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Índice de contenido
Portadilla
Legales
Introduccion
Parte I
El status de lo inconsciente
Dos hipótesis básicas del psicoanálisis
Hacia un modelo de la actividad psíquica
Acerca del conflicto edípico
Parte II
Las rupturas epistemológicas del pensamiento freudiano
Primera formulación freudiana del aparato psíquico
Los caminos de la pulsión
...Veinte años después
La cura por la palabra
Parte III

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Introducción
El modelo teórico de Carl Gustav Jung
La escuela de las relaciones objetales de Melanie Klein
La teoría vincular y de la enfermedad única de Enrique Pichón Rivière
Bibliografia
Psicología
Lo inconsciente
José Töpf
Heberto A. Rojo

ZEMQURA
Töpf, José
Psicología, lo inconsciente. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :
Eudeba, 2014. - (Psicología)
E-Book.
ISBN 978-950-23-2252-0

1. Psicología.

CDD 150

Eudeba
Universidad de Buenos Aires

Primera edición: febrero de 2014

ZEMQURA
© 2014

Editorial Universitaria de Buenos Aires


Sociedad de Economía Mixta
Av. Rivadavia 1571/73 (1033) Ciudad de Buenos Aires
Tel.: 4383-8025 / Fax: 4383-2202
www.eudeba.com.ar

Diseño de tapa: Juan Cruz Gonella

Digitalización: Proyecto451
Introducción
Este texto quiere dar una reseña de diversos modos de abordar el estudio de
los procesos inconscientes, con especial referencia al psicoanálisis que se
origina en el pensamiento de Sigmund Freud. Material en principio destinado a
quienes se hallan en los inicios de las carreras de Psicología, intenta hacer una
exposición sucinta de las psicologías de lo inconsciente que pudiera ser
orientadora para todo lector que quiera tener un panorama de estas corrientes
del pensamiento psicológico contemporáneo.
Hemos querido mostrar cómo el conocimiento de lo inconsciente arraiga en
la tradición de toda nuestra cultura y cómo paulatinamente se fue convirtiendo
en tema de las incipientes teorías psicológicas que se iniciaron hacia fines del
siglo XIX, hasta constituirse en el eje de las posteriores teorías
psicoanalíticas.
Nos pareció importante mostrar los antecedentes de estos modos de pensar

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y las circunstancias culturales, sociopolíticas y científicas en que se
originaron.
De entre ellas abordamos en particular las ideas básicas del psicoanálisis
tal como fueron pensadas por su fundador, el médico vienés Sigmund Freud,
de quien hemos querido mostrar el proceso de construcción de su teoría.
Pero también se han incluido otros modos de pensamiento psicoanalítico,
continuadores o disidentes del cuerpo teórico troncal, entre ellos también las
ideas formuladas por Enrique Pichón Rivière en nuestro medio, donde los
desarrollos del psicoanálisis tienen particular relevancia.
Si bien el texto dista mucho de dar un panorama acabado de las actuales
psicologías de lo inconsciente, es posible tener desde él una mirada
abarcadora de la vastedad del tema. Sabemos que estamos en deuda con
autores y escuelas relevantes que en esta edición no hemos incluido.
El lector se encontrará primero con una revisión de conceptos e ideas que
consideramos básicos para un mejor entendimiento de la teoría psicoanalítica.
A continuación se expone, en el texto del profesor Heberto Rojo, una sinopsis
de la teoría psicoanalítica ajustada al pensamiento freudiano. Finalmente,
describimos algunas otras formas de pensar los psicoanálisis, que, como
podrá verse, son numerosos y diversos.
José Töpf

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Parte I
Psicologías de lo inconsciente
Orígenes y conceptos básicos
José Töpf

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El status de lo inconsciente
Contra lo que suele suponerse, los aspectos inconscientes del psiquismo no
son temas que sólo en este último siglo comenzaron a cobrar interés para el
pensamiento humano. Desde muy antiguo, filósofos, sacerdotes, teólogos,
médicos, pensadores y estudiosos de todas las culturas quisieron conocer
acerca de la naturaleza humana, por qué somos como somos, a qué se deben
nuestras semejanzas y nuestras diversidades. O sea, por qué hacemos lo que
hacemos, qué es lo que motiva nuestra conducta.
Las explicaciones fueron de naturaleza diversa, ya teológicas, ya
naturalistas, pero siempre han considerado al ser humano como una totalidad
viviente, lo que significa también indisolublemente vinculado a su entorno y a
los otros. Del mismo modo, ese misterio que es su actividad anímica –o
psíquica, diríamos ahora–, la posibilidad de percibir, de soñar, de pensar, de
hablar, también fueron pensadas como totalidades, cuyo origen y naturaleza

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había que descifrar.
En las culturas antiguas, los fenómenos que hoy clasificamos como
conscientes e inconscientes merecieron tratamientos idénticos. Tan atendible
era una imagen percibida como una imagen soñada. Tan valioso era conocer
por intuición como conocer por razonamiento.
Es en los siglos siguientes, y en nuestra civilización de Occidente, donde se
empezó a asignar tan poderosa importancia a la Razón, a la Conciencia, y por
ende a la Voluntad. Si bien en la Antigüedad Clásica, en Grecia y su zona de
influencia, se desarrollaron de modo muy importante las matemáticas y el
filosofar racionalista, ello no lo fue a expensas de otras capacidades del
psiquismo. Dicen que Platón escribió sobre el portal de su Academia: “Lugar
del Saber. No entre aquí quien no se interese por las Matemáticas y la
Música”. Ambas eran consideradas formas del saber.

El racionalismo

Pero paulatinamente en Occidente fue creciendo la valoración por la Razón


como forma más acabada del conocer. Incluso en el terreno de lo religioso
prosperaron las posiciones de quienes entendieron que el camino hacia Dios
transita tanto o más por el intelecto que por la fe. Piénsese por ejemplo en
Santo Tomás, Descartes, Spinoza, o el movimiento de la Reforma y su
convicción de que las Escrituras debían ser leídas y comprendidas por cada
creyente. El Renacimiento –entiéndase, renacimiento de lo griego– afianzó
más aún esta tendencia de la cultura de Occidente, de la que es heredero el
positivismo lógico de principios del siglo veinte.
Por cierto que en gran medida se debe a esta tendencia el desarrollo de las
ciencias modernas, de la tecnología y de la investigación científica. Pero
también se le debe una visión limitada, parcial, y por lo tanto errónea, acerca
de la naturaleza humana.
La Psicología, ciencia relativamente reciente, se consolida como tal
precisamente en el marco de estos principios racionalistas. Supone que en lo
psíquico humano lo esencial es la capacidad de comprensión intelectual de los
hechos y la capacidad de gobernar las propias acciones. Es decir, la
Conciencia y la Voluntad. Las demás capacidades, que se consideran
compartidas con otras especies inferiores, se las supuso no exponenciales de
la condición humana.

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Lo que en un principio fue señalar cuáles eran las características
específicamente humanas, pronto pasó a ser la definición del objeto de estudio
de la Psicología, y más tarde ya no sólo el modo de definir el objeto de una
ciencia, sino una opinión acerca de la naturaleza humana misma. El Hombre,
que alguna vez se había definido como el rey de la Creación, pasó a pensarse
como la cúspide racional de la Evolución.
Razones había para ello, no sólo naturalistas. El desarrollo de las ciencias
permitió conocer acerca del universo, de los seres y de las cosas. El enorme
desarrollo tecnológico permitió construir maquinarias –aparatos de
ingeniería– que aceleraron y a veces mejoraron lo que hasta entonces dependía
sólo de la capacidad del trabajo humano. La industrialización resultante llevó
a una mayor concentración poblacional, y a una muy importante concentración
económica. Crecieron las ciudades, creció la producción de bienes y la
acumulación de la riqueza, y crecieron también las posibilidades de
desarrollar el pensamiento, las artes y las ciencias. Hubo quienes bautizaron a
esta época gloriosa europea, que va de la segunda mitad del siglo XIX a las
primeras décadas del siglo XX, como el Segundo Renacimiento. También
crecieron la inequidad, la codicia, el desprecio por el semejante, y así fue
como lo que se supuso la época del mayor desarrollo humano fue también la
de su mayor ignominia.
Pero mientras tanto, un presente exitoso hacía suponer cercano el dominio
del hombre sobre la naturaleza y sobre sí mismo, cercana también su posible
perfección, la que habría que acelerar, ciencia y tecnología mediante. Se
entenderá entonces por qué prosperó tan intensamente la banal arrogancia de
pensarse como el Ser de la Razón y de la Voluntad. Y se entenderá también el
porqué de su desesperación ante la dramática caída en las guerras y horrores
de los años siguientes.
El creciente aumento de las penurias personales y de los problemas sociales
fue haciendo evidente la incapacidad de la psicología académica para
hallarles solución, lo que impulsó la búsqueda de otras explicaciones
posibles. Por ejemplo, el papel que pudiera jugar el psiquismo inconsciente en
la determinación de la conducta humana, idea en fuerte oposición a la
psicología hegemónica de ese entonces. Así es como en esa transición del
siglo XIX al siglo XX puede observarse un hecho en cierto modo absurdo:
científicos que necesitan discutir con otros científicos, a veces acerbamente,
acerca de si el psiquismo inconsciente existe o no existe, discusión que

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hubiese sido impensable siglos atrás. Como si hoy en día alguien tuviese que
discutir si la electricidad existe o no existe. Podemos no saber qué es, y de
hecho no lo sabemos, pero no podemos poner en duda su existencia.

Presencia de lo Inconsciente

Sigmund Freud, el fundador del cuerpo teórico más vasto en el campo de las
psicologías de lo inconsciente, fue quien con mayor claridad pedagógica
escribió acerca de la presencia continuada de este modo de la actividad
psíquica en todo comportamiento cotidiano. Tomó para ello el análisis del
sentido de los sueños, los actos fallidos –o sea las conductas equivocadas–,
los chistes o dichos de doble intención, y mostró cómo allí en el hablar y en el
vivir cotidianos podía verse la existencia de los dos niveles de la actividad
psíquica a los que nos venimos refiriendo, e incluso la fuerte prevalencia que
lo inconsciente tiene en las conductas que analiza.
Este tema que acabamos de mencionar nos acarrea una primera dificultad.
Como cronológicamente, según venimos diciendo, la Psicología que se ocupó
de la Conciencia fue anterior y hegemónica, y luego, paulatinamente, ingresó el
estudio de lo inconsciente, se corre el riesgo de suponer que el orden de
aparición de los fenómenos en la naturaleza se corresponde con el orden del
desarrollo de la ciencia psicológica, y confundirnos respecto de la extensión y
de la importancia de lo inconsciente en la actividad psíquica humana.
Conviene entonces aclarar que la mayor parte de la actividad psíquica humana
es inconsciente, como lo es la actividad psíquica de otras especies, hasta
donde podemos saber de ello. Y está muy bien que así sea, porque de lo
contrario nos sería imposible una adecuada coordinación y ejecución de
nuestros actos. Luego, además de esta actividad inconsciente, el hombre
adquiere capacidad de reflexión, de objetivarse, es decir, de tener conciencia
de sí. Esta actividad consciente aparece tardíamente en el desarrollo de la
especie y del individuo, y abarca una pequeña parte de nuestra actividad
psíquica cotidiana.
Puede que esta afirmación sorprenda, porque nuestra cultura continúa
impregnada de fervor racionalista. Sin advertirlo, participamos del supuesto
de ser sólo seres de Conciencia. Por más que se escriba y se lea sobre el tema,
finalmente es habitual escuchar cosas del tipo “...yo no lo hice, o lo habré
hecho inconscientemente”, donde subyace la antigua convicción de que somos

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sólo nuestra conciencia, y como si lo nuestro inconsciente no fuésemos
nosotros. Por ende, también seríamos sólo responsables de lo que
racionalmente queremos, y no de la totalidad de lo que somos y de lo que
hacemos, y de lo inconscientemente deseado.

Modos de entender lo inconsciente

Repetidas veces hemos mencionado el vocablo inconsciente, por lo que ya


es tiempo de hacer algún comentario sobre los dos sentidos en que suele
usarse. En primera instancia, inconsciente y consciente equivalen a decir
desconocido y conocido. Este modo de usar los vocablos hace referencia a lo
que podría llamarse la cualidad de la representación psíquica. Es el modo
como lo usan muy diversas escuelas de psicología. Por ejemplo, puede
hablarse de inconsciente cognitivo, en el marco de las Psicologías Cognitivas,
para referirnos a los procesos del conocer –percibir, pensar, recordar– de los
que la persona no es consciente. Pero en las psicologías cuyo objeto es
particularmente el problema de lo inconsciente, como son las diversas
psicologías psicoanalíticas y sus derivados, además de este modo cualitativo
se postula la existencia de un inconsciente sustantivo, es decir, un espacio
psíquico inconsciente construido a partir de sucesivos procesos de represión.
¿Represión de qué? De experiencias que fueron fugazmente conscientes,
produjeron dolor y fueron reconvertidas en inconscientes. Es lo que se suele
llamar el inconsciente reprimido o construido, concepto fundamental en las
teorías psicoanalíticas freudianas. Este es tema que se verá en particular más
adelante, aquí sólo quisimos puntualizar los dos modos de entender el vocablo
inconsciente.

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Dos hipótesis básicas del psicoanálisis
Doce años después de que Freud iniciara sus primeros trabajos en el campo
de la clínica de las perturbaciones mentales y sus consiguientes intentos de
explicación de la dinámica de los procesos psíquicos, tanto patológicos como
normales, decide llamar a este cuerpo teórico con el nombre de Psicoanálisis.
El mismo tuvo un desarrollo importantísimo a lo largo del siglo XX en algunos
centros psicológicos de Europa, los Estados Unidos y en particular en nuestro
país. Actualmente, las diversas escuelas y corrientes a las que dio lugar
disputan espacios hegemónicos.
Como en toda teoría, en el Psicoanálisis freudiano hallamos hipótesis
fuertes e hipótesis secundarias. La existencia simultánea de actividad psíquica
consciente e inconsciente, así como la noción de la existencia de un espacio
psíquico inconsciente producto de la represión, forma parte de la hipótesis
central de la teoría, unánimemente aceptada por las diversas corrientes

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psicoanalíticas. La hipótesis acerca de la sexualidad como elemento motor de
la actividad psíquica constituye su hipótesis secundaria. Aceptada por todas
las corrientes actuales que continúan el pensamiento de Freud, no lo es por
otras corrientes que precisamente en este punto se le han opuesto.
Para un mayor entendimiento de estas ideas, que más adelante se exponen,
haremos algunos comentarios que nos acercarán a las circunstancias en que se
fueron gestando.

Lo inconsciente

Hemos dicho en un inicio que lo inconsciente como cualidad de la actividad


psíquica fue largamente conocido e implementado. Veamos algunos ejemplos.
Informan las Escrituras que en tiempos bíblicos, José, vendido como esclavo
por sus hermanos, llegó finalmente a convertirse en hombre de confianza del
faraón egipcio. En su rol de lo que hoy en día llamaríamos un asesor de Estado
y vidente, interpretó el enigma de aquel conocido sueño del monarca acerca de
las siete vacas gordas y las siete vacas flacas. Y esta interpretación, que
incluye fenómenos mentales que modernamente llamaríamos de precognición,
permitió acopiar cereales durante esos años de bonanza y así evitar la
hambruna por la sequía de los siete años siguientes. En la antigua Grecia
existieron templos en los que los fieles dormían y soñaban, y estos sueños,
relatados a los sacerdotes, eran interpretados como preanuncios de
acontecimientos a los que habría de ajustarse el vivir cotidiano. En la cultura
maya, acá en América, el diagnóstico de una enfermedad y las prescripciones
para su cura se obtenían de la información dada por los sueños. Su
peculiaridad inaudita es que los sueños a considerar no eran los del doliente
sino los del sanador que había pasado la noche junto a él, y que la medicación
así prescripta la injería el sanador que había diagnosticado la enfermedad y no
el enfermo que la padecía, y al parecer con evidente beneficio para el
enfermo. Las actuales y en cierto modo atrevidas consideraciones de la
psicología traspersonal todavía están a bastante distancia de poder explicar
estos fenómenos. Laín Entralgo, en La Curación por la palabra en la
Antigüedad Clásica, hace un minucioso análisis de los modos de intervención
psíquica en los tiempos homéricos, a través de ensalmos, cánticos e
impetraciones. Los textos informan de quienes, ya sea en la antigüedad o en la
Edad Media, poseyeron don de lenguas, una forma de comunicación de

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inconsciente a inconsciente a través de la salmodia de textos bíblicos hasta
perderse su sentido literal.
En tiempos recientes lo inconsciente, presente como dijimos en cada
momento de nuestra existencia, fue ocultándose al intelecto de quienes
quisieron entender los fenómenos psíquicos. De todos modos se hallaba
presente de modo evidentemente llamativo en algunas experiencias cotidianas.
Por ejemplo, en la cultura europea del siglo XIX, fueron frecuentes los
espectáculos de hipnosis colectiva. Una suerte de espectáculo circense que
constituyó un modo de recreación durante décadas. Conviene detenernos un
poco en este tema de la hipnosis, ya que está en el origen de las teorías que
aquí nos ocupan: a una persona en estado de trance hipnótico se le da la orden
de que al despertar hará algo determinado, y que a la vez olvidará esta orden.
Si esta persona efectivamente realiza luego el comportamiento que se le indicó
y, preguntado acerca de sus motivos, nos da explicaciones que, aunque
coherentes, no recuerdan la orden recibida, cabe entender que dicha orden, si
bien no está en su conciencia, sí lo está en algún lugar de su psiquismo y desde
allí opera con eficacia.
Si no fuera por la obstinación que todos tenemos de perdurar en los modos
de concebir la realidad que nos son habituales, no habría necesidad de
mayores explicaciones para aceptar la existencia de una modalidad
inconsciente del psiquismo, y por lo tanto de motivaciones que son capaces de
determinar formas complejas de comportamientos sin que tengamos conciencia
de ello. Pero no fue fácil instalar esta idea en la psicología de la época.
Luego, dado el énfasis en la primacía de los aspectos conscientes del
psiquismo, a este espacio subyacente se lo denominó subconsciente, o sea
aquello que está por debajo de la conciencia, y así se lo conoció largamente,
no sólo en la medicina psiquiátrica sino en el campo de la literatura, del cine y
aún perdura y en las concepciones populares.
Otros acontecimientos, provenientes éstos del campo psiquiátrico, aportaron
observaciones que hicieron más verosímil la suposición de aspectos
inconscientes en el comportamiento humano.
Digamos antes que toda cultura, según sus circunstancias históricas, tiene un
determinado modo de ser, y según ello construye sus modos de relación
interpersonal, sus modos de vinculación familiar, su arte, y sus estilos de
recreación y también sus enfermedades. Queremos decir que cada sociedad
enferma así como vive. Por ejemplo, en los tiempos actuales y en nuestro

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medio, altamente competitivo, los modos de ser valorados como deseables son
los que implican capacidad de uso de la agresión, bloqueo de los afectos y
disminución del autocontrol moral. Entonces, no es de sorprender que nuestros
modos de enfermar sean los que tienen que ver con la agresividad –las
depresiones, la violencia y el suicidio– y también con las psicopatías,
patología mental que lleva a su forma extrema el desinterés por el prójimo y la
ausencia de conciencia moral.

Los “estilos histéricos”

Si la sociedad europea del siglo XIX establecía una fuerte separación entre
lo público y lo privado, así como modos exaltados en sus formas de
recreación –recordemos las hipnosis colectivas, el uso habitual de antifaces,
los bailes de salón con suspiros y desmayos– se entenderá entonces que los
estilos habituales tuviesen que ver con los fenómenos psíquicos de
disociación, o sea de escisión o división del psiquismo. Su modo de expresión
patológica más frecuente fue por consiguiente la histeria, patología de la
exaltación, de la disociación, del habitar espacios psíquicos separados. La
literatura de la época recoge estos modos de ser. Dostoievsky, por ejemplo,
escribe El doble y muchos otros autores dedican obras a los misterios del
sonambulismo, los estados crepusculares, los estados de exaltación mística –
como el de Raskolnikov en Crimen y Castigo–, lo que se llamó estados
segundos, o sea de ensoñación, o ciertos estados de amnesia que pueden
producir en quien la padece una otra vida de la cual despierta meses o años
después, o las crisis de doble personalidad de las que no se es consciente, o,
como ya dijimos, las tendencias a la sugestión necesarias para la producción
de fenómenos de hipnosis colectiva.
Sobre estas bases se va instalando la paulatina convicción acerca de la
existencia de fenómenos psíquicos inconscientes y su probable relación en el
origen, la etiología, de las afecciones psíquicas. Diversos estudiosos del tema
se fueron acercando a esta convicción, aunque fue Herbart quien más
tempranamente concibió la noción de inconsciente, e incluso la noción de
represión, cercanas a lo que el psicoanálisis teorizó luego al respecto.
Pero cupo a Sigmund Freud y a sus co-pensadores el mérito de haber sabido
sintetizar el pensamiento psicológico de la época y avanzar hacia la
construcción de un cuerpo teórico específicamente volcado a desentrañar el

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papel de lo inconsciente en la construcción del sujeto humano, así como
comprender sus complejas motivaciones, cuya exposición detallada puede
leerse más adelante.
La noción freudiana de inconsciente, se verá en detalle, es la de suponer no
sólo una cualidad de la actividad psíquica, sino que en gran medida lo
inconsciente está constituido por representaciones que fueron fugazmente
conscientes, y que, al ser desestructuradoras del equilibrio psíquico, siempre
lábil, necesitaron ocultarse a la conciencia por medio del mecanismo de la
represión.

La sexualidad

Del mismo modo como hemos señalado la relación entre estilos culturales y
conceptos explicativos de las ciencias, cabe detenernos también en las
circunstancias sociohistóricas que llevaron a la centración en el tema de la
sexualidad para entender el porqué de su fuerte pregnancia en los sistemas
teóricos de esta época.
Dijimos ya acerca del desarrollo industrial en la Europa de la última mitad
del siglo XIX y principios del XX. También de su efecto inmediato que es la
acumulación de capitales y la concomitante producción masiva de bienes de
consumo. Súbitamente la mano de obra industrial resulta escasa, y en el afán
de aumentarla y a la vez de abaratarla se motiva a la población femenina a
ingresar como operarias en las fábricas. Este hecho aparentemente carente de
vinculación con lo que aquí nos ocupa tiene un papel predominante en los
movimientos políticos, culturales, sociológicos y también psicológicos.
Si las mujeres se alejan de las tareas domésticas de sus casas, y
eventualmente del trabajo para otros en sus casas –como costureras por
ejemplo– e ingresan en las fábricas, los estilos de convivencia y los sistemas
de valores se modifican intensamente. Se establece una nueva relación entre lo
público y lo privado y entre lo femenino y lo masculino. Realizar el mismo
trabajo que los hombres y en su mismo espacio laboral hace repensar a
hombres y mujeres acerca de sus capacidades, derechos y obligaciones,
incluso de modos contradictorios con los postulados culturales, religiosos e
ideológicos hasta entonces sostenidos. Por ejemplo, en un inicio las mujeres
no fueron aceptadas como pares en los sindicatos obreros y por supuesto esto
dio lugar a la creación de organizaciones gremiales femeninas. El actual lema

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“a igual trabajo igual salario” es un anhelo que tiene su origen en esta época
que estamos describiendo y no precisamente en los sindicatos masculinos.
Estas transformaciones se dan no sólo en el terreno laboral, sino en todos los
otros ámbitos de la cultura. Cada vez son más las mujeres que desarrollan un
alto grado de militancia política, y también son más las mujeres que quiebran
hábitos consuetudinarios, y por ejemplo, fuerzan su ingreso en las
universidades, aunque sea aceptando vestir indumentaria masculina. Como
ilustración de las contradicciones que son inherentes a todo ser humano y de
cómo nuestras opiniones son tributarias del medio circundante, digamos aquí
que Freud mismo nunca creyó que esta paridad fuese posible.
Semejante modificación en el status social femenino necesariamente acarrea
derivados en otros campos. El mito de la inferioridad somática e intelectual de
la mujer tiende a sucumbir. Es así como en las calles de las grandes capitales
europeas comienza a discutirse, a veces entre golpes de bastones y de
sombrillas, acerca del derecho femenino a intervenir en los sufragios, y en los
hogares de esas mismas capitales se discute acerca de cuestiones tales como
el manejo del dinero cotidiano, el derecho a la autonomía de opinión, la
decisión de tener o no tener más hijos o de discernir las hijas con quién habrán
de casarse.
Naturalmente, esta creciente homologación entre personas de uno u otro
sexo conlleva preguntarse, al principio tímidamente, acerca de cuestiones más
pudorosas, como ser si el derecho a una sexualidad gozosa es sólo privativo
de los hombres, por lo general por fuera de su convivencia matrimonial, o es
tema que concierne a ambos cónyuges.
Simultáneamente las ciencias biológicas continúan su desarrollo, y la
fisiología, la endocrinología y los hallazgos en el campo de la anatomía
comparada van instalando en el seno de la cultura opiniones que avalan esta
lucha por la igualdad jurídica y la igualdad de aspiraciones. También aportan
el tema de la sexualidad como tema de su tiempo. Ideas y experiencias que
hasta entonces eran privativas del confesionario, de la conversación privada o
del consultorio médico, pasan a poder leerse en textos que llevan a la faz
pública los aspectos sexuales del comportamiento humano, hasta entonces
púdicamente callados o sólo dichos en latín.
De esta época son los tratados sobre sexología de Steckel, numerosos textos
de divulgación acerca de la vida sexual conyugal y de la importancia del
orgasmo femenino, como es El Matrimonio Perfecto de Van de Velde, o los

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trabajos de extensión médica en este campo, como el Don Juan de Gregorio de
Marañón.
Para poder tener una idea de la importancia que el tema de la sexualidad
revestía en la Europa de principios de siglo, basta recordar que todos los
grandes movimientos revolucionarios de la época enarbolaron
simultáneamente consignas referidas a una más justa distribución de la riqueza
y al derecho a un más libre ejercicio de la sexualidad. La revolución
bolchevique de 1917, y antes la de 1905, junto a sus reclamos laborales
sostienen también el derecho al amor libre, y si bien esta última petición, una
vez triunfante, fue aminorada, nos resulta ilustrativa respecto de la presencia
de lo sexual, o lo que hoy en día llamaríamos cuestiones de género, en este
inicio del siglo veinte.

Sexualidad y patología psíquica

Por lo que venimos diciendo, no es de extrañar que en la mente de quienes


se preocuparon por la génesis del sufrimiento psíquico, cuyas causas eran
motivo de todo tipo de conjeturas, hubiese habido una fuerte tendencia a
concederle a las experiencias sexuales un papel central en la producción de
estos trastornos psicológicos.
No está de más recordar que esta asociación proviene de antiguo. La
relación entre sexualidad y muerte se halla inscripta incluso en antiguas
prácticas religiosas. Y la relación entre sexualidad y estados de éxtasis
místico, prácticas religiosas, creación artística y también estados de
enajenación o de locura fue tema de los tiempos antiguos, de la Edad Media, y
de las opiniones médicas de todos los tiempos. Sirva como ejemplo que la
denominación de histeria, antigua en la nomenclatura psiquiátrica, se origina
en la creencia griega de que el hysteros, o sea el útero, era presumiblemente
un órgano móvil, que al ascender produce interrupción de la circulación
sanguínea, con sensaciones de ahogo, de desmayo, y alteración de las
capacidades mentales, y que al descender provoca pérdida de sangre.
La moderna psiquiatría de principios del siglo XX recoge esta tradición
acerca de la relación entre sexualidad y aflicción mental, cotidianamente
expresada también en las creencias o sabidurías populares. Si bien no se lo
explicita oficialmente en los ambientes académicos, la relación entre
alteraciones mentales, estados crepusculares y déficit en el ejercicio de la

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sexualidad es convicción presente en su práctica cotidiana.
Quien tiempo después fundaría un grupo de trabajo científico sobre estos
temas, Sigmund Freud, declaró, al regreso de una visitancia a la clínica
Salpetrière junto al prestigioso psiquiatra francés Charcot, que estas opiniones
no escritas pero sí dichas eran frecuentes entre sus colegas.
Las cavilaciones acerca de estos temas lo llevó a escribir, a su regreso a
Viena, un trabajo acerca de la histeria masculina, que por supuesto
desencadenó escándalo y rechazo en su entorno. Lo curioso es que Freud, que
fue hombre de costumbres personales y de posiciones ideológicas
convencionales,(1) llevara su lealtad a lo que consideraba cierto como para
soportar una crítica despiadada a sus ideas, que muchos tildaron de
sexualmente perversas.
Sobre la base de estas convicciones, cuando buscó la explicación del origen
de las patologías mentales en algún acontecimiento traumático de la infancia,
supuso en un principio que ese acontecimiento necesariamente habría sido de
naturaleza sexual. Luego, abandonada esta suposición, y modificado el
concepto de sexualidad ya no como actividad sólo genital, sino como fuerza
que sostiene el vivir, quedó inscripta en la teoría esta impronta de la cultura en
que tuvo su origen.
Este postulado, sostenido con convicción por el creador del psicoanálisis,
no fue unánimemente aceptado por quienes constituían su grupo de trabajo y
dio origen, como veremos, al alejamiento de Breuer y luego a las primeras
escisiones, las de Adler y Jung.
Más allá de lo que hoy en día podamos compartir o disentir con el peso que
la sexualidad tiene en el cuerpo teórico del psicoanálisis, lo que aquí venimos
exponiendo nos puede explicar algunas raíces de la íntima convicción de
Freud acerca de su función motivadora de toda conducta.
1. El joven Freud, cuando creyó haber comprobado el origen sexual de las neurosis,
escribió a su prometida, con entusiasmo: “...puedo afirmar que he develado el tema de la
neurosis, cuyo origen es tal, que sólo cuando seas mi esposa podré revelártelo”.

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Hacia un modelo de la actividad psíquica
Sobre la base de las experiencias hipnóticas se afianzó la idea de la
existencia de representaciones inconscientes en el psiquismo, producto de
prohibiciones expresamente vertidas como en la hipnosis, o de mecanismos de
represión, como forma de retirar de la conciencia experiencias dolorosas,
pero que siguen siendo eficaces, o sea actuantes en el comportamiento
cotidiano.
¿Qué queremos decir con que son eficaces? Lo diremos con un ejemplo. A
muchos no sucede que para conciliar el sueño necesitamos estar tapados. Y si
hace calor nos tapamos con sólo una sábana, pero no dejamos de hacerlo. Si
no lo podemos hacer estamos inquietos, nos cuesta dormirnos. Estar tapados
no brinda seguridad. Si alguien quisiese convencernos de que la sábana no es
protección eficaz para un asaltante nocturno, y menos aún para los fantasmas,
que suelen ser expertos en sábanas, estaríamos en un todo de acuerdo, pero no

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dejaríamos de sentir inquietud por no estar tapados. Pues bien, al afirmar que
las representaciones inconscientes son eficaces, queremos decir que actúan sin
que sepamos de ellas, y a despecho de nuestras propias opiniones conscientes.
La teoría quiere, y a veces es así, que sólo cuando puede disiparse el
significado oculto, reprimido, del acto de taparse es que esa conducta se
vuelve innecesaria. En este caso el resultado sería banal, pero hay veces en
que cosas de esta naturaleza hacen de la vida un suplicio.
Freud fue construyendo su teoría psicológica acerca del comportamiento
general de las personas sobre la base de su actividad clínica con personas con
afecciones psicopatológicas, de modo que su preocupación por el tema de lo
inconsciente reprimido se originó primero en el propósito terapéutico de
liberar a sus pacientes de dolencias cuyo origen parecía no tener explicación.
En esta línea, si cada dolencia ha de tener una causa, ¿qué experiencias habrán
desencadenado en ellos síntomas tales como por ejemplo la parálisis de un
brazo sin que hubiese afección neurológica de por medio?
Hemos visto que la idea de la sexualidad estaba muy presente en la cultura y
en los escritos científicos de la época. Es natural entonces que se haya
supuesto como etiología, como causa, del sufrimiento neurótico algún tipo de
experiencia traumática de naturaleza sexual en la infancia.
La tradición psicológica racionalista, que se hallaba muy presente en su
pensamiento, le dio la convicción de que si estos acontecimientos pudiesen
sortear la represión y pasar al dominio de la conciencia y ser aceptados por
ella, éste sería el modo como la persona podría liberarse de sus síntomas.
De manera que los primeros tratamientos se centraron en procurar suficiente
distensión y confianza como para que el doliente pudiera internarse en la
recordación de aquellos sucesos traumáticos iniciales. Por cierto, esa
recordación solía darse, con una frecuencia y una ineficacia que le hicieron
pensar a Freud, que era terco pero sagaz, que su hipótesis debía adolecer de
algún error.
Es así como reflexiona sobre la verdadera importancia que puede tener el
recordar como actividad ideativa, y entiende que lo que podría liberar al
doliente de sus síntomas no es la mera recordación, sino que ese recuerdo
pueda darse con el dolor o el terror con que el hecho recordado se habría
producido. Y efectivamente, las personas en tratamiento padecieron
intensamente en sus sesiones las penurias que sus recuerdos evocaban. Llamó
a esto abreacción, o sea reacción exaltada, y al proceso de descarga

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emocional, siguiendo la tradición griega, catarsis, o sea descarga, limpieza,
purificación. Es importante señalar que con esta suposición Freud incluye, en
una cultura psicológica centrada en la Razón y la Conciencia, la noción de que
el mero recordar ideativo carece de eficacia, o sea la importancia de la
participación emocional para el proceso de curación.
De todas maneras, los escasos logros lo llevan nuevamente a preguntarse
acerca de la certeza de su suposición, y formula una idea pionera: la de que
quizá los hechos recordados no sean en sí los hechos traumáticos responsables
de la dolencia, sino recuerdos que están al servicio de encubrirlos, para evitar
su emergencia dolorosa. Los llamó recuerdos encubridores, a los que habría
que sortear para poder llegar a la verdadera situación traumática. Estos
recuerdos encubridores serían una solución de compromiso entre la búsqueda
de la cura y el dolor por rememorar un sufrimiento intolerable. Supuso que
eran verdaderos, pues se está aún a mucha distancia de saber que se pueden
recordar hechos nunca sucedidos.
Tiempo después conjetura la posibilidad de suponer una situación
traumática no accidental y singular, sino común a toda la especie: el trauma
del nacimiento. Con esta suposición Freud se aventura en resignar la hipótesis
de situaciones traumáticas sexuales como origen de las patologías nerviosas, a
la vez que se adelanta en décadas a las teorías acerca del nacimiento
prematuro del ser humano, su indefensión originaria y la consiguiente
fetalización de la especie. Estas ideas acerca del trauma del nacimiento las
desarrolló luego Otto Rank, uno de sus discípulos más cercanos, que luego
derivó en ser uno más de sus enconados disidentes.
Ahora bien, iniciado el camino de resignar la suposición de una situación
traumática sexual en el origen de las neurosis, comienza a perfilarse la idea de
que así como todo en la naturaleza se nutre de la contradicción, también la
conducta humana, tanto la patológica como la normal, ha de ser producto del
conflicto entre sistemas psíquicos contrapuestos. En este caso el sistema de la
Conciencia, regido por el Principio de Realidad, y el sistema de lo
Inconsciente, regido por el Principio del Placer. Este conflicto estructural,
común a todo humano, en algunas personas y en algunas circunstancias puede
ser entonces causante del enfermar.
¿Dónde se da esta lucha? Al interior de la persona. Y para indicar que en
este nivel de análisis psicológico está hablando de la persona como totalidad,
y no de algunos de sus órganos en particular, es que recurre a la geometría

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topológica para diseñar un posible modelo de funcionamiento de lo que, ahora
sí, puede llamar Aparato Psíquico.
Esa doble y contradictoria legalidad que mencionamos es registrada por el
sujeto humano como conflicto. El psiquismo se halla en equilibrio lábil,
inestable, capaz de continua modificación. Esta modificación en busca de un
nuevo equilibrio constituye lo que luego otros psicoanalistas llamaron la
Dinámica de la Conducta, que es constante. Es el vivir.
Hemos mencionado el Principio de Realidad. ¿Qué se entiende acá por
realidad? Es el aprendizaje y la sujeción a las nociones de Espacio y de
Tiempo, y luego a la noción del Otro como un alguien diferenciado. ¿Qué se
entiende en cambio por Principio de Placer? Para contestarlo conviene
recordar que en todo lo viviente existe una relación, constante e inestable,
entre su medio interno y el medio externo en que se encuentra. En el nivel de
análisis biológico, este equilibrio se denomina homeostasis. En las formas
más primitivas, esta homeostasis se produce por pasaje inmediato o casi
inmediato de aquellas substancias del medio externo que el medio interno
necesita. Es decir, que apenas registrada la necesidad, la tensión que ello
origina busca su distensión lo antes posible. En las estructuras más
evolucionadas, puede tolerarse un tiempo de espera, y ello da lugar a
respuestas más complejas y más adecuadas. En el nivel psíquico, lo
inconsciente también busca una inmediata satisfacción ante cualquier
necesidad. En las fantasías, las ensoñaciones o los sueños no es necesario
esperar a que llegue el Tiempo y el Espacio adecuados para cada
comportamiento. La fantasía de su realización se da de manera inmediata. A
esto es que se llama Principio de Placer.
Quizá entonces quede mas claro a qué nos referimos con esta afirmación
acerca de la “doble legalidad” del psiquismo, y del conflicto que le es
inherente. El sistema de lo inconsciente es anterior, por lo que se rige según
los primeros estilos psíquicos. Aquellos que suponen que si cierro los ojos el
mundo desaparece. Por ser primeros, a estos modos de actividad psíquica se
los llama Procesos Primarios. El sistema de la conciencia es posterior,
cuando ya lo experiencial nos enseña, chichones y llantos mediante, acerca de
las propiedades de las cosas: que ocupan un espacio y se dan en un tiempo. Y
que el mero deseo no basta para modificarlas. Como estos modos de actividad
psíquica, dijimos, son posteriores en el desarrollo, se los llama Procesos
Secundarios.

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Digamos de paso que a las psicologías que explican el comportamiento por
búsqueda de Placer, o sea por distensión, se las llama Psicologías Hedónicas.
Asimismo, las psicologías que explican el comportamiento por búsqueda de
metas (hormé), se las llama Psicologías Hórmicas. El Psicoanálisis participa
de ambos modelos.

La noción de aparato psíquico

Hemos mencionado la importancia que el desarrollo industrial y tecnológico


tuvo en el nacimiento de lo que se dio en llamar las ciencias modernas. Como
sucede en toda circunstancia, los procesos culturales se hallan profundamente
implicados con los procesos económicos y sociopolíticos. Es en ese
entramado donde las teorizaciones acerca del hombre se hacen eco
necesariamente de los estilos de la propia cultura y de los hallazgos
contemporáneos en otros campos del conocimiento. Por ejemplo, algunas de
las psicologías desarrolladas recientemente, en tiempos de las computadoras,
utilizan el vocabulario y los modos de la informática para describir el
funcionamiento de la mente. En aquellas épocas en que se desarrolló la
ingeniería y la construcción de aparatos para mejorar y hasta suplir el trabajo
humano, las ciencias adoptaron la noción de “aparato” como recurso
explicativo de lo que sucede en campos incluso muy disímiles, como es el de
la fisiología, por ejemplo. De ahí que desde la escuela primaria escuchemos
acerca de cosas tales como el “aparato digestivo”, el “aparato circulatorio”,
el “aparato respiratorio”, y así otros más. Está claro que estos aparatos son
entidades virtuales que, aunque referidos a partes del cuerpo, no son las partes
del cuerpo. Antes bien, son constructos teóricos que están en la mente de quien
estudia o explica las respectivas funciones. Es la función la que determina el
aparato, y no los órganos que se le adscriben. Basta con pensar que dichos
órganos y demás partes que participan en la producción de una función son de
naturaleza diversa: huesos, músculos, vísceras y muchos más, sin los cuales la
función no se produciría. Pero también cabe tener presente que estos mismos
huesos, músculos, vísceras, son parte constitutiva de otros “aparatos”. Por
ejemplo, ¿los pulmones pertenecen al aparato respiratorio, al aparato fonador,
al aparato circulatorio? Pertenecen a todos ellos, precisamente porque su
adscripción a un aparato o a otro depende de cómo el investigador teoriza
acerca de la función del aparato y no de cuál es su estructura.

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Los aparatos, está claro, tanto los de la ingeniería industrial como los que
los rememoran en el estudio de los organismos, son una estructura o sistema
complejo, constituido por partes. Estas partes, a la vez, se hallan en
interacción dinámica entre sí, o sea que son capaces de movimiento para
producir algo, y necesitan, por supuesto, de una energía que las impulse.
Pronto, al adentrarnos en el estudio de las psicologías de lo inconsciente,
nos vamos a topar con la denominación de aparato psíquico. Pues bien, es
necesario entenderla cual si se dijese, en épocas en que la fisiología inaugura
la noción de aparatos responsables de las funciones del organismo, que así
como imaginamos aparatos para respirar o aparatos para digerir, bien
podemos imaginar un aparato que sirva para pensar pensamientos, para sentir
sentimientos, para decidir decisiones, y que funciona en dos registros
simultáneos que necesita regular, el de lo conciente y el de lo inconsciente, y
cuya energía se acuerda en llamar libido.
Y al igual que los otros, éste es también un aparato virtual, pues si bien la
actividad psíquica requiere del sistema nervioso, fibras, médula, cerebelo,
cerebro, no se limita a él. Porque, como vimos, la función sobrepasa la
actividad de los órganos comprometidos en ella. Es la totalidad de la persona
la que produce la función. Incluso, participan de ella acontecimientos que
están más allá de los límites corporales de la persona, por ejemplo en su
ámbito psicosocial.
Freud escribe al respecto que se trataría de algo semejante a explicar la
función óptica de un microscopio sin detenerse ni en sus lentes, ni en su
espejo, ni en el cilindro que los sostiene, sino en lo que sucede al interior del
sistema.
Está claro entonces que no se trata de negar la necesaria relación entre los
órganos del sistema nervioso y la actividad psíquica, sino de referirnos a un
nivel de acontecimientos que los sobrepasa. Este es precisamente el nivel de
análisis de lo psicológico, que tiene su legalidad propia. Con ello queremos
decir que los hechos psíquicos sólo pueden lograr plena explicación en su
propio nivel de análisis. Reducir su comprensión a las leyes del nivel
neurofisiológico o extenderlos para la comprensión de acontecimientos de tipo
sociológico, puede tener un valor de analogía pero nunca de comprensión
cabal del problema.
A partir de aquí quizás se entienda mejor por qué en estas psicologías, así
como más tarde en la Teoría del Campo de Kurt Lewin, se recurre a modelos

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explicativos tomados de la geometría topológica, una geometría no euclidiana
que no se ocupa de mediciones sino de espacios, lugares, y de las relaciones
entre lugares. Más adelante habrá de verse que la noción de aparato psíquico
recurre para su inteligencia a una figura que diferencia un adentro de un afuera.
Y que en ese adentro pueden señalarse sistemas o instancias y las relaciones
entre ellos. Por basarse en la geometría topológica, a estos modelos se los
llama Modelos Tópicos.
Finalmente, conviene señalar que aquí –al arribar a esta concepción acerca
del funcionamiento del psiquismo como consecuencia del conflicto entre
sistemas opuestos, y la libido como su fuerza generadora– es donde
definitivamente Freud modifica su concepción acerca de la importancia de lo
sexual en el marco de su teoría, al renunciar a la suposición de una génesis de
las dolencias psíquicas en una experiencia traumática sexual y trocar el
concepto de sexualidad en principio referida a lo genital en su sentido ulterior
de energía libidinal.

El pensamiento dialéctico

Como estamos viendo, y se podrá leer más adelante, el modelo de aparato


psíquico que Freud describe en un principio, también denominado Primera
Tópica, presenta un esquema en el que aparecen dos sistemas contrapuestos: el
de la Conciencia y el de lo Inconsciente. Pero inmediatamente nos aclara que
en el sistema de la conciencia es necesario distinguir dos subsistemas: el de la
conciencia propiamente dicha, o conciencia inmediata, y el del Preconsciente,
o sea aquello que siendo de cualidad inconsciente en el momento presente es
sin embargo el reservorio de información capaz de pasar fácilmente a la
conciencia, evocados como recuerdos o enunciados como propósitos. Y
agrega que la dinámica del comportamiento humano se da en el equilibrio de
estos dos sistemas.
Podríamos preguntarnos por qué razón al formularse este modelo se recurrió
a definir la existencia de dos sistemas y no de tres, cada uno con sus
particularidades. Esta pregunta nos llevaría a ver que, por ejemplo, al
formular su teoría de los instintos también recurre a la suposición de dos
instintos básicos, contrapuestos. Años después, al convencerse de la
existencia en todo lo vivo de una fuerza que impulsa a la quietud o a la muerte,
considera necesario subsumir los dos instintos hasta ahí enunciados en uno

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solo, el instinto de Vida, al que se le opondría el instinto de Muerte.
¿Por qué? Es que el mundo científico había sido impactado por las ideas de
Hegel acerca de la Dialéctica. Si bien este filósofo planteó la Dialéctica como
un interjuego permanente entre tesis y antítesis para el entendimiento del
devenir humano en su camino hacia Dios, la idea de fuerzas bipolares
enfrentadas, que a su vez producen una síntesis entre ambas, la que luego se
convierte en una nueva tesis para una nueva antítesis, es en la época de la que
nos estamos ocupando un modo extendido de comprender la dinámica del
universo. Fue Engels quien, en su libro Dialéctica de la Naturaleza, trasladó
este concepto a la comprensión materialista del devenir humano. Así también
Marx funda sobre este concepto el modelo de lo que llamaría la dialéctica
materialista, en el marco del Materialismo Histórico. Freud, como muchos
científicos de su época, adhiere al concepto de interjuego dialéctico, y
entiende los procesos psíquicos como producto del interjuego de fuerzas
contrarias, en este caso los sistemas consciente e inconsciente.
Cuando leamos acerca del segundo modelo de aparato psíquico, o Segunda
Tópica, producido veinte años después, veremos allí que el comportamiento
humano ya no es explicado como producto de un conflicto bipolar sino como
la resultante de un complejo interjuego de fuerzas en el campo psíquico. Y ello
es así porque está instalándose un nuevo modelo explicativo: el de entender la
realidad como constituida por estructuras complejas y su devenir como
resolución de un campo de fuerzas.

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Acerca del conflicto edípico
El tema del conflicto edípico y su subsiguiente y eventual cristalización en
el llamado Complejo de Edipo ha tenido amplio desarrollo en la teoría
psicoanalítica, ha despertado más de una controversia en el campo del
Psicoanálisis y es uno de los que tuvieron mayor difusión en la cultura
ambiente de los países en los que estas teorizaciones tienen más peso. En el
texto de Heberto Rojo el tema está tratado minuciosamente. Aquí sólo quiero
proponer una otra manera de entender el tema de las relaciones triádicas sobre
la base del desarrollo del psiquismo infantil.
Sabido es que las culturas antiguas procuraron fijar y transmitir
conocimientos básicos para el mejor vivir a través de los recursos que les
eran propios. Así como por ejemplo la sacralización de algunas formas del
comer intentó establecer de un modo eficaz estilos alimentarios adecuados
para esa circunstancia y ese tiempo, o como las distintas religiones transmiten

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a través de su liturgia conocimientos acerca del mundo, las personas y sus
modos adecuados de interrelación, así también las mitologías, los relatos de
hablistas y rapsodas intentaron fijar en la mente y en el comportamiento de las
personas normas acerca del correcto hacer.
Esto sucede en grado extremo con la mitología griega, cuyos relatos
ejemplarizadores señalan las consecuencias y los castigos a los que se
exponen quienes trasgreden las normas que de ese modo se quieren inculcar.
Así surgieron, por ejemplo, las tragedias de Sófocles. En Edipo Rey, una de
ellas, se quiso exponer la circunstancia posible de un parricidio, posterior
relación sexual entre hijo y madre, y sus terribles consecuencias.
No está de más señalar que en Grecia se consideró en un principio el
destino humano como designio de cumplimiento inexorable, a menos que se le
opusiese particular cuidado y empeño. Es la noción de destino trágico y su
versión teatral dio lugar a las tragedias. El pensamiento griego tendió luego a
suponer que el destino humano no está dado de una vez y para siempre, sino
que se va construyendo en la interacción dramática entre los protagonistas. Su
forma de exposición teatral es el drama. Tengamos en cuenta entonces el
significado implícito de que Edipo Rey sea una tragedia. Acotemos también
para una comprensión de su función pedagógica, que la asistencia a las
representaciones teatrales era obligatoria para los atenienses.
La adopción por parte de Freud, a quien la cultura griega fascinaba, del
modelo de la tragedia Edipo Rey para ilustrar su concepción acerca del origen
totémico de la cultura y la importancia del tabú del incesto como forma de
preservarla, tuvo como consecuencia en su popularización la suposición de
que efectivamente se trataría de la atracción sexual del hijo varón hacia su
madre, con la consiguiente irrupción prohibidora del padre. No está tan clara
esta relación en el caso de la hija mujer y su padre, siendo la madre su primer
vínculo. Tal vez haya sido éste, además de particulares opiniones de Freud
acerca de las diferencias entre el psiquismo masculino y el femenino, lo que lo
llevó a no aceptar en un principio la existencia de un conflicto edípico en la
mujer. Fue precisamente su colega Jung quien teorizó sobre este tema, al que
denominó Conflicto de Electra, concepto que fue luego subsumido en la
literatura psicoanalítica freudiana tal como ahora se lo conoce.
Postulo que para comprender el fenómeno del llamado conflicto edípico en
la teoría psicoanalítica no es necesario suponer en sentido lato una apetencia
sexual del hijo por la madre, ni ceñirse al relato de la tragedia griega, que en

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realidad tiene sólo un sentido metafórico.
Antes bien, una visión evolutiva del desarrollo humano permite suponer un
primer momento en que el recién nacido carece de recursos psíquicos para
poder diferenciar qué es él y qué es no-él. En ese incipiente momento del
desarrollo no se hallan discriminadas las sensaciones propioceptivas –las que
provienen del propio cuerpo–, de las que se originan en el espacio externo.
Psíquicamente podría entenderse este período como el de fusión e
indiscriminación con el mundo, como propone José Bleger. Podemos adoptar
el criterio de llamar al mundo, en este momento del desarrollo, “madre”, por
ser con ella o su sustituto, con quien el bebe tiene mayor interacción, y por el
sentido genéricamente nutricio de esta relación.
Paulatinamente, con el desarrollo continuado de la capacidad mental, el
bebe comienza a discriminar aquello que es él de aquello que es la madre, en
el sentido que acabamos de dar. Esta creciente capacidad de individuación es
lo que permite el establecimiento de una primera relación de objeto, o sea una
intensa relación de dos, bebe-mundo, o si se quiere, hijo-madre. La relación es
diádica, de a dos, porque la capacidad mental del bebe por ese entonces le
permite vincularse con sólo un otro, no importa la pluralidad de personas
físicas que se hallen presentes en su entorno.
Progresando en su desarrollo mental, el niño se encuentra más adelante ya
en condiciones de albergar mayor cantidad de representaciones respecto de
quienes lo rodean y mayor complejidad de relaciones entre ellas. De modo
que su campo psíquico está en condiciones de incorporar a “lo tercero”, o si
se quiere “lo padre” del entorno.
Siendo en el principio de la vida las principales necesidades que el niño
percibe de naturaleza nutricia, como dijimos, ése es su modelo de relación con
el mundo. Pero luego, estando en condiciones de comprender algo de las
limitaciones y prohibiciones que provienen de la realidad, la ampliación de su
mundo interno –que permite la inclusión de la representación del padre–
conlleva también la paulatina comprensión y ajuste a esas limitaciones de la
realidad. En otras palabras, a incorporar al otro, o sea a “la ley”. (2)
Visto así, es entonces el desarrollo del niño el que permite la incorporación
del tercero-padre, y no el padre el que irrumpe prohibitivamente en la relación
anterior del niño con su madre. No sólo eso, sino que en realidad el primer
tercero que aparece para la mente del niño es el lenguaje. Son las palabras con
que le habla la mamá –o sea “lo madre” del mundo– las que van trayendo a

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esa relación de dos la presencia de “lo tercero”, “lo padre”. Es la madre la
que al hablarle, o sea al incluir “terceras cosas” que van ampliando el
conocimiento e iniciando el pensamiento con ideas, quien ayuda al hijo a
crecer y arrancarse de la primera relación nutricia y tactil que tuvo con el
mundo. Es entonces el desarrollo mental del niño, así como el sostén materno
y paterno para su crecimiento, los factores que permiten la instalación de esta
función “disyuntora” de lo “tercero”.
Es decir que el camino del desarrollo de una persona y de su constitución
como sujeto diferenciado pasa inexorablemente por un primer momento de un
uno indiferenciado, un segundo momento de relación primaria de dos y un
tercer momento de relación ya secundarizada de tres. Y estos tres son en un
principio los representantes de la relación familiar básica, para llegar a ser
luego el mundo, en la dimensión en que cada cual pueda abarcarlo.
El mito de Edipo nos estaría diciendo, entonces, que para ser es necesario
descifrar los enigmas de la vida. Saber de sí, saber de lo “materno-nutricio” y
saber de “lo paterno-legal”. Entonces se puede ser persona. Si no, no se es.
2. En el Imperio Romano, se llamaban idiotas no a los faltos de inteligencia. En su inicio
el vocablo nombraba a quienes por no vivir en la polis, en la urbe, carecían de la capacidad
de adecuar su comportamiento a la presencia de otros. Es decir, carecían de ley.
Parte II
La teoría psicoanalítica
de Sigmund Freud
Heberto A. Rojo

ZEMQURA
Las rupturas epistemológicas del pensamiento
freudiano
Algunas consideraciones generales

Si compartimos la idea de que el desarrollo de la ciencia no se da en forma


lineal o acumulativa, como resultado de la resolución de enigmas, sino que se
produce, por lo que señala T. Khun en su primer trabajo, a través de
revoluciones científicas, será cierto entonces que el psicoanálisis produce una
revolución en el campo de la ciencia originando un nuevo paradigma que no
sólo influirá en el campo de la psicología sino que la trascenderá.
El objetivo de este trabajo introductorio es el de dar cuenta de algunas de
las influencias que recibe Freud y paralelamente, el de señalar las rupturas
epistemológicas que produce su desarrollo teórico con el saber de su época.
También, articular los conceptos más importantes de su obra, acudiendo a su

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palabra en diferentes artículos, pero teniendo en cuenta que dichas citas son el
resultado de una selección no caprichosa aunque seguramente subjetiva.
Sigmund Freud fue el fundador de una corriente de pensamiento que
colaboró en poner en tela de juicio algunos de los supuestos básicos desde los
que partía y descansaba el saber de la moderna cultura occidental, aunque su
libro La interpretación de los sueños (1900) –trabajo fundacional de la teoría
psicoanalítica en el que se expresan sus primeras hipótesis– tardó varios años
en vender su primera edición de 600 ejemplares.
Fue así ignorado por los científicos en general o, en el mejor de los casos,
duramente criticado. Sin embargo, apoyándose en la seguridad de sus
investigaciones, poco a poco comenzó a ser escuchado aunque no siempre bien
comprendido.
En sus primeros trabajos utilizó los términos análisis y análisis hipnótico
para dar cuenta de una nueva forma de abordaje de los fenómenos
psicológicos. El término psicoanálisis empieza a figurar en dos trabajos
escritos en 1896, siendo en Nuevas observaciones sobre la neuropsicosis de
defensa en donde puntualiza que es el único método que permite “hacer
consciente lo inconsciente”. Años después precisará:
“Llamamos psicoanálisis al trabajo mediante el cual traemos a la conciencia (1) del
enfermo lo psíquico reprimido (2) en él”.

Pero si lo psíquico está referido a lo mental, ¿por qué análisis? Freud


señala en un artículo titulado Los caminos de la terapia psicoanalítica (1919)
que análisis significa descomposición, asociación, sugiriendo la actividad del
químico en el laboratorio. Esta técnica le permite partir de la consideración de
los síntomas psíquicos como manifestaciones altamente compuestas para
llegar así a los elementos de su composición: motivaciones, mociones
pulsionales (3), pudiendo dar explicación a manifestaciones no patológicas
como sueños, actos fallidos y tendencias sexuales cuyas causas permanecían
ignoradas por el propio sujeto. Sin embargo, establece que esta comparación
con la química tiene ciertos límites, ya que, por ejemplo, cuando se desarticula
un síntoma (4), al liberar una moción pulsional de un conjunto de relaciones,
ésta no permanece aislada sino que pasa a formar parte de un nuevo conjunto.

La definición más abarcativa que da Freud a lo largo de su obra con


respecto a su teoría es la siguiente:

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Psicoanálisis es el nombre de:

“Un método de investigación de los procesos mentales prácticamente inaccesibles de


otro modo”.
“Un método basado en la investigación para el tratamiento de trastornos neuróticos
(5).”
“Una serie de concepciones psicológicas adquiridas por este medio y que en conjunto
van en aumento para formar progresivamente una nueva disciplina científica.”
Enciclopedia (1922).

No es casual en esta definición su insistencia en el tema de la investigación,


ya que su elaboración teórica se nutre y se contrasta permanentemente en la
actividad clínica y no de la especulación como punto de origen. La teoría no
es un añadido contingente, ya que es constitutiva del objeto mismo. El
inconsciente como existente psíquico no es separable de los modelos tópico
(diferenciación del aparato psíquico en sistemas), económico (distribución y
circulación de energía) y dinámico (como un conflicto de fuerzas) que
constituyen la teoría.

N. Braunstein en su artículo “¿Qué entienden los psicólogos por


Psicología?” señala que el psicoanálisis como teoría trasciende el plano de la
práctica ideológica, a diferencia de otras teorías que a partir de la
observación, experimentación y clasificación establecen relaciones de
fenómenos más o menos constantes en sus posibles articulaciones, arribando a
leyes sin explicarlas. Para el psicoanálisis la conciencia y la conducta
constituyen el campo de lo apariencial e ideológico que deberá ser tratado por
un pensamiento científico. Las explicaciones dadas por Freud son el resultado
de tomar esas abstracciones simples (materia prima indeterminada) y
procesarlas a partir de los conceptos de una práctica teórica.
Una de las características del Psicoanálisis es que mientras las ciencias
trataban de lo universal, Freud va a partir de lo singular. La escucha del libre
discurrir de sus pacientes (técnica de la asociación libre) lo lleva a una
extensión de lo natural y lo social. Lo que claramente va a diferenciar a esta
teoría de otras es el rescate de la particularidad del sujeto de estudio, donde
las generalizaciones caen para dejar paso a la significación personal en
relación con su historia y sus deseos.

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“Freud se atreve así a nombrar lo innombrable, llegando a los umbrales de
lo prohibido”. De esta forma evidencia los límites de la razón, punto de
partida y meta final de la ciencia por aquel entonces.
“Una psicología que no ha conseguido explicar los sueños no podrá tampoco
proporcionarnos una explicación de la vida anímica normal; no tiene derecho alguno al
nombre de ciencia.” Freud, S.: Análisis profano (1926).

Contextualizando su cuerpo teórico en el campo de las ciencias señala:

“He dado por sentado que el psicoanálisis no es una rama especializada de la Medicina, y
por mi parte no concibo que sea posible dejar de reconocerlo. El psicoanálisis es una parte
de la Psicología, ni siquiera de la Psicología médica en el viejo sentido del término, ni de la
Psicología de los procesos mórbidos sino simplemente de la Psicología a secas. No
representa su totalidad, sino su infraestructura, quizá aún todo su fundamento.” Apéndice,
Análisis profano (1927).

Si bien sus trabajos se inician en el campo de la clínica, su teoría le permite


trascender la misma extendiendo su aplicación a diversos fenómenos
intersubjetivos y culturales. En el artículo Múltiple interés del psicoanálisis
(1913) Freud señala la colaboración del psicoanálisis con las ciencias no
psicológicas.
Aporta a la ciencia del lenguaje, pero no tan sólo a la expresión del
pensamiento en palabras, sino también al lenguaje de los gestos y a la
escritura, teniendo en cuenta que las interpretaciones del psicoanálisis son
traducciones que permiten el pasaje de una forma expresiva extraña a
nosotros, a otra familiar a nuestro pensamiento.
Con respecto a la biología, al estudiar la sexualidad del adulto y observarla
a la luz de los conocimientos adquiridos sobre la vida infantil, no se nos
muestra ya la sexualidad como una función encaminada sólo a la reproducción
y equivalente a las funciones digestivas, respiratorias, etc., sino que trasciende
lo biológico. El concepto de pulsión, a diferencia del de instinto, se impone
como un concepto límite entre las concepciones biológica y psicológica.
El interés del psicoanálisis para la historia de la civilización surge en la
comparación de la infancia del individuo con la historia primitiva de los
pueblos, permitiendo un nuevo instrumento de trabajo y planteando así nuevos
interrogantes. Es posible, entonces, aplicar la concepción psicoanalítica
obtenida en el estudio de los sueños y las neurosis a los productos de las

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fantasías de los pueblos, tales como mitos y fábulas. Mientras que las fantasías
impiden la aparición de la angustia (6), los mitos se construyen frente a hechos
que la han producido; en tanto haya un vacío, el mito es una construcción que
alivia.
Con respecto a la pedagogía, Freud señala que cuando los educadores se
hayan familiarizado con los resultados del psicoanálisis, les será más fácil
reconciliarse con determinadas fases de la evolución infantil, y no correrán el
peligro de exagerar la importancia de impulsos asociales del niño, ya que la
represión violenta desde el exterior no produce nunca la desaparición ni el
vencimiento de tales pulsiones, sino que por el contrario puede iniciar una
tendencia a ulteriores enfermedades neuróticas.
Por otra parte, el psicoanálisis resuelve también satisfactoriamente algunos
de los problemas entre el arte y el artista, así como otros hechos culturales y
sociales.
“La investigación psicoanalítica descubre en la vida psíquica del individuo humano hechos
que nos permiten resolver más de un enigma de la vida colectiva de los hombres, o por lo
menos fijar su verdadera naturaleza.” Freud, S.: Lecciones introductorias al psicoanálisis
(1916).

Debemos destacar que Freud no creía que el psicoanálisis estaba destinado


a una nueva concepción del mundo o que desde su teoría podía explicarse
todo; sólo la consideraba como un aporte más al conocimiento científico. Aun
con sus diferencias, estaba fuertemente determinado por el espíritu de la
época. Propiciaba, por lo tanto, una filosofía de la vida basada en la ciencia y
no en la metafísica y en la religión.

Freud instaura una psicología subjetivista, abriendo un espacio en la ciencia


para las diferencias. Hay un rescate del sujeto, pero éste no es un sujeto
aislado. En la introducción del artículo Psicología de las masas y análisis del
Yo (1920/21) señala:
“En la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, el otro, como
modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo la psicología individual es al mismo
tiempo y desde un principio psicología social, en un sentido amplio pero plenamente
justificado”.

Durante los años en que desarrolló su obra no dejó nunca de replantear sus

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elaboraciones teóricas y sus aplicaciones, las que giraron sobre una idea
vertebral: su conceptualización del inconsciente y los procedimientos de
investigación para develar su discurso.

Su formación científico-cultural

Sigmund Freud nace en 1856 en Freiberg, Moravia, bajo el imperio


austrohúngaro. A los tres años va a vivir a Viena, ciudad en la que pasa la
mayor parte de su vida. Cuando en 1937 los nazis ocupan Austria, Freud se ve
obligado a refugiarse en Inglaterra. En 1939 muere en Londres.
En el año 1859, cuando Freud se instala en Viena, Charles Darwin publica
su trascendental libro El origen de las especies, marcando un hito importante
en el desarrollo científico. Sus estudios e investigaciones señalan, a diferencia
de otras teorías como la de Lamarck, Chambers, Spencer y los
naturphilosophen alemanes, la no existencia de una meta ya establecida tanto
por Dios o por la naturaleza. Lamarck, quien tendrá cierta influencia en
posteriores conceptos del psicoanálisis (fantasías originarias y el inconsciente
colectivo de Jung) sostenía la transmisión hereditaria de los conocimientos en
la especie y la existencia de una tendencia interna de adaptación. Darwin,
contrariamente, va a hablar de una selección natural. Sus trabajos, aunque
fueron fuertemente resistidos en su momento, revolucionaron la concepción
que el ser humano tenía acerca de sí mismo.
Freud tomará dichos aportes como una de las tres heridas narcisistas que
históricamente sufre el hombre. La primera aparece cuando descubre que la
Tierra no es el centro del universo, perdiendo así el lugar jerárquico que se
había asignado. La segunda estará referida a los aportes de Darwin: el sujeto
humano pasa a ser un objeto más de estudio de la naturaleza, siendo el
resultado de la evolución de las especies. La tercera herida narcisista es el
descubrimiento del inconsciente, ya que a diferencia de lo que se pensaba no
somos íntegramente racionales; la mayor parte de las motivaciones de nuestras
conductas nos es desconocida.
Hacia 1860, G. Fechner, hombre de ciencia, filósofo alemán e iniciador de
la psicología experimental, demostró que los fenómenos mentales eran
pasibles de ser abordados científicamente y medirse cuantitativamente.
Recordemos que el paradigma científico de aquel momento era el de las
ciencias naturales. El trabajo de este pensador –y otros posteriores– facilitan

ZEMQURA
la entrada de la psicología al campo del conocimiento científico, donde
comenzó a despertar interés.
Una publicación de Fechner en 1873, titulada “Algunas ideas sobre la
historia de la creación y evolución de los organismos” será citada por Freud
en 1920 por coincidir en esencia con la concepción de placer y displacer
deducida por la teoría psicoanalítica.
Los aportes de la física contribuyen en la construcción del edificio de la
ciencia. A mediados de siglo, Herman von Helmholtz formuló el principio de
la conservación de la energía, señalando que la misma, al igual que la masa,
es cantidad y que puede transformarse pero no ser destruida. Desarrolla de
este modo lo que se considerará como el “campo de la dinámica”; la energía,
cuando desaparece en una parte del sistema, tiene que aparecer en otra parte
del mismo. Esto llevó a pensar en una nueva visión del ser humano
estudiándolo y comprendiéndolo como un sistema de energía.
En 1873, Freud comienza sus estudios de medicina, decisión que toma por
la lectura de un ensayo goethiano “La Naturaleza”, pues hasta ese entonces
pensaba seguir abogacía. Se recibe tardíamente, en 1881, por dedicarse de
lleno a trabajos de investigación. Su primer investigación versó sobre el
estudio de las anguilas de río en la estación zoológica de Trieste, dirigida por
Carl Claus, quien motivó a Freud a que realizara su primera publicación
científica. En ella señala la posibilidad de que la diferenciación sexual de las
anguilas no estuviera determinada genéticamente (intersexualidad), sin
advertir en aquel momento la importancia posterior que tendrá para él la
temática sexual. Luego realiza investigaciones en el Instituto de Fisiología
dirigido por el destacado investigador Ernst Brücke, donde desarrolla una
brillante carrera de investigación y gana en 1885 un concurso como docente de
neuropatología. En 1886 la facultad lo beca para continuar sus estudios en
París, y Freud elige la Clínica de la Salpetrière. Se interesa allí por los
trabajos sobre la histeria dirigidos por el médico Jean M. Charcot y descubre
el aspecto psicológico de la neuropatología y también la técnica de la
hipnosis. Tanto esta última experiencia como las novedosas
conceptualizaciones sobre fisiología dinámica de Brücke (quien sostenía que
el organismo vivo es un sistema dinámico al que se le pueden aplicar las leyes
de la física y de la química), marcarán un camino a seguir en sus posteriores
investigaciones. Tomando los aportes de Brücke pero extendiéndolos a lo
psicológico, configura un hecho trascendental cuando construye una psicología

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dinámica que intenta dar cuenta del conflicto psíquico.
A partir del trabajo realizado con el destacado médico clínico A. Breuer
sobre un caso de histeria y por las experiencias posteriores con sus pacientes,
Freud nota que los mismos manifestaban concientemente la búsqueda de una
solución a sus dolencias; pero por otro lado se hacían evidentes otras fuerzas
que se resistían a ello. Así llega a la conclusión de que los síntomas
neuróticos son el resultado de motivaciones inconscientes ocultas para el
paciente. Elaborará poco a poco la conceptualización de un aparato psíquico
dividido en Sistemas: Consciente-Preconsciente, y sistema Inconsciente,
tomando el término aparato no sólo en el sentido médico sino
fundamentalmente del concepto original de la física, en el sentido de trabajo,
de transformación de energía. Según esta nueva conceptualización, el sujeto
intentará mantener la cantidad de excitación o energía contenida en un nivel tan
bajo o constante como sea posible, lográndolo mediante la descarga o
evitando aquello que pudiera aumentarla.
A este trabajo de lo psíquico lo denominará posteriormente “principio de
constancia”. La diferenciación en sistemas del aparato psíquico permite
comprender el pasaje de energía libre a energía ligada. La energía libre es la
que fluye libremente en el inconsciente de una representación a otra buscando
su descarga. El pasaje al sistema preconsciente-consciente le permite ligarse a
una representación, posibilitando distintas vías posibles para su descarga,
siendo ésta una de las formas de comprensión del fenómeno psíquico desde el
modelo económico.
El pensamiento generalizado de aquella época partía de una concepción
iniciada por el Iluminismo, la que se fundaba en la razón y en el conocimiento
científico para arribar a la verdad: “Sapere Aude”, Ten valor de servirte de tu
propia razón (Kant). Pero el amplio espectro cultural contemplaba otras
formas de pensar, por ejemplo ciertas corrientes de la literatura se inclinaban
por lo emocional, la sensibilidad y lo instintivo, como caminos de acceso a la
verdad.
En el libro La literatura en Freud de S. Kobrin, se señala la notable
influencia del romanticismo alemán en él. “Esta corriente literaria estuvo
ligada a la exaltación de los aspectos profundos y oscuros de la conciencia, a
la aparición de la idea del inconsciente, a la revaloración de los sueños y a la
resignificación del concepto de locura. Será por medio de los sueños, mitos y
poesías que intentarán conectarse con lo cósmico absoluto.” Cercano a esta

ZEMQURA
corriente podemos citar a Goethe, de quien fuera lector el joven Freud. Dice
Goethe en relación con el concepto de inconsciente: “El hombre no puede
permanecer mucho tiempo en el estado consciente; debe resumergirse en el
inconsciente, porque allí vive la raíz de su ser” (cita de S. Kobrin).
Freud, en uno de sus últimos artículos, se refiere a aquellas aproximaciones
previas a la formulación de dicho concepto psicoanalítico:
“El concepto de inconsciente ha estado desde hace tiempo llamando a las puertas de la
psicología para que se le permita la entrada. La filosofía y la literatura han jugado con
frecuencia con él pero la ciencia no encontró cómo usarlo. El psicoanálisis ha aceptado el
concepto, lo ha tomado en serio y le ha dado un contenido nuevo.” Freud, S.: Algunas
lecciones elementales del psicoanálisis (1938).

En efecto, como la ciencia estaba tan preocupada por la medición, la


experimentación y la objetividad, los aspectos más irracionales del ser
humano sólo eran abordados por la literatura. Cada época histórica está
determinada por una particular forma de construir la realidad, de valorar los
aspectos del acontecer social, de seleccionar lo que considera prioritario.
Este estructurante originario, que determina el pensar y el hacer, es el
“imaginario social”. Concepto que nos permite dar cuenta de la particular red
de significaciones del incipiente desarrollo de la modernidad; es a partir del
siglo XVIII cuando claramente comienza a establecerse una nueva forma de
ver la realidad y el ser humano. De la certeza de la religión y del saber
especulativo de la filosofía se pasa a la búsqueda de la “certeza” a través de
la ciencia. Pero la filosofía racionalista que se constituye a partir del cogito
cartesiano marcará los límites de este nuevo saber.

Las nuevas estructuras económicas y sociales favorecen el desarrollo de la


individualidad, la que venía construyéndose desde el Renacimiento, y dan
paso a la subjetividad moderna. La razón será el instrumento para controlar el
hacer y el sentir del sujeto ofreciéndole el camino de su desarrollo personal y
de su felicidad.

La ruptura con la filosofía racionalista

Pese a su imperio, la razón sufrió varias heridas por no poder cumplir con
todo aquello que prometía.

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“Experimentamos la impresión de que la civilización es algo que fue impuesto a una
mayoría contraria a ella por una minoría que supo apoderarse de los medios de poder y
coerción. Luego, no es aventurado suponer que estas dificultades no son inherentes a la
esencia misma de la cultura desarrollada hasta ahora.

...Mientras en el dominio de la naturaleza ha realizado la humanidad continuos


progresos y pueden esperarse aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo
de las relaciones humanas.
...los límites de la educabilidad del hombre supondrán también los de la eficacia de tal
transformación cultural.” Freud, S.: El porvenir de una ilusión (1927).

Las primeras críticas a los valores de la modernidad comienzan a fines del


siglo XIX. Tanto P. Ricoeur como M. Foucault, pese a ser filósofos de
posiciones muy distintas, comparten la idea de que las tres grandes obras que
cuestionan el pensamiento moderno son: El Capital de K. Marx (1867), El
nacimiento de la tragedia de F. Nietzsche (1878) y La interpretación de los
sueños, de S. Freud (1900). Estos tres grandes “maestros de la sospecha”
llevan a cabo la desmitificación de la razón y despejan el horizonte para dar
paso a una palabra más auténtica, no sólo a través de la crítica sino también
por la invención de un arte de interpretar. Descartes triunfa desde la duda
sobre la cosa, por la evidencia de la conciencia; ellos triunfan desde la duda
sobre la conciencia por una exégesis del sentido (J. Carvallo).

Para el pensamiento marxista el materialismo es el alma con el que se trata


de abolir la filosofía, que estaría al servicio de la burguesía (que identifica
con el idealismo). Para Marx será la realidad social la que determine la
conciencia de los seres humanos.
Por otro lado, Nietzsche denunciará la fragmentación de la realidad,
cuestionando la noción de verdad y de mundo verdadero, poniendo en tela de
juicio los ideales morales vigentes. Freud dirá que su intuición se anticipó a
los descubrimientos del psicoanálisis: nadie hasta él había sido tan consciente
de la dualidad de la conducta humana.
P. Ricoeur, en Hermenéutica y psicoanálisis, nos explica que la filosofía
parte de que las cosas son dudosas, que no son tal como se nos aparecen, pero
de lo que no duda es de que la conciencia sea tal como se aparece a sí misma.
En ella coinciden sentido y conciencia de sentido, pero si la conciencia no es
entonces lo que cree ser debe instituirse una nueva relación entre lo manifiesto

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y lo latente. Esta nueva relación correspondería a aquella que la conciencia
había instituido entre la apariencia y la realidad de la cosa.
La conciencia, fuente de conocimiento y autodominio, se tornará para Freud
casi tan oscura como el inconsciente mismo, dejando caer la ilusión de la
plena conciencia de sí.
“...las fuerzas irracionales de la naturaleza humana son tan fuertes que las fuerzas racionales
tienen escasas posibilidades de éxito. La mayoría de los hombres se sienten cómodos
viviendo con sus engaños y supersticiones en lugar de la verdad.” Freud, S.: El porvenir de
una ilusión (1927).

La razón, entonces, para el psicoanálisis deja de ser la única vía posible


para dar cuenta del sujeto y su mundo, y se interna para explorar y dar a luz a
los aspectos más irracionales, fuentes ocultas de motivación de la conducta
humana.

A diferencia de Descartes, quien sostenía “pienso, luego existo”, J. Lacan en


sus Escritos va a sostener desde el psicoanálisis “pienso donde no soy, y soy
donde no pienso”.
Pero el psicoanálisis no deja de tener en cuenta la conciencia. Freud nos va
a decir que la conciencia es engañosa pero es lo único con que contamos para
descubrir el discurso del inconsciente, verdadero estructurante originario del
sujeto. El psicoanálisis provoca un cierto malestar en la filosofía. El discurso
pasa a ser otro después de su obra. Los fantasmas que rodeaban a la filosofía
racionalista ya no pueden obviarse. Freud rescatará al sujeto allí donde el
sinsentido y la contradicción cobran una singular significación.

Génesis del concepto de inconsciente y la ruptura con la psicología de la


conciencia

En el último cuarto del siglo XIX se configuró una psicología científica que
construyó su objeto de estudio a partir del análisis de los hechos de
conciencia. Esta psicología se caracterizaba por ser experimental y centrarse
en el estudio de las funciones. Si bien no se descartaba la existencia de ideas
latentes, por debajo del nivel de conciencia (subconsciente), a éste y a otros
fenómenos psíquicos se los dejaba de lado por considerarlos nimios o
carentes de fuerza. A fines de siglo algunos hombres de ciencia comenzaron a
interesarse por el fenómeno de la sugestión y en especial por la hipnosis,

ZEMQURA
cuyos orígenes se rescatan de los trabajos realizados por el médico vienés
Mesmer (magnetismo animal o mesmerismo). Paralelamente el interés popular
se inclinaba por el ocultismo y el espiritismo, lo que fuera denominado por
Pierre Richet como metapsíquica. Comienza a generarse así una idea colectiva
de que el psiquismo rebasa el campo de la conciencia.
Sobre el término inconsciente podemos encontrar antecedentes pre-
freudianos. Así como citamos antecedentes en la literatura por parte del
romanticismo alemán, desde la ciencia el reconocimiento oficial del término
fue adjudicado al médico y filósofo Pierre Janet, en cuya tesis para el
doctorado en letras (1889), y luego en el de medicina (1893), señala que en
las regiones inferiores del yo pueden aparecer segundas personalidades que le
hagan ejecutar al individuo actos cuya causa desconoce. Sin embargo, lo más
importante para Janet es la “conciencia vigil”, que asegura en su fusión con lo
real el estado normal del individuo. Por eso no duda de que la disgregación de
este poder de síntesis sea lo que abre la puerta a las manifestaciones
inconscientes, es decir, a las “formas inferiores de la actividad humana”. En
sus investigaciones se propone penetrar en los procesos psíquicos de la
histeria, entendiéndola como una alteración degenerativa del sistema nervioso,
que se manifiesta en una innata debilidad de la síntesis psíquica, incorporando
por lo tanto a sus ideas, la influencia de las doctrinas dominantes en Francia
sobre la herencia y la “degeneración”. Mientras tanto, su maestro Charcot
sostenía que tanto la hipnosis como la histeria eran una condición morbosa del
sistema nervioso.
Paralelamente, en Nancy (Francia) Liebeault y Bernheim afirmaban, a
diferencia de Charcot, que la hipnosis no era un estado patológico sino un
sueño ordinario inducido por sugestión. Concluyeron, a partir de sus
investigaciones que los sujetos no podían dar cuenta de que la acción que
ejecutaban había sido inducida durante la hipnosis (sugestión poshipnótica) y
sí podían hacerlo si se insistía posteriormente para que recordaran.
Algunos años después de su experiencia con Charcot, Freud se dirige a la
escuela de Nancy a perfeccionarse en la técnica de la hipnosis.
“Fui testigo de las experiencias de Bernheim con los enfermos del hospital, adquiriendo
intensas impresiones de la posible existencia de poderosos procesos anímicos que
permanecían sin embargo ocultos a la conciencia.” S. Freud, Autobiografía (1924).

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El destacado médico clínico vienés J. Breuer había atendido en el año 1880
a una joven paciente con un cuadro polisintomático de histeria. Su nombre,
para la literatura psicoanalítica, será Ana O. (aunque su verdadero nombre fue
Berta Papenheim) a quien aplicó como método terapéutico la hipnosis. Esto le
permitió a la paciente hablar acerca de las causas relacionadas con sus
síntomas, temática que no recordaba sino a través de esta técnica. Breuer
observa que al salir a la luz estos sucesos juntamente con el afecto que ellos
habían suscitado, los síntomas desaparecían. Años después de dicho
tratamiento, junto con Freud, presentan un trabajo teorizando sobre la
experiencia, denominando al método utilizado “hipnosis catártica” (Freud, S.,
Breuer, J., Estudios sobre la histeria, 1895).

A partir de estas primeras teorizaciones y ya con la experiencia de sus


propios pacientes, Freud bosqueja algunas hipótesis, no todas compartidas por
su colega, comenzando así a separarse de él. En el mismo año (1895), un
sueño con una de sus pacientes (Sueño de la inyección a Irma), lo lleva a
profundizar aún más en su historia clínica, lo que le permite empezar a sentar
las bases para su posterior obra La interpretación de los sueños y la teoría
psicoanalítica.
Freud arriba así a una nueva y reveladora conceptualización del
inconsciente, produciendo la caída hegemónica de la conciencia en el estudio
del psiquismo humano. Aquellos recuerdos olvidados a los que no se les daba
mayor importancia se considerarán como determinantes de los fenómenos
psíquicos, pero estos contenidos sólo accederán a la conciencia una vez
superado un mecanismo denominado por él como represión. Este es un
mecanismo por el cual el sujeto desaloja de la conciencia aquello que puede
tornarse displacentero a sus aspiraciones conscientes.
Desde sus primeras teorizaciones Freud comienza a bosquejar el concepto
de “determinismo de la vida psíquica”, aludiendo a que las vivencias y los
actos del sujeto no son azarosos sino que están ligados a una causalidad, por
lo que los sueños, síntomas y actos fallidos serían una forma enmascarada de
acceso a la conciencia de motivaciones inconscientes, esto es, algunos de los
modos privilegiados del retorno de lo reprimido.
Partiendo del concepto de determinismo y causalidad (tomado de la física)
abandona el método catártico, ya que la asociación libre y el método de la
interpretación suplían ampliamente la técnica de la hipnosis y permiten

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acceder a temáticas más profundas y a posteriores elaboraciones (7).
Por aquel entonces, la Psicología tradicional relacionaba el deseo con
aquellas necesidades que el individuo aspiraba satisfacer a través del
ejercicio enérgico de su voluntad. Será a partir de Freud que el deseo
comienza a cobrar una nueva conceptualización. Aunque por momentos lo
utiliza desde su anterior acepción, el sentido estricto que cobrará para la
teoría psicoanalítica lo colocará en el orden de lo inconsciente y como motor
del aparato psíquico. Será irreductible a la necesidad dado que su origen no es
a partir de un objeto real sino de la fantasía. Este origen inconsciente lo lleva
a pretender imponerse más allá de lo anhelado (consciente) por el sujeto o de
las imposiciones de la realidad externa, constituyéndose junto con la defensa
en uno de los dos polos del conflicto psíquico.
Se configura así una nueva teoría sobre el sujeto humano, claramente
diferenciada desde su posicionamiento inicial a la psicología, a la sociología
o a la psiquiatría. Considera un sujeto inconsciente que opera a través de sus
deseos y que a su vez está estructurado por ellos, pero de los que no puede
dar cuenta conscientemente. Su teoría hace ruptura con el concepto de
individuo (indiviso, no divisible) vigente, para partir de la consideración de
una escisión básica del sujeto (inconsciente/consciente), punto de partida de
la predisposición universal a la neurosis. Tal escisión da lugar así a un nuevo
sujeto epistémico.
Con respecto a las consideraciones preliminares a Freud sobre el
inconsciente, J. Lacan comentará en el Seminario Nº 11: “El inconsciente
freudiano no es en absoluto el inconsciente romántico de la función
imaginativa. No es el lugar de las divinidades de la noche... A todos estos
inconscientes siempre más o menos afiliados con una voluntad oscura
considerada como primordial, con algo antes de la conciencia, Freud opone la
revelación de que a nivel del inconsciente hay algo homólogo en todos sus
puntos con lo que sucede a nivel del sujeto: eso habla y eso funciona de
manera tan elaborada como a nivel de lo consciente, el cual pierde así lo que
parecía ser privilegio suyo”.

La ruptura freudiana con algunos conceptos médicos de la época

Freud, médico neurólogo, con importantes y reconocidas investigaciones en


el campo de la medicina durante los primeros años de su vida profesional,
poco a poco se aleja de algunas conceptualizaciones básicas que sostenía la

ZEMQURA
ciencia médica, cuando empieza a explorar el campo de los fenómenos
psíquicos. Uno de sus primeros trabajos sobre el tema, Proyecto de una
psicología para neurólogos, señala este momento de transición. La exigencia
médico-científica de su formación lo lleva a insertar los descubrimientos de
los procesos psíquicos primarios (inconscientes) y secundarios (conscientes)
dentro de una concepción claramente biológica, ya que los relaciona al
sistema neuronal. Sin embargo, terminó desechando este trabajo y no
concluyéndolo. Es más, posteriormente no se refiere a él. Si lo retomamos y
analizamos hoy, vemos que contiene en sí el núcleo de gran parte de los
pensamientos del desarrollo posterior de la teoría psicoanalítica freudiana.
Pero quizás, la ruptura que comienza a realizar Freud con la medicina tiene
también otros orígenes.
“De joven no ansiaba más que el conocimiento filosófico, y ahora estoy en camino de
satisfacer este anhelo al pasar de la medicina a la psicología.” Freud, S.:Carta a Fliess
(1896).

Es así como a través de la escucha de sus pacientes, llega a determinar


varias hipótesis que irá confirmando posteriormente. Una de ellas es que los
síntomas neuróticos son de origen psíquico, postura diferente a la de la
medicina que buscaba afanosamente el origen somático de los mismos,
pasando a denominar a las neurosis (enfermedad de los nervios) como
psiconeurosis.

“Allí donde los demás postulan un concomitante somático, nosotros postulamos la idea de
un inconsciente.” Freud, S.: Esquema del psicoanálisis (1923).

El inconsciente como tal es un constructo teórico que permite dar cuenta del
fenómeno psíquico; no teniendo entonces una localización anatómica, el
inconsciente freudiano tendrá un “carácter psíquico”.

Una de las diferencias con Breuer es que para Freud los contenidos que
caen bajo represión van a estar siempre referidos a una temática sexual. Pero
no sólo al modo en que Charcot asociaba a las histéricas con problemas de
alcoba o como el saber popular que asociaba sólo genitalidad a sexualidad.
Freud va a abordar este concepto desde una significación más amplia. Es así
que lo va a entender como la búsqueda de placer que nos acompaña a lo

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largo de la vida, cursando diferentes fases del desarrollo psicosexual hasta
llegar a la genitalidad. Se mete de lleno en un terreno hasta entonces vedado,
la sexualidad infantil. Esta temática, junto con la importancia que asignó al
Complejo de Edipo (8), generó una reacción adversa en los círculos culturales
y científicos de la época, resistencia que, en menor escala, aún perdura a
través de diferentes modalidades.
“No deja de ser singular el hecho de que todos los autores que se han ocupado de las
investigaciones de las cualidades y las reacciones del adulto sobre la sexualidad hayan
dedicado más atención a aquellos tiempos que caen fuera de la vida del sujeto, a la vida de
sus antepasados, antes que a la vida infantil. Reconociendo así mucho más la influencia de la
herencia que a la niñez misma del sujeto.” Freud, S.: Tres ensayos para una teoría sexual
(1905).

El atravesamiento del complejo nuclear (Complejo de Edipo) determinará


un tinte particular en la sexualidad de cada sujeto. Si bien nacemos hombre o
mujer, la masculinidad o la feminidad será resultado fundamentalmente del
transcurso de los primeros años de vida. “Frente a los modelos imperantes de
sexualidad en cada período histórico, el psicoanalista deberá apuntar a la
manera singular en que en cada sujeto y sus vínculos se despliega el deseo”,
ya que para el psicoanálisis no hay un saber normativo y universal.
La utilización de la técnica de la asociación libre instaurará una nueva
modalidad en la relación con el paciente, abriendo el camino para una
dignificación del mismo, a través de la escucha del analista, aun en los
estados delirantes.
“La investigación psicoanalítica de la paranoia sería imposible si no nos permitiésemos ver
que los pacientes revelan espontáneamente, aunque alterado por la deformación, aquello
que los neuróticos ocultan como su más íntimo secreto.” Freud, S.: Observaciones
psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (1910).

Se produce así un corrimiento del saber médico imperante al saber del


paciente. El psicoanalista, a través de su técnica, sólo ayudará a develarlo.

ZEMQURA
Primera formulación freudiana del aparato psíquico
La consideración de este tema la podemos rastrear en los primeros
bosquejos que presenta Freud en el capítulo VII de La interpretación de los
sueños (1900), si bien su pleno desarrollo se plantea en los trabajos
metapsicológicos del año 1915. El término metapsicología fue utilizado en los
comienzos de sus investigaciones para situarse “al otro lado de la conciencia”
propuesta por la psicología tradicional; posteriormente retomará el término
para referirse a todo proceso psíquico en sus relaciones tópicas, dinámicas y
económicas. Esta primera formulación desde una concepción tópica supone
una diferenciación en sistemas dotados de características y de funciones
diferentes, además de una disposición en un determinado orden entre sí, lo que
permite considerarlos como lugares psíquicos, otorgándoles por lo tanto una
representación espacial figurada.
La diferenciación en sistemas va unida a una concepción dinámica de la

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teoría, según la cual estos lugares psíquicos se hallan relacionados entre sí
como un conflicto de fuerzas. Desde la concepción económica se podrán
explicar los procesos psíquicos entendiéndolos como el resultado de la
circulación y la distribución de la energía pulsional, por lo que cada sistema
tratará de establecer el nivel más bajo posible de la energía que por él circula.
Cuando hablamos de energía nos referimos a la transformación de energía
somática en energía psíquica y no de consideraciones místicas o metafísicas.
Se enlazarán así las tres formas de aproximación teórica que permiten dar
cuenta del fenómeno psíquico.
Utilizando un recurso didáctico para la descripción de esta tópica, Freud
nos propone representarnos la imagen de un iceberg. Aquello que se nos
representará de él será comparable al sistema Percepción-Conciencia. El
nivel del mar será una censura (segunda) que nos obstaculizará la clara
visualización de su continuación; pero con un esfuerzo voluntario podremos
observar su prolongación. Este nuevo contorno se corresponderá al sistema
Preconsciente. Cada vez, será más difusa su percepción hasta llegar a un punto
en que sabiendo que se continúa no podremos ya dar más cuenta de él,
denominando a este límite perceptivo, represión o primer censura. Aquello de
lo que ya no podremos dar más cuenta será el sistema inconsciente, sabiendo
que se corresponde a la mayor parte de la estructura del iceberg, lo que lo
constituye como tal.
Esta figuración imaginativa nos permite introducirnos en el tema y así inferir
dos conceptos fundamentales: el de represión y el de inconsciente, que
diferencian claramente a la teoría psicoanalítica.
Con respecto a la represión diremos que es una fuerza de desalojo de
aquellos contenidos que son vividos como displacenteros para el sentir
consciente. Será displacentero, para cada sujeto, aquello que dependa o
guarde relación con contenidos reprimidos, fundamentalmente ligados a la
historia sexual infantil. Aunque con diferencias particulares puede
considerarse su función como universal, ya que se constituye como el
determinante de la escisión básica entre inconsciente y consciente de todo
sujeto. El proceso de represión no suprime ni destruye los contenidos
displacenteros sino que éstos pasarán a formar parte del orden de lo
inconsciente, pero ya sea por desencadenantes internos o externos, dichos
contenidos pueden cobrar una mayor fuerza e intentarán retornar a la
conciencia. Lo reprimido, dice Freud, siempre tiende a retornar, pero por

ZEMQURA
efecto de la fuerza de la represión lo hará por un camino indirecto, en forma
desfigurada o de alusión a través de las formaciones del inconsciente:
síntomas, sueños, actos fallidos, o deslizándose en el discurso.
Las representaciones inconscientes están siempre ligadas a una pulsión; en
tanto lo pulsional no puede devenir nunca consciente, lo hará a través de una
idea que lo representa. El modo en que podemos dar cuenta de la existencia de
la represión es a través de la resistencia; a manera defensiva, en actos o
palabras, el sujeto vivenciará como ajeno a él todo contenido inconsciente, en
tanto éstos revelan deseos. Tanto la resistencia como la represión actúan con
las mismas fuerzas.
Para ilustrar estos conceptos tomaremos un ejemplo que da Freud en una
conferencia en la Universidad de Clark (Estados Unidos) en el año 1909:
“Acaso me sea lícito ilustrarles el proceso de la represión y su nexo con la resistencia
mediante un grosero símil que tomaré, justamente, de la situación en que ahora nos
encontramos. Supongan que aquí, dentro de esta sala y entre este auditorio cuya calma y
atención son ejemplares, se encontrara empero un individuo revoltoso, que me distrajera de
mi tarea con sus impertinentes risas, charlas, golpeteo con los pies. Y que yo declarara que
así no puedo proseguir la conferencia, tras lo cual se levantarán algunos hombres vigorosos
entre ustedes y tras una breve lucha pusieran al barullero en la puerta. Ahora él está
‘desalojado’ (reprimido) y yo puedo continuar mi exposición. Ahora bien, para que la
perturbación no se repita, si el expulsado intenta volver a ingresar en la sala, los señores que
ejecutaron mi voluntad colocan sus sillas contra la puerta y así se establece como una
‘resistencia’ tras un esfuerzo de desalojo (represión) consumado. Si ustedes transfieren las
dos localidades de lo psíquico como lo inconsciente y lo consciente, obtendrán una imagen
bastante buena del proceso de represión”.

Podemos así arribar a la idea de que el inconsciente se irá conformando, a


partir de la represión, especialmente con aquellos contenidos relacionados
con la historia sexual infantil. Pero no por ello debemos dejar de señalar que
Freud va a hablar de un proceso hipotético denominado represión originaria,
que se constituirá en la base por la que se ejerce posteriormente la represión,
ya que una representación no puede ser reprimida si no lo es por la atracción
proveniente de contenidos que ya son inconscientes. Agrega así, a esta
construcción hipotética, las fantasías originarias (vida intrauterina, escena
originaria, castración, seducción), que son el resultado del patrimonio
filogenético y las organizadoras de las fantasías del sujeto.

ZEMQURA
Todos los contenidos (deseos, representaciones) alojados en el
inconsciente están regidos por una legalidad propia de este sistema, y tienen
entonces la particularidad de ser:
Atemporales. Con respecto a esta característica, diremos que Freud produce
una ruptura con respecto al principio kantiano que sostiene que el tiempo y el
espacio son dos formas necesarias de todo pensamiento. Para el psicoanálisis,
los contenidos inconscientes no están ordenados temporalmente, y nada de
ellos será modificado por el tiempo, manteniendo la misma intensidad y fuerza
que le dio su origen, subsistiendo en él el inconsciente infantil entrelazado con
lo actual. Freud comentará: como las sombras del Hades en la Odisea, basta
que algo realimente las huellas mnémicas para que vuelvan a hablar.
Ausentes de contradicción. En el inconsciente se encuentran deseos que a
nivel consciente serían vividos conflictivamente por ser contradictorios; por
ejemplo, el amor al padre admirado y el odio al padre rival, como derivación
del Complejo de Edipo.
Determinados por el principio de placer. Es uno de los dos principios que
rige el funcionamiento mental. Tiene por finalidad evitar lo displacentero y
procurar el camino para darle libre acceso al placer. Tiende a imponer el
deseo originado por la descarga pulsional sin atender a los obstáculos que
pueda presentar la realidad exterior. El inconsciente interpretará la realidad
sólo acorde a sus deseos (realidad psíquica). La pulsión buscará así su
descarga por el camino más corto.
Determinados por el proceso primario. El análisis de los contenidos
oníricos permitió a Freud el conocimiento del funcionamiento psíquico y
llegar a la conclusión de que los sueños no carecen de sentido sino que hay un
deslizamiento permanente de éste. El inconsciente tendrá así la posibilidad de
desplazar los valores o investiduras que las representaciones tienen, pudiendo
condensarse en una nueva representación. No se establece entonces una fijeza
en la representación, porque intervienen para ello las dos formas de
funcionamiento anteriormente citadas. En el desplazamiento a una
representación originariamente sin intensidad y significación puede
atribuírsele un nuevo valor psíquico, adquiriendo así la intensidad y la
significación originalmente atribuidas a otra. Esta nueva representación que
desplaza a la anterior está ligada a la primera por una cadena asociativa.
Tomaremos como ejemplo una cita de Freud con respecto al olvido de
nombres propios:

ZEMQURA
“En tales casos sucede que no sólo se olvida, sino que además se recuerda erróneamente. A
la conciencia del sujeto que se esfuerza en recordar el nombre olvidado acuden otros
nombres sustitutivos que son rechazados en el acto como falsos, pero que, sin embargo,
continúan presentándose en la memoria con gran tenacidad. El proceso que os había de
conducir al nombre buscado se ha desplazado y nos ha llevado a un sustitutivo erróneo. Mi
opinión es que tal desplazamiento no se halla a merced de un mero capricho psíquico sino
que sigue determinadas trayectorias regulares y perfectamente calculables, o por decirlo de
otro modo, presumo que los nombres sustitutivos están en visible conexión con el
buscado...” Freud, S.: Psicopatología de la vida cotidiana (1901).

El otro modo de funcionamiento es la condensación, por la cual varias


representaciones expresadas por las cadenas asociativas confluyen en una sola
representación. En los sueños, si bien es una modalidad que puede adoptar la
censura, también es una forma de escapar de la misma, ya que permite
dificultar la comprensión del relato manifiesto.

“En mi obra La interpretación de los sueños he expuesto el papel que desempeña el


proceso de condensación en la formación del llamado contenido manifiesto del sueño a
expensas de las ideas latentes del mismo. Una semejanza cualquiera de los objetos o de las
representaciones verbales entre dos elementos del material inconsciente es tomada como
causa creadora de un tercer elemento que es una formación compuesta o transaccional. Este
elemento representa a ambos componentes en el contenido del sueño, y a consecuencia de
tal origen se halla frecuentemente recargado de determinantes individuales contradictorios.
La formación de sustituciones y contaminaciones en la equivocación oral es, pues, un
principio de aquel proceso de condensación que encontramos que toma parte activísima en
la construcción del sueño.” Freud, S.: Psicopatología de la vida cotidiana (1901).

Debemos destacar que tanto el desplazamiento como la condensación no son


sólo una manera de eludir la censura sino una característica del pensamiento
inconsciente. En el inconsciente, las representaciones son esencialmente
imágenes visuales, que no están ligadas a un lenguaje verbal sino a lo que
Freud denominó representación-cosa, a diferencia del sistema preconsciente
donde las representaciones están ligadas al lenguaje verbal, lo que le
permitirá al sujeto tomar conciencia de los contenidos inconscientes
(representación-palabra).

El sistema preconsciente contiene aquellas representaciones, ideas y


recuerdos que no están presentes en el campo actual de la conciencia pero que
con un pequeño esfuerzo tienen libre acceso a ella. Su funcionamiento está

ZEMQURA
acorde con la lógica que reconocemos como propia por lo que su legalidad
tiene las siguientes características:

Se rige por el proceso secundario: a diferencia del proceso primario, no


admite el libre desplazamiento y la condensación; cualquier representación no
puede ocupar el lugar de otra y si esto ocurre, por ejemplo en la metáfora,
debe guardar una relación lógica o poética con la primera.

Temporalidad: esta característica permite una organización cronológica de


lo vivido, diferenciando los recuerdos de vivencias infantiles y los actuales.
Principio de contradicción: intenta resolver los conflictos que puedan
ocasionar dos contenidos que se contrapongan hasta lograr una solución, ya
que no es lo mismo asumir la contradicción de amar u odiar a una persona.
Principio de realidad: tiene la característica de cumplir una función
reguladora con respecto al principio de placer, postergando las demandas
inconscientes, o dándoles curso mediante rodeos de acuerdo con las
condiciones que plantea el mundo exterior.
La oposición entre proceso primario y secundario corresponde a la forma
de circulación de la energía psíquica en libre o ligada, y paralelamente a la
oposición entre principio de Realidad y principio de Placer.
La conciencia es un momento fugaz, donde las representaciones o ideas, una
vez que acceden voluntariamente a ella, dejan inmediatamente su lugar a otros
contenidos. Esto permite un orden y una discriminación en el pensamiento
consciente del sujeto.

Situada, tópicamente, en la periferia del aparato psíquico, cumple la función


de diferenciar las percepciones internas y externas dentro del conjunto de los
fenómenos mentales, constituyéndose en lo que Freud denominó el Sistema
Percepción-Conciencia. Será entonces un “lugar de percepción anímica” con
respecto a pensamientos, recuerdos, sentimientos, sensaciones placenteras y
displacenteras. Dispone para ello de la atención, aunque su ejercicio no es
totalmente independiente del funcionamiento del aparato psíquico en su
totalidad.

La relación con el preconsciente es que éste cumple la función de


almacenamiento de recuerdos y vivencias, que con poco esfuerzo permiten

ZEMQURA
vencer la segunda censura dejando a los contenidos en un libre acceso a la
conciencia. Como ambos sistemas participan de la misma legalidad, Freud se
refiere a ellos unificándolos como Sistema Preconsciente-Consciente.
Si bien el psicoanálisis, al elaborar esta tópica, produce una profunda
ruptura con los postulados de la psicología clásica, no por ello deja de
considerar la importancia de la conciencia en el funcionamiento psíquico del
sujeto. La finalidad del análisis será “hacer consciente lo inconsciente”. Esto
implicará un levantamiento de la represión integrando los contenidos
inconscientes al sistema preconsciente-consciente. Esta labor, denominada
trabajo elaborativo, consiste en darle palabra a los contenidos inconscientes.
El tiempo que llevará la misma será lo que permitirá la integración progresiva
de estos contenidos a la verbalización por parte del sujeto. El pasaje de la
representación-cosa a la representación- palabra será lo que permita la toma
de conciencia.
En las conferencias citadas anteriormente en la Universidad de Clark, Freud
señala que la toma de conciencia puede tener tres caminos: juicio adverso,
sublimación o satisfacción parcial o total de los deseos. Cuando la represión
es sustituida por un juicio adverso, puede haber ocurrido que el sujeto haya
producido en su vida infantil una represión de la pulsión sólo porque en esa
época él era muy endeble y su organización muy imperfecta. Con su madurez y
fortaleza actual y como resultado del análisis quizás pueda gobernar lo que le
es displacentero, rechazándolo ya a nivel consciente.
Un segundo desenlace del trabajo psicoanalítico es poder aportarle a las
pulsiones inconscientes descubiertas aquella aplicación posible acorde con
los fines que ya hubiera debido hallar si el desarrollo no hubiera estado
perturbado. Un desarrollo adecuado implica la posibilidad de que dicho
contenido sea sublimado.
La sublimación es un mecanismo mediante el cual la energía de las
mociones infantiles de deseo no es bloqueada sino que se canaliza hacia otro
fin, siendo el mismo reconocido y valorado socialmente. Aunque su fin
aparentemente ya no es sexual, la energía que lo sustenta halla sus fuerzas en
una pulsión sexual.
“Es probable que a los aportes de la energía ganados de esta manera para las operaciones
anímicas debamos los máximos aportes culturales.” S. Freud.

Freud considerará como muy importante la capacidad de sublimación por

ZEMQURA
parte del sujeto para los resultados del tratamiento analítico.

El tercero de los desenlaces posibles es la satisfacción parcial o total de


las mociones libidinales, que fueron reprimidas otorgando libre acceso y
canalización a los deseos postergados, en tanto ya no se contraponen con la
actividad consciente del sujeto.
Como ilustración del levantamiento del mecanismo de represión
continuaremos con el ejemplo dado por Freud en la conferencia antes citada.
“... Consideremos que con el distanciamiento del miembro perturbador y la colocación de
los guardianes ante la puerta el asunto no necesariamente queda resuelto. Muy bien puede
suceder que el expulsado, ahora enconado y despojado de todo miramiento, siga dándonos
qué hacer. Es verdad que ya no está entre nosotros; nos hemos librado de su presencia, de su
risa irónica, de sus observaciones a media voz, pero en cierto sentido, el esfuerzo de
desalojo no ha tenido éxito, pues ahora de ahí afuera genera un espectáculo insoportable, y
sus gritos y sus golpes de puño que aplican contra la puerta estorban mi conferencia más
que antes su impertinente conducta. En tales circunstancias no podríamos menos que
alegrarnos si, por ejemplo, nuestro estimado presidente, el Dr. Stanley Hall, quisiera asumir
el papel de mediador y apaciguador. Hablaría con el miembro revoltoso ahí afuera y acudiría
a nosotros con la exhortación de que lo dejáramos reingresar, ofreciéndose él como garante
de su buen comportamiento. Atendiendo a la autoridad del Dr. Hall, nos decidimos entonces
a cancelar el desalojo, y así vuelven a reinar la calma y la paz. En realidad no es una
figuración inadecuada de la tarea que le compete al médico en la terapia psicoanalítica de la
neurosis.”

Las formaciones del inconsciente

Se podrá ya acordar que el concepto de inconsciente freudiano posee las


características de ser un existente psíquico, de ser reprimido y agregaremos,
de ser eficaz, y lo es en tanto produce efectos: sueños, síntomas y actos
fallidos.
El psicoanálisis no sólo ha oído sino que ha podido escuchar, otorgando
sentido al sinsentido en que se manifiestan las formaciones del inconsciente.
Por ejercicio de la represión, los contenidos inconscientes retornan
deformados a la conciencia, como resultado de una transacción o compromiso
entre el deseo que pugna por su satisfacción y la defensa que intenta
mantenerlo reprimido. En el análisis de estas formaciones de compromiso o
sustitutivas, podemos observar la legalidad y el modo de funcionamiento del
inconsciente (desplazamiento y condensación).

ZEMQURA
Desde un principio Freud escuchó a sus pacientes con frecuencia relatar
algunos de sus sueños y que éstos eran tan incomprensibles para ellos como
sus síntomas. El análisis de estos relatos lo lleva a establecer una relación
entre los mismos.
“El fenómeno onírico es por sí mismo un síntoma neurótico que presenta, además, la
inapreciable ventaja de poder ser observado en todo el mundo, incluso en los individuos de
salud normal.” Freud, S.: Lecciones introductorias al psicoanálisis (1916).

Arriba así a la conclusión de que en ambos casos el deseo imaginariamente


se ve cumplido. En la vida despierta los deseos se hallan sometidos por la
censura. La disminución de la misma durante el dormir permite que estos
deseos tengan mayor posibilidad para manifestarse. La función del sueño es la
de ser el medio por el que se suprimen las excitaciones psíquicas que acuden a
perturbar el reposo, supresión que se efectúa por medio de una satisfacción
alucinatoria.

El sueño para el psicoanálisis es un fenómeno psíquico pero que se torna


como una manifestación incomprensible, aunque es muy probable que el sujeto
sepa de qué se trata: “no sabiendo que lo sabe, cree ignorarlo”.
“Dichos sueños han sufrido una deformación; el proceso psíquico que entrañan hubiera
debido hallar originalmente una muy diferente traducción verbal.

Hay que diferenciar el contenido manifiesto del sueño, tal y como se lo recuerda con
extrema vaguedad por la mañana, que se reviste penosamente y con aparente
arbitrariedad de palabras, de las ideas latentes del sueño, que permanecen en lo
inconsciente...
De este modo resulta tan difícil para el sujeto reconocer el sentido de sus sueños
como para el histérico la relación y el significado de sus síntomas.” Freud, S.:
Psicoanálisis (1909).

La elaboración del sueño será la labor que transforma el sueño latente en el


sueño manifiesto. Los efectos de la misma son: el desplazamiento, la
condensación y la transformación de las ideas en imágenes visuales; no es
ésta la única forma en que las ideas se pueden revestir, pero las imágenes
constituyen lo esencial en la formación de los sueños.

El sueño manifiesto, como resultado de la elaboración, se puede considerar

ZEMQURA
como una manifestación enmascarada de un deseo reprimido.
“La elaboración onírica nos hace remontar a una doble prehistoria: en primer lugar a la
prehistoria individual, o sea a la infancia, en tanto y en cuanto todo individuo reproduce
abreviadamente en el curso de su infancia el desarrollo de la especie humana, la prehistoria
filogenética.” Freud, S.: Lecciones introductorias al psicoanálisis (1916).

Los sueños serán estimulados por deseos sexuales infantiles y actuales, dice
Freud, a veces con tan desenfrenada licencia, que han hecho necesaria la
institución de una censura y de una deformación onírica.

En su construcción las ideas latentes se entrelazarán con otras ideas que el


sujeto puede recordar y que corresponden a vivencias del día anterior. Estos
restos diurnos, bajo una ingenua apariencia, ya que hallan una relación más o
menos lejana con el deseo inconsciente, ofrecen algo indispensable al sueño,
ya que burlarán a la censura expresando bajo esta envoltura contenidos
reprimidos.
“... Estableceremos una distinción entre restos diurnos e ideas latentes, dando este nombre
a todo aquello que averiguamos por medio de la interpretación y reservando el de restos
diurnos para una parte especial de tales ideas. Diremos entonces que a los restos diurnos ha
venido a agregarse algo que pertenecía también a lo inconsciente, o sea un deseo intenso,
pero reprimido, y que este deseo es lo que ha hecho posible la formación del sueño. La
acción ejercida por él sobre los restos diurnos crea un nuevo acervo de ideas latentes,
precisamente aquellas que no pueden ser consideradas como relaciones explicables en la
vida despierta.”

El sueño será entonces un cumplimiento de deseos aunque esto no se puede


deducir del contenido manifiesto ya que puede ser tan engañoso que nos diga
lo contrario. El análisis de las pesadillas, por ejemplo, nos suele mostrar este
cumplimiento. Lo que ha ocurrido es que se ha expuesto tan claramente el
deseo que lejos de ser aceptado es rechazado.

En 1932, en el artículo Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis,


Freud hace una acotación señalando al sueño como una tentativa de
cumplimiento de deseos, ya que en determinadas circunstancias el sueño
puede conseguir muy imperfectamente sus propósitos o tiene que
abandonarlos; por ejemplo, en los casos de una fijación a un hecho traumático,
este hecho puede hacer fallar el trabajo de la elaboración onírica.

ZEMQURA
La interpretación analítica a partir de las asociaciones del paciente
permitirán acceder al contenido latente del sueño. Por lo tanto, lo recordado
(manifiesto) ya no serán imágenes relacionadas entre sí sino que pasará a ser
un discurso que puede expresar uno o varios deseos.
El simbolismo onírico implica una representación figurada e indirecta de un
conflicto que por este rodeo puede escapar a la censura. El psicoanálisis
tomará a toda formación de compromiso como simbólica, es decir, el
resultado de la relación entre el símbolo y lo simbolizado inconsciente.
Todo síntoma posee un sentido que se halla ligado a la vida psíquica del
sujeto. Este sentido fue descubierto por el Dr. Breuer en 1880, mediante el
tratamiento de un caso de neurosis. Cabe señalar que recién publicó estas
observaciones diez años después en colaboración con Freud. Este
descubrimiento se constituye en la base del tratamiento psicoanalítico:
partiendo del síntoma se arribó a la existencia del inconsciente.
“Para expresarlo más directamente, por medio de la investigación de los histéricos y otros
enfermos neuróticos, llegamos al convencimiento de que en ellos ha fracasado la represión
de la idea que entraña el deseo intolerable. Ha llegado a expulsarla de la conciencia y de la
memoria ahorrándose así aparentemente una gran cantidad de dolor, pero el deseo
reprimido perdura en lo inconsciente, espiando una ocasión para ser activado, y cuando ésta
se presenta sabe enviar a la conciencia una disfrazada e insustituible formación sustitutiva
de lo reprimido, a la que pronto se enlazan las mismas sensaciones displacenteras que se
creían ahorradas por la represión. Este producto sustitutivo de la idea reprimida, el síntoma,
queda protegido de subsiguientes ataques de las fuerzas defensoras del yo, y en lugar de un
conflicto poco duradero, aparece ahora un interminable padecimiento.” Freud, S.:
Psicoanálisis (1909).

El síntoma será entonces un signo y un sustitutivo de una expectativa de


satisfacción de un deseo y también del resultado de la represión. Algunos
síntomas están más al servicio de la satisfacción del deseo y otros más al
servicio de la satisfacción de la defensa. Estas dos fuerzas opositoras, por
medio de una transacción, se reconcilian en el síntoma. Esto nos muestra cuál
es la causa por la que su disolución presenta tanta resistencia por parte del
paciente. Para Freud, la sola desaparición de un síntoma no implica la
disolución de la enfermedad, pues, manteniéndose aún aquellos contenidos
inconscientes que lo originaron, es posible que encuentren nuevas formas de
expresión.

ZEMQURA
Si profundizamos en la teoría nos dirá también que todos podemos ser
considerados neuróticos, pues hasta los supuestamente más sanos llevan en sí
las condiciones que posibilitan la formación de síntomas. Debemos agregar
que el síntoma psíquico es perjudicial o por lo menos inútil y parasitario, y
que el sujeto lo realiza en contra de su voluntad, experimentando así
sensaciones displacenteras o dolorosas que demandan un esfuerzo psíquico
muy alto, quitando dicha energía a otras actividades.
Freud dirá que es un representante de lo reprimido cerca del Yo y de un
dominio muy lejano a él, por lo que el paciente lo vive como incongruente
con sus anhelos, incoercible en la medida en que no lo puede controlar, y
como señalamos anteriormente, incomprensible.
La diferencia fundamental con las otras formaciones del inconsciente es que
pertenece al campo de lo psicopatológico, mientras que el sueño y los actos
fallidos pertenecen al campo de lo que Freud llama “psicopatología de la vida
cotidiana”.
Con respecto a los actos fallidos, diremos que son aquellas acciones en las
que no se obtiene el resultado esperado conscientemente, sino que éste se
encuentra reemplazado por otro sin justificación aparente alguna. Freud
demostró que estas acciones son también formaciones de compromiso entre la
intención consciente y lo reprimido.
En sentido extenso, el acto fallido no sólo engloba a las acciones
aparentemente equivocadas, sino también a los lapsus linguae, olvidos,
pérdida de objetos, errores en la lectura, en la escritura y del
funcionamiento psíquico en general.
“Así pues el psicoanálisis ha extendido considerablemente la amplitud del mundo de los
fenómenos psíquicos y ha conquistado para la psicología dominios que anteriormente no
formaban parte de ella.” Lección IV, Los actos fallidos (1916).

Debemos señalar que estos actos no son fallidos en relación con el


contenido inconsciente, ya que ésta es la forma indirecta que encuentra para su
emergencia. Citaremos un ejemplo que da Freud en el artículo Psicopatología
de la vida cotidiana (1901) en el que podemos observar una combinación de
actos fallidos que se repiten con notable insistencia.

“Por motivos desconocidos para él había Jones dejado sobre su mesa, durante varios días,
una carta, sin acordarse de echarla. Por último se decidió a hacerlo pero al poco tiempo le
fue devuelta por las oficinas de correo a causa de haberse olvidado de consignar las señas.

ZEMQURA
Corregida esta omisión, echó la carta, olvidándose esta vez de poner el sello. Después de
esto no pudo dejar de ver ya su rechazo a mandar dicha carta.”

Agregaremos otros actos a los que ya no denominaremos fallidos sino actos


casuales y sintomáticos, que se muestran también como fallidos, inmotivados
y faltos de trascendencia, y se distinguen de los anteriormente citados por la
ausencia de otra intención distinta a aquella con la que tropiezan. Tomaremos
como ejemplo a aquellos actos casuales que se realizan sin tener una finalidad
aparente: enrollarse el pelo mientras se habla, dibujar garabatos durante un
diálogo telefónico, etc. Estos actos poseerán un sentido, son pequeños indicios
reveladores de otros procesos psíquicos más complejos.

“Observaréis que el investigador psicoanalítico se caracteriza por una estricta fe en el


determinismo de la vida psíquica. Para él no existe nada pequeño, arbitrario ni casual en las
manifestaciones psíquicas; espera hallar siempre una motivación suficiente hasta en
aquellos casos en los que no se suele sospechar ni inquirir la existencia de la misma, y está
incluso preparado a encontrar una motivación múltiple del mismo efecto psíquico,
mientras que nuestra necesidad causal, que suponemos innata, se declara satisfecha con una
única causa psíquica.” Psicoanálisis (1909).

El modelo de las series complementarias


Si bien en el comienzo de sus elaboraciones teóricas, Freud parte del
concepto de determinismo en un sentido simple (causa-efecto), pronto
percibirá que son varias las causas que producen un fenómeno psíquico,
arribando así a la idea de una sobredeterminación. Es decir, a la existencia de
una superposición de diferentes cadenas causales en relación a un mismo
efecto. En 1916, en el artículo “Lecciones introductorias al psicoanálisis”,
define, con mayor claridad, que desde el punto de vista etiológico confluyen
en mayor o en menor medida, según cada caso, tanto factores endógenos
(fijaciones) como exógenos (frustración) para desencadenar una neurosis y la
fijación a ciertos puntos en la trayectoria infantil del sujeto debe ser
comprendida como una cristalización de una determinada cantidad de energía
libidinal.

Este mismo modelo será utilizado para explicar la génesis de toda conducta
humana.

ZEMQURA
Los caminos de la pulsión
La sexualidad ocupa un papel preponderante en la teoría freudiana ya que
permite explicar las motivaciones más profundas del alma humana. Freud en
su obra Tres ensayos para una teoría sexual (1905), profundiza la temática
iniciada por los científicos de finales de siglo, quienes interesados por dicho
tema construyeron la sexología o ciencia de lo sexual, como una ciencia
biológica del comportamiento. Partiendo de hipótesis basadas en la herencia y
su transformación, intentaron así explicar las diferencias de las conductas
sexuales humanas.
Con respecto a esta postura el psicoanálisis produce una ruptura
epistemológica profunda, desarrollando un acercamiento a lo sexual
apoyándose en lo biológico y lo genital, pero a su vez trascendiéndolo ya que
la sexualidad pasa a ser la esencia de toda la actividad psíquica humana. Por
lo tanto, para esta nueva teoría el concepto de sexualidad es mucho más

ZEMQURA
abarcativo de lo que pensaba la ciencia por aquel entonces.
Por el año 1938 en el artículo “Compendio de psicoanálisis” sintetiza sus
investigaciones del siguiente modo:
“...a) La vida sexual no comienza sólo con la pubertad, sino que se inicia con evidentes
manifestaciones poco después del nacimiento.

b) Es necesario establecer una neta distinción entre los conceptos de lo sexual y lo


genital. El primero es un concepto más amplio y comprende muchas otras actividades
que no guardan relación alguna con los órganos genitales.
c) La vida sexual abarca la función de obtener placer en zonas del cuerpo, una función
que posteriormente es puesta al servicio de la procreación, pero a menudo las dos
funciones no llegan a coincidir íntegramente.”

Partiendo de estas premisas podremos observar como ejemplo el placer que


manifiestan los bebes llevándose los objetos a su boca, ya que la misma se
constituye en una zona erógena o productora de placer. Dice Freud:

“Es así como en la estructuración del psiquismo las energías o fuerzas que en él actúan se
organizan integrando funciones fisiológicas que sirven para la conservación de la especie.”

A partir del nacimiento y apoyándose en la necesidad biológica de


alimentarse se va a construir un nuevo orden. En tanto la alimentación le va a
permitir al bebe satisfacer su necesidad somática, le otorgará paralelamente
una nueva experiencia: la sensación de placer. Señala N. Braunstein que en
este momento “El orden de la necesidad estudiado por la biología se separa
del orden del deseo, que será estudiado por el psicoanálisis.” A este momento
lo denominaremos mítico, en tanto esta “primer vivencia o experiencia de
satisfacción “es una construcción teórica, de la que no podemos dar cuenta de
que se dé en un momento preciso, pero nos permite comprender la génesis de
la constitución de lo psíquico.

El encuentro con un otro (aún no diferenciado), dejará inscripto en el bebe


ciertos rasgos, que funcionarán como signo de aquello que produjo placer. La
satisfacción generada como consecuencia de la interacción con un otro
(succión del pecho) abrirán el camino de lo pulsional. Poco a poco, ante la
ausencia de esta vivencia, se generará un aumento tensional, motorizando el
deseo de reencuentro. Pero no será el placer generado lo que centrará la

ZEMQURA
búsqueda, sino aquel rasgo o signo que ha quedado inscripto en su psiquismo
(huella mnémica), asociado a la excitación originada por la necesidad
fisiológica (motivada por la sensación de hambre).
El pequeño sujeto ya no buscará satisfacer su necesidad biológica
solamente, sino algo más que eso. Pero como la primera experiencia es única
e irrepetible, cada próximo reencuentro dejará en él un “plus de
insatisfacción”, comparándolo con lo que Freud denomina “defraudación”.
Esto llevará a la imposibilidad de descargar totalmente la energía pulsional,
incrementándose a posteriori la carga de tensión psíquica frente a una nueva
necesidad (fisiológica) o ante un nuevo estímulo psíquico, cobrando mayor
fuerza y energía el deseo. Será así como la acción de la succión puede
independizarse de la necesidad fisiológica (hambre) tomando otros caminos,
como por ejemplo el chupeteo. Si bien en un principio la acción se “apoya” en
una necesidad, el deseo será irreductible a ella, dado que su origen no es en
relación con un objeto real, sino con un objeto fantaseado. Intentará así
cumplir su descarga a través de la representación de aquella primer
experiencia mítica que quedó en su recuerdo. Dicha representación no es en sí
misma más que la inscripción de los signos de lo acontecido. Por ello en
psicoanálisis se habla de cumplimiento de deseos y no de realización de

ZEMQURA
deseos, ya que no se hace referencia a objetos específicos, a lo real de lo
material, a la satisfacción de la necesidad, sino a una “realidad psíquica” que
alude a los deseos y a sus respectivas fantasías, a lo inconsciente.

El deseo implicará un retorno imposible, un mirar hacia atrás fundado en la


ilusión del reencuentro con lo perdido, a la total descarga de la pulsión, pero,
paradójicamente, es una motorización del psiquismo que impulsa al sujeto
hacia adelante, a la permanente búsqueda.
Freud utiliza por primera vez el término pulsión en el artículo “Tres ensayos
para una teoría sexual” (1905); en un pasaje añadido en 1910 expone que la
pulsión es la representación psíquica de una fuente endosomática de
estimulaciones, que fluye de manera continua.
Siendo la pulsión un concepto de demarcación o límite entre lo somático y
lo psíquico, el concepto de “libido” designará el aspecto psíquico,
caracterizándose como la energía y la manifestación dinámica de lo pulsional.
El concepto de pulsión impone una diferencia entre lo dinámico del
funcionamiento psíquico humano y el rígido “predeterminismo” conductual
animal, limitado por lo instintivo. Si observamos la vida sexual de un animal,
conoceremos con muy pocas variaciones el comportamiento de todos los
miembros de su especie, no ocurriendo lo mismo con el comportamiento
humano.
En el artículo “Pulsiones y destinos de pulsión” (1915) Freud enumera
cuatro características de la pulsión: empuje, fuente, objeto y fin.
El “empuje” constituye su esencia, produciendo la fuerza que genera la
actividad psíquica. La “fuente” es el proceso somático localizado en una parte
del cuerpo o en un órgano, cuya excitación es representada en el psiquismo
por la pulsión. El “objeto” es el medio por el cual la pulsión alcanza su
descarga, puede ser tanto la representación psíquica de un objeto externo
como la representación psíquica de una parte del propio cuerpo. Siendo
susceptible de ser sustituido por otros objetos psíquicos en el devenir de la
historia del sujeto. El “fin”apunta al logro de la satisfacción, a la descarga de
la excitación o tensión interna, siendo dicha actividad sostenida y orientada
por la fantasía. Podemos ya acordar que a diferencia del instinto, la pulsión no
tiene un objeto y un fin predeterminado por la especie. Las variaciones
propias de la sexualidad humana que esta característica le otorga fueron las
que condujeron a Freud a sus trabajos de investigación.

ZEMQURA
Intentando articular el concepto de pulsión con la primer experiencia de
satisfacción, podemos señalar que desde el nacimiento hasta la pubertad la
pulsión sexual se halla formando un conjunto de “pulsiones parciales”, siendo
las mismas el fundamento de la “sexualidad infantil”. Freud señala que las
pulsiones sexuales secundariamente se vuelven independientes, ya que
inicialmente se apoyan sobre las funciones vitales (por ej., el hambre) que le
proporcionan una fuente o “zona erógena” y un objeto, desprendiéndose de
ello el concepto de “apoyo” o “apuntalamiento”. Pero señala también que
posteriormente se independizarán abandonando el objeto inicial y volviéndose
“autoeróticas”.
El “autoerotismo” se refiere a un momento en que las pulsiones parciales se
satisfacen cada una independientemente de la otra, sin ninguna organización de
conjunto. Es una excitación que nace y se satisface en el mismo lugar o zona
erógena (por ej., la succión del pulgar).
Ya desde el año 1897, en el intercambio de correspondencia con su amigo
W. Fliess, Freud comienza a bosquejar mentalmente la idea de una sucesión de
momentos por los que atraviesa la sexualidad, estableciendo posteriormente
que la libido por excesiva gratificación o por excesiva frustración quedaría
fijada a alguno de estos momentos, determinando posteriormente modalidades
de personalidad.
Si la libido puede desplazarse en relación con su objeto y con su fin, tendrá
entonces durante la vida infantil diferentes fuentes de excitación. Teniendo
cada una de ellas distintas modalidades de lograr la sensación de placer le
corresponderán a cada zona erógena diferentes modalidades eróticas. Por
ejemplo: la succión del pulgar, la succión del pecho, la defecación, la
masturbación, etcétera, llegando a extenderse a la totalidad del cuerpo, incluso
a los órganos internos. De esta diversificación de la libido en diferentes zonas
erógenas le corresponderán las siguientes fases del desarrollo “psicosexual”:
oral, anal, fálica, período de latencia, y genital.
En la “fase oral” la búsqueda de placer esta centrada en la cavidad bucal y
en los labios, la actividad de la alimentación y la del chupeteo permiten
comprender cómo la pulsión sexual se apuntala sobre una función vital, pero
también cómo puede adquirir autonomía y lograr el placer autoeróticamente.
La primera experiencia de satisfacción se desarrolla durante la fase oral,
pero nos sirve como modelo para comprender la esencia del funcionamiento
psíquico en general. Debemos señalar que respecto a la oralidad y a la

ZEMQURA
alimentación el deseo y la satisfacción quedan marcados para siempre: ya no
será el objeto concreto –alimento– sino todo aquello que representa, aquello
que arrastra. Ya no es lo mismo cualquier alimento.
La “fase anal” transcurre aproximadamente entre los dos y cuatro años,
momento que coincide con la maduración biológica del músculo voluntario
denominado esfínter anal. Esta fase esta ligada a la función de defecación
(expulsión-retención), en relación con su dominio y con su control, pero
también al valor simbólico asignado a las heces. De este doble juego de
expulsión-retención de la materia fecal se construye una modalidad pulsional
que da como resultado una serie de fantasías que serán la base de
determinadas conductas pasivas y activas relacionadas con el tema. Las
pasivas se relacionarán con el erotismo anal y las activas con el sadismo anal:
fantasías de destrucción del objeto, de control y de dominio.
La importante significación que adquiere para el sujeto el producto que sale
de él (las heces), la desarrolla Freud cuando habla de la equivalencia
simbólica; heces = regalo = dinero. Permitiéndonos comprender las fantasías
que están detrás de muchas de las manifestaciones adultas, por ejemplo la
avaricia, etcétera.
La “fase fálica” aparece descripta en el artículo “La organización genital
infantil”. En esta fase se produce la unificación de las pulsiones parciales bajo
la primacía de los órganos genitales, pero no al modo en que ocurrirá en la
fase genital que se inicia en la pubertad, sino que tendrá la característica de
que tanto para la niña como para el niño el único órgano reconocido es el
masculino: el “falo”, siendo en este período el homólogo femenino el clítoris.
Toda la actividad intelectual se pone al servicio de la curiosidad sobre la
sexualidad.
La utilización de “fálica” para denominar a esta fase no queda sujetada al
concepto de pene como realidad anatómica sino al valor simbólico que éste
adquiere. Considerado el falo como uno de los símbolos universales, adquiere
a su vez significaciones personales: el sujeto como persona total puede ser
identificado al falo, puede representar también la fantasía de completud, de
virilidad, de potencia, etcétera.
Una de las principales fantasías que surgen en esta fase del desarrollo gira
alrededor de la posesión o no del falo: “tener falo o estar castrado”. Como lo
señalamos con anterioridad, la niña sostiene también esta fantasía, en la
medida en que produce una libidinización de su clítoris, no tomando en cuenta

ZEMQURA
su zona vaginal como centro de excitación. Por lo que para ambos sexos su
interés gira en torno de la representación de la posesión “fálica” y en la
posibilidad de su separación del cuerpo, estando esta última fantasía
relacionada con lo que Freud denomina “Complejo de castración”. Dicho
complejo se constituye como un sentimiento inconsciente de amenaza que
experimentan los niños cuando verifican la diferencia anatómica con el sexo
opuesto.
En el artículo “Análisis de una fobia de un niño de cinco años” (1909), se
citan algunos comentarios textuales realizados por un niño, llamado Juanito,
ante el descubrimiento de las diferencias sexuales anatómicas con su hermana
menor:
“...Cuando la recién nacida tenía ya unos ocho días, Juanito presencia el baño de su
hermanita. Observó: ¡Qué pequeña tiene la cosita! Y añadió luego a guisa de consuelo: ¡Ya
le crecerá cuando sea mayor!”

“...Ve bañar a su hermanita de tres meses y dice con acento compasivo: ¡Tiene una
cosita muy chiquituca! Le dan una muñeca. La desnuda y dice: ¡Esta sí que tiene
pequeña la cosita!”

Tiempo después, a los cuatro años y medio, presencia nuevamente el baño


de su hermana y se pone a reír:

“...Le preguntan: —¿De qué te ríes?

Juanito: —De la cosita de Hanna.


—¿Por qué?
Juanito: —Porque es muy bonita.”

No siendo muy sincero en su respuesta (dice Freud), ya que lo enfrenta a la


concreción imaginaria de la fantasía de castración, Juanito llega a reconocer
por primera vez la diferencia sexual anatómica en vez de negarla.

Correlativamente el “Complejo de Edipo” es una noción central para el


psicoanálisis, y si antes de Freud el mito de Edipo era sólo relacionado a la
tragedia de Sófocles, hoy no puede dejar de asociarse también al des-
cubrimiento freudiano. Se relaciona así el destino con el determinismo de la
vida psíquica. J. Starobinski señala al respecto que:

ZEMQURA
“Edipo simboliza lo universal del inconsciente disfrazado de destino.”

Este “Complejo nuclear”, como fuera denominado inicialmente, se


despliega entre los tres y cinco años aproximadamente, cuando el niño
comienza a sentir sensaciones voluptuosas hacia su madre y paralelamente
siente con respecto a su padre admirado un sentimiento de rivalidad, ya que es
él el obstáculo de amor hacia su madre, generándose un sentimiento
ambivalente de odio y amor. También puede adoptar una posición inversa de
sentimientos, amor hacia el padre y hostilidad hacia la madre, lo que se
denomina Edipo negativo. Siendo ambas posibilidades complementarias
constituyen lo que en el artículo “El yo y el ello” (1923) Freud describe como
“Edipo completo”.

La conflictiva edípica se disuelve en el varón debido al temor instaurado


por la amenaza de castración, asociada a la representación paterna como
instituyente de la Ley (prohibición del incesto), evolucionando así hacia una
pérdida de investidura libidinal hacia la madre y a una fuerte identificación
con la figura paterna. Este proceso no sólo permite volver a la madre a través
de sentimientos tiernos (pulsiones de meta inhibida) sino también a una
identificación con su sexualidad.
Aun con las mismas consecuencias finales en su resolución, ocurre que en el
caso del Edipo femenino Freud intenta afanosamente determinar qué es lo que
aleja a la niña de dicha conflictiva, pero no lo logra claramente. Mientras que
en el varón la angustia que genera la fantasía de temor a la castración lo aleja
de la triangulación edípica; a la mujer, la angustia de castración la ha
introducido en dicha conflictiva, como consecuencia de la desilusión con la
madre de no poseer el falo y de no habérselo otorgado a ella. Al no haber una
causa clara que la lleve a alejarse, luego de varios intentos de explicación
Freud llegará a la idea de que la conflictiva edípica en la niña se disipa
lentamente en comparación con el varón.
Retomando el concepto de sobredeterminismo de la vida psíquica, podemos
señalar que son varios los factores que impulsan al sujeto al complejo de
Edipo, pudiendo así citar la herencia filogenética a través de las fantasías
primordiales, a los vínculos primarios establecidos y a las actitudes de los
padres que reactualizan su propia historia infantil edípica.
Podemos tomar como ejemplo algunos comentarios del padre de Juanito,

ZEMQURA
donde quedan expuestos claramente el complejo de castración y el complejo
de Edipo:
“...En la noche del 27 al 28, Juanito nos sorprende levantándose a oscuras de su cama y
viniéndose a la nuestra. Su cuarto está separado del nuestro por un gabinete. Le
preguntamos por qué se ha levantado y si es que le ha dado miedo. Dice: ‘No, mañana lo
diré’. Se duerme en nuestra cama y lo llevo dormido a la suya.”

Al día siguiente el padre lo interroga por lo sucedido:

“...Juanito dice: por la noche había en mi cuarto una jirafa grande y otra toda arrugada. La
grande empezó a gritar porque yo le quité la arrugada. Luego dejó de gritar, y entonces yo
me senté encima de la jirafa arrugada.”

Freud señala a continuación:

“El sentarse encima es probablemente la representación que Juanito se forma de la toma de


posesión. Fantasía de desafío enlazada a la victoria sobre la oposición del padre. ¡Grita lo
que quieras! Mamá me recibe a pesar de todo en su cama. ¡Mamá es mía, me pertenece!”

Toda esta fantasía representa lo que estaba ocurriendo con Juanito en los
últimos días ya que se pasaba a la cama de los padres, mientras su padre
reprochaba a la madre porque lo consentía.
El complejo de Edipo es un complejo nuclear porque es determinante en la
estructuración psíquica del sujeto. Si bien el mecanismo de represión arrastra
al sujeto a una amnesia de lo acontecido (amnesia infantil sobre los primeros
cinco años de vida) estas vivencias y su modo particular de intento de
resolución determinaran una manera de vincularse con sí mismo y con el
mundo.
A partir de la declinación del complejo de Edipo comienza a desarrollarse
un período denominado de “latencia”. Durante su transcurso hasta la pubertad
ocurre que, por efecto de la represión, hay una disminución notable de
actividades y fantasías ligadas directamente a la sexualidad, pero si hay un
predominio de sentimientos tiernos con sus relaciones objetales, aparecen
también sentimientos de pudor, de asco e inquietudes relacionadas con el
aprendizaje, con lo moral y con lo estético. A este momento del desarrollo
libidinal se lo denomina período y no fase, porque en su transcurso no se
produce una nueva organización de la sexualidad.

ZEMQURA
Llegada la pubertad, las pulsiones parciales se unifican bajo la primacía de
la genitalidad, organizándose y jerarquizándose, volviéndose así el placer que
conlleva los preliminares al orgasmo. En esta nueva “fase genital”, aquellas
pulsiones que no logran integrarse en forma definitiva a la genitalidad
encuentran el camino de la sublimación (por ej.: actividades artísticas,
intelectuales, etcétera). La maduración biológica y la internalización de la
prohibición del incesto impulsan al sujeto a una canalización exogámica de sus
deseos sexuales.
E. Roudinesco y M. Plon señalan que Freud no estableció una terminología
para diferenciar los dos dominios de la sexualidad: la determinación
anatómica y la representación social o subjetiva. Pero sí demostró que la
sexualidad es tanto el lugar de una diferencia anatómica como el de una
representación o una construcción mental.
... Veinte años después
Por el año 1920 el Psicoanálisis se había constituido como un sólido cuerpo
teórico, que permitía desde el campo de la ciencia acceder a la comprensión
de los aspectos más irracionales del alma humana. A diferencia de sus
primeros años había construido un lugar que se expandía en los diversos
círculos científico-culturales. Si bien para muchos su base teórica había
encontrado una cierta estabilidad, no lo fue así para Freud, cuyo espíritu
crítico y de investigación continuaba con la misma fuerza que en sus
comienzos. Hasta aquí había arribado a una elaboración de una teoría
pulsional señalando que la misma es una carga energética que impulsa al
organismo hacia un fin, y que se diferencia del instinto ya que éste tiene un
objeto y un fin predeterminados. Agrupa a las pulsiones en un par antitético
dividiéndolas en pulsiones del Yo o de autoconservación (por ejemplo,
hambre), que están al servicio del principio de realidad y pulsiones

ZEMQURA
libidinales o sexuales (amor), que están gobernadas por el principio del
placer, sustituyendo éstas luego por las de libido objetal y libido narcisista.
Partiendo de ciertas conceptualizaciones de la biología, Freud se da cuenta
de que ya no puede explicar la búsqueda de satisfacción por parte del sujeto
con esta primer teoría pulsional, correspondiente a un único tipo de pulsiones,
pulsiones de vida (autoconservación, sexuales).
“En los trabajos de mis últimos años, (Más allá del principio de placer, Psicología de las
masas y análisis del Yo y El Yo y el Ello), he dejado libre curso a mi tendencia a la
especulación, contenida durante mucho tiempo y he intentado una nueva solución al
problema de las pulsiones. He reunido la conservación del individuo y de la especie bajo el
concepto de Eros, oponiendo a ésta la pulsión de muerte o de destrucción (Tánatos) que
labora en silencio.

... La pulsión es concebida como una especie de elasticidad de lo animado; esto es


como una aspiración de reconstruir una situación que existió alguna vez y fue
reprimida.” Freud, S.: Autobiografía (1924).

El concepto antitético entre Eros, pulsiones de vida y Tánatos, pulsiones de


muerte, recibió fuertes resistencias en el seno del círculo psicoanalítico;
Freud ya estaba acostumbrado a ello y persistió en esta teoría hasta el final de
su obra.
“Recuerdo mi propia resistencia cuando la idea de la pulsión de destrucción me apareció
por primera vez, y cuánto tardé en aceptarla.” Freud, S.: El malestar en la cultura.

J. Schabelson señala que el ser humano a lo largo de la historia sintió la


muerte como un hecho ajeno a sí mismo, que corta el hilo de la vida,
inexplicable desde lo racional y por lo tanto librado a lo religioso, a la
voluntad de Dios. Tanto Freud como Heidegger (en sus primeros trabajos)
producen una ruptura con respecto al concepto de muerte; para ellos será una
condición previa para la vida, dejando de ser un hecho repentino o fortuito.

La oposición entre pulsiones de Vida y de Muerte es introducida por Freud


en el artículo Más allá del principio de placer (1920). Las pulsiones de
muerte tienden al retorno a un estado inorgánico, a un estado de reposo tal, que
desaparecen por completo las tensiones (nirvana); mientras que las de vida
tienden a conservar unidades vitales existentes y construir a partir de éstas
unidades más complejas. Entre los motivos manifiestos que llevaron a Freud a
esta nueva conceptualización se encuentra el trabajo con sus pacientes;

ZEMQURA
observa en los mismos una compulsión a la repetición de actos o ideas que no
podían explicarse por una búsqueda de satisfacción libidinal ni tampoco por
el intento de dominar experiencias displacenteras, dependiendo de una fuerza
independiente y capaz de oponerse aparentemente al principio de placer. El
principio de placer parece entonces hallarse también al servicio de las
pulsiones de muerte. Freud señalará con respecto a esta oposición sus
aspectos complementarios en la vida del sujeto. Por ejemplo, en la relación
sexual se tiende a un equilibrio entre ambas pulsiones, ya que el incremento de
la pulsión de muerte lleva a una relación agresiva con el objeto y su ausencia
o su pasividad a la impotencia.
En un reportaje realizado en 1929 por G. S. Viereck, Freud comentará que
“tal vez muramos porque deseamos hacerlo. Del mismo modo que en nuestro
interior conviven simultáneamente el odio y el amor por una persona, toda
vida combina el deseo de supervivencia con un ambivalente deseo de
aniquilación. En todo ser normal el deseo de vivir es lo suficientemente
intenso como para contrarrestar el deseo de morir, aunque, en última instancia,
este último acaba siendo el más poderoso. Podemos así jugar con la sugerente
idea de que la muerte nos alcanza porque en algún momento la deseamos”.
El Yo es otro concepto tomado de la Psicología que estuvo presente desde
los inicios de sus elaboraciones teóricas, utilizado tanto para referirse a la
personalidad en su conjunto como, en otras oportunidades, para designar el
sistema preconsciente-consciente. Es a partir de 1920 que Freud comienza a
reconceptualizarlo adquiriendo características propias en la teoría
psicoanalítica. En el artículo “El Yo y el Ello” (1923) es donde pone de
relieve el hecho de que la instancia represora Yo y sus operaciones defensivas
son las que permiten evitar la angustia en el sujeto, siendo en su mayor parte
inconscientes. El Yo no será ahora equivalente a conciencia sino que algunos
de sus aspectos serán inconscientes.
Estas últimas elaboraciones del funcionamiento mental lo llevan a la
necesidad de reformular la tajante división del aparato psíquico en dos
sistemas, para considerar una nueva formulación del mismo en tres instancias:
Ello, Yo y Superyó. Lo significativo será que tanto el Yo como el Superyó
hunden sus raíces en el Ello. Como los límites de estas instancias son
imprecisos, esta formulación se diferenciará notablemente de la primera.
La conceptualización de esta tópica se conforma definitivamente en el

ZEMQURA
artículo Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis (1932). No deviene
ya de las ideas del funcionamiento propio de la física sino que en ella se juega
una visión antropomórfica de los procesos psíquicos, basada en el modelo de
las relaciones interpersonales. Por ejemplo, cuando se refiere a la depresión,
señala que el Superyó se comporta sádicamente con respecto al Yo. El
incipiente pensamiento estructuralista en el campo de las ciencias ejercerá su
influencia en esta nueva formulación. El aparato psíquico se constituirá a
partir de una diferenciación progresiva de las instancias psíquicas, existiendo
entre ellas una permanente interrelación, ocupando el Yo el lugar de
representante de los intereses de la totalidad de la persona.
Al caer el deseo de dar por terminadas las conceptualizaciones teóricas
arribadas hasta ese momento, reinstala la duda –fuente y motor de inspiración
para proseguir la búsqueda de la verdad.
“Tan sólo aquellos crédulos que piden a la ciencia un sustituto del catecismo podrán
reprochar al investigador el desarrollo o modificación de sus opiniones.” Más allá del
principio de placer. Freud, S. (1920).

Segunda formulación del aparato psíquico

Las instancias Ello, Yo y Superyó serán consideradas como una


diferenciación progresiva en la constitución psíquica. A partir del nacimiento
no hay todavía una diferenciación entre el yo y el no-yo por parte del sujeto.
Este incipiente aparato psíquico está constituido sólo por el Ello, lo que le
otorgará a la pulsión un origen inicial. Freud se referirá a él metafóricamente
como el caldero de las pulsiones, o sea como un caos o un caldero hirviente
de estímulos.
Si lleváramos esta tópica a una representación gráfica, lo haríamos con uno
de sus extremos abiertos, orientado a lo somático, recibiendo las necesidades
pulsionales que es de donde cargará su energía, las que posteriormente serán
traducidas en expresiones psíquicas. Recordemos que la pulsión es el límite
entre lo somático y lo psíquico. Si lo comparamos con el inconsciente de la
primera tópica nos encontramos que mantiene su misma legalidad, careciendo
por lo tanto, de organización, no generando una acción conjunta y dando curso
al principio de placer. Diremos entonces que el Ello es inconsciente y que la
energía pulsional es móvil y capaz de descarga, pues de otro modo no se
produciría el libre desplazamiento y la condensación característica de esta

ZEMQURA
instancia psíquica.
Es el gran reservorio de la libido (energía dinámica de la pulsión sexual).
Sus contenidos se constituyen a partir de lo hereditario, lo innato y lo
reprimido, conformándose así en el polo pulsional de la personalidad.
El término Ello, tomado por Freud de Broddeck y de Nietzsche, designa lo
impersonal; para el psicoanálisis será aquello que nos maneja desde un lugar
distinto a aquel en el que somos capaces de reconocernos.
“No esperéis que del Ello pueda comunicaros grandes cosas. Es la parte inaccesible y
oscura de nuestra personalidad; lo poco que sabemos de él lo hemos averiguado mediante el
estudio de la elaboración onírica y de la producción de los síntomas neuróticos. No
pudiendo ser descripto sino como antitético al Yo.” Nuevas lecciones introductorias al
psicoanálisis (1932).

El Yo es aquella parte del Ello que fue modificada por la proximidad y la


influencia del mundo exterior, recibiendo los estímulos y siendo también una
protección hacia ellos.

“La relación con el mundo exterior ha sido decisiva para el Yo, el cual ha tomado a su cargo
la misión de representarlo cerca del Ello, para bien del mismo, pues, sin cuidarse de tan
ingente poder exterior, y en su ciega aspiración a la satisfacción pulsional, no escaparía al
aniquilamiento.
... De este modo ha destronado al principio de placer que rige ilimitadamente su poder
en el Ello, y lo ha sustituido por el principio de realidad que promete mayor seguridad
y mejor éxito.” Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis (1932).

Su constitución será a partir de lo que del otro humano toma como modelo,
por medio de identificaciones. Se constituye a partir de las primeras
relaciones objetales con aquellas personas que cumplieron las funciones
parentales, agregándose posteriormente a la conflictiva edípica otras figuras
significativas.

Su función perceptiva permite el registro del otro, con quien en sus primeros
momentos se establece un encuentro libidinal, resultado de sensaciones en la
superficie de su cuerpo (ej.: caricias de la madre), que le permiten su
integración, y posteriormente, su diferenciación, lo que podemos considerar
como una proyección de su organismo en su psiquismo.
Este encuentro dará así lugar a las identificaciones, donde el Yo hace
propias o internaliza algunas características o rasgos del objeto. Esta

ZEMQURA
constitución paulatina de integración y posterior diferenciación del otro le
permite al sujeto una forma de encauzar las demandas pulsionales.
La distinción con el Ello gira en torno de la posibilidad paulatina de
organización y síntesis de sus contenidos, representando a la razón y a la
reflexión, lo que hace posible las funciones de atención, pensamiento,
percepción, etcétera.
Si bien la mayor parte de sus contenidos se rige por el proceso secundario,
debemos señalar que la represión y los mecanismos defensivos del Yo
(formación reactiva, racionalización, negación, etcétera) son inconscientes.
Así como el término Ello alude a lo impersonal, el término Yo designa,
como pronombre de primera persona, aquello que el sujeto reconoce como
propio. Aunque Freud va a señalar que el Yo es débil constitutivamente en
tanto su energía la recibe del Ello.
“La relación entre el Yo y el Ello puede compararse con la de un jinete y su caballo. El
caballo suministra la energía para la locomoción; el jinete tiene el privilegio de fijar la meta
y dirigir los movimientos del robusto animal. Pero entre el Yo y el Ello ocurre
frecuentemente el caso nada ideal de que el jinete tiene que guiar al caballo allí donde éste
quiere ir.”

Así es como solemos escuchar: No sé, no lo puedo evitar, esto es más fuerte
que yo.

El Superyó será la tercera instancia psíquica que se constituye, a partir de la


prolongada dependencia del sujeto a la autoridad de los padres y
fundamentalmente con la declinación del Complejo de Edipo.

“El Superyó es para nosotros la representación de todas las restricciones morales, el


abogado de toda aspiración a un perfeccionamiento; en suma, aquello que se nos ha hecho
psicológicamente aprehensible. Siendo en sí procedente de la influencia de los padres,
posteriormente de educadores, etc. El examen de estas fuentes nos ilustrará sobre su
significación. Por lo regular los padres y las autoridades análogas a ellos siguen en la
educación del niño las prescripciones de su propio Superyó.

...De este modo el Superyó del niño no es constituido en realidad conforme al modelo
de los padres mismos, sino al del Superyó parental; recibe el mismo contenido
pasando a ser el sustrato de la tradición de todas las valoraciones permanentes, que
por tal camino se han transmitido a través de generaciones.” Nuevas lecciones
introductorias al psicoanálisis (1932).

ZEMQURA
Afirmamos el principio de que la constitución definitiva del Superyó es
resultado de la declinación del Complejo de Edipo, ya que su consecuencia es
la renuncia a la satisfacción de los deseos incestuosos por parte del sujeto, por
efecto de la represión. El Complejo de Edipo se enfrenta con la prohibición
paterna, siendo la figura del padre quien encarna la ley, por lo que el Superyó
no es sólo un residuo de las primeras relaciones objetales del Ello sino una
enérgica formación reactiva contra las mismas. Transformará así, el pequeño
sujeto, sus deseos en un proceso de identificación con los padres, a través de
sentimientos tiernos originarios del Yo y ya no del Ello, y se identificará con
el progenitor del mismo sexo lo que se constituirá en la base de la identidad
sexual.

Freud señala que la relación con el Yo no se limita a la advertencia:


“Así como el padre debes ser”, sino que comprende también la de
prohibición: “Así como el padre no debes hacer”. No debes hacer todo lo que
él hace pues hay algo que le está reservado. La internalización de la ley
fundamental, la prohibición del incesto, será la que permite la posterior
internalización del resto de las normas culturales.
Es en el artículo El Yo y el Ello (1920) donde figura por primera vez el
término Superyó. En aquel momento es tomado como sinónimo del Ideal del
Yo, pero en el artículo citado de 1932 Freud realiza una diferenciación de tres
funciones: Ideal del Yo, conciencia moral y autoobservación. El Superyó
realiza una observación actual al Yo y lo compara con el Ideal operando la
censura en la medida en que se aleja de éste. Las tensiones entre el Yo y el
Superyó dan como resultado sentimientos de inferioridad y de culpabilidad. El
primero relacionado con el alejamiento del Ideal del Yo y el segundo por el no
cumplimiento normativo de la conciencia moral; por lo que el Superyó
determinará al Yo lo que ha de reprimir y lo que no. Si bien algunos de sus
aspectos son conscientes, la mayor parte del Superyó es inconsciente.
El Ideal del Yo le permitirá al sujeto un modelo al que intentará adecuarse
siendo primariamente las figuras parentales y posteriormente otros modelos
significativos. Estará relacionado con el “deber ser”.
“... el Ideal del Yo es con quien se compara el Yo, al cual aspira y cuya demanda de
perfección siempre creciente se esfuerza en satisfacer. No cabe duda de que este ideal es el
residuo de la antigua representación de los padres, la expresión de admiración de aquellas

ZEMQURA
perfecciones que le atribuía entonces.” Freud, S.: Nuevas lecciones introductorias al
psicoanálisis (1932).

El siguiente esquema ilustra las relaciones estructurales de la personalidad


anímica:
ZEMQURA
Esquema propuesto por Freud en el artículo
“Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis” (1932).

Como vemos, no hay límites precisos en las tres instancias por lo que la
división sólo intenta designar procesos, funciones y mecanismos diferentes
constitutivos de la personalidad. Conducido por el Ello, restringido por el
Superyó y enfrentándose con la realidad, el Yo intenta establecer como puede
una cierta armonía entre las demandas que actúan sobre él.
Si en los primeros años el objetivo del psicoanálisis era hacer consciente lo
inconsciente, Freud dirá a partir de esta formulación: “Lo que era Ello, Yo ha
de ser”.

ZEMQURA
La cura por la palabra
“Las palabras primitivamente formaban parte de la magia y conservan en la actualidad
algo de su antiguo poder.”
S. Freud.

Si partimos de los orígenes de la teoría psicoanalítica, debemos recordar


que Ana O., aquella paciente tratada por Breuer y sobre la que luego teorizó
junto a Freud, denominó ese tratamiento hipnótico “cura por conversación”, o
en broma, “limpieza de chimenea”.

“Pronto descubrió como por azar que mediante este deshollinamiento del alma podía
obtenerse algo más que una eliminación pasajera de perturbaciones anímicas siempre
recurrentes. También se conseguía hacer desaparecer los síntomas patológicos cuando en
hipnosis se recordaba con exteriorización de los afectos la ocasión y el asunto a raíz del
cual esos síntomas se habían presentado por primera vez.” Psicoanálisis (Cinco
conferencias) (1909).

ZEMQURA
La utilización con sus pacientes del método catártico (derivado del griego
katharsis que significa purificación) va siendo dejada de lado, ya que la
inducción hipnótica no sólo cada vez se vuelve más resistente en los pacientes
sino que encuentra una barrera en los recuerdos que no puede atravesar.
Además, los síntomas tienden nuevamente a regresar. Luego de implementar la
técnica del apremio, consistente en ponerle la mano en la frente al paciente y
señalarle que recordará así lo buscado, Freud dejará cada vez más al paciente
en su libre discurrir, arribando así a la técnica de la asociación libre. Esta
original técnica para la cura, que diferenciaba claramente al psicoanálisis de
otros abordajes terapéuticos, instauró un lugar privilegiado tanto a la escucha
como a la palabra.

Sólo en la medida en que el paciente se permita la asociación libre es que


se puede hablar de acto psicoanalítico, determinándose así en su “regla
fundamental”.
“El éxito del psicoanálisis depende de que el paciente respete y comunique todo lo que
atraviesa su pensamiento y no se deje llevar a retener ocurrencias por creerlas
insignificantes o faltas de conexión con el tema dado, y otras por absurdas o desatinadas.”
La interpretación de los sueños (1900).
Este particular discurso no se hallará regido por las leyes de la clásica
escuela asociacionista: contigüidad, semejanza, contraste, sino que las formas
en que se agrupan estas asociaciones, su diversidad y engañosos modos de
conexión, son el resultado de la propia dinámica de los mecanismos de
defensa inconscientes del sujeto. Al correrse del hilo conductor que le da
coherencia a su discurso, el mismo se organizará desde otro lugar, permitiendo
en el análisis una vía más accesible para develar los contenidos reprimidos.
Aunque el inconsciente está presente en todos los actos y en el decir corriente
del sujeto, su emergencia será más evidente en aquellas interrupciones no
esperadas conscientemente en el discurso, como por ejemplo: lapsus linguae,
neologismos, etcétera. Debemos agregar que la palabra para el psicoanálisis
dice más que lo que enuncia.

“... La disposición de ánimo del hombre que reflexiona es totalmente distinta de la del que
observa sus procesos psíquicos... En muchos casos existe una concentración de la atención;
pero el sujeto, sumido a la reflexión, ejercita además una crítica, a consecuencia de la cual
rechaza una parte de las ocurrencias emergentes después de percibirlas, irrumpe otras en el

ZEMQURA
acto, negándose a seguir los caminos que abren el pensamiento, y reprime otras antes que
hayan llegado a su percepción, no dejándolas advenir conscientes. En cambio el
autoobservador no tiene que realizar más esfuerzo que el de anular la crítica. Si lo consigue
acudirá a su conciencia una infinidad de ocurrencias, que de otro modo hubieran
permanecido inaprensibles. Con ayuda de estos nuevos materiales se nos hace posible llevar
a cabo la interpretación de las ideas patológicas.” La interpretación de los sueños, Cap. 2
(1900).

La técnica de la asociación libre no sólo fue utilizada con los pacientes sino
también por el propio Freud para interpretar sus sueños y en su autoanálisis.
La misma permite reinstalar lo reprimido en la serie psíquica consciente,
dando lugar a nuevas significaciones.

Como dato curioso, podemos citar un artículo publicado en 1920, titulado


Para la prehistoria de la técnica psicoanalítica, donde comenta el trabajo
literario de L. Börne (1823), y recuerda que le fue regalado cuando tenía 14
años, siendo éste un escritor que por aquel entonces llamó mucho su atención.
Uno de los artículos de este autor es “El arte de llegar a ser un escritor en tres
días”. En ese escrito propone tomar varios pliegos de papel y escribir todas
las ocurrencias que surjan espontáneamente sin efectuar crítica alguna. Años
después Freud se sorprende al releerlo, ya que encuentra también otras ideas
que él mantenía y defendía. Freud va a definir como criptoamnesia el olvido
de este texto que sin duda es un antecedente interesante en su pensamiento con
respecto al valor de las asociaciones espontáneas, de las que fuera
determinando su valor terapéutico en el devenir de sus trabajos con los
pacientes.
En esta particular relación que se establece en la cura analítica, al libre
discurrir del paciente le deberá corresponder por parte del analista una
escucha no convencional, denominada por Freud “atención flotante”; consiste
en rechazar todo medio auxiliar, incluso la anotación, en ahorrar todo esfuerzo
que intercepte la atención, en escuchar sin prejuicios o diagnósticos previos el
relato del paciente y sin intentar retener algún fragmento en especial, ya que en
la sesión surgirán ideas que aunque parezcan muy nimias su significación
podrá ser descubierta a posteriori, abandonándose así el analista a su
memoria inconsciente. Lo atentatorio sería quedarse con una palabra tan social
que haga callar y por lo tanto no escuchar la singularidad del paciente.

ZEMQURA
“He de recomendar a mis colegas que procuren tomar como modelo durante el tratamiento
psicoanalítico la conducta del cirujano, que impone silencio a todos sus afectos, e incluso a
su compasión humana y concentra todas sus energías psíquicas en su único fin: practicar la
operación con todas las reglas del arte.” Consejos al médico en el tratamiento
psicoanalítico (1912).

Es así como la atención flotante permitirá descubrir al analista las


conexiones existentes en el discurso del paciente y establecer una
comunicación de inconsciente a inconsciente. Para ello deberá existir no sólo
una sólida formación previa sino un análisis personal del analista. W. Stekel
señaló que: “a cada una de las represiones no vencidas por el analista le
corresponderá un ‘punto ciego’ en su trabajo con los pacientes”.

La “interpretación” es el método que por medio de la deducción resultante


de la investigación terapéutica permite intervenir al analista, señalando el
sentido latente de los actos y del discurso del analizado, intentando dejar en
descubierto el conflicto psíquico entre el deseo y la defensa.
El acto interpretativo puede rastrearse desde los orígenes de la civilización,
por ejemplo a través del relato bíblico de los sueños del faraón, donde las
imágenes de siete vacas flacas y siete vacas gordas, al entender de los
exégetas, representarían futuros años de miseria y de prosperidad. Podemos
citar también como ejemplo, la interpretación popular de las imágenes
oníricas con cábalas o premoniciones. Es a partir del psicoanálisis que la
interpretación cobra sentido en relación con la historia del sujeto y no con
simbolismos universales.
“Mi procedimiento no es tan cómodo como el popular método descifrador, que traduce
todo contenido onírico conforme a una clave fija. Por lo contrario, se ve que un mismo
sueño puede presentar varios sentidos, según quién lo sueñe o el estado individual al que se
relaciona.” Freud, S.: El método de la interpretación onírica (1900).

Cabe destacar que Freud va a señalar a la interpretación de los sueños


como una “vía regia” para el acceso a los contenidos inconscientes. Se
constituirá así en el método por el cual se intentará hacer el pasaje del sentido
manifiesto al sentido latente. Si bien la interpretación estuvo presente en sus
primeros trabajos, se incorpora claramente en la dinámica de la cura cuando
pasa a formar parte como método psicoanalítico en el artículo El manejo de
la interpretación de los sueños (1911).

ZEMQURA
Una intervención analítica referida al discurso del paciente, a un sueño, a un
acto fallido, etc. se constituirá como interpretación sólo a posteriori, en
relación con el efecto que produce. La interpretación no tiende a cerrar el
discurso sino a que el mismo se siga desplegando a través de nuevas
asociaciones. La palabra del analista es muy importante porque viene del Ideal
del Yo, por lo que debe ser cuidadoso en toda intervención.
“El Yo del enfermo nos propone la más completa sinceridad, es decir, promete poner a
nuestra disposición todo el material que le suministra su autopercepción; por nuestra parte,
le aseguramos la más estricta discreción y ponemos a su servicio nuestros conocimientos
en la interpretación del material influido por el inconsciente.” Compendio de psicoanálisis
(1938).

Debemos pensar que en la cura analítica no es de un diálogo de lo que se


trata, sino de una comunicación de inconsciente a inconsciente. La
interpretación es de un nivel lógico diferente; de no ser así será sólo una
opinión del analista. Las intervenciones psicoanalíticas no se refieren a las
causas, sino a motivaciones inconscientes, otorgándoles un significado que no
excluye otros.
El método interpretativo será utilizado también para develar la significación
inconsciente de otras actividades humanas a las que no se puede acceder por
medio de la asociación libre, por ejemplo en psicoanálisis aplicado. Pero la
base del psicoanálisis ha sido y será la de develar las motivaciones
inconscientes que hay detrás de toda palabra, de la palabra pronunciada en
transferencia.
Freud va a señalar que el primer motor de la terapia está en las dolencias
del enfermo y en el anhelo de curación por ella generado, pero que en el curso
del tratamiento las nuevas fuentes de energía nacen en el fragor de la
transferencia.
“Recordemos ante todo que la acción conjunta de la disposición congénita y las
experiencias de los años infantiles determinan en cada individuo la modalidad especial de su
vida erótica.” Freud, S.: La dinámica de la transferencia (1912).

Continúa diciendo que sólo una parte de estas tendencias han realizado una
evolución psíquica completa, mientras que otra parte en cambio ha quedado

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detenida en su desarrollo por el ejercicio sobre ella de la represión, pudiendo
desplegarse sólo en la fantasía o quedando confinadas en lo inconsciente. Por
lo tanto, es factible que la carga de libido que el sujeto parcialmente
insatisfecho mantiene esperanzadamente se oriente en el tratamiento hacia la
figura del analista.

El terapeuta será entonces insertado en una de las series psíquicas que el


paciente ya tiene preparada. No tendrá así recuerdo consciente de lo
reprimido sino que lo vivirá de nuevo con un marcado sentimiento de
actualidad, siendo encauzado ya sea por sentimientos amorosos u hostiles,
existiendo una modalidad de satisfacción de la pulsión que se repite en la
relación con el analista. La pulsión se enlazará así a un complejo de
representaciones, a una escena. Este recuerdo en acto estará al servicio de la
resistencia, produciéndose en general en el momento en que está por ser
develado algún contenido reprimido, en esa sesión o en anteriores, jugándose
en esta repetición modalidades infantiles en relación con vínculos primarios
(funciones parentales u otras figuras significativas).
Lo que se despliega en la transferencia es una sexualidad proveniente del
Ello, en tanto exige todo (se pone en juego una repetición sin recuerdo
consciente) a diferencia de la ternura, que es una sexualidad mediada por el
Yo.
Si bien este recuerdo en acto está al servicio de la resistencia, por otro lado
permite en el análisis captar in statu nascendi los elementos del conflicto
infantil, pasando así de ser sólo un obstáculo a un elemento privilegiado para
la cura.
El fenómeno de la transferencia será interpretado en la medida que
interfiera con el libre asociar del paciente, ya que estos sentimientos, por lo
general ambivalentes (amor-odio) son un obstáculo si no son desanudados. Las
dificultades en un tratamiento pasan por el trabajo de la transferencia, ya que,
como dijo Freud: “el Ello (caldero de las pulsiones) no habrá de ser
conquistado sin una lucha previa”.
Debemos agregar que el fenómeno de la transferencia es un concepto
original del psicoanálisis, ya que sólo fue enunciado por primera vez por él.
Es una modalidad que se da en todos los vínculos que establecemos en nuestra
vida de relación sin tener conciencia de ello. Pero sí es cierto también que las
características del análisis son favorecedoras para que se despliegue sin

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necesidad de que el analista haga algo para que se instale. La creencia del
analizado de que el analista puede dar respuesta a todos sus interrogantes
colabora también para inducirlo en el fenómeno de la transferencia. Si bien
Freud en sus primeros trabajos considera la transferencia como un simple
desplazamiento, es a partir del des-cubrimiento del Complejo de Edipo y de
los efectos posteriores que éste genera cuando las manifestaciones
transferenciales cobran una nueva significación en la teoría.
Tanto la asociación libre, la interpretación, como el análisis de la
transferencia son recursos técnicos de la teoría psicoanalítica. Tienen como
objetivo que el sujeto se enfrente a un nuevo discurso, el discurso del
inconsciente, para poder desprenderse así de su mito individual, pensar y
proyectarse desde un nuevo lugar.
Parte III
Otras formulaciones psicoanalíticas
José Töpf

ZEMQURA
Introducción
Freud y sus discípulos, a quienes habría que llamar en realidad su “equipo
de trabajo”, constituyeron lo que se llamó el Circulo de Viena. A él no
perteneció Breuer, aquel psiquiatra con quien se inició y con quien había
escrito su primer libro sobre la Histeria. Pero sí pertenecieron Adler y Jung,
discípulo el primero y colega mayor el segundo, que no lo acompañaron en la
hipótesis acerca de la naturaleza sexual, de lo que hoy en día llamaríamos su
explicación de la motivación humana, ya sea en su sentido restringido o en el
ampliado. Ambos, con extrema violencia, como fueron las disputas con el
maestro, se retiraron del Circulo y construyeron sus propios modelos teóricos.
Esto fue en las décadas o años anteriores a la Segunda Guerra Mundial,
pero cabe señalar que todos ellos, ya fuesen discípulos o disidentes, salvo en
el caso particular de Jung, tuvieron una mirada naturalista sobre los hechos
humanos. Incluso sacerdotes católicos, pastores protestantes y rabinos que

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entonces se acercaron y practicaron el Psicoanálisis participaron, aunque
críticamente, de esta mirada. Pero después de la Segunda Guerra Mundial se
constituyó lo que dio en llamarse el Segundo Circulo de Viena, de formulación
espiritualista. Pertenecieron a él Frankl, Boss, Biswanger, entre otros. Si bien
la visión del Psicoanálisis que se origina en Frankl tiene amplia aceptación en
algunas universidades de nuestro país, nosotros acá haremos sólo una breve
reseña de los puntos de vista de aquellos que disintieron en discusión personal
con Freud, como los mencionados Adler y Jung, o de quien sin disentir con él
formuló a partir de sus ideas una muy particular concepción del Psicoanálisis,
como fue la psicoanalista vienesa-inglesa Melanie Klein. Finalmente
incluimos los desarrollos que en nuestro país produjo Enrique Pichón Rivière
y algunos de sus discípulos, que tuvieron un papel fundante del Psicoanálisis y
de la psicología académica en la Argentina.
Para el conocimiento de quien esto lea, diremos sólo que el Psicoanálisis
freudiano ha dado lugar a innumerables desarrollos teóricos, en gran medida
sujetos a los estilos culturales y tradiciones científicas de cada lugar, como a
sus particulares circunstancias históricas. Así es como en los Estados Unidos
dio lugar a lo que se llamó la Psicología del Yo, en consonancia con la
tradición conductista. En Francia, después de una rica producción encaminada
hacia una integración teórica como fueron los trabajos de Nuttin y Lagache, o
vinculados con el enfoque materialista histórico, deriva luego, en la tradición
de la lingüística francesa, en el particular modelo de Jacques Lacan. Todos
ellos muy presentes en el psicoanálisis argentino contemporáneo.

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El modelo teórico de Carl Gustav Jung
Carl Gustav Jung ya era un prestigioso psiquiatra suizo, con vasta
producción propia, cuando se vio atraído por el psicoanálisis freudiano. Fue
durante años un colaborador entusiasta y crítico de Freud, para quien fue
particularmente cercano. Recordemos que en ocasión de su viaje a los Estados
Unidos, en ocasión en que dictó aquellas tan buenas y tan rechazadas
exposiciones en la Universidad de Clark, que hoy conocemos como las Cinco
Conferencias, puso especial empeño en que fuera Jung uno de los que lo
acompañaran. Del mismo modo, y por razones no sólo científicas sino muy
relacionadas con las penosas circunstancias discriminatorias en Alemania y
Austria de aquel entonces, impuso su nombre para la presidencia de la
Asociación Psicoanalítica Internacional. Recordemos que en ese entonces Jung
era el único no hebreo de ese grupo fundacional. A pesar de la lamentable
cercanía que Jung tuvo luego con el nazismo, su producción científica fue

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sumamente original y valiosa. Es posiblemente el psicoanalista que más
esfuerzos hizo para vincular en el campo de la Psicología occidental las
concepciones filosóficas orientales, que por otra parte se hallaban muy
presentes en la cultura europea de aquel entonces.
En nuestro país, su pensamiento tuvo particular difusión en las décadas de
los ’40 y ’50, figurando la traducción de sus obras muy tempranamente en la
bibliográfica local de aquel entonces.
La psicología junguiana, en tanto teoría general de la personalidad, postula
respuestas acerca de qué es lo que la constituye (aspecto estructural); cuáles
son sus fuentes de energía (aspecto dinámico) y cómo se origina y qué cambios
se producen en ella (desarrollo). Jung denomina psiquis a la personalidad, que
incluye tanto los pensamientos como los afectos, en su faz consciente e
inconsciente. Funciona como guía que regula y adapta al individuo a su medio
social y físico.
La conciencia es la única parte de la mente que el individuo conoce. Esta
teoría postula su existencia desde antes del nacimiento. Sus cuatro funciones
son: pensamiento, sentimiento, sensación e intuición. Su distinta participación
en el comportamiento, así como los factores introversión y extraversión, darán
lugar a la diversidad de tipos psicológicos.(1)
El desarrollo de la psiquis está dado por una progresiva individualización
de la conciencia, de donde deviene un nuevo elemento, el ego –la organización
de la mente consciente que provee identidad y continuidad a la persona.
Las experiencias que no logran ser reconocidas por el ego no desaparecen
de la psiquis, quedan almacenadas en el inconsciente personal, nivel de la
mente que se agrega al ego, y suelen ser fácilmente accesibles a la conciencia.
Los contenidos ideatorios y afectivos de este inconsciente personal pueden
constituir grupos complejos, como puede verse en el Test de asociación de
palabras, ideado por Jung.
El concepto más conocido de la teoría junguiana es el de inconsciente
colectivo. La mente, a través del cerebro, hereda características que
determinan su modo de comportarse, e incluso el tipo de experiencias que le
sobrevendrán. Con ello Jung discute el determinismo estrictamente ambiental
de otras teorías y sostiene que la evolución y la herencia suministran un diseño
de la psiquis, y también un diseño del cuerpo.
Así como el inconsciente personal es un depósito de contenidos que alguna
vez fueron conscientes, el inconsciente colectivo lo es de imágenes primeras o

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primordiales, relativas al más temprano desarrollo de la psiquis, en el marco
de la teoría lamarckiana de transmisión hereditaria de conocimientos de la
especie.(2)
Los contenidos del inconsciente colectivo son los arquetipos, sensaciones
difusas y universales que corresponden a esas experiencias primeras y
anteriores al nacimiento. Los cuatro fundamentales son: el personaje (o
arquetipo de conformidad), el ánima y el animus (el lado interno del hombre y
de la mujer, en tanto ambos bipolares), la sombra, el más enraizado en la
naturaleza corporal del sujeto y finalmente el yo, arquetipo central en el
inconsciente colectivo.
En cuanto a su dinámica, la psiquis es un sistema relativamente cerrado,
susceptible de recibir energía de fuera del sistema, la que se incorpora y
forma parte del sistema de la libido, expresión de significado distinto y más
amplio que en la teoría freudiana. La medida de la cantidad de libido puesta
en la prosecución de una idea o meta es el valor que esa persona asigna a esa
meta. Esta energía se distribuye en la psiquis según dos principios derivados
de la física: el principio de equivalencia y el principio de entropía.
A las experiencias cotidianas de una persona, que promueven su adaptación
psicológica, las llama progresión de la energía. El movimiento de la libido
tendiendo a replegarse es la regresión. Así se producen procesos de
adaptación, no sólo con relación al mundo externo sino también al propio
mundo psíquico, condición necesaria para la anterior.
En cuanto al desarrollo de la personalidad, Jung entiende que la persona
llega al mundo totalmente indiferenciada, y que inicia un proceso, que llama
de Individualización, hasta constituirse en alguien unificado, diferenciado y
equilibrado consigo y con el medio. Este proceso implica una mayor
concientización de los actos y del inconsciente personal; un mayor equilibrio
con el inconsciente colectivo y entre los arquetipos.
La individualización es para Jung un proceso autónomo innato. No requiere
de estímulos externos. La personalidad está destinada a individualizarse, como
el cuerpo está destinado a crecer. Pero este desarrollo puede verse favorecido
o alterado por influencias del ambiente y la educación o aprendizaje.
Esta concepción asigna una importancia primordial a la relación de los
padres con el niño, ya que en éste se supone se expresan las perturbaciones
paternas. La cura de la psicopatología de un niño –y en esto ha sido
extraordinariamente precursor– atraviesa no por él sino por la cura de sus

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padres.
La teoría delimita cuatro etapas de la vida: niñez, juventud y primera
adultez, edad madura y ancianidad. Estas etapas están signadas por un
progresivo incremento de la integración y de la conciencia del ego, hacia la
edad madura, y un regreso hacia lo inconsciente en la ancianidad. En esta
concepción está implícita la posibilidad de que este regreso indique una vuelta
a estados psíquicos más allá de la muerte, como suponen algunas religiones y
filosofías orientales.
El enfermar es en esta concepción consecuencia de la disociación de partes
del ego. Por ejemplo el pensar del intuir, lo masculino de lo femenino. Por
ende, si algún vocablo le cuadra a su modo de entender la salud éste es
integración. Integración de aspectos aparentemente contradictorios,
manifiestos y latentes, de la persona y su sombra.
1. Jung distingue: a) tipo pensante extravertido, b) tipo pensante introvertido, c) tipo
sentimental extravertido, d) tipo sentimental introvertido, e) tipo sensorial introvertido, f)
tipo sensorial extravertido, g) tipo intuitivo introvertido, h) tipo intuitivo extravertido (en
Tipos Psicológicos, Sudamericana, 1950).
2. Las concepciones evolucionistas se agrupan sobre dos ejes. Uno iniciado por Darwin
y Wallace, que presupone una diversificación de características conductales debidas al azar,
de las que predominan luego las más aptas y más adaptativas. El otro eje es el iniciado por
Lamarck que sostiene el aprendizaje de comportamientos en relación con el medio y la
posibilidad de su transmisión hereditaria.

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La escuela de las relaciones objetales de Melanie Klein
Melanie Klein fue hija de un médico psiquiatra vienés. Se dedicó en un
inició a las artes plásticas y su enseñanza. Interesada en problemas
psicológicos de la niñez, implementó los recursos plásticos con propósitos
educativos y terapéuticos. Intentó acercarse al “grupo de los miércoles”, el de
los discípulos de Freud, al que no fue invitada. Sin embargo, Freud alentó sus
trabajos y propició su análisis con Ferenczy, psicoanalista húngaro interesado
en el tema de la transferencia, el que sería luego relevante para el desarrollo
de las teorías de Klein.
Su concepción acerca del Psicoanálisis se basa en los conceptos básicos
freudianos, pero también sus diferencias son sustanciales. Podría decirse que
Melanie Klein procura una explicación a la génesis de ese psiquismo cuya
dinámica había procurado explicar Freud.
Para ubicar el pensamiento de Melanie Klein debemos hacer referencia

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previamente a tres ideas expuestas por Freud en sus trabajos
metapsicológicos. La primera es la idea de fase, entendida como momento
evolutivo en el desarrollo psicosexual del niño. Como hemos visto
anteriormente, esta idea supone un desarrollo lineal a partir de la maduración
y ejercitación de diversas zonas corporales. Distingue entonces la fase oral, la
fase anal, la fase uretral, el conflicto edípico y la posterior fase de latencia, y
la fase genital.
Trabajos recientes (Wisdom) muestran la incorrección de suponer una
evolución lineal y progresiva, como por ejemplo que la fase uretral
corresponde a un nivel de maduración necesariamente superior al de la fase
oral. Pero a los fines de esta exposición bástenos recordar este concepto
(completado por Abraham) acerca de la maduración por fases y la
consiguiente fijación en alguna de ellas por falta o exceso de estimulación,
como intento de explicación, incluso, de los estilos de personalidad.
La segunda idea se refiere al ya mencionado concepto freudiano de pulsión
(trieb) y la suposición, a partir de 1920, en Más allá del principio de placer,
de la existencia de dos instintos o pulsiones básicas como explicación de la
tendencia general del comportamiento humano: el instinto de vida y el instinto
de muerte, conceptos que se correlacionan con el descubrimiento sucesivo de
la primera y segunda ley de la termodinámica. Conviene aclarar acá que la
concepción kleiniana de los instintos corresponde más al uso corriente de este
vocablo –por su referencia a lo constitucional biológico– que el vocablo
pulsión.
La tercera idea se refiere a la concepción de Freud acerca de cuál es en su
origen la primerísima forma de relación del niño con el mundo. Al respecto es
sabido que a lo largo de su obra Freud sostiene tres puntos de vista,
contradictorios entre sí, pero coherentes con las observaciones clínicas en las
cuales se apoya. Consciente de esta contradicción, siguió sosteniéndolos, más
fiel a la observación empírica que a un provisional desajuste teórico.
En 1904 sostiene que la primera relación del niño con el mundo es de
naturaleza objetal, lo que presupone un yo prematuro y una prematura
capacidad de relación con el mundo. En 1909 sostiene que esta relación es de
naturaleza narcisista, lo que supone una no-relación objetal en el inicio de la
vida, y en 1914 sostiene que la relación del niño con el mundo es de
naturaleza autoerótica. Klein toma de estos postulados el de las relaciones
objetales y basada en ésta, así como también en las mencionadas ideas de

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fases de la evolución de la libido –que dará lugar a su concepto de
posiciones– y en la de instinto de vida y de muerte, elaborará su teoría acerca
del desarrollo infantil y de las formas básicas de la personalidad.
A partir de su trabajo con niños y adultos psicóticos formula puntos de vista
particulares en lo que se refiere a la maduración y constitución del psiquismo
y el acceso al conocimiento de la realidad.
Los instintos de vida y de muerte, y su correlato emocional de amor y de
odio, constituyen el bagaje hereditario del infante recién nacido. Dan lugar
también a protomodelos de relación objetal, lo que –como dijimos– presupone
núcleos arcaicos del yo capaces de sostener esta incipiente relación objetal.
La experiencia de nacimiento es posible por prevalencia del instinto de vida
sobre el de muerte, pero el sufrimiento que conlleva desencadena sentimientos
de hostilidad. De ahí que la teoría quiera suponer que el primer vinculo que se
establece lo es con un objeto frustrador (objeto malo) y con la participación
del instinto de muerte. Para Klein, a diferencia de Freud, la agresión,
destructividad u odio son indistintamente emociones del instinto de muerte.
Inmediatamente el niño experimenta relaciones de satisfacción, de cuidado,
que son la base del establecimiento de relaciones de un así llamado objeto
bueno y de emociones de amor emanadas del instinto de vida.
Así en sucesivas infinitas experiencias se establece una relación bivalente
con el mundo, el que es percibido en forma de objetos parciales, anatómica y
valorativamente parciales, puesto que el conocimiento del mundo es, en un
principio, de partes y no de totalidades y escindido entre lo que es cercano y
amistoso y lo que es ajeno y hostil.
Esta doble experiencia con el mundo facilita que también en el psiquismo se
establezca una división –disociación– que permitirá un primer movimiento
ordenador en el caos de sensaciones y emociones placenteras y displacenteras.
Este primer movimiento ordenador tanto puede ser la base de grandes
perturbaciones de la personalidad como de útiles capacidades de organización
y de separación entre las fantasías inconscientes y los procesos mentales,
según sea el posterior devenir de su desarrollo.
Así se establecen dos modalidades del psiquismo y dos modalidades de
concebir la realidad. Los mecanismos de introyección y de proyección
permiten mantener una relación objetal del sujeto con el objeto bueno, a la vez
que expulsar el instinto de muerte sobre el objeto malo y procurar mantenerlo
disociado, lo que permite sentirlo ajeno.

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Este movimiento, que presupone la puesta en marcha de estructuras innatas
referidas a experiencias de relación objetal, determina un estilo psíquico, una
forma de vinculación del sujeto con el mundo a la que denomina
esquizoparanoide (al momento evolutivo en que se produce lo llama posición
esquizoparanoide) y que corresponde a la primera mitad de la fase oral.
Los procesos biopsíquicos de maduración, y el lento aprendizaje de la
realidad dan lugar al surgimiento de la posición siguiente, a la que denomina
depresiva. Rudimentos de memoria, de persistencia alucinatoria de imágenes –
probablemente apoyada en la sensación táctil– permiten guardar un somero y
fugaz recuerdo del objeto bueno cuando éste ya no está. Es decir, cuando está
presente –por carecer de la posibilidad de registrar la ausencia– el objeto
malo.
Así se produce una paulatina persistencia del objeto, el que es reconocido
cuando regresa (recordar ideas de Spitz acerca de la respuesta de sonrisa de
los tres meses) y el concomitante descubrimiento, esporádico en un principio,
más continuado luego, de que el objeto malo y el bueno son un solo objeto, y
que el psiquismo de amor es el mismo que el psiquismo de odio. La
preocupación por el destino del objeto bueno, dador de vida, agredido por los
sentimientos hostiles del instinto de muerte, hace aparecer culpa y dolor.(1)
De allí que la terminología kleiniana denomine a esta posición depresiva, que
coincide aproximadamente con la segunda mitad de la etapa oral, posición
depresiva. En ella, el psiquismo logra las bases para la futura capacidad de
unir y de discriminar, para el futuro sentimiento de responsabilidad y el
conocimiento más verdadero de la realidad.
El dolor inherente a esta posición, además de la dificultad que ella implica
para la decisión y la acción, impulsa al psiquismo a volver al estilo anterior
de relación con el mundo, ya conocido, para afrontar las vicisitudes de la
siguiente fase. Así sucesivamente se repetirán a lo largo de la existencia, como
procesos de origen interno pero en directa relación con la experiencia del
mundo, momentos de disociación y momentos de integración, ambos normales
y necesarios para la existencia.
Los estilos de personalidad resultarán de la cristalización patológica o del
interjuego dinámico y progresivo de estas dos posiciones.
1. Klein, M.: Desarrollos en Psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1968

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La teoría vincular y de la enfermedad única de
Enrique Pichón Rivière
Dentro del marco de las teorías de las relaciones objetales, pero con
marcada influencia de Fairbain y su concepto de técnicas instrumentales del
yo y del interaccionismo simbólico de Mead, se ubica el modelo de Pichón
Rivière acerca de la maduración y el desarrollo de la personalidad implícito
en su Teoría de la enfermedad única.
La idea de una patología central única, de la cual las diversas formas que
adopta son su consecuencia y su manera particular de mostrarse, es antigua. La
formula Hipócrates, y ya sobre la base de otros autores, como Paracelso.
La retoma Heinemann, en 1810, cuando funda la escuela homeopática. En el
otro extremo, recientemente Nacht toma el miedo como hilo conductor
explicativo de las diversas patologías psicológicas.
Antes, en nuestro medio, en una línea organicista, la doctora Telma Reca

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había postulado la existencia de una lesión cerebral mínima como subyacente
a toda afección psicopatológica.
Por la misma época, Enrique Pichón Rivière postula un enfoque estructural,
histórico y dinámico de la personalidad y postula un eje, el de la depresión,
como hilo conductor del desarrollo y de las formas particulares del
comportamiento humano.
Partiendo de ideas emparentadas con el concepto de estado de indefensión
del sujeto humano en el momento de su nacimiento, y del concepto de trauma
del nacimiento desarrollado por Otto Rank, postula un primer momento
experiencial de desorganización y de crisis a la que llama protodepresión.
Esta protodepresión se inscribe como una huella mnémica, que se reactiva
cada vez que el sujeto a lo largo de su existencia vuelve a sentir riesgo de
desorganización. Es la señal de alarma, desencadenadora de mecanismos de
defensa.
A partir de la protodepresión el desarrollo atraviesa los períodos de
posición esquizoparanoide y posición depresiva, tal como los describe
Melanie Klein. Pero debe hacerse la salvedad muy importante de que el
psiquismo para Pichón Rivière es esencialmente condensación de
experiencias, tanto del sujeto individual como de la especie; por lo que el
motor esencial de la relación de objeto no será el elemento pulsional, como en
Klein, sino el interjuego necesidad-satisfacción y la consiguiente inscripción
en el psiquismo de experiencias gratificadoras y de experiencias frustrantes.
De ahí que aunque reconocen un mismo modelo teórico estas concepciones
difieren.
La teoría de Melanie Klein es fundamentalmente instintivista y pone el
acento en el bagaje hereditario y su consiguiente maduración, mientras que la
de Pichón Rivière es fundamentalmente ambientalista; pone el acento en la
experiencia social –el vínculo– y sostiene que incluso lo heredado es en gran
medida fruto de esta experiencia social acumulada.
Pichón Rivière llamó a esta primera posición esquizoparanoide de
desarrollo –que se da así por incapacidad del psiquismo de tener en este
momento evolutivo otro tipo de integración interna y otro tipo de relación con
el mundo–, para diferenciar esta experiencia de las otras experiencias,
posteriores: la posición depresiva y la posición esquizoparanoide
instrumental, en sucesión alternante.

ZEMQURA
Se ha mencionado con anterioridad las graves perturbaciones que tiene para
el desarrollo de la personalidad la cristalización del comportamiento en forma
defensiva en cualquiera de estas dos posiciones, que corresponden a la fase
oral primaria y secundaria.
La consolidación de la posición depresiva produce culpa por el destino del
yo y dolor por el destino del objeto, culpa y dolor.
Un mecanismo inherente a todo organismo vivo es el de la inhibición ante el
dolor. Inhibición que lleva a una detención del desarrollo de las capacidades
percep- tuales, motoras, afectivas e incipientemente ideativas como es la
fantasía inconsciente. Es aquí, según la teoría donde se constituye el núcleo
psicopatogenético, núcleo del yo que lleva la huella de la protodepresión
primera.
Este núcleo psicopatogenético impele al psiquismo a buscar una forma de
comportamiento que atempere el dolor de la posición depresiva. Esta forma es
la posición esquizoparanoide, a la que se vuelve ya no porque sea el único
modo posible de relación con el mundo, sino defensivamente, porque en algún
momento ha demostrado ser eficaz. De aquí que esta posición sea llamada
esquizoparanoide instrumental o patoplástica. Porque según sean las formas
que adoptará la relación del yo escindido con los objetos bueno y malo, en
otras palabras, según sean las técnicas instrumentales que se pongan en juego,
en términos de introyección y de proyección de unos objetos o de otros, así
serán los diferentes estilos de comportamiento. Cabe agregar que estos estilos
son variables, cambian según la gama de respuestas posibles en el repertorio
del sujeto, y según sean las circunstancias que deba afrontar.
Cuando estas técnicas fracasan en su función de estilos adaptativos,
reaparece la situación depresiva. Depresión llamada de comienzo, cuando
sólo marca el momento de la incipiente desorganización del yo o, luego,
depresión regresional, cuando ante el dolor desencadenado el sujeto regresa a
puntos disposicionales, formas de comportamiento que en su historia
mostraron ser eficaces. La intervención técnica en esta situación lleva a lo que
Pichón Rivière llama la depresión iatrogénica, en tanto es promovida con
fines de resolución del conflicto. En su defecto, el proceso depresivo
generalmente también se encamina a nuevas formas instrumentales y nuevas
adaptaciones al medio que permitirán que la persona siga siendo persona, con
el estilo que le es peculiar.
Si a la diversidad de conductas instrumentales que surgen de la proyección

ZEMQURA
e introyección de objetos y parten del yo según este modelo se le aplicase otro
concepto de Pichón Rivière y Bleger –según el cual la conducta, en su unidad,
se expresa simultáneamente en tres áreas fenoménicas pero con preferencia en
una de ellas (mente-cuerpo-mundo externo)– tendríamos un panorama más
vasto y coherente de los diferentes tipos de comportamiento y estilos de
personalidad. A ello puede agregarse el concepto de patorritmia, el estilo
hipomaníaco o el epileptoide que, en diverso grado, y a veces cíclicamente,
marcan el “tempo” de cada estilo.
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