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Nuestro cerebro tiene unos 100,000 millones de neuronas, cada una con 1,000 a 10,000 conexiones

con otras neuronas; la mayoría se encuentra en la corteza cerebral.

Aristóteles pensaba que el cerebro servía para enfriar la sangre y que la mente residía en el corazón.
Esta visión cardio céntrica prevaleció hasta el siglo XVII. Sin embargo, Hipócrates, cuatro siglos
A.C., consideraba que el cerebro albergaba la mente. También Galeno pensaba de esa manera en el
siglo II.

Durante siglos se pensó que los nervios eran huecos y que por ellos viajaban los “espíritus
animales” (EA) originados en el cerebro. La Iglesia Católica afirmaba que los EA se originaban en
la parte hueca del cerebro y no en su carne, pues ésta era demasiado sucia para servir de
intermediaria entre el alma y el cuerpo.

En el siglo XVI Vesalio escribió una monumental obra anatómica que estableció más de 200 errores
en la anatomía de Galeno, pero siguió aceptando la idea de los EA. Uno de los últimos en aceptar
dicha ponencia, en el siglo XII, fue Descartes; para él los EA se originaban en la glándula pineal a
partir de la sangre y funcionaban según las leyes de la hidráulica. La teoría de los EA se tambaleó
en el siglo XVII y murió en el XVIII después de 2,000 años de existencia.

Se observó que los músculos se mueven estando desconectados del cerebro, al pellizcar un nervio;
entonces se pensó en algún fluido en los nervios, como la electricidad. En el siglo XVIII Galvani
observó que los músculos se mueven si se aplica electricidad a los nervios.

En el siglo XIX se empieza a entender la importancia de la corteza cerebral. Se establecieron dos


tendencias: los holistas, que pensaban que la corteza era indiferenciada, homogénea, y los
localizacionistas, que creían que cada facultad está ubicada en un sitio específico de la corteza.

En el siglo XIX Broca liga una lesión cerebral en un sitio específico con síntomas específicos.
Fritsch y Hitzig demuestran que la estimulación de algunas zonas de un hemisferio cerebral (corteza
motora) produce efectos en el lado opuesto del cuerpo y que estimulaciones en sitios específicos
producen efectos en partes específicas. Triunfo de los localizacionistas.

En los siglos XIX y XX Ferrier determinó que la estimulación de la corteza frontal no produce
reacciones; las lesiones de esa zona producen apatía y pérdida de inteligencia.

En el siglo XX se plantea la estructura microscópica del cerebro y se descubren las neuronas. Éstas
tienen prolongaciones largas y cortas que se entrelazan en una maraña cuya observación propició la
creación de la teoría reticular del sistema nervioso, según la cual los impulsos nerviosos circulan de
manera indiferenciada por esa intrincada red de filamentos.

Ramón y Cajal demostraron que dicha teoría era errónea al establecer que el sistema nervioso está
formado por células individuales e independientes que se comunican entre sí de manera
unidireccional; los impulsos entran por las dendritas y salen por los axones, nunca al revés. Esto
permitió el estudio de circuitos nerviosos concretos.

Sherrington resaltó la importancia del enlace entre neuronas, al que denominó “sinapsis”; se trata de
pequeños vacíos entre los axones y dendritas.

Adrián determinó que todos los impulsos nerviosos tienen la misma fuerza; no los hay fuertes y
débiles; la neurona codifica la intensidad de la sensación mediante la frecuencia del disparo de la
señal eléctrica. Sólo hay un código eléctrico; la diferencia entre sentir frío o calor.