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Yo trabajo en casa

Trabajo del hogar de planta, género


y etnicidad en Monterrey

Séverine Durin

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Datos de catalogación

331.54972132
D486y Durin, Séverine.
Yo trabajo en casa : Trabajo del hogar de planta, género y etnicidad en
Monterrey / Séverine Durin.--Ciudad de México : Centro de Investigaciones
y Estudios Superiores en Antropología Social, 2017
416 páginas : gráficas ; 23 cm.--(Publicaciones de la Casa Chata)

Incluye bibliografía.
ISBN: 978-607-486-442-7

1. Empleadas domésticas – Monterrey, Nuevo León. 2. Trabajo doméstico –


Monterrey, Nuevo León. 3. Mercado de trabajo – Monterrey, Nuevo León.
4. Atención no remunerada – Economía. 5. Migración rural-urbana –
Monterrey, Nuevo León. 6. Migración indígena. I. t. II. Serie.

La presente publicación pasó por un proceso de dos dictámenes doble ciego de pares académicos y avalados
por el Comité Editorial del ciesas, que garantizan su calidad y pertinencia científica y académica.

Cuidado de la edición: Mario Brito


Diseño de portada: Alejandra Torales
Primera edición, 2017

D. R. © 2017 Centro de Investigaciones


y Estudios Superiores en Antropología Social
Juárez 87, Col. Tlalpan,
C. P. 14000, Ciudad de México

Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de esta publicación pueden reproducirse, regis-
trarse o transmitirse por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún
medio, sea electrónico, mecánico, fotoquímico, magnético o electroóptico, por fotocopia, grabación
o cualquier otro, sin permiso previo por escrito del editor.

ISBN: 978-607-486-442-7

Impreso en México. Printed in Mexico.

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6. Vidas al servicio.
Apego, dependencia y simbiosis en el trabajo de planta

Las trabajadoras jóvenes conciben al trabajo en casa como un empleo tempo-


ral, es decir, un oficio que llevarán a cabo mientras conforman su propio hogar
y/o concluyen sus estudios, por lo que muchas dejan de laborar al casarse o ser
madres (Díaz, 2007; Durin, 2014a). Ahora bien, tal como lo veremos el capítu-
lo 7, un sector de mujeres trabaja para asumir la proveeduría de sus hijos que
están al cuidado de familiares en sus pueblos de origen. Otro sector de traba-
jadoras lo conforman las mujeres de mayor edad, que suelen ser solteras y no
tener hijos. En sus historias de vida observamos cómo han ido construyendo
relaciones de dependencia con miembros de la familia empleadora, sea con los
hijos o los empleadores.
En este capítulo se recurre a conceptos del campo de la psicología para ana-
lizar estas relaciones de dependencia mutua entre trabajadoras y miembros
de las familias empleadoras. Éstos son, el apego y la dependencia simbiótica.
El interés en los afectos y las emociones ha emergido con fuerza en el campo
de las ciencias sociales; en antropología destaca el estudio pionero de Renato
Rosaldo (1991), que enfatizó la importancia de experimentar la ira para enten-
der la dimensión emocional del ritual de cacería de cabezas de los Ilongotes.
Además, desde la economía feminista se mostró que el trabajo de cuidados
es un aspecto determinante de la reproducción social y de las condiciones de
vida de la población, que incluye tanto la producción de bienes materiales para
el mantenimiento físico de las personas (alimentación, higiene, salud, etcéte-
ra), así como el cuidado directo de niños y personas adultas y la difícil gestión
de los afectos y las relaciones sociales (Carrasco, Borderías y Tornas, 2011).

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El trabajo doméstico incluye cuidados directos e indirectos (Ibidem), por lo
cual, es una labor altamente emocional (Hochschild, 2002).1 Parte de los cui-
dados directos se destinan a personas habitualmente denominadas como de-
pendientes: niños y ancianos; sin embargo, esta versión de la dependencia es un
tanto restringida, ya que ésta es la representación de la vulnerabilidad de las
personas y es inherente a la condición humana, como el nacimiento y la muerte.
De ahí la importancia de hablar de interdependencia y de que las personas son
social y humanamente interdependientes y requieren distintos cuidados según el
momento de su ciclo vital (Carrasco, Borderías y Tornas, 2011). Más adelante pro-
pondremos el uso del concepto de dependencia simbiótica para caracterizar la
interdependencia que se va construyendo entre la mujer y las personas atendidas.
Asimismo, en este capítulo se pretende mostrar la importancia de ciertos
mecanismos psicosociales en el trabajo de cuidados y como éstos contribuyen
a que las trabajadoras construyan relaciones de interdependencia que pueden
resultarles tanto satisfactorias como difíciles de sobrellevar con el paso de los
años, por ejemplo, su envejecimiento y el de sus padres, o la evidencia de que
no han construido un hogar.

El apego entre las nanas y las criaturas

Cuando a las trabajadoras les incumbe la responsabilidad de cuidar niños pe-


queños, especialmente bebés, suelen construirse vínculos afectivos muy fuer-
tes. De acuerdo con la teoría del apego, desarrollada por Bowlby en la posguerra,

1 Desde la corriente posmarxista, Encarnación Gutiérrez (2010b), plantea usar el término


de trabajo afectivo para caracterizar al trabajo doméstico, y lo prefiere al de trabajo emo-
cional. El trabajo afectivo constituye uno de los ejes de la producción en las industrias del
conocimiento, informáticas y creativas. Hoy en día el capital no se detiene en las puertas
de las fábricas y absorbe la fuerza de trabajo que emana de las facultades subjetivas de
los individuos, como su capacidad de ser creativos, relacionales y afectivos. Estas facul-
tades son ahora objeto de la acumulación capitalista. Así, “a través del trabajo domésti-
co, el capital absorbe las huellas de la vida, el poder biopolítico de las relaciones sociales
humanas” (2010b: 8). Su propuesta, teóricamente más elaborada que la de Hochschild
(2000, 2002), se ubica en la continuidad de la discusión que Hochschild planteó al subra-
yar la extracción de amor —como una suerte de plusvalor emocional o afectiva— desde
los países del sur hacia los del norte.

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y enriquecida por varios autores en las décadas siguientes, un recién nacido ne-
cesita desarrollar una relación con al menos un cuidador principal para que
su desarrollo social y emocional se produzca con normalidad. Éste no necesa-
riamente tiene que ser la madre, dado que el bebé puede aceptar varias figu-
ras. Los bebés se apegan a los adultos que son sensibles, receptivos con ellos
y porque permanecen por algunos meses, e incluso años.2 Por otra parte, los
episodios de separación son especialmente importantes para clasificar el tipo
de apego entre el cuidador y el bebé.3
Es interesante explicar que John Bowlby tenía buenos motivos para intere-
sarse en la materia. Había nacido en Londres en el seno de una familia aristó-
crata que seguía las pautas educativas de su época y clase social. El pequeño
John sólo tenía contacto con su madre una hora al día, después de la hora del
té, por lo que su educación y cuidados corrían a cargo de una niñera que, cuan-
do John tenía cuatro años dejó de trabajar para la familia; posiblemente esta
situación le provocó el mismo dolor que la pérdida de una madre. Además, a
los siete años ingresó a un internado, lo que acabó por marcar su personalidad
y su interés por el sufrimiento en la infancia.4
En este estudio nos interesa observar qué sucede cuando la madre de un
bebé contrata a una trabajadora para cuidarlo. Cuando el apego es seguro,5 es
decir, que el cuidador ofrece amparo al bebé, éste protesta ante la separación.
También, el testimonio que se ofrecerá a continuación evidencia que aquél se
siente confortado por la calidad del vínculo afectivo con el bebé y por ser reco-
nocido por éste y sus padres. Cuando es así, es factible que la niñera sea vista
como una figura parental alternativa, popularmente designada como “nana”.
Éste es el caso de Patricia, una mujer de 40 años que llegó a los 14 a traba-
jar a Monterrey, habiendo sólo cursado la primaria en un ejido del municipio

2 Véase Bretherton (1992) y la reseña de la teoría del apego en <http://es.wikipedia.org/wiki/


Teor%C3%ADa_del_apego>.
3 De acuerdo con Mary Ainsworth, éste puede ser: seguro; ansioso-evitativo; ansioso-ambi-
valente y desorganizado-desorientado (Mendiola, 2005).
4 Véase Manuel Vitutia, 2012.
5 El apego seguro supone que el niño utiliza al cuidador como una base para la exploración;
protesta contra la partida de éste y busca proximidad, es consolado por la espalda y vuelve
a la exploración. Puede ser confortado por extraños, pero muestra una clara preferencia
por aquél. De parte del cuidador, éste reacciona de forma apropiada, rápida y consistente
a las necesidades. En este caso, él formó con éxito un vínculo paternal seguro con el niño.

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de Ciudad Valles, San Luis Potosí. En su primer empleo Patricia no aguantó
la separación con sus padres y los extrañó tanto que se regresó a su casa a los
dos meses:

No me sentía bien porque extrañaba mucho a mi familia, porque era la primera


vez que yo salía, no había salido y sí extrañaba mucho y pasaban los días y los días
y no comía mucho. Por lo mismo, porque ahí es otra comida y pues aquí llegas y es
otra comida, y pues dice uno, cosas que no sé si me guste o no me guste, pero aun
así tengo que comer para seguir trabajando. Y extrañaba mucho.

Tiempo después, cuando Patricia volvió a Monterrey trabajó en dos casas antes
de emplearse con una familia conformada por una pareja y sus hijos de cinco
años de edad y una bebé de seis meses. En principio, su trabajo consistió prin-
cipalmente en estar al cuidado de la niña mientras la madre trabajaba; a ratos
contaba con el apoyo de la abuela materna para realizar las tareas de limpieza.
Fue de tal calidad la relación con la niña y los familiares que durante un año y
medio Patricia no regresó a su casa: “Como yo me sentía muy a gusto, yo ya no
extrañaba a mis papás”. Por su parte, la abuela se mostraba encantada con la
niñera y le insistía que se quedará trabajando con ellos: “Si te sientes a gusto, mi-
jita, no te vayas, quédate con nosotros. Yo me siento muy bien porque estoy cerca
de ti y estoy al pendiente de ti, cuando tú quieras venir a pasar la tarde conmigo,
yo estoy aquí. Y cuando no estoy, tú ya sabes, te voy a dejar la llave de la casa y si
tú te quieres venir a dormir aquí sola, como tú quieras, aquí tienes tu casa”. Esta
muestra de confianza fue muy bien recibida por Patricia: “Yo creo que eso me
gustó, me sentí muy bien porque no en todas las casas te dan la llave de la casa”.
Igualmente, Patricia construyó una excelente relación de confianza
con la madre de la niña. Ésta trabajaba como comerciante y valoraba a su
emplea­d a, a quien dejó libre de organizarse como quisiera. Esta autonomía,
junto con la calidad de la convivencia con la niña y los familiares, hicieron
que se sintiera a gusto. Incluso, sus empleadores le insistieron en que visitara
a sus padres, pues veían que no pedía días libres:

“Tú debes de extrañarlos”, me dijo. Le digo, “no, fíjese que no, es muy extraño pero
no, sí pienso en ellos pero ya no es extrañarlos como antes, ya no”, le digo. “Yo creo
que es por la forma en que estoy viviendo aquí con ustedes, que me tratan así, bien”,

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le digo, “porque en ocasiones atrás, cuando vine la primera vez […] sí extrañaba
mucho porque pues no conversaba tanto con las personas, no había con quien
conversar y acá pues sí, le digo, acá tu mamá platica mucho conmigo, tú platicas
mucho conmigo y sobre todo porque tengo una niña que la estoy cuidando y me sien-
to así como que responsable y me siento feliz”, le digo, bueno, “qué bueno que sientas
así”, me dice ella, “pero aun así quiero que vayas a ver a tus papá”, bueno. Entonces
me preparó el pago del autobús.

Ante esta situación, sus padres se habían preocupado por la larga ausencia,
pues quedaron incomunicados, pero se tranquilizaron cuando supieron que
su hija estaba trabajando en buenas condiciones y comía bien. Luego de visi-
tarlos, a la hora de despedirse sus padres le dijeron: “Cuídate mucho y dile a
la señora que muchas gracias por cuidarte mucho y que nosotros, si tú estás
bien allá con ellos, entonces nosotros vamos a estar bien […]’, la despedida sí
era muy muy triste”.
A lo largo de los años siguió visitándolos con regularidad y aprovechaba
los viajes para entregarles dinero. Por su parte, su hermana se unió a la expe-
riencia migratoria y trabajó como niñera en casa de la hermana de su patrona,
al cuidado de un bebé varón. Entre risas, Patricia dice de su hermana que: “A
ella no le gustaban los niños, pero aun así se quedó con Javier. Se enamoró de
Javier y se quedó con él”. En cuanto a su experiencia, agrega: “Me encariñé mu-
cho desde el principio y hasta hoy, y hasta yo creo que siempre, porque es una
niña muy hermosa”.
Patricia cuenta que ha estado en todos los momentos significativos de la
vida de la niña y su hermano, aunque con éste tejió una relación mucho más
distante. Recuerda sus primeras comuniones, las convivencias con la madre
cuando por las tardes llevaban juntas a los niños a clases de natación; pero
también los momentos de susto, como cuando el niño cayó por la ventana y
quedó agarrado del tendedero.
Para Patricia, el momento más significativo sucedió cuando la niña tenía seis
años de edad y estaba por visitar a sus padres durante la Semana Santa. En esa
ocasión la madre iba contratar a una trabajadora eventual, mientras Patricia
regresaba. Sin embargo, a la hora de partir, la niña se enfermó de las anginas y
protestó ampliamente por la partida:

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Al día siguiente la niña tenía gripa, estaba con calentura. Y luego le digo: “Pues aho-
rita no me quiero ir, voy a ir ya cuando la niña esté bien”, y luego la niña lloraba, me
decía: “Pero por qué te vas, por qué te vas a ir, yo no quiero que te vayas”. Y luego
veía donde tenía yo mi cuarto, veía la ropa: “Tú te vas a ir, ya no vas a regresar y yo
no quiero, yo quiero que regreses”, estaba llore y llore, y luego la mamá le estaba
explicando, pero como es una niña chiquita pues no entendía nada. “Es que ella
también tiene sus papás, tiene que ir a verlos”, le dice: “No, mamá, que no se vaya
porque ya no va regresar y ya no va regresar”. Y luego ya le trataba de explicar, pero
lloraba, lloraba. Y luego me dice… le digo: “Pero tiene mucha calentura”, le digo yo a
la señora, eso era como a medio día y luego me dice: “Mira, te voy a decir una cosa
para que tú te… Yo también tengo que trabajar” me dice ella, “tú te vas a ir dos se-
manas, pero yo quiero que sepas que yo voy a contratar una muchacha para que
mientras tú estás allá, yo quiero que se quede una muchacha aquí conmigo para
que me cuide a la niña”, pero la niña eso lo entendió muy bien —ríe— porque se
puso a llorar más, se puso que ella no quería ninguna otra, no quería ninguna otra
porque ella quería que yo estuviera ahí, que no me fuera. Y luego le dice la mamá:
“Mira, eso sí entendiste muy bien, verdad, lo que no entiendes es que ella tiene que
ir a ver a sus papás”, le dice —ríe—. Dice, “No, mamá, es que yo no quiero que se
vaya, no quiero que se vaya”. Y luego ya ahí llegó la muchacha, yo la conocí y todo y
le dice, le dice a la mamá: “no mamá, yo no me quiero quedar con ella, con ella no
y con ella no”, lloraba con una desesperación. Y luego ya se le subió la temperatura
pero ya de ahí la muchacha se fue porque al día siguiente iba regresar.

La niña siguió teniendo calentura y Patricia se quedó tres días más cuidándola
hasta que se recuperó, y pese a sus intentos de fingir estar enferma, Patricia vi-
sitó a sus padres cuando la niña estuvo estable. A su regreso, la señora le platicó
cuáles fueron sus dificultades en su ausencia:

“Toda la noche estuvo llorando, toda la noche. Yo no sé qué le hiciste o no sé, no sé


qué trae ella contigo porque toda la noche estuvo llore y llore y sí tuvo calentura,
pero ya no tanto como el otro día, pero sí tuvo calentura, pero estaba llore y llore y
llore por ti, que cuándo vas a regresar. Y al día siguiente lo mismo y al día siguien-
te lo mismo, digo y qué bueno que ya regresaste. Pero yo ya quería hablarte para
que regresaras antes”, me dice la señora. Y le digo: “¿Y por qué no me hablaste? No,
mijita, cómo te voy hablar si tienes que estar con tus papás. Y no, yo estoy aquí con

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ella, no es posible que ella esté llorando por ti, si tú también tienes que ir a verlos
a tus papás”. Y ahí es cuando me platica la señora: “Y qué crees, no quiso que la
cuidara la otra muchacha”.

Esta relación tan fuerte entre Patricia y la niña se construyó a lo largo de los
años en los que la estuvo cuidando, desde su más tierna edad: “Yo creo [que] era
por eso que la relación es entre amor, cariño y sobre todo protegerla”. Sus rela-
ciones con el resto de los familiares también son muy satisfactorias, pues a la
madre la considera como una hermana mayor que la aconseja. Por su parte, el
padre ha sido respetuoso con Patricia y le compró recetarios cuando le nació
el interés por aprender a cocinar. En cuanto al niño, hace tiempo éste le recla-
mó que quería más a su hermana. Esta queja denota la importancia de la niñera
como figura parental. Al respecto, Patricia dice que el niño se contentó cuando
maduró, pero también, porque empezó a consentirlo con platillos de su agrado,
pues le gusta la comida árabe, china y las enchiladas potosinas.
Ser una segunda madre para los hijos le deja mucha satisfacción: “Cuando
ellos me dicen que soy una mamá más para ellos, pues me siento bien. Yo creo
que para mí vale y ha valido la pena estar con ellos, haber estado ahí con ellos
casi siempre, y me siento bien, me siento bien. Y así como ellos me tratan, pues
se siente bien”. Recalca que los niños son cariñosos con ella, especialmente la
niña, dice que: “Todo el tiempo te dicen, te quiero mucho, y bueno, todo el tiem-
po, todo el tiempo, es cuando va a la escuela, se despide de mí, y cuando llega de
la escuela, se despide de mí... digo, la bienvenida, o sea, el beso y todo eso, sobre
todo la niña, la niña es la que, ‘ya me voy, nana’, ‘ya vine’, o sea, bien contenta”.
Actualmente la niña ya no es tal, pues tiene 24 años, está estudiando un
posgrado y se encuentra realizando un intercambio de un año en Europa. Con
esta familia Patricia ha estado en las buenas y en las malas, como bien se lo
recalca la señora, por ello, no vislumbra su futuro separada de ellos. Incluso,
llama la atención que no haya construido una relación de pareja, alude a que:
“No se dio”. Tampoco se imagina regresar a vivir al ejido, aunque allá tenga
una casa a medio empezar. La satisfacción es tal que no siente la necesidad de
buscar otra alternativa de vida.
Toda su vida ha trabajado para el bienestar de otros, ésta es la realidad que
la empleadora se esforzó en mostrarle cuando Patricia entró en depresión hace
algunos años, dado que estaba preocupada por el devenir de sus padres en el

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ejido y por la necesidad de enviar constantemente remesas a su hermano, que
reside con ellos. Remontó la depresión y reconoce que en parte fue gracias al
apoyo moral de la señora que hoy valora lo que ha logrado realizar en estos
años. Si bien sus padres le insisten que, al igual que su hermana, debería tener
una pareja, ella no lo ve como algo imprescindible, más bien, le preocupa que-
darse sin hacer nada, o sea, sin trabajar:

Ellos no dejan de preocuparse por nosotras, porque somos mujeres. Pero yo les
trato de explicar que a veces las cosas son difíciles, pero aun así yo no he dejado
de salir adelante, porque para mí, lo difícil de ser mujer es no luchar, no trabajar,
no tener algo, algo para vivir y, pues yo digo que gracias a que yo me vine con esta
amiga, con la señora, llegué a diferentes casas, hasta que encontré… Para mí es una
experiencia, para vivir, o sea, para encontrar el trabajo, para tener dinero, y para
mí eso yo no lo veo difícil, porque difícil es no hacer nada.

Patricia no sabe lo que le deparará el futuro, pero quizá termine siendo la nana
de los hijos de la niña. Es así que recuerda una conversación entre la madre y
su hija, mientras ésta cursaba la preparatoria:

Estábamos las tres ahí, y luego me dice la señora: “Si algún día, por ejemplo, yo no
quiero que te vayas”, me dice, “yo quiero que te quedes aquí con nosotros, pero si
algún día te casas, y si te casas y si te quedas aquí, yo quiero todavía que vengas a
trabajar conmigo, que estés aquí en la casa, de entrada por salida, pero que estés
aquí”, me dice. “Ah, sí, mamá, me gustaría que eso hiciera mi nana”, me dice la niña,
“a mí me gustaría que hicieras eso y si algún día yo me case, me gustaría que fueras
a vivir, pero a vivir conmigo, no a la entrada por salida —rió—”. Y le digo: “¿Y cómo
lo voy a hacer?”, le digo, “si me voy a casar y luego cómo le voy a hacer mi vida de
vivir contigo —No, te tienes que ir a vivir conmigo”. Y luego me dice la señora Lu-
cía: “Ay mijita, eso pasaría si ella, si ella no se casa, un día si no se casa, entonces,
a lo mejor sí haría eso, si ella está de acuerdo de que vaya a vivir contigo, ya que tú
te cases, y si ella quiere, que te quiere cuidar todavía pues se va ir contigo”. Y luego
le dice a la mamá: “Ay sí, mamá, eso me gustaría”, le dice, “es más, si yo no me caso
tan joven”, me dice ella, “vamos a ir a México, allá vamos a vivir las dos, porque yo
quiero seguir estudiando —rió— —Primero te vas a ir a casar y después te vas a
estudiar, o qué —No, voy a pensarlo muy bien”, me dice —ríe—.

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El caso de Patricia ilustra la fuerza de los lazos de dependencia mutua que se
van tejiendo entre la cuidadora y las personas atendidas: el apego entre la niñe-
ra y su nana, pero también, la interdependencia afectiva con los otros miembros
de la familia, como son, la abuela materna, la madre, incluso el hijo y el marido.
En estos hogares donde las trabajadoras se transforman en nanas al servicio
de distintas generaciones, éstas ocupan un lugar especial ya que suele decirse
que son “casi de la familia”.

¿Son parte de la familia?

En boca de las señoras es común escuchar decir que una empleada es “casi de
la familia”. Es así que la señora Elena se expresa de las trabajadoras con las que
sostuvo relaciones afectuosas, pues dice: “Hay sirvientas que dejaron huella”.
En concordancia con Howell (1999), en el trabajo del hogar se crean vínculos,
tanto conflictivos como afectuosos, y en la experiencia de Howell, los lazos
afectuosos se hacen evidentes entre las patronas maternales cuando permiten
que sus empleadas estudien. Ahora bien, cabe preguntarnos, ¿hasta dónde un
trabajador del hogar llega a formar parte de la familia?
En su tesis doctoral, Félicie Drouilleau (2011) analizó las relaciones de pa-
rentesco por elección en las familias de trabajadoras del hogar. Además, focali-
zó su interés en los hijos de las empleadas del hogar y las relaciones que tejen
con los empleadores, más no entre aquéllas y éstos. También, evidenció que
la corresidencia es un factor de importancia que contribuye a crear relacio-
nes de parentesco entre los hijos de las empleadas y los patrones; asimismo,
observó que son comunes las prácticas de parentesco ritual entre éstos, como
también lo apuntó Vidal (2007) en Brasil. Sin embargo, a diferencia de Brasil y
Colombia, esta praxis no ha sido observada en Monterrey, más bien, lo que se
menciona ocasionalmente en las entrevistas es la asistencia a bodas de las tra-
bajadoras que duraron varios años con una familia.
En Monterrey, la afirmación “es casi de la familia” suele usarse para hablar
de las empleadas que llevan laborando muchos años con una familia, o inclu-
so, las que tienen toda su vida en servicio. Clementina explica que: “Las nanas
casi siempre eran más como alguien de confianza, de muchos años, que forma
parte de la familia. Ya casi no existen ese tipo de personas, que estuvieron con

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los niños desde chiquitos hasta que crecieron”. Asimismo, otras afirmaciones
como “prácticamente fueron nuestras madres”, nos invitan a analizar hasta
qué punto el llamado “personal de servicio” puede llegar a formar parte de la
familia y qué posición ocupa en su seno.
En relación con el resto del personal en las casas, las nanas parecen tener
un lugar aparte. Ahora bien, veamos la etimología del término “nana”. Éste es
usado en distintos idiomas para designar una a cuidadora o figura maternal.
Por ejemplo, en México y en varios países de América Latina (Chile, Venezuela),
“nana” es empleado para referir a la niñera; igualmente, esta palabra es usada
en lenguas indígenas: en quechua, para nombrar a la hermana mayor; en ná-
huatl, para describir a una señora de edad y con autoridad moral.6 Fuera del
ámbito latinoamericano, en francés es utilizada para designar a una mucha-
cha: une nana, mientras que en inglés, es usada para referir a la niñera: nanny.
De manera general, “nana” forma parte de las palabras básicas del parentesco
que pronuncian los infantes, formadas por dos sílabas, con la cual nombran a
las primeras figuras cuidadoras con quienes interactúan, como también lo son:
“papá” y “mamá”, “apá” y “amá”, incluso, “abue”, “tito” y “tita”.
A continuación, analizaremos nuestros casos de estudio. Clementina expli-
ca que su esposo tuvo una nana y vivió en casa de sus padres aun teniendo él
50 años, y que su propio padre también fue criado por una:

Mi papá sí tuvo una nana, que fue nana creo que de su papá y luego de él, y ahí
sí eran relaciones de toda la vida y mi esposo también. Mi esposo tuvo una nana
que había sido la nana de su mamá y luego se volvió la nana de ellos, de sus cinco
hermanos, y luego se fueron a Suiza con ella. Se fue a vivir con ellos a Suiza. Y fue
básicamente como su abuela, porque formaba parte de la familia, y sí, era así como
una relación de parte de la familia.7

Explica en qué contexto viajaron a Suiza: “Lo que pasó fue que su papá se fue a
trabajar a las Naciones Unidas y entonces vivió 18 años en Suiza, toda su fami-
lia y fue cuando se llevaron a su nana, 18 años, que los siguió por todos lados.

6 Véase <http://www.jornada.unam.mx/2007/07/31/index.php?section=opinion&article=a
05a1cul>, consultado el 11 de septiembre de 2014.
7 Las cursivas son mías.

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Eso es increíble”. Además, comenta que vivió en la casa hasta que ya no pudo
valerse por sí misma:

Sí, de hecho, cuando llegó un momento en que su nana ya no trabajaba, ya era ma-
yor, creo que murió como a los 90 y algo de años, vivió ya aun cuando no trabajaba
en su casa, como si fuera la abuela, cuando ya de plano no podían ocuparse de ella,
cuando ocupaba enfermeras y todo, regresó con su familia a que la cuidaran al final,
pero fueron los últimos cinco o seis años de su vida cuando ya no estuvo con ellos.8

La nana tenía su propio hogar e hijos, a los que enviaba remesas para su manu-
tención, pero como vemos, vivió bajo el mismo techo que sus patrones hasta
que su estado físico no se lo permitió. En este sentido, conocer el lugar donde
falleció y la gente entre la cual terminó su vida, evidencia que no formó parte
de la familia. Estas expresiones “son casi de la familia” remiten a un cuasipa-
rentesco que borra las profundas desigualdades que explican por qué perso-
nas pertenecientes a clases sociales antagónicas viven bajo un mismo techo. El
lenguaje utilizado es explícito, pues el uso de los adverbios “como” y “así como”
sirven para marcar una diferencia entre quienes sí son parte y quienes no:

“Fue básicamente como su abuela”

“Era así como una relación de familia”

Esta mujer tenía su familia y procedía de alguna zona rural del país. Con el
tiempo su familia se instaló en la Ciudad de México. Ahora bien, esta nana
constituyó sin lugar a dudas una figura maternal alterna, con quien se crea-
ron vínculos afectivos. Algunos psicólogos consultados en Monterrey explican
que hoy en día esta práctica sigue vigente y que estas cuidadoras son figuras
contenedoras:

Se convierten en figuras contenedoras, son figuras afectivas que cumplen mu-


chos roles de lo que tendría que ser una madre. Pues sí impacta, yo creo que por
ejemplo el hecho de decir: “Tengo ‘nana’ ” es como un plus. Como que hablando

8 Las cursivas son mías.

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de cuestiones… son un plus. Entonces la nana finalmente es una persona que sí es
servidora doméstica en la mayoría de los casos, pero como que le ponemos “nana”
para diferenciarla… para que no se oiga tan feo… Crean muchos vínculos. Lo in-
teresante es que esas mujeres dejan de ser madres de sus propios hijos para tener
que cumplir con roles.

La relación creada entre los niños de las clases altas y sus nanas puede llegar
a ser muy fuerte:

Psicólogo 1: Me ha tocado ver que… cuando hospitalizo a, por ejemplo, alguna pa-
ciente de la clase social más alta. Que se hospitalizan, por ejemplo, en las suites, no
sé si sabían, los hospitales tienen suites. Si vas al [hospital] San José, tiene suites, el
[hospital] Mugüerza también tiene suites. Las suites tienen otro cuarto para recibir
a todas las visitas. Me ha tocado que piden más la presencia de la “nana” que de la
propia mamá, y preguntan más “¿a qué horas viene mi ‘nana’?”

Psicólogo 2: No es muy raro en este grupo, precisamente porque muchas de las fun-
ciones de madre están delegadas a otras funciones sociales. De hecho, nosotros
hablamos del inconsciente, entonces ha habido casos en donde, por ejemplo, al-
guien que tenga una posición muy alta se casó con alguien de una posición muy
alta y luego tiene una amante que se parece mucho a la “nana”, fenotípicamente.
Bueno, ése es un buen ejemplo consciente, con características muy distantes a su
medio, desde lo físico, el color de la piel. Terminan teniendo…

Psicólogo 1: Yo conozco, por ejemplo, personas, amigos que se casaron, y las espo-
sas pertenecen a una clase social inferior y físicamente [tienen] mucho parecido
con su “nana”, muy parecido […]. Yo conocí a la “nana” [de un amigo] cuando era
adolescente y conozco a la esposa… La búsqueda de la “nana”, porque la mamá se
ocupaba de otras cosas, actividades más importantes que cuidar al hijo. La “nana”
es la que se levanta cuando el niño llora en la noche… Si el niño está enfermo es
ella la que lo cuida…

En este sentido, designar a una trabajadora del hogar a través del léxico de la fa-
milia responde a la necesidad de borrar las desigualdades sociales que susten-
tan esta relación. Asimismo, al dar cabida a la dependencia afectiva durante la

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crianza se genera apego, e incluso, de alguna manera, entre los varones la nana
se configura como una figura de deseo. Así, para expresar la cercanía afectiva
creada más allá de las infranqueables desigualdades que los separan, se recurre
a un vocablo y a las representaciones sobre el amor familiar.

Un caso de dependencia simbiótica entre patrona y empleada

Si bien las relaciones de dependencia se construyen mayormente entre la cui-


dadora y los niños que ésta atiende, también suelen surgir entre la empleadora
y la trabajadora. A través de la historia de vida de Nora nos interesa ilustrar las
experiencias de las trabajadoras mayores, es decir, las que llegaron jóvenes y
analfabetas a la ciudad de Monterrey y que han dedicado los años de su etapa
productiva a los hogares empleadores. En el caso de Nora, es llamativo cómo,
pese a los malos tratos sufridos, ésta sigue laborando con el mismo empleador.
El argumento que sostenemos es, para entender su situación laboral y persis-
tencia en el empleo, por una parte, es necesario considerar su historia personal
y la salida del pueblo en razón de la violencia de género, y por otra, analizar la
construcción de una relación de dependencia simbiótica entre ella y su emplea-
dora; actualmente ambas son mujeres mayores. A sus más de 50 años, Nora está
quedando al servicio de una anciana y experimenta el dilema de querer estar
al cuidado de su madre en el pueblo y tener una casa propia.

El anhelo de ser independiente

El día que íbamos a vernos Nora estaba deprimida, pues llevaba varios días le-
vantándose sin ánimos. Teníamos más de un año conociéndonos y habíamos
acordado realizar la primera entrevista audiograbada de una serie. Así inició
Nora su relato:

—[Acerca] de mi propia vida, a mí me gustaría independizarme, independizar-


me. Ya no… Cambiar, ya no ser como antes… Antes era una persona muy depen-
diente, y siento que sigo siendo dependiente, pero quiero independizarme.
—¿De qué dependes, de quiénes?

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—Yo dependo mucho de los consejos, siento que necesito de alguna persona que
me asesore, que me diga qué tengo que hacer.
—¿A quién pides estos consejos?
—Los problemas que ha habido entre ellos [los patrones] y yo, verdad, antes
no me defendía, yo no me defendía. A mí cuando me hablaban, me regañaban,
verdad, no hacía por contestar nada, simple y sencillamente escuchaba. Cuando
terminaban de regañarme, me encerraba y me ponía a llorar, porque no podía yo
defenderme con palabras.
Por esos años que empecé a estudiar, a conocer más gente, yo siento que he cam-
biado un poco, porque ahora sí ya me defiendo, y ése es el motivo por el cual ellos se
enojan conmigo y ya no me quieren ayudar a veces. Porque, pues, compré el terreno,
y yo siento que para hacer eso fui orillada, porque en mi casa, verdad, me dieron un
terreno, compré material y terminé regalándolo todo.
—¿Fue a tu hermano?
—Sí, lo regalé a mi hermano. Yo pensaba hacer mi casa, pero yo no quería que
me prestaran dinero, yo lo que quería era hacer mi casa, lentamente, pero sin ne-
cesidad de pedir prestado dinero. Mis patrones me hicieron un préstamo con in-
tereses, y lo pagué.
—¿Cuánto fue?
—Me prestaron 14 mil pesos, me dijeron que me cobraron 4%, pero yo no sé, no
sé de dinero, ¿cuánto en total fue de intereses?, no sé, no lo calculé. También la se-
ñora me dijo que haga mi casa y ya me vaya a vivir. Pero ahora que tengo la casa,
ahora no quiere que me vaya, ya no quiere que me vaya, ella quiere que continúe
con ellos. Es por eso que quiero independizarme.
—De ellos…
—Sí, porque también yo entré [a trabajar] en 1978, el 15 de enero de 1978 en-
tré a trabajar con la familia. Y son muchos años que han pasado y nunca me han
dado seguro. Me han atendido, verdad, me han dado medicamentos, pagaron mi
operación, pero sin seguro, por fuera. Yo ahorita por los años que llevo trabajando
me siento cansada.
—Son 31 años.
—De estar en mi casa trabajando, tengo que seguir luchando, seguir luchan-
do, para sobrevivir. Estoy sola, no tengo quién trabaje por mí, como quien dice,
tengo yo que continuar trabajando. Pues sí, mi deseo es ir a mi casa, a disfrutar
de mi casa.

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Con estas palabras Nora pone en la mesa cuál es su principal dilema: el deseo
de ser una persona autónoma, especialmente de sus patrones, hacia quienes
siente una dependencia moral, afectiva y económica. Por su parte, la señora se
presenta ante Nora como su dependiente y le insiste que siga trabajando para
ellos; pero Nora, así como sus patrones y sus padres, ha envejecido y se siente
cansada. En 2009, cuando realicé esta entrevista, llevaba 31 años trabajando a su
servicio y, como bien lo dice: “Son muchos años que han pasado y nunca me han
dado seguro”. A punto de cumplir 50 años, se siente vulnerable, sola, entrampa-
da, obligada a laborar para sobrevivir y sin la posibilidad de disfrutar de la casa
que con esfuerzo construyó en un lote campestre a 80 kilómetros de Monterrey.
Conocí a Nora cuando ocupaba sus fines de semana asistiendo a clases de
nivel primaria con las hermanas del Convento de Vicente María.9 En cuanto a
la casa que construyó, la visitaba los domingos, sola o acompañada de familia-
res. Ahora bien, dado que la vivienda estaba deshabitada entre semana, ésta fue
robada en varias ocasiones. A partir del año 2010 la violencia criminal sacudió
al noreste del país, por lo cual, Nora dejo de visitarla de forma frecuente. Hoy
en día esta casa, en la que había invertido mucho dinero y energía, está desha-
bitada, ha sido saqueada y es imposible venderla, pues no posee las escrituras.
Nora se encuentra sin un lugar propio en la ciudad, menos en su pueblo, y ésta
es una gran pena suya. En los siguientes apartados expondremos los detalles
de su historia de vida.

Una vida alternando labores domésticas en casa propia y ajena

Nora nació en 1964 y es hija de una pareja de campesinos nahuas del sur de
la Huasteca potosina, y la mayor de seis hermanos. De pequeña acompañaba
a sus padres en la milpa y a su madre en la casa. Recuerda con ternura cuan-
do cruzaban el río y el sabor de los alimentos cocidos a las brasas. Su casa era
muy pequeña, de piso de tierra, paredes de palitos y techo de zacate. Era de una
sola pieza, “ahí es donde dormíamos, donde se hacía la masa, donde comíamos,
donde recibíamos visita. En ese pedacito era nuestro hogar”. Hasta los nueve
años cursó la escuela primaria, aunque sólo por escasos dos años, lo cual no le

9 Religiosas de la Orden de María Inmaculada, cuyo apostolado consiste en albergar a las


jóvenes de medios rurales que se dirigen a las ciudades.

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permitió terminar de aprender a leer y escribir. A los 14 años Nora migró por
primera vez a Monterrey, cuando su padre le pidió a su madrina que se la lle-
vara a trabajar en casa. Aunque no quería irse, se fue a esta ciudad y estuvo
dos meses laborando con su madrina, sin dejar de llorar y extrañar a su madre.
Ahí se impresionó con el tamaño de las “casononas grandotas, demasiado
de lujo”, además, “me daba miedo de ver tanto carro, ver la gente, no podía ha-
blar muy bien español, tenía pena con la gente”. Así como las casas eran gran-
des y lujosas, el cuarto de servicio donde se quedaba a dormir con su madrina
era demasiado pequeño: “El cuarto donde nos quedábamos a dormir no era
suficiente. El lugar era una casa con jardín hacia el frente, hacia atrás, tenía
mucho lugar todo, pero donde nosotros nos tocaba dormir era un cuartito de-
masiado pequeño, demasiado pequeño, donde mi madrina ponía su catrecito.
Yo no cabía en el catre, entonces mi madrina me ponía cojines en el suelo y ahí
me acostaba”.
En esta primera oportunidad aprendió a realizar tareas de limpieza y todo le
resultaba nuevo: “No sabía hacer nada, en mi casa barría, lavaba los trastecitos,
sabía lavar nixtamal, cargar agua, lavar una ropita, pero como en casa siempre
hubo piso de tierra [en esta otra casa], no sabía [hacer] nada”. La comida le sabía
mal: “Todo me sabía dulce, como en la casa estaba acostumbrada a comer cosas
picosas, salado y picoso, y aquí no me sabía nada la comida, sin condimento, sin
cosas que piquen”. Extrañaba tanto a su madre, que: “[Su madrina] se desesperó
cuando me vio llorar mucho, lloraba a todas horas porque quería estar con mi
mamá. Estuve nomás dos meses y luego me regresé al rancho”.
Llegaron al rancho cargadas de objetos usados y poco dinero, sin embar-
go, lo importante era que Nora ahora ya sabía hacer la limpieza para hogares
empleadores. Estuvo poco tiempo ahí y pronto su padre la envió de nuevo a
trabajar, esta vez al puerto de Tampico, acompañada de otra joven. Después
de laborar por 15 días para la dueña de un hotel, Nora trabajó seis meses para
una familia de clase media. Entre las dos empleadas realizaban las labores de
limpieza y de cuidado de dos niños y dos niñas. Compartían la habitación con
los pequeños y cada una dormía con una niña, mientras los niños usaban la
sección alta de las literas. A su corta edad, Nora fue recibida como una hija más,
ante lo cual, comenta que disfrutó mucho el trato.
Con los niños jugaba y veía la televisión. Por otra parte, cada dos meses que
cobraba, la señora la llevaba a comprarse ropa: “[Yo] me compraba mi ropa,

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mi calzado, un prendedor para el pelo si se me antojaba”. Asimismo, la señora
mostraba interés en la vida de Nora: “Me preguntaba de mi papá, de mi mamá,
a qué se dedicaban. Mis abuelos, cómo se llaman”. Sin embargo, dado que su
madre quedó embarazada, su familia necesitó de su mano de obra para que
la supliera en las labores de cuidado de sus hermanos menores y de atención
a los jornaleros que había contratado su padre, por lo que Nora fue traída de
vuelta al pueblo.
Aunque Nora había trabajado en beneficio de su familia, cuidando herma-
nos y trabajadores, al nacer una hermana, su padre declaró que: “Estaba can-
sado de mantenerme y que yo tenía que casarme”. En una fiesta un hombre
se le acercó para bailar con ella; al día siguiente la pidió en matrimonio. Pese
a que no lo quería, Nora fue casada bajo amenaza de su padre. El trauma que
experimentó al ser violada por este hombre, con quien se negó a residir en la
Ciudad de México, la sumió en un estado depresivo y la orilló a irse a Monterrey
para trabajar por su propio pie: “Yo quise venirme a Monterrey porque yo sentía
que no podía estar en mi casa, me vine porque dije: ‘Tengo que buscar la vida,
tengo que luchar por mí misma, no puedo estar todo el tiempo ahí nomás’ ”.
En la colonia Del Valle, en San Pedro Garza García, Nora conoció el trabajo
esclavo en una casa donde las empleadas no recibían alimentos, ganaban 80
pesos al mes —de los antiguos pesos— y tenían que cooperarse para comprar
comida en la tienda de abarrotes: “Ahí la señora no nos daba de comer, de pla-
no nada, allá de vez en cuando nos daba un taco cuando los frijoles ya estaban
acedos, todos resbalosos, ya echados a perder, es cuando nos daba un taco la
señora… Ahí estuve ocho meses”. En medio de lujos, la servidumbre no podía
aspirar a comer. Reducidos a la condición de ser nadie a los ojos de sus patrones,
Nora terminó regresándose a su pueblo en la temporada navideña. El dinero
ganado no alcanzaba para “nada, porque así como me vine, como compraba la
comida, cuando me fui, me fui con la misma ropa, con los mismos huaraches,
porque no alcancé a comprarme nada, ni llevé dinero, nada”.
Tiempo después, junto con otras ocho jóvenes del rancho, emprendió su
regreso a Monterrey. Llegaron a casa de una señora, que enseguida llamó a
sus amigas y comadres para que: “Vengan por sus muchachas”. Agrega: “Yo me
quedé al último, a mí nadie me quiso llevar”. A sus 18 años, Nora ya no tenía
dientes. Dice ella que, tal vez por estar “chimuela” nadie quiso llevársela. Final-
mente, llegó una señora:

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La señora dijo: “No pues a ella me la dejaron, pues me la llevo”, y cuando ella me
recogió me llevó a su casa, entonces el señor le dijo: “Regresa a esa muchacha, yo
no la quiero aquí. —No, no la voy a regresar, se va a quedar aquí conmigo para que
trabaje conmigo”. El señor como que tampoco quería que me quedara ahí y enton-
ces ella luego habló con su mamá y luego me empezaron a llevar con una persona,
una dentista, me sacó todas las patitas de los dientes, y me quedé un año sin dien-
tes. Finalmente me pusieron la dentadura, por eso cuando cumplí mis 19 años fue
mi autorregalo, mi dentadura postiza que me regalé yo misma.

Los hijos de los patrones aún eran chicos, de seis y siete años respectivamente,
la señora era ama de casa y su marido médico. Al inicio, la señora enseñó a Nora
cómo hacer la limpieza; sus estándares en la materia eran altos y con el paso
del tiempo se afianzó una actitud maniática. Cuando la señora se empleó como
secretaria, Nora aprendió a cocinar, por lo que aquélla estuvo fingiendo que se-
guía guisando para su marido: “Llegaba la señora, se ponía el mandil y a mí me
mandaba al segundo piso para que hiciera el quehacer, para que cuando llega-
ra el señor creyera que ella había hecho la comida”. Cuenta Nora que al señor le
gustaba tanto la comida, que había días que cantaba comiendo y le pegaba con
el pie, hasta que un día su esposa se enceló. Nora le aclaró entonces: “Yo quiero
que lo sepa, yo fui muy maltratada por mi padre, yo llego aquí con ustedes, haz
de cuenta que yo lo adopté a su esposo, lo adopté como mi padre, yo al señor lo
miro con respeto y porque siento así, lo que mi padre no me ha dado, siento que
él me lo da a mí, en buena onda, no ande pensando cosas que no son”.
A sus más de 50 años de edad, Nora sigue trabajando para esta familia.
Incluso, ahora que los hijos crecieron y son padres, acude a sus hogares para
laborar mientras sigue durmiendo en casa de los señores. Éstos ya son mayo-
res y ella es responsable de dejar la casa impecable. Sin embargo, pese a tener
casi 40 años de servicio, no tiene un juego de llaves de la casa, lo cual es señal
del control ejercido sobre sus movimientos. Además, en numerosas ocasiones
Nora comentó acerca de situaciones de maltrato infringidas por sus patrones,
que hacen eco con otras vividas en su infancia. A continuación, nos interesa
mostrar cómo creció en un ambiente patriarcal en el que se ejercían distintas
formas de violencia; sin duda, sus experiencias de vida son significativas para
nuestro análisis en la medida que desde éstas Nora construye y valora las rela-
ciones actuales con sus patrones.

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Crecer en una sociedad patriarcal

Así como se acostumbra decir que “la letra con sangre entra”, en el caso de
Nora podemos decir que la laboriosidad con sangre entró. Le tocó crecer en
un ambiente donde el ejercicio de distintas formas de violencia se consideraba
adecuado para educar a los niños. Es así que, con sangre entraron: aprender a
caminar, a realizar tareas domésticas o trabajar en el campo. Además, la vio-
lencia ejercida hacia las mujeres, como parte de un sistema de dominación pa-
triarcal, tomó formas peculiares en el pueblo de Nora, por ejemplo, en materia
matrimonial las mujeres quedaban fuera de toda decisión. Lo cual no sucede
así hoy en día.
Nora recuerda a su padre como maltratante y proclive al castigo corpo-
ral, hacia ella y su hermano menor Pedro, que empezó a trabajar en el campo
a los 11 años de edad. Él hacía surcos, junto con otros dos peones y tenía que
laborar como si fuera un adulto. Los trabajadores se apiadaban de él y lo ayu-
daban a terminar el surco en tiempo, si no, su padre le pegaba. En palabras de
la esposa de Pedro, ahora es un “adicto al trabajo” y “nunca se queda parado
sin hacer nada”.
A base de castigo corporal, a Nora y a Pedro se les enseñó a ser trabajado-
res incansables. Nora también aprendió a aguantar los golpes y este tipo de
castigo sigue estando a la orden del día entre las nuevas generaciones de esta
familia. Aunque no pretendo afirmar que todas las familias de esta localidad
practiquen el castigo corporal, pues Nora recuerda que sus abuelos paternos
se interpusieron entre ella y su padre cuando la maltrataba. Lo significativo es
entender que la enseñanza de las tareas domésticas y productivas se realiza-
ban con mucho rigor y bajo amenaza de castigos físicos. El padre les pedía a los
niños que fueran tan responsables como los adultos.
Así como su padre suponía que ella fuera capaz, a su corta edad, de cami-
nar en el lodo sin resbalarse, también esperaba que se levantará a las tres de la
mañana para trabajar con su mamá: “Lo que a él le molestaba era que me que-
daba dormida, iba a echarme agua en la cara para levantarme, me daba mucho
coraje que me echara agua en la cara”. Por su parte, su madre la consintió y dejó
que jugará: “Tal vez a mi papá le hubiera gustado que yo tan pequeña hiciera
cosas de trabajo para ayudar a mi mamá, pero mi mamá nunca me decía nada,
me levantaba y a jugar y jugar, me llamaba para ir a comer. Después empecé a

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ayudar a mi mamá, tenía como unos ocho años. Estaba chiquita, la ayudaba en
lo que podía. Llevaba una cubetita chiquita en la cabeza, traía agua, lavaba el
nixtamal, me ponía a barrer, a moler en el molino”. En palabras de una hermana
de Nora: “De niños había más trabajo que comida”. Hoy la situación está mejor
y no falta la comida, sin embargo, el exceso de trabajo continúa.
Al casarse, las mujeres pasaban de realizar las labores en su casa a las de
su familia política. Hasta hace poco eran escogidas por su pretendiente, que
visitaba a su padre para acordar los términos de la unión matrimonial. Una vez
casadas, se sometían a la autoridad de la familia política. Así fue desposada la
madre de Nora, que de un día para otro tuvo que convivir con un hombre con
el que no podía comunicarse, pues ella sólo hablaba castellano y él náhuatl. Fue
así como su madre se volvió nahuatleca. Igualmente sucedió con sus tías y su
hermana menor, a quien un día su padre le dijo: “Te vas a casar, vas a querer
a tus suegros, les vas a dar de comer, y a lavar su ropa”. Y así estuvo: les dio de
comer, lavó su ropa, hasta la de sus cuñados. Y como las tareas no aminoraban
durante los embarazos, su hermana abortó tres veces y tardó varios años en
parir un bebé vivo.
En estas condiciones, las primeras relaciones sexuales con su pareja se ase-
mejaron más bien a una violación. Nora explica que su madre nunca le dio in-
formación sobre la sexualidad, el embarazo, el cual es vivido con vergüenza,
ni tampoco acerca de la menstruación: “El día que me pasó, yo pensé que me
iba a morir, hasta me veía, haz de cuenta que me veía dentro del cajón y me lle-
vaban a la tumba, porque me moría. Yo nunca pensé que eso le pasaba a todas
las mujeres, yo pensé que eso nomás era a mí, porque me estaba muriendo”.
Nora fue casada a la usanza local; ésta es una parte de su vida que le resulta
muy dolorosa y le genera mucha vergüenza contarla. Cuando tenía 15 años de
edad, después de haber trabajado en Tampico y Monterrey, en una fiesta bailó
con un hombre que dijo querer casarse con ella. Sorprendida, rechazó sus in-
tenciones. Sin embargo, el hombre pidió la mano al padre, que aceptó darla en
matrimonio. Poco después, los padres del novio fueron a entregar los regalos
de la pedida y acordaron fecha para la boda. El día convenido, Nora no quiso
levantarse y fue su padre quien la sacó de la cama aventándole baldes de agua.
Por tanto, la llevó a la fuerza al registro civil, donde la estaban esperando, su
madre, sus suegros y el prometido:

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Mi papá me dijo que me tenía que casar y que ahí que no se me fuera a ocurrir decir
que no me quería casar. Porque de hecho yo ese día, yo me hice la dormida y haz de
cuenta que no escuchaba nada y mi papá me decía que “ya vámonos”, pero yo no
me quería levantar, estaba tirada en el suelo, pues no teníamos cama y estaba ahí
tirada en el piso cobijada, “y yo no quiero ir, y yo no quiero ir”, y me dijo mi papá
que me fuera y que no dijera que no me quiero casar porque ahí los que se encargan
de casar a las personas golpeaban a las personas que no se quieren casar, entonces
que no vaya yo a pasar por esa vergüenza, que me vayan a golpear, que me vayan a
pegar porque no quiero firmar un papel.

Una vez casada, después de haber ofrecido de comer a sus suegros, el hombre,
ahora su esposo, dijo que tenía que irse a la Ciudad de México, pues era su lu-
gar de trabajo; sin embargo, Nora se rehusó a seguirlo. Él anunció que volvería
al rancho para la fecha de Santos Reyes y cumplió su palabra. En la noche del
día de su regreso, acompañó a Nora a su casa porque iba a ponerle agua a los
frijoles; una vez ahí, abusó sexualmente de ella. Años después, Nora siente una
profunda vergüenza al respecto: “Mucho tiempo me maldije porque caí, no caí
por caer así nomás […]. Me siento mal, me siento mal porque como dije, él abu-
só de mí, nunca dije nada […]. Mi mamá no sabía y yo no le quise contar a mi
mamá porque yo sentía mucha vergüenza”.
Tiempo después, el hombre se fue a la Ciudad de México porque tenía
otra pareja. Nora lloraba a diario y cayó en depresión. Incapaz de compartir
lo vivido con nadie, y por la vergüenza y el miedo a ser desaprobada por sus
padres, decidió irse a trabajar a Monterrey. En este sentido, su migración fue
producto de la violencia de género.

Relaciones de dependencia simbiótica

Bajo estas circunstancias, Nora llegó de nueva cuenta a la ciudad de Monterrey,


es decir, tras haber sufrido violencia y padecido muchas carencias. No es fortuito
el hecho de que sus dientes se empezaran a picar y caer a temprana edad, sino
una evidencia de dichas carencias. Es crucial tenerlo en mente para entender
cómo se fueron construyendo las relaciones entre ella y sus empleadores.

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Simbiosis y relación filial
Para entender la forma en que Nora se somete a la autoridad de sus patrones,
hemos de considerar que se ha construido una relación de dependencia mutua
entre ella y la empleadora, y para analizarla propongo recurrir al concepto de
simbiosis, el cual es usado en biología, psicoanálisis, y en menor medida, en
antropología. Según los biólogos, “cuando dos organismos viven juntos en una
íntima unión fisiológica para su mutuo beneficio, se denominan simbiontes, lla-
mándose simbiosis a su condición”, siendo ésta similar a la que experimentan
la madre y el bebé en sus primeros momentos de vida. Ambos son para el otro
un objeto que satisface necesidades. Así, una relación simbiótica refiere al “sen-
tirse juntos dos seres humanos íntimamente unidos para su mutuo beneficio”.
Ahora bien, de acuerdo con Malher, esta relación se puede tornar patológica,
por ejemplo, si a los tres años el niño no logra la separación e individuación
de la madre, entonces se llama neurosis simbiótica (Pollock, 1964). Desde la
antropología, Evans-Pritchard calificó de simbiótica la relación de los nuers
de Sudán del Sur con su ganado, en razón de su profunda dependencia mutua.
La vida social de los nuers se organiza en torno al cuidado del ganado, mien-
tras que éste depende de las actividades humanas (1977).
Tras su regreso, Nora fue contratada en una casa donde los patrones la tra-
taron como a un infante y limitaron sus relaciones sociales:

La señora me decía que si me hago de amigas, las amigas me iban a decir, “ya no
trabajes ahí, mejor vente acá, acá te vamos a recomendar, porque acá te van a pagar
más, porque ahí te están pagando poquito”, “así te van a decir, te van a sonsacar de
aquí”, así me decía, “si son tus amigas, si son tus amigos te van a engañar, te van a
poner alguna cosa… te van a invitar a un refresco y en lo que te descuides, te van
a echar algo, te van a tomar, no vas a saber de ti, para cuando sepas ya estás em-
barazada, por eso no quiero que tengas amigos, para que no te vayan a echar algo
en el refresco.

Por lo mismo, sus relaciones de fines de semana se limitaron a su tía, que traba-
jaba en la misma colonia, y “cuando ella se fue de ahí, me quiso llevar con ella
a la colonia Del Valle, pero mi patrona no me dejó, me dijo: ‘Te vas a ir cuando
tu tía te diga que ya tiene el trabajo. Porque no te vas a ir de aquí, no tienes tra-
bajo y por ahí vas a andar rondando de un lado a otro y no tienes trabajo. Mejor

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que venga por ti cuando ya que te tenga un trabajo seguro’ ”. Para salir con sus
tías tenía que pedir permiso, aunque en ocasiones éste podía serle negado y se
quedaba en casa:

Cuando venían artistas en La Expo, yo le decía: “Señora, me da permiso de ir con


mi tía a La Expo, que van a venir artistas. Ellos van, yo también quiero ir”. Yo le
dije: “Me da permiso de ir a ver a Rigo Tovar, quiero ir a verlo, porque lo conozco
por su voz, su canción, en casete, pero yo lo quisiera conocer en vivo —no, no vas
a ir, porque por ahí puede… se pueden pelear, pueden disparar y te puede llegar
una bala perdida, una bala que no iba para ti, que era para otro se va a clavar en ti
y luego yo qué les digo a tus papás, tus papás saben que estás aquí conmigo y que
estás segura aquí”. Por eso nunca, nunca, en todos los años que estuve aquí, jamás
he entrado a ese lugar.

Su conocimiento de la ciudad quedó limitado a la colonia y el centro de la ciu-


dad, donde se reunía con sus tías. Como vemos, Nora fue infantilizada y con el
paso de los años se acrecentó la dependencia de ésta con la familia empleadora,
y viceversa. Hoy, ella es ambivalente en cuanto a su apreciación de la actitud
controladora de su patrona, pues la compara con su padre, ya que ambos la so-
metieron a través de una tutela amenazante:

Sí, [la señora es] muy estricta, pero tal vez al mismo tiempo me hace un favor. Por-
que yo pienso, […] como me decía mi papá: “Te vas, te portas bien, no quiero que un
día llegues aquí y traigas una criatura en los brazos, porque si traes una criatura
no creas que te voy a dejar entrar aquí a que veas tu mamá, allá en la calle, allá te
regresas a ver para dónde vas, porque aquí no vas a entrar”. Mi patrona me decía
lo mismo, “si sales los domingos te portas bien, te vas y te regresas temprano, te
recojo a tal hora”. Entonces tales horas yo tenía que estar en tal lugar porque ella
me recogía a esa hora, yo no podía ir ni que a cumpleaños, piñatas, nada, no podía
salir desde el sábado, yo tenía que salir el domingo a la una de la tarde y a las ocho
de la noche se me recoge […]. Pero también la señora me decía: “Te portas bien, no
quiero que tengas amigas, porque las amigas te van a decir esto y lo otro, si vas a
tener amigos te van invitar un refresco y en un descuido te ponen esto y lo otro y
entonces tú no vas a saber nada de ti”.

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A menudo, Nora recalca los buenos tratos de sus patrones, los cuales se limitan
a estar bien alimentada. Luego de las carencias vividas en la infancia y del tra-
bajo esclavo en la colonia Del Valle, dice: “Estoy a gusto aquí, desde que llegué
tengo… no sufro de comida, de nada, de nada sufro”. En la vida diaria “ellos co-
men primero y yo como después, pero como quiera siempre ha habido mucha
comida, yo sí me como un plato de comida lo que me sirvo, si quiero más me
vuelvo a servir más, si se acaba, pues no hay problema, se acabó, mañana hace-
mos otro, pero nunca me han medido ni en comida, ni en leche, ni en refresco”.
En múltiples ocasiones ha subrayado la bondad del señor, porque éste siempre
le trae su leche para que cene cereal con plátano. Simbólicamente, la leche es
el alimento por excelencia de la madre hacia su pequeño, es decir, el sustento
mismo de la vida, la cual fluye a través del seno de la madre hacia el pequeño,
cabe destacar que este acto sucede durante la época de mayor simbiosis entre
madre e hijo. Al señor, como lo he señalado con anterioridad, Nora lo ve como a
un padre. Él es la autoridad benigna para la cual trabaja en esta casa, mediante
las consignas de su esposa.
Y la mayor expresión de dependencia simbiótica ocurrió hace algunos años
cuando Nora resolvió renunciar y les anunció que entraría a un convento, según
relataremos en la siguiente sección.

Un deseo truncado: cambiarse de patrones


A sus 42 años, Nora empezó a acudir a clases de guitarra y de alfabetización,
impartidos en centros educativos católicos. Entonces su mundo se amplió y
escuchó voces alternas acerca de la relación con sus patrones. Por ejemplo,
cuando la señora quiso cobrarle por usar el cuarto entre semana, porque su ma-
rido estaba jubilado y según no les alcanzaba el dinero; la encargada del coro la
confrontó y le preguntó si sabía cuánto percibía un médico jubilado al mes, ade-
más, le aseguró que por lo menos unos 20 000 pesos. Nora empezó a reparar en
algunas situaciones abusivas, hasta que un día un reclamo desató su partida:

A veces así, nomás de repente, llegaba la señora y se molestaba, decía que yo es-
taba hablando por teléfono, que yo no hago nada, que ya es bien tarde, que no he
hecho nada, que me la paso hablando por teléfono […]. Yo decía: “Pues como que me
dice que no estoy trabajando, que nada más estoy con el teléfono, que cuando ella
quiere hablar el teléfono está ocupado, pero cómo va a estar ocupado si el teléfono

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ahí está […]”. Y luego me decía: “No, que esta comida no sabe bien, le echaste de-
masiada sal, ¿qué cosa le hiciste a esta comida?” Andaba siempre buscando cómo
molestarme, entonces yo… como le dije a la señora “algún día voy a explotar”, pues
ya exploté y ya.

Para salirse sin tener que enfrentar a la patrona argumentó que había decidi-
do tomar los hábitos: “Ya estuve platicando con las hermanas y ya me dieron
clase de esto y de lo otro, pues yo creo que ya me voy a probar mi vocación’,
entonces yo escribí una carta donde le daba gracias de todo lo que había reci-
bido de ella, entonces hace cinco años más o menos […]. Hubo como muchas
cosas, se juntaron, ahí donde ya no pude y dije yo ‘me voy’, entonces empecé a
sacar mis cosas de ahí de la casa, me fui de la casa”.
La encargada del coro le consiguió un empleo con otra familia. A esta nue-
va patrona la describe como “muy buena persona, muy linda gente” pero dice
que “por más que traté de acoplarme no pude, no pude”, especialmente por la
alimentación, porque se desayunaba temprano y fuerte, comían alimentos pi-
cosos y salados y no le tenían su leche. Al término de un mes, resolvió renunciar
y se dirigió a casa de sus padres en el rancho, donde se sintió incómoda con la
actitud de su padre:

Será que como veo que mi papá se enoja, pues yo creo que por eso, yo no aguanto
que me estén diciendo “que se echó a perder tanta comida, tomas mucha leche,
es mucho gasto de leche, tomas mucho refresco”, por eso yo siento que no puedo,
yo quiero como estoy acá. Y allá, con la señora, no me compraban la leche que yo
acostumbro tomar, ellos compraban otro tipo de leche […]. Yo se lo decía, pero
[me] decía “no es que no había de esa leche y trajimos de esta leche”, porque yo les
dije con tiempo […] “nomás que yo soy muy lechera” a Sandra,10 le dije yo, “yo tomo
mucha leche y mucho refresco”.

Con el argumento de la carencia de leche (símbolo de dependencia simbiótica),


Nora verbaliza el sufrimiento experimentado por la separación con sus patro-
nes. Es así que observamos un estado de dependencia simbiótica entre Nora y
su empleadora:

10 Persona que colocó a Nora con esta familia.

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Yo sabía que ella estaba mal, pero no me acuerdo ni por qué, pero parece que la
señorita [del coro]…, es que no me acuerdo cómo estuvo, pero yo me enteraba que
ella sufría. Yo le hablé, le hablé a la señora y las dos veces que le hablé, ella estaba
con la Biblia y por eso me contestó, de hecho, cuando yo regresé ella me dijo que le
aconsejaron mucho… Que sacerdotes y amigas le aconsejaron que ya no me reci-
biera, si me había ido, que me fuera, pues que ya no me aceptara, que si yo le pedía
de favor que regresara, que ya no me acepte, porque estaba cometiendo un grave
error. Pero yo también estaba sufriendo mucho, que hasta llegué a pensar, dije yo
“si la señora no me acepta, pues yo lo siento mucho, pero voy a buscar un puente
y me aviento y voy a aprovechar cuando estén pasando muchos carros y ahí me
voy a aventar, porque ya no voy a poder regresar con la señora”, yo así pensaba,
porque era tanto… Y te digo que fui a la casa y no pude estar en la casa mucho
tiempo, porque yo lo que quería era ver la cara de la señora, quería estar con ella
de frente a frente, no podía pensar de que yo ya no podía regresar con ella. Volví
a sufrir yo cuando ella me habló, mi mamá estaba internada y le digo, “señora, mi
mamá está internada”, con esa palabra le recibí el saludo, como quien dice, ella me
habló y con esa palabra le contesté, lo que ella me dice: “Yo no te estoy hablando
para que ya te vengas, nada más te estoy hablando para saber cómo estás y si vas
a venir todavía o ya no vas a venir, porque si ya no vas a venir, repórtate con mis
hijos, yo me voy a salir de la casa y sacas tus cosas, porque yo no quiero estar pre-
sente cuando saques tus cosas de mi casa”, así me dijo. Yo sentí muy feo que me
hablara así de esa manera.

Una vez que se reestableció su madre, regresó a Monterrey por falta de recur-
sos propios y por las quejas constantes de su padre por tener que alimentarla.

El poder de curar: cuidados vitales


El estado de simbiosis supone que los simbiontes son interdependientes para su
beneficio mutuo. Por otra parte, Nora también tiene un gran ascendente sobre
la familia al prodigarles cuidados de carácter vital: maneja un conocimiento
que le confiere poder, dado que sabe curar por medio de velas, huevos, hierbas
y rezos. Nora asumió que tenía ese poder cuando en Tampico su patrona le pi-
dió que le hiciera una “barrida”, es decir, una curación que se realiza con huevo
y se conoce también como una “limpia”:

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Ella nomás me dijo que quería que le hiciera una barrida, que ese día se sentía muy
mal y que si le podía hacer una barrida. Y yo me acordé que a mí me dijeron cuando
me fueron a hacer una curación, a mí me dijeron: “Tú has venido a este mundo y
no has venido a este mundo así nomás, sino que traes una misión… traes una mi-
sión y cualquiera de estos [días] se puede llevar a cabo, traes para ser curandera,
partera, rezandera o tocar un instrumento”. Y yo me acordé cuando […] y dije “sí,
acuéstese”, le dije a la señora, por primera vez hice una curación con unas ramas.

La primera ocasión que realizó una curación en casa de sus patrones fue cuan-
do una nieta se cayó de una escalera. En otra oportunidad, la curó usando tres
huevos y le dijo a la madre que tuviera mucho cuidado cómo los iba a escoger.
Los leyó y vio a la madre con el niño en brazos y a la niña hacia lo lejos. Enton-
ces le pidió a la madre que los quisiera por igual, dando la imagen de un kilo
para cada uno. En otra situación, atendió al hijo de su patrona, que estaba muy
enfermo:

Estaba muy grave, estaba helado, parece que hubiera metido la mano en el hielo.
Ahí estaba yo en su casa cuando la esposa me dijo: “Nora, dice Roberto que si vas
allá, que le hagas una barrida, que se siente muy mal”. Cuando yo fui y toqué su
mano, parece como si hubiera metido su mano en el hielo, le hice la barrida con el
huevo y empezó a entrar en calor, al ratito ya andaba sentado ya riéndose. Cuando
estaba cascabeleando los dientes, como si estuviera a cero grados y helado, helado,
nomás le pasé el huevo en su cuerpo… y ya.

A partir de ahí las solicitudes de curación se hicieron más comunes, sin embar-
go, Nora les tuvo que explicar que curar requiere de mucha energía, por lo que
no puede hacerlo tan frecuentemente: “Yo me quedo en realidad sorprendida,
porque también cuando yo agarro un huevo, lo paso… yo siento que me de-
bilito, de hecho yo le dije a la señora ‘yo ya no quiero hacer esto, porque me
debilito cuando cargo de energía el huevo para hacer una barrida’, le dije yo a
mi patrona”. Estos dones han colocado a Nora en una relación de carácter vital
con los miembros de la familia y refuerzan los sentimientos entre ambos: “Ellos
se sienten muy bien, se han sentido muy bien cuando yo les hago la oración y
les hago una barrida, ellos se sienten bien. Por eso cuando voy me extrañan, se

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sienten mal y quieren que ya llegue yo para que ya con esa barrida del huevo, el
huevo se lleva todo lo negativo”.
Es interesante notar que el patrón y su hijo son médicos, sin embargo, el pa-
dre es la única persona a quien Nora no le ha realizado una curación. En esta
situación observamos una similitud de creencias entre una familia de médicos
y la trabajadora del hogar nahua, es decir, coinciden en la complementariedad
de la medicina alopática y la tradicional mexicana. Según Nora, para los nahuas
“lo que ve el curandero no lo ve el médico, y viceversa, uno no es suficiente, falta
el otro”. Asimismo, opera una inversión de papeles entre la empleada y la familia,
pues los cura y les prodiga fuerza vital. Con el poder de la curación se vuelve
una persona que aporta un soplo vital y garantiza la salud.

Descuidos médicos
La simbiosis como concepto nos permite explicar por qué esta relación per-
dura desde hace más de tres décadas, pese a la carga excesiva de trabajo, el
trato humillante y las amenazas de la patrona. Incluso, los cuidados vitales
que Nora les prodiga no son correspondidos por los médicos alópatas de la
familia, que desprecian las dolencias de ésta. Nora, como persona dependien-
te, espera que la atiendan. Esta situación ha llegado a su extremo hace años,
cuando le creció un tumor en la matriz, cuyo desarrollo duró varios años.
En un principio sintió una bolita del tamaño de una aceituna, pero cuando
se lo comentó a la señora ésta le contestó que “eran cosas suyas”, por tanto, Nora
lo dejó pasar. Siguió creciendo hasta alcanzar el tamaño de una naranja, enton-
ces recuerda cuánto le dolía cuando lavaba ropa a mano en el fregadero. Nora
también lo comentó con una amiga, que le recomendó consultar a un médico;
asimismo, cuando su madrina y su tía le propusieron llevarla con un doctor, ella
no accedió: “Pero con esa vergüenza de que me va a ver el doctor. Y vergüenza,
vergüenza, vergüenza. Hasta que llegó el día en que me operaron”. Siguió crecien-
do el tumor hasta alcanzar el tamaño de un melón; bajo estas circunstancias,
durante un viaje a su pueblo tuvo una hemorragia que la dejó anémica:

Mi mamá lo supo, hasta mi papá lo supo, pero yo nada más me acostaba, me ponía
uno de esos [toallas] y ya de ratito me levantaba, toda empapada, luego ya me lo cam-
biaba y un ratito y otro y ahí iba a cambiarme. Hasta que un día ya me levanté, yo me
sentía todo… donde quería caminar, me sentía débil, me quería desmayar, yo me di

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ánimos para poder subir a hablar por teléfono, porque entonces no teníamos teléfono,
me encuentro con una persona, me dice “qué tienes —nada”, con una voz de tristeza
que no pude con ella, “te ves muy mal”, me dice el hombre, “me enfermé, me siento
mal”, le dije. Pero no le dije de qué y luego ya me vengo, me dice la señora, “ya vente,
qué estás haciendo ahí, nada más te estás enfermando, tienes que venir a la ciudad,
tienes que trabajar para que te sientas bien”. Bueno, pues así, con las fuerzas que se
me iban al suelo así me animé a venirme a la ciudad. Cuando me vine a la ciudad me
dice la señora: “¿Pues qué tienes?, te ves muy delgada y nomás la pancita”, parecía
que estaba embarazada, cualquiera diría que sí, cuando yo me vine aquí lo platiqué
con la señora, el señor y la señora platicaron con Roberto. Habló donde trabajaba
ahí en la clínica, decidieron llevarme a tomarme un eco. Ah jijo, donde me llevan a
tomarme el eco y me dice Roberto: “Tienes un tumor, te tienen que operar, porque
si no se te opera ese tumor se te va a reventar y puedes perder la vida” así me dijo.

La vergüenza que sentía se relacionaba con el tabú de la sexualidad y el trau-


ma que jamás había verbalizado. Cuando fue violada asumió que ella había
actuado mal, por lo cual, relacionó el crecimiento del tumor con este abuso.
Hasta entonces fue que pudo hablar con su madre de lo sucedido años antes:
“Me siento mal porque él abusó de mí, nunca dije nada, mi mamá se enteró
cuando ya me iban a operar de la panza, le dije yo, de eso hace como ocho
años o nueve, tiempo pasado de mi operación, porque yo pensé que era por
eso. Mi mamá no sabía y yo no le quise contar a mi mamá porque yo sentía
mucha vergüenza”.
Luego de la cirugía estuvo un tiempo en reposo, sin laborar. En años recien-
tes se le siguieron complicando las cosas para atender su salud sin tener que
depender de sus patrones. Ahora bien, al asistir a cursos de fines de semana
ha ido tejiendo más relaciones sociales y adquiriendo mayores recursos inter-
nos y sociales.

Resistir las amenazas y abrirse al mundo


Desde que Nora empezó a tomar clases de música y alfabetización tiene más
confianza en sí misma, cuenta con más recursos para encarar a sus patrones y
no adoptar una actitud tan dócil en momentos de conflicto. Un recurso común
de la señora para aplastar las resistencias de Nora es posicionarse como alguien
que sí tiene derechos frente a la trabajadora, desprovista de éstos:

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Hace poco, en junio, o julio, yo estaba cocinado y me subí al segundo piso, yo iba por
dos motivos, el primero, hacer mis necesidades, y de paso ver si mi teléfono estaba
cargando. Cuando iba subiendo escuché sonar el teléfono de la casa, el señor con-
testó y dijo “no está”, voy al cuarto por mi celular y suena, era la hermana Federica.
—¿Dónde estás?
—En el trabajo.
—¿Cómo?, si acabo de colgar, hablé con tu patrona y me dijeron que no estás.
—No, aquí estoy. Luego me dijo de qué se trataba, me hablaba para la junta del
sábado.
Me bajo y la miro [a la patrona]. Me dice: “¿Qué, el celular?”.
—La hermana Federica. Acaba de hablar con usted y dice que no estoy.
—Esta monja siempre está molestando, todos los días está molestando.
—No es cierto, no me molesta todos los días, le dije yo. Me habla para avisarme
de la junta.
—¿Ya no quieres trabajar conmigo?
—No si usted ya no quiere que me quede, que trabaje con usted, me voy, como
dice la gente, si una puerta se cierra, tengo muchas puertas de par en par, y me
están esperando.
—¿Te quieres ir? Si te vas a ir no creas que te vayas a ir nomás así, si te vas me
vas y ya no quieres saber de nosotros, te vas, pero me vas a tener que firmar unos
papeles ante un abogado.
Le dije a la señora: “Antes me pide la firma y se la doy, pero he cambiado. Antes
de estudiar no sabía cuáles son mis… [derechos] no sabía yo nada, antes si usted
me regañaba y qué pasaba. Me desaparecía un rato, a llorar en el baño, ahora me
defiendo, si me pide firma no firmo ni un papel, cuando entré en la casa no firmé
ni un contrato, no firmo cuando me voy, ni tuve un seguro social.
—Pero Roberto siempre te ha atendido...
—Le agradezco, me ayudó, porque sé que en la noche cualquier enfermedad, sé
que está el señor. De haber tenido un seguro, ahorita estaría jubilada y recibiendo
una pensión mensualmente, pero como no tengo esto, voy a trabajar hasta que no
pueda levantarme, que esté tirada y usted me va a desocupar.

Al concluir, agrega: “En aquel tiempo no podía hablar. No podía decir lo que
ahorita le estoy diciendo”. En esa oportunidad Nora volteó el discurso de los

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derechos a su favor, enfatizando que ella no está obligada con su patrona y que
cuando quiera se puede ir. Es inevitable comparar esta situación con las conver-
saciones que sostienen las empleadas del hogar en Río de Janeiro acerca de sus
patronas en la sala de espera del sindicato. Como bien lo subraya Dominique
Vidal (2007), quién sabe qué tan cierta sea la situación reseñada, sin embargo,
el imaginarla y verbalizarla en presencia de las compañeras hace que cobren
vida. Como tal, se trata de un acto de resistencia.
Así como las trabajadoras en Río encuentran en el sindicato un espacio
para resistir y desarrollarse, los cursos de fines de semana constituyen espa-
cios de sociabilidad y de crecimiento personal. Nora, además de alfabetizarse,
ha aprendido a tocar la guitarra y el violín; asimismo, es notorio el gusto que le
provoca la guitarra. Es así que por las noches cuando está a solas en su cuarto
toca canciones religiosas, ensaya nuevas tonalidades y las letras que compuso.
Este don musical lo ha ido desarrollando hasta tal grado que, después de un
tiempo, las hermanas le ofrecieron enseñar a otros a tocar la guitarra “para se-
guir con la labor de Vicente María”. No recibía pago por impartirlas, pero tam-
poco le cobraron las clases que tomaba, pues se trataba de un intercambio de
favores. Cuando se enfermó la hermana Federica se suspendieron las clases en
el convento y Nora acudió a otra escuela religiosa, esta vez del Opus Dei, donde
imparte clases de música y las cobra, lo cual le genera un ingreso extra.
Estos espacios de sociabilidad permiten que las jóvenes convivan y se ca-
paciten, dado que ahí les ofrecen actividades formativas (educación primaria,
costura, música, etcétera); religiosas (misa, retiro, peregrinación), y paseos. Si
bien, como lo vimos con anterioridad, se trata de agentes del biopoder y de es-
pacios donde las trabajadoras son evangelizadas y educadas a respetar las nor-
mas tradicionales de género, sin embargo, en el caso de Nora, el haber acudido
a este lugar le permitió liberarse, en parte, de la tutela de sus patrones.
Hoy en día disfruta tocar instrumentos musicales, reunirse con sus pri-
mas, comadre y amigas, además de que ha conseguido mayor independencia
afectiva con sus patrones. También, durante la última década logró superar el
aislamiento, abrirse y desarrollarse como persona. Nora, como una mujer re-
ligiosa al servicio de Dios, se abrió al mundo y ha traspasado las paredes de la
casa donde antes vivía recluida.

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La edad de los dilemas

Nora ya tiene 55 años y con el paso del tiempo su madre, su patrona y ella han
envejecido. Su cuerpo se resiente del exceso de trabajo, es así que por tempora-
das le duele la espalda o se esclerosan las venas de sus pies. Sin embargo, tiene
ánimos de seguir laborando y se mantiene al pendiente de las necesidades de
su madre, que ahora es viuda y cuya salud es delicada. En sus idas al rancho
Nora siempre enfrenta una realidad que le desagrada: su cuñada no está al
pendiente de su madre como ella quisiera. Asimismo, sus visitas son motivo
de angustia de parte de la señora, que la fuerza para que regrese a Monterrey.
Por su parte, sus hermanos la presionan para que se instale en el pueblo y
atienda a su madre. Sin embargo, en el pueblo no tendría cómo mantenerse
y no sabe qué hacer. A dos fuegos, Nora va y viene entre la ciudad y el rancho,
alternando cuidados.
A su vez, sueña con tener una casa propia, sueño que ha logrado a medias,
pues hace una década, luego del conflicto con su patrona, adquirió un terreno a
80 kilómetros de Monterrey; cabe aclarar que sus patrones le financiaron la com-
pra mediante un préstamo con intereses. Al aceptar las condiciones, Nora firmó
un pagaré con una tabla de pagos; para 2005 el terreno era suyo e inició la cons-
trucción de una casa de blocks. Poco a poco ha ido acondicionándola, por ejemplo,
recientemente compró alambre para cercar el terreno. Es importante mencionar
que en la colonia donde se encuentra su casa residen otros migrantes de origen
rural y, en general, el área está poco poblada. Invirtió mucha energía e ingresos
para construirla, lo cual tuvo un efecto terapéutico y creó mayor individuación
en relación con sus patrones. Cada vez que iba a su rancho, de regreso pasaba
por su casa para darle mantenimiento “porque si no meto mano, quién lo va a
hacer”. Cuando Nora terminó de pagar el préstamo hizo firmar una constancia
a sus patrones de que ya no les debía nada: “Así como ustedes me hicieron firmar
un papel cuando pedí prestado, así yo también quiero que me firmen un papel”.
Siempre ha sido su deseo construirse una casa en el rancho, pero éste nunca
se concretó. Primero, por ser una mujer y no estar casada. Segundo, para tener
derechos es necesario participar en las faenas y pagar cooperación; dado que
no reside allá, no puede participar en éstas en calidad de “vecina”.11 Además,

11 Corresponde a la categoría de ciudadana en su rancho.

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su padre nunca aceptó darle un solar de sus tierras y heredó la casa paterna al
hijo menor. De esta forma, sus distintos intentos de conseguir un terreno para
construir quedaron sin concretarse, en medio de tensiones familiares. Por lo
mismo, tener una casa a las afueras de Monterrey constituyó un logro, aunque,
con el escalamiento de la inseguridad en la región noreste, la zona se tornó
insegura y Nora dejó de visitarla. Quedó deshabitada y fue hurtada en varias
ocasiones hasta quedar vacía. Hoy en día la visita de manera ininterrumpida.
Sin embargo, ella sigue viviendo como una persona que no tiene hogar propio,
tal vez por eso, Nora deambula los fines de semana cargando bolsas de todo
tipo y llevando sus instrumentos al hombro.
Cuando este libro esté publicado, Nora estará por cumplir 60 años. Igual-
mente, reconoce que: “Cada día que amanece nos va restando el tiempo, nos
vamos desgastando… entonces ya no tiene uno la misma fuerza, se siente que
todo disminuye”. Nora, como el común de las trabajadoras del hogar en México,
no tendrá derecho a una jubilación por años de servicio. Por ello, tal vez dejará
de laborar por el desgaste físico, o cuidará al señor o a la señora hasta que fa-
llezcan, o regresará al pueblo donde instalará un pequeño negocio. Una de sus
tías ya la ha confrontado acerca de su futuro:

“¿Tú piensas trabajar toda la vida?, al rato ya no vas a poder”, entonces yo le digo,
porque me dice: “¿Vas a trabajar cuando tengas ochenta años, todavía vas a traba-
jar?”, y yo les contesto: “Pues mientras tenga vida, tenga salud, tenga trabajo, yo voy
a trabajar aunque tenga ochenta, noventa o cien años, si tengo trabajo y me siento
con fuerzas, con salud para poder sacar adelante eso, sí, ¿por qué no?”, porque yo
pienso de que… sí, así lo pienso yo, tener esas tres cosas, salud, vida y trabajo… voy
a continuar hasta donde Dios quiera y en cuestión de ver la situación… en cues-
tión a oportunidades, pues yo siento que hay más oportunidades aquí que allá en
el rancho, sí, así lo veo […]. Aquí está don dinero.

Sin duda, resulta incierto saber quién cuidará de ella cuando sea grande, no
obstante, esto no le preocupa, porque lo que verdaderamente le importa es
cómo va a salirse de casa de los señores sin que esto signifique un conflicto.
Así se expresaba Nora en 2009, cuando aún visitaba su casa de campo los fines
de semana:

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Yo me quiero ir a mi casa, no me quiero ir enojada, porque como dice la señora, si
un día nos separamos, separémonos como buenas amigas. Estoy de acuerdo, yo
vivo sola y a mí no me gustaría irme a mi casa, trabajé con usted muchos años,
y de la noche a la mañana salimos peleando, y no vamos a saber nada de usted y
yo de usted. El día que quiero venir, vengo, la visito, si quiere ir a mi casa puede
llegar. Si llega acá, un café, como quien dice, cada quien ofrece lo que tiene. En mi
casa… mi pensamiento es hacer una tienda, aquí en mi casa.

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