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Análisis cinematográfico – Tema 6

Una vez apaciguadas las mareas complejas e innovadoras en los experimentos


formales de los años veinte y junto al asentamiento de la sincronía sonora, el cine
francés comenzó a encaminarse por nuevos derroteros. Amparándose en las
interrelaciones de la literatura y la plástica del siglo XIX, acudiendo por un lado a
las narrativas matizadas y naturalistas de Maupassant o Zola y al paisajismo
campirano de Corot o Monet, los cineastas apostaron por obras más orientadas a
la exposición del argumento, por el desarrollo de personajes contradictorios pero
humanamente comprensibles, rodeados de objetos emocionalmente relevantes,
por la empatía y la intimidad, por el baile infatigable que es la comedia humana.

El realismo poético francés, como años más tarde le bautizaría Georges


Sadoul, fue menos un movimiento o una escuela, como una tendencia de
convenciones estilísticas que compartieron un puñado de autores delimitados por
un contexto histórico y geográfico. Entre tales autores debemos mencionar a Jean
Renoir, hijo del pintor Pierre-Auguste (y fuertemente influido por éste), para
muchos el exponente más paradigmático del movimiento. En su filmografía, Renoir
parece empeñado en denunciar las divisiones existentes entre distintos estratos
humanos, ya sea entre la ciudad y la provincia en el cortometraje presuntamente
inacabado de Una partida de campo (1936), entre las naciones confrontadas por la
guerra en La gran ilusión (1937) o entre la servidumbre y las clases privilegiadas
en la brutal sátira Las reglas del juego (1939); sus personajes logran
momentáneamente superar las brechas mediante el romance o la dignidad,
aunque la fatalidad acaba superándolos. Marcel Carné, por su parte, en plena
ocupación nazi, dirige Los niños del paraíso (1945), en la cual traza un lienzo
multitudinario y totalizador en la línea de las grandes obras de Victor Hugo, donde
se desarrolla un rectángulo amoroso en un teatro popular parisino a través de
varias décadas. El Atalante (1934) de Jean Vigo, es otro ejemplo ineludible; en ella
se nos introducen personajes cuyo comportamiento, cuyo carisma los hacen
crecer en cercanía e importancia; la música y los silencios, las fotografías y los
juguetes, la rivera y la ciudad emulsionan en un carrusel de sensaciones bajo las
cual laten cuestionamientos tales como si somos de entendernos o incluso
tolerarnos aún cuando existe el amor de por medio.