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DERECHO CIVIL

DERECHO HUMANO AL NOMBRE. EL ARTÍCULO 68, FRACCIÓN V, DEL CODIGO CIVIL PARA
EL ESTADO DE OAXACA (VIGENTE HASTA EL 14 DE ABRIL DE 2017), AL NO PERMITIR QUE
LOS APELLIDOS MATERNOS DE LOS PROGENITORES PASEN A FORMAR PARTE DEL
NOMBRE DEL HIJO, ES INCONVENCIONAL.
La fracción V del precepto citado, señala que el nombre del infante se forma
exclusivamente con los apellidos paternos de los progenitores, por ende, no se permite
la posibilidad de que el menor cuente con los apellidos maternos de los padres; lo cual,
atento al devenir legislativo de dicho precepto, tuvo como fin otorgar mayor seguridad
jurídica a los gobernados; sin embargo, no puede considerarse un fin
constitucionalmente válido establecer un orden en el que se privilegia la posición del
varón en la familia, dado que refrenda una tradición que pretende otorgar mayor estatus
al hombre al considerar que su apellido es el único que debe transmitirse de generación
en generación. De modo que, privilegiar el apellido paterno en detrimento del materno
persigue mantener concepciones y prácticas discriminatorias en contra de la mujer, por
lo que dicho objetivo es inaceptable desde el derecho a la igualdad de género;
consecuentemente, el artículo 68, fracción V, del Código Civil para el Estado de Oaxaca
(vigente hasta el 14 de abril de 2017), al no permitir que los apellidos maternos de los
progenitores pasen a formar parte del nombre del hijo, vulnera el derecho humano al
nombre consagrado en el artículo 18 de la Convención Americana sobre Derechos
Humanos.

En antropología cultural la paternidad es una institución socio-cultural


de filiación. El concepto de paternidad se ha ido transformando con el tiempo
en las distintas civilizaciones y períodos históricos.

El varón, a diferencia de la mujer, nunca fue definido por su paternidad


o su capacidad de ser padre sino por su trabajo y su posición como productor
y ciudadano. El padre siempre fue incierto y la paternidad menos evidente
que la maternidad, sin embargo, a pesar de que sólo existía certeza de quien

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era la madre, los hijos, históricamente, siempre pertenecieron al padre
presunto o presupuesto.

Según Monique Schneider: Todas las sociedades occidentales y


orientales conocidas en todos los tiempos históricos han sido patriarcales.
La paternidad siempre dependió de la voluntad del padre. Ha dependido
históricamente del consentimiento (o no) del varón hasta la aparición de
las pruebas de paternidad mediante el estudio de ADN.
Aun así, en muchos casos continúa dependiendo de la voluntad paterna: en
el caso de donación de esperma por parte de un tercero el padre reconocido
es el esposo de la mujer inseminada y no el donante. Es decir, quien
expresó su voluntad de ser padre lo será, por el contrario, el dador del
espermatozoide, quien no tiene voluntad ni dona paternidad, no lo será.

En el caso de una madre soltera el varón no necesita su


consentimiento para reconocer al niño. En todo caso será ella quien tenga
que realizar una demanda para solicitar una prueba de paternidad y
demostrar que ese varón no es el padre biológico del niño.

Un varón puede reconocer como suyo un niño que no es su hijo


biológico y ser considerado su padre sin incurrir en delito (no sucede lo
mismo en el caso de la mujer que si inscribe un niño ajeno como propio
comete un delito grave).

El motivo por el cual el apellido paterno se antepone al materno (en


muchos países sólo se hereda el paterno) viene dado por el derecho romano,
en el cual se basan los códigos legales occidentales. Según éste,
las mujeres, al casarse, dejaban de pertenecer a su familia para pasar a
formar parte de la familia del esposo, con lo cual sus hijos pasaban a ser
descendientes de la familia paterna (no de la materna) y por tanto su
apellido es el mismo que el del padre, haciendo las líneas genealógicas y las
sucesiones más simples y evitando disputas por herencias entre nietos, tíos
y primos, ya que estas pasaban a los hijos varones del finado.

El motivo por el que en España y en los países latinos se hereden 2


apellidos viene de la edad media, en la cual el status social y el honor venían
determinados por la nobleza y notoriedad de la familia, razón por la cual
recopilaban toda su ascendencia y heráldica para "ganar puntos" de cara a
los demás.

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El origen de la fijación de los apellidos empieza con la difusión del uso
de la documentación legal y notarial a partir de la Edad Media. Los notarios y
escribanos medievales empezaron a tomar la costumbre de hacer constar
junto al nombre de pila de los interesados, el nombre de su padre, su apodo
o sobrenombre, profesión, titulo o procedencia.

En un principio solo hallamos documentados los casos de cargos


eclesiásticos, o de personajes de la alta sociedad. Posteriormente el uso de
documentos notariales o parroquiales se extiende al resto de la población, lo
que terminara reforzando el uso de un distintivo, que añadido al nombre de
pila acabara por convertirse en lo que hoy es el apellido hereditario.

Es probable que el uso del apellido empezara a extenderse a partir de


los siglos XI o XII, cuando el empobrecimiento de la onomástica, hizo preciso
el uso de un segundo nombre.

En los reinos de Navarra, León y Castilla (España), empezó a ser


costumbre añadir al nombre del hijo, el del padre, más el sufijo –“ez”, que
venía a significar “hijo de”, comenzando de esta forma, el uso de los
apellidos denominados patronímicos. También comenzó a usarse el nombre
del padre en su forma regular, a veces anteponiendo la preposición “de”, a
fin de marcar filiación, aunque también se usaba el lugar de origen,
residencia del individuo, oficio, cargo, apodo, etc…todo ello para identificar a
la persona y a la familia a la que el mismo pertenecía.

En el siglo XV, ya se hallan más o menos consolidados los apellidos


hereditarios, gracias a la obligatoriedad por iniciativa de Cisneros, de hacer
constar en los libros parroquiales, los nacimientos y las defunciones.

La cuestión de porque llevamos primero el apellido de nuestro padre y


luego el de la madre (por lo menos en los códigos latinos), donde sus
principios son copia fiel del código franco-italiano o napoleónico, radica en
un sistema patriarcal donde el padre es el miembro principal de la familia.

Dado lo anterior No constituye un acto discriminatorio el hecho de que


el Apellido Paterno preceda al Materno, más si así lo deciden los Padres
(ambos de común acuerdo) considero que es funcional elegir el orden en que
irán los apellidos del Registrado; aun cuando, como sociedad NO estamos
preparados para tal efecto, puesto que, formatos, solicitudes, actas,
registros, etc., están codificadas para llevar primero el Apellido paterno, nos

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falta aún como sociedad MUCHA preparación para ello y CONSIDERO que los
recursos (Tiempo, Dinero y Educación de la Sociedad) que se van a requerir
para llegar a este punto pueden no valer la pena, dado que EN MI OPINION
no hay acto discriminatorio.

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