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LOS CAMBIOS QUE TRAJO EL CÓDIGO PROCESAL CIVIL DE 1993

Frente al Código Civil de 1984, de matriz marcadamente liberal, individualista y ajeno a las
diferencias económicas y culturas de la sociedad, el Código Procesal Civil se construye sobre
bases constitucionales, colocando a la paz social como fin supremo (art. III) y a los derechos
a la tutela jurisdiccional efectiva y al debido proceso (art. I), como principios informadores
de la actividad judicial , como referentes interpretativos primarios para la aplicación de las
normas (art. III, segundo párrafo) y para el efectivo reconocimiento de los derechos
procesales y de los que son puestos en juego durante el desarrollo de las causas (art. III,
primer párrafo). Pero también, como criterios de actuación no sólo jurídicos, sino éticos
tanto de los Jueces y auxiliares, como de las partes en conflicto y sus abogados.

Es en ese contexto donde debe valorarse la apuesta del Código en colocar al Juez como
director del proceso (art. II), ello implico la atribución del carácter publicista al proceso civil.

Con respecto al resto de normas contenidas en el Código, más allá del elaborado tratamiento
de las categorías e institutos fundamentales de nuestra ciencia procesal (nos referimos al
tratamiento de los conceptos de demanda, contestación, reconvención, pretensión, acto
procesal, sujetos del proceso, sucesión, sustitución procesal, formas especiales de
conclusión del proceso, competencia y jurisdicción, litisconsorcio e intervención de terceros,
acumulación objetiva de pretensiones, sentencia y cosa juzgada, etc.) que por razones de
espacio no es el caso desarrollar, podemos sintetizar en tres los alcances más importantes
que posee el referido cuerpo legal: la postulación del proceso, la diferenciación de la
tutela procesal y, al interior de ésta, particularmente, el tratamiento de la tutela
cautelar.

 En cuanto a la postulación del proceso, cuyos elementos fueron discutidos hasta


la saciedad a lo largo del siglo XX, el Código prevé un tratamiento coherente e
innovador. La postulación prevista por el Código Procesal Civil parte de la
identificación de los elementos que componen la pretensión (petitorio y causa
petendi), exigiendo al actor que los desarrolle plenamente en el escrito de demanda,
acompañando además todos los medios probatorios (arts. 424 y 425). La
modificación de la demanda (art. 428), así como la posibilidad de presentar medios
probatorios sobre hechos nuevos o de indicar (para su posterior utilización) aquellos
que, al momento de demandar, no estén disponibles son situaciones jurídicas que
también se encuentran convenientemente previstas en el referido cuerpo legal. Por
otro lado, se regulan explícitamente los requisitos y el contenido para la contestación
de la demanda (art. 442), así como la eventual reconvención, exigiéndose, para esta
última, que guarde conexidad con la “relación jurídica invocada con la demanda”
(art. 445). Del mismo modo, se indican los requisitos para la obtención de una
sentencia (los llamados presupuestos procesales y condiciones de la acción), de
manera que, la ausencia o fallida configuración de alguno de ellos da lugar al rechazo
de la demanda por inadmisibilidad o improcedencia, dependiendo que estemos
frente a un vicio subsanable o no, respectivamente (arts. 426 y 427). Esta
declaración se puede realizar de manera liminar, es decir, durante la calificación de
la demanda o en cualquier momento posterior hasta la expedición del auto de
saneamiento, es decir, de la resolución que concluye propiamente la fase
postulatoria (art. 466).

Hasta ahí la cuestión procedimental. La coherencia e innovación se explican en el


tratamiento uniforme que se otorga, precisamente, a los requisitos para la obtención
de una sentencia (tradicionalmente conocidos como los requisitos para la
configuración de una relación procesal válida y para un pronunciamiento válido sobre
el fondo), en cuanto se supera la discusión teórica sobre la naturaleza procesal o
sustancial de las categorías jurídicas que las componen (colocándose en el mismo
grupo la cosa juzgada, la litispendencia, la caducidad o la prescripción, por citar
algunos ejemplos), reconociéndose implícitamente que la deducción de cualquiera
de ellas –sea a pedido de parte (vía excepción) o de oficio (cuando corresponda)–
da lugar a un incidente sobre hechos impeditivos, modificativos o extintivos que
poseen la particular aptitud de concluir anticipadamente el proceso sin necesidad de
la expedición de una sentencia, es decir, sin necesidad de que haya un
pronunciamiento sobre los hechos constitutivos de la demanda, ni valoración de los
medios probatorios que la sustentan. Ciertamente, lo ideal es que todo proceso
concluya con un pronunciamiento sobre la fundabilidad o no de aquélla, no obstante,
sin necesidad de afectar la validez de esa premisa, no menos exacto es que, en
algunas ocasiones, la correcta deducción de un hecho impeditivo, modificativo o
extintivo, abrevia una discusión innecesariamente dilatoria sobre un derecho que,
precisamente por la circunstancia deducida, no puede ser reconocido a nivel
jurisdiccional. En otras palabras, el Código ofrece, innovadoramente en sede
nacional, un conjunto de reglas (recogidas básicamente en los arts. 446-457 y 465-
467) que, respetando el principio del contradictorio, pero también el de economía
procesal, permiten obtener un pronunciamiento con autoridad de cosa juzgada (art.
123) que, en condiciones temporalmente oportunas, determina el rechazo de la
demanda, evitando que a futuro se vuelva a iniciar una proceso en los términos
originalmente planteados.

 Con respecto a la diferenciación de la tutela procesal, el Código acoge la clásica


tripartición de los procesos (de manera explícita: de conocimiento, de ejecución y
cautelar) y de las tutelas en función de su eficacia (de manera implícita: meramente
declarativa, de condena y constitutiva), estableciendo además, con respecto al
proceso de conocimiento, tres modalidades procedimentales (conocimiento pleno,
abreviado y sumarísimo), dentro de las cuales –con relación a las dos últimas– se
prevén reglas especiales que facilitan la tramitación de una variada gama de
controversias específicas (interdictos, tercerías, desalojos, etc.). Sin perjuicio de
estos notables logros, sobre todo si tenemos en cuenta que nuestra reforma procesal
se construyó en un ambiente donde escaseaban los estudios doctrinales sobre la
materia, restan aún –a efectos de alcanzar una tutela procesal de los derechos más
plena y acorde con los actuales requerimientos de la justicia civil– por regularse
convenientemente, por un lado, la tutela preventiva, que permita a los usuarios de
la justicia no sólo acudir al Juez alegando la violación de su derecho, sino también
la simple amenaza de dicha violación (tal como sucede con el proceso de amparo);
por el otro, la tutela de los derechos no patrimoniales, dotando al Juez, de manera
complementaria al clásico recurso a la ejecución forzada, de medidas coercitivas que
permitan el cumplimiento de las sentencias en sus propios términos, antes que por
su equivalente monetario.

 Por último, tenemos la generosa regulación que nuestro ordenamiento concede a la


tutela cautelar, ratificando así la promesa del art. I, en cuanto reconoce el derecho
fundamental a la tutela jurisdiccional efectiva. La medida cautelar, como ya se
conoce, es el principal mecanismo para asegurar la eficacia del proceso,
neutralizando los eventuales perjuicios que puede producir su excesiva duración o la
actividad maliciosa de la contraparte, mientras se espera el pronunciamiento de la
decisión que pone fin al proceso. En esa línea eminentemente garantista (esta vez
en sentido propio) el Código establece con pulcritud cuáles son los requisitos para
su concesión (peligro en la demora, verosimilitud del derecho y adecuación) y para
su ejecución (caución); cuáles sus características esenciales (provisionalidad,
instrumentalidad, variabilidad, etc.) y cuáles sus modalidades, es decir, desde las
clásicas (secuestro, embargo o anotación de la demanda) hasta las más elaboradas
como el caso de las medidas innovativas y de no innovar. Por último, a efectos de
evitar que las partes y el Juez se vean limitados por la letra de la ley, el ordenamiento
procesal reconoce a este último un poder general de cautela, en el sentido de
permitirle el otorgamiento de medidas cautelares atípicas, siempre que la parte
demuestre la plena adecuación e insustituible necesidad de la cautela solicitada.

PRINCIPALES REFORMAS PARA EL CÓDIGO PROCESAL CIVIL

1. Necesidad de regular el proceso monitorio

Resulta necesario la incorporación de este tipo de tutela procesal, entendido el proceso


monitorio como un proceso especial, provisto de cognición plena eventual y sumarización
en el procedimiento, que se emplea para aquellas pretensiones de dar sumas de dinero,
que se presumen no van a ser contestadas por el deudor; en donde, a partir de la expedición
de un mandato inicial de pago, sumado a una técnica procedimental consistente en la
inversión de la iniciativa del contradictorio, se tiende a la rápida creación de un título
ejecutivo. Ello a fin de evitar el abuso del derecho de la defensa y controlar la defensa
maliciosa.

Así, debe de tenerse referencias de sus implicancias y ventajas en las legislaciones


comparadas, como: la Ley de Enjuiciamiento Civil española del 2000 (artículo 812º), y el
Codice di Procedura Civile italiano (artículos 633 a 656).

2. Ampliar y regular algunos tipos de tutela procesal.


Resulta necesario la incorporación de nuevos tipos de tutela procesal, como son las
denominadas tutelas diferenciadas: tutela de urgencia y tutela anticipatoria. Ello a fin de
salvaguardar de una mejor manera la eficacia de la tutela procesal de los derechos
materiales.

Así, debe de tenerse referencias de sus implicancias y ventajas en las legislaciones


comparadas, como la brasileña (tutela anticipada, tutela específica, y tutela de urgencia), y
la argentina (tutela inhibitoria).

3. Reformar la tutela de derechos colectivos y difusos.

Si bien, se encuentra regulado la tutela de derechos difusos (Artículo 82 del CPC) y se


establece que interés difuso es aquel cuya titularidad corresponde a un conjunto
indeterminado de personas, respecto de bienes de inestimable valor patrimonial, tales como
el medio ambiente o el patrimonio cultural o histórico o del consumidor. Es de advertir que
se requiere importantes cambios e incorporaciones para una correcta regulación, como son
la legitimidad para obrar en este tipo de procesos, la facultad de variabilidad de la demanda,
la precisión de la extensión de la cosa juzgada, entre otras.

4. Necesidad de incorporar la carga dinámica probatoria.

Si bien, en nuestra legislación, el Código Procesal Civil en su artículo 196° regula la carga
de la prueba, y señala que “la carga de probar corresponde a quien afirma hechos que
configuran su pretensión, o quien los contradice alegando nuevos hechos”. Por lo que,
podemos apreciar del Código Procesal Civil, establece la distribución de la carga probatoria
en una u otra parte del proceso según se presente el caso en particular, por lo tanto se
entiende como regla general que las partes en el proceso tienen la carga de ofrecer los
elementos de prueba que sustenten las afirmaciones vertidas, pues de no ofrecerlas como
consecuencia resulta el no amparo de sus pretensiones. En ese sentido, en nuestro país rige
la teoría de la carga estática de la prueba, donde los hechos afirmados por el demandante
(hechos constitutivos) deberán de ser probados por él mismo, así mismo los hechos
alegados por la contraparte –demandado- (hechos extintivos) deberán seguir la misma
regla, es decir probados por ésta parte procesal.

Sin embargo, a la actualidad la carga dinámica de la prueba se discuten como una nueva
propuesta en nuestro sistema procesal, como nueva idea o corriente para el mejor
tratamiento de los conflictos de intereses puestos a conocimientos del órgano jurisdiccional.
Así tenemos esta teoría de la carga dinámica de la prueba que implica que la carga de la
prueba recae sobre la parte que por su situación se encuentra en mejores condiciones de
acercarla u ofrecerla al proceso. Es decir, esta teoría sostiene que en determinados
supuestos, excepcionales, la carga de la prueba recae sobre la persona que se encuentra
en mejores condiciones para aportarla al proceso.

Así, debe de tenerse referencias de sus implicancias y ventajas en las legislaciones


comparadas, como: Nuevo Código Procesal Civil Brasileño (artículo 373 § 1), Proyecto de
Ley del Nuevo Código Procesal Civil Chileno (artículos 294) Ley de Enjuiciamiento Civil
española del 2000 (artículo 217.7), y el Código General del Proceso Colombiano (Artículo
167).

4. Reforma del Proceso Cautelar

Entre las principales reformas, consideramos las siguientes:

 Reestablecer parámetros para la concesión de la medidas cautelares (apariencia del


derecho, peligro en la demora, fijación de la forma de medida cautelar y los alcances
de la contracautela).
 Establecer parámetros para la razonabilidad de la concesión de la medida cautelar,
a fin de evitar los efectos irreversibles de la medida concedida.

5. Revisión de la Cosa Juzgada Fraudulenta.

Si bien, esta institución se encuentra regulado en el Artículo 178 del CPC, resulta insuficiente
y hasta contradictoria, para lo cual se debe de revisar y precisar lo siguiente:

 Precisar las reglas de competencia de la pretensión.


 Precisar el momento de inicio del cómputo de plazo para interponer la pretensión.
 Precisar la legitimación activa en estas pretensiones.

6. Reformar La Casación

Entre las principales reformas, consideramos las siguientes:

 Resulta necesario que no se suspenda la ejecución de la sentencia cuando se tramita


la casación, ya que conforme a las legislaciones de Italia, Colombia, Francia, y chile.
Así también, la revisión de la procedencia excepcional del Recurso de Casación.
 Redefinirse el papel de la corte suprema como corte generadora de jurisprudencia
vinculante, sumada a ello.
 Resulta necesario un correcto tratamiento y creación de un sistema de precedentes.
 Revisión de los artículos 388° y 392° del CPC, para que la improcedencia que se
declara exclusivamente por la Sala de Casación, sea también una facultad de las
Cortes Superiores para declarar la improcedencia de aquellos recursos que,
manifiestamente, son improcedentes, ello para tutelar el principio de economía
procesal.
 Evaluar y analizar el conceder a la Corte Suprema la facultad conocida como
“certiorari” , que es una especie de facultad de selección para regular el ingreso del
recurso, permitiéndole rechazar los recursos carentes de todo mérito sin necesidad
de una prolija fundamentación; es decir, abriendo una excepción al artículo 392°, in
fine, del Código Procesal.
 Evaluar la necesidad de incorporar una Corte Única De Casación, prescindiéndose de
las actuales Salas Permanentes y Transitorias.