercero, por defecto de la idea do
ser infinito concreto donde las perfecciones infinitas
deben tener enlace y harmonía entre sí, que el hom­
bre no llega a eu tender (sobre todo cuando se trata
de perfecciones pu ras, sin mezcla de imperfección, y
qiiü sin embargo aparecen contrarias entro sí), ni
es capaz de explicar sino de un modo rudim entario y
por deducciones fatigosas. Y siu embargo para tener
idea del ser más perfecto posible, seria menester en-
trar cu posesión de un supremo concepto que encerra­
se cuanto eu lo indicado se incluye.
Añádase qué la noción de infinito no es una
misma para todos, cual sería m enester si se ofreciese
en una ¡dea definida y precisa ante la humana con­
ciencia. Para los griegos ya hemos visto que era cosa
muy distinta de lo que es para nosotros, apareciendo
en general corno an titética cou la idea de perfec­
ción. Para muchos posteriores lo infinito es contra­
dictorio y absurdo. P ara el evolucionismo y sistem as
similares se identifica con lo indefinido, etc. E s de­
cir, que falta en nosotros una idea precisa de lo
infinito en sí, la cual sólo aparece en función de
otros conceptos y teorías presupuestas.
327. Por último, el concepto mismo de existen­
cia, eu el sentido de realidad extraideal y contra­
puesto a la idea en cuauto entidad, no aparece como
perfección de ésta, o complemento de ella, sino como
— 328 —
una perfección de otro orden, totalm ente extrínse­
ca a la idea, y que por lo tan to no se incluye coa
ella en un mismo tipo de lo perfecto. L a historia del
idealismo antiguo y moderno, pantefsta o uo panteís-
ta , ofrece confirmación sobrada de lo que decimos. Y
es claro que si tuviésemos la idea precisa del ser
más grande posible (el cual tam bién en el idealismo
se admite) y fuese verdad que eu ella resultaba in­
cluida la existencia extraideal, podría fácilmente
argtiirse ab absurdo no sólo contra quienes negasen
la existencia de Dios, sino, igualm ente contra toda
tesis en que se niega todo valor eutitativo fuera de
la idea.
328. Y es de observar que eu la misma doctrina
platonizante que evidentemente profesa S. A nselmo ,
la primera consecuencia lógica sería negar cualquier
valor real a la existencia, siempre que no sea el ds
la tdea pura; como de hecho lo sostiene P latón . Por­
que si la idea se objetiva en las cosas segúu su tipo
de universalidad para hacerlas inteligibles, y lo uo
inteligible no es, nada más natural que concentrar
en la idea todo el valor y perfección del ser, ya que
ella lo constituye, pues el no ser no es perfección.
Con la tesis platónica, pues, en todo su rigor aplica*
da, se arruina a un tiempo el postulado anselmiang
de la existencia (realidad extraideal) como contenida
en la idea del ente mayor posible ■, y el argumento
de que se tra ta , fundado eu que uo serta el ente
mayor posible el que sólo tuviese existencia ideal.
P ara arg ü ir como lo hace S. A nselmo hay que
dar otro giro al discurso dentro de la teoría platóni­
ca, a lo cual ésta se presta. B asta p artir de la obje­
— 329 —

tividad que la idea representa para obtener m ediante


la supuesta idea del ente infinito, una objetivación
infinita, con todos los valores existenciales a que
responde lo inteligible en las cosas. Y así partiendo
de la existencia como producto (te la idea, a lo pla­
tónico, se puede llegar a la necesidad de la existen­
cia corao complemento de la idea.
E sta forma de arg ü ir que está im plícita en la
doctrina anselmiana es tan lógica como la preceden­
te dentro de ella. Pero por eso mismo, porque caben
cousecuencias contradictorias de una misma tesis,
aparece ésta inadmisible. Su defecto capital salta a
la vista; de una parte hay que sostener que las ¡deas
pertenecen a un mundo diverso del mundo de las
existencias extraidcales, y por lo tanto las cosas
son algo en sí y tienen su propia individualidad, con
independencia del orden ideológico; y al mismo tiem ­
po hay que afirmar que no se da ser fuera del ser de
las ideas, y por consiguiente son éstas las que cons­
tituyen la realidad de las cosas.
329. Tenemos, pues, como resu ltan te de lo ex­
puesto, que ni existe en nosotros una idea propia­
mente tal del ente más grande posible, ni aunque la
alcanzásemos, encontraríamos allí como elemento in­
terno la existencia extraideal, <íe no subordinar la afir-
raacióu a teorías en que eso estuviese presupuesto.
Poseemos ciertam ente ¡dea de la existen :ia del ente
tníls grande que se puede concebir, y por ello la idea
íe la existencia de sus infinitas perfecciones. Mas to ­
lo ello es elaborado reflejamente a posteriori, y en
1% medida mezquina que nos es dado representar
aquella existencia y su infinidad de perfecciones.
- 330 —
L a idea del ser más grande posible, 110 podría­
mos poseerla sino mediante la intuición del ser infi­
nito en su plenitud comprehensiva, donde hallaría­
mos sin duda a p rio ri la existencia como predicad»
esencial. Pero esta idea adecuada de Dios, que es ls
única idea verdadera del ser más grande posible,
sólo E l puede tenerla y abarcarla.
Sin la idea del ser más grande posible que
lleve en sí la existencia, dicho se está que fracasa
en absoluto todo argum ento que como el auselmiano.
comienza por suponerla.

330. Pasemos ya al segundo postulado de la te­


s is de S. A nselmo. Dado por un momento que existie­
se en nosotros la idea del ente más grande posible
¿esta idea seria expresiva del ser propio de Dios, tal
como lo reconocemos y confesamos? Es manifiesto
que para llegar a la conclusión do la existencia ele
D ios, según lo entendemos, no basta la idea del sci
más grande concebible, sino que se requiere además
determ inar como a ese ser le corresponde una for­
ma de existir; si es una Entidad personal o imper­
sonal, y si actúa con libertad o sin ella, y origina I»
existencia de lo finito por creación, por evolución, etc.
A hora bien, ¿puede esto determ inarse a priori
con sólo la idea del ser más grande concebible? Lo
que equivale a p reguntar, si el hombre puede alean'
zar partiendo sólo de la idea de lo infinito, J
a p rio r i, cual es el modo de ser y obrar en concreto
de ese E nto infinito, Dios.
Desde luego es m enester distinguir entre la po­
sibilidad 6Q cuanto sig n ific a estar en potencia para
— 331 —
existir, y la posibilidad que expresa la no repugnan­
cia de existir, que suele decirse posibilidad intrínseca
o uo repugnancia de un ser.
La primera arguye contingencia, porque nada,
está eu potencia sino en cuanto puede ser reducido a
acto por algo que ya está, actuado. E sto género de
posibilidad como se ve, no puede aplicarse a Dios; y
no sólo 110 podemos conocer que Dios sea posible de
esta suerte, sino que conocemos positivamente que
Dios es imposible con esta forma de posibilidad.
La seguuda atiende únicamente a la compatibili­
dad o incompatibilidad de los térm inos que se juntan
para, foimur un concepto; y por lo mismo prescinde
de la contingencia o uo contingencia. Todo lo exis-
teute cono lo no existente es posible con este géne­
ro de posibilidad, porque comprende todo lo que no
es contradictorio, sea real o ideal.
Ahora bien, Dios es sin duda posible con esta
posibilidad, por lo mismo que es existente. Pero de
iiiuguna manera es para nosotros cognoscible esta
posibilidad con el valor que le corresponde sin que
antes conozcamos sn existencia. Y asi como ta posi­
bilidad de no repugnancia que atribuimos a Dios es
otológicam ente posterior al ser de Dios, sin el cual
uo hay repugnancia ni no repugnancia, asi también
el conocimieuto de esta posibilidad es en nosotros-
posterior al conocimiento de la realidad Diviua.
331. Sin duda quo asociando dos ideas, la de
ser y la de infinito, entre las cuales no hallamos con­
tradicción, formamos un tipo ideal abstracto que a
primera v ista puede serv ir de base al concepto de
Dios como posible. Pero lo que asi se obtiene no pasa
- 332 -

las formas imaginables en lo Absoluto, que dist&n


inmensamente de lo que eu realidad es el Dios exis-
tente y personal teológico.
No basta sumar pues el ser y lo infinito para
obtener el concepto del E n te supremo real; es nece­
sario pensar en la personalidad en Dios como algo
distinto inmensamente de los seres finitos, y que
encierra la suma de todas las perfecciones sin des­
pojar a las criaturas de las suyas, ni menos confun­
dirse con ellas; es necesario pensar en una sintesil
infinita realizada con tales perfecciones, aunque pa­
rezcan incompatibles entre sí; conciliar la causalidad
•eterna e infinita con los eEectos finitos y no eternos; li
absoluta inm utabilidad con la libérrima determina­
ción de la voluntad, los atributos no sólo distintos
sino ftl parecer opuestos, con la simplicidad divina,
e tc ., etc. Sin eso el concepto de Dios es ilusorio; y a
•eso uo llega el hombre a p r io r i, por sola la idea de
lo infinito, ni tampoco a posteriori alcanza uoticia
adecuada de esa divina síntesis de perfecciones. Es
más, aun dadas las enseñanzas positivas del dogma,
la mente humana es incapaz de representar en idea
clara y precisa aquella síntesis; lo cual pone de ma­
nifiesto la imposibilidad en que se hallaría sin aque­
llas enseñanzas para alcanzarla sobre la base ines­
tab le e hipotética del concepto abstracto del ser mal
grande posible.
Y de igual suerte que el hombre no llega de lo
infinito abstracto a lo infinito concreto de la Divi­
nidad, tampoco llega, de una manera cierta y segu­
ra, de la afirmación de la Divinidad, a que ésta deba
ser necesariamente infinita en toda suerte de peifec-
— 333 —
iones. De ahí que aun afirmando que Dios ex iste ,
nichos hubiesen negado que Dios fuese infinito,
¡sto mismo lo confirma el Aquiuense cuando dice:
Ñeque opportet ut statim cognita hujus nominis
)eus signilicatione, Denm esse sít notum . Prim o
uidem quia non ómnibus notum est, etiam conce-
entibus Dcum esse, quod Deus sit id quo majus
Dgitari pon p o ssit; cum m ulti antiquorum munduin
¡tum dixerint Deum esse. Nec etiam ex interpreta-
íonibus hujus nominis Dnux, quas Damascensus
onit, alíquid hujus intelligi d a tu ra ...,
332. Habremos, pues, de concluir, que lo úoico
uc podemos formar a priori es un tipo conjetural e
ipotctico de un ser infinito, a manera de los entes
s razóu, siu determ inar sus propiedades concretas,
sin afirmar ni negar que este tipo sea expresión
e una idea propiamente tal, y entrañe eu su com-
rehensión intelectual lo que entendemos por lo
ilrwsecam m ie posible. Sólo después que nos es-
ida la existencia de Dios reconocida ora como causa
nprcma, mediante las cosas contingentes, ora por
aseüanza positiva, el tipo m ental aludido se con-
-orte .eu expresión de una idea más o menos imper­
ita , de nua posibilidad intríuseca, toda vez que
isporule a una realidad ortológica.
Por aquí se ye que el postulado segundo del ar-
mriftnto anscliniano, o se reduce a nn concepto a pos-
'¡'iori que supone la existencia de Dios ya probada y
Imitida, o uo tiene valor real de idea capaz de sig-
■fiear un verdadero posible en el sentido en que h a ­
lamos. En uno y otro caso el argum ento pierde^
Jdo su valor y significación.
— 334 —

333. Pasemos ahora al tercer postulado que


■exige !a demostración anselmiana: ¿Eu el coucepto de
la posibilidad de Dios se inc'nye sn existencia real?
Según acabamos de ver, la posibilidad de Dios
no puede apoyarse en el concepto que a priori pode­
mos formarnos de nn E nte infinito, ni por consi­
guiente cabe deducir la verdadera posibilidad intrín­
seca, dsl tipo abstracto de lo infinito, aunque impro­
piam ente lo llamamos posible también. De donde
se sigue que dicho tipo abstracto no puede incluir la
existencia real, porque ésta sólo podría corresponder
a una verdadera posibilidad del Ser divino, y nunca
a aquello que viene a reducirse a lo que se denomi­
na un ente de razón. Eu este supuesto, pues, sería
contradictorio pretender atribuirle existencia a di­
cha representación m ental, porque equivaldría a decir
que existe lo que no es propiamente posible, por lo
menos según nuestro concepto a priori que es de lo
que se tra ta .
L a cuestión sólo puede tener sentido cuando se
pregunta si una vez supuesta la idea verdadera de la
posibilidad intrínseca de Dios, este concepto con­
duce por exigencia lógica a afirmar sn existencia.
Hemos notado ya que el concepto de la posibilidad
da Dios se deriva del de la existencia de Dios; d»
suerte que la posibilidad 110 conduce a la existencia,
sino que por el contrario la supone.
Pero aun dado que pudiese el hombre llegar al
concepto de la posibilidad de Dios a priori, nunc-J
en traría como factor intrínseco de dicha posibilidai
la existencia real, ya porque es contradictorio q»8
el orden ideal exija un elemento que no sea del mis­
— 335 —

mo orden, ya porque, como se colige d é lo dicho,


el orden ideal y el orden real no se completan ni se
perfeccionan eutre sí, aunque unas veces sea la idea
condición de lo real (cuando se tra ta del artífice res­
pecto de su obra), otras veces sea lo real condición de
la idea.
Si los posibles, habremos de repetirlo, como tales
tuviesen alguna realidad independientemente de la
idea sujetiva que los representa, es innegable que
supuesto en nosotros el conocimiento de la posibili­
dad intrínseca del ser infinito, habría que reconocer
como lógica la deducción de la existencia real de este
ser. Porque si a todo posible responde una verdad
objetiva que sea lo que hace distinguir entre lo
posible y la nada, síguese como consecuencia inevi­
table, que a la posibilidad del ser infinito correspon­
de una verdad objetiva infinita por la cual se distinga
infinitamente de la nada aquel ser, y por consiguien­
te que en sí encierre la plenitud do la realidad.
Si se parte de esta erróuea, teoría, y luego se
concede que tengam os a priori concepto de la posi­
bilidad intrínseca de Dios, el argum ento aoselmia-
nu es coucluyente. Los escolásticos que admitieron
ambas cosas y pretenden sin embargo impugnar el
argumeuto ontológico, incurren en flagrante contra­
dicen.
334. Tengase así mismo eu cuenta, según lo
observado a trá s, que en rigor la realidad que así Ió>
gicamente se le atrib u iría a l a Divinidad, no es de
una existencia exlraideal, sino por el contrario, la
realidad de una idea plenísima eu su valor objetivo,
■luc no por ser infinita, deja de ser de valor ideoló­
— 336 —
gico exclusivo, y no real. Mas de este postulado que
a la vez es la base del argum ento anselmiano, habre­
mos de ocuparnos luego al examinar dicho argumen­
to en sí.
Por último, es de advertir que el tránsito de \i
idea al objeto como se pretende realizar en el argu-
mepto outológíco, y que a primera v ista pudiera
confundirse coo la naturaleza del acto cognoscitivo
humano, en el cual pasamos también de la idea, si
objeto que represeuta. es absolutam ente diverso de
este acto. Eu la génesis de nuestro conocimiento k
objetividad es la base de la idea; eu el argumeuw
ontológico la idea es la base de la objetividad. En
nuestro conocer el valor de la idea es demostrativo
y a posleriori, en el argum ento ontológico el valor
de la idea es a priori y consii'itiivo de la existencia
del ser que se quiere significar. Según esto, es iló­
gico y sin'fundam ento, argüir sobre la condición de!
conocimiento humano en favor de la objetividad ite
la idea del ser más grande posible.

LOS VALORES DOCTIUNAIES E HISTÓRICOS


DEL ARGUMENTO AMSELMIANO

335. Después de las observaciones hechas, que


juzgamos deben preceder a todo estudio concienzudo
de la tesis concreta de S. A n s e l j i o , vamos a conside­
ra r el argum ento en si y en sus diversas relaciones,
y valores consiguientes del mismo. He aqnf los pun­
tos que conviene estudiar:
1,° Aspectos múltiples del argum ento en rela­
ción con los varios sistem as filosóficos.
— 337 —

2.Q Cual es el verdadero aspecto quo el argu­


mento ofrece en S. A nselmo .
3.° Víi 1or que al a rg u m en ta co r resp o n d e, y a
la d efen sa d el m isin o h ech a por S. A nselmo .
4.° El nrgum euto auselmiauo en tre Jos escolás­
tico s,
5.° El mismo argum ento eu tiempos poste­
riores.
336. Comenzando, pues, por los aspectos que
en relación con las teorías filosóficas puede revestir
el argumento de S . A nselmo , habremos de señalar
los siguientes:
1.° Subordinación directa del argumento a la
teoría de P latón o de las escudas neoplatónicas, se­
gún la cual toda verdad es en si verdad, y tiene por
lo mismo entidad objetiva con necesidad intrínseca,
independientemeuLe ib todo acto cognoscitivo finito
ni íuriaíto. Por ese camino se puede ir auu más allí,
del argum ento de S. A nselmo . Ejemplo de ello,
aquel argum ento de F ischacre reproducido por otros
escolásticos: Si Deus non r.sl, Deum non esse est ve-
rum; erg o veritas aliqua esL. Ergo D m s est.
Con esta base ideológica, por la cual se viene a
convertir en Dios la negación de Dios mismo, no
puede menos de ser legítimo el argum ento anselmia-
no que sólo convierte en Dios la idea de 1a existen­
cia de Dios.
2.° Subordinación del argumento a la teoría de
las ideas innatas. La idea innata de Dios, aun des­
pertada al contacto del mundo sensible, o no sirve
para nada, o lleva a reconocer la existencia del Ser
cuya posibilidad intrínseca se ofrece a nuestra men-
TOMO V 22 '
— 338 —

te . El arg. anselmiano no es en esta hipótesis sino


una fórmula externa que sintetiza el valor interno
de la idea del ser más grande posible, en cuanto,
como otra cualquiera idea innata, nos pone en rela­
ción con el objeto real que representa.
3 .° Subordinación del argum ento a la teoría
moderada y agustiniana de los tipos esenciales
con realidad objetiva, y de las ideas participantes de
esa misma objetividad. Los escolásticos que sostu­
vieron que las esencias metafísicas tienen en Dios
una entidad intermedia inferior a la reatidad, y que
nosotros por las ideas conocemos las esencias meta­
físicas do las cosas, vienen a parar a esta doc­
trin a .
T en e lla u na v ez recon ocid a a lg u n a objetividad
p ro p ia de la s id e a s, y a trib u y en d o u n a sem ianlidad
a la s e sen cia s (au n sin lle g a r e x p líc ita m e n te a la doc­
tr in a d e F is c h a c r e , o del realism o! no p uede des­
e c h a r se el a r g . de S a n A n selm o . P orqu e s i las
e s e n c ia s fin ita s c o n s titu y e n por su realid ad factor
in tr ín se c o de la s id eas de lo fin ito , es ló g ico concluir
q u e a la id ea de lo iu fin ito correspon d e te n e r como
elem en to in trín sec o la realid ad de la e sen cia infinita.
4.° Subordinación del argum ento a la teoría
del asentimiento instintivo a la existencia de Dios,
según sostienen entre otros algunos ontologistas
moderados. P ara ellos, el arg . anseímiano tiens
perfecta eficacia, más que como prueba demostrativa
que no se necesita, como símbolo del principio do
identidad aplicada a Dios. La idea del ser más gran­
de posible no es otra cosa sino el ser más grande po­
sible presente en la idea, y naturalm ente afirmad*
— 339 —
por nosotros. Semejante a esta doctrina es la de los
escolásticos que, como A qttasparta y J. P eckham ,
distinguen al defender el argom . de S. A nselmo en­
tre la idea del ser más grande en cuanto «puré
speculativa», y esta idea con el asentimiento a la
realidad del E n te suprem o, «cogitatio vel apprehen-
sio cum assensu», cuya fórmula la constituye la
prueba anselm iana.
5.° Subordinación del argum ento a la teoría
del ontologismo puro. Según la doctrina del número
precedente hallam os a Dios en lo so tro s; en la del
ontologismo puro hallamos nuestras ideas en Dios.
£1 arg. de S. A nselmo en esta teoría no es sino la
expresión científicam ente regulada de la idea del
Ente infinito v ista en el mismo, con la significación,
objetiva de sn realidad.
6 .° Subordinación del argum ento a otras prue­
bas del orden externo, o a otros elementos que se le
añadan para garan tir el valor objetivo de la idea del
ente m ás grande que puede ser pensado. En esta
hipótesis, según notamos oportunam ente, el argu­
mento anselmiano degenera y pierde toda su origi­
nalidad, convirtiéndose en una prueba a posteriori,
o en razonamiento mixto, con base a posteriori.
7.° Presentación del argum ento como válido
por lo qne exige la extensión y g ran dor de la idea,
en cuanto es ln idea más grande por razón de la
magnitud del ente que expresa. De suerte quo la efi­
cacia de la prueba no procede en este caso, cual
acontece en las hipótesis precedentes, de la natura*
leza de la idea como fenómeno psicológico y acto
cognoscitivo, sino de que corresponde al ser más
- 340 —
grande que se. -puede pensar. P o r lo tanto indepen­
dientem ente de todo sistem a filosófico, y atendiendo
no a la naturaleza de la idea, sino a la am plitud de
su significación, so concluye en el argum ento ansel-
miaño que Dios existe, porque existe la idea de su
se r infinito, que no sería ta l idea de lo infinito desde
el momento en que excluyese su real existencia.
Según esto, aunque no toda idea implica la exis­
tencia de la cosa que rep resen ta, la idea del ente
infinito incluyo su realidad, porque de otra suerte
no sería la idea del ente más grande que se puede
pensar. Por eso algunos que tienen por ilógica en ge­
neral el trán sito de la idea a la realidad de ella,
creen que debe hacerse una excepción tratándose
de la idea del ser más grande, posible. Dicho se está
que en este tipo de gran dor de lo infinito se hace
en trar lo real cual si fuese un elemento de lo ideal,
y viceversa, contra lo que dejamos sentado,
337. E s de notar que en tre los quo asi juzgan,
están los que confunden el valor de la am plitud sig­
nificativa de la idea del ser más grande, con la real
am plitud ontológica de este ser; y por cuanto dado
que exisla el sor más grande uo puede existir nunca
sólo en el orden posible, deducen, que si se concibe el
ser más grande en el orden posible, éste ser asi con­
cebido no puede dejar de ex istir en la realidad; sin
reparar eu el cambio ilógico que asi se efectúa,
según dejamos observado por la confusión de la exis­
tencia ideal necesaria para el ser más grande ideal,
con la existencia real exigida por el ser real más
grande.
— 341 —

ASPECTOS QUE EL ARGUMENTO OFRECE EN S. ANSELMO

338. E s indudable que el argum ento anselmiano


no aparece formulado con dependencia inmediata do
un sistema filosófico que S. A n s e l m o acepte y p r o p o n ­
ga. En este sentido basta una simple lectura del Pro-
aolagio para persuadirse de lo que acabamos de decir.
No se puede afirmar otro tan to si se tra ta exclusi­
vamente de estu d iar la base general filosófica que
sirve de norma al doctor de Cantorbcry.
S. A nselmo , como tem os visto, m uéstrase influi­
do por el realismo, y sus doctrinas están modeladas
en las d el Pseudo-AítEOPAGiTA y d e S a n A g ustín . E l
mismo concepto de Dios que utiliza S a n A nselmo
para su argumentación hállase con palabras harto
semejantes en el Doctor de Hiponti: «Deus cogita-
tur, dice u t aliquid quo nihil melius ac subtilius» (1);
«Fatebor Deum quo nihil superius esse constiterit»
(2), y o tras expresiones auálogas a que eu manera
alguna son ajenas las en señ an zas del Prosologio. En
la respuesta a G aunilón , defendiendo su argum ento,
recurre S . A nselmo , como veremos, a un razona­
miento que es tambieu de S . A g ustín . Con todo, el
llamado argum ento ontológico es exclusivamente su ­
yo; y aunque la lectura de S. A gustín y las corrien­
tes platónico- realistas que acepta hayan sido oca-

(1) De doctr. chst. I. c. 7.


(2) De lib. s rb . II, c. 6. L as frases correspondientes d o
S . A nselmo son: «Id quo m ajus co g itari non p o test.» «Id q o »
m ajns c o g ita n n sq u it,> etc.
— 342 -

siórt para fo rm u la rlo , 8 . A nselmo no lo subordina, a


te o ría alg u n a , n i re c u rre a n in g ú n sistem a id eo ló g i­
co p a ra poner a cu b ie rto de la c rític a su o rig in al
p en sa m ie n to . S e equivocan, pues, sin d ú d a lo s que
v en en la pru eb a anselm iana un esquem a del neo­
p lato n ism o , y en la im pugnación de G aunilón una
p ro te s ta del conceptualismo c o n tra e lla; y van to d a ­
v ía m ás errados los que la tra d u c e n p or u n a fórm ula
d el ontologism o, o de docLrinas sim ila re s, siq u iera
m uchos de sus so sten ed o res escolásticos p articip en
de ta le s ten d en cias.
339. Excluido el carácter sistem ático de la de­
m ostración anselmiana, sólo resta explicar la orien­
tación de su argum ento, ora bajo influencias platoni­
zantes, en sentido ontológico, ora como un argum en­
to mixto d e a prio ri y a posteriori.
¿Cuál de esos dos extremos se ha de aceptar? La
interpretación más recibida entre teólogos y filósofos
que no dan al razonamiento carácter sistemático es
Ja ontológica. La que prevalece entre historiadores
de la filosofía y entre los críticos es la sujelivo-obje-
Uva, que hace del argum ento una prueba mixta o
psicológica.
Pensamos que ninguna de esas interpretaciones
.puede adm itirse, ni tomadas aisladamente responden
a la evolución del pensamiento anselmiano. En el ar­
gumento de S. A nselmo hay una doble form a, o sea,
S . A nselmo presenta y sostiene de dos maneras su
prueba peculiar de la existencia de Dios.
L a prim era forma tal como la propone en el
cap. 2 del Prosologio es filo ló g ica, y nó se apoya
más que en la idea pura de Dios, prescindiendo en
— 343 -

absoluto de cual sea el origen y la naturaleza de ta l


idea, y cuusideraudo tan sólo su grandor si bien in­
fluido en ello por las corrientes neoplatóuicas ya se ­
ñaladas. En el Líber contra insipienlem S . A n sel ­
mo obligado por los ataques precisos y certeros de
G aunilón, modifica su prueba, da un apoyo objetivo
a su argum ento, y lo hace de carácter m ixto, con
lo cual lo que adquiere en valor lo pierde en impor­
tancia y originalidad.
340. Que la forma del argum ento en el Prosolo-
gio es outológica, se ve fácilmente por el intento y
por el texto anselmiano, E l carácter ontológico del a r­
gumento consiste en que partiendo d é la definición
del ser, o de su idea, se saque en conclusión la exis­
tencia real del mismo ser; de modo que el que antes
negaba la realidad de Dios, por sólo la consideración
del contenido de la idea del Ser diviuo tonga que
adm itir su realidad.
Según esto, la idea que iuforma el argum ento
en cuanto ontológico es necesariamente sujetiva; es
decir, que no se funda eu la realidad del objeto que
representa, sitio, a la inversa, la realidad del objeto
representado ha de inferirse únicamente do la idea
en si misma considerada.
Las razones que evidencian el carácter ontológi­
co del argum ento y la condición sujetiva de la idea
en que se apoya son «ñas mismas:
1.° S. A nselmo propínese formular un arg u ­
mento que no se apoye en otro alguno, y baste por
sí sólo para probar la existencia de Dios. Asf lo dice
en la introducción al Prosologio: «Coepi mecum
quserere, si forte posset ioveniri unum argum entum ,
— 344 —
quoá nullo alio a d se probandum , quarn se solo
indigeret; e t aolam ad adstrucndum quod Deus vere
e s t, etc.»
L a idea de Dios, pues, de que parte S. A nselmo,
do h a d e ser dem ostrada, según, sus propias pala-
bras, por ninguna o tra prueba; y al mismo tiempo
ella ha de dar el argum ento deseado para demostrar
la existencia de Dios. Por consiguiente dicha idea
no supone nada anterior en que se apoye para sos­
tener la realidad de su objeto; y el argumento que
de ella se saca es necesariamente ontológico, porque
pasa d é la idea sujetiva a la existencia objetiva del
ser que significa.
2.° S. A nselmo propone su demostración eu el
cap. II del Prosol. tratando de colocarse en el m is­
mo terreno de los ateos, ya que de o tra suerte,
comenzando por suponer lo que el ateo niega, sus
intentos serían inútiles y vanos.
P ara ello da por sentado quo el ateo tiene idea
de lo que se entiende por Dios; porque no es el cou-
cepto de Dios lo que niega el ateo; lo que niega es
su existencia, y para negarla es necesario que sepa
lo que niega. De esa idea de Dios es de la que parte
S. A nselmo para deducir, por análisis, qne en ella
va envuelta la existencia del Ser supremo, y vencer
ai ateo con sus propios principios.
Ahora bien; es indudable que la idea de Dios que
aquí se supone en el ateo a prio ri, pues de lo con­
trario ni éste podía negar la existencia del objeto
que expresa, ni S. A nselmo tenia nada que demos­
tr a r fundado en dicha idea. Es por lo tanto eviden­
te que la idea de que p arte S, A nselmo uo es base
— 345 —
objetiva, y por lo mismo es ontológico el argum ento
que formula.
3 ." Como consecuencia de lo dicho, si S . A nsel­
mo intentando persuadir al ateo, hubiera partido ea
su razonamiento de la realidad objetiva de Dios,
cometía una. pelitio p rin cipii manifiesta dando por
supuesto lo que se propone dem ostrar; y además no
formulaba argum ento que no necesitase pruebas
a posterior i, porgue venia a reducirse forzosamente
su razonamiento a una demostración a posteriori de
la existencia de Dios.
Nótese el proceso evolutivo del argum ento en los
dos primeros capítulos del Frosologio, y se verá que
no sólo no busca recurso alguno para su tesis que
sea a posteriori, sino que cada vez más se encierra
on la idea p u ra como factor único de su argum enta­
ción. Asi eu el cap. 2 establece que lo más grande
que se puede pensar es necesario que exista en el
entendimiento y en la realidad. «Exist.it ergo procul
dubio aliquid quo majus cogitarí non valet, e t in
intellectu et in re».
En el cap. 3 no se lim ita a afirmar que la exis­
tencia del ente supremo se encierra en la idea, sino
que incluye aquélla tau explícitam ente eu ésta, que
según S. A nselmo ni aun se puede pensar la no exis­
tencia de dicho ente>. «Sic ergo vere es, Domine,
Deus meus, u t ñeque cogitari possis non esse».
4 .° Finalm ente, si S. A nselmo se p ro p u siese
presentar un argum ento psicológico y mixlo que p a r­
tiendo del valor objetivo de la idea según el consen­
timiento humano, bastase para g aran tir la existencia
de Dios, lo que tenía que dem ostrar era la verdad de
— 346 -

la idea como objetiva, eu cuanto ella fuese patrimo-


uio común de la humanidad, y a por la historia, ya
por otro medio que estim ase adecuado. Y sin embar­
go S. Anselmo no hace la menor indicación en tal
sentido en el Prologio, sino que se mantiene siem­
pre dentro de la idea y de su grandor. Por lo de­
más tal argum ento sería una vulgar piueba de carác­
te r moral, que no m erecerla ui sei tan aparatosa­
m ente propuesta, ni menos tan sutilm ente discutida.

34-i. Mas, ¿sostieue S . A nselmo la tesis del


Prosologio de una m anera fija y constante? No cier­
tam ente. La critica unóuima Pro intipienle (que más
tarde se supo era del monje G aunilón), no podía
menos de hacer sen tir el peso de su lógica.
G aunflón pone de manifiesto como de que tenga­
mos idea de una ccsa no se sigue que la cosa exista
realm ente. ¿Acaso no tenemos representaciones idea­
les que no responden a la realidad, o ideas quiméri­
cas que sólo existen en nuestra mente? (1). Podemos
pensar y formar idea de una isla eu el Oceauo que sea
más excelente que todas, y sin embargo de ello no
resu ltará jam ás que la isla tenga existencia real (‘2).
P or otra p arte, podemos sin duda entender lo
que se significa cuando se nos habla del ser más
grande posible; pero eso uo basta para determ inar la
cosa que se in ten ta designar con tal nombre. Para

(1) «Noune et quecumque falsa ac millo prorsus modoin


seipsis exislenlia, in iitolleclu haber» siiuiliier ilici posaen), cuo
va, diceutc aliquo, quecunque ille diceret, ego intelligeren?
etc.» (Pro insipiente, paragr. 1).
(2) P ro in tip . p a ia g r . 3.
— 347 —

ello seria indispensable conocer la n aturaleza divina;


j cabalmente, porque no conocemos la naturaleza
divina, cabe pensar que no existe, a pesar de la idea
del ser más grande que nos formamos, — ob hoc
ipsura etiam non esse (Deum) cogitare possum.
San A n se lm o en vez de responder de una manera
categórica en su Contra Insipientem al punto capi­
tal de la controversia, que es el trán sito de la idea a
la realidad, presciude de contestar directam ente co­
mo si no hubiese entendido a G a d n il ó n , e insistien­
do en el pensamiento del Prosologio, lo da uu nuevo
giro, invocando ora la fe, ora la conciencia, ora la
gradación de los seres, para justificar su tesis, cuan­
do eo realidad con todo eso se alejaba de ella.
342. San A nselmo apela en primer lugar, a la fe
y a la conciencia de su adversario para sostener que
el ser más grande posible no existe tan sólo en la idea
(i). Por lo mismo y a no es la idea pura de Prosolo­
gio k que dem uestra la existencia real de Dios, es
por el contrario, la existencia real de Dios ya p re­
supuesta la que aparece mostrándose en la idea
cristiana de S. A nselmo .
Poco después con nuevo giro intenta probar que
el ser más grande que se puede pensar debe ex istir;
no ciertam ente fundado en la idea, sino apoyándose
en que el ser más grande no puede tener prin ci­
pio (2). Como se ve, hay aquí una confusión entre

(1) «FrofBCto Deus auC non est quod majas cogitar! non po­
len, aut non intelligitur vel cogitatar, et non est in iutelleclu vel
togitalÍDne. Quod quam falsum sit, fide et coosrieutia tna pro
Ürmissimo utor argumento». (C o n tra In tip . 1).
(3) «Nam quo majua cogitan neqnit, non potest cogitarí
— 348 —
ia necesidad de que no tenga principio el Ser Supre­
mo real, y la representación ideal del mismo como
3 er sin principio ideal del mismo ( l) , la cual basta
para que idealmente sea eterno, de igual modo es ea
el orden ideal el ente más grande que nos represen­
tamos.
Que Dios no tiene principio, ya no intenta pro­
barlo por la idea (que sería círculo viciosoj, sitio
que lo deja a la fe y a la conciencia de su objetante.
Más adelante, respondiendo a lo que observaba
G auhilón de la imposibilidad de reconocer la natura­
leza divina real en el concepto abstracto de «ente
más grande posible», dice que no es verdad lo que
afirma G aunilón, porque todo bien menor en cuanto
bien es semejante al mayor; y por lo tanto de los
bienes menores que conocemos podemos elevarlos al
bien supremo, mayor que el cual no se puede ponsar
otro (2).
Según esto, pues, la razón de que la idea de Dio3
no sea una idea abstracta, sin correspondencia ue-
cesaria objetiva, no está ya en la misma idea en sí,
como antes sostenía S, A nselmo en el Prosologio, si­
no en los grados enlitalivos del mundo real, mediante
los cuales reconocemos verdad objetiva en la idea del
ser más grande que podemos pensar.

caso nial sino initio. Quiquid autem potest cogitan esse et nos
est, per initium potest cogitai’i esse>, (1. c.)
(1) V. lo dicho atrás n. 323 sigtea.
(2) «Quoniara namque omne mínus bonum i» taotum
simile majori bono iu quantum est bocum, p&tet cuilibet r&tion*-
faili mentí quid (le bonis rainoribns ad mejora conscendendo, M
■qttibns sliqnid cogitan potest majns, multum possumua conjiM*
re alíud [¡uo majns d i cogitar! potest. (Contra insip. 6).
— 349 —

343. Y he ahí el argum ento a priori del Proso-


log. convertido en argum ento a posteriori al responder
a Gaunflón . No negaba ciertam ente G aunilón que tu ­
viésemos idea del ser más grande, ni S. A nselmo
trataba de demostrárselo. Lo que negaba el primero
y afirmaba el segundo era que a dicha idea corres­
pondiese necesariamente una realidad; cosa que Sah
A nselmo, como acabamos do v er, no halla manera de
probar más que recurriendo a la conciencia cristia­
na de su crítico, y a la demostración agustiniana de
los grados en tü aliios, que es modificar en absoluto
el sentido de su tesis tal como aparece en el Proso-
logio.
Y no se nos objete que S. A nselmo al recurrir al
mundo exterior para sostener su prueba de la exis­
tencia de Dios, lo hace uo para dem ostrar esta ver­
dad, sino para señalar el origen de la idea del ser
supremo, la cual, como todas las ideas, es ocasiona­
da por el muudo sensible; pero manteniendo el valor
de la idea en sf como prueba, según la ofrece en el
Prosologio, nna vez alcanzada mediante la realidad
de los seres.
Nada de eso tenía necesidad de probar S. A n sel­
mo, ni para probarlo debiera proceder de la m u e r a
que procedo. Que no tenía que demostrar el origen
de la idea del sor uiás grande, es evidente; porque
et la controversia nadie había planteado ni menos
discutido ese puuto, que por otra parte es harto se­
cundario respecto del problema; que dicha idea fue­
se o no fuese innata seria indiferente para el valor
objetivo que en ella se busca, según hemos notado
atrás S. A nselmo comienza por suponer la idea del
— 350 —

e n te S uprem o en el ateo sin c u id arse de su o rig e n , y


G a tjn iló n tom a la idea en el ateo como la p resen ta
S . A n se lm o para im p u g n a r la consecuencia que éste
deduce. ¿Qué objeto p u d iera te n e r en n in g ú n caso
a firm ar que a quella idea n o 'es in n a ta como resp u esta
a G a u n iló n ? P a ra m o stra r el origen del concepto
m encionado el cam ino ex p ed ito y v erd ad ero era acu­
d ir a la idea de c o n tin g en cia en las c ria tu ra s , y ele­
v a rs e m ediante e lla a la de lo in fin ito .

VALOR DE LA PHUEBA FORMULADA POR S. ANSELMO

344. Como acabamos de ver, S. A nselmo , va­


riando en su tesis, propone el argum ento con carác­
te r ontológico en el Prosologio, y con carácter psi­
cológico o m ixto, y a manera de las pruebas a poste­
riori, en la respuesta a G au nilón .
El argum ento presentado de esta últim a manera
pierde su originalidad, y no ofrece ÍDterés quedando
reducido a una de las varias demostraciones a poste­
riori.
Es de notar que aun como argum ento a posterio-
ri no tiene valor la prueba anselraiana. Su funda­
mento es la teoría de los grados do! ser y la de las
participaciones, tomado de S. A g u s tín y del Pseu^o-
A r e o p a g it a a la manera que hemos visto lo efectua­
ron tan to s otros en la Edad media. Y la teoría de
las parliciyaciones es, como hemos tenido o c a s i ó n
de observar repetidas'veces, un trasunto del ejtw'r
plarism o platónico, absolutamente ineficaz sin to
erróuea base de los tipos ideales objetivados. Lo más
- 351 —

y lo menos perfecto o sea los grados de perfección eu


los seres, suponen sin duda un e je m p la r por donde
puedan ser medidos; pero este ejemplar lejos de ser
causa de la cosa, exige que la cosa sea causa de él en
nosotros. P or cuanto dicho ejem plar no es sino la
idea abstracta que se deriva do la percepción, la cual
por su mismo carácter abstracto sirve de tipo a to­
dos los entes que caen bajo ella, y con relación a
ella determinamos luego los diversos grados entita-
tivos de los seres concretos.
Propuesto así el problema del ejemplar cognosci­
tivo según corresponde, el argum ento de S. A n se lm o
y tudos los similares de carácter platóuico-agusti-
niano, tan comunes en los tiempos medioevales,
pierden toda su eficacia.
345. E l defecto fundamental de tales argum en­
tos está en revestir de naturaleza objetiva la natura­
leza de las cosas medidas por ellos. Y por cuanto las
perfecciones que admiten más y menas son reales en
esos grados de menos y más, concluyen que la medi­
da de éstos ha de ser tan real como las perfecciones
de los entes.
Si así fuese, la teoría del realismo puro sería la
única explicación aceptable de los universales. Lo
que se prueba de esa m anera es la verdad objetiva
del concepto abstracto en los seres concretos a que
se reEere y de dando proviene; mas de ningún modo
el valor objetivo del ejem plar ab stracto nomo real en
si mismo. Por lo tanto nada so sigue de la existen­
cia do un ejemplar, que es sujetivo, en favor de la
oxistencia objetiva del ser abstracto, y menos en
favor de la existencia concreta del Ser Supremo,
— 362 —
Obsérvese además qne el razonamiento aludido
es puram ente uq circulo vicioso. Se pretendo demos­
t r a r por la diversidad de grados eu las perfecciones,
la existencia de uu tipo absoluto de toda perfección,
que por !o mismo no se supone couocido; y al mismo
tiempo se afirma que para conocer los grados diver­
sos de perfección es m enester e9taT antes en pose­
sión del tipo absoluto que sirve do medida al más
y al menos do aquellas perfecciones.
Tenemos, pues, o que este tipo ideal que nos sir­
ve de norma para apreciar los grados e n tita tiv o sy
que los precede, no es Dios, sino la idea abstracta de
Tina, perfección determ inada, y por lo tan to los
grados de ésta uo conducen a Dios, sino a la idea; o
aquel tipo es Dios, y ea ese caso os necesario que su
conocimiento preceda al ^conocimiento de los grados
entitativ o s qae por él son conocidos, lo cual es anu­
lar la prueba que se intenta, y colocarse, por lo me­
nos, en el ontologismo.
346. S i la prueba an selm ian a. en cu au to tra n s ­
form ada en la re sp u e sta a .Gaunilón no tiene valor,
tam poco es más eficaz y considerada en su form a pri­
m itiv a , cual aparece cu el Prosologio.
Desde luego damos por supuestas las obser­
vaciones hechas al comienzo de esta exposición
para descartar equivocaciones posibles, y aun fre­
cuentes. cu la interpretación, dol consabido argu­
mento.
Lim itada, a tenor de lo dicho, la significación
del argum ento a deducir de la am plitud de la idea
en cuauto idea, hi realidad del objeto a que dicha
idea se refiere, es innegable que hay en la prueba
— 353 —
ontológica un tránsito del orden ideal al orden m í
que 110 es posible justificar. Sin duda que la idea del
ser más grande posible uo es ¡dea dol ser más g ran ­
de desde el momento e a q u e se excluya de ella toda
existencia, porque se reducida a la idea da un po­
sible contingento. Pero basta la existencia ideal co­
mo idealmente necesaria, para que dicho concepto
sea irreductible a la de un ente contingente, y sig ­
nifique por lo mismo el eute más grande que cabe
pensar, sin que por eso hallemos en tre los elementos
de tal ¡dea la existencia real.
347. S an A nselmo apoyado en el principio de
contradicción habíase propuesto sacar de la idea de
Dios la existencia de Dios; y lo que realm ente hace es
quebrantar y falsear dicho principio. En virtud del
principio de contradicción las propiedades que seenun-
cieu de un sujeto son del mismo orden que e! sujeto
de quien se enuncian. A un hombre real sería contra­
dictorio atrib u irle propiedades ideales, o viceversa
atribuir a un hombre ideal propiedades reales. El
fuego ideal, aunque se le atribuya la existencia, no
puede quemar realm ente, ni el fuego real puedo que­
mar sólo en idealidad. Es decir, que ¡as propiedades
son reales cuando el ser es real, y son ideales cuan­
do el ser es ideal, La m uguitnd del ser ideado exi­
ge propiedades ideales correspondientes; pero no pue­
de exigir nada do otro orden como complemento del
ser ideal, sin. abierta contradicción.
La idea, pnes, del ser míts grande posible, recla­
ma la existencia ideal del ser más grande; pero nada
puede necesitar de la realidad, ni nada puede darle
ésta para constituirla idea sum a; y por lo tanto de
TOMO V 23
- 354 -

la idea del Ser infinito ea absurdo deducir la existen­


cia real de lo infinito, En una palabra, la, síntesis de
un concepto no puede encerrar más que elementos
capaces de fundirse en él, o sea elementos ideales; y
nada más extraño a los elementos ideales que los ele­
m entos reales.
Si pues el análisis no puede h allar eu un concep­
to elementos que no la integran o no forman parte
de su síntesis, el análisis de la idea del ser infiuito
no puede dar más que elementos ideales de lo infi­
nito.
348. Mas se objetará; si del análisis de las ideas
no resultan sino elementos ideales, la objetividad de
nuestro conocer desaparece, porque nosotros afirm a­
mos fundados eo la idea de las cosas, no la existen­
cia ideal de ollas, sino su realidad objetiva; luego o
debemos negar la legitimidad de nuestras afirmacio­
nes respecto del mundo objetivo, o debemos recono­
cer lógico el trán sito de la idea de lo infinito a la
realidad de lo infinito, que es una simple aplicación
de nuestro hab itu al proceder cognoscitivo.
Es fácil advertir que este argum ento, a primera
v ista de algún peso, fúndase eu un equivocado con­
cepto del proceso cognoscitivo, y lleva al absurdo;
pues lo primero que pudiera deducirse de allí es la
objetividad de todas las combinaciones imaginarias
de que podemos formar ¡dea con elementos deriva­
dos del mundo objetivo, y que jam ás tuvieron ni ten ­
drán realidad.
Por otra p arte, y atrás lo dejamos notado, el
proceso cognoscitivo no nos perm ite deducir las co­
sas de las ideas, sino a la inversa, las ideas de las
— 355 ■—
cosas. De aquí que cuando atribuimos a una cosa
la objetividad por su idea, no hacemos más que de*
volver a la cosa lo que olla nos ha dado. P or el con­
trario, cuando por una idea forjada por nosotros
atribuim os objetividad a la cosa, damos a la cosa lo
que ella no tieue, y que por lo tanto no es de la
cosa sino de nosotros, o sea sujetivo y sin valor
real. En esto se fundan todas las ficciones m entales,
entre las cuales de no existir o tras pruebas que la
de S. A n s e lm o , pudiera contarse la existencia de
Dios.
No es esto decir que no tengamos ideas con valor
objetivo más que de los objetos de nuestra intuición
inmediata; si eso fuese la existencia de Dios debiera
ser objeto de visión in tu itiv a, o no se podría demos­
tra r la existencia de Dios. Lo quo decimos ea que
toda idea m ediata o inmediata con valor objetivo,
tiene su base en una percepción objetiva inmediata;
lo cual basta para que todas las deducciones lógicas
que se efectúen sobre esta percepción sean igual­
mente objetivas. Asi llegamos por ia percepción de
lo contingente a la idea del ser necesario y a la ne­
cesidad real de su existencia.
Dicho ss está, que uo fundándose en el orden
objetivo el argum ento de S. A nselmo como lo pre­
senta eu el Prosologio, no puede m edionte él llegar­
se nunca al mundo objetivo, y la idea del ser infinito
queda sujetiva sin detrimento del ser objetivo de
nuestro conocimiento.
349. Añadamos ahora qüe el razonam iento de
S. A nselmo no sólo es un sofisma ideológico por el
tránsito ilegítimo mtucionado, siuo que además toma
— 356 —

como postulado una aserción para nosotros ciertam en­


te falsa. Supone en «Fecto S. A n se lm o en su arg u ­
mento que el ser ideal es meuos que el ser real de los
seres, o que la existencia real es superior a la exis­
tencia idea,!. Y esta aserción ya discutida entre los
escolásticos, y después eatre otros que uo lo sou, no
puede probarse en modo alguno.
Lo real y lo ideal son dos extrem os que falsa­
m ente se comparan entre sí, porque no se completan,
ni so exigen. La idea uo es un elemento de la cosa
■cuando ésta existe realm ente; de lo contrario sería
necesario declararse partidario del platonismo o sus­
cribir la teoría hegeliana. Por la misma razón la
existencia real de la cosa uo puede añadirse como
complemento perfectivo a la idea, pues vendríamos a
parar a lo anterior.
Si la existencia real fuese un complemento de la
idea que se le añadiese como atrib u to , o habría que ad­
m itir en la idea una virtud evolutiva capaz de tra n s­
form arla eu realidad existente, o sería m enester re­
conocer que en la cosa hay un elemento que falta en
la idea para representar la verdad de la cosa.
No siendo lo real uua propiedad do los entes,
como por ficción imaginamos, sino el ente mismo
realizado, o sea la verdad del ser. fuente de sus pro­
piedades, lo ideal tampoco puede serlo, porque es la
negación, de lo real. Por lo mismo es imposible que
puedan legítim am ente compararse lo real y lo ideal
respecto de un mismo ente, cual si éste fuese un in­
termedio o un fondo común, que debiera aparecer en
sf ni real ni ideal, para luego recibir como atributos
entitativos lo real y lo ideal.
— 367 —

Lo ideal, pues, no es perfecto ni imperfecto*


completo ni incompleto respecto do lo real. En su
orden puede representar algo más o menos perfecto,
más o menos completo que otra forma ideal, como lo
real puede ser más o menos perfecto comparado con
otra realidad; pero jam ás añudirá nada lo ideal a lo
real, ni éste a aquél, ni por consiguiente serán com­
parables respecto de una misma cosa, sino como el
Ber y no ser, que es la exclusión radical de toda-
comparación.

EL ARGUMENTO DE S . ANSELMO EN LA ESCOLÁSTICA

350. E l argum ento ausulmiauo en su n atu ral


adaptación a las doctrinas platonizantes que con di­
versos m atices se encuentran eu la escolástica, ofrece
oscilaciones muy varias, dignas de ser tomadas en
cuenta en la investigación filosófica de la idea de la
Divinidad. No faltan ciertam ente quienes afirman que
los escolásticos fueron ajenos al pensamiento de S a n
A n s e l m o , o 1c fueron positivam ente contrarios, Una
y otra aseveración es opuesta a la verdad, según h a­
bremos de ver a continuación.
Formulando en síntesis las oscilaciones aludidas,
podemos reducir a cuatro clases los escolásticos por
su actitud respecto del argum eato de S . A n s e l m o .
1.® Escolásticos que reconocieron el argum ento
ansolmiano, y lo formulan como prueba legitim a de
la existeucia de Dios.
2.® Escolásticos que sin dem ostrar utilizarlo
como prueba, hacen uso de él siu embargo en e l
— 358 -

decurso de so exposición doctrinal de la existencia


de Dios y no lo impugnau ni desechan en parte al­
guna (1).
3 .° Escolásticos que rechazan el argumento de
S. A n se lm o .
4.° Escolásticos que no hacen mención alguna
de dicho argum ento.
351. Son partidarios ciertos del argumento de
S. A nselmo: G uillermo de A uxerre (2), R icardo d e
F ischacre (3), A lejandro de A les (4), S . B uenaven ­
tura. (6), M ateo A quasparta (6), J uan P eckham (7);
y después de S to . Tom ás, N icolAs O cham (teólogo
franciscano del s. xtn) (8); E gidio R omano (9), y
G u il l . de W are (10).
Utilizan el argum ento aunque dejando dudoso si
le dan o no fuerza de prueba: A l b e r t o M aqno (11),

(I ) S obre e l an tigu o procedim iento esc o lá stic o en 1a e x p o s i­


ción d e la s cu estion es te o ló g ic a s q ue e s n ecesario te n e r en cu en ta
para poder orien tarse en orden a conocer cual sea e l p en sam ien to
rerd ad ero de cadn te ó lo g o y ju zg a r su d octrin a, V. D b n ip lb
A ch ia fi lr L ite ra tu r-u . K irchcngescfi. d. M itid u ll. t . I.¡ j
D a b i íl s B eitrd g e u. U nterxuch. x. G esch. d. Gottesbeto. V .
tam bién D a n ie ls (d. c t ) para lo s te s to s de p artid arios y ad ver­
sarios del argu m ento a n selm ian o.
(2 ) Su.m ma, aurea, 1 .1, 4,
(3) S en ten t. 1. I, d. III.
(4) Sumrn. thc.al,, p. I, q. III, roembr. priruum.
(5) Sen ten t. 1 . 1, d. VIII, p. 1.*; y m ejor, Qucest. d isp .
Qnffist. I . a . 1.
(6 ) S en ten t. 1. I, d. III, q. 1.
(7) S en t. 1. I, d. II, q. 1.
(8 ) Sen t. 1 . 1, d. III, q. 2. Cf. D a n ie ls , ob. cit.
(9) Sen t. 1 . 1, d. III, q . 1; a. 2 .
(10) Quoestioncá tu p e r I V L i b . S en t., Qucé&X. X I V .
(I I ) S u m m a theol. p. I. tr a ct. Q I, q . 1 7 .
— 359 —

E kbiqdb de Gand ( l ) , P . de T aran t a sía (2) y Doss


Escoro (3); si bien éste se inclina a recibirlo más
que los teólogos precedentes.
Desechan el argum ento: S to . T omás de A quino
(4), y K icakdo d e M id d le to n (M e d ia v illa ) (B).
No mencionan el argum ento anselmiano ninguno
de los teólogos del siglo x n . y algunos do principios
del x iii .

352. Por lo que hace a la últim a etapa de la es­


colástica y a sus derivaciones teológicas, el argum en­
to de S . A nselmo tiene tam b ién su representación;
pero de ello habremos de ocuparnos al tra ta r de las
varia n tes teológicas d el concepto innato de Dios en
aquel periodo a que aludimos.
Mas, ¿ea qué sentido utilizan a! argumento los
escolásticos que lo usan, y qué criterio Ies sirve da
norma para a trib u irle fuerza de prueba?
¿En qué sentido lo toman los que lo impugnan?
¿Porqué tod os lo s te ó lo g o s d el s ig lo x n y a lg u n o s
del x iii gu ard an sile n c io re sp ecto d el a rg u m en to da
S. A nselmo?
He a h í tr e s cu estio n e s im p o rta n te s, com plem en­
to obligado del p u n to de que ro s ocupam os, y a las
cuales vamos a c o n te sta r b rev em en te.

(1) Saai. 1.1, rt. III; q. 1.


(2) S u tn tn ti. Q u a s t. O f d in . , t. I . a . X X I , q . 1.
(3) .Sení. 1 ,1, d. II, q. 2. V. tamhién. Reponíala P a ri -
sien ta; I, d. II, q. 3; y De Prim o Principio, c. IV.
(4) Contra Gentiles, I.-I., c. X XI; S. theoi., p. I, q. II,
o. 1; Senlent. t. I, d. III, q. I, a. 2; De Verit. q. X, a. 12;
in Boeth. De Ir in ita ie , q. I, a. 3.
(5) Sentent. I, d. III, ft. I, q. 2.
— 360 —
353. A la primera de estas cuestiones hemos de
decir:
1 .® Ninguno de los escolásticos mencionados
atribuye al argum ento de S. A nselmo carácter p st-
colóffico, o sea nadie lo presenta como mixto, y de­
rivado de la idea del ser supremo en cuanto supuesta
ya objetiva por alguna razón a p osteriori
S egún e sto , si fu ese acep tab le la opinión de los
que piensan que S . A nselm o no hizo más que fo rm u ­
la r n a a rg u m e n to p sico ló g ico , se ría m e n e ste r con­
c lu ir que ninguno de los esco lástico s que lo reprodu*
con entendió la a rg u m en tació n a n se lm ia n a .
2 .° Ninguno atiende al segundo aspecto que S a n
A nselm o da a sn prueba en la respuesta a G a ü n iló n ,
y que hemos visto es una verdadera transform ación.
En consecuencia, todos sin excepción, consideran el
argum ento anselmiano como puram ente o n to ló g ico , o
sea según la forma que presenta eu el P ro so lo g io .
3 ° E n los escolásticos no aparece el argumento
anselmiano subordinado a anos mismos principios,
ni vinculado a una teoría fija. Asi vemos que E n r i­
que d e G and, a pesar de su platonismo, y de enseñar
que Dios es primor objeto de nuestro conocimiento,
p r im u n cogn ilu m , al mencionar y ex tra c ta r el pen­
samiento de S. A nselm o, uo lo eslabona con su doc­
trin a, ai lo hace centro de sus demostraciones de la
existencia de Dios, contra lo que a primera vista
debiera suceder. Por el contrario, E sco to que está
lejos del platonismo de E . de G an d , y que no admite
que Dios sea p r im u m co g n itu m , tra ta del argumen­
to de S. A nselm o con más interés y se m uestra más
partidario de él que el filósofo mencionado.
— 361 —

3 5 4 . E n cuanto a A lberto M agno, si bien no


ajeno del todo at platonismo, nada le obligaba por
exigencia ineludible de sistem a a presentarse en acti­
tud ta n favorable a dicho argum ento, antes bien su
aristotelism o predominante pudiera llevarle a des­
echarlo positivam ente, como aconteció eu S to . T o m ís ,
su discípulo. Lu mismo, y con mayor motivo h a de
decirse de A l e j . d e A les que francamente lo acep­
ta, y no vacila eu mezclarlo con arguineutos aristo­
télicos, sin d istinguir en tre la Indole peculiar de
unos y de otrcs.
A su vez otros, como F ischacre , exponen el
argumento con criterio estrictam ente platónico,
mientras S . B uenaventura lo acepta dentro de la
teoría agustin iaaa, no de otra manera que sus discí­
pulos A quasfarta y J. Peckha.hi, los cuales sin em­
bargo, a la manera de S. B umavemtüka , no renun-
ciau a argumentar sim ultáneam ente segú n los prin­
cipios de A ristóteles .
4 .u La fuerza de prueba del argum ento de S an
A nselmo está,, para los escolásticos cu el g ra n d o r de
la idea eu sf del ser supremo, y por lo mismo en el
carácter ontológico de la argum entación, según la
forma que tiene en el Prosologio. Pero la in te rp re ta ­
ción del grandor y naturaleza de esta idea es hecha
uuas veces de conformidad con el platonismo, otras
según el aristotelism o, y en algunos casos indepen­
dientemente de éste y de aquél. P ara hacer valer el
argumento, pues, unos lo proponen dando a la idea
objetividad platónica; otros haciendo innato el ejem ­
pla r abstracto de toda idea, comenzando por la de
Dios, otros fiando a un asen tim ie n to instintivo la
— 362 —

objetividad de la idea; y otros finalmente partiendo


del supuesto de que la existencia r m l es complemen­
to in teg ran te de la idea más grande, porque la exis­
tencia id e a l lo es de las demás ideas (L).
355. A la segunda cuestión debemos respon­
der que ninguno de los que impugnan el argumento
(S to. T omás y N . de M iddleton), lo rechazan en cuan­
to ligado a sistema filosófico alguno. Lo desechan por
su carácter ontológico, y exclusivamente por eso, aun­
que en ello puedan influir las ideas filosóficas de los
que loTechazan.
T con tal criterio, impugnan que de la idea pura
de lo iefinito se sigu e la real existencia de lo infinito;
que es tomar el argum ento segiin lo presenta S. An-
sslmo en el Prosologio, olvidando la variación que
introduce al defenderse en su C ontra in ú p ie n lm ,
donde, corao hemos visto, la objetividad de la idea
aparece a p osterio ri.
Esa manera incompleta de presentar el argum en­
to anselmiano nos explica las opinioues encontradas
de críticos y teólogos sobre si S to . T omás entendió o
no entendió a S. A nselmo para combatir su argumen­
tación. Los que se atienen al texto del Prosologio ex­
clusivam ente, y declaran el argum ento ontológico.

(1) De donde re s a lta que todos modifican más o menos el ca­


rá c te r ontológico de la prueba anselm iaua, después de desatender
la modificación hecha por el mismo S . A asuluo al responder a
G a u n lló s. L a prim era modificación señalada es la de Fibcuacíb;
la segunda es In de S. Bubmavektuba; la terc e ra es la A quaspar-
t a y Peckham, que t ib i a n de la idea cuni assensa, añadiendo
esto a la doctrina del m aestro; la c u a rta es la p resupuesta en
A le j. db A le s, en E scoto, etc.
— 363 —

hallan ea S to. T omás la interpretación legitim a del


pensamiento anselmiano, y una impugnación adecúa*
da del mismo (1). Los que dan al mencionado argu­
mento el aspecto que revisto en el C on tra in s ip ie n -
tem, afirman que la prueba anselmiana es p sico ló g i­
ca o psicológico-h istó rica (2); por consiguiente no
siendo el valor objetivo de la idea deducido a p r i o r i
de la idea misma , como piensa S to. T omÁ3, es nece­
sario concluir que S to . T omás no impugna verdade­
ramente a S . A nselmo (3).

(1) Ea el c riterio común da los teólogo; y loa filósofos, esp e­


cialmente tom ista», que do suelen v e r el raZ'>unmiento de S . A n-
iblmo sino a tra v é s de S to . T omás. P di- excepción el to m ista Ro-
ííll i (Sumiu. phil. p. I II q. 24) enseña que S to. T omás do im­
pugnó el argum ento aBselmiano, no sin que de ello protesten?
otros de su escuela.
(2) Opinión sostenida especialm ente iior B eda A dlhoch,
Der Gottesbevoeis d. H A n sctm . (Pliilosoph, Jah rb u ch ,
1897), A la m ism aconclasión, annqae con diverso criterio filo­
sófico, habla llegado b á stente a ntes Boüchittr (L e R ationalia-
me chrct. a a X I e s. Pftris, 1842).
(3) Es lo qae sostiene R aghy ( L ’a rg u m e n i de S . A n sel-
»i«, P arís, 1393). Que S to , Tom ís no ente adió a S. A hsklho lo-
habíi también sostenido, con diverso intento, S a iss e t (D e c a r ia
S .A n selm . in P rosolog. a rg u m e n ti J o r tu n a . P a r 1.9, 1840.)-
Sobre el argum ento anselm iano, con v a rio c riterio , y no con
igual valor doctrinal, paeden v erse, adem ás de los cita d o sr
A. S to c íl, De a rg um ento a i oocant ontologico; E ir w iq ,
Ueb. d. o ntol. Beteeis; J a a h b e , Ueb. d . ontol. Betocis, e tc .j
Rdmze, D er ontol. GoUeíbeto. etc. seit i4n.se/ni bis a u f d.
G ejcm o.; X S rber, D a s on (ol. Argv.rn.ent.; L ib d tk e, D ie B e -
wcise f . D asein G ottes be¿ A n s. u. D escartes; Buddb, D ie
Beusetse J ü r das D asein Gattc$ o. A n s. bis au R . D e se a r-
feíj Fdzibr, L a p r e u r e ontotog. de Dieu p a r S . A n s .
{CoDgi. 4« scientf. de F rib o a rg ; S c h u ltz b , D er ontol. Go~
— 364 —
Sin duda alguna, como queda sentado, unos y
•otros, así los que hacen la prueba anselmiana pura­
m ente ontolófjica, como los que la convierten en
.puramente psicológica no presentan íntegro el pen­
samiento de S. A n s e l m o ; puesto que s il argumento
•en la evolución que se nos ofrece en sus escritos
pasa de la forma ontológica a la psicológico-bistóri-
-ca. De suerte que es imposible colocarlo eu uno de
estos extrem os, sin que de hecho se excluya el otro,
con detrim ento de la verdad.
356. Según esto lo que se ha de decir de la cri
tica de S t o . T o m á s , no es lo que sostienen los prime­
ros ni los segundos. El Aquinense se coloca en un
punto de 'vista on tológico, y por lo mismo la critica
■que hace está limitada al P ro so lo g io , omitieudo el ar-
mento como aparece en la respuesta a G a u n il ó n . Por
consiguiente sus impugnaciones no son ui absoluta-
gum eute exactas, como quiereu unos, ni absoluta­
m ente inexactas como afirman los otros, sitio simple­
m ente in co m p iela s. Tan sólo responden, eu los pun­
to s en que reproduce el Apiánense el concepto ansel-
:miano, a la imposibilidad de concluir 'la existencia
real de Dios, de su simple idea.

Uesbeto., etc ; sin conl&r las referencias al arg u m en to dicho en


o b ras de c arácter general.
(1) «U trum Deus sit pi-imum quod a m ente cosnoscitor.»
E n el Videtur pone como dificultad eu la cuestión: «Neo potest
D eus cogicari nones.iü, ut Alisal mus dicit; erg o Dona est. pi iruutn
4]uod a nobiseoguoscitar.» Y eti el Sed contra rem onde: «Ad
.t[d sextum diceodam quod Deum esse quantum est in est per
se notum; quia sua esse n ti n est sunm esse; et hoc mu io loquitur
.Anselm as; D on autem uobis qui e ju s e m u tia m non videmus.»
.(In l, B oelh. 1. c.)
— 365 —
Decimos «en los p u n to s en que reproduce el con­
cepto anselm iano», p o rq u e son de te n e r e n cuenta;
acerca de la c rític a de S to . T omás en la m a te ria
las observaciones s ig u ie n tes:
1.* S to . Tomás que alude al a rg u m e n to de S a jt
A n s e l m o en cinco de su s obras, en n in g u n a de ella&
pi'opoue ríe una m anera d ire c ta y c ateg ó rica la p ru e ­
ba de S . A nselm o, ni su crític a , como hace con
o tras opiniones.
Los lugares aludidos son: l n l i b . B o eth ii de T r i-
nilale R xpoxitio, q. I. a. I I I . —S en le n t., 1. I. dist.
III. q. I. a. I I.— S u m . c. G entes, 1 .1. c. X . y S I . De
Vei'ilalc, q. X a. X II.— S u m . Theol. p. q. II. a. I .
2.® No todos estos lugares tienen igual valor
pira probar la actidud de S to. T omás respecto del
arg. de S . A nselmo, ni en ellos se expresa fielmente
el texto de la doctrina anselmiana, sino que más
bien aludo S to , T omás al pensamiento fundamental
de S . A nselmo (siempre desdo el punto de v ista
incompleto ontológico), con diversas aplicaciones e
intentos diversos.
Así en la Exposición de B oecio (1. cit), no toca
directamente la cuestión de la existencia de Dios,,
sino del p rim u m c o g n iiim ; y enseña que S. A nsel ­
mo tío habla de que Dios sea p e r se notu m q u o a d n o sr
sino quoad se (1). Debemos ad v ertir que ni S. A n ­
selmo hacc ni podía hacer tal aplicación de su doc­
trina de la idea Dios al n o tu m q u o a d se y no
quoad nos, ni de sil doctrina se sigue que Dios sea
el primer objeto del conocimiento, «primum quod a
nobis coguoscitur,» como quiere y afirma en dicho lu­
gar S to. T omás. Si así fuese todos los que reproducen
— 366 —
«1 argum ento de S. A n se l m o estarían dentro del onto­
logismo, y serían superñuas las demás pruebas que
con S. A n se l m o esos mismos aducen. Según eso
tampoco habría verdad alguna evidente que no fuese
prim er objeto del entendim iento, aunque resultase
de una deducción. E sto sólo bastarla además para
que Dios no fuese el p r im u m cognitu m quoad nos,
sino un cognoscible en tre otros innumerables.
357. Eu el C om entario a la s Sentencias (1. c.),
y cuestión: «Utrum Deum c s se s it per se notum», se
propone esta dificultad: «Illud est per se notum
quod non potest co g itan non esse; sed Deus non
potest cogitari non esse; ergo ipsum esse per se est
notum .» He aquí la prueba de la menor por S. An­
s e l m o : «Probatio mediae est per Anselmum diceu-

tem : Deus est quo majus cogitari non potest. Sed


illud quod non p o test cogitari non esse e s t majus
eo quod potest cogitari non esse; ergo Deus non
potest [cogitari non esse...» Responde S t o . To­
m á s distinguiendo con el notum quoad se y quoad

nos, y luego ¡i Ja objeción propuesta añade: «Ai


quartum dicendum quod ratio Anselmi ita intelligen-
da est: quod postquam intelligim us Deum, non
p otest intclligi quod sit D eus, e t possit cogitari non
flsse; sed tam en es hoc non sequitur quod aliquis non
possit negare vel cogitare Deum non esse; potest
enim cogitare nihil hujusmodi esse quo majus cogi­
t a n non possit; e t ideo ratio sua procedit ex hac su-
ppositione, quod supponatur aliquid esse quo majus
cogitari non potest.»
Acerca de este texto hay que notar: a) que el
Aquinense. interpretando aquí las mismas palabras
— 367 —

de S. A nselmo q u e en la E xpos. de B oecio (non po ­


test Deus c o g ita ri non esse}, le s da d iv er sa s ig n ific a ­
ción. y no h a lla en S. A nselmo el notum quo a d .se
tle que a lli h abla.
b) Que todo lo que dice S to . T omas en su res­
puesta ]o concede S . A nselmo , a saber: que sólo des­
pués de entender lo que sea Dios no puede pensarse
que no exista; que esto supone probado que hay algo
infinito mayor que lo cual nada se puede pensar, y
que el atoo antes de ver la demostración o por no
querer verla, puede negar y niega la existencia de
Dios. El capítalo 4." del Prosologio está destinado
justam ente a m o s tra r esto últim o, y se titu la «Quo-
inodo insipiens, dix.it in corde suo quod cogitari non
potest.»
c) Que las palabras en que apoya Sto. T omAs la
dificultad citada son del cap. 3.° del Prosol., y en el
cap. 2 .° es donde intenta probar S. A nselmo que hay
un ente mayor que el cual nada se puede pensar; y
donde por consiguiente responde a lo que supone en
el cap. a.® , llenando así la condición que pide S anto
T omas.
Por todo ello, Ja crítica de S to . T omas en este
lugar no es eficaz para d estru ir el arg. anselmiano,
ni para expresar el pensamiento del Aqttinense re s­
pecto de él.
358. E u la S w m . c. Gentes ( 1. c.). S to. T omas,
sin nombrar a S. A nselmo , alude indudablemente a
su doctrina y la desecha, haciendo ver que lo más
grande que cabe pensar puede ex istir idealm ente, sin
que exija la existencia real, y estableciendo que la
definición de nna cosa y la cosa definida han de t e ­
— 368 —
ner el mismo alcance; por eso de que se conciba en
l n mente la idea de Dios d o se sigue más que la exis-
tencia de Dios en el entendim iento. «E s hoc antera
quod mente concipitur quod profertur hoc nomi­
ne Deus, non sequitnr Deum esse n ist in inte-
llectii.»
E u los lu g a re s m encionados (1. I. c. X y XI) el
pensam iento de S to . T omas es m anifiesto, y la im­
pugnación leg ítim a . Sin em bargo el in te n to de S an­
to T omas no responde al in te n to de S. A nselmo;
porque lo que allí se propone S to . T omas es probar
que la e x isten c ia de Dios no nos es p e r se ñola; cosa
que en nin g u n a p a rte enseña S. A nselmo y que
tam poco se signe n ecesariam en te de su d o c trin a . El
p unto do v istn , pues, en que se coloca S to. T omas es
p eculiar suyo y no de S . A nselmo, au n q u e le sirva
de ocasión para co m b atir el fundam ento en que éste
apoya su dem ostración de Prosologio.
359. S to. Tomas fíe V eritate (1. c.) vuelve
meucionar a S . A n selm o . L a cuestión que se propoue
es: «Utrum Deum esse sit per so notum,» y acerca de
ella presenta tres opiniones. Una la de Máimónides,
que la existencia de Dios es conocida por la fe; Ja
segunda de A vickm a, que Dios «oon est per se notum
sed per demonstrationem scitum»; la tercera es la de
S . A n selm o , que o p in a «quod Deum sit per se uo-
tura, in tantnm u t nullus cogitari possit iuteriiis
Deum non csse». S to . Tomas desecha la primera de
estas opiniones y reconoce en parte verdaderas las
otras dos (duarum opinionum sequentium utraquo
secuudum ttliquid vera est). T al efecto distiugue,
para rectificar la que él llama opinión de S. A nselm o,
— 369 —
entre el notum quoad se y no tu m quoad nos, como
en otros lugares
En este pasaje Sto. T omás mejor qué cuidarse de
la verdadera doctrina de S. A sselmo , cuidasedé cla­
sificar opiniones extrem adas y oponer unas a otras,
para luego sentar como término medio su opinión.
S. A sselmo c s , pues, traído aquí de uaa manera in­
directa, y partiendo siempre de lo que éste no dijo
respecto de ser Dios p e r se notum , que excluiría to ­
da suerte de pruebas. Limitado, pues, S to . T omás a
sostener que Dios no es per se notum para nosotros,
dicho se está que el mencionado lugar del Aquinense
uo prueba contra la demostración auselmia.ua.
360. En la Su m m a Theol. finalmente (i. c.)
S to. T omás reproduce subsUiucialmeute lo que acer­
ca del razonamiento anselmiano había escrito en la
Siim. c. G en t.: «Ad secuudum. escribe, dicendum
quod forte illo qui audit hoc uoinen D eus non intclli-
g'it significan aliquid quo majus cogitari non possit,
cuín quidam credideriut Deum esse corpus. Dato
autein quod quilibet iu tellig at hoc nomine D e u s sig­
nifican líoc quod dicitur, scilicet id quo majus cogi­
tari non p otest, non tmneu propter hoc sequitur
quod in telligat id quod signiñeatur per nomen esso
in reviiui natura sed in rtppehensioue infccllcctus tr.n-
tnm. Nec potest argui qnod sit in re aliquid quo ma-
jns cogitari non potest; quod non est daüuin a.
pouentibus Deum non esse.»
En este pasaje, siu citar a S. A n s e l m o , está
señalado el defecto capital de su argum ento en la
forma onloiógica, única, como hemos dicho, que
S to . T omás ha advertido. Supone, sin embargo, en
TOMO V 24
— 370 —
las primeras palabras algo que no puede atribuírselo
a S. A n selm o , pues éste concede también que lmy
quien por ol nombre Días uo entiende el ente más
grande que se puede pensar; y 110 sólo lo concede
sino que eso es lo que m otiva el iirgümeu^o que pro­
pone.
361. Resulta do lo expuesto que si no es exacto
que todos los pasajes que se citan son otras tan tas re­
futaciones legitim as del razonamiento asiseltniauo,
tampoco'es verdad que en ninguno de ellos se formule
verdadera impugnación del mismo. En la snma c. g.
y en la Suma Teol. está expreso el criterio de S to.
T omás y bien indicada la rizón de la ilegitimidad del
arg. del Prosnlngio, siquiera expresamente no se
dirija el Aqn iliense contra di clin argumentación.
Pero es m enester recordar que S . A ss e i ,mo no
hubiera admitido como legítimos los razonamientos
de S to . T omás ; pues siendo la posición de éste idén­
tica a la de Gaum lón, hubiera desechado la crítica
tom ista coii’.o desecha la del monje do Marmóutiers.
S . A nselmo cambiando de actitu d , tal vez evolucio­
nando sobre su mismo pensamiento, en la réplica
C ontra in sipitm lcm , dejaba sin efecto toda im­
pugnación desde el punto de v ista mitológico; que
asf no puede menos de ser parcial e incompleta lo
mismo en S to . T omás que en todos los escolásticos
que juzgan el argum ento de igual manera.
362. La tercera y últim a de las cuestiones pro­
puestas sobro el silencio respecto del argumento ati-
selmiano en el s. x n y p arte del xm ha sido objeto de
explicaciones diversas. P ara los que apenas hallaban
entre los escolásticos quien hubiese aceptado ni toma­
- 371 —

do en consideración la prueba de S. A nselmo , cosa


frecuente h asta no La mnclio, nada especial podía
significar el silencio aludido, más que una confirma­
ción de 3a falta de importancia que tuvo el a rg u ­
mento en los tiempos medioevales. Pero demostrado
lo opuesto, por la indudable circulación de la doc­
trin a del Prosologio en los mejores tiempos de la
fiscoláslica, el asunto cambia de aspecto, y es nece­
sario explicar a que obedece su aceptación en unos
y sn no aceptación en otros, dent.ro de una época en
que el espíritu científico y las generales tendencias
son análogas.
Al estudiar este punto dos interpretaciones.se
presentan. Una que sostiene haber sido admitido el
argumento aun por los que no lo citan, pero que
enseñau doctrinas compatibles y análogas a las que
supone el argum ento anselmiano. O tra que no des­
cubre en tales analogías motivos capaces de expli­
car la conformidad y silencio a la vez respecto del
argum ento de S. A n s e l m o , concluyendo que los que
110 hablan de la prueba anselmiana, no pensaron nun­
ca adm itirla.
363. L a p rim era de e sta s in te rp re ta c io n e s es la
adm itida por B gda A dlhoch ; la seg u n d a nos la ofrece
Otto P asciien (1), y es la que en cu e n tra más s e g u i­
dores. P e ro , como lo a d v irtió bien D aniels (2 ), con
cuyo c rite rio estam o s conform es, a si los que tr a d u ­
cen el silencio por un c o n sen tim ien to tá c ito (o m ejor

(1) ÁDLBOcn, Ph'doeoph. Jharb., c it.; y pAsciierr Dar


Qnlolog. Gottr.sbew. ia d. Scholasiik.
(2) Ob. c .. seccióu 2 .a
— 372 —

im plícito, incluido en ciertas analogías doctrinales),


como los que lo convierten en tácita reprobación,
suponen uua cosa que ni unos ni otros prueban, o
más bien diremos, que es positivam ente inaceptable.
Suponen, eu efecto, que el Prosologio de S. A nsel ­
mo fué conocido por los escritores que no lo mencio­
nan y omiten su argum ento acerca de la existencia
de Dios.
Ahora bien, es indudable que S. A nselmo , por
su ciencia, por su santidad, y como Abad de Bec,
adquirió gran prestigio dentro de la OrdeD, h asta el
punto de que sus manuscritos eran copiados, a veces
sin él saberlo, antes de que estuviesen terminados y
completos. Así lo declara el mismo S. A nselmo (1),
y "varias de sus cartas dan testim onio del interés
con que eran solicitadas sus obras por otros monas­
terios.
3 64. Mas fuera de la Orden, aunque respetado
el nombro de S. A sseljio , su s escritos no eran ni tan
•solicitados ní tan leídos. Lo pesado de la transcrip­
ción, cuando se tratab a de muchas obras y de mu­
chas copias, de lo cual después de la invención de la
im prenta apenas queda idea, las dificultades mate­
riales de las comunicaciones, el mismo recelo funda­
do en diversos motivos coa que los autores veían se

(1) En el p re f. al Car D eus Homo dice que nlgunos, igno­


rándolo él, copinbiiu las prim eras p a rte s del libro; «n.nteqn¡tm
perfectum c t cxquisituin esset, prim as p a rte s ejus, mo nesciente,
sibi tra n se n betamc». Cosa análoga declara en el prólogo D ‘i
V ertía te: «Licet ¡taque o quibusdn.ni festinnatibus alio orcliiic
s in t conscriptl, autequam peifccti easeut, sic taraeu e o f, u t liic
p osai, ro lo Drdiimri».
— 373 —

hiciesen copias de sus libros, al cual recelo no es


ajeno S. A n selm o (en su carta al Ahad Eeiaald h a ­
llando del M onologio, dice que de ninguna manera,
—nequnquam— le enviaría copia si Je fuese posible
desobedecer a su voluntad); todo ello era motivo
harto suficiente para que fuese tardía la difusión de
libros nuevos y difícil su adquisición.
L as obras de S . A n selm o no p odían c o n stitu ir
una ex cep ció n ; y p ru eb a de e sto es quo su s c o n te m ­
p orán eos, y lo s su c e s o r e s in m ed ia to s gu ard an s ile n ­
cio, no y a so b re e l a rg u m en to de P r o so lo g io , s in o ,:
sobre la d o ctrin a g e n e r a l filosófica y te o ló g ic a de
S . A n selm o . N i el céleb re s en ten cia r io K ola n d o
B o n d in e lli ¡R ola n d u s B ononiensis, A lejan d ro III)
con lo s dem ás de la escuela a b a la rd ia n a , n i H ügo de
S . V íc t o r con lo s s u y o s , ni los j e fe s de la escuela
leológijo-m íslica q u e por ig u a l ép oca com ien za a
figurar, n i fin a lm en te P e d r o L om bardo, que vin o a
ser ce n tr o de la escuela m edia, dan m u estra s d e
haber con o cid o la s obras d e S . A n se l m o , y m ejor
diríam os dan m u estra s p o sitiv a s de q ue no las co n o ­
cieron, eu to d o s lo s ca so s en q u e no era p o sib le o m i­
tie se n p u n to s de v is t a te o ló g ic o s q u e S . A wselm o
trata y e x p o n e m ejor que e llo s .
365 . De aquí se sigue que o se debe afirmar que
todos los que no hablan de la doctrina anselmiana la
rechazaron totalm ente, lo cual es un absurdo, o que
el argum ento del silencio no prueba otra cosa que el
desconocimiento de los escritos de S. A n s e l m o en
quienes no mencionan la prueba anselmiana,
Añádase a lo expuesto que S. A n s e l m o no fnndó
ni intentó fundar escuela alguna; y es cosa bien s a ­
— 374 ~

b id a que el m ed io m ás eficaz de ad qu irir uofcoriedacf


e u tod o tie m p o , pero esp ecia lm en te eu In Edad m e ­
d ia , era form ar d is c íp u lo s , y en tr a r en las c o n tro ­
v e r sia s con b and era propia.
Por último, debe advertirse que es muy escaso
el número de m anuscritos de las obras de S. A n s e l ­
m o mencionados por los Catálogos del siglo x n cuando

se toma en cuenta, sobre todo, la significación que


sus escritos alcanzaron después. De los 75 catálogos
bibliográficos del s. xii.no llegan a inedia docena, se-
igún datos fidedignos, los que, seüalau el Prosologio
como libro (le las respectivas bibliotecas en toda E u ­
ropa. aunque haya que descontar algunos que hablan
eu general de las obras de S. A n s e l m o .
Todo esto indica lo que se ha de pensar del silen­
cio de los escritores del siglo x n y principios del si­
guiente tratándose de las obras de S . A nselmo^ del
argum ento anselmiano sobre la existencia de Dios (1).

EL ARGUMENTO DE S . ANSELMO FUERA D E L A ESCOLÁSTICA

366 . A l hablar d el argu m en to an selm iu n o fu e r a


de la escolástica, n os re fe rim o s a los filósofos p o ste ­
rio res que siu p rofesar los p rin cip ios e sc o lá stic o s ,
reprodu cen en una u otra form a, el a rg u m en to de
S. A n selm o .

(I) No m encionan eu el s. xm el a rg . anselm iano en s u s


Com entarios a la s Sentencias: P jiepo sitin o , P edro s e C a p u a ,
S imón de T ü h ha y , F e l ip e de G iie v k , M ugiste? B . de Lang,
H uno d e y . C aro , U lrico de S trasbdrqo , y dos m anuscritos m ás
d e au to res inciertos.-(V . D a n ie l s , i. e.).
— 375 —
. 367. Mas antes, habremos de notar que el razo­
namiento clfil doctor de Bec; tiene un se m ejana t-¡i la.
filosofía arábiga informada por las doctrinas pin.io­
nizantes, a que uo era ajeno S. A nselmo , como sa­
bemos. En efecto, A viciüna partiendo tic que el coa­
cepto del ser necesario se diferencia del ser posible
en clítica el primero es de esencia el existir, mien­
tras en el segundo es de esencia el tener causa que ha-
ya d a darle la existencia, expone la misma idea del
argumento ausulraúmo, coya sín tesis puede formu­
larse asi: El ser necesario no es tal, sino porque le es-*
esencial la existencia; mas el concepto de Dios por su -
definición misma, es ei concc-ptu do SBr necesario; lue­
go ci; ol concepto do ser necesario se :incluye la ,e x is­
tencia de Dios. Y es que el ser sobrevieu&a toctó ente
menos al ser eu cuyo concepso en tra necesariamente
el existir. Esse accid il ninni cnli, praslerquam in ne-
cimsc é$se. (Avie. M etapk., ]. V ., ir. 6). Debe tenerse
en cuenta que para Avie una, como más adelante dire­
mos, la existen cia es toda la esencia del ser primero;
y por lo tan to la idea de Dios, o no expresa nada, o
significa lo existente. Dicho se está que la analogía del
argumento con el de S. A nselmo , lleva también la ana­
logía de su deficiencia y parte vulnerable. Pero m ere­
ce ser notada la semejanza de razonamiento entre dos
escritores ajenos en absoluto a toda mutua influencia;
tanto n ú s cuauto nadie que sepamos reparó en ello.
Como S. A n selm o transform a su argum ento, y
acaba por darle baso a p o sterio ri, tam bién A v icen a
parece transform arlo, cuando luego arguyo sobre la
indiferencia de lo posible a ex istir, para probar lo
existente por naturaleza.
— 376 —
368, Viniendo ahora a los continuadores del
pensamiento anselmiano, veamos las modalidades con
que se ofrece en éstos, expresión de o tras tantas
variantes ideológicas:
1.° La de D esc abtes , que puede considerarso
en dos aspectos, porque de dos maneras prueba la
existencia de D ios; en ambas se refleja la iuflueu-
cia de 3. A nselmo que D escabtes leyó y estudió,
aunque no lo menciona en p arte alguna.
La primera de estas pruebas redúcese a lo si­
guiente (1): Tenemos en nuestro espíritu la idea de
lo infinito, la cual por lo mismo está sobre toda r e ­
presentación finita, y no puede derivarse de los se­
res que nos rodean, poique no la contienen; luego
la idea de Dios es iuuata eu nosotros, y no puede
tener otro origen que el ser mismo que ella nos re­
presenta. De esta suerte la idea de Dios prueba la
existencia de Dios como su causa necesaria.
E u este argumento desaparece el carácter a prio­
ri de In prueba anselmiana, y en vez de apoyarse,
como ésta, en el principio de uoutradicicn, se apoya
en el principio de causalidad, que es la base común
de las pruebas ordinarias de la existencia de Dios,
Lo único que pone D escartes de nuevo es que deba
ser innata la idea do lo infinito, porque nada hay in­
finito cu las ideas que adquirimos. Pero se advierte
sin dificultad que esto uo es razouaraiento admisi­
ble. Lo que eso prueba es que la idea de lo iufinito
no es directa ni resultado de intuición en la n a tu ra ­
leza; mas de ningún modo prueba como sería menes-

(1) Módit. 5.* ; j Princip. d e phil. I p.


— 377 —
ter probase, que mediante la naturaleza no podamos
formarla, de uua manera análoga a otras muchas
ideas, cuyo objeto no se uos ofrece directam ente en
el ordou de las percepciones.
Además de esto, para probar la existencia de
Dios por la idea de lo infinito, no basta tener la idea
de lo infinito, si a ella uo corresponde una realidad
objetiva; y esto valor objetivo en la idea de lo infi­
nito no lo prueba, sino que lo supone D escartes ; lo
cual equivale a suponer lo primero que se ha de de -
mostrar.
Para sostener que la idea de lo infinito tiene eu
Dios su verdadera causa, seria necesario saber que
a ella responde una realidad, o que es verdadera
idea objetiva; y esto es lo que hay que probar;
porque podemos representarnos m últiples concep­
tos de realidad que distan inmensamente de pasar
del orden ideal y mucho más de ser conceptos inna­
tos impresos en el alma por Dios. Podemos, pues,
formular el siguiente dilema: o D escartes supoue la
intuición de lo infinito, y entonces está de sobra su
demostración, o no la supone, y en ese caso nada
prueba su argum ento.
Añádase según lo atrás notado, que la idea de
lo infinito no es sinónimo de la idea de Dios; ni la
idea de Dios puede ser en nosotros infiuita más que
eu cuanto cabe lo infinito en una inteligencia finita.
Lo primero hacc ilógico deducir de la idea de lo infi­
nito la idea de Dios; lo segundo hace perfectam ente
inútil la existencia de una idea inn ata, que no puede
exceder eu perfección a las ¡deas adquiridas por la
limitación del entendimiento a que ha de ajustarse.
— 378 —
369. La segunda prueba formulada por D escar ­
tes aproxímase más a la forma ontológica (lcl razona­
miento anselmiano.
Lo que conocemos, dice, clara y distintam ente
pertenecer a l a naturaleza o esencia de una cosa,
puede ser afirmado con verdad de esta cosa; mas
«después de investigar cuidadosamente lo que es
Dios» concebimos clara y distintam ente que le co­
rresponde la existencia; luego podemos afirmar con
verdad que Dios existe (1).
No se sabe lo que D k s c a r t e s significa cou «la
investigación cuidadosa de lo qjie es Dios». Si esto
expresa un análisis de elementos preconcebidos y
anteriores a la idea pura de Dios, en ese caso la
pretendida demostración desaparece en cuanto fun­
dada en la idea, y redúcese a un argum ento a poste­
riori. Si tío siguifica nada de eso, todo lo que pue­
de convenir a la idea de Dios queda en el orden
ideal, o de otra suerte lo que se predica de la idea
no le pertenece como tal idea, y por consiguiente le
es totalm ente ajeno, y no conduce al intento. Si,
pues, en la idea de Dios se halla la existencia de
Dios, ha de ser eu el mismo orden de la idea, o como
existencia ideal necesaria en un ser idealmente ne­
cesario; lo cual dista inmensamente de demostrar
que Dios existe.
A dviértase que la proposición de D e s c a r t e s : L o
que se contiene cu la idea c la ra de u n a cosa, h
pertenece; con la cual tra ta de probar la existencia
de Dios, no es verdadera, según el mismo declara.

(1) Princips. do phil. I. p.¡ y Múdit. 5


— 379 —
sino en cuauto supone la veracidad divina. De don­
de resulta que para dem ostrar aquella proposición
recurre a la existencia de Dios, y luego para pro­
bar la existencia de Dios recurre a la proposición,
que ya supone dem ostrada la existencia divina y
conocida la veracidad de Dios.
2 .“ La adaptación de H á le b r a n c h e (1). Propo­
ne M a le b r a n c h e el argnníento anselmiano según la?
fórmula de D e s c a r t e s que acabamos de ver, de quien
la toma y a quien cita. M aleb h ak ch b insiste sobre
todo ea la distincióu entro la existencia posible y In
existencia necesaria, y se esfuerza en hacer ver que
aunque el argum ento incluyo un trán sito de lo ideal a
lo real si se tra ta de seres contingentes, tratándose-
del ente primero uo se da ese tránsito', porque su
posibilidad y su realidad son una mism*i cosa.
370. Supone el razonamiento de M alebbasche
que entre lo posible, que equivale a potencia c o n tin ­
gente de ser real, y lo real no posible con ese género
de potencia, no se da medio. Si así fuese, todo lo que
es posible y no está en p otencia, como no puede
estarlo el eute necesario, existirin realm ente.
Mas entre el ser en acto y el ser en potencia,
queda c! ser idea lm en te en acto, que no es lo uno-
ni lo otro, y puede ser una ficción mental a la que
no responda realidad. P or consiguiente, del argu­
mento propuesto lo único que se sigue es, que si
Dios no existe en acto, no puede existir ni existirá,
nunca, mas uo se sigue lo opuesto, o sea que si no
puede existir en potencia, ha de existir necesaria -

(1) De la rcchci'che de la Venté, 1. IV, cli. XI.


- 380 -
m en te, y fu era de la idea en a cto , como y a hem os
v is t o al referirn os a S. A nselmo .
3." L a modificación de L eib n iz (1). L eibn iz que
seüaló ol origen anselmiano del argumento de D es­
c a rtes , lo aceptó primero ta l como éste lo había
propuesto; pero no tardó en dudar de su eficacia, y
propuso una corrección con la cual juzgaba que el
argum ento resultaba de una exactitud matemática.
L a corrección consiste en p artir de la idea de Dios
como posible, esto es, en cuanto excluye toda con­
tradición de su concepto. La ausencia de toda con­
tradicción en el concepto de la Divinidad lmce, según
L e ib n iz , no sólo que Dios pueda ser, sino también
que no pueda no ser; porque de otra suerte era me­
nester o que algo obstase a su realidad, o que uo ex­
cluyese toda con tradición.
371. La escuela -wolfiana al adoptar el argumen­
to , lo propone de una manera análoga: L a esencia di­
vina, si es posible, incluye necesariamente la exis­
tencia; es así que la esencia divina es posible, porque
ella excluye toda contradicióu; luego la esencia divi­
na tiene existencia, o Dios existe.
En el fondo ol argum ento leibniziano no se dife­
rencia del de M alebr anc he , porque am bos se apoyan
sobre el concepto de pasible; la diferencia está, en
■que en uno se intenta llegar a la existencia del ser di­
vino en cuanto ser necesario, y en el otro en cuanto
ser a cuya existencia n a d a obsta n i p u ed e obslar.
L a equivocación fundam ental, pues, es la misma.
-Consiste en suponer que un Dios posible (cuya exis-

(1) Traitó de l’ exist. de üieu, II p.


— 381 -
tencia no repugua) es necesariamente real, porque da
lo contrario sería un Dios posible con la posibilidad
do pura poten cia, como los seres contingentes. I»
cual es absurdo. Pero como liemos visto, la a lte rn a ti­
va es absolutamente g ra tu ita y falsa. Lo id ea lm en te
concebido puede ten er una existencia id ea l tan nece­
saria y tan eterna idealmente como el ser de quien
se predica; y esta existencia ideal basta para que el
ser así concebido ni tenga realidad, ni esté tampoco
en potencia, sino qae es simplemente toda la pleni­
tud del ser, sin limitación alguna en el orden en que
se concibe.
A la existencia real de Dios no se llega eu mane­
ra alguna por el tipo ideal de Dios, si antes no se le
da a esta idea mi fundamento en la realidad. E l mis­
mo L eiu m z , que tan poseído aparece del valor de sil
demostración, acaba por fundam entar la, p o s ib ilid a d
de Dios en un argum ento de c a u sa lid a d , cuando es­
cribe: «Si el ser a se no existe, todos los demás s e ­
res sou tam bién imposibles, puesco que ellos no exis­
ten sino en virtu d del ser a se». Es este el argum en­
to común de la contingencia de los seres finitos.
A lo diclio hay que añadir lo que ya dejamos sen­
tado en las observaciones preliminares acerca del
argumento ontológico. E l p o stu la d o de la posibilidad
intrínseca de Dios como cognoscible a priori por nues­
tro eutendi miento, es falso; y por consiguiente no
cabe deducir en ninguna hipótesis la existencia de
Dios de lapuTa posibilidad de que se tra ta .
4.° La interpretación de F neelóh , (L). E s la

(!) T r a it. de l'c x is t. de D icu, p. 2 . ch. 2.


- 382 —
misma de D e s c a r t e s ; pero F k n e i ,ón hace resaltar es-
pecirtlmcuto el valor objetivo í c la ido:i dsD ios, has­
ta decir que «es Dios misino, infinita verdad, que se
m uestra i ¡un cd i.i taracú te a u esotros», lo en al más que
una aceptación del argum ento ortológico es suscribir
la tesis ouEologista fie la visión de Dios. Y sin em­
bargo, al desenvolverla prueba anselmiana, F e s e l ó s .
-echa en olvido su doctrina iutnicionista, y viene por
una con tradición manifiesta, a apoyar sa argumento
en una razón a pnslcrin ri, en la razón de c a u sa lid a d » .
«Es inevitable dice, o que todo sea necesario, o que
un solo Ser necesario haya producido todos los de­
más; en una y otra hipótesis es igualm ente verda­
dero que no se puede prescindir de un ser necesario.
Yo concibo este Ser y su necesidad» (1). Tal razona­
miento lejos de serv ir para robustecer el argumento
ontológico, Jo echa por tierra, y lo inutiliza.
5 .° La interpretación de H e g e l (‘2). E ste, como
S p i n o z a , acomoda el argum ento auselmiano a su teo­
ría , y lo encuentra legitim o, a condición de quo se
m antenga la indistinción en tre lo real y la idea, y de
que no se contraponga lo infinito del ser de la idea do
Dios, a las formas de lo finito, sino que todo se tome
como determinaciones de Ja Idea, en los diversos mo­
mentos de su evolución. Dado osto, el argum ento de
S . A n se l m o le parece a H e g e l irreprochable, y «las
objeciones que se formulan contra la prueba ontoló-
gica y la noción del ser perfecto, no tienen valor al­
guno».

(1) T ra it. e tc . 1. c.
(2) L ógica, III p.
-3 8 3 -

372. Y es que así como K ant uegando que los


jucios de la razón pura tu vie sen pa ra no sotra s va lor
objetivo, rechaza el argum ento anselm i'an o(l), H egel
h;ii‘io!nlo ni pensamiento ¡turo fuente do toda objetívi-
no puede menos tlí ace ptarlo , considerándolo
como una manifestación n a tu r a l del movimiento d i a ­
léctico e n t r e lo finito y lo infinito.
Dich:) se e stá , que aquí el a rg um e n to de S. A n-
sluio no significa nada en realidad, siu la teoría. E s
la teoría la que hace t e n g a a lg ú n sen ti do en ella el
argumento de S. A nselmo, media nte una t r a n s f o r ­
mación radical. P o r q u e no es necesario ha ce r n o ta r
que S. A nselmo dista inm ens am ente de identificar el
orden ideal y el orden real., cuya identificación es la
base del proceso diálectico-ontológico del s is te m a de
H eqel (’2 ).
().u L as in te rpretacione s psíquicas y psíquico-
histó ricas. En todas ellas la ulsa del Se r íuás gra n d e
posible adqu ie re valor objetivo media nte una pe r­
cepción a n te r io r , ajena a la idea eu si, y por lo m is ­
mo el a r g u m e n to anselmiauo deja de s e r a pr io ri .
Eu este g ru p o se comprenden: a ) las exposiciones
dcsl ontologismo puro , que reconocen eu la idea de

;i) Ed la C rítica da la r a ró n p u ra II p. im pugna K a n t


el valor ubjeüvo ilul u rg . ontológico. Pero lo que es m ás, singu­
lar, el mismo lince depender do ó! el valor de la p rueba cosmoló­
gica; cou lo cual ésta os en la doctrina kítiitiaun. tan ineficaz como
1a prim era.
(2) Análoga a la interpretación hegeliana riel ftrg. de S. A n­
selmo, es la do B iu .ro tii (D iss. de A n s . C ant. P rosoiogio et
Monologio, la de B o u c u ittb (L e ra tio n a lism e chret, a u
■íVe. s ., y aun la de K le b be su Gesch, d. D ogm .)
- 384 —
Dios eu cuanto percibida en E l, la objetividad misma
de Dios; bj la de los ontologistas moderados y sen­
tim entalistas que sin adm itir el argum ento ansel-
rniano en su forma lógica, lo aceptan en cuanto ex­
presión real del movimiento de lo finito hacia lo infi­
nito; el la interpretación, mi fin, de los que piensan
que S, A n se lm o parte de la idea de Dios en cuanto
patrimonio común de la humanidad, y como tal coi;
significación objetiva, a la numera de las demás ideas
que poseemos.
No es menester repitamos aqnf que todas estas
explicaciones del argum ento anselmiano, son verda­
deras adaptaciones, ajenas a la m éate de S. Ansiíl-
mo. Eu ellas pierde su importancia el razonamiento
fiel Proxnioi/ia, que es donde ofrece originalidad, co­
mo liemos visto; sin contar que el hecho de subordi­
narlo a determ inadas teorías ideológicas hace resulte
argum ento Un insostenible como son los conceptos
que le sirven de base.
373. O tra modificación so ha propuesto para ha­
cer valer el argum ento anselmiano, que tuvo pocos se­
guidores (1). Consiste eu hacer depender el valor de
la prueba oiitológica del concepto de independencia
que corresponde al ente primero. El razonamiento
procede eu esta .forma: el ente supremo o existe o no
existe; si no existe es necesario que haya una causa
por la cual no existe; y esta cansa o está en el mismo
ente supremo, o Fuera de él. En et ente supremo uo

(1) Fuó s e r .a ia d a cu el s. xvm por Moisés M iíkuelsíeaí;, ni


uim d is e it. D e cctdeiicia, [jui lu
p re m ia d a A u id , de B erlín
en 1 7 0 3 .
- 385 —
puede e s t a r , porque un s e r de a b so lu ta in d ep en d en cia
no p uede h a lla r se s u je to a im p osib ilid ad algu n a; n i
tam poco puede d ich a can sa h a lla r se fu era de é l, por­
gue de otra s u e r te y a no seria el s e r su p rem o, como
no seria in d ep en d ien te.
E ste raciocinio está compuesto de dos sofismas.
Uuo es el suponer que la no existencia requiere
causa a m anera de lo existente. Otro el suponer que
lo ¡udependiente debe existir realm ente, y con ante­
rioridad a todo otro ser real.
E s indudable que la nada no necesita causa; y el
eute supremo s i uo existiese, b o seria ni aun posible
como queda dicho, o seria pura nada. T es igualmen­
te manifiesto que si no existe el ente supremo, cuya
realidad se tra ta de probar, no habría sor indepen­
diente, y por lo tauto falta el supuesto del argum en­
to. A rgüir, pues, ab absurdo sobro la in depen den cia
de un ser (que se supono ideal) para afirmar su reali­
dad, es dar como existente aquello mismo que se tra ­
ta de probar que existe.
374. O tras dos so lu cio n es fin alm en te debem os
notar ta m b ién in a ce p ta b le s, Una (y a in d icad a por
S itárez) , s e g ú n la cual el argu m en to d e S. A nselmo
aunque en s í uo ap arezca c o n c lu y e n te , puede se r lo
su p u esta a lg u n a d em ostración do la s com u n m en te
adm itidas, q u e le s ir v a de b a se o b jetiv a .
Pretender legitim ar de esta manera el argum en­
to anselraiano es destruirlo por completo. Si una
prueba a-priori exige para quo tenga valor otra prue­
ba a posteriori, es indudable que para que pueda
admitirse tiene que dejar de ser lo que es, y por lo
mismo desaparecer como prueba a priori. El argu-
TOM O V 25
— 386 -

mentó anselmiano apoyado on otro, o no es más que


este, o se suprim e.
La otra opinión es la de los que dicen que el ar­
gumento de S. A nselmo no prueba la existencia de
Dios; pero prueba la necesidad d e s n existencia.
No es posible descubrir en esta opinión (es la
adoptada por S tockl entre otros) más que un juego
de palabras. P robar la necesidad intrínseca de la
existencia real de Dios es igual a probar que Dios
existe, porque equivale a probar que repugna su no
existencia. De la misma suerte, probar la existencia
de Dios equivale a probar la necesidad de su existir,
porque uo teniendo intuición de la existencia divina,
no cabe más que o desconocer que Dios exista, o co­
nocerlo por la necesidad de su ex istir demostrado ra ­
cionalmente. Si lo que prueba la necesidad de la exis­
tencia de Dios no probase que Dios existe, todos los
argum entos que se emplean al objeto serian del todo
inútiles o ineficaces para dem ostrar que hay Dios.

PA SE ABELARDIANA

375. A Ja intensificación de la idea filosófica en


las doctrinas ansílm ianas respoudía. como hemos po­
dido observar, una visión de la Divinidad que refleja­
ba las antiguas corrientes cíclica s, siquiera fuese de
«na manera elemental y asistém ática. L a ley de la
id e a como centro objetivo de toda realidad, volvfo a
en trar en la teologfa con el carácter metafísico que
puede alcanzar. Mas sobre el aspecto metafísico,
impüsose por el momento el aspecto dialéctico de
aqnélJa, haciendo desviar la significación entitativa
— 387 —
de la idea, eu cuanto explicativa de las relaciones
entre el ser de las cosas y el ser de Dios, hacia la
significación lógica del concepto mediante el cual las
cosas se representan bajo géneros y especies; que
no es sino el predominio del problema de los u n i­
versales eu su fase lógica, tal como por entonces
aparece discutido por R o s c e lin o representación del
extremo dicho n o m in a lista , G u ille r m o d e Cham­
p e a t o , que representa la actitud realista, y A b e l a r ­
do que fustigando a ambos, parece oscilar entre uno
y otro extrem o, sin que pueda definirse con precisión
sa actitud, ta l vez por el mismo no conocida (1).
De esta suerte decae sensiblem ente la significa­
ción metafísica y teológica de la id e a , tal como se
ofrece en S. A n selm o; y excepción hecha de las es­
cuelas m ísticas, a que luego aludiremos, parecen ha­
berse perdido por el momento los conceptos y dina­
mismo científico de la in m a n en cia y h ascendencia en
los problemas del ser de Dios y de su conocimiento.
3 76 . En la prim era eta p a p o sla n selm ia n a sobre
la e x iste n c ia d e D io s , en co n tra m o s la s d octrin as de
A b e la r d o , R u p e r to D e u t z , R o b e r to P ü l l e y n , P e d r o
Lom bardo, P e d r o d e P o it ie k s , G e n a r io d e R o ch e-
p o rt, A la n o d e L i l l e , y G u ille r m o de C onches. E n­
tre é s t o s , son d esd e lu e g o d o c tr in a lm e n te los más

(1) Se h a querido v e r en A belakuo no sólo un coucuptuilis-


t í, sino el jefe del conceptualismo. O tros lo ju zg an reali»ta\
y no faltAii quieues creen h a lla r en sus doctrin as el realismo
moderado qae después prevalece en la escolástica, si bien u n
tin to impreciso o indeterm inado en la exposición abelard ian a. Y
l i verdad es que su actitud p résta se & rev estir todos esos m a ti­
ces; pero ello so cede justam ente porque su doctrina no tiene n in ­
guno firme y estable.
— 388 -
sig n ific a d o s A belardo y P edro L ombardo, aunque
ho a s i lo s m ás o r ig in a le s en argu m en tación acerca
del p rob lem a da que tr a ta m o s.
Equivocación digna de ser desterrada es la que
hace aparecer a P . A belardo exclusiva o casi exclu­
sivamente como uno do los dialécticos célebres de la
época, sin otra representación saliente que no sea en
el asunto de los u n iversa les. Cierto que en tal senti­
do ocupa nn lugar señalado, y con sus doctrinas,
m ás o menos modificadas, (ora en sentido conceptua­
lis ta , ora r e a lista } constituyóse una verdadera es­
cu ela filosófica, de la que hacía ya mención J ua n de
S a l isb u r y , siquiera no pueda decirse A belardo crea­
dor de un sistem a de filosofía eu sentido estricto, a
pesar de sus modalidades doctrinales (1).
377. Pero de tanto y de mayor relieve que la re­
presentación filosófica de A belardo , aparece su per­
sonalidad teológica que es lo que hace a nuestro obje­
to. L a existencia de la e scu d a teológica a b cla rd ia n a

(1) La posición indefinida da Abelardo en el problem a de


los universales, punto culm inante de sus controversias filosófi­
cas, no perm ite tenerlo por a u to r de sistem a alguno determinado
en la m ateria; pero sin duda debido a oso mismo, ha podido te­
n er seguidores y expositores de sus doctrin as, así concep­
tualistas como realistas. En frase de J . Salisbury fueron ma­
chos los que siguieron a Abelardo: Multos reliquit udhiic
quídam, a'iquuá habut professionis hujus secta ton es ct tes­
tes. (Mctaloq. II, c. 17. M. Int. t. 101) E n tre los que profesan
en la uscuela de Abelardo, aunque no fuesen siem pre sus discí­
pulos estrictam ente, figuran Prdro dis Poitiers (discípulo tam ­
bién de Pedho Lombardo), Bernardo de Cuartrbs (Bkknmdo Sil-
vhstkis), Raúl de Chaloks, Aknaldo de Brescja, Guillermo un
Conches, Gilberto de Porree (aunque realista exagerado).
— 389 —
ignorada h asta poco ha, es hoy indiscutiblem ente re­
conocida y de importancia señalada a nuestro propó­
sito para poder apreciar las orientaciones teológicas
de la etapa que nos ocupa (1). La Introdxiclio a d
(heologiam (que no es una In tro d u cció n , sino un
tratado teológico, aunque no completo), y el Sic et
non, tan erróneam ente tenido por algunos como uu
formulario de escepticismo, que jamás profesó A b e ­
lardo , son entro sus obras teológicas las que más
sirvieron a la escolástica, y de donde tomaron plan
y doctrina los teólogos posteriores. A belardo es el
iniciador del método e x p o sitivo tcológico-escoláslico,
que se perpetúa en su escuela, y da la norma en el
periodo de las S « m m « s a A l e j . de A l e s , A l b . M ag ­
no y S to . T omas, siquiera se perfeccionase luego
aquel método, como es n atu ral.
378. La labor teológica, en cuanto sistem atiza-

( l ) A lo s p a c ie n te s e s ta d io s d e D e n i f f l e (Abaelards Sen-
tensen u. die Bearbeitung seiaer Thcologie; - A r c b i v . f o r
L itte r . u . K irc iie n g e s c li. á . M itte lo lt., t . I — ) , se d eb e l a fija­
escuda teológica d e A b e la rd o ,- e s ta d io s co m p le­
d o n d o l¡i
(Die Sentensen Holanda nochmals Papa-
tados p o r G i e t l
tes, Alexandcr III). E l L echo a r r o j a g ra n In z so b re los n líelo os
teológicas m ed io ev a les y e v o lu c ió n d e los m ism os. C f- J . K m s e r i
Pinrre Abólard ct'it.; ta m b ié n D raeseke, Z u. den Sentensen
des Peter Abaelards ( Z ts c h r f. f. w iss. T h e o l., t . 46) , G . E o -
b eri, Les écotes etc. pendunt lei prem.. nioitié du X II « s.\
o. V II.; G j ib lu k c k , L e mouvement theol. du XII* z. c. II.
V. ta m b ié n E h d k b s , Philoí. Yahrb. d. GOrresgeaelscfi. t . 2;
antes S . M. D e c ts c h , Peter Abaclard; A. H a u s r a t t b , Peter
Abaelard ; G . C o m payrb, Abelard and ihe origens and ear-
ly hiato?y o f Unisersit,, I I I ; A . H j e l j i , Den Setiger Bcrn-
hard och Abaelard. En dojmcn-hiatorik studie, I. A Ia9
d o c trin a l d e A b e la r d o h a b re m o s d e re f e r ir n o s a r r i b a .
— 390 —
da, de A belardo , es superior a la de sus precedentes
y a la de sus contemporáneos. Ni las SententiiB de
A nselmo de L aon , ni las de H onorato de A u tu ii , ni
menos las dichas de G uillermo de C h am pea ux , o las
de R oberto P ullein , en lo que es dable juzgar por
lo que de ellas uos restan, son comparables al trab a­
jo de A belar do .
En especial con el Sic el non el filósofo-teólogo
de P allet hizo destacar su personalidad doctrinal,
completando la obra, de sus predecesores en análogo
sentido, y dándole mayor relieve. Desde H inchar »
de Reims se venía ensayando el procedimiento de<
estudiar los textos patrísticos en sus concordancias,
y también eu sus discordancias, oponiendo nnos tex­
tos a otros textos para luego tr a ta r de conciliarios
y explicar el sentido en que debían harmonizarse.
A belardo propúsose realizar esto mismo con el Sic
et non, pero de una m anera más sistem ática, y cou
mayor viveza y fuerza que sus predecesores; y sobre
todo, de mi modo mucho más amplio y cumplido,
juntando las divergencias doctrinales, 110 sobre un
punto teológico dado, sino sobre las cuestiones en
general no sólo de la teología, sino también del de­
recho canónico; que si a primera vista parece lle­
var aquello al descrédito de las enseñanzas teológi­
cas y canónicas, pronto se advierte el propósito de
A belardo en las reglas que da, y soluciones que
ensaya, favorable a aquellas disciplinas. En este
punto do la conciliación de los opuestos es donde
A belardo hace en trar por modo especial los recur­
sos dialécticos; elemento del todo extraño hasta en­
tonces en los rudimentarios trabajos sim ilares. Y
— 391 —
con este procedimieuto introduce las D isp u ta tio n es
eu la teología, que lo mismo eu el nombre como eu
la realidad que encierran, por vez primera aparecen
en aquella discipliua; las cuales ya uo desaparecen
más, en una n otra forma, de los tratados teológicos
de la escolástica, incluso las grandes Sitmma<¡, ni do
los trabajos subsiguientes.
379. La D isp u ta lio h asta entonces reservada a
la dialéctica, a primera vista cuestión de simple mé­
todo, representa sin embargo una innovación profun­
da, que permite asociar directam ente las cuestiones
filosóficas a los problemas teológicos, y discutir las
opiniones y doctrinas diversas sobre un mismo
punto, con la am plitud de horizontes que asi se
abren a la iuvestigacióu doctrinal, y a la exposi­
ción de teorías, según de hecho vemos luego en los
grandes tratados de la escolástica. La Q u a stia , el
U trum s il, la R atio d u b ü a n d i, el V id e tu r quod non,
etc., son variantes do la D isp u ta lio , con todo el
séquito de opiniones, controversias, teorías y solu­
ciones que allí se encierran, y que se echan de ver
eu las obras de los m aestros en la escolástica.
Y es esto tanto más de notar, cuanto menos se
fija en ello la atención, y nadie repara que ahí se
encuentra el punto de enlace, y reflejo sistemático,
de la filosofía y teología a la manera que los escolás­
ticos entendieron y realizaron dicho n e o de las dos
ciencias.
De esta suerte puede decirse que con A belardo
y su escuela comienza la fase más significada del que
liemos denominado periodo de clasificación, y so
echan las bases del que calificamos de p e rio d o de la.
— 392 —
te o ría , con sus m últiples manifestaciones com parati­
vas y críticas, y el amplio uso de la filosofía plató­
nica y aristotélica según las escuelas.
3B0, Señalada así la génesis de la obra recons­
tructiv a filosóñco-toológica medioeval, como conviene
a nuestro fia y propósito, hemos de advertir que no
sin controversia y críticas persistentes, hubo de in ­
troducirse el plan y sistem a de la teología abelardia-
na; estimábase en general peligroso y poco digno para
la dogmática entremezclar en ella problemas críticos
y filosóficos aunque se refiriesen al dogma, con más
las opiniones encontradas consiguientes cual sí se
tratase de disquisiciones del I r im tm . E n tre los
adversarios, contábanse teólogos tan significados
como S, B e r n a r d o , H u go d e S a n V íc to r y Ju an d e
S a lis b u r y que abogaban cou otros muchos, por la
teología positiva, sin discusiones, y la exposición
razonada sin abrir campo a controversias (1).

(1) En «1 prólogo del Sic ct Nati señala A b e la rd o el plnn


qus so propone seg u ir, rouniondo loa textos de la p a trístic a
— dieersa sanctorum P a tru m dicta colligere — , y discu­
tiendo luego sa sentido, y ln oposición que parezca oucontrarse
en tra ellos —diieonaniia quam habere cidcritur—, p a ra asi
in q u irir, y luego hallar la verdad. *Diibitan.do enim ad in-
quisilionem. eenimus; tnquirondo, eeritaiempcrccpimus».
(Sic et Non, Prologus).
En Frente a ese criterio , en s a e sp íritu c o n s a r v H d o r t r a ­
dicional (y eu vista ncaso de abusos en el procedim iento) escribía
S. B ernardo: «QusestionBs de nltisaimis rebus tem or oríe ventí-
la o tu r... ponentes te re b ra s lucem, disputantes in trioiU de di-
uint.-i», (S. B brn. O p .,E p . 188). Con menos viveza, pero al
mismo intento, decía Huoo d e S a n V íc to r : « Q u a rn n tu r autem
(ju am p ian ni a ...; nos vero tam m ultíplices opiniones prosequl
381. Mas el procedimiento que el Sic e.t Non in­
troducía, acabó por imponerse; y el mismo libro s ir ­
vió de norma ea cuanto sistem a incoado de in v esti­
gación critica, y uso dialéctico, y luego filosófico, en
la teología, no menos que como repertorio vasto y
abuudoso de testimonios patria ticos, coaciliares y
bíblicos, que lo hacía superior al más estimable de
los F lorilegios medioevales. No hay para que discu­
tir aquí si aquella rica colección de textos es obra
original, o completada simplemente, y ordenada en
sistema por A belardo (1 ) . Lo que im porta es hacer
constar que el Sic et N on constituyó desde luego a
modo de arsenal abierto, de donde tomaron tex to s a
manos llenas, no sólo los seguidores inmediatos de
su escuela, sino los teólogos posteriores ec general,
y muy eu especial P edro L ombardo ; al igual qne
para sus fines canónicos utilizó evidentem ente G r a ­
ciano aquel tratado, y para quien fué A belabdo
su principal fuente. E l mismo nombre impuesto por
Ghacuno a su obra, C oncordan tia d isco rd a n liu m

íiiporvncftiieum e t iiifnictuossiim existim am us; e t hoc solum no­


t a sufficere putam us, si ea tan tu m qu® .«¡entienda et asserenda
sunt proponitnus». (De S ac ra in ., 1. I. p. V I, c. 3 ). Y véase
igualm ente como J u a n d e S a l i s b u b t p r o p u g n a la misma opinión,
bajo pretexto de In. intangibiiidad de la fe: «Sunt euim p lu ra q a a
áÍ8¡'iitftLíonem non ad m ittu n t, sunt qu® «xcedunt hum anas ratio -
u»s, et tantum fide consecrantur». (M etalogictu, I. III, c. 10).
(1) A lgunas de esa» agrupaciones p a trística s fueron ac aso
recogidas p o r A b e la r d o de colecciones precedentes, como lo da
« eutender H oao M b te l. (Cf. Q b e ll i h c e , ob. c. II; j antea
D w tsc h , Pclcr A baelard). El mismo A b b la b d o hubo de e n r i-
quocei' sucesivam ente sn tra b a jo , que él comenzó p o r u tiliz a r ea
parte por lo monos, en su latroductio ad theogiam.
— 394 —

can oiiu m , responde a la idea y al contenido del Sk


el Non ab ek rd ian o .
382. Hemos aludido a la escuela de A bklardo ,
continuadora del sistema de adaptacióu filosófico-teo*
lógica ea la época escolástica, y expresión del pensa­
miento de aquél. Y habremos de añadir ahora que si
bien en las doctrinas de A belakdo se encuentran
graves errores dogmáticos provenientes del neopla­
tonismo que utilizó (1), y opuestos a la fe que pro-

(1) No existe enumeración a lguna de ca rá c te r oficial donde


se refieran los errores de A b e la u iju . La m ia com pleta, y a la cual
6 Coltic-
o refieren cuantos to c a n este punto, os la d e iI 'A k c e n tr é ,
tío judieioru/n ' t . I), reproducida por Mahsi (t. X X I), y por
D k n z in c e r, en su Enc/liridton; y responde a la que le In é pre­
sen tad a a A b e la b d o por el conc. de Se;is, pues en su retracta­
ción (M. I., t. 179) examina A b e la r d o cada articu lo (con excep­
ción del 3 .° y 16.° que faltan). E stá igualm ente conforme con 1»
lista que tra e d ’ A a ío iS E , Prcofatio apologética, excepto el
articu lo 3.® y lñ .° (M . 1., t . c it.). En o tra s recensiones se redu­
cen a catorce los a r t . erróneos. Los puntos g en erales materia
de e rro r, son: 1.° L a doctrina acerca del conocimiento mediante
la fe, que aparece como una continuación dul co n o c er racional,
a lo nooplatónico exagerado. 2 .° L i doctriiifi de ln Trinidad,
que auuln, constituyendo a la Diciiúdad en sí (eu sentido pla­
tonizante), centro de Jas personas diviua.s, las cuales apareceu a
modo de derivaciones y a trib u to s. El E s p íritu Santo representa
la actividad divina sobre las c ria tu ra s, y ea a m odo del alma
del mundo de los estoicos. 3,° L a doctrina de la creación, que
pone a A b e l a r d o en u d todo dentro del neoplatonismo, negan­
do la libertad de la obra creadora, y declarándose optimista
ríg id o ; pues según ¿1, ni la bondad ni la infinidad de Dios ton
compatibles cou u n m undo que Dios pu d iera h acer m e jo r. 4.° La
doctrina do la Encarnación, donde hace desaparecer la unión
h ip o stática, dando a la hum anidad dol Yerbo un c arácter total*
m ente e xterior, y por la cual «1 Verbo habet homiactn; pwo
— 395 —
fesada (la leyenda de la incredulidad de A b e l a r d o está,
destituida de todo fundamento), su escuela se ha des­
prendido paulatinam ente de aquellos errores. Ejem­
plos ya casi exentos de tales doctrinas son en di­
cha escuela las Quceslioncs de Odón d ’Oiihscamp,
las Sentcntiee de R o l a n d (más tarde Alejandro III),.
las Sententiai de O g n ib e n e , y las demás obras de­
igual índole de autores desconocidos, pero evidente­
mente inspiradas eu el pensamiento y método, cuando
no eu la letra misma de A b e l a r d o .

non est homo. De ahí otro» e rrores en cuanto a la redención.


5.° L a doctrina sobro la n a tu ra le z a y la g rac ia , donile l a t e a ­
ría neoplatónica de las participaciones llévalo a sostener una
tesis idéntica a la pelagiana. 6 .° La doctrina, acerca de la
responsabilidad m oral, en la que baca depender todo el valor-
ático de los actos hum anos exclusivam ente de la intención,
prescindiendo en absoluto de la m oralidad del objeto y .circuns­
tancias; y alterando asi radicalm ente el sistem a m oral. Dicho se
estH que e s ta s erróneas doctrinas tieucn otras derivaciones más
concretas. Pero lo indicado basta a nuestro propósito, quo «3 el
hacer v e r como las ¡deas neoplatóm cas se a b rían paso a u n eu
circunstancias biou poco favorables, y llegaban ea sus conse­
cuencias m ediante adaptación «speciat al dominio de les puutos
capitales de toda !a dogm ática. V . Abaelardi Op. (la p arte
teológica, M. 1., t. 178); M ím em e, T/tesaurus novus aneed.;
Observ. p ittv , ad Tlieol. c h ris t. Abael; B. Pez, Thesaurut
anecd. noeissimué (ética abelaidiana). C o d sin , Ouorages,
inM. d'Abcla/'d (el Sic et Non, y otros tra tad o s filosóficos)
J P etri Abaelardi opera. V . como trab ajo s especiales,
Abaelards Dogmat.; G o lh o k ft, Abuels. dogtn-
F ak isch s,
Hauptioerke (sobre los principios de sn tnología); A. W i l h s b ,
Peter Abael,; T c sti, S to ria d i Abel, e dei suoi tempi;
Bbaon, De P etri Abael. ethica; Tu. Zikuleb, Abaelards
Etkica (Abh. z. P h il., Ed, zeller zu sein G eb u rtst.); Heidmakw,.
— 396 —
383. En orden a la representación científica ul­
te rio r que a la escuela abelardiuna haya de atribuir*
-sele, debido a la depuración aludida, son de notar los
puntos siguientes: 1.® La supervivencia de la escue­
la de A b e la r d o c o u su método y orientaciones, des­
pués de condenados los errores de éste; lo cual equi­
valía a perpetuar el sistem a filosófico-teológico in­
troducido. 2.° La atenuación de los conceptos plato­
nizantes que ocasionaron en A b e la r d o s u s asevera­
ciones antidogm áticas (v. la nota al n. 382), y una
preponderancia de la teología p atrística o positiva.
3.° La aproximación y contacto que tubo de reali­
zarse entre la e sc u d a a b e lu rd ia n a y la escuela de
S a n Víctor.
Es esto último uu punto muy de notar así por lo
que se refiere a la compenetración de dichas escue­
las, y la acción teológica consiguiente, como por lo
que hace a la doctrina, y eu concreto, al aspecto
común que ofrecen las pruebas de la existencia de
Dios en ellas.
L a escaela de A b e la r d o , en efecto, ejerció su
influjo en la escuela de Saw V íc t o r , a s í en cuauto a
la sistematización como en cuanto a doctrinas. Com­
parando las S enlm lice de R o l a n d (el futuro Alej. III)
la escuela de A belardo ( v . la sabia edic. Gietl
de dicha obra), con la S u m m a S en len U a ru m , de la
escuela de S an V íctor ( 1 ) , se echa de ver enseguida,

Der Subitansbegriff d. Abael. s . Splnozu.; B siígebet, Dli


■dogmc de la rédemption d ’aprcs Ab,
(1) P o r largo tiem po se ha tenido l a S u m m a S enlentia-
rum. como o b ra d e H u o o » s S. V íctoh , y a u n Q i Et l , E ilo e strin
y otros lo sostienen. M ás do cabe ya discutir (las divergencias
- 397 —
de una p a rte la acción do la doctrina abel ardían*
corrigiendo determinados errores de los Victorinos,.
y de otra, la influencia de aquella doctrina introdu­
ciendo opiniones inexactas ajenas a los últim os (1).
384. Mas si la escueta abelardiana actuó sobr&
la de S a n V í c t o r , la escuela de los Victorinos aparece
actuando a su vez sobre la de A b e l a r d o . A esta in­
fluencia fné debida la m ás rápida depuración de con-
ceptos heterodoxos, cuya expurgación en sus puntos
más salientes había comenzado al s e r condenadas las

doctrinales, y de orientación e n tre la S u m m a , y el tra ta d o De


Sa cram cntis do H ugo , lo evideucian) que dicha Sum ma, au n ­
que provieue sin d u d a algnna de la escuela ile los oiciorinos,
no es de H ugo b e S. V ícto r , ni contem poránea a él, sino poste­
rior, Los estudios de D s jtiffle , D io S entenzcu o. S a in t- V íc­
tor (Arch. für lilit. e tc., t. III) Lan venido a com probar definiti­
vamente lo dicho.
(11 Asi en la escuela de los viciorinos se adm itía ¡a doc­
trina sem iapolinarista de H coo, según la cual la hum ana n a tu ra ­
leza. de J . C. particip a de la omnipotencia,' y otros atrib u to s in ­
comunicables. I a t e m a sen t., con In escuela d e A b e la r d o ,
combate ta l doctrina, si bieu dicho libro conserva sus rem inie-
csncias etcio rin a s en cuanto a 1& ciencia in creada en la h u m a­
0
nidad de J . .; cosa que luego P. L o m b ard o corrige según la
escuela abelardiana, señalando la ciencia creada. De ig u al mo­
do la escuela o ietorina, con H nao, adm itía la reviviscencia de
la culpa después de la recaída; y la S u m m a Sent. introducien­
do la enseñanza de la oscusla de A b e la rd o , niega ta l reviviscen­
cia. Mas al Indo de esta influencia rectificadora sobre la es­
cuda de S jln -V íc to r, ejerció la de A b e la r d o o tra on sentido
contrario; pues m ediante esta se sostnvo en aq u élla (y lo tra e
la S u m m a dicha) que la fe uo es v irtud sin la caridad; de ig u al
modo que rep ite la S u m m a S en t. con las Sentuntice de R o l a n d ,
la doctrina sem idonatista de qne ol sacerdote excomulgado no
consagra válidam ente.
— 398 -

proposiciones erróneas de A belardo , facilitando la


aproximación de las dos escuelas. En las Sentenli®
de K oland, no menos que en las de Ognibene , expre­
sión ambas del pensamiento abelardiano, se ve el
desvío marcado de los conceptos heterodoxos de
A belardo, y su sustitución por los correspondientes
de la escuela de S an V íctor (1 ). En P edro L ombar­
do , de la escuela de los Victorinos, pero formado di­
rectam ente sobre las obras de A belardo , y muy en
especial sobre las Senlentiee de R oland, que coa
frecuencia copia a la letra, aparece bien clara la
aproximación cumplida de ambas escuelas, no sir.
que se reflejen las fórmulas abclardiaaas en muchas
cuestiones, y la manera frecuentem ente indecisa de
sus soluciones.
385. Con lo dicho hay lo suficiente para juzgar
la com penetraciót de las ideas filosófico-teológicas en
una de las fases más interesantes del movimiento
científico medioeval. Y so explican así con facilidad
las corrientes doctrinales teológicas, y ea concreto
las peculiares al conocimiento de la Divinidad, unas
veces similares, y otras compensadas mutuamente,
c a tre escuelas a prim era v ista tan distanciadas como
la de A belardo , y la de los Victorinos. Y es que a pe-

(1) Q u e d an no obstante algunas expresiones am biguas, ver­


b igracia a c u rc a de Id T rinidad, que sucesivamento desaparecen,
80
o ü explicadas eonvenientem snto. L a tesis abelardmim C kris-
tu s q u a te n u s hom o non est p e r s o n a noque, a liq u id , que fué
recibido p o r P edro L ombardo , ocasionando to n vivas irapagnfi-
ciones, se m antuvo a t ra v é s de las S ententiao d e B odahd; tesis
-quo el mismo condenó al ser Pontífice ( A u . III), pin que vuelva
« aparecer en controversia.
— 399 -

sar de la d iv ersa conform ación in m ed iata del p e n sa ­


miento a belardian o , y del de S ah V íctor , u n a base
común filosófica sirv e a am bas escu elas. Las ideas
p latonizantes y pseudodionisianas que predom inan
en los V ictorinos, son las mism¡is en que se form a
A belardo , siq u ie ra sus elucubraciones d ialécticas le
lleven a inaceptab les aplicaciones teo ló g icas de sus
principios. A belakdo en efecto se in sp ira en las
obras plató n icas y p seu d o p lató n icas conocidas a la
sazón, sin dejar de le e r lo que h ay entonces de
.Aristóteles ; e stu d ia , como los V ictorinos, a l Pseudo-
A reopagita ( su c a rta acerca de é ste 1» d e m u e stra , a
parte de o tro s m uchos d a to s), y no ig n o ra los tra b a ­
jos de E biúgbita., y menos los de lS . A nselmo.
Si, pues, queremos penetrar en la contextura
íntima de las doctrinas sobre Dios que informan es­
ta fase doctrinal, débese cu prim er término tornar
en cuenta los factores ontológico? y psicológicos
platonizantes y neoplatónicos que imperan en ella,
aunque se atenúen sus aplicaciones.
386. O tológicam ente lo mismo en S . A nselm o
p e en A b e la r d o y su escuela, como en Hugo y R. de
San V íc to r y la suya, la Divinidad es ultratrascen-
dente; única m anera do dejarla de algún modo a salvo
en las irregulares oscilaciones del coucepto del ser
u n iversal a que antes nos hemos referido, y que
hacía aparecer, o heterodoxos o ilógicos a los filóso­
fos que intentaron llevar a la teoría de Dios sus
asertos. Una diferencia existe sin embargo entre
A b e la rd o de una p arte, y S. A nselm o y los Victori­
nos de otra; y es que el primero en la misma ultra-
trascendencia divina quiere h allar como una forma
— 400 —
prim aria, que es la D iv in id a d en abstracto, res­
pecto de la cual son a m anera de m odalidades
las personas diviuas ( r . la no ta a) n. 362) las cua­
les de esa suerte pierden a un tiempo la condi­
ción personal, y el carácter u ltratrascendente de In
Divinidad a que sobrevienen concretándola. La po­
sición de S. A nselmo y de la escuela de S. V íctor (y
de la misma de A belardo después de expurgadas las
doctrinas del maestro) es harto diversa; y sin re­
nunciar a la tesis de ultratrascendencia,, procuran
m antenerse en la ortodoxia reconociendo la Divini­
dad, sea en cnanto E ute primero naturalm ente cog­
noscible, sea en cuauto Dios trin o, a tenor de la
doctrina revelada, prescindiendo de toda ulterior
determinación de g ra d o s en el seno de Dios.
Mas esto mismo pone de manifiesto que la onto­
logía de uuos y otros era insuficiente para resolver
el problema del conocimiento de Dios de una manera
lógicam ente estable, obligándolos por lo tanto a ser
ilógicos en la aplicación de sit teoría filosófica. Es el
constante e insuperable obstáculo (prescindiendo de
los qne son intrínsecos a la metafísica del sistema)
que hemos visto se ofrece en los antiguos seguidores
de dicha escuela, ora para llegar de las criaturas a
Dios, ora para venir da Dios en las criaturas, pues­
to que la ultratrascendencia divina lo ¡mismo impo­
sibilita para lo primero como para lo último.
38 7 . L a doctrina de la ultratrascendcncia divina
recibe sin embargo en los escolásticos mencionados,
y en los posteriores no adictos a la pura intuición
m ística, lina modalidad im portante, coa la agitada
cuestión de los un iversa les que hace cambiar de as-
-4 0 1 —

pccto las soluciones teológicas; si bien éstas desde


el pimto de v ista ontológico responden al mismo an ti­
guo problema de la trascendencia o intrascendencia
de la idea respecto de todo lo cognoscible. L a solu­
ción an tirealista del problema (como la dicha del n o­
m inalism o! proclama la intrascendencia de la idea;
la cual no responde sino al contenido inmediato y
concreto que cada cosa en particular ofrece a la per­
cepción. Por eso en orden a la Divinidad, la posición
nom in alista se convierte fácilmente en agnóstica; y
cnando se tra ta del dogma de la Trinidad, lleva por
su condición, si se aplica lógicamente, a la d istin ­
ción de naturalezas según las personas, o sea al I rif
leísm o, como de hecho lo encontramos en R oscelt m i
P or el contrario, la posición r e a lista exige p d |
su propia iudole carácter trascendente en la idea, eV
cuanto realidad que se sobrepone a la entidad concre­
ta de los seres, y que por lo tanto constituye cate­
goría independiente y superior a ellos. Por eso apli­
cado ol sistem a a la Divinidad, lleva lógicamente a
la intuición ideal de Dios, de una parte; y de otra
conduce a la absorción del ser de Dios en la forma
pura de una idea. Desde el momento en que el ser y
la cognoscibilidad de las cosas sou resultantes del
ser previo de la idea, al modo del uuiversal realista,
haciendo llegar a Dios la teoría, nos encontramos
inevitablemente coa las consecuencias señaladas.
388 . Hablando lenguaje escolástico sobre la
cuestión, habríamos de decir, que en todo sistema
r ea lista el elemento determinabla de las cosas (la
m a te ria en sa significación amplia) depende de ta l
suerte del elemento determ iuante (o sea de la fo rm a
— 402 -

en igual seutido amplio), que bí se prescinde de ésta,


las cosas concretas ni existen como tales, sino eu uan
unidad indistinta, ni como individuos son cognosci­
bles. Porque todo lo que hay de formal e inteligible en
las cosas como tales está eu la fo rm a , que ea la hi­
pótesis de que se tra ta , es u n iv e rsa l. Pero al mismo
tiempo, y debido a esta universalidad, ningún ente
puede ser m ediante dicha forma concreto e inteligi­
ble en particular, siuo de una manera común e indis­
tin ta. Y aplicando esto mismo a la= diversas formas
entre sí, en cuanto las superiores se sobreponen a
las inferiores, se viene a la consecuencia general de
la indistinción de cosas y de formas, a la unidad pu­
ra y absoluta.
389. Refiriendo a Dios esta doctrina, tenemos
como resultado inmediato que siendo Dios pura f o r ­
m a , en cuanto ningún elemeuto es ea El pasivo y
determ inable, seria de una parte el ente menos deter­
minado posible, y por lo mismo el más impersonal;
y de otra parte constituiría por condición natural de
form a su p rem a , la síntesis común de todas las for­
mas, indistinta de todas ellas, y esencial al mismo
tiempo en cada una si han do ser inteligibles.
E sta s resu ltan tes de puro panteísmo no podían
menos de ocasionar divisiones de explicación en los
sostenedores de la teoría. T en efecto, no son difíci­
les de advertir las variantes que se ofrecen: 1.° P ar­
tiendo del valor abstracto y ontológico de la form a
u n iv e r sa l piensan unos que así ha de concebirse la
Divinidad, y llegan por ese camino a un panteísmo
esplíoita o implícitamente reconocido, por reducción
de las formas finitas a lo infinito de la Divinidad. Tal
— 403 —

es la base del panteísmo de la escuela de C h a r t r e s ,


de las fórmulas m onista de A m a u r y de B e n e de D a v id
de D ih a n d , etc., (1). 2 .° Partiendo otros a la in­
versa de la existencia real concreta de los indivi­
duos singulares, juzgan que toda foimu, debe in ter­
pretarse siempre como individualizada sobre elemen­
tos determinados, cualquiera que sea el valor puro
de la forma en sí. Y aplicando esta norma a la Divi­
nidad, piensan que ésta ha de distinguirse en tre ele­
mento determ inable y determ inado, al modo que su ­
cedo con los seres creados. De este modo, m ientras
los primeros elevan lo finito a lo Infinito, los segun­
dos hacen descender lu Infinito al tipo de lo fini­
to. Y eso es lo que se echa de ver en A b e l a r d o
con su doctrina sobre la D iv in id a d como tipo hiper-
trascendente abstracto, y las personas divinas a m a­
nera de m o d a lid a d e s que la determ inan. El E sp íritu
Santo aparece también como fo rm a que se m anifiesta

(1) L a u n iv ersa lid a d do la fo r m a en B ebnardo S ilv ís -


tsis, de la escuela de C h a rtrb s , es sin nmbajes p ro p u esta p o r el
mismo según el tipo neoplatónico-paoteista, p a ra explicar la co-
mimieación e n tre D ios y las criatu ras: «Eu ig itu r noy» (la form a
pura m ental diviua} summi e t exsnperantisBimi D ei, e st intellec-
tus, ct ex ojus d iv im tate n a ta n a tu ra *. (De tnundi univore., I,
2). Análogo es el panteísm o de A m aury de Bene: «Omnia nnnm ,
quia quidquid e s t, est Deas»; porque Dios es la fo r m a sum a d e
todo lo inteligible. L a Iglesia misma es una J o r m a unioersal,
mediante la cual participam os de la fo r m a de Dios. P o r eso
mismo sostiene In tesis de que en el orden de la fe t nem o p o -
íesí esse sa lea s n isi ered a t se esse membrum. C kristi. Análo­
ga senda signB D a v id d e Din a n d , a l proctam ar como in in te lig i­
ble sin un proceso in in fin ita n la distinción en tre el e s p íritu y
la m ateria, j en tre ambos y D ios.
-4 0 4 —

en las realidades del universo concreto, a modo del


espíritu 'vivificador estoico y neoplatónico. Análoga
a esta, es la doctrina filosófica sobre Dios de Abe­
l a r d o de E a th , y partidarios del sistem a de la no d i­
fe ren cia , atrá s alndida, que halla ea todos los seres
lo concreto y lo abstracto sim ultáneam ente, y la po­
sibilidad consiguiente de equipararlas eu la constitu­
ción metafísica, explicativa de cada ser.
3 .a O tra solución es la de los que limitan el va­
lor de los un iversa les, y las discusiones acerca de las
form as que aquellos expresan, a las entes finitos,
dejando aparte la entidad infinita de Dios. Con ello
evítause sin duda los m couveuieutes de las anterio­
res soluciones; pero se va al agnosticismo respecto
a l a Divinidad, mediante un cercenamiento por otra
parte convencional e ilógico eu los Ambitos del pro­
blema de la universalidad de la idea. E s justam ente
la actitud del misticismo agnóstico medioeval, que
se atiene al conocimiento de Dios mediante la vida
afectiva y sentim ental; y es a la vez el procedimien­
to del tra d ic io n a lism o platonizante de entonces, de
que hemos hablado atrás (v. t. IV, c. 6.°), el efial se
acoge a los datos de la revelación, rehuyendo ulte­
riores inquisiciones del valor de la idea.
390. So ve, pues, que si los partidarios del a n ti­
rea lism o en los universales, tienen que ser ilógicos
para dejar a salvo el valor de las verdades teológicas,
y de Dios en primer térm iao, de igual ilógico proce­
dimiento participan por el extrem o opuesto, los se­
guidores del rea lism o , cuando intentan aplicarlo al
orden dogmático.
Y nótese que a l hablar del rea lism o no nos refe­
-4 0 5 —

rimos excesivam ente al llamado realismo exagerado


de los platónicos, sino también al rea lism o dicho m o ­
d erado, de base aristotélica. Porque aun en éste el
valor de la esencia depende de una realidad peculiar
suya, o p a r te reí, que sólo se singulariza, y deja
de ser en acto universal merced al hecho de la
in d ivid u a ció n ; y y a hemos dicho, y tendremos
ocasión de ver más ampliamente que esto deja sub­
sistente la identidad fundamental de la doctrina a ris­
totélica con la platónica, sin ev itar sus principales
inconvenientes. N otaba ciertam ente ya A r i s t ó t e ­
l e s contra P l a t ó n que su doctrina acerca del se r,
y de las substancias, suprim ía éstas y aquél; porque
lejos de que pudieran el ser y la substancia bastarse
a sí mismo, como exige su concepto, aparecen como
una a n li-e n ld e q u ia , como una insuficiencia para
existir por su indeterminación intrínseca, y por su
depeudencia de otros elementos. Y no reparaba e lE s-
t a g i r i t a quéese mismo argum ento puede formularse
contra su tesis, y es igualm ente concluyente contra
ésta que contra P l a t ó n . Porque es tan indeterm ina­
da por su iu tern a condición la esencia para consti­
tuir el ser y la substancia, en la doctrina a r i s t o té l i­
ca, como en la platónica, sin otra diferencia que la
de invertir el procedimiento (en uno a p r io r i, y en
otro a p o ste rio riI para constituirla; con análogos
inconvenientes para la in d iv id u a c ió n . Dado esto,
que es innegable, un mismo argum ento puede siem­
pre ser formulado contra unos y otros: o la esencia,
en sí y por su interna condicion universal, recibe
también en sí las determinaciones concretas, opues­
tas unas a o tras, o no. Si lo primero, una misma
- 406 —

cosa, o una misma esencia, reúne ea sí propiedades


contradictorias y será el mismo tiempo de una forma
geométrica y de la contraria, de estas condiciones
físicas y de las opuestas si lo segando no hay dife­
rencias internas a los seres, sino estern as y acci­
dentales; y por consiguiente no existen verdaderos
individuos deufcro de cada especie; pues siendo e x tra ­
ño el elemento individualizante, equivale a decir
que una cosa es lo que es, por aquello que no es la
cosa.
A l modo que A ristóteles arguye contra P latón ,
argüían los partidarios de un realismo m ás o menos
moderado contra los filósofos y teólogos platonizan­
tes medioevales; y m uestras de ello tenemos en A b e ­
lardo al argum entar contra el realismo de S. A nsel ­
m o , contra el más acentuado de G uillermo d e C ham­
p e aux , el de A belardo B ach , etc. Pero de igual suer­
te que el argum ento de A ristóteles se vuelve contra
él, volvíanse también coutra los que en la Edad me­
dia, a sabiendas o no, lo utilizaron.
391. Como los factores ontológicos aparecen in­
fluyendo en la doctrina del conocimiento de Dios, o
desviándose ilógicamente de ella, así los elementos
psicológicos de la época a que aludimos. La acción
ilu m in a tiv a de la idea, correspondiendo a la repre­
sentación objetiva que hemos visto sostiene en los
sistem as mencionados las formas de intuición mística
aparece en unos casos (como en E scoto E biúgena),
llevada a sus últim as aplicaciones; y ea otros se
detiene, pam no aparecer contraria al dogma, en un
intermedio donde la lógica y el dogma mismo sufren
detrim ento. A sí es como S. A nselmo, sin renunciar
— 407 —

en modo alguno a los postulados de la fe, no duda


invocar la doctrina de las razones ?iecesarias para
conocer al m isterio de la Trinidad, etc. A b e l a r d o
va más allá, y juzga que las doctrinas de fe, para
ser legítimamente admitidas deben ser dem ostradas,
confaudiendo la inteligencia directa del dogma en
si, con la inteligencia de las proposiciones que lo
expresan. Por ese camino llega a sostener que los
gentiles conocieron el dogma de la Trinidad, que en
el N. Testam ento sólo se revela más claram ente.
J o an de S alisb ü ry , íuueho más próximo n, los V icto­
rinos en teología que a A b e l a r d o , sostiene no obs­
tante la tesis de éste. Y Huso d e S a n V íc t o r , eo tre
oscilaciones varias, asiente también a que la razón,
según el valor representativo de la id e a (v. a trá s,
t. I V . c. 4 ) puede conocer la Trinidad, y por consi­
guiente todos los demás m isterios sobrenaturales (1).
392. Mas a pesar de ese ambiente intuiciouista
que resurge, el criterio positivo predominante de la
fase anterior, hace se m antenga como argumontación

(1) N ótese que si poi' In. vía ilum inativa de la ¡ú:u se lle g a
al extremo que indicamos, de ig aa t modo se viene a p a ra r a ésto
por la vía ngnóítica "respecto a la DivioUUd, siem bra que se
ha.gR de ésta un kypei'iro.áoe:ideuíe inaccesible al conocer. P a r ­
tiendo de ta l hipótesis, corriente en el neoplatonism o, re s u lta
que toda representación m ental de Dios es ajen a tocalm eute al
ser re a l do Dios; y por lo tan to todo sistem a de d o c tiiu a teoló­
gica es siem pre uo sistem a susceptible de interpretación p u ra ­
mente filosófica y racional, ya que a eso se reduce al Su el valor
total de su contenido. Gon frecuencia aparecen' ambos procedi­
mientos, it prim eva v ista antitéticos, utilizados por los seguido­
res do nos m isma escuela p a ra ha lla r el punto de enlace del co­
nocer n a tu ra l con el sobrenatural, a que a rrib a nos referim os.
— 408 -

común sobre la existencia de Dios, la basada en razo­


nam ientos a p o sterio ri, que parecen ajenos (y ea
verdad 110 dejan de serlo) a las teorías que comien­
zan entonces a privar. P ara comprobarlo basta exa­
m inar las pruebas que nos ofrecen cada ano de los
m aestros de este periodo, antes mencionados, co­
menzando por A b elard o .
T rata A b e l a r d o de este punto de l a existencia
de Dios en la I n lr o d itd io a d T kaologiam , en la
Theolog. c h ristia n a ; y en su Coment. a la Episfc. ad
R om an os, utiliza el argum ento cosmológico que trae
C ic e r ó n fundado en el plan y orden que se revela en
la naturaleza.
Al mismo objeto invoca un texto del Timeo doa-
de P l a t ó n enseña que todo lo quo es producido está
sujeto a normas, las cuales revelan un legislador.
Testimonio que es citado también por otros escolás­
ticos, entre ellos por A l a n o d e L i l l e .
El a rg u m e n to p ecu liar de A belardo es que el
hom bre se reconoce a sí mismo cou e x isten c ia lim ita ­
da y causada; y sieudo la s dem ás cosas in ferio res al
hom bre y ordenadas a su serv icio , como lo e stá n las
p a rte s a l todo, con m ás razó n que el hom bre tien e que
s e r el mundo producido p or u n a causa im producida.
393. Sobre el mismo concepto se funda su razo­
namiento de las p a rtes y del todo. E l todo es resu l­
tado de las partes y superior a ellas; y si el todo tie­
ne que ser producido, porque no es independiente de
las partes, es necesario que las partes lo sean tam ­
bién, porque son inferiores al todo. De alii que el
mundo, que es un todo compuesto de p u rtes, no puede
menos de tener una causa, que es Dios.
-4 0 9 —

El argum ento del todo y de las p a r le s , que supo­


ne resuelto lo que está eu cuestión, a saber, si el
ñutido ha de considerarse a la m anera de una obra
de arte, cuyos componentes se eslabonan a voluntad
del artífice, o por el contrario la realidad del todo es
la fuente de los elementos que distinguim os cual si
se tratase de un artefacto, fué usado por otros esco­
lásticos on formas diversas, aunque sin despojarlo
de su vicio de origen.
Se ve, pues, que en orden a la demostración ra ­
cional de la existencia de Dios, la doctrina de A b e ­
l a r d o aparece con marcado desvío de su teoría onto-

lógica y cognoscitiva; desvío que repercute en los


teólogos subsiguientes.
394. En R uperto de D jsütz, que tra ta de la exis­
tencia de Dios exponiendo el Eclesiastes, hállase el ar­
gumento cosmológico, reforzado por el concepto de la
perm anencia de las obras de la naturaleza, eu cuyas
leyes el hom bre, con ser rey de la creación, no tiene
dominio; por lo mismo la naturaleza y sus leyes acu­
sa la existencia de otro Rey increado. «Dídici quod
orania opera qnae fecit D eus, perseverent in perpetu-
Ttm; non possumus ei quidquam addere, nec anferre...
Quod faetnm est ipsum perm anet.»
R o b e r to P u l l e t s eu su tratad o de las Sentenaias,
formula el mismo argum ento basado en las leyes de la
naturaleza, pero con el carácter de prueba directa
la s a b id u r ía de Dios, y luego de sn existencia.
«Irrationabilium rationabilís progressus, e t indefes-
sus in se recursus, Dispositorem snse preesidere m&-
— 410 —
chinee iadubitanter evincit. Qui -vero suum rebus
ordinem indidit, num ipse exísteadi initium ha-
buit?» (1).

395. Al encontrarnos con P edro L om bardo, el


M agister S c n te n tia ru m , es m enester recordemos sn
representación doctrinal, ya que da una parte eu él
se sintetiza el procedimiento de los demás sentencia­
rios, y de otra constituye el centro de una inmensa
lite ra tu ra teológica, formada por insignes comenta­
dores. Hemos ya Lecho mención de las Sentenlia
más im portantes al referirnos a la labor teológica de
A b e l a r d o . Y es iududable que ea cuanto colección,
las S entencias de P . L o m b a r d o sobrepujan a sus
precedentes. Pero esto no significa que la obra de
P . L o m ba r do tenga ni mayor originalidad, ni oti'o
alcance filosófico que las análogas precedentes.
Dejamos notado que los L ib ri Senlentiarutn
de P . L o m ba r d o fneron esjrito s bajo la influencia
directa de la escuela de A b e l a r d o (cuyos libros es­
tudiaba aquél, al decir de sus contemporáneos), so­
bre todo al eDtrar en contacto con la escuela de los
V ictorinos, en la cual P . L o m b a r d o se había forma­
do. Las obras teológicas de A b e l a r d o , en especial

(1) Como complemento da su dem ostración, a d v ierte E. Fu-


llü y n que Dios no puede ser substancia ni accidente; nc ficcitleu-
te , porque necesita sujeto, no substancia, porque ésta es tal por
s u ste n tar accidentes. D ios, pues, e s tá fu era d a Ins cosas del inun­
do, que todas se reducen o a substancias o a accidentes. Su frágil
argum entación uo se ordena & id e a liz a r el ser de Dios al modo
neoplatóuico, aunque a ello pudiera lle g a r lógicam ente por tal
camino.
— 411 —

el Sic et 2Yon, proporcionan al M a g iste r S e n t., m éto­


do y doctrinas abundantes, no menos que dan nor­
mas y m ateria con los múltiples textos allt acumula­
dos, para el Decreto de G raciano ¡C o n ca rd a n tia
discor d ia n tiu m c a n o n u m j que éste no hace en m u­
chos casos más que reproducir (1). Más P , L ombar­
do mientras recoge de A belardo acopio de normas y
testimonios, utiliza al mismo tiempo a G raciano, que
no obstante ser a su vez en mucho deudor a, A bela r ­
d o , sirve en g ran manera a la obra compiladora de los

Libri S e n le n lia ru m . Pero la influencia más saliente,


que aparece a cada momento en P . L ombardo, es la.
de la Sitmnia S e n le n lia ru m de R olahd (expresión
como queda dicho de la escuela de A belardo , con
aproximaciones a la de S an V íctor). De esta S u m m a
copia P . L ombardo con singular frecuencia literal­
mente trozos eu teros, sin hacer la menor alusión a.
su procedencia (cosa harto frecuente en la Edad me­
dia); hasta el punto de que no lia faltado quien, par­
tiendo de tal compenetración doctrinal y literal, juz­
gase siquiera sea equivocadamente, que la Sitmma-
S m ten tiaru m y los L ib ri S e n te n t., eran dos obras del
mismo P . L ombardo (2). Lo que el M agislcr Senten-

(1) Sobre este punto concreto, v. F. Thanbh, A b a e ta rd


¡md das canoniscke R e c h t ; y es cosa de fá c il comprobación
S ic el N o n
por ti cotejo de m últiples textos de G raciano y d e l
cit. V, tam bién G b e llim k (ob. c it,, o. III).
(2) Ese aserto de Miasow, que él mismo h a retrac ta d o (L es
vrig. de la scol. el H ugues de S a in l- V íctor), pone de m ani­
cato h a sta donde perm ite llegar la falta de originalidad en el
Maestro de las Sentencias. L a opinión de J . E ra , y la muy pos-
tírior de S c h d lti negando hubiese copia en P .Lombardo (fundado-
— 412 —
iia r u m hace coa la S u m m a S en l. de R o la h d , ejecú­
ta lo , aunque m ás m o d erad am en te, tran scrib ien d o a
H d s o d e S a n V íc t o r (L ). T puede d ecirse que la
Sum iría m encionada, con H u g o , G r a cia n o y A b e la b -
do son la base de to d a la obra de P e d r o Lombardo;
sin que esto im pida la u tilizació n de o tro s escritos,
en form a d o c trin a l com plem entaria; e n tre los cuales
después del De fidn arlhndoxa del D am ascen o, apa­
recen las Sentenlice de S . Isid o ro ; y más aun (por
lo que se refiere a la escalología! el Prognostieon

Unicd.mente uno y otro en los prestigios del M uestro en la Edad


m edia), es hoy do toilo punto insostenible y evidentem ente falsa.
N i en la Ed«d m edia reparaban en copiarse unos a otros, ni en­
tonces se ignoraba que P. Lombardo lo hubiese hecho asi; hasta
tal punto esto es verdad, que en el s. m i fueron varios los que
ensayaron rehacer en los L ib r i S en t. la p a rte copiada, y la ex­
t ra íd a de otros autores; y D b n ifle señala m anuscritos (entre
ellos el de E r f o r t y de T ro te s ) con notas m arginales sobre las
fu en tes de donde tom a P . Lombardo trozos y doctrinas. P o r eso
eu el misma s. s in , G. de Reicbersbbhg llam aba en tono un tanto
irónico a P. Lombardo; E yregius m a lia r u m el d iv ersa ru m ...
sen ten tia ru m . caltector. (V. G h s llis c k , 1. c it.). Sobre la repro­
ducción y plagios concretos do P. Lom bardo, v. B a ltz e b , Die
S cn tcn zen des Petrub L o m b a rd a s (Stmliati z.G resch.,t.V 3Il).
P a ra la dependencia de P . L ombardo del D ecreto de G raciano,
v, el estudio de Foobwieb, L es collect. canoniqu.es, etc. Indi­
caciones bien señaladas, en 1» ed. de las ob. de S . Buekav de
■Qü aracchi, S . Bonaventurce op. o m n ia , t . I-IV .
(1 ) Como m uestra combinada del u s o lite ra l qne P . L ohdah -
d o hace de ¡&SummaSenCenliararrí,y del t r a t . De Sacramctí-

tU de H u g o , puede verse el lib. IV, d ist. X X III, 1-2 (sobre la


E xtrem aunción) del M aestro de las Sentencias, donde c o p ia de la
S u m m a dicha, al mismo tiempo que de H uao, sólo que alterando
el orden en éstos. (Cf .D e S a cra m . de R o g o , 1. II, p. XV , c. I-IIj
y S u m m a Sent., IV , 5).
— 413 —
fu tu ri sceeitli de S . J u liá n d e T o led o , que P . Lom-
b a k d o dice conocer, y que en v a ria s D istin ctio n es
del lib . I V , m u e stra con los heelios h ab er u tilizad o
(1); con m ás la in terv en ció n de los e sc rito s de B e d a ,
P ascasio, LANFBANco,etc.j reproducidos v a ria s v ece*
allí sin s e r citado s.
396. T area d o difícil s e ria tra e r aquí d a to s con­
firm ativos de todo lo dicho m ed ian te la com paración
textual y d o ctrin al; pero nos llev aría m uy lejos de
auestro objeto, que uo es o tro sino poner de m anifies­
to la colaboración m ú ltip le de e sc rito re s e ideas a n te ­
riores en esa obra teo ló g ica la m ás célebre de las S en ­
tenciarías, y la p e rsiste n c ia del elem ento p o sitiv o so­
bre el filosófico y de a lto s principios que ta n to se ecba

(1) V ., e n tre otros lugares, las D ist. X LIV , XLV y XLV I;


y el P ro g n o stieo n , 1. I , 18-21. L a obra dicha del teólogo es­
pañol era m uy conocida y utilizada en la Edftd m edia.
En cuanto a ¡«fluencias en P . L ombardo de algunos tra tad o s
Je su tiem po como los S c n te n tia ru m libri ocio de R oberto P o -
u e y n , y los S en ien tia ru m libri q u a iu o r de Q a n du lfo , no ca*
be D im itirlas. El tra b a jo de R . P d lle y n es h a rto diverso desde
luego del de P . L ombardo . N o asi el de G andolfo , lo cual, dada
la facilidad c o q que el M u g iste r S ea t, copio de otros autores,
dió m argen a que tam bién se juzgase que dependía del ju ris ta -
leólogo boloñés, y aun E spenbhrger (Dio P h il. d. P . L om bar-
dus, etc.), lo presenta como no averiguado. E l exam en com para­
tivo de ambos libros hace v e r, sin em bargo, que las Scnteniice d»
L ombardo no sólo uo dependen de las de G ah du lfü , sino qne la
obra de éste est¿ calcada en la del M a g ister S e n t., do la cual
recoge método y doctrinas, viniendo a se r a modo de u n a a b re ­
viación de P . L oh ba fd o . L a s cita6 de G a ndclfo al m argen de las
Sent entice de P. L ombardo , fueron p a rte a sostener la equivoca­
ción m encionada. V . en confirmación de esto mismo, los datos-
que ap o rta G h ellih ck , obr, c it., c, III.
-4 1 4 —
dem enos en la labor de P . L ombardo . Ciertamente
que a éste le es debida la distribución y sistem a coa
que ofrece ea su libro los elementos de preparación
ya mencionados, no menos que la fijación de fórmulas
concretas en relación inmediata con los dogmas,
muchas de las cuales quedaron definitivamente esta­
blecidas. Pero desde el punto de vista de interpreta­
ción filosófica del dogma, no aparecen en P . L ombar­
do sino las nociones elementales recogidas tradicio-
nalm eutc, y en cuanto reclamadas por el inmediato
íonteuido del dogma. De ahí sus oscilaciones entre
lo superficial y lo profundo, para el esclarecimiento
de las doctrinas que su sten ta; piro siempre sin una
visión adecuada de ios principios que prácticamente
utiliza. De ahí tam bién que a pesar de sus lecturas
de A belardo , de su acopio de S. A gustín , y de no
desconocer al Pseudo-AüEOPAGlTA, aunque sólo lo
cita dos veces, el M af/isler S e n le n lia ru m no se hace
eco del pensamieuto sistem ático, ni de los principios
de teoría de ninguno de ellos. Y esto que acontece
en todo el conjunto de los L ib ri S e n le n lia ru m , tiene
desde luego lugar aun tratándose de problema tan
directam ente filosófico como es el de la existencia de
Dios, según ahora veremos.
397. Propónese P . L ombardo dem ostraren el
]. I. S e n le n tia n m , «como p o r la c ria tu ra puede
conocerse a l C re a d o r»; y da al efecto cuatro razones
(asf las denomina), que no tienen valor alguno de­
m ostrativo.
Dios que es invisible (dice L ombardo citando a
S. A mbrosio) hizo la máquina del mundo para que
por lo visible llegásemos a El. Porque e s indudable
— 415 —
que ninguna criatu ra puedo hacer el Universo; luego
Dios es su único au to r. «Acccdat qunecumque vis
creaturac, et faci.at ta le coelum efc terram : e t dicam
qnia Dens est.» Tal es el primer razonamiento de
P. L ombardo , que luego desenvuelve declarando que
como reconocieron los filósofos. Dios es superior al
cuerpo, al espíritu, y a toda foruia que se derive
del mundo corpóreo o incorpóreo.
P . L ombardo comienza su argum ento, dicho
am brosiano, por afirmar que el mundo fué creado;
y de ahí pasa a m ostrar que la creación es obra de
Dios porque ningúu hombre puede realizarla. De
esta suerte empieza por suponer la existencia de
Dios, cuando va a probar que Dios existe, y luego
la consecuencia que saca no es nada de lo que pre­
torio deducir, porque no pruoba o tr a cosa sino que
el hombre no es Dios, o uo es la causa productora
del Universo.
El supouer que por cuanto el hombre no puede do­
minar en las leyes del U niverso, éste ha de ser obra
de Dios, es común a los argum entos precedentes de
íadole análoga. P arten sus sostenedoros de que el
hombre es superior a toda la naturaleza visible, para
luego poder referir a Dios todo lo que el hombre no
es capaz de hacer; y al mismo tiempo afirman que el
hombre no es superior a toda la naturaleza, para
poder referir a Dios ol origen de ésta y de sus leyes.
Da que el hombre no ten g a do nimio en las leyes del
Universo no se sigue que éste haya de ser producido
por Dios, sino simplemente que no es producido por
el hombre; como de que el hombre uo puede a lte ra r el
movimiento de los astros, o poner en calma las olas
— 416 —
del m ar, uo se sigue que Dios es el motor de los as­
tro s y el agitador de las olas. E sto no quita quo et
razonamiento pueda hacerse válido; pero basta pa­
ra que no lo sea tal como se presenta, que es de lo
que se tra ta .
Uu segundo argum ento lo apoya P . Lombardo en
que S. A g u s tín dice que los filósofos conocieron que
Dios uo es cuerpo, que vieron que no es espíritu mu­
dable, y por lo mismo eu tendieron que Dios trascien­
de sobre todo lo contingente; «iutelexerunt ergo,
saca por consecuencia, cum et omnia ista íecisse, et
a nullo fieri potuisse».
E s difícil adivinar como en esto puede hallarse
fundamento para otro argum ento que no sea de h
tradición filosófica respecto de Dios, aunque ello no
sea lo que in te n ta P . L om bardo.
398. Igual o mayor deficiencia sa advierte en el
tercer argum ento. «Consideraverunt etiam , dice,
quidquid est in substan tiis vel Corpus esse vel spiri-
tum ; melinsque alíquid spivitum esse quam corpus,
sed longe meiiorem qui spiritum fecit e t corpus.» Tul
es lo que el Maestro de las Sent. presenta como terce­
r a razón . Aparece aquf un argum ento incoado qna 1»
mismo puede convertirse en proceso de gradaciones,
como eu el de efecto y causa, con lo cual se liaría
razonamiento legítim o; mas ni a eso se llega eu el
tex to , ni con ese carácter so .utiliza, sino con el as-
pecto secundario de la tradición filosófica, según se
revela en el texto.
Lo qne denomina cuarto argum ento ( q u a r t u s
modus vel ratio) está tomado de S. A g u s t ín , y se
funda en que existiendo diversos grados de perfec-
— 417 —
ciónos en el cuerpo y eu el espíritu, debe e iis tir un
principio «incomutable» que los haya producido.
Esto que P . L ombardo titu la cuarto argum ento,
tomado d eS . A gustín , análogo al tercero, es el c o n ­
tenido del argum ento segundo de L ombardo, al cual
no acierta a darle sentido, por la división ilegítim a
que hace del pensamiento agustiniano. Y es que el
Maestro de las Sentencias uo llegó a penetrarse del
argumento de las p a rtic ip a cio n es del ser, expresado
por los grados diversos en las perfecciones corpóreas
y espirituales, que responde perfectam ente a l a teo­
ría agustiniana, segúu hemos visto, y que él no con ­
sigue formular (1). Tal es el resumen doctrinal de
P. L ombardo, expresión asistem ática de ajenos con­
ceptos, y de verdadero retroceso respecto de an te­
riores teorías.

$99. P e d r o d e P o it ie b s , discípulo de P . L om ­
bardo corrige un tanto las deficiencias del m aestro,
aunque sin proponer ninguna demostración original,
ni de valor metafísico. Cuatro son los argum entos de

(1) Más bien que a Ift tsoi'ift da laa participaciones p a re c e


intentar P , L om bardo referirse al c arácter m udable de lo qne
lulraite grados de perfección. E sto coresponde tam bién «1 pensa­
miento de S. A g u s t ín : «Quod a u te u reeipit m agis e t m inus, sine
dubitatione m utabile est». (De eiv. Dei, I. 8 , c. 6).
Con más precisión qne P. L ombardo expone esta coas ti dn
B andiho (M a g isicr B a n d in u s), su com pendiador. Señala éste
tre» modos de conocimiento tle la existencia de Dios. Uno, el
primero que propono P . L ombardo (argum ento dicho ambrosia-
no); otro de S. A oust Iw, fondado en la distinción entre el cuerpo
7 el filma,; y el tercero procedente del mundo visible, a tenor del
testo d eS , P ablo , iu a isib id a cnim ip siu s, etc.
TOMO V 27
-4 1 8 —
P . d e P o i t i e r s en su L . S e te n t. l . ° El argum ento pro­
puesto eu primer térm ino por P . L o m b a rd o , que aun­
que en sí nada vale, como queda dicho coa la conclu­
sión que deduce P . P o i t i e r s , pudiera hacerse irn argu­
mento cosm ológico, deducido de la harmonía del
Universo (1).
2.° El argum ento de la substancia y del acci-
dente. Todo lo que ex iste o es accidente o substan­
cia; mas el accidente no puede ser p e r se, porque
necesita de sujeto, luego tampoco puede ser a s e ,—
«ergc ñeque a se, id est a n id io ,» — La substancia
tampoco existe sin algnua modificación accidental
¡ d ic itu r enim a snbslenda vp.I a subsistendoj; asi
«ni el cuerpo puede ex istir sin lugar y calor, ni el
espíritu sin alguna afección d istin ta de él», Luego
hay que adm itir algo superior quo sea p e r se y a se
— «quod per se s it et a se.»
Es este el razonamiento que atrás hemos visto
formulado por R oberto P cílleyn , con idénticos de­
fectos.
3 .° E l tercer argum ento es el de las p a rtes y
del todo, que antes h e m o s h a lla d o e a A b e l a r d o . Las
partes son inferiores al todo, por consiguiente no
pueden ser Dios — «nulla pars Deus est» — ; pero el
todo depende de las p artes, y por tanto no puede
se r a se, no puede ser Dios — «nulla pars Deus est».
4 .° E l cuarto argum ento estft fundado en la

(1) «Videns ergo homo, dice, hanc mnndi mn.china.in tutu


m agnarn e t spatiosam a tralla a lia fien possB c ra a tu ra , aliud
esse in te lle x it, quod tam pulehrum e t «patlostrai opas fecitj
e t sic optim e ductu ratiouis firmissíme Deum comprehendit».
(S e n t. I. c. 1).
-4 1 9 -
distinción del alma y del cuerpo, y en la necesidad
consiguiente de que Dios sea el autor del compuesto
humano. Es argum ento tomado de H u g o de S . V í c -
toh , a quien sin embargo no menciona P . de P o it ie r s
y constituye una forma concreta del de las p a r te s y
del lodo. V ariantes ambos del argum ento de contin­
gencia, pero destituidas de la forma que les corres­
ponde para ser irreprochables.

400. G aknerio d e R ochefort sigue las huellas


de P edro de P o it ie r s , utilizando la fórmula del lodo
y las p a r te s . Una diferencia se nota, sin embargo, en
el modo de presentar el argum ento, que luego se hizo
común.
Mientras P edro d e P o it ie r s , con A bela r d o , arg u ­
yen que ni el todo por su dependencia de las partes,
ni las p a rte s por sn subordinación al todo pueden ser
Dios, G a r n eb io parte de la idea del com puesto para
concluir que las partes en cuanto reunidas en un t o ­
do suponen la intervención de Dios. Su razonam ien­
to puede resum irse así: Todo lo que existe es com­
puesto; luego es necesario que de alguien proceda la
composición; y si éste es compuesto, o es necesario
llegar a algo no compuesto, o proceder in infinitum .
—«Quidquidestcompositum , est; ergo ab aliquo... Si
ab aliquo, ergo a composito vel non; sed non a com-
posito; si enim a composito, e t illud compositura
esset ab aliquo, e t sic in infinitum. N ulla ergo esset
suprema causa. Si ergo omnia composita sunt ab-
aliquo, ergo a uon composito.—
La forma, pues, n e g a tiv a del argum ento de
P . de P oitiers conviértese en p o s itiv a en G a r n er iq ;
— 420 —
atenuándose así el defecto de la forma anterior, y
evocando el argum ento de la contin gen cia.

401. E l ecleticismo de A lano d e L tlle que le


hace oscilar entre la doctrina platónica, la pitagórica
y la aristotélica, y le lleva a ju n tar etemeutos de tan
diversos sistem as, influye indudablem ente en su
teodicea, la cual aunque de orientaciones agustinia-
nas, dista de ser expresión exacta de la mente de
S. A g u st ín .
A lamo no supone como sus predecesores, a Dios
en contacto inmediato con las criaturas, sino que
coloca como interm ediaria la N a tu r a ie ta («auctoris
Dei vicaria»), que a m anera de alma universal del
mundo, rige inmediatamente el universo. P ero su
principio sistem ático; q uod est c a u sa causee est cau­
sa c a u s a ti (1), basta para señalarle y distinguirle
entre sus contemporáneos por lo que se refiere a 1»
argum entación en la m ateria, aunque aquel principio
haya de aplicarse a través de la concepción estoica
de la N a tu r a le za in te r m e d ia r ia .
A lano en efecto hace intervenir directam ente en
las pruebas de la existencia de Dios la noción de cau­
sa, y establece: que nada es causa de sf mismo — ni-
hil est causa sui— ; que todo lo subordinado tiene una
causa suprem a; que la causa suprema ni constituye
compuesto con otra cosa, ni ella es compuesta. «Ne

(1) «Si enita causatnm a , cujus causa b; cansa outcm b sit


c; a habet esse par c cujus causn est 6, etc, V. B a o u g a rtm ,
Die Pkilosoph, d, AlanuB de Insutis; R a b u n k e r , Hands
chri/ttich. za d. Wcrken d . Aianus; Grünwald, Gesch.
d. Gottcsbeto. 1907.
— 421 —

que componitur alicui, ñeque ípsam aliqna compo-


nunt.»
Mas no por eso abandona el argum ento del todo
y parles, antes bien tra ta do robustecerlo. Asi esta­
blece que todo lo compuesto es causado, y nada de
lo causado puede ser Dios, según el argum ento u tili­
zado por G a r k ek io . E ste razonamiento y el de que
«todo lo mudable supone algo inmudable», son los
principales de A lano d e L il l e .

402. E n G uillerm o de C onches hállase la misma


prueba de la com posición de p a r te s ; pero apoyada en
la combinación do los co n tra rio s. Los elementos que
componen el mundo son opuestos entre sí, como lo
frío y lo cálido, lo seco y lo húmedo; tales elemen­
tos no están combinados ni por el acaso ni por sí
mismos, porque son contrarios eu si por su condición;
luego exigen una causa extrínseca que determine su
unión, la cual sólo Dios puede ser.
Nótese como en este periodo el argum ento más
recibido para probar la existencia de Dios es el. de
las p a rtes y del to d o , presentado de diversas mane­
ras. Ora se p arta de la composición en general, ora
del ser compuesto humano (alma y cuerpo), ora de
los elementos cosmológicos, ora, en fin, de la compo­
sición metafísica de substancias y accidentes, son
siempre las p a r le s y el todo el eje de las soluciones
que se nos ofrecen. En esa misma variedad de for­
mas con que se esfuerzan en haccr valer ol argum en­
to, revélase que sus sostenedores, sin advertirlo r e ­
flejamente, sentían la debilidad de la prueba.
El razonamiento de las p a rle s y del to d o , en s í
-4 2 2 —

considerado, si no se pasa mediante él a la idea de


contingencia, no prueba la existencia de na Criador,
sino simplemente la de un Ordenador del lodo, aun­
que los elementos primordiales fuesen increados. P e­
ro, fuera de eso, según queda notado, el problema
previo en la cuestión es saber si son primero las p a r-
íes, o si es primero el todo en las obras de la natura­
leza. Porque las partes preceden sin duda al todo en
las obras de arte que son las obras del hombre; mas
de ahf no s? sigue que suceda lo mismo eu las obras
de la naturaleza; antes bien lo único que podemos
suponer en éstas es una prioridad lógica de elementos
que no basta en modo alguno para concluir de ello
la existencia de Dios, ni su intervención en el com­
puesto como tal.

LA FA SE DE LOS VICTORINOS

403. M ientras la idea filosófica en sus oscilacio­


nes caminaba mediante los sistem as do misticismo he­
terodoxo por las sendas trazadas en las doctrinas de
E r iú g e n a , llegando a las más abetrusas formas in-
tuicionistas, en el campo ortodoxo persistía la fuer­
za de la doctrina tradicional, cuyas manifestaciones
hemos podido apreciar en el problema del conoci­
miento de Dios. La semilla sin embargo depositada
p o r S . A nselmo en el campo teológico, y la actua­
ción silenciosa, pero eficaz de los conceptos pseudo-
dionisianos, no quedaron largó tiempo sin efecto. Y
la escuela de los Victorinos fué la manifestación
c u m p lid a de la reacción a q u e aludimos, la c u a l se
- 423 -

mantiene después, y persiste mediante el influjo que


dicha escuela ejerce en los siglos x ii y x m . Ya
hemos señalado en otro lugar ( t. IV c. 4.°) la teoría
cognoscitiva de la escuela de San V íctor, y a ella
liemos aludido atrás por la relación que existe en la
doctrina de las razones n ecesarias respecto de lo
sobrenatural entre S. A nselmo, A belardo y los Vic­
torinos. Mas con todo ello, y a pesar del fondo plato­
nizante que ahf se revela, la doctrina de los V ictori­
nos respecto de la existencia de Dios m antiene los
procedimientos tradicionales de prueba mediante el
ascenso discursivo de lo contingente a lo necesario,
siquiera adm ita también el proceso de percepción
mística, pero sin identificarlo ni aun asimilarlo al
proceso racional que utiliza, tal vez más quo ningu­
na otra escuela antes del advenimiento del predomi­
nio de las doctrinas aristotélicas.
H ugo toma d e S . A gu stín la doctrina d e los g r a ­
dos de ascensión a Dios, pero modificando su corres­
pondencia cognoscitiva. Los tres grados fundam en­
tales para llegar a Dios son: la co gitalio, o inquisi­
ción del Ser divino en el mundo seusible; la m e d ita ­
do, por la cual lo buscamos en nuestro interior; y
Ja con tem plado, que es el modo sobrenatural y ú l t i ­
ma etapa del conocimiento de Dios.
La invisibilidad del alma, y la conciencia en nos­
otros de que existe, sirve a H ugo de S. V ictok como
antes sirvió a S. A gustín , para explicar que Dios
invisible a nuestros ojos es visible sin embargo a la
mente por sus obras (1).

(1) «Aá i8t& viáenda (la tie rra y sus fru to s) dijo S. A q u siíh ,
- 424 —
404. De la existencia del alma presente a sí mis­
ma en nosotros, toma H ügo el primer argum ento para
probar la existencia de Dios. El espíritu pensante
no puede ignorarse a sf mismo, —se iguor&re non po-
te s t— ; y al mismo tiempo no puede dejar de conocer
que comenzó a ser; y por consiguiente no puede des­
conocer que comenzó mediante alguien que fvté su
autor; «quoniam omnc quod aliqnando esse iucoepit
auctorem habuit per quem coepit».
El segundo argum ento es el de la m u ta b ilid a d
de las cosas. Lo que se muda no ha podido existir
siempre, porque ni aun puede conservar su ser pre­
sente. «Quod mufcabile est aliqnando non fuisse ne­
cease est; quia quod stare non potuit cum praesens
fu it, iridioat se aliquando non fuisse priusquam fu it» .
E l tercer argumento es teleológico, y lo deduce
de la razón de finalidad del triple m o vim ien to , que
Httqo califica de a p e tito n a tu r a l, m ovim iento n a tu ­
r a l (vida vegetativa) y m ovim iento lo ca l. El prime­
ro dem uestra la ordenación a un fin, porque tiene su
objeto propio; el segundo, porque el producir incre­
mento en los seres es como producirlos de nuevo,
por cuauto es tan imposible que una cosa se aumen­
te por sí misma, como que se de a si propia el ser de
la nada; el tercero, porque a pesar de los múltiples
movimientos locales que se observan en la naturale-

coiporis oculos d e d it, ad se vidciidum tu en tora ded il» . Siout


eoim ex m otibus... animam qnam eoh vides in tellig is, si» os
adm inistratione totins m u n d i... iníelliga C rentorem ». A au
vez escribe H . d e S. V í c t o r : «Yidet ergo (anim a) invisibllia
esse; qnse lam en visibiliter aon videt, quia seinvisibilera asse vi­
d e t, et tam en visibiliter non videt». (Da Sacram . chriat. f, III. '?)■
— 425 —
z&, no se trasto rn a ésta y cada cuerpo sigue sa ca­
mino.
405. BrcARDo d e S. V íc t o r en su tratado do T r i-
nitate, c. 6. en tra más directam ente en el terreno filo­
sófico, y algunos de los argum entos que formula pre­
valecieron entre los escolásticos posteriores.
El primer argum ento se funda en el origen del
ser. Todo lo existente o es eterno o tem poral. Lo
eterno o es a se o ab a lio ; lo tem poral también es o
ase o ab a lio . Lo tem poral no puede ser a se, por­
que si alguna vez no existió, no pudo nunca nada
para darse el ser. c Quid quid enim ex tempore esse
coepit, fu it quando nihil fu it; sed quando nihil fuit
omnino nihil habuit, et omnino nihil potuit». Las
cosas, pues, tem porales ni so n a s e , ni son eternas
ab alio, siuo que tienen que ser producidas en el
tiempo por el que es a se. «Que hay innumerables
cosas, añade, que no existieron ab seterno, la expe­
riencia cuotidiana lo pone de manifiesto»; q u o tid ia -
m exp erim en ta la le rc non sin u n t (I).
El segundo argum ento lo apoya en la diversidad
de perfecciones en los seres, concluyendo a la mane­
ra agustiuiana, que es necesario ex ista un ser que

(1) Eii cunnto & lo eterno ab alio R. d e S. V í c t o r lo adm i­


ta, aunque su explicación es poco clara; «Nemiui v íd eatu r impo-
asibile. dico: cei'te radiua solía de solé proced it e t nb illo Ol'igi-
uem t r a h i t , e t t a m e ti so lí c o s t ü s e s is tit si ig ltu r lu x ista cor-
poralis babet raeium afbi coaeterim cn, s u r nou habent lu z illa
spii'it&Hs et inaccesibilis radium sibi coateruum ?». A l e j . d e A l e s
(S. Tb. q. III p. I) reproduce lne palabras d e B. d e S. V I c i o b
snnq^ne no se ve que objeto puedan tener e u tre las p ruebas de la
existencia de Dios donde las in serta.
— 426 —
tenga ea grudo sumo la mayor perfección de todos
ellos.
El tercer argum ento lo saca de la ¡dea de posibi­
lidad; todo lo que tiene posibilidad de ex istir es
necesario que la tenga de sí mismo o de otro; pero
de sí mismo uo se puede tener la posibilidad cuando
no se tiene el ser. Luego existe un ser que es ori­
gen de toda posibilidad, una esencia origeu de toda
esencia — om n iu m su m m a , o quet esl om nis essen-
tia .
E a los razonamientos de la escuela Victorina
adviértese la tendencia a hacer prevalecer el concepto
de contin gen cia para dem ostrar la existencia de Dios,
asociado jin embargo al pensamiento genera' plató-
m eo-agustiniano, como bien se no ta en los dos últi­
mos argum entos que acabamos de señalar.

FASE INTERM EDIA HASTA S tO . TOMÁS

406. Es ésta una fase de verdadero resurgim ien­


to platónico, con las aspiraciones de la idealidad cícli­
ca de la teoría; pero al mismo tiempo sin la vitalidad
de su concepción ontológica, y poi' lo tan to privada
dol alcance y fijeza que da carácter a una escuela.
E l primer teólogo que con ta l orientación se nos
ofrece fuera de la escuela de S. Víctor, es R icardo
F isc h a c h e , que acaso sea tam bién el primer comen­
tador del M aestro de las Sentencias ( í). E n su expo:

(1) V. Bublb, Z rf. f . kath ol. Theol. VII; D a n ie l s , Que-


UenbeUr. etc. z . Gesch, d . Q otlesbew, etc.
— 427 —
sicióndeéste, 1. T. d. m . , presenta diez pruebas de
la, existencia de Dios.
Todas ollas se reducen a cuatro categorías: la-
primera, fúndase en que supuesto proceso infinito,,
se darían entre lo supremo y lo mínimo series infi­
nitas, las cuales serían unas m ayores que otras,,
constituyéndose así un infinito mayor que otro infi­
nito. Quod in fin itu m el m a ju s in fin ito . Sobre esto
formula luego otros argum entos concretos acerca de
la bondad y del bien que on gradaciones infinitas da­
rían siempre tipos infinitos de bien y de b o n d a d :
Q m díibít bonum e r il bonun in fin itu m . Q uodíibet
eril sum m um bonum , etc., q u ia d is la t a m ínim o
bono per in fin ita b o n a ...
407. La seg u n d a categoría, fúudase en la signi­
ficación a bsoluta de la idoa de V erdad, de Ser y del
Bien, a lo platónico, a la cual debe resp o n d er una.
realidad a su vez ab so lu ta. L a te rc e ra , la c o n stitu y a
el argum ento ontológico de S, A nselmo queFiscH A -
cre reproduce. L a cuarta c ate g o ría son dos arg u m e n ­
tos de la c a u s a lid a d el (5 .° y 10); si bien en ellos se-
presupone conocida antes la e x iste n c ia de Dios,
porque no se d e m u e stra sea en su o rig en causa­
do (1). F ischacre es tam b ién el p rim er escolástico-

(1) «Item , dice el a rg . 5 .°, est aliquid tantum cnusntum , et.


&liqud quod est causn et cansatum ; ergo est aliquid quod est-
«lusa tantum *.
Y el a rg . t0 .° : «Item n n ire rsita s eausnrum vocetur A. Cons-
t i t ergo A est causatum , enm si univeraitaa causatorw n; sed.
omne causatum h&bet causam e x tra se: ergo A h ab et c a u sa n ex­
tra se; ergo causa ejus quod e st A es cansa non cau sa ta ; sed
hoc dlco Deum: e rg o D eus est».
— 428 -
que acepta y hace suyo el argum ento ontológico di
S . A nselmo, del cual ninguno de sus predecesores
hace mención, Y ya hemos indicado, tratando de es­
te argum ento, hasta que extrem os llega en su dis­
curso platonizante (lógico sin duda deutro del siste­
ma) acerca de la existencia de Dios: «Si Deus no»
est, D eum non esse est v e n m ; ergo veritas aliqua
est. Haec a u t fu it ab seterao et tuuc ipsa est Deus,
quod Tolo; a u t nou, et tuuc ejus oppositum fuit
verum , scilicet, Deus est, ab ceterno. (Sent. 1. I,
d. 3 , cít.). (1). Representa, pues, R icardo F ischacrb
el eslabonamiento histórico de la prim itiva escuela
sobre este punto con la fase de la escolástica, de que
participan los principales representantes de ella,
incluso S to. T omás.

408. G üillermo de A üxerre en la p . I. de su


■Sumna A u rea ofrece c u a tro pru eb as de la existencia
de D ios. L a p rim era «per h ab itu d in cm causse ad cau-
satu rn » pero que el m undo h a y a sido causado lo supo­
ne probado por los filósofos (philosophi p ro b a v e ra n t).
E s análoga e sta p rueba a la 1 .a de P . L ombardo y a
la 1 0 .a de F iscbacre . L a seg u n d a «per fluxum re-
ru m » , que es u n a n u ev a form a de la a n te rio r. La
te rc e ra p o r la in te lig ib ilid a d de lo óptim o, n la ma­
n e ra platónica y anselm iana. «O ptim um e s t intellí-
g ib ile , quod c o n sta t; e rg o optim um e s t; ergo sum-

(1) Sobre l a m isma base, aduce F is c h a c r b este argumento:


« Item si aliquid ossot simplicisaimum, non dif f e v re t, ab esss suo
sed esset siium esse; ig itu r s i aliquid e s s e t siroptíciaBiumm, illu d
esset; sed airaplicissiinnm est simplieissimum: erg o est». (L. eit.
•a rg . 6 .° ) .
— 429 —
num bonum; ergo Deus». L a cuarta es el argumento-
de S. A nselm o , que constituye a modo de confirma­
ción del argum ento precedente.
G uillermo de A u v er n ia en su tratado De T rin n i-
lalc toma una posición media en tre el platonismo d»
los precedentes y el aristotelism o que m ediante loa
árabes se imponía en Us escuelas. Sus argum entos
en favor de la existencia de Dios (que no expone
sistemáticamente) se reducen a tres. Un argum enta
que llamaremos de base ló g ic a , que consiste en opo­
ner entre si conceptos que se excluyen, que se co­
rresponden gradualm ente, en su orden, y que pue­
den expresar las propiedades contrarias entre el S er
primero y los sores creados:
Esse a d u n a tu m ----------E sse n n u m .
Esse secnndarinm — — Esse prim um .
Esse compositlim --------Esse simplex.
E sse poteDtiale— — — Esse neccsse.

Esto procedimiento fué, como veremos aceptada


por S. B uena ventura .
409. Su segundo argumento es ontológico, y
procede de la distinción entre esencia y ex isten cia .
Todo ser potencial es una resultante de esencia y
de existencia, cuyo enlace es condición previa para
el ser actual. E ste enlace uo puede efectuarlo el
ser que no existe; luego es necesario que sea cau­
sado por un ser que no necesita dicha unión de ele­
mentos, esto es, un Ser en el cual la esencia y la
existencia constituyan una misma realidad.
Es notable e sta arg u m en tació n porque ella, sea
en el mismo sentido en que la em plea G uillermo de.
— 430 —
A u v er n ia , s e a com o s im p le e x p re s ió n d e potencia, j
a rto , a p a re c e d e s p u é s e n la e s c o lá s tic a con fre c u e n ­
c ia , m e rc e d s o b re to d o a la s in flu e n c ia s á ra b e s por
c u y o in te r m e d io , com o en s u lu g a r v e re m o s , a m i g a
e n la e s c u e la t o m i s t a la d is tin c ió n p la to n iz a n te cu­
t r e la esencia y existen cia.
¿Qué significación tienen en G. de A u v e r n ia la
esencia y la existen cia como distintas? Parece desde
luego que debe atribuírsele sentido platónico a tal
distinción, y por lo tan to equivale a reconocer que
la esencia y la existencia constituyen dos formas
e n titativ as capaces de reunirse y realizar la entidad
individual.
Los escolásticos posteriores, adictos al aristote­
lismo, uo le dan ese valor platonizante en titativ o a la
esencia y a la existencia, ni podían dárselo sin con-
tradicióu; porque desde el momento en que la esen­
cia y la existencia aislados tengan propia entidad,
ya existen entes sin necesidad de distinción entre si
esencia y su e x istir, y desde entonces la hipótesis es
del todo inútil. A trav és de las ideas aristotélicas de
A v e r r o e s , e l adversario más decidido de la distinción
dicha tan corriente entre los árabes, la doctrina es­
colástica que hubo de prevalecer en sustitución de
aquélla, fué la de la p o ten cia y acto.
No es menester notemos que a pesar de las ate­
nuaciones con que luego se in tenta restablecer la dis­
tinción entre la esencia y existencia (merced a Egi-
dio Romano), se va siempre a parar a la consecuen­
cia señalada. L a doctrina de la esencia como na
in term edio en tre lo ideal y lo real, presentando lue­
go la existencia como com plem ento de lo real, y por
-4 3 1 —

consiguiente como coopartfcipe de la realid ad e idea­


lidad de Ja esencia, no es m ás acep tab le ni m enos
insostcuible qus el platonism o u tilizad o por G í j i l l e r .
mo de A u v e b n ia. Mas del problem a aludido h a b re ­

mos de ocuparnos en o tro lu g ar.


El tercer argum ento de G. d e A u y er n ia domnes-
tra el influjo aristotélico, y responde a otro análogo
de A verro es . Se dan entes que reciben et ser y a su
vez lo confieren; se dan entes que lo reciben y no lo
trasmiten; por consiguiente debe darse un E nte que
confiere el ser y no lo recibo. Los primeros son cau­
sados y causa; los segundos no son causa y son cau­
sados; el tercero es causa sin ser causado, y es la
Causa primera.

410. Un aspecto acentuadamente ecléctico se nos


ofrece eu la labor de A leja n d ro d e A l es ( o por lo me­
nos que como suyo y bajo su nombre se vino presen­
tando), si bien con ei carácter predominante plató-
nico-Bgustiniano del Alense. Eu la Summa, Theol.
(p. I. q. III) presenta nada menos que trece formas
do argumentación en favor de la existencia de Dios.
Alguna sin embargo apenas ofrece aspecto de prue­
ba, y otras son modificaciones de un mismo argum en­
to (1).
Todos los argum entos de A . d e A l u s están to ­
mados de escritores precedentes; y por lo tanto nada

(1) No es 0,1'gnm anto el qua a p a r a ce (1. c it.), como segundo,


«ii donde sólo sa propone la ftürmacióD d e B . db S , V íctor
sobre la posibilidad de un ente eterno no a se. Son varian tes
de una, misma prueba, la octava, y nona, sobre la eterna oár*
dad, que no hace sino reproducir sustancialm ente Ift séptim a.
— 432 —

hay de originalidad sn ellos, si se exceptúa la forma


en algunos casos.
De R i c a r d o d e S. V í c t o r (D c T rin ila te, I . ) son
los argumentos 1.°, 2.° y 13.° E l primero fundado
eu la idea de ser como temporal o eterno, según
queda expuesto; y el decimotercio (prescindiendo del
segundo) (1), fundado en la variedad de períeceiüucs
de los seres que suponen un ser supremo perfectl-
simo.
El argum ento 3.° es del D a m a s c e n o (De Fide
Ortod. I c. III) y se apoya en la mutabilidad de lo
creable. El argum ento 4 .° es el de G u ille rm o de
A u x e r r e sobre la causalidad, o «per kabifcudiuem
causa ad cansatum»; si bien en el Alense aparece
mejor formulado. El 5.° es el tex to bíblico: «A mag-
nüudine. enim spccici etc, (Sap. 13); como argumen­
to cosmológico.
El argum ento 6.® es una reproducción del psico­
lógico a trá s indicado dc H ugo d e S. V íctor ¡fíe Sa-
c ra m . I), tomado de la presencia del aloia a si mis­
ma, y de la conciencia en cada uno de no haber exis­
tido siempre. Sólo modifica algo el Alense su razo­
namiento en la conclusión.
E l argum ento 7.°es directam enteplatonizuntc y se
funda en la in m u ta b ilid a d de la verdad considerada
como algo objetivo en sí misma. E sta inmutabilidad
supone una eterna verdad, «la Esencia divina». Es­
t á tomada esta prueba de S . A n se l m o (D e Verüate
c. I). E l argum ento 8.° es la misma prueba platóni­
ca transform ada, tomando otras palabras del citado

(1) V. la nota a n te rio r.


- 433 —
libro de S. A nselmo, cap. I . , según las cuales «si la
verdad tuviosc comienzo o fin, sería v erd a d que no fu e
la verdad o que no xet'á la verdad», y por consiguien­
te siempre su b sistiría alguna anterior verdad.
«Aetem aliter ergo est V eritas», concluye el A len­
se. Y el arg. 9.® es el mismo arg. 8 .°, que en vez de
apoyarse en S. A nselmo como el anterior, se apoya
en el maestro de éste, S. A gustín (Soliloq. II, c.
2). «Item, ex negatioue v eritatis seqnitur positio ve-
ribatis, dice el Alense, sicut ratiocinatur A ugust.:
Si veritas non est, veritas est; quia sequitur veri-
tíitem non esse, esse venina».
411, E ste argum ento, que abrás liemos visto en
F ischache , es demostración palm aria de la deficiencia
de todos los de la misma índole. Queriendo probar por
el carácter iutrínseco de la verdad que Dios existe,
prueba que a u n q u •: D ios no e x ista , existe algo; y por
lo tanto exista o no exista Dios, el argum ento conclu­
ye de la misma manera; es decir, que el argum ento no
demuestra la existencia de Dios. T lo que es más, pre­
tendiendo hacer de Dios la verdad misma, hace a la
verdad independiente de Dios tan en absoluto que
aunque no exista el Ser Supremo existiría la verdad,
y ella realizariase en la misma negación de la Divini­
dad, como se realiza en la existencia de ésta. He ahí
la U na en sí convertida en deidad soberana, merced a
la ilusión platónica de los conceptos objetivos, y e rig i­
dos en tipos ontológicos. Pero dentro de esa o b jetiva ­
ción nadie podrá poner en tela de juicio la legitim i­
dad de la categórica afirmación do F isch acre y de
cuantos la reproducen: «Si Duus non est, Deum non
ossñ est vernm; ergo veritas aliq u acst» .
TOMO V 28
— 434 —

412. Bel mismo carácter agustino-auselmiano de


los an terio res, es el argum ento 1 0.° de A le j. d e A les,
que dice: «Optimum est optimum; ergo optimum est,
quia in iutellectu ejus quod est optimum, intelligitnr
esse». A ntes de él había dicho F i s c h a c r e con muy
parecidas palabras: «In ÍDtellectu optimi cadit esse
bonum .... ig itu r in iutellectu optimi est esse. Ergo
si est optimum, est (ex istit); sed optimum est opti-
mum; ergo e st (ex istit)» . (Sent. I. d. I II arg. 8). Y
de una m anera análoga había también escrito Gui­
l l e r m o de A ü x e k r e : «Si optimum est intelligibile,
optimuui est; sed optimum est intelligibile, quod
constat; ergo optimum est; ergo summum bonum;
ergo Deus est (ex istit)» . (Summ. A ur. 1 .1. arg. 3).
E l argum ento 11.° es el (Mitológico de S. A íísel-
uo reproducido con sus propias palabras. Y el 12.°,
Sobre los g ra d o s de perfecciones que suponen uua
perfección s u v ia , está, tomado tarabiéu de S. A nsel-
lio (en el M onologium , 4), y es análogo al 13.°, que
es de E . de S. V íctor ya mencionado.
Además de e sto s tre c e a rg u m e n to s reu n id o s por
©1 Alense, ofrece sep arad am en te (S. Th. II., q. I)
o tro s tr e s m ás; dos de ellos fu n d ado s en la m u ta b i­
lid a d de los seres (tom ados de S. I sidoro y del Da-
mascexo), y el to rc e r o apoyado en el concepto de
p o s ib ilid a d , que el Alense deriva de B. de S. Víc­
tor , cuyo razonam iento hem os v isto a tr á s , aunque
m odificando un ta n to el pen sam ien to de é ste .

413. M ien tra s A lejandro de A les vuélvese ha­


cia los que le precedieron sin te tiza n d o sus ideas pla­
to n iz a n tes acerca de las pru eb as de la ex isten cia de
— 435 -

Dios, haciendo con ello [prevalecer el criterio agusti-


niano sobre este punto en los albores del aristo telis­
mo, otro célebre escolástico A ib e r t o M a g n o , aunque
no ajeno a las influencias platónicas, va directamente
hacia la escuela aristotélica, y puede decirse es él
quien introduce primero de una m anera franca el
aristotelismo en la demostración de la existencia de
Dios, alejándose de las sendas trazadas por sus p re ­
decesores.
Sin embargo, por un contraste singular, A lber ­
to Magno que se desliga casi en absoluto de las t r a ­
diciones doctrinales más significadas en la cuestión,
se adhiere sin reparos a uno de los más pobres repre­
sentantes (desde el punto de v ista científico) eu la
materia, como es P . L ombardo, y pretende reprodu­
cir sus argum entos, aunque añadiendo algunos otros.
Evidentemente querer cim entar la demostración
de la existencia de Dios en conceptos de A ristóteles ,
e ir a buscar al Maestro de las Sentencias los datos
para dicha demostración, es in ten tar una suma de
elementos heterógeneos, y una fusión de cosas incon­
ciliables. E ra pues indispensable o sacrificar A ristó ­
teles ante P edro L ombahdo, o sacrificar a P . L om­
bardo an te A ristóteles . Y esto últim o, siquiera sea
con apariencias de respeto hacia el Maestro y pre­
tendiendo robustecer sus pruebas, es lo que hace
A lberto M agno, así en la S u m a Teológica como en
sus Comcnt. a las Sentencias.
En efecto, el primer argum ento de P . L ombardo,
llamado am broniano, que atrás dejamos apuntado,
lo traduce A l b . M agno eu su Comenl. ¡ i, S en l., d.
III, a. 6) por un argum ento de c a u s a lid a d : «Causa-
— 436 —

tum est; hoc p atet ad sensnra; ergo habet aliquam


causam. Illa ergo causa e s t prim a a u t habet aliam.
Si e s t prima; ergo habeo propositum ... Si antem ha-
bet aliam causam; do illa iterum queero utrum habeat
causam vel non, etc.». Razonamiento que no se halla
en P ., L ombardo; quien ni siquiera menciónala c a u sa ­
lid a d en el lugar aludido. Con todo, A l b . Magno in­
siste en su exposición; y en la Su m . Theológica de­
clara que la razón dicha de P . L ombardo está fundada
en el «orden de causa eficiente», que exige se verifi­
que respecto de las partes o elementos componentes
del mundo, lo que es necesario respecto del todo (el
ser efecto de una causa prim era); porque de lo con­
trario una cosa estaría al mismo tiempo en acto y po­
tencia, y sería y no sería al mismo tiempo (1).
414. Todo lo que asi ju n ta A lber io M agno es
ajeno en absoluto al Maestro de las Sentencias, a cuyo
argum ento se refiere. P or eso ninguno de los que in­
vocan la causalidad eficiente en la cuestión antes de
A l b , M agno, hace alusión alguna a P. L ombardo.
Ríe. F ischacre en su Comentario a las Senf, (I,
d. III) trae dos argum entos fundados en la causali­
dad; pero no los atribuye eu modo alguno al Maes­
tro ; lo mismo acontece con G uillermo de A uxeree y
A l e j . de A l e s , que tam biéu, como hemos visto,
acuden a la razón de causa eficiente (2).

(1) «Haic rn tio fn n d atu r su p e r oi’dinem c& u sse efficieufci9


sic; quod 111 ómnibus partibus factum est, quod in totum factura
esse oportebnt, et quod nihil est fa e tm u n sni Ipsius. Sequerc"
tu r'e n im quod Ídem esset poicutifi et a c t - u , et quoil idsm esset
et no» csset sitnul.» {S. Tli. I. t r . 3 q. 1S mera. 1).
(2 ) V . B tr íia R , P ia c iiA C R B . C . d e A tjx , y A l e j , de A lis ,
— 437 —

Tampoco habla P . L o m b ard o en su argum ento ai


dq p a r le s ni do todo. Que si hubiera hablado no se ­
ría ciertam ente para argüir a la m anera del D octor
u n iv e r sa l, sino para reproducir el razonamiento del
todo y de las p a rte s puesto en boga por A b e l a r d o ,
y usual en su época, como se ve por lo expuesto
atrás.
E u cuanto al aclo y potencia es fórmula extraña
lo sólo a P . L om bardo , sino tam bién a su tiempo;
al aristotelism o del siglo u n , se debe, ya que no su
introducción, su sentido y su uso tratándose de la
prueba de la existencia de Dios.
A lb er to M agno term ina la exposición del primer
argumento sin reconocerle valor de prueba perfecta.
«Ethaec ratio non probat, msi quod Deus e s t per mo-
dum cansae« (S. Th. 1. c.); como si in ten tara llevar
la prueba h a sta la p e rs o n a lid a d de Dios (1).
Respecto del segundo argum ento del M aestro de
las Sentencias, n o ta A lberto M agno en su Comen­
tario que da por supuestas aquél dos proposiciones
—duiis propositiones qua) non liic probantur— ; a
saber, que Dios no es cuerpo y que no es tampoco

(1) A l b e r t o M a o k o después de v e r en P . L o m ba rd o lo qne


¿1 exclusivam ente pone, encuentra. la m isma razó n en S. A gustín
y el C r is ó s t o m o , combatiendo a los a rríano s. «Siraili ratio n e,
dice, p robant, Augusbinus et C rliysostom us co n tra A r i i i m quod
V erbum ... Deus s it. Omina. enim p e r ipsun facta su n t; e t ideo
ipsum factum esse non potest, sed reliu q u itu r quod ípse fac to r
sit omnium». (S. T h. 1. c.). Según esto, p a ra pro b ar con el a r ­
gum enta de L o m ba iid o que Dios existo hay qne conceder an tes
quB Dios es criador, como pa ra probar contra A r r io que el V e r­
bo ee Dios p a rtía s e de que «todas las cosas fueron hechas
por él*.
— 438 —

espíritu mudable, Luego, exponiendo dicho argu­


m ento, tra ta de probar las mencionadas proposicio­
nes por la teoría netam ente aristotélica del m otor y
el m óvil; —nullum Corpus movet uisi motum; omne
moveos motum, estm oveus secundnm: ergo, etc.».
De modo análogo halla que el espíritu se mueve per
se o per aceideus. Nada de sem ejante aristotelism o
aparece en P . L o m b a k d o ; que A l b . M a gh o recibe
mediante A v e r r o e s .
415. Y es de tener en cuenta que en la S u m a ha­
ce otro uso del argum ento do P . L o m b a r d o , cuyos
conceptos en vez de subordinarlos a los de m otor y
m ó v il, los traduce por el de a-H ividad, concluyendo
que «nec r.orpus nec m utabilis sp iritu s... universa-
liter m otm iin esse potes fc, ueque uní versal i ter acti-
vum ». Excusado es decir que tau extraña es esta
doctrina al Maestro de las S ent. como la anterior (1).
EL tercer argum ento de las Sentencias es objeto
de una paráfrasis o simple ampliación en los C om enl.
de A l b e r t o M a g n o . Pero en ella introduce dos inno­
vaciones ajenas a P . L o m b a r d o ; una, que la r a ió n
o argumento se funda en la división del ente en sus­
tancia y accidente. O tra, y es más im portante, que
siendo el cuerpo y el espíritu causados, «causa me­
nor e r itin infinitum quam spiritus». (I, 1, c. 9).
E n la Sum a (2) declara A l b , M agno que dicho

(1) S. Theol. I, ti'. 3, 9, 18 m embr. 1.


(2) A lb. Magno explica la seg. r[tzón por renw cion. «Se­
cunda vía e st A ug. de C ir. Dei, e t est per ablíitionem s ic ... Y
h a lla que Dios no puede s e r cuerpo ni esp íritu m udable d e te r­
m inado a d lor.uni, porque no se rla ni u n ie ersa lite r m otious,
ni itn iversa liter acHaas. T erm ina diciendo: Haca ra tio p lu s
c e rli/ica t q u a m p r im a (la 1 .a d e L ombardo ).
- 439 —

arg. te rc e ro es de S . A g u stIn y un asp ecto del p ri­


mero — « e sta liq u id primee (vías)». Y como el p rim e ­
ro lo había e x p u esto por la c a u s a lid a d eficiente,
tam biéu reduce el tercero a uua fovtua de cau salid ad .
Por lo que lmce al cuarto argum ento, A lburto
Magno lo explica por las fo rm a s (spe:ies); y halla
que existiendo formas sensibles e incorpóreas o in ­
teligibles, y debiendo atribuirse a Dios todo lo me­
jor — qnod melíus est— , se sigue que Dios es «subs-
tantia intelligíbilis iutelligons, omnis iutelligenti®
causa, per ¡ntelleci/um omnium universaliter Tactiva»-
Lo cual es verdad; pero no prueba la existencia de
Dios, sino que la snpoue probada. Si Dios existe,
sin duda ha de poseer todas las perfecciones en g ra ­
do sumo; pero autes de probar su existencia esas
perfecciones uo tienen ser más que eu nuestros cou-
ceptos.
E a el modo do preseutar este argum ento apare­
ce A lb . M agno bajo la influencia agustiuiana y de
la teoría de las p a rtic ip a cio n es, si bien coli aspecto
aristotélico. El mismo nos lo hace ver además al de­
cir que el razonamiento expuesto tiene igual funda­
mento que el de P l a t ó n cuando acude al a rq u etip o
supremo para explicar el orden y naturaleza de las
cosas (1).
416. Después do exponer en la S , Theol. como de

(L) «Hog ergo Deo attribnendiim e s t, quoá s it ... causa per


intellectum omoiatn un iv ersaliter tactiva. Super lianc rationem
fuudat se P lato, tract&ns in Tinmeo de n atu rali jn stitia e t ordi-
ne factorum , q u n lit A r o m m it producuntm : ex p aterno ín tellectu ,.
qm est m undus archelypua e t m atricula q u * esc m ateria» . (S.
Th. 1. e.).
— 440 —
P . L ombabdo los argum entos de que acabamos de
ocuparnos, añade A lberto M agro dos más /d u a s
v ía s/, y luego otros dos a modo de complemento.
Los dos primeros argum entos se fundau, el uno
on la teoría aristotélica del m otor y del m ó v il, y el
otro en la doctrina do la distinción entre el esse y
el hoc esse (a manera do distinción entre esencia y
existencia). P ara sostener lo primero aduce el te s ti­
monio de A ristóteles (1 ), no sin pretender hallar
(aunque equivocadamente) algo análogo en S. Aous-
Titr. P ara lo segundo invoca a B oecio (2), advirtien­
do que esa doctrina procede do la cuarta prop. del
libro De C ausis (pseudoaristotélico). La base de
este argum ento es la misma del que hemos hallado
en G uillermo de A üvernia . E l primero, corrieute
en el arabismo aristotélico, queda en las escuelas
merced a S to . T omás.
417. Tras éstos, propone A l b . M. dos argumen­
tos de índole opuesta (platónico-agustiniaua): «Una
autem adhuc via est per quam vetierunt pliilosophi
in cognitiouem unitatis e tT rin ita tis , et hoc est per
vestig iu m im a g in is» . P ara confirmarlo cita a S.
A a n s m y su doctriua de la relación de las criaturas
a l Criador.

(1) «Una (vía) su m itn r ex octavo pliys. iu cujus principio


proba tu r, quod m otor prim us uon potes! esse raotus ab aliquo.
D elude p ro b atu r, quod moveus motiim u e q u e m overe B e q u e m o -
v sri h abet nisi a m otore prim o». (S. Tli. I. c.).
(2) «Dicit B oetias in lib. de liebdom ., e t p er se notum e st,
quod oiune quod habet esse el quod hoc est, ab alio habet esse
e t q u o d hoc est». Y c o n d u je que siendo todo en el mundo aa(
com puesto, es necesario que sea ab alio (I. c.),
- 441 —

La otra razón es una ampliación de la preceden­


te deducida del e jem p la rism o de las criaturas. «Et
hnic vi® (a la anterior) addo ego istam , quod omne
operans per intellectum proprium ... operari non
potest nisi formando e s se rationem opería et spe-
cicin». De ahí concluye que las criaturas conducen a
Dios por la correspondencia que hay entre el ejem­
plar y lo ejemplado; y trae en confirmación un te s ti­
monio de S, A nselmo.
No es m enester decir que la teoría que sirve pa­
ra estos razonamientos es la antítesis de la que
sirve para los anteriores, aunque vengan reunidos
todos a un mismo objeto por un insostenible eclec­
ticismo.
418. El Maestro de las S en t., como eu su lugar
hemos visto, no presenta más que cuatro argum entos.
Pero A l b . Magno en la S. Tkeolog. divide el último
en dos, y cuenta cinco. Toma al efecto las palabras
di S. P ablo : «invisibilia enim ipsius, etc.», que
cita p. L ombardo eu el referido cuarto razonam ien­
to, y las expone como un quinto modo — quinta
via— j para dem ostrar la existencia de Dios, aunque
el Maestro de las Sent..no la haya formulado. T
al texto del Apóstol que expresa la idea de un arg u ­
mento cosmológico, fundado en la belleza del mundo,
7 eu tul sentido es utilizado por cuantos lo invocan .
antes de A l b . M agno, éste le da aspecto onto­
lógico, entendiendo que las criaturas conducen al
Criador, porque las propiedades de aquéllas están
en Dios p e r e m in en tia m , «según dice A ristóteles ,
que el Criador está por encima de las propiedades
hvs criaturas». Por eso, añade, la duración tem ­
- 442 —

poral, propia de lo creado, se funda eu la eterno, y


el grandor m aterial y la causalidad de los seres, en
la virtu d infiuita de la omnipotencia (1).
419. Varias cosas son de notar en la exposición
albertina.
1.° E ste razonamiento do se diferencia sabs-
tancialm ente del precedente. Por eso eti el Go-
ment. a las Sent. A l b . M agno no habla de til
argum ento, y no señala cinco, sino cuatro en P.
L om bardo : «Hic incipit quarta et ultim a ratio», es­
cribe (Sent. I, 3, a. X I). 2.° El carácter platónico-
agnstiuiauo de la prueba anterior, que es el mismo
de ésta, lo conlirma allí A t,h . M agno con la autori­
dad de P la tó n ; y aquí se vuelve a la autoridad de
A r ist ó t e le s , aunque representen teorías incompati­
bles. 3.° P resenta n A r is t ó t e l e s , que enseña la
eternidad de la m ateria y no habla de creación, sos­
teniendo que el C ria d o r contieue en grado eminen­
te las propiedades de las criaturas; y de ahí deduce
que las criatu ras tienen por condición propia el ser
en el tiem po, porque la etern id a d es propiedad de
Dios. 4.° Pura m ostrar la su perem in en cia de Dios
respecto de la criatu ra habla del tiempo como ex-
presióu (aunque inferior) de la eternidad, y da 1»

(1) «Quintara viftm ¡iinuit M&gister m Sent. ex vertís


Apostoli aupei' illud flom . I. Inviaibilia D ci, etc. E t e?t aucap­
ta por em ínentinra p ropietatis creutoris art pio p ietatem «'entu­
r a , sicut- dicit A rist. 1, coelo et m und., quod c ru a to r em inet pro-
p rie tatib u s eornm qu¡e su n t cro ata; e t sic du ratio n em temporil
qu® ¡n c re a tn ra uoa est nisi ex ciefttore, non p o test extenderá
nisi ® t e m ita t e . . . ct m agnitudinem molis et v irtu tis ¡n craatiir*
non p o test extendere nisi in fin iu te oiutiipotenti*». (S. Tfl. I. c.)-
— 443 —
temporal como carácter de la criatu ra, y como carác­
ter de Dios lo eterno. Por el contrario, en su Com.
a las S eat. (1) partiendo de la teoría aristotélica de
la potencia, niega qae ex íjala criatura el ser te m ­
poral, para deducir de la p e rp e tu a acción de Dios
la causalidad de Dios; que es lo mismo de que
se tra ta en el argum ento que analizamos, y en el
cual procede A l b . M agno de manera opuesta.
420. E a cuanto a la actitud de A l b . M. respec­
to tlel argum ento ontológieo de S. A n selm o , es cosa,
como queda dicho ( j . n. Bol), que no puede determ i­
narse con certeza.
En la Sítmff Theoloy. (P . I, tr . III, q. 17, y tr .
IV. q. 19, m. II), menciona A l b . M. el argum ento
ansclraiano. E a ambos lugares indica la distinción
entre el insipiente- y el que no lo es. P ara el que n o
tsin sip e n lc A l b . M. reconoce que es válido el a rg u ­
mento de S. A bselm o (a).
R estaría ahora averiguar quien es no in sip ie n te
es sentido de A l b . M. En cuanto a esto sólo de­
clava que: n u llu s sa p ien s c o n tip il c o n tra ria p r in -
cipiontm ; y en ello se funda para reconocer conclu­
yente para el no insipiente ol argum ento anselmia-

(1) «Dicemlum quod oraoc quod incipit peí’ aliquem modum


fuit in potentia u t fioret auteqn&ra fieret... ei'go o p o rte t, quod
orane quod fit et incipit, fint a b eo quod non üt, ñeque incepit;
«<i perpetuum ñt; ergo ab eo quod nou incopit, sed hoc e st ootor-
num; ei'go 3 t ab ¡eterno; e t sic ex p e rp e tu a n te ai-guitur seter-
Mm». (Sent. I , d. I II , a. 12).
(2) «Iasipiens enita e s t, u t dicit A ristóteles iu IV B th ic.,
qni ignorat se ipsum Si euim se ipsnm Becundum ea q u » ipsius
sant sciret, Deum uod esse uon diceret ueqne co g itare p osset,
dicit Aoselmus». (S. T h. I, tr . III cit.}. Cf. t r . IV , c it.
— 444 —
3io. Si, pues, se entiende por sabio (sapiens), aquél
que después de aceptar sin prejuicios las pruebas a,
posteriori,. se eleva eu su confirmacióa hasta si
arg. de S. A n s e l m o , en esta hipótesis A l b , M. uo
reconoce fuerza eu el argum ento del Prosologio,
porque lo subordina a dichas pruebas. Si para no
ser in sip ie n te b asta no ser obcecado y no supeditar
la m ente a las pasiones, on ese caso A l b . M . reco­
noce legítim a la argum entación anselmiana para to­
do el que quiera entender lo que ilice, sia que pre­
cedan otras pruebas, que es adm itir Ja legitimidad
del razouaniiento. E sto último es lo que parece sig­
nificar A l b . M a g n o .
Si hubiéramos de atrib u ir a A l b .M . el Com petid,
theologicee vorita lis que en algunas ediciones figura
« ntre sus obras (1), sería mauiíiesta su opinión so-
bre la cuestión. Las cinco pruebas de la existencia
de Dios que allí se insertan (2 ), fúndanse en el con­
cepto del ser, y en su comparación con el ser nues­
tro. Y la cuarta de ellas es la misma del Prosologio.
cuya autoridad i avoca reproduciendo el razonamien­
to anselmiano (3).

(1) L a edic. que tenem os a la vista Alb. M agni O pera a F.


Iam t recoguitn. (L u g áu n i, 1601), contiene dicho Compendium
en el t. X III.
(2) L , I. De u n tu ra D e ita tis, c. I.
(3) «Q uarto sancti (nffilicant. i u s a l i n . in Prosologio: Cre'
dim os te domine esse Aliquid quo nihil m ajus co g ita ri possit...
P ra jta re a sicut dicit Anselm.: Illu d m áxim e h abet esse quoil
m áxim e d is ta t a non esse, quod ecilicet non h ab et non esse post
e sse, neqne esse post non esse, ñeque p o test co g itare non esse».
(l. c .).
-4 4 5 —

421. M ientras A lberto M agüío se esfuerza eit


introducir los razonamientos aristotélicos, S . B u ena ­
ventura se aparta de ese camino para volver a S an
A gu stín , y mediante él a especulaciones altam ente
platónicas impregnado de misticismo.
S. B uena ventura comienza por reconocer innata
la idea de Dios, y no sólo esto, sino que la hace
base de las verdades generales, y condición sin la
cual desaparecería el valor significativo de nuestras
ideas. Con esta doctrina psicológica, no cabe en ri­
gor lógico adm itir, por lo menos como indispensables,
pruebas de la existencia de Dios, porque se supo­
ne el concepto de Dios anterior a toda prueba pa­
sible. Así lo declara implícitamente el Doctor será­
fico cuando dice que los argum entos sobre la exis­
tencia de Dios más son ejercicios del en tendim iento
que ratones de p ru eb a . «Potius su n t quíedam exer-
citationes intellectus, quam rationes dantes eviden-
tiam et m anifestantes ipsum verum probatum» (1).
No niega ciertam ente S. B uena ventura que la
existoucia del mundo externo pueda proporcionar
demostraciones do la existencia de Dios (2); pero
piensa que todas ellas han de subordinarse a una
idea suprema existente en nosotros, idea del E nte
primero, de verdad y do bien absolutos, de la cual
las demás ideas reciben su fuerza y valor constitu­
yéndose en una especie de confirm ación tle aquella

(1) Q.nscst. Disp. da rnyst, T r in it. q. I, a. 1.


(2) Así [i. ej. escribe en el I, Sent. d. III q. 2: «Diccndum
Quo-.l íi«ia rclucet cansa, in effectll, e l sapientirt ni'tiflcis maní-
feítiUm- in oporej ideo D eas qn; e st actifex et c au sa creatur.T
peí' iprutu cngnosoitiu'*. Cf. Sent. II, d. III, p. 2, a . 2, q. 2.
— 446 —
idea. «Non vonit iutolloctus noster, escribe, ut
plene resolvens intellectum alicujus entium creato-
ruca, nisi ju v etu r ab intellectu entis purissirai, ac-
tualissirai, nompletissimi, e t absoluti; quod est aus
sim pliciter et ¿etermum, in quo su u t rationes orn-
nium in sua puritate» (1).
422. Esto que pudiéramos decir orientación on-
tologista de S. B u e n a v e n t u r a , uo es sino una de las
varias manifestaciones medioevalos de la teoría de
S , A g u s t í n y del Pseudo-AREOPA&iTA, con adapta­
ciones más o menos significadas del neoplatonismo
arábigo; sin que pueda identificarse con el ontologü-
mo de M a x e b r a n c h e o de sus derivaciones, en tiem­
pos posteriores. El ontologismo escolástico, por lo
menos en su forma ortodoxa, no hace a Dios objeto de
nuestra intuición en forma de idea, sino que hace
simplemente innata ea nosotros la idea de Dios; »
la inversa de lo que acontece en el onlologisw
posterior. Como consecuencia de ello, tampoco ad­
m ite que sea dicha idea la fuente única de nuestro
conocimiento, cual sucedería si enseñase la visión
en Dios y por Dios de la verdad de los entes; se li­
m ita a sostener la necesidad de la idea del Ser ioü-

(1) Itinei1. m entís in Deum , c. 3. n. 3, Ig-an.1 doctrina s"


otros ninclios lu g are s, v. g r., De Setené. Chrisli, q. IV . (Que-
racchi, t. 5) donde declara que ni el conocer procedo sólo de lai
cosas, ni de la visión de la idea, del E n te prim ero, sino de un«.j
o tra fuente. «Non quídem u t sola (ratio « te rn a ) et in aud omní­
m oda e la rita te , icdounx ratione c re a ta, ote.» Y a hemos uotivio
an te s (v. t. IV , n. 309, nota) el nnda feliz empeña de lo» edito­
res Op. S. Bonav. de Qnam cclii en desfig u rar la» doctrina»
del D octor Seráfico p u ra a ju s ta rla s al aristo te liíiu o de S to . To­
m á s , sin conseguirlo.
— 447 —
sito para la formación de las más altas verdades del
espíritu, sin negar la cooperación del mundo objeti­
vo para el couosimiento de las cosas concretas.
No hemGs ahora de discutir la facilidad del tránsi­
to de una a otra forma de ontologismo, sobre todo
desde el momento en que a la idea se le confiere un
valor objetivo eu sí, según hemos visto en todos los
adeptos a los íipos ideológico-platónicos. De hecho,
ni eu propósito, el ontologismo do S. B uena ventura
se convierte en el ontologismo ta l como aparece más
tarde, cualesquiera que sean las expresiones que
parezcan favorecerlo, restringidas frecuentem ente
per los principios generales del sistema.
423. Ese carácter intermedio de la tesis ontolo-
gista entre los escolásticos nos explica de una parte el
hecho singular de que 110 sólo aparezca sostenido en
la época misma del florecimiento aristotélico, del cual
debiera ser an títesis declarada, sino que eutre en
alianzas y aproximaciones con el aristotelism o, que
en principio pudieran rep u tarse imposibles; de otra
parte explica también el desacuerdo entre peripatéti­
cos y ontologistas posteriores empeñados unos en
llevar al aristotelism o a los que tio son aristotélicos,
y decididos otros a tra e r al ontologismo a quienes no
profesan en la teoría outologista tal como ellos la
entienden. Todos buscan y encuentran textos para
sostener sus asertos respectivos, sin reparar en que
por lo mismo que son testim onios an titéticos, es m e­
nester pensar en quo, por lo menos eu la mente del
autor, no responden a las teorías opuestas que se
— 448 —

tra ta de atribuirle, y el alcance de unos y otros tes­


timonios hubo de atenuarse sea en realidad sea eu
apariencia, para una alianza y conciliación.
P ara la solución de este punto basta tener en
cuenta la observación hecha. S. B uena ventura no
es aristotélico a la manera que lo son otros escolás­
ticos, ni aun en la forma de S to . Tomás y los que le
siguen, por mucho empeño que se ponga en traerlo a
p aran g ó n , con quebranto de sus teorías. Pero tam­
poco es un platónico ajustado al tipo del ontologismo
corriente, sin m utilar sus doctrinas. Sus principios
psicológicos, y su misma declarada posición autiave-
rroísta eu cuanto al intelecto un o, le llevaban a reco­
nocer en el hombre verdadera causalidad respecto de
sus actos cognoscitivos, siquiera les preceda como
fuente de virtualidad una idea suprem a, luz de )a
idea eu el espíritu.
Dada la idea innata de Dios, hemos dicho que
las demostraciones de su existencia pierden el ca­
rácter de tales, y sólo constituyen una confirmación
o complemento, que en algunos casos y reflejamente
puede ser medio subsidiario para venir en conoci­
miento de la representación y equivalencia de la
idea dicha, presente al espíritu, pero latente e in­
advertida.
424. E stas dos condiciones de accidentales y
su b sid ia ria s eu las pruebas de la existencia de Dios
supuesta su idea innata, determ inan en ellas dos ca­
racteres generales, que en efecto también se echau
dc ver eu S . B üen a v en tu ra . l.° Que los argumen­
tos en cuanto subsidiarios no requieren unidad de
origen ni de sistem a, porque no son eficaces en vir­
— 449 —

tud dc los principios doctrinales que representen,


sino porque conducen a la percepción de una idea
suprema, que inm ediatam ente, una vez percibida,
enlazamos con la idea de Dios, sea cual fuere la r a ­
zón que sirva de instrum ento para este acto.
2.° Que en cuanto complementarios y confir­
mativos lian de ser vaciados en el molde psíquico
que corresponde a la idea innata de doude reciben
su fuerza; y por tanto llevan siempre el sello típico
del sujetivism o aun siendo pruebas objetivas, y
ofrccenso cual si fuesen grados evolutivos en la
formación de la conciencia de Dios eu nosotros. E l
orden real o sea la argum entación que responde a la
subordinación real de los seres, es asimilado por el
orden ideal y convertido en nn orden id e a l-re a l,
donde las pruebas reciben más fuerza de la ideali­
dad que representan que de la realidad que les co­
rresponde. Ese predominio de la id e a lid a d júntase,
como atrás liemos dicho (t. IV , n .° 30í)) con el pro­
ceso cognoscitivo m ístico, y con el consiguiente pre­
dominio de la fe, aun en las cuestiones de explica­
ción racional.
425. E sto supuesto, es fácil explicarse como
S. B uena ventura pueda ju n ta r las razones de P . L om­
bardo con el argum ento de S. A nselm o , y pueda apo­

yar sus razonamientos psíquicos sobre bases aristo­


télicas.
El doctor seráfico al explicar las pruebas de la
existencia de Dios de P . L om bardo , halla que en si
no son concluyentes, pero que lo son en cuanto s u ­
— 450 —

ponen dos cosas: ana, que d m u n do fné hecho; otra,


que no p u d o ser hecha sino p o r itn a potencia infi­
n ita (1).
En realidad esas dos condiciones que S . B u e n a ­
v e n t u r a dice presupuestas por P . L o m b a r d o , redúk

cense a una, o sea a la primera. Porque dado que el


mundo fuese efecto tfe alguna potencia, es induda­
ble quo no lo es de una criatu ra cuya potencia es
finita. Pero esto mismo hace que no pueda presupo­
nerse la prim era de dichas condiciones sin una peti-
tio p r in c ip ii, que arruina todo conato de prueba;
pues suponiendo que el mundo fué hecho comiénzase
dando por demostrado lo primero qne debe ser objeto
de dem ostración.
R esulta, pues, que o se presupone en las demos­
traciones del M aestro de la s Sentencias la condición
do S . B u e n a v e n t u r a , o no; si lo primero, los argu­
mentos no valen por lo expuesto; si lo segundo, se­
gún S. B u e n a v e n t u r a , tampoco tienen valor, como
ol mismo lo declara.
42G. E ste grave inconveniente no es advertido
sin embargo por S. B u e n a v e n t u r a , quien da por le­
gítim a la hipótesis y presuposición qne él hace en sus
citados Comentarios, sin detenerse a discutirla. Y
es de n o tar que la segunda condición señalada, por
S . B u e n a v e n t u r a , aparece expresamente limitada at
prim er argum ento de P . L o m b a r d o (2), cuando los
tre s restan tes nada valen tampoco, suprimida aqua-

(1) S entent. I, d. I I I .
(2) «P rim a eniro ra tio aupponit quod productio tai de nihi-
lo non potest esse a p o tentia infinita... In aliis trib n s rationibns
so p p o n ltur s ta tu s etc.» (Sent. 1. c.).
— 451 —

lia condición implícita. O hay que excluirla do todos


los argum entos lombar díanos, o hay que declararla
latente en los cuatro modos de prueba presentados.
Pero S. B u e n a v e n t u r a atento sobre todo a t r a ­
ducir en sus formas ontológicas todo lo que fuese
susceptible de ello, prescinde de especial examen de
los tres argum entos restan tes, para hacerse cargo de
lo que hay en ellos dc utilizable según su teoría,
que es la iáea de los grados agustinianos del ser y del
modo de ser, aunque algo imperfecta y desfigurada en
las Sentencias, y establece que dichos tres fcrgumen-
tos lo que presuponen es un s ta tu s , o sea la estabili­
dad do un punto de apoyo a que se refieran las formas
mudables de las cosas. Así como lo mudable-, conduce
a lo inm utable, así lo bueno y mejor se reduce a lo
óptimo, y lo hermoso y lo más hermoso a-lo pulqué-
rrimo, porque no hay estabilidad — non est s ta tu s —
en ningún grado inferior al supremo en cada cosa (1).
Este su p e rla tiv o incluido en las pruebas de P . L o m ­
b a r d o , según S. B u e n a v e n t u r a , tiene carácter psi­

cológico, y p arte de ¡a subordinación de las ideas


respectivas, que es el punto de v ista propio del Doc­
tor Seráfico en sus demostraciones de la existencia
de Dios.
427. P o r lo demás, de ningún modo haría legi-

(1) In aliis trib u s rntiom bus supponitor s ta tu s, sicu t ia to ta


philosophia suppooitur s t a t u s iu causis; «t ideo oinue m utabile
reducitur ad inm utabilu... Sim iliter bonam e t meliue red u cu n tu r
ad optimum qu ia non est sta tu s in genere finís n is tin optimo.
Scilicjt pulchrum e t pnlclii’ius e t pulcherrim uni, quia non est
statu s in easB speciei et Fornise, Disi in eo quod est ¡psa species
pev esseutiam (S eut. I. 1. c.).
— 452 —

timos loa argum entos de P . L o m b a r d o , el presuponer


umv fo rm a s u p e rla tiv a , sino que por el contrarío las
pruebas por él aducidas, si de algo pueden servir, ha
de ser únicamente para dem ostrar que existe una
entidad con dicha forma superlativa, sia lo cual no
tienen objeto sus razonamientos.
Dejando la exposición do las Sentencias, ofrece
S. B u e n a v e n t u r a otros argum entos peculiares su­
yos, especialmente en las Qucesliones d isp ú ta les de
M ysl. T rin ü . y en el llin e r a r iu m m en tís in D eum.
428. En las Qnsest. d isp ú ta te se esboza el ar­
gumento que aparece desarrollado en el I tin e ra riu m ,
y se m uestra como la idea de Dios es innata en nos­
otros por el testimonio de la conciencia, y por auto­
ridades varias, aunque algunos de dichos testimonios
no son prueba de lo que intenta S. Bdena v e n t u r a .
Como medios de confirmación aduce otros argu­
mentos, entre ellos el fundado en el natural deseo de
saber, y de conocer toda verdad, incluso la verdad
eterna. Deseo quo sólo puede tener su origen en el
Ser eterno. Igualm ente el que se apoya en el deseo
de felicidad, que expone como el anterior; y el que
deduce del conocimiento de nosotros mismos, para
así, elevam os a Dios; porque no existiendo propor­
ción entre el conocimiento de nosotros mismos y el
de Dios, si medrante nosotros llegamos a E l, es por­
que la idea de Dios está en uosotros.
Otro argum ento, también formulado en el llin e ­
r a r iu m , se funda en las cualidades do las criaturas,
las cuales acusan la1existencia de un Criador. Y al
efecto enumera diez condiciones del ente en las cua­
les se incluye la Causa primero. Al e;is posterius
— 453 —
responde el ens p r iu s ; al ens ab a lio , ens non ab
alio; al ¿ns posibile, el ens necessariu m , etc.
Como se ve, es una imitación del argum ento
atrás indicado, de G. d e A ü v erííu .
E a el Itin c ra riu m (1) es donde formula de una
manera más sistem ática su demostración peculiar,
impregnada del psicologismo agustiniano, y de rem i­
niscencias platónicas.
Comienza considerando al hombre interior como
un candelabro donde brilla la luz de la verdad: «Ad
modum candelabri relucet lux v eritatis in facie nos-
irse m entis, in qua scilicet respleudet iraago beatiss.
Trinitatis». Lá trin a manifestación de facultades
psíquicas, m em oria, en ten d im ien to y vo lu n ta d , lle­
va en sí la m uestra de la lu z in con m u table que está
presente «sibi p rasen teiu » . L a memoria conservan­
do y haciendo reproducir ante el espíritu las verda­
des inm utables; el entendim iento conociendo estas
verdades; la voluntad haciendo que la mente ame la
verdad y se ame a sí-misma; <|ue no podría amarse
sin conocerse, ni conocerse siu recordarse.
429. M ientras de este modo el ser de las facul­
tades revela su ordenación a la V erdad in m u ta b le, a
su vez la V erdad inm utable hace manifiesta su in ­
fluencia en las operaciones intelectuales.

(1) Cap. III. «Do speculatione Dci p e r suara imaglnem


iiaturalibua potentila ínsigm tara». En el cap. I. h ab la tra tad o
S. B den ay. «De graclibus ascensionis iu Deum p er yestigium ejus
in universo», donde sólo se ocupa de a nalogías, y sem ejanzas, sin
darla c a rácter de pruebas. Eii el H tampoco las fo rm u la, si bien
tra ta dal aspecto cosmológico da la belleza y arm onía de los
seres; y por eso lo titn la : «De speculatione Dei in vestig iis sais
in hoc seusibili m ando».
- 454 -
P ara ello es necesario ten er eu cuenta que
las operaciones del entendimiento se realizan me­
diante ideas, jnicios y conclusiones; así llegamos
al conocimiento de las cosas, o sea a su definición.
Mas toda definición supone definiciones previas, y
estas otras anteriores h asta llegar a lo sumo, a los
conceptos supremos — arf su p rem a et generalissi-
m a . De esta suerte se llega al conocimiento del ens
p e r se y sus propiedades, de que participan todos
los entes singulares y concretos. P or otra parte,
todo ente concreto podemos pensarlo como más o
menos perfecto (í),*!o cual es imposible si no te n e ­
mos una noción previa del eute perfectisimo. Por
esto, y porqne las privaciones y defectos no pue-
dén conocerse sino en las afirm aciones opuestas
(m ullatenus cognosci nisi per positiones), síguese
que nuestro entendimiento no llega al conocimiento
pleno de ente alguno de los creados, sino con au­
xilio del conocimiento del ente p u rísim o , a c tu a lís i­
m o, com pletísim o y absoluto, qne es el ente simpli-
citer y eterno, en el cual están las razones de todas
las cosas en su pureza» (2).
430. Sobro ostos principios descansa la original
demostración de la existencia de Dios mediante actos
puram ente intelectivos. Demostración que recibe tr i ­
ple forma, correspondiendo a la triple operación in­
telectual, id e a s, ju ic io s y conclusiones.

(1) L a serie de entes en oposición de propiedades íorm a en


el Itin e ra riu m doce categoría»: E n s d im in u tu m ; opuesto a en»
co m p ietu m ; e n s im p erfe ctu m a en» p erfe elu m ; e n s ,in po-
te n tia a ens in a ctu etc. Cf. 1. c.
(2) Itin e r. m ent. in Deum, 1. c.
- 455 —

En toda idea se revela la idea suprema del eute


absoluto, porque, como participante el humano in te­
lecto de la verdad a la manera dicha, necesita estar
eu contacto con su fuente inmediata.
En los ju icios se manifiesta la misma influencia;
porque mediaute ellos couocemos «alguna verdad in ­
mutable»', y siendo mudable nuestra m ente, síguese
que lo inm utable de la verdad no podemos alcanzar­
lo sino por irradiaciones de una luz inconmutable e
increada. «Non potest videre (intellectns) nisi per.
aliquam lucem omnitio inconm utabiliter radiantem ,
quam impossibile est esse creaturam m utabilem ».
En las coíiclusiones se encuentra también «el
auxilio de la idea del ente inm utable», porque nada
en lo creado es capaz de producir la conexión nece­
saria que envuelven con los principios de donde pro­
ceden. «Hujusmodi ig itu r illationis necessitas non
vanit ab ex isten tia reí in anima, quia tum esset fic-
tio, si non esset in re; ven it ig itu r ab exem plarita-
te in arte ffiterna». D iríase que para S. B u e n a v e n ­
tura toda la vida intelectiva, y toda realidad in teli­
gible; son manifestaciones de un principio ideal que
se desenvuelve en arabas formas, y determ ina el ne­
xo que ha de eslabonarlas para constituir la in te­
lección.
431. Pudiera a prim era v ista juzgarse que en la
doctrina expuesta contunde S. B u e n a v e n t u r a , cual
acontece en el ontologismo, el eute ontológico coa
el ente teológico. Pero no es así. E l ens p e r se de
que nos habla, y al cual se llega por definiciones su ­
cesivas, es el ente generalísim o de los escolásticos,
que no tiene que ver con el Ens a se de la teología.
-4 5 6 —

Lft intervención de la idea del E nte a se la pone


S . B u e n a v . como p r e v ia a la percepción de lo s e n te s
e n c u a n to determinados b a jo el concepto abstracto
d e l e n te en general, o ens p e r se. Intervención que
es p o r lo tanto inicial cognoscitiva y no co n stitu tiva
d e los entes, en lo cual se distancia radicalmente del
panteísmo; jr es cognoscitiva en cuanto c o la tera l y
a u x ilia r , contra lo que sostiene el ontologismo pu­
r o , que la hace fuente ex clu siva del conocer.
L as deficiencias de la teoría de S . B u e n a v e n tu r a
son desde lucge comunes a todo el proceso cognosci­
tivo platouizaute; y eu concreto, tal como se presen­
ta , aparece insostenible: 1.° porque es inhábil para
explicar la formación de los conceptos; pues el en­
tendim iento incapaz de conocer la verdad, lo es tam ­
bién de hacer comparaciones mediante la Idea supre­
ma. 2." porque la Idea de Dios no puede ser expre­
sión de cada cosa concreta, sin identificarse con ella;
si esto se realiza ya desaparece la idea de Dios como
medio de conocer las cosas; y si no se realiza, no
sirve de nada al objeto el invocar aquella idea. 3.°
porque si la mente creada, por el hecho de serlo
no puede entender, forzosamente es incapaz de per­
cibir la Idea fuente de toda verdad, y por consi­
guiente no puede conocer cosa alguna. 4.° porque
la Idea de Dios en cuanto representación de las «ra­
zones eternas de las cosas» es inseparable de Dios
mismo; y por tan to la teoría del conocimiento por
la idea de Dios conduce a la del conocimiento en
Dios, que es el ontologismo puro.
432. O tra modalidad de prueba nos presenta
S . B u e n a v . fundada en la psicología de la operación
— 467 —

electiva en que interviene el entendim iento y la vo*


Imitad, de la cual se sirve para dem ostrar la presen­
cia al espíritu de la idea de Dios. Dicha operación
verifícase in consitio, ju d ic io el desiderio. Median­
ía el consejo buscamos lo mejor; y lo mejor no
exist* sino por acceso a lo óptimo, que es necesa­
rio conocer por lo tan to primero para hallar la medi­
da de aquél. Mediante el ju icio apreciamos la ver­
dad, y la verdad no puede ser conocida sino por
la conformidad con su norma; luego es m enester
conocer ésta antes que juzgar de lo verdadero. Me­
diante el deseo buscamos la felicidad, y la mayor fe­
licidad es la posesión del Sumo Bien; es, pues, nece­
sario conocer a este Bien para que nazca eu nosotros
el deseo de ser felices, y de se r felices en sn pose­
sión. «Yide ergo, concluye S. B u e n a v . , quomodo
anima Deo e s t propinqua».
433, Nótese que la doctrina de S. B ü e n a v e s t u -
s a , ti pesar de su inconsistencia, es perfectam ente

lógica dados los principios de las id e a s objetivas y el


correlativo de los íijuos esenciales de las cosas exis­
tentes en Dios. Porque si nosotros debemos conocer
las esencias de las cosas no sólo como una ab strac­
ción, sino como tipos de los seres, y éstos tienen su
realidad en Dios, ¿quién duda que percibir a través
de la Divinidad dichos tipos como ejemplares e te r­
nos, necesarios e inm utables, no podemos conocer las
esencias ni sn eternidad, necesidad, e inmutabilidad?
En cuanto a la actitud del Doctor Seráfico r e s ­
pecto del argum ento de S. A n selm o , es de completa
aceptación como queda dicho (v. n . 351, y lugs. allí
citados).
— 458 -

Bien se ve por lo expnesto cuales son las corrien­


tes ontológica» y psicológicas que se abren camino
en esta fase teológica, donde tan vivam ente se pro­
yectan los cambiantes de ia filosofía a que tratan de
ajustarse los conceptos acerca de Dios.

ORIENTACIONES FILOSÓFICAS EN LOS PRECURSORES


DEL PERIODO D E TEORÍA

434. Después de seguir en sus diversas y com­


plicadas sinuosidades el pensamiento filosófico-teoló-
gico del periodo que hemos denominado de clasifica­
ción, habremos ahora de referirnos a los que pudié­
ramos denominar precu rsores del periodo do teoría,
por su labor más regulada y compendiosa que les obli­
ga a concretar las fórmulas doctrinales y de sistema.
En ellos se ve renacer ora el pensamiento platónico*
agustiniauo ora la doctrina aristotélica, con aplica­
ción al problema de qne se tr a ta , y con más precisión
que en otros escolásticos de mayor empuje. L a dis­
tinción entre el U lru m D eus sit p e r se n o tu m ; y el
U irum D eum esse p ro b a ri p o ssil, se hace corriente
entre los teólogos a que nos referimos, planteando así
el problema del proceso cognoscitivo humano de lo
divino, de tan amplios alcances en la cuestióu, según
lo atrás indicado.
Tres direcciones aparecen significándose en la
m ateria. L a platonizante, la agustiniana, y la pla­
tónico-aristotélica. Por la prim era, señálase E n r iq u e
d e G a n d , siquiera esto, como diremos, más responda

a la teoría general filosófico-teológica, que no a sus


argum entos acerca de la existencia de Dios.
- 469 —

La, d ire c c ió n s e g u n d a c o rre s p o n d e a M a te o de.

A q d a s p á r ta , a (J. P e c k h a m , a N ic o l á s O ccham , y
E gidio K om ano Gil d e Roma).
La tercera, o platónico-aristotélica está repre­
sentada, cou variantes más o menos aceutuadas, por
Vicente de B e a u y a is , V it t e l o , P edro de T aranta-
ría, R icardo de M id d leto n , G uillermo de W a re, y
SlGER DE B r AVANT.
435. E n r iq u e d e G a n d , el más notable entre los
seguidores del platonismo en el siglo x m , presenta
las demostraciones de la existencia de Dios en la
Summa Qucestiou. O rd iu . (1). Sus argum entos no
son nuevos, sino más bien una recapitulación de los
principales que otros antes de él habían propuesto.
Dos particularidades ofrece, sin em bargo. Una­
os que, a pesar de su preferencia por el platonismo,
no propoue exclusivam ente, ni en rigor principal­
mente. razonamientos de carácter platóuico, sino
p e los ofrece ora de origen platónico ora aristotéli­
co, sin distinción.
La otra particularidad está en que E nriq u e de .
Gand es el primero que in ten ta una clasificación d&
razones d e r la s y de razones probables para demos­
trar la existencia de Dios.
Las demostraciones ciertas proceden del orden
de cau sa lid a d , o del orden de p a r tic ip a c ió n . Las de-
causalidad son por razón de la causalidad eficiente;,
por razón de la causalidad form al, y por razón de la.
causalidad final.
En la causalidad eficiente entrau 1.® olargumen-

(1) T. I, a r t, X X II, q. 4.
— 460 —

to del motor y del móvil ( i) ; 2.® el argum ento de


contingencia que significa el movimiento en lo movi­
do; 3 .° el argum ento de relación entre I» causa y lo
causado. Todas estas demostraciones, como se re,
son puram ente aristotélicas.
E a la causalidad formal en tra el argum ento de la
fo r m a como principio del ser y del conocer en lo
contingente. Es argum entación de origen agusti-
niano.
En la causalidad fiual formula el argum ento aris­
totélico de la ordenación a un fin.
Los argum entos del orden de p a rtic ip a ció n so
íundau en los g ra d o s del ser y de las perfecciones a
la manera qne atrás hemos visto en otros muchos.
Son razones tomadas de S. A g u st ín , R icardo de
S. V íc t o r , y S. A nselm o , Sin embargo, E n riq ue de
O and trae la autoridad de A r ist ó t e le s para formu­
lar el mismo argum euto por la v erd a d , o sea demos­
trando que donde hay m ás o menos de verdad, es
necesario que haya algo que sea verdadero en si
— necease est aliquid esse verum sim pliciter, respec-
tu cujus dicítur raagis et m inus— . E ste argumento,
aunque ofrecido como aristotélico, es igual a los otros
no aristotélicos del mismo orden.
436. Los argum entos probables son: 1.° Los
fundados en el dilemma de lo temporal y eterno; y
•cita al efecto la demostración de R. d e S. V íc t o r .
2.° E l del D a m a s c e n o sobre la subsistencia de las co­

(1) Este es el Argumenta que E . de G a n te estim a más eficaz


e n tre los tre s fnudarlos e a la causalidad eficiente. P ropínelo da
u n a manera, análoga a la de A lb. M agro y S io . T o n ta , j comu
«Uos 69 apoya en «11. 8 .° P hys. de A ris tó te le s .
— 461 —
sas coa sus elementos diversos. 3.° E l argum ento del
orden y gobierno de las cosas, tomado de A r istó te ­
les . 4,° El de la idea de v e r d a d en cuanto eterna e
inmutable, fundado en S. A gu stín y S. A nselm o .
Esa clasificación de Enb. d e G a n d en argum en­
tos ciertos y probables, no obedece, como es fácil
colegir, a ningún sistem a científico, pues en ambas
categorías ju n ta razonamientos de muy diverso ori­
gen. Y lo que es más, algunas de las demostraciones
que cuenta en el número de las ciertas son on el
fondo idénticas a otras que pone entre las no d e r la s ,
y representan unos mismos principios. Así el arg u ­
mento no cierto de la idea de verdad, tomado de Sah
A nselm o y S, A g u s t ín , redúcese al argum ento cierto
de ios g r a d o s en la verdad, según S . A g u st ín y S . A n ­
selm o. Y el argum ento cierto del motor y del móvil,
como el de la causa y causado, son de la misma índo­
le que el argum ento no ciarlo de la constitución de
los seres por los elementos que los componen, y aná­
logo al de lo eterno y temporal contado tam bién en­
tre los últimos (1).
La divisióa, p u e s , de E . de G and no tiene otro
valor q ue el p u r a m e n te h is tó r ic o , ui ejerció influjo
alguno en la ulterior manera de exponer las pruebas
de la existencia de Dios.
437. Respecto del argum ento ontológica , Enhi-

(1) El mismo de E. d e Gane da a este argum ento u n a f o r ­


ra» qne apenas se distingue de la del urgum euto de cau salid ad :
•Omiie quod est a u t esse potosí, cnusa est, a u t eausatum . ant
utrninqne: sed orone causatnm bnbcít esso a c-susa nlift a se, quia
iiihil est cansa su¡ ipsins u t sit. A u t ergo orlt proccssus i» infini-
tum, etc».
-4 6 2 —
que r e G and,lo aduce dos veces en su obra menciona-
da; una oponiéudolo a las dificultades contra la exis­
tencia de Dios (1), y otra declarando como Dios es
conocido naturalm ente por el hombre sin que la en­
tidad divina aparezca n o ta p e r sa (2), sin hacer
notar él ningúu género de reparos. En principio,
pues, juzgamos muy probable que tiene como válido
el razonamiento de S. Anselmo, aunque no lo presen­
t a en el cuerpo de la proposición por éí sustentada,
y por consiguiente los pospone a otros argumentos.
438. Eu buena critica, no cabe decir que el
Doctor solemne no reconoció para nada el argumen­
to anselmiano ( 3 ) , n i menos afirmar que E. de G a n te
desecha al argum ento porque prefiere las pruebas
a p osteriori, o porque niegue que la proposición
«Dios existe», sea p e r se nota para los hombres (4),
De lo primero seguirfase que ni el mismo S. Ansel­

(1) Sumiu. Qnaest. t . 1 n i’t . X X I, q. 1: U trum Deus habeat


■ene. «Secando in c ontríinam (» l&s dificultades), e st illn d , quod
Anselmus a rg ni t in Prosol. sic: Aliqnid est quo m ajas et melíus
ex c o g ita n non potest; Deus est hujusm odi; ergo, etc,».
(2) «Nuilo ergo modo propositio ista: D eus est, cuicunqiH
iu tellig enti potest esse par se nota, qnantaeum qua certitudint
-nota sit. Iterum ergo e t iteiu m resol vendo serraonem dico: guia
e tsi hom o p e r stu d iu m suum scire p o te st et inteltigere hoc
n o m in e Den.» significar i id quo m a ju s ex co g ita ri non po­
test, et ita q u o d non p o test cogitari non esse, etia m si cum
hoc stadto »uo sciat quod est p u r u m esse, hoc nihil est «d
facieodíim propositionera per se notum*. (01). c. a r t, X X II. q. II)’
(3) E n tre los que así lo dicen e s tá G ru n ü w al, Geseh. d.
Gottcñbeííi., etc. «Ancli den ontologischon Gottesbeweis suchen
w ir bei ihm (en E. db G asd) vargeblicli».
(4) A si a r g u y e D o m ít db V o r g s s , S a in t Anselmo —
L ’a r g n m . de S . A n se lm e .
— 463 —
mo admitía la prueba ontológica, porquo 61 también
utiliza otros argum entos, como puede verse en el
Monologium y según queda expuesto. D e lo segundo
resultaría igualm ente que S. A n se lm o desecha su
propia argumentación, porque no reconoce ni puede
reconocer sin incurrir en ei ontologismo, que la pro­
posición «Dios existe* es p e r se n o ta en todo lo que
significa, y como por intuición, lo cual ee propio de
los bienaventurados, como dice E . d e G a n t e . Cabal­
mente al enseñar el Doctor solemne que aquella pro­
posición no es p e r se no ta para nosotros, declara
expresamente que de adm itir el argum ento de S. A n ­
s e l m o no se sigue que la proposición «Dios existe»

sea p e r se n o ta , como se ve en el último lugar c ita ­


da (I). Por lo tanto eu manera alguua opone el p e r
se nota al argum ento anselmiauo.

439. P or lo que haco a la segunda de las direc­


ciones dichas, habremos de comenzar por M ateo de
A qüaspabta J 'P eck a m , porque ellos fueron los prim e­
ros más salientes discípulos d eS . B u en a v en tu r a , en
los cuales se ven reflejadas las doctrinas de S . A g u s -
tIn a través de las del m aestro, y aun a veces (en
especial en A q u a spa r ta ) , reproducidas casi a la letra.
Es esto lo qne hizo traducir el pensamiento del Doc­
tor Sereráfico sobre el conocimiento de Dios por el
pensamiento de A q u a sp a b t a . El procedimiento, lógi­
co en general, no lo es tan to cuando sb tra ta de
puntos en que eu el discípulo se revelan influencias
que en el m aestro son harto menos significadas. Y

(1) V . el te s to cit. (DotB) s i t . X X II q, II.


— 464 —
e sto acontece en la cu estió n a lu d id a . A q u a s p a r u ,
a u n p retendiend o m an ten er el c rite rio de S. Bum>
v e n tu r a , m u é stra se menos d istan ciad o que éste di
los p rincipios a ris to té lic o s, p a ra h acerlo s venir s
su s te o ría s (1). A q ü a s p a r ta es m ás siste m á tic o qut
S . B u e n a v e n tu ra , y , aunque no rneuos agustiuiano,
la siste m a tiz a ció n la realiza inclinándose a los mok
des de A r i s t ó t e l e s en cu an to cabe vo lv erse a él sil
un alejam iento g ra n d e ni menos definitivo de S. Bu*
s a v e n tu r a . E u sus Qucesliones D is p ú ta la (2) haj
indicios b a s ta n te s de lo que decim os.
Sin embargo, los principios ideológicos de Aquí*
pa r tapermanecen substancialm eute agustinianos,j
señalan el in n a tism o en el grado en que lo esigei
las razones sem inales de las cosas en nosotros en-
tendidas según las doctrinan de S. B uenaventura .
4 4 0 , A q ü a s p a r t a , como S. B u e n a v e n t u r a , al in­
v e s tig a r si lo que conocemos lo vem os en las razoati
e te rn a s o en la luz de la prim eva v e rd a d , «in aíter
nis ra tio u ib u s vel in luraine primas v e rita tis» (3)
d eclara que uo sólo la v erd ad que conocemos est!
objetivam ente fundada en las razones e te r n a s , sini

(t) Sabido es que S. Bvbnaventuka no sólo no tonutpi


gula a A r istó teles en sus conceptos filosóficos, a l a inversiu
lo qae haca Sto. Tohás, sino que na perdonó ocasión de impuj
niirio, dedicando a eso alguna do sus Catlattones. Los edil, ó
Quaracr.hi lo reconocen expresamente (obr. de S. B. t. X Diss- ¿
scriptis).
(2) Y. M A T T H .B r a h A q ü a s p a r t a , aQiisest, Dispii. solecld
t. I, 2. de Fide et cognitione. (Ed. Qnarnclii).
(3) AijOAsrAniA, Q. Disp. De eognit. q. IT. La mM
tesis en S. B tjsxavestdra, De Si: ¿en-tia Chriati, q. IVm
Quaraccbi, t. ñ).
— 465 —
quo las razones eternas, o la luz de la primera ver­
dad es tam bién fundamento su jetivo (aunque no
total) de las verdades que conocen nuestra mente:
«Non 11Lobjectum-visiotiis, dice, in quo defigatnr ra-
tiocinantis aspcctus, sed ut objectum motivuin e t
ratíoneni videndi; non plene, sed ex p arte, non in
sua claritate, sed in quadatn obsc-uritatc; quia non-
dum ost (iutclloctus) plene deiformis», Y después
de citar a S. A gustín y a S. Ansüljio, concluye:
• Lumen ergo illud, movendo noscrum intellectuin,
iuíluit quoddain lumen mentí n o s tra , ita, quod per
Inccni divinam videt objetive e t quasi effective, sed
per illud e t in illo luiniue videt form aliter; quod qui-
dem Inincu coutinuatur et couservacur in m entí-
bus «ostris ad prfcsentiaui divinam» (1).
Do couronnidad con esta teoría semiontologista
que es In d eS . B ien a v en tu ra, A q uasparta niega
acción verdadera del inundo sensible en el entendí*,
miento para la formación de los conceptos; — non
virtnle rerum teinporalium agcutitim in auimani vel
intellcctum (species aecipit). sed intellectus sua
virlnte facit et formar». Sólo reconoce que las ideas
de lo aeusible son ocasion adas por la presencia de
los objetos. Y en tal sentido admito la Fuente sensi­
ble riel conocer, como S. B uenaventura; y a tam a-
ñera de éste niega que existan en el entendimiento
ideas de los objetos sensibles antes de la percepción
do !ivi mismos. Pero entre oso y la doctrina a risto ­
télica sobre las Meas, media u:i abismo. Lo cual no
obstü para que algunas fuudades en que S. Bcena-

( 1 ‘> D ík o . 1. t». R e . 'p o n ílo o . e t c .

tom o V 30
— 466 - ^
ven tura y A q r; a s t a r t a re co n o c en u n a fu e n te e x t e r n a
s e n s ib le d e id e a s , afirm en q u e la te o r ía d el o rig e n
de las ¡deus e u d ic h o s e s c o lá s tic o s os ig u a l a la de
A r í s t ó t e l e s y »ie S to . T om ás.
441. Sentado por A q ü a s p a r t a que los objetos
son simple ocasión para la formacióD de Iíis ideas, y
quo propiamente np obran en el alma — uo p atitu r ani­
ma aliquid a rebus scn sib ililu s— , es lógico concluir
que las ideas uo sensibles son innatas, o determ ina­
das por los p rin c ip io s tie r n o s;. porque si lo sensible
es siempre ocasión dp, las ideas de los objetos sensi­
bles, las ideas no sensibles son ajenas a esta oca­
sión, y por consiguiente o no existen o 110 sou ad­
quiridas. Y A q ü a s p a r t a llega expresamente a esta
conclusión cuando escribe: «Dico ergo quod dúo sunt
genera rerutn cognosribilium, scilicet corporearum
et in ó o rp o rea ru m . Incorporearum rerutn nctitiam
anima a sénsu corporis non accipit ñeque recipil,
sed a u t in sem elipsa vid et, d u m ad sem elipsam se
m ovcl, in q u a n tu m est connexa r e g itlh in m u ta b ili-
bus, a u t in reg u lis illis . E t inde est, quod hujus
modi etiam im periti vera responilent qu®rentibus,
dum prudenter in te rro g a n tu r, u t dicit A gustinas,
etc. C orporearu m vero rerum n o titia per sensus
corporis colligit» (1).

(1) Qucest. D isp. q. III. Respondeo. Ñútese que Ib obser­


vación qae hace A q u a s p a r í a tomada de S. A g u s t í n respecto del
conocimiento qne revelan los ignorantes de cosas do aprendidas,
« s e l m is m o argumento qne emplea P l a t ó n y l o s platónicos anti­
guos para probar que las ideas son innatas. Por las palabras
citadas se ve que es del todo falsa la aserción que liace De W u l f
(H u í. d e la P h it. m ed. 2 ad.) respecto del origan de las ideal
— 467 -

Interp retar, pues, por la teoría ideológica de


.Aquasparta la teoría correspondiente de S. B desa­
ventura, es confirmar lo que atrás queda dicho acer­
ca del iimatismo y semioutologismo del Doctor Seráfi­
co. .Porque no es posible ver en el o casionalism o m en­
tal de A q u asp arta, en au distinción entre ideas ad­
quiridas y no adquiridas, y aun en el modo mismo
de explicar la formación de las adquiridas, semejan­
za ¡tlguua con la teoría de S t o . T om As , a donde vio­
lentamente se pretende llevar a S. B uenaventura (1).
442 . A pesar de su teoría sobre las ideas, A q u as-
p a r t a . como S. B u e n a v e n t u r a , no renuncia a la tesis

aristotélica del en ten d im ien to agente y del e n ten d i­


miento posible, si bien, como se alcanza fácilmente,
no puede mecos de alterar la doctrina de A ristó te-
lhs, como tam biéu la altera S. B uenaventura sobre
el mismo punto. E s esto una de las varias adapta­
ciones ensayadas por los escolásticos entre teorías
antitéticas.
A q u a s p a r t a d e s e c h a la o p in ió n a r i s t o té l ic o - to -
m ista so b re e l c o n o c im ie n to d e los s in g u la r e s , y e s ­
tab lece q u e lo s in g u la r e s conocido d irec ta m e n te

«■i Aquaspasta: «Toute idée vient de dehors p a r le canal dB*


seosf. En m anera alguna, enseña A qdaspahta tal d octrina.
(1) Es el proposito constante de los editores de Q uarachi, el
que informe el opúsculo de J e ile b D o hum ana: cognition.it
r a í tone, y del que pa rticip a n algunos otro s m oderóos, como
Dahiels (Q u ellen b eitr. u. U ntcrsuch. s u r G esch. d . G ottes -
beie.y que e it r a c t a a J e ilh b . E l defecto cap ital en todos ellos
está en aislar de la tra m a gen eral del sistem a, expresiones m ía
o m enosjanilogas a las de otro s escolásticos, a sn vez tom adas
aisladamente, y sin ten er en cuenta los principios gen erales a
que van supeditadas,
— 468 —
por ideas o especies singulares, como lo universal por
las universales. Docfcriua que está muy eu conformi­
dad con el car Actor Ja in n a ta s que atribuye a las
ideas universales, y con el de las ideas adquiridas,
en cuanto ocasionadas por los singulares sensibles.
Atendiendo a esto, declara igualm ente que acaso sen
primero conocido cu acto lo singular que lo universal,
apesar de ser primero la idea de lo universal por lle­
varla im presa en el alma (1), oponiéndose con ello de
una m anera más radical a S to . T omás y A ristóteles ,
que ni adm iten los universales-como innatos, niel
conocimiento do los singulares anterior ' al de los
universales.
Dicho se está que la fusión y enlace psicológico
del conocimiento universal coa lo siuguiar es tan
imposible en la teoría de A q ü a s p a r t a y de S. Bue
n a v e n t u r a , como en cualquiera de los sistem as ou-

to lo g istas, cuyas dificultades, desde el punto Je


vista ideológico, reproducen totalm ente.
443. Hechas estas indicaciones só b rela teoría
cognoscitiva de A q u a s p a m a , enlazada con la de Sax
B u e n a v e n t u r a , señalaremos ahnra los argumentos

que presenta para probar Ja existencia de Dios.


Eu el Coment. a las Sentencias (2), 1. I, dist.
II, q. 1. «Utrum Deum esse sit verum», contesta;!
las dificultades en el C on tra, con seis argumenten

(1 ) « E t f o r la s s is , lic c t p r iu s in lia b itu c o g n o s c ftt ( íu te lk c

t u s ) li o tn in e m u n iv e i’í o U m , q u iu iia p r e s s íim ¡l í i b e t li u m itn ic un-

t u r c o D O b itia m , ut d iit A u g u s t. S lie T t - iii.. tu r n e n p r iu s i k í -

c o g n o b c i t h u n c li o n iii ic t n » ( Q . D i s ¡ ) . q . I V . R e ? | > .)

(2) D aniel*, Qie m .ekbisitr . oto. V III.


— 469 -

y con otros seis en el Respondeo, que no se identifi­


can con los prim eros.
El primer arg. del C o n tra , es el ontológico do
S. A nselmo . E! segundo es el de R . de S. V íctor
fundado en el concepto del ser a se y del ser eterno.
El tercero (si nihil esset inmobilo nihil m overetur)
ostíi tomado de la Metaf. Jo A r is t ó t e l e s . E l cuarto
es el misino argum ento formulado según el V II
Pkysic.: Ornne quod m ovetur ab alio raovetur. E l
quinto es nua forma diversa del arg . del movimien­
to, que A qu a spa bta dice tomar dol V III P h y sic .,
poro que allí no se halla formulado por A r is t ó t e l e s .
E! sexto es e l arg. de la causalidad eficiente, tom a­
da del II Motaphys.
Eu el Rvspondeo de la misma cuestión, no re ­
produce de los argum entos anteriores más que el do
la ca u sa lid a d , presentado de diversa manera, que
es el primero; y p1 del m ovim iento, que es el quin­
to. Los restan tes son de tipo agustiuiauo, y proce­
den: El segundo ex p a r le m u ltitu d in is , porque lo
múltiple supone lo nno. El tercero ex p a r te con sti-
tnthm is, porque lo contrario y lo diverso exige «ali-
¡quitl unum quod omuia in umim unificet, colligat,
Icougreget*. E l cuarto ex p a r te g r a d u s, porque
¡donde hay diversidad de grados de una perfección,
les necesario se dé uno superior a lodos, «unum esse
laliis em ineutius». E l sexto ex im perfeclion e, por­
gue temiendo ser toda criatu ra p e r p a rtic ip a lio n e m ,
¡es necesario adm itir algo que es perfecto por esencia,
i No hemos de examinar ostos razonam ientos,
[porque pueden fácilmente ser juzgadós por lo que
[dejamos dicho de otros sim ilares.
- 470 —
E a la quaest. 3 dal cap. y lib. citados, entro
o t r o s razonamientos platonizantes (1 ) vuelve a pre­
sentar el argumento de S. A nselmo do la manera
m á s categórica, y lo defiende de la impugnación de
G a e n ilú h (sin uowbrar a éste) del mismo modo que
sb defiende S. A n selm o , y como lo hace S. B uenaven­
t u r a . A qüasparta respondiendo a otra dificultad aná­
loga a la de G aunilón fundada eu que se puede pen­
sar lo que no existe, da por supuesto que el pensa­
miento de S. A nselmo se halla eu S. A g u st ín . «D«
bac cogitatione {cogita!ia citm assensu en oposicióu
a cogilalio n u d a e.l p u ré sp e c u ta liv a j loquitur Ati-
selmus et A ngustinus quando dicitur, quod non po­
tes cogitari iiou ésse».
Las explícitas declaraciones de A q ü a s p a r t a en
favor del arg. de S. A n s e l m o son uua garantía más
de la mente de S. B u e n a v e k t u k a sobre el mismo ar­
gum ento.

4 4 4 . Como A q ü a s p a r t a , es J. P e c k h a m intér­
prete de la ideología de S. B u e n a v e n t u r a , y al igual
de ambos halla la luz increada cooperando al acto cog­
noscitivo humano, y constituyendo la base de los cou-
ceptos universales. De una manera análoga asiente a
los razonamientos agnstiniauos acerca de la existen­
cia de Dios, a los cuales da singular preferencia,
Los argum entos que P e c k u a u propone en sus
Coment. u. las Seutencias (2), lib. I a. I sou los si-

(1) No los reproducim os porque convienen con otros mu­


chos y a citados. La q. 3 es: «Utruui Deum esse sit vorum inda-
faitnbile.»
(2) D a n i e l s , 1. o. VII.
— 471 —
g’iiicutes: 1.° el agnstiuiano de I¡i verd a d ; «si veri-
tas non est, vernm est veritatem nou esse (presenta­
do también por A q u asp arta en la q. III); con el cual,
como hemos dicho atrás, so prueba que la verdad no
depende ¿le Dios, y que sin Dios habría alguna ver­
dad cuandfe menos la de que Dios uo existiese.
2.° Un argumento derivado también de S. Agus­
tín: «Lumen iu qno vi demus veri ta tes ct principia
scieutiaru-m e t regulas moruni au t est mente nostra
iuferius. anfc siiperius aut acqualc; y no pudiendo s e r
ni igual ni inferior, concluye P eckham que es s u p e ­
rior, o sea Dios. Aquí tan ilegítim a es la consecuen­
cia 'jomo g ratu ito y falso el supuesto de donde pro­
cede. 1
3.° El argum ento de la unidad de la verdad,
que es «ómnibus couiiuuuis at cadem, ñeque pars csú
in uno ot pars in alio, sicut sunt sensibilia. Sed quod
est uuum comrauDÍcauira in nnUtis non potüst esse
creatina, ñeque ad alicujus uuius creaturse naturam
pertinere: ergo Deus est qm splcudct ómnibus uien-
tibiis nostris», Citamos estas palabras del discípulo
deS. B uunaventusa a ñu de que pueda apreciarse la
dirección abiertam ente platonizante que ofrece la es­
cuela del Doctor Seráfico, y la seguridad con que tal
doctrina es invocada para probar la existencia de
Dios (l).

(1) tín la solución a las dificultades contra sná pruebas,


confirma a cada paso P e c k h a m su c riterio ontologista. Como
ejemplo citarem os la respuesta que da a la obj l ®Dice éstrt que
de ser Dios todo lo que es ¡innutnble, lmy que concluir que «dos
y tres b o u cinco» es Dios: «ergo ce. dúo et tria e s s e qniuque est
Dem». P e c k h a m , lógico coa la doctrina seiiftkdn, no niega eslo,
— 472 —

4 ° E l argum ento de los g rados dol ser, qae


suponen el ser siu grados, según lo presenta Aquas-
•p a r t a , cou S. A g o stín .S . A n s e l m o , etc. Su base es
la ya conocida teoría de las p a rtic ip a cio n es.
5 .° El argum ento ontológico auselmiano.
6 .° El argum ento de G u ill. d e A u x u rre, de
FrsCHACRE, etc.: «Optimum est optimum; sed de ra-
tiono optimi est esse i a actu; ergo si optimum est
optimum, optimum est in actu».
Los argum entos 7,° y 8.° son respectivam enteel
d eR . d e S. VicTor (arg. 2 .9 eu A q ü a s p a r t a ) , y el
dol motor inmóvil (4.® de A q ü a s p a r t a ) .
P o r lo que hace al argum ento auselmiano, no
sólo lo presenta, corno hemos dicho, entre las prue­
bas enum eradas, sino que eu el Qiiím íiin? aecun-
d u m de la misma Qusest. I — An possi t cogí tari
Dautn non esse— io defiende y explica coa amplitud.

445. D e u tr o d e los m ism o s p rin c ip io s o u to ló g í-


co s d e lo s a n t e r io r e s b ú lla n s e el f ra n c is c a u o N icul As

j sa lim ito a explicar Ib ntlitcióu quo las proposiciones necesa­


ria s vistas en Dios tienen can nuestro entendim iento. «Ad qntr-
tum dicoiidum quod proposiciones neecsassar'ia vid en iu r ir*
luce entum a. Umie Aug. isi Soliloq. I. onmin qum in discipli.iis
croduutiiv nisi sb alio quodíim quasi su o solo i Ilu s tra : tu r, videii
ntqua intelligi non possu ut. Dicen dum ergo secundum Aug.,
quod quainvi» extrem a talium pi'opositionuiii s iu t in pliant(i¡oi)»-
te , v t species to tiu s et p a rtís, vel ad m inus in meuioria intellec-
tiisli, « t te n m n i e t q n ateru arii quando dieitiu* i fin et qnatuor
su n t septeni, isla lam en ad veritacis ¡nfallibilis ovideutiam non
sufficiunt, nisi corum raciones ste rn se e t iiicomrautabiles visu
aliqaalitei- a ttin g au tu r» (I. c.).
- 473 —
c c h a m (I), y EGroio Romano, propugnador decidido

íl agustínianismo y el primero que sistem atiza el uso


2 la distiación platónica de la esencia y existen cia,
>bre la base arábiga anterior a A verroes , y sobre el
'chcbdomadibus, de B oecio, qne sirvió de vehículo
aquella distinción de uso harto irregular ea la dog-
ática antes de E oudio R omano.
O c c h a m , bajo la influencia platónico-agustiniana,

) encuentra demostración más cumplida que la del


'rúsologio de S. A n s e l m o , de la cual hace una am-
!ia paráfrasis, donde tra ta de confirmarla con la au-
iridad del D a m a s c e n o (1, I, t. 1): «quod cognitio de
eo natnraliter est nobis inserta». Añadiendo luego
razón de que respecto de Dios, la idea del sujeto
¡chive el predicado, y por lo tan to es p e r se no-
im (1. cit. d, II, q. 2). De esta suerte, y con otros
izonam ientos análogos en que so supone siempre lo
ie debiera dem ostrarse, juzga O c c i u m haber vobus-

scidu el valor del argum ento a p r io r i, o a d m u l-


'•ner, de S. A n s e l m o .
446. La actitud de E gidio R omano es todavía
ás radical en orden al conocimiento humano de Dios;
íes una vez dado que la divina existencia es p a r se
ota, sienta, y no sin lógica, que no se ha de probar
lo Dios existe; sino tan sólo d e cla ra r que se cntien-
¡ por Dios (2). A este objeto sin embargo vieuo a se­
llar como medios de conocimiento diversas formas
í prueba de la existencia de Dios, distribuidas en
es categorías, y utilizando la fórmula dol Pscndo-

(1) V, A. D a n i e l s , Q uelienbeitrtige, etc. cit., sobre Nico-


s Ocha« (Qochara); ote.
(2) S en ten t,, l, I , díst. III, a rt. 3.
— 474 —

A h e o !' a g it a .' « llln d a n te ra , d ic e E g id io , quocl impi


* t a t u r p e r h o c n o m e n Deus, t r i p lic ite r cognoseiti
p e r e x o d le n lia m , p e r c a u sa lila te m , e t p e r remolí
n en ij ut. d ic itu r » . VII fíe d iv . nom in.
Por la vía de excelencia se manifiesta el ser
Dios, de cuatro maneras: por la eminencia del pocl:
por la pieuitnd de perfección; por la excelencia
bondad; y por la plenitud de belleza. (Sent. lug.
tado). Todo ello, que supone conocida la existen1
de Dios, y sólo explica sus atrib u to s, tra ta Ecu
de confirmarlo cou l a autoridad de A r i s t ó t e l e s .
quiera se sirva de textos interpolados (1).
Por la vía de c a u s a lid a d procede E g id io on f
ma más dem ostrativa. Dios es causa del ser del ti
verso; segundo. es causa de su movimiento; térra:
de su conexión; cuarto, de- su .orden. Prescindían
de las dos últimas maneras de causalidad ( E o id d
deriva de A ristó teles ), las cuales aparecen co
d e cla ra tiv a s, las dos prim eras, auoqne nilí utili:
das en igual sentido, constituyen argumentos n
tafísicos. Que Dios es causa de ser del mundo
prueba, con el D am asceno , porque lo mudable ¡t
vertib ilej, exige lo inmutable ¡inrei UbilcJ; y lo «
firma con A r ist ó t e le s : «I-Ianc demoustratiouein ta

(1) Los textos a que Etiiuiu se refiere, son; uno ríe la i


sidn latían Dc codo t í inundo (A iist. Op. t, V. folí'6 en la
de Venocia, 1560): «... teiietniu' magnificaro Deiun croiitoi
rem otuin a inodis creatu raru m » ; palabras que ni tra e el te
g riego, ni están conformes con la teo ría de A r i s t ó t e l e s . El c
tex to dice: «Daus ig itu r est muís, ailurnus in fine nobiliU
(M etaph. I. X II, c. 3, orí. cic.). Tampoco a« hnllnn en el W
griego de Aiiisíóteles,
— 475 —
git Pkil. II Metaph, ubi ostendit quod in agenlibus
non est abire in infinitum. La segunda prueba es la
misma de A r is tó te le s del movimiento, a quien c ita .
«Omne quod movetur ab alio mo ve tur; de veo iré est
ergo ¡id penitus immobile, et hoc est Deus». {Seut.
I. y q. C it .)
La te rc e ra vía de rem oción, procede re stan d o las
imperfecciones; y , como el mismo E g id io dice, no es
sino uua v a ria n te de la vía p rim e ra .

447. Pasando a la tercera dirección platónico-


¡nistotélica, hallárnosla señalada por un siucretisino
de ideasy argumentos, que prueba bien el intento de
conciliar a P la tó n y A r is tó te le s , aunque cou escaso
éxito y acierto.
Entre los menos sistemáticos dentro de dicha
orientación debemos contar a V icente de B kauvais.
Su obra enciclopédica Spcculum majus, ofrece en
su primera parte (Speculum natura le) argumen­
tos muy varios, tomados de diversos escritores,
entre los cuales figuran S. J uan D amasceno (ar-
gjmento de la constitución fie los seres por ele­
mentos diversos), S. I sidoro (arg. cosmológico),
3. A gustín (testimonios del orden cosmológico); y
prescindiendo de otros. R . de S . V íctor (arg. de la
3ontingeuci¡i de lo que comienza a ser, y de los gra-
ío s e u tita tiv o s), (1 ). Formula tambiéu el argumento

(I) De las demás a u toridades que cita (sin om itir el testi


Jioiiio de las Sibilas sobra la existencia de un solo Dios), no
noceden itrguiuoucoa que m erezcan especial mención, en fav o r
la tesis do V. d e B b a d v a i s .
— 476 —
aristotélico del motor y del móvil partiendo del mo­
vimiento del cielo; pero hácelo de tal suorte que
más parece conducir a un último cielo inmóvil, qne
a la existencia de Dios como motor de los cielos.
448. De aspecto filosófico más definido dentro
del aristotelismo arábigo que refleja, es la doctrina le
V itelo . Este, cuya posición en la escolástica está httj
bien determinada (1), pretiere pura la demostración
de In existencia de Dios el argumento de .la causar­
í a rt, que ya privaba entre los escolásticos. Mus
las influencias neoplatónicas que le llevan a mo­
dificar aun los conceptos que toma de A ristóteles,
o de A verroes , hacen qne la prueba de las causas
aparezca también presentada con matices de realis­
mo platonizante.
E l argumento de V itelo procede de esta mane­
ra: Si existe cansa y cansado, es necesario que exis­
ta una causa primera, porque la razón de la causali­
dad existe eu las demás causas por virtud de la
causa primera; «quia ratio causa.litat.is inest ómni­
bus aliis a causa prima».
Este razonamiento convertido de aristotélico eu
platónico, a semejanza de otros que se fundan en la
teoría de las particijtacioms, supone lo que est¡l en
cuestión. Lo que se debe probar es precisamente que
uo puede existir causalidad sin la primera causa. Es
dccir. que el valor del argumento aristotélico no se
halla en la razón intrínseca de la causalidad como
tal, sino en el hc.cho de la existencia de cosas y cau­
sas mudables y contingentes.

(1) V. «i amplio y completo estudio de BaeumKer, «TrViielo,


«in phil. des X III Jhai-h», etc.
- 477 —
Por eso al argüir ab absurdo, o «ad iinpossibile»
como él dice, no se sostiene V it e l o , por lo menos de
una manera absoluta, en su criterio neoplatónico, y
acude a la repugnancia de una serie infinita sin cau­
sa primera. Si esta repugnancia se ha de decir ob-
jotiva eu la realidad de los entes, o es sujetiva y
del orden de loa conceptos, o ambas cosas a la vez,
es punto que V it e l o no fija y que no es posible de­
terminar. Pero ello implica una restricción en la in­
terpretación neoplatónica del argumento mencio­
nado.

4-49. El criterio ecléctico de P. de T ahantasia ,


niieuti'iisde una parte le pone eu uu lugar interme­
dio entre la escuela platónica y la aristotélica, do otra
le priva dc todo carácter doctrinal definido, y le ha­
ce im simple compendiador de argumentos ajeros.
Sin embargo, dentro de su categoría, es uno de los
teólogos más señalados por la selección de argumen­
tos, que aparecen derivados de R. dl S an V íctor, de
Aristóteles (con influencia de A vicema, de A ye ­
rm es . y algunos de ¡VIaimónides), y de S. A nsei .-
M0(lj.”
Su primera prueba (procede de R. de S an V íctor):
«Omne quod liabefc esse aut habet esse ab ret-erno et
a semeiipso, aut nec ab íeteruo ñeque a semetipso,
aal ¡ib ¡eterno sed non a semetipso, aut a semetipso
sed ii011 ab Eeterno». Si e s a st'mctipsn es eterno, y
es Días; si non est a samclipso, tiene la razón dc su
oxiütoncia en Dios. Es como se ve, un argumento

(O Scn tcn t. I, D ist. II], q. I, a il . 2.


— 478 -
metafisico hiudado en la contingencia, aunque coi
su cumplido desarrollo.
La segunda prueba (de F isciiacre . con base
S. A g u s t í n , S. A m sjslm o , etc.), os de puro platoui
mo: La verdad o es ab celerno, o no; si lo {jrimei
es Dios ¡Deum vocoj; si uo es ab azlerno, luego f
siempre verdad que la verdad e o existió; luego esi
tió siempre verdad, y por lo tauto Dios (el indi
prius!. Ya sabemos a que atenernos respecto de e
te modo de arguineutar y sus análogos.
La tercera prueba (dorivada de A r i s t ó t e l e s )
funda cu que si hay uu compuesto de cuyos con;p
nentes, uno puede existir sin ol otro, los dos puedi
existir separados como en el oxi/miel (1). Luc"
dado que existen entes movidos sin ser motores,
debe decir que igualmente existe motor sin ser ro
vido, y este motor es Dios. El argumento úsa
Sro. T o m á s como probable, y tráenlo como c-ier
A v e r r o e s , que introduce ahí como oj. el oxymit
lo mismo que M a im ó k id e s , con igual e j . , según y
remos.
La cuarta prueba (eu varios escolásticos aut

(1) «Et ponit exemplum (A ristó te les) in h id ro m d le, qu


c o m p ositor ex aq u a e t m elle». (S e n t., 1. c .). lía s el ejemplo <
o x jm iel (corriente entre árabes y judíos # im portado d e loa gi¡
gos) no lo tra e A r i s t ó t e l e s , sino A y e i í b o e s al com entarlo. Di
pués de refe rirse a dicho razonam iento aristo télico , dice Av
r r o k s ! «Verbí g ra tín , quod hydrom et, quiit com ponitur ex a<l'

e t melle, et mal in re n ilu r par ee, necease est ergo u t aqua iw


n ia tu r p e r se». (M etaph. 1. X II, com. 3&). De ig u al forma p1
cede M juhónidbs reproduciendo en el Moreh nebuhin el arg1
m entó de A r i s t ó t e l e s a tra v é s de A v e b r o e s .
— 479 —

ís. y luego casi a la letra en S to. T omás), pro-


c sobre el movímíenlo eu cnanto es tránsito de
■ioU'ík'íh al ocio; y por io tanto exige uu ser en
o que determine aquella potencia (1) argumento
carácter metafísico directo.
La prueba quinta, es una diversa forma del an-
¡or (hállase casi a la letra en Maimómdes ): o to -
¡ ios seres son generales y corruptibles, o niugn-
es geueral y corruptible, o algunos lo son y
os i".>. Lo primero es absurdo, porque nada po*
a comenzar; lo segundo es contra toda experien-
; lo tercero prueba que hay algo eterno. El mis-
trilemma (de origen aristotélico) en el Moreh dc
nióNiDEs. como adelante veremos, si bien más pre-
) eu las conclusiones de P, de T areíítasta .
Prueba sexta (eu G-. de A uxerbe , F ischacre ,
ej. de A l e s , etc.): Todo lo creado es causado;
go tieue una causa. Dios. Argumento que por
toner de la obra creadora, implica lo que está en
■stión. de no apoyarse en alguno de los razona­
ntes precedentes.
|La prueba séplima y última es la de S. A n s e l -
*Deus est quod nil m e l i u s (en S . A n s k lh o ,
jusj cogitari potest, etc.». (Sent. 1. etc. cit.).
Salta a la vista la incompatibilidad de estas a r­
gentaciones con una teoría ontológica coherente.

450. La actitud de R ic a r d o de M id d l e t o n en la

’.l) «Orane quod movetur e iit de potentift in actum, etc.».


)■ cit.), En S to . Tomís: «Prima et manifestior via est qu®
'tur ex parte m otas...; movere enim nihil aliná est qnam
'«re nliquid de poteotla in actrina, etc. (S. th. I, q. 2, a. 3).
— 480 —

materia, si bien menos franca que la del anterior (i


como sabemos ti argumento anselmiano), ;
a c e p ta
de igual modo ecléctica.; su platonismo es más psi
cológico que ontológico, como se echa de ver por lai
pruebas que utiliza. Son sus argumentos: 1." i¡
inmutabilidad del derecho natural, que sólo puci
provenir de Dios supremo principio inmutable.
2.° La tendencia y apetito natural del Bia
sumo, al modo agustiniauo, que exige y supone li
existencia de este bien.
B.° El a rg u m e n to a risto té lic o del movimieuti
que da R ic ard o por ev id en te: «Item , scim us tan
quam p e r mi nolu m quod oimie jjuocl. m ovetur il
aliquo m o v etu r; mas no se puede proceder in infm
tw m ; luego, etc.
4.° La concordancia de cosas en sf discanto
uo puede resnltar síiio de mía causa ordenadora;]
ésta respecto del Universo sólo puede sor Dios.
5 .n La tendencia de las cosas y do la inteii
gencia ¡i un fio; y por cuanto este iin no se halla et
las cosas finitas, ya que ellas se ordenan a fines di
versos, es necesario reconocer un fin último, quee
Dios.
En esta serie de argumentos, el primero y i,
tercero son característicos de las dos escuelas pls-
ionizante y aristotélica. Los demás, en lo quo U'
leu, caen dentro do una u otra.

451, Eu G uiu.ER H o.nü'W A ríE, m a e s tro il e Escoto,


s e a d v i e r te a n á lo g o p ro c e d e r, y cor: m a rc a d a orienli­
c ió n a g u s f.iu ia u a . P r o p o n e com o p r im e r a r g ti mentí
u s u a l e l a r is to té lic o ex mol a, c ita n d o al e fe c to i
- 481 —
A ris tó te le s (VIII Physicorum), y a A v e rro e s / Com ■
menlator, S I Metaph.; pero eu realidad la cita res­
ponde al 1. XII, coment, 35). Mas no le reconoce efi­
cacia. de prueba; y es el primer escolástico que le po­
ne reparos, notando, como luego Iohará E sco to y más
tardo S u á re z , etc., que si el supuesto principio, am-
nc quod m o v e l u r a b a l i o m o v e t u r , fuese válido, ni
los á n g e l e s ai la humana voluntad tendrían acción
propia (1).
El segundo argumento (primero que aduce) es ex
ordine c a u s a r u m ; en cuanto en la serie de cansas efi­
cientes do cabe proceder i n i n f i n i t u m .
Tercer argumento, ex regimine universi. Aun­
que por estas palabras parece referirse al orden o
fiualidad de los seres, se ofrece sia embargo eu fo r­
mo, de un argumento de contingencia. Lo quo existe
es creable o increable. Y todo lo creable requiere
causa de su existencia.
Cuarto argumento, ex impsrfeclione rerurn; que
es el argumento de los giados diversos en la entidad.
El quinto argumento procede ex possibiiitale
rmim, que es presentado como una variante e indi­
cio de lu contingente.
Sexto argumento, ex illustratione super mentes
noslms; que procede a lo agustiniauo partiendo de
la existencia de verdades inmutables iluminadoras
de nuestra mente mudable, lo cual arguye un Ser
supremo inmutable.

(1) «Sed revertí illa vía (según el omne quod m ooetur,


ote.), de se non valet, quift per illam probntioncro posset probsri
quoil ángelus non raoireret se, iioc voluntas esset movetis se ip-
wm, quod est contra Anselinum. etc.» (Quxst., 1. ciL).
to .m o v 31
— 482 —

.
441 En G u il l e r m o d e W a r e encuéntrase, con
motivo de la infinidad de Dios, discutido el problema
del número infinito; acusando evidentemente la lec­
tura d e A l g a z e l , y de A v e r h o e s s u impugnador, no
monos que la de A v ic e n a , al cual cita y sigue afir­
m a n d o que ningún infinito p u e d e ser m a y o r que otro.
En S i o e r d e B r a b a n t , jefe del averrofsmo aut-i-
escolástico, hallase la demostración escolástica de la
existencia de Dios por la causalidad, expuesta con
precisión y en doble forma (1). Una por la que
prueba que si no existe una causa no causada, no
puede existir ni causa cansada, ni algo causado.
«Sine ecim tali non potest esse causans cansatuin,
ñeque causatum tantum ». Otra por la que demues­
tra que si no existe una caqsa no cansada, hubo al­
gún tiempo en que no existió nada, y si nada exis­
t i ó eu algún tiempo nada existe ahora, porque nada
viene a la existencia sino por a lg o q u e existe. «Si
aliqnando nihil esset, aliquando nihil fuit; e t si
aliquando nihil fuit, nunc e tia m nihil e s t , q u ia non
fit aliquid n i s i per illud quod aliquid est».
T a m b ié n S ig e r de B uabant in v o c a el argum ento

(1) Loa ImpoiibtLia, donde se form ulan cstns penabas di


la existencia de D io s, no todos piensan sea. oliva de Sioeb di
B b a b a n t ; antea ju zg a » que I*s tests señalad as como imposibles
bo u p ro p o sicio n e s de S iq e b , co m p e n d ia d a s p o r o tro y contesta­
das p or al mismo com pilador. Poro lo más probable es qu# I*
to talidad del tra b a jo corresponde a Siceh d e B u a b a n t , qcien
propone y resuelve las dificultades según la p ráctica nsual en­
tonces en ejercicios doctrinales de la m isma índole. El heclio d)
coincidir la doctrina de las resoluciones cou la d a otrus oliia*
de SiG ün h o y c o n o c id as, b a c e u d a r p o r s e g u r a l a procedencia ds
los Im postbilia.
— 483 —

ontológico, si biea es verdad que parece supeditar


la eficacia de esta, prueba a la de las demostraciones
a posteriori. Por lo menos no aparece claro el alcan­
ce y valor que intenta atribuirle (1).

(1) Baetjmkeu (D ie hnposibilia d, Sigai' non B raba/U )


afirma quo S igeh em p lea e l argum ento ontológico <3o d iv e rs i
ninnwa quo S. A n s e l m o , porque no pretende reem p lazar con él
los argum entos « posteriori, sino s ilo com pletarlos. E sto , sin
emlmgo, no prueba nada, porque ningún escolástico, íd c I u s o el
mismo S . A n s e l m o , dejrm da u tiliz a r o tro s argum entos a poste-
fiori, aun usnndo el a rgum ento on! o lógico.
C A P ÍT U L O X

Las teorías filosóficas


en la elaboración medioeval denlas pruebas
de la existencia de Dios.

( p e r ío d o d e t e o r ía )

S u m a rio . Evolución filosófica en el período de teoría acerca de U


existencia de Dios. La conformación m oderada en el problema de
los universales. Infliifinniafl da laa antiguas teorías; el Uien co­
mo ideo, suprem a de Dios, y el Acto puro, en el platonismo y
arielstelimuo. Identidad de consecuencias en ambos sistemas
respecto del origen de lo finito. El concepto platónico de ser
como prim al io en las criaturas y secundario en Dios. La Ínter-
frotación del ente por la unidad como base de la agencia., exis­
tencia y propiedades. Síntesis del proceso de esta doctrina en­
tre platónicos y aristotélicos. Su aplicación teológica, y conse­
cuencias. U lterior desarrollo de estas ideas. L i esencia y la exis­
tencia como elementos intrínsecamente diversos en l l teoría pla ­
tónica. Aplicaciones. Los dos problemas, el ontoldgim y el yno-
seóligico, y sus resultantes en el uso teológico de dicha teo­
ría. El problem a ontológico-teológico en B o e c i o , y sos influen­
c i a posteriores. El principio plotiniano. Biversum t»t esse, et
id quod est en sus evoluciones. Aplicación teológica del mismo.
El problema gnoaeoUgicc y sus derivaciones agnósticas, según
la doble ramificación de la teoría. Las doctrinas arábigo-teoló­
gicas en este puulo. Tesis de A v i c e n a , A l g a z e l , etc. La tesis
ontológica de A v e h u o e s en la m ateria; pautes capitales de opo­
sición a la de los anteriores; y su aceptación p o r S t o . T o i l Ls .
Génesis m ixta de la teoría ontológica anstotélico-eacolA.stica, y
elementos fragm entarios que la integran . Adaptación de la
misma a los problemas de la Divinidad.

X
4-4-2. A la imprecisión de las teorías ontológicas
del periodo que acabamos de estudiar, reflejada viva­
mente eu las doctrinas sobre el conocimiento huma*
no de Dios, responde en este otro periodo que hemos
denominado de teoría una sistematización progresi­
— 486 —

vamente regulada de la filosofía, en quo los factores


platónicos y aristotélicos se aproximan para ser
eslabonados, siquiera generalmente sea de modo ar­
tificial y yuxtapuesto. El pensamiento teológico, y
en concreto respecto a la idea de Dios y pruebas
de su existencia, no podra menos de reflejar las alu­
didas orientaciones ontológicas. con el aspecto dc
renovación y de m is alta labor científica que se in­
tenta.
El problema de los conceptos universales que co­
mo hemos dicho hubo de pasar por etapas diversas,
aunque encadenadas entre sí (etapa lógica, ontológi-
ca y teológica!, incluía, bien que con modalidad
especial analítica, el otro más grande problema de
las comunicaciones divino-humanas, lo mismo en el
orden del ser que en el del conocer. Mas el adve­
nimiento del realismo moderado que insinuaba A b e ­
l a r d o y su escuela, y que J u a n d e S a l i s b u r y formu­
ló luego, y recibieron y ratificaron después los gran­
des escolásticos, en especial S to . T om ás, mientras de
una parte exigía depurar su noción en las múltiples
aplicaciones del valor d e los universales, de otra
obligaba a una más amplia concepción de la teoría
ontológica, y a fijar las normas q u e en la aplicación
de ésta al concepto de la Divinidad debían prevale­
cer. Y he ahí una nueva fase del problema de las
participaciones, en cuanto a lo que significa la en­
tid a d en lo finito respecto de lo infinito, con su des­
doblamiento en esencia y existencia, y la individua­
ción así específica como singular concreta.
443. Recordemos una vez más que en la ontolo­
gía platónica el distintivo supremo y esencial del En­
— 487 —

te primero es el Bien; mientras la ontología aristoté­


lica enseña que el Ente sumo tiene por característica
forealidad de aclo puro, como expresión de la p le n i­
tud del ser. De esta suerte eo la oatologla platónica
el Ente infinito viene a los entes finitos por espontá­
nea y natural difusión de su Bondad, e¡i las diversas
formas consabidas de oxplicar estas manifestaciones
de lo divino a través da las ideas-tipos. Y en la on­
tología aristotélica, a la inversa, los entes finitos
Yin al Ente infinito por natural exigencia de su mo­
vim iento y actuación sucesiva.
Las consecuencias inmediatas de este diverso pro­
ceso inicial en orden a explicar la existencia de lo fi­
nito, no son bí:i embargo distintas; dado que, según
hemos visto en otro lugar tii en una ni en otra teo­
ría cabe la acción creadora, base de toda legítima
distinción entre la realidad divina y la realidad cós­
mica .
444. En el sistema platónico la realidad de lo fi­
nito fluye necesariamente del Bien, como la jerarquía
do tipos ideales en quo los seres se hacen inteligibles;
y es la manera menos inhábil de explicar la existencia
de éstos supuesta la hypertrascendencia do la Divi­
nidad que impide toda accióu directa sobre lo ñuito.
Eu el sistema aristotélico el acto puro del Motor in ­
móvil., tal como A ristó teles lo entiende, obste no
y'i a la acción creadora, sino aun al conocimiento de
las cosas finitas en la Divinidad, ya que según el Es­
p i r i t a este conocimiento haría que Dios tuviese una
Mtuacidn fuera do sí mismo, y que sujeto y objeto
del conocer no fuesen en él una misma cosa, uu acto
único (v, a. 47). No es, pues, de extrañar que la
— 488 —

teoría de las participaciones dentro del criterio pla­


tónico o neoplatónico llevase los gérmenes de im
emauatismo unitario más o menos explícito y signi­
ficado. De igual modo que dentro del criterio aristo­
télico puro excluyendo la obra creadora, ocasionase
el dualismo de la materia eterna, y del Motor eter­
no, que es razón, o mejor condición, del movimiento
y de las formas varias en aquélla. Y cuando se ha
querido sostener la dependeucia de la materia res­
pecto de Dios dentro de la tesis dicha, como en algu­
nas corrientes arábigas, se vino a parar al emanatis-
mo, recurso obligado para 110 quebrantar al uieuos
abiortamcutc el concepto' del Molor inmóvil; a la
manera que se efectuaba en las doctrinas platonizan­
tes, para salvar la hypertrasceudencia de Dios.
Hemos dicho para no quebrantar al menos abier­
tamente et concepio del Molor inmóvil, porque eu
realidad toda emanación es la negación más radical
de lo inmóvil, así como lo es de lo trascendente, por
la exigencia esencial de comunicaciones de naturale­
za, y de transformación operativa eu el pvodncciite
y en lo producido,
445. De este modo los dos sistemas en sus orí­
genes couduciau por diverso camino a un mismo re­
sultado, qne era indispensable evitar para que dichos
sistemas fuesen utilizablcs en la teología, modifican­
do ambas teorías. Tero, según se advierte por lo ex­
puesto, Ja evolución modificadora hubo de ofrecer va­
riadas alternativas, que permiten ver las suturas,
por decirlo asf, y puntos de unión de los elementos
fragmentarios de uno y otro sistema.
Al partir la doctrina platónica y neoplatónica del
— 489 —

Bien como distintivo de Dios, dejaba ya en lugar


secundario el concepto de ser (ea cuanto forma de
realidad concreta) cual perfeccióu divina. Lo cual no
obsta a que se admitiese en las variantes de aquella
escuela que la Divinidad incluye la plenitud del ser,
pero sólo como expresión de ultratrascendencia, ale­
jada en absoluto de toda forma de realidad coguos-
cible; al modo que Dios se dice esencia pura ultra-
trascendeute, pero en cuanto abstraccióu inaccesible
de pura idealidad.
Por el contrario, en los entes intrascendentes y
fiuitos, el s¿r es su primera característica, ea cuau­
to determina una esencia (elemento ideal de univer­
salidad), como existente en concreto. La existencia
es, pues, lo que da al ser su entidad individualizada,
en oposición a la esencia que siendo ideal se objeti­
va mediante aquélla, siu dejar de ser universal, ne­
cesaria e improductible. Es lo que sostiene el Fseudo-
A r e o p a g it a , reproduciendo conceptos de P l o t in o y
P k o c lo ; a saber, que no hay otro ser en Dios que el
(le Bien, que es su esenña y entidad toda; por lo
cual Dios en acepción común no es ser, sino en senti­
do relativo, en cuauto razón y fuente de los seres (1),
y eso mismo es lo que siguifica el tan celebrado libro
Oe causis eütre los escolásticos (compendio de la In-
litatio theologica de P r o c l o , pero teuido entonces
¡como obra de im aristotélico), al establecer en la

(1) V. e n tre otros Iugavas, los cftpts. 3 .° y 4 .” De d tc . no -


ninibus, en especial este últim o, Dc B ono, luce, putch.ro etc.
“-Ilspí iyaOoO, <¡¡unó¡, xaXo», etu. V. tam bién la p a rá frasis de
Pnkiaierea a sste lu g a r. (Ed, Cordel'.,).
— 490 —

Prop. 4.a: «Primum rerura creatanun est e»s». En


consecuencia nada de lo increado, ni la Divinidad ¡ti
l a s ideas tienen ser, que es l a conclusión a, que se
llegaba eu el escolasticismo sobre aquella doctrina.
T nótese que siendo el fíe causis abierta mentí
ncoplatónico era tenido siu embargo, según antes de
ahora hemos observado, por un tr.atado aristotélico
siquiera se reconociese su lenguaje como platónica.
Sabemos y a que A l b e r t o M a gn o lo cree compendio di
la doctrina do A r is t ó t e l e s , hecho por uu judio, y co­
mo tal lo comenta; y S t o . T o m á s , aún reconociendo
que dicho tratado está calcado eu l a Jnslitutin thed.
de PaocLo(el Aquinense sabe ya 110 sólo de este libro,
sino además que P r oclo era mi cierto discípulo de
P l a t ó n , cosas ambas ignoradas por A l b . M a gjío ) , de­
clara que el autor del Da causis es aristotélico, J
por consiguiente hace veuir a A r is t ó t e l e s las doctri­
nas ueoplatóuicas de P r o c l o , comentaudo igualmente
en aristotélico lo que distaba mucho de serlo. Poi
otra parte, como las ideas del P se u d o -A B E ú P A G m ,
q u e reconocen los escolásticos formado en el plato­
nismo, coinciden con las del supuesto aristotelismo
del tratado fíe causis, nada más natural que dar por
idéntico el pensamiento de P l a t ó n al de Aristóteles
e u lo que atañe al puuto de que tratamos. De oW
también el esfuerzo de una conciliación que aparecí
sobre todo cu S t o . T o m á s , después de 1»3 adaptacio­
nes judaico-arábigas en la materia; y a lo cual ha­
bremos do referirnos luego.
446. Puesto qne el ser, segúu lo dicho, se de­
clara distintivo peculiar de las criaturas, el problem*
de las participaciones, adquiere carácter especial, í1
— 491 —

d cu au to s e re fie re a la c o n s titu c ió n de lo s e u t e s fin i­


os, ya por lo q u e a t a ñ e a la n a t u r a le z a d iv in a en
ríen a s u c o g n o sc ib ilid a d h u m a n a .
La adaptación primera sobre la mentada teoría
ue aparece ea la escolástica, es la qne hace propie-
ad fundamental del enle la unidad (comprensiva de
usencia, existencia, y propiedades anejas de ver­
tid y bondad/. De esta suerte la unidad aparece
»mo constitutivo individnalizador de las cosas,
íicntras la existencia y la esencia, qne significan el
ir, y la verdad y bondad, aparecen como generaliza-
as a todo lo uno e individuo. Fiualmente, y es di-
ercucia que desde el punto de vista teológico no po­
to iucnos de hacerse resaltar, la unidad en lo fini-
o, caracteriza a éste como tal, en cuanto lo hace
cr en sí, y distinto de lo infinito, do Dios, con el
ual ya uo sería posible identificarlo. La existencia,
De da ei ser a las cosas, es complemento de lo uno
iroducible por Dios, y que objetiva la real distiu-
ióu entre lo finito y lo infiuito; no menos qne la
wdad y bondad aparecen con el carácter relativo
'participado que la existencia finita impono.
447. Tal procedimiento de constitución del ente
«lia, a ser común en principio a los partidarios del
ctihamo en la cuestión de los universales, y a los an-
wen/ix/ascon sus variantes. En los primeros porque
1indeterminación de ln esencia en cuanto idea obje­
tada, i;o puede determinarse sino en virtud de la
lnid¡id existencial con que se fija, o se intenta fijar
u valor conci’eto eu los individuos. En los segundos,
,orque la negación de valor objetivo de los conceptos
'^tractos, impone como nota primaria en la repre-
- 492 —

sentacióu de las cosas, la forma concreta de la utj.


dad real, sobre la cual giran todas las propiedadssj
atributos quo la mente puede percibir, pero siempn
determinados por la unidad existencial que singula­
riza cada ente.
La doctrina a que aludimos encuentra adema
base científica así en la teoría de P l a t o s , como enli
de A r i s t ó t e l e s , si bien.en la primera de un modo mít
inmediato que en la segunda. Basta recordar al efec­
to , aquella mutua correspondencia atrás señalada,
entre ias dos direcciones de la escuela socrática so­
bre las esencias. Pues si la tesis platónica impon!
•como primera condición en el ente real la determina­
ción de la esencia pura por la unidad existencial, no
menos la exige eu el tipo de las ideas, cuando pres­
cindiendo de las formas concretas, constituye ¡iqui­
llas en categorías irreductibles que tienen por dis­
tintivo lo uno dentro del tipo respectivo, y en n.
■objetividad comprehensiva. Y de igual modo, si li
tesis aristotélica reclama para la iudividuacióa d(
la esencia, (que eu sí no es singular), la condicifa
de lo uno y el elemento que la singulariza, de mate­
ra análoga sostiene la unidad no sólo del tipo espe­
cífico abstracto como norma del eute respectivo, sídd
que proclama la unidad del ente eu el tipo uuivera-
lísimo de ser, cuando uada concreto responde a di1
cha noción; es decir, cuando se halla ésta vacía di
todo contenido calificable por otras propiedades iju*;
no presupongan y exijan la unidad que preside «I
concepto.
De esta suerte lo mismo eu el orden abstracto
que en el concreto; en la región de las ideas, con*'
— 493 -
en la categoría de las cosas, no es difícil hallar la
unidad cual elemento primario del ente, de las
demás propiedades del mismo.
448. Y es ese el proceso constructivo de la ck-
tidad quo se lia seguido basta que la tesis ontológi­
ca de A r is t ó t e l e s dol unum /verum et ens convertun-
lur, se impuso mediante el influjo arábigo, eu la on-
tologfa escolástica y sus aplicaciones teológicas. Por
esto vemos que G il b e r t o d e P o r r e e , influido sin du­
da por el platonismo, pero no ajeno al aristotelismo,
en especial mediante los escritos de B o e c io , y osci­
lante unas reces hacia el realismo de los universa­
les, otras hacia el antirrealismo (sia que quepa de­
cidir con certeza su opinión discutida), (1) aparece
como sostenedor decidido de la teoría del ente a la.
manera dicha, afirmando qne el ente finito es uno
por su naturaleza, pero no tiene ser (existencia),.
verdad, ni bondad, sino en cuanto participación
extrínseca y adventicia.
Dígase lo m ism o de A lajío d i L i l l e , el c u a l a pe­

(1) De ahi qne a lgunos, como C lerval, ten g an a G ilbbsto


pw realista; otros, como S tocíl , por conceptualista, y que
í W tl no dada calificar sa doctrina da realism o-ontologista .
Sin duda hay sa sus escritos ideas de ambas direcciones; y a e lla
M debida la obscuridad de J uan d e S alisbuby en calificar las
doctriniis de G i l b e r t o , siq u ie ra lo revele como plato n izan te al
deeir de él qne: UniaersaUiaien. fo r m ii n a ticis a ttrib u it...
Est autem fo r m a n a tiva o r ig in a tis exernplum (ejem p lar,.
ei quce non in mente Dei consistid sed reb n s c reatis
inlUEret, etc.» (M etalog. II, 17). V. el Coment. al De T rin it.
jto B o e cio , donde G i l b e r t o expone sus conceptos; y m ás a n u e stro
'«tentó, su Coment. r ! opuse, boeciano De hebdomadibus.
(M- 1-, t. 64),
- 494 —
sar de la marcada influencia aristotélica que en su
escritos revela, mantiene igual doctrina a lti de Gil­
b e r t o respecto del problema del ente, haciendo d¡
ella especial uso en sus enseñanzas teológicas, Irán
que encaminándola a demostrar la oposición entre i!
ser compuesto de las criaturas (su esencia una, ja
existencia comunicada), y el ser de Dios con realidii
de entidad y de existencia: «Deus est cui quodlítot
quod est, est esse omne quod est.» ( A l a n ü s , TIm
logicce regulas; reg II) (1). De esta suerte, paes.
se mantenía como compatible con el aristotelismo;
con el platonismo esa teoría del eate, de la cual pt
rece haberse borrado el recuerdo; pero que os Ii
verdadera razón filosófica que explico, las diversa
doctrinas extremadas que eutonces aparecen acera
del conocimiento de Dios.
Aunque utilizada también esta teoría del cutí
por el primitivo aristotelismo escolástico, no es di­
fícil advertir qne su base y génesis hállase en í
sistema do P l a t ó n y de los neoplatónicos, cuya divi
sióu fundamental entre l¡i idea-esencta, y la reé
dad-existencia- está reflejada en el eute que es mu
en sf por individuación de la esencia-idea, mieu-
tras la existencia, o el ser existencial le es propw
sólo por adaptación extrínseca, y de modo adveuti
ció y participado, como la verdad y bondad quc»l
ser como existente se comunican.
449, Elaborada la antigua filosofía arábigo-i1

(1) V. A l a n i O p ., M. I. t. 210. V. sobre A l a n o , BaüsgjH


hbb, Die Phiíos,. d. A la n , de Ins. (B eitr. z. Gesch. <1.
de B aeum ker, t. II).
- 495 —

daica a tenor dol tipo neo-platónico, según sabetnos(v.


t. IV. c. 7), no sólo lia sostenido esa doctrina, sino
que hizo uso especial de! ella en sus especulaciones
acerca de la Divinidad, como expondremos luego.
Puesto que los elementos substanciales del ente fi­
nito «¿«cía y existencia, originan el ser compuesto,
es necesario que el Eute primero, absolutamente
simple, deje de tener alguno de aquellos elementos,
y de ahi las dos teorías opuestas. Una que afirma,
a lo neoplatónico, el ser do Dios puramente esencial,
o incapaz de existencia (en el sentido individualiza­
do!' que representa), relegaudo asf la Dirinidad a lo
ultratrascendente e indefinible; otra que por proce­
dimiento inverso niega que haya esencia en Dios, y
afirma tan sólo su existencia.
El primer procedimiento que prevalece eu el mis­
ticismo filosófico-teológico, señala como medio de
llegar al conocimiento de Dios, la intuición; porque
tu relación entre lo finito y lo infinito no puede apa-
recar de otra manera, tratándose de lo kypertrasccn-
dente sino por la mediación dc la idea, y el senti­
miento íntimo do la Divinidad en el espíritu. El se­
gundo procedimiento al rehusar admitir esencia en
Dios, niega todo conocer respecto de El que no se
limite a afirmar que es algo; quod aliquiil sil. Al
desaparecer de esa suerte todo valor real en nuestros
conceptos sobre los atributos divinos, y por lo mismo
sobre la eficacia dc la acción creadora-, no resta en
rigor medio alguno de prueba de la existencia de
Dios, mientras no se limite a mostrar que hay algo
supremo en el orden de las existencias, o mejor co-
quiere MAiMóurDEs (el m ás decidido seguidor de
— 496 —
dicha teoria después de A vjcena ), decir que Dios
existe sólo significa que la condición de las cosas es
tal que 110 permite dejar de pensar eu una suprema
existencia. Es decir que la actitud de nuestro cono­
cer respecto de Dios es en todos sentidos negatm.
450. De esta suerte a l agnosticismo teológico
por exceso en la afirmación del ser esencial de Dios,
sin existencia, responde otro agnosticismo análogo
por exceso en la afirmación del ser existencial divi­
no, sin esencia. En una y otra hipótesis los conceptos
htimanos y las fórmulas científicas acerca de Dios,
tienen sólo un sentido y equivalencia metafórica. Dt
donde resulta que todas nuestras ideas acerca de la
Divinidad pueden siempre traducirse por las ideas-
de lo finito, y por lo tanto los problemas que plan-,
tea la ciencia teológica acerca de la Divinidnd sol
todos ellos solubles r,on el mismo criterio raciona!
que utilizamos en las ciencias filosóficas. Por est1
natural reversión, las dos teorías agnósticas dichas
conviértense a su manera e n tesis de pleno conoci­
miento de lo divino.
Así se explica que partidarios de la esencia puri
en Dios, como de la pura existencia, 110 renuncien i
invocar las pruebas racionales de la existencia
Dios. Ciertamente A v ic e n a , no obstante su agnosti­
cismo, es el primero entre los ¡trabes en formularte
prueba de los grados en el ser, aunqne ésta aparez­
ca desorientada, debido a la equivocada doctna1
acerca del ser, que hemos indicadlo. Dígase otro tan­
to do M a im ó h id es , que p ro p o rc io n ó , recogiendo fi­
los árabes, múltiples elementos filosóficos ala te#
gia escolástica, según ya dejamos notado (v. t. R-
— 497 —
Pero el agnosticismo de que se trata no era en
rigor uua tesis en los que lo proclaman, sino una
consecuencia a quo llegaron en virtud de su teorfa
del ente. Bastaba rectificar ésta, y en voz de partir
del eiite-existeucia, comenzar por considerar el ente
en sí en cuauto es ser, puesto fuera de su causa,
para que el problema cambiase de aspecto. La prime­
ra división que de esta manera se ofrece del ente
es cu simple y compuesto, y entonces la arguraen-
tíicióu acerca de la existencia de Dios pTocede par­
tiendo de lo compuesto a lo simple; pues todo com-
puesto necesita causa que lo produzca. A la vez,
en lo compuesto, la distinción primera es la de po­
tencia y acto, propio de todo lo fiuito. Así como en
In infinita simplicidad uo cabe poteucia, como no ca­
be causa. Según esa misma simplicidad, las dis­
tinciones que se hacen en Dios, no responden a
«tras tantas realidades ea su ser, sino a virtualida­
des de este ser en relación con nuestro modo de cono­
cimiento; y por lo tanto tales distiuciones no argu­
yen multiplicidad en el ser de Dios ni en sus atri­
butos.
Tal es la síntesis de la nueva orientación meta­
física que enfrente a la antes señalada se liace des-
cacar desde A v e r r o e s , sobre las bases de su aristo-
teli-smo. Pero veamos de examinar el proceso de esa
doctrina outológico-teológica, para el mejor conoci­
miento de esta interesante fase evolutiva en la anti­
gua filosofía.
451. Queda indicado,y antes de ahora (t. IV c. I)
lo habíamos hecho constar, que !¡i distinción entre la
m u cía y la existencia es característica obligada de
TOMO V 32
— 498 —

la ontologfa platónica; si bien la sistematizad!


peculiar del neoplatonismo ha hecho destacar de m
do más accutuado aquella distinción por exigencii
de aplicación de la teoría. Eo tal concepto la distii
ción entre la esencia y la existencia no ha sido nui
ca, hasta los tiempos medioevales, un probkn
aisladamente discutido ni discutible, sino una sá
ción que recorre eu la teoría ontológica aludida!
ámbitos del ser y de la idea. Esta doctrina, do 01
gen no cristiano, y ajeua en absoluto a sus dogm
y a sus principios, sólo vino a constituir proble»
dentro de la escolástica, cuando los propósitos
conciliación filosófico-teológica llevó a intentar ti
ducir dicha doctrina eu fórmula ortodoxa, desvia
dola del sistema, a que pertenecía, como se hizo e
manora con la teoría aristotélica de la potencia
acto, entre otras, la cual vino también a enlazar
de varios modos coa la cuestión de la esencia y
la existencia.
El neoplatonismo exigía por sil condición que
existencia constituyese el determinante extrínss
de la idea objetivada como esencia, para proiiw
Jos individuos concretos eu s« peculiar realidad.]
existencia, explica la entidad de los seres finito
que al participar de la esencia una, toman su limi
extrínseco y yuxtapuesto a aquélla en dicta ox'
■tencia individual e individualizados. De igual m
do, la esencia pura elevada a lo infinito, queda f*
ra de las limitaciones de la individualidad, más a
de las determinaciones y valores de la existencia,
por consiguiente del ser, tal como se nos r e p r e s e n t
en las formas diversas existeuciales. Por eso la I
— 499 -

inidíid es kypertrascendcnte, a modo de una ideali-


ad indeterminada, puesta entre los confines del ser
■de In nada. La existencia, pues, señala el límite
ntre lo finito y lo infinito; y la esencia, y la existen-
ia son la fuente inmediata de composición, de siu-
¡ularidad y de límite.
452. Mas ea la filosof iay teología cristianas Dios
10 es una, abstracción, sino un ser viviente y perso-
lal. Por lo tanto la oposición eutre lo finito y lo in-
iuito no impide las comunicaciones entre lo increado
’ lo creado, ni que mediante éste pueda llegarse a
:ouocer a Dios. De abí la necesidad de modificar la
asís necplatónica. para hacerla de alguna manora
irtoiloxa, y el esfuerzo de conciliación que aparece
m primer término representado por la teoría del ente
intes señalada. Con esa teoría se intentaba de una
parte acentuar la distinción entre el ser finito, indi­
vidualizado, y encerrado en sí propio, y la plenitud
Je! ser iufinito; el cual si entraba eu comunicaciones
:ou lo finito, era respetando siempre la peculiar
limitación de éste (determinada por su unidad!, y
iue le servía de medida para la participación del ser
(existencia), de la verdad y del bien, que sobreve­
nían ab extrínseco, por proyección do la divina vo­
luntad, guardando desviada analogía como las ema­
naciones ueoplató nicas y platonizantes del Bien
sumo.
Esa teoría del eute. siu embargo, uo pudia sub­
sistir largo tiempo; pues en el fondo lleva la contra­
dicción misma de la teoría platóuica. y neoplatónica
acerca de la constitución de los singulares sobre los
tipos ideales de universalidad, con la agravanto de
— 500 —
intentar dar al ente unidad, sin ser existencial ib
trínseco sobre que recaiga; antes bien, el ser apare,
ce como extrínseco y yuxtapuesto, y por lo mismo
sin razón interna de sn limitación eu el sujeto, al
igual que la )wrdad y bondad; de donde resulta una
forma de participación ilimitada, y tan próxima al
panteísmo como cualquiera de las variantes neopla-
tónicas. Es decir, que ni la unidad como distintivo
de lo finito pasa en tal doctrina de una abstracción
ni aun concebida como real esa unidad tendría nuuca
sentido en la constitución de lo finito; ya que csce
resulta de realidad extrínseca, y por lo tanto ajena
a su propia entidad, como se deduce de lo expuesto.
453. Con todo la teoría dicha segúu lo indicado,
ha servido de intermediaria entre el realismo plató­
nico de los universales, y el realismo moderado, ini­
ciado sin A r ist ó t e l e s , y después convertido en aris­
totélico; entre la tesis platónica y neoplatónica del
ente constituido por participación del Bien, y 1»
tesis aristotélica del ens, vei'um, et bonum conver•
tw ilur; y finalmente, entre la doctrina platónica
de la esencia (idea pura objetiva), y de la existen­
cia (ser extrínseco yuxtapuesto); y la teoría aris­
totélica de la potencia y acto, ampliada y extendi­
da en forma no pensada por A r ist ó t e le s , hasta los
confinos de la interna posibilidad de los seres en
Dios.
Supuesto como fundamental por los platonizantes
en el ente finito el doble elemeuto (ideal-real) de la
esencia y la existencia ofrecíase determinar el valor
del mismo problema respecto del Creador, Y partien­
do de quo cu Dios, por su ser simplicfsimo, no puede
— 601 —
haber distinción e n tre la esencia y existencia, el p ro ­
blema p re sén ta se coa doble asp e c to : U no ontológico;
a saber, como siendo la esencia d iv in a u n a m ism a co­
sa con la e x isten c ia , pueden d ecirse e x iste n te s en D ios
sus a trib u to s y las divinas p erso n as, sin m u ltip lica r
las esencias, como se m u ltip lican é sto s y aquéllos.
E l o tro aspecto es de c a rá c te r gnoseológico, y se
refiere inm ediatam en te al alcance y n oticia hum ana
de Dios. P o rq u e si la esencia d iv in a se identifica
con la divina e x isten c ia , r e s ta e x p licar como s a ?
conocer a q u élla podem os conocer é s ta .
454. E l problem a ontológico dicho, lleg a a
vés del eclecticism o aristo té lic o -p la tó n ic o de B o k tf^
a la teología m edioeval, donde se intensifica y s is te ­
matiza. L a te sis de la esencia y existencia que a lo -
plotiniauo parece p ro fesa r B oecio, seg ú n la fó rm u la
neoplatónica: Diversum est esse, et id quod est,
llévale a s e n ta r que en la T rin id a d las personas no
tieuen v e rd ad era e x isten c ia , p orque el « s e (la e x is ­
tencia) se identifica con el quod est (la esencia), y p or
lo tanto no puede m u ltip licarse é sta sin m u ltip lica r
aquélla». «Cum d ic itu r, e sc rib e ,D e u s P a te r , D eus F i ­
lias, Deus S p iritu s Sancüus, re p e titio de eodem m a-
gis quam e iuim eratio d iv ersi v id e tu r» . (D e T r in it.
c. III), D espués de B oecio, son G ilb e r to de P o r r é e y
A b elard o los m ásinfluidos por la te o ría de que se t r a ­
ta; y aun a lg u n o s, como F r a s s e n fS cotu i academ.,
1' I, d. 2. a. 3), creen derivado el e rro r de G ilb e r to
sobre la Trinidad de las p alab ras cita d as de Boecio.
Pero en re a lid a d no es de a h í, sino de la a sim ila­
ción de sus conceptos y siste m a filosófico de donde
proviene la doctrin a de aq u él.
- 602 —

455 . Ea efecto basta le e r el comentario de G il-1


berto al Qttommodo substantive bona sint (más cono­
cido con e l nombre de De hebdomadibus.l de BoEcro,
para persuadirse de que hace suyos los principios
neoplatónicos|que de éste recibe. La fórmula mencio­
nada recogida ['por B oecio d e P l o t i n o , Lácela suyi
G i l b e r t o : «Diversum est esse, et id, quod est». El
quod est significa aqui la esencia; y el ess«, el existir
o la existencia, según la mente plotiuiami, y según
el contexto (1). Eu tiempos posteriores continúa
contraponiéndose el quod csi y el quo est eu el raisnvi
sentido. Luego el quod est sirve para expresarla
realidad! subsistente, y el quo est, la naturaleza comc
principio do actividad. Ulteriormente, y sin dejai
del todo las anteriores acepciones, equivale el qmd
est a la esencia y naturaleza existente y el quo est al
tipo ideal y ejemplar que la produce. Por último el
quod est y el'quo est adquieren la representación del
acto y potencia’en sus diversas nmnifestacioucs; y
para significar sn alcance ya en la época en que ha
evolucionado de fórmula platónica en aristotélica, se
escriben monografías como la atribuida a S to . Tomás
De quo esl eí quod est, que si bien no es suya, res­
pondo a su doctrina en la materia. Y hacemos esta

(1) G í lb e k to sin e m b a rg o en ol c o m e n t. c i t a d o , lo da uui


a c ep c ió n u n poco m i s c o n c re ta , c u a n d o nos d ice quo dice r sum
est esse ut id g and est sig n ifica: « D iv ersu m e s t esse, id «jt
s n b s is te n tin quee esc m s u b s is te n te ; eh id quod e s t, id e s t sub­
s is te n s in q n o est s u b s is te n tia , u t c o r p o ra litn s e t C orpus, liutns-
n i t a s e t ho m o » . P a r a é l, p u e s , e s un p rin c ip io fllosófic» que !«
h u m a n id a d y c o rp o re id a d no son el h o m b re , sino q u e e s el esu-
tir lo que lo c o n s titu y e , y q n e d e te rm in a bus p ro p ie d a d e s .
— 503 —

observación sobre las varientes del q u o esl y q u o d


csl, porque tales variantes representan otras tantas
gradaciones evolutivas eu la teoría platónica y neo-
platónica de la e s e n c i a y e x i s t e n c ia , hasta encon­
trarse cou la tesis aristotélica de la p o t e n c i a y ac t o ,
Binfluir en su amplitud y sentido. Quo si bien a pri­
meva vista parecen doctrinas muy distanciadas, pue­
den fácilmente aproximarse. Basta que a, la existen*
cía según el platonismo,. se le dé el valor intrín­
seco de una proyección de la i d e a , en cuanto la
existencia es también algo in te li g i b le ] y a la vez se
tome la i d e a como elemento que se objetiva a través
de una existencia, para haber convertido Ja tesis
dicha ou una tesis de a cl o y p o t e n c i a . Y este es el
camino seguido por cuantos en la escolástica atribu­
yen a A r i b t ó t b l e s la distinción platónica de que se
trata, o eucuentraii a voluntad eu los que exponen la
doctrina de la p o t e n c i a y aclo, la distinción entre
esencia y existencia.
456. La aplicación teológica del quo est y del
quod est on la fase estrictamente platonizante, como
la representan G i l b e r t o y A b e l a r d o , realizada sin la
moderación que impoue la dogmática, llevaba lógi­
camente a los extremos a qne éstos llegaron. G i l ­
b e r to partiendo de la simplicidad divina, y al mismo
tiempo reconociendo la Triuidad, juzgaba necesario
admitir a lo ueoplatónico que el q u o est y el q u o d
est son distintos en Dios, expresando el uno la esen­
cia pura (la Divinidad en sf), y el otro las personas
distintas subsistentes. Es decir que por no multipli­
car Jéis esencias según las personas divinas como
exigían sus doctrinas sobre la simplicidad, creaba
— 504 —

uu elemento esencial separado, coq el cual se multi­


plicaban a uu tiempo la Divinidad y las Personas,
puesto que la Divinidad eu sí no podía dejar de ser
Persona sin que dejase de ser Dios, y las Personas
divinas uo podían ser Dios sin que cada una poseye­
se toda la Divinidad. Contra esta cuaternidad de
Personas y Je Dioses razonaba ya S . B ernardo con
una argumentación tan sencilla como concluyente,
si bien sin relación a los principios filosóficos donde
aquel error toma su origen: La Divinidad que se
afirma ser distinta de las personas divinas, o ea
Dios, o algo que no es Dios, o uo es nada. G i l b e r t o
niega que sea nada, y que sea Dios; es necesario,
pues, que sea algo que no es Dios. Mas esto algo o
es superior, o inferior, o igual a Dios. No puede ser
superior a Dios, porque Dios es superior a todo; no
puede ser inferior a Dios, porque según G ilberto es
la Divinidad la que da el ser de Dios; y no puede ser
igual a Dios porque serian dos Dioses. Por consi­
guiente, no cabe aceptar la doctrina gilbertiana sin
renuuciar a la verdad de Dios que se intenta sostener.
457. Partiendo de los mismos principios, pero
cou diversa interpretación, llega A bela rdo a las
conclusiones ya indicadas atrás, y opuestas a las de
G il b e r t o . La identidad del quod est y del quu esl
(esencia y existencia) que A belardo proclama en
Dios para sostener su simplicidad, llévale a negar
la existencia real de los divinos atributos, ya que
éstos no son la esencia; como igualmente le hace
desconocer la realidad do las Personas divinas, por­
que su existencia diversa llevaría consigo, por iden­
tidad cou la esencia, la multiplicidad en ésta.
— 505 —

Tales doctrinas que con alternativas varias si­


guen en la filosofía y teología de los platonizantes
que asf extreman su aplicación al dogma, exigían
uua rectificación en el valor de la esencia y de la
existencia en Dios, con las distinciones consiguien­
tes en cuanto se refiere al constitutivo de las per­
sonas, y al modo de incluirse en ellas el ser esencial.
Y ello significa la rectificación de toda la ontologfa,
cuyas bases estaban echadas auteriormeute, y que
luego son utilizadas al modo que pronto veremos.

458, Pasando al problema gnoseológico o cog­


noscitivo que nace de la identificación o no identifi­
car,¡óu en Dios del quoil esl, y del quo esl, esencia y
existencia, hallamos aquí las dos corrientes doctri­
nales ya indicadas e inaceptables, pero derivación
lógica dentro de la ontología que ellas representan.
La primera de estas direcciones, y que más se
aproxima a la concepción neoplatüuica de Dios, con
la correspondiente interpretación de su doctrina de
la esencia y existencia, es la que hemos visto niega
quo en Dios haya otra cosa que pura esencia, debido
a su infinita simplicidad. La existencia, es siempre
on elemento determinante del ente, que se concreta
en una categoría, y que aparece como limitación de
una idea (y por lo mismo de uua esencia) según la
tesis neoplatónica, en que se inspira la doctrina
a que nos referimos. Según esto, Dios en su esencia
pura, está fuera de toda entidad determinada, que
por ello es, a manera del Uno de P lo t in o , ultratras-
«eodeute, e incognoscible.
Lógica consecuencia en orden al conocimiento de
— 506 —

D io s e s lo y a d ic h o ,o s e a , q u e e a e s ta d o c tr in a hay
q u e p r e s c in d ir d e la s e x i s t e n c i a s fin ita s e u cuan­
t o m e d io de lle g a r a la e x i s t e n c i a in fin ita ; y acu­
d ir a la v is ió n a t i a v é s d a la id e a , o m erced n
la s f o rm a s de in tu ic ió n m ís tic a . Y ta l es e l procedí
m ie n to de las e s c u e la s in t u ic i o n is ta s y del m istic is ­
m o m e d io ev al p a r t ic i p a n te del u ltr a tr a s c e n d e n U lis -
m o p s e u d o -d io n isia u o , s e g ú n lo e x p u e s to a t r á s (v.
t . IV); y p o r m odo e sp e c ia l u tiliz a d o en la s escuelas
ju d a ic o - á r a b e s in flu id a s p o r la te o r ía neo platónica.
B a s ta r e c o r d a r el p ro c e s o c o g n o s c itiv o te o ló g ic o y
m ís tic o de A b e k m a s a r r a y su e s c u e la , q u e e s ol mis­
m o d e l P seu d o -E uP É oocL E S , s e g ú n h em o s v is to (c!.
t. II, n. 285), y q u e s irv ió de n o rm a a la g e n e ra li­
d a d de ¡os filó sofos iu tu ic io u is ta s is lá m ic o s , no me­
n o s q u e a A b iín q a b ik o l (A y ic e b r ó n ) e u la Fue.nh
d e la v i d a (1 ) , y d e m á s filósofos ju d ío s de análogas
te o r ía s .
459. Pero mientras esto sucede en esa fase, la

(1) A trá s hem os señiilndo ( t . I I , c . 5) !n influonci(x, pnr*


n o s o tro s in d u d a b le del Pseuds-EupÉD ocLES en e l M a ko r H it■
h y m , o Fu.ent.ct dfí La c id a d a l g i n n filósofo ju d ío A b e b g a íiro l,
q u ie n a s u v ez úifluyá en l a filOBofíft m u slím ica (en Avaho fuó es­
c rito s u lib ro ), a s i com o bu 1& ju d a ic a (q u e d a s u b iL irc ío hebreo
do A b e k p a le q c e h a ) , y cu ln filo so fía m ed io ev a l conocido mwlisri;#
k v eraifiu ]atina, de a m p lia d ifu sió n y e s tu d io . V. a d e m ás dc di­
c h a o b ra , U unk, M cla n y u a d e p J ti l.ju i e e , e tc .; G u rriiA S H , Dio
P h il. d. S . ibn GabtroL; Sto e s e l , S . ben G abirol ais PJúl-,
e tc -, y d em á s c ita d o s (t. I I , c. 6 ) . P o r lo q u e h a c a a los coucep-
to s dc AnENMAeAKRA, v . lo q u e deja m o s e x p u e s to en el tom e Ut
1. e ¡t., con lo re fe r e n te a l Pseudo-EMeÉDOCLEe. S o b re é s te , véaií
M usk, M elanges, e tc ., y a n te s S a t t r a r t a n í , M ilal, e tc ., qn*
A b e n n a sa r r a y su escuela, et*.
e x t r a c t a M u rk ; ta m b ié n A s ín ,
— 507 —

otra dirección menos platonizante y uo poco influida


por el aristotelismo, afirma dentro de la tesis misma
de la esencia y existencia, que el ser de Dios no sólo
exige la existencia para que pueda decirse ente real,
sino que excluye en absoluto toda forma de lo qne
deuomiuaraos esencia, por su condición simplicfsima
y de acto puro, a la inversa de lo que acontece en las
criaturas.
En esta doctrina la exisfceucia de Dios puede ser
conocida mediante la existencia de las criaturas, pe­
ro sólo como realidad existencial, y sin que la men­
te humana alcance nada de la pleuitud que en sf ex­
presa dicha divina existencia, de suerte que toda
representación intcvua de Dios y de sua propiedades
no pasa de un simbolismo de adaptación a nuestro
alcance.
Hiilláraonos, pues, entre dos formas de agnosti­
cismo por extremos opuestos; tino que suprimiendo
la existencia, crea uu intermedio entre el ser y la
nada, ajeno a toda representación ideal; y otro su-
priinicudo la esencia, hace el conocimiento de la idea-
lidp.tl.de Dios en sf tau imposible a través de la idea,
como es el que ésta sea expresióu de uua existencia
pura, y de una existencia concreta infinita en cuanto
tal. al mismo tiempo que se excluye de ella todo con­
tenido cualitativo, y por lo tanto definible.
460. Los principios d e l agnosticismo teológico
en la fase escolástica aparecen desde luego con E sco­
to E r iúg eh a , el cual haciendo suya la fórmula pseu-
¿O'diouisianadel conocimiento negativo de Dios, en-
fíüa que de El.sólo podemos saber que es algo, quid,
sin alcanzar otra cosa. Con carácter más teológico se
— 508 —

encuentra después en A b e l a r d o ¡Introd. ad T/m


1. II, s. X), llevándolo a interpretar simbólicam
te todo nuestro conocer de Dios, y el valor sigo
cativo de las divinas perfecciones y atributos. E
interpretación simbólica (igualmente adaptable a
otra teoría de la esencia pura en Dios), compati
y aizn exigida por la visión intuicionista de lo di
no, recorre las escuelas platonizantes modioeval
sin exceptuar la de los Victorinos, sí bien en for
más moderada. Pero de uua manera más sistemát
y organizada, aparece dicha teoría entre los filóso:
árabes y judíos, donde acaba por eslabonarse con
principios aristotélicos. La principal representad
do la teoría a qne nos referimos aparece en Avicf
y M a im ó n id b s . Había sostenido A l f a r a b i antes (¡
A y i c e n a , que la esencia de Dios «no puede alcanzi
se por via alguna», y la «mejor vía para conoce
consiste en reconocer que es inaccesible». Su ser ■
interior y exterior, manifiesto y oculto a la vez» (
Esa forma e x t e r i o r y a la vez i n t e r i o r , resumen
cuanto podemos representarnos de la Divinidad,
traduce luego eu que lo cognoscible de Dios para
hombre es su existencia infinita, su realidad uní
suprema, sin otro contenido esencial que el exisf
fin grado infinito y en eternidad de ser en acto.
461. A v icen a q u e c o m p a rte con A l f a r a b i y«
A b e n g a b ir o l , e t c . la d o c t r in a d e q u e to d o lo prod

(1) V. el t i . P ie d r a s p recio sa s de la sabiduría, ed,'


D isterici en A lfa r a b i’s philoeophische A b h a n d í. Tundí
M o ritz S tk m s c b n b id b r, A lfa r a b i, des a ra b . P h il. lebeü
a c h r if,, etc.
— 609 —

lo y finito es necesariamente compuesto de materia


!orma, de esencia y existencia, juzga qne la única
,nera de salvar la simplicidad infinita, y su ser im-
jducido e increado, es proclamar la existencia co-
totalidad de lo que expresa la realidad divina; ya
0 siendo existente por esencia, y no habiendo com-
sición en él, la esencia no ha de ser otra cosa que
pleno existir. En consecuencia, sólo podemos sa-
: de Dios que existe, que es un ente real, pero to­
lo que añadamos a esto tratando de determinar
5 atributos y propiedades, no es sino creación
estra, y representación sujetiva tomada de las co-
>finitas, para aplicarla a lo infinito (1).
4B2. De una manera todavía más acentuada pro-
maMAiMÓNiDES la incognoscibilidad divina. En Dios
júu el filósofo judío, no sólo no hay esencia, sino
e la existencia pura es en sí una cosa indetermi-
blo por cualidades; y a la cual sólo le conviene el
'existencial infinito, por oposición a las criaturas,
conformidad con esto sostiene que nuestro cono­

(1) Eso no obsta para quo «I procoso cognoscitivo místico de


cena permita le. visión de Dios ea intuición. Antes bien, es la
:a mauera qne legitima en su teoría la noción definida do
s; c¡ub os lo mismo quo acontece en I r otra forma opuesta de
«entio. divina sin existencia. Dicho so está, que la iutuición
tic# no excluyendo, antes fundándose eo representación snje~
t, no permite resolver el problema áel conocimiento de Dios,
■so traducá a s í p o r u n n p re s e n c ia l i dad sen tid a , cuya nota es
flpre cxi&tancial; y. lo dicho atrás, t. II, c. 6; y Mehbek,
aifós m ijítiq u cs, etc. (texto árabe de A y i c e s a , y tr. franc.).
obiin el Philosophtts a u to d id a cta s de Ib n T o f a i l , quien
»*• M n íío a A v ic e w a por las teorías indias, eu vez de las neo-
tóuicas.
— 510 —

cer no alcanza eu sus representaciones la verdad res


pecto de Dios. Por consiguiente todas las perfeccio
nes y atributos que enunciamos del ser divino ao pa
san de fórmulas metafóricas, cuya significación e¡
totalmente extrínseca al ser real de Dios. «El qm
crea qno él (Dios) es uno, y al mismo tiempo tiem
múltiples atributos, afirma sin duda verbalmenti
que es «ao, pero en realidad lo cree múltiple. Esti
se asemejaría a lo que dicen los cristianos: Dios e
u n o ; sin embargo Dios es / r e s » . Conceptos repetido»
por M aim ó n iees en el M or e h, t. I , en formas varia­
das. Como A v ic e s a . juzga M aim ó n id es qne todas la:
denominaciones aplicadas a la Divinidad, sólo r®
ponden a atributos de acción (a u n los mismos que
aparecen como absolutos), y por lo tanto no nos 3i
cen nada del ser propio de Dios, sino que El es caps
de producir los efectos por los cuales le calificamos
Las mismas pruebas de la existencia de Dios, lo oü
dicen lo quo es esa existencia, sino que sólo alcana»
a mostrar q u e es im p o sib le pensar a n te e lla s qw
Dios no existe.
He ahí, pues, el termino de común aguosticismi
a donde vienen a parar las dos opuestas teorías d¡
la realidad de Dios como pura esencia, y de la mis#
realidad como pura existencia. Y ambas son resul­
tantes de la tesis ontológica platonizante: La sub
tancia entra en la existencia sobre la base de ui»
realidad incorpórea (la idea o csRnrÁa!. Esta fórinn'J
que trae M o r t a iu , atribuyéndola a A hdab ( l ) ; e¡

( 1 ) V . un resumo 11 eu HorcrEtr, Die pkilosop/i. Protíc»1


d . speluUat. T h e o l. im Islcu n , I, 2.
— 511 -
coiuim a todos los filósofos musulmanes y judíos de
orientación neoplatónica. Por consiguiente ia subs­
tancia que, como Dios, no viene a la existencia, si­
no que es, o no tiene más que la esencia, o sólo po­
see el existir.
463. Varias importantes consecuencias resultan
de dichas doctrinas a nuestro propósito. La primera a
que también llegaron alguuos escolásticos, es la de la
interpretación puramente racional y filosófica de todo
e! ser de Dios, sin excluir cuanto se refiere a los
.misterios. Este resaltado que parece antitético con
el agnosticismo dicho, es sin embargo au más natu­
ral derivación. Dado en efecto que el valor significa­
tivo de las (icnomiuacioues que aplicamos a Dios sea
el mismo que corresponde a las cosas finitas de don­
de lo derivamos, sígnese que el valor de la idea qne
dichas denominaciones encierra es igualmente repre­
senta!) le, es filosóficamente capaz de sor interpreta­
do y demostrado, carao lo son los conceptos délas
cosas finitas.
De esta suerte, mientras por la vía de intuición
y visión interna de la idea, se llega a una.demostra­
ción de lo sobrenatural, como hemos visto (t. IV,
c. 6), por la via externa, y de yuxtaposición de las
humanas representaciones, se hace accesible todo lo
divino al alcance humano, siquiera sea con la base
íiguóstica que se proclama. Por arabos caminos, pues,
la tesis platonizante permitía a los filósofos árabes,
y tmnbién a los teólogos cristiauos ( A b e l a r d o , los
V icto hinos , e tc .), llegar a uua forma do demostra­
ción racional de todo lo divino, ¡i fuerza de negara
lo diviuo todo punto ¿le contacto con la razón y ac­
uidad discursiva.
- 512 —

464. La segunda consecuencia atañe a la teo:


de las participaciones, en cuanto raedlo explicnti
de la existencia de los seres finitos, y de las rehe­
nes de lo contingente al ser necesario.
Dado que el ser de Dios se halle constituido p
esencia pura, no puede encontrarse en El forma ¡
guna do individualidad, mediante la cual se deteni
ne eu obrar, y por donde se fije un término libre
su accióu ad extra. Y tanto menos cabe admitir ob
alguna creadora, cuauto no es posible distinguir
la naturaleza divina ni el entender ni el querer libi
que siempre resultarían factores ajenos a la pu
esencia que se supone. Por eso ni los filósofos árao
que así piensan de Dios, ni los cristianos, que de moi
más o menos aproximado les imitan, tratan de exp
car la existencia de lo finito más que mediante aqu
lia especie de desbordamiento del Bien sumo que li
mos visto utilizaba el neplatouismo al mismo fia,
que más que resolver el problema de las participi
dones en lo iufinito, hacia aparecer lo infiuito i
evolución perfectiva de sí propio.
A su vez la teoría de la existencia pura, a parí
de que no evita la indeterminación misma señalad
eti la teoría de la esencia, ni por lo tanto sus ¡neos
venientes, sn misma razón de ser exislenáal excluí
vo, háeese imposible determinar su causalidad y eo
ciencia respecto de lo finito, por cuanto estas idea
significan propiedades ajenas a la divina existen®
que eu el supuesto dado, Dios no tieue, ui pneli
atribuírselo siu reuuuciar a la tesis de pura existo
cía. Por eso. los partidarios de tal doctrina se atie
non a la solución neopkitónica autes aludida, y ^
- 613 -
clavan, ora que mediante las cosas fiuitas nada cono­
cemos de Dios, sino simplemente el hecho do que de-
be existir ur. Ser primero. ya que no es posible que
haya ¡ilgo finito y móvil, sin que exista algo inmóvil
e infinito, como quiere M a i m o n i d e s ; ora que ese mis­
ma hecho de la existencia divina es conocido por la
exigencia de la ley d« $n<-.rsión eu la s existencias,
sin que veamos la razón do causalidad, según sostie­
ne A v ic e n a . Doctvina qne uo c x c lu iu la utilización de
los argumentos platónicos y aristotélicos conmues
et.tre árabes y judias, pues sin reconocer la acción
creadora, o causalidad eficiente del m o m io , P l a t ó n y
A r i s t ó t e l e s los habían ta m b ié n formulado en orden
a ur: primer Motor a Principio primero.
Dicho se e s tá que e sta s d o ctrin as, en cn an to se
"filr.'.rau a la te o ría de las pa> Hcipaciones y uo se
aíslen de e llas, conducen a la negación de la cau sali­
dad divina en el m undo, de ¡su al s u e rte qne im plican
la negación del de una rep resen tació n de Dios me­
diante los seres c o n tin g e n te s . P o r eso la filosofía
árabe, al in te n ta r una conciliación eu e ste p u n to con
el dogma coránico de la divinidad y de su s a trib u to s ,
ensaya soluciones d iv e rsas; soluciones quo h u bieron
de influir en la determ inación escolástica de e ste p a u ­
to y 011 la fijiición de la teo ría de la potencia y acto,
sobre todo a tra v é s de las enseñanzas de A v e rro e s ,
y bajo su influencia p o sitiv a eu la m a te ria .
455. Una de las aludidas conciliaciones, la tue­
ro:! seguida, partiendo de la vitalidad de la idea (en
cnanto esencia), sostiene que en los seres finitos la
existencia les sobreviene siu otra causalidad qne .la
que se actúa por movimiento intrínseco y espontáneo
tom o v 33
— 514 —
de dicha idea, aunque a Dios corresponda moderar y
dirigir su acción. Es una variante platónica, que a la
vez parece reproducir antiguos conceptos indios. La
existencia, dice S a ü tr a n t ik a , es una forma de reali­
dad eu que entran las cosas sin influjo de Dios, dt
igual modo que por si mismas vuelven a perderla. Ed
esta hipótesis la causalidad de Dios en las cosas re­
sulta sólo de su influjo en la idea como esencia, si
alguna causalidad ejerce en lo finito. Nótese qae
desde el momento en qne no se admite causalidad eu
Dios ni medio de probarla, en modo alguno cabe siu
contradicción afirmar esa causalidad respecto de la
idea; esto aparte de que no siendo la idea la cosa,
pues de otra suerte seria inútil el determinante déla
existencia, ningún orden de causalidad ejercida eu
aquélla hace que la realidad concreta de las cosai
sea propiamente causada, que es de lo que se trata,
46G. La otra forma conciliatoria deaquellas teo­
rías con la acción de Dios, qne se hizo más significa­
da, procede a la inversa de la anterior, y sin excluii
toda acción divina en los tipos ideales, la hace espe­
cialmente recaer sobre las existencias. Es la que pro­
pone A v ic e n a , y hace suya A l g a c e l , a pesar de se
oposición a la filosofía sistemática. Puesto que scgiit
A vicema (como según A lg a cel ) la esencia y existen­
cia se distinguen, son una y otra de diversa catego­
ría; la primera, ucccsaT Ía; y la segunda contingente.
Porque lo necesario se define: aquello que no tiene-
causa, y no es por tanto necesario. De doade se si­
gua quo la existencia, producida, está en la catego­
ría de accidente (dispositio addita, acddens) en
cuanto a la virtud productora, aunque respecto deis
— 515 —
substancia producida le sea intrínseca y necesaria
para su realidad. (Metaph., 1. V, ed. Iat. de De Ma­
cérate) (1 ).
De esta suerte no sólo parece dejarse a salvo la
eficiencia divina sobre las realidades finitas, sino que
se iutenta conciliar de algún modo esa eficiencia con
el ser necesario de lo producido, o sea de las reali­
dades contingentes.
467. La teoría de A v icen a acerca de este punto
no deja de ofrecer interés, sobre todo por haber pro­
porcionado ocasión aun a los escolásticos que con ra­
zón ln. combaten, siguiendo a A vehroes . para explicar
lo necesario y contingente en los respectivos aspectos
metafísico y físico de las cosas. Según A v icen a y A l-
g a z b l que lo reproduce, un posible in esse et non esse
puede convertirse en necesario p e r a ü u d . De suerte,

(O Es, como ya. hemos notado (t. IV . e. 6 ', lo porción me­


tafísica del Xefa de A vizena.V . tam bién al objeto las Q u a stío -
(íes acutissim ae de E lía s Heueeo Cretense; Qucvsiio de esse
csaentia ot uno (EtI. ndjuntf. ni tra ta d o De a n im a de S an d u s
Vmec. 1560). Cr. Avsbboes, M etaph. 1. I, y £11 com. 29. (ob.
mayor ed. da Venec. IóííO); id. Com pend de M eta f.. 1. I. (v.
ol toxto Arabe, cd. d* C. Q cirós, y traducción). Así mismo, el
Teháfot, aunque directam ente contra A lg a z e l (texto árabe, ed.
del Cairo, H. 130¡3, o sen 1836: cu ln versión In t., D estruciio
dentructiom im . etc ., con los coinent. de A gdst. N irau s, O p .
Aveiw., tom. IX, ed. de Ven. c it.) donde im pugna la le o n a de
A loí 2e l quo ns la ríe Avicjí.va, sobre el ser necesario resu ltan te
de esoiicid y existencia no necesaria, a que a rrib a nos referim os,
Igualmente en H o ü í e n , Diu W id e rltg iin g dtis G a zz a li (D ie
Hauptlchre das A verrocs); y antes B o e r , D ie W id e rs p r ü c h
d. P hilosophio nach A l- G a s a ti u. ih r A u sg le ich d u rch
Mil R osch.
— 5L6 —
expone A l g a z e l , qae al decir de los filósofos un ¿wsi-
blc que se realiza mediaDte la existencia contingente
puede convertirse en uecesario per aliud, aunque pe>■
5 t?, diste de serlo. Es decir, que mediante una esen­
cia en sí necesaria, traducida, en un sor contingente,
se puede obtener una existencia necesaria p o r p a rti­
cipación de la esencia; y viceversa, con una existen­
cia en sí necesaria podría alcanzarse uua esencia ne­
cesaria por participación de aquella existencia. De
doude resulta, ampliando la aplicación de esta doctri­
na, que una esencia necesaria y atributos realmente
distintos de ella (como lo es en lo finito la existencia
respecto de la esencia) pueden constituir un mismo
ser necesario. Y si bien, prosigue A l g a z e l , los filó'
sofos hallan un recurso para responder a esto, en que
tal entidad siempre exigirla una causa externa, que
le quitaría el ser necesario al compuesto, tal recuisc
sólo basta en orden a los seres producidos eu el tiem­
po; pero no en otro caso, porque podemos suponerla
esencia y existencia condicionándose mutuamente «16
aelem itate, y exigiéndose por lo tanto sin causa que
las una, realizando asi la compenetración do mm
esencia necesaria en una existencia no necesaria, pi­
ra constituir un ser necesario per aliad, y no^cr «•
El procedimiento, conío se ve, es utilizabie lo
mismo para mostrar como los entes finitos pueden
ser necesarios, siu dejar de tener existencia contin­
gente al ser producidos, como para sostener la real
distinción de los atributos respecto de la esencia di­
vina sin perjuicio del sor necesario, de Dios, que es
la finalidad a q u e dirije sus discursos A l g a z u l fiiuiln-
do en A t i c e n a e impugnando a la vez la solución
-5 1 7 -
éste respecto al ser de la Divinidad, a la que niega,
como temos visto, la esencia para sostener la sim­
plicidad divina.
468. E sta teoría del «er necesario per aliud, es
rechazada por A verroes , como queda indicado, el cual
croe que así se favorece la doctrina cristiana de la Tri­
nidad, confundida por el filósofo musulmán con la teo­
ría neoplatónica de las hypostases subordinadas. «Et
hoc dice el texto latino, no queda el original árabe de
los Grandes Coment. a la ilelaf.J putaverunt autiqui
Trinitatem esse in Deu, iu substancia. Et voluernut
evatbre per hoc et nesciverunt evadere; quia cum
substancia fnerit numerata, eongregatum erit unum
per umun intentionem additam congrcgato... E t hoc
similiter eontigit loquentibus inlege Maurorum(Avi*
cesa, A lgazel , etc.), ponentibus intentiones ¡tddi-
tas cssentiac». (Metaph., 1. XII, com. 37).
El argumento de A verroes así en los comenta­
rios a la Metafísica citados, como en el Tehafot, que
hace, suyo Santo Tomás (Contr. G., 1. I, 22),'en­
vuelve la aplicación explícita de la teoría del acto y
potencia, que ya hemos dicho prevaleció mediante
Averroes en la escolástica. Todo compuesto, sienta
Averroes, es resultado de componentes, los cuales
m pueden constituirse per se en composición. Y si
se dijese otra cosa, tendríamos algo que per se pasa­
ba de la potencia al acto, y se movería per se sin mo­
tor; «tune exirent de potentia in actum per se, et mo-
verentur sine motora per se». (Metaph., 1. c¡fc.)Lo
cual amplía luego, especialmente en la Destructio
dcstructiomtm p h il. Algaielis (Deslmctio ele. VI),
estableciendo que es error pensar que por adición de
— 518 —
entidades se cambie la naturaleza de la cosa, y qne
pase a ser necesario aquello que por su condición no
lo es, y viceversa. No basta imaginar dos'entidades
en correspondencia mutua, eternamente, como pien­
sa A lgazel ; porque en esa hipótesis o la existencia
necesaria hace necesaria la esencia, o por el contra­
rio, la esencia necesaria hace la existencia necesaria.
Si se dice lo primero, la esencia es en sí un acciden­
te, y por lo tanto no puede ser la esencia del Eute
primero; lo contrario equivale a decir con A viceka
que eu Dios no hay esencia. Si se afirma lo segundo,
tenemos que la existencia es accidente, el cual nece­
sita de una causa que lo una a la esencia. En este
caso, pudiera añadir A verroes sería verdadera late-
sis de los que afirman que en Dios sólo hay esencia
sin existencia. Un recurso queda a A lcacel , añude
A verroes , y es supouer que las partes existen eter­
namente y sólo se condicionan para el hecho exclusi­
vo de la unión. Pero este no pasa, responde el mis­
mo, de una representación imaginativa. Porque la
unión por si sola no origina, sino que supone la na­
turaleza de las cosas que se unen. La composición
no es algo como el ser, sino como el movimiento ha­
cia el compuesto, que supone y no cambia la esencia
de los componentes. Santo Tomás (Contr. G., II,
c. 22) utiliza y hace suya esta doctrina, quo pasa a
otros muchos escolásticos (1).

(1) L as frases de A verroes oh la vei's. latin a de aso escolás­


tico de la D estnictio (I. cit.): «Compositio non est sicut osse; Eflitt
compositio est s k u t m o re n , acilicet fittribucum poasibile eddituni
subütnutiue reru m recipientium compositionem. Esse vero est
denom inatio quffl est ip sa su b sta n lia . E t qui a lita r d icit e r r a t.»
— 519 —
469. La argumentación de A verboes , aunque
encaminada directamente a excluir la teoría de A lga -
zel sobre la distinción real de la esencia y de los a tri­
butos divinos, vale de igual suerte para excluirla
producción de las cosas que sean contingentes en la
existencia, respecto de Dios, y sin embargo sean ne­
cesarias por su eseucia, para existir, supuesta la efi­
ciencia divina. Pero eu este sentido los razonamien­
tos de Averroes tienen igual valor contra el mismo
que los utiliza. Basta recordar que A verroes no ad­
mite la creación ex nihiio (contra lo que equivocada­
mente piensa Sauto Tomás, que cou auáloga equivo­
cación juzga de A ristóteles), y proclama la existen-
cía fie la materia eterna, en sentido semiaristoté-
lico y semiplatónico a la vez. Y dado esto, la exis-
teucia que sobrevieue en loa seres concretos a la ma­
teria primera eterna, es un existir contingente eu un
elemeuto necesario, pues contiugentes son las cosas
que así se producen. Por lo tanto puede utia existen­
cia contingente determiuar la contingencia de uu ele­
mento necesario; lo que hace igualmente lógico el
procedimiento inverso, de un elemento necesario que
haga participar de su condición a otro elemento con­
tingente, que es el ser necesario per aliud aludido.
470. Mas, prescindiendo de esto, la actitud doc­
trinal de A veekoes represeuta un cambio radical en la
teoría outológica, y en su aplicación a Dios, y a las
pruebas de su existencia. Tres equivocaciones capita­
les seilüla en A vicena y A lgazel (aunque éste no sea
do la escueladel anterior) que hacen a nuestro objeto;
La primera es que ambos, (al igual de otros filó­
sofos árabes), conciben como realidades distintas en
— 520 —
los seres las diversas modalidades de concepto con
que nosotros las pensamos; et est error, dice A ye-
b r o es (Metaph., 1. IV, cora. 3). S anto T omAs repro­
duce el pensamiento de A verroes en varios lugares:
y aun refiriéndose a A benqabirol (A vicebrok):
«Supponit A vicebron quod quaecumque distiugun-
tu r secundurn intellectum, sint etiam in rebus dis-
tincta» (S. Th. I, q, 50, a. 2). De ahí las distincio­
nes reales respecto ¡il sér de Dios y de sus atributos
uo meuos que la distinción entre lu esencia y la exis­
tencia, que A verroes combate. Y de ahí a la vez la
negación ora de la esencia, ora de la existencia en
Dios, al modo dicho, para sostener su simplicidad.
471. La segunda equivocación está en juzgar
qne lo posible no es nada fnera de la representación
qne nos formamos sobre las cosas y sus cambios antes
do existir; según esto, la posibilidad no es más que la
existencia en cuanto se considera no actuada; o sea
en cuanto uo es existeucia. De donde se sigue que lo
verdaderamente posible no es sino lo existente; de
modo que lo no existente uo es posible. Y aunque
A v i c e n a define lo posible diciendo qne es lo que tie­
ne causa, esto no se refiere sino a la fuente y origen
de lo existente producido, eu cuanto lo no existente
ni tiene ni puede tener causa. A esto vienen a parar
lo mismo A v i c e n a que A l g a z e l , aunque por diversos
caminos, con lo cual desaparece todo concepto (le po­
tencia y acto, con sus naturales consecuencias. Acer­
ca de ello insiste reiteradamente A v e r r o e s eu el
Teháfot, en la Metafísica y tambióu en el Compendio
de Metaf. Eesumiendo en éste dicha doctrina, decla­
ra que fué profesada de antiguo (eutre los griegos),
— 521 —
y reproducida en su época por aiguuos que hacen ¿e
lo posible y del acto cosas simultáneas. De esta suer­
te auulan la naturaleza de lo posible, y se ven en el
caso de admitir en consecuencia, que lo posible es ne­
cesario, y lo necesario posible (1).
472. La tercera equivocación que nota A v e rro e s
es ln del concepto de ser, que lo mismo puede decirse
originada por las equivocaciones auteriores, como
ser causa de ellas. El ser, -o Sv platónico-aristotélico
¡almanchitd de ¡os árabes) siguifica para A v icen a
(como después para M aim óhides) la realidad que so­
breviene a la esencia, a la manera dicha. Por consi­
guiente el mauchud es la realidad complementaria
de uiui forma de existir. De ahí el razonamiento
consabido: Todo compuesto de esencia y existencia
es producido; el ser primero d o puede ser causado;
lueg-o este ser no tiene esencia, o no tiene existen­
cia A v e rro e s lo mismo en la Metal!, que cu el Te-
íiáfnt, aclara este punto haciendo notar que ens
¡mnuclmdj significa en sentido aristotélico, la rea­
lidad de algo que es fuera de su causa, o prescin­
diendo de ella si la tuviere. En consecuencia el ar-
gimieuto debe proponerse en esta forma: Todo ente,
es; y todo lo que es, debe ser simple o compuesto,
Y por cuanto todo lo compuesto exige uua causa, es
necesario llegar a ua eute simple, no causado; de

(1) Ob. cit. 1. III; y eu el Com petid., 1 . 1, te s to árab e (ea


ta eil. úrube esp, de C. Quibús cit.) En el mismo 1. I II, resum e
Averroes su concepto de potencia j acto. V. tam bién precisadas
siu ideas, en especial, según el 7 eh d fo t en M. H o rie n , ob. cit.
ilesondere Próblem e etc.).
— 522 —
o tra s u e rte se ría in e v ita b le el reg reso absurdo in
infinitum (1).
Por este procedimiento se revela la orientación
ontológica y teológica que so opera respecto a los
problemas del ser finito e infinito, totalmente diver­
sa de las anteriores; y ya do cabe aislar la a n id ad
délas demás propiedades del ente, ni eu cuauioa
su valor real en las cosas, ni en cuanto al modo de
constituirse estas entitativam ente. El se r finita
tieue su realidad propia, y es u n o , como es bu-eno y
verdadero por el mismo valor intrínseco de lo real,
auuque eu su condición quede a iumeusa distancia
de lo infinito, pnr su ser potencial y contingente,
.473. Este tesis del aristotelismo redivivo, reite­
radamente inculcada en los amplios comentarios de
A r i s t ó t e l e s que A v e r r o e s nos ofrece, y a quieu debe
el aristotelismo su inmediata y decisiva adaptación ¡i
la escolástica, no bastaba sin embargo a la filosofía
y teología cristiana para fijar las relaciones del ente
finito con Dios ni tampoco a ella exclusivamente hu­
bo de atenerse. Ya sabemos como eu la Edad media
no se tenía un coticepto definido de la teoría plató­
nica ni de la aristotélica; y de igual modo que aus

(1) S to . TomAs refiriéndose a esto, reproduce del texto la­


tino del T eh á fo t a llch a fo t (D cstru ctio desiriictionuni etc.)
lo que dice A v e r r o e s y aun k indicación histórica qne buco este:
«Sed aliqui sapiencutn m o d e ra s hrace i'or uní speciilati sunt ¡n nv
tu ra «litis in quantum ens; ot dux.it eos investigatio ad ens simple*
modo supradicto» Y c n c l A g u í s e n s e . <UlCcrius aliqui c r e x o r u n t -
se ad considerandum ens in q u a n tu m e u s, et cousideraverutó
causas rerum roo solum secundurn quod sunt hoc, yel talia, sed:
secuEdum quod eunt entifL», (S. Th. I, q. 44, a 2).
— 523 —
A lb. M agno y S t o . T omAs tomaban e l neoplatonismo-
manifiesto del libro fíe causis como expresióu del
pen?araiento aristotélico, asi acontecía a los demás,
escritores e u general. La física del seudo-Dioiasio
es igualmente eu sentir del Aguísense, expresión
de la de A r ist ó t e le s , con lo cual la teoría general
ontológica de aquél acerca del movimiento cíclico
de los seres, que es como la síntesis esencial de la
teoría neo plato nica, viene convertida en expresión
migar de ln tesis peripatética de potencia y acto.
Esíi confusión de ideas no era ciertamente ni origina­
ria ni privativa de la escolástica; y por lo que antes
de ahora dejamos expuesto, se colige bien como la
filosofía arábiga l'ué importadora de las ideas neo-
platónicas. en especial de P lo tin o , tomadas unas-
veces como dc P latón y otras por las de A r is t ó t e l e s .
474. Ello sin embargo favoreció a la conforma­
ción sistemática de la doctrina filosófico-teológica que
nos ocupa, y en primer tériniuo a la de la teoría de
las causas en orden a Dios y al muudo. La causalidad
eficiente en el Eute primero es, en electo, explicada,
en parte según A r is t ó t e l e s , como generadora Jel
movimiento; y en parte según el neoplatonismo,.
roediaute una interpretación restringida de las p a r­
ticipaciones; y a ello se debe la iuversióti del proce­
so eu el movimiento qae establece A r ist ó t e l e s ; pues
ya sabemos que según éste el Eute inmóvil solo
mueve en cuanto es centro a donde convergen eu su
movimiento los seres finitos, uo en cuanto sea causa,
de estos. La teoría de las participaciones, que par­
te de la tesis opuesta, y hace no solo venir del Ente
supremo todo ser, sino que lleva a convertir loa.
— 524 —
«ntes finitos eu manifestaciones de aquel, permitía
en una interpretación moderada rectificar y completar
la teoría aristotélica en orden a la eficiencia divina
respecto a las criaturas.
En c u a n to a la c a u sa ejemplar e s u n a derivación
d i l e c t a y e x c lu s iv a d el p e n s a m ie n to p la tó n ic o y neo-
p la tó n ic o s o b re lo s d iv in o s e je m p la re s id e a le s , ya
s is te m a tiz a d o s en 1» te o lo g ía g r ie g a y la tin a , y et
e s p e c ia l r e p ro d u c id o s en la esco lástica , s e g ú n las
S. A gustín y del Psendo-AREOPAGiTA.
d o c tr in a s d e
475. La misma causalidad final, de origen aris­
totélico, recibe su aspecto y carácter teológico
del platonismo en los escolásticos, y desde luego
en S t o . T omás . Partiendo el Pseudo-Diomsio del
principio plotiniano y platónico consabido de qne
antes ea el Tticn que el ser, establece como razón
primera y última de las existencias finitas el Bien
■en cnanto es difusivo, o sea en cnanto sale y so des­
borda de si mismo hacia dichas existencias; y éstas,
-como participación cntitadva de aquél van en retorno
hacia su fuente en el varias veces mentado proceso
cíclico de. lo finito. Y S to . T omás con la escolástica,
anteponiendo el ser al bien, hace de este un elemen­
to psicológico primario del Ente infinito para obrar;
y de esa suerte el valor ontológico que al bien
corresponde en el Psendo D io n isio y su escuela, apa-
-rece transformado en elemento de finalidad y razón
de la creación; mientras esta a su vez, no ya por sn
valor ontológico, sino buscando su propia perfección
con finalidad ora consciente ora inconsciente cami­
na hacía Dios como a su centro. No es, pues, de ex­
trañar que el A qijinenbe pueda sentar repitiendo
— 525 —
frase ‘del Pseudo-Dromsio: «Hoc nornen bonum est
principale nomeu Dei, in quantum est causa* pero
añudicado, segúu k transformación referida: «non
tameu simpliciter, nam esse absoluto pneítitelligitur
causEe». (I. p. 9. 13, a. l i a d . 21"; que reproduce en
varios lugares).
Os esta manera por una. fusión la más 'le las ve­
ces inconsciente del aristotelismo con ;íi;~ '¡letrinas
plotinianas, diseminadas por doquier ¡-n ios escritos
medioevales, y cristinianizadiis a su ;n >lo cuu las-
de T iio c lo eu las obras d^l Pscu<l i A ri;o p a g ita ,
vííiu a constituirse lina ontuiogín m¡x!a. qiu a pe­
sar de sus deficiencias era la más c o m ■i;i, v la más
adecuada para su adaptación al .sist-m l Teológico,
comenzando por lo que- so refiere ¡i l a s pruebas sis­
tematizadas de la existencia de. Dios.
Cousecuencia inmediata fie la tem/j riel ser y de­
sús causas segúu queda señalada, ex e> procedimien­
to objetivo y externo de elevación ai oiíiiscimieuto
de la Divinidad, en frente al del c norer intuitivo y
ea virtud de la idea. Eso no obsui ;i qne, debido a
Ie. Fusión misma platón ico-aristotélica aludida, se
encuentren, como veremos, marcadas huellas de am­
bos sistemas ea las pruebas subsiguientes de la
existencia de Dios. Y p.llo es causa a la vez de otras
variantes que desde luego apureceu en los escolásti­
cas de la época a que aludimos, y en especial de las
■lififL-encias que separau el A q u i n e n s e y el D o c to u
Su til, respondiendo a las dos corrientes cognosciti­
vas aristotélico-arábigo, y aristotélica agustiuiaua,
sin embargo de couveniren la base general de pro­
cedimiento demostrativo, dc que se trata
— 526 —
476. La teoría del ente, pues, como la teoría le
las causas /eficiente, ejemplar y finalJ tal como era
menester para eslabonarlas con e1. dogma de la crea-
ción, y con las pruebas de la existencia de Dios, re­
sultan de elementosyuxtapuestos platónicos y aris­
totélicos, reducidos y mitigados según las exigencia
doctrinales ortodoxas, sin perder de vista los múlti­
ples ensayos de las escuelas árabes.
La causalidad ejemplar domina toda sistemati­
zación platonizante: la causalidad final prefinirán
en la tesis peripatética; y auu puede decirse que ;¡
la única causalidad universal que admite Aristóte­
l e s , porque es la razón de todo el movimiento déla
materia eterna, hacia su perfección y hacia un een-
tro inmóvil; la causalidade ficiente primera sólo exis­
te en los motores celestes como determinantes de li
unión de la materia con una forma para constituir
las cosas del mundo.
La teoría filosófica que se modela y constituye
en la teología según hemos visto, eslabona la teoría
de la causa ejemplar (ideas-tipos de las cosas), con
la teoría do la causa eficiente (producción de la rea­
lidad segúu sus tipos ejemplares), respecto de Dios
y de las cosas producidas. En el orden do las cosas
producidas responde a la causa ejemplar, la esencia
metafísica; a la causa eficiente la esencia física, «
entidad que resulta de la materia y forma respecti­
vamente /potencia pura para el ser y obrar, y aci»
que la determina en un ser concreto y obrar deter­
minado). La esencia metafísica, intermedio entre la
realidad y la idea ejemplar, crea el problema de la
individuación física con el alcance teológico que co-
— 521 —
n o c c m o s, y t e n d r e m o s o c a s i ó n de v o lv e r a n o ta r.
Y la esencia fisic a , m a te r ia y fo rm a (potencia
pura y acto), crea el problema del valor ontológico
de la esencia en sí, y el de la realidad de una.polen-
da cr. l o s seres que t í o puede actuarse sino por una
forma extrínseca recibida y por lo tanto ajena al
mismo ser que ha de obrar.
La esencia metafísica a lo platónico, exige o in­
cluye la actividad y dinamismo operativo y aun cons­
tructivo de cada ser; y la esencia fis ic a , a lo aristo­
télico exige la pasividad, la inercia pura de la m a te ­
ria {ni elemento determinante en lo compuesto) res­
pecto de la fo rm a qne otro agente o causa ha de ha-
ccr actuar en cada ser. Antítesis perdurable, que
jamás ha resuelto la escolástica siu inconsecuencias.
0 sin desviarse de la fusión intentada platónico-aris­
totélica en este punto.
Cabalmente al ocuparnos luego de las pruebas de
la existencia de Dios fundadas en el concepto peri­
patético del movimiento, tendremos ocasión de ob­
servar prácticamente lo quo acabamos de advertir.

477. Sentados los conceptos prncedentea, pode-


uio ya entrar en el estudio concreto de los argumen­
tos sistematizados acerca do la existencia de Dios en
01 período q u e liem o s d e u o m in a d o de te o r ía , c u y a s í n ­
tesis se e n c u e n tr a e n los q u e fo rm u la n S t o . T om ás y
D ras E s c o to , q u e m á s c u m p lid a m e n te s e h a lla d e n ­
tro del p e río d o m e n c io n a d o . P e r o a n t e s es m e n e s te r
form ular a lg u n a s o b s e rv a c io n e s a s í eu c u a n to a la
re p re s e n ta c ió n s e c u n d a r ia d e lo s s is te m a s com o t a ­
les. en la m a te r i a , q u e n o h a c e n sin o q u e s u p o n e n
— 528 —
la válida demostrabilidad natural y espontánea de
la existsncia de Dios, como por lo que atafle ¡t !s
conformación íntima, y a las diversas formas de­
mostrativas en sus gradaciones evolutivas.
Et conocimiento de la existencia de Dios no se
funda eu ningún sistema ni lo exige; como no lo re­
quiere en su orden el conocimiento que tenemos ¡leí
mundo externo y de los fenómenos que en él sn ve­
rifican. Y por consiguiente, las evoluciones sucesi­
vas y variantes de sistematización no afectan ala
cerlciti del conocimiento natural de Dios, sitio al
valor cíoutftico de las modalidades con qne se reviste
dentro de una teoría filosófica dada.
Dos consecuencias importan Les se siguen di
aquí: 1.a Que si la existencia de Dios puede y debe
ser demostrada cientí fielmente, no se subordina por
modo necesario a esa demostración la certeza acera
de la divina existencia, que primariamente se ad­
quiere sea por espontáneo y natural discurso,»
por éste asociado a las enseñanzas religiosas, etc.
Las pruebas de carácter sistemático se ordenan es­
pecialmente a der.tarar y robustecer el conocimiento
qne siu ellas cabe alcanzar.
2.a La diversidad de sistemas al hacer variar los
argumentos que se aducen, no c&mbiau la baso co­
mún de la contingencia, centro de todo razonamien­
to que procede de lo finito a lo infinito. Y por lo Un­
to la no validez de una prueba sistemática de 1»
existencia de Dios no quita ni pone en cuanto ¡lis
eficacia de la demostrabilidad en general do dicü
existencia; y en muchos casos, ni aun en cnanto al
valor del principio genético de la demostración q-'{
- 529 —
de uii modo más o menos implícito lo informa. Eu
vatio, pues, el empeño de tradicionalistas, sentimen­
talistas y demás adversarios de la demostración de
la existencia de Dios, cuando arguyen contra esta
demostrabilidad, fundados en las discrepancias sobre
las pruebas mentadas.
Así como se dan distintas fases en el conocimien­
to de Dios y da sus pruebas correspondiendo a las
¿¡versas teorías filosóficas según venimos notando,
ds igual modo aun dentro de orientaciones funda­
mentales comunes pueden darse y se dan grados de
«vokición sistemática en los argumentos utilizados.
Bastaría como ejemplo a este objeto el matiz pecu­
liar que ofrecen las pruebas de la existencia de Dios
en Sto. T o m á s y en E s c o t o , por concretarnos ai pe­
riodo que nos ocupa. Y aun si queremos limitarnos
a los argumentos de S t o . T o m á s , fácil es hallar gra­
daciones en su desarrollo que confirman esto mismo.
478. Tres categorías doctrinales podemos dis­
tinguir eu la elaboración sistemática de las pruebas
de la existencia de Dios fundadas, como las del Aqui-
uease y de Escoro, en las ideas de lo contingente y
necesario: Eu la primera categoría la idea de contin­
gencia so desenvuelve subordinada a la realidad cós­
mica, o sea en función del movimiento perceptible.
De ahí el argumento del molor y del móvil, del
mundo físico; que sólo por derivación y de una ma­
nera analógica se traslada al mundo psíquico y espi­
ritual. Con igual índole proporcioualmeute se ofre­
cen eu su orden los demás argumentos que proce­
den cié éste, o constituyan modalidades del mismo.
El niüuíio ¡¡parece como móvil, cansado, relativo en
TOMO V 3<
- 530-
p e r f e c c ia n e s y c o n ti n g e n t e , p e ro s e g ú n s u s propieda­
d e s f ís ic a s lo m u e s tr a n .
En la segunda categoría, la idea da la contin­
gencia una vez conocida mediante las cosas, se ma­
nifiesta sin subordinación al mundo, y en función por
lo tanto del ser finito en cuauto ser, independiente­
mente de toda cualidad risible o invisible, espiritual
o corpórea, y abarcando por consiguiente todas las
manifestaciones actuales y posibles de lo contingen­
te en cuanto tal.
En esta forma se estudia el ser finito en si; y el
argumento del movimiento se convierte eu argumen­
to de devenir, de! fieri en las cosas imitas, actuales
y posibles, que es la negación de lo absoluto y de lo
¡«condicionado en ellos. El argumento de la causa­
lidad se extiende a lo creado, y se eleva a expre­
sión dc la relatividad intrínseca de lo condiciona'
do respecto de lo incoudicionado y absoluto. El
argumento de las perfeccionen relativas de las cria­
turas, se convierte en argumento de las partici­
paciones mediante las ideas ejemplares en tolo lo
posible. El argumento, en íiu, de la contingen­
cia del mundo se transforma en argumento de lajuí)-
lencia y acto cu todo lo finito.
479. Se advierten sin dificultad las diferencias
que existen entre el primer procedimiento de prueba
y este segundo. En el primero, los argumentos son
de modalidad empírica, ordenados a reconocer a Dios
por el carácter do los fenóraonos perceptibles, on
concreto. En el segundo, los argumentos son de mo­
dalidad abstracta y de principios, encaminados a 11*
gar a Dios por la exigencia racional de lo finito)'
— 531 —
contingente como tal, cualquiera qne éste sea. Ea
«1 procedimiento primero los argumentos aparecen
independientes entre sf, como tomados de diversas
categorías de fenómenos en la realidad cósmica. En
el segundo se eslabonan unos con otros, hasta apa­
recer, cual corresponde, como variantes de una sola
prueba. El procedimiento primero es analítico, y se
mantiene sobre la experiencia para formular las con­
clusiones a que llega. El segundo procedimiento es
sintético; y supuesta la observación de los hechos,
parte luego de las ideas abstractas para aplicarlas
a aquellos hechos. De esta suerte la contingencia del
mundo aparece como uno de los múltiples casos con­
cretos a que pueden ser aplicadas las leyes ontoló-
gicas de todo lo mudable, do todo devenir, a la in­
versa de lo qne acontece en el procedimiento prime­
ro, que parte de los hechos y sobre ellos actúa sin
erear teoría.
En la tercera categoría, las pruebas de la exis­
tencia de Dios se ordenan no sólo a probar la reali­
dad de un principio absoluto y Causa primora de lo
finito, siuo a determinar mediante ellas los atributos
Jr perfecciones que al Ser primero le corresponden.
De suerte que la teoría de los atributos diviuosno sea
más que ana prolongación lógica de las pruebas de
la existencia de la primera Causa, ocasionando una
evolución más cumplida de la idea do Dios en la hu­
mana conciencia.
480. Esta última etapa, de la cual hablaremos
eu otro lugar, uo corresponde a la escolástica; y
S to. T omás no sólo no la utiliza, sino qne sus expo­
sitores, como C a y eta n o , juzgan que laspruebas do la
— 532 —
existencia de Dios sólo se refieren a probar que existe
uno cosa que es principio de lo creado; cuyo conocí-
miento concreto y determinación de atributos ha de
ser resultado de ulteriores.investigaciones racionales.
E n cuanto a la etapa segunda de las pruebas ds
la existencia d e Dios, tampoco aparece de una ma­
nera refleja y sistemática en la fase teológica qne
nos ocupa. Pero de ella hay manifestaciones varias,
y nplicacioncs que si bien no obedecen a sistema,
s o n expresión implícita del mismo. E n este punte.
D üns E scoto se halla uiás d e u t r o de la concepción
aludida, que no S to . T om as , debido al superior espí­
ritu crítico de aquél, y en parte también, al procedi­
miento sintético que es característico en las escue­
las platonizantes, y por lo tanto ea la agustiuiana a
q u e E scoto se muestra más adicto. El mismo ¿quí­
nense no mantiene en esto un criterio constante; ya
que sus pruebas de la existencia de Dios en la Sunt-
ma contra G m l. son principalmente cosmológicas,
y el movimiento tiene allí sentido físico; mientras
en la Summa Theol. adquieren mayor carácter
ontológico con otros valores eu la idea de mm-
miento.
Esta idea del movimiento va siempre subordi­
nada, como veremos, al concepto de potencia y (ic­
io / materia y forma, o pasividad y actividad! de
la tesis aristotélica, qne es tesis tomista.
481. Es, pues, una verdadera transformaciónd*
los argumentos de S t o . T o m á s la que realizan cuantos
se empeñan en presentarlos con el carácter de teoría
en el sentido que hemos dicho corresponde a la segun­
da etapa tuouciouada; sin otro fundamento que el ser
— 533 —
Aquellas pruebas susceptibles de esa transform ación,
la cual ciertam ente puede hacerse de igual modo
con las doctrinas de otros escolásticos ( 1 ).
Ahora habremos de notar: 1.® La actitud ecléc­
tica en orden a reunir argum entos de diversos o ríge­
nes y escuelas acerca de la existencia de Dios, que
tanto destaca en el periodo filosólico-teológico prece­
dente, atenúase por modo muy señalado en S t o . To-
h á s , quien hace prevalecer en la m ateria las prue­

bas de carácter aristotélico, o mejor elaboradas so­


bre los conceptos de la M eta física y eu especial de
la F ísica de A r i s t ó t e l e s , como A v e b r o e s . Los de­
fectos de la argum entación del Aquinense proceden,
como habremos de ver, de la tesis peripatética.
‘2.® E so no o b s ta n te e u cu én tran se en la a rg u ­
mentación de S t o . T omás elem entos e x tra ñ o s al a r is ­
totelismo que qu o b rau tan la u nidad do su s p iu e b a s
dentro de sil siste m a y sieudo m e n e ste r d e sv ia rlo s
do su u a tiv o c a rá c te r p ara hacerlos ad ap tab le s ai
aristotelism o averrofsta, de S to . T o m a s .
482. Y a hem os n otado eu o tra p a rte (v . t. IV,
c. 6) que la te o ría cognoscitiva del A q u in en ee no es
exclusivam ente de proceso a risto té lic o , sino que en
ella se ju n ta n elem entos p latóuicos y a de o rig en
agustiuiano, y a de escrito s p la to n iz an tes del mismo
aristotelism o aráb ig o donde, como es sabido (y A ve -

(1) E se p ro c e d im ie n to d e tra n s fo rm a c ió n s e h a g e n e ra liz a d o


en la escu ela u e o to m is U . A ntes lo inició K l e u t o e it ( P h tlo so -
phie der V o rzcit, t . I I, A bhandl. IX , c. í ; en la t r . fr. D. IV ,
(S- T h .
disei't. í), c. 1); u tiliz n iio am p liam o n to p o r S e k t i l l a n g s 3
A qu in , t. I , c. 2 ). y por GACBiaou-LAaH/UflE (D ie u , son
«xisi. ct m nat.. c. III).
— 534 —
ero e s , el m á s genuiuo representante del E stagirit ,
entre los árabes, lo confirma), principios capitale
del neoplatonismo eran tomados como enseñanzas d
A r is t ó t e l e s . A ese influjo es debido que S to . Toui
hubiese calificado de probable la doctrina del inte
le d o u n o, ta n corriente entre los árabes, (v. t. IV
n. 262 sigtes.), y que le sirviese para explicar I
unión del alma con Dios en la visión beatífica, E
Aquinense que rechaza la intuición natural de Dio!
con análogos recursos filosóficos a los qne emplw
A v e r r o es contra el intuicionismo de A v icen a ( v . S
Th. I, q. X II, a. 2; y los Coment. de C ayetano a
cit. 1.), halla en el mismo A verro es medio de expli
car la -visión in tuitiva sobrenatural, por la aprosi'
mación y encuentro de la divina esencia con el en­
tendim iento humano, supuesto el lu m en glorice, qui
no impide aparezca aquélla a modo de forma inteli­
gible, según explicaba A v erro es la intelección, me­
diante el intelecto uno y universal; y el alcance po­
sible de un conocimiento de la Divinidad m ediante
dicho intelecto. No hay para que decir que eu ésta
como en todas las ocasiones en que el Doctor Angé­
lico u tiliza las doctrinas árabes, las cristianiza y
purifica de igual modo q u e las d e A r is t ó t e l e s .
483. Y esta orientación platonizante, obtenida)
en el presente caso merced al aristotelism o averrolsUi
en oposición con el carácter general no platónico d)
la teoría cognoscitiva de S t o . T o m á s , encuéntrase
tam bién fuera de los ámbitos de lo sobrenatural, í
en la génesis misma de las ideas. P ues mientras di
una parte acepta el Aquinense la teoría aristotéliti
del conocer m ediante la percepción sensible, como
— 535 —
?a sabemos, de otra p arta sobrepone el dominio de
las ideas a todos los ámbitos de la representación,
sensitiva, y con independencia de ella. Así encontra­
mos afirmaciones ta n explícitas en el prim er sentido,
:omo esta: Unde tttn lu m se riostra, n a ln r a lis cogni->
lio extendere potest, q u a n tu m m a n u d u c i potest p e r
sensibilia (S. Th. q. x.n, a. 1 2 , concl.) Y al mismo
tiempo, en oposición a esta doctrina, tenemos la
iseveración del innatismo por lo menos en cuanto a
los supremos principios: «Sed tamen ejus cognitio
'se refiere a la idea innata de Dios) nobis innata di-
citur esse, in quantum p e r p r in c ip ia nobis in n a ta
le facili percipere possumus Deum esse». (Iu 1.
Boelh. de T rin it., q. I, a. III). Siendo de n otar que
ana y otra aserción son formuladas cabalmente al
tratar S to . T omas del conocimiento humano de la
Divinidad ( 1).
484. No es, pues, de e x tra ñ a r que e u tre las
pruebas de tip o a ris to té lic o S ro . Tomas p re sen te el
argumento de los gra d o s en las perfecciones, n e ta ­
mente platónico, que lo mismo pudo to m arlo de S a h
Agustín, como del M onologio de S. A n s e l m o , o del
Pseudo-AREoPAGiTA; a u n q u e sea lo m ás probable quo
lo hubiese aceptad o de la trad ició n teológica prece­
dente, subre todo por s e r recibido eu la escuela de
A lburto Maqno s u m aestro , donde se te n ía (y no sin
fundamento) por razo n am ien to de A v ic e n a , a u n q u e
refiriendo su o rig en a A r is t ó t e l e s .

(1) L a doctrina p rim e ra , a ristotélica siénta]» el Aqiúnense


ti discutir, U írtim p e r ra íio n em n a tu ra te m D eum in h a c
»ita cognoscere possim us; y la segunda doctriDS, platónica, la
— 536 —
3.° Como la teoría del ser aparece ea la ontc
gía de este periodo recibieado sobre la. base aristo
lica (y ea p arte platónica) las modalidades prop
de la teología mediante las teorías arábigo-jadaic
asi son también los filósofos árabes quienes primi
formulan las pruebas de carácter aristotélico ace
de la existencia de Dios. Los partidarios del Calt
(los motecálimc-s, v. a trá s t. II, c. IV) contaban en
sus normas teológicas la existencia de Dios dem
trable por las criaturas, la realidad de la creací
y la no eternidad del mundo (1). Los filósofos,
oposición con los teólogos motecálimes en cuanto
refiere a la creación ex n ih ilo , (o p o s t n ih ilu m ,

en se ñ a al ex p o n e r, U trum D eus s it prim um . quod a me


cognoscitur, y re firié n d o s e al a r g u m e n to d e S. A nselmo , 1.
(1) Sabido es que la doctrina teológica sobre Dios de
m otecálim cs, que Maimónidbs nos eipone (M o reh , I, 6. '
oponías» desde el pauto de v ista teológico, j en especial ge
den & los a tributos divinos, a la enseñanza, disidente ds los i
td ziles, quienes neg&lmn la asistencia de dichos atrib u to s (ce
m ás t&ide hubieran de h acerlo algunas escuelas filosóficas i
bes), ¡)or creerlos incom patibles con ln sim plicidad divina, a
huyendo todo a la esencia. En frente a ellos aparecen desp
les axaries que proclam an ln creación del tiem po, pero daba
los a tributos realidad peculiar distin ta de la esencia; loe
igualm ente d e s tru ís la natu ra le z a de Dios. Todas e sta s fraci
nes teológicas tuvieron su representación en las escuelas Sin
ficas, con las consiguientes m odalidades en las pruebas de la
Tina existencia, y conocimiento de la D ivinidad, según decil
en otro lugar. Cf. Ka.uma.nn, A ltr ib u te n le h r e in der ji
Retigiom phiL; y M acdosald, Deaeloprnent oj m u slin titeo
c¡y; tam biéu M ü lle r, P hilosoph, u. Theol. d. Averroes
B o r te k , Dio p h ii. Problem a d. spe/eulai. T heol. in Uti
(con el e x tracto de las m últiplos sectas aráb ig as, de Sahk.istí
MoatADA, etc.)
— 637 —
gúu su criterio) convenían en general con ellos res­
pecto al conocimiento de la existencia de Dios, aun-
qae fuesen varias las soluciones en cuanto al ser de
la Divinidad, y a los argum entos para probar su
existencia. Mas la negación de la creación ex n ih ilo ,
can la impugnación su til y empeñada, de la no etor-
nidad del mundo, hacia que la tesis de las pruebas
de la existencia de Dios, adquiriese aspecto harto
diverso entre los filósofos, del que aquéllas ofrecie­
ran entre los teólogos m olecálim es / Y es que el in­
tento de una conciliación entre las doctrinas no
creacionistas platónicas platonizantes (y más tardo
aristotélicas de los filósofos árabes), y los postulados
da la creencia muslímica imponían traducir los razo­
namientos sobre la divina existencia como pruebas
más bien de un supremo O rd en a d o r, que no de nn
Creador en sentido propio, siquiera se ofreciese en
sentido impropio, como acción creadora del universo
la obra transform adora de la m a te ria p r im e ra in­
creada, o la elaboración evolutiva del mismo sobre
una emanación primordial necesaria.
485. El mismo A veh r o es que aparece recons­
truyendo la teoría del ente, y sienta los preliminares
da su distinción prim aria en necesario y uo ncccsario,
no se sobrepone tampoco a la tradición filosóSca ará­
biga en orden a la creación que no adm ite según
dejamos notado, en sentido de producción ex n ih ilo .
Por eso en A verro es la idea de lo posible es pura­
mente relativa, respecto de la m ateria, y del ser
concreto del mundo (coa una forma de realidad más
bien que cou otra), y en cuanto al movimiento que
afecta al universo en concreto. A sí, pues, la idea del
— 538 —
ser necesario y no necesario conviértese en idea del
ser sim ple y co m p u tsto , subordinando éste en su
composición (única forma de contingencia) al prime­
ro, que por ser simple es necesario. De conformidad
con esto, la teoTfa de potencia y acto presenta el
mismo carácter relativo de lo posible en A verroes,
aunque mediante ella tra te de explicar de una ma­
nera diversa de A vicena y A lgazel , la forma de
acción de la Causa primera en el ser del universo (1).
Las observaciones que acabamos de hacer aceici
de la Indole de la ontología arábiga conforme a ls
exigencia de su tesis anticreacionista, son de gran
significación e im portancia no sólo p a T a apreciar el
carácter de las pruebas de la existencia de Dios en
las escuelas arábigas, sino especialmente para darse
cuenta del aspecto y contenido de esas mismas prue­
bas al pasar a la teología cristiana conservando su
sello de origen.
486. E n las escuelas que adm itían la creación,
como en la de los a x a r ie s y en general en la teología
conforme en esto con los m oU cálim es, la doctrina d«
la potencia y acto se ofrece con un valor absoluto,

(1) Sobre la teoría del sor, de su concepto d e potencia y ac­


to, etc. puede verse «dem ás de la M etaph., cd. Venec., lóGtt,
1. I y V I, el Comp. d é la M etaf. 1. III (texto 4 rab e, ed. Qm-
e ó s , y v ers. esp.), eo menos que el Tehdfot al le h a fo t (texto
ára b e , ed. dol C airo, H . 1303, o sea 1886) donde por tra ta ra
del libro de controversia, aparece mAs concreta y aplicada lt
doctrina de A vedroks s nuestro o bjeto; y la versián lab. Do-
(ruedo Destructionum, ele. con los coment. de A. N ip b u s , en
Ib ed. c it. Op. A verr. t . IX. Y , asim ism o Hobtbk, Día Wider-
legung des GaaaLi (de A v e rro es). Tam bién M U llee, P hii. »■
Thool. d. A o e rr. cit.
- 539 —
capaz de traducirse en la prueba del s e r y del fie r if
fundamental en el conocimiento de la existencia de
Dios. Pero hay en dicha doctrina un defecto qae-
diremos p o r exceso, en cnanto la p o ten cia y acto se
entienden coa subordinación a la teoría v o lu n ta rista ,.
que hace depender exclusivamente del querer divino
la realidad y la posibilidad de las cosas. De suerte-
qne en rigor nada hay en ellas que perm ita estable­
cer una proposición de verdad absoluta, ni probar
par lo tan to con certeza m etafísica la existencia de-
Dios.
Puesto que el vo lu n ta rism o enlázase tan fácil­
mente con el ocasion alism o, no es de ex trañ ar que
ea la filosofía árabe aparezca tam bién ese trán sito .
De ello encontramos una significada representación
en A l g a z e l , quien bajo tales ideas propone l a prue­
ba de la p o te n c ia y aclo respecto de la existencia
de Dios, incluyendo en uno, los dos argum entos del
efecto y cau sa, y del m otor y m ó vil. «Es uu princi­
pio, dice, para el entendim iento, que lo producido
uo existe sino en virtud de una causa productora; y
el mundo es producido, luego exige una causa». La
mayor de este silogismo la prueba, porque todo lo
producido excluye un a n tes y un después eu su ori­
gen; y por lo tanto es necesario que algo haya de­
terminado su ser entre esos extrem os qne no caben
en lo improducido.
La menor la prueba, porque los cuerpos o están
en reposo o en movimiento; ambos estados son pro­
ducidos, como lo dem uestra el tránsito de uno a otro;,
y como lo que se halla en tre dos cosas producidas es
también producido, el movimiento y el reposo de los
— 640 —

•seres corpóreos prueban su producción por un supre­


mo Sor, que es a la vez primer Motor. Y añade con­
firmando esto mismo, que si lo que se halla entredós
-cosas producidas no fuese a su vez producido, habrli
algo producido sin uu primer productor; lo cual lleva
a una regresión infinita que es un absurdo ( 1 ).

(1) V. ea el Ih y a (I p , 1. II, secc. III) el razonam iento di


A lq a z b l, cod e t conjunta doctrinal d e su teodicea que allí expo­
n e , e d . d e l Cairo, 1306 heg.; y c o n el com entario de S a i d Mok-,
t a d a , Cairo, 1311 h. Hemos notario en otro lu g a r (t. II c. V I)«
c arácter Ir adiciona lista de la filosofía de A l q a z e l , y sn opo
sicídi) n.1 in telcclualiario d é lo s filósofos griegos y árabes. Por
« s o p a rte A l q a z e l d e la enseñanza de I a fe, o del Corán sobu
D ios, al modo del tradicionalistno cristiano, y da luego preferen­
cia al argum ento cosmológico, tío tanto como medio discursivo,
s in o como forma inm ediata d e vor confirmada por la bellezij
orden del universo, la onseñíinza da la fe alcoránica, donde sf
hace c u n s u r que por la creación de los ciclos y fin la tiern
y la sucesión del d ía y de la ¡ w h e se les ad v ierte acercad!
la existencia de Dios) a los q n e tioneu entendim iento (Cor., II,
13!)); c o n o t r o s m u c h o s pnsajos análogos, reproducción d e con­
ceptos bíblicos. Mas ello no obsta a que A i . g a c b l utilice coiw
reen rso co n firm a tivo el razonam iento filosófico a rrib a i:nliciido
«El Cornil, d í t e A l g a c e l ( t . cit.) nos excusa de t o d a o tra prn e b i;
m as eso n o obstante, diremos imitando lo s procedim ientos de lo;
s peculatioos, (filósofos)»; proponiendo a continuación la prucbi
filosófica consabida. C iertam ente que en s>n A ln ia d a im nur¡>oi
de enseñanzas esotéricas, in te rp re ta a q u e l l a s p alab ras d e l Corán
A scen d ed p o r las causas (X X XVIII, a), diciendo que eso as­
censo ha rU realizarse como en encala cognoscitiva, pasando di
lo inferior n lo superior, dc lo menos noble n lo iuás noble, Ii*st»
lle g a r al Siír prim ero, según lo dice el Altísimo: E n oerdadla
m e ta es tu S eñ o r. (Ob. cit., c. II).
No hay pa ra que a d v e rtir, que a posar de su agnosticismo B-
-deista, do que se hace eco lo mismo en el Ihi/a que en el T<¡A#'
— 541 —
487. Prescindiendo de la teoria o principios vo-
ntaristas y ocasionalistas (qne son la negación dfr
do principio) presupuestos en A l g a z e l , s u discurso
bro la existencia de Dios no ofrecía inconveniente
guno para que fuese aceptado por la teología esco-
stica, donde tan tas otras ideas científicas de carác-
r teológico, moral y aun ascético, de A l g a z e l , en-
n t r a r o n eco y abierta acogida. Habremos de n o ta r
in q u e A l g a z e l e s el p r i m e r o q u e e n la z a l a s p r u e -
is de la existencia de Dios cou las perfecciones
v i n a s , e n lo cual no fué imitado n i a u n por los
ilogos escolásticos de más renombre, sin escluir
S to . T o m á s ( 1 ) .

í, y d em á s o b ra } filosófico-ceológieas, en to d a s e lla s Amíazei».


lésu tise no -sólo filósofo, sino influido p o r la s e sc u e la s ñlosófi-
s niiuqne p ro te s to c o n tra e lla s y s u tilm e n te l a s im p u g n e .
(1) L a ete rn id a d de Dios (por dando comienza A l c a c e l ) ,
prueba por el absurdo da qnn sea producido sin mi proceso in
Buitura; p e r p e tu id a d , por el mismo absurdo en la sucesión
cnusas que pudiesen iulluír en su desaparición; la o m nipre -
iicia, porque de e sta r Dios en un lu g a r determ inado, se hs-
.i'íii. o en movimiento o en quietud: y romo sogú» sostiene A l ­
ce:. ii 1 p ro b a rla existencia de Dios, la quietud y ol m ovimien-
son siem pre (ligo producido, se soguirifi que Dios no era in-
bíuIo, o quo no e ra Dios. L a om nipotencia es dem ostrada por
- o a z e l con el mismo argum ento cosmológico que r e s u lta del
den y belleza del inundo; y de igual modo pru eb a la sab id u ría
vina. Todo su discurso, pues, acerca de las divinas perl’occio-
s, aparece como una resu lta n te de las pruebas m etafísica-y
sinológica de la existencia del Ser suprem o. Sólo el dogm a de
unidad de Dios, íioes probado por los razonam ientos sobre su
isleucia, A l g a c e l lo supone sobradam ente conocido por el Co-
" y so lim ita a n o tar que dos voluntades divinas lia ría n <juc
n u otra Divinidad dejase de ser Dios; que es como uua va-
— 542 —
4 88. Si la teoría de A l q a z e l representa un ex­
c e s o en la causalidad divina, las doctrinas de \c s filó­
so fos caen en el extremo opuesto, y represontan un
d e f e c to en aquella causalidad. La tesis de voluntaris­
mo puro en el primero, es una manifestación del no-
m i n a l i s m o arábigo, que reviste el mismo aspecto del
■nominalismo latino, y lleva a las mismas conse­
cuencias. La tesis i n l d e c t u a l i s t a de los filósofo!
m usulmanes, ta l como se ofrece on A v ic e n a y sus
análogos, y en A v e r r o e s , es expresión del realis­
m o platónico o platonizante arábigo, el cual obje­
tiv a, como el realismo latino, el elemento interno de
los posibles.
Nieg.i A l g a z e l especialmente en su Theafol, que
lo posible sea algo fuera del conocimiento concreto
de lo real; y por lo mismo qne pueda asignársele otn
erigen que el de la libérrim a voluntad de Dios, ha­
cedor de las existencias sin lím ite en su constitución
y arreglo. Y a su vez afirma A v ic e n a y también
A v e r r o e s que lo posible tiene una base objetiva fue­
ra dol entendimiento y voluntad divina, como lo tie­
ne fnerh de la inteligencia humana, que sólo cono­
ce, y no hace los posibles. E sta base es una ida
o b j e t i v a a lo neoplatónico, a modo de el e m e n t o inte­
ligible. qro buce la posibilidad de cada orden de rea­
lidades concretas, como quiero A v ic e n a , o una mu­

ría n te de la afirmación alcoránica: «SI existióse otro Dio9


quo A lah, los dos p e r e c e r í a n » . (XXI, 52). V. Ihya, 1. cit.; twi-
bién, aunque menos filosófico y míls esegecico sobre ol Corán, d
A lm a dru u n m ayor, c. 5, acó res del sentido de la frase c o rá n i­
ca: «Di que Dios os uno»; y la paráfrasis de la palabra: Dios
e n g e n d ra .
— 643 -
ieria p r i m e r a , de índole igualm ente platonizante
que precede a todo lo que se produce en concreto, y
en la cual es producido e inteligible todo lo existente
finito, que es lo qne ensefia acentuadam ente A v e -
ero e s . A sí, pues, cuando se pregunta, si se dan se­

res contingentes, en la doctrina de A l c a z e l la re s­


puesta es afirm ativa eu absoluto; y no sólo es contin­
gente todo ser finito, sino que ningún acto existe
en los seres finitos que no sea inmediatamente obra
de Dios, como el mismo dice con su ocasionalis mo.
489. En la teoría de los filósofos, hay qne dis­
tinguir entre el poder ser o no ser dentro de cada ca­
tegoría de posibilidad i n p l u r i b u s vcl in pau ciorib u s,
y el poder ser o no ser absolutam ente. E sta indife­
rencia absoluta no existe respecto del universo dice
A v erro e s ( 1 ); sino qne el mundo sólo es contingente
eu cuanto a ex istir eu concreto supuesta una m ateria
primera, y en cuanto al modo de su existencia y
do la cantidad o calidad de las cosas que lo compo­
nen. Es la potencialidad r e l a t i v a aristotélica de que
atrás liemos hecho mención (2); lo cual basta a, A v e -

(1) En el Taha fo t declara contra A lg u c il esta doctrina


reiteradam ente. Mas cual sen la im tu ra ltu a do ]¡i m a te r ia p r i­
mera e n qne estriba lo posible, queda en A v e r r o e s hu rto oscu­
ro, por sn fluctuación entre las tradiciones platonizantes y Ift
doctrina aristotélico, de potencia y neto. Sin darla que no «e
Irnln. de una entidad fis ic a eu el sentido corriente: pero tam po­
co ea una abstracción; sino una base de Itis abstracciones como do
..las cosas concretas.
(2) La doctrina del m otor y del m ó vil p a ra probar la
existencia de un m otor suprem o que expone A e i s t ú t e l e s en el l i ­
bro VIII Phys. es de c a rá c te r abiertam ente em pírico; y aunque
en la M etaph, I. X II atiende u la razón del movimiento corno as-
— 544 —
r r o iíspara p o d e r sostener la producción do los sures
p o ru ñ a primera Causa, que es el primer Motor, y
que con el principio del movimiento da a las cosas
su propio ser.
De conformidad con las respectivas orientaciones

piracíón del móvil que deter.-nma el Prim er M otor, uo se sobre*


pone a las categorías de cosas móviles, y aun eu ellas atiento
prim nriam aiite al movimiento de los seres sensibles. liem os vis­
to a trá s (ti. 4 4 nota) q u e según A ristóteles todo movimiento
—x!vy)ci{— es un interm edio en tre la actualidad —¿vipyEt*—,
y la potencia —3tivajv.{— (M etnpli., I, c. 9, id. IX , 8; id. III,
1, etc.) que m ediante una actualidad precedente se ordena al ¡ic­
io de In cosa movida; pero no en cnanto pase de la nad a al ser,
sino do un estado a o tro , o sea a uua actuación de la materia
en uua fo r m a dada, q n e es la qne rep re se n ta el acto. V. enere
otros a trá s c it., Biiextano. R e d e u tu n g d. Scinndan tiach
A r is t., c. 4 ,° Dicho sa está que la potencia y acto así presenta'
dos, no ofrecen el valor trascendente qne les corresponde, ti
menos sirve p a ra explicar la contingencia de lo finito, bitjoli
acción creadora de un Sór infinito en perfecciones. Los conu'ic.
do A v e r h o e s (M eta p h . Coment n. los I. cits.) g u ard an conso­
nancia cea las doctrinas del m aestro. En el Compendio it
M eía f. tr a t a tam bién la cuestión respecto dul Motor primero,,
declarando que b a sta a rg ü ir como lo hace en la Fisica. Y ti
eFecto tra e análogo argum ento en ésta comentando a A r is tó te ­
l e s . como en la M etafísica ro producid o en el texto medio, o
Compendio de ésta: Todo lo que se mueve exige un m otor; y p®
c u a D to nada sa mueve siuo por e s ta r on potencia p a ra &er reoti-
do. y nada m uero sino en cuanto está en acto , es necesario
reconocer un M otor prim ero que esté siem pre en acto. Por­
que si nnns veces se moviese y otra s dejase de m overse, seria
noccsai’io adm itir otro motor an terio r a él. que lo hiciese pnsw
de la potencia al acto, en los momentos en que cesase de movei'ss-
«Por lo tan to , o se da necesariam ente un proceso infinito, » íS
m enester siiponor la existencia de mi M otor inm óvil cu alM'
lu lo que no s 'G c a p a ' d i m ovim iento esencial niacr.iden.liií-
— 645 —
o E to ló g ic as, h a lla m o s q u e A l q a z e l a c e n tú a la p r u e ­
ba de la e x i s t e u c i a d e D io s p o r la c a u s a lid a d , la
m an era m á s ló g ic a d e s o s t e n e r su o c a sio n a lism o , y
de e v ita r las c o n s e c u e n c ia s a g n ó s tic a s de s u v o lu n ­
ta rism o n o m in a lis ta .
489. A su vez A v ic e n a , dentro del neoplatonis­
mo teológico que profesa, y que le lleva a proponer,
segúu hemos visto (n. 367) un argum ento análogo al
de S. A nselmo sobre la existencia de Dios, utiliza
preferentemente el de los g ra d o s en el ser (grados de
más y menos en la categoría de realidad, de bondad,
de perfección, etc.), que es la más conformo con la
tcoi'ia neoplatónica de las p a r tic ip a c io n e s . Y es
además un argum ento que si bien dentro de sus prin­
cipios puede llevar a la afirmación de un E nte pri­
mero perfectfsimo, no lleva lógicamente a la conclu­
sión de que existe una C ausa primera, creadora del
universo. Lo cual está plenamente conforme con la
tesis de A viceha que no admite la crea ció n , sino
simple emauacióu intelectiva mediante la cual se
coüstituyeu eu escala los tipos ideales de la realidad,
y las realidades consiguientes.
490. De igual su erte A v e r k o es , en su franco aris­
totelismo, bien que sin dejar las influencias neoplató-
nicas, utiliza como capital argum ento el del motor y
(tel móvil, no sólo por su carácter aristotélico, sino
también porque tampoco le obliga a reconocer acción

tríente. Tal es, con pequeñas abreviaciones, el razonam iento de


AvíRnoES ( Comp . de M e la f. 1. IV , n. 3 dol toxto ¡írabeeap,
ed, c i t ) Es la argum entación del E sta g irita , con el cara c te r, co­
ma so ve, empírico del m otor y m óvil físico, tra sla d a d o al or­
den teológico.
tom o V 35
- 546 —
creadora que él no ad m ite, como no 1» a d m itía A r is ­
tó teles no o b sta n te proponer el argu m en to dicho pu­
ra ju stific a r la e x is te n c ia de nn Motor in m óvil .
Y n ó tese como la co rrien te p la to n iz a n te arábiga
da p referen cia al a rg u m en to de los g ra d o s, con el
cu a l ta m b ién P l a t ó n probaba la e x iste n c ia de una
en tid a d su p rem a, pero no su cau salid ad eficien te del
m u n d o, que P latón no recon ocía cuino creado (véase
a tr á s , t . II, n. 3ñ s ig t e s .) , sin o com o obra ojdeni i-
da en v ir tn d del dinam ism o de la idea. Y la corrien­
te a r isto té lic a e lig e e l a rg u m en to del motor y del
móv il, con el cual A r is t ó t e l e s lejos dc probar la
e x is t e n c ia de una acción cread ora, d em ostrab a I»
e x is t e n c ia de un ce n tro in m ó v il en el movimiento
e ter n o de la m a teria etern a ; centro in m ó v il q ue sólo
m u ev e por atra cción d e finalidad p er fe c tiv a en lo mo­
v id o , el cual v a-h acia e l P rin cip io su p rem o, y no
v ic e v e r s a ( v . c. I I, n. 4 4 , s ig t e s .)
491. D e esp ecial sig n ifica ció n en la m ateria es
el p en sa m ien to filo só fico -teo ló g ico d e lju d fo Maimóni-
d ek , cu yos co n cep tos h u b ieron de ejercer m u y subida
in flu en cia en el periodo de las S in n a s , y particular­
m en te en S t o . T omús (1 ), uo m onos que en el i V

(1) Véase lo qne dej unios dicho atril! (t. IV, c. 6) aceren dtl
influjo de M a im ó n ie e s eu ln doctrina, teológica y cosmológica di
S t o . T021Á3. L r misma actitu d Agnóstica de M a ij ió n ic e s sobral*
entidad divina fsBgiin él sólo podemos saber de Dios que es ftl'J
r e a '), y sus a tributos que tiene por representaciones simbólicas
de nuestro entender, sirvió para que la escolástica y en especiil
S t o . T o m á s , fijase ln significación de esencia y existencia de Dios,
no menos quo la doctrina sobre el r a lo r real de nuestros concep­
tos sobre los atributos divinos, sin detrim ento de ln divina sim­
plicidad.
-5 4 7 —
gio F idet de R aimundo M a r t í , en tan estrecho con­
tacto de elaboración con la S u m m a co n tra g e n i .
del Aquinense.
Como formado en A v ic e n a . tiende M aim óhides a
justificar a éste contra A v e r r o e s , pero no sin reci­
bir influjo de éste, en especial en cnanto resalta
más couforrae con su creencia judaica. Por eso M a i -
monidbs aun sin dejar de profesar la tesis de A v ic e -
wa sobre el ser constituido por pura e x isten cia sin
esencia, que lleva a ambas a un pleno agnosticismo
respecto de la realidad de Dios en sí, y del simbolis­
mo de sus atrib u to s, da preferencia a A verroes so­
bre la constitución del ente, y utiliza esta doctrina así
para probar la creación, como para rectificar el a r­
gumento de \o a c tu a l y posible como prueba d é la
existencia de Dios, según el mismo lo declara. Con­
tra A v ic e n a , y contra A v erroes enseña M aim ónides
la verdad de la creación, si bien juzga poder soste­
ner, como aquéllos y demás filósofos árabes de igual
criterio, que aun siendo eterna la materia, se de­
muestra la existencia do un Ser supremo indepen­
diente de ella, y principio de la realidad concreta de
las cosas que de la m a te r ia p r im e r a puedan origi­
narse. Sobre esa hipótesis, que sólo concede a m a­
yor abundamiento, procede en el Moveh iSeb., I I, a
formular con relativa independencia de A v icen a y
A verroks , aunque aprovechando sus razonamientos,
las ires pruebas de la existencia de Dios:
1.° La prueba de la existencia de un M olor s u ­
premo; el cual es necesario para originar el movi­
miento de todo lo que viene a l¿i existencia, y pere­
ce. Porque o es preciso proceder hasta lo infinito,
- 548-
con manifiesto absurdo, o hay que reconocer la exis­
tencia de un Motor primero, que es además uu Motor
se p a ra d o e independiente, por la distinción que ha
de haber entre lo que es movido y lo que mueve (1).
2.° La prueba de lo jposible y necesario. La ex­
periencia nos hace ver que los seres quo nos rodean
vienen a la existencia y desaparecen; por consiguien.
te está en su posibilidad el existir o no existir; mas
lo que es posible por razón de la especie (por la esen­
cia! en los seres, necesariamente se ha de cumplir en
ella. Luego es necesario que por sí las cosas nu exis­
tan. Por lo cual o existió un Ser que les dió exis­
tencia , o nada ha existido nuuca (2).

(1) Con relativ a complicación propone M a im ín it íh s este ar­


gum ento, que a rrib a simplificamos. Su base (partiendo como píe­
te provisionalm ente de la m ateriu iutíreu iln), es lii d o u riu a dolí
m a te r ia y fo r m a según M aim óhides dice (M orek, II, pro?.
2 5 ) ; declarando coa A r is t ó t e l e s que l a m ate ria n o se mueve >
sí m ism a; y por lo tan to le es icdÍBpeDüable por exigencia intrls-
seca un agente o m otor que la determ ine a la form a. , y la ac­
tú e en m ovimiento.
(2) Tam bién aquí complica un tanto M aim ónides el argu­
m ento, que de riv a dc A vicesa. Comienza proponiendo el triíe-.
m a: Los seres existentes, o ninguno aparece ni desapareen, o ti-
dos aparecen y desaparecen, o eu p a rte aparecen y desaparecen,
y en pBrte no; p a ra venir a lo qne a rrib a decimos. De lu ley d»
la especie lmce depender el valor del arg u m en to , que subsisto
sin eso. Ln conclusión que saca os que debieran h ab er perecid*
todos los seres de cada especie, y que por lo mismo hoy uaí*
e x istiría, contra lo que enseña la experiencia. Pero lo substu-:
cisl del argum ento represéntalo lo que orribn exponemos.
Es de nolar que lo posible de que habla M a im ó n ie e s y flu*
u tiliz a en sn argum entación, no respondo a la po sib ilid a d cora*
p otencia en la m a teria p r im a pa ra realizarse en ello la r e #
— 649 —
3.° L a prueba de la p o te n c ia y a c to . E xisten
cosas que pasan del no ser al ser, y por lo tanto que
estuvieron en po ten cia antes de estar en acto. Lo
que pasa de la potencia al acto, forzosamente tiene
en otro la razón de esta actuación. E ste otro a la
vez debe estar eu potencia para determ inar el acto
de que se tr a ta . Pero como no se puede proceder a
lo ÍDfinito, es necesario llegar a un ser que sin estar
en potencia ni sufrir cambio haga pasar al acto lo
mudable existente (1).
Gomo se vé, en la filosofía arábigo-judaica encuén-

diul de lo existente. En ofocto M aim óm des declara que lo posi­


ble es lo qne está en p o te n cia , 1. c., prop. 23; y qne la potenr
d a exigí* n o n flS iiriaiD A n te u n a m ateria, porque no se da posible
que no esté en la m ate ria . (P rop. 24,1. c it.) Mas desde el mo­
mento kii que niega M aim ónides, com o acaba por n e g a r la e te r ­
nidad (je |ft m ateria, c o stra lo que juzgan los filósofos árab es,
desaparece la po sib ilid a d fundada en ella; y su realism o (lo
posible según el tipo de la m a teria p rim a ) se convierte en no­
m inalism o puro, que es a lo que viene a p a ra r eu sus d o c tri­
nas Agnósticas sobre Dios; y a doude antes lué también llevado
lógicamente A v i c e n a .
Advierte M,tiMÓKiDns que el argum ento de que se tr a t a fu¿
propuesto por A r i s t ó t e l e s , si bien a o tro objeto. En el Iib. V III
Phi/sicorum encontram os en efecto un razonam iento de donde
deriva sin duda H a i h ó n i d h s la bondad del suyo: «Es necesario,
dice A b i s t d t e l e s . o que todo repose siem pre, o quo todo se mue­
va siempre, o que unas cosas se m uevan y o tra s estén en repo­
so ...» ’Aviyitij b' ijtO'. irávxa 7]pejistv del, % itávc' áeC x'.vefoOat,
í) "ci jjlIm y.iVETaftai t i 51 rjpEiisiv... ( L . c i t . , C. III, lecc. 5 > ) El
trilcinmn es idéntico con la sola diferencia de tr a t a r A r i s t ó t e l e s
dol movimiento eu general, y con c re tar M a i u ó n i d e s s u aplicación.
(1) Es argum ento de base a ristotélica y a v e rro ísta , con el
cual todos los defensores de la m ateria etern a in ten tan so s­
tener so aserto ; por la imposibilidad supuesta de que debe
— 550 —
tran se formuladas las pruebas capitales de la esco­
lástica acerca de la existencia de Dios, sin otras di­
ferencias que las de la diversa orientación de conjun­
to doctrinal.
492. Un punto central aparece eu las pruebas
aludidas de carácter aristotélico; y es la repugnancia
intrínseca del proceso in in fin ilu m en la serie de cau­
sas y efectos perfectam ente utilizable, cou indepen­
dencia del sistem a aristotélico para llegar al conoci­
miento de la divina existencia. Mas en la filosofía
arábiga, como antes en la dc A r ir t ó t el e s , el pro­
blema de lo infinito adquiere un aspecto especial, da­
do el intento de conciliar el valor de la prueba fun­
dada en aquella repugnancia de efectos y causas,
con la m ateria primera como increada y eterna, y
base de toda posibilidad y potencia. De ahí el otro
problema subsiguiente, de la posibilidad y aun de la
existencia para los teólogos musulmanes de un mun­
do eterno, no obstante su condición de contingente,
y de la exclusión de un proceso in in fin ilu m . Este
problema de la posibilidad del mundo ab celerno>
aunque con el carácter de obra c re a d a pasó dol ara­
bismo a la escolástica, con el predominio de las doc­
trinas aristotélicas en que tiene su origen dicho pro­
blema al iguítl que las soluciones eu favor y en con­
tr a que aparecen eu la filosofía arábiga.

e s ta r e n po len eia todo agoute cuyo térm ino d e acción do existe-


en acto. En la prop. 18 h ab la sentado M amónidbs qae si la po­
ten cia uo necesitase de otro p a ra p a sar al acto, nada perma­
n ecería eu potencia, sino que todo ptifa ria al acto in m e d ia ta ­
m ente. E l concepto de p otencia es el mismo que establees on I*
p ro p . 23, y a señalado en la nota precedente.
- 651 —
Entre los defensores de la idea creacionista era
desechada la doctrina de un mundo eterno no sólo
como hecho, sino como hipótesis y cosa posible. A l-
&ázel lleva la representación filosófica de esta doc­
trina (1), en frente a la más corriente entre los filó­
sofos, que hace suya A v e r r o e s (2).
493. Los fundamentos de la tesis árabe del mun­
do eterno, y en consecuencia de una duracióu infini­
ta, no son otros más que la existencia en Dios de un
eteruo poder para producir el mundo que siempre de­
be estar en acto; la aptitud que se supone en el
mundo para ser producido según el tiempo del eter­
no poder de Dios; y la posibilidad de concebir un
antes en que el mundo siempre aparece capaz de
existir. Son lo s mismos argum entos que luego
utilizan los escolásticos partidarios del mundo e te r­
no posible, según lo estim a S t o . T o m á s ; con la

(1) V. en el T eh á fo i a l- fa ls a fa de A lq a z e l, lo cuestión
1.a : Falsedad del parecer de los filósofas acerca de la etern id ad
del mtiudo; y la cuestión 2.1: Falsedad de ¡a opinión de los mis­
mos sobre la perpetuidad del mundo, del tiem po, y dol movi­
miento; etc. (Ed, árabe del Cairo cit.), Pueda verse tam bién el
anúlisia de la misma obra, de Boeb, Die W iderapriiche der
Piáioíophic; C a rra de V aux M useon de Lo vaina (1899); id.
G azzalt, exposición de su doctrina, en el Ikya, T haafot, etc-
(2) V. en el Téháfot a U T c h a fo t de A teihm es. las cuestio- •
nes; 1.a acerca de la eternidad del mundo; 2.® acerca de la no
desaparición del mundo; etc. (Ed. árabe del Cairo cit. que con­
tiene la obra d i A ls a z e l), El texto latino de uso entre los es­
colásticos, D sstru ctio desiritcüonunx, en el t. X Op. A verr,
s i. V enct., 1560, con los enment. de A. N irnua. Análisis del m is­
mo, según el texto ám be, en S o u te n , D ie W id erlcg u n g dvs
Gazali; etc.
-5 5 2 -
diferencia que A y e r r o e s , y demás seguidores de esa
doctrina-, creen que es necesario que el mundo sea
eterno al modo aristotélico; m ientras ios escolásti­
cos no adm iten tal necesidad, siao la simple p o s ib i­
l i d a d , y el hecho de que no es eterno el mundo; si
bien supuesta su eternidad p o s i b l e , no Ies resta
otro recurso que el testimonio bíblico para probar
que el mundo no es eterno, que es lo que dice igual­
mente S t o . T om ás.
Unos y otros parten implícita o explícitamente
d e la misma base que proclamaba A r i s t ó t e l e s ; a sa­
ber, 3a idea do un tiempo eteruo ( 7 . atrás ns. 45 y
46), con un a n t e s y d e s p u é s capaz de proceder siem­
p re al tiempo en a c l o que responde a las cosas. Ati-
t e s y d e s p u é s imaginarios y ficticios qne jamás sig­
nificarían otra cosa respecto de la eternidad que lo
que siguifica e l jpr e s e n te de las entidades croadas. Es
decir, que cualquier tiempo que se imagine en los so­
res no cambia la mattera de hallarse estos presentes
a la eternidad, ni por lo tan to cualquier a n te s eu
qne se piense los pone más en contacto con ésta; ya
que el tiempo no es nada a n t e r i o r , sino s ubs igu ie nte
a lo real finito (o al movimiento como hemos notado
sobre la tesis de A r i s t ó t e l e s , v . 1. cit.). De suerte
que si un a n l c s infinito en lo creado siguificase algo
respecto de la eternidad,, significaría un a le j a m i e n t o
i n f i n i t o de lo eteruo, por multiplicación infinita de
de una duración que excluye la eternidad.
494. Contra la tesis aristotélico-arábiga a que
acabamos de reforirnos, aparcco la tesis de A lgazel,
la cual repercute y es reproducida en la teología esco­
lástica d el mismo modo que la anterior. A lgazel ar-
— 553 —
gaje especialmente só b re la duración infinita, t r a ­
tando de dem ostrar que es absurda, como la reg re­
sión in in fin itu m entre causas y efectos. Lo infinito
en el tiempo sostiene A l &azel en el Teháfot (1. cit.)
es de la misma condición que lo infinito en el espa­
cio; y por lo tanto si los fitósofos rechazan la ex is­
tencia de una extensión infinita, es necesario que
reuimcien también a un tiempo infinito. Según los
filósofos más allá del espacio no hay nada ni lleno ni
Tacio; de igual su erte, pues, más allá del tiempo no
hay duración, ni por lo mismo antes o despu és. La
•duración comienza con el mundo, como el mundo
mismo.
495, Mas en la escuela opuesta, y según el cri­
terio de los F ilósofos, se lo objetaba: E s necesario re ­
conocer. y A lgazel no puede dudarlo, qne Dios hu­
biera podido crear el mundo cien, mil, o más años an­
tes que lo ha creado; luego hay que adm itir una dura­
ción mensurable del tiempo del mundo fuera de éste;
luego cabe que el inundo sea eterno si desde la e te r­
nidad se mide sn duración. A lo cual replicaba no sin
razón A lg azel . Siguiendo ése procedimiento, y de
igual mauera: Vosotros adm itís que Dios pudo dar
cien codos, mil, o más de extensión al mundo; luego
vosotros debeis adm itir una extensión m ensurable,
y un espacio real fuera del mundo; luego se da una
extensión infinita, y cabe que el mundo sea de espa­
cio iufluito si Dios quisiera darle dicha extensión in­
finita por medida. Ciertam ente, concluye A lg a z e l ,
la extensión que se añade a los lim ites del mundo es
un producto de la imaginación. Es decir, que el es­
pacio, lo mismo que el tiempo auteriores al mundo
— 664 —
sou creaciones fuera de la realidad. Nótese como los
adversarios de A lgazel y éste al contestarles mejor
aun que los escolásticos, se colocan en el verdadero-
punto central del problema, que es el de la existeu-
cia o no existencia de un tiempo eterno independien­
te del ser de las cosas, fijando así la orientación que
altruismo problema le daba ya A ristóteles ( v . 1. cit.)
4 96 . En cuanto a lo in fin ito que A lgazel invoca,
responden los adversarios,y A verroes en representa­
ción de ellos (T eh a fo t, en la'cucst. l . ft Del no princi­
pio del mundo), que no existe según los Filósofos iufi-
nito f.n acto (aunque A vicena piense lo opuesto), si­
no sucesión infinita, o mejor indefinida. E s el infinito
en poten cia que señalan los escolásticos no realiza­
ble como ta l infinito en las cosas producidas. Doctri­
na tomada directam ente de los árabes, y que S aht»
T om¿ s acepta tam biéu, no sin vacilar, sobre todo por
la dificultad que origina la posible creación en cafa
momento de la existencia del mundo eterno, de se­
res o de almas; y que de ex istir desde la eternidad
harfan en aclo número infinito (1). E sta misma di-

(1) V. sobre el núm ero infinito e n tra los á rab es Max H ok-
tb ií, B u c k der R in g stein e A lfa r a b is . Hit deiü Komna. des
Em. Im a’il el-Hoaeiui el Far&ni; id. D ..GoUcsbeuyetse bei Schi-
r a z i; id. D . W iderleg. d. G azali; donde tam bién alude a lw
oscilaciones de S to . T o m ís : «Diese bekannte Schw iflrigkeit beil
Thomfts v. Aquin (Bd. 27, S . 458, ed. Vivés): A d d u c u n í clü i»
¡aro se ra lio n e s q u a s etia m P h i'o so p fd ie lig e ru n t et tat
so lo eru n t, ín te r qitas illa esl) d ifjic ilw r quae est de infiní­
ta te a n im a ru m ; qu ia si m undus aem per J u it, nccesse «s.
m odo in fin ita s a n im a s fissfi. .Sed hcec ra tio non est ad pro-
p o silu m ..., et p r w te r e a a dhuc non est d em o n slra tu m quod
D eus non p o ssil face re u t s in t in fin ita ttc to .» Eu la Suu*
— 655 —
Acuitad es propuesta por A l g a z b l , con otras resu l­
tantes, como la de que pudiera ex istir un infinito
mayor que otro en la realidad de los seres, cosa no
admitida por los adversarios; si bien A v i c e n a soste­
nía la posibilidad ea acto de realidades infinitas, y la
del infinito mayor o meuor que otro infinito, que
vienu a ser consecuencia de lo primero. T a hemos
indicado que entre los escolásticos G u i l l e h m o d e
W a r e propone y acepta en ambos extrem os la opi­
nión de A v i c e n a respecto de lo infinito, explicando
dentro de ella la infinidad divina y la de sus atrib u ­
í o s l o obstante ser en general doctrinado recibida.
497. Como centro de todos estos problemas dislo­
cados, de ta s e griega, de sistem atización árabe, y de
reproducción escolástica, aparece la teoría de la m a ­
teria p r im a eterna en cuanto tipo abstracto objeti­
vado de los posibles, determinadle por una fo r m a .
Según esta objetivación, efectúase la del tiem p o y la
del espacio eu sí, a la manera indicada. Que si en la
escolástica sufre atenuaciones tal doctrina, es debi­
do a la mayor idealización de fo rm a y m a te r ia y a
la necesidad de subordinarlas a la acción creadora.

costra G. (1. I I, c. 38), d e s v ía la’dificultad ta m b ié n sin re s o lv e rla r


so sin antea m encionar la solución a v e r r o l s t a de la d e s a p a ric ió n
dol ser ¡D diridim l d e la s a lm a s s e p a r a d a s , y la d e A v io ek a , s in
nom brarlo: «Quídam v e ro p ro in c o n v e n ie o ti uou h a b e n t q u o d
íi n t aliq u a in fin ita a c to , ote.»
CAPÍTULO XI

S istem atizació n filosófica de la s p ru e b a s de lar


ex iste n cia de D ios e a S to . T o m ás do A q u in o
j D uns E scoto

LOS EAZONAHIEMTOS DE SANTO TOMAS

S n m a rio .L a confluencia de los níatemas filosóficos en orden a la s


pruebas de la existencia de Dios. La representación respectiva,
oe S t o , T o m á s y D u h s E s c o t o . P a n t o s que han de distinguirse
en la argumentación da S t o . T o m á s acerca de la existencia de
Dios. Valor fundamental y valor de sistema. Fuentes d e s ú s p ru e ­
bas. Principio que informan éstas; a) La teoría d é la s p arlici'
paciones en ellas; b) la teoría de la potencia y acto p erip atéti­
co; deficiencias de la misma; c) la teoría aristotélica del movi­
miento; su uso en los pruebas de Inexistencia dc Dios; sus de -
lentos metafísicas; su inconsistencia en «1 orden risiuu; su elimi­
nación sucesiva desde E s c o t o hasta C ü 8 a y Cí a i , i l e o . La aplica­
ción psíquica y teológica de la teoría aristotélica d e l movimieato
y sus rea ni fa d o a, Lineas generales sobre una teoría legitim a del
dinamismo substancial, y sus formas relativas de potencia y acto.
Adaptación directa de la teoría de A v ü h h o e s y en especial de
M a im ó n ib e s sobre el movimiento por S t o . T o m á s , L os argxtmen -
ioi de S t o , T o m á s , Esamen del prim er argumento. Puntos que
abarca y critica del mismo en sus varios aspectos. SegunAo ar-
gnmeutoi sn examen científico. Tercer argumento, y valor del
mismo. Cuarto argumento, y su estudio critico, Quinto argu-
gumento; su examen. Sexlo argumento do común a ambas Su­
mas. Critica, Los argumentos de D u n s E s c o t o . Loados puntos
de divergencia entre E s c o t o y la escuela d e At.b . M a g n o en la
materia. Ln demostrabilidad dc la existencia de Dios sobre un
medio físico, o «ubre un medio metafiíica, y seguidores de uuo
y otro procedimiento. Las dos formas de oonocer tom ista y esco*
tists. E l prim er argum ento de E s c o t o . Critica. Segundo argu­
mento. Critica, Tercer argum ento de E s c o t o ; su examen critico.
Conclusión,
I
498. Hemos visto como se desenvuelve la coa­
fluencia do las doctrinas platónica y aristotélica, ea la
teoria medioeval del se r y del conocer, coa sus apli­
— 558 -
caciones inmediatas a laidea de Dios y sa visión a tra­
vés de la naturaleza así entre los teólogos cristianos
como entre árabes y judíos,y las diversas dificultades
de adaptación queaquellas doctrinas no podían menos
de ofrecer. E stas dificultades dentro de aquella coa­
fluencia, originaron las dos orientaciones conocidas;
una con predominio del elemento aristotélico, que re­
presenta la escuela de A l b . M a g n o , y en ella S anto
T o m a s , y otra con predominio del elemento platónico-
agustiniauo, cuya representación a nuestro objeto
lleva D u n s E sc oto . E s, pues, necesario que exami­
nemos su pensamiento en la m ateria, no sólo por lo
que en sí significa, sino por seguir las ondulaciones
del latente tejido filosófico que hemos hallado por
doquiera, que es cimieuto d 0 los teologías medioeva­
les, y génesis de sus méritos y defectos.
L a labor admirable do Sio. T omas, que s in ser
un genio creador, es un genio organizador y siute-
tizador incomparable, no ha sido bastante para la
fusión de aquellos encontrados elem entos, como lo
■demuestra toda sa teología en la solución de los mis
arduos problemas, y se revela en éste de las pruej
das de la existencia de Dios, donde su argumenta­
ció n ora en aristotélico ora en platónico no sale del
marco filosófico trazado por sus predecesores.
499. A ntes del examen de sus razonamientos,
habremos de notar la conveniencia de distinguir
cuatro puntos; l.° e l valor fundamental demostrativo
que se encierra en sus raciocinios, y que no debe con­
fundirse con la forma sistem ática de éstos; Ü.° el
origen y derivación genética de los argumentos
de S t o . T o m a s ; 3 .° los principios inmediatos en que
— 559 —
«a apoyan; 4.° el valor científico de los argum en­
tos tal como se ofrecen.
500. En cuanto a lo prim ero aunque por su con­
tenido los cinco argum entos de S to . T omas no sean
otros tantos argum entos tip o s, pues son evidentemen­
te reductibles, responden a modalidades d istintas de
lo real contingente en orden a su cansa, y en ta l sen­
tido tienen la misma sólida base en sus varios aspec­
tos, que ofrece el argum ento general de contingen­
cia eu lo finito respecto de una Causa suprema y Ser
primero. Su v a lo r fu n d a m e n ta l es indudable.
501. Por lo que hace a su s orígenes, los a rg u m e n ­
tes del A quinense to d o s se e n cu e n tran u tilizad o s con
anterioridad a él, como se ve por lo que dejam os ex -
iv.iesto. Son, p u e s, una reproducción seleccionada,
según el proceder de la época. De ellos, unos r e s ­
ponden a fu e n te s a ris to té lic a s , eu especial a tra v é s
dc Averhoes; o tro s a fu e n te s p la to n iz an tes o neopla-
tóiiicas. reflejando el p ensam iento de S. A gustín ,
S. A ííselmo y el Pseudo-AREOPA&iTA. En a lg u n a s es
manifiesto el influjo de Maimónides y dc A vicena .
Es de ad v ertir sin embargo que si bien es in­
dudable la influencia de A vicena en el Aquinense.
mucho más acentuada se enenentra la de A ve -
bboes, contra lo que se ha afirmado; porque no sólo
mediante A verroes in terp reta en la m ateria S to . T o­
mas a .Aristóteles , sino que utiliza las fórmulas do
aquél, y hace destacar la impugnación de A yerroes
contra el agnosticismo teológico de A vicena , M aimó-
sidiís. Gtc.; y sobre todo ajusta a sil sistem a sobre
ia Diviuidad y sus atributos, la teoría de ¡a p o te n c ia
} '«rio que A veiíroes im plantó, como atrás hemos
— E>60 —
v is to , en frente a las d o c trin a s c o rrie n te s de la di­
visión del ser por esen cia y e x isten cia . La doctrim
de A vicena , im p reg n ad a de p latonism o, es en getie-
ra l m odelada según el tipo a risto té lic o por S to. T o-
h a s , como la del Pseudo-AREOPAGiTA y sus análogos;
y con frecuencia u tiliz a el in term ed io de M aimóhides,
A sí la prueba te rc e ra de la divina e x isten c ia como In
propone S to. T omas en la S u m a Teol. aparece con el
aspecto mismo que ofrece en A vicena , y que repro­
duce M aimónides en el M orch (t, II, ed. Munk); pe»
con m anifiesto diverso sen tid o , c o n sig u ien te a su ac­
titu d a ris to té lic a , y de conform idad con A verroes,
sobre la no división del ente por razón de la esencia
o ex isten c ia de q ue A viceua hacía aplicación, según
hem os v isto , al Ser divino, y que llev ab a lógicamen­
te a los e xtrem o s quo y a conocemos. El Doctor An­
gélico con la p ro fu n d a sin cerid ad que rev elan sus
esc rito s, no re h ú s a reconocer la cooperación qu#,
como los dem ás teólogos de su tiem p o , encontraba!
en d o ctrinas e x tra ñ a s a la escolástica; a eso se refiere
al decir, como a trá s hem os no tad o , que procede ai
p o n e n d u m ra tio n e s quibu s ta m p h ilo so p h i quam
doctores c a tk o lic i D eum esse p)'obaveru nt.
502. P rin c ip io s que in fo rm a n la argumenta?
ción de S to. T a m a s . T res conceptos filosóficos refle­
ja n los razonam ien to s del A q u in en se acercad a la exis­
te n c ia de D ios, los cuales a la vez se m an ifiestan eu. el
conjunto de su te o lo g ía do la D iv in id ad , de carácter
ev id en tem en te a risto té lic o , pero que a n te s la filoso­
fía arábigo-judaica habfa ad ap tad o a dicha finalidad
teo ló g ica, influyendo en la siste m a tiz a ció n de S anti
T omas, no de o tra s u e rte que en la de su maestro
A lb . M agno.
— 561 —
Los tres citados conceptos son: el de las p a r ti­
cipaciones platonizantes; el de la p o te n c ia y a cto al
modo aristotélico, y el del m o vim ien to que es apli­
cación del anterior, entendido tam bién eu sentido
peripatético.
503. En cnanto al concepto de las p a r tic ip a c io ­
nes, no es menester aos detengamos en él, después de
haber visto las evoluciones de esa teoría a través de
los principales sistem as filosóficos y teológicos anti­
guos, y de modo especial aplicada por S. A gustín y
S. A nselmo a la existencia de Dios, cuyas enseñan­
zas recoge el Doctor Angélico, En la exposición de
los argum entos utilizados por ésto habremos luego
de apreciar el carácter de dicha doctrina.
504. A cto y p o te n c ia .— He ahí el aspecto meta-
fisico de la teoría de la m a te r ia y fo rm a en ia escnela
socrática, y de la cual teoría, no es este punto sino
uoa simple v ariante, siogularm ente en A ristóteles;
cosa, que sin inten tarlo hizo resaltar A verroes , y
que es m enester tener en cu en ta para in terp retar
debidamente la filosofía p eripatética del acto y p o ­
tencia, con sus derivaciones. Recordemos aquí qne
en el orden filosófico, las escuelas más significadas
anteriores a la socrática resolvían el problema del
acto y poten cia negando uno de los dos extrem os
(1). Así P abménides partiendo de la inmovilidad,
afirmaba el acto puro, y negaba la potencialidad,
y con ello el movimiento. H eráclito, por el con­
trario, negando la existencia de todo acto, de lo
inmóvil, afirmaba el puro d e ve n ir, y la potencia

(I) V. el t. V de e s ta obra, c. 1.
TOMO V 30
— 662 -
e s c lu s iv a d el perp etu o fieri en e l u n iv e r s o . P la ­
tó n s e n tó cla ra m en te la t e s is del ser y no ser, del
a cto y de la p o te n c ia , ponien d o uu elem en to in­
m ó v il y actu ad o en el sen o do las c o s a s , m ientras
so b re é l ev o lu cion an s u s v a r ia n te s p o te n c ia le s y po­
s ib le s . P e ro en esp ecia l fu é A r is tó te le s quien de
u n a m anera p recisa p lan teó la teo ría d el térm ino me -
d io e n tr e e l ser y el fie ri de la s a n te r io r e s escu elas,
cu y a e x p r e sió n es su te sis d el aclo (¿v£Pys£a, ¿v-téXex¡«),
y de la p o te n c ia (aúvajiií).
El aclo es expresivo de la form a realizada en
una m a te r ia , para constituir la actualidad en el ser
o en sus perfecciones. La potencia ofrece dos tipos
diversos; e l de la p o ten cia a c tiv a , que es en el
ageute e l p r in c ip io en aclo de la acción y del efecto;
y el de la p o te n c ia p a s iv a , que es la aptitud o ca­
pacidad de recibir algo de o tr o . La poteucia activa
es, pues, siem pre acto-form a en el agente. Esta
potencia puede considerarse ora produciendo su efec­
to, ora sin la actuación plena para producirlo (1).
En el primer caso se dice hallarse la potencia activa
en acto perfecto o aclo segu ndo; en el último cíiso
dicha potencia, se halla en acto imperfecto, o ocio
p r im e ro , sin la fo rm a correspondiente.
505. Y a h em os v is t o a tr á s ( t . V , c. 2 ) que la
teo ría de la p o te n c ia y acto s e d esa rro lla en la doc­
tr in a d e A r is tó te le s , a la in v e r sa de la d e P la tó n , J'

(1) L a falta d e m a te r ia so b re quo re c a ig a Ir potencia &&


íioa no q u ita q u e é s ta se hallo, según A r i s t ó t e l e s , vorri Mera­
mente en acto, j s ilo im pide la acción y el efecto . P a ra el Esia-
g i r i t a la p o te n c ia d o o b ra r eu el a r q u ite c to e x p r e s a Ib misma
fo r m a , q u e e l k cc h o de o b r a r e n l a c o n s tru c c ió n d e n a edificio.
— 563 -
con carácter mecánico, sobre la realidad m a te r ia l se­
gún loa postulados consabidos de la m a te ria y fo rm a .
Por aso el movimiento según A r is tó te le s no e x iste
sino en el mundo de la m ateria, pues el mundo de la
inteligencia pura es in m ó v il. Y ese mecanismo del
acto y poten cia origina los graves inconvenientes
que ofrece la teoría trasladada al orden espiritual
y a los problemas ultrasensibles y teológicos.
La m a te r ia , como es sabido, represeota la pura
capacidad objetiva o estado de potencia pasiva para
recibir la fo rm a que la determ ine eu uu ser dado.
La form a -representa en la m ateria el acto por el
cual se constituye y determina como ta l ser; y en el
a g en te'es el principio eu acto, por el cual obra y
produce el efecto, o sea una fo rm a en la m ateria.
De esta suerte la potencia pasiva no se convierte en
acto siuo al recibir la fo rm a que en aquélla se Lace
brotar; y la potencia activa no es tal sino en cuanto
está en (icio; y no está en acto sino m ediante la fo r ­
ma correspondiente, sin la cual el agente estaría por
el contrario en condición de p a c ie n te , o de potencia
pasiva. Conforme a esta doctrina del E s ta g ik ita . es
lo que enseña S to . Tomas: «Potentia activa nou di­
vidí tur contra actum , sed fundo,tur in eo; nam
unumquodque ag it secundum quod est actu». (I, q.
25, a. 1, ad lm ). A ntes habla sentado A lb . M agno:
«Potentia activ a... cum fit actn agens, non m ovelur
de form a a d fo rm a m , sed in eadern forma in qua
est, ag it» . / M eta p h . 1. IX , t. 2 , c. 1).
506. Tal es el proceso de las fo rm a s como gé­
nesis de la tesis aristotélica de p o ten cia y acto, y la
base de las adaptaciones peripatéticas medioevales
— 664 —
en eBte punto, aplicadas a Dios. Todo lo que puede
llegar a ser debe recibir una forma, que es su acto,
y todo agente para obrar d ele poseer la fo rm a en vir­
tu d de la cual actúa. E sta form a no puede originarse
a sí propia, porque debiera en ese caso obrar antes da
ser; ni puede resu ltar de nada que no sea ya fo rm a ,
porque no hay ser sino en virtu d de ella, ni por lo
tanto agente que pueda obrar. La form a y la m ate­
r ia bou, pues, los principios metafísicos y reales det
acto y poten cia, o más bien se hallan incluidas segúa
A r i s t ó t e l e s en la tesis de la m a te ria y fo r m a (1),
y sobre uua y o tra se formula la teoría de las cau­
sas. No se tra ta , pues, de la actuación del ser por
dinamismo propio, como a primera vista se con­
cibe aquélla, sino de una yu x ta p o sició n de fac­
tores de los cuales el uno sirve de molde al otro,
y son respectivam ente el acto y p o te n c ia para la co­
sa modelada.
507. E ste proceso mecánico de fo rm a s hace que
nada exista en acto sino en virtu d de una fo rm a . pre-

(1) L a m a teria, en efecto, se identifica con la potencia de


dondB salea los entes, y el acto es uso con la fo rm a que los de­
term ina y realiza. El m árm ol, p. e j . , es potencia respecto de la
está tu a que puede sacarse de él (aunque sea acto como mármol);
la form a, es la e stá tu a en acto. Y al mismo tiem po dicha mata­
ría constituye la causa m aterial; y la form a es la causa formal
de la está tu a. A estas dos causas añade A h i s t ó t e l e s las otras
dos, eficiente y final. En el ejem plo propuesto, el escultor es
causa eficiente, y el fin que se propone a l esculpir la imagen es
la causa final. M a s el acto de la escütua no es sino la eflciacci»
del acto del artífice; como la finalidad de éste, se une a la efi­
ciencia, cual razón de ella; do alil quo las causas suprem as seao
la m aterial y form al, o de potencia y acto exclusivam ente.
-6 6 5 —
cadente, y q u e ésta a la v e z exija o tra fo rm a q u e l a
determine, eu serie sin fin, si no se adm ite una fo r ­
ma primera q u e sea tal, y por lo mismo a c to , sin
otro precedente. El trán sito , p u e s , d e la potencia a l
acto exige q u e todo lo que se m ueve sea m o vid o p o r
otro, y a que una forma exige otra preexistente.
Prescindiendo aquí de lo que en sí valga la teo ­
ría de las fo rm a s como tal, se ve desde luego que eu
«lia no cabe la potencia su je tiv a como determ ina­
ción peculiar potestativa del agente sin fo rm a pre­
cedente que lo actúe; toda potencia activa que no
sea actual por dicha fo rm a , es simplemente una po­
tencia lógica, uaa p o s ib ilid a d de potencia. De ahí
que la teoría sea esencialmente iuadaptable al ordeu
psíquico, y que el libre albedrío resalte inconciliable
con ella; porque de una parte ésta exije para el ac­
to la determinación de una fo rm a , y de otra parte
la acción libre requiere que el sujeto por si propio se
determine y sea razón del acto. P ara salvar la liber­
tad se recurre a la distinción antes aludida de poten­
cia activa in a c lu p r im o , y p o lc n tia a c tiv a in a c tu
secundo; la primera en cuanto se considera sin la
form a determ inante del acto, y la segunda bajo la
acción determ inada de dicha forma. Todo ello es la
base aristotélica de la teoría de la p rem o ció n f í ­
sica en los actos libres bajo la mocióu d m u a y en e l
ordeu de la gracia. Claro está que si la fo rm a s e ­
gún A r i s t ó t e l e s es elemento esencial y sine quo,
non, de toda potencia activa capaz de obrar, donde
falta esta fo r m a , como eu la supuesta potencia in
flcíit p rim o, uo existe potenciu activa, sino p o s ib i­
lidad de potencia, y por lo tan to ausencia do líber-
— 566 —
t a d . Pero ello no obstante los seguidores de la tesis
aristotélica se acojen al recurso aludido, ya que o
se renuncia al sistem a aristotélico en la m ateria, o
hay que reconocerlo en todas las esferas afrontando
sus consecuencias.
Y téngase en cuenta que el concepto de form a
no sólo no incluye la idea de potencialidad en senti­
do de energía y dinamismo del agente para obrar,
sino quo de hecho la excluye, por sobrevenirle &
éstB como un acto que está fuera del ser propio (pues
la form a sabemos ya qae sólo la origina otra form a
diversa), haciendo así extrínseca al agente la ener­
gía con que obra. Por eso la teoría de la p otencia
y a c to en el aristotelism o se enlaza inmediatamente
con la tesis del m o vim ien to entendido como movi­
miento local y de traslación, lo cual efectivamente
responde al modo de entender y aplicar el argumen­
to del m otor y del m ó vil a las pruebas de la exis­
tencia de Di os, así entre los árabes y judíos, como
entre los escolásticos que a la manera de A l b . M ac­
ho y S to . T om as , lo utilizaron. Veamos las aplica­
ciones y prolongación de la teoría.
508: M ovim ien to .— E l tercero de los conceptos
aludidos, que ya apuutamos en lo que acabamos de
decir, y que se destaca en las pruebas de la existencia
divina formuladas por S to . T o m as, responde a la teo­
ría del motor y del móvil enseñada por A r i s t ó t e l e s
y íp o rsu s seguidores medioevales.
La fo rm a al sobrevenir a la m a te r ia , representa
no sólo el tipo esencial de las cosas, sino también el
tipo del movimiento que a cada una le corresponde,
constituyendo su movimiento n a tu r a l, en oposición
— 567 —
a lo s que s e d ijeron m o v im ien to s violentos, o sea lo s
im p u estos por cau sas e x tr ín se c a s on d irección no
conform e a la e x ig id a por la n a tu r a lez a d e los cu er­
pos (el a scen so y d escen so son la s d os form as ca p i­
tales se g ú n A ristóteles , de m o v erse é s t o s , en co­
rrespondencia c o a los cu a tro elem entos, d os de
ellos con la p ropiedad de a sc e n d e r , y lo s otros d os,
con la de d e scen d er).
Como todo lo que está en potencia recibe el acto
de otra forma anterior también eu acto que deter­
mina el primero, de igual modo todo movimiento es
determinado por una fo rm a que el motor impone.
Esta fo rm a en cuanto a los movimientos n a tu r a le s ,
o correspondientes a la naturaleza especifica de los
cuerpos, es im puesta al mundo terrestre por las es­
feras celestes. Por eso para los escolásticos el pri­
mer motor físico e t ordeu al mundo es el prim er cie­
lo, como en el orden teológico y en el de la gracia
el primer motor es Dios. Los demás movimientos
adventicios son determinados por el encuentro de
los cuerpos entre si, coa fundamento en los movi­
mientos naturales y específicos, aunque éstos puedan
ser intervenidos y alterados por o tra fuerza mayor.
Según esto, todo lo que se mueve es siempre movi­
do por otro en sentido mecánico y determ inante. El
primer motor inmóvil, por lo mismo que no es movi­
do, tampoco mueve en el sentido expuesto. Tan sólo
se dice que mueve en cuanto la naturaleza toda,
eterna e increada, tiene en él su centro y se des­
arrolla por aspiración también eterna a uua mayor
perfección en torno de la suprema inmovilidad, al
modo que dejamos expuesto eu otro lugar (v. t. V,
— 568 —
n. 43 y sig tes.). La razón y causa de los movimien­
tos del mundo te rre stre hállase, como queda dicho,
en el mundo sidéreo.
509. Podrá preguntarse como los cielos, o sus
motores, o el primer cielo de los escolásticos, pueden
estar dotados de p o te n c ia a c tiv a p ro p ia , que se
niega a las substancias terrestres y a Dios; y como
después de haberse negado ea absoluto que pueda co­
rresponder a cosa alguna del universo mover sin ser
movida, se venga luego a afirmar todo lo contrario,
colocando precisamente como baso de los movimien­
tos en el mundo sensible la negación del pretendido
principio, lodo lo que se m ueve ha de ser m ovido p o r
o tro . Es esta una contradicción que ni A r is t o t r lh s
ni los escolásticos qtie lo reproducen explicaron, y
que procede del artificio de todo el sistem a.
Inconvenientes tan significados como el que así
se nos ofrece subiendo del movimiento particular a
la fuente del movimiento general, los hallamos al
descender de ésta a dichos movimientos particu­
lares. Porque de una p arte las fo rm a s substanciales
que especifican los movimientos hacen que éstos sean
tan peculiares de cada clase de seres, como su propia
naturaleza, y asi lo declara A r is t ó t e l e s ( 1 ) . De otra
parte la razón de tales movimientos está en el pri­
mer motor cósmico, eu la región sideral, de cuya
influencia dependen las fo rm a s substanciales terres-

(1) Preguntaudo 8 I;E s ta q :iiita dn conformidad con eso, por­


qué un cuerpo suba en el a ire j otl’o b a ja , d a por resp u e sta , qne
&r1 lo exige su propio, m anera d» se r. A ltiov 8’óxi nécpuxé jmi,
n a l to u x ’ é a x i t ó x o ú y u x x [ ( ¡ a p s í e l v a i , tó fiáv t(¡¡ í v o ) , xá H
1 (3 X á r a 5«i)pi3[iivov (Pbys, ], V IH , 1. 8 ) .
— 569 —
tres, como depende el movimiento; que por lo mismo
no puede ser éste interno y substancial, como no lo
es el determinado por un cuerpo sobre otro. P rescin­
damos de la actio in d is la n s en la fo rm a su b sta n c ia l
celeste respecto de ios cuerpos terrestres, según los
principios aristotélicos, y de que siendo una misma
dicha fo rm a s u b sta n c ia l celeste, con única eficacia
por lo tan to , se la hace determ inar en la m ateria te ­
rrestre (pasiva c indiferente) formas de movimiento
snbstancialm enle diversas y qne según el criterio
peripatético (1) acusan substancias agentes diversas.

(1) Sobre la natn ra le z a del m ovim iento, a la m anera m e c í-


nica indicada, v. la Fisica de A r i s t ó t e l e s , en especial lib. V il y
VIII (ed. León X III, texto ge. y coment. de S to. TohAs), donde
se encuentran las mismas fórm ulas, como verem os, utilizad as
por el Aquincnse pa ra de m o stra r por el m otor móvil la « lis tó n ­
ela de Dios. A l b . M a g n o eo eu Da p hysico a itd ilu , refiriéndose
a la teoría de las fo rm a s principio del acto y del m ovim iento,
resume asi las doctrinas sobre esce panto: <Et n o ta, sicut dicit
A v e b u o b s , quod trip le s fu it opimo philosophom m de fot mis na-
turalibus. Quídam euim opinati 3unt fo r m a s esse ab o x trin scce,
scilicp.t a datore form arum , et ante (iationem esse e x tra m a te ­
rial» separatas, positas in enm parihis stallis, u t platnnici (Ta­
m u le s del neoplatonism o porfiriano); unde dicebant quod quando
liomo nascitur sub aliqua uoustellutioDa secuudum causalitatem
vel virtutem illius, im priraitiir form a iliius. A l i í a n tera opina ti
sunfc/'w m as esse ¡ D tr a m ateriam actu, s e d la te re et osse insen-
sibiles nobis. u t A n a x /io o ra í (.sic); nndo dicebat omoe in orani
misceri. T e rtia vere opinio e st A r i s t o t e l i s qni ponit fo rm a s
OS69 in m ateria, potwutia non actu, sed ab ex trín seco agente
educunlur de p o te n cia in actum ; unde dici. A r i s t o t . í d I . 2 . °
De ijenp.rat. el corupt., e ti n 2 .° P h y sico r. quod homo ge-
ueral hominem ex m ate ria e t Bol». (L. c it., c. 4 , Dr. fo r m a ).
Excusado es decir quo A l b . M a g n o a cepta y expone la misma
teoría de las form as, quo es la de s u escuela.
-6 7 0 -
Todo ello p o n e d e m a n ifie sto q u e el p rin c ip io d
A r i s t ó t e l e s : todo lo que se m ueve es m o vid o po
otro, t a l com o é l lo e n tie n d e , l o s e s o s tie n e lógica
m e n te n i a u n e n la m ism a te o r ía d el m a e s tr o d e Es
t a g i r a , q u ie n , a l ig u a l q u e s u s s e g u id o re s escotá-sti
eo s, s e v e fo rz a d o a q u e b r a n t a r lo .
510. Las consecuencias que de ahf derivan son d
fácil alcance. Según la mentada tesis aristotélica
aceptada por S t o . T omas y por toda la escuela de A lb
M agno , los seres son incapaces de moverse por virtm
y fuerza propia; porque la causa ha de ser siempre n
sólo d istin ta sino exterior a su efecto. Así e u «
movimiento se requiere siempre un motor que nec-e
saria y realm ente sea exterior a lo que se mueve;;
ni en el orden metaffsico ni en el teológico ui en e
cosmológico deja de cumplirse esa ley según dicto
teoría. E ste dualismo del motor y del móvil origi
nado en la física aristotélica produjo el ya c ito
sistema de la prem o ció n física en los teólogos de i
reacción aristotélica posterior a las escuelas medio
evales; como en el orden cosmológico produjo el sis
tem a de P tolombo , con aquella deplorable falsead;
visión de relaciones entre la tierra y los astros, coi
aquel dualismo del mundo celeste y del mundo sul)
lunar, reproducción plástica de la negaciou peripa­
tética de leyes uuiversales en la fuerza y el moví
miento que retuvo aprisionados en los conceptos cós
micos y astronómicos a sus grandes ingenios da li
Edad media, y que tan pobres y menguados hace apa
recer a hombres como A l b , M a g n o , S to . T om as , A n
r e o e s , etc., cuando discurren sobre este punto.
O tra consecuencia im portante es que la nocito
-5 7 1 —
de actividad y de fuerza, queda quebrantada o m ejor
anulada al fraccionarse en los factores de la fo rm a y
materia, por cuanto ea si mismos, y aislados como
al efecto se consideran, ni aun pueden tener otro
valor que el de puras abstracciones. Que si por un
momento quisiéramos concebirlos en su conjunto
como generadores del dinamismo de los seres, ven­
dríamos a parar al mismo resultado.
511. Cuando, en efecto, concebimos la naturaleza,
de un ser, señalamos en ella como elemento primario-
no sólo la actividad, sino la virtud especificativa e in-
dividuEilizadora de aquélla para realizar en el ser su
propia perfección, y actu ar en los demíls segÚQ el
carácter que cada ser ostenta m ediante la n atu rale­
za dicha. Mas ¿qué acontece en la teoría aristotélica,
y en la escolástica que la reproduce? Desde luego la.
energía si ex iste no puede ser sino una resu llaate y
al mismo tiempo una función de la ma.tr.ria y fo rm a .
Pero lo que se dice m a te r ia , es en la teoría de que
se trata, una pura p otencia dc los c o n tra rio s, es de­
cir, un elemento indefinible que sólo se concibe co­
mo tipo ab stracto capaz de determinaciones concre­
tas opuestas en tre sí, en analogía con la noción pu­
ra de ser que es susceptible de las variedades con­
cretas posibles, y que sólo en ellas tiene realidad.
Es, pues, una potencia lógica más que una potencia
física (como tal m a te ria p r im a pura ninguna reali­
dad física posee),, que no percibeu ni les seutidos ni
la idea, pero que se supone constituida bajo la va­
riedad de los fenómenos que se suceden en las cosas,
aunque ella tenga la misma inestabilidad de éstos.
Ahora bien; en cuanto potencia lógica y
— 572 —
de lo concreto físico, es necesariamente pasiva, co­
mo necesariamente es indeterm inada. P or consi­
guiente está, inmensamente lejos de dar la ener­
gía y fuerza de la uaturaleza, ni de representarla
siquiera; que m is bien. lia de recibirla sin producirla
ni modificarla.
512. Por esto mismo tampoco la fo rm a puede r
presentar la actividad y energía del se r, ni considera­
da en sí, ni en su aplicación a la m a te ria . No en sí con­
siderada, porque ya sabemos que como tal fo rm a no
es nada real antes de hallarse actuada en la cosa. No
en sil aplicación a la m a te r ia , porque siondo. por
la indiferencia de ésta, nao de los elementos de la
substancia, y el que la especifica, no puede ser otra
cosa quo la actuación de lo que no era realm ente; es
•decir que viene a llenar el vacío que hay en la »a<t-
le ria para constituir substancia, dándole por lo tan­
to eí ser actual, y el ser determinado que le falto.
Mas por lo mismo que es el acto, o mejor, la atrita-
lid a d del ser, no es eu modo alguno expresión du
energía potencial, o virtud operativa no actuada,,
•que directam ente excluye. Por eso la idea d i form a,
aun aplicada a la m a te r ia , no sólo no envuelve !a
idea de energía y dinamismo para realizar algo po­
sible, sino que la repele; porque ella expresa la ac■
■ tualidad de ser, pero no la dinámica de la acción.
De conformidad con esto A r i s t ó t e l e s procede lógica­
mente eu su sistema al negar que Dios sea capaz de
acción y produzca el universo, porque siendo forma
pura no tiene ni puede tener sino el aclo de;.¡ser; ni
-de otra suerte podría evitarse el d u a lism o antes no­
tado que dicho sistem a exige para toda acción.
— 573 —
Es por oso porqué en vez de ser el dinamismo"
substancial eo los entes principio de su causalidad^
resulta a la inversa afirmada la actividad porque s&
afirma la causalidad; de suerte que lejos de ser un
principio la energía en titativ a en el aristotelism o es-
más bien uo postulado. De esta manera el movi­
miento aparece siempre con el carácter mecánico de
una cosa sobre otra; que es lo que obliga a A k is t ó -
t e l e s y a los peripatéticos a buscar el origen de ese

movimiento en el cielo y los astros; lo cual ni sirv&


para explicar la actividad v ital de lo existente, ni
en el oTden de actividad externa vale para resolver
la dificultad sino alejarla, porque el movimiento s i­
déreo queda asi sin explicar. M ientras la teoría de
las form as no puede explicar el dinamismo y energía
de cada ser en su actuación iu di vidual, anula al mis­
mo tiempo las manifestaciones de la fuerza y ener­
gía en el concierto del universo, o sea el dinamismo
general y las leyes que rigen el conjunto de los cuer­
pos de la naturaleza.
513. B asta ten er presente al efecto, que el mo­
vimiento eu la teoria peripatética, eu vez de expli­
carse por leyes universales, como hoy hacemos, se t r a ­
duce por la fo rm a esencial de los cuerpos, convirtien-
do todo movimiento en movimientos según el tipo de
cada substancia. Dc esta m anera tomando la fo rm a
substancial como fuente al mismo tiempo del ser, de
sus fenómenos y movimientos, las leyes universales
de la fuerza y del movimiento desaparecen, y las cau­
sas del movimiento y de su especificación, resultan
tan particulares como los objetos que se mueven, ca­
ía uno según su naturaleza, do dondo exclusiva­
-5 7 4 —
m ente ha de deducirse la fndole del movimiento y
fuerza. Asi el aire y el fuego (dos de los elementos
simples aristotélicos) se elevan tan sólo debido a su
.form a, por ser aire y fuego según su naturaleza j
ligereza esencial, y no por otra causa; por el con­
trario , la tierra y el agua (los otros dos elementos
simples) descienden, porque su fo r m a ,los reviste de
un peso esencial, y hace que no puedan ser agua y
tie rra de otra m anera. Otro tan to acontece con los
astros, que se señalan por movimientos circula­
res, no en virtud de ley alguna que acuse naJa
referente a la gravitación Universal, sino por serla
que son, por ser asiros; y lo mismo sucede, por igual
tazón, a los cielos, que por ser tales nos los presentan
destituidos de ligereza para ascender, y de peso
para descender, En suma, cada fo rm a represento
un movimiento, así en el orden metafísico comu en
el teológico y físico-cosmológico. E sta tesis aristo­
télica, constituida en axioma para la ciencia medio­
eval, es fuento de múltiples consecuencias en todos
los citados órdenes. A ella se ajustan A l b , M agno.
S to. T omás, etc., asi para form ular sus pruebas de
la potencia y acto, dol motor y del móvil a c e r a de
la existencia de Dios, como para las soluciones a los
problemas cósmicos y astronómicos que plantean. Ana
en los tiem pos de decadencia do la física aristotélica
encoutnimos a los partidarios de la tesis peripatéti­
ca y de P toloueo arguyendo contra el movimiento
del globo terráqueo, y fundándose para impugniiva
C orÉnm co que después del C a r d . Cusa su maestro,
tan claram ente lo propugnaba, en la teoría de las
fo r m a s ; porque en v irtu d de ella, la tierra (cuerpo
— 575 —
«impla) no teniendo más que una forma substancial,
no podría en todo caso tener más que uu solo movi­
miento (el de rotación o el de traslación), lo cual ha­
cia imposible la teoría copernicana que exige dichos
dos movimientos (1).
514. Todo esto hace ver de una parte la verdad
de la interpretación que hemos dado a la teoría peri­
patética y escolástica sobre la naturaleza (leí movi­
miento, y de otra parte pone de manifiesto la ampli­
tud de aplicación que la doctrina de las fo rm a s recibió
en el orden ontológico, en el teológico, físico y cós­
mico en geueral, sin contar o tras derivaciones psí­
quicas en que no hemos de detenernos. Y es muy de
notar que asf como la tesis aristotélica partiendo de
un concepto metafísico vino a repercutir en todos
los ámbitos de la ciencia antigua, de igual manera
desde el momento en que aquel concepto se modifica,
comienza tam bién o tra geueral orientación diversa
en las esferas filosófico-teolcgicas, no menos que en
las doctrinas cosmológicas y sus aplicaciones.

(1) A si h a b la un p e r ip a té tic o en los D iálogos d e G a lile o


contra C o fé k x ic o : «A d re m o ven ela el n u te m illa tn (h y p o th o s im
C oiieniid), ax io m a m ih i v i d e t u r su ffic ie n tissim u m q uod sc ilic e t
c s r p o rá sim p licis u u u s ta m tu m m o tu s s im p le s p o s s it e s s e íiB tn .
ralis; t t liic, t é r r a c o rp o ri sim p lic i, a s s i g n a n t n r t r e s , si non
quatuui' m o tu s, iiq u e v a ld e ín t e r so d iv e rs i» . ( G a l i l . D ialogi,
3
ote,, d ia l. - j ed. L io u , 1G41). N o es de e x t r a ñ a r , eD v i s ta de e s ­
to, <¡ua ea los m ism os D iálogo# el in te r lo c u to r p e r ip a té tic o , a l
ver desm o ro n a rse su s is te m a filosófico y e l de P to lo m e o , ju z g u e
tpis el sis te m a c.operuicano es la r u i n a d e l a filo so fía y d e la cos­
m ografía: «Híbc pliilosopU ise r a ti o t e u d it ád s n lv e rs io iie m to tiu s
philosophite u a tu i’A lis, e t ad co nfuaionem coueussioi)8iu<iii8 coeli
o; tcrrffi ac to tiu s u ni v e r s i* . (D ia l, c i t ., d ia l, 2 ).
— 576 —
515. La significación de D uss Escoro ea este
punto es de la mayor importancia, aunque en ello no
se haya reparado convenientemente. E l pensamiento
platónico o neoplatónico medioeval no se avenía con
el sistem a de p a s iv id a d que introducen' las formas
aristotélicas para explicar la potencia y a c to , y dar
la noción del m ovim ien to; pero el dinamismo platí­
nico no estaba capacitado para d estru ir el predomi­
nio peripatético y derrum bar la obra de tantas cen­
turias. Fué m enester que E s c o t o , un intermediario
entre platonizantes y aristotélicos, que de ambos
participaba, llevase el concepto típico del dinamis­
mo platónico a las fo rm a s estáticas de los aristoté­
licos, y por un procedimiento de verdadera compe­
netración hiciese aparecer fundidas estas forma ‘
y aquel dinamismo, de suerte que el pensamiento
peripatético sirviese de vehículo al pensamiento pla­
tonizante, sin que apareciesen en pugna manifiesta.
Escoro, en efecto, introduce para explicar la consti-
tucióu ontológica de los seres y de sus propiedades
y perfecciones, la doctrina de las fo rm a lid a d e s (for-
m alitates), que eu su origen, lejos de significar di­
rectam ente elementos aislables, respondía por el con­
trario a la exigencia en titativ a de distinguir dichas
propiedades sin separarlas, y de p resentarlas uni­
das sin confundirlas. Y este pensamiento aplicado
en primer término a la teoría de la m a te r ia y for­
m a , no podía menos de dar por resultado la trans­
formación de una y o tra. L a m a te r ia y fo rm a api-
recen como dos fo r m a lid a d e s (dijérase, dos modtili-
dadesj del ser, de las cuales una representa p asivi­
d a d y otra la a c tiv id a d en el mismo. E s decir (pM
— 577 —
ya no son dos factores extrínsecos y separados ne­
cesariamente, a lo peripatético, de los cuales el uno
sobreviene al otro para producir el movimiento, si­
no que un ser puede moverse a sí mismo por activi­
dad propia con independencia de previa fo rm a que
lo actúe; de igual modo que puede recibir movi­
miento de otro sin que éste lo actúe mediante fo rm a
alguna. Según esto, todo movimiento vital y psíqui­
co depende de la energía del snjeto que lo determ i­
na; y el movimiento general del universo queda
igualmente libre de las limitaciones especificativas
de iiis form as , y por lo mismo se hace capaz de ser
determinado por leyes comunes y universales.
516. Lo que directam ente resulta de la teoría de
E s c o to es el quebrantam iento de la teoría de la s /b r -
mm su bstan ciales tal como se ofrecen; (Escoto conti­
núa s in duda hablando de las fo rm a s, pero su con­
cepto antiguo ha desaparecido); por eso no hace es­
pecial aplicación de su doctrina a la teoría del movi-
m ijito, aunque prácticam ente en sus elucubraciones
có s'iiic;iS y astronómicas procede cual si en realidad
h u b ie s e planteado la tesis del valor absoluto de las
leves» de la fuerza y del movimiento; a ello es de-
bi<l» que su pensamiento en la m ateria lleve evidentes
ventajas a los menguados conceptos físico y astróuo-
inicii d e A l b . M a g n o y S t o . T o m a s ( 1 ) .

(1) L a innovación dicha llevaba consigo la negación de qae


primer cielo fneae «1 m otor prim ero, p o r lo menos en el sentido
tradicional; lo que conducía a desechar la tesis de quo el cielo
lueso de diversa n a tu ra le z a q u a la tie rra , y tím e s e una entidad
incorruptible, y Escoto en efecto declara qne la íncorruptibilidad
colaste no se puede pro b ar, m ientras afirma que el movim iento
tomo v 37
— 578 -
Léanse las R e p o r ta ta P a risién sia de Escoro, y
allí se verán esbozadas, y aun incluidas las leyes del
movimiento astronómico que inmortalizaron a Ke
p l e r . Aquella idea peculiar del C ard . C u sa sobre el
enlace universal de la potencia y acto, expresad»
tam bién con una denominación peculiar suya (el
p osscsi, síntesis como el mismo dice del p o ste et ¿«el
es una continuación de) pensamiento escotista, si
bien transform ado en sus aplicaciones (pues Cüsa no
duda colocar on el mismo seno de Dios el possest., la
potencia-acto suprem a), Pero lo que especialmeute
im porta al caso es que esa doctrina, la an títesis más
acentuada que jam ás se había presentado en frente i
la teoría peripatética, constituye el centro de todas
sus enseñanzas cosmológicas, astronóm icas y mata-
m áticas, q u e 'luego C opérnico su|discfpulo vino!
concretar y form ular sism atizadas. Léanse entre
los tratad o s de C u sa su C om p. Theologicum , Dt
m a th em a tica p e rfe c d o n r, y de Ludo Globi (don­
de además como en el De. docta ig n o r a n tia va ex­
puesta su ideología), y se verá bien claro el alcance
y carácter de la p o ten cia -a cto , como principio anti-
peripatótico, cuyas fo rm a s de actu ación destierro
en absoluto. R eflejo del pensamiento de C usa eu sus
aplicaciones c o s m o ló g ic a s y astronómicas es la doc­
trin a de C opÉR w co, quien en el prólogo mismo del
libro q u e le inm ortalizó, De revo lu tio n ib u s órbita»

de la tie r ra puede explicarse; cosa imposible en la teo ría df. Ii?


fo r m a s a ristotélicas. Anticipándose aK e p l e r , y rompiendo con

el peripatism o ensefia tam bién Escoto en la Rc.part. Parisién-


s ia , las dos verdades capitales: qne los planetas no se hallan eo
el mismo p laco; y que las órbitas de los planetas no son esféricas.
— 579 —
elestium , revela bien a las claras su tem or ante las
«ocupaciones peripatéticas en la m ateria, quo no
an otras más que las consabidas sobre la naturaleza
i la actividad (potencia), y del movimiento, con sus
mediatas derivaciones astrouómicas (1). De confor­
mad con los conceptos de C o p é rn ic o aparecen las
a cubracinnes de G a l i l e o , ajenas igualm ente a los
istulados peripatéticos sobre el movimiento, cuyos
irtidarios fueron sus únicos adversarios cuaodo por
imomento se puso enentredicho su doctrina. Sabido
que públicamente se acusaba a G a l i l e o , como a Co-
¡rn ico , de enseñanzas absurdas, porque conculca-
,n la filo so fía de A r i s t ó t e l e s ; y cuando aquellos
istotélicos reproducían el argum ento ya citado de
imposibilidad de que la tie rra tuviese más que un
ovimiento, porque no podía tener sino una fo r -
¡t determinante de dicho movimiento, más de una
z respondió G a l i l e o con el ejemplo festivo, pero
ncluyente, de uu gato que se cae de una torre dan-
vueltas sobre si mismo no obstante su sim ultánea

(1) Eu el jo re ja d o del De reeolutionibus m entado (dedi-


lo al Poiic. P aulo III) después de m anifestar C o pér .i ic o que
sntdi-ía a luz eu libro de lo m ediar I r presión y rcpronsione9
sus amigns el C ard. N ic o lís Schoehberq, y el Obispo de Culm
diunm G isio , añade: «Idem apud iub e g a m n t alii non pnuci vi-
einiuctiti&simi et dDCtissimi a d h o rta n te s ut meara operaiu «d
wuuncru studiosoruai M ntheraatkffis m ilitatem , p ro p ter concep-
b meturo, confcrro non recusaren d iutius. Fore a t q u in to »b-
rdior p lerisq u e nunc hoc mea doctrina de to rra s m otu v id ere tu r
fito plus adm irationis utqnn grati® h a b itu m esset, postqnam
r editioLem com m entariorum meorum caliginera absurditacis
blatam vid erenb liquidissím ia ileuiotisUaliouibus». (Ob. c it. Ad
s. Dora. P aul. II1; p . M., Nic, Goperníci P r a fa tio ) .
-6 8 0 -
carrera de descenso, según nos lo recuerda en sus
D iálogos ya citados.
517. L a desaparición de la doctrina aristotélica
se impuso de modo inevitable por la evidencia de los
hechos en lo que atañe a sus aplicaciones cósmica y
astronómica. Pero no asi en la psicología y en la teo­
logía, donde la escuela peripatética se creyó menos
fácilmente vulnerable, por el carácter abstracto de
los problemas eu ese terreno. Mas, es indudable que
si la teoría aristotélica del m o vim ien to , al iguíl
d é la del acto-p o ten cia , no valen por su índole en
el orden de la naturaleza física, tampoco son admi­
sibles fuera de este orden. A ntes bien, exigiendo el
orden psíquico movimiento propiamente vital, con
actuación peculiar del yo en las determinaciones li­
bres, las normas del movieuto aristotélico por el
mecanismo característico de las fo rm a s creadoras
del a c to , repugnan en el mundo del espíritu, como es
evidente; por eso mismo A r i s t ó t e l e s no pens)
n u n c a en hacer aplicación de su sistem a de movi­
m ien to al ordeu espiritual (donde el intelecto es pa­
ra el E sta g írita fo rm a pura, siempre acto, según
sabemos), como desviando su doctrina lo efectuaron
s u s díscipulos árabes y cristianos; que si los prime­
ros podían fácilmente hacor esa aplicación antiaris­
totélica de A r i s t ó t e l e s , dado su sistema fatalisti
filosófico-teológico, no así los segundos que por el
contrario se velan en e l caso de defender el libre al­
bedrío, y rechazar al mismo tiempo el carácter de
fo r m a pura, o acto inmóvil a lo aristotélico de! es­
p íritu , y la explicación arabizantc del movimiento
psíquico al modo mecánico q u e A rist ó t e le s resolví®
- 58i —
el problema del movimiento físico. El ocasionalismo
de la filosofía teológica arábiga (la de los m olekali-
mesl que ni aun admitía continuidad en el ser de las
cosas y de sus propiedades, sino que todo era objeto
de instantáneas creaciones y desapariciones, se enla­
zaba bien con la transm isión sucesiva de las fo rm a s
aristotélicas que al originar el acto del ser o del
obrar, debían ser reemplazadas por las nuevas fo r ­
mas para constituir nuevos actos cuya fueute es
Dios, principio único de todo obrar, en la teología
del Islam. E s la manera más fácil de formular la
teoria de los actos humanos y la de los milagros co­
mo largamente expone A l g a z e l , pero que hace a
Dios causa del mal y de la culpa eu el hombre, y
fueate exclusiva de la reprobación, ante cuyas con­
secuencias no retrocedían los seguidores del C a la m .
«Las escuelas de N aggar, de Kulláb, D irár y de
Hafs (nos dice M o r t a d a ) , enseñan: Dios produce la
funcióu (humana) con la cual el hombre se apropia
la operación hecha, por Dios», Excusado decir qne
on fórmulas auálogas, que también pueden verse en
el mismo M o r t a d a y demás expositores árabes, se
traduce el pensamiento lógico muslímico respecto al
mérito y dem érito, a la providencia diviua, y a la
predestinación.
518. Por cuanto nada de esto es compatible con
la dogmática, no podían recibirlo los teólogos ni me­
diante las form as aristotélicas, ui mediante los filó­
sofos y teólogos musulmanes. Por eso la escuela
más estrictam ente aristotélica, la de A l b e r t o M a q -
»o, aun aceptando la teoría errónea de A r is t ó t e l e s
acerca del movimiento mediante fo rm a s en el orden
- 582 —
físico y cosmológico, jam ás hace uso de ella en el
orden psíquico, ni para explicar el coucurso divino
en los actos humanos. Y Sto. T omas, el represen­
tan te más autorizado de dicha escuela, asi para ex­
plicar la acción intelecciva y volitiva en Dios, como
las mismas operaciones psíquicas en el hombre, min­
ea recurre a la teoría de las fo rm a s con atenuacio­
nes o sin ellas, ni menos hace en parte alguna uso
de las mismas para in terp retar la acción de Dios y
el coucurso divino en la libertad humana. En esta
punto, como en el de la producción de los seres por
creación, S to . T omas se ncoje a la escuela platónica,
singularm ente según el pensamiento de S. A gustIk
y de S. A nselm o , etc. E s decir, que la teoría peripa­
tética del m ovim ien to sólo se encuentra aplicada i
los m ovim ientos p síq u ico s en las escuelas árabes can
su ocasionalismo y determinismo, y más tarde por ud
empeño de adaptación general de ln tesis del movi­
m iento según A r ist ó t e le s , en la escuela neotomisti
que introdujo la tesis de la p rem o ció n físic a en el
concurso divino a los actos humanos. P rem oción que
no es sino una traducción de la fo r m a de movimien­
to psíquico presupuesta, sin la cual el acto no sólo
no existe siuo que es absurdo tenga lugar, y por lo
tan to no p u e d e ex istir; quitando así toda posibilidal
Je acción libre en el sujeto antes de que aquella im­
ponga el acto. E s lo que acontece con la misma teo­
ría aristo télica eu orden al movimiento físico. Como
en el orden tísico, en electo, la fo r m a es impuesto
por el Agente externo, de igual modo en el orden
psíquico, pues de otra suerte el sujeto seria princi­
pio de su accción; como en el primer caso el moví-
— 583 -
miento no tiene lugar sin la fo r m a im puesta, tam ­
poco eu el segando; y como en el movimiento físico su
especificación depende (le la f o r m a que da el acto,
de igual modo en el oi<leu psíquico. Desde el momen-
to en que el obrar no resulte de esa fo r m a presu­
puesta, la teoría peripatética desaparece. Y a la vez,
desde el momento en que ln teoría de las fo rm a s in­
tervenga, la realización del movimiento físic o y p s í­
quico tieue forzosamente los mismos moldes para
su realidad y funcionamiento. En este punto o hay
qne reconocer que el dinamismo humano es por sf
apio para la acción lo cual inutiliza la tesis aris­
totélica y la prem oción , que en ella se funda, o
hay que renunciar a la virtud operativa libre pro­
pia del hombre, por faltarle un elemento esencial de
acción (la fo r m a , o p rem o ció n ) que no depende del
agente psíquico, como en su caso tampoco depende
del agente físico, según hemos visto.
519. A la gravedad que encierra ese dilema es
debida aquella peculiar distiucióu de la esouela ueo-
tomista del tseasus d iv is a s y del ¿ensus c o m p o sttu s.
In sensa com posito (esto es, bajo laaccióu de la f o r ­
ma que predeterm ina el movimiento) el agente d o
es dueño de no obrar n obrar de o tra manera; pero ira
d iviso (abstrayendo la fo rm a predeterm inan­
te) el ageute puede no obrar, pues se halla ajeno a
la determinación de dicha fo r m a . Evidentem ente es­
ta sulución no resuelve nada eu cuanto a la aptitud
intrínseca al sujeto libre para obrar o no obrar; a n ­
tes bien si es absurdo y contradictorio qaé se dé ac­
ción sin la fo n n a aludida (llámese prem oción fis ic a ,
o gracia eficaz a se, etc.) es manifiesto que no se da
- 584 —
p o ten cia o actividad eo el sujeto pura obrar, anterior
a la fo r m a aludida, ya porque no se da potencia ¡i lo
imposible y contradictorio, ya porque la fo r m a que
debe provenir de otro agente (en este casu, Dius) uo
puede ser necesaria para el acto, sin que resulte
igualm ente necesaria para la potencia que sesupouc
por sí intrínsecam ente incapaz del acto dicho. Ello
hace que tal solución sea análoga a !a ya incn>;ío
nada de loa teólogos árabes: Dios produce la fo n ­
d ó n , y el hombre se apropia la acción producida. La
escuela de Amj. M agn o y de S t o . T o iía s está muy
lejos de las m entadas soluciones neotomistas. por lo
mismo que no utilizó nunca la teoría aristotéiica si
objeto, como queda dicho (1).
520. Recordemos una vez más que la teoría pe­
ripatética del movimiento uo ha sido formulada por
A ristóteles cou carácter teológico ni psicológico, ni
en ese terreno puede dejar de ofrecer dificultades Hur­
to más graves que las que ofrece en el orden físico.
De donde se sigue que habiendo dicha teoría fracasad
como hemos visto, y es incuestionable, en su aplica­
ción física y cosmológica, no puede eu mudo alguno
mantener su valor en los demás órdenes de movi­
miento y actividad, que con mayor razón excluyen el
mecánico funcionamiento de fo r m a s antes estudiado.
L a a p licación que a sem ejan za d c A verroes hizo
la e s c o lá stic a , y en prim er térm in o la escu ela dc
A l b . M agno , de la te s is a r isto té lic a del m otor y del

( I) P a ra el estudio del pensam iento ctel Aquineuse eu 1»


m a ta ría , véase A«o« E u ie a l, E l in fta jo dc Dios en los ííoím
libres, etc.
— 586 —
mói'íf a las pruebas de la existencia de Dios, es cau­
sa ile las deficiencias de los argum entos del Aqui-
nense cjmo luego veremos, a pesar del valor que
la ¡dea envuelta en ellos es susceptible de ofrecer.
Es pi>r eso porqué eu la misma escuela tom ista
tiempo haque se prescinde de la manera de argüir
del Aquinense, para sobreponer a la ¡dea del mo­
vimiento peripatético, los conceptos del d e v m ir ,
de la con tin tfm cia . etc,, que respondan a etapas ul-
tf-ri.jres en la evolución filosófica de la doctrina
de que se trata, y que desde luego por su índole
están j a fuera de los estrechos moldes del m otar y
móril del E s t a g i r i t a .
521. La teoría de A ristóteles sienta el prÍDcipio
verdadero de distinción entre el ardo y p o ten cia ; pe­
ro hace una doble falsa aplicación del mismo: 1.° en
cua:ito sostiene que todo acto es determinado sobre
nn sujeto que se ofrece como potencia pasiva respec­
to del agente; lo cual lleva a la tesis tam biíu aris­
totélica de una m a te r ia etern a, y excluye la acción
creadora que exige la no existencia de sujeto pasivo
de la misma. 2 .° en cnanto establece que la p o ten cia
y acto, y el motor o principio del movimiento, y el
móvil, deben no sólo ser d istintos sino estar separa»
dos; lo cual eu el orden físico lleva a las insosteni­
bles consecuencias antes señaladas, y más en el filo-
sólico y teológico, donde introduce uu verdadero fa ta ­
lismo.
Por el coutrario, la s teorías posteriores d es­
de la cartesiana y dinámica pura de L e i b j í i z , has­
ta las últim as de índole análoga, v a n a parar a l
otro extremo, y pretenden establecer un interine.lio
- 586 -
entre la p o te n c ia y acto, que no sea lo uao ni lo
o tra, cuyas resultantes son la an títesis de las apli­
caciones aristotélicas, pero sod también la anula­
ción del ser como algo consistente y estable, que to­
do sistem a que no haya de acabar en el escepticismo
debe dejar a salvo.
522. No son de este lugar ulteriores declaracio­
nes acerca del acto y p o ten cia , qae aquí sólo traemos
eu cuanto se enlaza con la forma de pruebas a lo
aristotélico de la existencia dc Dios. Sentemos sin
embargo qne dicho problema debe desde luego pro­
ponerse como una tesis trascendente del dinamismo-
que preside a toda realidad, y como un postulado
del d even ir en las gradaciones de todo lo contingen­
te. De suerte que el acto y p a ten cia dan origon
al esquema de las categorías de lo real desde la es­
fera tíe su posibilidad hasta las últimas evolucione»
en la existencia ya se cousidere cada cosa indivi­
dualm ente, ya en el engranaje común de los seres
que.componen el universo. Tres son las gradaciones
capitales en que se desdobla el dinamismo citado: «/la
forma abstracta y universal, concomitante a la no­
ción del ser; b¡ la forma singular coucretn, según
el tipo singular de cada ente y sus funciones; c! la
forma concreta en rela c ió n , o sea el dinamismo uni­
versal real. En la primera categoría, et dinamis­
mo es factor central y esencial del concepto y de la
realidad de los seres; ya como p o ten cia antes de que
el diuamismo se proyecte en valores dados (al consti­
tu ir la cosa, o sus modalidades), ya como acto, en
cuanto hace estos valores objetivos y discernibles.
Eu la seguuda categoría, lo real finito entraña la.
— 687 —
realización del d even ir, constituida por los dos ex­
tremos relativos de acto y po ten cia eu que se b i­
furca; y es en sí aquella la razóu de la conser­
vación en el ser, de sus lím ites y circulo de ex­
pansión individual en el tiempo y eu el espacio,,
y de sus m anifestaciones regresivas, así como dé­
la representación que en lu relatividad universal,
de lo creado corresponde a cada uno de los seres
p e integraü el uuiverso. Porque si la potencia
y acto uo son sino dos aspectos relativos de un dina­
mismo en cada ser concreto, a su vez la universali­
dad de los seres en su engranaje de relación no es
sino la proyección más amplia, y cumplida en su or­
den, de aquellas formas de acto y potencia, debido
a la misma índole relativa eu que Lodo se encuentra
y deseuvuelve. Es esto lo que constituye la tercera,
categoría mentada. Y es tan íntim a a los entes sin­
gulares y a la universalidad de lo creado esa relati­
vidad en sn dinamismo, y por lo tanto en su ser y
obrar, que no se concibe su actuación sin que sea
condicionada ésta por algo que la determ ina. Eu este
sentido (bien distinto por cierto del de los peripaté­
ticos) es indudable que to d o lo que se m ueve es m o vi­
do p o r o tro ; esto es, nada se actúa sin que esa actua­
ción sea condicionada por algo interuo o externo al
agente. No se tra ta , pues, de una fo r m a o causa
extrínseca del movimiento, como quiere el aristote-
lismo, sino de una relatividad de condiciones que h a ­
cen que nada se mueva sin que de a lg ú n m odo sea.
determinado el movimiento por algo ajeno al dina­
mismo de la acción. Y e sto e s indispensable de una
parte para m antener la dependencia harmónica del
— 588 —
conjunto de los seres, y de o tra para que todos cu
su orden colaborea a la evolución proporcional del
conjunto; porque de no depender la actuación de nn
s e r m is que de su propio dinamismo, o estarían
siempre eu acto cumplido todos los seres, o nunca
podrían actuarse éstos en las perfecciones que des­
de el principio dejaseu de estar en acto.
523. Ln relatividad, pues, rige el mundo objeti­
vo, como rige el sujetivo; y ella impone esas formas
de dinamismo que denominamos potencia y acto, al
mismo tiempo que éstas imponen la relatividad men*
•cionada, constituyendo recíprocamente como el re­
sorte latente y metafrsico que explica las existen­
cias en su conjunto, y sus categorías o individunlí-
des dentro de ellas.
E s manifiesto según esto, que el universo, que no
es más que uu sistem a de seres en relación, como
cada ser sensible no es sino un sistem a de elementos
prim arios relativos, sin valor absoluto sino en vir­
tud del mismo conjunto que loa rolaciotm, tiene por
•exigencia esencial el dinamismo a que debe su activi­
dad; como el conjunto del universo tiene sus mori-
mientos ordenados por las relaciones que a los cuer­
pos corresponden. Es decir, que si bieu el agente y el
paciente pued&n ser distintos, no sólo esto uo es ley
necesaria, como sostiene el aristotelism o, sino que
•es necesario exista dentro de la unidad da cadn ser
su virtud propia para actuarse eu sus funciones; sin
-que valga al caso el postulado peripatético, repug-
n a l ídem secundum, id em esse in p o te n tia et acta;
porque no se tr a ta de que un agente se halle eu acto
j potencia al mismo tiempo y respecto do la misma
— 589 —
cosa; sino de que aquél tenga potencia para actuarser
siendo agente y paciente en el sentido diverso que
eato entraña, o sea en cuanto es sujeto de dos rela­
ciones d istin tas perfectam ente compatibles fuera de
la doctrina peripatética.
524. Mas, volviendo a la teoría peripatética, coa
sus deficiencias, y al uso teológico de la misma, ha­
llamos que S io. T omás se propuso utilizarla tal como
llegó a la escuela de A l b . M agno a través de A v e -
b b o e s , y en especial al objeto según los conceptos ara-
bizantes de M aim ónides quien reiteradam ente insis­
te en el M ordí sobre la naturaleza del movimiento y
su carácter primario de translaticio o de translación.
E ste movimiento «es el primero por naturaleza; por­
que el nacimiento y la corrupción van precedidos de
tran sform ación ; y la transformación resulta de una
aproximación (por movimiento) entre lo que tra n s­
forma y lo transform ado; a la vez nada crecc ni de­
crece sino en cuanto en ello hay nacimiento y corrup­
ción» (Moreh, II); es decir, sino en cuanto hay movi­
miento de translación. Con lo cual, dicho se está,
que es necesario reconocer: om ne quod m o vetu r a b
alio m overi. M aim ónid es hace ver como de esta ma­
nera no se puede seguir in in fin itu m ; lo que igual­
mente se propone dem ostrar S to . T omas sobre lo.
misma idea del movimiento de translación, que es 1&
forma típica del movimiento aun interno en A ristó ­
teles una vez d a d a la distinción real en titativ a que
establece en tre el agente y ol paciente. E l mismo
ejemplo que trae M aim ónides de que la p ie d r a que
se m u e v i es m o v id a p o r el p a lo , y el p a lo es m o ­
vido p o r la m an o , reprodúcelo Sto. T omás a objeto
- 590-
-análogo: «moventia secunda non movent, nisi per
hoc quod su u t motil a primo id o vente, s ic u t bacula»
non move.l n isi p e r hoc quod est m otu a m anu».
(S. Th. q. 2, a. 3). Sabido es que la tesis de Sio.
T o m as acerca de qne no se puede dem ostrar racional­
mente que el mundo no sea eterno, reproduce la
misma de M a im ó n id e s sobre ia cuestión, y en uno y
otro se enlaza dicha solución con la equivocada tesis
•del movimiento y de la p o ten cia y acto.
525. Hemos visto ea otro lugar (t. V, c. 2) qne
A r i s t ó t e l e s d o inteuta e n modo alguuo probar la
existencia de Dios mediante su teoría del m ovim ien ­
t o ; antes bien, segiiu sus principios, queda excluida
la causalidad eficiente del mundo, ya que nada puede
mover sin ser movido, y sin pasar de la potencia a.1
acto. Por eso aun respecto de la evolución inter­
na de cada naturaleza como ta l, y de todo conjun­
to de existencias, el primer m o to r in m ó vil no tiene
otro carácter que el de un p o s tu la d o , en cuanto
centro de aspiraciones que explica la eterna acti­
vidad de la m ateria y de l a vida-, sin influir en ella
en forma alguna más que en cuanto finalidad ciega
de sus energías. La causa eficiente sólo existe para
las generaciones y alteraciones del Uuiverso en los
m otores celestes. Bu la constitución interna del ser
no existe siuo la causalidad fin a l eu sus múltiples
aplicaciones.
526. A r is t ó t e l e s está muy lejos de atribuir el
movimiento primario (el de tra sla ció n I al E nte pri­
mero. Su causa hállase en la influencia celeste, a la
Tez que los cielos y los astros tienen sus peculiares
motores. Como estos motores puedan mover sin ser
- 591 —
m o v id o s, es co s a q u e n i A r istó teles u i lo s e s c o lá s ­
tico s e x p lic a r o n , y c o n s titu y e u n a c o n tra d ic c ió n a
que y a h em o s a lu d id o .
Mus aunque la causa del movimiento no d o s la
ofreciera así determ inada A b is t ó t e l e s , siempre se­
ria innegablo que el movimiento local y físico no po­
dría llevar a una prueba estable de la existencia
de Dios, según veremos adelante. Ahora habremos
de pasar al examen de los razonamientos del Aqui-
nense, según su forma tex tu al.

LAS P B C E B A S DE SANTO TOMAS

Eu la S um a c. G entiles propónese S to . T omab


presentar las razones con que los filósofos y los Doc­
tores católicos probaron la existencia de Dios (1). A l
electo formula cinco pruebas; las cuatro primeras
tomadas, como dice, de A r is t ó t e l e s , y la quinta
fundada en el D am asceno , aunque es también de A ye­
rm es.
Su primer argum ento, fundado eu las ideas del
motor y del m ó v il, («prima st m anifestador v iaad

(1) «Ostenso igitur quod non est vnnuni niti ad demons-


tranduin Deum esse, procedumus ad poaendum n itio n e s q u ib u s
ta tt philosoplii qu n in Doctoras cathoJici D eum 8S3S probmrerunt»
(C. G. I, c. 13)- De h e c h o , sin e m b a rg o , limitase Sio. Tom ás a
citar a A r i s t ó t e l e s y al D aha& crno.
— 692 —
D eum » seg ú n S to . Tomas) ap arece en la S u m a c. G.
reproduciendo el pensam iento a risto té lic o en esta
form a.
l.° «Todo lo que se mueve es movido por otro.
Pero es uua verdad manifiesta a los sentidos que al­
go se mueve, p. ej el sol; por coüsiguiente se mueve-
movido por otro. O este m otor, pues, a su vez se
mueve o no. Si no se mueve, teuemos lo que se bus­
ca; la necesidad de adm itir un motor in m ó v il , qua
denominamos Dios. Si se mueve, luego es movido
por otro objeto. P or consiguiente o hay que proce­
der así in infinitara, o es necesario adm itir algúi
prim er motor inmóvil» (1). Igual procedimieuto en
la S um a T eolog.; I, q. 2, a. 3.

Como se ve, el postulado del m ovim iento po r acción ex­


trín seca , con su interpretación p o r 1» tesis de potencia y acio
al modo aristotélico co n sa b id o , es lo que airre de base n toda lo
argumentación; ya sabemos el valor de la doctrina aludida en la
teoría peripatética, según lo expuesto atrás eo este capitulo.
S to . T o sías sin embargo, con l a escuela de A lb . M aono,
no silo lo da por válido en .si, s í d o que se propone j u a c i S ch-j Id en
su arguinentacUm transcrita, mullíante la doctrina, de Aitiaróm
le s mismo. Los dos conceptos capitales que al efneto intenta pro­
bar el Aquinense con el Est agí rita y sus comentaristas árabes,
son: 1 0 que todo lo que se mueve es movido por otro; 2,” une
t r a t a n d o de motores y móviles no se puede proceder in íofinitmn;

(1) «Omne quod movetur ab alio movetur. P atet antem ser­


án aliquid moveri, utputa solein; ergo, alio raovente movori.
Aut ergo illud movens movetur, aut noo. Si non movotur: ergo
ha temas propositura, quod nBcesse est punere al ¡quod movens-
imovile, et hoc dicimus Deum. Si autem movetur: ergo ab alio
noventa movetur. Aut ergo est proceder» in infinitum, aut est
devenir® ad aliqnod moveos inmóvil»». (S. c. G. 1. 13.;
— 593 —
lo q u e p ona m ás da re lie v e la s d efic ien cia s d e l s is te m a y p ro c e ­
dim iento e le g id o s .
Ei [H'imero de estos conceptos, (a modo de principio*), lo
prueba de tres maneras: l.°c o u eL oscuro e inestable razona­
miento: iHocquod a. seipso pouitur inoveri est primo motum: er­
go nd quietem unitis partís ejus non sequitur quies totíus. Si
enim qniescente una parte alia pars ejus moveretur, tune ipsuin
totnm uon esset primo motum; sed pars ejus qn® movetur alia
quiescente. Nihil autem quod quiescit, qniescente alio move-
tur a seipso. Cujus ecim quies ad quietem sequitur alterius,
oportet quod motus a d motum alterius sequatur; et sic noa mo-
vcturn se ipso. Ergo boc quod ponebatara s e i p s o moveh, ddd
movetur a se ipso; uscesse est ergo omne quod movetur ab alio
inoveri».
227. No h a y p a r a q u e a d v e r t i r q u e en e s te d is c u rs o p e r ip a ­
tético s e co m ien z a p o r s u p o n e r com o u n a v e r d a d in co n c u sa , la
aserción: Quod a seipso poní tur mooeri eni primo motum,;
cuando e s to e s lo q u e e s t á en c u e s tió n , y lo n ie g a n to d a s los no
peí i p a té tic o s . M as o tr o s p u n to s a p a re c e n v u ln e ra b le s asim ism o
en dicho d is c u rs o , q u e h ac en d ifíc il s o s te n e r el a r g u m e n to t a l
como se h a lla eu S to . T om ás.
Lo primero es el enlace de la proposición: Quod a tseipao
ponUur mo ver i esl prim o m otum , con la consecuencia que se
iotaiiu deducir: Ergo ad q u ieten untu-i partié ejus non te-
Quitar quies lotiu ¡>. Porque es indudable quede que un sev
fletesite para moverse moción ajena, nada se signe eu orden a
qut al cesar el movimiento en uua purte case o uo el movimiento
6Del todo; y así como el todo puede moverse aunque las partea
como tales no se muevan, de igual modo puedeo uo moverse la 9
partes como tales, o alguna de ellas sin que el todo deje de mo­
lerse. Nótese además que la argumentación no procede sobre la
idea del movimiento tn si como lo exige el objeto, sino sobre et
movimiento mecánico y local, sin referirse eu modo alguno a
{tros órdenes de movimiento, ni menos al mundo espiritual; cosp
muy lógica en A r i s t ó t e l e s , pero inadecuada a l intento.
Lo segUDáo e s la significación q u e e n s i c o rre s p o n d e a U a cí-
todas p a la b ra s : d i e g o a d q n i e t e m u n iu s partís ejus n o u seqqi-
tw .q u ie s .to tú is » . P o rq u e * » ee m a n tie n e en e lla s la p a r tí c u la

to m o v **
— 594 —
n on, la proposición explicativa que sigue en ol texto citado, $i
enitn. quiescente u n a p a r te a lia p a r s ejus m o verettir..,, no
tiene sentido, por cuanto estas palabras suponen como conse­
cuencia anterior qne ninguna parte puede moverse, cuando la an-
terioi1consecuencia dice todo lo contrario, osea que «non séqui­
t o ' quies totius».
Si se suprime la partícula non del texto, quedando éste: «Er­
go ad quieta tn unius partís ejus seqnitur qniea totius», el argu­
mento ya no procede fundado directamente en el mocimicntv
como aparece en S to . T omAs , sino que su fundamento es la divi­
s ib ilid a d de lo que se mueve. De esta suerte la proposición fun­
damental de S t o . T omás: iHoe quod a seipso ponitur rooveri est
primo motum», no lione razón de ser para deducir lo que signo:
Ergo ad quietara, etc., porque ninguna hilacién guarda una cosa
con la otra, de no intercalarse un inciso en que se diga qne
tqnod a seipso ponitur movsri, movetur ratione partís»; pa.:a
dedncir luego; «Ergo ad quietem unius partís ejus sequíttir
quies totius». Pero esto aunque no convierta el texto en sofis­
ma, es ajeno al mismo tal como aparece, y no liay derecho i
quebrantarlo (1).

(1) Está per la conservación de la partícula non e n el ar­


gumento del Aqninense, W b b e b , D er Goliesbeweis aus i.
Bauiegung bvi Th. o, A q u in , etc. Contra ella, R o i f e s , Die
Gottesbeweis ¿et T h , b, A quin, etc., y con éste GsnNWALt,
Gc'tcfi. d. Gollesbcioeise, etc. Juzga e l critico bohemio De
Hoi/rüM que el argumeuto puede ser legitimo lo mismo con li
partícula non que sin ella; y esto es verdad si se modifica la
argumentación cuino ¿1 cree uecesario. Pero no se tra ta de lo
que puede ser el argumento, sino do lo que es. listo mismo iiaj
quB docir de las dos opiniones anteriores, ninguna Se las cufile¡;
resuelve satisfactoriamente el asunto. Modificando e! tex to , to­
ce tiempo que el Ferrariense resolvió la cuestión, como todos los
qae apoyados en Sio. T o m a s , usa» argumentos que no son lo s J;
S to . T o m as.

Tampoco hay criterio extrínseco tomado de las ed. de la Su*


ma c. G. que permita concluir cosa alguna. Aparece la partí culi
non. en las ediciones de Venecia, 1753; de M i u n b , 1758; Bou*-
— 695 -
228. Si n o s fijamos en e t concepto intrínseco del raciocinio
se g ú n la mente de A r is t ó t e l e s , q n e p i-e te D d e e x p r e s a r , halla-
ro m o s q u e a q u é l n o e s m e n o s d e f ic ie n te .
Establece A s ís t a t e l e s que nada puede ser principio de su
propio movim iento, y la últim a razón He elle e stá en que todo lo
que se m uere es divisible, y lo que es divisible y compuesto de
p artes no puede ten er en sí el principio de sa m ovimiento. Y la
razón de esto ea, porque en lo compuesto o cosa el m ovimiento es
e! todo s i cesa en una p a rte , o uo cesa; si lo prim ero, el m ovi­
miento no e ra del todo, sino de la p a rte que lo determ inaba en ¿i;
si lo segundo el m ovimiento no e ra de l a p a rle inmóvil sino de a l ­
guna p a rte que continúa en movimiento.
Aun duda la falsa aserción de que todo lo qne se mueve es
divisible, del dilem a propuesto dedúcese lógicam ente, como en
otro lu g a r exponemos, todo lo c ontrario. Porque si al cesar una
p a rte en el movimiento cesa en el todo, lo que se sigue d irecta­
mente es que el m ovim iento no era de ninguna de las p a rte s sino
del todo o de la to ta lid a d com pleta, qne desaparece como tai
al desaparecer u n a dB la s p a rte s. Si el movim iento no cesa en el
todo al cesar en una p a rte , la consecuencia leg ítim a es tan sóio
que la razón del m ovim iento no estaba en dicha p a rte , aunque
esté eo el todo de los elem entos que continúan eu m ovim iento.
2.° La segunda prueba a risto té lic a que tra e S io . TouAs
p a ra m ostrar que «lo que se m ueve es movido por otro » , r e s u l­
ta por inducción. Porque todo se mnevn o p e r aceidens, o p e r
c ¿olentcam, o p er n a tu r a n . Los movimientos per accidens y
per violentiam sólo pueden ser ocasionados por o tro . Los mo­
vimientos per naturam , como los do los seres anim ados, sou
causados por el alm a; «const&t ab anima roo veri».
22 9 . C^ta idoa, inexacta por más da un concepto, de ln n a tu ­
raleza y de lu actividad n atu ral llev aría lógicam ente o a s e n ta r

ha, 1570; id. 1878 ( h e c h a p o r U c c e m según u n n jem plar del


«, m i o principios rie l xiv), id. 1888; de T un 'n , 1901. E stá su ­
prim ida aquella p a rtícu la en la ed. de P a ris, 1874; y Comment^
F e rra r, ed. Sestil i , 1900. Hablan de códices en que f a lta el non
las ed. de Miaisu y U c c e l i . Al objeto, como decimos, es indife­
ren te lo uno o lo otro.
— 596 —
que no se lle g a al p r im e r m o to r m ediante el m ovimiento na­
tu ra l, s íd o &1 inotoi' aním ico, contra lo qae se pretende, a a
que do s ilo los cuerpos se m ueven sino tam bién el e s p íritu , si
éste es a e u vez movido por el prim er m otor. Aserción ésta
c o n tra ria a la que sirve de base a l argum ento a risto té lic o , «d
que se afirma que sélo se mueve lo corpóreo. L a s deficiencias del
argum ento aristotélico aparecen m anifiestas de ambas m an eras.
3 ." T ercer arguroeuto ea favor del prim ario concepto «To­
do lo quo so m uovc», etc. de que venimos hablando. N ada pnede
e sta r si mismo tiempo en acto y en potencia, luego nad a puede
ser m otor y movido al mismo tiempo, y por consiguiente Jo que
se mueve debe ser movido por otro. E s ta aserción aristo télica ea
del todo ineficaz al objeto. De que uno cosa do pueda sim u ltá ­
neam ente e s ta r eu neto y en potencia, no se sig u e que ninguna
co9a ten g a potencia o v irtud p a ra ponerse en acto; de lo c o n tra ­
rio la potencia de ob rar se ria igual a la pu ra posibilidad de ser;
y de esta suerte la actuación de obrar en las c ria tu ra s a u n en
las e sp irituales serla tuu ajena a e llas como es la actuación del
se r, lo cual es un absurdo.
230. Pasem os al otro concepto, o segundo principio en que
se apoya el argum ento consabido; es éste, como hemos dicho, que
no se puede proceder in inflnitnm tra tán d o se de m otores y cosas
m ovidas. Con tre s razones, dice S to . T omA s , p rueba esto A r is t ó t e ­
l e s , las cuales el mismo advierte pueden reducirse a dos. L a p ri­
m or» os: «Si in m oloribus ot motis procoditur in infinitum, epor-
t e t om nia hnju9modi infinita corpora essa, qu ia omne quod mo­
v e tu r e s t divisibile et corpus (cit. prob. in Y I Phyaic.); omne
autem corpus quod movet, motum sim ul dum m ovet movetur*
ergo omuia ista infinita sim ul m oventur tem pore Quito; hoc
a u te ia est impossibile; ergo, etc.» (Sumtn. c. G. 1. e.)
N i tedo lo que se m ueve es divisible y cuerpo, ni en la h i­
p ótesis ha b ría nunca tiempo Snito en m ovimiento infinito, porque
•I tiempo d a la m edida del movim iento, y es consiguiente a
éste. Pero además A ristóteles , que adm ite uu movim iento Infi­
nito en la m ate ria e tern a, bajo mi m otor en el suprem o cielo,
h ace base del m ovim iento sin fin ni principio el tiem po infi­
n ito , según ham os visto exponiendo su doctrina sobre esto.
De su e rte que en a n a serie de m otores y móviles ni repugna.
-5 9 7 —
lo infinito, según el aristotelismo, ni el tiempo infinito, supues­
to nn cielo motor qne preside a la serie infinita aludida.
La segunda razón a la quo so rcduce la tercera, ea: «In mo-
veuf.ibn.iet motís ordinatis, quorum scilicet uoum per ordinem
ab alio movetur, hoc necesse et invaniri quod remoto primo mo­
verte val censante a motioue, nnllum alioram movebit ñeque
movebibur: quia primnra est causa mcvendl ómnibus aliis; sed
si sunt moventia ct mota per ordinem in infinitum, non eril
«líquod primum roovens, sed omnia ernnt quasi media moventia;
ergo nullutn aliorum poterit inoveri, et sic nihil movebitur in
mundo» (1).

(1) Se ve confirmado por lo expuesto que el principio que sir­


ve aquí a Sto, Tomas, es lo sentado por A ristóteles al comien­
zo del lib. VII P kysio o ru m : Om.no quod m ooelur, necesse
<ixt ab aliquo m ooeri, 'Areav x¿ xivcúhevov ¿Svá-j-Ki] 5ná ttvos
xiveTaSai. (Lect. I)}. Y el nervio por decirlo así de la argumen­
tación del AqotKESSB es el tnisao de 1a de A j u s t ó t e l e s : A m p lia s,
qu o d a seipso m ocetur, nuilo modo quiescet, in stando
a lleru n i q u o d m ooetur. ’Exi tó 6c¡>' a&'oo x-.voiíjievov oM4-
to te itaúaExat xwoú(iavov tS Itspóv ti oTÍjvai xiyotS|ievov. Y
prosigue: ’Avoíyxi] toívov, sX t i itaieTa: xivoiijievov tij5 Ixspóv t i
otJJvai, touSF 5cf* éTépou nwero9«i, Toótou y ip ^avspo» ytvoiiá-
VOU, ávoi^KTJ Ttí-V TÓ %'.VOt)¡lSV0V XIVSrsO*’. ÚTJÓ TLVÜJ. (L. VII
cit. 1. I).
Después formula A r i s i . la tesis de la repugnancia del pro­
ceso sin un centro, in infinitum .. «In inovontíbus et motie non
potest procedí in infinitum», es el enunciado dn Ja Lecc. 2.a
L. VII, que completo U argumentación diclm: Ou 8í] sir Sneipov
icp¿E io:v, o t ^ o s -coc! noo, etc. {I. cit.). El concepto mecinico

que preside a la exposición de A iiis t ó t g i .e s , llévale a distinguir


eD el todo una parte qne mueva respecto ie ¡as otras movidas;
y sobre ese falso supuesto viene después el expuesto inesta­
ble argumento, que ya A v ic h n a y A v e r r o e s tuvieron por no con­
cluyente, y que S t o . T o s a s utiliza en el orden teológico como ve­
mos. Las otras dos maneras de probar el aserto que arriba tra n s­
cribimos son igualan uta tomadas del lib. VIII Pliys. y doriva-
ciouesdelo ya dicho. Ese procedimiento fie S t o . T o m í s es una
— 598 —
N ótese que A r is t ó t e l e s do adm ite qae el p rim er se r se
constituya en cauaa eficiente del m ovim iento, según queda
a trá s observado. Y este argum ento p a ra se r válido supone d i­
cha causalidad. Es, pues, necesario reducirlo a la prueba de la
subordinación de las causas a u n a eficiente infinita, a jen a a la
m ente de A r is t ó t e l e s , si ha de ser coucluyente.

p alm aria confirmación de que sus pruebas de la existencia de


Dios no están presentadas con el c arácter abstracto y de ontolo­
g ía p o ra qae algunos pretenden.
Los C om entarios del m is m o S t o . T o m í s a los P ht/sic. de
A r is t ó t e l e s pocen también esto de m anifiesto; pues a l l í s i n r e ­
fe rirse sino al orden en que el E s t a g ir it a d isc u rre , ex p lan a el
A fúm ense los mismos argum entos del m ovim iento qne in serta
en la S a m a de qne tratam os. ( 7 . C o n m en ta n a S . Thom.ce in
ocio lib. Phy&ic. A r is t.; I. V II. lee. 1.“ y 2 .“ ; eu l a excelente
edic. de León XIII)
P o r aq u í se ve que es necesario tran sfo rm ar las pruebas del
AquiNitHSB para h acerlas apa re c e r con el car&oter coa que
hemos dicho las ofrece KLBCTaair (P h il. d. W o rza it, 1. ci­
tad o , GAKBiaou-LAOEANQE (D ieu 1. cit. etc.). En ig u al sentido
no du d a afirm ar S e h t i la h o b s qne « A r is t ó t e l e s h ab ía dado es
el lib. VIII de la F ísica , la prueba de Dios como física, ;
por «sto la había d ejado incom pleta... E n el lib. X II de ln
M etaf. es donde ha completado su teo ría, colocando en la cima
de todo a lo inmóvil absoluto, que lo a c tú a todo por el deseo.
S t o . T omas une la s dos investigaciones en un punto de v ista bas­
ta n te am plio para lle g a r directam ente... al p rim er principio».
(S . Thom. d A q u in , 1. 1 , lib. 2 , c. II). Desde luego A r i s t ó t e ­
l e s no a s propone probnr on el lib. V III de la F ísica ni en nin-

gÚD otro la existencia dé Dios; y por lo tan to no ofrece prueba


allí com pleta ni incom pleta en tal sentido. Lo que in te n ta es
m o strar desde el punto de vista del m ovimiento etern o qne él
ju zg a esencial en la n a tu ra le z a , la existencia de u n centro iemó-
v íl que presida al mismo, y h a g a inteligible la realid ad de dicho
m ovim iento. Y m ientras en la F ísica p a rte del hecho de lo qne
se m ueve, en la M cla fU ica p a rte del p rin c ip io in trín se co a
loe seres que determ ina y explica aquel hecho, que no es sino 1»
-5 9 9 -
231. Segun do a rg u m en to fu n d a d o en el m o v i­
m ien to .— «Si todo motor es movido, o esta proposi­
ción es verdadera p e r se o p e r acciden s, si p e r a cci­
dens, luego no es necesaria; porque lo verdadero per
accidens no es necesario; es por tan to contingente qae
ningún motor se mueva — contingcns est ergo nullum
movens moveri— ; pero si el motor no se mueve, no
mueve, como dice el adversario: luego es contingen­
te qne nada se mueva; porque si nada mueve, nada
es movido: mas esto lo tiene A r is t ó t e l e s por impo­
sible, que alguna vez pueda no haber movimiento;
luego el primero no fu<5 contingente, porque de falso
contingente no se sigue falso imposible; y así esta
proposición; Todo lo que se mueve es movido, no ea
verdadera p e r accid en s . «Ergo primum non fu it con'
tingens, quia ex falso contingenti non sequitur fal-
sum impossibile; et sic haec propositio: Omne mo­
vens m ovetur, non fu it per accidens vera» (1J.

iuvaju-í (virtud \]o ten d a l) que 98 actfia en v irtu d o p e ra tiv a


(évípy’^ k ) en o d a n atu ra le z a por tendencia in n ata hacia s a cen­
tro inmóvil y perfecto. E s el m ovimiento por deseo, o por ape­
tito que dice Sro. T om as (m oventur per a pp etitu m ), el cual le­
jos de venir de Dios a las cosas, v a de é sta s al Centro inmóvil
a risto télico, j a qne ni el movimiento eu su doctrina puede ten er
principio, ni cosa a lguna puede sev objeto de creación. V. to que
decimos en el t. V. c. 2. E n cnanto a l concepto dm&inico de la
n atu ra le z a según A r is t ó t e l e s , v . II. D i h m l e r , A risto iet. M c-
tíiph s,, en tre o tro s. Y a se ve cuauto d ista esto de lo que pien­
sa SeaTiLLANGEs (ob. c it.) y cuantos discurren de igual su e rte .
Q.U9 si, como afirma éste, la argum entación de la F ísica es Im­
p erfecta, la de S io . T o b a s que la reproduce casi a la letra c ita n ­
do b1 testo mismo de la F ísica , no puede menos de p articip ar do
aquella imperfección.
(1) S. contra Q. I. l ,c . Id cit.
— 600 —
232. Como al an te rio r argum ento presido tam bién a la ala*
boraeldn de éste, el «O m uequod m ovetur ab alio m ovetur» peri-
patético, Mas aquí se presupone dem ostrada su verdad, y se Rr-
guyo sobro el valor del postulado dicho, el cual es declarado v e r­
dadero p e r se, porque no puede serlo p e r accidens; y no es
verdadero par acaldens, porque de ser asi el m ovimiento po­
d ría cesar lo cual tiene A iiis t ó t b l e s por im posible, «hoc autem
b ab et A r i s t ó t e l e s pro impossibili». Asi, pues, la razón últim a
del argum ento está, en la autoridad de A r is t ó t e l e s , Pero ai 1&
a u to rid ad ni la doctrina de A b is t ó t e l e s pueden ser adm itidas,
ni el mismo S io. Tomás las acepta en modo alguno, a posar de
Utilizar una y o tra en el citado argum ento . A r i s t ó t e i s s , es
efecto, declara el m ovimiento eterno y necesario, porque so stie­
ne, como sabem os, que el mundo es eterno e increado; morí*
miento que a la vez ).o procede del ser prim ero, porque éste es
necesariam ente inmóvil y no lo s e rla si m oviese alg o , porque
todo ló que se m ueve h a de se r movido por o tro , en la tesis a ris ­
totélica. N ada de lo dicho es adm itido por Sto. Tomás, ni es
com patible con la dogm ática. En consecuencia la argum entación
pro p u esta, a fuerza de a parecer im pregnada de aristotelÍM uo,
re s u lta del to io ineficaz, y no puede ser aceptada por el Aquí-
n b n s e , ni por ningún filósofa o teólogo ortodoxo, por muy
adicto que fuere a A r is t ó t e l e s . El movim iento no sólo no es
necesario, sino que de hecho no existió siem pre, pues no siem pre
existió el mundo. Y uo sólo no repugna que sea co n tin g en te el
m ovim iento, sino que es necesaria su contingencia. Mas auuque
ftsí no fuese de ello nunca seg u iría como consecuencia necesaria
qne todo lo que se m ucoe es m oeido p a r otro; an tes bien con
m ejor lógica debiera concluirse todo lo co n trario .

2 33 , Los dos argum entos examinados, con ba.se


en el m ovim iento, hállanse en la Sum a Teológica
(q. 2. a. 3 cit.) sintetizados en uno solo, donde se
atenúa la complejidad de ambos, pero no sin revelar
las deficiencias de origen. He aquí el testo : «Certum
e st e t sen su c o n d a l, aliqua moveri in hoc m un­
— 601 —
do. Omne aatém quod m ovetur, ab alio m ovetur;
nihil énim movetur nisi sécundum quod est io po­
te n tia ... De potentia autem non p o te st aliquid re-
duci in actum nisi per aliquod ens in actu; sicut ca-
lidum in actu, u t ignis, facit lignum quod est cali-
dum in potentia, esse actu calidum, et per hoc m o­
vet et alte ra t ipsum. Non autem <Jt possibile u t ídem
sit simul iu actu ot potentia secundum idem ... Orané
ergo quod m ovetur opportet ab alio m overi... Hic
antem non e s t procedere iu infinitum, quia sic non
esset aliquod primum movens, e tp e r coosequens ñe­
que aliquod aliud moveus; quia moventia secunda non
movent nisi per hoc quod sunt m ota a primo movcn-
te, sicut baculus non movet niai per hoc quod est
motus a nianu. Ergo necesse est devenire ad aliquod
p T im u m moveos quod a millo m ovetur; e t hoc í x t f í
nes intellig u n t Deum».

234. Por la letra y ejemplos empleados se ve claro cdp&dF


concepto mecánico del movimiento impera aqni al igual qne etK¡os
argumentos de la Sum a c. Gent. La misma ideaile alteración
y corrupción del leño por el fuego, que S t o . T o m a s presenta
tomo moBÍmv nto, responde o la teoría de l(is formo.» de Aitrs-
t ó t e l e s , y al testo de M a i k ó n i d e s atrás transcrito, cuyo ejem­
plo del Ii u M r , vemos reproducido por e l a q u i n e n s e . De confor­
midad con esto, y ello es do especial sigufixaciCin ai objeto, sien­
ta S t o . T o m a s que para quo el agente mueva es necesario qne
posea en aíto aquello & que mueva, como el fuego posee ea acto
ti calor qne comunica al liño. Mas esto en modo alguno conduce
a probarla existencia de Dios; porque según ello serla indispen­
sable para decir que Dios ea el Motor primero, que El poseyese
en acto el tnoviraieuto mismo que imprime a las criatuias, como
la lumbre posee el calor con que quema el combustible; y ®t¡o no
s61o es falso en principio, sino que equivaldría a anular la natu­
— 6Uü —
raleza divina. Que p a r ello A r is t ó t e i r s para hacer al Ser supre­
mo inmóvil, lo aisla lógcamente del universo en sus movimien­
tos. Aun respecto de las criaturas es inexacto quo cualquier
agento para mover un objeto necesite antes poseer el movimiento
que imprime; ciertamente que ol que arroja una piedra no nece­
sita poseer e n acto el movimiento do l a piedra; antes b ie n le seria
imposible. Al mismo tiempo tomando en lal sentido la doctrina
peripatética resulta falsa la tesis misma de A r is t ó t e l e s : O/nne
q u o d m o re tu r ab alio m ocetur, y es abiertamente insostenible.
S to. Touab, sin duda alguna, aun utilizaudo o! concepto y
ejemplo dichos, no pretende sostener otra cosa sino la eficien­
cia v irtu a l, ea decir que b! agente en acto puede obrar y pro­
ducir movimiento que sólo posee en v irtu d , o por causalidad
virtual; que es la única manera de explicar convenientemente
sn pensamiento. M asen esto caso, y desde d momento en que
un agente puede ser principio de movimiento y de actuación sólo
por poseer en acto la virtud, de originar el acto, es indudable
que se puede obrar sin recibir lu consabida fo r m a previa; coa
lo cual el sujeto puedo ser principio de actuación o moverse a si
mismo al igual que a otro con sólo tener en aclo virtual potencia
de obrar. Y siendo esto así, resulta igualmente falsa la tesis aris­
totélica: om ne q u od m ocetur ab alio m o r e n , contra lo que
exige la argumentación de que se trata.

235. Ter cer a rg um e nto tom ado de la cau sal i­


d a d . — Fundado en A r is tó te le s ío rm u la S to . Tomás
(después de o tro arg u m e n to que no aduce más que
como probable) (1) la p rueba de Iíl repugnancia, de un

(1) Esto argumeuLi> «probable» trnclo casi a la letra M ai -


m ó n iu e sen el Jtíorek ed. M u h i , II, p. 36) y su resumen es: En un
compuesto do dos cosas, de Jas críales una pnede existir fuera
d e l compuesto, la otra pnede igualmente existir separada de ¿1
(probablem ente s e g ú n S to . Tom ás, y tu cesorium erde negún
M a i h ó m d e s ) . Luego si existe algo que se mueve sin ser motor,
e s d e concluir que también algo existe qne s e a motor sin ser mo-
•vido.
— 603 —
proceso in in ftn itu m en la serie de causas, y la nece­
sidad de llegar a una cansa primera. «Iu ómnibus cau­
sis efficientibus ordinatis, primum est causa medii,
et médium est causa ultim i... ergo remoto primo, mé­
dium cansa esse non poterit; sed si in causis efficien­
tibus procedatur in infiuitum. nulla causarum crit
prima; ergo orones alia to llentur quo sunt mcdiae;
hoc autem este manifeste falsum ;ergo oppovtet pone-
re primam causam efficientem esse, quae Deus e st» .

236. Este argumenta perfectamente legitimo aun en su for­


como
m a, t á l l a s e ca si de la Laísmo m a n e ra en A v e s ro e s (1 ), qu ien

(1) Sto. Tomas, eu efecto, hace ver la repugnancia áeuna se­


rie infinita ds causas, y de medios sin causa, que equivale a supri­
mirlos todos. Y esto mismo efectúa Averroks, mostrando que una-
flerie infinita ds cansas supone la existencia de un mimero iiiñ-
nito de medios; y los medios no son tales si no son causa, como
a la vez no son causa si ñola tienen ellos mismos. «Mas si los
suponemos infinitos eu sn número, no pueden tener primera cau­
sa. Esto, aparte del absurdo que supoue la existencia de uu me­
dio sin extremos». (Metaf. corup. I. III, 6o). De igual suerte que
AeibtóTELes, se refiere directamente Averkoes a la causalidad co­
mo tal, y al mismo tiempo comprende la cualidad o condición do
medio en unas causas respecto de otras, dc modo quo si todas
las causas $ou intermedias in in fin itu m , ninguna actividad pue­
den representar ni transmití!'.
Basta, pues, leer a A v e r i i o b s para hallar resuelto el proble­
ma discutido eu la escuela de S to . T o m a s , sobre si el absurdo-
del proceso a lo infinito proviene dc la imposibilidad de agotar
lo infinito para llegar a un efecto concreto en una causa dada,
como quiere C a y e t a n o ; o es ocasionado por la imposibilidad de
hallar nunca verdadera eficiencia en ninguna causa intermedia,
faltando ln inicial eficiencia y la causa primera, según otros sos­
tienen y repite Sehtiu-anges, Con anterioridad a uno a y otros, y
— 604 —
Sto. T om as lo funda en A ristóteles, y ambos lo citan al objeto.
A kisti5telbs no enseña ni podría enseñar dada su teorfa, qne Dioa
sea causa eficiente del mundo; mas el lib. II de la MetiF., a par­
te de otros lugs., permite la transformación de sa discurso
sobre el proceso in in fin itu m de causas, ea pruebas ea favor
de una Cansa primera eficiente.
La prueba de que se trata, 3.a en la S. c. G., «s casi a la le­
tra la 2.a de Ir S . T h ., donde reviste el mismo carácter, j
tiene igual valor, con la misma procedencia (S. Th. 9, 2 a.
3 cit.)
En cuanto al 9 . f argumento de la 5 . 7 h. acerca de la divina
existencia, no corresponde exactamente a ninguno de los de la
S . c. G . Por este motivo habremos da ocuparnos del mismo des­
pués de los deruA» que guardan paralelismo eu ambas Sum as.

237. C uarto a rg u m en to to m a d o d e los grados


en la s perfecciones .— «Potest etiam et alia ratio co-
llig i, dice S to. T omás , ex v erb is A ristotelis in 1. II.
M etaph. O stccdit enim ibi quod ea quae suut máxi­
me vera, su n t et máxime en tia, etc.»
E sta prueba en forma silogística puede presen­
tarse asi: Lo qne es supremo en orden de la verdad
es supremo en el ordeu de la realidad; mas un con­
cepto supremo en orden a In verdad existe; luego
existe también lo supremo en el orden de la reali­
dad que es Dios.

238. Ya hemos dicho que este argumento de origen marca­


damente p l a t ó n i c o , llega a S t o . T om a s por múltiples modioa
(S. A g u s t ín , S. A n sg u m o , el P s e u rto -A R E O P ja iT A ), sin contar lo9
muchos platonizantes que heino9 visto la usan antes de él y so-

non mejor criterio. Avehroes, junta ambas cosas; y es seguro


que S to . T omas quo leyó y reprodujo en este argumento el de
A v e r r o e s , lo propone con igual carácter.
— 605 —
bre todo mediante su maestro A l b e r t o M a o u o , el cual aunque
atribuyéndolo a A v ic e n a lo cual proceda de A r i s t ó t e l e s . N o da
otra suerte el Aquinense en su predilección por A r i s t ó t e l e s , cree
poder fundarlo on lo quo iete enseña en el lib. 2.° ds la Metafísi­
ca, donde en efecto so revelan ingerencias del platonismo ajenas
a A b i s t ó te l e s , pero no a sus discípulos, a quienes as debido
aparezcan allí conceptos platónicos cual doctrinas aristotélicas.
Mas prescindiendo de ese punto crítico que el Doctor Angé­
lico no estaba en ol caso de poder apreciar, el pasaje a que se
M e re S to . T om as no tiene l a significación que supone en el a r­
gumento. Lo qne dice el texto es ana cosa innegable, a saber,
que dentro de cada orden do entes, el que es causa de todos los
demás en dicho orden ha de poseer en grado supremo las per­
fecciones que so hallan en sus efectos (1). Aquí se concluye,
pues, da la existencia real de la causa un tipo real do la perfec­
ción que le corresponde como tol cansa; mientras en el argumen­
to propuesto por S to . T om as, a la inversa, se intenta deducir de
nn tipo ideal de perfección, la existencia re a l de este tipo y su
real causalidad.
239. Se advierte sin dificultad la diferencia qne hay entre el
pensamiento aristotélico (o que corre como aristotélico) y el pen­
samiento que le atribulo S to . Tom as; y se ve igualmente que si
el primero es admisible y lógico, el segundo dista mucho de ser­
lo, porque en él se pasa indebidamente del orden de idealidad al
orden de realidad, según hemos notado en el argumento nnsel-
m iiB O , y en los demis análogos al que ahora examinamos. Lo su­
premo en el orden de la verdad ideal no pmetía nada en cuanto
a la existencia real de lo supremo, por lo mismo que para llegar
a la representación ideal supremo de una verdad nos basta la

(1) "Exao-cov Jé, dice el lagar del 1.2.° de la Metaph. alud ido
por S t o . Tom a», (uiX icna athó tü > v fiXXcdv, xa-S-' 6 k x ( Totg SXAoi{
!u táp X B ( t í o u v iíiv o ja o v , olov i ó 7 iu p 9-epnó-ta-cov x o tf f á p t o í j
iXXoij a l t i o v toOxo i J¡; 9-epjidtijTOO' flote xxl áX^flíoTatov
l i TG t; (iatépoi{ utxLOV toB iXijBéfHY slvai. Aló tfflv a id ov-
'iidv á p ^ i j i v a f u a í o v Elvai, «XAá i x a l v a i t o i í SXXotg Ad* ffíxacj-
t«v fi){ É^u toü itvai o&tuj tüxX T?1C ¿J.i¡9e(«s. (lleta ph. II, a . c; 1
993).
— 606 —
percepción de alga verdadero, por insignificante qne sea el g ra ­
do de entidad que represente: Si un grado ínfimo de bolleza
p .ej. basta para que podamos Formar la idea absoluta de belle­
za es indudable que tales g rados no conducen m á s que a u d tipo
ideal abstracto, y sin relación al orden de lo existente.
En ls S u m a Teológica reproduce S to . T omas el mismo ar­
gumento (con el ejemplo mismo del fuego que trae A r istóteles ;
v el texto griego en la nota prec.); pero deduce, otra consecuen*
cía qne no se halla en la Suma c. 0 ., y (¡na no cabe deducir lógi­
camente, si se mantiene ol carácter abstracto de la prueba pro­
puesta. He aquí sus palabras: «Inrenitur in rebus aliquid magis
et minus bonum et vernm et nobile et sic de aliis hujusmorti. Sed
magi6 et minus dicuntur de diversis, secandum quod appropia-
qnant diversiinode ad aliquid, quod máxime est; sinut magis ca-
lidnm est, quod magis appropinqnat máximo calido* Est igitur
aliquid quod est verissimum et optiraum et nobilisiuiuin et per
consequens máxime ens. Nam quae sunt máxime vera, sunt má­
xime ontia, ut dicitur 1 II. Melapli.jQuod antem dfeitur máxime
tale in nliquo genere, est causn omnium quae sunt illius generis;
sicut ignis, qui est máxime calidus, est causa omnium calidorum,
ut in eodem libro dicitur. Ergo est aliquid quod ómnibus entibm
est causa esse et bonitatis et oujus libet perfeclionis; et hoc d:-
cirnus Deum». (P. 1 q. 2 a. 3).
240. Eu esas palabras hay, además de los inconveniente de
las yii citadas de la Suma filosófica, el de la consecuencia que saca.
«Ergo est aliquid quod ómnibus entibus est causa etc.» Porque
dado que con ese razonamiento se probase la oxisiencia del ser
más perfecto, de ninguna manera se probaría con ello qne este
ser es la cansa de los domas ex isten te. Sin duda alguna el ente
que es causa je otros entes debe tener en grado sumo,dentro
de la categoría a que pertenezca, las perfecciones que se hallen
en sus efectos; pero de ahí no se sigue como verdadera la propo­
sición inversa, o sea que ¿1 ente mis perfecto dentro de un) cn-
tegoria ha de ser causa de loa otros entes que 1c son inferior»
en perffiw.idH.^otno sería menester para que fuose irmprochablt
el argumento de S to . T om as. De que haya un espíritu angélico
o jerarquía superior a los demás ángeles o jerarquías no se si­
gue que aquel espíritu o jerarquía soan causa de éstos, como da
— 607 —
la existencia de un individuo superior en cualquier especie do se
figue que la especie proceda de aquel Individuo. Por eBto el
Card C ayetano (1) queriendo salvar la legitimidad de la con­
clusión de! A q c i k e n s b , interpreta la c o n s e c u e n c i a , «ergo esl ali­
quid quod ómnibus entibas est causa etc.», en el sentido de ser
causa ejem p la r de los d em á s Bntes, aunque fl texto no lo per­
mite, ni esa interpretación hace más válido el argumento, No lo
permite el te x to de S t o . T omas, porque allí se saca explícita­
mente p o r consecuencia de la perfección como tal, que Dios es
causa eficiente, «causa esse et bonitatis et cujuslibet perfee-
tionis». El mismo e je m p lo del fuego como cansa de lo cálido,
que es de A r i s t ó t e l e s , confirma lo que decimos. _
Ma¡>, aunque asi no fuere, la consecuencia no estaba legiti­
mada con la interpretación de C a y e t a n o , porque tan ilógico es
deducir de la mayor perfección de un ente que éste es causa efi­
ciente de los menos perfectos, como deducir que es causa ejem­
plar da ellos; si es falso lo primero no lo ea menos lo segundo.
AñAdaso que la causa ejemplar es factor inseparable de la causa
eficiente, y por lo tanto no sirve para demostrar la existencia de
ésta tampoco vale para probar la existencia de aquélla (2).
Aparte de eso, el defecto capital del argumento del
A qtiinknsp estA fin reproducir la teoría platónica (ii)de \o%g rados

(1) In Summ. p. I. q. 2. a. 3. Advierte Cayetano (porque


los palabras de S to . T o m a s no permiteu fácilmente su interpre-
tación)que «hoc in loco confusse assumituv esse causam» (L. cit.)
(2 ) Por su parte S üahbz que no deja de advertir ol defecto
del argumento de S t o . T omas, lo explica diciendo qne si bien el
principio que invoca y qne sirve de base a la argumentación no
os aplicable en forma general, es vftliilo sin embargo cnando se
tra ta de la entidad suprema que abares todo lo que es (Meittf.
riisp. 29, s. 3). Mas esta lim ita c ió n no puede en modo alguno jus­
tificarse; y aunque se admitiera habría quo suponer existente
aquella entidad suprema, antes que la validez del argumento
conque se tra ta de probar. Además de esto, S t o . T omas no sólo
no limita asi su discurso, sino que formula expresamente su prin­
cipio de uua manera general, y sin restricciones. (V. el texto).
(3) El mismo Sto . T oma» en otros lugares donde sustancial-
— 608 —
a b s tr a c to s con v a lo r o b je tiv o , d e q u e v a r ia s vec es n o s h em o s ocu­
p a d o , a a u q u e S to . T omas e s t i le jo s de a c e p ta r lo s .
Los grados ds perfección eu las cosas aunque no suponen más
realidad quo las cosas mismas sobre que recaen, no pueden rae-
nos de originar en al entendimiento na concepto supremo en su
orden, que por sn naturaleza prescinde ds los grados reales, y
sirve de tipo a todos los grados posibles. Esta idealidad típica
de las cosas es ley psicológica, intrínseca a la naturaleza de la
idea, cuya forma es la abstracción.
Mas, ¿podemos lógicamente deducir del tipo supremo, ideal
y sujetiva, la realidad objetiva del mismo? Ya sabemos que para
esto sería necesario ndmitir que las ideas tienen por sí mismas
objetividad, lo cnal es reconocer verdadero el realismo platóni­
co. Sin esto, tal dedacción es evidontemeute nn sofisma, y mani­
fiesto el tránsito ilegítimo del orden ideal al orden real, según
atrás queda espuesto. Si el argumento se apoyase en la grada­
ción de lo s entes eu cuanto expresan contingencia, do podría
ponerse enduda su legitimidad, pero ya no sería la prueha d e ­
ducida de la variedad de perfecciones, e n cuauto tales, sino el
d élo necesario y uo necesario quo también presenta al Aqui-
n e n s e . Pero como derivado de las gradaciones de perfección eo

cuauto p o r sí mismas acosan la existencia de un tipo absoluto,


no prueba cosa alguna sino la existencia de la idea abstracta con
queso miden aqnellas gradaciones. Si fuese válido el argumento
aludido do Sro. T om as seríalo igualmente, el argumento ontoló-
gico de S . A nselm o, que S to . T o h a s no acepta; porque tiene la
misma base e idéntica razón de ser (1).
Por esto mismo, además, la teoría ideológica de S to . Tom as
está en oposición con el argumento que propone. Porque si la

mente reproduce el argumento de que se tra ta lo reconoce como


fundado en la teoría de P lató n . Cf. Sum en. 1 p. q. 44, a. 1;
C ontr. G .,1 . II, c. 15; Quccst, disp. d e p o t., 9. 3, a. 5.., etc.
(1} S. Anselmo presenta además del argumento ontológico,
el argumento de g ra d o s, según hemos visto; y S to . Tomas acep­
ta el último y deja el primero, cuando la base platónica deéste
do puede menos de legitimar ambos/o no sirve para ninguno de

«iltos.
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ideología de P latón es opuesta (on sus caracteres fundamenta­
les) a la ideología de Sio. T o m a s , y al mismo tiempo el argu­
mento de Sio. T o u a s no vale sin la ideología platónica, es iodu-
ilnble que dicho A rg u m e n to es opuesto a la teoría id e o ló g ic a del
Docioa A n g é lic o . Después de lo expuesto sobre las deficiencias
riel argnmento de S. A nselm o y dem&s de índole análoga y de la
misma base platónica uo es necesario insistamos en este punta).

242. Q uinlo a r g u m e n to . —E s el referente al or­


den y fin a lid a d eu las cosas; y lo propone el A q u í -
kbnse eu ambas S u m a s como los que proceded; pero
en una y otra con carácter limitado a la finalidad en
los seres destituidos de vida intelectiva, e inauiraa-
dos. «Videmus enim (escribe en la S. Th. I, q. I I , a.
3) quod aliqua qu® cogritione carent, scilicet corpora
mitnralia, oper?.atnr propter finem... Unde p atct
quod non a casu, sed ex iutentione perveniunt ad fi­
nen!. E a autem quae non habent cognitionem non ten-
dunt ad finem nisí directa ab aliqao cognosceute e t
intelligente, sicut sagittii a sag ittau te. Ergo est ali­
quid intelligeus, etc. (Deus)». E l mismo pensamiento
eu la Suma c. G. I, c. 13.

243. Como se ve S to . T o m ís no propone el argumento del fin


en loe sores con la universalidad con que se ofrece especialmente
después de E s c o to ; porque lo que intenta hacer resaltar es
la acción providencial de Dios en la obra creada; y aunque muy
lógico on si el argumento, no se sostiene sino presupuesta la
prueba de la eficiencia creadora.
Directamente el ordeu en los seres sólo revela un principio
ordenador, el cual puede ser intrínseco a la misma naturaleza
ordenada evolucionando en las cosas, cono el principio vital se
desenvuelve por si en los vivientes. Y un principio así ordenador
no es el principio supremo que se busca. Sin duda que una vez pro­
bada la existencia de un Ordenador e x te r io r a los seras ordena­
tom o v 39
-6 1 0 -
dos y que les impone aa finalidad, tenemos argumento vilido on
Favor de la existencia de Dios; porque probar la realidad de di­
cho Ordenador es probar ln. limitación da las cosas ordenadas,
que necesariamente le son in Ferio res, y por lo tanto finitas, etc.
Pero esto se apoya uo en la razón de orden y de finalidad coiu0
tal, sino eu l a r M ó n de contingencia, de los seres ordenados, y
por lo mismo en la eficiencia o causalidad de un Ser primero su­
premo.
El argumento tal como lo propone Siu. T om ás, que es la for­
m a general de su tiempo, parte del supuesto que los seres de Ib
naturaleza son n modo de objetos de arta, elaborados a la mu­
ñera que el artífice prepara sus artefactos a un lin dado; sicut
a sagictatite, etc. según la comparación ya vista. Y esto no os
exacto on el orden ontológica de que se tra ta, ni conduce tampo­
co, sin especiales atenuaciones, al objeto intentado, por suponer
lo que está en cuestión. Es indudable en efecto que el orden j
finalidad outológicos 1,0 son nada extrínseco, sino intrínseco a lus
cosas; tan intrínseco como su propia naturaleza. A si A ristóte-
l b s , por exigencia a la vez de la teoría de las esencias (cu ¡o
cual ningún aristotélico puede mostrarse disconforme), niega
que haya propiamento realidad nscncial (propia esencia en los
objetos de arto, o que resultan por agrupación, v. gr. una mes¡i,
una montaña, etc. Es decir, que la realidad ontológica de la;
obras de la naturaleza es radicalmente diversa por sn ser y fini-
lidad consiguiente, de teda obra de arte. Y en consecuencia «s
contradictorio en el aristotelismo considerar corno obra de arte
la naturaleza para probar la existencia divina, Sólo cabe apoyar­
se en la contingencia, pero esto es en realidad argüir por ln
causalidad eficiente de lo cual 110 se trata.
244. Aislado de esta causalidad el argumento, presupone lo
que eatá en cuestión. Porque lo que se ha do probar es que el M'
don y fin no compete n las cosas por ley propia y principio de in­
m a n en cia , sin intervención dc otro ordenador trascendente. V
esto se da ya por supuesto al decir que los seres «desprovistos dt
conocimiento no tienden al fin sino dirigidos por alguien conocí-
dar e inteligente, como la saeta es dirigida por el que la arroja».
Todo ello muestra que la argumentación dicha sólo pued*
proponerse en cuanto se apoya, por lo menos virtualmente, en el
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ligamento de causalidad, quo es lo que haca tenga valor y efi­
cacia.
Esta manera de argüir encuéntrase con mayores deficiencias
en Ja generalúkd de los escolásticos. Eu la Su m a o. G. cita San -
■rn Tomas al Daíusceno. Otros muchos proponen la misma arg ti -
meutacióu, griegos y l u i m o s , y B o ecio (De consol, p h il, l. III,
1Sj trae la substancialmcnte idéntica a la del Angélico doctor.
Mas en general no preeantar. dicho argumento como metafísico,
sino eemo una varíame «le. la prueba, ¡mica do la existencia de
Dios. Y esto confirma lo qiw venimos diciendo, (mea lo prueba
fisica en tanto vale oti ciutilu signe a la prueba metafísica o
lleva a elle,.
Cita tambiín S t o . T om a s n¡ Comentador de Ar is t ó t e l e s (A v b -
w io e s ), quien formula e u diversos lagares ( 1 ) el argumento de

modo semejante al A q u ik e x íe (limitándolo igualmente a les seres


no inteligentes e ¡niininmdos). Es de tener presente que A v e -
k i í o l s un este punco no es intérprete del pensamiento de A r is t ó ­
t e l e s , quien, como se sabe no admite Providencia por lo misrao
q u e no reconoce en el primar motor causalidad eficiente respecto
dr-l mundo. De igual modo qne la razón del orden y la finalidad
en Ins cosas no viene del motor primero al universo, sino qoe, a
1>l i n v e r s a , se origina j va del universo en mi tendencia de per­
fección evolutiva hacia ol primer motor, centro in m ó vil en
que as necesario detenerse i'¡á-¡v.r, ot^va-., y qne sólo en tal sen­
tido y no en otro puede decirse tiene representación respecto del
mundo qne es eterno e inorando por su condición intrínseca en
sentir del E s t a s i r i t a , como en otro lugar hemos notado. (V. t. V
c.