Vous êtes sur la page 1sur 10

Solemnidad de la Ascensión - 2 de Junio

Textos: Hechos 1, 1-11; Efesio 1, 17-23; Lucas 24, 46-53


El paso del Hijo de Dios por la tierra era temporal. Está enmarcado, como el de
todos los mortales, así Jesús asume la realidad completa del hombre, incluida su
temporalidad. Al momento de partir sigue los pasos que todo hombre debe hacer:
resumir su misión, clarificarla y entregarla a quien debe continuarla.
El evangelio, en un día muy largo que termina en una despedida, nos da las
primeras pistas. Los discípulos han sido testigos de un día en extremo doloroso.
El Mesías debía padecer. No todo acaba allí. Resucitará… se predicará a todos
los pueblos… son testigos de todo esto y un testigo no puede ser mudo. Fueron
a Betania en una noche clara, los bendijo, en un gesto sacerdotal, y se separó de
ellos.
San Lucas continúa su narración en los Hechos. Jesús nos reveló el ser de Dios
no con contenidos metafísicos sino antropológicos. No como el ser perfecto, un
tanto inaccesible a la mente humana, sino como el Padre amoroso que ama,
cuida, protege, educa en la fe, conduce a una meta final. Esa revelación viene
acompañada de obras que le dan seguridad. El evangelio nos revela a Jesús
través de sus acciones en bien del hombre necesitado. Nos abrió una esperanza
sólida al pasar de la muerte a la vida en su resurrección y nos incorporó a Él en el
bautismo.
Cuando comían juntos recomendó a sus discípulas de no dispersarse sino
mantenerse unidos, con María la madre, en espera de la promesa del Padre de la
que les había hablado. El Espíritu divino que vendría sobre ellos para capacitarlos
a una misión que sobrepasa toda posibilidad humana. Y ser sus testigos en
Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo. La misión no
termina con él, pasa a quienes la deben continuar como discípulos. El testigo no
es un mero anunciador sino aquel que ha visto, ha oído, ha experimentado un
hecho, lo hace presente con su palabra y está dispuesto a afirmarlo incluso con
riesgo de la vida. Su obra es necesaria para toda la humanidad
Esa doble consigna responde al interrogante todavía vacilante de los
discípulos: ¿Es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel? El mundo que
viene no es la mera continuación del anterior sino que es nuevo en su origen, su
contenido, su meta final. Finalmente viene la separación, en dos escenas
consecutivas. La nube que lo encubre es lenguaje de una teofanía, no es un
mero desplazamiento por los aires; sino la entrada en el misterio íntimo de Dios
que supera la limitación terrena del hombre y despierta a una nueva realidad y
asumirla. La voz divina les precisa: deben dejar ese lugar donde están clavados
para irse decididos a la misión. Llamamos ese misterio la Ascensión del Señor.
En la ciudad de Filipos ha crecido una comunidad que se ha dejado transformar
por la pascua del Señor. San Pablo les recuerda el camino que han seguido: han
recibido el espíritu de sabiduría para conocer al Señor. Han recibido la esperanza
que lleva al encuentro con Cristo glorioso. Viven esa experiencia en la Iglesia, que
es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.
La fiesta de la Ascensión nos invita a asumir el compromiso misionero de la fe y
nos estimula a vivir en forma nueva de la presencia del Señor: Él está entre
nosotros: nos habla en su Palabra y nos transforma a través de sus sacramentos;
y lo encontramos en los hermanos. Nosotros somos hoy sus testigos. Amén.

Solemnidad de Pentecostés – 9 de Junio


Textos: Hechos 2, 1-ll; 2 Corintios 12, 3b-7.12-13; Juan20, 19-23
La Iglesia vive un perpetuo Pentecostés. Sin embargo la liturgia nos invita a
meditar y vivir de manera especial este domingo ese acontecimiento que es la
plenitud de la Pascua máxima manifestación del amor de Dios por la humanidad.
El libro de los Hechos nos ha narrado que Jesús dejó a sus discípulos una
tarea muy por encima de las fuerzas meramente humanas: continuar en el
mundo su misión. Pero Jesús era consciente de que sus discípulos, de entonces y
de hoy, debían recibir la fuerza divina para esa misión. Por eso, antes de
separarse de ellos les pide que reunidos en Jerusalén, con María, la madre
(Hechos 1, 14) esperen ser revestidos del poder divino mediante el Espíritu de
Dios. Al cabo de diez días de espera, en la mañana, de repente, vino un ruido del
cielo, como un viento huracanado que resonó en toda la casa. Se llenaron todos de
Espíritu Santo y empezaron a hablar lenguas nuevas… El Espíritu empieza su obra.
De esos hombres, hasta ahora temerosos, va a hacer testigos valientes que
hablan con libertad a la muchedumbre, e incluso a las autoridades. Y todos,
apóstoles, hombres y mujeres, son invadidos por ese Espíritu que ya no va a
conocer ni siquiera la barrera de las lenguas. La unidad que en Babel se perdió
(Génesis 11, 1-9) aquí se va a recuperar.
Eran los días de la fiesta judía de Pentecostés que recordaba la Alianza hecha
con Dios en el monte Sinaí. Estaban en Jerusalén judíos de todas partes y con
ellos venían los simpatizantes de la fe judía; representaban a toda la humanidad.
Ellos presencian el gran acontecimiento en la mañana de Pentecostés: ven a los
discípulos transformados y los escuchan hablar en sus propios idiomas de las
maravillas de Dios; emocionados aceptan la fe en Cristo y se hacen bautizar en su
nombre.
Este acontecimiento está íntimamente unido a la resurrección de Jesucristo.
En el evangelio leemos que el don del Espíritu se da en la tarde misma del día de
la resurrección. Jesús glorioso, se presenta a los discípulos como el Crucificado
que vive ahora en una realidad nueva. Les da la paz; sopla sobre ellos, y les dice
reciban el Espíritu Santo y el Espíritu Santo los capacita para continuar la misión
de Jesús en este mundo. Como Padre me ha enviado, así también los envío
yo. Ese poder que reciben les también capacidad de perdonar el pecado y
quedan transformados interiormente por la fuerza del Espíritu que Jesús
Resucitado les comunica.
Más tarde, Pablo va a la ciudad griega de Corinto, y aunque hay corrupción
de costumbres; se atreve a predicar el evangelio con todas sus exigencias; nace
allí una comunidad cristiana, rica en dones del Espíritu Santo. Pablo, haciendo
una comparación les explica que así como el cuerpo tiene muchos miembros
con fusiones diferentes, pero forman un solo cuerpo; Jesús resucitado es un
organismo vivo compuesto por muchos miembros con dones diferentes: unos son
apóstoles, otros evangelistas, otros profetas, otros doctores; pero todos
trabajamos por el bien del Único cuerpo del Señor. La función básica del Espíritu
es formar a Cristo en nosotros; El habita en nuestro corazón para guiarnos a vivir
como Jesús; pero nunca se impone; siempre espera que le escuchemos y sigamos
dócilmente sus inspiraciones.
El Espíritu Santo, hace presente a Cristo Resucitado en la Eucaristía y en los
demás sacramentos. Él de forma silenciosa pero eficaz va formando a Cristo en
nuestro corazón. Por eso la Iglesia vive un perpetuo y necesario Pentecostés.

La Santísima Trinidad – Junio 16


Textos: Proverbios 8, 12-31; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-18
Esta fiesta nos invita al asombro y la admiración ante el misterio de Dios.
Tenemos una capacidad grande de maravillarnos ante lo grandioso, lo bello, lo
inefable. El universo con su dimensión infinita provoca en nosotros estos
sentimientos. Pero nos preguntamos quien es el autor de lo que contemplamos.
La primera lectura tomada del libro de los Proverbios nos invita a
contemplar con gratitud el mundo en que vivimos. Es la casa grande que Dios ha
dado a todos sus hijos. El autor es un sabio que conoce bien la creación y tiene el
sentido de Dios. Hace de la divina Sabiduría el instrumento de que Dios se sirve
para crear seres inanimados y vivientes que han tenido un principio, en tiempo
remotísimo: manantiales de agua, los montes y cumbres, los primeros
terrones del orbe, la hierba. Todos ellos son voces que hablan de Dios con su
sola presencia.
Ha querido acercarse al hombre. Darse a conocer a él a través de su Palabra
reveladora. La Biblia a todo lo largo de su recorrido nos va adentrando en ese
gran misterio, desde su primera frase: En el comienzo Dios creó el cielo y la tierra.
Es un camino lento que se va haciendo cada vez más claro.
En la encarnación de Jesús Dios se revela plenamente: Jesús nos ha hablado
de su Padre, que es también nuestro Padre. Nos ha hablado del Espíritu de la
Verdad y de la íntima unión que existe entre ellos. Ya no solo conocemos a Dios
por sus obras, sino que Dios se ha hecho cercano y llega a nosotros, con rostro y
con calor humanos. No solo podemos reflexionar sobre la esencia divina y
atribuirle acciones propias. A ese Dios infinito lo podemos llamar Padre; al Hijo
que se encarna, habita entre nosotros y podemos llamarlo hermano; al Espíritu
Santo que nos habita y nos santifica: es nuestro abogado, consolador.
San Pablo nos lleva un paso más adelante: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo
ejercen una acción santificadora en nosotros. Escribiendo a los Romanos, nos
habla de la justificación que nos hace pasar del pecado a la gracia; de las
tinieblas a la luz. El pecado pone una barrera entre nosotros y Dios; pero Cristo
nos rescató del pecado ofreciéndose a sí mismo por nosotros en la cruz. Y Lo
hace la Iglesia en nombre del Señor en el sacramento de la reconciliación.
La fe es la acogida del amor y la acción de Dios; esta nos hace abrir la puerta
para dar entrada a Dios en nuestra vida. A partir de entonces pertenecemos al
Señor, y nos gloriamos en la esperanza, que nos lleva a poner nuestra
seguridad en Dios. Es largo camino que lleva a la meta final que es Dios mismo
Al entrar al campo de Dios comenzamos a desapegarnos de los bienes de la
tierra no sin dolor; pero esa tribulación nos educa y produce en nosotros
constancia y virtud probada. La esperanza no es un sueño de un futuro feliz lleno
de ilusiones sino la atracción hacia Dios, que nos lleva a la posesión de Dios
mismo. Esta esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones con el Espíritu Santo recibido. Lo llevamos en lo más profundo
de nosotros mismos, en el corazón.
Esta es la interacción de Dios con nosotros. Es ese el misterio de la Santísima
Trinidad que tenemos que meditar. A Dios se le encuentra por el camino de la
experiencia de su amor. La Palabra de Dios y la experiencia de la fe en la oración,
en los sacramentos, en la vida de cada día nos está diciendo sin descanso que a
Dios no lo debemos buscar fuera de nosotros, sino en nuestro diario vivir. Amén.

Festividad del Cuerpo y la Sangre de Cristo


Textos: Génesis 14, 18-20;1 Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
Cada vez que se celebra la Eucaristía, la Iglesia está haciendo presente el misterio
del Cuerpo y la Sangre del Señor. Esa celebración, así sea sencilla y pase
desapercibida, es siempre una fiesta. La Iglesia nos invita hoy a detenernos
atentamente en el misterio de la Eucaristía que celebramos diariamente.
La víspera de su Pasión y de su muerte redentora, que Él llamó la entrega de su
vida quiso que se perpetuara en un signo real. Valiéndose de elementos muy
nuestros, pan y vino, alimento corriente de hombre, hizo que ellos se convirtieran
en su presencia, y entregó a su Iglesia ese misterio para ser celebrado siempre en
memoria suya. Esas palabras no significan que la Iglesia debe hacerlo como mero
recuerdo de un paso inolvidable de Dios por el mundo, lo que Él nos invita a hacer
es dar actualidad siempre nueva al misterio de su entrega viva entre nosotros.
Las palabras de san Pablo a los Corintios afirman que poco más de veinte años
después de la muerte y resurrección del Señor, la comunidad cristiana de Corinto
se reunía para celebrar la Eucaristía. Pablo les recuerda que no fue él, ni nadie en
la comunidad, que inventó la celebración de la Eucaristía, sino que es una
tradición que remonta al mismo Señor. Yo recibí una tradición que procede del
Señor, la que a mi vez les he trasmitido. Él es un testigo digno de confianza.
Todo se inició en la noche en que lo iban a entregar. Es evidente la
conexión con su muerte y su resurrección, no solo en el tiempo sino en la
significación. Esa tradición hace presente este acontecimiento. Tomó un pan,
Pronunció la Acción de gracias, dirigida al Padre Dios que está presente en la
celebración. Lo partió. No quiso que cada uno tuviera en sus manos un pan
entero sino que todos comieran compartiendo del mismo y único pan. Y les dijo:
Hagan esto en memoria de mí. La consigna es repetir no solo el rito y las
palabras dichas, sino el contenido del misterio; y como Cristo, llegar incluso a
entregar la vida en unión a su entrega salvadora. Luego hizo lo mismo con la
copa de vino. Una vez más, no quiso que cada uno sostuviera en su mano una
copa, sino que todos tomaran de una misma copa. Y finalmente san Pablo
expresa el sentido de lo que hacen: Cada vez que coman de este pan y beban
de esta copa ustedes proclaman la muerte del Señor hasta su regreso.
Han pasado más de veinte siglos y la Iglesia no puede prescindir de la
Eucaristía. Si no lo hace no es la Iglesia de Jesucristo. Fundamentalmente el modo
de celebración no ha cambiado desde los comienzos. También nosotros
proclamamos inicialmente la Palabra de Dios tomada de la Biblia, la homilía y las
intercesiones por el mundo, por la Iglesia entera. En seguida, presididos por el
celebrante, usando el pan de nuestros trigos y el vino de nuestras vides,
suplicamos al Espíritu que su poder consagre ese pan y ese vino en el Cuerpo y la
Sangre del Señor repitiendo Sus mismas Palabras. Compartimos en la comunión
el Cuerpo y la Sangre del Señor, y nos comprometemos a vivir en comunión.
Toda Eucaristía crea en nosotros un compromiso con la Iglesia y con los
hermanos. Como en un banquete compartimos la vida, las alegrías y las penas,
junto al Señor misteriosamente presente. En cada Eucaristía Dios Padre nos invita
a vivir la fraternidad que nos une en nuestras diferencias y hace presente a Cristo
que muere y resucita por nosotros. La Eucaristía es vínculo de amor, oh
pudiéramos acoger la comunión y la unidad que el Espíritu Santo crea entre
nosotros y rescatáramos el sentido profundo de la Eucaristía: encontrar en el
Señor el centro de unidad sólido y seguro que necesitamos. Amén.

Décimo tercer domingo ordinario junio 30


Textos: 1 Reyes 19, 16b.19-21; Gálatas 4, 31b-5, 1.13-18; Lucas 9, 51-62
Todos tenemos una vocación
Cuando oímos hablar de vocación, solemos pensar en quienes siguen el camino del
sacerdocio o de la vida consagrada y decimos: Yo no tengo vocación. Pero no es así. En
el plan de Dios todos tenemos una vocación. A cada ser humano Dios lo llama a la vida
para colaborar con Él en la realización del plan divino de la salvación.
La palabra de Dios nos ilustra ese proceder divino. Un hombre llamado Eliseo,
muchos años antes de Cristo, estaba arando en su campo. De pronto un profeta, Elías,
pasa a su lado y le echa encima el manto. Manera de decir que en nombre de Dios está
llamado a ser su discípulo y profeta come él. Eliseo, atiende enseguida el llamado, mata
sus bueyes, los ofrece en sacrificio con el fuego hecho con el apero del arado, reparte
la carne entre la gente, y se pone a órdenes de Dios a través de Elías. Su vida cambia
radicalmente; está disponible y liberado para el mundo nuevo que el Señor le ofrece.
San Pablo en la carta a los Gálatas dice una palabra sorprendente que explica el
proceder de Dios, y del hombre que escucha: Para vivir en libertad, Cristo nos ha
liberado.
Esa manera divina de llamar dura siempre: En la época de Cristo, continúa de un
modo nuevo. Ya no es un hombre como Elías que trasmite el llamamiento divino. Ahora
es Cristo mismo que llama en nombre propio. Él asume el puesto de Dios.
El evangelio de Lucas nos cuenta algunas vocaciones en un contexto muy particular:
Jesús ha emprendido su viaje a Jerusalén donde va a padecer, morir y resucitar. Va
acompañado de sus discípulos; y llama a algunos a seguirlo por ese camino, que
también para el discípulo va terminar en muerte y resurrección; es esta nuestra
vocación bautismal.
La novedad que Cristo inaugura es completa: ante el rechazo que le presentan los
samaritanos ya no se reacciona con castigo, fuego del cielo como piden los hijos del
Zebedeo, sino con perdón y misericordia. El rechazo no ha frustrado el viaje de Jesús.
A alguien que pide, lo reciba en su grupo, Jesús le advierte, con las figuras de las
zorras y las aves, que no puede esperar comodidades ni seguridades sino cruces; al que
sigue aferrado al pasado, le pide que rompa esos vínculos y abrace el camino nuevo del
reino que él ha traído. A otro que le pide seguirlo, pero está apegado a su mundo
social y familiar le responde simbólicamente: El que echa mano al arado pero sigue
mirando hacia atrás no es apto para el Reino de Dios.
¿A qué llama Cristo exactamente? Escribiendo a los Gálatas Pablo afirma: la vocación
de ustedes es a la libertad, pero no una libertad para el egoísmo. La libertad de que
habla es muy precisa: antes de Cristo la historia de salvación se movía como
dependencia de la ley dada a Moisés y en ella ponía el judío toda su esperanza de
salvación. Llega Cristo y la historia de salvación no gira más en torno a la ley, sino en la
Persona del Hijo de Dios hecho hombre. Cristo nos ha liberado de la ley y se ha
entregado al hombre para ser el fundamento de su vida. Por eso los gálatas no deben
andar en riñas y pendencias, sino vivir según el Espíritu de Dios para realizar lo que Dios
Padre quiere de ellos: liberación del egoísmo, servirse unos de otros por amor.
Todos somos llamados a la vida sacerdotal, consagrada, o laical. La vida matrimonial
es también una vocación llena de sentido y de compromisos cristianos. Quizás muchos
hoy la entienden como un proyecto puramente humano sin dimensión religiosa de fe y
eso hace que las familias sean carentes de la solidez de la fe y del amor cristiano. Toda
vocación es una prueba de amor y de confianza de parte de Dios. Vivamos nuestros
compromisos como respuesta al llamado de Dios y seamos testigos de su amor y de su
obra salvadora donde quiera nos encontremos. Amén.