Vous êtes sur la page 1sur 383

[I

y BE sus SnSTIIÜIlfOS IE ü IK S.
susT iinm o Pin» i i iiEm siD ii dei im iiooism o
l ’Ü R

D. Constante Amor y Naveiro,


P tfro.. H itc Jo re n S. Teofofríit y en DerecJio
y C u ra Hect.yr de S a n F v ííx ¿/í S o fjv iii y S jn lü M u ría S j l ' j nc
íiü hi cifhiaei de S^aníia^ii de Galicia

SEGUNDA EDICIÓN

CORREGIDA Y N O TABLtM LN TE AUMENTADA

CON UN P R Ó L O G O

i'OK i ;l

Dr. D. P. I s a a c R e v i r a ,
CateJr<ilicj Je D srtcfio pcnul d e í j U n iv ersiJjJ Je S jnU a^y.

MADRID
M IU O S D E n E U S
r rM lO N K S . IM I’ HlíSO KI S, LIHHrriROS
Cíiii^zarcj, .1 iiupf.'^
101 7.
EL PROBLEMA DE LA PENA DE MUERTE
Y DE SUS SUSTITUTIVOS LEGALES.
SUSTITUTIVÜ PARA LA REPRESIÓN DEL ANARQUISMO
O BR A S D E L DR. D. C. AMOR Y N A VEIRO

E xamen c rítico d e las N uevas escuelas de D erech o pen al .—


Obra premiada por la R. Academia de Ciencias morales y políti­
cas. Madrid, 18W.
D el d erecho d e castigar , su naturaleza , su o rig en , su fun ­
damento V OPINIOHES ACERCA DE ESTOS PUNTOS, — Santia­
go, IQOl (agotada).
B i BLIOORAFIa de los estud io s pen ales por orden ALFABETICO
d e autores SEGUIDA DE VARIAS CLASIFICACIONES UUIi FACILI­
TAN EL USO DE LA MISMA.—Madrid, Hijos de Rciis, editores:
1909 a 1917.
L a IGNORANCIA DE LA LEV EN DERECHO PENAL ROMANO (tollcío).—
Santiago, 1914.
E l PROBLEMA DE LA PENA DE MUERTE V DE SUS SUSTITUTIVOS LE­
GALES. SUSTITUTIVG para LA REPRESIÓN DEL ANARQUISMO.—
Hijos de Reus, editores^ Madnd, 1917.

D E P R Ó X IM A P U B L IC A C IÓ N

E l D erech o pen al h ebraico -b Iblico v el babiló n ico d e H a-


MURABI comparados en tre sí CRITICAMENTE V COTEJADOS
CON OTROS DE LA ANTIQOEDAD.
C oncepto d el D erecho v aspectos o formas d el mismo .
METODO DE INVESTIQACIÓM EN DERECHO PENAL Y EXAMEN DE LAS
c ien c ias b ASICAS o AUXILIARES DEL MISMO.
L as CAUSAS SOiCIOLáOICAS d e los DEUTOS.

E N P R E P A R A C IÓ N

F ilo so fía d el Derech o pen a u


M A D R ID
H lU O O D E « E U S
E D rT O R E S , l.W PK FS O lfES , L lllIft K O S
CaJIizarrt, 3 dupl."
1 917.
EmmkPE l& P 1 PE MUERTE
y DE sus su siiiu iiv is iim k
SUSTIIUTiVO p m U ÜEPItESIItN DEL l l i m i S I t
PO R

D. Constante Amor y Naveiro,


Pbro., Doctor tn S. Ttologia y tn Dereelto
y Cura Itífla r d f San Félix i f S ó IovI o y SaAlü N u ria Sa¡í>mi
d t la c iu d a i de SanliagQ d t GaUcia

SEGUNDA EDICIÓN

C O N UN P R O L O G O

POR EL

Dr. D. P. I s a a c R e v i r a ,
C ate^/úU ió d t D«f*úho pt!\o¡ d t la ijrtivctsiiioti de SafífÍAga.
PRÓLOGO

A la altura a que ha llegado el D r. AmOR NaVEIRO como pubH-


cisla de Derecho penal biín podía prescindir del ajeno concurso
para U pr«cnU<ión a| público de este nuevo y meritísimo estudio
acerca de «El problema de la pena de muerte y de sus suslilulivos
legales». El autor del interesante tratado acerca «Del derecho de
castigar» (1), del laureado «Examen critico de las nuevas escuelas de
Derecho pcnaU (2), de la feliz cuanto estimable labor bibliosrifica
d« los estudios penales que está publicando la fíevista de Legisla­
ción y Jurisprudencia, y de otros muchos trabajos que han visto la
luz pública en periódicos y revistas, no precisa de padrinos ni de
asesores encariñados de señalar a los cultivadores de la ciencia
penal las excelencias del presente libro. El nombre de Amor Na-
VEiRO es suficiente para vencer por sí sólo en la lucha del mercado
científico; pero ya que mi docto amigo nsí lo quiere, acepto gustoso
el papel de prologuista en testimonio dv deferencia a su amable
invitación. .

Oportunidad del tem a de la pena de m uerte

Ciertamente que el estudio y discusión del problema d< la pena


de muerte jamás carecerá de oportunidad porque, si de una parte
siempre existirán personas sentimentales que miren con horror la re­
ferida pena y personas que —prescindiendo de sentimentalismos—
la combaten con plena serenidad dentro del terreno puramente
científico por considerarla antiJiumanitaria e injusta en relación
con los ñnes que (oda pena debe cumplir, de la otra parte tampoco

(O TI|)OgraIJa d a la iu . 1901.
% Madrid. Im p rcntidcl Á ilto d c Ita ir la n o id c tS a g r a ila C o n u A iid e Ja ú a .— 1899
VI

han de fallar quienes la defiendan por considerarla intrínsecamente


iusla en relación con ciertos delitos y quienes —aun haciendo caso
omiso de este motivo rundamenlal— la consideren como el medio
más enérgico a que naturalmente puede llegar el Estado social en su
ludia contra el crimen. Cierto es asimismo —como hace notar ej
Dk. A mor N aveiro a los comienzos de su obra— que el problema
permanecerá vivo, no tanto por lo que el objeto de este problema
ten^a de obscuro o discutible, cuanto porque aféela a sentimientos
humanos encontrados; sentimientos innatos en si mismos, si bien
de predominio variable y sujelo por tanto a modas...
Pero, al mismo tiempo, hemos de convenir en que las múltiples
e interesantes discusiones habidas sobre tan capital problema, como
sobre otros muchos de Derecho penal, parece que en la actualidad
van cediendo en sus ardores para encauzarse por una vía más prác­
tica y reflexiva; al menos en lo que concierne a la conservación del
orden y defensa de la sociedad contra el delito, que para ello y no
para otra cosa ha surgido en la vida el derecho de castigar.
Y conste qne al apuntar la anterior idea, no pretendemos decir
nada nuevo ni salimos -por ahora— del terreno de la escuela lla­
mada clásica donde el gran maestro Carrara afirma que si bien el
derecho de castigar en la mano de Dios
....... ha attra norma che ¡a otusTiziA»,
ese mismo derecho de castigar en la mano del hombre
... «non ha altra ¡egittimifd che il bisogno deUa difesa, per­
ché a ir uomo é devoluto soltanto in quanto occorre aüa conserva-
ziONE dei d iritti delta uman¡tá> <1).

* Puntos de p|irtlda de esta discusión

Volviendo al asunto de las polémicas que hasta la fecha s« han


venido suscitando acerca de la pena de muerte, creemos que todos
los argumentos aducidos en pro o en contra de la misma, pueden
reducirse a las tres siguientes categorías.
Los que ante todo y sobre todo tienen en cuenta la gravedad
ontológica del delito cometido.
Los que ante todo y sobre todo se preocupan del estado psfquico-
moral que revela el delincuente por razón de su delito.
Los que ante todo y sobre todo se preocupan de la defejtsa
so íial y de la lucha de la sociedad contra el crinv:n.
Las dos primeras categorías suponen adversarios tan opuestos

d'j CkSiftktDí. Prognunma. Fute gencralc. Vot. I, |>i(. 42. SaU ed. Prilo, 1886.
v il

coiriú san los reUibucionistas,<i\K defienden U pena capital en


cuanto es justa y la única proporcionada para aquellos crímenes
que consislen en quitar la vida a otro deliberadamente y con plena
libertad, y los correcdonalisías que la combaten por cuanto si
—como reza la doctrina correccional— el único deber y dere­
cho del Estado respecto al delincuente ha de consistir en que aquél
ponga de su parte cuantas condiciones positivas y negativas se Teñe­
ran a! regreso de éste a la justicia, con la imposición de la pena de
muerte se vendría a renunciar a la posibilidad de realizar la misión
pcnalística de la reseneración del culpable cuya voluntad, por muy
injusta que aparezca, cabc siempre la esperanza de poderla destruir,
en sus fundamentos o motivos.
La divergencia, pues, entre una y otra escueta, es de todo punto
palmaria. Los reíríbucionislas abotran por una medida penal inre-
xible, absoluta, y en matemática proporción con la gravedad on-
tolÓ£Íca‘ del crimen. En cambio, para los correccionalistas, el de­
lito en sí, objetivamente considerado, no es más que un síntoma in­
dicador de la mala voluntad del agente, de una verdadera enferme­
dad psiquico-mora1, que requiere un tratamiento individualizado, y
cuya medida no puede ser determinada a p riorí sino a posieriarl y
en vista de la necesidad que del mismo tens:a el delincuente; trata­
miento que habrá de aplicarse en la forma y durante el tiempo que
dicha necesidad lo requiera. Por eso, dentro del correccionalismo,
se corrbaCe la medida penal establecida de antemano y se preconi­
za la sentencia indeterminada con sus instituciones complementa­
rias de la libertad condicional, pationatode ios reos, «te.
En cuanto a la tercera categoría de las anteriormente indicadas,
o sea la de aquellos polemistas que al ocuparse de la procedencia o
improcedencia de la pena de muerte se Fijan ante todo y sobre todo
en las exigencias de la defensa social, sécinos permitido (por creerlo
indispensable para la mejor comprensión de lo que presto hemos
de decir) el trazar un ligero bosquejo de la génesis de las doctrinas
en cuyo fondo palpita la idea de la defensa de la sociedad contra el
crímen.

La doctrina de la defensa social en sus varias fases


y la pena de m uerte

Precedentes de la defensa sóclal tal como en la actualidad es


comprendida, hállanae ya en las doctrinas de PLATÓN y de ARISTÓ­
TELES. P latón refuta la retribución y la expiación como fundamen­
to dcl derecho de castigar, y sostiene en cambio que el Estado tie­
ne el dcrícho de impontr castigos, «sto <s, de reaccionar y de dt-
fcnderse por la necesidad de la propia coii&ervación; la defensa,
dice, se actúa inmediatamente con U eUaiinación de los delincuen­
tes incurables, y mediatamente con la amenaza dcl castigo, el cual
actuando como intimidación impide que se cometan nuevos deli­
tos (I). La doctrina de ARISTÓTELES todavía es más categórica que
la de Plm On; porque si para éslc la pena tiene también como fin
la regeneración del delincuente, en la fílosofía arislotética —como
hace notar A u m e n a (2)— la pena sólo debe encaminarse a la defen­
sa social.
Modernamente la doctrina de PUTüN y de ARISTÓTELES lia si­
do desenvuelta por no pocos publicistas, dando lugar a un conjunto
de teorías que podrán variar en su punto de partida y en el sistema
de argumentación empleado, pero que en todas ellas se advierten
las mismas ideas capitales e idéntica ñnalidad, a saber: la inlimida-
eUn (coacción psíquica, ejemplaridad, advertencia, etc.) cómo me­
dio, y la defensa social (conservación, reacciónj etc.) como fm de la
justicia punitiva (3). En las teorías pactistas de R o u ssea u , B ecca-
RiA y F ila n o ier i; en las.no;»acíís/<M de Rom aqnosi, F eucrbach ,
y Carmiomani, en la utilitaria de B enthan , en la de la conservación
social de F ranck —por citar solamente doctrinas y nombres harto
conocidos de cuantos se dedican a este género de investigaciones—,
en todas ellas, se concluye por afirmar de una manera más o menos
explícita que la sociedad tiene derecho de haccr sucedería pena al
delito como medio necesario para la conservación del organismo
social considerado tn su totalidad y la de cada uno de los indivi­
duos que lo integran (4).
Con la aparición de las modernas escuelas de Antropología y de
Sociología criminal, la doctrina de la defensa social cambia de for­
ma y do procedimiento, pero en el fondo siguen subsistiendo las
mismas ideas que en las doctrinas precedentes. En efecto: respecto
a la escuela de Antropología criminal, bien mirada ésta, su novedad
consiste en la forma biológica o naturalista que presenta; la defensa
social aparece aquí como una reacción natural donde la intim ida­
ción no debe ser sino un efecto útil de aquella, efecto de que la so­
ciedad se sirve infligiendo al culpable la exclusión total o parcial
que reclama su falta de adaptación; la intimidación, pues, dentro de
la escuela no es —no puede ser- el medio de conseguir la defensa

( I) PLATÓ N -¿o4 C .írM .- En IM Obfct Conlplefat de Plúlón, p u e tu en leo-


{114 cuielUna por D. P a tr ic io de A z cA ra tc . VoI. II. págs. lí2 r
C2) ALiMeiHA. PriadptldiD irSU optnaie Vol. I, piss. % y «7. NipolL, l«IO.
(3) v ia w nueslro Curso i/« DcncAo penar, 1.1, plga. IK-200.
(4) A c trn ilc a trp u n lffn itra t 9CT consullada la o b » del SR. AMOR NAVeiftO:
D tí D trickr de autíga/-, rig s. lO il-lir.
nc

social, sino que esta misma </f/enso'(reacción instintiva, natural y t c -


llcja) viene a constituir la razón j el fin dc lodo [enóm«no O hecho
penal.
Idéntica concepción pcnalíslica de reacción social contra el cri-
men s« observa en las escudas de sociología criminal, donde, si
bien es cierto que —dado el punto dc vista en que estas escuelas se
colocan— los medios prcvLMilivos tienen para ellas singular impor­
tancia, no por ello se prescinde dentro dc las mismas de la eficacia
del procedimiento represivo^ desde la simple advertencia hasta las
más radicales medidas de eliminación.
El aspecto exageradamente unilateral que ofrecen las escuelas de
antropología y sociología criminal, comprendidas en su sentido ex-
tricto, dió lugar a que coctánca y paralela mente a «lias surgiera
—porque no podía menos de surgir— la llamada escuela bio-socio-
lógíta, dentro de la cual han venido figurando la generalidad de los
criminólogos positivistas, que podrán aparecer los unos como más
antropólogos o sociólogos que los otros, según concedan mayor o
menor importancia al elemento individual o a los factores sociales
dc l3 delincuencia, pero que todos ellos coinciden en sustituir ai es­
tudio del delito en s/, considerado en su gravedad intrínseca, el es­
tudio directo del dclincuenlc y el de los factores que intervienen en
la comisión del crimen. Pues bien; dentro de este concepto unitario,
y en lo que atañe a la función penal, sigue considerándose a la pena
como un Fenómeno de reacción social consistente en la aplicación
del oportuno medio defensivo (preventivo, reparador, represivo, eli-
minativo) a tenor dc la tcmibilidad dcf delincuente que resulte de la
compensación dc los factores (individual y social) que intervienen
en el crimen.
Y en este punto llegamos a h última y más interesante etapa dcl
Derecho penal; nos referimos a la labor dc revisión crítica iniciada
por la Tercera escuela y continuada con ventaja —sobre lodo dc
una manera más práctica— por la Unión Internacional de Deretka
penal, cuyos fundamentos pueden considerarse como otros tantos
postulados dcl moderno Derecho penal y de la Ciencia penitencia­
ría. A l im e n a (por citar solamente al más renombrado de ios inicia­
dores de este novísimo movimiento científico) entiende que «la
penalidad tiene como fin la defensa social; y la defensa social com­
prende la defensa de la sociedad organizada como Estado y la
defensa de cada uno de los individuos que la componen» (I).
Sin embargo, dentro de la actual orientación penalfstica, la idea
dc A l IMEMa no ha sido igualmente interpretada y desenvuelta por
todos los autores. Asf, p. cj., uno de los fundadores de la Unión

(I) A lim en a: ob. c. val. I, pAg. K .


Internacional d« Derecho penal, A dolfo P r in s , a partir de la idea
de defensa social y de la lemibilidad (estado peligroso) del indivi­
duo, como causa eficiente de la expresada defensa, sostiene que la
pena sólo es justa en cuanto preserva de la amenaza y del peligro
crim inal, que el derecho de defensa aparece tan pronto como se
comprueba el estado peligroso, importando poco —dice— el que
el individuo, de que se trate, sea un loco e irresponsable, o un sano
de espíritu con entera responsabilidad de sus actos (1).
Esta ideación excesivamente amplia del fenómeno punitivo a
base de la dcknsa social, hállase sabiamente rectificada en la doctri­
na de Alimena, donde se tiende a recabar para el Derecho penal
sus verdaderos límites evitando la confusión de éste con otras disci­
plinas, en especial con la Sociología. Indudablemente —dice Ali-
MEMA— que la penalidad tiene como fin la defensa social; pero el
concepto defensa social es demasiado genérico porque comprende
no sólo la reacción contra el delito sino muchos otros cuidados que
no corresponden a ta acción verdaderamente penalistica, y por ello
es necesario que la penalidad —que pertenece al orden de la defen­
sa social— tenga después las diferencias específicas que la distin­
guen y caracteri2an. «La primera de estas diferencias surge -según
el aludido autor— porque la penalidad obra como coacción psico­
lógica sobre el ánimo de todos los asociados, mientras los otros ins­
trumentos de defensa, o son medios materiales, obstáculos, o elimi­
naciones, u obran directamente sobre el individuo contra el cual son
instituidos y contra él sólo. Asi el castigo impuesto en un manico­
mio, es capaz de intimidar al loco que está sujeto a él, o a los locos
presentes y no a otros; mientras que la pena, por el contrarío, tiene
como punto de aplicación el condenado, pero después obra, como
motivo sensible contrapuesto al delito, sobre la conciencia de lodos
los tiombres, amparando a los débiles, y amenazando a aquellos que
tienen malas intenciones» (2). «La otra diferencia especifica, está
constituida por el modo con que la conciencia colectiva abarca el
delito y la pena, es decifj el sentimiento de la sanción que ha des­
pertado el delito» (3).
En resumen, que, para A lim ena , «los elementos que diferencian
la penalidad de cualquiera otro instrumento de defensa social son
dos: porque ella obra como coacción psicológica, amenazando un
mal, y porque está ligada a las emociones y a los sentimientos mo­
rales, y, por lo tanto, es apreciada y sentida como sanción de la

(l> A P rin s: La Dt/tasa tod al y las trm ifon aacio aa í t ¡ Dtrtcho ptnaJ,
I I I y IV , pies. M . Vefaiin «paH oli. Madrid, l«I2.
(3> N«latftl«tófle< ií dt un erím/nalltla, «cisión npiS«U. Madiid,
1913. P é e . 20.
(3) Ibidon, p ÍE 21.
XI

Mcicdad de la que es un factor protector» (1). De todo lo cual


deriva el citado autor la siguiente consecuencia; <quc mientras el
objeto de la penalidad en el momento judicial, debe ser el delin­
cuente más que el delito —mediante la individualización de la
pena— cu el momento leeislaliro, por el coulrario, el objeto de la
penalidad debe ser el delito y ito el delincuente, porque la verdade­
ra eficacia de la ley penal, se verifica precisamente como instrumen-
to de coacción psicológica» (2).
Finalmente, la Unión Inlem acionai de Derecho penal, a tenor
de las nuevas doctrinas precedentemente indicadas y como sínte­
sis de la revisión crítica opciada en las mismas, reconoce —en­
tre otros fundamentos- que la misión del Derecho penal es la lu­
cha contra el crimen considerado como fenómeno social; que la
criminalidad y los medios de combatirla deben ser apreciados, tanto
desde el punto de vista antropológico y social, como desde el jurf-
dico y que la pena no debe tener jamás un fin único sino que debt
tender, según los casos, a la intimidación, a la expiación, a la repa­
ración, a la enmienda; yen su aplicación debe ser individualizada,
es dccir, adaptada a lo que resulte de las condiciones personales y
sociales dcl delincuenle (3).
Ahora bien, es indudable que, cualquiera qut se4 el carácter que
revista la doctrina de la defensa, la pena de muerte no puede ser,
dentro de tal doctrina, lógicamente combatida; ya que la expresada
pena es un medio excepcional, doloroso, pero un medio natural de
defensa al que muy bien puede llegar la sócíedad como cónsecuen-
cia de su movimiento reactivo, o como medida de conservación. V
esto es incontrovertible, lo mismo dentro de las escuelas calcadas en
las ideas de la intimidación, de la coacción psíquica, de la adverten­
cia, de la cjcmplaridad, etc., como dentro del criterio gcnuinamcnte
biológico adoptado por L o m b r o s o y Q aro falo -que más bien
que en la necesidad de una enérgica intimidación colectiva, se fijan
en la necesidad de eliminar a los seres moral y totalmente degenera*
dos y perpetuamente insociables—, como dentro de la tendencia
mixia, que es la que más se observa en la escuela italiana, para la
cual la pena d< muerte tiene una doble significación —siempre den­
tro del terreno de la conservación social— en cuanto opera la selec­
ción de los más adaptables, al mismo tiempo que los protege, por
¡ntimidacióni contra el peligro que oíreccn los inadaptables.

(1) Ai.IMKNA: Netas fltaaó/kaa tfc aa crim inalljia, vcrsidn apaAola. Madrid
1913. F á g .n .
C2) IMdcm.
(i) V<a» nuestro Cuno de Dereeht penal. Tono I. P ig i. 261-263.
XII

Los térm inos del problema en la actualidad

En la actualidad, ti problema de la pena de muerte sigue mante­


niéndose sobre el terreno de Ih defensa social y de la inlimidación
colectiva, siendo de notar como en la más moderna bibliogirafía acer­
ca de tan grave asunto se accnlúa la Icndencia a prescindir de cuan­
tos argumentos de orden puramcnlc especulativo se han venido adu­
ciendo en pró o en contra de la referida pena, y lo que aparece como
subsíractum de lo coiiicnido cii las obras de la generalidad d« tos
tratadistas de Derecho penal y Ciencia penitenciaria, puede resumir­
se, siguiendo a P a u l C u c h £ (1) en las dos siguientes cuestiones.:
I* En caso de los más graves crímenes desde el punto de vista
social, correspondería a una buena política criminal el organizar las
penas más bien con el Fin de la intimidación colectiva de los posi­
bles imitadoTes, que con el de la reforma moral del autor del crimen?
2* Reúne la pena de muerte como procedimiento de intimida­
ción colectiva, una eficacia particular y superior a la de las demás
penas?
En cuanto a la primera de dichas cuestiones, creemos con el ci­
tado autor que, cuando se trata de infracciones menos graves, no
hay inconveniente alguno en dejarse dominar por la idea de la pre­
vención individual a base de U reforma moral del culpable; ya que
—de serla pena verdaderamente reformadora— la duración y la se­
veridad del régimen penitenciario, habrán de traducirse no sólo en
fuer7as educatrices respecto al penitente que las sufre, sino también
en elementos valiosísimos de contención y amenaza, para todos aqué­
llos que se hallaren dispuestos a imitarle. Mas estas dos Funciones uli-
litarlas de la pena, ya no son tan fácilmente conciliables cuando de la
contemplación de los delitos menos graves se pasa a la de los que
revisten mayor gravedad; porque si respecto de los primeros se pue­
de suponer, y hasta admitir sin inconveniente, que en la sociedad
- confiada ésta tal vez en la eficacia del régimen penitenciario— no
ha de surgir protesta alguna por el hecho de ver puesto en libertad
a un delincuente que sólo ha permanecido en el establecimiento pe­
nal muy breve tiempo con relación a la importancia del delito come­
tido, ¿cómo suponer que en esa misma sociedad no se ha de produ­
cir la consiguienle alarma e inevitable escándalo a la vista de un cri­
minal, de un asesino, que tras algunos meses o algunos años de pri­
sión, ha sido puesto en libertad bajo el pretexto de que su regenera-

0 ) P - C U C H E : TraíU de Science el de Législa lioti pénileatfalret. P ir i t , IQOS


p ic in i t 179 y lists.
X ltt

ción moni se ha operado por manera indubitable...? Pero, por


otra parte, íiierzn es confesar que la emoción del público por una
tan rápida libcrílcióti, no tnnto obcdcccría a un movimiento reíle^iivo
de protesta por la falta de proporcionalidad entre la pena y el delito
ni a la natural desconfianza con que en estos casos graves se reciben
siempre los éxitos del tratamiento penitenciario, como a una reacción
puramente instintiva, de miedo, ante la posibilidad de que un ejem­
plo tal pudiera servir d« estimulo a una multitud de des^aclados
dispuestos a seguir el ejemplo del liberto. Con todo lo cual venimos
a parar a que, cuando se trata de los más graves crímenes, la idea de
la penalidad envuelve casi siempre la del sacrificio del interés indi­
vidual ante el interés social; cierto que esta especie de postergación
de intereses no se compadece gran cosa con las exigencias de una
sana equidad; pero es menester reconocer al mismo tiempo que
mientras no lleguemos a una mayor perfección social el sacrificio es
a veces inevitable (1).
Ahora bien, supuesto que ^al menos en circunstancias excepcio­
nales- la idea de la defensa social se impone de tal suerte que las
demis funciones de la pena ticiicn que ceder su lugar al déla intimi­
dación colectiva, ¿cuál, entre los más severos medios represivos que
figuran en los modernos códigos penales, reunirá las condiciones
apetecidas para conseguir el c3(prcsado fin...? He aquí la segunda de
las cuestiones a que anteriormente hicimos referencia.
Y puestos a buscar los aludidos medios, resulta que —al menos
dentro de los actuales procedimientos represivos— sólo entre dos
caminos nos es dado elegir: o las penas de privaciones de la libertad
exterior de régimen aflictivo y de carácter perpétuo, o la pena de
muerte. En otros términos, como diría T arde :

Ou faire móurir saiis/aire s&uffrir,


oufaire soiiffrirsans fúire mourir (2).

De ahí que, como decíamos antes, a la serie de interminables dis­


cusiones, puramente teóricas, con que se venía defendiendo o im­
pugnando la pena de muerte, sucedió otro género de razonamientos
basados en- la observación externa y encaminados a probar si la
mencionada pena —comparativamente con las más severas medidas
represivas que figuran en los modernos códigos— es o no necesaria
para la defensa social.
Pero esta nueva orientación de la polémica que, en apariencia, se
revela como más práctica y decisiva que Jas anteriores, no deja de

(1) p. C u c h e : o. c , pies 48ay 4SI.


(3) T x r d E : PJtttatafhlé po K le . Lio « , 1860, fig .
XIV

abrigar cu el fondo serias dificultades., corto brevemente vanios a de­


mostrar:
Eti efecto, al pretender juzgar de una manera concreta y a pos­
teriori lesptcto de la eficacia o ineficacia de la pena de muerte, no
se vió —o no se quiso ver— otro procedimiento mejor que el de
comparar, a medio de la estadística, los resultados obtenidos en los
países donde la pena capital hubiese sido abolida o restablecida.
L^s estadísticas, sin embargo, no dieron, ni podían dar, el resultado
apetecido, porque (como acontece con frecuencia) solamente se qui­
so ver en ellas el resultado material numérico sin descender a otro
mucho más delicado examen, cual es el de las múltiples y comple­
jas causas generadoras de los hechos o datos aportados por la do­
cumentación estadística. Por eso sucede que, si los abolicionistas
presentan en defensa de su tesis una lista de Estados donde la pena
de muerte ha sido suprimida y donde 1a criminalidad no solamente
no ha aumentado sino que cu alguno de ellos ha disminuido, los no
abolicionistas contestan invocando «1 ejemplo de otros Estados que
después de haber suprimido la referida pena se vieron en la necesi­
dad de restablecerla. Si los primeros alegan en su favor el caso de
muchos criminales que presenciaron ejecuciones capitales sin que
este ejemplo les hubiera apartado de b comisión de nuevos críme­
nes, los segundos replican que para tomar en cuenta el argumento
había que saber el número, tal vez considerable, de aquellos a quie-
iies la ejecución les había intimidado y apartado de la senda cri*
minal...
De esta suerte, la discusión puede prolongarse y se prolongará
indefinidamente sin llegar a resultado príctico alguno, mientras am­
bos adversarios no se hagan cargo de que —como ya desde un
principio hizo notar T arde y, posteriormente, V id al , C u ch e y
otros^ cuando un Estado se decide a suprimir la pena de muerte
es porque de largo tiempo se viene notando que los crímenes vio­
lentos tienden a disminuir en virtud de determinados Factores o cau­
sas más o menos fáciles de precisar, siendo de creer fundadamente
que, en circunstancias'tales, la abolición de la pena no ha de ser mo­
tivo para que se paralice la acción bienhechora de las aludidas cau­
sas. Por el contrarío, cuando en un país se restablece la pena de
muerte, es porque su criminalidad ha aumentado, también cu virtud
de causas diversas, entre las cuales pudiera enumerarse la ausencia
de la pena capital, pero sin hacer figurar a ésta como la única ni si­
quiera como la principal causa, porque puede suceder muy bien
que, no obstante haberse restablecido aquella pena, la curva de los
grandes crímenes permanezca estacionaría o, tal vez, continué pro­
gresando, debido a que las causas que determinaron su anterior ele­
XV
vación (entre las cuales ya no es dado contar la ausencia de la pena
capital) subsisten todavía (I).
Ad«más, las discusiones accrca de si la pena de muerte reúne
para ciertos crímenes una eficacia particular y superior a la de las
otras penas, se ha venido sosteniendo en un terreno a todas
luces desigual y nada favorable para los no abolicionistas; porque,
para poder demostrar de una manera verdaderamente realística
aquella superior eficacia, seria menester que en todos lOS países cn
que existe la pena de muerte, se aplicara ésta indefectiblemente a
todos los crímenes para los cuales hubiera sido señalada; y sabido
es que, en la práctica —además de los casos en que los Tribunales
por una excesiva benignidad no la pronuncian, debiendo pronun-
íiarla - la mayoría de las condenas capitales no llegan a efectuarse
merced a la soberana gracia de indulto (2). Seguramente que si la
pena de muerte se aplicase sin contemplaciones y con toda regula-
ridadj el poder inlimidativo de la misma, superior al de las otras
medidas represivas, no lardaría cn imponerse con toda evidencia,
aún a los abolicionistas mñs convencidos.

La solución relativa del problema .

De cuanto venimos exponiendo, resulta por manera evidenk que


si por el lado de las investigaciones apriorislicas en orden a si la
pena de muerte es o no iiitrinsecamente justa, iio se ha logrado con­
seguir que los diversos contendientes se pongan de acuerdo (sin

O ) V íin « : ta r d e , o. c., plgs. 5J6 ji sigts.' ViOAL, Cours de Droit trlm tael rl
de Setente pénllénllaíre. Z.’ t J. t'»rls iM é. p ig . 9 ». C u ch e, o. c .p íg s. 482 y
■Iguloiln,
(11 En Espada, p. cf., cn rl quinquaiio de I9(N a 1913, de 112 condenas capitalea,
s^la Ucearon a rjecularsc 9; lo qac p ru tbi — (n conlra de lo que aseiura H l PPO LV TE
L a u r e n t — queen Tiu«stro paia las ej«cucioniS cüplloles san taras, lanío considera­
das tu si mismas, ce n o m rclu ián con d niimero de condcni: pr^nuiHíadas —V íin -
st. Anuario EttadlsIJea de España, ASo 11-141S-pig. 315 n i relación con la obra de
L a u r e m t, Lea Chatlm titlt carporth. Lian, 1912, pte. 278.
Calo no quiere decir que tea Cspafla el país, donde la proporción de las eíKucioaes
<n relaei6n w n las<andcnas eapiiales por driilos connines sea menor- C lertim a ile
que dich* proporción n neqor si «lablcceinos la comparación C9n Inglaterra, donde
—según T a l l a c k — llega a un 2j % y —según L A U R e N T — í c aproxima a un SO
con Rusia, donde también se aproxima a un W i ¿ o con el Japón, donde excede de
un S 0 % . M is ya no aparece la mismo il la comparación se establece: con Prnsia
donde no llega a un B con Suecia, donde no llega a un S */,; can los Estados Uní*
doa, donde no llega a un 3 Vg jr a un S V. incluyendo los linchamicnlo»; o con Austria
donde no llega • un 2 V ían se:.L»ui)eN T , o. c „ págs. 277-2B0. T a li.a c k ., pinola -
f it a l and preretitijuprjneipea. pfig. 24S Ceilado, «ale lUUmo, por C u c h e , o. e., pigl-
iu4e».
«VI

duda porque el llamado criterio de Ja razón pura en que estos su­


ponen moverse, degenera casi siempre en uti criterio más o menos
personal y subordinado a la manera de sentir de cada uno), mucho
más falaz es todavía el pretender llegar mediante el procedimiento
de la observacióii externa, a una conclusión fijú y term iitaníe res­
pecto a si la aludida pena es o no necesaria para la defensa social;
porque semejante proposición, en el mero ticcho de quererla pre­
sentar en la vida con aquel carácter de fijeza, pugnaría abiertamente
con las notas más características de la vida misma —y, por ende, de
la vida social— donde todo está sufri«ndo cambios incesantes a me­
dida que lo van exigiendo las cambiantes necesidades de lá socie­
dad, y donde de nada puede afirmarse que esté completamente con­
cluido. En una palabra, que si el criterio de la razón pura tropieza
en sil actuaci6n con la variedad de los sujetos que piensan según el
propio sentir de cada uno, el de la sola cxpcrlmenlación externa
tropieza a su vez con la mutabilidad de los hechos que se pretende
analizar; de ahíla imposibilidad de llegar mediante estos sistemas a
una proposición de carácter general y definitivo en la que todos
convengan y que por su evidencia se imponga en todas parles.
Pero si no a una proposición de este género, puede aspirarse
muy bien a una fórmula que por su carácter relativo se avenga con
la actual situación que la vida nos ofrece. Y puesto cii este camino
debemos convenir previamente en que, para persuadirnos de la
fuerza intimidativa excepcional y superior de la pena de muerte, no
son menester otras investigaciones que las que el propio instinto de
conservación le dicta a cada uno; siendo evidente que, llegado el
caso concreto e inexcusable de tener que eleeir entre U pérdida de
nuestra existencia o la de la libertad con todos los rigores que pue­
dan acompañar al régimen penitenciario, nadie dudará en decidirse
por esta última. La conocida frase de Tarde <on/aire mourlr sans
/aire soufrir... etc.»- de que anteriormente nos hemos ocupado —fra­
se que encierra una meditación muy a propósito para los que, sin
apremios ni peligros, nos dedicamos a juzgar de ajenos intereses y
de situaciones que por el momento no nos conciernen de una ma­
nera personal— resulta del todo vana para los directamente intere­
sados que se hallan en el caso de meditar, para si, acerca de la pér­
dida de su existencia, teniendo de un lado la fuerza abrumadora del
instinto, el horror a la muerte, y del otro la alentadora esperanza,
que jamás se pierde, de poder recobrar algún día la libertad.
Demostrada de esta suerte la superior eficacia que, como proce­
dimiento de intimidación colectiva, reúne la pena de muerte sobre
las otras penas, no hay para que discutir acerca de si en principio
—y dentro de la idea de la defensa social— debe o no ser suprimi­
da de tas listas de la penalidad oficial; ya hemos visto además como
xvn

|i6r otra part<, la exprtsada pena es un medio excepcional, doloro­


so, pero un m«dio natural de defensa al que muy bien puede llegar
la socicdad por consecuencia de su movimiento reactivo o como
medida de cjnscrvación (1).
Mas, por lo mismo que se trata de una medida excepcional, es
evidente que sólo en circunstancias extremas y de grave peligro so­
cial —por la persistencia o por la repetición de los más violentos
crímenes— es recomendable su empleo. En este caso, la pena de
muerte vendría a Figurar dentro dt la máquina social a manera de
unfreno de reserva o respeto, cuyo uso mis o menos frecuente pen­
de de U mayor o menor frecuencia del peligro; freno con el que
siempre es conveniente contar, aun en aquellos casos en que parezca
haberse alejado todo riesgo.
De conformidad con esta ¡dea, resulta en conclusión que ni aun
en los Estados que han llegado ala abolición de la pena de múerte
por motivo de que sus estadíslicas vienen acusando una marcha nor­
mal y tranquilizadora de la criminalidad, debiera tenerse por descon­
tada en absoluto la referida pena, sino que debiera figurar siempre en
condiciones de poder ser veloimente restaurada a tenor de las inter­
mitencias y desbordamientos que ineSperadamcnle pudieran Surgir
en aquella —al parecer— corriente tranquila, Y nada digamos res­
pecto a los países en los cuales la criminalidad sigue un curso más
o menos inquietante; la abolición en este caso, lejos de aparecer ante
la conciencia pública como un progreso humanitario, sería inter­
pretada como una relajación del sentimiento de protesta que me­
recen el crimen y el desconocimiento de las condiciones esencia­
les de la vida social.

Razón de lo tratado hasta aquí

De propósito nos hemos detenido en trazar las anteriores líneas


—ligero bosquejo del desenvolvimiento que ofrecen las ideas y dis­
cusiones sustentadas acerca de la justicia y de ta legitimidad de la
pena de muerte— no por vano afán de poner paño al pulpito apro­
vechándonos, egoístas^ del amable ruego dcl autor del presente li­
bro, sino porque con ello, al trazar a grandes rasgos la magnitud

( I) V<uc inlcrlorm entt, páginu V II y >Jg:ta.


xvni

d«l problema, hemos querido formar el marco con que dcnloslrar


seguidamente la manera admirable como dentro de él eiicuadra la
notable labor de mi docto amigo.
Y dicho «sto a guisa de justificación —o siquiera de disculpa—
por haber traspasado los discretos límites que son de observar en
una obra de m m prelusión, veamos ahora de ccñimos a la labor
que se nos ha confiado, no sin antes decir dos palabras acerca del
afortunada autor de E l problema de la'pena de muerte y de sus
sustilutívos legales.

Carácter científico del autor de eata obra

Nada hay que revele tanto el carácter de una persona, como sus
trabajos y producciones cienlificas. £1 Dr. Amor Naveiro, teó­
logo, filósofo y penalista, se ha mostrado siempre cn todas sus in­
vestigaciones y discursos, como tal teólogo, conto tal filósofo y co­
mo tal penalista. De ahí que la idea teocrática constituya la piedra
angular de toda su construcción científica; que una lógica inflexible
al lado de un método rigurosa, brillen en todas sus investigaciones
y que un minucioso y profundo conocimiento de los vastísimos
cuanto intrincados problemas de la ciencia penal, le hagan figurar
con honor entre los publicistas de dicha rama jurídica.
Debido a esta manera de ser que —por misión austera de sacer­
docio y convicción profunda de filósofa— distingue a nuestro pu­
blicista, no es de extrañar que vn sus obras se nos ofrezca con el
espíritu resueltamente afirmativo de aquéllas que jamás se manifies­
tan al exterior sin una idea norma elaborada de antemano cn lo más
Intimo de la conciencia; de aquellos espíritus que en su trayectoria
por el mundo de las realidades pasan siempre con rumbo fijo —su
propio nimbo— y perfectamente disciplinados con propia diseipli-
na. Verdad es que, con esta forma de actividad —tal vez excesiva­
mente personal— es muy fácil caer en cierta peremnc actitud de
intransigencia respecto a los demás que no comparten las propias
convicciones; pero aún en este caso, siempre se puede decir que, al
menos, es uno transigente consigo mismo, lo cual no es poco, má­
xime en los tiempos que corremos.
XIX

Sistema y método jurídico penal del Dr. Amor Naveiro

Por cuaiilo queda maJiifesUdo, CampOCO es de extrañar que el


Dr . Amor Naveiro figure, como pctiali^la, en la antigua atcgoría
de aquellos cscritorcs que fijándose ante todo y sobre todo en la
gravedad oniológlca dcl delllo cometido, enitenden que el fin fun-
dúmenlal y cscncial de la pena, el único que la legitima y la hace
verdadera pena jurídica es la expiación o sea la compensación del
delito con un hecho contrario: el surrimlento.
Es de advertir, sin embargo, que en este punto sostiene nuestro
ilustre amigo una doctrina que él llama escoldsiico-hannónica; doc­
trina expuesta con todo detalle <ii su Examen critico de las nuevas
escuetas ée Derecho penal (l) y en su otra obra Del derecho de
castigar (2), y que en este mismo libro que estamos prologando,
hállase resumida en los siguientes trrminos: ... fia pena licne por
fin general y mediato la restauración dcl orden perturbado por el
delito, y por Fines parciales c inmediatos, o sean medios para reali­
zar este fin general, un Tin esencial y fundamental: la expiación; un
fin no esencial pero socialmenle necesario: la cjemplaridad, y un fin
conveniente: la corrección interior del penado» (3).
De esta suerte, el autor de E l problema de la pena de muerte y
de sus sustitutivos legales, viene a adoptar una posición espcciaí
que no puede calificarse de eclecUcismo, en el genuino sentido de
esta palabra, sino más bien de harmonía entre las diversas agrupa­
ciones de escuelas que vienen figurando en los tratados de Derecho
penal. «Esta teoría, que me atrevo a llamar neo-eseolástiea o escú-
tústico-edictica —dice en su citado libro Del derecho de castigar—
reconoce como las teorías mixtas o eclécticas propiamente tales,
que la pena tiene varias razones de ser; pero además de fundir éstas
'en una general, que es la restauración del orden perturbado, además
de precisarlas y completarlas y de graduar su valor y ericacia relati­
vos, no supone que sea fundamental más que una de ellas, ni que
por ende, sea necesario el concurso de la otras para dar existencia
legitima a la pena, antes bien afirma con Kant que si la sociedad
civil llegase a disolverse por el consentimiento de todos sus mietn-
í w , el último asesino detenido en una prísi^^^ deberla ser muerto
antes de esta disolución, a Jin de que cada uno sufriese tápena de
su crimen. Lo que no admite con el (¡lósofo de Ko en isber o es que

(1) ñxamta crílUo, plgs. )4 y sigfa.


(2) Del itretho de casUgar, pkg,». 133 y sigls.
(3) E l probttma i t It f t M de m atrlt, p is». 237 1 238.
XX

ese deber de imponer las penas $ca un himple imperativo categórico,


vago c iiisubslancial, que seria como un efecto sin causa, sino un
resultado de la ley universal del orden impuesta a (odas las criaturas
por el Hacedor supremo, que es también supremo Ordenador* (2).
No vamos a discutir aquí lo que, pan nosotros, haya de acepta­
ble o no aceptable en esta doctrina que desde luego respetamos
—como respetamos todas las opiniones <2)—; pero, lo que es un
hecho innegable, lo que sin duda alguna brilla con luz meridiana, es
que el autor de tal teoría se propuso abarcar con ella todo lo concer­
niente ai fenómeno punitivo, desde sus principios fundamentales
—el por qué del castigo— hasta sus ulteriores consecuencias —el
pam qué de la pena y el cómo debe castigarse. Por la misma aus­
teridad de sacerdocio y exigencias de filósofo a que antes nos refe­
ríamos, no podía menos de buscar eti sus orígenes el verdadero
punto de partida — su idea norma— acerca de la justicia penal, y
por ello entiende que la primera perturbación del orden que el de­
lito causa, la que constituye substancialmente el delito, es la infracr
ción déla ley divino-natural que rige las sociedades, y que lo que
hay de esencial en la restauración del orden, o sea el fundamento en
concreto del derecho de castigar, está en el deber esencial de la ex­
piación; puniré guia peccatum est.
Pero el D r . A m o r N a v e ir o que —como también decíamos an­
tes— además de filósofo es un penalista de los que han estudiado a
conciencia, no podía limitarse a aquella su concepción apriorfstica
hija del deseo de colocar a la mayor luz y a la mayor altura posibles
el principio del Derecho y las peculiares fases del mismo que en ma­
teria penal es preciso dar resalto, sino que, una vez fijadas estas ba­
ses y determinadi de antemano su concepción sintética acerca 4e los
estudios criminológicos, hubo de penetraren ^1 campo de la reali­
dad científica donde harto probado tiene, a medió de sus luminosas
publicaciones, ser un escritor de los que de nadie mejor que de 41
se puede afirmar que X^ffiWúgotar la materia objeto de sus investi­
gaciones, desde la presentación ideal del conjunto hasta el examen y
mis minucioso escudriñamiento de los particulares que lo integran'
En este sentido, las obras científicas de mi docto amigo jamás
adolecen del gr^ve defecto de la uniteratidad í <\m conduce cI pro-
selitismo egoísta (lo mismo ro/pque itegro —en esto no admitimos
distinciones-)que tanto abundan entre nosotros con detrimento de
la investigación honrada y del verdadero saber. Las opiniones pro­
pias del Sr. Amor NaVeIRO se nos ofrecen siempre a la manera de

(1) Del dertt/ic i t tatHgar, pig. 146.


(2) En nocilro Cana dt DemJto penat. Tomo I, pá^j. 203 y aigl». puede v c tk

cual es la doctrlni qnc tnstaitim os acerca dH p irlicn h r.


XXI

una franca presentación de su yo, que en nada influye respecto a la


sinceridad y nobleza que deben resplandecer eii (oda obra de inves­
tigación y exposición científicas; sinceridad en la presentación y en
los resúmenes de (odas Us doctrinas, sea cual fuere su signifícación
y (endencias, nobleza y desapasioiiamiento.en el juicio favorable o
adverso que las mismas pueden merecerle.

Como se tra ta en e sta obra la cuestión


de la p en a de m uerte en sus puntos capitales

Trazada <tí esta suerte la silueta que, como publicista de Dere­


cho penal, nos ofrece el D r. A m o k N a v e i r o , veamos aliora de com­
probar la exactitud de la misma con. vist» al presente libro.
Y, comenzando por el espíritu y disposición resueltamente afir­
mativos que, con relación a sus íntimas convicciones, distinguen al
expresado publicista, fuerza es decir que en E l problema de la pena
de muerte y de sus sustiiuUvos legales aquellas notas características
se manifiestan, tal vez, con mayor pujanza que en sus otras aníerio-
rts producciones científicas; basfa, en efecto, una ripida ojeada so­
bre lo contenido en es(a última publicación —especialmente en el
cap, IV - para persuadirse de que la idea retribucionista —su teona
escolástico-harmónica— flota por encima de la interesante doctri­
na que allí se desarrolla, volviendo a repetir con insistencia en esta
ocasión y. con motivo de la justicia de la legitimidad y de la coave-
nieiicia de la pena de muerle, cuanto de una manera general -con
relación a toda clase de penas— había sido objeto de amplia diser­
tación en el Examen critico de las nuevas escuelas de Derecha penal
y postcriormcnie en E l derecho de castigar.
Mas esta insistencia en lo que concicrne a las propias conviccio­
nes, no puede confundirse en el presente caso con la obcecación que
ciega y engaña; sino que, como indicábamos anteriormente, se nos
ofrece como la consecuencia del primer momento — eminentemente
subjetivo-’ de (oda labor cien(ífica, que si ha de ser verdaderamen­
te tal, es menester que el punto de partida de la misma —su primer
(tapa— se haga consistir en la fijación del propio yo dentro de l i
determinación aprioristica de la materia que se pretende investigar.
En una palabra, la fijación de la idea norma, la cual, sabiamente ad­
ministrada, lejos de perjudicar, ayuda y sirve de cons(an(e aliento
para vencer las mil dificultades con que se tropieza en el irid o ca­
mino de la investigación y exposición cicntifícas, mixime cuando
preside el noble afán de que la labor resulte seria y, sobre todo,
completa.
XXII

Por eso, el Db. Amor Naveiro —una vez expuesta su íntima


convicción de que ciKrc lo$ varios fin«$ que la pena lUmada a
cumplir, la expiación descuella como fin csencial y fundamental de
la misma, después de haber defendido ésta su tesis a medio de múl­
tiples pruebas que acreditan el tálenlo de su autor, y de concluir ahr-
■nando que la pena de muerte nú sólo realiza en ciertos casos el alu­
dido fin, sino que es la única que puede realizarlo, y <s, portante, le­
gitima y jurídicamente necesaria— desciende al terreno de la realidad
científica donde se hace cargo y reconoce que además de dicho fin,
existen otros dos— ejempiaridad y corrección— que sin tener —pa­
ra él - aquel carácter propio y exclusivo de la expiación, son, no obs­
tante, merecedores del mis delicado estudio; el primero (la ejempla-
ridad) por creerlo socialmcnte necesario, el segundo (la corrección
interior del penado) por ¡uzg^arlo individualmente úiil o conveniente.
De esta suerte pasa a ocuparse seguidamente de to pena de
mutrte y la ejemptaridad penal; magnífico uludio <n «1 qut se ha­
cen comprender, con innegable precisión y acierto, multitud de
doctrinas, desde las de B e c c a r ia , F il a n o ie r e y C a r m io n a n i, hasta
las de aquellos publicistas cuya labor científica se desenvuelve den­
tro de las más modernas orientaciones del Derecho penal y de la
lucha contra «I crimen (Alimena, Prins, Makzini, Mecacci, Civo-
Li, L IS Z T , L o n q h i, F e r r i , V a c c a r o ... ) Y he aquí como la insisten­
cia en las propias convicciones ha sido la fuerza ¿eneralriz de toda
esta excelente labor: por ella —por esa fuerza— no se conforma el
autor de E l problema de la pena de muerte... con la defensa de la
propia tesis, sino que, impulsado por el leeitimo afán de una com­
pleta victoria, busca y escudriña hasta los más apartados rincones
de la vastísima bibliografía jurídico-penal para ver de sacar a relu­
cir cuanto de adverso, de sospechoso o de aceptable pueda haber a
fin de rebatirlo, de aclararlo, o de tributarle un sincero aplauso. Lo
mismo sucede cuando, una vez estudiada esta materia desde el pun­
to de vista genuinamente filosóficoj pasa a examinarla dentro del
terreno experimental y estadístico donde —con igual soltura y com­
petencia que al psicólogo y al Tilósofú penalista de antes— vemos
moverse ahora al criminólogo y al sociólogo criminalista, aportando
múltiples y curiosos datos en corroboración de las enseñanzas de la
razón y de la observación psicológicas que precedentemente dejara
expuestas acerca de la ejemplaridad sobresaliente de la pena de muer­
te; y que si las estadísticas por hoy no pueden dar prueba completa
de ella, muestran, por lo menos,que es muy probable lo que por otros
conductas se sabe que es cierto.
En cuanto a la cuestión de la pena de muerle en relación con el
tercer fín que el Sr . Amor N aveiro asigna a las penas en general, o
sea la corrección moral del culpable, no admitiendo —como no ad-
ícxtíi

mllc— que éste sea un fin necesario sino sólo un fin convcnitnte o ac-
dientatí^o f\\ie, desde luego, harto licnc demostrado en sus otras ci­
tadas publicaciones y en este mismo libro párrafos 282 a 28Q), claro
estáquc no es posible combatir la refunda pena alegando que con
su aplicación se imposibilita la acción penitenciaria en orden a la con­
secución de tal fin, máxime si se tiene en cuenta que los reos de
muerte por delitos comunes, conforme a las legislaciones de los
países civilizados que adniitcii esa pena, son mónstruos ui quienes
el hábito llegó a agotar todo sentimiento bueno y a engendrar una
indiferencia moral completa, siendo evidente que, en estas condicio­
nes, cualquiera otra pena que se les imponga y cuanto trabajo se
emplee para corregirles ha de ser naturalmente ineñcaz.
Bien se ve, pues, como el Ds. Am orNaveiro, en medio de sus
doctrinas fundamenlalmeule absolutas y de'su principio déla expia­
ción, íc nos ofrece coincidiendo en la práctica con aquellas conclu­
siones que en nombrt; de la defensa social y ác la lucha contra el cri­
men sostienen los mis significados penólogos modernos. Cieito que
en su calidad de filósofo emitienlcmente clásico, no admite el princi­
pio de la ífe/e/isa como fundamento de la justicia punitiva ni, por en­
de, el de la intimidación como fin principal y caracteristico de la mis­
ma, pero no es menos cierto asimismo que, n tenor de su dicha doc­
trina —donde no deja de reconocerse que la ejemplaridad es un fin
necesario de la pena - sabe descender, como ya hemos visto, al te­
rreno de la fenomenalidad jurídica, confirmando allí una gran verdad
que con anterioridad a la aparición de la» modernas doctrinas de la
defensa, había concebido ya el insigne C arrara y expresado en las
breves líneas que figuran a los comienzos de esle prólogo... Con to­
do lo cual vcniilios a parar a que —discúlase cuanto se quiera desde
las cinlnenciaí déla razón purj acerca déla justicia absoluta del fe­
nómeno punitivo— cuando se desciende a la esfera de la vida —don­
de lodo es impureza— y al terreno de los hechos —donde lodo es re­
lativo— se tropezará siempre con que el derecho de castigar si bien
en la mano de Dios na tiene otra norma que la justicia, en la mano
del hombre... -non ha oltra legitiim itd ehe ii bisogno delta difesa...?
Y conste que con lo dicho no pretendemos formar la más leve som­
bra de censura en torno de la doctrina y procedimiento seguidos por
el D r. Amor NaVEIRO; ello viene a Confirmar más bien la íntima satis­
facción con que siempre hemos visto en nuestras frecuentes conver­
saciones con dicho señor, como —a partir de principios fundamenta­
les que, tal vez, pudieran parecer contrarios por haber sido fijados en
distintos planos— venimos a estar de perfecto acuerdo respecto a la
inmediata apreciación de éste y otros múltiples asuntos que con tan­
ta frecuencia surgen en las varias disciplinas que se ocupan del fenó­
meno de la criminalidad y de la lucha contra el crimen.
X X IV

El s u s t i t u t i v o de la p e n a de m u e r t e
para los delitos políticos

Como remate de esta brillante defensa de la pena de muerte,


ocúpase el autor de lo que pudiera llamarse excepción o aclaración
respecto a la lesis suslenlada. «Yo hallo ivistoyconvcnienle —dice—
que s< imponga la pena de muerte a los que quitan la vida a sus se­
mejantes con premeditación y ensañamiento, Ocon Otras circunstan­
cias que equivalgan a éstas. Hallo también justa esa pena a los que
deliberadamente ponen en peligro la vida civil de la Patria, que debe
Ser honrada como madre, pero no hallo igualmente justo, ni conve­
niente, que se imponga tan grave pena a los autores de delitos polí­
ticos de orden interno, esto es, a los que tratan de cambiar revolu­
cionariamente la forma de gobierno o de sustituir a los sujetos activos
de éste (I)«. En una palabra, entiende que cuando se trata de simples
ciudadanos esto es, de los que no pertenecen a un cuerpo armado,
ni ejercen autoridad, los delitos poHtifos de orden interior, es decir,
los delitos que tienen por objeto cambiar la forma de gobierno o
sustituir unos representantes dcl poder por otros, no merecen pena
tan grave como la de muerte, lo que no quita que, si conexos con los
delitos polílicos o cometidos con prelexto de un fin político, se per­
petran delitos comunes que merezcan pena capital, se les aplique esta
pena. Fuera de este último caso, debería sustituirá la pena de muer­
te la de reclusión o telegación según las circunstancias (2).
Breves son los términos con que la expresada tesis se plantea y
resuelve, y en ello ha hecho bien el D r. Amor Naveiro; ya que se­
ria tarea sumamente larga —y de éxito no tan fácil como a simple vista
parece— la de precisar la morfología del deWtopuramente político y
su diferencia de los delitos políticos/•í/o/íkos (conexos y complejos).
Tal empresa cxcedcría, por otra parle, de los justos límites que a este
libro corresponden dado el tema concreto que en el mismo se pro­
pone desarrollar su autor.
Y nada digamos si, de conformidad a las exigencias de la escuela
llamada clásica, se pretendiera llevar la investigación por el camino
de hallar un fundamento cientificoTracional para un delito respecto
del cual ya tiene advertido C a rra rí que es de todo punto indefini­
ble, en principios absolutos, porque cuantas veces se pretenda fijar
el criterio de la culpabilidad respecto del delito político, otras tantas
se ha de vacilar ante el perpétuo conflicto de la agresión de un esta-

<i) Wí.2e6.
O ) V t e i t e l u p l p . » 6 . M l 4l« R t e lib r a .
XX.V

do jurídico por una parte y de la Felicidad de la patria por otra. (1)


Bien es cicrCO —como hace notar VaCCARO— quesi dentro de la men­
cionada escuela no se logró encontrar aún dictio fundamento cientí-
ñco por pretender buscarla bajo una norma racional y absoluta que
es desmentida por los hechos y no puede ponerse en armonía con
ellos, tampoco la escuda positivista ha sido en este asunto más afor­
tunada, porque en v(2 de buscar tal fundamento en los hechos se ha
puesto a fantasear en «I vacío como jamás hizo melafisico alguno...
El mismo Vaccaro que con tauto denuedo —y no pocas veces con
acierto— combate en este y otros interesantes puntos a las indicadas
escudas, no ha conseguido fijar —como él cree haberlo hecho- el
critcrio positivo y clentíñco del delito político; porque la doctrina de
que se sirve en la palestra, o sea su teoría de la inadaptación al
ambiente jurídico, se nos ofrece a nuestro humilde juicio, como una
fórmula tan sumamente vaga —tan anodina, nos atreveríamos a de­
cir —qué lo mismo sirve para probarlo todo que para no probar
nada (2).
Sea ello b que quiera, lo cierto es que, en términos generales,
el delito político existe y es para lodos comprendido como una
desobediencia a la ley, como una insubordinación contra la autori­
dad, como un atentado, en Fin, que los Estados deben reprimir con
energía siendo hasta una falla «norme^como dice O arúfalo (3) —la
debilidad de los gobiernos en este asunto; pero, al mismo tiempo y
debido siji duda a las razones que dejamos indicadas, la idea de que
el delito político no envuelve la inmoralidad de aquellos grandes crí­
menes para los cuales se cree justa y conveniente la pena de muerte,
es una idea que comparten y confiesan, de manera mis o menos
explícita, todos los tratadistas de Derecho penal de las más opuestas
escuelas. Las conclusiones a que p. ej., llega O aró falo en su teoría
del delito natural, no difieren en este punto de las sostenidas en el
presente libro por el Sr. A m o r N a v e ir o . Al mismo vulgo jamás se
le ha escapado la referida distinción; de ahí la simpatía con que se ha
mirado siempre al delincuente político Frente a la rcpug^nancia que
inspiran los asesinos, los ladrones, los falsarios y demis autores de
hechos semejantes.
Por otro orden de ideas, es muy estimable también la observación
del D r . A mor N aVe IRO respecto a que, «en esta materia, lo que puede
haber lu^ar a castigares un delito fmstradoo tentativa; porque cuan-

< l) V d i K , C a r r a d a . P ro g ra m m a . P i r l e « p e d a l r . O n i r t i c d lz io n c , V o l. V I I , p á -
m lo f 3926-302S. P r a l o . 1883.
'2) Véase. M . As o e l V ácca fio. OíHt sis y/ajieída J i las I^ tp e n a tis . Tomo
II, p i p , e-w.
O ) ÚARÓ FALO ,Cry/nfrii)fae/ii.Tr«liiccUn por P . D o r a d o M o n t e r o , pi<. 61
Madrid, ed La Espilla Modcnu.
XXVI

do el delito se consuma, los supuestos delincuentes se h a « t l dueños


dd poder, y no hay quien pueda castigarlos. Luego, aunque el delito
consumado en principio mereciera la pena de muerte, el delito frus­
trado o tentativa merecería una pena menor. Además, no partee bien
que los caudillos de una rebelión fluctúen en términos tan extremos,
y que si logran consumar sn delito se hagan dueños del poder, y si
se les frustra, y por habérseles frustrado, vengan a ser reos de
muerte» (I).
En una palabra, qne toda la expresada doctrina se impone por su
evidencia, lo mismo a la opinión científica que al sentimiento del
vulg-o; y, en realidad, después de haber demostrado el Dr. AMOR Na-
VEIRO, a medio de sendos argumentos, la justicia y la conveniencia de
que se imponga la pena de mucrle a lodos aquellos que quitan la vi­
da a un semejante con premeditaciAn y ensañamiento, no era menes­
ter que razonase esta su tesis con respecto a los delitos puramente
polliicos ya que la genuina idea de éstos excluye por completo la
posibilidad de que puedan ir asociados a la cotiiisi6n de un delito
común de los que merecen pena capital. Por eso creemos que al ocu­
parse <fc esta materia, fué más bien por vía de protesta ante el hecho
de que semejantes delitos se vean todavía castigados en no pocas de
las modernas legislaciones con U referida pena —lo que s6lo se ex­
plica por el egoísmo y exagerado instinto de conservación de los po.
deres constituidos.— De esta suerte también se le ofrece al D r. Amor
N aveiro ocasión propicia para hablar de los sustitutivos legjilcs— re­
clusión o relegación según los casos —que son de proponer dada
la Indole y la significación de los delitos puramente políticos.

B1 siutitutivo pora Ib represi6n del anarquismo:


loa términos del problema

Termina el autor de este libro su brillante disertación en defensa


de la pena de muerte, con un examen acerca del suslitutivo legal de
dicha penaque —a su juicio— debiera figurar para los crímenesyaten-
tados anarquistas; lo que viene a constituir la segunda y última excep­
ción de la tesis sostenida por el expresado jiutor.
Pero entre esta excepción y la anteriormente sustentada, o sea la
referente a los delitos políticos, existe una profunda y esencial dife­
rencia cual es la que media entre el delincuente político de cuya es-
________________________ I

( I) P ie . 299.
X X V II

truclura moral nos hemos ocupado ya, y el criminal anarquista, ver­


dadero asesino capaz de los más atroces atentados. No estamos con­
formes por (arto —como tampoco lo ha de «star el D r. Amor Na-
V E JR O — con todos aquellos qu« pretenden establecer una cierta se­
mejanza entre las dos referidas clases de delincuentes; semejanza Fun­
dada en que ambos son delincuentes de significación aHriiísta, obse­
sionados por la consecución de un ideal, realizable o utópico, perú
uii ideal al fin, en aras del cual esUit Siempre dispuestos a tributar los
mayores sacrificios inclusa el de la propia existencia... Y no estamos
conformes con esta manera de ver las cosas por las razones que bre­
vemente pasamos a exponer.
Ante todo séanos permitido advertir que, en términos generales
la idea de querer prvcisur a base del egoísmo o del altruismo, la
morColagía diferencial de ciertos delitos —sobre todo la de algunos
complejísimos, que ofrecen como característica común la participa­
ción colectiva y en los que tanto papel puede jugar el fenómeno su-
gesíián— es una idea sumamente peligrosa o, cuando menos, expues­
ta a serias confusiones como en la que—a nuestro tiumitde ju icio -
incurrió la insigne escritora D o ñ a C o n c e p c ió n A r e n a l en su cono­
cido estudio acerca de E l delito cokdivo (I)... No entra en nuestro
ánimo el emprender aquí investigación alguna acerca de tan compli­
cada materia, ni siquiera el presentar un cuadro metódico y com­
prensivo de las diversas formas de criminalidad gregaria que la mis­
ma, nos ofrece, (2) pero si hemos de hacer observar que— desde la
unión y acuerda de do5, hasta la unión y acuerdo de muchos crimi­
nales, desde <1 imperio de un criminal sobre otro hasta el/mperfo de
un criminal sobre varios., desde la coppia crimínale (que diría
S iO H E L E ) hasta la ejercida por un demagogo sobre las mu­
chedumbres más o menos conscientes y en condiciones de obedecer­
le— existen no pocas situaciones con sus notas y caracteres diferencia­
les, que para poderlas discernir con probabilidades de acierto, se re­
quiere un minucioso estudio de la psicología y de la dinámica de
cada agregación, y en cuyo estudio la cuestión dcl altruismo o del
egoismo, habían de jugar, por regla general, un papel muy secunda­
rio, aun cuando a primera vista parezca lo contrarío.

(1) D oSa Concepciom A re n íil, « « (« » , despnís de < r(ileu b T ad de per h«-


Iwr confundido (al meiias de una irin e ri in p líc lti) el P ililo coleeífve con l i
Ciim lnatUad Je la t maeheJiimbret y dt taa aeclaa, k propaso dame» a o i nocida
d tl delito colectivo a ftiM í d tl altruismo; noción dentro de la cual caben no poca)
formal de crim inilldid gre([arla de Indole política, económica, relljlosa y h is li anar­
quista, fado menos la dtl genuino ie ílle to lu ilv» tal co n » mademanenle es com­
prendido. v é in sí ífrr« í (vntpM at, .lom o X II, p^t^■ I»-197 y IW y »igb. M l-
drld, im .
(2) Cn nuestro Programa de Dertc/io pm at — Piz». 62-Ó4. Santiago, 1911— se
conUenen metodizadas las dtfersu romiu a que le ainde en el texto.
x x \T n

Mas es el caso que, «n lo que concierne a los atentados anarquistas,


el verdadero sentimiento altruista no lo vemos por parte alguiiii. No
vemos, en cfccto, ese sentimiento instintivo que dcáüe las primeras
agrupaciones humanas se manifestó en forma de amor y simpatía
entre los individuos que las formaban; sentimiento que jamás dejó
de palpitar en la sucesiva evolución de aquellos primitivos núcleos y
que en la actualidad se nos ofrece con idénticos caracteres entre los
individuos de la humanidad; sentimiento, en una palabra, que, en el
mero hecho de ser instintivo, surge espontáneamente y por encima
de todo eonveneionalismo encaminado a demostrarnos lo contrario
Cierto que dentro de la doctrina anarquista reza como credo prin­
cipal ct del amor a la humanidad y simpatía por el prójimo; pero
tina simpatía y un amor que por lo pronto se traduce, o puede tra­
ducirse, en los m is violentos actos de impiedad, o crueldad, cierta­
mente no lo entendemos.
Respecto al llamado ideal anarquista, mucho pudiéramos decir;
pero, concretándonos a lo que en este momento nos preocupa o sea
a Eacomparación que se ha pretendido establecer con el delincuente
político, fuerza es hacer notar que contrariamente a lo que sucede
con el ideal político, toda la doctrina e ideal anarquista están impreg­
nados de un profundo espíritu inmoral sin que, para demostrar esto,
««a menester que descendamos a examinar las más graves conclusio­
nes de pensatniento y d« hecho a que se ha llegado mediante tal
doctrina; por cuanto, aun cuando la elevemos a un punto medio en
donde quedasen eliminadas aquéllas aberraciones más patentes que
han afluido a su seno y no es posible decir que lodos ios anarquistas
acepten,noselograría porelloqucdesapareciera de tal doctrina uqiicl
carácter inmoral. No todos los anarquistas, en efecto, pueden admitir
—como alguno admite— que el incesto sea un acto moral, o que el
hurto aea licito y se deba hacer entrar en la categoría de ios actos
de expropiación individual. Ni tampoco todos los anarquistas consi­
derados aisladamente, admiten los atentados. Pero esto no quita-
como dice Z o cco L i—para que a toda la doctrina en su conjunto
deje de corresponderle un primer grado de responsabilidad desde el
momento que hace posible que se declaren anarquistas y entren en
SU seno los que llegan hasta estas consecuencias extremas (1).
Bien se ve por lo eicpuesto como para señalar las profundas y
esenciales diferencias que existen entre el delincuente político y el
criminal anarquista, no es menester recurrir a fórmulas artificiosas
como la es sin duda alguna la propuesta por B l u jít s c h l i en la
reunión del Instituto de Derecho internacional celebrada en Oxford,

(O V in cH e C T O R Z o c co u . ¿O jln arg a/Ii. Varejón npaflola— tomo IV , Uarce-


lona, pigs. 130-138— 100».
XXI X

en 1930 y aceptada doce años más tardi: <1892) cu la reunión cele­


brada por el mismo Instituto cu Qinebra. La distinción que allí se
estableció entre los delitos verdaderamente políticos y los delitos
sotiaíes, es dccir dirigidos no contra el sistema político de un Estado
determinado o contra tal forma de gobierno sino contra las bases de
toda organización soc\i\(conspiracionesanarquistas o nihilistas), ca­
rece —como dice M a m z in i — de todo luiidamento jurídico y práctico:
entre otras razones, porque el fin c^uc se proponen los anarquistas,
cual es el destruir los fundamentos universales del orden social, re­
sulta tan completamente ilusorio y ridiculo como si un escarabajo
pretendiese minar una montaña; y como lo que es politicamenle im­
pasible no es jurldieamente apreciadle, -conviene —dicc el expresa­
do autor— abandonar aquel falso e incoherente criterio distintivo y
descansando tranquilos acerca de la suerte de la sociedad, tratar a
ios delitos y a los delincuentes anárquicos ío mismo que a iodos los
demás^. (1)

El sustltutlvo propuesto por el autor del libro

Pudiera creerse en vista de ello que también para el Dr . Amor N a-


VEIRO, los delitos y los delincuentes anarquistas debieran ser trata­
dos —al menos en principio—como todos los demás. V decimos, <a/
menos en principios, porque si— como reza en la doctrina tantas ve­
ces repetida en el presente libro— tel guc quita la vida a otro con
premeditacióiv y por ende con entera libertad y completo conoci­
miento, y sin circunstancias que atenúen una u otro, merece la pena
de muerte,»... (2) parece que, como consecuencia lógica de tal doctri­
na, los alentados anarquistas que consisten en quitarla vida al próji­
mo, siempre con entera premeditación y las más de las veces mediante
la concurrencia de circunstancias tan sumamente graves como son la
alevosía y el aumento innecesario del mal del delito, merecen igual­
mente la referida pena, toda vez que, p ir otra parte, dichos atenta­
dos no suelen ir acompañados de circunstancia alguna capaz de ate­
nuar U barbarie dt los mismos...
No obstante lo dicho, la opinión del D r . Amor Naveiro es que
cuando se trata de crímenes anarquistas punibles con la muerte, hay,
que distinguir entre los autores que inducen a 1n comisión del hecho

(1) MamziVI (VICENZO) - rra U a to d iD IritIa ptnait Italiano io\. I, pig.31!


nuestra Carto de Drrtchopenal, lomo 11, pigs. 223 y 7X>.
(í) PÍB-J23
XXX

y los maleríates ejecutores del mismo. Los primeros deben sufrir la


referida pena, y en cuanto a los segundos deben —a juicio de dicho
autor— ser encerrados en manicomios judiciales a perpetuidad o por
un tiempo mis o menos largo, según las circunstancias (I). He aquí,
en concreto, el caso del sustitutivo lc£al de la pena de muerte para
los delitos anarquistas, que el D r. AmOR NaveirO propone fundán­
dose <11 varias razones que someramente pasamos a indicar.
En primer lugar —dice— los anarquistas de acci6n son tiombrc!<; a
quienes las continuas predicicioncs o lecturas anarquistas han arre­
batado toda noción religiosa, incluso la idea de Dios, y con ella toda
moral definida y fija, dejándoles sólo a lo sumo una moral vaga y
acomodatida. Además, en virtud d< esas predicaciones y lecturas han
llegado a creer que todos los burgueses, o mejor, todos los que no
se dedican a trabajos materiales, salvo los propagandistas de la secta,
son unos monstruos abominables que merecen «xtenninio; que la
sociedad está organizada solamente en beneficio de unos pocos ex­
plotadores y que la vida mism:i en «sas condiciones es intolerable.
Estas convicciones cada vez más íntimamente arraigadas, y los senti­
mientos que despiertan cada vez más vivos y ardorosos, llegan a
constituir un verdadíro estado de degeneración y perturbad6n mental
que no Ies impide en absoluto conocer en particular que es malo el
asesinato, por ejemplo, sea hecho con el puñal o con la bomba; pe­
ro que Ies impide apreciar su gravedad y les hace ver como com­
pensado o legitimado el mal que haccn por el supuesto bien que se
proponen... No dejan, por consiguiente, de ser culpables; pero su
culpabilidad está atenuada por una perturbación mental artiñcial-
mente adquirida y probablemente curable ('2).
Por otra parte, cree también el autor de este libro, que la mencio­
nada sustitución de la pena de mucrt«, parece necesaria desde et pun­
to de vista de la ejemplaridad. No porque él opine que la persecu­
ción sangrienta, aun sin ser extremada, deje de intimidar a la secta
anarquista lo mismo que a las otras sectas religiosas o sociales y
banderfas polfticas (que al ñn y al cabo to<las están formadas por

( I I Como se ve, el D r . A m o r N a v c ik o propone l i p o ii de Biderro en un n iill.


comía anlcaniaitr p m tos elecatora., y no l i propone pira los Indnrtors o utores
morales por entender: I q n e «sto< tevelin miyor disceminiienlo jr n iy o r nuli<i*;
2.*, psrtiue » n 9u WHddct* rm U ii l« n « tiiá$ U p tiii d< nuerlt, y pOr cvniieulcntes
es ral* preventiva repccto dcd los; porque c3to»anl«m morales ion wre-
más peligrosos y cuya evasión denn inanicom iocriininil por uní partees m b M cil y
por otra miscensible; porque ion el tin a de la secta; 4.*. porque isien tr» las intell-
(enelas dlrectnns de la secta vivan, constituyen pira les simples miembros dc4>ta
una uperjDza y un iaio de iiividn; 5.‘, porque conviene hacer ub «t a lo i intrqulslas
que la sociedad dislineue dos claaa entre ellos; una de crim ínala ensafladoret yotra
de tontos entiallados, '(vtentc las plgs. 303 y 304 en relaciún con la 311).
(3) Vten selu ptt:i.3 0 J-3 ae.
XXXI

hombres y el temor a la muerte es intialo en la humanidad). La pena


de muerlt —dice— que es tficaz para intimidar, contener y al ñn
disolver a las demás seclas, lo es también parí) intimidar y contcncr
aunque eit menor grado, y disolver y extinguir, aunque con má9
lentitud a la secta anarquista. Por eso entiende que, con relación a
esta última, mejor y más eñcaz que la pena de muerte lo sea el encie­
rro en uu manicomio en las condiciones que él propone; porque da­
do el estado de protesta dt los anarquistas contra la sociedad, la
desesperación y el concepto y sentimiento que tienen de las condi­
ciones actuales de la vida, no sólo hay algiinos, aunque pocos, que
no estiman ésta y por eso la arriesgan a sabiendas en los atentados
que cometen, sino que todos ellos, cual más cual menos, no la esti­
man tanto, ni temen tanto a la muerte como los dcmís hombres; y
por consiguiente, la pena más intimidadora y eficaz, para todos ellos,
esaquellu enque conservándoles la vida, se les ofrezca a sus ojos ésta
como mucho m'ás sujeta, más subordinada, más humillante y más
misera que lo que ellos creen ver «u su vida actual. Además, la pena
de muerte da lugar a que los anarquistas ensalcen y glorifiquen como
insignes mártires a los compañeros suyos que la sufrieron, desper­
tando de esta suerte su vanidad, esa vanidad que tanto influye en sus
crímenes hasta el punto de que no pocos de estos desgraciados reci­
ban con regocijo la notificación de su sentencia...; y es por tanto
indudable que lo más eficaz contra hombres tan alucinados y envane­
cidos es el no dejar lugar a sus glorificaciones y el abatir su vanidad,
moshindoles que la sociedad los trata, no como enemigos ni hom-
bres peligrosos en el orden general, sino como son, como pobres
degenerados y dementes (I),

Nuestro juicio sobre el sustltutivo propuesto

En vista de lo expuesto, no se puede negar que U tesis desenvuel­


ta por el D r. A m o r N a v e ir o y sus argumentos en defensa del susti*
tutivo legal de la pena de muerte para los delitos anarquistas, lejos
de pertenecer a la categoría de los discursos de los que muy bien se
puede prescindir siu detrimento de la curiosidad científica, merece
por el contrario que se le consagre singular atención. Por nuestra
parte y haciendo debido honor a la interesante doctrina que acerca
del indicado punto sostiene nuestro ilustre amigo, no pasaremos

(I) Vianie las pl«s. 306-}l0.


XXXII

adelante siit anies hacer notar Us dos diversas mineras como todo
enémeno de delincuencia —sin distinción de clases— se ofrece suce­
sivamente a nuestra consideración, o sta; en su ideación abstracta
como amenaza de un mal posible —y cu su determinación concrc-
la— como esa misma posibilidad convertida en hecho.
En el primero de dichos sentidos, bien está que se haWe de la
acción profiláctica y del llamado derecho penal preventivo, por ser
este aspecto —el preventivo— lo único que aparece por doquier; las
mismas penas que figuran señaladas en los códigos para cada espe­
cie de delito, no otro sifnificado tienen, Ínterin «1 hecho no llega a
realizarse, que el meramente preventivo. Por esto, y haciendo aplica-
•ción concreta al caso del anarquismo, justo es convenir —como con­
vienen la generalidad de los autores— en que de poco sirve que se
castigue con mano dura a los anarquistas de acción, si no se procu­
ra al mismo tiempo atajar el mal en su raíz, persiguiendo sin contem­
placiones y conminando con las más severas penas toda publicación,
discurso o reunión de carácter anarquista; ya que es harto conocida
la pernicio&a y hasta decisiva influencia que semejante propaganda
ejerce sobre no pocos desgraciado», en daño gravísimo de inocentes
víctimas y constante peligro de la sociedad.
Pero, por muy acertada y enérgica que sea la acción preventivo-
pena), el detito puede aparecer, de igual suerte que aparecen las en­
fermedades, no obstante los procedimientos profilácticos que acon­
seja la higiene, teniendo que sustituir entonces la reacción terapéu­
tica a la acción profiláctica, el derecho penal represivo al preventi­
vo,y m tal supuesto, no hay para que ocupa’rse —al menos por el
momento— dcl remedio d< la musa, sino del remedio dcl efecto;
del mal surgido ya, y tal cual lo tenemos a la vista. De ahf que, ante
ia presencia de un delito cualquiera —supongamos un crimen anar­
quista— la misión del penólogo, en lo que se refiere a la determina­
ción de los autores del hecho -que es lo que ahora nos importa —
debe concretarse exclusivamente a señalar quien o quienes fueron,
tales autores en el genuino sentido con que la palabra autor se em­
plea dentro de la disciplina Jurídico penal; o sea; quien o quienes
cometieron materialmente ct hecho, o quien o quienes, en concepto
de autores morales —caso de existir éstos—, forzaron o indujeron a
los primeros a cometer aquel hecho concreto. De donde resulta que
el atentado anarquista —lo mismo que cualquier otro atentado -
puede ocurrir muy bien sin la presencia inmediata y concreta de
autores moteles; y el pretender llenar este vacio considerando como
antores morales de todo atentado a cuantos se han sígniHcado como
propagandistas de la idea y acción anarquistas, envolvería una gra­
ve confusión respecto a lo que debe ser entendido por verdadera
a a ícrá t un hecho concreto, y una inexplicable amalgama de aque-
XXXIII

lias dos esferas --prevtniiva y represiva— a que antes nos hemos re­
ferido. Y coiislc que al decir esto, no queremos significar que el
Dr . Amor N aveiro padezca, ni remotamente, al desenvolver su te­
sis, scmejaiilc confusión. Las prcccdtiites observaciones, y algo más
que aun nos (alta por decir, llevan otra finalidad muy distinta que la
de criticar la labor de mi docto amigo con cuya doctrina no dcja-
niQS de estar conformes en el fondo, como prontb se verá.
En nuestro conccplo, pues, un crimen anarquista —con la concu-
neiicia de autores morales o sin ella— es un crimen como otro cual­
quiera. Si el autor moral —caso de existir— merece la pena de
muerte por su perñdia especial y concreta en vista del hecho de que
se trate, el autor material la merece igualmente por su inconcebible
brutalidad; ambos —el primero por su ruindad y el segundo por su
salvajismo— revelan un estado peligroso y temibiUdad suficiente
para que se les elimine de la sociedad. Cierto que los anarquistas
de acción son, por regla general, seres desgraciados que en la ma­
yoría de los casos obran por pura sugestión...; seres que —como di­
ce el D r . A mor N a veiro - padecen una perturbación mental, una
verdadera monomanía adquirida y que están en una situación que,
aunque obedece a causas distintas, permite equipararlos en cuanto a
su responsabilidad, a los embriagados, por su excitación nerviosa,y
a los niños, por su discernimiento incompleto de la moral... Pe­
ro, de tomar en cuenta e$ta situación psicológica con respecto al de­
lincuente anarquista, ¿por qué no tomarla también respecto a otros
que sin ser anarquistas, llegan a comeler los más graves m’menes
por la acción de influencias y estados de obsesión igualmente ded>
sivos...? ¿A qué extremos no puede conducir, p.ej., la sugestión sec-
tario-religiosa...? ¿V a cuales la ignorancia y la superstición de di­
versos órdenes...? Sin ir más lejos; ¿no hemos convenido anterior­
mente, al ocuparnos del sustitutivo legal de la pena de muerte para
los delitos políticos, que tal sustitutivo no era de proponer y debía
de aplicarse la pena capital cuando, con ocasión de realizar un cam­
bio o ideal político, se perpetrasen delitos comunes que mereciesen
la referida pena? Y, sin embargo, en no pocos casos, los delincuen­
tes políticos son también seres desgraciados que obran bajo la su­
gestión ejercida por las predicaciones de los jefes o demagogos re­
volucionarios; son individuos que han llegado a creer firmemente
—con razón o sin ella— que tales o cuales personas son mons­
truos abominables, dctentadores del poder, que merecen ser exter­
minados; seres, en fínj de los cuales puede decirse lo mismo que el
D r . Amor N a veiro dice con referencia a los anarquistas de acción
esto es: que son «seres en los cuales sus convicciones cada vez mis
íntimamente arraigadas y tos sentimientos que estas convicciones
despiertan cada vez más vivos y ardorosos, llegan a constituir un ver*
X X X IV

dadcro estado de degeneración y perturbación mental, que no 1<s


impide en absoluto conocer en particular que es malo el asKinato,
pero que l«s impiae apreciar su gravedad y les hace ver como com­
pensado o icKitimido el mal que hacen por el supuesto bien que se
proponen (1)>...4íA qué, pues, abrirían ampliamente la puerta de la
attfluaci6n para los «nos criminales, y «rrarla sin miramiento res­
pecto a los otros que se hallan en igual o, cuando menos, muy pa­
recido estado moral psicológico...?
Mas es el caso que el D r. A mor N aveiro no de¡4 de guardar
€11 esta ocasión la misma infle^ilble lógica que lo distingue en todos
sus discursos; sin que entre lo ahora por él sostenido y lo dicho
cuando se ocupaba de los delincuentes políticos exista la más leve
contradicción. Porque es indudable que el expresado autor lo que
ha notado aquí, ha sido la presencia de una causa de atenuación
consistente en un peculiar estado psicológico que por concurrir de
una manera ifm/orme en iodos los anarquistas de acción, merece
que se tome respecto a ellos una medida ^ie carácter general y ea
armonía con \s mencionada causa. Cierto que en el mismo estado
psicológico en que se hallan diclios anarquislas, pueden encontrarse
también los delincuentes políticos, pero no todos; de ahí que, en lo
que se refiere a estos últimos, no proceda adoptar medida alguna de
carúcter general como la que —en atención al referido estado psico­
lógico— propone el D r . AMOR N aveiro para los ánarquistas de ac­
ción. Lo ctial no quiere decir que, con respecto a los delincuentes
politicos, que cometen un crimen vulgar merecedor de la pena de
muerte, no sea de apreciar también el estado inis ó menos anormal
en que éstos pueden hallarse en el momento de cometer el crimen,
p«ro sin que dicho aprecio reyristi el carácter de ana medida señé­
is y uniforme, debiendo limitarse en cada caso concreto a tomar o
no en consideración una circunstancia atenliahté que sólo debe fa­
vorecer a aquellos individuos en quienes realmente concurra. '
Y no de otra suerte podía discurrir nuestro i lustre amigo; porque
después de haber sentado como principio absoluto que «todo el
que quita la vida a otro con premeditación y por ende con entera
llbenad y completo conocimiento, y sin circunstancias que atenúen
el hecho, merece que se le imponga la pena capital», es indudable
qne de querer buscar un sustilutivo lei^l de dicha pena para los de­
lincuentes anarquistas—de los que no se puede negar que obran
con verdadera premeditación y hasta con alevosía— eáte susü-
tulivo tenía que fundarlo ante todo en una causa de atenuación,
cual es el estado especial psicológico en que se halla d anarquista.
Pero he aquf que de admitir la espresadá circuílStancia para los

(I) v.pi8>.»4r siete.


XJ5.XV

anarquistas, justo es que se admita también pdia todo género de


crímiltales que s« hallen en igunlus o análogas condicioncs que
aquéllos; lo que traerla no poca revoludán en el Dcreclio penal,
por ser rarísimo c! caso de un delincuente —máxime si se trata de
delincuentes homicidas— de quien se pueda añrmar £0n entera cer­
teza que obró en condicionts de perfecta normalidad; por el con­
trario cabe siempre decir con más o menos, probabilidades de acier­
to que se trata de un individuo que obró por verdadera sugestión, o
de un degenerado, o de un semi-loco, o de un epilépitco, etc., etc.
Tal vez andando el tietnpo pueda llegara a estos reñnamicntos y
ísquisiteces penalísticas, pero hoy por hoy la acción penal corre por
muy distinto camino cual es el señalado por las exigencias de las
conservación y defensa sociales.
En cambio, —por encajar perTcctamente dentro del indicado ca­
mino— estamos, absolutamente conformes con la segunda conside­
ración en que el D i(. A m o r N a v b r o fundamenta el sustitutivo
legal de que nos venimos ocupando. En la primera parte de este
prólogo, nos hemos referido varías veces a la particular y su|>eríor
eficacia que, como procedimiento de intimidación colectiva, reúne I2
pena de muerte sobre las demás penas; eficacia que por estar basada
en la propia naturaleza humana —en el instinto de conservación— se
extiende a todos los delincuentes sin dislinción de clases y, por ende,
a los anarquistas en general. Mas, por otra parte hay que convenir
(como conviene el SK. Amor N a v o ro ) en que, en lo que se refiere a
algunos de estos ditimos —los anarquistas de acción— dada la
manera de ser de los mismos y los motivos que determinan su
conducta criminal, ni estiman tanto la vida ni temen tanto a la muer­
te como los demás críminales; siendo un hecho comprobado que no
pocos de estos desgraciados suben con verdadero orgullo al patíbu­
lo, por creerse insignes mártires de la cansa, a quienes la posteridad
se encargará de glorificar. Por todo ello, lógico y acertado es que,
con respecto a esta clase de criminales, se piense en la convenien­
cia —O tal vez ett la necesidad— de sustituir la pena de muerte, que
desde luego merecerían solamente no$ ahiviéramos a la gravedad
ontotógica del delito cometido, por una pena m is intimidadora y
más eficaz en reladón con el peligro que esta clase de sujetos ofrece
a la sociedad en que viven; de una pena que lejos de satisfacer su
orgullo presentándolos al público como insignes m ártir», los mos­
trase tal cual son, esto es como pobres degenerados y dementes.
XXXVI

Con clusión

Y ya es tieni{iO de que pensemos en la terminación de ésta para


nosotros tan grata larca; mas antes nos creemos en el deber de adver­
tir que délos seis capítulos en que aparece dividido el iiuevo libro
del Dr. Amor NaVeiAO, nos hemos venido fijando muy espccial-
menlt en lo*s tres últimos por &er allí el lugar donde el autor de Et
problema dé la pena de muerte y de sus süstítatívos legales ^des-
pués de una brillante preparación obielo de los tres primeros capítu­
los— expone definitivamente sus opiniones acerca de la justicia, de
la legitimidad y de la conveniencia de la mencionada pena, forma en
que é$ta debe ser aplicada e indultos de la misma.
Considerada de esta suerte la totalidad del libro, bien puede de­
cirse de él que es de los que vienen a agotar la materia que en el
mismo se propuso desarrollar su autor, constituyendo, a nuestro hu­
milde juicio, la obra mis completa entre lo mucho que se ha escri­
to acerca de la más rigurosa y mis contro/ertid a de las penas. Porque
es de advertir que, muy distintamente a lo que suele acontecer con la
generalidad de los tratados monográñcos, el autor del presente libro
no se limita a la exposición y defensa de las propias opiniones y doc­
trina sino que —evitando el incurrir en el grave defecto de la unila-
teralidad— encerró en el mismo, además de la brillante exposi­
ción y defensa de la tesis del autor, la más minuciosa exposición de
cuanta con el problema de la pena de muerte puede relacionarse, lo
mismo «n su aspect» netamente histórico como en el filosófico y
jurídico. Los tres primeros capítulos de la obra son, en este sentido,
verdaderamente notables y de lo más completo que se conoce.
A la vista tenemos no pocos trabajos monográficos acerca de la
pena de muerte, entre ellos los de Slt.VEUi (1), OOHZA1.EZ NaNDI.S
(2), Cossio y Acebo <3), E llero (4), C a iín ev ^ue (5), R eba u d i (6),

(I) SALVELA (F lc A N C ts C O A o u s iÍ M i C o n s id t r ic io ilc i sabre la n c c n ld a d d e c o n -


u m i « n lo » ( i d l f o t j d< i p l i e t r en m c i w la p « n i u p I U I M i d r i d , I81S.
(11 O O N ;kLe 2 N*?JDIM, Estudias sobre la pena de mucne. Madrid, IS72.
P) COSStO V OÓMEZ-ACíSO, SusJllulIvo legal di U ptni de m u(rl« f ríjlm en
poiitcncitrio. IMadrid, I9 U .
(41 PientO Eu i.EK O , $abre U p tn i d t naerleeon un pMIaga de D. ) « í Canale­
jas, traducidadct ila liin o por □. Antonio Oóm n Tortota. M ilrid , ÍV n
(Sj C A R N eV A ie, L i ^iiestioiic delta, pota di norte. T « riii» , iSfiS.
(6) REBAUOI, La p o ii di niaxte e g ll errori giudiziari, Roma. 1888
XXXVII

O u v E C R O N A (1), L u c a s (2), LaCaSSaONe <3), L a U R e m t (4).... y


sin dejai de reconocer el mérito de todos ellos —singularmenle de
algunos como los de E lle r o y Olivecrom a entre los adversarios
de la referida pena, y los de Lacasaqme y Laurent entre los parti­
darios de la misma, nos atrcvemosaafirnuar, libres de todo apasiona­
miento, que ninguno llega a serian completo, lan abundante en doc­
trina y lan profusamente documentado con docamentíLción verdad,
como é&te que tenemos el honor de presentar a los lectores.
Nuestra enhorabuena, pues, al afortunado autor de E l problema
de la pena de muerte y de sos sastituthos legales; enhorabuena que
hacemos extensiva a todos los amantes de la cultura patria... Obras
por el eslilo de la del DR. AMOR NaveirO sirven de aliento y espe­
ranza ante la desmayada literatura jurídico-penal, que aelualmente
padecemos en EspaBa.

P. Isa a c R o v ir a C a r k eh ó .

Saatíago de Composfela 1917.

(1) O liv e c k o n a , O t la Jtelne dt morí. iradutUán rctuc el tpproutte par l'Aa-


tcar, P iric. 1868.
(2) C. lu c a s , Du iyaU iaep éiul da ¡fiU n té r tp r m IJi» gcntrül, it t a pti-
Hi áem frt tn partitaU tr P iri», IS27. i Aunque su titulo et algo más cora prcnslvo,
el verdadero objelo de la obra n defender la abolición de U pena de muertei.
(3) Lacassag> e, Pein i de mari rt erim lnollli. París, tW «.
(4) H. Lai;kem t. L a ehaUmtntt corporili. ¿ j ptlnt eap¡tal ,Ly<in, 1411
DOS PALA BRAS AL QUE L E Y E R E
(pr ó lo g o d e la 1 EDtCIÓN)

No por elección propia, sino por deferencia al Co­


mité organizador del II Congreso Penitenciario espa­
ñol, que me designó (con otros) para tratar de E l pro­
blem a de ¡a pena de m uerte y de sus sustUutivos le­
gales, me he decidido a hacer este trabajo.
Aunque el problema de la pena de muerte, en tér­
minos generales, no renga acrualidad especial hoy,
porque oíros solicitan más la atención por el momen­
to aun Qn la esfera del Derecho penal y de las discipli'
ñas afines, su estudio y discusión no carecerá nunca
de oportunidad, porque siempre, sean cualesquiera las
circunstancias dcl porvenir, habrá personas sentimen­
tales que miren con horror la referida pena, y personas
serenas y amantes del orden social que la defíendan.
Podrán predominar unas u otras, según los tiempos,
como ha sucedido hasta ahora, podrá hasta suceder
que la moda favorable o adversa a esa pena se impon­
ga transiforiamenfe; pero el problema permanecerá vi­
vo, no tanto por lo que el objeto de esc problema tenga
de oscuro o discutible, cuanto porque afecta a senti­
mientos humanos encontrados, que en sí mismos son
innatos; pero cuyo predominio es variable y sujeto a
modas.
Además, el problema de la pena de muerte y de sus
susfitufivos legales se relaciona con otro muy de actua­
lidad, y que halla en él. a mi juicio,*su solución: me re­
fiero al problema de la represión del anarquismo. El
lector verá en su lugar, y apreciará en lo que valga, la
SL

manera nueva como he venido a tratar el segundo


problema al desarrollar el primero.
Por lo demás, después de tanto como se ha escrito
en pró y en contra de la pena de muerte era difícil decir
algo nuevo sobre ella. Creo, sin embargo, haber trata­
do el asunto de una manera más completa y metódica
que los que me precedieron, sin perjuicio de puntos de
vista propios y aun novedades de doctrina, cuyo valor
y oportunidad juzgará el lector discreto (1).

<l) E l Iccior « I <5tu m aterin n « f iir i It ía stícii í t neam etr que lo*
pantos de vista p rop i» do(nin»ii ^ Ip d o il llbFQ, jrlm novcdadn de doctrina o de
critica conslitnyoi la mayor p w u d c tJ; paca silo bt tomado de oíroslo que cito
roiao de ellos, y <ra imprescindible cilar dentro de nil plan en !• parte Infonntliva, y
« a l ilempre para e o n tu llrla per cuenta propia.
Por lo demás en cita segunda edición he dado macho mayor d ctirrolio al Cipl-
Inlo prim ao; La pena de m tyuit en las ¡eglalaelona aiailtm aai afladUk) otro cá­
penlo, qae es ahon el sesuiulo: La conírow tta aoOrr la pena dt m atrít en t í or­
den doctrinal, y tiecho otraa y no pocai adicione! en todo d cu rp o dri libro, ade-
n ia de ^nhiaiiar laa nuneresas sratas que en ¿I m hablan dniizado, por no haberse
d ri» a ccTTCsir laa pruetuadc la imprenb al autor.
EL PROBLEMA DE LA PENA DE MUERTE
7 DE SUS

SUSTITUTIVOS LEGALES

C A PÍT U LO PR IM ER O

La pena de muerte en las legislaciones modernas

A.iii'íc-crx-o I
LOS PAISKS OUE HAN CONSERVADO LA I^KNA PE MUERTE

§I
La pena de muerte y la legislación española desde 1322.
Snmario: I. La pcii.n (1l-miii-rk-en d Código pciial de 1822.—
2. Retomo n la Icgislíición anticua: pcii.isdt im icrtí que ésia csta-
hlucía.—3. l-a pena capital oii l*1 Código de 1843 y en ol de 1850.—
A. RcFonnas cii el Cód¡HO de 1870, quo afectan a la nplicacióii de
la p. de m .-5. Delitos castigados con esn pena.—6. La p. de
iti. en los Códi|;;os do Justicia militar y penal de la Marina de
Ruorra.

1. E l primer Código penaJ independiente que tu­


vo España, el de 9 de Julio de 1822. imponía la pena
de muerte coma única par^ determinados delitos, pro-
dig'ándola especia Invente para los actos contrarios al
régimen constitucional, a los que designaba con el nom­
bre de traición (artículos 188 a 191 inclusive), y de los
que se preocupaba tanto, que precisamente para esoa
delitos, los más disculpables, no admitía la facultad
de indultar (artículo 160). También castigaba con la
muerte los delitos contra la seguridad del Estado, loa
homicidios voluntarios y premeditados y ofros. Ea
- 2 -

digno de mencionar el artículo 227, que decía: «Todo


el que conspirase dirccfamente y de hecho a establecer
otra relifirión en las Espaftas, o a que la Nación espa­
ñola deje de profesar la religión católica, apostólica
romana, es traicí ir y sufrirá la pena de muerte».
2. Derog'ado ese Códig’o por Fernando VII, al re­
cobrar la plenilud de su soberanía en 1825, volvió a
regir la legislación antigua, cuya parte penal no caída
en desuso se hallaba comprendida especialmente en
las Partidas, sobre todo la séptima, y en la Novísima
Recopilación, singularmente en su libro XII. Esa legis­
lación establecía la pena de muerte contra los herejes
y apóstatas pertinaces; contra los hechiceros (a éstos
ya no se aplicaba); contra los reos de traición, en los
cuales se comprendían los de lesa majestad, los que
comprometen la seguridad del Estado, los de rebelión,
los de falsiñcación de monedas o sellos reales y algu­
nos oíros; contra los bandidos, salteadores o contra­
bandistas que luchasen a fuego o arma blanca con las
tropas destinadas a perseguirlos; contra los que a sa­
biendas y con violencia se apoderasen de los bienes o
derechos reales; contra los bandoleros que anduviesen
en despoblado y en cuadrillas; contra los autores de
homicidio voluntario, aunque sea frustrado; contra los
autores y cómplices de envenenamiento o de tentativa
del mismo; contra los reos de ciertas deshoneatidades
máa graves y antinaturales, y contra algunos otros
que se equiparaban a los delincuentes dichos.
3. E l Código penal de 19 de Marzo de 1848 esta­
blecía la pena de muerte en los miamos casos o para
ios mismos delitos aproximadamente que el actual;
pero en alguno de ellos la imponía como pena única,
sin tener por consiguiente en cuenta que hubiera o no
circunstancias atenuantes, a excepción de la edad y
de las eximentes que degeneran en atenuantes (artícu­
los 70 a 75). En este caso estaban algunos de los de­
litos contra la independencia del Estado (artículos 139
- s -

y 140), el de matar a un Monarca extranjero residente


en España (artículo 154), el de atentar contra la vida
del Rey o sucesor de la corona de Cspafla (articulo
160) y el de promover o ser caudillo de una rebelión,
si el que lo hace era persona constituida en autoridad
civil o eclesiástica (artículos 167 y 168).
La reforma del Códig^o en 5() de Junio de 1850 no
introdujo novedad sensible en cuanto a la pena de que
venimos tratando.
4. E l Código reformado por ley de 18 de Junto de
1870 y mandado publicar el 30 de Agosto siguiente, y
que es el vigente, es el que introdujo la variación más
importante en esta materia; pues éste no impone nunca
la pena de muerte como única, sino en alternativa con
otras. Además introdujo en las reglas de aplicación de
penas una modificación que tiene trascendencia para
la de muerte. Según el antiguo artículo 70, «cuando la
ley señale una pena compuesta de dos indivisibles los
Tribunales impondrán la mayor, a no ser que concurra
alguna circunstancia atenuante». Esto se reprodujo en
1850. E l Código actual en su artículo 81, refiriéndose
a «los casos en que la ley señalase una pena compues­
ta de dos indivisibles», establece para su aplicación
cuatro reglas, dos de las cuales son equivalentes a lo
dispuesto en los Códigos anteriores, pero las otros
dos no así, y son las siguientes: «Segunda. Cuando
en el hecho no hubiesen concurrido circunstancias ate­
nuantes ni agravantes se aplicará la pena menor».
«Cuando en el hecho hubiesen concurrido circunstan­
cias atenuantes y agravantes las compensarán racio­
nalmente por su número e Importancia los Tribunales,
para aplicar la pena a tenor de las reglas precedentes,
según el resultado que diese la compensación*. De
suerte, que antes se aplicaba la pena de muerte en unos
delitos siempre, y en otros a'no ser que hubiera cir­
cunstancias atenuantes; y ahora, para que se aplique
en cualesquiera de ellos, es preciso que haya circuns-
— 4—

tandas agravantes y éstas no compensadas por otras


atenuantes, o lo que es lo mismo, la pena de muerte
era en unos delitos única y en otros la ordinaria, y
ahora es siempre extraordinaria.
5. En cuanto a los delitos a que se aplica la pena
de muerte en España conforme alCódigo penal común,
sólo diré, en términos ^etieralcs, pues de ello volveré
a hablar más adelante, que son los crímenes más gra­
ves contra la seguridad exterior del Estado (art. 136 a
138 y 142), contra la constitución del mismo (arts. 187,
168, 181 y 184), contra los sujetos del poder (rebelión)
(arts. 243 y 244), contra el derecho de gentes (art. 153)
y contra las personas, esto es, contra la vida de éstas
(arts. 417 y 418).
6. E l Código de justicia militar de 27 de 5eptiem'
bre de 1890 y el Código penal de la Marina de guerra
de 24 de Agosto de 1888, que son los vigentes, inspi­
rándose, como era de esperar, en criterio más severo
que el Código penal común, imponen la pena de muer­
te como única en varios delitos, como los de traición
y espionaje. E l primero también la impone en esa for­
ma al asesinato cometido en acto de servicio o con
ocasión de él, o en cuarteles, campamentos, etc., (ar-
tfcülo 175 n. 1) De suerte que en esos delitos y otros
análogos, que omito, debe aplicarse la pena de muer­
te, no sólo aunque no concurran circunstancias agra­
vantes, sino aunque existan atenuantes.

§ II

Lá pena de muerte en Francia y Bélgica modernas.


Samarlo: 7. ü i Revolución francesa cn el orden penal; art. S.” de
.
la Declaración de los derechas del hombre.—6 El arl. fl.” de esa
Díf/ú/ú'cWrt.—9. Esterilidad práctica de ambos artículos. 10. In-
. siibstancialidad « iiiutiJidad dele."—ll. La ley de Agosto de 1790,
ordenando U reforma del Código pctial: proyecto de éste con la
— 5—

supresión de la pena de muerte: disensiones sobre esc punto:


acuerdo de la Asamblea. —12. El Código penal de 1701: penas
de muerte que canticiie para delitos políticos: id. para delitos
coinuncs: consccucucía.—13. La proyccIaOa supresión de la pe­
na de muerte para los delitos comunes y no para los políticos:
signincación y alcance de esle hecho. -14. Otras observaciones
sobre esta materia; interpretación de la Declaración del 89 por
los actos de la Asamblea en el 91: como se allanó el camino para
la Asamblea legislativa y la Convención; identidad de la Revolu­
ción cii 1789 y en 1793 o 94: error común contrario a esto. Los
adversarios de la pena capital votando la muerte de Luis X V I.—
15. Unidad de la Revolución francesa en el orden jurídico-penal
de 178Q a I7Q4. Error común de suprimir cii la historia del De­
recho penal de la Revolución el periodo más importante y carac­
terístico; ejemplos dt esc error (Molimier, Oarraub, Vídm,, etc.)
cncepción parcial en esto. —10. Leyes imponiendo penas de muer­
te a los emigradas y deportados vueltos a Francia. —17. La ley de
Diciembre de 1792: penas de muerte por delitos políticos que
imponía. Comparación de la monarquía española del siglo XVI
con la Rcpiitiiica francesa dcl X V IIl- 1 8 . Itisuficiencia de los tri­
bunales comunes para condenar a muerte en grande escala: crea­
ción det Tribunal revolucionario: delitos (verdaderos o supuestos)
de que conocía y forma en que juzgaba. —19. Nuevas penas de
nlnertc impuestas por la ley de l.° de Julio de 1793.—20. Nueva
ky imponiendo más penas de niuerte.—21. La ley de sospecho­
sos; su contenido y consecuencias. Nuevos casos de pena de
muerte.—22. interpretación de esa Ley, impuesta por el Ayunta­
miento de París: consecuencias.—23. Insuficiencia del tribunal re­
volucionario para condenar a muerte tantos como querían li
Convención y los clubs. Ley de reconstitución d« ese tribunal:
se le dispensa de recibir )truebas y se priva de defensa a los acu*
sndos. Excepción en favor de los miembros de la Convención.—
24. Organización de los (ríbunaivs revolucionarios.—25. El tribu­
nal revolucionario de París: sus sentencias todas iguales e impre­
sas de antemano: las numerosas penas de muerte que imponía
diariamente. Las condenas en masa y por millares: sólo se men­
cionan aquí los horrores autorizados por las leyes; razón de
ello.-26. La reacción del 9 Icrmidor: la condena a muerte de los
jacobinos; cesación dcl tribunal revolucionario; su sustitución.—
27. El Código penal de 3 brumario, año IV: su carácter; penas de
muerte para los delitos políticos. Mención especial de los art. 612’
y 614.-^28. Razón dcl plan. Consecuencias.—29. El Código penal
de 1810 y la pena de muerte; reforma de 1832; propuestas aboli­
cionistas.—30. La reforma del Código penal en 1&48: propuestas
— 6 —

y discusiones parliimtiilariiis sobre el lema üt la abolición.—


31, CoiiticiicJas de 1906 sobre la p. de m. tn el Parlainciiio y
fuera dt él; resultados südalos y le(>alüs. -32. Casos cu qtie se
impone la ptiia dt luiierlt sep'iii el Código ptiial Iraucés.—
33. La pena de muerte tii Uélijica, después de la anexláu de este
país a Francia. Coiislilucióii del Reino de los Paiícs Bajos: sepa­
ración de Bélj;icu: coii^eciiencias de ambos ucoiitccimiciitüs en
cuanto a la pena de inuerle, l'royectos de CódÍRO penal y refor­
mas.—34. El proytclo de Cod. ptii. de 184á: tmlablcs abolicionis­
tas que cu él tomaron parte, til CóJ. ptii. de 1867.—35. Proposi­
ción aboliciuuitíta en 1851: id. en 1366: id. en 1867: periodo culini-
naiUe del aboliciouismo en Bílüica.-36. Delitos a qiic se aplica
la pvua de muerte en ese estado.

7. La Revolución francesa en su célebre Declara-


ción de los derechos de! hombre de 26 de Agosto
de 1789 consagró al Derecho penal dos artículos, el
5.“ y el 8.“ , que, con oíros dos que atafien más al Pro­
cedimiento penal, vienen siendo celebrados, como si
hubieran consfituído una grande innovación, por no
pocos penalistas franceses y extranjeros, como M olí-
NIEB (I ) G ahraud (2) y P essina (3) p o r no citar otros.
Dice, pues, el art. 5.“: «La ley no tiene derecho a pro­
hibir más que las acciones nocivas a la sociedad. To­
do lo que no es vedado por la ley no puede ser vedado
al individuo humano, y ninguno puede ser constreñido
a hacer lo que la ley no impone».
9. E l art. 8 de esa declaración tiene relación más
visible y directa con el asunta de este trabajo, y dice:
«La ley no debe establecer más penas que las extricta
y evidentemente necesarias, y nadie puede ser castiga­
do sino en virtud de una ley establecida y promulgada
con anterioridad al delito y legalmente aplicada».
9. Las primeras cláusulas de ambos artículos o

(1 ) M O L i s ir r » . . r r a i l H h í o r l q i i í e l p r a l lq u íd f D f (.il p tn a l. la m í p r íin ic r , . P r ó -
Ic c o m ín ts , D ro lt penal ilc 1' A iscm b léc C » n s l it H « n lt -, p «g , I7fr « I s u i v . I*»r(s, 1OT3.
(2 ) Ú A R K A U » . 'T r a í i c ltin irl< )iir el p ra liq u c J u d rü it pénal traneaís*. lom e p rc '
m lc r . In lio ü u c lio n , I2A l-I tu iv a iit. D m x k - ir c n li li o n . I ’a n s IS W .
(3} V. P e s s in a . -II (lirillo im iilt! in llalla d i Cesare üecraria sino a la promul-
K u ls flf del C<kIíM |Xn*lc vigfine., cap* II. .In t:iici<lap«<lla del <lirltlo
lu lia n i» . vol. I I pig. ¡ t i M ilano I9 M
- 7 —

sea el principio de que «la ley no tiene derecho a pro­


hibir más que Ids acciones nocivas a la sociedad», y el
de que «la ley no debe establecer más penas que las
exfricla y cvldcntemeníc necesarias» debían ser, y se
pretende que fueron para la Revolución, el uno norma
rundamenta! del discernimienlo y calificación de los
hechos punibles, y el olro norma fundamental del se­
ñalamiento de las penas aplicables, incluso, y aun con
iDciyor razón, de la de muerte. Pues bien; los hechos
que voy a referir (no con este objeto), sin salir del te­
rreno extricfo de la pena de muerte, muestran que tales
principios fueron estériles y con poca sinceridad y se­
riedad proclamados.
tO. Eso en cuanto a los dos principios o normas.
Mas el segundo de ellos, que es el que tiene relación
más directa con la materia de este estudio, es además
por su naturaleza insubstancial e inútil; primero, porque
todos los legisladores del mundo que han señalado
penas buenas o malas han entendido que eran necesa­
rias, lo que muestra que el principio no era nuevo, sino
muy viejo, y en cambio susceptible de recibir todas las
aplicaciones que se quieran; segundo, porque lo Impor­
tante era precisar la naturaleza y alcance de esa nece­
sidad, esto es, el Rn que la determina o crea, y si ha
de ser subordinado a otros, o harmonizado con ellos,
o antepuesto a todos (1). y tercero por que no hay nin­
guna pena que sea extricta y evidentemente necesaria.
Es, si, ciertamente necesario que haya penas de una u
otra clase; pero ninguna pena en particular es evidenfe-
mente necesaria, ni en cuanto a su calidad, ni en cuanto
a su cantidad o duración. En la primera mitad de la
Edad media las penas vigentes en la mayor parte de

(l> bn cf<clo, s< prnlria preguntar a los admiradores, de la DctUrAcíóti famOs«: )■


ley, dcc(s« no dcbcailm illr mis penas que las vjilrkta y cvidcntemenk netcurias... pero
¿ncccsari» (Mra qué? ¿Para realizar la justicia at>soluld? ,;l*ara corregir Interlormenle
al crim inal? ¿Para conservar la vida dr la socinUü? ¿l*iro proteger r l orden extrrno
y la Uattquilíddd pública^ ¿Para deíertdef tí p»»d«r rttib ltfi'iJ6 y Sii <^reánizaeíóft?
no re que Kfrán &e pérsica uno u otro de tvn fíne» han de variar las penas?
— 8 —

los países de Europa eran solamente pecuniarias: en


el Renacimienro y primeros siglos de la Edad moderna
las penas eran muy principalmente corporales, esto es.
que causaban dolor o molestia corporal (muerte, azo­
tes, mutilaciones, marca, galeras, ctc.), y desde princi­
pios del siglo XIX las penas predominantes son las de
privación de libertad. ¿Cómo puede, pues, creerse que
ninguna pena, ni ningún sistema de penas determina­
do, sea extricta y evidcniemenie necesario? E s incon­
testable. por tanto, que el principio de que tratamos
carece de todo valor, es absolutamente insignifícante
e inútil. Veamos ahora los hechos.
11. La ley de 24 de Agosto de 1790 ordenó (ar­
tículo 21) que el código penal fuese reformado, sin
perder de vista la Declaración de Jos derechos del
hombre: que la ley no puede establecer más que penas
extricta y evidentemente necesarias. Consiguientemen­
te, los Comités de Constitución y de Legislación uni­
dos redactaron un proyecto comprensivo sólo de los
delitos gravas, o sea, de los castigados con pena aflic­
tiva e infamanle, y que íué presentado a la Asamblea
nacional en Mayo de 1791 juntanienle con un informe
o preámbulo que, en nombre de ambos comités, había
compuesto L e p e l l e t i e b d e S a in t -F a r g e a l . E l proyec­
to suprimía la pena de muerte para los delitos comunes
(los no políticos), y el informe de Lepelletibr defendía
extensamente la supresión. Entablada discusión sobre
esa pena, Robespiehre y Petion, entre otros, la com­
batieron energicamente; Buillat-Savarin y alguno más
la defendieron: la mayoría de la Asamblea entendió
que no había llegado la oportunidad de abolir la deba­
tida pena, y en 2 de junio acordó la inclusión de la
misma en el código que se discutía.
12. De conformidad con esto, el Código penal de
25 de Septiembre—6 de Octubre de 1791 imponíala
pena de muerte en primer término a varios «crímenes
contra la seguridad exterior del Estado (2.® Parte,
— 9 -

fit. *1 séc. 1,‘ , ar(s. 1 a 6), a los «crímcncs contra


la seguridad inferior del Estado» (Sec. 2, arts. 1 a 5),
enicndicndo por faics los atentados contra el rey, el
reg'ente o el heredero del trono, las rebellones y se­
diciones y la tentativa y la complicidad en tales delitos,
y a algunos «crímenes y atentados contra la Constitu­
ción» (Sec. 3, arts, 4, 6, 7,8,10, 11 y 12) comprendien­
do entre ellos, no sólo los enderezados, siquiera fuese
remotamente, a impedir la reunión o privar de libertad
al Cuerpo legislativo, sino también «todos los atenta­
dos, contra la libertad individual de uno de sus miem­
bros», y toda participación o auxilio prestado para
esos delitos (art. 4). También se castigaba con la
muerte la publicación de una ley no votada por el
Cuerpo legislativo (art. 9) o con alguna alteración en
lo votado (art. 10). En cuanto a delitos comunes, se
castigaba con la muerte el parricidio, el homicidio pre­
meditado, el envenenamiento, el asesinato frustrado, el
homicidio precedido, acompañado o seguido de otros
crímcncs, el envenenamiento frustrado y la castración
(Tit. 2.® sec. 1. arts. 10 a 15 y 2S). Como se ve, el legis­
lador extremaba su severidad en los delitos contra el
orden político establecido.
15. Aquí conviene hacer una observación, que ya
h an hecho a n te s de a h o r a O r t o l a n ( 1 ) y J. L o i s e -
LEUR (2), aunque sin advertir su alcance y consecuen­
cias. La pena de muerte que las comisiones en su pro­
yecto de código suprimían, la que L e p e l l e t i e p d e
S a in t- F a iíg e a u im pugnó en su informe y combatieron
en sus discursos R o b e s p i e r h e , P e t i o n , D u p o r t . etc., y
la que la mayoría de la Asamblea sólo dejó, es decir,
difirió abolir por razones de oportunidad, era la pena
de muerte para los delitos comunes: pues para los de-

(I) O R T O IA N C lliS .) J í liw is llfic iil c o rm u ra a i-, IV , p í |j 171 M ,v


driJ, IWJ.
i2) L u i S E L U l 'K . < Lrt ctiiiic s r t li-i p iin c s d a iií l'a n tiq u iK ; r l dan'i les lciri|is m o.
d iirn n > . epilogue, |iá|¡ M I l'n ris . Iij63.
- 10-

lifoa polílicos todos cstahan unánimes en que la temida


pena debía mantenerse, y el asunto no se discutió si­
quiera. 3í, para aquella asamblea profundamente esrois-
ta e inmoral era menos grave, menos intolerable, que
un hombre asesinase a sus propios padres con las cir­
cunstancias agravantes que se quieran, que que cons­
pirase pacificamente para restablecer la monarquía, o
para establecer la república federal, o para alcanzar un
g-obierno que diese la justa libertad a los católicos. Esto
es lo que revela además bien visiblemente el Código
de que acabamos de hablar.
14. y ahora otras observaciones que no se han
hecho, que yo sepa. Sea la primera, que los que así se
comportaban en Mayo y Junio de 1791 eran los mis­
mos, esto es, no sólo la misma persona moral que
había votado la Dedaredón de los derechos de!
hombre en Agosto de 1789, sino las mismas personas
físicas (en conjunto); no sólo la misma Asamblea, sino
los mismos miembros de ella, que así mostraron el eS'
píritu que les animó a hacer esa Declaración y la in­
terpretación verdadera de Id misma. Sea la segunda,
que en ese proceder de la Asamblea nacional constitu­
yente se ve ya trazado y allanado el camino que luego
siguió la Asamblea legislativa y después la Conven­
ción, sjendo de notar que el núcleo principal de los
hombres de la Asamblea constituyente, aunque no pu­
dieron formar parte de la Asamblea legislativa, volvie­
ron después a la Convención, y fueron los que la diri­
gieron e impulsaron a rodas sus atrocidades sangrien­
tas. Por consiguiente, no hay esa separación que co-
munmenle establecen los penalistas franceses (y en
general los que hablan de las leyes y actos de la Re­
volución) entre la vida jurídica y polílica de la Revolu­
ción en 1789 y dos o tres años siguientes, y la de 17,95
y 94, para aplaudir la primera como la representación
genulna de la Revolución y pasar por alto o censurar
la segunda como algo extraño a ella y disculpable por
~ 11 -

las circunstancias. No hubo en esa época dúlución de


conrinuidad alguna, sino evolución y marcha gradual de
unos mismos principios y aspiraciones, que no podían
realizarse por complcfo repentinamente, aunque con
bastante celeridad lo hicieron; pues desde la Declara-
ción de fos derechos de! hombre en Agosto de 1789
hasta la reorganización del Tribunal revolucionario,
que señala el apogeo del período del terror en Junio
d€ 1794, aun no franscurrieron cinco años. Sea la ter­
cera, que confirma y completa la segunda, que los más
decididos adversarios de la pena de muerte (para deli­
tos comunes) en Junio uc 1791, L e p e l i .e t i e r d e S a i n t -
F a r q e a u , R o i i e s p i e b p e , P e t i o n , ele . votaron la muer­
te dcl inocente y virtuoso Luis XVI en Enero de 1795.
15. Todo esto muestra que la Revolución france
sa en el orden penal como en el político, y consiguien­
temente también en cuanto a la pena de muerte, ha sido
desde 1789 a 1794 o 95 absolutamente una y la mis­
ma, siendo la labor de los primeros años preparatoria
de la de los siguientes. Por consiguiente, los penalistas
que al estudiar las leyes penales de la Revolución saltan
el periodo que va del mencionado código de 1791 al de
25 de Octubre de 1795 (o al de 1810), o se limitan a
hacer indicaciones generales y vagaa sobre las leyes
de ese período, como si fueran algo accidental y pura­
mente complementario de su historia, omiten cabal­
mente lo más importante y característico de la Revolu­
ción en ese terreno, y quizá en todos, lo que constituye
lá meta del camino recorrido por ella, lo que debieran
mencionar, cuando omitiesen todo lo demás que citan,
so pena de hacer como aquel que, pretendiendo expo­
ner la doctrina de un libro, se timitó al capitulo prelimi­
nar. Y sin embargo, en esc caso están y ese juicio me­
recen todos o casi todos los tratadistas que conozco,
que historian el derecho penal de la Revolución, pu-
diendo citarse como ejemplos, entre los que omiten
absolutamente el período citado M o l i n i e h (aunque dice
- 12 —

algo de leyes adjetivas secundarias de 1792), Garra.ud,


V id a l (1) etc., y entre los que hacen sólo indicacioTica
vagas O h t o l a n , B o it a r d y el italiano P e ss in a (2 ) B e -
PENGEH fue una excepción, pero sólo en parte (3).
16. Volviendo ya a la historia le^ai de la pena de
muerte en la época revolucionaria, debo hacerme car­
go de un decreto de 18-22 de Marzo de 1793, que en
el art. 1 ordena a todo ciudadano detener o hacer dete­
ner a los emigrados y a los sacerdotes deportados,
que se hallen en el territorio de la Repiiblica, y en el
arf. 2 dispone que esos detenidos (comunmente ino­
centes) sjpriesen la pena de muerte en el término de
24 horas. En 2S del mismo mes se decretó que los
emigrados fuesen desterrados perpetuamente, y si que­
brantaban el destierro, hubiesen pena capital.
17. Aunque ya el Código penal mencionado de
1791 era harto severo y minucioso en el castigo de los
delitos y tentativas contra la Constilucíón, el orden
político establecido y los representantes del mismo, pa­
reció esto poco a los miembros de la Cotivención, y
en Diciembre de 1792 decretaron la pena de muerte
contra lodo el que se propusiese restablecer la monar­
quía, o romper la unidad de la república, es decir, es­
tablecer una república federal, aunque fuese, claro está
por medio de la propaganda doctrinal, y sin aspira­
ciones a la violencia. S í, lo que la monarquía del si­
glo XVI en España dejaba que se hicirrse en contra
suya sin castigarlo con pena ninguna, la liberalfsima
república del siglo XVIII en Francia lo estimaba de tan
espantosa gravedad, que lo castigaba con la muerte.

(1) V. M ol IM IH , .T m llí Ihéorique M prillque <lf D rnil p íin l., I. !, prolégo-


mrncs. jiig . 176 ct suiv. I’aris, I8>W.—ÜAHKAl’D -Triiilc Ihcoriq ucíí |>r«llqiic ilu
l>r<iil iií-nalírantais-.l I, Inltvdnríion. pág. I^ e t s b ¡v , I’aiis, |89a.-VlDAI., -Couts
de D roilcrim intl-, p tin itrc p írlli:. llv I. chap. I, pág. Z) el suiv. l’aris. 1901
(2) V. O h t o la n , .E lc m n iis ilí Drolt p#nal.,t l. Inlroduclion, pág TO rtiuiv.
4.' H it. P*IU,187S. Ho iia h ü . <1< D roil criniincl.. príiniere l*(on, pi|;. II
et siilv. 12.‘ edil. I'iris , ICSO.-I’LSSINA, t)p. tit «p- II, piR, W rs t* .
(3) BEHEiiUEH, -De la trprcs^ion iienilc. de ses lornin el de so ellels. looi. II,
pin. 66. París, I U S.
— 13 -

18. Pero como los tribunales comunes y obliga­


dos a seguir el procedimiento común, aunque dóciles
al Gobierno no cesaban de imponer penas de muerte,
que se ejecutaban sin remisión, no sólo a los monár­
quicos sino a todos los católicos y hombres de orden
que se significasen en contra del despotismo Imperan-
le, no podían proceder de una manera tan expedita y
rápida como los convencionales querían, en 10 de
Marzo de 1793 se creó en París un Tribunal criminal
extraordinario, que desde el 2^ de Octubre siguiente
se llamó Tribuna! revolucionario, y por el modelo
del cual se crearon luego otros en diferentes lugares de
Francia. Ese tribunal formado por políticos exaltados
Fáltos de la más elemental honradez y codiciosos de
apoderarse de los bienes de los ricos, era llamado a
conocer, según el art, \° del Decreto, «de toda empre­
sa contrarevolucionaria, de todo atentado contra la
libertad, la igualdad, la unidad, la indivisibilidad de la
república, la seguridad inrerior y exterior del estado,
de todo complot que tienda a restablecer la realeza o
establecer cualquiera otra autoridad atentatoria a la
libertad, a la igualdad y a la soberanía del pueblo, sea
que los acusados fuesen funcionarios civiles o milita­
res o simples ciudadanos». (1) La amplitud y vaguedad
de los términos permitían extender mucho la jurisdic­
ción del tribunal, y las penas de muerte aplicables; pero
además ese tribunal adoptaba procedimientos expedi­
tos pero peligrosísimos, y juzgaba sin haber tugar a
apelación, esto es, en única instancia.
19. Todavía no pareció bastante asegurado el
orden constitucional, y en 1.° de Julio de ese mismo
aflo de 1793 se impuso pena de muerte a los que im­
primiesen, vendiesen, dislribuyesen, o mandasen im­
primir, vender o distribuir algún ejemplar alterado o

(I) C «m pani'ascC S C u i b u n i l di: d o cc ju r iilo s , c in to ju c crs, un a c u u iln r |>úblico y


Ircs suslitulos; p e io t(idns clcaldck^ I>ir la C o n v c n c ió ii, üc Bucrlc q ue los ju r id o s lo
e ra tid u n om b re .
- 14 —

falsificado de la Dedñración de tos derechos del


hombre o de la ConsMtución,
20. En 7 de Agosto siguiente se decretó la pena
de muerte contra los que formasen patrullas, es decir,
grupos no gratos a la tiranía dominante, y a los que
estuviesen vestidos de mujer en cualquier reunión.
21. En 17 de Septiembre del mismo año (1795) se
dictó la terrible Ley de sospechosos. Sobre esta ley
transcribiré el acertado resumen que hizo el docto his­
toriador de la Revolución L á z a ro Pa.pi. «Eran sospe­
chosos todos aquellos que, o por su conducta, o por
su correspondencia, escritos o discursos se hubiesen
mostrado partidarios de la tiranía y enemigos de la
libertad, Jos que no pudiesen demostrar haber cumpli­
do los deberes de ciudadano, aquellos a quienes hu­
biesen sido negadas certiñcaciortes de virtud ciudada­
na, los ex nobles y los maridos, muíeres, padres, ma­
dres, hijos, hijas, hermanos y hermanas de los emigra­
dos, siempre que no hubiesen invariablemente demos­
trado su adhesión a la revolución»... «Los tribunales
tanto civiles como criminales tenían facultad de arres­
tar como sospechosos a los acusados de cualquier de­
liro, aunque se hubiese declarado insubsistente la acu*
sación, con el cual decreto se abrió el camino al des­
ahogo de los odios y venganzas privadas». (1) No
todos esos tuvieron set\alada desde luego pena de
muerte aunque, si, debían ser arrestados; pero seme­
jante pena no tardó en serles aplicable y aplicada, co­
mo veremos. También se ordenó que los que propala­
sen nuevas falsas, o infundiesen miedo en los campos,
o causasen perturbaciones fuesen enviados al tribunal
revolucionario y castigados como excitadores de con­
tra revolución, es decir, con la pena capital.
22. Es de añadir que el ayuntamiento de París

(I) H a im . ilr ll á riv o lu z M k n e íra n c rs c d & IU m ^ rtí di


L u ij'i XVL fino al ri>iu1)IÍTiicn(o dci I, lib r o sccotiüo, p á |¡. 123 cd . s<g
Liicca. laW .
— 15 —

que, aunque no renía facultades legislativas, se las


arrogaba imponiéndose a la Convención, y daba la
norma a juntas y tribunales, publicó un como comen­
tario a la Ley de sospechosos, explicando los medios
de reconocer éstos, y mencionaba como tales, entre
otros muchos, a los q u e tenían trato con los antiguos
nobles, con los sacerdotes contrarevoliicionarios. con
los aristócratas, con los follelistas, y con los modera­
dos, a los que no habían trabajado nada por la revolu­
ción, a los q u e habían acogido con frialdad la constitu­
ción republicana, o mostrado temor de que no durase,
a los que, no habiendo hecho nada contra la libertad,
tampoco habían hecho nada en favor de ella, a los que
no frecuentaban las reuniones políticas de sus barrios,
a los que habían suscrito peticiones contrarevolucio-
narias. «Así, dice con razón P a p i , d e un modo o d e
otro no había q u iz á persona en Francia que no p u d ie ­
se ser acusada como sospechosa, y llevada ante
aquel tremendo tribunal revolucionario».
23. Pero con todo eso, esc tribunal o mejor esos
tribunales, que los había en toda Francia, aunque con­
denaban a muerte a millares diariamente, no satisfa­
cían la sed de sangre de la Convención y de los clubs
(como uno de los cuales podía considerarse el ayunta­
miento de París), y las cárceles y otros edificios aba­
rrotados materialmente de presos sin ninguna conside­
ración a la Moral ni a la Higiene, no podían recibir
bien ni mal a los innumerables sospechosos que todos
los días eran detenidos. Consiguientemente, en 4 de
Diciembre del mismo año de 1793 se ordenó al Comité
de salud publica que formase un proyecto de reorgani­
zación del terrible tribunal. Leído ese proyecto ante la
Convención en 10 de Junio de 1794, en treinta minutos
fué discutido y convertido en ley. Conforme a ésta, el
tribunal revolucionario no debía imponer otra pena que
Id de muerte. Además se suprimió el interrogatorio
preliminar, se dispensó al tribunal de oir testigos, a no
- 16 —

ser que fuesen necesarios para descubrir cómplices, y


se privó a los acusados de defensa. « L a ley, dccfa la
Convención, da por defensores a los patriólas calum­
niados jurados patriotas; no los concede a los conspi­
radores». E n cambio, se concedió facultad a todo ciu­
dadano para coger y llevar ante los magistrados a los
conspiradores y a los contrarevolucionnrios. A l día
siguiente se prohibió que ninguno de los miembros de
la C onvención fuese llevado ante el tribunal revolucio­
nario sin decreto especial de ella.
24. E l tribunal de París estaba dividido en tres
secciones compuestas cada una de tres jueces y nueve
jurados, además de un acusador público y sustitutos,
todos nombrados libremente por la Convención. Por
ese modelo se organizaron on*os tribunales en diferen­
tes ciudades.
25. Investidos de tan grandes atribuciones esos
tribunales con respecto a la pena de muerte, única que
les era permitido imponer, com o dije, y afanosos de
mostrar actividad y celo condenando muclios, el tribu­
nal de París, y no sé si algún otro, facilitó su labor, im­
primiendo un modelo de sentencia motivada, igual pa­
ra todos, y limitándose después a cubrir el nombre
correspondiente. De esta suerte al principio las tres
secciones condenaban a muerte diariamente unas cin­
cuenta o ses«nta personas, pero esto aun no satisfacía.
B i l l a u d llegó a decir: «el tribunal revolucionario cree

que ha hecho una gran cosa cuando manda cortar se­


tenta u ochenta cabezas: un número siempre igual no
causa espanto, es preciso duplicarlo»; y entonces se
elevó el número a unos 150 diarios sólo en París. Esto
sin perjuicio de que, llenas de presos las cárceles, pa­
lacios, conventos, colegios etc., se les sacrificaba mu­
chas veces en masa y a millares, atribuyéndoles el de­
lito de haber querido huir, aunque no hubieran puesto
ningún medio para ello. Me limito a indicar estos ho­
rrores, que estaban dentro de las leyes penales revolu-
- 17 -

donarías, para que se comprenda el alcance de éstas.


Señalar otros no es de este lu^ar.
26. Iniciada la llamada reacción del 9 termidor,
o sea del 27 de Julio de 1794, la pena de muerte conti'
nuó, sin embargo, aplicándose en menor pero todavía
grande escala, y principalmente contra los jacobinos y
terroristas (Roiiespieijue enlre ellos), que tan enorme
abuso habían hecho de ella. E l tribunal revolucionario,
cada vez menos sanguinario y más cuerdo, continuó
existiendo hasta el decreto de] 12 prairial, año III, o sea
del 51 de M a yo de 1795. 'Sus funciones, pero ya con
sujección al procedimiento ordinario, pasaron a los
tribunales criminales de departamento,, que juzg-aban
en esta materia sin apelación.
27. To d a vía se publicó un nuevo código penal en
el periodo propiamente revolucionario, el llamado C ó ­
digo de deíilos y penas de 3 brum ario de¡ año IV ,
o sea del 25 de Octubre de 1795. Aunque es muy prin­
cipalmente un código de procedimienio penal y una ley
orgránica de tribunales, en lo referente al derecho intro­
duce algunas reformas en el código de 1791, declaran­
do subsistente a ésle en lo demás, asi com o las le­
yes posteriores sobre los emigrados y algunas otras
(Apéndice y arts. 610 y 611). Las reformas del C ó d ig o
de 1791 en la parte especial se refieren todas a delitos
políticos bajo los títulos de crímenes contra fa segu­
ridad inferior de ¡a República <arts. 612 a 615) y crí­
menes y atentados contra la Constitución (arts. 616
a 640). E n esas secciones hay en la primera cuatro pe-
ñas de muerte añadidas a las del C ó d ig o de 1791 (a r­
tículos 612 a 615) y en la segunda seis (arts. 622 a 627
inclusive). E s digno de notar el art. 612 que dice: « T o ­
das Ids conspiraciones y complots que tiendan a tur­
bar la República por una guerra civil, armando los
ciudadanos unos contra otros, o contra el ejercicio de
la autoridad legítima, serán castigados de muerte en
tanto que esta pena subsista, y con veinticuatro afíos
- 18-

de hierros cuando sea abolida». E n el arí. 614 castiga


con la muerte lambién «todas las prácticas e inteligen­
cias con los rebeldes».
28. A dvicrlo que he omitido hablar de muchas
leyes penales de la Revolución francesa Igualmente
características y reveladoras del carácter de ella; pero
que no tenían relación inmediata con la pena de muer^
te. E n tanto lo liasta aguf expuesto es más que sufi­
ciente para patentizar el espíritu profundamente egoís­
ta, intolerante y soberbio de los elementos directivos
de la Revolución, que sólo se mostraban implacables y
duros cuando se trataba de los actos que podían^ aun­
que fuese remotamente, comprometer su dominación, y
en m ayor o menor grado, según las épocas, de los que
fuesen poco harmónicos con sus ideas políticas e irre­
ligiosas.
29. E l C ó d ig o penal de 1810, que es en conjunto
el vigente, conservó la pena de muerte, imponiéndola
en 56 casos. E n 1830 D e s t u t t de T b a c v presentó una
proposición a las Cám aras pidiendo la abolición de la
pena de muerte; pero a pesar del apoyo del general L a -
FAVETTE no fué aprobada. E n 1832 se hizo una refor­
ma que redujo a sólo 12 ios casos de aplicación de la
pena capital, y además facultó a los Tribunales para
declarar la existencia de circunstancias atenuantes que
eximían de semejante pena. E n 1898 volvió a discutir­
se el mismo tema; Ljvm artine defendió elocuentemente
la abolición, pero sin resultado.
30. E n 1848 se suprimió la pena de muerte en ma­
teria política, merced principalmente a los traba|os de
G u iz o t . C o n ral ocasión se presentó una enmienda
conteniendo la supresión total de esa pena; pero fué
desechada por 498 votos contra 216. E n 1864 y 1867
se discutió de nuevo el asunto en el 3enado, y en 1868
en el C ongreso: pero sin resultado práctico. E n 1870
E m iu o O l u v i e r prop uso al Congreso el acuerdo de
que las ejecuciones de la pena capital fuesen secretas;
- 19-

Ju lio SiMón quiso aprovéchdr lá ocasión para pedir la


abolición de la pena misma; pero la C ám ara no admi­
tió níngruna de las dos proposiciones. C a ldo el Impe­
rio, se presentaron a la Asamblea nacional de 1871
varias proposiciones abolicionistas, que no fueron to­
madas en consideración. E n 1872 se volvió a discutir
el asunto, y lo mismo en 1876, 1882 y 1894, en que la
enmienda del diputado socialista D e i e a n t e fue recha­
zada por 350 votos contra 145.
31. Dejando a un lado otras tentativas abolicio
Distas, el 11 de Julio de 1906 Jóse Deinach presentó en
el CongfTeso una proposición abolicionista firmada por
muchos diputados entre los cuales estaban Juan jAunés,
Buisson, M ille r a n p , B e r te a u x , C a m ilo P e lle t a n , D e s -
CHANEL y otros, que han ocupado altos cargros en la
República. E n consecuencia, el Gobierno de Sarrien
preparó un proyecto de abolición de la pena de m u m e ,
y habiendo caído luepo ese Ministerio, su sucesor
G u v o t-D e s s a io n e en el ministerio C le m e n c e a u , lo hi­
zo suyo, y lo presentó el 5 de Noviembre de 1906.
Este proyecto señala el período álgido del abolicionis­
mo en las esferas del Gobierno francesas. La C o m i­
sión nombrada para examinarlo lo aprobó por ocho
votos contra dos, y todo parecía indicar que la aboli­
ción al fin serfa votada. Pero la opinión nacional se
manifestó con energía contra la supresión, Primera­
mente se pronunciaron contra ella formalmente los Ju­
rados de la Gironda, del Yonne, de los Alpes maríti­
m os, de lile et Vilaine, del Loire inferior, de indre et
Loire, de las Landas, de G a rd , de la M am e, de C a l­
vados, del Sena inferior y otros hasta el número de 72,
que yo sepa, en el curso de un ano aproximadamente.
E n segundo lugar, representaron contra la misma su­
presión Consejos municipales o Ayuntamientos como
el de Marsella, Houfleur, etc.. Consejos de circuns­
cripción como los de V itry-lc-Fra n cois, Sa inte-M e -
hould, Roanne, etc., y Consejos generales como el de
- 2 0 -

Seine ct O isc, el de Gers, etc. E n tcrccro, reclamdron


contra la abolición centros de varias clases como la
C á m a ra de comercio y los 3indicdtos comerciales de
Marsella, el Congreso regional del partido radical y
radical socialista de Lyon, etc. A l mismo tiempo un
diario de París, Le Petit Parisién, celebró un como
plebiscHo enlrc sus lectores acerca del mantenimiento
o supresión de la pena repetida y obtuvo 1.412.547
respuestas, de las cuales 1.085.6&5 favorables al man-
lenimienfo de tal pena, y sólo 328.692 contrarias a ella.
Además, los Jurados empezaron a mostrarse severos
condenando a muerte mucho más que antes, y osando
en varios casos dirigirse al Presidente de la República
para que no indultase. Por otra parte, desde el anun­
cio de la supresión de la pena capital los grandes crí­
menes aumentaron considerablemente, y la consecuen­
cia de todo ello fue que la C om isión informadora va­
ríase de dictamen, declarándose en favor de la conser­
vación de la pena de muerte, y que, por último, a pe­
sar de los esfuerzos del nuevo Ministro de Justicia,
B r u n o , de J a u r e s y de otros, la C ám ara, el 7 de D i­
ciembre de 1908, acordó por 330 votos contra 201 la
conservación pura y simple de la pena discutida. Des­
de entonces los indultos fueron menos frecuentes, la
temida pena se aplica mucho más que antes y el públi-
t:o muestra interesarse en que así sea.
53. E n cuanto a los casos en que allí se impone la
pena de muerte, he de advertir, en primer lugar, que
el C ó d ig o penal francés, a diferencia dcl espaflol, se­
ñala en varios casos la temible pena com o única, y no
en alternativa con otras; por lo cual en esos casos no
es necesario que haya circunstancias agravantes para
que deba aplicarse. Castiga, pues, con la pena referi­
da la ley francesa varios delitos contra la seguridad
dcl Estado (arts. 7ft, 76, 77 y 79), contra la constitu­
ción del mismo (arts. 85, 91 a 97) y contra la vida de
las personas (arts. 302 a 304); ciertas sevicias contra
— 21 —

niflos, enderezadas a provocar su muerle (art. 512): el


secuestro, acompañado de torturas corporales (artícu­
lo 344); el falso testimonio que dé lugar a condena a
pena capital (art. 561), y alg^iín otro.
53. Bélg-ica, anexionada en 1794 a Francia, na­
ción siempre ccnfralizadora y uniformista, tuvo que
acepfar la legislación francesa y singularmente, por lo
que hace a nuestro objeto, el C ó d ig o penal de 1791, y
más tarde el C ó d ig o napoleónico de 1810 con las pe­
nas de muerle que establecían ambos. Constituido el
Reino de los Países Sajos con Holanda y Béisrica
en 1814, y separada e independizada la último en 1831,
ambos acontecimientos no impidieron en mucho tiem-
po que continuasen rigiendo las leyes penales france­
sas, por falta de leyes propias; y aunque no faltaron
proyectos oficiales de código penal en 1827 y 1854 y
reformas parciales efectivas, éstas no alcanzaron a la
pena de muerte, que conlinuó como en 1810.
54. E n 1848 se nombró una nueva comisión para
redactar un proyeclo de código Renal, y de la cual for­
maban parte con otros de menor cuantía tos notables
penalistas H a u s y N y p e l s , adversarios ambos de la
pena de muerte y autores de libros exprofeso contra
ella (1). Presentado ese proyecto a las Cortes en 1849,
discutido con largas interrupciones y modificado par­
cialmente no pocas veces, vino a ser al fin el C ó d ig o
penal de 1867, que rige todavía, y que conserva la pe­
na repetida, aunque no extendiéndola tanto com o el
de 1810.
55. C o n m otivo de la discusión de ese C ó d ig o
en 1861, se presentó en el C on gre so una proposición
para la abolición de la pena capital; pero fue desecha­
da por 48 votos contra 9 (y una abstención). E n 1866
se presentó en el Senado otra proposición análoga;

ti) V . H a u s , « L a p e iii e ü e m u r t . &011 p a m *. iu n son u v « m r. U a n ü . 1867.


— N v h e i.S , De i i prel<ndiieTicc»sitf d f I j iw ino de m ->rl. nriixellrs. 1B63
- 2 2 -

pero a pesar del apoyo que le prestó el ministro de Jus­


ticia D a r a , fué rechazada por 35 votos contra 15.
E n 1867, ai discutirse en el Congreso la redacción de-
flniMva del C ó d ig o , presentóse por iniciativa del ilus­
tre historiador del Derecho penal T h o n i s s e n una pro­
posición firmada por el y otros nueve diputados, pi­
diendo la supresión de la discutida pena. Debatido el
asunto ampliamente, la proposición fue rechazada por
85 volos contra 45 o si se quiere 47; pues cuatro que
no pudieron asistir mandaron su adhesión por escrito
a la proposición abolicionista. Esa votación señala el
momento culminante del abolicionismo en Bélg-ica.
36. L o s crímenes castigados con muerte por el
Códigro penal belga son; el atentado contra la vida o
la persona del rey (art. 101) o contra la vida dcl prín­
cipe heredero (art. 102), el homicidio premeditado
(arf. 394), el parricidio (art. 595), el infanticidio preme­
ditado fuera de ciertos casos (art. 3 % ) y el envenena­
miento (art. 397).

§ 111
La pena de muerie en Suiza y Alemania modernas.
S a n a rlo : 37. C onstilu ción federal suiza üc 1848: caiitoriLS .'iboii-
cionisias. C on stilu ció n de 1874. Referendum de 187^. Reslnble-
cinlicnlú de la pena de muerte en varios canloties. — 38. El C ó ­
digo penal psra las tropas íedtrales. 39. La C otisü H ición fede­
ral alemana de 134Q; estados (akiiiaiics) que abolieron la pena
de muerte a cousecueiicta de ella. Restablecimiento de dicha p e-
Mu en Casi todos ell(i:>. I.a actitud ile Sajonia. E l C 6di|;o penal de
la Alem ania Jel N o rtv . R w isio iies y exleiiiilón ^le ese cótlÍK<;> a
todo el Im perio, trrores. ilel Sr. C iiialejas respecto a los estados
en qnc dijo estar abolida la pena de nnierte (ñola). — 40. C o n c lu ­
sión general referente a Suiza y Alem ania. 41. Casos en que se
a p líc a la pena de m iierlc en A k 'm a iiia .--4 2 . E l ante-proyeclo de
C ó d ig o penal alemán de 190Q; su relación con la p, de ni.; las
controversias qne lia suscitado.

37. E n Suiza, por la Conslilución federal de 1848


— 25 -

(art. 54), fue abolida la pena de muerte en los delitos


poKticos. Después varios Cantones suprimieron esa
pena en absoluto, como lo hicieron el de Frib u r^o en
1848, el de Neufchatel en 1854, el de Zurich en 1869,
etcétera. La constitución federal de 1874, en su artícu­
lo 65, declaró abolida esa pena en toda la Confedera­
ción. Pero ocurrieron graves crímenes que alarmaron
al público; se pidió la derogación del artículo mencio­
nado, y, después de algunos debates, el voto popular
o referendum de 18 de M ayo de 1879 derogó el deba­
tido articulo, autorizando a los Cantones para restable­
cer la temida pena, salvo en materia política. E n con­
secuencia, la restablecieron primero ct Cantón de
Appcnzcll Interior por decreto de 25 de Abril de 1880,
el Cantón de Unterwalden superior u Obw aid por ley
de la misma fecha, el de U ri por decreto de 2 de
M ayo siguiente, el de S ch w ytz por el de 20 de M a yo
de 1881, el de Z u g en 1." de Junio de 1882, el de San
Gail en 2 de Diciembre siguiente, el de Lucerna en
M arzo de 1885, el de Valais en Novienibre del mismo
año, el de Schaffouse en Abril de 1893, el de Frib u rgo
en N oviem bre de 1894. S o n , pues, diez los estados
suizos que admiten la pena de muerte. E n cuanto a
Appenzell Interior, es de notar que allí se publicó un
nuevo código penal en 50 de Abril de 1899, y en el se
mantiene la pena de muerte.
38. Esto en cuanto a la pena de muerte para de­
lincuentes de derecho común; mas respecto a los mili­
tares hay un C ódigo penal para las tropas federales,
y que por tanto rige en toda la confederación, y que
impone la pena de muerte, no sólo por delitos milita­
res propiamente dichos, sino también por varios deli­
tos comunes (cuando son perpetrados por militares)
com o el homicidio premeditado (art. 99), la violación
que ocasione com o consecuencia muerte (arts. 118
y 119), el incendio cuando da lugar a muerte o herida
grave, o se pega fuego a un pueblo por varias partes.
— 24 -

o se hace para robar o comctcr orros crímenes apro­


vechándose del desorden, o bien de noche (arí. 125),
la inundación causada rompiendo diques (art. 127), la
explosión intencionada de edificio (art. 128), etc.
39. E n Alemania bajo el influjo de la Constitución
federal de 1849, y por entender que era incompatible
con los derechos fundamentales proclamados en dicha
ley, que tan efímera vida alcanzó, abolieron ia pena
de muerte a partir del mismo ano referido muchos es­
tados como Brunsw ick, Sajonia-W eim ar, Sch w a rzb u r-
go-Rudolstadt, Schwarzburgo-Sondershausen, S a jo -
n ia -C o b u rg o -G o tta , Wurlenbergf, Hesse electoral, Mea­
se Darmstadt, Badén, Francfort, Schlesw ig-H olstein,
Anhalt, Nassau, Brema y OIdenburgo. Mas iniciados
pronto la reacción y el desengaño, todos esos estados
fueron restableciendo la discutida pena, a excepción
de los cuatro últimos, y aun de éstos hubo que descon­
tar el de Nassau anexionado (con otros) en 1866 a
Prusia, donde estaba en vig o r la pena de que trata­
mos. E n 1868, cuando ya la m ayor parte de los otros
estados alemanes habían restablecido la pena capital,
la abolió el reino de Sajonia. Pero promulgado en M a ­
yo de 1870 el C ó d ig o penal de la Alemania del Norte,
que establecía la pena de muerte, vino a extenderse
ésta con los otros d(:l Norte a los únicos estados ale­
manes que aun no la tenían: Sajonia, Anhalt, O lde n -
burgo y Brema. Revisado ese código [y extendido a
todo el Imperio por ley de 15 de M a yo de 1871, y re­
formado más tarde y promulgado de nuevo en 26 de
Febrero de 1876, en ambas revisiones se mantuvo la
pena de que tratamos, y sigue todavía (1).

cu El S r. C a V 4 L E J A S , « i cI prúLaga que pu«o a l i Iradiicciún casKllana del libro


de P it r R O E l l e k o : Sobre la pena de muerte, hechi por el Su. Q Ú M b z ro w T O S A .d l-
• U |)«it» 4tB tii«r lt« l* a l> « ll£ l* ín F iB l4 H ilia < i«d e ia »,...t n e l « n l í t i d t F rib u r -
Eodcadt IM S ..., en (I D uculo de N ism u desdf IM 9 , a i el O r ín Ducado de OIdenburgo
desde 184», en el O r*n Ehicido de Brunsxick desde I8«9. m el O ía n , Ducado de W ei-
mar deide 1862, en el Ducado deSajonia desde 1862... • Este prólogo t i U Armado en
14 de jm io d< IW T . Puet bien; en Finlandia exijlefla p<na de muerte, por lo m « *4
-2 6 —

40. C o m o se ve, la hisforia de la pena de muerte


«n las dos confederaciones, suiza y germánica, des­
de mediados del siglo X IX tiene notables analogías.
Por eso hemos incluido las dos en un mismo pará­
grafo.
41. E n cuanto a los casos eti que se aplica la pe­
na de muerte según el C ó d ig o com ún, son el asesinato
y la tentativa de asesinato del Em perador o del S o b e ­
rano de un Estado de la Confederación de que sea
súbdito el culpable (art. 80), y el hom icidio voluntario
con premeditación y alevosía (art. 211). E n ambos ca­
sos esa pena está impuesta com o única.
42. Conviene añadir que existe en Alemania un
ante-proyecto de código penal, que aunque no esoflcial
todavía, ha sid6 elaborado por una comisión oficial y
publicado de orden del Despacho de redacción de
fas leyes en 1909. Pues bien; ese ante-proyecto ya en
c! primer párrafo, al definir el crimen, hace referencia
a la pena de muerte; después en el § 13 dice que la pe­
na de muerte se ejecutará por decapitación, y en el § 45
señala una pena accesoria de la de muerte. E n la par­
te especial impone la pena capital como única a todo
atentado contra la vida del emperador o de otro prínci­
pe o regente de un estado de la Confederación (§ 100),
y ya no como única sino com o conmutable cuando
haya circunstancias atenuantes, al asesinato (§ 212).
E s de notar también que, habiendo sido objeto ese
ante-proyecto de largas y empeñadas discusiones, que
$ólo se suspendieron por la guerra europea, el tema
de la pena de muerte no se discutió, al menos por los

d ts d r el C ó d ie a penal de 14 de D ic it m b r c d r IS M , y en <1 C i n l ó n d t F r i b u r g « des­


de I8S4. E s d « i r , <)u< c u in d o el p o U lic o c s p iH a l escribía <|u< la p e n i de m uerte esta­
ba ilMjIida en esos d o í CsIaJoi. eii el uno hjci3 niis de d ic eisirte aA o e que eslabi r e « -
U b le e id i y en el o tro cerca de Irece.
M i l erave es lo rcfcroile a los f s b i t o a lcm an n sue c iU e lm if iiiO ; puet aparte de
<)ue el de N a u a u no existía desde IS M , y los otros (enían la pena de muerte al menos
en virtud del C ú d ito penal de la Alemania del Norte desde 1870, hablar en IW 7 de l i
Ules o cuales Estados alemano. llenen In pena de muerte es iipioiar que Alemania tie­
ne un C W i « o penal comiin d « d t 1873.
-2 6 —

grandes penalistas, aino que todos están conformes


con ella.

§ IV

La pena de muerte en Inglaterra y Suecia desde


principios de! siglo X IX .

S u m a rlo : 43. La pena de muerte en Inglaterra a p iin cip io s del si­


g lo X JX . T c x i o d c P h i l l i p s . - 4 4 . R c'Jucc¡on«s sucesivas de la pe­
na de muerta y propueslasabolicioiiistas.de IS O S a 1861.— 45. D e ­
litos castigados con pena de m ue rte ..-4 6 . Delitos de alt^ traición:
variedad y alcance am pirsim o que tienen en Inglaterra.— 47. El
murder j h o m ic id io y lesiones calificada» que tienen aneja peda
de muerte cu dicho p i i s .— 48, La pena de muerte y los proyectos
de código penal en Succia en 1832 y 1S44. E l C ó d ig o de 1864.
Proi)osición abolicionista de 1867; su grande éxito. Idem de 1868;
sil éxito escaso.— 49. Delitos a que se aplica la pena de tnucrle en
Succia.

43. E n Ing^laferra la pena de muerte se prodigó


más que en el conMitente. A mediados del sigrio X IX
decía un penalista inglés, que era además Juez, C a w lo s
P h illip s , refiriéndose a los primeros años de ese siglo:
«N osotros ahorcábamos por todo, p o r robo del valor
de un chelín, por cinco chelines, por cuarenta chelines,
por cinco libras esterlinas, por haber corlado un ár­
b o l.— Ahorcábamos por robo de un carnero, de un ca­
ballo, de un buey o de una vaca, por m oneda falsa,
por falsedad en escritura, por brujería, por cosas que
eran y por cosas que no podían ser (1).
44. E n 1808, a propuesta del docto Jurisconsulto
R o m illv , el Parlamento derogó la le y (del tiempo de
Isabel) que imponía la pena de muerte a los que roba­
sen objetos cuyo valor excediera de un chelín (1,25 pe-
setas). E n 1810 el mismo jurisconsulto y diputado pro­
puso la derogación de la ley (del tiempo de Guiller­
mo ll[), que castigaba con la última pena el robo en

Cl) P m ii . u p s , «VacAfion thouehlson capílal puniBhmeiU*, p. 4.13. London, I9 M .


— 27 -

los comercios por valor de más de cinco chelines; pe­


ro la C ám ara no acocdió. E n 1832 se suprimió la pena
de muerte impuesta por falsificación de billetes de ban­
co y letras de cambio. E n 1840 se presentó por prime­
ra vez a la Cám ara de los Com unes, una proposición
de W . E w a r t , pidiendo la supresión de la pena de
muerte; pero aunque tuvo 93 votos, fue desechada.
Por fin desde 1861, y en virtud de la Crím inaJ Jaw
consolidation act, la pena de muerte quedó limitada a
los casos en que hoy se aplica, o poco menos.
45. H o y los delitos castigados con la pena de
muerte en la G ran Bretaña son el de piratería con v io ­
lencia contra las personas, el de alta traición y el m ur-
der, que podemos traducir por homicidio, aunque le-
g-almente, comprende algo más. E n rigor la alta trai­
ción y el TTíf/níer de las leyes inglesas son nombres
e^enéricos, bajo los cuales'.se comprenden más de veinte
delitos distintos.
46. E l delito de alta traición en Inglaterra com ­
prende los que aquí llamamos de traición, de lesa M a ­
jestad, contra las Cortes, contra la forma de gobierno,
rebelión, sedición y otros innominados, y hasta algu­
nos no previstos en nuestras leyes. E l derecho vigen­
te allí sobre esta materia está contenido en una ley de
Eduardo 111 (siglo X IV ) y otra de la reina Victoria
(siglo X IX ), que confirma y completa la anterior. S e -
^ün ellas, son culpables de alta traición los que tra­
man complot para matar al rey, o maltraiarle física-
Iflcnte, o restringir su libertad, los que por medio de
actos públicos o impresos o escritos distribuidos mues­
tran intención deque él sea muerto, mutilado, herido o
privado de su libertad, y los que suscitan guerra o
trazan plan para destronarle o privarle de parte de su
territorio. También lo son los que atacan al rey o a las
tropas que cumplen sus órdenes, o intentan violentar­
le, o intimidarle mediante sedición para que modifique
sus resoluciones o cambie de consejeros. También
— 28 —

constituye alta traición len«r comcrcio carnal (aunque


no intervenga violencia) con la eftposa del rey o con la
hija m ayor de éste, o con la esposa del hiio mayor (1)
Alta traición es también suscitar guerra contra el
rey, excitar at extranjero a invadir el reino o parte de
él, causar la guerra para alterar por la violencia o el
terror la constiruciórv del estado, hacer sedición para
influir por terror en el Parlúmcnto, malar al Canciller,
Tesorero o juez del Tribunal supremo y algún otro
delito análogo. P or todos estos delitos deben ser cas­
tigados con la muerte, no sólo los aulores, sino los
cómplices y encubridores
47. E l murder u homicidio penado con la muerte
en Inglaterra tiene tatnbién alcance más amplio que en
España. E s murder lodo homicidio intencionado, lodo
lesión que con probabilidad se sabe que ha de causar
la muerte, aunque no se intente ésta, y los actos ilega­
les que, aun sin intención de causar muerte, debe creer­
se que la producirán y la producen de hecho. También
ea murder \a \es\ón corporal urave. aunque no pro­
duzca ni deba producir la muerte, cuando es efectuada
para racilitar la perpetración de ciertos delitos, o la
fuga dcl que los comete, a saber: traición, piratería,
evasión de cárcel, rebelión contra un arresto legal,
homicidio, rapto, violación de domicilio, Incendio y
otros análogos.
48. E n 5uecia la comisión legislativa encargada
de redactar el proyecto de C ó d ig o penal en 1832 ma­
nifestó dudas sobre la legitimidad de la pena de muer­
te, y presentó dos proyectos a elegir, uno maritenien-
do la pena referida, y otro sustituyéndola por la deten­
ción perpetua; pero consultados los tribunales de justi-

(1 ) E li España n c d d i « o « t a l? a previsto o n su C A ric lrr « p t c i f i í o en c) - E s p « u -


lo* (l¡b , I I . U t. I I I p ifra íci úc in ln iJ u c c ió n v tit I V , L e y 2.*) y coa m a y o r e itcn sio n
« I las Pa rlid a s (p a r!. II. lit. X I V . Leyes 1. 3 y 4): p t io en las leyes v j^e n lcs iio isla
y direclaincTiU', y sólo rn parte está C'Am |ircnJi(l0 en (lispci<»¡<Í4»iiH
dcciráctcT mis |*mcrtl.
- 29

cía, todos estuvieron conformes en afirmar la necesi­


dad de tal pena, y lo mismo estimó aunque no sin al­
gunas vacilaciones, la comisión de! Lagr-Beredning
(o de elaboración de la ley, que en Suecia se disfingue
de la de legislación), cuyo proyecto de C ó d ig o penal
se publicó en 1844. Elevado a ley ese proyecto con
algunas reformas en 1864, la pena de que traíamos
pasó a ét, y en él sigue. Tre s años después, no obstan
te, o sea en 1867, esfuvo muy a punto de ser abolida,
merced a un miembro de la cámara popular M . & o v in ,
que presentó una proposición encaminada a ese obje­
to. Discurido el asunto ampliamente en ambas cáma­
ras, la ciencia por boca de A l m q u is t y E r ic S p a r r e ,
únicos penalistas de verdad que tomaron parte en el
debate, se pronunció en favor de la pena controverti­
da; pero a pesar de eso la proposición abolicionista
triunfó en la segunda cámara por gran mayoría (103
votos contra 53), y sólo necesitó un voto más para
triunfar en la primera, donde obtuvo 38 votos contra
59. Este fue el momento álgido del abolicionismo en
Suecia. Al afto siguiente, o sea en 186S, el mismo
B o v in reprodujo su proposición; pero ya con mucho
menos éxito; porque después de debatida, fué recha­
zada en la segunda cámara por 100 votos contra 69,
y en la primera, donde había presentado igual propo­
sición el juez H a s s e l r o t , no llegó a haber votación.
49. Los delitos a que debe aplicarse la pena capi­
tal con arreglo al referido C ó d ig o de 1864, que es el
vigente, son veintitrés, contando entre ellos, no sólo
varios delitos de traición y de lesa Majestad, sino tam­
bién el asesinato, el envenenamiento seguido de muer­
te, el incendio de casas o navios que da lugar a la
muerte de alguno, el hundimiento de barco en que
haya personas, la tentativa de naufragio con pérdida
deülguna persona, y, como más característico, la v io ­
lación seguida de muerte de la mujer o preparada con
empleo de anestésicos.
— 30 —

§V
L a pena de muerte en Qusia, FinJandia, Austria
y Hungría.

K n u tn rio : A b o lició n do hi pcii;i de niiicTtc en Rusia: su resta­


blecimiento: su ;jnipli;icióii i'ii 1832. Kl cód igo Je 184“i y revisio­
nes posteriores. I'l C ó d ijfo p iiu il de 1903. 51. A b o lic ió n de la
pena de iniicrk' cu ñ iil.iiid ia : su rcsIabIccimwMto cii el cúdigo
v ig c n t(;.-'b 2 , 5upr<;sióii <le la p «n a tle muerte cn Austria: su res-
lablccim ieiilo p a n loü delitos políticos: sil extensión a delitos
comunes. El c ó d ig o Vicente: delitos que castiga con la pena de
muerte. La ley de 1885 sobre explosivos.— 53. E l aiile-proycclo
de código penal austríaco de 1909. --S4. A b o lic ió n de la pena de
muerte cn HunRría: rcstablccim íenlo de esa pctia. t i proyecto
de C ó d . peii. de 18-13. E l C ó d . pcn. de 1878. D elitos castigados
con p. de ni. cn H u n cría .

50. E n Rusia la pena de muerte hdbía sido aboli­


da por la emperatriz Isabel Petrowna en 1754, aunque
ya no se aplicaba desde diez afíos antes; pero Tué res­
tablecida a principios del siglo X IX para los delitos
políticos y para los militares, y después cn 1832 se ex­
tendió a los infractores de las cuarenten<<s en caso de
epidemias. Estas disposiciones pasaron al C ó d ig o pe­
nal de 1845 y se mantuvieron en las revisiones de
1867, 1666 y 1885. Actualmente rige el C ó d ig o penal
de 22 de M a rzo de 1903, que contiene la pena de muer­
te (art. 18),
51. Bn Finlandia una ordenanza de 1826 abolió la
pena de muerte, conmutándola por deportación y tra­
bajo en las minas cn Siberia; pero el C ó d ig o penal
de 1889, que es el vigente, la restableció.
5 2 .' E n Austria el C ó d ig o penal de José II de 1787
habla abolido la pena capital; pero un decreto de F ra n ­
cisco II en 1795 la restableció para los delitos políticos,
y el C ó d ig o penal de 1803 la extendió a varios delitos
cotnunes como él asesinato, la falsificación de moneda,
incendio, etc. E l C ó d ig o de 1852, que es el vigente.
-5 1 -

conmina con la muerte los delitos de alta fraición. los


atentados violentos contra la propiedad que originan
muerte de hombre, el homicidio ejecutado u ordenado,
la participación en el homicidio seguida de robo y el
incendio que dé lugar a muerte o sea efecto de una
conspiración, y algún otro análogo. Por la ley de 27
de M ayo de 1885 son castigados con la pena de muer'
te los alentados contra la vida o la propiedad cometi­
dos por medio de explosivos.
53. Tam bién en Austria existe un ante-proyecto
de código penal, publicado en 1909, y que contiene la
pena de muerte.
54. E n Hungría el C ó d ig o penal de José II de
1787 debía suprimir allí también la pena de muerte; no
fue reconocido por los tribunales, por haberse dictado
sin el concurso del Parlamento; pero para los efectos
de la pena de que tratamos Tué eficaz hasta su deroga -
ción oficial en 1791. E l proyecto de código penal de
1845 suprimía la pena en cuestión; pero el código pe­
nal de 1878, que es el vigente, no siguió en esto al
proyecto dicho, y la estableció. L o s delitos a que se
aplica son los de lesa Majestad (matar o herir inten­
cionadamente al rey, según los arts. 126 y 128) y el
asesinato. C ontra lo que pudiera esperarse, el delito
de traición no es castigado con la muerte.

§ VI

Los estados que tJenen actualmente la pena de muerte.


Indicaciones.

S u m & rto : 55. Los estados ciiropcns (]iic tienen pciia de m iicrle:
rcsimicit de los estudiaílos cii lasi scccioncs aiitcriorcii a indica­
ción de los dcn iiis.— 56. Esl.idos enropeos que liuiicii pena de
muerte sólo para los m ilita n -i.— 5T. La pena de muerte en los
esíados americanos: m ención cspecijil de Q natenialii.— 58. La
pena de niuertc «n C u b a .— 59. Pena de m iie rk parn militares en
- 3 2 -
Aniérica.— 60. La |)cna Je iiiiu rti; cu Asi.i.— 01. La de muer­
te cii Africa.

55. Rebulla de lo expuesto haslá aquí que la pena


de muerte está vigenle en España, Francia, Bélgica,
varios cantones de Su iza , Alemania, inelaterra, Sue­
cia, Rusia, Finlandia. Austria y Hungría. Ahora aña­
diré por abreviar, que lambién existe esa pena en cuan­
to a Europa en Dinamarca, Luxenbur^o, Serbia, B u l­
garia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Turquía,
G re d a y el principado de M ónaco
56. Esto por lo que respecta a los criminales
comunes. Para los militares existe esa pena también en
Italia, Holanda, Confedcracidn suiza, Portugal y Ru­
mania.
57. E n Am érica, existe Ja pena de muerte para los
criminales comunes en Canadá, la m ayor parte de los
Estados Unidos anglo-am ericanos, entre ellos los de
Nueva Y o rk , California. Massachusetís, Dakofa. etc.,
varios estados de Méjico, como el de Méjico, Baja
California. Michoacan. etc., en Perú, Bolivia, Chile y
la República Argentina. E n Guatemala el C ó d ig o pe­
nal de 1377 establecía la pena de muerte; abolida esa
pena más larde, fue restablecida en Junio de 1897 para
los delitos de traición, algunos contra el derecho de
gentes, el parricidio, el asesinato y el robo con homi­
cidio.
88. E n C u b a la Coilstitución vigente (art. 14) pro­
híbe imponer pena de muerte por delitos de carácter
político; pero declara subsistentes en lo demás las
leyes anteriores mientras no se deroguen expresamen­
te; y por consiguiente sigue en vigor, por lo que aquí
nos importa, el Código pena! para tas Islas de Cuba
y Puerío Rico de 23 de M ayo de 1879. que impone la
pena de muerte a los delitos más graves contra el de­
recho de gentes (art. 151), y para Jos más graves tam­
bién de piratería (art. 154) o contra las personas (ar­
tículos 413, 414, 422 y 521).
-5 3 -

59. Para los militares existe la pena de muerte


también en la confederación de Mélico y en el Brasil.
60. E n Asia está vigente, en general, la pena de
que tratamos, pudicndo citarse com o ejemplos, Japón,
China, Ind o-C hin a, Pcrsia, S ia m , India inglesa, etc.
61. E n Africa existe la pena de muerte en Marrue­
cos, T ú n e z y Argel (posesiones francesas) Egipto ,
Abisinia, Estado independiente del C o n g o . Sudán, eíc;

^ r t ic t t x j O rr

LÜ S E S T A D O S EN QUE ilA SIDO A B O L ID A


L A P EN A DE M U E R TE

§ I
La pena de muerte y su abolición en ¡a ¡taHa moderna
S a m a r lo : 62. R azón del m étodo; p o r qué se hace tn enciór aparte
de Italia: p o r qué en ésta conviene com enzar p o r To s c a n a .—
63. Le o p o ld o de Toscan a: abolición de la pena de muerte: su
rcftablecim iento para los deillos políticos: id. para los com unes:
la dom inación franccsa; Iji restauración: la pctia d< m uerte has­
ta 1847. - 6 4 . N ue va abolición de la pena de muerte (en To s c a n a )
en 1647: nuevo restablecimiento en 1852. E l C ó d ig o penal de 1853
y la pena de m uerte.— 65. La revolución en Toscan a y la aboli­
ción de la pena capital. Agregación de Toscan a a! Fiam onte y
Tísistencia de aquélla a aceptar í l cód, penal de éste: consecucn-
cias.— 66. Estados pontiñcios; la do m in ación francesa y la restau­
ración en cuanto a la pena de muerte. El có d ig o penal de C r e -
g o rio X V I: la pena de m uerte en los tiem pos sucesivos.— 67. R « i -
n o de N áp oics: leyes penales de origen Francés. E l c ó d if o penal
de 1819 y penas de muerte que im pon ía . P érd id a de la indepen­
dencia de N áp oles e introducción del C ó d . pen. piamontés m o ­
dificado: la pena de muerte. Propuesta abolicionista.— 66. D u c a ­
d o de Parma y otros unido s: el C ó d . pen. de 1820 y la pena de
muerte: su du ración .— 69. Estados Estcnscs: sus leyes penales; el
— 34 —
C ó d . de 1855 y penas de muerte que im ponía: su d uració n ,-
70. P ia m o n k y C crdefla; sus antigiu& leyes hasta 1831: el C ó d ig o
penal de 1839 y penas de muerte que im ponía. Propuesta de la
abolición de varias de éstas.— 71. Preparación del C ó d ig o dt
1859, su relación con el de 1839. Penas de muerte que im po­
nía .— 72. El estado italiano: extensión dada al c ó d ig o penal: opo>
sición de Toscan a y después de Nápoles: resultados. C ó d ig o »
<penales> vigentes simultáneamente en la m onarquía itaiíada:
id . en los territorios que se la agregaron después. L a pena <Je
muerte en unos y otros. L o que com prende geográñca e históri­
camente Italia (n o ta ).— 73. Proyectos de cód igo penal com ú n de
M i q l i e t t i y de P iS a n e lli y su relación con la p. de m .: antece­
dentes y resultados.— 74. D iscordancia de pareceres sobre la pe­
na de muerte en Toscan a y en el resto de Italia: consecuencias.
75. Proyecto de C ó d . p e n . de M a n c i n i : los inform es de ios tri­
bunales sobre la p .d e m.: acuerdos opuestos del C ongreso y dci
S en ado.— 76. N u e vo proyecto de C ó d . pen. sin p. de m.: infor­
mes contrarios a él de la magistratura: reform a del proyecto in­
cluyendo esa pena: actitud del m inistro F a l c o : significación de
estos hechos,— 77. P royecto de C ó d . penal de V IQ Ilia n i con
p. de m .: su suerte en el Senado y en el C o n g re s o .— 78. E l pro­
yecto de C ó d . pen. de M a n c in i: circunstancias que lo frustra­
ro n .— 79. E l proyecto de C ó d . pen. de Z a n a r d e l l i : s u suerte y
la de las reform as sucesivas de S w e l l i , P e ssin a y T a ia n i: la
vuelta al p o d e r de ZA N AR D l!Li.t.— 80. E l proyecto de cód. pen. de
Zanardelli con nuevas rcfom ias; su discusión y aprobación en
con ju n to en el C ong reso y en el Senado: autorización para p ro ­
m ulgarlo com o ley. C orrecciones de d e la lk posteriores; su p ro ­
m ulgación c o m o k y : abolición de la pena de muerte c o m o resul­
tado. - 8 1 . Consecuencias de lo expuesto: los territorios de Italia
y la pena de muerte hasta I85Q: id. hasta 1890.— 82. La opinión
de los técnicos y la general de Italia sobre la p. de in.: la excep­
ción de Toscan a y lo que significa.— 83. E l m o tivo p o r qué se
ab olió la pena de m uerte; ejem plo contrario de A lem ania.—
84. La cuestión de la pena de muerte y el fracaso de los proyec­
tos de C ó d . pen. com ú n: el deseo de lle g a ra tener éste y la
transigencia con la abolición de esa pen a.-^85. Consecuencia ge­
neral de este estudio sobre Italia.

62. H ago mención apaite y más detenida de lid-


lia, no sólo por ser la única gran nación europea que
no tiene pena de muerte, sino porque la biatoria mO'
derna de esa pena y de su abolición en aquel país es
especialmente interesante e insn'uctiva, y sirve para
- 35 —

apreciar en su justo valor y si(^nificación el ejemplo


que oírece en ese punto la nación abolicionista. M as
como Italia eatuvo dividida hasta 1860 en varios esta­
dos, es menester hablar de éstos en particular. Esto
sentado, el primer estado italiano que debe llamar
nuestra atención, a pesar de su pequenez, esToscan a ;
pues ésta fue, principalmenle por su capital Florencia,
el eje y baluarte del abolicionismo lesral, y por sus uní-
versidades Pisa y Sena, especialmente la primera^
donde brillaron C a rm ig n a n i y C a r r a r a , el foco más
radiante del abolicionismo docn*inal.
65. E n Toscana, pues, el G ran Duque Pedro L e o ­
poldo, imbuido en las ideas de B g c c a ria , impuso en
1786 una ff¡forma dei/a JegifiJazione crimínale, en la
cual entre otras innovaciones ñguraba la supresión de
ja pena de muerte; pero ya en 1790, cuando fué «le va ­
do al Imperio de Austria, confesando expresamenfe
que se había engafiado, restableció la temida pena pa­
ra los delitos políticos (1 ); y en 1795 Fernando III, hijo
/sucesor de Leopoldo, la extendió a delitos comunes:
el asesinato y ciertos homicidios calificados. E s a pe­
na, aplicada a m ayor número de delitos durante la do­
minación francesa de 1799 a 1814. y reducida a sus
antiguos límites con la restauración en 1616, se con­
servó hasta 1&47.
64. E n 30 de julio de ese año el G ran Duque L e o '
poldo II, al instituir una comisión para redactar un pro­
yecto de código penal, seflaló com o una de las bases
de él la sustitución de la pena de muerte por la de cár­
cel celular; y en 11 de Octubre siguiente abolió el mis­
mo esa pena por decreto; pero la experiencia le deaen-

( t ) En un de&paeho d iri^id n i la Refreneifl «n 17 d i Junio de ITOOdeda Lw p e ld o :


«como cuando yo h í K la reforma de lis i e y « |ienal4>á de TosraTia poder tubería
de aquella manera por la Cndole dulce y pacifica de aquella nación, y conozco a h o n
que m e he cngaflado, con sumo cenlinleiila mío me v«o obligado a ordenar al Conse-
fó de regencia que (mbllquc prontamente un edicto cu que se expresen « t u m U rac(^
DC1 ... Me veo oblleado a rcaiabkccr la pena de muerte en que In cu rrlrin todos aqne-
llosque traten de sublevar el pueblo o ponerse a la cabczadcl mismo ptra coroeter
accsos y dcttlrdcncft*.
— 36 —

gañó como á su abuelo y homónimo, y en 1852 la res-


rableció otra vez, sin esperar a la promulgación del
nuevo y notable C ó d ig o penal loscano, veriflcada «n
1853. Este castigaba con la muerte el atentado contra
el soberano y el homicidio premeditado.
6&. Revolucionada Toscana contra su G ran Du­
que. para anexionarse al Piamonte y concurrir a la
formación del Reino de Italia, el gobierno provisional,
por decreto de dO de Abril de 1859, abolió otra vez la
pena capital, que ya no se volvió a establecer allí.
Agregada al Piamonte en t860, debía aceptar el códi­
go penal sardo o piamontés de 1859,que contenía la pe­
na de muerte; pero se resistió a hacerlo y conservó sus
I«yc8 penales propias hasta la promulgación dcl Códi­
g o pena] italiano de 30 de Junio de 1889 vigente todavía.
66. Estados Pontificios. C a íd o s bajo la domina­
ción francesa en 1799, (com o los otros estados de
Italia) al recobrar su libertad en 1814 volvieron a sus
antiguas leyes, que contenían la pena de muerte como
las francesas; pero no aplicada exactamente a los mis­
mos delitos. E n 1832 el papa G regorio X V I promulgó
un ÍPegolemenío dei deJiftJ e deJ/e pene, que es un
verdadero C ó d ig o penal, que estaba calcado sobre el
de Parma de 1820, y contenía la pena de muerte, la
cual subsistió allí con aplicaciones algo distintas des­
de la cesación del poder temporal del Papa y conai-
gulente introducción (íel C ó d ig o penal sardo en 1870;
pero subsistió al fln, hasta el advenimiento del Código
penal Italiano, de que he hablado antes.
67. Reino de Ñapóles o de las D os Sicilia». En
este reino, aun después de cesar la dominación fran­
cesa, continuaron vigentes las leyes penales importa­
das por ella, hasta que en 1819 se publicó un C ó d ig o
penal, que A u m b n a califica de «monumento de la C ie n '
cía y la Jurisprudencia italiana», <1), y que establecía

(I) V ta e LetlslaíM n penal comparada p u b lic id i r » r . r x A N Z v O N LISZ T.


— 57 —

la pena de muerte para los delitos de traición y de lesa


Majestad en forma semejante al código francés de
1810, y para los casos más graves de asesinato, en lo
que era más blando que dicho código. Ese código de
1A19 rigió hasta Febrero de 1861, en que, ya perdida
la independencia de Ñapóles desde Octuhre anterior,
un decreto puso en vigo r allí el código piamontés con
algunas modificaciones dictadas exclusivamente para
la región napolitana; pero la pena de muerte persistió
en Nápoles y Sicilia hasta el repetido código de 1889.
En 1848, durante el breve período revolucionario, se
había propuesto al Parlamento la abolición de la pena
indicada, pero sin éxito.
68. Ducado de Psrm a y unidos Plasencia y C u a s -
talla. E n este país se prom ulgó en 1820 un código pe­
nal, que en cuanto a la pena de muerte com o en ofiftis
cosas seguía al código napolitano. Este códigKnitWó
hasta la introducción del código piamontéá ei{^1860.
69. E n el ducado de Módena y terffli^fisf^aifíífÓs,
o sea en los estados Estenses,
anexión a Francia de 1796 a l 8 ^ A ^ í g > l f i q 9 Í > M l l ^ n
penal tradicional (que c o n te ^ ^ fS
ta el C ó d ig o de 1855.^>Bj#e, ^ í ^ o ^ p l ^ d f ^ d r M f l t e
sobre el sardo y einaL'^ti«f610Í%TiSWBSíTIMfpfeiflP:ye
muerte para v a p f^ ^ ^ te ^ rd ((c d l^ líá ^ b c m o «^fíirrW IBio
y asesinatoJiP, éfl9WayW%se§lappaW>ISS ífem58q|?&lí-
ticos. Bsftbc©aigfSíígí(^BÍiíftíni^ifl(tóeaefPÍi5fl«]|Pal
Piam^wfepfih^rt^. olbl'jinDq b .n s ) Isst
.jiny^obgH JaiW flB ^ y
X5c¥itóri#i4i«dr‘S ^ '¥ í ' KiáfiJ^iePfee
^ a f e f l | a 'Í H » f c í ^ ¿ ^ ^ í « ^ r t í ^ . ^ l 'S é ^ f e í % ’aaiflfti0JÍÍ6n
bíiübala Is ,{! .ri cr.) .r!& )b ih ivs o basism noa oito
36i..<)tiiBíniciá>iiriiiilika>^tnifiiieitMjiRi>íi!t}>nibaüiü.iiW 3D:.Qiái¿iiaat dr
eoíjtjíjlsijij noD abejuasis l3q iIP
' H e ü c .Id v é rlir, >‘d «iiiF c lTa t iA ( ^ r n , q U í «tt g M í r A l e i
,(155 b
«ti 10 re f« -

poco iJi^aa¡nS(e^o Dreve, snína qu« es su^m^c^íy


iB»m H ᣠ^ i|itaiiá t», ai^fiiiH ilísbifuu]
- 3 3 -

francesd en 1814, el Piíimonte volvió a sus antigfuas


leyes, las llamadas Constituciones del Piámonie y que
rigieron integramenre hasta 1831, en que fueron modi-
flcadas con la supresión o reducción de algunas penas.
E n 1839 se publicó el C ó d ig o penal de estas regiones,
inspirado en el francés de 1810 y en algunos italianas
singularmente el de Parma. £ n él eran castigados con
la pena de muerte los delitos más graves contra la re­
ligión del Estado (la Católica), no pocos delitos políti­
cos, el parricidio y el envenenamiento aun frustrados,
el asesinato, el incendio de casa habitada, íiunque no
haya causado muerte ni herida grave, la reincidencia,
aun la primera en los delitos castigados con trabajos
forzudos a perpetuidad y algún otro. E n Abril de 18S7
una propuesta para la supresión de varias de las penas
capitales contenidas en ese código fue votada por la
cámara de diputados; pero no llegó a ser ley.
71. Después de once años de frabalos preparato­
rios, el gobierno de Victor Manuel, investido de pode­
res extraordinarios por la ley de 31 de Abril de 18&9,
prom ulgó a 13 de Noviembre del mismo ano un nuevo
C ó d ig o penal, que estaba llamado a regir en la mayor
parte de Italia. Estaba calcado sobre el de 1839; pero
con Importantes reformas, y entre ellas, por ser las
que aquf nos interesan, la reducción de los casos
de pena de muerte a los siguientes: atentado contra
el t ^ (arr. 159) o contra los miembros de la familia
real (art. 154), el parricidio incluso de los padres adop-
tiv o » (arts. 523 y 531), el homicidio premeditado (artícu­
los 256 y 531), el cometido por maldad brutal (sin mo­
tivo apreciable) (art. 533), el perpetrado por mandato de
otro con merced o sin ella (art. 653 n. 1), el efectuado
traidora o insidiosamente o con asechanzas (arts. 526
a 651). el ejecutado con crueldades graves (art. 351) o
realizado para facilitar o cometer otro crimen o el de-
lito de hurto o para favorecer la fuga o asegurar la im­
punidad propia o ajena (art. 533 n 2), y el que es medio
— 59 —

o consecuencia inmediata del delito de rebelión, o con­


secuencia de violencias o tormentos contra una perso­
na arbitrariamente detenida o secuestrada, o de golpes o
heridas causadas a funcionarios judiciales o adminis­
trativos. jurados o agentes de la fuerza pública en el
ejercicio de sus cargos o con ocasión de ellos (ari. 559
combinado con el 203 y 265), el envenenamiento sea
rápido o lento (art. 524) y el incendio que diese lugar
a la muerte de alguno cuando esto pudo ser previsto
(arts. 650 a 655), la explosión en el mismo caso (a r­
tículo 656) y la inundación (art. 659). Tam bién eran
casrigados con la muerte la corrupción del juez y la
calumnia que produzcan una condena a muerte que se
haya ejecutado (arts. 232 y 375 a 379).
72. Form ado el estado italiaho en ese mismo alio
de 1859 y siguiente bajo la dirección del gobierno de
Piamonte y Cerdeíta, el código plamontés o sardo,
que con esos dos nombres se le conoce, debía exfen'
derse a los territorios anexionados o unidos; y en efeC'
to, en virtud de varios decretos de Noviem bre y D i '
ciembre del mismo año de 1859. se fue extendleitdo a
los países (sometidos) del Norte y centro de Italia, m e'
nos To sca n a , que se opuso precisamente por contener
ese código la pena de muerte, y consiguió conservar
el suyo propio. Anexionados también Nápoles y S ic i­
lia en Octubre de 1860, se resistieron, no obstante, a
admitir el código sardo, por estimar que el suyo de
1819 era superior a él; y aunque lo recibieron al fin
Nápoles en 18 de feb re ro de 1861 y Sicilia en 30 de
Junio del mismo año, fue con las reformas hechas ex­
clusivamente para esos países, según se dijo ya. Que­
daron, pues, vigentes en el reino de Víctor Manuel el
código sardo italiano de 1859, el toscano de 1853 y el
sardo-napolitano de 1861. Fuera de esto quedaban en
lo que hoy constituye la monarquía italiana los Esta­
dos pontificios, es decir, una parte de ellos con Roma
su capital; pues la Romana se había unido también al
-4 0 —

Pidmonte en 1S59, y el Véneto: los primeros someti­


dos al Papa, su rey leg:ftimo, hasta Septiembre de 1870,
conservaron el C ó d ig o penal gregoriano hasfa poco
después, esto es, hasta el 27 de Noviembre de ese ano.
E l Véneto, desprendido de Austria y unido al reino de
Italia en 1866, continuó sin embargo rigiéndose por el
C ó d ig o penal austriaco, aunque con alguna modifica­
ción, hasta M arzo de 1871. Mas con unos y otros có­
digos la pena de muerte se mantuvo (hasta 1890) en
todo lo que hoy forma el estado italiano menos T o s -
cana (1).
73. A finca de 1862 el ministro de Gracia y Justi­
cia de Italia M io LtE m presentó un proyecto de código
penal común, que era el mismo sardo de 1859 con
algunas de ,las reformas que habían sido hechas para
las regiones de Nápoles y Sicilia, y que contenía por
tanto la pena de muerte com o sus modelos. Este pro­
yecto no fué aprobado. Al año siguiente el ministro
PiSANELLi nombró una comisión para preparar un pro­
yecto de C ó d ig o penal, como en efecto se hizo, y en
ese proyecto se mantenía la pena de muerte, pero se
disminuían los casos de su aplicación. Al mismo tiem­
po otra comisión nombrada por el ministro del Interior
para la reforma de las prisiones proponía la abolición
de la pena de muerte: y el ministro, aprovechando los
trabajos de las dos comisiones y con la colaboración
del jurisconsulto F a l c o presentó en ese mismo alto
de 1865 un proyecto de Libro i del código con la abo-
lición referida. Ese proyecto, por haber caído el minis­
terio que lo autorizaba, no llegó a discutirse.
74. E n tanto es de notar que mientras en la peque-

(I) D ig o toda la quü hoy forma el u t id o ila li> na > (menas T o i u n i ) , y un pr*-
clsaniaite « i l U l i i : porque cala e c o jr Hca.i:liislúc¡c«inc]i‘ c coinpicnde más, esto C3,
comprcndc, no c1 Trcn tin o quclos ílalianos I r K in d c conquistac ahora injusta f t r ii-
doramenti, pero, si. la Kcpública de S in M ir illa y el principado d t MAnaco, que son
lD depcndient«, la Saboyay la isla de q u « » U n saniotidas a l'rancla, y M alla
qaecsUdom inada p ar InglalLTra itndi- p r i n c i p i » dcl » e l u X IX , y a p c u r dcl Irila d o
do A m i a » de ¡802.
- 41 —

na región de Toscana, sin duda por vanidad regional,


parecían lodos unánimcB en rechazar la pena de muer­
te, en el resto de Italia, lo mismo al Norte que al M e­
diodía, predominaban visiblemeníe los partidarios de
esa pena, como reconoce el mismo P e ssin a , adversa­
rio de ella (1) Consecuencia de esa división de los
ánimos fue <rue ti gobierno no se atrevió a re solver de
tal suerte que, habiendo presentado a la C ám ara de
diputados en Noviembre de 1864 un proyecto de ley
j>ara uniformar la legislación en toda la monarquía, y
habiendo sido autorizado para ello en Abril siguiente,
lo mismo el proyecto que la autorización se refirieron
a todos los códigos menos al penal.
75. E n 1865 una proposición de M a n c i n i al C o n ­
greso de diputados para que se impusiese a rodas las
provincias italianas el C ó d ig o penal sardo de 1859
con varías modificaciones secundarias y con la más
radical de la supresión de la pena de muerte dió lugar
a una discusión larga y brillante sobre esa pena. C o n
tal motivo se consultó a ios tribunales sobre c í asunto,
y la mayor parte informaron contra la supresión, de­
clarándola peligrosa para el orden social. Esto, no obs­
tante, el Congreso en 13 de M a yo dcl mismo aflo
acordó la supresión propuesta por 150 votos contra 81.
El Senado, en cambio, votó que se extendiese, en efec­
to. a todas las provincias el código de 1859, pero sin
excluir la pena de muerte que él contenía, y ninguno de
los acuerdos por ser disconformes pudo llevarse a
cabo.
76. Nom brada poco más tarde una comisión para
preparar un nuevo proyecto de código penal común,
ésta lo presentó al gobierno en M a yo de 1868, exclu­
yendo la pena de muerte. Consultada de nuevo la ma­
gistratura y además el Consejo de Estado, una y otro
por gran mayoría informaron en favor de la discutida

(I) PESSINA., O p . cit.. C a p o V I^ p lg . 038.


-4 2 -

pena; por lo cual el minisíro de justicia P ir o n ti, en


Septiembre de 1869, nombró nueva comisión para que
formase un proyecto, en que se tuviesen en cuenta los
informes recibidos, y ésta asf lo hizo, en efecto, inclu­
yendo consig'utentemente en el nuevo proyecto la pena
de que tratamos. N o a gra d ó esto al nuevo ministro De
F a l c o , y no presentó el proyecto de esa comisión, sino
que trató de componer él otro, que quedó incompleto
por haber salido del ministerio en 1875. C o m o se ve,
en esta época mientras loa políticos, com o más popu­
lacheros y menos conscientes, se manifestaban con­
trarios a la pena capital, los técnicos y los prácticos se
mostraban partidarios de ella.
77. E n 1874 el ministro de justicia V io u a n i dió a
luz un nuevo proyecto de Códigfo penal, que contenia
la pena de muerte, y que envió en consulta a los tribu­
nales y a las Facultades de Derecho de Italia, presen­
tándolo luego en 24 de Febrero de dicho affo at Sena­
do, el cual lo aprobó en 25 de M ayo después de haber­
lo discutido doctamente. Presentado luego esc proyec­
to ol C ongreso de los diputados y nombrada una co­
misión para informar acerca de él, antes que lo hicie­
ra cayó el ministerio. Elevado entonces al ministerio
de Justicia el distinguido penalista M a n c in i, de quieu
ya he hablado antes, éste propuso una serie de
miendas al proyecto de su antecesor, y lo mandó a la
misma comisión nombrada, la cual había pensado pro­
poner la abolición de la pena que tanto dividía los áni­
mos cuando fue disueita la Cám ara.
78. Entonces el mismo M ancini se propuso com­
poner un nuevo proyecto de C ó d ig o penal, y hecho el
libro primero, en que iba excluida la pena de muerte,
como era de esperar dados sus antecedentes, lo presen­
tó a la Cám ara popular en Noviem bre de 1876 junta­
mente con una docta exposición de motivos, y la cá­
mara, después de discutirlo, lo aprobó en 7 de Diciem­
bre de 1877; pero como de esta suerte vino a haber
— 4Ó-

dos proyectos, uno el de V io lia n i aprobado por cl S e ­


nado y otro cl de M ancini aprobado por el C ongreso,
y el primero con pena de muerte y el secundo sin ella»
ninguno de los dos pudo prevalecer.
79. Después de varios ministros que se limitaron
a hacer consultas y pedir informes sobre cl proyecto
de M ancini, presentó Z a n a r d e lli en 1883 un nuevo pro­
yecto de C ó d ig o penal, en el que quedaba excluida la
pena cuya adopción o eliminación tanto se debatía, y
tanto dificultaba la implantación de un código penal
común. Este proyecto cuyo autor no pudo presentar al
Parlamento, por haber salido del ministerio en M ayo
de aquel ano, fué ligeramente modificado por ei nuevo
ministro S a v e l l i y presentado a la Cám ara de diputa­
dos en Noviem bre del mismo año de 1883. C aído S a -
VELU en ese mismo mes, su sucesor el ilustre penalista
PessiNA introdujo a su vez reformas en el proyecto, y
lo presentó al Congreso en Enero de 1885. C a íd o tam­
bién P e s s in a , aln que el proyecto se discutiese, su su­
cesor Ta ia n i introdujo a su vez modificaciones en él;
y cuando el Congreso se disponía a discutirlo en 1887,
subió de nuevo al ministerio de Justicia el autor primero
del proyecto, el ya citado Z a n a r d e lli.
80. Por fin, después de tantos proyectos frustra­
dos, Z a n a r d e l l i comenzó por reformar su proyecto de
1885, pero insistiendo en la supresión de la pena de
muerte, y lo presentó al Congreso en 22 de N o vie m ­
bre de 1887; y para evitar discusiones prolijas, que
frustrarían el proyecto como tantos otros, pidió que se
discutiese y aprobase en conjunto, y se facultase al
gobierno para publicarlo como ley, siendo de cuenta
del mismo gobierno cl introducir las reformas de deta­
lle que convinieran, en vísta de las opiniones emiti­
das en la discusión; y en efecto el Congreso, después
de nombrar una comisión que informase y de algunos
días de discusión^ aprobó el proyecto tal como se pe­
día en 9 de Junio de 1888 por 245 votos contra 67. E n
— 44 —

14 del mismo mes de Junio el proyecto Tué presentado


al Senado, también para que lo juzgase y aprobase en
conjunto, y asi lo hizo, aprobándolo por 101 votos
contra 35 en 17 de Noviembre siguiente.
Sancionado ese acuerdo y promulgado com o ley
cinco días después, o sea el 22, nombró luego el go­
bierno la comisión que había de hacer en el código las
correcciones de detalle necesarias (1); y verificadas
estas, un H. Decreto de 30 de Junio de 1889 aprobó
definitivamente el código en cuestión, disponiendo que
empezase a regir en 1 de Enero siguiente. Desde esa
fecha quedó abolida de derecho la pena de muerte en
toda la monarquía italiana (2).
81. D e lo aquí consignado respecto a Italia se in
flere: 1.'', que salvo las dos breves interrupciones que
antes había tenido la pena de muerte en el ducado de
Toscana, hasta 1859 al comenzar la revolución que
produjo la Incompleta unidad italiana, existió la pena
de muerte en todos los estados o territorios que hoy
constituyen el reino de Italia, inclusa la misma To s c a -
na. Puédese aftadir que también existía en esa fecha
en los territorios italianos que siguen separados del
reino, por estar sometidos a Francia, como S a b oya y
C órcega, o a Inglaterra como Malta, o p or haber con­
servado 3u independencia como M ónaco y S a n M ari­
no. Aun en ese m ismo atlo de 1859 y siguiente habien­
do la revolución invadido paralela, pero no confusa­
mente, la m ayor parte de los estados de aquella penín­
sula, constituyendo gobiernos provisionales en cada
uno, a pesar del afán de novedades y de la impetuosi­
dad y precipitación para imponerlas, que distingue a
las revoluciones, sólo al goÑerno provisional del pe
qucflo estado de Toscana se le ocurrió abolir la pena

(n Entre los miembros de esa comisión se contaban los dislinfpiídos p e n A t a s


PESSIKA. C A N O M C O . ELI.rHU, ÜKUSA. y U .C H IN I.
<2) D ig o en la monarquía italiana, y n o m llalia.; porque en esta j t U M W K o ,
que tiene pena de muerte, y aun podriamcK clctir Saboya, Córccga v Malta, que li m
MdiIiUcnai. . Ob V nj> 6I&
-4 5 -

de muerte, quedando esa pena subsistente en lodo el


resto de la Italia unificada (y en los territorios que se
unieron después) hasta 1890.
82. 2 ." Que la opinión de los tribunales de Italia
en general, es decir, la de los verdaderos técnicos y
prácticos de ese país, la del pueblo de la m ayor parte
de ella y la del mismo Parlamento manifestada en va-
rías ocdsiones era favorable a la pena de muerte, y
que. aparte de individualidades aisladas, que nunca
deja de haber hasta para los mayores desatinos, o p o '
sici6n social y colectiva a la indicada pena sólo se
hizo en Toscana, y esto por la vanidad de mantener
su innovación regional, de imponerla a Jos demás y
de afectar mayor adelantamiento social y delicadeza
de costumbres, como si se significara esc adelanta­
miento y delicadeza con la inexistencia de la pena de
muerte, y no más bien con la inexistencia de hombrea
que merezcan esa pena.
83. 5.° Q ue en rigor sólo se abolió la pena de
muerte por complacer a Toscana, dando a esa región
una importancia y ascendiente que nada justifica, y
cediendo la mayoría a una minoría pequeña, en vez de
seguir el ejemplo de Alemania, Honde había no uno
sino cuah-o estados abolicionistas cuando se hizo la
Confederación, y esto no fue obstáculo para que se
impusiera a esos estados com o a los demás un códi­
go penal común, que contenía la pena discutida.
84. 4.‘^ Q ue sólo merced a las controversias sus­
citadas por la minoría adversaria de la pena de que
tratamos tardó Italia, estado unitario y centralista,
treinta aflos desde su unificación en tener un código
penal común y digno de los tiempos a que se había
llegado, mientras Alem ania, que es una confederación,
tuvo ya código penal común al año siguiente de reali­
zar su unidad. E l deseo, pues, de tener al fin un códi­
go penal común y moderno, el ejemplo de tantos pro­
yectos fracasados y el cansancio de una lucha que d e
— 46 —

otro m od o no terminarra fue lo que indujo a los partí-


darlos de la pena de muerte a callarse y a consentir
parte de ellos que se aprobase el có d ig o abolicionista
de Z a n a r d e lli, y de la m anera precipitada y poco
constitucional que se hizo.
85. T o d o lo cual muestra que la abolición de la
pena de muerte en Italia no fué efecto de una aspira­
ción popular general, ni de la convicción de las clases
directoras, sino fruto de un acomodamiento, en que
una mayoría transigente condescendió por amor a la
paz con una minoría irreductible.

§ II
Oíros estados que han abolido la pena de muerte.
Indicaciones,
S iB k rlo ; SO. R »z6 n d«1 p la n .— 87. Portugal: el Códí^ro de 18^2 y
1.1 pena de muerte: la abolición de esa p e n a .^ 8 8 . H olan da: d
C ó d . pcn. de 1809: introducción del Derecho francés: la aboli­
ción de la p. de m. E l C ó d ig o penal vigente.— 39. N oru ega : el
C ó d . pen. de 1S42 y la p . de m.: leyes posteriores. El C ó d ig o p e ­
nal de 1902.— 90. República de S. M a rino: los Estatuios antiguos:
el C A d . pen. de I8Ó5.— 91. Rumania- $u$ leyes penales hasta IS64.
E l C ó d . pen. de ese *año. La Constitu ción de 1866 y 1 8 8 4 .^
92. C onfederación suiza: cantones en que se halla abolida la pe­
na. capital. E l proyecto de restablecimiento de £sta en Z u ric h .—
93. L o s estados norteamericanos ^u e abolieron la p . de m. E l
estado de V e ra c n a U a v e en M é jico.— 94. L a abolición de esa
pena en H ond u ras: id. en Costa l^ica.— 95. La abolició n en C o ­
lom bia: id . en Venezuela.— 96. A b o lic ió n de la p. de m . en Brasil:
id. en U ru g u a y .— 97. Consecuencia general.— 98. O bservación
sobre este estudio históTico-iurídico.

86. P o r no alargar este estudio con exceso y sin


provecho proporcionado: pues la historia de la aboli­
ción de la pena de muerte en otros estados no despier*
ta el interés ni encierra las enseñanzas'que encierra la
historia de esa abolición en Italia, me limito a hacer laa
breves Indicaciones que verá el lector sobre esos otros
estados en que la pena de muerte se halla abolida.
— 47 —

87. Portugrai. E l primer código penal Independíen­


le que tuvo el entonces reino lusitano fue el de 1852,
que contenía la pena de muerte. La ley de 14 de Junio
de 1884 abolió esa pena, y el C ó d ig o penal de 16 de
Septiembre de 1886, que es el vigente, mantuvo la
abolición.
88. Holanda. Este estado tuvo ya código penal
propio en 1809, y en él incluida la pena de muerte.
Sometido después a Francia, tuvo que aceptar en 1811
el código francés de 1810 (que también contenía la pe­
na indicada, com o es sabido); y aunque recobró su in­
dependencia en 1815, la legislación penal francesa,
aunque con varias y sucesivas modificaciones, conti­
nuó rigiendo hasta la promulgación del C ó d ig o penal
vigente. Entre esas modificaciones la importante para
nuestro úbfeto fué la supresión de la pena capital
en 1870. E l código penal aprobado por las cortes
de 1881 y puesto en vigo r por la ley de 15 de Abril
de 1886, y que es el vigente, vino a confirmar la abo­
lición.
89. Noruega. E l código penal noruego de 1842
establecía la pena de muerte como única en varios dc-
'litos. Después, p or leyes de 1866 y 1874, perdió la tal
pena su carácter exclusivo, pudicndo los tribunales
sustituirla por la de trabajos forzados perpetuos cuan­
do haya circunstancias atenuantes. E l código penal de
22 de M a yo de 1902, que empezó a regir en 1.® de
Enero de 1905, suprimió esa pena, que desde muchos
anos antes no se aplicaba.
90. República de 5 . M arino. Rigióse esta repúbli­
ca por sus antiguos Bsta/u/os, que contenían la pena
de muerte, hasta 1865. F n 15 de Septiembre de esc
dfio se prom ulgó un C ó d ig o penal, que había redacta­
do el distinguido criminalista Z u p p e ta , profesor de
Nápoles, aunque después fué corregido algo, y en ese
código, que es el vigente, se omitió la pena referida.
91. Rumania. Sometida al poder y a las leyes tur­
— 48 -

cas hasfa 1858, en que adquirió autonomía (merced a


las potencias signatarias del rratado de París), tuvo
consig-uientemente pena de muerte hasta enronces, y
aun después continuó teniéndola hasta 1864. E n 50 de
Octubre de ese año se prom ulgó un código penal, que
aunque ¡miración en general del francés y algo del pru­
siano, se aparta de ambos en excluir la pena de muerte.
La Constitución de 1866 revisada en Junio de 1S84 en
su arf. 18 prohíbe establecer la pena de muerte fuera
de los casos previstos por el código penal militar.
92. E n cuanto a la Confederación suiza, la pena
de muerte se halla abolida en el cantón y estado de
Berna en virtud del C ó d . penal de 1866; en el de G ine­
bra conforme al suyo de 1875; en los dos estados del
de Basilea, o sea en Basilea-ciudad y Basilea campiña
por códigos penales del mismo año de 1873; en el de
ZurLch por el suyo de 1871, y en los de Unterwaiden
inferior, C la ris, Soleurc, Appenzell exterior, los tres
estados de los Grisones, A rg o via , Th u rg o via , Tesino,
Vaud y Neufchatcl. S o n , pues, 17 los estados suizos
abolicionistas (1). E s de notar que el cantón de Zurich
estuvo a punto de restablecer la pena de muerte tam­
bién; pues sometido el asunto a votación popular o'
referendum en 27 de M ayo de 1883, 28.394 votos se
pronunciaron en favor de esa pena, y 25.254 en con­
tra; pero al presentarse el proyecto de ley, que debía
dar forma a lo acordado, sin duda por defectos de
detalle, el nuevo referendum lo rechazó.
93. E n América han abolido la pena de muerte el
estado norteamericano de M ichigan en 1847, el de

(I) Awfiqiic $Melen c o n tir M c a n t o n « e n Sníra, )c$ csUdos O repiSblkts


allt h tys o n 27; pues «n los cantones de Appenzell, Basilea y U n lrr-rild e ii h af dos
repúblicas en cada uno, y en el de los Qrísones hay tres. Y esto es tanto m is de nolar
■í^uí. cuanto qoe en el cantón de Apf>enzell nno úe lof estados llene pena de muerte
Y otro no, y lo mismo sucede en el de U n l^rva td e n .
PoT lo demis, como la de canMn no es denominación geogriflca ni einográfica
sino poUtíca. habiendo 27 estados confederados en Suiza, quiéranlo o no, hay 21 can­
tones.
- 49-

Rhode-lsland en 1852 y ei de Wisconsin en 1853. S e ­


gún H u q o C o n t i , fatnbién está abolida esa pena en el
estado de M aine<1). De los Estados Mejicanos en el de
Vcracruz Llave la Constitución de 1902 (art. 12) dccla-
ra.abolida en el eslado la pena capital.
94. E n Honduras la Constitución de 1894 (arf. 27)
declara absolutamente abolida la pena de muerte; y
consiguientemente el código penal de 1698, vigente
desde 1.° de Enero de 1899, en su art. 24, al seAalar
las penas, no incluye la de muerte. E n C o sta Rica el
código penal de 1541 contenía la pena capital; pero en
27 de Abril de 1880 se promulgó un nuevo código,
que está vigente todavía, y en el que aparece excluida
esa pena. Actualmente existe allí un proyecto de c ó d i'
go penal redactado por el Presidente del tribunal sU '
premo de la nación, A s t ú a A c u il a d , y presentado al
ministerio de Justicia en 1910; pero en él se mantiene
la exclusión de la pena indicada.
95. E n Colom bia la pena capital fué abolida en
1864. E n Venezuela el código penal de 14 de M a yo
de 1397, vigente desde 20 de Febrero de 1898, en su
art. 7 fija las penas sin mencionar la de muerte.
96. E n Brasil la Constitución de 1891, en su ar*
ticulo 21, prohíbe la pena de muerte; pero ya antes el
C ó d ig o penal de 11 de Octubre de 1890 en su art. 43
excluía indirectamente la pena indicada. E n el U ruguay
ha sido suprimida la pena de muerte en lo civil y en
lo militar por ley de 21 de Septiembre de 1907.
97 C o m o se ve, aun en Am érica, pero sobre todo
en Europa, no sólo son muchos más los estados que
mantienen la pena de muerte que los que la han aboli­
do, sino que la tendencia moderna es cada vez más
favorable a la conservación o restablecimiento de esa
pena.

(I) C O K T I ' L l p en i < il sist«in> pcnalc dcl cndice ila liin o », en 1« Encíclepedii
titula, vol. IV, pl£. *4-
-ao —
98 E l estudio histórico de la pena de muerte en e
;orden legal, desde que se inició la corriente abolicio-
nisia prom ovida por B e cca ria . haata ahora, y lo mis­
m o en los estados que mantienen hoy esa pena, que
en los que al fin la abolieron, a pesar del interés que
ofrece para el lurista y de las enseñanzas que encierra
<para todos, no se había hecho ha&ta ahora, que yo se-
p a, ni en conjunto, ni siquiera en particular respecto
a cada uno de los estados, si se exceptúa lo que
acerca de Suecia, su patria, dijo O u v e c h o n a (1 ). Por
:esta razón, teniendo que hacer un estudio nuevo y sin
^precedentes aprcciables, y consultar muchos textos
riegales y semilegales de difícil hallazg^o. es posible
.que se haya escapado a mi diligencia algún hecho, que
convendría citar dentro de mi plan; pero seguramente
llio serán muchos, ni de los más importantes, los que
encuentren en ese caso.

<3) O l i v e c r o n * , «D e la peine de m n rl... avcc un rapporl .i I' /lu d tm ic doi


t t i o i o i n e n lc g et polltiqiics- par M . O í . L u c a s . Cha|iitrn I « 11, p igs. l i el
tu lv . Tíjriu c U o n fívue ( t íp p rW 'ii: p»r 1’ \u lo u í. t’atis |86B,
C A P ÍT U L O S E G U N D O

La controversia sobra la pena de muerte en el orden doctrinal

99. Qazón del método. Habiendo Irafado en el ca­


pitulo anterior de los esfuerzos realizados y éxitos con­
seguidos en el orden legislativo, y scgijn los casos,
por los parfidarios y adversarios de la pena de muerte,
vamos a tratar ahora de las controversias sobre esa
pena en el orden doctrinal; pero como entre los adver­
sarios indicados, y aun entre los partidarios también,
hay clases que importa distinguir, n-ataré én el primer
artículo de unos y otros en su aspecto genérico y extér;
no, y en el segundo de las diversas clases y géneros
teóricos que entre ellos existen.

• A je T ÍO -c r x -O I

! ADVERSARIOS Y PARTIDARIOS DH. LA PENA DE MUERTE -


CONSIDERADOS EN SU
ASPECTO GENÉKICX) E HISTORLX EXTERNA '

§ i
Adversarios docirínales de le pena de muerte
entes de Beccarfa.
¡ lu n a r io : 100. E rro r de considerar 3 B e c c a r i a c o m o el p rim c rq
que’ com batió la pena de muerte. A dversarios antiguos de esa
pena en el orden legal y doctrinal. — 101. Los W aldcnáes y la pena
de muerte: ierritorios que invadió la secta: su fusión m is larde con
— 52 —
los calvinistas; Ins H u g o iio lts y la p tna capital. 1<>2. Lo s Ana-
baplistas t n ím ig O i d t ia pena de muerte. L o i o riK cncj de la sec­
ta: IcrrUorios a que se extendió. A ctitud de Z U IN O L IO y dcl C o n ­
sejo de Suiza: conscciicncias.— 103. Inconsecuencia de los ana­
baptistas cu cuanto a la p. de m.: su conducta en Miiuster: loma
de esta ciudad: o lin c ió n del anabaptismo cn W csLU Iia.— 104. La
se d a sociniana; sus orígenes: L k li o S o c i n o : F a u s t o S o c in o :
sus doctrinas teológicas. Piifses en que se propaRÓ la s.ecl.i. C o n ­
denación de la misma en Polonia: consecuencias. — 105. Fscrito-
res socinianos que im pugnaron In pena de muerte: carácter y va­
lor de sus .niKiimentos; inm erecido o lvid o en q u t cayeron.—
106. C o nseciitncia de iilgm ios hechos clt.idos: eficacia ejemplar
de la pena do inuorlo. -107. O tro s enemigos de la p, de ni.: B o ­
yardo: R o .m h o l ’ t RotlERHhE-TS. — 103. O tro s adversarios de la
pena capital: F r . M a r t i n S a r m i e n t o : argum ento que empleó.
El austríaco SOSNF.NFF.LS,

100. N o rué B e c c a r i a , como se cree comunmen­


te, ni fueron publicistas del siglo X V III, los que prime­
ro impugnaron la legitimidad de la pena de muerte.
Prescindiendo de los legisladores que, ya alguno en
la E d a d antig^ua y muchos en la Edad media, suprimie­
ron esa pena en sus códigos, ya que no podemos ase­
gurar, ni siquiera es probable, que hayan obrado así
por entender que esa pena fuese ilegítima, y no más
bien por estimar que era menos conveniente en sus
tiempos y lugares, es lo cierto que, aun en el orden
doctrinal y de los principios, tuvo la pena capital
adversarios e impugnadores por lo menos desde la
Ed a d media, y no sólo individualidades aisladas, sino
sectas y banderías.
101. L o s Waldenses, secta heterodoxa fundada
T»or P e d r o d e V a u x o W a l d o , rico vecino de L yo n . a
fines del siglo X il, interpretando literalmente algunas
palabras de la Sagrada Escritura, proclamaron que no
era lícito imponer la pena de muerte. Bsta secta, que su­
primía e| sacerdocio y todas las ceremonias del culto,
durante los siglos Xltl y X I V se extendió por el sur de
Francia, el norte de Italia, (la Lombardfa y el Piam on-
te), Su iza y el oeste de Alemania, llegando a penetrar
— 53 —

también en España, donde ta persiguió y anuló A]fon-'


so II de Aragón. E n el sig-lo X V I los Waldenses fran­
ceses se fundieron con los calvinistas, y entonces de­
bieron abandonar su doctrina sobre la p«na de muerre;
pues los Hugonotes franceses, que fueron el resultado
de esa fusión, eran, lo m ism o que su maestro C a lv in o ,
partidarios teóricos y prácticos de semejante pena.
102. E n el siglo X V I los anabaptistas, sectarios
desprendidos del Luteranism oa poco de surgir éste, pe­
ro muy enemigos de él, fueron tod os adversarios de la
pena de muerte, aunque comunmente también lo fueron
de toda pena y de toda autoridad política. S u fundador
o primer jefe fue el patíero N ic o lá s S t o r c h , discípulo
de L u te b o , que dogmatizó primero en Witenberg, la
cuna del Luteranismo, y luego en Zwickau, donde titu­
lándose profeta eligió doce apóstoles y setenta y dos
discípulos a imitación del S alvador, hasta que expul­
sado de esa ciudad en 1521 regresó a Witenberg. La
secta se propagó por Sajonia, por Prusia y más aun
por Westfalia, que entonces no era de Prusia; se exten­
dió a Holanda y a S u iza , especialmente a loa cantones
de Saint G a ll. Z u ric h , Basilea y Schafftiausen, alcanzó
al norte de Baviera, esto es a Franconia, y por último
a AIsacla. E n Suiza Z u in o u o , después de haber dispu­
tado públicamente con los anabaptistas en 1525, hizo
que el Consejo dictase un decreto condenándolos a
muerte, lo que se ejecutó con varios en los años de
1526 y siguientes, y la secta quedó absolutamente ex­
tirpada de aquella nación.
103. E s de advertir que también los anabaptistas,
ardientes adversarios de la pena de muerte, a semejan­
za de lo que hicieron después los revolucionarios fran­
ceses, de que he hablado, aplicaban ésa pena y muy
exageradamente cuando les convenía. E n Munster, que
vino a ser desde 1535 el centro y refugio principal de
los anabaptistas,, y donde ellos dominaron en absoluto,
su jefe Juan B e u c k e ls e n , conocido por Juan de Le id en ,
— 54-

que 8C titulaba profeta de Dios y R e y jusfo del nuevo


Templo y llamaba al Papa y a L u te ro profetas del dla-
bló, casitdo cón 17 mujeres (su seda admitía la poliga­
mia), ^ r q u e una de ellas se atrevió a censurar su con­
ducta, la mató. Tom ada la ciudad por el landtn'^ve de
Hesse y el obispo que había sido arrojado de ella, y
condenados a muerte Juan de Leiden y algunos otros,
el anabaptismo y en general ei protestantismo, que allí
estaba representado por aquél, quedaron extinguidos
en la ciudad, y no volvieron a arraigar en ella.
104. M ás importancia tiene en esta materia, a mi
juicio, y no por el número de sus adeptos, sino por el
valor doctrinal de sus maestros, la secta de los soci-
nlanos. Fué su fundador L e lio S o c in o , nacido en Sena
(Italia) en 1525 y muerto en Zurich en 1562; pero el
principal propagandista de la secta íué P a u s to S o c in o ,
sobrino de L e u o , y que nació también en Serta en
lí¿ 9 , y murió en Polonia en 1604. Esta secta en el or­
den téoTógico, que es el verdaderamente propio de ella,
Se distinguía por negar, entre otros dogm as, el nliste-
rlo de la S . Trin id ad , la encarnación del Verbo y la di­
vinidad de Jesucristo (1), N o llegó a ser verdaderamen-
íé popular. N o obstante, tuvo numerosos pdrtidarios en
S iiizd , Tfansilvania, Polonia y después también en
Holanda, Prusla, Inglaterra, etc. Pero en Polonia, don­
de más habían trabajado ambos S o c in o s , y donde sus
discípulos tuvieron una academia en Rakow, el Parla­
mento dictó en 1653 una ley, ordenando la expulsión
de los que entonces estaban afiliados a la secta, y con­
denando a muerte a los que de nuevo ingresasen en
ella. C o n esto desaparecieron los socinianos de Polo­
nia, aunque continuaron existiendo en otros países.
105. Entre los socinianos que impugnaron en sus
obras la legitimidad de la pena de muerte merecen es-

(1 ) Loa 9MjnUni>9 rtcón<»cian en N . 5. Jesucristo origen sobren«tur*l,


t I u 7 poder (coionnlcado) de hacer niila£ros, pero n o d W in id td pcrsonaL Le tenían
por legislador, pero no por redenlor.
- 5 5 -

pcciaJ mención F a u s to S o c in o (1 ), O s t o r o d (2 ), S c h -
MfcLZ (3 ), W EICEUUS (4 ), WOLZOQEN!US <&), CtC. EstO S
escritores, a quienes hace más de dos sig-los que nadie
cita a propósito de la cuestión de la pena capital, aun­
que uno o dos de ellos, los S o c in o s . sean citados p or
otros conceptos, ejercieron bastanta influencia en^ su
tiempo; y aunque sus arsrumentos son principalmente
bíblicos, no dejaron de emplear también ar^Lm entos
racionales con tanto vigor e ingenio, si no más, que
&BCCARIA. Aunque deban, pues, ser antipáticos a rodo
católico por haber negado (com o todos los de su sedta)
los dogm as fundamentales del Cristianism o, en el pun­
to que aquí tratamos no merecían el olvido en que ca­
yeron .
106. Al llegar aquí, y aunque el objeto de este ar
tículo es sólo hacer historia, no quiero omitir una con­
secuencia, <fue fluye espontáneamente de los hechos, y
que Interesa para la flnalidad de este libro. Los w al-
dertses'en Ara gón , los anabaptistas en Su iza , y tatrí-
bién en W esthalia'y alguna otra región alemaná, y los
sócinianos en Polonia, así que Fueron conm inddod'ton
la pena de muerte, aun sin haberse prodigado ésta con
facilidad ni con frecuencia, cesaron de exisHr en esos
países. Pues bien; prescindiendo, porque no es del ca-
so discutir aquí, de que ia imposición de esa pena o de
otra cualquiera en tales casos haya sido debida o inde­
bida, lo que muestran esos hechos es que la pena de
que tratamos es alfamcfitc ejemplar, y sirve para conte­
ner en general a los amenazados con ella, aun cuando
se trata de aquello en que se dice que son más Ineflca-

(1) F . S O C IN U ^, Ound c v a ne clici P h o lin ia n is se id j u n e m deliail, u p . I I I , pági­


na 2J c l s « i.
(2) C H . O S TO S O D , InslilutlDBM, t íp |)Sg, ISS ét u q .
(3 ) S C H M A L^, Conirai Fr>n1z. DisputiiU>inn p o s l.t In Augustuiam c nn faila n aii,'
pÉelna 389.
. ( i ) W E IU E L IL S . E3(])liciitiuins L v n i t í l i i D o m ln ice 22 posl T rln lu te m . p ig . 330
. <S) J. I.. W o i .'oa m cil.'s. U u iM tio n K d i M a^jIM nlu. Bello el cotineiá
(u a l. Q iu a tlo 1.
- 8 6 -

ces las penas, o sea las doctrinas religiosas y políticas.


107. Aparte de esto, V o n L is z t ella com o enemi­
go s de la pena íle muerte en el sigrio X V a B o y a r d o y
en el X V II a R o m b o u t R o o e h b e e t s (1>. C o m o L is z t no
puntualiza más, no he podido averiguar sí es verdad,
ni de quienes se trata; pero supongo que el B o y a r d o es
el famoso poeta italiano del siglo X V , autor del Orí&n-
do ¡nnamorsfo y de otras obras.
108. O tros dos adversarios de la pena de muerte,
ya coetáneos de B e c c a ria , pero que no derivan de él,
debo mencionar. E s el uno el doctísimo benedictino
español y gallego P r . M a r t ín S a rm ie n to , el cual en
una obra de otra índole, que quedó inédita com o la ma­
y o r parte de las suyas, pero que fué escrita a princi­
pios de 1764, y por consiguiente antes del libro de
B b c c a ria , publicado en Junio de dicho afío, combatió
la pena de muerte, empleando el argumento utilitario y
precediendo en esto a V o l t a ir e y a B e n th a n , según
diré en su lugar (2 ). E s el otro el austríaco S c n n e n -
PELS, el cual en el m ism o año referido publicó en Vle-
na un trabajo, cuyo título traducido a nuestra lengua
es: «L a s penas de muerte son contrarias al fiti del E s ­
ta d o » (3 ).

<U L i s t t . Ld irbu ch des d cu lM hn i S lriírK lits , Z n i t n Buch. I I M . pá|[. 137

(2) V . U CaiilUBiCKión d d D o flo r D . ELA D IO O v ie d o v AH.CB «n S «s lin 4 «


Con g r o o pcnlUnclaiiacspaflol cdcbrado en U CoruAa el kilo de I 9 U . T o m o segun­
do, lA g. 611 y sietes.
<3) S o N yE N F E i.s, Die T o d n i t i i l m sind d«m ^ v c c k d n Staals e n t g e g e n .
W 'l«n, 17M.
Ig n o rQ m qit« nic$ sv |>ublicc^ r$«.’ libro; ítim $ii|>onie[id<> q u c íu c K ccrcadc Un
d d kíko, atendida que el de HC.CCM<ia vIiÍ l i luz en J u r lo , l i d btincia a que se publi­
caron o n » y otro, Im diliciillades de i u c a m u n iu c io n « d « la i|Mca, la (alta de medloi
ra S c le n le de publieldad, el llempo que dubemos suponer empleado en licom p oilclA a
(M trabajo de SOMMEFELS y el sti ese trabajo esjKctal sobre la pena de muerte y no
g C K n l c o a » el de B e C C A R U , tenemos que suponer <|ac aquél se hizo 8<n tener en
cuenli ¿jte. y que pertenece lógicamente i la época anterior.
— 57 —

§ II

Principales teóricos y defensores de ¡a pena de muerte


antes de ¡a época de Beccaria

S n in a rto : tOQ. L o s partidarios de In pena de muerte antes de


B e c c a r i a . R arón d d p ia n .— l lO. C o n f t j c i o y la pena de muerte:
párrafos üt; él sobre los medios de gobernnr bien y la abolición
posible de esa pena.— 111. P l a t ó n : párrafo de él sobre el casti­
g o de los grandes crim cncs, el Tin de la peiia y la aplicación de
la capital.— 112. C i c e r ó n y su doctrina sobre el talión y s u s a p ii-
cacionís, la im posición y la «jccu ció n de la p - de m . A lg u n o s
delitos capitales según él.— 113. S. A o u s t I n y la pena de muerte.
114. S. I s i d o r o de Sevilla: su doctrina sobre el talión: consecuen­
cia.— 115. S t o . T o m á s de A q u i n o y la pena de muerte: párrafo
de él sobre.esa pena y SUS consecuencias. O t r o sobre los d c lin -
cucntei a qiie la misma d c b t aplicarse. — 116. A l f o n s o d e C a s ­
t r o : palabras de él sobre la m oderación de las penas y la im p o ­
sición de la de m uerte.— 117. L o que dice A l f o n s o d e C a s t r o
sobre las causas justas de la p. de m .— 118. Su dem ostración de
la justicia y necesidad de esa p e n a . - 119. G R O C tO y su defensa
rc U U va d « la pena de m uerte.— 120. B e n i t o C a r p z o w ; s u de­
m ostración de la legitim idad de la p . de m .; su contestación a
los argum entos de los socinianos contra ella.— 121. P o r que se
lia elegido aquí a C a RPZOW. Indicación de otros juristas clásicos
partidarios de la p. de m .— 123. M o n t e s q u i e u y Ro usseau,
defensores de la pena de m u e r t e . - 123 Lo9 partidarios de esta
que escribieron obras exprofeso acerca de ella antes de la época
de B e c c a r i a .

109. Fuera d « los adveraaiios de la pena de muer


te mencionados, y algún otro aislado y de poca im -
portancta que pueda haber existido, sin que yo tenga
noticia de ello, todos los demás escritores de las épo­
cas anteriores a B e c c a r ia , fuesen teólogos, filósofoa,
o juristas, que tuvieron ocasión de hablar de la pena
de muerte, se m ostraron partidarios de ella, y comun­
mente sin pararse a defenderla, por considerar innece­
saria la defensa. Pretender, pues, mencionar estos se­
ría labor tan pesada com o inútri; sería llenar numero­
sísimas páginas para repetir continuamente lo mismo.
- 6 8 -

Algunos, sin embargo, vo y a indicar por su especial


imporfancia, y por que rcpresenian las diversas y prin­
cipales efapas de la civilización y de las concepciones
jUTldÍC0-90CÍdleS.
110. Primeramente y como el más elevado repre
senfaníe de una civilización oriental característica debe
3 er citado Conpucio, filósofo chino que nació en el
afío 551 y murió el 479 antes de Jesucristo. Conpucio
admitía la pena de'muerte; pero mucho más que en
ella para el gobierno de los estados confíaba en1a rec­
titud, la religiosidad y las virtudes morales del Prínci­
pe y de los funcionarios subalternos. Entre los mu­
chos párrafos que, siempre intercalados entre otroa de
distinto género, y comunmente repitiendo las mismas
cosas, dedica a la manera de gobernar, he escogido los
siguientes; « S i se gobierna al pueblo conforme a las
leyes de una buena administración, y se le mantiene
en el orden por el temor de los suplicios» será circuns­
pecto en su conducta sin avergonzarse de sus malas
íídcióncs. Pero si se le gobierna según los principios
dé lá virtud, y se le mantiene en el orden por las solas
leyes de la educación social (que no es más que la ley
del cielo), experimentará vergUenza de una acción cu]-
pablé, y avanzará en el camino de la virtud» (1). El
mismo -filósofo, habiéndole preguntado el ministro
K i-C h i sobre la manera de gobernar bien, respondió:
«C o m e n za d por tener buenos funcionanos bajo vues­
tras órdentó para dirigir con inteligencia y probidad
las diversas ramas de vuestra administración; perdo-;
nad las faftas ligeras; elevad a los hombres de virm -
des'y de talentos a las dignidades públicas» (2). En
otro lugar dice; « S i hombres sabios y virtuosos gO '
bemasen un Estado durante siete años, podrían dome-

* (I) C O N P U C C O ^ L t Lun>Io mi enlr«ti«fis phílA5^|>hiqkies>. Troiftitnis libre <1j *


slque. J? frn i(crJlv rri Chftp. 11,3. lii L e s lív rc & s a c r^ O t l'o rk n l. T r id u i t S M Tcvnc$
et corritE^ p »r 0 , P A U rm u if, |ág. 17ft ct siiiv. París 1675.
■ O O N F U a o , lild e m , Secon drlivre , Cháp. X IL I, 1. {E d ic c it pífl, 100).
— 59 —

fiar a los hombrea crueles (convertirles al bien) y su­


primir los suplicios» (1). C o m o se ve, el gran maestro
de los C hin o s, admifiendo por el momento la pena ca­
pital (los suplicios), creía que se podía llegar a la abo­
lición de ella.
111. E n segundo lugar creo oportuno menciona
aquf al gran fliósofo griego P la tó n , que vivió , como
aesdbe. de 429 a 347 antes de J. C . Este en su obra
■Las Leyes» de¡ó consignadas estas hermosas par
labras que resumen su pensamiento sobre la pe-
na de muerte y aun en paríe sobre las penas en ge­
neral:
« T o d o hombre, ya extranjero, ya esclavo, que sea
sorprendido robando una cosa sagrada, cuando se
haya grabado en su frente y en s a s manos la -scflal d «
su crimen, y haya recibido tantos golpes de látigo co­
mo plazca a los jueces, será lanzado del 'territorio del
Estado. Este castigo< podrá corregirle y hacerle mejor;
porque ninguna pena impuesta en el espíritu de ha ley
tiene por íln el mal del que la sufre, sHio <|Qe-su objeto
es hacerle mejor o menos malo. S i algún ciudadano
es soi-prendido en semeianlc crimen, y que haya co.r
metido contra los dioses, contra sus padres, contra el
Estado, cualquiera de estas faltas enormeB en las cua-
les no se puede pensar sin horror, el juez, teniendo en
cuenta la educación e;<celente que él (el reo) ha recibí
do desde su infancia, la cual, sin em bargo, no le ha
podido apartar de loa más grandes crímenes, le mira­
rá como un enfermo incurable, y su castigo será la
muerte, el menor de los males para e!. E l servirá de
ejemplo a los demás cuando vean su memoria deshon­
rada y su cadáver arrojado bien lejos, fuera de los
límites del estado. Por lo que foca a los hijos y des­
cendientes, si ellos se alejan de la conducta de su pa­
dre, serán colmados de honores y cubiertos de gloría

(L) Ibldcni n. 11, piff. 20K


- 6 0 -

por haber con fuerza y coraje abandonado la senda


del vicio por la de la virtud» (1).
112. E n tercer lugar corresponde citar aquí como
el más ilustre representante de la civilización y de la
Filosofía del derecho en Roma a C ic e r ó n (vivió del
106 al 43 ánl. de J. C . ) E l ilustre orador y filósofo en
9U obra D e Legibus aíinna ei principio del talión y
aus consecuencias diciendo: «S e a la pena igual al de­
lito, para que cada uno sea castigado en su vicio: la
violencia sea sancionada con la cabeza (con la pena
capital, quiere decir) la'.avaricia, con la multa; la ambi­
ción de honor, con la ignom inia». (2 ) Quiere, sin em­
bargo, que la pena capital no aea impuesta por los
magistrados, sino por los comicios máximos, esto es,
por la reunión de todos los ciudadanos (3 ), y que sea
ejecutada por los militares. (4 ) deñala, además, como
delitos que merecen pena capital el robo de cosa sa­
grada o existente en lugar sagrado y el incesto (5).
lis. Va en el período cristiano, y limitándonos
sólo a las figuras más salientes, se ofrece a nuestra
consideración el gran Padre de la Iglesia S . A g u s tín
(354 a 430 de nuestra era). E l santo obispo de H ipo-
na, pues, en su inmortal obra D e la ciudad de Dios
(D e civitate Dei), refiriéndose y comentando el precep­
to divino: no matarás, demuestra que éste no excluye
la pena de muerte impuesta a los criminales, y conclu­
yendo que tal pena puede ser justa (6 ).
114. Después de éstos, y siguiendo orden crono­

(1 ) P i.A TO N , «L e s lo is ’ . T o m « scojnd. L iv . IX , pág. 129. TraducUun de Q rou


revnc el corrlgée par A .M tu É E S a is s iíf. Farís 1663.
(2 ) p a r C ^to, u l - I n :»U<| v it i o q u is q u e p l c c U t u i : v is , ca¡,>itv¡ a v a ri*
lia, multa: honnrís cupiditas, ignamíníi! sarciantur*. M a h c l :s T u l i u s Cl('.eHO, <Üc
k g íb u t » , LIb . 111, 20 cV. 0«u vres c o m p lrln de CiCbRO N avec la Iraüuction en Tran*
^1 $ publics S0-M9 la dircction de M K i s a v i >. Tom e qitairicmc, p i¿ . 408. París. 1 ^ 6 .
(3 ) IbMcm, LIU- III,**- <Etllc, y *omo catados, p&g. 3 W ).
{4} íb ld c n . L Ib . IL l, 3, pAg. 398
(5 ) Ibldrm . LIb . II , 9. p ie . 384
<6> S .A U L 'S T ÍN , .D e clvitate Dei*. L ib I. Cap. X X I. Opcrum lomiis qninhic
pág. IX. A n tue rp ia. M D L K X V I .
- 61

lógico, creo conveniente hacerme cargo aquf de la


doctrina del gran enciclopedista español del siglo VII y
Padre de la Iglesia también S . Is id o ro de S e v i ll a . Este
afirma que el talión está itistituído por la naturaleza y
por la ley; mas, aunque no lo explica bien, parece refe­
rirse exclusivamente a los delitos contra las personas,
ijnicos por oira parte en que el talión material puede
tener cabida rigurosamente hablando. Y como en loa
delitos de hom icidio la aplicación del talión es la pe­
na de muerte, resulta que, según él, esta pena está ins­
tituida por la naturaleza y por la ley (1 ). Tam bién des­
cribe las diversas formas de la pena de muerte (S>.
115. E l gran coloso del siglo XIII S t o . To m á s de
A quino habla de la pena capital en muchos lugares de
sus obras, defendiéndola indirecta y ocasionalmente
de varias maneras. S in detenerme, pues, mucho a ele­
gir, he aquí una de las reflexiones atinentes al caso
que hallo en él: «cuando caen (los pecadores) en mali­
cia máxima y se hacen insanables no debe ofrecérse­
les amistad familiar; y por tanto a estos pecadores de
esta clase, de los cuales más se presume el dallo de
otros que la enmienda de ellos, por ley divina y huma­
na son mandados matar: y sin embargo esto lo hace
el juez, no por odio de ellos, sino por am or de caridad,
por el cual se prefiere el bien público al bien de una
persona singular: y. no obstante, la muerte impuesta
por el juez puede aprovechar al pecador, si se convier­
te, para expiación de la culpa, y si no se convierte,
para terminación de la culpa; porque con esto se le
quita la poteatad de pecar m ás». (5 ) E n otro lugar se
lee: «conforme al juicio de la vida presente» no por
cualquier pecado mortal se impone pena de muerte,

CO S. ISIDORO, lE tjm o lo g iiru in i, L lb . V, Cap. X X V I I. O p aa , Tom . I p ig . 110.


A «»triU M D C C L X X V I I I
(2) rbidcm, núins. 1 0 » 33 p ig ). 116 y
CJ) S t o . T o m á s . «S u ram i tlicologic». S « u r d « Sccundx P a ttií», Q iiis lio X X V ,
A rt 6, 2. V o l. II I, pág. 201. R o w x M D C C C X C IV .
— 62 —

sino sólo por aquellos que inneren daño irreparable,


p también por aquellos que tienen alguna horrible de­
formidad; y por consiguiente, por el hurto, que na in­
fiere daño irreparable, no se impone en el juicio pre­
sente pena de muerte, a no ser que sea agravado el
hurto por aisruna ^ a v e circunstancia» ( í ) .
116. N o podfa omitirse en este lugar una referen
cia al insigne espaflol, verdadero fundador de la filo-
sofía del Derecho penal, A lf o n s o de C a s t k o , fraile
rranciscano, eleclo (por Felipe II) arzobispo de Santia­
g o , y que murió (sin tomar posesión de esc cargo) en
1&58, <2) Esfe en su sabia obra De potestaie fegis
paenalis enseña que el legislador «debe evitar con su­
mo cuidado que la pena que ha de imponer por ley
sea demasiado atroz y cruel, y tal que exceda la gra­
vedad de la culpa, sino que la pena debe ser siempre
menor que la culpa, como hace Dios cuando castiga
nuestros pecados»; y después de advertir con el juris­
consulto M a r c e lo , que el juzgador no debe buscar la
¿loria de la severidad ni de la clemencia, sino que con
maduro juicio debe ordenar conforme a lo que, pide
cada asunto, añade: « L a pena de muerte no debe«sfa-
bUoerSÉ, sino por un delito muy gravé y que pueda
daflar intensamente a la república» (3).
I . .117. B s digno de recordarse lo que dice el insig-*
ne franciscano de las causas justas, por las que pue­
de imponerse la pena capital. «L a causa de la muerte
justa, dice, debe comprender en si dos cosas. Una es
la cosa misma (quiere decir el hecho m ism o) por la
cual el reo ha de ser muerto, y que es preciso que sea
tal, que redünde en Injuria de Dios o daño del prójimo.
Por lo cual, si no es injuriosa a Dios ni daña al próji­

(t ) lb ld c n i,Q u »L L X V I,A r t .V I,2 V d I, n i . p i e . - I ^ Z d e l i n l k i i T i c i U d a .


(2) M crecr leerse la biografía dcl lluslie «p a ñ o l en el folíelo de D . E l o y 'uu*
LLO N . Illu lid o : ^(/ o n s o de Castra y la cicncw penal. Cap. I. p ig s. T7 a 49. M a­
drid igoo.
(3) Alfonso oe C astro, <Oc|wicsUtc Icgi^ pa-nall».. Líber primas, Capul VI.
Opera. Tomvs prlmus, pilca. 271 ct 272. Mallín MDCCLXXIII.
- 6 3 -

mo de algún m odo, la cosa será enteramente indigna


de que por ella pueda matarse a uno. L o ofro ‘Qtib'sé
exige es, por parte dcl mismo delincuente, «a toe s, que
sea incorregible. Porque el que pueda ser correg-ido de
Otra manera, Injustamejife se le mataría; porque las
penas siempre deben mitigarse. M as si en aquel delitb
por el cual se infiere grave injuria a Dios o grave dallo
al prójimo, es incorregible, justamente se le m'atárás
-según dijimos ames del miembro podrido e insanable,
que con razón se separa dcl cuerpo, para que no infi­
cione con su unión las demás partes de! cíierpo. Qllfe
uno es incorregible puede discernirse por dos presun-
‘cioncs, dice E n r iq u e d e G a n t e , a saber poi* la m agni-
•tud del delito o por su frecuente reiteración (1 ). '
‘ 118. E n otra obra titulada D e Jusía haereílcOñim
punifione el ilustre penalista demuestra con rtiuch<)á
argumentos la ¡uslicia y necesidad de la petia dé
•muerte (2 ). ■ .
119. E l insigne G r o c io (1&85 a 1645), qué-si 'rto
fue el fundador del Derecho natural, como se le ha jú z-
v a d o comunmente, (este título corresponderá) c ^ f l o l
•F. VicToiiiA), fué el más docto y compléto tratadiátia-dfe
de esta ciencia hasta su tiempo, y no superado p<^'n^ü^
•chos después, admitió com o justa la pena de muerté/i'
la defendió contra sus acfversaríos, mostrando
•es contraría a los principios cristianos. S in embíií^b',
no debía serle grata la existencia de esíi pena,^ai w t -
nos con Fa extensión que tenía en su tiempo, cuándo
propone a los príncipes cristianos para que lois «Imltéh
•al ftienos en alguna parte» el ejemplo de SftBACÓN'dé
Egipto y otros, que suprimieron la pena referídá {Sf.
120. Entre los juristas prácticos de los siglos X V I

íl) A U r O N S O U E C A S T R O , ib illcn i, p á K .Í7 3


( 2) A lfo n s o D t C a s tk o , íu s ln h n - e lic o r u n i i>agill<liic>, L í b e r s c c in fd u s .
C a p u l X I I . O p e r a , T , « 1. c i l . i d g s . m 1 125.
( 3) O r o t i u í , - D e j u r c b c l l l e ( im cIs-.. M l i » t I I , X I « I X I I , p A g s . 3M> a 3( 8 . H a { £

t o m iU s M D C L X X X .
-6 4 —

y X VII ele(;iré al gran criminalista alemán BENrro


(1595 a 1666)’. Este en su clásica obra
C a rp zo w
Práctica nova imperiaUs saxonica rerum crimi-
naüum dedica un estudio extenso y muy docto a
demostrar que es lícito al magistrado cristiano Impo­
ner la pena capital a los facinerosos, tratando el asun­
to, ya con relación a los libros sagrados, ya desde el
punto de vista racional. Además contesta concluyente­
mente a los argumentos en contrario de S o c in o . O s t o -
noD y ScHM ALz, a los que designa con el nombre ge’
neral de fotinianos (1).
121. He elegido a C a r p z o w entre loa jurisconsul­
tos clásicos de los siglos X V I y X V II, no sólo por su
importancia, que no creo superada en su época, sino
principalmente, por haber sido él, que yo sepa, el que
trató más extensamente y en el terreno de los princi­
pios de esa pena. P or lo demás, y en cuanto partida­
rios de la pena referida, lo mismo podían ser citados
los ilustres jurisconsultos C o b a rru b ia s , A n t o n io G ó ­
m ez, J. C l a r o , F a r in a c c i , D a n h o u d e r , BoHeWBRO, etc.
122. C o m o partidarios también y aun defensores
de la pena de muerte y representantes, los más auto­
rizados quizá, de las escuelas individualistas e inno­
vadoras del siglo X V III, corresponde citar aquí a dos
publicistas tan conocidos com o M o te b q u ie u , de la es­
cuela que podemos llamar moderada <2) y R o u ssea u
de la más radical (3 ).
123. Pero ni esas figuras salientes aquí menciona­
das, ni las otras semejantes que pudieran mencionarse
escribieron obras exprofeso sobre la pena de muerte,
ni esto fué frecuente hacerlo hasla que surgió la co n -

(1) D e n e d ic t u s CAR P 20 V , i l ’n clica n o n ¡mpcrialis sa xonlu rerum crim lna-


llum >, P »r« tw lla, O a stio C l. T o m o I I I . p i p - 1 a 8. Editio sfcundi. W H ebcrg*,
u n o M D C X L V I.
(3 ) M 0 N T e S 4 U lE U ,-D c l's p r ild < s lo ls ,. L l t . X ll,C b j| ) IV . T o m e M c n n d ,p ig .81
c ia jN o u v c llt edilloit. AmstCTdMi. M D C C X L IX .
O ) J . J . R o u s s e a u . >[>1 contrito u x lil> . L ib ll, V . p l j . 51. T rid u c c iú n de
A N TO N IO Z 0 2 A V A . M td lld . IS63.
-6 5 —

troversid suscitada p o r la obra de ^ e c c a r ia . N o o b s­


tante, en los países alem anes, y desde p rin cipios del
siglo X V II, sin duda con m o rivo de tos ataques de los
socinianos, u obedeciendo al espíritu de especializa-
ción que siempre dom inó allf. no faltaron quienes pu­
blicasen libros o folletos de esa clase, h o y enteramen­
te o lvidados, y que y o creo opo rtu n o recordar; porque
los trabajos especiales sobre un tema tienen im portan­
cia sins^ular en la liistoria del m is m o . L o s autores,
pues, a quienes me refiero son Q i l l e r m o C h r i s -
(1 ), W a e c h tle b (2 ), Zep ítoha v (3 ), R & s s le r (4 ).
T iu s
A le f e ld (5 ), JoACHtN (6 ), L a n c e (7 ), E s t o h (8 ), D b e -
YER (9 ) y S C H O T T (1 0 ).

§ III

Beccaría y sus comentaristas en relación con la pena


de muerte. Causas de la influencia que ejercieron
S n u a r lo : 124. E l libro De los delitos y de las penas de Beccaria:
sus a rg u m tn lo s contra l i pena de muerte.— 125. Estim a que han
hcctio de esos argum entos los m ism os partidarios de su tésis.—
126. La corriente abolicionista en la doctrina y « n las legislacio­
nes.— 127. Cau»a& de esa corriciitc: el nom bre de B e c c a r i a y la
popularidad de su lib ro . La abolición de la p . de m . com o co m ­
plem ento aparente de las demás reformas propuestas p o r B e c -
C A K IA : consecuencia. — 128. Causas de la corriente abolicionista
independientes de B e c c a r i a y de su lib ro .— 129. L.a resonancia

( I ) G u il.L . CH R IS TIU S. .O r i t io U Iru m mcllns sil la n t n Ft capills reas c ap iU li


-supiilkia afRcfrc, an ad pcrpctu» o p ir » p iib lio dannan> Q ryp h isw , 16J».
C2) W A E C H 1 LE R , « D i li c r U t la d c Jure v itB ct nKÍ9>'. V ilrb , I66S.
( J ) ZüN'TQRAV, .Dis.s«1atio d c lu r t *1»* ti n « i ! . A r íe n lo riti, I4T7.
;4) R « s s l £R. .Disserlalio d r jure B unm am m Im p m n tia m in v l U n d v iin iK
Tubinitic, 1714
(S. ALCrELD, 'D iu c rla tio d eja re c u jo ta lis in vilam civium otr dclictat. L Ip -
i l « 1721.
(6) JOA.CHIH. •D tts m a tio d r v iv í («paitara delicto el p a n a ». L i p i i v , 1730.
(7 j LANCE. E T K r u o c r . «E p isto la d e jure v it e M ntcis, u t n in llla d ex re rb it
E io d . X X I com. X X , rt X X I efttcl W nfliriQ uc po»9Í(, nccnc7> H i l e . 17M.
(fi) E s t o r , iD it c r U iio . C o m m a il. liicalogoruni cvangel. haad o w d octrinun
de poma c ip ills n c n u a r io InfllKcndai. M a rb n rE l. 1747.
(9 ) D r e V£R, «D lsae rtitlod c poma d «f(»sioiils vivf ae p a lU . Rosloch, I7SI.
{1®) S C H O T T , iD is w H a tia d t gtnuiitú lóate jn rit v i(a e i(r c c »> . Tub in g ie . 17S6.
^ 6 6 -
dcl libro <lc BECCARtA: U acción d¿ sus C om en U rísU s y anola-
dores.— 130. Traduccion es al francés del lib ro referido; edicio­
nes dcl m ism o en esa y otras lenguas.— 131. El Comentario sobre
el libro de los delitos y de las penas d t V o l t a i r e ; su valor jurí*
d ito ; su autoridad social: el capitulo sobre la pena d t muerte.—
132. E l comentario de B a r k h a USEN sobre el libro de B e c c a RIA:
lib ro directo contra la pena capital del autor alemán.— 133. El
com entario de R o e d e r e r en la cuestión de la pena de muerte.—
134. Aiiotadores de B e c c a r i a : M o r e l l e t ; su principal argumen­
to contra la p. de m. D i d e r o t y sus notas en lo referente a esa
p e n a .--1 3 5 . L o s comentarios al lib ro bcccariaiio en Italia, El exa­
men critico de A . P a o l i n i .— 136. E d ició n con comentarios tra­
ducidos en España.— 137. Las observaciones de H a u t e f o r t .

124. E n Junio de 1764 publictS C e s a r R o n e s a n a ,


M;vrqués d e B e c c a r i a , la primera edición de su famo­
so libro De Jos deitfos y de las penas (Del deliHi e
delle pene), en el cual consagró un capítulo, el XXVIII,
a combatir la pena de muerte. Ese capílulo escrito con
la facilidad y viveza que distinguen a toda la obra, es
en el Tondo asaz pobre y superñcial. Sus argumentos,
que aquí sólo indicaré, porque habré de exponer y
analizar cada uno de ellos en el lugar correspondiente
de este libro, se reducen a los tres siguientes: que la
autoridad no tiene derecho a matar, porque en el con'
trato social nadie le confirió tal derecho; que la pena
de muerte, por la rapidez de su ejecución, impresiona
e intimida menos que la pena que B e c c a r ia querría
sustituir, esto es, un estado de esclavitud perpetua y
dolorosa, en que el reo estuviese «en una jaula de
hierro» y convertido en «bestia de servicio», y que la
pena referida da mal efemplo; porque es un asesinato
ptíblico ordenado por la& leyes.
125. Ta les razonamientos debieron parecer sin
duda ineficaces a los mismos admiradores del autor y
partidarios de su tesis; pues mientras otros argumen­
tos abolicionistas que B e c c a r ia no conoció, en una u
otra forma han sido repetidos varias veces y alguno
muchas, los del escritor milanés apenas han sido re­
producidos en ninguna forma, es decir, los dos prime­
— 67 —

ros no los reprodujo nadie, y el último sólo algún que


orro publicista de tercera Hia o declamador de club.
126. Y , sin embargfo, el capítulo en cuestión fué
el punto de partida, (no más que punto de partida) de
una corriente abolicionista, que invadió todos los paí­
ses de Europa y Am érica, y llegó a ser poderosa en,
muchos de ellos, aunque no en lodos simultáneamente,
y que, aun en el orden legislativo, en unos estados es­
tuvo a punto de imponerse (Prancia, Bélgica, Su iza ,
Alemania y Suecia), en otros se impuso, en efecto, pe­
ro transitoriamente (la antigua Toscana, Austria, H uti-
jjrfa, Prusia y Finlandia), y en otros hasta llegó a im ­
ponerse de una manera durable (Italia y demás estados
abolicionistas actuales). H o y esa corriente ha perdido
mucho de su Tuerza, pero todavía no es despreciable.
127. ¿C ual rué, pues, la causa de éxito tan gran­
de y por otra parte tan inmerecido? L o fue. en primer
lugar, el ser ese ataque a la pena capital obra de un
autor que fué muy admirado, y estar comprendido en
ün libro que por otros conceptos obtuvo gran circula­
ción y despertó mucho entusiasmo. V asf como a los
socinianos antes mencionados ( F a u s t o S o c i n o , O s t e -
ttOD, ScHMALz etc.) cH SUS ataqucs a la pena de muer­
te, mejor dirigidos que los de B e c c a r i a , les perjudicó
el haberlo hecho en libros que por su forma nú podían
ser populares y por su contenido y espíritu tenían que
ser odiosos a los creyentes (católicos y protestantes)
sin satisfacer enteramente a los incrédulos, a B eccaria
le favoreció el haberlo hecho en obra que por su for-
tna era popular y atrayente, y por su contenido gene­
ral, altamente simpática. E n éste el pabellón cubrió la
mercancía: en aquéllos la perjudicó hasta inutilizarla
para el mercado. Además siendo toda o casi toda la
finalidad del libro de Be ccaria humanizar y hacer me­
nos dura la suerte de los reos verdaderos o presuntos,
la abolición de la pena de muerte parecía la corona­
ción de esa tarea; y por tanto si al llegar ahí el escri­
- 6 8 -

tor milancs no supo hacer lo suficieníc para convencer


inteligencias despiertas, conscia o inconscientemente
había hecho ya lo bastante para preparar ios corazo­
nes; y en esos casos el lector se abraza con la tesis
desde que la ve formulada, y luego, o aprecia en los
argumentos de ella una fuerza que no tienen, o si no le
satisfacen, busca otros, que satisfarán por el momento
al que los buscó, aunque valgan menos todavía que
los desechados.
128. P or otra parte, si el libro de B e cca b ia fue e
punto de partida y la ocasión primera en orden de tiem­
po del movimiento abolicionista moderno, no fué cau­
sa total, ni aun quizá la causa más importante de él.
E l espíritu individualista, la vanidad de ostentar un
humanitarismo desigual e hipócrita (y que faltó siempre
donde era más necesario) y el afán de innovar y reñirá
ciegas con lo pasado, cualidades todas que distinguie­
ron a la sociedad de la segunda mitad del siglo XVIll
y , aunque en progresión descendente, a la de casi to­
do el siglo X IX . es decir, a la parte que bullía y daba
tono a esas sociedades, fueron circunstancias muy
favorables para qu': cualquiera que lanzase la Idea de
la abolición de la pena de muerte, con tal que lo hicie­
se con resolución y franqueza e invocando los sentí'
mientos de humanidad, las ideas modernas, la civiliza­
ción y otras vaciedades semelantes, fuese escuchado
y adquiriese prosélitos con sólo eso, aunque no apun­
tara ninguna razón ni sombra de ella en lo que dijese.
Esto fué lo que ocurrió realmente. De suerte que si el
libro de B e c c a ria en conjunto debió más que la mitad
de su éxito a su oportunidad y a circunstancias extrín-
sicas a él, el estudio que en él se contiene sobre la pe­
na de muerte debió a esas circunstancias, no más de
la mitad, sino todo el éxito.
139. La resonancia que tuvo el libro de B e c c a r ia ,
del cual en pocos meses se agotaron tres ediciones en
Italia, y antes de cumplir dos años desde la primera
— 69 —

edición, esto es en M a yo de 1766, se estaba publicando


la quintó, h izo que muy pronto tuviera sobre todo en
Francia, no sólo traductores, sino anotadorcs y c o ­
mentaristas; y éstos no sólo contribuyeron a la m a yo r
autoridad del libro, sino que, co lo can d o a lgu n o s de
ellos la cuestión de la pena de muerte en mejor terre­
no, contribuyeron, si en absoluto no tanto co m o B e c -
CAHiA. directamente m ás que el a la propag^anda aboli­
cionista.
130. E n Febrero de 1766, esto es, poco máa de
afio y medio después de la publicación del libro D e
fos delitos y de las penas, dió a luz en París el abate
M o b e l l í t una traducción francesa de esc libro, y de
la cual en Septiembre del mismo año se habían hecho
ya siete ediciones, según veo en una carta del mismo
M o r e l l e t a B e c c \ r ia . N o fue esa la única, ni la mcfor
traducción francesa del libro del escritor milanés, sino
que superior a ella es la que h izo en 1775 el abate
C h a il l a u x . M as no es cosa de recordar aquí las m u­
chas otras ediciones qne, aun dentro del siglo X V III,
tuvo el libro De fos delitos y de las penas, ya en su
lengua original ya en traducciones a todas las lenguas
europeas, y lo que, si, estimo oportuno en este lugar
es indicar algo acerca de los comentarisías y anotado-
rea del famoso libro.
131. E n el indicado año de 1766 publicó V o l t m r e
un Comentario sobre ei libro de ios delitos y de íás
penas. Este comenlario tiene muy escaso valor jurídi­
co: en su mayor parle es una colección de historias y
anécdotas más o menos curiosas e impresionantes, y
algunas de dudosa autencidad: pero la elegancia de su
estilo, esa misma forma anecdótica y picante para una
sociedad superficial y sentimentalisto, y más que nada
la reputación inmensa de su autor bastaron para que
tal comentario adquiriera gran autoridad y contribuye­
ra a aumentarla del libro comentado. E n ese opúsculo
de VoLTAiRE hay un capítulo (el X ) dedicado a comba­
— 70-

tir la pena de muerte, empteando el argumento utilita­


rio, que expondré en su luijar, y apoyándose en el
ejemplo de los pueblos que no tenían o no aplica­
ban a ciertos delitos la pena en cuestión. Sin tener im­
portancia ese capítulo, puede persuadir a grentes li-
g~eras un poco más que el correspondiente de Bec-
CARI\.
132. Diez años después, en 1776 y siguiente, el
alemán Vieron Baukhausen, que no tuvo el nombre
de VoLTAiRE, pero que era más jurista que el y íom o
tal 3C mostró, publicó en el Museo a/enrén (Deutsches
Museum) una serie de artículos, cuyo tftulo ya expre­
sa bastante: Sobre Ja abolición de la pena de mueríe;
ensayo de un comen/ario sobre Beccaria (1 ). E l mis­
mo autor escribió un libro independiente y exproFeso
contra la pena capital titulado: Observaciones sobre
Jas penas de muerte y sobre aiguuas materias enla­
zadas con efía (2).
133. Tam bién puede considerarse com o comenta­
rio de B e c c \ ria en In cuestión concreta de la pena ca­
pital, que impugna como él, aunque sin admitir todos
sus argumentos, (desecha el fundado en el contrato
social) el estudio del conde R o e d e re b titulado' Consi­
deraciones sobre Jas penas de muerte (3).
134. C o m o anotadores del libro beccariano se
distinguieron en Francia el ya citado traductor M o re -
LLET y D id e b o t. M o b e lle t fue de los que conozco «1
primero que se hizo carg-o del argumento más seduc­
tor y más repetido después, que se ha opuesto a la
pena de muerte; el de la irreparabilidad de la misma,
que en su lugar discutiré extensamente. Esas notas no
las publicó M o b e lle t en las primeras ediciones de su

ft) E n a lm iftii: « Ú b c r d in A b M iha ífiin c d cr TocJes-slrafen; P ro b e e i n « Cotnm cr*


a r B ü b « r d e ii B eccaria»; ín d riiE ic h i'n M iise iim . 177(iufid 1777.
(1 ) >B¿fnt-rlcungtn ñbci d ¡c T o d c s s lT ifc n u nd fib ir e in ig e d a iiiil v e rv a n d le Ma
tericn, herav^gCTcIrcn vonck-rwti b ru d c r H . L . u llib lla rlh a u ^ ic ii'. H n ltc . 1 8 i» .
Cus Cofisiútradoñcs íu c ro n p TÍiT ic ra iiii'n tri'a furnia üc a rlic u lo d-f)
lü. y p u b lic a d a ; aparto Je s p u w .
« D U r l o de Econ-<niia p iib ltc o - n.
- 71 —

traducción, sino más tarde (1). Didehs")? coino Roede'


líEB no se conforma con el argumento de B e c c a b ia
fundado en el conirato social; pero, no obstante, re­
chaza la pena de que tratamos (2). Las notas de D id e -
kOT Fueron publicadas en la edición de la obra de
B e c c a h i a dada a luz por R o e d e re u en 1798.
155. E n Italia durante el sisrlo XVIIJ, a ralla de co­
mentarios orig-inales al libro de B e c c a r ia <no hablo de
las Impugnaciones) se tradujo el de V o l t a i r e , y se adi­
cionó a la edición del referido libro hecha por G r a v ie r
<n Ñápeles en 1770, y a la dada a luz por los ,R e m o n -
DiNi en Basano en 1789. Pero a principios del si-
?lo X IX ya publicó Massa una edición de ese libro
anotada por él, y sobre todo en 1821 dió a luz A l d o -
BBANDiNO P a o l in i cn Florencid el libro repetido con un
importante y extenso examen crítico (3). E n ese E x a ­
men combate extensamente la pena capital.
136. E n Espafla no sé que se hayan escrito co­
mentarios originales ni notas al libro de Be ccaria; pe­
ro la traducción castellana editada en París en 1828, y
que es ya segunda edición, añade al texto del escritor
milanés el Com entario de V o l t a i h e , las notas de M o -
RELLET, las de D id e r o t y otros escritos análogos.
137. N o hago mención aquí de las Observacio­
nes sobre e! libro De ios defilos y Í3S penas com­
puestas por C a r l o s A u g u s t o H a u t e f o r t y publicadas
anónimamente en Amsterdam en 1767; porque en ellas
se admite la pena de muerte, y aquí hablo sólo de los
que la rechazan.

(1 ) Puctlcii vcrbo cs»s r io l« s t ii h Ira Jiie cló n iTíp-iiinla J d 'T u < i i J i > d c ik llto s
y de ])in a ^>, sr^u n d a n l i d ó u . 2U9 y sig lc^. L a i rc ír m iU -s a la pciia c;i|)í(aI
cslÁM en las -231, XS3 y 234. P o iís , 1S2S.
(7 ) Pütdcn tiútás de D H JL i^o r intcrcilndas con las d « M ü V t M l i T en la
ediciónespañolaclUda y 1m rcícmitrs ala pcn&Oc miicilc m InspAs®« 2Ma235.
(3 ) < D c i d c litli c dclli*|xm*. par C . D l i x a k -u , con l'a u K ii i n U d í un natni* e iilic o
d i l a vv . AI.ÜOI1.HA NUIM U P a o l i s 'I c U a lIri opusccili ili k* n ¡sIj¿ io n cc « ii i r ls t li íi o n c c r i ­
m ín a le .. H iR E N / i:, {•u././.Ml, IS ll {t v o lú n c t ir s ).
- 72 —

§ IV

B I movimiento doctrinai abolicionista desde la época de


Beccaría. Notas bibíiográfícas p o r naciones

S a m a rlo : I3S. El movimicnlo abolicionista moderno. Razón del


método.— 139. Italia. Tratados cspccialqs conlra h p«na d«
muerte. — 140. Penalistas que se mostraron adversos a la pena de
muerteen obras no espcciaics.— 141. Consccuciicia.— 142. Fran­
cia: monografías contra la ptna de muerte.— 143. Penalistas
que s« mostraron dcsafccLos a la pciu de muerte en obras más
generales,— 144. Alemania, Tratados monográficos contra la p(¡-
na de muerte en el siglo X V III.— 145. Idem en el siglo X IX .—
146. Penalistas contrarios a la pena de muerte sin escribir obras
exproícso contra ella. AHRENScoiilra la pena de muerte.— 147,
B é lic a : Libros L-xproleso contra la p, de m .— 149. Penalistas que
combatieron la pena de muerte en obras generales.-14Q. Suiza.
Monografías escritas conlra la pena de muerte. — 150. O tro pena­
lista adversario de la p. de m .— 151. Inglaterra. Obras escritas con­
tra la pena de muerte en esc pais.— 152. Suecia y Finlandia. Qbras
contrarías a la pena de muerte en esos países.— 153. España. La
literatura abolicionista en esta tierra. Obras espcciaics contra la
pena de muerte; obras no especiales que combaten esa pena.—
154. Una novela (española) aboHcioiiista: apreciación emitida
acerca de ella: crítica de esa apreciación: lo que puede lomarse
como razonamiento abolicionista en esa novela (nota).— 1S5. Obra
(doctrinal) abolicionista en la América del Norte. Id. en la del
Sur.— 156. Consecuencia sobre el movimiento abolicionista.

138. S i no fue B e c c a r í a , como ya demosfré, e


primero que combat¡<3 la pena de muerte ni el que más
doctamente lo verificó, fué indudablemente el iniciador
de la corriente abolicionisía moderna, que lle^ó a ser
tan poderosa, como ya indiqué también, aunque ahora
haya perdido mucho de su fuerza, y parece llamada a
perder más. Habiendo, pues, ya descrito en el capítu­
lo anterior la marcha de esa corriente en el orden prác-
tico o de la acción política y legislativa, voy a reseñar
(n o más que reseñar) la evolución y alcance de esa
comente en el orden doctrinal externo, es decir, biblio-
^ á lic o . Para ello, con separación de los distintos
— 73 —

pafses, trazaré primero la bibliografía, tan copiosa co­


mo me s«a posible y por orden cronológico, de las
monog’raffaa dirigidas exclusiva o principalmente con­
tra la pena de muerte, y después en cada país haré
mención de los penalistas más notables y famosos a
mi juicio que se mostraron adversarios de esa pena,
aunque no escribiesen tratados exprofeso contra ella.
139. Italia. L o s trabajos que conozco que se han
escrito en ese país exclusiva o principalmente contra
la pena capital desde la publicación del libro «D e los
delitos y de las penas» en 1764, son; C ij^m a r e l l i ,
«Trattato fllosofico-político dclla pena de m orte», F i-
renze, 1787. (Esta obra fu« traducida al francés en
1789) A l u in i , «Dclla pena di m orte», Vigevano; 1852.
PisANELu, «Sulla pena di morte», Lezione, 1356.
P . E l l e r o , «Della pena capilale», 1868. (H a y traduc­
ción espaflola). A u q u s t i n i s , «D e la pena capitale», V e -
nisc, 1860. C . Livi, «C o n tro la pena di morte, ragioni
flsiolúgiche e patologriche». 1862. P e s s i n a . «D ella pena
di morte», Napoli, 1863. Idem, « T r e lezioni sulla pena
capitale», Napoli. 1875. R e b e c c h i , «L a pena di morte»,
Napoli 1864. PiERANTOm, «D e ll' abolizione della pena di
morte», T o rin o , 1865. T o m m a s e o , «Della pena di m or­
te», Pirenze, 1865. G e m m a , « L a pena di morte studíata
nei principii», Verona, 1866. A m a t i e B u c c e l a t i , « C e ­
sare Beccaria e 1’ abolizione della pena di morte», M i­
lano, 1872. P . M a n c i m , «Relazione sulla pena di morte
al Prim o Congresso giuridico italiano», Rom a, 1872.
M u s ió , «L a pena di m orle», Roma 1875. T r o m b e t t a ,
«Questione della pena di morrí^». Roma, 1876. F o n -
o o u , «B re v i considerazioni sulla pena di m orte», R o ­
ma, 1877. La F b a n c e s c a , « L a pena di m orte», N a ­
poli», 1877>. A m e q l io , «L a pena di morte e la disciplina
neir esercito», San Remo, 1878. C a u h ie b i , «II suicidio
e la pena capitale», Napoli, 1885. T r ib o l a t í e R o s s i ,
«U n caso di pena di morte tn To sca n a », Pisa, 1884.
M a m ia n i , «Della pena capilale», Roma, 1885. U . C o n t i ,
- 74 —

«Intorno alie nuove doltrine in diritro penale con par-


ticúlare rig-uardo alia pena di morre», Bologna, 1886.
G . B e b a u d i , «L a pena di mortc e gli errori giudiziarü»,
Roma, 1888. C a h n e v a le , «L a questione delld pena di
inorlc». T o rin o 1888. (H a y traducción española). De
esas obras, las más famosas y rambién las más auto-
rizadas por el mérito real de sus autores son las de
E l l e r o y Pessina; pero la más notable a mi juicio,
aunque no he visto que nadie la cite, es la de R e -
BAum (1).
140. C o m o penalistas notables que, en la misma
Italia, se mostraron adversarios de la pena de muerte
en obras de carácter más general desde la época de
B e cca b ia , cabe mencionar, además de este y de los ya
citados E l l e r o , Pessina y C a h n e v a le , a C a n o n ic o ,
NicoLiNt, A m rro so li y C a r r a r a , y a los contemporá­
neos F e h r i, P u o lia , ím pallom eni, M e c c a c i, B u c c e la ti,
A lim e n a , C iv o li , M a n z i n i , C o n t i y S ilv io L o n q h i, cu­
yas obras no cito; porque habré de verificarlo cuando
haga referencia a sus argumentos.
141. C o m o se ve, el movimienic» doctrinal aboli­
cionista no adquirió importancia en la patria de B e c -
c a r ia hasta mucho tiempo después de la muerte de
éste, esto es, hasta mediados del siglo X IX .
142. Francia. E n esta nación el movimiento doc­
trinal abolicionista adquirió fuerza y extensión mucho
más rápidamente que en Italia, y decayó, más pronto
también. De ello son testimonio además del «C om e n ta ­
r io ...» de V o L T A iR E en 1766 (citado anteriormente) las
siguientes obras escritas exclusiva o principalmente
contra esa pena, a pesar del título genérico de algu­
na de ellas: B r i s s o i u e V a r v i l l e , <cDe la suppression
de la pein^ de m o ri», 1780, «Idem , Thcorie>des lois cri-

(.1) 4)uv vxiraÍK'n v c t iiK*n<i<knAJa iicjuí una ú bfA d cl cólcbr^ C a r m k í-


N/^Ni ( l , c 2 Ínne a ccjd vn iica riuila pena d i in o rlc ) m&-$ cilnüsi co ntraria n I<é p v m
ds* ifitiiTÍc ) «iiiL* l:is a iile iio rm c n (c iiid ira Ja s a irxcc|Krión i lr las de HI.I.HI4Uy
pero no más luidla i|ueelLis, ilc íw áU|3uiiiT, hablarán la i'xpüCACi^it (Mt 6l p ir á -
[[rafo siguicnk*.
- 75 -

minelles, 1781. M AR AT,«Plan de kgislcition criminelle»,


1780, con nueva edición en 1789. <Se Iradujo al caste­
llano en 189t). D u p o rt , «O p in ió n sur la peine de
m orí», imprinié par ordre de I’ asscmblec nationale,
París, 1790. V a s s e u n , «Théorie des peines capitales
ou abua ct dangcrs de la peine de mort ct des lo u r-
menís»; ouvrage presente a i’ assemblc nationale, Pa­
rís, 1790. B ou sse m a b t «Sentimenl d 'u n citoyen íran-
foís sur la peine de mort, París, 1790. Am and, (Depu­
ré de Pas de C alais), «M otion d' ordre sur 1' abolition
de la peine de m ort», París, 1792. L e p e lle tie b de
S a in t -F a r q e a u , « L ’ abro^ation de la peine de m o rí»,
Tragments extraits du rapport sur le projef de Code
penal presente a 1’ assambléc consfiruante, París, 1795.
Anónimo; «Aboliíion de la peine de morfe», ou dan-
gers d'admettre les suppiices dans un érat sígem ent
gouverné, París, 17?4. C h . L u c a s , « D u systéme penal
et du systéme répressif en general, de la peine de
mort en particulier», París, 1827. G a h n ie r, «D e la
peine de m orf», París, 1827. V a la n t , «N ouveau essai
sur la peine de m ort», París, 1828. C . R o u n ie u, «Plus
d' cchafaudst ou de I' abolition immediafe etabsolue de
la peine de m ort», París 1833. D o u iíle t de B o is , « D u
regime céllulairc, peine de m ort», París 1839. M e n a n t,
«Observations sur la peine de m ort», París, 1846.
B a s s in e t, «D e I’ abolition de la peine de mort prece-
dée de quelques reflexions sur le droit de punir», Ne~
vers, 1847. L a g e t V a lb e s o n , Martyrologe des erreurs
judiciairca», París, 1865. B oysaym e, «D e la peine de
m o rí», Marseille, 1865. D e s p re z, «D e la peine de
m ort», París, 1870. D e S e l l o n , « L a peine de mort au
vingtieme siecle», París 1877. C m o u ze l. «L a peine de
mort, Etai de la question specialemenr en Espagne ct
en Portugal», Toulouse, 1884. De estas obras las más
importantes son las de L e v e lle tje h de S a in t Fahoeau
y C a iilo s L u c a s , especialmente esta última a pesar
ser un poco difusa y declamadora.
- 76 —

143. C o m o penalistas distinguidos o más o me­


nos célebres que en estudios de carácter más general
se mostraron adversarios o simplemente desafectos a
la pena capital pueden mencionarse, además de los ci­
tados B r is s o t d e V& r v il l e y C a r l o s L u c a s a R o b e s -
piERRE, tan famoso por otros conceptos, y a P a s t o h e t ,
B é r e n q e b , B o n n e v i l l e , O r t o l a n , a . F r a n c k , DE8-
POBTES, S a l e i l l e s , y L,\ n e s s a n .
144. Alemania. También en los estados alemanes
se adelantó el movimiento abolicionista que data de
B e c c a r i a más que en la patria de éste, para detenerse
antes también- C o m o obras exprofeso contra la pena
de muerte creo oportuno mencionar primero las siguien­
tes del siglo XVJII: J.HnRRMANN, «Dissertatio de jure gla-
d ii», Lipsiae, 1769. T e x t o r , «Dissertatio de supplicío
capifatiet poenis infamantibus e civitatum foris proscri-
bendis», Tubingaz, 1799. G r u n e r , «Versuch líber Stra -
fen. In vorzügliclicrhinsichtauf To des-und Gefangniss-
sfrafen», Gottingen, 1799. (E n s a yo sobre las penas.
C o n consideración especial a las penas de muerte y de
prisión, Goflinga, 1799). V e z i n , «D a s Rccht an Leben
zu strafen, systematisch erw ogen», Osnabrück, 1799
( E l derecho a castigar en la vida, considerado siste­
máticamente).
145. E n el siglo X IX son de notar las siguientes:
D0nNER,«LJnmas5gcblichc Bemerkungen Uber die U n z -
wcckmássigkeit der Todesstrafe bei Diebstallen, die
dermalige Verfgssung der sogenannten Zuchthauser
etc.», Munchen, 1801. (Observaciones entre otras co­
sas sobre la inconveniencia de la pena de muerte en
los robos, la actual organización de las llamadas pri­
siones correccionales etc., M unich, 1801), B o m m e r ,
«D ie Todessrrafen und die Behandlung der Verbre-
chen», Frankurt, 1805. (Las penas de muerte y el tra­
tamiento de los delitos, Francfort). B a r k h a u s e n , «B e -
merkungen über die Todessrrafen und IJbcr einigc da-
mlt verwandte Materien», Halle, 1805. (Observaciones
— 77 —

sobre Id pena de muerte y sobre algunas materias


enlazadas con ella). G m e l r , «Ü b e r dic Unrcchtm ássig-
kclt dcr Todesstrafe», Gicsscn, 1616. (S o b re ' la ilegriti-
midad de la pena de muerte). S c h ib l it s «D ie To d e s­
strafe in naturrechtlicher und siftHcher Beziehung. Bin
philosophischer Versuch», Leipzig', 1825. (L a pena de
muerte en su respecto jurídico-natural y moral. U n en­
sayo filosófico). L i c h t k n b i - r g , «D ie QrundzUge des
Strafrechls, mil besondercr Beziehung auf dic Tod e s-
straf», Leipzig, 1829. (Fundamentos del Derecho penal
con especial respecto a la pena de muerte). E s c h e n -
MAiER, «U b e r dic Abschaffung des Todesstrafcn», T u -
bingen 1831. (Sobre 3a supresión de la pena de muer­
te). F e l s e c k e r , «W orfc an Baicrn, bcircffcnd die
Abschaffung derTodcsstrafe», Nurnberg, 1851. (P a la '
bras a Baviera, concernientes a la supresión de la
pena de muerte). S a m h a b e h , «D ic Abschaffung dcr
Todesstrafen, aus rechtlichen, politischen und religlo-
sen Qründen gerechlfertigt», Nurnberg, 1831 (L a abo­
lición de la pena de muerte justificada por principios
jurídicos, políticos y religiosos). N e u b iq , «D ie rechfs-
widrige Todesstrafe», Nurnberg, 1833. (L a antijurídica
pena de muerte). G d o h m &n n , «Christenthum und V e r-
nunft fUr die Abschaffung des Todesstrafen. S a m m -
tung landstandischer Verhandiungen des Konigreichs
Sachssen, nebst anderen wissenschaftlichen Mitteílun'
gen von Grossm ann, Eisenstuck, A m m on , Paulus,
A b c g g , M ehring, Schlager u. A . und eincr Prcdigt von
Schleiermacher Uber die SUnde der Todesstrafe. M ít
Bem erkungen». 6erlín, 1835. (Cristianism o y razón,
para la abolición de la pena de muerte. Colección de
las discusiones del Landtag del reino de Sajonia con
otras comunicaciones científicas de Grossm ann, Eisen-
tuck, Am m on, Paulus, Abegg, M ehring, Schlager y
otros y un sermón de Schleiermacher sobre el pecado
de la pena de mucrie. C o n observaciones), H o l f t ,
«D ie Todesstrafe, aus dem Standpunkte der vemunfr
— 78 -

und des Chrisicnfhums beirachiet», Berlín, 1837 (La


pena de muerde considerada desde el punto de visla de
la razón "y dcl Cristianism o). 2 o p i l , «Denkschrirt iibcr
die Rechfmássigkcit und Zwcckmássigkcit dcr To d cs-
strafe», Heídelberg^, 18¿9. (M cinoria sobre la legitimi­
dad y la convcnieiicíd de la pena de muerte). A lt h o f ,
«ü b c r dic Verwerllichkcif dcr Todcsstrafc», Lcmg^o,
1842. (Sobre la inadmisibilidad de la pena de muerte).
N ü lln e h , «Wisscnschari und Leben in Dezug auf die
Todcsstrafc». Frankfurt, 1845. (Ciencia y vida en rela­
ción con la pena de muerfe). S c h l a t t e h , «D a s Unrecht
der Todcsstrafe», Erlangcn, 1857. (L a injusticia de la
pena de muerte). MiTrenMAiEtj, «D ie Todessfrafe nach
den Ergcbnisscn», Heidelberg, 1S62. (L a pena de
muerte seg-ün los resultados). B e rn e r, «D ie A b s ch a -
ffuner der Todcsstrafe», Dresden. 1865. (L a abolición
de la pena de muerte). C h u i s t i a n s e n , «D ie Absurditíit
der Todcsstrafc», Kiel, 1867. (L a absurdidad de la pe­
na de muerte). Idem. «D ie rechtlíclic Unmüglichkeit
der Todesstrafe», Kiel, 1868 (L a imposibilidad jurídica
de la pena de muerte). G e y e r, «D ie Todesstrafe», Ins-
bruck, 1869. (L a pena de muerte). H o l t z e n d o r f f ,
«D a s Verbrechen des mordes und die Todesstrafe».
Berlín. 1875. (E l delito de asesinato y la pena de muer­
te). La s principales a mi entender son las de M i t t e r -
MAiER, Berneb y H o ltz e n d o rf f .
146. Entre los penalistas distinguidos que en obras
no especiales para ello se mostraron disconformes con
la pena de muerte (en Alemania) recordaré aquí, ade­
más de los citados M itte h m a ie h , B e r n e r y H o l t z e n -
DOKFF, a A b e g o , S c h a f f p a t h y R o d e b . C o m o filósofo
del derecho puede citarse aquí a A h r b n s .
147. Bélgica. Entre los autores de obras especia­
les contra la pena capital hallamos en este pafs los
alguientes: WiNsiNCEr, «Specim en philosophico-juridi-
cum de talione et pcena niortis», Lovanii, 1822. W in s .
« D e supplicio capitis tolkndo, Lovanii. 1 8 ^ . D u c p E '
- 79 -

TiAux. «D e la peine de m ort». Bruxclles, 1827. Idem,


«De la mission de Id jusMce humaine et de la ánjiistice
de la peine de m ort», Bruxelles, 1627. Anónim o, «De
la mission de Id justice humaine el^ de I’ injuslice de la
peine de morf, de la justice de rcprcssion et particulié-
remenr de I’ inutllité er des effers pernicieux de la
peine de m ort», Bruxelles Í827. L e v a l , «D e la peine de
mort, conaiderée daña se$ rapports avec I' equité, la
morale et l’ urilité», Bruxelles, 1828. T h o n is s e n , «Q u e l-
ques reflexiors sur la pretendue nécessité de la peine
de m ort», Bruxelles, 1865, N y p e l s , « D c la pretendue
nccessité dc la peine de m ort». Bruxclles, 1863. H u m -
BLET, « L ’ abolition de la peine de m ort», Liege, 1863.
H a u s , « L a peine de mort, son passé, son present, son
avenir», G and, 1867. Las que considero más importan­
tes son las de T h o n is s e n y H a u s .
14d. C o m o autor de obra más general, en que se
combate la pena de muerte, además de los menciona­
dos T h o n i s s e n , N y p e l s y H a u s , citaré aquí a S e -
VESTRE.
149. Su iza . C o m o autores dc obras especiales
contra la pena de muerte hallo en S uiza los siguientes:
SALLEN, «Lettre en faveur de I’ abolition de la peii^e de
mort», Généve, 1827. S e l l o n , «Lettre a un membre de
la commission nommée pour examiner la proposilion
de Víctor de T ra c y , en faveur dc I’ abolition de la pei­
ne de m ort», Généve, 1830. Idem, «Lettre sur la peine
de m ort», Généve, 1833. Idem, «Dialogue sur la peine
•de mort, sur le systcmc pcnitentiaire, crsur la guerre»,
Généve. 1834. P ie r q u in , «3 ie Todesstraffe, Keine Stra*
fe fUr den Vcrbrecher, drohr dem physischen und m ora-
lischen Wohle der unschuldigen Staatsbürsrcr die grrOs-
ster Gefahr», Basse, 1856. (L a pena dc muerte, pena
nula para los* delincuentes, amenaza el más grande
peligro para el bien físico y moral de los ciudadanos
inocentes, Basilea, 1836). H i l t y , «Ü b e r die Wiederein-
fühning der Todesstrafe», Bern, 1$79 (S o b re el resta­
- 8 0 -

blecimiento de la pena de muerte). P h il ip p in , «D e la


peine de mort, maintcnant 1’ art. 66», Oénévc, 1879.
150. C o m o penalista suizo adversario de la pena
de muerte sin haber escrito exprofeso contra ella debe
citarse S t o o s s .
151. Inglaterra. E n el reino unido son de notar
las siguientes obras especiales contra la pena capital,
W a k e f i e l d , «Facts relating to the punishmcnt of death
in the Metrópolis», London, 1831. {Hechos concer­
nientes a la pena de muerte en la Metrópoli). W o l r v c h ,
«H islo ry and resulls of the present capital punishment
in Engrland», London, 1852. (Historia y resultados de
la actual pena capital en Inglaterra). C h . Ne\Te,
«Considerations on the punishment of death», Lon­
don. 1857. (Consideraciones sobre la pena de muer­
te), P h il l ip s , «Vacation thoughts on capital punish'
ments», London, 1858. (Pensamientos de vacación so­
bre la pena capital). Lobd H o & art, « O n capital punish­
ment for m urder», London, 1861. (Sob re la pena ca­
pital para los asesinos). W . T a i , l a c k ), « A general
Review of the subject of capital punishment», L o n ­
don, 1865 (U n examen general de la materia de la pe­
na capital). B e q g s , «T h e royal commission and the
punishment of death», London 1865. (L a comision
real y la pena de muerte). M o i b , «C apital punishment»,
London 1866. O l d f i e l d , «T h e penalty of Death: or the
Probiem of capital Punishment», London 1901. (La p e -
na de muerte: o sea el problema de la pena capital).
C o m o obra (inglesa) no especial en que se combate
bastante extensamente la pena de muerte merece citar­
se la del famoso B e n t h a n compilada por el suizo
D u m o n t , cuyo título es: «The o rie des peines et des
recompenses (Londres, 1811) y de la cual hay traduc­
ción castellana hecha en 1826.
152. Suecia. E n este reino com o obra especia
contra la pena de muerte hay la notable siguiente:
O uvEC R O N A, cO m DOdsstraffet», Upsal, 1866 (D e la
— 81 -

pena de mucrlc). (H a y íraducción francesa revisada


por el aufor). C o m o obra de carácter más general en
que ^ combare doctamente esa pena merece citarse la
del principe, que después fuá rey O sca r I, titulada:
«O m S tra íí och Sfraffanstaller», Stockholm , 1840.
(De las penas y de las prisiones).
Finlandia. Después de las de Suecia corresponde
citar, por estar escrita en sueco y pertenecer a un
país cuya civilización y cuya historia son suecas, aun­
que hoy se halle sometido a Rusia, la obra del finlan­
dés K . F . L a g u s , «O m Dedsstrafíef», Helsingfors,
1859 (L a pena de muerte),
153. España. E n esta tierra la literatura abolicio­
nista es escasa y de no mucho valor intrínseco. L o s
libros especiales contra la pena de muerte, que puedo
citar, son: P é r e z d e M o u n a , « L a sociedad y el patíbu­
lo», M adrid, 1854. T o r r e s C a m p o s , «L a pena de
muerte y su aplicación en Esp añ a », M adrid, 1879.
cBorso di C a rm in a ti», « L a pena de muerte ante la ne­
cesidad, la justicia y la m oral». Valencia, 1882 (obra
trtiducida al italiano en 1883), Luis C o s t a , «L a pena de
muerte», Se g ovia , 1907. Tam bién cabe incluir aquí e!
prólogo que puso el 5 r . C a n a l e j a s a la traducción del
libro de E l l e r o , Sobre la pena de muerte, en 1907.
C o m o adversarios de la pena de muerte en libros no
especiales contra ella pueden citarse los S r e s . S il v b -
LA (1 ), D o r a d o M o n t e r o (2 ), V a l d é s R u b io (3 ), S iu ó
y C o r t é s (4) y aun A r r e d o n d o (5), cuyos argumentos
analizaré en otro lugar.

( I I L . S i l v e l a , <EI D crM ho p rn tl n tu d iid o m principian jr en l i l« g ls l» l¿ n v i-


{M i l f m E ip iñ a .. P a rí» p rim rra. libro Ircfio, capiliilo w íu n d o , § L X i V . T o m » I,
|dg. 2i<S. S ren n di edKIAn. M a d rid , IW 3 .
131 D OR ADO M o n t e r o , «Bases para un nuera dtrecha penal.. Cap. III, p ig l-
n M «2 B a rn lo n a . M annrl Soler, «d ilo r.
(31 V a l d C s R u b i o , «Derecho penal, su niosofii, historia, legUlición y ju ris­
prudencia», T o m o , I, Lección X L I V págs jrsigles. Ttrce ra edición, Madrid 1993.
(4) S lL lá y C O M TÍS , 4L 1 Crisis dcl ü e fK h n penal-, Cap. IX , p igs. 302 y t i-
gulcnlcs. M adrid, IS9I.
(5 ) A k r l d o n d o y DRAVO y Q o v e n a , « E « im r n critico délas nuevas cscuclis
d* Dercciio pcn>l>, secunda parle. Cap. 11, pies. Hi2 y sigles M adrid, 1898.
- 8 2 —

154. E n contra de la pena de muerte al parecer y


con seguridad para hacer resaltar la odiosidad que re­
cae sobre el verdugo, se escribió en España una nove­
la, La piedra angular de la Ilustre literata gallega Doña
Emiua P abdo 5 a z á n . Dc esa novela se diio en el C o n ­
greso penitenciario de la Corufia por un respetable
miembro de él, que en ella se «exponen en pro y en
contra los argumentos, y allí se ve que todos aquellos
con que se defiende la pena de muerte se pulverizan,
no valen nada ante su piqueta demoledora, y se hace
resaltar que es una pena inútil» etc. (1). L o he oído con
extrafieza, y con asombro lo veo consignado en letras
de molde en las actas del C ongreso, apesar de lo
muy renovado que en tales actas aparece el discurso
en que esas palabras se profirieron. E n esa novela no
sólo no se pulverizan los argumentos con que se de-
fiende la pena de muerte, sino que ni siquiera se exa­
minan, ni se exponen, ni se hace la más ligera referen­
cia a ninguno de ellos. Ta m p o co es verdad que la
autora haga resaltar que es una pena inútil: ni intento
de eso se ve en la obra. Cierlamente en una novela no
era posible exponer así en general los argumentos en
pro y en contra de la pena de muerte, y discutir los
primeros, sin que la obra perdiera absolutamente su
carácter de novela, y se convirtiera en una obra cien­
tífica; pero bien se podía, sin detrimento del carácter
novelesco, analizar alguno de los argumentos en pro,
o exponer alguno en contra, ya hablando la autora por
cuenta propia, ya mejor poniéndolo en boca de al-
guno de los personajes de la obra; pero en cuanto a
los argumentos en pro ni eso ocurrió siquiera, y como
argumento en contra, lo único que puede tener preten'
siones de serlo en esa novela es una reflexión muy
superficial, que pone en boca del protagonista (un mé-

(1 ) V . Seg u n do canicr«^so p m ile n c i^ rio ccIcb ra d o en U C o ru A a eti 1914. to m o I.


p ae. 232.
— sá­

dico), y que, si com o tal argumenfo se toma, el primero


y no único inconveniente que tiene es dar por supues^
fo lo mismo que quiere probar (1 ). M ás lógico a mi
fuicio, y desde luego más honroso para la autora de
la novela, — dada la contextura de esta,— es suponer
que aquélla no se propuso, ni aun incidentalmente,
hacer labor jurídica sino artística; que meramente ar­
tístico es el abolicionismo de la obra, consistente en
hacer resaltar la aversión que inspira el verdugo; que
consiguientemente no se ha tratado de mentar en la
novela ningún argumento científico en pro ni en con­
tra de la pena de muerte, y que ciertas expresiones
todas iguales en el fondo y casi en la forma puestas
en boca del protagonista no significan más que des­
ahogos de un hombre que habla conforme a sus ideas
abolicionistas, pero sin pretender justificarlas.
155. América del Norte y del S u r. E n Norte A m é ­
rica se escribió contra la pena de muerte el siguiente
trabajo no m uy especial: L iv i n g s t o n , «Report made
to the general assembly of the State of Lousiane»,
New -O rleans, 1922. E n la América del S u r y Repúbli­
ca Argentina el profesor R iv a b o l a combatió la pena
de muerte en su «Derecho penal A rg e n tin o », (parte
general, lib. 111 cap. II) M adrid, 1910. (Tam bién publi­
có una conferencia especial sobre ese tema; pero ésta
por su insignificancia no merece recordarse).

(1) La reflexión i que me refiero es la de que^ si e» erimiruil y merece pena el que


dominado por una pasión mata a un hombre, el ve rd u f^ «que a sangre fría y a man*
salva ha tomado por oncío matar.« A éste como a una víbora se le debía aplastar b
cat»e.¿a». C«l-< piedra angular». páRS. l i i . 3)3 etc., M adrid. 1801). En otros lueares de
la obra &e hace notar que lógicamente « t á en el mismo caso el verdugo que n ia U que
el maRÍslrado que condena a mucrlc <págs 187, 193 y «i gtc.') En todo lo cual se da ya
por supuesto que la pena de mucrlc no es legitima; porque sí lo es, y se aplica a quie-
n n d c b c aplicir-se, mate muchos o poros el vcrdu^ro no comclc culpa ninguna, y c$ m i»
inocente matando a 100 reos, que el que sin bastante da un libero estiran de
orejas a un niño. Por lo dcná-s. esta confusión o icquíparaci^n de la muerte de un
incMrentc ejecutada por un criminal con el Tin de robarlo, por ejemplo, y la muerte de
un gran criminal ordenada por los magistrados y ejecutada por el verdu^^o en cuth*
plimicntci de la ley, o de una superficialidad y pobreza U l, que s¡ el Doctor M ora-
g i» d e la novela fuera un personaje real, y yo le oigo una atrocidad «cmejante, me
guardaría de llamarle a mi cabecera llegado el ca«o¡ pgrque un hombre sin entoidl-
mientd ni sirve para ni para
- 8 4 -

156. De la resefla bibliográfica que acabo de


trazar se infiere, como ya nofaron antes de ahora
G a b r \ ud (1 ) y V id a l , (2) aunque ellos no io demos-
fraron, que el movimiento abolicionista ya desde 1870
vino disminuyendo notablemente y cada vez más en
casi toda Europa. Y si en España, donde sin embargo
ni ahora ni antes tuvo mucha fuerza ese movimiento,
parece más bien haber aumentado desde esa fecha que
disminuido, es porque nuestros progresistas, buscan­
do sistemáticamente lo que reputan moderno, sea bue­
no o malo y adaptable o no adaptable a nuestro pais,
loman indefecriblemente por moderno lo que lo fue en
Francia treinta o cuarenla atios antes.

§ V

Movimiento doctrinal favonhle 9 la pena de muerte


desde la época de Beccaria, Notas bibUogréfícas
por naciones

S u m a rio : 157. Partidarios de la pc-na de miierlc: autores de obras


especiales sobre ella y aulorcs de obras no especiales: número
relativo de unos y otros: el porque de los licchos. Razón del mé­
todo.— 153. Ilali^i. Obras especiales en defensa de la pena de
m u e rte .--Ií9 . C a r m io n a n i y su «Lczioiie accademica sulla pe­
na di Iiiortc»: errores accrc.i d«l contenido y espírllu de ésta.—
160. Penalistas (italianos) defciisorcs de la pena de muerte en
obras no especiales: períodos en que su dividen. Bibliografía de
los del último tercio del si^lo X V JII.— 161. Idem de los del
siglo X IX hasta el advcniniiciito de la escuda positivista, y de
tos filósofos d íl Derecho que están en «1 mismo caso.— 162. Idem
de los que surgieron desd.> el advenimiento de la escuela posili*
vista hasta ahora. — 163. Publicacioncs importantes defensoras de
la pena de muerte. — 161. Kraticia: monografías tn defensa de U
pena de muerte desde la época de Bccc\ltlA .— 165. Penalis­
tas (Franceses) que- se mostraron partidarios de la pena de muer-
------------------------- í
(¡1 O a n r a u d . .T r n ilé Ih w riq iK et pratique dn drolt péníl (r » n j» ls -, Tome
d e u x ira lt. T i t r c I I , n . J S I , p l g . 8 r l V. P ir is , IS M .
(2) V i d a l , - C iu n de d ro ilc rim in c l-, Pttm iere pariic, L iv . V I I I , c l» p . l l . S í c -
lion I, r i g . 562. D raxicm c cditlon, P itis. WOl
- 8 5 -

te eit obras de caráclcr m is general; sii bibliografía en el si­


gla X I X hisla 1875: id. desde esa kclia.— 166. O íros partidarios
de Ui pciia de ntiicrlL- cu Fraiicin.— 167. Alemania: bibliografía de
obras especiales CM defensa de líi ptii.i (Je muerte c<jrr«poii<li<n-
le al último tercio dcl siglo X V I ll.— 168. Idem corrcspotidieiile
al siglo X IX y al X X .— 169. Pciialislas (alemanes) que defendie­
ron la pena d t muerte en obras no especiales.— 170. Filósofos
(k'l (Icrcclio partidarios de 1n peiin de iTiiiertc.— 171. El C o n ­
greso jurídico de Dantzick. -172. Austria: Obras especiales en
favor de la pena de nnierle: obra no especial favorable a la mis­
ma pena.— 173. Siilza: obras especiales en defensa de la pena de
muerte.— 174. Bcleica: Obras especiales y no especiales en favor
de ta pena de muerte.— 175. Holaiid^i; moiiografías en defetisade
la pena capilai,— 176. Sueciii: partidarios de la pena de mnerle
en esa nación.-- 177. Inglaterra: penalistas partidarios de la pena
capital.— 178. Esparta: monografías en defensa de la pena capital.
— 17Q. Afirmadores (españoles) de la pena dc muerte cn o b r ií de
carácter más g e n e r a l,-180. D.” C Q -m ce pció n A r e w a l com o par­
tidaria y defensora de la pena de muerte: texto de sus «Cartas a
los delincuentes»; texto del opúsculo; «A lodos» contra ciertos in­
dultos dc la pena capital: el opúsciiln de la misma escritora sobre
la cjecuci6ti de la pena dc muerte. O bjcccl^n contra esto y rcs-
pnesta (N ota).— 181. Conclusión que se saca de este estudio. Lo
acordado en el Congreso penitenciario dc la Coruña (Nota).

157. Entre los partidarios doctrinales de la pena


de mueric desd« época de &ECCAniA conviene dlslin-
guir los traiadistas especiales de esa pena, de los que
hicieron referencia a eíla en obras de carácter más ge­
neral. L o s primeros, aunque no dejaron dc ser nume­
rosos, singrularmente en Alemania, no excedieron en
el conjunto de los países y aun quizá fueron supera­
dos (en cantidad) por loa que impugnaron la misma
pena en Forma análoga, esto es, en obras especiales
también. E n cambio los que defendieron o dieron por
supuesta la legitimidad de la pena en cuestión en
obras dc carácter más general, esto es, en obras de
Derecho penal o de Filosofía del Derecho, en casi to-
dos Los países excedieron en número a los adversa­
rios, y donde no los excedieron visiblemente, ios
Igualaron o poco menos. La razón de eato es que, co­
— 86 —

m o la g^eneralidad de las legislaciones admlMeron y


admiren la pena de que traíamos, los partidarios de
ella, aunque constituyendo mayoría, no consideraron
comunmente necesario hacer grandes esfuerzos en
pro de la misma, y además no pareció que obras de­
dicadas exclusivamente a eso despertaran bastante
interés para que en muchos casos valiera la pena de
publicarlas. Esto es lo que, supuesto lo referido hasta
aquí, arrojan de si los hechos que vo y a indicar, tra­
zando separadamente la bibliograría de los partida­
rios de la pena de muerte en cada una de las principa­
les naciones.
158. Italia. C o m o obras exprofeso en defensa de
la pena de muerte creo conveniente citar las siguien­
tes: M o n t a n a r i , «Dissertazione sopra la necessita de-
lla pena di mortc nclla criminal legislazione, dichiarata
nei casi da usarsi con alcunc osservazioni intorno a
quella dei prem ii», Verona, 1770. V e r q a n i , «Della pena
di morte». Milano, 1777. P a s c u a l L ib e h a t o r e , «Del
diritro sulla vira», diálogo filosófico. C a r m ic n a n i , «L e -
zione accademica sulla pena di m orte», Pisa, 1856.
CONTOLI, «D iscorso sulla pena di morte», B o lo g -
na, 1840. A . V e r a , « L a pena di morte», N apoli, 1863.
(H a y traducción castellana). Gabba, «II pro ed II con­
tra [della pena di m orte». Pisa, 1865. V e r a t i , «Della
pena di morte», Módena, 1866. S t e f a n u c c i - A l a , «L a
pena di morte e la societá odierna», Rom a, 1874.
B ia n c h i , «Antiabolizionistal!», Verona, 1874. F e r b a n -
Ti, «S u lla pena di m orte», Bologna, 1875. P e l l e o h in i .
«N ote contro I’ abolizione della pena di m orte», Pado-
va, 1877. L a n c ia n o , «S u lla pena di morte, Chieti, 1884-
G a r ó f a l o , «C o n íro la corrente», Napoli, 1885.
159. Respecto a C a r m i g n a n i , he de adver­
tir que algunos com o M it t e b m a ie k , ( I ) O l iv e c r o -

(1) En ñola ■ la o b » de Fci.;r,KnACii, -L riirb u c h d a L’mic'lncn in Dcubchland


(4IHgcn p d n llc h o iR cc h b .i g U S . pág. 7*7 O in c n . ]B 4 7 .
— 87 -

NA, (1 ) M oLiNien, (2 ) PessiNA,<d) ere , mencionan la ci­


tada «Lezione accademica» com o contraria a la pena
de muerte. E n esto hay una equivocación. E l insigne
profesor de Pisa habfa combatido la pena referida en
aua obras anteriores (4); pero después desengañado
convocó a sus discípulos solemnemente, según refiere
C ésar C a n t ú , (5 ) y se refractó leyendo ante ellos y
un inmenso auditorio, en 10 de M a rzo de 1836, esa
lección, que luego se publicó en italiano y en francés.
La importancia de la obra y más aun el nombre del
aufor merecen esta rectificación.
160. E n cuanto a los penalistas que defendieron
la pena de muerte en obras no especiales para ello, su
historia bibliográfica en Italia y en la época de que tra­
tamos puede dividirse- en tres periodos. E l primero,
que comprende el último tercio del siglo X V III, es el de
las controversias causadas inmediatamente por el libro
de B e c c a r i a , y en él los partidarios de la pena de
muerte (comunmente impugnadores directos del pu­
blicista mllanés) exceden en número y quizá tam­
bién en calidad a los adversarios de ella. Entre ellos
se cuentan P a b l o Risi (6 ), F i l a n g i e r i (7 ), N a t a l i (8),
R e n a z z i (9 ). A . G iu d ic i (1 0 ). B r i g a n t i (1 1 ), B a r b a c o -

< l) O L IV E C R f’NA, - D « la Píine de i r o i l f , Ch a p. V, pág. I » . T rid u c tio n k v u í


d «ppiouvce par T a iilc u r. Parí;;, Idtó.
(1) M o L im r.K , «T riiilc IhOuriqiic rt praliqiic de D ro U lotnt premier,
• Q ii«tio r d « la peine de r iL t t ., % 1. •Aper^u hlslorique*. p ie . «92. París. IW 3.
( I ) P e s s i M*, •11 d iri Ito p «ia l< iii Ilafia, Capo V . 11, íh E iie iclop«lla del d írillo |>«-
nalr lla lia n v , vol. ||, p i^ . fr|3. M ilano. I9<K.
( i ) V . C »K M iO N * N I. •Jiitis crlm ina lib íleinciila.. L ib Il.P a tss e ca n d a . 5ctt. II ,
T il . I I I . Pisa, IS21. Id . iTe D ria d e lk leegl de la s ic u rrzzi w c i a l » . Pisa, IS II .
<.S> C A K r ú , .B M eatia e« le d to ll pénil. O u v ta ^ e lra d u il... par Jule« La co ln U <1
C . Delpvcta, X X V I , p i£ . m l ’aris, i m .
l(i) P a u i.i R iS lJ . C -, ■Animadvnsioiies al crimlnalt-m ¡MTisprudcnllani p eitl-
nenle&de probalioríbus ad capíule judicium nvcc&;4irlis i. M ilano. 17Ü6.
(7) E'il.AN Om iii, • S cim zi d r il l lí);is la z ,o n (.j fottio I I I . N i j m II, 17S0 i I7SV
( 8 ) N * T/k U , -In t o r r c a la efH citia t n c c n s iU d d lc p tne«, IT7á.
(9, Re^A.ZZI, •£lcnicnla juris criininalis». L ib . I I , Cap. 12C. p i p . llf ie t s c q .
Flortnllar, I S I I (L a l . ' r t i c es de ITT3].
(lO l A . O IU U IC I, 'Apologia della giiirispniilenza rumana a nole eiiliclie al libro
■nlilulalo dci d clllli cde llc pcnc>. M ilano, I7B4.
( I I ) B r i o a n i í , < euin ca na lítico d rla ls tcB ia Icsali».
— 88 —

V I (1 ), Cbem ani (2 ), F . R usca (3 ), Rom aonosí (4 ), M a -


LBRBA (5 ), RoOQIERI (6 ).
161. A ese periodo siguió otro, que podemos con­
siderar abarcando desde principios del sig'lo X IX hasta
ei advenimiento de la escuela positivista en 1876. En
esc tiempo y en cuanlo a Italia, de la que tratamos
ahora, los defensores científicos de la pena de muerte
disminuyeron en número (relativo), y los adversarios
aumentaron, llegando a superar a aquéllos aunque no
grandemente. N o obstante, aun en ese periodo, aparte
de los citados antes como autores de obras especiales
en defensa de la pena referida, han abogado por ésta
en obras de carácter más general M abio P a g a n o (7 ), el
citado P a s c u a l L ib e b a to re (8 ), C a n o f a w (9 ), R a fa e -
LU (10), el también citado C o n t o l i (1 1 ), V e c c h io n i(1 2 ),
Rom ano (1 5 ),C a ra c c io u o (1 4 ), U u LO A (1 5 ),M A m A N i (16),
De GroRQi <17) y S . M a r t in r l u (18). S i se quiere
considerar al gran Rossi com o italiano, porque lo era

(I) D a ^ b a C o v i , •[}< mensura iKcnaiuin, sivc dcpcm arum c rim ¡n lb u sa d x ()a m -


(U m m n l i o n o . T rcn to , 179S.
(Z CRIi.MJtNI, • T ra tU lo d i d irillo c iin iin ile i, r i r i a , 1791.
<3) F . R u s c a , • O s w rv u ia n l pr>lic1i«s«^ira la lo rlu ri* . L u g in o , 1776.
1 *1 HO.UAONO&I, •Ocnesi dcl DIrikIo pmale>. Capa X X I, p ig . IS7, M l l j n i I8 ST.
t i ) M a lu k iia , •Conlro il Iratlalo dci drlitli c dcllc p m o .
( 6 ) R ü U n iiíK I, >11 ccxllcc pcnalr. . Osjervaziiini prallico-lcvatl*. Roma, 1769,
(7) M A R to I'AO AN O , 'P rln c ip li dcl Uodice Capilola X II , pi|!. U ed
M i lana, lOOS
18 ) P a s c u a l L m r.R A Tü K i', <Saeei» sulla e ijrltp tiid n iz a p m a lr dcl rq ¡r o di
N i p o li .. N*|wli, 1811.
19) CAM OFAKI, •Conim pnlarioil C o d i « p titilc ;t » l CW iCc 4i P riK «liira pende
dcllc D a c S ic iM c , N apoli, I B » ,
(10) R a f a e l u , « N o in a ln ii pcnale». Vol IV , p igs. 130a 701, Napoll, 1B24-16.
< it ) C . C O N T O U , •insUtuiioni Icorlco-prallctic c rliriiia ll». B olo go i, 1S23 Idnn
•Ttoria d ri d d llli e d c llc p m e ., U o lo gn i, IK U .
( I J ) V iiC C m O N I, •Pensirti inlornu ad una Icgri* di Ic g itU iio iie p ta a lc', N a-
p oll, Itfiw,
0 3 ) R o m a n o , •Inslituziuni di glurliprudcnaa pcnate*. N ip o ll, IKKI.
( U ) C a k a c c i o l u < l'n n im ilu (’ia d cl d irillo pcnale-
(15) U L L O A , «D e iram niinistrazio iic della giiializiacriniiiialL' nel rcg-ng de-Ní|K>-
I I >, N a iw li, lbU&. Idem, •D «llc v U iu it u d iiiic d d iirugtvKíi drl J ir iltu p c tu k In |U IU > .
Napoli, IKJT.
I I 6> M a .m ia m . «In lo rn u a la hilosulia d tl D irillo , e siinjulatiiienlc inlorno alie
e tig in i dcl d irilto di piinirc». Napoli, I M I .
(17) D e O lO K O I, -Sagsro iu llc li-gei dcll «id in c mgralc. ApptnUicc all' opere <k
D lrltU>pcnalc dcl R om agntni-. M ilano, IS í 2 . lü rm , iO,iuscoli »ul ü ir ilt o crimiiiali
fllatoñco e posi(ira>. Padova, 1816.
(181 S . M A K TIS liL L I. • D ia lcu n ififo rm c d e i Codici pcnali.. Napoli, 1863.
-8 9 —

de nacimiento y de fam ilia, es otro nom bre que hay


que afladir a esta lista (1 ). Entre los ntósofos y publi-
cisfas de ese tiempo son d ig n o s de señalar co m o p a r-
rldarios de la pena de muerte De M a i s t u e (2 ), B a r o -
u (5>, Rosmini S e r b a t t i (4 ), T a p a r e l u (5 ), M a t e o L i-
BERATORs (6 ) y C e s a r C á n t ú (7 ).
162. E n el tercer periodo, que es el que comienza
con el advenímienfo de la escuela positivista hacia
1876 y llega hasta ahora, una reacción favorable a la
pena de muerte se ha hecho sentir aun en Italia; de
suerte que ahora aun allí el número de los partidarios
francos o vergonzantes de la pena referida excede al
de los adversarlos resuellos. C o m o partidarios decla­
rados, pues, pueden contarse L o m b r o s o (8 ) G a r o f A '
LO (ya citado antes como autor de obra especial (9 ),
B u f a u n i L a z a r (10), T u r ie l l o (11), F r a s s a t i (12),
A n q io l e l l a (13). M a t t e o t t i (14), etc. A estos pueden

(1) R o s si, « T r i l l é de D ro lt penal*. To m e second, Livre li r , Chop V I, pÉss. 182


rtsuiv. -le. edllion, París IS72.
(2) J. M a I é T h B, - S o i r c « de Saint P eKrsbíw r-g-, S^irpc !•
C3) B .M it »L U -D lr lllo iu iu r « lc p r iv it (» e p u b lico -,V í)l. lV .p i¡í.l7 & ,C r m iM ia , ÍS37.
(O R o s m iv i S K itu ^ T t, .r ilt n o f ia d t lD iiiU ü * . V ü l. I I . . U j r í l l 0 5ociali:>, L ib . IV
snlone I U p a rle I I , c jp IV , art IV . f V I , pág. 900. M ilnno, M D C C C X L 1 I I .
(5/ T A I^ A j i k i l.i, «Ensa/o Icórico Derecho nMiural a|y>>aJa M lo i bM lw s».
Toiiio I , li b . IV , ca|i. l U . arl. II I, ii. IV , pies ^60 y s ig U .T r a d . de D . J i ' a n
O r t i y L a h * . 2.“ ttJic. M adrid, iaS4.
(6 ) M . L i h l b a t o i i k , « I n s t i t u t l o n e s pliilowphi^Cft, V o l. L l l -tFJhica e l jusn a ln -

r x . Jusnalurac». Pars M c u n d i , C l i p . IV , aii. I I I , p i | ¡ 3 . 3 0 6 c t BarCinOdf, IS67.


(7) C . C A M Tir-iB c c c a ru e t Icdro it penal*, O uvra cc Iradult par J r r .K 6 L a c o i k t a
e tc . D k lp k c h , X X V I, p i£ $ , 2& »e ls u iv . P>rís. 1683,
( 8) L o iiu R u s o , <Le c rim r. causes e l remedes*. Traisiem e partie. O ia p . III.
p i g s . Ü IB e ts u iv . P iiíi., 1699.
C?) Q a b o p a m ) , fLa C rim in o lo fiia* . Csludlo 5obrc el delito r sobre la teoría d«
la represión, Tia ü u cc ió n por P k u r o D ü i i a u ü M u m t k r o . Tercera parle. C a p . 1\T.
pies. 341 y s i^ s M adrid, «L a Cs-paña M oderna» (Sin fecha; pero en el orlglna.1 la
1 edie. « de 1ras y U 2 - de 1 .
(10) U i F A M M L a tía n , «Oiinscoli dc-díriltu |>enalc ed c ¡v ¡ le e d d Í K 0f 9OS« Cese-
nc 1 ^ 1 , (t^l opúsculo 7 * n r-j dc:>liTiatJc) a d d n u lc r la pena de muerte).
( 11) T ü i : iK i.i.o , «ü u v e n iü e uovcrnali*, O p M i . liülii^na, 1^ .

(12) P ü A iiü A T i. «L o speriineatalisno neldiritlo pemle, Cap. IV , pág. 259ed.scg.


Toríno . 1802.
(1 ^ ) A m q i o l k l l a , f M a n u a l e d I Antrop«lcn;ía c n i i i í n a l c » . Seconda etlUiunc, C a *
po X X I, 2, piff m M ilano, 1906.
0-4) M A T T i t O T i , - « u recidiva. Sageio di rcviiione critica eou dali s U U s lk l-. P a r­
te IH , táp. V, pág. 4IC, ed. «cg, Tprlll<», 19)0.
— 90 —

añadirse otros q u e son parfidarios indirectos, caai ver­


gonzantes, de la pena de muerte, c o m o M a n z in i (1),
S il v io L o n q h i (2 ), el m ism o F e r r i <3), efe.
163. Tam bién merecen ser citadas en este lugar
por su importancia real y por la influencia que lian
ejercido en la opinión pública algunas publicaciones,
com o la gran revista «L a C ivilta Cditolica» de Roma,
que en diferentes ocasiones, singiilarmenfc en 1863.
1860 y 1865. defendió doctamente la pena capital.
Tam bién la defendieron en ese úlíimo ano las doctas
revistas « L a H arm onia» y el «A p o lo g ista» y el nota­
ble diario la «U n irá cattolica» de Florencia.
164. Francia. C o m o obras especiales sobre la pe­
na de muerte y favorables a ella desde la época de
B e c c a r i a pueden citarse en Francia las siguientes: Ja-
LLET, « S u r la peine de m orf», París, 1790. H . D . C .'
«L a mort de tous les crim inéis», París, 1790. G u e n e a u
DE M o n t b e i l l a k d , «M cm oire sur la peine de mort.»
Dans les oMemoires de D ijo n », T o m . II. O u i z o t , «De
la peine de mort en maticre polllíque», París, 1827.
U r t i s , «Necessite du maintien de la peine de mort»,
Paris, 1851. M e l l o , «Reflexiona d’ un magistrat sur
r abolition de la peine de m ort». París. 1836. S o l i m e -
N E, «D e la reforme du C ode penal franfais», Paris,
1845. M o l i n i e u , «D u droit de punir et de la peine de
m ort», Memoires de I’ Academie de sciences, inscrip-
tions et belles leftres de Toulouse, 1848. V i a u d , «L a
peine de mort en niatiére polítique», Paris, 1902.
H. Jo u , «Rapport a la Societé genérale des prisons {de
Paris) dans la seance du 27 Févrler 1907» (V . Revuc
penitentiaire, n.* de M ars 1907 pag. 309 et su iv.) Poi-
TEviN, «Rapport a la S oc. gen. des prisons, Seance

(1 ) M a n z i m , iT r a llit d di D iritlu pcnulc ililiano*, Voliiiiic I I I , C ap. X V , I I,


capo I I I , p*e- 35. cd. 5cg. T o rin o , l«IO .
<5) & .L O N O H I. <RffpffS!ione» prptm zione nel D itillo p en»l« «l1o«le>, T ^ l. V I.
cap. V , p i f . 931 ed Milano, 1910.
(3) P aH Iii, <La Soclaloelc c rlm lid lc * , T rid a c lio n de l'a u lr u r , Cbap. IV,
págs 52t et sulv. Paris, iM ti.
— 91 —

du 27 Fevrier 1907. (Revue penitenfiaire, núm. cil.)


L a c a s a o n e , «Peine de morí et críminalité», París, 1908.
H. L a u b e n t , «L e s chatimenta corporels. La peine ca­
pital...» L y o n , 1912.
165. E n cuanto a los penalistas que defendieron
o se declararon partidarios de la pena de muerte en
obras de carácter más general en Francia desde p rin ­
cipios del siglo X IX hasta 1875 u 80, por ejemplo, fue­
ron con mucho exceso la mayor parte, y desde enton­
ces casi tódos. C o m o ejemplos de ello pueden citarse
H a u te fo rt (1 ), jo u s s E (2 ), M u v a b t de V o u o la n s (3 ),
M adeleine (4 ), O h e o o ry (5 ), P ebeqbino Rossi (6 ),
BorrARD (7 ), B e b ta u ld (8 ), T r e b u t ie n (9 ). T is s o t
(10), el ya indicado M o lin ie b (1 1 ) y el mismo O b -
TOLAN, que reconocía que la pena capital es justa,
aunque no le placía por ser irreparable (1 2 ). Entre los

( 1) «Ol> 9c m t la n s &ur le li v r t des Delils el dc 5 peines*. A m M crd jii. t7ó7. Eslas


observaciones se p u b lic a ro n aróiiímas, pero se u b e que eran de C A n i.o s A u o r f t T o
H A t'TK P O R T.
(2) jo u a n E i «T ra ilé de juslicc criminclli'*. U c n i. « T i n U c d c L c s ís lilio n c rim l-
ndle de la F ra n c o , Fa rís, 1771.
13) M U V A .K T iiví V o n ti.A S M -H ífiila tio ti du T r a ilí d « delitsTl Jes p e in e «-.
Ocn«vc, I7J7. I J cttI i " L q í $-criininctic»^ lIv la France «laná l«u r orJ^c ii.iUircI*. Pa<
ris, nao.
(•4) M a d k i . u i x k , «Discurso anlc i'l Parlamento de Qrenoble.
( 3) U d k u o d i * , « P r o j c t d e <^>de |>*nal u n iv e r s a l » . P a r í s . 1&33.
( 6) tTraiC<f du D ro il pcnaU, París, 1629. Vidc e d i l , lome SKond,
líbre II I, cliap. V ú pács. 252 el suiv. Taris. 1872. A;inquc R o s si era Hallano de nací-
nienlo, escrlbiii en rran cia , (y en francés» y « consIJcrado como vi je k de la escuela
h-lnccM.
El Sr. Canalejas en el prólogo que puso a. la traducción del lib ro de E l l f . r o
«Sobre la (VHia lie muerle* eilaa Koissr y d Ü u iz < »T <útuo abokicLoiiistas, ¿letido así
que íuerckn I jJ o lo qnptrQfin,
(7) U o iT \ n i). iLct^ons Je D ro ll crim inel. Quatricniclci^oii', Chap. I, p¿g5 > 53
c is u iv . p jr ís , u m
(8 ) B K n rA iJi.iv, «C o iirs d e cade pén.\l et Le^ons d « legíslatii^ti cHminelle> Pa­
ís, 1SS4. U i * edic. eí Je 1S7I.
(^ ) l ’B K i i i n J N ü , «C o u r s elemenlal <lc d ro il L r lin in d * . P a rís, 1654. A u t e d lt. 1864
( 10) ■■nlrodiiclion a Teludc dii d io rl pénal el de la reforme penitentiai*
re». I.lv ie ll f , Chap, I. § 2. pág 284 et siiiv. Parí», 1&7-I.
(11) M o n N iK R r .T r a ilé théorique el praljqiie de D ro il penal*. T o n e I, prctnicre
jMiiUe, Cbap. i t i . pigs. 309 ct snív. París, Id M » ;EL autor m urii^cn 1687).
(33) O j i t o l a b , lElem enls de D ro ít pánilm. To m e I I , t il. V. Chap. V I n I p á -
ses 13 el suiv. Qualríem e edlt. París, 187^.
-9 2 —

contemporáneos pueden ser citados Pb ré (1 ), Ehiuo


La u r e n t (2 ), T a r d e (5 ), L e r a y (4 ), P r o a l (B), Ga-

PRAUD (6 ), R a ú l de la Grassepie (7 ), C uche (8), C o ­


rre (9 ), G a rc o n (10), F le u r v (11), Deoois (12) y hasta
M axw ell, que aunque no quiere la muerte de los gran­
des criminales como pena, la admite com o medida de
salubridad (13). H ay un penalista distinguido, G . Vi-
i> A L, que sin tratar de la legitimidad de Ea pena en cues­
tión, está indeciso respecto a su necesidad (14).
166. Tam bién son de enumerar entre los partida­
rios de la pena de muerte el célebre publicista B enja ­
m ín C o N S TA N T (15), el famoso sociólogo G u s t a v o Le

(I) fK R iJ, el c rim a n iliU '. C h ip . X I I , plRs. I I T e ls u i v . P i-


ris. i m
(3) E. L a u u e iit, ‘ L n habitué* d R p r is o n s d r r ir is > . cl<ap. X X I X . I I , p ig n
«03 el sai V. P lr í i, I9W-.
(3 ) T t i i u i i . • Lí I*1iilOíophic |*nale». T ro ls irm c cdilion. Chap. IX , p ig . 53Jcl
•nlv. P ir ú , 1M3.
(4 ) I.K IIA T ,-E iio e i clfm ciitiirc d n principca du Drffit ptni1>, P rcin ic K parlici
C h i p . p á g .3 . París. 1898.
(i) P b « / I ,, •L t crinit el la peine*. Chip X V r u , pág. tlsuiif. París IMI.
Cfr) O a k k a u d , « T ia llc ltii->>rlqje r l pratiquv de Drfhit penal. . Tvmed^iuxlcmc
T l l r r l l § L V , |dg. 2 el u iiv . París, I M 8 .
(7) R AU L DK L \ O B A S S E R ir, pi^incipes s o íío lo g ii|u « de la <riin¡in)lnglf-.
(■h«p. X I I , p*g. 2M . París, 1 « 1 .
( 8 ) C l c i i I ! , ' T r i U t d e s c i ín c c H r i e l^ i s U t i m |)énilfnli.ilrn>. O u ilr k n ic partir,
Chap. I I , p á p . 47» a m . París, l « H .
(9) C O KKC , •Platón c rin iin a lijio . A rliculo en A r c h iv n d' Anliopnloelecrim itic.
ire, i « e .
(IQ ) OAR CO K, -Cades annolh. C v d t p m i l - Tom e premier, a rli. 6 ,7 r l í . <C. Pe­
ne d rrn o rl> , 13. p ái^. 49 et snlv. París. I9 ]l a 190G.-ídem . •Seancnüe la Soc. d n
priWMis d » 2 7 Fevrier et d u 2 0 Mars IW 7 <nn R cfuejienH . nei de Mars e» d cA b rlI.
IQ C}, p*RS. m cis u iti. e l 4U e l 9iiiv.)
(111 F i.E U liV , - L ' ame des crim iiirls*, París. 1898.
<121 Pi'.OOlS, • TrditéeltinenLiiK de D ro il criinlnel>, T i t . II I. S n lio n II,cli.ip . I,
p á f.a M , París, 1911.
(131 MA.'Lwr.Ll., - I L' crim e el la sorictc. Livre Iruisieinp*. cli.n|i IV § 3, pigs.. 3CD
el sniv. Pai-ís I W ) .
(I4J □ . V i d a l , «Cours de droil erim ind el de S ciencep^iiitm liairc'. P/cniicrc
p arli«. Ilvre V I I I . Chap II p lg s. iOO el iu iv . Deuxieine «d id o n . París, I9UI.
(15) BüNJAM ÍS C o n S T A N T , .Cotnnicnlaircssur l’ ou vr«gc de P ila n g in í.. W 4
Aunque C O N S TA N T naclii en S u lu , tniede con&ideraige como Irancés, pur haberse lu -
turalIzado en Francia, donde lu< diputado a Corles y presidente del C o n sq g de E s U '
do, jr haber eicrllo la mayor parle de sus obras en s e pus.
— 95 —

B on (1 ) y el notable íraradisfa de Derecho natural


T ancredo Ro th e (2 ).
167. Alemania. C o m o autores de obras especia'
les en defensa de la pena de muerte desde la época de
B e c c a r i a pueden mencionarse en ios pafses alemanes
en primer lugar los siguientes del siglo XVIII: H e l l -
rE L D , «Dissertatio de justitia poenarum capitalium,
praesertim in crimine furti periculosi et tertii secundum
con3 titutionem Carolinam et jus Bam bergense», Jenae,
1772. B r e u n i n g , «Discrtaíio de jure vitae ef nccis prin-
cipis ex rationibus juris publtci universalis». L ip s is .
1774. Roos, « O b die Todesstrafe in Deutschland noth-
wcndigr sey?», Jena, 1774. (S i la pena de muerte es ne­
cesaria en Alemania). Z o l l e r , «E x e rc . de juris v it s ac
neqis ex servitute orti justitia, secundum juris n aturs
principia». Lipsiae, 1776. R u n d e , «V crlheidigung der
Rechtmassigkeit der Todessírafen aus Grundsatsen
des allgemeinen 5taatsrechts», Casscl, 1777. (Defensa
de la legitimidad de la pena de muerte por los principios
del derecho político general). J& c o b i , «Versuch ciner
Apologie der Todesstrafcn», Lengo, 1776. (E n s a y o de
una apología de la pena de muerte). P o r s c h , «V o n der
Todcsstrafc, widcr Bcccaria», K&nisberg, 1778, (D e la
pena de muerte, contra Beccaria). Fhj.XTORius, «W ide r
die ganzliche AuFhebung der Todessírafen, eine Vorle-
sung», Dresden, 1780. (C on tra la supresión total de la
pena de muerte, una lección). T i t t e l , «Ü b c r To d csslra -
fen gegen M Srder, Frankfurf, 1780 (S o b re la pena de
muerte contra los asesinos). S i a r d i , «V o m Recht der
Todcsstrafc und der pcinlichcn F ra g c », Ingolstad, 1781.
(Del derecho de la pena de muerte y de la cuestión de
tormento) F b e m d l i n q e r , «Ü b e r Todesstrafen und Líber
Beiírage zu wohlthatigen Stiftungen», Berlín 1783.

(I) Q i r s r ;i v o Le B o n «L a qucstion des criminéis», Revu« Pliilosophíqiie,


515. Ȓi. 1881.
{ ' ) T A S C n C D O R O TItC , «Tra ite de D n > iln a tu rv llfirá riq u c c ld p p líq u é * .T o in c l.
Qualrlfine partic, ctiap. V. págs. 434 d suiv. Tigris. 368$.
- 9 4 -

(S o b rc la pena de muerte y sobre la contribución a


¡nstiíuciones benéficas). S c h u l z , «Vcrsuch einer An-
leitung zur SiKenlcbre für alie Menschen ohnc Unters-
chied der Relig^ionen, nebsr einem Anhange von den
Todcsstrafcn», Berlín, 1783. (E n sa yo de una enseñan­
za de M oral para todos los hombres sin distinción de
rclig-lones con un apéndice acerca de la pena de muer­
te). M O s e r , «Ü b e r die Todessírafen, cine Vertheidigung
derselben aus Gründen des im bürgrerlichen Staate
dem Regenten überlassenen natürlichen Rcchts dcr
Sclbstrache»» Berlín, 1786, (Sobre la pena de muerte,
una defensa de ésta sobre el fundamento del derecho
natural de venganza privada cedido al gobernante en
el estado civil). S c h ü r e n , «W e n n lasst sich in wohlein-
gerichteten Staaten die Todesstrafe rechtfertigen?»,
Koln, 1788. {C ua n d o eatá justincada la pena de muerte
en'los editados bien ordenados?) K ó ln , «V o m Rccht
übér Lcben und T ó d , ob und wie ferne es dem Staat
über einzeine Biirger und Unterthanen zustehe», Leip'
z ig , 1788 (Del derecho de vida y muerte, si está lejos
y en cuanto lo está del Estado sobre cada uno de los
ciudadanos y súbditos). J a s s o v , «Dissertatio sistens
jus poenae mortis ejusque congruam adplicationem»,
Giessen, 1792. C e l l a , Über dic Todesstrafen und ob
es zweckmasstge und eriaubt ist, sotche durch qual-
volle Arten der Hinrichtung zu schárfen», Giessen,
1794. (Sobre la pena de muerte y st es conveniente y
lícito agravarla con formas de ejecución dolorosas),
B e n s e n , «Dissertatio de fundamento pccnarum capita'
lium tam historice quam philosophice spectato», E r -
langen, 1794. S c h a u m a n n . Über die Todesstrafen
in Critischen Abhandlungen Uber die philosophische
Rechtslehre», 13 Abhandhung, 1795. (S o b re la pena
de muerte; en Tratados críticos sobre la teoría filosó­
fica del Derechó. Tratado 13). S t ü b e l , «D e justitia
pocnarum copitalium, quae in Saxonia obtinent», V i'
teb, 1795. M a n o e b , «Die Todesstrafe oder der ge-
-9 5 —

setziiche T o d . Einige Betrachfungen fUr Philosophcn


und Crim inalisten», Mannheim, 1796. (L a pena de
muerte o muerte legal. Alg'unas consideraciones pa­
ra filósofos y criminalisfas). H e v n i g , «D ic grercttcct
Rechtmassigkeit der Todesstrafen, alien Obrigkeiten,
Philosophen und Jurislen gcwidm et», Aitenburg. 1797.
{La salvada legitimidad de la pena de muerte dedi­
cado a todos los magistrados, filósofos y juristas).
168. E n el sig-lo X IX son de notar en Alemania
las siguientes obras también especiales en favor de la
pena de muerte. W in d is c h - O r .í t z , «D e la peine de
mort et de la torture», H am burg, 1801. H iS E ; «V o m
Jüstiz-Morde, ein voíum dcr Kirche, ^Llntcrsuchung
über die Zulássigkeit der Todesstrafe aus dem christli-
chen Standpunkte». Leipzi^f, 1826. (Del homicidio ju­
rídico, un voto de Ja Iglesia. Investigación sobre la
admisibilidad de la pena de muerte desde el punto de
vista cristiano). S o d e n , «D ie Todesstrafc». N d rn -
berg, 1830, W ie s e le u , «D e Christiano capitis poens
vel admltendse veL repudiandse fundamento, comm en-
tatio premio ornata», Gottingae. 1855. H e p p , «Die
Zulássigkeit der Todesstrafe», Tubingen, 1835. (L a
admisibilidad de la pena de muerte). P r i t s c h e , f Über
dic Todesstrafc. Ein Vcrsuch zur Verthcidigung der-
selben, gegen die Ansichten des ehemaligen H rn. Mar^
quis von Beccaria und des Hecrn Prof. D r. G ro h -
mann in H am b urg », Leipzig, 1855. (Sobre la pena de
muerte. U n ensayo de defensa de la misma contra las
opiniones del antiguo Marqués de Beccaria y del señor
Profesor D r. Grohm ann en H am burgo). H e id e l, «D ie
Rechtmassigkeit der Todesstrafe», Heidelberg, 1839.
(La legitimidad de la pena de muerte), W a c h s m u th .
«De capitis poena, causa et sanctione», Lipsi® , 1839.
H o f a c k e b , «D ie auíhebung der Todesstrafe», Stutt-
gart, 1865. (L a supresión de la pena de muerte). H rL-
GABD, «Ü b c r Bcibehaltung Oder Abschaffung d e r T o -
desstrafe», Stuttgart, 1848. (S o b re la conservación o
— 96 —
]a supresión de la pena de muerte). K u n z e , «D ic T o -
desstrare», Leipzig, 1868. (L a pena de muerte). Be-
YERLE, «U b e r die Todesstrafe». Stutrgart, 1869). S o ­
bre la pena de muerte). E n el siglo X X merece mencio­
narse la obra de K a t z e n s t e i n , «D ic Todesatrafe in
einen neuen Keichsstraffgesetzbuch», Berlín, 1902. (La
pena de muerte en un nuevo código penal del Imperio).
169. Bntre los penalistas que en Alemania defen­
dieron o se mostraron partidarios de la pena de muer­
te en obras no especiales merece ser citado en primer
término Feuerbach, el más eminente quizá de los pe­
nalistas alemanes de los dos primeros tercios del siglo
X IX , y el que ejerció más trascendental influjo (1 ). Des­
pués de éste y ya por orden cronológico pueden men­
cionarse el antes citado S t ü b e l (2 ), S c h u lze (3 ), R ic h -
TER (4 ), Hepp, también citado (5), E n r iq u e A l& e rto
Zachahia (6), W iCHTER (7 ), Heinbici (8 ), K6STLIN (9),
Bekker (10), H íls c h n e r (11) von B a r (12). E n los últi­
mos tiempos, esto es, desde fines del siglo X IX se han
mostrado partidarios de la pena capital los tres jefes

'I ) FEVEHBACM , -U h r b u c h des gemeinm in Deulichiaiid g ü lt i j « i prinlicliBi


R «h l9 > , E rs ic i Buch, D r ilic r A b sch n lll, § und (o lg . U Ausgabe. O in K n , tU'7-
<2) ^ C b c l , aÜrundslLUe zu den Vorlesuntcii des deulscKcnund durchsikchsl-
chtn Crflíiinalrechls, ntbsl einer E in le itu u f und Oberíiclit dcr g a n im Crim inat-
r w li li W lu e n u h ill> . W H icn bcrg, IB 03 .
(3 ) S C IIÜ L ^E , • Itllla d m dcr EniTickeliinK dcr philaMilIschcn P rirz ip itn i i «
bUrgcrlichen und peinlíchcn Rcchisi. Vicricr T h t il , s 291, S cilr 413 und folg. Qo-
tlineen, IS13.
(4) R i c h t e h , . D m ptiilosophisehe Strafrechl, b rgn ind el a n íd ie Idee d n Oe-
icchli|[licil-, R. V IH , L tip ^ lg ,
(3) H e p p , -O a rslcllun e und Beurihellung der d tu lK h ru S lr a lm h t s s y ilm o ,
H cid elbtre , 1 8 » .
(t ) H . A . ¿ X C M A R It, -A rc h iv des Crimin>lrecli«s, nr. » . 1M7.
(7) W A C C K TEk, S lr a f r e c h l» , O e ra u »g e g rb ^ von O. VOM W AECH-
TF.R . 1881.
( 8) H c ín k ic i, Üb e r dIe UnzuM nglichkeit (ines einlachcn Slrafprincipsi,
UraungehTPig, 1814.
(9) Kft$tUN‘, -N e u c RfvisWn der ü n m d b t í r i K des C r lm lm lrtc h ls ., S lOT M Í
Tub in gen , IM 3 .
¡10) B e k k e r , a T h e o rie d n hcullgen dnitsclini S lra frch U », IB54.
(11) H AELS CH N ER , ■Sj'sttm dcs preuuieohen &tra(rechls>. I&SS-68 .
( 12) 1.. vo>l B ak, -Otschichle d « deuUchen Slrtlrechls und dcr S lra lre ch ls th »-
ricn> II, D . D ie Ergelinlssc. D Ic Th e o ric der sülllchen Misabllligung, ( 106, S c i«
329 und (olg. B erlín . I8S2.
— 9^ —

de las escuelas principales que se disputan el p re d o m i­


nio del ca m p o juríd ico penal en A le m a n ia ; L i s z t de la
escuela tenida p o r p ro g re s iva o reform adora (1 ), B i r k -
MEVER de la escuela co n se rva d o ra o clásica (2 ) y el
difunto M e r k e l de la escuela media o tercera escuela
alemana (d ).
170. Entre los filósofos del Derecho figuran como
partidarios de la pena de muerte K a n t (4 ), F ic h t b
(5), H e o e l (6 ), S t a h l (7 ), T r e n d e l e n b u b q (8 ), C a-
THREiN (9 ) y M e v e b (10).
171. .P o r último, eá de nofar en cuanto a Alema­
nia que en el C o n gre so de juristas de Dantzick cele­
brado en Septiembre de 1910 se propuso que se vota­
ra la abolición de la pena de muerte, y fué rechazada
la propuesta por gran m ayoría.
172. Austria. C o m o obras especiales en favor de
la pena de muerte pueden citarse en ese país entre
otras las siguientes: De M o p e s t is , «Dissertatio de jus-
titia poenae m ortis», C5niponte, J7 7 8 . H a s , «W ora uf
gründet sich das Recht des Monarchen,m it denTode zu

(1) L i s x t , •Lehrbnch d « d c iK u h n i S t n f r H h b , A l l { « n ( i n e r Te|l, Z v C 'IM


B ii c h -,I I ,lM ,S « i le 2 3 t u i i < i la le .S ie b n i t e A u lU íc . Bcrkin, IS96.
(2 ] B ih k m k t k d , «O rundrlss cu V o rln iin g e n Obrr den dcutscht S ira frc ch io . 6
Aiilliec, Munchcn'i I90S.
(3} M k b e e l , • O r « c h o penal». T o m o prim era. Setxi 6 n acgundi, Cap. I I , ) T I,
pigs. 301 y ilg lM . T r íd u e t li n d « P . D o u jk b o . M adrid. E s [«ñ a M a d rrn a -. (Sin
r<cha, pero el original n de 16S6).
f-n K á M T , «P tin c ip io j m e la lisicosdd Derecho», Segunda parte, Secsión prim e-
r i , piBS. I K y lig tK . Traducción de L i z i r b a o a . M adrid, 18T3.
(5) F iC H T E , • O n iTid la p des N a t a n t c h U ., 2 »e ite r A h w h r m , $ 20. V , d, S «i-
l e l S u n d lolg. Je n i, 17K .
( 6) H i o b l , «Q ru n d lin im der Phil(UophIe dc 3 Rcchis», Erster T i l t i l , D rille r
Abschnilt. Seile 48 und role. Berlín, 1831.
(7) & T 1 U L , «D le Philttíophiedes Rcehls», I I Band, 4 Abschnilt, K ip . T, Scite
7C0 und rolg., S Aufltge, Fre lb urg (Sin feeha; p«ro <sti edición y la u ile rio r son p A i-
IvDias, y el autor m urld en 1S6I).
( 8) T r e m o e l i n h u k u , «Naturiccht auC den Q rundc dcr E U iiii». 2 Anflage, Lei­
pzig, iaS 8 .
(9) C a t h b k i s , .P liit a u p b ii m o rjlis », Pats seeiirda, Líb e r I I , Cap. I I I , A rt 4
Sw tlo 4 , 1 4, III. pag. 374 et scq. P rib n rg i Bri«eovioc U D C O C X C I I I .
CIO) T u . M k y iiii, «Instiluliones lu rit n a t u r iliu . P a n I I , Sectio I I I , L lb . I .
C ip . V , A rt. 1,• 1, C . De p a ñ i» I I , De p o e u m onis, T o m I I , p ig s. «OS i 623. r r i -
b iu g l, M C M .
— 98 —

srrafen, und sind die Sh-afcn allezeU die wirksamsfen,


dic aus dem Geist des Vcrbrechens genommen sind?»,
W ien, 1781. (E n que se funda el derecho del monarca
para castigar con la m ueTíe, y son siempre fas penas
más eficaces las que son tomadas dcl espíritu del de­
lito?) Entre los tratadistas de derecho natural merece
citarse como defensor de la pena capital el docto
C o s t a -R o s s e t t i (1 ).
173. Su iza . E n este pafs son de notar como obras
especiales en favor de la pena de que tratamos las si­
guientes: C a m p e r io , « L ' assasinat, serat il puni de
m o rt? », Genevc, 1833. G 6 h t s , «U b e r Abschaffung der
Todesstrafe», Basse, 1 8% (Sob re la supresión de la
pena de m uerte). P f o t e n h a u e h , «Aphorism en übcrdic
Todesstrafe», Beto, 1863 (Aforism os sobre la pena de
muerte).
174. Bélgica. E n este reino es de notar como obra
especial en defensa de la pena de muerte la siguiente:
C o LiN EZ, «Responsio ad quaesfionem juridicam; an in
república bene ordinala pcena mortis admittenda sit, et
quae crimina si admittatur ea punienda?», Leodii, 1825.
C o m o obras que parecen tener com o objeto principal
la defensa de esa pena pueden contarse las siguientes:
A s s e r , «C o u p d 'o e il sur quciqucs principes csscn-
tiels du droit criminel dans leur rapport avec le projet
de code penal», Bruxelles. 1828. B ir n b a u m , «D e pecu-
liari aztatis nostrae jus crimínale reformandi studio et
legumiatoris in ea re conficienda proprio muñere, ora-
tio quam publice dixit», Lovanii, 1828. Entre los pena-
listas que se mostraron partidarios de la pena de
muerte en obras de carácter más general pueden citar­
se en Bélgica A n e t h a n d (2 ) y M \us (3).

( I I t 'O S T A 'R o U K T T i , m o rilis sni In^MlDlioiuc E lh ic x t t J u iii-


tiilurar, Pare IV . C t p u l l l , Seeiio J. í 1, |>ig. 681 Editia i l t w i , 0«il|M>nlc, IÍW 8 .
(2) A s K rilA H t^ , «D e d clid o incdililo*'. Lovanii. tItíJ.
<8 ) M A U a . «L a jiiillce penalt-, Etudt phil 0 i 0 |>hlqu« u ii le d r «il de p unir, Cha-
pitre I I I , S I I I , I I I , p*2 . IS D d s u iv , l$ 9 |.
- 9 $ -

175. Holanda. C o m o obras especiales favora­


bles a la pena de muerte pueden citarse entre otrds tas
aiguientes: V a n HoaENDORP, «Dlssertatio de poenis
capitalibus», Lugrduni Batavorum , 1787. R a dem acher,
«O v e r de doodstráfe en hct pijniging». (Sobre la pena
de muerte y la tortura). V a n O h e r t , «D e necessltale
poense capitalis», Hasfcc, 1836.
176. Su e cia . E ti este país se m ostraron partida- '
ríos de la pena de muerte, pero en o bras no especia­
les sobre la m ateria, los penalistas E r i c S p a r r e (1 ) y
A lm q u js t (2 ) y adem ás el m ás grande de los ñlósofos
de aquella tierra B o s t r c í n .
177. Inglaterra. N o ha sido este país muy abun­
dante en penalistas; pero la m ayor parte fueron parti­
darios de la pena de muerte. C o m o ejemplos podemos
citar B l a c k s t o n e (3) y J a m e s S t e p h e n (4).
178. España. C o m o tratados especiales en defen­
sa de la pena de muerte pueden citarse en España los
que siguen; D . F r a n c i s c o A g u s t í n S i l v e l a , «C o n s i­
deraciones sobre la necesidad de conservar en los có­
digos y de aplicar en su caso la pena capital», M a ­
drid, 1835. F . C a l d e r ó n C o l l a n t e s , «D iscurso sobre
el derecho del Estado para castigar y la legitimidad de
la última pena. « G o n z á l e z N a n d i n . «Estudios sobre la
pena de muerte», M adrid, 1872. C a r r i l y C a m p e r o ,
«D o s palabras sobre la pena de muerte», Orense, 1876.
M o n t e s L u b n o o , *La pena de muerte y el derecho de
indulto», M adrid, 1897. Cossío y A c e b o , «Sustitutivo
legal de la pena de muerte y régimen penitencia­
rio. 1914. (E n esta obra, sin embargo, después de de­
fenderse la legitimidad de la pena de muerte, se pro-

(1) E m g S r A K H i i,« i lo r d e l lib ro -Sobre el sisleitifl p m ilm c iir io ., Slocicolino


1648. defendió la pena de niueric en el Senado ancco en 1867.
(2) c L a S u d e , H S p r o j r « m l H X , * « Insllhitiong p C T l ( n i t i í l r « . .
Slocbolmo, )S7g,
(1 ) B LA C K S TO N E. C o m n e n la rla oa Ihe L a n o fE n e lin d , To m o 1 . 1801.
(4 ) J . S TCl'H eM , P Ig e»! ol Uie crlniln»! U w . 4," edic. 1«87.
-1 0 0 -

pone su supresión cuando haya establecimienlos peni­


tenciarios de cierta clase), G in é y MAPniEnA, «L a s mo­
dernas tendencias de la ciencia penal — La defensa so­
cial.— La pena de muerte», Barcelona, 1914.
179. S i los autores de m o n o ^a fía s en favor de la
pena de muerte, ]o mismo que los de monografías en
contra de ella, en España no fueron muchos, los que
defendieron o dieron por supuesta la lei^ilimidad de
esa pena en obras de carácter más general fueron
numerosos, y excedieron notablemente en número sin
desmerecer en calidad a los adversarios. Pueron, pues,
partidarios de la pena en cuestión a fínes del si­
g lo X V IH el insigne L a r d iz a b a l (1 ) y V iz c a ín o P é -
BEz (2 ), y en el X I X A l v a r e z P o s a d il l a (3 ), José M ar ­
cos G u t ié r r e z (4 ), G a r c ía G o y e n a ( 5 ), V e r l a n q a
H u e r t a (6 ), G ó m e z d e l a S e r n a (7 ), V iz m a n o s <8),
A l v a r e z (D . C ir il o ), <9) A u r io l e s M o n t e r o (1 0 ), C a -
HAVANTES (1 1 ), C a s t r o y O r o z c o y O h t iz d e Zúñí-

<t) L t n p i z i n A I . , -D iK u rs o M b r c U s penas con triiilo * U s Ic y n c r lm in iln 4c


E sp iliat, C:ip. V, § II, págs. 164 ys ig ls . M adiid, M D C C L X X X I I .
12) V i z c a ín o Péwp./: « C ó d l ;» y Prieliea e rim ln il i r n ^ l i d o i l u leyci de Es-
p » S i * . T » P 0 I, llb. I I , M -A íe iin it g -, pAgs. W l y s ig le . Ma^lrid, D O C C X C V I I.
(3) KL.VAUKX PO S A U IL L A , •P ric tic a c ilo ln a l por p rin d p io s> , T o m o III,O lilo >
(O I I I . < D e ]» p e n a í» p f t s | . , p ig í . 2 0 y siEoimles. V a llid o lid , I8OT.
(4 ) Jo s é M a b c o b O u T iá B B K Z , •Prictlca criminal de Espafla», lomo II I, Dla-
c u n o iobrc los. delitos y las penis. Cap. V I. p igs. 8 6 ys¡gui«nles. M a d r id M tJ C C C V I.
(5) Q u v k N a , ■CÁtligo crim inal e$paí\pli $.<gún Ieyc9 y pri<(ica vi-
gcnt«s>, tomo I, lítulo I, s «c ió n I I I , píes. I I y siguientes. M adrid, I M l .
( 6 ) VCR LA KGA H U E R f A : >Peniami«ntas sobre l i iuMicia forense. adm lilaU aU -
vA y política, Códig<) penal (ranees-, 30 y sígtc. M adrid, lB t3.
(7. O iiH C Z UK i.A S E E ü a , ■Elementos de Dcrecho civil y penal de Espafla». T o
mo [ I I . lit u U I I I , Cap. II , p igs. 97 y tigle. M adrid, 1846.
( 8) V iz H A N o a y C . A l v a b e z , iC «n icii(arios al nuevo cúdigo penal*, M a-
d ild . 1648.
(0 ) A lvar ez (D . C id il o ), -N o c io n e s iu n d a m e n la ícsd e [• « r t d iO ', l<(. V i l , pdi-
g liiM 123 y s itu icn te s, 2 . ' e d lc ló a . B u r g o i, I t 7 l ,
(10) A u r i o l e s M o x t e h o , <Ins.títiiciane 9 del Do-echo penal d< Eap«(\i>, til. I I I ,
cap. II I, p á p . U y sigtes. M adrid, IBig.
(11) V IC K H T I I C A B A V A X TIIB , «CXMIgo p c iu l reiormada>, til. I I I , cap. I I I . pá>
g inai I t l V slgtes., M adrid. l U I .
-1 0 1 —

OA (1 ), A ra m b u ro y A r r e o u i (2 ), P a c h e c o (9 ), R i­
v e ra D (4), A z c u t i a (5 ), E s c r i c h e , aunque
cloado

algo indeciso, y más resueltamenre su adicionador G a '


UNDO D E V e h a (6 ), Q b o iz a rd (7 ), V ia d a (8 ), S i l v b l a
(D . F r a n c is c o ) (9 ), M a r t í n e z A l c u b i l l a (1 0 ), C a d a ls o
y M anza no (D . F ra n c is c o ) (1 1), G a d a ls o (D . F e r n a n ­
do) (1 2 ), M in te q u ia o a (13), y Ja misma D ." C o n c e p c ió n
A re n a l, que aunque tan sensible y tan humanitaria con
los reos, no dejó de reconocer y proclam ar en varias
ocasiones la iusticia y la necesidad de la pena de muer­
te. A éstos pueden agregarse los distinguidos tratadis­
tas de Derecho natural M rn p iv e (1 4 ). (Rodríguez C e p e -

(l> C 1.S TK O ¥ O uozc« y O u T iz tfs Z v S i a : , -C ó d in Q iienal a p i l a d o p v a U


común iii c c li í r n c a y f lc il aplicación de sus dIsposicloTics*. T » i n o I I , 11b. I , ca p . I I ,
nfim l,|)ie s . U 1 y «ie u lc n tK .O rin a d a , 1S4S.
(2) A b a m u v iid r A n M K U t'i, ,*ln?lilacÍDn« de Derctho penal «spa flo l-, lib ra I,
tIL I I I , cap. II, p lg . 6S, Oviedo, ¡StO.
(3) P a c h k c o , .Estudios d f D w te ho p f iiil., Iw clAn X V II , p i p . TOb y sipiieB -
lo . Quiiitn cdlción, M adrid, 1697.
(4) R i v k u x D :'i.(ili>< >. l E I criterio legal en ios delitiK pulilicos^. Sección sc>
junda. eap I, p ig í. 123 ]r sietes. M adrid, 1S71.
(5) A c r u r i ; i , ^Derecho rrlm lita l» Sutlanciación de los procewn, cap. II , pági­
na» 12 y siRts, y cap I I I , piRS. 33 y siete. í.'-e d ic . M adrid, IS 6 J.
Ifi) E a i'itu n iK , • ü ic c io ru rio ra iT O jJ'x lc l.ígUInctón y Jurisprudencia.. A J ic io -
nadopcr D . L k h x O a m m io i>b V k h a y I>. J(if>íí V iC K K T r: C m i a v a n t k e . T o ­
ma I V . p ig s. 227 y sigtes. .Madrid, 1876.
(7) O k o i z a u d , - E l O M Ig o p cn il de 1979, concordado y comentado.. To m o I I ,
molo irr, cap. I I , V, páes. I31 y slstes. Burgos. I 8 T2 ,
(8) V I I U A v V iL A R K U .v , .C íd lg o penal n ld m a d c de IM O con las variaciones
inlroduclda» er el mÍMno p «r la ley de 17 de Julio de 1874, concordado y com enUdo.
!•)) Víasesu <I’ royectu d e C á d ig o penal», lib. [, til. II.c a p I. i i t . 39. y cap. II ,
articula A3. M adrid, 18S1.
(lO j M A H Ttsic i: A l c u i i i i . l » , '•Diccionario d éla Administración española». T o ­
n o I I I , A r t .O M ig o penal, V II , p ig s. 819 y sigte. 4.*'edicián M adrid, t9 IJ.
(11) C A P A t .s o V M A ^ Z A S O :D . F b a h c i s c o ) , - L » pena de deportación y la %-olo-
nir.aclfin p or p m a d us* . M adrid, IS93.
(12) C a d a l s o <D ! F k iiw .i h d o ) , - E l anarquismo y los medios de represiún»,
cap. II , p igs, 20 y íigte. M adrid, If9 *. Id em , •Diccionario de le jia U e iin penal, pro-
c c iil )-d e prisiones', tomo primero, págs, 241 y siipcs. M adrid, IS99.
113) M iN T K O triA O A , < L i punlbilidad de las ideas-. Sección segunda, cap. V,
A lt. I, p ig . 140. M adrid, IS99.
CM ) M C N D tv c , «Elcincntoa de Dcredio natnrat», cap. IV , arL I I I . f I I I . p ie l-
aas 289 7 slíle*. Valladolid, 1884.
- 102 —

da (1) y, aunque no muy resucito en esta parte, Men-


mzküK\- (2 ).
180. He citado también a D . “ C o n c e p c ió n A b e n a l
y la importancia de la insigne escritora y el haberse
negado por algunos en el C on gre so penitenciario de
la Corufla en 1914 que ella fuese partidaria de la pena
de muerte, me mueve a insistir sobre este punto.
Dice, pues, la S r a . A r e n a l en sus Cartas a ¡os
delincuentes: «¿ Q u é pena merece el que mata? La
conciencia de la humanidad, la del mismo culpable
responde: Ja muerte. T o d o hombre que ha matado
sabe que merece morir; el homicida para defenderse
niega el hecho; el derecho de imponerle la última pena
no le niega si su razón está cabal. E l Ta lió n , es decir,
un castigo igual al daño que se hizo, está en la con­
ciencia de la humanidad, en la del ofendido, y en la
del ofensor, en lodos; es la justicia, severa, pero es la
iusticia» (5). E n otro trabajo titulado: A todos y publi­
cado en 1869 la ilustre penitcnciarista va más lejos, y
justa y razonadamente censura al gobierno revolucio­
nario por los indultos de pena capital que entonces se
concedían, llegando a decir entre otras cosas dignas
de meditación lo siguiente: « S i todos los gobiernos
han faltado a su deber dejando las prisiones en el es­
tado en que están, ¿el gobierno de la revolución no
faltará doblemente cuamdo de hecho ha abolido la pe­
na de muerte, cuando dice que no la deja en el C ó d i­
go sino como una amenaza? lU na amenaza! Mucho

(1) RoDHÍüur./T r>p; O k p e d a . •Elementos'de D erw h o naluralr, Iccdún » •. 6 .


pásína579, 3 . ' edición Vaicncia, 169^.
(2) v M a h i ín . .Elertieiitos Je Dercchn na|uraK, I«cd ¿ n 39.
396 y sígté. V jIIa d a lid , IftW .— El dislinguidn proíe&or, hoy de Zaragoza, parec<
qiic empieza mostrándose disconforme con la p en ic a p lla l; pero Iucko c iu los argii-
m allos de T i s s o t en íavor de ésla, sin conieslarlos. y concluye «que la pena de muer­
te no puede imponerse por la autoridad más que cuando es absolutamente w t & i -
ría», lo cual a d m ilirlia i fin.
O ) D / C O V C R P C I^ » A b h h A L ,-C a rt a s a los dellocucnica*, u r t a X X X , lomo I I I
d t U s obras complctaa. pág. 370. M adrid.
- loa­
se engaña el que crea que ha de ser eficaz. La s penas,
para que sean temidas, han de ser infalibles; Id pasión
propende siempre a aumentar las probabilidades de la
impunidad. L a s prisiones en que los criminales se ha­
cen peores, y de donde se escapan, no contienen al
criminal que no las teme. H a y allí esperanzo de liber­
ta':; y seguridad de desorden>» (1).
Por último, es de notar el hecho signiíicalivo de
que la misma escritora compuso un opúsculo sobre Id
manera de ejecutar la pena de muerte, sin decir nada
contra ella en cuanto a su existencia (2 ).
I 8 í . C o m o se infiere de todo lo expuesto, actual­
mente la cuestión de la pena de muerte se discute mu­
cho menos que hace cuarenta o cincuenta anos; pero
la tendencia cada vez más general es a darla p or su­
puesta como legítima y necesaria (3 ).

( I ) L t m iu n i, • A la d m -, cap. I. tomo X d c l u o b rai c o m p IcU s N i s - ■'72 y


ü e tn . M adrid, I 8 Q).
(:ji D . ' C O V C b I'C IÚ N AI.'CNAL. - l l l f e i , d pu(b lü y el verdugo, o I i q e tn c ió n p ii-
b lici tic la P «ia d i r n u t f t f . Tom o X I I de l u OIrrai eom phiat de dicha o c r ito r », p i-
Kina Í 4S y siitulrtim . M adrid. I£96
Qu< iinpnria después, de rstu q u í l i lliistrr p ub llcisli haya dicho, M gón «I S r. D o -
VAL «11 rl Congreso p «iit f;i< iir io de la C o ru íl» piorno I, p A j. 211) ^ijiM no se n « e s iu
u r profcM iMrA ^ b c r q vt d rn lrn d c pocv la |Kna d « niucrti; h* d< ibclida?* C u an -
d a c lla « 3cr¡bia ctlaba en su apogeo la co ;r¡cin f a b^liclon lila. y era dable suirancr que
éslaalcanuria triunfo ccneril en l.is r> L -r ji le,(ales, rom o lo ilcanzd, aunque clfmc*
ro, en varios paises y hasta algo permanente en alguno Pero predecir un tiecbo no es
justificarlo Todos sibcinos que en lo futuro han de ocurrir mucha! e « > s maUs y re-
probíW e», <om 9 osurrcn en el p re «n tc y «M rric rB n en el p isa Ja; pero una cosa o lo
q ucscTÍ o fu¿, y ntra lu que debe ser.
(3) A pesar d t o o . en el Segondo Congreso penitenciario cspaAol celebrado en la
C o n fia en Axssto de 1914, st vot¿ esta conclusión: -S e suprime la pena de nuecte
r n tn p ia ü n ilo li p o r ladelr^bajus f o n a d w " - Pero hay que «d v e rlir en honor del C o n -
g r u o y d c la ciencia ¡u r iJ ic a rspafkala, a la c u ij deshonraría c u prciposicíún raga,
anacrónica y ademis fantislica por lo irrealizable en la actualidad, que en la sección
primera, donde, como en la : otras secciones, se h iio la verdadera la b o r del Confireso,
U labor de lo « ju r lj U i, ^ voU ron inlej^ranieiilv In t conclusiones del pftnente, q u e e rt
el que esto rw rih c y que « n n las s « »ic n u d .i3 en eale libro, y en el pleno donde la mayo­
ría estaba formada por personas ajenas entcraiiicnic a lo se slu d io i jurídicos, y que na
hábil le íd a las memorias, n i oído a los jurisi.is en la sección, es d onde se voló esa
conclusión, que parece dictad* por los progresistas del tiempo de Mendfcibal.
Qcncralinente ca l u «esionca del plena la mayoriai a [alta de Ci>nipet<nCi<l tic n ic i,
ta ro d b 4cn sentido de rotar la acordada en U s secciona: y asi el Congreso im por­
tan te por lo tratado en tsita y por las mcmorlaa pro oila da s, es decir por lodo la que
-1 0 4 -

ADVERSARIOS Y PARTIDARIOS DE LA PENA DE MUERTE


CONSIDERADOS
EN SU ASPEaO ESPECÍFICO E HISTORIA INTERNA

5 I
Reseña y dasifícación de tésia aboUdomataa
S a m a rlo . I$2. Los adversarios de la pena de muerte: imprecisión
j variedad de sus tésis: posibilidad y convcnieiicia de clasificar­
las.— 1S3. División de las teorías abolicionistas por razón d « su
alcance: abolicionistas absolutos y relativos: concepto de unos y
otroj.— 19t. Subdivisión de los abolicionistas absolutos en figu­
rosos y templados: concepto de los rigurosos y tipos históricos
salientes de ese género.— 185. Abolicionistas absolutos templa­
dos: lo que so n : teorías de B e c c a ri\ y BENTHAM y entre los
contemporáneos H . C o n t i .— 186. Abolicionistas relativos de dos
gén«ros: lo que son lospscudo-absalutos.— 187. Dos órdenes de
abolicionistas condicioiiaies pscudo-absolutos: lo que son los
iuridico-marciales. Distinción entre el derecho de fruerra y el de­
recho penal mililar (nota). Teorías de CANONICO y BUCCE-
LLATi.— 188. Abolicionistas pseudq absolutos del orden de los
utilitario-scleccionistas: lo que son. Teorías de W y lm , Max­
w e l l , O iN É y M a rr ie r a , F le u r y , e tc .-1 3 Í. Varios órdenes de
abolicionistas condictonales írancos u oportunistas: los scmi-
oportunistas; <iiic son: tipos salientes de esc orden: OUVECRONA,
C a r r a r a , C a rn e v a le , ctc.— IQO. Segundo orden de abolicionis­
tas condicionales francos; variedades representadas por I m p a -
p a llo m e n i, F c r r i y D id e r o t . — 191. Tercer orden del mismo gé­
nero de aboUcionislas; sus representantes principales.— 192. Cuar­
to orden del mismo género. L o que quiere H a u s .— 193. Quinto
orden: semí-abolicionistas principales.— 194. Cuadro de los teó­
ricos abolicionistas de la pena c a p ita l.-193. O tra clasificación
de teorías abolicionistas; abolicionismo jurídico y simplemente
social: la aplicación de estos términos.— 196. Dos géneros de

amililuh proplsm tnic d C o n g ra o cicnlJfíco. na d csm crn ió por ]■ In lc rvo itlú n de los
ladoctos; pero iltra ta r del lin u de la pen i de m o n te, clrcu nslincla iqn e no quiere rc-
c o rd ir y m in io b r u q ue no p o d rit centorar bastante d iv á n Ingar a caa v o t e c i^ ple­
beya, qne eontUlaye la dnica nota negra del Congreso.
— 105 —
abolicionismo jurídico. Noción del primero: sus principales r « -
prtscnlaiítcs: C . L u c a s , E l l e r o , A l i j j e n a , o t e . - 197. Segundo
género de abolicioiiislas jurídicos; su noción; principales rcprc-
sciilaiiícs; O r t o l a n , P u q l i a , ctc.— IQS. Subdivisión de la dase
de abolicionislüs socialci: Prirntr péntro de tslos; F e r RI.—
IW . S tíim d o género de abolicionistas sociales; su subdivisión
en varios órdenes; noción del prini<;ro; B e u n i í r , M e c c a c c i , S a -
L E lL L E S ; noción del segundo; V o l t a i h e , D k n t h a n : nocióii del
tercero: M a n c i n i , S. L o n o h i . — 200. Las tesis anliabolicionislas;
su unidad substancial; razón de U misma. AntiubolicionisUs de­
cididos y antíabolicionistas vaciliintes.

182. S o n pocos los adversarios de la pena de


muerte que explican con claridad el alcance y carácter
de su oposición a esa pena, y que fijan con precisión
su tesis radical u oporíunisía. N o obstante, en la
mayor parte de los casos esa tesis puede deducirse
con poca o mucha diílcuitad del conjunto de lo que
dicen; y a ello debe aspirarse, ya para conocer en sus
pormenores importantes la evolución y estado actual
de la controversia sobre la pena capital, ya para que
partidarios y adversarios de ésta se entiendan por
completo, y combatan en el mismo terreno. Y como
eti las tesis abolicionistas explícitas o implícitas hay
mucha variedad, aunque apenas se haya hecho notar
hasta ahora, conviene clasificarlas, cosa que no se ha
intentado todavía, pero que yo v o y a ensayar.
185. P o r razón del alcance y trascendencia de
las teorías abolicionistas, pueden dividirse éstas p ri-
meramente en absolutas y condicionales o relativas.
S o n abolicionistas absolutos los que, considerando la
pena de muerte ilegítima por su naturaleza, no admiten
que ésta se aplique en ning-iín país ni tiempo, al
menos com o pena jurídica normal y permanente para
algfuna clase de delitos. Abolicionistas condicionales
o relativos son los que, reconociendo, al menos im­
plícitamente, que la pena de muerte puede ser justa,
no creen que deba aplicarse en au país en particular o
en los países civilizados en general. L o s términos de
— 106 —

esa división en sí mismos son lógficos e irreductibles;


pero tratándose de recrías com o las abolicionistas,
que no siempre son lógicas y con Trecuencid juntan
cosas inconciliables, no es en muchos casos fácil y a
veces ni siquiera posible encerrarlas con seguridad en
esos términos.
184. Los abolicionistas absolutos son de dos
géneros: los rigurosos y los templados. S o n riguro­
sos los que no admiten la pena capital ni aun en
circunstancias anormales y extraordinarias. E n ese
caso están en Italia, E l l e r o , P e s s i n a , R e b a u d i , M e c -
C A C i, P u Q L iA , M a o r í y A l i m e n a ; en Francia C a r l o s
L u c a s ; en Alemania M i t t e r m a v e r ; en España el seflor
V a l d é s , y en la Argentina R i v a r o l a . Aunque ninguno

de éstos haya expresado su pensamiento de una mane­


ra tan terminante, los principios de que parten y los ar­
gumentos que.emplean conducen a esa conclusión.
185. Abolicionistas también absolutos pero tem­
plados llamo a los que, no reconociendo admisible cr
ningún tiempo ni país la pena de muerte como pena
normal o permanente, la admiten en ciertas circuns-
.rancias anormales o extraordinarias. Así B e c c a r i a ,
que al mismo tiempo que niega al soberano el dere­
cho a imponer la pena de que tratamos, cree que ésta
es justa y necesaria cuando la existencia del ciu­
dadano delincuente «pueda producir una revolu­
ción peligrosa en la forma del gobierno establee!'
d a » (l).D e l mismo modo antes B E N T H A N (2 )y actualmen­
te H u g o C o n t i , que a la vez que entiende que la pena de
muerte no cabe dentro del concepto de tutela jurídica
y del fin consiguiente de la pena, y que en condicio­
nes normales «es una vana brutalidad», la considera

(I) U n c C A n iA . < D t Icn ilclilü j y de las |i c t u s >. Nu tva liadvcción, Cap. X X V I II,
p ig . 1IS. Scuunda «dlcjún l'aris, I&28.
I l ) B E N TIIA N . . T « r i a de lis p « i 45 y de las rK o m p ín s a s., To m o sceurdo. Capí'
lili* X IV , I I I I , pág. Í9 . Tra d U C ílÍB «p a S o la de l i 3.‘ edic. París, 1826.
-1 0 7 —

admisible cuando « « s defensa del Estado para resistir


d una correspondiente amenaza o agrresión)» (1 ).
166. Los abolicionistas condicionales o relativos
son también de dos géneros: unos que pueden llamar­
se pseudo-absolutos y otros condicionales francos u
oportunistas. Abolicionistas pseudo-absolutos llamo a
los que, considerando ilegítima la condena a muerte
como pena jurídica, entienden, sin embargo, que
puede imponerse la muerte (aun en circunstancias
normales) en virtud de un derectio que estiman distin­
to del penal, y que yo habré de demostrar que no es
verdaderamente distinto, o que no existe.
187. E l primero de esos géneros, el de los pseu­
do-absolutos se subdivide a su vez en dos órdenes: el
de los que llamaré jurídico-marciales y el dé los utili-
tario-seleccionisfas. Los primeros, contraponiendo al
derecho punitivo un derecho marcial o de guerra mal
entendido, y que no es sino derecho penal militar,
admiten en virtud de él la condena a muerte en el
ejército y aun fuera de él en ciertos casos, pero nunca
como verdadera pena (2 ). E n este caso estaba el
profesor que fue de Derecho penal de Tu rin T a n c w e d o
C a n ó n i c o , que admitía o toleraba com o hecho extra-
jurídico la imposición de la muerte en el ejército, y
además a los bandidos (3). L o mismo, y aun con
mayor razón, puede decirse del profesor de Pavía
B u c c e l l a t i , que sin dejar de afirmar que «la abolición
de la pena capital no es... efecto del sentimentalismo
ni solamente del oportunismo, sino la exigencia ne-

<1) H . C ü X T I. « L a |»ena e il p e n M e ilrl códice i H lia t io « . C a p . 111, p ie , 78.


In E.nc¡elop«d¡á D i r i t l ) p e .u le itAÍiati(>... á ciir'» d i liitrifo V o l. I V . M i>
! a i ^ , J 9 I0 ,
<2) Aunque mu-chu? ha^aa coníiiiidiilo, y tiiuKuim. que yo sepa, los h a yi
dr!ilind.adn exprc».ii3U'iiLc liadla iihora. oí precii-^ci disciiit’iitr «1 derecho propiamente
marciaL o de ^iierrA, que ei; un dexcctio de deíensu ejercido por el tetado, coii el
derecho pe-aal m ilitar, que sinn el m Um o Uenyhu aplicad? a Ip»
militares. D< c^íia volveré a hablar más cxlcnsfim«nle.
<3) C a m ó s i c o , -IniFpduEioneallg stu Jiy dcl D irU to p cnak. Del reato c dvlla
pena io Knierct, Lib ro II,C a p . IH » S u io n c prim a. p&£. 471 rd .sc g . Scoonda edizionc*
T o rin o . i s n .
— 108 —

cesaría del progrrcaivo dcaetivolvimienfo de la Idea


penal», no sólo quiere que se conserve la peno de
muerte en los códig-os milirares, sino que enriende que
cuando la frecuencia de los críinencs hace temer una
gangrena social, «a! derecho penal sustituye el dere-
cho de guerra, a la reintegración del orden lurídico el
vim v¡repeliere iiceh, que permite defender la socie­
dad hasta con la muerte de los agresores de ella (1).
188. E l segundo orden tíel género de los aboli­
cionistas pseudo-absolutos es el que he denominado
de los utilirario-seleccionistas. Estos, no admitiendo
la imposición de la muerte como pena, la aceptan, sin
embargo, como medida de salubridad social y de se­
lección artificial de la especie humana, en cuanto su­
ponen que, eliminando los elementos degenerados,
mejora la especie. Esta doctrina que tiene su prece-
dcnre en F e rh i, aunque éste no es abolicionista pseu-
do-absoluto, la han adoptado entre otros W y lm (2 ) y
M a x w e l l (3). Este en consecuencia quiere suprimir
todo aparato intimidador en la eiecución, y evitar al
reo el dolor de ésta y hasta las angustias que la prece­
den. « V o desearía, dice, que ella no fuese pública, que
no fuese sangrienla, que fuese inesperada. Y o volve­
ría de buen grado a las costumbres atenienses, y haría
beber a los condenados sin saberlo ellos cuando ellos
esperasen todavía la decisión sobre su recurso de in-
dulro, por ejemplo, alguna cicuta moderna más dulce
que la antigua». E n España ha sostenido la misma
doctrina el doctor G in é M a r r ie r a (4 ). N o hago men­

eo B u c c e l l A t i , •Isliluzrini di D iriH o t procsjura ptnalt secondo la ru g iu n t»


il diritto romano. D itiU o iienalcr, Tr.illa lo quintu, CapiloSo IV , |já£s. td 3W
M ilano. 1884.
(2) W V L M , .M o rile s e x u e lle ., pigs. 277 el siiiv.
(3) M \ X « E L L , c rin lí el la socielc-, Livr* Iróisieme, Chap. IV , í 3, |»»g. 2*W
rt iiiiv . París. 1S09.
(1 ) Q iN É V M a r r i e k a , «Las modernas Icndcncias d é la dcncia p e n a l.-L a d t-
Ic n u a o c ia l.— La pena de m u e t t». Segando conereso penitentiario «spallol cílebrido
ca I I Coraft» e »a lio 401*, T o m o «g un < l*. p ígs. S93 y i lg t H . M id rid , I»15.
— 109 —

ción en este lu ga r de M a u r ic io F l e u r v ; porque aunque


parte de los m ism os prin cipio s utilirario-seleccionlstas,
no es propiam ente abolicionista, tanto que quiere que la
muerte impuesta a los crim inales incurables sea «p u b li­
cada para que s irva de in tim id a c ió n », lo que la constitu­
ye ya en verdadera pena, entiéndalo o no así el au to r (1 ).
189. E l g^énero de ios abolicionistas condicionales
francos u oportunistas se distribuye también en varios
órdenes. F l primero de éstos es el de loa que podríamos
llamar semi-oporlunistas o quasi-absolutos, que hacien­
do depender la legitimidad de la pena de muerte de la
necesidad de la misma, concluyen que ésta pudo ser jus-
ta y legítima en otros tiempos y aun puede serlo hoy en
los países bárbaros; pero no lo es en los países civili­
zados. E n este caso están O l i v e c h o n a (2 ), C a r r a r a (3 )
y C a h n e v a l e , aunque partiendo éste de distintas bases
que los otros (4).
190. U n segundo orden del género de abolicio­
nistas condicionales francos u oportunistas es el de
los que, reconociendo que la pena de muerte es justa
(en todo tiempo), la desechan por innecesaria y peli­
grosa. como I m p a l l o m e n i (5), o por innecesaria y
poco eficaz como F e b r i , o por simplemente Innecesaria
como D i d é h o t y R e d e r e r .
191. U n tercer orden lo forman los que, conside­
rando d la pena de muerte justa y útil, la rechazan por
ser opuesta a los sentimientos comunes de su país.
En esc caso están M a n z i n i (6) y S i l v i o Longhi (7).

(O M F l.r L 'K V , - I . ’ am e d u C Tim in e U , I ’a ris, 189*


(2) OLIVBC RO N A. .De- U peiflc d e n m rt., C h ip . II I, p ig s. 82 tt suiv. P i r í j , 1868.
(:)i C a h r a h A j .F ro e ra m m i dcl corso <1i d¡ritió rrim in a ii;-, parte gcnerilc, vol. I I ,
6661, p íg . 12 cJ set- f-'irciizc, I8>7.
(4) C A R N C V A .L E ,'L a c u e tiá n d « la penade muerle>, Capitula I I I , I I y s ig tK .i
p ig i 17} y $¡gtrS- .Madrid, Espaai Moderna* (sin («cha, pera a de IS93 la I r i -
ducciún y de l i U el original).
(5) l.M P íi.lO m e S i, •Istiluíion i <Ji D írU to p tn a le.. O p ír i. postuma curaij) di
Vinccnzo Lanza, Capitulo V , § 2 , 3, páe. 97. T o rln u , 140».
C6) i T r iit a lo dt D iritlo p m a lr i u i i t n v , vol. ITT, C ip ita lo XV,
Capo I I I . 566, pies. 33 td se®. T o rin o , 1910.
01 S. L o n o ii i , «Keprcasionc e preveniiane nel D iritlo p e n a le illu ilo , litóla V I,
Capo V, págt. m ed u e . M ilano, 1910.
- 110 —

192. U n cuarto órden lo constituyen los que mi­


rando la pena de muerte com o justa y eficaz para los
fines que ella debe llenar, le notan el inconveniente de
ser irreparable, y quieren que sea abolida gradualmen­
te. A s( ilAus que pretende que la pena capital sea su­
primida de hecho desde lueg:o, para que más tarde lo
sea en la ley; pues, según él, en los países donde ha
sido suprimida a despecho de la o|?inión pública ha
sido preciso restablecerla (1).
19d. Por ultimo, un quinto orden lo forman los
semi-aboliclonistas, que estimando a la pena referida
justa siempre y necesaria hoy, miran como ideal &u
futura supresión. A sí el filósofo del derecho R o sm i -
Ni ( 2 ) y aun el penalista C a rra u d ( 5 ). Les llama
semi-abolicionistas; porque tienen tanto o más de par­
tidarios de la pena de muerte que de abolicionistas.
194. Para la mejor inteligencia del plan, conteni­
do y razón lógica de la precedente clasificación puede
consultarse el siguiente
Cuadro de Im teirius abolicionistts de la pena oapilal
, (Kigurusoa.
i T e m p la d o s .

' l'f le u d o -iík s f t lu -t J 'ir iJ ic o -m a r c iilc s .


■' tos. lL 'tílitiirio -H e le i!«i»iiis ta B .

B e tn i-o p a rlo n ls ta fl o qniui


C a n d ie io u a U $ l [ absalulO H . ,
A d vc ra n rio a de la pena u -
I jiiifll p o r
0 |iortuniatiLS. /id g m p o r c o n tr a r ia a los
1 de «a i>als.
lAlM iliiTionialaa g r a d ú a la .
A k o li c i e D l iU » p a ra el p or­
v e n ir.

(1) H a u S , iP rin cip ii üciicrali di D irillo p c n a lo . Prinia v tn io n e ilaliant ü


E rrlco Feo. Voliinic srcondo, Capí tolo I I , Sczionc prim a, § I , pág. I2 c d seg.
cdizlonc. N>|w li, IS77.
(2l RoS.MISI S E i'íiA T I, -Filo so tia del Dtril1o>, Vnlum c scconda, D iritlp « « f i l e ,
L ib . IV , Sízlijne I T , parte T I , cap. IV , arl. IV , § V . D lrltio penftlede la socielaeiVÍlí
p á j. W n ijl». Milano M D C C C X L If T . (Aunque R O S M IS I dcdira dirrelamente S la
pena de inueTle pocas líneas, lo cito por la gran autoridad y mérilo Je] autúr, el IttA*
p r«lu n d o q u Í 2Í de los In la d itla s d r Filosofía d d D rrtc h o o i el lig io ) ( I X )
(B) Q ;iR iiA U D , 'T ra llé thtorique el prallque du D ro K penal (rijv;af>>. Tome
deuilene, Livre ucende, llt. II , S L V , p igs. 4 rta u iv . Ptr<« 18M.
-1 1 t-

195. O tra clasificación. Atendiendo a la naturale­


za del dbolicionidino o docrrina abolicionista, o si se
quiere a la razón inmediafa de él, puede éste ser de
dos clases: jurídico o simplemente social. E l primero
es el de l05 que reputan la pena de muerte anti-juiídi-
ca, considérenla también inconveniente o no. E l se­
gundo es et de los que, reconociéndola conforme al
Derecho extricto, o prescindiendo de éste, la esíiman
5<>lo inconveniente o innecesaria (1 ). Estos términos
de jurídico y simplemente social en cuanto al fondo
son lógicos e irreductibles; pero ni ellos ni mucho
menos los de las subdivisiones de esta clasificación
(y de la precedente) no sólo no han sido mencionados
expresamente por los abolicionistas, sino que com un­
mente para poder aplicárselos a éstos, hay que tener
en cuenta y reflexionar sobre el conjunto ile lo que
escribieron acerca de esta materia, por no h.iber des­
lindado con suficiente precisión sus conceptos.
196. A su vez el abolicionismo jurídico puede ser
de dos géneros. E l primero es el de los que juzgan la
pena capital extrictamente injusta, y por taiito-opuesta
substancialmenle al Derecho. E n ese caso estaba an­
tes C a r l o s L u c a s en Francia, y después en Italia
P e d r o E lle b o y más recientemente A l im e n a (2).
197. E l segundo género de abolicionismos jurí­
dicos es el de los que, estimando la p e n j capital justa
en su caso, es decir, merecida por el reo, no la consi­
deran legítima p o r faltarle alguna de Ims propiedades
requeridas en la pena. E s decir.que eii la doctrina de
éstos la oposición entre la pena referida y el Derecho

(Ij Esta divisiltn d r a b o lk io a is tis juridicos y p n n tin rn lr sociales no co in cid c,


com o p u d ie ra crwr&e, con la a nterio r d « ab&olutas y rrlJIfvos o condicionales. H ay
iboliciotilsus f u rid ic iH (a m o C A N Ú S IC O y C A -R r a h a qne son n i a l i v » , y las h i y
p n ra m en lcsocisilfs co m o B t N T M A S , que « j I j w lu lt f .j i in K ii i í k n p l a J o .
[2) A li.u e n a , •Pfinciiill di D iritto pén alo, V o lu jie I I , Parle V I I I , Capilolo I,
1, p íg . 102 <d s«g. N apoli, 1913.
— iiá -

no es substancial, sino accidenfat. E n este caso están


H&us, O r t o l a n , (1) quizá P u o u a (2 ), etc.
19S. La cidse de los abolicionistas sociales se
subdivide en dos géneros. E l primero es el de los que
consideran la pena de muerte simplemente como inne'
cesaría, y en esc caso están F erri y otros.
199. £1 segundo género es el de los que juzgan
Id pena referida com o positivamente perjudicial a la
sociedad, y se subdividen también en varios órdenes.
U n o es el de los que entienden que la pena de que
tratamos es desmordiizadora: asi B e r n e i i en Alema­
nia, M e c c a c i en Italia y S a l e i l l e s en Francia. Otro el
de los que ta estiman antieconómica: así V o l t a i r e y
B e n t h a n . O tro el de los que la reputan contraria a los

sentimientos del país, y en esc caso están M a n z i n i y


S il v io L o n o h i.

200. Entre los antiabolicionistas no hay diferen­


cias importantes de tesis, que autoricen una clasifíca-
ción; hay sólo pequeñas variedades. Esto ea natural:
porque si para rechazar la pena de muerte, como
cualquiera otra inslitución, basta que se la juzgue
mala ú inconveniente por un solo concepto, cualquie­
ra que sea, y e s o s conceptos pueden ser muy distin­
tos, para ser partidario de esa pena es preciso hallar­
la buena o aceptable por todos conceptos y en esto
no caben diferencias. L o que sf, hay partidarios deci­
didos com o K a n t y L a c a s a g n e (por citar dos térmi­
nos de los más distantes en época y carácter) y parti­
darios vacilantes com o T i s s o t .

(1) QRTOI.AíN, «Elénenis de Drolt pénal», Dcu^ieni< P«r(lc. TiW V, CtMp> VI •


T o m o II, p ¿K .2 0 r t suív. París, 1875.
(2) P U O LIA . «M in u a lc d l D iritla pcnale sccondo ¡I nuovo ccKlice p ^ l c ilalLa*
n o». V q I. J. Part« Eeneral«, L ib ro I c t z o . Cap. ^V. p ig . 356 «d scg. Napoll. \ 9 » .
§ II

dasifícación de fos argumentos de Jos abolicionistas


y antiaboUcionistas
.Suniarroc 201. Las dos clases de argumentos abolícioiiistns.—
202. La primera de esas clases y sus varios gíneros, según los
varios elementos que concurren en In imposición de la pena.—
203. Aspectos especifico y gencrico en que pueden ser conside­
rados esos elementos, y 6rdcties do argamciitos abolicionistas
que en ellos se fundan.--204. Puntos de partida de los seis órde­
nes de argumentos de esa primera clase, e indicación, respecto a
cada uno de esos órdenes, de los autores principales que aduje­
ron argumentos comprendidos en él.—205. Los argumentos con­
tra la conveniencia de la pena de muerte: sus varios géneros, y
autores principales que alegaron cada uno de ellos.—206. Los
argumentos dirccios de los antiabolicionistas; su clasiricación.

201. Como se infiere en lo expuesto en el pará­


grafo anterior, las razones alegradas o alegables con'
tra la pena de muerte son de dos clases: unas que
afectan al derecho de imponer la pena de muerte, esío
es, a la justicia o legitimidad de la misma, y otras a la
conveniencia y oporfunidad de esa pena; pudiendo re­
ducirse a una u otra clase, según los casos, aquéllas
cu que aparecen la justicia o el derecho como depen­
diente y fundado en la oportunidad.
202. A su vez los argumentos con que se preten­
de demostrar la injusticia o ilegitimidad de la pena re­
ferida son de varios géneros, según los varios ele­
mentos que concurren en la imposición de tal pena.
En la pena de muerte, en efecto, como en cualquier
otra, podemos considerar tres eiementos: el Estado o
poder público que la impone, el reo que la sufre y la
pena misma, que es la relación del Estado con el reo
como tal. Luego los argumentos contra la pena de
muerte han de fundarse necesariamente, o en la natu­
raleza y fines del Estado, o en los derechos y deberes
del reo. o en el concepto y fin o fines de la pena.
8
- 114 —

203. Pero cada uno de esos elementos a su vez


puede ser mirado bato dos aspectos, uno específico y
otro genérico o mixto, y ambos de trascendencia para
nuestro objeto. E l Estado, en efecto, podemos consi­
derarlo desde un punto de vista específico, en su de­
recho de castigrar, esto es, en cuanto a la extensión de
ese derecho, y desde un punto de vista genérico como
persona moral, que tiene los deberes comunes a las
personas de esa clase o a las personas en g-eneral. Al
reo también podemos juzgarle especíRcamenle como
tal reo y merecedor de la pena que se le trata de impo-
ner, y gcncricamenie como hombre, sujeto de derechos
y deberes como los demás. La pena, por último, pode-
mos estudiarla desde un punto de vista especifico en
cuanto al fin para que se impone, y desde un punto de
vista mixto, esto es, en parte específico y en parte ge­
nérico en cuanto a las condiciones y propiedades de
ella. De aquí que sean posibles en principio seis órde­
nes de argumentos contra la legitimidad de la pena
capital, y esos seis órdenes, en efecto, existen, aun­
que diseminados en obras de distintos lugares y tiem­
pos; pues no hay ninguna en que tales argumentos
aparezcan clasificados, ni ordenados, ni ninguna que,
en cualquier forma que sea, comprenda argumentos
de lodos esos órdenes, ni siquiera de la mayor parte
de ellos.
204. Según eso, los argumentos con que podía
pretenderse y se ha pretendido demostrar la injusticia o
ilegitimidad de la pena capital pueden reducirse a los ór­
denes siguientes: 1," L o s que toman por base las fa­
cultades del Estado que castiga (argumentos de B e c -
CARiA y E l l e r o ), 2.° L o s que se fundan en los deberes
generales que afectan al Estado como a cualquiera otra
persona moral (argumentos de E l l e r o , C a r r a r a , M a -
ORI, etc.) 3.° L o s que se apoyan en el derecho o mere­
cimiento del reo por su delito (argumentos de A u m e n a ,
La n e ssa n , M a x w e ll, etc.) 4.*^ Los que toman por pun-
— 11& —

10 de partida los derechos personales que son comunes


a los delincuentes c o m o a los demás hombres (a rgu ­
mentos de Rebaudi, C a r r a iia , M e c a c c i, etc.) 5.° Los
que estriban en una manera de concebir el fundamento
y fines de la pena (argumentos de C a r l o s L u c a s , C a r -
NEVALE, SiLVELA, ctc.) 6.® Los quc se derivan de una
manera de entender las condiciones o cualidades ne­
cesarias de la pena (argumentos de E l l e r o , C a r r a r a ,
Pessina, A lim e n a , H , C o n t i , V a ld é s , etc.) (La expo­
sición y análisis de esos seis g^éneros de argrumentos
serán objeto de otros tantos parágrafos en el Capítulo
y Artículo siguientes),
205. Los argumentos contra la conveniencia u
oportunidad de la pena de muerte son también de va ­
rios géneros, según que se fundan, o en los efectos
morales de esa pena sobre la multitud (argumentos de
Rebaudi, P u o lia , M e c a c c i, etc.); o en los efectos eco­
nómicos de la supresión del reo (argumentos de V o l -
TAine. 5 e n th a n , etc.), o en los efectos psicológicos o
sentimentales de la pena en una sociedad determinada
(argumento de M a n zin i, L o n q h i, etc.)
206. L o s argumentos directos de los antiabolicio­
nistas (no hablo de las contestaciones a los argumen­
tos contrarios) son también de dos clases; unos que
prueban el derecho a la imposición de la pena de
muerte, y otros la conveniencia u oportunidad de ésta.
Los primeros pueden ser a su ve z de dos géneros:
unos que tienden a probar la justicia de la pena referi­
da, y otros que demuestran la legitimidad de ésta. T o ­
davía los del primer género pueden ser de dos órde­
nes: unos que toman directamente por baae las facul­
tades y deberes del Estado, y otros que se fundan en
el merecimiento de los reos a quienes debe aplicarse
esa pena. Esos dos órdenes de argumentos no es ne­
cesario que concurran juntos, ni hasta ahora han con­
currido en un mismo estudio; pero si concurren, se ro ­
bustecen mutuamente.
- 116 -

§ III
Planes históricos y plan racional de ia controversia
sobre ia pena de muerte

Su m a rio : 207. Planes y métodos de exposición. I-*;irles que com­


prende lii controversia sobre la pena de muerte.— 208. L i expo­
sición de las tesis eii los nbolicionistas.— 20Q. Selección de argu­
mentos y método de exposición de los mismos cii lo: aboli­
cionistas.— 210. Los abolicioiiistus y l:is conicstaciones a sus
argumentos. -211. Las respuestas de los abolicionislas a sus
adversarios.— 212. Juicio general de los estudios abolicionistas.—
213. Los antiabolicionistiis en cuanto a la forma de sn tesis y el
plan de sus argumentos.— 214. La parte ncpativa o critica eti los
antiabolicionistas: sus deficiencias importantes. — 21^. Lo que
comprende el plan racional y completo de un estudio sobre l.i
pena de muerte y favorable □ ella.— 216. Consecuencia: estado
incompleto y deíectuoso de la controversia sobre la pena de
muerte.— 217. Propósito del autor conforme al plan racional
indicado.

207. V o y a hacer indicacioncs generales sobre


los planes, métodos de exposición y formas adopta­
das por abolicionislas y antiaboücionisfas, para trazar
después el plan y método racional, que a mi juicio
debe seguirse en esta materia. M as para proceder en
esto mismo metódicamente, conviene advertir que en la
controversia sobre la pena de muerte com o en otras, y
ya nos refiramos a los adversarios, ya a los partidarios
de tal pena, hay que distinguir dos partes principales,
una positiva o afirmativa, que consiste en defender la
tesis propia, y otra negativa o critica, que consiste en
responder a los argumentos contrarios a esa tesis. Aun
en la parte afirmativa son de distinguir dos elementos:
la exposición y fijación de la tesis y el desarrollo y
orden de los argru mentes con que se la intente de­
fender.
208. Esto supuesto, hablaremos primero de los
abolicionistas. E n cuanto a la tesis, ya he dicho que Id
— 117 —

mayor parte de los abolicionistas no la exponen con


precisión; de suerte que aun para lo más elemental,
esto es, para discernir si son abolicionistas absolutos o
relativos,hay que deducirlo del conjunto de lo que dicen
y especialmente de los arg-umeníos que emplean. Los
mismos pocos que fijan su tesis con relativa precisión
no lo hacen comunmente de una manera directa y siste­
mática sino fragmentaria y en parte incidentalmente.
209. Respecto a los argumentos adoptados po
ios abolicionistas, he de notar, sin que esto constituya
censura para ninguno en particular, pero si hecho ge­
neral digrno de mención, que no hay, o no conozco
ningún abolicionista que haya recogido o reunido
todos, ni quizá la m ayor parle de los argumentos
atendibles contra la pena capital, que han sido alega­
dos por unos u otros. E n cambio, hay argumentos,
como son los que se fundan en las propiedades atri­
buidas a la pena y sing-ularmenie en la reparabilidad,
que han sido repetidos muchas veces. Esto es natural;
pero no lo es tanto que esos mismos argumentos tan
repetidos y considerados por algunos autores como
los más importantes e incontestables, han sido des­
echados expresamente y declarados sin valor por a l­
gunos abolicionistas sigrnificados com o C \ r n e v a l e y
M a n z in i . O tros argumentos hay o hubo com o el de la
ley de conservación, que a pesar de estar autorizados
por nombres tan prestigiosos como el de Caubaba, no
han sido reproducidos sino por alguno que otro de los
abolicionistas posteriores, ni despertaron la atención de
los demás; de suerte que no podemos saber si éstos los
aceptaron o no. E n cuanto a la disposición u orden de
los argumentos, se ñola en los abolicionistas que mez­
clan y aun involucran no sólo los que tienen distinta
base y carácter, lo que importaría poco, sino lo que es
peor los que tienen distinta finalidad inmediata, es de­
cir, los que van contra la leyitimidad y los que van
contra la conveniencia de la pena de muerte.
— 118 —

210. C o m o al menos los argumentos más comu­


nes y algunos no tan comunes contra la pena de muer­
te han sido contestados varias veces, parecía naturül
que los abolicionistas que aducen tales argumentos los
vindicaran, replicando bien o mal a los que los con­
testaron; pero no conozco ningruno que lo haya hecho.
211. E n cuanto a la parte más extrictamenle ne­
gativa o crítica, esto es, la de respuesta a los argu­
mentos con que se ha defendido directamente la pena
de muerte, sólo se halla en algún que otro de los abo-
licionisras com o E l l e r o y O l i v e c r o n a , y aun en és­
tos muy parcial y limitadamente; pues sólo intentan
responder a alguno de los argum entos aludidos; pero
no a todos ni a la m ayor parte de los que merecen
atención.
212. E n general, y aunque ha habido abolicionis­
tas tan sabios como C a r r a r a y P e s s i n a y tan consagra­
dos al estudio de la pera de muerte como M i t t e b m v
y e h y O L tv E C R O N A , se nota en ellos, es decir, en los

que han escrito sobre la pena referida con suficiente


extensión para poder juzgarles, más sentimentalismo
que lógica,más prejuicios y rutinas que espíritu critico,
y sobre todo vaguedad en las ideas y desorden en la
exposición. E s más: con frecuencia se observa, aun en
los abolicionistas más famosos, que involucran con­
ceptos heterogéneos de una manera lastimosa, como
puede verse, por ejemplo, en el libro de P i e t r o E l x e -
RO Sobre la pena de muerte, y más aun en el pró­
logo que 'en ju[lo de 1907 puso el S r . C a n \ l e |a s a la
traducción de tal libro.
213. Viniendo ya a los antiabolicionistas, diré
que com o en éstos, por la naturaleza de su posición,
la tesis tiene forzosamente cierto carácter de generali­
dad; pues el que defiende la pena de muerte es porque
la considera a la vez legítima y conveniente, apenas
cabe en ellos en esta parte la falta de precisión que
se nota en los abolicionistas, y en efecto no la hay.
- 119-

ain que e»ío signifique mérifo especial de ellos: E n los


argumentos que emplean, sí, se nota ya un desorden
semejante al que he atribuido a los abolicionistas; pues
no separan ni distinguen positivamente los que se re­
fieren a la justicia y legitimidad de esa pena, de ios
que prueban su conveniencia.
214. La parte negativa o crítica es también en los
antiabolicionistas bastante defectuosa; pues no sólo
no hay ninguno que haya hecho labor de conjunto re­
uniendo y analizando todos los argumentos atendibles
de los adversarios, sino que, aun compilado lo que está
disperso en unos y otros antiabolicionistas, no ae o b ­
tendría verdadera labor crítica de conjunto; pues si los
argumentos más comunes de los adversarios de la pe­
na de muerte han sido analizados y pulverizados mu­
chas veces, otros argumentos de esa clase hay y no
pocos, y quizá no menos importantes, que no han sido
contestados por nadie hasta ahora. (L o serán eti este
trabajo).
215. De lo dicho ya se infiere que el plan racional
y completo de un estudio sobre la pena de muerte y
favorable a ella debe comprender una parte negativa
o crítica, en la que, metódicamente agrupados, se ex­
pongan, analicen y refuten en su propio terreno todos
los argumentos dignos de este nombre, que se han
alegado contra la pena referida por unos u otros auto­
res, y una parte positiva o afirmativa en que se trate
con separación de la justicia, de la legitimidad y de la
conveniencia de la pena de que se trata con pruebas
directas para cada uno d^^esos puntos, y con vindica­
ción inmediata de cada una de esas pruebas, repli­
cando a los que las contestaron cuando se trata de las
que, en efecto, fueron objeto de contestación.
216. C o m o se ve, a pesar de haberse escrito cen­
tenares de obras especiales e innumerables capítulos
de obras generales en pro y en contra de la pena
de muerte, la controversia está hasta ahora incomple­
— 120 —
ta y defectuosa, y el esfudio de la cuestión ofrece toda­
vía campo a no pocas novedades, que parece extraño
que lo sean, y que no deben continuar siéndolo.
217. Esc plan racional en todas sus partes pro­
yecto realizar en primer término, para tratar luego de
las Hmifaciones qué debe recibir la pena de muerte, es
decir, de la supresión de la misma en ciertos delitos
en que hoy suele aplicarse, y de los sustitutivos de
ella que, cuando se trata de esos delitos, proceden a
mi juicio, asi como de otras cursilones complementa­
rias en esta materia. Conforme a ese plan, pues, en Id
parte crítica, que será el objeto del Capítulo sisruiente,
propóngome exponer en toda su fuerza, y en la forma
más rigurosa que ellas permitan las objeciones que se
han hecho contra la pena de muerte por los principales
adversarios de ésta, y analizar el valor probatorio de
las mismas, colocándome siempre en el mismo campo
de sus autores. V pues hasta ahora, se^ún indiqué, así
como no hay ningún adversario de la pena referida
que se haya hecho cargo de todos los argumentos im­
portantes aducidos por los defensores de ella, tampo­
co hay, o no conozco, ninguno de esos defensores que
haya expuesto y analizado convenientemente todos los
argumentos de los adversarios, y hasta hay no pocos
de esos argumentos, que no han sido contestados por
nadie, intento suplir esas deficiencias; hacer el primer
trabajo de conjunto expositivo y crítico en esta ma­
teria, y además introducir en ella el orden y método
tan necesarios en la ciencia. La parte positiva o afir­
mativa será desarrollada luego en varios capítulos.
C A P ÍT U L O T E R C E R O

Los argumentos de los adversarios de la pena de muerte.


Exposición y análisis.

^ Z ^ T iC C T X d O z

LOS ARGÜMHNTOS QUH SF, RfiFlERKN A LA JUSTICIA


Y LEGITIMIDAD ülí [.A PKNA CAPITAL.

§ I
L a pena de muerte y las facultades de! Estado
0 de la soberanía.
S n io B rlo : 218. Texto cic B e c c a r i a sobre la soberanía, el contrato
social y el derecho a inipoiicr la pena de muerte.— 219. La base
del argumento de B e c c . n r i a o sea la teoría del contrato social: su
cvoFución en el siglo X fX ; su abaiiclono actual.— 220. Coiitrac-
tiiallstas anteriores a B e c c a r i a que previnieron el argumento de
é s t e .-221. R o u s s e a u contestando atiticipadamcnlc el argum cn'
to de BECCAftiA. Aítuatióii de V A rrE L en el mismo sentido.—
222. Coiitractuallstas que contestaron dircctamcnlc al argumuiilo
de B e c c a r i a . Texto de F i l a . ' í q i e h i . -223. Consecuencia: lo de­
mostrado cii esa controversia. Lo demostrado en otra obra dcl au­
tor de este libro. — 224. Contestación directa al argumento de BEC-
CARiA dentro de la. misma base de él.— 225. O tra contestación
menos d ire c ta .-226. Argumento de E l l e r o partiendo del origen
divino dcl derecho de castigar.— 227. Contestación.— 228. A r ­
gumento de A h r e n s partiendo del origen divino de la vida.—
229. Contestación.

218. E l Marqués de B e c c a r i a . en su famoso li­


bro «D e los delitos y de las penas», nieg:a al Estado
el derecho a imponer la pena de muerte, diciendo; «L a
Soberanía y las leyes no son más que la suma de las
pequeñas porciones de libertad que cada uno ha cedí-
- 122—

do a la'socíedad. Representan la voluntad g^eneral, re­


sultado de la unión de las voluntades particulares.
Pero, ¿quién ha querido Jamás dar a otros hombrea el
derecho a quitarle la vida? ¿Se debe suponer que en
el sacrificio que cada uno ha hecho de una pequeña
porte de su libertad haya podido arriesgar su existen­
cia, el más precioso de todos los bienes? S i así fuera,
¿cómo conformar este principio con la máxinia que
prohíbe el suicidio? ¿ O el hombre tiene el derecho dí
matarse a sí mismo, o no puede ceder este derecho a
otro ni a la sociedad entera?» (1).
219. B e c c a u i a , como se ve. parte de la teoría dcl
contrato social; pero esta teoría que él dió por supues­
ta, com o si fuera indiscutible, y que en su época esta­
ba tan generalizada, hace mucho tiempo que está casi
muerta, sin que hayan sido bastantes a rehabilitarla en
el siglo X IX los esfuerzos de S a l o m o n Z a c h a r ia . en
Alemania (2 ), P r o u d h o n en Francia (3) y su discípulo
P ( Y M a r g a l l en España (4 ) y más modernamente de
A l f r e d o P o u il l b b en Francia (5 ), E d u a r d o C i m b a u «n
Italia <6) y K a h e e f en Rusia (7). Y o no voy a discutir­
la ahora, porque me alejaría de mt objeto; pero sí he
de notar, como primera contestación al arg-umenfo
beccariano, que éste se funda en un supuesto arbifra-
rio, que su autor no intentó ¡ustificar, y que, si enton-

( I ) B e cC A R IA , d e l im c t d n p c i n M -, dcuxítrneedillan, | X V I, p ig s .4 3 r l
siiiv. (T r id u K if f n Ir a n t n j con una introductión y ctuncntario, por P A U S tiN H E llE .
P irís. lATOy Puede verst Um bicn la tradacciAn castellana anlci eilada, cap X X V Illi
pátinas 117 y siguiente).
<2) SALOM ON ZACtlAU IA, <Viefzi|> Büclicr van S tiile > , 2. Ausg. 1838.
(3) PROUDHOS’ ; -E l principio (c d a «< ¡vo - .Tra d u c ció n y pr»lugO <3e P. P¡
M a r o a l l , capítulos V II y V i l ] , páginas 66 y si)ciiicnlrs. M adrid, IS M .
(4) P i M a k c ia ll: «Las N a riu n a liü a d n ■ lib . I I I , cap. X V II , piRS. 302 a 307, y
especijIm ejUr ■Apíniticequinto: El [mcIo«, 4Í 7 H 3 7 . Cuarta edlciiíii. M adrid. 191;.
<S) F ü U i l . L l í i ': 'L i ciencia M f ii l caiit«in|Mráne*>. FradiHclón, prálo|;o y notis
d e A D O L h O 1‘OSADA. L i b r o l: - E l contrato social y U ctcu ela idealista’ , pk gi-33 ]
siguientes. M a d ild, La Espifla Moderna.
(A) EotJARDO C lM tiA LI: <Lo Stalosecondo ii D iritto intcm azionalr univnsalei.
Parte i, lib i. II I, IV y V . Konia, IS 9 L Puede veise también: [I nun Interkmlo,
Roma, 1889.
(7> K a r e e f ; iQucstions r»ndamcntalcs de m i s l o i i e d c la p h ita »iiliic > , lam t Hi
im .
— 125 —

ces era admitido por moda y por lo que favorecía a


las rendendas individualistas de la época, hoy está
casi universalmcntc desechado y desacreditado.
220. Pero es dig^no de notar que ese argumento
no pareció bueno a los mismos partidarios del contrato
social. Y a antes de B e c c a r ia hubo varios contractua-
listas com o él que previeron e intentaron resolver an­
ticipadamente su argumento; pero tomándolo en íoda
su extensión lógrica, esto es, en cuanto afecta á todas
las penas, y no sólo a la de muerte. A sí lo hicieron loa
célebres Ií o b b e s , el primer sistematizador de la teoría
del pacto social (1 ); P u f e n d o r p , el insigne tratadista
de Derecho natural del siglo XVIII (2 ), y L o c k e , el
filósofo sensualista ían admirado por los hombres del
siglo X V Ill (3).
221. M as aparte de esos, a quienes B e c c a r i a ,
que era poco docto, no conocía, otro hubo a quien de­
bió conocer y que. refiriéndose directamente a la pena
de muerte, previo y contestó anticipadamente el argu­
mento del penalista milanés, como pudiera hacerlo si
lo hubiera visto. Fue éste el gran desarrollador y pro­
pagandista del contrato social J u a n J a c o b o R o u s s e a u .
He aquí sus palabras ya reproducidas antes de ahora:
«S e pregunta cóm o los particulares, no teniendo el
derecho de disponer de su propia vida, pueden trasmi­
tir al Soberano este mismo derecho de que carecen.
Esta cuestión parece difícil de resolver por estar mal
planteada. T o d o hombre tiene derecho de exponer su
vida por conservarla. ¿Se ha pensado nunca en ta­
char de suicida al que se arroja por una ventana hu­
yendo de un incendio? ¿ S e ha llamado criminal algu­
na vez al que perece en una tempestad, cuyo peligro
no ignoraba al embarcarse? El tratado social tiene por

(I) H OhBCS; <De civc^, c. 2, f 18.— M .: «Levianlhan», c. W .


(-2) i D c J u r c n a l u r x r l e m l iu n it , lib.Vlll, cap. I I I . i T u m o I I , p á -
K í n » 310 y siguientes), f ranaifurli, M D C C X L IV .
(3 ) LoCKC^ «T w o TrcaUses of ^ v e r n c D f n U . cap. I I , § 7. London. 1772.
— 124 —

fin la conservación de los confratanfes. Quien quiere


el fin quiere los medios, y estos medios son insepara­
bles de algunos riesg^os y aún de algunas pérdidas.
Quien quiere conservar su vida a expensas de los de­
más debe también darla por ellos cuando sea preci­
s o » (1 ). Tam bién merece cirarse entre los conlractua-
tistas anteriores a B e c c a r i a el célebre V a t t e l que,
aunque no trató directamente de la pena de muerte,
mostró que la admitía al tratar de la represión del due­
lo, y con la explicación que dió del derecho de casti­
gar en relación con el contrato social, previno el ar­
gumento del reformador milanés (2).
223. S i antes de la publicación del libro «D e los
delitos y de las penas» ya el argumento de éste, funda­
do en el contrato social, había sido previsto y resucito
anticipadamente por los más notables partidarios de
semejante contrato, después no dejó de ser contestado
directamente por varios, también contractualistas, in­
cluso por algunos que por otros conceptos eran ad­
versarios de la pena de muerte. Esto han hecho cada
u n o de manera distinta, esto es, desde distinto punto
de vista; R e d e k e r, que siguió a R o u s s e a u (3); Mabuv,
y especialmente F il a n c ie r i , que se inspiró en L o c k e ,
aunque mejor pudo inspirarse en V a t t e l (4 ), y ade­
m ás el ramoso filósofo y publicista f ra n c é s D id e -
n o T (6 ), y el m ás famoso todavía filósofo alemán, es
decir, prusiano, K a n t (6). P o r abreviar, sólo repetiré

CM R OUSSEAU: «D e l coB lrtlo so ciil», lib , I I . V, página T rid iic c ió ii de A V


TO M IO ZO ZA.VA . M adrid, I8S3.
(2') V a t t e l : <EI D c ra h o de g c n tn o principios de k y n ilu r> l...> , traducid* il
a paAol por el licenciado D . M a n u e l P a s c u a l F e r n á n d e z . T o m o !. rip ito -
lo X lll.($ C L X I X fC L X X V I, ilg u in ile . y 3 4 1 )T .ilg u i«le . M adrid. IN O .
(J ¡ REDCHER; • C o n iid e ru io iin sobre 1> p«na de nucrle, insertas tom o SUple-
oranloal capitulo X X V I U d « la obra de D e c c a r ia en la lra du ctl 6 n c u lc lla n i de
<tti a n ln citada, plglnaa 131 y s lp iie n tn .
(4) P lLA N O lER I: <Ci«nc'ia d r l> lejislactón...», noevamente traducida p o r don
JU A N RIBERA, tomo I I I , capitula X X IX , plglnaa 317 y signientet M adrid, i n i .
(5 ) V i u t la ñola inserta t n la Untas r c n s mencionada Iraduccióo ctpaAoU de-l
•Tratado de lo i delilos y de laa penas», p i f . 230.
( 6 ) K u iT :< J lc t a p t ililK lic Aniancicrflndeiler Rechtslliro, Z « d t n T e il. i X L IX .
- 125 —

lo que dijo F il a n o ie r i , que es el más preciso y carac­


terístico de todos. Decíci, pues, el doctísimo autor de
la «Ciencia de la legislación», contestando a B e c c a -
BiA, que en el estado natural que, según uno y otro,
precedió a la constilución de la sociedad rodos Jos
hombres tienen derecho- de castigar la violación de
las leyes naturales; y «si esta violación hizo digno de
muerte al transgresor, rodo hombre fierc derecho a
quitarle la vida. Este derecho que en el estado de la
natural independencia tenia cada uno sobre todos, y
todos sobre cada uno, es el que en el contrato social
se transfirió a la sociedad y se depositó en manos del
Soberano. Así, pues, el derecho que tiene el Sobera­
no, ya sea para imponer la pena de muerte o cualquie­
ra otra, no depende de la cesión de los derechos que
tenia cada uno sobre sí mismo, sino de la cesión de
los derechos que tenía cada uno sobre los demás» (1).
223. Este ha sido el desarrollo de la controversia
sobre la pena de muerte entre tos partidarios del con*
trato social en cuanto tales. E n ella se ha demostrado
que la pena i*eferida se explica y defiende con ese co n ­
trato lo mismo que las otras penas, y , por consiguien­
te, por lo que a este punto se refiere, o son todas las
penas ilegítimas, o es legitima la de muerte.
Por lo demás, en mi libro del «Derecho de casti­
gar» he demostrado la incompatibilidad lógica abso­
luta de las teorías pactistas con la existencia del dere­
cho de castigar, y por consiguiente con toda pena,
que no sea la simple privación de los derechos polí­
ticos (2).
224. M as el argumento del escritoi’ miianés fia-

E. IT9 7. - l’ a fd i v t r s f m C K tfIh n o : »F iiiic in io ! mttaliglcos del Dírecho*. Irid uctión


de Q . Ll/ÁlfiíA^ri*. (tari*; i X L I X , F , |>á|[ini3 201 y signim lcs. M a­
drid, i s ; ] .
Cl) 'Ciencia de la leeislaciún., lomo I I I , C ip . .X X IX . iilet3 27 <lc U cdlc, ciUda.
( ! ) A v o n N e v E lk O : « D t l dwecho de castie¡ir, su in liir ile i» , su orifien, su liin-
dim enio y opiniones iH r e id e c s Io ^ puntos.. $ I I I . •Origen raeional dcL d trc<)i« de
c a iliR ir ., p ^fin is 70 y s i j ¡u i « t l« - Santiago, I W l .
— 126 -
quea por todas pdrtes. S i el pacro social exisliera y
pudiera ser base del derecho de castigar, habría posi­
bilidad moral de que ese derecho se extendiese hasta
la pena de muerre, sin que los asociados que lo con­
cediesen fuesen suicidas ni cosa equivalente. ¿Por
qué? Porque una cosa es quitarse la vida, o autorizar
de una manera directa y absoluta para que se la qui­
ten, y otra arriesgarla y aceptar la posibilidad de per­
derla cuando hay una causa grrandc que lo justifica y
aconseja. Esto último, no solo es lícito, sino laudable
y meritorio. Pues que, ¿no se expone la vida por de­
fender la patria? ¿No se expone y con mérito por sal­
var a náufragos, librar a víctimas de incendios o au­
xiliar a enfermos contagiosos? Pues bien; no voy a
repetir el argumento de R o u s s e a u : no me reitero al
hecho de exponer su vida por salvarla, que es lo que
halla justo el publicista ginebrino; pero la vida y el
orden de la sociedad civil (que es aún más que la pa­
tria), el mantenimiento del derecho y de la justicia y el
librar de muerte viólenla a muchos inocentes que sin
la amenaza de la pena capital caerían víctimas de loa
asesinos, ¿no son causas {grandes que merecen que
5C exponga la vida por ellas? Pues esto y no otra
cosa harían los ciudadanos que, en el supuesto dcl
pacto social explícito o implícito, concediesen a la re
presentación de la soberanía el derecho a imponer lo
pena de muerte a los grandes criminales, tanto más,
que esto no significaría nunca la concesión de un de­
recho absoluto sobre la vida propia ni las ajenas, sino
un derecho condicional, que constituiría para los otor­
gantes un peligro de muerte muy remoto. Luego si el
pacto social pudiera ser base de la pena, podría serlo
igualmente de la capital que de las otras.
225. En cambio, si de la posibilidad moral, qu
lo mismo favorece a la pena de muerte que a las otras,
como vimos, pasamos a las presunciones de hecho
(ya que se trata de Interpretar un pacto implícito), es-
- 127 —

las lo m ism o m ilitan co n tra la s o tra s penas que con­


tra la de m uerte; pues s i e s de p resu m ir que ningruno
quiso co n c e d e r d e re c h o a la s o c ie d a d p a ra que le ma^
ten, tam bién e s d ¿ p resu m ir que ningruno q u iso c o n c e ­
der derecho p a ra que 1¿ im p u siesen otra pena; y p o r
tanto, si el a rg u m e n to de B e c c a b ia fu n d a d o en el su ­
puesto pacto s o c ia l v alie rd , no a r g ü ir ía co n tra la pena
de muerte s in o c o n tra to d a s la s p e n a s.
226. PiETRO E l l e r o , que reconoce, como C a h r a -
R& y otros adversarios de la pena de muerte, que el
derecho de castigar viene de Dios, niega que Este
haya concedido a la Soberanía la facultad de imponer
la pena de muerte^ Tundándose en que la razón nos
hace ver esta pena «inútil, inmoral e injusta, y como
lal no querida por Aquél que es fuente de bien, de
rectitud y de justicia» (1).
227. Ahora bien; si la pena de muerte es inmoral
e injusta, como cree E l l r r o , e s indudable que Dios no
puede conceder, ni en el Poder público puede existir,
derecho a imponer esa pena; pero, si por el contrario,
es justa y conveniente al orden social, es indudable
también que Dios no deja de otorgar semejante dere­
cho, y que de todas suertes éste debe existir c o m o atri­
buto de la soberanía, cualquiera que sea la doctrina
que se siga acerca del origen del derecho de castigar.
Luego, para todos los que no admitimos el contrato
social la cuestión de si en la soberanía reside el dere­
cho a imponer la pena de muerte se reduce a la cucs-
llón de la justicia o injusticia de esta pena por otros
conceptos, y, por tanto, sólo esta segunda cuestión
debe tratarse, como me propongo hacer en el capítulo
siguiente, donde, aunque no sea ese su objeto, tendrá
contestación fundamental el argumento de E l l e b o .
226. E l célebre tratadista de Derecho natural
E. A hrbns combate la pena de .muerte diciendo: «es

(I) PlETRO ELLERO: .Sobre la pena <l< irucrK-, cdición citada, IV, página 26.
- 128 -

necesario establecer como principio que el Estado no


riene poder sobre la vida que el hombre recibe inme­
diatamente de Dios», etc. (1). Lo mismo sostuvo
M rrT E R M A V E R (2 ). '
229. En contestación a eso diré, que si el hombre
recibe inmediatamente de Dios la vida, también recibe
de Bi inmediatamente la libertad, la capacidad de ad­
quirir y los demás derechos que son consecuencia de
la vida. Luego si porque ésta proviene de Dios no tu­
viera el Estado poder moral para quitarla al que se ha
hecho merecedor de ello, tampoco podrfa quitar los
otros bienes o facultades que tienen el mismo origen;
y por consiguiente no podría imponer penas de pri­
sión, ni pecuniarias, ni otra alguna más que la priva­
ción de los derechos políticos, que son los únicos que
provienen del Estado.

§11
La pena de muerte y Jos deberes del Estado
como persona moral
8 a n ia r l« ; 230. El ar^meiito de E l l e r o fundado en el Dccülogo.—
231.—ConlcStadóii: el Decálogo y la materia de la pena.—232. De
qué modo atcdaci al Estado los prcccptos del Decílogo; cómo
le incumbe ciitnplir d <)ll¡ntO de csos prcccplos.—233. Otra re­
flexión conlra el argunicnto mismo de E l l e r o y fundada eti
derecKo de los parliculares.—23-1. Si los preceptos dcl Decálogo
se entendieran como E l l e r o y otros entienden el quinlo, no se­
ría lícita ninguna pena.—235. Cómo entendió el quiiUo manda­
miento el promulgador Moisés.—236. El argumento de la ley
natural de conscrvación: quienes lo .iduccn. PaUbras de Ca-
RRA RA .— 237. Contestación: pruebas de que no existe la ley que
se invoca.

250. PiETHO E llero y otros creen poder sacar de


la Sagrada Escritura conclusión contraria a la pena de

ti) AHRCKS. •Cursodf Derrcho natunl df rilosoHa dd Dcrnlioi, Pirtc


C*p VI. i XXXV !, pig. 2ÚA. Traduclin de D. Ped ko R o d ríu u e 2 H o r t c l a s u y
D. M a ria n o R ic a rd o de A$ensi. Madrid, IS43.
(2 ) M iT T e R J iA V É *', l» l< T o d w jlr a le , pág. 70.
-1 2 9 —

muerte; «pucsfo que en el Decálogo, suprema, univer


sal y crema ley, sin reserva de ninguna clase está es­
crito: «NO M ATARÁS» (1).
231. Pues bien; el Dccáiog^o no se propone seña­
lar la materia de la pena, sino sólo Ajar deberes mora­
les de carácter general que no tienen que ver directa­
mente con ella. Cualquiera que sea la materia de la
pena, ésta ha de consistir en una privación, en un da^
flo, que si no tuviera carácter penal, sería contrarío at
Decálogo. Luego el derecho a la vida, como materia de
la pena, es cosa enteramente extrafía a la prohibición
general de matar.
232. No es esto decir que los preceptos del Decá­
logo no afecten también al Poder público que castiga;
pero afectan de especial manera en conformidad con
su naturaleza y su misión. La autoridad soberana no
podría prohibir a los súbditos el cumplimiento de los
preceptos del Decálogo, incluso los divinos positivos,
y además debe saricionar con penas estos preceptos
en cuanto ellos trascienden a la vida social, esto es,
en cuanto se hacen ¡urídicos. Así es como cumple el
Estado los mandamientos divinos. Luego sí la pena
de muerte es justa, cuando el Estado impone esa pena
a los asesinos sanciona el derecho a la vida que tie­
nen los Inocentes, y, por consiguiente, no sólo no
quebranta el quinto precepto formalmente, sino que lo
cumple positivamente de la manera que le incumbe,
sancionándole con una pena proporcionada a su im­
portancia. Se dirá: ¿cómo puede cumplirlo haciendo
lo mismo que él prohibe? Respondo: no lo cumple ma­
terialmente, pero lo cumple formalmente; no lo cum­
ple de la manera que debemos cumplirlo los^ particula­
res, pero lo cumple de la manera que le incumbe cum­
plirlo a él. La manera de cumplir el quinto precepto el
Estado ea sancionarlo con penas y garantir su cum-

(I) E l l e r O: ObTi citu li. IV. páeiiM 30.


— 130 —

plimiento de lá manera más eficaz. Lue^o si matando


a un culpable, que ya no tiene derecho a la vida, evita
que sean muertos diez inocentes que conservan el de­
recho a ella, cumple el precepto referido de la Torma
que le corresponde, y mucho mejor que si por no pri­
var de la vida a un criminal deja que sean privados de
ella muchos honrados.
235. ¿No convenimos todos en que no falta al
quinto precepto el particular que, no ya para defender
la propia vida, sino para defender la de otros injusta­
mente agredidos, mata al agresor criminal o loco?
Pues bien; es verdad que el Estado cuando castisra no
ejerce el derecho de defensa, sino otro más amplio y
trascendente; pero lo importante es que ese hecho del
particular muestra que puede quitarse la vida a uno,
aun sin ser por la necesidad de la defensa propia, sin
quebrantar el mandamiento divino. Admitido esto, hay
que admitir al menos la posibilidad de que lo que no
está vedado al particular en circunstancias dadas, y
en virtud del derecho que ellas le confieren, sea lícito
al Poder público de una manera menos transitoria en
virtud del derecho y deber que tiene por su naturaleza
y sus fines. Luego si se demuestra por otros medios
ese derecho, el precepto divino no se opone a él. Y
esto basta para mi objeto; porque no trato de funda-
mentar la pena de muerte en los mandamientos del
Dccálog-o, sino sólo de demostrar que no está en con­
tradicción con ellos.
2M . Además, entendidos los preceptos del Decá­
logo, incluso el quinto, como lo entienden los que ar­
guyen con él contra la pena de muerte, se podría ar­
güir igualmente contra las otras penas. En efecto, si
es contrarra al quinto precepto de esa íey la privación
penal de la vida, también lo es al cuarto la privación
total o parcial de los derechos de patria potestad; al
séptimo la privación de los bienes materiales econó­
micos; al octavo la privación del honor, y aun al mis­
- 131 -
mo quinto la privación de la íncoluinidv.í personal y
hasta de la libertad, Luego, conforme al cuarto pre­
cepto, no sólo no podría imponerse la privación direc­
ta de los derechos de patria potestad en ning-un caso,
sino que no podría impedirse prácticamente el ejerci­
cio de esos derechos a los sujetos activos y pasivos
de los mismos, cual los impiden las penas de reclu­
sión y aun las de destierro en el sentido grenérico de
esta palabra; y, por consiguiente, no sería lícito apli­
car semejantes penas a los padres ni a los hijos de
familia. Asimismo, conforme al mismo quinto man­
damiento, no podrían imponerse penas corporales;
conforme al séptimo no podrían imponerse penas de
multas y otras análogas, y conforme at octavo no
podrían imponerse penas infamantes, ni aun las que lo
son indirectamente, y lo son siempre las penas públi­
cas impuestas por delitos secretos o menos públicos
que ellas. Se dirá: imponer la pena de multa no es
hurlar. E s verdad que imponer la pena de multa no es
hurtar en el sentido del Decálogo, como imponer la
pena de muerte no es matar en el sentido del mismo.
Toda la confusión nace de que no hay en nuestro idio­
ma palabras para distinguir las dos clases de pri­
vación de la vida: la que hace la autoridad (a los de­
lincuentes) bajo la forma penal, y la que hacen los par­
ticulares en forma punible, como hay dos palabras
parn distinguir la privación de los bienes; la que hace
la autoridad penal y la que hacen los particulares pe­
nables: la multa y el hurto. Además el Decálogo dice
no matarás, en el mismo sentido que dice no hurtarás.
Si en ambos casos hubiera de entenderse prohibida
en absoluto la sustracción m aterial de la vida y de la
hacienda respectivamente, la pena de multa seria un
hurto y la de muerte un homicidio, y no cabría impo­
ner ninguna de ellas; y si en ambos casos lo que se
prohibe no es precisamente la sustracción m aterial,
sino la violación del Derecho y hasta el intento de vio­
-1 3 2 -

larlo, ambas penas pueden ser siempre que


sean merecidas e impuesfas por autoridad compe­
tente.
235. Por lílfimo, una prueba positiva, conclu­
yente, de que el quinto precepto de! Decálogo no se
opone a la pena de muerte es que el mismo ?ran le­
gislador Moisés, que promulgó el Decálogo y que de­
bía comprenderlo mejor que nadie de los humanos,
estableció la pena de muerte para varios delitos, o,
mejor dicho, la estableció el mismo Dios por su con­
ducto (1). No quiere esto decir que lo que se dictó
como ley propia y peculiar para los hebreos deba ex­
tenderse por sólo esto a otros pueblos; pero sí, que si
la pena de muerte fuera contraria al Decálogo, que es
ley universal y perdurable, no hubiera podido ser im­
puesta por el legislador sagrado.
256. E l argumento de la ley natural de la con
servación. C a r r a r a es el que ha desarrollado más ex­
tensamente este argumento; pero también lo empleó
después Maqri (2 ), y últimamente lo apuntó H ug o
C oNTi (3 ). He aquí c o m o se expresa C a r r e r a :
«Aceptando nosotros, sobre las huellas de Nicou-
N i, como fundamento de este derecho la ley de natura­

leza, se llega a la consecuencia de negar la potestad


de matar, porque la ley de naturaleza es esencialmen­
te conservatriz. En este sumo principio se inspira
aquella ley y a él se dirige constantemente, excepto
los casos en que la conservación de un ser sea actual-
menJe ¡ncom patible con la conservación de otros se­
res iguales, en el cual caso la ley que permite la des­
trucción no contraría, sino que confirma el principio
conservador. Ahorci, de este sumo principio paréce-
nos deberse deducir que la ley conservatríz no permi'

( I) Véase, por ejemplo. Exodo, cap. X X I, ven. I‘2, l5 y 23.


(Z) F ra n c e s c o MAaKU4UrM.nuova1coríaceneralc iIcIU crlminaliUi.caplto-
lo I, e U. pags. M ed seg. Pi&a, ISQ].
(3) U G O CONTI. Op. eit., « p o III, pég.90.
— 155-

ta la destrucción de un hombre, cuando la necesidad


presente de la defensa de los otros hombres no exige
fanto sacrificio; y así no la permite ni aun como pena
de la destrucción de otro ser ya consumada, porque
no puede decirse que se mata al matador para conser­
var el muerto. Llevada a este punto la disputa, la le­
gitimidad de la pena de muerte no es ya hoy sosteni-
ble. Porque las condiciones actuales de los pueblos
cultos no hacen ya (en la delincuencia ordinaria y en
los tiempos normales de los Estados) de la muerte del
enemigo social una necesidad m aieríah (1).
237. Y bien, ¿qué ley conseryatriz o conservado­
ra es esa? ¿Que alcance tiene, y cómo se demuestra?
Como ley universal no existe. Existe, sí, la ley de
conservación de la materia, ley física enteramente aje­
na a la cuestión que debatimos; pero si de la materia
venimos a los cuerpos, o sea a las agregaciones de
materia existentes en un momento dado, lo que nos
ofrece la naturaleza por todas partes son ejemplos de
muerte y de destrucción. Destrucción, desde luego, en
todos los seres materiales, orgánicos e inorgánicos,
que se rompen, se disuelven, se descomponen, se
mezclan y se combinan. V en cuanto a los seres vi­
vos, que son los que aquí más tíos interesan, ¿quién
ignora que todos ellos mueren por necesidad de su
naturaleza, cuando no mueren antes por causas extra­
ñas? No domina, pues, en ellos la ley de conserva­
ción de la vida (a pesar del instinto de conservación
de los animales), sino la ley de la muerte. Como si
esto no fuera bastante, hay especies que no pueden
vivir sino a costa de la vida de otras del mismo o de
distinto reino, como son todos los animales y algunos
vegetales, y hay especies que tienen como instinto
perseguir a muerte a otras, aun sin serles necesario
para su alimentación. El hombre arranca todos los

cu CARIOItA., Programinadcl corso di Dlritlocrimlnilc. Pirlcgcncrale, Vol. II,


cipilolo vil, i M I, paitiias 71 cd scE. Flrnizc, 1697.
— 134 —

días la vida a planfas y animales de todas clases,


unas veces por necesidad y otras por comodidad o
lujo; pero siempre lícitamente, a no ser que quebrante
normas de otro orden, que no tienen que ver con la
supuesta ley de conservación. De suerte que en cuan­
to a las vidas ú existencias inferiores a la humana, ni
hay ley física o ley de hecho que determine su conser­
vación, aunque et hombre no atente contra ella, ni
hay ley moral que nos obligue a no atentar. En cuan­
to al hombre tampoco hay ley física (digo ley física
por oposición a la ley moral) que garantice la conser­
vación de su vida, ni autt por un tiempo mínimo, y
aunque nadie atente contra ella. ¿A qué queda, pues,
reducida la supuesta ley de conservación? Al deber
moral (y jurídico) que tenemos los hombres de con­
servar la vida propia y respetar la de los demás. Pero
este deber de respetar la vida de otros, ¿alcanza tam­
bién a la autoridad social cuando impone penas a los
criminales? Esto es precisamente lo que se trata de
probar, y no se prueba. Puesto que la ley que se in­
voca con carácter general no existe, como hemos vis­
to, para afirmar su existencia en este caso particular,
hay que demostrarla con razones particulares. Y esto
tanto más, cuanto que el deber de respetar la vida
ajena no es de distinta naturaleza, aunque sí de ma­
yor importancia, que el deber de respetar la libertad,
la hacienda, etc. de los otros; y si el primero fuera in­
compatible con la pena de muerte, los otros derechos
serían incompatibles con las demás penas.

§ III
La pena de muerte y e! derecho o merecimiento
de los reos como tales
SnraBrIos 238. ATgiimenlo de M a x w e ll, Ali.mena etc. fundado en
la ncgacióii dcl libre albedrío. Palabras de A l im e n a .—23'9. Con­
testación: el libre albedrío como tiecho y conno presupuesto de
-135-
todas las teorías penales,—240. Teorías de M a x w e ll, AUMENA y
otros dclcrmiiiislas sobre el fin de la pena.—241. Como explica
A l im e m a la eficacia de las penas para la defensa de la sociedad.
242. Es.i explicación supone el libre .ilbedrío.—243. Prueba de
que si no exislitra el libre albedrío sería imposible la eficacia
preventiva de la pena.—24-4. Se prtvicne una objeción.-245. 01ra
objícióti ÍLindada «n la eficacia de U pena entre los animales se­
gún L o m b r o s o , F e r r i , N a r d i G r e c o , ole.—240. CoiUestacjóu;
las condiciones del castigo educador en los animales-, ta efícacia
limitada del mismo castigo; porqne unas y otra iií-cen innecesa­
rio el libre albedrío.—247. Las condiciones o fornia de la pena
huniano-juridica y la iiccc:idad del libre albedrío: la eficaeia
trascendente de esa pena y su imposibilidad sin el libre albe­
drío.—248. La eHcacia trascendente indicada como indispensa­
ble para la defensa de la sociedad y para cualquier otro fin so­
cial de la pena.- 249. Resumen del modo de obrar de la pena
en los animales y en el hombre, —250. La eñcacia del castigo en
los mismos animales es incompatible con el delerminismo me­
cánico de los positivistas: el principio de espontaneidad en los
animales: coiisccnencia en favor del libre albedrío humano. Tres
clases distintas de seres en cnanto a su iiunera de obrar y a las
causas o agentes que pueden inriiir en ella (nota).—251. Prué­
base que, aun prescindiendo def libre albedrío, las doctrinas de
M a x w e l l , A l i m e n a , etc. conducen ló^cainenlc a la pena de
muerte.—252. La opinión de A i .im e m a de que la pena de muerte
excede de lo necesario parn la defensa social: crítica.

238. No muy ímportanre en sí, porque parte de


una hipótesis arbitraria y falsa; pero digno de tenerse
en cuenta por el número y calidad de las personas
guc profesan y aun sientan como dog-ma tal hipótesis,
es el arg^umento aducido muy modernamente por
M a x w e l l (1), y aun L a n e s s a n (3) en Francia, y Au-
HENA en Italia (3).
He aquí como se expiesa el líltimo: «Si el delito no
es un quid debido al libre albedrío, sino que entra co-
mo todo otro fenómeno en la causalidad, bien se com-

(1) M a x t c l l , <Lc crimr tt la sociflrt, livrc Iroiiléme, cliip, I, S 3, págv 300 el


saív. Parí», 1<W9.
(2) LanessaN. -«Lalutleeoiilrelecritii»., elup. IX , |u p .'2 W e<M I. P»rfs. lOIO.
|3> ALt.MEMA, •Principiidl D¡rlKapnu1e*,V&Í,:i,P«TleVIII,capitolo I, p«|. 103.
Mapoli, IV Il.
- 136 —

prende y se justifica el derecho de defensa; pero no se


justifica aquel exceso que está más alia del limite evi­
dente de la defensa».
259. E l libre albedrío es un hecho íntimo, indiscu­
tible, que aunque negado teóricamente por alg^unos, ea
supuesto prácticamente por todos. 5u existencia ha
sido demostrada ya muchas veces, y yo lo hice en
otra obra, respondiendo además a todas las obiecio-
nes de los deterministas (1). Ahora no voy a tratar de
ello directamente por no extraviarme de mi objeto;
pero si mostraré, en primer lugar, como contestación
al argumento determinista, que el libre albedrío presu­
puesto y condición imprescindible de todas las teorías
penales, lo es no menos de la de M a x w e l l y de Ali-
MENA, y que, por consiguiente, o han de admitir ese
hecho psicológico, o tienen que desechar toda pena
conforme a su misma teoría.
240. M a x w e l l (2) y A u m b n a (3), com o F e r r i (4)
y como otros, hallan la razón de ser y fin de la pena
en lá defensa de la sociedad. Otros deterministas co­
mo PuGLiA <5) y F r a s s a t i (6) prefieren a la fórmula de
la defensa la de la conservación del Derecho, conside­
rando éste com o la fuerza específica de la sociedad,
conforme había dicho A r d iq ó .
241. Ahora bien; ¿de que manera la pena realiza
la defensa de la sociedad o la defensa del Derecho?
A l im e n a lo explica con más precisión que los otros.
«Ella, dice, asociando la idea del mal amenazado con
la idea del reato, lleva un nuevo motivo, un motivo

( I) A.VOk N i í VCJKo , rCcánicn crilico de l u nucvM cjcuelis il< Drrcciio ptiul>.


cap. III, i>4ginas U4 y si|>iii<n(n. Madrid, l*W.
[1) M a x v e l l , Obr« ciuda, Livrclr«i»irai(, chjp. II, § I, p»j¡s. 2 « « H u ¡» .
(}) Obri ciUda, Val. I, II, tap. I, piginas ll7 y Mguiciilcs.
( i ) F rr k i: aLaSocioloeic crjinincllo, Iraduclion de l'aiitciir, ctiap. Irohlcmc,
II, pags. 293 el. suiv. Pirís, IS43,
(S) r. PL'OLIA, <Manualedl Diritio penal», vol. I, parte gencrale, lib. I, capo I,
p tj. 6 & «lM g Napoli, IBM.
A, F k a s s a i i , •LospcrimcnUliimoncl D Irittopernio, capo II, pags. l U . ni
wg. Torino. IS92.
-157-
egfoista al lado de los otros motivos —«goistas o al-
fTiiistas— contrarios al reato, por lo cual aquél y éstos
se contraponen a los motivos —egoístas o altruistas -
favorables al reato. Ella se dirige a aquellos que no
tienden a delinquir, reforzando su sentimiento moral
con el motivo egoísta del mal amenazado y de sus
consecuencias; y se dirige a aquellos que tienden a
delinquir introduciendo un nuevo motivo, un motivo
egoísta al lado y en contra de aquellos que se agitan
en su conciencia» (1).
242. La explicación que da el profesor de Móde-
na acerca de la acción psicológica de la pena es ver­
dadera; pero contra la intención del autor supone ne­
cesariamente la existencia del libre albedrío, y si este
no existiera, sería absolutamente ¡lógica y falsa. En
efecto, se comprende bien que el hombre libre, dueño
de sus actos, capaz de ejecutar éste o aquél, de come­
ter el delito o no cometerlo, tenga en cuenta que al de­
lito sigue o puede seguir la pena, y por consiguiente
le conviene no cometerlo, y no lo comete. Esto es
perfectamente lógico y claro; y si no siempre se veri­
fica de esta manera, y hay quienes delinquen a pesar
de ta amenaza de la pena, es unas veces porque se
espera evitar ésta, y otras porque se considera preferi­
ble el supuesto bien del delito al bien de eximirse de
castigo.
24d. Mas si el hombre no tuviera libertad de albe­
drío. sería imposible que la amenaza de la pena influ­
yera en sus dctos. ¿Por qué? Porque el ser que obra
por necesidad hace aquello que su necesidad determi­
na, sea bueno o malo, conveniente o inconveniente, y
no hay motivo que baste a detenerle, sino sólo la fuer­
za materíal que se lo impida. Una locomotora dejada
a sí misma, lo mismo marcha que tenga delante cami-

( I ) ' Ai.i.mi-.na, Obra ciuda, v»l. I, parte M, capilolo I, III, jug:. 132 td xg.
Vów Um bien I i obra inicrior dd niisiiioA.LJ.MENA, titulada: >1 llmlll e i modlDca-
<ari deirinpitlabilili», Vol. I,Parle tcrzi, capiloloI, ll.p ig i. 374 td svg.Torino, I8<M.
- 138 —
no expcdifo, que que tengra un prccipio en el cual vaya
a hundirse y estrellarse. Se dirá: es porque la locomo-
rora no tiene conocimienro ni sentidos. No; porque es
indudable que aunque las locomotoras tuvieran ínteli-
gencio, si por otra parte obraban con la necesidad con
que hoy obran, se irían a los precipios conociendo
que se iban; pero se irían lo mismo que hoy se
van.
244. Se dirá también que la misma amenaza legal
de la pena es una Tuerza, que impide el delito, cuando
no encuentra resistencias supenores a ella; mas enton­
ces pregunto yo; ¿Quién graduó exactamente la inten­
sidad y la dirección de esa fuerza para que. combina­
da con las interiores de cada hombre, que son muy
varias y desconocidas, produzca precisamente el efec­
to de cohibir el delito que habría de cometer, y no otro
efecto cualquiera? ¿Quién hizo que la acción de esa
fuerza se prolongase, ni más ni menos, hasta los mo­
mentos y ocasiones en que cada uno de los que se en­
cuentran en esc caso había de delinquir, momentos y
ocasiones que son tan varios y tan imposibles de pre­
ver? ¿Quién adaptó esa fuerza a las varias circunstan­
cias en que los inclinados a delinquir habían de encon­
trarse? Lueg'o la pena amenazada o prevista no puede
producir efecto como fuerza, ni por ende mover a un
ser que obra por necesidad. Luego si el hombre no
fuera libre psicológricamentc, la pena sería enteramen-
íe inútil para prevenir los delitos, y, por consiguiente,
para realizar la defensa social o defensa del Derecho
que hemos dicho. Luego, si no existiera el libre albe­
drío, y el principio de la defensa fuera el fundamento
de la represión, no habría que suprimir la pena de
muerte por exceder de lo necesario para la defensa,
sino suprimir todas las penas propiamente dichas por
ser radicalmente ineficaces para ella, y limitarse el Es­
tado a auxiliar a los agredidos en el acto de la acrre-
-139-
sión, cuando fuese posible, que rara vez lo es (1).
245. Se me objetará que fambién los animales y
con mayor razón los locos pueden ser intimidados y
corregidos por el casfigo, y no obstante no tienen li­
bre albedrío. Este h¿cho, en efecto, aunque no preci­
samente con este objeto, no para oponerlo ai argu­
mento que acabo de presentar, y que hasta ahora no
pudieron conocer; pero sí con el ítn más general de
mostrar que la punición existe entre los animales y
con la misma razón de ser e iguales y aun mayores
resultados que en el hombre lo han hecho resaltar en­
tre otros L o h b r o s o (2), F b r r i (en diferentes ocasio­
nes) (3 ), J e l q r r s m a (4 ) y más recientemento N a rd i-
O r e c o (5 ).
246, Pues bien; en primer lugar las condiciones
y eficacia del castigo en los animales son distintas de
las condiciones y eficacia de la pena jurídica en loa
hombres; y de aqui el que aquel pueda existir y pro­
ducir su efecto propio sin el libre albedrío de los que
lo sufren, y estas no. En los animales, para que el
castigo pueda intimidar y corregir en au caso es pre­
ciso que sea, no sólo sensible, sino corporal en sentí-

(1) ALIM IíN A, como otri.sdn:ninajos por el prcjuicií» dcicíininista, se limilii a


dccir que !a peno rjefCf &u acción cr>mo motivo (ipupsto a los motivos dcl dv-
lito; p«fo ito ex|)ticftde-qué y ihúcív'oí «-jercen sti Rceión. Portiiie tío
cabe medie»; o e! m vlivu « una »itii!>lc r¡uún de c>.»nvcnícncíj *^í?rar de d<<crn»l-
nada iTiiiDtrA, y cn lo n r^ piara Irnrrlci ni ciienla rs ptctImi que uno sea dueño d« obrar
de c u m inera o na, n n nna luerzui que seceimUini con fas nlras ele la p^rsc^tia hiimi-
D ie lin|>one a ¿aU urti. dli'cccióft. Ert el |>rimcrr el libre alb^diío, y en
d »«]{ufido *< (ropic¿a con ].i3 imp^sibiltdades mecánicas indicadis cti el leílo . O b iar
por DiQlivds racionales o Hiies a »ólodel libre albedrío, y el si^no natural infalible
déla preMncia üeésle.
(2) LOMBROSO, «L’Hotuechittittel... EtudeanthrojM>lo(;i<nie et piychiaírique».
Tóme premier, premlrre jMTlie, chap. I. IH . pag. M el s-uív,, dciijclemc frin-
Caisc traduite sur la cieiquíeme edil ion ilallrnnc París, 18^5.
<3) rcKkl, «La Sociolosiecriminelle. Iradnclion de l'aulcur. chap. I II, pan. 294
e( mlv., pag. 3S& et suiv. (n«le1 et pi^. 37J et suiv. París. 1693. —Ideo. <L'HomiddIo
neir anerúpolopa crimínale, Iittroduzione, I, §11, B, pa|[. 18 ed aeg. ToH-
M , 1B9S.
(4) JELOERSIMA. ■Rappon au lemc. Conercs inlernalional d'anlrop&Ioiiecri-
minelle». Bruielles, 1892.
{Sy N ard I-O reco , «Sociolo^a eiarid]c&>, cipltole [, { II, pag 3 ed seg. Te-
rlM , 1007.
— 140 —

do extricto y además inmediato al acto que lo moriva.


No sirven, pues, para ese efecto, no ya las penas
contra el honor o contra la hacienda, sino ni aun la
misma pena de prisión o de privación de alimentos,
aunque sea inmediata, ni la pena de palos u otra equi­
valente, si es diferida. Esto en cuanto a la forma de
la pena: en cuanto a su eficacia» éstd en los irraciona­
les, si existe, se limita al mismo individuo castigado,
y nunca trasciende a otros, aunque sean de la misma
especie, y aunque vean aplicar la pena; y por consi­
guiente es absolutamente nula cuando tal pena no ha
sido aplicada todavía, sino sólo amenazada en la ley.
Estos son hechos de experiencia, que también pueden
conocerse sin acudir a ella; porque son consecuencia
de la naturaleza del alma de los brutos. La pena, pues,
que ha de servir para corregir a los animales brutos
(se entiende a los que son corregibles y en la medida
en que lo son) ha de tener por una parte una relación
sensible con el objeto que la motiva, es decir una re­
lación perceptible directa y íotalm eníe por los senti­
dos y representable por la imasrinactón, que es como
una prolongacion de ellos, y por otra una relación
sensible también con el instinto de conservación de
los seres a quienes se aplica. Por consiguiente, los
actos u omisiones resultantes del castigo en los ani­
males, ni necesitan del libre albedrío para producirse,
ni apenas consentirían la intervención de éste, si lo
hubiera en tales seres; porque son actos en los que no
exisíe ponderación de motivos, deliberación, ni elec­
ción, actos puramente instintivos, que no presuponen
masque el conocimiento sensitivo y el instinto de con­
servación.
247. En el hombre, en cambio, la pena jurídica
se realiza en otra forma, y sobre todo tiene otra efica­
cia mucho más trascendente; y si así no fuera, no ser­
viría para realizar la defensa social o defensa del de­
recho, ni para ningún ñn útil de carácter general.' Va,
— 141 —
en primer lugar, esa pena no necesita ser corporal
para producir algún efecto mtimidador y preventivo, y
en cuanto a inmediata al acto criminoso, ni necesi­
ta ni puede serlo; porque tiene que mediar sentencia
de tribunal. Bsto bastaría ya paro que la relación en-
fre la pena jurídica y el delito sea suprasensible, o
tenga algo de suprasensible y puramente racional, y
para que, si retrae a! que la sufre de volver a delip-
quir, esto no pueda ser efecto inmediato de ningún
instinto, sino fruto de deliberación y de elección, que,
como vimos antes, no puede existir sin libre albedrío.
Pero lo más importante para nuestro objeto que tiene
la pena humano-jurídica, a diferencia de los castigos
impuestos a los seres irracionales, es su eficacia tras­
cendente, es decir, no limitada al individuo mismo
castigado. En efecto, sin haber sufrido nunca una
pena, hasta sin que ia hayan visto aplicar, más aún,
sin qué tal pena haya existido de hecho, y con sólo
que haya sido amenazada en serlo y con carácter ge­
neral, muchísimos hombres se retraen de delinquir por
temor a la pena. ¿Po r qué? Porque libres y dueños de
sus actos, capaces de delinquir o no delinquir, cono­
cen racionalmente que al delito sigue la pena, y sin
necesidad de ninguna impresión sensible de ésta, op­
tan por evitar el primero para librarse de la segunda.
248. Ahora bien; si la pena sirve para la defensa
de la sociedad o del derecho, y lo mismo digo de
*cualquier otro fin que sea social y no puramente indi­
vidual, es cabalmente, no porque aparte del delito a
los pocos que la sufrieron, sino por la influencia que
ejerce en los muchísimos que, sintiéndose alguna v e í
Inclinados a delinquir, no delinquieron, ni por ende
llegaron a sufrir la pena, por haberla temido a tiem­
po, es decir, por la eficacia preventiva y trascendente
de ella.
249. En suma, la pena en los irracionales obra
como fenómeno sensible, es decir, sensiblemente per­
— 142 —

cibido y sensible e inmediatamente relacionado con el


instinto de conservación de ellos; y por consiguiente
sus efectos son instintivos, y no necesitan del libre al­
bedrío para producirse. La pena jurídica obra como
hecho suprasensible, esto es, como tal jurídica, en
cuanto conocida por la razón no sólo su existencia
sino su motivo y su finalidad, da lug^ar a que la volun­
tad elija entre el delito con la pena y la privación de
aquél con la exención de ésta, lo que no puede existir
sin Ubre albedrío, que es facultad de eleg^ir.
250. En segrundo lugrar, aun la misma peculiar y
mínima eficacia que puede tener el castigo en los ani­
males brutos, o por lo menos en las especies superio­
res, para corregirlos y acostumbrarlos a hacer u omi­
tir ciertos actos es incompatible con el determinismo
mecánico que profesan los positivistas con respecto a
los animales y al hombre, y conduce lógicamente a
admitir el libre albedrío de éste; y voy a demostrarlo.
Supongamos que en los animales no hubiera más que
un agicgado de materia orgánica regida por fuerzas
físico-químicas, y no además un principio de activi­
dad que, aunque ligado a ellas, es inmaterial y supe­
rior a ellas, y suficiente para darlas dirección. Pues
bien; todo sistema de fuerzas tiene una resultante ma-
femáricamente fija en cuanto a su dirección y a su in­
tensidad, y consiguientemente también en cuanto al
momento preciso de producir cada uno de sus efectos,
según las resistencias que haya de vencer. Para mo­
dificar esa resultante, hay que intervenir con otra fuer­
za o resistencia; y si se quiere obtener un efecto de­
terminado, hay que conocer con precisión las fuerzas
del sistema para intervenir con aquella fuerza mate­
máticamente fija en su dirección y su intensidad que,
combinada con las otras, debe producir el efecto de­
seado. y nótese que en mecánica no hay aproxima­
ciones: la fuerza que sirve para que un animal avance
cuatro metros, no sirve para que se detenga un centf-
-143-
merro antes, ni para que adelante un centímetro más,
cualesquiera que sean las conven ¡ene ias que haya en
ello: la que sirve para que se dirija hacia el norte, no
sirve para que se encamine al nordeste o noroeste.
Luego, dentro de la hipótesis positivistd, para obte­
ner de un animal un acto determinado, cualquieraque
fuese el procedimiento que se adoptase, sería impres­
cindible conocer con p recisión las fuerzas que actúan
en él en un momento dado, para añadirle ni más ni
menos la fuerza necesaria para determinar el acto que
se desea. ¿Y quién conoce así esas fuerzas? ¿Cómo
se gradúa la fuerza que ha de añadírselas u oponérse­
las, sea bajo la forma de pena, como bajo otra cual­
quiera? Luego dentro de semejante hipótesis no ha­
bría pena aplicable a un animal que pudiese ser eficaz
aun en el momenlo mismo de su aplicación, y mucho
menos para lo sucesivo. Hay, pues, que admilir en los
animales, aún atendiendo sólo a lo que acabo de ex­
poner, un alma inmaterial, y con ella y por ella un
principio de espontaneidad que modera, dirige y utili­
za las fuerz£s físico-químicas del organismo en har­
monía con el conocimiento sensible que les es propTo:
tienen, digámoslo así, el demento fundamental del li­
bre albedrío, y que sólo necesita la razón para ser
libre albedrío riguroso <no se opone a esto el que en
el hombre el libre albedrío es atributo de la voluntad).
Y admitido eso en los animales, el reconocer el libre
albedrío en el hombre es obvio; pues en éste el ele-
mentó condicional que falta a aquéllos existe, y el
elemento fundamental que también tienen ellos es más
perfecto (1).

( I ) De esto se innere q iichay que disliiiciiir, en caanto a In mancia de nbrar y


a la& cau&as o agentes que pneden in n u irc ticlla , trc» cla^ci de screii. ].* Lm que
obran y en cuanto obran bajo el imperio exclusivo o muy predominante de las fiicrzaf?
liskco-quimicas. Estos no pueden ser influidos en sih nctii^ por nii1$;im in.it (fílese
les amenace, ni por ningún bien que se- les ofrezca. En eííic caso esün loJas los seres
inorisánicos; pero pueden estarlo también los orginícm, incluso el hombre en casos
fvarliculares y raros. El que es despeñado por una yran pendiente se va al abismo, eo>
- 144-

251. Volviendo ya al punfo principal, importa no^


tar que, aun prescindiendo del libre albedrfo, que es
condición indispensable para la justicia y la eficacia
de las penas, como hemos visto, si hubiésemos de
aceptar la doctrina de M a x w e l l y A l im e n a (como de
F e r r i , P u c l ia y ofros), que parten del principio de la
defensa social o defensa del Derecho, y entienden que
la pena es medio para esa defensa, por cuanto tiene
virtualidad para retraer de la ag^resión, es decir, del
delito, tendríamos que proporcionar, en lo que cabe,
la eficacia del medio defensivo a la gravedad e impor­
tancia de la agresión, y por consiguiente reclamar la
pena de muerte para los delitos más graves. V he ahí
por donde, partiendo de lós mismos principios con
que los abolicionistas a quienes contesto pretenden
legitimar las oirás penas, se legitima igualmente la de
muerte.
252. Ni es verdad, como cree A um ena , que la pe­
na capital exceda de lo necesario para la defensa so­
cial (y nótese que uso la palabra defensa por acomo­
darme a la terminología de los adversarios; no porque
la considere exacta). S i se tratara sólo de defender,
es decir, de prevenir contra los delitos futuros posi­
bles del penado, podría creerse qDe era bastante re­
cluir a éste, aunque no todos están conformes con ello.
Incluso el positivista F bassatti; pero como de lo que

nocimdo que m va; pero se va, a pcMr drl mal cravísinio qur hay m rilo; porque en
n c ciso la fuerza física de la grav'cdad es la que predomina, y el hoinbre no es libre
en esa acción. 2.' Los seres que sin tener libre albedrio riguroso; porque ésle presa*
pone la raz¿n, lleneti un eJemenló radical de el juntó con conociniicnlo sensible. Ea*
pueden ser intimidados y retraído» de obrar de determinada manera por un nal
cícctivo y material, que sicnlan o hayan snitido ellos mismos; pero no por un mal in­
material como el deshonor y aun el encarcelamiento, ni por un mal que, aunque sea
aenUble, no lo hayan ea(|>erittuiilado ello^ sino otros, ni menos )>or un mál simple­
mente amenazado de palabra « por escrito Tales sen to4as las especies animales in­
feriores a la humana. 3.* Los seres dotados de razón y libre albedrío, o sea los hom-
bres. únicos que obi^n por motivos racionales (pues es propio del libre albedrfo
obrar por motivos o fines), y únicos, por tanto, que pueden ser Intimidados por la
pena. H dtcir, qne pueden tornar é«ta por tii^tivo de nctión, ya lea ella material, o in­
material. aperlmentada o no experimenlada, presente o futura, y hasta simplemente
supuesta, aunque de hecho no exista.
- 145 —

8C trata principalmenfe, según los mismos a quienes


combaío, es de defender, csfo es, prevenir la sociedad
contra toda suerte de delincuentes, en cuanto el casM-
go aplicado a uno es lección e intimidación para los
demás, se hace preciso que el medio y el esfuerzo sean
proporcionados a la importancia y a las dificultades
del fin; y sin esto, ni la delensa sería completa, ni el
poder social habría cumplido su misión defensiva.
Nótese bien; he dicho a la importancia y a las dificul­
tades del fin; porque la importancia de los fines que
perseguimos, bien o mal entendida, y las dificultades
que hay para conseguirlos son la norma de lodos los
actos humanos. Pues bien; se írata de garantir la so­
ciedad conti-a esos asesinatos horripilantes, que deben
ser castigados con la muerte según nuestras leyes, o
esos delitos de traición que pueden ocasionar ferribles
guerras o comprometer la independencia del Estado.
¿No son estos males gravísimos que deben evitarse
htista donde sea posible, pero sin perdonar sacrificio
para ello? Pues entonces hay que emplear el remedio
más enérgico, y el remedio más enérgico es la pena
de muerte. Y esto tanto más, cuanto que no siendo
ningún remedio suficiente para evitar la totalidad de
los males indicados, como ensena la experiencia, es
inevitaÉle acudir al remedio más enérgico y eficaz pa­
ra prevenirlos hasta donde sea posible. Pero no sólo
la gravedad de los males que se trata de evitar, sino
también las dificultades especiales de conseguirlo en
cuanto a algunos de ellos reclaman la pena de muerte;
¿por qué?, porque los asesinos a quienes esa pena
debe aplicarse son hombres tan habituados al mal, tan
degenerados espiritualmente, tan feroces y tan insen­
sibles, que ninguna pena puede intimidarles y retraer­
les del crimen, no siendo la de muerte y aun ésta no o
todos. Luego por ambos conceptos la pena de muerte
no @ólo no excede a la defensa social, sino que es la
única que realiza poco o mucho tal defensa en cuanto
14
-146-
a los delitos a que ella suete aplicarse, y que son los
que más importa prevenir.

§ IV
La pena de muerte y los derechos personales
del delincuente castigado
Smiiario! 2S3. Argumento abolicionista de M ecacci fundado en
el dcrccho a la vidu. Aulorcs que lo habían indicado anlts. Des­
atino del Sr. Canalejas sobre use punto (lexlo y nota).—254. Cor-
lestacióii I e l ücrccho a la vida puede perderse: pruebas.—
255. Contestación 2."^: si el principio invocado por M e c a c c i et­
cétera probara contra la pena de muerte, probaría no inenúS
contra las otras penas.—250. Réplicas dadas a la segunda con­
testación por M e c a c c i, E i. l e r o , C a r r a r a ele.—267. Conlra-ré-
plica general; lo que prueban las observaciones de esos autores.
256. Lo que prueba la I . ° de esas observaciones (de M e c a c c i y
E l l e r o ).—259. La segunda de las observaciones indicadas (dt
E l l e r o y Carrara). Porque no se anula totalmente el derecho a
la libertad; derechos originarios y personales que pueden ser
anulados totalmenle, aun sin la pena de muerte; citas de los có­
digos penales español, italiano, holandés, alemán, etc. Derechos
que ao pued&n ser lesionados ni aun parcialmente. Cúiisecutn-
cia.-260. Argumento (abolicionista) de E l l e r o y C arrara fun­
dados en el fln y destine del hombrc.~26l. Contestación; fin
último dcl hombre y fines intermedios; la pena capilal más faci­
lita que priva del primero.—262. Naturaleza de los fines inler-
mcdios: no hay desorden ni daño tn que la pena de muerte pri­
ve de ellos. El plazo señalado por Dios a la vida del hombre.—
263. Otra contestación: si el argumento de los ñnes humanos
valiera contra la pena de muerte, valdría también contra las otras
penas.

253. M ecacci, distineruido profesor de Génovd,


citando erradamente a Beccaria, que no observó lo
que le alrlbuye, dice que «el derecho a la vida es un
derecho natural, origrinario, innaro. Inatienable, Intan­
gible, imprescriptible, tanto con respecto al individuo
como respecto a la sociedad, por lo cual ni el uno lo
puede ceder, ni la otra lo puede quiran» (1).
(1) F e r n a n d o M ECACa, <Tratuto di Díritto pcitile^. Volunte sccondo, cip l'
tola X V II, w 3i9. Torlno 1«K.
— 147-

Lo mismo habfan dicho con menos precisión P i e t r o


E lle r g (1 ) y G i u s e p p e R e b a u d i (2 ), y también, aun­
que algo indirectamente, O l i v e c b o n a (3> y F r a n c i s c o
Carrara (4). Más modernamente lo indicó el Su. Ca­
n a l e j a s en el prólogo a la traducción de E l l e r o , osan­

do añadir —desatino imperdonable en un hombre cul­


to— que «el derecho a la vida es una conquista de la
edad moderna». (5).
264. Ahora bien;con vengo en que el derecho a la
vida es innato, inalienable, imprescriptible y lo demás
que se cuiera, ¿pero es también imperdible, in-anula'
ble e inextinguible?, ¿no se puede perder por el delito?
Esto es lo que habíd que probar y no se prueba. En
cambio ya la naturaleza misma de ese derecho nos
ofrece, sino una prueba concluyente, por lo menos un
fuerte indicio de que no es as(. S i la vida humana tu­
viera una duración fija y siempre igual, sin más ex­
cepciones que las muertes violentas legales o ilegales,
se podría ver en ello la expresión de una ley de la Na­
turaleza superior a las leyes y derechos humanos, y
se podría creer consiguientemente que la pena de
muerte iba contra el designio de la naturaleza de que
los hombres viviesen tanto tiempo y no menos. Pero
si el hombre, aunque sea inocente, puede perder la

<l) E l l e r o , Obra ch id i, X X II, pájcinas M4 y sijuicntts.


<2) Rebaudi, tLa pena di mortc i errori eiiidiziari», Pirle prima, capltola
§ I, paes. Qcd seQ. Roma, 1 ^ .
<3) O l i v e c b OSA, -D* U [M intdí nlOrl., Chap, IV, $ 5, pag. 157. Tradttclloil
rcvvt rl apprauvie par l'Au<eur. París, IMS.
<l) C a r r a r a , iProeran iiK del Corsa di b irillo criminalo. Parte genérale,
Vol. II, cipitolo V I I » M I. ñola 3. Otiava edlcione, pag. 36 <d s«e. Firenze. 1807,
1,5) Véa» la obra citada de EL L tn a , Prólogo, pigs. 8 a 10. EL dereclio a l i vtda
sida reconocido «n principác en todas Us leyis^lacíoncs d«l mundo, pueslo que to­
das ca.sli(jTon el homicidio, por lo menos el cometido en personas lib ra. Pero ade­
rais liace muchos siglos que escribió MOISÉS sus leyes, en que pena severiment* f
por igual lods horaleidio voluntarla, incluso el del seAer que castigando i su siervo
le prodnda lanucrtc. Y 3Í en el derecho a la vidA comprendía el prologuisU lacu-
p ra iin de la pena de muerte, enloncca no sAlo no es semejante dcrecho una conquista
de la edad moderna, sino que es lodo lo contrario; porque en la edad media «tuvo
abolida esa. pena en la mayor parle de los pueblos d« Europa, y en la edad madema,
inelusó en la actualidad, csU establecida en U mayor ptrtr.
- 14a —-

vida a cualquiera edad y en cualquier tiempo per obra


de las leyes naturales, ¿no nos indica esto que el de­
recho a la vida es, como todos los humanos, relativo
y subordinado o condicionado, un derecho que puede
perderse? Y si puede perderse, y se pierde lodos ios
días por causas naturales, ¿no parece que debe per­
derlo «I que, colocándose voluntariamente fuera y muy
lejos de las normas esenciales y primarias de la vida,
se ha mostrado indigno de ésta? Luego el derecho a
la vida es, como todos los derechos, inviolable, si,
mientras existe; pero, como todos también, puede per­
derse, y a la ley corresponde determinar cuando se
pierde (1).
265. Además, si el principio invocado por los au­
tores referidos probara contra la pena de muerte, pro­
baría no menos contra las otras penas, y tendríamos
que admitir el anarquismo. ¿Por qué? Porque si el de­
recho a la vida es innato, inalienable e intangible,
también lo es el derecho al honor, el derecho a la inte*
gridad e incolumidad personal, el derecho a la liber­
tad y el derecho o capacidad de adquirir con justo títu­
lo. Por consiguiente; si el primer derecho excluye
lógicamente la pena de muerte, los otros excluyen con
la misma lógica las penas infamantes, las corporales,
las de privación de libertad y las mismas penas pe­
cuniarias o económicas en general (2). ¿Qué queda­
ría, pues, como materia de la pena? Unicamente la
privación de los derechos políticos.

( I) NWcsc s«< «ítuí n* <*' P'o h ir I* j«sHcU k I» "* <lf


muntc, sino de rn o lvtr un arrúmenlo en to iilra de ella. BasUTlime, pun, obicrrif,
qae un í cou n que «I dcrccho a la vid i s n innato, inalienable, etc., y otra que xa
Imperdible e in-anvlabl«. y que no m I» deiroslrado que luera eslo úllirao. S I tdC'
l>ice ver que la naturaleza mi»ma de ese defúclio ñas ofrece, euando menos, indi'
dos de lo tonirario, n<9 <9 a nuyor «bundainicnlg.
(¿ ) Hcdicho> las misnias penas peeuniarlaso econúm icas en eeneral; porque si
bien el derecho de propiedad es adquirida y presupone determinados hechos extrinsc'
coa a nueatra pers^inalidad, es tambiín, supuesta la evistencia deesas hechos. c(MUe>
cuencía inmediala de un Jerccho innalo, el derecho de adquirir, y fre puede lesionar
aqu¿l tiii leaim ar isle, cpws qu¿ > oú el dcreclw de ■dquirir sin el derecho de con-
aervar lo adquirido?
— 149 —

256. A este razonamiento, ya apuntado antes de


ahora, aunque algo Indirecíamente, por F il a n o ie h i (1),
a quien citan M e c a c c i y C a r r a r a , y por R o m a g n o s i (2 ),
a quien no cilan, se ha pretendido replicar primero ne­
gando la semejanza entre el derecho a la vida y los
otros derechos: porque el primero es más eminente, y
la condición de la existencia de los demás ( M e c a c c i ),
y porque el primero es con relación a los demás como
lo principal y lo accesorio ( E l l e r o ) ; y segundo, que
la pena de muerte lesiona totófmente el derecho a la
vida, mientras que las otras penas no lesionan, ni
pueden lesionar totalmente ningún derecho, sino sólo
parcialmente ( E l l e r o , C a r r a r a ); y como los derechos
originarios sólo pueden ser enajenados parcialmente
cuando son susceptibles de ello, pero nunca totalmen­
te, de ahf el que sean admisibles otras penas y la de
muerte no ( C a r b a w a ).
257. Pues bien; de que la pena de muerte sea pri­
vación del derecho más Importante por su objeto y
privación total, y las otras penas sean privación de
derechos menos importantes y aun ésta no total, lo
que se infiere es que la pena de muerte es más grave
que las otras, y requiere, por tanto, causas más graves
para su imposición (en lo cual estamos todos confor­
mes); pero nada más.En efecto, el derecho a la vida y el
derecho a la libertad, por ejemplo, son igualmente con­
secuencia de la personalidad humana, e igualmente por
ende originarios, Innatos e imprescriptibles; luego como
el más y el menos no mudan la especie, o no es lícito
privar de ninguno de ellos total ni parcialmente cual­
quiera que sea la causa, o es licito privar de uno y

(I) riLANOlERl, «Ciencia d cla Icglslaciáni, Tomo III, Cip. X X IX , p ig In isSIS


1 31Q. E l cscritor nipolluno cu este punto (rata de canleslarjil argunicnco de BecCA-
l'IA —lun<ltda en el cantéalo aoclal— que K« diMutide ant(«; pera MECACCI, que
« n p iu a atribuycadoa BeC C aria indebidamente el arguiaoita quedlitiita ahora,
aplicaa íitc la conintacián que riLANOlE-RI dió >1 otro y traU de jeplicarlr.
(21 'ROMAONOSI, iMemoria tulle pene capltall» (Inserta a continuacl&n de<Oene-
d d cl Di ritió poiale. del mlirao autor/; plgi. 736 edaeg. Mlliuo, ISB7.
— 150 —

otro parcial o totalmente cuando haya causas propor­


cionadas para ello, a no ser que no sea posible por
razones de otra índole.
258. Además, en cuanto al primer punto, de que
el derecho a la vida puede existir sin los oíros y éstos
3in aquél no, no se colige que uno y otros estén en la
relación de lo principal y lo accesorio. Bien puede ser,
al contrario, y de hecho es así en este caso, que estén
en la relación de medio a tiñes, y estos son siempre y
lóg:icamente lo principal, aunque en casos no puedan
existir sin el medio y el medio sin ellos sí.
259. En cuanto al seg-undo punto, si ciertos dere­
chos como el de la libertad no son anulados totalmen'
te por la pena contraria, pues siempre puede el reo
manifestar sus pensamientos, moverse dentro de la
celda etc., esto es, o por imposibilidad Tísica de veri­
ficarlo, o por no dar al penado un tormento despro­
porcionado a sus culpas y poco o nada ejemplar, o
por razones de otro orden, que no son el derecho del
reo ni el respeto a su personalidad. Luego esto no im­
pide que, cuando esas razones no existan y el caso lo
reclame, se imponga una pena anuladora total de un
derecho (originario o no), aunque sea el derecho a la
vida. Además, contra lo que creían E l l e r o y sobre
todo C a r r a d a , que desenvuelve este punto más doc­
trinal y mefódicamcnfe, hay derechos originarios o
consecuencia inmediata de los originarios y que inte­
gran la personalidad tanto como ellos, y que pueden
ser y son anulados totalmente aun sin la pena de muer­
te; y, en cambio, hay otros que no pueden (lícitamen­
te) ser vulnerados ni aun en parte, a pesar de ser sus­
ceptibles de división o de grados. Nuestro Código
penal, imponiendo la interdicción civil a los condena­
dos a cadena perpetua o temporal, priva totalmente a
éstos «de los derechos de patria potestad..., de la au­
toridad marital, de la administración de bienes y del
derecho de disponer de los propios por actos entre
— 161 —

vivos». (Arfículos 45, 54 y 57). E l Código italiano es­


tablece lo T iiism o respecto d los condenados a ergas-
to h , añadiendo además la privación de la facultad de
testar y la anulación del testamento hecho antes. (Ar­
tículo 33). E s de advertir que el ergasfolo es una
pena perpetua en el sentido propio de la palabra (véa­
se el art. 12) y no en el sentido acomodaticio de nues­
tras leyes. E l Código holandés establece también la
privación perpetua de la patria potestad (artículos 28,
30, y 31), y el alemán la privación de los derechos civi­
les (arts. 32 y 34). Y las incapacidades legales esta­
blecidas generalmente en los Códigos para enseñar,
para ejercer su profesión u oficio, para ser testigo y
para administrar sus bienes, ¿qué son sino privacio­
nes totales de derechos personales y originarios? (1).
En cambio, no sería jurídica, ni tolerable, una pena
que lesionase, aun en mínima parte, el derecho que
hay a la guarda del pudor y de la honestidad sexual.
La revolución Francesa llegó a esa aberración con los
llamados matrimonios republicanos; pero ¿quién se
atrevería a aprobarla hoy? ¿Qué prueba todo esto?
que no es verdad que sólo la pena de muerte prive
totalmente de algún derecho originario, y que si hay
derechos que no pueden ser atacados sino parcialmen­
te por la pena, como hay otros que ni aun parcialmen­
te pueden serlo, no es por lo que tengan de derechos,
ni de originarios, ni de integrantes de la personalidad,
sino por razones de otro orden, razones de imposibi­
lidad, o de moralidad, o de conveniencia, que en la
pena de muerte no concurren (2).

(1) V<i»c CódiBO ¡icnil tspiñol, articulo <1.—Idem porluguís, jrliculo 79.—
IdCTi frincís. irtfciilos28, 29y W (números J y S).-ldtrn ÍUliano, «tíralos 31, 33
y 35 —Idem belga, artículos 31 inúnicro^J, 32, 13 y 392.—Id r n i holandés, arliculos M
tnilmero 6) y K l . - I J c m ilc ijiir, articjlo5 31 (número 5) y 36.-Idem hiíiiKiro,
«rt. 55.— Idem del Cinlón de Ginebra arti. 10 fnúmcro 2), 17 jr 18, ele.
(2) Dice ELtEKO: iSi en los casllgoa se restringiese la libertad hasla el punto de
«uspetider el pensiiBienta (lo cuil e< imposible) de impedir toda moviniente de los
micmbroi y las palpilacioncs dcl corazón, y lak luncloncs de la vida, de nodo que el
hombre se convirtiese er un autúmata.. ¡ st la propiedad de Igual cnodo hasla negar
- 152-

260. Oíro arg-umento abolicionista. E l l e p o y C a-


RBABA adviríierpn que todo hombre tiene un fin que
cumplir, y que la pena de muerte, impidiendo el cum­
plimiento de ese fin, contraría el designio de la Pro­
videncia (1). Además G a r r a p a en otro lugar afirma
que la carrera de la vida tiene una duración señalada
por Dios, y que acortar esa duración es ir contra los
decretos Divinos (2). Ambas observaciones se com­
pletan; pues en tanto cabe suponer que el término de
]a vida está señalado por Dios de una manera espe­
cial y directa, en cuanto ella está enderezada a cier­
tos fines.
261. Ahora bien; en los fines del hombre hay que
distinguir el fin último, único necesario y común a
todos los hombres, y los fines intermedios. ¿Priva la
pena de muerte de la consecución del fin último? No
sólo no lo priva, sino que es la única que lo facilita a
la mayor parte de los reos a quienes está destinada.
En efecto, los criminales a quienes nuestras leyes con­
denan a muerte (exceptuando a lo sumo los condena­
dos por delitos políticos) ^on monstruos a quienes el
hábito más que la naturaleza ha hecho tan inclinados
al mal, y tan indiferentes at bien, que sólo con la sa­
cudida violenta que les produce el espectro de la muer­
te próxima llegan a reaccionar y arrepentirse. Siq eso
no prestarían atención a nadie que intentase endere­
zarlos, y no se arrepentirían, ni harían sincero pro­
pósito de enmienda, aun en los Establecimientos

pan, «1 agua y uti and rajo para cubiirse...; efi<9iicc? K (cndría cietiam cnU una corn-
pleU vjotlción de n lo s dercchos... Pero no putde llegar a tanto el castigo». CP^gi*
fias 149 y sígu íen(«).-N o, ti « o que menciona «1 prpfwor dc D^tonii se hicjeU , 9c
co n v crlin 'aU pena de privación de libertad y la de privación de bifncs en pena de
p riv a ció n de la vida ( y hasta en una forma cxageradatncnlc dolor<>»4), -cuaiido H9 9e
ha juzgado que corropondla tal pena, y por c ío (sólo por eso) no se hice.
(1) ElLCRO, Obra ciLada, X K ll. páginas M3 y sieuienlc.—CARKARA, ■Prograni-
m*...*, P^rlc genérale. Vol, II, Cap. V IJ, i » l , noU 3, pag. 38 ed « g .
CARRARAf «Proeramma del corso di Dtritlo criaiin&lcr, Parlespeciale, Yol. !■
Cap. X. § 1 363, pag. 657. Seltima ediz, Tirenze, lWO.
— 153-

penifenciarios mejor organizados, cuanto menos en


los presidios españoles.
Esfo que la razón y la observación psicológfica
bastarían para inducir, lo confirma la experiencia judi­
cial, como veremos con las estadísticas de los países
más adelantados en la mano cuando trate de! fín co­
rreccional de la pena. No se enmiendan ni se arrepien­
ten comunmente los grandes criminales en las prisio­
nes, aun en las meior ordenadas; y en cambio ante las
gradas del patíbulo, si se exceptúan los anarquistas,
para los cuales yo propongro en este libro una penali­
dad y tratamiento especial, los demás casi todos se
convierten, y si alg-uno no lo hace, menos habría de
hacerlo sometido a otra pena. Luego la pena de muer­
te, lejos de ser obstáculo al fin último de los reos a
quienes se destina, es la única, que lo facilita y hace
probable.
262. En cuanto a los fines intermedios, esto es
los propiamente terrenos, éstos no son necesarios ni
absolutos, sino condicionales. Nacen de las circuns­
tancias en que el hombre se encuentra, de las faculta­
des personales que le adornan y de los medios de
acción de que dispone. Esto supuesto, lo importante
es que el hombre colocado en circunstancias determi-
uadas cumpla los fines que esas circunstancias le im­
ponen; mas si las circunstancias cambian para alguno,
ni hay desorden en que ese deje de cumplir fines, que
ya no le incumben, ni hay daflo social en que esto se
verifique, porque lo que uno dejó de realizar otro lo
realiza. Un militar, por ejemplo, cumple el fin de de­
fender a la Patria mientras vive y es militar; pero si
muere o deja la carrera, deja también de cumplir ese
fin, sin que en ello haya ofensa a Dios ni daflo de los
hombres; lo primero; porque no falta a ningún deber,
y lo segundo; porque el puesto que él deja vacante
otro lo ocupa. Luego nada se opone a que una pena
impida la realización de ñnes que en tanto existen, y
- 154-
«n ranto son necesarios, en cuanto que la pena u oira
circunsfancia equivalente no suprima su fundamenro.
Después de esto ya se comprende que el plazo señala­
do por Dios a la vida de cada hombre es condicional
también, y una de las condiciones, si la pena de muer­
te es justa, es que no incurra en semejante pena. Se-
^ún esto, no van contra los desig^nios de Dios los que
debidamente acortan la vida de delincuentes indignos
de ella, sino los que indebidamente se la conservan.
Además, si el argrumento de ios fines valiera
contra la pena de muerte, valdría también más o me­
nos contra todas las penas, y especialmente contra las
de reclusión (en el sentido genérico de esta palabra).
Toda pena, si no es insig-nificanle, tuerce más o me­
nos el curso de la vida del hombre, e impide o dificulta
el cumplimiento de los fines que el penado estaba lla­
mado a cumplir, aunque quizá no los cumpliese; esto
se ve principalmente en las penas de reclusión o en­
carcelamiento. E l reo encerrado en una prisión cambia
enteramente su régimen de vida, y deja de cumplir
lodos los fines terrenos que en libertad podía y debía
cumplir. Esto cualquiera que sea el establecimiento en
que se encierre; pero si éste es una de nuestras prisio­
nes en que rije el sistema de aglomeración, ¿qué fines
puede cumplir allí el penado, ni a que le induce su
situación, sino al empeoramiento moral y a poner en
mayor peligro su fin último? Lo que hay que condenar,
pues, en absoluto, en nonlbre de los fines humanos,
no es la pena de muerte, sino la de encerramiento en
esas prisiones corruptoras, a que he acabado de aludir.

§ V
E ! fundamento y fínes de la pena y ¡os argumentos
abolicionistas
Samarlo: 264. Argumento de C a r lo s L ucas fundado en los lími­
tes del derecho de defensa.—265. Contestación: el derecho de
defensa no basta para legitimar ninguna pena propiamenlu di-
— 15& —
cha.—266. Si tal derecho bastara para fundar las penas, legitima­
ría lambiéii la de muerte.—267. Argumento de C a rn é V a le : la
Justicia de la pena y la necesidad de éMa para la defensa o COii-
strvacióii social: critcrio para conocer ísa ’noctsidad «n cuanto a
la puna dv muerte.—268. Refutación; examen del principio de la
necesidad para la defensa o conservación social.— Aplica­
ción de esc principio a la tegislación española.—270. Razón de
las penas más jurares fuera de lal principio.—271. Sentido legíti­
mo que puede tener esc príjicipio; cons«cuencia para el plantea­
miento de la cuestión debatida.—272. Resumen y consecuencia
de lo cxpuesto.“ 273. Valor de los hcchos en que funda Carne-
v a le la no necesidad de la pena de muerte.—274. ¿Es verdad,
como dice CARNEVALE, que la mayoría de los hombres de go-
bii:mo sean adversarios de la pena de muerte? examen del asun­
to.—275. La mayoría de los pensadores y la pena de muerte:
razón del método.-276. É l abolicionismo y antiabolicionismo
en la ciencia penal italiana: resumen de sus varias épocas.—
277. Id. id. en la ciencia penal francesa.-278. Id. en la ciencia
penal alemana.-279. Id. en la ciencia penal española: la intro­
ducción tardía y extemporánea del abolicionismo en España; sus
causas.—280. El abolicionismo y el antiabolicionismo en el con­
junto de los pueblos civilizados; resumen y conclusiones. Retor­
sión del argumenta de C a r n c v a le .— 2fil. Aróm enlo de los
correccionalistas; palabras de Ahrens.-282. Contestación: pnií-
ba de que La corrccción no es fin único, ni esencial, ni necesario
de la pena.—283. La corrección no se consigue en muchos casos,
aun poniendo en práctica los medios más eficaces: Bélgica y las
reincidencias de su crimintilidad.—284. Francia; reincidencias en
los delitosy en los crímenes. Reincidencias en Alemania: id, en
Suiza; id. en Inglaterra y Gales; id. en Irlanda: id. en Escocia.—
286. Resumen sobre las reincidencias; la mayor frecuencia de
éstas en los delitos mds graves. La proporción de los rcincidcn-
tc$ con relación a los condenados y con relación a ios fiberados
por cumplimiento de condena <nota), —286. Se previene una obje­
ción; corregidos que más tarde reinciden y no corregidos que no
reinciden.—297. Consecuencia de lo expuesto.—288. Las esta­
dísticas de Francia e Inglaterra en cuanto a los reos de delitos
graves que reinciden; cálculos fundados sobre las primeras: nú­
mero insignificante de reos, de penas temporales graves que es
permitido suponer que se corrijan en ellas. Comparación de esos
reos con los condenables a muerte. ¿Se corrigc alguna de estos
cuando In pena de muerte no se aplica?—289. Los reos de muer­
te ejecutados; su arrepentimiento. Consecuencia: el fin correccio­
nal y la pena de muerte.
— 166 —

264. C a r l o s L u c a s , considerando la sociedad po-


Krica, no como una persona moral, ni menos como un
organismo, sino como una simple agrcjración de indi­
viduos que unen aus fuerzas para protejer el derecho
de cada uno, deduce que la sociedad, o el Poder pú­
blico que la reprcsenfa, no puede hacer con el delin-
cuenre, sino lo que tendría derecho a hacer el ofendida
por el delito en igualdad de circunstancias. E\ ofendi­
do tenia el derecho de defenderse; pero no podría infe­
rir la muerte al agresor, sino cuando ésta fuese nece­
saria para salvar la vida propia. La sociedad ejercita
el derecho de defensa de los individuos; pero no pue­
de imponer la pena de muerte;, porque ella — fuera del
caso de guerra— no se encuentra nunca en el apuro
de tener que matar para salvar la vida de ninguno,
bastándole siempre tener al reo preso e imposibilitado
de dañar (1).
265. Ahora bien; el derecho de defensa, Invocado
por el célebre penalista francés, no basta para legitimar
ninguna pena propiamente dicha; y si bastara, legiti­
maría también la de muerte. E l derecho de defensa au­
toriza para repeler la agresión mientras dura, o al me­
nos mientras es inminente. Pasada la agresión cabrá
castigo o venganza de lo pasado o prevención de lo
futuro; no cabe material ni moralmente defensa; porque
no hay'de qué defenderse. Por consiguiente, el derecho
y el hecho de la defensa social sólo cabe cuando el re­
presentante de la sociedad, cogiendo al delincuente
in fraganti, le impida cometer el delito; pero abste­
niéndose de toda medida ulterior contra él, o detenién­
dole a lo sumo mientras haya peligro de que consume
el delito intentado. Pero este caso, ni es frecuente, ni
es el de que se trata cuando se discute sobre las penas
propiamente dichas. E l caso de éstas es otro. La au-

(1) ClrAHUii Lu cas, -Du sys(éirc penal el du syslémeriprcstlC «n general, d* 1»


pfine de morí en particulicrr, Prcinlérc partic, ch«ps. 1 ■ X, 3 ■ lt i. Pa­
rí», 1K7.
-157-
loridad interviene y ejerce su oficio punitivo cuando el
delito ya cesó, y, la mayor parte de las veces, cuando
ni siquiera es posible su repetición en igualdad de con­
diciones. No cabe, pues, que se defienda de lo que no
existe; y si el principio de las penas fuera el principio
de la defensa, no habría ninguna pena legítima pro­
piamente hablando, ¿E s que se trata de defenderse de
iSs ofensas futuras del mismo delincuente? Eso, en
primer lugar, no es defensa y, en segundo lugar, no
es justo; porque la existencia futura de esas ofensas o
delitos no se conoce nunca con certeza, y en la mayor
parte de los casos ni aun con probabilidad. ¿V se pue­
de hacer sufrir a un hombre solamente por la posibili­
dad de que delinca, cuando esta posibilidad es común
a todos los hombres? Luego el principio de la defensa
no puede legitimar ninguna pena, o, lo que es lo mis­
mo, sí el fundamento de la punición fuera el derecho
de defensa, serían injustas todas las penas propiamen­
te dichas.
266. Pero he dicho que si semejante derecho bas­
tara para fundar las penas, legitimaría también la de
muerte, y voy a probarlo. Supongamos, en efecto,
que constituyera defensa o que de cualquier modo fue­
ra permitido imponer penas sólo para prevenir delitos
futuros. Entonces, ¿por qué hemos de preocuparnos
nada más que de los delitos futuros del delincuente
aprehendido y juzgado, y que son pocos para el caso
y solamente posibles, y no también y principalmente
de los delitos innumerables y ciertos en principio,
aunque indeterminados, que habrían de cometer otros,
y que pueden ser evitados con el ejemplo de la pena?
y siendo esto así, ¿como prescindir de la pena que
más intimida y previene los delitos gravísimos a que
se aplica, cual es la pena de muerte?
267. C arn eva le, pretend iendo h a b e r d’e scu b ierto
el v e rd a d e ro m étodo p a ra p lantear y re s o lv e r la c u e s ­
tión de la pena de m uerte, d esp ués de m u ch a s reflexio-
- 158-
hes alinentes, pero otras, quizá la mayor parte, inexaC"
tas y con difusión expresadas, sostiene que la justicia
de la pena.nace o s« identiñca con la necesidad de
ésta para la defensa o la conservación social, según
las circunstancias de cada lugar y tiempo; y que el
criterio para apreciar esa necesidad es el sentimiento
común; y por consiguiente, «cuando la pena en gene­
ral, o cualquiera de sus variedades, produce un senti­
miento de repugnancia que se afirma con pruebas in­
dudables en la vida práctica, esto significa que la pena
en general o la variedad que más repugna, no son ya
necesarias». Tratando luego con arreglo a este crite­
rio de averiguar si la pena de muerte es necesaria,
concluye que no lo es, fundándose en dos hechos: «e!
primero es que la mayoría de los pensadores que se
han ocupado de la pena de muerte se han declarado
contrarios a ella, de tal manera que pocos años hace
la cuestión parecía resuelta y concluida en el terreno
de la ciencia». «El otro hecho..., se refiere a los hom­
bres que se hallan investidos de las altas funciones de
gobierno. En su extensión este hecho es casi igual al
precedente; porque, prescindiendo de citar nombres,
lo cierto es que no puede negarse en serio que la ma­
yoría de los hombres dé gobierno son adversarios de
la pena de muerte» <1).
268. La teoría y razonamiento de C a r n e v a l e fla­
quea por todos sus lados, o tiene vulnerables todas
sus proposiciones; pero me limitaré sólo al examen de
las que tienen aplicación más concreta y específica a
la cuestión que debatimos. En primer lugar, pues, pre­
gunto: ¿Qué se entiende por pena necesaria para la
defensa o conservación social?, ¿una pena sin la cual
la sociedad no puede existir, sino que tendría que ex-

(1) ORXnVALr., «La qjKlione della pena di morte». u p . III. Torino. 1SS9.—
embargo, advierte qu« el Hn de su obra no es soslenrr la Icsis at)ol¡«
C ^ R N E V A L E , 9ÍD
<íOni$U« $ínO pOncr el problema eo su verdadero terreno.
Puede verse lanb36n la traducción c«p«A«la, p&ea. 170 y siguientes.
-159-
linguirsc o disolverse? Bntonccs no sólo no es nece­
saria la pena de muerte, sino que no lo son ninguna
de las penas con que se la sustituye donde no la hay, o
se consideran como inmediatamente inferiores donde
la hay. Digo más: aunque después de suprimirse la
pena de muerte donde existe se redujeran las otras pe­
nas admitidas en los Códigros d ; los países civiliza­
dos a la mitad, o a la tercera parte de su gravedad
actual, se multiplicarían, si, los delitos; pero no se
ereneralizarfan, y el estado social sería defectuoso; pe­
ro la sociedad subsistiría. La razón es porque, aparte
de que no todos necesitan de la acción directa de la
pena para guardarse de delinquir, desde el momento
en que haya penas, que, aunque desproporcionadas por
su blandura a la gravedad de los delitos, sean suficien­
temente serias para ser sentidas, se realizará en lo
principal el fin ejemplar de la pena; ya porque lodos
los que tengan suficiente serenidad para hacerse car­
go de ellas se abstendrán de delinquir por temor a las
mismas, ya porque siempre servirán esas penas para
afirmar la idea y el sentimiento de la justicia, para
llamar la atención sobre la malicia y odiosidad del de­
lito y para deshonrar socialmente a los que delincan,
es decir, servirán para determinar esa reprobación
moral (sittiich Missbilligung) en que hacía consistir el
profesor de Gottinga L. v o n B & d el fin de la pena ( 1 ) ,
y que es, en efecto, parte de uno de los fines, del de la
ejemplaridad.
269. Supongamos que se abolieran en Eapafia
además de la pena de muerte, las que nuestro Código,
llama penas de cadena y reclusión perpétuas, y hasta
las de cadena y reclusión temporales (según el lengua­
je del mismo), y que, por consiguiente, en lugar de
castigarse el asesinado, por ejemplo, con las penas de

(!) L. VON B a r . «Qnchichicdcs Deulschm Slrafrcchls und der SlraírechlsllK-


orlen», II, D. Selte 311 und folg. Bcrlia, lftS2.
— 160 —

cadena remporal en su girado máximo a muerte (articu­


lo 418), se castigara con la pena de presidio mayor,
esto es, con una reclusión de seis a doce anos ¿Qué
hombre cualquiera que fuese su moralidad y su inteli­
gencia, pero hallándose sereno y no existiendo pro­
babilidad de eludir la pena, preferiría cometer esc cri­
men a costa de nueve años de encierro? He dicho ha­
llándose sereno y no existiendo probabilidades de
eludir la pena, y como eso es lo que ocurriría con la
mayor parte de las personas y de las ocasiones, la pe­
na dicha sería suficiente para prevenir los delitos de
que se trata, en la mayor parte de los casos en que hu­
biera ánimo de cometerlos, y para evitar la disolución
social.
270. ¿Por qué, pues, se imponen penas más grra-
ves? Porque al lado de una mayoría que puede es­
timar las cosas serenamente está una minoría que por
su carácter, o por sus hábitos adquiridos, o por las
circunstancias especiales en que se encuentra, juzga
con pasión, y la pasión hace ver grande lo que es
objeto de ella, y pequeñas las dificultades e inconve­
nientes de ese objeto. De aquí que a los ojos de la
pasión criminosa cuando es algo intensa, las penas
grandes parecen medianas, y las medianas mínimas. Y
como no basta que la sociedad se conserve, sino que
es preciso que se conserve ordenada, ni basta que los
delitos no se generalícen, sino que es menester que se
reduzcan todo lo posible, y tantO'más cuanto másgra-
ves son, de ahí la necesidad de que las penas de los
delitós más graves y vitandos sean máximas para que
ciertos criminales no las aprecien como mínimas y se
burlen de ellas, aun sabiendo que no las pueden eludir.
271. Ahora, si por pena necesaria para la defensa
social se entiende la pena que se precisa para preve­
nir delitos graves, que sin ella se cometerían, entonces
la cuestión de la necesidad de la pena de muerte se
reduce a la ejemplaridad de la misma pena, y en este
— 161 —

terreno debía tratarla C a r n e v a l e , mostrando que la


pena de muerte no es ejemplar, y todo lo demás hol­
garía. Yo mostraré, en cambio, que es altamente ejem­
plar en el capítulo siguienfc.
272. En resumen, si al hablar C a u n e v a l e de pe­
nas necesarias para la defensa o conservación social,
entiende penas de tai modo necesarias que sin ellas la
sociedad no pueda subsistir, entonces no sólo no es
necesaria la pena de muerte, sino que no lo es ningu­
na pena en particular, ni todas las penas más graves
en conjunto. S i por penas necesarias se entiende las
que son condición para que los delitos no se multipli­
quen, sino que, al contrario, se reduzcan cuanto es
posible, la cuestión de la necesidad de la pena de
muerte se reduce a la de la ejemplaridad de ésta, ^ue
C a r n e v a l e no discutió, y por consiguiente no hizo
nada. Luego el principio de que la pena de muerte pa­
ra ser justa debe ser necesaria para la defensa social,
entendido en uno de los dos sentidos que admite, es
falso, y en el otro no prueba nada contra la pena de
muerte. (Ya veremos que, al contrario se vuelve en
favor de ella).
275. Además, en cuanto a los dos hechos en que
halla C a r n e v a l e la prueba de que la pena de muerte
no es necesaria para la defensa social, el de que la
mayoría de los pensadores que se han ocupado de esa
pena son contrarios a ella, y el de que la mayoría de
los que ejercen las altas funciones de gobierno lo son
también, opongo: primero, que el argumento de auto­
ridad vale muy poco en estas cuestiones, que deben
estudiarse objetivamente, y segundo, que la mayor
parte de los adversarios de la pena de muerte como
E l l e r o , C a r r a r a , P e s s i n a , etc., no se fundan en que
la pena de muerte no sea necesaria para la defensa
social en el sentido de C a r n e v a l e , y, por consiguiente,
su autoridad no prueba nada en ese sentido.
274. Pero ¿es además tan cierto que la mayoría
- 162-
de los pensadores y de los hombres de gobierno sean
adversarios de la pena de muerte? En cuanfo a los
úitinios no sólo no es cierfo, sino que es conocida­
mente falso. La prueba de ello es que en la mayor
parte de los Estados esfá establecida la pena de muer­
te, a pesar de las propuestas que se hicieron para su
abolición, reconociendo H u g o C o n t i , aunque se gloría
de ello, que Italia es la única de las grandes potencias
en que esa abolición se haya verificado (1); que en
alsfunos se restableció después de haberla abolido, co­
mo en Finlandia y en los Cantones de Friburgo, Lucer­
na y otros de Suiza, y que en los mismos pocos en que
se haauprimido no íué sin Tuerte oposición, siendo no-
table ejemplo de esto Italia. En esta Nación se propuso
la abolición referida sólo pomo molestar a la pequefia
región de Toscana, que no tenía la pena de muerte en
sus leyes, y se oponía a admitirla, mientras la opinión
de los magistrados y la predominante en el Norte y 5ur
de la Ndción, como reconoce P e s s i n a (2 ), era fa v o ra ­
ble a esa pena. Aun así la mayoría del Senado, lo
mismo que muchos diputados en la Cámara popular
(81 votaron la conservación de la pena de muerte
en 1865), se opuso a la admisión de la reforma, sien­
do esto causa de que Italia, que tuvo Código civil co­
mún (es decir el Código que había de ser más particu­
larista, más especial para cada país) en 1864, no
pudiese tener Código penal común ha sta 1890, apro­
bándose entonces ese Código abolicionista, más que
nada por deseos de concordia y de unificación legisla­
tiva. Ni arguye contra la opinión que atribuyo a los
gobernantes en esta materia el hecho de que concedan
fácilmente indultos de la pena capital. Tales indultos

(1) CONTI, i L i peni c il sisleira penale dcl Codin ila liin o , Volume IV d c li
EncCcIopeifla del Dirirlo iUliano..., t cura di Enrice P«$ ini, 1]I,
Uno, 1410.
(2) PESSINA, i l l Diritio pcnalcin lü lia da Cc5arc Bwcaria sino alia promiilía-
zlone dcl Codicc penóle v l ^ l e i , Capo V I, pag. 6S8 cd ttf¡. (En la Enciclopedia dcl
Olrltlo p « a l( iliJiu o , Volume secondo] Miliiiia, 1906
- 163-

sólo prueban en los gobernanfes debilidad de carácter,


tópfritu populachero, compromisos de localidad o de
partido, no convicciones contrarias a la pena capital
en sí misma; porque si no, la hubieran suprimido.
275. Tampoco es verdad que la mayor parte de
los pensadores sean contrarios a la pena de muerte.
Habiendo en el capítulo anterior reseñado la evolución
de la controversia doctrinal sobre la pena referida, no
debo repetir aquí lo dicho en él; pero opondré a la afir­
mación de C arnevale algunas conclusiones de hecho,
que tienen su justificación en el capítulo indicado, aun­
que limitándome por abreviar a las grandes naciones
europeas que tienen literatura lurídico-penal impor­
tante.
276. En la península italiana, aun desde la publi­
cación del libro de B ecoaria , y durante todo el último
tercio del siglo XVlll, los partidarios de la pena de
muerte excedieron notablemente en número (sin des­
merecer en calidad) a los adversarios. En la primera
mitad del siglo X IX la doctrina abolicionista ganó te­
rreno; pero no tanto que llegase a aventajar visible­
mente a su contraria. En el tercer cuarto del siglo
mencionado, o sea, desde 1850 hasta 1875 poco más
o menos es cuando el movimiento doctrinal abolicio­
nista llegó a su apogeo. Es entonces cuando brillan
las grandes figuras del abolicionismo italiano: A mbro-
sou, E llero , C arrara , P essin a ; pero aun en esa épo­
ca los antiabolicionistas constituyeron cuando menos
una minoría importante. Con el advenimiento de la
escuela positivista en 1876 se inició la decadencia del
abolicionismo ya preparada por las obras de S tefa -
nucci-Ala y B ianchi, que son de 1874, y la de F erran -
Ti que es de 1875. Acentuóse luego esa decadencia
con la publicación del libro de G arofalo «Contro la
correntc» en 1885, y desde entonces, esto es, hace ya
más de treinta afíos los antiabollcionistas predominan,
y los mismos de la minoría contraria son en su mayor
— 164 —

parte a b ú lic io n is fa s c irc u n s ta n c ia le s co m o F e b r i, Man-


ziNi y S il v io L o n g h i , que se a p ro x im a n m ucho a loa
antiabolicionistas (1).
277. En Francia, al contrario de Italia, el período
álgido del abolicionismo fué el último tercio o mejor el
último quinto dcl siglo XVIll, esto es, a contar desde
las obras de B r is s o t d e V a r v i l l e y de M a b a t en 1780,
pero ya a principios del siglo XIX se inició una reac­
ción antiabolicionista, que bien pronto llegó a ser pre­
dominante a pesar de los esfuerzos en contrario de
C a r l o s L u c a s en 1827. De 1A60 a 1875, por ejemplo,
el abolicionismo recobró alguna fuerza merced princi­
palmente a los trabajos de L a o e t V a l Ij e s o n y de Bov-
SAVME en 1863, de B o n n e v i l l e y de A d o l f o F ra n c k
en 1864, etc. Mas no parece que ni aun entonces los
escritores abolicionistas llegasen a constituir mayoría
en aquel país. B1 mismo abolicionista sueco O u v e -
CBONA, escribiendo en 1866 y 1868, dijo que «en Fran­
cia en el siglo actual. la abolición de la pena de muerte
ha hallado quizá el más pequeño número de partida*
rios» (2). Después de esa época, o sea desde más de
diez años antes de la en que escribfa el profesor de
Catania, y desde hace más de cuarenta cuando esto
se escribe, los partidarios de la pena de muerte en
Francia exceden mucho en número y no poco en cali­
dad a los adversarios.
278. En Alemania los escritores antiabolicionistas
predominaron muy visiblemente hasta fines del si­
glo XVIII, esto es, hasta 1799, en que aparecen las
obras abolicionistas de T e x t o r , G r u n e r y V e z i n . Des­
de esa fecha y durante el primer cuarto del siglo XIX o

(1) CuOTdoCJkRNEVAlx escribió SM obr», «La questione dclla penj di mortn


en IM S , no p«dla haber observado m i! que o í parte la rM c ;i¿n an IU b o liclan isU Lli-
llan a; pero <lcbi¿ conocerla lo suficiente para dudar, y sobre piicsto que M J
■ D rinaclana sen ecntraics y ne k re fia o i silo a Italia, debió aabcr que en alivs
inlsta lo i an tlab o lk lo n ltU s prcdomiTiaban liicia m urlio tiempo sobre los aballda-
alctaa.
Cí) OUVECRONA, ■iDí la peine d* mort». Clup. V pag. 169.
— 165 —
poco más estuvieron en mayoría los aboHcionisfas.
Después, comenzada la reacción, durante un tercio de
siglo o sea hasta después de 1860 partidarios y adver­
sarios de ]a pena de muerte parecieron equilibrarse en
cantidad, aunque figurando entre los primeros los
nombres más prestigiosos como H epp, PeuBRD \CH ,
KO s t l i n , W a c h t e b , H a l s c h n e r , etc. En 1862 se publicó
la obra sobre la pena de muerte de M i t t e b m a y e r y al
ano siguiente la de B e r n e r , que s¡gnifiC£ron y deter-
minaron un nuevo, aunque no muy significado avan­
ce y quizá predominio del abolicionismo, que tuvo su
última manifestación importante en Alemania con la
obra de H o l t z e n d o r f , «El crimen de homicidio y la
pena de muerte» publicada en 1875. Desde entonces el
abolicionismo perdió terreno y hace más de treinta
anos que apenas tiene prosélitos en aquel país.
279. En Espafla los adversarios de la pena de
muerte fueron siempre minoría entre nuestros penalis­
tas y filósofos del derecho, y aun esa minoría, a pesar
de algún caso aislado y raro como el de P é r e z de
M o lin a , que escribió contra la pena de muerte en 1854.
no se dejó sentir hasta después de 1870 o mejor de
1874, cuando ya la tendencia abolicionista estaba en
decadencia, y casi se extinguía en otros países. Las
causas de este abolicionismo tardío y extemporáneo
fueron: primero la introducción de la escuela corrcc-
cionallsta, cuyo primer germen se sembró aquí con la
traducción de un libro famoso de R O d e r en 1870 (1).
y cuyo desarrollo doctrinal y propagación se debió al
Sr. S i l v e l \ (D. L u is ) en 1874 (3); pues aunque ni uno

(1) RODE», «Las doctrinas íundHnicntiIcs reinantís sobre rl delito y la p«ia>.


rraducnán d cU Ie n jn |Mr F k a s c is c ü arsEM. Madrid, IBTO. La stfunda edldóii
viii la luz « I 1072 y la Itrn ra en 1S74. El original alcmin K titula: 'D ic hcnchcndcii
Orundichrtr von Vtrbtcclifn und Strifc in ihien inncrcn Widmpmclien». W laba-
dm, 1867.
(2) SiLVELA, .E l DerMho |»tn»l ttludiado íH principio» y Ht I» Iej¡i9la<ii« vl-
«tnlc en Esparta*. l«74-79. H ay3 .‘ cdicliin publíndi ¡wr D. E u o e n io S jlv x la en
Madrid y t n 1.4M
— 166 —

ni ofro hicieron estudio detenido de la pena de que


fratamos, sentaron principios que eran incompatibles
con e lla ; y segundo el recru d ecim ien to del progresis­
mo extranjerisld siempre funesto pard la civilización
española, y que adoptando sistemáticamenfe como
bueno todo lo que cree que es tendencia moderna en
el extranjero, roma casi siempre por tendencia moder­
na la que lo fué treinta o cuarenta años antes, y quizá
sólo en Francia y no muy difundida ni aun allí. Con
esto no quiero decir que todos los partidarios de la
supresión de la pena de muerte en España sean co-
rreccíonallstas ni prog-resistas; pero son excepciones
muy raras los que no se hallan en uno u otro caso. La
existencia de la minoría abolicionista, pues, en Espa­
ña, es accidental y transitoria, como accidentales y
transitorias son sus causas; porque el correccionalis-
mo ha caído en descrédito ante las pruebas de la ex­
periencia,'y los progresistas han de aprender al fin
que la tendencia moderna en el extranjero no es al abo­
licionismo sino todo lo contrario.
280. Por último y por abreviar, si en el conjunto
de los pueblos civilizados hubo alguna época, como
fué quizá el tercer cuarto del siglo XIX, en que pudie­
ron ser más los pensadores enemigos que los partida­
rios de la pena de muerte, cosa que no me atrevo a
asegurar, ni vale la pena de inquirir, lo indudable es:
primero, que siempre [os partidarios de la pena en
cuesMón constituyeron por lo menos una minoría nu­
merosa y respetable, que en estas cosas que no se de­
ciden por votación vale tanto como la mayoría; segun­
do, que en el conjunto de los tiempos, aun a contar
desde la época de B e c c a r i a , fueron conocidamente en
mayor número los partidarios de la pena referida que
los adversarios; tercero, que ya en la época en que
escribió su citado libro C a r n e v a l e predominaban los
antiabolicionistas, quizá hasta en Italia, y con seguri­
dad en los demás países; y cuarto, que la tendencia
- 167 -
novísima cada vez más acentuada en la ciencia como
en ia práctica es favorable al mantenimiento de la pend
repetida donde existe y a su restablecimiento donde no
la hay. De esta suerte el argumento del profesor de Ca-
tania fundado en la opinión ds los gobernantes y de los
sabios, valga lo que caliere, se vuelve contra él.
2SI. Otro argumento abolicionista. La escuela co-
rreccioTialista, partiendo del principio de que el fin de
la pena es ia corrección interior del delincuente, y de
que la pena, por tanto, debe ser sólo una tutela y un
conjunto de medios educativos para poner la voluntad
del penado en harmonía con el derecho, rechaza la
pena de muerte como inconducente para semejante fin.
«La teoría de la enmienda, dice A h rens , no permite la
pena de muerte... el Estado tiene deberes que cumplir
para con los criminales, que sufren a menudo má3 la
pena de las faltas ajenas, de su familia y de la socie­
dad misma, que de su propia perversidad; y el Estado
no cumple con estos deberes cortando la cabeza a los
culpables, pero sí levantándosela, enderezando su sen-
tido moral, corrigiendo la educación individual, que
fue insuñciente o poco apropiada en la familia o én la
escuela municipal» (1). Lo mismo indicaron más bre-
vemente R & d e r (en diferentes ocasiones) ( 2 ) y en Espa-
na S il VELA (d), A ramduro (4) y G iner <5).
(1) AilRi:v:á, 'O irso de Derecho iidliiral •>de Filowiíia del Derecho». Sexla edi­
ción... ti aducida poT los eeñorea U. I»npRo Ror>iiír»ut/ H o r t e l a n o ... y D. M a >
RIAVO KICAHDO UE A í e n s i . Parlc gt-neral. Cap. V I, § X X X V I, pág. 200. M a­
drid. 1SQ3.
(2) RÜD£K, 'fundamento iuridico déla pena correccional», íollrlo publicado
con otros en la’colecciün lititlada «Estudios wbre Dercclin penal y sistemas penilen-
clahos». traducida por D. Vicmntk Ro.mI'HO y QiHÓv. Víase la pig. 1 », M a­
drid, lS75.~ldnn, «C1 ramo de prisiones a la lu/ ele iiiie<tra época* en la colección
citada. pác< y slKie.-Idem, «Las diKirItias fundamentales rrinantes sobre rt de­
lito Y la pena en sus interiores conirAdicciones», | 29. 'i 'o n a corrcccionaU, pági­
nas 2-11 r sleaientes. Traducción tlrl alemán por D. F ra n c is c o O íse r. Tercaa edi­
ción, Madrid, 1^7.
(3) SlLVKl.\, ^£1 Dtrccho pciial estudiado ca pri::ci|}i'>3 y en i» leeistUción vi-
en li9paik-. Parle primcTa, Lib, til, Capílvilo 'Xguii.io. § LXIV» Tdmo I,
na26S, 2.*«dición. Madrid, I0i*3.
(4) Vrári«« U« Hotis dr c<;.c áut^r a !a (fadiic(i«in Mpañola de los «Elementos de
Dereehú dr Pü^^iSA, Lib. III. I. 11, J«0 y Madrid, 1892.
(5) h.ü iN jiH y A. C a l u i í^iN. •Heímmciidí Mloiiofía del Derecho. Partíor-
^níok. 111. Tutela peaaU, pág. 381, Madrid. 1889.
- 1b8 - ■

232. Pues bien; en ofra obra, en mi «Examen


crítico de las nuevas escuelas de Derecho penaW he
demostrado cxlensamenle y tratando cada punto con
separación, que la corrección no es fin único, ni íin
esencial, ni fin necesario de la pena. Aquí voy sólo
a hacer una reflexión fundamental para probar eso
mismo. Hela aquí. La corrección interior del delin^
cuente no se consigue en muchas ocasiones, aunque
se pong-an en práctica los medios considerados más
eficaces para ello, cosa que por otra pane no en to­
dos los paises ni en todos los tiempos puede verifi­
carse. Bien se que ha dicho R S d e i i y han- repetido
otros, que «suponer en el hombre absoluta incorrec­
ción, negarle la capacidad de perfeccionarse, es dar
un impío mentís a la obra del Creador, que le hizo
hombre» (1). Mas aquí se confunden los términos: to­
dos los reos pueden correg^irse, si quieren; pero todos
pueden no corregirse, y de hecho muchos no se co­
rrigen. No son incorregibles respecto de Dios y de sí
mismos; pero lo son respecto del Estado, que no tie­
ne medios eficaces y seguros para corregirlos. Luego
la corrección no puede ser fin único, ni íin esencial de
la pena; pues de otro modo cuando ese fin no se con­
sigue, la pena vendría a convertirse en una institución
estéril y una molestia injusta; ni puede ser íin necesa­
rio (se entiende respecto del Estado que aplica la pe­
na); pues la naturaleza misma muestra que no lo es,
haciendo que no se pueda alcanzar, y no ya algtma
vez por excepción, sino muchas.
&83. Ahora, para mostrar que la corrección no
se consigue en muchos casos, aunque se procure con
todos los medios que el Estado tiene a su alcance, no
voy a hablar de España, donde, aunque hay varias
penitenciarías modernfs del sistema celular, resta to­
davía mucho qne hacer para llegar a la perfección po-

(II R6DER. -Fiindíinfiilu jurídica de la pnia carreccionil., Ap*ndisf, p ij. 177.


- 16Q --

sible en este orden; pero hablaré de los países más


adelanfados en la materia. Bélgrica es quizá el país de
Europa, y no sé si diga del mundo, donde los estable­
cimientos penitenciarios están mejor organizados; y
allí estuvo durante mucho tiempo y supongo sigue to­
davía al frente de las prisiones, no un político del par­
tido dominante, como sucede en otras partes, sino un
técnico de tanta altura como A d o l f o P i í i n s . Pues bien,'
la prueba de que en ese país hay muchos reos que no
se corrigen, es que reinciden en los delitos, y no ya
unos cuantos sino un gran número. En el aflo 1900
hubo 53.687 condenados, y de ellos eran 21.385 rein-
cidentes, es decir, un 59‘83 por 100. En 1901 los con­
denados fueron 57.618, y de ellos reincidentes 25.794,
o sea más de un 41 por 100, y en fin, por abreviar, en
1902 hubo más de un 42 por 100, en 1903 más de 44,
en 1904, 44 y medio y en 1905 más de 46.
284. Veamos ahora otros países. En Francia, en
cuanto a los reos de delitos (que aquí diríamos de de­
litos menos graves) condenados por los tribunales co­
rreccionales, de 1900 a 1905 los reincidentcs Rucfua-
ron entre el 43‘9 por 100 y el 46‘7; pero en cuanto a
los reos de crím enes (delitos graves) condenados por
las Cortes de Asises la oscilación en esos años fué
entre el 57 y el 63 por 100. En Alemania en los mis­
mos años los reincidentcs oscilaron entre el 42,4 y el
44'9 de los condenados. En Suiza, país en conjunto
de poca delincuencia, los reincidentes juzgados des­
de 1892 a 1896, a que alcanzan las estadísticas que
conozco, fueron por termino medio el 53‘5 por 100
de los condenados. En Inglaterra y país de Gales, en
cuanto a los delincuentes en general, de 1900 a 1906
los reincidentcs oscilaron entre 56 y 59*38 por 100:
pero en cuanto a los reos de delitos graves (indicta-
ble offences), de que conocen los tribunales superio­
res, los reincidcntes en esos mismo años fluctuaron
entre el 60,53 y 67,84 por 100 del total. En Irlanda,
— 170
donde la criminaliddd general es menor, los reinci-
dcntcs en esos años oscilaron entre el 70 y el 78 por
100 del total de los condenados. En Escocia sucedió
algo semejante a lo de Irlanda.
285. Se ve, pues, que en los países de penitencia­
rías mejor organizadas una multitud de reos que fluc­
túa enire el 40 y el 78 por 10C del total de ellos, no
sólo no se corrigen, sino que reinciden. V es de no­
tar a juzgar por las naciones como Francia e Inglate­
rra, donde las estadísticas oficiales pertniten comparar
en cuanto a este punto los delitos más graves con los
que no lo son tanto, que en aquéllos las reincidencias
son mucho más frecuentes que en éstos (1).
286. Es verdad que es posible que algunos, sa­
liendo realmente corregidos de las cárceles, por cir­
cunstancias cualesquiera hayan vuelto a corromperse
y delinquir, pero esos tales no deben ser muchos; y en
cambio es seguro que son muchos aquellos que, sin
haberse corregido interiormente, no reinciden, ya por
no haberse repelido las ocasiones que les indujeron a
delinquir, ya por el efecto escarmentador, es decir, in-
timidador de la pena, que es distinto del correccional.
La prueba de ello es que en Estados donde la mayor
parte de las prisiones están mal dispuestas, de tal
suerte que en ellas ni se puede, ni se intenta corregir

(1) L i b « tid is lie a s muestran el tanto |>or ciento üc los reincídeiiles con relaci6a
a los <ondenidos; p<ro na con relación i los liberados por haber cumplido sus con>
drnas, que sen Insigue debiai) haberse cMo, en lusar dedisnairitif
las proporcionn in a la d a s en el texto, las agrava. Sí el número dr libCTa<tos a que
nie reílero fuera ieual cada aüo al de cundcnados, la proporción de 1os reincidenlcs
seria la m K itií con re&pc<;tn a los unos qiic coi» r«pecto a losotio*;: poro como el nú-
mcfo de prinier<»$ ef-iní^ríAr aI de Im se^(*uudús, aüitque l:t dclineucncía n >an-
mente, y con mayor ra^ón siaum cnU: poique no lodos lo$ cotideii«dn>s llegir»» »er
liberados, sino qiic algunos tniieren n i Ins prisión ^, la pioporción de los reinciden­
tes con relación a éstos e« mayor que con ivlacióti a aquellos. Si mi|ionemos que en un
año htibo mil eondenadoi^ de los cudles 400 &ún reíncídentes, y sólo QSO liberados, la
proporción de los ■*» con r<l«ción a los 950 « mayor qMr cgn Telaciw a \o% mil. Es
verdad que los reincidenlcs de un afto dado no son por lo común de los liberados en
aquel iño , sino de los liberados en años anteriores; pero como los hechos se repiten,
si los liberados de años anleriore« nos dieron lo« reineidentes de ese año. losllbera-
dOs de «ño daráik los ^eineid^ntes de años |>osteTÍi>r¿«-
- 171 -

o educar, las reincidencias no son mayores proporcio-


nalmentc, sino al contrario. En Rusia, de 1894 a 1902,
las reincidencias fluctuaron entre el 16‘50 y el 18‘20
por 100, y en España, de 1896 a 1901, las reinci­
dencias fueron menores rodavía, oscilando entre 5'65
y 8‘15 por 100. ¿Po r qué esto? Porque aquí la dureza
de laa prisiones consigue por medio de ia intimida­
ción lo que en otros países no alcanza la reeduca­
ción intentada, pero sin éxito.
287. Luego si la corrección no es fin necesario de
la pena, no puede argrüirse contra la pena de muerte
por lio realizar ese fin,
285. Pero hay más. Hemos visto en las cstadfsfi-
cas de Francia y de Inglaterra, que son las que por su
minuciosidad sirven para el caso, que en los delitos
graves los reincidentes son por término medio un 60
por 100 en Francia, y casi un 64 en Inglaterra. Pues
bien; fijémonos en Francia, que es la que menos base
ofrece para mis deducciones. Tratándose precisamen­
te de los reos de delitos graves (o crímenes, según la
nomenclatura de aquel país) que son los que sufren
penas de duración mayor, y habida cuenta de que allí
hay penas efectiva y no sólo nominalmentc perpetuas
como en España, es inevitable que muchos mueran en
las prisiones, o en hospitales dependientes de ellas,
donde apenas pueden reincidir; y por consiguiente no
es aventurado suponer que los rcincidentcs que con
relación al número de condenados son e! 60 por 100,
con relación al número de liberados que cumplieron
condena sean 70 por 100 o más. Ese 70 por 100 de
reincidentes supone, antes más que menos, un 20 por
100 más de no corregidos interiormeníe, y que, si no
reincidieron, es por las mismas causas por las que no
reinciden en Rusia y en España la mayor parte de los
que salen de las prisiones en común sin haberse in­
tentado corregirlos. Según esto, e! 90 por 100 o más
de los reos de delitos graves o crímenes, que extin­
- 172-
guen su responsabilidad criminal por cumplimiento de
condena temporal o no perpefua, la extinguen sin ha­
berse corregido. Pero esos que pueden extinguir su
responsabilidad criminal en esa forma y recobrar su
libertad por ministerio de la ley, si se los compara en
general con los monstruos que deben ser condenados
a muerte según el Código francés, y más aún según el
Código español (que es menos rijfuroso), son unas
buenas personas, a quienes casi habría que premiar
por sus virtudes. Por consiguiente, si de los conde­
nables a pena temporal grave ro llegan a corregirse
el 10 por 100, ¿cuántos se corregirán de los condena­
bles a muerte, si esta pena se suprime, o se les per­
dona? Seguramente que ni el 1 por 100.
289. En cambio, si se exceptúan los anarquistas
de acción, para los cuales yo propongo otra pena dis­
tinta de la de muerte, según se verá, la inmensa ma-
yorfa de los reos de muerte ejecutados se arrepienten
antes de ir al cadalso, y se corrigen fundamentalmente;
por lo cual la pena de muerte viene a ser para ellos el
único medio de corregirlos en lo que cabe. De esta
suerte el fin correccional de la pena, désele el valor
que se quiera, no sólo no excluye, sino que reclama la
pena de muerte.

§ VI
L ss condiciones jurídicas de la pena y loa argumentos
abolicionistas

Su m arlo; 290. El argumento más común contra la pena de mucrle


(la irremísibilidad « irrcparabilidad de és4a): confianza que ins­
pira a los abolicionistas; los que lo alegaron en el siglo XV III;
■d. «n d XIX; id. en el XX: confusión del Sr. Ca.nalejas <nola).
M t.T cx lo d c E l l e r o exponiendo ese argumento: palabras de
CoNTi sobre lo mismo.—292. Dos maneras de considerarla irre-
parabilidad de 1% última pena.—293. ¿Es condición necesaria d{
U pena la reparabilidad?—294. Prueba de que ringuna pena es
reparable.—293. Aun las penas económicas no son reparables
-1 7 3 -
por comphitor además son de poca aplicación.—296. Conse­
cuencia. La diferencia entre la pena de muerte y las de privación
de libertad en cuanto a ese punto (nota).— M7. La irreparabili-
dad en el terreno de los hechos o de las conveniencias: lo que
se puede argüir en ese terreno.—29S. Contestación: garantías que
evilati <1 error de hecho al condenar a muerte.—2W. Confusión
de E l l e r o , C o n t i y otros; penas de muerte injustas impuestas
por los tíranos, y penas de muerte inmerecidas impuestas por
error de hecho: ejemplos más salientes de las primeras. No están
en el mismo caso las penas en que intervenía la Inquisición es­
pañola (nol9).—300. Para evitar las condenas a muerte tiránicas,
no vale combatir la pena de muerte, ni suprimir ésta «n las le­
yes: pruebas históricas de ello.—301. La condena a muerte del
Redentor: inconsecucncia cometida cu ella.—302. Tres adversa­
rios célebres de U pena de muerte (B r is s o t de V a rv ille ,
M a ra t y RonESPtERRE): grandes matanzas que ordenaron,—
303. Consecuencia' de lo expuesto.—304. Las penas de muerte
impuestas (a inocentes) por error de hecho: su rareza siempre y
su casi imposibilidad hoy: lo que prueban las rehabilitaciones: el
ejemplo de Calás.—305. El proceso de Calás: la intervención
posterior de V o lt a ir e ; razón de esta (texto y nota); la rehabilita­
ción (judicial) de la memoria de Calis, y lo que prueba.—
306. Consecuencia.—307. Otros condenados a muerte por error
de hecho: la reseña de Rcbaudi: alcance absoluto y relativo de los
datos que contlcitc: lo que puede inducirse deellos.-308. Valor
de esos mismos datos en esta controversia. La aplicación de la
pena de muerte en tiempos anteriores y en la actualidad: conse­
cuencia.—304. Otra contestación at argumento de la irreparabili-
dad. Instituciones, industrias, etc. que causan la muerte de perso­
nas inocentcs.-310. Consccjcncia.-311. Otra reflexión contrae]
argumento discutido y en farar de la pona capital.-312, Conclu­
sión general.—313. El argumento abolicionista fundado en la in­
divisibilidad de la pena capital: quienes lo alegaron en Italia,
Alemania, España, etc. Texto de M e ca cc i exponiéndolo.—
314. Contestación: la divisibilidad no es condición necesaria de
cada pena: prueba.—315. En el mismo caso que la pena d« muer­
te están las penas perpétuasy otras admitidas por la generalidad
de los abolicionistas: cltanse los principales d¿ éstos.—316. Los
inconvenientes de la pena de muerte son los de toda pena má­
xima-—317, Los inconvenientes que se jtribuycii a la pena de
muerte se agravan suprimiéndola.

290. La objeción irás común y repetida contra la


pena capital, el verdadero argumento Aquilas de l03
— i7 4 -

adversarios de esta es el que se funda en la irremisibi'


lidad e itreparabilidad de la misma. Ese arg’umento ea
también el que Inspira más conRanza a los abolicio­
nista». Carraba dice «que aún hoy no se pudo com­
batir por los antiabolicionístas, sino con mentiras ar­
caicas desmentidas por hechos diarios» (1), y M e c a c -
ci afirma que. «es el más claro y el más evidente con
el cual ha sido combatida» la pena de que tratamos (2).
B e c c a r ia no lo conoció, sin embargro; pero sus con­
temporáneos C O N D O R C ET y P a s t o b e t (3 ) en Francia,
y sobre rodo B e n t h a m en Inglaterra, lo emplearon
ya (4), y después en el siglo XIX lo reprodujeron, ca­
da uno a su manera, en F'rancta C a r l o s L u c a s (5),
O r t o l a n (6 ) y A d o l f o F r a n c k <7). en Italia E l l e u o (8),
CANONICO (9 ), C a r r a p a (10), P e s s i n a (1 1), D ebau-
Di (12) y PuG LiA (13), en Alemania M it t e h m a y e r (14) y

( I) CJkRRARA, •Progrimnii dtl c»rso üi Dirittfl criminilF», Partí gcnerile,


Vol. ¡1, C ip . V I I , g U1 bis, p ig 10, attava n liiio n c, Fircnzc,
>2 MECACCI. «TralUID dr Dirlllo pmal««. Voluinr sccondo. capilolo X V Ili
pag. 336. Toriio, 1TO3.
(3) P a s t o r e t , •D tslaií p cn a lo t. Parí!, 1790,
<4) B e n t h a m , <Traria de Us pmis y de las r»omp«iiMS>, traducida >1espalial
por D. L. B„ T«ni» II, np. XIV, S It, piglnas 27 y siguicnln. ParJa 16».
(5) C a r l o s l u c a s , <Du systéme pínal el dusyslénie rrpreMifen tcn íril; dt la
pe)n*d*mort tn p írllciili« ., Tromíme parlie, rtap. V I, pags. JSO ti suiv Paris, 1827.
(6) O h t o l a n , <eiAnM» de Droll penal»; Tome II, dcuxifmc pirlic, lll. V,
chip. VI, pa$t. 20 «I sulr. París. I&75.
(7) A. FkaNCK, -<Pliilinoi>hic du Dioit penalsTrcisiím c ptrlic, chap. II, p a {a
171 ct suiv. Qiutriénic cdllion. París, 1843:.
<B) ELIERO , «Sobre la ptna de muerte., «dicián citad*, X X Ill, p lg liu i IS l /
alguien In .
40) ClNOMCO, •Inlioduzione a)lo ttudio del Diritto penale. Del reato e delli
p e u In genere*. Libra see«rdo, eapo lerzo, pig. 462, seeonda «dltlone. Torino, IS72.
<I0) C a r r a r a , •Proeamina. . Parle gcnerale. Vol I], capilolo V. art. II, §65li
pags, 20 ed se;.—Véale también en el initnio tomo el cap. V II, pag. 40.
(Il> FessiNA, lElementi di Diritto ptnain. Val. primo, lib. lll, capo. 1, pagi-
ra 333. Napcii, 1882.—Piicdc verte también la traducción castellana de la parte gene­
ral, por GONZALO DEL CXSTILLO, Libro 111, cap. I, página 382 Madrid, IW3.
(12) R ehaudI, < Lap«iadi nioitc t gil crrorl giiidizlari. StudI spcriraenlali*,
Parte lll, pags. 107 a 3 « . Roma. ise3
(I3> PV O LU , 'Manuale di Diritto penale, wconda II nuora cediee penale italia­
no», Vol. t, Libro tcrzo, capo tV, pag. .ISS. Napoli, líM .
<U) M it t e r m a v e h , aDIeTodeistrare nach den Crgebnlua». Hddelberg. 1802.
- 17S —

Bebn er (1) y en Suecia O l i v e c r o n a (2). En B é lg ic a


hizo mención de él J. Haus (3). E n el s ig lo acíuallnais-
tieron en el mismo argumento: en Italia M e c a c c i (4 ),
Civou (5 ), I m p a l l o m e n i (6 ), y m á s recientemente
Hugo C o n t i (7 ) y A lim e n a (8 ), en Francia S a l e i -
11 Fs (9) y M a x w e l l (10); en la Argentina R iv a r o l a (1 1 )
yen España c! 5h. V a l d é s ( 1 2 ) , y posteriormente y
con más extensión el Su. C a n a l e j a s en su prólogo al
libro de E l l e r o ya citado (13)> Bl que lo expuso co n
más extensión y apoyándose en hechos históricos di-
iigcnrcmcíitc rebuscados fue R e b a u d i , aunque también

(1) BERNER, «Lchrbuch <Ies Deutschcn Slr»frcchlc5, Zwciles Buth, Zweiler TI-
HUíQ S, S. IOS. Leipiig, ISOS.
(1) Ol.|VEC«0>l*, .D e líp c in t dcnlOrl., Chup. IV, § 3, pags. 147 et «BÍV.
(31 HAU&. irrincipii ecncnli di Dirilto pénalo, prima vcrsionc ilallina dr
EMBICO F e o . V oI. weondo, libro lefzo. liiolo primo, cjpilolo sccondo. { I II , pigs
cd wg. N«poli, m 7 .- Id . . U peine d< lUOrt., pags, m el »uiv.. Qand, 1867.
(1) MECACCI Obra dtada, ral. II, capilolo X V II, pag. 3 » .
<') ClVüLI .Manoile di Diritto pírale*. S«on d i edizione. T il. I I cip. í, paj. 87.
Milino, 1407.
i6) iMPALlOMENI, «liililuzianiil) DIrllto pcnalc', capítol a V, I I I , S, p if.M .T o -
rino, 1W9.
(T) H u o o CONTI, «La pnii eti sisktna pínxlc il«I Códice ililianc*, ia •Eflciclo-
pcdia dcl birlllopm aic ilalianoa cura di Enrico Pc»lna*; Voluine quarlo, ctp. 111,
pag. 7» lt3 8I. Milano, l»IO.
(B) A l i .mf. k a , •Prlneipil di Diritlo p m ile i, val. II. parte V III, cap. 1. pafi-
iia 103. 1012.
(9) S A ttlL L E S , .Srance de la Sociclí ífaiírale dts prisons dii 30 Mars IflOT. No­
te Ine.. (Revue pniitniciaire de Avril IW7. jrius. 132 et sulv%
(10) M AKV^L l , •U eH>«< «I la Llvre troiiiéme, chap. IV, $ III, pig. 300.
París, I M Í.
Ill> RIVAROLA, •Derecho penal argentino»; Parle general, L ib r o III, cap. IT , pi>
glnas 321 aB2S Madrid, I»10.
(12) V a ld é s Rum o, •Derecho penal, su lilosolia. historia, leeislacidn y juri»-
pradenciap, tomo I, lecciAn X L I, pig. S03, y lee. X L IV , pig. 634. Madrid, lOITt
(I3> Víucdich»Libro, piginas 10 y siguimles.—CANALEJAS empina confundien­
do d fin reparador de la peni con la reparabikidad de la misma, sin advertir que el
primero se refiere al mal dcl delito, que la pena debe reparar en lo que qoe|», y la
wnunda a la posibilidad d« reparar el m il de la mlima pena cuando se descubra que
hit aplicada injusUmenlc. Despli^ habla largamcalc dcl prwcso DrerfnSi <4inen-
lando con espanto lo que ocurriría si en lugar de haberse condenada aüstc a confini-
miento en la Isla del Diablo, >e le hubiese Impucilo la última pena, y dando por tu*
patsta que en la condena hubo <un ^rror judicial monstruoso, como después s<
tkr<tb¿>. Para mi la rehabilitación de Dreyfus, Obra de nna campaAa en parte pAlItiea
y en parte mercenaria, no prueba nada; pero si probara algo, serla que el delito del
capitán Judio no estaba suficientemente demostrado, no que fu i laJso.
-1 7 6 -

se d e d icaro n a esa re b u s c a LfcOET-VALDESON (t),


H a u s (2 ), F o rla n i (3 ) y a lg ú n o tro .
291. He aquí como lo formula E l l e r o , siendo lo
que voy a copiar, a mi juicio, lo más saliente de cuan­
to escribió sobre este punto: «Es propio de los hom­
brea el erro r, pues muy a menudo creen vftrdadero lo
que después aparece ser falso... Los jueces humanos
desempeñan uti oficio casi divino; pero sin medio»
pa ra ello, pues no pueden como Dios escrutar lo pro­
fundo del corazón. Es verdad que castigan sólo cuan­
do tienen la certeza de culpabilidad del reo; pero,
¿esta certeza está conforme a la verdad?; ¿correspon­
de exactamente el conocimiento subjetivo al hecho
realizado?»

«Pues si la necesidad de castigar obli^fa al magis-


Irado, de buen o mal grado, a no dejarse llevar de la
metafísica, sino a juzgar con los débiles medios de
que dispone, buscando una certeza relativa, una pro­
babilidad en su mayor grado y nada más, no por eso
deja de pronunciar temblando su sentencia».
«De donde se infiere que la mejor pena es la <jue
puede ser revocada, pues ofrece el medio de reparar
una sentencia injusta: pero el último suplicio es irrevo­
cable, y de él fueron víctimas muchos justos que ahora
se veneran hasta sobre los altares. Y no valen la re­
visión del proceso y las retractaciones para devolver
una vida cruelmente arrancada. La irrevocabilidad y la
irreparabilidad de la pena de muerte serían suficientes
a condenarla para siempre, si se piensa en los muchos
inocentes que fueron, son y serán injustamente conde­
nados. -Sin ella no habría sido manchada de sangre la
historia de las más grandes naciones. No se habría
envenenado Sócrates, ni habría sido decapitado To'

(1) LAQET-VAl.nE&ON, cMartyroloer drs crrcurs juíiciiircs.t Paris, IBM.


(1) En la obra, • dr morti y lugar diado.
(1} POULANI, •Viriaiioni sulla pena di marte..
-1 7 7 -

más Moro, ni quemado Jerónimo Savonarola, ni ha­


bría sido sacrificado el Salvador. Esfe solo suplicio
es un eferno anatema contra la pena de muerte».
E l l e r o refuerza su razonamiento con los nombres de
(ilgunos que se suponen adcriíicados injustamente (1).
En obra m á s reciente C ú n t i , al tratar de la pena de
muerte, dice que «justamente fué puesto en pjrtícular
relieve el defecto esencial de esa pena, su absoluta
irreparabilidad enfrente de los demasiado fáciles erro­
res judiciales» (2).
292. Ahora bien; este asunto de la Irreparabilidad
de la pena última puede considerarse de dos maneras:
en el terreno de Ips principios y en el de los hechos.
De ambas maneras suelen tratarlo los abolicionistas,
aunque comúnmente involucrándolas. Estudiaremos
primero los principios.
295. ¿E s condición necesaria de la pena la repa-
rabilidad? Sostengo que no. Es indudable que dada la
falibilidad humana convendría imponer solamente pe­
nas que fuesen reparables. Pero ¿es posible esto?
¿Hay alguna pena que aca reparable por completo?
¿Hay alguna pena reparable siquiera en lo principal,
que sea aplicable a todos los delincuentes o a la ma­
yor parte de ellos? Y si no la hay, ¿qué puede arg’üir-
se contra la pena de muerte, que no arguya también
contra las otras penas? He aquí lo que vamos a ver.
294. S i el error judicial se descubre antes de la
aplicación de la pena, no es ésta la que se repara; por­
que todavía no existe: lo que se repara es el error de
la sentencia, y esto lo mismo puede ocurrir con la pe­
na de muerte que con las otras. Pero si el error se
manifiesta después de ejecutada o comenzada a e(ecu-
tarse la pena, lo que se haya ejecutado no puede repa­

cí) ELLERO, O b n Cltidji. X X III. páeiu^ I J ] y siíuicnla.


C2} H ucid Co.\ri, iLa p en iell síclena peiiale drl códice ílaliano». (iCneicl&p«>
diidei Dirilla |)cnil« ilalUn» a cur* di Enrico IV) pag. 79.
Milano. 1010.

12
-178-
l-arse, ¿por qué? Porque toda pena lleva consigo un
padecimiento, un dolor o molestia, cuando meno» mo­
ral, y comúnmente físico y moral a la vez. Y ese dolor
ya sufrido, ¿cómo se hace que deje de haberse sufri­
do? ¿Qué reparación admire? Pongamos ejemplos,
lin supuesto delincuente, un víctima de error judicial
es condenado a una pena de privación de libertad, por
eiemplo, veinte años de cadena según nuestro Códi­
go, o de trabajo forzado según el francés, de reclusión
según el italiano, etc.: pasados los veinte años se des­
cubre qu« el penado era Inocente, ¿quién le saca a
éste la privación sufrida? ¿cómo se repara el padeci­
miento que experimentó? Supongamos que se trata de
una de las penas que privan de la libertad de elegir
residencia; un inculpado injustamente es extrañado de
España por más de doce años: cumplida su condena,
se descubre su inocencia, ¿cómo se repara este mal? Se
dirá; es que puede descubrirse el error antes de terminar
el cumplimiento de la condena. Convenido; mas aun
en ese caso, ¿quién repara la parte de pena sufrida?
¿Deja siempre de ser verdad que esas penas, si se
ejecutan y hasta el punto en que se ejecuten, son Irre­
parables? Lo mismo puede decirse de las penas cor­
porales y de las infamantes, es decir, de todas las
penas que tienen aplicación común.
295. La única pena que parece reparable es la de
multa o, en general, cualquiera pena económica. Pero ni
aun ésta lo es por completo; porque (salvo que sea in­
significante y no constituya verdadera pena) aunque se
devuelva al injustamente penado la cantidad que se le
arrancó, ¿quién le repara el disgusto sufrido, los nego­
cios paralizados o no emprendidos, las deudas contraí­
das y todos los demás trastornos o daños económicos,
que la multa pudo acarrearle? Además, las penas eco­
nómicas son penas que tienen muy poca aplicación.
Bien sé que en la Edad Media estuvieron muy en
boga, y que hoy mismo los positivistas de la escuela
italiana, especialmente G aropalo , tratan de extenderla^
más de lo que están (1); pero estas penas requieren
solvencia en el penado, y la inmensa mayoría de ¡os
reos son insolventes para el caso, unos porque real­
mente pobres; otros porque hijos de ramilla no herc-
dados, y otros porque sólo tienen riqueza fácilmente
ocLitable y ocultada. ^
296. Resulta, pues, incontrovertible que ninguna
pena es reparable por completo, y que la única pena
que parece reparable, y lo es sólo en parte, no es apli­
cable a la generalidad de los delincuentes. Luego no
es condición de la pena la reparabilidad, ni puede ar-
güirse contra la pena de muerte por carecer de esa con­
dición (2).
297. Tratemos ahora la cuestión en el terreno de
los hechos o de las conveniencias sentimentales.
Se podrá decir: aunque no sea condición necesaria,
ni en la mayor parte de ios casos posible, la reparabi-
lidad de las penas, y aunque un error irreparable lo
mismo puede ocurrir en la aplicación de la pena de
muerte que en la de otra pena cualquiera, ese error tra­
tándose de la primera es mucho más sensible y doloro­
so; la sola posibilidad de que un inocente sea por error

0) <La criminología'. Eítudiú sobrCcL delito y sobre la Icaria de la


npralAn. Traducción por P e d r ú D o r a d o M O S t e h ú , Capilulo IV, V, p ig ln n 351
y s l E u i m t e s . Midrid. « L i España Moderna*. (Sin fcchi).
(2) La diferencia m lre U p e n id e muerley laidc privación de liberlad m cmnto
■ ísis, no « t i en que li uní sea Irreparable y lasoiras no; p on irreparables san lo d »
B U vez que se apliquen, sino en que coma la primera es casi inslanlánea, si Lay error
judicial y no se descubre antes de la ejecución de la pena, »c mlAca é»la por comple­
te, ya que no puede veriRcirse en parle, mienlias que ea las otras, como tienen una
duración más c menos larga, si se Impusieron por error, cabe que éste se descubra du­
rante el eumplliniento de la pena y «rem ita la parte de ésta que esU sin curaplir, qnc-
dando la aira parle irremisible e irreparable. Pero esta diferencia, que ni siquiera es
peculiar de la pena de muerte, sino que es común a todas las penas corporales y a l u
Infamantes, es. m primer lu ^ r, de aplicaeián muy eventual e infrecuente; pues para
que la tenga es preciso que haya error Judicial de hecho, que éste se descubra, y que el
dcscubrlmienlo se verltique, y la revisión de la causa se lleve a tirnilno durante el
cumplimiento de U condena y no antes ni dtspucs; y en segundo lugar, ann en ese cajo
lan rara, la diíerencia es sólo parcial, dilerenela entre una pena que no se remite y
otras que pueden remitirse en parte. Es, pues, una dllerencia aceldentai, q je ni llene
iltiporUntla jurídica, ni prueba nada.
- 180 —
condenado a muerte espanta, y el único medio seguro
de cvifario «s suprimir ésa pena. Como se ve, no he
tratado de atenuar nada el argumento, sino al contrario
reforzarlo cuanto pude.
298. Pues bien; en primer lugar los casos de ino­
centes condenados a muerte por error de hecho, muy
raros en todos tiempos, son hoy con las garantías que
concede la legisla^ón española, por ejemplo, cuando
de esa pena se trata, casi imposibles, y apenas se ve­
rificará uno no ya entre cientos, sino entre miles, y asi
el argumento sentimental pierde su importancia.
299. Aquí conviene deshacer una confusión en que
incurren Elleh o, O u v e c h o n a , H. C o n t i y oíros abo­
licionistas, y sobre la cual no sé que se haya llamado
la atención hasta ahora.
Una cosa son las penas de muerte injustas infligi­
das por los tiranos de todos tiempos a personas inO'
centes cuyos hechos eran conocidos, y otra las impues­
tas inmerecidamente por los Tribunales en virtud de
errores de hecho. Las primeras — ¿quién lo ignora?—
son innumerables. Las victimas de las proscripciones
de Silaen Roma, los millones de mártires de la Religión
cristiana sacrificados por los Césares romanos, los
miles y miles de católicos decapitados por Enrique VIH
y por Isabel de Inglaterra, las tan numerosas víctimas
de Calvino en Ginebra (1), las masas de irlandeses de­
gollados por Cronwell, los centenares de millares de
franceses honrados de ambos sexos y de todas clases
y edades que fueron arrancados a la vida por la Revo­
lución francesa son, omitiendo otros muchos, ejemplos
salientes de ello (2),

(1) Acerca át cslas ildÍTnaS mcr«ce leerit í l pr<cii:>so foll«C<k d« J. ROUQUETTE!


iLcs victim» de Calvin. L ' Inquisition prQtcsUnl«>, Parb. Librairíe Bloud. 190S.
(2) No mcficiono aquí, ni debo mencionar, aunque alguieit crca quizi lo contra*
río, los condCTiados a muerte por la Inquisición cspnfiola. csdccir, los declarados he*
rejes por ós(a, y condenados por los Tribunal» civiles con arreglos la»leyes comunas.
I .• Por<iTi« nuestras lc y « en ese punto ob^ti;(an a principios jitrídiíos comwnH a la
cicncla de su llcmpo. y que en d niLcsCro Lanibiéii tienen notables defensores. Por con*
— 181 —

300. Mds para evitar esas atrocidades tiránicas,


no vale declamar contra la pena de muerte, ni suprimir
ésta en las leyes. Los tiranos, siempre que los haya,
llámense reyes, dictadores, o asambleas, tratarán de
aniquilar a sus adversarios con razón o sin ella; y si la
pena de muerte no existe, la restablecerán por decretos
dictatoriales, o la pondrán en práctica simplemente sin
necesidad de decreto sreneral. En Roma la ley Porcia
iiabla suprimido en rigor la pena de muerte para los
ciudadanos romanos, permitiendo a los mismos reos
conmutarla con el destierro (1), y, sin embargo, Cor-
nelio Sila, terminada ya la guerra social y pacificada
Roma, aun antes de ser nombrado oficialmente dicta­
dor, había condenado a muerte a nueve mil expartida­
rios de Mario, o que se consideraron tales, sin contar
los 6.000 samnitas degollados en el circo, etc. (2). En
esa misma Roma, cuando se introdujo el Cristianismo
en ella, además de continuar abolida la pena de muer­
te, había libertad amplia para todas las sectas y todas

sieuimtc, todo lo mis que |iunj« dccir el qiic se nicum tre cu rl caan n qur no esti
conforme con ules prlnclpim, no que (ucun tirinas los que lo) profeubao y pricli*
caban. 2.‘ Parqut en üsiM li.tni lo i IcfitladorFS ni los Tribunales, inrluso el de la IH-
quHIción, trilaron nunca d i Imponer una doctrina nueva, persigMlentloíi lo? nmn<enc-
dorndc laanlieui, como hicieran los Uranos protcslanteí y re\roluc¡onarÍ03 indicadas
en el texto, sino al contrario, defender la anlitíiLa. de l i cual estábamos en posesión,
eontra las innovaciones perturbadoras. J.” Porque ni la Inqnisieiin ni las Ie y « cuya
ejceuci^ «11% <om« jHraila técnica facilitaba, se propusieron nunca defender ni atiujt
por medio de la peni opiniones humanas disculibles, sino rc|hrimir las propagandas
contra la Religión dejesuecisto, Dios jt hombre, que todos «tamos obligados a acatar
y recibir. No asf los tiranas mencionados que podían na creer que la Religión católica
fuese divina; peto (|ite no podian dudar que las doctrina; que en lugar de ella trataban
de imponer, derramando torren tes de sangre, eran humanas, es dccir, terrena». Bajo la
Inquisición y bajo los reyes de la cau de Austria se pudo defender públicamente la
Repúblic?, el derecha de deponer a las monarcas y el de matar al tirano, etc. En cam­
bio la Revoinción francesa jn illo tinaba a lodos los monlrqnictu y a lodos los qne pro-
fcuban idea* C9ISKrvadar«Si como a U>dos los católicos y a todos los que na aprobaban
las monstruosidades que ella perpetraba. Los condenados a la última penaenvlr-
tnddc los veredictos de la Inquisición fueron rclalivamrntc pocas, habiendo causado
mía muertes la Revolucién francesa en un mes que la Inquisleiün espafkolaen tresclen -
tos años. Par estas razancs, como quiera qae se la cansiderc, no puede parangonarse
■i rnnoUmeiitc la Inquiíkián referida ct>n l»s lirann mencionado] en el texto.
(1; V. SALLUSTtu, <De bello catlllnarlo>, cap. 50.-ld. ClCEROM, Pro Cecina.
C2) V. CESjtR CjintO, •Kistaria Universal-, traducclfin de D. FuANascx) Na-
CÍNTE, lomo II, cap. V III, páginas 34* y siguientes. Barcelona, J. Rom4, editor.
- 182 —
las doctrinas. E l monoteísmo judaico podía convivir
dllí con las religiones politeísias de Asia y Africa (dis­
tintas de la Romana), y lo que es más, con los incré­
dulos y ateos públicos que tanto abundaban (1), y has­
ta se publicaban sin protesta poemas como el De re-
rum naíura de L u c r e c i o , qje es una apología del
materialisnio y ateísmo. V sin embargo, nada de esto
obstó para que Nerón, tratando a los cristianos como
enemigos, aunque ningún mal le habían hecho, decre­
tara la pena de muerte contra ellos y los sacrlflcara a
millares y millares, empleando tormentos que ninguna
ley autorizaba, mientras los demás disidentes del culto
romano seguían libres, y cuando la pena de muerte, no
restablecida aún formalmente, no se aplicaba a los dc-
lijos comunes. Lo mismo que de éste podría decirse de
los otros Césares perseguidores: Domiciano, Trajano,
Marco Aurelio, etc., por más que en tiempo de éstos
ya la pena de muerte se había ido restableciendo con
carácter más general.
301. Se ha citado (por E l l e r o , O l iv e c r o n a , etc.
como ejemplo de inocente condenado a la última pena
y argumento decisivo contra ésta al Santo de los san­
tos, Nuestro Redentor Jesús. Pues bien; cuando Este
predicó en el mundo ya no estaban en uso en el pueblo
hebreo las leyes de intolerancia religiosa, leyes que
de todas suertes no alcanzaban al Seflor, ni le habrían
alcanzado por lo que E l ensefíó, aunque no fuera ver­
dadero Mesías- La prueba de que no estaban en uso
ea que había en ese pueblo varias sectas, como sadu-
ceos, esenios, fariseos, etc., que convivían tranquila­
mente a pesar de las diferencias teóricas y prácticas
que les separaban y de ser los saduceos materialis-

<l> V. MDMMSEN, " E l Derccha pnul romiiK», ItaJucci&n dcl ainnán por Peuro
DOR/kDO. Lib. I, cap IV. plKiiiM 14 jr siguientes. Mulrid. i L i CspaDa Modrrna». Id.,
FERRINI, ■Csposizioneslotici rdotlrirale dH Dirillopcnale romano». Lib. II, Milaoe
uxuiHla, cap. núns. 275 « I sag. (Esu última obra forma jurtt d< U Enciclopcdii
Dirític pcnalc « de ENbiCO P ü S IS A , velumc I, pininas M J y siguientes). Ml-
hno, IMS.
- 183-
las (1). Y sin embargro, la pena de muerte, que no
existía para ésíos, se restableció desnaturalizándola,
ose creó, sí se quiere, para el Maestro de la verdad.
302. y viniendo a la Edad Moderna, por abreviar,
¿no eran adversarios de la pena de muerte Brissotd e
V a r v il l e , M a r a t y -Ro b e s p i e r r e ? ¿ N o habían cscrifo
!o3 tres contra ella? (2). Todavía en Agosto de 1790
M a b a t presentaba a la Asamblea Constituyente su
P/án de íeg islátio ti crím m effé, cuyo objeto principal
es abogar por la supresión de la pena de muerte, y en
la sasión del 39 de Mayo de 1791 R o b e s p i e r r e de­
clamaba enérgicamente contra esa pena, a la que lla­
maba asesinato cobarde, crim en soJem ne, etc., y alio
y medio después, en Noviembre de 1792, R o b e s p i e r r e
pedía la pena de muerte para el inocente y bondadoso
Luis XVI, gritando: «Luis debe morir, porque es preci*
30 que la Patria viva». E l 7 de Enero siguiente los tres
escritores mencionados enseñoreados de la Conven­
ción y de la Francia, como (efe B r is s o t de los giron­
dinos y los otros dos dcl partido de la Montaña, vota­
ron la muerte del infeliz monarca. Poco después M a r a t
en la misma Convención pedía la guillotina para
270.000 personas, y. en fin, el mismo M a r a t con Ro-
DESPiBRRE, y después Robespierre sólo, fueron los
principales autores de aquella inmensa hecatombe en
que perecieron tantos miles y miles de víctimas inocen­
tes, de hombres honrados, lo mejor de la Francia. jV
estos eran los partidarios de la abolición de la pena de
muertel
303. ¿Qué se infiere de todo esto? Que las muer­
tes impuestas a inocentes conocidos, por los tíranos de
todos tiempos,' sean estos, como dije, reyes, dictado-

(I) V, S. M e .víOCIHO, >Bc H'publica HeW«ormn>. Uibír terdus, u p v l X V I, pt-


e¡nas]21 etscii. I'arisiis, M U C X L V IIl.
(J) V. BmssoT DE V a k v ille , <De la snppression deli peinf de niorl«, 17».—
M a k at. •Plan dt Ic2 islaii«ai rrimincllc., 1787 —RüBKSPiEURE. <Manoir< iu r l«
pi<r¡ugc qql elw d a la faniillt J u tcjupsUf |< hontc dts pelpts io la m ín lw . (C o rm n i
par I' Acadrmie deMtiz en1784).
-184 —

res o asambleas, son independientes de toda doctrina


y de toda ley sobre la pena de muerte, están fuera del
alcance de la ciencia y de las leyes jurídico-penales, y,
por consi^fuiente, debemos descartarlas cuando de esta
ciencia o de estas leyes se trata.
304. Resta, pues, sólo que tratemos de las penas
de muerte impuestas a inocentes por los Tribunales en
virtud de error de hecho, y de éstas insisto en decir
que fueron muy raras en todos tiempos, y que hoy con
las garantías que establecen nuestras leyes serán, más
que raras, casi imposibles. Antes de probar esto con­
viene hacer una advertencia. Hay quien cree que todos
aquellos casos en que la revisión de una sentencia con­
denatoria libera al reo todavía vivo, o rehabilita su
memoria después de muerto, son otros tantos casos
de inocentes condenados primero injustamente, y cuya
inculpabilidad se evidenció después y tardíamente qui-
zá; mas no es así. No niego que ese caso pueda darse,
y que no se haya dado; mas por sí sólo el hecho de la
revisión y de la nueva sentencia favorable al condena­
do, aun concediéndole todo cuanto puede concederse,
no prueba que éste sea inocente, sino que su culpabili­
dad no estaba suíicienremenre demostrada. Un ejemplo:
hubo un reo de muerte, Juan Calés, cuya rehabilitación
fué muy ruidosa en el siglo XVlll, y cuyo nombre ha
sido después y muchas veces arma de guerra para
abolicionistas como P ie th o E l l e r o , Reb^udi y H. Con-
Ti en Italia, el poeta V íc t o r H uq o en Francia, etc. Has­
ta el S r. C a n a l e j a s hizo referencia a el en el prólogo
antes citado. V sin embargo, ¿,es tan seguro que Calas
haya sido inocente? Para mí no sólo no es seguro, si­
no que es muy probable lo contrario. H e aquí la razón.
505. Juan Calás era un comerciante de Tolosa
protestante, cuyo hijo Marco Antonio, que se había
hecho católico, apareció ahorcado en la casa de su pa­
dre el 13 de Octubre de 1761. Se supuso que el padre
lo había asesinado en venganza de haberse convertido.
- 185 -

y se susíanció la causa ante el Parlamento de Tolosa.


La familia del muerfo alegaba que éste se había auici-
dado; pero los informes periciales mostraron que eso
no podía haber sido. Hubo además varias declaracio­
nes que perjudicaron al reo, y como consecuencia de
iodo este fue condenado a muerte y ejecutado. Después
la viuda del condenado habló con V o l t a i r c del asunto,
y el filósofo de Ferney que era un eg-oisía, a quien todo
dolor hallaba frío y toda injusticia indiferente (1), apro­
vechó la ocasión para declamar sobre el fanatismo de
los católicos (como si a Calas le hubieran condenado
por ser protestante) y para mostrar más su autoridad
social, que a todo se imponía. Tomó, pues, V o l t a i r e
la pluma para vindicar a Calas; sus alegaciones eran
hueras; pero el prestigio del escritor, su autoridad so­
cial, era inmenso, sus numerosos discípulos le hacían
coro, la moda de seguirle en las clases altas y medias
se imponía, y sus burlas anonadaban al que era objeto
de ellas. Así el Rey acordó la revisión de la causa, y el
Tribunal, sin ningún dato que hiciera nueva luz sobre
el proceso, y sólo ganoso de seguir la corriente y evi­
tar que cayeran sobre él las burlas y las calumnias que
tan bien manejaba V o l t a i r e , acordó por pequeña ma­
yoría la rehabilitación de la memoria de Calés. Y aho­
ra pregunto: ¿A quién debemos creer mejor? ¿A l Tri­
bunal que sin presión de ninguna clase, sin prevención
ninguna, condena a muerte, o al Tribunal que arrastra­
do por una corriente de opinión artificial y desorienta-

( I) Muy poco an(ci-dcl proceso de O l i s en Franci» cl liránico MarqiUÚs DHL


l ’o.MHAi. en el rrino lu^ttano, fingiendo un a(enUdo coriira el rey. que ni siquiera
eviáliiS, hacía quitar U vida a muchos ¡iioc?n(cs que eran e^torb-A para &u ambición y
su iinpkJftd; y en cl mismo aitodi; y pocos dios antes del crimen del iiidusliitl
t<ilosan», también en i^orliisnl, tre^ jesuílas^, entre ellos cl virtuoso y venerable MALA-
CiHiDA. de selpnU ^ rlus años deedad, fueron condenadora mueriepor ftertjes. ¡Y era
Uit íncrñlulo «1 que hácú condenar! ¿Creéis que VOLTAIHC, ^uc luVó noticias de
c-.tos actos, levantó su voz contra ellos? ¿Creéis que acoasejó- a su di&eípulo F o m ra l
que moderase s j snnerícnto despotismo? Todo menoics» Sólo incidenlalmente en
Siécltde LouU X V iuzga cl procesa de Mai.aühida de «exceso de ridiculo y de ab­
surdo junto c«n el execsd de horror», de pa^o que ba-sti para (ttoslr^r qu« el au­
tor esUba enterado, per« no para mostrar su generosidad
- 1 8 6 —

d a, pero v iv a y b u lla n g u era , d o m in a d o dcl femor a


V oLT A iR E y a su s se c u a c e s , y a la s s e d a s secretas que
les se g u ía n , y co n el m al a g ü e ro de h a b e r v is to cóm o
d u ranfc la re v is ió n d e sa p a re c ió de entre lo s v iv o s , con
m u c h a s tra z a s de h a b e r s id o a s e s in a d o , el capitán que
h a b ía s id o p rin cip a l testitfo de c a rg o co n tra Calas, vo­
ta la re h á b ilita c ió n de éste, y a ú n a s í p o r pequeña ma­
y o r ía ?
506. En suma. Calas ?s de creer que fue mereci­
damente condenado; pero aunque ello no fuera así, su
nombre, repetido y sacado a la plaza más veces de lo
que pide la seriedad de la ciencia, no sirve de argu­
mento para nada. Tampoco sirven los nombres de los
demás rehabilitados por el solo hecho de la rehabilita­
ción, y si no se demuestra que ésta fué fundada en he­
chos positivos.
307. Pero si Calas fué condenado con justicia, a
pesar de haber sido citado tantas veces como ejemplo
de lo contrario, ¿no hubo otros muchos que fueron
condenados a muerte indebidamente por error de hecho,
que se descubrió después y cuando ya era tarde? Eso
han dicho varios abolicionistas, y aun suelen citar en
prueba de ello unos cuantos nombres, casi siempre los
mismos, además del imprescindible de Calás. Pero hu­
bo entre otros uno que con celo digno de mejor causa
y mayor fruto, porque ni siquiera es muy conocido, se
dedicó a Investigar en todos tiempos y lugares,desde la
antigua Roma hasta nuestros días, todos los casos de
sentencias de muerte y otras injustamente impuestas por
error judicial. Fué este G m s F P P E R e b a u d i , ya citado, el
cual en su libro La pena d i morte eg /i errorígiucU ziari
llegó a reunir y reseñar 241 casos de estos errores.
Pues bien; ateniéndonos a lo que el mismo R e b x u d i da
por averiguado, si descontamos de esos 241 hechos
aquellos casos en que la pena impuesta no fué la de
muerte, sino otras menores, aquellos otros en que se
impuso, sí, la última pena, pero no se aplicó por haber
- 1 8 7 -

habido casación o revisión oportuna, y aquellos otros,


en fin, en que, a pesar de revisiones acordadas o cen­
suras o quejas emitidas, no consta, ni siquiera con
mucha probabilidad, que los condenados fuesen ino­
centes. quedan apenas unos 100 casos de penas de
muerte impuestas y ejecutadas por error de hecho, que
más tarde se descubrió. Esto sin compulsar ni analizar
críticamente las citas en que el escritor italiano se apo­
y a ; pues si lo hiciéramos, es muy posible que el núme­
ro de 100 se redujera todavía bastante. Esos 100 casos
distribuidos entre veinte siglos dan un promedio de
cinco cada siglo, y como son de muchos países distin­
tos (Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Paí­
ses Bajos, Norte America, etc., (vienen a reducirse a
menos de uno por cada Nación y en cada siglo. Yo
bien sé, que ni todos los errores judiciales en materia
de pena capital descubiertos en su tiempo dejaron hue­
llas para el historiador, ni todos los mismos que deja­
ron huellas podían ser coleccionados por la diligencia
de los primeros que lo intentaron. Pero de todos modos
siempre resulta que los casos conocidos, los que tene­
mos derecho a afirmar en materia de aplicaciones erra­
das de la pena capital, son muy pocos, y como los des­
conocidos en esta materia deben estar en cierta propor­
ción con los conocidos, aunque supongamos que aqué­
llos son dobles o triples de éstos, nunca pasarán unos
y otros de dos o tres cada cien alios en una Nación
como Italia o Francia, por ejemplo. De España R e b a u -
Di no cita más que uno por todo.
308. Ahora, para apreciar el valor de ese número
en la controversia actual, hay que tener en cuenta que
la mayor parte de los datos que se citan se refieren a
épocas en que la pena de muerte se imponía por mu­
chos más delitos, y, por consiguiente, con mncha más
frecuencia que lo que establecen nuestras leyes actua­
les. Además, el procedimiento judicial ofrecía menos
garantías a los reos que ahora, y sobre todo en países
-188-
como Francia e Italia, por ejemplo, donde la confcaión
dcl reo cti el tomento tenía un valor que en España no
tenía. Si, pues, aun así los casos de aplicación de pena
capital (por error de hecho) a personas inculpables fue­
ron siempre tan raras, ¿cómo no han de ser, más que
raras nulas, hoy que los delitos castigados con esta
pena son mas limitados y las garantías de acierto que
para la ejecución de la misma se exigen mucho mayo­
res, aun teniendo en cuenta la inconsciencia habitual
de ios Jurados? (1).
309. Mas aquí se ofrece una reflexión importante,
que es una nueva contestación al argumento de la irre-
parabiiidad. Porque accidentalmente, y merced a la im-
perrección inevitable en las obras humanas, pueda en
algún caso muy raro recaer la pena de muerte sobre un
inocente, ¿se ha de suprimir en absoluto esa pena?
Pues entonces suprimid todas las instituciones, todas
las industrias, todas las profesiones y oficios, todos
los trabajos que pueden causar la muerte de inocentes
en número incomparablemente mayor, que el que cabe
temer de la pena referida. Suprimid los barcos, los fe­
rrocarriles, los automóviles y los aparatos de locomo­
ción aérea, por no decir de locomoción en general; su­
primid también las minas, las construcciones de edifi-
cios que reiTuieren andamies, las máquinas potentes
que pueden arrollar a un hombre, las calderas de va­
por, los hilos eléctricos y los explosivos de rodas cla­
ses, y suprimid, en fin, la profesión médica y aun la
farmacéutica, que alguna vez matan al que sin su inter­
vención sanaría.
310. y si todas estos cosas, que producen la

(1) Además dt las íaciilUdre qut rn ti>do m ío ticnt rl rribiin»! dr Dtrecho, s*gú"
el art. 112 de la Ify ilel par» iomcur la causa a un nuevo Jurado, jl cree qne
el ptíincro erró, hay. cuaiidn se Iralu de la pena de mnerle. recursü de ca&acíüTi obli­
gado a IiS a lii wjuflda dcl T fib iin il »U|>r<mo; y uun después de haberte declarado por
e.lai|ue no liay lu|¡ar a la c,i5aci«r, k ín»nJsn pasar los autos al hiscal, par si éslc ha­
lla abeún motivo de «luidad para proponer al Key la conmutación de la pma. (Arlícu-
los 947 y siguientes de la ley de Enjuiciamiento criminal).
-189-
muertc a inoccntcs por centenares y millares en cual­
quier año, no se suprimen, ni deben suprimirse, por
oponerse a ello razones de progreso y de bienestar so­
cial, ¿hemos de suprimir sólo la pena de muerte, cqya
finalidad es más grande que la de todas ellas y cuyas
víctimas inoccnres, si es que existen todavía, son en
número infinitamente menor?
311. En último término, puesto que la pena de
muerte es eficaz por la intimidación para arredrar del
crimen a muchos que habrían de ser asesinos, aunque
no a todos, ¿que es preferible?, ¿mantener e*a pena,
arrostrando el pcligfro (no más que el peligro) de que
alguna vez en un período de muchos años perezca por
error de los Tribunales un ¡nocente, cuya inculpabilidad
se habría de descubrir después y a tiempo, o suprimir
la pena rcFerida, coníando con la seguridad (no ya con
el peligro) de que en el mismo período perecerán a ma­
nos de los asesinos centenares de inocentes, que con la
pena de muerte se hubieran salvado? V digo un inocen­
te cuya inculpabilidad se habría de descubrir después
y a tiempo; porque si no había de descubrirse, poco se
ganaría con que en lugar de la pena de muerte se im­
pusiese a un inocente una pena de reclusión rigurosa­
mente perpéíua como el ergestolo italiano, con siete
afios de aislamiento celular primero y trabajos forzo­
sos y en silencio después, (Es de notar que esta pena
en el fondo es la que defienden comúnmente los aboli­
cio n istas contemporáneos en sustitución de la de
muerte).
312. ^n suma, las desgracias necesarias o casua>
les son inseparables de la vida humana. Lo que impor­
ta es que no sean causadas por mala voluntad del
hombre, ni siquiera por negligencia o ignorancia cul'
pables; y que, sí lo son, la sociedad cumpla su deber
de restaurar el orden, reprimiendo lo que merece re­
presión. Hecho esto, dejemos los danos que de ello
pueden lesultaral cuidado de la Providencia, que es la
- 190-
única que puede evitar cualquier mal y la que los repa­
ra y compensa rodos.
513. Otro argumento abolicionista. E l l e r o (1),
CANONICO (2), PuGLiA (S) y M e c a c c i (4), en Iralia, Beb-
NEH en Alemania (5), y el Sn. V a l d é s (6), en España,
señalan como defecto esencial de la pena de muerte el
ser pena indivisible, y por ende no g-raduabic. También
O l i v e c r o k a arguye conira esa pena; porque «no permi­
te ninguna graduación sin crueldad» (7), lo que es con*
secuencia de ser ella indivisible. He aquí como se ex­
presa M e c a c c i : «ella no es justa porque no es divisible
y fraccionable, como una e indivisible necesita aplicar­
se a diversos reatos de los más graves sin ninguna
distinción, sin ninguna posibilidad de graduación, de
manera que tanto vale el más como el menos, un mo­
tivo del reato como otro y la equivalencia permanece
escondida en una incógnita.»
314. Pues bien; la divisibilidad no es utia condi­
ción necesaria de cada pena, sino del conjunto del sis­
tema penal, y éste sería divisible siempre que constase
de varias penas, aunque cada una de ellas Tuera legal
o realmente indivisible. La divisibilidad tiene por obje­
to graduar la pena para proporcionarla a la mayor o
menor gravedad del delito; pero esta proporción lo
mismo puede conseguirse con penas distintas, aunque
sean invariables, que con distintos grados de una mis­
ma pena variable. Y esto tanto más, cuanto que de to­
das suertes no se intenta ni puede realizarse una pro­
porción exacta para cada caso individual, sino una
proporción específica y aproximada.

(1) F m .I:RO. Obra cítadi, X X IV , p áR Ínu 159 y «ieuicnics.


(2) C a n o m c o . «Inlrnduzíonc alio studio dcl Dirilto pcnale>« Libro sccondff.
Capo III, pag. 462. Torino, I8T2.
Hu q l i a , Obra ciladi. Vol. I, L ib ra III, capo IV , pi((ina 3SS.
<4) M e c a c c i , Obra y Cap. citados, Vol. II, pifiina 3ÍS.
<5j nF,Klsc.R, Obra y lu^nr rilados.
0 ) V a i . d é s Ki;ftlO, Obra y lugar ciUdos.
<7) OuvECkONA, -De lA peine de mart-, C1iap. IV, $ 2, paga. 146 et buEv. Pa-
IS6&.
— m -

515. Además, en et mismo caso que la pena de


muerte en este punto, están todas las penas perpetuas
propiamente dichas, como es el ergástolo en Italia, la
deportación y la pena de trabajos forzados a perpetui­
dad en Francíj, las de reclusión y detención perpetuas
en Alemania y los trabajos forzados y la detención
perpetuas en Bélgica. También están en el mismo las
penas que tienen una duración invariable como lás lla­
madas penas perpétuas en Esprna. Luego, si la indivi­
sibilidad fuera motivo para ello, lo mismo que la pena
de muerte deberían proscribirse esas otras penas. Yo
bien sé que los correccionalistas como el S u . S il v e l a
en España y antes R o p e r en Alemania juzgaban con­
trarias al Derecho lo mismo la pena de muerte que las
perpétuas (1); pero eso era en virtud de principios fun­
damentales de la escuela, ajenos a la cuestión de la di­
visibilidad o indivisibilidad de las penas, y que hoy es­
tán generalmente abandonados. En cambio, fuera de
esa escuela cuya difusión fue bastante efímera, la ge­
neralidad de los abolicionistas, como de los que no lo
son, admiten las penas perpétuas. Diólas por supues­
tas BeccARiA (2), y admitiéronlas después (limitándo­
me por abreviar a los abolicionistas italianos) E lle ro
(5 ), Cabrara (4 ), P e s s in a (5 ), M e c a c c i (6 ), Huoo CoN-
Ti (7) y Alimeíía (8), siendo de notar que entre ellos es-

(I) V Sil.VELA, íE I DífMlto penal «ladladn en principios y<n la legislación vi­


gente en Espafla». Tomo I, parte I, Ubro III, capitulo II. páginas 26$ y 5igui«nle. Ma­
drid. IQC3.—RCDE.R: *¿ur Rechtsbeffründun|r der Kesserun^slrafe». Heidelberg. lS4é.
Kay traducción castellana de) Sk. Ku.m e ro Uikón: con el titulo de «h'iindamenlo \n~
rtdicode la pena corrcccional», incluida con otras en la colección que lleva pKjr epí­
grafe cfüslud ios sobre Derecho pcnil y slsleiiias peniicnciariosi, porC. D. A. KdDCK.
Madrid, 1975.
(-2) H e ccA R IA , Obra citada, g XVI.
(3) ñLl.HRO. Obra citada, X I, pásina b\.
Ó ) Cahuaha, Programína... Parte Reneralc. vol. II, cap. V II, 2, i 071. pags. 58
ed see^. FIrenze, 1697.
(5J PESSINA, íEIementos de Derecho penal-. Tradncción del lUliano, por
RtÓN QOH/.kmz D ELCA&riLi.o. ParleI, libro III, lUpágitba^l&l ysifrulentcs. Ma­
drid. IS92.
(6) M e cjicci, Obra cit. Vol. II, &czlone IV, cap. X V III, pag&. 356 ed se$.
C7) H l^q o Co n t i . Obra cit. IV. 25. pags. 05 ed seg.
(8) A l i m e n a . «Ptincipii di Dírilto penales val. li. parleVIH. capilolo I. V, pa­
dillas 121 cd sec. Napolt, 10)2.
- 192 -

tá n los citddos E l l e r o y M e c a c c i , a quienes contesto


aquí, y que argruyen contra la pena de muerte por ser
indivisible. También la admiten Códig-osaboliciúnislas
como el italidno (artículos 11 y 12) y el holandés (artí­
culos 9 y 10).
316. Además, los inconvenientes que se áchacan
o, mejor dicho, los que realmente tiene la pena de
muerte como consecuencia de su indivisibilidad son loa
propios de toda pena máxima, y resultan por consi-
gniente inevitables, siempre que haya penas determina­
das a p río ri por la ley. En efecto, en todo sistema pe­
nal ha de haber una pena o penas que sean máximas,
y han de estar señalados los delitos a los cuales esas
penas máximas deberán imponerse. Ahora, si ocurren
delitos de esa clase con circunstancias atenuantes que
deban estimarse, la solución es íácil lo mismo que la
pena máxima sea la de muerte, que que sea otra cual­
quiera: consiste en imponer una pena inferior a la máxi­
ma, como disponen ya las legislaciones (1). S i, por el
contrario, ocurren delitos de la clase aludida con cir­
cunstancias agravantes, que excedan de lo necesario
para la imposición de la pena máxima, entonces es
ineludible prescindir de esas circunstancias, porque no
hay otra pena superior a la máxima, y lo mismo sucede
que ésta sea la de muerte, que que sea otra cualquiera.

( I) Nuestro Código penal común no im^ne nunca sola It pena de niuerle, sino
tn eóncurso con olra u olra^ dos. <Vcaris« la& artículos 336, IT J, 13d, Ii2, 153, 156,
157,35S, 2-14, ^17, <119 y Sló), y, en con»cucncia, conformc ■ lo» aiiicu-
losa i. 62 y 63 no debe ap lictru aquekia pena, sino una Inferior, -no &ólo cuando haja
círcunsUncíBS alenuanirs, sino también &lrmpTe que no las haya agravantes
E l Código ffancé«, mis uv«ro que «I nuestrA. irtt-priité 1¿ pena de ntüerte &oh, co­
mo pHwJí verseen los artículos 7^ a 77. 79a 83jS6, 91 a 97, 302 a 301, 3l6, M4 y M I
(2/ párrafo), y, por consisuientci esa pena debe aplicarse en los casos correspondien­
tes, aunque no conciirr.ai] circunstancias agravantes; pero sí la& hubiese atenuantes, y i
no se aplica esa, &ino la de trabajos forzados |)crpétuos o temporales, conforme al ar-
tiCHÍo « 3 . - El CWigO peníUleminr t<*S rígido todavía en eslo.nosólo imp^flcla
pena capital como única en los delitos de alia traición ;art.60) y de asesinato (art. 210
sino que en éstos no reconoce mis circunsUncla atenuante que la de ser menor dedie-
cioeho aAos, y sólo ert este caso se Tebaja la pena conforme al arl. &T; pero de todos
W^OS tí principió de sii&títtiii* U penádc muerte por ótrá, en virtud d e circunsUnciáS
alcnoantes, esU reconKÍdo aun en ese Código, y lo mismo podríamos decir de otros.
~ 193-

Nohay, pues, nada «n estoque sea privativo de la


pena de muerte, tit que sea evitable con suprimirla.
517. Por último, es extraño que se pretenda pro­
porcionar mejor las penas a los delitos suprimiendo la
pena de muerte, cuando con ello se privan de la
única pena proporcionada a los delitos más graves, y
además, reduciendo la escala penal, queda menos am­
plitud y variedad de penas para corresponder a la gran­
de amplitud y variedad de delitos.

^ S T ÍC V X O II

LOS ARGUMENTOS CONTRA LA CONVENIENCIA


U OPORTUNIDAD DE LA PENA DE MUERTE.

§ I
EJ espíritu de! Cristianismo y la pena de muerte.

SiiQiarlo: 318. Ra2Ón dcl método.—3t9. El ideal crisüano en esta


materia: lo que debe tratarse aquí."320. Argumentación de O u-
VECRONA (tote literal).—321. Puntos que esa areumcntadón
comprende.—322. Primer punto: la ley cristiana dcl amor. Tres
razones que prueban que esa ley no se opone ala pena de muer­
te, sino más bien induce a ésta.—323. T o l s t o v como más lógico
que O l i v e c r o n a : como arguye aquél contra todas Las penas: sin­
razón de ambos.—324. El segundo punto. Error de O l i v e c r O n a
sobre ci contenido dcl Capítulo V de S. MATEO: textos de éste.—
125. El objeto del Señor en esc capitulo: como lo interpretaron
M a l d o m a d o y CORM ELIO A LA PID E: texto del primero.—326.
Consecuencia.—327. El tercer punto que indica O l i v e c r o n a .—
328. Alribución al Salvador de un texto del profeta Ezcquiel: co­
mo fué entendido «stc.—329. Los textos de Ezequi«l atinentes a
esta coniroversí,1.-330. Lo que se infiere inmediatamente de esos
textos: consecuencia mediata de ellos.—33t. La interpretación de
las palabras dcl proteta y los expositores bíblicos: referencia a
cuatro (le los más anin«nt«s.—332. Se previene una objccción:
13
- 194 -

como debe el poder soci.il imitar cu los cnsligos ;il divino; razo-
nts dtl diferente modo ele obrar de uno y otro: conseciicncias.
-333. Argumciilo abolicionista aducido cii el Congreso pcni-
Icnciario de la Coruña.—334. Con(eSLiCióu.

318. En oiro lugrar de esta obra he contestado a


los que afirman haber en los Libros sag-rados prohibi­
ción rigrurosa de la pena de muerre, lo que haría a se­
mejante pena absolutamente ilegítima e inadmisible
para todos los cristianos. Ahora voy a refutar a los que
dicen simplemente que tal pena está en contradicción
con el espíritu del Cristianismo, es decir, con las ten­
dencias e ideales de mejora y perfección humana
de Este.
319. Aunque sea anticipar ideas, que tendrán qui-
zá desenvolvimiento en otro lug^ar; pues este capítulo
no es destinado directamente a hacer labor afirmativa
sino crítica, debo decir que el ideal social cristiano,
como el ideal social filosófico, sería que no se cometie­
sen delitos, y menos esos crímenes monstruosos que
nuestras leyes castigan con la muerte. En este sentido
sería Ideal cristiano que todas las penas y con mayor
razón la de muerte desaparecieran; pero suprimidas
de hecho, no por el Estado oficial, sino por la socie­
dad civil, no engendrando ni conteniendo en su seno
a ninguno que las mereciera. Pero supuesto que esos
crímenes monstruosos se cometan, ¿esideal cristiano,,
es más conforme a la perfección social cristiana el
que no exista la pena de muerte para ellos? Sostengo
que no; pero la demostración no es de este lugar, y
aquí sólo voy a responder a los argumentos con­
trarios.
5 20. Dice O l i v e c r o n a : «Seguramente esta pena
. (la de muerte) está en contradicción con el espíritu dt*.l
cristianismo, con el evangelio de amor predicado por
el Salvador del mundo. Jesucristo mencionando, en el
Capítulo V del Evangelio de 5. M a te o , las penas de
la antigua ley mosaica contra el homicidio, el adulte­
^ 195-
rio, etc., no declara que ellas deban continuar siendo
aplicadas y t>roclama al mismo tiempo esta ley del
eterno amor, que «Dios no quiere la muerte del peca­
dor, sino su conversión y su vida» (1).
321. Ahora bien; tres puntos se tocan en ese pá­
rrafo, esto es el evangelio de amor predicado por el
Salvador del mundo, el contenido del Capítulo V de
5. M a t e o y el texto que dice que Dios no quiere la
muerte del pecador sino que se convierta y viva. De loa
tres puntos trataré separadamente.
322. En cuanto al primer punto, la doctrina y ley
del amor, que Jesucristo Dios y hombre ensenó y pres­
cribió, de ninguna manera se opone, antes harmoniza
positivamente con la pena de muerte; 1.” Porque el
amor cristiano, que es amor absolutamente bueno y
legfitimo, no puede ser contrario a la justicia; y por
consiguiente, si la pena de muerte es exig^ida por el
Derecho, el amor cristiano no puede pronunciarse
contra ella. 2.” Porque el amor ordenado induce a
preferir el bien de los inocentes al de los culpables y,
en igualdad de circunstancias, el de los muchos al de
tos pocos. Lueg’o si matando a un gran culpable la
ejemplaridad del acto evita que sean muertos violenta'
mente varios inocentes, el amor ordenado que prefie­
re a éstos lleva a acordar y pedir la muerte de aquél.
No quiero con esto decir que baste esta razón para
legitimar ta pena de muerte; pero sí que el orden del
amor, lejos de oponerse, conduce a ella; y por consi­
guiente, si ella es posible furídicamente, esto es, si el
Derecho la permite aunque no la imponga, por amor
cristiano, es decir, ordenado de los hombres, hay que
establecer la pena de que se traía. 3.° Porque si las
relaciones del poder social con los delincuentes como
tales debieran inspirarse única o principalmente en el
amor a éstos, la consecuencia no serla precisamente

(I) O l Iv e c r o n a . -Dellpeine de ni<>rt>, Chap. I II , J 4, p ij. 126 el suiv.


- 196 —

la supresión de la pena de mueríc, sino la supresión


de loda pena. En efecto, ¿qué amores ese que conde­
na o autoriza la condenación de un hombre a reclu­
sión rigurosamente perpetua como en Italia, o a reclu­
sión ncticiamentc perpetua, pero que debe durar rrein-
ta años como en España? O se atiende, pues, a lo
que pide el amor al delincuente, o a lo que pide la
Justicia y el orden social: si lo primero, no debe impo­
nerse pena ninguna; si lo segundo, deben imponerse
las penas que sean merecidas y necesarias para dicho
orden, incluso la de muerte.
325. En este punto T o l s t o y ha.^sido más lógico
que O l iv e c k o n a y los que arguyen como éste. El fa ­
moso anarquista ruso comienza su libro «La esclavi­
tud moderna» citando muchas palabras de nuestro Se­
ñor y otros textos bíblicos referentes al amor y a la
mansedumbre cristianos. ¿Para qué? ¿Para fundamen­
tar la abolición de la pena de muerte? No; la pena de
muerte en particular no le preocupa. Es para defender
Id abolición de toda violencia, es decir, de toda pena
y de toda ley (1). V ciertamente las palabras que co­
pla son reglas y consejos para dirigir las relaciones
privadas, independientemente de la existencia y de la
misión del poder social, y por consiguiente de que de­
ban imponerse estas o las otras penas; pero si así no
fuese, T o l s t o v tendría razón, y nó habría pena algu­
na que no fuese contraria al espíritu cristiano, y el
anarquismo absoluto sería la consecuencia indecli­
nable.
324. En cuanto al segundo punto que indica Ou-
VECBONA, no es verdad, en primer lugar, que Jesucris­
to haya mencionado, en la ocasión a que se refiere el
Capítulo V del Evangelio de 5. Mateo, las penas de
la antigua ley mosaica contra el homicidio, e] adulte­
rio, etc. Habla, sí, de la prohibición del homicidio y
( I) LEON T o l s t o v , •La esclavitud moderna^,, pá^s. 5 ■?. Traducción de A u ­
gu sto R i e r a . Segunda «dlelón. Batrctlon*, IWB.
- 1 9 7 -

del adulterio como de la del perjurio y otras; pero en


cuanto reglas morales y para completarlas. «Oísteis,
dice, que fué dicho a los dntig-uos; no matarás, y quien
matare, obligado quedará a Juicio.—Mas yo os digo,
que todo aquel que se enoja con su hermano obligado
aerá a juicio» (S. Mateo, Cap. V, vera. 21 y 22) (1).
aOisteis que Tué dicho a los antiguos: no adulterarás.
—Pues yo os digo, qu« todo aquel que pusiere los
ojos en una mujer pora codiciarla, ya cometió adulte-
rio en su corazón con ella» (Ibi em, vers. 27 y 26) (2).
525. E l objeto, pues, del Señor en ese Capítulo no
es rererirse poco ni mucho a las penas de muerte ni
a otras de la ley mosaica, sino dictar enseñanzas mora­
les, contraponiendo a la moral puramente externa de
los judíos la moral espiritualista y completa que había
de servir de norma a los cristianos. Así se deduce de
los textos rranscritos, y así lo entendieron, por no citar
otros los dos grandes comentaristas de los Bvange-
lios Ju a n M a lp o n a d o , Jesuíta español del siglo X V I (5).
y CoRNELio & Lapide, también jesuíta belga del si­
glo XVll (4). Ambos comentaristas, además, refírién-
dose a las palabras del mismo Capítulo (vers. d8 y 59)
en que Cristo prohíbe el talión-venganza (ojo por ojo
y diente por diente), advierten expresamente que tales
palabras se refieren a los particulares y no a los jue­
ces o magiatrados como tales; pues como dice M a l-
d o n a d o , «también los jueces cristianos exigen ojo por

ojo y diente por diente cuando hacen morir a los ho-

(■' H t aquí el (« C a lilin o d e la VulgiU: •A.udistiü quia dlctum «tantiquU: non


occide>: qui autrm (xcidcrit reus rrít judicio.—Ego aiilem dico vobís. quia omnis, qui
Erascitur fratrí s.uo, reus erit judlcío.»
(2> En laKn: •Audislis qiiii dicluin rst anIiquH: non raischibcris — Egoaulcia
dico vobis: qui» oninií qui i-idet imilierfm .id concuplsceiidum eam. Jam mocchalnj
cstcjini incordcsiio,.
L ] traducción casirllana la lümí de SCIO, para que na se crea que la aconodo « -
profno a mi objeto.
(3) Jü«MNIS M a ld o n a t i Andalusii, Sociclatis Jcsu theolD Ei, •Commcntarii in
qualuor evan|;rlislas. In Ma(lieiin>. Cap. V.39, pags. 132 el 133. Terlia editio. Lug-
dimi M D CI.
(4) COHSCLIUS CoHNELii A Lapide, •Commcntarius In quatuor evanicclia>,
Tonins primuj. Capal. \T. pagj. 114 elscq. Autucrrin. Anno M D C L X X X L
- 198-
micidas; pero pone (Cristo) como esposas en las ma­
nos a los hombres particulares, para que nú dupli­
quen la injuria, inrentando repeler la injuria por su
mano, ni quita la potestad de castigar, sino que corta
la ocasión de pecar.»
326. Siendo, pues, toda la materia de ese capitu­
lo de S. M a t e ó citado por el penalista sueco entera­
mente ajena al orden penal terreno, no se puede infe­
rir de él nada contra la pena de muerte, ni por lo que
dice, ni por lo que calla.
327. Veamos aíiora el tercer punto. Dice también
O l iv e c h o n a , como hemos visto, para mostrar que la
pena de muerte está en contradicción con el espíritu
del Cristianismo, que Jesucristo «proclama... eala ley
del eterno amor, que «Dios no quiere la muerte del pe­
cador, sino su conversión y su vida».
328. Pues bien; esas palabras que el penalista
sueco recuerda, no sin alguna inexactitud, no son pre­
cisamente del Salvador, sino de la profecía de E z e -
Q u iE L , (Cap. X X X Ill, vers. 11) uno de los personajes
del Antiguo Testamento, que vivió en los siglos Vil y
VI antes de Jesucristo, y por tanto en una época en que
estaban vigentes las penas de muerte impuestas por
M o i s é s , sin que nadie entendiese que el profeta tendía
a suprimirlas, ni siguiera que aludiese a ellas.
329. Voy a transcribir, pues, las palabras de E z e -
QuiEL (conforme a la versión de Scío), pero no limitán­
dome al vera. 11 (del Cap. X X X llI) a que se alude, sino
añadiendo para su mejor inteligencia el anterior y el
posterior. «10. Pues tu, hijo de hombre, di a la casa de
Israel: Así hablaistcis diciendo; Nuestras maldades, y
nuestros pecados son sobre nosotros, y por ellos so­
mos consumidos; ¿pues cómo podremos vivir?— 11.
Dilesr Vivo yo, dice el Señor Dios: no quiero la muer­
te del impío, sino que se convierta el impío de su cami­
no, y viva. Convertios, convertios de vuestros cami­
nos perversos: ¿y por qué moriréis, casa de Israel?—
— 199 —
12. Tu pues, hijo de hombre, df a los hiios de tu pue­
blo; En cualquier día que el justo pecare, su justicia no
le librará, y en cualquier día que el impío se convirtie­
re de su impiedad, la impiedad no le daflará; y el justo
no podrá vivir en su Justicia en cualquier día que pe­
care». Los versículos siguientes no son menos expre­
sivos (1).
550. Como se ve, pues, del texto del profeta se in­
fiere: I.** que la muerte de que habla no es la muerte
temporal, sino la eterna, la pena de ultratumba; puesto
que dice que el justo o el arrepentido vivirá y el peca­
dor morirá, y en esta vida, ni el justo deja de morir, ni
el pecador vive por lo común y conocidamente menos
que el justo. 2.° Que Dios no quiere la muerte del Im­
pío en s< misma, o como dicen los teólogos con vo­
luntad antecedente; pero la quiere como consecuencia
del pecado (supuesto que este exista) o sea con volun­
tad consiguiente: quiere que se convierta y viva, pero
quiere que muera si no se convierte. 3.° Que el ob­
jeto de todo lo que dice el profeta en esa parte es ex­
citar a los justos a que perseveren, y a los pecadores
a que se conviertan, evitando así los males que el Se ­
ñor les amenaza. ¿Y qué hay en esto que tenga que
ver con la pena de muerte, ni con otrd pena humana?
531 Añado que esas conclusiones, que toda per­
sona reflexiva puede sacar o comprobar en el texto
alegrado, aunque sin deslindarlas con precisión en la
forma que acabo de exponer, porque su objeto no lo
exigía, han sido señaladas expresamente por los expo­
sitores de la S . Escritura, pudiendo citarse entre otros
de los más eminentes el español M m .d o n a d o en el si-

( I) Helos aquí: «13. Aiin cuando dijere yo al jus'to, <)ue (cndri vida, si «I cónfiado
en su Justicia hicicrc maldad, todas sus iuslicias serán cntrcgidas al olvido, y ii en su
maldad que obró, en la misma m o riri.- H . Mas si yo dijere al Impío: De cierlomo>
rirás: y i\ hiciere (tenilencia de su pecado, y obras de equidad y de justida,—15. Y
resllluyere U prmda ese impío, y volviereloquerobó, anduviere en I»s mandaraienlos
de vida, y no hiciere cosa injusta; seKvranenlcyiviri y no inoriri*.
— 200 —
glo XVI (1 el belga C o r n e l i o a L a p i d e en el XVII (2).
cl francés C a l m e t en el XVIll (3) y el alemán K n a b e n -
BAUER en el XIX (4).
332. S i se me dice que cl poder social en los cas­
tigos debe imirar a Dios, diré, primero, qua no tanto
debe imitar a Dios como cumplir la voluntad de El, o
en otros términos, debe imitarle de la manera que El
quiere que le im'ite, esto es, en harmonía con la mi­
sión que tiene que desempeñar y los medios de que
dispone para ello conTorme a la ordenación divina del
mundo; y segundo, que el principio de la imitación
de la justicia divina, entiéndase como se quiera, no
favorece nada a los adversarios de la pena de muerte
sino al contrario. Dios, en efecto, cuando juzga los
hombres, es decir, las almas, inmediatamente después
de la muerte, les impone desde luego la pena eterna o
temporal que en el momento del juicio merecen, sin
darles tiempo a arrepentirse, y sin tener en cuenta que
hubieran de hacerlo más tarde o no. S i, pues, la justi­
cia humana ha de imitar a la divina, tiene que aplicar
la pena que el culpable tenga merecida en el momento
del juicio o sentencia, sea la de muerte sea otra. Es
verdad que, de ordinario. Dios no impone a los peca­
dores inmediatamente, es decir, en esta vida la pena
que merecen; pero es porque, según el orden estable­
cido por su Providencia, E l ejerce principalmente su
justicia y su largueza en la vida de ultratumba y al
comenzar ésta, dejando que en la tierra venga la muer­
te según el curso natural de las cosas coordinadas por
<l) JoAKMis M*tl)o2íATI Artdilvsil,-- CoiTtrti^nUrü iíi ProphcUs IV, J»S*
nRUiAM, B aq u ck , £ z k g iiik lk ii ti DAtriKi.Ry, ^CommcnUrii in Czccliirlein>.
Cap. X X X III, pags. 146et seq Turnoni M D C Xl.
(2) C o K y ii.ii CunMtcLii A L i n u K c Sncietalc Jesii... ■ConitnenUrius ín
quatuor prophcCas fnfljores, Commentarius In Ezechielein proi>htLiiii, Capul. X X X I II,
EdiU<>uovl&BÍma. Vciietíis,MUCCXL.
<3; C a l k k t . «C9mra«f)Urius litvrolí? in Omnn Mbros Vctcris cl Novi Tc»U*
mcnlii ConamratAiíus Mleralís tn Iízc<hieleins Cap. X X X ilI, Tomua scxtus* pags.
elscq. Lucjc M DCCXXXV.
(4) K m a d k n iia u k r, «GüiiicnciitaTius in Eetrchiclcia propheUm«, P u s a lliT i.
Instauratio Thcocratis, Series piior. 1, pags. 343 el seq. Parisiis. ISW.
— 201 —
El. Y esto lo hace Dios; porque las penas que im­
pone como juez no liencn otro fin que el de la ¡expia­
ción moral, que puede realizarse en cualquier tiempo,
y se cumple no sólo con las penas obligadas, sino
con las penitencias voluntarias de esta vida; y ade­
más. porque El, dueño absoluto del tiempo y de la
eternidad, no teme que nadie se le escape ni eluda la
pena en todo ni en parle. Pero el poder social no sólo
no puede ejercer la justicia más que en la vida terrena,
sino que no puede dilatar el ejercerla por completo, ya
porque tiene que atender a la vez a la expiación jurfdi-
ca y a la cjemplaridad, ya-porque no puede estar se­
guro de que la pena sea eludida, si se dilata. Por últi­
mo, Dios ve las conciencias y puede conocer si un
pecador se ha arrepentido, y si ha hecho penitencia
bastante, y el legislador ni ve las conciencias, ni sabe
de penitencias o satisfacciones voluntarias, -ni puede
satisfacerse con ellas. De todo lo cual se infiere que lo
único en que la justicia penal humana puede imitar a
la divina, es en imponer sin remisión al reo la pena
que jurídicamente merezca en aquel momento en que
se le juzga, como Dios aplica al pecador sin remisión
la pena total que en el momento de juzgarle merezca,
y no la menor que pudiera merecer más larde, si se le
diera tiempo para ello. Y conforme a esto sería im­
prescindible la aplicación de la pena de muerte, no
sólo en los delitos comunes en que la impone nuestro
Código, sino en algunos más.
333. En el Congreso penitenciario de la Coruña
se alegó contra la pena de muerte (y fue quizá lo más
importante que allí se dijo contra ella), la manera de
obrar del Creador con relación al pecado de nuestros
primeros padres, para concluir que «Dios... hizo que
la pena fuese remisible y el pecado perdonado» (1).

(U V. Segultddi Córtgrc«o iwnilcncinrio c3pafi.ol celebrado <n la Coruña rl aAo


d(-19U.Tomo 1, DÍKurso del SR. DúVaL. 7 si^tc. Madrid. 1015
— 202 —
534. Pues bien; en la conducta de Adán y Eva al
transgredir el precepto divino de no comer de la fruta
del «árbol de la ciencia del bien y del mal» (Qéne-
S Í3 , II. 17} hubo, no sólo pecado, sino delito; porque
hubo infracción externa y en lo que cabe social de una
ley positiva dictada por el que, además de Creador,
era Rey y legislador único de aquella sociedad inci­
piente, para que reconociesen conscia y expresamente
su soberanía. E l pecado merecía, entre otras cosas
que no interesan aquí, la pena eterna de ultratumba, y
ésta se la perdonó Dios por el arrepentimiento de los
culpables; porque la culpa moral es perdonable; al de­
lito le impuso el Sefíor la pena de muerte, y no la per­
donó a pesar del arrepentimiento. (Sabido es que
nuestros primeros padres habían sido criados pard
ser inmortales, y que la muerte que para nosotros ca
privación de un beneficio indebido, para ellos Tué ri­
gurosamente pena personal). Es verdad que la pend
de muerte en aquel caso no se ejecutó en el acto; pero
es porque eso en aquellas circunstancias no era nece­
sario para el cumplimiento de los fines de la pena, y
además, porque, como Adán y Eva cuando pecaron
no tenían hijos todavía, si la pena de muerte se ejecu­
tara entonces, se extinguía la Humanidad en sus co­
mienzos. Pudiéramos decir que. como admite el Dere­
cho excusas absolutorias por el bien social. Dios tuvo
en cuenta entonces una excusa dilatoria por el bien de
la Humanidad. Pero lo importante es que la pena de
muerte se impuso, y que no fué perdonada a pesar del
arrepentimiento de los culpables. Luego el ejemplo de
la manera de obrar de Dios con nuestros primeros
padres, si se toma como modelo para imitar, lejos
de favorecer a los abolicionistas, se vuelve contra
ellos (1).

( l) t s verdad quv m el de Adán Ia culp-a Íhv mayor que la de olra


dimciao rebellón ciialguírra; por ser Dios mismo el que directamente impu»oa
aquél el precepto, conminftnUolc con la muerte si lo quebranuba. y por »er et bom*
— 205 —

§ ÍI
La supuesta inconveniencia de fápena de mueiie
de9de ef punto de vista mora!

Snniarln: 335. El argumciUo de los supuestos efeclos desmorali­


zadores de la pena capital: quienes lo adujeron en Italia, Fran­
cia, Aleinnnia y España. Como lo expone M e c a c c i .— 336. Con-
lestación: la tjeaición privada de la pena de muerte no desmo­
raliza, y no deja de ser ciemplar; pruebas.—337. Tampoco la
ejecución con publicidad limitada y aun con publicidad absoluta
desmoraliza, si la pena se aplica con la moderación prescrita en
nuestras leyes: pruebas.—336. La pena de muerte como pOSÍli«-
mciitc moralizadora de la sociedad. -339. Argumento de Ouye-
CRONA. y A u m e n a fundado en los iiidullos; texto del primero.—
340. Contestación: el derecho constituido y los indultos; et dere­
cho constituyente eu cnanto a los mismos: ejecuciones justas e
indultos injustificados; lo que procede.

535. E l argumcnfo más importante que se ha he­


cho contra la pena capital en este ferreno de las con­
veniencias, es el que se refiere a los supuestos efecros
desmoralizadores o embrutecedores de la misma. Este
argumento, ya apuntado por B e c c a r ia (1), ha sido
aducido por Ett.£R0 (2), después y más extensamente
por R b b a u d i (5 ), y posteriormente por P u c l i a (4 ) y
M e c a c c i en Italia (5) y S a l e i l l e s en Francia {6). En

brc paradisíaca mucho mis liitclli^rnle que nosolros, y además caenli de las pasión»
qnenusotroi s«ntinias: mas {lc eso lo que k iiificrr ra que, ai la autoridait humana
qnlíre iirilar la m^iiina de obrar de Dios en e-l caso dt que « traía, pero íormal y no
mittrialnienU, na puede aplicar la pena de rnuerle par una simple dejo-bediencia le-
gil, coiti») ic hiiQ ron Adin; pera sí por aquellos d tlilai que, alendidas |od4i U$ cir-
cnnilaníias, i»íreí<an hoy esa pena, como la mereító entonces el de Adirt.
( 1) B t'.r c A .n ix. < D c Ids ü ^lilas y las p e n is -, p ig in is y iig u i« n lM d » U íd i-
elAn «piAola citada.
(2) Ei.i.miu, obra eluda, X V III, p ig iu s 107 y«l|;ulcntM.
^3) RKUA.ui>r, o b riciu d .1 Parle II, p;igliu9 BS y siguienl».
<4) P u G L ia , •Manuilcili Dtrillo pénalo. Val. I, Libra I II , cipo IV, pag. 3S8.
Napoli. ¡ggo.
<5) M k c a c c i, •Trallaltndi DiriKo penale». Volnme I f , sezlane IV , cap. X V II,
Fnee. Xn ed src. Torlno. IW2.
<6) Víase li ñola leída por este ilustreaniar en la Soclété e<néri1e des prirans,
seslún dcl 20de Marzo de l« n , t Inserta en el númera d< Abril de dicho afta de la
Revue penllcnclalre, pígiru tS t.
-2 0 4 -
Alcmenia lo expusieron Ahrens (1) y 5 erner (2). Tam­
bién en España lo apuntaron Stuo y C ortés (3) y
V aldés R ubio (4). He aquí como se expresa Mecac-
ci, refiriéndose a esa pena:
« ...N o es moralizadora, así obra siniestra menle
sobre la moralidad del pueblo, excita frecuentemente
la ferocidad y ta sed de sangrre, alimenta el espíritu de
venganza, y no se puede negar que al fin entre lamen­
te de intelig-encia y de sentimienro no sólo despierta
piedad, sino que pone en el aprieto de preguntar si el
infeliz condenado no merece propiamente alguna ate­
nuante».
336. A esto conlesto, en primer lue^ar, que ese ar­
gumento si algo probara, probaría contra la ejecución
pública de la pena de muerte, no contra ja existencia
de esa pena. Desde el momento en que ésta se ejecute
en el interior de la prisión, como está dispuesto en
España y en otros países como Alemania, Austria,
Hungría {que tiene Código penal propio), Grecia, Ja­
pón. Estados de Nueva Yorii y Massachusets, etcéte­
ra, el público no recibe las sensaciones que se derivan
de esa pena, y sí sólo las sensaciones que nacen del
conocimiento por referencias de la misma, y este sim­
ple conocimiento en cuanto a la formación de senti­
mientos duros o blandos, vengativos o piadosos, no
tiene trascendencia ninguna. ¿Por qué? Porque todos
los días estamos recibiendo noticias de muertes vio­
lentas c injustas, de muertes por imprudencia, de
muertes desgraciadas de mil clases, y la muerte im­
puesta por el Estado con mucha menos frecuencia y

(1) «Cur&o D ítccH p natural o J e F l l o s a f ú d «l Der«ch<** Parle gft*


iicral, Citp. V I, § X X X V I juc. Sexta cüic. 'fradiicción ca-stellana. Madrid, 1691'
(2) B x kíikr. «Lrtubucti de-s dculschcii Slnfrethlcs, Zwcilcs Buch Zwcilcr TI-
tcl-, $ 08. 5. IOS Lcip2 i;$. 1S9<8.
(3) S iL io y CoKT¿^4, 'L a crisis del D^rrcho peniUr Cap. IX , |kág¡na 3J6. Mi*
dridrlGQI.
(4) VA.M>¿a Rum o, •cDcrccIio pciiak». Tomo I, Lección X L IV , pás>na 6J7.
Tcrcera edición. Midríd, 1W>1.
-206-
con más razón y justicia que las que causan los parti­
culares es, para el efecto de que tratarnos, una gota
de agua en el Océano. Y no por eso la pena de muer­
te, aun ejecutada de esa manera, que a mi juicio es
impcrrecta, deja de tener eficacia como estímulo contra
el delito; porque una cosa es la emoción o la indiferen­
cia con que miremos el dolor ajeno y otra la preocu­
pación del dolor posible propio. Cualquier hombre,
después de tener noticia de treinta muertes injustas
causadas por particulares, y de las cuales quedaron
impunes unas, y otras fueron castigadas con penas
inferiores a la última, no se hace más ni menos duro
con saber que hubo una muerte más, que hace el nú­
mero 31; pero que fue justa y ordenada por la autori­
dad competente en castigo de la más grave de las
muertes injustas. En cambio, ese hombre con la noti­
cia de la última muerte indicada, de la que tiene ca­
rácter de pena, adquiere la convicción experimental de
que semejante pena se impone a consecuencia de cier­
tos delitos, y que, por tanto, le importa grandemente
no cometerlos, independientemente de los otros moti­
vos que tenga para ello.
337. En segundo lugar, aun en el caso de que la
pena de muerte se ejecute con publicidad limitada, co­
mo creo que debe ejecutarse, según diré después, o
con la misma publicidad absoluta con que se hacía
antes en España, y se hace todavía en Francia, Bélgi­
ca, Luxemburgo, etc., no es de temer que desmorali­
ce, ni haga feroces a las gentes, como creen M e c a c c i
y los que le precedieron. ¿Por qué? Porque esa pena
aplicada con la parsimonia con que la aplica nuestro
Código penal, es decir, limitada a los gravísimos de­
litos penados con ella en dicho Código, y aun exten­
dida algo más en cuanto a los crímenes contra las
personas, como la extienden los Códigos francés (ar­
tículos 302 a 304), belga (artículos 394 y 395), y en
parte el alemán (artículo 311), ea siempre un hecho
- 2 0 6 -

que, si puede ser frecuente en el conjunto de una Na­


ción como España, por ejemplo, es muy raro en cada
localidad; y, por consiguiente, no ha de ser visto sino
muy pocas veces por unas mismas personas; y asf
éstas, aun en el peor caso, no llegan a acostumbrarse
a él, ni a experimentar una transformación mala de
senlimienfos, que sólo el hábito puede producir. Cada
ejecución presenciada u oida describir inmediatamenle
a los que la presenciaron produce una impresión más
o menos honda, y que dura también más o menos se-
firún los car^ictcres, contribuyendo a refrenar las ten­
dencias criminosas en su caso; mas para que se in­
sensibilicen o endurezcan por ello los así impresiona­
dos, era preciso que la causa de la impresión se
repitiese con frecuencia y llegase a determinar un
hábito, lo que no ocurre de ningún modo. En esta
ciudad en que escribo verificóse la última ejecución de
la pena capital en el reinado de D. Amadeo. Después,
en el transcurso de más de cuarenta aAos, y aunque
indultos injustificados no hubieran venido a burlar la
ley, hubiérase alzado el cadalso en esta ciudad tres o
cuatro veces, es decir, a razón de una cada diez años
o menos. Y hecho tan infrecuente, ¿serviría poco ni
mucho para hacer feroces, vengativos, etc., a los ha­
bitantes de esta ciudad o de sus cercanías?
338. No es, pues, la pena de muerte desmoraliza
dora ni excitadora de sentimientos malos. Pero ahora
debo añadir más, debo añadir que es positivamente
moralizadora de la sociedad, como todas las penas
Justas, pero en mayor grado que las demás. Toda pe­
na impuesta merecidamente y con publicidad tiende a
afirmar en los ánimos de los asociados el sentimiento
de justicia, hace fijar la atención en la importancia y
odiosidad del delito, y muestra que el Derecho es una
cosa respetable y que no se puede burlar impunemen­
te. Y esto que, como dije, es común a toda pena jurí­
dica, se verifica en mayor grado con la pena de muer-
— 207-
tci primero, porque es más grave, y por consiguiente
impresiona más y solicita niás la atención, y segundo,
porque es más solemne y se hace más conocida de
todos, aun en el caso de ejecutarse en el interior de la
prisión, y mucho más sí se ejecuta con la publicidad
limitada con que entiendo que debe ejecutarse. V como
todo esto es altamente moralizador, resulta que la pe­
na de niuerte es positivamente moralizadora de la so­
ciedad. no sólo como las otras penas jurídicas, sino
en mayor grado que ellas.
539. Otro argumento contra la conveniencia de
la pena de muerte, desde el punto de vista moral, es
el que se funda en la existencia de los indultos. Ese
argumento lo han aducido O l iv e c r o n a (1) y más
recientemente A l im e n a (2). He aquí como se expresa
el primero: «La arbitrariedad ocupará siempre el lugar
de la justicia, si la aplicdción de la pena de muerte no
tiene lugar más que a raros intervalos, y solamente
cuando un crimen grave y rodeado de circunstancias
e.vcepcionales ha emocionado las poblaciones. Si,
por ejemplo, un crimen de un carácter atroz ha sido
cometido tal año, y el culpable ha obtenido indulto
después de haber sido condenado a muerte, puede
suceder que se cometa al año siguiente un crimen tan
Ijrdve cuyo autor será enviado al cadalso, y esto, sea
porque los tribunales no han consignado en el proce­
so verbal todas las circunstancias atenuantes, sea en
fln por cualquiera otra causa. Bs imposible llamar a
esto satisfacción a las exigencias de la justicia. Todo
el tiempo que la pena de muerte esté inscrita en las
páginas del código penal de Suecia la cuestión de
vida o muerte para un condenado a pena capital
dependerá siempre en último lugar del indulto del rey,
es decir, de la arbitrariedad de una persona irrespon-

(1) OLIVBCRONA, obra ciü di, cap. I II, § 5. pág. IM .


(2) ALIMENJt, ipfincipii di Diritio penale», Vol. II, parle V III. cap. I. pag. lOJ.
Napoll. IQI2.
-208 —

sable. Unas veces esta gracia será frecuenfe, otras


será rara, seg-un las opiniones personales del ministro
de Juaficia o del soberano en cada caso especial».
340. A esto se puede contestar; 1.® En el terren
del Derecho constiruído las leyes que autorizan el in­
dulto de la pena de muerte lo autorizan igualmente
para las otras penas, lo mismo en Suecia e Italia, pa­
trias respectivamente de O livecrona y Alimen\, que en
Bspaña, Francia etc.; por consiguiente en este punto
todas las penas están en el mismo caso, y lo que se
arg'uya contra la de muerte se argfuye contra las de-
' más. 2.“ En el terreno de la doctrina y del Derecho
constituyeníe el indulto no debe existir en absoluto, o
por lo menos no debe otorgarse sin las condiciones
que expendré en esta memoria y que alejan el peligro
de arbitrariedad. Es sabido que el derecho de indulto
ha sido combatido ya en el siglo XVIII por Beccaria (1)
y F i l a n g ie b i en Italia <2), P a s t o b e t en Francia (5) y
5 e h v in en Suiza (4); que al comenzar el siglo XIX lo
impugnó B e n t h a n (5) en Inglaterra; que poco después
hicieron ¡o mismo F e u e d b \ c h en Alemania (6) y ü '
viNGSTON en Norte América, y que modernamente se
mostraron adversarios de semejante derecho Ferri (7)
y G a r o f a l o (8). Es verdad que la mayor parte de los
penalistas admiten la facultad de indultar, pero algu­
nos la limitan y condicionan expresamente como M e r -

(1> BüCCARIAi «TraUtio dclos delitos y Je las penas-, edic. cspaAata ciUda.
cap. X LV I, pig. ZCÍi-
(2) Pii.A>.'atF.Ri, «Cicncífldeli leeislflcióm. lomo IV,cap. L V ll. pftgs. %i\ y si*
gui«nlR de l i tradiipcién «paAoU ya citada.
(3> PA 5T 0R E T , - ü c s i o i s po iatc s> . F a r is , 17 0.
(4) S e r y in , «D« la Icgislation criminrilci. Basic, 1782.
(5j Bv.NTHAN. <Tr.i1ad(H de lc^slac¡6n civil y penal. Principios drl Código pr-
naU, tercera parle, cap X. Véj;e la tiaducción caslelÉana por R.A..MÚN SAt.AS, T. III.
p ÍE 5 .7 5 ys ¡(!l« . Madrid, \s n .
(6) F u u i í KIIACII, -Lchrbuch des ecineincn in Dcui&chiand eulll^cn pcínlichoi
Rechis.. !>Abschnill,§62uiid folg . S 120 Qiwscn, 1847.
(T] F e h r i . cSocHólogíacriininalei. n. 73. pag. 741 cd s«e.: ¡d. n. 4W. pag.557(d
4 fdiir. Túrino, lWO
(^) O a k OKa l O, « U CriminoIogU-, Urtcra parle, cap. III, IV, pa£s. 9J5)T5I-
Buldile. Madrid» ^La España Modcrnai. sin fccha.
-209 —

KEL (1 ) y aun M a s u c c i (2 ), y todos o casi todos al de­


fenderla sientan principios, que lógicamcnie conducen
a su limitación en la forma que yo adopto, y es esta:
no debe concederse indulto sino cuando el tribunal
sentenciador, de conformidad con lo que dispone el
Código penal español (art, 2.) y debían disponer todos
los códigos, acuda al Gobierno alegando razonada^
mente que de la rigurosa aplicación de las disposicio­
nes del Código, en el caso de que se trata, resultaría
^^notablemente excesiva la pena, atendidos el grado de
malicia y el daño causado por el delito». De esta ma­
nera no hay más peligro de injusticia o arbitrariedad
en los indultos que e| que puede haber en las senten­
cias y en todas las funciones jurídicas y sociales.
3.° Como quiera que sea, las arbitrariedades e injusti­
cias en el otorgamiento de los indultos no impiden que
las pocas penas de muerte ejecutadas, aunque alguna
vez sean menos merecidas que otras no ejecutadas,
sean siempre en absoluto merecidas y justas y en lo
que cabe ejemplares; y por consiguiente lo que proce­
de es pedir la supresión de esos indultos injustifica­
dos, y no la de una pena que, en los casos en que se
aplica, es justa y conveniente para el oi'den social.

§ III
La supuesta mconveniencia de la pena de muerte
desde e¡ punto de vista uíiUtario-material
Snmarto! 341. El argiimciito uliliUirio; qiik-ncs lo adujeron en
Francia, Inglaterra c Italia. —342. Cómo expone esc argumento
B e n t h a n .— 343. Contestación en el terreno de los principios:
palabras de C. Akemal: conscfiicncia.—344. Conlcstación en el

(1) Mcítkf.L, «Drrecho penal*-. Tomo I, c 92 y pai^s. 356 y sigtrs. Traducción


dfl alemán pnr r . Dokado. Madrid, <L» Espjfla ModrrnaB.
(2) fik s u c a , «QM erfcHi ffiuridici rtri r« tft.,T il. l,« p o Hl, s«lrtne primi. íll.
In Eiickldpcdía dd diriKo penile italiana... a cura di Pl>¿S|NA>, Vol l i l i
pies. 267 cd Milano, 1406.

14
- 210 —
terreno de los hechos: las producciones y los gastos di: los re­
clusos; Icstimonios de CONCEPCIÓM Arf.MAL, A. P rins ,
O. T a r d e , L a n e ss a n y F e r r i : coiisecueiicii.-345. La indem­
nización a las viclinus de los delilos.—346. Retorsión del argu­
mento ulikitario: cómo pueden ser iilites maferial me nle los reos
de muerte.

341. E] arg u m en to u íilita rio co n tra la pcnd de


m uerte h a s id o e m p ica d o p o r V o lt a e b e (1 ), repetido
luego por B b i s s o t de V a r v i l l e (2 ), completado y re­
d u cid o a térm in os m á s p re c is o s p o r B e n t h a n (3 ) y re­
p ro d u c id o después co n m á s ex ten sió n p o r E l l e d o (4).
Tiene dos partes ese argumento, como se verá, y
la segunda presentada en forma menos precisa, es lo
más obvio y más manoseado por los adversarios de
la pena referida que no son juristas.
342. He aquf c o m o se expresa B e n t h a n :
«1.* La pena capital no es convertible en prove­
cho, porque nada compensa a la parte perjudicada, y
aun destruye el poder de la compensación, que es el
delincuente, quien por su trabajo podría reparar una
parte del nía! que hizo, y con su muerte nada repara.
2.® Lejos de ser convertible en provecho, es una
pérdida, porque es un gasto en lo que constituye la
fuerza y la riqueza de una Nación, que es el número
de los que la componen».
343. Pues bien; en primer lugar la pena de muer­
te, como todas las penas jurídlcds, es obra de justicia
y de restauración del orden social, que está por enci­
ma de todas las razones de utilidad económica. Como
dijo, b[en que con otro objeto, nuestra insigne C on ­
c e p c ió n A r e n a l , «ni el penado es tan sólo un elemen-

( I) VoLrATRE, «ComniUria sobre el libra, De tos delitos yde las penas», capilii-
lo X (Puelc «ráceseopúsculo» conlinuiciflii de l i tradueciún españoli de B kcca -
KIA eluda antes, pininas 278 y simulenIk ).
(3) V. BniHSOTOii V a v \'i l l k : .DelaiupprKslón d etipelred e in«rt-, 1780.
(5) 3 b m tb *í, -Teorl» de l u pcniu y de tí» rCCTmpens»?., tr»liKÍd» 4 I español,
por 6. L. B., Tonici I I , capitulo XtV, § I I , pielna 19 y sltuienle Caris, 193C.
(4) E i. l k b o . obra cttada, X I I I , piuinis 70 y siguicnles.
- 211 —

to económico que produce y gasta, ni la sociedad una


compañía mercantil cuyos socios no tienen entre sí más
relaciones que de producción, consumo y distribu­
ción de la ganancia. El delincuente ha hecho un da­
ño mucho mayor que los dispendios que causa... El
orden moral que ha perturbado está muy por encima
det interés pecuniario que puede perjudicar» (1). Por
consit;u¡ente, aunque las penas capitales trajeran con­
sigo perjuicios económicos para la víctima no indem­
nizada del delito, o para la sociedad general, no había
razón por eso para abolirías. Y esto es tanto más cier­
to, cuanto que, siendo insignificante el número de los
condenados a muerte, en relación con el de trabajado­
res de un país civilizado cualquiera, bien podría pres-
cindirse del trabajo de aquéllos, y hasta indemnizar
por cuenta del Estado a las víctimas, sin que el daí)o
económico se hiciera sensible.
344. Pero ahora voy a colocarme en el terreno de
los utilitarios, y voy a mostrar que la pena de muerte,
lejos de perjudicar a la economía social, la favorece.
Suprimida la pena de muerte, habría que condenar
a los que ahora se hacen reos de ella a una pena de
reclusión rigurosamente perpetua, como hace el Códi­
go italiano (arts. 12, 104, 106, 117, y 366) y el holan­
dés (arts. 92. 95. 102, tos, 115, 157, 164, 172, 174, 2S8
y 289), o. al menos, a penas de duración muy larga
comolas llamadas penas perpetuas pornuestro Código,
que duran treinta anos, y las que deben durar veintiocho
según el Código portugués (arts. 55 y 57), y que para
muchos equivalen a perpetuas, y cuando no equivalen
se aproximan. Ahora bien; ¿qué utilidad material, qué
servicios reportan a la sociedad los recluidos perpe­
tua o temporalmente? No sólo no reportan utilidad
ninguna, sino que son un daño positivo, una carga

fl) C o n c e p c i ó n A r e n a l , ^Estudios peailenclirios». Volumen J l , cap. I I I


fObrAStfúnipIctas, tomo V I, piginAS 09 y 100. MAdrId 1805).
- 212 —

para la sociedad. Aun en las penitenciarias mejor or-


g-anizadas, y donde el irabajo de los penados está
mejor dispuesfo, la labor de ésfos no basta a compen­
sar los g^astos que ocasionan; ¿cuánto más en los
presidios de! antiguo régimen, que son todavía los
más comunes, no sólo en España sino fuera de ella?
Esto lo reconocen todos los observadores de prisio­
nes. En Espafla ya D." C o n c e p c ió n A r e n a l , testigo
de vista en la materia, dijo que «por regla general, un
penado es un mal trabajador, sea por falta de volun­
tad. por falta de destreza o por falta de educación» (1).
La misma ilustre escritora no quería que el Estado
pensase en indemnizarse con el trabajo de los reos de
los gastos que ellos ocasionan, sino sólo que ordena­
se el trabajo en las prisiones como medio de educa­
ción (2), Algo semejante observó A d o l f o P r in s , nota­
ble penalista e inspector general de las prisiones en
Bélgica (3 ). En Francia G a b r i e l T a q d e nota que los
trabajos forzados cojisisten en no hacer nada, si no
es hacerse alimentar a expensas del Estado (4), y L a -
NESSAN advierte que «la experiencia de todos los países
donde los trabajos forzados existen testifica las difi­
cultades que se encuentran cuando se quiere obtener
de los prisioneros un trabajo productivo» (5). F e b b i
observa que «en Italia mientras se gastan al ano más
de 30 millones de liras por el servicio penitenciario,
no se obtienen del producto del trabajo de los penados
sino cuatro millones» (6). Luego si los criminales en
las prisiones, aun en las mejor ordenadas, gastan o
hacen gastar mucho más de lo que producen, y son
(1) Ibidcm, S5
(2) Ibidcm, pilm as 97 > aiguientes.
O) A d o l f o I*h in s , «CrimiMlilc el rtprnsían», Chapítrc V, II, pags. ]30 c is u ¡y ,
Bruiellc&, laSó.
(4) O. TARDE, iL a Philosophie penal*», Chapitre neiiviéme, VI, page 569.
Lyón, ie « .
l&) Lanessan, « U lu U c c o n írt le crimc- chspitrc IX , % 2, paf, 197. París, l'^IO.
(Ci) f'£KKl. «Trabajo y celdas de los condenados*^ en lo^ •Estudios de AninipolO'
eia criminal», página74. Madrid, La Espafla Mcxierna.
-215-
una carga para los honrados, al sustituir la pena de
muerte por una de prisión no se obtiene ninguna ven-
raja para la sociedad, sino positiva desventaja, aun
desde el punto de vista económico.
545. En cuanto a la indemnización a las víctimas
del delito, cuando los penados no tengan bienes para
ello, supuesto lo que acabamos de decir acerca de la
insufíciencia del trabajo de ¡os Tnismos, ya se com­
prende que de todas suertes o no se hará, o se hará
directa o indirectamente por cuenta del Estado. Y digo
por cuenta del Estado, porque si el producto de! tra­
bajo de los penados se destina a indemnizar a las víc­
timas de los delitos, corriendo a cargo del Estado el
sostenimiento de esos penados trabajadores, es lo
mismo para el caso que si el producto referido se des­
tinara —hasta donde alcance— al sostenimiento de
los penados, encargándose directamente el Estado de
la indemnización a las víctimas. Y si el Estado ha de
ser al fin el que haga la indemnización, si es que la
hay, ¿qué impide que la haga también cuando se frata
de las víctimas de los condenados a muerte, destinan­
do a este fin todo o parte de lo que habfa de gastar en
el sostenimiento de éstos?
346. E l principio utilitario, pues, valga lo que
valiere, no induce nada en favor de tos abolicionistas,
sino al contrario. Pero añado más. Esos grandes cri­
minales cuya vida conservada en las prisiones, lejos
de ser un provecho sería una carga positiva para la
sociedad, ¿sabéis cuándo y cómo pueden ser realmen­
te útiles y con la utilidad más elevada que cabe dentro
del orden material? Pues precisamente después de eje­
cutados y merced a la ejecución. Escribieron C e ls o
y T e r t u u a n o , y lo recuerda C la u d io B e r n a r d , que el
célebre H e r ó f i l o de Alejandría, que vivió hacia el año
300 antes de nuestra era, y a quien la Anatomía debió
muchos adelantos, practicó vivisecciones con fin cien­
tífico sobre crimínales que los reyes de Egipto le en-
-214-
fregaban (1). Esto no podría repetirse hoy. Pero ya
que no los criminales vivos, ios cadáveres de los cri­
minales ajusticiados pueden prestar a la ciencia y a la
salud humana servicios que los cuerpos de los que
mueren de enfermedad natural no puedan prestar. Mé
refiero a la práctica de los inierfos humanos desarro­
llada en época reciente por ilustres cirujanos en Norte
América. De esta suerte, los que viviendo no serían sino
una carga, pueden prestar, después de muertos por sus
crímenes, la única urilidad que cabe esperar que pres^
teti. Claro está que esto por sí sólo no bastaría para
justificar la más insíg-nificante pena y mucho menos la
de muerte; pero brindo estas consideraciones a los
que quisieran suprimir la última pena por la utilidad o
provecho que los reos vivos pueden prestar.

§ IV
Los argumentos contra ¡a oportunidad e insustituibUidad
de ¡a pena de muerte
Haninrlo! 347. Los que quieren siisUtuir a la pena de muerte U
educación social: medios propuestos para ésta.—348. La pena de
mucrle y la labor cdiicaliva se harmonizan y completan.—3+9. Di­
ficultades y lentitud du la. educación social. Ineficacia de la ins-
Irucción para conletier los delitos: pruebas.—350. Eficacia in­
completa de los otros medios: lo que se iiecesilaría para dismi­
nuir notablemente la criminalidad: cicmplos históricos. -3SI. Re-
súmen y consecuencia de lo expuesto.— 352. La educación moral
de los menores como medio de prevenir la criminalidad: com­
plejidad, dificultades sociales, lentitud e incompleta eficacia de
esa labor en el orden Reneral.—353. Conclusión geiienil: !i in-
suslituibilidad de la pena de muerte.

547. Lina observación, más que argumento, con­


tra la pena de muerte ha sido objeto prindpal de un
discurso en la Sociedad de prisiones de París, debido
al rabino R a f a e l Levr, capellán de las prisiones y hos-

(1) CLXU0IO >Lcccionc& de Fi^vIogU scncul s IrAdudd&i por JA*


v ie r L a s s o De LAVeOA. II, § I. páginas 101 y siguiente. Sevilla, 1S79.
—215-
pifales dcl Sena. E s observación que todos habremos
oído más de una vez a personas culías, aunque no
verdaderos penalistas, y no quiero dejar de examinar­
la. No es la pena de muerte, se ha dicho, lo que con­
viene, sino educar la sociedad, multiplicando y mejo­
rando las escuelas y empleando rodos los otros me-
dios que liendan a elevar el nivel moral. R . L e v i decía
que «esfa es la mejor manera de proceder: hacer des­
aparecer los asesinatos y no los asesinos», problema
que consideraba difícil, pero no imposible. «Es nece­
sario ante todo, anadia, vigilar la educación de los ni-
fioa y de la juventud, vigilarla muy de cerca. Este no
es especialmente el papel de la sociedad de prisiones,
sino que es el papel de todo el mundo. E s necesario
inspirarles el desprecio de la muerte en el sacrificio y
el respeto a la vida humana siempre y en todas partes,
y sobre todo ensenarles Ja moral, y una moraJ que no
se contente con ser puramente racionaJ, sino que ha-
bJe al corazón y más a la imaginación». Después in­
dica algunas otras medidas de educación social se­
cundarias (1).
348. Pues bien; Ja pena de muerte, como cuaJ-
quiera otra, y la labor de educación social no son co­
sas que se excluyen, sino que se completan. La pena
justa, incluso y aun especiaJmente Ja de muerte, es un
factor de educación y moralización sociaJ, en cuanto
contribuye a afirmar Ja noción y robustecer el sentí-
miento de justicia, y en cuanto a los mismos a quie­
nes retrae por simpJe temor evita el exceso de perver­
sión que nace dcl hábito, Defiéndanse, pues, y sobre
todo practfquense cuantos medios de educación sociaJ
sean posibles; pero no se hable de eso en contraposi­
ción con la pena de muerte, que es cosa de otro orden,
y que tiene su razón de ser propia, perfectamente com­
patible y armónica con elJos.

<]> Véase ^Rc^ucpmilcnliaire, Bullclin de la SocIH^gcnéraledn priM>ns*, n.* de


Avrll de 1 ^ , pags. 470 et suiv. faris»
- 216 —

349, Además, los que así hablan parece que pien­


san que la educación social es cosa que puede crearse
al instanfe y por un simple Reul decreto, como se creó
la poinposd e inútil Escu e la centra! de idiom as en
Madrid. Pero la verdad es que la labor de educación
social es muy difícil, muy lenla y de resultados sieni'
pre muy incompletos. Por de pronto, es de notar que
Id simple instrucción y, por consiguiente, la creación
de escuelas que la Tomenten no disminuye mucho ni
poco la criminalidad. La ilusión contraria prevaleció
más o menos en oíro tiempo. Hoy ya no puede soste­
nerse en vista de los datos estadísticos. Yo he exami­
nado directamente no pocas estadísticas oflcialea de la
criminalidad españolas, francesas e italianas, y en to­
das he hallado que entre los criminales hay un número
proporcional de personas que saben leer y escribir, no
ya igual, sino algo mayor que en la sociedad general
a que pertenecen. No presento aquí las cifras por no
alargar este punto; pero la observación no es nueva.
La ineficacia absoluta de la instrucción para contener
los delitos ha sido demostrada por L o m b ro s o con las
estadísticas de Italia, Francia, Inglaterra, Rusia, Es­
tados Unidos norteamericanos y Nueva Gales del
Sur (1), y por el Su. V a ld é s con las estadísticas es­
pañolas desde 1883 a 1900 inclusive, que resume en
su obra (2 ). J o l v hace notar que en Bélgica saben leer
y escribir el 65 por 100 de los crimínales condena­
dos (3). Otros observadores, como Bournet (4) y
E m il io Laubent (5 ) van más lejos, diciendo el primero
de éstos, que, «como la locura, como el suicidio, la

(1) LOMBROBÜ, a te Criitte; et Prettiiérc pAfiit, chap. VIH-


psgs, 12-4 d suiv, rari?, 16M.
(2| YAi.Dés, «Derecho fxnal; surilo^offa, historia, Ic^isladÓTi y jurísprudenciJ.
Tercera edición, tomo I, lección X X M l. páginas 448 y siguienlrs. Madrid. 19D3.
(3) HUNlíl Jü L V , *1 j B íIk í^ u í chiniiiclle-. chapiUc l[, pags. 81 et íu iv. Pa­
rís, 190T.
(-1) A BouHN tr, 'D e U criininalílc «n I rnticc «I en Italio , I9S4.
(5) E. L a L'KCNTi i L cs hibiluñ des prisons de Parási, chap. X X V K !. VI. iiagl*
na S9 6 clsu lv. París, 18W.
- 2 1 7 -

criminalídad general aumeiUa con los progresos de la


instrucción», y poniendo el segundo como epígraTe del
esfudio que consagra a este punto: «Influencia nerasta
de la instrucción y particularmente de la insirucción
primaria».
350. Descartado, pues, como inconducente en ab
soluto para disminuir los crímenes ese medio de la
instrucción, que era el que había inspirado más con­
fianza, y que es el único que puede emplear el Estado
con facilidad relativa, y no más que relativa, los de­
más medios es fácil comprender cuán difíciles, lentos
e incompletos son en todo caso, y mucho más en las
circunstancias actuales de Espafia o de Francia, por
ejemplo. Habrían de desempeñar el Gobierno de un
país grandes inteligencias, desembarazadas de toda
lucha de partido y consagradas con ardor a tan alfa
empresa, y serían necesarios veinte o treinta años pa­
ra reducir la criminalidad en un 50 por 100 a lo sumo;
pero de ahí no se pasaría, y aun entonces la pena de
muerte, como las otras, conservaría su razón de ser.
La prueba es que hoy no hay ninguna Nación en el
mundo que esté educada como aspiran estos abolicio­
nistas, y aspiraríamos todos, si fuera realizable esa
aspiración. No hay ninguna en que no se cometan crí­
menes y muchos, y entre ellos esos gravísimos, que
nuestras leyes castigan con la muerte. ¿Y qué se es­
pera en países como España o Francia, donde la mo­
vilidad de los Gobiernos impide toda actuación seria,
y donde las luchas de partido gastan todas las activi-
dades y todas las energías? Hubo un sólo país en la
fierra donde no se cometieron delitos durante siglo y
medio. Fué el Paraguay, bajo la dirección de los |e-
suitas. Pero esa situación, a que llegó aquet pueblo
felicísimo merced a educadores singularísimos y ver­
daderamente heroicos, y al estado de relativa «inco­
municación en que se hallaba, cesó cuando un monar­
ca insensato lanzó de allí a los autores de la maravilla.
— 218 —
y no podría reperirse hoy, entre otras cjusds, por las
comunicación es que hay entre unos y otros pueblos.
Hubo también un soberano de gran inteligencia, de
voluntad fortísima y de laboriosidad incomparable,
que se propuso reducir al mínimum posible la crimina­
lidad de su pueblo. Ese pueblo era la España de la
segunda mitad del siglo XVI, y el soberano Felipe II.
Los trabajos de tan gran estadista en este punto ob­
tuvieron todo el éxito que podía esperarse, y la criml'
nahdad española quedó reducida más que la de nin­
gún otro pueblo de Europa en su tiempo, o en los
tiempo» posteriores, y sin embargo no se redujo lo
bastante para que no tuviera aplicación la pena de
muerte, y ésta continuó imponiéndose. El mismo rey,
que tan profundamente conocía a los hombres, y c|
mismo que suprimió las penas de mutilación» de mar­
ca y todas las otras corporales, adelantándose dos si­
glos a su tiempo, no creyó deber suprimir la pena
capital; aunque no debía ignorar que semejante supre­
sión no habría sido novedad en España.
35Í. En suma, la educación social que sería ne­
cesaria para poder suprimir la pena de muerte sin
inconvenientes graves, en primer lugar, no hay hoy
en España, ni quizá en Europa, ningún político que
tenga aptitud y libertad de acción suficiente para inten­
tarla en serio; en segundo, cuando este político apare­
ciese, y se consagrase a ello de verdad, necesitaría
veinte o h-einta años para alcanzar lo que puede al­
canzarse en este terreno, y en tercero, aun después de
tan intenso trabajo y tan largo tiempo, como no ha-
bían de faltar crímenes, aunque menos frecuentes, se­
ría menos necesario que ahora el mantenimiento de la
pena de muerte, pero lo sería aún.
552. E l orador de la Sociedad de Prisiones, que
he citado ante$, dice que la tarea de inspirar buenos
sentimientos y moralizar la nifiez y la juventud, medio
el mejor de prevenir la criminalidad, no es especial de
- 2 1 9 -

la Sociedad de Prisiones, sino de todo el mundo. Es


verdad; pero ¿cómo se consigue que todo cl mundo
cumpla sus deberes? ¿Cómo se consigue que padres,
profesores, jefes de talleres, compañeros de profesión
y de divertimienfos, empresarios de -espectáculos, ex­
pendedores de bebidas, eíc., ejerzan una acción edu­
cadora, que unos hallan penosa, otros no la entienden,
otros no la creen tan necesaria y no pocos positiva-
menlc repugnan por contraria a sus pasiones o a sus
intereses? ¿Cómo se espera que hayan de moralizar
la juventud los que carecen de moralidad? ¿No es esto
querer resolver el problema de h criminalidad plan­
teando otro problema no menos difícil? Cuando la so­
ciedad estuviera en disposición de educar y dirigir
bien a los menores ya ella estaría educada y moraliza­
da también, y eóo es precisamente lo que se trata de
alcanzar. Es decir, que se da como medio para llegar
a un fin lo que no puede realizarse sino después de ha­
ber obtenido ese fin. La labor de educación social tiene
que hacerse actuando a la vez, aunque no de igual ma­
nera, sobre todas las edades y todas las clases; porque
es en vano querer moralizar los niños, si los mayores
los corrompen; pero eslo mismo muestra cada vez más
|o difícil, lento e incompletamente eficaz de tal labor.
353. Por lo demás, cualesquiera que fuesen las
circunstancias del presente o del porvenir, la observa­
ción de los abolicionistas a que aludo siempre carece­
ría de valor, y la razón es obvia. S i la educación de
la sociedad, por esto^ o los otros medios, llega a ser
tal que no se cometan crímenes que merezcan la pena
de muerte, ya ésta no se aplica, aunque esté en las
leyes, y no hay por qué asustarse de ella, Tendremos
entonces la abolición única deseable, la que consiste
en que no la impongan los Tribunales, por haberla su­
primido los asesinos. Pero si, como quiera que sea,
esos gravísimos crímenes se cometen, es prueba de
que la pena de muerte es necesaria.
C A PITU LO C U A R T O

Justicia, legitimidad y conveniencia de la pena de muerte.

354. Nociones previas. Entiendo por justicia de


una pena el que «sra sea merecida por los delincuentes
a quienes se impone, de suerte que los penados, en
cuanto tales, no pueden quejarse de ella. Llamo legíti­
ma a la pena que, además de ser merecida, realiza los
fines y cumple las condiciones que la pena debe reali­
zar y cumplir. La conveniencia, supuesto que la pena
sea legítima, consiste en que ésta no ocasione a la so­
ciedad, ni aun a pai ticulares inculpables, daños mora­
les o materiales que deban estimarse.

- A JE e m c x T x ^ o x

JUSTICIA DE LA PENA DK iMCERTE

§ I
Pruebas intr/nseco-furídJcas de la justicia de Ja pena
de muerte
Sum arlo: 335. La pena mcrccida. Cómo se mide la gravedad dcl
delito; id. la de la pena; la proporción entre una y Olra.—
á+6. Aplicación de esos principios al asesinato preiiKditado:
consecuencia. -357. Se previene una objeción: tallón material y
talión moral: razón de ¿ste.—338. Observaciones dcl Sr. V ald és,
PeSSina y SiLió.—359. Conteslación-. la pena del talión inadmisi­
ble u n « veces y óptima otras.—360, Legitimidad y necesidad dei
talión moral: consecuencia.—361. Observación de Pessina. Res­
puesta: en lo que no debe imitar el Estado al delincuente: imita-
- 222 —

ción material y oposición rormil: iiievitabilídad üc la primera:


consccucnda.
355. La pena para que sea merecida y por consi­
guiente justa, basta que sea proporcionada al deliro,
(supuesto que no quebrante normas de otro orden).
Ahora bien; la gravedad del delito se mide objetivamen­
te por la importancia dcl derecho lesionado y la intensi­
dad del daño producido, y subjetivamente por las con­
diciones que determinan y circunstancias que atenúan o
agravan la responsabilidad. A su vez, la gravedad de
la penase gradúa por la importancia del derecho de que
priva y la intensidad del daño que causa al reo. Luego
cuando un delito haya sido en toda su extensión inten­
cionado y plenamente deliberado, que es lo que signifi­
ca la premeditación, y no hay circunstancias especiales
que lo atenúen, o si las hay, están compensadas con
otras que lo agravan, la pena proporcionada y la única
rigurosamente proporcionada es la que al delincuente
prive de un derecho tan importante como el que él lesio­
nó, y cause un daño tan sensible como el que él produ­
jo, Digo derecho tan importante y daño tan sensible, y
no precisamente derecho igual y daño igual; primero,
porque la proporción está en la intensidad del padeci­
miento que constituye la pena, y no en la forma del mis­
mo ni en la manera de producirlo, y, segundo, porque
en muchos casos no sería hacedera la imposición de un
daño materialmente igual al intentado y causado por el
delincuente, ya por razones de moralidad intrínseca, ya
por su trascendencia a terceras personas inculpables,
ya por diHcultades de otro género. Aun en el orden
civil y en materia de justicia conmutativa, donde la
compensación debe ser más rigurosa y exacta, no
siempre, ni de ordinario, se hace ésta en la misma es­
pecie del beneñciú recibido o del perjuicio causado,
sino en algo equivalente. Lo mismo sucede en el or­
den penal, salvo que' aquí la cotnpcnsación-pena y el
delito o demérito jurídico que la motiva se aprecian de
- 2 2 3 -

un modo moral y lato, es decir, no rigruroso. Ya se


comprende, sin embargo, que la compensación o re­
tribución debe ser <>n la misma especie de lo que se
compensa o retribuye cuando no hay otra equivalente.
386. Según esto, el que quila la vida a otro con
premedilación y por ende con entera libertad y com­
pleto conocimiento, y sin circunstancias que atenúen
una u otro, merece que se le prive de un derecho y se
le produzca un daño o padecimiento equivalentes; y
como no hay derecho equivalente a un derecho a la
vida, sí no es otro derecho a la vida, ni daño compa­
rable al de la muerte, si no es la misma muerte, de
ahí que merezca la pena de muerte, y que sólo esta
pena sea proporcionada a su delito. Del m ism o modo,
aunque no haya premeditación, con tal de que haya
deliberación suficiente, si hay otras circunstancias
que equivalgan a aquélla como el ensafiamiento o el
menosprecio de relaciones especiales de respeto o
estima, que debfan ligar al asesino con la víctima, la
pena de mucrfe es justa por la misma razón.
357. Se dirá: esa es Id justicia del talión, y éste
está hoy desechado por la ciencia. S í, el talión
material no es admisible en toda su extensión por las
razones que indiqué antes al mostrar que no era
necesario, ni en algunos casos admisible, privar al
reo de un derecho igual al que él quitó, sino que
basta privarle de uno equivalente. Pero el Talión
moral, aunque alguna vez se convierta en material,
si, es justo; porque es la realización del principio de
la proporción entre el delito y la pena, y este princi­
pio, base y fundamento de toda la justicia penal,
explícitamente lo admite hoy, como antes, la mayor
parte de las penalistas, e implfcitamente lo admitimos
todos los hombres, incluso los pocos que teóricamen-
íé lo niegan. Esto es indudable: porque no hay hom­
bre sabio Q ignorante, y cualesquiera que sean sus
ideas en el orden penal o en otro, a quien no repugne
- 224-

que un crimen gravísimo sea castigrado con pena


leve, y un delito leve con pena grave. .¿ V cómo se
explica esto, sino por el sentimiento consciente o
inconacientc, pero innato, y el principio implícito o
explícito, pero imprescindible, de que el delito merece
pena y pena proporcionada a él? Por esta razón los
mittmoa que leóricamente deseciian el principio de la
proporción entre la pena y el delito, si proponen un
sistema de penas, procuran acomodarlo, al menos
de una manera genérica o aproximada, a esc princi­
pio. Sirva de ejemplo G a r o f a l o , que, después de
combatir extensamente el principio referido, establece
un sistema pendi qne comienza con la pena de muerte
para los asesinos, esto es, para los criminales peo*
res, y continúa con otras penas menos graves para
los otros delincuentes; pero proporcionándolas en ge­
neral a la perversidad de éstos (1). Luego la proporción
entre la pena y el delito es un principio que se impone
a la conciencia de todos, y del cual no es dable prescin­
dir. Luego el talión moral, que es la realización directa
de e.^e principio, es la medida de la pena,
358. Pero aquí se me ofrece una objeción. Dice
el 3n. V a l d é s , refiriéndose a la pena de que tratamos:
«Olvidan los defensores de esta pena, que no lo es la
del talión y que no consiste la sanción justa en la
proporción material entre el dafio del delito y el de la
pena, sino que, por el contrarío, hay que buscar la
retribución moral» (2). Lo mismo sustancialmente ha­
bía diciio P e s s i n a , afladiendo que «el Estado no debe
imitar al delincuente en su acción, no debe repetir
aquel hecho que él mismo considera criminoso» (3).
Frase semejante a ésta es la del S r. S il io y C o r t é s ,

(1) OARor;kLO, La Criminología. Traducción de P e d ro D o ra h o M o n te ro .


Tercera parle, caps. Jl, III. páeínas 273 y sieuicntes. -Idirm: C^ap. IV. páginaL 33d y
slpilentcs. Madrid, La Espaftji Moderna.
C2) VAI.DÉS ru bio , Obra citada, tomo I, leccíán X I JV , pleinas 63fi y sigiúnilcs
r3) Pessina: Iilcmenlas de Derecho peiiil, Iraduceidtt díl iUliatta por HlLAKiOsi
OON/Aie/ DF.L c a s t i l l o . Libro III. cap I. páKiftu n<) y siguientes. Midríd, IS02.
-§2S-
¿uando dijo: «si el matar es un crimen^ dime tú,
sociedad, ¿por qué matas también? (1).
559. Pues bien; es verdad que el tallón mareriál
no puede admitirse como norma general de la pena,
no porque sea injusto siempre y por el hecho de ser
tallón, sino porque en unos casos es imposible, en
otros conduciría a actos que no pueden ser materia de
la pena, y en otros, tomando sólo por base el daño
causado, haría prescindir de las circunstancias modiñ-
cativas de la responsabilidad, si las hay. Mas cuando
esa imposibilidad no existe, y esos inconvenientes no
concurren, la pena del talión material no sólo es buena,
sino que es óptima, porque es la que guarda más exac'
tamente la debida proporción con el delito. Este es ca­
balmente el caso de la imposición de la pena de muerte,
tal como la disponen nuestras leyes, una vez que esa
imposición es posible; puede ser materia de la pena, y
se hace teniendo en cuenta las circunstancias modifi­
cativas de la responsabilidad; porque no se castiga
con ella todo homicidio, sino sólo el muy calificado.
S i se me dice que la muerte no puede ser materia de
la pena, responderé que eso es dar por supuesto lo
niismo que se trata de probar, y que yo at hablar de
actos que no pueden ser materia de la pena entiendo
aquellos que trascienden a terceras personas inculpa­
bles, o que están afectos de inmoralidad intrínseca,
independientemente del derecho que priven o daño
que causen al penado.
360. Pero además, si el lalión material es inadmi­
sible en la mayor parte de los casos, el talión moral
es legítimo y necesario siempre. El talión moral con­
siste «n apreciar primero, no tanto el datío causado,
cuanto lo que en éste hay de voluntario y culpable, y,
en consecuencia, imponer un daflo o padecimiento,
que sí no es igual, sea equivalente en cuanto quepa;

(l> SlLlo y C o r t é s . La crisis dcl Dcrccho penal, cap. IX . página 303. Ma­
drid. 1801.
IS
-226 —
pero que si no lo hay equivalente, tiene que ser igual.
Luesro como cuando uno quita la vida a otro premedi-
fadam enfe ejecuta un mal, que es conocido y volunta­
rio en toda su extensión y alcance, si no hay circunS'
rancias que atenúen su culpa, debe sufrir un mal físico
que equivalga al que él ejecutó; y como no hay otro que
equivalga, si no es la misma pena de muerte, debe su­
frir ésta (1), Cierto es. pues, como dice el S r. Valdés,
que no consiste Ja pena justa en la proporción mate­
rial (con el delito), sino en la retribución moral; pero
cuando no hay retribución moral sufícienre sin la pro­
porción material, una y otra son igualmente necesa'
rías. Este es precisamente el caso de los delitos cas­
tigados por nuestras leyes con pena de muerte, verda­
deras monstruosidades para las cuales ni aun esa
pena sería suficiente, si no fuera la máxima.
361. En cuanto a lo que dice P e s s in a que «el Es­
tado no debe imitar al delincuente en su acción, ni re­
petir aquel hecho que el mismo considera criminoso»,
observaré que en lo que el Estado no debe imitar al
delincüente es en la injusticia; pero que le imite en la
acción material no importa. E l criminal asesino mata
y el Estado donde hay pena de muerte mata también;
pero el primero mata a un inocente, y lo mata por ro­
barle o por otro móvil no menos culpable, y el Estado
mata a un criminal que merece la muerte» y le mala
por hacer justicia y por preservar a la sociedad. Por
esto, aunque materialmente haya entre uno y otro al-
<I) Digo premetUladamente: porque para mi el üclito complcta en su ca»,
aqnrl en que la rnponsabilidad subjtlíYa k cxllenile, por lo meo oa, tanto conocí
dado objctiv-o, n rl prcnialiUdo, Esto no se apone a que las leyes eonsíderm la prt-
ni«lit*clón CTBio circMnsUnci» »gr«»aiitc, una v<n que lo ordlmrio qne no !•
Mas para determinar la pciu en prtncipEa, conforioe at taliún moral, «I puntú át
partida,! ral juicio, « e l delito premedludo y sin aíra tlrcunslancia moililicallva
Téngase m Cueil3 que el punto de partida de tiKia InvesliKacián no es prcclumente
Lo mis frecuoite ni lo mts típico, sino lo mejor conocido. Cuando te corarle un deli­
to premeditado y sin oirás circunstancias modificativas, la p ^ a merecida es un dlAD
tcnal o cqai\alcnU i l causada por el delitg^ y partiendo d< este punto, ya k paed<
detaniinar aproxiuiadamcnle la pena que corresponde al delito ordinario o lípIcOi
q u e a e ln o prcmedilado, y loraisno al delito con circunstancias, niodilicativas cua­
lesquiera.
-227-
^una analogía, formalmenfc no sólo hay diferencia,
sino que hay verdadera y radical oposicién. Sí; por­
que el criminal asesino quebranta el Derecho de la ma­
nera más grave que puede, y el Esíado imponiendo la
pena de muerte no sólo cumple el Derecho, sino que
ló defiende de la manera más eficaz y enérg^ica que al­
canza. Además, si el Estado debiera privarse de Imi­
tar materialmenle a los delincuentes, no habría sólo de
suprimir la pena de muerte para no imitar a los asesi­
nos, sino también la pena de multa para no imitar a
los ladrones, las penas de privación de libertad para
no imitar a los secuestradores, las penas infamantes
para no imitar a los que injurian y, en general, toda
pena, puesto que toda pena es un mal físico inferido
contra su voluntad a los delincuentes, del mismo modo
que éstos infieren males a sus víctimas. Por eso, si tu­
viera razón el que dijo: si el matar es crimen, dime rú,
sociedad, ¿por que matas también? Podía haber afía-
dido: si el secuestrar o privar de la libertad es un cri­
men, dime tú, sociedad, ¿por qué encarcelas? S i el
quitar los bienes ajenos es delito, dime tú, sociedad,
¿por qué impoUes multas? Y así podría ir excluyendo
todas las penas.

§11
Pruebas psicológicas de la justicia de la pena de muerte.
üoniu'lo: 362. Los grandes crímcncs y los sentimientos que des-
picrlan: pruebas (texto y nota).—363. F.volución de esos senti­
mientos: como se manlFicstan actualmente en España y Francia y
siempre en Norlc-América.—364. Interpretación de laics StnÜ-
micntos ppr EL.LERQ, Maxm'EJ,!- y SaueilI-Ií: kxto de ésle.-305.
Crítica de las afirmaciones de SaleilleíS. -3Ó6. El senlimienlo de
las multitudes ante los grandes crímenes es pcrfeclamente altruis­
ta, elevado y sano en el Fondo: los extravíos de forma: lo quetslá
cerca de la barbarie. Lo que dice Colajanni,-367. Constcucn-
cias de lo expuesto.—368. La coüvicción de los mismos reos de
muerte:«1 caso dcCainiporque Dios prohibió que matasen aaquei
-228 —

fratricida (nula): palabras, de T is s o t . —369. Convicción manite-


lada por varios reos de muerte franceses y modernos.—370. He­
cho iiolable ocurrido en Suiza.—371. Cotisccuciicias.

562. Otra prueba de Id justicia de la pena de muer­


te es el sentimiento universal c innato que los grandes
crímenes despiertan. En erecto, siempre que tenemos
noticia de que cerca de nosotros se ha perpetrado un
asesinato sin ning^una provocación y con ciertas cir­
cunstancias agravantes, todos, incluso tos adversa­
rios teóricos de la pena referida, sentimos que el
criminal del caso merece la muerte y debe ser casti­
gado con ella. Ese sentimiento podrán ahogarlo lue­
go, violentándose, los abolicionistas sistemático»,
cuando son hombres de estudios o personas muy
significadas en banderías contrarias a tal pena o a
todas, es decir, personas unos y otras en quienes el
hábito ha corrompido la naturaleza; pero los que no
están en ese caso, no. Más de una vez me ha sucedi­
do, y la última no hace muchos días, que oyendo
hablar contra la pena de muerte a personas sentimen­
tales, que al referirse a esa pena no veían más que al
penado como víctima, y se olvidaban de las víctimas
verdaderas, (que es lo que Ies pasa comúnmente a
los abolicionistas doctos e indoctos), no tuve más
que recordar la historia de algunos de los criminales
modernos condenados a la pena repetida, para que el
sentimiento natural se despertase e impusiese, y cam­
biasen de opinión. Claro está que esos abolicionistas
a quienes me refiero no eran personas de ciencia;
pero, por lo mismo, la voz de la naturaleza se oía en
ellas más viva y no ahogada por prejuicios y hábitos
adquiridos (1).

(1) Dos hechos notables de Ja raí^ma clase de los aludidos en H texto puedo citar.
Cuando íbati a $er ájutUcíaclO^ cu Madrid los reos del trimcn de la Quindalera. I*
Rdna regente D.* María Cristina, movida por varias piadoras sdloras y el espíritu dt
compasión propio, lomd vivo Intcré» en JiidjlUrlos, y en la noche que precedió i la
ejccoclón tlani^i al Presidente de Ministros, S a o a s ta . y Morándole dijo rogaba al
QoMemo l< aconsejara el Indolto S a q a s ta ent^ncei mandó llamar al Ministro de
— 229 —

363. Cuando el crimen quedó ya remoto y llega el


tiempo de condenar al criminal, es posible que el
primero se olvide en cierto modo, y entonces ta com­
pasión del desg-raciado actual, porque desgraciado es
el que ha de sufrir muerte violenta, aunque ésta s«a
merecida, el deseo de evitar un espectáculo desagra­
dable, si la muerte es pública, o el vulgo cree que lo
es, la vanidad, la moda, los convencionalismos so­
ciales pueden hacer que el Jurado reconozca circuns­
tancias atenuantes que no existen, o que el público de
la ciudad en que había de ser eiecutado el reo pida el
indulto de éste, sin que esto pruebe nada contra el
sentimiento innato de que he hablado. Mas ni aun
esto sucede siempre, ni mucho menos, y lo más
corriente en la actualidad, lo mismo en Bspaña que
en Francia, (los pueblos más fáciles en olvidar y en
cambiar unos sentimientos por otros) es, persistiendo
en los sentimientos primeros que el crimen despertó,
reclamar la condena y la ejecución de la pena de
muerte. En Francia, en estos últimos años, ha habido
Jurados que, no contentos con condenar a muerte, se
dirigieron al Presidente de la República pidiendo que
no indultase a los reos, y varias ocasiones hubo en
que el pueblo manifestó su indignación contra los ase­
sinos aun al pié del patíbulo. En España han ocurrido
casos análogos, aunque quizá menos pronunciados.
En esta ciudad misma de Santiago, en que escribo,
hemos visto cuando se debatió el llamado crimen de
la Herradura como el pueblo en masa se pronunció en
favor de la condena a muerte de los reos; y, dictada

Gracia y Justicia y traer el proceso. 5c dió a leer a la Reina la relación del crimen;
l>cro a las |»cas lincas, y ya cambiando de actitud, dijo, cerrando el escrito: «No
hiblenios más; que se cump a la &ente3i<i.i. y vámonos lod:is a descansar». cVéase
D o c to r P u lid o : La p*na capital m España, piglnas 2fl y siguiwtw . El *tro h«ho
« c] ^<1 dipuUdo de La Cámara francés* M C ilW O lX , que se habla aigniñcAdo CQino
abolícíonisti, y al lencr noticia dcl crimen de S o lp jlla n d se hizo partidario de la
penji de muerte. De « le hecho se habl6 vn la Sociedad de Prisiones de Parts en 27 de
Febrero de 1M7. Revue petiiletkciaire, número de Marade IVH, pag. 3U).
— 230 —

ésta, nadie se interesó sinceramenle por el indulto.


Más significativo todavíd es lo que ocurre en los
Estados Unidos norteátnericanús, donde cuando el
Jurado absuelve a los dsesinos, el pueblo se lanza
sobre éstos y los lyncha, es decir, les aplica la pena
de muerte, que el Tribunal debía haber dictado, verifi­
cándose poco más o menos unos 200 lynchamientos
cada año. En algunos de estos actos podrá haber
exageración, y desde lueg^o la hay; pero es Ta exagC'
ración de un seníimiento humano innato, y que no
tiene nada de egoísta, el sentimiento de la justicia en
cuanto comprensivo de la imposición de la pena de
muerte a los grandes criminales. Lo cual quiere decir
que la justicia de la pena capital es un dictado de la
naturaleza misma.
364. Varios abolicionistas se han hecho cargo de
esos sentimientos de indignación, y que ellos dicen
de ferocidad, demostrada con ocasión de las ejecu­
ciones capitales, para hacer un argumento contra
éstas. Algo Indicó ya acerca de esto, aunque en
forma hipotética, E l l e r o (1), y algo indica también
en forma afirmativa M a x w e l l (2); pero el que trató de
esto con más seriedad y precisión fué el ilustre S a l e i -
L L E S , en la Famosa discusión sobre la pena de muerte
celebrada en la Sociedad general de prisiones de
París, sesión de 20 de Marzo de 1907. Veamos lo
que dijo:
«Yo estoy, desde luego, muy sorprendido de este
recrudecimiento de favor que se produce con respecto
a la pena de muerte cada vez que algún crimen parti­
cularmente atroz, acaba de cometerse y de emocionar
la opinión pública. Esto es lo que se verifica actual­
mente bajo la forma de manifestaciones un poco insó­
litas por parte de muchos jurados. A mí me cuesta
mucho trabajo creer que todas estas manifestaciones

(1) Obra citada. XVII]. ¡láeinas 108 ysiguientes.


(2) Obra ciUda. página 30L
— 231 —

deán únicamenfe inspiradas por la preocupación de la


ejemplaridad y de la defensa social. Por poco que se
observe de cerca la realidad, se percibirá fácilmente
(fue loa crímenes que han así provocado esta explo­
sión de odio legítimo no han podido de ninguna
manera ser influenciados por el cálculo de los pcli-
grros que iban a hacer incurrir. Se traía lo más co-
miínmentc de manifestaciones de una impulsividad
anormal y enfermiza, que revela un estado mórbido
aobre el cual ningún íemor razonado puede hacer
presa. Y la opinión pública no está seguramente sin
advertirlo. Ella se da cuenta perfectamente que los
desgraciados que en el porvenir sean inclinados a
cometer semejantes crímenes, no se dejarán aterrar
por la gravedad del castigo con que se Ies quiere
amenazar más de lo que han podido serlo sus prede­
cesores en una época, por otra parte, en que este
castigo (el capital) existía todavía, al menos legal­
mente. y esto de que la masa se da cuenta, al menos
confusamente, los que estudian lo saben de una ma­
nera cierta, pues que todas las estadísticas que nos
han sido sometidas demuestran que los crímenes de
sangre eran considerablemente más numerosos en el
siglo XVlll cuando los suplicios eran atroces, que no
lo son hoy con nuestra indulgencia moderna».
«Bn consecuencia, hay dos cosas que me dan mie­
do: la una que se refiere a un estado de costumbres, y
la otra que entra enteramente en nuestras preocupacio­
nes de criminalista.»
«Temo, desde luego, que el verdadero sentimiento
que empuja así la opinión a reclamar una pena desan­
gre para un crimen de sangre, cuando éste ha sido
particularmente atroz, no sea un retorno ofensivo de
esta necesidad de venganza, que es innata en el hom­
bre, pero que es, todo el mundo conviene en ello, lo
propio de una civilización primitiva y vecina de la bar­
barie. Cuando este sentimiento cesa de ser individual.
- 2 3 2 -

para hacer masa y tomar una forma colectiva, llega a


ser algo terrible y monstruoso. Es a este catado de
alma colectiva al que han sido debidos todos los crí­
menes del Terror». La segunda cosa que da miedo a
S a l e í l l e s es el peligro de que en épocas de turbacio­
nes se llegue más fácilmente a hacer eíecuciones en
masa por no haber horror a la sangre (1).
565. S a l e í l l e s , como se ve, reconoce que los
grandes crímenes despiertan en Francia sentimientos
favorables a la aplicación de la pena de muerte, y más
acentuados ahora que antes. Esto es la conrirmación
de lo que he dicho poco ha. Pero la que no es exacta es
la explicación que él da, ni fundados los temores que
él siente. No es un sentimiento de venganza, como
cree o teme el profesor de París, el que empuja las
multitudes «a reclamar una pena de sangre para un
crimen de sangre cuando éste ha sido particularmente
atroz», sencillamente porque esas multitudes en tales
casos no tienen nada que vengar ni colectiva ni indivi­
dualmente. La venganza es un sentimiento egoísta,
que tiene por razón de ser concreta una ofensa verda­
dera o supuesta recibida por el vengador, y por fin la
satisfacción insana que se experimenta en hacer su­
frir al que nos ha hecho sufrir a nosotros. Pues bien;
en los casos de qus se trata, esa razón de ser y ese
fin podrán existir con relación a un número reducidísi­
mo de personas; los parientes inmediatos de las victi­
mas; pero la multitud, ¿qué parte puede tener en ello,
ni qué puede importarle la satisfacción de una pasión
ajena? Un sjemplo; uno de esos crímenes atroces, a
que quizá aludía S a l e í l l e s por la indignación que des­
pertaron, y que era reciente cuando él escribía, es el
de aquellos apaches que cogieron un niño de diez
aflos, lo ataron y lo colocaron sobre los railes de una
vía férrea sólo por el gusto de verle aplastar por el

<l) V^se Rcvuc peniimciairc. Bullelia de In Sociél¿ g^nénledes pilsons. Ne de


A vrll de 1997. pags. 430 ct suiv. París.
- 2 3 5 -

ferrocarril, sin otro móvil ni interés. Ahora, que este


hecho monstruoso despertara sentimientos de vengan­
za en los padres del niño, si los tenia, es natural;
pero en los demás del pueblo ¿por qué, si no habían
sido ofendidos, ni tenían ningún mal que devol­
ver?
566. Pero no es el sentimienro egofsta, inmoral y
anticristiano de la venganza lo que mueve en tales ca­
sos a las muchedumbres, sino el sentimiento generoso
o, como ahora se dice, altruista, elevado, sanísimo y
perfectamente cristiano de la justicia legal o social. La
justicia legal exige que los delitos sean castigados con
penas proporcionadas, y la pena proporcionada, cuan­
do se trata de crímenes como el de los apaches men­
cionados, es la muerte. Los hombres no degenerados
tenemos el sentimiento innato, que a la vez es, o debe
ser, convicción raciona! de esa especie de justicia como
de las otras, y esz sentimiento y convicción es natural
que se manifieste con más energía en los casos más
graves y en los que hay mayor peligro de ser contra­
riado. De ahí las manifestaciones reclamando la pena
de muerte cuando se perpetran crímenes que la mere­
cen. No es, pues, ese sentimiento «propio de una
civilización primitiva y vecina de la barbarie», sino
que lo que es vecino d« la barbarie es la ausencia o
demasiada limitación de tal sentimiento. Puede suce­
der, sí, que la falta de inteligencia y de reflexión
determine excesos de forma, sobre todo cuando los
poderes llamados a ello no dan a la justicia social la
satisfacción que es debida; pero el sentimiento de que
tratamos en si es legítimo y conveniente para la vida
y progreso social. Cabalmente, lo fácil, lo cómodo,
lo propio de los espíritus egoístas y animalizados es
mirar con indiferencia las injusticias que no les afec­
ten y los males que ellos no sufran, sin perjuicio de
vengar con la dureza posible todo lo que, aun sin ser
injusto, no les satisfaga. Eso es lo que está cerca de
- 234-

la barbarie, y no e l reclamar que la jusficia se cumpla,


Incluso en la imposición de ia pena de muerte.
Por eso con ra z ó n diio C o l a j a n n i q u e «esta re­
probación dei delito, esta indignación contra el de­
lincuente son útiles y justas, e indican suficientemente
el desenvolvimiento de! sentido moral» (1).
367. De todo lo cual se infiere: primero, que son
cosas distintas, y aun opuestas, el sentimiento egoísta
de la venganza y el sentimiento altruista de la justicia
legal que lleva a pedir la pena de muerte; segundo, que
la manifestación de ese sentimiento en la Francia con­
temporánea se halla confirmada por el testimonio del
abolicionista S a l e i l l e s , aunque él no la alcanzó a
interpretar, y, tercero, que ese sentimiento como uni­
versal e innato, sin lener nada de egoísta, prueba la
justicia de la pena de muerte. Por lo demás, siendo
un sentimiento bueno como es, y anterior a toda
presencia o conocimiento de una ejecución capital, no
tiay que preocuparse de que se manifieste con oca­
sión de esta, ni hacer por ello un cargo contra la
misma.
368. Otro hecho importante, que prueba la Justi­
cia de la pena capital, es que no pocos de loa crimi­
nales que se hacen reos de ella la creen merecida y
justa. ¡Tanta es la fuerza del sentimiento innato indi­
cado antes! Va es sabido que Caín, después de
cometer el fratricidio, dijo al Señor: «Es muy grande
mi Iniquidad para que merezca perdón...; por consi­
guiente, todo el que me hallare me matará)» (2). Ese

(1) COl,AJAN^^: SocIclííEla crimlnalc, Cflp. X IV . pag-*50.


Catanía. 188-^.
(2) Pixítquc Caín aü Doniinuin: niajor e&( ¡niqiiítas mea., quim iit veniam ino
reír..,; omnis ¡gilur qui ¡nvciitrit mt. occidct fne». üón«is, Mpítiilo IV, ver. 13 y M.
$¡n em bargo, el ScA or prohib id que inaU scn a Ca.in, y le pu$o un? $eAal parA
evitarlo: mas rsl ) no sicnifici una prúliil)iciúii (¿(neral ca&iígar con la pena de
muirle, comu cralnidió E:i.lero (Ob. cil , pág. 30j. siio que es uní prohibición
siTigubir. qu<! se explica por circunstancian singulares Umbién. No había entoQces en
la tierra otras pef&Anis, adeikiás d<l criminal, que los padres y quiz¿ alg^una hernani
de ¿stc. Difo quizá ilguna hcrmanap porque el otro hijo var¿n de Adin. que fué Seth.
- 255 —

por consiguiente (igífur) es la expresión del Derecho,


como ya advirtió el notable penalista francés T is s o t ,
que dice: «Caín ha comprendido que merece la muer­
te, pues que la ha causado. Habla del Derecho: igitur.
Aquí está el grito de la conciencia humana. Así, pues,
3C ven muchos homicidas que no solamente sienten la
justicia de la sentencia capital que les alcanza, sino
que la sufren con una especie de satisracción, pene-
trados de que la i 'ea de la fusíicia se cumple en ellos
y que el desorden moral se repara, sobre todo cuando
la pena es aceptada con resignación, con intención,
con una especie de amor a la justicia absoluta» (1).
Resulta, pues, que ya el primer homicida que hubo en
el mundo reconoció de algún modo que merecía la
muerte.
369. Lo mismo han hecho después otros mU'
chos, como dijo T is s o t y se comprueba por el testi"
monio de los que han tenido que tratar reos de muer­
te. Et abate C ro z e s hace mención de un condenado a
muerte llamado Toledano que en carta a sus parientes
decía: este castigo yo lo he merecido (2). La L o i de 8
de Junio de 1891 refiere que el asesino Baiilet, al ser

tuciódespu^ deU iniicrtrüeA bcl, ycleU s hijas dül mi¿nio Adía o hace mención
el Qónesis aL habUf de U muerte dd |Mdre; por l6 cua). no sabeiiioi cuatida nací^on.
Hubiera sido, pues, mvy duro y de muy nu1 cícclo que los m¡STii<>9 padres y hermanas
del delincuente lo melasen. Es verdad qiiccl temor de Caín no se refería sólo a aquel
momento, sino a cualquier tiempo de su vida; pero las personas que, ademis de los
dichos padres y hemanai, p&díaii aplicarle la pena de muerte mis tarde.no sólo
habUn de Sír (rtricnlc? eert^nQS dc-él. Sino Aderrlis ¡tarienEcí infw ior« a íí y oblig^-
dae a respetarle: heimaiio mucho menor, sobrinos o hijos, ete. Además, dados los
medioii radimenlarios de que disponía el sobcnno, juez y padre Adán, qae era un
soberano sin ejército ni potici^, la ejecución de Caín ofrecía muchas diíiculUdes.
tendría que ser sin formallditd y }K>r sorpre&a, y ocasional ia |>robablemetite venganzas
par parte de los hijos y de la eó|)05a del ajiisiicíado, sin que fuese posible evitarlas,
al quk6& reprimirlas. Eslu aparledeque Caín crü cntoncc^d únlcij hijo varón de
AdAn, y que después no tubo más que otro que fu6 Seth, )Fque, por consiguiente,
convenía economizarla vida del primero. Ca claro, pues, que la proliibíeíón divina
dr malar a Caín se explica por muchas r « i> i« irtslcpendicnlcmenlc de que debiese
existir o no la pena capital.
( I) TlS&or: E l Derecho penal estudiado en sus principios, en sus aplicaciones y
1eels-laeiones de Jos diverj>os pueblos del mundo-. Tomo I» libro II, capitulo V II,
páginaA^l^ y2 IS. Traducción de OARCIa MORttMO Madrid, 1880.
{2} -Souvcnirade l'abbe Crosa». T91do 13, pAgina á4. (CiUdo por Pkoívl).
-236-
condenado a la última pena, exclamó: doy grraciaa a
la sociedad, el crimen hace mi verg-üenza y no el
cadalso. G u il l o t alribjye a un asesino estas pala­
bras: Yo no soy digno de permanecer en sociedad,
yo llamo la muerte con todo mi corazón (1 ). P r o a l
refiere que el cx-aduancro Mcunier ejecutado el 11 de
Julio de 1661, al marchar al cadalso, dijo: voy a morir
como hombre que paga su deuda. En la Audiencia
había dicho el mismo Meunier: pido el cadalso: mis
crímenes me dan horror (2). El mismo P r o a l , tratan­
do de los criminales que se reconocen responsables,
hace mención, entre otros condenados a otras penas,
de los fres reos de muerte siguientes: Mimault, que
dijo: esta es siempre la pena de muerre para mí, yo la
' he inflig^ido, yo la merezco bien; Abel Charon, que al
oir la sentencia de muerte, exclamó: yo la he mereci­
do bien; y el asesino Piroteau, que mientras se prepa-
raba para ser conducido al cadalso, dijo: he cometido
un crimen que es ¡uslo que yo expíe, pero me mostra­
ré valeroso hasta el fin <5).
370. Otro hecho, no menos significativo y más
rccicníe, voy a exponer, tomándolo de la f?evue pe-
nitenciaire de Junio de 1910. Dice asi la notable pu­
blicación parisién:
«La pena de muerte en Suiza.-M ateo Muff, que
en la noche del 20 al 21 de Diciembre en Ruswill,
cerca de Lucerna, habfa asesinado al colono Bus*
sang, su mujer y sus dos domésticos, e incendiado la
posesión de la Hubschur para cometer un robo, ha
sido guillotinado el 2 de Mayo a las nueve de la
mañana, en el patio de la prisión, en presencia de su
defensor, del capellán, de algunos médicos y de las
autoridades encargadas de asegurar la ejecución de la

(O ÜUILLOJ, -Lts piisons de P«tÍ5', 15D. <CiU(lo |»r PnoAL).


(2) P k ü a l , >Lc crinic el la ptinc-. Druiicnie pirlic, thip. XXI. pae. 504. Dcu-
xi«in« edilion. París. IKIt.
(a) P k OAL, lbld«n, cliap. XIV. pigs 294 el2gs.
-257-
condena. Muff había rehusado firmar un recurso de
gracia por espíritu de arrepentimiento. «Sí yo tuviera
mil vidas, decía el, debería darlas para espiar mis
crímenes», y él dio pruebas hasta el último momento
de una g^ran firmeza de ánimo».
571. jTan connatural y tan invencible es el senti­
miento y la convíjcción de que el asesinato mcrccc
pena capital, que llega a dominar a los mismos a
quienes el amor propio y el instinto de conservación
parece que debería hacer pensar lo contrario!
Luego la justicia de la pena de muerte está demos­
trada por la razón y confirmada por sentimientos
utitversales, que son la voz de la naturaleza.

^ S T X C - C T I- O I I

LA LHGITLMIDAI) 1)K LA l'HNA DH MUKRTH

§ 1
La pena de muerte y Is expiación jurídica
Sumario: 372. Coitió se muestra la lc£:¡l¡m¡dad de la pena de
muerte- 373- La doctrina eicolástico-liarmóiiica sobre los fines
de la pc;:a: fin general o mediato de és(a: fines ¡nmedialos;
relaclór de csla doclrina con otras. 37-t. L j expiación en la
doclrina cscolislico-tiarnióiiica: id. cii las doctrinas absolutas y
clascs de éstas. 375. La expiación en las teorías mixtas y eclécti­
cas; principales representantes de éstas, 370. El fin expiatorio y
la pena de muerte.

372. Para demostrar la legr[r¡niidad de la pena de


muerte, debemos relacionar ésta con los fines de la
pena y con las condiciones necesarias de la misma.
373. Conforme a la doctrina que he sustentado
en la Introducción de mi Exam en crítico de ¡as nue­
vas escuelas de Derecho pena!, y que he llamado
después escofásíico-iiarinónica, la pena tiene por fin
general y mediato la restauración del orden perturba­
-258-
do por el delito, y por fines parciales c inmcdiafos, o
sea medios para realizar ese fin general, un fin esen­
cial y Tundamental: la expiación; un fin no esencial,
pero socialmenre necesario: la ejcmplaridad, y un fin
conveniente: la.corrección interior del penado. Pero
no voy a limitarme a estudiar la pena de muerte sólo
en relación con la doctrina que yo profeso, sino que,
como ésta encierra y harmoniza en una unidad supe-
rior casi todas las teorías importantes que se han
propuesto sobre los fines de la pena, fácil me será al
hablar de la una hacer referencia y aplicación a las
otras.
374. He dicho que el fin esencial y fundamental
de la pena es la expiación; pero lo que en la doctrina
escolástico-harmónica es el fin esencial, para los par­
tidarios de las teorías absolutas y retribucionistas es
ñn único. Estas teorías absolutas son unas superna-
turalistas, como las de L eibnitz (1), De M aistre (2),
S t a h l (3 ), Rossi, y en España el S r. V a l d é s , y

otras naturalistas, como las de K ant (4), H eg el (5),


Z achawa (6). CousiN, W aciiter y más modernamente
PessiNA ( 7 ) y K o h le r ( 8 ) ; pero todas ellas tienen
como fundamento común el principio de que el delito
merece pena, o lo que es lo mismo, que ésta, aplicada

(1) L e i r S i t ^c, «TcniaminaThmiicc^, Debonitale Dci, Ubtrlalc hominlsctori-


gire malí*. Par) prima 73e( 74 (rV. Opera omnia ¡n scx lomos distríbuta*. Tomus T*
IMg. 168 9d 170. Oenev® M D C C LX V IIT .
(2) De M a is t r e , «Veladis de S. Pclcrsbureo*^, Velada primera pags. ysi-
eulctiin. Nurva traducción al caslellano Madrid, 1913, '
(3) F. J. S t a IÍI-, « D i* PhilúsAphic des Band 11, cV ierlw AbschniU»,
Siebcnles Capitel, § 1&2 bla 18&, Selle 6SL e l folg. Prcibure.
(-1) K a n t, •Metaphl&isclic Anfanesgriitide der Rechlslchre», LeipztiE, 3S3&.
(5) H C íIE L , «OlundlimiCn der philOsúphic d « Ersler Thcil, I II , S. W
und íoIk- Berlín. 1831.
(b> ¿A C iiiiR iJ; (Ka.i*'!. S.UOMON). aAnfansesgrOndc des ph1]0K>phlcbcn Criml'
nalrechis. Leipzig, tSOS.
(7) Pessíiw’A, obrecilida, eap<lul»s 1, I II , páginas 52 ysi^uienles.
(S) J. KOIILER, •WeenderStrafe*, I&9S. Idem 'KiloM Ííadel DercchocHístoría
univerul dcl Dcrccho». Traducción y adicioncs por J . C a s t ille j o v D uahte,
B. IV. I, § 41. pAffinu 197 a 201. Madrid. 1910.
-239-
al delito, se jusfiñca por sí misma, ounque no prodiiZ'
ca ningún otro bien.
575. Hay también teorías mixtas y eclécticas, que
admiten la expiación como uno de los varios fines de
la pena, a semejanza de la docrrina que llamé esco­
lástico-harmónica; pero sin reducirlos a la unidad, ni
establecer la debida gradación entre ellos. Bn ese
caso están las teorías de P acheco (1) y G roizard (2)
en España, G uizot (3), O rtolan (4), M ounier (5),
G arraud (6) y P roal (7) en Francia, H aus (8) e
Isidoro M aus (9) en Bélgica, B rusa (10) en Italia,
A beoo (1 1 ), K 5 s t u n (1 2 ), H ugo M eyer (1 3 ), Bin-
oiNG (14), M er k el (15) y B erner (16) en Alemania.
Entre los filósofos del Derecho cabe mencionar aquf

(I) PA CIIliCO , lE ilu d la i de Derecho penal.. Lección X IV ,p á g iit u 2 4 5 y s l2 iila i.


l a . g uinla «dición. M id rid , 1SS7.'
(2^ O r o iz a k d . « E l Código pnial d t 1870. concordido y com cnlído.. Tomo I I.
X X X iV . plginas 7 J y slguifiilra. DurcM , 1872.
13} O U I/O T , < Trail( de U peine de morí en m iliere p o liliq u ti. 1X23.
(O ÜRTOLAN, obra c iU d i. Tome I. P n m ic rc parlic, chaps. I I «I I I I , paga. 41
d s u ir,
(5) M O U M C R , •Tralté Uiéorique ct pralique de D ro il pmal>. Tome pronlei.
PralrfOnenes. Chap. I. Beetian 1, S 1, 7 systéme, pa|¡s. 63 el tu iv. Parts, 1893.
(6) OARRAUD, •Traite IhcOríque el pralique du DrOil penal franjáis.. Tome
premier. Intro duclio n.l V I, paes 70 aTfr. Deuxiéne cdlllon. Parts,. IMA.
(7) P r o a l , <Le crime el la pein o. Deuxiémeparlie, cliap. X X I, pigs. S M a
510. Deuii^nneedihon. París. 1894.
(8) J. H a u $, <Du principed'explatlon consideré cem n e h a » de la Ip l penale>.
Oand, IM S . Idem. -PiCncIplJ general! di Diritto pcnalt-. Prim a re n ia n c lU lla n a d l
Errico Feo. Volume I, cap. I I I , < I I I , paga. B6ed srg. Napoll, 1877.
(4) ISIDORO M a u s , iD e la jusliee penale>, chap. I I I , I II , paga. 130 et aulv.
París, I W I .
(10) B r ü S a , -Sal nuovo posiliriatno nella giu»li 2Ía pcnaic- Parte Kcoada, piei-
naa 92 a l'Q .
1,11) A b e q o . «Ole Vrrtchiedenen Strafrechtsthcorien in ihrem Verhaltulaie au
einander and zu dem pcaitlvem Rectt, g 4B und 4Q. N«usladl, IS3S.
(12) K SS t l i N, iNeuc Revisión dcr a n in d b r ir iK e des Krlminalrcchls* Tubln-
ecn,)845.
(13) H u a o M EV ER , < L ( h T b u c h des deutschen Strafrechts., 5 A.ullage. Leip­
zig, IB9S.
(10 B in d i n o , • D ieNorm cn und Lhr< O batrctung-, 1 Btnd, 2 Anflagt, Leip ­
zig, IS W
(15) M e r k e l, «Die VergeUanesiiJee Dnd Zvecicgedanke In Strafrecht(.i. StrasS'
burgo, 1B92.-Id., .Derecha penal., T . I, § W y 7ü,' piga. y tigítt.
(16) BE R N EII, cLchrbuchdesdentscbenSlrafrechts, Einlcilung», I I, § 7 (pag. (>,
Ldpzle,
-2 4 0 -
por analogías de doctrina con loa eclécticos a los
insignes B a l m e s e n Espafia (1), T a p a r e l u (2 ) «n
Italia, C o s t a R o s s e t ti ( 3 ) cn Hungría y Teodoro
MevER (4) en Alemania. También pueden asimilarse
a éstos los españoles P. M e n d iv e (5 ), P. Q u in ta ­
n a (6 ) y , aunque su doctrina es menos definida, el
S r. R o d r íg u e z C e p e d a <7>.
376, Ahora bien; la cxpíaciíín como fin intrínseco
a la pena no exige Torma determinada de ésta, sino
sólo que sea verdadera pena, esto es, padecimiento
impuesto por razón de delito, y qu« sea proporciona­
da a éste. Habiendo, pues, demostrado ya que la <pe­
na de muerte es proporcionada a ciertos delitos, y la
única que reúne esa condición con respecto a ellos,
está demostrado también que la pena referida en esos
delitos no sólo realiza el fin de la expiación, sino que
es la única que puede realizarlo, y es. por tanto,
legítima y iurfdicamente necesaria.

§ II
La pena de muerte y la ejemplarídad penal en e! orden
especulativo y psicológico
Sumarlo: 377. La cjcmplaridai! como Fin ncccsario de la pena; cn
que consislc: elementos que comprende. 378. La ejemplaridnd
en las teorías relativas y mixías. 379. Los que admiten la ejem-

(1) B a l m e s . .Curso dePilosefü clnnmtal., Ellci, oap. X X V II, p ig in u 115


a 491. París, ]8»>.
( I I TAPARei l.l, •Znayo leóricn dr Dertcho natnnl apoyidnm los h«h«>,
Ifaducido por D. JL’AN MASuei, O k ti y Lxka.. Tomo I, libro IV, cap. III, ar­
ticulo Itl, e til. ^ e in a t 145 f siiuioitcs. Segundacdicíón. Madrid, IS8I.
(3) C o st a R o s s e t t i , .Philoiophi» moialis s m Inslituliencs Ethicz tí Jnris
lulnra-. Pars I, rap. IV, Ihnis 49, |vag 161. Idtra, Pars IV, cap. II, pags. 682 f ( stq.
Oml|x>nl«, 1836.
C4) TlinoDUuus M E v m , ■Inslituliones juris naliirilis s(n Philosophiic raora-
ILs univcrix., Pars II. Scciio III, liber I, capul V, art.2, a III Tomo II. paga. M6el
seq.) Fribiirgi Brisgovix, MCM-
13) MEMMVC, «Elementos de Dcrcctio naturaK, cap. IV, art. III, g III, pininas
3S4 y sieuimle». Valladalid, IBA4.
(6) Q u in tan a , S. J., «Resumen de las cjpUcaciono de t5er«ho natural en ti
Colegio de estudias superiores de Deuslc» (Bilbao), Parte especial, Scición primera,
Cap. V, arl. 6, pag. K7 2.‘ cdicl6n. Qilbao, 1410.
(7) RourÍOUE^. CcreOA, -Elementos de Derecho natural’. Lección 66, p i| Io »
573 y siguioilcs. Terccra edlci&n. Valcncia, IS91.
— 241 —
plaridad como fin único (de la pena). 380. Los que dcriciidcii el
nn d< la cjcmplaridad ¡untamciitc con otros ñncs. 381. Diversos
fines atribuidos a la pena que c$t4n comprendidos «n el dc la
ejemplaridad como partes en el lodo: autores que sostienen esos
fines. 362. Otros fines atribuidos a h pena que están fundados y
presuponen el de la eicinplaridad. 363. Fondo común de las
teorías relativas indicadas: lo que hay que dcmoslrar aquí res­
pecto a la pena de mucrt<;. 384. Pruébase que la pena de muerte
es ejemplar: error dcl Sr. C a n a leja s . 3S5. La pena'de muerte
como la mis ejemplar de todas: condiciones peculiares que
reúne para ser más ejemplar. 386. Primera condición de las
indicadas: la máxima gravedad de la pena de muerte: examen de
esa condición. 387. Continuación del punto anterior: los estímu­
los del delito y los coiitra-estimulos de la pena. 388. Se previene
una objeción. 389. Prueba de que la pena de muerte es la más
sentida. 390. Lo que arguye E l l e r o : contestación: la duración y
la intensidad de las penas: su valor relativo. 391. Las penas que
habrían de sustituir a las de muerte: su escaso valor iiitimidativo.
392. Segunda condición que hece más ejemplar la pena de
muerte: su solemnidad: examen de esa condición. 393. Un
argumento de B e c c a r ia . 394. Contestación: ficción de B e c c a r i a
sobre las penas que pueden substituir a la de muerte. 395.
Continuación: la inevitable falta de solemnidad en las otras
penas y la solemnidad de la de muerte: consecuencias de una y
otra. 396. Resumen y consecuencia de lo expuesto. 397. Tercera
condición que hace más ejemplar la pena de muerte: su eficacia
dolorosa igiial para todos: análisis de esa condición: eficacia
desigual de tas otras penas. 398. Continuación; eñcacia dolorosa
igual de la pena de muerte. 399. Cuarta condición que hace
más ejemplar la pena de muerte: su irremisibilidad e inquebran*
labilidad: examen de esa condición. 400. Quinta condición que
hace más ejemplar la pena de muerte: su accesibilidad a todas
las inteligencias. 401. Se responde aun reparo de L a n e ss a n .
442. Consecuencia de lo expuesto.

377. Fin no esencial de la pena, pero socialmenfe


necesario, es decir, obligatorio al poder social, según
la indicada doctrina escolástico-harmónica. la
ejemplaridad. Esta es la acción que eferce la pena
de retraer de los delifos por el temor. Pero el temor
penal produce sus efectos directa e indirectamente y
de una manera más inmediata y viva en et penado y
menos en los demás. Segiin esto, la pena ejemplar
10
— 242 —
produce loa siguientes efectos, que son otros tantos
elementos de la ejemplaridad: 1 E l escarmiento dcl
reo penado para que no vuelva a delinquir. 2.'’ La
intimidación (para que no delincan) a todos los demás
ciudadanos a quienes el ejemplo del delito pudiera
inducir a imitación, o que de cualquier modo estuvie­
sen inclinados a delinquir. 3.° Sanción y garantía del
cumplimiento de las leyes positivas. 4.® Una enseñan­
za indirecta en cuanto la pena hace que se fíje la
atención y se conozca mejor, no sólo que ciertos
hechos son delitos, sino también cuánta es su grave­
dad e importancia, y cómo el Derecho es cosa res­
petable, que no puede burlarse en vano. 5.® Como
consecuencia de lo anterior, el efecto de despertar o
avivar en la generalidad de los asociados los senti­
mientos de aversión o reprobación del delito. 6.° El
efecto de evitar (en muchos casos) que las víctimas
del delito busquen la reparación de éste por medios
desordenados. .
378. Esto supuesto, el fin de la ejemplaridad,
bien que sin precisar su extensión y alcance, ni deter­
minar debidamente su importancia absoluta y relativa,
es admitido en todo o en parte y directa o indirecta­
mente por la mayor parte de las teorías relativas y
mixtas.
979. En primer lugar, pues, admiten directamen­
te el fín de la ejemplaridad como único, aunque sin
darle este nombre (ni otro), B e c c a . r i & , según el cual
el fln de ta pena «no es otro que impedir al reo causar
nuevos daños a los ciudadanos y retraer a los demás
déla comisión de otros iguales» (1); P i l a n q i e r i , que
dice lo mismo y casi con las mismas palabras (2), y
C ^ R M i Q N A N i , que afirma que la que él llama imputa-

(1) BecCARlA, .Trat»üo de l<M delitos y de las penis-. Nucv» Indvcclún ton el
Comenlario de V 0 LTAIR&..., cap. XU , página 45. ['iris, l«2S.
(2) riLANGlIiRI, «Cinicia dt la IcgUlación...*, nurramcnle traducida, por DOM
Ju a n RIDKSA. Tomo I I I . Stgunda pajlt. Cip. K X V Il. página Madrid, 1821.
— 243 -
ción civil, o sea la responsabilidad penal, es para
apartar a los ciudadanos del delito, y que, por tanto,
la pena no se impone guia peccaíum est, sed ne
pecceíur (\).
580. En segundo lugar, sostienen ese fin con su
nombre propio o con el menos comprensivo de Inti­
midación (que expresa, sin embargo, el elemento
principal y básico de la ejemplaridad); pero en con­
curso con otros fines, los eclécticos en general, como
son, en Francia, Obtolan (2), M oliner (5), P ro a l (4),
G a r r a u d (5), Vidal (6) y, en general, los que consti­
tuyen la escuela Francesa clásica, y en España los
discípulos de ésta. Pacheco (7), A u r i o l e s Monte­
ro (8). Qroizard (9), etc., precedidos unos y otros
en esta parte por los también españoles Laiidizá-
BA L (10) y J o s é Marcos Gutiérrez ( 1 L ), aunque éstos
no fueron propiamente eclécticos. En Alemania sostu­
vieron teorías análogas los también eclécticos L a i t s -
ner (12) y Binding (15). Entre los filósoros del Dere­
cho partidarios de la ejemplaridad merecen citarse

(1) CARMIQNANt, ijuris criminalis clcinmU». Volumen I, Libcr primal. Pa n s«-


cunda. TI». II, p iíS.ÍM i lOJ. Pisi», M D C C C X X II.
(2) O r t o l \ n , L«to cil. Chap. I II, pag. 3T d suiv.
(3) MOLINIER, Loco cil.
C4) P r o a l . O b n c i l , pigs. 510a SI.I.
'S) QARRAUD, Olira cit. Tomo I. IntraduMÜn. $ V II, p ig in u 7 i i BO.
(6' VIDAL, -Cours Je Droil criininel n de scienct penilcnciiirc. Pronlfrc pirtlc,
Livra premiM, chip. I. Section I II , pigs. 57 «1 S8.—Idem: LIvrr V III, clup. I, p*el-
ne S49. Ptrit, 1401.
I.T) P a c bic g o , Loco cil,
(Sj A n iiO L E S M o x t i r o , <Inslituciane< de l3er«cho penal d« Españi>. Pirte
primera, titule IT I, pijlnas > siguimies. Madrid, ISim
C>) O u a iiA B D , Obra diada. Tomo II, pininas 76 y siguientes,
(10) L u d i e A r a l , «Discurso wbr» las penas, eontraido a las leyes erimlules de
EspaA?», cap* IIT , pi£ina$93 y sigvienlcs. Madrid, M D C C LX X X IT ,
(11) Jo a i MAKC08 QuTi¿KiiKi!. •DÍKUI90 sobrc las delitos y las penas». | I I ,
piglna32. Madrid, M D CCCV I. (Btediw u rso se publicó con pagiueiún disllntaa
la conlinuaci¿n dcl lomú 111 d« la PrAclíca erimlnal de España d«l luisno Aut^).
(12) L a it b x k k , <Du Recht in dcr Slratc. Bellraic zur Qeschichtedcr Philoso-
pliie». Mundial, 1872.
(13) B.ixDiiro, Obi* rilada.
— 244 —
B rlm es (1), R osmini (2), T aparelli (3), T eodoro M e -
VEH (4) y el P. Q uintana (5).
381. Sin coincidir enteramente con el íin de la
ejemplaridad tal como yo lo entiendo, porque es más
amplio, esián directamente comprendidos en él como
elementos en el todo los fines señalados a la pena por
muchas teorías. Están, pues, comprendidos en la teo­
ría de la ejemplaridad por razón del primero y segun­
do elemento de ésta, según los indiqué. la teoría de la
prevención particular y general de Benthan (6) y la
de la reparación de W elcker (7). Por razón de! pri­
mer clemenío sólo, lo esl¿ la teoría de la prevención
especial de G rollmann (8). Por razón del segundo
elemento de la ejemplaridad están comprendidas en la
noción de ésla las teorías de la reparación por la inti­
midación, de K lein (9); la de la ejemplaridad como
repercusión de la pena, de R aúl db la G ra sserie (10);
la del temor infundido como fuerza psicológica con­
traria a la fuerza impulsiva del delito, es decir, de la
pasión criminosa, de R omagnosi (11), y más reciente-

(1) BAL31K9. «Curso de FilosoH» elemmt*!.; Elic», e»,i. X X V II, pájin»s 444 y
ligulcntes. Pmí», I8S6.
(2) R o s h ik i S k h u a t i , Filoüofia dcl Dirillo. Volumc I I . Diritlo sociilc. Lllin
IV , M zionell. Pirlc sccondi. cip. IV , irl. IV . Dirlllo praaleddia lacicti dvilt,
p i{s. Sgg cd Milano. M D C C C X L III.
(3) TA FA ftELLI, L«CO<il.
(4) Tk«ik>bo M ir iiH ; luti4uliones Juris naluralis se«i Philw ophíu
unlvcruc. f i n I I , Scciia 111, Líber I, rap. V. irt Z, S 3, Toma I I , p ap ti. s<i|.
Frlburgl Brisgovlc, MCM.
(5) OulMTtNA, S J., Resumen dt 1*9 cxpl¡»cion« de Dcicclio naluul, Pirte
cipccial, Sctclón primera, Cap. V. art. 6, pag. 3S7.
(b) Dk x t i i a S, T coriide U> p e n isyd cla f rccompmsas, traducida al español
dt la tercera nliclón. Tomo I, lib. I, cap. I I I , pininas 15 > iiguíenles. Parí:, in6.
(7; W b l c k e ii . Ule letilcn Oriindc von Rech,^laat und Stralc, phllaMpbiKlic
and reditshislarlsclir enlwickcit. Ginsen, IB13.
(g) O ao LLH ix .v, Über die Begnindunjdes Slrafretlils und Slralgíset2 gebiiii|.
Olusoi, I7«g.
{») K w » , OrundíUlze (Je? gíintinen ículschcr und prcujsiíclKn pdnlicliea
Rcdits. a AuI* Halle, ITW.
(im R a d l dk l a O i.issiib ie, D n principes sociolo{iqna de la Criminologit-
ehapitre X I I , B, pap. Í» J »V )i. París. 1901.
<ll) RotlAúHOSt, Onicsi del Dirillo pcnilc. Parle Mconda, capo X IX , X X <d
XX X , pae>. I H a U7 ed 173< l i í . Milano, ltS7,
-2 4 6 —

mente de S ilvio L onohi (1) y A umena (2); la análo'


jTfl de la coacción psíquica de F e u e b b a c h (3), seguida
en este sisrlo por I mpallomeni (4); ia de la prevención
(general) de loa delitos, de B lackstone (5), E lle -
Ro (6), los españoles G arcía O ovena , (7), V. C ara-
VANTES (8) y G ómez de l a S erna (9), y más moder-
namente el italiano M ecacci (10). Coincide exacta­
mente con el tercer elemento de la ejempiarídad antes
Indicado la teoría de B e r t a u l d (11). Están compren­
didos en el cuarto elemento de la ejemplaridad la teo­
ría de la advertencia, de 5 auer (12); en el quinto la
de la reprobación moral, de B ar (Id) y de B rusa (14),
y en el sexto la de la venganza purificada, de L u ­
den (15).
382. De una manera indirecta, pero inmediata, ca­
tán comprendidos, o pueden reducirse al fln de ia
ejemplaridad, aquellos otros fines proclamados por

( I ) S i l v i o Loicnm , ^Rcprcnionr c prermiionc ncl Dlrilto paule ill n il o


Tilolo I I I , capo IV , s«ion« I, M I «d scg. Milano, ISI».
12) A l i m k u a , .Princlpil di Dirllto peníle», voL I I , pirle V IE I, cap. 1, pagl-
ac4ícd91. Nipoll, m i .
C3) FKi;iJtRÁCH. •Lehrbvch des sn u c iiM In Deutichliod gfiltlgcn pdolichcn
Rerhls, Ersic» Burh, Zreiler Tilel. zvciler Abscínitt», Scit iM u n d folgoid. VIrr-
alinle Aiisgabc. Qiracn, 1947.
(♦) lupALi-OMfCHi, .IstilazlOBi di DirriMo pniale», O p llo lo V. 6, ings. 9 2 i
M. Torino, iw a.
C5) B l a c k «TOKii, .ComniHiurieí en lh(- L»w» of Engitnd*. Tomo V, 1803.
(H ay una rdlclón hecha en Filadeiña en iSfT). V. l i Iraducelón frantes» deCHO.H-
PRÉ, <C«innienUlrec íup les lois arglilses*. Tome rtnqniíme, Llvre 4«.. chap. I,
p»E. 208. París. M D C C C X X III.
(*) Ei.i.sao, Obri cit , X I I , píginlis W f siguienK.
C7j OAKOti. OovkKA, •Código criminal es|únol. según las leyes y p ric liu
vigentes». Tomo I , T il. I, wcción IX , p4gini 100. Madrid, 1841.
:S) ViCKHTE y C a r a v a n t e s , •OMiga penal reformado», comeiitada iiovlti-
manienlr. Libro T, til. til. píkgina f » . Madrid, I8S1.
(9) O iim i! DB LA SíRN A y MohtalüA.m, «Elcmcnloi de Der«ho civil y
penal». Tomo I I I . Derecho penil. Lib. 1,1(1.111, pigina &I. Madrid, 1846.
(10) M b o a c c i , cT n lU le di Dirllto peinle.. Val. T, Seiione I II, cap. XIV, pigi-
ne 145 cd seg. Torino, IW I .
( I I ) B i HTAULD, •etndesar leDrolt depitnir». Pari», 1«52.
(12) A Dat7Ilb, -Die %'arnunesilieorie nebst einer Daretcllung and Dcurtbdlung
iller Stratrechlstheorlen». Erster Abíchnitl, ErsterCap., 111. B, S. 31. Oottlngcii, 1839.
{ ) } ) B u . •Oeschfcliledasdentschen Sirarrechis nnd der &lralrcchtstbeorini, I I
Onchlchte der Strilrechtílheorini, D. Die ErgebnISM. DIe Ttieotie der sittlicTien
Mlubilligung», S. n i . Berlín, 18S2.
(U : B nn sA , O b n citada Pa.rte II, y especialmente la pigina 118.
OS) L d d c ii , «Handbach de*.detrtschen geraeinen nnd parUcnllfen S-trafrertU».
OotUngen, 1S42 nnd 184S.
-246-
disHntas escuelas o por individualidades eminentes, y
que en tanto pueden ser realizados por la pena en
cuanto ésta por el temor que produce retrae o tiende a
retraer del delito a los hombres susceptibles de ello,
es decir, en cuanto es ejemplar. Esto porque tales
fines, suponiendo que sean verdaderos, no son, no
pueden ser fines inmediatos de la pena, sino sólo fines
remotos o razones de ser de un fin inmediato común
a todos ellos. En este caso están la tutela jurídica, de
C a rra ra ( I) y de los positivistas Puqlia (2) y Manzi-
NI (5); la conservación del Derecho, de Frassati (4); el
restablecimiento del orden social, de Canonico (5); la
conservación del orden jurídico consiHuído, de Vac-
CARO (6 ): el restablecimiento del orden perturbado, de
CoNTi, (7); la tutela de los intereses sociales, de Civo-
Li (8) la defensa del Estado como persona moral,
de M a r t í n (9), o como organismo viviente, de Fe-
RRi ( 1 0 ) : la conservación del Estado, de S c h u l -

(1} CABBAR4, •Profcramma del Cotso di OirlUo criininile^. P irle snienlc-


vol. 1. lnlr«(tuzioncall4 íttOndí Síjioití, C*rdi«i <l<|l« pitgS, 501 t J Síg- F|,
roizc, 1M7.
(7J r. P ir o b ii, tManiialcdi Diritlo p n g lo , vol. I. Parte libro III,
capo II, pag. 3SÍ. Napoll, 1*90.
(3] V. MA.NZISI, •Trattitodi DirillD pénale ilaliano>', volume I, eapilolo III,
pigS. 45 «d u g . TorinO, I W S . ^ i d c n i , Vol. I II , c j p XV, p i g s 1 ed s t * , Torino, 1910.
(4^ F b a b s a ti, -Lo spcrliDcnlalismc ncl Dirllt9 ptnalc, capo. II, pags. I 2i a
ISO. Torino, I8«2.
|5) Cam oxico, <lnlrodu2ione alio stulio del D irillo pcnale. üel reato e della
pena Iti gnine*. LIbío sítorido, cipo I, « z io n t I, irlico ló 2, pígs. 31J cd Mg. S«-
condi «lÍEÍ«nt. Totíoo, 1873,
(4) Vicci^KO, «Ocne^i e funzionc ddlc Ice ji pcnali», a p iló la I, X pigs. 85cd
Mg. Terza edEzione. Torino, |(|08.
(7) H c a o CORTI, iL a pena e il sklcma penilc del códice ililíano, I, pag. .1 a 8.
■Eoclelopedladel Dirillo peiule Itilim o. RucQlta di monograpí a cura di Enrico
Penini>. V»luni« quarlo. Milano, 1910,
(ft) C ir o L i, <ManuaIc di Dirillo penales. Paite genérale. T il. II. capiloln I.
pag. 73. Milano, IW9. C ir o L i, embargo, dice que «la función principal de la
pena na es la de servir > la intimidación o a l i enmienda- (Ibidem ¡ug. 81). Mas yo
pregunto: ¿De qué manera la penu puede ejercer la lulela de loí interese» soci^le^,
alna en cuanlo_enmienda, o intimida para que no ae alenté a esos inleresrs, es dcrir
no le delinca?
(V) CHn. M a rtin , •Lehrbueh des deulschen gemeincn Kriminalreehls mil be-
londercf Rucktieht au( d u neue baierisch Qcsetzbuch». -2A:ir. Ileidelberg, 1$29.
(IC) F e r r i , * U wciolagic criminelle, tradudlen de rau fcu ri. Chapilre Iral-
sifant, II, Iiie llV .p a K S .2 l& a 3 4 7 .
— 247 —
ZE (1 ): la d e fen sa de la sociedad, de P h in s (2 ); la
conservación s o c ia l de F h a n c k (3) y la protección de
los intereses virales humanos de Liszt (4). Entre los
niósoFos del derecho que sostienen fines análog-os a
e«ros se hallan en Francia T a n c r e d o R o t h e , para el
cual el fin principal de la pena es la reparación del es­
cándalo (5 ), en Italia D io d a to L i o y , que ve en la
pena el medio de hacer reinar el Derecho (é), y en
Espafla cl S r. Mendizábal que sigue a Cariíaba (7).
383. E l fondo y base común de todas las teorías
relativas indicadas, elemento primordial y básico de la
ejemplaridad, según la he explicado, es el principio de
que la pena, lo mismo mientras sólo es amenazada
por la ley a los que delincan, que cuando es impuesta
por los Tribunales a los que han delinquido y muestra
así que la amenaza no era vana, retrae o tiende a re­
traer de los delitos por el temor que produce. Luego
si demostramos que la pena de muerte tiene eficacia
para retraer de los delitos a los cuales se aplica (y
aun de otros análogos, como veremos), y una eficacia
mayor que cualquier otra pena, habremos demostrado
que la pena referida cumple no sólo el fin de la ejem-
plaridad, sino también, y consiguientemente, todos
esos fints comprendidos o fundados en el mismo, y
que han sido objeto de las teorías aludidas.

(1) SlllUL/E, •LclKadcn der Enlvicicelanedcr philajophltchcn principien d o


bürgtrliehen und ptinlickcn R«hts, VIerler Theil, ErsiM Hiuptílutk», IV, S. 339
bis 3S9. Ontlln^tn, 1813.
(2) Prin S, «Criminaliii d rcprcssion>, chip. I I , JI, piss. H ■ 42. Driuc-
llcs, 18»
(3) T kan ck, •Philosophlcdu Droh pFtiali. Premiírc pirllc, chip. V il, pass. 84
etsuiv. QnalrltmcHliti&n. París, I8Q3.
(1) ÜS/T, Lrhrbuch des Dtuisclini Slrilrcthts, II, Orundzigc det kriininalpo-
lillk ', s 12. i D í i Sirafrtchi ais interesscnschulzt, s. « bis 55. «Slíbentc durcheear-
beitete Aullagei. Berlín. I W .
( í ) T a n c r e d o R o t h k , .T ra llé d í Dr6itmlurelthéoriqiieet appliquí». Tome
premier, lualrlímepaiiie, chap. V, pags. 448 et snlv. Paris, I8&5-
( í) D io d a to lio y , .Filosofia dcl Derecho>, versIAn caitclluia de D. Lu is
M o ya. Tomo I, cap. V II, piginas 27t y siguientes. Madrid, IW J.
(7) M enbizAbal, «ElímHitoe de Dereclio natnral-. Lección. 37. P. IV pigl-
nai 391 y slguienle. V .IU d o lií, 18».
-248 —
384. Ahora bien; decir en absoluro, como diio
el Sn. C a n a le ja s en el Prólogo a la traducción d« la
obra de C ll e r o , que la pena de muerte no es ejem­
plar, es decir que el temor de la muerte violenta no
induce a evitar lo que la ocasiona, o, lo que es lo mis­
mo, que a los hombres no les importa que les maten.
No merece, pues, tan craso error que lo refutemos.
Ejemplar es toda pena, todo padecimiento impuesto
por verdaderos delitos, con tal que sea público; por­
que los hombres temen y huyen todo lo que causa
dolor o molestia, y por consiguiente tienen que temer
y huir la pena, y la manera principal y segura de huir­
la es abstenerse del delito. Cierto que esto último no
siempre sucede, porque hay casos en que se espera
evitar la pena sin abstenerse del delito, y otros en que
parece que el bien material del delito es superior al mal
físico de la pena. Pero esto no es lo ordinario siempre
que se trate de una pena suficientemente grave y aflic­
tiva, es decir, seria. Y por consiguiente, toda pena
sería es ejemplar por su naturaleza, y tiene que serlo
también la de muerte.
385. Pero ahora voy a demostrar que la pena de
muerte, salvo que sea prodigada con mucho exceso,
es la más ejemplar de todas, o sea la que mejor reali­
za siempre el fin de la ejempiaridad y la única que en
determinadas circunstancias puede realizarlo. Hasta
ahora no sé que se haya hecho un análisis completo
de las condiciones especiales que reúne la pena capi'
tal para ser más ejemplar, o, lo que es lo mismo, de
las causas por las cuales tiene que ser más ejemplar
que ninguna otra y razones que convencen que lo es.
Este análisis, sin embargo, debe intentarse, y él nos
muestra que semejante pena reúne por lo menos cinco
condiciones peculiares para el fin indicado, y son:
a ) su máxima gravedad; b) su solemnidad; c) su efi­
cacia igual para toda clase de personas; d) su irremi-
sibilidad e inquebrantabilidad, y e) su comprensibili­
-2 4 9 -
dad para todas tas inteligencias y en todos los estados
de ánimo. Examinemos esas condiciones una a una.
586. Primera. La esp ecial y m áxim a gravedad
de fa pena de m uerte. Siendo la vida el bien más
grande que tenemos en la tierra y la condición de los
otros bienes. Id privación de la vida es consiguiente­
mente el mal más grande y el más sentido. Luegro la
pena de muerte es la más grave posible y la más sen­
tida, y, por consiguiente, la que infunde más temor y
la que mejor puede retraer por el temor de cualesquie­
ra delitos o actos por los cuales se imponga. Esto es
indudable; cuanto más grave es el mal, mayor interés
hay en evitarlo y más está uno dispuesto a sacrificar
las otras conveniencias en aras de ese interés. Luego
3i el mal de la pena es máximo, el interés en evitarla
será máximo también, y la manera de evitar la pena es
evitar el delito.
587. En otros términos: la pena ejemplar debe ser
un contra-estímulo, que supere a los estímulos del de^
lito. E l delito se ofrece a los ojos del culpable como
un bien material, un placer o causa de placeres, y co­
mo tal estimula a su comisión. La pena, a su vez, se
ofrece a los ojos del mismo y de todos como un mal
material, un dolor o causa de dolores, y como tal in-
duce a su evitación o alejamiento; y como la manera
natural y ordinaria de evitar o alejar la pena es evitar
el delito que la motiva, de aquí que la pena induce o
estimula ¿i evitar el delito. Luego la pena en cuanto
mal sensible es un contra-estímulo que ha de oponer­
se y luchar en el ánimo del delincuente con los estí­
mulos propios del delito, y ese contra-estimulo es
tanto más enérgico, y por ende tanto más eñcaz,
cuanto más grave sea y se considere el mal de la pe­
na. Luego la pena de muerte, que es en la realidad y
en la consideración de todos los hombres el máximo
de los males, tiene que constituir el máximo de los
contra-estímulos, el más enérgico y eficaz de todos.
— 2S0 —
386. Cierto que no lodos los hombres, ni aun la
mayor parte, calculan con serenidad y de una manera
metódica y precisa los buenos y malos efectos de sus
actos, los motivos que tienen para realizarlos o no, y
que, por otra parte, la inseguridad de la aplicación de
la pena disminuye la importancia de ésta, y reduce su
valor como contra-estímulo. S i así no fuera, no seco-
metería ningún deliro, no sólo donde hay pena de
muerte, sino donde quiera que hubiese penas serías,
aunque éstas fuesen algo menos graves que las usa­
das actualmente en los países civilizados que no tie­
nen esa pena. Mas aunque esto no sea as(, una cierta
ponderación de las consecuencia^ buenas o malas de
nuestros actos, al menos en confuso y de una manera
subconsciente y precipitada, existe en todo hombre
cuerdo. La prueba que nadie deja de huir de su ca­
sa cuando se produce un incendio en ella o cuando
amenaza derrumbarse; nadie deja de desviarse de su
camino cuando encuentra en él peligros imprevistos;
nadie, al celebrar un contrato, por precipitadamente
que lo acepte, deja de tener en cuenta de algún modo
la proporción entre lo que da y lo que recibe. Puede
esa ponderación no ser suficiente, y puede suceder
que, de todas suertes, las muchas circunstancias que
influyen en loa actos humanos venzan el contra-estí­
mulo del mal que se teme, sobre todo si éste, aunque
sea grave, es inseguro o improbable; pero esto no
quita que, en igualdad de las demás circunstancias,
cuanto más grave es un mal que amenaza, mayor es
su eficacia como contra-estímulo de los actos amena'
zades con él, y, por consiguiente, la pena de muerte,
que es el más grave en el orden jurídico penal, es tam­
bién el contra-estímulo mayor de ios delitos castiga'
dos con ella.
389 Otra prueba de que la pena de muerte es no
sólo la más grave en sí, sino la más sentida de hecho
por los criminales, la que más lea aterra y. por consi­
— 251 —
guiente, la que más podía iníluir en alejarles del delito,
es el hecho de que lodos los condenados a ella desean
y tiolícifan con vivas ansias ser indultados de la mis­
ma, sabiendo que el indulto es simplemente la conmu­
tación de dicha pena por la más grave de las otras.
Este es un argumento de un valor muy grande; por­
que lo que importa para prevenir los delitos es no
tanto que la pena sea grave en sí, sino que sea apre­
ciada como tal por aquellos a quienes se dirige su
amenaza. S i, pues, los grandes criminales sienten la
pena de muerte más que otra ninguna, es consiguiente
que esa pena es preventiva respecto de ellos más que
ninguna oh-a.
390. Dice E l l e r o que «la pena de muerte es su­
perada por otra clase de penaa, ya por la calidad, ya
por la cantidad de dolor que llevan». «Un dolor largo,
continuado, añade, es más difícil de soportar que uno
instantáneo, por más inrenso que éste sea; y además
el primero es más capaz que el segundo de influir so­
bre el espíritu» (1). Pues bien; es verdad que un dolor
largo, continuado, es más difícil de soportar que uno
instantáneo, aunque sea más intenso; pero es siempre
que la diferencia de intensidad no sea muy grande. La
intensidad grande en los dolores es algo positivo, que
el hombre siente o preve en su conjunto, que excede
de la capacidad que uno tiene para tolerarlo, y aterra
y desespera. La duración, en cambio, ca algo más
id«al; y si el dolor que dura es ligero, como los mo­
mentos de sü duración no se suman y el hombre no
siente más que lo que corresponde al momento pre­
sente, ni considera más que lo que será el momento
inmediato, fácilmente vence y aun desprecia semejante
dolor, y es en vano que se le imponga. Pues bien; sí
al abolirse la pena de muerte hubiera de sustituir a esta
pena otra verdaderamente dolorosa y de larga dura-

(0 Cl l c r O« Obra ciUd^i XII^ página


— 252 —
ción, pudiera suceder que algunos, y aun asf no todos,
sintieren más una tal pena que. la de muerte. Y dig'o
algunos, y aun así no lodos, porque, independiente­
mente del dolor que acompaña a la muerte violenta,
ésia tiene en contra suya el amor a la vida que es tan
grande en el común de los hombres, el instinto de
conservación, que es tan íntimo y vigoroso y los te­
mores de ultratumba. Pues qué, ¿no vemos en todas
partes personas que por enfermedades o por la iniqui­
dad de los que les rodean se ven condenadas a sufrir
perpetuamente dolores positivos físicos y morales bas­
tante graves y que, sin embargo, no desean la muerte,
aun en cuanto es lícito desearla? No, pues, todos ni
aun la mayor parte preferirían la pena de muerte a una
pena perdurable de reclusión acompañada de dolores
físicos positivos, a no ser que éstos fuesen muy agu­
dos y constantes.
391. Pero en el estado actual de nuestras co
tumbres no sería dable imponer una pena asi. ni los
abolicionistas la aprobarían. Luego la pena que había
de sustituir a la de muerte sería una simple pena de
reclusión (en el sentido genérico de la palabra), en la
cual el reo, o pasaría la vida en la ociosidad, jugando
o divirtiéndose con sus compañeros, o a lo sumo ha­
ría trabajos más moderados que los que suelen hacer
los hombres honrados en la vida libre, y en ambos ca-
■sos viviría sin cuidados y mantenido total o parcial­
mente a cuenta del Estado, es decir, de la sociedad
honrada que trabaja y paga. ¿Dónde está, pues, ese
dolor largo y continuado de que habla E l l e r o ? En la
pena que había de sustituir a la de muerte, y que sus­
tituye de hecho donde ésta no existe, no hay dolor po­
sitivo ninguno, sino una simple privación de placeres,
de que muchos se privan voluntariamente (los religio­
sos, por ejemplo, y sobre todo las religiosas en clau­
sura), privación que si tiene importancia, habrá de ser
precisamente por su duración, pues intrínaecamenre
-285-
tio la liene. ¿Y habrá persona cuerda que sienta más,
o a quien asuste más semejante pena que la de muer­
te? La razón nos dice que no puede haberla, y la ex­
periencia nos muestra que no la hay; pues como
advertí antes, todos los condenados a muerte desean,
y desean vivamente, que se les conmute la pena. La
pena de muerte, pues, es la más ejemplar por ser la
más grave y la más sentida y ia que, por consiguien­
te, puede retraer mejor de los delitos por e] temor y
por las consecuencias que de ese temor se derivan.
392. Segunda condición que hace m ás ejem ­
p la r ¡a pena de m uerte: su solem nidad.— La pena de
muerte, ya por su misma gravedad, ya por ejecutarse
en el país donde se cometió el crimen, ya por las Tor-
malidades que la preceden, acoinpañan y sig-uen, tiene
una solemnidad y resonancia que no tienen las otras
penas; despierta mucho más la atención de todos, y
hace que lodos la comuniquen unos a otros y la co­
menten, y produce una impresión general útil para la
intimidación, que están muy lejos de producir las otras
penas. Bsto aunque la pena dicha se ejecute, como
está dispuesto en España, en el interior de la prisión
con asi.stencia de pocas personas; mas izando «en
parte visible desde el exterior de la prisión una bande­
ra negra, que se mantendrá ondeada durante todo el
día» (art. 104 del Código penal); pero mucho más si
se ejecuta con publicidad aunque limitada, como creo
que debe ejecutarse.
393. Mas en este punto debo hacerme cargo de
un argamento de B e c c a h i a . Helo aquí; «El rigor del
, castigo hace menos efecto sobre el espíritu humano
que la duración de la pena; porque nuestra sensibili­
dad es más fácilmente y más constantemente afectada
por una impresión ligera, pero frecuente, que por una
sacudida violenta, pero pasajera. Todo ser sensible
está sometido al imperio del hábito, y como es él el
que enseña al hombre a hablar, a andar, a satisfacer
-2 5 4 -
sus necesidades, es también el que grava en el cora­
zón dcl hombre las ideas de moral por impresiones
repetidas. E l cspccfáculo horroroso, pero momentá­
neo. de la muerte de un criminal es para el crimen un
freno menos poderoso que el larg^o y continuado ejem­
plo de un hombre privado de su libertad, convertido
de algún modo en una bestia de carga y reparando
por trabajos penosos el dafio que él ha hecho a la so­
ciedad. Este retorno frecuente del espectador sobre sí
mismo; «si yo cometo un crimen seré reducido toda
mi vida a esta miserable condición»; esta idea terrible
espantará más fuertemente los espíritus que el temor
de la muerte, que no se ve más que un instante en una
oscura lejanía que debilita el horror» (1).
394. Comienzo advirtiendo que lo que B eccaru
dice del reo convertido en una especie de bestia de
carga, y reparando por trabajos penosos el daño que
ha hecho a \<t sociedad, es una ficción escogida expro-
fc30 para hacer un argumento; pero que ni está con­
forme con los mismos principios del autor, que no
consienten que se trate a un reo con tanta dureza, ni
es compatible con los sentimientos humanos actuales,
ni €3 materialmente realizable sin apelar a oíros rigo­
res aun más grandes, que ni la moral permite, ni la so­
ciedad toleraría. Actualmente ya sabemos que los tra­
bajos forzados, como dijo T arde, consisten en no
hacer nada, si no es hacerse alimentar a expensas del
Estado.
395. Esto supuesto, lo que dice 5 eccaria tendría
alguna razón de ser, si la pena que hubiese de susti­
tuir a la de muerte, y sustituye de hecho donde no hay
ésta, se pudiera cumplir por cada reo en la misma co­
marca en que se perpetró el delito, y en punto céntrico
de la misma, y en forma visible para todos, y con

; i) B e c c a ria . <D« dclits n dK peinK dcuiiémc edición i v k vn« Inirodac*


tiúii d to am cA la iH ..., por M. Fauatin t X V I, |Ugs. 97 «t m lv. Pirte, ISW.
-255 —
algún rótulo que indicara lo que debía durar la p«na.
Pero eso no puede ser asf, al menos aclualmenfe, y
empezando porque el público no se preocupa, ni co­
menta. ni grcncralmcnte se entera en particular de la
imposición de las penas comunes, es decir, de ningu­
na oira pena que no sea la de muerle, continuando
porque el vulgo ni distingue las diferentes penas de
privación de libertad, siendo para él igual, y desig--
nando con el mismo nombre, el de presidio en Espa­
ña, por ejemplo, lo mismo la cadena perpetua que el
arresto mayor, nos eiiconlranios luegfo con que esas
penas mayores se cumplen concentrando los reos en
un número muy reducido de localidades y, por consi­
guiente, de ordinario donde nadie ios conoce a ellos,
ni sabe sus delitos, y lejos de los pueblos donde los
conocen y de la inmensa mayoría de las poblaciones
de la Nación, y, por último, que aun en esas escasas
localidades la pena se cumple en el interior de edifi­
cios. donde no penetran las miradas del público. Lue­
go iodo lo que dice el escritor milanés de las impre­
siones repetidas que produce en las gentes una pena
larga y continuada es fantástico. La ejecución de las
penas de privación de libertad, por graves que sean, el
público en general ni la ve, ni la conoce en concreto; y
si a pesar de eso tales penas tienen ejemplaridad, es
porque los hombres, aunque no se enteren de la eje­
cución de ellas en los casos particulares, saben de una
manera general que ellas existen. Bn cambio, una pe­
na de muerte, ya desde que el fiscal la pide en nombre
de la ley comienz;a a despertar la atención y a preocu­
par a las gentes; esta preocupación crece cuando el
Tribunal inferior dicta sentencia condenatoria, y más
todavfa cuando el Tribunal Supremo la confirma, y
llega a su apogeo en el día y hora de la ejecución;
luego muchos presencian ésta, si se hace con publici­
dad, como debe hacerse, y otros, cuando menos, ven
el cadáver del ejecutado o el entierro del mismo; la
-256-
noticia de la condena primero y de la ejecución dea-
pués se transmite a lodas partes y en todas es objeto
de comentarios, y en todas produce und* impresión
más o menos viva y durable.
3% . Én suma, mientras las otras penas sólo son
ejemplares, porque se sabe en general que las hay,
pero no por la impresión sensible que debe producir
su ejecución, pues sólo la conoce un número muy re­
ducido de personas, que por lo común no lo necesi­
tan, y por eso su ejemplaridad es menor que la que
corresponde a su importancia, la pena de muerte es
ejemplar por los dos conceptos, y alcanza aún por'
esta razón, el máximum de ejemplaridad.
397. Tercera. L a eficacia dotorosa y p or consi­
guiente intim idadora de la pena de m uerte c a si igual
p ara todos ios individuos y en absoluto ig u al para
todas las clases y categorías naturales o so ciales.—
Todas las penas, exceptuando la de muerte, producen
molestias muy desiguales a los que las sufren, y por
consiguiente intimidación muy desigual también, y que
en muchos casos puede ser nula. Fijémonos por de
pronto, por ser las más comunes, en las penas de pri­
vación de libertad por reclusión. Para las personas que
viven con ciertas comodidades y desahogo la reclu­
sión representa, no sólo la pérdida de libertad sin com­
pensación ningun<<, sino también la privación dealgu-
ñas o muchas comodidades, que en su casa disfruta­
ban. Para éstos, pues, la, reclusión, y sobre todo si es
en una de las prisiones a la antigua, es pena grave por
su naturaleza y resultará gravísima, si es de larga du­
ración, como es inevitable que lo sea cuando sustitu­
ya a la pena capital, pudiendo hasta ser causa de en­
fermedades incurables y de muertes prematuras. Pero
estos para quienes la pena dicha sería dura quizá con
exceso, pues en algunos casos equivaldría a una con­
dena a muerte lenta, son la mínima parte de la pobla­
ción penal. En cambio, para las personas que tienen
— 257 -
que vivir entregadas a un Irabajo material duro y pe­
noso, para percibir un salario o lo equivalente a un
salario mezquino, y pasar una vida materialmente mí­
sera y muchas veces tlena de inquietudes y cuidados,
la reclusión, aun en ios establecimientos que se con­
sideran malos, es pena muy débil, o no es pena siquie­
ra; primero, porque la libertad que pierden era más no­
minal que real (¿que libertad tiene el que necesita pasar
todo el día manejando el azadón o el remo?), y segun­
do, porque esa misma pequeña pérdida está compen­
sada con la exención o la moderación del trabajo, la
seguridad de la manutención en todas las épocas y es"
taciones, la Taita de cuidados y el trato alegre con los
compañeros que están en el mismo caso. Bsto en las
prisiones peores; pero otras hay en las que tales delin­
cuentes podrían considerarse no sólo no castigados,
sino verdaderamente premiados por sus delitos; pues
obtienen comodidades de que en libertad no disfruta­
ban, ni disfrutan la mayor parte de los hombres hon­
rados, como ya notó F erri (1). Y adviértase que las
clases de personas de qiie tratamos son las que sumi­
nistran la inmensa mayoría de la población penal. Lo
que con las penas de privación de libertad por reclu­
sión, pasa aun en mayor escala con las otras penas In­
feriores a la capital.
598. Por el confrario, la pena de muerte es igual-

(1) <?<ro 3t púa a las celdas de la^ |Kn¡ tenclarias modn-nas, como lasdcPrrusa,
Milin, m Italia; Noruega. Badrn. Aiulria. España y sobre lodo Sarcia y los Paisn
Hajos, dondí cida Individuo lime una celda con Í1 iMIriM nibicns (3t «irt.una linipa*
la C4larir¿ro* timbre eléctrica, r«lre1e urt (|egAn(4
armarlo con liulla^ y 'cepillos rara el calzado, para ]a ropa y para los dientes, y al
contemplar cstu celdas la conciencia rtel piiblico siente un diseaslo moral.
posible llegar a esta exageración, olvidant.'o que el delincuente ha come-
li<l« IM niAsgrai-es delitos, y deja en el mundo la; victimas de sus criinm «, olvidan­
do que el obrero, el labradvr, que p<rmin«en honrados gozan, si, del bien le£rlcod<
la libertad; pero snlren el tiimbre y el frío, aerupados en miserables viviendas en las
ciudades y en cabailas en el campo? ¿Se tía podido olvidar quetiasta el modesto bur>
Riiéi, en premio de su lionradez. ni aun suefla el mayor namcro en tener en sui cuas
eUinjbre eWclrico, el agua curríente y el cilorffn»?» -Estudios de Antropg-
loeta criminal. Trabajoy celdas délos condenados», páginas 93 y siguiente. Madrid.
•La Eapalii Modernn). a

17
-2 S 8 -
mentc sentida y siempre de manera infensa por las per­
sonas de todas ciases y condiciones; porque el amor
a la vida es innato en todos los hombres y el temor a
la tnuerte es inevitable en todos rainbién. Para ésta,
pues, no hay ricos o pobres, ni nobles o plebeyos, ni
jóvenes o viejos; pues todos aman por igual la vida, y
todos sienten por igual la n)ucrte. S i, por tanto, las de­
más penas que hoy se usan no son sentidas por todos,
como hemos visto, y la pena capital sf, esta es ta úni­
ca que puede intimidar a todos, la única que es sietn-
pre ejemplar, y la única que no tiene en contra de su
eficacia más que el defecto común a todas las penas
humanas: la inseguridad de su aplicación.
399. C uarta condición que hace m ás ejempl
la pena de m uerte: su irrem isibUidad e inquebranta-
bilidad. —Los delincuentes, como todo el que está apa­
sionado por algo, tienden a descartar en su imagina­
ción los inconvenientes de lo que les apasiona, es de­
cir. en este caso, del delito. S i el inconveniente del de­
lito, pues, es una pena de privación de libertad, espe­
ran desde luego (aunque al fín su esperanza no se
realice), huir de la prisión o de la colonia penitenciaria
por medio de artimañas o sobornando a los encarga­
dos de vigilarles. Cuentan también con la facilidad de
obtener un indulto, que si no viene el primer año, pue­
de venir en el segundo, y en el último término con la
posibilidad de una revuelta o motín que abra las pri­
siones, como ha sucedido varias veces. Estas cspc-
‘ ranzas o motivos de esperar, sentidos ya distinta­
mente, ya en confuso, restan mucho poder intimida-
dor a esas penas, y hacen que sean menos ejemplares
de lo que podían ser. En cambio ta de muerte es una
pena que, una vez aplicada, no es remisible por parte
del Estado ni quebrantable por parte del reo. La única
esperanza que puede quedar a éste, por consiguiente,
tratándose de tal pena, es la del indulto; pero ésta
misma puede y debe cerrarse también, suprimiendo los
- 259-
indultos de semejante pena. ¿V no podría suprimirse
el indulto así mismo en las otras penas? La supresión
absoluta del indulto en éstas, ni conviene quizá, ni es
bastante eficaz para el caso de que iratamos. No con­
viene; porque es mejor dejar la posibilidad al reo de
que mediante grandes méritos debidamente justifica­
dos se le remita parte de la pena. Ni es bastante eficaz
para el caso; porque si en un momenlo dado está su­
primido de iiccho o de Derecho todo indulto, los reos
de muerte saben que la surrírán; porque s« cumple re-
iativamente pronto; pero ios condenados a muchos
afios de reclusión, ¿no esperarán, dada la movilidad
de nuestras instituciones y Gobiernos, que antes, mu­
cho antes del transcurso de esos años, las leyes o la
prédica cambien y lleguen a ser indultados al fin?
Luego la pena de muerte, aunque no se supriman en
absoluto los indultos (con tai que se limiten), pero mu­
cho más si se suprimen, tiene por su irremistbilidad e
inquebrantabilidad una eficacia intimidadora y ejem­
plar de que carecen las penas de privación de libertad,
que son las que habían de sustituirla.
400. Q uinfa condición especia! de ¡a pena d
m uerte p ara su e/em olarídad: su com prensibUidad
p ara /odas Ja s inteligencias y en todos lo s estados
de ánim o.—ha importancia y trascendencia que tiene
la pena de muerte para el que la sufre no es fácil cono­
cerla con precisión; pero en cambio en lo sustancial
la conocen y aprecian hasta los más rudos e ignoran-
tes, y no se puede ocultar a los más vivamente apa­
sionados. ¿Cómo no, si no hay nadie que no haya
experimentado alguna vez dolores físicos, que hacen
adivinar lo que serán los de la muerte, ni que no haya
visto los estragos de ésta de diversas maneras pro­
ducidos? En cambio, respecto a las penas de reclu­
sión, la mayor parte de los que no las han sufrido ni
-saben lo que tienen de más malo, ni lo que son, ni
menos lo que duran. No saben, pues, comúnmente los
— 260 -
incliTiados a delinquir que hay prisiones celulares, ni
que hay que frabajar en alg-unas de ellas; y si a esto
se agrega el estado de apasionamienro y preocupa­
ción con que cometen los delitos, se comprende que
los que no han estado presos no se den cuenta de lo
que es o importa ta privación de la libertad, daño que
por otra parte nunca observaron de cerca, ni aun qui­
zá vieron, ni menos de Ip que sig-nifica el estar perpe­
tuamente o por tal o cual numero de anos sujeto a
esa pena. Por esO la pena de muerte tiene aun por esa
razón de ser mejor conocida y apreciada en lo sus­
tancial que las otras, una elicacia intimidadora que las
otras no tienen.
401. Algunos abolicionistas como L \ n e s s a n (1)
combaten la ejemplaridad de lapctta demue^tle, dicien­
do que el criminal en el momento del delito no piensa
en la pena, y por consiguiente ésta no puede intimi­
darle. Pues bien, si esto fuera verdad en absoluto, no
sólo no seria ejemplár la pena de muerte, sino que no
lo sería ninguna pena; pero no es así más que en par­
te. Hay, es verdad, algrunos Criminales en quienes la
pasión criminosa que les obscurece la inteligencia, la
confianza en las propias fuerzas para burlar a la poli­
cía y a loa Tribunales y e^ concurso de circunstancias,
que son o parecen especialmente favorables para elu­
dir el castigo, hacen ineficaz la amenaza de cualquiera
pena, incluso la de muerte; y de ahí el que a pesar de
ésta se cometan crímenes que deben ser castigados
con ella. Pero al lado de éstos, y dentro del mismo
género de los dispuestos al crimen, hay otros en ma­
yor número que, menos apasionados, o menos con­
fiados en sus fuerzas, o menos ayudados por las cir­
cunstancias, se retraen de delinquir por temor de la
pena ejemplar, y como entre ellos hay grados, cuanto

(n LASE5SA.N, «La laHe coirtrc l« cHine>, O tJp itre IX . pags. el suiv. Pa-
tii, 191C.
— 261 —

más ejemplar sea la pena, más serán los que por te-
,mor a ella sé abstendrán de delinquir. Ahora bien; la
pena de muerte, siempre la más ejemplar, es para los
grandes criminales por su voluntad dura, y para todos
Í03 que delinquen con mucho apasionamienro por su
inteligencia obscurecida y por ende poco perspicaz, no
ya [a más ejemplar, sino la línfca que puede ser ejem­
plar con ellos, si alguna lo ha de ser, no sólo porque
es la pena más grave y más sentida, sino porque es
una pena cuyo objeto es tan simple, tan conocido y
tan obvio, que no hay oscurecimiento de inteligencia,
como no sea total, que baste a hacer desconocer su
importancia.
402. Resulta, pues, que la pena de muerte íicne
por lo menos cinco condiciones que Faltan en las otras
penas y singularmente en laa de privación de libertad,
y que son otras tantas causas de que su ejemplaridad
sea mucho mayor que la de éstas.

§ ni
La ejentpiarídad de !a pene de muerte en et orden
experímentat y esfadísfíco
Sniuai'to: 403. InsuFiciciicia acliiu! de las cstudislicas para disccniir
la cjmplariiiaü de la pciiu de riiiiLTtc. La comparación de los
pafe«5 que tienen pena de muerte y de los que no la tienen. Ln
comparación en un Estado abolicionista de los tiempos anterio­
res y posteriores a la abolición. Lo que seria necesario en las
estadísticas. Ejemplo de Italia: id. de Holanda: coüsccucncias.—
404. Conclusiones p<irlicularcs e indicios generales que pueden
sacarse de las estadísticas.—405. La pena de muerto para los tal-
sificadores de moneda y su abolición en Francia; efectos de esa
abolición: consecuencia».—406. El proyecto de supresión de la
- pena capital en Francia en 1006.— 107. Consecuencias históricas
de semejante proycclo: cambio de opinión en ta cámara Erance-
sa: lo que dice Má x w e i .l .—403. Hcctios particulares que prue­
ban la ejemplaridad de la peno capital.—409. Los indultos en
Fronda: períodos que pueden distinguirse en la historia de los
mismos desde 1871: períodos paralelos en la historia estadística
— 262 —
de los homicidios.—410. Dáteos numéricos sobre ejecuciones y
homicidios que comprueban esc paralelismo-—411. Los indultos
en Bélgica; aumento consiguiente en los homicidios: la aboli­
ción de la p. de m, en Suiza en 1874 y efectos que produjo.—
412. Lo que puede deducirse de las estadísticas criminales e&pa-
ñolai: escaso valor probatorio d<; sus datos y causas dcl mismo.
413. Las primeras csladfsticas de la criminalidad española. Datos
referentes al quinquenio de 1855 a 1859 inclusive: consecuen­
cias.—414. Años en que dejaron de publicarse las estadísticas.
Examen de las del quinquenio de 1383 a 1887 inclusive: conse­
cuencias.-413. Las estadísticas de 1895 a 1899; su inutilidad para
esta controversia. Las idem de 1900 a 1906: su examen y conse­
cuencias.—41ó. Se prevjene una objeción: desde 1906 disminu­
yeron (en España) las condenas a muerte; pero no disminuyó la
criminalidad que las ocasiona: pruebas y explicaciones de «stc
hecho.—417. Consecuencia de este estudio de las estadísticas
españolas.—418. Los homicidios en Inglaterra y en Italia.—
419. Lo que prueban los hechos externos conocidos.—420. El
argumento de D o r a d o M o n t e r o contra la ejemplaridad de la
pena de muerte: los condenados a tnuerle que habian presencia­
do ejecuciones capitales. Contestación general.—421. Lo que
debería probar el profesor salmantino; inexcusabilidad del pro­
ceder de éste.—422. Lo que se ha investigado y como deberia in­
vestigarse para saber si la mayor parte de los reos de muerte
asistieron a ejecuciones capitales: no consta que hayan asistido
ni siquiera un 8 o 10 por 100 de eflos.—423. Lo que prueban los
hechos conocidos en ese orden.--424. Aunque la mayor parte y
aun todos los condenados a muerte hubieran presenciado ejecu­
ciones deesa pena, no se podría argüir contra ella: pruebas.

403. La comprobación experimental por medio de


la estadística de la ejemplaridad de la pena de muerte
no puede hacerse por hoy de una manera tan completa
como sería de desear, y esto lo reconocen comiínmen-
te defensores y adversarios de tal pena. La compara­
ción de la criminalidad de Eos países que tienen pena
capital y de los que no la tienen prueba poco; porque
es comparación de elementos hcterog-éncos, una vez
que» independientemente de la eficacia pequeña o ^ a n ­
de de la pena de muerte, cada nación tiene sus cuali­
dades propias favorables o adversas a la criminali­
dad. La comparación de los Estados abolicionistas en
-2 6 3 -
lo3 liempos anferioTcs y posteriores a la abolición po­
día servir mucho más para el caso de que tratamos,
siempre qu« en rales Estados no hubieran ocurrido
hechos generales e importantes que puedan influir en
la criminalidad, y siempre también que la supresión de
la pena capital se hubiera hecho repentinamente; por­
que si se hace por grados y precediendo la supresión
de hecho a la de Derecho, los efectos que de todas
suertes nunca habían de ser bruscos, serían en este
caso tan lentos, que no podrían distinguirse de los
debidos a otras causas sociales concurrentes o diver­
gentes (1). Además, era preciso que en los tiempos y
países que habían de ser objeto de estudio se hubieran
hecho estadísticas anuales y no con largas interrup­
ciones. Ahora bien; como esas tres condiciones no se
verifican en ninguno de los Estados abolicionistas
algo importantes, de ahí que toda conclusión general
que pretenda sacarse de los dalos estadísticos, respec­
to a la pena de qué tratamos, es algo insegura. Sirva
de ejemplo Italia, el único Estado abolicionista verda­
deramente importante. Allí las guerras interiores, los
motines y los estados parciales de anarquía ocasiona­
dos por la Revolución hasta conseguir la unidad italia­
na debieron producir un endurecimiento de los ánimos,
una propensión a la criminalidad sangrienta y unas
facilidades para la impunidad, que luego la paz mate­
rial y la constitución de un gobierno relativamente
fuerte y estable debieron aminorar más o menos pau­
latinamente. Hubo, pues, cambios de circunstancias,

(I) La supresién de hccho * n l« qiw la dr Dtrrcho equivale a una snprt5Wn niaj


Eradual 1 1mLi. Al principio ni aun Ins inti'ligntlKsaben si « a supresión se ha hc>
che o no; porque l.i p«na que na se .ipllcó «n este- m u ni en el olr« puede aplicarse en
el siguknlt, ijb re lada si $«brcvicnenn cimbi« dr Oobiern» (y aunque n4 sobreven­
ga). D nps^enipiezaa sospecliaisc que, en efrtio, ya no valvcria aplicar esa pe­
ni, y tal sospecha a mnlirij que pisn liemixi se va diltindiendo y a la vez acentuando,
es decir, convírtiéndos* en opinión^ y por dltinia en «rleza; peto de una manera muy
desigual según las personas; pue» u«a$ «ilquíereit uilA <0nvlcti&n pr«malura y abran
c«n a rra lo a ella, cuando oirás s6lo tienen ana sospccha de la verdad sin inDuencia
práctica en su conducía.
— 264 —
que impiden deslindar lo que se debió a la pena. Ade­
más, bastantes años (unos catorce) antes de la supre­
sión leg^al de la pena de muerte estriba ésta suprimida
de hecho. V por último, aunque Italia tuvo la primera
estadística general de la criminalidad en 1965, no la
tuvo constante o anual hasta 1880 (la anterior a esa
fue en 1876), es decir, cuando ya estaba suprimida de
hecho la pena de muerte, por lo cual la criminalidad
anterior a la supresión dicha es poco conocida y no
se puede hacer bien la comparación. ¿Qué conclusión
segura, pues, se puede sacar de las estadísticas italia'
ñas para el estudio de la pena capital? Casi lo mismo
pudiera decirse de los otros Estados abolicionistas.
Holanda suprimió la pena de muerte; pero suprimió
también el Jurado, calamitoso allí como en todas par­
tes, y la represión de la criminalidad se hizo más rápi­
da y segura, compensando así la falla de aquella pena.
Tampoco allí, por íanto, se puede sacar conclusión de
sus estadísticas. De Portugal no vale la pena de hablar.
404. Mas si conclusión general y segura no. con
clusiones particulares, esto es. relativas a ciertas cla­
ses de delincuentes, e indicios generales de cierta im­
portancia, sí, se pueden sacar de las estadísticas, y
todas son favorables a la ejemplaridad de la pena de
muerte. He aquí algunos datos:
40Ó. E l Código penal francés de 1810 establecía
le pena de muerte, entre otras, para los falsificadores
o alteradores de mone.'a de oro o plata, y esta dispo­
sición duró hasta la ley de 28 de Abril de 1853, que
sustituyó esa pena por la más grave de las que la si­
guen, la de trabajos forzados a perpetuidad, pena que
se mantuvo en la reforma hecha en Mayo de 1863 y
dura todavía (artículo 132 del Código penal) Pues
bien; en el período de 1826 a 1833 los acusados de ese
delito fueron cada año por término medio 59 y los
condenados (no todos a muerte) 24. En el afio de 1853
ya hubo por razón de ese delito 72 acusados y 34 con­
- 266 -
denados; en el de 1834, 82 de los primeros y 54 de los
segundos; en 1855, 68 y 46 respeclivamente; en 1856
hubo 95 y 57; en 1837, 115 y 69, y en 1838, 112 y 66.
Según esto, la abolición de la pena de muerte, antea
impuesta a los falsificadores de moneda mencionados,
tralo consigo un acrecimiento inmediato y rápido de la
delincuentis en ese orden hasta llegar a duplicarse en
pocos afios. En este caso los hechos, objeto de la es­
tadística, tienen todas las condiciones para inducir de
ellos una conclusión tan segura como es posible: la
de que, al meno», en el delito de moneda falsa la pena
de muerte tiene una ejemplaridad y eficacia preventiva
grande y mucho mayor que cualquiera otra pena. La
conclusión referente a ese delito, para el cual hoy no
tiene aplicación la pena capital, creo que en ninguna
parte, no puede lógicamente extenderse a otros delitos
con la misma seguridad; pero con probabilidad si,
porque ai los falsificadores de moneda temen más y se
retraen más de delinquir por la pena de muerte que
por otra alguna, es de suponer que loa demás delin­
cuentes hagan lo mismo.
406. Otro hecho importante, que prueba la supe­
rior eficacia preventiva y ejemplar de la pena de muer­
te, nos ofrece la misma Francia. El 5 de Noviembre
de 1906 el ministro de Justicia (del Gabinete Clemen-
ceau) M. G u y o t - D s s s m q n e presentó a la Cámara de
Diputados un proyecto de ley suprimiendo la pena de
muerte y sustituyéndola por una de reclusión (interne-
ment) perpetua, cuyos seis primeros años se pasarían
en una celda, es decir, en aislamiento continuo y rigu­
roso; la Comisión nombrada para informar se decidió
por ocho votos contra dos en favor del proyecto, y la
mayoría de la Cámara estaba dispuesta a aprobarlo,
aunque no sin largas discusiones. Los abolicionistas
veían ya seguro el triunfo.
407. Mas he aquí que la consecuencia de ese pro­
yecto fue un recrudecimiento tal de la gran critninali-
— 266 —
dad, que produjo espanto general, y la Comisión rec­
tificó su informe, haciendo constar el recrudecimiento
indicado; la mayoría de la Cámara cambió de opinión;
y a pesar de los esfuerzos y de la habilidad del nuevo
ministro de Justicia M. 5 r ia n d y de la intervención en
el mismo sentido de J a u r é s , dicha Cámara acordó por
550 votos contra 201 el mantenimiento de la pena de
muerte (7 de Diciembre de 1908). Con razón dijo,
pues, MA.XWELL, aludiendo a lo ocurrido entonces,
aunque no !o detalla, «que los asesinos, con una au­
sencia completa de todo instinto de oportunidad, ha­
bían escogido el momento en que las ejecuciones esta­
ban suprimidas de hecho, para redoblar su actividad;
jamás la frase de A l f o n s o K;^r r había hallado mejor
justificación» (i). (Se refiere a la frase de que debe su­
primirse la pena de muerte, con tal que la supriman los
asesinos).
408. En la discusión a que acabo de hacer referen­
cia el diputado G e o r q e s B e r r y mencionó otro hecho
que también significa algo en pro de la especial ejem-
plaridad de la pena capital. Helo aquí: «en un país del
centro de Francia había una cuadrilla de bandoleros
que en siete años realizó 567" robos calificados. Pues
bien; rodos ios afiliados a ese ejército del robo, como
le llamaba el citado B e r r v , hacían juramento de no
matar para evitar que por la falta de uno se expusiesen
los demás al cadalso.—También cabría citar aquí el
caso del italiano Luccheni, el asesino de la Emperatriz
de Austria, que esperó a que ésta se hallase en un íe-
rriforio donde no hay pena de muerte, como era el Can­
tón de Ginebra, para pcrpefrar su crimen. Esto apaVte
de otros casos particulares, pero muy significativos,
como el que cita G a r o f a l o en estos términos; «En una
pequefía ciudad del Mediodía de Italia había pronuncia­
do tres sentencias de muerte la Audiencia con breves

(1) MAXVELL; Obr* citada, pígin» 300.


— 267 —
intervalos de tiempo. Pocos días después de pronun­
ciada la última un hombre que vió pasar por delante de
su casa a un enemigo, preso de un acceso de furor se
apoderó de una escopeta y apuntó; pero inmediata­
mente soltó el arma sin haberla disparado y se le oyó
decir: «La Audiencia acaba de restablecer la pena de
muerte» (1).
409. Veamos ahora datos más generales, siquiera
no sean tan concluyentes como convendría, por referir­
se a un país como Francia, donde la pena de muerte se
ha mantenido siempre en las leyes y sólo hubo cambios
en la frecuencia de su aplicación. Examinando las es­
tadísticas de esa Nación, en cuanto a la efecución de la
pena de muerte, desde el advenimiento de la tercera
República, yo descubro y distingo cuatro periodos
principales: el primero, de severidad moderada, bajo
las presidencias de Tmeps y M a c M a h o n , desde 1871
hasta 1878; el segundo, de laxitud, bajo la presidencia
de G r e v y , desde 1879 hasta 1883 u 84 (en este año ya
empezó la reacción); el tercero, de lenidad moderada,
termino medio entre los anteriores, comprende los últi­
mos años de la presidencia de G b e v v , los de las pre­
sidencias de S a d i C a r n o t , P e b i e p y F a u r e y aun el
primer año de la de L o u b e t , o sea desde 1885 a 1899
inclusive, y el cuarto, de laxitud extrema, bajo la presi­
dencia de L o u b e t , desde 1900 a 1907. Examinando lue­
go las estadísticas de la criminalidad, en cuanto a las
varias clases de homicidios que distinguen las estadís­
ticas oficiales francesas (homicidios simples, homici­
dios especiales, asesinatos, parricidios y envenena­
mientos), es fácil discernir en conjunto otros cuatro pe­
ríodos paralelos a los primeros; de suerte que a los dos
de mayor número de ejecuciones corresponden otros
dos paralelos de menor número de homicidios. Esto en

(O OAROrALO: <La Crímínolosú», (raduccíón por PfiDRO DOKADO MONTERO.


Segunda parte, cap. IV, II. página 216. Madrid. «La Espafla McKlejna*.
— 268 —
conjunto, y sin perjuicio de interrupciones y variacionea
transitorias; porque es en vano buscar regularidad en
la marcha de las cifras estadísticas de los actos huma­
nos. Estos períodos son paralelos y no coincidentes;
porque ni la aplicación ni la omisión de una pena, y
menos todavía la segunda que ia primera, producen
efectos visibles inmediatamente, sino a lo sumo dos o
tres afios después, por no multiplicar los números, ni
alargar con^exceso este trabajo, no me detengfo en la
demostración de este punto en todas sus partes; pero
voy a fijarme en Jo más saliente que es lo del último
período.
410. En el año de 1 9 0 0 hubo en Prancia una so
ejecución de la pena de muerte; en 1901 hubo 3; en
1902, 1905 y IW-l una en cada uno; en 1 9 0 6 hubo 4 , y
en 1906 y 1907 ninguna; lo que muestra que en el con­
junto de esos siete anos las ejecuciones fueron a razón
de 1,40 por año, mientras que en el período anterior de
quince años fueron a razón de 9.20 por término medio,
o se^ siete veces más. Pues bien; los homicidios de
rodas clases que en 1901 fueron 327. en 1902 subieron
a 342; en 1903 a 393; en 1904 a 419; en 1906 a 458; en
1906 a 471; en 1907 a 514. Lo que prueba que en ese
período de siete años los homicidios de todas clases
crecieron en un 5 7 ,1 8 por 100. Y esto es tanto más de
notar, cuanto que en el período anterior, que he señala^
do. en que se aplicaba más la pena de muerte, los ho­
micidios en conjunto, y a pesar de fluctuaciones parti'
culares, tendían más bien a disminuir que a aumentar,
como se ve por el hecho de que en 1888 fueron 413, y
en los de 1899, 1900 y 1901 fueron 355, 399 y 327 res­
pectivamente. Estos son los homicidios cuyos autores
fueron juzgr^dos; pero si a estos añadimos aquellos
otros.cuyos autores no pudieron ser castigados por
falta de pruebas, hallamos que en conjunto fueron 94i
• en 1901, y que luejro subieron en 1902 a 985; en 1905 a
1.016; en 1904 a 1.172; en 1 9 0 5 a 1.313; en 1906 a
-269-
1.376 y en 1907 a 1.456, [o que acusa un aumento de
52,20 por 100. ¿No es iodo esto, cuando menos, un in­
dicio poderoso de la eiemplaridad espccial de Iq pena
de muerle?
411. Otro ejemplo scmejanrc nos lo ofrece Bélgica.
Aunque en esc país se mantuvo la pena de muerte en el
Código de 1867, que es el vigentp, no se aplica de^dc
1863, y ¿cuál ha sido la consecuencia visible? La de
que los homicidas que en 186ñ no pasaron de 34, su­
bieron hasta llegar a 120 en 1830. Hoy han disminuido
considerablemente merced a otras circunstancias: pero
esto no empece al resultado directo de la omisión de
dicha pena cuando las demás circunstancias no habían
cambiado. Lo mismo podíamos decir de Suiza, que
después de abolir la pena de muerte en la Constitución
federal de 1874, (artículo 65), de tal manera vió aumen­
tar los grandes crímenes, que tuvo que derogar el artí­
culo correspondiente de la Constitución por voto popu­
lar en 1879 y autorizar a los Cantones para que la res­
tablecieran, como lo hicieron varios de ellos.
412. En cuanto a España, como aquí desde el si­
glo XV y aun antes hemos tenido siempre pena de
muerte, sólo cabe observar en nuestras estadísticas,
como en las francesas, la influencia del aumento o dis­
minución de los indultos; y esta observación aquí tiene
aun quizá menos importancia y valor probatorio que
en la nación vecina; porque no sólo se encuentran en
tales estadísticas deficiencias y hasta contradicciones
que demuestran el poco cuidado con que han sido for­
madas, sino que. independientemente de lo que ellas
sean, la frecuencia de los indultos y sobre todo los
continuos y bruscos cambios de criterio en la concesión
de éstos, que unas veces se amplían mucho más que
otras, tienen que dar por resultdo que, según los tiem­
pos y países o comarcas, unos criminales crean que
hay pena de muerte, aunque se aplica poco, y otros
crean que no la hay. A esto se añade la arbitrariedad
-2 7 0 -

de los jurados en absolver sin razón, pero unas veces


mucho más que oirás. Todo lo cual hace, no sólo que
la pena de muerte sea incierta, sino que las ideas de la
gente vulgar acerca de la existencia o aplicabilidad de
ella sean confusas y encontradas o disconforme&. Es
decir que en España todo concurre a que muchos no
sepan o duden, si hay, esto es, si se aplica pena de
muerte o no; y como ninguna pena puede acr ejemplar
para los que no saben que existe, sería preciso saber
quienes creían en la existencia o en la posibilidad de
esa pena y quienes no, para discernir el verdadero va­
lor de los datos estadísticos. No obstante, es indudable
que aun en nuestra nación, si algo prueban los datos
estadísticos referentes a la materia, es en favor de la
ejemplaridad especial de la pena de muerte. Véamoslo
sino.
415. Las primeras estadísticas oficiales de la cri­
minalidad publicadas en España fueron las correspon­
dientes a los años de 1858, 1843 y 1859. que. por la
distancia de tiempo que las separa, no permiten nin­
guna comparación provechosa entre ellas; pero res­
pecto al quinquenio de 1835 a 1859 hay resúmenes in­
sertos en la exposición que precede a la estadística de
1900, y a ellos voy a referirme. En ese quinquenio,
pues, y merced a tos indultos prodigados, no se eje­
cutó ninguna pena de muerte en España (al menos en
personas del fuero ordinario); y los crímenes a los
cuales pudo y debió haberse aplicado esa pena, fue-
ron en el primero de esos años sólo 5, en 1856, 8; en
1857, 10; en 1858, 22 y en 1859, 15. Donde se ve que,
aunque en el último de los años referidos hubo baja
de crímenes capitales con respecto al anterior inme­
diato, porque en éste el aumento había sido excepcio­
nal, con relación a los demás años hubo aumento, y
— 271 —
en conjunlo se observa que los crímenes referidos en
esos cinco anos, en que no se apiicó la pena de muer­
te, se triplicaron (1).
414. Desde 1863 hasfa Í882 inclusive no se pu­
blicaron estadísticas oficiales de la criminalidad en
España; y la Esíadística de 1900, en los resúmenes de
la exposición preliminar indicada, salta del menciona­
do quinquenio de 1853 a 1859 al de 1883 a 1887. A
esos resúmenes me atengo en la parte que alcanzan, y
lo advierto para que se vea que no escojo los datos
exprofeso en favor de mi resis. Pues bien; en el ano
de 1885 hubo 34 reos de muerte en poder de los tribu­
nales, y sólo fueron ejecutados 11, esto es, la tercera
parte escasa; al año siguiente, o sea en 1884, el nú­
mero de reos de muerte ejecutables subió a 47; pero
como en ese año los ejecutados fueron 25, esto es,
casi la mitad, y sobre todo un número suficientemente
grande y repartido en las diversas regiones de la Pe­
nínsula, para que la fama de esas ejecuciones trascen­
diese a toda ella, al siguieníe año de 1885 ya el núme­
ro de reos de que tratamos bajó a 30 (de los que fue­
ron ejecutados 10) y luego en 1886 a 25. Mas sucedió
que en esc año de 1886, de los 25 reos de muerte in­
dicados sólo fueron ejecutados 2; y al aflo siguiente,
o sea en 1887, ya el número de los criminales de que
venimos hablando ascendió de 25 a 57. ¿No parece
verse la marcha de la alta criminalidad, verificándose
en razón directa de los indultos e inversa de las penas
de muerte ejecutadas? (2).
415. La misma Estadística a que hice referencia sal-

(1) £stidisl¡ca de la Administraciiiii de juslicia cii lo criminal duránlccl aAo de


1%0 en la Pcnfnsula c islas adyacentes poblicacla pnr el MinUlcrío de Oxacia y JiKti-
d i, pftg. 27. Madrid, ]V i2.
(2) AdvicrUse que la innucncia de los indultos, como de la mayor parte délos
fflclorcs fawonblw o advcr&os a U criminalidad, no puede vírse en el mIsTno aflo en
que se verifican, ni jun &uficii?nlL'fnenle al siguiente. 9ino mejor a los dos nños; por
cansigulcntc en esta malaria no hay q je buscar coincidencias, sino paTal<ltsinoS| y
é&los son visibles en el caso- de que se trata.
— 272 —
ta del quinquenio últimamente mencionado al de 1895-
99; pero este quinquenio no enseña nada para el caso;
porque durante él no hubo alteraciones sensibles, ni
en la cantidad de indultos concedidos, ni en la de pe­
nas de muerte ejecutadas. Sólo anotaré que el número
de reos de muerte aprehendidos en esos anos fluctuó
entre 53 en 1896 y 47 en 1897 y 1899; Dejemos, pues,
los resúmenes preliminares de la Esladfslica de 1900,
y comparemos, en lo que hace al caso, el texto propio
de esa estadística con el de las estadísticas de los
años siguientes que tengo a la vista, y que ofrecen
datos instructivos. En 1900, de 5d reos de muerte fue­
ron ejecutados 20, número este relativamente crecido,
y empezó el descenso de los crímenes capitales, que
Tueron al año siguiente 26 y al otro, o sea en 1902.
sólo 21. Pero en dicho año de 1902, y Jo mismo en
los siguientes, sólo fueron ejecutados dos en cada
uno, sin que en el de 1905 hubiesen sido ejecutados
más que 4 y otra vez dos en 1906. Y ¿qué sucedió? Que
los crímenes capitales, aumentando todos los años in­
dicados, subieron de 21 en 1902 a 49 en 1906.
416. 5e podrá objetar que a pesar de no haber
aumentado el número de ejecuciones de la pena de
muerte (2 en 1906, ninguna en 1907, 4 en 1908, etc.)
los condenados a esa pena bajaron de 49 en 1906 a 36
en 1907, 35 en 1908, 22 en 1909, 27 en 1910 y 21 en
1911; pero eso sólo prueba la mayor facilidad de los
jurados en absolver, o en desechar las circunstancias
agravantes, o admitir atenuantes que compensen aque­
llas; porque si miramos a los delitos /uzeados que
principalmente suelen dar lugar a pena capital, vemos
que no disminuyeron, y aun alguna vez aumentaron.
Así los parricidios pasaron de 42 en 1916 a 51 en 1907,
41 en 1908, 36 en 1910 y 39 en 1911. A su vez, los
asesinatos pasaron de 123 en 1906 a 136 en 1907, 110
en 1908, 125 en 1910 y 116 en 1911 (1), Se ve, pues,

(]} No citó lo$ ditúá 1009; ]>orquc n&ttnso anian6 la Esladialíca. de ese aAo
(ni la hay en l&s bíbiioiecas de «sta ciudad universitariien que hibito) y no vale U
-273-
que aunque las condenas a muerte disminuyeron, la
criminalidad que habría de dar lugar a ellas no dismi­
nuyó; y si no aumentó tampoco desde 1906, es porque
los índuUos, como todas las lenidades excesivas en la
represión de la criminalidad, producen su efecio per­
nicioso hasta un cierto límite, y de allí no pasan. Lo
que importa, pues, es notar, aunque ya dije que no
doy gran importancia al argumento, que al rigor toda­
vía incompleto del año de 1900 siguieron bajas de la
alta criminalidad en 1901 y 1902; y al exceso de in­
dultos desde 1902 siguieron alzas continuas de la cri­
minalidad repetida hasta 1906, en que por lo visto se
llegó al máximun de la influencia que la prodigalidad
de los indultos podía ejercer, y de él no se ha aalido.
417. Del conjunto de estos datos se infiere, que
si las estadísticas españolas no prueban concluyente­
mente la ejemplaridad especial de la pena de muerte,
todo cuanto prueban es en favor de ella, y constituyen
por lo menos un indicio de la misma tan fuerte como
es posible.
418. Por último, sin dar demasiada importancia al
argumento, no debe omitirse que, entre las grandes na­
ciones, aquélla en que se cometen menos homicidios es
la que aplica con más regularidad y constancia la pena
de muerte, o sea Inglaterra, y la en que más se comc-
len es la que suprimió dicha pena, o sea Italia. Ya Ga-
ROFALO hizo notar que «mientras que en Inglaterra no
hay sino 250 homicidios anuales por término medio,
Italia, con una población casi igual, ha contado d.626
en 18S0, de los cuales 1.115 han aído asesinatos. A
partir de esta fecha parece que el aumentóse detuvo...
Sin duda que aun no existiendo la pena de muerte no
todos los ciudadanos de un país se divierten en dego­
llar a sus semejantes; pero aquellos pocos que anhelan
proporcionarse esta diversión, no encuentran motivo al-
pena de detener este trabaio para buscarla, dado lo pocoo nid i q « ptxliíi sacar de
d ía para mi abjela dnputa de lo dicbo.
la
- 274-
guno para vacilar» (1). E s preciso reconocer que, al
menos con posterioridad al tiempo en que escribía el
profesor de Ñápeles, el movimiento de los homicidios
en Italia no sólo se detuvo, sino que retrocedió algo, si
he de creer a las estadísticas oficiales que tengo a la
vista; pero aun así el número de esos delitos en dicha
nación sigue siendo mayor que en todas las otras
grandes naciones; pues mientras en España, por ejem­
plo, el número relativo d? homicidios suele ser aproxi'
madamente 6,25 por 100.000 habitantes (2) (en 1911
fueron 4‘52) en llalla en 1901 fueron 9,76; en 1902,9,79,
y en 1903, 9,42 (3), o sea poco más o menos un 50 por
100 más relativamente a la población.
419. Resulta, pues, que todos los hechos externos
conocidos confirman las enseñanzas de la razón y de
la observación psicológica antes expuestas, acerca de
la ejemplaridad sobresaliente de la pena de muerte, y
que si las estadísticas por hoy no pueden dar prueba
completa de ella, muestran,‘por lo menos, que es muy
probable lo que por otros conducios sabemos que es
cierto.
420. Mas aqnf voy a hacerme cargo de una obser­
vación del Sh. Dora.00 Montero: «Pues bien, dice éste,
sépase que dicha eficacia iniiniidadora de la pena de
muerte es nula o poco menos que nula, según lo de­
muestran aquellos escritores que han estudiado el pun­
to expresamente. De los datos por ellos recogidos re­
sulta que la mayoría de los criminales condenados a
muerte habían presenciado una o varias ejecuciones
capitales» (4). Ahora bien; si yo hubiese de imitar

il) QAROFA.1.0. i L i Criihinolo|rla,, cdicián citada. Terem parle, cjp. IV, plgi*
nas 3« ysipilenlt.
(2> V é iK -Esladiílica de la Adininistracióii de Justicia en la crlmíaal durante d
aho de ISW>, Madrid. I9]|.-ld cm . durante el ifln i m Madrid, 1902.-Idem du­
rante <1 aho IQ07. Madrid, 1411.-Idem durante el lAo de 1903. Madrid, 1912.
(1) Véase .Slalistici Qiudlziaria pénale per t’ anna I90N. Ronu, 1004.—Idem...
per l’ annp IW S.-Roni», IW7.
(O DORADO MONTERO, cBaMs pira un nuera Dcrccha penah.cap. I II , páginas
bl y siguiente Barcelona, Manuel Soler, editor.
-275-
el tono dogmáMco y casi profético que usa aquí cl sc'
flor D o r a d o , y que le es tan familiar, diría: «sépase
<rue no hay nada de verdad en lo que el Sn. D o r a d o
dice, que ni hay tales escritores que hayan recogido
datos referentes a la mayor parte de los condenados a
muerte (aun de los modernos), y a si habían presencia­
do o no ejecuciones de esa pena, o que hayan hecho,
al menos, investigaciones suficientemente numerosas
y metódicas respecto a este punto, ni es verdad lo que
atribuye a la mayor parle de los condenados a muerte,
ni aunque todo eso fuera verdadero sería lógica la con-
secucncia que saca y el principio que sienta el profesor
salmantino. Pero como yo no puedo imitar un dogma­
tismo, que ni es científico, ni serio, ni siquiera leal,
voy a analizar concretameníc el argumento del señor
D o i ^a d o y demostrar su inanidad.
421. Primeramente, ¿cuáles son esos escritores
de cuyos datos «resulta que la mayoría de los crimina­
les condenados a muerte habían presenciado una o va­
rias ejecuciones capitales»? Hecho es éste que el pro­
fesor de Salamanca debía haber puntualizado, citando
no sólo los nombres de esos escritores, sino también
los títulos de las obras o revistas donde se hubiesen
publicado esos datos y todas las demás noticias nece­
sarias para comprobar lo que a esos escritores atribu-
ye. Esto era inevitable; porque no se trata de cosas de
mera erudición o curiosidad, sino de la prueba única
de un hecho, que no se puede comprobar directamente
cuando se quiera, y que es para el S r. D o r a d o e! fun­
damento principal de su doctrina de la no ejemplaridad
de la pena de muerte; y, sin embargo, el profesor posi­
tivista ni siquiera menciona los nombres de esos escri­
tores a que alude, es decir, a que debería aludir, si
existieran. Cs un demandante que alega tener testigos
y no señala ninsruno (1).

( I) Ni vale alegflr la brevedad ablignda del libro en donde se conliene el pirrafo


Iran^rílfl; primero, porque Us ellas que debería hacer en ese párrafo cabrían en cinco
— 276 —
422. Dejando ya el procedimiento del S r , D o ra d o ,
analizemos fnhnianientc sus afirmaciones. Es verdad
que hubo algunos condenados a muerte que habían
asistido a ejecuciones de esa pena; pero no sólo no hay
derecho a pensar que sean {a mayor parte, sido que ni
aun puede asegurarse que constituyan una minoría Im-
porrante, un 50 por 100, por ejemplo, ni siquiera un 10.
¿Por qué? Porque para establecer alguna regla gene­
ral en esta materia, no basta rebuscar reos condenados
a muerte que hubiesen presenciado ejecuciones, sino
que es preciso compararlos numéricamente con los que
no las habían presenciado. Era preciso, pues, que al­
guien dirigiera &us investigaciones, al menos a todos
los condenados a muerte en una región algo extensa y
duranté una época algo larga, por ejemplo, Cataluña o
Galicia durante diez años, y hallar la proporción entre
los que habían y los que no habían presenciado ejecu­
ciones. y aun esto, que es todo lo que podía hacer un
hombre solo, no sería lo bastante para establecer una
conclusión general, mientras no se repitiese por mu­
chos en diferentes regiones y tiempos, pero nada de
esto se ha intentado. Lo más que se ha hecho en esta
materia, lo que hizo O liv e c b o n a (1 ) y sobre todo el
más diligente (en cuanto a esto) que conozco, que fué
R e d a u d i , es acumular casos de esos condenados a

muerte, que habían presenciado ejecuciones; pero casos


tomados de diferentes tiempos y lugares, y sin haber
cuenta de los casos contrarios o dudosos que en nú­
mero incomparablemente mayor ocurrieron en esos
mismos lugares y tiempos (2). E s lo mismo que si uno

o w U lineas, y segunda, porque si íucra nctcsario, seria preferible su,>rlniir oirás pi-
(finas enteras del libro aludido, antes que citas a que me refiero.
(I) O i.ivrciiO !IA . -De la peine de morí.. Cliap. 111, g II, pigs. IOS el juL».
Pu is , 19M-
( i) Ren;tUDI: <La pcrva di niiirtc c gil crrori crudlziari. Studi sperinicnlali*. Par­
le l.capilolo II. §S, 48 cd st£. Roma, iaS8.—PreiCindiendodeREB«.UDI V 0U>
VKCH0NA..1CK demás ibolicloiistas que Indican algo sobre e«le asunto apenas mere-
» n nencianaru. E l l e r o , inenoa vago y arbitrario que otros, diee solaviente (Ob.cit.,
páj.BS). que 'cl sacerdolc Brhlol aaegun que de 167 condenados • mucrlc 161 hablau
— T il —

recogiera noticias de cojos lomadas de aquí o de acu­


llá. y dedujera después que la mayor parte de los hom­
bres son cojos. No consta, pues, que iiublesen presen­
ciado ejecuciones de pena capital antes de cometer sus
crímenes, no ya la mayoría de los condenados a muer­
te, como dice el Sh. D o r a d o M o n t e h o , sino ni aun una
minoría de 8 o 10 por 100 de ellos, por ejemplo.
435. Ahora, ¿qué prueba ese hecho? Simplemente
lo que yd sabíamos sin necesidad de tenerlo en cuenta:
que Id ejemplaridad no es la supresión de todos los de­
litos, y que la pena de muerte ni otra pena alguna, ya
amenazada, yíi vista ejecutar, no basta para contener
a todos los criminales, sino a la mayor parte, y no
basta principalmente, porque no es posible infundir
aeeruridad de que ha de aplicarse a lodo el que la me­
rezca. A una ejecución pública de la pena de muerte
asisten, por ejemplo, 10.000 personas (comúnmente
asisten más); de esas 10.000 personas supongamos
que 9.900, o sea el 99 por 100, no necesitan de la pena
de muerte ni de otra pena para abstenerse de cometer
asesinatos. De los 100 restantes cabe suponer que 40
pueden ser contenidos por una pena distinta de la de
muerte, 58 sólo por la pena de muerte, y quedan 2 pa­
ra los que ni aun basta ésta, no porque no la teman,
sino porque esperan evitarla. Estos números son hipO'
téticos, pero son una explicación posible y verosímil
de los hechos. Por consigruiente, el que haya 2 que a
pesar de haber visto ejecutar una pena de muerte se hi­
cieron reos de ella, no empece a la ejemplaridad de una
pena, cuya ejecución, ya que no a esos 2, contuvo a
otros 98.
&Ído anieriornente testigos de cíMiicioncs*. C&e quellami sacerdote Brístol, y del cual
no dio E l l e i ^o mis noticias, ni es uc«rdot«. ni k Brislohesun capellán proteslank de
la prisión d« Bristol (Inglaterra) llamado Robcrts, y loque éste* dijo n9 lo sabemos dl-
rcriameale por ^1, sino in r el Irsiimonio de Piiii.l.iPS en Vacalions thoughison capi­
tal punishniCTits, London, 18M. bien: esos 167 condenados a muerte, q u e ^ d icm
acompañados al {Mtibulo txir Roberis, para probar uñateáis 5on pocos; i^ro para ha­
ber sido asistidos en el cadalw por un mbcDOcupcllin :como5uponcrillLl , y más
no habiendo ¿íleejercido sus funciono fuera de Bríslolp son muchos y induce a
creer que en ese número hay o equivocación exageraci-ón yolvn^ria-
— 278 —
424. Por esta razón, aunque se probara (que eslá
muy lejos de haberse probado) que no ya la mayor par­
te, sino todos los condenados a muerte habían asistido
a ejecuciones de esa pena, no seria lógico argUir contra
la ejemplaridad de la misma, mientras no conste que no
hay otros, y quizá en mucho mayor número, que asis­
tieron también a esas ejecuciones o tuvieron noticia de
ellas, y precisamente por haber asistido o tenido noti­
cia, no cometieron delitos ni fueron condenados. Yo
creo también que todos los que tienen inclinación o
disposición moral para los grandes crímenes contra las
personas tcng-an especial afición y gusto en asistir a
las ejecuciones de pena capital que se verifiquen en su
comarca. S í, pues, suponemos que en un ícrriforio da­
do, donde se verifica una ejecución capital, hay 100
personas dispuestas a cometer asesinatos llegando la
ocasión, esas 100 personas asistirán a la ejecución
(juntamente con otras mucho mayores en número, que
no están en el mismo caso); y aunque luego de los ta­
les 100 asesinos en espíritu, 95 no lleguen a realizar su
mala inclinación, precisamente por el influjo de la pena
vista, siempre quedarán otros cinco que cometerán sus
crímenes a pesar de todas las penas vistas y no vistas.
Entonces podrá decirse que iodos los condenados a
muerte en ese territorio habían asistido a una ejecución
de esa pena; mas ¿qué significa esto cuando un núme­
ro inmensamente mayor que esos que de hecho fueron
condenados y lo merecieron, dejaron de merecerlo y de
ser condenados por haber visto la pena? Que esta efi­
cacia tiene la pena de muerte para la mayor parte, aun­
que no la tenga para rodos, es lo que he demostrado
antes con razones y con hechos.
- 279 —

§ IV
La pena de muerte y el fin correccional de la pena

Soiiiarla: ■125. Razón dcl método. La correcci6ii fin accidénlal de la


pciiu.—426. Diversas teorías sobre la corrección penal. La es­
cuda corrcccionalistar sus rcprcsciilaiilcs en Alcmani.n, Italia,
Francia, Porlngal y España. —427. Lis. otras (res teorías sobre la
corrección penal: sus rcprcsciilantcs. —429. La corrección no es
fin necesario de la pena: pruebas. Objeción dcl SR. R o v i Ra y
contcstación (nota).—429. La pena de muerte y la corrección de
los reos a que se aplica según nuestras leyes,—430. La pena de
muerte y los criminales sin religión.—<131. Consecuencia.

425. Demostrado ya cómo la pena de muerte cum­


ple con ventaja sobre todas las otras penas el fin de la
ejemplaridad, voy a indicar alg-o sobre la relación de
la pena referida con el tercero de los fines, que he asig­
nado a la pena en general, o sea la corrección interior
del delincuente, la reeducación del mismo. Conforme a
ta doclrina antes sentada, y que he llamado escolástico-
harmónica, la corrección de los delincuentes es sólo un
fin conveniente o accidental de la pena, no un fin nece­
sario de la misma; por lo cual la pena de muerte no
dcjan'a de ser legítima, aunque no cumpliera ese fin.
426. En cuanto a las teorías que con la corrección
penal se relacionan, haylas qne defir^nden ésta como el
fin único de la pena; haylas que la consideran como
uno de varios fines de ésta, pero necesario como los
demás; haylas que la miran sólo (según dije) como fin
simplemente conveniente y accidental, y haylas que ni
aun así la admiten como fin de la pena. En el primer
caso está la teoría de la escuela corrcccionalista, re­
presentada en Alemania por Ohoos (1), K r a .u s e (2),

(1) OftOOSt <Dtr $i(fptícismu$ in der Freihcitslehre», 1630.


(2) KRA.USE, <I>A9 S/&leni dcr Rcchtsphilosophíe*. Vorlcsuneen hcrauseegcbcn
von RdDCR. 1B74.
— 280 —
R ó d er (1) y (2); en Ifalia por M a z z o l e n i (3) y
A h ren s
en Francia por M a b q u e t d e V a s s e l o t (5);
P o L ET T i (4 );
en Portugal por P in h e ir o FE R n e iR A (6) y en Espafia
por S iL V E L A (7), A b a m b u r o (8), R u b d a (9) y algún
otro. También puede ser incluido en esta escuela el
S r. D o r a d o M o n t e r o , que pretende conciliar el co­
rrección alismo con el positivismo (10).
427. En el segundo caso, esto es, el de las teo­
rías de la corrección como uno de varios flncs y ne­
cesario como los otros debe citarse, en primer lugar,
aunque no sea rtiuy definida ni terminante en ese pun­
to, la del Insigne español del siglo XVI A l f o n s o de
C a s t r o , verdadero fundador de la Filosofía del Dere­
cho penal (11), y después la de L a r d iz A b a l (12) y las
de los eclécticos franceses en general, como O r t o l a n
y otros cuyos nombres no es menester citar ahora, y
la de alguno que puede asimilarse a los eclécticos,
como el S r. R o v ir a (13). E l tercer caso, esto es, el de

(I) R¿i>er, -Ziir RMhUbrgrfiitdunü átt B«M rungstnr«.. Kcldelb«rg, 1846.


tdcm, >Uir tirTSetii-ndirn Urundichrcn von Vcrbrcchrá und SIralc in ihrcn Inncrai
Vidcrspruchcn- Wícsbaiten, Itj67.
(¡) AilKCNS, «Cuno de Dcrccha natural o de Filosaffidd Dcrccho». Parle gc-
neral. cap. V I ( X X X V I, pisinas 141 y siguienles. (TriduccLán de D. 1‘EDRO Ro-
u u l i i L ’i:/ H O K 1 K L A N U f D . M a .k ia n :u R i c a r u o d e A s c s s i o ) M a d rid , i s n .
(3> MA2ZOI.CNI, a N u o v i principti di D ir illo pénale.-.
(j; P O L E T T I, <11 D i i i l lo d e p u t i i i e e I t tutela p «ialc> . To rin O , Id tm , . U
g íu stizia c la univcTr&c de nAlur^’ , 1B64.
(3) M A Rgucr De V a ssc l .o t , •Philowphic du syslcmc poilenliiire». Tarh,
18».
(« ) P in h e iro F t K K L i K A . ■Pmjei de code general». París, 1834.
(7) L. SILVELA, lE I DfTKha p«nil estudiado « i principios y m la Icgislición
vigfniefn EtpiA i*. Pirlcp riiiKra Libra I II , cip. I, $ LIV. (Totiio I, (úginas 223 ]r
sÍKuiinInr. Segunda edición. Madrid, 1903,
(9( Víanst las n p l« puestas por A<<AMBUH<J a c»nliau«ciin del capllulo I de
los •Eleincnlos de Derecho penal», por ENRiuue P e p s in a , edic, c il, p d e in isM r
siguientes.
(V) Rueda, «Elcmenlos de Derecho ptnah. Tcrccri edición. Tomo II, lec­
ción 47, p iü iK u 1^ t'siciiienlcs. Sanllago. 1891.
(10) O0R.\D'j .MO.TF.RO, < para un nuevo Derecho peniU. Barcelona.
( I I ) F r . Ai.ri>xao a Cii-TJioZtiiuBUSBtit... •D ejulrtlalr legú psnalis*, libfi
<m«, líber primas, tap. V I, fol, 5i. Antuapi*, M D L ^ V III,
112) L a B IH * ÍI)A 1., .D ilíarso 6*b« las. p trjs., cdic. cit., e»p. I I I , 3 y 4, pi­
ninas 84 4 Sfr,
(H ) P. lsi\AC R w i k a CAxuEH'j, >CuTSO dc Dcrcclio p«na!>. Temo I, let-
cidn3.‘: <Verdadero tundammlo de U juslicia punllirai. plginas 203 y siguientes.
TIpograKa d« <EI Eco de Santiago», 1912.
— 281 -
los que miran le corrección sólo como un fin conve­
niente, que debe subordinarse a otros fines necesarios,
es el de T issot (1); el de P acheco , que disiente en
esto de otros eclécticos (2), y es también el de la teo­
ría que fie adoptado, aunque ésta difiere en lo demás
de las anteriores. En el cuarto caso, esto es, en el de
los que no admiten la corrección o reforma del culpa­
ble como fin de la pena, están casi todos los partida­
rios de las teorías absolutas y relativas mencionadas
al tratar de los dos primeros fines de la pena, con
excepción de los eclécticos: pero la mayor parte ex­
cluyen el fin correccional sólo indirectamentp, y en­
tre los que lo excluyen directamente el más sig-niflca-
do es C arrad/v (5).
423. Ahora bien; ya he demostrado extensamente
en otro lu^ar de .este libro (números 282 a 289), que la
corrección interior de los penados en muchos casos,
y singularmente cuando se trata de los grandes crimi­
nales, no se consigue, aunque se pongan tos medios
tenidos por más eficaces para ello, y por consiguiente
no puede ser fin necesario de la pena. Ahora añadiré
a lo dicho allí lo siguiente, que romo de la Introduc­
ción de mi E x a m e n c h ít ic o d e l a s n u e v a s e s c u e l a s
DE Derecho penal: «no es absolutamente necesaria la
corrección como fin de la pena; 1.°. porque no puede
considerarse absolutamente necesario un fin para cuya
consecución no hay medios eficaces y seguros, siendo
por ende ésta siempre eventual; 2.“ , porque no puede
ser absolutamente obligatorio al Poder público un fin
de la pena tal que, supuesto que de hecho se realice
algunas o muchas veces, no puede minea conocerse
con certeza si se ha realizado, ni con probabilidad,

(I) TiSinr. * liitroiliiclion phÍlo&n|)liiq.ue a retude du DroU penal «t drU re-


fúrrti*fMfiitMtiáire». Iplrodiiction, V 3. 23 «i suiv. Pari«, J874.
1) - E s t a d i o s p c m l - . Q uintacslk¡6ii, LcccWn X í V , i»i-
Einas 21*) y sieuiciatcs. Madrid. SSSft.
(3) C ah k au a. cProerajnma del Corsu di Diriito crimlnile». Tarle Kencrale*
Vot. I I , §645, iO «1 scff. Fircnze, 1B97.
— 282 —
hasta muchó tiempo después de haber cesado la pena,
y 5 °, porque no debe ser absoluramenle necesario un
fln que no puede siquiera intentarse seriamente en los
pueblos atrasados o pobres, y es innegable que en
este caso se halla la corrección penal, la cual requiere
elementos morales y materiales de que están lelos la
mayor parte de los pueblos (1)».
429. No siendo, pues, fin necesario de la pena la
corrección, no podría argUirse contra la pena de muerte
porque no llenase ese fln; pero el hecho es que la pena
referida, si no realiza ese fin tan bien como fuera de
desear, lo realiza desde luego melor, con respecto a la
clase de reos a que se aplica, que las otras penas que
pudieran sustituiría. Los reos de muerte por delitos co-
( I) Amok NEVtIRO; «Exanicii crIUco de Us niicvis escuclis de Derecho penal■.
Inlroducclón, pS^ini .6. M iJriil. i m . -El S:í. R o vika, prelviidipiid) rN|K>n(lFr a
nos argutnoilos míi», aunque sin noMbmriiK, dice: <L<t minino RrttiF.H qutius dlMl-
pulm, al Jífvndcr la íorreí>:itfii como (la principal lie pírjia, lu único i|iic han qntri-
do ftieniricar cj que el Estadu i/fAr procurar par todos los iitcJt^» raciónale; jr Jiisl >9
(penis) la enmlnida d«fl rea; <la leoria ciircecclunil, lUcí RiM)KK, se jilm e ruiiiemenle
al prineipi® dcqar, a lo menos, hay qiieáS|>irat a al,;ánz4( <] tédnino d esadi ^l;i » -
rrección), y Qnn/JUf ^cjrusfrt íierla^iente con harta fri-cuencía I*ucs bien: yo no
lenía por qui cambalir direclinienle todas las afirmaciones de los correccionalistas. ni
per quí preocuparme de sui iiiL'ansecueiiciaa. He sentado una teaU: la de que <n >es
abaolulamente necMaria laeorrecciAn eomo fin d e li pena-, y l i iiedemosfndo eon los
1r« arcumenlas reprujiicijís «n el IíkIo (íin perjuicio de IriW r d ísu n lí mis eiepro-
IcM y cxtcn«nicnte en oira pane de l i obra). Ahora, decir que el EslaJo debe procu­
rar la enmienda del reo por las medios racionales scri dar por supuesto que el nii déla
enmienda «8 neceurlo; pero ¿es dcmostnr que lo cti ni, sobre todo, responder i los
argumentas can que he probadlo que na lo es? ¿V cAnsa no ha vUlo el ilustrado peiu-
1i«la qiie los argunicfit(>4 con que h{ demostrado qi4c no « íbsolulamoite neecsarU la
corrcccí6ii penal demuestran Igualmente que na es absolutamente necoario poner los
medios para ella? La neceúdid de los roedlos depende de la necesidad del ñn: si el 6n,
pues, no es «eeesarlo, tampoco lo son los medios. Aderais, ¿e6mo ha de ser absoluta­
mente oecesario practicar los medios para la correcrión, cuando no hay hiediOfr que
sean scEuramcnle eftcaccs para ella, cuandu todavía está en tela de juicio cuiics wn
los buenos y cuando sabemos que el fin al cual esos medios se encaminan no sr consi-
pie enmndias casos? Por última, jcúmo hadeaer absolutamente necesario peacticar
medios, que aun inseguros y discutiblea como son, no hubierin podida practicarse
hasla hacc poco en ninguna parte, sin que por eso dejase de haber justicia penal, y aun
hoy mismo no pueden practicarse de nineún modo en la mayor parte de los Estados,
ni totalmente en ninguna parte del mundo?
D Ie e i eontlnuieiAn el Sh. Roviujk; «Claro es que la enmienda na se consigue
siempre del mismo modo ni aun a piaavUjo —de i«ual suerte que nosiemprc se nmai-
gucn la «piacidn, la intimidación y otros varias fines asignados i la pena por los id-
«enarlosdel corrcccionalismo...» Ko, no se trata de qtie la enmienda no se conilsadc
cate o del otro modo, ni en este o el otro plua.'sino de que muclias veces no w conil-
-283-
munes conforme a nuestra legislación y a las demás
de los pafses civilizados que admiten esa pena, son
monstruos en quienes el hábiro ilesró a agrostar rodo
sentimiento bueno y a engendrar una indiferencia mo­
ral compietd. En estas condiciones, por consigrulcnte,
cuíiiquiera otra pena que se lea imponga, y cuanto tra­
bajo se emplee para corregirles, ha de ser naturalmen­
te ineficaz, y sólo la impresión profunda que produce
la muerte inminente y el temor de verse pronto lanzados
a la eternidad y puestos en presencia dcl Juez Supremo
puede hacer que se arrepientan y, desde luego, se en­
mienden, aunque ya no tengan ocasión de mostrar
prácticamente su enmienda.
4dO. Bs de advertir que si los grandes criminales
no creen en Dios, o no creen en la otra vida, como es
común, en una prisión no hay b/ise ninguna para co­
rregirlos, y si se les quiere suministrar esa base del
ideal religioso, de ordinario no se conseguirá; porque
no prestarán atención a lo que se les diga. En cambio
al encontrarse en presencia de la muerte, es natural que
se preocupen de su destino futuro, o por lo menos no
será difícil, por lo común, hacerles preocuparse y du­
dar, y tras de la duda, como se trata de cosa de tras­
cendencia grande e inmediata, viene el enterarse o con­
sentir que los enteren, y el creer al fin (con los auxilios
que Dios no niega), y con esto ya se tiene la base para
lograr el arrepentimiento y la enmienda. S i a pesar de

gue de níneiina m.incra. Y no sólo no^consicue muchas v«c». sino que nunca »e
sabe con eertcza si ha eoná^uido, y rntúnces, rl^asia cuindo se han -de emplear les
medios, 91 nutici &aUc si h a re a liz a d o el íiii? ¿No sí ye, ]>jr lodo ello, que l a correc­
ción y los medios |tara cliasólo pueden ser un atgo corvctúcnlcdc la pcnn, pero su­
bordinada a Icjs fines ncccsariiDS de la misma?
Ni n verdad qiu* eii i*l misino caso eslén U expisicióii y la inlimidacián. La expia­
ción &e realiza siempre que s« hace sufrir ju ítan ienk á\ rcO, y, poi Cúnsiguienle, A el
rc9 n& suíre la pena o si U sufre expía, y el fin de la expiación se cumple aícTnpreque
la pena se aplica, y lo mismo da |>ara el caso que la peni aplicada sea de prisión o de
palos. La Intimidación se verifica también tlemprequeel sufrimiento penal se impone
con publicidad.
De eite ambos fine? e« fieil hacerlos cumplir f cgoocer <iue $e hárt Campli>
do, lo que no «uccde con U corrección^
— 284 —
eso hay alg^uno que no se corrig^e, ese no había de co­
rregirse de todas suertes. ¿ S i con el revulsivo más
enérgico no despierta, habría de despertar con otros
más suaves?
431. Luego la pena de muerte es la única que pue­
de facilitar el arrepentimiento y enmienda de los reos a
los cuales se aplica; y por consiguieníc, aun desde el
punto de vista correccional, es la preferible para esos
reos.

§ V
La pena de muerte y /as condiciones jurídicas de fa pena.
Sviiiarlo: 432. Razón dcl plan. Lo que resta probar.—iOS. Varie­
dad de opinioiivs sobre las propiedades de la pen:i: razón dcl mé­
todo.—434. Doclriiia de C a rra ra sobre laj coiidicioiies de la pe­
na. Id. de Ali.mena.- 435. Doctrina d“ Ros.s.1 s.obru el mismo
punto. Id. de Vidal. —436. Reghis dr la l’cna según FnUERlucH.
Propiedades de las mismas según B e r n e k . Lo que dice L isz r —
437. Las propiedades de la pena según PaCHKCO. Notas o carac­
teres esenciales de i;i pena según SiLVELA.—438. Propiedades in­
debidamente atribuidas a la petia: juicio de las demás señaladas
por los aulorcs indicados.—43'9. Como se lia tratado ycomo de­
be tratarse esta materia de las condiciones de ta pena. Los fines
inmediatos de la pena y las cualidades de ésta.—440. Coiidjciones
de la pena que derivan del fin de la espiación. Id. del fin de la
ejeinplaridad. Id. dcl fin de U corrccciói).— t i l . La pena de
muerte y las propiedades esenciales de la pena. —442. Prueba de
que la pena de muerte no es inmoral.—443. Olra prtieba de la
moraIid.id de la pena de muerte: los ictcvs absolutamente malos y
los condicionalmcntc malos: desarrollo, aplicación y consecuen­
cias de-esa distinción.-444. La pena de muerte y las condiciones
de la pena derivadas dcl fin de la ejemplaridad. La pena de muer­
te y la condición derivada del fin correccional.-445. Las demás
condiciones atribuidas a la pena por los penalistas y la pena de
' muerte.

432. Según he advertido oporíunamente, una pena


es legítima en principio, es decir, prescíndiettdo de que
se aplique a éste o al otro delito, si cumple los fines
que debe cumplir la pena, y reúne las propiedades o
-285 —
condiciones que la pena debe reunir. Habiendo demos­
trado, pues» ya que ia pc^na de muerte cumple los fines
indicados, resta probar ahora, para completar ia de­
mostración de su legfltimidad, que también tiene las
propiedades o condiciones que la pena debe tener.
435. Las proptedadzs o condiciones de la pena
han sido señaladas d« diversas maneras por los auto­
res. y casi siempre o siempre sin bastante fundamenta-
ción y sistematización. Mas para que no parezca que
acomodo las premisas a la consecuencia que defiendo,
antes de exponer mi propio pensamiento sobre la ma­
teria resumiré lo que dicen al caso varios penalistas de
diferentes países y de los más significados que hubo en
el siglo XIX y hay en el XX.
434, F m a n c is c o C \ r r a p a ( f 1888), que es para mf
el más docto de los penalistas del siglo XIX, y no su­
perado por ninguno en el siglo XX, distingue las con'
djciones que derivan del principio positivo de la pena,
de las que derivan de su límite, y sefíala como funda-
dadas en el primero el que la pena sea afíicfiva física
o moralmente, ejemplar, derfa y por tanto irredimible,,
pronta, pública y no pervertidora de! reo. Del límite
deriva, según él, que la pana no sea ilegal, ni abe-^
rraníe (quiere decir que sea personal), ni excesiva, ni
desigual y que sea divisible y m cuanto se pueda re­
parable (1). A lim e n a , a quien tengo por el más notable
de los penalistas italianos y quizá europeos del si­
glo XX, dice que la pena debe ser anictiva, emenda-
tríz, individual, elástica (esto es que se adapte a todos
los casos posibles) reparable, legal, igual y cierta (2).
435. Rosal, italiano de nacimiento pero considera­
do como ¡efe de la escuela francesa, y a quien yo ten­
go por el penalista más profundo de los que escribieron

( I J C a r r a r a ,- P rograoiaitUcI Corsa di Dicitio criiiiinilc', Parte eennalt, Vo-


lumc II, Cip. V .S (>3e i6 3 l, pap. 5 ■ }!. Flrcnzc. 1897.
(2) A l im e n *. •Principiidi Diritio p fiiilo , Valum ell, Parte V I I I, Cap. i, pagi­
ne W ed scg. Napoli, 1912.
-286-
én francés en el siglo XIX, dice que las penas, para
conformarse a los principios de justicia, deben szt per­
sonales, m orales y d ivisib les; para estar en relación
con nuestros medios imperfectos de conocimiento, de­
ben ser ^preciables y reparables o rem isibles, y para
satisfacer las exigencias del orden material, deben ser
in stru ctivas y satisfacto rias, ejem plares, reform ado­
ras y tranquilizadoras. No obstante, Rossi advierte
que la reparabilidad y remisibiltdad no son absoluta­
mente necesarias, sino que tienen una importancia re­
lativa (1 ). V i d a l , uno de los más juiciosos penalistas
franceses del siglo X X , dice que las penas, desde el
punto de vista de su fin, deben ser ejem plares, aflicti­
vas y correccionales; desde el punto de vista de su
legitimidad, deben ser legales, m orales y personales;
desde el punto de vista de su medida deben ser propor­
cionales a i delito y a la responsabilidad del delin­
cuente, iguales y d ivisib les, y desde el punto de vista
de la imperfección de los juicios humanos deben ser
rem isibles y revocables (2).
436. En Alemania F e u e w b a c h , el. más notable qui
zá de los penalistas de aquel país en el siglo XIX y que
vivió en la primera mitad de éslc, establece como re­
glas de la pena el que ésta sea un mal o daño, el que
alcance sólo a los culpables, el que sea ejecutada pú­
blicamente y el que sea determinada por sentencia judi­
cial en cuanto a su clase y a su grado; porque ninguno
debe sufrir más mal que el que mereció (3 ). B e r n e r ,
docto profesor de Berlín a fines del siglo X IX , señala­
ba como propiedades de la pena, por razón de la n a tu ­
raleza de ésta como acto de justicia, el que no deamo-

(1) ROSSI, •Trillé de Drolt pfml-, Tome s«cand, Liv. III, Chap. V, |U|¡< 268 ct
luiv. P » is , 1B72
(2) O. V id a l , •Cauisd<Dra¡l«riminclttile»:¡«iccp¿nilenl¡airc>, Prcmlcreinr-
tie, Llir. V IIT , Chap. I, pae. M9<tsiilv. DeuxKnic rdldor. PirEs, IW I.
(3) FEUERBA.CM, <Le>irbucli d « icmcinRi In 1>eulscliland eulllKen pdnlichm
RtthtS-, E rS iS Buch, DriHtr 2 «títei Abschuill, Seite 236 und Ibig. Oio-
ío i, 19i7.
- 287 -
raiice, que sea un mal sensible, que sea igual en lo |>Ó^
aible para las diferentes personas, que esté en relación
con la gravedad de la culpa, que sea graduable y divi­
sible, que limite su acción en cuanto quepa a la perso­
na dei culpable y que sea revocable en cuanto es posi­
ble: y por razón del fin de la pena quería que ésta repa­
rase, intimidase y corrigiese (1). V on L iszt , el célebre
profesor actual de Berlín, no trata directamente de las
propiedades de la pena; pero sienta en diferentes luga­
res que la pena debe ser uii mal o daño para el penado,
que debe ser ordenada por el Estado y que debe s-ír
impuesta por el juez (2).
437. En Esparta el Sw. Pjicueco estableció como
condiciones de la pena el que sean morales o «mejor
dicho, que no sean inmorctles y depravadoras», y tam­
bién personales, iguales, divisibles, análogas a los
delitos (en sentido racional, no material) ejemplares y
consiguientemente instrucUvas, reformadoras siem­
pre que sea posible, tranquüizadoras, populares, re­
parables y remisibles. Pacheco reconoce, no obstan­
te, que ni la divisibilidad ni la cualidad de ser reforma­
doras, ni la de ser reparables y remisibles son propie­
dades necesarias de la pena, sino sólo convenientes.
(3). Además nota que la reforma de los delincuentes no
siempre se consigue y que «penas absolutamente repa­
rables no se encuentran en nuestra naturaleza» (4). S il -
v e l a dice «que las notas o caracteres esenciales de to­
da pena considerada en sí misma-son: 1." Como me­
dio jurídico; condición, condición dependiente de la vo­
luntad, condición buena en sf misma, condición para
el cumplimiento del íin humano. 2." Como pena jurídi-

(I) BERSEFt, -L íh rb H th DcntschW S t r Jfr w M iíí- , A l|g í« n e ii1íf T h * il,


Bitch, Eistn Tllel, S 91, Scitc 1Í2 iindfolc, LcipzÍE, 1348.
12) L I S 2 T, .L e h rb ü c h dre D tu is c h tn S l r j f r f t l i l s . . A llg tn ie in c r T e il, Z v c i t n
BuCli, I, $ Suic und lolg. a n i i r , 18 % .
(3) P a c h e c o , .Kstudioa de Dertcho Lección d(<irauexli, pig9. 278 y >1-
guienlts. Q«inlj olklón. M aJrW . 1Í87,
(4) PA CJieco, Ibidcm, páes. 292 y 39S.
— 288 —
ca: tutelar restrictiva, tranquilizadora, correccional.
5.® Como forense o del Estado: externa, coactiva» (1).
En otro lugar trata «de las notas o caracteres esencia­
les a toda pena (essentialia communia) que nacen de su
relación general con el delito», y señala como tales el
ser ineludible, tém pora! o finita, rem isible, prolonga-
ble y personal. Dice también que «es saludable conse­
jo» que sea pronta (2).
438. Ahora bien; de esas condiciones hay que de­
sechar desde luego las de remisible y reparable; pues
ya demostré en otro lugar (Cap. III, Art. I, § VI) que no
son propias de la pena, ni siquiera son posibles por
completo; la de divisible; pues ya demostré también
(Ibidem, n, 314 y sigte.) que no es propiedad de cada
pena, sino del conjunto del sistema penal. Tampoco
pueden afirmarse como necesarias las cualidades de
cmendatrizo correccional, ni la de tutelar restrictiva, ni
la de temporal, ni la de prolongable, pues ya hemos
visto que la corrección penal en la cual se fundan no es
fin necesario de la pena, sino sólo fin convenicnre. En­
tre las demás propiedades atribuidas a la pena por los
escritores mencionados haylas que son en efecto nece­
sarias; haylas que son sólo convenientes, y hay tam­
bién algunas que están mal expresadas, y otras que era
inútil señalar; pero como todas ellas son conciliables
con la pena de muerte, no me detengo a analizarlas, y
voy a tratar del asunto docfrinalmentc.
439. Reduciendo, por tanto, a sus verdaderos
principios y metodizando esta materia, que en los au­
tores citados y en todos los que conozco hallo, en unos
desordenada y casi casuística, y en otros calcada so­
bre bases que estimo falsas o impropias, notaré que las
propiedades de la pena deben derivarse de los fines de

{1) &iiA'F.LA, «El D«rec^ho penal Mludiado en pritieip i»y en la legísUcióts vi«
gente en España'. Parle primera. Libro tercero, Capitulo 1, 9 L X l. Tomol, pig. 260 y
sifiulenic ScBunü.i cdiclún. Madrid. I« 3 .
(3) Ibidem. S L X X V Il. pá(S. 321 y &lgtes.
- 289-
la misma; pues siendo la pena medio, debe tener las
cualidades que son necesarias para la consecución del
fln; y además en relación con la categrorfa de los fínes
debe estar la ¡mporfancia de esas cualidades. Siendo,
puea, los fines inmediatos o parciales de la pena, según
he explicado ya, uno esencial, la espiación; otro no
esencial, pero necesario, la ejemplaridad, y otro con­
veniente, la corrección, es consigruiente que la pena
deba tener propiedades esenciales, sin las cuales deja­
ría de ser pena jurídica; propiedades no esenciales, pe­
ro necesarias, sin las cuales no dejaría de existir ver­
dadera pena jurídica pero incompleta, y propiedades
convenientes, sin las cuales la pena sería accidental­
mente defectuosa o imperfecta.
440. Por razón, pues, del ñn de la expiación son
condiciones de las penas el ser persona/es, esto es»
que afecten directamente sólo al culpable, a fliciiva s, es
decir, que constituyan un mal físico, proporcionadas
a Jo s delitos y m orales. Por razón del fin de la ejem-
plarídad es necesario que las penas sean públicas, y
conveniente que sean ¡egaies, esto es, determinadas
anticipadamente por la ley (al menos en términos gene­
rales), solem nes, esto es, precedidas de formalidades
judiciales que sraranticen al público de la justicia de la
pena, y en lo que quepa prontas; porque la pena tardía
es poco ejemplar. Por razón del fin correccional de las
penas conviene que éstas sean educadoras.
441. Ahora bien; en cuanto a las propiedades
esenciales de la pena, que la pena de muerte es per­
sonal, si se aplica sólo a los que la merecen, como
damos por supuesto, y que es a fíic iiv a , no cabe duda;
que es proporcionada a ciertos delitos, y la única pro­
porcionada a ellos, lo he demostrado ya. Sólo me
resta mostrar que es moral, y voy a decir algo sobre
ello.
442. Puesto que toda pena es una privación de
un derecho, un daño o lesión, que si no fuera penal,
19
— 290 —
sería injusta, sólo puede ser inmoral una pena revesti­
da de las otras cualidades debidas, si induce a pecar
o al mismo penado, o a oíros. Ahora ¿induce la pena
de muerte al penado a pecar? De ningún modo. Siem­
pre que al condenado se dé tiempo y faciliten medios
para arrepentirse, reconciliarse con Dios y restituir lo
que deba y pueda, la pena de que tratamos, no sólo
no induce al reo a pecado sino que es el t^edio más
poderoso y enérgico para sacarle de él, e impedir que
recaiga ¿Induce a pecado a otras personas? ¿A quié­
nes? A los jueces ni al verdugo, no; porgue cumplen
una obra de justicia cada uno en su esfera. Al público
tampoco’, porque lo único que debe ver y ve en la pe­
na de muerte es una añrmación solemne de la justicia,
una muestra de la gravedad del crimen y de la impor­
tancia del Derecho, como ya mostré también en otro
lugrar. Lueg'o la pena de muerte no induce a pecado a
nadie: luego no es inmoral.
443, De otra manera; entre las cosas o actos in-
trinsecamenté malos los hay que lo son abaolatamen-
ie, y esos ni hay circunstancia que los pueda legiti­
mar, ni Dios mismo puede autorizarlos. Tales son el
perjurio, la blasfemia, la calumnia, el adulterio, etc.
Hay oíros que son condicionalm ente malos, es de­
cir, que su malicia depende de una condición, de un
derecho, que debe respetarse mientras existe; pero que
puede dejar de existir. En este caso está el homicidio,
o mejor la privación de la vida, asf como la sustracción
de la propiedad, etc. El que quita la vida a otro injusta­
mente comete inmoralidad o pecado gravísimo; porque
atenta contra un gran bien ajeno, contra un derecho
muy importante; pero el que en legítima defensa pro­
pia o ajena, con las condiciones debidas, mata, no co­
mete pecado, (ni delito), porque en ese caso el agresor
injusto había perdido o tenía en suspenso el derecho a
la vida, y lo que era condiciona!m ente malo, cesando
la condición, se convirtió en bueno. S i fuera absoluta­
— 291 -

mente malo, (y ya se ve que romo la palabra ábsoJuío


por oposición a lo condicional, y no por oposición a
lo conveticional o puramente legal) el agredido debe­
ría dejarse matar antes que producir la muerte, como
debe deiarse matar antes qus proferir una blasfemia,
o cometer un ádulterio. Pues bien; los grandes crimi'
nales han perdido el derecho a la vida; más aun, se
han hecho indignos de ella, y los que se la quitan, por
tanto, en nombre de la ley, le quifan lo que no les
pertenece, ni deben tener, y de usta suerte hacen obra
lícita y positivamente buena, y lo que es más obligra-
toria en justicia. Luego la pena de muerte debidamen­
te aplicada cumple rigurosamente la condición de la
moralidad.
444. Respecto a las condiciones derivadas del ñn
de la ejemplaridad, no es menester hablar. Ya se ve
que lá pena de muerte puede y debe ser pública en su
imposición y ejecución, leg ai, solem ne y pronta, lo
mismo que las otras penas. Y en cuanto a la condi­
ción de educadora para realizar el fin solo convenien­
te de la corrección, después de lo que he dicho de ese
fin, ya se infiere que, ni esa condición es necesaria, ni
deja de ser la pena de muerte la única que de ordina­
rio puede cumplir en algo esa condición, tratándose
de los grandes criminales a ios cuales se aplica.
445. Por lo demás, un examen de las condicio­
nes atribuidas a la pena por los juristas que he citado
antes, y lo mismo pudiera decir de casi todos los de­
más, excluyendo sólo aquellas que he demostrado que
son falsas, y aunque no rodas las otras son verdade­
ras, muestra que la pena de muerte puede cumplir to­
das esas condiciones, lo mismo y aun mejor que cual­
quier oh-a. No hago ese examen aquf, por no alargar
innecesariamente este trabajo; pero el lector que lo in­
tente verá ya desde el primer momento lo que digro.
— 292 —

^DRTIOTTX-O III

C O N V H N ltN C lA I)H L A F H N A DK M l'K R T K


EN L A S SO C IED A D ES M O DERN AS

8nmiirlai 446. Lo único que podría hacer incoiiveniciitc U pciia


capital: eso único no ocurre, ni es de esperar que ocurra. Quie­
nes son los adversarios de la pena de muerte: su escasa lemibi-
lidad.—447. Lo que puede temerse si es abolida la pena de
muerte: los linchamientos en los Estados Unidos.—448. Lo que
ocurr« en Francia y en Espuña con lo& condeiudos a muerle: lo
que puede temerse en atnbns paises.

446. Siendo la pena capital justa y leg'ftima y más


eficaz que ninguna ofra para reprimir los crímenes, y
por consiguiente la más apta para restaurar el Dere­
cho perturbado, según hemos demostrado antes, ni
habiéndose alegado en contra de ella ning'una razón
de conveniencia que no hayamos refutado, lo único
que pudiera hacerla inconveniente, cuando se trata de
aplicarla a los asesinos y parricidas comunes con cir­
cunstancias especiales agravantes,como dispone nues­
tro Código, o aunque estas no existan, como dispone
el Código francés, sería que esa pena despertara re­
pugnancia tal, que fuera causa de graves y frecuentes
tumultos, que dieran lugar, o a la evasión de los reos,
que así quedarían impunes, o al desprestigio grave de
la autoridad, o a medidas sangrientas, que multiplica­
rían con exceso las muertes violentas. Nada de esto
ocurre por hoy, ni es de esperar que ocurra. Los ad­
versarios de la pena de muerte son unos cuantos teó­
ricos más o menos respetables, pero que forman una
mínima parte de la sociedad; algunos progresistas
vanos y hueros, que sin saber nada, ni sentir nada, se
dicen adversarios de la pena de muerte, por creer que
con eso son hombres a la moderna, y un cierto núme-'
ro de sentimentales inconscientes, que se asustan de
- 2 9 3 -

la pena de muerte cuando pensando en ésta directa­


mente no se dan cuenta sino de los sufrimientos del
reo; pero que piden esa pena y hasta serían capaces
de aplicarla ellos cuando tienen delante la víctima. Por
consiguiente, los adversarios constantes de la pena
de muerte son muy pocos en relación con los que for­
man el conjunto de la sociedad, y los adversarios in­
constantes o veleidosos, aunque mayores en número,
son muy pocos también y tienden a disminuir. ¿Qué
tumultos o trastornos, pues, pueden temerse?
447. Es más; hoy que los grandes crímenes dea-
piertan comúnmente indignación tan profunda, indig­
nación que es justa y en el fondo útil y sana, si no se
extravía en su dirección, sería peligroso abolir la pena
de muerte; porque podría dar lugar a que la aplicase
la multitud, y eso sí que es gravemente inconveniente.
Ya sabemos cómo en los Estados Unidos norteameri­
canos sucede con tanta frecuencia que el pueblo lyn-
cha, es decir, aplica la pena capital a los criminales a
quienes el Jurado eximió'de ella, lo cual constituye un
desórden gravísimo.
448. En Francia y en España se producen mani­
festaciones enérgicas contra los grandes criminales, y
los indultos o no se piden ya como antes, o los piden
por mero convencionalismo ciertas autoridades o cor­
poraciones; pero no los desea nadie. En muchos ca­
sos si el pueblo no ha arrastrado o despedazado a
ciertos criminales, es por que contiene a los más fo­
gosos la intervención de la fuerza armada, y a los
más templados la esperanza de que el criminal sufrirá
Id muerte como debe sufrirla. Pero si la pena capital
se suprime, formarán cuerpo los fogosos y los tem­
plados, y la pena que no se qniso aplical*en la debida
forma se aplicará en forma indebida y con funestas
consecuencias.
C A PÍTU LO Q UINTO

Las a p l ic a c io n e s legítimas y convenientes


de lá pena de muerte

.A ^ T ÍC - C T L O I

LA PENA DE MUERTE Y EL DERECHO V!GE,NTE EN ESPAÑA

Snmarlo: 44Q. Condiciones para l.n imposiclóit do la pena de


inucTle scgi'm el Código peiiil español.—4'iO. Delitos castigados
con la p a u de miiortc en dicho Código.--461. La pena de muer-
Cc en las leyes cspccinics de España.—452. Juicio sobre las leyes
españolasen esta materia.

449. E l Código penal espanol, como es sabido,


no impone nunca la pena de muerte sola, sino en al-
ternariva con las de cadena o reclusión; de suerte que
la primera, con arreglo a los artículos 81 y 82, no pue­
de aplicarse sin que en los delitos en que está señala­
da concurran circunstancias agravantes no compensa­
das con otras atenuantes.
450. Supuesto; pues, que existan circunstancias
agravantes no compensadas, (y en este sentido ha de
entenderse siempre que hable de los delitos castiga­
dos con la muerte por nuestro Código actual) la pena
capital debe aplicarse a ciertos delitos de traición o
contra la Patria (arts. 156,157, 138 y 142); al delito
«contra el Derecho de gentes» de matar a un Monarca
o jefe de otro Estado residentes en España (art. 153);
al delito de piratería en ciertos casos (art. 156); a
ciertos delitos de lesa Majestad (artículos 157, 158 y
163); a algunos que el Código llama delitos contra la
forma de Gobierno, aunque no lodos merecen este
-2 9 6 —
nombre, a mi juicio (art. 181 y 184); a los promove­
dores o directores de ios delifos de rebelión (arts. 245,
244 y 245), y, por último, a los reos de parricidio en
el sentido lato de nuestro Código (art. 417), o de ase­
sinato tai cual él lo entiende también (arl. 418). o de
robo coii motivo u ocasión del cual resultara homici­
dio (art. 516).
451. Esto en cuanto al Código penal común. El
Código de justicia militar y el Código penal de la Ma­
rina de guerra imponen la pena de muerte como única
en ciertos delitos, y en otros en alternativa con las de
cadena: o reclusión. No voy a detenerme en esto; pero
si advertiré que hay otra ley que impone la pena de
muerte en alternativa con las de cadena, y es la de 10
de Julio de 1894 referente a los delitos cometidos por
medio de sustancias explosivas. De esta ley hablaré
en otro artículo.
452. Pues bien; yo hallo justo y conveniente que
se imponga la pena de muerte a los que quitan la vida
a sus semejantes con premeditación y ensañamiento,
o con otras circunstancias que equivalgan a éstas.
Hallo también justa esa pena a los que deliberadamen­
te ponen en peligro la vida civil de la Patria, que debe
ser honrada como madre; pero no hallo igualmente
Justo, ni conveniente, que se imponga tan grave peno
a los autores de delitos políticos de orden interno,
esto es, a los que tratan de cambiar revolucionaria­
mente la forma de Gobierno o de sustituir a los sujetos
activos de éste. Las razones en que me fundo para es­
to último serán objeto del artículo siguiente.
— 297 —

■ A J^ m O - C T L O I I

¿DF.UE Al'LIC.ARSH 1,A PI-\A l)H Ml’KRTK


A LOS DELITOS CONTJíA LA FOK íMA UL GOBIERNO
O LA RKPRF^ENTACIÓN DHL PODIÍR?

Samarlo: 453. Los delitos políticos de orden iiilcrior: la tesis de


este artículo. -4>4. Primera pnitba de la tesis: U gravedad insu­
ficiente de los delitos de que se trati. -ISfi. Otra pruvba; delitos
políticos consumados y frustrados. - +í6, L;is circunstancias de
España, Portugal, Francia c Italia en relación con esos delitos.—
45/ —Peligros de la pena de mui-rte para los delitos políticos.—
458. Eíos peligros son menores en España que cu oíros países,
pero son efectivos.—4>9. l-a pe-na de niiicrte y los delitos políti­
cos de los militares y de las antoricNiiles civiles.

453. La tesis de este artículo es la siguienle.


Cuando se trata de simples ciudadanos, esto es, de
los que no pertenecen a un cuerpo armado, ni ejercen
autoridad, los delitos políticos de orden interior, es
decir, los delitos que tienen por objeto cambiar la Tor-
ma de gobierno o sustituir unos representantes del
poder por otros no merecen pena tan grave como la
de muerte, ni por ende es justo qu« la ley los castigue
con ella. Además la existencia legal de ?sa pena para
tales casos encierra graves peligros. Esto no quita
que, si conexos con los delitos políticos, o cometidos
con pretexto de un fin político, se perpetran delitos co­
munes que merezcan pena capital, se les aplique esta
pena. Puera de este caso, debería sustituir a la pena
de muerte la de reclusión o relegación según las cir­
cunstancias.
454. Primeramente, una forma de Gobierno de­
terminada, ni menos el que eierzan éste tales o cuales
personas, no son cosas esenciales ni absolutamente
necesarias a la vida, y aun a la vida ordenada de un
Estado. Por consiguiente, ¿dónde está la gravedad tan
-298-
grande del delito de querer cambiar esa forma o esas
personas, para que merezca la pena de muerte? ¿Ni
cómo se puede equiparar el delito de atentar contra la
forma de Gobierno de un Estado, al delito de atentar
contra la existencia det Estado mismo?
455. Por otra parte, en esta materia lo que puede
haber lugar a castigar es un delito frustrado o tentati­
va; porque cuando el delito se consuma, los supuestos
delincuentes se hacen dueños del poder, y no hay
quien pueda castigarlos. Luego, aunque el delito con­
sumado en principio mereciera la pena de muerte, el
delito frustrado o tentativa siempre merecería una pena
menor. Además, no parece bien que los caudillos de
una rebelión fluctúen entre términos fan extremos, y que
si logran consumar su delito se hagan dueños del po­
der, y si se les frustra, y por habérseles frustrado,
vengan a ser reos de muerte,
456. Estos argumentos tienen aplicación a todos
los casos y circunstancias; pero en varias naciones
como España, Portugal, Francia c Italia hay una ra­
zón especial para que no se castiguen tan gravemente
los delitos contra la forma de gobierno y contra la re­
presentación del Poder. Sin discutir ahora, porque no
es de este lugar, la legitimidad de las instituciones que
rigen en esos países, es indudable que todas ellas
ocuparon el poder revolucionariamente, derrocando
fuera dcl orden legal a los que les precedieron, y esto
en época no muy remota, y sin que desde entonces
hayan dejado de protestar los derrocados o sus suce­
sores, ni hayan dejado de existir partidos o agrupa­
ciones numerosas que aspiran a restaurar el orden de
cosas anterior. En esos países, pues, la existencia de
opiniones contrarias a los gobiernos existentes no
sólo es muy natural, sino también, al menos en cuan­
to a algunas, moralmente legítima. La realización de
esas opiniones en forma ilegal no deja de ser punible,
por lo mismo que es ilegal; pero puede no ser delito
-299-
absolulo, o serlo sólo en parre, y lo que no es delito
absoluto, sino sólo puramente legal, no es nunca cri­
men muy grave, iio merece nunca la pena de muerte.
457. Adem'ás, la pena de muerte para los delitos
políticos indicados es muy inconveniente; porque se
presta a exn*emar los rigores, a perseguir injusta o
exageradamente a todos los adversarios y multiplicar
las venganzas. Por esta razón en Francia fué abolida
la pena de muerte en materia política en 184d, al mis­
mo tiempo en que se insistía en mantenerla para los
delitos comunes, a pesar de haberse propuesto su su­
presión.
458 Ciertamente, en España la existencia de la
pena de muerte para los delitos polílicos no ofrece los
peligros que oFrece en la nación vecina. Aguí no he­
mos tenido nunca los horrores de la Revolución fran­
cesa. El pueblo español es más viril y más sentado
que el francés, para consentir las tiranías que aquél ha
padecido y padece; pero no por eso deja de haber aquí
razones suficientes, aunque menos poderosas que las
que hubo en Francia, para adoptar una resolución aná­
loga a la adoptada allí.
459. Una primera excepción hay que hacer tratan
do esta materia, y es la de los militares. Para éstos
debe mantenerse la pena de muerte en tos casos y
circunstancias en que hoy se aplica, poco más o me­
nos, ya porque ellos tienen obligación especial por su
cargo de mantener el orden y defender la autoridad, y
por consiguiente su delito es más grave cuando ejecu­
tan por sí lo que debían hacer cumplir en los demás,
ya también porque el peligro de los delitos políticos
por parte de los militares es mucho mayor. En caso
análogo a los militares pudieran estar las autoridades
civiles que cometieran delitos políticos en el territorio
de su jurisdicción y prevaliéndose de su cargo.
-3 0 0 -

ja-i3Tic;-aTLiO ir c

LA PENA DE MUERTE Y SU SUSTJTUTIVO MAS ADECUADO


PARA LOS ÜEI.ITOS ANARQUISTAS

§1
Loa delitos anarquislss y su represión legal en España
y en e! extranjero
Sumarlo: 460. Los dclilos anarquistas objetiva y subjclivamciitc
considerados.—461. Los delitos aiiarqiiistns scíiúii el Código pe-
i)Al común.—462. La ley de Jtilio de 1894: sus disposiciones más
impoií.intís.-W3. L.I ley dt 2 de Scptiembro do 189fe: texto d«
su art. 1.'' e indicación sobre el 2.".—461. Lo más caractcristico
de esa ley. Sucrle de esla.—46>. Proycctai de ky sobre la misma
materia.••■466.Leyes exlranjcris sobre el mismo asunto.—467.Jui-
cio de todas esas leyes.

460. En principio, los crímenes cometidos por los


anarquistas como tales, esto es, los crímenes cometi­
dos por los anarquistas para destruir el orden social
o pera suprimir a los que consideran especiales man­
tenedores de éste, son delitos comunes, que si en al^o
se diferencian de los otros, es en ser más graves en
igualdad de circunslancias^ pero considerados los
anarquistas subjetivamente y tenidas en cuenta las In-
fluencias sociales a que obedecen, y los efectos que
en ellos producen las penas hasta ahora usadas, en-
tiendo que hay necesidad de cambiar de táctica con
ellos.
461. Casi todos ios delitos castigados con la
muelle en el Código penal común pueden ser cometi­
dos por los anarquistas en virtud de sus principios,
pero muy especialmente el delito de asesinato; y es
claro que en esos casos, como el Códigro no distinsrue
entre delincuentes anarquistas o no, la pena de muerte
— 301 —
debe aplicarse siempre que concurran las circunstan­
cias prevenidas para ello.
462. Además, la ley de 10 de Julio de 1894, que
aunque no se refiere expresamenfe a los anarquistas,
tiene espccialísima aplicación a ellos, y en atención a
ellos se dicró, dispone lo siguiente en la parte que
aqui nos interesa:
«i. E l que atentase contra las personas o causare
daño en las cosas, empleando para ello sustancias o
aparatos explosivos, serú castigado:
1.^ Con la pena de cadena perpetua a muerte si
por consecuencia de la explosión resultase algfuna per­
sona muerta o lesionada.
Con la misma pena si se verificase la explosión en
edificio público, lug^ar habitado, o donde hubiere ries­
go para las personas y resultare daflo en las cosas.
2.° Con la de cadena temporal en su grado máximo
a muerte, si se verificase la explosión en edificio pú­
blico, lugar habitado, o donde hubiere riesgo para las
personas, aunque no resultare daño en las cosas.
5.° Con la de cadena temporal en los demás ca­
sos, si la explosión se verifica».
46d. En 2 de Septiembre de 1S96 se publicó otra
ley, que se reprodujo rcctiíicada en Diciembre del mis­
mo ano, y que corregía y ampliaba la anterior de 1894.
E l artículo 1.® de esa ley, que es el que aquí nos inte­
resa. es como sigue:
«El que atentare contra las personas o causare daflo
en las cosas, empleando para elio substancias o apa­
ratos explosivos o malcrías inflamables, será castiga­
do: Primero. Con la pena de muerte, si por conse­
cuencia de Id explosión resultare alguna persona
muerta. Segundo. Con la pena de cadena perpetua a
muerte, si por cualquier coincidencia de la explosión
resultare alguna persona lesionada, o si se verificase
la explosión en edificio público, lugar habitado, o don­
de hubiere riesgo para las personas y resultare daño
- 302 -
en las cosas. Tercero con la de cadena temporal en su
grado máximo a muerte, si se verificase la explosión
en cdíficio público, lugar habifado o donde hubiere
ricsgro para las personas, aunque no resultare daño en
las cosas. Cuarto con la de cadena temporal en los
demás casos, si la explosión se verifica. Quinto con
la de presidio mayor en su grado máximo a cadena
temporal en su grado medio, si la explosión no se ve­
rifícase», El an. 2.* confiaba el juicio de estos delitos
a la jurisdicción militar.
464. Lo más característico de esta ley consistía
en imponer la pena de muerte como única en el caso
primero que cita, y desviándose de la tendencia cons­
tante de nuestras leyes desde 1870. Pero como esa
ley, según el art, 7.'^, sólo debía permanecer en vigor
tres años, pudiendo el Gobierno prorrogarla por un
aflo, «si al expirar el plazo... no estuvieran las Cortes
reunidas», y el Gobierno la prorrogó, en efecto, en
6 de Seplicmbrc de 1899, pero no la hizo ratificar por
las Cortes, cesó de eslar vigente al afio de la prórro­
ga, o sea, en Septiembre de 1900, y recobró su impe­
rio pleno la antes citada ley de 1894, que sigue vi­
gente.
468. En 23 de Noviembre de 1904 presentó el Go­
bierno en el Senado un proyecto de ley que modifica­
ba la de 1904 aunque dentro de su mismo espíritu, y
que fracasó por los cambios políticos. En 1908 pre­
sentó el Sn. M aura otro proyecto de ley, que tampoco
introducía innovaciones grandes y que, aprobado en el
Senado, no llegó a discutirse en el Congreso.
466. En el extraniero rigen en general disposicio­
nes semcianíes a las españolas en esta materia, ha­
biéndolas dictado primero Inglaterra en Abril de 1883,
después Alemania en junio de 1884, y sucesivamente
Austria en Mayo de 1885, Bélgica en Mayo de 1886 y
Francia en Diciembre de 1893 y otra vez en 1894. Ita­
lia tuvo ley de represión del anarquismo en Julio de
-303-
1894; pero esta se diferencia de las de otros pafaes en
que no impone la pena de muerte, sino la de reclusión
o ergds/oío.
Mal. A mi juicio, lo mismo Id ley española que
las extranjeras sobre el anarquismo son superficiales y
mal orientadas en principio y hasta incompletas en su
desarrollo. La razón de este juicio, en la parte q