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Análisis jurisprudencial asociado a la interpretación y aplicación del abuso de derecho

en el ordenamiento jurídico venezolano.

Aproximándonos a una definición en sentido abstracto, podemos decir que estamos en


presencia de abuso de derecho cuando estamos frente al ejercicio de un derecho excediendo
o desbordando la finalidad con la cual el legislador patrio ha concebido dicho derecho en el
ordenamiento jurídico interno.

En ese sentido, al habérsele conferido legalmente al sujeto de derecho la capacidad o la


atribución para ejercer un derecho dentro de una esfera de derechos subjetivos, se entiende
que dicha capacidad ha sido establecida por el legislador con una finalidad o propósito
enmarcada siempre dentro de los límites de la buena fe, y a tal respecto, mal puede el sujeto
de derecho pretender desviar o torcer la voluntad del legislador utilizando un derecho con
un fin esquivo o ajeno a la verdadera finalidad para la cual ha sido concebido, generando
con ello, en el mejor de los casos, un quebrantamiento del espíritu de la ley y una infracción
al derecho en perjuicio de la justicia, y en el peor de los casos, logra invadir
verdaderamente e infringir otros derechos igualmente legítimos, violando derechos de
terceros y menoscabando su situación jurídica subjetiva.

En el derecho moderno, ha terminado por imponerse la teoría del abuso del derecho no sólo
en la doctrina, sino también en la jurisprudencia. En otras palabras, se ha impuesto cierta
relatividad de los derechos subjetivos, en el entendido de que ya no son potestades
absolutas o incausadas de los particulares.

En lo que respecta a su origen histórico, se plantea que esta figura comienza a abrirse
camino en el derecho romano aplicando interpretaciones muy similares en las leyes sobre
partidas. Sin embargo, la concepción jurídica de esta teoría y su aplicación práctica se
consigue es en la jurisprudencia francesa a fines del siglo pasado, siendo muy bien
desarrollada desde entonces.

Discusión Teórica y Práctica.

El argumento central que ha generado históricamente discusiones y críticas sobre la


aplicación práctica de esta doctrina dentro del sistema legal, radica en si verdaderamente se
le pueden causar daños a terceros con el mero ejercicio de un derecho legal y previamente
establecido.

Para Planiol, la expresión abuso de derecho es absurda y contradictoria, una formula sin
sentido, una logomaquia, pues una persona puede actuar dentro o fuera de su derecho, pero
no puede actuar simultáneamente dentro y fuera de su derecho. Un mismo acto no puede
ser al mismo tiempo conforme y contrario a derecho; el derecho cesa donde comienza el
abuso y no puede haber uso abusivo de los derechos. En realidad, Planiol no condena los
efectos de la teoría, sino sus postulados teóricos. Para algunos autores, aceptar la teoría del
abuso de los derechos constituye la consagración de una intolerable intromisión de la moral
dentro del campo del Derecho. Para Esmein, la teoría del abuso de derecho tiende a borrar
la división esencial entre moral y derecho, pues pretenden conferir a los jueces la suprema
tarea de vigilar que el derecho se mantenga fiel a los valores que lo han orientado y de
impedir que se haga un uso malicioso o impropio del mismo. Por tales circunstancias, se les
confiere a los jueces un poder temible, el de supervisar los fines para los cuales son
conferidos los derechos y de confrontarlos con los móviles de su titular, lo que puede
traducirse en una gran inseguridad jurídica y social.

La cuestión que se plantea en esta figura jurídica es la de determinar si una persona puede
causar un daño a otra mediante el ejercicio de su derecho y si el daño causado de ese modo
debe ser reparado por quien ejerció ese derecho. Se trata, pues, de la situación que se
presenta cuando una persona causa un daño a otra ejerciendo un derecho que le acuerda el
ordenamiento jurídico positivo. La idea era ya conocida por los romanos, quienes si bien
establecían como principio que no es responsable quien causa un daño a otro ejerciendo su
derecho, al mismo tiempo enunciaban el adagio súmmum jus summa injuria, es decir;
mientras más derecho tiene una persona más posibilidad tiene de causar daños, pero la gran
discusión doctrinal acerca de la admisibilidad o no de esta figura como fuente de
responsabilidad, ha ocurrido en el Derecho Moderno, desde mediados del siglo pasado
hasta nuestros días.

En el caso de Clement Bayard, resulto por la corte de casación francesa el 3 de agosto de


1905, se trataba del propietario de un inmueble que para obligar al dueño de un campo
donde aterrizaban dirigibles a comprarle su finca en un buen precio, edificio inmensas
empalizadas terminadas en puntas de hierro que constituían gran peligro para los dirigibles.
La corte de casación decidió que tales empalizadas no significaban ninguna utilidad para su
propietario y constituían un abuso de derecho inaceptable.

Entonces, no se trata del daño causado por el ejercicio prudente y diligente de un derecho,
pues en tal caso la responsabilidad de su titular no se compromete, a menos que se
desconozca el propio derecho que se ejerce.

En efecto, ¿qué significado jurídico tendría un derecho que responsabiliza a su titular, del
daño que causa dentro del marco de la legalidad? Lógicamente que ninguno, pues lo
equipararía al daño que causa una persona por hecho ilícito. Ambas hipótesis serían
idénticas, la de que no existe derecho si su ejercicio causa un daño indemnizable. Sin
embargo, el ejercicio de todo derecho acarrea perjuicios directos y potenciales a los demás.
Por lo menos limita la libertad de estos, lo cual es un daño incuestionable; y acarrea
siempre la posibilidad de coaccionar judicialmente al deudor, lo cual es también un daño
evidente, especialmente cuando se le ejecuta. No sólo esto, sino que hay derecho destinado
precisamente a causar daño a otro u otros, como el de huelga para forzar al patrono a un
acuerdo laboral con los mismos titulares del derecho de huelga; el de libre competencia,
que causa perjuicios recíprocamente entre quienes compiten; y el fundamental para garantía
de todo derecho, el de poder demandar al deudor para que pague, incluyendo los daños que
se derivan de su incumplimiento.

SISTEMA LEGAL EN VENEZUELA

El Código Civil Venezolano trata del abuso de derecho en el segundo párrafo del artículo
1185 del Código Civil: " debe igualmente reparación quien haya causado un daño a otro,
excediendo, en el ejercicio de su derecho, los límites fijados por la buena fe o por el objeto
en vista del cual le ha sido conferido ese derecho".

El abuso de derecho aparece consagrado por primera vez en forma expresa por nuestro
ordenamiento jurídico en el Código Civil del año 1942, vigente en la actualidad. No
obstante que técnicamente constituye una fuente de obligaciones, en Venezuela, siguiendo
la orientación del proyecto franco-italiano de las obligaciones, se colocó la disposición que
lo consagra dentro del artículo correspondiente al hecho ilícito (segundo párrafo del artículo
1185); de modo que parece como si se tratara de un caso particular de responsabilidad por
hecho ilícito, concretamente de un caso particular de responsabilidad civil ordinaria.

Esta ordenación del legislador no ha dejado de ser criticada por la doctrina venezolana, que
aduce que su ubicación al lado del hecho ilícito sólo constituye fuente de confusión, por
cuanto el abuso de derecho no es un caso particular de hecho ilícito sino una fuente
autónoma, con caracteres propios y perfectamente delimitados.

Respecto a la posición de la doctrina se afirma que el código civil al igual que el proyecto
franco-italiano de las obligaciones, acoge un criterio mixto: por una parte, el criterio
internacional al decir que en el ejercicio del derecho el titular no debe exceder "los límites
trazados por la buena fe"; y por la otra, el criterio finalista, al añadir "o por el objeto en
vista del cual le ha sido conferido este derecho". En opinión de algunos autores, nuestro
legislador, al acoger la tesis de la buena fe, no está afectando el criterio internacional, sino
confirmando el criterio finalista, pues la buena fe involucra un sentido de probidad en el
cumplimiento de las obligaciones, mediante el cual el titular de un derecho no puede
pretender más, ni el deudor pretender tolerarle menos, todo lo cual se compagina con la
finalidad para la cual ha sido conferido ese derecho.

En este orden de ideas, resulta menester analizar la interpretación y aplicación de esta


figura jurídica en el ámbito de la jurisprudencia patria, y a tal respecto merece la pena
discernir sobre un caso emblemático como lo fue el juicio por abuso de derecho e
indemnización por daño moral, seguido por el ciudadano ADOLFREDO PULIDO
MORA, contra la sociedad mercantil C.A. EDITORA EL NACIONAL y las
ciudadanas IBEYISE PACHECO MARTINI y HERCILIA GARNICA MEZA.
(Vid. Sentencia número RC.000632 del 15.10.2014 en Sala de Casación Civil).

En el caso in comento, el ciudadano Adolfredo Pulido Mora profesional de la medicina, se


manifiesta aludido en su honor público y en su reputación como profesional, por un artículo
publicado por el Diario El Nacional y redactado por las periodistas Ibeyise Pacheco Martini
y Hercilia Garnica Meza, quienes ciertamente y a decir del demandante, excedieron la
esfera de su derecho a la libertad de expresión y al ejercicio libre de su profesión,
realizando afirmaciones y fijando hechos en la opinión publica colectiva, que a través de la
difusión que tiene el mencionado medio de comunicación impreso, sometieron al
demandante al escarnio público, comprometiendo su reputación como profesional y
generando daños económicos y morales susceptibles de reparación.

Este caso es revelador y constituye un ejemplo perfecto de circunstancias prácticas en las


cuales, si se pueden afectar y dañar manifiestamente los derechos de un tercero en el
ejercicio de un derecho igualmente legitimo como lo es el ejercicio de la profesión del
periodismo, encontrando que cualquier imprecisión, negligencia o impericia en el acceso a
las fuentes de información o la difusión de información no comprobada, aun en el marco de
la libertad de expresión y del derecho al libre ejercicio de la profesión del periodista, se
pueden en efecto lesionar el honor, el pudor público, la moral, la reputación y en este caso
en particular hasta el alcance como profesional de un ciudadano.

En el caso bajo estudio se cita a su vez la sentencia N° 334 de fecha 17 de mayo de 2012
de la propia Sala de Casación Civil del Tribunal Supremo de Justicia, en lo sucesivo
SCC-TSJ, en donde se estableció lo siguiente: “…Para declarar que no hubo abuso de
derecho, el juez de alzada debió examinar las expresiones de la noticia, y su contenido o
no injurioso, en aquella especie, la Sala consideró inmotivada la sentencia y la anuló de
oficio, por esa falta. En la sentencia que ahora nos ocupa, el mismo vicio renace, pero en
sentido contrario, es decir, se afirma que las publicaciones son injuriosas, sin el debido
análisis de su contenido”.
El actor increpa a los codemandados: “Para que convengan o en su defecto a ello sean
obligados por este Tribunal; que deben indemnizar juntos o separadamente a nuestro
mandante por el hecho ilícito civil con abuso de derecho que cometieron en su perjuicio el
Diario EL NACIONAL; con el desprestigio público que le causaron en su honor y
reputación, en la forma y términos expuestos por el presente libelo de demanda. DAÑO
MORAL que estimamos prudencialmente en la cantidad de CINCO MIL MILLONES DE
BOLÍVARES (Bs. 5.000.000.000,00)”. (Negrillas Propias).
Así las cosas, para reforzar la relación existente entre los hechos acreditados en autos y los
supuestos de la norma jurídica contenida en los artículos 1.185 y 1.191 del Código Civil,
atinentes al hecho ilícito y a la responsabilidad especial de los dueños o principales, la sala
refiere la interpretación con carácter vinculante que hiciere la Sala Constitucional en
sentencia 1013 de fecha 12 de junio de 2001, en relación con el alcance del derecho de
información o comunicación y su convivencia con el resto de los derechos fundamentales
reconocidos en nuestra Carta Fundamental, y a tal efecto establece que “…al existir una
responsabilidad civil del diario ‘El Nacional’, y de las periodistas Hercilia Garnica e
Ibeyise Pacheco… la actividad informativa responde, entre otras razones, a que los
medios de comunicación como la prensa, la radio o la televisión, aun cuando gozan
de autonomía en la selección de las informaciones a publicitarse, a estos se les
impone el deber de divulgar informaciones ceñidas a ciertos parámetros. Por eso la
Sala Constitucional afirma que ‘los dislates periodísticos que atentan contra el
derecho de los demás (…) generan responsabilidades legales de los editores o de
quienes los publican, al no tener la víctima acceso a la fuente de la noticia que lo
agravia…’”. (Negrillas Propias).

Estas circunstancias avizoradas en la sentencia nos ayudan a entender con mayor precisión
lo que realmente implica el abuso de derecho, y en ese sentido, se estableció que estas
acciones no merman en lo absoluto el derecho de los medios a informar libremente, pues lo
que si deben tener presente es que deben hacerlo dentro de los límites del bien común y del
respeto del derecho de las demás personas. Por esta razón, se afirma que con el ejercicio
ético del periodismo se establece, en primer término, un compromiso con la sociedad, y en
especial con el primer destinatario de la información que es el ciudadano, recibiendo aquél
a cambio, credibilidad y confianza hacia el trabajo periodístico responsable.

Igualmente es importante destacar que la mencionada doctrina de la Sala Constitucional


en sentencia N° 1013 de fecha 12 de junio de 2001, que interpretó con carácter vinculante
los artículos 57 y 58 de la Carta Fundamental, (atinentes al derecho a la libertad de
pensamiento, al de información y al de réplica o rectificación por informaciones inexactas o
agraviantes), ha sido tomada de la obra Jurisprudencia Constitucional 1981-1995, de Tomás
Gui Mori (Edit. Civitas S.A Madrid 1957 p. 1976), y fue clave para el manejo del alcance
de la libertad de información y las responsabilidades que el abuso de la misma puede
generar, así como para delinear los derechos y acciones que tienen las personas.

En este punto es pertinente detenernos y hacer una distinción clara, y separar el abuso de
derecho, del hecho ilícito que como se indicó brevemente ut supra, al estar contemplado en
el mismo artículo 1.185 del Código Civil venezolano, ha traído numerosas confusiones y
críticas a través del tiempo, con erradas interpretaciones que equiparan una conducta en
abuso de derecho como lo sería la construcción legal de un inmueble en terrenos propios
para incomodar a tu vecino y forzarlo a vender, con la manifiesta conducta por hecho ilícito
como lo sería la construcción ilegal de un inmueble en terrenos que no son de tu propiedad.

Esta distinción es central en el análisis que discurre, como quiera que no puede equipararse
jamás a quien se excede o desborda los límites del ejercicio de un derecho legítimo como la
libertad de prensa y menoscabando con ello los derechos de un tercero, a quien con dolo
produce informaciones que carecen de veracidad con la intención de dañar el honor o la
reputación de una persona, pues esto ya es constitutivo de delitos como la difamación y la
injuria, que están tipificados como tales en la norma, y en modo alguno emplean el
ejercicio de un derecho.

En ese mismo orden de ideas podemos distinguir claramente al trabajador que decide
arbitrariamente abandonar un puesto esencial de trabajo en el tráfico aéreo por no haber
recibido el trato o la mejora que esperaba de su patrono, del conjunto de trabajadores que
deciden hacer uso del derecho legítimo de huelga, presentando un pliego conflictivo en los
términos y plazos legalmente previstos, y que luego afectan la producción de un bien o
servicio esencial de interés público. En ambos casos se producen daños a terceros, pero
claramente diferenciados, en el entendido de que el operador de la torre aérea puede
generar daños graves por una conducta irresponsable y claramente ilícita, mientras que, en
el segundo, los trabajadores pueden incurrir en abuso de derecho si abandonan sus puestos
de trabajo antes de considerar el interés público que significa la producción de los bienes o
servicios que están bajo su cargo.

La SCC-TSJ sobre el alcance y contenido del artículo 1.185 del Código Civil, ha
sostenido, entre otras, en sentencia N° 122, de fecha 24 de abril de 2000, caso Carlos
Enrique Morales Caballero contra Seguros Orinoco C.A., expediente 99-928, que: “...el
citado artículo 1.185 contempla dos situaciones distintas y naturalmente fija elementos que
diferencian una y otra. Los códigos civiles anteriores sólo contemplaban el hecho ilícito
por antonomasia; es decir, el daño causado a otro con intención o por negligencia o por
imprudencia”.

En su conjunto, el artículo 1.185 del Código Civil se refiere a hechos o aspectos


profundamente diferentes. En las distintas hipótesis del primer parágrafo, basta probar el
daño causado por un hecho intencional, negligente o imprudente de otro; cuestión sencilla,
casi elemental.

En cambio, en el segundo caso, se trata de una situación grave y complicada, de un


delicado y complejo problema jurídico: precisar cuándo se ha hecho uso racional de un
derecho, y cuando se ha abusado de ese mismo derecho, expresado en los propios términos
de la ley, cuando el ejercicio del derecho, “excede los límites fijados por la buena fe o por
el objeto en vista del cual ha sido conferido ese derecho”.
Por tanto, el artículo 1.185 del Código Civil contempla dos situaciones jurídicas totalmente
distintas: la del que abusa de su derecho, y la del que procede sin ningún derecho.

Así las cosas, la SCC-TSJ en el caso JOSÉ CALZADO MAZA y la


empresa METALMUEBLE C.A., contra la SOCIEDAD FINANCIERA EXTERIOR
C.A., en sentencia RC.00554 del 24 de septiembre del 2003, se persigue el resarcimiento
de un daño causado por una actuación culposa, generada por la demandada al pretender
hacer valer, en otro juicio, un derecho mayor al que en realidad tenía, lo que se tradujo,
entonces, en un supuesto daño causado por abuso de derecho.

En este caso, aun y cuando la sala casa sin reenvío la sentencia de la recurrida por
infracciones de orden procesal, considera bien aplicado y confirma la interpretación en el
análisis de la recurrida respecto de la figura del abuso de derecho en el marco del artículo
1.185 del Código Civil Venezolano.

La recurrida luego de establecer la procedencia del pago de lo indebido por parte


del solvens, ordena la repetición del pago y, posteriormente, aplica el ya mentado artículo
1.185 del Código Civil, para determinar que la forma en que se produjo ese pago de lo
indebido, lo hace presumir una actividad antijurídica e ilícita por parte de la demandada,
que hace procedente también la aplicación de las consecuencias de la norma en comento.

Utiliza entonces la recurrida, el tantas veces indicado artículo 1.185 del Código Civil, no
para castigar la forma en la cual se produjeron los hechos que dieron lugar a la declaratoria
de procedencia de repetición del pago de lo indebido, tal como lo denunció el formalizante,
ni para determinar en sí un hecho ilícito encuadrable en el primer supuesto del artículo
1.185 del Código Civil, sino para establecer que vista la conducta antijurídica en que
actuó el accipiens, éste causó un daño que debe ser reparado, conducta que encuadra en el
abuso de derecho a que se contrae el supuesto de hecho contenido en el segundo párrafo de
la ut supra citada norma.

Empero, La denuncia del formalizante estuvo dirigida a delatar errores en cuanto a la


naturaleza del hecho ilícito a que se refiere el primer párrafo del artículo 1.185 del Código
Civil, delata una situación distinta a la establecida por la recurrida, la cual encuadra en el
segundo párrafo de dicha norma, como es el abuso de derecho, todo lo cual hizo
improcedente esa denuncia.

En ese tenor la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia no ha sido ajena al
tratamiento de esta institución, y estableció su doctrina de forma muy lucida en sentencia
del 20 de noviembre del año 2002, caso ONÉSIMO HERNÁNDEZ PACHECO.
La Sala Constitucional amplia la definición del abuso del derecho y lo consagra como “la
materialización del uso u omisión de una facultad subjetiva contrario al principio general
de la buena fe y al fin que persigue su otorgamiento”.
Debe tenerse en cuenta que el elemento principal que permite la determinación del abuso
del derecho es la realización de la conducta ilegítima dentro de los parámetros objetivos de
una facultad.

Es precisamente, esta característica la que permite diferenciar el abuso del derecho de las
otras modalidades de actos ilícitos. La titularidad de un derecho no es razón suficiente para
justificar actuaciones opuestas al bien común y al valor de solidaridad que rige a nuestro
ordenamiento jurídico (Vid. artículo 2 de la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela).

En este caso concreto, la acción como derecho de los particulares de acudir a los órganos de
administración de justicia para la resolución de sus controversias no está revestida de un
carácter absoluto que justifique su ejercicio en detrimento de los intereses sociales. La
sociedad está interesada en el adecuado funcionamiento de los mecanismos de
administración de justicia. El ejercicio de una acción impulsado por móviles temerarios es
contrario a la finalidad que persigue el otorgamiento de este derecho, y genera retardos en
la resolución de las controversias planteadas por otros particulares que actúan motivados
por intereses serios.

Asimismo, deben tenerse en cuenta los aspectos que diferencian al abuso de la


acción del denominado fraude procesal. Si bien estas modalidades de actos ilícitos se
materializan a través de actuaciones destinadas a bastardear los fines del proceso, las
prácticas abusivas no implican la creación artera de situaciones que, en principio,
caracterizan al fraude procesal. En este sentido, las colusiones y cualquier otro tipo de
simulaciones no constituyen usos abusivos de la acción. El abuso de la acción se configura
mediante la interposición de pretensiones contrarias a la función económico-social que
persigue el reconocimiento del derecho de acceso a los órganos de administración de
justicia.

En el presente caso, el actor ejerció una acción de amparo constitucional con el


objeto de eludir las consecuencias de su mora en el cumplimiento de las obligaciones que
contrajo con la empresa ELECENTRO. De tal modo, se planteó una pretensión ilegítima y
en tanto opuesta a la función de la tutela constitucional y a los valores de nuestro
ordenamiento jurídico. La finalidad de la acción de amparo constitucional es proporcionar a
los particulares la protección jurisdiccional necesaria para evitar la continuación de la
violación de un derecho constitucional o la probabilidad de que ésta ocurra. Debido a la
importancia de los bienes que tutela la acción de amparo constitucional los jueces deben
conocer de forma preferente este tipo de pretensiones, razón por la cual, los usos abusivos
de esta acción generan un mayor perjuicio en el funcionamiento del sistema de
administración de justicia.

En este sentido, merece mención especial la falta disciplinaria de los abogados que incurren
en usos abusivos de la acción de amparo. A tenor de lo dispuesto en el artículo 4 de la Ley
de Abogados, son deberes de los profesionales del derecho la probidad, la defensa de los
intereses de la sociedad y la conservación de una recta y eficaz administración de justicia.
Al respecto, la Sala en cumplimiento de su obligación de sancionar las faltas a la lealtad y
la buena fe en el proceso (artículo 17 del Código de Procedimiento Civil) ordenó remitir
copia de ese fallo al Tribunal Disciplinario del Colegio de Abogados del Estado Miranda a
fin de que se pronuncie sobre la procedencia de la imposición de una sanción disciplinaria
contra el abogado Darío Eduardo Torres (asesor jurídico del ciudadano Onésimo
Hernández).

Finalmente podemos concluir que la conducta antijurídica por violación de un derecho


subjetivo privado, se considera causada por un abuso de derecho civil y su derivación
directa e inmediata será la reparación de daños y perjuicios, conocida como responsabilidad
civil; sin embargo, desde el momento en que el daño es causado, pueden ser aplicados los
preceptos de la responsabilidad civil. Esa reparación comprende la indemnización del daño
material y moral, causado a la víctima o a su familia, responsabilidad que cesa si se
demuestra que, en la comisión del daño, no se les puede imputar ninguna culpabilidad o
negligencia.

Así las cosas, y en contraste con los efectos jurídicos del abuso de derecho, encontramos en
el artículo anterior, es decir, 1.184 del Código Civil Venezolano, la figura del
enriquecimiento sin causa que plantea también una consecuencia indemnizatoria, con la
salvedad de que esta no existe en función de una daño ocasionado por el exceso en el
ejercicio de un derecho o por un daño patrimonial derivado de una conducta ilícita, si no
que su naturaleza es de balance o equilibrio patrimonial, o lo que es igual, busca restituir a
las partes en la situación patrimonial previamente existente al momento en que una de ellas
se enriqueció a costas de la otra.

En efecto, la noción de enriquecimiento sin causa se funda en la idea o necesidad de


restituir o restablecer el equilibrio patrimonial entre dos sujetos de derecho (el enriquecido
y el empobrecido), y no en la idea de reparar ningún daño injusto causado, la
indemnización objeto de la acción in rem verso tiene por finalidad la restitución o
restablecimiento del equilibrio patrimonial alterado; por lo tanto, es una acción de equidad
que no aspira a indemnizar al empobrecido de todo su empobrecimiento, ni tampoco
despojar al enriquecido de todo su enriquecimiento, sino persigue restaurar en lo posible el
equilibrio patrimonial entre dichas partes.

Un enriquecimiento, por una parte, consiste en todo aumento del patrimonio del
enriquecido o demandado, y un empobrecimiento, por la otra, consiste en toda disminución
del patrimonio de una persona, pudiendo efectuarse mediante una disminución del activo; o
en un no aumento del activo.

La disminución de patrimonio experimentada por el empobrecido va a convertirse en el


incremento del patrimonio experimentado por el enriquecido; donde el empobrecimiento
representa la causa y el enriquecimiento el efecto.

Por otra parte, el enriquecimiento debe carecer de una causa que lo justifique, conforme al
ordenamiento jurídico positivo.

Si el obligado a Restituir, Reembolsar, Indemnizar o Reintegrar, no lo hace, incurre en


Enriquecimiento Ilícito. Nace en el patrimonio del empobrecido (gestor, mandatario,
comodatario, inquilino, depositario, solvens, entre otros), la Acción In Rem Verso.

Esta acción no busca indemnizar todo el daño sufrido por el empobrecido; es por ello que,
NO es una acción de Responsabilidad Civil. Por el contrario, se trata de una
“Indemnización por Equidad” derivada de la declaratoria Con Lugar de una “ACCIÓN DE
EQUIDAD”, la que persigue reestablecer el equilibrio violado de los patrimonios
relacionados.

En interpretación cónsona con la institución de la causa de las obligaciones, la Actio In


Rem Verso otorga una compensación, de forma independiente y autónoma, a la CULPA
SUBJETIVA o IMPUTABILIDAD del Enriquecido. Esto es, en contraste con lo que ocurre
en el hecho ilícito o en el abuso de derecho, una restitución de carácter eminentemente
patrimonial que nace independientemente de que exista o no voluntad de cometer una
conducta antijurídica o de excederse en el ejercicio de un derecho, respectivamente, no
interesa al legislador patrio la intencionalidad o la existencia de algún derecho legítimo
interpuesto, el quid juris de la Acción por Enriquecimiento sin Causa Lícita, es que:
“NADIE PUEDE ENRIQUECERSE A COSTA O EN DETRIMENTO DE OTRO”.

En el caso del abuso de derecho la compensación o prestación dineraria tiene carácter


indemnizatorio por el daño causado a un tercero en el ejercicio abusivo de un derecho, con
lo cual el legislador reprocha una conducta divorciada de la buena fe que excede los límites
para los cuales fue conferido ese derecho y que merece indemnización, mientras tanto, el
enriquecimiento sin causa no persigue una reparación o indemnización de un daño por
responsabilidad civil, si no que busca simplemente restablecer el equilibrio patrimonial
entre un sujeto enriquecido a costas de un sujeto empobrecido. Siendo así, podemos decir
que la acción por abuso de derecho persigue una indemnización, por otro lado, la acción
por enriquecimiento sin causa busca una restitución sin que intermedie daño alguno.

A continuación, podemos observar algunos supuestos de hecho legales de


Enriquecimiento Ilícito:

1.- Quien construya o siembre en un inmueble ajeno (Art.557 C.C.) La Ley señala que el
DUEÑO DEL INMUEBLE HACE SUYA LA OBRA O BIENHECHURÍAS; siempre que
éste pague a su elección, los materiales o gastos de la obra (de mano) efectuadas por el “no
dueño”. Se exige que no haya MALA FE en el tercero; no procede, por tanto, en caso de
invasiones. De probarse la mala fe: EL DUEÑO PUEDE PEDIR LA DESTRUCCIÓN DE
LA OBRA Y QUE “DEJEN EL INMUEBLE COMO ESTABA” MÁS LA REPARACIÓN
DE LOS PERJUICIOS. Si ambos, el dueño y el invasor, actuaron de mala fe (como por
ejemplo ocurre en la invasión de inmuebles), el primero adquiere la propiedad de las
bienhechurías o la obra, pero deberá reembolsar el valor de ellas.

2.- En el contrato de Mandato, Art.1.699 eiusdem. El mandante reembolsará al mandatario,


los “avances y gastos” incurridos por éste al cumplir el mandato; incluye “salarios” si los
prometió. El mandato civil es gratuito, el mercantil no. El mandante debe cumplir su
obligación de reembolsar, “aunque el negocio no haya salido bien”; no podrá reducir el
monto de tales conceptos. Lo anterior, siempre que no exista “culpa imputable” respecto al
mandatario.

3.- El pago hecho al Incapaz (“menor con o sin la facultad de Discernir”, Art.1.349 C.C.;
inhábil o entredicho). Sólo el incapaz podrá demandar la nulidad del contrato u obligación;
no el contratante “civilmente hábil”. Anulado el contrato u obligación, siendo el Incapaz
parte, éste deberá reembolsar lo recibido; por lo que podría ser demandado para ello. El
actor tendrá que probar que lo pagado por él, se convirtió en provecho o ganancia para el
Incapaz.

4.- En el contrato de Comodato, Art.1.733 C.C. Si el comodatario pagó los gastos de


conservación, mantenimiento y buen estado la cosa, el comodante debe restituir tales
conceptos.

5.- En el contrato de Depósito, Art.1.773 C.C. El depositante restituirá al depositario, los


gastos de conservación de la cosa depositada, más la indemnización por los daños
causados.
6.- En la Gestión de Negocios Jurídicos Ajenos, Art.1.176 C.C. El dueño debe pagar las
deudas asumidas por el gestor. Supone que el negocio resultó bien administrado; de ser así:
El dueño reembolsará al gestor los gastos e intereses adelantados por éste. Lo anterior no
aplica, si el dueño prohibió la gestión o actuaciones al gestor; salvo que la prohibición viole
el Art.6 C.C.

7.- En el Arrendamiento, Art.1.609 C.C. El arrendador no está obligado a reembolsar los


gastos por mejoras no autorizadas por él. Pero, el arrendatario podrá llevarse los materiales
que colocó en el inmueble, siempre que al retirarlos no dañe la cosa arrendada. Lo anotado,
podrá ser objeto de modificación respetando las reglas del principio de la Autonomía de la
Voluntad Contractual.

8.- En el Pago de lo Indebido, Art.1.178 C.C. El Accipiens debe restituir al Solvens, lo que
recibió de forma indebida; de lo contrario, incurre en Enriquecimiento Antijurídico o Ilícito.

9.- En el “pago anticipado” o antes del vencimiento del término, Art.1.213 C.C. El deudor
podrá accionar contra su acreedor, si por error pagó antes del día ad quem, ello, por el
enriquecimiento ilícito en el patrimonio del acreedor, visto los intereses que pide le
reembolse.