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Educación Ambiental
Escuela Profesional de
Ingeniería Civil

INTRODUCCION:

El presente infrome, es un fiel relato de los antecedentes y la actualidad cultural de


nuestro pais, donde enmarcamos de una manera las necesidades de expansión
cultural, y la revalorización de nuestros acervos, ya que por medio de la
transculturación, generada por la inmigración de extranjeros a nuestro continente,
que ha hecho que de una u otra manera se hayan perdiendo nuestras culturas
solo buscamos dejar en cuenta la actualidad, cultural y el contenido de saberes
que esconden nuestras raices, los conocimientos ancestrales provenientes de la
herencia indígena que son los padres de nuestra verdadera cultura.
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MARCO TEORICO:

MANIFESTACIONES CULTURALES ANDINAS

Frente a las manifestaciones culturales, la catalogación de las mismas en el rubro


de formas de folklores ha sido el argumento suficiente para descartarlas como
variables de continuidad. Algunos postulan que estas expresiones dadas en el ritual,
en el arte y en los comportamientos cotidianos desde el amor hasta la cultura
material, son formas de una permanente relectura de la cultura impuesta por la
sociedad dominante como indispensable para la civilización de los otros.

EL ARTE VERBAL O LITERARIO

La Literatura Andina, por tanto, es aquella que ha efectuado y efectúa el


hombre en el Perú, básicamente utilizando los lenguajes aborígenes (quechua,
aymara y los de las etnias selvicolas). Debe reconocerse que, la Literatura Andina,
con su parte más importante que es el quechua; con la llegada de los españoles
en 1532, no se interrumpió. Aún hoy en día, encontramos diversidad de
manifestaciones. Entre sus características tenemos:

• Fundamentalmente es oral.- A pesar de existir la escritura, la literatura


Andina, casi siempre es hablada (puesto que sus piezas escritas son escasas).
Primero, porque la población nativa en el Perú, en su gran mayoría, es analfabeta
(no sabe leer ni escribir). Y, segundo, por ser una Literatura indebidamente
marginada y preferida tanto por los circulas oficiales del país, como por las
editoriales que al buscar las ganancias, imprimirán libros en español para un
mercado, como el peruano, que mayoritariamente, habla y lee en español
(Méndez, 1991, p.165).

• Se mantiene de generación en generación.- Si fundamentalmente, tiene


un carácter oral, su manera de pervivir estriba por consecuencia, en que se
transmite de padres a hijos, y de estos a los suyos. Por cierto que, esta característica
tiene una gran debilidad, y consiste en que la temática, las figuras literarias, con el
tiempo, tienden a desdibujarse, y lo que es peor, a olvidarse. Cuántos mitos,
cuentos, leyendas, poesías y canciones, se habrán perdido en los recovecos del
olvido, como que actualmente, se siguen perdiendo. De ahí que, urge realizar una
tarea de largo aliento, para recopilar sus expresiones, a efecto de escribirlas y
publicarlas; y de este modo, salvarlas de su posible olvido.
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• Generalmente es anónima.- Esto no excluye que de vez en vez, nos


encontremos con autores. Tal el caso de José María Arguedas (cuando escribe en
quechua)

Edmundo Bendezú Aybar (1980) en “Literatura Quechua”, refiere que el


hombre andino con la llegada del siglo XIX, nunca dejó de cantar en su intimidad
lo que había aprendido de sus antepasados, aunque mucho había olvidado, siguió
creando su arte verbal sobre las formas aprendidas, y ejercitando su memoria
dentro de los esquemas de composición poética y narrativa, altamente formular y
repetitiva, y con un ritmo que evitaba los olvidos. Sin embargo, la ausencia de un
eje rector, de un aparato oficial de difusión, el debilitamiento de la lengua general
por el fortalecimiento de las formas dialectales, produjo la fragmentación de las
formas literarias originales; grandes zonas se hispanizaron lingüísticamente en el
norte y en el centro del país, aunque conservaran fuertes rasgos autóctonos en
otros aspectos.

Pero principalmente en el sur, las viejas formas que habían nacido de la tierra
misma renacieron y se fortalecieron, se incorporaron nuevos elementos musicales y
temáticos de la cultura extranjera; todo este proceso ocurre mayormente en las
zonas rurales de los Andes, en donde la fisonomía del campo se había alterado con
la introducción de nuevos elementos que se incorporaron en el cantar del
campesino, claro que en su raíz ancestral, permanecía extraordinariamente
intacta. De esta manera, las fiestas católicas tomaron el lugar de las que se
celebraban en el incario, el ritual en lo esencial era el mismo, como la fiesta de
Santiago en la Hoya del Mantaro, con sus ofrendas a los dioses de las montañas.

Se había pues sobrevivido en una escala cultural casi total, en las estructuras
fundamentales, aunque las formas de explotación heredadas seguían
destruyendo, y en muchos casos se habían agudizado a extremos aniquiladores,
por la voracidad de la clase terrateniente y por la fuerza de las armas de un estado
militar.

No se sabe exactamente en qué momento se inició lo que denominamos el


“período moderno”, pues no coincide necesariamente con la instauración de la
república, dado que el sistema colonial sólo cambió de manos, aunque muchas
de las ataduras se aflojaron; ni tampoco coincide con la instalación de ninguna
modernidad en el sentido europeo (Bonilla, 1990, p.204). Como aguas
subterráneas, la poesía, la narrativa, el teatro, los mitos quechuas empiezan a brotar
de manantiales incesantes, trayendo su propia modernidad en sus aguas
turbulentas, que no es otra cosa que una lucha tenaz por imponer una identidad
cultural que, en verdad nunca había muerto, contra las fuerzas reaccionarias que
empezaron desde la colonia y continuaron hasta la etapa contemporánea.
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De acuerdo a lo que hemos podido revisar respecto al material de


investigación, el siglo XIX significó una especie de trance cultural para el indígena,
pues toda expresión estuvo severamente “obstaculizada” por quienes tenían el
dominio y control, además, esto significó que para ellos, lo primero era tener y
disponer del poblador andino en los centros de reclutamiento para la guerra, o
disponer del andino para la contribución individual, por cuanto un buen porcentaje
de las rentas del estado dependían hasta antes de la guerra, de dicha tributación
injusta.

Una escritora cusqueña, -que vivió junto a su esposo inglés- en medios


campesinos, es una digna representante de la literatura andina, por cuanto no sólo
vio de lejos el problema, sino que también los palpó en carne propia. Ella es
Clorinda Matto de Turner, (1854-1909) quien levantó con la novela su voz de
acusación y protesta en favor de la raza aborigen, iniciando de este modo en el
Perú la literatura indigenista.

Discípula y admiradora de Ricardo Palma, escribió igualmente tradiciones de


matiz cáustico, más que festivo, sobre personajes y sucesos de la colonia, y de la
situación de ese entonces. Escribió de este modo, una de las novelas más singulares
del realismo hispanoamericano: “Aves sin Nido”, la misma que revela el credo
antiesclavista de los aborígenes del Cusco.

Clorinda además revela desde sus páginas novelescas su anticlericalismo


motivada con emoción encendida sobre nuestra serranía, muestra escenas de
inmoralidad del clero, engaños ignominiosos que van a ejemplificar su apostolado
en defensa del indio. “Aves sin nido” es un alegato metafórico en favor del indio
peruano. Novela indigenista de tesis, que por su brecha novelesca de afirmación
social, se puede comparar con la nivela de Enriqueta B. Stowe La cabaña del Tío
Tom. En efecto, la novela de Matto de Turner está inspirada en la prédica de
González Prada, que gobernaban en la sierra del Perú a fines del siglo XIX.

De este modo, el indígena no sólo canalizó a través de su arte verbal su propia


percepción del mundo y de sus remembranzas, sino que también otros vieron en él
fuente de inspiración. Por otro lado, es importante señalar que si por un lado el indio
era analfabeto, ello no le restó riqueza en sus tradiciones orales, únicos vehículos,
pero lo suficientemente sólidos como para poder preservar después de tantos siglos
la amplitud de su dominio cultural.

Dos aspectos debemos precisar también. El primero, alude a la poesía quechua


contemporánea, la cual tiene códigos propios y ya no más ese carácter colectivo,
anónimo y oral de los inicios, cuando estaba conformada por plegarias e himnos.
Si bien la poesía ancestral exaltaba preferentemente la gesta de los dioses
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fundadores, la que se hizo durante la Colonia tuvo un carácter marcadamente


religioso: oraciones, plegarias y cánticos que, en su mayoría, eran traducciones del
devocionario católico.

Contemporáneamente, la luminosa personalidad de José María Arguedas confinó


al limbo a muchos escritores quechuas que, sin embargo, alcanzaron a realizar una
obra notable. El cusqueño Kilku Warak'a (seudónimo de Andrés Alencastre) es uno
de los escritores más sobresalientes de la lengua quechua. En 1999, después de
medio siglo de su publicación en quechua, Taki Parwa se reeditó en edición
bilingüe: quechua-español. Además de Arguedas y Alencastre, la tradición poética
peruana escrita en quechua sigue enriqueciéndose con el trabajo de César
Augusto Guardia Mayorga, Inocencio Mamani, Faustino Espinoza Navarro,
Edmundo Delgado Vivanco, William Hurtado de Mendoza, Macedonio Villafán, Odi
Gonzales, entre otros.

Lo segundo se refiere a la Narrativa quechua. Aunque gran parte de la literatura


peruana provenga de la tradición oral andina; sin embargo, la producción de una
narrativa -escrita en quechua- es muy escasa. En los últimos años no son los
escritores sino los antropólogos quienes vienen enriqueciendo esa tradición con el
lanzamiento de un nuevo género: El testimonio. Uno de los libros más subyugantes
de este género es La autobiografía de Gregorio Condori Mamani, recopilado por
los antropólogos Ricardo Valderrama y Carmen Escalante.

MÚSICA Y DANZA

Según las experiencias citadas por Lorente (1967), el poblador andino gusta
de:

a) YARAVÍES.-

El nombre de Yaraví, corresponde a las piezas líricas quechuas, la misma que


proviene de Haravec o arabicus, nombre que se daba al poeta (o creador) en
el Imperio Incaico. Generalmente en el siglo XIX, el yaraví se acompaña de
música de quena y charango básicamente. Precisamente Mariano Melgar
(1791-1815) supo captar el alma popular a través de esta composición, por eso
recibió el nombre de “poeta de los yaravíes” con que por antonomasia se le
conoce. Los Yaravíes siempre estuvieron relacionados con la expresión “del
dolor del pueblo oprimido” de su queja y sentimiento de abandono.

b) EL HUAYNO.-
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Que también es una expresión lírica más completa y expresiva ya que une la
música, la poesía y la danza, y se caracteriza por la ligereza de su ritmo y su
matiz amoroso.

c) HUALÍAS y otras especies de cánticos.

En cuanto a las danzas, sabemos a perfección que cada danza está


íntimamente relacionada con el lugar o espacio geográfico, sin embargo, se
podría considerar de acuerdo con lo narrado por Lorente (1967), que el poblador
andino suele bailar la cachua, el huaca fierro, la pirhualla, la huailla, las danzas de
los chunchos y otras de movimientos complicados pero vivos. Lo cierto es que
cualquiera que sea la variedad de los pasos y de los sonidos, sus danzas y cánticos
respiran la más tierna sensibilidad, van como “derechos al corazón” [las comillas
son nuestras]. La graciosa cachua recuerda los arrullos de la paloma; la sencilla
huaila de la faena, es la expresión más candorosa de la coquetería inocente; es la
pastora que huye de los sauces deseando ser vista antes, que juguetea con su
amante, lo desespera con su fuga, lo vuelve a animar viniendo tras él cuando cesa
de seguirla, y huye de nuevo si otra vez va él en su alcance. De esta manera, las
canciones melancólicas que son casi todas, penetran en la “profundidad del
alma”.

Por otro lado, Iturriaga / Estenssoro señala que en provincias debió existir una
actividad musical intensa, pero apenas se conserva testimonios de ella. Se conoce
por ejemplo algunos métodos musicales publicados en la ciudad del Cusco que
muestra la preocupación por la enseñanza musical básica y la existencia de cierto
mercado para la música. A mediados del siglo precedente, algunos rasgos
coloniales permanecerán con más fuerza fuera de la capital. Así por ejemplo, en
el pueblo de Chincha existía una sociedad filarmónica que sólo admitía “indios
puros”.

d) El teatro andino

A decir de Alencastre (1955), las piezas teatrales como “Ollantay”, nos sirven
de ejemplo, por cuanto nos dan un perfil de la línea de desarrollo dramático que
va a coexistir con el masivo intercambio con Europa en que se involucra la capital,
desde el siglo XIX. La influencia de Francia e Inglaterra, determinan las modas en
América en detrimento de la simple importación de estereotipos españoles. Pero
esa competencia tuvo lugar básicamente en Lima. En la sierra peruana, salvo
esporádicas acciones en las capitales departamentales, el desarrollo dramático se
alimentó de fuerzas locales recurriendo a los temas que les llegaban desde épocas
coloniales tempranas.
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En ese sentido, los festivales católicos siguieron siendo uno de los principales
escenarios para la representación de bailes, canciones y dramatizaciones andinas.
La debilidad creciente del estado español desde el siglo XVII y la poca
comprensión del gobierno republicano para con los pueblos serranos, permitió que
refluyesen dos corrientes paralelas en el pensamiento andino.

• De una parte, hubo que despertar de las conciencias étnicas regionales,


lento primero, y desatado después, por el que cada pueblo se fue identificando
con determinadas formas culturales, desde comidas hasta canciones,
recuperando el orgullo local, y creando historias y teogonías antes perdidas.

• Al mismo tiempo, surge un pensamiento unificador que revitaliza la figura del


inca con características mesiánicas. El recuerdo del único estado nativo y la dureza
de la vida republicana, fueron factores interdependientes para que esto sucediera.

Pero al lado de este sentimiento de “amor a la patria chica”, que como


sabemos, también se expresa por medio del teatro, nos hemos referido a una
perceptible actitud mesiánica, que de manera intermitente se hace visible a través
de la cultura popular contemporánea, pero cuyas raíces son bastante más
antiguas. En los Andes, dicha actitud está ligada al concepto de Inca, cuyas
resonancias históricas se han transformado en esperanza de cambio. Se está
hablando en todo caso, de un conjunto de elementos sintomáticos dispersos en
contextos diferentes que confluyen en algunos postulados comunes:

• La idealización del pasado “que fue mejor”

• La injusticia de las condiciones sociales de la época.

• La imposibilidad de identificarse con los gobiernos centrales.

No siempre se presentan todos los elementos enunciados, ni siquiera en el


orden señalado, pero cualquiera de ellos tiende a evocar a los demás. Siendo
identificables a través de las formas de expresión cultural que nos son conocidas:
canciones, poemas, relatos míticos, danzas, teatro, etc. Entre las formas
dramáticas, en que este mensaje se hace más evidente, sobresale el espectáculo
conocido desde varios años atrás, como el “Muerte del inca Atahualpa”, que por
cierto no constituye una novedad del siglo XIX, sino desde la colonia,
específicamente del siglo XVIII y que sigue teniendo mucha aceptación durante el
siglo siguiente.

Tradiciones y costumbres de la época


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A decir de Matos (1988), en la población indígena aún se mantienen una serie


de costumbres que derivan de su época inicial. Para desarrollar el presente
aspecto, hemos recogido diversos datos sobre lo que muchos “observadores”
pudieron rescatar, y que lo transmiten en sus trabajos de investigación o narrativas.

Creencias

• Soñar con un puente o transitar en el, significa separación de alguna persona.

• Con la comida de pescados, significa una borrachera.

• Con venados, culebras, perdices, no sucederá lo que se estaba pensando


al acostarse.

• Con halcones o buitres, que se tendrá hijos.

• Con lanas o redes, asaltará la tristeza.

• Cuando al salir de casa se tropieza con el pie derecho, se confiesa el buen


éxito de lo que en ese instante se piensa; y no se cree en él cuando se tropieza con
el izquierdo. En uno y otro caso, se agujerea con el prendedor el sitio donde se
tropezó.

• Con culebras o grandes mariposas, presagian la muerte, por lo que se les


pisotea con el pie izquierdo.

• Cuando la coca tiene un sabor dulce, es de feliz agüero, en cambio es malo


cuando se encuentra amarga.

• Cuando los amantes eligen entre las mazorcas la sumaraza “maíz hermoso”
y otras señales para ver si volverán a anudarse los rotos lazos, la coronta arrojada
al aire, si cae con la punta vuelta hacia ellos, manifiesta que los recuerda su dueño;
su olvido, cayendo de otro modo, y en este caso, se enfurecen contra la sustancia
inanimada como si fuese ella la ingrata.

• Se consultan también las fuerzas inspeccionando el pulmón de las ovejas y


carneros, pero el oráculo más seguro son las respuestas del adivino. Este oráculo ha
de decirles dónde están las bestias o animales perdidos, o quien las ha robado;
quienes son o qué intentan sus enemigos.

• También se cree que sólo los secretos del hechicero (chamanes) podrán
curar otras enfermedades que fueron efectuadas por otro de ellos que quiso
causarles mal intencionado cuando se tomó alguna prenda de la persona a quien
quería hacer daño.
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• Hay prácticas para esterilizar los campos del enemigo, y traer fecundidad a
sus ganados y plantas. El cavador cría una culebra para que su lampa penetre la
tierra sin esfuerzo y se avance permitiendo dar fin en pocas a una tarea doble.

• El vendedor pone sebo junto a las mercancías para que sean harto crecidas
las ganancias; y con el sebo se sahúma el maíz para que no se pudra. También se
sahúma la ropa para que dure más y se preserve de enfermedades.

Costumbres

El Ricuchicu que viene del tiempo de los Incas y que en dicho siglo es
conocido bajo los nombres de “corte de pelo” “pelo del año” (huata chuccha) es
una práctica tan interesante como benéfica. Entre el primero y segundo años se
reúnen los padrinos de pila con otros convidados en la casa paterna del niño; a
falta de aquella intervienen los que por esta circunstancia se llaman padrinos de
pelo. Sean los unos o los otros, aplican por primera vez la tijera a la cabellera del
infante, y al mismo tiempo le regalan algunos pesos, los muy generosos le destinan
un ternero para que crezca con el ahijado. Imitan al padrino los convidados en el
pequeño tijeretazo; pero de ordinario su obsequio no pasa de algunos reales. Estos
obsequios son correspondidos con un alegre festín en que abunda la bebida.
También se usaba en otro tiempo el rutu chicu, fiesta análoga al corte de pelo, la
cual tenía por objeto celebrar la época en que por primera vez experimenta la
mujer esa indisposición periódica llamada Menstruación.

El Bautismo del indio. Los festines son tan raros en el bautismo de los indios,
como frecuentes en el entierro. Por lo común un modo de celebrar la regeneración
de sus hijos está reducido a beberse alguna botella de aguardiente entre los
parientes y los compadres. Un compadre es un amigo para toda la vida, toma
parte en todas sus alegrías, ayuda en el techado de la casa, en el cultivo del
campo, en la hierra de las vacas, y en todos los compromisos de honor. La comadre
trae la cruz que ha de coronar el edificio, y en ésta como en las demás fiestas de
familia, nunca viene sin un obsequio considerable.

Faenas festivas. El poblador andino gusta de las faenas festivas que le


recuerdan los días alegres del Inca. Tanto se entusiasma por la fiesta que el trabajo
llega a desaparecer, por lo que inútil es proponer grandes jornales para hacerse de
operarios en la época en que trabajándose en común entre danzas y licores, la
ruda faena se ha convertido en alegre festín. Las más divertidas en esta clase de
faenas son las cofradías (congregación). Hay tierras destinadas al culto del Señor,
de la Virgen y de los santos, que se cultivan por los cofrades.
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Cuando llega en ciertos lugares el día de la cosecha, y en donde quiera que


hay cofradía, el de siembra, la caja y el pito llaman a los trabajadores ; recorren las
calles numerosos grupos con vistosas banderas, y se encaminan al campo
precedidos muchas veces del guía. Allí llegan las yuntas adornadas con flores; se
labra el terreno en común, y a la caída de la tarde, hora en que se suele concluir
la faena, se da principio al banquete. Para eso, cada una de las indígenas ha traído
sus dos platos en donde abundan las papas de la calidad más exquisita, los cuyes
bien aderezados, los picantes y la chicha, beben y comen todos sin excluir al
mendigo, y exaltados los ánimos gustan de los yaravíes y bailes.

En algunos pueblos se da principio a esta fecha con una práctica, por lo cual
suele en ellos tomar el nombre de yupanacui. Antes de sembrar el maíz arrojan la
taza en el montón para contar los granos que en ella entran; si entra número impar,
es anuncio de buena cosecha, y el que tiró, recibe grandes elogios; más si los
granos entrados son pares, se teme mala cosecha, y el que sacó esta suerte, es
denotado como un hombre a quien el cielo por sus delitos dio mala mano. La hierra
de las vacas es una de las más notables entre las faenas de particulares. No
escasean los preparativos, y los compadres procuran excederse unos a otros en el
valor de los obsequios. Para asegurar la multiplicación del ganado, se cuida que
un hermoso toro cubra a una hembra; unos ricos ponchos sirven de velo a este
himeneo, durante el cual los espectadores están mascando coca y bebiendo
chicha. Se hace el entierro solemne de orejas y rabos; se bebe la sangre de las
vacas, y se dirigen plegarias.

De acuerdo con Lorente (1967), la más concurrida entre las faenas


particulares, es la que tiene lugar en el techado de la casa. En ella se reúne casi
todo el pueblo.

El techado de la casa es un trabajo de borrachos, y como tal caro y mal


ejecutado. Aunque la pieza por techas sea reducidas dimensiones, habremos de
preparar una docena de grandes botijas de chicha, algunos odres de aguardiente,
una vaca, muchos carneros, pan, papas, y toda clase de comida. (p.63).

Para el poblador andino son motivos de divertirse la faena y el viaje, la fiesta


y el cumpleaños, el bautismo y el entierro, el corte de pelo y el matrimonio, pero no
obstante la gran variedad de causas para sus diversiones, ofrecen un carácter
común, indefectible; el que principian y acaban con la embriaguez, esta constituye
su fondo común, el móvil que las hace desear, todo lo demás es un accesorio de
relativa importancia. La corrida de Toros aunque venida de España, se ha
popularizado tanto en las costumbres andinas como si hubiese nacido bajo el
sagrado régimen de los incas. La aldea como la ciudad tiene para ello su plaza
que es, o que está próxima a la de la iglesia. Se cercan las bocacalles con palos, o
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lo que es más sencillo, con un seto vivo, con pelotones de indios que al acercarse
el toro le espantan a palos u a gritos, o si se obstina en saltar la valla viviente, se
confunden con él en movimientos difíciles.

Los mayordomos y capitanes tienen abundante provisión de licores para que


no falte el valor de los lidiadores, y también disponen comida para los que lidian
de oficio. A veces lo visten concierto lujo, prefiriendo el uniforme militar, preparan
los rejones y costean juegos y música. Llega la hora deseada, el pueblo se precipita
a las entradas de la plaza; y también acuden el tropel los de la puna y los de las
poblaciones cercanas. El cuerno da sonidos lúgubres, sonidos de muerte, y sale la
fiera que un instante se señorea del campo. Algunos quieren capearla echando
suertes, ya a pie ya a caballo, pero de ordinario no se la deja lucir su bravura, por
lo que se precipita la multitud armada de rejones, que unos los llaman “mojarras”.
Se tienden en el suelo y allí esperan tranquilos que el toro venga a clavarse, o lo
que es más corriente, que salte por encima de ellos, otros procuran elevar el rejón
por delante, por detrás y por los costados: el más impetuoso animal vacila ante
ruidos y numerosos ataques, por lo que se amedrenta, huye y acosado de todas
partes cae cerca de un pelotó implacable que se complace en ensangrentarlo.

El Duelo. El entierro pudiera llamarse el “banquete de la muerte”. Aún está


caliente el cadáver, cuando sólo se piensan en la chicha, el aguardiente y demás
preparativos para festejarse los vivos. Para velar al difunto concurren parientes,
amigos, y vecinos con sus velas y licores; a él se le destina su porción que se cree,
no será perdida, y los demás comen y beben sin que el cuerpo presente altere su
buen humor. Al conducirle al panteón, se marche como para una fiesta; en los
entierros de niños se va con danzas y música; y la danza más airosa, la que alza
más la voz entre los cantantes, el precisamente la madre. Mientras se cava y cubre
la tumba, sigue el baile, la bebida y los cánticos.

Luego continúa el festín en la casa mortuoria, teniendo en ciertos lugares el


cuidado de reservar un plato para el huésped que vendrá del oro mundo a arpear
por la noche. Al fin de la semana se renuevan las escenas de embriaguez con
motivo de lavar la ropa que sirvió al muerto. En esta ocasión, o en el aniversario se
lava a la viuda, y se finge la quema del duelo. Desde entonces no hay por qué
conservar un recuerdo triste, sólo se trata de vivir alegremente. Cerca de la
montaña y en otros lugares se apresuran a dar a los viudos los consuelos que debía
traerles el tiempo. Al margen de lo dicho, se puede observar que el poblador
andino piensa poco y habla menos, su taciturnidad y raras meditaciones impiden
que se propaguen entre ellos los numerosos errores que cunden en otros pueblos,
pero no pueden dejar de preocuparse de sus relaciones diarias con las personas a
quienes detestan, o que les interesa vivamente.
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Se les cuenta entre los católicos, porque reciben los sacramentos, aman la
pompa del culto, y pagan diezmos y primicias; pero pocos conocen bien la
doctrina cristiana; en todo caso, son raros los que han entrado en el espíritu del
evangelio. Si bien, las antiguas supersticiones casi han desaparecido de los pueblos
litorales, en tanto en la sierra estuvieron poco arraigadas; más que el sentimiento
religioso, les domina el amor de funciones que embriagan. Tienen más fe en los
santos que el creador del cielo y de la tierra, y sus homenajes apenas aciertan al
elevarse a la imagen.

No falta por supuesto que como en tiempo de los Incas, se dirigen todavía
algunos al sol, a las estrellas, al fuego, al trueno, a la tierra, al mar, al espíritu del
valle, a la fuente, a la cueva, al genio de la peste, a la chicha, a los útiles de cocina;
halagan a los demás seres naturales, e invocan su protección, claman al sol: Padre
sol dame vida, a las estrellas, señoras estrellas que sustentáis mis ovejas,
multiplicadlas más y mis corderos.

El Matrimonio. De acuerdo a la tradición andina, el mayor número de


matrimonios se debe al concierto, al encierro, a la decisión del cura, y al
amancebamiento. Dos padres conciertan entre sí la unión de sus hijos que no se
han tratado nunca, y a veces no se conocen, o se aborrecen. Recordemos que en
muchas haciendas, los gamonales a fin de evitar algún tipo de desorden o
insubordinación, pues los obligaban a los indígenas desde muy temprana edad.
Por tal motivo, los solían encerrar de dos en dos en cuartos que podríamos llamarlos
“cuartos matrimoniales”. Luego que han recibido la bendición nupcial, los esposos
se dirigen entre cohetes y repiques a la casa paterna de la mujer, y se va a celebrar
su unión con un festín en que reinan la franqueza, la sencillez y la alegría.

A decir de Lorente (1967), una vez que han bebido y comido los recién
esposos, la comitiva los deja encerrados, y se retiran conversando sencillamente
sobre el tierno vástago que el amor producirá esa noche. El festín es seguido en
casa de los padres, por la mañana, en donde los esposos se tienen que arrodillar
frente a los padrinos para recibir la bendición. Cabe señalar que las mujeres se
hallan acostumbradas a los malos tratamientos que apenas aciertan a separarlos
de su ternura conyugal. Por eso se les atribuye el dicho significativo: porque me
quiere me golpea.

Lo curioso es que si algún hombre generoso dejándose llevar de una


indignación santa se atreve a reprender agriamente al verdugo, en vez de
agradecer sus buenos oficios, vuélvese contra él su protegida, y le grita: ¿Y a usted
que le importa?. Si me golpea, para eso es mi marido. También se consuelan con
esta expresiva sentencia: maipin, chaipin cuyancui: donde hay golpes, allí hay
amor. Alguna vez la mujer se “transforma en tigre” y responde con feroces
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arañazos a los golpes sin piedad. Ha habido quien procuró libertarse de su verdugo
dándoles yerbas, o aplastándole la cabeza en una loza mientras él dormía.

De esta manera, una esposa hila lana para sus ponchos, adereza la comida,
o prepara la chicha. Las fiestas de la población y las faenas de cofradía entre
vecinos, prestan un grato solaz a sus fatigas