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VIAJEROS DEL

EDÉN

Juan C. Gonzalez
Prólogo del autor
Cuando comencé a escribir esta novela que ahora les presento, lo hice con la idea de que abarcara
unas treinta páginas a manera de un relato corto; pero, como me sucede siempre, no pude detenerme
ante la aparición de nuevos personajes, escenarios e ideas acerca del tema, lo que hizo que se complicara
la trama. Entonces no tuve más remedio que darle fin a la manera en que la apreciará el lector, en caso
de que se sienta atraído a su lectura. Esto último, por supuesto, queda a vuestra decisión. Por mi parte os
digo que la disfruté bastante durante el proceso de invención y redacción, y también durante la
investigación de los diferentes tópicos que en ella se tratan. Hubiera deseado una historia más sencilla,
pero se escapó de control.
Aquí se narran las peripecias de Máikol, un laborioso profesor de historia, padre de familia, miembro
de una especie de clase media en un mundo distópico y policiaco en franca decadencia que sufre la
intervención de fuerzas ajenas y desconocidas que amenazan con cambiarlo todo de forma drástica.
El suegro de Máikol está ligado por herencia familiar a esas fuerzas desconocidas, y cuando muere de
manera extraña y desaparece un preciado manuscrito de la biblioteca, Maikol se verá arrastrado a una
vorágine de intrigas y sospechas que conducen a su secuestro. A partir de este suceso es conducido por
sus secuestradores en varios viajes a través del tiempo que tienen como objetivo principal salvar a la
humanidad mediante una reprogramación de los acontecimientos históricos.
En esta novela podrá recorrer el lector escenarios como la Edad Media en tiempos de la cruzada
albigense, la batalla de Muret y la caída del castillo de Montségur; la Cuba revolucionaria durante los
días de la crisis que estuvo a punto de desencadenar una Tercera Guerra Mundial; las tierras americanas,
asoladas por la tercera guerra, partiendo desde la selva del Petén, en constante recorrido por agua y
tierra, hasta la antigua Salem, la ciudad de las brujas, en el norte de los Estados Unidos; pero quizá lo
mas atrayente de la historia sea la estancia de los personajes, y del lector, ¿por qué no?, en un mundo de
ficción situado en otra dimensión, donde no existe el tiempo, poblado por seres humanos de una
civilización que es la que pretende cambiar el destino histórico de esta humanidad.
Esto es una mezcla de ciencia ficción y ficción histórica.
Sin más, deseo que la disfruten.

Juan C. Gonzalez
Índice

Primera parte:
CAPÍTULO PRIMERO UNA MUERTE SÚBITA.
CAPÍTULO 2 LA MANSIÓN CASTEL.
CAPÍTULO 3 EL MARTILLO DE LAS BRUJAS.
CAPÍTULO 4 LOS INTRUSOS.
CAPÍTULO 5 HERENCIA MALDITA.
CAPÍTULO 6 EL ROBO DEL AUTO.
CAPÍTULO 7 ATRAPADOS.
CAPÍTULO 8 LA PARTIDA.

Segunda parte:
CAPÍTULO 9 UNA CASA EN EL CAMPO.
CAPÍTULO 10 DE BANDIDOS A LOCOS.
CAPÍTULO 11 FAMILIARIDAD INESPERADA.
CAPÍTULO 12 OPTIMISMO Y DECEPCIÓN.

Tercera parte:
CAPÍTULO 13 LA MONTAÑA DEL GRIAL.
CAPÍTULO 14 ENTRE LOS BUENOS HOMBRES.
CAPÍTULO 15 EL TESORO DE LOS CÁTAROS.
CAPÍTULO 16 LOMBRIVES.
CAPÍTULO 17 MAGALI DE MORLHON.
CAPÍTULO 18 DE RETORNO A MONTSÉGUR.

Cuarta parte:
CAPÍTULO 19 EL CONDE RAIMUNDO.
CAPÍTULO 20 EL REGRESO DEL TEMPLARIO.
CAPÍTULO 21 EL MANSO DE LA FAMILIA MORLHON.
CAPÍTULO 22 CONSOLAMENTUM.
CAPÍTULO 23 PRISIONEROS.
CAPÍTULO 24 TODOS LOS CAMINOS VAN A ROMA.

Quinta parte:
CAPÍTULO 25 EN LA LLANURA DE MURET.
CAPÍTULO 26 LA BATALLA.

Sexta parte:
CAPÍTULO 27 LA PUERTA DE MONTSÉGUR.
CAPÍTULO 28 CONOCIENDO EL EDÉN.
CAPÍTULO 29 JORNADA EN EL PARAÍSO.
CAPÍTULO 30 DIÁLOGO ACERCA DEL MAL.
CAPÍTULO 31 PRELUDIO A UNA NUEVA ODISEA.
CAPÍTULO 32 DESENGAÑOS.

Séptima parte:
CAPÍTULO 33 LA PUERTA DE TIKAL.
CAPÍTULO 34 PRIMER ENCUENTRO.
CAPÍTULO 35 LA TEMPESTAD.
CAPÍTULO 36 TIERRA DE MUTANTES.
CAPÍTULO 37 DE TENOSIQUE A EMILIANO ZAPATA.
CAPÍTULO 38 A TRAVÉS DEL USUMACINTA.
CAPÍTULO 39 PERSECUCIÓN EN EL GOLFO.
CAPÍTULO 40 EL CACHALOTE.
CAPÍTULO 41 HACIA EL NORTE.
CAPÍTULO 42 EL GLOBO.
CAPÍTULO 43 EL RESCATE.
CAPÍTULO 44 A LA CAZA DEL TALISMÁN.

Conclusión del narrador y protagonista.


Primera parte
Capítulo primero
UNA MUERTE SÚBITA

Comenzaré diciendo que lo extraño se manifestaba desde hacía ya diez años en un vecino pueblo
junto al lago; pero fue a partir del 2040 cuando ocurrieron los hechos que dislocaron mi vida para
siempre.
Recuerdo que el tercer viernes del mes de marzo me levanté a las seis y después de tomar un baño me
preparé un café. Con diez minutos de retraso me fui a la sala y llamé al cincuenta y nueve del
holograma.
Estaba cómodamente sentado en mi butacón y comenzaba a beber a pequeños sorbos cuando escuché
decir:

« ¡Y ahora la noticia que hemos esperado con impaciencia! El órgano legislativo de


Massachusetts acaba de aprobar esta madrugada el reingreso del estado norteño al
Congreso Federal de la Unión. Con esta decisión se completa el restablecimiento de las
Trece Colonias originales. ¡Momento feliz para la nación!».

« ¡Muy feliz!» Repetí entre dientes. Entonces terminé el café y me puse en pie.
Yo sabía que ese día mi esposa y los muchachos continuarían en cama hasta bien entrada la mañana y
tendría la oportunidad de avanzar en ciertas investigaciones que consumían la mayor parte de mi tiempo
libre. Con esta venturosa idea me dirigía al estudio cuando oí al perro del vecino.
El animal era un Pit Bull Terrier al que casi nunca se le podía observar. La cerca era demasiado alta y
cerrada; sin embargo, sus gruñidos bastaban para espantar a cualquiera. Como estimé que la situación
era inusual caminé hasta la ventana y me asomé por la celosía.
Llegué a tiempo para ver por segunda vez, en esa semana, al uniplaza que habíase detenido al frente,
bajaba un poco la ventanilla y luego desaparecía.
« ¡Vamos Máikol! ¡Ya estás alucinando con cualquier bobada! » Dije para mis adentros y olvidándome
del asunto abandoné la sala.
Me puse a leer algunos artículos digitales referentes a la vida cotidiana de nuestra comarca junto al
lago Hopatcong. Yo estaba interesado ante todo en cada una de las menciones que se habían hecho, y
que aún se hacían, acerca de una especie de «fiebre fantasmal»; llamada por mí de esta forma, para
referirme a los avistamientos en la localidad de figuras, sombras o manchas que aparecían y
desaparecían con rapidez ante espectadores desconcertados y en ocasiones en pánico.
Salí de mi ensimismamiento con estas lecturas dos horas más tarde, cuando mi esposa tocó a la puerta
para anunciarme que el desayuno estaba servido. Entonces cerré las aplicaciones y apagué el
computador; me desperecé y restregué los ojos y acto seguido me metí en el baño.
Al segundo apremio de mi esposa me presenté al comedor echando unos pasillos de son.
— ¡Mira qué bien! —dijo Aliènor al tiempo que yo bajaba los escalones— ¿Qué estarías leyendo?
— ¡Nada en especial! Un cuento de Lovecraft —respondí mientras halaba una silla.
— ¿Todavía esos cuentos?
— En efecto, es lo mejor del género —dije, decidido a defender con ahínco mi pasatiempo favorito—.
Pero… ¡díganme ustedes…! ¡Anoche se fueron tan rápido a la cama...! ¡Vamos a ver, muchachos! ¿Qué
hicieron?
—Ni pesca ni caballos esta vez —dijo Aliènor.
—Fuimos con mi abuelo al bosque de los aquelarres —dijo Carol.
— ¿Al bosque?
—Así es —reafirmó mi esposa—: al lugar exacto donde se reunía Tituba con las muchachas.
— ¡Ajá! ¿Qué fueron a hacer allí?
— ¿Por qué te asombras?
—No me asombro. Sé que a tu padre le gusta.
— ¡Ah!.. ¿Cómo es que sabes lo que a mi padre le gusta? ¿Cómo es? —recalcó sonriendo.
—Por lo que lee…
— Entonces… ¿Yo podría saber tus gustos… por lo que lees?
— Si lo analizas bien… creo que si… ¡Pero hablemos mejor de ustedes! ¿Se distrajeron?
— ¡Ni hablar!.. Mi padre se enfermó de repente y tuvimos que regresar a casa.
— Supongo que no sea algo serio.
—Eso creo…; pero aún así, estoy muy preocupada.
—Con lo saludable que ha sido siempre… —insistí—. No pienso que sea motivo para preocuparse
tanto. ¡La verdad que lo siento…! Debí haber ido con ustedes.
— ¡Bravo! No creo que te salga del corazón —dijo mientras aplaudía—. Además… no creo que te
hayas pasado el fin de semana leyendo historias de terror.
— ¡Querida! El asunto es serio. Necesito consultar ciertos libros que tiene tu padre en la biblioteca. ¡Es
importante!
— ¡Creo que ahora te entiendo…! ¿Y por qué no fuistes?
Pensé repetir la misma explicación de siempre; pero en vez de ello, me dirigí a nuestro hijo.
—Dime Alex… ¿estuviste entre los libros de abuelo?
Negó con la cabeza.
— ¡Qué raro! Tú siempre lo convences.
—Lo que pasa es que a mi padre se le ha perdido uno —intervino Aliènor, mirando al niño sin
parpadear.
— ¡No me digas…! ¿Y eso cómo fue?
—Te juro mami… ¡Yo no lo hice! Abuelo siempre me deja mirar los libros. Fue un pacto de
caballeros. De caballeros…
— ¡Y un templario no mentiría aunque lo condenaran a muerte! —terminé la frase.
Alex bajó la vista y la dejó sobre el plato.
—Bueno, joven templario, ¡basta! No te vamos a condenar a muerte; pero sería bueno que devolvieras
el libro —concluyó su madre.
—No creo que Alex lo haya hecho. ¡Vamos a ver! ¿Cuál es el libro que se le perdió a tu abuelo?
Hubo silencio mientras Alex masticaba y me miraba pensativo.
—Es un libro de brujería con un título bien extraño —dijo por fin Aliènor—. La bruja del martillo, o el
martillazo del brujo. ¡No estoy segura! ¡Ya sabes…, ese latín me confunde!
Sus palabras hicieron que mi interés por el asunto despertara de inmediato.
— ¡Vamos a ver, querida, concéntrate en las palabras! ¿Cómo es el título?
Lo pensó unos segundos:
—Male… ficarum… malleus.
— ¿Y no lo han visto?...
Me respondieron con muecas y encogimiento de hombros. Algo que para mí fue suficiente… Luego
probé una tostada con chocolate y estuve con las manos cruzadas sobre la mesa hasta que terminaron
ellos; momento en que me despedí tirándoles un beso.
Me fui a la sala y eché un vistazo a través de la celosía, tras lo cual regresé al estudio. Allí pasé un rato
sentado al buró mientras me oprimía las sienes con ambas manos.
Aquello que acababa de escuchar, si no recuerdo mal, era el título invertido del libro al que hacía
alusión el Dr. MacQuoid; un eslabón importante en mis investigaciones acerca de los acontecimientos
que venían desarrollándose en el país y habían conducido a la separación de los estados.
Debo decir que soy por naturaleza adicto a los misterios, mucho más cuando estos se relacionan con
las ciencias y en especial con la historia. En este aspecto tuve la dicha de conocer a Aliènor y por
supuesto a su padre, un hombre que había dedicado toda su vida a las mayores intrigas y que poseía una
fabulosa colección de documentos antiguos. Cada cierto tiempo y con algún pretexto conseguía yo
meterme en su biblioteca y entonces, siempre ante su presencia, tenía la oportunidad de consultar
algunos ejemplares de su tesoro escrito.
Después de pensar un poco el asunto me puse en pie y me dediqué a buscar en un estante donde reunía
todo lo relacionado con mis recientes investigaciones. Hallé enseguida la monografía de Williams
MacQuoid y comencé a leerla una vez más; en esta ocasión saltando páginas hasta que encontré lo que
me interesaba. Me refiero al título «Malleus maleficarum» y todo lo que el doctor MacQuoid
mencionaba respecto al mismo.
Para él, lo que constituía un Oopart era la copia con el título invertido, que según decía, tenía carácter
único y había estado por siglos en los archivos secretos del Vaticano, desde su impresión en 1486.
¿Sería posible que yo estuviera en esta ocasión tras la pista de un verdadero Oopart? ¿Sería este la
punta del iceberg cuya revelación más profunda podría dar una explicación de los cambios que sacudían
al mundo?
A la hora del almuerzo, con estas preguntas aún frescas en mi cabeza me levanté y encaminé a la
salida. Tras dar un puntapié accidental al marco de la puerta avancé por el pasillo; pero me detuve junto
a la repisa del comedor por el silencio que allí imperaba.
— ¡Aliènor!... ¡Carolina!... ¿Están ahí?
Avancé unos pasos…
—Aliènor… muchachos…
Nadie me respondía.
—No es necesario este juego —dije entonces, y continué en dirección a la sala. Estaba oscura.
— ¿No me digan que han salido sin avisarme?
Antes que yo diera el siguiente paso se prendió la luz. Di un salto y retrocedí al comedor y busqué
amparo junto a la repisa. Al momento escuché un estallido de carcajadas. Enseguida salieron ellos
« ¡Feliz cumplea… ños papi en tu día, que lo pases con gran alegría! ¡Feliz cumplea… ños a ti!
¡Felicidad, felicidad, felicidad!»
— ¡Vaya!
Rompieron en aplausos.
— ¡Ven amor, déjame darte un beso! —dijo Aliènor y se echó entre mis brazos—. ¡Feliz cuarenta
aniversario, querido!
Sobre una mesa plegable habían colocado un pastel en forma de pirámide maya con cuatro pequeñas
velas en la cúspide aplanada. Mientras Carolina prendía las velas, Aliènor comenzó a tirar las fotos.
Después del susto y la sorpresa comencé a abrir los regalos, que incluían como siempre muchos libros y
calzoncillos de la marca Tommy, perfumes y hasta un Rolex.

***

Después de la sorpresa me despedí de ellos y subí al auto para conducir en dirección a Autumnlake.
En este pueblo, a pocos kilómetros de Summerville, tenía su sede la que se había convertido en el
transcurso de unos pocos años en la mayor logia de la nueva federación norteamericana.
Me reuní con mis compañeros en el salón pequeño y tras los saludos de cortesía me fui a recostar a un
sillón al fondo.
—Decidme, Matthew ¿Qué se ha sabido de la pared? —escuché a uno de los presentes dirigiéndose a
otro compañero que entraba en aquel momento.
La pregunta hecha con énfasis ante un grupo de personas serias y responsables, despertó mi curiosidad.
El aludido se detuvo y después de tomar asiento cruzó las piernas, observó a cada uno de nosotros, y
dijo con calma:
— El hecho es toda una sensación para la prensa y para el ciudadano común. Tratamos de ocultar la
cosa obedeciendo órdenes superiores; pero resultó imposible.
Hablaba con tanta seguridad que me quedé embelesado.
— ¡Ni que decir! —dijo Thomas Oakley, el hombre que había iniciado la conversación—. Ha sido
algo por completo novedoso.
—Espero que hayan observado los detalles en las noticias de la mañana —continuó Matthew.
— ¿Qué sucede? —pregunté entonces a mi compañero más cercano inclinándome en el asiento.
Aunque pretendí ser discreto, no pude evitar que gran parte de la atención se volviera a mí.
—Es algo de tu especialidad —dijo Oakley— Me extraña que no lo hayas visto en el noticiario de la
mañana.
— Tal vez no me levanté a tiempo. Pero dígame alguien… ¿de qué se trata?
—Es lo que ha sucedido ayer al atardecer —dijo Matthew, que era un viejo y prestigioso miembro del
cuerpo de detectives—. Autumnlake está llamado a convertirse en el pueblo más famoso de los trece
estados. Con decir, que el asunto es ya de carácter público, parece que con la única excepción de nuestro
hermano Máikol.
—Pues… acaben de decir.
—La joyería de Central Avenue y la calle trece —continuó Matthew—. Estuvo a punto de ser
saqueada; pero el tipo que lo intentaba, no se sabe de qué manera, quedó atrapado entre la pared.
—Caso inexplicable ¿Verdad? —se escuchó desde el otro extremo del salón junto al umbral. Era
William Morgan, el maestro de nuestra orden. Se había detenido allí y luego de una pausa agregó—:
Tengo la sensación definitiva de que estas cosas no proceden de nuestro mundo.
— ¿Cómo fue eso? ¿Quedó atrapado entre la pared? —pregunté.
—Si Máikol —reafirmó el detective—. La mitad de la cabeza, el brazo izquierdo y el pie derecho del
individuo están dentro de la joyería; mientras que la mano derecha y el talón del pie izquierdo están en
la pared de la acera y a la vista de todos. Lo más aterrador del caso, es que el tipo estuvo vivo por un par
de horas sin que nadie se atreviese a tocarlo.
—Y completamente desnudo —dijo Oakley.
— ¿Quién es? ¿Ya se sabe quién es? —preguntó Morgan.
—Un perfecto desconocido —dijo Matthew—. Nadie en el pueblo, ni en el estado, ni en el país, ha
podido dar cuenta de su identidad. Simplemente, se continúa investigando mientras el tipo yace
incrustado en su lugar. Una pared como todas las de nuestro pueblo. Puro concreto y acero interior.
—Yo conozco la joyería —dije enseguida—. Fue de mi suegro durante muchos años. Debe haber una
teoría que explique este nuevo acontecimiento.
—Las explicaciones siguen siendo las mismas —dijo el maestro Morgan entrando de lleno en la
conversación—. Por una parte, las policiacas, que ya les resultan a todos obsoletas, incluyendo a los
propios detectives. El hermano Matthew, aquí presente, lo comprende bien. Por otra parte están las
explicaciones que tratan de imponer los seguidores de los fenómenos paranormales, con los cuales yo,
personalmente, estoy mucho más de acuerdo.
—Pero no negarán ustedes —dijo el viejo detective—, que al menos hemos conseguido ubicar los
lugares y fechas en que ocurren las cosas extrañas en este pueblo. Tenemos el dónde y el cuándo, algo
muy fundamental en la investigación.
—Es apenas un comienzo —prosiguió Morgan—, y no se ha podido avanzar mucho más para
responder otras preguntas que conduzcan a una solución. Quién o qué, cómo, por qué. Las autoridades
aún no pueden responder a ellas, ¿Saben cuál es la razón? Porque no se trata de algo que proceda de este
mundo, y eso es lo que no acaban de comprender aquellos que se dedican a investigar, tal vez, con la
única excepción de nuestro hermano Matthew. Hoy les tengo una sorpresa. Una visita que les va a
encantar y que podría llegar a convencer a todos de una verdad que todavía resulta inaceptable para la
mayoría de la gente.
—Disculpe maestro… —dije yo—. ¿A qué verdad se refiere?
—Hay un hecho que William MacQuoid, nuestro invitado, tratará de demostrarles hoy. Este hecho es
lo único que me es permitido ponerles por adelanto de su conferencia.
Hubo un murmullo en la sala alrededor de la palabra «hecho» y del nombre William MacQuoid,
personaje al que todos conocíamos.
— ¿Cuál es el hecho, maestro? —saltó Thomas Oakley.
Tras acallar el murmullo con un gesto el maestro continuó:
—El comienzo de la desintegración de los Estados Unidos de Norteamérica coincidió en el tiempo con
las primeras visiones de «lo extraño». ¿Estamos de acuerdo en eso?
— Yo me extendería más…, con la llegada aquí, hace muchos años, del conde Arnaud de Castel
Verdun, suegro del hermano Máikol —agregó Matthew.
El viejo detective se había puesto en pie. Por un instante me miró fijamente; como si se tratase de una
acusación. Si no hubiese sido por las circunstancias personales y de lugar, sus palabras habrían sido
tomadas en tal sentido, tanto por mí, como por el resto de los presentes.
Sonreí afable ante aquella observación; pero la tomé como lo que era en realidad. Un detalle más que
nos podría conducir a la solución del problema. El maestro Morgan dijo entonces:
— Los cambios que estamos experimentando proceden de la intervención de seres ajenos a nuestro
mundo. ¿Alguien de los presentes está en desacuerdo con esta idea?
Todos permanecimos en silencio. Morgan agregó:
—El hermano William MacQuoid quedó en llegar a las doce.
Yo había decidido no hacer comentario alguno acerca de mis cuestiones familiares; pero a la hora
después del mediodía cuando nos encontrábamos reunidos en la cafetería en espera de la conferencia, y
del hombre que debía impartirla, recibí un mensaje. Cuando vi que se trataba de mi esposa esperé un
momento, pedí permiso y salí por la puerta del fondo y me senté bajo los árboles del estacionamiento.
— ¡Qué tal mi amor! ¿Qué sucede?
—Querido. Mi hermana me acaba de llamar de Boston.
— ¡Si…! ¿Y qué dice ella? ¿Cómo están por allá?
Había notado cierta indecisión en su voz y a continuación.
— ¡Ay, Máikol! ¡Murió mi padre!
Quedé escuchando sus sollozos, presionando el aparato contra mi oreja sin darme cuenta, mientras me
arrascaba el pecho con la otra mano. Luego regresé al salón, dije al maestro lo que sucedía, delante de
todos, y sin mayores explicaciones me despedí y corrí junto a mi familia.

Capítulo 2
LA MANSIÓN CASTEL

Al siguiente día a las cinco de la mañana partimos por la Carretera Norte. Pronto dejamos atrás el
aeropuerto internacional de Newark y entramos al estado de Connecticut. Antes de llegar a Boston
hicimos una derecha por el desvío 14 hacia N. H. Maine y cinco horas más tarde estábamos frente a la
mansión de mi difunto suegro.
Mis hijos tenían verdadera fascinación por aquel lugar. Mi esposa, aunque trataba de negarlo, padecía
idénticos impulsos, lo mismo puedo decir de mi suegro cuando estaba en vida.
— «Es algo que llevamos en la sangre. ¡Es la sangre de los Castel Verdun la que nos hace sentir tal
atracción!». —decía Aliènor algunas veces en tono de broma.
Si era la sangre o cualquier otra cosa, yo no habría podido adivinarlo en los primeros días tras la
muerte del conde. Por supuesto, como tal inclinación provenía de ella, la mayoría de las veces yo no
hacía mucho caso a sus insinuaciones de antiguos rangos y abolengos; pero de una cosa sí estaba seguro,
y era de la atracción que el lugar ejercía sobre mi familia.
El conde había adquirido la propiedad de una manera bastante extraña, cuando nuevas leyes en la
ciudad y en el condado permitieron que algunos terrenos, que antes eran sitios de interés histórico,
pasaran al patrimonio de particulares. Según la información que yo poseía, había dado una suma
demasiado exagerada por aquellas parcelas, que en el momento de la compra todavía albergaban los
cimientos de una antigua edificación de la época colonial. En realidad, yo no le había dedicado mucha
atención al asunto.
La mansión estaba ubicada en el número 65 de Centre street, en Danvers, la ciudad que había sido
conocida como la villa de Salem. Las dos edificaciones situadas anteriormente al frente, junto a la calle,
habían sido demolidas por los constructores bajo las órdenes de mi suegro. En el lugar se levantaba
ahora un precioso y amplio jardín alrededor de una fuente. Había que entrar por una callejuela asfaltada
a la derecha para llegar al parqueo frente a la vivienda. La mansión estaba rodeada por un cerco de
piedras; parte de las cuales, según decían, habían sido proporcionadas por la cantera in situ del pequeño
yacimiento arqueológico.
Aparqué en el mismo espacio donde lo hacía otras veces y permanecí con Alex sacando el equipaje
mientras mi esposa y las niñas se apresuraban al interior. Luego mandé a Alex con su maletín.
Fue en ese momento que escuché a mi esposa llamándome desde una de las ventanas en la tercera
planta.
Adosados a los dormitorios había finos balcones que colgaban sobre el jardín y la escalinata, desde los
cuales se podía abarcar con la mirada todo el paisaje frente a la propiedad.
— ¡Amorcito, no te enfades! Cuando subas, tráeme el bolso que lo dejé en el asiento.
Tomé su bolso y luego la otra parte del equipaje y avancé de prisa.
El ama de llaves alcanzó a recibirme al pie de la escalera y me ayudó con uno de los maletines hasta la
habitación. Las niñas ocupaban ya su propio dormitorio junto al nuestro y Alex estaba con su madre.
—Si los señores desean, les preparo algo para que coman antes de la cena —dijo la mujer que había
permanecido junto a la puerta.
—No Anne, muchas gracias —dijo mi esposa mientras tomaba otra percha del closet—. ¿Mi amor, tú
deseas algo antes de la cena?
— ¡No…, gracias! Esperaré yo también. Pero puede preguntar a las niñas —dije entonces
dirigiéndome a la sirvienta.
Ella se retiró inclinando la cabeza.

***

Después de tomar un baño bajé al jardín con una botella de brandy y me senté junto a la fuente a
contemplar el atardecer. De repente sentí la necesidad de recapitular de un modo diferente los hechos
relativos a mi pasado, tanteando entre los posibles daños causados por algunas de mis acciones, los
inconvenientes legales y los prejuicios de nuestra época.
Pensé incluso en comenzar una investigación acerca de los antecedentes familiares de mi suegro, que a
partir de su muerte se convertían para mí en parte de nuestra historia.
Hacía más de media hora que estaba allí. ¡Ni siquiera había destapado la botella! Contemplaba el cielo
que se había tornado gris y magenta en la dirección del ocaso. Entonces vi a Aliènor que bajando desde
la mansión y atravesando el parqueo se dirigía hasta mí. Traía el tazón de porcelana con el emblema de
la rosa y su nombre grabado en oro, en el cual solía servirme su café.
—Ya le dije a Anne… Luego de la cena nos reuniremos en la sala para que nos cuente acerca de papá
—dijo mientras introducía sus dedos entre mis cabellos y me acariciaba la frente.
—Siéntate y conversemos un rato, antes que vengan por ahí los muchachos —dije yo mientras bebía.
— ¿Los muchachos?
—Si, cariño.
— ¿De qué podríamos conversar?
—Conversemos de nosotros.
— ¡Qué! ¿Cuándo te encontré en aquel motel…? Habías abandonado la casa por tres días… y estabas
borracho. ¡Tuviste suerte! Solo con una ducha se resolvió el problema…
—No lo he olvidado. Me estaba comportando como un niño...
—No lo creo —dijo ella—. Debo reconocer ahora que era intolerante contigo. Esos amigos tuyos de la
logia te han ayudado mucho.
— Seguro. Una casa llena de cosas viejas se enmohece y derrumba; pero una casa llena de cosas
nuevas ilumina y atrae a todo el que se acerca a ella.
—Tenemos una buena casa… ¡gracias a mi padre!
—Gracias a él, y como quien dice, me he levantado por encima de las dificultades ¡Eso fue todo!
—Nos hemos levantado —dijo ella.
—Yo me he levantado más que nadie —insistí—. Tú te criaste al calor de tus padres. Yo sufrí la
ausencia de los míos a causa de aquel fatal accidente.
— ¿Por qué volver con la misma historia?
—La vida, amor… para que haya cambio todo ha de repetirse y hay que recordar.
— Yo prefiero que las cosas sigan tal como están —dijo ella.
—Lo sé. Pero algún día comprenderás que la parálisis no existe.
—Fue quizá la pérdida de tu hermano gemelo lo que más te afectó —continuó—. Según los
psicólogos, eso crea problemas adicionales en muchos niños.
— ¡Ya lo he superado! —dije poniéndome en pie y tratando de sonreir, al tiempo que la tomaba de la
mano:
— ¡Dejemos esto! —agregué, y nos fuimos al interior.

***

El ama de llaves era una mujer alta y esbelta. Rostro alargado y cabello corto, color caoba, peinado con
una raya al medio. Sus facciones mostraban firmeza y seriedad, o yo diría más bien dureza natural, de
esa que hace a ciertas personas especialmente aptas para la función administrativa.
Después de la cena nos fuimos al gran salón de la primera planta. Una habitación donde solía reunirse
durante los días festivos toda la familia precedida por el viejo conde.
—Aunque hago mi mayor esfuerzo, señora —dijo—, lo cierto es que la muerte de vuestro padre me ha
causado un malestar horrible. ¡Han sido muchos años al servicio de la familia! Por eso les ruego que me
disculpen en este día tan triste.
—Mi esposo y yo, y también los muchachos, estamos pasando por lo mismo, sabemos que tú estuviste
acompañando siempre a mi padre, lo mismo que cuando estuvo mi madre en vida. ¡Te comprendemos!
No creo que haya algo de lo que tengas que disculparte, querida.
Anne se inclinó para abrazar a mi esposa y ambas, con lágrimas en los ojos, se fueron a sentar juntas
en el ángulo interior de la habitación, sobre el mullido sofá con forro de terciopelo azul. Yo quedé frente
a ellas en mi butacón preferido, posición desde la cual podía observar hacia el exterior a través de una
especie de terraza cerrada con paneles de vidrio y puerta de corredera.
Aliènor se recompuso el vestido y cruzó sus piernas como una Venus esculpida en carbón y nácar.
—Me gustaría saber cómo fueron las últimas horas de su vida. Que me digas, si puedes, cuáles fueron
sus últimas palabras. ¿Qué dijo mi padre antes de morir?
—Señora. Como usted sabe, el señor conde se sentía indispuesto desde el día que visitaron ese bosque
de los aquelarres. El viernes, luego que usted partió con los muchachos, me pareció que una mejoría
llegaba al fin. Estaba más risueño de lo acostumbrado. Ese día, después de un ligero desayuno, se fue a
sentar ahí, a la terraza; tomó su flauta y estuvo tocando por espacio de una hora. Tras ello, regresó y se
sentó aquí mismo. Me llamó y me dijo:
—«Anne, quiero que cuando yo muera no haya discordias entre mis hijos con motivo de las
propiedades. Es por eso que he distribuido las cosas de la manera más justa que me ha sido posible,
teniendo en cuenta los intereses y necesidades de cada uno; pero hay dos cosas que deseo antes que
nada. Lo primero, que esta casa quede para Aliènor y su descendencia, y lo segundo, que tú
permanezcas aquí al cuidado de todo, y no te separes de ella, sea lo que sea».
Imagine, señora. Esas palabras del señor Castel me entristecieron tanto que luego me senté aquí, frente
a él, sin deseos de levantarme hasta que él mismo me lo pidió. Había tomado un libro y pronto quedó
inmerso en la lectura. Una media hora después, cuando me asomé, vi que el libro estaba en el suelo y la
cabeza de tu padre inclinada a un lado ¡Hay una sola cosa en todo esto que me extrañó bastante!
Al escuchar esto último de labios de la fiel sirvienta sentí una ligera punzada en la boca del estómago;
tal como si mi constitución psicosomática estuviere, desde hacía mucho, a la espera de una frase
determinante.
Coloqué entonces mi antebrazo sobre el respaldo y la mano tras la cabeza, y esperé en silencio.
— ¿A qué te refieres? —preguntó Aliènor.
— ¡Señora! El libro que vi en el suelo, no era el mismo que estaba leyendo el conde cuando lo dejé a
solas. ¡Bueno, disculpe! Es algo que no puedo asegurar del todo; pero mi impresión en este momento, es
que aquel primero era muy diferente al que hallé después, y como usted sabe, el señor lamentaba la
pérdida de uno de sus libros.
— ¿Qué libro leía mi padre cuando lo dejaste solo?
—Uno con título en latín —dijo de inmediato—. Tenía la portada ilustrada con imágenes de Satanás.
Según tengo entendido, ese es el que se había perdido. El otro es «José de Arimatea,» del poeta Robert
de Borón; que por cierto, lo devolví a su estante después que se retiraron los paramédicos. En aquel
momento no le presté atención al detalle; pero después de repensar cada instante de lo ocurrido, me di
cuenta de la diferencia.
—Mi padre pudo cambiar un libro por otro mientras tú estabas en tu habitación. ¿No es cierto?
—No, señora, no había ningún otro libro en esta sala. Vuestro padre fue siempre un hombre muy
meticuloso y ordenado. Cada vez que terminaba de leer un libro lo devolvía a la biblioteca, y en aquella
media hora no se levantó para nada. De eso estoy segura, porque dejé la puerta de mi habitación abierta
y no lo vi pasar.
— ¿Quién pudo haberlo cambiado entonces? —dije interviniendo por primera vez.
— ¡No lo sé! —dijo moviendo la cabeza con nerviosismo—. Ese día estábamos solamente nosotros
dos.
— ¿Le contaste a la policía?
—No señora. Ya le dije…, fue algo de lo que me di cuenta poco a poco, después de repensar en los
hechos.
— ¿Ese libro que leía el conde al principio —pregunté otra vez—, podrías identificarlo de alguna
forma, como el mismo que había desaparecido unos días antes?
Dije esto estando casi convencido, por lo que había expresado Anne, que se trataba de la misma cosa.
—Si, señor, creo que era el mismo. No lo podría olvidar. El señor conde tenía una especial obsesión
con ese libro desde que lo extravió. Pero lo que me asombra mucho, es que no me dijo que lo había
encontrado, aunque lo estaba leyendo aquí, en esta misma sala, según podemos suponer.
—Estaría demasiado entretenido. ¡Todos sabemos como era mi padre!
—Debe haber sido eso —reafirmó Annne—. La cosa es, que al otro día, al regresar de la clínica,
estuvo desesperado preguntando por el libro. Ahí no supe como complacerlo, señora. Me volví loca
buscando el libro por todas partes. ¡Hasta el día de hoy!, ¡ni rastro! Me parece que su padre murió
pensando en ello.
— ¿Y por qué tanta obsesión con ese libro?... —dijo mi esposa.
—Anne, ¿me permites pasar a la biblioteca? —dije entonces.
— ¡Señor…! Me pone usted en una situación difícil. Yo…
—Sé que eres la apoderada legal hasta el momento en que se reparta la herencia. Estás en todo tu
derecho para negarme la entrada; pero, ¿sabes algo…? Desearía revisar ese otro libro que mencionaste
hace poco. El de Robert de Borón.
Mi esposa se había inclinado hacia adelante y me observaba sin pestañear.
—Pero Máikol… ¿tú crees que ese libro pueda tener tanta importancia, o al menos, algo que ver con la
muerte de mi padre?
—Aquí tiene la llave señor —dijo la mujer tomando una del manojo que colgaba de su cinturón. Luego
hizo un intento por ponerse en pie; pero yo me adelanté, alegre por aquella rápida decisión, casi salté de
mi asiento con esa energía y entusiasmo que me proporcionaba la simple idea de penetrar en el mundo
fascinante de las reliquias.

***

Dejé a las mujeres y me encaminé a lo largo del corredor. Pasé frente a la puerta del dormitorio de
Anne, que estaba entreabierta, y continué hasta la puerta del fondo.
Robert de Borón… Robert de Borón —repetí mentalmente antes de meter la llave en la cerradura.
Solamente unas siete veces había yo penetrado en la habitación y siempre lo había hecho en compañía
del señor Castel. Era una especie de sociabilidad profesional que manteníamos él y yo. Siempre
hablábamos de libros antiguos y de asuntos de historia y sociología, literatura, arte o filosofía.
El piso del salón estaba revestido con una alfombra verde que contrastaba con el celeste color del
techo. Había que bajar cuatro escalones de madera de ébano para llegar al nivel inferior. Los estantes
cubrían las paredes hasta la altura del techo, con excepción del espacio de la chimenea y de la única
ventana, alta y estrecha, que daba al jardín por el ala derecha de la mansión. La habitación era
rectangular y las divisiones interiores estaban cubiertas por vitrinas con puertas de doble hoja decoradas
al estilo gótico, al igual que todo el trabajo en madera, incluyendo los muebles y la bóveda del techo. Al
fondo, sobre un pedestal de bronce que imitaba al titán Atlas con la espalda inclinada, descansaba una
esfera terrestre de gran tamaño, y sobre la mesa del escritorio, frente a la chimenea, colgaba una enorme
lámpara de cinco bombillas que era la principal fuente de luz que iluminaba la estancia. El fuego
palpitaba en la chimenea con llama suntuosa y quebradiza y caldeaba la habitación con un sentimiento
tan remoto como la nostalgia de algún viejo castillo.
Mi suegro había poseído un instinto para clasificar los libros que lindaba con la exactitud de las
matemáticas. Yo había tomado desde el principio una copia mental de su sistema y la había aprendido al
detalle, de manera que no se me hizo difícil viajar por aquel mundo de pergaminos y hallar con prontitud
el ejemplar que necesitaba en aquel momento. Estaba en una de las vitrinas en la clase RCH y poseía el
código particular 002B.
Luego de sacarlo del estante me senté al buró y comencé a revisarlo. Era una versión impresa en 1470
en Maguncia, Alemania.
Para los lectores que no están familiarizados con este tema literario, la leyenda de José de Arimatea, tal
como fue concebida por Robert de Borón, pertenece al siclo griálico de la materia de Bretaña; pero a
diferencia de las otras leyendas que integran este ciclo, aquí el autor aborda el tema del Santo Grial
desde una visión medieval cristiana y con base en los relatos bíblicos de Los Evangelios.
Robert de Borón convierte el símbolo del Grial, que contiene una tradición muchísimo más antigua, en
la copa de la última cena de Jesucristo con los apóstoles, copa en la cual José de Arimatea recoge la
sangre de Jesús derramada en el calvario.
Hasta este punto, la historia o la leyenda era para mí bastante comprensible; pero no podía darme
cuenta de la relación entre este libro y el otro que había desaparecido tan misteriosamente de las manos
de mi suegro.
Estuve leyendo varios pasajes del poema de Borón, lo cual me tomó más de una hora, hasta que llegué
casi por azar a la última página y me encontré con esta descripción de coordenadas geográficas en letra
manuscrita y encabezada por una frase latina:

Orbis terrarum
42º33′57.38" N
70º57′44.83" O
La caligrafía correspondía por entero a la de mi suegro y se notaba que era muy reciente.
Otra vez mi curiosidad levantó su vuelo. Según las declaraciones de Anne, me surgió esta pregunta:
¿Por qué el libro que leía el difunto había desaparecido por segunda vez, en esta ocasión de sus manos, y
en su lugar aparecía este otro? ¿Quién pudo haberlo tomado? ¿Y estas coordenadas, qué podrían
significar?
Fui hasta el computador, entré a una de las aplicaciones de ubicación satelital y escribí las coordenadas
en la barra de búsqueda.
Al momento supe que coincidían con el balcón frente a la ventana de nuestra habitación.
Confuso por este hallazgo, tras unos segundos de meditación devolví el libro a su posición y dejé la
biblioteca.
— ¿Encontraste algo? —dijo mi esposa cuando me vio de vuelta, caminando despacio y cabizbajo.
—Nada importante, creo yo —dije inclinándome contra el respaldo del butacón. Estuve así hasta que el
sonido de una bocina frente a la vivienda me hizo volver a la realidad.
— ¡Con el permiso de los señores! —dijo Anne— ¡Señora! Creo que ahí llega uno de sus hermanos.
El ama de llaves se puso en pie y salió de prisa en dirección al vestíbulo.
— ¡Dime amorcito! ¿Tú piensas que hay algo sospechoso que requiera la intervención de la policía?
¡Dímelo ahora, antes que entren por ahí los demás!
—No creo que sea conveniente… —dije yo. Me senté junto a ella y agregué—: pero sí quiero hacerte
una pregunta en este momento.
— ¿Qué es?
— Has visto la manera de hablar de Anne. Noto mucha confusión en su exposición de los hechos.
—En especial… ¿A qué te refieres?
—No sé. Ella habla como si hubiera pasado más tiempo… días, tal vez semanas, desde la muerte de tu
padre… y fue apenas… anteayer.
—Lo noté —dijo ella—, y hasta pensé varias veces en corregirla; pero no hay que darle mucha
importancia a eso, igual que a ese asunto de los libros… su mente en este momento está pasando por una
situación difícil. ¿Tú no crees?
Con esta salida de mi esposa quedé en silencio; pero no pude olvidar nunca la impresión que dejó en
mí aquella primera charla con la sirvienta, luego de la muerte del conde. Comenzaron a llegar los
hermanos y me vi ocupado el resto del día.
El conde había tenido una familia en verdad bastante numerosa en comparación con la norma
promedio de nuestros tiempos. A pesar de eso, si las palabras de Anne eran ciertas, había decidido hacer
algo poco común con su testamento. La mansión de Danvers era la más valiosa de sus propiedades. No
solo por sí misma, sino además, por la curiosa colección de libros y pinturas que en ella se guardaban.
¿Cómo se iría a sentir el primogénito varón al enterarse de la última decisión de su padre?

***

Dos días después, un par de horas antes del entierro, mientras Aliènor y las muchachas se daban los
últimos retoques de maquillaje, bajaba la escalinata con mi hijo; cuando al levantar la vista sobre el
horizonte, vi que este adquiría aquella tonalidad gris y magenta que había llamado mi atención la tarde
en que llegamos. Comenzaba apenas a despuntar el sol.
Al llegar junto al auto me di cuenta que había dejado la llave en la habitación. En vez de subir yo
mismo o enviar al niño, tomé el teléfono y llamé a Aliènor. Ella se asomó al momento por la ventana y
la tiró con fuerza desde lo alto, y vi como salía de su mano. Lo cierto es que nunca llegó hasta el suelo.
Desapareció en el vacío.
Eso fue al menos lo que creí, o lo que ella me hizo creer con insistencia. La buscamos por el piso frente
a la casa y también sobre la escalinata, hasta que la presión del tiempo nos obligó a desistir. Entonces
tomé la otra llave y nos fuimos a la ceremonia.
Todo se hizo normalmente y a las dos de la tarde, bajo el azote de una brisa fría y fuerte, algo tarda
para un día que marcaba el comienzo de la primavera, nos metimos al dormitorio.
— ¿Cómo fue que lanzaste la llave que no la vi caer?
—La tiré… y para mí, no existe ninguna duda. Aún estaba oscuro ¿Cómo se te ocurrió pedirme que la
tirase por la ventana?
— ¡Muy bien… amor, cometí el error! Tal vez al echar el brazo hacia atrás se desprendieron de tu
mano y cayeron por aquí. ¡Hay que buscar mejor!
—Si están por aquí, Anne las encontrará después. Tengo un terrible malestar y no quisiera hablar de
eso.
Me desvestí y traté de quedarme quieto a su lado abrazándola por la espalda. Ella se quedó dormida
muy pronto, algo que a mí me resultó imposible. Entonces me levanté con cuidado, abrí la ventana, y me
puse a mirar hacia el espacio vacío. Luego se me ocurrió salir y me entretuve revisando el estrecho
saliente de planta que servía de alero al balcón, y analicé la posible trayectoria de lanzamiento.
Aunque me sentía más satisfecho, aún no me convencía con la afirmación de Aliènor; pero me quedé
dormido.
Cuando volví a abrir los ojos y miré al reloj, vi que eran las cinco de la tarde. Aliènor continuaba
dormida y en la mansión reinaba un silencio absoluto. A través de la ventana se podía ver el cielo gris y
una llovizna ligera en forma de rocío crepuscular que empapaba los pimpollos amarillos de las acacias
cultriformis.
Sería bueno seguir durmiendo, se me ocurrió pensar; pero sería mejor si me levantara y después de una
ducha tibia nos fuéramos a cenar, acompañando la cena con una copa de vino tinto, como le gustaba al
conde.
Estuve a punto de tocarla a ella por los hombros para que despertara, pero sentí lástima. Entonces me
puse en pie lentamente, me vestí sin hacer ruido y salí de la habitación, cerrando la puerta con seguro.
Pasé por la habitación de Alex y luego de tocar a la puerta, marqué la clave y me asomé al interior.
Como casi siempre, estaba entretenido con sus juegos electrónicos y apenas levantó la vista para
mirarme. No insistí y ni siquiera intenté preguntarle como estaba. Cerré la puerta y toqué en la
habitación de las muchachas. Me respondieron desde el interior y al escuchar que todo marchaba bien,
proseguí por las escaleras hacia la primera planta.
Era una especie de protocolo que cada uno de los vástagos de los condes de Castel tuviera en la
residencia de su padre un grupo de habitaciones exclusivas. A mi esposa, por ser la menor, le
correspondían tres dormitorios del tercer piso. Su hermana Margaret con su esposo y sus dos hijos
varones, y menores aún, ocupaban a nuestro lado y frente a las escaleras. Los dos herederos varones, el
primogénito y el segundo, ocupaban con sus familias las principales habitaciones de la segunda planta.
Al bajar lo hice con el mayor silencio que me fue posible, tratando de no molestar a nadie. Por
momentos me sentía como un intruso en medio de tantos herederos. En realidad, yo no ambicionaba
nada de todo aquello, a excepción de la biblioteca. No obstante, con mucho gusto me hubiera alejado de
allí para siempre. Me conformaba con mi trabajo habitual, el cual me daba lo suficiente para llevar una
vida holgada bajo mi propio techo.
Lo mío era una especie de orgullo o testarudez sin sentido contra las cosas del mundo. Pero a pesar de
mis fobias y rechazos los acontecimientos marchaban en sentido contrario a mis apetencias; porque,
según palabras preliminares de Anne, el conde había dejado la mejor parte de su fortuna a la menor de
sus herederos, que era mi esposa.
Sin ninguna demora me deslicé hasta la primera planta y llegué junto al bar, en una esquina junto a la
puerta lateral oeste de la mansión. Allí me apresuré a servirme una copa de vino tinto. Si no veía
aparecer a nadie, aquel día estaba dispuesto a beber toda la botella mientras meditaba en los últimos
acontecimientos y trataba de adivinar cuáles serían los del futuro.
El tiempo afuera no estaba nada bueno y los miembros de la familia ocupaban sus habitaciones, las que
apenas abandonaban para husmear en la cocina en busca de algo con que calmar el insaciable apetito,
ante todo, el de la camada de jóvenes que formaban la prolífera descendencia de los Condes.
La única persona que se acercó a mí desde que me vio fue el ama de llaves, y llegó justo cuando
vaciaba el último trago desde la botella a la copa.
—Disculpe señor. Estoy tan atareada con estos muchachos que no me había dado cuenta de su
presencia aquí. ¿Le puedo servir en algo? —dijo Anne Girardon a modo de disculpa.
—En nada. Es usted muy amable —dije enderezando la espalda que mantenía inclinada sobre el
mostrador—. ¿Cuántos han venido esta vez?
—Aquí están todos. Los diez nietos con todos sus padres. Lo único que lamento es que el señor conde
no esté entre nosotros, y que esta reunión familiar sea precisamente a causa de su ausencia.
Con un movimiento ligero sacó un pañuelito del bolsillo de su delantal y se lo pasó por la mejilla. Se
volvió a disculpar y dijo:
—Señor Máikol, me acerqué para decirle que la cena estará lista en media hora; pero además, quería
anunciarle en privado que la lectura del testamento estará dispuesta para el próximo domingo, según me
acaba de informar el notario.
— ¡Domingo!
—Si señor. Fue también parte de la voluntad del conde.
—Te agradezco mucho la información. ¿Ya lo saben los demás?
—Es usted el primero. En un rato, cuando nos reunamos en el comedor, informaré a todos. Ahora
señor, con su permiso, tengo que retirarme.
—Yo también me retiro —dije echando la botella en el tanque de reciclaje y colocando la copa en el
fregadero.
Un momento después, cuando nos separábamos junto a la escalera, agregó:
—Espero que la señora Aliènor baje a cenar.
—Eso espero.
Me agarré del pasamano y comencé a subir sin soltarlo, ni siquiera cuando atravesé el descanso de la
segunda planta.
Al llegar frente a la puerta de nuestra habitación marqué la clave y empujé con cuidado hasta que pude
ver la cama. Aliènor no estaba allí. Posiblemente estaría en el baño. Entonces entré de golpe y la vi junto
a la ventana. De súbito se volvió hacia mí.
— ¿¡Dónde tú estabas!?
— ¡En el bar! ¿Por qué?
— ¿Acabas de entrar?
— ¡Ajá, querida, acabo de entrar…! ¿O es que lo dudas?
—No se trata de eso. Solo que… hace un instante que desperté, y cuando abrí los ojos… te vi al pie de
la cama frente a mí…, y de repente te diste vuelta y corriste hacia aquí… y saliste… por aquí —dijo
señalando hacia el exterior, a través de la ventana.
—Imposible, querida, yo acabo de entrar por esa puerta, y estuve en el bar durante una hora
ininterrumpida. Ha sido un sueño. ¡Ven conmigo! —dije acercándome a ella y estrechándola entre los
brazos.
Ella me besó y luego me apartó con suavidad empujando sobre mi pecho.
— ¡Ciérrala Máikol…, hazme el favor!
— ¿Qué te pasa, mi amor? ¿No pensarás que por unos tragos de vino…?
—Estoy… muy confundida. ¿Y esto, que significa?
Levantó la mano y me mostró la llave de mi auto colgando entre sus dedos.
—Al fin aparecieron ¿Dónde estaban?
—Aquí, sobre la mesita de cabecera. ¡Yo siento que algo extraño sucede en esta casa! Por favor,
Máikol…
—Muy bien —dije yo acercándome a la ventana y después de lanzar una ojeada al exterior, cerré la
doble hoja y le pasé los pestillos.
—Hay que darse prisa —dije entonces—. Nos esperan en el comedor.

Capítulo 3
EL MARTILLO DE LAS BRUJAS

D urante la cena y después de la información brindada por Anne acerca del testamento el
comportamiento de los herederos se había visto ligeramente perturbado. Margaret fue la primera que se
levantó y después de despedirse se retiró con los suyos. Su humor, que al inicio había estado alegre y
desenvuelto se había puesto sombrío. Tal vez se marchó de prisa para no exponer su estado de ánimo a
los demás.
Tras salir su hermana, lo hizo Antony. Regresó a los cinco minutos con medio vaso de whisky, algo
que jamás hacía. Fue Louis el más extraño. Él, un tipo que difícilmente dejaba ver sus emociones se
mantuvo todo el tiempo con una sonrisa serena. Se retiró de último como si nada de importancia se
hubiese anunciado en la sobremesa.
Era lógico pensar que los cambios en la actitud de los herederos se debían a las expectativas creadas
por el anuncio de la lectura del testamento; pero ¿por qué tantas reacciones negativas?... ¿O tal vez
sospechaban que la mejor parte de la herencia le quedaría a mi esposa?
En aquel momento no podía yo imaginar otros detalles de la situación familiar.
Esa noche pasó en calma. Muy temprano se retiraron todos a sus dormitorios y a partir de ese momento
el único ruido que se escuchó fue el repique de los tacones cuadrados del ama de llaves que en varias
ocasiones anduvo por los pasillos y escalones.
A la mañana siguiente a las seis, como era mi costumbre, me puse en pie antes que mi esposa abriera
los ojos y me metí en el baño.
Al entrar a la bañera me di cuenta de un libro que estaba sobre la tapa del inodoro y quedé
observándolo, mientras el agua tibia se derramaba sobre mi espalda.
Me molestaba cuando dejaban algún objeto en desorden; sobre todo si se trataba de un libro, sobre los
cuales yo mantenía permanente atención. Esta vez me entretuve más de lo normal.
Por mucho que intentaba leer las palabras en letra pequeña y estilo retorcido, no alcanzaba a
comprender de qué se trataba y ni siquiera adivinaba el lenguaje. Decidí entonces abandonar por un
momento aquella distracción.
Me lavé el pelo con champú y luego me enjaboné; pero me quité la espuma de encima a toda prisa y
casi sin darme cuenta tomé la toalla del colgador y comencé a restregarme, como si algo urgente
estuviese tocando a las puertas de mi curiosidad.
Entonces salí de la bañera y me envolví en mi bata que colgaba de un gancho, junto a la pequeña
ventana que da al jardín. Luego até con calma el cordón y observé con cuidado.
¡Caramba! Era normal que no hubiese podido comprender la escritura. El manuscrito había estado
volteado en contra mía y las letras de la contraportada eran de ese estilo gótico que en ocasiones resulta
tan embarazoso. Aquellas palabras eran latín. Le di la vuelta.
Sobre la tapa de cuero aparecían estas palabras:

Maleficarum Malleus
El martillo de las brujas, era la traducción, y se trataba del mismo libro que según Anne había
desaparecido de las manos del difunto.
Me recosté contra la puerta y permanecí así hasta que un cuervo oficioso como yo aleteó contra el
vidrio de la ventana y se posó en el resquicio externo. ¿De dónde había salido y cómo llegó hasta allí?
Pensé en despertar a mi esposa y pedirle una explicación; pero, ¿qué tal si no había sido ella la
responsable? Quizá sería mejor envolverlo en un paño y deshacerme de él. ¡Tirarlo a la basura… o qué
se yo!
Por un instante estuve decidido a ello; pero entonces, al echarle otra mirada salí de mi embotamiento.
Cambié de opinión. Las dos palabras del título estaban invertidas.
Cualquiera que tenga conocimientos de dicha obra sabría reconocer que el título correcto es «Malleus
maleficarum».
Mi siguiente pensamiento llegó con indecisión y pereza. No estaba seguro si sería correcto. Fui
arrastrado entonces por una poderosa emoción. Levanté la portada y tuve ante mis ojos la primera hoja
de pergamino.
Había en ella una ilustración que no por estar habituado yo a las tales dejó de impresionarme. Se
trataba de un grupo de personas haciendo fila, en tanto que la primera se arrodillaba frente a Satán y
alzándole la cola le besaba el ano.
Pasé a la siguiente página y pude ver, agregado al título, una especie de subtítulo o complemento.

Maleficarum Malleus
et
La cansos de la crotzada
A partir de aquel instante continúe hojeando página tras página con lentitud para no estropear los
pliegos amarillentos. Me devoraba la curiosidad. Tuve el cuidado de echarle una mirada general,
solamente para estar seguro que el título coincidía con el contenido. Habiendo terminado esto salí de mi
letargo. Fue entonces que escuché desde la cama el ruido de mi esposa que se levantaba tosiendo.
Metí el libro por debajo de la bata y lo apreté con el cordón, en el momento justo en que Aliènor ponía
su mano en el picaporte y empujaba la puerta.
—Hola amor —dije al pasar junto a ella rozándola por la espalda. No me hizo caso. Con los ojos
medio cerrados se sentó en el inodoro.
Aproveché la ocasión para vestirme de prisa.
—Pondré café para los dos —anuncié al salir.
En vez de dirigirme a la cocina, como había sugerido, tomé por el pasillo central de la primera planta y
abrí la puerta de la biblioteca, cuyas llaves Anne Girardon había dejado a mi disposición.
Entré allí y coloqué el manuscrito dentro de la primera gaveta del escritorio donde solía trabajar el
conde y le puse llave. Entonces fui hasta la cocina, prendí la marmita, y como un zombi caminé hasta la
sala y llamé al cincuenta y nueve del holograma.
No estaba interesado en escuchar nada. Solo trataba de sosegar mi angustia.
Un rato después, cuando escuché el sonido de la marmita regresé a la cocina y me preparé un café,
luego fui a la biblioteca, cerré por dentro, y me puse a investigar sobre aquel asunto del manuscrito.
De una cosa me cabían pocas dudas y lo descubrí muy pronto. Fue lo relacionado con su autenticidad.
Tanto el contenido como la encuadernación me encaminaban a la misma conclusión. Aquel tipo de
escritura era difícil de falsificar, incluso para cualquier experto.
Las ilustraciones en miniatura que abundaban a través de las trescientas páginas eran las típicas de un
estilo dominante entre los años de 1400 a 1480. Esto me decepcionó. Sin embargo, hubo otra cosa que
subyugó mi atención de manera poderosa. El volumen contenía dos obras diferentes.
También se podía ver con facilidad que aquel trabajo había sido realizado por un mismo copista.
Como todo aficionado a los documentos antiguos, el conde tenía sus instrumentos. Se me ocurrió
entonces examinar la obra bajo el microscopio. Me levanté del escritorio y fui hasta la otra mesa donde
estaba el aparato.
Ya me disponía a pegar el ojo sobre la lente cuando sentí que tocaban a la puerta. Se agitaron mis
pulsaciones.
Con mucho trabajo me acerqué y vi que la luz del corredor estaba encendida y se filtraba una ligera
sombra por la ranura inferior y se movía. Subí los escalones con timidez hasta colocar mi mano en el
picaporte.
Alguien esperaba del otro lado y comprendí que antes de abrir debía ocultar el manuscrito.
Hice un intento por retroceder hasta la mesa; y fue en ese momento que golpearon varias veces con los
nudillos sobre la madera.
—Mi amor ¿estás ahí? —escuché la voz de mi esposa.
Para que dejara de insistir pensé que debía responder de inmediato; pero tenía que hacerlo de manera
que ella no decidiera entrar a la habitación.
Descendí y retrocedí de prisa unos pocos pasos y me aclaré la garganta:
—Aquí estoy leyendo, mi amor. ¿Necesitas algo?
—No, Solamente quise saber si eras tú. Te llamaré cuando el desayuno esté listo.
— ¡Está muy bien! —respondí.
Ya de vuelta a la mesa se me ocurrió pensar: « ¿Quién más podría ser? ¿Qué quiso decir con eso?».
Vendrían otras interrupciones y por eso me pareció mejor dejar la pesquisa para otra ocasión y
esconder el manuscrito en lugar seguro, lejos del alcance de mi familia. Esto pensaba hacer y estuve en
duda por un momento hasta comprender que me sería imposible dejarlo en aquel instante.
La curiosidad, como siempre, pudo más en mí y me llevó directo hasta el microscopio.
A partir de aquel momento olvidé lo demás.
Después de analizarla bajo la lente por más de una hora llegué a la conclusión que era la obra en
realidad una reliquia histórica.
La primera parte, titulada Maleficarum Malleus, consistía en el famosísimo tratado sobre la brujería
escrito y publicado en Alemania en 1486. ¿Sería aquella la misma copia con el título invertido que
buscaba el Dr. William MacQuoid? La segunda parte, La canción de la cruzada, era bastante más
antigua. Se trataba de una crónica de la cruzada contra los albigenses que abarcaba en su narración los
hechos desde el inicio de la campaña hasta el año de 1219.
Entre la producción de ambas obras originales existía un lapso aproximado de 267 años. No obstante,
en el contenido de ambas se narran acontecimientos históricos muy relacionados. En el primero, las
herejías anticatólicas y los esfuerzos de la inquisición por acabar con ellas. En el segundo, de manera
específica, la herejía albigense, que había sido sofocada a sangre y fuego durante la primera mitad del
siglo XIII.
Tras el desayuno, me dediqué por el resto de la mañana a examinar el contenido del manuscrito. De
manera especial la segunda parte, que estaba redactada en lengua occitana. Aquí fue donde topé con una
gran sorpresa. Pero antes precisaré algunos detalles.
Esta segunda parte del manuscrito, llamada «La canción de la cruzada,» había sido escrita por dos
autores. El primero de ellos se da a conocer a sí mismo como Guillermo de Tudela. A él se le atribuye la
composición de los 2749 primeros versos del poema, distribuidos en 130 coblas que abarcan el relato de
los hechos acaecidos desde la muerte del legado papal Pierre de Castelnau en el año de 1208, hasta la
intervención de Pedro II de Aragón a favor de los occitanos, en la primavera de 1213.
Hasta esta última fecha el relato estaba muy acorde con mis propios conocimientos y con lecturas
anteriores de otras copias del manuscrito. Luego comencé a leer la segunda parte del poema donde el
autor anónimo prosigue con el relato de Guillermo. Aquí la narración constituía un verdadero absurdo.
Digo esto porque los hechos narrados no coincidían con la historia conocida a través de otras fuentes.
Por ejemplo, sabemos que la batalla de Muret, donde se enfrentaron las tropas de los cruzados al
mando de Simón de Montfort, contra las tropas occitano-aragonesas comandadas por Pedro II de
Aragón, fue una desastrosa derrota para el rey Pedro y sus aliados occitanos. En esta parte del
manuscrito se relataba todo lo contrario. Se decía que en la batalla de Muret, las tropas del rey de
Aragón habían propinado a los cruzados una derrota de la cual jamás se recuperarían.
Después de esta lectura minuciosa, el manuscrito comenzó a tomar para mí mucha más importancia,
con seguridad a causa de estas incongruencias. De repente sentí deseos de compartir el hallazgo con
otras personas especialistas en la materia y pensé en William MacQuoid, miembro de nuestra logia y
conocido mío de muchos años.
Como dije, pensé en acudir a él; sin embargo, retornó a mi mente el recuerdo del modo bastante
insólito en que esta copia del manuscrito había caído en mis manos.
Mi dificultad para encontrar respuesta a una cosa que a simple vista parecía tan sencilla me había
dejado envuelto en un remolino de incertidumbres.
Desde el punto de vista fáctico, la aparición del libro sobre la tapa del inodoro comenzaba a ser un
misterio que requería una rápida solución, y como había hecho desde un principio, sentía que aquella
debía ser una investigación por completo personal y silenciosa.
Ya presentía que algo terrible se ocultaba entre aquellas páginas que parecían tener un carácter
inofensivo. Luego estaban las coordenadas escritas a puño y letra del conde en la parte final del libro de
Borón.
Las verdaderas brujas no existen. De eso está convencida la mayoría de la gente. Los cuentos y
leyendas donde se las describe están basados en antiquísimas y muchas veces absurdas tradiciones
sociales, avaladas por siglos y milenios de ignorancia, intolerancia y fanatismo.
Yo estaba seguro que mi esposa y mis hijos comprenderían aquello al igual que la mayoría de las
personas; pero a partir de los nuevos hallazgos sentí miedo de hablarles acerca de la reaparición del
libro. Pensé que sería mejor comenzar a examinar el sistema de seguridad en busca de alguna brecha que
hubiese permitido a un infractor introducirse en la mansión y dejar el libro donde lo encontré.
Vino entonces a mi mente lo más absurdo de la situación. Un manuscrito antiguo tan valioso como
aquel no podía haber sido puesto allí por una persona normal. El documento, al que mi familia estaba
vinculada según todas las evidencias, debía estar valorado al menos en quince millones de dólares.
¿Cómo pudo desaparecer de su biblioteca personal y de su casa, en la cual lo había buscado Anne con
insistencia, y luego reaparecer de repente en nuestro dormitorio, de noche, y en un momento en que
estaba cerrada la única puerta de la habitación?
Era evidente que en el momento de su primera desaparición solamente mi suegro conocía de su
existencia.
¿Debía yo compartir el secreto con mi esposa? ¿Deberíamos ir a la policía?
Estas preguntas eran un síntoma del temor que comenzaba a sentir por mi propia seguridad y la de los
míos. Por otra parte, hablar de ello con Aliènor podría convertirme, ante sus ojos, en sospechoso de
robo, o tal vez de algo peor.
No recuerdo con exactitud cuánto tiempo pasé en aquella especie de entumecimiento mental, hasta que
sentí una llamada a la puerta. Era ella, anunciándome que el almuerzo estaba servido.
Estaba decidido a salir de allí con el manuscrito al día siguiente y pensando en ello, hablé con Aliènor
esa misma tarde para explicarle que debía asistir a la reunión más importante de la logia, en
Autumnlake, además de resolver otros asuntos relacionados con la edición de mi nuevo libro. Con estas
excusas, a la mañana siguiente monté en el auto y salí de prisa.

Capítulo 4
LOS INTRUSOS.

Nada extraordinario ocurrió durante el trayecto desde Danvers hasta Summerville, a no ser que por un
momento sentí que me seguían. Llegué a mi casa pensando en lo peor; pero me encontré que todo estaba
en orden, por fuera y en el interior de la vivienda. Entonces hice una revisión de las cámaras y de todo el
sistema de seguridad, y después de una hora de descanso me fui a recostar tranquilo frente a mi buró y
marqué el número del maestro Morgan.
Tras varios intentos tomó la llamada. Le hablé de la necesidad que tenía de verlo en privado y antes de
que se abriese la reunión oficial de estudios. Él estaba metido en algo urgente en aquel instante y quedó
en conversar más tarde.
Me sentí mejor cuando a la media hora recibí un mensaje. Fue para comunicarme que no estaba
presente en la ciudad, y por supuesto, que no me quedaría más remedio que esperar hasta el siguiente
día. Incluso, la reunión de nuestra logia, que debería comenzar a las once de la mañana había sido
postergada para el domingo.
No quise darle ningún avance del asunto que me preocupaba y sin más, quedamos en vernos a la
mañana siguiente.
Me senté frente al computador y escribí un nombre en la barra de búsqueda de internet, a continuación
las siglas de la Agencia Norteamericana para la Aeronáutica y el Espacio.
Apareció al momento un grupo de varias páginas sobre el tema de mi interés; pero solamente una captó
mi curiosidad. Se trataba de la página personal del investigador más controversial durante la década del
2030 en el campo de la ufología y los antiguos astronautas. El científico tenía cumplidos los setenta y
tres y hacía dos años que había sido invitado a renunciar a su puesto en la agencia.
Me refiero otra vez a William MacQuoid, quien había dedicado gran parte de su existencia a investigar
los Oopart.
En su tesonera labor llegó a descubrir la serie más inaudita jamás reportada por investigador alguno.
Sus trabajos vieron la luz cuando decidió publicar una monografía donde planteaba una teoría tan
inusual y poco convincente que lo llevó al desprestigio entre los miembros de la comunidad científica.
Si por una parte ganó gran fama y aclamación por el público general y algunos sectores de la prensa, su
labor como científico serio se vio desacreditada y se convirtió entonces en el paladín de los aficionados
a la parapsicología y otras pseudociencias.
Su teoría consistía en la afirmación de un suceso ocurrido en el pasado. Un suceso de gran envergadura
que no había sido registrado por nadie y cuyas únicas huellas palpables eran —según él—, la existencia
de unos cuantos Ooparts dispersos por todo el mundo.
El suceso al que se refería fue la Tercera Guerra Mundial, desencadenada por las potencias nucleares
en mil novecientos sesenta y dos, durante la crisis de los misiles en Cuba.
Ahora bien ¿Qué es un Oopart?
Así se denomina por los investigadores en el campo de los fenómenos paranormales y la ufología a
cualquier objeto de interés arqueológico, histórico o paleontológico cuyo lugar de ubicación, tanto desde
el punto de vista geográfico como temporal, esté en desacuerdo con la cronología de la historia aceptada
como oficial. Por supuesto, el manuscrito de mi suegro, ahora en mi poder, que contenía en su segunda
parte una versión apócrifa de la canción de la cruzada, era para mí, con toda seguridad, un Oopart; pero
uno tal que demostraba ciertas incongruencias en el desarrollo considerado normal en varias
civilizaciones a lo largo y ancho de la historia.
Desde mi punto de vista, yo lo veía todo como si algunos acontecimientos de la historia hubiesen sido
sustituidos por otros, o como, si de diferentes alternativas o posibilidades hubiese sido escogida una, y
no cualquiera de las otras.
Ahora, me cansaba de preguntarme a mí mismo ¿Quién o qué podría constituir el agente
seleccionador? Y, en algún caso ¿Cuál sería el criterio de selección utilizado por dicho agente para
seleccionar un acontecimiento? ¿Cuál era el mecanismo de selección y cuál su naturaleza?
Estas preguntas quedaron para mí flotando en el ambiente cálido y acogedor de mi biblioteca personal.
Tal vez algún día podría encontrar la respuesta con el propio MacQuoid en privado o en las veladas con
mis compañeros masones.
A partir de aquel momento me concentré en la tarea de determinar con exactitud la fecha de confección
del manuscrito. Para esto eché a funcionar mi contador de radiocarbono, corté sin mucho miramiento
una esquina de uno de los pergaminos e introduje la muestra en el cubículo analizador. A los pocos
segundos recibí la lectura que confirmaba una vez más todas mis sospechas.

***

Por la mañana salí a la calle. Había sido una noche inquieta, en la cual no pude dominar aquellas dudas
que se presentaban a mi mente de manera casi continua.
El aire fresco me vino bien y pronto conduje lejos de Summerville. Sentíame satisfecho porque llevaba
en el asiento trasero, metido en una bolsa plástica, aquel objeto que despuntaba como el centro de una
pesadilla.
Pero… ¿qué haría con él? Al principio no tuve ni la menor idea.
Summerville, donde está nuestra residencia, es un pueblo situado sobre una planicie elevada rodeada
hacia el oeste por el lago Hopatcong, a lo largo del cual discurre la carretera en dirección a Autumnlake.
Son apenas quince minutos de recorrido por un plano inclinado con pocas curvas y escaso tráfico.
De repente, en la quietud de la carretera tomé una decisión. Lanzaría el manuscrito a lo profundo del
lago.
Cerca de allí y a mitad de mi recorrido, en una vuelta que se acerca temerariamente hasta el litoral,
disminuí la velocidad y aparqué fuera del carril. Me incliné hacia atrás y tomé la bolsa con el
manuscrito.
Luego de hacerla un nudo en la punta, bajé y saqué del baúl un pedazo de cuerda con la cual até la
bolsa a la llave de mecánico más pesada. El último paso era muy simple, consistía en acercarme a la
baranda metálica que separaba la vía del precipicio y arrojar la bolsa con su contenido.
Pensé que me vería pronto liberado de aquel objeto y apartaría su sombra de mi existencia; cuando
sentí un chirrido de llantas sobre el pavimento. Mi primera reacción fue suspender lo que tenía
comenzado. En unos pocos saltos di la vuelta y me puse por el lado del timón, tiré la bolsa al interior y
me senté, listo para conducir.
Observé que un hombre había bajado de aquel auto. Estaba parado frente al vehículo y me
contemplaba con aparente serenidad. Era muy alto y un poco delgado. Vestía sombrero fino de color
negro y traje también oscuro. Se cubría los ojos con gafas de sol y la piel blanquísima de su rostro
resaltaba a plenitud. Fue todo lo que pude retener de aquella imagen inesperada. Luego dejé que pasara
algún tiempo. Cuando comprendí que el sujeto no tenía intenciones de moverse, tomé la iniciativa y
partí carretera abajo.
Aquel incidente aumentó mi preocupación. Cuando me sentí relajado usé el móvil y marqué a mi
esposa.
—Hola amorcito… ¿qué sucede? —dijo casi de inmediato.
—Estoy bien. Llegando a Autumnlake. ¿No se ha aparecido alguien por allá?
— ¡Alguien! ¡Aparecido! No entiendo a qué te refieres. Aquí no ha llegado nadie… ¿es que tenías
visita? —dijo ella en un tono bastante inusual.
—No es nada importante. No te preocupes. Luego te llamo.
Los siguientes minutos mientras conducía los pasé tratando de convencerme a mí mismo de la poca
importancia de aquel asunto. Aquel tipo sobre la carretera había sido pura coincidencia. Tal vez alguien
con el deseo de contemplar el lago desde las alturas.
Entré al parqueo de la logia y tras echar una ojeada subí los escaños y atravesé la anchurosa puerta del
edificio. William Morgan me salió al encuentro a través del salón.
— ¡Hola maestro! —fue lo único que pude decir al estrechar su mano.
—Buenos días, Máikol. ¿Qué sucede? Desde ayer que hablamos he estado preocupado por ti —dijo
mientras caminábamos por el pasillo central en dirección a su despacho —. Me has dicho que se trata de
algo urgente.
— ¡Así es, muy urgente!
—Si, ya lo noto en tu voz…, y además, te veo algo nervioso. Pero entra —dijo un momento después,
empujando con los nudillos la puerta de color marrón.
El largo ventanal en el lado oeste del edificio tenía las cortinas descorridas y la habitación estaba
inmersa en una suave penumbra. Haló una silla de asiento acolchonado y me la ofreció, y nos sentamos
frente a frente.
—Dime ahora… ¿qué sucede?
—Aquí está el problema —dije colocando la bolsa sobre su buró.
— ¿Y eso? ¿De qué se trata?
El Gran Maestro había encanecido en los últimos dos años y el único mechón de pelo negro que aún
conservaba caía con descuido sobre su frente estrecha, surcada por tres arrugas. Se alisó los cabellos con
una mano mientras yo crucé las mías, dejándolas descansar sobre el estómago. Me recliné contra el
respaldo, afligido por cargar en otros mis propias preocupaciones.
— ¡No comprendo! Será necesario que des comienzo al asunto siendo un poco más explícito —dijo a
consecuencia de mi prolongado silencio— ¿Qué tienes en esa bolsa?
—Si maestro, le ruego que me disculpe. Se trata de un manuscrito antiguo. El pasado miércoles cuando
me levanté y me metí en el baño, lo encontré sobre la tapa del inodoro. Puede verlo —dije sacándolo de
la bolsa y colocándolo frente a él.
— ¿Dónde fue eso, en tu casa o en Danvers?
—En Danvers, en la mansión de mi difunto suegro.
—Antes de mirar su contenido, prefiero que me digas de qué se trata —dijo observándome, sin dirigir
sus ojos ni siquiera una vez sobre la carátula. Entonces tomó una biblia grande que allí se hallaba y la
colocó sobre el manuscrito.
Yo comencé a contar al maestro todo lo acaecido. Le hablé a grandes rasgos sobre el contenido del
documento y por último, incluí la aparición de aquel misterioso sujeto en la carretera.
—Muy bien —dijo al final— ¿Y qué piensas de todo eso? ¿Crees que haya alguna relación con la
teoría de MacQuoid?
—Me temo que sí. Después de leer la segunda parte de la canción de la cruzada, no me cabe duda. Las
investigaciones de MacQuoid están dirigidas a sucesos, objetos y personas que presentan carácter
anacrónico para nuestra época. Este es el caso —añadí señalando hacia el manuscrito—. Los hechos de
la cruzada albigense que aquí se narran, en específico los relacionados con la batalla de Muret y su
resultado histórico, son inauditos, anacrónicos y completamente ficticios, se lo aseguro, maestro. El
relato encuadra a la perfección en una de las categorías de MacQuoid. Pero no solo eso. El contenido del
manuscrito posee algunos detalles que en sí mismos deberían ser considerados como otras muestras de
incongruencias. Por ejemplo, intercalada en la primera parte de la canción hay una imagen de la azotaina
al conde Raimundo de Saint-Gilles el 18 de junio de 1209. Al ver usted la imagen, me dará la razón
cuando le digo que se trata de una fotografía moderna, a todo color, y hecha con una cámara de alta
resolución; aún así, se nota a las claras la antigüedad del pergamino sobre el que está impresa.
—Disculpa, Máikol. Antes de echar un vistazo al manuscrito, déjame decirte otra cosa. Yo no he
estudiado los casos de anacronismo de MacQuoid, como lo has hecho tú; pero esto de la cruzada puede
tratarse de manera más simple. Por ejemplo, supongamos que el autor de esta copia que tenemos aquí,
haya sido, en su propio tiempo, un frenético defensor de la monarquía aragonesa, y quizá también de la
doctrina del catarismo, o tan solo un admirador de la cultura languedociana, como lo fue tu suegro.
Supongamos, también, que para darse gusto a sí mismo y recrear literariamente su fantasía social, haya
volcado su entusiasmo en una versión fantástica de la historia. Los escritores de utopías lo han hecho
siempre.
—Seguro que sí —dije yo, sin que las palabras del maestro lograran cambiar mi propia opinión sobre
el asunto—. Eso que acaba de referir podría haber sido muy acertado; pero hace apenas unos días,
MacQuoid ha publicado otra de sus anacronías. Con todo respeto, tampoco me negará usted la eficacia
del método de datación por carbono-14.
— ¿Y qué te ha dado como resultado?
—Una confirmación de mis sospechas —dije un poco orgullosos de mí mismo—. Esta copia del
manuscrito fue confeccionada en el mes de junio de 1209. Alrededor de la misma fecha en que fue
azotado el conde de Saint-Gilles. Pero eso no es todo. La pregunta es… ¿Cómo fue posible que el autor
escribiera esta copia relatando los sucesos, antes que fuera escrita la versión original, e incluso; antes
que ocurrieran gran parte de los hechos que en ella se narran?
Mientras el maestro se recostaba al respaldo y alisaba sus cabellos, aproveché para meter la mano en
mi bolsillo y sacar un recorte impreso de un artículo perteneciente a una revista digital de la NASA.
Se lo alargué sin ningún entusiasmo, como alguien que no quiere contradecir a su superior espiritual.
Por su parte, Morgan estiró la mano y lo tomó, también con poco entusiasmo. Parecía como si ambos
estuviésemos en la misma disposición de ánimo para rechazar cualquier evidencia que demostrara
aquella locura que había dado inicio a la conversación.
Desdobló el papel y comenzó a leer. Al cabo de dos minutos, lo vi alzar la mirada hacia la parte
superior de la hoja y comenzar una segunda lectura. Habían pasado cinco minutos cuando se detuvo,
colocó la hoja sobre el buró, y me miró a los ojos.
— ¿Quién pudo haber enterrado un fusil AKM de la Segunda Guerra Mundial a cinco metros de
profundidad en la llanura de Muret?
—Quién pudo, no lo sé —dije entonces, sin poder evitar una sonrisa—. He analizado gran cantidad de
información asequible al público y en toda ella los arqueólogos afirman que el hallazgo es genuino. Las
capas del estrato donde lo encontraron estaban inalteradas y el estrato corresponde al año de 1213. El
mismo año de la batalla. ¿Quién lo dejó allí?
Morgan se limitó a encogerse de hombros. Luego, con renovado auge de incredulidad, agregó:
—Yo opino que esos arqueólogos se han equivocado, o sencillamente estamos siendo manipulados por
la prensa, y se trata de un caso de sensacionalismo. En esta época de crisis y decadencia, no sería la
primera vez en que se desvía la atención del público de los verdaderos problemas actuales
sustituyéndolos con nimiedades.
Esta última palabra me chocó fuerte.
—Disculpe maestro… ¿quiere observar el manuscrito? —dije entonces—. Yo por mi parte lo he
analizado desde el punto de vista técnico y literario, y mi conclusión es que se trata de algo genuino.
—Veamos —dijo alzando la biblia y tomando el documento en sus manos. Mientras él leía, me puse en
pie y tras echar adelante la puerta me fui al salón principal. Entré al baño y luego a la cocina y me
preparé un café. Entonces salí al parqueo y le tiré un vistazo a mi auto y a los alrededores del edificio.
Al comprobar que todo estaba en calma me senté en una de las bancas del patio, donde los rayos del sol
incidían sobre las losas y entibiaban el ambiente. Estaba dando tiempo para que Morgan analizara el
documento y obtuviera sus propias conclusiones.
Cuando regresé y empujé la puerta lo vi pálido, con la cabeza contra el respaldo. El manuscrito
permanecía abierto sobre el buró.
—Maestro… ¿se siente mal?
—Gracias, ya estoy mejor. Seguramente son los años. En los últimos meses me dan estos mareos cada
vez que me concentro mucho en la lectura. Algún día tendría que suceder ¿No es así? Por otra parte, con
respecto al documento te doy toda la razón; pero también te digo, que no comprendo lo que está
sucediendo aquí.
Apenas había terminado y se había quedado pensativo, cuando sentí en el bolsillo interior de mi
chaleco el vibrador del móvil satelital.
—Maestro, le ruego un segundo —dije con precipitación y pulsé el botón.
Era mi esposa. Sus ojos abiertos con desmesura. La mirada extraviada.
— ¿Qué sucede, mi amor? —dije enseguida.
—La mansión está invadida por la policía —dijo ella—. Anoche hubo alguien aquí adentro. Las niñas
gritaron desde su habitación y Anne vio a un hombre salir corriendo por la puerta de enfrente.
— ¿Y eso a qué hora?
—En la madrugada… serían como las dos.
— ¿Qué dice la policía?
—Están tomando huellas y mirándolo todo. Los de seguridad están analizando el sistema.
—Aguarda un momento… No te desesperes. Quédate ahí con los muchachos, que yo salgo para allá lo
más pronto que pueda. ¿Me oíste? Lo más pronto que pueda.
Ella colgó. Yo volví la vista sobre el manuscrito.
—Maestro. Se ha presentado un problema que me parece lo complica todo —dije halándome los pelos
con ambas manos, con los codos afincados sobre el buró.
—Cualquier cosa que sea debes calmarte. Ni siquiera hemos aclarado un punto y ya se presenta otro
¿Qué ha sucedido en la mansión?
—Mi esposa me acaba de dar una extraña noticia. Esta madrugada alguien se ha metido en la casa, y
eso me da motivos para pensar que existe algo muy tenebroso en relación con el manuscrito.
—Entonces... sería mejor ponerlo en conocimiento de las autoridades —dijo Morgan.
Al instante noté como su rostro palidecía otra vez. Luego, se quedó pensativo por unos segundos que
ya me parecían interminables, cuando agregó—: lo peor que yo veo en esto, es que aquí puede estar
metida directamente la mano de Satanás; y según lo que tú mismo me has relatado, corres el riesgo de
caer involucrado en el robo del manuscrito, y ahora también en la muerte de tu suegro.
—Ya lo he pensado, y es por eso que no quiero hablar a la policía. Además, al ritmo en que se suceden
las cosas, no tendría tiempo para librarme del mal y proteger a mi familia. Tampoco quiero involucrar a
la organización y a los compañeros en este asunto.
— ¿Qué hacemos entonces con el manuscrito? —dijo al tiempo que se hacían más profundas las
arrugas de su frente—. Podemos dejarlo aquí, en la caja de seguridad de la logia. Pienso que es el lugar
más conveniente.
—No sé qué hacer. Lo mejor será que lo lleve conmigo y lo esconda en algún lugar. ¡Debo
marcharme!
Estiré la mano, tomé la bolsa y metí el documento en ella. Mi repentina decisión lo dejó perplejo y lo
único que atinó fue a ponerse en pie y a seguirme a través de la puerta lateral que conducía al parqueo.
Salimos juntos y llegamos hasta mi auto.
— ¡Máikol!
Me volví hacia él cuando sentí su mano que se aferraba a mi hombro. Yo intentaba abordar el auto.
— ¡Si, maestro!
—Debes esconderlo. Debes tener cuidado ¡Mucho cuidado!
—Lo pondré en el baúl… por el momento. Debajo de la llanta —afirmé con gran premura, y dicho y
ejecutado fue casi una misma cosa.
—Cuídese mucho, maestro —dije al partir.
Estaba casi desesperado por volver junto a mi familia y el primer error que cometí, casi sin darme
cuenta, fue pasar una luz roja en la primera manzana. Luego, a la salida del pueblo, casi atropello a un
perro y a la señora que lo seguía.
Cuando por fin tomé la carretera hacia Summerville me sentí un poco más calmado. Pero esta calma no
duró mucho. Al rato una nueva preocupación se apoderó de mí. Acababa de comprender que la visita a
la logia había sido un gran error de mi parte. Cuando un asunto de tal magnitud es revelado a segundas
personas, ya no puede haber seguridad para nadie.
Llegué a mi casa, metí el carro en el garaje y lo conecté al panel de carga. Después de revisar las
puertas y ventanas me senté frente al monitor de la computadora que controlaba las cámaras de
seguridad. Quería saber si algo inusual había sido grabado durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Eran las cinco y media de la tarde y había comenzado a oscurecer. Un poco más calmado me pude
preparar un té y me fui a la sala.
En eso sonó el móvil y vi que se trataba de Morgan.
— ¡Hola maestro! ¿Se encuentra bien?
— Yo estoy bien. No te preocupes por mí. Te llamo para informarte que tuve la osadía de hablar con
una persona acerca del manuscrito; pero no has de preocuparte. Se trata de William MacQuoid. Para ser
breve, el compañero se encuentra en Danvers, a poca distancia de la mansión Castel, y por lo visto,
desde que le hablé de tu manuscrito, se ha mostrado interesado, a tal punto, que está dispuesto a tratar el
asunto directamente contigo.
— ¿Cómo puedo contactar con él?
—Espera su llamada.
Aquella tarde, y luego en la noche, llamé varias veces a mi esposa para enterarme de la situación y para
informarle que aplazaría mi viaje hasta el siguiente día. Todo se había normalizado, según ella, y la
policía se había retirado luego de las pesquisas; pero se mantenía en alerta por los alrededores de la
mansión. Así estaría hasta que se aclarara el asunto.
Partí de regreso a Danvers al día siguiente a las ocho de la mañana.

Capítulo 5
HERENCIA MALDITA.

Mi esposa bajó a recibirme y lo hizo literalmente bañada en lágrimas.


— ¡No es todo, Máikol, no es todo!
Dijo mientras recostaba la cabeza sobre mi pecho.
— ¿Qué dices? ¿A qué te refieres con eso?
—No te dije por teléfono todo lo sucedido.
— ¿Qué otra cosa?
—No fue solamente un individuo el que penetró a la casa —dijo ella, tomando mi mano y llevándome
hacia uno de los bancos frente a la fuente. Me hizo sentar allí y agregó—: esa madrugada quedó un
cadáver en nuestra sala.
— ¿Un cadáver… dices?
—Un individuo de unos treinta, alto, de piel muy blanca y vestía todo de negro. Fue horrible. Creo que
esto quedará en la memoria para siempre. El cuerpo estaba bocabajo y ni mis hermanos se atrevieron a
tocarlo. Convulsionaba y los muchachos gritaban, hasta que llegó la policía.
— ¿Y qué sucedió después?
—Nada. Recogieron todo y nos permitieron limpiar la sala.
— ¿Qué dice la policía?
— Aún no han dicho nada; pero tenía una herida en el cuello y había mucha sangre en el piso y las
alfombras. Presumimos que fue un homicidio, cometido por el otro tipo, el que escapó por el frente.
Encontraron un cuchillo en la escalinata.

***

Agotado por el viaje y las preocupaciones, al siguiente día me levanté mucho más tarde de lo que
acostumbraba y apenas había tenido tiempo para darme un baño y comer algo, cuando se me acercó el
ama de llaves para decirme que en diez minutos llegaría el notario.
Nos reunimos en la gran sala de la mansión.
Cuando entró el notario con su maletín y lo depositó en la mesita central, los herederos se pusieron en
pie siguiendo el ejemplo de mi esposa.
Según lo que sabíamos Aliènor y yo, por boca de Anne, la mansión con todo lo que había en ella,
además de las cargas y derechos asociados, quedaría a nombre de mi esposa.
El conde había procedido de una manera inusual al revelar a su ama de llaves acerca de una parte del
contenido del testamento; actitud impropia cuando se trata de un testamento cerrado. Pero aún sin tener
en cuenta este detalle técnico, las expectativas iban en crecimiento.
Cuando el hombre rechoncho se acomodó las ligeras gafas en su entrecejo y tiró el primer vistazo
sobre el pliego de papel, sentí como los cuatro hermanos se ponían inquietos en sus asientos, y con
excepción de mi esposa, las facciones se contraían en una especie de espasmo.
Dijo el notario:
—«Yo… Arnaud de Castel Verdun, en completo uso de mis facultades, otorgo el siguiente testamento
que será leído a mis herederos en reunión conjunta y sin que medien disputas o altercados al conocerse
mi última voluntad.
Para mi hijo primogénito, Antony, dejo la casa de la playa con el terreno que la circunda. Para Louis
dejo el total de mis acciones en la bolsa de Paris. Margaret poseerá a partir de este momento mis
posesiones en la isla de Cuba junto a la bahía de la ciudad de Matanzas; y para mi hija menor Aliènor
dejo la mansión de Danvers con todo lo que hay en su interior y en el terreno de la propiedad. Que esta
sea mi última voluntad, y que se cumpla a la perfección por mis herederos y por la ley.
Para que se cumplan las anteriores disposiciones relativas a la mansión de Danvers, y se mantenga el
cuidado y resguardo de los bienes hasta que mi hija Aliènor tome posesión legal sobre ellos, dejo a
cargo como albacea a mi ama de llaves la señorita Anne Girardon.
En lo referente a mi ama de llaves, quiero agregar, que ella continuará en el cargo con las mismas
potestades, derechos y deberes que hasta el momento de mi muerte».
Se produjeron cambios notables en aquellos rostros, con suspiros de alivio y hasta con algunas
palmadas que estuvieron a punto de explotar en un torrente de aplausos, en el caso de Louis.
Quedé sorprendido con aquellas reacciones de conformismo, porque según tenía entendido, el
patrimonio total que recibían mis dos cuñados y mi cuñada apenas llegaba al sesenta por ciento del valor
estimado de la mansión. ¡De repente habían enloquesido!
Al parecer muy conformes con el resultado, aquel mismo día se marcharon y salieron de allí como
espantados por el demonio. A partir de aquel momento comencé a creer seriamente que tenían muchos
motivos para detestar el lugar, al igual que yo.

***

Poco después, estando con Aliènor en la sala de la primera planta se desataron sus lágrimas, contenidas
tal vez durante muchas horas. El ama de llaves había salido después de la lectura del testamento y
aproveché cuando me quedé a solas con mi esposa para tratar el asunto de la intromisión del extraño en
la mansión.
—Cálmate, mi amor, porque necesito saber de tus propios labios más detalles de lo ocurrido esa
madrugada.
La escuché con toda atención y después de su relato la noté mucho más calmada.
— ¿Alguien pudo ver el rostro del individuo? —dije entonces.
—Anne lo pudo incluso reconocer; según me dijo.
—Entonces… La cosa marcha por buen camino. Si Anne reconoció al individuo… y a propósito ¿ella
a dónde fue?
—No lo sé exactamente. Me dijo que tenía que ver a una pariente que está muy enferma. Pero además,
como hoy es su día libre, no pude hacer nada para retenerla. Lo que me ha resultado poco agradable de
ella, en este caso, es que no me quiso decir, por mucho que le insistí, quién es el hombre que se metió en
la casa.
—Su buen motivo ha de tener para ello —dije yo— ¡Aquí entre nosotros! Tal vez la buena Anne, tenga
su amante oculto.
— ¿Tú crees?
— ¿Y por qué no? Yo pienso que está en todo su derecho. En fin de cuentas, no es una santa.
—Pero ella no tiene derecho a meterlo furtivamente en nuestra casa. No hay motivo que valga en un
caso como este. ¡O sí, amorcito! ¿Tú piensas que puede haber un motivo más propio y digno, que el
respeto y la sinceridad que nos debe?
—Te digo, querida... Lo dije solo para sugerir una posibilidad, una explicación de lo sucedido... En
realidad, me parece muy difícil que ella tenga algo que ver con esos tipos. Una actitud así me parece
impropia de una persona como ella. ¿No será que ha ido a la policía a dar sus declaraciones?
Si después de lo sucedido con el intruso dentro de la mansión mi esposa hubiese sabido lo que yo sabía
en aquel momento acerca del libro y sus implicaciones, con seguridad sus sospechas y temores hubieran
complicado la situación.
— ¿Qué vamos a hacer ahora? Me da miedo quedarme sola, más cuando no sabemos todavía quiénes
fueron esas personas, los motivos que pudieron haber tenido, y lo más extraño ¿cómo entraron?
— ¡No temas! A partir de hoy, mientras estemos aquí, yo mismo estaré de guardia, día y noche, hasta
que se aclaren los hechos; pero ahora dime algo… ¿Cómo estaba la ventana de nuestro dormitorio
anteanoche, cuando sucedieron las cosas?
Ella se quedó pensativa, más de lo normal, y eso me hizo comprender que su imaginación no había
llegado todavía muy lejos.
Al cabo pronunció un rotundo «abierta», que me hizo estremecer.
— ¿Piensas que se metió por la ventana? ¡En verdad, yo no lo creo!
—A eso habremos de llegar. ¿Cómo está la ventana en estos momentos?
— ¡Cerrada…! Desde que sucedió lo del viernes, todo se mantiene cerrado en esta casa.
—Eso está muy bien. Voy a meterme en la biblioteca, quizá por un par de horas. Quiero chequear los
sistemas de seguridad.
— ¿Te tomará tanto tiempo?
—Si mi amor. Quiero hacerlo con toda calma; pero tú, no te preocupes. Afuera hay dos policías
caminando por los alrededores, y también he visto algunos drones volando sobre la propiedad.
Le di un beso y me fui a la biblioteca.

***

Como había dicho, primero fui a los computadores de seguridad; pero cuando traté de introducir la
clave pude comprobar que la habían cambiado. Por supuesto, los únicos que podían hacer tal cosa eran
Anne, nuestra ama de llaves, y la compañía de seguridad.
Este nuevo descubrimiento me dejó preocupado. Dejé las cosas así y me fui al otro computador. El que
utilizaba el conde de manera regular.
Mi mayor curiosidad estaba centrada en la historia de aquel lugar, es decir, el sitio donde se asentaba la
mansión y la zona circundante.
Mi profesión como historiador, a la que había dedicado la mayor parte de mi vida, no me había
enfrentado aún con aquel tema tan específico como era la historia colonial de Nueva Inglaterra, región
de la que forma parte el estado de Massachusetts.
Mucho más específico para mí era el tema del poblamiento de esta colonia en 1620, que se remonta al
grupo puritano conocido como peregrinos. Los puritanos fueron una facción radical del protestantismo
que se originó en Inglaterra durante la etapa reformista, en el reinado de Isabel I.
El tema religioso me era muy importante en aquel momento, ya que algunos de los personajes que
aparecen en mi relato, y el ambiente social de los primeros establecimientos en la Bahía de
Massachusetts aparecían todos muy matizados con estas creencias. Después de recapitular de manera
sucinta el pasado del territorio, me fui directo a la historia de Salem, que como ya sabía, era el nombre
que poseía en 1692 la villa que hoy se titula Danvers.
Lo que yo no sabía, es que en este mismo pueblo, precisamente en el terreno donde mi suegro había
ubicado su residencia; se encontraba en 1692 la casa del reverendo Samuel Parris. De pronto se me
alumbró el camino. Con este detalle se abría la posibilidad de que hubiese una relación entre el pasado
de la villa y el misterio moderno que envolvía la mansión de los Castel Verdun.
Tras esto, la primera pregunta que vino a mi mente fue si hubo algún motivo que impulsara a mi
suegro a la adquisición de aquella propiedad, sabiendo que era el antiguo terreno de Samuel Parris; o fue
una adquisición hecha bajo el desconocimiento de esta circunstancia específica.
La segunda tesis contenida en la pregunta la descarté de inmediato. Aquí no parecía haber cabida a la
casualidad. Entonces pensé que todo había sido planificado por el conde. Pasé a la siguiente fase de
investigación, con la pregunta: ¿qué esperaba encontrar mi suegro en el nuevo terreno de su propiedad?
Para responder a esta cuestión, pensé que sería bueno analizar primero ciertos detalles relacionados con
los gustos y aficiones personales que más notorios se habían hecho en su larga y aventurada existencia.
Enseguida, para ello, me levanté del sillón y fui a donde mi esposa, la tomé con cariño de la mano y la
llevé a la cocina. En aquel momento los muchachos permanecían en una de las salas de la planta baja
mirando la televisión.
— ¿Qué es lo que más le gustaba a tu padre desde que tú tienes uso de razón? —le pregunté sin ningún
preámbulo.
—Pues… viajar —dijo ella.
— ¿Viajar a qué lugares? ¿Recuerdas los lugares que visitaba con mayor frecuencia?
—Como los podría olvidar, si siempre eran los mismos. Occitania en el sur de Francia, el norte de
España, la península de Crimea, el Mar de Aral y la cuenca del río Amu-Daria, las ruinas mayas en
Centroamérica. Luego la tomó empedernidamente con esta zona de Massachusetts, hasta que se mudó
aquí, como tú sabes.
—Muy bien —dije entonces—, ¿y cuáles eran sus temas favoritos en historia?
Se puso a sonreír como si hubiese escuchado una nueva divagación de mi parte.
—Contesta querida —dije apretando su mano.
—Pues… eso hasta tú lo sabes. Todo lo relacionado con los cátaros y templarios.
—Gracias, eres un tesoro. En un rato vuelvo —dije soltando su mano y corriendo hacia la biblioteca
mientras la dejaba con los párpados desparramados. Había consultado con ella para tener la seguridad de
que mis propias conclusiones no eran de carácter subjetivo, sino que tenían un fuerte apoyo en la
personalidad del conde avalada por su heredera favorita.
Los lugares recurrentes de mi suegro estaban situados, casi todos, entre los paralelos 42° y 46° del
hemisferio norte y sus temas de historia eran los cátaros y templarios. Retomé entonces las coordenadas
que había encontrado en la última página del libro «José de Arimatea».
Desde que descubrí estas coordenadas, en mi mente había crecido la idea de que debía existir una
relación muy estrecha entre ellas y el contenido de la obra de Robert de Borón, porque si no… ¿qué otra
razón hubiera tenido quien las escribió precisamente allí? Y yo estaba seguro que había sido el conde.
Después de pasar varias horas en la biblioteca con la cabeza llena de más intrigas que soluciones, me
fui a reunir con mi familia; pero sin poder olvidar los problemas.

***

A la mañana siguiente muy temprano, cuando atravesaba la sala de paso a la cocina escuché un sonido
metálico como de llaves. Al volverme, vi a Anne que salía de su habitación. Me detuve, y ella se me
acercó.
—Buenos días, señor Máikol. Deseo hablarle un momento. —dijo con una prisa que me pareció
inusual.
Le contesté el saludo y me quedé mirándola a los ojos por un instante esperando que fuera ella la que
continuara.
—Pues si…, ya sabe el señor lo que sucedió el viernes en la madrugada —dijo a manera de
introducción y bajó la mirada. Luego agregó—: ruego al señor que me siga a la biblioteca. Tengo algo
importante que mostrarle.
—Como tú quieras —dije apartándome a un lado.
Llegamos frente a la mesa de escritorio principal y ella echó a funcionar el ordenador cuántico. El que
controlaba los sistemas de seguridad de la mansión.
—Le mostraré algo muy brevemente —dijo.
Anduvo con una mano sobre el teclado y al momento apareció en la pantalla la entrada principal de la
mansión, retratada por la cámara situada en el capitel.
—Aquí está —dijo mientras hacía avanzar la secuencia. Apretó una tecla y detuvo la imagen de la
puerta vista desde el exterior. Se irguió y me observó a los ojos.
— ¿Es todo? —dije yo.
—No señor; solo quiero que sepa que las imágenes que verá a continuación son muy
comprometedoras. Tal vez se sienta ofendido.
—Adelante entonces…
Apretó otra tecla. Me quedé observando sin pestañear. Cuando el reloj marcó las 02:05:10 en el ángulo
inferior derecho, la puerta en la imagen de la pantalla se abrió a media hoja. Una persona hizo su
aparición. Al instante quedé impactado por su figura.
— ¿Ese es usted, señor Máikol? —preguntó Anne con toda tranquilidad.
—Sí. Casi no me cabe duda. Pero… ¿Cuándo fueron tomadas esas imágenes?
—Como puede ver, en la madrugada de la intromisión. Supuestamente, unos segundos antes estaba
usted en el interior de la vivienda. Yo salía de la cocina y me sorprendí al verlo de espaldas cuando
atravesaba el salón y echaba a correr hacia la puerta. Por un instante se volteó y pude ver su rostro,
entonces pegué un grito que despertó a los sirvientes y a los muchachos. Como usted ya sabe, a partir de
ese segundo esta casa se volvió un caos y una angustia enorme.
—Pero Anne, eso es por completo imposible. A esa hora yo estaba en mi casa en Nueva Jersey. Todos
lo saben.
—Por supuesto, eso fue lo que yo declaré ayer, en la policía.
— ¿En la policía? ¡Esto es ridículo!
—Sí señor. En eso estoy de acuerdo. Pero los detectives no piensan de la misma forma. Ellos están
trabajando en la investigación. Creo que muy pronto será aclarado…
— ¡Aclarado…! Es absurdo —dije con abatimiento—. Le pido que no informe de esto a mi esposa,
hasta que la policía diga la última palabra.
—Sí, señor. Se hará como usted quiera.
Apagó el ordenador y hacía por alejarse hacia la puerta.
— Dime algo más...
Se detuvo y se dio la vuelta.
— Si.
— ¿Por qué me has informado?
— Pienso que es mejor que se lo diga yo antes que sea la policía. Por otra parte, estoy segura que no es
usted. ¡Ah disculpe, lo más importante, ya casi lo olvidaba!
— ¿Hay alguna otra cosa?
—Si. La policía ya tiene los resultados de la necropsia. Me refiero al cadáver que quedó en la sala. El
detective que atiende el caso desea hablar con usted mañana, a las ocho.
— ¡Muy bien! Estaré esperando.
Anne inclinó la cabeza y se retiró mientras yo me quedaba viéndola como se alejaba, hasta que subió
los escalones y cerró la puerta.

***

Lo que aquella mujer me acababa de revelar me dejó confuso. Durante las dos horas siguientes no pude
hacer nada. Había dejado la biblioteca y me había encerrado en el dormitorio. Allí, bocarriba en la
cama, me dedicaba a meditar cuando sonó el teléfono.
Era William MacQuoid. Su voz sonaba débil y agitada. Presentí que no se hallaba muy bien. Me dio su
dirección y salí escalera abajo sin avisar a mi esposa, que ni siquiera me vio partir.
El día estaba otra vez nublado. Una especie de rocío mezclado con niebla hacía que las calles
estuvieran casi intransitables para los peatones.
En unos pocos minutos alcancé la esquina de Quincy y Roosevelt y me detuve frente a una mansión
vetusta y desaliñada. Parecía un habitáculo de espíritus adormecidos.
Salí del auto y corrí hasta la verja, subí los escalones hasta el portal. La puerta estaba entreabierta.
Entré al recibidor y subí la escalera al fondo hacia la segunda planta como me había indicado.
Cuando llegaba al descanso, sentí que tosían en la habitación de al lado. Continué avanzando al
comprobar que la puerta estaba abierta y una luz temblorosa, como la proyectada por las velas de un
candelabro, iluminaba la estancia. Volví a sentir la tos. Me adelanté hasta el umbral.
Al extremo opuesto, junto a la ventana que daba a un costado de la casona, sentado en un butacón,
estaba el viejo amigo. En la mano derecha sostenía una pistola que apoyaba contra su sien. Al
reconocerme bajó la mano y puso el arma sobre la mesita a su lado.
—Adelante Máikol. Cierra la puerta y siéntate allá.
Hice como decía, aún sin decir palabra. Él agregó—: siento mucho que después de varios meses sin
vernos, nos reunamos en esta forma.
—La forma no tiene importancia —dije entonces—. ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Te encuentras bien?
—Mi situación es lo de menos —dijo con voz entrecortada—. El maestro Morgan me habló y me
contó de tu asunto…
—Ya lo sé.
—Se trata de un Oopart ¿verdad?
—El más extraño del que jamás oí hablar —dije—. Es un manuscrito que contiene una versión de la
«Canción de la Cruzada». Una versión distorsionada, donde se cuenta que la batalla de Muret fue una
victoria para el rey Pedro y sus vasallos ¿Cómo científico, que piensa usted?
Se inclinó sobre un costado y observé una mueca en su rostro.
— ¡Dime primero! ¿El manuscrito lleva el título «Maleficarum Malleus»?
—Pues… si. Por extraño que parezca.
—Es la última confirmación de mi teoría —dijo forzando una sonrisa—. Ya Morgan me contó
someramente acerca del contenido de tu manuscrito —agregó.
— ¿Qué le parece?
—Con el hallazgo del fusil en el campo de Muret y el cuerpo en la pared de la joyería, ya no me caben
dudas. Se ha realizado un viaje en el tiempo, desde nuestro futuro, con un extraordinario resultado: la
historia ha sido alterada.
—Y los Ooparts…
—Si Máikol, son la prueba. En algún lugar del espacio-tiempo se han abierto túneles de conexión entre
universos paralelos. ¿Traes el manuscrito contigo?
—No. Lo tengo en lugar seguro. Pensé que no sería conveniente…
— ¡Has hecho muy bien! Te aseguro, Máikol, están pasando cosas muy extrañas; que se deben a los
intentos de existencias racionales más allá de nuestra comprensión. Intentos que tal vez pretenden
traspasar estas barreras entre los universos, sabrá Dios con que propósitos. Y lo peor, que la humanidad
es ajena a todo ello y no está preparada para semejantes cosas.
— ¿Qué podemos hacer para protegernos, si llegara a ocurrir una intromisión?
— ¡Nada!… En realidad no sabemos lo que podría ocurrir; pero lo que sí puedo asegurar, es que algo,
de naturaleza desconocida, se nos puede mostrar en cualquier momento.
— ¿Dice usted, profesor, que pueden existir túneles que conecten otros universos con el nuestro?
— ¡Los Ooparts son la prueba de ello!
—Y estas puertas o túneles dimensionales… ¿Podrían estar en cualquier lugar?
—No sabría decir.
—Y si yo le digo que sospecho donde se halla uno de ellos…, un túnel.
—Silencio, Máikol —dijo MacQuoid de repente—. No diga ni una palabra más. No quiero escuchar.
Lo vi que se ponía pálido de repente. Se inclinaba como si su cuerpo se fuera a desplomar.
Me puse en pie. Corrí junto a él. Lo sostuve y lo llevé contra el respaldo. Fue en ese momento que
descubrí la herida que tenía en un costado.
—Ya esto se acaba para mí —dijo con dificultad—. Es hora. ¡Márchate ya!
—No sin usted. Lo llevaré al hospital.
—Es hora… ¿O piensas que los que hicieron esto me dejarán ver el sol una vez más? ¡Márchate
Máikol, ya es suficiente! Pero no vuelvas a mencionar una palabra de lo que sabes, o harás que crezca el
peligro para tu propia vida. ¡Márchate ya! ¡Adiós!
Así dijo.
Asustado y confuso me dirigí a la puerta, bajé las escaleras casi corriendo y me metí en el auto. En el
preciso instante en que presionaba la llave de arranque, sentí un zumbido. Vi pasar un dron atravesando
la calle. Volaba en dirección a la segunda planta de la casona. Seguidamente un estallido de vidrios me
hizo comprender lo que sucedía. Otro dron, siguiendo la misma ruta desapareció contra la pared.
Escuché un disparo y a continuación una explosión.

***
Me hice el firme propósito de no contar lo sucedido. No obstante, ardía en deseos de comunicarme con
alguien de confianza y que fuera capaz de imaginar, como yo, la magnitud del peligro.
Al siguiente día me puse en pie a las seis. Entré a la sala y me senté. Me dediqué a escuchar las
noticias. Ya estaban allí algunas imágenes en torno a los sucesos de la esquina Quincy y Roosevelt.
Cambié canal enseguida.
Poco después se me unieron mi esposa y el ama de llaves. Exactamente a las ocho sonó el timbre de la
puerta. En la imagen del holograma apareció por unos segundos la figura de un hombre de regular
estatura, pelo amarillo y bigotillo espeso. Anne lo reconoció de inmediato y se levantó para ir a recibirle.
Desde el primer momento fue bastante parco en sus expresiones. Se limitó a dar los buenos días y a
presentarse como el detective Dxxxxx de las oficinas del condado. Luego se sentó y sacó una pequeña
agenda de su portafolio donde aparentemente comenzó a garabatear unas letras.
—Lo primero que quiero decirles, y lo hago a modo de confesión, es que estoy completamente
confundido con este caso.
—Así estamos todos —dijo Anne.
—Pero en mi caso es mucho más grave, porque tengo la orden de aclararlo en las próximas setenta y
dos horas. Así que… me sería muy útil la cooperación de ustedes.
—En todo lo que podamos, con mucho gusto —dijo mi esposa.
— ¿Y usted, señor Máikol?
—Lo mismo digo.
—Comencemos entonces —dijo poniendo el portafolios a un lado. Luego extrajo de un bolsillo interior
un pequeño equipo de grabación—. ¿Tengo entendido que usted se encontraba en Summerville, Nueva
Jersey, el pasado sábado veinticuatro? ¿Es cierto?
—Cierto.
— ¿Qué motivo lo hizo regresar allá con tanta prisa?
—Una reunión de la logia para ese día.
— ¿Habló con alguien?
—Con el maestro de la orden, William Morgan.
— ¡Muy bien! Dígame… ¿Cuál es su profesión?
—Profesor de historia y escritor. Soy investigador teórico.
— ¿Estuvo visitando la red en la noche del sábado?
—Si. Desde mi residencia de Summerville.
— ¿Llamó a su esposa esa noche desde allá?
—Varias veces, entre las seis y las nueve de la noche. A esa hora me acosté a dormir hasta las seis de
la mañana.
— Dígame otra cosa —dijo entonces—. ¿Tiene usted hermanos?
—No. Murieron hace muchos años.
Dxxxxx metió una mano en el portafolio y sacó varias fotografías en tamaño ampliado, luego tomó la
primera y me la extendió.
— ¿Este es su auto?
—Si.
—Muestre la foto a su esposa y a la señora Anne —dijo entonces.
Hice como me pedía y luego de que ambas corroboraran mi afirmación la foto volvió a manos del
detective. La colocó por debajo de las otras y me pasó la siguiente.
— ¿Obsérvela bien y dígame si es usted?
En este punto supe con antelación de qué se trataba. Era una imagen tomada con la cámara de la
escalinata.
—Si. ¡Aparentemente soy yo! ¡No lo puedo negar! —dije haciéndome como una persona dominada
por el asombro y cierta perturbación—; pero no soy yo —agregué.
— Correcto señor. Yo también presumo que no es usted. Mire esta otra y dígame si lo conoce.
La imagen que vi a continuación si me perturbó en serio. Se trataba del cadáver del hombre asesinado
en aquella misma sala. La foto había sido tomada en los laboratorios de la morgue.
—Muy impresionante —dije enseguida.
Se la pasé al detective con el pretexto de que mi esposa y el ama de llaves no estaban en condiciones
de continuar viendo aquello.
El hombre se detuvo en aquel momento y nos observó a los tres con mayor detenimiento. Luego
rebuscó entre el paquete de fotos y tomó una que él mismo se puso a mirar casi sin pestañear, mientras
que con la otra mano se mesaba el bigote.
—Esta otra no es necesario que la vean las seño…
Se interrumpió a sí mismo. Guardó el paquete de fotos, la agenda y el equipo de grabación y agregó:
—Está bien por el momento. Les aconsejo que se mantengan localizables hasta que terminen las
investigaciones. Lo mismo les he dicho a los otros miembros de la familia Castel. No les voy a mentir.
Es casi seguro que la muerte del conde esté conectada con estos hechos.

Capítulo 6

EL ROBO DEL AUTO.

L o que escuchara de los labios de MacQuoid y lo que había visto después me había convencido del
peligro real que se cernía sobre mi existencia. Ya no podía dudar que en aquel momento estaba siendo
objeto de la atención de alguna fuerza y voluntad desconocida que pretendía forzar los acontecimientos
en alguna dirección, desconocida para mí.
Al día siguiente montamos en mi auto y salimos de regreso para Nueva Jersey. Quería alejarme de
aquel lugar lo antes posible. Pensaba erróneamente que de esa forma podría disminuir la posibilidad de
cualquier peligro.
Por otra parte, temía que descubrieran la llamada telefónica que recibí de MacQuoid y la entrevista que
tuve con él poco antes de su muerte. Si eso llegaba a pasar, entonces sí me vería involucrado en las
investigaciones del caso.
Me impulsaba también el deseo de trabajar en aquel asunto del manuscrito y mi esposa estaba ansiosa
por alejarse unos días de la mansión.
Como se ve, eran muchas las razones que favorecían la partida. Por supuesto, hasta aquel momento la
situación no me preocupaba tanto en el sentido legal, ya que no había evidencias que me perjudicaran;
no obstante, la atmósfera se había vuelto inquietante desde el punto de vista de nuestra seguridad.
¿Quiénes eran aquellos individuos? ¿Qué buscaban? ¿Cómo habían conseguido penetrar en la
mansión? ¿Qué relación tenían con mi suegro?
— ¿No sería tu hermano gemelo el que se metió en la casa? —dijo mi esposa como haciendo un
intento por romper con palabras el silencio y la monotonía del paisaje.
— ¿Estás bromeando?
—Pues lo único que veo claro, es que alguien muy semejante a ti se metió en nuestra casa.
—Imposible.
— ¿Sabes en realidad lo que pasó con tu hermano? —continuó.
—Fue adoptado, al igual que yo, cuando éramos niños. ¡Eso fue todo! Ya de mayor, cuando tuve razón
del mundo, lo estuve buscando por mucho tiempo; pero sin éxito alguno.
—Tiene que ser él. Eso lo explica todo —dijo ella con firmeza.
Después de este breve diálogo hablamos poco. Ella conducía y yo me mantenía con la atención puesta
en mis propios pensamientos; hasta el instante de rebasar una curva. Me di cuenta que una patrulla de la
policía estaba al acecho. Al pasar la vi entre los arbustos. Le indiqué a Aliènor que disminuyera la
velocidad; pero fue demasiado tarde. Había salido ya en nuestra persecución. Estábamos metidos en
territorio del estado de Nueva Jersey.
Aliènor aparcó y esperamos pacientemente hasta que uno de los policías bajó y vino hasta nosotros. El
otro hizo a continuación lo mismo. Unos segundos después nos abordaron al unísono por ambos lados.
Como un paréntesis, debo aclarar, que uno de los rasgos más sobresalientes de mi carácter es la
desconfianza. Semejante manera de actuar de los agentes me había parecido extraña desde un principio.
El oficial que se acercó por la izquierda nos mandó a desalojar el auto. Traté de replicarle y me pidió
que le mostrara la seña del microchip en mi muñeca derecha. Tuvimos que bajar y después que tomó y
revisó mi información en el escáner, me hizo inclinarme con las manos apoyadas contra el techo del
vehículo, para luego registrarme ligeramente.
— ¡Esto es un atropello! —dijo mi esposa.
— ¿Qué lleva en el baúl? —dijo el policía.
—Solo la llanta de repuesto y algunas herramientas —le respondí.
Me ordenó abrir el baúl y mientras me dirigía atrás, vi al otro que se alejaba hacia la patrulla.
Otro auto pasaba en aquel momento y un muchacho gritó a través de la ventanilla, y vi como mi hija le
mostraba el dedo.
El policía que había ido a la patrulla, después de llamar por la radio, regresaba a nuestro lado; al
tiempo que otra patrulla aparecía por la curva y se atravesaba al frente. En menos de lo esperado, dos
tipos vestidos de civil habían salido por el asiendo trasero del segundo vehículo y corrían hacia nosotros.
Entonces fui apartado de un empujón cuando trataba de impedirles abrir la puerta de nuestro propio
auto. Lo demás ocurrió en un segundo. El primer policía me puso la pistola al cuello, en tanto que los
asaltantes desaparecían. Ahora todo resultaba claro. El que me encañonaba comenzó a retroceder, se
metió en la patrulla, y sin dejar de apuntarme pasaron a nuestro lado y desaparecieron también.
Aliènor y las muchachas todavía permanecían pasmadas contra el muro de contención mientras Alex
corría sollozante hasta mi lado. Muy poco se había dicho durante el ajetreo; pero entonces vi a mi esposa
sacar el móvil.
— ¿Qué tratas de hacer? —dije saltando hacia ella.
—Llamar a la policía, por supuesto. Tal vez ellos puedan recuperar el auto. De todas formas, hay que
llamarlos para hacer un reporte.
— ¡Nada de eso! —dije tendiéndole una mano.
—No comprendo…
—Sé que en este momento no lo vas a entender; pero te ruego que no lo hagas. ¡Entrégame el
aparato…! Prometo que te lo explicaré todo, punto por punto, en su momento. Algo que tú desconoces.
— ¿Tienes algo que explicarme…? ¿Puedes explicar todo esto?
—Por supuesto que sí. Confía en mí y dame tu teléfono. Yo mismo llamaré un taxi, o algún amigo...
No hubo necesidad de llamar a nadie. En medio de este leve altercado y como algo providencial, un
auto pasó por allí y se detuvo a un lado de la carretera a unos cincuenta metros. Se abrió la puerta del
conductor y una chica en pantalones vaqueros, sandalias rojas de tacón alto y el pelo de color verde, nos
hacía señas con una mano.
En media hora aquella joven valiente y caritativa se detenía justo frente a nuestra puerta. Al traspasar
el umbral, sentí como si el mundo se me desplomara encima.

***

— ¿Qué diablos pretendían aquellos tipos? —dijo mi esposa—. Nos asaltan en medio de la carretera…
Seguro que habrían atrapado a esa basura.
—Dame un trago y acostémonos a dormir.
—Tú todo lo resuelves con acostarte a dormir ¿No me vas a dar la explicación que me prometiste?
—No creo que sea el momento oportuno. Aún tengo que pensar en algunas cosas.
Y en efecto: aquella noche caí en un profundo sueño. Al despertar todo parecía estar en orden, excepto
mi cabeza. Era una hermosa mañana de primavera. Nuestro vecino el bombero emparejaba el cesped de
su jardín y las mujeres de mi casa preparaban el desayuno. Me levanté de un salto, tirando a un lado la
sábana.
Cuando me asomaba por el vidrio de la ventana se abrió la puerta de la habitación. Aliènor se me
acercó. Traía un vaso con agua y dos calmantes y mientras yo bebía, se quedó mirándome a los ojos.
—Lo siento mucho —dijo—. Estaba tan nerviosa.
Entonces pasó a explicar la razón de su conducta anterior, la cual pude entender al instante. Nos
sentamos al borde de la cama. Quedamos pensativos escuchando el trajinar de Carolina al servir la mesa
y el ruido de la cortadora en el exterior.
— ¡Fue un día terrible! —dijo mientras recostaba la cabeza sobre mi hombro derecho.
Le tomé las manos y las estrujé entre las mías hasta sacarles calor.
—Demasiado terrible diría yo. Mucho más de lo que te imaginas. Ante todo, por la muerte de tu padre.
— ¿Apreciabas mucho a mi padre?
La miré intrigado.
—Por supuesto... ¿Acaso piensas que no?
— ¿Por qué lo apreciabas?
—En primer lugar, porque gracias a él te tengo a ti. Además, fue un gran padre de familia, un esposo
fiel, atento y preocupado. Nunca se doblegó ante las perfidias del mundo. Por eso tú, siendo hija suya,
no debes lamentar ni sentir congoja por su física dispersión.
— ¿Física dispersión? ¡Extrañas palabras para referirse a la muerte!
—Tal vez lo sean; pero las considero exactas.
—Dices que mi padre fue un esposo fiel… ¿Y tú, acaso lo has sido conmigo?
— ¡Ah…! Por supuesto.
—No te noto muy convencido.
—Tú lo sabes bien. Ya te lo he dicho mil veces —dije, antes que continuara insistiendo en aquel punto,
y agregué —. Hay algo que solo Dios puede saber con seguridad.
— ¿A qué te refieres?
—Ahora que tu padre ha muerto, y si él fue tal como lo conocimos, existen dos posibilidades, a mi
entender. Primera: alcanzó tal perfección espiritual que ha ido directamente a unirse con nuestro padre
redentor. Segunda: su espíritu está en alguna dimensión terrestre en espera de un nuevo nacimiento, y
sin duda, su nueva vida en esta tierra será mucho más grandiosa de lo que fue la que acaba de pasar.
—Sabes mi amor —dijo mientras apretaba mi mano—. Algunas veces pienso que esa doctrina del
gnosticismo es la única cosa cierta que podemos saber acerca de Dios y del mundo.
—El hombre se acerca a Dios siempre que el desconsuelo lo mata —dije—. Cuando un momento así
llega a nuestras vidas, toda experiencia humana y la sabiduría divina nos están sugiriendo que es el
tiempo de buscarlo y abrazarlo de manera permanente. El tiempo de celebrar la boda y no separarnos
jamás.
— ¡Está servido! —anuncio mi hija desde abajo.
—Ven querido. Quiero que me digas lo más importante ahora, cuando estemos sentados en compañía
de nuestra hija mayor —dijo avanzando hacia el pasillo.
Ya en el comedor me ofreció una silla y colocó ante mí un plato con mis tortas Aunt Jemima, luego dio
la vuelta y se me sentó al frente. Indicó con un gesto a Carolina para que hiciese lo mismo.
— ¿Me prometes que no te vas a enojar?
— ¡Olvídalo! No me volveré a enojar —dijo mostrando una sonrisita forzada— ¿De qué se trata?
—El manuscrito —dije enseguida—. Se trata del manuscrito. Estoy casi seguro.
— ¿Qué manuscrito? ¿El que se le perdió a mi padre?
—Así es. Ahora estoy seguro que esos hombres han estado rondando cerca de nosotros desde el día
que tu padre lo perdió.
—Explícate mejor —dijo mientras estrujaba una servilleta con una mano, con la otra aferraba el borde
de la mesa.
— ¡Mira Aliènor! yo tengo miedo de ser culpado por algo que no he cometido.
Quedé esperando por la reacción en su rostro.
— ¿A qué te refieres?
Me miró de soslayo y mantuvo su mirada hasta que me vi forzado a continuar con la explicación.
—Ese manuscrito en casa de tu padre. Bueno… ahora puedo llamarla, nuestra casa. El miércoles
veintiuno cuando me levanté y me metí en la bañera, el manuscrito estaba sobre la tapa del inodoro.
— ¿Quién lo puso ahí?
—No lo sé —dije mientras sentía que me temblaban los labios—. Ha sido un misterio para mí. He
estado haciendo todo lo posible por entenderlo; pero todavía no encuentro una explicación. Quise
decírtelo ese mismo día; pero luego cambié de opinión, para no preocuparlos a ustedes. El valor exacto
de ese documento es difícil de calcular; pero te aseguro que no baja de los quince millones de dólares.
— ¡Quince millones! —exclamó mi hija—. Es muchísimo dinero.
— ¿Lo habías visto antes, o al menos sabías de su existencia?
—Por supuesto que no —dijo Aliènor.
— ¿Pero vale tanto…?
—Has silencio, Carolina. ¡Déjame escuchar a tu padre!
—El valor monetario es lo menos importante —dije—. Al principio pensé que todo había sido cosa de
alguno de ustedes; pero luego me di cuenta que no podía ser así, y entonces un temor mucho mayor se
apoderó de mí.
— ¿Temor a qué?
—Un documento tan valioso, que desaparece y luego regresa de repente a tus manos, es motivo de
preocupación. ¡No lo creen! Todavía más cuando no se encuentra una explicación lógica de su aparición
donde lo encontré. Alguien entró a nuestro dormitorio de la mansión durante la noche del martes,
mientras dormíamos, y lo dejó sobre el inodoro.
— ¡Es absurdo!, ¡nadie pudo entrar!.. Ni siquiera los muchachos.
—A esa misma conclusión llegué después de revisar las cámaras y alarmas por todas partes. Estuve
estudiando el documento. He podido comprobar su autenticidad y su valor. Cuando vine aquí, decidí
deshacerme de él. De camino a la logia estuve a punto de tirarlo al lago; pero algo me lo impidió. Fueron
esos hombres. Entonces decidí consultar con mi maestro en la logia y hacerlo partícipe del secreto.
Parece que eso fue un error. Mi maestro no responde a mis llamadas. Pienso que algo le ha sucedido.
— ¿Y por qué robar nuestro auto? Eso no lo entiendo.
—Yo si lo entiendo. El documento ha estado todo este tiempo en el baúl, debajo de la llanta, y la única
persona que lo sabía, además de mí, era el maestro William Morgan.
—Entonces. La muerte de mi padre pudo haber sido un asesinato.
—Querida… eso no te lo puedo asegurar…
—Es demasiado… pienso que ahora sí debemos llamar a la policía.
—Papá... debías haberle pegado una bofetada a uno de aquellos hombres.
— ¡Qué estás diciendo! No hables disparates. No quiero pegarle a nadie. Ya te lo he dicho mil veces
que no soy uno de tus adorados héroes. Dejemos así las cosas. Olvidémonos del auto y lo demás.
— ¿Cómo? ¿Dejaremos que se queden con lo nuestro? Podríamos atraparlos nosotros mismos —
agregó Carolina.
—Pensándolo bien, la niña tiene razón.
—Ya no es una niña para que hable tantos disparates.
—Pero tiene razón de todas formas —replicó mi esposa—. Sabiendo en qué lugar está el auto
podríamos recuperarlo…; y también el manuscrito.
— ¡Muy bien...! Entonces, ¿dime dónde está?
Dije esto último de modo irónico; pero al rato quedé sorprendido.
Aliènor se había puesto en pie. Había ido a la sala. La escuché hablando por teléfono.
— ¿De qué se trata? —le pregunté después.
Volvió a su asiento con mucha calma.
— ¿Me prometes que no te vas a enojar? —dijo.
— ¿No habrás llamado a la policía? ¡Verdad!
—Ahora… soy yo la que voy a confesarte una cosa —dijo tornando su mirada hacia la escalera y el
pasillo de los dormitorios, en los cuales aún dormían Alex y Beatriz.
— ¡Dime!…
—Mandé a colocar un equipo de rastreo en tu auto.
— ¿Lo hiciste…?
Casi me ahogo con una migaja de pan. Ella se levantó presurosa y me puso en la mano un vaso con
agua.
—Si lo hice —dijo a continuación.
Desde que compré aquel auto yo había desactivado el equipo interno de rastreo satelital y Aliènor lo
sabía.
— ¿Lo hiciste… de veraz? ¿Por qué? No acabo de comprender. Creía que ese problema de tus celos
había quedado resuelto hace muchos años.
— ¿Y por qué te asustas…? —dijo mirándome con fijeza—. Si no has hecho nada malo, no tienes por
qué preocuparte.
—No se trata de hacer un juicio de valor acerca de mi supuesta conducta —dije pasándome la mano
por la frente —. Simplemente, te pregunto: ¿Por qué lo has hecho?
—Es cierto. Lo hice por los celos, y eso me ayudó mucho, porque ahora confío en ti. Ya sé que no
andas en nada.
Sus últimas palabras me hicieron sonreír. Ella, en su ignorancia del gran problema, veía las cosas de un
modo muy simple.
—Ahora… —continuó—. ¡Mira esto que nos sucede! El GPS nos ayudará a encontrar el auto y ese
valiosísimo manuscrito. Para eso he llamado a mi detective.
— ¿También un detective? ¡Esto es ridículo!
—Por supuesto querido. Estos casos requieren la asistencia de un detective. Como puedes ver, lo hago
todo como exige la ley.
— ¿Qué ha dicho el hombre?
—No es un hombre.
—Entonces ¿Qué ha dicho la mujer?
—Tampoco es una mujer.
— ¿Qué diablo es entonces?
—Un androide con figura femenina.
— ¿Podrá localizar el auto? Eso es lo que importa.
—Espero que sí. En cuanto ella lo tenga se comunica conmigo.

***

Acepté el plan de mi esposa sin tomar en consideración las complicaciones venideras. Hecho el
acuerdo sobre aquel asunto, decidí continuar las averiguaciones sobre el misterio del manuscrito.
Salí al patio y di una vuelta por el jardín en busca de alguna huella que pudiera indicar la presencia
reciente de personas extrañas merodeando nuestra vivienda. Durante la tarde, por fin, me pude sentar
tranquilo frente a mi escritorio y continuar el trabajo en el libro acerca de la historia de Cuba.
Cualquiera podría preguntarse sobre el motivo de mi interés en los acontecimientos que ocurrieron en
la isla en la década del sesenta del siglo XX. Para el público de mi propia época existen muchas
interrogantes que continúan proliferando desde que MacQuoid descubrió los indicios de una tragedia.
Tales indicios, ligados entre sí, parecían conducir a la revelación de un macabro acontecimiento. A
partir de esto, las especulaciones han sido muchas; pero nunca nadie llegó a saber con certeza qué fue lo
que ocurrió en aquellos años tan cruciales de la historia. No me refiero a lo que se conoce de manera
oficial como la Crisis de Octubre de 1962, sino a la velada relación que existe entre esta y los Ooparts de
MacQuoid.
Lo que el científico había sacado como conclusión, fruto de sus investigaciones, fue que dicha guerra
en realidad había ocurrido y la civilización nuestra había desaparecido. Algo que, si bien parecía
absurdo, no dejaba de ser angustioso para la mente humana.
Para los propósitos de mi libro había tenido que realizar dos investigaciones paralelas y exhaustivas.
La primera en torno a los hechos de 1962 en Cuba, hechos históricos reconocidos de manera oficial. La
segunda, concerniente a las pesquisas y resultados a los que había llegado mi colega, así como su
biografía personal.
Como se puede estimar de lo anterior, uno de los objetivos de mi estudio era determinar si el hombre
era un charlatán, como muchos opinaban, o si había algo de cierto en sus declaraciones. Yo había tenido
que colectar y clasificar un gran volumen de información que me servía como material para redactar el
borrador definitivo.
Con los últimos sucesos, en algunos de los cuales yo mismo había participado como testigo y
protagonista, mi libro había tomado un nuevo rumbo.
Curiosamente, para mi sorpresa, llegué a constatar que ciertos hechos, a pesar de que conducían a un
callejón sin salida, parecían ser la evidencia de otra realidad acaecida en 1962. Pero otra realidad en su
mayor parte desconocida.
Con respecto a los Ooparts puedo mencionar el caso de un enterramiento descubierto en Cuba, en el
cuál se hallaron los cuerpos de más de un centenar de personas calcinadas por la radiación ß; en un
pequeño pueblo cuyos muros y paredes están vitrificados. Otro es el descubrimiento aislado, realizado
por paleontólogos en siete u ocho localidades del mundo de varias especies animales altamente
diferenciadas; aunque pronto se podían demostrar sus orígenes recientes. Entre ellos una especie de
reptil volador del periodo cretácico conocido como Sinornithosaurus. Por último, para no meterme en
una lista demasiado extensa, menciono el caso de los manuscritos del Vaticano, donde se describen los
hechos desastrosos de una guerra termonuclear en 1962, con una curiosa indicación: dichos manuscritos
aparecían entre otros documentos de los comienzos del catolicismo y el Concilio Ecuménico de Nicea
en 325 D. C. También debo mencionar, en la misma sede del Vaticano, un documento donde se describe
la aparición de visitantes en una extraña nave en forma de platillo y la conmoción que causaron entre los
pobladores en varios puntos del Languedoc-Rosellón durante el siglo XIII.
Por último, el más reciente descubrimiento; el fusil AKM hallado en la llanura de Muret en el sur de
Francia.
¿Cómo se habían intercalado estos objetos y acontecimientos en el curso de nuestra historia oficial?
Dichas incongruencias y anacronismos, aparentemente sin ninguna trabazón, y su publicación
posterior; habían conducido al doctor MacQuoid desde la fama a cierto grado de desprestigio que lo
persiguió como una sombra fatídica hasta los días de su jubilación como funcionario de la NASA, y
finalmente, como yo sabía, su muerte trágica.
Armado con los instrumentos de una evidencia tan disparatada me había dispuesto a confirmar la
hipótesis de una Tercera Guerra Mundial siguiendo los pasos de mi compañero, si era posible por un
camino diferente; el cual consistía en tomar en serio, como punto de partida, la realidad de dicha
hecatombe nuclear de 1962.
Me puse a reunir entonces toda la evidencia que el público tenía disponible acerca del avión U-2 de la
flota norteamericana, que al volar sobre territorio de Alaska se había extraviado en el espacio aéreo de la
Unión Soviética. Sobre el submarino B-59 de la armada soviética que fue ubicado por unidades navales
de los Estados Unidos, las cuales comenzaron a lanzarle cargas de profundidad con el fin de obligarlo a
salir a la superficie, y cuyo comandante ordenó disparar contra sus hostigadores el torpedo con ojiva
nuclear que poseían a bordo. O el misil lanzado desde Ucrania contra las bases norteamericanas en
Turquía, después del derribo en Cuba del avión espía por las tropas coheteriles soviéticas instaladas en
la isla.
A William MacQuoid no fueron pocas las personas en el mundo que lo tacharan de loco, o en el mejor
de los casos, como un fantasioso; pero el caso es, que el hombre había mostraba a la opinión científica y
profana una serie de pruebas que parecían irrefutables, aunque a pesar de eso nadie le creía.
En mi trabajo me proponía especular un poco con el misterio, y en cierta forma, reavivar el interés del
público, arriesgándome a ser tachado de loco o mentiroso. Por supuesto, esperaba no salir peor parado
que mi predecesor. Con lo que ahora sabía me sentía más optimista.

***

A la mañana siguiente me desperté inusualmente rejuvenecido, como si la ventisca familiar hubiese en


forma prodigiosa purificado mi estado de ánimo. Tomamos juntos el desayuno y entonces me dispuse a
escuchar la información que Aliènor se había reservado para el momento.
La noche anterior, muy tarde, había estado en conversación telefónica con alguien durante largo rato y
supuse que sería su detective.
— ¡Y bien...!, ¿Ahora puedes decirme?
—Si amorcito, tu auto está a doscientas veinte millas al este, cerca de un pueblo llamado Riverfall.
Me pareció horrible escuchar aquello, porque hubiese preferido perderlo para siempre y evitarme así
tantas molestias. No obstante, había para mí algo más valioso en el manuscrito que su posible monto
monetario, y esto era su valor intrínseco como documento histórico y esotérico. Yo había comenzado a
sospechar que detrás de todo se escondía alguna organización poderosa, o tal vez una fuerza oscura que
manipulaba la información pública y los destinos del hombre.
—Yo creo que es mejor entonces llamar a la policía —dije un poco atemorizado por la situación que
avistaba en el horizonte.
— ¿Llamar a la policía? No creo que sea lo mejor…, al menos por el momento. A no ser que tú sepas
algo más acerca del manuscrito. ¡Algo nuevo! —dijo Aliènor.
—No entiendo nada de lo que está pasando —dije haciéndome el sorprendido—; pero me parece que
podemos llegar hasta ese lugar por nuestros propios medios, y después llamamos a la policía.
A eso del mediodía los preparativos de viaje fueron interrumpidos por una llamada del maestro
Morgan. En realidad fue una respuesta a una llamada anterior que yo le había hecho. Se lo dije a Aliènor
y minutos después salí para Autumnlake.

***

En la oficina de Morgan se habían reunido Thomas Oakley y el detective Matthew. Al entrar se me


quedaron mirando con una cara que me infundió temor. Sus ojos parecían cuchillos que me apuntaban
directo al corazón; pero traté de fingir no darle importancia a lo que ellos aparentaban.
— ¿Y bien…? —dije tomando asiento en medio de mis compañeros.
—Máikol, ¿Cómo te sientes? —dijo Morgan.
—En realidad, destrozado; pero trato de sobreponerme —respondí.
—Sabemos lo de MacQuoid y me imagino que tú también.
—Si maestro, estuve allí, y apenas había salido de la casa cuando se produjo el disparo y la explosión.
Luego supe que había muerto. Siento que todo este asunto ronda como una pesadilla a mí alrededor y
alrededor de mi familia, y tambien los implica a ustedes.
—No te preocupes. Estamos contigo —dijo Morgan.
—El detective que está a cargo del asunto en Danvers es amigo mío —dijo Matthew.
—Y también miembro de nuestra logia, para que te sientas más tranquilo —agregó Morgan.
— ¿Le han hablado?
—Él se ha comunicado con nosotros —dijo el maestro—. Para ser explícito, el informe de la autopsia
del cadáver encontrado en la mansión de Danvers no deja lugar a dudas…
— ¿Dudas?... ¿De qué?
— De la conclusión a la que hemos llegado nosotros… —dijo Oakley.
Pensando que ellos sabían mucho más del asunto estuve a punto de agregar mis propias conclusiones;
pero, por fortuna, el detective me interrumpió:
—El cadáver incrustado en la pared de la joyería y el cadáver en la mansión de Danvers, presentan una
similitud… diría yo, anómala.
— ¡Ajá! ¿Qué significa…?
—Lo llaman simetría de inversión temporal —dijo Morgan.
—No sé. Eso es extraño para mí. Si me lo pudieran explicar de forma más sencilla… —dije
acomodándome nervioso sobre mi asiento.
—Lo más sencillo —continuó Matthew—, es que los órganos internos de los cuerpos están invertidos.
Por ejemplo, el lugar donde se une el estómago con el duodeno está del lado izquierdo del cuerpo,
cuando debía estar a la derecha. El corazón aparece inclinado a la derecha, cuando debía estarlo a la
izquierda, el hígado está en la parte superior izquierda del abdomen… cuando debería estar a la derecha,
y así con todo.
— ¡Tamaño asunto! ¿No es cierto? —dijo el maestro.
— Si que lo es —reafirmó Matthew.
—Pero y eso… ¿A qué se debe?
— Según un informe preliminar que acaba de salir —dijo Matthew—, se dice que esos cuerpos
proceden de un lugar donde no se cumplen las leyes físicas que nosotros conocemos. Vienen de un lugar
donde no existe el tiempo, o algo así, probablemente otra dimensión, y al entrar en la nuestra, su
geometría se invierte.
—Como sucede con la imagen de cualquiera de nosotros al pararnos frente a un espejo. En la imagen,
el hígado aparece del lado izquierdo —dijo Morgan.
— ¡Otra dimensión! —dije entonces—. Eso me suena absurdo.
—Pero no lo es compañero —dijo Oakley—. Es la única hipótesis que puede explicar los hechos, en
realidad absurdos, como la aparición de esos cuerpos. Creo que si el doctor MacQuoid estuviera aquí
nos daría la razón.
—Si hubieras visto lo que encontramos en la pared y luego en la autopsia dentro del cuerpo de la
joyería —saltó Matthew.
— ¿Qué? —dije en espera de cualquier otra extrañeza.
— Diamantes amigo, diamantes.
— ¿Quién pudo haberlos puesto allí? —preguntó Morgan dirigiéndose a mí de manera evidente.
— ¿Están sugiriendo que fue mi suegro?
— ¿Y quién más podría haber sido, si fue el conde de Castel quien ordenó la construcción? —dijo
Matthew.
— Bueno, suponiendo que sí, que haya sido él quien los puso allí. ¿Para qué lo hizo?
—Ha salido un informe científico del instituto tecnológico de Massachusetts con relación al caso de la
joyería —dijo Matthew—. Los diamantes fueron los que impidieron que el tipo atravesara por completo
la pared. Esto sugiere, a mi entender, que tu suegro esperaba desde hacía muchos años, la posibilidad de
este resultado.
— ¿Dices que mi suegro metió los diamante en la pared, en el momento en que esta se construía, para
detener al hombre?
—En efecto compañero, eso es lo que acabo de decir.
—Parece que los diamantes son un tipo de cristal de tiempo —continuó Matthew—. He leído al
respecto. Son una sustancia cuya simetría se repite no solamente en el espacio, sino también en el
tiempo y tal vez eso fue lo que produjo el fenómeno en el cadáver.
— ¡Ah…, no compañeros! Con el perdón…; pero me parece que quieren presentar a mi suegro como
un ser envuelto por un halo de misterio. Yo lo hube de conocer de manera personal y no creo que sea
para tanto.
—Las evidencias, compañero. Ellas lo dicen todo —dijo Matthew—. No hemos dicho que él haya sido
el culpable de los desastres nacionales de los últimos años; pero es evidente que su personalidad estuvo
involucrada de alguna forma en todo lo extraño que se viene sucediendo.
— Y ahora… —dijo el maestro—. Sospechamos, compañero, que tú has heredado no solo una parte de
los bienes materiales de tu suegro, sino también, aquella parte que corresponde a su misterio.
— ¿Cómo podrían probarlo? —dije tratando de contener un ligero temblor.
—No se trata de culparte de algo —continuó Morgan sonriendo—. Como tú, queremos saber lo que
está sucediendo, por el bien de todos. Dice Dxxxxx que las huellas encontradas en el puñal coinciden
con las tuyas.
— ¡Por favor! —dije poniéndome en pie—. ¡Tuve un hermano gemelo monocigótico…! que
desapareció de mi vida cuando teníamos siete años.

Capítulo 7
ATRAPADOS.

La conversación con mis compañeros de la logia había sido demasiado fuerte para mí. Regresé a mi
casa dispuesto a hacer cualquier cosa para resolver el misterio.
Alex y Beatriz se quedaron con la vecina. Con la esposa del bombero y sus hijos, y a las tres de la tarde
Carolina y Aliènor lo tenían todo listo. Me tocó a mí conducir el auto de mi esposa, mientras ella
hablaba con el detective. Este le iba transmitiendo los detalles de nuestra ruta. Yo solamente me limitaba
a seguir sus instrucciones.
Pronto dejamos la autopista por una carretera secundaria que se adentraba zigzagueante por una zona
boscosa. Nos desplazábamos por una suerte de túnel que formaban los árboles junto al camino. Estaba
finalizando el mes de marzo y las ramas semidesnudas comenzaban a echar sus primeros brotes,
filtrándose a través de ellas los rayos del sol poniente para crear una inefable acuarela de tintes
primaverales.
El aire se había hecho de repente más frío desde que entramos al bosque; pero no era nada de extrañar
si teníamos en cuenta la altitud, y que aún era demasiado temprana la estación.
—Ahora ve despacio —dijo Aliènor sosteniendo el móvil muy pegado a su oído—. Dice que por aquí
cerca hay una bifurcación y un cartel a la derecha que lo indica.
—Pues debe ser aquel —indicó Carolina tan de repente, que apenas tuve tiempo para detenerme junto
a una tabla desgastada, clavada horizontalmente sobre un poste de madera.
En letras rojas se podía leer «Instalación federal: acceso prohibido».
— ¿Qué hacemos? —pregunté indeciso—. Creo que lo mejor será regresar a casa.
Carolina se había arropado en el asiento trasero y sin entusiasmo alguno miraba hacia las penumbras
que comenzaban a cubrirnos con su espeso manto.
—Aparcaré a un lado mientras decidimos que hacer. Creo que será mejor.
— ¡No es necesario! —dijo Aliènor—. Ya está decidido. Continuaremos a pie. Si está por aquí cerca,
lo encontraremos.
Cinco minutos después nos adentramos por el sendero y avanzamos hasta que se hizo oscuro por
completo. Mi hija parecía haber encontrado a su héroe y yo me sentía, aunque trataba de ocultarlo, como
un ciervo acosado por una manada de lobos. Me seguían tan cerca que hasta recibía sus pisadas en mis
talones.
—Esperen aquí —dije en un susurro mientras ellas se aferraban a mi cintura, como si temiesen
precipitarse a un vacío.
—Esto no es para nosotros —dijo Aliènor.
—Muy tarde querida.
Tomé entonces la pistola que llevaba bajo el cinturón y me dispuse a indagar por mí mismo el carácter
de aquel lugar. Me adelanté unos pasos y pronto pude distinguir unas construcciones que se levantaban
en medio de los árboles y resaltaban entre las sombras. Me aproximé con cautela. Trataba de seguir el
rayo de luz proveniente de una pared. Luego anduve a lo largo de una cerca de malla que apareció ante
mí.
Seguía la cerca con la esperanza de encontrar alguna puerta de acceso que me permitiese llegar hasta
las construcciones. Las rodillas me comenzaron a temblar cuando recordé que en lugares así suelen
colocar minas, trampas o alarmas para sorprender a los intrusos.
Me detuve entonces, con mayor temblor, al ver frente a mí algo como dos brasas que me escrutaban
desde la oscuridad. No me había equivocado. Recibí un golpe en el pecho seguido de un ardor lacerante
y me derrumbé sobre la hierba.
***

Yacía todavía en aquel lugar cuando la luz de una linterna cayó sobre mi rostro.
— ¡Ya es hora! —escuché una voz, y dos tipos me obligaron a poner en pie agarrándome por los
brazos.
— ¡También a las mujeres! —se escuchó otra voz estridente en dirección al sendero.
Fui llevado casi por los aires hasta un portón de hierro, y después hasta la pared frontal de una de las
construcciones. En aquel momento sentí los chillidos de mi esposa y de mi hija. Unos cinco tipos nos
rodeaban, con linternas y bien armados.
— ¡Llévenlos adentro! —se volvió a escuchar la primera voz.
— ¿Están bien ustedes? —pregunté a Aliènor que se revolvía a mi lado.
—El jefe los quiere ver —dijo el hombre, dejándome apenas terminar la frase mientras nos introducían
a un vestíbulo pobremente iluminado por una lámpara de luz fría.
Lo miré al rostro, y entonces reconocí a uno de los policías que nos habían asaltado en la carretera.
Esta vez no vestía el uniforme de oficial; sino una camisa de cuadros grandes, rojos y negros, y mangas
largas; pantalón azul de mezclilla y tenis blancos.
Nos hicieron pasar enseguida a una habitación contigua. Esta era amplia. Una especie de despacho. Al
fondo, junto a otra puerta, estaba un escritorio y sentado tras este un hombre de unos cincuenta años; lo
que pude deducir por su cabello tordo y dos pronunciadas arrugas que le atravesaban la frente. Sus ojos
eran pequeños, vívidos y de mirada penetrante, su nariz ganchuda y el cráneo de tipo dolicocéfalo.
Mientras los hombres nos colocaban en línea frente al escritorio, él permanecía observándonos.
—Déjenlos sentar —ordenó con voz intempestiva. Luego él mismo nos indicó, con un gesto un poco
más amable, un viejo sofá recostado contra una de las paredes—. Siento mucho haber tomado su auto —
agregó entonces.
Su tono de disculpa me tranquilizó un poco.
—No tiene importancia —se le ocurrió decir a Carolina en son de burla.
El hombre se quedó meditando y agregó con carácter triunfal:
—También siento mucho decirles que si no cooperan, es poco probable que puedan salir de aquí.
Para el instante en que concluían sus palabras, yo estaba tan confuso y asustado que hasta me
avergonzaba de mí mismo. El hombre había dicho «poco probable» con tanto énfasis como para levantar
temor.
Aliènor se había aferrado a mi brazo derecho y se apretujaba contra el hombro.
— ¿Qué sucede? —me susurró al oído.
Yo pensaba hacer una pregunta parecida al hombre, al momento en que este hizo una seña y cuatro de
los individuos se aglomeraron frente a nosotros, nos hicieron poner en pie, y sin más, nos sacaron de la
habitación.

***

Nos bajaron a un sótano seco y con olor a aceite de motor. Por fortuna, el piso estaba bastante limpio.
A partir de aquel momento nos serviría como silla y lecho durante la noche más angustiosa que yo
recuerdo junto a mi familia.
Una lámpara de luz fría en el techo nos alumbraba todo el tiempo y cada media hora se abría la puerta
y uno de nuestros captores se asomaba desde lo alto, de manera que apenas se nos permitía analizar con
serenidad nuestra situación.
Llegado el amanecer creció la angustia. Aún no nos habíamos puesto de acuerdo en lo referente a la
identidad y los propósitos de aquellos hombres, cuando se abrió otra vez la puerta y uno de ellos bajó
para proporcionarnos una gran bandeja con el desayuno. Luego de depositarla en el piso, nos comunicó
que debíamos estar preparados para ver al jefe dentro de una hora.
Habían traído alimento suficiente como para saciar cuatro veces nuestro apetito. Nos pareció
asombroso y a Carolina se le ocurrió decir que aquellos tipos eran caníbales y tratarían de cebarnos antes
de someternos al sacrificio.
Pasado el tiempo, nos condujeron a la habitación. Esta vez, el hombre aguardaba en pie y se paseaba de
un lado a otro. Fue entonces cuando pude apreciar que su estatura era más elevada de lo que pensé al
principio.
—Pueden sentarse —dijo señalando hacia el sofá—. Todavía no me he presentado ¿verdad?
Dio un paso adelante e inclinó la cabeza.
—Mi nombre es Mustafá Abdul Al Qadir —agregó.
— ¿No son del gobierno, verdad? —dije yo tomando la iniciativa.
—En realidad no lo somos —dijo dando gran énfasis a sus palabras.
Nos dio la espalda en dirección a la puerta exterior, la abrió a media hoja y se asomó afuera. A través
de la abertura entró el aire fresco de la mañana.
Cuando cerró la puerta y se acercó a nosotros, me di cuenta que estaba preocupado.
Permanecíamos observándolo, hasta que escuchamos otra vez su voz.
— ¡Oigan esto! Los he llamado aquí para decidir la situación de ustedes, no la nuestra. Se han
convertido en un estorbo para mis planes.
— ¿Piensa asesinarnos? —gritó Aliènor casi con lágrimas en los ojos.
—Mi modo de actuar no es el asesinato, señora, aunque le diré que esa no es una razón que me impida
eliminarlos en cualquier instante.
— ¿Por qué debería hacerlo? ¿Qué mal le hemos hecho, o en qué le perjudicamos? —dije yo—. Lo
único que queríamos era recuperar nuestro auto, y fueron ustedes quienes lo tomaron.
—Precisamente —dijo el hombre—. El único error que han cometido, es haber llegado hasta aquí.
— ¿Y qué lugar es este? —volví a preguntar con la mayor ingenuidad que me fue posible.
— ¡Escuchen! —su voz hizo detener mi aliento—. Ordené buscar información sobre ustedes. ¡Lo
siento! Ahora sé que es historiador —agregó señalándome con un dedo—. Muy destacado por cierto.
¿No es así?
Yo permanecí en silencio y él dijo a continuación—: he pensado que me sería muy útil, por eso estoy
reconsiderando mi primera opción.
— ¿Qué era eliminarnos?
Aliènor me pellizcó la barriga—: no vuelvas a mencionar eso —dijo apretando los dientes.
El hombre nos dio la espalda y regresó a su buró.
—No exactamente —dijo.
— ¿Qué hará entonces?
—Haremos lo siguiente…
Se detuvo un instante apoyando ambas manos sobre el respaldo del sillón, entonces agregó—: estamos
a punto de emprender un viaje; uno muy singular. Tal vez único en la historia. Para todo viaje largo se
necesita un vehículo; y por supuesto, nosotros tenemos uno; pero no habrá lugar en él para otras tres
personas. Esto es lo que le propongo, profesor: irá usted con nosotros como guía, como consejero en
ciertas cosas, y también como garantía, y yo a cambio, libero a su esposa y a su hija; pero en caso de que
se niegue a viajar, no tendremos otra alternativa.
—Que eliminarnos… —dije poniéndome en pie.
Sentí una mano que calló fuerte sobre mi hombro y dos de ellos se empotraron al frente apuntando con
los fusiles.
—Tiene cinco segundos para decidir —dijo el exótico personaje quien me pareció en aquel instante
como salido de una leyenda. De repente no tuve otra opción.
— ¡Bueno iré, iré con ustedes! —grité.
¿A dónde me llevarían? Esto lo supe al siguiente día.

Capítulo 8
LA PARTIDA.
El extraño personaje nos condujo por otras habitaciones de la instalación hasta llegar a una habitación
central frente a cuya puerta nos detuvimos. Semejaba la bóveda de seguridad de un banco con sus
complicados mecanismos de cierre electromagnético y códigos digitales. Su estructura, a diferencia del
resto de las edificaciones, era de concreto. Algo bastante sorprendente si se tiene en cuenta lo retirado
del sitio, en medio de una zona boscosa de los Apalaches.
—Este lugar lo tomamos por asalto hace unos días —confesó Mustafá, al tiempo que uno de sus
secuaces marcaba un código junto a la puerta.
— ¿Lo tomaron… por asalto? —preguntó Aliènor.
— ¡Eso es! Pero no se sorprendan. El valor de lo que está encerrado lo amerita.
Hicimos silencio mientras la gruesa puerta de metal se abría con lentitud.
Una máquina, con forma semejante a una enorme concha reposaba en el suelo de la habitación.
Enseguida vinieron a mi mente las múltiples historias acerca de platillos voladores y seres
extraterrestres.
— ¡Ven ahí! —dijo Mustafá avanzando hacia el artefacto—. Teníamos que impedir que continuara en
manos del gobierno.
— ¿Quién hizo esto? —pregunté.
—Nadie lo sabe con certeza.
—Pero entonces… ¿de dónde llegó?
—Un día apareció de repente y lo encontró uno de los que cuidan el bosque. Por supuesto, no existía
esta habitación, que fue hecha para protegerlo y encubrirlo.
— ¿Y ese es el vehículo del que hablaba?
—Así es, amiguito sabio.
—Entonces…, mi familia y yo no le servimos para nada en este asunto. No conocemos de tecnología,
ni electricidad, ni nada por el estilo. ¿Qué pretenden hacer con esto?
—Sacarlo de aquí —dijo Mustafá.
— ¿De qué manera?
—Ciertamente, no trataremos de moverlo fuera de la habitación. ¿No se ha dado cuenta que es una
máquina para viajar por el tiempo? Habrá que echarla a funcionar, y desaparecerá con nosotros, así de
simple. De la misma manera como llegó hasta aquí.
— ¿Está seguro?
—Ciertamente...
—Preferiría no embarcarme en ella —dije sin sospechar su reacción, que no se hizo esperar.
— ¡Enciérrenlos! —ordenó, y luego encarándose conmigo, dijo en tono amenazante—. Si mañana
continúa con sus dudas, le aseguro que no la pasarán muy bien ¿Me entendió?
El conocimiento histórico era la fascinación de mi vida; pero eso sí, siempre supuse las cosas de una
manera teórica y especulativa. Nunca había tenido lugar en mi mente la extraña ocurrencia de dar un
viaje por el pasado, o por el futuro, a bordo de un artefacto nunca antes visto por el público. Si aquel
viaje era en realidad posible, estaba a punto de realizarse.
A ellos les convenía la prisa; pero según deduje por las cosas que vi en la tarde durante el recorrido por
las instalaciones y por algunas palabras que escuché a nuestros captores, había algo que estaba fallando.
El hombre que trajinaba en la nave era también uno de los prisioneros. Un ingeniero de la NASA
ubicado allí desde que el lugar se convirtiera en zona de seguridad. La manera en que estos hombres
habían llevado a cabo su operación para tomar la instalación y apoderarse de su secreto podría continuar
siendo un misterio para mí.
La tercera noche de nuestro encierro la pasamos en el mismo sótano. Dormimos en el piso, aunque esta
vez nos llevaron algunas colchas y almohadas que compartíamos en familia. Tenía la triste sospecha que
aquella sería la última noche que pasaríamos juntos.
Al amanecer bajaron con el desayuno. Poco después nos hicieron subir. Mustafá estaba alegre, lo que
parecía demostrar que las cosas iban mejorando en lo que se refiere a la reparación de la nave.
—El momento de la despedida ha llegado —dijo señalando hacia la puerta.
Con esto estaba indicando a Aliènor y a Carolina que podían marcharse, y ellas dieron con timidez el
primer paso. Me adelanté con ellas y me dejaron salir al aire libre. Ya había amanecido por completo;
pero una ligera niebla flotaba aún entre los árboles del bosque.
Nos abrazamos, y en aquel momento sentí un dolor apagado en el pecho que me hizo derramar dos
lágrimas. De repente tuve deseos de escapar con ellas.
Entonces, observando sobre el hombro de mi hija, pude ver la cerca de malla y al hombre de guardia
junto al portón. Otros dos estaban parados por la parte de afuera y conversaban bajo los árboles. Mi
deseo de ir con ellas era fuerte; pero el temor de perdernos todos, fue mucho mayor. Estaba convencido
que al menor intento de mi parte aquella gente dispararía sin titubeos.
—Está bien. ¡Váyanse ya! —dije dando un último beso a mi esposa. Luego las vi cruzar el portón y
dirigirse a mi auto. Apenas dos minutos después me hicieron entrar a la habitación de concreto.

***

Haré una breve descripción de la nave. Por su parte externa, y si la mirábamos desde arriba, tenía la
forma de un pentágono. Mostraba una simetría perfecta, consistente en dos estructuras bien
diferenciadas que se repetían en todo su perímetro. A partir del borde inferior que se apoyaba en el
suelo, cada una de las cinco caras de su figura se hundía ligeramente hacia arriba y al centro. Las tres
líneas de simetría convergían en la parte superior formando ángulos de 45 grados. Estas cinco
estructuras, idénticas por fuera, constituían la parte operativa y de almacenamiento de la nave. En cada
una de ellas se abrían dos pequeñas ventanas de vidrio hacia el exterior. Su diámetro era de doce metros.
El otro tipo de estructura era bastante diferente. Consistía en una especie de pétalos que se originaban
en un centro común a partir del cual se ensanchaban, para luego otra vez unirse formando las cinco
puntas de la figura. Por la parte externa y central de cada uno de estos pétalos corría una escalerilla con
pasamanos que conducía a lo alto de la nave, donde se hallaba la única puerta visible constituida por un
agujero en forma de escotilla como las que usan los submarinos a tanques de guerra. Alrededor de esta
escotilla se podía uno mover circularmente y subir o descender por cualquiera de las secciones. Los
pétalos constituían la zona donde se alojaba la tripulación y los pasajeros con sus equipos individuales.
La nave tendría unos cuatro metros de altura.
—Adelante profesor —dijo Mustafá dándome un ligero empujón por la espalda.
A la hora decisiva yo fui uno de los últimos en subir por una de las escalerillas hasta el agujero central.
La escotilla estaba abierta. Me asomé al borde y miré hacia abajo. El agujero estaba bien iluminado y
desde el fondo uno de los tripulantes me hizo señas con una mano. Descendí por la estrecha escalera
hasta el piso y quedé anonadado cuando recorrí alrededor con la mirada.
Mustafá puso una de sus grandes manos sobre mi hombro derecho.
—Venga por aquí, profesor —dijo indicándome hacia uno de los cortos corredores, al final del cual
existía una puerta ojival y estrecha que se abrió cuando mi guía marcó una clave en el panel incrustado
en la pared.
La estancia en su interior era rectangular. A cada lado había una litera con la cabecera hacia el exterior
y al final del pasillo central una pequeña ventana de vidrio en forma de claraboya.
—Estese aquí. Puede relajarse mientras se adapta a su nuevo hogar. Este será su dormitorio mientras
dure su misión a bordo. Relájese. Hablaremos dentro de un rato.
Me dio la espalda y la puerta se cerró tras él. Yo, por mi parte, me senté al borde de una de las literas y
me puse a observar cada detalle y cada objeto. Allí reinaba el orden y la pulcritud. Luego de esta
inspección preliminar me puse a buscar algún orificio o ventana adicional que me permitiese echar un
vistazo a cualquier lugar de las habitaciones aledañas. La búsqueda fue inútil. Solo pude observar al
exterior de la nave a través del vidrio de la claraboya.
El material y la estructura de las paredes parecían totalmente herméticos. Sin duda a causa de ello
reinaba un silencio sepulcral en la habitación. Ni aún mis propios movimientos al caminar o al tocar los
objetos producían eco o resonancia alguna. Me eché bocarriba y cerré los ojos, y de repente mi claustro
me pareció propicio para la más profunda meditación. En esto parece que me quedé dormido y no supe
por cuanto tiempo, hasta que sentí un roce a mi lado y abrí los ojos.
Era Mustafá. La puerta ojival de la estancia estaba abierta y se escuchaba el ajetreo de los tripulantes
en el exterior. Miré el reloj sobre el dintel cuyos dígitos marcaban las ocho menos cinco de la mañana.
—Levántese profesor. Ya casi nos vamos.
— ¿Qué debo hacer?
—Venga conmigo.
—Me puse en pie, estiré los brazos y bostecé. Mi mente estaba completamente clara y mi espíritu se
gozaba y era presa de una quietud total. Fuimos hacia el espacio central, giramos a la izquierda y
entramos a la estancia contigua. Esta era la sección de comando. Alrededor, las paredes estaban
cubiertas con paneles de mando.
—En cuatro minutos partiremos —dijo uno de los ingenieros.
Eché un vistazo al resto de los tripulantes. Casi todos yacían atados a sus asientos, excepto uno con
bata blanca que se ocupaba en suministrar un pinchazo en el brazo a los demás.
—Siéntese aquí —díjome Mustafá señalando uno de los sillones. Accedí de inmediato. Fui atado con
los cinturones anexos, de manera que mis pies, mis brazos y el pecho quedaron fijos sobre el asiento.
Entonces alguien accionó un mecanismo y el respaldo se inclinó.
— ¿Está listo? —preguntó el de la bata blanca, mostrándome en alto la pequeña jeringa.
— ¿Y eso es necesario?
—Es necesario para su propia seguridad —dijo Mustafá al tiempo que se sentaba al sillón a mi lado y
él mismo se ataba. Recibí luego el pinchazo y vi con el rabillo del ojo como el hombre de bata blanca se
retiraba.
En verdad, yo dudaba que cualquiera de ellos pudiera conocer lo suficiente acerca de aquellos
mecanismos como para conducirnos a lugar seguro. Entonces, en un arrebato interno de desesperación
encomendé mi espíritu a Dios. Presentía que se acercaba el fin.
Sentí como si comenzásemos a girar. Tuve que cerrar los ojos para evitar así la luz cegadora que nos
envolvía. Fue como estar metido en una licuadora. Luego siguió un algo dominado por la nada; un
profundo y brillante vacío de la conciencia. Imposible decir cuanto duró nuestro viaje. Al final comenzó
la duda. Fue como experimentar la muerte con un mínimo de conciencia y volver atrás.
Si fuere así, si el alma perdura, si la muerte es una quimera, un viaje que experimenta el alma hacia
otra dimensión o a través del tiempo ¿Cuál es entonces su destino final, su lugar de reposo eterno? ¿Qué
misión cumple en esta vida y cuál está destinada a cumplir después?

Segunda Parte:
Capítulo 9
UNA CASA EN EL CAMPO.

Sentí algunas voces y abrí los ojos:


—Vamos profesor, hemos llegado —dijo Mustafá y me zarandeó por los hombros.
— ¿Estoy muerto? Este desgraciado…
— ¡Despierte de una vez! Tenga cuidado con las ofensas.
— ¿Adónde se supone que hemos llegado?
—A la Edad Media… ¡Es mejor que esté quieto!
Minutos después, cuando abrieron la escotilla, todo lo que apareció fueron tinieblas. Fue un instante en
el cual el único sentimiento que nos unía era la duda, hasta que por fin alguien prendió una especie de
reflector externo. A pocos metros hacia arriba se iluminó una superficie llena de arrugas y cavidades.
— ¡Vayan a explorar! —ordenó Mustafá.
Enseguida dos hombres salieron por la escotilla. Poco después se escucharon voces y Mustafá permitió
que el resto subiera a la plataforma.
A una distancia imprecisa nos envolvían las tinieblas, excepto un resplandor muy leve. Bajamos las
escalerillas. Entonces comprobé que el piso estaba resbaladizo y cubierto de charcos.
Guiados por la luz de las linternas nos dirigimos en fila hacia aquel resplandor. Finalmente nos
detuvimos a la boca de la caverna.
Aquellos hombres, cuyo espíritu parecía haber sido moldeado a prueba de pánico y zozobra habían
quedado absortos y felices como yo.
Me acerqué al ingeniero tratando de dirigirle unas palabras sin que los demás se dieran cuenta; pero me
resultó imposible. Entonces, mientras contemplábamos aquel mar azul golpeando con sus olas a nuestros
pies, se me ocurrió una idea: si algún día se presentaba la oportunidad de volver a mi propio tiempo
tendría que ser junto a él, o al menos con su ayuda. Con este objetivo, a partir de aquel instante
procuraba hablarle; pero pronto me di cuenta que sería una tarea difícil. Mustafá y sus hombres le tenían
echado el ojo.
Nos encontrábamos en un litoral de rocas cársicas. Por fortuna habíamos llegado en el momento de la
marea baja; pero cualquiera se daba cuenta que en pocas horas la oquedad quedaría invadida por el mar,
al menos hasta la mitad de su altura.
Avanzamos bordeando y saltando sobre los peñascos hasta conseguir alejarnos de la orilla. Luego
remontamos un farallón hasta situarnos al borde de una planicie. La vegetación era baja y rala. Nos
permitía observar hasta la línea del horizonte.
Poco antes de emprender la caminata hubo una breve discusión acerca de la certeza de nuestro destino
como viajeros del tiempo. Fuimos silenciados por Mustafá; pero aquellas palabras se quedaron en mi
mente.
El nos exhortaba a proseguir avanzando. Parecía convencido de que estábamos en la Francia del siglo
XIII. ¿Qué pretendía hacer en Francia en el tiempo de las cruzadas?
Esa fue una época en la cual caballeros de toda Europa, encabezados por la iglesia católica y el papado,
se enlistaban en poderosos ejércitos para marchar sobre tierras de Palestina con el objetivo de combatir a
los sarracenos y reconquistar el Santo Sepulcro.
Su origen musulmán me hizo comenzar a sospechar algo terrible.
Tras media hora de marcha la planicie se fue cubriendo de hierbas altas. Poco después comenzaron a
surgir árboles aislados y el paisaje costero desapareció por completo. Un punto móvil en la distancia
hizo detener al grupo. A una orden nos echamos al suelo.
Era una figura imprecisa en la distancia que poco a poco pudimos reconocer como un hombre a
caballo. Al principio parecía avanzar hacia nosotros; pero luego se fue alejando por un sendero que se
perdía hacia el norte.
— ¿Qué piensa hacer? —pregunté a Mustafá.
—Tarde o temprano tendremos que hacer contacto con la gente ¡Seguiremos a ese!
— ¿Está seguro que estamos en la Edad Media?
—No lo dude profesor.
— ¿Y qué quiere hacer en la Edad Media? ¿Qué busca?
—No le diré, porque no es su asunto ¡al menos por ahora! —dijo mientras se distraía observando con
los binoculares.
A partir de aquel momento, cada vez que lo abordaba con alguna pregunta y recibía su rechazo me
sentía con más valor para continuar indagando. Por primera vez me hallaba dispuesto a realizar
cualquier disparate; mucho más porque sabía que mi familia estaría a salvo.
Después de una corta marcha llegamos al borde de un camino. Seguíamos la dirección por la que había
desaparecido el jinete. Era apenas un sendero polvoriento que corría a la par de una cerca de alambre. Al
ver aquello… una ola de asombro y curiosidad me invadió de repente.
Me detuve con el pretexto de orinar y me llegué junto al cerco. ¡Alambre de acero!
— ¡Me parece que hay un error! —exclamé para que me escuchasen todos.
— ¿Qué quiere decir? —dijo Mustafá deteniéndose detrás del grupo.
—Pues... muy sencillo. En el año de 1208 no se facturaban alambres de acero, y por supuesto, no se
edificaba este tipo de cercados.
— ¿Está seguro? —volvió a preguntar, y sin más explicación saltó como una fiera sobre el ingeniero
que estaba a cinco pasos y lo atrapó por el cuello de la camisa.
— ¡Dime, desgraciado! ¿Qué sucedió?
—Uno de los transistores…, estaba enviando señales erróneas. ¡Si… eso tiene que haber sido! —dijo
el hombre casi ahogándose con el apretón.
— ¿Y no me dijiste que lo habías corregido?
—Seguro que sí; pero volvió a fallar.
Mustafá soltó al hombre dándole un empujón, y se encaró conmigo.
—Confiemos por un momento en que usted se equivoca. Ya tendremos tiempo para verificarlo.
Dirigí la mirada al polvo para dar tiempo a que amainara la ira de aquel bruto. Opté por no decir una
palabra durante media hora, lo que en realidad me resultó difícil.
Algunos árboles a la orilla del camino mostraban de manera clara la existencia de un clima tropical en
aquella zona. Los escasos conocimientos de flora que poseía me permitieron identificar un cedro, varios
eucaliptos, un pino, y luego junto a la senda, un árbol casi tan gigantesco como una sequoia. A unos
cincuenta metros apareció un rústico portón de madera que concedía el paso a través del cerco.
Por primera vez vimos una vivienda. Estaba al fondo, en medio de un palmar.

***

Abrimos el portón y penetramos en silencio, luego avanzamos a lo largo del caminito que conducía
hasta la casa. Entre dos de los postes que soportaban el techo de zinc del portal colgaba una hamaca, y
en ella reposaba un hombre con los pies sobre el piso.
Mustafá y otros dos se adelantaron de prisa. El hombre no se dio cuenta de nuestra presencia, o se hizo
el dormido, hasta que estuvimos casi sobre él. No pareció sorprenderse cuando Mustafá tosió y
carraspeó; pero en cambio, se quitó el sombrero del rostro, se irguió un poco sobre su puesto y quedó
mirándonos, como tratando de adivinar no sé qué.
— ¿Qué se les ofrece? —dijo entonces, y levantó a continuación la pierna derecha y la cruzó por
encima de la hamaca, quedando sentado de frente hacia nosotros—. ¿No son de por aquí, verdad? —
agregó con algo de impaciencia.
Colocó su mano izquierda sobre la empuñadura del machete que colgaba a su cintura. Ese movimiento
fue lento e instintivo, lo que no causó en Mustafá y su gente el menor movimiento, porque además, el
hombre permanecía sentado, mirándonos tranquilamente.
En aquel instante me dominaba una especie de zoncera. El hombre se dirigía a nosotros en lengua
española y no me daba cuenta. Cuando al fin me hice consciente de esta situación, sin moverme de mi
sitio le respondí:
—No, no somos de por aquí. Andamos de paso por el lugar. Hacia la ciudad... ¿comprende?
El hombre resopló. Dijo entonces:
—Si, entiendo lo que dice ¿Y sus compañeros?... ¿también van pa’ la ciudad?
La ironía en su voz me hizo comprender de inmediato que mis primeras palabras habían sido ridículas
e ingenuas. Todo me resultaba confuso y embarazoso. Mientras tanto, los demás aguardaban por mí.
Necesitábamos averiguar de inmediato en qué lugar exacto nos encontrábamos, y en qué momento de la
historia.
La máquina del tiempo se movía por un sistema de cuatro coordenadas, tres espaciales y una temporal.
Posiblemente algún fallo al emprender el viaje nos había desviado al sur del punto elegido; y como
todos sabemos, al sur de Francia, cruzando la Sierra de los Pirineos, estaba España... y de ahí, deduje yo,
el lenguaje del campesino.
Esta fue una rápida deducción, tan rápida y sencilla que al primer instante la creí posible; pero las
cosas a nuestro alrededor parecían indicar algo diferente.
Fue entonces que me decidí por la manera más directa y razonable de averiguar la verdad: había que
preguntar.
— ¡Mire amigo! Le diré una cosa con toda sinceridad —dije tomando la iniciativa y adelantándome un
paso —. La verdad es que nos hemos extraviado.
—Con respecto a Cuba, los gringos siempre lo están —dijo el hombre interrumpiéndome con
desgano—. Me imagino que entraron por la playa, y que vienen en apoyo de los alzados ¿no es así?
— ¡Espere! ¿Qué quiere decir con eso?
—Quiero decir —dijo el hombre—, que si la milicia los atrapa, los fusilan en veinticuatro horas. El
gobierno no perdona a los que se infiltran en el país.
La leve sospecha que tuve al principio parecía válida.
— ¿El gobierno de Castro? —me arriesgué a decir.
El hombre sonrió con ironía como si estuviese pensando «este me cree un estúpido», y a continuación
se puso en pie y llamó a una tal María.
Un instante después apareció María bajo el umbral. El hombre se le quedó mirando hasta que ella hizo
la pregunta:
— ¿Qué hacemos esta vez, Robustiano?
—Lo mismo de siempre, mujer. Prepara el cuarto de atrás.
— ¿Qué está pasando? —me preguntó Mustafá.
—Algo bastante desagradable ¡créame!
—Dígame de qué se trata.
—Hubo un error y estamos en otra fecha.
— ¿En Francia?
—No en Francia. Estamos en Cuba.
A continuación, comenzando por Mustafá, se escucharon algunas maldiciones y otras groserías. No
tuve más remedio que imponerme para tranquilizar los ánimos.

***

El campesino se convirtió con gusto en nuestro anfitrión. Al llegar la noche nos habían ubicado con
nuestras pertenencias en la habitación del fondo. Poco después nos llamaron al comedor. La mesa estaba
servida.
—Si es que necesitan alguna ayuda, como dicen, será mejor que digan la verdad —dijo Robustiano.
Mustafá, otros dos y yo permanecíamos en el comedor. Su esposa se había retirado a lavar los platos y
el resto del grupo estaba en el dormitorio. Desde el exterior nos llegaba el romance de la naturaleza en
una sinfonía de grillos.
Estaban atentos a mi conversación con el campesino; aunque, desde luego, no entendían ni una
palabra.
Yo pretendía conocer bastante bien las intenciones malévolas de mis captores y de repente sentí que las
circunstancias me habían puesto en una situación ventajosa. Solo tendría que expresar la verdad en el
momento y lugar adecuado y serían linchados en aquel país.
—Le diré la verdad, señor Robustiano. No solamente hemos llegado desde el «norte», como dicen los
cubanos, sino también desde el futuro.
El hombre me quedó mirando con cara de ingenuo. Hubo silencio por un momento.
—No hace falta que vengan del futuro pa’que los lleven al paredón —dijo al fin, bajando la mirada—.
Conque vengan del norte es suficiente; pero no se preocupen... este que’ta qui no los va echar palante.
Agregó luego tras un instante de reflexión—: hay cosas de la revolución que no mes tan gustando…
¡caray!

Después de esto nos fuimos al dormitorio.


Mi sueño fue bien profundo hasta entrada la madrugada. En un momento durante esta abrí los ojos y
me quedé mirando una lucecita en el techo, de un color verde que resplandecía. Luego pude comprobar
que era un insecto diminuto y blando. En eso me entretuve un rato hasta que decidí salir al patio. Eran
las cinco y media de la mañana. El canto de un pájaro arriero comenzó a escucharse entre una arboleda
cercana, inmersa en espesa niebla.
Me senté bajo un árbol y me puse a contemplar los primeros arreboles del nuevo amanecer que se
cernía sobre los campos.
Cuando decidí regresar al cuarto me retiré un poco y me recosté a un palo de la cerca. Me puse a
orinar; pero no había terminado cuando escuché a mis espaldas el roce de unos pasos entre la hierba.
—Tranquilo profesor —dijo Mustafá—. Pronto amanecerá y debemos volver a la cueva. Nuestro viaje
al pasado no ha concluido.
—Para mí, es más que suficiente a donde me han traído. Estamos en el año 1962 —dije sin volver el
rostro—, lo que quiere decir, que todavía no he nacido.
—Ese no es mi problema, y además, no me importa —dijo el saharaui—. Nos ponemos en marcha de
regreso a la cueva dentro de media hora.
Lo seguí al interior de la vivienda. Ya todos se habían levantado y se preparaban para la partida. Desde
la cocina salía un fuerte olor a colada de café. Los hombres se agrupaban junto a la mesa del comedor.
Cuando asomamos al portal el sol comenzaba a elevarse sobre el verdor de los campos. Fue aquí donde
mi destino dio su segundo vuelco.
En un instante, y sin saber de qué manera, habíamos quedado rodeados por más de una veintena de
milicianos. Se escuchó varias veces la orden de «suelten las armas».
Uno de los viejos sillones voló contra la pared y alguien se enredó en la hamaca y aterrizó en el polvo
húmedo del jardín. Se nos echaron encima. Sentí el cañón de un fusil hincarse sobre mi espalda. Al
momento fuimos reunidos frente a la casona.
En dirección al camino se escuchó el ruido de varios camiones.
En la batahola que se formó durante el arresto tuve la oportunidad de mirar atrás y pude ver la cara del
campesino que también era conducido junto a su mujer.
Tres camiones y dos jeeps del ejército se habían detenido frente al portón. Nos hicieron subir. Todo
parecía indicar que nuestra gira por el tiempo acababa de concluir en algo peor que un agujero negro.

Capítulo 10
DE BANDIDOS A LOCOS

Fueron varias horas de marcha en completa tranquilidad. Los milicianos parecían haber sido
entrenados para no hablar, y también para no permitírselo a los prisioneros. Cuando el ingeniero dijo
algo dirigiéndose a mí, fue sorprendido por el golpe que le propinaron con la culata de un fusil sobre el
pie derecho. Después de un alarido de dolor lo único que perturbó el silencio fue el ronroneo de los
motores al subir de una cuesta.
Durante el trayecto tuve la oportunidad de evaluar con calma la situación. En primer lugar el arresto.
¿Había sido el campesino el que informó a la milicia de nuestra presencia en la zona?
Al principio pensélo así; pero luego parecióme imposible. Él y su esposa no se habían separado de
nosotros mas que la distancia entre una habitación y la otra. Las pocas veces que habían salido de la casa
fue para alejarse por unos minutos hasta la letrina situada al fondo del patio, siempre bajo la mirada de
los hombres de Mustafá, atentos a cualquier movimiento sospechoso.
Robustiano, que al principio parecía estar de acuerdo con la rebelión de Fidel, horas después, en
conversación conmigo, había comenzado a dar muestras de inconformidad con la situación política y
económica del país, imperceptibles tal vez para un desconocedor; pero fáciles de percibir para alguien
con mente avisada en el tema, como era yo.
Desde un principio había optado por decirle la verdad; es decir, que habíamos llegado allí en una
máquina del tiempo. Cada vez que repetía mi afirmación, Robustiano parecía creerme el más
empedernido y estúpido de los mentirosos. Finalmente, ninguno de los dos continuamos insistiendo
sobre el asunto.
La verdad, que creí sería mi única salvación, no me había servido para liberarme de Mustafá y su
gente, al menos hasta aquel momento. Pensé que tampoco lo sería ante una posible condena por los
tribunales de la revolución. Fue entonces que decidí esperar por lo que vendría a continuación, haciendo
acopio de paciencia y coraje.
Creo que había pasado una hora cuando el camión que nos conducía entró a un camino pavimentado
(dejaron de sentirse los golpes y el traqueteo). Un rato después se detuvo. Por un par de segundos la lona
se alzó detrás. Fue el tiempo justo para que algunos milicianos echasen una ojeada, también para que
nosotros comprobásemos que habíamos entrado a una ciudad. De allí a nuestro destino final calculé que
fueron unos diez minutos.
Cuando nos hicieron descender vi que estábamos en un patio rectangular. Un edificio y una torre de
vigía proyectaban sus sombras sobre nosotros, sobre los camiones, sobre los milicianos que se
desplazaban veloces.
Hicieron que nos quitáramos los zapatos, la camisa, luego nos juntaron y comenzó un proceso de
selección que terminó dividiéndonos en varios grupos. A cada grupo lo enviaron en una dirección.
Primero a Robustiano y a su esposa. Lo que hicieron con el resto no lo supe en aquel momento. A
Mustafá y a mí nos metieron en una pequeña celda donde nos agarró la noche. Luego nos trasladaron al
sótano y a una celda regular.
Todo aquello me parecía una fantasía. No obstante, estaba tan angustiado que preferí guardarme mis
opiniones.
Al otro día despertóme el ruido de la reja. Pude notar la precaución con que se acercaban. Uno de los
guardias nos puso en el suelo una bandeja con un pan y dos jarros de café con leche. El hombre estaba
desarmado; pero otros dos permanecían fuera de la celda portando viejos subfusiles Thompson.
Cuando terminamos el desayuno vino el guardia y retiró la bandeja. Regresaron al poco rato. Nos
informaron que el capitán quería vernos. A continuación y sin más palabras entraron y se llevaron a
Mustafá.
Había pasado aproximadamente una hora cuando volvieron por mí y condujéronme a la primera planta.
Caminamos por un largo pasillo.
Había militares barbudos yendo y viniendo, entrando y saliendo de las oficinas. Se hacía difícil avanzar
en medio de aquel trajín, hasta que por fin llegamos al final del pasillo. Un guardia estaba apostado
frente a la puerta. Golpeó con los nudillos sobre la madera.
—Adelante —escuché enseguida.
El guardia empujó la puerta.
La habitación era amplia y estaba repleta de estantes, mesas cargadas de papeles, libros, ceniceros,
cestos de basura, teléfonos… frente a la pared frontal un sólido buró de madera barnizada, con dos sillas,
y un hombre sentado del otro lado que me examinaba a los ojos, como si tratase de descubrir a través de
estos la red eléctrica de mi cerebro.
Llevaba barba negra y espesa como su cabello. Su bigote lucía amarillento por la parte baja, la más
cercana al labio superior, dando la impresión de descuido y abandono.
Dijo una palabra que no entendí, luego extrajo el puro que sobresalía del bolsillo de la camisa y se lo
llevó a los labios. Prendió una cerilla y le puso fuego.
Uno de los guardias acomodóme una silla y luego se retiró unos pasos. El otro me llevó junto a la silla
y presionó sobre mi hombro.
En un minuto la habitación apestaba a humo.
Tomé asiendo mientras suplicaba a mis piernas un poco de fortaleza. Traté de sostener la mirada del
capitán.
— ¿Sabe por qué está aquí, no es cierto?
Asentí con la cabeza. Había decidido para mis adentros continuar con la verdad, dispuesto a desafiarlo
todo.
El capitán hizo una pausa para chupar su tabaco:
— ¡Veo que es cierto! —dijo sonriendo—. Sabe hablar muy bien el idioma español. ¿Dónde lo
aprendió?
—Soy autodidacta —respondí—. Me gusta estudiar lenguas extranjeras.
— ¿También aprendió por sí solo como infiltrarse en nuestro país, o fue la CIA quién lo entrenó?
La pregunta dejóme paralizado.
— ¡Responda!
— Le diré una cosa. Yo no soy de la CIA ni nada que se parezca. Me trajeron aquí en contra de mi
voluntad ¿comprende usted, capitán? Fui secuestrado por esos otros… ¡No tengo nada que ver en todo
esto!
—Se limpia las manos como ese Poncio Pilatos de la leyenda. ¡No es así! ¿A qué se refiere al decir que
no tiene nada que ver en todo esto?
—Con esta época y con este país. A eso me refiero. Venimos aquí de un futuro distante. Ellos me
atraparon, me encerraron en la máquina del tiempo... ¡Así fue como llegué hasta aquí!
El hombre reflexionó y lanzó una bocanada de humo en dirección a mi rostro, como retándome, o
buscando que se destapara mi indignación.
—Dígame…, haber ¿Cuál es su profesión? —dijo sin despegar casi los labios.
—Soy profesor de historia y literatura.
—Está preparao pa’comprender. No se ponga entonces a inventarme un cuentico. Le diré que su
situación es bastante delicada. Por lo que ha hecho, junto a los otros, puede enfrentar la pena de paredón;
o a lo menos cárcel por muchos años. Le aconsejo que coopere con su situación y la haga más favorable.
— ¡Le digo la verdad! No sé que otra cosa podría hacer para que me crean. ¡Mire capitán…! Yo
conozco la historia de este país. Solo quien no la conoce podría hacerse vanas ilusiones. Sé lo que
sucedió aquí, y también sé que estamos en el año 1962. Yo no tengo la intención de hacer nada malo
contra Cuba. Es más, capitán, le diré una cosa que sucedió...
Me interrumpí de repente, y el capitán continuó observándome sin inmutarse.
— ¿Por qué se detiene? ¡Diga lo que sucedió!
— Me quiero referir a que intenté varias veces escapar de mis captores.
— Eso no lo ayuda mucho; pero suponiendo que en persona no haiga venío a hacer na’ malo contra la
revolución del pueblo cubano. Entonces… ¿Qué hace con un grupo armao penetrando furtivamente en
nuestro territorio?
—Ellos trajeron las armas, no yo. Me obligaron lo mismo que al ingeniero.
—Sabe señor… eso me suena muy parecío a como hablaban los mercenarios de Girón. En aquella
ocasión, casi to’ el mundo era cocinero.
Tras estas palabras el capitán se puso en pie. Dejó el tabaco sobre el cenicero y fue hacia una ventana
con persianas de vidrio oscuro. Apartó la cortina de tela transparente y observó hacia afuera. Así estuvo
por lo menos un par de minutos, hasta que se volvió y preguntó a uno de sus hombres:
— ¿Qué fecha es hoy?
—Catorce de septiembre, capitán.
— No, Marciano… ¿Qué año?
El hombre dudó un instante y dijo a continuación:
—Mil novecientos sesenta y dos, capitán.
El capitán hizo una mueca y volvió a ocupar su asiento frente a mí.
—Quiere decir… que no tiene nada que ver con los otros.
—En absoluto..., y si quiere le puedo relatar las circunstancias que me llevaron a esto. Ellos intentaban
viajar al siglo XIII, pero al parecer la máquina del tiempo cometió un error. Un fallo técnico…
— ¡Deje de hablar disparates…! ¿Por qué lugar de la costa entraron?
—No, por la costa no. Todo lo que sé, es que entramos en esa máquina, y cuando me di cuenta,
habíamos llegado. Yo no soy peligroso, capitán; ni el ingeniero tampoco. A él le sucedió como a mí.
Simplemente nos secuestraron.
— ¡Llévenlo! —ordenó bruscamente—. Espero que en la próxima ocasión se decidan a cooperar.
Me levantaron de la silla tomándome por los brazos y me sacaron de la habitación.
En menos de cinco minutos habíanme devuelto a mi celda. Nunca había estado tan deseoso de
encontrarme a solas como en aquel instante. Entonces, echéme sobre la fría cama de piedra y parece que
el agotamiento y la tensión nerviosa hiciéronme quedar dormido.

***

Cuando desperté me sentía otra vez con ánimos para meditar en la situación. Lo primero que hice fue
comenzar a repasar mentalmente la historia. En base a esto, debía trazarme una vía para salir ileso. En
definitiva, mi propia seguridad era lo único que importaba.
Comencé a recapitular los detalles del interrogatorio. El capitán parecía no creer ni una jota de mis
palabras, y era normal. Lo mismo había pasado con el campesino Robustiano, y pensé que así seguiría
ocurriendo con todo el mundo. ¡Cuánto hubiese deseado en aquel instante tener a Einstein, o al menos a
H. G. Wells, cerca de mí!
Nos estaban interrogando por separado. Seguramente estudiarían las declaraciones y las compararían
unas con otras, buscando la verdad en cada una. Traté de imaginar las palabras de mis raptores; pero lo
hallé tan absurdo, que cambié de opinión al poco rato. En realidad, me resultaba todavía imposible de
concebir lo que pretendían aquellos hombres con su viaje a través del tiempo.
¿Qué aspiraba encontrar Mustafá en el siglo XIII? Probablemente sería algún conocimiento; o tal vez
un objeto que le serviría para realizar sus fechorías en nuestra propia época. Viéndolo de cierta forma,
daba la impresión de ser un consumado anarquista, un enemigo de todo estado, como el capitán Nemo
en la novela de Julio Verne.
Incluso, llegué a pensar que eran simples ladrones, buscadores de tesoros. ¡Nada más fructífero,
emocionante y ventajoso que extraer los tesoros de una época y disfrutarlos en otra!
¿Qué le sucedería a Mustafá si decía su verdad en la Cuba de 1962? ¡Increíble! Seguramente inventó
otra cosa, porque de lo contrario, lo encerrarían aquí para siempre. Por mi parte ¿Qué mentira hubiese
podido inventar que me fuese más favorable que la verdad?
Yo tenía la esperanza que cuando interrogasen al ingeniero este dijese la verdad. ¡Nada más que la
verdad! Si llegaba a ser así, entonces seríamos dos cuyas declaraciones podrían convencer al capitán. De
lo contrario, los cubanos creerían que yo estaba loco, o algo peor, que era el único que mentía.
En este empeño por decir la verdad vino a mi mente la idea de presentarles una prueba material.
Decirles el lugar donde se encontraba oculta la nave. Cuando esto se me ocurrío, salté de gozo; pero
pronto me opaqué al medir las consecuencias posibles de aquella declaración, y de repente un gran peso
cayó sobre mi conciencia. Creo que fue el peso del planeta entero. El destino de la humanidad comenzó
a pesar sobre mí. Entonces recordé que durante la entrevista estuve a punto de cometer un error fatal, ya
que casi le digo al capitán con detalles lo que sucedería al siguiente mes.
De repente me sentí con el poder del conocimiento y supe entonces que debía aprovecharme de mi
especial situación de viajero por el tiempo.
Hasta aquel momento había tenido yo una mentalidad libertina —así lo consideré—, ya que pensaba
solamente en mi salvación personal. Me llegué a sentir como el más egoísta de los hombres, y además,
ignorante de una verdad suprema.
Si la máquina del tiempo cae en poder de este país —pensé—, su gobierno podría utilizarla para acabar
con sus enemigos externos. ¡Eso sería terrible! No solo por el hecho en sí. Habría que pensar además en
las consecuencias a largo plazo.
Viajando adelante y atrás se podrían cometer además todo género de fechorías, de suerte que la vida
cotidiana se haría un desastre. ¡Bueno, en realidad ya lo era!... de la manera en que estaba organizada la
sociedad. Aún así, yo no deseaba agregar mayor fatalidad.
Pensé en aquel momento: los seres que construyeron esta máquina ¿no serían los responsables de
tantas guerras, conflictos y sufrimiento humano? Si esto era así, lo mejor que se podría hacer en aquel
momento era destruirla, o evitar para siempre que cayera en poder de los reinos de este mundo.
En el transcurso de estos pensamientos recordé a mi familia pequeña, y ante todo a mi hija, que con sus
delirantes inclinaciones a la admiración de los héroes de toda época había contribuido a meterme en
aquel asunto. Por primera vez se lo agradecí. ¡Aceptaba mi destino!
Contrariamente a lo que había pensado, al siguiente día no fui llamado para interrogatorio. Lo pasé
bastante desesperado. Me oprimía los sesos tratando de encontrar una fórmula para salir de allí.
Supongo que sería cerca del anochecer cuando uno de los custodios me dejó la bandeja con la cena
sobre la cama de piedra. Poco después me quedé dormido. Al siguiente día por la mañana sucedió algo
parecido. Lo único que conseguí fue desesperarme.
Esa tercera noche me dormí decidido a hablar con el guardia en la próxima oportunidad. Pretendía que
me proveyesen algún libro, o tal vez exigir una explicación acerca de mi prolongado encierro ¡Vana
pretensión la segunda!
—Trataré de conseguirle algún libro; pero no se lo aseguro —fue lo único que respondió cuando se
alejaba. No obstante, a la hora del almuerzo mis expectativas fueron superadas. Aparecióseme con
varios volúmenes. Uno de ellos contenía obras de José Martí.
De inmediato recostéme contra la pared, junto a la reja, y aprovechando la luz de la lámpara que
pendía del techo del corredor, comencé la lectura.
Lo primero que leí fue el poema “Abdala”, y luego los versos sencillos, de los cuales se originó una de
las versiones más famosas de la canción “Guantanamera”.
No haber enloquecido durante aquellos días se lo debo con seguridad a tales libros.
Fueron dos semanas durante las cuales la única presencia humana fueron mis carceleros. Trataba de
olvidar con la lectura lo que ocurría del otro lado de los barrotes. A los demás les habían hecho
desaparecer de mi vista y esta situación profundizó mi congoja y soledad.
Ya estaba perdiendo la esperanza que alguna cosa rompiese la monotonía, cuando una tarde se
aparecieron los guardias con el ingeniero y lo metieron en mi celda. Fue grande mi alegría.
— ¡Vaya! Me han tenido aislado todo este tiempo —dijo el hombre en cuanto quedamos solos.
— ¿Qué pensarán hacer? —pregunté.
— ¡Profesor! Estamos metidos en un gran lío. Cuando esta gente estudie bien las declaraciones, no
creerán ni una palabra.
— ¿Qué declaraste tú?
—Yo dije la verdad, por supuesto —respondió—; pero los otros se habían puesto de acuerdo para decir
que venían aquí en busca de refugio político.
— ¿Se lo van a creer? —dije.
—Opine usted, que conoce mucho de historia. Yo solo le podría decir que nuestra única salvación es
que repitamos tanto la verdad hasta que un día nos crean y podamos llegar hasta la máquina del tiempo,
entonces montamos en ella y nos largamos de regreso.
— ¿Podrías hacer que funcione?
—Por supuesto. He aprendido lo suficiente.
—Pero no será tan fácil —dije yo—. Además..., he estado pensando que si la máquina del tiempo cae
en poder de cualquier gobierno, la cosa será un desastre. El que la posea podría hacer cambiar el mundo
a su antojo.
—No había pensado en eso —dijo recostándose sobre la otra cama—. Se quedó meditando un rato
mientras yo continuaba en mi lectura sentado junto a la reja. Otra vez resonaron en mi mente los versos
del poeta:

«Cultivo una rosa blanca


en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca


el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.»

Al siguiente día en la mañana me llevaron a interrogatorio. El capitán hízome preguntas muy parecidas
a las anteriores mientras yo respondía lo mismo.
Esta vez decidí dar un matiz más ambiguo y dúctil a mis palabras, sin insistir mucho en la máquina del
tiempo.
Al final noté como si estuviese convencido de mi inocencia.
Al día siguiente nos sacaron de la celda y nos hicieron caminar a lo largo de un corredor hasta el patio
del cuartel. Luego nos llevaron hasta dos autos del ejército. Se veía el pánico en el rostro de mi
compañero cuando nos hicieron subir al bastidor, ahora desprovisto de la vieja lona.
Mientras atravesábamos la ciudad la gente nos observaba con esmero, hasta que finalmente quedaron
atrás las últimas casas a la orilla de la carretera.
La brisa golpeaba con fuerza. Dejé de pensar. Me dejé llevar de la fantasía, como si todo lo que pasaba
no fuese más que una quimera. Me había quedado adormecido cuando el ingeniero llamó mi atención
golpeándome con un pie.
***

El jeep que avanzaba al frente dejaba la carretera en aquel momento y comenzaba a subir por un
estrecho camino a la izquierda, a cuyos lados se extendían dos filas de palmas reales. Cuando el auto que
nos conducía se acercó al desvío pude leer un cartel que anunciaba la naturaleza de aquel lugar.
El sol de la mañana reverberaba sobre el reluciente asfalto.
Una reja marcó el fin de nuestro recorrido y nos dejaron pasar al recinto amurallado que encerraba
varias edificaciones. El capitán descendió desde el primer vehículo y caminó hacia el nuestro, al tiempo
que ordenaba a los guardias que nos hiciesen descender.
Lo que nos sucedería en el futuro inmediato era imposible de predecir, y esa era mi mayor
preocupación en aquel instante.
Hasta aquel día yo no había tenido una idea muy clara de lo que era un hospital para desquiciados
mentales. Antes de salir del cuartel el capitán nos había dicho que se trataba solamente de una
evaluación, y supe después que se refería precisamente a una evaluación psiquiátrica.
En esta situación pasaron cuatro semanas que ya rebasaban nuestra paciencia. Día de por medio
asistíamos a una entrevista por separado, luego nos llevaban al salón principal donde pasábamos el resto
del tiempo junto a los demás internos. Allí comíamos, jugábamos al dominó, leíamos algún libro y
asistíamos a los disparates de los enfermos hasta llegada la hora de retirarnos a nuestras celdas. Estas
eran cubículos privados, donde nos retenían hasta el amanecer.
Ambos presentábamos signos de una enfermedad mental, (que a la postre desconocíamos, pero
imagino que sería algo así como paranoia colectiva). Continuábamos repitiendo nuestra versión de la
historia de la máquina del tiempo, hasta el punto, creo yo, que aburríamos a los doctores. Me resultaba
imposible creer que alguien hubiese estado antes en una situación semejante.
Habíamos acordado al fin que nuestra única solución era escapar de allí. Debíamos arreglarlo todo con
paciencia. Desde un principio intentábamos conseguir información a través de los demás internos acerca
del territorio y de la situación afuera; pero cualquier esfuerzo resultaba en vano, ya que aquellos
infelices pasaban todo el tiempo con sus mentes vacías o completamente a la deriva. Luego, la pequeña
biblioteca del hospital vino en nuestra ayuda.
Una mañana muy temprano vimos entrar al capitán. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa cuando se nos
acercó sonriente! Nos saludó y dijo:
—Quiero que me inviten uno de estos días a viajar en su máquina del tiempo.
—La máquina está defectuosa, capitán —dije enseguida—. Serán necesarias ciertas reparaciones —
agregué con la mayor seriedad que pude.
—Espero que pronto la tengan lista —dijo echándonos una mano al hombro y sentándose con nosotros
a una de las mesitas en el salón de juego.
Pude ver que esta vez no se trataba de un interrogatorio, sino de una conversación «amigable». Nos
preguntó detalles de nuestras vidas en el futuro, del viaje a través del tiempo y del objetivo de Mustafá y
su gente.
A todo esto contestábamos con la verdad, hasta donde sabíamos, por supuesto; pero cuando insistió en
conocer el lugar donde estaba la máquina, nuestras respuestas se volvieron un cúmulo de
contradicciones. Como nos habíamos preparado para una pregunta así, no nos resultó difícil.
Al despedirse lo hizo con una sonrisa lastimera; pero esta desapareció cuando nos dio a saber, con una
muy fría advertencia, que si hacíamos cualquier intento por escapar, lo único que podríamos conseguir
sería empeorar nuestra situación legal.
—Estamos oficialmente desahuciados —dije al ingeniero un rato después.
Era sábado. Día que nos permitían salir al sol y pasearnos por la explanada. El mismo día que
habíamos decidido intentar la fuga.
Durante varias semanas habíamos estado observando la entrada y salida del carro de los suministros
para el comedor del hospital. Nuestro único chance sería escapar por un instante a las miradas del
guardia, que era el único que quedaba a cargo de nuestra vigilancia durante las horas diurnas. Para
conseguir esto planeamos un pequeño disturbio en el patio.
Resulta que dos días antes, mientras paseábamos junto al muro, una pequeña serpiente se arrastraba por
la arena a lo largo de este. No me fue difícil agacharme y atraparla. Se trataba de una conocida como
jubo, tan pequeña e inofensiva que pude sostenerla en la palma de la mano. La mantuve en el bolsillo
abotonado de mi bata hasta el referido día planeado para la fuga.
Después de la partida del capitán nos habíamos sentado en uno de los bancos en medio de la
explanada. Con mucho cuidado saqué el jubo de mi bolsillo y lo metí en una bolsita de papel amarillo.
Arrugué la boca de la bolsa de manera que mi serpiente no pudiera encontrar la salida con facilidad, y la
tiré al piso. Luego nos levantamos y nos acercamos un poco al carro de los suministros, tratando de
mantener una fingida conversación de locos.
Parece que la costumbre había hecho al guardia demasiado confiado, y esto nos facilitó las cosas.
Dos trabajadores habían terminado de descargar las provisiones y el chofer arrancó el motor para
partir. En aquel momento nuestro vigilante le dio la espalda al viento para prender un cigarrillo.
Una de las mujeres internas pegó un grito. Se formó un revuelo tan imprevisto que hasta el guardia de
patio tuvo que acudir en auxilio de los enfermeros y otros agentes del personal que aparecieron a poco
desde el edificio.
La alarma no duró más de treinta segundos; pero fue suficiente para que el ingeniero y yo saltásemos al
camión. En un momento nos habíamos metido en la nevera. Esta consistía en una especie de baúl
situado detrás de la cabina. Yo había sido el primero en saltar y el ingeniero me cayó encima. Entonces
nos acomodamos lo mejor posible entre los pedazos de hielo que flotaban en el agua helada.
Poco después el camión se movió y sentimos como se alejaba del hospital.
Después de viajar por un buen rato levantamos un poco la tapa de la nevera y observamos al exterior.
Me dio la impresión que nos movíamos en dirección contraria al pueblo en el que habíamos estado
presos.
Varias casas habían aparecido a un lado de la carretera y el camión se separó a la derecha y se detuvo.
Tal vez era el momento para regocijarme por una de mis acciones, de la que mi hija hubiera estado
orgullosa; pero aún estaba lejos de conseguir mi objetivo, que era regresar a mi familia.

Capítulo 11
FAMILIARIDAD INESPERADA

H
— ay que salir de aquí —dije al ingeniero.
A través de una rendija seguíamos con la mirada al conductor mientras se encaminaba en dirección a
una amplia construcción de mampostería. Debía ser —supuse en aquel momento—, algún centro
comercial.
Aprovechando la ocasión en que se alejaba saltamos fuera de la nevera y después al suelo. Nos
ocultamos tras el camión hasta que vimos como el hombre desaparecía.
— ¡Al otro lado! —dije señalando hacia la carretera y corrimos, dejándonos caer en la profunda
cuneta.
Unos minutos después salieron dos. El chofer venía comiendo un pedazo de pan y hablaba sin cesar
con la boca llena.
La parada en aquel sitio había sido para proveerse de combustible —lo comprobamos al instante—, así
que, tras esto, despidióse del otro, arrancó el motor, y desapareció sobre el reluciente asfalto.
El empleado se dio la vuelta y regresó a la tienda.
El resto de la mañana nos pareció interminable. Durante la tarde tuvimos que soportar el calor y la sed
bajo un sol abrazador, tendidos entre la maleza que nos cubría.
Observábamos con resignación a los clientes que entraban y salían, a los vehículos que ocasionalmente
se detenían y al hombre que despachaba la gasolina.
Cuando comenzó a caer la noche la quietud se tornó abrumadora y multitud de luciérnagas comenzaron
a iluminar los campos. Vimos como se cerraban las puertas del local.
Tuvimos que esperar otra media hora hasta que se hizo oscuro por completo.
— ¿Y ahora qué hacemos? —susurró el ingeniero.
—Tenemos que regresar, y para ello hay que encontrar el rumbo. Eso será lo primero. Saber en qué
lugar estamos. Después de ubicarnos, lo siguiente sería volver al sitio de la costa donde está la máquina.
—Creo que para eso vamos a necesitar ayuda.
— ¡Ahí esta! —dije señalando al frente.
En ese momento se habían encendido algunas luces en el portal y el hombre de la tienda salió al frente.
Poco después sacó un par de sillones por una puerta lateral y enseguida una mujer llegó y se sentó a su
lado.
—Podría ser peligroso; pero hay que asumir el riesgo. ¡Vamos a visitarlos! —dije tratando de ponerme
en pie.
—Nos reconocerían de inmediato, profesor. ¿Qué les vamos a decir si nos empiezan a preguntar? ¡Tal
vez, si va usted solo y trata de explorar la situación! De todas formas, mi presencia no haría más que
complicar las cosas.
— ¡Tiene razón! Iré yo solo.
Con gran decisión subí la cuneta y al momento me hallé sobre el pavimento. Me sacudí lo mejor que
pude y tras avanzar unos cuantos metros por el bordillo, torcí a la izquierda y crucé la vía,
encaminándome directo hacia el portalón. No había pasado todavía junto a las bombas de gasolina
cuando me di cuenta que la pareja había descubierto mi presencia. A pesar de ello, no pude ver ningún
indicio de alarma.
Continuaban meciéndose cuando llegué hasta ellos. Pude ver sus rostros iluminados por la amarillenta
luz de una bombilla que colgaba del techo. Eso me llenó de aliento para continuar.
—Buenas noches, señores. ¿Cómo están ustedes? —dije al acercarme hasta unos siete pasos y traté de
hablar de la manera mas formal.
—Buenas noches —respondieron.
Me quedé paralizado. En realidad, no había tenido la fuerza de ánimo necesaria ni la ocasión propicia
para planear una conversación. Por otra parte, la sed y el hambre en aquel momento amenazaban con
hacerme añicos. Tenía que improvisar de inmediato y una idea salió a flote de manera espontánea.
—El auto se nos averió varios kilómetros hacia allá —dije señalando en dirección al lugar por donde
había visto ascender el sol en la mañana—. Quería llegar a la ciudad antes del anochecer; pero ya ve, a
esta hora no es conveniente que nos alejemos mucho. Estaba pensando si nos deja dormir por aquí esta
noche.
— ¿A dónde viajan? —preguntó el hombre.
—Para Oriente —dije enseguida.
— ¿No anda solo, por lo que le oigo decir?
— ¡Así es! Mi compañero viene detrás; pero mire, tenemos hambre y sed. Si nos vende algo que comer
también nos haría un gran favor.
Dirigió una mirada a la que sin duda era su esposa y ella asintió con un ligero movimiento de cabeza.
Se levantó a continuación y desapareció a través de la puerta de doble hoja a un lado del portalón. Él y
yo quedamos solos, frente a frente, me miró a los ojos. A la débil luz pude ver confianza y seguridad.
—Puede llamar a su compañero. Mi esposa se encargará de traer algo para que coman, y esta noche se
pueden quedar aquí —dijo señalando al piso.
Debía ser agradecido y se lo demostré con una sonrisa. No me pareció extraña su confianza, ya que mi
aspecto de hombre intelectual, más la flojedad que en aquel momento me abatía no dejaban lugar a
dudas.
Era temprano aún; pero pronto apareció una luna como teñida en sangre que iluminó los potreros al
otro lado de la carretera. Sentí en mi ánimo como la noche encantadora nos envolvía.
Un muchacho como de doce años apareció de pronto por una esquina de la vivienda, pasó por detrás de
mí y se introdujo con rapidez por la puerta que había quedado abierta. Después de entrar con gran
desatino en la habitación, encendió una luz y pude ver entonces, por primera vez, hacia el interior de la
sala. Los muebles eran escasos. Apenas otros dos sillones de madera sólida como los de afuera y un
antiguo televisor. Un enorme cajón cuadrado barnizado de color caoba, que era todavía moderno en el
primer año de los Rolling Stones.
El muchacho había ocupado uno de los sillones y comenzó a mecerse mientras la pantalla del aparato
se iluminaba con imágenes en blanco y negro.
El hombre se puso en pie y echó un vistazo hacia el interior.
—Regresaré en un momento. Puede traer a su compañero; mientras tanto, yo voy a prepararles un
lugar para que se acomoden esta noche.
Dicho esto desapareció. Me quedé sin aliento, respirando profundo como después de una zambullida
en un estanque de agua helada. Su retirada fue una tregua en mi frenética batalla. Sin pensarlo más me
aparté unos metros hacia la explanada e hice señas con insistencia, hasta que vi aparecer al ingeniero
desde el fondo de la cuneta. Insistí otro poco hasta que este se decidió a dejar su escondite y acercarse a
la construcción.
— ¿Qué sucede? —dijo con cara de susto.
—Hasta ahora no ha sucedido nada; al menos una fatalidad. ¡Acérquese acá! Cuando ellos regresen,
déjeme hablar a mí.
—Está bien, profesor. Como diga usted.
Nos sentamos en el borde del portal, que era elevado, y descansamos allí sin decir palabra.
Desde la sala llegaba el sonido del «Pájaro loco» y de «Betty Boop»; los dibujos animados tan
populares creados allá por el segundo cuarto del siglo XX. Ellos aparecieron poco después. La esposa
traía en sus manos un par de platos. Él unas sábanas y almohadas. La mujer nos dejó la comida y regresó
adentro; pero regresó enseguida con una jarra con agua y dos vasos.
Yo, que me estaba acostumbrando ya a este tipo de pernoctadas, vi esto como delicioso. Pronto se
retiraron, llevándose con ellos los sillones a través de la doble puerta; pero antes de cerrar, el hombre
nos dirigió otra mirada y nos deseo buenas noches, diciendo luego, en tono tranquilizador, algo así:
—Mañana es domingo, y la gente sale a ordeñar un poco más tarde que de costumbre.
Con el estómago satisfecho muy pronto el sueño se encargó del resto.

***
Apenas surgían las primeras luces cuando abrí los ojos. Me entregué a pensar lo que haríamos entonces
y la decepción me agobió hasta el punto de sentir mareos y deseos de vomitar. Me quité la sábana de
encima y caminé a lo lejos, en dirección al terraplén.
— ¡Oh Dios! ¿Por qué me ha tocado vivir esta angustia? —expresé en un susurro. Caí de rodillas en
medio de la explanada. El contenido de mi estómago se derramó sobre el polvo.
Después sentí un gran alivio; pero la frase expresada con antelación resplandeció en mi cerebro como
un faro, como un camino a la salvación. Tal vez era el momento para recapacitar acerca de mi existencia
anterior, de presentarme a mí mismo como un navegante que recorre el mundo en busca de la verdad.
Tenía la presunción de que el ser supremo estaba en mí, esperando por la decisión correcta.
Escupí hasta que la boca me quedó seca de saliva y regresé al portal, en silencio. Tomé la jarra de agua
y me enjuagué. Mi compañero de viaje aún dormía. Me senté en el bordillo. Púseme a contemplar la
niebla sobre los potreros al otro lado de la carretera. Estábamos totalmente desorientados. Sentí que algo
teníamos que hacer de inmediato.
Como nuestro propósito era llegar hasta la máquina del tiempo, decidí que lo más seguro sería,
primero, ubicarnos en el lugar; luego, buscar ayuda. También decidí en ese momento, tal vez impulsado
por las escasas alternativas, que aquella ayuda tan necesaria podría venir de la gente humilde que nos
acogía sin titubeos. Analizando estos puntos por un buen rato comuniqué la idea a mi compañero que
despertaba.
—Me parece bien —contestó—. Si es que continúan tan amables.
—Lo intentaremos, amigo. ¡Lo intentaremos! Pero debemos conseguir que confíen en nosotros, y para
ello es mejor hablar siempre con la verdad.
Media hora después se abrió la puerta y el hombre salió al portal.
—Buenos días— dijo de inmediato. Sin dar tiempo a que respondiésemos agregó—. Sé que deben
haber pasado una noche bastante incómoda; pero era todo lo que podía ofrecerles.
—Fue todo lo contrario —dije yo, después de responder al saludo—. Se lo agradecemos mucho.
Ahora… ¡desearía hablar con usted!
Fui interrumpido por un movimiento de su mano:
—Ni se le ocurra pensar en algún tipo de pago por esta sencillez —dijo.
—No se trata de eso —intenté continuar, pero fui interrumpido por segunda vez.
—El desayuno está listo. En un momento recojo esto y nos vamos al comedor.
Pasamos por una puerta que se abría en el cerco de malla y dimos la vuelta alrededor de la casa a través
del solar. Entramos luego a una habitación final donde nos esperaba una mesa muy bien servida.
La sencillez era tremenda; pero el orden y la limpieza daban un tono acogedor que nos hacía olvidar
por un momento que nos encontrábamos en un mundo extraño para nosotros. Finalmente nos sentamos
en compañía de aquel hombre y saciamos el apetito. El ambiente era tranquilizador.
Mucho de lo que nos ocurrió a partir de aquel momento será digno de relatar. Para comenzar diré que
poco después del desayuno tuvimos la oportunidad de entablar una conversación formal. Nos había
invitado a salir al solar donde cultivaba una huerta. Allí, a la fresca brisa que proporcionaba la mañana y
bajo la sombra de un aguacatero me dijo de esta forma:
—Sé que me estuvo mintiendo anoche cuando afirmó que el camión se les había roto cerca de aquí.
Ante estas palabras no pude sostener su mirada; pero hablé a continuación sin titubeos.
—Si señor, es cierto que le mentí, más que otra cosa, presionado por la necesidad de ayuda.
— ¿¡Ayuda!? Si necesitan ayuda muy bien pueden ir a las autoridades. Aunque eso depende del tipo de
ayuda que necesitan.
—Eso es. No podemos ir a las autoridades —dije entonces—. Es algo relacionado con eso lo que
quisiera explicarle.
— ¿Andan… huyendo…? ¿Se han metido por ahí en algún problema?
—No exactamente; pero si me permite se lo cuento todo.
El hombre miró hacia la puerta de la cocina, donde estaba la esposa recostada al umbral; luego más
calmado nos observó a nosotros.
— ¡Muy bien! Puede decirme todo lo que quiera…, y ahí veremos.
Antes de continuar con el relato quiero decirles que el aspecto de nuestro anfitrión era el de un hombre
decidido y seguro de sí mismo. Esta cualidad de su carácter lo llevó enseguida a recostarse contra el
tronco del árbol y en esta posición esperaba por mí. Yo, por mi parte, adopté la postura más cómoda que
me fue posible, y le miré a los ojos.
—Sé muy bien que todo lo que le contaré le parecerá muy extraño, y es por eso que le pido que no
juzgue las cosas a la ligera, antes de escuchar mi relato.
— ¿Puede ir al grano?
—Muy bien. Mi compañero y yo estábamos ayer ingresados en el hospital psiquiátrico. Habíamos
estado allí durante más de dos meses, hasta que conseguimos escapar. Por supuesto, como usted habrá
notado, no estamos enfermos ni mucho menos.
—En eso estamos de acuerdo, mas… ¿si no están enfermos, cómo es que fueron a parar allí?
—Anterior a eso habíamos estado detenidos en el cuartel de la milicia. Fuimos interrogados por varios
días y de allí enviados al hospital. Según el capitán, nuestro único error, y yo digo que nuestra única
fatalidad, fue haber entrado al país de forma ilegal. Algo que tampoco fue nuestra culpa.
—Déjeme ver si entendí esto último —dijo Juan arrascándose la cabeza—. ¡Lo primero! ¿Fueron
detenidos por haber entrado al país de manera ilegal?
— ¡Eso es!
— ¿De dónde son ustedes y de qué forma entraron?
—Bueno, somos del norte, pero escuche esto. No entramos por nuestra voluntad. Fuimos secuestrados
en nuestro país y forzados a venir aquí.
— ¿Secuestrados? —dijo el hombre frunciendo el entrecejo y repitió la palabra—. ¡Secuestrados!
—Así como le digo. Pero me temo que lo más difícil de creer será cuando le explique la forma en que
entramos al país —hice una pausa para respirar profundo y proseguí—. Ya le dije que venimos de los
Estados Unidos, o del Norte, como le llaman ustedes; pero no venimos de este año.
El hombre engurruñó los ojos como si le costase mucho esfuerzo ver a un par de energúmenos frente a
sí. Al menos eso llegué a creer en aquel instante.
— ¿Qué quiso decir? —dijo entonces.
—Se lo explicaré de otra forma. ¿Verdad que hoy estamos a 2 de octubre del año 1962? ¿Es así?
—Así es —dijo Juan.
—Pues bien. Nosotros salimos de los Estados Unidos el día primero de abril del año 2040. ¿Me
comprende? Lo que quiere decir que hemos llegado aquí desde el futuro. De hace más de 78 años.
Esta vez, el sorprendido fui yo. Mis palabras, en lugar de parecerle extrañas, le hicieron sonreír
afablemente.
— ¿Un viaje a través del tiempo…? Me parece fascinante; pero no lo puedo creer, a menos que me lo
demuestren. Yo soy un trabajador humilde, siempre lo he sido; pero eso no quiere decir que sea tonto
para creer algo sin que antes me lo demuestren. Necesito pruebas.
La actitud del hombre ante lo que yo pensé que sería lo más difícil de comprender, inspiróme
confianza:
— ¡Lo comprendo! —dije entonces—. Hay toda una complicada historia detrás de lo que acabo de
decirle. Hay un aparato, una nave, o como nos apetezca llamarle, oculta en un lugar no muy alejado de
aquí. Es la nave en que viajamos; pero no pertenece a nosotros, y ni siquiera al mundo futuro del que
procedemos. Unos hombres, que sí son de nuestro tiempo, se apoderaron de ella y la usaron para
traernos aquí.
— ¿Y por qué..., sencillamente, no contaron todo esto a las autoridades que los detuvieron?
—Fue lo que hicimos y nos cansamos de repetir, y por eso nos creyeron locos y nos trasladaron al
hospital.
—Esto lo veo difícil —dijo nuestro anfitrión sin poder ocultar un repentino interés por el asunto—.
¡Díganme ahora! ¿Qué quieren hacer ustedes?
— ¿Qué haría usted? —le dije—. Trate de ponerse en nuestro lugar.
—Bueno, sería muy tentador tener un aparato así. Ya de por sí, esta situación está envuelta en un gran
misterio —dijo mientras se arrascaba el lóbulo de la oreja derecha, y agregó—; pero aquí lo que importa
es lo que desean hacer ustedes. Yo, por mi parte, trataría de encontrar la nave y regresar a mi propio
tiempo.
—A nosotros lo único que nos interesaba al principio era eso. ¡Pero mire usted!... después de pensarlo
bien hemos decidido que no es tan fácil apartarse de cierta responsabilidad en lo sucedido. Ese aparato
podría ser usado como un arma mortífera contra la existencia humana.
— ¿Qué quiere decir?
—Que hace poco la nave estaba en manos del gobierno de la Federación Norteamericana; y de repente
un grupo de hombres la han traído aquí, sin que sepamos más detalles del asunto y las razones ocultas
detrás de todo. Pienso que lo mejor sería destruirla, o mantenerla oculta para siempre.
— ¡Vengan por acá! —dijo nuestro anfitrión.
Apartóse del árbol, echó un vistazo al entorno y salió caminando hacia la vivienda. Lo seguimos hasta
la puerta lateral, entramos por la cocina, y nos llevó a través de las habitaciones hasta llegar a la
antesala.
—Pueden ponerse cómodos —dijo sin titubeos.
La habitación frontal era amplia y estaba dividida en dos por una repisa sobre la cual reposaban viejas
figuras de porcelana, algunos cuadros con fotos descoloridas y un reloj despertador de cuerda. Los
cuatro sillones de caoba y el televisor ocupaban la primera estancia.
Nos acomodamos en la sección interior. Allí estaban un sofá y dos cómodos butacones, los cuales
mostraban señas de un uso prolongado, conservándose en buen estado a pesar de ello. Al tomar asiento
tuve a mi derecha un estante con libros. Este mueble abarcaba casi toda la pared de fondo de la
habitación.
Mientras Juan se recostaba en el sofá frente a nosotros, con una mano agarrándose la barbilla, yo me
deleité tirándole un vistazo a los libros en el estante y tratando de examinar los títulos.
Había allí de todo un poco. Poesía y literatura, filosofía, historia, marxismo, ciencias naturales,
religión, y lo más curioso; pude distinguir unos cuantos volúmenes de ciencia ficción. Estiré la mano y
casi al azar tomé uno de estos cuyo lomo había llamado mi atención. Resultó ser… «Rescate en el
tiempo», de Michael Crichton. Por un momento quedé confuso y devolví el libro al estante sin hacer
comentarios.
Si nuestro anfitrión se había leído aquellos libros, entonces yo estaba seguro de tener frente a mí a una
persona muy culta, y en teoría, debía ser alguien muy comprensivo, lo cual incrementaba para nosotros
las posibilidades de éxito y supervivencia.
—Esto lo veo difícil —dijo después de retirar con lentitud la mano de su barbilla y cruzar ambas sobre
la barriga. Se me quedó mirando con la cabeza ladeada.
—Debe haber una solución —me atreví a decir.
—Soluciones hay para casi todo; pero en este caso, son muchos los factores que están en juego.
—Recuerde que acabamos de llegar del futuro —dije—. Hemos hecho el viaje, y por ende, tenemos a
nuestro favor el mayor poder del mundo. El que da el conocimiento. Si este poder es usado por gente
deshonesta, irresponsable y egoísta, podría causar perjuicios casi inconcebibles. Pero… este mismo
poder, en nuestro caso, usado con cordura y planificadamente podría sacarnos del apuro.
—Es una paradoja, según parece —dijo Juan—. Su máquina del tiempo nos causaría tremendos líos;
pero al mismo tiempo, ella podría ser una solución a los grandes retos que enfrenta la humanidad ¿Es
eso lo que quiere dar a entender?
—Eso creo.
—Dígame otra cosa. Me informó hace un momento que vienen del año 2040, y eso es 78 años en el
futuro. ¿Ustedes tienen alguna idea acerca de quiénes fueron los constructores de la dichosa máquina?
— ¡Mire amigo! He pensado en eso. Con la información que poseemos, que es bastante limitada, solo
podemos aventurarnos en conjeturas. Según la gente que nos secuestró y nos trajo aquí, la máquina fue
encontrada por un guardabosque en una zona remota de los Montes Apalaches, por la costa este de la
federación norteamericana. Lo que significa, a mi entender, que no fue obra de los científicos
norteamericanos de nuestro tiempo.
—Entonces descartemos esa posibilidad —dijo Juan—. Pensemos en esta otra: la máquina pudo haber
sido construida por la humanidad en una época que dista mucho de los siglos XX o XXI.
— ¿En un futuro mucho más allá? —me aventuré a decir.
—O también…, en un pasado mucho más acá —dijo Juan—. Tal vez, por una civilización humana del
pasado mucho más avanzada que la «pobre civilización de nuestros siglos», y luego, lanzada a viajar
hacia el futuro de ellos, que sería el nuestro.
—No hay evidencias...
— ¿De qué?
—Quiero decir —agregué—, no pienso que la humanidad haya vivido en el pasado alguna época de
esplendor tecnológico tan grande que hiciese posible los viajes por el tiempo.
—Es cierto que hasta ahora lo que algunos consideran como evidencia en este asunto —dijo Juan—, es
un poco de información bastante controvertible contenida en libros antiguos de la tradición histórico-
religiosa, y mucha charlatanería derivada de ello. Pero, aunque descartemos esta posibilidad, nos
quedaría una variante paralela.
— ¿Cuál?
—Supongamos, amigo, que la máquina fue construida en nuestro pasado remoto por seres de una
civilización exterior.
—A la hipótesis de la construcción en el pasado no le veo mucho peso, de ninguna manera —dije
enseguida.
Yo era conocedor por experiencia de los últimos descubrimientos de la arqueología de nuestro siglo
XXI y todavía seguía siendo partidario, junto con la mayoría de los historiadores, de aquel postulado que
afirma que la civilización humana más antigua tuvo su nacimiento en Sumer, solamente 5000 años en el
pasado, y más atrás no hubo nada semejante a ciencia y tecnología.
—Durante nuestro pasado primitivo —dijo Juan—, pudo haber gente con muchísimo avance en otros
lugares. Gente que nos ha visitado desde otros mundos.
— ¿A eso te refieres con la frase «civilización exterior»?
—Me refiero —dijo Juan—, a cualquier civilización alienígena o no alienígena que se haya
desarrollado fuera del contacto con las civilizaciones humanas del pasado, y que en un determinado
momento histórico haya comenzado, o reanudado dicho contacto, según el caso; lanzando la máquina a
navegar por nuestra propia época.
—Disculpe que le interrumpa —dije—; pero aquí veo aparecer otra cara del asunto.
La mujer de la casa había apartado la cortina y asomaba su rostro por el umbral de la habitación.
Cuando Juan pudo verla se puso en pie y la invitó a sentarse.
—Solo vine a preguntarles si desean una tacita de café —dijo ella. Yo escuchaba su voz por primera
vez.
Se quedó esperando.
—Si Flora, por favor —dijo el esposo y se volvió a sentar. Agregó entonces dirigiéndose a mí—. ¿A
qué otra cara del asunto te referías?
—La máquina está aquí. Lo podemos demostrar y lo haremos en su momento. No caben dudas de que
fue construida por una civilización muy avanzada, alienígena o humana, como sea. Del pasado o del
futuro, como dice usted. Lo que debemos averiguar… ¿Cómo llegó a nuestro alcance? ¿Fue por error o
descuido, o lo hicieron con un propósito?
— ¡Cierto! —dijo Juan—. Si fue con un propósito… ¿No sería, precisamente, para situarnos en una
paradoja; paradoja que al tratar de solucionarla nos obligaría a realizar un cambio positivo en nuestra
conciencia; de cierta forma, forzar el desarrollo espiritual de la humanidad?
—Es una buena hipótesis —dije—; suponiendo que los fabricantes quieran hacernos desarrollar en ese
sentido. En ese caso, la nave del tiempo se convertiría ella misma en una especie de doctrina moral,
esotérica y filosófica, apta para desarrollar nuestra primitiva mentalidad en cuestión de unos pocos años.
La idea que estábamos debatiendo parecía ser extremadamente fantástica; no obstante, era lo mejor que
se nos ocurría.

***

La casa de Juan y Flora se había convertido en refugio obligado de nuestra involuntaria actividad
conspirativa.
A partir de aquella mañana en que tuvimos la primera conversación formal con el amigo Juan, no
volvimos a salir de la vivienda. Era imprescindible que nos mantuviésemos ocultos. Recordaba las
palabras del capitán cuando nos advertía que no tratásemos de escapar.
Algo habíamos avanzado en nuestro objetivo, ya que ahora teníamos recursos suficientes para debatir
el asunto y muchísimo más tiempo para elaborar un plan.
La mayoría de las casas que formaban aquella especie de aldea estaban dispersas a lo largo de la
carretera que conectaba al país de un extremo al otro; muchas eran de mampostería, seguras y
confortables. Pertenecían casi todas a familias campesinas cuyas tierras no habían sido expropiadas por
la Primera Ley de Reforma Agraria y que seguramente no lo serían por la segunda.
Nuestro anfitrión nos contó que cuando era más joven había comenzado a trabajar en comercio. Etapa
de su vida que lo preparó para recibir el empleo que poseía en la actualidad, como administrador de la
tienda y la carnicería y de la bomba de gasolina. Eran tres responsabilidades que ejecutaba a un tiempo,
gracias a que los clientes no eran muchos, ni muchos los autos que allí se detenían.
Su trabajo como empleado del gobierno aún le concedía tiempo para atender un huerto, criar cuatro o
cinco cerdos, salir de cacería por los alrededores, e incluso, sentarse a leer apaciblemente o visitar a los
vecinos los fines de semana al anochecer.
Cuando la clientela se hacía más numerosa los primeros días de cada mes, la esposa pasaba a la tienda
donde ayudaba al hombre. Era la ocasión en que se producía la entrega a la población, subsidiada por el
gobierno, de las provisiones básicas de alimentos y otros artículos necesarios en la vida de las familias.
La vivienda formaba una sola construcción junto con la tienda. Había pertenecido a un hombre con
buena posición económica durante el anterior gobierno, quien, tras el triunfo revolucionario se había
exiliado a los Estados Unidos.
Como yo sabía, y según la doctrina esgrimida por el nuevo gobierno de Cuba, la mayor parte de estos
exiliados habían salido debido a las medidas destinadas a despojar a las minorías ricas y acomodadas de
todos sus privilegios, con la entrega a continuación de las propiedades mayores al estado revolucionario;
el cual debería administrarlas a nombre de sus legítimos dueños.
Como quiera que sea, la reacción al cúmulo de expropiaciones y nacionalizaciones de la propiedad
extranjera, principalmente norteamericana, no tardó en hacerse sentir cuando el gobierno de la gran
nación del norte, que era en aquel entonces el imperio dominante, comenzó a su vez a tomar medidas
contra la revolución cubana. Si al imperio le molestaba, y también a las anteriores clases dirigentes de la
sociedad cubana, ¿Por qué no? La revolución debía desaparecer desde el comienzo mismo. Para ello se
justificaba cualquier medida tendiente a tal fin.
No hay prueba más clara del rumbo que tomarían los acontecimientos posteriores a 1960 con respecto
a Cuba, que las palabras proclamadas el día 6 de abril de este mismo año por el Subsecretario de Estado
Adjunto para Asuntos Interamericanos Lester D. Mallory, que a manera de silogismo las podemos ver
así:
Premisa Mayor «la mayoría de los cubanos apoyan a Castro» Premisa Menor «no existe una oposición
política efectiva» Conclusión «el único medio previsible para enajenar el apoyo interno es a través del
desencanto y el desaliento basados en la insatisfacción y las dificultades económicas (…) Debe utilizarse
prontamente cualquier medio concebible para debilitar la vida económica de Cuba (…) negarle dinero y
suministros a Cuba, para disminuir los salarios reales y monetarios a fin de causar hambre,
desesperación y el derrocamiento del Gobierno».
La principal medida tendente a conseguir este objetivo fue el bloqueo económico inaugurado
formalmente el día 3 de febrero de 1962. Pero antes de esta fecha ya se habían tomado medidas
tendentes a debilitar y hacer colapsar la economía cubana. Entre ellas la suspensión de las operaciones
en la planta de níquel de Nicaro, que era propiedad del gobierno norteamericano y la suspensión de la
cuota azucarera cubana; primero parcialmente por el presidente Eisenhower para los tres primeros meses
de 1961 y luego totalmente por el presidente Kennedy a partir del 31 de marzo para el resto de ese
mismo año. Esto último significó para la isla una enorme pérdida, ya que por sus características de
economía monoproductora y monoexportadora en torno al azúcar, y por su vínculo y dependencia del
mercado norteamericano, el país se vio privado de su principal fuente de recursos financieros. Esto trajo
como consecuencia que a partir de 1961 se frenase la capacidad productiva, tanto por la escasez de
repuestos como por la falta de fluidez en el abastecimiento de materias primas fundamentales, obligando
al gobierno cubano a instaurar creciente y paulatinamente un sistema de racionamiento que afectó a la
mayoría de los artículos, con el propósito de asegurar su distribución equitativa entre la población.
Yo estaba consciente de los hechos pasados y parece que mi anfitrión también; pero de una manera
diferente. Lo que para mí era historia; para él era incertidumbre y una larga serie de alternativas teóricas.

Capítulo 12
OPTIMISMO Y DECEPCIÓN
Después de múltiples especulaciones habíamos llegado a la conclusión que lo mejor sería destruir la
máquina del tiempo, o mantener su existencia como un secreto.
El miércoles 24 de octubre estábamos desayunando en el comedor, cuando el niño entró corriendo a la
habitación a través de la puerta del patio. Traía en sus manos un grueso paquete de periódicos atados con
una liga.
— ¡Niño…! Trae eso acá —dijo Juan en cuanto lo vio.
—Lo trajo el hombre —dijo el muchacho, y lo puso en la esquina de la mesa y con la misma
desapareció.
Se trataba del periódico «Hoy», que había sido fundado por el Partido Socialista Popular muchos años
antes, creo que en 1938.
Juan desenvolvió el paquete y desplegó uno de los ejemplares. Segundos después se puso en pie y
abandonó la mesa. Nos dio la espalda y caminó hacia la puerta, como buscando la luz del día.
Tal vez no conforme aún, descendió los dos escalones y se fue hasta el patio. Su esposa se levantó
también y lo siguió hasta el umbral.
— ¿Qué sucede? —preguntó el ingeniero después de tragar con dificultad.
Tomé el paquete de los periódicos y lo volteé hacia mí. Allí estaba la respuesta.
La información visual en primera plana lo aclaraba todo. Una imagen que consistía en un gran cartel,
en el cual aparecía un ciudadano con una metralleta en alto y solamente tres palabras, «A las armas».
¡Comprendí enseguida!
Tomé un ejemplar del periódico y púseme a repasarlo con avidez. Lo que pude comprender casi de
inmediato, fue lo siguiente:
Dos días antes, el 22 de octubre, Kennedy había hecho declaraciones públicas acerca de establecer una
cuarentena y un cerco naval alrededor de la isla a causa del descubrimiento en la República de Cuba de
armas estratégicas ofensivas, instaladas secretamente por parte de la Unión Soviética. «He ordenado a
las fuerzas armadas que se preparen para cualquier eventualidad», había declarado el presidente de los
Estados Unidos. El gobierno de Cuba declaraba a su vez la movilización general y alerta de guerra en
toda la nación a partir de las 6 de la tarde del día 24 de octubre.
Juan había regresado a la mesa y al verme leyendo, se sentó en silencio, mientras su esposa recogía los
platos y retiraba el mantel.
— ¡Eso fue ayer! —dijo cuando me vio levantar la cabeza.
—Así es —dije yo—. Aquí dice que hay movilización general en espera de una invasión.
— ¿Cómo el año pasado en Playa Girón?
—Esto es diferente —añadí—. En Girón fue algo sorpresivo, se usaron solamente armas
convencionales, y no hubo participación directa de las grandes potencias mundiales. Hoy es diferente. El
gobierno del norte recientemente ha descubierto en Cuba la instalación de armas nucleares estratégicas
que amenazan la paz y la seguridad de la región y del mundo. Los Estados Unidos no se quedarán
impasibles mientras aquí se decide el destino de la humanidad ¡de eso podemos estar seguros!
—Tengo que abrir la tienda —dijo poniéndose en pie—. Hay mucho que hablar de esto; pero será
después.
Terminó de prisa su tacita de café y agregó:
—Amigos, manténganse dentro de la casa hasta que podamos resolver la cosa de alguna forma. Me
refiero a la situación de ustedes.
Lo vimos cuando se retiraba por el corredor y desaparecía luego por la puerta lateral que daba acceso a
las dependencias de la bodega.
Aquella mañana pasó en completa quietud.
Era poco después del mediodía y la tienda estaba abierta. Estábamos mirando por la ventana frontal de
la sala que daba hacia la carretera. Desde allí podíamos ver la gasolinera y los carros que de tarde en
tarde paraban para abastecerse de combustible. Como siempre, podíamos observar al amigo Juan como
hacía su trabajo.
De repente, un vehículo bastante inusual nos llamó la atención. Se trataba de un jeep del ejército. Se
detuvo junto a la bomba y dos militares con armas largas bajaron de un salto. Vimos a través de la malla
antimosquito que cubría la ventana como uno de ellos caminaba en dirección a la bodega, y por
supuesto, se acercaba a nosotros, mientras que el otro se paraba mirando hacia la carretera. Aquello nos
preocupó en gran manera.
¿Sabrían de nuestra presencia allí y venían a detenernos? ¿O era simplemente un movimiento de
patrullaje siguiendo el curso de las movilizaciones en plena crisis?
Como no estábamos seguros, nos retiramos de la ventana y fuimos a toda prisa hacia la habitación
final, que daba hacia el patio trasero y el solar. Este último era un gran pedazo de terreno cubierto de
hierbas altas, arbustos y árboles frutales.
Estábamos dispuestos a escapar a través de este «monte» en caso de cualquier alarma, cuando
escuchamos la voz de Flora a lo largo del corredor.
—Vengan a la sala para que vean… —dijo la mujer cuando nos encontró—. Parece uno de los
comandantes.
— ¿No hay peligro? —le pregunté.
—Seguro que no. Se han detenido a echar gasolina. ¡Corran a la sala para que vean!
Mientras ella regresaba a la bodega, el ingeniero y yo hicimos como nos decía y llegué justo a tiempo
hasta la ventana para ver como Juan se acercaba a ellos. El comandante, como había dicho Flora, tendió
la mano a su esposo. ¡Claro que lo reconocí de inmediato! Después de un breve intercambio de palabras
Juan llenó el tanque, y aquellos partieron por la carretera en dirección a Oriente.
Aquel mismo día al atardecer nos reunimos en la sala antes de la cena y reanudamos la conversación
que habíamos iniciado durante la mañana.
El día 24 de octubre pasó sin nada de interés en el exterior. Estuve en la sala leyendo los libros de Juan,
y cosa muy curiosa, la novela de Michael Crichton, «Rescate en el tiempo», ya no estaba en el estante.
Me puse a pensar entonces si no habría sido mi imaginación.
Cuando cerraron la bodega en la tarde nos pusimos todos a preparar los últimos detalles de nuestro
viaje a la costa.
Nos fuimos a dormir temprano y hubiera sido un sueño perfecto sin la algarabía que rompió el silencio
de la madrugada. La luz de la luna llena se metía entre los barrotes de la ventana e iluminaba las
manecillas del reloj que colgaba de la pared opuesta. Alcé la cabeza y la recosté a la almohada. Eran las
tres.
Llegaban voces que parecían de un lugar distantes, confusas y retorcidas, desgarradas por el batir de la
fresca brisa.
— ¡Ingeniero…! ¿Puede escuchar eso?
—Sí lo escucho. Dijo mi compañero desde el otro extremo de la habitación.
Lo vi entonces como dejaba su camastro y asomábase por la ventana.
—No es por acá —dijo él—. Debe ser al frente. ¡Vístase rápido profesor!
Como siempre, estábamos temerosos que vinieran a por nosotros. ¡Abrir la puerta y disponerse a correr
por los campos! Esta parecía la única solución. Fue ahí cuando la voz de nuestro anfitrión nos detuvo.
Había entrado a la habitación envuelto en una sábana blanca.
— ¡Cálmense! No es necesario que salgan a ninguna parte. Es un batallón de las milicias y no vienen
por ustedes ni mucho menos. Es por el lío de los americanos.
A duras penas pude quedarme dormido otra vez, y cuando eso sucedió, comenzaba a clarear el día.
Poco después Juan estaba en la cocina y su esposa con él. La señora preparaba el café.
—Será mejor que dejemos lo del viaje a la costa para el sábado —dijo enseguida que nos sentamos.
— ¿Qué sucede?
—El batallón se ha movilizado aquí cerca. Están cavando trincheras en el monte y no conviene que yo
deje de abrir la tienda en el día de hoy y me quede aquí metido, sin hacer nada, mientras el país
completo está en pie de guerra. Por la experiencia que tengo de casos parecidos, eso puede resultar
sospechoso y podrían venir a averiguar qué es lo que está pasando.
Asentí con un ligero movimiento de cabeza ¡Tenía toda la razón! Una revolución es un proceso social
cargado de violencia y arrebato en sus primeros tiempos. Aquellos que no se dejan arrastrar mansamente
por la tempestad de las emociones, están en riesgo de perecer antes de que llegue la calma.
Aquel día, y el siguiente, nos tuvimos que conformar el ingeniero y yo con volver al silencio de la
lectura.

***

Por fin llegó el sábado. Fue un hermoso amanecer cargado de nostalgias, ¡No sé por qué! El rocío que
se escurría como lágrimas diagonales por las hojas de los plataneros. Las nubes doradas, luego otras
como carbones que el viento agitó sobre la tierra fértil. Los átomos de la llovizna como un suspiro. ¡No
sé! ¡Debía marchar!
Lo teníamos todo listo. Partimos de regreso al mar, la línea del litoral que nos guiaba hacia la
esperanza de encontrar la nave.
Anduvimos primero unas pocas millas por la carretera central y luego tomamos un desvío hacia el
norte.
Yo iba en el asiendo junto al chofer y prendí la radio. De repente comenzaba a sentir como si toda
aquella pesadilla, con sus momentos de angustia y desvelo se acercara a su fin. Este favorable cambio en
mi estado de ánimo hizo que otra vez mi espíritu de investigador saliera a flote. Quería conocer, antes de
partir de aquella tierra y de aquel octubre, lo último que se dijera por boca de sus legítimos narradores y
protagonistas. Era simplemente el deseo de esclarecer más detalles de una situación de guerra que nunca
estalló, según la historia oficial; pero de lo cual yo había tenido ciertas dudas por las extrañas
conclusiones a que había llegado el doctor MacQuoid.
Me puse a buscar en la radio hasta que hallé, con la asistencia de Juan Ramón, la sintonía de la emisora
Radio Habana Cuba. Se escuchó la voz de uno de los locutores con la siguiente información: el día
antes, es decir, el viernes 26 de octubre, el comandante Fidel había dado órdenes a las baterías antiaéreas
de disparar contra los vuelos rasantes del enemigo.
— ¿Oyeron eso? —dije al tiempo que cambiaba la sintonía.
— ¡Dígame profesor!... ¿Y eso que significa? —preguntó el ingeniero.
— Que hoy es 27 de octubre, el día en que se decide la suerte de la humanidad.
En otra media hora habríamos alcanzado nuestro destino junto a la costa si no hubiese sido por un
pinchazo en la goma. Imprevisto que nos obligó a detener la marcha y llevar el bello modelo chevy del
57 a un costado de la carretera.
Nos pusimos a trabajar; pero no habían pasado más de cinco minutos cuando vimos que se acercaba
una caravana de varios vehículos militares. Eran milicianos que avanzaban en la misma dirección que
nosotros. Eran las diez y quince minutos de la mañana. Ya estábamos retrasados y para colmo, con
aquello de los milicianos parecía que la cosa se nos complicaba. Fue entonces que un fogonazo y el
estampido de una explosión terminaron haciéndonos perder la calma.
— ¿Qué fue eso? —dijo Juan mientras daba el último apretón a una tuerca.
Volví mi rostro a la carretera por donde hacía varios minutos que habían desaparecido los vehículos.
De repente un estruendo como de mil truenos se aproximaba a nosotros. Empujé a Juan y salté yo
mismo hacia la cuneta. No era muy profunda; pero estaba cubierta de piedras y matorrales y me arañé
hasta la barriga.
Casi en el mismo instante pasó sobre nosotros, a unos veinte metros, un caza de la fuerza aérea
norteamericana y desapareció hacia el sur, dejando una estela de humo sobre la vía.
El ingeniero salió al instante del otro lado sacudiéndose los pantalones y corrió a nosotros.
—La cosa parece que se pone fea —dijo así más o menos, mientras se apresuraba a guardar la llanta.
En un momento nos instalamos a bordo y reanudamos la marcha. Poco después llegamos al lugar del
incidente.
Dos vehículos de la caravana habían sido destrozados por los disparos de ametralladora. Por ambos
lados yacían esparcidos algunos cadáveres. Una batería antiaérea 14.5 de las llamadas cuatro boca estaba
volteada y nos impedía el paso.
— ¡Vamos por acá! —dijo Juan Ramón, y tiró su crevrolet lentamente por la cuneta dando un rodeo
hasta rebasar el obstáculo. Al parecer, el resto de los camiones había continuado, o tal vez se habían
desviado por un camino de tierra que apareció poco después.
— ¿Qué tú crees de esto? —le pregunté.
— ¡Ahora sí creo que comenzó la guerra! Pero esta vez parece en grande —dijo él.
Entre comentarios y prolongados minutos de silencio arribamos a un pueblito de pescadores. Juan tenía
varios amigos allí.
Dejamos el auto en el solar de una de las casas y con los instrumentos necesarios en dos mochilas
partimos por la orilla en busca de los arrecifes.
Habíamos andado una hora y media a través del accidentado litoral cuando comencé a reconocer el
sitio de nuestro «desembarco».
Enseguida me preocupó una cosa. El lugar no mostraba características de buen refugio para un secreto
de magnitud como el nuestro. Como dije antes, el litoral estaba compuesto por rocas calizas y arrecifes
litorales; pero a través de estos últimos pude distinguir, en esta ocasión, la existencia de un canal que
permitía el acceso fácil y seguro para embarcaciones pequeñas de pescadores. En el caso de nosotros,
que nos aproximábamos por tierra, solo era necesario que la marea estuviese lo suficientemente baja
para no hallar dificultad alguna en el acceso a la caverna. Así fue en el momento de nuestra llegada. Las
aguas se habían retirado a unos quince pies de la costa y dejaban al descubierto una buena porción de los
arrecifes.
—Ojalá no se nos haya adelantado alguien en estos días —dije mientras afincaba mis pasos sobre la
roca húmeda y resbaladiza. Avancé seguido por mis compañeros a través del anchuroso túnel hasta
llegar a la sala más amplia donde habíamos dejado la nave. ¡Había desaparecido!
Mi decepción y angustia en aquel instante fue tan profunda que caí sentado en el suelo. El ingeniero se
recostó a la pared y comenzó a vomitar profusamente.
— ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Juan; pero a pesar de su insistencia, no pudo obtener respuesta
por largo rato. Cuando al fin conseguí ponerme en pie, caminé hacia la entrada de la caverna para
contemplar el mar y la distancia que nos separaba de Norteamérica Continental, que ya no eran tan solo
unas noventa millas, sino también un azaroso viaje a través del tiempo; cuyo medio de realización había
sido alejado de nuestro alcance, no sabía cómo ni por quién.
—Debe haber una solución —dijo el ingeniero, siempre con aquel optimismo infantil que en ocasiones
hacíaseme tan fastidioso.
— ¿Qué otra solución podría haber para nosotros…? —dije—. Ya no tenemos la nave que nos lleve de
regreso a casa.
—No puedo creer que todo esto haya sido una locura de ustedes —dijo Juan—. ¿Quiénes son en
realidad?
— ¡Cálmate amigo! Ha sido nuestra desgracia… —dije entonces—. Y lo siento mucho más de lo que
puedas imaginar. Por ti, por mí, por mi familia y por todos; tanto en el pasado como en el futuro. Lo
siento también por no tener la prueba para demostrarte...
— ¡Está bien!, ¡Está bien! —dijo Juan. Agachó la cabeza y nos dimos cuenta lo grande que era su
preocupación.
Luego de estos momentos de amargura nos agachamos frente al mar y nos dedicamos a contemplar las
olas, hasta que el ingeniero se puso en pie. Parecía desesperado.
— ¿Qué haremos?
—Hay que salir de aquí —puntualizó nuestro guía—. Ya nada se puede hacer. Regresemos a casa y
tratemos de hallar una solución a la situación de ustedes.
— Yo no me voy de aquí —dije a mi vez—. Nuestra situación no tiene otra solución que regresar al
año en que abandonamos nuestro país.
—Tal vez sea mejor que se entreguen a las autoridades. O como les digo. Regresemos a casa y
tratemos de pensar en algo.

***

Me puse en pie y seguido por mis compañeros me disponía a descender hacia los arrecifes cuando se
escuchó un zumbido, como el producido por un enjambre de abejas en torno a su colmena. Volvimos la
mirada hacia el interior.
En medio de algunos reflejos de luces multicolores la nave del tiempo apareció en el mismo sitio que
ocupara con anterioridad. Pasaron unos segundos de espasmo e indecisión. Cuando por fin nos
decidíamos a avanzar hacia ella, sentimos un movimiento en la escotilla superior y al momento vimos
como esta se alzaba lentamente. En vez de continuar avanzando retrocedimos hacia la boca de la
caverna.
Tanto habíamos hablado en aquellos días acerca de extraterrestres y civilizaciones ocultas que nuestra
imaginación no podía concebir otra cosa que un ser extraño asomando su rostro por la abertura. No fue
para tanto; pero de todas formas tuve que sostenerme contra la pared para no caer otra vez, como tullido
de asombro.
El ser que asomó por la escotilla era nada más y nada menos que… yo mismo.
Entonces escuché una voz. Una voz cuyo eco repercutió en las rocas y llegó a mis oídos como si fuese
mi propia voz.
— ¿Cómo es posible? —susurré.
Mis compañeros parecían tan sorprendidos como yo; pero el hombre que descendía continuó
haciéndolo hasta que estuvo frente a nosotros.
— ¡Hola Máikol! —dijo mientras tendíame su mano con completa naturalidad.
Quedé indeciso hasta que por fin, dime cuenta que no era un embrollo de luz o una máquina de metal,
sino una persona de carne y hueso.
— ¿Quién eres tú? —dije retrocediendo unos pasos.
— ¡Vamos Máikol, dame la mano! ¿O es que no quieres saludar a tu hermano gemelo?
— ¿Hermano… gemelo?
—Por supuesto Máikol. Al fin te encuentro. Estaba muy deseoso porque llegara este día.
—Siempre he sabido que mi hermano murió hace mucho tiempo —dije titubeando.
—Pues eso no es cierto ¡aquí estoy! —respondió el individuo—. Por muchos años he estado al tanto de
tus cosas y créeme de verdad. Pensamos que eres la persona más apropiada para esto.
— ¿Para esto? ¿A qué se refiere? —dije más sorprendido todavía.
El tipo tomó mi mano y la estrechó.
— ¡Vamos, confía en mí! Es necesario que salgamos de este lugar antes que sea demasiado tarde.
Miré al ingeniero y luego a Juan. El primero dio unos pasos al frente en dirección a la nave. Juan
Ramón, por su parte, retrocedió hacia la entrada de la caverna.
—Ha sido un gusto conocerlos; pero yo me retiro. No puedo continuar en esto —dijo tras un instante
de titubeos.
Mientras yo me despedía de él con un apretón de manos y una sonrisa de agradecimiento, el ingeniero
había subido por una de las escalerillas y nos observaba desde lo alto.
Juan Ramón se alejó de mí y quedéme observándolo hasta que desapareció como tragado por un
torrente de luz en el exterior.
La angustia vivida durante aquellos días, que ya parecían interminables, comenzó a ceder lentamente;
pero este estado de ánimo no duró mucho tiempo.
Iba a dar mi primer paso en dirección a la máquina cuando escuché un fortísimo estruendo que
procedía del mar, y a continuación un grito de Juan Ramón. El hombre había reaparecido por la boca de
la caverna y nos hacía señas con ambos brazos. Luego corrió un tramo sin dejar de gritar mientras se
acercaba a nosotros.
—Tienen que desaparecer de aquí. ¡Ahora mismo! Hay grandes buques acercándose a la costa… y
muchos aviones.
El hombre que decía ser mi hermano nos invitó a entrar en la nave. Unos segundos después lo vimos
en lo alto de la escotilla. Un nuevo estruendo en el exterior me hizo apresurarme hacia él.
— ¿Y ahora qué? —preguntó el ingeniero cuando estuvimos en el interior—. ¿Iremos de regreso a
casa?
—Primero que todo debo decirles que tengo que sacar la nave de aquí. Agentes del gobierno cubano
están al tanto de la situación. Saben que algo extraño ha sucedido en sus costas, y que personas
aparentemente desquiciadas se han introducido en el país. Ya conseguimos rescatar a los otros; pero hay
que poner esta cosa fuera de su alcance. Ustedes han sido protagonistas de los hechos y me parece que
comprenderán lo que les quiero decir.
Yo asentí con la cabeza mientras el hombre que se decía mi hermano sentábase en el asiento principal
frente a los comandos.
—Pónganse esas gafas —dijo al tiempo que operaba sobre las pequeñas palancas y botones.
Luego preparó la inyección y nos dio el pinchazo. Me abroché el cinturón y un momento después
experimenté por segunda vez la extraña sensación de luz, de vacío y de muerte.

Tercera parte
Capítulo 13
LA MONTAÑA DEL GRIAL
Las imágenes del mundo de las sombras comenzaban a borrarse de mi conciencia. Entonces abrí los
ojos y miré a ambos lados. Allí estaba el ingeniero tendido sobre el sillón. Parado al frente estaba aquel
sujeto con quien tanto me parecía.
— ¡Hemos llegado! —escuché decir.
—No sé quién eres; pero te agradezco que me hayas traído de regreso a casa.
—Máikol, debo ser sincero contigo. No podemos regresarte a tu casa, al menos por el momento.
— ¿A dónde hemos llegado entonces?
Se sintieron tres golpes sobre el casco de la nave.
—Salgamos afuera y luego te explico —contestó.
— ¿Qué sucede?
—Luego te explico.
Confiado y obediente lo seguí por la escalerilla que conducía a lo alto de la escotilla.
Él parecía bastante acostumbrado a moverse por el receptáculo de la nave. Lo hacía con movimientos
firmes y precisos. Levantó la escotilla y cuando me arrimé al borde un rayo de sol me dio directo en los
ojos. Al sacar la cabeza pude comprobar que esta vez el paisaje que nos rodeaba era muy diferente.
Habíamos arribado a un claro en medio de vegetación boscosa; tan tupida que apenas se filtraba un
poco de luz a través de las frondosas copas de los alerces y abetos. Allí estaban tres hombres que
alzaban sus ojos a nosotros para darnos la bienvenida.
En cuanto los reconocí, quedé sorprendido. Uno de ellos era nada más y nada menos que Mustafá. El
tipo que había perturbado mi existencia de una manera tan estrafalaria.
Como era habitual en mí, el asunto lo tomé con calma. Habíame dado cuenta que alterarme no me
ayudaría. Además, lo que venía sucediendo me comenzaba a gustar; tal vez porque comprendí que el
conocimiento histórico de primera mano llenaba con creces mis aspiraciones profesionales.
Aquel que se decía mi hermano había bajado y estrechaba la mano a cada uno de los hombres que nos
recibían. Luego alzó la mirada e hizo un gesto invitándonos a descender.
Mustafá y los otros, a quienes luego reconocí como miembros del primer grupo, habían establecido un
sencillo campamento junto a la nave. Consistía en una lona tendida sobre la hojarasca, un hornillo que
despedía un agradable olor a pan tostado y a carne recién asada, y una marmita donde hervía el café.
—No es mucho —dijo el saharaui señalando hacia la comida.
— ¡Máikol, acomódate aquí a mi lado! —dijo mi hermano echándome una mano encima. Quiero
presentarte de manera oficial a los miembros de nuestro equipo.
Caminamos sobre la lona y nos sentamos frente a la simple vajilla.
Desde que desayunamos con el amigo Juan, por primera vez el hambre había sustituido a la frecuente
preocupación.
Olvidéme por un rato de hacer preguntas. En vez de ello, me dediqué a observarlos con atención, hasta
el momento en que uno de los hombres se acercaba con unos jarros y comenzaba a servir café, entonces
abandoné el silencio:
— Estaban presos en Cuba… ¿Cómo consiguieron escapar?
—Mira Máikol, sé que esta situación ha sido demasiado asombrosa para ti; pero hay cosas que no se
pueden conseguir sin el arte del ocultamiento. ¿Por qué digo esto?...
Hay personas que no nacemos para tener un destino común, como la mayoría, sino que somos los
dirigentes invisibles del mundo. Quiero que pienses muy seriamente en ello.
— ¿Y eso que significa?
—Eso es lo que somos en realidad. Lo hemos sido durante muchos siglos sin interrupción. Somos los
depositarios del conocimiento secreto que ha impedido que la brutalidad del hombre pueda llevar al
exterminio total de la humanidad. En momentos en que ha sido necesario ocultar algo, lo hemos hecho;
y cuando ha sido necesario sacar a la luz determinados sucesos, también lo hemos hecho. Somos los
mantenedores del velo. A partir de este momento, tú también eres parte de nuestra organización.
—Esto lo han hecho sin mi consentimiento, de manera nada democrática —dije en un apacible gesto
de inconformidad.
—Ya no es necesario que finjas. Sé que estás de acuerdo con el destino que te hemos asignado —dijo
como si estuviese firmemente convencido de sus palabras.
— ¿Para qué me quieren en realidad?
—Para que tengas la oportunidad de probar, de una manera en verdad provechosa, los profundos
conocimientos que poseés acerca de la historia humana. Estamos tratando de reprogramar el futuro.
—Ese cubano que nos alojó en su casa me parece que sabe demasiado.
— ¿Por qué lo dices?
Tuve que sonreír satisfecho de mi propia sagacidad.
—Porque vi un libro muy sospechoso entre sus pertenencias, y eso me hizo imaginar cierto secreto y
complicidad en su actitud general.
— ¡Ah si! ¿Y de qué se trata?
—Una novela de ciencia ficción de Michael Crichton. Fue publicada en 1999. Imposible que estuviera
entre los libros de Juan en 1962.
—Juan es en realidad un miembro activo de nuestra sociedad.
— ¿Estará a salvo? —dije con calma.
—Lo está.
— ¿Y tú nombre cuál es?
—Llámame Johann —dijo enseguida—. ¿Lo has olvidado?
Luego de un corto silencio que lo empleó en alisarse los cabellos con una mano, agregó—: Máikol,
como irás comprobando a través del largo espacio que nos falta por recorrer, estamos por todas partes.
Entre todas las naciones del mundo y en todas las épocas de la historia. Entre todas las razas, profesiones
y clases sociales. Nuestro reino es como la red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y
una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. Mi
hermano, tú has estado por mucho tiempo tocando a la puerta del verdadero conocimiento, y la puerta te
ha sido abierta. Ya sabemos de los sacrificios que implica el reino...
— ¿A qué reino te refieres? —interrumpí.
—Al único eterno y verdadero. Al que unos han rechazado y otros temen; pero aún así, desconocido
por la mayoría.
— ¿El Reino de Dios? ¡A ese reino te refieres! —dije por decir algo al azar.
Tal vez mi interés repentino era a causa del orgullo profesional, más que al fruto de una profunda fe;
no obstante, la diferencia me resultaba muy difícil de precisar en aquel instante.
—Tal vez algo así —dijo él—. La nave del tiempo nos ha traído hasta este lugar para que entremos en
contacto con ese reino. Te diré de una vez. La fecha de hoy es 12 de marzo de 1244 y estamos en un
punto en las estribaciones de los Pirineos, al sur de Francia. A cinco kilómetros al este del castillo de
Montségur.
—Departamento de Ariège, distrito de Foix y cantón de Lavelanet —agregó Mustafá.
Como buen conocedor, me tomó apenas unos segundos traer a mi memoria el recuerdo de aquel lugar
y el acontecimiento más importante ocurrido allí.
— ¡Montségur! ¡El fin de la tregua! ¿Qué hacemos aquí?
—Mustafá te lo podrá explicar mucho mejor que yo.
El hombre había estado recostado a un roble escuchando distraídamente nuestra conversación, en tanto
que sostenía entre sus labios una pequeña rama. La dejó caer y carraspeó; luego, observando hacia lo
alto de las copas por donde se filtraban los últimos rayos del atardecer, dijo sin más preámbulo.
—Dentro de poco avanzaremos por allá. Debemos escalar a lo largo de un sendero oculto hasta las
cercanías de la fortaleza. Hasta un sitio donde hemos montado el segundo campamento, muy cerca de
las tropas de los cruzados. Con astucia y un poco de buena suerte, espero que llegado su momento
consigamos localizar a ciertas personas entre lo intrincado del paisaje.
Miré a mi hermano sin atinar a comprender el sentido de una labor que para mí continuaba siendo tan
absurda. Parece que él lo adivinaba en mi rostro.
—Lo que parece absurdo y desconocido para la historia oficial —dijo entonces—. No lo es para los
que nos dedicamos a escudriñar en las cosas que se esconden más allá del alcance de una mirada. Por
supuesto, lo que acaba de explicar Mustafá ha sido a grandes rasgos. Estoy seguro que a medida que
vayas captando los detalles, esta misión se convertirá en parte inseparable de tu vida.
— ¿Qué quiere decir?
—Los cátaros no fueron unos simples santurrones como muchos acostumbran a considerarlos. Ellos
poseían un secreto que se encargaron de mantener y transmitir a los elegidos a costa de sus propias
vidas. Lo hicieron de tal manera, que toda la investigación histórica hasta vuestro tiempo no ha
conseguido descubrir el enigma que encierra este sacrificio.
Uno de los hombres comenzaba a colocar los alimentos sobre la manta, y se hizo un prolongado
silencio. Nos disponíamos a cenar mientras yo no dejaba de meditar en las últimas palabras
pronunciadas por aquel hombre que se decía mi hermano.
— ¿Quiere decir —dije después de beber un buche de café—, qué todo este viaje a través del tiempo,
tiene como objetivo descubrir dicho enigma, o algún secreto?
—Algún secreto no sería la frase —dijo Johann—. Mucho mejor sería sustituyendo el pronombre
indefinido «algún» por el artículo «el». Lo que nos ha traído aquí es, entonces, «el secreto de los
cátaros». Un secreto que por supuesto, no fue patrimonio exclusivo de estos nobles humanos. Ellos
solamente, y de forma fiel, se encargaron de recibir, mantener y custodiar durante el tiempo que les fue
asignado el tesoro que otros muchos habían guardado y transmitido por incontables generaciones,
cumpliendo su parte de la misión por el bien de todos. Hemos venido aquí porque este es el único punto
donde el conocimiento histórico ha conseguido ubicar el rastro del tesoro con cierto grado de exactitud.
A medida que nos remontamos hacia el pasado la historia se mezcla con la leyenda, hasta tal punto, que
se nos escapa la realidad.
—Creo que cuando mencionas el tesoro, en realidad te refieres al Santo Grial —dije sin ningún deseo
de contradecir.
—Así es; pero lo más importante es el intento que estamos haciendo por descubrir su verdadera
naturaleza. Como tú sabes, muchas han sido las conjeturas que pretenden explicar la naturaleza del
Grial.
—Yo siempre he creído que la leyenda del Grial no es más que eso. ¡Pura leyenda!
Tras estas palabras me puse en pie. Me había comenzado a doler la cabeza, tal vez por el giro que de
repente había tomado la conversación. Había comido lo suficiente como para soportar la prolongada
jornada que se anunciaba, y mientras los hombres recogían las mantas y los utensilios y los llevaban a
lugar seguro, me puse a revisar mi propio equipaje para conocer las cosas con las que podría contar en
caso de una emergencia. Todo estaba contenido en una mochila nueva que el propio Mustafá se había
ocupado de poner en mis manos. Mientras yo la revisaba, el saharaui me observaba y no podía evitar una
sonrisa suspicaz.
Un rato después la nave del tiempo había desaparecido entre la sombras de la noche. Fue entonces
cuando Johann se acercó y me puso en las manos un objeto.
—Póntelo al modo de un antifaz. Es un equipo de infrarrojo.
Partimos a través de la espesura.

***

La nave del tiempo estaba posada en lo alto de una colina boscosa. Desde este lugar podíamos divisar
un pequeño y hermoso valle situado hacia el norte donde fue fundada muchos siglos después la
población de Fougax-et-Barrineuf. Descendimos la cuesta y luego comenzamos a caminar valle arriba
por la vertiente izquierda.
Hubiéramos querido avanzar con mayor rapidez; pero no podíamos olvidar que aquella zona era dada a
la existencia de cuadrillas de bandoleros.
En la Baja Edad Media estas cuadrillas infestaban las aéreas rurales de muchas zonas de Europa.
Frecuentemente los bosques les servían como refugio, a pesar de los esfuerzos de los señores. En
ocasiones eran los mismos señores, dueños de esas tierras, quienes consentían su presencia para el logro
de objetivos particulares.
Poco a poco me fui adaptando a la visión nocturna y como nuestro guía se abría camino con bastante
destreza, me entregué a rememorar, sin mayor preocupación, los acontecimientos conocidos de aquella
época.
La noche transcurría sin cambios notables en nuestra trayectoria. El silencio continuaba predominando
apenas interrumpido de tarde en tarde por el sonido de un búho o el canto de un urogallo sobre la copa
de un árbol.
A media noche comenzamos a escalar por una pendiente. La temperatura se hizo más fresca.
Era un sendero estrecho entre rocas que pudo ser en alguna época el lecho activo de una cañada. En
ocasiones tomaba una profundidad que nos hacía perder la visión de los alrededores y teníamos entonces
que luchar contra la espesa capa de suelo húmedo y detritus vegetales que se acumulaban en su fondo,
en el cual se hundían nuestros pies. Cuando por fin salimos de aquel sendero mis piernas estaban
agotadas y mis brazos cubiertos de rasguños. Un largo y estrecho valle se abría ante las miradas.
Mi hermano se situó a mi lado y nos detuvimos para un descanso.
—No ha sido tarea fácil ¡Lo sé! —comenzó diciendo—. Pero gracias a Mustafá y a su equipo hemos
conseguido ubicar los dos sitios más probables para el escape. Nuestro campamento al pie de la montaña
se encuentra en la ladera oriental.
— ¿Por qué la ladera oriental?
—Escogimos ese lado por varias razones. En primer lugar, porque es la única zona fuera del cerco. En
segundo lugar, la ladera está cortada por un profundo precipicio de origen fluvial, donde hay un sistema
de laberintos subterráneos que conducen hasta lo alto de la montaña; conocidos solamente por la
dirigencia cátara.
—No entiendo como lo han conseguido ustedes.
—Han sido muchos años de estudios detallados que nos han permitido reconstruir el paisaje de la zona.
Dime hermano… ¿alguna vez tuviste la curiosidad de averiguar el pasado genealógico de tu esposa?
¿Nada te dice su apellido?
—Yo… ¡No sé de qué me hablas!
—Ella, a través de su padre, es descendiente en línea directa de aquel caballero que en este año de
1244 recibió el tesoro de los cátaros. Me refiero a Ponç Arnau de Castel Verdun.
—Y tú… ¿Cómo lo sabes?
—Ha sido mi trabajo durante muchos años. Los cátaros que abandonaron el castillo la noche antes de
la matanza tuvieron obligadamente que descender por la escarpada pendiente oriental de la montaña.
Luego de burlar la vigilancia de sus enemigos, escaparon hacia algún sitio de las cercanías. Con toda
certeza hacia las tierras del Sabarthes, dominadas por el lejano ancestro de tu esposa.
— ¿Y piensas que montando guardia por la posible zona de escape, tendríamos la suerte de
encontrarnos con ellos?
—No se trata precisamente de encontrarnos, sino de detectarlos y seguirlos sin que ellos se den cuenta.
Estamos en el momento y en el lugar preciso y contamos con el personal y con algunos recursos técnicos
que nos podrían llevar al éxito. Me refiero ante todo a la doctora Hung y a su compañero.
— ¿Quién es ella?
—Tendrás la oportunidad de conocerla. Por el momento, te puedo adelantar que es uno de los
miembros más destacados de la organización. Doctora en la rama de la astrofísica, es además astronauta
con una experiencia única en los anales de la historia.
—En verdad, nunca había oído hablar de alguien así.
—Porque es de una época posterior a la tuya. Pronto tendrás la oportunidad de conocerla.
En aquel instante crujieron algunas ramas y vi la figura de Mustafá reaparecer de entre la vegetación.
Se dirigía a nosotros con mucha prisa haciendo señas con ambos brazos.
— ¡Al suelo! —susurró mi hermano.
Nos arrastramos como culebras entre la hojarasca y caímos en el barranco. Al instante Mustafá y los
otros se deslizaron a nuestro lado.
— ¿Qué sucede? —inquirió Johann.
—Alguien se acerca en esta dirección —respondió el saharaui.
No habían pasado dos minutos de su advertencia cuando una bestia resopló a poca distancia entre los
arbustos. Al instante tres o cuatro figuras humanas se destacaron de entre la espesura.
Aunque se hacía difícil distinguir la identidad de los recién llegados, de una cosa sí podíamos estar
seguros. Se trataba de hombres armados, lo que se podía adivinar por la silueta de yelmos, lanzas y
espadas; además del inconfundible tintineo de los metales.
Nos aplastamos contra la pared rocosa de la trinchera y contuvimos el aliento. ¿Qué sería de nosotros
de ser descubiertos?
La sola idea de aquella posibilidad hizo que un escalofrío repentino recorriese mi cuerpo.
Podía tratarse de bandoleros, o de una patrulla de los que mantenían el cerco de la fortaleza. De
cualquier modo, ambas cosas resultaban de sumo peligro para nuestra misión, e incluso para nuestras
vidas.
La gente armada se detuvo a unos pocos pasos. Estuvieron hablando por un minuto. Luego, uno de
ellos dio la orden de continuar la marcha. Pronto los vimos alejarse en dirección al oscuro valle que a
partir de allí se abría en dirección a occidente.
Cuando salimos del barranco y nos movimos hasta el borde del terraplén, el grupo de jinetes había
descendido y sus siluetas se alejaban a unos doscientos metros.
—Tuvimos suerte esta vez —dijo Mustafá.
—Espero que no tengamos otro encuentro —dijo Johann—. Regresemos junto al barranco y tratemos
de dormir un par de horas.
Con la idea de esperar estuve muy de acuerdo, aunque no creí que pudiese conciliar el sueño bajo
aquellas circunstancias. No obstante, me tendí en el suelo y coloqué la mochila a modo de almohada. En
aquella posición podía contemplar el triángulo estelar de la primavera, cuyos vértices descansan en
Arturo, Régulo y Spica. Se hizo más profundo en mí un sentimiento que era una mezcla de asombro y
melancolía. Luego cerré los ojos y sin darme cuenta, quedé dormido.
***

Sentí una mano sobre mi hombro. Era Mustafá. El saharaui se había ganado mi simpatía. Ahora podía
seguir cada una de sus instrucciones sin poner reparos, o sin la cólera y el malestar que sentía al
principio.
El pequeño grupo ya estaba al borde de la explanada haciendo los últimos preparativos. Me reuní con
ellos y continuamos la marcha. Habíamos andado ya unos tres kilómetros a partir del sitio donde
dejamos la máquina. Yo seguía con una duda. ¿Sería posible hacer los cálculos de posición con la
exactitud requerida?
Debido a lo abrupto del terreno y a la oscuridad que nos envolvía, pienso que de no haber sido por los
equipos de ubicación y de visión nocturna, habría resultado imposible todo avance hacia nuestro
objetivo.
Más tarde supe que mi hermano y la gente que trabajaba con él en aquella especie de misión delirante
habían andado por aquel mismo sendero en repetidas ocasiones, tanto de noche como a pleno día, y
habían tenido la destreza de tomar muchas fotos, realizar buenos dibujos, e incluso llevar a cabo algunos
levantamientos topográficos del terreno.
Todo este trabajo se reducía a algo mucho más sencillo gracias al programa de GPS que portábamos
con nosotros. Por supuesto, dicho programa no funcionaba en tiempo real; pero de todas formas nos
servía como una referencia bastante exacta.
En pocos minutos habíamos concluido el descenso al valle. La vegetación había cambiado. La espesura
boscosa se había transformado en una pradera con árboles y matorrales y la hierba nos daba hasta las
rodillas. Esta última circunstancia nos podría facilitar escondite en caso de que pudiésemos descubrir a
tiempo la proximidad del enemigo. Por fortuna no hubo nada que lamentar y antes de llegada la
medianoche comenzamos a observar la difusa mole de una montaña. Se trataba del Pog.
Nos detuvimos y mi hermano me indicó que podía quitarme el equipo de infrarrojo. Me pasó un
pequeño binocular y esperó junto a mí. Pude tener entonces una visión más realista de la montaña y de la
fortaleza que durante siglos se ha considerando el último bastión de la herejía que conmoviera los
fundamentos del catolicismo en el siglo XIII. Sin dudas, mi hermano era muy consciente de lo que se
proponía y también, de la manera como debía hacer para conseguirlo. A partir de aquel instante comencé
a sentirme verdaderamente parte de la misión.
Mi entusiasmo comenzó a crecer a la vista de una torre y de los muros medio escondidos entre las
nubes, muy diferentes en aquel entonces a las ruinas que conocería la posteridad, setecientos años
después. Aquella efímera visión me conmovió, a pesar de que yo desconocía aún los sucesos que a partir
de allí, aquella misma noche, comenzarían a desarrollarse y luego a revertir la historia oficial.
Como había imaginado, nuestro recorrido nocturno se acercaba a su fin. Unas cuantas rocas, enormes,
obstruían nuestro avance en dirección suroeste; pero luego mi expectativa de la situación cambió cuando
Mustafá tomó el transmisor de radio y comenzó a dialogar con un misterioso interlocutor.
La brisa que soplaba en dirección contraria me impedía escuchar de qué se trataba. Supuse que era una
parte de aquel plan que aún me faltaba por conocer.
Luego nos llamó junto a él. Como un equipo de fugitivos ultramundanos nos adentramos con sigilo a
través del campo de rocas, que no era otra cosa que el cauce seco de una quebrada. Pasamos dando
trompicones por su parte más despejada hasta llegar a la abrupta pared de la montaña.
Una lucecita se encendió entonces a pocas yardas de nuestra posición y avanzamos a su encuentro.
Ya nos habíamos quitado los equipos de infrarrojo y a ojo desnudo pude apreciar que la vegetación
cubría toda la superficie del terreno y se elevaba por la montaña hasta desaparecer de vista entre la
niebla.
El hombre que había realizado la señal lumínica estaba sentado sobre una roca esperando por nosotros.
—Dime François ¿Cómo está la situación en el campamento? —preguntó mi hermano al acercarnos.
El hombre se había puesto en pie y se saludaron con un abrazo.
—Nos hemos retirado para pasar la noche en el interior de la caverna —oí decir al hombre—. Será
mejor que vayamos adentro.
La mencionada caverna tenía su entrada disimulada entre arbustos y enredaderas. Avanzamos a través
de esta vegetación y después por un oscuro túnel de unos siete metros, hasta introducirnos a una primera
estancia que parecía pequeña, a juzgar por la luz de una linterna que se reflejaba contra sus paredes.
Luego pasamos por otro corredor y llegamos a un salón iluminado por las flamas de una hoguera.
La escena que se presentó ante mí fue de una calidad evocadora muy difícil de describir. Cinco
hombres conversaban allí con mucha animación. Al vernos aparecer fue grande la satisfacción en sus
rostros.
Pronto me di cuenta que a pesar de sus orígenes culturales tan diferentes, las relaciones entre ellos eran
un ejemplo de verdadero compañerismo. Debía haber algo que los unía de manera firme. En eso estaba
pensando cuando se acercaron en grupo para darme la bienvenida.
Cuando hubo concluido la breve ceremonia nos despojamos del equipaje y pasamos a ocupar un lugar
alrededor del fuego donde compartimos un par de tragos. Poco después, cada cual buscó su sitio para
descansar durante el resto de la madrugada.
Al amanecer supe otro detalle de la operación. Yo había salido fuera de la caverna a petición de mi
hermano. Eran casi las ocho. Nos sentamos sobre unas rocas, ocultos entre la maleza, y en aquel
momento pudimos disfrutar el cálido sol de la mañana.
Hacía apenas unos minutos que estábamos allí y me disponía a hacerle algunas preguntas un poco más
íntimas acerca de nuestros padres, cuando sonó el aparato de transmisión.
Johann se apresuró a tomarlo y apretó un botón. Se escuchó del otro lado una voz femenina con
extraño acento.
— ¿Me escucha alguien? Necesito hablar de prisa. Tengo muy poco tiempo para esto.
—Te escucho Helena ¿Cómo están ustedes? —dijo Johann.
— ¡Oh Johann! Mi amor. Gracia que estás aquí. Tengo una mala noticia para ustedes. Mi compañero
ha muerto. Como tú sabes, los perfectos habían solicitado la tregua y toda la gente en la fortaleza se
notaba alegre. Esperaban que fuese concedida con la extensión necesaria; pero no ha sido así. Han
insistido, y no ha dado resultado ninguna insistencia. Parece ser, según los comentarios, que el
mismísimo Arnaud Amaury, abad de Cîteaux, se ha negado. Incluso, no quiso dar a conocer la petición
al papa.
—Tiene que ofrecerse hoy mismo, recuérdelo doctora. ¡Busque al guía! Trate de ganar su confianza, y
use la persuasión para bajar con los elegidos en la misión.
—La situación ha cambiado —dijo la mujer.
— ¿Qué ha cambiado?
—He sido admitida en su doctrina. Tengo que terminar ahora mismo. Alguien se acerca. Hasta pronto.
Esta fue la pequeña pieza de información. Johann guardó el aparato mientras permanecía con la mirada
fija hacia lo alto de la montaña.
—Las pequeñas dificultades son imprevistas —dijo entonces.
— ¿Quién es ella?
—Es la doctora Helena Hung. Está allá arriba, encerrada entre los muros de la ciudadela. Junto a su
compañero escalaron hasta la cima después que el cerco se había establecido en torno a la fortaleza. Han
intentado ocupar el puesto del futuro guía que conducirá a los cuatro perfectos montaña abajo; pero
ahora su compañero ha muerto. Espero que ella sola lo pueda conseguir; de lo contrario, nuestro trabajo
aquí habrá sido en vano.
—Me imagino que todo el plan consiste en seguirlos hasta el lugar donde llevarán el tesoro; pero esta
es mi pregunta ¿Están ustedes seguros en qué consiste ese tesoro?
—Es el Grial —dijo Johann.
—Muy bien…; pero… ¿qué es el Grial? —agregué.
Permaneció pensativo por unos segundos. Después vi aparecer en su rostro la exigua sonrisa que
exhibía con frecuencia.
— ¿Me puedes responder? —insistí.
—Puedo decirte, en una primera aproximación, que el Santo Grial es un símbolo de vida, salud, amor y
bienestar. Esto está claro para la mayoría. En segundo lugar; este símbolo en algún momento debió ser
la representación de un objeto real, o quizá de algún conocimiento. En cualquiera de los casos, su
verdadero significado se ha perdido. Supongamos que se trata de un objeto o conocimiento que tiene la
facultad de proporcionar a aquellos que entran en contacto con él, vida, bienestar y todas las cosas
buenas que la humanidad ansía.
— ¿Y estamos aquí en busca de esa suposición?
—Nuestro motivo aquí ya te lo expliqué una vez. En primer lugar, tratamos de cambiar la historia.
Como tenemos los recursos necesarios, te puedo asegurar que el éxito es muy probable.
—Dime toda la verdad, si en verdad eres mi hermano y me estimas tanto como dices.
—Máikol…; primero te diré que te estimo tanto como tú mismo acabas de decir; pero no es porque
seas mi hermano, sino porque eres un hombre digno y honorable. En porcentaje, como tú no hay muchos
dentro del gran rebaño que conforma la humanidad.
—Siento que me estás mintiendo, y además, noto hipocresía en tus palabras.
—Siempre trato de darte toda la información necesaria. ¿Dime qué quieres saber ahora?
— ¿Este no ha sido el primer intento por cambiar la historia, verdad?
—Desde que tenemos la máquina del tiempo en nuestro poder, lo hemos tratado de hacer cinco veces.
— ¿Y todas han resultado en un rotundo fracaso? —dije yo.
—Así es.
En su voz pude captar una pizca de desaliento.
—Y entonces… ¿por qué continúan insistiendo?
Esta vez no respondió, agachó la cabeza y dio dos pasos en dirección al refugio; pero antes de que yo
tuviera tiempo de insistir en la necesidad de una respuesta, se volvió lentamente y dijo:
—Nuestra misión es salvar a la humanidad de tanta pena…, y debemos continuar insistiendo hasta que
nuestras vidas se agoten —se me acercó unos pasos y agregó—: no se trata simplemente de librar a la
humanidad de sus penas, sino de evitar su fin.
—Ahora entiendo mejor —dije.
Lo seguí al interior de la gruta.
Las cosas no habían salido como se esperaba. El hombre que acompañaba a la doctora Hung había
muerto de forma lamentable. Ahora la mujer se encontraba sin el apoyo imprescindible para realizar la
misión.
Todo el grupo estaba preocupado y cada uno a su manera trataba de hallar un arreglo. Era necesario
actuar de prisa, ya que apenas faltaban dos noches para que los cátaros que escaparían con el Santo Grial
descendieran de la montaña.
Tal vez debido a que yo poseía poca experiencia en aquel tipo de aventuras, me sentía excitado, hasta
diría que comprometido en el resultado. Tal vez las últimas palabras de Johann me habían convencido
de modo definitivo de la grandeza de aquella actividad.
Me retiré a un rincón y mientras escuchaba las opiniones de los demás acerca del modo de salvar la
situación tan comprometida en lo alto de la montaña, me puse a meditar.
Las palabras de Johann me habían influido tanto, que diría, cambiaron mi vida en un instante.
Pensando en ellas se me erizaron los pelos y un escalofrío recorrió mi cuerpo. «Nuestra misión es salvar
a la humanidad de tanta pena y debemos continuar insistiendo hasta que nuestras vidas se agoten»; había
dicho. Sin duda, era una misión para titanes, para hombres que hubieran probado ya el fruto del árbol del
conocimiento, del bien y del mal, y que también estuviesen dispuestos a probar el fruto del árbol de la
vida. Como cualquier titán, teníamos al malvado Dios viejotestamentario de la creación en contra
nuestra.
Vino a mi memoria el mito griego de Prometeo y la obra teatral de Esquilo.
A la luz de la doctrina cátara, que yo conocía bastante a la perfección, el Dios grande y misericordioso
no había tenido participación alguna en la creación del mundo. El mundo y el hombre fueron obra de
Satanás-Yahvé, mientras el Dios verdadero se había limitado a poner un soplo de su espíritu en el alma
humana. Esta diminuta partícula era nuestra única esperanza de redención. Esta era el reino de Dios en
nuestro corazón; al principio tan diminuto como una semilla de mostaza; pero que al crecer podría
abarcar a toda la humanidad. Por supuesto que Satanás, que es el mismo dios creador del Antiguo
Testamento, al que llaman Jehová, no habría permitido el crecimiento del Reino y el logro de nuestra
liberación. Se trataba de una lucha espiritual por el triunfo de la luz. Lucha que había estado librando la
humanidad durante miles de años. Lucha que merecía nuestro sacrificio.

Capítulo 14
ENTRE LOS BUENOS HOMBRES

Aún dominaban las tinieblas cuando comencé el ascenso. Lo hice acompañado por uno de aquellos
hombres que nos habían recibido en la caverna. Yo estaba en verdad dispuesto a hacer lo que fuese
necesario para llevar a término la misión que me había asignado el destino, y por supuesto, la voluntad
de la organización.
El hombre era un experimentado alpinista que no vacilaba un instante en seguir la ruta varias veces
transitada, según me dijo, durante los últimos cinco años. Esto me daba una sensación de mayor
confianza.
En una hora y media estábamos situados en el punto de despedida. Era una cornisa que formaba una
especie de techo, el cual nos impedía continuar adelante por aquella parte, e incluso observar el resto de
la trayectoria que se extendía pendiente arriba.
—Hasta aquí llego yo —dijo estrechándome la mano—. ¡Buena suerte, camarada!
Dicho esto me dio la espalda y cinco minutos después lo perdí de vista montaña abajo. Entonces miré a
mi alrededor. La mañana se había nublado con un descenso de temperatura de varios grados. Ajusté la
bufanda a mi cuello y me dispuse a tomar unos minutos de reposo, al tiempo que analizaba la situación.
Según las instrucciones, el recorrido interior no debería ser superior a los cuarenta y cinco minutos.
Para ello tendría que seguir la ruta correcta a través de los laberintos que perforaban la montaña en
varias direcciones.
Mi mayor interés, por supuesto, era el de seguir dicha ruta en todo momento. El plano en mi bolsillo
del pantalón podría facilitar la tarea. Decidí entonces sentarme un rato, beber un trago y observar lo que
tenía a mi alrededor y los recursos con los que contaba.
La cornisa era un lugar seguro en caso de una retirada o como escondite eventual. Su capacidad de
albergamiento en el exterior era reducida; pero en la parte de la oquedad era posible, para tres personas,
acomodarse a gusto. Me quedé al aire libre y me senté contra la roca.
Estuve por un buen rato meditando con el plano frente a mis ojos. Pasé así unos veinte minutos sumido
en el profundo silencio que encerraba el exótico paisaje. Cuando me puse en pie, ya estaba dispuesto a
explorar aquellos doscientos metros de túneles, tal vez no transitados por ser humano en más de
setecientos años.
Apenas me había puesto en pie, sentí que una fuerza extraña se apoderaba de mí, dándome la energía y
el valor necesarios para seguir adelante. Pensé en los cátaros. Tal vez aquella misma energía era la que
los impulsaba a mantener viva la llama de su doctrina, capaz de desafiar a la muerte misma.
Con el plano en manos y el casco de minero ceñido sobre mi cabeza, avancé por el primer tramo del
corredor. Toda mi atención iba centrada en la pared de la derecha, por donde debía aparecer en cualquier
momento la entrada a un estrecho túnel de referencia. Así sucedió. Al poco rato pasé junto a este sin
prestarle mayor atención.
Era obvio que el plano me llevaría directo a mi destino. A partir de allí el ascenso a través de las
entrañas del macizo comenzó a hacerse más notable. En algunos tramos era tan inclinado que necesitaba
emplear hasta el máximo de mis energías, e incluso afincarme contra las paredes. A esta dificultad se
sumaba la existencia en el piso de un polvo de mineral muy fino, de color rojizo, que me hacía resbalar a
cada momento.
Por fin, agotado, tuve que detenerme para tomar un respiro. Entonces bebí de la cantimplora, me
recosté contra la pared, y cerré los ojos. Aproveché la ocasión para pensar en mi familia. Si mi hija me
hubiese podido ver en aquellas circunstancias se habría sentido orgullosa; o tal vez horrorizada por la
suerte de su padre.
Era tanto lo que había descubierto ya en aquella odisea, que mi destino personal no tendría ninguna
importancia comparado con todo ello. Debía pensar también, y con prioridad, en los hermanos que
estaban en la cima de la montaña; y ante todo en la doctora Hung, una mujer heroica dando traspiés a
través del tiempo.
Había aparecido frente a mí un recodo donde el túnel hacía un repentino giro a la derecha para hacerse
luego mucho más empinado y difícil. Pensé que había llegado el momento de utilizar la cuerda con el
garfio. Antes de continuar la marcha lo saqué de la mochila. Sería una suerte si lograba asirlo a uno de
los salientes que abundaban en las paredes.
Comenzaba a pensar que mi misión tenía mucho de sagrada, y que el Espíritu Santo estaba conmigo.
Me acomodé lo mejor que pude, tomé impulso y lo solté adelante. La cuerda escapó de entre mis
manos y se desplegó a lo largo del túnel, con tanta velocidad, que apenas quedó de mi lado lo suficiente
para tirar de ella y sentir que se había enganchado en algún lugar. La tensé dos veces y al notar que
estaba firme continué tirando.
Mientras trataba de alcanzar el recodo, mis pies resbalaban en el polvo y me golpeaba contra el muro
de la izquierda. Cuando al fin lo alcancé, respiré con alivio y me recosté otra vez. Miré hacia abajo
escudriñando en el camino de tinieblas por el que había transitado antes. Ahora frente a mí se alzaban,
tallados en la roca, unos magníficos escalones. Entonces miré el reloj y comprobé que habían pasado
unos treinta y cinco minutos desde que comencé el ascenso.
Aún me faltaba mucho por recorrer. A partir de allí el túnel se ensanchaba y avanzaba en espiral a lo
largo de innumerables escalones labrados en la roca. Cuando comencé este nuevo trayecto me di cuenta
que a pesar de su mayor longitud, también su seguridad era superior. A cado paso tenía la oportunidad
de afincarme en los escalones y tomar aliento.
Por fin, al cabo de unos diez minutos y bastante agotado topé la cabeza contra una puerta. Era el final
de mi recorrido. La empujé despacio con ambas manos y enseguida cedió, dejando pasar una tenue
claridad a través de la rendija.
Una nube de polvo se desprendió desde el piso superior y por poco me asfixio. Me asomé de
inmediato. Era una planta de techo bajo en la cual la única luz existente parecía proceder de una lámpara
situada en un empotramiento de la pared. Apenas podía distinguir algunos de los objetos.
Pensé si sería el momento adecuado para comunicarme con la doctora Hung, o si debía esperar hasta el
anochecer. Luego de analizarlo, decidí esto último. Subí de lleno a la habitación. Parecía que mi
recorrido me había llevado hasta algún sótano del castillo.

***

Caminé con sigilo entre herramientas y trastos desparramados hasta llegar al extremo opuesto. Unos
objetos informes habían llamado mi atención. Resultaron ser toneles de vino que despedían un excelente
olor añejo. Me acerqué y decidí que allí debía permanecer hasta el anochecer.
Entonces fui hasta la primera hilera que estaba recostada a lo largo de la pared, puse mis cosas en el
suelo y me tendí con la cabeza sobre la mochila, a manera de almohada. Estaba tan agotado que me
quedé dormido. Fueron solamente quince minutos. El ruido de unos pasos a través de la habitación me
hicieron despertar en sobresalto y desorientado. No me atrevía a ponerme en pie.
Un sudor frío había comenzado a recorrer mi frente; pero al momento volvió la calma cuando
comprendí de quién podría tratarse.
— ¿Está por aquí profesor? —se escuchó una voz.
Aguardé unos segundos y volví a escuchar.
—Profesor, soy yo; la doctora Hung.
—Aquí estoy —dije poniéndome en pie de un salto.
— ¡Huy! ¡Qué suerte! —dijo al encontrarme.
Traía en alto una lámpara de aceite, mientras en la otra sostenía una jarra a la altura de sus rodillas. Era
una persona totalmente desconocida para mí. Como había afirmado Johann, era una mujer del futuro. En
su rostro vi algo que me hizo quedar embelesado por un instante.
—Me da gusto verlo —dijo ella alumbrándome a la cara.
—A mí también ¿Qué debo hacer?
—Por el momento esperar…, y ayudarme con esta lámpara.
Hice como me decía mientras ella se agachaba frente a uno de los toneles y llenaba la jarra.
— ¿Qué habitación es esta?
—Estamos en uno de los sótanos de la fortaleza; pero no os preocupéis. A este lugar no puede llegar
cualquiera. Su única entrada por esta parte está en una de las habitaciones, a la cual solamente llegan los
buenos hombres, y algunos caballeros muy selectos.
— ¿Y cómo tú estás aquí?
—Porque soy uno de ellos.
— ¿Y porqué no escapan todos por estos túneles…, antes que sea demasiado tarde?
—Ese no es el caso, profesor. Actualmente la cultura, la vida social, y la resistencia cátara han sido
sofocadas en toda la región. Este es su último bastión; pero al mismo tiempo, el lugar más importante.
Para ellos no tiene sentido escapar, a no ser que sea a un lugar seguro.
— ¿Y qué lugar podría ser?
—Eso tendremos que averiguarlo, profesor.
—Se dice que escaparon solo cuatro personas, descendiendo con cuerdas por la ladera oriental —dije
entonces.
Ella había terminado de llenar la jarra y se ponía en pie.
— ¡Eso no es cierto! La historia oficial miente repetidamente. Si alguien escapa, será por este lugar,
que es bien conocido por ellos. Aunque puedo asegurarle que en ese caso, no lo harán hasta el último
momento, y solo si no existe otra opción. Además, ellos no tendrían ningún interés en escapar al mundo,
a no ser para mantener y proteger el Grial. ¡Vamos profesor…! ¡Salgamos de aquí!
La confianza con la cual aquella mujer manejaba la conversación me dejaba sorprendido. Ahora nos
dirigíamos al otro extremo de la habitación.
Colocó la palma de su mano derecha bajo la lámpara empotrada en la pared y empujó con fuerza.
Aunque lucía imposible, la pared cedió lentamente, dejando un espacio libre por donde nos metimos a
un corredor estrecho. El único modo de continuar avanzando fue por unos escalones de piedra que
finalizaban en el techo, bajo un agujero por donde penetramos en otra habitación.
Yo no esperaba encontrarme de repente entre un grupo de personas, y hasta llegué a pensar que aquella
a la que había entregado mi confianza me traicionaba al conducirme sin previo aviso ante gente
desconocida.
—Ellos son los perfectos —dijo avanzando hacia el centro de la habitación e invitándome a seguirla.
Tras colocar la jarra con el vino en una mesa de roble, se dirigió a uno de los hombres en un lenguaje
desconocido para mí.
«No tengas miedo ni te preocupes —pensé—. Si a ella la aceptaron, contigo podría suceder lo mismo».
— ¡Profesor…! ¡Es bienvenido al castillo de Montségur! —díjome tras un breve diálogo con ellos.
Esta frase trajo paz y serenidad a mi espíritu; y es que nunca habría imaginado la dicha que ahora podía
sentir, por el solo hecho de estar allí entre aquella gente. Era como si de sus cuerpos materiales emanara
alguna especie de fluido etéreo capaz de hacerme sentir lleno de gozo. Allí se hallaban presentes cuatro
hombres, todos ellos de edad madura, rostros barbados y de impecable limpieza.
— ¿Quién piensan ellos que soy yo? —pregunté a la doctora.
—Ni más ni menos, profesor, desde el momento en que me aceptaron como un miembro de su iglesia,
no tuve otro remedio que confesarles la verdad, en gran parte porque sentí confianza, y por otra,
remordimiento. Desde un principio me daba la impresión que ellos sabían quién era yo y las cosas que
me proponía. Referente a usted, he tenido que hacer lo mismo.
—Muy pronto este lugar será invadido por las fuerzas de las tinieblas —dijo uno de los caballeros—.
Espero que sean conocedores de la suerte que hemos elegido, y del peligro que los amenaza a ustedes.
La doctora Hung tomó mi mano y la apretó con fuerza.
—Es el conde Raymond de Pereille —dijo refiriéndose al caballero que nos dirigía la palabra.
—Deberían escapar todos antes que suceda lo peor —dije casi en un susurro.
El conde de Potier, con cabellos largos de color cobrizo, lo mismo que su espesa barba; dio dos pasos
al frente y dirigiéndose a mí, dijo con voz apagada:
—El fin no es más que el comienzo de la vida eterna. Ya hicimos nuestra buena parte y la confianza
mantenida por nuestros hermanos ha rendido sus frutos. Los que todavía permanecemos habitando la
materia, esperamos con ansiedad el momento de la liberación. Ahora ustedes pueden decidir, antes que
sea demasiado tarde.
Traté de decir algo; pero la doctora Hung, que aún no soltaba mi mano, la volvió a apretar con fuerza.
—Es inútil que tratemos de convencerlos, profesor.
—Tal vez tengas razón. Estoy demasiado agotado en estos momentos para intentar cualquier tipo de
razonamiento.
Deseaba estar a solas con ella para tomar un descanso y para esclarecer un montón de dudas que me
agobiaban. Iba a pedirle que nos retirásemos a otro sitio, y fue entonces que un movimiento junto a la
puerta de la estancia me hizo volver a la calma. Un caballero que al parecer custodiaba en el exterior se
había asomado por un instante. Luego apartóse para dejar paso a una dama.
Si el retrato físico que conserva la tradición hubiera coincidido con los rasgos de la mujer, me lo habría
explicado; pero no fue así. ¡Esclarmonde de Foix! Tiene que haber sido mera intuición la que me llevó a
reconocer su figura desde que atravesó el umbral. Algo como una corriente eléctrica causada por la
emoción recorrió mi cuerpo.
Ella avanzó hacia nosotros, con la cabeza en alto y la mirada fija, como reposando en un punto sobre la
pared del fondo. Dijo entonces:
—Acaba de llegar un mensajero del conde de Tolosa.
Los caballeros presentes se agitaron a su alrededor como si hubiesen estado aguardando por aquella
noticia desde hacía mucho.
— ¿De quién se trata? —dijo Bertrand Marty.
—Es el hijo del trovador Péire de Vidal. Ha traído la noticia y una súplica del emperador Federico II.
Nos pide que resistamos, comprometiéndose a venir en ayuda nuestra.

***

Yo sabía muy bien que aquella promesa nunca se cumpliría. Por esa razón, media hora más tarde traté
de organizar con la doctora Hung el nuevo plan de acción.
Habíamos bajado al patio donde vivían hacinadas más de setecientas personas. En este grupo se
incluían los caballeros y peones voluntarios que se hacían cargo de la defensa. Todos estaban a las
órdenes de Mirapoix.
—Volvamos a lo nuestro. ¿Qué se sabe del Grial? —dije mientras buscábamos con la mirada un sitio
menos concurrido donde ponernos a conversar. Esto último lo dije en inglés; pero de todas formas me
gané un pellizco en el antebrazo.
En ese instante un estruendo interrumpió la conversación que recién comenzaba y me hizo volver a la
otra parte de la realidad.
La niebla había desaparecido y el sol, ya casi primaveral, se aproximaba al cénit. La naturaleza de la
comarca nos presentaba en aquel instante su mejor cariz en agudo contraste con la condición humana.
Como dicen ciertos versos de un poeta, «las bellezas del físico mundo», «los horrores del mundo
moral». Por una parte estos hombres y mujeres cuyo único deseo era el de servir a la verdad; el de
entregar sus vidas a Dios y a la salvación de sus semejantes, y por otra, la iglesia dominante, los reyes y
los señores, dispuestos a exterminar la herejía hasta en el rincón más inhóspito de Occitania.
La doctora y yo encontramos un espacio junto a la muralla, en aquel momento preciso el único sitio del
patio donde podíamos estar a solas.
—No comprendo lo que ha sucedido —dije una vez que me sentí algo apartado de la multitud.
— ¿Qué es lo que no entiendes?
— ¿Cómo es que te han aceptado? Ellos lo saben todo, según me has dicho…
—Quizás ahora que lo saben, se haga más fácil para nosotros. ¡El Grial está aquí!.. ¡Ellos lo tienen!
— ¡Cómo!
— ¡Así es!.. Ellos lo tienen —repitió tranquilamente mientras recorría el entorno con la mirada.
— ¿Johann y los demás lo saben?
— ¡Todavía no! Tampoco creo que sea bueno apresurarnos en darles la noticia. Los buenos hombres
han confiado en mí, y me sentiría como culpable si tuviera que revelar su secreto a gente que se
encuentra fuera de esta fortaleza. Además, yo misma no lo he visto, y por lo tanto, no sé de qué se trata.
Podría ser algún documento con información de gran importancia para ellos, o cualquier otro objeto.
¡No lo sé!
— ¡Sea lo que sea…! Estoy seguro que los líderes cruzados, bajo las órdenes de la iglesia, saben lo que
aquí se guarda. Por eso han mostrado tanta obstinación en acabar con la herejía —dije.
—Pero los cátaros harán todo lo posible para sacar el Grial antes que caiga en otras manos —dijo
ella—. Nosotros no podemos tomar ninguna iniciativa. Tenemos que dejar que sean ellos los que
decidan. Pronto se cumplirá el plazo de dos semanas para la rendición y existen solamente dos opciones
para Bertrand Marty y sus compañeros: deben retractarse de sus creencias…, o serán llevados a la
hoguera.
—Y hoy estamos… a trece de marzo.
— ¡Eso es! Pero no hay que desesperar —dijo Helena mientras se recostaba contra el muro—.
¡Quedémonos aquí hasta que termine la ceremonia!
Se había ido formando un movimiento de refugiados a través del patio. Poco después se ordenaban en
larga fila, en la que pude contar veintiuna personas. Eran los crecientes de la fe cátara que desde el día
anterior habían hecho a los perfectos la solicitud para que les fuera administrado el consolamentum. Con
voz quebrada por la emoción la doctora Hung me fue enumerando a cada uno de aquellos de los que ella
poseía algún conocimiento personal o por referencias.
Al comienzo de la fila se habían situado dos mujeres. La primera de ellas era Corba, la esposa de
Raymond de Pereille y detrás de ella su hija Esclarmonde de Pereille. Allí estaban también dos de los
cabecillas de la masacre de Avignonet. Guillaume de Lahille y Bernard de Saint-Martin. Este último,
cómplice del primero. Los creyentes fueron subiendo poco a poco a la parte alta de la torre donde se iba
a efectuar la ceremonia que constituía el único sacramento de la doctrina cátara.
—Creo en verdad, que de algo grande y misterioso está convencida esta gente —dejé escapar en un
susurro—. Ahora podemos decir que Otto Rahn tenía toda la razón cuando afirmaba que el castillo que
se menciona en el Parsifal, el castillo Montsalvat, corresponde perfectamente con este; aunque en mi
opinión hay algo en lo que Rahn se equivocaba.
— ¿Qué…?
—En la naturaleza del Santo Grial.
— ¿Qué hay con ello? —preguntó la doctora.
—Ellos, los cátaros, no creen en la naturaleza carnal de Jesús, sino que lo consideran de naturaleza
fantasmal, espectral o angélica. De esto se deriva que el sacramento de la eucaristía, donde según el
ritual católico se bebe simbólicamente la sangre de Jesús, no tiene ningún significado para ellos y es
considerado falso, y por ende, también es falso para ellos el mito acerca de la copa donde José de
Arimatea recogió la sangre de nuestro Señor; porque la copa también debería ser algo material, al igual
que su sangre.
Mientras yo hablaba, la doctora Hung permanecía pensativa, tal vez analizando el significado de mis
palabras.
—Entonces…, según los cátaros, y también usted, la posibilidad de que el Grial consista en la copa que
contuvo la sangre de Jesús, puede ser descartada.
—Absolutamente, doctora. La tradición cristiana identifica la copa con el Grial; pero a mí no me
convence. Es erróneo identificar el Grial con los mitos de una determinada tradición, en este caso la
tradición cristiana. En mi opinión, el único método acertado para interpretar las leyendas del Grial, es el
método tradicional; el cual hace énfasis en el carácter universal de un símbolo o de una enseñanza, y
busca la forma de hallar similitudes en sus diferentes manifestaciones históricas. Los símbolos y las
enseñanzas iniciáticas o de otro tipo poseen un carácter suprahistórico y primario con respecto a los
mitos y personajes a través de los cuales se manifiestan. Lo que podemos encontrar en las diferentes
tradiciones culturales es una manifestación particular y concreta, una forma especial, si se quiere, de
expresarse en el contexto histórico. La copa que poseyó la sangre de Jesús es una leyenda cristiana; pero
el Grial va mucho más allá, es un símbolo universal que expresa el ansia más profunda del ser humano
en toda época y lugar. Comienza siendo una historia pagana que luego se universaliza adoptando
diferentes formas; pero la fuente de inspiración es única y tiene un remoto origen. Yo estoy de acuerdo
con la idea de Otto Rahn: el parzival de Wofram Von Eschenbach relata de forma velada los sucesos
que ocurrieron en la cruzada contra los cátaros.
— ¡Dígame entonces!... ¿Cuál opina usted que es esa ansia tan profunda del ser humano, que acaba de
mencionar?
—En mi opinión, es la paz y la salud mental, que nos conducen al amor de Dios.
—Y la libertad, la democracia, la igualdad y la fraternidad…, la cooperación entre los hombres, que
son cosas comunes de su propia época, por supuesto. ¿Dónde las deja usted?
—Esas cosas no son símbolos universales, ni tampoco ansias universales del ser humano —dije—. Son
apenas manifestaciones contingentes, variables y dependientes de la opinión común o personal de los
hombres o de las circunstancias de cada época. No hay algo tan difícil como ponerse de acuerdo en lo
que es, por ejemplo, la libertad. Pero en cambio, todo el mundo está seguro de lo que es la salud y la paz
mental, porque son cosas mucho más definidas y concretas, palpables quiero decir. Ellas son las
condiciones imprescindibles para la felicidad, y de ellas se deriva necesariamente la libertad, la
tolerancia, la democracia, la igualdad, la fraternidad, como dice usted, y la cooperación entre los
humanos. Pensar que estos últimos conceptos son lo primero, es un error; tanto en el plano personal
como social.
— ¿Y cómo alcanzar paz y salud en el estado social, sin que sea a través de ellos? —dijo la doctora
Hung.
—Yendo al centro doctora. —Me había dado cuenta que ella deseaba conocer mis ideas—. Solamente
desde el centro, de donde emana todo, podremos seguir el despliegue evolutivo de los conceptos
referentes a la realidad. La paz y la salud emanan de Dios, y solo en Él y a través de Él las podemos
hallar. Nunca se ha visto que una nación haya alcanzado ningún progreso en el plano espiritual cuando
se aparta de Dios. Los imperios se derrumban, las naciones desaparecen bajo el azote de los poderes
externos y el mundo se vuelve un caos porque el imperio universal; aquel que mora como una chispa en
el corazón del hombre, no es abonado y regado en ellos como árbol de vida eterna. El imperio universal
está en el corazón del hombre y solamente al hombre le corresponde hacerlo crecer. En vano se fatigan
queriendo cambiar el mundo, cuando es el hombre mismo el que debe cambiar primero. Este es el
misterio de la felicidad social: cambia al hombre con los mandamientos de Dios y con ello cambiarán
para bien supremo todas las relaciones e instituciones sociales gravosas y opresivas, cambiarán todas las
leyes y costumbres abominables y desaparecerá la injusticia y la desigualdad entre los hombres.
— ¿Cómo hacer que el hombre entienda estas cosas…, profesor?
—Al hombre, tanto en el plano material como social, se le cambia a través de hacer crecer la chispa
divina en su corazón. El hombre que se dedica con esmero y perseverancia a cultivar la chispa que mora
en su corazón, se vuelve factor de cambio para sus semejantes.
—Eso parece una gran verdad…
— ¿Se burla de mí?
—No. De ninguna manera.
—El hombre —dije— se ha quejado siempre de los males en la sociedad y hasta se revela por un
cambio; pero apenas hace algo para cambiarse y perfeccionarse a sí mismo. Pretende cambiar a otros y
cambiar al mundo mientras que él, en el plano personal, permanece atascado en el lodo de sus vicios e
injusticias. ¡Mírelos a ellos! Van a la muerte por haberse cambiado a sí mismos y por haber aceptado y
reconocido su naturaleza original y la fuente de todo cambio.
—Puede que tenga razón, profesor ¡Pero mire! Ya se hace de noche y estoy agotadísima. Busquemos
un lugar más placentero para recostarnos.

Capítulo 15
EL TESORO DE LOS CÁTAROS

Al siguiente día, 14 de marzo, nos mantuvimos todo lo apartados que nos fue posible de las personas,
hasta llegado el anochecer. A esta hora nos acercamos a una de las chozas de la pequeña aldea
extramuros situada del lado norte de la fortaleza. En aquel lugar conseguimos refugio entre un grupo de
crecientes y sus familiares. Habían prendido una pequeña hoguera junto a la cual nos tendimos para
pasar la noche.
A la mañana siguiente despertamos temprano. Cuando apenas había salido el sol subimos a la muralla
y nos pusimos a contemplar el precipicio por donde cuenta la historia que habían descendido los cuatro
cátaros con el Santo Grial. Lo que más me sorprendía era saber que dos de aquellos fugitivos que
descenderían por la pendiente éramos la doctora Hung y yo.
Describiré a continuación los pormenores de la efímera y triste víspera hasta donde mi memoria es
capaz de glorificarse con su recuerdo.
A eso de las nueve de la mañana estábamos en el patio cuando fuimos llamados por Pere Roger de
Mirepoix. Habíase asomado por la aspillera del primer nivel de la torre y nos hicía señas para que
subiésemos junto a él. Nos fuimos la doctora y yo hasta lo alto de la muralla utilizando la escalera
interior, situada del lado norte. Una vez en la torre nos guió personalmente hasta el tercer nivel donde se
había celebrado el día 13 la ceremonia del consolamentum. Allí estaban los principales de entre los
cátaros.
Bertrand Marty se dirigió de inmediato a nosotros con las siguientes palabras:
—Es sabido por todos que mañana será el gran día para nuestra fe. La bestia aguarda por su
recompensa allá debajo, donde seremos consumidos por las llamas. La bestia está convencida, ya en
estos momentos, que ha conseguido una vez más el triunfo en esta larga lucha entre las tinieblas y la luz.
¡Hermanos…, la bestia se equivoca de nuevo! Semejante al triunfo de Cristo en su predicación al
mundo, así es hoy nuestro triunfo. Hermanos, ustedes dos han sido escogidos para llevar el Grial fuera
de estos muros antes que Montségur sea entregada a Satanás.
La doctora Hung tomó mi mano y la apretó con fuerza. Comprendí su gesto. Significaba que las cosas
iban saliendo según los planes trazados por la organización.
—El caballero de Mirepoix ha sido instruido en la manera en que el Grial deberá ser conducido y
puesto a salvo —continuó el obispo—. En lo que a ustedes concierne, esperamos con toda fe en que
cumplirán con su parte una vez que nosotros hayamos desaparecido entre las llamas. Sigan a partir de
este momento las instrucciones del caballero de Mirepoix. Pueden ahora ir a descansar y a prepararse
para lo que viene.
Este pequeño pero agudo discurso del obispo apenas nos dejó la oportunidad para un saludo de
despedida. Poco después descendíamos por la escalera que nos condujo al primer nivel. Allí fuimos
presentados de manera oficial a las dos personas que serían nuestros compañeros en la expedición de
salvación del Grial.
Los dos hombres estaban recostados al borde de la aspillera y contemplaban el paisaje boscoso que se
extendía en la lejanía por el lado oeste de la fortaleza.
Es sabido que nuestra fuga se llevaría a cabo descendiendo los riscos y precipicios en aquella
dirección, con la intensión de despistar a las huestes de Satanás; pero en realidad, la verdadera dirección
de escape sería hacia el sur, rumbo a las estribaciones de los Pirineos y en busca de las cavernas
fortificadas del Sabarthes.
—Amiel Aicard —dijo el caballero de Mirepoix—. Nuestro hermano Hugo ha regresado en espíritu al
señor. Los hermanos perfectos se han puesto de acuerdo en que sean cuatro los portadores del Grial. La
hermana Helena y el hermano Máikol aquí presentes, serán vuestros acompañantes. Aunque sus
nombres suenen un poco extraños a nuestros oídos, Martin y los demás perfectos los han entregado a
nosotros con toda fe y confianza.
Haremos las cosas de esta forma: esta noche descenderán por la falda oeste. Para ello utilizaremos
cuerdas y la ayuda de varios caballeros de nuestra guarnición. Allá debajo nos hemos puesto de acuerdo
con varios amigos que están entre las tropas de Hugo de Arcis; pero que son fieles a nuestra causa. Ellos
os asistirán para completar el descenso, os llevarán hasta un lugar seguro, y os darán las cabalgaduras y
algunas provisiones para que podáis llevar a buen término la misión.
El caballero puso una mano sobre la empuñadura de la espada y con la otra sobre su pecho dio unos
pasos hacia la aspillera. Amiel y Pictavin se hicieron a un lado.
—No se alejen, hermanos —dijo Pere de Mirepoix—. Quiero mostrarles algo.
Helena y yo también nos acercamos para mirar hacia las cumbres de los Pirineos que en aquel instante
aparecían relucientes de verdor frente a un cielo completamente despejado.
—Aquel monte que ven allá, sobre la izquierda, es el Bidorta —continuó el caballero—. Hermano
Amiel, usted conoce bien como llegar hasta él. Mi plan es el siguiente. Quiero que se encaminen a ese
monte y cuando lleguen a su cima, enciendan una fogata lo suficientemente grande para que podamos
verla desde acá, y así podamos saber que el tesoro de nuestra fe está lejos del alcance de los enemigos de
Dios. El resto del plan ustedes lo conocen, y es desconocido para mí; pero pongo mi fe en el Señor, que
cada uno de los que estamos involucrados en este asunto sabrá conducir a buen término la parte que le
corresponde.
—Todo en favor del bien —dijeron casi al mismo tiempo nuestros compañeros perfectos y volvieron a
su silenciosa contemplación mientras asentían con la cabeza.

***

Helena y yo sabíamos por la historia conocida que al día siguiente a media mañana la mayoría de
aquellas personas, perfectos y crecientes que se habían negado a adjurar de su fe, a la par unos con otros,
serían conducidos a la planicie al pie de la montaña, y allí, sobre las grandes piras de leña que los
criminales se encargaban de edificar arderían sus cuerpos para liberar de una vez al verdadero ser del
hombre de la parte efímera y corruptible que lo ata y encadena al mundo.
A partir de las anteriores instrucciones no tuvimos más contacto con aquella parte de nuestros
hermanos en el patio de la fortaleza.
Al caer la noche se abrió la puerta y dos caballeros vinieron a darnos el aviso y a conducirnos afuera.
Un espectáculo impresionante se ofreció por un momento a nuestras miradas. El amurallado recinto del
patio aparecía iluminado por docenas de velas que formaban un gran círculo. Dentro de este círculo se
habían congregado aquellas personas que al siguiente día ascenderían con el fuego. Sentados con las
piernas cruzadas, muy juntos entre sí y con las manos entrelazadas, mujeres, hombres y niños entonaban
al cielo un misterioso cántico de alabanza.
Por coincidencia era noche de Domingo de Ramos, fecha celebrada por la iglesia católica y cuyos
hechos se narran en los evangelios como el día de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, aclamado por
la multitud que lo proclamaba Hijo de Dios.
Unas cuantas lágrimas brotaron de mis párpados en el momento en que nos disponíamos a descender la
escalera. La escena desapareció pronto de nuestra visión, porque en vez de atravesar hacia el lado norte
de la fortaleza donde se encuentra la aldea, fuimos llevados dando un rodeo por el borde de los
precipicios y barrancos hasta que alcanzamos la fachada oeste de la muralla. Allí, entre las sombras y
penumbras podíamos apenas vislumbrar las hondonadas y salientes de la mayor de las gargantas rocosas
que se abren en las alturas del Pog. Era el abismo de Lasset.
Estábamos a 16 de marzo y la noche toda lucía como otro abismo cuyo único escape parecía ser
marcado por el opaco brillo de las constelaciones.
La brisa, apenas perceptible al principio, había comenzado a batir nuestros rostros cuando escuchamos
un leve silbido y pudimos distinguir con mucha dificultad dos sombras humanas que se alzaban entre las
rocas que teníamos debajo.
—No teman —dijo uno de nuestros guías en un susurro.
Al momento otros dos caballeros se habían unido al grupo. Estos eran portadores de largas cuerdas que
mantenían enrolladas y colgadas de sus hombros. Se dieron a la tarea de desplegarlas atando un cabo a
las prominencias de la roca cársica, y luego de comprobar que aquellas eran resistentes, pasaron a la
tarea de atarnos por la cintura y los hombros a la manera típica de los montañeses cuando intentan
rescatar una cabra desde el fondo de un barranco.
Apenas un minuto antes de comenzar el descenso otras dos figuras se acercaron al borde del precipicio.
La primera de ellas la pude reconocer de inmediato. Se trataba del caballero de Mirepoix; pero la
segunda figura permanecía con el rostro cubierto por una capucha negra. Era una mujer.
La doncella tomó de las manos del caballero una especie de manta pequeña anudada a modo de hatillo
y se acercó a la doctora Hung.
—Cuida esto con tu propia vida —dijo al momento que colgaba el hatillo con un lazo al cuello de mi
compañera. Fue en ese instante que la capucha se separó unas pulgadas de su rostro y pude adivinar bajo
la titilante luz de las estrellas el rostro de Esclarmonde de Foix.

***

El descenso se hizo lento y abrumador. Helena y yo fuimos los primeros en llegar a un claro rocoso
rodeado por la maleza pirenaica. Allí nos recibieron algunas voces desconocidos; pero alegres. Eran
escuderos y soldados del ejército de los cruzados. Con la ayuda de estos descendimos hasta que
llegamos al bosque por un trillo que apenas se podía distinguir en la oscuridad.
Junto al lindero me acerqué a la doctora y comprobé con alegría que todo marchaba bien. El hatillo
continuaba colgado a su cuello mientras aferraba el contenido misterioso con ambas manos. Nos
detuvimos entre los árboles y en aquel instante una extraña sensación de bienestar invadió mi ser.
Un caballo resopló en la oscuridad y alguien se acercó. Luego se produjo un intercambio de palabras
en occitano. Fue apenas un murmullo que se desvanecía entre el crujir de las pisadas sobre la hojarasca.
Entonces alguien me tomó de la mano y fui conducido unos cuantos pasos hasta el sitio donde se
hallaban varios corceles. A poco estuvimos cabalgando por un estrecho sendero de montaña.
Nuestra marcha tenía que ser forzosamente lenta, tanto por las dificultades del terreno como por la
serie de precauciones que debíamos mantener. Era muy probable que pequeñas partidas de hombres
armados recorrieran la zona en los alrededores de Montségur, tanto para el aseguramiento logístico del
ejército cruzado, como para impedir que los cátaros en la montaña pudieran recibir cualquier tipo de
asistencia. Teniendo en cuenta estas cosas nos detuvimos poco antes que aparecieran los primeros
albores del amanecer y plantamos el campamento entre la abundante vegetación silvestre.
Amiel Aicard se puso a mi lado. Por un momento pensé que comenzaría con preguntas acerca de mi
identidad y procedencia; pero descubrí mi equivocación cuando el buen hombre me dijo así:
—Debes tener fe, hermano, en que nuestro tesoro será librado de la presencia del maligno.
Avergonzado por haber juzgado falsamente sus intenciones, primero agaché la cabeza y luego miré a
sus ojos. Díjele entonces:
—Apenas puedo imaginar en qué consiste el tesoro. ¿Lo sabes tú?
Abrió los ojos desmesuradamente y dejó escapar un suspiro. En ese momento fuimos interrumpidos
por la doctora Hung. Se acercaba en compañía de un caballero cuya cabeza sobresalía por encima de ella
en más de cuatro palmos.
—El caballero que nos sirve de escolta es de la orden de los templarios —dijo Helena, mientras
mostraba hacia adelante el hatillo entre sus manos—. Ellos nos llevarán hasta un buen escondite de las
cercanías que pertenece al señor de esta comarca.
La doctora Hung se refería sin duda a una de las varias cuevas: Ornaud, Lombrives, Fontanet o la
cueva del Eremita. Las dos últimas habían sido visitadas por Otto Rahn cuyas investigaciones se habían
centrado en ellas en su incansable búsqueda del Grial.
—Mi misión es llevarlos hasta la cueva de Lombrives —precisó el templario y agregó enseguida—:
para librarlos de un mayor esfuerzo y también de los peligros que puedan aparecer, después de dejarlos
en la cueva, yo mismo volveré con mis hombres y pondremos la señal de fuego en la cumbre del
Bidorta. Eso es lo que me ha pedido el hermano Amiel.
Miré al perfecto sentado a mi lado y con la cabeza gacha.
Lombrives se encontraba situada al suroeste de Montségur. El señor de aquel terreno y de toda la zona
del Sabarthes era Ponç Arnau de Castel Verdun, quien había recibido el tesoro material de los cátaros en
1243. En esa ocasión el tesoro había consistido en una notable cantidad de piedras preciosas y monedas
de oro que supuestamente estaban aún en su poder. Era muy lógico que un simple hatillo, hecho con una
manta de lana, no pudiera contener algo de mucho peso y volumen. Esta vez, el valor del tesoro debía
ser sin ninguna duda de una naturaleza muy diferente a la del primero, y también diferente de aquello
que los historiadores y personas interesadas han tratado de imaginar a lo largo de los siglos.
La doctora Hung se sentó a mi lado.
— ¿Qué llevas en el hatillo? —le pregunté.
Me observó sorprendida.
—El tesoro cátaro —respondió sin prisa.
—Tú que lo estás tocando, ¿Qué puedes palpar en el hatillo? —insistí.
—Creo que se trata de un pequeño cofre. Es lo único que puedo decirte. Pienso que lo que está dentro
del cofre es lo que vale la vida salvaguardar.
—Así es —dijo Amiel, mientras me observaba de lado con sus ojillos entreabiertos.
Poco después nos sumimos todos en el descanso que duró una hora. Luego, a una señal del templario
nos pusimos otra vez en marcha sin dejar de estar atentos a los ruidos y señales del bosque.
Marchábamos en silencio dejando que nuestras cabalgaduras siguieran su propio paso.
Antes de la media mañana arribábamos frente a la caverna.
Capítulo 16
LOMBRIVES

A penas habíamos dejado los caballos cuando dos hombres aparecieron entre las rocas y nos salieron
al encuentro. Andaban vestidos como nuestros guías de Montségur. De inmediato me di cuenta que se
trataba de otros cátaros que vivían escondidos en aquel remoto e intrincado sitio del Ariège; convertido
en el hogar de muchos fugitivos desde los años en que se hizo más feroz y sanguinario el desarrollo de la
cruzada.
— Benvengut! ‘Quò vai ben? —dijo uno de los hombres mientras se acercaba a nosotros.
— Va ben, mercés. E tu? —respondió Amiel, señalándonos a la doctora Hung y a mí.
— Aital aital. Qué de nòu? —dijo el anciano al tiempo que nos observaba con atención.
Amiel dirigió su mirada y su mano al hatillo que sujetaba la doctora Hung contra su pecho.
Los caballos de los templarios piafaban y se revolvían inquietos sobre el terreno pedregoso.
— Nosotros tenemos que partir a poner el fuego sobre el Bidorta, como ha sido acordado a petición de
Bertrand Marty. ¡No tenemos tiempo que perder! —dijo Pau mientras bajaba la visera de su yelmo y la
volvía a levantar para descubrir otra vez su rostro en señal de saludo.
— Pòrta te ben —dijo uno de los cátaros, al tiempo que los demás inclinaban sus rostros.
Los templarios partieron ascendiendo una pequeña cuesta y me quedé observando hasta que
desaparecieron.
El anciano que nos recibió el primero había tomado a Helena por el antebrazo y todos avanzaban ya
hacia la entrada de la gruta. Al darme cuenta de esto, salí corriendo y en unos cuantos saltos me reuní
con el grupo.
La impresionante vista interior de la caverna me obligó a dedicarle más tiempo del razonable a la
exploración visual de sus laberintos y salas, los cuales mantenían en aquel tiempo, mucho más que en
nuestro siglo XXI, las huellas del hombre prehistórico. Pero más que el elemento humano, lo que
provocaba mi asombro era el sempiterno quehacer de la naturaleza que en sus millones de años había
tallado en aquellas rocas su incalculable ingenio.
Habíamos sido conducidos por los perfectos a través de una amplia galería hasta una sala en forma
oval. En su mismo centro se erguía una formación calcárea a manera de columna, elevada y gruesa,
formada allí por la unión de estalactitas y estalagmitas. A la luz de las lámparas y de una fogata que se
mantenía encendida sobre una plataforma, podíamos apreciar los reflejos que se desprendían de la
columna por los exóticos minerales que la formaban.
Un diminuto arroyuelo salía de en medio de la columna y se alejaba atravesando la sala hasta
desaparecer en una cavidad al fondo de la habitación. Una mujer cátara se había arrodillado junto a la
corriente.
Luego de introducir una jarra de barro en el agua cristalina se encaminó hacia la plataforma en lo alto,
allí donde algunos de sus compañeros mantenían viva la lumbre y preparaban los alimentos que
constituían el frugal sustento de la comunidad.
Nuestra entrada había despertado entre los moradores de la caverna un murmullo persistente. Se podían
ver sus sonrisas entre las sombras que proyectaban las rocas. A unas palabras de Amiel comenzáronse a
levantar de sus asientos de piedra y se acercaron al lugar del fuego, mientras nosotros ascendíamos
varios escalones que nos condujeron hasta la plataforma.
— Hermanos… —dijo Amiel Aicard—, a esta hora, nuestros otros hermanos en la fe podrían estar a
punto de entregar su espíritu al verdadero Dios. Pero Montségur no ha sido en vano. Tampoco debemos
sentir dolor por la muerte terrenal de aquellos que en esta vida fueron nuestros iguales. Digo que todo el
esfuerzo por mantener la fortaleza hasta el día de hoy no ha sido en vano… —puso su mirada en la
doctora Hung y agregó—: hermana, haga el favor de abrir el hatillo.
Helena lo había colocado sobre una mesa de piedra formada con una laja sobre dos rocas. Soltó el nudo
con alguna dificultad, y entonces se dejó ver una caja de cofre de metal broncíneo con incrustaciones
doradas.
El material y la orfebrería del recipiente hubieran bastado para despertar el celo y la codicia de
cualquier mundano; pero aún así, estos detalle no parecían tener suficiente mérito para explicar el
tremendo asedio sufrido por la fortaleza durante nueve meses, mucho menos para justificar la cruzada
albigense, con todos sus gastos y sacrificios para la iglesia y para el rey de Francia y sus caballeros.
Una pequeña desilusión por todo lo acontecido en mi propia vida había comenzado a oprimir mi
corazón en el instante en que la doctora Hung tomaba otra vez mi mano y la apretaba con ardor.
Amiel Aicard se inclinó un tanto sobre la losa, levantó dos pequeñas petacas que servían de cierra a la
tapa del cofre revestida de esmeraldas, y puso al descubierto su contenido. Bajo la luz danzante que
proyectaba la hoguera pude observar el interior del cofre y creció mi decepción. Allí no había más que
una pieza de forma circular con un diámetro aproximado de cinco pulgadas. Parecía elaborada con
alguna aleación de color oscuro. El disco aparecía grabado con varios círculos concéntricos de
incrustaciones de pequeñas piedras de color marrón y atado por su borde con una cadena gruesa de
metal dorado y complicada trama.
Miré al propio Amiel y en su rostro pude observar una sonrisa de triunfo.
— ¡Tenemos el Grial! —dijo entonces dirigiéndose a las personas bajo la plataforma—. ¡El Grial ha
sido salvado de los servidores de Satanás! «Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá
—clamó con todas sus fuerzas—. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama
se le abre». ¡Hágase la Luz!
De repente, esta última frase funcionó como una orden dada por el nuevo obispo de la iglesia de los
herejes. Descendieron las antorchas más alejadas y sus reflejos se extinguieron. Luego descendieron las
más cercanas y sucedió lo mismo. Entonces, los hermanos cátaros que nos rodeaban, como si hubiesen
sido instruidos con antelación, volcaron bolsas de arena sobre la hoguera y las tinieblas se expandieron.
Sentí un manantial de luz verde esmeralda cayendo en cascadas sobre mi mente. Iluminóse mi espíritu
con claridad meridiana y en un instante pasaron ante mi vista interna las dulces maravillas de la
creación.
Cuando abrí los ojos, el antro en forma de óvulo de la caverna brillaba con luz crepuscular, como si el
sol externo estuviese inmerso entre la cúpula y las paredes.

***

Lo que había ocurrido allí es difícil de explicar. Solo supe que habíamos descubierto el Grial.
Poco después nos acomodamos junto al fuego en compañía de Amiel, Pictavin y algunos otros de los
perfectos. El regocijo reinaba entre todos y se hablaba ya del talismán y del paraíso como si la esperanza
perdida en la mañana de aquel mismo día, cuando ardían los cuerpos de los hermanos al pie del Pog,
hubiese sido recobrada con la presencia del talismán en el interior de la caverna.
Ahora lo creíamos seguro. Lo habíamos colocado en un nicho cavado en la roca con mucho afán y
entusiasmo, en la parte más oscura de la habitación. Cerca de nosotros.
Helena me invitó a salir y habló con el obispo. Este no tuvo ningún inconveniente y unos minutos
después vimos la luz del día. Era una tarde perfecta; pero nuestro objetivo afuera no era contemplar la
naturaleza, que por otra parte ya me resultaba indiferente, sino mantenerme junto a mi compañera
mientras ella intentaba realizar una llamada a los hombres en la máquina del tiempo, o al propio Johann
al pie de la montaña. Fue con mi hermano con quien pudo comunicarse primero. Lo que pude escuchar
se resume así:
—Ya lo tenemos —fueron sus primeras palabras. Dijo luego—: estamos en Lombrives. La cueva
parece un lugar seguro. Pienso que debemos mantenernos aquí, con los hermanos cátaros, hasta que la
situación se calme y podamos decidir qué hacer con el talismán.
Tras escuchar a mi hermano por un momento, ella agregó:
—Seguro, se trata de un talismán con increíbles efectos. Esperamos aquí.
—Entonces ¿cómo haremos? —dije cuando la vi guardar el transmisor.
—Dice Johann que no se debe perder tiempo. ¡Vendrán por nosotros lo más pronto posible!
— ¿Puedo dar una vuelta por los alrededores…, y tal vez tomar unas fotografías? —dije a la doctora
Hung.
En realidad tenía que hacer mis necesidades fisiológicas y pensé que en la quietud de la floresta sería
más agradable que en medio de aquellas milenarias paredes de la caverna.
— ¡Bien! Te espero adentro —dijo ella—. Ya tú sabes como llegar hasta la sala del talismán.
Dicho esto nos separamos. Yo remonté la cuesta por donde se habían marchado los templarios y me
interné en la tupida floresta. Al poco tiempo, la presencia de un cuervo sobre la rama de un tilo atrajo mi
atención. Cuando me agaché, el pájaro voló y se posó en otra rama justo frente a mí, y se quedó
observándome. De repente me sentí incómodo ante su persistencia.
Cuando terminé lo que tenía que hacer y me disponía a regresar, divisé un bulto oscuro que se movía
entre los matorrales cercanos. El corazón me saltó en el pecho. Una fuerza instintiva me impulsaba a
correr hacia la boca de la caverna; pero el deber y la razón se sobrepusieron a cualquier temor. Me
agaché nuevamente intentando descubrir si se trataba de un animal.
Un ligero movimiento de los matorrales al batir la brisa me reveló a la más subyugadora y femenil
figura. Me quedé embelesado mientras la observaba, al tiempo que pensaba en lo extraño de la visión,
porque en ella coincidían el misterio y la embriaguez sexual. A gran prisa crecía mi curiosidad cuando la
vi levantarse y descender medio agachapada por el sendero que conducía hasta la caverna, mientras
mecía en su mano izquierda una cesta de mimbre cubierta con un paño oscuro.
Me puse en marcha y traté de alcanzarla. Apenas estaba a dos pasos y casi podía oler con mis dedos su
pelo suelto, cuando el cuervo dejó su rama y con impetuoso batir de alas pasó volando tan cerca, que
alcancé a ver el soplo de su graznido en mi rostro.
Ella se detuvo, se volvió hacia mí. No tuve tiempo de tomarla por los hombros, como era mi intención,
y perdí la oportunidad de esquivar la aguzada punta de una daga que terminó presionando contra mi
ombligo.
—Cossí te dison? —escuché de sus labios. Me vi obligado a tomar aliento antes de responder.
—Mi nombre es Hugo. Hugo…
—Hugo no… ¡Tommy Hilfinger! Vamos Tommy, camina adentro ¡llévame con ellos! —dijo al tiempo
que retiraba la daga de mi estómago.
Y entonces, con un rápido movimiento de su mano izquierda sacó un puñado de bayas de la cesta y las
regó a mis pies. Caminé al frente sin comprender aquella especie de rito. Podía oler su respiración
agitada mientras descendíamos la cuesta.
— ¡Como que Tommy! Mi nombre es Hugo.
—Está bien Hugo, sigue adelante.
Algo me dio a entender que podía confiar en ella. Por otra parte, parecía conocer la caverna al dedillo,
pues no pude evitar que un momento después me tomara la delantera y marchara al frente y a toda prisa
hasta llegar a la sala de la gran columna.
— ¿Qué buscas aquí? —pude preguntarle en el instante en que varios hombres y mujeres, sorprendidos
con nuestra entrada precipitada salían a nuestro encuentro.
— ¡Amiel Aicard! ¿Dónde está el obispo? —dijo mientras indagaba con la mirada a su alrededor.
Amiel salió al frente.
— ¿Te conozco, mujer?
—Dudo que sepa quién es esta pobre infeliz, a la que solamente los animales del bosque dirigen una
mirada —dijo al tiempo que observaba a su alrededor, y agregó después—: Mi nombre es Magali de
Morlhon, oriunda de Saint-Gilles.
—De allí es nuestro amigo y protector, el conde de Tolosa. ¿Al menos conoces al conde Raimundo de
Saint-Gilles?
—Cuando mi vida era venturosa y digna. Un tiempo que apenas recuerdo, tuve la dicha de conocer al
conde.
—Entonces, Magali… ¿qué te hace venir aquí?
—Monseñor, soy la hermana del templario. De ese joven caballero que hace poco los guió hasta esta
caverna. He sido enviada por él, para avisarles que deben salir de aquí lo antes posible. Los cruzados,
bajo las órdenes de Hugo de Arcis, marchan hacia acá a toda prisa. Yo podría decir que es el propio
Satanás el que dirige sus pasos. ¡Escapen pronto! ¡Escapen! Ahora, si es posible, deseo un trago de agua.
—Allá está la fuente —dijo Amiel indicándole con una mano.
El grupo se apartó a un lado y la mujer corrió y se tendió bocabajo junto a la corriente.
Cuando se puso en pie y se dirigía de regreso a la entrada, el obispo la detuvo con estas palabras:
— ¿Qué tan lejos están los hombres de Hugo de Arcis?
—Escasamente media hora. Yo he cumplido con Dios y ahora me retiro a mi cabaña —dijo la mujer y
salió andando de prisa.
Un minuto después nos hallábamos todos ocupados en el escape.

***

La caverna de Lombrives está formada por multitud de salas y laberintos. Los cátaros conocían
muchos de ellos. Al principio se me había ocurrido que saldríamos a través de la boca principal, y luego
atravesaríamos los bosques por la orilla del Ariège en dirección al sur; pero una vez más, me había
equivocado respecto a la lógica de supervivencia de aquellos hombres.
La doctora Hung tomó el hatillo con el cofre y nos unimos al grupo formado por unas treinta personas
que avanzaban ya a través de uno de los túneles portando en alto antorchas y velas encendidas.
Poco después nos detuvimos en una amplia habitación. A partir de allí vimos cerrado el paso por un
estanque de aguas oscuras sembrado de estalagmitas.
— ¡Ahora les diré como haremos! —dijo Amiel Aicard—. Primero es necesario que nos separemos.
Hay un bote atado a las rocas de la orilla ¡Por aquella parte! Ustedes dos, tomen el bote —agregó
dirigiéndose a Helena y a mí—. Remen entre las aguas del estanque y las mismas aguas los llevarán
fuera de la caverna. ¡Hay que poner el talismán a salvo!
— ¡Y ustedes…! ¿Qué sucederá con ustedes? —dijo Helena.
—Por nosotros no deben preocuparse, hermanos. Lo único que tiene importancia es el talismán.
Ustedes deben impedir que caiga en manos de las huestes de Satanás. El siguiente punto de contacto es
Ponç Arnau de Castel Verdun. Deben llegar a donde está él, y junto a él hallarán ayuda y protección
para ustedes y para el tesoro. Es imposible que podamos escapar todos, y además, en el bote pueden
viajar solamente tres personas. Pictavin irá con ustedes. El los puede conducir hasta la presencia de Ponç
Arnau.
El obispo se separó de nosotros y seguido por la pequeña tropa de hombres de fe desapareció poco
después entre las sombras de uno de los túneles laterales.
Helena y yo nos apresuramos tras los pasos de Pictavin.
En efecto. El bote del que nos hablara el obispo reposaba sobre las aguas, atado con una cuerda a las
estalagmitas.
— ¿Conoces el camino? —preguntó la doctora Hung.
—Este mismo recorrido lo he tenido que hacer varias veces cuando salimos en busca de provisiones
entre los pastores y campesinos —respondió el buen hombre.
Ya puestos a bordo soltamos la cuerda y dejamos que la leve corriente nos arrastrara hasta la mitad del
estanque. En este punto comenzamos a remar, de manera que pudiéramos conducirnos entre las
secreciones cársicas.
—Remen despacio… —repetía Pictavin mientras sostenía en alto la antorcha y se inclinaba sobre la
borda tratando de descubrir a tiempo las puntas que afloraban a la superficie.
Un estruendo vino a desbaratar de repente la quietud bajo la bóveda de piedra. Por una razón al
principio incierta, una miríada de murciélagos se abatió sobre nosotros golpeándonos con frenesí.
Grité por el talismán.
Tratando de proteger su rostro Helena había perdido el remo y la antorcha escapó de las manos de
Pictavin. La más profunda oscuridad nos abrazó de repente.
Sentí como mi compañera se revolvía con manos y piernas por el fondo de la embarcación. Tras esto,
la escuché clamar.
— ¡Lo tengo conmigo!
Entonces oí un quejido de Pictavin y sentí como su cuerpo se derrumbaba sobre el fondo de la
embarcación. El bote se estremeció y estuvo a punto de volcase. Luego volvió la calma y el silencio más
inquietante.
—Sangra mi frente —dijo el perfecto, mientras la mano de Helena buscaba apoyo sobre mi hombro.
— ¿Qué sucede? ¿Por qué no avanzamos?
Tanteando con ambas manos encontré el rostro del perfecto.
—Se ha desmayado —dije entonces—. Su cabeza está sangrando a chorros.
—Toma el remo y trata de empujar como puedas —dijo ella—. La única solución es sacar el bote y
dejar que la corriente nos lleve.
Traté de hacer lo que me sugería; pero las tinieblas eran tan espesas que no atinaba a dar con un punto
de apoyo en donde afincar el remo. Por fin, agotado y tenso por aquel esfuerzo, sentí como Helena
tomaba mi mano y la apretaba, mientras hacía un llamado de silencio junto a mi oído.
—Ahora… ¿qué sucede?
—Escucho voces.
Y en efecto, lo que al principio parecía un murmullo bastante lejano se convirtió en algarabía, en
choque de aceros y en voces de mando.
—Son los cruzados —dijo Helena—. El ruido parece proveniente del otro lado del estanque.
Nos mantuvimos en silencio y sin movernos por unos minutos que nos parecían horas. Observábamos
las siluetas de los hombres que se movían bajo las antorchas hasta que desaparecieron de repente en el
vientre de las tinieblas. Cuando las voces y el ruido terminaron por extinguirse, el entorno quedó
alterado únicamente por nuestra respiración jadeante y el tintineo de las gotas que caían desde la bóveda.
Puse entonces la mano sobre el rostro de mi compañero herido y pude sentir su respiración. Ahora
sabíamos que estaba vivo, aunque inconsciente.
—Será difícil salir de aquí sin la ayuda de Pictavin… y con esta oscuridad tan horrible —dije a mi
compañera.
La había sentido moverse a mi lado y de repente quedé enceguecido por la luz esmeralda que brotó del
interior del cofre.
— ¡Lo has hecho! —susurré.
La alegría y la esperanza se apoderaron de mí.
—Hecho está —respondió ella—. No podemos esperar a que regresen las tropas y nos encuentren aquí.
A la nueva luz proyectada por el talismán tomé el remo y empujé con fuerza hasta liberar la
embarcación. La corriente se hacía más fuerte a medida que avanzábamos y la bóveda comenzaba a
estrecharse de manera progresiva. Poco después navegábamos a razón de un metro por segundo y sin
ningún obstáculo.
Las aguas descendían en pendiente apenas perceptible hasta que un punto de luz apareció frente a
nosotros y comenzó a crecer precipitadamente.
Helena cerró entonces la tapa del cofre y lo envolvió en el hatillo.

Capítulo 17
MAGALI DE MORLHON

Habíamos salido a la ribera y conseguimos llevar la embarcación hasta una pequeña cala arenosa
donde tendimos el cuerpo de Pictavin. Saqué vendas, alcohol, y una aguja con hilo. Luego de lavar y
desinfectar la herida Helena se dio a la tarea de coser la piel con pequeñas puntadas.
Hecho esto, nos alejamos de la corriente y nos metidos entre la vegetación, cerca del lugar donde
confluía el pequeño río subterráneo con las aguas del Ariège. Debíamos prepararnos para pasar la noche
en aquel sitio.
Teníamos el Santo Grial en nuestra posesión e intuíamos sus poderes. Sus manifestaciones lumínicas
eran una prueba de que algo más poderoso se ocultaba en él y nos atañía la misión de protegerlo,
evitando así que cayera en manos del diablo y sus lacayos.
Desde mi perspectiva temporal, el ejemplo más prominente en la búsqueda del Grial había sido la
obsesión del fundador de las SS alemanas, Heinrich Himmler. Este oficial fue miembro de la sociedad
secreta Thule, y fue además, el fundador de la Ahnenerbe o «sociedad de estudios para la historia
antigua del espíritu», conocida poco después, y en forma abreviada, como «herencia de los ancestros».
Dicha sociedad fue en realidad un departamento dentro de las SS que se dedicaba a la investigación en
los campos del esoterismo y el ocultismo.
La aventura moderna en busca del Grial tiene su punto álgido en el año de 1933, cuando el joven
investigador Otto Rahn, que acababa de llegar de un viaje por Francia se establece en Berlín y es
presentado a Himmler y a Alfred Rossenberg, otro miembro destacado de la sociedad Thule. Los
trabajos profesionales de Rahn y su tesis acerca del Grial habían ganado la atención de algunos altos
cargos en el Partido Nazi. Producto de este encuentro con Himmler, el 12 de marzo de 1936 Otto Rahn
pasa a formar parte de las SS. Este paso fue importante para su carrera, ya que así, de regreso a Francia,
obtiene la financiación y la ayuda que necesitaba para efectuar sus investigaciones en el Languedoc,
orientadas a descubrir el tesoro cátaro y concluir de esta forma más de setecientos años en la búsqueda
del Grial.
En el transcurso de estas remembranzas y conjeturas mías cayó la noche. Para protegernos del frío
recogimos toda la hierba, pequeñas ramas y hojas a nuestro alrededor y formamos una especie de
colchón con el que nos cubrimos también, pasando así hasta el amanecer.
Me desperté preocupado por el estado de salud de Pictavin. Era necesario llamar a Helena y despertarlo
a él, y marchar de prisa. Al tocarlo por una pierna lo sentí moverse y poco después sentóse sobre la
hierba seca.
— ¿Cómo te sientes? —le pregunté.
—Perfectamente —respondió llevándose una mano a la frente.
— ¡Espera para quitarte la venda! —dijo la doctora Hung despertando en ese momento.
Lo que vimos a continuación nos sorprendió en gran manera. La herida y cualquier huella que hubiera
podido dejar habían desaparecido.
— ¡Ha sido el poder del Grial! —dijo el buen hombre y los ojos le chispeaban de alegría.
—Debemos marchar —recordó la portadora del tesoro mientras apretaba el hatillo con el cofre contra
su pecho, y entonces agregó—: ¿a dónde vamos?
— ¡Helena!... —dije tratando de poner en mis palabras la máxima seguridad—. Vayamos con Pictavin
y el Grial, y que sea él quien nos guíe. Una vez en aquel lugar, llamamos a nuestra gente y les contamos
lo sucedido. Entonces Johann decidirá lo que se deba hacer.
— ¡Correcto!... ¡Qué así se haga! Te agradezco que me apoyes en esta decisión. El Grial debe ir a
Verdun, y que Ponç Arnau se haga cargo de su custodia.
El debate moral de la doctora Hung en lo referente a la posesión del Grial parecía continuar sin una
solución. Ella se debatía entre dos opciones. Era un ejemplo demostrativo de que incluso el ser más
espiritual sobre esta tierra dominada por las tinieblas, en ocasiones tiene que decidir acerca de su deber;
y esto en medio de terribles apremios.
Había sido dicho por el obispo Amiel en el momento en que nos separamos en la caverna que el
próximo punto de contacto sería Ponç Arnau de Castel Verdun, señor del Sabarthes. Él sería el
encargado de resguardar el secreto, lo mismo que había hecho con el tesoro material de oro y plata
sacado de Montségur algunos meses antes.
Por otro lado estaba mi hermano Johann y nuestro grupo de la máquina del tiempo, quienes perseguían
también el Grial con la misma persistencia con que lo hacía la Iglesia Católica y sus acólitos, aunque
con un objetivo muy diferente. En realidad, el objetivo de los cátaros y el nuestro era idéntico en su
contenido; pero diferente en los procedimientos y reglas de acción. El conflicto de la doctora Hung
consistía en una cuestión externa, en una cuestión de reglas y procedimientos. Ella pensaba que si nos
largábamos con el Grial en la máquina del tiempo, estaría traicionando a los buenos hombres y la
confianza que estos habían depositado en ella.
Dudó un momento antes de dar los primeros pasos y dijo entonces:
— ¿Cómo convencer a este hombre, al que le ha sido dada una misión muy clara por su superior
espiritual? Su misión es la de llevar el Grial a través del Sabarthes, hasta la residencia de Castel Verdun.
¿Cómo hacerle cambiar de idea?

***

Después de descender por el río subterráneo hasta la orilla izquierda del Ariège nuestra posición en el
terreno era de 42°49′30" de latitud al norte del ecuador y 1°37′08" al este del meridiano de Greenwich.
Debíamos hacer un trayecto de varias horas hasta Verdun. A diferencia del recorrido anterior, en la
noche que escapamos de Montségur, ahora tendríamos que andar a pie y sin la protección de los
templarios.
Gracias a Dios, el hermano Pictabin se había recuperado por completo y dirigía nuestros pasos con la
seguridad de un guía habituado a los mismos obstáculos y dificultades.
El río Ariège, afluente del Garona, corre como torrente durante la primera mitad de su curso, que nace
en los límites con Andorra, en plenos Pirineos. Se dirige hacia el norte y desemboca en el Garona, un
poco más arriba de la ciudad de Tolosa. Ha dado su nombre a un departamento —mitad montañoso,
mitad llano— cuya capital es Foix. En la época de estos sucesos este departamento formaba en su
conjunto el Condado de Foix, que fue unido posteriormente a la corona de Francia por su último conde,
el rey Enrique IV.
Remontábamos por la ribera izquierda a través de una zona boscosa por donde el tráfico habitual a lo
largo del valle había dado ocasión al establecimiento de un sendero para jinetes y peatones. Según una
indicación de nuestro guía, muy pronto estaríamos frente a la spoulga de Ornolac.
Al llegar a este sitio tomamos la decisión de hacer un alto para comer, y mientras estábamos en esto,
sentimos algunas piedrillas y ramas que se desprendían desde un montículo que teníamos detrás.
Corrimos a escondernos entre la vegetación, y entonces vimos que se trataba de la mujer. La misma
que nos había llevado la noticia de la proximidad de los cruzados cuando nos hallábamos en Lombrives.
Fue una gran sorpresa para nosotros el hecho de encontrarla por el sendero, cuando suponíamos que
estaría muy lejos de la caverna, y posiblemente fuera del valle. Nos había descubierto y venía hacia
nosotros.
—Sé que están ahí. No es necesario que se escondan —decía mientras avanzaba.
Su decisión y temeridad nos convenció de pronto y salimos de entre la espesura.
— ¿Y ahora qué buscas, mujer? —dijo Pictabin mientras se acercaba a ella con paso receloso.
—Si me lo permiten, quisiera viajar con ustedes.
— ¿A dónde piensas que vamos?
—Solamente sé que van remontando el valle. Tal vez hasta Verdun.
— ¿Para qué querrías venir con nosotros? —dijo Helena—. Es muy peligroso.
—Ya lo sé. Los persigue el diablo para arrebatarles algo muy valioso que llevan con ustedes. ¡Sé que
está ahí! —dijo la mujer señalando hacia el hatillo que aferraba la doctora Hung con ambas manos.
— ¿Qué más sabéis voz?
— ¡Eso es todo…! Pero he oído decir que el Grial tiene el poder de cambiar a las personas, y por eso
quiero estar con ustedes. Si continúan hacia allá… se encontrarán con las tropas de los cruzados. Esta
vez andan hasta perros de caza, y no dudo que les tomarán el rastro cuando pasen de regreso por aquí.
— ¿Los viste pasar subiendo el Ariège? —dijo Pictabin.
—Así es, y no dudo que pronto regresarán.
Helena me miró a los ojos y descubrí cierta confusión en su mirada. Entonces dijo dirigiéndose a
nuestra interlocutora:
— ¡Bien Magali…! Entonces… ¿qué dices tú que debemos hacer esta vez para escapar del diablo?
—Crucemos el río —dijo sin titubear un segundo—. Del otro lado está la gruta de Ornolac y también
mi cabaña. Allí podríamos pasar el día y mañana temprano continuamos hasta donde sea que vayan.
Hasta el confín del mundo iría con ustedes.
— ¡Muy bien! —dijo Pictabin—. Vayamos a tu cabaña.
Cruzamos un pequeño claro y llegamos junto al río. Nos metimos entre la vegetación de la orilla y
desde aquel instante sentimos como crecía el bramar de la corriente. Me pareció increíble la propuesta
que nos hacía Magali.
— ¡Qué locura! —tuve que exclamar al observar el abismo.
—No se preocupe, que no habrá que nadar —dijo la mujer—. ¡Vengan por aquí!
Apartó unos matorrales y de repente apareció el tronco de un árbol enorme tendido sobre la corriente.
Con todo y ello, mi opinión no tuvo ningún cambio.
—No hay otra opción —dijo Helena—. Habrá que hacerlo.
Magali había comenzado dándonos el ejemplo, y al parecer Pictabin no tenía inconveniente. La doctora
Hung apretó el nudo del hatillo y se lo pasó por el cuello, haciendo que el cofre con el talismán colgara
sobre su pecho.
—Vamos ahora —dijo tomándome de una mano, y de aquella forma tuve que seguirla llevado como un
niño. Detrás de mí Pictabin sonreía como para darme aliento.
— ¡Adelante profesor! Que el temor del animal no detenga su salto sobre la cuerda. ¡Hay que
superarlo! —dijo Helena.
— ¿Qué dice?
En ese instante, en medio del abismo, desperté a la realidad cuando escuché un ladrido. Sobre la orilla
que dejábamos asomó una jauría entre los matorrales, y al echar una mirada al frente, tres o cuatro
caballeros acababan de aparecer junto a las rocas que soportaban el tronco. Eran cruzados. Lanza en
ristre esperaban por nosotros en el lugar preciso.
Escuché el silbido de una flecha, un golpe seco, y a continuación un quejido. Miré hacia atrás, y apenas
tuve tiempo para ver a Pictabin como caía y era tragado por la corriente. La suerte que se nos venía
encima parecía ser la misma. Los hombres, en posición sobre ambas orillas habían cerrado el paso y el
momento nos ofrecía una única alternativa: entregarnos a nuestros enemigos.
Helena me miró a los ojos por un segundo y sentí todavía más fuerte la presión de su mano sobre la
mía, entonces recibí un tirón, perdí el equilibrio, y me fui de cabeza a las aguas turbias del Ariège. A
partir de aquel momento todo fue un batallar frenético e inconsciente. Había perdido el agarre de la
mano amiga y luchaba con mis propias fuerzas, mientras los remolinos me arrastraban hacia el fondo
hasta tocar las rocas o el lodo, y luego me devolvían con fuerza a la superficie.
Trataba de conseguir una bocanada de aire o asirme a cualquier objeto, y entonces venía el siguiente
abismo. En esa lucha se pierde la noción del tiempo. Llegó un momento en que vino a mí la intención de
renunciar a la vida, y ya había tomado la decisión de rendirme a los elementos, cuando sentí un golpe en
la espalda que me sacó otra vez a la superficie. Instintivamente cerré mis brazos sobre un objeto y lo
apreté con fuerza. Aguanté la respiración mientras era arrastrado nuevamente a lo profundo.
Al volver a la luz, vi como el río se ensanchaba a corta distancia y formaba un amplio recodo. Pude
tocar el fondo con la punta de los pies, y luego la corriente me arrastró de rodillas sobre la arena. Solté el
viejo tronco y lo dejé a su propia suerte. La mía parecía estar echada esta vez.
Continué arrastrándome como pude hasta quedar tendido sobre un suelo que era un revoltijo de arena,
lodo, y desechos vegetales de la comarca.
Para alguien que no sabía nadar había sido una buena hazaña; pero al abrir los ojos fue otra mi
preocupación. ¿Qué había sido de la doctora Hung?
Me puse de rodillas y eché una mirada a mi alrededor. El gran recodo que formaba el río en aquella
parte estaba cubierto con una arena finísima y de color blanco que se extendía en una faja de cincuenta
metros desde la orilla hasta los primeros matorrales. No se veía ningún movimiento de hombres o de
bestias, y a juzgar por mi reloj, habían pasado apenas unos diez minutos desde que caímos al agua.
¿Cuánto me había alejado del lugar de la caída?
Me puse en pie y caminé de prisa hacia la tupida vegetación del otro lado del arenal. Al llegar allí me
oculté entre los arbustos. Eché otra mirada sobre la playa. Para sorpresa y consuelo, desde mi escondite
pude observar a un pequeño grupo de jinetes que se movía por la ribera contraria, casi frente a mí. Tal
vez no me habían visto. El propósito que los animaba parecía ser el de cruzar el río por aquella parte.
Este pensamiento colmó mi preocupación; porque si lo hacían, con toda probabilidad descubrirían mis
huellas.
Por un instante tuve la idea de echarme a correr, pero; ¿adónde podría ir? De repente una fea sensación
de abandono y desamparo azotó mi corazón como un vendaval. Por suerte, esta misma sensación había
paralizado mis movimientos y permanecía observando a los jinetes hasta que se perdieron de vista, sin
que se hubiesen decidido a cruzar desde la ribera izquierda.
Debía esperar un poco más y mantenerme alerta, luego saldría a caminar por la orilla en busca de
cualquier vestigio de la doctora Hung, de Magali o de Pictavin.
Mientras tenía la vista fija sobre el arenal, se fue dibujando ante mí, a unos veinte metros, la figura de
un animal. Un enorme perro negro de ojos chispeantes y feroces colmillos. Tal vez un galgo.
Me restregué los ojos. Cuando volví a mirar, el animal había desaparecido.
— ¡No se mueva!
Sentí un pinchazo sobre mi espalda. Aquella fue una voz que reconocí de inmediato. Era Magali. Me
volví lentamente para observar su rostro. La imagen del perro y a continuación el rostro de la mujer se
confundieron en mi mente, y un escalofrió recorrió mi cuerpo.
— ¿Cómo es posible? —susurré.
—Vengo para llevarlo conmigo —dijo ella, con una dulzura que me agitó el corazón.
—No puedo.
—Claro que puede, profesor. Venga por aquí.
La seguí entonces como en una especie de hipnotismo. Casi en contra de mi voluntad. Había algo en su
voz que me dominaba.

***

Atravesamos por la espesura del bosque durante media hora, sin decir palabra, al tiempo que una
misma idea se mantenía fija en mi pensamiento. ¡Magali era la culpable! Todo lo que había sucedido
desde que la encontré por primera vez a la entrada de Lombrives, era producto de su magia. Ella nos
traicionaba cuando nos condujo sobre el río, hasta caer en la emboscada. Estaba casi seguro que ahora
me entregaría a los cruzados en un nuevo acto de traición. Por desgracia, me mantenía sobre sus pasos y
sería capaz de seguirla así hasta la misma hoguera. Ella deseaba el Grial —estaba seguro—, para su
propio beneficio, tal como lo deseaba la iglesia de Roma.
—Allí está mi cabaña —escuché finalmente de sus labios.
Las paredes estaban cubiertas de enredaderas y la puerta frontal apenas se divisaba entre los
matorrales. Una pequeña chimenea sobresalía en el techo y lanzaba al exterior un humillo pálido y leve
que se confundía pronto entre las frondas.
Una fuerza poderosa, como un imán colosal, me atraía hacia aquel umbral. Un tufillo a hierbas
aromáticas flotaba en el ambiente a su alrededor. Al adelantarme, pude ver que la puerta estaba
entreabierta.
— ¡Puedes entrar! —me dijo apartándose a un lado.
Empujé lentamente. Lo primero que vi y que me llenó de alegría, fue a la doctora Hung. Estaba tendida
sobre un camastro con colchón de paja y su rostro permanecía mirando hacia la pared.
—Helena… ¿Cómo estás? —dije acercándome unos pasos. Luego caí de rodillas junto al lecho y traté
de voltearla para observar su rostro.
—Tal vez no te escucha porque está dormida. Ahora, yo me tengo que ir; pero regreso pronto.
Magali cerró la puerta y desapareció de mi vista.
Traté una y otra vez de despertar a mi compañera zarandeándola por los hombros. Cuando vi que era
inútil, comencé a buscar el hatillo con el cofre por toda la cabaña.
Aunque no existían mamparas o divisiones internas; según la clasificación de los objetos, podría decir
que aquella se dividía en tres habitaciones. El camastro estaba en una especie de sala-dormitorio, según
lo mejor que la podría definir. Además de aquel mueble, había allí un gran baúl que contenía toda suerte
de piezas de vestir de ambos géneros. Contra la pared y bajo la única ventana estaba una mesa de roble
donde descansaban algunos candeleros, calderos y otros recipientes de metal.
La siguiente habitación virtual era una especie de laboratorio con una mesa al centro y varios estantes
en las paredes. Allí había mecheros y recipientes de vidrio, de estos últimos, algunos vacíos y otros con
líquidos donde flotaban pequeñas serpientes, lagartijas, pieles de sapo, y hasta la cabeza de un niño
recién nacido. En un estante estaban varios libros antiguos y en otro, algunas vasijas de barro cocido que
contenían ungüentos y polvos.
Aquel espectáculo me provocó náuseas. Me detuve por un momento a punto de vomitar. Luego me
moví hacia el fondo de la cabaña donde estaba la chimenea. Buscaba yo el talismán revolcando todo lo
que se me ponía por el medio, cuando sentí un ruido a mis espaldas. Tomé un viejo atizador de bronce y
me volví con cautela.
La doctora Hung se había levantado y se tambaleaba junto al lecho.
Corrí junto a ella y la agarré por los brazos.
— ¿Tú estáis aquí?
— Así es.
—Me alegro que hayáis podido sobrevivir. Ha sido una pesadilla.
—Una pesadilla de la cual debemos escapar aún. Creo que debemos salir de aquí lo antes posible —
dije ayudándola a sentar al borde del camastro. Recogí el atizador y oprimiéndolo con firmeza apunté
con él hacia la puerta—. Dime Helena… ¿Qué se ha hecho el talismán?
Como si hubiese vuelto por fin a la realidad, abrió los ojos desmesuradamente.
—Lo había olvidado. ¡No está conmigo!
—Hay que encontrarlo —dije.
—Sé que lo oculté por algún lugar junto al río. Hay que llevarlo a su destino. Salgamos de aquí.
—Primero, cálmate —dije entonces soltando el atizador por segunda vez—. Yo también estoy
confundido, y para actuar, primero debemos recuperar nuestra lucidez. Lo primero… ¿Dónde está tu
transmisor? Es necesario que nos comuniquemos con Johann y los demás. Me parece que nosotros solos
no podremos encontrar el talismán y llevarlo a su destino. Creo que Pictabin fue alcanzado por una
flecha y luego cayó al río. Ya no podremos contar con él. Y esta mujer, Magali, se comporta de una
manera extraña. ¡Mira donde vive! ¡Mira lo que hace! Te ha drogado.
—Ella me ha dicho que las fuerzas de los cruzados patrullan toda la región del valle, y que el mismo
Ponç Arnau de Castel Verdun, está bajo vigilancia por los agentes del Vaticano. Quizá hasta lo hayan
detenido ya. ¿Qué podemos hacer entonces? El transmisor lo perdí en el río. De manera que no podemos
contar con nuestros amigos en la máquina del tiempo.
—Entonces yo tengo razón. Sin la guía de Pictabin, y sin la seguridad de encontrar al señor Ponç
Arnau, es inútil y además, muy peligroso para nuestra causa, que continuemos avanzando hacia Verdun.
— ¿Y si intentamos regresar por nuestros propios medios al castillo de Montségur? Allí podríamos
reunirnos con Johann.
—Eso nos tomaría mucho tiempo —dije sentándome junto a ella—. Además, nuestra gente debe estar
angustiada por la falta de comunicación, y más se angustiará a medida que pasen los días.
—Bueno Máikol. Creo que nada de lo que estamos hablando tendría sentido, a menos que recuperemos
el talismán. De nada vale pensar en ellos, o en nosotros mismos, a menos que tengamos el talismán.
—Y esta mujer, por lo que veo, anda desesperada en su busca.
—Me dio una pócima a beber. Después estuvo insistiéndome para que recordara el lugar donde lo
escondí.
— ¿Y ya lo recuerdas?
—Muy vagamente —dijo Helena pasándose la mano por la frente y oprimiéndose las sienes.
— ¿Ya te sientes bien?
— ¡Así es!
—Entonces… salgamos de aquí.
Tomé el atizador y abrí la puerta mientras Helena se ponía los zapatos y recogía las cosas que
conservaba en la mochila. Salí de la cabaña seguido por ella.
Apenas habíamos andado unos pasos, un perro enorme se presentó ante nosotros saliendo desde la
espesura. Era el mismo que yo había visto junto al río. Gotas de sudor se cuajaron en mi frente. El
animal exhibía largos y afilados colmillos mientras la baba chorreaba de su hocico.
Retrocedí, dispuesto a correr de vuelta hacia la cabaña cuando escuché un silbido. Un caballero
montado irrumpió en la escena. Su armadura brillaba como la plata bajo los rayos de luz que se filtraban
entre las frondas.
Ambos quedamos paralizados y el enorme sabueso, con la pata anterior izquierda en alto, se mantenía
con la vista fija sobre el caballero. Otros tres hombres se abrieron paso entre la vegetación, al tiempo
que el primero desmontaba y levantaba la visera de su yelmo. Entonces reconocí al mismo que nos había
escoltado desde las cercanías de Montségur hasta la gruta de Lombrives.
—Parece que las cosas no han marchado bien —dijo avanzando uno pasos.
—Eso es cierto —dijo Helena.
— ¿Qué se ha hecho el talismán? —continuó.
—Lo es…, lo perdí en algún lugar junto al río —dijo Helena—. Será necesario que lo encontremos,
antes que otra gente lo haga.
Un momento después estábamos siguiendo a los templarios a través del bosque. Era necesario, como
había dicho Helena, encontrar el talismán; pero esta vez el caballero nos recalcó que no era conveniente
marchar a Castel Verdun. La doctora y yo decidimos volver al plan inicial elaborado por Johann: llevar
el talismán a la máquina del tiempo.
Cuando llegamos junto al río, un poco más arriba del recodo, era como la hora nona o tres de la tarde.
Continuamos avanzando en la misma dirección con una única esperanza. Que Helena recordara el lugar
donde había escondido el hatillo con el talismán. Luego de entrar al recodo, vimos al perro que
caminaba a poca distancia del bosque. Hacía bastante rato que había desaparecido de nuestro lado, y
entonces pareció como si advirtiera nuestra llegada, y se detuvo.
—Ahora recuerdo —dijo la doctora Hung, fijando la vista en el animal—. Cuando salí del río puse el
hatillo entre unas rocas del otro lado del arenal.
El perro se echó a correr.
—Salten a la grupa —gritó Pau.
Hicimos esto tan rápido como nos fue posible y los caballeros lanzaron los caballos a todo galope.
Cuando llegamos junto a las rocas, a cuatro pasos de la corriente, vimos allí a Magali. Pau saltó en el
mismo instante en que su hermana comenzaba a escalar entre las fisuras de una peña.
— ¡Detente hermana…! —gritaba mientras trataba de alcanzarla.
Yo no comprendía el motivo de aquella persecución hasta que vi a Pau como la atrapaba por la cola del
vestido y la halaba hasta hacerla caer entre sus brazos.
— ¿Qué ha sucedido? —pregunté.
—El hatillo con el talismán. Fue ahí donde lo dejé —dijo Helena.
Dicho esto, saltó del caballo y escaló las rocas hasta perderse de vista. Un momento después asomó en
lo alto con el hatillo entre sus manos.
—Déjenme tocarlo —gritaba Magali mientras su hermano la sostenía bocabajo sobre la arena.
Pasó un rato hasta que logramos controlarla, no solo por la fuerza, sino también con una promesa: que
nos acompañaría en la custodia del talismán. Parecía haber quedado satisfecha con estas palabras,
cuando fuimos sorprendidos por el bullicio de una caballería que se aventaba a cruzar el río. Apenas se
adelantaban los primeros jinetes entre la corriente y enseguida algunas flechas volaron junto a nosotros.
Los templarios enfilaron sus cabalgaduras dispuestos a repeler la envestida de los cruzados; pero estos,
convencidos poco después de lo peligroso que se hacía el vadeo por aquel lugar, y ante el esfuerzo inútil,
decidieron retroceder a su orilla.
—Ya tengo el talismán —gritó Helena—. ¡Marchémonos de aquí!
Pau liberó a Magali y la ayudaba a ponerse en pie cuando la mujer, aprovechando la ocasión, se zafó
de un tirón.
— ¡Si no obtengo de Dios lo que quiero, lo conseguiré del Diablo! —gritó mientras corría en dirección
al bosque.
Pau cayó al suelo de rodillas como abatido por un rayo.
No nos quedó más remedio que alejarnos de allí al galope.

Capítulo 18
DE RETORNO A MONTSÉGUR

A la caída del sol habíamos abandonado el valle del Ariège a la altura de Tarascón. Nos dirigíamos al
este a través de una campiña boscosa. Fue en las cercanías de un sitio conocido como Arnabes donde
nos detuvimos para hacer campamento y pasar la noche. Muy temprano al amanecer salimos otra vez en
busca del añorado Pog.
A partir de Arnabes el terreno había comenzado a remontarse en una cuesta prolongada cuyo punto
más elevado alcanzamos a las ocho de la mañana. Era el Monte Fourcat, a 5.837 pies de altitud.
A medida que nos acercábamos al castillo aumentaba nuestro temor a ser sorprendidos y se hicieron
mayores las precauciones para evitar un encuentro con el enemigo. Estábamos en el terreno donde había
sido golpeado el último bastión notable del catarismo occitano. Aún teníamos a Satanás gozoso con su
opinada victoria.
El Grial había desaparecido de Montségur antes que entraran sus hordas; pero de manera inexplicable
regresaba al sitio donde había sido protegido durante más de diez meses, como si existiese una conexión
entre ellos. ¿Cuál era en realidad esa conexión que apuraba su retorno por medio de nuestros pasos?
La última parada de descanso fue junto a la falda de una colina, a la sombra de una roca que formaba
un techo en forma de bóveda, tan incrustada en el paraje montuoso que los fulgores del ocaso apenas
podían iluminar unos codos en su interior.
En este sitio quedaron los caballos al cuidado de un escudero. Los demás avanzamos directamente al
castillo. Por supuesto, sabíamos muy bien lo que había ocurrido allí y nuestras intensiones eran simples
y precisas. Todo consistía en encontrar a mi hermano y a los otros y llevar el Grial al interior de la
máquina del tiempo.
Con motivo de esto dije a Helena mientras caminábamos entre la floresta:
— ¿Qué pensará hacer Johann con el talismán?
Ella me contestó a su vez con otras dos preguntas que me dejaron perplejo.
— ¿Qué forma de organización social es la favorita de tu hermano? ¿Has escuchado alguna vez acerca
de sus ideas políticas?
—Ciertamente no…; pero ahora te pregunto a ti ¿piensas que el talismán en nuestras manos sería
menos dañino que en poder de la Iglesia?
—Estoy segura que sí —dijo ella—. La organización será la que se encargue de su custodia, y debo
decirte más, hay un enorme poder en nuestra organización.
— ¿Poder de carácter político?
—No. Los objetivos de La Organización no son de carácter político, aunque no se puede negar que lo
sean algunos de sus métodos y su estrategia. Es patente que en un mundo donde la política es el
instrumento a través del cual las clases y los partidos llegan al poder y se esfuerzan por conservarlo…;
digo, en un mundo así, la Organización debe usar el mismo instrumento del enemigo, hasta que ese
enemigo sea suprimido, y entonces no existirá más la necesidad de luchas por el poder.
— ¿Y los templarios? ¿Tú supones que dejarán que nos larguemos con él?
—Eso estará por ver —dijo Helena—. Mientras tanto, hagamos lo posible por encontrar a nuestra
gente.
Luego de esto continuamos nuestro recorrido en silencio.

***

Me percaté que Pau nos guiaba a través de los mismos senderos por donde habíamos transitado la
noche en que escapamos del castillo. Pensando en lo que la doctora acababa de decir, no me di cuenta
que los templarios se habían detenido. Me aparté a un lado tratando de descubrir lo que sucedía. Pude
reconocer las mismas rocas frente a la entrada oculta de la caverna, al pie del Pog, donde había estado
nuestro campamento. Nos disponíamos a continuar, cuando vi a Mustafá saliendo a través de la maleza y
luego pararse con los brazos caídos a los costados.
—Algo le sucede —dije a Helena.
Como guiado por su instinto de guerrero, Pau se adelantó unos pasos y desenvainó la espada. Fue de
inmediato imitado por sus compañeros, y en un instante nos vimos envueltos en una especie de
zafarrancho de combate. ¿Contra quién? No me di cuenta hasta ver como una flecha golpeaba la
armadura de uno de los templarios y se hundía en la garganta de otro. El saharaui desapareció tras un
grupo de cruzados que salió de entre las rocas. Otros surgieron desde la maleza.
Al instante nos vimos rodeados por numerosísima tropa.
Pau se había adelantado con ímpetu. Él solo destrozó el cerco, derribando a cuatro de sus enemigos,
mientras sus compañeros, persiguiendo sus pasos, ensanchaban el boquete a fuerza de tajos. Entonces
me puse a buscar a Mustafá, o a cualquiera de los nuestros, como si aquella fuese la última esperanza de
escape; pero fue inútil. Helena y yo quedamos aislados en medio del ruido y la confusión.
—Tenemos que escapar de aquí —la escuché gritar.
Vi al perro saliendo de la espesura, corrió y se metió entre mis piernas haciéndome tambalear, y de un
salto se echó sobre ella. Helena cayó de espaldas. Vi como se golpeaba la cabeza mientras trataba de
proteger entre sus manos el hatillo con el cofre.
Olvidándome del peligro y de mi propia seguridad me agaché y puse su cabeza sobre mi pierna. La
sangre manaba con fluidez. Sentí como era absorbida en la gruesa tela de mi pantalón. La doctora había
perdido el conocimiento y al momento sospeché la desgracia que se abatía sobre nuestra misión. Estaba
muerta o gravemente herida… ¡El hatillo había desaparecido!
Tras romper el cerco, los templarios se batían en retirada. Por un instante llegué a pensar que nos
abandonaban; pero comprendí mi error cuando observé que Pau, seguido por sus hombres, trataba de
abrirse paso hasta nosotros.
Aquella persistencia y coraje parecían destinados al fracaso. El número de los cruzados era muy
superior a sus propias fuerzas y pronto se vieron rodeados por tantas lanzas, espadas y ballestas, que
todo movimiento posterior se hubiese convertido en un acto de suicidio.
Vimos entonces, con impotencia y desaliento, como el joven templario caía al suelo de rodillas tras
recibir el golpe de una pica en la parte posterior de su armadura.
Estuvo como inconsciente hasta que dos hombres se le acercaron y le sacaron el yelmo. Uno vestido de
fraile se aproximó.
—De tu conducta traidora habrás de responder ante el tribunal de Dios —dijo el hombre.
El extraño acento de su voz me obligó a levantar la vista de mi compañera herida y dirigirla a él. Tuve
la leve sensación de haber observado aquel rostro alguna vez.
Pau lanzó a los pies de su adversario un escupitajo sanguinolento que le valió un golpe de látigo en
pleno rostro. Este doloroso incidente trajo a mis recuerdos la azotaina de Saint-Gilles, en la cual el
conde Raimundo había sido humillado públicamente.
—Traidor a Dios eres tú, infeliz cobarde —dijo el joven templario y sus palabras parecieron
desencadenar la ira del fraile.
— ¡Largo de aquí! Aléjenlo de mi presencia —gritó. Luego, más calmado y mientras arrastraban a
Pau, agregó—. Si no fuera porque algo muchísimo más importante nos apremia, te degollaría aquí
mismo, junto a tus compañeros.
Mientras esto sucedía con los templarios, Helena y yo habíamos quedado cercados y el hombre de la
cicatriz se abrió camino hasta nosotros.
—Mantente firme —escuché a mi compañera en un susurro casi inaudible.
— ¿Dónde está el cofre? —dijo el fraile tomando mi mandíbula entre sus manos y apretándola con
violencia. Fue suficiente. Me di cuenta de inmediato que no era la de un presbítero aquella mano que me
oprimía, sino la de un asesino de gran calaña.
—Se fue —dije yo—. El perro se lo llevó.
El miserable me miró extrañado y frunció el entrecejo. Entonces hizo un ademán hacia los soldados y
un momento después vi que traían a Mustafá arrastrándolo sobre las piedras, hasta que lo dejaron frente
a mí.
Sus ojos estaban vidriosos y lágrimas, sudor y sangre corrían por su rostro. A pesar de ello, trataba de
mantener erguida la cabeza.
— ¡Amigo…! ¿Qué sucede?
Sé que me escuchó, porque abrió la boca y de ella salió un cuajo de sangre. Luego tosió repetidamente
e inclinó su rostro sobre la tierra; pero no dijo nada.
—Mustafá… ¿Por qué no me hablas, amigo? —repetí con una mezcla de dolor e impotencia.
—Será inútil. Ya no lo hará —dijo el sicario mientras exhibía frente a mi rostro una tenaza de hierro.
— El cofre se lo llevó el perro. ¡Ayúdenme con ella! No dejen que se desangre —dije suplicante, y en
un instante sentí como mi ánimo se desplomaba, al igual que mi cuerpo. Estaba seguro que en aquel
instante me tocaría sufrir cualquier tipo de tortura que ellos consideraran apropiada. Por supuesto, con el
fin de sacarme la información acerca del talismán.
Viéndome perdido de aquella forma y tras un momento de congoja. Recordé a los buenos hombres de
Montségur, y decidí afrontar mi singular destino con valentía. Yo sabía que después de la entrega de la
fortaleza, los interrogatorios que se hicieron a los sobrevivientes habían servido a la inquisición para
acopiar informes acerca del tesoro cátaro y de la gente implicada en su custodia. Presintiendo entonces
que nuestra misión terminaba allí, o muy cerca, tanto en tiempo como en espacio, decidí entregarme a
Dios en brazos de la fe que me parecía genuina.
Y era que, aunque hubiese querido colaborar con los propósitos de nuestros captores me resultaba
imposible, ya que no comprendía lo que había sucedido con el talismán.
— ¿Se lo llevó el perro? —repitió el fraile—. Pues bien, también tu lengua se la llevará algún perro.
No me cabe duda. Aunque… pensándolo bien, antes verás morir a tus compañeros.
Al escuchar estas palabras la chusma de los peones y escuderos, y también algunos de los caballeros
estallaron en carcajadas.
Dos se acercaron a mí y me revolcaron por el suelo, afincándose luego sobre mis brazos y piernas.
Quedé imposibilitado para realizar cualquier movimiento. El fraile afincó entonces una rodilla en mi
pecho y con la mano que le quedaba libre me apretó la nariz, impidiéndome respirar. Al instante me di
cuenta de lo que pretendía con ello. Aguanté la respiración mientras él esperaba que yo abriese la boca
para enganchar la lengua con la tenaza. Algo sucedió en ese momento que me libró de mis captores.

***

Una mujer había aparecido sobre la escena, en medio de los cruzados. Todos se apartaron de mí y otra
vez sentí deseos de resistir, y me puse en pie.
La mujer era Magali. Lucía mucho más hermosa y seductora; pero al observar con cuidado sus ojos, vi
que estos despedían una cólera terrible, y se escuchó un grito:
— ¡Maten a la bruja!
En sus manos estaba el cofre, y antes que alguien consiguiera detenerla, sus finos y níveos dedos
hicieron presión sobre los resortes de la tapa.
El ejemplo de su hermano cuando la separó a pura fuerza del objeto sagrado me animó a tomar mi
propia decisión. Sin pensarlo un segundo me lancé hacia ella; pero la joven, con la agilidad de una fiera
se apartó del agarre de mis brazos y me proporcionó una zancadilla que me lanzó por tierra. Desde el
suelo volví mi rostro en el preciso instante en que Magali destapaba el cofre.
No sé como describir la luz que brotó desde sus frágiles manos y se derramó por el éter. En un segundo
su cuerpo se convirtió en una bruma transparente que luego se disipó en el espacio.
Nuestros adversarios huían a la desbandada abandonándolo todo y pronto desaparecieron por la cuesta
que formaba el viejo cause de la quebrada y entre los árboles de la floresta.
¡Extraña visión!
El talismán quedó en el suelo y me apoderé de él cubriéndolo con mi cuerpo.
Después de nuestro difícil retorno hasta la nave del tiempo debieron pasar varios días para que Mustafá
y la doctora Hung se recuperaran. Ella lo hizo muy bien; pero el saharaui, como le habían cortado la
lengua, tuvo que permanecer con el impedimento del habla durante el resto de la expedición.
A pesar de las adversidades habíamos conseguido el talismán y estábamos reunidos una vez más.
Los ingenieros, a fuerza de trabajo paciente repararon lo que ellos creían era una falla en los
mecanismos direccionales, y luego de fijado el nuevo destino nos lanzamos a la aventura. Esta vez las
cosas parecían salir como habían sido planificadas.

Cuarta parte
Capítulo 19
EL CONDE RAIMUNDO

Abrí los ojos y me puse en pie. Me acerqué a la claraboya y eché una mirada al exterior. Recibí de
inmediato la sorpresa.
En esta ocasión habíamos llegado al punto elegido, según me aclaró Johann. Estábamos en medio de
una floresta de vegetación tan espesa que no se podía observar ninguna claridad desde nuestra
perspectiva, lo que fue tomado por todos como un signo favorable en lo referente a seguridad de la
misión.
A la mañana siguiente sin más preámbulo que vestirnos adecuadamente nos pusimos en marcha hacia
aquel lugar que mi hermano estaba deseoso por visitar.
Se trataba de Saint-Gilles-du-Gard. El sitio estaba ligado a la leyenda de uno de los santos más
renombrados de la iglesia primitiva. Cuentan que nació San Gil a mediados del siglo siete en el seno de
una ilustre familia ateniense. Desde una edad muy temprana se dedicó a crecer en las virtudes
espirituales; y comprendiendo que para conseguir estas cosas era preferible apartarse de todo aquello
que lo ataba a su alcurnia y reputación, provenientes de su nacimiento, vino a esta región de la Galia y se
estableció en una zona selvática de la desembocadura del Ródano. Luego pasó al río Gard, hasta que
finalmente se estableció en un denso bosque cerca de Nimes, donde vivió muchos años en soledad.
Cuenta la leyenda que su única compañía era una sierva.
Por estos tiempos ya los francos habían expulsado a los visigodos de las tierras alrededor de Nimes y
gobernaba el rey Wamba. Un día, mientras el rey perseguía a una cierva en sus faenas de cacería,
disparó una de sus flechas y en vez de herir al animal, el dardo se clavó en la pierna del eremita. Wamba
se disculpó y trató de colmar al santo con toda suerte de beneficios; pero este era un hombre cuyo
principio de alejamiento de las cosas del mundo era indoblegable, y ello se convirtió para el rey en un
gran pesar. No obstante, tras mucha insistencia de las personas que lo iban conociendo y que apreciaban
sus virtudes, el santo comenzó a aceptar a su lado la compañía de algunos discípulos y con el tiempo la
adquisición de un terreno para la construcción de un monasterio en el valle, que fue colocado bajo la
regla de San Benito. Así fue surgiendo una población alrededor de la abadía, la cual aún hoy se levanta y
alberga en medio de su cripta la tumba de su fundador y primer abad.
Nos habíamos preparado para salir de la nave de manera que nuestra presencia en aquellas tierras no
resultara sospechosa a los lugareños.
Johann se disfrazó de fraile benedictino y yo de mercader veneciano. Los dos hombres que nos
acompañaban harían el papel de marineros que regresaban a su natal Marsella, luego de una gira
fracasada por el mar Adriático.
Atravesamos el bosque hasta llegar a un sendero poco frecuentado, a juzgar por la abundante
vegetación que crecía a sus márgenes. Esto último resultaba muy conveniente, ya que estábamos fuera
del alcance de las miradas, mientras la nave se mantenía inadvertida.
Habíamos caminado poco más de media hora cuando salimos a un camino principal, y entonces supe
que se trataba de la Vía Tolosana. Llegado allí, nos paramos a la vera y asomamos la cabeza con
cuidado. El sitio aparecía despejado y silencioso. En el tiempo que nos ocupa este camino iba desde la
ciudad de Arlés hasta el Puente de la Reina en tierras aragonesas.
— ¿A la derecha o a la izquierda? —pregunté a mi hermano.
— ¡Izquierda!
— ¡Muy bien! espero que podamos salir airosos una vez más.
No respondió ni una palabra. Parecía concentrado en sus propios pensamientos y lo dejé andar por un
buen rato, limitándome a caminar a la par de él.
Pudimos disfrutar muy pronto del encantador ambiente que formaba el río dibujándose apacible entre
los matorrales que abundaban en su ribera izquierda. En algunos tramos el camino corría casi paralelo y
se podían distinguir con nitidez algunas barcas haciendo la ruta de cabotaje corriente arriba. A propósito
de este detalle dije a mi hermano:
— ¿Supongo que exista algún vado por donde podamos cruzar al otro lado, como tú deseas?
—Supongo que no —dijo con resolución, entonces agregó señalando con la mano hacia una
embarcación de mayor calado que remontaba la corriente frente a nosotros—. Vengo pensando en eso
desde que salimos; pero no te preocupes. Como puedes ver, en esta época el Ródano ya es una de las
vías comerciales más importantes de Europa.
— ¿Esperas encontrar una barca que nos lleve?
— ¡Eso espero!
Continuamos en silencio; pero no por mucho tiempo. El sonido de voces que se acercaban en la otra
dirección nos hizo detener por un instante a reflexionar en la mejor opción. Muy bien habríamos
encontrado refugio entre los espesos matorrales que cubrían la vera izquierda; sin embargo, mi hermano
decidió seguir adelante.
Los caminantes que se acercaban aparecieron pronto por el recodo y lucían enfrascados en una
discusión. Se trataba de tres hombres, dos de ellos de edad madura. El tercero, bastante más joven,
cargaba una azada sobre el hombro izquierdo y la sostenía con una mano. En el cordón de cuero que
ceñía su manto por la cintura colgaba un cuchillo de mediano tamaño que trataba de fijar a su pierna
mientras caminaba. Los mayores usaban idéntica indumentaria y gesticulaban con sus manos mientras
elevaban de vez en cuando el tono de sus palabras.
Pensé que Johann se apartaría a un lado para darles paso; pero fue todo lo contrario. Se interpuso en
medio de los dos mayores acallando la discusión e interpelándolos con las siguientes palabras:
—Parece que el diablo anda suelto por la comarca —dijo al tiempo que aquellos se detenían—. Hace
un momento vi pasar a dos hablando de cosas desconocidas, y ahora son ustedes. ¿Qué es lo que está
pasando?
—Frailecito, mejor déjenos seguir nuestro camino, y siga el suyo en paz —contestó uno de los
mayores—. Los asuntos no marchan bien por la comarca.
—Yo solo deseo saber lo que sucede, buenos hombres.
—No somos buenos hombres —dijeron ambos al unísono mientras el más joven, con rostro de alarma,
se apartaba unos pasos y nos observaba cabizbajo.
— ¿Qué quiere saber? —dijo entonces el otro de los mayores.
— ¿Por qué parecen todos tan asustados?
—Usted viene de Roma, supongo yo, y no sabe que en la abadía de Saint-Gilles ellos están preparando
una azotaina contra el conde Raimundo ¡Eso me asombra…! Ese es el asunto tan grave que discutimos.
— ¡Y ellos vienen…! Los caballeros del rey Felipe —dijo el más joven—. Se dice que un gran ejército
de cruzados se acerca para invadir el sur.
— ¡Una azotaina! ¡Un ejército de cruzados! No comprendo de qué se trata —dijo Johann.
Sus palabras me parecieron una simple farsa; pero mi hermano ejecutaba su papel con tanta maestría
que nos contagiaba a todos.
A continuación agregó:
—Ya es suficiente. Pueden seguir su camino, hijos míos, y que el señor Jesucristo los proteja y los
guíe.
Y con aquella despedida los tres hombres se alejaron.
— ¿Por qué lo has hecho de esa manera? —le pregunté—. ¿No hubiera sido mejor apartarse a un lado?
—Necesitaba cierta información y la he conseguido. En esta época, como en la nuestra, cuando se
quiere indicar un lugar se señala con la mano, y eso fue lo que hizo ese hombre sin darse cuenta. Me
indicó en esta dirección. Por aquí llegaremos pronto hasta Saint-Gilles. Además, me ayudó a precisar
que falta poco para que comience la azotaina.
— ¿Y quieres ver cómo lo castigan?
—Tú también deberías verlo con tus propios ojos y tomar unas buenas fotos.
— ¡Fotografías! ¿No estás bromeando?
—Bueno hermano —agregó sonriendo—. Debo decirte que tu traje de comerciante lleva como anexo
una buena cámara en su primer botón. No tienes más que pronunciar la palabra «vista», y ya está. A
tomar fotos de la Edad Media y de sus personajes originales.
—Demasiado riesgo —dije con un especial tono de advertencia.
—No tienes que tener miedo. Simplemente actúa como si este fuera tu mundo. Si por algún error, y no
lo quiera Dios, llegamos a caer en el círculo de actividad de la inquisición, tendríamos que actuar con
mucho más cuidado. Recuerda que el miedo es el principal enemigo en estas misiónes.
—Eso es cierto —admití.
—Entonces me alegra que lo comprendas. Cuando lleguemos a nuestro objetivo conocerás a una
persona asombrosa. Una que nunca ha tenido miedo.
— ¡Ajá…! ¿Y de quién se trata?
—Hace muchos años, contando a partir de nuestra propia época. Exactamente desde el año cero...
— ¿El año cero?
— ¡Eso es! Debo explicarte que llamaremos año cero al momento de nuestras vidas en que
comenzamos esta expedición.
—Ya comprendo. ¿Y qué pasó hace muchos años?
—Bueno. Hubo ciertos descubrimientos que lo cambiaron todo. Uno de los protagonistas de aquellos
hechos fue la doctora Hung.
— ¿Ella es la persona asombrosa a la que debería conocer?
—Ella está encerrada en el castillo de Montségur. Es una persona que se sobrepone al miedo en
cualquier situación. Hace cinco meses que se encuentra allí y se mantiene firme.
Mientras sosteníamos esta conversación cubríamos un trecho de la vía desde el cual se podía descender
hasta las cercanías del río por un declive entre arbustillos y rocas. En aquel instante sentimos algunos
berridos y nos detuvimos fascinados para encarar una bella escena llena de bucolismo y digna del mejor
pintor.
Un muchacho de unos doce subía trabajosamente la cuesta apoyándose en un bastón del que servíase
de vez en cuando para amagar a un animal apartado. Seguíale el rebaño y luego una bella joven mucho
mayor que él.
Nos detuvimos de inmediato a pocos pasos del encuentro para permitir que pasaran adelante; pero
entonces aquellos se estancaron al final de la cuesta y decidimos continuar nosotros. Fue en vano. No
habíamos andado más de cincuenta pasos cuando las ovejas nos alcanzaban y comenzaban a invadir
nuestro espacio.
El muchacho se nos unió en la marcha.
— ¿Van para Santiago? —preguntó de repente después de observarnos por un instante.
— ¡Sí…! para Santiago; pero es la primera vez que marchamos por estos andurriales —dijo Johann en
un tono que dejaba entrever su orgullo y desprecio hacia la vida rural.
El muchacho, por su parte, dejó escapar cierta risita burlona y agregó:
—No es bueno que les agarre la noche en descampado, padre. Lo mejor que hacen es buscar desde
temprano una posada donde guarecerse. Pero si van a la ciudad. Allí adelante están los barqueros. Pero
si quieren pasar la noche por este lado, siguiendo el trillo de la izquierda, después del recodo,
encontrarán posada. ¡Buena posada!
Diciendo esto se nos adelantó y pasaron a nuestro lado el rebaño y después la joven. La miré a los ojos
y ella me miró; luego, con una sonrisa pícara agachó la cabeza y azoró a los animales con su bastón.
Él volvióse entonces y nos gritó:
— ¡Mejor no tarden mucho, caminantes!
Los seguíamos con la vista cuando se alejaban y en mis oídos aún resonaba la suave melodía de una
canción entonada por la doncella.

« Franc chevalier, lessiez m’ester;


Je n’ai cure de vo gaber;
Vez ci la nuit oscure;
Lessiez moi mes aigniax garder;
De vostre gieu n’ai cure »

Como había dicho el muchacho, poco después apareció sobre la derecha un trillo que conducía directo
hasta un pequeño embarcadero. Sin más demora descendimos la cuesta. Una barca de regular calado se
mecía junto al muelle, al tiempo que dos hombres junto a la orilla conversaban con ardor.
—No puedo hacerlo por ese precio —decía uno de ellos—. A menos que quiera regalar mi vida a las
profundas aguas del Ródano. ¡O…, a menos que los señores quieran compartir el precio! —agregó al
momento en que se percataba de nuestra presencia.
Nos habíamos detenido a unos siete pasos.
— ¿Y cuál es el precio? —preguntó Johann.
—Un cuarto de libra —respondió el barquero.
— ¡Muy bien… llévenos al otro lado! —dijo mi hermano y se aproximó a la barca.
Luego, encaramado a bordo, extendió su mano y entregó al barquero una pequeña bolsa. Afirmó
entonces:
—Será suficiente paga por los cinco.
El estilo hosco y hasta un poquito desafiante que usaba Johann durante la conversación parecía dar
buenos resultados con la gente sencilla que hasta aquel momento encontrábamos a nuestro paso. En
buena parte, a causa de este estilo y a sus dotes de improvisador comenzaba a ganarse mi admiración y
mi respeto, y también me comenzaba a inspirar confianza.
« ¿Por qué había pago Johann el pasaje de aquel desconocido?» —Me hice esta pregunta una y otra
vez.

***

La barca se halló pronto enfilando hacia el centro de la corriente y una bandada de patos se nos unió a
través de las oscuras aguas y nos sirvió de cortejo hasta la mitad del río.
Mientras Johann observaba extasiado hacia las ondas que erizaban la superficie y a los pequeños
ánades que en su vaivén se alejaban y aproximaban a la barca con cada batir de remos, yo miraba al
rostro serio del pasajero por debajo del ala de la capucha que me cubría hasta la frente y trataba de
descubrir en su aspecto el velado enigma que presentía.
El viajero se mantenía en total mutismo. Al igual que mi hermano, parecía entretener su mente en
algún punto lejano e indeterminado del paisaje.
A mitad de la corriente el viejo remero y su ayudante, mucho más joven que el primero, redoblaron sus
esfuerzos tratando de enfilar hacia un lugar conocido por ellos; pero aún imperceptible a nuestras
miradas.
«Extraña maniobra la de estos hombres» —se me ocurrió pensar.
Primero habían dejado que la barca se deslizara a favor de la corriente, para luego llevarla hasta el
lugar elegido.
Una bandada de gaviotas apareció revoloteando sobre nuestras cabezas y dejó caer una súbita lluvia de
excrementos. De esta manera, al desembarcar nos agachamos para limpiar de alguna forma los vestidos
embadurnados.
El viajero desconocido simplemente se sacudió los hombros de una palmada y dijo:
—Tratándose de un monje no está nada mal su cortesía. Espero que algún día pueda devolverles este
favor —dicho esto con resequedad, volvió la espalda y se encaminó sendero arriba.
No había desaparecido aún cuando mi hermano terminó su aseo y se dirigió al barquero.
— ¿Quién es él?
—No lo sabemos. En estos días lo hemos llevado varias veces de una orilla a otra. Siempre ha sido así
de mezquino con el pago. Pero no es extraño que un señor poderoso viaje de incógnito y reciba favores
de desconocidos —dijo y miró a cada uno de nosotros sucesivamente.
— ¡Oh sí! —dijo entonces Johann, como reaccionando de repente ante su propia falta—. Olvidaba
decirles que viajamos desde Italia, camino de Compostela. Soy del convento benedictino de la Abadía
de Montecasino. Él es un comerciante empobrecido que ha comenzado el duro y difícil camino del señor
como la mejor vía para redimir sus pecados —dijo esto señalándome con un dedo, a la manera en que
aparece el Baco en el cuadro de Leonardo— ¡Y ellos dos…! bueno, ellos dos son marineros, en cierta
forma lo mismo que ustedes; pero con la amarga diferencia que aporta con frecuencia el mar. Van de
regreso a su natal Marsella. Trato de convencerlos para que sigamos juntos hasta Santiago y así, tal vez,
los saco de las garras de Satanás.
—Que anda muy ocupado por estos lares —agregó el ayudante del barquero sin levantar la cabeza de
las amarras y de los remos, mientras depositaba estos últimos lentamente junto a la proa.
Aquella observación nos hizo volver a él la mirada en el instante preciso para observar la enorme daga
cuya empuñadura sobresalía por una abertura practicada en la gastada túnica de mangas cortas que le
cubría hasta las rodillas.
—No deseamos quedarnos en la ciudad esta noche, sino que regresaremos a buscar posada del otro
lado entre los campesinos. A la hora nona estaremos de vuelta en este mismo sitio y ustedes recibirán su
paga. ¿Están de acuerdo?
—Por nada en el mundo faltaríamos a una cita tan bucólica como esta —dijo el viejo barquero—.
¡Pueden estar seguros!
—Y ahora nosotros… —dijo mi hermano, y fue su frase interrumpida por el hombre que señalaba con
una mano hacia el camino que subía por la cuesta.
—Suban por el sendero que los llevará directo hasta el mercado, y de allí a la plaza de la abadía.
Más satisfechos y tranquilos remontamos la cuesta.
El sendero era en realidad un entronque de la vía tolosana, y como era común en las vías secundarias y
vecinales, carecía de enlosado. Estaba formado por una mezcla de guijarros de distinto grosor y textura.
En el momento en que nos tocó caminar por aquel sendero, el imperio mismo se había convertido hacía
mucho en un cadáver político descompuesto, y la vía por aquella parte, cargada de baches y malezas, era
apenas una huella de su gran paso por la historia.
Algo que nos llamó la atención de inmediato fue la hilera de construcciones al lado derecho. Cada una
era al mismo tiempo vivienda familiar y taller. Por un momento nos detuvimos frente a una de estas,
situada al fondo de un solar. Dispusimos que Pèire y Guiraldus permanecieran allí. Johann y yo
continuamos calzada arriba.
A medida que avanzábamos las edificaciones se iban levantando más cercanas entre sí, hasta terminar
formando un solo bloque constructivo en los bordes del camino. El camino mismo se transformó. El
pavimento de grava compacta fue sustituido por grandes losas, y comenzó nuestro ascenso por la calle
principal.
Para un habitante de las grandes ciudades del siglo XXI la pequeña población de Saint-Gilles-Du-Gard,
en el sur de Francia, podría parecer de repente un sitio paradisiaco formado por un laberinto de
callejuelas y por la naturaleza virgen de la cercana Camargue; pero las apariencias casi siempre resultan
engañosas cuando aparece el ser humano como parte del paisaje.
El sonido de las campanas de la abadía nos hizo apresurar el paso. Estalló un aleteo de palomas
domésticas sobre los techos y dos mujeres tiraron la puerta y corrieron calle arriba adelantándose a
nosotros. Doscientos pasos al frente otras personas se unieron al flujo de lugareños que marchaban
rumbo a la abadía. Aquella agitación parecía el despertar de una nueva época para los pacíficos
habitantes del Languedoc-Rosellón. Ello nos motivó más aún a seguir el ascenso, que nos condujo
finalmente hasta la pequeña plaza. Allí nos detuvimos un instante para observar y adquirir una noción
preliminar de la situación.

***

Estábamos parados frente a la abadía observando a la muchedumbre de espectadores que colmaban la


plaza. Recordé en aquel momento algunas lecciones de Johann acerca del carácter cuántico de la historia
y el devenir humano.
La cruzada contra los cátaros, según ellos, fue un acontecimiento decisivo en el curso de la historia. Al
principio yo no entendía qué sentido tenía esta afirmación, hasta que los sucesos posteriores me
aclararon el misterio.
Imaginemos por un momento que la cruzada no hubiera sucedido. Que las gestiones del papa para
acabar pacíficamente con la herejía cátara hubieran sido la única opción de la iglesia católica, y por
supuesto, con un resultado final negativo para el catolicismo. Imaginemos también que el condado de
Tolosa se hubiera fortalecido, y con ello, la monarquía aragonesa de la que este era vasallo se hubiera
expandido al norte de los Pirineos. Con estos hechos, el catarismo habría expandido su influencia
religiosa y cultural por toda Europa y eventualmente por todo el mundo, convirtiéndose en la doctrina
dominante, y esto mucho antes que Lutero clavara sus 95 tesis.
Esto hubiera concluido con la desaparición del catolicismo y por supuesto, no habría tenido lugar la
reforma luterana. La colonización de América, Asia y África se hubiera efectuado bajo los auspicios del
catarismo.
El mundo en que yo nací, tal y como es, no habría existido. En su lugar estaría el reino anunciado por
Jesucristo. El catarismo significó, en realidad, el resurgir del cristianismo primitivo en la Europa del
siglo XIII.
Ese era también el significado de nuestro viaje a través del tiempo, planificado de forma meticulosa
por un grupo de hombres, que como embajadores de una época distinta pretendían rehacer el mundo a su
manera.
— ¡Vamos! —dijo mi hermano—. Quiero ver de cerca lo que sucede.
Tuvimos que tratar a empellones con aquella gente para conseguir llegar hasta el pie de la escalinata.
Buscábamos la manera de mantenernos alejados de algunos grupos de cruzados que merodeaban por la
plaza y que constituían, sin duda, la escolta personal del nuevo legado papal.
Una veintena de obispos asistían al acto y en medio de la confusión de rostros y voces fue fácil
reconocer al conde Raimundo. Cuando lo vimos estaba atado con una soga al cuello y desnudo hasta la
cintura, mientras uno de los obispos tiraba de la cuerda obligándolo a caer al suelo de rodillas.
El público, en su mayor parte gente que se había beneficiado con la política de desobediencia al papa,
ahora parecía satisfecho de ver a su gobernante humillado y públicamente arrepentido de su conducta.
Lo primero que hizo Raimundo fue jurar que a partir de allí guardaría obediencia al papa y a sus
legados.
— ¿Qué tú opinas? —preguntóme Johann en un susurro.
—Creo que hace lo correcto, de todas formas no tendría otra opción. Seguir negando lo del asesinato
no causaría otro resultado.
En aquel momento las miradas se volvieron hacia la puerta derecha de la abadía por donde había
aparecido una figura distinguida. Aunque para nosotros era difícil reconocer a la mayoría de aquellos
hombres y mujeres entre la masa común de la gente, en este caso pudimos saber enseguida de quién se
trataba, y todo gracias al murmullo que se suscitó entre aquellos que nos rodeaban. Se trataba de Milo, el
notario de la curia que tras la muerte de Pierre de Castelnau había sido nombrado nuevo legado papal.
En sus manos presionaba un látigo confeccionado con ramas de acacia que sería el instrumento de
denigración.
Mientras el obispo que lo asistía tiraba más de la cuerda, poniendo a prueba la resistencia del conde,
Milo levantaba el látigo y propinaba el primer azote. A este siguieron otros hasta que vimos como
sangraba la espalda. Cuando terminó el conteo, Raimundo tuvo que levantar la cabeza y comenzar a
pedir perdón a todos los obispos y abades, a los cuales sin duda había ofendido de una manera u otra, y
en reiteradas ocasiones. Así de rodillas y pidiendo perdón le tomé unas fotos que agradecerían las
futuras generaciones de historiadores si conseguíamos salir con vida.
Parte del acto había terminado y los principales protagonistas tuvieron que abrirse paso a codazos entre
los mirones para luego llegar hasta uno de los portales de la fachada por donde penetrar a la nave.
—Debemos llegar al santuario —díjome Johann, y acto seguido dimos un rodeo por la plaza hasta
llegar a la puerta de la fachada por donde Milo y Raimundo hacía poco habían desaparecido. Tuvimos
suerte que pudimos alcanzar al grupo de los obispos y abades.
Escuché a mi hermano hablar en aquel instante y a primera vista no pude reconocer a quién dirigía la
palabra con soltura y seguridad, como si se tratase de un antiguo conocido.
— ¡Vengan con nosotros! —fue lo que escuché decir a uno de los hombres.
Johann me tendió una mano y me hizo avanzar al frente en dirección a la entrada por donde ya
desaparecía el último miembro de la curia. Tras nosotros se cerró la puerta y nos hayamos de repente en
el interior de la nave principal.
Llegamos frente al santuario antes que abrieran la puerta del portal central por donde penetró la
muchedumbre ansiosa de presenciar el final del acto.
— ¿Quién es él? —pregunté entonces.
— ¿A quién te refieres?
—Al señor monje que nos ayudó a pasar —susurré.
— ¡Ven! Obsérvalo bien y te darás cuenta.
Nos movimos al frente donde se habían situado algunos de los abades, en un ángulo desde el cual
podía observar el rostro del personaje.
—Es un cisterciense —me atreví a decir, luego de prestar atención a la túnica blanca y el escapulario
negro que le servían de vestidura.
—El más importante de todos en este día —dijo Johann—. Él fue el que nos legó una de las versiones
de la cruzada albigense.
Sonreí satisfecho al poder adivinar sin necesidad de mayor información. Estaba ni más ni menos que
junto a Pierre Vaux de Cernay. El cronista más importante de la cruzada y quien nos dejó la «historia
albigense»; la obra suya que se convirtió en la fuente primaria para el conocimiento de los hechos
acaecidos entre 1203 a 1208.
Me recosté contra la columna de estilo románico, me erguí en puntillas y pronuncié «vista», como me
había dicho Johann. Luego me entretuve tomando otras fotografías interiores mientras se celebraba el
oficio hasta que escuché a Pierre Vaux pronunciar el insulto más grave de toda la Edad Media ¡Hasta tal
punto quedé impresionado con sus palabras y su voz! La cosa fue así.
Había terminado la misa y el sacerdote oficiante culminaba con el padre nuestro y con el amén, cuando
se dejó escuchar la voz del cronista en una sola retahíla de palabras.
« ¡Miembro de Satán, hijo de la perdición, criminal empedernido, masa pecaminosa!»
Como era de esperar, algunos de los presentes se volvieron a él. Hubo a continuación un movimiento
de aprobación.
Tal vez previendo algún disturbio dentro de la capilla por parte de los partidarios del conde, que sin
duda los había, Milo y los otros miembros de la curia rodearon al cronista y se dirigieron sin más hasta
el altar. Con sorpresa me di cuenta que existía detrás de este una escalera de caracol. Precedidos por dos
monaguillos el mismo Milo nos tomó con él y nos condujo hasta lo más profundo de la cripta.
Al conde lo llevaban por delante semejante a un borrego, casi a empujones, o como si se tratase de un
criminal de la categoría más baja. Como sí lo era en realidad ante la opinión de los católicos
gobernantes.
— ¡Detente aquí! —dijo Milo en tono vociferante cuando pasábamos junto a la tumba de Pierre de
Castelnau. Luego agregó—. ¡Mantente erguido…! Y ahora…, ríndele merecido homenaje al hombre al
que despreciaste en vida y asesinaste. ¡Ríndele homenaje! —vociferó otra vez.
Raimundo continuaba semidesnudo, sus cabellos revueltos y su frente cuajada de sudor; mientras su
espalda enrojecida parecía no poder mantenerse erguida ante aquella demanda del hombre que se había
convertido en su azotador.
Pocos minutos después fuimos conducidos por un pasadizo subterráneo hasta una pequeña capilla
situada a una cuadra de la abadía. De allí salimos a la calle principal.

Capítulo 20
EL REGRESO DEL TEMPLARIO

Tuvimos que retomar el camino en dirección al río y nos detuvimos en el hostal del herrero donde
aguardaban nuestros amigos.
El lugar se hallaba limitado y protegido por un cerco de piedras y por un portón a través del cual
accedían carretas y caballerías hasta el interior del patio principal.
Este centenar de metros cuadrados que formaba el patio se encontraba bastante ocupado por arados de
hierro e instrumentos de labor apilonados aquí y allá, varias carretas con sus barras de tiro y una vieja
campana acullá. Muchísimas puntas de lanza, pedazos de espadas; petos, corazas, rodilleras y yelmos,
que algún día formaron parte de armaduras caballerescas, ahora permanecían como recuerdos de
innúmeras batallas.
En la fachada de la construcción se hallaban dos grandes ventanas. Una puerta en medio con un cartel
de madera clavado sobre el dintel permitía a cualquier transeúnte descubrir con facilidad el otro
propósito de aquella estancia.
El letrero sobre la tabla decía:

«El caballero de Dios»


Atravesamos el patio hasta situarnos frente al taller atraídos por los reflejos sanguinolentos que
emanaban del interior y por la figura del herrero al que podíamos divisar a contraluz.
— ¿Por qué no vamos por la puerta de la posada? —dije a Johann.
—Para nuestro caso conviene mejor presentarnos primero al dueño —respondió.
— ¡Si tú lo dices! —admití.
Aún no nos decidíamos, cuando vimos aparecer un muchacho desde las sombras de la techumbre que
cubría el taller.
—Me envía mi padre a decirles si algún servicio podemos ofrecer a los señores.
—Vamos de viaje camino de Santiago y deseamos comer algo antes de continuar; pero también
queremos saber si se encuentran por aquí dos marineros…
— ¡Sus compañeros de viaje están en el salón! —dijo el muchacho mientras señalaba hacia la puerta.
Con la misma corrió al interior y desapareció.
— ¡Muy bien! —dijo Johann—. Adelante.
Nos acercamos a la puerta y golpeé la enorme aldaba de hierro y bronce con figura de quimera.
Apenas habían pasado unos segundos cuando una doncella asomó al umbral. No dijo nada; pero
inclinó ligeramente la frente y señaló a nuestros amigos.
Al parecer no les había ido nada mal. Bebían y charlaban con animación.
— Comamos algo —dijo mi hermano.
Mientras la muchacha que nos abrió la puerta desaparecía en la habitación contigua, fuimos a tomar
asiento junto a los compañeros, y entonces me di cuenta de la presencia de otra doncella en la
habitación.
Estaba reclinada contra una de las ventanas y apenas volvió la cabeza hacia nosotros por un instante.
Permanecía tan quieta y ensimismada en el paisaje exterior que podía confundirse con una pintura sobre
un lienzo enmarcado en roble. Los cabellos caíanle hasta la mitad de la espalda y un cinturon dorado
rodeaba su cintura y enaltecía su figura.
Me quedé mirándola. Por un momento invadióme la nostalgia tal vez debida al recuerdo de mi propia
hija.
La doncella que nos abrió la puerta asomó por el umbral de la cocina y se dirigió a nuestra mesa con
una jarra de vino. Luego tomó una escoba y se puso a barrer por los rincones de la habitación hasta que
vio aparecer al herrero.
El hombre andaba con el rostro sucio, se detuvo al entrar y observó sus manos. La muchacha, con
absoluta precisión, dejó la escoba contra la pared junto a la ventana de la doncella y caminó presurosa
hacia la cocina, a donde él la siguió tras observarnos por un instante. Había inclinado la cabeza en señal
de saludo. La doncella junto a la ventana continuaba imperturbable.
— ¡No comprendo a qué vinimos aquí! —dije en un susurro—. Esto lo hallo extraño.
— ¡Bueno!... Resulta que es demasiado temprano y quedamos de acuerdo con el barquero en que nos
recogería a la hora nona, o tres de la tarde si prefieres decirlo así. Este es el mejor lugar para esperar.
Apenas nos separan trescientos cincuenta metros del embarcadero.
—El lugar donde fue asesinado el legado papal —afirmé sin tomar muy en cuenta la advertencia de
hablar poco en presencia de los nativos; pero lo dije en latín.
Johann me miró a los ojos.
— ¡Bien! Esperaremos a la campanada —agregué.
— ¡Y a propósito de campanada…! Fue precisamente San Benito quien instituyó este sistema de
dividir el día en siete partes, y lo hizo inspirándose en el salmo V del Antiguo Testamento «siete veces
al día te alabaré». Posteriormente añadió una octava campanada dedicada al cumplimiento de la oración
antes de acostarse.
Él había acabado de decir esto cuando escuchamos en la distancia el repique de la campana de la
Abadía que marcaba la hora sexta, según la noción canónica. Esto equivalía más o menos a las doce del
día en nuestro horario astronómico.
Otros dos toques a continuación, separados por un cortísimo intervalo completaron el repertorio que
anunciaba para los monjes y feligreses el momento de la oración.
Mi hermano metió la mano en su bolsa de viajero y sacó de esta un breviario.
— ¡No has olvidado ni un detalle! —exclamé.
Colocó el librito sobre la mesa y en aquel instante pude ver el rostro de la doncella al separarse de la
ventana y cuando se retiraba en silencio hacia la cocina.
Quedamos solos en la habitación, y fue el momento en que Johann comenzó a recitar, salmo tras
salmo, mientras nosotros tres nos manteníamos con la cabeza inclinada en espera de que aquello no se
alargara por mucho tiempo.
—«Señor, Dios nuestro, que hiciste del abad San Benito un esclarecido maestro en la escuela del
divino servicio, concédenos, por su intercesión, que, prefiriendo tu amor a todas las cosas, avancemos
por la senda de tus mandamientos con libertad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo».
Y a continuación agregó.

«Adoro te devote, latens Deitas,


Quae sub his figuris vere latitas:
Tibi se cor meum totum subjicit,
Quia te contemplans totum deficit.

Visus, gustus, tactus in te fallitur,


Sed auditu solo tuto creditur:
Credo quidquod dixit Dei Filius:
Nil hoc Veritatis verbo verius».

Mientras se efectuaba la oración y el recital de salmos, miré con cuidado hacia la cocina y vi asomarse
por el umbral el rostro de la más joven de las doncellas. Era notorio que aquella familia no hubiese
acudido al lado nuestro a participar en la oración con el monje benedictino y sus acompañantes.
Por fin, cuando Johann hubo terminado escuché unos pasos, levanté la cabeza y me volví.
Las dos jóvenes venían hacia nosotros con un poco de pan en una cacerola y en una bandeja un gran
trozo de cordero asado.
— ¡Yo no esperaba esto! —dije.
Johann sonrió y me di cuenta que había sido todo planeado por él con la complicidad de los falsos
marineros que nos acompañaban.
En aquel momento el herrero pasó a la habitación con una escudilla en mano donde llevaba su propio
almuerzo. Se sentó a una mesa más pequeña recostada contra la pared y cerca de la chimenea.
Después de beber soltó la jarra, y también la lengua:
—Me han dicho que ustedes viajan camino de Santiago.
— ¡Así es! —dijo Johann.
Pasó un buen rato donde se mantuvo el silencio. Cada cual se dedicaba a comer su porción cuando por
fin el herrero, después de un segundo trago se dignó a decir:
—Estuvo muy bueno su sermón. Es una lástima que haya sido en un lenguaje desconocido para la gran
mayoría de los habitantes de este país.
—Fue en latín, señor. La lengua escogida por la santa madre iglesia para impartir las enseñanzas de
Jesucristo —dijo Johann—. Aunque yo mismo espero que un día las cosas cambien.
—Yo dudo que cambien —dijo el herrero con resolución—. La iglesia no permite las traducciones de
las Santas Escrituras, porque teme que la gente común conozca la palabra; porque teme que surjan otras
interpretaciones diferentes a partir de ella. ¿Es usted de la Orden de San Benito de Nursia, verdad?
Esta pregunta atrajo de repente la atención de los otros miembros de la familia y me dio la oportunidad
de observar otra vez a la bella joven de aspecto meditativo que apareció por el umbral junto a una señora
mucho mayor. También la doncella menor y el aprendiz de herrero se reunieron allí.
La sencilla conversación que se había iniciado con el herrero y dueño del hostal me daba la
oportunidad de conocer mejor los objetivos y planes de la organización, con la cual yo estaba ya tan
ligado y comprometido.
Johann lo pensó un momento ante de responder. Bebió un poco del buen vino, se limpió la boca con
una servilleta de lino y dijo:
—No había tenido tiempo de presentarme a mí mismo y a mis compañeros. Aquí está Giuseppe —dijo
señalándome con una costilla de cerdo que blandía en la mano—. Mercader de la ciudad de Venecia y
mi hermano de sangre. Y ellos son Pèire y Guiraldus. Marineros marselleses que finalmente se me han
unido…, y yo por supuesto; como ya saben, monje de la orden benedictina.
—San Benito, según tengo entendido, fue un verdadero seguidor de Cristo y de los apóstoles —dijo el
herrero sin levantar la cabeza, mientras su familia lo contemplaba y permanecía de pie a pocos pasos
frente a nosotros—; pero son pocos los que se pueden encontrar hoy día que sigan los preceptos de su
regla. La iglesia está como el mineral en el crisol. Los que se elevan a sí mismos son la escoria; los que
se mantienen abajo, más cerca del fuego, son los que todavía conservan la pureza de Cristo y de los
Santos.
La esposa había echado sus brazos corpulentos y enrojecidos sobre los hombros de sus dos hijas, en
tanto que el muchacho, de pie frente a ella, recostaba la cabeza contra sus senos cubiertos por el
delantal. Parecían atemorizados.
—Son palabras muy sabias que vienen sin duda de su profesión —dijo Johann—. Pero yo puedo
agregar las palabras dichas por San Benito. «No antepongan nada absolutamente a Cristo». Esta es
nuestra regla de vida.
—Regla que sin embargo, muy pocos parecen dispuestos a cumplir. Por supuesto, que Dios me libre de
juzgar a una persona en específico. Comprenda que no lo digo por usted, padre; pero la verdad es que
hemos conocido a tantos que con sus bocas alaban a Dios, mientras que con sus hechos dicen blasfemias
y llevan una vida consumida en el pecado y la lujuria…; excepto aquel fraile que hace algún tiempo
estuvo por aquí. ¿Cómo es su nombre mujer? ¡No, no…, espera un momento! Ya lo recuerdo.
¡Domingo…, Domingo de Guzmán, eso es! Ese es un verdadero santo consagrado a la predicación.
— ¿Lo conocieron aquí? —pregunté enseguida.
—Por supuesto. Estuvo sentado a esa misma mesa donde están ustedes. A diferencia del obispo Fulco
de Tolosa, a quien acompañaba de camino a Roma, que pasó esa noche en una cómoda celda de la
abadía, seguramente envuelto en sábanas blancas y haciéndose servir por alguna sierva, Domingo aquí
entre nosotros comió un trozo de pan, tomó un tazón de vino y durmió en el cobertizo con las ovejas.
— ¿Qué hacía por aquí? —volví a preguntar.
—Predicaba la palabra del señor como nunca antes habíamos escuchado. No ofreciendo la fe desde la
autoridad, sino como debe hacerse; desde la humildad de un pobre mendicante. En estos lugares se ha
perdido la confianza de la gente en el mensaje de los apóstoles. ¿Saben por qué?
—No comprendo —dijo Johann. Soltó la copa, limpióse las manos, y luego puso una cara de asombro
que hubiese convencido al mismísimo Satanás.
— ¡Porque la iglesia no predica con el ejemplo como lo hacen los buenos hombres! —dijo el herrero.
Aquella repentina subida de tono por parte de nuestro anfitrión me dio la impresión que no podría
conducir a nada bueno y estuve a punto de interrumpir a mi hermano y convidarlo a salir de allí. Sin
duda aquel hombre trabajador y sencillo tenía sus propias convicciones, que estaría dispuesto a defender
bajo cualesquiera circunstancias. A mí no me parecía justo, ni honorable, entrar a su propia morada a
alterar los ánimos de él y de su familia. Mientras el hombre al parecer meditaba en sus propias palabras,
mi hermano dijo:
— ¿Se refiere a los herejes cátaros? Esos que se dice lamen el ano a los gatos y adoran a Satanás.
— ¡Blasfemias señor!... ¡Puras blasfemias…! —dijo el herrero poniéndose en pie.

***

Un toque de aldaba hizo que se interrumpiera la conversación. La mayor de las muchachas se separó
de su madre y corrió a la ventana. Después, con una sonrisa en los labios, en cuatro pequeños saltos se
puso frente a la puerta y descorrió el cerrojo.
— ¡Magali! —se escuchó un grito desde afuera.
— ¡Pau! —respondió la doncella y se lanzó de un salto hacia el umbral.
Un hombre joven y fornido penetró con ella alzándola entre sus brazos. Avanzó pesadamente por la
habitación y la depositó junto a la chimenea. Entonces, casi sin prestar atención al herrero y a su familia
metió su mano en el bolsillo de la sobreveste y sacó una rosa que colocó en el pelo de la muchacha sobre
la oreja.
El herrero se recostó contra la pared con lágrimas en los ojos. El joven avanzó hacia él, apartó la mesa
con robusta mano, hincó la rodilla y se abrazó a sus piernas.
Por un momento parecieron inseparables, como una escultura en piedra.
—Levántate hijo mío —dijo finalmente el padre con un sollozo—. Ya es tiempo de un fuerte abrazo.
Ante tal escena habíamos quedado inertes.
— ¡Hijo! —dijo la mujer, y sin más recostó su frente a la espalda del joven. Este se volvió retirándose
de los brazos del herrero y estrechó a su madre.
—Son muchos años de separación envuelto en una guerra inútil —dijo el joven.
— ¡Oh…! Pau. Ya nada de lo pasado importa. Ya estás de vuelta. ¡Gracias a Dios has regresado sano y
salvo, hijo mío!
—Son otras las cicatrices que llevo bajo esta cota de malla. Pero ahora no hablemos de eso ¡Quiero
abrazar a mis pequeños hermanos! ¡Qué ya no son tan pequeños… según veo!
Los otros dos, el pequeño aprendiz de herrero y la moza que nos sirvió a la mesa se habían acurrucado
contra una esquina junto a la chimenea y trataban de ocultarse; pero asomaban sus narices de vez en
cuando para descubrir los detalles de aquel regocijo familiar que sin dudas les parecía extraño.
—Arnal…, Guillemette... ¡Vengan acá! —dijo la madre.
Los dos muchachos salieron y se pararon frente al caballero. Este puso sobre sus cabezas las gruesas
manos y revolvió sus cabellos.
—Por muchos años he estado deseando esto —dijo volviendo su rostro hacia el herrero y luego alzó al
muchacho y a la moza, uno en cada brazo— ¿Quiénes son ellos…? —dijo entonces tras reír
gozosamente y mientras nos echaba una mirada—. Veo padre, que todavía recibes a los peregrinos —
agregó.
El herrero hizo una indicación al hijo con un movimiento de cabeza y este, tras depositar a los
muchachos junto a la madre, desapareció en pos del primero en la habitación contigua.
Para el momento en que lo vimos de vuelta, las mujeres se habían retirado y nosotros habíamos
concluido el almuerzo. El joven se había despojado de su armadura y de sus armas y vestía una sencilla
camisa de lino abierta hasta la mitad de su pecho y unos calzones de lana. Toda su apariencia anterior
había desaparecido como por arte de magia.
—Yo soy uno de los que no se avergüenzan de su origen —dijo mientras halaba una silla y se sentaba
a la mesa pequeña en la cual había estado antes su padre—. Nuestra orden de los caballeros del temple
se parece en muchas cosas a los monjes benedictinos —agregó entonces mientras fijaba una profunda
mirada en mi hermano.
—Vivimos tiempos muy tristes —dijo Johann—. La gente no ha cambiado mucho desde que nuestro
señor hubo de padecer en la cruz hasta el día de hoy. Esa es mi opinión ¿Qué piensa el caballero?
—Así es —respondió el templario—. Parece que nunca habrá descanso para los pobres espíritus que
desean vivir en paz y en armonía.
Demostrada por sus propias palabras la locuacidad y confianza del caballero, mi hermano había
decidido entrar de lleno en la conversación que había sido interrumpida con su llegada. Ahora no se
trataba del padre, sino del hijo, que parecía imbuido en su alma con los mismos sentimientos de
descontento y desamparo que vagaban por aquellas tierras, cuna ancestral de misterios y leyendas.
—Parece que hay malas noticias —dijo mi hermano.
—Crecí en esta casa y en estas tierras que pertenecen al conde Raimundo —dijo Pau mientras
mantenía su mirada fija en los leños que aún crepitaban en la chimenea—. Hoy, al llegar, me encuentro
con la nefasta noticia. Me han dicho que el conde ha sido humillado públicamente por no querer aceptar
las condiciones impuestas por el legado de Inocencio III; pero lo peor de todo, es que los ejércitos del
norte marchan ya hacia nuestras tierras.
Su rostro había adquirido una connotación de profunda tristeza, la que se ocupó de ahogar con el vino
de una jarra que él mismo había traído desde la cocina y había colocado sobre la tabla.
—Acabo de llegar —continuó—, de una campaña fallida, convocada por el propio Inocencio para
reconquistar la Tierra Santa, y resulta que aquí me encuentro conque se acaba de convocar otra campaña
cristiana, dirigida esta vez contra los propios cristianos.
—Los católicos no consideran a los buenos hombres como cristianos, sino como una plaga del
demonio que pone en peligro la fe universal —dijo el viejo herrero de regreso en la habitación.
—La cuarta cruzada —dijo el joven— fue desviada de su objetivo, que era la reconquista de Jerusalén,
para favorecer los intereses egoístas de un aspirante al trono de Bizancio. Todo se volvió de súbito hacia
los intereses terrenales de los hombres, en olvido del interés sagrado. Esto mismo pienso yo de esta
campaña que se dirige ahora contra nuestras tierras. Pienso que combatir contra la herejía de los buenos
hombres es solo un motivo para esta nueva cruzada, y que el verdadero interés es arrebatar estas tierras
del vasallaje del rey Pedro de Aragón, y ponerlas bajo el dominio de los capetos de Francia. El papa y
los caballeros del norte, lo que desean es apoderarse de nuestras tierras y destruir nuestras costumbres.
—No le hagan caso a mi hijo. No tomen sus palabras como una ofensa personal —dijo el herrero
dirigiéndose a nosotros—. ¡Estuvo a punto de participar en la toma de Constantinopla! Luego ha estado
vagando por el mundo en busca de un retorno a casa, y como es natural, por los hechos que ha tenido
que soportar, se siente engañado por aquellos que gobiernan el mundo en nombre de la fe cristiana.
— ¡Eso es, padre! Lo ha dicho muy bien. Me siento engañado y muy frustrado por este mundo de
bajezas y deshonor. La guerra no es hermosa, justa, ni buena. Eso pienso yo.
—Nosotros fuimos testigo del bochorno público sufrido por el conde —dijo Johann—. No me parece
que haya sido algo justo.
—Se le acusa de algo tan grave como el asesinato del legado papal Pierre de Castelnau; pero yo tengo
mis razones para pensar algo distinto —dijo el herrero.

***

En el mismo instante en que el herrero pronunciaba estas palabras se hizo un profundo silencio en la
habitación. Me pareció como si todo se paralizase en nuestro entorno. Me faltaba el aire. La situación
duró apenas unos segundos.
— ¿De qué se trata? —oí decir a Johann.
Los demás en la estancia no parecieron darle importancia a lo sucedido y el herrero continuó con
aquellas palabras que parecía haber guardado con tanto celo y que luego serían de gran valor. Pero…
¿Por qué ante nosotros, gente desconocida y peregrinos en la comarca?
—Les contaré algo —dijo a continuación—: La noche del 14 de enero del año 1208 de nuestro señor,
durmió en este lugar un caballero que se hacía acompañar solamente por su caballo y por sus armas.
¡Jamás podré olvidarlo! Cuando se quitó la crespina, pude ver su rostro y la fea cicatriz que lo cruzaba
desde el ángulo del ojo derecho hasta la parte inferior de la mandíbula.
En cuanto hubo pronunciado estas palabras, sentí la misma presión que oprimía mi pecho y me
dificultaba la respiración. Parece que hubo un instante en el cual todos en la habitación sufrimos lo
mismo. Los semblantes estaban contraídos y los artículos que llenaban el recinto parecían perder
estabilidad mientras sus contornos se difuminaban. Un estremecimiento semejante al producido por un
sismo sacudió la casa y algunos objetos cayeron al suelo y continuaron vibrando por unos segundos.
Luego todo regresó a su anterior quietud.
Salimos al exterior; Johan, el joven caballero, nuestros compañeros de viaje y hasta las mujeres,
precedidos por el herrero que se nos había adelantado para quitar el cerrojo y abrir la puerta. En la
campiña, en el camino que descendía hasta el río, en el cielo y en las lejanas colinas el ambiente
permanecía en perfecta calma.
— ¿Qué sucedió aquí?
Nadie intentó responderme. Johann continuaba observando hacia lo alto del firmamento sin prestar
atención a los que le rodeábamos. La quietud se hacía desesperante.
Por fin, sin comentario alguno, ingresamos al salón. Me había comenzado un fuerte dolor de barriga y
pedí el auxilio inmediato de la familia. Me hice conducir hasta el patio por la muchacha mayor, a quien
su madre había llamado Magali.
Corrí hacia los matorrales y me desvestí con premura. Apenas había terminado de descargar cuando
escuché a Guiraldus que me llamaba desde la casa. Fue tanta la prisa que cuando llegué junto a mis
compañeros aún se hablaba del incidente.
—Algo así sucedió —dijo Pau—, al acercarnos a la ciudad de Zara, y fue lo que nos hizo tomar la
determinación, a un grupo de hermanos, para retirarnos antes que se produjera la toma y saqueo de la
ciudad. Fue como una visión de nuestro deber hacia el señor, y lo único que nos hizo volver nuestras
miras al Santo Sepulcro.
—Creo que es momento que nos retiremos nosotros —dijo Johann—. ¡Recojan lo nuestro y vamos!
Puso entonces unas monedas sobre la mesa, y tras una sencillísima despedida salimos de la hostería
para retomar enseguida el camino en dirección al río.
— ¿Tienes alguna explicación para lo que acaba de suceder? —le pregunté.
—Por el momento ni hablar de eso —dijo mientras apresuraba el paso.
En aquel momento escuchamos la campanada de la abadía que anunciaba las tres de la tarde. Unos
minutos después descendíamos hasta la ribera derecha del Ródano.
Los dos barqueros habían echado la barca fuera y descansaban sobre la arena recostados contra la
borda. Al parecer, hacía rato que aguardaban allí.
—Partimos de inmediato —dijo Johann, y los hombres se levantaron deprisa y los ayudamos a echar la
barca. Poco después cruzábamos el río a todo remo en medio de una marejada de pensamientos.

Capítulo 21
EL MANSO DE LA FAMILIA MORLHON

H abíamos salido de la barca y después de pagar y despedir al barquero remontamos la cuesta.


Tomamos por el camino en dirección al recodo. Por esta parte la vía tolosana avanzaba paralela al río.
Al llegar al punto indicado por el pequeño pastor en la mañana hicimos una izquierda y nos adentramos
por un sendero hacia el sur.
La vegetación de carrizos y lirios amarillos cercana a la ribera dio lugar a una mucho más admirable,
formada por narcisos que aparecían aquí y acullá a lo ancho de la pequeña sabana por la cual serpeaba el
sendero hasta remontar una cuesta. En este punto apareció ante nosotros un bosquecillo ralo formado por
varias especies de pinos, encinas y tamariscos. Pero sin desviarnos del sendero y después de otros
doscientos metros de andar entre la imbricada vegetación, entramos en una hermosa pradera en la cual
los narcisos dejaron de ser una excepción para convertirse en la especie herbácea predominante.
Ante aquella idílica visión nos detuvimos por un momento.
— ¡Debe ser aquella! —dije mientras señalaba una construcción que teníamos al frente.
Era una edificación de piedra y adobe y se veía demasiado amplia y elegante para pertenecer a gente
cuya única forma de sustento estuviese representada por la cosecha de una pequeña parcela y la cría de
algunos animales. Parecía ser mucho más que eso.
Después de tomar algunas fotografías retomamos nuestro andar y en pocos minutos habíamos
atravesado el seto de espinos. Luego seguimos por el trillo que nos condujo hasta la puerta de la
vivienda.
A una indicación de Johann me disponía a levantar el martillo de la aldaba, cuando la puerta se abrió
de repente y apareció en el umbral aquel mismo muchacho, el pequeño pastor. Sin detenerse pasó a mi
lado rosándome con sus piernas. Antes que pudiésemos interrogarlo se había alejado por el sendero de
piedras que conducía al establo. Todo fue tan súbito que quedamos como pasmados.
La puerta había quedado abierta de par en par y un momento después alguien más calmado se acercó al
umbral con la aparente intención de darnos la bienvenida.
Era un hombre como de cuarenta años, robusto, tez curtida y rostro cuadrado con nariz de amplias
ventanas, gruesos labios y cejas bien pobladas. Tal vez todo esto, unido a su serenidad, hacía que en su
mirada se reflejase una fuerte voluntad y determinación.
—Pueden pasar, señores. Los peregrinos son bienvenidos en esta casa —dijo con voz amable, al
tiempo que se ponía a un lado para agregar de inmediato—: ¿En qué les podemos ayudar?
—Buscamos donde pasar la noche —dijo mi hermano—. Luego seguiremos por este lado del río.
— ¡Camino de Santiago! Me imagino —dijo el hombre. Luego sonrió y se pasó una mano por el rostro
al tiempo que con la otra nos indicaba que avanzáramos al interior; mientras agregaba—: Es bueno que
hayan llegado temprano, porque un poco más tarde, y no le abrimos la puerta a nadie. Los tiempos están
muy peligrosos, y hay por ahí gente enemiga de nuestro señor el conde Raimundo. ¡Pero… adelante! Al
fondo tenemos una buena habitación para inquilinos y si desean participar de la cena familiar, los
mandaré a llamar cuando esté todo listo.
Atravesamos un gran salón y nos llevó frente a una puerta baja con capitel en arco, la cual empujó
suavemente. Nos mostró una estancia con ventana al exterior en la parte trasera de la vivienda. De
repente me resultó agradable aquel rincón que auguraba bastante calma y un ambiente propicio para el
descanso y la reflexión.
La puerta se cerró tras el rostro sereno del campesino y quedamos a solas nosotros cuatro.
— ¿Cómo sigue tu vientre? —preguntó Johann.
—Ya estoy mejor; pero dejé hasta el calzoncillo tirado entre la maleza.
A la caída de la tarde el dueño nos tocó a la puerta para avisarnos de la cena; pero ya habíamos comido
algo de los productos que cargábamos solapados en el morral. Como habíamos decidido pasar sin más
alimentos hasta el otro día, agradeció mi hermano su diligencia y nos acostamos a dormir.

***

Cuando me levanté, lo primero que hice fue asomarme por la ventana. La mañana lucía espléndida. El
rocío impregnaba la atmósfera y las hojas de los árboles y las flores; y me admiró una bandada de
flamencos rosados entre el arrebol del cielo. Se dirigían con alígero batir de alas hacia las tierras
interiores desde los pantanos y lagos de la Camargue.
Desperté a mi hermano y lo invité a contemplar el amanecer desde esta nueva perspectiva. Salimos al
patio.
Unas cuantas nubes, que no eran más que una amenaza transitoria flotaban sobre los viñedos y gruesas
gotas comenzaron a golpear la tierra desguarnecida de pastos.
Para nuestra grata sorpresa, el campesino había terminado de colocar los arneses al caballo de tiro y se
disponía a unirlo al arado.
—Padre, esperaba que calentaran un poco más la paja —dijo cuando nos acercamos.
—No podríamos hacerlo —dijo Johann—. Aún tenemos mucho camino que recorrer.
—Espero que lo hagan luego del desayuno —dijo el hombre mientras revisaba la cuerda que rodeaba
el hocico del animal.
En aquel instante una campesina se asomó por un ángulo del cobertizo. Estaba cubierta con gorro
blanco y delantal, y de su mano izquierda colgaba una gallina a medio desplumar. En la otra blandía un
cuchillo con el que hizo una seña, y enseguida el hombre dejó lo que estaba haciendo y nos invitó a
seguirlo alrededor de la casa.
—Pueden llamar a sus compañeros, porque ya el desayuno está listo y solamente se sirve una vez para
todos.
Me aparté de ellos y volví al interior a través de la puerta cercana al cobertizo. Cuando entré a la
habitación, vi gratamente que Pèire y Guiraldus se habían levantado y estaban listos para la marcha.
—Vamos muchachos ¡listos para el desayuno! —dije asomándome a la habitación, y con la misma,
corrí a la cocina a reunirme con mi hermano. No sabría decir con certeza que nos tenía tan prestos esa
mañana: si el deseo de marcharnos, o el hambre que nos atosigaba. Lo cierto fue que en pocos minutos
estábamos todos a la mesa.
Cocina y comedor eran una sola pieza bastante amplia que además servía de granero y depósito de
herramientas. Allí mismo se había edificado un horno, cerca de la puerta principal y contra la pared, con
bóveda de lajas que al parecer estaban unidas con una argamasa de cal y barro. A todo lo largo de esta
pared frontal se habían adosado bancos que servían para colocar la vajilla y los enseres del hogar,
sentarse o dormir, según fuese la ocasión.
Josèp (que así se nos dio a conocer el amo), nos invitó a ocupar los bancos de madera ordenados
alrededor de una gran mesa de roble situada en medio del salón.
Después de comer esperaba ver como mi hermano extraía de su bolsa algunas monedas y se despedía
de nuestro anfitrión; pero en vez de esto, salimos otra vez al patio y nos incorporamos al lado del
campesino, su hijo mayor, y el caballo ungido al arado de ruedas y vertedera.
— ¿Y ahora qué? —pregunté un poco extrañado.
—Ora et labora —respondió Johann—. Es bueno para un fraile predicar con el ejemplo, como nos
enseñó San Benito. Además, nunca sabemos en estos tiempos lo que podría suceder.
El sol acababa de alzarse sobre la planicie; pero aún persistían las nubes que de vez en cuando nos
bautizaban con su celeste llanto. Así y todo nos pusimos a trabajar. Me tocó aguar a las ovejas en una
quebrada que nacía como un hilo de cristal en la roca de una colina, luego alimentarlas y recoger leña
del bosquecillo cercano. Finalmente nos fuimos todos a la viña.
Aquel tiempo lo pasé tratando de imaginar lo sucedido con el muchacho que había abandonado la
vivienda la tarde anterior. Su partida había sido tan repentina como intrigante su prolongada ausencia.
Siendo conocedor de los trágicos y violentos sucesos que se avecinaban, no era para menos mi
constante preocupación, no solamente por mi seguridad y la de mis compañeros de viaje, sino también
por la de aquellas personas que poco a poco iban pasando a nuestras vidas como las gotas del cielo a las
fúlgidas aguas del manantial.

***

El siglo XII había traído al occidente de Europa una revolución en la cultura y la economía de los
pueblos y se crearon allí las bases para el posterior desarrollo de las ciencias de la naturaleza. Es por esta
razón que se le considera en sí mismo un siglo de verdadero renacimiento y precursor de los avances del
siguiente siglo, después del prolongado letargo de la Alta Edad Media.
Con la mejora en el cultivo de los campos ya existentes y con la incorporación de nuevas tierras a la
roturación y al cultivo, en este siglo creció la renta global per cápita y se produjo un notable aumento de
la población, lo que conllevó a su vez a la introducción y expansión de las nuevas técnicas, modos y
procedimientos agrícolas, unido esto no solamente al renacimiento de las ciudades y la vida urbana, al
auge del comercio y la circulación monetaria; sino también al despertar de la razón y la herejía.
Esta época fue dominada en definitiva por el crecer de una dicotomía entre el pensar científico y el
auge materialista por una parte, y por otra; el descalabro de las ideas y la teología cristiana ante una fe
opositora que apreciaba como máximo valor al hombre mismo, su felicidad y sus objetivos terrenales.
Fue en este siglo donde el orden de la sociedad inició aquel imprescindible avance hacia su máximo
extremo de tensión al que habíamos arribado en el siglo XXI.
El arrendatario de la hacienda podía emplear durante una agobiadora jornada de doce horas a un grupo
de doce a dieciocho trabajadores. Su feudo, que había sídole concedido por el conde Raimundo a cambio
de su fidelidad, apoyo y consejo, ocupaba una campiña y una floresta; esta última situada en la parte más
elevada del terreno que formaba la extensa falda de una colina.
Por la tarde invité a mi hermano, y con el pretexto de retirarnos brevemente en oración, atravesamos el
bosquecillo, que ya había sido explorado por mí, hasta llegar a la cúspide de la colina. Doble sorpresa:
estábamos en medio de una explanada cubierta de antiguas ruinas de lo que pudo ser una plaza fuerte de
la época romana, o tal vez del posterior Imperio Carolingio. A primera vista se podía apreciar la riqueza
y belleza de la Camargue, situada hacia el sur. Esta planicie estaba salpicada por pequeños estanques
cuyas aguas fulguraban bajo las caricias de los oblicuos rayos del sol, separados entre sí por laberintos
de verdor oscuro. Hacia el norte, los bosques eran más abundantes y el Ródano escindía el panorama en
dos secciones bien definidas. En la superior podíamos divisar los techos de la catedral de Saint-Gilles y
las torres y murallas del palacio condal, rodeados por los techos bajos de la población. En la sección
inferior, la bella floresta con sus suaves ondulaciones del terreno por donde se extendía la vía tolosana
como enorme serpiente gris entre los narcisos multicolores.
Mi hermano tomó el transmisor y orientando su mirada al sur oprimió la tecla.
— ¡Hola jefe! —escuchóse al instante—. Ya estábamos preocupados ¿Qué sucede que no regresan?
— ¡Hola, Mustafá! Estamos bien por acá. Estoy seguro que si se encaraman a uno de esos árboles que
rodean la nave, podríamos ver tu señal ¡Hazlo Ahora!
—Muy bien. Voy a mandar a uno de los hombres.
Hubo unos segundos de interrupción y luego se volvió a escuchar la voz del saharaui.
— ¡Jefe! Todavía no hemos podido reconectar la máquina con el año cero. La cosa se ha complicado
con el descubrimiento de nuevas células informáticas. Vamos a necesitar algo más de tiempo para
solucionar el asunto.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Johann—. Te recomiendo que lo solucionen deprisa. Recuerda
que hoy estamos a 19 de junio de 1209.
— ¡Cierto jefe! ¿Dónde están? ¿En la ciudad?
—No, Mustafá…, ya cruzamos el río. Ayer en la tarde pasamos la noche en una finca. Se trata de un
ciervo del conde Raimundo de Tolosa. Es demasiado interesante para perder la oportunidad. Dentro de
la finca se halla incluida una colina donde existen unas ruinas romanas sobre un primitivo asentamiento
de origen celta. Veo que es un lugar magnífico para plantar uno de los sensores.
—Eso tomará más tiempo…
Mientras se efectuaba la conversación, los dos marineros y yo nos habíamos puesto en alerta
escrutando el panorama al sur de la colina. De repente, entre el verde oscuro de los bosques asomó un
destello de luz.
— ¡Allá están! —exclamó Guiraldus, y marcamos sobre una roca la dirección.
Entre las ruinas sobresalía una especie de piedra monolítica de unos tres metros de altura que
Guiraldus, nuestro alpinista, se dedicó a escalar enseguida. Pronto estuvo en lo alto. Llevaba a su
espalda el pequeño equipo de alta tecnología.
— ¿Para qué es necesario hacer esto? —pregunté a Johann.
—Es parte de nuestro trabajo.
—No me habías dicho ¿En qué consiste?
—Colocamos sensores y cámaras de video en cualquier lugar que nos sea posible y provechoso.
— ¿Con qué objetivo?
—Monitorear y dejar constancia de los acontecimientos relacionados con nuestra misión.
Guiraldus había sacado sus implementos y anclaba la cámara sobre la roca con los pines de seguridad,
luego la programó, recogió todo, y descendió lentamente como si se tratase de un cocotero.
— ¡No creo que alguien tenga la curiosidad de subir ahí, al menos hasta dentro de ochocientos años!
—exclamó al pisar el suelo.
—Aunque tendríamos la opción de retirarla si fuese necesario —agregó Johann.
Poco después nos hicimos de alguna leña y descendimos a la planicie, primero entre los viñedos y
luego a través de la huerta.

Capítulo 22
CONSOLAMENTUM

P
— ienso que nuestro anfitrión haya quedado satisfecho con los trabajos del día —dije mientras nos
acercábamos a la vivienda.
—El trabajo que hemos realizado será considerado por él como paga por la comida y por la noche de
alojamiento —respondió mi hermano.
Después de una larga jornada de trabajo el ambiente había vuelto a la calma. Los trabajadores se
habían retirado y los animales, encerrados en una de las divisiones del terreno agrícola, pastaban y
balaban melancólicamente mientras caía la tarde.
Al llegar frente a la puerta recibí la agradable sorpresa de ver al muchacho que nos había orientado
hacia aquel lugar. Venía a nuestro encuentro con paso presuroso.
—Dice padre que pueden ir a la habitación o unirse a la compañía de los hombres buenos en el salón
grande.
Tras decir esto, dio la vuelta y desapareció hacia los corrales. No sé por qué, pero quedé alegre de
volver a verlo.
Entregamos nuestras bolsas de viaje a Pèire y a Guiraldus y entramos mi hermano y yo al salón que
servía como habitación principal. La gran mesa de madera de roble toscamente tallada era el centro de
una reunión, y dos hombres, cuya presencia allí era nueva para nosotros atraían la atención de todos.
Apenas habíamos entrado cuando alguien detrás cerró la puerta y echó trancas; pero ni siquiera nos
volvimos para verificar su existencia. Todos quedaron en silencio y enseguida Jòsep nos indicó algunas
sillas que permanecían libres junto a la mesa.
Por supuesto, aunque la visita de aquellos hombres nos sorprendió al inicio, no tuvimos ninguna
dificultad en reconocerlos.
Sus vestimentas eran sencillas: un manto negro les cubría desde la cabeza a los pies de manera que a la
luz de los candelabros y de la chimenea, solo se distinguían algunos detalles de sus rostros.
—Sin duda les debe extrañar que un cátaro los invite a participar en su conversación —dijo uno de
ellos dirigiéndose a mi hermano.
En ese momento se despojó de la capucha. Su compañero hizo lo mismo y entonces pudimos juzgar
hasta cierto punto, y a través de sus rostros, el alma de aquellos seres.
Claro está, las ideas preconcebidas y los arquetipos sociales convierten la labor de enjuiciar en una de
las más difíciles y llenas de escollos. El cebo de las ideologías se ocupará del resto, haciendo que la
verdad aparezca como un gusano en el cadáver de la civilización. Eso había sucedido hacía más de
setecientos años con la doctrina cátara y sus adeptos.
Mi hermano, que era personaje principal en aquella escena y en el momento histórico en que
habitábamos, debía actuar como lo que pretendía ser ante la gente. Respondió así a las palabras del buen
hombre:
—He oído decir acerca de los cátaros, que están dispuestos a defender su doctrina ante sus adversarios
y detractores.
—Esas pobres almas que vagan sobre la tierra no tienen más enemigos que a sí mismas —dijo el buen
hombre—. Somos vistos por el mundo como el peor de los enemigos actuales, definidos y concretos.
¡Así nos ven! Caso contrario es el modo en que nosotros apreciamos las cosas. Ni el universo con todos
sus hechos devastadores, ni las almas perversas que en el habitan como gusanos en la carne podrida, son
considerados por nosotros como enemigo. Algún día habrán de superarse y el gusano se convertirá en
mariposa y flor. ¡Pero… el verdadero enemigo es, el conjunto de las formas materiales creadas por el
inicuo! Podemos ver la belleza en una flor y en la sonrisa de un niño; sin olvidar jamás que tanto la flor
como el niño son apenas un pálido reflejo del único incognoscible, del espíritu universal que lo llena
todo.
El buen hombre hizo una pausa:
—Es por eso que nuestro amor por esas almas no puede tener más interés que el mismo amor —
continuó—. Como has dicho, defendemos nuestra doctrina; pero lo hacemos con la espada de Cristo y
los apóstoles, que es la palabra y el ejemplo que nos dejaron. Esa es la esencia de nuestra doctrina, la
cual expusimos en 1165 en Lombers y la misma que aparece radicalizada en el concilio de Saint-Felix
de Caraman en 1167.
—Pero lo que hicieron los representantes cátaros en Lombers fue mas bien una crítica a los obispos
católicos y a la Santa Iglesia —dijo Johann.
—Esa crítica —replicó el visitante—, llevaba implícita, aunque en sentido negativo, la doctrina de
Cristo. Porque al criticar y exponer el modo de vida de los altos ministros y de otros no tan altos dentro
de la iglesia oficial, estamos comparando el modo de vida de estos, con el modo de vida auténticamente
cristiano, del cual aquellos se han alejado, y eso es lo que pretendíamos en aquella ocasión; hacerles ver
lo corrupta que está su iglesia y que dicha corrupción proviene en buena parte de la doctrina falsa que la
sustenta.
—Pienso —dijo Johann—, que ustedes los cátaros están profundamente equivocados yendo contra el
papa y contra la doctrina de la santa y universal iglesia de Cristo. Hay una frase en el evangelio que
ustedes parecen haber olvidado, cuando Cristo dijo en el libro de Mateo dieciséis y dieciocho, «Tú eres
Pedro, y sobre esta piedra levantaré mi iglesia», queriendo decir con esto, que la autoridad del papa y de
la iglesia en Roma es la única heredera legítima y por línea directa de sucesión del apóstol Pedro,
entonces yo me pregunto ¿Por qué se obstinan ustedes en ir contra sus enseñanzas?
Los visitantes sonrieron y comprendí enseguida la profunda bondad y comprensión que los convertía
en seres dotados muy por encima de las mundanas y lastimeras facultades intelectuales de la mayoría de
sus contemporáneos.
El mismo cátaro respondió, y parecía que solo uno de ellos estaba autorizado por el espíritu:
—No hay peor engaño que confundir la sombra de un objeto con el objeto mismo.
— ¿Qué quiere decir con eso? —intervine por primera vez. Esperaba que mi hermano no me lo
reprochara.
—Quiero decir, exactamente —continuó el buen hombre—, que las palabras de Jesús fueron
interpretadas de manera errónea y a plena conciencia del engaño que se cometía al hacerlo así. Pero
como la iglesia apócrifa que surgía bajo la sombra del imperio necesitaba de cualquier manera una
piedra sobre la cual edificarse, aprovechó dichas palabras del señor Jesús para implantar su dominio
sobre los hombres; aunque la piedra escogida haya sido falsa.
—Y entonces ¿Cómo interpretarían ustedes las palabras de Jesús en mateo 16-18? —dijo Johann.
El buen hombre respondió:
—En primer lugar, y para que un día sea reconocido por todos; aunque para esto último hayan de pasar
más de ochocientos años, les digo que la única y verdadera piedra de la cual hablaron los antiguos
profetas y también los apóstoles y el mismo Jesús, y sobre la cual se edifica aún en nuestros días el
templo espiritual de Dios, es nuestro señor Jesús. Ninguno como él puede atribuirse tal potestad, y
ninguna roca representa la salvación, sino él. En Mateo 21:42 el propio Jesús, citando las palabras del
profeta Isaías fue oído por los principales sacerdotes y los fariseos cuando preguntó—: ¿nunca leísteis
en las escrituras: «La piedra que desecharon los edificadores, esa, en piedra del ángulo se ha
convertido?».
Como ven, con estas palabras Jesús estaba citando las palabras proféticas de Isaías cuando este se
refería al futuro mesías como la piedra desechada. Hay más —continuó el hombre bueno—. También en
Efesios 2:20 podemos encontrar las palabras del apóstol Pablo cuando dijo: edificados sobre el
fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. En él,
todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor.
Por último, y para mayor claridad en este punto, podemos citar las palabras del propio apóstol Pedro
cuando dijo en Hechos 4:11 «Este Jesús es la piedra desechada por vosotros los constructores, pero que
ha venido a ser la piedra angular». Como ven, la autoridad papal es algo ilegítimo ante los ojos de Dios,
y como tal, será en verdad desechada llegado el día, mientras que la piedra que representa Cristo
permanece para siempre.
Tras estas palabras en la habitación se quedaron quietos mientras contemplaban nuestros semblantes
llenos de duda y fascinación. Era como si hubieran surtido un efecto mágico en nuestras mentes.

***

Había tenido la sensación de estar frente a una especie de profeta, mago, iluminado o adivino, o tal vez
todas estas cualidades se aglutinaban en el mismo sujeto. La cosa es que me puse en pie con enormes
deseos de correr y desaparecer de la habitación y alejarme de la granja y de aquella gente.
Johann se había levantado y me tomaba de la mano para retenerme y evitar que cometiese una locura
en el momento menos adecuado.
— ¡Ahora no se vayan! —dijo el visitante—. Los invito a participar de la ceremonia.
Miré a Johann y pensé que aquello se complicaría hasta un extremo imprevisto.
— ¡Muy bien! Nos quedaremos —dijo este—. ¿A qué ceremonia se refiere?
—Al único de los sacramentos que nosotros los cátaros practicamos —habló por primera vez el otro de
los visitantes—. Me refiero al consolamentum.
Yo me mantenía aún con deseos de apartarme de aquel lugar y miré entonces a mis espaldas. La puerta
que daba al exterior permanecía cerrada y a través de la única ventana de la habitación, casi a la altura
del techo, penetraba una luz suave y cálida de un tinte dorado que invitaba a la reflexión y a la calma.
Bajo esta luz resaltaba la corpulenta figura del templario.
— ¡Vaya que he tenido suerte! —dijo al verse descubierto.
Lo dijo en un tono ligeramente burlón; pero al mismo tiempo me demostró con un gesto de sus palmas
que sus palabras eran nobles y sinceras.
Iba vestido de brial y pellizón por encima, este último con escote trapezoidal, mangas holgadas y un
amplio corte vertical al frente y atrás, que sin duda facilitaba el acto de cabalgar. Del ancho cinturón de
cuero con hebilla de bronce y cobre colgaban daga y espada en sus respectivas fundas.
En ese momento Jòsep acudió a la mesa.
—Mi hermana está muriendo. Tal vez vivirá unos días… o tal vez horas… Ellos están aquí para
otorgarle consolación…
—Ya comprendo —dijo Johann.
—Entonces… ¡Vengan por aquí! —dijo el campesino.

***

Los dos buenos hombres se habían puesto en pie y siguiéndolos a ellos entramos a una pequeña
habitación que daba al costado oeste de la principal. El ambiente estaba sumido en las penumbras de
aquel encierro y las dos velas, una de las cuales portaba Pau y la otra la señora de la casa, abrieron como
un pozo de luz sobre el rostro de la mujer que yacía en cama.
Mi atención se enfocó ante todo en los buenos hombres, en cada uno de sus gestos, en el vestuario, y
luego en el tono y significado de las palabras que allí se pronunciaron.
Jòsep se acercó a la moribunda y palpó su frente.
—La fiebre la ha dejado —dijo al momento en que la mujer abría los ojos y observaba lánguidamente
a sus nuevos acompañantes.
— ¡Hermana…! —dijo el mayor de los cátaros en tanto que acercaba su rostro al rostro de la
moribunda—. Hemos llegado aquí porque supimos de la voluntad que tienes de ser ungida por el
Espíritu Santo ¿Es cierto?
—Es… cierto —dijo la mujer.
La mirada del buen hombre se encontró con la mirada de su compañero, y dijo entonces con voz
pausada:
—Debemos proceder.
Al oír esta frase Jòsep regresó al salón principal. Volvió un momento después con una pequeña mesa
que situó frente a la cama, a los pies de la mujer enferma.
Salió por segunda vez y trajo una jarra con agua y una escudilla que dejó sobre la mesa. Entonces el
anciano se acercó y recibió el lavado de manos. De esta forma hicieron todos los cristianos presentes en
la habitación, incluyendo el joven templario. Luego, el primero de los hombres buenos hizo tres
reverencias dirigidas a su compañero, y fue retirada la escudilla; hizo otras tres, y la señora de la casa se
acercó con un mantel de lino blanco que desplegó a la vista de los presentes y cubrió la mesa.
El primero de los hombres buenos hizo otras tres reverencias y abrió la bolsa que colgaba de su
cinturón extrayendo de allí un pequeño libro con carátula de fino cuero en la cual se podía leer, en letras
doradas, el título «Evangelio de Juan».
Depositó el libro sobre el mantel y dijo: — Benedicite parcite nobis.
Luego tomó el libro y lo colocó sobre la frente de la mujer:
—Juana, debes comprender que cuando estáis delante de la Iglesia de Dios, estáis delante del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, ya que la Iglesia significa asamblea, y allí donde están los verdaderos
cristianos, está el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo, como las divinas Escrituras lo demuestran, ya que
Cristo ha dicho: donde se encuentren dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy entre ellos, y también:
si alguien me ama, guardará mi palabra, y el Padre le amará, y nos acercaremos a él, y habitaremos con
él. Con todo esto seguiremos las palabras de Cristo como lo demuestra en este evangelio que reposa
sobre tu frente: si me amáis, guardad mis mandamientos. Y rogaré al Padre, y él os dará otro consolador
que esté con vosotros eternamente, el espíritu de la verdad que el mundo no puede recibir, ya que no le
ve ni le conoce, pero vosotros lo conoceréis, ya que habitará con vosotros y estará en vosotros. No os
dejaré huérfanos, vendré a vosotros. No debemos olvidar tampoco cuando nos dice en el evangelio de
San Mateo «He aquí que estoy con vosotros para siempre hasta la consumación de los siglos». Y
también San Pablo, en la primera epístola a los Corintios, nos hace recordar a nuestro gran maestro
cuando dice: « ¿No sabéis que estáis en el templo del Dios vivo y que el espíritu de Dios está con
vosotros? Pero si alguno corrompe el templo de Dios, Dios lo destruirá. Ya que el templo de Dios es
santo, y este templo sois vosotros».
Después de estas palabras el anciano preguntó:
— ¿Deseas amiga, recibir la santa oración del espíritu?
— ¡Si…, lo deseo! —dijo la enferma, y tras esto, entre dos la tomaron por debajo de los brazos y la
hicieron sentar contra la pared. Luego tendieron un paño sobre su regazo y allí el anciano depositó el
libro.
— Benedicite —dijeron todos a coro, y a continuación repitieron por tres veces consecutivas—.
Adoremus patrem et filium et spiritum sanctum.
El anciano levantó entonces el libro y lo tendió a manos de la mujer.
—Amiga, ¿Tienes la firme resolución de observar la promesa que has hecho y de mantenerla como has
convenido? —preguntó el principal de los hombres buenos.
—Si, tengo la firme… resolución.
—Esta es la causa por la que estáis aquí —dijo el anciano—, delante de los discípulos de Jesucristo, en
este lugar donde habitan espiritualmente el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como se ha demostrado
más arriba, para que podáis recibir la santa oración que el Señor Jesucristo ha dado a sus discípulos, de
manera que vuestras oraciones y vuestras plegarias sean acogidas por nuestro Padre Santo. Por esto
debéis comprender, si queréis recibir esta santa oración, que es necesario que os arrepintáis de todos
vuestros pecados y perdonéis a todos los hombres. Ya que Nuestro Señor Jesucristo dice: «Si no
perdonáis a los hombres sus pecados, vuestro Padre celestial no os perdonará vuestros propios pecados».
Conviene que os propongáis guardar esta santa oración en vuestro corazón todo el tiempo de vuestra
vida, si Dios os da la gracia de recibirla, según la costumbre de la Iglesia de Dios, con castidad y con
verdad, y con todas las demás buenas virtudes que Dios tendrá a bien daros. Por esto rogamos al buen
Señor que ha dado a los discípulos de Jesucristo el poder de recibir esta santa oración con firmeza, que
os de, él mismo, a vos también, la gracia de recibirla con firmeza y en su honor y en el de vuestra
salvación. «Parcite nobis». Es esta la oración que Jesucristo ha traído a este mundo, y la ha enseñado a
los buenos hombres. No comáis ni bebáis nada sin antes haber dicho esta oración. Y si lleváis a ello
negligencia, será preciso que hagáis penitencia.
—Recibo la oración de Dios, de vosotros y de la Iglesia —dijo la mujer.
El anciano rogó a Dios, y volvió a colocar el libro frente a la enferma, la cual recitó lentamente:
—Adoremus patrem et filium et spiritum sanctum.
Después de esto el anciano depositó otra vez el libro en sus manos y le hizo confirmar una vez más su
resolución, tras lo cual devolvió el libro al anciano su compañero y dijo—: parcite nobis. Por todos los
pecados que he cometido, o dicho, o pensado, pido perdón a la Iglesia, a Dios y a vosotros.
«Por Dios y por nosotros y por la Iglesia que os sean perdonados, y rogamos a Dios que os perdone»
—dijeron aquellos cristianos a coro.
Entonces el anciano le puso las manos primero, y el libro luego, sobre la cabeza a la enferma y dijo—:
benedicite, parcite nobis, amen; fiat nobis secundum verbum tuum. Pater et filius et spritum sanctus
parcat vobis omnia pecata vestra. Adoremus patrem et filium et spiritum sanctum.
Y agrego el coro:
«Pater sancte suscipe ancillam tuam in tua justitia, et mitte gratiam tuam et spiritum sanctum tuum
super eam».
Después de esto aquellos cristianos se dieron la paz y los saludos entre ellos y se retiraron lentamente
de la habitación.

Capítulo 23
PRISIONEROS

A la mañana siguiente al salir el sol dejamos el feudo y retomamos el camino junto al río. En media
hora nos hallábamos otra vez en medio de la floresta y muy cerca del lugar donde había quedado nuestro
vehículo.
De pronto, un mal presentimiento vino a mi mente. Me agobiaba la idea de vernos separados y
privados de nuestro único medio de regreso al siglo XXI. Este presentimiento no desapareció hasta
llegar junto a la máquina y a los hombres que la custodiaban.
Pasamos el resto del día comentando acerca de las experiencias vividas en la ciudad y entre los
lugareños. Al caer la noche estábamos agotados, aunque sin lugar a dudas, satisfechos con el recorrido.
La única preocupación continuaba siendo la dificultad de poner la máquina en funcionamiento de la
manera adecuada.
Desperté temprano y observé al exterior por la claraboya. Esta ventana circular era mi único acceso
visual al mundo fuera de la habitación. No se diferenciaba en nada de aquellas que existían en las otras
cámaras. Me habían dicho que el material traslúcido que la cubría no era exactamente el vidrio que todos
conocíamos, sino que se trataba de una sustancia muy diferente y de propiedades desconocidas, como la
mayoría de las que abundaban en la nave, a la que habían dado el nombre de rivalita.
Las sombras aún cubrían el bosque; pero como ya no tenía sueño, tomé un libro de astrofísica que
reposaba sobre el estante a mi lado. Me disponía a hojearlo, recostándome contra la almohada, en el
momento en que vi aparecer a mi hermano por el umbral del compartimiento.
—Si no fuera de lo que se trata —dijo—, aseguraría que esta nave es el mejor lugar que existe para
acampar en el bosque.
— ¿Tú crees que sea lo suficientemente segura? —dije devolviendo el libro al estante.
—Tanto como puede serlo el ataúd para un cadáver. En seguridad para estos casos es lo mejor que he
conocido. Aunque se olvidaron sus inventores de instalar un sanitario —dijo apretándose el vientre con
una mano, y agregó—. No sé como te sentirás tú; pero yo estoy que me reviento. Tendré que llamar a
los hombres para salir afuera. Se trata de una cuestión de seguridad.
— ¡Muy bien! Yo estoy listo por si me necesitas.
Me levanté y lo seguí a través de los otros compartimientos. Todos dormían aún y fuimos pasando
junto a cada uno dándoles la voz de pie.
Debo decir que esta gente que me había sacado de mi habitual destino había almacenado en el interior
de la nave suficientes pertrechos y provisiones al menos para dos meses de expedición, contando
seguramente conque no apareciera durante este lapso otra fuente de abastecimiento. Era tanto el
conglomerado de cajas y embalajes, que apenas quedaba espacio para convivir y movernos en el
interior. Entre aquellos objetos no faltaban los correspondientes a la defensa, que eran todos de
fabricación soviética, circunstancia por la cual habían despertado en mí, desde un principio, la sospecha
de algún vínculo entre la organización a la que decían pertenecer, y la estructura de gobierno comunista
a nivel mundial; especialmente el gobierno de Cuba.
Mustafá agarró un fusil AKM con su cargador y salimos al exterior.
Primero lo hizo el propio Mustafá, y cuando dio la voz lo siguió otro de los hombres. Como era
costumbre, se fueron a echar un vistazo por los alrededores del campamento. Luego regresaron al pie de
la nave y comenzamos a encender una pequeña fogata donde preparar nuestro desayuno.
Un zorzal y una pareja de mirlos revoloteaban sobre las ramas bajas del sotobosque, todavía cubiertas
por la niebla. La vegetación más abundante estaba formada por unos arbustos conocidos como acebos,
cuyos frutos en forma de baya, de color encarnado, son muy atractivos para aquellas aves cuando están
maduros. Tuvo mucho cuidado Mustafá en advertirme sobre el particular, ya que estos pequeños frutos
son altamente tóxicos para los humanos.
Diez minutos más tarde los primeros rayos del sol descendían de manera oblicua a nuestra posición y
la niebla comenzaba a desaparecer. Fue entonces que escuchamos un golpe seco semejante a una
palmada en una pared de cartón, y a continuación un cuerpo que se desplomó sobre la hojarasca.
Volví mi rostro hacia el lugar del claro donde comenzaba el trillo y pude ver una figura que saltaba con
la ligereza de un gamo entre la maleza y luego desaparecía. A continuación escuchamos un grito.
Mustafá, que se había puesto en pie tras agarrar el fusil, cayó a mi lado, casi sobre las piedras y las
llamas del improvisado fogón. Un cuchillo de tosca y oscura empuñadura atravesaba su pierna. Mientras
se retorcía en el suelo, la sangre manaba a través de la tela del pantalón.
Mi hermano apenas había tenido tiempo para ponerse de rodillas y el ingeniero, que salía en aquel
momento por la escotilla, retrocedió al interior de la nave. El bosque a nuestro alrededor se había
poblado de repente de oscuras y alucinantes figuras.

***

No tuvimos tiempo para desplazarnos al interior de nuestro único refugio, ya que las sombras se
adelantaban estrechando el cerco mientras apuntaban de forma decidida contra nosotros.
¿Quiénes eran los autores de aquel repentino ataque?
Pasado el primer instante de sorpresa, no fue difícil imaginar de quienes se trataba.
Hombres de complexión diversa, rostros barbados y cabelleras largas y desordenadas. Sus vestidos
eran poco menos que harapos y sus armas tan diversas como las verduras en tierra de hortelano. La
mirada era lo que más miedo infundía de aquellos seres; y después de ello, las dos ballestas que nos
apuntaban de cerca.
Hice un primer intento por ponerme en pie y acudir en ayuda de Mustafá; pero la hoja de una mellada
espada contra mi cuello fue suficiente advertencia para que me mantuviera quieto.
La escotilla de la nave se terminó de cerrar con un golpe ligero que llamó la atención de los
bandoleros. Uno de ellos intentó acercarse; pero otro, que por su actitud parecía ser el jefe de la partida
se lo impidió con un gesto. Acto seguido nos obligaron a poner en pie y a fuerza de empujones nos
metieron entre la maleza.
Cualquier intento de resistencia hubiera sido fatal en aquel instante.
Nos amarraron las manos a la espalda y nos vendaron los ojos. Luego nos hicieron caminar durante
mucho tiempo por un sendero entre la espesura. Yo estaba seguro que Johann, Mustafá y Guiraldus aún
continuaban cerca de mí y eran conducidos en idéntica condición. En el fondo de mi alma me alegraba
que así fuese, porque ¿qué sería de mí al encontrarme solo entre gente desconocida?
Habíamos partido al despuntar el sol y ya comenzábamos a sentir el sudor y el escozor del verano
sobre nuestra piel. Fue en eso que nuestros captores hicieron una parada. Nos obligaron a caer sentados
sobre la hierba mullida y sentí como ponían en mis labios una vasija con agua. Por este acto de ligera
consideración pude deducir dos cosas: primero, que nos mantendrían con vida, al menos por algún
tiempo, y en segundo lugar, que aún nos faltaba bastante por recorrer.
Poco después sentí como se acercaban unos caballos. Me alzaron de la hierba, colocaron mi pie
izquierdo dentro de un estribo, y luego me empujaron sobre la montura.
El paso de las bestias al principio se dirigió a través de la espesura de los bosques, cruzamos entre
algunas charcas y luego vadeamos un río. A partir de allí, el terreno comenzó a empinarse, con ligeros
descensos cada ciertos tramos y en permanente subida.
El pánico comenzó nuevamente a apoderarse de mi alma y para saber si Johann y los demás
continuaban junto a mí, llamé a mi hermano por su nombre.
—Aquí estoy —le escuché decir justo frente a mí; pero a continuación sentí un golpe en la espalda,
propinado tal vez con el palo de una lanza. A pesar de todo, el golpe valió la pena, porque supe que en
mi desgracia no me hallaba solo.
Era la primera vez en mi vida que montaba a caballo y pronto comenzaron a dolerme las piernas y la
cintura. El hambre también comenzaba a realizar sus estragos, acompañada por una profunda modorra
causada por el calor y por el esfuerzo que tenía que hacer, al tratar inútilmente de distinguir alguna cosa
a través de la tela que cubría mis ojos. Lo único que creí descubrir referente al sentido geográfico de
nuestro itinerario sucedió mucho después, cuando la claridad que se filtraba a través de la venda
comenzaba a decaer hasta que se convirtió en tinieblas.
Durante la mañana me pareció que el sol se había mantenido casi todo el tiempo a nuestras espaldas; al
caer la tarde lo teníamos al frente. De aquí saqué la conclusión que nos habíamos movido al oeste.
Las bestias comenzaron a caminar por un camino empedrado o cubierto de losas y se escucharon
algunas voces en lengua occitana. Poco después sentí el toque de las herraduras sobre la madera y el
rechinar de cadenas. A continuación la claridad naranja de algunas antorchas se filtró difusamente a
través de la venda y un murmullo de voces en la distancia llegó hasta mis oídos. Hicimos una parada en
firme. Intuí que nuestro viaje había concluido.
Me bajaron de la bestia y me condujeron, aún con las manos atadas y la tela sobre los ojos al interior
de una fortaleza.

***

Si no hubiera sido porque conocíamos con seguridad la fecha exacta en que nos encontrábamos —
veintidós de junio de 1209—, habría pensado que estábamos en pleno calabozo de la inquisición y en
manos de los “perros del señor”. Aquel pensamiento me hizo temblar, o fue quizá la corriente de aire
mohoso y frío que inundó de repente aquel antro, seguida por una luz y el resonar de pasos sobre las
losas. Segundos después se abrió la ventanilla de nuestra celda y la claridad nos golpeó a los ojos.
Un guardia abrió la puerta y otros tres nos sacaron afuera. Nos condujeron a lo largo del pasillo y luego
por una escalera hasta el piso superior. Unos pasos más y se abrió a la izquierda una gruesa puerta de
madera de roble y fuimos conducidos a un gran salón.
La luz del sol penetraba por amplios ventanales engalanados con cortinas doradas, con flecos que se
mecían al pausado golpe de la brisa matinal. Al extremo opuesto contra una pared de fondo había un
amplio sillón sobre un podio situado tres escalones por encima del enlosado de la habitación. En aquel
mueble descansaba un hombre con el codo derecho apoyado sobre el brazo del asiento y la barbilla en
reposo sobre la mano.
Era el mismísimo Raimundo VI de Saint-Gilles y conde de Tolosa, al que habíamos visto hacía poco
mientras era azotado y ultrajado en persona y dignidad frente a la abadía de su ciudad natal.
¿Qué nos quedaba por pensar a partir de aquel instante, cuando la suerte, o nuestro fatídico empeño,
nos colocaba frente a él por segunda vez?
A pesar de lo sufrido, el conde parecía sereno.
Se puso en pie lentamente y caminó con la espalda encorvada hacia uno de los ventanales, mientras
nosotros permanecíamos en medio de la habitación en espera de un desenlace. En realidad, nuestra
presencia había comenzado a alterar la historia de tal manera que ya se nos hacía difícil, para no decir
imposible, imaginar el nuevo curso de los acontecimientos.
— ¿Quiénes son ustedes y de dónde vienen? —dijo mientras observaba hacia el patio, en dirección a la
torre del homenaje que se levantaba al frente, encajada en el ángulo izquierdo de la muralla. Dicho esto
se volvió a nosotros.
—Simples viajeros —dijo mi hermano.
—La presencia de un fraile benedictino, acompañado por un grupo de hombres que acampan sin
ningún permiso en medio de mis bosques, se me antoja muy sospechosa en estos días.
—Somos simples viajeros… —dijo Johann.
Fue interrumpido por un ¡chis! y por un gesto del conde, cuya mano derecha fue a posarse por unos
segundos en su espesa barba y terminó descansando en la empuñadura de la espada.
— ¡Acérquense acá! —dijo al tiempo que señalaba hacia la campiña boscosa que se extendía más allá
del muro—. Mis tierras están amenazadas por un ejército de cruzados, incitado y organizado por
Inocencio III y por el rey Felipe. En unos pocos días estarán sobre Occitania y debo hacer algo para
evitar mi propio mal. Por otra parte…, me han informado que estuvieron ustedes en la abadía el día que
me azotaron, y que luego permanecieron dos noches en casa de uno de mis vasallos. Para hacer las cosas
más alarmantes, poco después mis hombres los encuentran en el bosque metidos en una extraña tienda
de campaña. ¡Y por cierto…! Quisiera que me digan de qué se trata; ya que ellos no consiguen ponerse
de acuerdo.
Algo llamó la atención de Johann y me tocó por un brazo. Un caballero avanzaba de prisa a lo largo del
camino de ronda que bordeaba la muralla suroeste. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció en el
interior de la torre. Apenas tuve tiempo para distinguir su aspecto; pero algo me hizo sentir la sensación
que lo conocía, a pesar de la distancia.
—Señor —dijo Johann—. No nos creería si le dijéramos la verdad.
—De eso estoy ansioso —dijo el conde mientras su fino y pálido rostro enrojecía levemente —
¡Quiero la verdad!—. A continuación agregó:
—He recibido azotes porque se me acusa falsamente de intervenir en el asesinato del legado papal
Pierre de Castelnau, y cualquiera que sea sospechoso, lo considero mi enemigo en estos días de
confabulación e intriga. Han hecho mis enemigos todo lo posible para culparme, y así tener un pretexto
para invadir mis tierras.
—No conocemos nada de lo sucedido con el legado papal —dijo Johann, aparentando en un instante su
desánimo—. Pido al conde que nos libere de inmediato y nos deje volver en paz a nuestro camino, ya
que nada hemos hecho para merecer sus sospechas.
—Estaban acampando en mis tierras… —dijo Raimundo.
—Esa fue quizá nuestra única falta… —replicó Johann.
—En realidad, no tengo tiempo para aclarar esta situación… y además, no quiero correr el riesgo…
El conde dio una voz y se abrió la puerta y varios guardias penetraron de inmediato.
— ¿Señor, que ha sucedido con nuestro compañero? —dijo Johann volviéndose al conde por un
instante.
—Pronto estará con ustedes —dijo Raimundo.
Nos sacaron de su presencia y así fue como terminó aquella breve conversación.
Capítulo 24
TODOS LOS CAMINOS VAN A ROMA

Fuimos conducidos nuevamente escalera abajo y devueltos a nuestra celda. Johann parecía inquieto.
—Ni siquiera tuve tiempo para preguntar al conde en qué lugar pasaremos la temporada —dijo
cuando se hubo acomodado sobre el colchón de paja.
—Yo estuve tratando de captar el mayor número de detalles. Pero me parecen contradictorios con las
conclusiones anteriores.
—Vamos a ver, hermano ¿a qué nueva conclusión has llegado? —dijo.
—Que este es el castillo de Beaucaire. Al noreste de Saint-Gilles, a unos veinte kilómetros al suroeste
de Aviñon. Al principio pensé que nos dirigíamos a caballo en dirección oeste; pero fue un error.
Suponiendo que esta vez me halle en lo cierto ¿Qué ventaja nos da?
—Ninguna —dijo Johann.
A continuación nos sumimos en un profundo silencio.
Si las cosas no resultaban diferentes, el conde debería viajar en los próximos días para reunirse con el
ejército de los cruzados que avanzaba hacia las tierras del Languedoc. Por los hechos históricos
conocidos sabíamos que ese encuentro se produciría el 2 de julio de 1209. Eso pensábamos que habría
de suceder. Ahora bien… ¿Y si todo resultaba de otra manera? ¿Si nos veíamos encerrados en aquella
celda y expuestos a las decisiones de un hombre menos calmado y compasivo que el conde Raimundo?
Pero aún más… ¿Qué sucedería con nosotros si de manera imprevista el conde moría durante el inicio
de la cruzada?
Estas y otras interrogantes comenzaban a inquietarnos, cuando a la mañana siguiente aparecieron
varios guardias trayendo a Mustafá con ellos. Habíamos estado preocupados por el saharaui y su regreso
nos hizo tomar un poquito de confianza en nuestra suerte, al menos en aquel momento. Había sido
curado de la puñalada en la pierna y la herida parecía sanar de forma satisfactoria.
Lo que más habíamos temido parecía a todas luces inevitable. La cruzada albigense nos tomaría
encerrados en la oscura celda de un castillo. La máquina del tiempo y todo aquel proyecto basado en ella
se verían sometidos a las vicisitudes de la guerra en una de las campañas bélicas más sanguinarias de los
tiempos medievales.
El conde Raimundo debería llegar al campamento de Arnaud Amaury el 2 de julio de 1209 para
solicitar unirse a la cruzada. A partir de esta fecha pasarían muchos días para que regresara a sus
posesiones y prestara atención a nuestro encierro.
Un acontecimiento vino a cambiar inesperadamente nuestra previsión.
Habían pasado varios días desde la charla con el conde cuando un mediodía, después que nos dejaran
las escudillas con la ración de avena, sentimos un ruido de pasos.
Un guardia se acercó y abrió la ventana. Entonces me asomé. Desde las penumbras al otro lado del
corredor apareció un caballero con yelmo. Lo que me pareció más sorprendente fue, que una dama lo
acompañaba y sostenía en alto una antorcha. Quedé en silencio mientras observaba a las dos figuras.
Entonces, el caballero se acercó y escuché una voz como salida de un cuenco:
—Volveremos a vernos.
¡Solo tres palabras! Con la misma se dio la vuelta y ambos desaparecieron.
Poco después alguien se acercó, se abrió la puerta, y depositaron una jarra de vino junto a nosotros. A
partir de aquella breve visita del caballero y la dama nuestra alimentación mejoró y el vino no faltaba
nunca.
¿Quiénes eran ellos? ¿Qué misterioso y nuevo giro tomaba nuestro destino en aquella celda?
Pasaba el tiempo en lenta monotonía y en la embriaguez alcohólica llegó un momento en que perdimos
completamente su noción. Conversábamos de las diferentes variantes que podría tomar la situación, de
la suerte de nuestros compañeros junto a la máquina, y del destino de aquellos en el castillo de
Montségur.
Un día nos despertaron las antorchas. Derramaban su luz sobre nuestros rostros. Fuimos atados
fuertemente y sacados de la celda, y luego conducidos escalera arriba. Un oscuro presentimiento azotó
mi ánimo. Aquella maniobra no se parecía en nada a la que tuvo lugar cuando nos llevaron a la presencia
del conde.

***

Nos sacaron directamente al patio del castillo y casi nos arrastraron por el polvo hasta una carreta con
toldo tirada por dos caballos. Nos alzaron y nos empujaron adentro. Allí amontonados tuvimos que
buscar la forma de acotejarnos lo mejor posible. Poco después crujieron las llantas y nos pusimos en
movimiento.
Hasta aquel instante yo no había hecho más que mirar a mí alrededor mientras trataba de descubrir una
cara conocida entre aquellos que asistían en el patio a nuestra despedida. Pero nadie, nadie conocido,
excepto… el caballero de capa negra que habíamos visto caminar por la barbacana el día que el conde
nos interrogaba. Entonces, pude recordar la afirmación de mi hermano. Aquel hombre era el mismo que
había montado a la barca con nosotros la mañana que cruzamos el Ródano para dirigirnos a la plaza
frente a la abadía de Saint-Gilles, aquel memorable 18 de junio de 1209 ¿Cómo era posible aquella
coincidencia?
Los carreteros conducían sin tomar en cuenta los accidentes del camino. Las ruedas de madera
golpeaban las piedras, se enredaban en tupida hierba y se hundían, para salir luego con dificultad del
espeso lodo bajo el agua estancada de las charcas.
Era como si aquellos hombres tuvieran la idea fija de alejarnos a toda prisa de un escenario histórico en
el que habíamos caído equivocadamente.
Cuando ya nos parecía interminable la carrera, bajo un fuerte cansancio y una sed desesperante,
sentimos como la comitiva se detenía. Entonces nos sacaron de la carreta. Para ese momento el sol se
hundía con gran tristeza en el horizonte, tiñendo los campos de un púrpura sanguinolento.
Dejaron que nos echáramos sobre la hierba y poco después nos trajeron agua y comida. Unos quince
caballeros formaban la comitiva y por el carácter de sus armas, ricos vestuarios y cabalgaduras; se podía
deducir que servían a un señor de alta categoría.
La comitiva se había apartado del camino formando campamento en un claro de bosque, no lejos de
una corriente fluvial donde metieron a abrevar los caballos; luego los hombres se desvistieron y se
echaron a refrescar ellos mismos. Estaba seguro que allí pasaríamos la noche.
— ¿Qué saben ellos? —pregunté a mi hermano.
La pregunta me pareció falta de lógica y la hice con la intensión de expresar un oscuro presentimiento.
Estábamos echados sobre la hierba, apestábamos a excremento y teníamos picazón por todo el cuerpo.
Estos fueron tal vez otros motivos para que la respuesta se hiciese esperar más de lo normal.
— ¿Qué saben ellos? —repitió Johann—. ¡Dime hermano! ¿A qué te refieres con eso?
Me hice el desentendido y preferí olvidarlo.
Poco después un mozo se acercó y nos tiró unas mantas.
La mañana nos sorprendió despiertos y tratando de elaborar un plan. Quise hacerme el dormido cuando
la figura del caballero del manto negro pasaba junto a nosotros; pero cuando volteó su rostro, pude ver la
cicatriz que le cruzaba la cara.
Un momento después llegó un jinete y se lanzó de la bestia. Se acercó a toda prisa hasta el caballero.
Intercambiaron algunas palabras y a continuación todos entraron en movimiento. Los mozos corrían de
un lado a otro mientras ensillaban las bestias, recogían los mantos y las tiendas y asistían a sus señores
en la difícil tarea de vestirse las cotas de malla y los pesados componentes de sus armaduras de hierro.
Al final de este ajetreo, nos pusieron en pie y nos echaron sobre la carreta. Se reanudó la inquietante
marcha de la jornada anterior.
— ¿Y ahora que dices a mi pregunta de ayer? ¿Qué saben ellos?
—Parece que lo saben todo —respondió Johann, y a continuación agregó—: ¡Mira Máikol…! Quiero
decirte algo. Es cierto que te hemos ocultado cosas acerca de los objetivos y planes de la organización.
— ¿Del Priorato? ¿Te refieres al priorato?
—Ya te he dicho que no se trata del priorato. Por supuesto que no.
—Por supuesto que sí. Sé que se trata del priorato —dije con firmeza.
—El Priorato de Sion nunca existió, y aunque trates de insistir, te lo repito ¡nunca existió! Solamente
existe una coincidencia entre sus míticos objetivos y los objetivos reales de nuestra organización, que
realmente existe, como tú lo puedes ver.
— ¿Y qué me puedes decir ahora? ¿Quiénes son nuestros enemigos?
—Esto es cosa del Vaticano y puedes dar por seguro que vamos camino a Roma.
—Ahora me doy cuenta —dije entonces—. La prisa tan exagerada por sacarnos del castillo. Estamos
aún bastante cerca de Saint-Gilles. Todo indica que continuamos moviéndonos en dirección al sur. ¿Qué
tú crees? ¿Nos llevarán por mar o por tierra?
—Vamos en dirección a Arles. Es el puerto más cercano y el más importante de la región, tal vez
superado únicamente por Marsella. Como tú sabes, de Arles han partido siempre la mayoría de las
expediciones a Tierra Santa y hay actualmente muchos navíos que se dirigen a Italia.
— ¿Y qué se te ha ocurrido para escapar?
Mi hermano volteó la cabeza hacia el exterior, luego observó detenidamente las amarras en sus
muñecas y piernas. Se quedó en silencio.
Por mi parte, no podía menos que continuar con mis pensamientos.
El ejército de los cruzados, después de cruzar el Ródano en la ciudad de Aviñon posiblemente se
dirigía al suroeste para volverlo a cruzar junto a Tarascón. De allí se movería hacia Saint-Gilles, y era el
mismo conde Raimundo, después de haber sido humillado y sometido por los dictados del papa y sus
legados, quien ahora les servía de práctico a través del territorio dominado por la herejía.
La prisa con la que habíamos reanudado la marcha nos hizo sospechar que el ejército cruzado se
encontraba muy cerca de Beaucaire, al tiempo que los conductores intentaban llegar a Arles, para lo cual
faltaría muy poco.
Tras una hora de marcha la carreta detuvo su paso y se salió del camino para internarse luego entre la
maleza que cubría el suelo de un bosquecillo ralo. Nos hicieron bajar y nos desataron las manos. De esta
forma pude recostarme al tronco de un árbol y estirar las piernas a mi gusto. Nos dieron un pedazo de
torta parecida al pan; pero de un magro sabor. Tras beber agua nos ataron otra vez y nos subieron a la
carreta. Partimos enseguida.
La marcha se hizo a partir de allí terriblemente monótona y me invadió una profunda somnolencia. No
supe por cuanto tiempo estuve así, cuando escuché la voz de Johann.
—Esto al menos nos dará el gusto de conocer a Inocencio III —dijo.
En el exterior se escuchaban voces. Eran señales de aviso dadas por algunos hombres que se habían
adelantado a explorar e indicaban al resto de la comitiva que nos acercábamos al río. Pronto estaríamos
junto a los restos de un antiguo puente romano que nos serviría como punto para vadear el Pequeño
Ródano hacia su margen izquierda.
A pesar de la preocupación que me causaba el sabernos prisioneros de la institución más poderosa e
influyente de la Edad Media, no pude resistir la curiosidad de observar aquellos restos monumentales.
Intercambié mi puesto con el marinero y me situé junto a la barra trasera.
Por las voces y las palabras de aquellos hombres se podía entender que estábamos apenas a unos cien
pasos del memorable vado. La carreta aminoró la marcha y dio oportunidad a que la mitad de la
comitiva se situara al frente, mientras que la otra parte, formada en su totalidad por los hombres de
armas se situaba detrás. Pude ver entonces el estandarte que ondeaba en la punta de una lanza.
La cruz oro sobre campo rojo, símbolo de la región de Occitania y estandarte de los condes de Tolosa,
la que había sido además adoptada por los cátaros como su propio símbolo de fe y libertad espiritual,
había sido cambiada por el águila perteneciente al escudo papal de Inocencio III; con sus garras
extendidas y alas desplegadas y el cuerpo a cuadros negros y oro sobre campo rojo. La diferencia se me
tornó abismal.
Saqué la cabeza y parte del cuerpo para mirar a un lado y de repente uno de los caballeros alzó el látigo
y se abalanzó hacia mí. Una mirada fugas me dejó observar un resplandor metálico que se destacó entre
los árboles. Varias flechas encendidas volaron hacia nosotros. Unos segundos después se escucharon
gritos, galope de bestias y entrechocar de armas.
En los mantos blancos que aparecieron desde el bosque resaltaba la cruz templaría. Como un vendaval
habían caído sobre la retaguardia de la comitiva. El choque fue letal. Algunos cuerpos rodaron por el
suelo y al momento brillaron las espadas. Los caballeros del águila, heridos y dispersos y a pesar de su
número superior, fueron incapaces de resistir la embestida.
La carreta había continuado su marcha hasta detenerse a la orilla del río. Las llamas habían comenzado
a ganar espacio sobre el andamiaje. Desde allí podíamos ver el combate y aprovechamos la ocasión para
lanzarnos sobre la arena. Los pajes y palafreneros, que marchaban al frente, continuaron su carrera hasta
salir por la orilla opuesta y escapar entre los arbustos.
El golpe que recibí al caer sobre el hombro derecho fue doloroso; pero bastante oportuno, ya que un
instante después los caballos espantados tiraron de la carreta en llamas y esta se desplazó entre la
corriente y luego se destrozó contra una de las columnas del antiguo puente.
Ocupados en nuestra propia salvación habíamos desatendido el curso de la pelea. Solamente pudimos
apreciar su desenlace. Dos caballos escapaban con sus jinetes en dirección a Beaucaire. Uno de estos era
el caballero del manto negro.
Podría parecer fácil para alguien que nunca haya vivido la experiencia; pero en realidad no lo es. Me
refiero a ponerse en pie con las manos atadas a la espalda y los pies por los tobillos.
Los templarios se acercaron a nosotros mientras nos debatíamos sobre la arena. Con sus carcajadas nos
hicieron desistir al instante. Luego uno de ellos se inclinó y afincando la rodilla en tierra comenzó a
cortar las cuerdas.
Ya puestos en pie, el templario levantó con un gesto rápido la visera de su yelmo. Unos ojos verdes
como esmeraldas nos contemplaban de arriba abajo.
— ¡Enhorabuena! —exclamó mi hermano.
Era nada más y nada menos que Pau, el hijo del herrero de Saint-Gilles.

***
Nos movíamos como impulsados por el temor a las llamas de un cercano incendio. Y no era para
menos. Había comenzado la invasión cruzada a tierras de Occitania. Los señores de la guerra se
lanzaban como buitres a la conquista de lo ajeno y al exterminio. ¡Nuevamente lo mismo! Por desdicha,
debíamos ser testigos de todo ello.
Por supuesto que sin la ayuda de Pau y el pequeño grupo de sus amigos jamás hubiéramos podido
escapar de nuestro cautiverio y no hubiéramos tenido la oportunidad de regresar a la máquina del
tiempo.
Por el propio Pau nos enteramos que el caballero del manto negro era el senescal del conde Raimundo,
y que su acción en ausencia del conde se había revelado como un acto de traición. Sabiendo esto, el
joven templario había investigado algunos de los hechos acaecidos en su ausencia, durante el tiempo que
estuvo por Tierra Santa, llegando a concluir que el senescal era un agente al servicio de la Santa Sede y
autor directo del asesinato del legado Pierre de Castelnau. Asesinato que se había tornado en pretexto
inmediato para desencadenar la cruzada contra los cátaros. El plan había sido perfecto y los señores de la
guerra cosechaban sus primeros frutos.
Llegamos cabalgando hasta el sitio de nuestro campamento y enseguida un olor pútrido nos golpeo las
narices, muchísimo más fuerte que el que despedían nuestros propios cuerpos.
El silencio dominaba el entorno y la máquina permanecía al parecer intacta en medio del claro.
—Si la máquina está aquí, ellos deben estar adentro —dijo Johann.
Avanzó unos pasos antes que pudiéramos impedírselo, y entonces se abrió la escotilla y asomó desde
lo alto el rostro del ingeniero. Estaba demacrado y pálido y nos hizo el saludo con una mano.
El senescal de Raimundo seguramente haría contacto con Ramón de Montfort y con Arnaud Amaury
en el campamento de los cruzados; luego, lo más probable sería que instruidos y alentados por aquel,
despacharan alguna tropa en nuestro seguimiento. Además, como el senescal tenía conocimiento del
campamento y de la «tienda de campaña» donde nos alojábamos, no les sería difícil llegar hasta
nosotros.
El interior de la nave apestaba. El ingeniero y su ayudante y los demás habían permanecido sin salir
casi al exterior durante los días que siguieron a nuestra captura. Comían y hacían sus necesidades en
bolsas que luego sellaban y depositaban en una caja plástica de embalaje. Tuvimos que sacar aquella
caja y vaciar su contenido y después meterla otra vez adentro y desinfectarla.
A pesar de lo desagradable de esta labor trabajamos con entusiasmo. Habíamos recibido ya la buena
noticia por parte del ingeniero. La máquina estaba lista. Continuaba existiendo un diez por ciento de
probabilidades de error; pero, para nosotros era bastante poco si teníamos en cuenta los peligros que
podrían sobrevenir en aquel lugar.
Nos despedimos de Pau y de sus compañeros templarios y lo hicimos con cierto pesar.
Más de media hora invertimos en la tarea de explicarles quienes éramos, de donde veníamos, y la
naturaleza de aquella urgente despedida. Cuando al fin nos metimos en la nave y cerramos la escotilla,
pude ver el asombro y la emoción en el rostro de aquellos hombres convertidos de repente en testigos de
nuestra insólita visita y desaparición.
Observaba a través del vidrio de rivalita y vi como sus cuerpos se diluían junto con el paisaje boscoso
que les rodeaba.

Quinta parte
Capítulo 25
EN LA LLANURA DE MURET

Volví la vista a la pequeña consola situada sobre el dintel y vi que marcaba la fecha 11 de septiembre
de 1213. Johann entró en ese instante.
—Acabo de ver… —dije adelantándome a sus palabras.
— ¡Mira hacia afuera! —dijo él—. Hay algo más interesante que la fecha.
Salí de mi aturdimiento y observé a través del vidrio de rivalita. Estábamos en medio de una pradera
que verdeaba bajo los ardientes rayos del sol.
— ¿Qué lugar es este?
—Ahora mismo te lo digo; pero antes quiero advertirles una cosa.
— ¡Comienza conmigo! —dije entonces.
—Estamos frente a las murallas de Muret.
Las palabras escaparon con lentitud de sus labios, como si aquellas fuesen las últimas de su vida.
— ¿Y cómo lo sabes?
—Ven para que mires por la ventana que da hacia la parte sur.
Dimos la vuelta por el corredor circular y nos metimos en otro de los compartimientos. Entonces
avancé hasta la pared exterior y puse mi rostro contra el vidrio de rivalita. En efecto, a la distancia de
unos doscientos metros se levantaban las murallas de una ciudad. Al lado izquierdo se erguían las torres
de un castillo y podían distinguirse las siluetas de los hombres que custodiaban en lo alto. Algunos
corrían de un lado para otro. Señalaban en nuestra dirección. Al principio pensé que aquel ajetreo se
debía a que habían descubierto nuestra presencia en la llanura y que aquello los tenía alarmados; pero al
momento se estremeció la tierra con una estampida y una nube de polvo cubrió una sección de la
muralla.
— ¡Terremoto! —escuché decir a uno de los hombres en el corredor circular.
—Nada de eso —aclaró Johann, y con la misma salió por el lado izquierdo hasta el compartimiento
que se orientaba al norte.
Lo seguí de prisa. Entonces miró y me hizo una seña para que me acercara. Pudimos observar varios
jinetes que habían aparecido sobre la pradera. Portaban en alto el estandarte de la corona de Aragón.
— ¿Quiere decir…, que esa estampida…?
—Las catapultas están apedreando la ciudad —dijo mi hermano.
— ¿Y nosotros… —dije entonces—, hemos caído entre ambos bandos?
— Lo has dicho… —afirmó.
—No dudo que esta vez tendrás una mejor idea para escapar.
— ¡Escapar… escapar! Siempre con lo mismo. ¡Eso no es lo que pretendemos! ¡Al menos por el
momento!
Volví a mirar por la ventana. Los jinetes habían desaparecido detrás de una cuesta.
Mi hermano reunió a todos en el compartimiento central:
—Como han de saber, estamos frente a las murallas de Muret, en el tiempo y lugar preciso donde se
efectuará la batalla decisiva que afectará y decidirá la historia de nuestro siglo XXI. No dudo que
algunos aquí puedan sentirse preocupados y hasta temerosos de la situación (me echó una mirada); pero
les aseguro que la nave puede resistir perfectamente cualquier ataque o envestida, así venga de los
sitiados en la ciudad o de las tropas del rey Pedro II. Y para que no quepa duda, estamos exactamente
donde debíamos estar. ¡Este es el momento de cambiarlo todo!
— ¿Cómo haremos? —dijo alguien en el grupo.
Se escuchó otra estampida seguida por la algarabía de miles de voces que descendían por el lado norte.
—Primero quiero informarles algo… —continuó Johann—. Por el sur tenemos el castillo y las
murallas de la ciudad; pero antes de llegar al pie de estas, está el río Loja, y al otro lado un espacio de
varias decenas de metros. Desde ayer comenzaron los disparos de catapulta que continuarán durante el
día de hoy, aproximadamente a un disparo por hora. Seguramente la aparición de la nave ha sido
observada por ambos bandos; pero esto no es suficiente para cambiar la situación futura. Ellos
continuarán extrañándose hasta que la noticia llegue a conocimiento del conde Raimundo.
— ¿Y qué acerca de Pau y sus compañeros templarios, o acerca del senescal? —dije entonces.
—Ya sabemos que el senescal ha traicionado al conde Raimundo y está al servicio del Vaticano —
respondió mi hermano—; y por otra parte, para ellos han pasado varios años desde que fuimos
rescatados por Pau y sus compañeros. Creo que ha sido tiempo suficiente para que nuestra primera visita
sea reconocida como un acontecimiento, al menos en un círculo reducido de personas, que incluiría al
propio conde Raimundo y al rey Pedro por una parte, y por la otra, a Simón de Montfort y al legado
papal, y por supuesto que al Vaticano. En ninguno de los bandos podremos fiarnos; pero no obstante, la
idea que tengo es buscar la manera de hacer contacto con el conde Raimundo, y a través de este, con el
Rey. Nuestra misión es tratar de cambiar el curso de la batalla de manera que podamos evitar la muerte
de nuestro preciado soberano. Recuerden una cosa. Esta oportunidad será única en la historia.
— ¿Te refieres al cono de luz?
—Si Máikol. A eso me refiero. La victoria y supervivencia del rey Pedro, decidirá cuál será el destino
de la humanidad en el siglo XXI.
— ¿Este único acontecimiento lo decide todo, según vuestra teoría cuántica?
—Así es —afirmó Johann—. Nuestra presencia aquí puede cambiarlo todo. Esos caballeros que hace
un momento estaban en la pradera frente a nosotros seguramente habrán llevado la noticia al rey, lo que
podría causar inquietud y perplejidad entre los dirigentes y quizá en todo el ejército de los aliados. Hoy,
11 de septiembre, es el día en que se produce el ataque y toma de la villa nueva de Muret.
En aquel momento mi hermano dejó de hablar al observar un ademán del tripulante que atendía las
pantallas en el panel de comando.
— ¡Miren aquí! Parece que será de otro modo —dijo el hombre.
Me puse frente a la pantalla. A través de ella podíamos ver, no la esperada oleada de las milicias
tolosanas mientras avanzaban contra las murallas de la villa nueva, sino un pequeño escuadrón de
caballeros que marchaba al paso y portaba en alto el blasón de los condes de Tolosa.
—Prepárense todos —dijo Johann—. Comienza la parte más peligrosa.
Se volvió a Mustafá y le hizo una seña.
Como ya me había dado cuenta, aquello significaba que el saharaui se quedaría nuevamente a cargo de
la situación en la nave. Me tocó por el hombro y me indicó que lo siguiera
—Es el conde Raimundo en persona —dijo el operador sentado frente a los comandos.
— ¡Salgamos ahora…! —dijo Johann—. De tal manera que cuando se acerquen puedan reconocernos.
¡Porque no dudo que el conde se acordará de nosotros!
Mi hermano subió y abrió la escotilla y yo seguí sus pasos. En ese instante sentí la exaltación del aire
fresco invadiendo mis pulmones y un sentimiento, mezcla de inseguridad y nostalgia se apoderó de mí.
Nos ubicamos en la plataforma exterior y me paré contra la baranda que circundaba el agujero de la
escotilla. Presa de un repentino vértigo apreté fuerte, con ambas manos, la barra de metal.
A menos de cien metros de la nave se había detenido el escuadrón de caballería, precedido por un
grupo de ballesteros. Pudimos apreciar entonces un movimiento hostil, que el operador en los comandos
identificó como el armado de las ballestas.
— ¡Ten cuidado! —advirtióme Johann—. Estos hombres son rápidos y certeros. No debemos hacer
ningún movimiento que los impulse a disparar sus armas. Mantén tus manos en la baranda y todo saldrá
bien.
Los caballeros pasaron adelante y reanudaron la marcha. Minutos después estaban bajo nosotros, a solo
quince pasos del pie de la escalerilla.
— ¿Otra vez ustedes? —fue la primera frase del conde—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que fueron
mis prisioneros en Saint-Gilles?
—Han pasado más de tres años. Me alegra mucho que aún se acuerde de nosotros —dijo Johann—.
Aunque fuimos sus prisioneros, no le guardamos ningún rencor…
— Admiro vuestra tienda —dijo el conde—. Uno de mis antiguos y más fieles caballeros me contó lo
sucedido. Ahora que puedo verla con mis propios ojos, me admira más todavía.
—Si el señor conde lo desea, puede entrar para que vea por dentro —dijo Johann.
Aquella oferta repentina no había estado dentro de los planes; pero ya que se ofrecía la oportunidad y
apreciando la buena disposición del conde para con nosotros, no resultaba del todo disparatada.
— ¡Acepto! —dijo Raimundo casi sin pensarlo—. Con una condición: que acepten luego presentarse
ustedes ante el rey Pedro mi señor.
Sin la oportunidad única de viajar al pasado nunca habría imaginado el alcance de miras y la
perspicacia y valor político para el diálogo que nos demostraba aquel hombre. Bajó del caballo y se hizo
despojar de una buena parte de su pesada indumentaria de guerra. Luego, a indicación nuestra, dio los
primeros pasos por la escalerilla.

***

Eran casi las dos de la tarde cuando salimos de la nave y nos dirigimos al campamento de los aliados.
La tienda de Raimundo se alzaba en una planicie sobre las colinas de Perramón al oeste, a unos dos
kilómetros de la ciudad.
Ya en el interior de la tienda dijo el conde:
—Como todo buen occitano, he leído los escritos de los judíos. En especial la cábala…
— ¿La ha estudiado usted? —dije sin poder contener mi curiosidad.
—No tanto como profundizar en su estudio; pero sé que se trata de una doctrina digna de la mayor
atención, tanto que los mismos judíos que la profesan intentan mantenerla lo más alejada posible del
conocimiento del vulgo, por la sabiduría y el poder que encierra, imagino yo. De esto saco la conclusión,
que ustedes han de estar vinculados de alguna forma a la fuente de dicha doctrina.
Johann y yo nos miramos sorprendidos.
— ¡Si, así es! —afirmó mi hermano—. Aunque esta doctrina ha sido llevada por alguien desconocido
al grado máximo de perfección, y es la doctrina que nos facilita viajar a través del tiempo.
El conde pareció quedar satisfecho con aquella información mágica y pasó entonces a presentarnos su
punto de vista sobre la batalla y los menesteres relacionados. Nos afirmó rotundamente que él no había
sido el responsable de la muerte de Pierre de Castelnau, y que ya habíase descubierto al verdadero
responsable en la persona de su senescal, un traidor al servicio de Inocencio III, que a su vez había
muerto misteriosamente.
Un mensajero había sido enviado al rey y nosotros continuamos charlando con el conde en espera de
una respuesta.
La luna había aparecido en su cuarto creciente. Con su luz de plata iluminaba la llanura y las torres del
castillo. Faltaban cinco minutos para las siete y más de una hora para que se ocultara el sol. El
mensajero había llegado un poco antes y nos anunció que Pedro el Católico no podría atendernos hasta
el siguiente día.
Nuestro anfitrión mandó entonces a ubicarnos junto al barranco de una cañada. La cañada descendía
desde las colinas y atravesaba la llanura hasta verter sus aguas en el Loja. Desde esta posición podíamos
admirar la belleza vespertina del paisaje y yo añoré por un buen rato a mi esposa, quien había sido
conmigo tan dulce como aquella luna que colgaba en el cielo de Occitania.
Johann me sacó del ensueño para recordarme que nuestra misión allí era la de salvar al rey.
A las ocho y diecisiete minutos la parte superior del disco solar se hundió en el horizonte y a
continuación cayó un manto de renovado esplendor sobre la comarca. Fue la noche del 11 de septiembre
de 1213.
— ¿Piensas estar afuera toda la noche? —pregunté a Johann.
—Antes de irme a dormir quisiera ver con mis propios ojos que Montfort y sus tropas han atravesado
esa muralla —dijo y alzó luego el binocular en dirección a la llanura que se extendía del otro lado de la
ciudad y más allá del Garona.
— ¿Y cómo piensas cambiar los acontecimientos? Evitar la muerte del rey, quiero decir.
—No hay mucho que se pueda hacer, no obstante, no creo en ese refrán que dice: «mors ultima linea
rerum est». Siguiendo las instrucciones de los expertos, en nuestro caso la doctora Hung, lo mejor es
convencer a Pedro. Hay que evitar que se lance a la batalla en la forma que lo hizo, y advertirle de la
táctica que emplearán los cruzados. Por supuesto, para ello tendremos que esperar hasta que amanezca,
cuando el rey convoque a sus jefes aliados para decidir el plan y orden de la batalla. En ese momento
tendremos que intervenir nosotros. Esas fueron al menos las instrucciones de la doctora Hung.
Nos sentamos muy cerca del barranco y mientras observábamos a cada rato hacia la llanura bañada por
la luz de la luna, me puse a meditar en aquella teoría bizarra y pertinaz, merced a la cual me encontraba
sentado allí, y en aquel momento, en compañía de un hombre que decía ser mi hermano gemelo y a
quien apenas, podría decir, acababa de conocer.
—Ella lo explica todo con el cono de luz —continuó—. El cono de luz es una forma de representar el
espacio-tiempo que se deriva de la teoría especial de la relatividad. Esta batalla se produce como un
acontecimiento único, como resultado de una serie de innumerables acontecimientos que le precedieron,
los cuales se encuentran todos dentro de su cono de luz pasado. Lo que quiere decir, que de alguna
manera ellos han sido causa de lo que aquí ocurrirá mañana.
— ¿Y nuestra aparición anterior en la vía tolosana? ¿Y la visita que hicimos a Saint-Gilles, la azotaina
del conde, nuestro almuerzo con el herrero y su familia, las dos veces que cruzamos en la barca, el par
de días que pasamos en la granja con Jòsep y los buenos hombres, y todo lo que vivimos después, hasta
que Pau y sus caballeros templarios nos rescataron? —dije yo.
—La mayor parte de todo eso quedó fuera del cono de luz de la batalla que tendrá lugar mañana —
replicó mi hermano con un suspiro.
— ¿Por qué? ¿Cómo puedes explicarme eso?
—Con el único factor que en definitiva lo explica todo. Si a la luz la consideramos como una especie
de fluido que se encarga de transportar toda señal o influencia a través del espacio-tiempo, deberíamos
pensar cual es la naturaleza de esta señal en sí. Dime Máikol ¿Qué tú piensas que es la señal en sí?
Me quedé reflexionando por un momento hasta que mi hermano reiteró su pregunta y trató de agregar
otro indicio.
—Te estoy preguntando acerca de lo que tú piensas que la luz lleva consigo.
—Los fotones —me atreví a decir.
—Los fotones son apenas los que transportan una cantidad discreta de energía electromagnética
equivalente a 4x10–19 julios; pero esa energía del fotón contiene un código…
—Y cualquier código es contenedor de una información —dije enseguida—; pero te aseguro que esto
es nuevo para mí.
—Muy bien, Máikol, te lo diré de una vez. Esa información que acarrea el fotón es conocimiento
codificado, y por derivación, asumimos que ese conocimiento es pensamiento. Entonces, si todos esos
acontecimientos que provocamos en nuestra primera visita en 1209, no han afectado seriamente los
sucesos de la batalla, es sencillamente porque no han sido acarreados hasta este momento y por tanto, no
están dentro del cono de luz pasado de la batalla. Esta es la gran diferencia entre la historia natural y la
historia humana; en que el ser humano, como criatura superior de la evolución, es creador, portador,
transmisor de una información mucho más avanzada que la que es capaz de portar y contener cualquier
sistema simplemente natural. Esta información codificada es a lo que llamamos conocimiento. La
naturaleza se conoce a sí misma a través del hombre.
—Pero el conde nos reconoció al llegar aquí…
—Y ese reconocimiento o conocimiento, ha afectado muy poco hasta este momento la manera de
actuar y de pensar del conde. El cerebro humano es un mecanismo de naturaleza cuántica, una especie
de generador cuántico, capaz de influir y ser influido por todo genero de señales electromagnéticas. Y
esas señales afectan al cerebro de manera causal y dentro del cono de luz de cada acontecimiento. En el
viaje anterior nos encontramos vagando por una zona difusa; pero aquí estamos situados en el punto
focal de la batalla.
— ¿Cuál es la diferencia?
—Que cualquier influencia notable que consigamos ejercer en el curso de la batalla, podrá cambiar la
historia futura, porque este momento y lugar constituye un centro de nuevas relaciones de causalidad.
—Y el punto focal debería estar situado en el vértice de cada cono.
— ¡Así es! Veo que eres rápido para entender estas cuestiones…
—Si les pongo cuidado, es porque irremediablemente estoy en esto… y porque me fascina la historia.
Pero, dime ahora. ¿Qué tiene que ver la cábala con todo esto? Te escuché cuando le dijiste al conde la
existencia de una relación entre cábala, relatividad, y viajes por el tiempo. ¿O es que estabas burlándote
del conde?
—De cierto que hay una relación —dijo—. Relación que los pobres terrícolas no podíamos entender
cuando surgió el problema, es decir, cuando fue planteada la teoría de la relatividad por Albert Einstein
y la teoría cuántica por Max Planck. Lo que ellos plantearon en sus teorías en relación con el mundo
físico, está en relación directa con la mística más antigua que tuvo su punto de condensación en la
cábala judía.
— ¿Por qué dices que las dos más grandes teorías de la física del siglo XX están en relación con la
cábala?
—Porque la cábala es mucho mas abarcadora. Describe el mismo problema desde una perspectiva
mística más amplia —dijo mi hermano—. No se puede poner en igual plano la doctrina del mundo
espiritual y cualquier otra doctrina o teoría que dé explicaciones acerca del mundo material. El mundo
espiritual es lo primero. Sabiendo esto tendremos la facultad de ascender los escalones más elevados
hasta llegar a la comprensión del mundo creado de la materia. El primer paso es conocer al creador y
luego así podremos llegar directamente a la comprensión de su obra.
—Todo lo contrario ha hecho la humanidad de manera erróneo durante milenios ¿no es así?
— ¡Así es! —dijo él—: debo agregar además que la cábala lo explica todo. Es la ciencia de la realidad
oculta a nuestros sentidos a través de cuyo conocimiento intelectual podremos nosotros mismos
transformar la otra realidad. La apreciada por nuestros sentidos.
— ¿Es una especie de magia?
—Si lo quieres nombrar así —dijo—; pero en todo caso la verdadera magia. La única capaz de
controlar las cosas en favor de establecer la verdad del mundo. No fue en vano, por el poder que
encierra, que se ocultó de los no iniciados durante milenios, y no es una mera coincidencia que los
primeros comentarios modernos acerca del Zóhar y de los trabajos del Santo Ari se ofrecieran al alcance
de todos los interesados durante la primera mitad del siglo XX por el rabino Yehuda Leib Ha-Levi
Ashlag, coincidiendo de forma cercana en el tiempo con la publicación de las teorías de Planck y de
Einstein.
— ¿Cómo explicas tanta coincidencia?
—Esos años de principios del siglo veinte, fueron de una verdadera efervescencia de los deseos. Según
la cábala —continuó—, la realidad consiste de dos fuerzas o cualidades que son el deseo de recibir y el
deseo de otorgar. El deseo de recibir tiene el nombre de creador. En este mundo de la materia, el deseo
de recibir se impone siempre sobre el deseo de otorgar, de aquí que la creación entera tenga su
manifestación suprema en el deseo de recibir. No es en vano que el propio nombre cábala venga del
verbo arameo «lekabel», que significa recibir.
La mecánica creada por Max Planck se pensó al principio únicamente aplicable a los fenómenos de las
partículas elementales y los campos, hasta que las afirmaciones milenarias de la religión hicieron su
aporte y nos permitieron comprender la verdadera naturaleza del universo. Hoy sabemos que vivimos en
un universo de naturaleza cuántica. Y esta enseñanza doctrinal fue otorgada por el creador; pero no fue
hasta principios del siglo XX que recibimos esta sabiduría.
— ¿No comprendo por qué tanto tiempo? Si la antigua sabiduría mencionaba estas cosas… ¿por qué
hubieron de pasar tantos milenios para que el hombre llegara a comprenderla?
—Es el tiempo que media entre el otorgamiento superior y la recepción. El otorgamiento es un atributo
propio del creador, mientras que la recepción es un atributo del ser inferior o creado, y la historia se
compone de todos estos momentos que van desde el instante de un otorgamiento hasta el instante de su
recepción. Toda la historia de la creación es un constante proceso de dar y recibir durante el cual el
receptor va creciendo y elevándose hacia el creador en la medida en que es capaz de anularse a sí mismo
para cumplir los deseos de su creador. El conocimiento y la sabiduría se van recibiendo en la medida en
que la criatura se anula para obedecer los deseos de su creador; y los deseos de Él son la superación
constante del hombre, su elevación creciente sobre lo meramente material. Por eso fue que pasó tanto
tiempo entre el instante en el cual el creador nos otorgó la facultad de elaborar y conocer estas teorías y
doctrinas y el momento en que nos hicimos dignos de recibirlas. Me refiero a las teorías de Einstein y de
Planck, y por supuesto a la cábala.

***

Johann había alzado el binocular y observaba hacia la llanura.


— ¿Qué sucede?
—Me parece que ahí llegan. Compruébalo por ti mismo.
En efecto, en el silencio de la noche y bajo la luz de la luna una larga fila de jinetes se aproximaba por
el camino de Fanjaux-Carcassona en dirección al puente de madera que atravesaba el Garona. La parte
sur de la ciudad estaba protegida por este río cuya corriente fuerte y profunda formaba una barrera
natural de unos cien metros de anchura, prácticamente infranqueable para los atacantes aliados. La única
vía de asalto por este lado era precisamente el puente de madera y la puerta que se hallaba en la muralla
frente a él. El poco espacio para maniobra de tropas entre la muralla y el cauce del río por esta zona
podría convertir a cualquier ejército de atacantes en objeto fácil de una masacre por parte de los
escuadrones de ballesteros situados en lo alto de la muralla.
— ¡Ahí tienes lo que querías! —dije entonces—; y todo parece continuar de la manera que conocemos.
Ahora bien —continué— ¿Cómo piensas cambiar las cosas a la manera que deseamos?
—En el consejo de guerra que convocará el rey mañana día doce muy temprano tendremos que
conseguir todo el apoyo para la opinión del conde. Debemos evitar así que el rey se lance a la batalla en
la manera que lo hizo.
—Pero sabemos que es tácticamente poco probable cambiar el curso de la cruzada si las tropas aliadas
mantienen una actitud pasiva. La derrota de Montfort en esta batalla será determinante para que el rey de
Aragón pueda negociar la paz desde una posición de fuerza, y a la vez, convencer al Vaticano de lo
inútil de sus esfuerzos para combatir la herejía.
—Lo primero es evitar las acciones temperamentales del rey —dijo mi hermano—. Tenemos que
evitar su orden de batalla de la caballería y refugiarnos detrás de las empalizadas del campamento como
opina el conde Raimundo. Luego, que los ballesteros se encarguen de hacer el resto rechazando a las
tropas de Montfort en caso que nos ataquen aquí. Una vez rechazadas y desgastados sus esfuerzo, y
cuando se devuelvan a la ciudad, se puede continuar con los disparos de catapulta. Las tropas de
caballería del rey entrarán en combate cuando el ejército de Montfort esté prácticamente acabado en una
ofensiva inútil, y en un estado de sitio devastador para su moral y fuerzas. El conde tiene toda la razón y
tenemos que apoyarlo. Nosotros en el siglo XXI tenemos tanto interés como él en que las cosas sean
diferentes a como fueron —dijo finalmente.
Johann me había convencido. Poco después nos retiramos a la tienda y dormimos hasta el amanecer.

Capítulo 26
LA BATALLA

Muy temprano en la mañana llegó un escudero. Nos informó que su señor solicitaba nuestra
presencia. Cuando llegamos frente a la tienda de Raimundo este acababa de reunirse con los condes de
Foix y de Cominges.
Fuimos recibidos y enseguida tuvimos que realizar la difícil y riesgosa operación de montar a la zanca
de dos caballos guiados por escuderos, con lo cual partimos a la reunión.
Mucho antes de aquello mi hermano y yo habíamos estado sopesando la situación de un encuentro
inoportuno con el rey y señor de aquellas tierras. Digo inoportuno porque no estábamos seguros si aquel
día el rey estaría con suficiente ánimo y lucidez mental para comprender nuestra presencia allí.
Sabíamos que nuestra llegada ante el soberano y las noticias que la precedían resultaban demasiado
extrañas y sospechosas, incluso para la mente de un gobernante ilustrado del siglo XIII. Nos impulsaba a
tan difícil misión el único convencimiento capaz de generar valor, incluso en el más estúpido de los
terrícolas.
Cuando llegamos frente a la tienda el conde Raimundo bajó de su cabalgadura y avanzó hacia la
entrada. Se hizo anunciar ante los escuderos y escoltas. De inmediato fue introducido.
Mi hermano y yo, por iniciativa del conde de Cominges nos apartamos con ellos hasta la distancia de
unos cincuenta metros, sin desmontar aún. Tuvimos que aguardar en esta posición casi una hora.
Imagino que el diálogo privado entre Pedro y Raimundo debió haber sido bastante enconado, a juzgar
por la cara del conde cuando se acercó a nosotros al cabo de aquel tiempo.
—Entremos —dijo en aquel instante y con la misma se encaminó de vuelta a la tienda, levantó una de
las telas y desapareció de nuestras miradas.
—Esto no me parece bueno— susurré a mi hermano.
Él se había adelantado ya en seguimiento de los condes de Foix y de Cominges.
Levantamos las telas y penetramos. Otros caballeros estaban dentro y las miradas todas se volvieron a
nosotros.
—Mi Señor…, ellos son los hombres que apoyan mi proposición —dijo Raimundo dirigiéndose al rey.
—Para nada me luce que sean caballeros —dijo Pedro—. Ya me han dicho que ni a caballo montar
saben.
Alguien lanzó una carcajada y fue imitado por otros. El que inició la burla lo pude reconocer luego
como Miguel De Luesia, el alférez del rey. Dicho caballero permanecía de pie al igual que los demás y
después del ataque de hilaridad se quedaron mirándonos con cara de asombro.
— ¿Cómo saben ellos que mi táctica de combate es un error? —continuó Don Pedro.
—Todos los que aquí estamos hemos observado la máquina —dijo Raimundo—. Aunque algunos
caballeros continúan insistiendo en que se trata de una tienda de campaña, les digo que están
equivocados. Yo estuve dentro y les digo que no lo es.
— ¿No serán otros espías enviados por el Vaticano? —dijo el caballero Luesia al tiempo que
desenvainaba la espada. Con un tajo en el espacio vacío la hizo pasar tan cerca de nuestros rostros, que
hasta sentí como el aire gélido de su filo hería mi nariz— ¡Dime tú! ¿De qué se trata?— continuó
mientras se acercaba hasta colocar la brillante hoja sobre mi hombro.
—Lo que acaba de decir el señor conde. Es una máquina que usamos para viajar por el tiempo.
— ¿Y tú qué dices? —dijo entonces colocando la espada sobre el hombro de mi hermano, y agregó—:
¡De cierto os digo, señores! ¡Da risa lo mucho que estos dos se parecen!
—Digo lo mismo —respondió mi hermano—. Hemos venido del futuro para hacer que ustedes no
pierdan esta batalla y a causa de ello sean asesinados por el ejército de Montfort.
— ¡Asesinados! —dijo el caballero de Luesia a punto de romper en otra carcajada.
—Yo propongo que resistamos cualquier ataque de los cruzados en este sitio —interrumpió el conde
Raimundo— Estas colinas y el terreno empinado los obligarán a escalar y podremos rechazarlos y
exterminarlos con los disparos de ballesteros y el contraataque de los peones de infantería. Luego,
cuando se devuelvan a la ciudad, continuamos con los disparos de catapulta. Montfort y sus hombres no
podrán resistir el hambre y el asedio por mucho tiempo.
El alférez envainó la espada y se retiró a su puesto.
Entonces el rey se puso en pie y se acercó a la mesa situada en medio de la tienda. Habían desplegado
un gran pergamino que mostraba los trazos de la ciudad y sus alrededores. El rey empleó un fuste con el
cual iba indicando a sus aliados y a sus caballeros allí reunidos su propio plan de batalla. Ante las
palabras del tolosano el rey estaba notablemente irritado.
—Es indigno y contra el honor de un caballero que nos escondamos detrás de las palizadas propuestas
por el conde Raimundo y que dejemos que la defensa de nuestras vidas corra a cargo de simples peones
y ballesteros, usando las armas denigrantes de los cobardes. Quiero enfrentarme directamente a mis
enemigos y al propio Montfort, si Dios me lo permite, y herirlo y derrotarlo con mi propia espada. Solo
de esta forma, en fiera batalla campal, deberán caer mis enemigos y los enemigos de mis aliados y
vasallos. No escondidos detrás de una empalizada será como obliguemos al papa a devolver las
propiedades que nos han usurpado y el honor mancillado de los ciudadanos de nuestras tierras.
El plan de batalla del conde es inaceptable. ¡Ese es mi punto! Por lo tanto, mi propio plan es este—: el
sitio a la ciudad hará su efecto muy pronto y los cruzados se verán obligados a buscar el enfrentamiento
de caballería, o de lo contrario, perecer detrás de sus muros. Dentro de unas horas comenzaremos con un
ataque de un pequeño contingente occitano contra la puerta de Tolosa. Esto será para atraer a los
cruzados a una salida a campo abierto.
Quiero que el conde de Foix esté al comando del primer haz de caballería occitano-catalán a la
vanguardia, que deberá ocupar su sitio en esta parte de la llanura —dijo marcando un círculo sobre el
pergamino—. Yo mismo estaré al frente del segundo haz con la caballería aragonesa. ¡Aquí! Sobre el
flanco izquierdo y más cerca del Garona.
El conde Raimundo comandará el tercer haz por el flanco derecho y a la retaguardia. Después del
choque del enemigo con nuestra vanguardia, Raimundo deberá dar un rodeo en dirección al Loja y
atacar a los cruzados por la retaguardia, de manera que queden envueltos por nuestra caballería y les sea
imposible una retirada hacia los muros de la ciudad y el castillo. Ahora, a estos dos, encerradlos y que
no les quiten el ojo. Cuando termine la campaña ya veré que hacer con ellos. —dijo señalando a
nosotros.

***

Estas últimas palabras me dejaron helado de estupor. Fueron tan repentinas que apenas me dieron
tiempo para volver la cabeza hacia el conde Raimundo y ver el disgusto en su mirada. Él, al igual que
nosotros, había sido traicionado en su confianza al rey.
Una vez más, la situación parecía salirse de control, y una vez más, le eché la culpa a mi hermano.
Fuimos sacados de la tienda y llevados a un carromato que servía como prisión. Este se hallaba situado
en medio de dos filas de tiendas, en una explanada destinada a las caballerizas y al depósito de los
pertrechos de guerra.
Cuando los guardias que nos encerraron se retiraron a unos cuantos pasos y se pusieron a conversar en
medio de risotadas, Johann les volvió la espalda y después de hacerme guardar silencio con un chis, sacó
el pequeño comunicador portátil de su bolsillo interior y envió una señal a la nave.
Un instante después se encontraba conversando directamente con Mustafá. El tema de la conversación
se hizo para mí bastante difícil de seguir, ya que su voz susurrante se fue mezclando con el ajetreo que
se formó a nuestro alrededor. Además de ello, mi atención se hallaba centrada en los dos hombres
encargados de la custodia. Eran ellos un viejo escudero tuerto y un mozo que por su aspecto parecía más
bien desempeñar la función de paje, mensajero, o bufón de la corte. Llevaba una enorme daga colgada a
su cinturón, la cual desencajaba con su aspecto pálido y delgado, no propio de un caballero o soldado de
la época.
Aquel ajetreo era el inicio de los preparativos de la batalla.
Pasaban filas de jinetes entre las calles que separaban las hileras de tiendas y los peones, armados con
todos sus pertrechos comenzaban a descender la colina del campamente. Esta colina formaba parte de
una cadena de elevaciones de poca altura que se extendía de norte a sur cerrando la llanura de Muret por
su flanco oeste. De estas elevaciones llamadas colinas de Perramón descendían las quebradas y
arroyuelos que irrigaban la llanura hasta confluir en el Loja, proporcionando fertilidad al enorme
pastizal de hierbas bajas que ahora se había convertido en terreno de variadas alternativas para el futuro.
— ¿Qué has hablado? —pregunté a Johann cuando vi que guardaba su intercomunicador.
—He informado a nuestra gente en la nave de esta nueva dificultad.
— ¿Y qué se puede hacer en este caso?
—Aguardar —dijo mi hermano secamente—. Aguardar hasta que comience la batalla, y luego tratar de
escapar de aquí. Por supuesto, esto último solo sería posible con la ayuda de Mustafá y nuestra gente en
la nave. Cosa que en realidad la veo muy difícil. En este mismo momento las tropas del rey se dirigen
precisamente al campo de las catapultas y balizas y como tú sabes, la nave se encuentra allí. Nuestros
compañeros se encontrarán sometidos a un gran peligro entre la muralla y el castillo por el sur y el
emplazamiento de la artillería de los aliados por el norte.
Ni ellos podrán salir de la nave en nuestra ayuda, ni nosotros, aunque lográramos salir de aquí
podríamos llegar hasta la nave, envuelta por ambos bandos. Pienso más bien que nuestros compañeros y
hasta la propia nave, están en un peligro inminente. Esta vez ¡Todo se echó a perder! —concluyó.
Al decir esto, me di cuenta que habíamos quedado en un campamento desolado. La mayoría de los
hombres se había marchado en poco menos de media hora y un silencio sobrecogedor ocupó el lugar del
anterior bullicio. Incluso, la risa y la conversación de los dos custodios habíase trocado en el más
completo mutismo. Estaban sentados sobre la viga de un ariete y sus rostros volteados hacia lo bajo de la
colina, en la dirección de Muret, como si estuviesen esperando alguna cosa con impaciencia.
Fue en ese momento que se escuchó una gritería lejana y mientras los hombres se ponían en pie y
aguzaban sus miradas en la dirección del valle, vimos como dos caballos sin jinetes, completamente
enjaezados y con sus sillas de montar, hicieron su aparición entre las tiendas del campamento y se
dirigieron al paso hacia nosotros.
Los guardias al fin se percataron de la presencia de los animales y se sorprendieron; pero no habían
hecho más que voltear sus rostros cuando dos hombres se abalanzaron a ellos y los golpearon en la
cabeza. En un instante reposaban tendidos sobre la hierba mientras los dos atacantes corrían hacia la
jaula. Había sido algo tan sorpresivo que apenas tuvimos tiempo para darnos cuenta del sentido de las
acciones. Nos vimos fuera del carromato y cabalgando a la zanca. Otros dos caballeros nos seguían a
poca distancia y cubrían nuestra retirada.

***

Habíamos salido del campamento y galopábamos a través de un bosquecillo sobre la colina. Poco
después descendimos por el valle en la dirección de Muret. Avanzábamos directamente hacia el campo
de batalla.
Las catapultas comenzaban a disparar nuevamente y el estruendo de los impactos repercutía en los
muros internos de la ciudad, mientras la avalancha de los hombres de infantería se precipitaba a la
carrera hacia la puerta de Tolosa. De repente todo comenzaba a ocurrir de una manera diferente.
La caballería de Montfort apareció por el flanco derecho, donde se hallaba concentrado el haz formado
por los caballeros bajo el comando del conde de Foix. Nos vimos envueltos por ambos grupos de
contendientes mientras apenas nos faltaban unos doscientos metros para llegar junto a nuestra nave.
Mucho más veloces sobre sus cabalgaduras que la infantería tolosana, los cruzados amenazaban con
arrasarlo todo en unos cinco minutos, tiempo apenas suficiente para dejar nuestras propias cabalgaduras
y correr hacia lo alto por alguna de las escalerillas.
Un disparo de ballesta se clavó en el ijar izquierdo de la bestia donde cabalgaba Johann con uno de los
templarios y ambos se precipitaron al suelo junto al animal. Mi caballero se detuvo de inmediato y
saltamos en auxilio de los caídos.
Precedido por una nube de polvo el escuadrón enemigo se nos echaba encima. Entonces tomé a Johann
y lo arrastré por los brazos tratando de llegar junto a la nave.
Fue en ese momento que escuché un grito y observé hacia arriba. La escotilla se había abierto y
apareció el rostro de Mustafá. En un segundo él y otros tres habían tomado posición alrededor de la
barandilla.
Vi un destello y una nubecilla de humo. Habían disparado un SPG-3.
El pequeño cohete voló por encima de nuestras cabezas en dirección a la caballería y estalló con toda
precisión sobre la primera línea; pero no fue suficiente para detener el impulso y la acometida de los
cruzados. Lanza en ristre estaban apenas a cincuenta metros de nuestra posición.
Entraron entonces en funcionamiento cuatro fusiles AK-47. Las ráfagas de proyectiles trazadores-
incendiarios tardaron menos de un minuto en detener la acometida en todo su frente, y se armó el
desconcierto entre los supervivientes que trataban con dificultad de retroceder sobre los cuerpos de
bestias y caballeros caídos. No obstante, un pequeño grupo de cruzados de la retaguardia había dado un
giro por su flanco izquierdo y arremetían en dirección a la nave. Aquel intento fue tan sorpresivo que
lograron acercarse lo suficiente para disparar dos o tres flechas hacia nuestros hombres en la escotilla.
Todo ello antes de ser abatidos por el fuego de los fusiles.
Las milicias tolosanas habían detenido su avance; impresionados y temerosos tal vez por el desenlace
de la acometida. Johann se puso en pie y corrimos junto al caballero. Este con la ayuda de sus
compañeros había levantado la visera de su yelmo y fue entonces que pudimos reconocer al joven
templario. Habían pasado varios años; pero su aspecto lucía idéntico a como lo habíamos conocido en la
casa de su padre, el herrero de Saint-Gilles.
—Creo que una vez más he cumplido con mi deber, y que sea Dios quien me juzgue si estoy
equivocado —dijo mientras se ponía en pie por sí mismo.
—Les debemos otra vez a ustedes la libertad y la vida —dijo mi hermano.
Sin decir más lo ayudaron a montar sobre otro de los caballos y nos dirigió unas palabras de despedida:
—Les deseo mucha suerte, caballeros del tiempo —dijo, y acto seguido partió al galope con sus
hombres en dirección al Garona. Allí pronto se confundieron entre los fugitivos cruzados que
abandonaban el campo de batalla a la desbandada.
El estruendo, que había cesado por unos minutos, se reanudó en dirección a la puerta tolosana de
Muret. Mi hermano y yo, aún impresionados por la violenta escena corrimos a refugiarnos en lo alto de
la nave. Desde allí pudimos apreciar por unos segundos los hechos que se desarrollaban sobre aquella
planicie histórica.
El haz de caballeros comandados por el valiente y aguerrido conde de Foix pasó a cierta distancia de
nosotros y penetró a la ciudad, en donde posiblemente pasarían a exterminar al remanente del ejército
cruzado que allí se refugiaba.
— ¡Deprisa, tenemos un hombre herido! —advirtió Mustafá.
Una de las flechas lanzadas al final del encuentro había atravesado el muslo a uno de los compañeros.
Lo bajamos al interior y nos disponíamos a desaparecer de allí cuando Mustafá advirtió sobre el fusil
del herido. El arma había caído de las manos de este, entre la hierba, al pie de la nave.
—Saldré a buscarlo —dijo el saharaui.
— ¡Ni lo vuelvas a pensar siquiera! —dijo Johann—. ¡Preparen para partir! ¡Demasiada muerte hemos
tenido ya!
—Fue todo tan imprevisto… —dije.
—Nuestra intervención ha provocado de manera extremadamente violenta algo que queríamos alcanzar
sin pérdidas humanas —continuó Johann—. Ahora bien…, si algo nos puede servir de consuelo es que
todos esos muertos serán para salvar nuestro futuro. En fin… ¡Nuestro trabajo está hecho!
¡Larguémonos!
La nave estaba otra vez a punto para despegar a un nuevo y poco previsible destino. No obstante, como
viajeros del tiempo debíamos estar siempre dispuestos a cualquier riesgo.
Con una postrera mirada a las caballerías, a los muros y a las torres del castillo, y por último a las
moles de las catapultas tolosanas que se alzaban como abigarrados testigo del tiempo sobre la llanura
arrasada, nos hundimos en nuestro único refugio de botones y luces, comandos y pantallas y
desaparecimos, no sin antes observar a través del vidrio de rivalita la mirada de asombro del caballero
Raimundo VI de Saint-Gilles y conde de Tolosa. ¡Allí estaba! Había llegado junto a la nave. Erguido en
medio de los hombres que le servían de escolta.

Sexta parte
Capítulo 27
LA PUERTA DE MONTSÉGUR

La nave nos llevó esta vez en dirección al futuro. De regreso al 16 de marzo de 1244.
Cuando salimos a través de la escotilla nos dio de lleno en el rostro la luz del sol. Era la misma mañana
de primavera en que los cátaros habían sido incinerados en la base de la montaña, en el lugar conocido
como prat dels Cremats. Todo aparecía diferente en esta ocasión.
Dominaba un silencio angustioso entre los muros de la vieja fortaleza. Las hierbas y enredaderas
habían crecido por encima de estos y por la extensión del patio, dando enseguida la impresión que aquel
sitio llevaba ya bastante tiempo sometido al abandono y al olvido de los hombres.
—Algo espantoso no tuvo lugar aquí —dijo Johann luego de contemplar un rato a través de una
estrecha aspillera vertical en lo alto de la torre—. ¡Hemos transformado la historia! —gritó después, al
tiempo que descendíamos al patio.
Entramos y nos apresuramos a la puerta que daba acceso a la aldea por el lado norte.
Aquella parte estaba como el resto del castillo. El suelo y las derruidas viviendas aparecían cubiertas
por la maleza, como una muestra inequívoca del paso del tiempo y del arrase nivelador de las fuerzas
naturales.
Al menos en Montségur y sus alrededores no había ocurrido nada de importancia durante muchos años.
— ¿Cómo haremos para saber que no estamos equivocados, que esto que estamos viendo no es un
engaño de los sentidos? —dije a mi hermano.
—El Pog luce completamente abandonado, lo que quiere decir que aquí no ha habido ningún asedio,
que la masacre de los cátaros no ha sucedido —dijo él.
—No obstante; el contador de la máquina del tiempo nos está indicando la fecha exacta de la masacre
—interrumpí al instante.
—Definitivamente, Máikol, ganamos en la batalla de Muret.
Con este último comentario nos retiramos del borde del precipicio y volvimos al interior del patio. Allí
estaba nuestro vehículo y en su interior el talismán de los cátaros, el antiguo tesoro de poder y sabiduría
arrebatado del enemigo, que ahora permanecía en nuestras manos.
Comimos y bebimos en torno al fuego y aprovechamos aquel descanso para elaborar a grandes rasgos
el próximo plan de acción.
La doctora Helena se había sentado lejos, sobre un bloque de piedra. Mientras bebía a intervalos el café
fuerte que yo mismo le había servido, mantenía su mirada hacia el firmamento. Los demás no la
observaban, todos de espalda a ella e imbuidos en una interesante conversación. De repente la vi soltar
el tazón, ponerse en pie y venir hacia nosotros.
— ¿Qué sucede? —le preguntó mi hermano.
— ¿Puedo sentarme con ustedes? —dijo mientras estiraba la lona con la puntera de su zapato.
—Por supuesto —dijo Johann.
Se inclinó y un segundo después estaba junto a nosotros.
— ¿Tienes algo que decir? Algún comentario. Algo que traiga un poco más de luz sobre nuestra
situación actual —continuó mi hermano.
— ¿Sabían ustedes que la tregua que pidieron los cátaros antes de ir al suplicio no fue de dos semanas,
sino de tres?
— ¿Cómo lo sabes? —dije yo.
—Estuve aquí cuando ellos estaban, y como parte de ellos, sé que fueron tres semanas.
—Si eso hace alguna diferencia ¿Qué importancia tendría para ellos en aquel momento? —agregué.
—Enorme importancia. Más ahora, después de la tragedia. Me he dado cuenta que no pretendían morir
como sucedió. Aceptaron la muerte con toda fe y resignación cristiana cuando no les quedó más remedio
que morir por no abandonar sus ideas; pero en realidad, tenían un plan muy diferente. De ahí la defensa
tan prolongada de la fortaleza y la tregua de tres semanas que solicitaron. Naturalmente, como todos
sabemos, las tres semanas no fueron aceptadas por el legado papal, y la tregua fue solamente dos.
—Si, eso lo sabemos —dije.
— ¿Qué motivos tendrían para este tipo de pedido, y por qué la negación por el otro bando? —
preguntó Johann.
— ¡Muy sencillo! —dijo ella—. Por parte de los cruzados, impedir que los cátaros escaparan con el
talismán, y por parte de los cátaros, consumar su escape. Como podemos ver, eran motivos y
pretensiones completamente opuestos, y los hombres buenos se vieron imposibilitados de realizar su
plan cuando fue rehusada la tregua de tres semanas.
— ¿Un plan?
— Si profesor. Me explicaré mejor —dijo ella—. El 21 de marzo es el día del equinoccio de
primavera. En esta fecha, el centro del sol pasa del hemisferio sur al hemisferio norte del ecuador
celeste. Esta es la única fecha del año en que el día y la noche son de igual duración. Es un día muy
especial desde el punto de vista de la astronomía.
—Y también para la mitología y la religión —agregué.
—Pero bueno, estas son apenas algunas características astronómicas de los equinoccios —continuó la
doctora—. Las que me han llevado a pensar que hay una relación muy estrecha entre el Santo Grial y la
fecha que nos ocupa.
— ¿Y eso te hace pensar… —dijo mi hermano—, que los cátaros deseaban extender la tregua hasta el
día del equinoccio?
— ¡Exacto! Con ello, habrían tenido la oportunidad de escapar.
— ¡Escapar! ¿A dónde? —dije yo.
Helena se inclinó hacia atrás y una amplia sonrisa abarcó su rostro.
— ¡Al paraíso! —dijo luego con firmeza.
— ¿Al paraíso? ¡Vaaa, doctora, que cosas dice!
— Si Máikol…, como he dicho. ¿Por qué te burlas?
Lo que acababa de decir parecía cosa de fantasía, extraña de escuchar en ella. No obstante, su inusitada
hipótesis obtuvo el beneplácito de mi hermano.
Aquel día terminamos por decidir de común acuerdo que debíamos esperar allí hasta el día del
equinoccio y comprobar si era verdad que existía en el Santo Grial algún otro poder desconocido por
nosotros y relacionado con el cambio de las estaciones.

***

El 21 de marzo, poco antes del amanecer, nos habíamos sentado fuera de la nave y aguardábamos en
silencio junto a la pequeña fogata que nos había servido de fogón durante varios días. El talismán
reposaba sobre un blanco mantel de lino y nuestras miradas viajaban alternativamente desde el objeto
sagrado hasta el lugar del horizonte por donde sabíamos que debía aparecer el sol.
Cuando el primer rayo de luz hirió nuestras pupilas, sentimos un estremecimiento en el aire, tal como
si el escenario adscripto a los muros del patio fuese arrancado de un tirón del panorama más amplio de
la montaña y absorbido por un poso de gravedad. Luego fuimos invadidos por la sensación que
habíamos experimentado en cada salto por el tiempo.
Fuimos atrapados y sumergidos en un mar refulgente. Giramos en un vacío infinito que presionaba las
sienes hasta el límite de la resistencia humana. Todo terminó tan de repente como había comenzado. La
luz blanca se deshizo y se condensó en los diferentes colores del espectro y los objetos se hicieron
nítidos y notables.
— ¿Y ahora dónde estamos? —dije tratando de ponerme en pie.
—A mí no me preguntes —dijo Helena—. ¡Estoy borracha!
La máquina del tiempo estaba a mi lado, también el mantel con el talismán, el fogón encendido y cada
uno de mis compañeros; pero los muros del castillo y todo lo demás, arriba y abajo, se había esfumado.
El lugar del paisaje pirenaico había sido ocupado por algo así como una habitación enorme que
resplandecía. Era tanto dicho resplandor que apenas se podían distinguir los ángulos y aristas de sus
paredes.
— ¿Y ahora qué…? —continuó la doctora Hung.
Al decir estas palabras la luz reflejada por las paredes disminuyó su brillo y entonces sirvieron como
pantalla de fondo para la aparición de unas manchas flotantes que cambiaban de color, forma y tamaño a
cada movimiento de mis párpados.
Una de las manchas se desplazó ligera a nuestro encuentro. Sus cambios de forma eran tan súbitos y
variados que se me hizo imposible distinguir alguna figura sólida.
Vi la mano de Mustafá alargándose en dirección al fusil que reposaba a su alcance. Pero no fue más
que un intento de su parte. Al momento retiró la mano y se mantuvo quieto como nosotros.
— ¿Qué hacemos? —dijo Johann.
—Yo no tengo deseos de hacer nada —dije enseguida.
—Yo tampoco —dijo la doctora.
—Y yo mucho menos —agregó el saharaui.
— ¿Qué está pasando? —dije y me adelanté unos pasos.
En ese momento fui tocado por la mancha que se nos venía encima y un par de manos sólidas se
afincaron sobre mis hombros.
— ¡Siéntate! —escuché muy cerca de mi oído—. No tienen nada que temer —agregó la voz.
Fue una voz de mujer procedente de algún lugar entre un caleidoscopio de pequeñas manchas. En vez
de sentarme, me arrodillé.
Sentí unos dedos que rozaban mis sienes y al momento, todo se hizo nítido, definible, y podría decir
que hasta palpable a mi vista. Un grupo de hombres y mujeres encapuchados aparecieron ante mí.
Me volví a mis compañeros para explicarles aquel milagro; pero vi que ellos llevaban ya sobre el rostro
una especie de antifaz verdoso que les cubría los ojos.
La única decisión que ejecutamos casi a un mismo tiempo fue la de ponernos en pie. Y la idea que tuve
de correr hacia la máquina se diluyó en mi cerebro.
—Finalmente han llegado —dijo una voz. El ser había descubierto su rostro y sus ojos rojos como
carbunclo se quedaron fijos sobre los míos—. No tienen nada que temer —agregó.
Se habían colocado a nuestro alrededor.
— ¿Quiénes son ustedes y qué lugar es este? —preguntó Helena.
El primero que nos había dirigido la palabra dio dos pasos al frente:
—Hace poco estaban en Montségur, el santuario de los hombres buenos. Ahora están aquí, en un
mundo donde no existe el tiempo. En Montségur está la puerta y ustedes llegaron hasta la puerta y
penetraron en este mundo por su libre voluntad. Espero que no se sientan incómodos con lo que han
hecho y puedan vivir en paz entre nosotros.
— ¿Y quiénes son ustedes? —dijo Mustafá.
—Somos los habitantes de este mundo donde no existe el tiempo y donde reina la paz de los perfectos
—agregó el hombre.
Después de haber conocido a los cátaros y de haber convivido con ellos por cierto tiempo, sus palabras
me hicieron recapturar la confianza.
—Los invito a salir de aquí —dijo el personaje que parecía ser el guía.
Tendió su mano hacia una de las paredes donde se abrió lentamente una puerta por la cual penetró la
luz de un atardecer soleado.
Avanzamos al exterior guiados por ellos, y poco después estábamos sobre una explanada cubierta por
hierba fina y de un verdor exquisito. Soplaba una brisa suave que al penetrar en mis pulmones me causó
una embriaguez de flores y manantiales.
Llevé una mano a mi rostro y aparté el antifaz que lo cubría. Enseguida todo lo que me rodeaba se
transformó en aquellas manchas flotantes, incluidos mis compañeros y los seres exóticos que nos
guiaban.
Entonces un sonido tan suave y melodioso como el de una flauta se fue acercando a nosotros desde
algún lugar de la planicie verde. Me ceñí el antifaz y en poco tiempo descubrí de donde provenía aquella
especie de música celestial.
Fuimos conducidos hasta una plataforma circular con asientos en su superficie. Nos sentamos, nos
hicieron colocar unos cinturones y aquella máquina despegó del suelo y nos condujo en vuelo rasante
sobre la planicie. Esta era inmensa y verde; pero pronto la gran monotonía se fue alterando con el
surgimiento de enormes columnas, torres redondas y cuadradas que se alzaban como queriendo herir con
sus agujas y domos el infinito azul de la bóveda celeste.
— ¿Esto será la Tierra? —dije sin poder contener mi entusiasmo.
—Por supuesto que lo es —dijo la mujer que estaba sentada a mi lado. Yo no le había prestado mucha
atención hasta aquel instante. Luego de una pausa agregó:
—Pero debo advertirte que aquí estamos en otra dimensión de la tierra que tú conoces. Mi nombre es
Latin. Estoy aquí para guiarte por nuestro mundo, y espero complacerte. Además, no solamente seré tu
guía social. Si lo deseas, también seré tu maestra científica y espiritual.
Sus conceptos de la realidad y su lenguaje sonaban demasiado extraños para mi comprensión; pero en
cambio, su voz fresca y melodiosa, la cadencia, serenidad y armonía de sus movimientos, me hacían
sentir firmemente atado al lugar donde me encontraba.
— ¿Cómo dices que te llamas?
— Latin —dijo ella.
Eso suena como el idioma del Antiguo Imperio Romano. ¿Sabes de lo que hablo?
—Por supuesto que sé de lo que hablas. Lo sabemos casi todo de la Otra Tierra. Su historia, sus
costumbres... En fin, casi todo.
— ¿Hasta las grandes tonterías?
—Si. Hasta las grandes tonterías de los hombres a lo largo de los siglos. Claro, para nosotros, no
existen siglos, ni años, ni días. Nada que tenga que ver con el tiempo. Si te hablo en conceptos
temporales, es solamente para que podamos entendernos y hasta que te adaptes a la ausencia del tiempo.
—Entonces ¿Es cierto lo que dijo aquel acerca de un mundo sin tiempo?
—Es cierto. Aquí el tiempo es espacio. Vivimos en un mundo de cuatro dimensiones espaciales. Será
necesario que te adaptes a la ausencia del tiempo. Hasta que llegues a ese momento, continuarás
percibiendo las cosas lo mismo que en tu mundo. Aquí no envejecemos, aunque sí somos susceptibles de
perecer, lo mismo que ustedes. Por eso es necesario que seas cuidadoso contigo mismo y con los demás.
El vehículo se había introducido en una ciudad. Su velocidad había disminuido de manera notable y
podíamos apreciar las bellas y exóticas construcciones de aquella urbe, iluminadas por la luz suave del
sol que se extinguía en aquel momento muy cerca del horizonte, al final de la inmensa avenida.
Pronto la luz natural comenzó a ser sustituida por toda una suerte de artificios multicolores y el
vehículo se detuvo bajo un techo que abarcaba todo el ancho de la avenida.
El cinturón se desató de mis hombros y mi cintura sin que yo tuviese que hacer ningún gesto, y
entonces me puse en pie y me acerqué a Johann.
— ¿Qué te parece todo esto? —preguntó mi hermano.
Noté por primera vez una especie de insinuación en su voz.
—Nada comparable. ¡Sencillamente… esto es increíble! —dije.
—Así nos parece a todos… —dijo él.
—Por favor… vengan por aquí —dijo Latin interrumpiendo la conversación, y enseguida bajó de la
plataforma.

***

Cuando todos hubimos descendido, el vehículo con su leve música de flauta desapareció a lo largo de
la avenida. Entonces entramos a un gran salón.
Allí Latin se detuvo y dijo:
—Cada uno de ustedes será llevado por su propio guía a un lugar de descanso y relajación, donde
luego serán instruidos, también bajo el cuidado de su guía personal, en nuestras normas y costumbres.
No deberán preocuparse por el tiempo que esto les tome. Será fácil y sencillo como todas las cosas en
este mundo. Luego serán llevados por separado para depurarlos de sus malos hábitos egotistas, del
remanente de instintos animales que existe en ustedes, de sus fobias sociales inducidas, de sus dogmas
nacionales, raciales, lingüísticos, sexuales y físico-somáticos; también de los pánicos y complejos y
demás información desechable alojada en el subconsciente. Por supuesto, esto que se llevará a cabo
desde ahora es solo un entrenamiento. No forma parte de ninguna doctrina o experimento; que por otra
parte no lo necesitamos. Este entrenamiento, como dije, tratará de despojarlos de todas sus impurezas.
Fueron escogidos para entrar en nuestro mundo y lo único que deseo es que lo disfruten con utilidad
para el beneficio de todos. Pasado esto, podrán reunirse otra vez. Ahora ¡cada cual vaya con su guía, por
favor!
Cuando terminó de hablar vino directo a mí; mientras yo observaba a la doctora Hung, a Johann y a los
demás como se alejaban y desaparecían por los corredores.
—Estoy agotada y supongo que tú también —dijo en un susurro.
En menos de quince minutos estábamos en una habitación, sentados a una mesa servida con una
docena de platillos con semillas secas, hongos, frutas y vegetales, cremas y aderezos; todos con un
delicioso olor y apariencia.
Estuvimo comiendo mientras nos mirábamos a los ojos y ella me indicaba de vez en cuando, con un
gesto, el platillo más delicioso.
— ¿Qué sabes tú de mí y de mis compañeros? —le pregunté.
—De ti puedo decir que eres profesor de historia en la universidad pública de New Jersey. Has escrito
un libro sobre las creencias cátaras, esenias y maniqueas; otro sobre la historia del sur de Francia en el
siglo XIII, y otro que no has publicado aún acerca de la historia de la revolución cubana en el siglo XX.
Puedo agregar que eres casado, tienes una hija de dieciocho años, otra de dieciséis y un varón de trece.
Tu hija mayor aspira a convertirse en actora de cine, algo que personalmente detestas. Tienes una esposa
maravillosa; pero un poquito celosa, a la que en realidad nunca has traicionado y amas con locura. No te
gustan los juegos de azar ni en general correr algún tipo de riesgo. Bebes algunas veces una copa de vino
durante las comidas o algún brandy cuando estás muy preocupado. Te gusta muy poco viajar. Tampoco
te gusta salir de tu casa durante los fines de semana; a no ser que sea para visitar la logia masónica de la
que eres miembro hace ya quince años. Ellos, los de la logia, son tus únicos amigos. Te llevabas muy
bien con tu suegro que hasta te regaló antes de morir una extraña copia de «La chanson de la cruzade».
En fin, eres uno de esos individuos extraños a los que el común de la gente desprecia o rehúye. Eres, en
el sentir y la opinión de los hombres de tu tiempo como un coágulo canceroso que solo sirve para tupir
los canales de la sociedad que habitas.
— ¿Tú crees que soy eso? ¡Un coágulo canceroso! —dije forzando una sonrisa.
—Yo no lo creo —dijo Latin—. No se trata de mi opinión. Eso es lo que el común de la gente presume
de los hombres como tú, allá en tu mundo.
—La máquina del tiempo… ¿a quién pertenece? —dije entonces.
—Es de nosotros…, pertenece a Upalian.
— ¿Upalian…?
—Así es como llamábamos a nuestro mundo en los primeros tiempos. Es bueno que lo sepas. Upalian
viene del antiguo nombre de nuestra tribu, los upallis. Un pueblo que existió mucho antes del diluvio,
allá en tu mundo. Muchos seres antiquísimos se vieron condenados a desaparecer; pero nosotros nos
salvamos de la invasión de las aguas y de las demás catástrofes, gracias al talismán y al valor y sabiduría
de nuestros guías. El talismán nos abrió la puerta por donde penetramos aquí.
— ¿Cómo?
—Hay un libro –dijo cambiando la conversación—. El libro upalian de la sabiduría antigua, donde se
narran las historias de la creación y de la lucha contra las fuerzas de las tinieblas. Ese libro fue escrito
por nuestra gran sabia y sacerdotisa del talismán, Amisha la incorruptible.
—Ya conozco algo de los poderes del talismán —dije sin la menor pizca de vanidad.
—Lo sé. Y mucho te queda por conocer.
— Ahora. Deseo saber… ¿por qué la máquina del tiempo nos llevó desde los Montes Apalaches a
Cuba y luego a los demás lugares que me imagino que tú conoces?
—Así fue como la programamos. Tuvimos que revertir la historia afectando su desarrollo, para impedir
el fin de toda civilización en tu mundo. La Tercera Guerra.
— ¿La Tercera Guerra Mundial?
—Eso es. Como estudioso de la historia y como autor de libros, sabes mucho acerca de la Crisis de
Octubre o crisis de los misiles en el año 1962. Luego habrás de conocer la catástrofe que fue la guerra.
— ¡Entonces…! ¿La guerra en realidad, sucedió?
—Así fue. Tenemos la información, exacta y detallada, de esos acontecimientos. El holocausto nuclear
provocó unos niveles de contaminación tan elevados a nivel mundial, que la población que pudo
sobrevivir sufrió tremendas mutaciones que cambiaron al ser humano en criaturas horrendas, tanto en el
aspecto físico como psicológico. Como seres fuera del tiempo, los upallis podemos viajar desde nuestra
dimensión a cualquier punto de la historia de la Otra Tierra. Basados en los principios de nuestras leyes
físicas pudimos construir la máquina del tiempo para que ustedes, dentro de ella, puedan hacer lo mismo
que hacemos nosotros directamente.
— ¿Y si ustedes pueden viajar con facilidad de una dimensión a otra, para qué usarnos a nosotros?
Latin permaneció pensativa por un instante al final del cual respondió con la mirada tan serena y
ensimismada que parecía dormida.
—Porque esta vez quisimos hacer algo que cambiara de forma definitiva la brutalidad materialista y la
bajeza de vuestros instintos —agregó—. Además, queremos evitar que algo como la Tercera Guerra
Mundial vuelva a suceder.
—Una guerra en la que ninguna de las partes fue vencedora, supongo.
—Absolutamente ninguna —dijo—. El bloque comunista dio el primer golpe, de forma tan fulminante,
que dejó a los países de la OTAN sin ninguna iniciativa; pero lo que vino después fue lo más desastroso.
Los niveles de contaminación destruyeron a la raza humana tal como la conocemos. Plantas y animales
fueron cambiados a tal punto, que algunas especies te resultarán irreconocibles cuando las veas en las
imágenes que te mostraremos cuando llegue el momento.
— ¿Cómo pudieron revertir los hechos? ¿Cómo fue posible un cambio tan grandioso? —dije—. Y por
último ¿Qué será lo que veremos cuando entremos de regreso a nuestro mundo?
—Ya ustedes tienen algunas nociones básicas de los principios que utilizamos —continuó—. Por
tanto, te aseguro que no será difícil cuando lleguemos a los detalles. Actuando sobre ciertos nódulos,
que no son más que acontecimientos determinantes de la historia, se puede cambiar el curso de esta,
como es el caso del Nódulo de Muret. Esta localidad está situada en el cono de luz; pero además, fue el
acontecimiento que determinó la crisis de los misiles y el inicio de la Tercera Guerra Mundial. Al
cambiar lo que sucedió en Muret el 13 de marzo de 1213, se cambia lo que sigue; y eso fue lo que
hicimos con la gran ayuda de ustedes. Con ocasión de tu última pregunta, te diré que lo que verán
cuando entren de regreso a vuestro mundo lo podrás apreciar aquí en Upalian, a un nivel mucho más
simple.
— ¿Quieres decir…, que han exportado esta civilización de ustedes a nuestro mundo?
—No exactamente, si te refieres a una copia de lo que hay aquí. Lo que se hizo en realidad, fue aplicar
nuestros principios básicos de sociedad, a la sociedad de ustedes. Extirpamos todo lo feo, inmoral e
injusto… y lo echamos al cajón de los recuerdos, en el cual las futuras generaciones lo podrán observar
como se observa un caldo de cultivo bacterial bajo la lente del microscopio. No más bacterias que
contaminen el mundo.
— ¿Por qué hicieron eso?
—La guerra. La destrucción de la vida como la conocemos, que en buena parte fue provocada por la
necedad, la ignorancia y el egoísmo de una parte de los hombres. La guerra generó serios problemas
para nosotros, y ese fue nuestro motivo fundamental. Debes saber que además de Montségur, existen
otras puertas que enlazan tu mundo con el nuestro, y esas puertas no siempre son tan seguras. A través
de ellas pueden penetrar a Upalian pequeños objetos y perturbaciones que se convierten en un peligro
para nuestra existencia. De ahí fue que decidimos actuar de la manera que lo hemos hecho.
— ¿Y qué de las libertades, y esos ideales sobre los que se alzó nuestro mundo? Ustedes no los
respetaron.
— Luce gracioso que hables de libertades, cuando en tu propio mundo jamás se han respetado los
sueños. Pero volvamos al hilo de la conversación. Técnicamente, tu mundo ya no existía cuando
tomamos la decisión de cambiar el futuro. La guerra lo había destruido. Nosotros retrocedimos,
extirpamos un largo cáncer y comenzamos de nuevo. Así, en teoría, nadie nos podría reprochar por
haber revivido un cadáver, porque técnicamente, dicho cadáver nunca llegó a existir. Vuestro mundo en
el exterior, el que conociste, ya no es mas que una alternativa. Una posibilidad muy remota. Incluso…,
debo decirte que parte de este entrenamiento para llevarlos de vuelta, es el lenguaje.
— ¿El lenguaje…? ¿Qué quieres decir?
—En la Otra Tierra, la tuya, la de ustedes; no se habla ninguno de los idiomas que conoces, o que has
oído mencionar. Allá, al igual que aquí, se habla el agebartan. La lengua de los upallis.
— ¿Quiere decir, que cuando regresemos, no podremos escuchar a la gente en inglés, ni chino, ni
árabe, ni español?...
—Absolutamente cierto. Esas lenguas son conocidas allá, únicamente por especialistas. Son lenguas
muertas, reliquias del pasado, ya que en todo el planeta se habla una sola lengua; pero además, existe
una dirección única de gobierno, una frontera común para todas las naciones que ya se han mezclado
hasta tal punto, que las mismas diferencias nacionales se están borrando a ritmo acelerado. En pocos
años no habrá más que una civilización global, que será una verdadera civilización y no una
patocracia…
Latin dejó de hablar. Me miró a los ojos.
— ¿Patocracia? —dije yo.
—El gobierno y la dirección social por parte de aquellos hombres que no poseen un cerebro de
funcionamiento normal, como el común de la gente. Me refiero a los psicópatas.
— ¡Ya comprendo!
—Bueno, por hoy… creo que ha sido suficiente. Sé que han tenido unos días de mucha fatiga.
Se acercó entonces a la pared y presionó un botón rojo sobre un panel, y de inmediato se abrió un
espacio dentro de aquel lugar. Una especie de cama con apariencia acogedora.
Latin se despidió y poco después desapareció atravesando la pared como una cuchara en una taza de
gelatina.

Capítulo 28
CONOCIENDO EL EDÉN

Estaba tan agotado que no me quedó tiempo para pensar en los acontecimientos de los cuales habló
mi guía.
Cuando abrí los ojos solo podía ver franjas y manchas borrosas a mi alrededor.
No había nadie en la habitación ¿O sí?
Me restregué los párpados y entonces distinguí un movimiento de algunas manchas hacia lo que debía
ser el ángulo junto a la puerta. Tan rápido como pude estiré una mano y tomé el antifaz que había dejado
bajo la almohada.
—Ven a desayunar —escuché una voz.
Latin estaba en medio de la habitación indicándome hacia la mesa. Luego tomó asiento en un butacón
y se quedó contemplándome.
—Debo tomar un baño, o al menos lavarme, antes de ir a comer —dije al instante.
—No es necesario —dijo ella—. Aquí no existen infecciones provocadas por las bacterias o los virus.
Las enfermedades más comunes de tu mundo han sido erradicadas. Aunque hubo un momento en que
estuvimos a punto de ser infectados desde allá.
— ¿Eso fue cuando la Tercera Guerra, a través de las puertas, supongo yo?
Ella asintió con un gesto y entonces aproveché para preguntarle:
— ¿Qué edad tienes?
Su semblante se iluminó.
—No tiene sentido que te lo diga. En el ámbito perceptible y sensorial, ¡no tiene sentido! Pero
haciendo referencia a los acontecimientos que han transcurrido en tu mundo, desde que nosotros los
upallis entramos a este otro desde aquel, entonces puedo decir… ¡No te sorprendas! Doce mil trescientos
veintisiete años.
— ¿Y en tu memoria…? ¿Guardas muchos recuerdos de esos años en tu memoria?
—La mayor parte de ellos —dijo—. Después que se inventó la técnica de guardar nuestra memoria,
recordar se ha hecho muy sencillo. Basta conectarte a una máquina y recuperar cualquier recuerdo.
Cosas que en algún momento has percibido, las sensaciones captadas por cualquiera de los órganos de
los sentidos, tus propios recuerdos, sentimientos, y hasta los sueños nocturnos. Todas las funciones
psíquicas del cerebro humano se generan a nivel cuántico y así deben ser tratadas; lo que significa, de
principio, que somos creadores de nuestra realidad.
— ¿Todo eso queda grabado, y lo pueden recuperar en cualquier momento?
—Por supuesto que sí. Es algo muy normal —dijo.
— ¿Cómo funciona?
—De la siguiente forma —continuó—: la memoria de cada individuo se ha convertido en patrimonio
de todos. Por ejemplo, las cosas que yo haya conocido o percibido en los últimos once mil años están
guardadas y pueden ser apreciadas de manera directa por cualquiera. Pongamos por caso los
acontecimientos del diluvio universal. Al que ustedes llaman el diluvio de Noé. La memoria de todas las
personas de vuestro mundo se archiva en nuestra realidad y nosotros desde aquí podemos acceder a ella.
El cerebro humano es un receptor y transmisor de señales electromagnéticas. Nuestro mundo, por tener
cuatro dimensiones espaciales, actúa como un archivo de naturaleza cuántica y dimensiones infinitas.
Tanto es así que podemos reconstruir de manera informática la vida de cualquier persona de vuestro
mundo, aunque la persona haya muerto.
— ¿Fuiste testigo del diluvio?
—Por supuesto que sí. La mayoría de nosotros, los que vivimos aquellos hechos, estamos todavía aquí.
El diluvio inundó las tierras y destruyó las grandes civilizaciones de aquellos tiempos, incluyendo a la
más espléndida y avanzada de todas, me refiero a los atlantes; pero también a los antepasados de los
mayas, a los edificadores de las pirámides en tierras de Egipto, a la antiquísima civilización del valle del
Sarasvati en la India y muchas más. Comparados con estos grandes centros de civilización, los upallis
éramos apenas una nación en proceso de formación; pero tuvimos la dicha de haber sido escogidos por
el Gran Espíritu y ser apartados del resto de la humanidad, y aquí estamos; como puedes ver, en la
comunidad del Gran Espíritu.
— ¿Qué sintieron al pasar a esta dimensión?
—Lo mismo que sentiste tú. El talismán abre la puerta dimensional, y eso es todo. Por medio de él
hemos estado cruzando por la puerta de Montségur hasta que no tuvimos más remedio que cambiar tu
mundo.
Esta nueva mención del talismán me hizo llegar casi de inmediato a la conclusión que algo importante
referente a nuestras propias vidas se nos estaba ocultando allí.
— ¿El talismán es necesario para entrar y para salir? ¿Es cierto?
—Lo es —dijo ella.
— ¿Cuando ustedes entraron por primera vez, lo tenían con ustedes?
—También es cierto —dijo.
—Entonces, si es necesario tenerlo con uno para entrar, y también para salir ¿cómo es posible que
ustedes hayan estado visitando el otro lado mientras el talismán estaba extraviado?
—Esa es una buena pregunta —dijo Latin, y no tuvo más remedio que sonreír. Díjome a continuación:
—Durante mucho tiempo, las personas que eran enviadas a la Otra Tierra, lo hacían como portadoras
del talismán, y debían regresar con él. Eso era algo muy arriesgado; pero no obstante, lo continuamos
haciendo hasta que sucedió lo de Jesús.
— ¿Lo de Jesús? ¿Te refieres a Jesucristo?
—Así es.
— ¿Qué sucedió con Jesús?
—Lo enviamos a la Otra Tierra para cumplir entre los hombres la misión que tú conoces. Tras la
muerte de Jesús, su acompañante tuvo que hacerse cargo de todo lo concerniente a su cuerpo y al
talismán; pero no pudo concluir su misión y regresar aquí. Con él desapareció el talismán y también la
copa.
— ¿Cómo? ¿No son una misma cosa?
—No. Desde la época de Jesús la tradición ha confundido ambos objetos. El talismán es lo más antiguo
y está ligado a la historia de los upallis. La copa, en cambio, fue elaborada por nosotros aquí; la cual
Jesús y su compañero portaban cuando salieron a su misión. La función de la copa consiste en localizar
la presencia del talismán y evitar así su pérdida definitiva en caso de extravió.
Estamos seguros que tras la muerte de Jesús, su acompañante, guiando a un pequeño grupo hizo el
viaje a las Galias en busca del Pog, donde se encuentra Montségur. Su objetivo; esperar hasta el inicio
de la siguiente primavera para penetrar.
— ¡Llevarían con ellos el talismán!
—Sin duda; pero es aquí donde la leyenda y la historia se mezclan de tal manera que incluso nosotros
nos confundimos.
Al perder ambos objetos, comprendimos que nuestro mundo estaría expuesto a un gran peligro si las
fuerzas oscuras del otro lado conseguían de alguna forma hacerse con su posesión. La puerta podría
abrirse el día menos esperado y dejar que penetrasen aquí las hordas de los demonios.
— ¿Demonios?
—Sospechamos la presencia de múltiples universos, muchos de ellos poblados por seres adversos y
malignos.
— ¿Qué hicieron, entonces?
— ¡Podrás imaginar! No teníamos el talismán para poder salir. Nuestra ciencia se dedicó a partir de
aquel momento a investigar nuestro propio mundo en busca de una solución. Fue así como descubrimos
en la naturaleza la existencia de otras puertas dimensionales y la manera de atravesar por ellas. Fue a
partir de muchas investigaciones relacionadas con esto que conseguimos construir la máquina del
tiempo. Nos aseguramos también de que los portales de entrada descubiertos hasta el día de hoy posean
la suficiente seguridad. Con la máquina han sido muchas las expediciones enviadas al exterior; pero
nunca, hasta esta vez con ustedes, habíamos tenido éxito en recuperar el talismán.
— ¿Por qué tantas dificultades?
—Como sabrás, la imaginación popular ha construido, de manera inconsciente, innumerables leyendas
acerca del talismán. Lo cierto es que había desaparecido tras la muerte de Jesús en la cruz.
Nuestras expediciones en la máquina del tiempo comenzaron a indagar a partir de este punto. Tuvimos
que seguir un largo recorrido histórico tras la pista del acompañante de Jesús, quien en vida de nuestro
héroe se hacía pasar por su tío abuelo, hermano de Joaquín, el padre de la virgen María.
El talismán descansó durante muchos años oculto en algún lugar en las cercanías de Montségur,
mientras que la copa fue recuperada por los templarios en el antiguo templo de Salomón. Con la ayuda
de la copa los mismos templarios encuentran el talismán. Tras la caída de Montségur y la posterior ruina
de la orden del temple ambos objetos se desplazan al sur de Escocia. La copa permaneció en la capilla
Rosslyn al sur de Edimburgo, mientras que el talismán fue a parar a las manos del reverendo Samuel
Parris en su casa de Salem.
Parece que los dirigentes de la orden del temple tenían la sospecha de que en América podrían
encontrar una puerta por donde penetrar a nuestro mundo.
— ¿Cuándo hablas del acompañante de Jesús, te refieres a José de Arimatea?
—Así es. Como debes recordar, gracias a su prestigio e influencia en aquella sociedad, José de
Arimatea pudo recuperar el cuerpo de Jesús y le dio sepultura —dijo Latin—. También recordarás que
fue él quien recogió en una copa de la sangre que derramó Jesús.
—Lo recuerdo. Una copa conocida a través de los siglos de historia cristiana como el Santo Grial.
—Pues bien. La copa era de gran importancia para nosotros, porque teniendo la copa, se nos hacía
muchísimo más fácil encontrar el talismán. Ella funciona como un detector de señales. El talismán emite
ciertas señales que la copa es capaz de detectar y ubicar en el terreno —agregó mi guía.
—Ya comprendo. Encontraron la copa, y con ella ubicaron el talismán.
—Así es. José de Arimatea, después de la supuesta resurrección de Jesús, fue encarcelado. Los judíos
lo acusaban de haber sacado el cuerpo del sepulcro. Lo cierto es que el cadáver se esfumó de allí por un
proceso natural que ocurre con nuestros cuerpos si permanecemos más de lo debido fuera de esta
dimensión.
— ¡Un momento…! En los Evangelios se cuenta cuando Jesús se aparece varias veces a sus
seguidores. Las más importantes, primero a María Magdalena y a María, luego a los once discípulos
reunidos en Galilea, y por último, a Pablo de Tarsos en el camino de Damasco. Si había muerto…
¿Cómo se explican sus apariciones?
—También se le apareció a José de Arimatea en la torre donde fue encerrado para recordarle su misión
con la copa y el talismán —dijo Latin—. Este espectro no fue más que una reproducción holográfica
programada por nosotros en la copa. Está claro que lo más importante para Jesús, y para nosotros aquí,
incluso después de su muerte, era que el talismán regresara, y para que esto se cumpliera, Jesús no
contaba mas que con su compañero de expedición. Tras salir de la cárcel, José se embarcó en un largo
viaje por el Mediterráneo que lo llevaría hasta las costas de Francia. Supusimos que además del
talismán, llevaría consigo la copa; pero algo sucedió en ese viaje, porque José nunca regresó con
nosotros. Todo lo que tenía que haber hecho es llegar al Pog, y en el momento del equinoccio de
primavera estar presente sobre la planicie elevada que hoy está encerrada entre los muros de Montségur;
pero que en aquellos tiempos albergaba un centro de culto druida. Él lo sabía; pero nunca lo hizo, y
nosotros todavía desconocemos la razón. Ahora, si no tienes otra pregunta, vamos a desayunar, y
después te explicaré esto con más detalles —dijo señalando a una especie de pizarra lumínica sobre la
pared—. Después, podríamos hacer incluso un corto paseo por la ciudad antes de asistir a la clase de
idioma que han preparado para ti.
El desayuno fue muy parecido a la cena de la noche anterior. Solo vegetales, frutas y nueces con
exquisita miel de abejas.
Cuando terminamos me sentía más seguro y animoso y me llevó entonces frente a la pizarra. En ella
aparecía un diagrama consistente en cuatro líneas horizontales sobre las que se hallaban marcados varios
puntos.
—Observa esta segunda línea de arriba abajo —dijo mientras señalaba con un puntero—. Ella
representa la Tierra I y este primer punto a la izquierda es Muret en 1213. El tercer punto hacia la
derecha es el año 1962, año en que se desató la Tercera Guerra. En la batalla de Muret se decidía entre
dos posibilidades: ganaba Montfort o ganaba el rey Pedro de Aragón. Lo que hicieron ustedes al cambiar
el resultado de la batalla fue como haber cortado todo ese espacio de acontecimientos desde el punto uno
al punto tres. En el lugar vacío se colocaron otros acontecimientos. Imagina que la historia es como una
gran cinta cinematográfica del siglo XX compuesta por una secuencia de cuadros. Los editores de cine
podían cortar un pedazo de la cinta y reemplazarlo con otro que contuviera los cuadros de una escena
diferente. Algo así fue lo que hicimos. Cortamos la secuencia de los cuadros que iban de 1213 a 1962 y
los reemplazamos por otros. Construimos así una historia diferente.
— ¿Y mi esposa y mis hijos, dónde quedaron?
— ¡Vamos a eso! Observa la tercera línea, siempre de arriba abajo. Ellos están aquí, en la Tierra II, en
la cual fue Pedro II quien ganó la batalla de Muret. A tu esposa y a tus hijos simplemente los tomamos
en la máquina del tiempo, al igual que a ti, los trajimos aquí, y de aquí los llevamos a la Tierra II.
— ¿Ellos están seguros?
—Muy seguros y esperando por ti —dijo Latin.

***

Poco después abandonamos el edificio que nos servía de residencia provisional (según me informó la
propia Latin), y salimos a la calle.
Toda la superestructura de la ciudad: sus edificios, amplias avenidas, parques y zonas residenciales;
parecían obedecer en su estructura, diseño y ubicación mutua a propósitos muy diferentes a los
conocidos por mí y que formaban la base de mi experiencia. Resplandecía el color dorado en la mayoría
de las construcciones. Mi curiosidad me llevó de inmediato a preguntar por ello:
— Eso sucede porque son de oro —respondió mi guía.
— ¿Y la habitación por donde entramos en la máquina del tiempo?
—Es de un cristal muy parecido al diamante con características especiales. A través de él no pueden
pasar los seres demoniacos, y es el mismo material con el que construimos la máquina del tiempo.
Siguiendo su itinerario entramos a un «supermercado» y escogimos algunos productos. Latin me dio
un lápiz de tinta roja y me hizo escribir mi nombre sobre una hermosa manzana. Luego llevamos las
cosas a un receptáculo de forma esférica. Mi guía apretó un botón y nos volvimos a la calle por la misma
puerta. Lo que sucedió con los productos no lo supe en aquel instante y pronto me olvidé de lo ocurrido
allí.
Habíamos subido a uno de aquellos vehículos que se desplazaban con velocidad inaudita por las
amplias y rectas avenidas. Poco después nos encontrábamos fuera de la ciudad. Volvió a mí la amplia y
vertiginosa visión de la pradera.
En una especie de estación nos desmontamos y anduvimos caminando hasta un lugar de aparcamiento.
Cientos de pasajeros aquí se dirigían a ocupar sus puestos en vehículos de suspensión antigravitatoria de
doble y tripe cabina con vidrio transparente.
Algo muy notorio en aquellas personas era la uniformidad. Me refiero a la manera de vestir que
consistía en trajes de idéntico diseño y extraordinaria sencillez, tanto para hombres como para mujeres.
Lo único que variaba en ellos ligeramente eran los colores. Estaban formados por el mismo manto con
capucha, ceñido a la cintura por un cinturón de tela o con un simple cordón. Aquel vestuario hacía
prácticamente indistinguible una persona de otra cuando te encontrabas a cierta distancia de ella y no le
podías observar al rostro. Sin embargo, en mi guía había algo diferente que me permitiría descubrirla a
cualquier distancia entre una multitud. Me refiero con esto a una cruz de color rojo brillante sobre su
espalda y pecho, y debajo de esta su nombre.
Escogimos para nosotros un vehículo de lo más sencillo. Era de una sola cabina; pero de amplitud
suficiente en su interior como para poder sentirme relajado y a gusto mientras Latin lo conducía fuera
del estacionamiento y nos dirigíamos a la pradera. Aquí el vehículo se levantó hasta la altura de dos
metros y salimos disparados por la llanura en dirección sureste.
— ¿A dónde vamos?
—Te mostraré el lugar más interesante de nuestra cultura —respondió.
Con esto supuse que todo marcharía bien. Pronto me di cuenta que el paisaje comenzaba a cambiar y a
perder su monotonía con la aparición de algunas colinas en el horizonte.
Al acercarnos a las estribaciones pude comprobar que las suaves y onduladas laderas estaban cubiertas
por espesos bosques de árboles tropicales, de los cuales emanaba un embriagador efluvio. En medio de
estas ondulaciones se podían distinguir aldeas solitarias con algunas torres que resaltaban en la distancia.
Nos mantuvimos viajando a lo largo de las estribaciones hasta llegar a un amplio desfiladero. Las
enormes paredes de roca por ambos lados ocultaron de repente el sol y penetramos en una suave y
extendida penumbra.
Una lucecita roja se prendió en el panel de comando y de inmediato disminuyó la velocidad.
— ¿Qué sucede?
—No hay por qué preocuparse —dijo mi guía—. Es un vehículo que se acerca. Este es un lugar muy
transitado durante ciertas épocas del año.
—Supongo que aquí no existen peligros y amenazas como en la Otra Tierra —dije mientras ella
prendía una pantalla en el panel de comando. Apareció la imagen tridimensional del amplio corredor
rocoso.
Pude apreciar que este se extendía directamente al norte y en línea recta por más de doscientos
kilómetros, que después de atravesar las montañas salía por el otro extremo hasta desembocar en un
valle.
—Existen peligros, como ya te expliqué; pero estos provienen en su inmensa mayoría de los accidentes
naturales y del uso que hacemos de la tecnología. Raramente se ven implicados en ellos los seres
humanos por descuido o negligencia, mucho menos por actitud malvada. Nuestra civilización ha hecho
del ser humano un ser responsable y armonioso, altruista y cooperativo, amante de la verdad y ricamente
capacitado y respetuoso con sus semejantes.
No se trata del respeto que imponen las leyes y las costumbres sino del que se genera con la unidad.
— ¿Con la unidad? ¿Qué quieres decir?
—Hay algo que mantiene unidos a los hombres. ¿Si o no?
— Pienso que hay muchas cosas que los unen —dije.
—Me refiero a algo esencial. A lo que se halla en la raíz de las relaciones sociales.
—La familia es a mi entender lo más importante, y despues el estado, que con sus leyes prescribe lo
aceptable y lo prohibido.
—Más esencial aún —dijo sonriendo.
— ¿Podría ser la religión, o la moral tal vez?
—Aún te mantienes en las nubes…
— La filosofía, que busca las razones mas profundas de la existencia de los seres —dije seguro de mi
acierto.
—Muy lejos aún de la verdad.
— ¿Quizás el arte?
Latin negó con la cabeza.
— ¡Me doy por vencido!
— Has mencionado la familia, el estado, las leyes, la moral y la religión, la filosofia y por último el
arte. Sin duda, grandes elementos de la cultura; pero todos ellos dependen, en última instancia, de una
sola cosa. La cultura con todas sus ideas, costumbres, instituciones y organizaciones se halla sometida y
supeditada a los medios de producción. Lo determinante, lo definitivo, no es lo que se produce, sino el
modo y los instrumentos que utiliza el hombre para producirlo. El modo en que el hombre produce y
reproduce su vida, y el modo en que se relaciona con otros hombres para realizar el proceso, es lo que
determina sus ideas, y es la base en que se crean todas las instituciones políticas y religiosas, la familia,
el arte y la filosofía; incluso los hábitos alimenticios y la moda.
—Pero hablábamos de cierta unidad —dije como tratando de justificar mis desaciertos.
La unidad se fundamenta en el uso y posesión colectiva de los medios de producción, que es lo que
genera un ambiente de altruismo y cooperación social. Cuando se quiebra el fundamento de la unidad se
abre una época de crisis espiritual; una dispersión de la conciencia que se manifiesta en guerras,
criminalidad, desorden social, impunidad e injusticia, fanatismo, religiosidad, dominio de los instintos,
perversión de las costumbre y una profunda crisis del arte y la filosofía que no buscan ya la verdad, la
belleza y la virtud; sino la mezquina satisfacción de intereses particulares.
— ¿Cuál consideras tú que es la causa del mal? —preguntéle de inmediato.
—Existe una sola causa, que es la ruptura de la unidad. Fue esa ruptura la que a su vez puso en primera
fila la anomalía mental conocida como psicopatía.
— ¡Ruptura! ¡Psicopatía! ¿Cómo se relacionan?
Los conflictos que antes se resolvían en interés del grupo se tornan irreconciliables debido a la
preponderancia de los intereses individuales. La psicopatía, que por supuesto existía desde un principio
como factor natural, pasó a jugar su papel como combustible de los conflictos y de las luchas por el
control social.
Durante muchas generaciones, espíritus fuertes y elevados han tratado de dirigir a la humanidad por el
camino que conduce de vuelta a la unidad; pero sus doctrinas han sido mal comprendidas y rechazadas,
y en ocasiones sus voceros llevados al suplicio por la ignorancia y el fanatismo de las masas,
domesticadas desde entonces por las élites psicopáticas.
—Yo creo que es posible volver a la unidad —dije con sincero convencimiento—; Pero… ¿cómo
obligar al hombre a que tuerza su camino hacia el sendero correcto?
Fuimos interrumpidos por un silbido en el interior de la cabina y poco después vimos a otro vehículo
que se acercaba. Pasó lentamente junto a nosotros y pude reconocer a la doctora Hung. De repente el
corazón me dio un salto de alegría.
En aquel instante nuestro vehículo había salido del desfiladero y se adentraba por una bifurcación de la
ancha autopista. Esta nueva vía consistía en una faja de terreno de unos cincuenta metros de anchura de
la que habían sido removidos árboles y rocas. Esta vía cortaba el valle en dirección al sur.
Pronto vimos aparecer en la distancia las primeras torres y edificios de una ciudad, y cuando parecía
que entraríamos en esta, el vehículo se desvió a la izquierda y nos alejamos con vuelo acelerado de la
ciudad y su brillo.
—Por simple curiosidad. Quisiera saber ¿a dónde me llevas?
Vi de pronto como nuestro vehículo ascendía hasta situarse a unos cuatro metros sobre el terreno.
— ¿Qué sucede?
—Estamos próximos al Éufrates y también al objetivo de nuestro viaje.
— ¿Te refieres al río Éufrates, en Mesopotamia?
— ¡Correcto! Pero este es solamente una réplica del Éufrates que tú conoces en la Otra Tierra.

Capítulo 29
JORNADA EN EL PARAÍSO

Habíamos llegado junto a la ribera de aquel río al que Latin llamó Éufrates; pero lo cierto es que no
se me parecía en nada al río descrito en muchos de los pasajes bíblicos, y mucho menos al de mi propia
Tierra. Viendo las cosas de este modo pensé que se trataba de otra metáfora o alegoría que ella me
ofrecía con motivo de agilizar el estudio. Me recliné cómodo sobre mi asiento y esperé por ella.
El vehículo se mantenía suspendido sobre las aguas.
— ¿Cómo consiguen hacer que esta máquina vuele?
—No fue nada conocido por el público en el mundo de donde vienes —dijo ella—. Se trata de la
tecnología antigravitatoria que nosotros los agebartaren conseguimos recuperar desde la Otra Tierra,
mucho antes del diluvio.
— ¿Y quién creó esa tecnología?
— Sabemos solamente que la utilizaban ya en el Imperio Rama, miles de años antes del diluvio. Esta
catástrofe general tuvo lugar cuando yo era de la edad de veintisiete años.
— ¿Te refieres al diluvio de Noé?
—Exacto —dijo ella—. El mismo que destruyó la civilización atlántida.
—Lo que quiere decir…, que el diluvio ocurrió hace doce mil trescientos años.
—Según el tiempo de referencia de tu mundo —dijo ella mientras ponía el vehículo en marcha y
remontábamos la corriente. Luego, cruzando las manos sobre sus pechos dijo así—: la tecnología de
estas máquinas está basada en los mismos principios que los vimanas de las antiguas crónicas del
Mahabharata y el Ramayana; y por supuesto, estas crónicas, que fueron escritas alrededor del año
trescientos antes de Jesús, narran sucesos que ocurrieron en La India mucho antes. Sucesos que se
habían transmitido oralmente, de generación en generación, hasta la época del emperador Ashoka.
— Según tengo entendido, el propio Ashoka pudo haber sido el responsable de los trabajos de
compilación de estos grandes poemas.
—Tienes razón. Fue bajo su mandato y gracias a él que el Mahabharata llegó a nosotros en su forma
escrita, y pudiéramos decir que definitiva. En este poema se narran, como tú sabes, los sucesos finales
acaecidos en el Imperio Rama, y no es por pura coincidencia que la caída de este grandioso imperio
antediluviano coincida con el inicio del Kali-Yuga, la edad de la oscuridad, todo ello narrado de manera
magistral en la parte más entusiasta y feliz del Mahabharata, en la batalla de Kurukshetra. Siguiendo la
huella histórica de esta batalla, todo lo que prosigue no es más que el preludio de las catástrofes que
arrasaron con los centros de las antiguas civilizaciones antediluvianas.
— ¿Quieres decir… que estas civilizaciones fueron anteriores al diluvio de Noé, y que todo lo que
pervivió, incluyendo estas narraciones en la memoria de las personas, fue como la semilla que dio
nacimiento a la nueva humanidad?
—Así fue. El Mahabharata y el Ramayana son poemas antediluvianos pertenecientes ambos a una
civilización tecnológicamente casi tan avanzada como la nuestra, portadores de la más antigua herencia
espiritual de la humanidad.
— ¿Qué pudo conducir a tales devastaciones?
—La separación —dijo mi guía—. Al ser quebrantadas las leyes de la unidad, las grandes
civilizaciones antiguas entraron en una edad de decadencia espiritual conocida como Kali-Yuga. En esta
edad la maldad de los hombres alcanza sus manifestaciones más anómalas y perversas. El camino
espiritual del hombre consta de dos sentidos. Uno es el sentido de separación y el otro el de la unidad. El
primero es seguido y sostenido por la élite de psicópatas que arrastra a sus propios designios a las
grandes masas de hombres mediocres, ignorantes y enfermos mentales. El sentido de separación es aquel
que han seguido todas las culturas y civilizaciones desde los comienzos del Kali-Yuga. El otro sentido,
el verdaderamente humano, es impulsado y sostenido de manera heroica por una minoría de hombres
que lo dan todo por la causa de la unidad.
— ¿Y cuando comenzó esta era del Kali-Yuga?
— En la media noche del duodécimo día de la batalla de Kurukshetra.
— ¿Y cuándo termina?
Latin hizo silencio, y yo comprendí esta decisión.

***

— ¿Qué lugar es este? —pregunté a mi guía al momento de acercarnos a una ribera arenosa donde
desembocaba un arroyo que dividía la comarca en una pradera y un bosque. Ambos paisajes se perdían
en lontananza entre estupendas colinas.
—El lugar primordial de nuestro mundo —dijo ella. Luego, haciendo descender el vehículo hasta casi
tocar el suelo, con un gesto de su cabeza me invitó a bajar.
—Este es el lugar conocido por todos como el jardín —prosiguió—. Aquí fue donde el «Dios» de la
creación colocó al primer hombre y a la primera mujer, según cuenta la espuria narración del Antiguo
Testamento.
De repente, con aquella rápida y concisa explicación, mis propias ideas sobre el pecado, el castigo y la
salvación se hicieron confusas, a la vez que sumamente interesantes.
¿Estábamos pisando el mismo suelo que alguna vez pisaron «Adán y Eva»?
La Mesopotamia que yo había conocido siempre es una región situada en el Medio Oriente entre los
ríos Éufrates al oeste y el Tigris hacia el este, y abarcaba desde el sur de Turquía hasta la desembocadura
de ambos ríos en el Golfo Pérsico. Formaba gran parte de lo que se considera Creciente Fértil. Una
región en forma de media luna que se extiende como un arco desde las marismas y pantanos al sur de
Irak, bordeando por el norte el desierto de Arabia, hasta completar su recorrido hacia el sur junto a las
costas del Mediterráneo y la Península del Sinaí. En esta guirnalda de culturas y pueblos floreció una
civilización que por su enorme relevancia, influencia cultural, por sus adquisiciones, antigüedad y
legado histórico es considerada la primera y más importante de la región y del mundo. Baste decir su
nombre y se tiene de inmediato la sensación de estar hablando del origen del hombre y de toda
civilización.
De acuerdo con las palabras de Latin, mucho antes de que esta región de la Otra Tierra se convirtiera
en el faro cultural del mundo, habían ocurrido aquí los hechos enigmáticos que luego se transformarían
en partes tan esenciales de los mitos, leyendas y tradiciones religiosas de la humanidad. Me refiero al
acto mismo de la creación del hombre.
Aunque Latin no había pronunciado hasta este momento la palabra decisiva que era «Edén», para
denominar aquella nueva dimensión donde habíamos penetrado con la ayuda y compañía del talismán,
enseguida me di cuenta que así debía denominarse la «nueva tierra». Esta, por supuesto, era solamente
nueva para nosotros como visitantes.
Atravesando cientos de kilómetros desde la ciudad en la pradera verde, habíamos llegado a un lugar
muy específico dentro del Edén. Al jardín o paraíso de la creación del hombre.
Muy pronto comprendí que las ideas que mi guía conseguía exponerme de forma blanda y
comprensible coincidían muy poco con las mías, las cuales eran el resultado de la falsificación cultural y
de mis largos años de estudio y exploración de aquel mundo en que por infortunio o dicha me había
tocado vivir.
Las coordenadas espaciales del paraíso edenita parecían corresponder de manera exacta con las
coordenadas al otro lado del agujero. Cuando le hice este señalamiento a Latin, un nuevo secreto se
rebeló a mis oídos.
Me explicó prestamente y con detalles el significado de los equinoccios y los solsticios tanto para ellos
en la dimensión Edén como para nosotros los hombres de la Otra Tierra. Resulta lo siguiente. Los
puntos geográficos de la superficie de una de las dimensiones normalmente no coinciden con los puntos
de la otra, manteniendo una distancia equis (x) que varía de manera constante y uniforme durante el
transcurso del año; pero en el momento exacto de cada equinoccio y de cada solsticio, los puntos se
unen o coinciden a través de lo que llaman agujeros de gusano. Es como si una esfera girara dentro de
otra de mayor radio y en ciertos y precisos momentos del año, algunos agujeros que las atraviesan a
ambas coincidieran, creando una especie de túneles que las comunican por un instante. Estos túneles o
puntos espacio-temporales se convierten en puertas creadas de forma natural; y ellas hacen posible el
paso de una dimensión a otra con la imprescindible ayuda del talismán. Este último actúa como un
amplificador cuántico que realiza el agrandamiento del agujero seguido por el impulso simultáneo de la
materia hacia el otro extremo del túnel.
Me explicó también que cada una de las puertas dimensionales conocidas hasta el momento funciona
por el principio de las antípodas. Si entras por la puerta de Montségur, que es de tipo equinoccial, vas a
llegar a Edén por el este de Nueva Zelandia, por un punto en el océano. Si por el contrario, quieres viajar
a La Otra Tierra y llegar por Tikal, que es una puerta solsticial, tendrías que hacerlo saliendo por un
punto al noroeste de Australia, en medio del Océano Índico. Cada agujero de gusano tiene dos puertas,
una de entrada y otra de salida que son antípodas respectivas y están situadas en mundos paralelos. Las
puertas equinocciales permiten la entrada a Edén y las solsticiales la salida. ¿Qué cómo se salvan los
eventuales peligros y dificultades al viajar? Me dijo que con la máquina del tiempo y también con el
talismán pueden redireccionar todas las travesías de entrada y salida a Edén hacia el único punto que
ofrece seguridad: la base situada en la pradera verde.
Con esta explicación comprendí de inmediato la inteligente deducción de la doctora Hung que nos
había permitido el acceso a Adén aquella mañana del 21 de marzo de 1244. También comprendí el
interés de los cátaros de Montségur por prolongar la tregua hasta el día del equinoccio; pero había algo
que continuaba siendo un misterio. Era la manera en que los cátaros, y al parecer también los templarios,
habían llegado al conocimiento de la existencia de una dimensión oculta en el poder de un objeto, al que
la tradición había denominado durante siglos como el Santo Grial; y unida a esta tradición, el concepto
de puertas o senderos que se abrían cada año en momentos exactos, coincidentes con el cambio de las
estaciones.
Aclarados los hechos anteriores, llamó mi atención la ubicación del huerto y su natural misterio. Supe
entonces que el huerto es el centro común de coordenadas de ambas dimensiones.
Habíamos dejado el vehículo y nos internábamos a través del bosque que parecía de naturaleza
totalmente virgen. Abundaban allí los árboles frutales entre cuyas ramas encontraban refugio y alimento
muchas especies de aves y otros pequeños animales. A poco de andar hallamos un claro en medio de la
floresta.
Latin había traído un bolso y de este sacó un mantel y lo tendió sobre el césped. Nos sentamos a
reposar y a disfrutar de aquel ambiente de paz y exuberante armonía.
Es notable que en momentos como este le lleguen al ser humano los más sutiles e intrépidos
pensamientos. Tan cierto es así que el ánimo está dispuesto para compartir las muchas ideas que
revolotean en la cabeza.
— ¿Fue este el lugar donde Dios creó al hombre, verdad?
—No creemos en Dios —dijo ella mientras me tomaba de una mano y se ponía en pie, obligándome a
seguirla.
Fuimos hasta los árboles y nos pusimos a recoger frutas. Las íbamos colocando en una canasta hasta
que esta estuvo repleta. Abundaban allí las manzanas, peras, melocotones y albaricoques, entre muchas
otras, y parecía no haber distinción entre las especies, puesto que podían verse árboles y arbustos de
todas las latitudes con sus variados frutos, y lo mismo sucedía con los animales.
Regresamos al mantel y nos sentamos con la canasta en medio. Entonces, como retomando mi anterior
pregunta, continuó mi guía:
—Los antiguos dioses, responsables de la obra de la creación humana, no fueron en realidad
verdaderos dioses. Fueron criaturas pensantes que un día llegaron a la tierra y decidieron crear al
hombre para someterlo a sus propios designios. Fuimos creados para ser esclavos. En este lugar fuimos
creados y en este lugar la raza humana se rebeló por primera vez contra el poder de su creador, y por esa
rebeldía fuimos castigados con la expulsión del Edén. Nuestro pecado fue haber probado del árbol de la
ciencia del bien y del mal, lo que equivale a conocer al Gran Espíritu de la unidad. Fuimos expulsados
por nuestra rebeldía.
— ¿En qué consiste esa rebeldía?
—Te diré que es considerado rebelde y repudiado todo aquel que no se somete a la idea de separación.
— ¿A dónde fuimos expulsados? —pregunté entonces.
—A la Otra Tierra —dijo mi guía—. Fuimos sacados de este mundo donde no existe el tiempo y
llevados a la Otra Tierra. Allí el hombre se hizo tan fuerte a su propio modo que continuó desafiando el
poder de los falsos dioses hasta el día que llegó el diluvio.
— ¿Y el árbol de la vida...? ¿Se podrá alcanzar alguna vez?
—Está al alcance de todos sin excepción; pero al mismo tiempo, inaccesible a los hombres que no
pueden ver sus cadenas. Cuando la humanidad fue expulsada hacia la Otra Tierra, el ser humano se
contaminó con los placeres del mundo y se alejó del Gran Espíritu. La separación, de la que hemos
hablado, hizo su gran estrago y el hombre se hizo comparable a los falsos dioses llenos de ira, envidia,
egoísmo y ansias de poder. El diluvio fue como una bendición de la madre tierra que se limpió a sí
misma de la maldad de los hombres y de los falsos dioses. El árbol de la vida solo se alcanza con el
conocimiento de la unidad.
—Cada vez que mencionas a Jesús, lo llamas «nuestro Jesucristo» ¿Por qué? —dije variando el tema.
Ella sonrió levemente y tomó una manzana de la canasta.
—Esa es otra larga historia —dijo para limitarse luego a sonreír mientras mordisqueaba la fruta—.
Vayamos mejor a otro punto de la enseñanza, que es el que corresponde.
No quise insistir; pero aquella pregunta quedó flotando en la parte más volátil de mi espíritu.
— ¿De qué trata la siguiente lección? —dije entonces.
Ella pareció no escucharme. En vez de contestar, dijo así:
— ¿Te gustaría ver a tus compañeros? ¿A la doctora Hung por ejemplo?
—Claro que sí.
—Pues… tienes solamente que pensar en ella y desear tenerla a tu lado. ¿Recuerdas cuando
viajábamos a través del desfiladero? Cuando la vimos pasar a nuestro lado de regreso a la ciudad.
Asentí con un leve movimiento. En realidad deseaba verlos a todos.
—Ya debe estar en la ciudad —afirmé.
—En efecto. Acaba de sentarse a la mesa para el almuerzo.
—Entonces, no creo que deje de hacer lo que hace para reunirse con nosotros. Al menos, no creo que
sea justo. Además, le tomaría un buen tiempo para regresar aquí.
—Si deseas tenerla a tu lado, debes hacer lo que te digo. Tienes que pensar en ella y desearlo. Con ello
no le causarás ninguna molestia.
Miré al cielo, a las copas de los árboles, y bajé la cabeza. En ese instante sentí unos pasos sobre la
hojarasca y alcé la vista.
De la nada se hizo visible la doctora Hung. Vestía una túnica idéntica a la usada por los edenitas. La
capucha le cubría hasta los ojos y en sus labios pude ver la misma sonrisa de triunfo.
—Venga —díjole Latin—. Puede sentarse con nosotros.
Estuvimos charlando de muchas cosas y a la hora en que decidimos abandonar el jardín nos dirigimos a
la orilla del río. Entré a la cabina a petición de Latin y cuando me vine a fijar en la doctora Hung, la vi
que avanzaba en dirección al agua. No se detuvo al llegar al borde. Con gran preocupación y asombro
me puse en pie, y cuando fui a saltar para llegar a ella, Latin me sujetó por el brazo.
— ¡Déjala! Ella sabe lo que hace.
Pensé en el suicidio y en aquellas decisiones trágicas de la gente.
Pero la doctora Hung se alejaba caminando sobre las aguas quietas y profundas. Poco después
desaparecía.

Capítulo 30
DIÁLOGO ACERCA DEL MAL

Aquella misma tarde volvimos a la ciudad. Durante todo el camino no hice otra cosa que pensar en la
súbita aparición de la doctora. Lo que conversé con ella en el jardín había sido más que alentador. Me
hizo sentir a gusto entre los edenitas.
Al siguiente día se apareció mi guía en la habitación y me dijo así:
—Prepárate, que hoy comienzan tus clases de agebartan.
Dicho esto, puso las manos sobre la mesa y tomó un higo que llevó a su boca.
Nuestro desayuno fue como siempre, consistente en frutas y vegetales y después de satisfechos salimos
a la calle.
La única regla que existía en nuestras conversaciones había sido establecida desde el primer momento
y esta consistía en que yo era libre para hacer todo tipo de preguntas, y ella era libre para responder las
que entendiera conveniente, a la manera que deseara. Así, algunas veces mis interrogantes quedaban
insatisfechas y yo no debía insistir, porque la misma cuestión sería respondida a su debido tiempo.
Aquella mañana nos dirigimos a un edificio y entramos a una especie de laboratorio.
Lo primero que hicieron fue sentarme en una silla y colocar a mis oídos unos audífonos. Al momento
quedé aislado de todo ruido proveniente del exterior, excepto el leve silbido de una música de flauta.
Tras esto, la silla situada sobre una plataforma fue cubierta por una especie de campana que bajó del
techo.
No sé cuanto tiempo estuve inmerso en absoluto silencio. Cuando terminamos me encontré otra vez
con Latin y nos dirigimos a la salida principal. Lo primero que escuché de sus labios fue una jerga del
todo incomprensible.
—Cegelen ibileqrin qen qaan guran meen aton afren.
Supuse de inmediato que me había hablado en agebartan, y por eso le pedí que tradujese la frase.
Se detuvo cuando salimos a la calle; pero lo único que hizo fue repetir en su propia lengua.
—Cegelen ibileqrin qen qaan guran meen aton afren.
Pero esta vez, al escuchar la frase, fui atrapado en un estado de ánimo que jamás había experimentado
en mi vida; y todo debido a que comprendía sus palabras a la perfección, como si estas hubieran sido
dichas en mi propia lengua.
—Has dicho «Ahora vamos a caminar por la ciudad».
—Eso he dicho. No te asombres de tus progresos en el idioma —dijo ella al observar mi rostro—. A
partir de hoy será de esta manera.
— ¿Fue esa máquina donde estuve?
—Así fue.
— ¿Y cuál será nuestro tema de conversación para hoy, además del agebartan?
—Como te he dicho, eres libre para preguntar lo que desees.
—Entonces, deseo hacerte algunas preguntas que me tienen intrigado desde hace mucho tiempo, y para
las cuales, aún hoy, no consigo una respuesta satisfactoria.
—Adelante ¿De qué se trata? —dijo ella mientras echábamos a caminar por la ancha avenida.
— Ya hemos hablado algunas cosas de Jesucristo; pero quiero que me digas todo lo que sepas.
—Hay muchísimo que se puede decir de él y sería el tema de muchos libros, comenzando porque fue
uno de los hombres más destacados de los que jamás hayan vivido en Edén.
— ¿En Edén?
—Efectivamente. Vivió entre nosotros hasta que se ofreció para entregar al mundo su propia doctrina
de salvación. Tuvo que marchar a tu mundo del que jamás regresó.
— ¿Qué sabes de su muerte?
—Murió en la cruz —dijo ella—. Tal y como cuentan los evangelios.
— ¿Jesucristo, entonces, fue uno de los vuestros?
—Ciertamente.
En aquel instante nos movíamos aprisa entre la multitud que colmaba la avenida. Esta era una especie
de paseo para peatones a lo largo de la cual se erguían, cada diez metros, los pedestales con las obras
escultóricas de los artistas edenitas.
Influido por la idea que giraba en mi mente, me detuve de forma maquinal frente a un monumento de
tamaño y proporciones naturales. La pared que servía de fondo a la figura humana esculpida allí fue la
que acaparó mi atención. En ella estaban grabados en relieve hundido un conjunto de caracteres de la
escritura egipcia. La figura humana estaba resaltada en altorrelieve y los detalles eran tan minuciosos
que se podía distinguir cada músculo expuesto y cada pliegue de la faldilla de lino y el cinturón que la
ceñía. Con la mano izquierda sostenía un arpa a la altura del pecho y con la derecha mantenía agarrado
un rollo de papiro que se desplegaba hasta tocar el suelo junto a los pies. Sobre su hombro izquierdo
estaba posada una paloma que revoloteaba inquieta.
— ¿Qué representa?
—Es nuestro líder —dijo Latin—. Ghawr, en su periodo egipcio. El Jesucristo que conocen todos a
través de Los Evangelios.
Sin decir nada me di la vuelta y continuamos nuestro recorrido; pero sin dejar de pensar en sus últimas
palabras dije entonces:
— ¿Y cuál fue su nombre cuando estuvo en Egipto?
Ella volteó el rostro hacia una cúpula dorada para ocultar su sonrisa. Luego dijo:
— ¡Estabas pensando en eso y seguro que ya lo sabes!
— ¡Moisés! —dije yo.
—Ciertamente.

***

Poco después arribamos a una plaza grande rodeada de hoteles, enormes estatuas y restaurantes.
Entramos a uno de estos que estaba bastante desocupado y nos situamos al fondo en una mesa apartada.
—La idea que Jesucristo sostuvo siempre y trató de enseñar a los hombres, fue que aquel mundo en el
cual murió se mantenía gobernado por las obras del mal —dijo Latin.
—Eso lo entiendo —dije yo—. Es la misma tradición dualista predicada por Zaratustra y que aparece
también en el maniqueísmo, en los gnósticos, mazdeistas, en los esenios y en los cátaros y bogomilos de
la Edad Media. ¿Ustedes también son dualistas?
—Nosotros no somos dualistas —dijo Latin en tono rotundo, como para no dejar lugar a ninguna
duda—. Tampoco lo fue Jesús —agregó—. No creemos en la existencia de los dos principios; del
espíritu increado y separado de la materia, ni en una lucha cósmica entre opuestos espirituales.
—Entonces ¿He entendido mal cuando me hablas del Gran Espíritu, y de la lucha entre las tinieblas y
la oscuridad, entre el bien y el mal?
—El espíritu existe, no hay dudas; pero existe solo en el hombre y es un don de la tierra. El Gran
Espíritu existe en la humanidad cuando todos los hombres se unen en una sola meta; que son los ideales
comunes precedidos de la virtud y el progreso espiritual, sin los cuales es imposible el bienestar de la
sociedad. El mundo de la materia es el único mundo existente, en tanto que lo espiritual es la creación
suprema de la materia en el hombre.
—Ya caigo en cuenta —dije muy decepcionado al comprender el verdadero fundamento de sus
ideas—. Resulta entonces que aquí en Edén todo el mundo profesa una filosofía materialista. ¡Incluso
Jesucristo la profesaba! ¡No creen en Dios! ¡Aquí en Edén no creen en Dios! ¡Todos son ateos!
—Ciertamente —dijo ella.
— ¡Fenomenal! ¿Me estás diciendo que Jesús no creía en Dios? —dije sin poder contener una sonrisa
de amargura.
—Eso he querido decir —continuó—. El cristianismo que se inventaron los hombres tras la partida de
Jesús, no fue más que una ideología mentirosa que falsificó las enseñanzas de nuestro héroe en beneficio
y complacencia de los mediocres y de los psicópatas usurpadores que gobernaban tu mundo. En tanto,
las cosas que verdaderamente dijo fueron proscriptas, tergiversadas, y tachadas de apócrifas.
Alcé la mirada en aquel instante hacia la entrada del salón y un repentino alborozo inundó mi espíritu,
como si el día comenzara a sonreírme tras una noche de insomnio. Venían hacia nosotros la doctora
Hung y mi hermano Johann.
Traté de ponerme en pie y acudir a ellos; pero la mano de Latin se posó como suave paloma sobre la
mía y me mantuvo junto a la mesa.
—Pueden sentarse —dijo ella a los recién llegados.
—No esperaba esto —dije en una especie de balbuceo.
—Nosotros tampoco —dijo mi hermano. Luego, con una sonrisa ambigua, agregó—: ¿A qué se debe
la reunión? ¿Es que nos dejarán permanecer juntos a partir de hoy?
—Ciertamente —dijo Latin—. Tomen asiento. Hace un instante Máikol y yo habíamos iniciado una
conversación acerca de Jesucristo. Les invito a participar.
— ¿De qué se trata en específico? —preguntó Helena.
—Jesucristo enseñaba que el mal es el dueño del mundo y lo gobierna —dije yo.
—He oído decir eso muchas veces, en efecto.
—De aquí cabe la pregunta —dije entonces— ¿Cómo dio inicio esta situación, y cuál es la naturaleza
del mal?
— Hay una confusión lamentable —dijo Latin—. Se ha tergiversado el sentido de sus palabras. Jesús
nunca quiso decir que el mal, junto con el bien, constituyera una especie de dualidad cosmológica. Las
religiones han levantado esta doctrina con el objetivo de ocultar y dificultar el sendero que nos conduce
a la comprensión de la verdadera naturaleza del bien y del mal. Hay fuerzas sociales interesadas en
ocultar la verdadera naturaleza del mal y la religión es el instrumento favorito de estas fuerzas.
—En este caso, la palabra cosmológico es importante —dijo Johann.
—Ciertamente —dijo Latin—. No existe ninguna lucha entre el bien y el mal en el sentido
cosmológico. El mal es un producto de las contradicciones inherentes a la existencia humana, y también
una manifestación y un reflejo de estas contradicciones en el pensamiento y en la conducta de los
hombres. Esto es lo que afirmaba Jesús, y que para eliminar el mal, solamente haría falta cambiar las
bases materiales de la existencia humana, haciéndolas más acordes con su naturaleza biológica. Si se
consiguiera esto se podría cambiar el comportamiento y el pensamiento de los hombres en el sentido de
la virtud y la justicia social.
Cuando él decía que el mal gobernaba al mundo —continuó Latin—, lo entendía como un fenómeno
de raíz y naturaleza humana. Ético y sociológico y también biológico. Algo intrínseco a la naturaleza y
desarrollo del hombre; pero nunca como un ente de naturaleza cósmica o cosmogónica, como
pronuncian ciertas religiones, y entre ellas el judaísmo, partiendo de los mitos de la creación. Creo que
he respondido, de forma breve, a la segunda parte de tu pregunta.
Mientras escuchaba sus palabras mis creencias gnósticas se derrumbaban como un castillo de arena en
la playa azotado por el batir de las olas. Dije entonces:
—Si el mal que gobierna el mundo no es de naturaleza espiritual absoluta ¿Qué es entonces? ¿Cuál es
su raíz, su origen, en fin, la causa última que lo engendra constantemente?
—Calma, querido. Por supuesto que todas las cosas en este mundo tienen sus causas. Veamos… ¿Qué
piensan de las brujas de Salem?
— ¿¡Qué brujas!? —pregunté.
—Las de los procesos judiciales de 1692 en Salem, Massachusetts —dijo Latin.
— Todo aquello fue sin duda una injusticia muy grave —dije yo, sorprendido tras la aparición de un
tópico al parecer tan alejado de la conversación inicial.
—Las artes de brujería no tienen ningún poder para causar el mal. Acusar a una persona de eso es una
injusticia —dijo Helena—. A menos que haya cometido un daño real; cualquier castigo a que sea
sometida una persona por esa causa es una manifestación de intolerancia, ignorancia y fanatismo.
—También lo veo así —dije yo—. Como resultado de aquellos procesos más de veinte personas fueron
condenadas.
—La intolerancia es la causa directa de muchos males —dijo mi hermano—. Una gran mayoría de las
personas no aceptan que los demás puedan tener la razón sobre cierto tema, o que tengan al menos ese
derecho tan «natural» a exponer sus opiniones y a pensar distinto. Incluso a vivir de distinto modo.
Entonces dijo Latin:
—Aceptado este hecho particular como uno entre millones, en el cual el mal se manifestó de una
manera atroz ¿Tenía Jesús razón, o no…? acerca de que el mal es un producto intrínseco de la naturaleza
humana.
—Sin duda —dije yo, mientras los otros asentían con un gesto.
— Entonces, querido —continuó mi guía—, ¿Por qué parece el bien apenas sobresalir entre tanta
maldad? Incluso, la literatura universal, la pintura, el cine, y todas las manifestaciones de la cultura
artística no hacen más que recalcar esta afirmación.
— Es un hecho, sin duda —repetí—. Un hecho sin explicación.
— ¿No debería haber una explicación?
— ¡Aja! Sin duda —dije yo.
— Entonces ¿Cómo es posible, queridos —dijo Latin tras una breve reflexión—, que aunque la vida
real y el arte nos muestren el predominio del mal, aún así, existan en los hombres, muchas veces en lo
más profundo de los corazones, esas cosas a las que muchos llamamos con esperanza infinita y hasta con
orgullo, las virtudes humanas?
— Así es, y son practicadas por la mayoría de los hombres, por unos más que por otros; pero en
definitiva, siempre las hayáis vigentes —agregó Helena.
— De otra forma no podría ser —dijo Latin—. No dudo que esa mayoría de la que habla la doctora
está también de acuerdo en que la práctica de las virtudes es superior, como fundamentos de la
convivencia humana, que cualquier otra forma de relación.
—Sin duda —dije yo.
—Los seres humanos siempre han parecido estar dispuestos a cooperar, asistirse unos a otros, e incluso
a sacrificarse por los demás. ¿Es cierto?
—Estoy de acuerdo.
— Entonces, querido Máikol. Si la mayoría aceptamos que la virtud es superior a la maldad y que trae
ventajas indiscutibles para los hombres ¿Por qué no se ha podido hasta hoy crear una sociedad humana
donde impere la virtud en todos y para todos? ¿Qué hay que lo impida?
— En este punto solo puedo señalar otro hecho destacado —dijo Johann—. Los hombres desean la
paz, pero se matan en guerras irracionales, celebran fiestas en honor al amor y la amistad; pero apoyan el
odio, la intolerancia, el fanatismo y la agresión. La conducta de muchos hombres se muestra
incongruente y falsa, incluso, en muchos que se nombran predicadores de la virtud.
—Debe haber alguna causa o condición que lo determine así —dije yo. Estoy ansioso por saberla. Por
favor… ¿podrías mencionarla ya?
— La cuestión del origen del mal y su naturaleza es un tema filosófico muy complejo —dijo Latin—,
cuya solución lleva aparejada una investigación multidisciplinaria. Sigmund Freud, por ejemplo, y el
estudio del inconsciente. ¿Quién de ustedes me dice algo acerca del ego?
Ante esta pregunta súbita tuvimos que hacer silencio. Viendo ella nuestras dudas, continúo así:
—El ‘ego’ es la instancia psíquica de la personalidad que nos permite reconocer nuestra identidad al
servir como vallado o frontera entre nuestro mundo interno y el mundo externo, regulando el contacto
con este último. Así, nos permite identificarnos de manera consciente como lo que somos y a
diferenciarnos de las demás personas y el mundo. Es también la estructura psíquica que nos define como
seres individuales. Sin ego todos seríamos espiritual, mental e intelectualmente idénticos. ¿No creen?
Por otra parte, tiene la función de regulador e intermediario entre las demandas del ‘ello’ y las
prohibiciones del ‘súper yo’.
— ¿Y por qué tantos malentendidos con esta palabra?
—Sucede querido, que se basa en la incomprensión. ¿Tú crees que el hombre tiene algo en común con
los animales?
—Desde el punto de vista del cristianismo, creo que no. Si somos una criatura hecha por Dios a su
imagen y semejanza, no deberíamos tener nada en común con los animales —dije yo.
—A menos que Dios tenga también algo en común con los animales —agregó Johann.
— ¿Y las ciencias, cuando comparan a los animales y al hombre? ¿Qué es lo que hallan? —dijo Latin.
— Muchas semejanzas —dije yo.
—Entonces, ¿no sería justo pensar que esas cualidades comunes entre el hombre y los animales ponen
de manifiesto nuestro origen común?
—Eso creo. Lo que procede de lo mismo siempre guarda cualidades comunes con el material de origen
—dije.
— ¿Dónde radica la mayor diferencia entre un hombre y un mono? A tu modo de ver, querido Máikol.
— En que el hombre puede pensar —dije enseguida.
—En el razonamiento —aclaró mi guía—, que se origina en la actividad del cerebro.
—Estoy seguro.
—Entonces. El cerebro del hombre, que es la base material del razonamiento, es sin ninguna duda,
superior, más complejo y desarrollado que el cerebro del mono, ya que, según demuestra la vida, el
mono no puede pensar.
— ¿Me ayudan ustedes? —dije volviendo la mirada a Helena y a Johann.
—Ya he llegado a donde quería —continuó Latin—; pero dime primero… ¿No crees que el hombre es
un ser superior al resto de los animales; pero que al mismo tiempo conserva muchos rasgos primitivos
de los animales, tanto en el aspecto físico visible como en la conducta?
—Si, lo creo.
—Pues entonces, ahí está la razón de la existencia del ego. El ego debe separar, afirmar y controlar lo
que hay en el hombre de animal, y lo que hay en él de exclusivamente humano. El ego separa la razón
de los instintos. Separa lo consciente de lo inconsciente. Así nos permite vivir como humanos a pesar de
que somos animales desde nuestro origen.
— ¿Y por qué somos entonces mental, intelectual y psíquicamente diferentes entre nosotros?
—Las diferencias entre los individuos humanos proceden en primer lugar de la base biológica; luego y
después del nacimiento se agrega a ello el conjunto de las influencias del ambiente social. Ambas
esferas forman las bases materiales del desarrollo de la personalidad. Una base biológica y una base
social. La esfera social, aún siendo un peldaño superior del desarrollo humano, es inseparable de la
esfera biológica, que constituye el peldaño inferior sobre el que se alza la humanidad.
— ¿Queréis decir, que la psíquis humana es un producto de esas dos bases materiales que conforman
nuestra existencia?
—Así es. Al nacer el niño su cerebro es como el disco duro de una computadora recién adquirida en el
mercado. Posee solamente algunos programas básicos, que en el caso del niño son los instintos de
supervivencia. El niño nace solo con la estructura psíquica a la que Freud llamó el ‘ello’.
—Queréis decir que en el recién nacido no existe el ‘ego’.
—Exacto, doctora. El ‘ego’ se empieza a formar a partir del momento en que el niño comienza a
diferenciar su cuerpo del mundo que lo rodea. En eso consiste la formación del ‘ego’, en la capacidad
que tenemos de diferenciarnos a nosotros mismos del mundo que nos rodea incluyendo a las demás
personas.
—Entonces podemos concluir que es bueno el ‘ego’ —dije yo—. Pero de todas formas me parece que
el ‘ego’ al final, es la causa del mal.
— ¿Por qué? —dijo mi guía.
—Bueno, yo creo que el ‘ego’, al convertirnos en diferentes; al mismo tiempo nos separa y aparta de
los demás como si los intereses de cada uno de nosotros chocaran con los intereses de los otros hombres,
y así nos hacemos enemigos unos de otros.
— Estás en lo cierto —dijo Latin—, aunque debo agregar que esa pugna de intereses entre los hombres
no es legítima y mucho menos inevitable, a pesar de que hay fuerza interesadas en mantenerla. Pero hay
algo más. Con la formación del ‘ego’ se forma la personalidad del individuo; pero el proceso no
concluye ahí. Ya formada la personalidad en su primera etapa aparecen nuevas contradicciones que dan
impulso a un nuevo desarrollo.
— ¿Nuevas contradicciones? —dijo Helena— ¿A qué os referís?
—Dime Máikol. ¿Cuáles son las bases materiales del desarrollo de la personalidad?
— Habíamos quedado en que hay una base biológica y una social —dije yo.
—Pues bien —dijo Latin—. El próximo paso en el desarrollo de la personalidad es cuando esta se tiene
que enfrentar a las exigencias de la sociedad, y la sociedad exige mucho a través de normas de todo tipo,
que pueden ser morales, religiosas, legales etc. El reflejo de estas exigencias aparece prontamente en la
esfera psíquica de la personalidad y es lo que conocemos como el ‘super yo’ freudiano. Dime Máikol
¿Qué pasaría a un hombre que no pueda desarrollar un ‘superyo’?
— Bueno, su personalidad se quedaría sin la capacidad de comprender y asimilar el significado de las
exigencias y normas de la sociedad. No terminaría de madurar, pienso yo.
— Y si no se somete a las normas de la sociedad ¿Qué le podría pasar? —dijo mi guía—. Digamos que
no se somete a las normas jurídicas proclamadas por el estado.
—Se haría un delincuente.
— ¿Y si no se somete a las normas morales de la sociedad?
—Se haría un pervertido, un inmoral y desvergonzado.
— Muy bien ¿Y si no se somete a las normas religiosas de la sociedad?
—Bueno. En este caso se haría, creo yo, un impío, un pecador, un ateo, un hereje.
— ¿Qué podrías decir entonces —intervino Helena—, en el hipotético caso de un hombre que se
esmere de manera estricta en cumplir con todas las normas y exigencias de la sociedad?
—Me imagino que tendría un ‘super yo’ bien desarrollado y avanzado —dije.
Ambas mujeres me sonrieron a la cara y entonces Latin tuvo la palabra:
—Querido Máikol, un hombre así no sería más que un mediocre de alta categoría. El hombre que se
somete mecánica y pasivamente a todas las normas de la sociedad, sin espíritu crítico y sin valor e
inteligencia para rechazar lo malo, lo caduco y retrógrado que hay en el mundo, se convierte él mismo
en el más abominable lastre de la sociedad.
— Pero yo estaba pensando…
—Cualquier cosa en exceso es lamentable querido —dijo mi guía—. El ‘ego’ cumple la función de
equilibrar todos los excesos de la vida psíquica para que se haga posible la supervivencia del individuo y
la sociedad, y para que la sociedad pueda avanzar a estadios superiores de desarrollo. Hay que entender
que las normas sociales responden a las necesidades de supervivencia de la sociedad; pero muchas
veces, y es normal que esto suceda en determinadas circunstancias y cada cierto tiempo, las normas
dejan de corresponder a las necesidades reales del desarrollo de la sociedad. ¿Qué sucedería querido, si
constantemente acatamos y defendemos las normas anticuadas que ya no se corresponden con el
desarrollo de las bases materiales de la producción?
—Nos estancamos, pienso yo, y nos metemos en grandes crisis.
—Correcto, querido. Dime entonces ¿Sería bueno que existiesen solamente hombres dispuestos a
acatar ciegamente las normas sociales, sin criticarlas y enjuiciarlas y condenarlas?
—No lo creo —dije de inmediato—. Nadie haría entonces algo para cambiar las malas leyes y normas
injustas. El mal predominaría en abundancia sobre la virtud de manera irremediable.
—Entonces, ¿crees tú que una personalidad madura y equilibrada libera al hombre de los excesos que
son fruto de los instintos y de aquellos excesos que violan las normas sociales justas?
—Lo creo —dije—. ¿Pero que pasa entonces con las normas injustas? —agregué—. ¿Es bueno que la
persona desobedezca las normas injustas?
—Es bueno y es deseable —dijo mi guía—, porque las normas injustas proceden de la voluntad
humana que no está de acuerdo con el bien, la virtud, la belleza y los intereses objetivos de la mayoría.
Aquellos hombres que derriban con su esfuerzo dichas normas hacen un gran favor a la sociedad y la
impulsan adelante.
—Entonces, el mal parece proceder de aquellos hombres que se oponen al cambio de las normas
injustas.
— Cierto, querido —dijo Latin—. ¿Quiénes son esos hombres?

Capítulo 31
PRELUDIO A UNA NUEVA ODISEA

Poco a poco me estaba adaptando a la vida entre los edenitas, y ello gracias al interés en el
aprendizaje. Día tras día mi amable guía me llevaba a visitar lugares a través del mundo que la sola
imaginación hubiera sido incapaz de concebir. Esta tenaz dedicación terminó dando sus frutos.
Una mañana me despertó temprano antes del amanecer y nos fuimos a tomar su vehículo
antigravitatorio situado en el parque trasero de aquella especie de hotel-laboratorio donde nos habían
alojado desde nuestra llegada a Edén.
— ¿Puedo saber con algo de anticipación a donde iremos esta vez?
—Visitaremos mi casa particular. ¿Te agrada la idea?
—Por supuesto que sí. Lo cierto es, que hasta el momento había pensado que este era tu único sitio de
residencia.
—Pues ya ves. ¡Te has equivocado! —dijo ella mientras subíamos a la máquina y ajustábamos
nuestros cinturones. Poco después atravesábamos la ciudad en busca de los campos situados hacia la
parte norte.
La mañana estaba ligeramente soleada y la brisa, fresca y suave, causaba en mi alma un bienestar casi
imposible de describir con palabras. Para escapar de la nostalgia, como siempre hacía, salté a un tema
«mundano» de conversación.
— ¿Dónde es que están las fábricas y talleres donde se producen las cosas?
— ¿Qué cosas? ¿Te refieres a la ropa, calzado, alimentos, maquinarias?
—Exactamente. Todavía no me doy cuenta en qué lugares trabaja la gente común y corriente.
—En primer lugar, mi querido Máikol. Debo decirte que en nuestro mundo no existe gente común y
corriente. Cada ser humano es poseedor de ciertos dones que lo hacen diferente a los demás, y al mismo
tiempo lo hacen polifacético, que es lo mismo que decir, rico en variedad de dones. Por otra parte te
diré, que los centros de producción se hallan dispersos por todo el planeta, de acuerdo con la existencia
de las materias primas y otros recursos necesarios para la producción. Las fábricas y talleres están
diseñados de manera que ellos contribuyan a la felicidad y al enriquecimiento espiritual de las personas;
pero también al cuidado y preservación de la madre naturaleza. El único objetivo de la producción es la
felicidad de todos. Cada persona trabaja como máximo cuatro horas diarias en los centros de producción
comunitarios, y el resto del tiempo lo dedica a sus actividades preferidas en el campo del arte, la
investigación científica y las invenciones tecnológicas; de manera que no hay una diferencia entre el
obrero común y corriente, como dices tú, y aquellos que se dedican a labores «más elevadas». La misma
persona que proyecta la máquina en su cabeza, fabrica la pieza.
—El trabajo… ¿Cómo se paga el trabajo? Porque pienso que para distribuir la riqueza social habrá que
darle a cada cual un pago por su trabajo.
—Me gusta tu pregunta —dijo ella sonriéndome mientras entregaba el vehículo a disposición del
piloto automático. Agregó entonces—: aunque te parezca paradójico, la contribución de cada cual se
paga directamente con tiempo.
— ¿Cómo es así?
—Porque el tiempo, Máikol, es la medida directa del trabajo y de todos los valores producidos. Cada
hora de trabajo equivale a un punto o crédito que la persona acumula durante su labor social. Con esos
créditos personales cada cual adquiere los objetos y servicios que necesita de la sociedad.
— ¿Y cuando una persona muere, esos créditos, los heredan sus familiares?
—Negativo… No existe nada en nuestras normas y costumbres que pueda compararse a la institución
legal de la herencia.
—Y entonces ¿Quién se queda con esas horas de trabajo acumuladas por el difunto?
—Ya tú lo has dicho. Son horas de trabajo. Acciones realizadas por el difunto durante su vida, y por
tanto, nada tangibles. Nadie las podrá adquirir para su propio beneficio. Lo que quiero decir con esto,
que el pago del trabajo es únicamente a título personal.
— ¿Y los hijos del difunto, si los tuviere y no poseyesen la edad adecuada para trabajar, quién los
sustentaría mientras tanto?
—La sociedad les provee de los créditos de trabajo necesarios y lo mismo sucede con las personas
incapacitadas para trabajar por cualquiera otra razón.
—Veo que están bien organizados.
—Y de una manera muy sencilla, mi querido Máikol. El banco social de trabajo es la única institución
existente para estos fines de distribución de la riqueza. Este banco acopia de manera virtual y
centralizada todas las horas de trabajo de la humanidad edenita y las distribuye de acuerdo con las
necesidades de cada cual.
— ¿De la humanidad has dicho?
—Ciertamente. Los edenitas no tenemos fronteras ni naciones. Somos todos de una misma raza,
hablamos una misma lengua, y tenemos las mismas reglas y normas de convivencia.
—Todo ello me suena demasiado igualitario. Demasiado idéntico y aburrido. ¿En qué se puede
diferenciar entonces una persona de otra?
—Pues… aunque te pueda parecer imposible, hay aquí muchísima más variedad psicológica,
intelectual y emocional que en tu propio mundo donde predominaba una cultura de masas y en
decadencia, y un modo de vida tecnocrático y gobernado por una patocracia donde la personalidad
dominante es la del hombre mediocre. Un ser humano sin ideales y sin sueños que realizar, moldeado
por los mismos patrones de comportamiento y dominado por la materialidad, la sensualidad, por los
bajos instinto y el egoísmo, y controlado y manipulado por la información y la propaganda política y
comercial. Atado con cadenas invisibles.
Esta última explicación de Latin la sentí de repente como una invectiva directa contra mi persona; pero
entonces me limité a voltear el rostro y a contemplar a través del vidrio de rivalita el paisaje de colinas
bajas que corría a nuestra derecha.
—Y el precio… ¿Cómo se le pone precio a los productos? —dije un rato después.
—De la forma más sencilla que se pueda concebir —dijo ella—. Simplemente, si hubo que invertir una
hora en la fabricación de un producto, su precio correspondiente será el de una hora de trabajo.
— ¡Intercambio equivalente! ¿Una hora por una hora? ¿Y dónde está entonces la ganancia del
productor y de los comerciantes?
—El productor es el mismo trabajador que labora en la fábrica o en la maquinaria. Si él trabaja una
hora, puede adquirir su producto por la misma hora en que lo produjo. Y con respecto al comerciante…
¡Bueno, eso te lo diré cuando entremos a mi casa!

***

Efectivamente, después de viajar unas doscientas millas habíamos arribado a un prado al pie de una
colina. El camino daba la vuelta a la elevación y desaparecía de la vista. Volamos a poca altura por un
sendero pavimentado con piedras y nos acercamos lentamente a una pintoresca residencia en medio de
naranjos, pinos y palmeras plantados en el terreno de forma tan abigarrada, que resultaba aquel ambiente
para mí como lleno de inquietud e incertidumbre.
—Este es el lugar más seguro y sosegado que tú puedas imaginar —dijo ella como si pudiera
instantáneamente adueñarse de mis emociones más profundas.
— ¿Cómo haces para averiguar lo que siento?
—Es parte de nuestra existencia. El ser humano posee en lo más íntimo de su alma la facultad
telepática; pero esta facultad yace dormida, esperando que le hagamos despertar un día. Pronto te darás
cuenta de mis pensamientos y tus propios pensamientos terminarán confundiéndose con aquello que
forma parte más amplia de la conciencia humana. Hace poco te asombrabas de lo semejante que te
parecían las personas en Edén, y de la simpleza de nuestras vidas. Repito. Pronto te darás cuenta de lo
rica que es en colorido, en detalles, y en profundidad de espectro nuestra conciencia. No existe aquí en
realidad, la amenaza de eso que llaman allá en tu mundo tedio o aburrimiento.
Latin había desconectado el piloto automático y condujo el vehículo hasta una edificación de techo
bajo y sostenido con hermosas columnas de estilo románico. El piso era de un material semejante al
mármol, de un color verde y azul y sin división aparente. Allí dejamos el vehículo y caminamos por un
trillo entechado en dirección a la residencia. A través del techo se podía observar en la distancia una
parte de la gran colina que se extendía alargándose hacia el este hasta desaparecer en una cadena de
promontorios marinos. En la base de la colina llamó mi atención un conjunto de edificaciones bajas
levantadas en una parte despejada del terreno.
—Debo decirte algo —dijo ella mientras tomaba mi mano y la apretaba con cariño.
Esperé un instante y dije luego:
— ¿De qué se trata?
—Aquí vas a encontrarte con varias personas. Algunas de ellas son familiares míos. Otras son amigos
y compañeros entrañables. Lo que quiero sugerirte, es que debes actuar con toda tranquilidad y
confianza, ya que a este lugar venimos a disfrutar de la compañía de almas semejantes, a meditar y a
solazarnos en la conversación.
Llegamos frente a la verja de un florido y luminoso jardín. Todo mi ser inhaló y de repente se llenó con
aquel ambiente de la campiña. Una profunda paz, mezcla de añoranza y satisfacción se apoderó de mí.
Atravesamos la verja. En medio del jardín se abría un gran estanque en forma hexagonal. Era
alimentado en uno de sus extremos por una pequeña corriente fluvial que le servía también como
desagüe por el lado opuesto. Para llegar a la puerta principal de la residencia tuvimos que atravesar un
puente por encima de la corriente hasta el pórtico; a través de jazmines, rosas y tulipanes negros que
eran sobrevolados por un enjambre de abejas.
— ¡Bonito lugar! —exclamé al poner un pie en el primer escalón.
—Es todo poesía —dijo ella mientras sonreía a una mujer que habíase puesto en pie para recibirnos—.
Ella es María Alexandra, la encargada de atender los quehaceres de la casa —agregó a modo de
presentación.
La mujer de aspecto caucásico se nos adelantó unos pasos. Sin dejar que desapareciera la sonrisa de
sus labios empujó la puerta que nos permitió el acceso a un amplio recibidor despejado en toda su
amplitud, en cuyo entorno aparecían, como empotradas en la palidez marmórea de sus paredes,
preciosas obras del arte clásico.
— ¿Y estos cuadros? —dije sin poder contener mis pasos, encaminándome hasta uno que estaba
situado junto a un ángulo del vestíbulo.
—Este es el original de la «Helena en el baño» de Zeuxis.
— ¡El original, has dicho!
—Cierto, mi querido Máikol.
— ¿Cómo es posible?
—Muchas de las obras del arte antiguo y la literatura, desaparecidas para ustedes en la Otra Tierra, las
conservamos nosotros en sus piezas originales, tal como esta, o como esta otra —dijo al tiempo que me
señalaba otro de los cuadros.
— ¿Y este cuál es, que nunca lo había visto?
—Es una de las obras de Parrasio de Éfeso —me contestó.
— ¡Ayax y Odiseo disputándose las armas de Aquiles! —dije tratando de contener mi desbordante
entusiasmo al recordar la descripción de la obra.
—Aquí las tienes para que puedas contemplarlas todo lo que desees; pero ahora te ruego que nos
acompañes al salón principal.
Estaba dividido en cuatro secciones por columnas y arcos de estilo gótico, dos a cada lado de un
amplio corredor. Era una recepción llena de colorido y delicadeza. A pesar de la profusión de muebles
con bellas decoraciones; de ventanas engalanadas con cortinas de colores suaves; de mesas cubiertas con
manteles finos, servidas con manjares y bebidas exóticas; el salón lucia despejado.
Los hombres y mujeres reunidos allí no eran más de quince.
A través de los ventanales se filtraban al interior la luz del día y el aroma y los susurros del jardín.
Por supuesto; lo primero que hice fue buscar entre las personas algún rostro familiar. Como era de
sospechar, hallé más de uno. Fue la doctora Hung la primera que vino a mí. Me tendió su mano y nos
abrazamos estrechamente. Cuando salí del éxtasis del primer instante y miré a mi alrededor, pude
comprobar que todos nos observaban.
— ¿Dónde está mi hermano?
—Aquí viene —dijo Latin.
Johann salió por detrás de una de las columnas y se acercó.
Apenas nos separábamos luego de un efusivo abrazo cuando vi aparecer, como traídos por mis propios
pensamientos, a Mustafá, al ingeniero y a los demás.
—Ahora que están todos reunidos podemos sentarnos —dijo Latin—. Vengan por aquí.
La sección contigua estaba ocupado por finos sillones y sofás situados de manera que al sentarnos,
quedamos ubicados de frente a una de las paredes interiores.
—No comprendo aún de qué se trata… —susurró Helena junto a mi oído.
—En primer lugar, ya hemos concluido la parte principal de vuestro entrenamiento, que consistía en el
aprendizaje de nuestra lengua y de las normas de comportamiento. Todos han sido aprobados
satisfactoriamente, y por lo tanto, son libres para permanecer unidos y en equipo. ¡Sabemos que lo
desean! Por otra parte, Johann continuará siendo su capitán.
Vi un ligero mohín en los labios de la doctora Hung, seguido al momento por las palabras de mi
hermano:
—Y que sepan, a partir de hoy, muchas de las verdades y de los nuevos trabajos a realizar.
— ¿Hay algo más desconcertante que deba entender en todo esto? —dije entonces.
Latin volvió a tomar la palabra.
—La misión principal, que era proteger Edén, fue cumplida con todo éxito; pero hay algo que deben
saber. Al cambiar el resultado de la batalla hicimos que el universo se desdoblase en realidades
paralelas. El mundo del que vienen ustedes se desgajó. Al otro lado hay una realidad muy semejante a
Edén, justa y hermosa en proceso de desarrollo a la que llamaremos Tierra II. Tenemos otra, que es la
que nos preocupa, a la que llamaremos Tierra III. Para mejor entenderlo, supongamos que ustedes no
hicieron nada, que no llegaron a cambiar nada en la batalla, y que las cosas siguieron tal y como serían,
en su desarrollo original.
— ¿Qué hubiera pasado en ese caso? —dije yo.
— Algo imposible de evitar para la gente de tu mundo —dijo ella—. La III Guerra Mundial.
— ¿Quiere decir… —dijo Helena—, que esos mundos que surgieron a partir de nuestra intervención
en la historia, son como copias de ese original que existía sin nuestra intervención?
—En cierta forma —dijo Latin—. Si no hubiéramos intervenido en Muret, no se hubieran originado las
copias. Pero también hubiera sucedido que La Tercera Guerra Mundial, provocada en la Crisis de
Octubre de 1962, hubiera destruido la civilización y ninguna otra cosa habría ocurrido como resultado.
Lo que conseguimos al intervenir en la historia fue la creación de dos copias. Salvamos el original, que
es del que proceden ustedes, al cual llamaremos Tierra I. Luego, Tierra II y Tierra III son copias. En la
primera ganó Pedro II de Aragón y no sucedió la guerra de 1962; pero en la Tierra III ganó Simón de
Montfort y ocurrió la tercera guerra.
— ¿Y puede haber comunicación entre Edén y esos mundos paralelos? —dijo Helena.
—Buena pregunta. Afirmativo. Puede haberla.
— ¿Cómo podríais…?
—Amiga, el mecanismo es bastante simple. Si desde Edén viajamos a cualquier momento anterior a la
batalla de Muret, estaríamos entrando a la Tierra I, si lo hacemos entre los años de 1213 a 1962, es decir,
entre la batalla de Muret y la Crisis de Octubre, entraríamos a la Tierra II, y por último, si la entrada se
produce después de 1962, llegaríamos a la Tierra III.
— ¡Y entonces…! —dije yo—. ¿Cuál es el problema…? Si es que hay algún problema en todo ello.
—Sabíamos que ese desdoblamiento de la realidad iba a suceder —dijo Latin—; pero lo que no
sabíamos, ni fuimos capaces de prever, a pesar de la alta tecnología que poseemos, es que el talismán se
desdobló también. Ahí está el problema.

***

Con las últimas palabras de mi guía comprendí enseguida que algo nuevo y de mucho riesgo nos estaba
exponiendo sin reservas. Al momento saltó la doctora Hung con un dejo que denotaba su ansiedad o
disgusto.
— ¿Queréis decir, que ahora existe otro talismán?
—Ciertamente.
— ¿En cuál de las dos? ¿En la copia II o en la III?
—En la Tierra III —dijo Latin—. Veo que han comprendido en qué consiste el problema y el nuevo
peligro que amenaza Edén.
—Esperad un momento. Por lo que habéis dicho, puedo deducir que en la realidad física la existencia
de las tres tierras tiene un carácter relativo. Existen las tres solamente desde nuestro punto de vista aquí
en Edén.
—Correcto doctora —dijo Latin—. Después de salir de Edén y penetrar en cualquiera de las tres tierras
tenemos la posibilidad de viajar en la máquina a cualquier momento del pasado o del futuro y estudiar
cualquiera de las tres, dependiendo del momento en que hayamos decidido penetrar. Ahora les
mostraremos algo que les prometimos desde el principio. Verán en lo que se convirtió vuestro mundo
después de la Tercera Guerra Mundial.
Seguidamente se oscureció la habitación y se iluminó la pared frontal frente a la cual se formó una
imagen holográfica de enormes letras con el irónico y despectivo título «Tercera Guerra Animal».
Comenzamos a ver escenas de muerte y desolación hasta que se iluminó la habitación y escuchamos la
voz de Latin.
— ¡Ya ven en qué terminó la brutalidad de los gobiernos humanos! —dijo al cabo—. En la Tierra III
los seres humanos no han desaparecido por completo, sino que han mutado en varias subespecies al
igual que las plantas y los animales, y ahora se ha desatado en aquella tierra una lucha encarnizada por la
supervivencia entre criaturas monstruosas de todo género.
—Una lucha darviniana por la existencia —dije cuando pude salir al fin de mi estupor.
—Ya te lo decía yo cuando te explicaba que nosotros no cometimos ningún crimen con las alteraciones
de Muret —dijo Latin—. Fueron los gobiernos de aquella tierra, y la incapacidad de los ciudadanos
comunes para abrazar y seguir los altos ideales de los hombres superiores los únicos responsables de la
tragedia.
—Ya lo veo —dije agachando la cabeza por vergüenza, y por un sutil sentimiento de responsabilidad
personal.
— ¿Qué temen ustedes los edenitas que podría suceder con el talismán? —dijo la doctora Hung.
—Esa es una buena pregunta —dijo nuestra anfitriona, y entonces agregó dirigiéndose a mí—. El
talismán ha sido localizado en Massachusetts, en Salem, en la casa de tu suegro.
—No entiendo… ¿Qué tenía que ver mi suegro?
—Johann no tuvo la oportunidad de explicarte todo —dijo ella—; pero ya es el momento. ¡Mira esto!
Se apagaron las luces y apareció un mapa holográfico frente a nosotros. Dijo entonces:
—La casa de tu suegro estuvo, o tal vez está todavía, situada en el enclave de la antigua aldea de Salem
¿Sabías eso?
—Conozco perfectamente donde está situada la casa de mi suegro —dije.
— ¿Sabías también que en ese terreno estuvo la casa de Samuel Parris?
—Si, por supuesto.
—Todavía hay más —continuó Latin—. Casi en el interior de la casa de tu suegro se encuentra otra de
las puertas dimensionales que permiten el acceso a Edén.
— ¿Cómo en el castillo de Montségur? ¿Eso queréis decir?
—Eso es, doctora Hung. La latitud geográfica de Montségur difiere en menos de treinta y siete
kilómetros de la latitud de la casa del suegro de Máikol. Ambos sitios se encuentran… ¡Miren ahí!
alrededor del paralelo cuarenta y dos.
Me puse en pie, abrumado de repente por las extrañas relaciones y consecuencias que ahora se
revelaban en torno a mi pasado y a mi familia. Me levanté y fui a la habitación contigua y bebí un poco
de agua. Cuando regresé al poco rato las luces se habían encendido y el holograma había desaparecido.
—Siéntate Máikol —díjome la doctora Hung— ¿Cuál es el nombre de tu suegro?
—Arnaud de Castel Verdun.
— ¿Y tu esposa?
—Aliènor de Castel Verdun. ¿Por qué me lo preguntas?
—Es interesante saber que fuisteis el heredero, a través de tu esposa, del hombre que en el siglo XIII
sirvió de depositario del tesoro de los cátaros.
—Y que aparentemente se quedó con todo —agregué yo.
—Eso ya no tiene importancia —dijo Latin—. Ustedes cumplieron con su misión al desviar el talismán
de las manos de Ponç Arnau, y con ello, de las manos del Vaticano. Gracias a esto, el catarismo y el
ideal gibelino del imperio pudo triunfar en el siglo XIII de vuestro mundo, en la Tierra II, por supuesto.
La civilización occitana allí proliferó con éxito bajo la égida de Federico II Staufen, para consolidar
luego el imperio universal humano. Ahora hay un asunto de mayor importancia.
—El nuevo talismán —afirmó Johann.
— ¿Qué hay que hacer? —dije presintiendo la nueva aventura que se nos echaba encima.
—La única solución para evitar una posible tragedia en Edén, consiste en recuperar esa copia del
talismán —dijo—. Habrá que viajar a ese mundo que acaban de ver hace poco en las imágenes.

Capítulo 32
DESENGAÑOS

La paz y el sosiego que disfrutábamos en Edén podían verse interrumpidos en cualquier momento.
Uno de los objetivos claves de la reunión había sido para informarnos de ello. No obstante esta
circunstancia, los días de entrenamiento allí continuaron de forma normal, alternando las horas de
trabajo con momentos de esparcimiento y profunda relajación.
La primera noche me fui a mi habitación con la firme determinación de olvidarlo todo por unas cuantas
horas y aprovechar al máximo los días de reposo. Después de un baño con agua tibia me tiré en la cama
y extendí la mano para tomar un librito que descansaba solitario en el estante situado junto a la cabecera;
como si lo hubiesen puesto allí deliberadamente.
Miré su título y me pareció familiar. En caracteres latinos decía así:
Lengua Agebartan
Curso y Gramática integral

Pasé por el índice y de allí salté a las formas de elaborar el plural donde me detuve un rato hasta sentir
como el libro se desprendía de mis manos y los ojos se me cerraban.
No puedo decir cuanto tiempo había estado dormido cuando un fuerte batir de alas me hizo abrir los
ojos. Levanté los hombros con el propósito de recostarme a la cabecera; pero lo que hice fue observar
hacia la única ventana de la habitación que daba a un costado del jardín.
Como la residencia se hallaba en una posición más elevada con respecto al terreno circundante, pude
mirar hacia la larga colina que se extendía en dirección al mar. Fuera la noche estaba clara y la luna
comenzaba a alzarse desde la costa lejana como una enorme bola de fuego. El jardín estaba ligeramente
alumbrado por los faroles de luz azulada que colgaban de los soportes a lo largo del recinto. El ambiente
afuera permanecía en completa quietud, ya que ni siquiera soplaba suficiente brisa que pudiera mecer las
pencas de las palmeras más allá del muro que rodeaba la construcción.
No encontraba la forma de explicar aquel ruido extraño, cuando de repente volvió; pero esta vez
mucho más fuerte. Salté al suelo y me puse al asecho junto a la ventana, cuyo marco inferior me
quedaba a la altura del pecho. Pensé que si se trataba de algún peligro los gruesos muros de piedra de la
edificación y el vidrio de rivalita nos podrían proteger a todos en la residencia. Esto me dio valor y
pegué mi rostro para observar afuera.
Una nube más oscura que la misma noche se dibujaba en el cielo y se contorneaba en indescriptibles
piruetas, como una serpiente enorme. La nube se alejó por un momento para regresar al poco rato más
bulliciosa que antes. Entre el estupor del sueño y la vigilia me había dado cuenta de algo. Aquello que
causaba mi desvelo debía ser alguna especie de aves, o tal vez grandes bandadas de murciélagos
gigantes que habitaban durante el día en sus refugios de las colinas.
Después de aquel pequeño susto volví a mi cama y dejé que el sueño me derrotara.
A la mañana siguiente lo primero que hice fue acercarme a Latin y contarle acerca del incidente.
Nunca antes la había visto reír tan alegre. Se acercaron Johann, Mustafá y Helena; y Latin nos invitó a
caminar por la base de la colina, prometiéndonos satisfacer nuestra doble curiosidad acerca de los
murciélagos y de las edificaciones octagonales.
Bajamos caminando por un sendero entre arbustos bajos hasta el área despejada que se apreciaba desde
lo alto de la residencia. Las curiosas estructuras eran bajas con techos en forma de bóveda y ocupaban
un área aproximada de un kilómetro cuadrado.
—Las paredes de esta colina —dijo ella—, se encuentran perforadas por innumerables cavernas que
constituyen el hogar de esta gran colonia de mamíferos voladores. Unos diez mil ejemplares se calculan
en la zona.
— ¿Y qué relación existe entre los murciélagos y las construcciones? —dije yo.
—En realidad se trata de generadores eléctricos —dijo ella—. Sus techos están formados por pequeñas
piezas de cerámica piezoeléctrica, capaces de vibrar en respuesta a la energía emitida en los chillidos de
los murciélagos. Pero esto no es nada nuevo para nosotros. Este mismo tipo de generadores existe en la
mayoría de las ciudades para producir energía eléctrica a partir del ruido en cualquiera de sus
frecuencias. Como podrán apreciar, se trata de energía limpia y de bajo costo, y además de ello, de
naturaleza inagotable.
Después de visitar el interior de uno de los generadores y de saborear los frutos de un delicioso huerto
aledaño a las construcciones, dimos un recorrido y subimos a la residencia por el lado opuesto.
Yo entré a la cocina y estaba junto a un aparato de refrigeración donde se almacenaban algunos de los
alimentos, cuando Latin se llegó hasta mí y me indicó con un gesto hacia las frutas. Entre todas había
una sola manzana, puesta allí, presumí, desde el momento en que la adquirimos en el mercado de la
ciudad. Inmediatamente me di cuenta. Tenía la marca que yo le había hecho en aquella ocasión.
— ¿Cómo llegó hasta aquí?— le pregunté.
—A través de aquel otro aparato —dijo señalando a un lado—. Se trata de la técnica de
teletransportación cuántica. Los productos que adquirimos en el mercado son enviados de manera
instantánea a nuestras despensas domésticas.
—Eso es interesantísimo —dije entonces—, y un gran alivio de trabajo; pero lo que desearía saber
ahora son las cosas referentes al funcionamiento de la economía en Edén.
— ¡Por ejemplo…! ¿Qué deseas saber? Mencióname algo más específico.
— ¡Si…! Dime cómo hacen para distribuir las mercancías entre la gente.
—Querido Máikol…, aquí los productos del trabajo no son mercancía; es decir, no vivimos en una
sociedad mercantil. La riqueza de nuestra sociedad no consiste en un inmenso arsenal de mercancías,
sino en la producción de valores de uso que se emplean para la satisfacción de las necesidades de las
personas. Esa es la gran diferencia que nos separa de tu propio mundo. Mejor… ¡Vayamos a la sala con
los demás!
— ¿De qué hablaban tan animadamente? —dijo Johann cuando entramos.
Estaban él y los demás miembros del equipo sentados escuchando la ligera música proveniente de
algún lugar entre las paredes de la habitación. Latin y yo nos acomodamos también.
—Máikol está interesado en entender algunas cuestiones de nuestra economía, como esa que se refiere
a la distribución de los productos, sin que estos hayan sido elaborados previamente con el objetivo de
convertirse en mercancías.
—Yo tampoco lo entiendo —dijo Helena.
—Partamos de esto —dijo Latin—. El valor de los productos no es una cualidad natural que existe en
ellos por el mero hecho de ser una cosa, sino porque son producidos en una sociedad mercantil. Es la
sociedad la que le puede otorgar valor a los productos del trabajo. De aquí se concluye que el valor es
una cualidad social de dichos productos. Es como una relación social cosificada. Pero, ¿qué tal si la
sociedad le deja de otorgar ese valor a los productos del trabajo?
— ¿Cómo podría suceder tal cosa? —dije yo.
— Bueno Máikol, hubo un sabio en tu mundo que elaboró esta idea en toda su profundidad. Su nombre
fue Carlos Marx. Pero déjame explicarte en qué consiste. Una cosa adquiere valor porque en la sociedad
se produce el intercambio, o comercio, si prefieren llamarlo así. Este intercambio es a su vez el resultado
de unas relaciones muy particulares de los productores entre sí, en las cuales cada productor
independiente elabora sus productos con la intención de satisfacer las necesidades de otros productores.
Este tipo de relaciones, en las cuales cada uno produce para los demás, es a lo que llamamos producción
mercantil. Este tipo de relaciones es lo que concede valor de cambio, o simplemente valor, a las cosas
útiles. Entonces… para que los productos del trabajo pierdan esta cualidad de valor de cambio; y aquí
respondo tu pregunta, es necesario que los productores separados por el interés privado y por las
circunstancias de la producción, dejen de estarlo, y que el objetivo de la producción deje de ser la
satisfacción de intereses particulares para convertirse en la satisfacción de las necesidades de toda la
sociedad. Si no hay separación entre los intereses de los productores y entre los productores y los
productos de sus trabajos particulares, tampoco habrá en los productos del trabajo esa cualidad que
denominamos valor de cambio. La separación entre los productores es lo hace que surja el valor de
cambio.
Aquí en Edén el interés de la producción no está dirigido al intercambio de los productos de un trabajo
concreto por otro, sino a la satisfacción de nuestras necesidades sociales. Es decir, los productos del
trabajo no poseen valor de cambio.
— ¿Qué poseen entonces?
—Solamente valor de uso —dijo Latin.
—Pero… siempre existe la necesidad de una distribución…
—Cierto, mi querido Máikol. A esa distribución aquí le llamamos adquisición. Cada cual adquiere los
objetos producidos por el trabajo concreto de otros productores en la medida en que los necesita para la
satisfacción de sus necesidades particulares. Con respecto a la circulación te diré que al no haber
producción para el mercado, tampoco existe entre nosotros eso que ustedes conocen como circulación
mercantil y monetaria.
—Entonces… de eso se puede deducir que no existe la necesidad del dinero —agregué yo.
—Así es. Al no existir la producción mercantil, no existe tampoco la necesidad de una mercancía que
funcione como equivalente universal para el intercambio de los productos. En lugar del dinero, usamos
los créditos de tiempo; por ser el tiempo la única magnitud que expresa de manera eficaz el trabajo
socialmente necesario para la reproducción de un objeto útil de cualquier clase. El trabajo, por tanto,
liberado también de su condición de mercancía, viene a expresar lo que es en sí mismo para la sociedad;
la condición imprescindible para su existencia.
—Si yo quiero adquirir una manzana —dijo Helena señalando la que yo había dejado sobre la mesa—.
¿Cuánto tendría que pagar por ella?
—Generalmente un minuto —dijo Latin—. Un minuto es lo que cuesta producirla.
—Entonces… si cuesta un minuto producirla, y se le paga un minuto al trabajador ¿Cuál es la
diferencia entre el precio y el coste de producción? ¿Dónde está la ganancia del productor? No le
encuentro lógica a vuestra economía. ¿Cómo funciona esto? Porque si el precio al consumidor y el valor
o coste de producción son idénticos, no existe ganancia para el productor, y por lo tanto, no existe un
incentivo para el trabajo.
Latin sonreía mientras se acomodaba en el sofá.
—Bueno… en primer lugar, esto es así porque se paga íntegramente el trabajo del obrero. En cuanto a
la ganancia del productor, debo decirles que no existe tal productor particular. Todos trabajamos por un
objetivo social. Tanto el proceso de la producción como la riqueza producida son función y patrimonio
de toda la sociedad. Los medios de producción y el conjunto de las riquezas que se producen son
administrados por la sociedad, por tanto, todo lo que se produce es ganancia de la sociedad para
satisfacer a sus miembros. ¿Ya te das cuenta donde está la ganancia?
—Aunque lo veo es difícil de creer —dije yo—; porque, si no hay ganancias para el productor…
—Ya te dije que el productor es la sociedad como un todo.
—Entonces, de donde salen los recursos para otras actividades que no son directamente productivas y
para el crecimiento del sistema productivo. Por ejemplo, atención a la salud, la educación, nuevas
investigaciones, desarrollo de nuevas tecnologías, mantenimiento de las fábricas y viviendas, asistencia
al sector de distribución etc…
—Cuando la sociedad en su conjunto es la que administra y dispone de todo, de modo científico y
planificado —dijo Latin—, existe la posibilidad de utilizar el excedente de la producción, de los
recursos y de la fuerza laboral para dedicarlos al desarrollo y mantenimiento de los sectores que no son
directamente productivos. Pongamos por caso el ejemplo de esta manzana. Ella costó un minuto de
trabajo social para producirla, y se adquiere en los almacenes sociales por un minuto de crédito; pero
cada persona apta para el trabajo en Edén trabaja muchísimo más que un minuto cada día y durante todo
ese tiempo extra produce muchísimo más que una manzana. Como pueden ver, el excedente es enorme y
es patrimonio de la sociedad que lo reinvierte para seguir creciendo. Se darán cuenta enseguida. Una
persona es incapaz de consumir todo lo que produce en cuatro horas laborales, ya que sus necesidades
personales quedan satisfechas con una hora de trabajo diaria. Este enorme excedente de trabajo y de
productos, no queda en poder de unos pocos individuos, sino que es utilizado por la sociedad de
productores para las cosas que has mencionado y para muchas más, todas en beneficio social, mi querido
Máikol.
La vida de nuestra sociedad se parece más a una sociedad de abejas, que al mundo absurdo y
despiadado de donde vienen ustedes.
—Pero entonces… siempre hay un tiempo extra de trabajo que no se paga al trabajador —dije un poco
confuso con los razonamientos de mi guía.
—Todo lo contrario —dijo ella—. Se paga íntegramente todo el trabajo de las personas. Si trabajas
cuatro horas recibirás crédito por cuatro horas, e incluso podrías adquirir todos los objetos que tu trabajo
produjo en esas cuatro horas, o los bienes y servicios que otras personas hayan producido en cuatro
horas. Pero… ¿Para qué te servirían? ¿Qué podrías hacer con todo ello? Volvamos al ejemplo anterior
de la manzana. Si en un minuto se produce una manzana, en cuatro horas serán, 60x4=240 manzanas.
Luego, la sociedad misma se encarga de administrar, utilizar y distribuir esos recursos excedentes en
bien de la sociedad ¿Para qué un particular hubiera querido 240 manzanas o cualquier otra cantidad de
objetos que se produzcan en cuatro horas?
—Únicamente para fastidiar a los demás —dijo mi hermano Johann que había permanecido
escuchando en silencio.
— ¡Eso es! —asintió Latin—; Pero además, las mismas reglas y costumbres de la sociedad edenita se
lo impedirían, ya que nadie estaría dispuesto a entregar su felicidad a un hombre de tal bajeza y
mediocridad.
—Entonces… ¿En Edén no hay pobres por ninguna parte?
—Muy buena pregunta, querido Máikol. Ciertamente no los hay. Pero mejor sería decir que no hay
persona sufriendo una justa necesidad que no pueda ser satisfecha.
— ¡Esto es una sociedad comunista!
—Lo es —dijo Latin—. No tienes nada que temer.
— ¡Cómo!... ¿Y entonces Tierra II, donde nos piensan devolver a todos, es cómo aquí? ¿No existe allí
la libertad personal?
— ¿Qué quieres decir con libertad personal? —dijo Latin.
— La libertad de dedicarse cada quien a la actividad que le agrade, con la posibilidad de ganarse la
vida en ella.
—Si eso es lo que te preocupa, no tienes por qué tomarlo a pecho —continuó Latin—. El gobierno
mundial de Tierra II concede la libertad empresarial y los negocios privados, siempre y cuando sus
resultados estén encaminados al beneficio social, y no a la acumulación de riqueza y de poder en manos
de unos pocos, que podría conducir nuevamente al caos y la explotación.

***

Aquella conversación nos dejó pensativos por un rato mientras escuchábamos la suave música en el
interior y el zumbido de las abejas y el canto de diversas aves desde el exterior. Por primera vez había
yo notado aquello con curiosidad, o tal vez era la primera vez que se presentaba a mí. Llamé la atención
de mi guía sobre el detalle.
Ella dijo unas palabras que sirvieron como voz de mando y la música instrumental de fondo
desapareció, quedando solamente una mezcla de sonidos naturales en la habitación.
—Ahora me doy cuenta por qué harían ustedes lo que sea necesario para proteger Edén —dijo Helena.
—Ya lo hemos tenido que hacer muchas veces, querida amiga. En tantos miles de años esta no es la
primera vez que conseguimos conjurar algún peligro que amenaza la seguridad de Edén; pero puedo
decirte que sí es la primera en que tuvimos que recurrir a salvar vuestro mundo mediante una
intervención en la historia. El resultado fue, no lo podemos negar, algo impredecible. Cambiamos y
mejoramos el original; pero no pudimos evitar la existencia de una copia desastrosa. ¡Ya lo ven ustedes!
—Pero Jesús, el Cristo, fue una intervención en la historia —dije yo.
—Con Jesús no fue lo mismo que lo hecho en Muret. Hemos penetrado a vuestro mundo en múltiples
ocasiones y con diversos objetivos; pero nunca habíamos afectado los acontecimientos como lo hicimos
en Muret.
— ¿Cuáles son los detalles de nuestra próxima misión? —dijo Johann.
—Hay que recuperar el otro talismán —dijo Latin—, y de esta forma evitar que un día las fuerzas del
mal y de las tinieblas penetren en nuestro mundo; como lo han intentado tantas veces. Podrían tratar de
penetrar además en la Tierra I, o en la II, y eso es también de nuestra incumbencia. Uno de estos intentos
(Dijo luego un poco más calmada) fue durante los sucesos de Salem en febrero de 1692. El 25 de marzo
de este año Betty Parris fue visitada por un personaje al que ella describe como un hombre negro y de
gran estatura, pero en realidad ella quería decir vestido de negro, quien quiso que la niña se convirtiera
en su servidora. Esto sucedió en la casa del reverendo Samuel Parris, padre de Betty, el mismo sitio que
en la actualidad ocupa la casa de tu suegro.
— ¿Qué significa eso? —dijo Helena.
—Eso significa, querida, que una fuerza diabólica conoce uno de los sitios por donde penetrar a
nuestra dimensión. La fecha es muy digna de tener en cuenta. Aquel equinoccio de primavera fue el 21
de marzo de 1692, y el personaje se presentó ante Betty el día 25. ¡Algo más! —agregó—. Nosotros
sospechamos que la fecha de la muerte de Betty Parris, ocurrida sesenta y ocho años después, el día 21
de marzo de 1760 en su casa de Concord, Massachusetts, no es algo puramente casual.
— ¿Por qué? ¿Qué relación pudo existir entre la familia del reverendo Samuel Parris y el talismán? —
dije entonces, sin pensar mucho en el posible alcance de mis palabras.
—La relación consiste en que seres demoniacos de alguna dimención saben que en la casa de tu suegro
está la puerta que conduce a Edén. También saben que en algún lugar por allí podrían hallar el talismán
que les abriría la puerta.
—Ya comprendo.
—A partir de los cambios acaecidos en Muret —continuó Latin—, tenemos desde aquí tres mundos
paralelos. El rasgo principal y determinante de la Tierra II es el triunfo de Pedro II de Aragón en la
batalla de Muret. Hablemos de la Tierra III que es la que nos interesa por el momento, porque es allí
donde está la copia del talismán ¿de acuerdo?
Asentimos a un mismo tiempo.
—Pues bien —continuó Latin—. Remontémonos a Muret. Pensemos por un momento que allí no
sucedió nada. No hubo ningún cambio. Así las cosas, tendrán la historia oficial que conocieron ustedes
en la época en que fueron estudiantes de bachillerato, o quizá un poco antes, que es a grandes rasgos la
siguiente. Después que Ponç Arnau de Castel Verdun, señor del Sabarthes, recibió el Grial, lo pudo
mantener oculto por algún tiempo y luego quedó bajo la custodia de la orden del temple, hasta que la
orden fue disuelta.
El talismán viajó con la flota templaria hasta Escocia y allí quedó bajo la custodia de Walter de Clifton,
que fue maestre de la orden en aquellas tierras. Finalmente, parte con rumbo a América y tras
incontables peripecias descansa por varias décadas en la isla de Barbados, en las Pequeñas Antillas del
Mar Caribe.
Aquí es donde entra a jugar su papel histórico Samuel Parris, el futuro reverendo de Salem. Como
ustedes saben, cuando muere su padre en 1673, Samuel se encontraba cursando estudios en Harvard. De
aquí regresa a Barbados donde toma posesión de las tierras heredadas de su padre y se establece como
agente de crédito en la principal población de la isla acompañado por sus dos esclavos, uno de los cuales
era la india arawak Tituba. Fue un incidente ocurrido con su otro esclavo lo que lo condujo a ponerse en
contacto por primera vez con el talismán. No entraré aquí a relatar los pormenores sobre este incidente
—dijo mi guía tras un breve silencio—; pero cuando Samuel Parris regresó a Nueva Inglaterra en 1680,
tenía consigo el talismán. Así fue como este llegó a territorio de lo que sería después Los Estados
Unidos de Norteamérica. Esta pequeña anécdota está enmarcada dentro de la historia de vuestro mundo.
La historia que tú bien conoces —dijo señalándome a mí.
—Ya ustedes vieron en lo que se transformó vuestro mundo —dijo Johann.
Estas palabras suyas y el tono en que habían sido pronunciadas me dejaron confuso.
— ¿Qué significa eso de vuestro mundo? —dije un poco excitado.
—Déjame explicarlo —intervino Latin—, porque sé que será un poco difícil para Johann hacerlo por sí
mismo. Será también difícil para ustedes, hermanos; pero es necesario que lo sepan de una vez.

***

— ¿Qué sepamos qué? —dije yo.


—Que Johann no pertenece en realidad, ni ha pertenecido nunca a vuestro mundo. Johann es un
edenita que fue enviado a una misión entre ustedes, y gracias a él estamos aquí reunidos.
—Eso es lo que nos faltaba. Entonces… ¡no es mi hermano!
—Ciertamente, querido Máikol. Tu verdadero hermano murió hace mucho tiempo. Decidimos que
Johann ocupara su lugar. Desde aquel momento, él ha trabajado entre ustedes para conseguir llevar a
feliz término todo esto.
— ¿Él es, entonces, una réplica de mi hermano?
—Una réplica informática. Física y espiritual —dijo Latin.
— ¿Cuáles son los detalles de nuestra nueva misión? —dijo Helena, como restándole importancia a
aquel asunto de parentescos.
—Llegar hasta Salem y localizar la tumba de la madre de Betty Parris —dijo Johann.
Por un momento hubo silencio entre los demás miembros de la misión. A mí en particular me extrañó
bastante aquella declaración. Dije entonces:
—Ya entiendo el papel que jugó la niña Betty de nueve años en esta historia; pero no entiendo por qué
debemos encontrar la tumba de su madre.
—Debo explicarles —dijo Latin—. Betty Parris tuvo una conducta algo diferente a la que regularmente
le atribuyen los investigadores de la historia. Todo el acoso que sufría la pequeña por parte de las
supuestas fuerzas demoniacas a las que ella denominaba «el gran Hombre Negro», fue por haber entrado
en contacto con el talismán, el que su padre tenía guardado, y casi olvidado en un desván. Desde el
momento en que la niña lo descubrió allí, prácticamente no quedaba un día sin que subiera sigilosamente
hasta su escondite en el ático y se lo colocara al cuello. Esta pequeña y solitaria diversión pronto pasó a
convertirse en una pesadilla a partir del día en que hizo copartícipe de aquel juego a su prima Abigail
Williams.
Ya sabemos que existen otras dimensiones y la posibilidad real de viajar entre ellas. Parece que las
muchachas en su diversión fueron descubiertas por alguna entidad maligna que necesitaba apoderarse
del talismán. Guiada por un oportuno instinto infantil, Betty pudo ocultarlo en otro lugar, incluso hasta
de su propia prima, y ahí comenzó la serie de acosos y de tormentos infligidos a las dos muchachas a
partir de mediados de enero de 1692. Pese a todo esto Betty pudo guardar con gran valor su secreto hasta
la muerte de su madre Elizabeth Eldridge Parris, ocurrida el 14 de Julio de 1696, unos cuatro años
después de haber comenzado el acoso. Durante el funeral, Betty se las ingenio para colocar el talismán
en el féretro de su madre y nunca más habló de aquello, llevándose el secreto a su propia tumba en 1760.
—Nuestro objetivo es Wadsworth Cemetery —dijo Johann—, y allí debemos encontrar la tumba de
Elizabeth Eldridge.
—Conozco el cementerio —dije yo, olvidándome por algún tiempo de las mentiras de mi falso
hermano.
— ¡Pues bien! No creo que sea conveniente retardar esta misión —dijo Latin—. Hay que prepararlo
todo para partir en dos días. La mayor dificultad consiste en que no podrán tener acceso a la Tierra III a
través de la puerta de Salem. Recuerden que el cruce interdimensional se puede efectuar solamente
durante los días de los solsticios y los equinoccios, al instante del amanecer.
— ¿Por qué no se puede por Salem? —preguntó Helena.
—Salem, al igual que Montségur, es una puerta equinoccial —dijo Latin.
— ¿Y qué significado le otorgáis a ese concepto?
—Existen dos clases de puertas interdimensionales —dijo Latin—. Las equinocciales permiten el paso
en el instante del equinoccio, como bien lo dice la palabra. Como usted sabe, doctora Hung, estos
ocurren los días 20 o 21 de marzo y 22 o 23 de septiembre. Dichas puertas, por otra parte, permiten
únicamente la entrada a Edén. Por mucho que avancemos en la ciencia y la técnica, siempre nos
veremos obligados a seguir las prescripciones inevitables de la naturaleza. Las otras puertas, las
solsticiales, se abren solamente en los días del solsticio, es decir, el 20 o el 21 de junio y el 21 o el 22 de
diciembre de cada año. Si observan la fecha de hoy, estamos a 18 de diciembre. Dentro de tres días será
el solsticio de invierno en el hemisferio norte y como ya saben, no podrán pasar por Montségur ni
tampoco por Salem. Habrá que hacerlo por otra puerta ubicada mucho más al sur. En tierras de
Centroamérica.
— ¿Qué puertas están allí?
—Esa es una buena pregunta, doctora Hung. Lo primero que deben saber es que las puertas ubicadas
en tierra firme que conocemos en la actualidad están en antiguos sitios arqueológicos. De esto pueden
deducir, para que les sea más fácil entenderlo, que las antiguas civilizaciones fueron edificadas por el
hombre en torno a estas puertas naturales. La única disponible para ustedes el próximo 21 de diciembre
está situada en plena Selva del Petén, en el extremo sur de la península de Yucatán. No sabemos nada
con certeza acerca del terreno al otro lado alrededor de la puerta.
—Al ingresar al sitio nos ubicamos en el terreno —dijo Johann—, y luego tendremos que viajar hasta
Massachusetts. Debido a las circunstancias del largo viaje, habrá que utilizar los medios que se
presenten a nuestra disposición. Será algo difícil y peligroso; pero no imposible.

Séptima parte

Capítulo 33
LA PUERTA DE TIKAL

L legó por fin aquel día. No será necesario contar los detalles de los preparativos, ya que la máquina
del tiempo, con la cual estábamos familiarizados, sería nuestro vehículo de navegación y contaríamos
además con el mismo piloto y jefe de la expedición con el que habíamos entrado a Edén, el gran
mentiroso Johann.
Exactamente como había dicho Latin, nuestro destino en el programa de la nave fue fijado para el día
jueves 21 de diciembre del año 1967.
Antes del amanecer abordamos nuestro vehículo situado en la estación de la pradera verde y Johann
prendió los comandos. En el instante en que el reloj cuántico de la nave marcaba las 06h 37m y 03s,
sentí un ligero temblor y mis pensamientos se convirtieron en un remolino.
Cuando abrí los ojos, en el interior de la nave todo había vuelto a la normalidad. Yo continuaba
acostado en mi pequeño camarote y los objetos e instrumentos a mi alrededor seguían exactamente
como al principio.
Zafé mis cinturones, me puse en pie, y fui hasta la claraboya. En el exterior estaba nublado y se
vislumbraba al frente un muro de verdor, como una pared vegetal que apenas me permitía una visión
parcial del firmamento. Oscuras nubes se agolpaban en aquel instante y era presumible que de un
momento a otro se desatara la lluvia. Esto se confirmó poco después con un rayo que estremeció la tierra
y aclaró las alturas.
—Parece que será terrible la tormenta —dijo Johann a mis espaldas.
Me volví con calma y sonreí apaciblemente. Al instante vi aparecer junto al estrecho umbral el rostro
sereno y feliz de la doctora Hung, y enseguida comprendí que las cosas habían salido esta vez como se
esperaba.
—Creo que será mejor permanecer aquí hasta que haya pasado —sugerí.
—Espero que así sea —dijo Johann—. Ya estamos trabajando en el proceso de orientación y ello nos
podría tomar un par de horas, así que, en lo que se resuelve, habrá pasado la tormenta y nosotros
estaremos listos para dejar la nave.
—Pero… estamos metidos en plena península de Yucatán —dijo la doctora—. Es enorme la distancia
que tendríamos que recorrer hasta Massachusetts. No creo que sea una buena idea salir todos de una sola
vez.
— ¿Qué me sugiere, doctora?
—Que salga un grupo de exploración. Que exploremos al menos una ruta hasta salir de la selva.
—Perderíamos demasiado tiempo —continuó Johann—. Se requiere la mayor rapidez posible en el
cumplimiento de la misión ¡No veo donde está la lógica! Podríamos hasta perder la nave.
— ¿Por qué se perdería? —insistió la doctora.
— ¡Vengan acá! —dijo él, y lo seguimos hasta la habitación de comando. El ingeniero estaba
trabajando allí, sentado frente a una de las consolas. Díjole Johann:
— ¡Por favor, Abraham, muéstranos los reportajes que te indiqué antes de salir!
El ingeniero cumplió la orden y al momento aparecieron sobre la pantalla mayor una serie de imágenes
más recientes sobre la situación en la Tierra III.
Debo repetir que habíamos arribado al año 1967, exactamente el 21 de diciembre al amanecer como
había sido programado; es decir, casi cinco años con dos meses desde el estallido de la Tercera Guerra
Mundial y setenta y tres años antes que yo fuera raptado por los edenitas y metido a viajar en la máquina
del tiempo.
Comenzaron a pasar en la pantalla las imágenes escalofriantes de los resultados de la guerra.
—Como pueden ver —dijo Johann—, la raza humana no ha desaparecido. ¡Miren ahí! La guerra
mundial se ha convertido con el paso de un quinquenio en una guerra de rapiña a escala planetaria. La
gente ya no lucha por el falso patriotismo de antaño, ni por ideas religiosas de cualquier tipo, y ni
siquiera por un orden económico y social. Todas aquellas falsas ilusiones que servían como motivos
para las guerras se ven ahora desveladas. Se trata de simple supervivencia del individuo en un ambiente
completamente hostil. Ni siquiera en los periodos más críticos de la barbarie primitiva se vivió algo tan
caótico y sanguinario como lo que se mira aquí.
—Aún subsiste todo tipo de terribles armas —dijo la doctora Hung.
—De eso quería que se dieran cuenta —dijo Johann—. Han pasado poco más de cinco años y los seres
que sobreviven se mantienen en un conflicto constante. Si hemos tenido que viajar hasta aquí, es porque
no hemos tenido otro remedio. Recuerden que la puerta de Salem es de tipo equinoccial. Por ella
podemos entrar a Edén; pero eso tendrá que ser hasta el próximo equinoccio. En todo ese tiempo
podríamos estar expuestos a cualquier tipo de agresión por parte de los nativos en estas regiones
salvajes.
—Ya veo. No quedará otra opción que apretar los zapatos y caminar —dijo la doctora Hung.
—Y que sea lo más pronto posible —agregó Johann—. Tenemos tres meses a partir de hoy. Luego,
cuando lleguemos a Salem y tengamos la copia del talismán en nuestra posesión, podremos decidir que
opción es la más adecuada. O volver aquí, o ingresar a Edén por la puerta de Salem. Todo depende del
tiempo que reste. Lo siento amigos; pero ha sido planificado así por nuestros mejores expertos.
Cualquier otra decisión a partir de hoy queda a nuestro libre albedrío, aunque sin violar lo ya establecido
en el programa.
—Y por fin ¿Me pueden decir en qué lugar estamos exactamente? Por ahí afuera veo algo como unas
construcciones —dije yo mientras observaba por la claraboya.
—En medio de la antigua ciudad maya de Tikal —dijo Helena.
Aquel día pasó sin que llegáramos a salir de la nave debido a la fuerte tormenta. Cuando comenzó a
amainar ya casi era de noche. Entonces decidimos hacer los últimos arreglos de la expedición y dormir
en paz hasta la mañana siguiente.

***

La primera en despertar fue la doctora Hung. Estaba parada junto al umbral de mi cubículo y parecía
lista para partir, como si no tuviese más que subir hasta la escotilla. Eso fue lo que hicimos poco
después. Habíamos desayunado y cargado con el equipaje y salimos a cubierta.
La nave del tiempo había quedado posada en medio de las dos pirámides más importantes de la antigua
ciudad y nadie quedaría a cargo de su cuidado, exceptuando su propio sistema de detección y maniobras
que garantizaba su idoneidad para operar automáticamente.
Desde nuestra posición en medio de la plaza podíamos observar las gradas del Templo del Gran
Jaguar, por un lado, y la Pirámide de la Luna, por el otro.
La maquina del tiempo, por su propio peso, se había hundido en aquella especie de lodo esponjoso, al
igual que lo estaban las primeras gradas de los templos y las estructuras bajas.
Bajamos la escalerilla y avanzamos en dirección a un ceibo que se alzaba majestuoso hacia el lado
oeste de la plaza.
Aquel era un mundo perdido por segunda vez al que quizá ningún ser humano había vuelto a tener
acceso durante los cinco años posteriores al holocausto. Nos costó trabajo salir de allí.
Como historiador me hubiera gustado detenerme por algún tiempo y tratar de desentrañar los secretos
ocultos bajo la vegetación dominante. Aquel sitio me parecía un ejemplo más de la soberbia e insensatez
del hombre. Un ser sometido a la fuerza ciega de su paradigma interno; pero debíamos continuar.
Avanzamos entonces en dirección oeste por entre la tupida vegetación de selva subtropical. El terreno,
mayormente cubierto por afloramientos de roca caliza hacía más difícil nuestro andar, haciéndonos dar
tropezones a cada rato contra los afilados bordes de la piedra.
Nos mantuvimos siguiendo la línea que marca los 17º13′ de latitud norte, avanzando siempre en
dirección oeste. Buscábamos la frontera mejicana hacia las riberas del Usumacinta. La idea de Johann
era alcanzar un antiguo poblado junto al río donde poder embarcar en un bote, lancha de motor, o lo que
estuviese disponible.
El peso del equipaje y las armas, unido al sofocante calor del mediodía nos obligó a tomar un descanso
en un claro de bosque formado por palmas de corozo y algunos chicozapotes. Me senté a un lado con la
doctora Hung y en aquel instante recordé las palabras de Johann cuando me hablaba de ella en las
cercanías de Montségur.
—Apenas hemos tenido tiempo de conocernos.
Ella sonrió
— ¿A qué os referís?
— ¿Cómo llegó a meterse en esto?
—Es una larga historia; pero si queréis que os cuente... aquí estoy.
— ¿Es cierto eso que dicen, que es astronauta? Eso me lo dijo Johann; pero ya sabes tú. Con el chasco
que me hizo sufrir acerca de mi parentesco con él, ahora me parece que miente en cada cosa que habla.
—Si… es cierto. Soy astronauta en mi propio tiempo, y además…, debo comunicarle mi opinión
personal acerca de Johann. Si él os mintió acerca del parentesco, pienso que no lo hizo por diversión, ni
por capricho, ni tampoco por maldad. De eso estamos seguros ¿no es así?
La firmeza repentina de sus palabras, sin dejar de estar acompañadas por aquella hermosa sonrisa, de la
cual era dueña absoluta, me hizo sentir un rápido alejamiento de mis anteriores dudas.
—Cuénteme de usted —dije entonces.
—Bueno, profesor. Mi infancia no fue tan pesada como la vuestra; pero tampoco tan colorida.
— ¿Es un acertijo?
— ¡No…! Es solamente una metáfora que uso siempre que me refiero a mi lugar de nacimiento.
— ¿Dónde nació?
—Pues… ¡En el planeta Marte!
— ¿Está bromeando?
—Con todo lo que ha vivido ya, pensé que no le iba a resultar extraño cuando lo supiera.
—Todavía me resulta extraño oír algunas cosas —dije.
—Nací en Marte muchos años después que tú. En una época en que se han establecido varias colonias
en el planeta rojo. Luego, un día, fui contactada por Johann, y aquí me tienes.
— ¡Quieres decir, que has venido desde mi futuro!
—Con mayor precisión, del año 2160.
Mientras Helena y yo teníamos esta conversación, el ingeniero se había encaramado en uno de los
árboles y le tiraba a otro un poco de los frutos maduros del chicozapote.
— ¡Venga profesor, tome unos cuantos! —gritó desde lo alto.
Me puse en pie y caminaba hacia el árbol cuando lo escuchamos exclamar con un tono muy diferente.
— ¡Miren aquello! ¡Por Dios! ¿Qué lo que es? —y enseguida lo vimos como continuaba ascendiendo
entre las ramas hasta llegar al tope.
— ¿Qué pasa? —dijo Johann.
—Veo humo en aquella dirección. Y también un grupo de aves sobrevolando la zona.
Acto seguido se puso a horcajadas sobre una rama y tomó el binocular que colgaba a su cuello.
— ¿Qué ves? —gritó Johann.
En aquel instante nos habíamos puesto en pie y mirábamos hacia lo alto con curiosidad.
—No lo van a creer. No son buitres.
— ¿Qué son entonces? ¡Decidlo de una vez, vale!
—Reptiles voladores. Enormes reptiles.
— ¿A qué distancia?
—Muy cerca jefe, muy cerca. ¡Voy abajo! —dijo esto y con la misma se desprendió de las ramas y se
dejó caer a una velocidad increíble. En un momento estaba en el suelo junto a nosotros.
—Creo que me vieron. Creo que me vieron y vienen por ahí.
— ¡A los árboles! —ordenó Johann.
Recogimos todo y corrimos hacia la espesura que estaba a unos treinta metros. Nos echamos al suelo y
tratamos de cubrirnos lo mejor posible usando ramas, hojas secas y enredaderas. Apenas unos cinco
minutos después, una sombra pasó sobre nosotros. Sentimos un batir de alas y una nube de hojas y
virutas comenzó a caer en el claro. A continuación vimos descender una especie de reptil emplumado
con enorme pico y dientes en forma de sierra.
— ¡Qué diablo es esto! —susurró el saharaui a mi lado.
—Un dinosaurio volador —dije yo.
— Silencio —ordenó Johann.
El animal dirigía sus grandes y amarillentas pupilas en nuestra dirección. Avanzó lentamente y de
repente se erizaron las plumas de su cola y entre estas aparecieron espinas enormes y con bordes
afilados como navajas. Se escuchó entonces un silbido agudo que nos obligó casi por instinto a taparnos
los oídos. Me tendí en el suelo con el deseo de sepultarme lo mejor posible entre la hojarasca. Otro
espécimen, de aspecto semejante al anterior descendía con estruendo.
—Prepárense para correr —dijo Johann— ¡Síganme ahora!— dijo a continuación.
Me puse en pie como impulsado por un muelle y agarré con fuerza la mano que me tendía la doctora
Hung.
Sentimos detrás el estruendo causado por la carrera de los animales entre la vegetación; pero no fue por
mucho tiempo. La selva se hizo muy pronto tan intrincada que cualquier intento por atravesar corriendo
entre la espesura les resultaría inútil. Cuando nos detuvimos, ya todo era silencio a nuestro alrededor.
— ¿Qué diablos fue eso? —escuché otra vez de labios de Mustafá.
—Es uno de los monstruos que han surgido sobre la tierra debido a las mutaciones —dijo Johann
recostándose contra un árbol para tomar aliento—. Les propongo que no se alarmen por estas cosas.
Ahora debemos continuar.
Y así fue. Al caer la oscuridad sentía mi cuerpo como si hubiese recorrido la mitad de la selva. En
realidad habíamos avanzado unos pocos kilómetros; pero a causa del tupido follaje las sombras se
habían extendido desde temprano. Debíamos acampar inmediatamente.
Lo primero que teníamos que hacer, como medida de precaución, era asegurar el campamento con los
modernos medios que teníamos a nuestra disposición, y que cargábamos como peso extra en el equipaje
individual. Ello consistía ante todo en un sistema de sensores que se colocaban en varios puntos elegidos
con precaución. Estos sensores captaban las señales acústicas, térmicas y visuales, las cuales eran
transmitidas de inmediato a un procesador cuántico, el cual enviaba la alarma a cada miembro del
equipo.
Le tocó a Mustafá la primera guardia. Lo vi como se sentó contra el tronco de una caoba. Dejó el fusil
a su lado y el computador sobre una mesita improvisada con estacas y pequeñas varas. Fui entonces al
lugar designado para mí y me metí en la bolsa de dormir después de ajustar y colocar en mi oído el
terminal del sistema de alarmas. Creo que en menos de dos minutos quedé dormido.
Desperté brevemente en horas de la madrugada cuando sentí movimiento a mí alrededor y observé el
dial de mi pulsera. Eran las cinco de la mañana. El siguiente hombre de guardia se había puesto en pie y
se dirigía a ocupar su puesto junto al computador. Me incliné sobre mi costado izquierdo e intenté
retomar el sueño. Así estuve un buen rato; pero sin conseguirlo. Fue entonces que escuché la alarma en
mi oído acompañada por una ligerísima vibración.
Abrí el saco y asomé la cabeza. Al momento vi como alguien pasaba a mi lado y entonces sentí la
mano de la doctora Hung que se posaba sobre mi hombro y me apretaba con fuerza. Algo estaba a punto
de suceder. Salí del saco a toda prisa y me incorporé.
—Sin decir nada profesor —dijo ella junto a mi oído.
Llevaba en la mano una pistola y los demás portaban sus AKMs. Nos tendimos al suelo en una larga
fila en la dirección hacia donde Johann había señalado con una mano. ¿Qué esperábamos? Eso no lo
supe hasta que un murmullo de voces provenientes de aquel lado me dejó comprender de qué se trataba.
Pasaron muy cerca de nosotros, calculo yo que a unos quince pasos, y continuaron en dirección
suroeste. Poco después todo volvió a la normalidad; pero Johann, con el acuerdo unánime, decidió que
debíamos prepararnos para continuar. Desayunamos brevemente y en silencio y nos pusimos en marcha.
— ¿Quiénes podrían ser? —dije entonces.
—Algo difícil de responder aún, profesor —lo único que podemos decir con seguridad, es que se trata
de una partida formada por unos cuatro hombres y quizá hasta dos mujeres. Seis en total y poseen armas
de fuego —dijo Johann.
Una hora después, abriéndonos paso la mayor parte del tiempo con la ayuda de los machetes que tres
de los hombres se encargaban de manipular de forma rotativa, llegamos al lugar donde habíamos
descubierto el humo.
Era un claro como de doscientos metros cuadrados ocupado por un poblado de chozas y rodeado por
una empalizada. Desde nuestra posición entre los árboles del lindero solamente podíamos observar los
techos de las habitaciones.
— ¿Qué opinan ustedes? —dijo Johann—. ¿Nos detenemos aquí?
—Yo opino —dijo Helena—, que debéis tener mucho cuidado. No lo creo recomendable. Pienso que
será mejor evitar el contacto con la gente.
— ¿Y tú, Mustafá?
—Yo pienso lo mismo que la doctora.
—Ingeniero, Pèire, Guiraldus. ¿Qué dicen ustedes?
Los tres fueron de la misma opinión.
— ¿Y tú Máikol? —preguntó finalmente.
— ¡Vámonos de aquí antes que se complique la cosa!
—Pues vamos —dijo Johann—. Retirémonos en silencio.

***

Y lo hubiéramos hecho de aquella forma y sin dilación, cuando un grito de mujer proveniente de la
empalizada nos obligó a voltear hacia el claro.
Se abrió un portón frente a nosotros que anteriormente no habíamos podido distinguir, y a través de
este apareció un grupo de personas. Algunos hombres estaban armados con machetes y otros con viejas
escopetas y fusiles de caza.
— ¿Qué sucede ahora? —dijo Helena mientras nos tendíamos al suelo.
Aquella gente, vestida con harapos o con piezas de cuero elaboradas toscamente, cargaba entre sus
manos una especie de litera donde reposaba un cuerpo. Avanzaban por un trillo entre la hierba y venían
hacia nosotros.
—Atrás… despacio —dijo Johann, y entonces tuvimos que retroceder. Atravesamos por una faja de
tierra recién removida hasta llegar a una nueva línea de bosque. Allí nos tiramos al suelo y quedamos
nuevamente ocultos. Todo fue en el momento preciso en que el grupo de personas entraba al claro. En
ese momento comprendimos el motivo que los animaba. Una mujer se abrazaba al cuerpo que cargaban
en la litera.
De repente, los portadores dejaron la litera en el suelo, al tiempo que los integrantes de la comitiva se
dispersaban con ligereza. Solo la mujer, infatigable en sus lamentaciones, quedó abrazada sobre el
cuerpo.
—Creo que nos han descubierto jefe —dijo Mustafá.
—No es eso —dijo Johann al tiempo que levantaba su fusil.
Un hombre había aparecido de entre los árboles y echó a correr hacia la mujer. Llevaba una pistola en
su mano.
Se escuchó entonces una ráfaga de disparos.
Debo decir que yo había visto el rápido movimiento de Johann y también a la mujer en medio del
claro, de rodillas junto a la litera y al hombre que corría hacia ella; pero no a la bestia que venía en
picada atravesando la brisa.
Los disparos habían evitado que las garras del sinornithosaurus se clavaran en el cuerpo inerme de la
mujer. El hombre, por su parte, se quedó indeciso y sorprendido observando las últimas convulsiones del
animal a pocos metros.
Antes que hubiésemos tenido tiempo de retirarnos al interior de la selva nos habían rodeado. Algunos
nos apuntaban con sus viejas escopetas y otros amenazaban con los machetes en alto.
—Por favor, escuchen esto —dijo Johann con una voz de profunda calma—. No tenemos intenciones
de hacerle daño a nadie. Miren esto —dijo entonces levantando lentamente su fusil con ambas manos—.
Tenemos armas mucho mejores que las de ustedes y podríamos acabarlos en un instante. Pero no será
así. Vamos a salir al claro y entonces hablaremos con aquellos que estén al mando.
—Doctora Hung, vaya saliendo usted.
Los hombres que nos rodeaban, aún medio ocultos entre la vegetación, temblaban a cada palabra que
pronunciaba Johann. Yo salí al descampado siguiendo de cerca a la doctora Hung. Cuando todos
estuvimos reunidos y en tanto que Mustafá y los demás no dejaban de apuntar a nuestros presuntos
captores; el hombre robusto y alto, de raza blanca, que había acudido en auxilio de la mujer, atravesó el
claro y se dirigió a nosotros con completa soltura y resolución.
Vestía una camisa de mangas largas que alguna vez fue blanca; pero que ahora estaba raída y sucia y
hacía perfecto contraste con su cara pálida y rechoncha, adornada con un bigotico amarillento. Había
escuchado cada palabra pronunciada por Johann, y fue a él a quien se dirigió.
— ¿Quiénes son ustedes? Supongo que es lo primero que debo preguntar —dijo en perfecto inglés.
—Solo andamos por aquí de paso y no pretendemos permanecer por mucho tiempo. No queremos
hacerles daño. Tampoco deseamos nada de lo que ustedes poseen. Podemos continuar hablando cuando
su gente deje de apuntarnos.
A un gesto del hombre los harapientos bajaron sus machetes y escopetas y él se acercó otro tanto.
—Soy el doctor Anthony McLennan —dijo a continuación—. Ahora, supongo que debo preguntar
quién es usted. No parecen gente que esté viviendo la pesadilla. ¿Dónde consiguieron esa buena ropa y
esas armas? Además, lucen bien alimentados y saludables. En cambio, nosotros ¿Qué les podemos
ofrecer? Miren a su alrededor. Solamente hambre, muerte y desesperación. Creo que eso no les hace
falta.
—Doctor… MacLennan ¿está bien usted? —preguntó Johann.
—Sí. Yo estoy bien. ¿Por qué lo pregunta?
— ¿Doctor en qué?
— ¿Qué dice…?
— ¿Cuál es su especialidad científica?
— ¡Oh…! Medicina.
— ¿Sabe usted cuantos años han pasado desde la catástrofe que convirtió al mundo en lo que es?
—Fue en mil novecientos sesenta y dos —dijo frunciendo el entrecejo y con mirada dubitativa en sus
pequeños ojos azules—. Ya se cumplieron cinco años ¡Llevo muy bien la cuenta! —agregó con tono
tristemente triunfal.
— ¡Y usted tiene unos cuarenta años! ¿No es verdad?
— Más precisamente cuarenta y dos —dijo MacLennan.
— ¿Qué universidad expidió su título? Porque hace más de cinco años que no existen universidades en
el mundo. ¿Usted está bien, doctor Anthony MacLennan?
— ¿A qué viene esa pregunta? ¿Duda de mis conocimientos? —dijo el hombre de repente, con
lágrimas que le empapaban el rostro. Luego agregó:
— ¿Quién es usted para venir aquí a juzgar entre nosotros? Puede averiguar con ellos, a cuantos he
curado aquí. ¿Cuántas vidas he salvado?
Hubo un murmullo de aprobación entre sus seguidores.
— ¡A excepción de esta niña! No pude hacer nada —concluyó entre sollozos, y agregó enseguida—:
ahora…, si nos permiten ustedes, debemos despedirnos de ella.
Nos unimos a los pobladores en la ceremonia de enterramiento y luego, a pesar de nuestra decisión
inicial, aceptamos la invitación de pasar al interior del cerco.

Capítulo 34
PRIMER ENCUENTRO

El poblado estaba formado por una treintena de chozas. Había más personas en el interior y todos
parecían tener una ocupación. Era evidente que allí imperaba un tipo de organización social donde
prevalecía la disciplina y la armonía entre sus habitantes.
El doctor MacLennan nos invitó a su choza particular, que era algo mayor, e incluso parecía más
confortable que las que formaban el resto del poblado. En un instante y sin que mediara ninguna orden,
su esposa y las dos muchachas se habían puesto con dedicación a nuestro servicio. Un rato después
estábamos bebiendo jugo de maracuyá en sendos tazones de barro.
—Señores —dijo mientras se sentaba en un taburete cercano a una mesa de tablas de caoba y recostaba
su ancha espalda contra el respaldo—. Esto que ven aquí, es todo lo que he podido hacer para sobrevivir.
Sé que no es mucho; pero es todo lo que he podido.
— ¿De dónde son ustedes? —preguntó Helena.
—Mis hijas nacieron en Villahermosa; pero mi esposa y yo somos de Nebraska. Muy lejos hacia el
norte. Llegamos a esta zona y fundamos esta aldea. Como todos los sobrevivientes hemos tenido que
correr en busca de los lugares más deshabitados de la tierra. Se cuenta que antes del desastre, la gente
acostumbraba a vivir en las grandes ciudades, en el bullicio y en el intercambio constante. Hoy en día
sucede lo contrario. Mientras menos personas mejor, y cuanto más lejos te encuentres de las
agrupaciones, mejor para la salud y la supervivencia. Es por eso que vinimos aquí, aunque sé que
nuestra relativa tranquilidad se podría ver amenazada en cualquier momento.
— ¿Qué quiere decir? —dije yo—. ¿Se refiere acaso a esos reptiles voladores?
—Esa no es la peor de las bestias —dijo el hombre—. Hemos aprendido a combatirlas con nuestros
propios métodos. El humo las ahuyenta con facilidad. Los propios seres humanos degenerados son los
más peligrosos, ya que conservan un agudo raciocinio unido a la manifestación incontrolada de los
instintos animales. Un hombre sin moral, sin ley y sin religión.
—Pero… no todos son así después de la tragedia —agregué—. Se podría hacer algo para que el
hombre tome el camino correcto de una vez y para siempre ¿no lo cree usted?
Se llevó una mano a la barbilla y la rascó con nerviosismo.
—Por supuesto que lo creo. Si Dios me lo permite seguiré ayudando a la gente. Es todo lo que puedo
hacer. Hay noches que no puedo dormir preocupado por la seguridad de la aldea. Los que vivimos aquí
somos como una gran familia y me siento responsable por la vida y la salud de cada uno. Ellos son todo
lo que tengo.
— ¿Cómo fue que aprendió para curar a la gente? —dijo Johann.
—Es una larga historia familiar —dijo Anthony MacLennan—. Mi abuelo fue médico allá por las
décadas del 40 y el 50 del siglo pasado. He leído historias que cuentan que aquellos fueron tiempos
duros. Pero yo digo que nada… nada es comparable con lo que vivimos hoy. Su hijo menor, que fue mi
padre, también siguió la profesión de médico; pero murió en la tragedia. Yo pude conservar en
Villahermosa su biblioteca personal y en estos cinco años me he dedicado con mucho afán al estudio de
la medicina.
— ¿Tiene usted la biblioteca? —dijo la doctora Hung.
— ¡La tengo! —dijo Anthony. Por primera vez vimos asomar una pizca de alegría en su rostro—. ¡La
tengo…! y es una de las pocas cosas, además de esta familia, que me hacen desear vivir en este mundo
de horrores.
—Es algo digno de elogio y admiración —agregó Helena, al tiempo que observaba a su alrededor.
—Pienso que un día esos libros podrían ayudar a la humanidad a salir de esta miseria en que estamos
—continuó el hombre—. ¡Es mi mayor ideal! El hombre sin un ideal es como un gusano que se
conforma con horadar entre la inmundicia. Un ser mediocre y despreciable que se arrastra por la tierra.
Tal vez eso fue lo que nos llevó a la tragedia. Tal vez siempre hemos sido gusanos entre la inmundicia.
—En eso estoy de acuerdo con usted —dijo Johann.
—Y ustedes… ¿A dónde van?
—Esta vez, hacia el norte.
—Quiere decir… ¿Qué andan en busca de algún buen lugar? ¿O solo se la pasan de un lado para otro?
—Ya tenemos un buen lugar —dijo Johann—; pero a veces es bueno recorrer el mundo para conocer
cómo vive otra gente. En realidad, no andamos solamente por andar, sino que tenemos nuestro plan.
El hombre frunció el entrecejo, se acomodó en su taburete y se frotó otra vez la barbilla con los dedos.
La esposa y las muchachas trajinaban junto al fogón y habían comenzado a echar tortas de masa de
maíz sobre una plancha de hierro caliente.
— ¿Un plan… dijo usted?
—Eso dije —asintió Johann.
—Es la primera vez, después de la guerra, que oigo decir a alguien que tiene un plan. Para mí, esas
palabras son como si salieran de algún lugar fuera de este mundo. ¿En qué consiste ese plan?

***

—Deben saber ustedes que la Tercera Guerra afectó de manera directa, únicamente a los países del
llamado Tratado del Atlántico Norte y a los que formaban parte del Tratado de Varsovia. La mayor parte
del hemisferio norte fue devastado por las explosiones. Esto es: Europa, Norteamérica, y algunas
regiones de Asia. La guerra fue diferente en otras partes del mundo. Me refiero a las regiones más
empobrecidas de Asia, África y América Latina. En estas regiones hubo menos contaminación. Mientras
más avanzamos hacia el sur, mejor es la situación de la tierra, el agua, las plantas y los animales.
— ¡Entonces…! ¿Allí las grandes ciudades persisten aún, y se puede encontrar gente civilizada? —dijo
Anthony MacLennan.
—No quiero desalentarlo —dijo Johann, y comenzó a mover la cabeza con lentitud.
— ¿Qué quiere decir con eso? —continuó el hombre, al tiempo que se borraba de repente la sonrisa de
su rostro.
— ¡No! —dijo Johann—. Las regiones pobres de la tierra, un mes después del conflicto, estaban tan
devastadas como las primeras, y su población diezmada; pero en su caso debido a la gran hambruna que
se desató y a las epidemias y a la barbarie de la población. Como eran regiones de poco desarrollo
económico, que se limitaban en gran medida a servir como abastecedoras de materias primas a los países
del hemisferio norte; esos estados y pueblos periféricos y dependientes, no pudieron sobrevivir por sí
mismos a la escasez que sobrevino después del corto periodo de la guerra. Ahora son zonas donde casi
no habita el hombre y en las cuales la naturaleza se desarrolla en perfecta virginidad.
—De dos males, el mal menor —dijo Anthony—; pero creo que esto deberíamos guardarlo como un
secreto. ¡Mujer…! ¡Vengan acá las tres!
Ellas obedecieron en silencio y se pararon frente a nosotros. Anthony continuó casi en un susurro y con
una nota de advertencia patriarcal en el tono:
—De esto que acaban de oír, nadie más debe saber. No se pongan luego a hacer el cuento entre la
gente de afuera. ¿Entendido?
Ellas asintieron con la mirada y a él le pareció suficiente.
— ¿Por qué lo quiere ocultar? —preguntó Helena—. ¿Qué pensáis hacer?
— ¡Nada…! nada en particular por el momento. Pero quiero decirles que aquí la gente algunas veces
se desespera y la situación ha estado a punto de salirse de control en varias ocasiones. Quieren mejorar
sus vidas. Quieren salir de esta selva. Si ahora se enteran de esto, no faltarían los espíritus aventureros y
románticos que se lancen a una travesía desesperada, que finalmente no les traería nada bueno, haciendo
fracasar la estabilidad que hemos conseguido hasta hoy. Esta selva, después de todo, es el lugar más
seguro que podrían encontrar en la región centroamericana.
— ¿Cree usted qué sea tan segura? —preguntó Johann.
Anthony dudó por un momento.
—Si… en efecto. Creo que permanecer aquí es lo más seguro.
— ¿Y esos engendros voladores? —dije yo.
—Sinornithosaurus. Reptiles del periodo cretáceo —dijo Johann.
—Son muy peligrosos; pero, como ya les dije, hemos aprendido a luchar contra ellos. En realidad son
los únicos monstruos aparecidos por esta zona. Si nos movemos al norte, fuera del Petén, las cosas
cambian, casi de manera brusca. Se encuentran todo tipo de aberraciones.
— ¿Habéis viajado fuera de la aldea?
—Si señorita, en dos ocasiones he salido personalmente hasta Villahermosa. Hace muchos años viví
cerca de aquella ciudad con mis padres y allí es donde tenemos la biblioteca.
—Interesante —dijo Johann—. Nosotros tal vez pasemos cerca de aquel lugar esta vez, camino a
Nueva York.
—Es una travesía demasiado peligrosa —dijo Anthony—. Lo único que puedo hacer en este caso, es
aconsejarles que no vuelvan por allá; pero no obstante, si ustedes lo han decidido, no me queda más que
recomendarlos a Dios. Y en definitiva, no me ha dicho aún cuál es el plan que tienen.
—Repoblar el sur —dijo Johann—. Eso es precisamente lo que queremos. Primero tendremos que
conseguir la forma de reunir allá a los que permanecen humanos.
— ¿Qué van a buscar en Nueva York? ¿Por qué no se quedan aquí en la aldea de una vez?
—Le agradecemos ese ofrecimiento. Pero ya tenemos algunos grupos preparándose para viajar al sur, y
entre ellos nuestros familiares. Vamos allá, los reunimos a todos, y si tenemos suerte, dentro de unos
meses regresamos por aquí. Para cuando llegue esa ocasión, si usted y su gente están dispuestos, se unen
a nosotros. ¿Qué le parece el plan?
— ¡Estupendo!
***

A través de la puerta de la choza pude ver como algunas personas corrían en dirección al cerco.
Anthony también lo vio y se puso en pie.
Salió y al instante lo vimos regresar sonriente.
—Parece que hoy los cazadores han tenido muy buena suerte —dijo mientras volvía a su asiento—.
Salieron como a las cinco de la mañana y ya están de vuelta con dos venados y otras piezas.
Johann se puso en pie:
—Nosotros tenemos que continuar —dijo mientras nos hacía una seña.
— ¡Esperen…! —dijo Anthony—. ¿Cómo harán para continuar?
—Proseguiremos directo en dirección al oeste —dijo Johann.
— ¿Y piensan hacer todo el recorrido por tierra?
—No vemos otra manera por el momento; pero si tenemos la suerte de conseguir una embarcación que
baje por el Usumacinta, no dejaremos escapar la oportunidad.
Anthony también había vuelto a ponerse en pie y dijo:
—No me refiero a la parte de la selva, que es bastante decir. Me refiero a la idea de darle la vuelta al
golfo mexicano. Eso es demasiado largo y peligroso. ¿Qué tal si les ofrezco un viaje marítimo?
— ¿Eso es posible?
— ¡Claro que lo es! Siempre que se cuente con la embarcación adecuada, y por supuesto, con los
contactos para llegar a ella. Le ofrezco a uno de mis hombres como guía. Él les podría poner en contacto
con otros grupos en la costa de Villahermosa.
— ¿Tiene contactos en esa ciudad?
—Gente de lo mejor que queda en el mundo —dijo el médico sin poder ocultar su orgullo—. Es otro
grupo como el nuestro. Tienen algunas buenas embarcaciones y gente que está dispuesta a cualquier
cosa, siempre que se trate de una buena causa. ¡Y qué mejor causa que esta! A la verdad, ustedes han
traído a esta pequeña aldea una última chispa de esperanza.
El hombre al que Anthony le planteó la misión era uno de los que habían partido de caza aquella
mañana y acababan de regresar con el precioso botín.
Cuando lo llamaron a un lado y se le dijo, sus negros ojos brillaron de alegría. Sebastián Cárdenas era
su nombre. Un mexicano oriundo precisamente de Villahermosa y como tal, conocedor de la zona como
la palma de su mano. En su sangre parecía correr aún una buena parte de los genes de aquella antigua
estirpe de los aztecas. Alto, un poco delgado y musculoso y con una energía vital que resaltaba de
inmediato.
El único pequeño inconveniente fue que nuestra partida de la aldea se tuvo que aplazar hasta la mañana
siguiente. Ese mismo día, cerca del anochecer y después que hubimos participado con los aldeanos de
una buena cena y también de habernos presentado y haber hecho público nuestros motivos e intensiones
por aquel lugar, Johann tomó uno de los fusiles, junto con una pistola Makarov, y se los entregó al
médico como un obsequio que podría contribuir, si fuese necesario, como medio de defensa de la
comunidad.
Por la noche nos acostamos temprano y antes, mucho antes de que saliera el sol, nos habíamos puesto
en pie y nos alejábamos de la aldea.

Capítulo 35
LA TEMPESTAD

La selva maya es uno de los ecosistemas de bosque tropical más ricos del mundo, incluso después de
la tragedia. Está enclavada en el complejo cultural mesoamericano y abarca los territorios de Chiapas,
Petén, Campeche, Quintana Roo y Belice. Se extiende casi sin interrupción por más de diez millones de
hectáreas, ocupando el segundo lugar, después de la amazonia, como la mayor área de vegetación
tropical en el continente.
En esta enorme Mesoamérica nos encontrábamos, para hablar de manera más específica, en la
subregión conocida como cuenca del Petén, localizada en el departamento del mismo nombre al noreste
de Guatemala. Esta subregión, establecida e identificada así por los estudios arqueológicos, se convirtió
en el centro de la civilización maya durante el periodo denominado clásico, entre los años 200 a 900 d.
de C., llegando a albergar por esta época a varios millones de personas, hasta el momento de su colapso
en el siglo X de la era cristiana.
Tras el colapso global del año 1962 la selva parecía ser el único lugar de vida permanente. Esta vida
tan exuberante era alimentada por el río más caudaloso de Méjico y Centroamérica. Hablo del
Usumacinta, cuyo largo recorrido desde la Sierra de los Chuchumatanes donde tiene su nacimiento,
hasta su desembocadura en el Golfo de Méjico, le da otra de sus características que lo hacen prominente
entre las grandes corrientes fluviales del mundo, siendo su longitud total de 1.123 km y una descarga de
agua aproximada de 5,250 m³/seg.
Después del colapso de la civilización maya en el siglo X de la era cristiana, la cuenca fluvial del
Usumacinta comenzó un lento pero indetenible proceso de regeneración que culminó en las décadas del
50 y el 60 del siglo XX con la introducción del ferrocarril del sureste y la carretera Villahermosa-
Escárcega. El proceso depredador se acentuó posteriormente con las campañas de salubridad para
combatir el paludismo y otras enfermedades que permitieron la colonización de Chiapas y el sur de
Tabasco, y con ello la expansión de la ganadería.
Es asombroso este proceso dual en el cual el hombre con su civilización actúa como agente devastador
de la naturaleza, por una parte; y por otra, la manera tan rápida y eficaz con la cual la misma naturaleza
se regenera en ausencia del hombre. Habían pasado poco más de cinco años desde la Tercera Guerra y
ya se podía notar en gran manera el avance de este proceso restaurador.
Continuábamos nuestra marcha siguiendo fielmente la línea que marca el paralelo 17º13′ en dirección a
un lugar conocido como El Naranjo.
Miríadas de monos aulladores caminaban bajo los árboles y escapaban y se encaramaban de prisa solo
cuando nuestra presencia les parecía demasiado cercana.
Estos primates del nuevo mundo están clasificados como pertenecientes al género Alouatta, e incluye
ocho especies. Los ejemplares que nos divertían tanto eran de la especie conocida por los taxónomos
como A. Pigra.
Los integrantes de las manadas, de 6 a 8 individuos, tenían pelaje negro, cuerpo robusto y cola prensil
que les facilitaba el desplazamiento y la postura fija sobre las ramas. Las hembras adultas poseían peso
promedio de 7 kilos, mientras que los machos, algo más pesados, llegaban a alcanzar algunos hasta los
once kilos. En esta especie el periodo normal de gestación es de 139 días y los nacimientos uníparos.
Los pequeños machos se distinguían con facilidad de las hembras porque poseían visibles sus órganos
genitales envueltos en un escroto de color blanco, contrario a la especie A. palliat, que también
abundaba por la zona; pero en la cual los machos no exhibían sus testículos hasta que alcanzaban la
madurez sexual.
—Lo que hace llamarlos por su nombre vulgar de monos aulladores —dijo Johann—, es la presencia
cerca de sus cuerdas vocales de un hueso hioides ampliado. Este hueso funciona como una compleja
caja de resonancia que permite amplificar el tono de sus aullidos.
Johann no cesaba de explicarnos a cada instante las características de cada especie notable que
encontrábamos en nuestra marcha; ya que, según decía, si algo aparecía diferente era casi sin duda el
resultado de una mutación, y estas indicaban que nos internábamos en terreno peligroso.
A eso de las cuatro de la tarde el guía nos condujo a las ruinas de una antigua aldea. A la entrada,
avanzando sobre las piedras calizas que servían como trillo en medio de las crecidas hierbas, llegamos a
una explanada donde imperaba una quietud abrumadora, matizada en aquella hora del día por los
reflejos del sol sobre un depósito de huesos al aire libre, blanqueados y desgastados por el tiempo. Aquel
lugar debió ser el sitio de una gran batalla o de una masacre.
Atravesamos aquel campo de antigua muerte sin detenernos y llegamos en pocos minutos hasta la
orilla del río.
— ¿Es el Usumacinta? —pregunté.
—No señor. Este es el río San Pedro —dijo nuestro guía—, que nos puede llevar directo al
Usumacinta. A partir de aquí, el San Pedro se hace navegable y nos evitará con ello un largo recorrido a
través de la selva.
Sus palabras sonaron en mis oídos con tal seguridad y convicción, que me hicieron volver la vista
hacia donde estaban Johann y la doctora Hung.
— ¡Así es! —dijo Johann.
Con esta breve respuesta quedé satisfecho. Luego nos dispusimos a acampar junto a la ribera.
La zona parecía tranquila y libre de los peligros que normalmente acechan al viajero en lo intrincado
de la selva. No habíamos visto a otro ser humano desde que salimos de la aldea, y aquello era en cierta
forma algo gratificante. Como he dicho antes, nuestra idea era que cuanto menos nos relacionásemos
con la gente, mejor para la misión que debíamos llevar a término.
A la mañana siguiente tuvimos una grata sorpresa cuando el guía nos hizo caminar corriente abajo
hasta la desembocadura de una quebrada. Era un cauce seco y cubierto de desechos vegetales, lo que
indicaba de manera clara que había estado en esa condición por un largo tiempo. Curiosos por saber de
una vez lo que se traía entre manos, lo seguimos a través de aquel pedregal por espacio de unos veinte
metros hasta que lo vimos adelantarse y descubrir de entre la hojarasca una lona vieja y raída. Al
levantar esta, apareció una lancha de motor montada sobre su carro de cuatro ruedas.
— ¡Magnífico! —dijo Johann—. Ahora no veo otra cosa que podamos hacer que tirar de esto hasta que
la echemos al agua.
—No será difícil entre todos —dijo la doctora Hung, y con estas palabras nos pusimos a la tarea, que
nos tomó apenas quince minutos. Luego, con los pertrechos y armas al alcance abordamos la
embarcación, dejando atrás la desierta aldea y la visión de su funesto pasado.
— ¿Dónde la conseguisteis? —preguntó la doctora al guía.
—Hay gentes por todas partes que coleccionan cosas antiguas. Yo digo que se ha vuelto como una
obsesión. Todo el que lo puede hacer lo hace. Tal vez por la nostalgia de no volverlas a ver jamás. Yo
también padezco de lo mismo. Me gusta guardar, por ejemplo, todas las navajas de afeitar y las tijeras
que me encuentro por ahí. Debe ser porque nunca me ha gustado dejarme crecer la barba ni el cabello.
Siempre me ha parecido cosa sucia y de gente salvaje.
— ¿Entonces, entre tus ocupaciones está la de barbero de la aldea? —preguntó Johann.
— ¡Cierto…! Y espero que así sea por mucho tiempo.
El hombre, que se había mantenido casi mudo durante el trayecto por la selva, al montar en la lancha se
había transformado de repente en un persistente conversador. Aquello nos hacía mucho bien, porque el
viaje a lo largo del San Pedro sería largo y tedioso, e incluso, se hizo bastante incómodo cuando el sol se
alzó sobre la extensa pradera que bordeaba su ribera derecha y bandadas de mosquitos con ejemplares
tan grandes como la primera falange de mi pulgar comenzaron a zumbar a nuestro alrededor. No
teníamos nada apropiado para luchar contra ellos y nos conformamos con sacudir un trapo. Esto también
se hacía un poco difícil debido a la estrechez de la embarcación. Entonces, al guía mejicano se le ocurrió
la idea de utilizar el humo.
Los mosquitos son dípteros de la familia culícidos, conocidos en algunas partes de América como
zancudos —explicó Johann—. Se llegaron a conocer cuarenta géneros de estos insectos, y dentro de
ellos unas 3.500 especies, muchas de ellas constituidas en verdaderas plagas que fueron el azote de las
poblaciones humanas en zonas de temperaturas cálidas.
Dicho esto juntamos un poco de trapos viejos y los metimos dentro de la cuba de achicar junto con
alguna paja, y le prendimos fuego a la mezcla. El ataque de los mosquitos disminuyó al instante; pero
fue tan grande la estela de humo que dejábamos detrás que comenzó a causarnos verdadera
preocupación.
—Esto por aquí continúa siendo una zona despoblada; pero esta plaga, en cambio, hay veces que no se
puede soportar —dijo Sebastián a modo de consuelo.
— ¿Es normal que aparezcan tantos insectos? —preguntó Guiraldus.
—Esa es una buena pregunta —dijo Johann—, y muy oportuna además; aunque a decir verdad, lo veo
normal. El amigo Sebastián podría darnos su opinión.
—Llevo muchos años en esta selva —dijo el hombre—. Les puedo asegurar que esta plaga siempre ha
existido aquí.
— Malditos bichos —prosiguió el marinero mientras se restregaba los ojos—. ¡Me han picado hasta en
los párpados!
—Malditas bichas en todo caso —dijo Johann—. Las hembras son las que pican.
— ¿Por qué las hembras? ¡Dígame jefe! Por lo que veo… ¡nunca he tenido suerte con las hembras! ¡Ni
aquí en medio de la selva!
—En la mayoría de los miembros de esta familia, las hembras presentan en la parte bucal una especie
de trompa o probóscide que usan para perforar y succionar la piel de sus víctimas. Así es como extraen
la sangre que necesitan en el proceso de reproducción. Cada vez que están listas para iniciar una puesta
de huevos, deben buscar a las especies que posean la sangre adecuada. Estos son casi siempre
mamíferos, aunque pueden ser en ocasiones aves, reptiles, y también anfibios.
—Si continuamos a este paso, nunca vamos a salir de aquí —interrumpió Guiraldus.
—Siendo marinero, no me explico como perdéis la paciencia tan fácilmente —dijo la doctora Hung.
—Sabes que en realidad nunca lo he sido —replicó el primero.
— ¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a ese pueblo? —dijo entonces Johann dirigiéndose al guía.
— ¡El Naranjo! Tardaremos unas cinco horas; pero les recomiendo señor, que no deberíamos
detenernos allí. Hace algún tiempo, la última vez que salimos hasta Tenosique, vimos a muchas aves
volar por esa zona.
—Pues, no nos detendremos, si es posible, hasta llegar a la costa —dijo Johann.
En aquel momento la rivera comenzó a estrecharse y la corriente se hizo más rápida. Nuestro guía, por
fortuna bastante diestro en el manejo de la embarcación hacía un gran esfuerzo por mantener la proa
enfilada al centro, evitando así que nos estrellásemos contra la orilla rocosa.
Mientras el hombre se ocupaba en esto, nosotros nos metimos de lleno a la observación del paisaje
boscoso que nos rodeaba por ambos lados.
Una estrecha franja de gris verdoso enlutaba el cielo.
Habíamos rebasado el pueblo conocido como El Naranjo, sin detenernos, como nos recomendara el
guía. Nos sentimos satisfechos de esta decisión al escuchar algo más abajo los escalofriantes aullidos de
una jauría.
—No se engañen amigos —dijo el mejicano en aquel momento respondiendo a una exclamación en el
grupo—. ¡En realidad no son lobos!
— ¿Y qué son, entonces? —dije yo.
—Perros salvajes, y ojalá que no tengamos que vérnosla con ellos.
— ¡Law sha’a Allah! —dijo Mustafá.
A partir de aquellas palabras el guía enmudeció por largo rato, tal vez debido a la atención que tenía
que prestar al timón. La embarcación se desplazaba veloz entre las oscuras aguas atestadas de enormes
fauces que de vez en cuando exhibían hacia nosotros sus afilados colmillos. Se trataba de caimanes que
en un descuido podrían hacernos zozobrar.
El río San Pedro atraviesa la parte occidental del Petén y se hace navegable a la altura de un antiguo
sitio conocido como aldea Paso Caballos. Después pude averiguar que era el nombre del lugar donde
tomamos la embarcación.
En la época de esplendor de la civilización maya este río debió significar la principal vía de
intercambio cultural entre las numerosas ciudades-estados asentadas en su gran cuenca, siendo
probablemente las canoas que navegaban por sus aguas en aquella época el medio más importante de
comunicación.

***

A partir de El Naranjo el río había tomado una configuración sinuosa y la vegetación en sus riberas se
había hecho tan espesa, que hasta la luz del sol desaparecía por largos ratos durante las mañanas y los
atardeceres.
—Estamos llegando a un lugar que antes se conocía como el Progreso —dijo Sebastián después de
hacer que la embarcación rebasase una pronunciada curva por el lado de babor. Luego la hizo enfilar
hacia el centro de la corriente y en dirección a una aguja de tierra árida al otro lado de la cual se divisaba
una laguna.
Nos detuvimos por fin muy cerca de la orilla junto a una acumulación de piedras y guijarros donde las
aguas formaban un remanso.
— ¿Y ahora qué sucede? —inquirió Johann.
—No dicen que se acabaron las provisiones —respondió el lanchero—. Este es un buen lugar para
abastecernos de agua y de comida ¡Miren allá!
Sobre la curva que formaba el río a nuestra derecha, en un pequeño pastizal sombreado por algunos
árboles y junto a las márgenes de una quebrada, dispersos acá y acullá pastaban o reposaban algunas
manadas de herbívoros. Las cristalinas aguas, saltando entre los pedregales desembocaban luego en el
río. Entre los animales predominaba esa especie conocida como venado de cola blanca, cuya carne es tan
apreciada y de cuya piel se pueden confeccionar útiles vestimentas. Una prenda de estas usaba nuestro
guía, cuyo vestuario superior consistía en una especie de chaqueta corta de colores moteados.
— ¿Pensáis obtener otra piel? —dijo la doctora Hung.
— ¡Jamás disparo a las hembras que están criando! Esta piel que llevo puesta es de uno que encontré
muerto.
—Lo siento. No lo dije por criticar. Simplemente señalaba el hecho.
—Ustedes son demasiado complicados —dijo Sebastián—. Y tampoco lo digo por criticar. De
cualquier forma tendremos que matar para comer ¿no es cierto?
— Bueno, bueno… No es tiempo para dedicarnos a discusiones vanas —dijo Johann—. ¡Amigo!
¿Cuál sería la próxima parada aprovechable?
—Estamos a unos pocos minutos de la antigua frontera entre Méjico y Guatemala. Es un lugar
conocido como El Ceibo. Por El Ceibo pasa la carretera que conduce hasta Tenosique. Es todavía una de
las pocas vías que se pueden utilizar cuando se viaja en dirección a la selva.
— ¿No pensaréis tomar por esa carretera? ¡Verdad! —dijo la doctora Hung dirigiéndose al capitán.
— Tal vez no sea una mala idea —dijo Guiraldus, que a la postre parecía hastiado de aquella
navegación en lancha.
—No… no es que piense abandonar la ruta que hemos planificado; pero es bueno conocer otras
opciones —dijo Johann—. Por lo pronto, aprovechemos este lugar para abastecernos de lo necesario. Lo
más importante es llenar los tanques de agua potable. Esta noche nos quedaremos aquí.
Esta decisión me pareció muy apropiada y oportuna. En realidad todos estábamos agotados de aquella
navegación y nuestros cuerpos pedían con vehemencia algún reposo.
Arrimamos la embarcación a tierra y la atamos fuertemente con doble cabo. Luego descargamos las
mochilas con los implementos y lo colocamos todo en el sitio que elegimos entre unas piedras, a pocos
pasos de la orilla.
La doctora Hung y los demás se quedaron en el improvisado campamento, mientras Johann, Sebastián
y yo atravesamos el pedregal y nos metimos entre la maleza que formaba una especie de cortina entre el
arenal y la tierra fértil. Del otro lado surgió como por encanto ante nuestra vista la hermosa pradera. Yo
llevaba mi propio fusil y Johann el suyo; pero nuestro guía mejicano se había hecho cargo de algo
mucho más acorde con los tiempos apocalípticos de la existencia humana. Me refiero a un arco de tiro
deportivo con un carcaj repleto de sus mejores flechas.
Al principio imaginé que la cacería iba a consistir en uno o dos disparos de AKM.
—Déjame hacerlo —pedí con entusiasmo.
— ¿Has disparado alguna vez con este tipo de fusil? —dijo Johann.
—Seguro que no; pero imagino que debe ser sencillo.
—No tanto como tú crees. No obstante, aunque fuese así, no es bueno que descubramos nuestra
presencia aquí con el ruido de un disparo ¡Dejemos que sea el amigo Sebastián quien lo intente a su
manera!
El hombre ya se había alejado unos cuantos metros entre los arbustos y comenzaba a tensar su arco.
Me acerqué hacia él tratando de no pisar en falso entre las ramas secas que cubrían el suelo. Escuché el
zumbido del arco al descargar la tensión, y luego un susurro de Sebastián.
— ¡No es lo que te imaginas! —dijo el hombre.
En lo que habíamos dado la vuelta en torno al pedregal las manadas de cérvidos habían desaparecido y
el sitio había sido invadido por un gran rebaño de pecaríes. Un olor penetrante producto de las
secreciones glandulares de estos animales había comenzado a impregnar el aire y llegaba hasta nosotros.
— ¿Acertaste? —preguntó Johann arrodillándose junto a nosotros.
—Llevo mucho tiempo en esto —dijo el hombre—. Disparo solamente cuando observo que son
grandes las probabilidades a mi favor.
—Esto no fue lo que vimos al principio —dijo Johann observando entre las ramas.
—Ya sé que no debí disparar ¡Larguémonos de aquí, con cuidado!
Era tarde para esquivar el fino olfato de los animales. Algunos machos se habían separado de la
manada y se encaminaban hacia los arbustos.
De todas maneras habíamos sido descubiertos y lo mejor sería alejarnos de un posible ataque.
Corrimos hacia el campamento y alertamos a los demás, preparándonos para embarcar de inmediato, si
fuese necesario. Esperamos junto a la embarcación hasta cerca de media hora. Luego regresamos a la
pradera y vimos con satisfacción que la manada había desaparecido.
Encontramos a un macho tendido sobre las rocas de la quebrada. La flecha disparada por Sebastián le
había atravesado el cuello. Lo sacamos del agua y lo llevamos al campamento. Una hora después,
cuando ya comenzaba a anochecer, las lonjas de la preciada carne colgaban sobre las brasas.
La buena cena y el cansancio de la jornada pronto nos hicieron caer rendidos.

***

Apenas comenzaba a clarear cuando abrí los ojos sorprendido por un estruendo. El cielo sobre nosotros
se había poblado de negras y espesas nubes que acababan de anunciar, con su primer rayo, la inminencia
de la tempestad.
— ¡Levántate Máikol! —dijo la doctora Hung. Abrí los ojos y la observé arrodillada a mi lado—.
¡Vamos, es hora! ¡Hay que salir de aquí!
Cuando recogí mi bolso de dormir ya todos se encaminaban a la embarcación. Tuve que correr
arrastrando las cosas. En menos de cinco minutos habíamos atravesado por el recodo y doblábamos la
segunda punta en dirección al sur. Dejamos atrás las escasas ruinas que se divisaban junto a la orilla de
lo que fuera el antiguo poblado.
Fue un amanecer lleno de esa nostalgia que en otras circunstancias de mi vida (las pasadas para
siempre), me hubiese hecho sentir en una especie de renacimiento emocional.
Por el oriente, el cielo estaba despejado y una ligera niebla sobre el río y sobre la selva salpicaba la
aurora con pálidos colores. Desde occidente, por el contrario, los compactos nubarrones emboscaban el
firmamento y eran arrastrados por el torbellino de la brisa con una fuerza semejante a un arado entre
pedregales.
— ¿A dónde iremos con este tiempo? —gritó Johann al lanchero entre la estampida del trueno y el
creciente bramido de la corriente.
—Esa punta donde pasamos la noche… —respondió Sebastián— Es un lugar demasiado peligroso
para permanecer en él.
Veinte minutos después, la luz del día, que apenas comenzaba a crecer, se vio abolida por la negrura de
la tempestad. Las gruesas y heladas gotas habían iniciado su batir cuando a una voz del barquero nos
dimos cuenta que estábamos arribando a la orilla.
— ¡Hasta que pase la tempestad! No creo que sea recomendable continuar. Tenemos que sacar la
embarcación y alejarla del río —dijo aquel.
Ni siquiera había comenzado la parte más violenta de la tempestad y ya nuestra indumentaria y las
mochilas a la espalda eran batidas con fuerza colosal.
Por el referido sitio el San Pedro formaba otro de sus grandes recodos. La selva no había invadido aún
las orillas de un pequeño remanso a cuya margen derecha se extendía una diminuta pradera poblada por
algunas caobas y tamarindos. Halamos la lancha en esa dirección sobre la fina hierba, hasta alejarla unos
quince metros. Luego clavamos un par de estacas y la atamos fuertemente.
Sebastián había actuado con plena conciencia de lo que hacía al elegir el recodo. Al otro lado de la
pradera se levantaba una construcción que parecía estar en condiciones bastante buenas para servirnos
de refugio mientras arreciaba la tempestad.
— ¡Hacia allá, muchachos! —gritó entonces, mientras él mismo se lanzaba al frente.
No dejamos nada, excepto la lancha, y corrimos a la construcción.
Tuvimos que romper de un golpe el viejo candado que unía un pedazo de cadena y penetramos al sitio.
La atmósfera en su interior nos pareció al principio bastante insana; pero después de unos minutos,
nuestro olfato se adaptó a la humedad y al olor a paja podrida.
El lugar había sido una especie de granero o silo para el ganado, construido de troncos y sólidas tablas.
Poseía una especie de ático al que se accedía por una escalera de madera. En esta parte superior una
ventana rectangular con vidrio manchado permitía observar difusamente el panorama del cielo, el río y
la selva del otro lado, sin necesidad de abrir la puerta principal.
—Aquí estaremos seguros —dijo Johann luego de hacer una rápida inspección.
Encontramos una carretilla de construcción y una moto que nos pareció como nueva, con el tanque
repleto de combustible.
Al fondo, en la parte que había servido de establo, comprobamos la existencia de una capa de estiércol
como de cinco centímetros de espesor. Nos dedicamos a palear este combustible orgánico hasta
amontonarlo todo a un lado de la estancia. Luego armamos una fogata sobre el piso de concreto y nos
tendimos a calentarnos y a tratar de secar nuestras vestimentas y demás artículos, incluyendo nuestras
armas.
En el exterior crecía la tempestad.
—Si esto dura mucho, estamos propensos a sufrir un retraso —dijo Johann.
—Se trata de un simple aguacero —dije yo—. Como ese que nos atrapó un día entero junto a la
pirámide.
— ¿Estuvieron en alguna pirámide? —preguntó Sebastián—. Creo que la más cercana a nuestro
campamento de la selva es la de Tikal.
— ¡No…! estuvimos en una desconocida, incluso antes de la guerra —dijo Johann.
De repente, el tema de conversación que había despertado sin proponérmelo, me pareció, y también a
los demás, como una charla prohibida, una especie de tabú, de manera que la dejamos a disposición de
Johann.
—No los entiendo —volvió Sebastián con la misma duda que había expresado antes.
— ¿Qué es lo que no entiendes, amigo? —dijo Johann.
—Ustedes andaban explorando las tierras del continente sur ¿Por qué se detienen en una pirámide en
medio de la selva, si esa pirámide no es vuestro objetivo?
Johann sonrió afectuosamente:
—Por supuesto, no era nuestro objetivo. La descubrimos por mera casualidad. Nuestro único objetivo
es trasladar a nuestra gente hacia las tierras del sur. Un lugar que ahora, después de la guerra, parece
mucho más apropiado que cualquier otro en todo el planeta.
Hubo un momento de silencio. Helena y yo sacamos la porción de carne del día anterior y nos pusimos
a calentarla.
—Buen susto que nos sacaron los jabalíes —dijo la doctora Hung.
—No fueron jabalíes —dije yo, iniciando a propósito la disputa.
—Quise decir, los pecaríes.
—Al caso viene a ser lo mismo —dijo Johann—. Lo único importante aquí, es que la especie parece
completamente original; quiero decir, sin las alteraciones causadas por la contaminación. Otra cosa que
me preocupa es la lluvia.
— ¿Por qué tanta preocupación? —dijo Helena—. La lluvia pasará de un momento a otro.
—Con el tiempo y con el clima sucede lo mismo que con los animales y las plantas. La tierra ya no es
la misma, y en este mundo de alteraciones son posibles las cosas más desconcertantes.
—Habláis como si algo terrible estuviese a punto de suceder.
—No estoy exagerando. Dile al amigo Sebastián que te cuente acerca de los ciclones.
— ¡Es cierto! He contado hasta quince en un sólo año —dijo el barquero.
—Eso es demasiado —dije yo.
—Las alteraciones de la naturaleza no tienen límites en estos casos —continuó Johann—. Pero
vayamos al punto. Si la lluvia continúa, sufriremos un retraso; y eso es algo que nos afectaría
demasiado. Tenemos un tiempo fijo para cumplir nuestro cometido ¡ustedes lo saben bien!
— ¿Qué ordenaréis entonces? Lo que vos digáis, eso es lo que haremos —dijo Helena echando una
mirada a su entorno. Ya todos nos encontrábamos dispuestos a comenzar el desayuno.
—Si no es molestia para ustedes, yo propongo que paremos esto hasta que terminemos de desayunar
—dijo Guiraldus que había permanecido en silencio desde que comenzó la lluvia.
—Concedido, amigos. Hagámosle honor a esta carne de pecarí, después veremos lo que sucede.
Con estas palabras de Johann comimos y después hubo tiempo para descansar y charlar hasta más de lo
necesario. Afuera, los rayos y la lluvia continuaban batiendo la selva con tanta furia, que se hacía
indispensable un gran esfuerzo para escuchar nuestras propias voces. Agotados, a eso de las seis hicimos
silencio y toda la noche no hizo más que batir el viento y rugir la tempestad como una fiera desatada y
sedienta.
Cuando desperté a las siete de la mañana invité a la doctora Hung y subimos al ático. Abrimos
brevemente la ventana de vidrio por donde penetró una fuerte ráfaga. El cielo continuaba cubierto de
gruesa nubes que no eran rasgadas ni por el más mínimo rayo de luz solar.
—Me temo que esto es un ciclón —dijo Sebastián mientras se ocupaba en tensar su arco y organizar
las flechas en el carcaj.
—Tal vez sea muy pronto para asegurarlo —dijo Johann—; pero en tal caso, debemos comenzar a
prepararnos para salir de aquí.
— ¿Salir afuera…? ¡Con esta lluvia! —dijo Guiraldus.
— De cualquier manera, moriríamos aquí de hambre si no salimos —dijo el lanchero.
—Acertado amigo. Será necesario abandonar este lugar lo antes posible —dijo Johann—. Esperaremos
otro par de días para ver si mejora la situación. De todas formas, como está en este momento, no
podemos aprovechar el río.
—Si de comida se trata, yo puedo salir de caza —dijo Sebastián levantando la cabeza—. Ahí está esa
moto. Puedo salir de recorrido en cualquier momento, y si alguien de los presentes deseara
acompañarme, sería muy mejor.
—No es mala idea —dijo Johann.
— ¿Acaso tenéis la llave? —inquirió la doctora Hung.
Sebastián se limito a mostrar el objeto colgando de un cordel.
— ¿Quién lo acompaña? —dijo entonces nuestro capitán.
—Hermano, permitid que sea yo —dijo la doctora Hung.
— ¡Qué sea una mujer! ¡No lo permita Dios! —dijo Guiraldus poniéndose en pie—. ¡Vamos
Sebastián, iré contigo!
—Tu presteza es buena —dijo Johann—; pero; de todas formas no me convence, porque fue la doctora
Hung quien primero habló, y no podemos discriminarla porque sea mujer ¡ahora bien, doctora! Si usted
quiere cederle el puesto…
—De ninguna manera —dijo Helena.
—Entonces. Les aconsejo que no se alejen mucho. Den una vuelta, y si no consiguen nada antes que
termine el día, vuelvan acá.
Después que partieron la tormenta se hizo más severa. Fueron horas de preocupación y de esforzado
trabajo, ya que tuvimos que asegurar la puerta del granero con cuanta cosa nos fue posible de las muchas
que allí abundaban. Finalmente, cuando quedamos convencidos de nuestra propia seguridad nos
echamos a dormir. Eran como las cuatro de la tarde, aunque parecía media noche por la espesa oscuridad
que dominaba la selva. Aún no aparecían Sebastián y la doctora Hung.

***

A las seis de la mañana estábamos todos en pie, esperando con ansiedad que sonara la motocicleta o
que se produjera un golpe contra la puerta.
—Creo que cometimos un error al dejarlos salir —dije en un susurro.
—No creo que tu preocupación tenga fundamento —dijo Johann—. Ambos son muy hábiles. Capaces
de salir triunfantes ante cualquier peligro. ¡No dudes eso!
— ¿Por qué no regresaron ayer?
— ¡Escuchen! —gritó Guiraldus, y se lanzó de un salto hacia la puerta.
— Creo que ellos mismos podrán contestar tu pregunta —díjome Johann.
Entre la furia de la tormenta que persistía se escuchaba el ronroneo de un motor por el caminito que
conducía al granero. Enseguida nos dimos cuenta que no se trataba de la motocicleta. Debía ser, sin
ninguna duda, un vehículo más pesado.
—Prepárense amigos —ordenó Johann. Entonces, dirigiéndose a Guiraldus, lo mandó a subir al ático y
observar desde la ventana.
Dijo luego:
—Cualquier cosa que sea, estén listos para lo peor; pero con mucha calma.
— ¡Es un camión! —gritó Guiraldus un momento después.
— ¿Quién puede ser? —dije yo.
— ¡Venga conmigo, profesor! —dijo Johann tomándome por la hombrera de la camisa. Luego,
dirigiéndose a los demás los mandó a tomar posición dentro del granero.
Él y yo salimos por la puerta pequeña que daba hacia la pradera en el momento en que un camión
militar revestido con lona daba la vuelta por la esquina del granero en dirección al río. Dimos la vuelta
junto a la pared y nos agachamos a contemplar. Se apagaron las luces y se apagó el motor. Amainó la
lluvia por un momento y vimos señales de luces intermitentes. Una persona saltó por la puerta derecha.
—Johann…, profesor… ¡Aquí estamos! —gritó la doctora Hung.

Capítulo 36
TIERRA DE MUTANTES

El regreso de nuestros amigos fue un acontecimiento que de repente cambió las perspectivas de viaje.
— ¿Dónde lo encontraron? —preguntó Johann.
Nos habíamos quitado parte de la ropa empapada y tomábamos una infusión caliente preparada a base
de hojas de albahaca, tilo y aní.
—Como se hacía difícil meterse en la selva… —respondió Helena—, decidimos seguir por la carretera
en dirección al oeste. Era la única esperanza que teníamos de encontrar algo de caza bajo esta lluvia.
—Eso lo entiendo, y supongo que no se hayan alejado mucho como les dije.
—Así fue. No nos alejamos. El lugar donde encontramos el camión está a unas pocas millas de aquí.
Fue una universidad.
— ¿Y la carretera cómo está?
—Todavía bastante buena, capitán. Ya la veréis con vuestros propios ojos.
— ¿Podríamos inferir entonces que se puede viajar hasta Tenosique sin dificultad?
— ¡Seguro que sí, capitán! —dijo Sebastián—. Yo mismo he viajado varias veces por esa ruta y les
aseguro que no hay problema. Además, el camión está en perfectas condiciones, sin contar con la carga
que trae encima.
—No podremos esperar a que termine el ciclón, o el temporal, como quieran llamarlo— dijo Johann
poniéndose en pie—. ¡Es necesario que partamos ya!
Con la ropa aún mojada y sin tener nada que comer salimos del granero con nuestras pertenencias y
nos movimos hacia el camión. Mientras Johann y Helena entraban a la cabina junto a Sebastián, yo y los
demás nos subimos a la caja trasera en la cual, por fortuna, la gruesa lona nos protegía.
Era un vehículo Reo M-35 que tal vez había pertenecido al ejército norteamericano.
Partimos en pocos minutos por el caminito en dirección al sur dejando atrás el granero y las orillas del
río. Al llegar a la carretera tomamos la dirección oeste noroeste y a partir de aquel momento Sebastián
aceleró el vehículo.
— ¿Qué será eso que llevan ahí? —dije a Guiraldus.
— ¿A qué se refiere, profesor?
— Hay algo ahí delante. Tapado con lonas —insistí.
— No se preocupe, profesor. Ya tendremos tiempo de echar un vistazo.
— ¿Dónde encontrarían este camión? —continué.
— Según afirma la doctora Hung, fue en una universidad por ahí cerca.
— ¡Se han fijado ustedes! Hay unos cuantos agujeros de bala —dijo el ingeniero.
— ¿Agujeros de bala? ¿Dónde están? —dijo Guiraldus y se puso a registrar a su alrededor, sobre el
asiento y la lona.
En aquel momento, aunque lo hubiésemos intentado forzados por la saludable curiosidad, no nos fue
posible continuar la averiguación. El vehículo se detuvo con tal brusquedad, que nos fuimos unos sobre
los otros hasta quedar amontonados sobre la carga, muy cerca de la cabina.
Escuchamos un graznido tan estridente, que se me erizaron los pelos.
Apenas un instante después apareció Johann por la parte trasera.
— ¡Vengan abajo de inmediato! —gritó como nunca antes lo había hecho.
Impelidos por los hechos tan repentinos, y por la orden de nuestro capitán, saltamos a la carretera.

***

— ¿Qué fue eso? ¿Qué sucede? —dije mientras me ponía a observar, como los otros, hacia la selva
que nos envolvía y hacia el oscuro firmamento surcado por las furiosas ráfagas de la tormenta y por los
continuos destellos de los relámpagos.
—Hay un árbol en medio —dijo Johann—. Será necesario desbrozar las ramas y apartarlo todo, antes
de que los reptiles decidan que somos un buen desayuno.
— ¡Vamos muchachos! Con los machetes. A trabajar de inmediato —dijo la doctora Hung, al tiempo
que ella misma, con el fusil a la espalda y machete en mano se lanzaba al medio de la carretera.
Una bandada de sinornithosaurus nos había descubierto y por alguna razón que no podíamos explicar,
sus miembros se mantenían alejadas o volando en círculos sobre las elevadas copas de los árboles. Por el
temor a un ataque, era necesario que alguien se quedara vigilando mientras los demás trabajaban, y eso
nos tocó a Johann y a mí.
Puse el selector de tiro de mi fusil AKM en posición de ráfaga y me recosté contra una de las llantas.
Johann se fue a colocar al frente. Yo no estaba seguro qué debería hacer en caso de un ataque, porque
apenas había disparado dos o tres veces con un arma de fuego. En realidad tenía miedo. Miedo de
aquellos monstruos, y comencé a tiritar.
No sé cuánto tiempo había permanecido en aquellos afiebrados pensamientos sin dejar de escrutar
ansiosamente hacia lo alto, persiguiendo con la mirada, entre uno y otro relámpago, las siluetas de los
reptiles.
Por fin, la voz de Johann me hizo volver a la realidad.
—Ya están terminando, profesor…, y no lo veo muy bien a usted ¡Súbase al camión!
Traté de hacer como me pedía, y en ese momento me di cuenta de mi situación. Al poner un pie en la
argolla de remolque, resbalé y caí en el lodo que cubría la carretera. Me sentía tan débil, que apenas
podía escuchar las voces de mis compañeros cuando me alzaban sobre la cubierta. Luego sentí como me
tendían, me desnudaban, y me tapaban con alguna colcha.
A partir de aquel momento todas mis sensaciones de la realidad se hicieron imprecisas y lo primero
que recuerdo después de ello es el contacto de una mano sobre mi frente y una voz femenina.
— ¿Profesor, podéis poneros en pie?
Levanté la cabeza con un esfuerzo y eché un vistazo a mi alrededor.
Era una habitación amplia, iluminada por la escuálida llama que proyectaba una lámpara de aceite,
guindada de un palo; este último estaba incrustado en una de las paredes, como a la altura de un metro.
En esa misma pared se abría el umbral hacia otra recámara, cubierto por la fina tela de una cortina que
colgaba hasta el piso y dejaba penetrar débiles destellos de luz hasta mi rincón. Varias sombras se
movían del otro lado de la cortina y se proyectaban inquietas sobre la tela. Se escuchaba un susurro de
voces amortiguadas por el repique inquietante de la lluvia contra los vidrios de la ventana a mi
izquierda.
—Sí… creo que sí —respondí a la doctora Hung que estaba sentada en una silla, a un lado de mi lecho.
Su mirada indulgente me obligó a realizar otro esfuerzo para recostarme contra la pared.
— ¿Estáis seguro?
— ¡Sí… lo estoy! —dije tratando de sonreír—. Pero dígame entonces… ¿Qué lugar es este? ¿Cuánto
tiempo hace que estoy así?
— Estamos en la ciudad de Tenosique —dijo ella—, y hoy hace dos días que llegamos.
— ¡No sé qué fue lo que me pasó!
—Fue atacado de paludismo, profesor. Por suerte para todos, se trata de la variante menos peligrosa.
—Así es profesor —dijo Johann entrando a la habitación en aquel momento—. El plasmodium vivax
es el menos peligroso de estos parásitos, y es introducido al cuerpo humano a través de las picadas de los
mosquitos infestados.
— Casi seguro fue esa plaga que nos azotó en el río.
—Si Máikol. Es posible…; pero hay que considerar que en el caso del paludismo, el género de
mosquitos Anopheles es el que sirve de vector o transmisor de la enfermedad.
— ¿Y… eso qué significa?
—Que la plaga que nos azotó en el río no era precisamente del género anopheles. No sé de donde pudo
haber salido este que te picó.
—No será que el género anopheles ha sufrido alguna mutación, que lo ha hecho crecer tanto como a
los otros —dijo la doctora Hung.
—Como los tipúlidos —dijo Johann—. Esos fueron precisamente los que nos molestaron tanto. Pero,
aunque eso sea lo que sucede, creo que de poco nos valdría continuar debatiendo en este momento el
asunto de los mosquitos. Lo más importante es que Máikol se repone con rapidez, y pronto estaremos
prestos a continuar, alejándonos de este pequeño infierno.
— ¿Qué sucede? —dije para concluir sentándome sobre la cama.
—Hay algo en esta ciudad, mucho más peligroso que los mosquitos —dijo la doctora Hung.
Aunque no estaba completamente repuesto de la enfermedad, tuve el ánimo suficiente para ponerme en
pie, comer algo con los demás, y luego subir a la terraza de la vivienda, desde la cual podíamos
contemplar un panorama desastroso. Había cesado la lluvia.
— ¿Qué es lo que hay de peligroso?
— ¡Mirad allá! —dijo Helena alcanzándome el binocular e indicando con una mano.
La torre y el campanario de una vieja iglesia al frente obstruían parte de nuestra visión.
— ¡Nada se ve! —dije yo.
—Más a la izquierda de la torre, profesor.
—No veo nada en particular —dije un poco desanimado.
Debo aclarar en este punto, que la ciudad de Tenosique se encuentra en medio de una gran llanura
perteneciente a la cuenca fluvial del Usumacinta. En los tiempos anteriores a la III Guerra, la zona había
sido objeto de una intensa explotación agrícola; pero en el momento que nos ocupa, se había convertido
en un inmenso pastizal de hierbas bajas, salpicado por pequeños islotes de terreno infértil donde
afloraban las rocas calizas que formaban el subsuelo de la comarca.
Helena había retomado el binocular y de repente me lo devolvió, indicándome la dirección.
Actué esta vez con mayor presteza y exactitud, a tiempo para observar una manada como de cincuenta
perros que cruzaban una de las avenidas de la ciudad.
— ¡Son perros salvajes! —dije entonces— ¿Eso es lo que querías que viera?
—Es mucho más que lo que acabas de ver. Están por todas partes en la ciudad.
— ¿Qué son en realidad?
— Según Sebastián, quien los ha podido ver de cerca y hasta los ha cazado, parece que se trata de una
mutación genética de alguna de las variedades del perro doméstico. A mí se me parece más a un Gran
Danés que a cualquier otro; claro que mucho más fuerte y agresivo.
Lo que descubrí a continuación fue obra de mi propia curiosidad. Estaba ensimismado escuchando a la
doctora cuando, diría yo que de pura casualidad, levanté el binocular a mayor altura por encima de la
ciudad, y descubrí a un numeroso grupo de hombres armados avanzando a través de los pastizales.
— ¡Mira allá! —dije entonces, pasándole el instrumento.
Apenas hecho esto, sentimos un silbido que se alejó en dirección al este. A continuación se escuchó
una explosión y se levantó una columna de humo sobre la pradera.
— ¡Artillería! —dijo la doctora Hung.
— ¿Quién podría estar usando artillería?
—Eso no importa en este momento —dijo sin dejar de observar—. Todo parece indicar que estamos
metidos en medio de una pelea.
— ¡Una pelea! ¿Entre quiénes?
— Eso tampoco os lo podría responder. Mejor corre abajo y avisa a nuestros amigos.
Me disponía a cumplir con esto cuando vimos a Johann que aparecía sobre la terraza.
— ¿Han visto a Sebastián y a los otros?
— ¡Noop…! Pero me luce que esto se complica —dijo la doctora Hung al tiempo que le pasaba el
instrumento a nuestro capitán.
Otro silbido rompió la quietud de la atmósfera cargada de nubes y un segundo después se producía otra
explosión sobre la pradera.
— ¿Qué pensáis acerca de aquellos hombres?
No hubo una respuesta inmediata. Johann continuaba escudriñando la pradera en toda su amplitud.
Dijo al cabo:
—No son hombres precisamente, como acaba de llamarlos. Son los mutantes. Una horda completa. Tal
vez unos mil.
—Pero… ¿y quiénes son los que disparan? —dije yo.
Se produjo otro silbido y otra explosión. Esta vez mucho más cerca de la retaguardia de los mutantes.
—No podría decir en este momento. Debemos prepararnos para salir de aquí —dijo Johann—. Si los
disparos de esa artillería no consiguen detenerlos, que es lo más seguro, en menos de media hora podrían
estar invadiendo la ciudad, y les aseguro que no sería nada bueno para nuestra misión. Vaya doctora
Hung y observe hacia el otro lado. Trate de encontrar a los que disparan. En dirección al embarcadero.
Johann corrió y desapareció en la planta baja mientras Helena y yo fuimos al otro extremo de la
terraza, al tiempo que un cuarto proyectil silbaba sobre nuestras cabezas.
La doctora Hung se arrodilló tras el muro de contención y dirigió el instrumento en la dirección oeste
noroeste.
— ¡Escóndase profesor!
Me arrodillé a su lado.
— ¿De quién debemos escondernos?
— ¡De esos que disparan con artillería! ¡Allá están! —gritó con júbilo.
— ¿Descubrió a los que disparan?
—Con toda seguridad. ¡Allá, profesor! Del otro lado del río, y a poco más de tres kilómetros. Son tres
piezas de artillería… ¡ahí vienen!
Tres fogonazos consecutivos estallaron en la dirección que me indicaba con una mano. Los proyectiles
volvieron a pasar a la derecha de nuestra posición.
—Dejemos a la artillería hacer su trabajo —dijo ella—, y volvió el binocular hacia la zona del
embarcadero. Johann apareció por segunda vez sobre la terraza.
Traía en sus manos el transmisor.
—Están en el embarcadero —dijo agachándose junto a nosotros.
La doctora Hung buscó con el instrumento.
— ¡Ya los veo!
— ¿A qué fueron allá? —pregunté.
—En busca de alguna embarcación —dijo Johann—. Es la mejor opción que tenemos para salir de
aquí.
— ¡Con ese río como está! Creo que es una locura.
— Los mandé pensando que tendríamos otro par de días en lo que esperábamos a que el río volviera a
su nivel normal, y para que usted profesor, terminara de reponerse; pero creo que no podremos esperar.
— ¡Mire Johann! Hay una manada de perros que se mueven en esa dirección, y parece que nuestros
amigos no los han visto.
—Traigo algo más conmigo —dijo Johann, y entregó el transmisor a Helena.
El fuego de la artillería se había incrementado. Johann corrió hacia la escalera y en unos segundos
estaba de regreso.
—Llama a Guiraldus y avísales del peligro. Tú Máikol, ayúdame a preparar esto.
Sacó de una funda de lona un lanzacohetes semejante al que utilizaron Mustafá y los otros en la batalla
de Muret. Luego supe que se trataba del mismo RPG-7 que tan buen resultado dio en aquella ocasión
contra los cruzados.
Los perros avanzaban a lo largo de la avenida del malecón en dirección al embarcadero.
Johann apoyó el bípode sobre el muro de la terraza y ajustó la mira panorámica. Faltaban menos de tres
cuadras para que los cánidos alcanzaran las gradas del embarcadero cuando se produjo el disparo.
La estela del proyectil describió una ligera curva sobre las construcciones y la granada estalló sobre los
primeros elementos de la jauría.
— ¡Muy bien, capitán! —dijo la doctora Hung un instante después—. Guiraldus observó la explosión.
Es lo que usted quería. ¿Qué deben hacer ahora?
— Ya les di instrucciones para que regresen acá de inmediato. Repítales lo mismo, y que lo hagan en
este momento. Por cierto… ¿Puede decirme, de dónde salen esos disparos de artillería?
—Del otro lado del río, capitán. Por allá.
Johann tomó el binocular y se puso a escrutar el terreno en la dirección indicada por la doctora Hung.
Luego, mientras ella hablaba con Guiraldus, él y yo nos fuimos al otro lado de la terraza y nos pusimos a
observar la planicie sobre la cual continuaban cayendo los proyectiles. Acosados por los certeros
disparos, el ejército de mutantes había optado por replegarse y buscar refugio en los pequeños accidentes
del terreno.
— ¿Dónde tendrán el puesto de observación? —dijo Johann.
— ¿Qué dice… capitán?
—El puesto de observación, profesor. Están disparando a un blanco a más de once kilómetros de
distancia y eso, por principio táctico, requiere la existencia de un puesto de observación. Una posición
avanzada en el terreno desde la cual el blanco pueda ser observado directamente. Esa información se
envía a la posición de fuego de la artillería para que los tiradores ajusten la dirección y altura de los
disparos.
— ¿Cómo sabe todo eso?
—Porque acabo de observar la posición de fuego con el binocular. He visto que se trata de piezas de
artillería rusa de las que fueron empleadas durante la Gran Guerra Patria de la Unión Soviética. Son
obuses de 122 mm. Sus proyectiles tienen un alcance máximo de 11.800 metros. De esto se puede
deducir fácilmente que los que disparan no pueden ver el blanco directamente, sino que se requiere que
alguien los vea por ellos y les envíe la información para corregir el tiro. De lo que podemos deducir
también, que esta gente posee y hace uso de algunos medios de comunicación. Deberíamos hacer algo
en este sentido.
— ¿Qué sugiere?
—Por el momento, veamos que dice la doctora Hung.
Ella venía hacia nosotros con la angustia reflejada en el rostro.
— ¿Qué pasa? —gritó Johann.
—Ellos… capitán, me han escuchado y tratan de llegar acá; pero los perros… los persiguen y los
acosan en cada palmo de terreno.
— ¡Vengan conmigo! —dijo Johann—. Trataremos de detener a esos animales.
Bajamos los tres a la primera planta de la construcción, la cual habíamos adoptado como refugio, y
después de cargar con bastante parque salimos al portal y cruzamos la avenida en dirección a la iglesia.
Como habíamos observado ya, la puerta principal estaba destartalada y de una vez y sin ninguna
dificultad entramos a la sala de la capilla y corrimos a lo alto de la torre. A través de la ventana oeste
podíamos divisar el río y el embarcadero y al momento vimos a los compañeros.
Corrían a lo largo de una de las avenidas y disparaban contra los perros.
—Hay que apoyarlos. Máikol, ayúdame a cargar.
—Están sobre un techo —dijo Helena.
—Pues dígale que se mantengan ahí por un momento, que ahora les envío ayuda.
Helena transmitía las palabras de Johann mientras este tomaba puntería. Yo no podía ver a simple vista
lo que ocurría en la calle; pero escuchaba los esporádicos disparos de nuestros compañeros. Estallaron
otros impactos de la artillería sobre la pradera y entonces Johann apretó el gatillo.
La granada explotó sobre el pavimento, en medio de la manada.
—Están bajando y corren otra vez —dijo Helena—. En dos minutos los podríamos tener a una cuadra
de distancia, en esta misma calle.
—Doctora, dígale a Guiraldus que entren al patio de la casa y preparen el camión para salir de aquí lo
antes posible. Luego tome usted su fusil y prepárese para apoyarlos.
Mientras decía esto, yo había colocado otra granada en el tubo del lanzacohetes. Luego tomé mi fusil y
lo apoyé contra el marco de la ventana.
—Cuando yo dispare —dijo Johann.
Esperamos en silencio hasta que vimos a nuestros amigos doblar la esquina y correr a lo largo de la
avenida. Apenas unos segundos y aparecieron unos cuarenta perros. Se produjo el fogonazo y a
continuación el estallido de la granada; pero esta vez menos efectiva, ya que pegó contra el muro frontal
de una vivienda y los animales apenas se detuvieron en la persecución. Entonces Johann soltó a un lado
el lanzamisiles y tomó su AKM.
Otra vez el impacto de nuestros disparos barrió a lo largo de la avenida hasta que nuestros compañeros
rebasaron el umbral de la vivienda. Un momento después los vimos aparecer sobre la terraza, levantando
los brazos en señal de saludo.
—Bajemos ahora —dijo Johann—. ¡Deprisa! Ustedes delante.
— ¿Y usted, capitán? —dijo Helena.
—Espérenme del otro lado.
Nos tomó apenas un minuto descender la torre y salir a la escalinata. La masacre de animales a lo largo
y ancho de la avenida no había sido suficiente para detener a las bestias. Unas cuantas habían
sobrevivido y pronto vimos como otra manada aparecía por la esquina próxima subiendo desde el
malecón.
— Esto parece interminable —dijo Helena. Y saltamos literalmente la distancia hasta la vivienda.
— ¿Dónde está Johann? —preguntó Guiraldus al vernos aparecer.
—Se quedó en la torre —dijo Helena—. ¡Esperen aquí! Yo subiré a la terraza por si acaso.
El resto de los compañeros ya se había puesto a cargar las cosas que faltaban sobre el camión; pero
Johann no bajaba aún. Me puse a mirar por una persiana tratando de ver como se movía en lo alto de la
torre, hasta que de pronto lo vi asomarse y hacerle señas a la doctora Hung. Un momento después
apareció la doctora.
— ¿Qué sucede?
— Ya viene —dijo ella—. Vayamos al camión con los demás.
Cuando salimos al patio ya todos estaban listos para la partida; pero frente a la verja que da a la calle
varias de aquellas bestias se revolvían furiosas. Otra jauría habíase presentado frente a la iglesia.
Vimos a Johann aparecer por la puerta y también lo vimos retroceder al interior. Los perros lo habían
visto y subían la escalinata en su persecución.
— ¡Esto se complica! —dijo Helena—. ¡Sube Máikol! ¡Nos vamos de aquí!
Apenas había puesto yo los pies sobre la base trasera cuando el vehículo dio un tirón y partió
aceleradamente contra la verja. Sentimos el golpe y el crujir del fierro. Cedieron las viejas soldaduras. El
vehículo cruzó la acera y dando un giro tomó la senda del otro lado.
En un segundo quedamos rodeados por decenas de bestias que bullían ansiosas a nuestro alrededor.
Algunas trataban incluso de saltar sobre nosotros.
***
— ¡Vamos Johann! —gritaba la doctora Hung asomando la cabeza y los brazos desde la cabina.
En eso apareció por una de las ventanas, en el segundo nivel de la torre.
Sebastián puso la reversa y se encaramó en la acera.
— ¡Salte ahora, capitán! —gritó la doctora Hung, y sentimos como un cuerpo caía sobre la lona.
Sebastián puso el vehículo en marcha y aceleró hasta la siguiente intersección. Luego tomó a la
izquierda en dirección al este. Unos cuantos perros trataban aún de darnos alcance y saltar sobre el
camión.
Cuando por fin quedaron atrás y desaparecieron entre las ruinas, el camión se detuvo. Johann saltó
desde el techo de lona hasta el estribo derecho y penetró en la cabina. Lo primero que hizo fue echar una
mirada a través de la ventanilla posterior y preguntar por nuestra condición física.
—Después de esto, creo que mejor no podríamos estar —dijo Guiraldus.
—Entonces, hay que continuar. Vamos Sebastián, dale aquí a la derecha y continúa recto hasta que yo
te avise.
Yo me había encaramado sobre la carga y me había pegado a la ventanilla de manera que tenía acceso
a la conversación.
— ¿Quién sabe a dónde vamos? —preguntó la doctora Hung.
—Ni la menor idea —dijo Sebastián.
—Para eso me quedé en la torre de la iglesia —dijo Johann.
— Por poco perdéis la vida y nos habéis sacado un buen susto a todos.
— Creo haber descubierto el puesto de observación de la artillería.
— ¿Y a eso vamos?
— ¡A eso, doctora Hung!
Sebastián giró a la izquierda por una avenida desértica y luego aceleró a indicación de nuestro capitán.
El terreno a los lados de la avenida estaba sembrado de huesos, como si aquel espacio hubiese sido
usado como campo de sacrificios. Osario que poco a poco iba desapareciendo con el crecimiento de la
vegetación.
Luego cruzamos una carretera de doble vía y nos dirigimos directamente al sur por espacio de unas
cuatro cuadras. La doctora Hung parecía nerviosa.
Johann indicó al chofer tornar otra vez a la izquierda.
—Ya estamos llegando —dijo al tiempo que alzaba el vidrio del parabrisas y dirigía el binocular al
frente.
A nuestra derecha se abrió de repente un espacio sin construcciones, y al pasar frente a él, se me hizo
un nudo en la garganta. La doctora Hung se inclinó hacia afuera de la ventanilla para observar mejor.
—Es lo que me temía, capitán —dijo entonces.
Por el extremo sur de este terreno, que sin duda había sido una cancha deportiva, avanzaba un
numeroso grupo de criaturas bípedas. Eran sin duda los mutantes que habían logrado esquivar por aquel
sitio los ya esporádicos disparos de la artillería.
Cuando nos vieron pasar, unos cuantos se lanzaron a la carrera a través del terreno. Sonaron varios
disparos. Sebastián aceleró el vehículo. A los pocos minutos dijo Johann:
—Es ahí donde vi el puesto de exploración.
Era una construcción que abarcaba un gran terreno a nuestra izquierda, casi en el borde más oriental de
la ciudad. Frente a nosotros y a unos doscientos metros se abría de repente la pradera. Las hordas de los
mutantes avanzaban por allí.
— ¿Qué hacemos? —dijo Sebastián.
— ¡Detente aquí! —dijo Johann, y seguidamente dirigiéndose a mí, agregó: —Ven conmigo, y usted
también, doctora Hung.
Luego dijo a Sebastián:
—Da una vuelta con el camión y sitúate del otro lado.
Yo bajé de un salto y corrí tras Johann y la doctora hasta alcanzar el derruido portal de la construcción.
No fue difícil meternos en el interior. Luego atravesamos un salón de recibimiento con paredes
agujereadas y mohosas y entramos a la sección principal de lo que había sido en sus mejores tiempos un
gran centro comercial.
— ¡Arriba! —dijo Johann, dirigiendo sus pasos hacia la escalera que conducía hasta la planta alta; pero
no habíamos hecho más que subir los primeros peldaños cuando tuvimos que detenernos, sorprendidos
por la presencia de dos hombres que descendían a la carrera. Uno de ellos cargaba un fusil a un lado y
con la otra mano trataba de ayudar a su compañero, que sangraba de una pierna. Quedaron tan
paralizados como nosotros.
— ¡No teman! —dijo Johann.
Los dos sujetos comenzaron a retroceder paso a paso en dirección a la planta alta.
— ¡Ustedes son los exploradores! ¿No es así? —continuó Johann.
— ¿Quiénes son? —dijo el hombre dejando a su compañero contra la baranda de la escalera, luego,
tomando el fusil, con ambas manos nos apuntó con firmeza, mientras su frente comenzaba a sudar en
abundancia. Se recostó también contra la baranda.
—Estamos tratando de escapar de los mutantes y de los perros, lo mismo que ustedes —dijo Johann.
Al ver que el hombre no se inmutaba con aquella explicación, agregó:
—Con la única diferencia que nosotros somos más, tenemos un buen camión ahí afuera, y andamos
mejores armas para enfrentar a las bestias.
El hombre bajó el fusil y una sonrisa forzada apareció en su rostro.
—Deje que lo ayudemos con su compañero —continuó Johann sin inmutarse.
—Es mejor que lo hagan ya —dijo el hombre, y bajó el fusil—. ¡He dado la orden! En menos de cinco
minutos este lugar será blanco de los obuses.
Salimos de aquella estancia cargando al herido en brazos. Dimos la vuelta al edificio y en otra leve
carrera llegamos junto al camión. Por ambos extremos de la avenida se acercaban los mutantes. El
explorador artillero, en lugar de subir con su compañero herido, corrió hasta un pequeño vehículo de
color azul. Una especie de motocicleta con techo y asiento trasera para pasajeros. Tomó una funda de
tela gruesa y corrió de vuelta hasta nosotros.
Los mutantes estaban a menos de cien metros por ambos lados y sonaban los primeros disparos cuando
Sebastián nos puso en marcha.
Ya montados sobre el camión, dijo el mejicano:
— ¡Señores…! Presten atención —entonces, dirigiéndose a la doctora Hung, agregó—: ¡Señorita…!
¿Lo dice usted, o lo digo yo?
— ¿Ahora qué sucede? —preguntó Johann.
—Puedes continuar, Sebastián —dijo Helena.
— ¡Pues…! sucede que lo que llevamos detrás, bajo la lona, son cajas de dinamita, y si un disparo les
pega… ¡volamos en pedazos con todo y camión!
—Como no lo habían dicho antes —gritó Johann alarmado—. ¡Dale por ahí! —dijo señalando hacia
las malezas que cubrían el otro costado de la carretera.
Rompimos a través de la crecida vegetación. Pasamos por encima de cercos, muros en ruina y
montículos de basura.
Vimos como pequeños grupos de mutantes armados saliendo por doquier trataban de interceptarnos.
Tuvimos que enfrentar algún que otro disparo aislado, hasta que estalló el primer proyectil de artillería a
unos pocos metros. Luego un fuego concentrado comenzó a caer sobre el edificio que dejábamos atrás.
Una gran masa de mutantes, tal vez pensando que permanecíamos en el interior de la construcción
había penetrado en esta y quedaba atrapada en el infierno de dos tremendos estallidos que hicieron volar
por los aires la totalidad del edificio.
Tras el primer proyectil que a punto estuvo de impactarnos, otros comenzaron a salpicar de
explosiones el terreno a nuestro alrededor. Aquello, además de ser un peligro adicional, tuvo la virtud de
evitar que los mutantes nos acosaran con mayor ahínco.
— ¿A dónde vamos por aquí? —dijo Helena.
—Si seguimos en línea recta —explicó Sebastián—, saldremos a una vieja pista de aviones.
Poco después se hizo evidente su predicción y la pista nos permitió alejarnos definitivamente de las
explosiones. Tomamos rumbo al oeste y luego de atravesar junto a las derruidas edificaciones del
pequeño aeropuerto entramos a otra carretera.
—Ha sido sensacional —dijo Guiraldus sin poder contener la risa.
— ¡Oye amigo! No le veo nada de divertido a esto —dije a mi vez sin poder contener la rabia.
— ¡Profesor… tómelo con calma! Hemos rescatado a dos hombres que se lo merecían, y al mismo
tiempo, hemos burlado a las bestias, que también se lo merecían… ¡y que se las lleve el diablo!
Para aliviar la tensión nerviosa, opté por sentarme lo mejor que pude sobre las cajas de dinamita y me
quedé adormecido por un buen rato. Todos habían hecho silencio.

Capítulo 37
DE TENOSIQUE A EMILIANO ZAPATA

Muchas veces, tras momentos de actividad y tensión, el sueño se convierte en el mejor reparador para
el sistema nervioso. Incluso unos minutos pueden hacer lo que no se consigue en horas durante
situaciones normales.
Desperté cuando el camión bufó como un toro al rebasar un obstáculo en la carretera. Me incliné hacia
la ventanilla de la cabina y luego miré mi pulsera. Comprobé que habíamos viajado unos diez minutos
desde que atravesamos el campo de aviación en Tenosique.
—No es nada, profesor. Puede seguir durmiendo —dijo la doctora Hung volviéndose a mí.
Como si sus palabras hubiesen sido el vaticinio de una realidad diferente algo vino a alterar el
ambiente sosegado en que me encontraba. Fue el ruido quejumbroso de un motor sobre el río.
Lo extraño del acontecimiento nos paralizó en los primeros segundos y fue la doctora Hung quien
emitió la alerta ante la hipótesis del peligro.
— ¡Un avión! —dijo entonces el artillero que se asomaba apartando la cobertera en la parte trasera del
vehículo.
No habían pasado ni treinta segundos cuando un pequeño aparato de hélice enfilaba sobre la carretera
en dirección a nosotros.
— ¡Dale, dale, dale…! —gritó Johann.
El vehículo saltó sobre un montón de escombros al lado izquierdo y luego retomó el asfalto. Escuché
por un momento el azul celeste del fuselaje y sin pérdida de tiempo agarré el fusil y maniobré hacia la
parte trasera con la intensión de unirme a Guiraldus y a los demás. Era la única posición adecuada para
disparar si fuese requerido por la situación.
El ruido se alejó; pero a poco retornó con mayor intensidad.
— Esta insistencia me parece sospechosa —gritó Johann.
— ¿Qué hacemos? —preguntó Sebastián.
— ¡Ahí está el puente! Entremos al puente.
— ¡Pero… capitán!
— En cualquier caso es nuestra mejor opción. ¿No le parece doctora Hung? No sabemos qué gente es
ésta, y tampoco sus intenciones. La estructura del puente nos puede servir de protección.
Johann parecía tener toda la razón. El aparato enfiló por segunda vez sobre la carretera en dirección a
nosotros; pero esta vez habían echado afuera la escalerilla lateral, lo que era sin duda un raro
comportamiento. Nos preparamos para recibirlos con todo.
—Apunten bien, y yo diré cuando —dijo Guiraldus y pegó el ojo a la mira, solamente que en aquel
instante y antes que pudiésemos apretar el gatillo, la nave aérea dio un giro a la izquierda y desapareció
de nuestro campo visual. Una explosión nos estremeció y la lona se deshizo por aquel costado
bañándonos de polvo y pequeños fragmentos de roca.
— ¡Guao, eso fue en serio! —escuché decir a alguien entre toses y resoplidos.
Habíamos dejado atrás el punto del impacto y entramos al puente. El camión se detuvo y sin más
preámbulo saltamos sobre el asfalto.
— Como les decía… —dijo Johann—. Aún no sabemos qué gente es esta; pero ahora sí sabemos algo
de sus intensiones.
— ¡Yo sé quiénes son! —dijo el artillero— ¡Lo peor de lo peor! Son los mutantes.
— ¿Cómo lo sabéis?
— Este camión es nuestro. Ellos mataron a varios de mis compañeros en una emboscada y se
apoderaron del camión con los explosivos. Lo que no entiendo… ¿Cómo ustedes lo consiguieron?
—Es una larga historia —dijo Helena—. Lo encontramos abandonado en la universidad y lo tomamos
sin ningún esfuerzo.
—Eso está bien —dijo el hombre—; pero deben saber que ellos tienen una buena parte de los
explosivos. En esta guerra hay únicamente dos bandos. O ellos o nosotros, y ganará el que controle las
armas y las técnicas antiguas. Con los mutantes no hay manera de entrar en ningún acuerdo ¿saben por
qué?
— Decid.
—Porque nos quieren a nosotros —dijo el hombre—. Los mutantes se han convertido en unos malditos
caníbales.
El ruido de la avioneta, que había desaparecido sobre el río, se dejó escuchar nuevamente.
—Protéjanse todos y abran fuego cuando se aproxime a doscientos metros —dijo Johann.
—Fue una buena decisión la suya —dijo el artillero—. Mientras permanezcamos sobre el puente no
querrán atacarnos. ¿Por qué? Se preguntarán ustedes.
Y sin esperar a que alguien le indagara, agregó como para sí mismo:
—Porque el puente lo necesitan para cruzar sus huestes de un lado al otro. En cambio, nosotros no lo
necesitamos, capitán. Le sugiero a usted que dé la orden de acabar con el puente. Esa es una misión que
mi compañero y yo, junto a los demás que murieron, debíamos haber cumplido.
— ¡Muy bien…! ¿Cómo te llamas?
—Raymundo, señor. Raymundo Guerrero. Ese es el apellido que heredé de mis abuelos en Cuba.
—Bien, Raymundo, destruyamos el puente, pero dime ahora: esa tropa organizada a la que
perteneces… ¿en qué lugar se ubica?
—Estamos en Emiliano Zapata, señor. Por esta carretera —dijo señalando hacia el otro lado del
puente—. En esa ciudad se concentra la mayoría de nuestra gente.
— ¡Vamos, muchachos! —dijo Johann— Carguemos con esa dinamita. Hay que poner suficiente carga
en las bases.
Los hombres bajaron y comenzaron a situar las cargas. Fue entonces que pudimos ver desde arriba a un
nutrido grupo de mutantes que asomaba por la curva de la carretera en dirección al puente. Luego
apareció un vehículo entre las huestes y adelantóseles.
—No podemos permitir que se acerquen hasta que estén listas las cargas —dijo Johann.
Nos tendimos sobre la carretera y nos dispusimos a detenerlos. Fue en ese momento cuando alguien
descubrió varias embarcaciones que se acercaban desde la orilla opuesta. Venían repletas de mutantes
armados con escopetas, pistolas, y algún que otro fusil o ametralladora. Pronto aquella jauría comenzó a
vociferar, y sonaron los primeros disparos.
Los botes se acercaban por debajo del puente, de manera que quedamos impedidos de defender a los
nuestros por aquella parte, ya que apenas podíamos ver hacia abajo entre las piezas que conformaban la
vía del ferrocarril.
Entonces vimos aparecer a Sebastián, al artillero y a Guiraldus. Venían subiendo entre la maleza y
disparando hacia abajo. Apenas llegaron a la carretera se escucharon los primeros disparos desde el
vehículo que se aproximaba.
— ¿Qué hicieron? —preguntó Johann.
—Pusimos la carga, capitán; pero no pudimos encender la mecha —dijo Reynaldo—. Llegaron más de
veinte salvajes en esas lanchas.
— ¡Vamos al camión! Hay que salir de aquí.
— ¿Y no haremos nada para destruir el puente? —continuó Reynaldo.
— Lo siento mucho —respondió Johann—; pero no podemos arriesgar más de lo que hemos hecho,
aunque podríamos tratar lo mismo en el otro extremo.
Subimos al camión y partimos aceleradamente escapando de los esporádicos disparos y arriesgándonos
a ser impactados y volar en pedazos con camión y puente.

***

Apenas nos detuvimos sobre la orilla opuesta nos echamos al suelo con dos cajas de dinamita. Esta vez
la doctora Hung ocupó el lugar de Sebastián. Bajó en compañía de Guiraldus y el artillero.
Desde arriba los apoyábamos con nuestros disparos cuando sentimos otra vez el vuelo del pequeño
avión sobre el río. Descubrimos también que regresaban las lanchas con los mutantes.
—Esto se complica —dijo Johann—. Los mutantes de aquel vehículo parece que se disponen a cruzar
el puente, y eso a pesar de que conocen la superioridad de nuestras armas.
Yo había estado observando la orilla de la carretera por donde desaparecía la línea del ferrocarril,
sumergida de pronto entre la feraz vegetación que cubría la margen derecha del Usumacinta. Caía el sol
en aquel instante y sus rayos apenas alcanzaban a dibujar los contornos de un objeto que sobresalía entre
la hierba.
— ¡Mire Johann! —dije en aquel momento.
— ¿Qué sucede?
— ¡Mire allá!
— ¿De qué se trata?
— Entre la hierba.
— No puedo ver muy bien.
—Capitán, creo que es un vagón sobre los rieles, y se me ocurre una idea. ¡Espere un momento!
Dejé la cabeza de puente y corrí por la línea hasta que la hierba me llegó a la cintura. ¡Y en efecto! Era
una pequeña plancha de ferrocarril con su mecanismo de propulsión consistente en una palanca de
cigüeñal que era comúnmente manipulada por dos personas.
— ¡Corran acá! —grité a nuestro guía—. Ayúdenme con esto.
Con un poco de esfuerzo sacamos el aparato y lo empujamos hasta llegar junto al camión.
— ¡Sube ahora! —dije a Sebastián—, y alcánzame un poco de dinamita.
Dicho y hecho fue casi una misma cosa. Depositamos dos cajas cerradas sobre la plancha, una encima
de la otra. Luego dispersamos unos diez cartuchos y prendimos la última mecha que nos quedaba.
—Esto me parece que no va a funcionar —dijo Sebastián—. Ya una vez falló porque las mechas no
sirven.
— ¡Apúrense muchachos! —gritó Johann—. ¿Qué están haciendo? Ya se acercan los mutantes
En efecto. Vi como el camión cargado de guerreros comenzaba su entrada al puente por el extremo
oriental.
Prendí la mecha y comencé a empujar el carro. Sebastián y otros dos se me unieron. En unos segundos,
esforzándonos al máximo y gracias al declive que formaba la línea conseguimos darle un buen acelerón
al vehículo; y entonces saltamos a un lado y lo dejamos ir.
— ¡Bueno! Ahora hace falta que funcionen las mechas —dije acercándome a Johann y preparándome
como los otros para enfrentar lo peor.
A pesar de la corriente embravecida las lanchas que atravesaban el río estaban alcanzando la orilla de
nuestro lado. Pronto los mutantes tratarían de expulsar a los dinamiteros de su nueva posición.
Debíamos apresurarnos, y para colmo de males, la plancha se detuvo en la etapa final de su trayecto
cuando uno de los mutantes cayó sobre los rieles. Continuaban avanzando y la esperada explosión no se
produjo.
— ¡Johann…, Máikol! ¡Larguémonos de aquí! —escuché gritar a la doctora Hung. Venían subiendo
entre los matorrales—: ¡Larguémonos de aquí! —repitió.
—Ahora le toca a usted —dije a Johann—. Antes que sea demasiado tarde, dispare a la dinamita. Yo sé
que es el mejor tirador. Puede hacerlo.
— ¡Muy bien, vamos a intentarlo una vez! Luego nos vamos.
Se agachó junto a la barra metálica de contención que separaba la vía férrea de la carretera, apoyó el
brazo, y apuntó con cuidado.
Hizo un disparo que resultó inefectivo, al tiempo que arreciaron los disparos de las escopetas y viejas
armas del enemigo.
Escuchamos a Helena desde el camión.
Sin darse prisa, Johann apuntó por segunda vez, y se produjo el disparo.
La explosión de la dinamita ocurrió en el momento en que un segundo vehículo se acercaba y lo hizo
estallar, bloqueando la vía con una columna de fuego. El otro grupo, formado por la mayoría de los
mutantes había sobrepasado la línea de la explosión y avanzaba hacia nosotros con mayor ahínco.
— ¡Vamos! —dijo Johann poniéndose en pie. Corrimos todos hacia el camión.
El vehículo comenzó a desplazarse por la curva de la carretera en dirección oeste.
— ¿Y ahora qué? —preguntó Johann.
—Cuatro mechas quedaron encendidas cuando abandonamos la posición —dijo Helena—. Fue
imposible hacer otra cosa.
—Las mechas no sirven —dijo Sebastián, y caímos todos en profundo silencio.
No habían pasado tres minutos y aún el efecto pesimista de sus palabras recorría entre nosotros, cuando
el suelo se estremeció y una llamarada gigantesca tiñó de rojo el atardecer.
— ¡Vamos, ahí lo tenéis! —dijo la doctora Hung exhibiendo una gran sonrisa.
Muy pronto, y a pesar de las precauciones que debíamos mantener, tuvimos que prender los faroles
para alumbrar el camino a través de aquella tierra inhóspita y desolada, por la cual el sacrificio nos
impulsaba cual náufragos del futuro.
Tardamos más de dos horas en el recorrido de sesenta y seis km hasta la ciudad de Emiliano Zapata.
Tuvimos que desmontar en tres ocasiones para quitar obstáculos de la vía. En esos momentos se
incrementaba el peligro. Teníamos que reunir toda la fortaleza de nuestros nervios y aguzar al máximo
los sentidos, sin dejar de escuchar las advertencias de Reynaldo y de Sebastián acerca de cómo andar por
aquellos parajes infestados de predadores.
La ciudad, que había sido antes de la guerra la cabecera del municipio tabasqueño del mismo nombre
dormía a esas horas de la noche. Nos acercamos y atravesamos por un suburbio de casas y edificios en
ruinas, sin duda deshabitados. Muy pocos habrían tenido la valentía de pernoctar en la parte exterior a
las líneas de defensa establecidas para protección de los habitantes.
El primer puesto de centinelas se descubrió poco después por la presencia de tres o cuatro hogueras
que ardían a lo largo de la carretera. Al llegar allí hubo que detenerse y desmontar del camión. Nuestra
llegada había sido avisada con antelación por medio de la radio que portaba el explorador artillero. En
cuanto pusimos pies en tierra fuimos atendidos por un representante del nuevo ejército.
Reynaldo Guerrero salió al encuentro de un hombre alto y flaco, con el pelo canoso y una cicatriz en la
mejilla izquierda, la cual había sanado chapuceramente y concluía por la parte baja en la comisura de sus
labios, dándole a su sonrisa una apariencia drástica y burlona.
A pesar de su aspecto, este hombre se mostró amable en aquel momento después de haberse
entrevistado con el artillero.
Reynaldo se nos acercó y nos invitó a seguirlo a través de un patio abierto, hasta llegar a una cerca alta
de alambre ciclón, fuertemente apuntalada por raíles de línea. Esta cerca encerraba el perímetro de un
gran patio en medio del cual ardía otra hoguera. Varios hombres yacían charlando a su alrededor.
El patio estaba al costado de un edificio de dos plantas y la cerca de malla llagaba hasta la altura del
techo y cubría el patio por la parte alta. Sin duda aquel lugar tan bien protegido era el puesto de mando
de las fuerzas de autodefensa de la ciudad, como nos había dicho Reynaldo.
Entramos al edificio que estaba bien organizado y limpio. A través de un corredor llegamos hasta una
escalera, y por esta hasta una amplia habitación en la segunda planta.
Reynaldo se nos adelantó por la puerta.
Había tres hombres en la habitación.
—Comandante, aquí están los amigos que nos ayudaron con lo del puente.
— ¡Adelante, señores! —dijo uno de aquellos y vino hacia nosotros con la mano tendida al frente.
—Señorita… mis respetos —dijo al tiempo que tomaba la mano de la doctora Hung e inclinaba la
frente. Luego se separó unos pasos y vino a cada uno de nosotros.
Comenzando por Guiraldus y terminando con Sebastián, en un minuto nos había saludado a todos.
Luego de darnos las gracias por la contribución tan importante que habíamos prestado a la causa de los
refugiados, dijo así:
—Espero que haya entre ustedes uno que sea el jefe. Uno que esté al frente del grupo.
— ¡He aquí a nuestro capitán! —dijo Helena.
Johann sonrió y se llevó la mano a la frente en saludo militar. El hombre rompió la aparente serenidad
de la estancia con una carcajada y agregó:
—No me habría dado cuenta si la señorita no lo menciona. Pensé que sería acá el señor —dijo
señalándome a mí. Disculpen por recibirlos así, con tanta alegría; pero es que ustedes han hecho un gran
trabajo al derribar ese puente. Según nos ha contado el jefe de nuestros artilleros, ustedes son unos
expertos en el manejo de las armas.
—Así es —dijo Johann—. Como todo el mundo, hemos tenido que luchar por la supervivencia, y eso
nos ha hecho expertos en muchas cosas.
—Les propongo entonces que se unan a nuestra comunidad. Habrá que luchar duro contra los mutantes
y las otras bestias; pero sé que valdrá la pena. Sin lucha no hay supervivencia ¡ese es nuestro lema!
—Y podría también ser el nuestro —dijo Johann—, y en realidad lo es.
— ¡Eso está bien…! Entonces… ¿No hay nada que les impida quedarse en la ciudad?
— ¿Por qué era tan importante ese puente?
— Hemos elaborado un plan de lucha que consiste en ir avanzando paso a paso contra los mutantes.
Ellos son parte de la antigua humanidad, pero ahora se han convertido en una especie de material
desechable, al que debemos eliminar si queremos sobrevivir como lo que somos. El primer paso de
nuestro plan es expulsarlos hacia el sur del río Usumacinta y hacia el norte del río Bravo. Pretendemos
establecer entre ambos ríos un poderoso imperio que sea el núcleo de una nueva civilización. ¿Qué les
parece? Para hombres de coraje y decisión como ustedes me luce que es algo bastante bueno ¿Qué les
parece?
—En realidad…, no pretendemos permanecer aquí por mucho tiempo —dijo Johann.
— ¿Qué harán entonces?
—Su plan me parece grande y genial, y quizá algún día llegaremos con todo gusto a formar parte del
mismo; pero en este momento pretendemos viajar mucho más al norte. Allá tenemos a muchos
familiares y amigos que esperan por nosotros.
— ¿Qué esperan de ustedes, si se puede saber? —preguntó el llamado comandante.
— Bueno, hemos viajado hacia el sur. Muy al sur. Hasta la Argentina. Pensamos establecernos allá con
nuestra gente.
— Eso está bien… y si esa es vuestra libre voluntad, mucho mejor —dijo el comandante, agregando a
continuación—: pueden permanecer aquí cuanto quieran, incluso, pueden llevarse el camión si piensan
viajar por tierra. A propósito ¿A dónde dijo que van?
—Un poco más al norte de Nueva York —dijo Johann.
El hombre hizo una mueca.
—Me parece que eso está bastante lejos, y con los peligros que hay… no será nada fácil.
—Lo sabemos, comandante —dijo la doctora Hung.
—Entonces, señorita… les ofrezco una de las mejores embarcaciones con las que se puede contar en la
actualidad. Para que usted no se me vaya a dañar esa belleza, ese pelo tan hermoso, y para que la pueda
ver un día de regreso por acá. Todo será diferente cuando hayamos exterminado a los mutantes.
¿Cuándo piensan continuar el viaje?
—Mañana mismo —dijo Johann.
—Si esperan hasta pasado mañana les entrego la embarcación.
— ¿Hay algún problema, comandante? —dijo Johann—. No queremos causarle a usted y a su gente
ninguna dificultad. Nosotros podemos muy bien continuar por tierra, como lo hemos hecho hasta ahora.
—No se trata de ninguna molestia. Es un asunto que tenemos que resolver de todas maneras. Es acerca
del acopio de combustible. Nos hemos quedado sin nada; pero una partida que salió hace dos días debe
regresar mañana con un nuevo cargamento. Todo el atraso ha sido por los recientes ataques de los
mutantes.
—Entonces, trato hecho comandante. Esperaremos por esa embarcación.
A la mañana siguiente desperté más tarde de lo habitual. Nos habían dado como dormitorio una
habitación de la segunda planta donde hubo amplitud suficiente para acomodarnos sobre unos viejos
colchones de trapo y lona. Cuando abrí los ojos, vi a la doctora Hung asomada por la ventana que daba
al patio, bajo el cerco de malla.
— ¿Qué hora es? —le pregunté.
—Las nueve de la mañana, profesor. Estamos esperando por ustedes para el desayuno.
— ¿Dónde está Johann?
—Está ahí en el patio conversando con los hombres. Creo que planean salir a ver la embarcación.
Con esta conversación Guiraldus y Sebastián se habían despertado y poco después salimos al exterior.
En un hoyo cavado en la tierra ardían brasas de leña. En dos horquillas, clavadas en el suelo a los lados
del hoyo se apoyaba una vara de la que colgaba un cerdo de unas ciento veinte libras. Los hombres en el
patio se divertían jugando al póquer y bebiendo.
— ¿Qué hay de nuevo? —dijo la doctora Hung cuando nos acercamos al capitán.
— Ya salió un grupo de los de aquí para darle alcance a los carros con el combustible —dijo Johann—.
El comandante Zapata me prometió, y espero que lo cumpla, que en cuanto llegue la caravana nos
vamos a ver la lancha y a tomar posesión de ella.
— ¡Vale! No habrá que esperar hasta mañana como se había dicho.
—Eso espero —dijo Johann.
— ¿Qué tipo de lancha es esa, capitán? —pregunté.
—No lo sé; pero espero que nos sirva para adelantar un poco.
— ¿Qué plan tenéis?
— Helena. Lo de la lancha yo creo que viene por ti —dijo Johann sonriendo—. Este Zapata parece ser,
en algún aspecto, un digno sustituto de aquel otro que luchaba en la revolución campesina de 1910, aquí,
por esta misma zona.
— ¿Qué estáis insinuando acerca de este hombre, y acerca de mí?
— Nada es un secreto, ni tampoco una insinuación —dijo Johann—. Parece que este comandante, lo
mismo que el general Emiliano Zapata de aquellos tiempos, es un gran mujeriego, y la lancha que nos
ofrece es un favor a usted, doctora Hung.
—Yo no veo las cosas de manera tan simple, capitán —dijo Helena—. Este hombre es uno más que
lucha por sus ideales, y ayudarnos a nosotros es parte de sus objetivos.
Luego de esto regresamos al interior dejando a los hombres aquellos en sus chanzas y groserías.
Desayunamos tanto como quisimos. Los alimentos consistían principalmente de tortas de maíz y cuajada
de leche que la población campesina organizada por el llamado comandante y sus seguidores producía
en las tierras colindantes.
Ya casi terminábamos con el desayuno cuando se escucharon cuatro o cinco disparos de pistola en el
exterior. Nos levantamos presurosos y corrimos hacia las ventanas tratando de averiguar lo que sucedía.
Debo aclarar aquí que las puertas del edificio que servía como estado mayor habían sido clausuradas por
motivos de seguridad, con excepción de aquella que daba al patio cercado en malla. Estábamos
prácticamente encerrados.

***

Tomamos nuestras armas pensando que algo más grave podría ocurrir a continuación; pero tras el
incidente de los disparos todo volvió a la calma. Los hombres que se divertían en el patio regresaron a
sus asientos como si nada hubiese pasado.
Dos horas después tuvimos una sorpresa agradable. El hombre de la cicatriz en el rostro, el mismo que
nos había recibido a nuestra llegada, empujó la puerta y se presentó en el comedor con la noticia: el
combustible acababa de entrar a la ciudad.
El hombre se retiró y le pedimos unos minutos para recoger nuestras cosas. Poco después nos guió a
través del patio. Al salir a la carretera, en un espacio llano y despejado del otro lado de la vía, varios
hombres halaban por los pies, arrastrándolos sobre el polvo, dos cadáveres ensangrentados. Pasaron tan
cerca de nosotros, que incluso pudimos distinguir que sus heridas habían sido producidas por arma de
fuego. De inmediato vinieron al recuerdo los disparos que habíamos escuchado poco antes. Sin
necesidad de preguntar, el guía se encargó de aclarar el tópico.
—No hay nada que lamentar —dijo—. Fueron ejecutados por el mismísimo comandante.
— ¿Por qué razón? —dijo la doctora Hung.
—En la vida no hay una razón que valga más que otra, señorita; pero si usted cree distinguir algo
peculiar en estas muertes, le diré que fueron ejecutados por cobardes e irresponsables.
Ante aquellas palabras mantuvimos silencio y nos dejamos guiar durante dos cuadras hasta otro
edificio. Este tenía la fachada derruida y al parecer servía de segundo alojamiento al comandante Zapata.
Al momento de llegar nosotros, este salía por un boquete de la pared acotejándose el sombrero.
— ¿Listos para ver la lancha? —dijo mientras se sacudía el polvo de su raído pantalón de lana y se
encaminaba con resolución hacia un vehículo que aguardaba al otro lado de la avenida.
El chofer conversaba con otros dos que estaban armados con machetes y viejas carabinas. Al vernos
con el comandante subieron de inmediato a la parte trasera del camión, en tanto el chofer ocupaba su
puesto.
Cuando subimos nosotros, tuve la curiosidad de mirar hacia la fachada del edificio, y por un costado
pude ver que se asomaba el rostro de una mujer, lánguido y seco, como esas hojas que se marchitan muy
temprano al comenzar el otoño.
Luego mugió el vehículo expulsando un chorro de humo negro y pestilente. Seguí a la mujer con la
mirada y ella me siguió a mí. La vi levantar la mano y decirme adiós. Nos alejamos en dirección al
norte.
La embarcación aguardaba junto al malecón. Se mecía apacible sobre las quietas aguas que aún
permanecían turbias por la reciente crecida. No se trataba de una embarcación regular como habíamos
imaginado. Ni tampoco era una lancha como nos habían hecho creer. Era una embarcación de esas con
doble casco que imitan el diseño de aquellas otras antiquísimas, oriundas del Océano Índico y del
Pacífico.
— ¿Qué les parece? —dijo el comandante con una sonrisa, y su segundo le imitó estirando al máximo
su cicatriz chambona, al tiempo que calaba al tope el gorro de visera que le cubría hasta las cejas.
— ¿Funciona correctamente? —preguntó Johann.
—Ha sido mi favorita. Les aseguro que no se hunde. Eso está garantizado. Pero eso sí, tendrán que
hacer el viaje mayormente a vela.
— ¿Qué pasa con el motor? —dijo la doctora Hung.
—El motor… lo que sucede es que no posee ninguno; pero eso sí, las velas trabajan como nuevas.
— Pero usted dijo…
Johann la interrumpió tomándola de la mano.
—No hace falta motor, querida amiga. Podremos navegar a vela. Solo hace falta que el comandante
nos conceda algún tiempo para inspeccionarla y cargar nuestras cosas.
—Con todo gusto. Estoy seguro que harán un viaje estupendo.
Según Johann, la embarcación cumplía con los requisitos esenciales para el largo viaje que nos
proponíamos. Poco después, no sin cierto escrúpulo y recelo, nos despedimos de aquel hombre y de la
gavilla que lo secundaba.
Estos desafectos se fueron disipando a medida que nos alejábamos y llegó un momento en que el
velero nos pareció un lugar mucho más confortable que cualquiera de los edificios de la ciudad. Poseía
doce metros de eslora y su cubierta estaba protegida por un toldo que nos libraría de la exposición
directa a los rayos del sol.
Otra vez sería Sebastián quien se encargaría de conducirnos a través del Usumacinta. Nuestro destino
era el mar.

Capítulo 38

A TRAVÉS DEL USUMACINTA

P uesta la proa sin ningún tropiezo no teníamos más que dejarnos arrastrar por la corriente y tratar de
mantener la embarcación lo más cercana al centro. La velocidad era tan considerable que el mismo
Johann tomó la decisión de no usar las velas en nuestro trayecto por el Usumacinta.
—Ese hombre es un mentiroso y consiguió