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Fukushima y la filosofía

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Tras el accidente del Japón y los 25 años


de Chernobil, surgen preguntas nuevas que no se
habían hecho ni los científicos ni los filósofos: ¿la
probabilidad remota de que suceda un evento
rarísimo, el riesgo mínimo de un "cisne negro", un
terremoto fuertísimo seguido de un tsunami
devastador, debería llevar a acabar con la energía
nuclear?
Manuel Guzmán Hennessey*

Plantear buenas preguntas


Tuvo el acierto esta revista de incluir a la filosofía entre sus temas de análisis. Exótica elección
cuando otros medios oscilan entre las bodas de la realeza, los mails de los corruptos y los twitters
de los energúmenos.

La función de la filosofía es hacerse preguntas y no ofrecer respuestas, pues ella solo sabe que
nada sabe. Así lo recordó Álvaro Botero en Razón Pública, citando la tradición de la Esfinge de
Tebas, que hacía preguntas a los viajeros.
El profesor Rubén Sierra Mejía escribió un libro titulado "La filosofía y la crisis colombiana" y ante
la impertinencia de un periodista que pretendía obligarlo a resumir su pensamiento en tres
minutos, le espetó: "Es que los filósofos no somos quienes tenemos que resolver los problemas del
país", según refiere la revista Arcadia, en un artículo que plantea la pregunta, a mi parecer
pertinente: "¿dónde están los filósofos?"

¿Tiene futuro la energía nuclear?


La pregunta que sugiere la necesidad de pensar nuestra crisis desde otras disciplinas, o más bien,
desde todas ellas, bien se podría aplicar a un contexto más amplio y sugerir la necesidad de
que muchas disciplinas reflexionen sobre lo que significa hoy el futuro de la energía nuclear y de
otras formas de energías limpias, en una sociedad amenazada por el cambio climático.

Sobre los efectos cada vez más evidentes del cambio climático deben reflexionar los filósofos, pero
también los artistas, los economistas, los sociólogos, los politólogos, pues este tema ya trascendió
las esferas de lo ambiental y demanda hoy un examen desde todas las ciencias y aproximaciones
del conocimiento.

El accidente de Fukushima, que coincide por estos días con los veinticinco años de la tragedia de
Chernobil, nos ofrece por ahora pocas respuestas, pero en cambio nos obliga a preguntarnos
muchas cosas que creíamos ya resueltas o contestadas por la ciencia y la técnica, y quizás también
por la filosofía. Pero (¡ah sorpresa!), si algo tiene la posibilidad de salir mal, seguramente saldrá
mal [1]...

La ciencia, falible pero siempre en


movimiento
Karl Popper señaló la condición falible de la ciencia, ya bien entrado el siglo XX, período en que la
ciencia y la técnica alcanzaron los límites de cierta perfección rayana acaso con una transitoria y
aparente infalibilidad.

En el siglo XX se desarrolló la mecánica cuántica, que sentó la base para generar desde el átomo
una forma de energía capaz de sostener la vida de las grandes ciudades o de acabar con esas
mismas grandes ciudades de un plumazo perverso. El presidente Harry Truman inauguró esta
última aplicación y la segunda mitad del siglo XX osciló entre el terror colectivo de que se pudiera
repetir el drama y la celebración de los usos de la ciencia que favorecen la vida.
La misma química que otro de nuestros "héroes" utilizó en Viet Nam en forma de napalm [2], sirve
ahora para hacer vacunas y evitar la muerte de millones de seres humanos que padecen
enfermedades infecciosas. Quien inauguró esta última aplicación es un colombiano, el doctor
Patarroyo, héroe más loable aún, pues su batalla se libra desde el lado de la química que le apuesta
a la vida y no a la muerte.

Comprenderán los lectores que yo omita el nombre del héroe del napalm, pues su acto ha sido
repetido tantas veces en la historia reciente, que acabaría por convertir esta nota en una crónica
de la satrapía, cuando lo que me estaba proponiendo escribir era un elogio de la filosofía aplicada.

Volver a la razón práctica


Las preguntas que se hizo Inmmanuel Kant resultan pertinentes para empezar este ejercicio:

 ¿Qué puedo hacer?


 ¿Qué puedo saber?
 ¿Qué me es permitido esperar?

Lo que podemos hacer y lo que podemos saber sobre lo que realmente ocurrió en Fukushima, lo
iremos sabiendo poco a poco, cuando se decante la información restringida y empiecen a aparecer
los "wikileaks", que muy probablemente nos revelen que no todo lo que brilla es oro en el mundo
opulento del hiperdesarrollo, ni que todo lo que la tecnología postula como seguro es infalible.

Ahora bien, el asunto de la discusión energética relacionada con el cambio climático es otra cosa.
Nadie discute que la humanidad necesita reemplazar las energías fósiles por formas de
energías limpias, que no emitan dióxido de carbono.

La energía nuclear es una de ellas, y si bien produce residuos radioactivos, no se discute de ella su
condición de energía no contaminante y su demostrada eficacia para producir grandes cantidades
de energía con poca materia prima (los minerales enriquecidos).

Lo que sucedió en la planta de Fukushima no pone en entredicho ninguna de estas dos cosas, sino
una tercera: un riesgo que debía ser particularmente controlado y que no se había identificado
para esta forma particular de energía. Me refiero a la capacidad del edificio que contiene al reactor
y a sus instalaciones de refrigeración, de resistir un terremoto, un tsunami, o ambas cosas juntas,
amén de un ataque terrorista o alguna otra acción demencial como las reseñadas arriba.

Curiosamente al único que puede atribuírsele haber contemplado esta posibilidad es a un hombre
que no proviene de la ciencia, sino de la filosofía popular, es cierto, pero filosofía, el señor Murphy
(si algo tiene la posibilidad de salir mal...).
Arrogancia, probabilidades e
incertidumbres
Los técnicos consideraron que la central de Fukushima era segura contra terremotos y tsunamis, y
que sus sistemas de emergencia relacionados con la refrigeración de los reactores podían
reaccionar frente a estos eventos poco probables, de forma más o menos infalible. El accidente
demuestra que estaban equivocados.

La revista científica Nature, editorializó sobre Fukushima atribuyéndole el accidente al "exceso de


confianza en el poder de los sistemas y las decisiones humanas".

Se tachaba como peligrosa a la energía nuclear por los residuos radioactivos, o por la posibilidad
de emisiones radioactivas no controladas, como consecuencia de un accidente como el de
Chernobil.

Esto no ocurrió en Fukushima, porque precisamente desde Chernobil la ciencia nuclear se


preocupó por mejorar la seguridad en la disposición de los residuos y en la construcción de los
reactores y sus obras civiles contenedoras. No ha habido, desde entonces, un solo accidente
relacionado con estos dos factores. Y hay países, como Francia, que generan el 76 por ciento de
toda su electricidad a partir de reactores nucleares de fisión, como los de Fukushima.

Por eso, hacernos preguntas desde la lógica, una rama de la filosofía, me parece un ejercicio que
puede ayudar a entender tanto lo que sucedió, como lo que puede suceder en la relación entre el
cambio climático y la energía nuclear.

Vamos a ver:

 Pregunta: ¿los aviones se caen?


 Respuesta: sí, pero muy pocas veces.
 ¿Cuántas veces?
 Respuesta: no lo sabe ni la ciencia ni la filosofía.
 Entonces ¿cómo es posible que si los aviones se caen, los viajeros consideren a este medio de
transporte más seguro que los automóviles?
 Respuesta probable: porque los aviones se caen pocas veces.

Si uno le pregunta a un experto en aviación sobre este asunto, puede que se lo explique con la
metáfora del queso, otro recurso de la filosofía: ponga varias lonchas de queso unas sobre otras y
verá que algunos agujeros podrán coincidir, a lo sumo, entre una loncha y la siguiente, pero lograr
que coincidan todos los agujeros hasta el punto que podamos ver por entre ellos, eso es más difícil,
es decir: improbable, pero no imposible. Luego, si existe la posibilidad de que los aviones se
puedan caer, probablemente alguno se caerá.

Una de las preguntas que hoy nos podemos hacer, con relación a lo del Japón, es: ¿Cuántas lonchas
de queso hay que poner para cerrarle el paso a la posibilidad? ¿Si el último tsunami grande que
había habido en Japón, antes de este, fue en el siglo IX, quién sabe cuándo será el próximo? Un
evento tan remotamente poco probable se ha dado en llamar un "cisne negro". Y ocurren con
frecuencia.

Pues bien, es probable que una de las cosas que va a suceder, luego de este accidente, sea que las
centrales nucleares se sigan construyendo con mayores medidas de seguridad, y que,
probablemente habrá plan A, plan B, plan C y Plan D.

Pero,

 ¿Cuántos planes serán suficientes para que los políticos autoricen su construcción?
 ¿Cuántos planes resultarán óptimos para el balance económico de la operación de las
centrales?
 ¿Será un asunto de seguridad y nada más?

Está en juego la supervivencia de la


humanidad
La civilización en su conjunto necesita, de todas maneras, un suministro de energía abundante y
confiable. Nuestras fuentes de energía proceden por ahora de los combustibles fósiles, la fisión
nuclear, la hidroelectricidad y, en una muy pequeña cantidad, de otras fuentes como la biomasa, el
sol y el viento.

Es muy probable que la demanda de energía global se duplique en los próximos 50 años, debido al
aumento de la población y del consumo per cápita. El mayor incremento en la demanda de
electricidad se dará en los países en desarrollo. Entonces, se pregunta J. Lovelock: "¿De dónde
obtendremos los recursos energéticos que necesitamos?"

Esta sencilla pregunta resume buena parte del dilema, por lo cual la filosofía, y todas las disciplinas
deberían acometer la tarea de responderla. Resulta impostergable un debate con argumentos
lógicos sobre el futuro de la seguridad energética del mundo.
Y cuando digo "con argumentos", me refiero a los argumentos sustentados en la ciencia, y no a
reacciones emocionales como las que parecen inspirar a los premios Nobel de Paz [3] que
escribieron recientemente una carta a los líderes del mundo.

Enfrentar las nuevas incertidumbres que deberá afrontar la industria nuclear es una
responsabilidad de toda la humanidad. Y, por supuesto, seguir abaratando la energía fotovoltaica y
eólica, y mejorar su eficiencia, reducir el consumo de electricidad y avanzar, pero de verdad, hacia
una sociedad con menos carbono.

¿Asumirá esa sociedad el riesgo nuclear ante la amenaza climática y la certeza de que las otras
formas de energías limpias resultan insuficientes? ¿O abandonará el crecimiento de esta industria
y optará por formas energéticas contaminantes como el carbón?

La investigación científica sobre energía de fusión se frenó luego de los accidentes de Harrisburg
(USA, 1979) y Chernobil (Ucrania, 1986), pero países como China, Rusia, Alemania, Francia, Reino
Unido y Estados Unidos muestran hoy notables avances en esta materia.

La fusión tiene ventajas enormes en términos de seguridad, funcionamiento y ambiente: los


combustibles que utiliza (deuterio y litio) son abundantes y se pueden encontrar en cualquier
lugar de la Tierra, los residuos del proceso no son dañinos ni radioactivos (helio), el combustible
intermedio (tritio) se produce a partir del litio en el reactor, el riesgo de accidentes es menor que
el de la energía de fisión, no se producen gases de efecto invernadero. En este momento avanza el
proyecto multinacional de fusión ITER, en Francia (Japón, Corea del Sur, China, Rusia, India,
Estados Unidos, Unión Europea).

¿Es la energía de fusión la panacea contra el cambio climático? ¿Los ecologistas acabarán por
aceptar esta solución de la ciencia del siglo XXI? ¿Avanzará la ciencia hacia la construcción de los
reactores de fusión para uso masivo? ¿Perdonará la sociedad japonesa la lentitud en la respuesta a
la emergencia de la empresa TEPCO? ¿Influirá ello en los planes de expansión de esta empresa, que
actualmente entrega el 40 por ciento de la electricidad en Japón?

Y por último: ¿Qué puede hacer, qué puede saber y qué le es permitido esperar a un país como
Japón, que no tiene carbón, ni petróleo ni gas ni agua suficiente para hidroeléctricas? ¿Cómo habrá
de enfrentar Japón este desafío, siendo como es, la tercera economía del mundo? ¿Cómo habrá de
enfrentar el mundo el tema del cambio climático, después de Fukushima?

Hacerse preguntas, buenas preguntas...

* Profesor de la Universidad del Rosario y Director General de Klimaforum Latinoamérica


Network KLN. Correo: guzmanhennessey@yahoo.com.ar y en la web http://klnred.com/
@guzmanhennessey

Notas de pie de página

[1 Primera ley de Murphy.

[2] Combustible enriquecido con poliestireno y benceno, que si se apaga con agua multiplica su
fuego, y arrasa toda forma de vida dejando intacto edificios y cemento; fue usado en el Sahara
occidental en el 77, Irán en el 88, Irak en 88 y en el 91, Serbia en el 94, El Salvador en el 90 y
muchos otros lugares.

[3] Rigoberta Menchú, Desmond Tutu, el Dalai Lama, Pérez Esquivel, y otros más.
T A G S : Japón, Fukushima, Chernobil, tsunami