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RÍO FUERTE

VALLE DE UTOPÍAS Y
REBELIONES
Carlos Rigoberto Luna Urquidez

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RÍO FUERTE
VALLE DE UTOPÍAS Y
REBELIONES

Carlos Rigoberto Luna Urquidez.

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Copyright 2017 por Carlos Rigoberto Luna.
Primera edición. Septiembre 2017.
Segunda edición actualizada. Febrero 2018.
Registro en trámite

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este


libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier
forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico,
incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier otro
sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso
escrito del propietario del copyright.

Algunos personajes mencionados en esta obra son


figuras históricas y ciertos hechos de los que aquí se re-
latan son reales. Sin embargo, esta es una obra de
ficción. Todos los otros personajes, nombres y eventos,
así como todos los lugares, hechos, organizaciones y diá-
logos en esta novela son o bien producto de la ima-
ginación del autor o han sido utilizados en esta obra de
manera ficticia.

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A mi esposa Christiane Marie Le Plat Troisgros.
Atractiva parisina de mirada limpia y franca sonrisa.
Firme en sus convicciones y con la certeza
de siempre tener la razón.

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OHUIRA
El proyecto de Owen y el de
Johnston

Con el clásico acento metálico de la mujer americana,


que sin éxito, pretende ser amigable, se escuchó el
mensaje grabado anunciando que el avión iniciaba su
descenso para el aterrizaje en el aeropuerto in-
ternacional de Los Mochis. Alejandro volteó su cabeza
para mirar por la ventanilla y observó el Mar de Cortés
que generosamente bañaba las costas de su añorada
tierra del norte de Sinaloa.
Vino a su mente la melodiosa voz de las azafatas
de la Aero California y de la Mexicana de Aviación, que
antes cubrían esta ruta aérea, pero que ahora, ya no vo-
laban a Los Mochis, ni a ninguna otra parte. Esas com-
pañías mexicanas desaparecieron, al no poder compe-
tir con el gigantismo de las corporaciones de la aviación
norteamericana
Ya a baja altura, observó la bahía de Navachiste
y Alejandro recordó las innumerables veces, que reco-
rriendo en solitario las playas del Maviri, disfrutaba de
la fresca brisa del mar, y a la vez que miraba el in-
terminable rítmico arribo de las olas, percibía el yoda-
do olor de las algas marinas del Mar de Cortés.
Luego Alejandro se dijo que a lo mejor aquí, en
las profundidades de este mar que baña las costas de
Sinaloa, también pudieron haber aparecido los primeros
organismos multicelulares ¿Por qué la vida solamente
pudo haberse creado en las costas de Sudáfrica como
afirman los científicos? A fin de cuentas la temperatura,

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la abundante luz solar y la variedad de minerales que
expelen las chimeneas del fondo marino, hacen que las
aguas del Mar de Cortés, sean ricas en nutrientes y
también sean un perfecto caldo de cultivo para la crea-
ción de los organismos multicelulares.
A la memoria de Alejandro vino la historia del
botánico Edward Daniels, pionero americano de la co-
lonia socialista de Albert Owen. En el año 1887 Daniels
fundó la Academia de Ciencias de Topolobampo y se
dedicó a clasificar la fauna y flora de la región. Recogía
muestras que luego enviaba al Instituto Smithsoniano
de Ciencias en Washington.
Alejandro se preguntó, si Daniels, no habría en-
contrado aquí en las costas del Mar de Cortés, la evi-
dencia de la temprana aparición de la vida en la tierra.
Tal vez sin buscarlos, encontró algunos fósiles de bac-
terias o de algas rojas, conocidas por ser de los pri-
meros organismos que poseen células especializadas, y
son también, los organismos más antiguos que se re-
producen sexualmente.
Los que son creyentes afirman que Dios está en
todas partes, y Alejandro pensó que el origen de la vida
en este bendito planeta tierra, también debió haber si-
do en todas partes, o en más de un lugar, y al menos
también aquí, en esta generosa costa sinaloense.
Las reflexiones de Alejandro sobre los misterios
del origen de la vida, fueron interrumpidas por el men-
saje grabado: “Abróchense los cinturones y recojan la
mesa enfrente de sus asientos”
Por la estrecha ventanilla del avión, Alejandro
observó la bahía de Ohuira, en donde todo había em-
pezado para lo que hoy es la ciudad de Los Mochis. A
esta bahía, que había sido refugio de mineros contra-
bandistas, una tarde de 1872 llegó Albert Owen des-
pués de un largo viaje desde el puerto de Mazatlán.
Luego de descansar un buen rato, y ya entrada la
noche, Owen se levantó para caminar por la playa.

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Contempló la majestuosa luminosidad de la bóveda ce-
leste conformada con los millones de estrellas de la Vía
Láctea, y al oír el imparable rítmico murmullo de las
olas del Mar de Cortés, que suavemente se deshacían
en la costa sinaloense, dio rienda suelta a su
imaginación y se dijo que este era el lugar ideal para
construir el puerto del Pacifico.

¡Qué panorama! ¡Todo un mar encerrado!


Para el norte y el oeste se veía todo un horizonte de
monte de chaparral. Dije entre mí: si por la mañana se
encuentra un canal de entrada profunda y segura desde
el Golfo de California, aquí sobre eta bahía, será el sitio
de una gran ciudad metropolitana.

Las reflexiones de Alejandro sobre el origen de


la vida en el Mar de Cortés, y el sueño de Owen para
construir el Puerto del Pacifico, fueron interrumpidas
por el acostumbrado golpe seco, cuando el tren de ate-
rrizaje, que soportaba las 80 toneladas del pesado apa-
rato, se posó en el concreto de la pista del aeropuerto.
Después de recoger su maleta, Alejandro buscó
donde rentar un automóvil. Dirigió sus pasos al lugar
donde estaba un anuncio con la imagen de una bella
modelo, que con una invitadora sonrisa, promovía el
negocio de renta de automóviles de la Hertz, pero en
lugar de encontrase con alguna atractiva muchacha que
lo atendiera, Alejandro se encontró con la pantalla
luminosa de una terminal de computadora. Al igual que
el anuncio del próximo aterrizaje lo había hecho una
grabación electrónica, en lugar de la amable aeromoza
que antes lo hacía, aquí también en la Hertz, otra vez
aparecía una máquina sustituyendo a la sonriente agen-
te de ventas.
Refunfuñando por otra vez tener que tratar
con una máquina, introdujo los datos del auto que de-

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seaba rentar. Para el pago correspondiente tecleó su
clave secreta de la criptodivisa bitcoin.
En el estacionamiento, también atendido y con-
trolado automáticamente, sin la intervención de ningún
trabajador, buscó el automóvil asignado, y con el código
de 12 dígitos obtenido en la terminal de la Hertz, abrió
la puerta del auto que luego abordó y, pensativo, se di-
rigió a la ciudad de Los Mochis.

El proyecto intercontinental
y cooperativista de Owen

Sobre este mar, en donde no se encuentra hoy una vela,


navegarán los barcos de todas las naciones. Sobre estos
llanos vivirán felices muchas familias.
El australiano llegará hasta aquí para encontrarse con el
europeo, que vendrá cruzando el continente por
ferrocarril desde el Atlántico

ALTO TOTAL, indicaba la señal del cruce del fe-


rrocarril Chihuahua Pacifico, el CHEPE, como cariñosa-
mente le decía la gente. Alejandro detuvo su automóvil,
y después de mirar a ambos lados de la vía, reanudó su
marcha y dio vuelta a la izquierda rumbo a la ciudad de
Los Mochis.
Manejando sin prisa, Alejandro pensaba que
finalmente se había hecho realidad la construcción del
ferrocarril transcontinental, proyectado en 1881 por Al-
bert Owen.
Luego recordó que alguna vez tuvo en sus manos
el libro Utopía del Sudoeste de Thomas Robertson, que
años atrás le había regalado su amigo Chuy. En su libro,
Robertson relata el proyecto de Owen para la cons-
trucción del ferrocarril transcontinental de dos mil millas
de longitud.

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Robertson relata que en el año de 1881 Albert
Owen obtuvo la concesión para la construcción del fe-
rrocarril transcontinental, que también incluía la cons-
trucción del puerto del Pacifico y la colonización de los
terrenos de Los Mochis.
La concesión fue otorgada a la recién creada
Compañía Ferrocarrilera y de Telégrafos de Texas, To-
polobampo y el Pacifico y para garantizar el proyecto, el
gobierno mexicano se comprometió a pagar 16 millo-
nes de dólares.
Como presidente de la compañía ferrocarrilera
se nombró al Sr. Frederick Prince, alcalde de la ciudad de
Boston Massachusetts, y como tesorero, se nombró al
Sr.William Windom, ex-tesorero de los Estados Unidos.
Albert Owen quedó como el lider del proyecto.
Para realizar este importante proyecto, Owen
decidió constituir una colonia cooperativista, y para fi-
nanciarlo, se creó la Credit Foncier de Sinaloa, que ofre-
cía bonos y certificados de crédito a los inversionistas.
En varias ciudades de Estados Unidos se orga-
nizaron clubes de la Credit Foncier, y en los primeros
seis meses, se suscribieron 1400 personas y se obtu-
vieron participaciones con un valor de más de 300,000
dólares.
Los socios de los clubes Credit Foncier vendieron
sus granjas, sus negocios y hasta sus hogares para tras-
ladarse a la “Utopía de Sinaloa”. El 10 de noviembre de
1886, procedentes del puerto de San Francisco, llegaron
a la bahía de Topolobampo los primeros 27 socios del
club de California. Por mar y por tierra luego fueron
llegando cientos de otros colonos.
Después de algunos contratiempos que pusieron
en riesgo el proyecto socialista de Owen, en el año 1888
los colonos americanos instalaron su colonia coopera-
tivista en el campo “La Logia”, en la ribera sur del Rio
Fuerte.

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En “La Logia” construyeron sus casas y se
pusieron a cultivar cerca de 100 hectáreas de frutas,
hortalizas y legumbres para su propia subsistencia.
Luego se dedicaron a la construcción del canal “Tastes”
para la irrigación de las 30,000 hectáreas de los terrenos
de Los Mochis que se encontraban a 12 kilómetros del
Rio Fuerte. Owen y el ingeniero Tays empezaron los
estudios para el trazo de lo que sería la ruta del
ferrocarril transcontinental.
El proyecto de Owen fué firmemente apoyado
tanto por el gobierno americano como por el de México.
El gobierno americano tenía el propósito de impulsar los
negocios de sus empresarios del ferrocarril y también,
muy posiblemente, con la no declarada intención de
trasladar sus fronteras más allá del sur del Rio Bravo.
Por su parte, el presidente de México apoyó fir-
memente el proyecto de la colonia socialista de Owen,
otorgándoles contratos y concesiones, con la esperanza
de impulsar en México una opción de vida y desarrollo
social, diferente a la del salvaje capitalismo, que ya en-
tonces mostraba su enorme poder y vocación por con-
trolar todo y a todos.
Porfirio Díaz compartía con Owen el ambicioso
proyecto de crear en el Valle del Rio Fuerte un gran po-
lo de desarrollo agrícola e industrial. La región contaría
con modernas vías de comunicación que servirían para
transportar la producción a los mercados nacionales y
americanos.
También contaría con el puerto de altura para el
comercio entre Asia y América. Comercio intercontinen-
tal que luego se prolongaría hasta los mercados euro-
peos, después de transportar las mercancías a los puer-
tos del este americano, usando el ferrocarril trans-
continental.
Lo que hoy conocemos como el comercio global
del Acuerdo de Asociación Transpacífico (AATP) y el
Tratado de Libre Comercio Transatlántico (TTIP), Albert

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Owen ya los había pensado en 1872. Cuando por
primera vez llegó a la Bahía de Ohuira ya soñaba con un
proyecto global.
El de Owen era un proyecto universal, humani-
tario y progresista para su época. Contemplaba la dis-
tribución equitativa de la riqueza entre todos los que
participaban en generarla.
El proyecto de libre comercio de ahora, es el
instrumento del monopolio financiero judío anglosajón
para implantar un gobierno global. Con el TTIP y el AATP,
los barones del monopolio financiero global, logran im-
poner gobernantes, reglamentos y leyes a su conve-
niencia. Consiguen apropiarse de las riquezas y recursos
naturales de los países incluidos en su globalización.
Aquí en el Valle del Rio Fuerte, Albert Owen lo-
gró construir una comunidad basada en principios i-
gualitarios y de solidaridad comunal. Planeó un proyec-
to humanista, como los de los socialistas utópicos, que
surgieron en Europa después de la Revolución Francesa.
Cinco años después de haber llegado a Topolo-
bampo, los socios de la Credit Foncier de Sinaloa lo-
graron concluir los trabajos de la construcción del canal
Tastes.
Al abrir las compuertas del canal el 2 de julio de
1892, los americanos de la colonia socialista de Albert
Owen, convirtieron los terrenos de Los Mochis, en una
región con extraordinario valor para la explotación de la
agricultura a gran escala.
Las tierras que por siglos habían permanecido
ociosas, se convirtieron en un precioso activo para el
desarrollo económico regional cuando los colonos ame-
ricanos construyeron el canal Tastes.
Regresando de su viaje mental por la historia de
Los Mochis que él conocía, Alejandro recordó con tris-
teza, qué poco había durado la utopía de Owen de for-
mar una comunidad cooperativista basada en principios
igualitarios. Muy pronto surgieron dificultades entre los

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colonos, quienes no lograron conciliar los diferentes
intereses económicos, y tampoco pudieron definir la
estrategia a seguir para capitalizar los enormes activos
que ya tenían.
Los colonos socialistas de Sinaloa, no supieron
capitalizar los poderosos activos constituidos por las
concesiones y contratos otorgados por el gobierno me-
xicano. Sobre todo, no supieron capitalizar el activo
más valioso constituido por el canal “Tastes” que
irrigaba las 700 hectáreas que ya habían desmontado
en los terrenos de Los Mochis.
Entre los mismos colonos de la Credit Foncier de
Sinaloa surgió la rebelión. La primera de las varias
rebeliones que se han incubado en el Valle de Rio
Fuerte.
Algunos colonos se rebelaron para reformar el
plan de cooperación integral de Owen. Liderados por
Christiane B. Hoffman, propusieron, que a cambio del
efectivo entregado al inscribirse como socios de la Credit
Foncier, se les entregara el título individual por el te-
rreno que les correspondía.
En una reunión llevada a cabo en Sinaloa, Hoff-
man y Owen no logran los acuerdos definitivos y, fi-
nalmente, la colonia se dividió en dos grupos.
El grupo que seguía las ideas socialistas de
Owen, formó su centro de población en un predio de
60 hectáreas que se conoció como Public Farm. Los del
grupo rebelde, seguidores de las ideas de Hoffman, y a
quienes se les puso el apodo de KIckers, se instalaron
más abajo por el canal, en un predio que se nombró el
Plat, en lo que hoy es la parte norte y poniente de la
ciudad de Los Mochis.
Después de la reunión con Hoffman, en la que
no se lograron solventar las diferencias, Albert Owen
abandonó la colonia. Se fue a su país y ya nunca regresó
a Sinaloa.

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Los dos grupos de colonos siguieron trabajando
cada quien por su lado, con frecuentes enfrentamientos
y riñas, causadas principalmente por el suministro de
agua del canal, que controlaban los del Public Farm por
estar localizados más arriba del canal.

El proyecto agroindustrial de
Johnston

La producción por acre en Sinaloa varía, desde la nada,


donde la siembra se hace por gente inútil en condiciones
extremadamente adversas, hasta $500 el acre por año.
Imagino que en nuestro valle el rendimiento es más o
menos $ 90 por acre.

Con el tiempo, el proyecto socialista de Owen


para la construcción del ferrocarril transcontinental y la
colonización de los terrenos de Los Mochis, fue susti-
tuido por el proyecto capitalista de Benjamin Johnston,
basado en la construcción de un ingenio azucarero.
Benjamin Johnston era un exitoso empresario de
la industria maderera del oeste de Estados Unidos y
emparentado con la rica familia Sherwood que pertene-
cía a la alta sociedad de Chicago.
En el año de 1890 viajó a Sinaloa, atraído por los
relatos de las grandes oportunidades de negocio que
prometía la colonia americana de Albert Owen en To-
polobampo. Hizo amistad con Zacarías Ochoa, con quien
se asoció en 1891, para modernizar la industria azucar-
era del hacendado sinaloense.
Con la habilidad natural para los negocios y con
sus amplios conocimientos financieros, el 21 de octubre
de 1892, Benjamin Johnston fundó en Chicago la Si-
naloa Sugar Company. La fundó en sociedad con su
suegro Sherwood y otros inversionistas americanos,
quienes aportaron buenas cantidades de dinero para
financiar sus proyectos en Sinaloa.

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Benjamin Johnston, entusiasmado por los bue-
nos resultados de la primera zafra del ingenio El Aguila, y
fortalecido con el capital de la Sinaloa Sugar Company,
decide ampliar sus negocios en Sinaloa.
Elabora el plan para construir otro ingenio más
grande y más moderno. Sabe muy bien que para lo-
grarlo, además de la moderna maquinaria que compraría
en Estados Unidos, necesitaba obtener las tierras para
los plantíos de caña y también tenía que asegurar el
suficiente suministro de agua para regarlas.
Las tierras y el canal para regarlas las tenían en
Los Mochis los colonos de la Credit Foncier de Sinaloa.
Con una muy bien planeada estrategia de ne-
gocios, Benjamín Johnston se dedicó a comprar terre-
rnos en la cercanía del canal construido por los ame-
ricanos de la colonia socialista de Owen.
Con el propósito de apoderarse del canal “Tas-
tes”, Johnston solicitó la concesión de la construcción
de un canal que irrigaría sus terrenos. Para obtener la
concesión, Johnston presentó planos, en donde el trazo
de su canal, coincidía exactamente con el mismo trazo
del canal “Tastes” ya construido por los colonos. En la
solicitud de la nueva concesión, le cambió el nombre por
el de canal “Mochis”.
Una vez que consiguió la concesión del Gobierno
Federal, Johnston se convirtió en el propietario del canal
construido por los colonos socialistas de Owen y de
inmediato se dedicó a construir su proyecto azucarero.
Con los derechos que le otorgó el Gobierno Fe-
deral sobre el canal y las tierras cerca y alrededor del
canal, Johnston “generosamente” ofreció a los antiguos
dueños, la oportunidad de usar el agua pagando úni-
camente el costo del bombeo. También les ofreció la
oportunidad, de pagar a plazos, las tierras que los co-
lonos ocupaban desde 1886 y que ellos mismos habían
desmontado.

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Con el precioso activo del canal y las tierras de
Los Mochis, ademàs del poder financiero de sus socios
americanos, Benjamin Johnston se dedicó a construir su
emporio agrícola industrial. Construyó el moderno in-
genio de Los Mochis y consolidó sus empresas en la
United Sugar Company. Pronto controló la producción
regional de azúcar, y en pocos años, el ingenio de Los
Mochis de Benjamin Johnston se convirtió en el mayor
productor nacional de azúcar.
A pesar de que durante algunos años, Johnston
tuvo algunos contratiempos económicos que le impi-
dieron cumplir los compromisos bancarios, y que oca-
sionaron que el Banco Nacional de México enviara a Los
Mochis al Sr Olloqui como interventor del ingenio,
Johnston se las arregló para salir del apuro. Más ade-
lante supo sortear exitosamente los problemas del con-
flicto armado de la Revolución Mexicana y logró seguir
operando su negocio sin grandes contratiempos.
En enero de 1914 los esposos Johnston, en su
elegante residencia de Los Mochis, recibieron al jefe del
ejército constitucionalista. A Venustiano Carranza y su
comitiva, Agnes y Benjamín Johnston les ofrecen en la
Casa Grande, una elegante y espléndida cena que fue
debidamente complementada con champagne y ciga-
rros turcos.
De esa memorable cena, Benjamin Johnston ob-
tuvo la promesa, de que el ingenio de Los Mochis, sus
tierras y propiedades, no iban a ser atacadas ni mo-
lestadas por las tropas revolucionarias.
Este acuerdo con Carranza le permitió trabajar
tranquilamente y seguir prosperando con su imperio
agrícola industrial, hasta que llegó la oportunidad de
otra guerra, la primera guerra mundial de 1914-1918,
que disparó y consolidó el contundente éxito em-
presarial de Benjamin Johnston.
Debido a la escasez de alimentos propiciada por
la guerra, los precios del azúcar del ingenio de Los

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Mochis se dispararon de 5 a 18 dólares el saco. Para al-
gunos, el exorbitante precio con el que Johnston vendía
el saco de azúcar, era el resultado de su habilidad para
los negocios, pero para Alejandro, que conocía de cerca
las consecuencias de la primera guerra mundial, esta
exorbitante ganancia, era el resultado de la codicia y el
oportunismo de los empresarios americanos, que muy
bien se aprovecharon de las penurias de los europeos
hambrientos por la guerra.
Con el tiempo, el ingenio de Los Mochis llegó a
producir 20,000 toneladas de azúcar refinada y hasta 20
millones de litros de alcohol. También producía grandes
cantidades de melaza
Los terrenos de los Mochis se convirtieron en
una próspera ciudad que crecía alrededor del ingenio.
Johnston también se las arregló para hacer un buen
negocio con los habitantes de Los Mochis, al invertir en
la infraestructura necesaria para explotar los servicios
municipales del agua, el teléfono y la luz.
Cuentan que Benjamin Johnston acostumbraba
subir al Cerro de la Memoria y desde allí contemplar el
emporio que había construido. Hasta donde se extendía
su vista, todo, o casi todo le pertenecía. Contemplaba
los almacenes y la moderna maquinaria del ingenio que
había dado vida a la ciudad de Los Mochis y, a lo lejos,
hasta donde alcanzaba la vista, observaba los extensos
cañaverales debidamente irrigados por el canal “Tastes”
y muchos otros más que él había mandado construir.
Las extensas, generosas y fértiles tierras de Los
Mochis, que primero fueron concesionadas por el go-
bierno federal a los americanos de la colonia socialista
de Albert Owen, ahora eran de Benjamin Johnston, clá-
sico representante del capitalismo estadounidense.
Para conseguir las tierras de Los Mochis,
Johnston no operó ni estuvo solo. A sus empleados y
socios nativos les encargó las negociaciones con las
autoridades mexicanas para conseguir las concesiones y

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los contratos, que luego le sirvieron para apoderarse del
canal “Tastes” y de los terrenos que antes habían sido
concesionadas a los colonos de la Credit Foncier de Si-
naloa.
De nada valieron los reclamos de los america-
nos de la colonia socialista de Owen, quienes alegaron
ante los tribunales, que el canal adjudicado a Johnston,
era de su propiedad porque ellos lo habían construido.
Alegaron que las tierras alrededor del canal
también les pertenecían, porque ellos las habían des-
montado, y porque así lo avalaba la concesión otorgada
por el gobierno mexicano para la colonización de los
terrenos de Los Mochis. También argumentaron que
ellos eran los legítimos dueños, porque las leyes mexi-
canas, daban preferencia de propiedad a aquellos que
hicieran mejoras en los terrenos que ocuparan.
Los reclamos de los colonos no fueron escu-
chados por los jueces de los tribunales mexicanos. Ar-
gumentando que los terrenos no habían sido debida-
mente registrados y que tampoco se habían pagado los
derechos correspondientes, los jueces dictaminaron la
prescripción de las concesiones otorgadas a los ameri-
canos de la colonia socialista de Albert Owen.
Para Alejandro no era difícil comprender la sen-
tencia dictada a favor de Benjamin Johnston, pues sabía
muy bien, que los jueces mexicanos, siempre se las
arreglan para encontrar argumentos legales o ilegales,
para dictar las sentencias que favorecen a sus amigos y
socios, o para que beneficien a los que les pagan para
ello.
Lo que Alejandro no alcanzaba a comprender
fue la inconmensurable desesperanza que causó en los
colonos americanos de la Credit Foncier de Sinaloa, la
sentencia dictada en su contra por los tribunales me-
xicanos y que con profunda tristeza tuvieron que acatar.
La desesperanza y tristeza de esos hombres y
mujeres que fueron despojados de sus bienes, solo pudo

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expresarlo la poética sensibilidad de la hermosa pe-
riodista Clarissa kneeland, que ante la imposibilidad de
obtener justicia verdadera en los tribunales mexicanos,
acude a tribunales celestiales como única y última ins-
tancia.

Si hay un lugar en el cielo para el descanso y el


refugio para los desposeídos, presidido por un Dios justo
que consuela y recompensa a los que han sufrido in-
justicias en este mundo, los colonos de Topolobampo
deberán presentar su caso con ese tribunal.
Y si hay un infierno, un lugar de castigo para la
inhumanidad del hombre hacia el hombre, donde la
retribución corresponde a quienes por medios legales
han tomado aquello que la equidad no les diò, entonces
que la Sinaloa Sugar Company, Compañía Azucarera de
Sinaloa, dé gracias por el hecho declarado de que las
corporaciones no tienen alma.

Benjamin Johnston llegó a Sinaloa con un gran


talento empresarial y financiero. Apoyado por grandes
fondos de capital pudo asociarse con los hacendados
nativos, y también logró comprar terrenos, activos y vo-
luntades. Obtuvo concesiones del gobierno federal y lo-
gró promover enfrentamientos y rencillas entre los mis-
mos colonos, que finalmente ocasionaron el fin del
proyecto intercontinental y cooperativista de Owen.
Al desintegrarse la utopía socialista de Owen,
algunos colonos se quedaron a trabajar en el ingenio y
en los campos de caña de Johnston. Otros regresaron a
Estados Unidos y, los más idealistas, como la periodista
Clarissa Kneeland y el robusto y terco Benjamin Tras-
viña, primero tuvieron que refugiarse por el rumbo de
la sierra en los poblados de Choix y Sivirijoa y después,
algunos como la misma Clarissa Kneeland, también deci-
dieron regresar a Estados Unidos.

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¡Chingados!—exclamó Alejandro otra vez enca-
bronado. Ahora desilusionado por la fallida experiencia
del pasado igualitario de Los Mochis, como antes lo es-
tuvo, por el anuncio grabado en el avión y luego por la
sustitución por una máquina, de la atractiva agente de
ventas de la Hertz y, resignado, mejor prefirió pensar en
otra cosa.

Lo de ahora y la amenaza del futuro


Alejandro miró los terrenos cultivados en ambos lados
de la carretera. Al sur de la carretera observó el campo
“Guadalupe” de Don Martin que se extendía hasta la
bahía de Ohuira. Se distinguían las sólidas construccion-
es del empaque, las oficinas y las bodegas para las he-
rramientas, los sacos de semilla y fertilizantes. A lo lejos
se observaban los tractores y la maquinaria agrícola
trabajando la tierra.
A diferencia de los hacendados tradicionales del
criollismo español que siempre construían una iglesia,
en su campo “Guadalupe”, Don Martin mejor construyó
una escuela y un consultorio médico para sus trabaja-
dores. Construyó una presa para lavar las tierras sali-
trosas y que también le sirvió muy bien para asegurar el
suministro de agua para la siembra de legumbres y ve-
getales que luego exportaba a los Estados Unidos.
En Estados Unidos Don Martin competía exito-
samente con los exportadores gringos de la Matco
Boyd Co., la Esterns Pakin Co. y la American Fruit, que
hasta entonces habían monopolizado ese lucrativo
negocio.
Con el tiempo la exportación de tomates, chiles,
melones y sandías que se producían en las fértiles tierras
del Valle de Rio Fuerte, se convirtió en un poderoso ins-
trumento de desarrollo económico para la región, que
superó con creces al generado por el negocio del ingenio
de la United Sugar Company.

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Alejandro sabía que las poderosas empresas
que ahora producen y exportan frutas y legumbres, en
nada se parecen al humilde esfuerzo de los americanos
de la colonia socialista de “La Logia”.
Consideró que los exitosos agricultores de la
región de Los Mochis deberían reconocer que el éxito
del que ahora disfrutan, en gran parte se debe al es-
fuerzo y las penurias de los colonos americanos cuando
cavaron el canal “Tastes”. Con el canal se inició la ex-
plotación agrícola de alta intensidad en la región y se
disparó el progreso de Los Mochis.
Los colonos de “La Logia” también fueron los
pioneros en el cultivo de frutas y legumbres que ahora
exitosamente se ha propagado por todo el Valle del Rio
Fuerte, y hasta en el de Culiacán, en donde los agri-
cultores culichis empezaron el cultivo del tomate
solamente en el año de 1908.
Mientras que observaba la moderna maquinaria
con la que se automatizaban las tareas agrícolas en el
campo Guadalupe y otros campos a un lado de la
carretera, Alejandro, entre frustrado y preocupado, ra-
zonaba que ahora se vivía en la época de la automa-
tización y la robotización, en la que poco se necesita la
participación del ser humano. Al igual que la fuerza ani-
mal fue sustituida por la fuerza motriz en la época de la
industrialización, ahora, en la época de la digitalización,
el ser humano estaba siendo sustituido por las má-
quinas de la automatización.
En los bancos, los empleados que atendían para
obtener efectivo y hacer pagos, ahora han sido sustitu-
idos por los cajeros automáticos. En los centros de
atención a clientes, los bancos y la mayoría de otras
empresas, ya no tienen personal, pues lo han sustituido
por operadoras electrónicas, que con mensajes digi-
talizados, te van guiando por las diferentes opciones de
servicio.

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Las computadoras personales ya han desplazado
a millones de oficinistas, y con el desarrollo del internet,
los pocos oficinistas que salvaron su chamba ahora tra-
bajan desde sus casas sin tener que ir a la oficina.
En la ciudad de México, los ostentosos edificios
de los corporativos en Paseo de la Reforma y de Santa
Fe, ahora ya no son necesarios, y tampoco son ne-
cesarias las grandes tiendas departamentales, pues
ahora la gente hace sus compras en Amazon a través
de internet.
El transporte público y el negocio de la ropa,
también desaparecerán casi por completo, pues ahora la
gente trabaja, compra y estudia desde sus casas en
pijamas y en pantuflas.
Por otro lado, la robotización se ha expandido
sin parar tanto en el sector industrial como en el de
servicios. A los robots los encontramos en las fábricas
donde se producen los camiones, tractores y hasta los
automóviles más lujosos. También los encontramos en
las fábricas en donde se producen las computadoras, los
televisores, los teléfonos celulares y todas las cosas que
cotidianamente usamos en la oficina y en el hogar.
En San Francisco ya existe un restaurant to-
talmente atendido por robots sin ningún ser humano, y
la Mc Donald ya puso en servicio una maquina automá-
tica que prepara hamburguesas.
La Google ya está probando las computadoras
que conducirán los automóviles y camiones de carga, y
los chinos están diseñando los robots especializados en
las labores del campo que ahora hacen los jornaleros
agrícolas.
En Estados Unidos todos los días la gente se
despierta con los anuncios de despidos de personal. La
Intel anuncia el despido de 12,000 empleos, la Cater-
pillar 20,000 y la HP anuncia el despido de otros
30,000. En China la Foxconn, que fabrica aparatos para
la Samsung y la Apple, recientemente despidió a 60,000

21
obreros que fueron reemplazados por robots. En
Alemania, el Deutsche Bank anuncia el despido de
19,000 empleados, y la Volkswagen también despedirá a
otros 30,000 trabajadores. Con el uso de drones, en Es-
tados Unidos se eliminarán a los 2 millones de trabaja-
dores de mensajería que entregan a domicilio los pa-
quetes, las medicinas y las pizas.
A la mente de Alejandro vinieron las declara-
ciones que el célebre físico británico Stephen Hawkins,
hiciera al periódico The Guardian en diciembre del 2016,
y que contundentemente confirmaban sus reflexiones
acerca de la catástrofe social que padecerá el mundo
entero por la falta de empleo:

La automatización de las fabricas ya ha arrasado


trabajos en la manufactura tradicional y la proliferación
de la inteligencia artificial posiblemente extienda esta
destrucción de trabajo a las clases medias donde solo
sobrevivirán los roles creativos y de supervisión.
La automatización de las fábricas y el aumento
de la inteligencia artificial pueden acelerar la ya cre-
ciente desigualdad económica en todo el mundo.
Pequeños grupos de individuos conseguirán e-
normes beneficios, mientras emplean a muy poca gente
y aunque el progreso es inevitable, esta vertiente, es
también socialmente destructiva.

Pero Alejandro también sabía muy bien que es-


te colapso social, ocasionado por la automatización y la
robotización, apenas era el principio de las penurias que
sufrirá la humanidad como la conocemos. Lo más desa-
fiante y peligroso para el ser humano estaba por venir.
En China, el ingeniero Hugo Garis, director de la
Universidad de Inteligencia Artificial de Pekin, afirma
que la brecha entre la inteligencia artificial y la humana
cada vez es más pequeña, y que irremediablemente la
artificial deberá superar a la humana.

22
Garis nos dice que las maquinas con inteligencia
artificial, tienen mucha más capacidad para almacenar
información que los humanos, pues su memoria puede
incrementarse casi sin límite. El Ingeniero Garis también
afirma que estas máquinas son más veloces que los
hombres, ya que procesan la información un millón de
veces más rápido que los humanos porque la procesan a
la velocidad de la luz, mientras que los humanos lo
hacen a la velocidad de los procesos químicos.
También el Dr. Hugo Garis afirma que en este
mismo siglo, veremos robots con inteligencia artificial
que habrán superado la brecha que separa la inteli-
gencia artificial de la humana, y que serán más in-
teligentes que el ser humano.
Alejandro pensó que si eso pasará en este siglo,
entonces deberíamos aceptar que más adelante, estos
robots serán capaces de producir otros robots, tendrán
la habilidad de reprogramarse según lo necesiten y, en
último caso, hasta podrán tomar la decisión de des-
hacerse de los humanos. Desgraciadamente nadie podrá
evitarlo, pues los humanos no controlarán el switch pa-
ra desactivarlos.
Luego espantado se preguntó — ¿El ser humano
estará preparado para esta inminente y terminal
amenaza?
—¡En la madre, ahora sí estamos amolados!—
exclamó Alejandro espantado, al recordar que ya tam-
bién estaban las muñecas robots para la satisfacción
sexual. Luego exclamó resignado—Ahora hasta las pros-
titutas perderán su empleo ante la robotización. Estos
pinchis robots acabarán con los burdeles en donde se
ejerce lo que algunos consideran la profesión más an-
tigua de la humanidad. Mejor aquí le paro en esto de
andar volando en las alas de la imaginación futurista y
mejor disfruto el paisaje sinaloense.
Súbitamente Alejandro sintió un golpe seco en el
pecho y luego sintió como su brazo izquierdo se en-

23
tumecía. Se orilló en la carretera ante lo que parecía la
eminente evidencia de un percance de salud. Lo mejor
era serenarse, lentamente echó su cabeza para atrás,
respiraba pausada y profundamente y luego detuvo su
automóvil. No pudo hacer otra cosa antes de perder el
conocimiento.
Alejandro no supo cuánto tiempo estuvo in-
consciente, pero al recuperarse, se dio cuenta de que
algo pasaba alrededor de su automóvil. Primero solo al-
canzó a percibir el ruido de pasos, luego abrió los ojos y
observó a la muchedumbre que pasaba por ambos lados
de su automóvil. Ya más despierto se dio cuenta de que
la muchedumbre iba ruidosamente festejando y gri-
tando. Alcanzó a ver algunos símbolos que los identi-
ficaban como aficionados del futbol.
La mayoría eran jóvenes que portaban las T-shirt
color rojo, que seguramente identificaban al patrocina-
dor que les había obsequiado los boletos para entrar al
estadio. Alejandro pensó que ese dadivoso patroci-
nador bien podía ser el de la Coca Cola, pues los de la
Pepsi Cola, regalaban las camisetas de color azul. Luego
se dijo que ese patrocinador también podía ser el PRI,
pues este partido político usaba el color rojo para dis-
tinguirse de los del PAN que usaba el color azul.
Alejandro pensó en los muchos jóvenes me-
xicanos que tienen la ilusión, de algún día, ser las admi-
radas estrellas de los equipos del futbol. En los terrenos
baldíos o en las calles del barrio juegan con los amigos y
vecinos las improvisadas “cascaritas”. Se entrenan con
ahínco para dominar la técnica del manejo del balón
con los pies y la cabeza. Trabajan duro para poder
ganarse la remota posibilidad de ser seleccionados
por algún equipo profesional y todavía la mucho más
remota de convertirse en estrellas, y así poder tener
los estratosféricos ingresos que los de la televisión dicen
que obtienen los futbolistas exitosos.

24
Algo preocupado, Alejandro se dio cuenta que
en Ohuira, y en otros ejidos y campos agrícolas de la
región, ya se apreciaba la amenaza del futuro. Cada vez
es más difícil conseguir empleo, pues la automatización
de las fábricas de conservas y la de los empaques de
frutas y legumbres, ha desplazado a la mayoría de los
trabajadores.
En los campos agrícolas de los socios y con-
tratistas de las poderosas corporaciones americanas de
la Monsanto y la Cargil, la maquinaria y los novedosos
robots importados de China, paulatina e inexorable-
mente sustituyen a los jornaleros agrícolas. Así sucede
en el consorcio Black Rock administrado por William
Johnston, el Bilito, como le dicen sus empleados, que
para atender el campo de 10,000 hectáreas solo ocupa
a 30 trabajadores.
Con la escasez de empleo, algunos jóvenes se
preparan febrilmente para conseguir la remota po-
sibilidad de ser contratados por algún equipo de futbol
o de otros deportes como el béisbol y el box.
Otros más tienen que aceptar los mal pagados y
más de las veces informales puestos de trabajo, que
ofrecen los casinos, hoteles y restaurantes de Los Mo-
chis. Los que pueden se dedican a atender el precario
negocio familiar, y allí andan batallando para competir
con el gigantismo de los OXXO y la Mc Donald.
Desgraciadamente, muchos otros jóvenes de la
región, mejor prefieren enrolarse en las actividades
ilícitas del narcotráfico, atraídos por el glamour de los
lujosos automóviles y el rápido enriquecimiento.
Alejandro recordó la entrevista que Kate del
Castillo y Sean Penn, le hicieron a Joaquín el “Chapo”
Guzmán en un poblado de la Sierra Madre Occidental.
Cuando le preguntaron porque se había dedicado al
narcotráfico, el “Chapo” Guzmán con mucha razón les
contestó:

25
Yo me crie en un rancho que se llama La Tuna.
Por allá, hasta la fecha no hay fuentes de trabajo.
Desgraciadamente como le comento, donde yo
me crie, no había otra manera, ni hay, de sobrevivir, y
pues no había otro camino de cómo llevar a cabo nuestra
economía para poder vivir.

Claro que Ohuira no era el rancho “La Tuna” del


“Chapo” Guzmán, pero Alejandro sabía muy bien que la
automatización y la robotización todavía ocasionarían
más desempleo, y más temprano que tarde, la situación
de los jóvenes de la región sería tan dramática como la
de los jóvenes del rancho La Tuna.
Alejandro se preguntó cuánto tiempo faltaría
para que esa muchedumbre de jóvenes aficionados al
futbol, se convirtieran en hordas de jóvenes desocu-
pados que ni estudian ni trabajan, y que van de pueblo
en pueblo buscando empleo y de qué comer.
Muchedumbres de jóvenes hambrientos como
la de los Pastoureaux, que en la edad media, en silencio
y sin líderes ni consignas, recorrían los pueblos de Fran-
cia robando y matando para conseguir comida.
Alejandro se estremeció ante la posibilidad de
que estos jóvenes desempleados de Ohuira, bien po-
drían anunciar el principio del fin. A fin de cuentas, aquí
en Ohuira empezó todo cuando llegó Albert Owen, y a
lo mejor aquí también es donde todo termina por la
amenaza de la automatización y la robotización.
Alejandro prosiguió su viaje a Los Mochis y por
la carretera se fue encontrando con algunos anuncios
espectaculares que promovían los diversos negocios del
turismo y la agricultura.

LOS MOCHIS, CAMPEÓN NACIONAL DE LA


PRODUCCIÓN DE FRUTAS Y LEGUMBRES
Dow Chemical del Pacifico
Fertilizantes y fumigantes

26
LOS MOCHIS, LA CIUDAD DE LA ALEGRÍA Y LA
DIVERSIÓN
Tome cerveza Tecate

LOS MOCHIS, DONDE VOLVERSE RICO NO ES UN SUEÑO


INALCANZABLE
Casino Pelagio de Los Mochis
Apuesta Ya. Usa tu crédito

Más adelante, Alejandro se topó con el primero


de los varios retenes militares que resguardaban la se-
guridad de Los Mochis. En ambos lados de la carretera
estaban los vehículos militares debidamente equipados
con la amenazadora ametralladora de alto calibre. A
unos metros del retén militar, Alejandro observó un
gran anuncio espectacular con el que las autoridades
municipales daban la cordial bienvenida a los turistas al
mismo tiempo que hacían un par de advertencias.

WELCOME TO LOS MOCHIS CITY


Ciudad moderna y ordenada. Símbolo del progreso.
No se admiten indigentes. No hay empleos disponibles.

27
LOS MOCHIS

Una ciudad de primer mundo


en uno de tercera
Ciudad moderna de clase media alta, reportaron
los periódicos de México y el mundo entero, cuando
dieron la noticia de que en Los Mochis había sido cap-
turado el célebre jefe del cártel de Sinaloa.
No podía ser de otra manera, pues desde donde
quiera que se mire, la ciudad de Los Mochis es una ciu-
dad moderna en donde se observa el orden y la pul-
critud urbanística. Sus amplias y muy bien trazadas ca-
lles y avenidas con sus anchas banquetas, permiten una
movilidad eficiente para vehículos y peatones. Sus útiles
y bien pensados callejones, facilitan el adecuado sumi-
nistro de los servicios municipales como el agua, la luz,
el teléfono y el drenaje.
La ampliación de la ciudad de Los Mochis se ha
hecho con orden, respetando las normas de crecimiento
urbano establecidas desde su fundación. Las nuevas
avenidas se construyen con concreto hidráulico, la mis-
ma tecnología con la que se encarpetaron las primeras
calles de la ciudad hace ya más de cincuenta años.
Hasta la fecha, las calles y avenidas se conservan
impecables, sin ningún bache o parches de reparaciones
apresuradas, como se observa en otras ciudades del
país, y hasta en las mismas colonias ricas de la capital. En
Tecamachalco e Interlomas de la Ciudad de México, las
calles se pavimentaron con el tradicional asfalto que
rápidamente se deteriora, y con la primeras lluvias, apa-
recen innumerables baches que las convierten en ver-
daderos caminos de terracería de pueblo medieval.

28
Vista desde arriba, la ciudad parece como un
bosque de árboles y palmeras que casi por completo
cubren las casas y edificios. Bosque único en el país,
porque está poblado con las especies de árboles que
Bermjanin Johnston trajo de diferentes regiones del
globo terráqueo, para construir aquí en Los Mochis, el
impresionante Jardín Botánico.
Aquí en Los Mochis no predomina la jungla de
concreto, acero y cristal que se observa en otras ciu-
dades. Cuando empieza a levantarse la neblina del
amanecer, es un deleite caminar sin prisas ni tropiezos
por las banquetas de esta moderna, limpia y bien
ordenada ciudad, y un poco más tarde, escuchar el
concierto de miles de pájaros que se despiertan cuando
el sol sale por el rumbo del cerro de la Memoria. Y qué
decir o cómo describir los espectaculares atardeceres
que regalan un verdadero mosaico de colores en el que
predomina el rojo anaranjado.
Después de reconocer con cierto orgullo el
acierto urbanístico con el que se construyó la ciudad
de Los Mochis, Alejandro tomó el boulevard Rosendo G.
Castro, construido donde antes estuvo la vía del
ferrocarril Kansas City. En temporada de zafra el tren
jalaba los furgones de caña al ingenio azucarero, y de
regreso, jalaba los carros tanque llenos de melaza y los
furgones con sacos de azúcar, que luego proseguían su
viaje hasta la frontera de Estados Unidos.
El tren con los furgones de caña invariable-
mente era asaltado por una multitud de jóvenes y niños
que, jubilosos, montaban al tren en marcha para luego
encaramarse en lo más alto de las jaulas y de allí sacar
las mejores cañas que arrojaban a los camaradas que
las esperaban abajo.
Alejandro infructuosamente buscó a lo lejos las
negras chimeneas del ingenio de la United Sugar
Company, pero ya no estaban. Tampoco estaban las
grúas y maquinaria del ingenio que ya habían sido des-

29
montadas. Se dio cuenta de que ya no se escucharía el
silbato de la caldera que a las cinco de la mañana a-
nunciaba el inicio de otra jornada laboral.
Ahora el complejo industrial del ingenio azuca-
rero, había sido sustituido por un centro comercial des-
pilfarrador de energía y luminosidad, símbolo del consu-
mismo tipo americano que ya se ha propagado por casi
todo el mundo.
Alejandro observó a lo lejos el boulevard Rosa-
les, donde antes estuvo la cerca que separaba la colonia
americana del resto de la población. Recordó que en esa
exclusiva colonia vivían los americanos en sus bonitas
casas estilo californiano, cada una rodeada por un muy
bien cuidado jardincito.
Las casas de los americanos estaban muy bien
amuebladas con la fancy furniture, que las señoras
mandaban traer de la tienda Sears Roebuck de San
Francisco, California. Estacionado a un lado de la ban-
queta, nunca faltaba el automóvil Lincoln, Packard o
Cadillac, que cada año el propietario iba a Estados Uni-
dos a cambiar por el del último modelo. Para las fiestas
navideñas. la familia viajaba a Nogales, Arizona, para
comprar en los extensos y elegantes almacenes de la
Ville de París las cosas de la casa además de la ropa y los
regalos de la navidad.
La colonia era exclusiva para los americanos del
ingenio azucarero. Solo dejaban entrar a los de la bur-
guesía mochitense cuando iban a tratar algún negocio,
o a los empleados y criados nativos que iban a hacer
los servicios administrativos y domésticos.
De lejos, los mochitenses miraban suspirantes el
confort de los gringos de la colonia americana. Algunos
los miraban con la lejana, y más de las veces inalcan-
zable aspiración, de también algún día tener casas tan
bonitas como esas y también conducir esos modernos y
poderosos automóviles. Pero algunos otros los veían con
coraje y rencor, al sentirse discriminados en su propio

30
país por ese grupo de extranjeros que, con el poder del
dinero y con mecanismos legales a modo, se habían
apoderado de esos terrenos por los que ni siquiera
podían pasar.

Las colonias de los trabajadores de la


Fábrica.
Alejandro volteó su rostro hacia el poniente donde antes
estuvieron las colonias donde vivieron los trabajadores
de la United Sugar Company. Primero apareció la co-
lonia La Sinaloense en donde los trabajadores del
ingenio, alrededor del año 1905, hicieron sus chinames
con horcones y troncos de pitahayas. Después surgió la
colonia La Semana, al sur de la entrada de la fábrica, en
la que se construyeron casas de paredes de adobe y
techo de madera. Para 1947 se hicieron las casas nuevas
que ya se construyeron de ladrillo, pisos de cemento y
que tenían dos recamaras y cocina, y a manera de ex-
cusado, un cajón sanitario de madera directamente
sobre la fosa séptica en el patio de atrás.
Con el tiempo estas colonias se convirtieron en
la incubadora perfecta para las ideas liberales de hom-
bres y mujeres. De esas colonias surgieron la mayoría de
los líderes sindicales que formaron organizaciones de
trabajadores para defender sus derechos laborales.
El 4 de Diciembre de 1924 los trabajadores de
las colonias de Los Mochis, agrupados en el “Sindicato
Industrial de Oficios Varios”, exigieron mejores con-
diciones de trabajo y pidieron la reducción de la jornada
laboral que todavía era de 12 horas. Exigieron aumento
de salario y día de descanso semanal. También pidieron
que su pago se hiciera en moneda y no con los vales que
solo podían ser canjeados en la tienda de raya del
ingenio.
Más adelante, los trabajadores y jornaleros del
ingenio formaron en 1933 la “Unión de Obreros y Cam-

31
pesinos del Norte de Sinaloa”. En el año de 1938 se de-
clararon en huelga cuando la empresa de Johnston
amenazó con abandonar la zafra para deshacerse de 4
mil trabajadores que reclamaban aumento de salarios y
mejores condiciones de trabajo. La huelga se transfor-
mó en la rebelión que exigió la expropiación del lati-
fundio de la United Sugar Company. La rebelión de los
trabajadores de la fábrica fue la tercera rebelión de las
varias que se han incubado en el Valle del Río Fuerte.
Los terrenos agrícolas de la región de Los Mo-
chis varias veces cambiaron de dueño. Primero, y sin ne-
cesidad de ningún título de propiedad, fueron ocupadas
por los indios mayos. Más adelante el presidente Porfirio
Díaz concesionó los terrenos de Los Mochis a los colo-
nos socialistas de la Credit Foncier de Sinaloa de Albert
Owen, y luego, volvieron a cambiar de dueño cuando
algunas hectáreas fueron compradas por Benjamin
Johnston y otras le fueron adjudicadas por los jueces de
los tribunales mexicanos.
Finalmente en el año de 1938 otra vez cam-
biaron de dueño. El presidente Lázaro Cárdenas, ordenó
la expropiación de las 83,442 hectáreas de la región de
Los Mochis. Las tierras fueron entregadas, como ejido
colectivo a los 4,663 jefes de familia que luego cons-
tituyeron la Sociedad de Interés Colectivo Agrícola Eji-
dal, (SICAE), integrada por 32 ejidos.

Los fundadores olvidados por la historia


oficial
Después de este breve recorrido mental por la historia
de los trabajadores de la fábrica que se rebelaron para
recuperar los terrenos de la región de Los Mochis, Ale-
jandro se dirigió al oriente de la ciudad en donde había
pasado su niñez y su primera juventud.
Agarró la avenida Zaragoza y pasó por el mer-
cado, en donde reconoció los lugares donde antes estu-

32
vieron los negocios de los comerciantes de Los Mochis
que él conoció en su niñez.
Por allí estuvo la tienda de abarrotes de los Ávila
y la de ropa de los Oregel. Por el callejón estuvo la
tienda de zapatos de Don Albino y el tostador de café
“Tupinamba”. Por la avenida Obregón estaba la embo-
telladora de sodas del Sr Ramirez, que sucumbió ante la
aplastante competencia del corporativismo de la Coca-
cola y la Pepsicola.
Más lejos estuvo la panadería “La Guadalupana”,
y por la calle Allende, estuvo el taller mecánico del Sr.
De la Torre. Por esa misma calle también estuvo la car-
pintería de Villaseñor y por la Degollado la carpintería de
Librado. Mucho más lejos estuvo el molino del Sr. Villa,
que rigurosamente, cada mañana despertaba a los
mochitenses con el trepidar de su molino de nixtamal.
Por el rumbo de la Morelos estuvo la dulcería
“La Colonial” de Don Urbano, a la que los niños de la
ciudad acudían alborozados a comprar los dulces y los
chiclosos toficos. Allí también iban cada domingo las
internas del colegio de las monjas a comprar los cho-
colates “Tin Larin” para endulzar un poco el forzado y a-
margo encierro del internado.
Alejandro recordó que después del intento fa-
llido de la colonia cooperativista de Albert Owen, a Los
Mochis llegaron otros inmigrantes que no venían de
Estados Unidos sino desde otros países muy lejanos.
Los Mochis se convirtió en el caldero donde se
fundieron las ideas, costumbres y principios, de las cul-
turas de hombres y mujeres provenientes de diferentes
partes del mundo.
El Japonés Akachi puso la papelería “La Violeta”,
donde los clientes eran atendidos diligentemente por
Bertha Buelna y por un señor corpulento y de alta
estatura de quien Alejandro nunca supo su nombre. Del
Líbano llegó el señor Hallal. El señor Agustín Bouvet de
origen francés, fundó el negocio “La Francesa”, mientras

33
que el Sr Marín de origen español fundó “La casa
Colorada”. Los lituanos Gourbits fundaron “La Barata
Europea”, donde vendían telas finas para ropa de mujer
y otros accesorios.
Desde Grecia llegó la familia Saquelares y por
la avenida Morelos, primero fundaron la fábrica de car-
bón de Miguel Saquelares, que proveía de este com-
bustible al ingenio de Johnston, y después fundaron su
negocio de transporte de pasajeros.
Ángel Saquelares, cada tercer día, hacia el viaje
a Sinaloa de Leyva con su tranvía marca Ford, al que le
había puesto por nombre “La Sirena”, quizás como una
remembranza de los míticos viajes de Ulises que contaba
Homero en su gran obra literaria La Odisea.
En Los Mochis, también prosperaron algunos
negocios de los pocos chinos que habían logrado sal-
varse de la criminal persecución de los gobiernos post-
revolucionarios.
Con el pretexto de que los chinos eran viciosos y
ateos, la mayoría de los chinos fueron expulsados de
Sinaloa mientras que los militares y funcionarios del go-
bierno se quedaban con sus bienes.
Algunos chinos tuvieron la suerte de preservar
sus negocios como sucedió con el señor León que pudo
conservar su negocio del “Hotel Nacional”. No tuvo la
misma suerte el pariente de Doña Luisa, quien antes de
huir de la ciudad tuvo que pasar todo un día y una no-
che en la noria de la casa de un amigo. Se escondió en la
noria para no ser ejecutado por los soldados del co-
mité antichino del capitán Bojórquez que lo perse-
guían. Finalmente el fugitivo pudo escapar rumbo al
norte, y los oportunistas se quedaron con su tienda de
abarrotes, su talabartería y las más de 300 hectáreas
que Don Antonio tenia por el rumbo de Bamoa.
Alejandro reflexionó que esos comerciantes
que pusieron sus negocios en Los Mochis, fueron per-
sonajes determinantes en la fundación y desarrollo de la

34
ciudad y que, aunque debieran, no aparecen en la his-
toria de la ciudad.
En la historia oficial de Los Mochis aparecen los
nombres de los directivos de la United Sugar Company y
los de los grandes inversionistas de la agricultura de
exportación. Aparecen los nombres de los políticos que
llegaron a ser presidentes municipales y gobernadores,
pero no aparecen los nombres de estos sencillos per-
sonajes que también fueron importantes en la fundación
y desarrollo de Los Mochis.
En la historia oficial no aparecen los muchos
médicos y enfermeras que curaron a los mochitenses.
Tampoco aparecen los nombres de los cientos de
maestros que no tuvieron la suerte de ser nombrados
directores de escuelas, pero que diariamente, y a golpe
de tablazos en la dura madera de los escritorios, y a
veces hasta en las blandas carnes de los alumnos,
inculcaron en las escuelas primarias y en la secundaria,
el conocimiento y los valores de generaciones de niños y
jóvenes mochitenses. Luego Alejandro recordó las pre-
guntas y los reclamos de Arturo Villaseñor Atwood.

¿Dónde están las placas de mármol o monu-


mentos que les debemos a quienes con su esfuerzo diario
contribuyeron a que la ciudad se desarrollara?
¿Dónde está la columna conmemorativa que los
industriales azucareros le deben a los héroes anónimos y
olvidados, los indígenas mayos, sembradores y corta-
dores de la caña?
¿Dónde están las estatuas de bronce que se les
adeudan a los obreros agremiados, quienes, ignorados,
murieron prematuramente con los pulmones deshechos
en la dura faena de producir azúcar o alcohol para
acrecentar la fortuna de los Johnston y de sus sucesores?
¿Dónde están los obeliscos de granito con letras
en relieve que se debieran erigir a la memoria de
quienes construyeron los primeros canales y abrieron el

35
Valle del Rio Fuerte a la producción o el Museo de la
Agricultura, para mostrar a todos, desde sus inicios, el
progreso de la tecnología, que ha permitido a quienes
viven de la tierra y a la ciudad lograr los actuales
avances?
Quizá simplemente sea que no queremos tener
memoria.

Las Preguntas que Villaseñor Atwood se hace en


su libro “Orígenes Históricos de Los Mochis” han que-
dado sin respuestas, porque es muy bien conocido que
los que se adueñan de la historia de los pueblos, siempre
olvidan a estos constructores de ciudades que nunca
aparecen en la profiláctica historia oficial.
Estos sencillos pero vigorosos personajes, per-
manecen en el anonimato y solo son recordados por sus
familiares. Sus nombres no aparecen en los libros y solo
se encuentran en las lápidas del cementerio.
Después del ambicioso proyecto socialista de Al-
bert Owen y luego el del capitalista Benjamin Johnston,
las cosas cambiaron para Los Mochis.
Alejandro sabía muy bien que después de las
hazañas de los americanos fundadores, los que se
apropiaron de la historia y también se aprovecharon de
las oportunidades de negocio de Los Mochis, son los de
la burguesía criolla de siempre.
Son los mismos que en 1767 se aprovecharon de
la expulsión de los misioneros jesuitas para adquirir sus
bienes. Se apropiaron de los talleres artesanales y de los
campos de cultivo que durante 200 años, en conjunto
con los indios mayos y yaquis, los padres de la Com-
pañía de Jesús fundaron en sus misiones del norte de Si-
naloa.
La historia de siempre, murmuró Alejandro en
voz baja y luego se dedicó a pensar en otras cosas.
Alejandro recordó con nostalgia las agradables
tardes de los Mochis, cuando el fresco viento de la le-

36
jana costa del Mar de Cortés, agitaba las verdes hojas de
los laureles de la india, que sabiamente habían sido
plantados a lo largo de las amplias avenidas. Esos lau-
reles en mucho ayudaban a refrescar el ambiente, y
recompensar en algo, a los sufridos habitantes de la
ciudad que habían padecido el agresivo y sofocante ca-
lor del mediodía.
Con frecuencia en la quietud de las tardes, se
escuchaba a lo lejos la música tropical de la sinfonola de
la cantina Sierra Mojada. Los que tenían radio los sin-
tonizaban a la frecuencia de la estación de radio local
XECF, o a la de la radiodifusora de La Paz que transmitía
la música de las grandes bandas americanas de Glenn
Miller y la de Cole Porter.
La radiodifusora de La Paz empezaba su pro-
grama cuando el anónimo locutor decía solemne y poé-
ticamente que Radio la Paz, transmitía desde la Colina
del Sol frente a las playas del Mar Bermejo.
Los sábados de baile se escuchaba la música
desde la Sociedad Mutualista y a veces la del Centro
Social. En esos bailes la mujer mochitense hacía gala de
su poderío sensual. Cuando baila la mujer mochitense
no pone distancia entre ella y su acompañante. Ella
posa su rostro en el de su pareja de baile, a la vez que
acerca su vibrante cuerpo al del hombre, para así mejor
ejecutar los sensuales y rítmicos pasos de los bailes
regionales.
Los bailes de la Sociedad Mutualista eran ame-
nizados con la música de la orquesta de los hermanos
Ramírez, mientras que los del Centro Social por la de
Tirso Robles, vecino del poblado de Cachoana, no lejos
de “La Logia”, en donde Albert Owen instaló su colonia
cooperativista en 1888.
Alejandro recordó la vocación por las artes de
los colonos americanos de Albert Owen. En “La Logia”, el
doctor Stanley amenizaba las tardeadas del liceo de la
colonia con su orquesta familiar, mientras que el colo-

37
no John Shoop dirigía un teatro en donde se repre-
sentaban las obras de Shakespeare. En el campo Cat-
wood que estaba entre le rio y “La Logia”, debajo de una
gran enramada, John Shoop presentaba episodios de
Hamlet, Otelo y el Rey Lear.
En Topolobampo y en “La Logia” también apare-
cieron colonos, que con su sencilla poesía, nos descri-
ben las ilusiones y esperanzas de los hombres y mujeres
de la colonia socialista.
Sus poesías también nos describen los hasta
entonces salvajes paisajes de los montes, los ríos y la
sierra del norte de Sinaloa.
Cada capítulo de su libro “Utopía del Sudoeste”
Robertson lo empieza con el verso de un poema:
Tributo al Rio Fuerte de Willian Ross, Libertad de S. A.
Merril, Onward de Henry Havelock Ellis, Topolobampo
de Derril Hope, Crisis de Russell Lowell y La Tierra del
Mas Allá de Ella Wheeler Wilcox.
En su libro, Robertson también nos presenta
fragmentos de relatos más bien poéticos, de Marie
Howland, los de Ida Hoegland y los de Marie Klueber.
También nos presenta los casi poéticos editoriales y
crónicas del periódico Credit Foncier of Sinaloa.
Alejandro pensó que a lo mejor la vocación por
el teatro de John Shoop y la de la música de la familia
del doctor Stanley, además de las muchas poesías de los
colonos que Robertson nos menciona en su libro, tu-
vieron mucho que ver para propagar en la región la vo-
cación por el arte y la cultura. Vocación que ahora hace
que Los Mochis sea el semillero de tantos escritores y
que también sea la ciudad mexicana de la que han
surgido varios poetas.
Rara coincidencia, que la mayoría de los escri-
tores que ahora narran historias de Los Mochis, se for-
maron en la escuela secundaria Ignacio Manuel Alta-
mirano, y que algunos hayan sido vecinos del barrio

38
donde estaban el taller de bicicletas y la dulcería “La
Colonial”.
Arturo Villaseñor quien escribió el libro “Oríge-
nes Históricos de Los Mochis” vivía a una cuadra y Saúl
Reyes, con su libro “Media vida”, a cuadra y media.
Mario Jiménez autor de la novela de Clarissa Kneeland,
vivía a dos cuadras, mientras que Víctor Gutiérrez
Román, con el libro sobre Benjamin Johnston, vivía justo
enfrente de la dulcería y el taller de bicicletas de Don
Urbano Luna, padre de otros dos escritores mochitenses.

La esquina de los niños


En Los Mochis de los años 50, los adultos tenían
las cantinas, el “Club de Caza y Pesca”, el “Centro So-
cial” y la “Sociedad Mutualista” a donde acudían para
tomar la copa, bailar y socializar.
La dulcería y el taller de bicicletas de Don Ur-
bano, era el lugar de la ciudad en donde los niños se re-
unían libres y sin la autoritaria presencia de los mayo-
res.
Sin distinción de clase u origen, los niños de Los
Mochis acudían jubilosos y traviesos a comprar dulces, o
iban al taller a reparar o rentar las bonitas bicicletas
que Don Urbano importaba de Estados Unidos.
En la época de la navidad, acudían a “La Colo-
nial” para comprar los dulces americanos y los
chocolates Milky Way. Veían ilusionados los juguetes, las
bicicletas, los adornos navideños y los arbolitos de navi-
dad que propagaban el aroma de pino canadiense por
todo el barrio.
En la tienda de Don Urbano, los niños mochiten-
ses compraban las estampas de los personajes e his-
torias del álbum de Walt Disney, que luego, en intermi-
nables y complicadas negociaciones con otro amigo,
intercambiaban por otras, que aún les faltaban para po-
der completar el ansiado álbum.

39
Las transacciones eran uno a uno. Con frecuen-
cia los negociadores eran rodeados por otros niños que
querían enterarse de la oferta de estampas y el curso de
las negociaciones. Cada quien sostenía el mazo de es-
tampitas que hábilmente ofrecía al otro, y con la firmeza
de avezado negociador de cualquier agente de bolsa de
valores de ahora, ponía el precio de sus activos con base
en códigos secretos que solo ellos conocían y que bien
determinaban el valor del mercado de estampas.
Ya en la quietud de su casa, el niño negociador
con cuidado pegaba en su álbum las estampas obtenidas
en las exitosas negociaciones. Hojeaba su álbum y con
atención observaba los dibujos que mostraban perso-
najes que protagonizaban aventuras en los para él de-
sconocidos y remotos paisajes de los Apalaches, el Rio
Misisipi y la Sierra Nevada.
Luego, con la natural inspiración de niño libre y
aventurero, dejaba correr su imaginación y él también
inventaba historias de personajes que recorrían los mon-
tes, ríos y cerros del Valle del Rio Fuerte.
La dulcería y el taller de bicicletas de la esquina
de Morelos y Guillermo Prieto, fue el centro de la ale-
gría para muchos niños mochitenses.
Fue el espacio popular en donde los niños se
reunían para jugar, competir, negociar, divertirse y hacer
travesuras. Allí alegremente disfrutaron su niñez y fue la
fuente inagotable de muchas ilusiones, vivencias y ale-
grías infantiles que se quedarían grabadas para siempre
en la memoria existencial de algunos de los ahora adul-
tos mochitenses.
Vivencias infantiles que también están presentes
en uno que otro escritor, quienes sin advertirlo y tal vez
sin desearlo, en una u otra forma se asoman en sus
obras. A fin de cuentas, lo que somos y hacemos de
adultos, en gran parte se nutre de las vivencias e ilu-
siones de los niños que alguna vez fuimos.

40
A la memoria de Alejandro vino el recuerdo de
aquella tarde en su residencia de Interlomas, cuando en
solitario disfrutaba la música de Sebastian Bach. Recor-
dó aquella emotiva e intensa sensación, cuando el
Allegro del primer movimiento del concierto para violín,
lo transportó al mundo imaginario, en donde se
reencontró con el alma limpia y soñadora del niño que
siempre había sido.
Alejandro recordó que también Mario Jiménez
había expresado sus ilusiones y añoranzas de la niñez en
su poema, “Petición a manos yertas”.

Mi niñez perdida,
Un ave de luz que se remonta al vuelo
desde el más escondido rincón de mi memoria cada día.
Así lo siento,
como sutil aleteo de pájaros que se nos vuelca en el oído
en voces y risas antiguas;
o como canciones remotas que nos traen aires lejanos
y los ojos absortos de un niño
que jugaba a ser caballo o madera
en su oscuro mundo de religión y miedo.

El bienestar y las navidades de la


postguerra.
En el recorrido por las historia de Los Mochis que él co-
nocía, Alejandro recordó que a Los Mochis, también le
había llegado el bienestar de la riqueza de la post-
guerra que disfrutaron los americanos.
Los americanos fueron los grandes ganadores
de la segunda guerra mundial. Ante el horror de la
guerra, que destruyó las ciudades y las industrias euro-
peas, los gringos, sin competencia alguna, muy bien se
aprovecharon para vender a los europeos los ferroca-

41
rriles, los automóviles, los buques y la maquinaria in-
dustrial destruida por las bombas.
Al terminar la segunda guerra mundial, los esta-
dounidenses también lograron controlar y aprove-
charse del comercio internacional, en el que impu-
sieron al dólar americano para hacer las transacciones
internacionales. Con los acuerdos de Breton Wood en
1945, fundaron el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional, con los que lograron controlar las fi-
nanzas globales. Las transacciones internacionales se
tuvieron que hacer en dólares americanos, y con cada
dólar del comercio internacional, los americanos obte-
nían una comisión.
Noam Chomsky en su libro “¿Quién domina el
mundo?”, nos indica que Estados Unidos alcanzó la
cumbre de su poder después de la segunda guerra
mundial, cuando poseía, literalmente, la mitad de la
riqueza del mundo.
Alejandro recordó que un coletazo de la abun-
dancia y riqueza del pueblo americano, también llegó a
Los Mochis. En esos años posteriores a la segunda
guerra mundial, los mochitenses disfrutaron de los be-
neficios de la modernidad, el progreso y el bienestar del
modelo de vida importado de los gringos.
La máxima expresión de este bienestar de la
gente de Los Mochis, se manifestaba en la época de la
navidad, que se celebraba a la manera americana, y
empezaba cuando llegaban a “La Colonial” los arbolitos
de navidad que Don Urbano importaba de Estados
Unidos.
En los comercios de la ciudad aparecían los ador-
nos navideños y los juguetes que los niños miraban an-
siosos con la ilusión de que les “amanecieran”. Los es-
tudiantes de la escuela de música del profesor De la
Mora, por las noches recorrían la ciudad y se detenían
en las esquinas para cantar los villancicos que se pro-
pagaban por casi todos los rincones de la ciudad, que en

42
ese entonces solo tenía alrededor de unos 20,000
habitantes.
El día después de la nochebuena, los barrios del
pueblo se despertaban con la gritería de los niños, que
jubilosos, estrenaban los regalos que les habían “ama-
necido”. El ambiente se llenaba con el olor de pólvora
del parque de las pistolas de juguete, el olor a cuero
nuevo de los guantes de béisbol, el olor a hule de los
balones de básquetbol y el de la grasa de la cadena de
las bicicletas.
¡Merry Christmas! gritaban alborozados los mo-
chitenses. Mientras que los niños jugaban y competían
con los regalos que les habían “amanecido”, algunos
jóvenes se preparaban para las fiestas de la noche. En las
fiestas navideñas las muchachas lucían las ropas y ves-
tidos que las simpáticas y batalladoras falluqueras traían
del otro lado, mientras que los muchachos estrenaban
sus novedosas chamarras de nylon color verde militar,
con forro de lana de borrego, cierre de cremallera y el
escudo de la USA AIR FORCE.
En ese torrente de entrañables recuerdos navi-
deños de su niñez y juventud, en la memoria de Ale-
jandro se abrió una pequeña ventana que le recordó
otras navidades. Las de los niños de la Europa de la
postguerra devastada por las bombas de la segunda
guerra mundial.
Alejandro recordó la anécdota de la niña pa-
risina, que alguna vez recibió como regalo navideño
una naranja y una pequeña muñequita de trapo. Su
madre, viuda de la guerra, había colocado la muñequita
en una pequeña cajita de cartón, de las que se usaban
para empacar los terrones de azúcar. Con la natural
habilidad para la haute couture de la mujer francesa, la
madre había preciosamente confeccionado, con retazos
de telas, las diminutas sabanas, edredones y almohadas
de la pequeña cunita.

43
Al despertarse y contemplar su regalo, la niña
parisina, en lugar de lamentar la frugalidad y preca-
riedad de sus regalos, exclamó con la tierna felicidad
que solo los niños pueden sentir:

¡OH La La!! Qué bien cose el Pere Noel!

Ya inmerso en los recovecos de su memoria,


Alejandro recordó las vivencias de su esposa parisina.
Sabrine le había contado que los jóvenes europeos de la
postguerra, pasaban sus vacaciones escolares recorrien-
do el continente. Viajaban con pocos recursos, mochila
al hombro y hospedándose en los Auberges de Jeu-
nesse, que los gobiernos de los países europeos habili-
taban en escuelas y edificios públicos para recibir a los
jóvenes vacacionistas de la Europa en reconstrucción.
El encuentro de jóvenes franceses, ingleses, ale-
manes, checos, rusos y polacos, bien servía para la di-
versión libre y alegre propia de todos los jóvenes, pero
lo más importante, fue que también propició la re-
conciliación de los europeos después de las atrocidades
de la segunda guerra mundial.
Sabrine le contaba que en esas convivencias de
los jóvenes europeos, no se hablaba de enemigos ni re-
vanchas. Platicaban para conocer la vida cotidiana de la
gente en los otros países. Cuáles eran sus costumbres,
su música, sus canciones, quiénes eran sus poetas y
escritores.
Entre ellos no había odio ni rencores. Con since-
ridad e incipiente sabiduría, discutían y razonaban para
entender lo que había pasado. Evitar a toda costa que se
repitiera el inexplicable desastre humanitario al que ha-
bía conducido la guerra.
Para la reconstrucción, los europeos tuvieron la
suerte de contar con la férrea voluntad del presidente
francés Charles De Gaulle y con la del canciller alemán

44
Konrad Adenauer, quienes se pusieron de acuerdo para
curar las heridas de la guerra.
Estos verdaderos líderes y jefes de estado, im-
plementaron programas y políticas sociales para cubrir
las necesidades básicas de alimentación, salud y edu-
cación para todos. En el transcurso de pocos años, sen-
taron las bases para reconstruir las naciones europeas.
Las hicieron modernas e igualitarias y, otra vez, Francia
y Alemania, se constituyeron en los pilares de lo que an-
tes fue el imperio de Charlemagne.
Al pensar en esas cosas, Alejandro fue invadido
por la nostalgia de las vivencias de la niñez y juventud.
Pero la nostalgia de Alejandro, ahora estaba enrique-
cida, con la nostalgia de las vivencias parisinas de la
niñez y la juventud que su esposa Sabrine le había
compartido.
No podía ser de otra manera después de tan-
tos años en los que ambos compartieron casi todo.
Transitaron por la experiencia del matrimonio con sus
vidas entreveradas, pero independientes, y en el que ca-
da quien conservó su identidad. Cada quien conservó
sus tradiciones y creencias, pero proyectó en el otro sus
conocimientos y experiencias.
Alejandro nunca dejó de ser el atrabancado idea-
lista mochitense, y Sabrine nunca dejó de ser la ilus-
trada y atractiva parisina, que opinaba con la infalible
certeza de los franceses, que bien describió Elena Po-
niatowska en su discurso cuando recibió el premio
Príncipe de Asturias: Las certezas de Francia y su afán
por tener siempre la razón.
Amar la vida tal y como se te dé, afirmaba
Sabrine y luego decía con infalible certeza, el amor es el
mejor regalo de la vida.
Alejandro no podía estar más de acuerdo con
esa afirmación. Para Alejandro y Sabrine, la palabra
amor, no era una palabra gastada con tantos años de

45
vivir juntos, al contrario, la palabra amor se renovaba
después de cada caricia o apasionado evento amoroso.
Porque viajaba encubierto con otra identidad
para evitar la persecución policiaca por su activismo
opositor a las políticas del gobierno, Alejandro, en vez de
quedarse en la casa de su familia, prefirió alojarse en el
hotel Montecarlo.
Después de descansar un rato se dio un buen
baño y luego se fue caminando al restaurante “El
Farallón” en donde se encontraría con su amigo Huiti-
mea. Apenas había pedido su primera cerveza Pacifico
cuando recibió la llamada de su amigo, quien se discul-
paba por no poder acompañarlo, pues un asunto de
última hora lo había entretenido por el rumbo de
Guasave.
Alejandro pidió la carta y luego ordenó las típicas
albóndigas de camarón y los crujientes chicharrones de
pargo.

Una ciudad de primer mundo en uno de


tercera.
Disfrutando la suave y refrescante cerveza Pacífico y, la
para él, única e incomparable comida regional de “El Fa-
rallón”, Alejandro también observaba con curiosidad a
los otros comensales del restaurante. Los veía alegres y
platicadores. Algunos con su sombrero texano Stetson,
sus botas vaqueras y su ropa estilo cowboy del ranchero
americano, que los mochitenses van a comprar a los
Mall de Nogales y Phoenix, Arizona.
La vestimenta de los agricultores de la región
era muy diferente a la típica del hacendado mexicano
del centro y sur del país, donde se confundía la ves-
timenta propia de las faenas del campo, con las del
pretensioso estereotipo del charro mexicano inventado
por el cine nacional.

46
Aquí en “El Farallón”, los agricultores mochi-
tenses discutían y platicaban sobre los asuntos del cul-
tivo del tomate, los chiles, los melones y las sandias.
Con optimismo evaluaban los precios, en dólares, que
alcanzarían sus productos al exportarlos a Estados Uni-
dos. En todos se notaba la euforia de las perspectivas del
éxito en los negocios y la certeza del progreso.
Alejandro conocía muy bien la solidez del pro-
greso de Los Mochis. Sabía que la ciudad sustenta su
desarrollo en la poderosa actividad económica que ge-
nera la explotación agrícola de los terrenos del Valle del
Rio Fuerte.
En la ciudad prosperan los negocios y comercios
relacionados con la agricultura y los servicios en general.
Por las avenidas Leyva, Zaragoza y Rosales se encuentran
las concesionarias de automóviles y camiones. También
se observan las concesionarias de tractores y de ma-
quinaria agrícola de alta tecnología. Por todos lados se
ven los talleres y negocios familiares de todo tipo que
dan servicios a los agricultores.
No son pocos los modernos centros y plazas co-
merciales que prosperan en la ciudad. Alrededor del” Sa-
natorio Fátima” abundan los consultorios y clínicas de
tratamientos tradicionales, así como los ahora modernos
de alta tecnología de especialidades médicas.
Alejandro no conocía los datos para medir la
prosperidad de la ciudad de Los Mochis. Tampoco co-
nocía los parámetros de la distribución equitativa de la
riqueza generada por la explotación agrícola. Lo que
Alejandro sabía muy bien es que por doquier se notaba
el dinamismo de una economía que ofrecía empleo. No
se ven a los indigentes pidiendo limosna, ni tampoco se
ven los ghettos de miseria que se ven en las otras
ciudades de la República Mexicana.
Para Alejandro, Los Mochis es una ciudad de
primer mundo en uno de tercera. Es un oasis en un país

47
donde se padece la desigualdad y existen cerca de 50
millones de pobres.
Alejandro sabía muy bien que México es cata-
logado como un país de tercer mundo por los altos ín-
dices de pobreza y desempleo, y porque no cuenta con
tecnología ni industrias nacionales propias. Tampoco
cuenta con independencia alimentaria, pues el 50% de
los alimentos que consume los tiene que importar.
Desde el año de 1988, cuando Salinas de Gortari
llegó a la presidencia de México, se cambió el rumbo del
desarrollo económico y social de la nación mexicana. Se
decidió seguir el pretensioso modelo económico del
Neoliberalismo, basado en las privatizaciones y en los
tratados de libre comercio que daban prioridad a la in-
dustrialización para la exportación.
Pronto se demostró que este modelo econó-
mico, más que el modelo de industrialización para la
exportación, era más bien un modelo económico de
maquila. No exportábamos productos industriales me-
xicanos. Se exportaban los productos que aquí en Mé-
xico se maquilaban para las grandes transnacionales.
Corporativos extranjeros que muy bien supieron
aprovecharse de la mano de obra barata de los obreros y
técnicos mexicanos. Muy bien supieron aprovecharse de
los subsidios del gobierno para el suministro del agua,
la luz, el gas, y también de las generosas condona-
ciones de impuestos que les regalaba la Secretaria de
Hacienda.
El modelo económico de las exportaciones pro-
puesto por los sabios itamistas del gobierno (Profe-
sionistas egresados del ITAM), que prometía progreso y
bienestar para los mexicanos, a fin de cuentas, resultó
ser una burbuja momentánea de prosperidad, que se
desvaneció con la política proteccionista del presidente
Donald Trump.
Casi todo el proyecto de los sabios itamitas se
desmoronó cuando el presidente americano obligó a los

48
empresarios estadounidenses a repatriar las industrias
que tenían en México, para así crear empleo para la
clase media estadounidense allá en Estados Unidos.
Alejandro se quedó pensando que México de-
bería aprovechar el descalabro del modelo económico
de la industrialización para la exportación y mejor
pensar en otras soluciones.
Diseñar un modelo de desarrollo económico más
humilde pero más humano y más justo. Que esté ba-
sado en las verdaderas fortalezas de la nación mexicana
que tiene enormes recursos naturales y cuenta con la
inagotable voluntad y esfuerzo laboral de su gente.
Dejando correr su imaginación, Alejandro pensó
que la prosperidad de Los Mochis, bien podría servir de
modelo económico para disparar el desarrollo del país.
Los especialistas de la economía y las finanzas
del gobierno, mejor deberían voltear a ver, aquí en Los
Mochis, el mejor ejemplo para obtener la prosperidad
para las mayorías.
Deberían darse cuenta de lo mucho que podría
abatirse la desigualdad y el desempleo de los mexi-
canos, si el Gobierno Federal decidiera seguir el mode-
lo de la explotación agrícola que tanto éxito ha tenido
aquí en Los Mochis.
A fin de cuentas, el gobierno mexicano tiene los
recursos para impulsar la creación de miles de campos
agrícolas a lo largo y ancho del país. México puede
recuperar los 200,000 millones de dólares de sus re-
servas internacionales que tiene improductivos en la
Reserva Federal de Estados Unidos, y que muy bien
servirían para sembrar el equivalente de 100 millones
de hectáreas de maíz.

La preservación de lo tradicional
Alejandro pidió la cuenta y luego se quedó reflexionado,
que si bien Los Mochis era una ciudad de primer mun-

49
do, y que muy bien podría ser tomado como modelo
económico para el desarrollo económico del país, tam-
bién reconocía con satisfacción, que la ciudad había
preservado gran parte de su historia y de sus cos-
tumbres.
Con devoción por su historia y raíces, los mo-
chitenses han conservado el extraordinario jardín bo-
tánico heredado de Benjamin Johnston. En el lugar
donde antes estuvo el ingenio azucarero de la United
Sugar Company ahora construyeron el espectacular
teatro “Ingenio de Los Mochis”.
En el boulevard Rosendo G. Castro se expone la
vieja máquina de vapor del ferrocarril Kansas City que
antes traía la caña de azúcar para el ingenio. Todavía se
ven algunas de las viejas casas construidas por los ame-
ricanos, y no lejos del lugar donde estuvo la Casa Gran-
de se encuentra el museo regional del Valle del Rio
Fuerte.
A una cuadra del museo, también se puede
disfrutar el recorrido por los amplios andadores de la
plazuela “Veintisiete de Septiembre”, que todavía con-
serva el atractivo de antaño a pesar de que sustitu-
yeron el kiosco original por otro más pequeño, y las
ceibas, que para los indios de la cultura maya es el árbol
sagrado, fueron sustituidas por otros más chaparros.
Con cuidado y hasta con devoción, los mo-
chitenses también han conservado la parroquia que en
1922 fué mandada construir por la Sra. Agnes Johnston.
La Parroquia integra perfectamente lo esencial de las
iglesias católicas mexicanas, con la sencillez de los
templos americanos. Su sobria arquitectura contrasta
con la pretensiosa arquitectura de las iglesias del
barroco del centro del país.
En la parroquia de Los Mochis se observa la ele-
gante sobriedad de los sencillos centros de culto, en los
que sin necesidad de la aplastante riqueza terrenal, los
creyentes acuden a orar y a encontrarse con Dios. Por ya

50
casi un siglo, la parroquia del Sagrado Corazón ha
permanecido como el más bello y más emblemático
edificio de la historia de Los Mochis.
Con satisfacción, Alejandro se dio cuenta de que
los mochitenses también habían preservado las cos-
tumbres regionales. En las fiestas todavía se escucha la
música alegre de la banda sinaloense del Recodo, las
canciones de Pedro Infante y las de Lola Beltrán. Por
todas partes se escuchan los tradicionales corridos que
cuentan las hazañas, a veces no tan lícitas, de per-
sonajes de la región. Hazañas que muy bien rememoran
las de los legendarios bandidos sinaloenses como Hera-
clio Bernal, que según dicen los mayores, robaba a los
ricos para dar a los pobres.
Por todas partes encuentras restaurantes en
donde disfrutar los variados platillos del mar y la tierra
de la abundante cocina sinaloense. Allí se disfrutan los
cocteles de camarón, ostión, callos de hacha y pata de
mula, debidamente aderezados con cebolla morada,
jugo de limón y la imprescindible salsa “Huichol”. No
faltan los platillos preparados con la lobina de la presa
de Bacurato, ni el pescado zarandeado del Maviri.
También se disfrutan los camarones al aguachile, los ta-
cos de marlín, y los deliciosos cauques que se dan en
las claras aguas de los arroyos serranos que descargan
sus aguas en el caudal del Rio Fuerte.
Todavía encuentras lugares en donde te sirven el
sabroso champurrado y el atole de pinole, que muy
bien sirven para acompañar los tamales de carne y
verduras estilo Mochis. Los asientos y chicharrones de
puerco, y el chilorio de Guamuchil que se sirve con los
tradicionales frijoles azufrados de mayocoba, o el ahora
escaso frijol yourimuni, debidamente salpicados con el
tradicional queso de Mocorito.
Ningún emigrado mochitense visita su terruño
sin dejar de hacer una pasadita por la cenaduría Cristy,
para disfrutar los tradicionales taquitos dorados y las

51
gorditas de carne de res, muy bien servidos con abun-
dantes raciones de lechuga y queso rallado, que se
acompañan con el aromático y sabroso caldito de res
cocinado con tomate y una pizca de comino.
Luego Alejandro se dio cuenta con cierta nos-
talgia, de que en Los Mochis, ahora ya no encontraría
los taquitos dorados del cine Venecia ni las gorditas con
piezas de pollo frito de la cenaduría de la Güera, y
tampoco el puesto de Pozole de doña Juana.
Para Alejandro, Los Mochis es un oasis en un
país de tercer mundo, en donde se trabaja con ahínco
con la esperanza del progreso, y en donde se disfruta de
las costumbres tradicionales de la región.
Es un afortunadísimo lugar en donde se puede
disfrutar del savoir vivre que acostumbran presumir los
franceses y en donde también, firmemente, se cultivan
el civismo y la solaridad.
Civismo de los mochitenses que cotidianamente
se obseva en el cuidado de los vecinos para organizar el
acopio de la basura de sus casas y para mantener
siempre limpias y bien barridads las banquetas. También
lo observamos en el parque Sinaloa, en donde no
encuantras basura o papeles tirados en el suelo, ya que
los mochitenses, por convicción cívica, conservan limpio
el lugar, sin necesidad de la vigilancia policiaca, pues
casi por ningún lado ves a un policia.
Solidaridad que la observas en las pequeñas
cosas, como en el negocio ambulante de la señora de los
tamales y atole del mercado independencia. A ese
negocio, llegó una anciana y pidió dos tamales y luego
preguntó cuanto costaban —Doce pesos— le contestó la
propietaria.
—Entonces solo déme uno pues no me alcanza
para dos.
Sin que la anciana lo pidiera, y sin condición
alguna, la propietaria le sirvió los dos tamales a la vez

52
que le decía—Llévese los dos y luego pasa para pagarme
la diferencia.

El negocio negro de Los Mochis.

Después de pagar la cuenta, Alejandro salió del res-


taurant “El Farallón”. No había caminado ni siquiera 10
metros cuando un joven de agradable apariencia y
buenos modales, se le acercó y amablemente le ofreció
los servicios sexuales de bellas mujeres. Le ofreció gra-
pas de cocaína directamente importada de Colombia, y
finalmente, lo invitó a los exclusivos lugares donde se
fumaba el opio y la mariguana.
Al salir del próspero y lícito negocio del res-
taurant, Alejandro se topó con el otro tipo de nego-
cios no tan lícitos. A un lado de los modernos casinos,
de los restaurantes y de los antros resplandecientes y
derrochadores de luminosidad, existía la otra realidad, la
de los negocios negros de la prostitución y la droga-
dicción.
Alejandro recordó que en los años 60, los
hippies americanos hacían el largo viaje a la India para
conseguir de primera mano el opio más puro para sus
viajes existenciales. Recordó que los gringos que menos
dinero tenían, y no podían pagarse el costoso viaje a
Katmandu, se conformaban con ir a Oaxaca para con-
sumir los hongos alucinógenos de María Sabina, la cha-
mana indígena de la etnia mazateca. Ahora, los gringos
solo tenían que venir aquí, a Los Mochis, para conseguir
la marihuana y el opio de alta calidad, cultivados y
procesados en el célebre triángulo dorado de la Sierra
Madre Occidental.
Al recordar a los hippies americanos, en la me-
moria de Alejandro se agolparon las vivencias de su
juventud. Recordó que los jóvenes estudiantes de 1960
leían los libros de Kafka, Camus, Octavio Paz, Carlos
Fuentes, y los de Juan Rulfo. Recordó a su amigo Mario

53
que con pasión decía los poemas de Pablo Neruda. Con
nostalgia recordó la música de Bob Dylan y las can-
ciones de Joan Báez y las de los Beatles.
Pero ahora todo había cambiado. Alejandro no
conocía la música, los libros ni los poemas de los jóvenes
de ahora. Luego se preguntó desesperanzado si los jó-
venes de ahora serían capaces de recordar el título de
algún libro o de un poema. Si serían capaces de recordar
la letra de alguna canción, o de tararear la música de
alguna melodía de los ruidosos conciertos a los que
asisten porque así se los dijeron en la propaganda de la
televisión.
Volviendo a la realidad que ahora veía en Los
Mochis, Alejandro tuvo que reconocer que el negocio de
las drogas ahora florecía en la ciudad. Aunque el pueblo
originario de los indios mayos que durante siglos ocupó
el territorio de Los Mochis, no conocían la amapola ni la
mariguana, y tampoco las conocían los colonos socialis-
tas de Albert Owen, algunos inmigrantes que después
llegaron a la región de Los Mochis si conocían estos o-
piáceos.
Al Valle del Rio Fuerte llegaron los chinos con su
ancestral sabiduría para el cultivo de frutas y legumbres.
Algunos analistas de la Procuraduría de Justicia, señalan
que al mismo tiempo que los chinos sembraban las
legumbres, también se las arreglaban para sembrar la
amapola, de la que obtenían el opio para su consumo
personal.
Una de las teorías del origen del narcotráfico en
México, nos indica, que si bien los chinos de Sinaloa
producían el opio, ellos no tenían las conexiones ni la
infraestructura que son necesarias para el narcotráfico.
Los chinos de Los Mochis no tenían los vehículos
para transportar la droga, no tenían las conexiones en
Estados Unidos y tampoco dominaban el idioma inglés
para hacer las complicadas negociaciones para su venta.

54
Entre los muchos americanos que llegaron al
ingenio de Johnston, había algunos aventureros que sí
tenían los automóviles y camiones para transportar la
droga, y también tenían las debidas conexiones para
venderla en los mercados tradicionales de la Unión
Americana.
Para estos aventureros americanos, no fue difí-
cil colocar la droga en el lucrativo mercado de Holly-
wood, que ya entonces era un reconocido lugar en
donde proliferaban el vicio y la prostitución.
Tampoco les fue difícil controlar el vasto y lu-
crativo mercado del sur de California, en donde deam-
bulaban los marinos de la base naval de San Diego. Los
soldados americanos no podían prescindir de la droga a
la que se habían vuelto adictos, debidamente tolerados,
y hasta motivados, por el alto mando del ejército
americano, que sabía muy bien, que así drogados, sus
jóvenes soldados estarían mejor dispuestos a combatir
al enemigo.
Sin ser un experto en el asunto de las drogas,
Alejandro no podía estar más de acuerdo con esta teoría
del origen del narcotráfico en México, pues el negocio
del narcotráfico, con su enorme mercado en los Estados
Unidos, a fin de cuenta tiene el ADN de los americanos.
Alejandro se preguntó si este asunto del nar-
cotráfico no tendría también la huella digital de Ben-
jamín Johnston. Además de los miles de toneladas de
azúcar, el ingenio de Los Mochis, también llegó a pro-
ducir miles de toneladas de melaza, la que debidamente
procesada, es la base para producir el ron tipo Bacardi.
La melaza del ingenio de la United Sugar Company muy
bien pudo representar un gran activo para Johnston, si
es que éste tuvo la oportunidad de exportarla a Estados
Unidos en la época de la prohibición ¿Alcoholtraffic?
Alejandro reconocía muy bien, que el negocio
del narcotráfico, había tenido diversas consecuencias
para la población. Por un lado ocasionó una enorme de-

55
rrama de dinero con el que se financió el desarrollo de
diversos negocios en Sinaloa y otros estados del terri-
torio nacional. Por otro lado, también ocasionó la vio-
lencia y los asesinatos que siempre acompañan a las
actividades ilícitas.
Los negocios del narcotráfico también generaron
enormes capitales. Algunos especialistas en las finanzas
internacionales los calculan en 400,000 millones de dó-
lares. Cantidad solo equiparable al monto de las reser-
vas monetarias que Arabia Saudita, y otros países pe-
troleros del Golfo Pèrsico, tienen depositadas en los
bancos de Estados Unidos.
Los que conocen de las manipulaciones finan-
cieras afirman que esta enorme fortuna de los capos de
la droga, debidamente “lavada” en los bancos de Esta-
dos Unidos, fue usada por los especuladores de Wall
Street para solventar gran parte de la crisis financiera de
2008.
Alejandro reflexionó que la más funesta conse-
cuencia del narcotráfico, fue la de proporcionar a los
gringos, el pretexto perfecto para que Estados Unidos
interviniera militarmente en México.
Intervención militar, que muy bien disfrazaron
como asesoría y ayuda para combatir el narcotráfico,
con su perverso Plan Mérida. Aunque no lo dijeron, lo
único que querían los americanos, era establecer una
frontera segura para su país más al sur del Rio Bravo.
Con el Plan Mérida, la industria militar de los Es-
tados Unidos se las arregló para venderle a México las
armas y municiones, así como los aviones, camiones y
helicópteros con los que el gobierno mexicano moder-
nizó su ejército.
Con el Plan Mérida, también llegaron asesores
militares americanos para hacerse cargo de la estrate-
gia de la supuesta guerra contra el narcotráfico. Esos
asesores hablaban muy bien el español, pues la mayoría
eran descendientes de los cubanos que huyeron de la

56
Revolución de Fidel Castro y que encontraron refugio en
Miami, ciudad que desde hace tiempo, es bien cono-
cida por ser el gran centro de distribución de drogas y
también reconocida, como el centro de lavado de
dinero de los políticos corruptos del gobierno mexicano
y de los empresarios evasores de impuestos.
Muy hábilmente, y con la debida discreción, los
asesores americanos también se las arreglaron para
inmiscuirse en los asuntos de la seguridad nacional. Por
el rumbo de Paseo de la Reforma en la Ciudad de Mé-
xico, instalaron sus 7 agencias de espionaje, desde don-
de podían vigilar a los políticos, periodistas y activistas
opositores al gobierno de Felipe Calderón.
Con el rencor con el que Alejandro siempre
recordaba a los americanos, murmuró en voz baja: —Ca-
nijos gringos, siempre los tenemos encima.
Luego Alejandro se quedó pensando que con el
tiempo, los nombres de los conquistadores españoles
que desde 1533 colonizaron el Valle del Rio Fuerte, tam-
bién aparecieron en el negocio del narcotráfico. Por allí
andan los Caro Quintero, los Beltrán Leyva, los Guzmán
Loera, los Félix Gallardo y los Gerardo Ibarra, que llevan
los apellidos de los célebres conquistadores y que ahora
son los grandes capos del cártel de Sinaloa.
Personajes sinaloenses que muy bien supieron
arrebatar a los gringos el negocio del narcotráfico y que
ahora tan hábilmente han globalizado.
Alejandro recordó los titulares de los diarios de
México y del mundo anunciando que Joaquín el “Chapo”
Guzmán, el narcotraficante más buscado por la CIA, la
DEA, el FBI, la Interpol y las policías de todo el mundo,
había sido capturado aquí en Los Mochis.

¡EL CHAPO GUZMÁN ES RECAPTURADO EN LOS


MOCHIS!

57
Alejandro se quedó pensando en las raras vuel-
tas que da la historia, que siempre nos sorprende, y
que después de vagar por todas partes, con el tiempo,
siempre vuelve al origen. Así le había pasado a él mismo,
que ahora regresaba a su añorada tierra mochitense y
así también sucedió con el asunto del narcotráfico, pues
si Los Mochis fue uno de sus orígenes, aquí también ter-
minó el gran jefe del poderoso cártel de Sinaloa.
El “Chapo” Guzmán fue apresado en una ele-
gante residencia de la colonia Las Palmas, en donde era
vecino de la madre del gobernador de Sinaloa.
Las autoridades mexicanas informaron con un
gran despliegue publicitario la detención de Guzmán
Loera. Declararon que su captura se había logrado gra-
cias a un operativo militar y a las actividades de inte-
ligencia implementadas para lograr su recaptura, des-
pués de que “El Chapo” se fugara del penal de alta se-
guridad del altiplano.
Pero la gente de Los Mochis tiene otra versión
de la captura del “Chapo”. Ellos cuentan que fue cap-
turado por un error causado por la descoordinación de
los servicios de inteligencia. Lo capturaron por casua-
lidad en un operativo militar para atender la queja de
una mujer que denunció la presencia de hombres ar-
mados en una residencia vecina a la de la madre del
gobernador Manuel López Valdez.
Con la captura del “Chapo” Guzmán, el presi-
dente de México, declaró como misión cumplida, la gue-
rra contra el narcotráfico.
Lo que todos sabemos muy bien es que el nego-
cio del narcotráfico, no terminó con la aprehensión del
jefe del cártel de Sinaloa. Todo siguió igual tal y como
bien lo había pronosticado el mismo “Chapo” Guzmán
en la entrevista que le hicieron Sean Penn y Kate del
Castillo.

58
“El día que yo no exista no va a mermar en nada, lo que
es nada, el tráfico de drogas.”

El “Chapo” Guzmán tenía toda la razón, pues de


todos es conocido que la famosa guerra contra el narco-
tráfico, emprendida por el presidente Felipe Calderón y
debidamente continuada por Peña Nieto, no sirvió de
nada, pues el negocio de las drogas sigue tan campante
como el personaje caminador de la publicidad del whisky
Johnnie Walker.
Esta guerra de los presidentes mexicanos con-
tra el narcotráfico ya ha causado más de 150,000 muer-
tos y más de 30,000 desaparecidos, pero poco, o casi
nada, se ha confiscado de los activos financieros de los
narcotraficantes.
¿Será que los verdaderos dueños del negocio
del narcotráfico no se encuentran en Los Mochis ni
tampoco en la Sierra Madre occidental, sino más bien se
encuentran en la Ciudad de México, en Polanco, Inter-
lomas y Santa Fe?
¿Será que además del triángulo dorado locali-
zado en los estados de Sinaloa, Durango y Chihuahua,
existe otro triángulo dorado más rico y poderoso si-
tuado en Los Pinos, Miami y Wall Street?

El legado de los fundadores Owen y


Johnston
Con esas preguntas en su mente, Alejandro encaminó
sus pasos rumbo al “Hotel Montecarlo”. Agarró la calle
Ángel Flores y, aunque ya era tarde, se encontró con
bastantes transeúntes y con el desagradable trajinar y
ruido de los muchos automóviles que todavía circulaban
por las calles y avenidas de la ciudad. Calles y avenidas,
ahora muy bien iluminadas con las nuevas tecnologías
de alumbrado público, y por las luces de los casinos y
antros que se propagan por toda la ciudad.

59
Alejandro recordó con nostalgia las agradables y
frescas noches de Los Mochis de su niñez, cuando las
calles apenas eran iluminadas por el foco de un poste
que se instalaba en cada esquina. Aún a altas horas de
la noche, todavía se podía caminar con seguridad por
las calles de la ciudad. No había tantas luces y todavía
podían apreciarse los millones de estrellas de la bóveda
celeste.
Alejandro recordó divertido aquellas noches de
su niñez, cuando él y su amigo Toño, regresaban de la
última función del cine Río. Como ya era cerca de la
medianoche, mejor no caminaban por la banqueta de la
“Escuela Cuatro” por aquello de que allí espantaban y se
aparecía el fantasma de una mujer clamando por sus
hijos.
Pensando más seriamente, Alejandro reconoció
con cierta nostalgia que las cosas habían cambiado mu-
cho en Los Mochis. Después del ambicioso proyecto del
socialista Albert Owen y luego el del capitalista Ben-
jamin Johnston, las cosas cambiaron para Los Mochis.
Ahora ya no estaba el ingenio de la United Sugar
Company y tampoco quedaban rastros de la colonia
socialista de Albert Owen.
Entre los personajes de la modernidad de Los
Mochis de ahora, ya no aparecen los poderosos cons-
tructores de ciudades como Johnston. Tampoco apare-
cen los gigantes idealistas que deseaban conectar y
comunicar continentes como lo propuso Owen con su
proyecto socialista.
Los personajes que ahora aparecen en las élites
de la ciudad, son los de las nuevas generaciones de mo-
chitenses ilustrados, que con inteligencia y habilidad,
trascendieron el horizonte regional y supieron actuar y
acomodarse en la burocracia federal.
Encontramos a uno de ellos, que como sena-
dor de la República, presidió la comisión de energía
donde se impulsó la reforma energética. Vemos a otro

60
mochitense que la hizo de jefe de policía en la Ciudad
de México y que después, fue el principal operador para
que los legisladores aprobaran el Plan Mérida. También
encontramos a otro que inició la implantación de la
educación neoliberal en el Instituto Politécnico Nacional,
que finalmente, y ya en la administración de Yoloxochitl
Bustamante, propició la entrega del Canal Once a la
Secretaria de Gobernación.
Alejandro estaba convencido de que a fin de
cuentas, las políticas promovidas por estos reconocidos
mochitenses, no fueron tan beneficiosas para el pueblo
mexicano. Eso de depender de las compañías texanas
para explotar la riqueza petrolera, a todas luces, no es lo
mejor para aprovechar la riqueza del petróleo y tam-
poco para el desarrollo de la industria nacional del
sector energético. La militarización causada por el Plan
Mérida se ha convertido en un sangriento fracaso que
ya ocasionó más de 150,000 muertos.
Y en el caso del IPN, el Canal Once se convirtió
en otro más de los canales de televisión comercial. Muy
similar al de Televisa y al de TV Azteca, en los que se
divulgaba la propaganda oficial del sangriento gobierno
de Felipe Calderón.
Para Alejandro, la transferencia del Canal Once
al Gobierno Federal, significó una traición y un despojo
para la comunidad politécnica. Los equipos transmi-
sores, los estudios y las cámaras de televisión, fueron
regalados, por el gobierno de Inglaterra, a los estu-
diantes del IPN, para que sirviera de laboratorio a los
alumnos de la carrera de ingeniería en comunicaciones y
electrónica y también para que sirviera como un medio
de comunicación entre la comunidad politécnica.
Caminando por la banqueta de la calle Ángel
Flores, Alejandro recordó que de la nueva generación de
mochitenses ilustrados, también habían surgido algunos
de los líderes del Consejo Nacional de Huelga del mo-
vimiento estudiantil de 1968. Movimiento que para

61
muchos, significó la rebelión de los jóvenes estudiantes,
para recuperar los principios fundamentales de la igual-
dad y la libertad de expresión, que habían sido secues-
trados por el gobierno autoritario de Díaz Ordaz.
Con una rara mezcla de sentimientos de ma-
lestar y de esperanza en las nuevas generaciones de
mochitenses, que muy bien representaban, el america-
nismo de Johnston y el utopismo de Owen, Alejandro
apresuró su paso y se dirigió al “Hotel Montecarlo”.
Temprano, al día siguiente, pasaría Urbano Huitemea
para viajar a Ahome y encontrarse con Benjamin Jour-
dan.

62
AHOME
Los americanos de la colonia
socialista de Albert Owen

Urbano Huitemea llegó temprano al “Hotel Montecarlo”


donde Alejandro ya lo esperaba en el lobby. Después del
alegre y ruidoso saludo con el que acostumbran salu-
darse los mochitenses, se fueron a desayunar a la fon-
da que La Güerita atendía en el mercado Indepen-
dencia. Les sirvieron el aromático chilorio y los frijoles
refritos salpicados con queso de Mocorito, que acom-
pañaron con las imprescindibles tortillas recién hechas.
Después de terminar el desayuno con un vigorizante ca-
fé negro, abordaron la camioneta de Urbano, y por la
avenida Independencia, se dirigieron a la carretera Los
Mochis –Ahome.
Por ambos lados de la carretera, Alejandro ob-
servaba los anuncios espectaculares de la John Deere, la
Massey Ferguson y otros que promovían las máquinas y
tractores para la mecanización y automatización de las
labores agrícolas. Más adelante observó los anuncios
de la Dow Chemical y la Dupont que anunciaban los
fumigantes y herbicidas con los que se lograba una
mayor productividad de los cultivos. Le llamó su aten-
ción el anuncio más grande de todos, situado en un arco
que atravesaba la carretera, y no pudo reprimir decir
encorajinado: —Canijos gringos, con sus mañas de
siempre, al fin lograron su objetivo de mover su
frontera del Rio Bravo hasta aquí, al Valle del Rio
Fuerte.

¡TODO MOCHIS ES TERRITORIO MONSANTO!

63
Temprano llegaron a la Villa de Ahome. Pasaron
por el edificio de la sindicatura y más adelante, Ale-
jandro observó el edificio que antes ocupó la oficina de
telégrafos, donde destacaba la banqueta de casi 2 me-
tros de alto, que los ahomenses construían para pro-
tegerse de las inundaciones del Río Fuerte.
Urbano Huitemea señaló la “Clínica Solidaridad”,
que el Dr. Jorge Leal, había instalado a un lado de la vieja
casona de su tía Rosa. La clínica estaba muy bien equi-
pada y bien surtida con medicamentos genéricos, que
el doctor Leal conseguía hasta un 75% más baratos,
que las medicinas de patente que se vendían en las
farmacias Guadalajara y San Pablo de Los Mochis. Otras
medicinas se las compraba al compadre Ocadiz, quien
siempre honró la amistad de juventud y que con el
tiempo, había convertido su farmacia en un espacio de
generosidad para sus amigos.
El doctor Leal con frecuencia acudía a la medi-
cina alternativa de los curanderos mayos de la región.
Los indios tenían tratamientos para curar la rabia y otras
enfermedades y hasta tratamientos para combatir la ve-
jez. Las bondades de la medicina de los mayos también
las menciona en su libro Thomas A. Robertson.
Crease o no, hubo una familia de indios mayos
que vivían cerca de Tehueco, que sabía curar la rabia, y
tan acertadamente que no hubo quien se le muriera.
Llegaban personas hasta por tren desde Culiacán,
Navojoa y más lejos para que los curaran.
Hace pocas semanas platiqué con uno de los
pocos colonos que quedan, don Carlos Hays de 89 años
de edad pero que por su aspecto y color demuestra
muchos años menos. Me dijo que el año pasado había ya
perdido toda esperanza de vivir por sufrir envenena-
miento urémico.
Cuando los doctores ya no le encontraban reme-
dio, fue con una india curandera. Esta le recetó un clavo

64
de ajo con cada comida y luego una cucharada grande
de aceite de caguama, con esto se alivió y rejuveneció.
En lugar de que el explorador Ponce de León
hubiera andado por los charcos de la Florida, en busca de
la fuente de Juventud Eterna, debió mejor buscar ca-
guamas en la bahía de Topolobampo.

—Me pregunto si esa familia de indios mayos,


no tenía también algún brebaje a base de yerbas del
monte y veneno de culebras que curara el cáncer —co-
mento Alejandro, quien luego agregó—A fin de cuentas,
los médicos cubanos de la revolución de Fidel Castro,
encontraron que el veneno de un alacrán de los caña-
verales, es un buen medicamento para tratar esa enfer-
medad.
La casa de Benjamin Jourdan era la más alejada
del poblado. Benjamin la había construido en una loma,
enfrente de su bien cuidado huerto de higueras, cirue-
elos, naranjos y limoneros. En el centro de la huerta es-
taba la noria, y a manera de barrera perimetral, crecían
majestuosos los robustos álamos, que se mantenían
verdes y frondosos porque agua nunca les faltaba.
Antes de siquiera tocar la puerta, Refugio, la
esposa de Benjamín, ya la había abierto, pues la mujer
del campo sinaloense, siempre está pendiente de las
cosas del pueblo, y sabe muy bien cuándo alguien llega
a la puerta de su casa.
Sonriente saludó cariñosamente a los recién lle-
gados y luego, sin ninguna pausa en su interminable río
de palabras, con las que contaba las anécdotas de los
conocidos del pueblo y los apuros de las cosas de la ca-
sa, se fue a la cocina a servirles un reconfortante café
recién hecho.
Al regresar de la cocina con sendas tazas de ca-
fé, y casi sin interrumpir su conversación, se dirigió a
Alejandro y le dijo suavemente—Benjamin te espera en
la huerta, por donde están los álamos. Luego agarró del

65
brazo a Huitimea y se lo llevó al tejabán, en donde cui-
dadosamente, le había guardado las cosas del tráiler
que Urbano le había dejado encargadas en su último
viaje.
Sentado en una silla de baqueta, enfrente de la
rústica mesa de madera, Benjamin Jourdan disfrutaba el
suave calor de los primeros rayos del sol de la mañana.
Sobre la mesa estaba una humeante y aromática taza de
café, y a un lado, una cajita de latón de color azul, con
letras estilo gótico de color negro, con la marca Tabac
Fines Le Havre.
Las poderosas y nudosas manos, con viejas ci-
catrices y con recientes laceraciones por las tareas del
campo, se ocupaban de la delicada tarea de liar un
cigarrillo. Con los dedos pulgar, índice y medio de su
mano derecha, sostenía cuidadosamente la frágil hoja de
papel de arroz, mientras que con la izquierda, desde la
tabatiere, agarrò un pellizco de tabaco, que luego es-
parció delicadamente sobre la hoja de papel. Con los
dedos de ambas manos lo fue enrollando, cuando solo
quedaban unos milímetros, se lo llevo a la boca y con su
lengua, humedeció la hoja de papel de arroz para sellar
su cigarrillo.
De una caja de carton de color azul, donde
resaltaba la marca Diamond escrita con letras rojas,
aagarró un fósforo que prendió al tallarlo con firmeza
en la seca y dura madera de la mesa y acercó la flama
para encender su cigarrillo. Después de darle una
profunda aspiración que impregnó su paladar con el cá-
lido humo del tabaco, el anciano levantó su cabeza y
clavó la mirada de sus ojos azules en el recién llegado.
—Siéntate, le dijo amigablemente.
Alejandro se acercó y extendió su mano para
saludar al viejo patriarca, descendiente de los ameri-
canos de la colonia socialista de Sinaloa, y que era re-
conocido como la memoria viva de la utopía del su-
doeste de Albert Owen.

66
—Otra vez perdimos, dijo el anciano.
—Si, dijo Alejandro— y luego con un dejo de
tristeza agregó—No pudimos defender el proyecto de La
fundación “El Renacimiento”1. Al día siguiente de la
toma de posesión del presidente neoliberal, llegaron a
nuestros campos de cultivo, los detectives agrícolas de
la Monsanto y la Cargil, que no tardaron en dictaminar,
que la semilla usada en las siembras del maíz, era una
variedad que les pertenecía.
—Alegaron que los derechos de esa variedad es-
taban registrados en la oficina de patentes de Washing-
ton.Sin perder tiempo demandaron a la fundación por
robo de propiedad intelectual y por daños y perjuicios.
—Con la complicidad de los jueces mexicanos,
los de la Cargil y la Monsanto, consiguieron que los
tribunales mexicanos fallaran a su favor. Los jueces sen-
tenciaron a la fundación “El Renacimiento” a pagar e-
xorbitantes multas y resarcir el supuesto daño patri-
monial causado a las transnacionales.
—Sin más alegatos y ninguna posibilidad de de-
fensa, ordenaron confiscar los bienes y el capital de la
fundación, que luego adjudicaron a los quejosos de la
Monsanto y la Cargil— terminó diciendo Alejandro con
un dejo de amargura.
Con la silenciosa agilidad que tiene la mujer del
campo sinaloense, para hacer las cosas de la casa sin
perturbar los negocios del marido, apareció Refugio con
otro par de tazas del aromático café recién hecho.
Sigilosamente las puso sobre la mesa, en donde tam-
bién colocó el archivero de cartón tipo acordeón, que
Benjamin usaba para guardar sus documentos.
—Lo van a necesitar— dijo suavemente y des-
pués se alejó sin decir nada más y casi sin hacer ruido.
—La historia se repite—dijo Benjamin, quién luego agre-

1
Ver la Rebelión de los Indignahuas, del mismo autor

67
gó suavemente—Hace poco más de un siglo mis an-
tepasados, liderados por Albert Owen, también crearon
otra fundación: la Credit Foncier de Sinaloa.
—Con esa fundación trataron de financiar el
proyecto de una comunidad socialista aquí en el Valle
del Rio Fuerte. Con el tiempo, y al igual que pasó con
ustedes, los colonos de la Credit Foncier de Sinaloa
también fueron despojados de sus activos. Les quitaron
sus terrenos que ya habían desmontado en la región de
Los Mochis y también les quitaron el canal que cons-
truyeron para irrigarlos.
—El despojo que sufrieron los americanos de la
comunidad socialista, al igual que pasó con ustedes,
también fue debidamente legitimado por los tribunales
mexicanos. Los jueces resolvieron en su contra. Dicta-
minaron que los activos de los colonos fueran adju-
dicados al poderoso representante del capitalismo
americano, que muy bien supo comprar las voluntades
de los jueces.
Benjamin volteó su cabeza hacia los árboles de
su huerta y, con una sombra de tristeza en su rostro, se
quedó recordando la grandiosa aventura de sus ante-
pasados. En su memoria se agolparon las historias de las
vicisitudes, afanes y penurias de aquel grupo de ame-
ricanos de la colonia socialista de Albet Owen.
Regresando a la conversación con su amigo,
Benjamin empezó a contarle que los americanos de la
colonia socialista, planeaban construir el puerto de To-
polobampo, el ferrocarril transcontinental y abrir al cul-
tivo los terrenos de la región de Los Mochis.
—De muchas partes de Estados Unidos, y hasta
de Europa, llegaron colonos con diferentes habilidades y
conocimientos, para formar parte de ese proyecto que
prometía el bien común, la eliminación de la propiedad
privada y la abolición de la explotación del ser humano.
— ¿Pero entonces que pasó?—preguntó Ale-
jandro quien luego agregó—Tengo entendido que us-

68
tedes tuvieron el decidido apoyo del gobierno mexica-
no.
—En efecto, Albert Owen tuvo muy buenas
relaciones con los presidentes de México. Porfirio Díaz y
Manuel González, generosamente lo apoyaron por sus
principios humanistas, y también porque conocían muy
bien, sus amplias habilidades de emprendedor futurista.
—Owen vino a México en 1870 con la Mexican
Central Railway, para trabajar en la construcción de la
vía del ferrocarril desde el Paso Texas hasta la ciudad de
México, que luego conocimos como Ferrocarriles Na-
cionales de México.
—Después se dedicó a recorrer el territorio na-
cional buscando oportunidades para el negocio de los
ferrocarriles. Cruzó la Sierra Madre Occidental, y en el
puerto de San Blas, Nayarit, se encontró con el general
Manuel González, quien en esa época era comandante
de la zona militar del Noroeste y Baja California.
—Owen cultivó una buena amistad con Manuel
González y cuando el general ya era presidente de
México, el 2 de octubre de 1881, le otorgó la concesión
para la construcción del ferrocarril transcontinental. La
concesión también incluía la construcción del puerto de
Topolobampo y la colonización de los terrenos de Los
Mochis.
—Los estudios para el trazo de la ruta del fe-
rrocarril se iniciaron en 1883 y más adelante, la brigada
de Burt Pressey, empezó los trabajos para abrir la bre-
cha de las primeras millas de la ruta del ferrocarril que
iba desde Topolobampo hasta el Vegatón.

La utopía de Albert Owen


Con su pausada pero firme voz, Benjamin Jourdan co-
mentó que Albert Owen regresó a Estados Unidos, con
el fin de organizar el gran proyecto que tenía entre ma-
nos. También con el objetivo de procurarse fondos para

69
financiarlo. Del archivero tipo acordeón que le había
traído su esposa, Benjamin sacó un recorte del pe-
riódico The Credit Foncier of Sinaloa publicado por los
esposos Howland en 1886 y que luego leyó en voz alta.

Durante los seis meses próximos pasados el


señor Owen ha propuesto, en combinación con la línea
ferrocarrilera, una colonia cooperativa (socialista) para
Sinaloa. Una modalidad nueva para establecer y dirigir
una ciudad. Ya se han enrolado 1400 personas, y se
encuentra asociado al proyecto un capital de más de
300,000 dólares. Ya está imprimiéndose la publicación
“Cooperación Integral” en la ciudad de México, en espa-
ñol e inglés.

Siguiendo con su relato, Benjamin comentó que


los socios de la Credit Foncier de California, pasando por
alto las advertencias de que todavía no era tiempo de
viajar a Sinaloa, alquilaron el vapor Newbern, y a fines
de octubre de 1886 partieron del puerto de San Fran-
cisco.
Benjamin sacó de su archivero de cartón una
carta del Sr. C.M. Stanley, donde relata la llegada a To-
polobampo de este primer grupo de colonos.

Veintisiete colonos nos embarcamos para esa


tierra de promisión, dos mujeres casadas, 3 solteras, 6
niños y 17 hombres, la mayoría de estos, pioneros
experimentados.
Tuvimos buen viaje con el mar sereno, tocando
en varios puertos y llegando a Mazatlán los primeros
días de noviembre.
Con la ayuda del cónsul americano, el Sr. Kelton,
se procuró un barquito de vela, el “Briza”, con su capitán
y tripulación, el cual remolcamos hasta llegar frente al
puerto de Topolobampo.

70
La fecha de llegada fue el 10 de Noviembre de
1886…
El capitán del Briza no supo donde atracar, se
pasó hasta la bahía de Ohuira. Viendo a algunos indios
por la orilla de esta bahía, los señores Matson, Byrns,
Hoelle y un marino mexicano que servía de intérprete
subieron a una canoa para ir a tierra. La canoa se volteó.
Matson regresó nadando y los otros se salvaron co-
giéndose a los costados de la canoa. Rolla C. Stanley
nadó pata socorrerles, llevando una soga para remolcar
la canoa.
En un segundo intento, se arrimaron a la orilla
oeste de la bahía y tiraron ancla. Siete hombres
desembarcaron e hicieron una lumbrada para pasar la
noche. Esa fue la primera lumbrada que hicieron los
colonos en Sinaloa, la primera de muchas miles de
lumbradas.
La mañana siguiente regresó el barquito a la
bahía de Topolobampo, arrimándose a una ensenada
que nombraron Shellhouse Cove.
Buscaron el campamento que habían instalado
los ingenieros que trazaban la ruta del ferrocarril. El
señor Joel Byrns, un hábil y enérgico pionero, llegó a lo
alto de una loma de donde tuvo a la vista un gran pa-
norama de monte y de cerros y llanos.
Siguió una veredita hasta llegar a un cactus en
donde encontró clavada una noticia.
“Dejamos este campo el 30 de octubre de 1885.
Dejamos 5 barriles de agua, dos cartones de galletas, el
mástil y la vela a la izquierda de aquí a 50 metros”.
Firmado Burt Pressey.
Esa fue una grata noticia: Los colonos se que-
daron en esa ensenada, desmontando para hacer cam-
po. Hicieron una hornilla para hacer pan, construyeron
un barquito y abrieron un camino para el campamento
de los ingenieros. Armaron la vela del barquito, con el
cual acarrearon luego agua desde Las Copas.

71
El día 17 del mismo noviembre entró otro barco
por la estrecha bahía que dio mucho gusto a los que
estaban allí acampados. Al desembarcar estos colonos
fueron recibidos por una banda de música de la familia
Stanley.
El barco venia de Guaymas habiéndolo rentado
allí la Credit Foncier, venia cargado de madera y pro-
visiones.
Traía 10 pasajeros entre ellos una mujer y venía
a cargo del sr. W.A. MC Kenzie.

Retomando el hilo de la conversación, Benjamin


comentó—Durante el invierno de 1886 muchos colonos
iniciaron la aventura para participar en la colonia so-
cialista de Owen. Procedentes tanto de ciudades como
de lugares rurales tomaron camino rumbo a Sinaloa.
Iban con sus familias, otros en grupo y algunos solos.
Viajaron a México antes de que Owen estuviera debi-
damente preparado para recibirlos.
—Preocupado con la llegada de tanta gente
pero con el dinamismo que lo caracterizaba, Owen se
las arregló para rentar en Guaymas un almacén junto al
embarcadero. En ese almacén los nuevos colonos acam-
paron mientras esperaban el vapor que los llevaría a To-
polobampo.
—A fines de noviembre de 1886, Owen y otros
150 colonos, se embarcaron rumbo a Topolobampo en
el barco “Altata” del capitán Charles H. Robertson. Algo
desorientados no encontraron la entrada a Topolo-
bampo y fueron a dar a la bahía de Santa María. Por dos
días sondearon la bahía interior y finalmente dieron con
el puerto en donde ya se encontraban los otros dos
grupos de colonos, el de Stanley y el de Mc Kenzie.
—Por más de seis semanas los colonos ameri-
canos acamparon en los cerros sin abrigo, sin agua a la
mano y con escasos alimentos. La “Ciudad de los En-
sueños”, que muy bien había promovido en Estados

72
Unidos el periódico The Credit Foncier of Sinaloa de los
esposos Howland, tenía por asiento un grupo de cerros
pedregosos cubiertos de breñas.
—Owen, siempre animoso y de personalidad
emprendedora, sin descanso platicaba con los demás
motivándolos para que se ocuparan en las tareas para
construir lo que más adelante sería el puerto de To-
polobampo. Estableció los trabajos que debían realizarse
y luego nombró a ciertos colonos para dirigir las acti-
vidades de los demás.
—Alvin Wilber fue el encargado de dirigir una
cuadrilla para construir un camino entre las lomas y los
esteros por donde pasaría el ferrocarril. Nombró a Ida
Hoegland como maestra de los 20 niños de la colonia y a
William P. Friend le encargó las cuestiones agrícolas. Un
grupo desmontó el terreno para levantar las carpas o
tiendas y otros se dedicaron a pescar, mientras que otro
grupo iba a traer agua a Las Copas.
—Durante la primavera siguieron llegando más
colonos. Para mediados del año de 1887, había ya más
de 400 personas.
—Los americanos de la colonia socialista de
Owen se dedicaron a fundar lo que ahora es el puerto
de Topolobampo. Primero construyeron el auditorio
“Albert Hall”, que también sirvió de oficina de correos y
biblioteca. Luego construyeron otros recintos para fa-
cilitar la vida comunal. Por su parte el coronel Edward
Daniels, quien había sido director de geología del estado
de Wisconsin, organizó la “Academia de Ciencias de
Topolobampo”.
Los colonos americanos fundaron Topolobam-
po y abrieron al mundo este importante puerto. Así lo
describe Clarissa Kneelnad en una de sus cartas.

Con la Credit Foncier Company, Owen tomó los


pasos necesarios que abrieron la bahía de Topolobam-
po, como un puerto de entrada.

73
Todo indicaba que sólo unos nativos y contra-
bandistas habían sabido de su existencia. Owen buscó y
vio sus posibilidades.
Si él no hubiera reconocido su inapreciable valor,
y no se hubiera ocupado en abrirlo para uso del mundo,
no se puede saber cuánto mucho más tiempo pudo
haber permanecido como “Hiden Waters”, como según
nos dijeron, significa su nombre. Fácilmente pudieron
significar largos años antes de que alguien lo hubiera
hecho...
Y aunque pudiera estar mal informada, es uno de
los mejores puertos que uno puede encontrar en la costa
americana.

—Además de la fundación del puerto de Topo-


lobampo, los colonos americanos también se ocuparon
de los trabajos del ferrocarril y construyeron caminos
hacia el Rio Fuerte. Así lo señaló Owen en un reporte
oficial que escribió en 1887 al señor Don Ignacio Pombo
en la ciudad de México.

Los colonos han abierto un camino de carretas y


desmontaron una línea para el ferrocarril. En una dis-
tancia de 35 millas tierra a dentro desde Topolobampo,
no había ninguna evidencia de cultivos o forma de po-
sesión. Ninguna planta ni cerca, ninguna choza de cual-
quier tipo, ningún activo que valga un centavo que haya
sido puesto allí por algún ser humano. Era tan solo un
enmarañado mundo salvaje.

—El proyecto, los ideales y hasta los sueños de


los colonos americanos de Topolobampo, se describen
muy bien en un artículo que apareció en el magazine
“Harper`s Weekly” de New York con fecha 7 de Agosto
de 1887 y que luego se reprodujo en el periódico “The
Credit Foncier of Sinaloa”.

74
Los colonos de Topolobampo son personas edu-
cadas, muchos de ellos técnicos en distintos ramos, que
van con una resolución muy fija. Tienen propias con-
vicciones con relación a la religión, al gobierno y a la
sociedad; estas convicciones las van a vivir en la nueva
tierra de Sinaloa.
Sus principios les exigen vivir con orden, in-
dustriosamente, con cortesía hacia su propio grupo y sus
vecinos. Con mucho estudio han desarrollado un plan pa-
ra sus hogares, su ferrocarril, sus granjas agrícolas; has-
ta los diseños para sus propias casas, para edificios co-
merciales, muelles y parques, en cuyas construcciones
han de participar todos.
Por la parte norte de la bahía de Topolobampo
(enfrente de la bahía de Ohuira) han medido 8,000
hectáreas, con su centro de población, con avenidas dia-
gonales, calles, banquetas, parques, círculos, muelles y
lugares de paseo. Las áreas de servicio público ocupan
40% del total.
Sera una ciudad atractiva en todos sus detalles.
La corporación Credit Foncier conservará para siempre
el título y la administración de estos y los demás lotes
que forman el predio total.
Cada socio tendrá derecho, por el periodo de su
vida, a su hogar y su granja. No existirán aquí pago de
réditos ni impuestos, lo que tengan lo ganaran por ser-
vicios, no por dinero.
El transporte será por carros movidos por
electricidad, las luces serán eléctricas, como la fuerza
para la industria, los caminos serán asfaltados para
caminar cómodamente en patines, en bicicleta y triciclos.
El puerto será el único de la costa en donde se
puede atracar directamente a un muelle. La vía del
ferrocarril seguirá rumbo al norte 70 kilómetros, hasta el
Vegatón (arriba de San Blas), y de allí a El Fuerte, luego
siguiendo por la Sierra Madre y los llanos de Chihuahua
hasta llegar a Galveston Texas.

75
Esta industriosa gente se levanta al tocar el cla-
rín para desayunar a las seis de la mañana, y con el
mismo clarín se despiden del trabajo. Así mismo se les
llama para que oigan las últimas noticias.
Aquí en Sinaloa luchan por crear una comunidad,
en la cual pueda llegar el hombre y la familia a su
máxima felicidad.
Bien pueden compararse con los pioneros que
vinieron al nuevo mundo, en busca de libertad en sus
creencias religiosas, dejando su querida Inglaterra.

Benjamín Jourdan continuó su relato diciendo


que los primeros colonos americanos trabajaron con
ahínco para llevar a cabo su ambicioso proyecto.
—Algunos se quedaron en el puerto de Topo-
lobampo y otros se dedicaron a la construcción de las
vías del ferrocarril. Muchos otros se dispersaron por el
valle, dedicándose a la agricultura en diversos terrenos
de los hacendados de la región.
—Un pionero americano de nombre Haskell, que
era el encargado del ingenio de azúcar “La Constancia”,
propiedad de Don Francisco de Orrantia, les rentó a los
colonos un terreno de su propiedad llamado “El
Sufragio”. Otros colonos se fueron al “Vegatón” y un
tercer grupo a un lote frente al cerro de Cahuinahua.
—Para el verano de 1887, los jardines de los
colonos ya producían legumbres y vegetales. En el otoño
del mismo año, estando en plena cosecha en el “Sufra-
gio”, por algunas diferencias que tuvieron con el pro-
pietario del terreno, los colonos fueron echados de las
tierras.
—Este golpe fue de gran impacto y de gran
desesperación para los más de 400 colonos que ya se
encontraba muy necesitados. Empezaron a sufrir grave
escasez de alimentos y a padecer enfermedades.
—Durante este periodo crítico, Owen y sus
directores, lucharon para procurarse alimentos y mejo-

76
rar la situación. El Dr. Schellhous juntó fondos en Cali-
fornia para comprar provisión que embarcó en San
Francisco por el vapor Newbern. En La Paz, Baja Cali-
fornia, uno de los inspectores aduanales encontró una
caja de petróleo que no venía documentada y ordenó
que se bajara toda la carga en tanto no se pagara la
multa.
—La retención de este buque con alimentos
agravó las penurias de los colonos en Topolobampo.
Además de la escasez de alimentos que padecían, su si-
tuación se agravó considerablemente por la aparición de
una epidemia de tifoidea y otras enfermedades.
—Cundió el desánimo entre los colonos y em-
pezó la desbandada ante lo que parecía ser el inminente
fracaso del proyecto socialista de Owen. Varios falle-
cieron y muchos otros se retiraron y regresaron a sus
hogares en Estados Unidos. Las últimas horas de 1887
fueron pésimas para los cerca de 100 colonos y sus fa-
milias que se quedaron en Sinaloa.
—Los graves contratiempos que padecieron los
colonos de Sinaloa se conocieron en Estados Unidos. El
gobierno americano, preocupado por su suerte, envió el
buque de la armada USS Iriquois para que llegase al
puerto de Topolobampo a investigar lo que pasaba y, de
ser necesario, rescatar a los colonos de su miseria.
—El gobierno del presidente Porfirio Díaz envió
cartas al gobernador de Sinaloa, Don Mariano Martínez
de Castro, ordenándole que instruyera a los jueces de
distrito para que los residentes y vecinos animaran y
ayudaran en todo lo necesario a los colonos.
—Para Thomas A. Robertson siempre fue un
enigma, que el presidente Porfirio Díaz, amigo de los
grandes capitalistas extranjeros, haya apoyado tan com-
pletamente el proyecto socialista de Albert Owen.
—En Estados Unidos, los esposos Howland en su
periódico The Credit Foncier of Sinaloa, publicaban car-
tas de diversas personas animando a los colonos. Las

77
cartas publicadas llegaban desde Suecia, otras de Ale-
mania, Francia, Inglaterra, Italia y Suiza. Los Howland
también publicaban solicitudes de apoyo para la colo-
nia y lograron reunir fondos que luego fueron enviados a
Sinaloa.
—Los fondos reunidos sirvieron para comprar un
terreno cerca del rio, para que fuera cultivado por los
colonos. Los directores Wilber y Tays encontraron un te-
rreno propiedad de Don Zacarías Ochoa, con quien tra-
taron 100 hectáreas de terreno muy fértil en un lugar
denominado “La Logia”. Se logró la opción de 3 años pa-
ra la compra de 400 hectáreas en 10,000 dólares.
—Entrado el año de 1888 se trasladaron a “La
Logia” gran parte de los colonos del “Vegaton”, “Sufra-
gio” y algunos de los del puerto de Topolobampo. Des-
montaron terreno para la siembra de legumbres y
hortalizas y también instalaron pequeños talleres arte-
sanales. Formaron un centro de población y cons-
truyeron sus casas con los materiales de la región.
—Por su parte Marie y Paul Howland, solidarios
con el proyecto de Owen, también se trasladaron a Si-
naloa. En Topolobampo se instalaron en el Albert Hall
para allí editar localmente su periódico. El primer nú-
mero del The Credit Foncier of Sinaloa editado en Sina-
loa, llevaba en su encabezado un dibujo de la entrada al
puerto, con el sol saliendo desde la bahía interior y al
fondo un vapor entrando al puerto. En el primer número
escribieron:

La bahía de Topolobampo al llegar por el es-


trecho de Joshua nos pareció sumamente hermosa, con
aspecto todavía primitivo. Los cerros que la rodeaban
nos parecieron más pedregosos de lo esperado y nos dió
una impresión de imponente soledad.
Esa noche dormimos sobre uno de los amplios
portales de Alberton Hall (casa comunal nombradas así
en honor a Albert Owen), llegaron algunos amigos y

78
tuvimos una visita de inspiración, al mirar la luna que
subía en toda su gloria. En esos momentos la maravi-
llosa hermosura del mar y los valles, nos entraron al co-
razón para jamás borrarse.
Estamos encantados de nuestros colonos, gen-
tes de seria mirada y clara inteligencia. Precavidos en sus
expresiones, finos en su comportamiento, con mirada
franca y sonrisa toda sinceridad.
Cómo será trabajar día tras día al calor del sol.
Su ropa remendada y a veces en garras, pues no tienen
más.
Estas gentes pudieran abandonar sus cargos,
como otros lo han hecho, y abandonar la colonia, pero
prefieren sufrir y esperar. Debe ser torturante para per-
sonas tan cultas pasar por tantos contratiempo, pero es-
tas gentes siguen serenas en su fe.

Benjamín continuó su relato de la aventura de


los colonos americanos, diciendo que la producción de
frutas y legumbres de “La Logia” y los primeros
resultados de los talleres artesanales, si bien aliviaron
en algo las penurias de los colonos, no eran suficientes
para llevar a cabo el ambicioso proyecto de Owen.
—No se producía lo suficiente para sostener a
los que trabajaban en la construcción del puerto de
Topolobampo, ni para los que trabajaban en la cons-
trucción del ferrocarril. Las 30,000 hectáreas de Los
Mochis quedaban a 12 kilómetros del Rio Fuerte, y para
hacerlas producir, había que construir un canal para
irrigarlas. Ese proyecto también requería recursos que
los colonos no tenían.
—Incansable y decidido, Owen viajó a la ciudad
de México para negociar con el Gobierno Federal, y
otra vez obtuvo el debido apoyo para realizar su
proyecto. El 7 de Junio de 1890, Porfirio Díaz aprobó el
plan para la construcción de la ciudad del Pacifico
(Topolobampo). Aprobó la construcción de una línea

79
telegráfica y telefónica de 2000 kilómetros y también le
renovó las antiguas concesiones para el ferrocarril. Pa-
ra financiar estos proyectos el gobierno mexicano otor-
garía un subsidio de 12,900 pesos por milla, garantizados
por bonos del gobierno que pagaban réditos del 6% a-
nual.
—En Estados Unidos, el periódico The New York
Herald anunciaba: Probablemente México nunca ha con-
cedido a otra persona tanto como en esta instancia.
Mientras que en la revista financiera de la Ciudad de
México, en su número de Junio de 1890, se declaraba:

El ferrocarril de Topolobampo, como nueva ave


fénix se levanta de sus mismas cenizas

La ruta del ferrocarril

Benjamín Jourdan tomó un prolongado trago de


café y luego continuó con su relato—Mientras que
Christiane B. Hoffman se ocupaba en la construcción del
canal de 12 millas, que iba desde el Rio Fuerte hasta los
terrenos en Los Mochis, Albert Owen se concentró en el
proyecto del ferrocarril. Se dedicó a conseguir los fondos
necesarios para su construcción y en agosto de 1890,
logró constituir en Londres la “Mexicana Investment
Company” con aportación de dos y medio millones de
dólares de capital.
—De regreso en Sinaloa, Owen emprendió el
recorrido por la sierra para encontrar la mejor ruta para
su ferrocarril intercontinental, que ahora conocemos
como el Chihuahua –Pacifico. Así describió Owen este
viaje por la sierra.

En marzo de 1891 partimos del puerto de


Topolobampo, viajando por la ruta previamente trazada
por el ingeniero Holbrook para la Mexican Western
Railroad Company …me acompañaron el ingeniero Tays,

80
el Sr Kneeland, fotógrafo de la Credit Foncier, y los
señores Thornton y Patrick en representación de los
colones, quienes en la actualidad están construyendo el
canal.
Del puerto a Chihuahua son 450 millas. Se es-
peraba revisar la ruta desde Vegatón a Carichic, que
quedaba a 130 millas al poniente de Chihuahua…
El cañón del Huites está de guardia en Agua Ca-
liente. Al oriente quedan los altísimos cerros de Gua-
dalupe y Calvo, al poniente los picachos de Álamos y a
120 millas, atravesando los llanos de Sinaloa, está
Topolobampo,” Paraíso para el Descanso”
Esta es la primera vista en grande de la vertiente
del Pacifico. Igual impresiona la primera vista hacia el
oriente, sobre el Valle de Sisiguichic, los llanos de Ca-
richic, con los conos de Cosihuarichioc y más allá los
llanos del suroeste de Chihuahua.
Contemplé absorto, a la media noche con la luz
de la luna llena, desde las alturas de donde se desprende
las barrancas de Yarerecua, en el mero punto donde
pasa la vereda entre Tepunapachi y Los Ojitos. Esta mesa
está a una altura de 8000 pies sobre el nivel del mar, 800
pies sobre la barranca. De allí cae en plano inclinado a
90, 80, 70 grados hasta bajar 4000 pies.
Pocos problemas encontramos para la cons-
trucción de la línea por el cañón Septentrión, desde la
Guaza hasta Bocoyana.
Se pueden evitar túneles. Las vertientes serán
moderadas, todo promete un menor costo que la
construcción de las líneas a través de la Sierra Madre
Occidental de los Estados Unidos.
Me impresionan los indios tarahumara. Recorren
las veredas de estas sierras, por innumerables subidas y
bajadas. Los indios tarahumara de esta sierra son de
cara recta y agradable, de cuerpo fornido, son muy re-
servados, se dedican a su pequeña agricultura, a su ga-

81
nado, que es de calidad superior, con cuernos cortos,
como también corto de patas y grueso de carne.
Me impresionó la gente que puebla la Sierra, por
su actividad. A pesar de la falta de comunicación están
trabajando numerosas minas de oro, plomo, cobre, hie-
rro, y piedra fina para construcción. Todo en espera de la
llegada del Mexican Western Railroad.
Hay gran cantidad de madera de pinos que se
elevan de 30 a 60 pies sin ningún brazo y de uno o dos
pies de diámetro…abundan también los encinos y los
cedros.
Da gusto ver tantos arroyos, de agua dulce, lim-
pia, clara, la que pudiera concentrase en lagos y presas
para uso industrial y agrícola.
El clima en el mes de septiembre es de suavidad.
Los muros se ven adornados de lama, helechos, líque-
nes,…por las laderas crecen abundantes pastos. En los
ranchitos se encuentran duraznos, membrillos, peras,
manzanas, fresas silvestres, nueces inglesas, frutos, todo
de buen sabor.
Por el cañón de Septentrión más flores que en
conjunto forman la más hermosa colección que he visto.

Los afanes para la construcción del canal


Tastes.
La ultima concesión otorgada a Owen fue muy amplia,
pues además del ferrocarril y el puerto de Topolobampo,
también incluía la colonización de los terrenos de Los
Mochis y la construcción de un canal desde el Rio Fuer-
te y otro desde le Rio Sinaloa—comentó entusiasmado
Benjamín, quien luego continuó diciendo —La concesión
que Owen había obtenido del gobierno mexicano, per-
mitía a los colonos reglamentarse internamente, some-
tiéndose, en caso de no estar de acuerdo, a la juris-
dicción de los juzgados del gobierno.

82
—Esta vez, Owen reunió únicamente a pioneros
experimentados según las necesidades de la colonia. Los
colonos habrían de pagar su propio transporte, llevar
provisión para seis meses, ropa para un año, medicinas,
efectos personales y una tienda de campo. Se sugería
especialmente llevar animales, ganado de ordeña, caba-
llos, mulas, marranos, cabras, borregos, guajolotes, ga-
llinas y hasta avestruces.
—Cada varón de más de 12 años, podía llevar a
la colonia una escopeta o rifle, una pistola y 250 car-
tuchos. Esa era la cuota que les permitía el gobierno sin
tener que pagar impuestos.
—Con el objeto de contar con un fondo para
asegurar su manutención, mientras se lograban las pri-
meras cosechas, cada colono debía pagar una cuota de
100 dólares y 50 adicionales por cada hijo menor de 20
años. Los colonos debían aceptar los principios de la
Credit Foncier Company y firmar una garantía de
conformidad de los reglamentos establecidos por los di-
rectores.
—Mientras que Owen estudiaba la ruta del
ferrocarril, Christian B. Hoffman organizaba todo en “La
Logia” para la construcción del canal “Tastes”. Hoffman
era propietario de grandes molinos de harina y talleres
mecánicos en la ciudad de Enterprise, Kansas, y aunque
era un capitalista de amplios recursos, Hoffman fue
esencialmente un idealista, y en la colonia de Sinaloa
logró figurar como segundo en importancia después de
Owen.
—Hoffman, muy impresionado por los recursos
naturales de la región, propuso que además de sembrar,
los colonos deberían crear industrias chicas. Poner una
empacadora de mariscos, una fábrica de jabón, molino
de cereales, aserradero, además de una fábrica para
tejidos de lana y otra para construir carretas.
—Surgió nueva vida en la colonia con la nueva
oleada de gentes, que llegaban, unos por barco desde

83
Guaymas, y otros por tierra desde la frontera. El joven
William Groves llego a píe desde Texas a sumarse a la
colonia. Dos jóvenes alemanes vinieron desde Chicago.
—“La Logia” hervía de nuevos colonos. El Dr.
Wilber recibía a los grupos que llegaban, los adoctrinaba
en la filosofía de la colonia y les señalaba los sitios
donde debían vivir y trabajar.
—Un importante grupo de colonos salió de Kan-
sas el 15 de noviembre de 1890, para unirse al proyecto
socialista de Owen. Partieron por tren y en Newton se
les juntó otro contingente. Más adelante se les unió el
grupo del estado de Colorado. Al pasar por Deming,
Nuevo México, el cónsul mexicano Salvador F. Mallefert,
el gobernador Ross y algunos vecinos del lugar, les
hicieron una entusiasta recepción, congratulando y mo-
tivando a este importante grupo de americanos que iban
a Sinaloa a participar en la colonia socialista de Owen.
—En la colonia no faltaron actividades sociales y
culturales. Se reactivaron las actividades de grupos co-
mo el liceo que se reunía los sábados por la noche,
siguiendo un baile con la música de los Stanley. El joven
John Shoop representaba obras del gran dramaturgo y
poeta William Shakespeare. También se reactivó el Club
de Cultura Femenil.
—La intensa y rica actividad laboral y cultural de
los americanos de “La Logia”, contrastaba profunda-
mente con las costumbres de los hacendados de la re-
gión. Así lo describe Thomas Robertson en su libro “Uto-
pía del Sudoeste”.

Una situación rara era ésta: Un grupo de colonos


en su mayoría verdaderos intelectuales, personas bien
recibidas entre las altas clases sociales de la región, pero
con todo luchando por sobrevivir, produciendo lo esen-
cial para alimentarse, en igual forma que los más pobres
peones, que ganaban de 30 a 50 centavos diarios.

84
Encontramos aquí el fenómeno de un grupo de
extranjeros educados, apoyados hasta por acuerdos pre-
sidenciales del general Porfirio Díaz, poniendo un raro
ejemplo de trabajar en el campo, bajo un sol tropical, al
igual a los más humildes indios mayos.
Esta actitud de los colonos americanos con-
trastaba con la de los hacendados y comerciantes es-
pañoles que no trabajaban en desmontar tierras, ni
sembrarlas, cultivarlas o cosecharlas. Tampoco trabaja-
ban de artesanos, ni como carpinteros, herreros, ni cur-
tidores de cueros.
Ellos andaban a caballo por el campo, mane-
jando ganado, caballada y mulada con sus vaqueros, o
atendían sus comercios.

—Robertson también señalaba que los espa-


ñoles se constituyeron en una clase dominante, aristó-
crata, que no trabajaba personalmente, sino que se
aprovechaba del trabajo de los indios, para lograr una
vida más lujosa para él.
Benjamin Jourdan prosiguió con el relato de los
americanos de la colonia socialista de Albert Owen—El
17 de Diciembre de 1890 llegó una caravana de carretas
con los colonos que habían salido de Kansas. Otros mi-
embros del mismo grupo, arribaron a Topolobampo en
el barco “Romero Rubio”, donde fueron recibidos con la
canción Topolobampo Bay compuesta por el colono Lon
Holding. Este nuevo grupo de 200 colonos, traía mer-
cancías, caballos, vacas, arboles, viñas, semillas y otros
efectos para emprender su nueva vida.
—Algunos de los nuevos colonos llegaron con
escrepas y arados. Traían tiros de caballos y de mulas y
de inmediato se fueron a “La Logia” en donde deberían
empezar la construcción del canal “Tastes”.
—El día 4 de Enero de 1891 se iniciaron los
trabajos para el canal, que en su primer tramo de una

85
milla, debería tener 18 pies de profundidad por el doble
de ancho.
—La construcción era dirigida por un comité, con
un señor al que llamaban “Tío Billy” Porter como en-
cargado. En la construcción del canal participaban unos
veinte indios mayos que iban adelante del trazo des-
montando y quemando la rama. Después venían los tiros
de caballo con arados y luego las escrepas.
—Cuando los animales no podían ya subir desde
el fondo del canal, entonces les ataban a las escrepas
una cadena y las bestias tiraban desde arriba.
Benjamin sacó de su viejo archivero de cartón un
ejemplar del periódico The Credit Foncier of Sinaloa,
donde muy bien se describía el campamento de los que
trabajaban en la construcción del canal Tastes:

El campamento de los que construyeron el canal


parece todo un pueblo. Por el bordo del rio están los
corrales, la herrería, la comisaria, el molino para moler
maíz, el lugar para remendar las guarniciones de los
animales y un horno para quemar carbón.
Más al fondo están las enramadas en donde se
preparan las comidas. Estas están a cargo de varias fa-
milias donde destacaban las Lamb, Wolf, Butler, Drake,
Baldwin, Wilocoxon y Hopkins.
Desde temprano se oye el golpe del hierro sobre
el yunque, del molino para maíz; el bombeo del agua;
luego vienen los trabajadores con sus tiros de caballo y
sus yuntas de bueyes.
Por las noches, que son de temperatura agra-
dable, se oyen los grupos cantando, al son del violín, la
guitarra y la flauta.
Por todos lados se ven las lumbradas, que la le-
ña la hay en cantidad, y sentados alrededor de ellas los
hombres discutiendo sobre la obra del canal, la política ,
la religión, las ciencias, y otros temas hasta la hora de
retirarse.

86
Las casitas de las familias están colocadas de
manera muy atractiva, entre mezquitales y álamos con
muchas enredaderas, es un lugar muy atractivo.
Las señoras de los colonos eran de las mejoras
cocineras del mundo. Preparaban menús muy sabrosos,
a pesar de faltar algunas comodidades a que estaban
acostumbradas. Traían de las granjas de La Logia toda
clase de legumbres, en carros de tiro a cargo de Ira
Kneeland, el fotógrafo oficial de la colonia.

Benjamin continuó con su relato de los afanes


para construir el canal “Tastes”—Cuando apretaba más
el calor, algunos de los colonos dejaban sus labores para
veranear en el puerto de Topolobampo. Allí encontraban
algún alivio bañándose, paseando en lanchitas, pescando
y juntando almejas. Hacían excursiones a Las Copas en
donde tiraban un chinchorro cogiendo gran cantidad de
peces. Por su parte, los jóvenes hacían paseos los fines
de semana, rio abajo hasta San José de Ahome.
—Pasado el verano se renovó el trabajo del
canal con todo vigor. Primero los indios desmontando,
enseguida el joven Jorge Drake con un enorme arado
arrastrado por diez yuntas de bueyes, y luego los que
trabajaban con las escrepas.
—En la edición de fecha 2 de Julio de 1892 del
The Credit Foncier of Sinaloa, se describe el momento
en el que se abren las compuertas del canal para dar
paso a las primeras aguas para irrigar los terrenos de Los
Mochis.

A las ocho de la mañana el ingeniero Tays abrió


la compuerta que contenía las aguas del Rio Fuerte, a la
entrada del canal de los Tastes, y empezó a entrar el
primer caudal hacia el terreno de Los Mochis.
Al término de diez horas, el agua llegaba hasta
donde terminaba el canal. Nueve millas desde el rio.

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Que hermoso espectáculo de contemplar desde
los puentes, al acabar el día, esa “Corriente Plateada de
la Vida”.
—La construcción del canal “Tastes” fue el logro
más importante que consiguieron los colonos america-
nos en Sinaloa. Se necesitaron dieciocho meses para
completar esta obra vital para la colonia. Con el canal se
abrieron a la agricultura de gran escala, las fértiles
tierras de los Mochis, donde los colonos ya habían
desmontado 700 hectáreas y estaban listas para la si-
embra.

LA REBELIÓN DE LOS “KICKERS”

El viejo patriarca Jourdan aspiró profundamente su ci-


garrillo y con un dejo de tristeza continuó con su re-
lato—Los colonos socialistas de Sinaloa no supieron ca-
pitalizar los poderosos activos otorgados por el gobierno
mexicano, que estaban constituidos por las concesiones
y contratos para la construcción del ferrocarril, las líneas
telegráficas, el puerto de Topololbampo, y la coloniza-
ción de los terrenos de Los Mochis.
—No supieron capitalizar el activo representado
por la huerta de “La Logia” que ya producía cientos de
toneladas de frutas y hortalizas. Tampoco supieron capi-
talizar el activo más valioso constituido por el canal
“Tastes”, que irrigaba las 700 hectáreas que ya habían
desmontado en los terrenos de Los Mochis.
—Antes de la terminación del canal ya habían
empezado las dificultades. Entre los mismos colonos de
la Credit Foncier, surgió la rebelión. La primera de va-
rias otras rebeliones que se incubarían en el Valle de
Río Fuerte.
—Algunos colonos se rebelaron porque querían
reformar el plan de cooperación integral de Owen.
Liderados por Christiane B. Hoffman, propusieron que a
cambio del efectivo entregado al inscribirse como socios

88
de la Credit Foncier, se les entregara el título de
propiedad individual por el terreno que les correspondía.
—También pidieron que las leyes de la colonia
se formularan por voluntad del pueblo, y que las de-
cisiones administrativas, se tomaran con base en la opi-
nión de las mayorías y no con la sola opinión de Owen.
Por otro lado, pidieron que el proyecto del ferrocarril se
separara completamente de la Credit Foncier de Sinaloa.
—Aunque al principio Owen no quiere hacer
cambios, en marzo de 1892 concede a los colonos el de-
recho de escoger a sus líderes locales, y ofrece una re-
organización del Credit Foncier para el año siguiente.
—La negación de Albert Owen para aceptar la
totalidad de las propuestas de los rebeldes, ocasionó
que continuaran las protestas.
—Las dificultades y divisiones de la colonia eran
seguidas con interés y preocupación por los principales
líderes socialistas de la época. Hurzka en Alemania, Mu-
eller en Suecia y J. C. Wallace en Inglaterra, estaban al
pendiente del desarrollo de la colonia socialista de
Owen.
—Por su parte, Michel Flurschiem, acaudalado
inversionista de Suiza, preocupado por las divisiones de
los colonos de Sinaloa, intercambió cartas con Owen y
Hoffman, con la esperanza de reconciliar a los grupos en
pugna.
—Flurschiem logró reunir a los dos líderes en la
ciudad de New York. Se resolvieron algunas diferencias
y se consiguió que los dos grupos llegaran a acuerdos
preliminares para salvar el proyecto de la colonia so-
cialista.
—En mayo de 1893, Flurscheim, Owen Y Hoff-
man se vuelven a reunir en una asamblea llevada a cabo
en Sinaloa. En esa reunión no se logran los acuerdos ne-
cesarios y vuelven a surgir las demandas de los re-
beldes, que pedían cambios en la estructura del pro-

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yecto socialista de Owen y exigían los títulos de propie-
dad.
—Después de varios intentos por conciliar in-
tereses, la asamblea se terminó sin que se aceptaran las
propuestas conciliatorias. Hoffman se retira de la colonia
vendiendo sus terrenos al coronel A.J. Streeter, quien al-
guna vez había sido candidato a la presidencia de
Estados Unidos. Por su parte, Albert Owen también se
retira de Sinaloa y nombra como su representante al
joven ingeniero alemán Joseph Hampl.
—Finalmente la colonia se dividió en dos grupos.
El grupo que seguía las ideas socialistas de Owen formó
su centro de población en un predio de 60 hectáreas
que se conoció como Public Farm. Allí construyeron la
tienda, herrería, talleres, fábrica de guarniciones de
bestias, corrales, una cocina y sala comedor en común
para todos. Alrededor del centro de población, que
luego se conoció como “El Publico”, tenían sus granjas
en las que construyeron sus casas, cultivaron sus jar-
dines y empezaron la siembra de sus tierras.
—Los del grupo rebelde seguidores de Hoff-
man, y a quienes se les puso el apodo de KIckers, se
instalaron más abajo por el canal, en un predio que se
nombró el Plat, en donde se habían localizado los lotes
en lo que hoy es la parte norte y poniente de la ciudad
de Los Mochis.

EL FIN DE LA COLONIA

El calor de los rayos del sol de la mañana ya se pro-


pagaba por los rincones de la huerta y Benjamin Jour-
dan, acomodándose en su silla de baqueta, con una
sentida resignación en su tono de voz, continuó con su
relato—Los colonos americanos construyeron en Sina-
loa el gran proyecto socialista, en el que el beneficio del
trabajo en común, fuera para todos, y no solo para uno,

90
como luego ocurrió con el proyecto capitalista de Ben-
jamín Johnston.
—Los colonos construyeron el puerto de Topo-
lobampo y abrieron caminos entre Topolobampo y el
Rio Fuerte. En “La Logia” empezaron el cultivo de frutas
y legumbres. Abrieron los fértiles terrenos de Los Mo-
chis a la agricultura de gran escala, cuando desmon-
taron cientos de hectáreas y construyeron el canal “Tas-
tes” para irrigarlas.
—Pero los colonos no supieron capitalizar esos
valiosos activos, que con penurias, hambre, sufrimien-
tos, y trabajo sin descanso, habían logrado construir.
Entre ellos mismos surgieron desavenencias irrecon-
ciliables que los dividió y debilitó. División que muy bien
supo aprovechar el poderoso capitalista Benjamin Jo-
hnston, quien con sus inmensos recursos financieros,
logró convertirse en el dueño de las tierras desmonta-
das, y luego se apoderó del canal “Tastes” cuando los
tribunales mexicanos dictaminaron a su favor.
—Los colonos americanos de la Credit Foncier
de Sinaloa, con tristeza, tuvieron que acatar la senten-
cia que legalizaba el despojo de sus tierras y de su ca-
nal. El fin de la colonia socialista lo describió Clarissa
Kneeland en una de sus cartas:

Dear Anita
Entonces la colonia como tal estaba finiquitada.
Desde malinterpretaciones dentro de nosotros mismos,
desde la inhabilidad de ver con claridad que camino
debía seguirse en situaciones en los que ninguno de
nosotros había enfrentado antes, o pelear nuestra razón
en las cortes de un país extranjero en donde nuestros
enemigos con malicia y con premeditación nos empu-
jaron , y donde, sin lugar a dudas , aquellos que espe-
raban aprovecharse por nuestra pérdida tendieron ma-
nos americanas con sobornos a los que manos mexi-

91
canas estaban ansiosas de recibir, de todo esto nues-
tro sacrificio ha sido de no aprovechamiento

El legado de los americanos de la


colonia socialista.
Para Benjamin Jourdan, la Utopía del Sudoeste como la
llamó Thomas A. Robertson, fue el proyecto que disparó
el progreso del Valle del Rio Fuerte.
Con sus principios de la distribución del trabajo,
los colonos americanos, pusieron el ejemplo de lo que es
una sociedad igualitaria. Con las actividades culturales y
sus escuelas, pusieron el ejemplo de una sociedad edu-
cada y culta. Con sus poesías, con las obras de teatro y
con sus canciones, pusieron las bases, para que ahora,
Los Mochis sea una ciudad en donde prevalece la
vocación por el arte y la cultura y también sea el semi-
llero de tantos poetas y escritores.
El impacto que los americanos de la colonia so-
cialista de Albert Owen, tuvieron en la sociedad me-
xicana de la región, lo describe muy bien Clarissa Knee-
land en una de sus cartas:

El valle del Rio Fuerte empezó a progresar


rápidamente, se hicieron cercas de alambre de púas en
lugar de las hechas por cactus y matorrales. Los colonos
americanos despejaron los terrenos y plantaron caña, y
trajeron muchas formas de plantas y semillas y también
trajeron maquinaria. Aún en familias pobres se tenían
máquinas de coser y relojes, en lugar de las muy raras
excepciones de antes.
Los que poseían ganado, empezaron a introducir
crías americanas en sus manadas. El terreno era tan
productivo, el clima tan despejado.
A pesar de las dificultades, los colonos estaban
saliendo adelante en muchas formas. Las pequeñas cho-
zas de adobe habían sido sustituidas por casas de un

92
mejor material. Había un buen servicio de correos. Los
colonos tenían muchos libros, periódicos y revistas, que
los mantenían en contacto con el mundo exterior.
A veces grupos de mexicanos venían a visitar la
colonia, generalmente toda la familia venía acompañada
de amigos y parientes. Ellos querían ver todo con interés,
y no rara vez ellos querían comprar casi todo. Todo lo
que la colonia tenia para vender, ellos lo compraban.
Muchas de nuestras costumbres parecían muy
raras para nuestros visitantes... Ellos decían de nuestras
mujeres que eran “such workers” y ellos miraban con
grandes ojos abiertos a nuestrtas pequeñas niñas cuan-
do llegaban galopando por el camino montando sus ca-
ballos a pelo, sin silla.
Fue la Sra. Foss que alguna vez me dijo que la
colonia de americanos había influenciado a todo el Valle
del Rio Fuerte. Ella dijo:
“Cuando nosotros llegamos aquí los mexicanos
no conocían nada y tampoco tenían nada. Ellos nunca
habían visto un escritorio o una cama de resortes.
Ahora muchos de ellos tienen buenos muebles en
sus casas, bonitas pinturas y bonitas lozas y platos. Han
comprado órganos, y cuando salen ahora van en ca-
rruajes. Envían a los Estados Unidos a comprar por cosas
que ni en sus sueños podían tener, y los más ricos envían
a sus hijos a estudiar a San Francisco”.
Ahora mientras que temo que la mayoría de los
mexicanos podrían sentirse ofendidos con estas arro-
lladoras conclusiones, en relación a la influencia ame-
ricana, el hecho permanece que nosotros fuimos una
influencia y una muy decidida influencia.

Clarissa Kneeland y su familia fueron miembros


residentes de la colonia socialista de Sinaloa. A petición
de su amiga Anita Padilla de Peiro, Clarissa escribió una
serie de cartas en donde cuenta la historia de su vida en

93
la colonia de Sinaloa. Las cartas fueron publicadas por el
periódico Fresno Clarion bajo el título:

LIFE IN COOPERATIVE COLONY AS


REMEMBERED BY MISS CLARISSA KNEELAND WHO
LIVED THERE 50 YEARS AGO.

Anita, como la nombraba Clarissa en sus cartas,


recibió sus primeros estudios en la escuela de los co-
lonos socialistas y fue considerada como uno de los su-
yos por los jóvenes de la colonia. Con el tiempo fue una
destacada personalidad en Los Mochis y llegó a dar
clases de inglés en la escuela secundaria Ignacio Manuel
Altamirano. En la última carta que recibió de Clarissa,
publicada por el Fresno Calrion en el año de 1946, su a-
miga escribió:

La colonia del Credit Foncier falló y mi corazón


todavía sufre por su lamentable fracaso, pero mi alma
también canta con la memoria de su gloria y su res-
plandeciente sol, y doy gracias a mi padre celestial que
yo fui, al menos por esos pocos años, uno de sus
miembros.

Los socialistas utópicos


Saliendo de su recuento de los afanes de la colonia so-
cialista de Owen, Benjamin Jourdan se dirigió a su ami-
go Alejandro y le dijo—Es de todos conocido que los
hombres y mujeres de la colonia cooperativista de Al-
bert Owen eran americanos procedentes de los estados
de Wisconsin, California, Kansas, Louisiana etc., pero lo
que no se dice, es que estos hombres y mujeres,
recibieron la influencia de los socialistas utópicos que
surgieron en Europa a principios del siglo XIX.
—Después del movimiento artístico del “Rena-
cimiento” de los siglos XV y XVI, surgió en Europa el mo-

94
vimiento cultural e intelectual de la “Ilustración”, con el
que se intentaba disipar las tinieblas, de una sociedad
todavía dominada por el oscurantismo medieval de la
religión cristiana.
—El “Siglo de las Luces”, como también fue nom-
brado el movimineto de la “Ilustración”, propició la revo-
lución industrial, que transformó, en sociedad capita-
lista, la sociedad feudal que por siglos había prevalecido
en la Europa Medieval.
—La “Ilustración” también conformó el marco
intelectual, en el que se produjeron la guerra de la Inde-
pendencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa.
—Después de la revolución francesa, en Europa
surgieron una serie de pensadores que criticaban la
nueva sociedad capitalista surgida de la revolución in-
dustrial. Surgiò una corriente de pensamiento a la que
se le conoce como socialismo utópico que pregonaba la
igualdad y la abolición de la pobreza. El barón Henri
Saint Simon, además de Robert Owen y Charles Fourier,
fueron los precursores de esta teoría igualitaria, y que
más adelante motivó en gran parte la teoría del co-
munismo propuesto por Marx y Engels.
—Una parte de un capítulo del Manifiesto del
Partido Comunista, está dedicado al análisis del pensa-
miento de los utopistas. En su obra “La guerra de los
campesinos alemanes” publicada en 1850, Engels es-
cribió que el socialismo teórico alemán no olvidaría
nunca que se apoyaba sobre los hombros de Saint Si-
mon, Owen y Fourier.

A pesar de todas sus fantasías y de todo su


utopismo, figuran entre los talentos más importantes de
todas las épocas y que anticiparon genialmente innu-
merables verdades cuya exactitud verificamos ahora
científicamente.

95
Benjamin Jourdan continuó su relato diciendo
entusiasmado—Saint Simon creía firmemente en las vir-
tudes de una organización y una planificación científica
en gran escala. Aspiraba a transformar las naciones en
grandes corporaciones dedicadas a la producción indus-
trial, y para facilitar el comercio y evitar las guerras, las
naciones estarían conectadas mediante obras de comu-
nicaciones internacionales.
—Los socialistas utópicos no se quedaron so-
lamente en el pronunciamiento de sus ideas, sino que
llevaron a la práctica proyectos basados en los prin-
cipios de una sociedad igualitaria.
—En Francia, Charles Fourier en la década de
1820, propuso crear establecimientos agroindustriales,
en los que la comunidad, garantizaría los servicios ge-
nerales. Étienne Cabet predicó un comunismo pacifista,
democrático, y proclive a la construcción de colonias de
propiedad común. En Inglaterra surgió el socialismo
cooperativista de Robert Owen, basado en granjas
cooperativas o villages of cooperation.
—En Francia, destacó la experiencia del
“Falansterio de Boussac”, fundado en 1843 por Pierre
Leroux, discípulo de Saint Simon, y en el que también co-
laboraron la feminista Pauline Roland y la conocida
escritora George Sand, quien fuera la compañera del
célebre pianista Friedrich Chopin.
—Los proyectos de los socialistas utópicos
también fueron trasladados a América, en donde Víctor
Considerant, discípulo de Fourier, fundó en Texas la
colonia “La Reunión”. Etienne Cabet fundó en Illinois la
colonia “Nauvoo”. Por su parte el inglés Robert Owen
fundó en Indiana la colonia cooperativa “New Harmony”
con 20.000 acres de terreno y 900 integrantes.
Benjamín comentó que los sabios y empresarios
utopistas, fueron los promotores de las grandes obras de
infraestructura internacionales del siglo XIX.

96
—Los ingenieros utopistas presentaron a los vi-
rreyes de África y América, las grandes obras para co-
nectar mares y continentes, que a la postre condujeron a
la construcción en África del Canal de Suez y en América
a la del canal de Panamá.
—Sabemos que en 1778, el entonces joven Henri
Saint Simon, viajó a América con el ejército de Lafayette
financiado por Luis XVI. El de Lafayette fue uno más de
los ejércitos con los que el Rey de Francia ayudó a los
americanos en su guerra de independencia.
—En su historia, los americanos señalan que en
la batalla de Yorktown de 1781, el general ingles Corn-
wallis se rindió ante George Washington, pero lo que no
se dice, es que el triunfo del ejercito de Washington, se
logró gracias a que estaba apoyado y protegido por tres
ejércitos franceses, el de Lafayette, el del Marqués de
Grasse y por la armada del conde Rochambeau.
—Después de que se terminó la guerra en
Estados Unidos, el joven Saint Simon viajó por el con-
tinente americano, y aunque no hay mucha información
al respecto, en algunos de sus documentos comentó el
proyecto de abrir un canal para comunicar el océano
Pacifico con el Atlántico:

Con la paz, presenté al virrey de México el


proyecto de establecer, entre ambos mares, una co-
municación que se torna posible haciendo navegable el
río in partido, una de cuyas bocas derrama en nuestro
Océano, en tanto que la otra desagua en el mar del Sur.
Más habiendo sido un proyecto fríamente recibido, lo
abandoné.
—Por su parte, el ingeniero utopista Prosper En-
fantin, liderando una comisión de 20 científicos y em-
presarios, en 1832 viajó a Egipto con la finalidad de
proponerle al virrey Mehemet Ali, las obras de infra-
estructura para complementar los planes que Ali estaba
construyendo en Egipto para modernizar su país. En una

97
reunión en el Cairo, Prosper Enfantin propuso al virrey
egipcio la construcción del canal de Suez:

Nos corresponde hacer, entre el antiguo Egipto y


Judea, una de las nuevas rutas de Europa hacia India y
China. Más tarde, perforaremos otro, en Panamá.

—Las grandes obras de infraestructura del siglo


XIX, fueron el resultado de los ambiciosos y grandiosos
proyectos propuestos por los utopistas franceses. El Ca-
nal de Suez, que primero fue propuesto por Enfantin,
luego fue construido por el ingeniero francés Ferdinand
Lesseps, simpatizante de las ideas utopistas de Enfantin.
Lesseps también diseñó y empezó los trabajos del otro
canal, el de Panamá, que luego fue terminado por los
americanos.

El Sansimonismo de Albert Owen


Saliendo de su paseo por las ideas de los socialistas
utópicos, Benjamin Jourdan se dirigió a su amigo Ale-
jandro y le dijo con firme certeza—Yo siempre he pen-
sado que el proyecto de Albert Owen, para su colonia
cooperativista de Topolobampo, tuvo una gran influen-
cia de las ideas igualitarias del socialismo utópico de
Saint Simon.
—En 1866 el doctor Joshua K Owen, quien fuera
amigo personal de Abraham Lincoln, llevó a sus hijos
Alfred y Albert a un prolongado viaje por Europa. En ese
viaje que duró casi todo el año, la familia visitó Francia,
Egipto, Siria, Palestina, Suiza, Italia y Alemania. Con solo
19 años de edad, Albert Owen se quedó en Europa, y
con 30 dólares en el bolsillo, recorrió a pie Inglaterra,
Escocia e Irlanda.
—En ese largo viaje, Owen seguramente conoció
las experiencias de las comunidades cooperativistas ins-
piradas en las ideas del francés Henri Saint Simon y el

98
inglés Robert Owen. La misma Marie Howland, la del
periódico The Credit Foncier of Sinaloa y gran amiga de
Owen, estudió en Francia el proyecto de la colonia so-
cialista de Godin.
—Si lo vemos con atención, Albert Owen se basó
mucho en las propuestas del sansimonismo para su
proyecto en Sinaloa—dijo Benjamin, quien luego co-
mentó —El ferrocarril transcontinental y el puerto del
Pacifico para facilitar el comercio intercontinental entre
las naciones de Asia, América y Europa, eran equi-
valentes a las obras de infraestructura y de comu-
nicaciones de alcance internacional propuestas por Saint
Simon.
—El afán de Owen para realizar sus proyectos
sustentados por los contratos con el gobierno mexicano,
y basados en la colonia cooperativista organizada alre-
dedor del Credit Foncier de Sinaloa, a fin de cuentas
eran una réplica casi exacta de las propuestas de Saint
Simón, que pretendía construir las grandes obras de in-
fraestructura financiados por los gobiernos y bancos po-
pulares.
—El Credit Foncier de Sinaloa, con el que se
organizó financieramente la colonia de Owen, era un
instrumento financiero genuinamente francés, con el
que los campesinos franceses, se las arreglaban para
financiar los gastos de su actividad agrícola.
—El Credit foncier fue fundado en Francia, por el
ingeniero francés Prosper Enfantin, seguidor de las ideas
de Henry Saint Simon. Egresado de la Ecole Politechnique
de Paris, Enfantin trabajó en el sector bancario en Rusia
y en Francia. Conoció a Saint Simon en el año de 1825 y
a partir de ese encuentro, Enfantin se convierte en su
más ardiente discípulo, y le ayuda a reorganizar el re-
cientemente adquirido periódico Le Globe, que sirvió
para difundir las ideas del socialismo de Saint Simon.
Benjamin Jourdan terminó sus reflexiones di-
ciendo convencido—Lo que hoy conocemos como Glo-

99
balización, ya en el siglo XIX lo había propuesto Saint
Simon en Francia, y más adelante, Albert Owen lo ha-
bía intentado en Sinaloa.
—Pero la de Owen y la de Saint Simon, era una
globalización solidaria, que intentaba beneficiar a la
gente en general en todos los países, y no como la de
ahora, que solo beneficia a los dueños de las trans-
nacionales y a los barones del monopolio financiero glo-
bal.
Luego ambos guardaron silencio y Alejandro,
ensimismado en sus reflexiones, terminó pensando que
a fin de cuentas, poco importaba de donde habían
surgido las ideas socialistas de Albert Owen, lo que
finalmente cuenta, es que aquí, en el Valle del Rio
Fuerte, Albert Owen fundó en México el primer
proyecto de una colonia cooperativista que buscaba el
bien común.
Para Alejandro, la colonia cooperativista de Al-
bert Owen en Sinaloa, fue el proyecto socialista más
grande a nivel mundial, antes de la revolución rusa de
1917.
Los ciruelos, guayabos y álamos de la huerta,
fueron mudos testigos del pesado silencio que envolvió
a Benjamin y Alejandro. Un silencio, que en cierto mo-
do, representaba la tristeza al recordar el fracaso del
proyecto igualitario de los americanos de la colonia so-
cialista de Albet Owen.
Benjamin se levantó de su silla diciendo —Por
ahora dejemos de lado el asunto de los proyectos
socialistas, y mejor demos una vuelta por los terrenos
de la colonia de San José de Ahome, para que saludes a
los amigos y para que veas lo que aquí estamos
haciendo.
Alejandro levantó su cabeza y miró la poderosa
silueta de Benjamin Jourdan, que ya encaminaba sus pa-
sos hacia la puerta de salida de la huerta. Lo miró con
profundo respeto, admirando la amplia sabiduría del

100
viejo patriarca. Aislado en este apartado pueblo fundado
varios siglos atrás por los indios ahomes, Benjamin
Jourdan conocía muy bien los vericuetos de la historia y
los afanes para una sociedad igualitaria de los ame-
ricanos de la colonia socialista.

101
SAN JOSÉ DE AHOME
Rebeliones y utopías de ahora

Benjamin Jourdan se puso al volante de la vieja camo-


neta Chevrolet del año 1951, heredada de su entra-
ñable amigo Cazares, y que a pesar de los años, se
mantenía en perfectas condiciones mecánicas, y aunque
bastante desteñida, todavía conservaba algo del color
azul original. Con la lenta pero segura habilidad con la
que los adultos mayores conducen sus vehículos, Ben-
jamin manejaba su vieja camioneta por los drenes y las
brechas de los campos agrícolas de San José de Ahome.
Agarrò el dren del canal número cinco dirigiéndose a
los sembradíos de fresas que Gabriel Enrique tenía por
ese rumbo.

Un proyecto más humilde pero más


humano
Benjamin, con cierto dejo de orgullo le dijo a su amigo—
Mira Alejandro, en esta colonia verás una forma de
organización con la que aspiramos convivir en armonía
con la naturaleza. Cultivamos la tierra con cuidado y sin
prisas, siempre respetando la integridad del medio am-
biente. Aquí preferimos usar substancias orgánicas en
lugar de los herbicidas y fumigantes de la Cargil y de la
Dow Chemical, que a la larga, hasta son cancerígenos.
—Sabemos que esta es una manera más com-
plicada para cultivar y que son más altos los costos de
producción, pero preferimos sacrificar ganancias y me-
jor obtener frutas y legumbres orgánicas, libres de los
químicos de los pesticidas que son nocivos para el ser
humano.

102
—Debe ser difícil competir con los precios de lo
que se produce en grandes volúmenes por los grandes
corporativos agrícolas de la región— comentó Alejandro.
—Bueno, pues todo tiene sus complicaciones,
pero allí la llevamos y clientes nunca nos faltan.
—Nosotros mismos llevamos los productos a Los
Mochis en donde ya tenemos nuestros clientes. Cada día
nuestras camionetas se dedican a recorrer las colonias
en donde directamente las vendemos a las amas de ca-
sa. Ahora ya vendemos en Guasave, Guamúchil y hasta
en Culiacán.
—Hemos encontrado que la gente ya está muy
bien enterada de las bondades de los productos orgá-
nicos, que además de ser más sabrosos, también son
más seguros de consumir, pues no están contaminados
con los malignos pesticidas que son nocivos para la
salud. Te asombrarías si te dijera cuál es nuestra cartera
de clientes.
En eso llegaron al campo donde Gabriel Enrique
cultivaba sus fresas. Benjamín estacionó su camioneta
bajo una enramada, a un lado del tejabán que Gabriel
Enrique usaba como bodega y para el empaque de sus
fresas.
—Quihubo mi Gaby—saludó cariñosamente Ale-
jandro.
—Que pasó Alex. Al fin volviste a tu tierra.
—Pues ya ves, Gaby, aquí ando otra vez en esta
bendita tierra que siempre nos jala.
— ¿Cómo estás Gabriel?—preguntó Alejandro.
—Pues aquí nomás, con las dolencias de siem-
pre, pero contento porque se me están dando muy bien
las fresas.
Gabriel Enrique se internó un poco entre los sur-
cos de plantas, hizo a un lado las frutas que estaban po-
posahui y luego escogió una fresa muy roja que le
ofreció a Alejandro.

103
—Prueba esta, para que veas la chulada de
fresas que producimos aquí. Cométela con confianza,
pues no está contaminada con ningún fumigante can-
cerígeno. Aquí todo es orgánico y no hace daño.
Alejandro se llevó a la boca la apetitosa fresa
que se deshizo al primer mordisco, desparramando por
su boca el aromático jugo ácido dulzón.
— ¿Qué te parece, como te quedo el ojo?—
preguntó Gabriel Enrique.
—Te darás cuenta que éstas sin son verdaderas
fresas, muy diferentes a las de la Driscoi, que por fuera
se ven grandotas y apetitosas porque están tratadas
genéticamente, o quien sabe con qué tipo de productos
químicos, pero que ni saben a nada y además son más
duras que una papa—dijo maliciosamente divertido Ga-
briel Enrique, y que hizo que todos soltaran estruen-
dosas carcajadas por la ocurrencia que muy bien des-
cribía las fresas de la competencia.
Luego se fueron a la enramada en donde Ga-
briel Enrique les invitó un delicioso y refrescante jugo de
sus fresas orgánicas, y les dijo que ya estaba planeando
hacer mermelada de fresa, para hacerle competencia a
los de la McCormick y a los de la Costeña.
—¿Y Joaquín, dónde anda Joaquín?—preguntó
Alejandro
—Pues Joaquín vive con Citlali. Joaquín dejó de
lado el asunto de las finanzas y ahora está dedicado a
sus viñedos. Por su parte Citlali ya dejó eso de la in-
formática, y cuando no está ayudándole a Joaquín, se la
pasa cuidando su huerto de ciruelos.
—Iremos a verlos—dijo Benjamin. Luego se des-
pidieron de Gabriel Enrique quien emocionado le dijo a
Alejandro—No te pierdas, no tardes tanto en volver a tu
tierra, porque luego ya no encuentras a los viejos ami-
gos. Gabriel Enrique se dio la vuelta para ocultar sus
sentimientos y en silencio se dirigió a su huerta de
fresas.

104
Benjamin y Alejandro abordaron la vieja camio-
neta Chevrolet y se fueron rumbo a los terrenos por
donde Joaquín tenía sus viñedos. Los viñedos estaban
en un lomerío que daba al sur, en donde el terreno
había conservado la consistencia calcárea de los fondos
marinos, por haber estado sumergidos durante miles de
años bajo las aguas del océano.
Aprovechando el microclima templado, Joaquín
cultivaba exitosamente las cepas de Pinot Noir, que Ben-
jamin le había ayudado a importar de la Bourgogne fran-
cesa.
El negocio iba bien. Joaquín ya había compra-
do los enormes toneles en donde fermentaría el jugo de
las uvas, y ya estaba casi listo para adquirir la ma-
quinaria para embotellarlo. Su sueño era el de lanzar al
mercado el vino de los viñedos de Ahome.
Se vieron desde lejos y en silencio caminaron
para encontrase. Alejandro y Joaquín se dieron un pro-
longado abrazo. Se agarraron de los brazos y mirándole
a los ojos Alejandro le preguntó a su amigo:
— ¿Cómo estas mi querido Joaquín? ¿Cómo van
las cicatrices de tus quemaduras?
—Bien, van mejor que las causadas por el rencor
de haber perdido nuestro hermoso proyecto “El Rena-
cimiento”. Estos aires de tu cálida tierra sinaloense me
han hecho mucho bien y ya casi no tengo dolencias. El
doctor Leal me dio una pomada, que consiguió con los
indios mayos de Mochicahui y que me ha hecho mucho
bien. Pareciera que ya hasta se me está regenerando la
piel.
—Vénganse a la oficina, por aquí anda Citlali y le
va dar mucho gusto saludarte.
Citlali los recibió con la simpática y cariñosa son-
risa de niña mazahua de la sierra del Estado de México y
de inmediato les ofreció un refrescante raspado de ci-
ruelas.

105
Luego se instalaron en el patio bajo una en-
ramada en donde mejor se sentía el fresco viento que
se propagaba desde el Mar de Cortés. Allí estuvieron un
buen rato recordando los viejos tiempos. Alejandro mi-
rando a lo lejos, y casi para sí mismo, quizás adivinando
lo terrible de la respuesta, preguntó—¿Y Modesta y
Tomás Teporaca? ¿Qué habrá sido de ellos? ambos
eran los principales administradores de los negocios de
la fundación.
Un pesado silencio inundó la enramada, sin
que Joaquín ni Citlali se atrevieran a decir el trágico fin
de sus colegas y amigos de la fundación “El Rena-
cimiento”.
Luego Benjamin Jourdan dijo calmadamente—
Ellos no se rindieron. Cuando llegaron los de la Monsan-
to y la Cargil a embargar las tierras y bienes de la co-
munidad agrícola de “El Renacimiento”, Tomás y Mo-
desta se negaron a entregárselos. Los agentes del orden
con inusitada violencia trataron de someterlos, y cuan-
do nuestros amigos se defendieron, los policías les dis-
pararon y allí mismo los asesinaron.
Sin decir nada, todos miraron a Alejandro, quien
apenas podía contener la tristeza que lo embargaba al
conocer el brutal final de sus amigos. El dramático si-
lencio fue interrumpido cuando Joaquín sacó una botella
de aguardiente y a cada quien le sirvió una copa, y luego
propuso brindar por los valientes que se fueron sin pe-
dir tregua.
Para deshacerse del triste momento al recordar
la terrible suerte de sus amigos, o quizás como la
inevitable vocación por las interminables discusiones so-
bre historia y política que a todos ocupaba y apasio-
naba, Alejandro comentó:
—Por acá observo con satisfacción que ustedes
han tenido éxito con esta colonia. Ojalá que este pro-
yecto pudiera replicarse en muchos otros lugares del
país.

106
Joaquín abundó en el comentario de su amigo
diciendo—Creo que nuestro proyecto de las comu-
nidades agrícolas de la fundación “El Renacimiento”, al
igual que la colonia de americanos socialistas de Albert
Owen y la de ahora de aquí de San José de Ahome, son
el tipo de proyectos que necsitamos promover en nu-
estro país para sacar de la pobreza a millones de
mexicanos desempleados. Sabemos muy bien que en
nuestro país, no podemos apostarle todo a la indus-
trialización, pues no contamos con tecnología propia y
tampoco tenemos la vocación industrializadora.
—Lo que debemos promover en nuestro país
son los proyectos agrícolas, que nos permitan aprove-
char con ventaja, las bondades del clima y la abundancia
de agua, de los fértiles terrenos de gran parte del te-
rritorio nacional.
—Son el mismo tipo de proyectos que alguna vez
propuso Octavio Paz, para lograr el progreso de los
pueblos subdesarrollados de Latinoamérica.

¿Por qué no poner en entredicho los proyectos


ruinosos que nos han llevado a la desolación que es el
mundo moderno y diseñar otro proyecto, más humilde,
pero más humano y más justo?

La rebelión inevitable
Toda la tarde los viejos amigos disfrutaron del buen vino
que Joaquín producía en sus viñedos de San José de
Ahome. Recordaron los afanes para organizar los mu-
chos campos agrícolas de la fundación “El Renaci-
miento”, que en su tiempo, logró producir decenas de
millones de toneladas de maíz.
Con una copa en la mano, Joaquín miraba a la
distancia lo bien que se le había dado su viñedo. Luego,
algo preocupado, comentó con cierta inquietud—
Aunque desde aquí las cosas se ven bien, y también lo

107
vemos en el progreso que se observa en Los Mochis, yo
creo que debemos estar alertas, pues las cosas pueden
cambiar de un momento a otro.
—En los países del tercer mundo, o países e-
mergentes como ahora los nombran, diariamente ve-
mos violentas y hasta sangrientas manifestaciones de la
gente empobrecida que exige empleo y salarios dignos.
—En las principales capitales de los países ricos
del primer mundo, aparecen manifestaciones de protes-
ta, motivadas por la desigualdad y la falta de empleo que
causan el resurgimiento de la pobreza.
— El Occupy Wall Street de New York, los In-
dignados de la Puerta del Sol en Madrid, los activistas
de la Nuit de Bout de la Place de la Republique en Paris,
son la señal de que las cosas andan mal en los países
ricos de occidente.
—La aparición en Estados Unidos de un presi-
dente proteccionista como Donald Trump, y la anuncia-
da desintegración de la Unión Europea, que empezó con
el Brexit, se deben, más que a sentimientos de nacio-
nalismo, a la evidencia del fracaso del sistema neoliberal
que ha ahondado la desigualdad y la pobreza en la ma-
yoría de los países.
—Al problema de la desigualdad inherente al
neoliberalismo, debemos agregar la amenaza de la ro-
botización y la automatización. En México, al igual que
en los otros países subdesarrollados, también se pa-
decerá el asunto de la Inteligencia Artificial, que des-
plazará entre el 50% y el 65% del total de los trabajos
existentes, según lo afirma el presidente del Banco
Mundial, Jim Yong Kim.
Luego Joaquín comentó—El neoliberalismo de
Milton Friedman que el presidente Reagan implantó en
los Estados Unidos en 1980, y luego lo impusieron en
Chile con la dictadura de Pinochet y después en In-
glaterra con Margaret Thatcher, ahora está en crisis.

108
—El neoliberalismo que se propagó por casi to-
do el mundo, ya no resuelve el asunto de la creación de
empleo para el bienestar de las mayorías. Si no se cam-
bia el rumbo de la economía, por todas partes au-
mentará la desigualdad, que inevitablemente, causará
sangrientas confrontaciones entre los muy pocos que to-
do lo tienen y las masas empobrecidas de la población.
—Confrontaciones que el presidente Barak Oba-
ma presentó como inestabilidad, en su último discurso
ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en
septiembre de 2016: “Un mundo en el que el 1% de la
humanidad controla tanta riqueza como el 99% más
pobre, nunca será estable”
Benjamin Jourdan permanecía en silencio. Con
atención escuchaba los argumentos y razones de Joa-
quín, que explicaban la crisis del sistema capitalista que
ahora aparece como neoliberalismo.
De vez en cuando llevaba a sus labios la copa de
Prune que le había ofrecido Citlali. Con cada sorbo del
vigoroso eau de vie, primero sentía el suave olor fru-
tado, y luego, todo su paladar se impregnaba con el in-
tenso y delicioso aroma de la ciruela Mirabelle que per-
manecía en su boca por un buen rato.
Con la mirada puesta en la lejanía de los re-
cuerdos de sus antepasados, recordó las enseñanzas de
la sangrienta historia de la revolución francesa, y las de
otras revoluciones, que habían combatido el capitalismo
para suprimir la desigualdad.
Benjamin veía que la pobreza del sistema capi-
talista de ahora, guardando todas las proporciones del
caso, no era tan diferente a la desigualdad y la pobreza
del pueblo francés que finalmente desembocó en la
sangrienta revolución francesa de 1789. Tampoco era
tan diferente a la desigualdad que Clarissa Kneeland ob-
servó en Estados Unidos en el año 1925, luego del re-
greso de su aventura de la colonia socialista en Sinaloa.

109
Las condiciones de injusticia y desigualdad que
enviaron a mi padre y a la familia en las filas de Owen,
aún existían a nuestro regreso, más aún, crecieron y se
multiplicaron a un ritmo alarmante durante los casi 20
años de nuestra ausencia.
Los pobres estaban creciendo más pobres y sus
filas estaban creciendo a un ritmo alarmante y los ricos
estaban creciendo más ricos y volviéndose más y más
encastrados firmemente en sus posiciones.

Con la suavidad de la voz que se imponía a los


ruidos y a todas las voces, y que todos escuchaban con
atención, Benjamin Jourdan intervino en la conversación
diciendo que el asunto de la desigualdad, inherente al
capitalismo, había sido el origen de las revoluciones.
—Las guerras que para los más amolados es una
catástrofe humanitaria, para los barones del capitalismo
es una oportunidad de negocios.
—Más de las veces ellos mismos provocan las
guerras. Para hacer negocios o para preservar sus rique-
zas, no se tientan el corazón para lanzar a los soldados a
los campos de batalla.
—Pretextando agravios principescos se declara-
ron la guerra en 1914, que también les sirvió muy bien,
para destruir de raíz, la amenaza de los obreros
europeos, que ya se habían organizado en la Segunda
Internacional Socialista para reclamar derechos labo-
rales.
—Temiendo una segunda revolución a la manera
de la francesa de 1789, pero que en 1914 sería europea,
los barones del capitalismo convirtieron a los obreros y
campesinos europeos, en soldados de los ejércitos na-
cionales y los enviaron a matarse en los campos de ba-
talla.
Benjamin comentó que Clarissa Kneeland, ya an-
tes, había señalado esta estrategia de los barones del
dinero, que sin ningún remordimiento hacen las guerras

110
con el fin de preservar sus riquezas. Luego platicó a sus
amigos el contenido de una de las cartas que Clarissa le
había enviado a su amiga Anita en el año de 1946.

He visto dos terribles guerras llevadas a cabo


porque no había otra manera para preservar los bene-
ficios de los amos del dinero. A la gente en el país le
dijeron mentiras para convencerlos para ir a pelear y
cuando aún eso no fue suficiente para que ellos acep-
taran ir a matar o ser matados, se pasaron legislacio-
nes para obligaros a ir, quisieran o no

Joaquín había permanecido atento a los even-


tos históricos que contaba Benjamin. Bebiendo el para él
insuperable vino de sus viñedos de San José de Ahome,
recordó los conocimientos del financiero que nunca ha-
bía dejado de ser y serenamente comentó—Debemos
recordar que Los barones del capitalismo son los dueños
del monopolio financiero global y son capaces de todo
con tal de no perderlo, y como bien dice Benjamin, para
protegerlo, no se tientan el corazón para mandar a la
gente a matarse en los campos de batalla.
Joaquín continuó su comentario diciendo que
después de las dos guerras mundiales, los barones del
capitalismo, liderados por Estados Unidos, sin escrúpulos
han hecho o promovido guerras para cimentar su pode-
río geopolítico y preservar su riqueza.
—Han devastado ciudades enteras y han cau-
sado terror y mortandad entre la población civil con sus
guerras en Corea y luego en Vietnam. Más reciente-
mente también lo hicieron en Yugoeslavia, Irak, Libia,
Afganistán, Siria, Yemen y Somalia.
—Pero ahora las cosas han cambiado. Para man-
tener su hegemonía por todo el mundo, ahora los ba-
rones del dinero, han encontrado nuevas formas para
dominar a los países. Al terrorismo causado por sus gue-
rras, que indiscriminadamente matan lo mismo a solda-

111
dos que a niños, ancianos y mujeres de la sociedad
civil, ahora los dueños del dinero han agregado otro
terrorismo. El terrorismo financiero que también mata,
pero de hambre.
—Este terrorismo financiero está representado
por las deudas impagables de gobiernos y personas.
—Los dueños del dinero endeudan a los países
más débiles con la promesa de impulsar el desarrollo
económico. Luego se las arreglan para llevarlos a la ban-
carrota, con aumento de intereses y disminución de los
precios de las materias primas.
—Los gobiernos así endeudados permanecen a-
tados a la terrorífica amenaza de perderlo todo ante los
dueños de la deuda. Deben someterse a las leoninas
condiciones comerciales y financieras de los barones del
dinero, a quienes ceden sus riquezas nacionales para
evitar el embargo o la descarada intervención militar.
—Los bancos endeudan a las personas moti-
vando el consumismo, que las atiborra de cosas com-
pradas a crédito que luego no pueden pagar. Los tra-
bajadores con deudas impagables, deben aceptar pre-
carios salarios y sacrificar beneficios laborales, con tal de
tener un ingreso para sobrevivir y que les salve de la
persecución judicial promovida por sus acreedores.
—El brutal endeudamiento de los países y de las
personas es casi incomprensible. Los americanos que se
precian de ser el país más rico de la tierra, ahora están
endeudados hasta la coronilla. El cronómetro de la
deuda americana, que se actualiza en tiempo real, nos
indica que a fines de 2017 la deuda pública de los grin-
gos ascendía a la estratosférica cantidad de 20 trillones
de dólares y la personal, la deuda de las familias que in-
cluye la hipotecaria, la estudiantil y la de la tarjetas de
crédito, alcanzaba otros 18.7 trillones de dólares.
—Si también consideramos la deuda del sector
financiero y la empresarial, el reloj de la deuda de Es-
tados Unidos nos señala que la deuda total de la nación

112
americana asciende 69 trillones de dólares. Esto nos in-
dica, que cada familia americana, acumula una deuda
de 828,000 dólares, y como sólo son capaces de “aho-
rrar” 4894 dólares anuales, significa que las familias
americanas tardarían CIENTO SESENTA Y NUEVE AÑOS
para pagar la deuda.
—En el asunto de la deuda, los mexicanos no an-
damos mejor. Vicente Fox dejó la deuda pública en 1.7
billones de pesos y Felipe Calderón la llevó hasta los 5
billones de pesos. Estos gobiernos panistas se las
arreglaron para endeudar al país, a pesar de los inmen-
sos ingresos que obtenían del petróleo, cuando el barril
del crudo alcanzó precios records de hasta 120 dólares
por barril y Pemex alcanzaba a producir hasta 3 millones
de barriles diarios.
—La deuda de los mexicanos alcanzó el tope
máximo de su historia en el gobierno de Peña Nieto y
ahora la deuda pública de México es mayor a 10 billones
de pesos. Tomando en cuenta la precariedad de los
ingresos de la mayoría de las familias mexicanas y
considerando su casi nulo ahorro, me pregunto cuantos
siglos tradarán los mexicanos para pagar la deuda.
Benjamin Jourdan tomó la palabra para co-
mentar que no se necesitaba ser muy sabio para en-
tender, que a fin de cuentas, el verdadero enemigo de
una sociedad igualitaria, no son los gobiernos, sino los
dueños del dinero del monopolio financiero global, que
no tiene nacionalidad, y que con el poder de la deuda,
controlan todo y a todos. Se las han arreglado para
imponer el gobierno global de las finanzas.
Luego agregó con la contundencia que lo ca-
racterizaba—Si queremos acabar con la desigualdad que
se ha propagado por todos los países, debemos re-
belarnos contra el monopolio financiero global que nos
gobierna a todos.
Alejandro escuchó sorprendido la propuesta de
la rebelión contra el sistema financiero que proponía

113
Benjamin Jourdan. Se preguntaba qué ejército revo-
lucionario debería levantarse en armas, para poder de-
rrotar a las policías y a los ejércitos del imperio finan-
ciero de Wall Street. Cuántos millones de vidas humanas
deberían todavía sacrificarse para la rebelión que Ben-
jamin proponía.
Luego comentó cautelosamente —Me temo que
otra rebelión, inevitablemente desembocaría en san-
grientas batallas, en las que los muertos, como siempre,
los pondríamos nosotros los más amolados.
—No debemos buscar la lucha armada, dijo Ben-
jamin, quien luego agregó—Debemos usar otras moda-
lidades para enfrentar a los barones del monopolio
financiero que ahora son dueños de los países en don-
de han implantado su gobierno global.
—¿A qué modalidades te refieres?—preguntó
Alejandro esperanzado.
Benjamin no contestó de inmediato. Volteó su
cabeza y fijó su mirada en las ramas de los árboles en
donde se filtraban los últimos rayos del sol del atarde-
cer, luego mirando intensamente a su amigo Alejandro,
dijo convencido:
—La rebelión ahora debe ser global y sin en-
frentamientos armados.
— ¿Global? —, exclamó sorprendido Alejandro.
—Si, dijo Benjamin, será global y no será contra
los gobernantes locales. Será contra los amos del mono-
polio financiero global que ahora son quienes gobiernan
al mundo y operan desde Wall Street, Frankfurt y La Ci-
ty de Londres.
—No cometeremos el error de atacar con vio-
lencia el Fort Knox, donde se resguardan las reservas de
oro de Estados Unidos y las de otros países. Tampoco
entraremos a los bancos para tomar el efectivo. No hare-
mos nada de eso. Vamos a pegarles en donde son más
frágiles.

114
Luego, Benjamin, con absoluta firmeza dijo—Eli-
minaremos el principal instrumento con el que dominan
al mundo. Nos declararemos en suspensión de pagos. Ya
no pagaremos la deuda.
—Aprovechando el internet y las redes sociales,
que son globales, por todo el mundo promoveremos la
rebelión de No Pago. Que se dejen de pagar las deudas
de todos. Las de los países, las empresariales y las per-
sonales.
—Nuestro ejército estará conformado por los
deudores de todo el mundo. Todos están endeudados,
empezando por los gobiernos, los empresarios y hasta
los trabajadores.
—Están endeudados desde el agente financiero
que trabaja para los bancos hasta el albañil que cons-
truye sus casas. Todos los empleados tienen que en-
deudarse para pagar su automóvil, el seguro médico y la
hipoteca de la casa que habita. El joven universitario en
Estados Unidos, que todavía ni siquiera empieza a tra-
bajar, ya acumula una deuda que lo ata y le impide pla-
near con libertad su vida familiar.
Benjamin concluyó su propuesta de ya no pagar
las deudas diciendo con certeza—Los soldados y los po-
licías de todo el mundo también estarán de nuestro
lado. Ellos también están endeudados y en vez de re-
primir a la población también estarían con nosotros,
motivados no por cuestiones ideológicas ni por patrio-
tismo, sino por la conveniencia de también quitarse el
yugo de la deuda que los ata y los controla.
Alejandro se quedó pasmado al escuchar la ra-
dical propuesta que rompía las bases de la sociedad mo-
derna que conocemos y luego, como para tomar alien-
to y dar tiempo para digerir la sorprendente propuesta
del patriarca Jourdan, dijo quedamente—Pero eso sig-
nificaría romper con el orden y la legalidad.
—¿Cuál legalidad? ¿Es para ti legal que los
dueños del dinero lo sean también de las naciones?

115
¿Que sean dueños de las personas y hasta de sus almas,
como lo declaraban los nobles rusos antes de la revo-
lución de 1917?
—Con el poder del dinero, los del monopolio fi-
nanciero global deciden las políticas económicas y so-
ciales de los países. Se las arreglan para poner a los
gobernantes que les obedecen.
—Son dueños de las transnacionales que solo
producen lo que les da mayores ganancias. Ellos deter-
minan lo que puedes comer, lo que puedes vestir y las
cosas que usas en las casa y en la oficina. Son dueños de
los laboratorios farmacéuticos y determinan las medi-
cinas para tu salud. También son los propietarios de los
hospitales y deciden dónde y cómo atiendes tus en-
fermedades.
—Son dueños de las escuelas y establecen lo que
debes aprender y estudiar. Son dueños del arte y la cul-
tura y escriben a su modo la historia de los pueblos. Son
los dueños de la televisión y los medios de comuni-
cación y deciden lo que debes conocer y las noticias que
puedes escuchar.
—Los barones del dinero tienen control de la
actividad laboral y se las arreglan para mantener bajos
los salarios. El trabajador se ve obligado a endeudarse
con la hipoteca de su casa y con las tarjetas de crédito
para completar el gasto familiar.
Alejandro se quedó pasmado por el catastrófico
panorama social que contaba Benjamin Jourdan. Con
cierta inquietud reflexionaba sobre la radical propuesta
de la rebelión contra la deuda que proponía el viejo pa-
triarca.
Más calmado, dedujo esperanzado, que la re-
belión contra la deuda para acabar con el control del
monopolio financiero global que proponía Benjamin, a
fin de cuentas no era tan descabellada. Podría tener
éxito si se realizaba coordinadamente en forma global

116
con la ayuda del internet y las redes sociales que
también eran globales.
Lo que Benjamin proponía era una rebelión
pacifica sin violencia ni guerra civil, similar a la pro-
movida en la India contra el monopolio de la sal. En
1930 Gandhi convocó a una huelga nacional para ya no
seguir pagando el impuesto de la sal. Convirtió en sol-
dados sin armas a 200 millones de hindúes, que final-
mente lograron deshacerse del poder británico y más
adelante conseguir la independencia de su país.
Benjamin Jourdan ahora proponía convertir en
soldados desarmados a la población mundial que estaba
endeudada. Alejandro se quedó pensando que esta re-
belión contra el monopolio financiero global, sí era po-
sible y tenía muy buenas probabilidades de éxito.
En el agradable ambiente de la enramada de
Joaquín y Citlali, los viejos amigos pasaron el día con-
tando las reminiscencias del pasado y las propuestas
para la rebelión global contra la deuda.
No fue uno, ni fueron dos, los vasos de vino y
las copas de eau de vie que durante todo el día
estuvieron bebiendo. Citlali los atendió muy bien, les
sirvió el delicioso y vigorizante patè de campagne que
ella misma había preparado, y al final, para brindar, les
acercó una botella de Prune, destilada el año de la pri-
mera cosecha de las ciruelas Mirabelle.
Ya había oscurecido cuando Alejandro y Ben-
jamín se despidieron de Joaquín y Citlali. Abordaron la
vieja camioneta Chevrolet y se dirigieron a Ahome.
Ya tarde llegaron a la casa de Benjamin, donde
Refugio ya había puesto la mesa y estaba lista para ser-
vir el vigorizante caldo de cazuela, que esmeradamen-
te había preparado con carne de pecho de res, de-
bidamente complementado con repollo, elotes, ejotes y
calabacitas. Refugio les dijo con un fingido enojo que no
escondía la satisfacción por verlos alegres—A su caldo
pónganle muchos chiltepines para que les raspe la

117
garganta, les arda la lengua y también los haga sudar
copiosamente que bien les servirá para bajar la borra-
chera que agarraron con el Joaquín y la Citlali.
Luego casi en secreto le dijo a Alejandro —Aquí
te guardé un poco de queso del pueblo. No es como el
de Mocorito, pero te aseguro que te va a gustar. Lo
prepara la mujer de Fernando en la granja donde tiene
las vacas de ordeña. También hace mantequilla, crema y
todo lo relacionado con el asunto de la leche de vaca.
—Todo es muy sabroso, fresco y sano. Lo ven-
den muy bien aquí en Ahome y los pueblos de la región.
El Fernando, cuando no anda en su huerto de naranjos y
limoneros, se mete en el negocio de las vacas de su
mujer y ahora hasta quiere poner una nevería al estilo
del Dairy Queen— terminó diciendo Refugio con una
divertida sonrisa.

La persistencia de la utopía
Ya entrada la noche, Alejandro y Urbano Huitemea se
despidieron de sus amigos y agarraron camino rumbo a
San Miguel Zapoltitlán. Alejandro miraba en silencio los
árboles iluminados por los potentes faros de la ca-
mioneta, que sin prisas, Urbano Huitemea conducía
hábilmente por los caminos de la ribera sur del río.
Miraba las ramas de los árboles, que movidas por el
viento, creaban fantasmales figuras que parecieran
arremeter amenazadoramente contra todo lo que se les
acercara.
Entrada la noche llegaron a Higuera de Zarago-
za. Alejandro observó por la ventanilla las casas y calles
iluminadas por las luces de la camioneta. Luego pasaron
por “La Logia” en donde los americanos habían instala-
do su colonia cooperativista, donde cultivaron vege-
tales y legumbres y luego construyeron el canal “Tas-
tes”.

118
A la mente de Alejandro vino la imagen de
Benjamin Jourdan. Lo volvió a ver de pie, majestuoso,
con el cigarrillo en la boca y con la potente mirada de sus
brillantes ojos azules. Lo vió con su cabellera rubia y sus
grandes bigotes manchados con el amarillento color de
la nicotina. Lo vió vestido con su camisa y pantalon
impecables, y alrededor de la cintura, la faja recubierta
de lana que afirmaba los músculos y calentaba el área
renal.
Alejandro reconoció en Benjamin al típico cam-
pesino de la Bourgogne francesa, que en múltiples oca-
siones le había descrito su esposa.
Sabrine le platicaba de la protectora y patriarcal
figura de su abuelo. Le contaba que su abuelo proyec-
taba una poderosa e indiscutible autoridad, a quien ella
siempre acudía en busca de consejo o protección, cuan-
do se enfrentaba a los líos que los más pequeños siem-
pre tienen con los mayores.
Luego Alejandro recordó entusiasmado, que el
viejo patriarca de Ahome, con su ancestral sabiduría, a-
hora proponía una rebelión global para no pagar la
deuda.
Aquí en el delta del Rio Fuerte, o Rio Zuaque co-
mo le llamaban los indios mayos antes de la llegada del
conquistador español, había nacido la utopía de la co-
lonia socialista de Albert Owen. Alejandro se preguntó si
esta rebelión para no pagar la deuda, que ahora pro-
ponía Benjamin, no sería otra más de las utopías que
nacen en las generosas y fértiles tierras del Valle del Rio
Fuerte.
La utopía de la colonia socialista de Owen fra-
casó, pero esta utópica rebelión de Benjamin Jourdan a
lo mejor sí triunfa. El hartazgo de la gente empobre-
cida por la deuda en todos los países, representa la evi-
dencia de que las condiciones están dadas para una
exitosa rebelión global.

119
Alejandro reflexionaba esperanzado, que esta
novedosa utopía de rebelarse contra el monopolio fi-
nanciero global para no pagar la deuda, tenía muy bue-
nas probabilidades de ser exitosa. A fin de cuentas, al
igual que a todo y a todos, a las utopías también les
llega su tiempo, como bien sentenciara Víctor Hugo:

No hay arma más poderosa que la utopía a la


que le llega su tiempo.

Alejandro, entre dormido y despierto, se quedó


reflexionando sobre el inminente fracaso de la civiliza-
ción del neoliberalismo liderado por Estados Unidos. A
su mente otra vez vinieron las sabias reflexiones de Cla-
rissa Kneeland. Al igual que Benjamin Jourdan, que a-
hora promovía un movimiento global para no pagar la
deuda, Clarissa, ya antes, también había visto la nece-
sidad de un movimiento global para rescatar la civi-
lización de occidente.

La colonia The Credit Foncier de Topolobampo


falló, Anita, pero no empezó a fallar tan terrible, terrible,
TERRIBLE como los Estados Unidos fallaron.
Albert K. Owen fue un soñador y siguió un her-
moso ideal que nosotros no fuimos capaces de llevarlo a
la realidad en ese tiempo, pero ahora te digo que la
civilización está yendo hacia abajo, a menos que no-
sotros en Estados Unidos y ustedes en México y los
otros de otros países no rápidamente nos pongamos a
caminar en un camino que en alguna manera es similar
al que Owen quería que nosotros siguiéramos en la
colonia cooperativa.

Otra vez venían a la mente de Alejandro, los pre-


cisos y certeros razonamientos de la clara inteligencia
de la bella Calrissa Kneeland. Esa mujer que en sus cartas

120
a su amiga Anita, describía con sabiduría la realidad y el
amenazante futuro de la sociedad americana.
Ya antes, en Sinaloa, Clarissa había comprendi-
do muy bien la corrupción de los jueces mexicanos, que
con sobornos, legalizaron el despojo de bienes y activos
que sufrieron los americanos de la colonia socialista de
la Credit Foncier de Sinaloa.
Acertadamente, identificó a la United Sugar
Company, como una más de las típicas empresas del
capitalismo americano, que no tienen cabida en el in-
fierno porque no tienen alma.
De regreso a Estados Unidos, Clarissa observó
la misma desigualdad y la pobreza, que 20 años antes,
habían empujado a su padre a emigrar a México con el
proyecto socialista de Albert Owen.
Clarissa fue testigo de las atrocidades de las dos
guerras mundiales y explicó muy bien cómo los barones
del dinero, para proteger sus beneficios, con mentiras
enviaron a los jóvenes americanos a la guerra
Para Alejandro, Clarissa Kneeland era la Hipatia
del Valle del Rio Fuerte. Ambas mujeres permanecieron
firmes en sus principios a pesar del entorno adverso en
el que vivieron. Hipatia nunca renunció a propagar la
filosofía del neoplatonismo, a pesar de la brutal embes-
tida que significó el fanatismo del cristianismo que la
acechaba. Por su parte, Clarissa nunca abandonó los
principios utopistas de la Credit Foncier de Sinaloa de
Albert Owen. La sabiduría de Hipatia, considerada la
Atenea de Alejandría, en cierta forma y en otros temas,
también la encontramos en las cartas que Clarissa es-
cribió a su amiga Anita.
Alejandro recordó la fotografía de la portada del
libro de su amigo Mario, en la que se muestra la serena
y natural belleza de Clarissa Kneeland, y se quedó pen-
sando, que su belleza, bien podía equipararse a la be-
lleza de Hipatia, considerada en su tiempo como la en-
carnación de la diosa Afrodita.

121
Cuánto hubiera dado Alejandro por haber po-
dido ser testigo de las batallas, de antemano perdidas,
que Clarissa enarboló desde Sivirijoa con sus artículos en
el periódico Our Hatchet.
Ahora casi cien años después, Alejandro apenas
se la podía imaginar en la pequeña choza de Sivirijoa, en
donde ella y su hermano Ira, con penurias imprimían los
ejemplares de su periódico.
Imaginaba a Clarissa inclinada sobre la rustica
mesa de madera, que durante el día servía en la cocina
para preparar los alimentos, y que en las noches, le se-
rvía de escritorio para preparar la edición del periódico.
La veía precariamente arropada con una delgada
manta para cubrirse del helado viento que se colaba por
las paredes de la frágil choza junto al río.
Alejandro se la imaginaba escribiendo bajo la te-
nue luz de la lámpara de petróleo, que impregnaba con
su penetrante olor, todos los rincones de la choza,
mientras que las frágiles y bellas manos de Clarissa,
entumecidas por el frio de la noche, se recalentaban
con el tenue calor generado por esa precaria fuente de
luz y energía calorífica. La veía empuñando la pluma, que
periódicamente y con cuidado, metía en el tintero para
impregnarla con el líquido de impresión.
Vencido por el cansancio de la larga jornada y la
buena borrachera en casa de Citlali y Joaquín, Alejandro
se quedó profundamente dormido a un lado de su ami-
go Huitemea, que en silencio conducía la camioneta
rumbo a Etchojoa.

122
JAHUARA
La rebelión del Indio Bachomo

Cuando llegaron a San Miguel Zapotitlán se detuvieron


para descansar un rato y comprar las típicas empanadas
del lugar.
Alejandro miró al otro lado del río en donde se
divisaba el pueblo de Jahuara. Recordó que en 1914, en
Jahuara, estaba el cuartel general de los indios mayos
que se rebelaron para exigir la restitución de sus tierras.
Liderados por Felipe Bachomo, los mayos se re-
belaron con la esperanza de recuperar las tierras, a las
que según su entender, tenían derecho porque las
habían ocupado por siglos.
Después de la rebelión de los Kickers de la co-
lonia socialista de Owen, la de Bachomo fuè la segunda
rebelión de las varias que se han gestado en el Valle del
Río Fuerte.
Después de la expulsión de los misioneros je-
suitas en 1767, los indios mayos se desperdigaron por
el Valle del Río Fuerte. Poblaron ambos lados del río en
donde aprovecharon las bondades de las fértiles tierras
para sembrar el maíz, la calabaza y el frijol que les ser-
vían de sustento.
Su dieta la complementaban con la abundante
caza de conejos y venados. En la época de frio iban a ca-
zar los patos que migraban del invierno canadiense, y
que luego se detenían, en las múltiples lagunas que el
Río Fuerte formaba antes de desembocar en el Mar de
Cortés.
Los indios mayos aprovechaban la abundante
pesca de las bahías de Ohuira y Navachiste. También se
las arreglaban para capturar tortugas, como bien lo
observó Albert Owen cuando llegó por primera vez a la

123
bahía de Ohuira y que luego describió en un artículo
publicado por el Credit Foncier of Sinaloa.

Recuerdo la ocasión como si fuera ayer. Una tar-


de del mes de septiembre de 1872, con mi compañero (el
ingeniero Federico Fitch) llegué a caballo al finalizar un
hermoso día, a la bahía de Ohuira. Encontramos acam-
pados allí a unos indios pescadores junto a unas grandes
pitahayas…
Ardía en el campo una lumbre de la misma pita-
haya. Alrededor se veía una docena de perros, una cabra
o dos, unos borregos, unas vacas de ordeña.
En el campo tres hombres, dos mujeres y un niño.
Colgados de algunos árboles de mezquite tenían pesca-
do seco y sobre los brazos de unos cardones secos se
secaba una carne de caguama.
Sería la media noche cuando desperté. La lumbre
estaba casi apagada. La luna subía detrás de los cerros a
través de la bahía, bañando suavemente con su luz el
campo.
Llegó un indio de la playa con una gran cagua-
ma. La dejó caer del hombro; se sacudió con violencia. La
volteó de espaldas y se puso quieta.

A los indios mayos del Valle del Rio Fuerte, la


comida nunca les faltaba, y tampoco el bacanora y el
peyote para sus fiestas y celebraciones. En sus fiestas,
bailaban la pascola para honrar a la madre tierra y tam-
bién la danza del venado, en la que se representa la
persistencia de los cazadores que persiguen al inde-
fenso animal que al final consiguen matar.
Alejandro recordó a la novia de su amigo Magín
Jimenez, que bailaba en el ballet folclórico de Amalia
Hernández, y que alguna vez les consiguió los boletos
de cortesía para una función en el Palacio de Bellas
Artes de la ciudad de México.

124
De la función de aquella noche, Alejandro
recordaba apenas la esbelta figura de su amiga Marta,
envuelta en los multicolores ropajes, que al igual que
alas de pájaros tropicales, graciosamente hacia volar al
ritmo de la música de los bailes típicos del folklore me-
xicano.
Pero lo que aquella noche quedó grabado en la
mente de Alejandro fuè el vigoroso salto del danzante
del venado. En la penumbra del escenario que simulaba
la noche de los montes de Sonora, intempestivamente,
aparece el danzante que cruza el escenario con es-
pectacular salto. Con el pecho erguido, la cabeza levan-
tada, con una pierna estirada al máximo y la otra
recogida contra su pecho, el danzante emulaba el salto
y la apremiante carrera del frágil y veloz animal que
huye del cazador furtivo.
La dramática escena del animal que despavorido
huye en desenfrenada carrera y con espectaculares
saltos intenta salvar la vida, se completaba con los repe-
tidos sones de la música de fondo de la flauta de 5 ho-
yos y el tambor de cuero de chivo, que los músicos
tocaban en una esquina del espléndido escenario del
Teatro de Bellas Artes.
Sin que una cosa tenga que ver con la otra y sin
tomar en cuenta la música, Alejandro prefería disfrutar
los movimientos de la vigorosa danza del venado de los
indios yaquis y mayos, en lugar de los lánguidos movi-
mientos de la delicada y frágil bailarina, que con sus bra-
zos trata de emular los suaves aleteos del cisne en el
ballet de Tchaikovsky.

Los mayos van a la revolución


Cuando regresó Urbano Huitemea, ambos observaron
intrigados a un indio mayo, que sentado en un horcón,
observaba para el oriente por donde bajaban impara-
bles las aguas del Rio Fuerte.

125
— ¿Quién es él?— le pregunto Alejandro a la
cocinera que ya horneaba las deliciosas empanadas re-
llenas de pasta de calabaza debidamente endulzada con
panocha.
—Nadie sabe quién es él— le contestó Juana la
cocinera, quien luego agregó—Todos los días, sin decir
nada, viene y se sienta allí mirando hacia la sierra por
donde baja el río. No habla con nadie y nadie sabe su
nombre.
—Sin decir nada, se queda allí tranquilo y silen-
cioso. Cuando ya se mete el sol, se aleja murmurando no
sé qué cosas, y luego desaparece entre los mezquites y
matorrales del monte.
—Los de por aquí dicen, que todos los días,
viene con la esperanza de que Felipe Bachomo, otra vez
venga por las bandas del río con su gente en armas,
para que ahora sí les recupere sus tierras— terminó
diciendo la cocinera.
Alejandro recordó la historia de la rebelión de
los indios mayos del Valle del Rio Fuerte y luego co-
menzó a contarla.
—Como muchos otros indios del país, los mayos
también se fueron a la Revolución de 1910 con la es-
peranza de liberarse de la esclavitud de la hacienda. To-
do el odio acumulado durante siglos por los indios ma-
yos del norte de Sinaloa, hizo explosión en 1910 al dar
inicio el movimiento revolucionario de Madero.
—La revolución les trajo nuevas esperanzas para
recuperar sus tierras. Las tierras que durante siglos o-
cuparon sin necesidad de ningún título de propiedad,
pero que luego, los conquistadores españoles les arre-
bataron usando la fuerza de las armas, y que después,
los criollos españoles, muy bien se las arreglaron para
legalizarlas con diferentes artimañas y juicios a modo.
—José María Robles, un mestizo casado con una
india, congregó a los indios en Camayeca, donde les
habló de la posibilidad de recuperar las tierras que les

126
habían sido arrebatadas. En Camayeca se concentraron
los indios mayos provenientes de San Miguel Zapoti-
tlán, Mochicahui, El Guayabo y Macapules, con el fin de
unirse a las fuerzas revolucionarias.
—Por su parte, Felipe Bachomo, en compañía de
otros indios mayos, armados con arcos y flechas y alguna
pistola o carabina vieja, salió de Jahuara el primero de
mayo de 1911, para unirse a las fuerzas villistas y parti-
cipar en las acciones militares de los revolucionarios en
Sinaloa.
—El contingente de indios mayos llegó a Los
Mochis para subirse al tren, y luego ir a pelear al lado de
los maderistas, para recuperar las plazas de Navojoa,
Guaymas, Topolobampo y Mazatlán, que todavía esta-
ban en poder de los federales.
Alejandro comentó que los americanos sobre-
vivientes de la colonia socialista de Albert Owen, cono-
cían muy bien a los indios mayos que se fueron a la revo-
lución, pues en los pueblos de Jahuara, Charay y Mo-
chicahui, convivían con ellos porque eran sus vecinos.
—Thomas Robertson en su libro de la Utopía del
Sudoeste, describe muy bien al contingente de indios
mayos que llegaron a Los Mochis para irse a la revo-
lución.

Recuerdo el interés y la curiosidad con que fui a


Los Mochis siendo yo un joven de 14 años, a ver a estos
mayos, cuando se formaron para embarcarse en el tren.
Mi amigo Julián Bacome, el de la aventura con la
leona llevaba grado de mayor; su primo hermano
Rosario Leyva, iba de capitán y un joven de algunos 15
años, Miguel Vainoro con quien había andado yo de
cacería con arco y flecha, iba entre los soldados; como
también muchos más de los que habían trabajado con mi
padre.
Domingo Leyva padre de Rosario, el que hacia
sus cuentas con piedritas, era el mero jefe, pero ya se

127
acercaba a los 100 años y prefirió quedarse con nosotros
para seguir cortando caña.
Iban vestidos todos iguales, en huaraches, con
pantalones y camisa de mezclilla azul, sombrero de pal-
ma. Su única insignia era una pluma de perico que lle-
vaban en sus sombreros, que por esto fueron nombrados
Los colorados.
Llevaban un morral al hombro y, encima, una
cobija roja con rayas negras. Pocos llevaban rifles o
pistolas, la mayoría iban armados de machetes y arcos,
con sus dos aljabas llenas de flechas, las que se decía
iban untadas de veneno de víbora. Sin duda su provisión
fue pinole, carne seca y alguna pieza de panocha.
Los acompañaban cuatro aventureros ameri-
canos. Bill Cartilage, de San Blas, les enseñó a hacer
bombas de pólvora, la cual los indios sabían fabricar. Se
proveyeron de gran cantidad de pólvora, en latas vacías
de fruta o tomate colocándoles su correspondiente me-
cha. Otro norteamericano fue Federico Drewien, hijo de
un colono; luego un señor Ellis, cuñado del capitán del
barco Mazatlán y Roy Comas…
A los pocos días regresaron nuestros amigos
americanos contando con admiración como, los indios
mayos, a la primera luz dieron el albazo, como fue su
costumbre antigua, y con sus tambores marcando la or-
den de ataque y gritando todos como salvajes, atra-
vesaron por unas milpas, con escaleras en la mano,
mientras que el americano Cartilage lanzaba bombas
sobre las fortificaciones. Treparon por las escaleras sobre
los muros de las fortificaciones y cayeron sobre los fede-
rales, haciéndolos pedazos con sus machetes.
Se decía que los federales eran 3,000, armados
con rifles modernos y equipados del todo, pero los 800
indios los derrotaron en un par de horas….
Para el año de 1914 quedaban como parte de la
guarnición en San Blas 3,000 soldados mayos con su
propio general Felipe Bachomo. Habiendo pasado ya

128
años ayudando a la revolución exigieron la devolución de
sus tierras. No podré decir con que sinceridad, al entrar
ellos a la revolución se les había hecho la oferta de las
tierras pero no se les cumplió y con razón se sintieron
defraudados y se rebelaron.
Temerosos de su actitud, sus jefes militares y el
gobernador de Sinaloa, don Felipe Riveros, los licen-
ciaron, despachándolos con todo y sus armas, para que
se regresaran a sus hogares por el Río Fuerte.

La rebelión de Felipe Bachomo


Alejandro comentó que una vez terminada la campaña
militar, los soldados fueron licenciados para que regre-
saran a trabajar sus tierras. Pero los indios mayos sabían
muy bien que ellos no tenían tierras que trabajar.
—Regresaron a San Miguel, pero en lugar de
trabajar las tierras que no tenían, se organizaron alre-
dedor de Felipe Bachomo con el fin de iniciar su propia
lucha. Así describe Robertson el episodio del licencia-
miento de los indios mayos.

Cuando se supo esto en los poblados ribereños el


pánico hizo presa de todas las gentes. El día que habían
marchado de San Blas el contingente de mayos, que se
dirigía a sus rancherías de Charay, Mochicahui y San
Miguel, había yo ensillado mi caballo para ir de visita con
mi amigo José Rentería del Teroque.
Me encontré por el camino cientos de familias,
unas a pie, otras en carritos, carruajes o en caballos, mu-
las, burros, acarreando con lo poco que podía, huyendo
casi sin saber para dónde.
José y yo armados, pero conscientes de cuán
inútiles nos serían las armas, nos quedamos montados
en nuestros caballos, adentro de los establos que daban
a la calle del fondo.

129
Al rato oímos tambores de los indios que venían
por la otra banda del rio y luego les contestaron los que
venían marchando de éste lado.
Ni una luz se veía en Mochicahui, ni un perro la-
draba.
Sería después de la medianoche cuando oímos
de muy cerca los tambores, luego los gritos de los indios
que marchaban. Pasaron justo por el camino frente al
cual estábamos esperando, pero sin molestar a nadie,
siguieron esa noche hasta San Miguel.
Traían a sus mujeres y niños y seguramente por
eso no hicieron ningún intento de ataque.
En San Miguel estuvieron algunos días, tuvieron
conferencias todavía con algunas autoridades y luego
pasaron a la otra banda del rio para concentrarse en las
rancherías de Jahuara.
De allí empezaron a saquear a los pueblos para
abastecerse de ropa y provisión. Como no encontraron
resistencia, se envalentonaron y empezaron a matar a
una que otra persona. En el Fuerte prendieron al li-
cenciado Dionisio Torres, que había sido abogado de los
que les habían quitado algunas de sus tierras, le corta-
ron la cabeza, la encajaron en un palo de pitahaya y la
llevaron por los pueblos donde andaban saqueando….
El jefe de los mayos rebeldes, el general Felipe
Bachomo, llegó a inspirar tal terror que con decir “Ahí
viene Bachomo” callaban las madres a sus hijos.

Continuando con su relato, Alejandro comentó


que en el Valle del Río Fuerte, el contingente de los
indios mayos, se convirtió en una fuerza independiente
de cerca de 3000 hombres, con pertrechos militares que
habían acumulado durante la campaña maderista.
—Liderados por Felipe Bachomo, establecieron
su cuartel general en Jahuara, en donde Bachomo for-
mó una especie de Supremo Tribunal de Justicia In-
dígena.

130
—Felipe Bachomo y sus hombres no perseguían
más finalidades que recuperar las tierras de las que
habían sido despojados. Pero el ejército de indios mayos
en el Valle del Río Fuerte, a fin de cuentas represen-
taba una amenaza para los poblados de la región, ade-
más de que impulsados por el hambre, con frecuencia
invadían las plantaciones de los hacendados para pro-
curarse alimentos.
—En una incursión que los indios hacen a la Villa
de Ahome, los hacendados reaccionaron con dureza
matando a varios indios invasores y haciendo prisio-
neros a los que quedaron vivos. El 18 de abril de 1914
Felipe Bachomo tomó a sangre y fuego la Villa de Aho-
me, liberó a los detenidos y ordenó el saqueo de las
tiendas y casas de los yoris.
—El 17 de junio de 1915 atacó de nuevo la Villa
de Ahome, y luego, tomó por primera vez la ciudad de
Los Mochis. El 15 de noviembre de ese mismo año, Ba-
chomo, con más ferocidad, atacó de nuevo a Los Mo-
chis. Al grito de ¡Viva Villa, mueran los gringos! los indios
entraron a la población de 3,500 habitantes, 250 de ellos
norteamericanos, destruyendo y matando a quienes
encontraban a su paso.
—Bachomo invadió el ingenio de la United Sugar
Company quemando y destruyendo lo que pudo de las
instalaciones. Luego saqueó los almacenes y la comisaría
de los americanos para procurarse suministros y ali-
mentos. Entró a la Casa Grande destruyendo muebles y
adornos de la residencia, donde ya no estaba Benjamin
Johnston, quien, precavido, ya había abordado el buque
de guerra americano USS Yorktown para alejarse de la
región.
—Después del ataque a Los Mochis, Bachomo y
su gente se retiraron rumbo a la sierra, perseguidos de
cerca por las tropas carrancistas. El general Muñoz les
dio alcance en El Fuerte y los derrotó en las batallas
del 23 y el 25 de noviembre. Bachomo, y lo que queda-

131
ba de su ejército de indios, huyeron en desbandada
hacia Sonora para sumarse al grupo villista que por
entonces atacaba la plaza de Navojoa.
—En el mes de diciembre de ese 1915, Ba-
chomo y los villistas, se enfrentaron a la brigada ca-
rrancista del general Sepúlveda, en el paraje conocido
como La Ventana, a orillas del Río Mayo, donde fueron
derrotados. Los sobrevivientes del ejército villista hu-
yeron rumbo al norte, hasta ir a dar al poblado Movas,
donde finalmente se rindieron el 5 de enero de 1916.
—La Secretaría de Guerra y Marina ordenó que
los generales Banderas, Bachomo, Urbalejo, Trujillo y
Méndez, fueran sacados del estado. Los enviaron a Gua-
dalajara donde permanecieron algunos meses y luego
fueron puestos en libertad, a excepción de Felipe Ba-
chomo.

General que mata a un americano debe


morir.
La amnistía decretada por el gobierno carrancista no se
hizo válida a Bachomo, porque el cónsul norteame-
ricano, Mr. Alger, lo había acusado formalmente de ser
responsable del asesinato del americano José Tays.
Bachomo fue conducido a Mazatlán para ser
juzgado por el asesinato del americano, y aunque en el
juicio no se pudo demostrar su culpabilidad, por el de-
lito de homicidio de José Tays, sí se le acreditó el de ro-
bo de cueros del que el propio Bachomo estaba confeso.
Por este delito se le hace un segundo juicio an-
te un consejo de guerra extraordinario que se instala en
la ciudad de Culiacán. El 7 de Octubre de 1916 se le de-
clara culpable del robo de cueros. Se le sentencia a la
pena capital y se dispone que sea fusilado en Los Mo-
chis. Los otros acusados en el delito del robo de cueros
son declarados inocentes y fueron liberados, pues al

132
parecer, la consigna de muerte pesaba solo para Bacho-
mo.
Felipe Bachomo fue trasladado a Los Mochis,
para ser fusilado a un lado de las vías del ferrocarril
Kansas City, no lejos del predio en donde ahora se
encuentra la escuela secundaria Ignacio M. Altamirano.
Así lo cuenta Teofilo Leyson:

El capitán Santiago Fierro, comisionado para el


fusilamiento, con ayuda de los vecinos, improvisó un pa-
redón con costales de arena, adobes, ladrillos y pacas de
paja. La mañana del 24 de octubre de 1916, Bachomo
descendió del vagón del ferrocarril Kansas City México y
Oriente, que lo condujo de Culiacán, vía San Blas.
Venía amarrado de las manos, que traía co-
locadas entre la espalda y la cintura, portaba un viejo
sombrero texano color plomo, con la característica plu-
ma de ganso que usaba, camisa y pantalón de caqui
amarillo mostaza y unos viejos zapatos mineros sin
calcetines y como equipaje traía una cobija enrollada con
un mecate, venía sin rasurar con una barba de diez o
doce días que le daban un aspecto amarillo y enfermizo.
Antes de ser fusilado pidió al capitán Fierro, a
manera de gracia, dejarlo cruzar unas palabras con una
mujer que se encontraba entre la multitud expectante:
esa mujer era Elvira Cásares, de la que estaba ena-
morado desde niño y a quien, al cruzar palabras, le en-
tregó un paño de seda rosa.
La venda que le colocaron sobre los ojos la arrojó
al suelo, pero cuando el oficial dio la orden de fuego,
bajó el ala del sombrero para no ver la boca de los
fusiles.
Solo bastó una señal para que las armas fueran
disparadas, y el general cayera al suelo herido. Fierro le
colocó su bota en el pecho y le disparó dos veces a la
cabeza, a manera de tiros de gracia.

133
En el mismo lugar, en una fosa cavada previa-
mente, fue sepultado.
Los indios nunca reclamaron el cuerpo de su
líder, pero con el paso del tiempo, la tumba fue acumu-
lando un promontorio de piedras, que cada indio, al
pasar por allí le arrojaba.

A pesar de que el gobierno carrancista había


decretado un amnistía a los revolucionarios de Francisco
Villa, a Felipe Bachomo no se le perdonó la vida porque
así lo exigieron los americanos.
Los americanos nunca perdonan la humillación
cuando sus intereses son atacados por alguien de otro
país. En el caso de Bachomo, los americanos exigieron al
gobierno mexicano de Venustiano Carranza, que se cas-
tigara al indio que había osado atacar las propiedades de
los americanos del ingenio de la United Sugar Company,
y al que también acusaron de haber dado muerte a uno
de los suyos. En el periódico The Van News de Cali-
fornia, había aparecido la nota: General who killed
american must die

La protección de las propiedades de


Benjamin Johnston
Durante los primeros años del movimiento revolu-
cionario, Johnston se sabía muy bien protegido, porque
en el puerto de Topolobampo, estaban anclados los bu-
ques de guerra de la US Navy, que no dudarían en in-
tervenir si alguien se atreviera a atacar los intereses del
imperio americano. Intereses americanos muy bien re-
presentados en el valle del Rio Fuerte por el emporio
agrícola industrial de Benjamin Johnston.
El USS Yorktown y los destructores Preble y
Perry, estaban en la Bahía de Topolobampo, como una
muestra del poderío del imperio americano, y como una
clara amenaza a todo aquel que se atreviera a tocar un

134
pelo de sus ciudadanos, o tomar una onza de sus rique-
zas.
Benjamín Johnston también se sabía muy bien
protegido, porque contaba con el apoyo del ejército de
Venustiano Carranza. Con el jefe constitucionalista ha-
bía acordado una especie de alianza, la noche que
Carranza, sus generales y los gobernadores de Sinaloa y
Sonora, fueron recibidos por los esposos Johnston en la
Casa Grande, la amplia y elegante residencia que los
Johnston ocupaban cuando estaban en Los Mochis.
Algunos historiadores señalan que de la cena de
esa noche, Benjamin Johnston, obtuvo del jefe consti-
tucionalista, la autorización para imprimir su propia mo-
neda que circularía por la región. También habría ob-
tenido el compromiso de que las fuerzas carrancistas
protegerían los bienes de la United Sugar Company.
Isidro Fabela, que esa noche era parte de la
comitiva de Carranza, describe este casi aristocrático
evento en su libro Mis Memorias de la Revolución.

La casona de la finca es señorial, enclavada en


esplendido jardín. Por entre un doble palmar, rectamente
alineado, se llega la terraza cuajada de lindas plantas de
diversas clases, helechos de hojas dobles, piña nonas,
cactus, begonias muy variadas y raros ejemplares con
hojas que aparecen flores por todas partes en tiestos de
barro, vasos, cerámica y cristal de bacará.
Somos atendidos con exquisita cortesía por Mr. y
Mrs. Johnston, dos ricos estadounidenses que han dado
la vuelta al mundo; veranean en Europa y viven en esta
casa como príncipes orientales. Nuestra llegada les da
oportunidad de cumplimentar muy dignamente al primer
jefe del ejército constitucionalista y su comitiva.
La señora es hija de un multimillonario de Chica-
go, y el esposo, todo un cortesano.
A la caída de la noche nos solazamos todos por
las callecillas del enorme jardín inglés que luce toda la

135
flora exuberante y variadísima del estado de Sinaloa, y
por la noche, una exquisita cena con la que casi olvida-
mos la campaña revolucionaria.
De sobremesa, en un rincón de la biblioteca, es-
fumados en la penumbra de una luz amortiguada ex-
profeso, charlamos la señora Johnston, el general Án-
geles, el representante de la prensa asociada, Mr. J. K.
Turner, su esposa y yo; fumamos cigarrillos turcos y
tomamos Champagne.
El jefe, en un libro blanco, sobre la gran mesa de
palo rosado, escribe su pensamiento que deja de re-
cuerdo, a nuestros distinguidos anfitriones.

La persistente rebeldía de los indios


para recuperar sus tierras.
Urbano Huitemea intervino en el recuento de la rebelión
de Bachomo, para comentar, que a fin de cuentas, la
rebelión de Bachomo se justificaba porque peleaba en
su tierra, para recuperar lo que históricamente le per-
tenecía a su gente.
—Felipe Bachomo y sus hombres no perseguían
más finalidad que recuperar las tierras a las que por
doble partida tenían derecho. Primero, porque sin nece-
sidad de ningún título de propiedad, las habían ocupado
durante siglos, y después, porque junto a los padres
jesuitas las habían vuelto productivas.
—Durante 200 años, los indios mayos trabajaron
al lado de los padres jesuitas para construir el preciado
activo de las misiones de la Compañía de Jesús. Activo
que fue el botín de los españoles cuando los jesuitas
fueron expulsados de la Nueva España.
Haciendo un recuento de las rebeliones de los
Indios para recuperar sus tierras, Alejandro le comentó
a su amigo Huitemea—La de Felipe Bachomo, fue una
más de las rebeliones de los indomables indígenas del
noroeste de México. Durante siglos, los yaquis y mayos

136
han luchado para recuperar las tierras de las que fueron
despojados por el conquistador español.
—Primero fuè la rebeliòn del indio Mahome,
quien en 1533, se rebeló contra los conquistadores es-
pañoles que invadieron las tierras del Valle del Rio
Fuerte. Siglos después, y más al norte, también se rebe-
ló José María Leyva Cajeme, caudillo indígena Yaqui, que
durante 19 años luchó por la libertad y la autonomía de
su pueblo. Cajeme pretendía constituir una república de
indios.
—En 1875 Leyva Cajeme se rebeló contra el
gobierno. Reestructuró y disciplinó a la sociedad yaqui e
instituyó un sistema de impuestos. Revivió la práctica de
los trabajos comunitarios e institucionalizó la tradición
de las asambleas populares como cuerpos de decisión.
—Muy al sur, por el rumbo de la sierra de Na-
yarit, también se rebeló Manuel Lozada, el Tigre de Ali-
ca, líder indígena cora que durante 25 años luchó en de-
fensa de los interese agrarios de coras y huicholes.
—Lozada llegó a tener un ejército de once mil
hombres. Dominó un extenso territorio que comprendía
todo el estado de Nayarit, así como gran parte de los
estados de Jalisco, Zacatecas y del sur de Sinaloa. En
1873 proclamó el Plan Libertador de los Pueblos Unidos
de Nayarit, con el que desconoció a la república y pro-
clamó un régimen indígena.
Para finalizar su relato, Alejandro comentó que
la de Felipe Bachomo, fue la última rebelión indígena
antes de la del Ejército Zapatista.
Después de comprar una docena de las sabrosas
empanadas que Juana recién había sacado del horno,
abordaron la camioneta y siguieron su camino a Etcho-
joa, donde se encontrarían con Pancho Cajeme

137
EL FUERTE
La utopía de los misioneros
Jesuitas

La misión equiparó al indígena con el criollo, ideando un


sistema que permitiera al indio llevar una vida, si no
igual, por lo menos parecida a la de los hijos de los
españoles.

En San Miguel Zapotitlán, en lugar de agarrar la ca-


rretera México- Nogales, Urbano prefirió seguir de fren-
te para evitar a los soldados del retén El Desengaño. En-
filó su camioneta rumbo a El Fuerte, allì agarrarría el ca-
mino a la sierra del Bacatete. Al poniente de esa sierra
se encontraba el pueblo de Etchojoa.
En El Fuerte se detuvieron en una fonda bien
arregladita. En ambos lados de la puerta de entrada, ha-
bía un pequeño jardincito con matas de rosales y gar-
denias. Una bugambilia de flores rojas trepaba por los
muros de la casa, y a esas horas de la mañana, todavía
se percibía el olor de tierra mojada del jardincito recién
regado. Arriba de la puerta había un gran letrero con
letras de color negro que indicaban el nombre del lugar:
“El Zorro”.
Después de estirar las piernas, agarraron sendas
sillas de baqueta y antes que nada ordenaron una gran
taza de café. Después les sirvieron el abundante y ape-
titoso plato de machaca con huevo y los frijoles ma-
neados. Los acompañaron con las delgadas tortillas de
harina, que de suaves, se deshacían en la boca cual ostia
de comunión.
—Que nombre tan raro para una fonda—
comentó Alejandro—¿Por qué le habrán puesto el
nombre de “El Zorro”?

138
—A la gente le gusta soñar, y de cualquier cosa,
encuentran un pretexto o una razón para inventar una
historia, por más descabellada que parezca—le contestó
Urbano, quien luego continuó diciendo—Por aquí vivió
un rico hacendado llamado Martin de la Vega, dueño de
grandes extensiones de tierra. Albert Owen llegó a
negociar con él para construir una estación de su ferro-
carril en un lugar nombrado el “ Vegatòn”.
—El mito popular se las arregló para afirmar,
que este señor de la Vega, era el verdadero padre del
personaje de El Zorro, que Antonio Banderas interpreta
en la película de Hollywood.
—El cuento se divulgó extensamente y ya se ha
convertido en verdad absoluta. Ahora la gente que viene
aquí de turista lo primero que hace es preguntar—¿Cuál
es la casa en donde nació el Zorro?
—Bueno, eso no hace mal a nadie y que bueno
que sirva como una promoción turística del lugar—
comento Alejandro y luego dijo distraído—Que bueno
que también ocupe a la gente y sirva de tema de con-
versación diferente a los trillados temas de los pro-
blemas de la seguridad y penurias económicas.
Alejandro comentó que en todos los países siem-
pre aparecen hazañas de héroes imaginarios que luego
forman parte de su historia oficial. Luego agregó, que en
la historia de México, también aparecen hazañas que
por sui generis, más que verdaderos hechos históricos,
parecieran ser sacados de la fantasía popular.
Ambos se rieron divertidos cuando, bromeando,
Urbano Huitemea dijo que no sería extraño que pronto
apareciera, aquí en la región del Valle del Rio Fuerte, una
universidad para magos como la de la película de Ha-
rry Potter. Con tantos pueblos mágicos en Sinaloa ya
estaban haciendo falta personajes con esa profesión.
Luego Alejandro con ironía comentó— Alumnos
no les faltaría, pues además de la demanda de magos
de los más de 115 pueblos mágicos que hay en el país,

139
también está la potencial demanda de los aprendices de
políticos.
—En México, los políticos necesitan usar la ma-
gia barata de los discursos para engañar a la gente con
promesas que nunca cumplen. Necesitan mágicas habili-
dades para convertir la absoluta mentira en una ver-
dad incuestionable.
En un momento en que se quedó solo, Alejandro
observó el Río Fuerte. En época de secas, en las dunas
de arena del lecho del río, los rayos del fuerte sol de la
mañana hacían centellear, cual luciérnagas nocturnas, el
confeti dorado que la gente llamaba oro de placer.
En el verano, con las primeras lluvias que caen
en las montañas de la sierra, convierten la plàcida co-
rriente del Río Fuerte, en el poderoso torrente que bra-
mando baja de las montañas de la Sierra Madre Occi-
dental.
El poderoso torrente baja incontenible arrasan-
do con todo. Trae los árboles, piedras, casas, vacas y
todo tipo de animales y cosas que se encuentra a su
paso, en la apresurada e incontrolable carrera para va-
ciar sus aguas en el Golfo de California.
Antes de tirarse en el Mar de Cortés, el río for-
ma un extenso delta en la cercanía de Ahome. Durante
siglos, en la época de lluvias, el rio crecido causó inun-
daciones y descargó los nutrientes y minerales de la
sierra, que hicieron del Valle del Río Fuerte, uno de las
regiones más fértiles y apropiadas para la explotación
agrícola que uno pueda encontrar en el mundo.

La hazaña de los padres jesuitas para


civilizar a los indios
Alejandro volteó la cabeza y a lo lejos observó la
masiva construcción del Fuerte del Marqués de Montes-
claros. El fuerte fue levantado en 1610 por el capitán
español Diego Martínez de Hurdaide.

140
No muy lejos de El Fuerte, en el año de 1563, el
conquistador Francisco de Ibarra había fundado la Villa
de San Juan Bautista de Carapoa, que luego fue des-
truida e incendiada por los indios Tehuecos.
Para muchos, el mérito de la conquista del norte
de Sinaloa, se debió a la bravura de los soldados espa-
ñoles que combatieron a los indígenas de la región. Pero
Alejandro sabía muy bien, que los yaquis y mayos, nunca
se sometieron completamente al poder de las armas de
los conquistadores españoles.
Para Alejandro, la verdadera colonización del Va-
lle del río Fuerte, y la posterior evangelización de los
indios mayos y yaquis, se debió a la vocación humanista
de los misioneros de la Compañía de Jesús. Evan-
gelizaciòn que fue iniciada por los padres González Tapia
y Martin Pérez, cuando llegaron a la villa de San Felipe y
Santiago el 6 de julio de 1591.
Antonio Nakayama nos cuenta que En San Feli-
pe, que ahora conocemos como Sinaloa de Leyva, los
padres jesuitas tomaron un jacal de varas y lodo para su
residencia. Desde ese humilde jacal, los padres Tapia y
Pérez iniciaron la enorme tarea de evangelizar a los in-
dios del norte de Sinaloa.
A diferencia de los padres dominicos y francisca-
nos, que para evangelizar a los nativos de Mesoamérica,
nunca tradujeron a la lengua de los nativos los sacra-
mentos y misterios de la fe cristiana, los jesuitas que
evangelizaron a los nativos del norte de Sinaloa, lo hicie-
ron hablándoles en su misma lengua.
Los padres aprendieron la lengua de los indios, y
a los pocos días ya podían tener una conversación con
ellos sin necesidad de intérprete.
El padre Tapia se dedicó a estudiar la lengua de
los nativos y no solamente hizo la traducción de las pa-
labras, sino que también logró entender la gramática.
Cuando se sintió seguro, compuso un breve ca-
tecismo en la misma lengua de los nativos. Luego es-

141
cribió unos versos con las verdades de la fe que los
indios cantaban en la iglesia.
La tarea evangelizadora de los misioneros je-
suitas, la iniciaron en los pueblos cercanos al cauce del
Río Sinaloa. Evangelizaron a los indios de Baburia, Lapo-
che, Matapan y Ocoroni y después a los de Bamoa y
Cubiri que se encontraban río abajo. En la ladera del Río
Fuerte, los misioneros jesuitas evangelizaron a los indios
de los pueblos de Ahome, San Miguel, Charay, Mochi-
cahui y Choix.
En poco tiempo los misioneros levantaron tre-
ce humildes templos de vara y lodo, en donde se cele-
braban los oficios religiosos y a donde los indios acudían
a recibir la doctrina.
Los cahítas, pese a su ferocidad y salvajismo,
fueron entendiendo a los padres jesuitas. Empezaron a
llegar a las misiones, en donde los padres les hablaban
en su lengua. Los indios decían:

Habían llegado unos hombres que parecían es-


pañoles pero que no cargaban arcabuces ni exigían maíz
ni carne, que no llevaban escolta y que solamente se
ocupaban de hablar de Dios.

En el norte de Sinaloa, los padres de la Compañía


de Jesús, construyeron varias misiones para la evange-
lización de los indios, pero las misiones de los jesuitas
significaban algo más que la prédica religiosa y el lugar
en donde se daban los sacramentos.
La misión era la vanguardia de la civilización. Era
el cuartel general del misionero, en donde los jesuitas,
empleaban a los indígenas y les enseñaban las mo-
dernas técnicas de la agricultura importadas del viejo
continente. Allí tambièn estaban los talleres donde se
enseñaban los oficios y las técnicas artesanales euro-
peas.

142
En las misiones se enseñaban las primeras le-
tras a los indios. En la misión de Cubiri, junto al edificio
principal, pusieron una escuela para los niños indígenas.
La de Cubiri fue la primera escuela que se vio en el no-
roeste de México.Fuè la primera, de las màs de
cincuenta escuelas para indios, que los padres jesuitas
construyeron durante los cerca de doscientos años de su
labor civilizadora del noroeste de Mèxico.
Cuando los padres Tapia y Pérez llegaron a la
villa de San Felipe y Santiago en 1591, la región norte de
Sinaloa estaba habitada por tribus ariscas y salvajes.
Durante casi 200 años, los padres jesuitas traba-
jaron con ahínco y devoción, para evangelizar y para
transferir a los indios yaquis y mayos, las habilidades y
conocimientos de la civilización europea. Con inteli-
gencia y tolerancia se relacionaron con los nativos y lo-
graron conciliar las costumbres y creencias de la ances-
tral cultura de los indios, con la nueva que ellos traían
del viejo continente.
Con sus misiones, los padres de la Compañía de
Jesús cambiaron integralmente la región del noroeste.
Ellos trajeron el ganado vacuno y cabruno, trajeron no-
vedosos árboles frutales y nuevas variedades de gra-
nos.
La obra de los misioneros jesuitas se extendió
rápidamente por todos los ámbitos del noroeste mexi-
cano. Desde el humilde jacal de San Felipe, que los pa-
dres González Tapia y Martin Pérez habían escogido co-
mo residencia, los misioneros jesuitas propagaron la luz
de la civilización y la cultura europea por toda la región.
En Sinaloa y Sonora prosperaron pueblos y vi-
llas que se extendían hasta la región de lo que hoy es el
estado de Arizona en Estados Unidos. En la Baja Cali-
fornia se formó un buen número de florecientes mi-
siones que iban desde San Josè del Cabo hasta Ense-
nada.

143
A los padres jesuitas se les debe, en gran parte,
el progreso y modernismo del que ahora gozan las en-
tidades que se ubican en la región del Noroeste del país.

El progreso de las misiones de los jesuitas y


la envidia de los españoles.
Los jesuitas, a base de trabajo y tenacidad, y aprove-
chando las habilidades y la mano de obra de los nativos,
lograron una sólida posición económica para las mi-
siones de la región, que fue la envidia de los españoles
que vivían en la pobreza.
Los escasos blancos que habitaban la región,
vieron con envidia y recelo, la prosperidad de las mi-
siones. Como los padres jesuitas defendían a los indios
para que no fueran explotados, los españoles los vieron
como una amenaza para sus negocios, especialmente
por los mineros, que eran los que más necesitaban a los
indios para los trabajos en las minas.
En 1657 los españoles residentes en Sinaloa y
Sonora, denunciaron a los jesuitas de atesorar riquezas.
Los acusaron de explotar a los indios, haciéndolos tra-
bajar sin darles la debida retribución.
Los jesuitas se defendieron, declarando que los
indios, se habían integrado a los trabajos de las misiones
porque sabían que les traía beneficios. Afirmaron que el
colegio que tenían, también era hospital y botica. Di-
jeron que no había hambre, y que para todo el mundo,
sus servicios eran universales. Luego presentaron el
Apologético Defensorio en el que describían la asistencia
que daban a los indígenas.

Si se han de casar, si bautizar, si enterrar, el


Colegio ha de darles de limosna la cera, el arreo y la
mortaja… Si para negociaciones se ponen en camino, el
colegio ha de socorrerles con el viatico. Si se alientan a

144
labrar una mina, a armar una desdichada hacenduela, el
Colegio ha de ayudarles con el avío. Si disponen viaje de
recuas, el Colegio ha de fomentar sus avíos con el apero.

Los misioneros también criticaron a los espa-


ñoles, señalando que los blancos quejosos, vivían en la
mayor pobreza por no tener oficio ni beneficio. Así lo
relata Antonio Nakayama Arce en su libro “Sinaloa, Bos-
quejo de su Historia”:

Los jesuitas hicieron un escrito en el que se-


ñalaban a la población blanca de no tener oficio ni ben-
eficio y que los españoles eran unos parásitos que sola-
mente extorsionaban a los nativos ya para que les labren
sus sementeras, ya para que les den a bajísimos precios
sus maíces…
Ninguno hay que se ejercite en oficios ni liberal ni
mecánico. La gente es mucha y siendo de la calidad
dicha, no se halla ni un zapatero, ni un barbero, ni un
sastre de profesión digo... Hablen y digan: hasta los
zapatos que se ponen ¿los hace por ventura algún
español? ¡No! Los hacen los indios de nuestra enseñanza,
hasta los aderezos de sus cabalgaduras ¿no los labran
los indios que enseñamos?

Después de una exhaustiva investigación, las


autoridades eclesiásticas y virreinales desecharon las
quejas de los españoles. Desistieron de la propuesta de
imponer tributo a las misiones y de establecer un Obis-
pado en la región.

La expulsión de los jesuitas


La desintegración de la compañía de Jesús, or-
denada por el papa Clemente XIV en 1773, culminó la
etapa de la expulsión de los jesuitas de la Nueva España,
que ya había empezado desde el 30 de mayo 1767,

145
cuando el rey Carlos III, ordenó la expulsión de todos los
miembros de la Compañía de Jesús de las colonias de la
Nueva España.
Acatando las órdenes reales, el gobierno vi-
rreinal actuó en forma sorpresiva y efectiva para ex-
pulsar a los misioneros de Sinaloa. Los padres jesuitas
fueron concentrados en San José de Guaymas, en donde
esperaron varios meses antes de ser embarcados rumbo
a Matanchel, el mismo puerto donde los padres jesuitas
tenían sus instalaciones navales, y que había sido utili-
zado como base de aprovisionamiento de sus misiones
del noroeste.
De Matanchel emprendieron una dura marcha
hasta Guadalajara. En el trayecto murieron 19 de ellos
víctimas de las enfermedades tropicales. Finalmente se
les condujo a Veracruz donde fallecieron otros más, y el
resto fue embarcado rumbo a Europa.
Con la salida de los padres jesuitas, las misiones
fueron repartidas entre los obispados de Durango y
Guadalajara. Convertidas en parroquias se entregaron a
los franciscanos y a los dominicos.
Los sacerdotes que se hicieron cargo de los cu-
ratos, eran de poca iniciativa y escasas luces inte-
lectuales, y en poco tiempo, los bienes de las misiones
fueron dilapidados por la torpeza de los administra-
dores.
Las activos de la Compañía de Jesús finalmente
cayeron en manos de españoles y criollos, que muy bien
supieron aprovecharse de los bienes de las misiones, y
de la infraestructura de producción, construida por los
padres jesuitas con el decidido apoyo del trabajo de los
indios de la región.
Después de los repartimientos y encomiendas,
surgidas después de la conquista del imperio azteca, la
confiscación de los bienes y activos de las misiones de la
Compañía de Jesús, fue la segunda gran transferencia de
riqueza que se llevó a cabo en la Nueva España.

146
Con la expulsión de los misioneros, la propiedad
de la tierra perdió el carácter comunal que le dieron los
padres de la Compañía de Jesús. Sin el impulso creador
de los padres jesuitas, se interrumpió el desarrollo ci-
vilizado e integracionista de la región del valle del Río
Fuerte y los indios quedaron desamparados.
Los yaquis y mayos ya no tuvieron la defensa del
misionero que los protegían de los abusos de los espa-
ñoles y, desilusionados, se dispersaron por toda la re-
gión.
A nosotros nos toca reconocer la gran hazaña
de los padres jesuitas. La Compañía de Jesús llevó a cabo
la epopeya más grande en la historia del noroeste de
México. Haciendo a un lado sectarismos estériles, los mi-
sioneros se dedicaron a construir comunidades, en
donde los indios, pudieran trabajar y aprender las ha-
bilidades y costumbres de la civilización europea.
En su libro, “Sinaloa, Bosquejo de su historia”,
Antonio Nakayama Arce, nos indica que los misioneros
de la Compañía de Jesús, intentaron lograr el bienestar
y la integración de los indios. Idearon un sistema que
permitiera al indio llevar una vida, si no igual, por lo
menos parecida a la de los hijos de los españoles.
Con la expulsión de los misioneros en 1767, se
dio por terminado el proyecto humanista de los jesuitas.
Se acabó el utópico proyecto, que trató de equiparar al
indígena con el criollo.
Para los pueblos indígenas del Valle del Río
Fuerte, el proyecto de los misioneros de la Compañía de
Jesús, fue la primera utopía que surgió en este generoso
Valle del Río Fuerte. Utopía que al igual que a la de
Albert Owen, tampoco le llegó su tiempo.

El Rio Zuaque
Después del sustancioso desayuno de carne machaca y
el reconfortante café negro, Alejandro y Urbano Huite-

147
mea abordaron la camioneta y siguieron su camino a
Etchojoa. El suave ronroneo del poderoso motor V8 de la
amioneta, que Huitemea conducía con seguridad por la
sinuosa cinta asfáltica de la carretera El Fuerte- Álamos,
hizo, que otra vez, Alejandro se montara en las alas de
la imaginación.
Reflexivo, observó a lo lejos el Río Fuerte, que
daba vida al fértil valle que se extiende desde la Sierra
Madre Occidental hasta las costas del Mar de Cortés,
también llamado Golfo de California. Generoso Valle del
Río Fuerte, que se extiende y se confunde con otro va-
lle, el del Río Mayo, también territorio de indios yaquis
y mayos.
Rio Zuaque lo nombraban los indios mayos, que
luego fue bautizado como Rio Fuerte por los conquis-
tadores españoles. La Corriente Plateada de Vida, como
le decían los socialistas de la colonia cooperativista de
Albert Owen.
Corriente de vida de hombres y mujeres que for-
jaron utopías y rebeliones.
Utopías como la de los misioneros de la Com-
pañía de Jesús y luego la de Albert Owen.
Rebeliones como la de los Kickers de la colonia
americana y la de los obreros y jornaleros de la SICAE.
Rebeliones que se iniciaron desde 1533 cuando los in-
dios cahítas, liderados por el indio Mahome, se atrin-
cheraron en San Juan de Carapoa, no lejos de lo que
ahora es El Fuerte, para combatir al capitán español
Diego de Guzmán.
Rebeliones de los Indios mayos y yaquis, que li-
derados por los generales Felipe Bachomo y José María
Leyva Cajeme, lucharon para recuperar las tierras de las
que habían sido despojados por el conquistador español.
Rebeliones, que si bien por ahora fueron silen-
ciadas, permanecen allí latentes y, que un día no regis-
trado en ningún calendario, incendia y abrasa el hori-
zonte de México, como bien decía Fernando Benítez.

148
Luego Alejandro recordó un verso del poema
“Tributo al Río Fuerte” del colono William Ross.

Río que por lejanas tierras viene atravesando


¿Soñaremos los millones de almas que tus
bordos habitarán?
¿Adivinaremos las ciudades que tu grandeza
adornarán?
¿Dónde sus gentes vivirán, tan libres y felices?

Alejandro se preguntaba, qué invisible y desco-


nocida fuerza, lo atraía y ataba a este río, que daba vida
a la generosa tierra del Valle del Río Fuerte. Tierra que es
grito bravío de llanuras sin montañas como bien lo dice
el mochitense Mario Jiménez en su poema Mi tierra.
Alejandro nunca supo, por qué le apasionaban
con tanta intensidad, la historia de la utopía de Owen y
la de la rebeldía de Felipe Bachomo. Tampoco nunca
supo, por qué su madre, lo había bautizado con el
nombre de Alejandro Misi.

*******
A un lado de la carretera, Alejandro observó el letrero
que anunciaba el pueblo de Etchojoa. A la orilla de la
carretera México-Nogales se encontraba la fonda “El
Oasis”, paradero predilecto de los camioneros que se
deleitaban con el caldillo de carne con chile colorado
que preparaba la mamá de Valentina. En “El Oasis” se
encontraría con su amigo Pancho Cajeme.
A lo lejos observó los extensos campos de cultivo
de granos debidamente irrigados por el Río Mayo. Atrás
quedó el Valle del Río Fuerte. Valle de utopías que son la
realidad del mañana, como decía Víctor Hugo, y tam-
bién valle de rebeliones necesarias, como bien decía la
princesa Isabel de Francia.

149
DE UTOPÍAS

La utopía es la realidad del mañana…


No hay arma más poderosa que la utopía a la que le
llega su tiempo.
Victor Hugo

DE REBELIONES

Yo miro la guerra civil como necesaria. Primera-


mente yo creo que existe, porque siempre que un reino
está dividido en dos partes, siempre que los de la parte
más débil no salvan sus vidas que dejándose despojar, es
imposible no llamar a eso una guerra civil.
Princesa Isabel de Francia, en la prision del
Temple.

FIN

150
ÍNDICE
OHUIRA
El proyecto de Owen y el de Johnston

El proyecto intercontinental y cooperativista 8


de Owen
El proyecto agroindustrial de Johnston 13
Lo de ahora y la amenaza del futuro 19

LOS MOCHIS
Una ciudad de primer mundo en uno
De tercera

Las colonias de los trabajadores de la fábrica 31


Los fundadores olvidados por la historia oficial 32
La esquina de los niños 39
El bienestar y las navidades de la postguerra. 41
Una ciudad de primer mundo en uno de tercera 46
La preservación de lo tradicional 49
El negocio negro de Los Mochis. 53
El legado de los fundadores Owen y Johnston. 59

AHOME
Los americanos de la colonia socialista
De Albet Owen

La utopía de Albert Owen. 69


La ruta del ferrocarril 80
Los afanes para la construcción del canal El Tastes. 82
La rebelión de los Kickers 88
El fin de la colonia 90
El legado de los americanos de la colonia socialista 92
Los socialistas utópicos. 94
El sansimonismo de Albert Owen. 98

151
SAN JOSÉ DE AHOME
Rebeliones y utopías de ahora

Un proyecto más humilde pero más humano 102


La rebelión inevitable 107
La persistencia de la utopía 118

JAHUARA
La rebelión del indio Bachomo

Los mayos van a la revolución 125


La rebelión de Felipe Bachomo. 129
General que mata a un americano debe morir 132
La protección de las propiedades de Benjamin 134
Johnston
La persistente rebeldía de los indios para recuperar 136
sus tierras
EL FUERTE
La utopía de los misioneros jesuitas

La hazaña de los padres jesuitas para civilizar 140


a los indios yaquis y mayos.
El progreso de las misiones de los jesuitas y la 144
envidia de los españoles
La expulsión de los jesuitas 145
El Rio Zuaque 147

152
Durante siglos, los terrenos de Los Mochis permanecieron
abandonados e improductivos. No había ninguna evidencia de
cultivos o forma de posesión. Ninguna planta ni cerca, ninguna
choza de cualquier tipo, ningún activo que valga un centavo
que haya sido puesto allí por algún ser humano.
Todo cambió cuando en 1886, llegaron los america-
nos de la colonia socialista de Albert Owen. Los colonos cons-
truyeron el puerto de Topolobampo, empezaron los trabajos
para el ferrocarril que ahora conocemos como Chihuahua–
Pacifico. También cavaron el canal El Tastes, que abrió los te-
rrenos de Los Mochis a la agricultura de alta intensidad.
Rio Fuerte, Valle de Utopías y Rebeliones, en gran
parte, es una recopilación de los documentos que nos dejaron
los personajes que vivieron esa aventura. El autor nos presen-
ta documentos de Clarissa Kneeland, Thomas Robertson, del
mismo Albert Owen y las crónicas del periódico The Credit
Foncier of Sinaloa.
En los capítulos finales, se presenta un resumido bos-
quejo de la utopía de los misioneros jesuitas en el norte de
Sinaloa y la de la rebelión del indio Felipe Bachomo.
Nativo de Los Mochis, el autor relata algunas viven-
cias de su niñez y juventud. Comparte algunas reflexiones de
lo que ahora observa en Los Mochis y nos advierte de la ame-
naza del futuro y de la esperanza de otra utópica rebelión.

Carlos Rigoberto Luna es nativo de


Los Mochis y egresado del Instituto
Politécnico Nacional. Sus primeros
cuatro años de ingeniero los vivió en
Paris y Estocolmo. De regreso a su
país, y ya con su familia franco mexi-
cana, fue testigo de la brutal des-
igualdad de la sociedad mexicana,
que contrastaba con las igualitarias
de Suecia y Francia.
Retirado de su actividad profesional,
en 2014 publicó su primer libro: La
Rebelión de los Indignahuas y ahora nos presenta: Río Fuerte,
Valle de Utopías y Rebeliones.

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