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El crimen de Miguelina Daza

Miguelina Daza Montenegro apareció muerta en su habitación del cuarto piso del
"Edificio Amor", en Palmira, al amanecer del 6 de agosto de 1979. Estaba maniatada
con alambre de púa y amordazada con su propia sábana. El móvil debió ser el robo,
pues los asesinos se llevaron las joyas de la solitaria matrona, pero el homicidio fue
accidental. Ellos no sabían que Miguelina sufría de asma. La mordaza y la angustia de
ver cómo se apoderaban del enorme broche de oro en forma de cocodrilo y de los
medallones como morrocotas y de los collares que parecían las cadenas con que
amarraban los perros de Soleimán el Magnífico, fue demasiado para la pobre vieja.
Murió a consecuencia de un infarto al miocardio de origen asmático.
Miguelina dejó al morir algunos bienes: más joyas, avaluadas en varios millones de
pesos y que los asesinos no descubrieron, en su afán, ocultas en un compartimiento
secreto del armario; el edificio donde habitaba y que funcionaba como residencias; un
número no determinado de casas de los alrededores y todas las del costado occidental
de la plaza, excepto el edificio de la alcaldía; una hacienda de más de 8OO hectáreas
en El Bolo, un corregimiento de Palmira, y buena parte de las tierras que hoy ocupa el
Ingenio Manuelita. Dejó también una leyenda, una historia de virtudes y rumores, de
generosidad ilimitada y un instinto casi sobrenatural para los negocios, sin que se
pueda decir con exactitud dónde termina la historia y donde comienza la leyenda.
Dejó también el enigma de su crimen, el de su sexo (una intriga municipal) y el de "la
estrella negra", una extraña variedad del diamante africano que los joyeros prueban
iluminándolo por debajo. Si es genuino, sobre el cieloraso debe proyectarse una
estrella de siete puntas con los colores del iris. El destino final de la gema, que fue el
orgullo de su dueña y desveló a coleccionistas de todo el país, sigue siendo un
misterio.
Se decía que le gustaban las mujeres porque nunca se le conoció hombre, ni feo ni
guapo. El rumor parecía confirmado por el aspecto físico de Miguelina: alta, muy alta,
corpulenta, dueña de un vozarrón de tenor bajo y un mostacho que teñía de claro; la
calva donde insistían algunos mechones de color indefinido –la suma imposible de los
infinitos tintes y menjurjes que ensayó en vano–, la nariz recta, los labios delgados, los
dientes magníficos manchados por el tabaco, los ojos grandes, gitanos, y rematando
dos brazos hercúleos las manos más hermosas que hayan visto mis ojos. Lo que no
encaja en este asunto es el hecho de que en sus 7O años Miguelina no vivió con
ninguna mujer, ni fea ni guapa, aunque le prodigó un amor incondicional a Angélica
Polanco, la hija de Albita Sinisterra, su criada de toda la vida.
Para los que la conocían bien, su cariño por la jovencita era un desbordamiento de
amor maternal por la hija que nunca tuvo; una prueba más de su generosidad,
abstracta siempre en las innumerables obras de caridad en que participaba, y concreta
esta intensa y única vez. Para otros, sencillamente Miguelina había sucumbido como
todos a la insoportable perfección física de Angélica. La mayoría se inclinó por la
versión más interesante: la de que Miguelina había sido presa de una pasión insana
alcahueteada por Albita, quien habría ganado así una vida tranquila y una vejez
opulenta. Y la versión pegó. Recuerdo que en la escuela coreábamos un estribillo que
ni siquiera entendíamos: "Doña Miguelina Daza / que tiene pan y torcaza". Pero lo que
era sólo una cancioncilla para nosotros, era justamente la intriga que desvelaba a los
mayores. Y todos, sus parientes, el obispo, el alcalde, sus amigos, las beatas del templo
y hasta los que sólo la conocían de oídas, habrían dado lo que fuera por saber si era
cierto el rumor que corría por calles y cafés: que Miguelina era una criatura andrógina
extraordinariamente dotada y que entre sus piernas latían como enormes animales
fabulosos los dos sexos, y que acostarse con ella, privilegio exclusivo de los miembros
de una logia a la que pertenecía, era una experiencia inenarrable.
En la madrugada del 6 de agosto de 1979 unos golpes en la ventana sacaron de la
cama al doctor Roberto Daza. Al abrirla se encontró con dos hombres muy agitados.
—Doctor –le dijeron–, nos envía doña Albita. ¡Es que ella está tocándole desde anoche
a la señorita Miguelina pero no le responde!
Roberto Daza salió corriendo a medio vestir hacia el "Edificio Amor", subió corriendo
las escaleras hasta el cuarto piso, derribó la puerta de una habitación y encontró lo
que ya su corazón sabía, el cuerpo sin vida de su anciana hermana. Una ira sorda le
enturbió la sangre al ver la tosca mordaza, el alambre, los ojos desorbitados por la
asfixia. Era un hombre curtido por la vida. Aseguraba que todo el mundo tenía razón,
hasta los delincuentes. "El que no tenga razón no tiene nada", decía, pero esta vez lo
asqueó la crueldad del procedimiento, la gratuita perversidad del procedimiento.
Medio limpió con un trapo húmedo la sangre reseca en las muñecas. Trató, en vano,
de borrar el rictus de angustia del rostro de la muerta. Oró.
Entonces se supo que una mujer de la vida había visto salir del edificio a dos negros la
noche del 5 de agosto. Parecían apurados y uno de ellos llevaba algo envuelto en una
toalla. Los suspicaces propalaron el rumor de que el asesinato había sido planeado por
un pariente cercano de Miguelina para quedarse con su inmensa fortuna, y que el
robo de las joyas era sólo un ardid. Pero las investigaciones llegaron a puntos muertos.
Los Daza y los Montenegro mantenían relaciones cordiales con Miguelina y gozaban
de reconocida solvencia económica. No podía decirse lo mismo de las matronas de las
dos familias, que no le perdonaban su fortuna, la extravagancia en el vestir ni que
residiera en plena galería en un edificio íntegramente forrado con azulejos pequeñitos
de color violeta que lo hacían parecer un orinal gigantesco. Pero esa altivez era sólo un
respingo de damas encopetadas, nunca un odio mortal. La pesquisa de los negros no
prosperó porque todos los negros se parecen. Y Albita era una ciudadana por encima
de toda sospecha porque, de haber querido, había tenido mil oportunidades y toda
una vida para robar las joyas sin tener que asesinar a nadie. Albita fue la persona que
estuvo más cerca de Miguelina, más que sus propios parientes. Eran como hermanas.
Además, Miguelina podía levantarla, cuando estaba de buen humor, con una sola
mano. (Por ella se supo que Miguelina había enterrado "la estrella negra" en el solar
de alguna de las casas que habitó antes de residenciarse definitivamente en el
"Edificio Amor".)
Ante el fracaso de las investigaciones de las autoridades, el doctor Daza resolvió
adelantar por cuenta propia las suyas. Recordó que en el Páramo de las Hermosas
vivía un viejo amigo de Miguelina, un anciano rosacruz, logia a la que ella había
pertenecido. Movido tal vez por aquello de que cuando Dios no acude que el Diablo te
ayude, el doctor subió al Páramo.
El viejo recibió la noticia del asesinato con tranquilidad, como si ya la conociera.
—La finada era una mujer muy sensible –dijo–. Hicimos varios experimentos
ectoplasmáticos con ella y los resultados fueron sorprendentes. Pero no le gustaban.
Le daban resquemor. "Eso es darle confianza al Diablo", decía.
El doctor lo interrumpió.
—¿Tiene alguna idea de quién pudo matarla?
Desde que lo vio bajar del caballo el viejo supo que el doctor era un escéptico, y que si
recurría a él era porque ya habría agotado sus métodos, pero vio tanto odio y dolor en
sus ojos que resolvió ayudarlo.
—Sólo una persona sabe eso –respondió.
—¿Quién? –preguntó con desgana Roberto Daza. Ya imaginaba la respuesta: "Dios,
doctor".
—Con el que está pensando ya son dos –dijo el viejo con tranquilidad.
—¿Y quién es la otra? –el doctor sonrió por primera vez desde la muerte de su
hermana.
—Miguelina –dijo el viejo.
Bajaron juntos al pueblo. En el barrio La Emilia buscaron a Josafat, un medium. Este
dijo que lo mejor era realizar la sesión en la alcoba de la difunta a la misma hora del
crimen. Eso fue el miércoles. En la noche del jueves el doctor, el medium y el viejo se
reunieron en la habitación del cuarto piso, se sentaron en triángulo, se tomaron de las
manos y Josafat dijo: "Animas benditas del Purgatorio, nos trae una causa blanca". Y
luego: "Hermana Juana de Arco, loada sea tu espada flamígera; blándela ante los
espíritus maléficos". Después de dos minutos y tres convulsiones se dirigió al doctor.
"Tenemos permiso. Llame a su hermana".
—Miguelina –dijo Roberto Daza con una fe nueva.
A primera hora del viernes partió en su jeep acompañado de dos policías rumbo al
Cauca, "aunque sin destino preciso", me confiesa ahora. "Yo no oí voces en la sesión.
Nadie me dio direcciones ni descripciones. Lo que sentí fue como un impulso. No sé.
¿Por qué cogí para el Cauca? Tampoco lo sé. Tal vez por lo de los negros".
Cuando pasaron por una casa de El Cabuyal sintió una cosa, pero no se atrevió a decir
nada. Doscientos metros más adelante el carro se varó. Entonces les dijo a los policías:
"Acompáñenme a pedir agua en esa casa".
Cuando iban llegando un hombre, un negro, salió corriendo por la puerta de atrás de
la casa y se internó en el monte. El doctor gritó: "¡Agarren ese hombre!" Los policías
echaron a correr tras él tirando a matar. Entonces de la maleza salió una voz: "¡No me
maten!", y el hombre se entregó. Dentro de la casa encontraron una mujer blanca de
cabellos rubios, dos niños y otro hombre, también negro. (Luego se supo que la mujer
hacía vida marital con los dos hombres, que eran hermanos). Sobre el pecho de la
mujer brillaba el cocodrilo de oro que Roberto Daza reconoció al instante.
Los hombres respondían a los nombres de Nelson y Andrés Nazpucil. Dijeron haber
comprado el broche a un desconocido en la galería de Palmira, y que se asustaron al
ver los uniformados porque pensaron que era la guerrilla. Fueron absueltos por falta
de pruebas en 1981.
Tampoco se resolvió el misterio de su sexo porque el legista que atendió el caso, el
doctor Arce, un hombre inasequible y enfurruñado, nunca quiso hablar de un asunto
que le parecía frívolo. Albita, que amortajó el cuerpo, tampoco soltó prenda. La
supersticiosa mujer se comportaba de manera extraña cuando la interrogaban sobre
el tema y adoptaba esa actitud, mezcla de respeto, temor y gratitud, que siempre
guardó frente a Miguelina.
Tampoco se encontró "la estrella negra" aunque se buscó en los bancos, en la casa de
los negros, en el compartimiento secreto del armario y en los innumerables huecos
que abrieron los inquilinos en los solares de las casas de Miguelina. Todavía debe estar
allí, donde ella la sepultó, titilando en las profundidades de un solar o de cualquier
esquina. Quizá "la estrella negra" sea la causa de la perturbación de ese semáforo.