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DEL FEUDALISMO

AL CAPITALISMO
CAMBIO SOCIAL Y POLÍTICO
EN CASTILLA Y EUROPA OCCIDENTAL,
1250-1520

Carlos Astarita

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
UNIVERSIDAD DE GRANADA
2005
© Carlos Astarita, 2005
© De la presente edición:
Publicacions de la Universitat de València y Editorial Universidad de Granada, 2005
Publicacions de la Universitat de València
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Ilustración de la cubierta: Fresco del Castello del Buonconsiglio (Trento), siglo XV
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Pau Viciano
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 84-370-6206-3
ÍNDICE

PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
INTRODUCCIÓN
LOS CABALLEROS VILLANOS
CATEGORÍAS DEL ESTADO
EL ESTADO FEUDAL
PROCURADORES PECHEROS
LA INDUSTRIA RURAL A DOMICILIO
LA CONCIENCIA DE CLASE
EL INTERCAMBIO
SICILIA, TOSCANA Y CASTILLA
DOCUMENTOS Y BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN

LOS ESTUDIOS
Se recogen en este libro diversos estudios sobre la primera transición del
feudalismo al capitalismo. Se refieren pues a la dinámica feudal, es decir, a la
transformación de las relaciones de producción y del régimen político de
Europa occidental en el período que abarca entre 1250 y 1520. Si bien se
consideran situaciones de Francia, Inglaterra o Italia, la observación se
concentra en Castilla. La propuesta no debería extrañar. Nada justifica
concebir una excepcionalidad hispánica medieval, como creían en otros
tiempos los historiadores institucionales. El feudalismo ha comprendido
plenamente a la Península Ibérica, y en tanto este sistema posee una lógica
unitaria, la parte expresa la racionalidad general.
La serie comienza con los caballeros villanos. Este capítulo surge de un
artículo previo, «Caracterización económica de los caballeros villanos de la
Extremadura Histórica», Anales de Historia Antigua y Medieval, 27, 1994,
Universidad de Buenos Aires, pp. 11-83, que ahora he modificado. El
problema lo volví a tratar en «Classe, statut et pouvoir de la caballería
villana de Castille. A propos d’un article récent», Le Moyen Age. Revue
d’Histoire et de Philologie, 2, t. CV, 1999, pp. 415-437, trabajo que realicé
en polémica con Armand Arriaza, que había objetado mis tesis. La relación
entre estatus y clase, considerado en este último artículo, se retoma de manera
parcial y balanceada en los capítulos 1 y 3.
Con este estudio nos introducimos en el área medular de estas
investigaciones, la Extremadura Histórica castellano-leonesa, entre el Duero
y el Sistema Central, donde predominaban municipios rurales, los concejos,
nacidos de la Reconquista. Mediante el examen sociológico de la aristocracia
concejil, el lector tendrá la oportunidad de familiarizarse con dos estructuras
en coexistencia. Por un lado, una producción rural con explotación de mano
de obra asalariada, que implementaban los caballeros villanos, y por otro,
campesinos sujetos al señor de la villa (en muchas ocasiones el rey)
obligados al pago de rentas. Era ésta la forma como se daba el sistema feudal
en el área, y cuyos rasgos evolutivos traté en monografías específicas
(Astarita, 1982, 1993). En este análisis enfrentamos problemas relacionados
que se despliegan en los capítulos subsiguientes: la imposibilidad de
transformación capitalista de un régimen mercantil simple, la potencialidad
de esa transformación en las bases aldeanas, la instrumentación de un poder
feudal basado en una clase no feudal, el nexo entre esta estructura y la lucha
de clases, y, por último, la inserción del área en los flujos económicos
interregionales.
El capítulo 2 es un ensayo destinado a develar la relación entre las
categorías del estado moderno y las categorías del estado feudal centralizado.
Avanzamos ahora en una tesis histórica y sociológica. El capitalismo, con su
vértice político separado de su base económica y la acción mediadora de la
sociedad civil, forma peculiar considerada en referencia comparativa con
otras sociedades, sólo puede explicarse como una estructura devenida, como
una modificación revolucionaria del Antiguo Régimen. Accedemos, así, al
tercer capítulo. Se origina éste de una reformulación de un artículo ya
publicado, «El estado feudal centralizado. Una revisión de la tesis de Perry
Anderson a la luz del caso castellano», Anales de Historia Antigua y
Medieval, 30, Universidad de Buenos Aires, 1997, pp. 123-166. Como se
desprende del título, la difundida tesis de Anderson, que ha tenido una
entusiasmada adhesión entre los científicos sociales, es sometida a crítica a
partir de las determinaciones que surgen de nuestra área. Se concluye con un
recorrido por la observación comparativa.
Los mecanismos de génesis y de reproducción del estado feudal nos
transportan al papel que cumplieron los campesinos ricos en la recaudación
fiscal y en la lucha de clases. Es el tema del cuarto capítulo, una versión
modificada de «Representación política de los tributarios y lucha de clases en
los concejos medievales de Castilla», Studia Historica. Historia Medieval,
15, Universidad de Salamanca, 1997, pp. 139-169. Los cambios introducidos
se deben a que ahora me he formado un criterio más preciso, según creo,
sobre el papel que jugó la elite de aldea en la zona. Mientras que
originalmente concebía que la adhesión a la revolución de los comuneros de
1520-1521 por parte de muchos representantes de la comunidad tributaria se
debió a la dualidad de su función política, en tanto domesticaban el conflicto
social al mismo tiempo que lo expresaban, ahora tengo la convicción de que
la actitud tuvo un basamento socioeconómico. Como acumulador capitalista,
el representante de los campesinos estaba dispuesto a transgredir los límites
que le imponía su acción de agente señorial.
Estos análisis sobre el estado moderno por un lado, y sobre el estado feudal
con sus ramificaciones en las aldeas, por otro, fueron previamente
desarrollados en seminarios que dicté en las universidades de Buenos Aires y
de la Plata, donde tuve la oportunidad de discutir provechosamente estos
temas.
El capítulo 5 es una reelaboración de «Dinámica del sistema feudal,
marginalidad y transición al capitalismo», publicado en S. Carrillo et al.:
Disidentes, heterodoxos y marginados en la historia, Salamanca, 1997, pp.
21-49, versión escrita y fundamentada con referencias de la que expuse en las
Novenas Jornadas de Estudios Históricos, en marzo de 1997, en la
Universidad de Salamanca. Proponía entonces una visión de la génesis de las
relaciones capitalistas que difería tanto de la que dio Marx en el famoso
capítulo 24 de El Capital como de las concepciones maltusianas o de
protoindustria. En el presente artículo las modificaciones comprenden tres
aspectos con respecto a la versión original: a) Formalmente, introduje
precisiones y cambios sobre los antecedentes historiográficos. b) En el
estudio previo sólo analicé el fenómeno de proletarización. Ahora amplío el
tratamiento a la polarización social de la comunidad como un todo, y de ello
deriva que atributos del problema, como la dinámica del feudalismo y la
subordinación del trabajo por el capital, puedan contemplarse desde una
perspectiva diferente. c) En el plano conceptual, y en relación con la
ampliación temática, introduje ahora modificaciones de fondo con respecto a
la metamorfosis de la racionalidad campesina en un estadio de acumulación
monetaria. En esa primera aproximación, el paso de la producción de valores
de uso a la producción de valores de cambio estaba representado de manera
abrupta, desconociendo situaciones intermedias. Creo haber superado este
defecto.
Esta nueva versión la expuse en seminarios de doctorado que dicté en 1998
en las universidades de Salamanca y de Cádiz, y en la École des Hautes
Études en Sciences Sociales, París, donde fui director de estudios asociado.
Mi estadía en la Maison des Sciences de l’Homme, que me permitió gozar de
sus maravillosas comodidades, facilitó la preparación de este trabajo.
Agradezco a su director, el profesor Maurice Aymard, que hizo posible esa
estancia. Expreso también mi reconocimiento a la enriquecedora discusión
que he mantenido con Guy Bois sobre el problema. Su disposición a
participar en el seminario en el que expuse mi visión parcialmente diferente
con respecto a la que él mantiene habla de su civilizado espíritu científico.
Establecida una serie de determinaciones estructurales, la acción de las
clases se impone al examen. Es el tema del sexto capítulo. Mediante una
mezcla de informaciones documentales y desarrollo teórico (inspirado en
gran medida en Georg Lukács) discuto el enfoque de la escuela de
historiadores marxistas ingleses, representado en el medievalismo por
Rodney Hilton.
El trabajo surgió de una invitación a publicar que me formuló el profesor
Julio Valdeón Baruque, de la Universidad de Valladolid, para la revista que
dirige. No juzgué necesario introducir modificaciones a esa primera versión:
«¿Tuvo conciencia de clase el campesinado medieval?», Edad Media. Revista
de Historia, 3, Universidad de Valladolid, 2000, pp. 89-113. Fue reproducido
en Razón y Revolución, 8, Buenos Aires, primavera de 2001, pp. 137-159.
Ensayé las elaboraciones de este análisis en un seminario en la Universidad
Nacional de La Plata, donde asistieron, además de medievalistas, estudiosos
de sociedades modernas y contemporáneas. Constaté entonces los beneficios
de un comercio intelectual no limitado por la especialidad. También me
beneficié en este estudio con los aportes de mi hermano, Rolando Astarita.
En el capítulo 7 expongo un esquema del comercio en el feudalismo y en la
primera transición al capitalismo, en oposición a la teoría del factor mercado
(Braudel o Wallerstein) y a la visión endógena (representada por Brenner).
Fue publicado en inglés: «Asymmetrical Trade in the Feudal System and in
the Early Transition to Capitalism», New Left Review, 226, 1997, pp. 109
119. Es conocido que la NLR, consagrada a estudios teóricos, no requiere
citas a pie de página, y en este sentido se sitúa en las antípodas de los
anteriores trabajos, en los que respeté el culto de los historiadores por
permitir que se vislumbre la erudición. Se asemeja al capítulo, «Sicilia, Italia
y Castilla». Surgido de conferencias que dicté en las universidades de
Florencia y de Siena, fue publicado en la serie Lezioni / Strumenti 8,
dipartimento di Storia de la Università degli Studi di Firenze, 1999,
conservando el modo coloquial. Agradezco a mis colegas italianos, Giovanni
Cherubini y Duccio Ballestracci, la oportunidad que me brindaron para esa
primera exposición, y a Franco Franceschi su empeño en publicarla. La base
empírica de estos dos últimos estudios se encuentra en mi tesis de doctorado
(Astarita, 1992) y, en menor medida, en los capítulos anteriores.
Comparo en este último capítulo los resultados que obtuve de mis
exploraciones sobre Castilla medieval con las investigaciones de Stephan
Epstein sobre Italia. Epstein nos comunica con una isla neoclásica, que
encontró en Sicilia en los siglos XIV y XV. En esta edición amplié
consideraciones sobre Italia con el agregado de alguna precisión
historiográfica. Para concretar este estudio gocé de la condición de
investigador invitado de la Universidad de Salamanca en 1997. Expreso
desde ya mi agradecimiento a mis amigos salmantinos, los profesores
Salustiano Moreta, Ángel Vaca, José María Monsalvo, Guillermo Mira,
Gregorio del Ser y Felipe Maíllo. Agrego especialmente el recuerdo
conmovido de Ángel Barrios García, cuya temprana desaparición representa
una sensible pérdida para el medievalismo.
En este estudio abordo de manera crítica el último modelo sobre historia
económica medieval y transición, modelo que se contrapone al eje analítico
marxista que defiendo. Necesariamente, por la amplitud de cuestiones que la
comparación crítica implica, tuve que recorrer temas ya tratados en capítulos
anteriores, aunque de manera más concisa. Dudé en incluir este capítulo en el
que reiteraba ciertos conceptos, hasta que advertí las ventajas de una síntesis
general.
DEL FEUDALISMO AL CAPITALISMO
Desde la década de 1950, cuando se abrió un debate internacional ahora
famoso (el debate Dobb-Sweezy, ver Hilton (ed.), 1982), el problema del
tránsito de un régimen de producción de valores de consumo a otro de valores
de cambio se ha incorporado a la agenda de los historiadores
socioeconómicos y sociopolíticos. Es el interrogante que se replantea aquí.
Este derrotero implica, necesariamente, tener una concepción de
capitalismo. La idea que expusieron historiadores como Braudel (1984) y
Wallerstein (1979a, 1979b), idea que se resume en la fórmula de
«capitalismo es comercio», ha recobrado actualidad, en el cambio de milenio,
con la «colonización neoclásica» (Fine, 1977). Una vez más reaparece el
eterno hombre de mercado. El paralelismo con el actual discurso de los
economistas no tiene nada de asombroso cuando la ciencia se adapta a las
necesidades del capital. El análisis de Marx, recordémoslo, se sitúa en otra
dirección.
Para Marx el capitalismo es una relación social de producción, y éste es el
resultado en el que se inicia nuestra indagación del pasado. Nos disponemos a
ver el momento histórico en que el poseedor de dinero comienza a comprar
fuerza de trabajo, esa mercancía cuyo valor de uso posee la cualidad de ser
fuente de valor, cuyo consumo efectivo es al propio tiempo materialización
de trabajo y por consiguiente creación de valor. Trataremos de establecer
cómo surge esa nueva forma de producción que, lejos de extinguirse, se
proyecta a nuevos rincones del mundo. No es necesario leer a Hobsbawm
para saber que nuevos países son sometidos al dominio del capital, en una
marcha que se aceleró desde la segunda posguerra, y que formas patriarcales
tributarias con base campesina desaparecen o se baten en retirada. La
proletarización del intelectual, la desaparición del patrono independiente o
del profesional, y la transformación de ambos en trabajadores que
proporcionan plusvalía, el crecimiento, en fin, del trabajo productivo y de la
acumulación capitalista, son fenómenos que se desarrollan ante nuestros ojos.
El capitalismo es una relación social, aunque no se reduce a una esencia
relacional. Es también su automovimiento. Esta aclaración importa para el
problema que deseamos abordar. La relación capitalista apareció en ciudades
de Europa desde el siglo XII, cuando el maestro artesano perdía, por deudas,
la propiedad de sus medios de producción que pasaban al mercader. Pero no
surgió en esas ciudades el modo de producción capitalista.[1] El régimen
corporativo impidió entonces que el beneficio pudiera reinvertirse en la
producción. Buscaremos pues el origen del sistema fuera de ese brillante
ámbito urbano; lo buscaremos en el espacio rural, donde no regía la
restricción del gremio para la inversión. Surgió allí la industria a domicilio, y
si bien esta forma tuvo un dilatado período de crecimiento extensivo,
combinando modalidades de manufacturas centralizadas y dispersas, creaba
también las condiciones para la mutación técnica.[2]
Si el capitalismo no se define sólo por el mercado, el mercado es, sin
embargo, un problema central de su dinámica. Los ensayos sobre el tema que
aquí se incluyen derivan, como expresé, de mi tesis de doctorado sobre el
intercambio desigual entre Castilla y otras áreas europeas desde mediados del
siglo XIII a principios del XVI. En 1992, cuando la tesis fue publicada,
acababa de inaugurarse el estadio más puro del libre cambio. Replantear la
asimetría del flujo comercial en términos no cuantitativos (como establece el
binomio desarrollo-subdesarrollo) sino en términos de valor mercantil y de
reproducción de sistemas vinculados por el intercambio, parecía una
curiosidad de anticuario. En esos momentos Menem era el mejor alumno del
Fondo Monetario Internacional, a pesar de un sesgo heterodoxo que se
plasmó en una relación monetaria fija.
Un década más tarde la crisis cuestionaba de manera práctica la teoría.
Argentina, al igual que otros países de los llamados mercados emergentes,
había cumplido los deberes exigidos, desde la reducción del gasto público,
hasta un presidente tan inculto como los que suministra la familia Bush. Todo
fue hecho según los expertos.
La débâcle revelaba, con inexorable crueldad, que el mercado no
funcionaba en plenitud. Sin los subsidios que el capitalismo más desarrollado
aplica a sus productos agrarios, es muy posible que la catástrofe argentina no
se hubiera desencadenado, o por lo menos hubiera sido atenuada.
Obviamente, era necesario salvar la ortodoxia de mercado encontrando a los
culpables en los alumnos brillantes de años anteriores. Se olvida en esa
acusación que el expendio de políticos corruptos es sólo una parte del
problema. Si no nos dejamos impresionar por fuegos artificiales, no cuesta
comprobar que el problema histórico del intercambio asimétrico ha vuelto a
obtener vigencia. Su actualidad no presupone desconocer la marcha hacia la
disciplina de los precios a escala mundial, hecho que traduce el vigor de la
ley del valor mercantil. Implica, por el contrario, reconocer antiguos lastres
políticos, opuestos a la lógica del mercado, que siguen actuando en la
economía contemporánea. Son factores asociados a formas socioeconómicas
y sociopolíticas tan diversas como los intereses gremiales de los empresarios
o las románticas protestas populares por una restauración del aislamiento
comunitario.
De la misma manera que el concepto de modo de producción capitalista
condiciona el estudio de su formación, el concepto de estado moderno
condiciona el estudio del estado absolutista. También es postulable la
afirmación inversa y complementaria: el estado moderno se explica por el
estado absolutista. Pero aquí las cuestiones están menos claras. Tenemos una
larga tradición de estudios sobre el modo de producción capitalista en
perspectiva histórica, desde las primeras manufacturas rurales. Se encuentra
en Smith (1987), Marx (1976-1977), Dobb (1975), e incluso en Weber
(1961), aunque fue un tema secundario para él. Gracias a estos autores
podemos apreciar la ligazón histórica entre manufacturas e industria con la
pervivencia modificada de categorías específicas.
El problema del estado moderno, como estructura devenida, en su relación
dialéctica con sus precedentes institucionales, se encuentra en un grado muy
inferior de elaboración. Se lamenta la ausencia de un tratamiento clásico.
Marx no tiene una teoría histórica y sociológica sistemática del estado.[3]
Weber (1987) utiliza la historia sobre el tema para validar su formalista
sistema clasificatorio universal.[4] Gramsci (1962, 1963) proporcionó
indicaciones muy sugerentes acerca de las diferencias estatales entre Oriente
y Occidente sin una verdadera exploración. Si la morfología del vértice
político moderno en su nexo con las categorías precedentes es un
prerrequisito para la comprensión de su propia historia, y estamos ante un
vacío de interpretaciones, el tratamiento merece un capítulo especial. En el
capítulo 2 se intenta organizar críticamente las interpretaciones heredadas,
revisión que nos franquea el camino a las categorías vinculadas entre estado
moderno y estado feudal. Con esto nos introducimos en el análisis del
proceso constitutivo del vértice político castellano, que es, a su vez,
indiscernible de la formación socioeconómica. Éste puede ser el momento
para justificar la cronología inicial de estos estudios.
Hacia el año 1250 el cuadro histórico de Castilla ofrece rasgos
relativamente estables, estimados en la larga duración, no muy distintos,
además, de los de otras áreas de Europa occidental: consolidación del sistema
feudal y de patriciados urbanos, circulación mercantil y monetaria en niveles
considerables (para los marcos del feudalismo), vínculo de esa circulación
con flujos externos, y apertura de lo que podría denominarse la fase decisiva
de construcción del estado absolutista.
En la dinámica del feudalismo trataremos de captar la génesis del régimen
capitalista de producción y los fundamentos del estado moderno como dos
cuestiones interconectadas, dependientes de diversas y jerarquizadas
cualidades sociopolíticas y socioeconómicas. Esa conexión entre génesis
capitalista y centralización política no implica, sin embargo, relación causal.
Dicho de otra manera, si bien el modo de producción capitalista y el estado
moderno se originan en el mismo tipo de fenómeno, y necesariamente
interaccionan, la producción capitalista no fue engendrada por el estado
absolutista ni este último fue creado por el primitivo empresario de
manufacturas. Así mismo, una vez que se logra observar el oscuro parto del
capitalismo, surge la posibilidad de pensar en el sujeto de la transición. La
lucha de clases es, hasta cierto punto, y a costa de una simplificación
excesiva pero inevitable, un desprendimiento de este movimiento de la
estructura. Cuando el nuevo empresario se impone transformar los elementos
que rodearon su nacimiento (y que le permitieron su constitución como
agente económico), se ve también la variedad de resoluciones no
preestablecidas que hacen a la riqueza del análisis particular.
Este accionar del individuo establece el límite cronológico final del libro,
hacia 1520-1521, con la sublevación de las comunidades de Castilla. En ese
movimiento asoman fenómenos nuevos, como el potencial revolucionario del
parlamento, la vigilancia de sospechosos, los juramentos de fidelidad a la
comunidad, el terror en busca de unanimidad, la consigna de gobierno de los
«medianos», la dialéctica entre represión y radicalidad, la reacción externa
(de Portugal), el poder dual, la prefiguración programática de acciones, el
deslinde entre extremistas y moderados en el seno de los revolucionarios, la
dicotomía sectorial en la burguesía (la comercial de Burgos y la
manufacturera del interior), la apelación jacobina a la «comunidad» contra la
elite, el desconocimiento del rey como cabeza del cuerpo político y las
oposiciones de clase con fronteras muy nítidas (ver Pérez, 1977). Estas
cualidades, que enlazan el suceso con la Francia de 1789, justifican el corte.
Surgía con los comuneros el sujeto de la revolución burguesa, aunque no
apareciera como burgués.
En el plano comercial, 1520 también marca un corte. Después de esa fecha,
comienza la incidencia de la conquista americana sobre el espacio europeo.
Esta demarcación temporal no comporta que los fenómenos aquí
observados hayan caducado en los inicios de la modernidad. Por el contrario,
desde el siglo XVI se consolidaban los estados feudales (Anderson, 1979), el
capital mercantil (Braudel, 1984), el papel de los códigos de prestigio en la
interacción social (Elias, 1993), la casa proto-industrial (Laslett, 1987) y otras
cualidades inherentes a la época de estos estudios.

ACERCA DEL MÉTODO


En estos estudios la teoría no interesa menos que la descripción, aunque esa
teoría no se formula apriorísticamente sino desde bases empíricas y herencias
interpretativas. Los exámenes historiográficos, documentales y teóricos están
aquí entreverados. Con la literatura histórica recibimos, además de
información, problemas que impulsan nuevas lecturas de documentos, y
llegamos muchas veces a reflexiones distanciadas de los puntos de partida.
En ese momento de llegada no sólo nos es dado descifrar lógicas particulares
que los textos encerraban; en este caso ha quedado al descubierto una lógica
general que subyace en teorías examinadas. El epílogo del trabajo preside
entonces la exposición: me esforzaré por mostrar en este prólogo esa lógica
general compartida, que establece una diferencia esencial entre los estudios
que aquí se ofrecen al lector, y los sistemas considerados.
En una porción importante de las tesis que se discuten, la idea kantiana,
según la cual sólo podemos explicar la realidad si aplicamos a los datos una
forma conceptual preconcebida, es el supuesto metódico, y se traduce en la
construcción de modelos. Este procedimiento, característico de la sociología
histórica, se aparta del oficio tradicional de historiador que se expresa en este
libro. No se trata de instaurar un encono entre disciplinas y, ante todo, habría
que reconocer en muchos practicantes de la sociología histórica el estímulo
que da su pensamiento creativo. Pero el agradecimiento no disimula que con
el modelo instituyen una diferencia epistemológica con la historia que se
elabora desde el dato. En esta separación entre sociología histórica e historia
nos abstenemos de apreciar los regímenes conceptuales, un asunto ahora
secundario. El aspecto sustancial, que la práctica profesional del historiador
rechaza, puede sintetizarse diciendo que, con el modelo, el movimiento
conceptual deja de captar el movimiento real, aun cuando ese modelo se
constituya con un montaje de elementos reales. Concentremos la observación
en un representante prototípico de ese proceder de la sociología retrospectiva,
Perry Anderson.
Anderson (1979) busca las causas del estado absolutista en la caída de
ingresos señoriales y la lucha de clases, factores que decidieron, según su
opinión, que la clase feudal compusiera una organización burocrática. Estos
atributos se constatan. Pero el problema es que esa relación causal entre
dificultades de la clase dominante y estado, establecida con abstracción de la
cronología, del devenir histórico, no da cuenta del proceso formativo
concreto del estado, cuestión que se fundamenta en el capítulo 3, y que ahora
nos limitamos a contemplar desde el punto de vista metodológico.
En suma, Anderson ofrece un modelo compuesto por una integración de
elementos históricos que no dan cuenta de la historia. Se acerca al plano real
sin manifestarlo verdaderamente. Es en este punto donde la construcción
modélica se aleja de los historiadores de oficio (y también de la
epistemología de Marx), en la misma medida en que se acerca al tipo ideal de
Weber.
Esta diferencia epistemológica entre dos padres fundadores de las ciencias
sociales ha obtenido hoy un significado trascendental, aunque poco
reconocido. Lejos de ser una diferencia diáfana, reina aquí la mayor de las
confusiones, en buena medida debido a la simbiosis de categorías analíticas
usadas por autores que se adhieren a uno u otro principio. El problema se
traduce en un rechazo tácito, que se refleja en la indiferencia que sufren
eximios representantes de la sociología histórica por parte de muchos
historiadores, y no en un reconocimiento de las cuestiones gnoseológicas de
fondo. Suele interpretarse ese desinterés por la falta de vocación teórica de
los historiadores adiestrados en el positivismo, pero esa impronta positivista
de origen no agota de ninguna manera la explicación. Veamos las bases del
desencuentro.
La noción de tipo ideal se comprende si recordamos el regreso que
intelectuales alemanes emprendieron, a partir de la segunda mitad del siglo
XIX, desde Hegel a Kant.[5] Kant tuvo un peso concluyente en la formación
teorética de Weber.[6] El criterio filosófico liminar que hereda es que sólo
podemos explicar en términos de leyes si aplicamos a los datos una forma
conceptual preconcebida, por la imposibilidad de captar la realidad en sí
misma; ésta sólo podrá captarse como es para nosotros. En el idealismo
trascendental kantiano, el entendimiento es una facultad de conocer no
sensible, y las cosas no pueden ser percibidas como son en sí. El
entendimiento es una facultad discursiva que conoce por conceptos. Es ésta
una idea ya presente en Descartes, Hobbes, Spinoza y otros, sobre que el
objeto del conocimiento puede ser conocido por nosotros en la medida en que
ha sido producido por nosotros.
Con estas bases, Weber emprende la construcción de sus síntesis
conceptuales, específicamente destinadas a objetos delimitados.[7] Como se
desprende de su propio enunciado, cada modelo está constituido por un alto
grado de subjetividad, que el mismo Weber aceptó francamente. Es
explicable. Si el problema consiste en observar el fenómeno, y seleccionar
factores que se ponen en relación, la estimación de lo que se toma en cuenta y
de lo que se deja fuera es, forzosamente, una elección. Con esto se suprimen
los asuntos contradictorios, las impurezas que perturban una lógica unívoca,
y el resultado es entonces percibido como pasible de aprehensión racional.
La subjetividad cognitiva se reproduce en el objeto construido, destinado a
dilucidar el sentido de la acción social. Esto constituyó el desvelo de Weber,
paradigmáticamente manifestado en su estudio sobre el empresario que,
guiado por un deber ético, se consagra al ejercicio metódico de una profesión
lucrativa (Weber, 1977). La preocupación se reencuentra, en su forma
descarnada, en una diversidad de autores. Puede ser la acción de la nobleza
organizando su estado (Anderson), la del individuo evaluando beneficios
comerciales que determinarán su modo de producción (Wallerstein) o el
campesino superando la falta de medios de subsistencia con la organización
de su capitalismo agrario (Brenner, 1986a; 1986b). Todos evocan al hombre
económico de Weber, que éste imaginaba puntual, diligente, moderado, y
que, en la búsqueda de ganancia legítima, originaba su capitalismo moderno.
El énfasis en el pronombre posesivo manifiesta el carácter de la
objetivación. Es un desprendimiento natural de la sociología interpretativa de
Weber, y de la escuela kantiana de Heidelberg, que, rechazando las
generalizaciones objetivas del positivismo, encuentra en la comprensión
(Verstehen) de los comportamientos humanos el origen y la explicación
causal de los fenómenos sociales. Aunque Weber fue una autoridad
influyente, la densidad de sus escritos, incrementada con el tiempo hasta
opacar su contenido, permite pensar que en la transmisión del criterio
participaron otros autores como Durkheim, Parsons o Malinowski, sin
descartar a figuras políticas de la socialdemocracia como Bernstein. Con
estas diferentes versiones kantianas se explicaría satisfactoriamente la
influencia, tan extendida, del sistema hasta la actualidad.
Weber ignora, con estos presupuestos, el problema de la objetivación.[8]
Para los seguidores del paradigma, la objetivación es, a lo sumo, el resultado
inmediato de una acción típica ideal. En Anderson, por ejemplo, la esencia
está afectada por una doble subjetividad, en tanto modelo construido y en
tanto ese modelo expresa inmediatamente la intencionalidad del agente.
Wallerstein comparte el mismo principio epistemológico. Su economía-
mundo es la sumatoria de la racionalidad de cada homo economicus que
evalúa, a partir de costes y beneficios, las opciones más convenientes. Para
Brenner, nada llevaba a romper la lógica cerrada de reproducción del
feudalismo; se necesitó la elección racional de determinados agentes no
feudales, compelidos a resolver su existencia económica, para organizar un
sistema competitivo y especializado de reinversión y crecimiento. Esto fue un
logro exclusivo de los yeomen ingleses que anularon la antigua lógica
«chayanoviana» de subsistencia (con ello arrastraron a la gentry, que pasaba
a obtener parte de la plusvalía como renta del suelo, a su transformación en
empresarios capitalistas). En el polo opuesto, los campesinos franceses, casi
propietarios, y no sometidos a las mismas presiones, permanecieron en una
cómoda y pobre inmovilidad.
En su identidad con la teoría general que describimos, Brenner introduce un
matiz diferente con relación a Weber, en lo que se refiere a la formación del
capitalismo agrario, aunque no en lo que hace a la formación del estado, que
brota, igual que para Anderson, directamente de la acción intencionada (ver,
además de lo citado, Brenner, 1996). En el nivel económico, los individuos
que deben enfrentar dificultades, y que por ello racionalizan su actividad,
ponen en marcha de manera involuntaria una lógica capitalista de crecimiento
autosostenido. El capitalismo, en consecuencia, se origina por la acción
racional como situación dada, no como situación racionalmente buscada,
como una consecuencia no intencionada de la acción de actores individuales
precapitalistas (Brenner, 2001). Es por ello que el origen del capitalismo
tiene, para Brenner, una dimensión contingente que explica la singularidad
inglesa de su esquema. En ese rasgo accidental se inhibe captar el doble
movimiento de reproducción y transformación de la estructura.
El modelo del sentido de la acción social nunca se confunde con la realidad;
más bien mide el grado de desviación que tiene la realidad con respecto al
modelo. Y la desviación puede ser absoluta.[9] Por ejemplo, la economía-
mundo de Wallerstein se fundamenta en el desarrollo de los países que
exportan manufacturas y el subdesarrollo de los exportadores de materias
primas. De acuerdo con el esquema, que establece la taxonomía económica
universal, las naciones escandinavas, Canadá o Australia, productores
«desarrollados» de bienes primarios, sólo pueden ser entendidos como
anomalías. Es el problema de la anomalía lo que justamente interesa, pero
antes de considerarlo, veamos un aspecto adicional sobre estas posiciones.
Esta elaboración posiblemente sorprenda al lector que ha retenido una
clasificación convencional del conocido debate entre Thompson (que
defiende la perspectiva de la subjetividad) y Anderson (supuestamente
estructuralista, en el sentido de que reduciría al individuo a mero portador de
la estructura).[10] Al respecto, notemos que si bien Anderson rehuye tratar
experiencias culturales, como sí lo hizo Thompson, sólo ocasionalmente
incurrió en un estructuralismo rígido, y ante el surgimiento del estado
absolutista privilegia la acción social (y esto no excluye al determinismo): las
coacciones socioeconómicas y sociopolíticas a las que era sometida la
nobleza motivaron, según su criterio, la elección racional por el estado. Para
que esta maniobra se manifieste en su integridad, sin interferencias, prescinde
de un desenvolvimiento social que se había efectivizado desde mediados del
siglo XII, y se intensificó durante el XIII, como se trata de exponer en el
citado capítulo sobre el tema, con referencia a situaciones específicas.
Este reparo, sobre la insuficiencia analítica de la objetividad que exhiben
los autores considerados, no implica negar la eficacia de la conciencia o de la
actividad social en la creación de nuevas condiciones.[11] Significa, sí, tener
en cuenta que la evolución estructural no es ni un resultado inmediato de la
acción (racional o reactiva en términos de Weber; buscada o no intencionada,
en términos de Brenner) ni constituye tampoco un mero contexto de la
acción. Es, por el contrario, condicionante de prácticas que, en su resultado,
dan nuevos estadios de objetividad, que no se desprenden exactamente de los
proyectos, a su vez alterados por condiciones heredadas, y ante esos nuevos
estadios de objetividad los individuos se imponen renovadas estrategias para
operar. Esta dialéctica presupone que la acción, sometida a innumerables
mediaciones, sólo es estructurante de manera contradictoria; el resultado
nunca refleja plenamente un sentido prefijado. La acción social misma no
tolera más que una definición plural, y la racionalidad del todo sólo puede
intuirse como efecto de la interconexión de racionalidades sectoriales
actuando sobre condiciones imperantes. La magnitud del problema manifiesta
la limitación más evidente que la ortodoxia liberal nunca superó: el salto de la
lógica individual a la lógica de la totalidad.
En suma, ese demiurgo sociológico, que es la conducta en distintos rangos
de individualidad, desconoce una objetivación en devenir autónoma, es decir,
que obtuvo un movimiento propio e independiente de la voluntad. Su
aprehensión racional excluye tanto el esquema como la mezcla caótica de
datos.
De lo expuesto, se desprende que en la tradición kantiana el modelo rige la
representación, al mismo tiempo que determina toda su arquitectura.
Constituye el sujeto (que en general se retiene en la lectura) del cual la
diversidad es sólo su predicado, y en esto se sitúa la verdadera diferencia de
Anderson con respecto a Thompson, que enhebra su representación como una
cadena de situaciones reales culturalmente reveladoras. Thompson, al igual
que Hilton o Hobsbawm, comparte el punto de partida de Marx.
Para Marx, el objeto no se deduce del pensamiento; por el contrario, es el
pensamiento el que se deduce del objeto. Su rechazo a toda abstracción
separada de la historia real, otorgándole al esquema el modesto papel de
ordenamiento provisorio de los datos, su aversión a la filosofía de la historia
y a las recetas generales, su convencimiento de que la observación debía
mostrar, sin especulación, el nexo existente entre organización social y
producción, y, finalmente, su concepto del concreto pensado como síntesis de
múltiples determinaciones, son cuestiones conocidas. El conocimiento era,
para Marx, aprehender el desarrollo contradictorio del ser, y por lo tanto, en
antítesis con la dialéctica trascendental de Kant, la dialéctica del pensamiento
era captar la dialéctica del ser. Ningún sistema conceptual apriorístico debería
interponerse entre el investigador y el objeto, que debe ser captado, como
diría Lukács, en su misma facticidad. Marx, confesando polémicamente su
método, es taxativo:
... Ante todo, yo no parto de «conceptos», ni por lo tanto del «concepto
de valor»... De donde yo parto es de la forma social más simple en que
se presenta el producto del trabajo en la sociedad actual, y esta forma es
la «mercancía»... (Marx, 1981, p. 176).
Sigue así el camino indicado por Hegel para sortear el abismo que entre
sujeto y objeto dejaba abierto la filosofía de Kant (ver Marcuse, 1983). Pero
también, Marx descubre que las formas sociales no se originan en la
evolución general del espíritu, como creía Hegel, sino en las condiciones
materiales de existencia humana. La proposición se complementa, entonces,
con la inversión materialista del objeto y el confesado distanciamiento de
Hegel. En el prólogo a la segunda edición de El Capital, afirma que su
método dialéctico no sólo difiere en su base del método hegeliano, sino que
es su contrario directo (ihr direktes Gegenteil). Para Hegel, el proceso del
pensamiento es el demiurgo de la realidad, siendo la realidad una mera forma
fenoménica de la idea. En cambio, para Marx, la idea es el movimiento
material transpuesto en el cerebro humano (Bei mir ist umgekehrt das Ideelle
nichts andres als das im Menschenkopf umgesetzte und überstezte Materielle)
(Marx, 1976, p. 27).
En este preciso momento, Marx se encuentra con la tradición erudita de los
historiadores, que el positivismo recoge. La fórmula de Leopold von Ranke,
de «comprender cómo han sucedido verdaderamente las cosas» (Wie es
eigentlich gewesen), ha sido muy mal usada, pero está lejos de ser una
aspiración equivocada, aun cuando jamás se concrete. No dejaremos de
agradecer el aporte que los humanistas hicieron al conocimiento de la
realidad histórica. Con su crítica textual, desarrollada por los estudios de
ortografía, gramática, retórica latina, mitología o inscripciones, inauguraban
la prehistoria de la historia científica. En su ausencia, la misma imagen
ideológica de la materia que aquí tratamos, ya sea la bucólica Edad Media del
Romanticismo o la Edad Media oscura del Iluminismo, seguiría reinando
imperturbable. El largo itinerario de la erudición para establecer los hechos
debe ser rehabilitado sin turbaciones. Esto rememora algunas de las
dificultades que presupone la observación misma, sin hablar de establecer
correlaciones racionales entre distintos fenómenos.
En todo esto, consideramos la mejor de las opciones para acceder a los
hechos, que es el contacto directo con las fuentes. Otra forma de llegar a los
datos es el uso de estudios secundarios. Si bien esta segunda forma
transforma al historiador en dependiente de la perspicacia de otro, la
prioridad del nivel fáctico no tiene por qué perderse. Maurice Dobb,
economista que tanta influencia ha ejercido en el tema de este libro, se
aprovechó de este recurso para sus estudios sobre el desarrollo del
capitalismo (Dobb 1975). La superioridad que, no obstante, en la
interpretación puede adquirirse gracias a un control de fuentes primarias, se
muestra en su plenitud cuando el conocimiento así obtenido condiciona toda
una elaboración. Por ejemplo, los documentos de ciertas aldeas europeas,
entre 1300 y 1600, aproximadamente, exhiben los momentos iniciales de la
producción de valores de cambio. La imagen del nacimiento del capitalismo,
anclada en los vagabundos, tal como Marx veía el proceso a través de la
documentación general inglesa, debe ser permutada entonces por otra que
conduce a la polarización social de las comunidades campesinas y excluye al
marginado absoluto. Es éste el problema que se trata en el capítulo 5.
Esta última referencia nos recuerda que El Capital, una obra
proverbialmente considerada como excesivamente abstracta, se apoya en
plurales informaciones históricas y sociológicas obtenidas directamente de
informes múltiples. Este hecho transforma la visión media sobre una supuesta
naturaleza invariablemente especulativa de la práctica teórica. Para Marx, la
elaboración de teoría tuvo como un supuesto estudios empíricos, tal como se
nos revela cuando nos asomamos a su laboratorio de trabajo. Honró su
convicción acerca de que no existía otra ciencia más que la historia con
anotaciones de datos cronológicamente ordenados con severo detallismo
(esto recuerda, de paso, que el fundamento para establecer el tiempo no
continuo de la historia está en determinar su tiempo continuo) (ver Rubel,
1970).
En estos aspectos se dirimen paralelismos y oposiciones metodológicas.
Los hechos, lejos de ser el camposanto donde el positivista entierra su
inteligencia, eran, para Marx, el abono natural de su desenvolvimiento.
Avanzar más allá del positivismo es un asunto delicado. Debería ponerse
todo el esmero en comprender la necesidad de «superar» sus limitaciones en
el alcance que Hegel daba a la palabra aufhebet, es decir, mediante la
negación relativa, o la preservación relativa de las cualidades que se superan.
Incluso, la negación categórica del positivismo puede constituir un
formalismo que lleve a la inopinada reposición de sus premisas. La virulenta
reacción de la escuela de Heildelberg contra el objetivismo, plasmada en
metas programáticas, sin mediaciones, como denegación absoluta, no se
sobrepuso al empirismo sociológico. En este sentido, es un matiz muy
distinto lo que separa a Marx del positivismo, cuando resguarda su base
positiva mediante un análisis circunscrito destinado a resolver el enigma del
funcionamiento social. El procedimiento abstractivo es la herramienta de ese
examen, estableciéndose en este punto una separación profunda con respecto
a los sistemas que consideramos. Para el positivismo, la teoría es la
oportunidad de la especulación incontrolada y liberada de todo control
fáctico. De manera inevitable, la crítica más rigurosa se diluye en conjeturas
sin crítica; se evidencia esta carencia en nociones como el ser nacional. La
abstracción paulatina aspira a resolver el paso que el positivismo nunca logró
dar para llegar a la esencia. En suma, Marx plantea una diferencia
pronunciada con respecto al positivismo, al esencialismo kantiano y a la
teoría por generalización de casos de Weber.[12]
En la medida en que el estudio se concentre sobre el funcionamiento de una
sociedad sin interposiciones preconcebidas, es decir, desestimando una
generalización construida por la reunión de elementos comunes, la
singularidad del objeto, la «anomalía», que el tipo ideal descarta, pasa a
ocupar el centro del escenario.
Las consecuencias de ese desarrollo problemático son incalculables de
manera apriorística, y establecen las condiciones para reformular cualquier
esquema. Esto se contempla con claridad meridiana en el ejemplo citado
sobre las irregularidades de la economía mundo: si se despliegan las
consecuencias teóricas que nos brindan los países desarrollados productores
de materias primas, surgen de manera encadenada conceptos que,
esclareciendo la producción capitalista (disciplina de los precios, ley del valor
mercantil a escala mundial, tendencia a la igualación de la tasa de ganancia
entre diferentes ramas de la producción, etc.), imponen la crítica al esquema
recibido en la teoría de la dependencia. El exclusivo recaudo para estimar la
singularidad de manera indubitable estriba en la sujeción al objeto real; la
construcción del modelo, en cambio, ofrece, con sus imprecisas y caprichosas
alternativas de elección, la posibilidad cierta de anularla. La búsqueda de esa
peculiaridad es un criterio que se desprende de estas consideraciones y rige el
tratamiento de los temas de este libro, desde los caballeros villanos hasta la
inserción de Castilla en los flujos económicos externos.
Advertirá ahora el lector que no fue ocioso recorrer la cuestión
epistemológica que sigue dividiendo el estudio del pasado, y que incluso aísla
a los investigadores en reductos sin comunicación mutua. De alguna manera,
los estudios que aquí se ofrecen pueden ser contemplados, desde esta
perspectiva, como un diálogo medievalista entre los padres fundadores de las
ciencias sociales. Si, como creo que ha quedado explícito, mis inclinaciones
son definidas hacia Marx, el aporte de Weber no ha dejado de admitirse en
muchos aspectos particulares de los estudios de este libro, desde el concepto
de estamento hasta el de expropiación política de la nobleza por la burguesía.
La distancia crítica no impide la recepción de proposiciones, y este aspecto
atañe a cuestiones expositivas.

ACERCA DE LA EXPOSICIÓN
El franco compromiso con la interpretación y el método presupone una
representación combinada de análisis histórico y análisis de teorías recibidas.
No se toman estos dos abordajes como momentos separados de la
investigación sino como una práctica única y complementaria. Dilucidar el
problema que esconde la obra examinada es, también, resolver el problema
que esconde el objeto que atrajo nuestra atención.
En estas condiciones, la controversia se torna inevitable. No es un
desprendimiento secundario, o accidental, del examen fáctico sino la
sustancia de un pensamiento que se desenvuelve, como un diálogo platónico,
por oposiciones. Cuando en la antinomia se halla la riqueza de un contenido,
la disidencia enriquece. Cada quaestio es, pues, una potencial disputatio.
Con la refutación aparece el peligro de confundir crítica con
descalificación. Esta última, la descalificación, sólo se disculpa cuando la
indigencia del juicio se recubre de soberbia. No es el caso de este libro. Aquí
sólo se disputan cuestiones con investigadores cuya labor infunde respeto, y,
como hicieron los escolásticos, las soluciones se encuentran en el exclusivo
plano argumental.
No creo que los estudios que aquí se presentan estén destinados a un ateneo
de iniciados. La experiencia que realicé como docente en la Universidad
Popular Madres de Plaza de Mayo de Buenos Aires me reveló que la historia
de la Edad Media está al alcance de todo el que desea comprender el
presente. Y con deseos de transformarlo. Cada intervención en las ciencias
sociales tiene una inevitable carga política.

ACERCA DEL PASADO Y DEL PRESENTE


Mis orientaciones son definidas: trato de afrontar una compresión crítica,
que no es sinónimo de retórica condenatoria. Ese entendimiento está
contenido en el estudio de cuestiones sustanciales del proceso histórico, el
único abordaje que permite disolver la forma aparencial inmutable del marco
de nuestra existencia. Es el procedimiento que también revela la posibilidad
de transformación implícita en la estructura, con lo cual la crítica adquiere
una connotación revulsiva para el estado de cosas. Incluye no detenerse ante
ningún corolario que surge de la indagación, lo que es en general molesto
para los que militan preservando el sistema. Pero también suele inquietar a
quienes lo enfrentan cuando ese comportamiento intelectual afecta a alguna
ortodoxia.
La investigación, guiada por este principio, adquiere un movimiento propio
que, en estos estudios, condujo a revisar ciertos postulados de Marx con
referencia a la génesis del capitalismo. El sistema teórico que apoya los
presentes trabajos ha pasado, entonces, a ser objetado en cuestiones que se
incorporaron a la tradición del materialismo histórico. En este procedimiento
está el presupuesto para construir el pensamiento marxista (una construcción
permanente, como dijera ese extraordinario historiador que fue Pierre Vilar).
Es a su vez una condición para reformular un proyecto de acción que incluya
no sólo socializar los medios de producción (lo que se llevó a cabo en el
socialismo real), sino también la disolución del estado burocrático policial
para conquistar el reino de la libertad (la tarea que raras veces se intentó).
Esta confesión, que mezcla el trabajo con aspiraciones políticas, se justifica
en el nexo orgánico que une la inquietud práctica de un ciudadano con la
práctica cotidiana del historiador.
Ese vínculo rigió, con prescindencia de posiciones específicas, las
existencias de Claudio Sánchez Albornoz, José Luis Romero y Reyna Pastor.
Estos nombres, que un medievalista argentino menciona con gratitud, evocan
también una ética que se desarrolló, para decirlo en sentido kantiano, con
independencia del deseo o de la necesidad. El coste fueron exilios o largas
proscripciones académicas. Cuando el utilitarismo nos invade, rescatar ese
criterio es una exigencia de la vida moral que sólo obedece a la más pura
convicción.
[1] Los historiadores se han concentrado en el estudio del textil y en este libro se recoge
esta herencia. Si bien esta atención se justifica por la importancia de esta actividad en la
evolución económica, ello no significa que haya sido el único ámbito en el que se
encuentran anticipaciones capitalistas. Por ejemplo, la producción de manuscritos fue
organizada en la Baja Edad Media por empresarios que pagaban por pieza a sus copistas.
Lo mismo pasó cuando las obras de arte comenzaron a reproducirse en serie para obtener
ganancias monetarias (ver Burke, 1993).
[2] Si se enfoca el problema en términos exclusivamente cuantitativos se omite que sin
ese estadio de manufacturas rurales hubiera sido inexplicable, por ejemplo, la máquina de
tejido de punto que apareció a mediados del siglo XVII, compuesta por unas 2.000 piezas
hechas por herreros, y que proporcionaba entre 1.000 y 1.500 lanzadas por minuto. Esta
última cifra, comparada con las 100 del trabajador manual, da cuenta de la magnitud del
cambio. No es menos importante denotar que la organización de los capitalistas
propietarios del instrumento, en 1657, sólo se explica por el proceso previo de acumulación
de capital (ver Dobb, 1975, pp. 179 y ss.), Esto no niega que la producción fabril de
artículos textiles fue excepcional hasta la segunda mitad del siglo XVIII.
[3] Esto no significa ignorar que desde 1843 a 1871, por lo menos, Marx realizó
penetrantes consideraciones sobre el estado, en referencia a la filosofía de Hegel, a la
génesis del capitalismo o a la guerra civil en Francia.
[4] Por ejemplo, homologa al burócrata del antiguo Egipto con el de su época o el
carisma del franciscano con el de un líder moderno. Esta carencia se dio a pesar de que,
para Weber, la clase burguesa nacional surgió de la coalición del estado con el capital.
[5]La base de estas consideraciones está en primer lugar en la obra fundamental de
Weber, Economía y Sociedad, en especial en su primera parte, donde explicita el
procedimiento que lo lleva a elaborar sus tipos ideales (Weber, 1987). Se corrobora en la
totalidad del trabajo. De la mucha bibliografía sobre este tema, destaco los aportes de
Lewis, 1981; Lukács, 1969; Marcuse, 1983. Sigo estas elaboraciones en lo que respecta a la
epistemología kantiana.
[6] Para el ambiente intelectual de Weber, ver Honigsheim, 1977. Sobre su precoz
conocimiento de Kant, el testimonio de Marianne Weber (Weber, 1995, pp. 145 y 287).
[7] Giddens, 1971, afirma que el método de Weber «... presumes abstraction from the
unending complexity of empirical reality. Weber accepts the neo-Kantianism of Rickert
and Windelband in holding that there cannot conceivably be any complete scientific
description of reality. Reality consists of an infinitely divisible profusion. Even if we
should focus upon one particular element of reality, we find it partakes of this infinity. Any
form of scientific analysis, any corpus of scientific knowledge whatsoever, whether in the
natural or the social sciences, involves selection from the infinitude of reality» (p. 138).
[8] Adorno, 1996, pp. 140 y ss., dice que gran parte del análisis social se refiere a formas
cosificadas, problema que Weber no vio; «... el estudio de las instituciones no consiste en
un estudio de acciones, aun cuando, obviamente, está conectado con la acción social y con
la teoría de la acción social» (p. 141).
[9] Marianne Weber dice «Weber rastrea por todo el globo terráqueo las regularidades de
la acción social y las encierra en conceptos mediante los cuales se piensan los transcursos
de la acción como si tuvieran lugar sin ser perturbados por influencias irracionales, es
decir, imprevisibles, lo cual nunca sucede en la realidad» (Weber, 1995, p. 909).
[10] Los argumentos teóricos se condensan en Anderson, 1985.
[11] Esta dimensión está presente en alguno de los autores aquí criticados. Por ejemplo,
el importante estudio de Brenner, 1993, sobre estrategias enfrentadas entre los
comerciantes tradicionales, por una parte, y los ligados a las explotaciones coloniales, por
la otra, durante la revolución inglesa del siglo XVII, aspirando los últimos a influir sobre la
política externa de la Corona. La caracterización de esta revolución, que según Brenner fue
un conflicto entre burgueses, es una consecuencia de sus estudios anteriores en los que
postulaba el triunfo del capitalismo agrario desde principios de la modernidad.
[12] Therborn, 1980, p. 290, indica que cuando Weber juzgaba el materialismo histórico
como la más importante construcción típico ideal, demostraba lo poco que sabía del
marxismo; Marx y Engels nunca se propusieron tal construcción; no trabajaron observando
la distinción entre la media y el ideal. Agrega que «... la construcción de conceptos del
materialismo histórico queda fuera de la problemática empirista de Weber, en la que los
conceptos se abstraen de la realidad, como ideales acentuados o como medias, en vez de ser
producidos por el trabajo teórico» (pp. 290-291).
LOS CABALLEROS VILLANOS

INTRODUCCIÓN
Los historiadores han propuesto diferentes interpretaciones sobre los
caballeros villanos de la Extremadura Histórica. Esta diversidad deriva, en
parte, de la complejidad de un área que no se encuadra en los moldes clásicos
de formación del feudalismo. En esa región de Castilla, entre el Duero y el
Sistema Central, prevaleció durante la Edad Media una particular
organización social determinada por los concejos. Estas comunidades,
formadas por la villa y un territorio con aldeas dispersas, aparecen ya
establecidas en los siglos X y XI, en la frontera cristiano-islámica del sur del
Duero. En esa zona, sometida a campañas depredadoras, sobrevivía una
sociedad relativamente igualitaria de pequeños propietarios independientes,
divididos entre milites (caballeros) y peones. Sólo con el retroceso árabe y el
avance cristiano, la situación comenzó a cambiar. Durante el siglo XII, los
milites de los concejos realizaron recurrentes campañas bélicas, y esa
ofensiva se tradujo en una acumulación privada y diferencial de riquezas que
provocó la ruptura de la antigua homogeneidad social. Desde la centuria
siguiente, y como resultado de ese proceso, los concejos presentaban ya una
clara dicotomía. Por un lado, se encontraba la aristocracia local de villas
como Ávila, Segovia, Sepúlveda o Ciudad Rodrigo, constituida por
caballeros villanos, descendientes de los primitivos milites. Por otro lado, el
resto de los pobladores sometidos a tributos.[1] Estos caballeros, cuya
cualidad como elite social de los municipios nadie cuestiona, están sujetos a
interpretaciones controvertidas en cuanto se pretende precisar su tipología
sociológica.
La mención inicial es para la escuela institucional, representada por
Sánchez Albornoz (1971, 2, pp. 36 y ss.). Afirmaba que la libertad de la
caballería villana determinaba la peculiaridad castellana en el seno del
feudalismo medieval. Bajo su influencia, las prerrogativas jurídicas pasaron a
un primer plano. Rafael Gibert (1953, p. 417), por ejemplo, tras enumerar los
privilegios de los caballeros (los historiadores institucionales son muy
prolijos en las taxonomías), asevera que tomaron como prototipo el estatuto
de los hidalgos (exención de tributos y dirección del gobierno municipal),
aunque nunca disfrutaron del signo último de la nobleza, la compensación de
quinientos sueldos. Concluye que formaban un patriciado urbano. Esta
propuesta, paradigmática, nada dice acerca de las condiciones materiales de
vida, estudio desplazado por el reconocimiento del acervo jurídico.
Desafiando ese formalismo legal, que durante muchos años nadie discutió,
Reyna Pastor de Togneri (1970) concibió a la caballería villana como una
variante del campesino rico inglés (yeoman) o ruso (kulak) que, en la medida
en que participaba de las actividades ganaderas dominantes, no cuestionaba el
sistema feudal.[2] También distanciado de la visión institucional, Salvador de
Moxó (1979, p. 171) afirmaba que ese caballero expresaba la transición entre
el campesino libre propietario y el último nivel de la nobleza, el infanzón.
Esta percepción de los caballeros concejiles, como parte superior del pueblo,
o aristocracia campesina, se acentúa en la historiografía sobre Portugal.[3]
Esta interpretación fue recogida sólo de manera limitada y con dudas por
los especialistas.[4] No tardó en ser reemplazada por otro esquema que
concibieron los historiadores posfranquistas, empeñados en desembarazarse
de toda impronta institucional, y en especial, de la tesis de Sánchez Albornoz
sobre Castilla como tierra de hombres libres. Cuando España se incorporaba
al molde europeo de democracia parlamentaria, su historia dejaba también de
ser la excéntrica silueta del medievalismo. A medida que se desplegaba esa
revisión, la nueva idea sobre los caballeros villanos se radicalizaba, y borraba
tanto la percepción tradicional como la sociológica del campesino
enriquecido. Para los modernos intérpretes, los caballeros urbanos fueron,
desde el siglo XIII, propietarios de señoríos y, en consecuencia, formaron
parte de la clase feudal.[5] Ésta es la pauta hoy dominante.
Un conjunto de argumentos justificaron esta identidad. Para Villar García
(1986) los caballeros, como poseedores de aldeas, formaban con los clérigos
una sola clase bifuncional en el área. Fundamenta este juicio en documentos
eclesiásticos, que supone pertinentes para el problema, ya que las
informaciones directas sobre la propiedad y la producción de los caballeros
son muy parcas en los testimonios municipales. Asenjo González (1984, pp.
68-69) estima que eran grandes propietarios absentistas –llamados
herederos–, y el campesino bajo arrendamiento debía cubrir la mayoría de la
sociedad rural. Para Santamaría Lancho (1985, pp. 88-90) el señorío
colectivo ejercido sobre las aldeas era la base de reproducción del patriciado.
Aunque se ha ocupado de una zona distinta, Ruiz de la Peña (1981) mantiene
una opinión concordante. Barrios García (1983-1984, 2, pp. 153 y ss.)
presenta la tierra de Ávila a comienzos del siglo XIV desagregada en señoríos
(de la alta nobleza, de la nobleza local y de abadengo). Este razonamiento es
peculiar de los historiadores, ya que el concepto de clase aparece ligado al
ejercicio de una potestad señorial sobre el espacio de influencia del concejo,
aun cuando se reconozca que la apropiación del excedente «no debe
entenderse como medio de obtención individual de ingresos, sino como la
concreción extractora de una dominación feudal colectiva sobre las aldeas».
[6] El argumento es en ocasiones asociado a las formas de vida. Mínguez
Fernández (1982) defiende la afinidad de los caballeros con la clase feudal
por la semejanza de abusos, como las usurpaciones de tierras, y define los
conflictos de los caballeros con la aristocracia como intraclasistas. Glick
(1979, p. 162) los puntualiza como «quasi-noble status» y los asimila a los
infanzones. Diago Hernando (1992, pp. 31 y ss.) discurre sobre carriles
parecidos. Sus razones se basan en el ejercicio de las armas, la residencia
urbana y la constitución de una oligarquía de hidalgos agrupados en linajes.
La polarización social que conllevó este proceso parece demostrada para
Soria, aunque no la detecta en forma nítida en otros lugares. Otro argumento
consiste en recurrir a casos particulares de caballeros con señoríos, bien
testimoniados, en la convicción de que son representativos del conjunto.[7]
Una última base está en el léxico, como el significado de «herederos».
Ante esta percepción tan uniforme, las disidencias son escasas. Una está
representada por Armand Arriaza.[8] Considera que desde finales del siglo
XII se formó una «bourgeoisie chevaleresque», y por consiguiente,
...l’histoire de l’ascension statutaire des chevaliers populaires est en fait
l’histoire du processus par lequel une bourgeoisie prend possession d’un
statut noble au sein d’un environnement urbain (Arriaza, 1994, p. 419).
Cree que la legislación de finales del siglo XIV y comienzos del XV –que
libera a los candidatos al estatuto nobiliario de una matriz puramente agraria
o señorial– fue el reflejo de un cambio en la concepción de la nobleza, basada
ahora en las riquezas urbanas: la «burguesía caballeresca» se habría
transformado en «burguesía noble» (Arriaza, 1995, pp. 90 y ss.). Este punto
de vista, tan diferente a los expuestos, es parcialmente explicable por las
bases de información. Arriaza se apoya en documentación del norte, en
especial de Burgos, donde los mercaderes se habían integrado al patriciado
urbano.[9] En esta ciudad surgió una capa de comerciantes enriquecidos por
los peregrinos del camino de Santiago de Compostela, por la importación de
textiles galo-flamencos y por la exportación de materias primas (Astarita,
1992). A partir del siglo XIII, Burgos (al igual que Sevilla en el sur) iba a
constituir un enclave estratégico para el comercio, situación hasta cierto
punto singular en Castilla. Esta aclaración permite delimitar el área que nos
interesa: la Extremadura Histórica, en la porción central de Castilla.

HIPÓTESIS
No obstante el consenso general, la concordancia de los caballeros con los
señores tropieza con complicaciones. Una de ellas es la referida a los
documentos. La apelación a fuentes eclesiásticas plantea que la asimilación
con la clase feudal carece muchas veces de un apropiado sostén. Antes que
recurrir a peligrosas analogías, conviene apoyarse en textos específicamente
concejiles. Esos documentos, del siglo XIII en adelante, serán el asiento
fáctico de este análisis, para apreciar las relaciones económicas y sociales de
los caballeros, su situación de clase, lo que implica su captación como tipo
social promedio tomando en una consideración secundaria las desviaciones
individuales.
La hipótesis es que los caballeros constituyeron una clase de campesinos
independientes, rasgo que no niega, sin embargo, su funcionalidad en la
reproducción feudal a partir del poder que, como colectivo, ejercieron sobre
las aldeas. Como parte socialmente diferenciada del feudalismo, la caballería
villana garantizaba la dominancia que sobre el espacio de los concejos había
constituido el régimen señorial. Esto significa que el modo de producción
feudal admitía sistemas subordinados que aseguraban el excedente del poder
superior, que era, en muchos casos, el rey. La proposición se aclara si se
muestra que los caballeros explotaban asalariados. Es el problema que se
tratará aquí con cierto detenimiento.
Esta tesis se opone a buena parte de los historiadores. Esta posición implica
el riesgo (ya probado) de ser acusada de una nostálgica revalorización de
nociones de Sánchez Albornoz, ahora tan cuidadosamente denostadas por los
investigadores. Es de esperar que ese prejuicio no interfiera en la lectura del
presente trabajo, que de ningún modo se propone revivir una visión
crepuscular de la historia.
Una posición minoritaria no significa la soledad. Monsalvo Antón se
adhirió a la concepción que aquí se defiende, y que expuse hace ya unos
años, siguiendo las huellas de Pastor de Togneri (1970) (Astarita, 1982). No
estuvo exento de algunas vacilaciones. En un primer momento, Monsalvo
(1988, pp. 126 y ss.) aceptó la caracterización feudal de las aristocracias
concejiles, aunque observaba que los caballeros de Alba de Tormes, su real
campo de examen, no tenían señoríos. Finalmente (1992a), se inclinó por una
interpretación en el sentido del campesino libre.
Abordaremos ahora en detalle situaciones socioeconómicas y sociopolíticas
de los caballeros. Con ello, reconoceremos una estructura que supera los
límites del grupo. Tomaremos contacto con una modernidad precoz que por
un lado bloqueaba las posibilidades de transformación social, y por otro
originaba una circulación mercantil que abría posibilidades de transición al
capitalismo en un nivel microsocial. Además, con este estudio estaremos en
condiciones de abordar ulteriormente la transmutación que ofrece la forma
política bajo medieval.

PROPIEDAD ECONÓMICAMENTE LIBRE


La peculiaridad de la propiedad de la caballería villana comienza a
resolverse si partimos de una observación comparativa con el nivel inferior
de la caballería feudal.
En su aspecto primordial, la propiedad feudal implica la distribución de
derechos de mando y de apropiación de rentas entre los miembros de la clase
de poder, por un lado, y los nexos que los partícipes de esos derechos
establecían con los productores directos, por otro. Estos dos ámbitos abarcan
las esferas combinadas de relaciones políticas y económicas en que se
desagrega, analíticamente, el sistema.
Con referencia al primer nivel, la propiedad consistía, en principio, en
bienes raíces que detentaban diversos titulares atados a un régimen de
obligaciones. Su expresión fueron los pactos de vasallaje que, no obstante su
objetivo de cohesión social, no impidieron las rebeliones y los
enfrentamientos recursivos. Sin embargo, para los estratos inferiores de la
clase señorial, las obligaciones no eran letra muerta. La desfavorable
correlación de fuerzas en que se hallaban les impedía imitar a los grandes
señores que se permitían muchas veces abandonar al rey en la campaña
militar o no obedecer sus disposiciones.
Ese acatamiento de los caballeros feudales fue un factor imprescindible del
funcionamiento social, que se vincula con el segundo aspecto que recubre la
categoría de propiedad feudal: la relación establecida entre señores y
campesinos. En la medida en que el excedente era obtenido mediante una
coacción política y militar que no podía implementarse más que por acción
colectiva, el derecho de propiedad pasaba a estar depositado en una jerarquía
señorial. Cada uno de sus miembros disponía de una atribución de mando
sobre alguna porción de territorio, prerrogativa que se había convertido en
una propiedad individual, en una cualidad de la persona. Los caballeros, que
estaban insertados en esa jerarquía, disponían del ban inferior, un derecho de
mando cualitativamente similar al de cualquier otro señor. En esa necesidad
de colaboración entre señores de distinto rango, se fundamentan las
obligaciones recíprocas entre los miembros de la nobleza y la escala de
propiedades que detentaban en forma condicional, los feudos. Con el
surgimiento de la propiedad absoluta, el mayorazgo, el consiguiente
relajamiento de las obligaciones por parte de muchos magnates, y la
economía monetaria, esa propiedad vinculada de la tierra, que tenía el
caballero feudal, sin desaparecer, fue muchas veces permutada por una
distribución monetaria del excedente de acuerdo con una escala fijada por el
estatus. En su forma pura, pues, la noción de propiedad absoluta era extraña
al feudalismo. Pero la realidad presenta variaciones concretas con respecto a
la regla que, al mismo tiempo que complican el trabajo del historiador, lo
justifican. En el caso de la caballería villana esta variación es notoria.
Tomando en cuenta este referente comparativo, en el análisis de la propiedad
de los caballeros villanos de la Extremadura Histórica se destaca la diferencia
cualitativa que la segregaba de los miembros inferiores de la clase feudal.
La tipología de propiedad de la caballería villana se expresó, en una
primera instancia, a través de privilegios concedidos por los monarcas. Su
elemento notable era la exención tributaria (con ciertas salvedades), para
cualquier heredad comprada, ganada o adquirida por caballeros y escuderos,
lo que indica, además, que el tributo se imponía para la generalidad de los
pobladores.[10] El derecho del caballero villano se condensaba, por ello
mismo, en privilegios que debían repetirse para confirmar la excepción a la
norma. Pero la exención tributaria no constituía, por sí misma, la
especificidad de la clase; los clérigos gozaban, desde finales del siglo XII, de
la misma franquicia.[11] Ese privilegio no era más que un condicionamiento
legal a partir del cual se abría un campo de posibilidades diferentes para la
estructuración social. Es necesario revisar otras determinaciones.
La diferencia de esta propiedad con respecto al beneficio feudal es evidente.
El bien no concedido por un superior sino recibido por herencia, es decir,
alodial, del caballero villano, aparece claramente indicado por la inexistencia
de condicionamientos vinculantes ejercidos sobre la persona.[12] En
consecuencia, gozaba de una relativa estabilidad como propietario. Por el
contrario, en la concesión feudal, el rey retenía la prerrogativa de anular el
beneficio a los tenentes de los castillos o de ingerencia en las fortalezas
guardadas por alcaldes (Grassotti, 1969, pp. 554 y ss.). Desde el punto de
vista del concepto de propiedad, la diferencia entre los bienes de los
caballeros villanos y los caballeros de la nobleza es nítida. Una manifestación
de esa característica de la propiedad no otorgada de los caballeros villanos
está en el concejo como representante del colectivo de propietarios,
disponiendo la política de instalación o compras de inmuebles y defendiendo
el territorio.[13] Esta independencia de los caballeros para fijar las
condiciones de propiedad en el área, se sustrae a las cláusulas vinculantes del
derecho feudal sobre el prestimonio. La diferencia remite, a su vez, a una
génesis diferenciada: mientras la heredad del caballero villano surgió por
apropiación (presura) de tierras libres, la tenencia nobiliaria se formaba y se
rectificaba por cesiones.
En otros aspectos, sin embargo, este alodio estaba sometido a
condicionamientos, ya que se ligaba a una función política en beneficio del
poder superior, que le imponía a la aristocracia concejil mantener sus caballos
y arma.[14] En el caso de que el caballero perdiera su instrumental de guerra
o se resistiera a cumplir las normas, perdía su condición de exento. Sus fincas
estaban sujetas, pues, al arbitrio último del señor de la villa, que podía
ordenar el extrañamiento de la tierra o gravar los inmuebles, convirtiendo la
propiedad en simple posesión.[15] Esto muestra que el alodio se ligaba al
contexto señorial en que se desenvolvía, y que lo implicaba fuertemente.
Si los caballeros villanos se distinguían de los hidalgos, no era inferior la
distancia que los separaba de los tributarios o pecheros. Nunca dejaron de
cuidarse de cualquier mácula de dependencia.[16] El criterio de
determinación pasa aquí, en primer lugar, por el hecho de que esa exención
tributaria se traducía en la propiedad sobre el medio de producción esencial
de toda sociedad premoderna, la tierra, condición muy diferente a la simple
posesión condicionada por el pago de renta. Desde el punto de vista
cualitativo no existía, pues, una zona intermedia entre caballeros villanos y
tributarios, criterio difícil de mantener si apelamos a un discernimiento
cuantitativo. En este último aspecto, efectivamente, los pecheros enriquecidos
presentaban una franja que se confundía muchas veces con la aristocracia
municipal.[17] La exención fiscal era entonces la condición legal que
habilitaba la existencia de una clase independiente que podía comprar o
vender sus bienes raíces sin restricciones, facultad que no tenía el campesino
tributario.[18] Teniendo en cuenta esta fractura social, es cuestionable que la
noción de Comunidad de Villa y Tierra responda a modernos requerimientos
de análisis, si por comunidad entendemos un conglomerado donde prevalecen
los intereses del colectivo sobre los de las clases.[19]
PEQUEÑA Y MEDIANA PROPIEDAD
Al postulado que defiende una gran propiedad terrateniente en manos de los
caballeros villanos no es difícil oponer argumentos que en absoluto lo avalan.
Este aspecto requiere, sin embargo, una aclaración. El calificativo de grandes
o pequeños propietarios es relativo, ya que depende de la referencia
comparativa. A escala del municipio pueden considerarse unas determinadas
dimensiones como características de grandes terratenientes, pero ello no
reviste mayor sentido, en tanto lo que importa es observar la estructura a
escala global.
En primer lugar comparemos con otras áreas. Si tomamos en cuenta los
inmuebles otorgados a los caballeros de Sevilla, éstos deberían ser definidos
como propietarios medios, en la medida en que se atribuía el doble de tierras
al caballero que al peón, forma que se siguió empleando en la repoblación de
Granada (González, 1951, p. 286). La norma era seguida por los moradores
de la villa de Requena, que recibían en 1257 el Fuero de Cuenca autorizando
a poblar y comprar propiedades de moros por el triple de valor para
caballeros y escuderos hidalgos respecto a los peones y el doble de valor para
los caballeros ciudadanos también con relación a los peones.[20]
En segundo término, cuando en los documentos son mencionados
«herederos», se manifiestan en un plano de igualdad caballeros, escuderos y
labradores, no siendo generalizable su asimilación con propietarios
absentistas, como indican las Ordenanzas de Segovia del año 1514.[21] Pero
aun en esas Ordenanzas, la condición de los herederos incluía a modestos
propietarios.[22]
En tercer lugar, en la Crónica de la población de Ávila o en la Chronica
Adefonsi Imperatoris,[23] textos que refieren la actividad de la frontera,
apreciamos el surgimiento de los caballeros como un colectivo popular. Estas
cuestiones nos acercan a una consideración directa de las propiedades de los
caballeros.
Era usual que los vecinos de las villas tuviesen propiedades en las aldeas,
síntoma de ordenamiento del espacio alrededor del núcleo urbano.[24] La
documentación de Villalpando (Zamora) nos descubre los bienes rústicos de
un miembro de la aristocracia local. Se trata del testamento que en el año
1390 dejó Pedro Fernández Caballero de Villalpando.[25] Comprende casa,
portal con un lagar y una bodega, edificaciones donde vivía un criado con un
palomar, casas en la villa, viñas y tierras, de media a cinco «yeras», junto a
herrenales.
No dejemos que la mención múltiple desfigure la observación; otras
informaciones de la misma colección permiten deducir que la cita plural no
da cuenta de una gran propiedad, sino de una propiedad fraccionada con
rendimientos limitados. En 1482 se arrendaba una tierra con dos «yeras», un
herrenal y una era, por sólo una carga de trigo anual,[26] y en 1488 una viña
a Pedro Galán, el mozo, por cinco maravedíes y una gallina al año.[27] En
1493 se realizó un arriendo de dos tierras, una de una «yera» y la otra de «tres
quartas», por «media carga de buen trigo seco e limpio» anual.[28] Estas
informaciones se reiteran.[29] Los rendimientos reducidos que obtenían los
caballeros de cada unidad económica se reflejan también en un documento de
1463. El cura de Santa María de la Antigua de Villalpando renunciaba
entonces a la capellanía dotada por María Fernández Caballera, siendo
ofrecida a otros clérigos, quienes respondieron significativamente
que ellos ... non querían la dicha capellanía porque no tenía synon unas
tierras e dos viñas que rrentavan muy poco, lo qual non avía para dezir
las dichas misas.[30]
Esto quedó también patentado en la toma de posesión de las propiedades
que Leonor Díez de la Campera, viuda, vecina de Villalpando, dejó en el
lugar de Villalva de la Lampreana (término de la citada villa) en favor de la
cofradía Sancti Spiritus de Villalpando. Se menciona una sucesión de tierras
de 2, 3, 5, 6, etc. ochavas de trigo; o bien 1/2, 1, 2, 3, etc. cargas de trigo. En
algún momento, la información aclara que nos encontramos ante bienes muy
modestos: «tierra pequeña... que fará dos ochavas de trigo».[31] No es
extraño que aun artesanos y gente humilde participaran de este tipo de
propiedad reducida y dispersa. Así lo atestigua el testamento, conservado en
Villalpando, de Mencia de Córdoba, mujer de un cardador, que alude a tierras
y viñas, teniendo sus inmuebles una fisonomía similar a la de miembros de la
aristocracia local.[32] En estos parámetros se comprenden los bienes de los
caballeros, fraccionados en porciones pequeñas o ínfimas, y sólo su
sumatoria llegaba a concretar una entidad media, cuestión que confirman
informaciones complementarias.[33]
La propiedad de los caballeros parece haberse desarrollado muchas veces
por absorción de bienes a partir de coyunturas desfavorables de los
campesinos. Fue el caso de Toribio Fernández Caballero, destacado vecino
de la aldea de Zapardiel de Serrezuela (Ávila), que compraba a una viuda en
el año 1389 dos huertos y un prado.[34] Nueve años más tarde adquiría dos
huertas, una facera y una casa pajiza de una vecina de su misma aldea,
acuciada por la imposibilidad de pagar las rentas del rey.[35] En 1406,
adquiría todas las propiedades que tenía en Zapardiel un vecino de Bonilla de
la Sierra, apareciendo nuevamente una estructura de bienes fraccionada,
aunque el hecho de aglutinar las operaciones en una aldea se debería a un
calculado cometido de concentración.[36] En otras zonas se constata la
misma estrategia, y ello respondería a la necesidad de racionalizar la gestión
y el control.[37] Como se desprende de lo mencionado, y lo confirman otros
casos, las adquisiciones a viudas eran frecuentes, inscribiéndose la
acumulación en las fases críticas del ciclo de reproducción familiar.[38]
Es notable que con noticias similares las conclusiones de los historiadores
puedan diferir por completo. Adeline Rucquoi, por ejemplo, apela a
miembros del patriciado de Valladolid para afirmar que tenían «amplias
heredades». Sin embargo, no invoca situaciones excepcionales. El caballero
Juan García de Villandrando, que poseía dos viñas en Val de Yucar en 1348 y
otra más en 1363, o la viuda Elvira García, que dejaba en herencia cuatro
tierras de cinco obradas (unas 2,3 hectáreas) y quince aranzadas de viñas
(Rucquoi, 1987a, pp. 236 y 245), confirman que se trataba de pequeños o
medianos propietarios. Aun si tomamos los bienes urbanos, esta autora
reconoce que «los miembros de la oligarquía no poseen muchas casas y
corrales» (Rucquoi, 1987b, p. 219).
Las disposiciones sobre la fuerza de trabajo que estaban autorizados a
contratar los caballeros confirman el tamaño de las propiedades que surge de
los documentos citados.[39] En una sociedad donde la dimensión laborable se
establecía por la fuerza física, esta información no es desdeñable. El número
de «excusados» (trabajadores de los caballeros) que los fueros establecían,
entre tres y doce, definía el tamaño de las unidades productivas.[40] Estas
limitaciones estaban ligadas también al número de animales.[41] El caballero
de Ávila que tuviera de cuarenta a cien vacas excusaba un vaquerizo; por
encima de las cien excusaba, además, a un rabadán y a un cabañero. El que
tuviera ciento treinta ovejas y cabras, excusaba un pastor, cantidad que se
mantiene en caso de unión de tres propietarios que reuniesen hasta mil
animales; si una cabaña llegaba a esta cantidad, de mil, excusaba un pastor,
un rabadán y un cabañero. El caballero que tuviera veinte yeguas, excusaba
un yuguero, siendo similares las disposiciones sobre la propiedad de
colmenas y puercos. Normas parecidas fueron dadas por los reyes a los
caballeros de Madrid, Segovia y Ciudad Rodrigo.[42] Martínez Moro indica
un abanico de fortunas de los caballeros segovianos: de 15 a 100 vacas; de 40
a 400 ovejas, y tierras de 40 a 300 obradas, cifras que confirman una
tipología de propiedad pequeña y media, según se deduce del contraste con
las cabezas de ganado de los señores feudales.[43]
Los condicionamientos a los que estaba sujeta la unidad productiva del
caballero bloqueaban el crecimiento de la propiedad, y el mismo concejo
limitaba la fuerza de trabajo pasible de ser contratada. A ello se agrega el
señor de la villa, que, en la medida en que percibía excedentes de los
tributarios, impedía la absorción de heredades pecheras por los eclesiásticos o
por la aristocracia urbana.[44]

LA RELACIÓN LABORAL EN LA EXPLOTACIÓN


DIRECTA
Con respecto a la extracción de beneficios, hemos observado que los
historiadores acuerdan que se trataba de una relación de renta similar a la que
establecían los señores. Pero la documentación no permite estas deducciones.
La legislación destinada a regular el trabajo asalariado revela la importancia
que le concedían los círculos dirigentes de los municipios en consonancia con
sus intereses económicos.[45] Hay referencias expresas sobre esto, como
atestigua la documentación de Ávila con respecto a las hijas de los caballeros:
... que pasaren de hedat de diez e ocho años, sy non casaren, que non
puedan escusar más de dos yugueros... e... sy casare con pechero, que
peche e non escuse yuguero nin otro; et, sy casare con cavallero... que
aya sus franquezas conplidas en uno con su marido.[46]
No es la única referencia sobre caballeros con trabajadores exceptuados de
tributos.[47]
Los fueros brindan la imagen de que los caballeros villanos tenían
asalariados o criados, estos últimos en régimen similar a los asalariados o en
esclavitud (siervos moros).[48] Pero estos criados, que vivían en casa del
dueño o en vivienda propia,[49] no definían los caracteres de los caballeros:
en las mesetas de Castilla la Nueva se establecía la frontera que separaba el
área sin esclavos de la civilización mediterránea con tradiciones esclavistas
(Heers, 1989, pp. 107 y 144). Interesan, por el contrario, los campesinos que
se definían por la falta (total o parcial) de tierras, lo cual los segregaba del
régimen de tributación. Su condición está expresada, paradigmáticamente, en
el Fuero de Lara de 1135, donde se liberaba de servicios a los yugueros,
hortelanos, mo-lineros y solariegos; pero si éstos tuvieran heredades,
tributaban («sed si habuerit hereditates pechet anuda, et ponat in efurcione
del Rege»).[50] Esta falta de recursos implicaba que el señor de la villa no
podía recaudar sobre estos campesinos, y se impedía tomar excusados entre
quienes superaban un determinado nivel de bienes.[51] Por la carencia de
tierras, los asalariados no estaban consagrados a un trabajo autónomo en
tenencias (o lo estaban de manera sólo secundaria en ínfimas parcelas),[52] ni
tampoco participaban de la racionalidad económica de la producción
doméstica, distinguiéndose de los campesinos tributarios, aun cuando sus
vínculos con los caballeros hayan sido representados mediante el léxico
señorial.[53] Si bien los excusados surgían de esta carencia de tierras, podía
también darse esta categoría entre campesinos poseedores que pasaban a
tributar para un beneficiario particular, como lo ejemplifica la concesión de
un excusado que otorgaba en 1327 el infante don Juan Manuel, señor de
Peñafiel, al convento de San Juan de dicho concejo.[54] En este caso, se
concretaba un simple cambio nominativo de la titularidad señorial ejercida
sobre el productor directo.
Los asalariados se identificaban pues con campesinos miserables, cuyas
penurias se agravaban dramáticamente durante las crisis agrarias o una
enfermedad.[55] En esta capa social había gradaciones, siendo representativo
de esto el yuguero que subcontrataba por salario, aunque estas pequeñas
segmentaciones no niegan la uniforme condición general de pobreza que lo
caracterizaba, y aun el yuguero con algún recurso monetario, carecía por lo
general de instrumentos de producción.[56] Constituyendo la ganadería un
pilar de esta economía, adquirían importancia los pastores, muchas veces
jóvenes, acompañados por los mayorales (pastores principales).[57] La tarea
de estos trabajadores era estacional, en correspondencia con la intensificación
del ciclo agrario, o anual.[58] Otra categoría era la de aquellos que se
contrataban diariamente, congregándose al alba en las plazas con
herramientas y viandas para ser conducidos a sus labores que realizaban hasta
la caída del sol.[59] Coexistían diversos modos de remuneración, salario o
participación en el producto.[60]
La relación entre asalariados y empleadores no era dejada al arbitrio
individual sino que estaba institucionalmente fijada, impidiéndose que algún
propietario obtuviera ventajas o se desataran competencias en un
rudimentario mercado laboral.[61] El propio reclutamiento de la fuerza de
trabajo se efectuaba mediante controles del colectivo. En Segovia, la
contratación anual de viñateros por los herederos de la ciudad y las aldeas se
efectuaba en octubre, cuando se reunían en la iglesia de la Trinidad, y una vez
elegido, el trabajador era presentado al alcalde.[62] También se verificaba el
salario, y se prohibían aumentos por encima de lo estipulado o pagar por días
no trabajados.[63] Esta incorporación de mano de obra era también
controlada por los aldeanos, que impedían contratar a campesinos en
condiciones de rentar, hecho que, por otro lado, nos revela la capa superior de
los tributarios empleando obreros temporales.[64] En algunos lugares el
trabajo era regulado por las campanadas de la iglesia, y se imponían pautas
para las tareas.[65] Se establecía así un nexo laboral no particularizado, en la
medida en que la normativa subordinaba los intereses de cada empleador a
los del colectivo en la búsqueda de la homologación social.[66]
Los trabajadores sin tierras aseguraban su subsistencia por derechos de
pastoreo y de labranza en comunales.[67] Ciertas retribuciones se confundían
con estas estrategias de manutención, como la «escusa», que era ganado del
asalariado que pastaba en las propiedades del dueño o que éste arrendaba
(Luis López, 1987b, p. 402). El sostenimiento por mecanismos no formales
de estos trabajadores en situación de subconsumo y subproducción era clave
para los tiempos de inactividad. Además de los testimonios citados, prueba de
que debían ser mantenidos a costa de la sociedad municipal, el hecho de que
a veces alquilaban su fuerza de trabajo junto a la yunta de bueyes, siendo la
dehesa del buey una dispensa de vecinos y moradores de las aldeas.[68] Esta
función de los comunales, en una etapa en la que el salario no se había
convertido en el único recurso del desposeído, continuó en España hasta la
época contemporánea.[69] El cercamiento de comunales en Inglaterra, por su
parte, descubrió en todo su dramatismo la miserable independencia del
cottager, el principal perjudicado cuando se consumó el dilatado proceso de
apropiación privada de la tierra.[70]
Las razones de este nexo laboral se encuentran, por una parte, en pautas del
feudalismo, aunque ello entraña un análisis que no puede aquí más que
indicarse: la estructuración señorial del espacio. Sin desarrollar este aspecto,
es una evidencia que la dinámica del sistema llevaba a un fraccionamiento de
la propiedad que, en un determinado nivel, implicaba la separación de una
parte de la masa laboral del esquema tributario (iugarius de quarto non
pectet), y en los señoríos, esta mano de obra fue muchas veces suplementaria
de las prestaciones.[71] La estructura concejil, formada por la libre
apropiación de tierra, y la subsistencia posterior de propietarios
independientes con funciones militares potenciaban esta relación.[72] En las
representaciones que la clase se hacía de sí misma, el exceptuado del tributo
era percibido como una nota distintiva, como se expresaba en 1289: «... nos
todos los cavalleros e los scuderos que tomamos los escusados en el término
de Cuenca».[73] En un plano funcional, el contrato temporal permitía cubrir
con una diferenciada participación los desiguales períodos de trabajo agrario
anual.[74]
La cualidad socioeconómica que emerge de esta lectura no encuentra en
otros investigadores una comprensión equivalente. Los razonamientos de
López Rodríguez (1989, pp. 78-79) manifiestan que en las disidencias se
encuentran cuestiones teóricas.
Afirma que los caballeros villanos dejaron de ser labradores para
convertirse en rentistas, estableciendo relaciones señoriales. Pero esta
representación no la justifica, cuando asevera que el yuguero «recibía una
retribución fija», es decir, salario. Agrega que «el fuero enumera cuáles son
los trabajos que debe realizar el yuguero». Es imposible contemplar aquí otra
cosa que una unidad productiva bajo explotación directa, inconfundible con
el arrendamiento. Mientras que en los contratos de renta lo que se fijaba eran
el excedente y las formas de su transferencia, el detallismo de los fueros
concejiles acerca de las tareas sólo se explica por la necesidad de dirigir
mano de obra contratada. Esto se corresponde con la carencia de tierras del
yuguero,[75] que López Rodríguez reconoce. Si el trabajador no tenía tierra,
lo producido le pertenecía al propietario, a diferencia de las relaciones de
renta, donde lo producido pertenecía de por sí al campesino poseedor. A
partir de este principio, el nexo laboral se definía en términos económicos,
revistiendo el dominio político un rasgo no sustancial, aunque esta cualidad
no otorga a esta categoría un sentido moderno. Esta última consideración
configura los atributos sociológicos del caballero y es necesario tratarla.
En primer lugar, había una variedad de remuneraciones, indicativas de que
el salario no se había consumado como forma estable ni tampoco principal en
el ámbito de la sociedad. En segundo lugar, cláusulas que prohibían la
movilidad de los trabajadores, o multas y normas coactivas,[76] nos impiden
considerar esta relación como moderna. Estas medidas castigaban la
negligencia y el mal trato a los medios de producción; el yuguero debía pagar
al propietario si los bueyes morían por heridas.[77] Las ordenanzas aportaban
un elemento de disciplina laboral –en el sentido amplio del término– y
aseguraban los ritmos de producción, fijados por los propietarios.[78] Estas
prácticas justificaban, a su vez, la presencia del mayordomo, que organizaba
el trabajo y la vigilancia coactiva.[79]
Esta coacción respondía en parte a requisitos estructurales. Lo que
llamamos mercado de trabajo, regulado institucionalmente, no constituía una
competencia que alentara la dedicación, y la debilidad de la motivación
monetaria se evidencia en formas como el «salario a destajo».[80] Tampoco
olvidemos que se trataba de un sector sólo temporalmente ligado a la
producción, para el cual los espacios de ocio debían implicar un retroceso en
el hábito del trabajo continuo (ilustra al respecto la primera organización
fabril, que se enfrentaba con el «culto del San Lunes», observado por obreros
que respondían muy defectuosamente a la «noción de tiempo asalariado»).
[81] La violencia, que a veces alcanzaba una extrema crueldad, como la
mutilación de miembros o el encarcelamiento discrecional,[82] estaba
disponible como alternativa, y se correspondía con las condiciones
preburguesas en que se desplegaba la remuneración asalariada. Esta relación
no se desligaba, pues, de un cierto dominio sobre la persona, característico
del feudalismo, aunque la coacción ejercida para la percepción de rentas en
especie o en dinero tenía un sentido diferente, ya que no aseguraba la
intensidad del trabajo (ello era un problema del campesino, no del señor),
sino el excedente.[83] Esta circunstancia presenta un mismo hecho, la
compulsión física, que responde a diferentes razones si se trata del tributario
o del asalariado. Por ello reviste tanta importancia metodológica, para lograr
una acertada apreciación del problema, apelar a una sustancia
socioeconómica, más allá del modo formal con que estas relaciones se
implementaban. Con esto se expresa que estas dos consideraciones son sólo
introductorias de una última pauta que define el problema.
Este término concluyente se refiere a que el trabajo asalariado estaba
destinado a la producción de valores de consumo para el caballero, aun
cuando ello se lograra por mediación del mercado, y no a la producción de
valores de cambio. Este rasgo es indiscernible del entramado legal que
recubría la práctica económica: los máximos que las ordenanzas corporativas
fijaban al número de trabajadores o de ganado impedían la transformación de
la unidad productora de bienes de consumo en unidad generadora de valores
de cambio. El salario se presenta, pues, como una forma de remuneración del
trabajo compatible con un contenido precapitalista.
Este asalariado no se diferenciaba del campesino medieval arquetípico. Sin
medios de producción, y eximido de gabelas, no participaba de las mismas
aspiraciones que el resto de los aldeanos. Si para el campesino la aminoración
del tributo era una aspiración irrenunciable, al asalariado la cuestión le
resultaba indiferente. Incluso llegaban a tener intereses obviamente
contrapuestos, por ejemplo, en torno al monto de la remuneración. La
antinomia se repetía en el momento de adquirir bienes en el mercado: cuando
aumentaba el precio agrario favoreciendo al campesino como vendedor, y
disminuía de facto la renta monetaria, el trabajador contratado se perjudicaba
como consumidor. Aun si en la vida cotidiana el asalariado encontraba
semejanzas prácticas con sus vecinos, la mayor o menor cercanía a la
explotación directa condicionaba que siguiera ligado tangencialmente a su
aldea (iba a su casa a dormir) o se incorporara como doméstico a la unidad
productiva del propietario.[84]
Con estas consideraciones podemos acceder a un plano político de inserción
de esta masa laboral. En 1330 Alfonso XI establecía un ordenamiento para
Ávila a raíz de disturbios, en gran medida provocados por
... cavalleros e escuderos e otros omes que eran movedores de
contiendas e de peleas e trayan muchas gentes que fazían muchas
malfetrías en la villa e en el término...,

con el objeto de apropiarse de tierras de la comunidad.[85] Interesa destacar


el perfil de esta masa que los caballeros movilizaban para tomar términos:

... los omes valdíos muchos que trayan los cavalleros e los otros de la
villa se fazían muchos alborotos en la villa e se enbargava mucho la su
justicia, por ende tiene por bien que el cavallero que más trayere que
pueda traher fasta quinze omes, syn los rrapazes que guardan las bestias,
e non más; e el escudero diez omes e non más...[86]
Cuando consideramos a esta perditissiman atque infimam faecem populi, la
analogía con el clientelismo romano no es formal. Los caballeros utilizaban a
una masa inorgánica, que habitualmente emerge de sociedades
precapitalistas, dispuesta a plegarse a cualquier ilegítima concentración de
poder.[87] Esta situación, por la cual el funcionamiento de las relaciones de
propiedad sobre el espacio generaba fuerzas desprovistas de tierra, se
agravaba con las crisis de subsistencia, cuando «omes e mugeres baldíos» se
veían obligados a mendigar, imponiéndose la corona la necesidad de
encuadrarlos mediante ordenamientos punitivos.[88] No obstante esto, los
caballeros también tomaron excusados de la capa superior de los pecheros, lo
cual repercutía negativamente en las posibilidades tributarias de la población,
lesionaba los intereses del señor, y originaba conflictos con las aldeas.[89]
Esta base agraria no impidió otras actividades, y los intercambios
mercantiles (registrados desde las normas primitivas) se extendieron junto a
las artesanías.[90] Esto se vincula con la renta en dinero, que se había
impuesto como forma predominante del excedente, y con los esquemas
generales de circulación. En ese contexto, y sobre la base de una producción
rural, surgieron en el siglo XIII algunos enclaves de producción textil en
Segovia y Ávila, aunque no deben sobredimensionarse.[91] La misma
pervivencia de pagos en especie y de pequeños artesanos urbanos que
también eran labradores es significativa.[92] Esto se confirma con otros
testimonios del siglo XIII, matiz que reduce concepciones excesivamente
optimistas sobre estas actividades.[93]

EL PROBLEMA JURISDICCIONAL Y BENEFICIOS


COMPLEMENTARIOS
El señorío colectivo del concejo, es decir, el gobierno sobre las aldeas,
indujo a que los historiadores concibieran al caballero villano como un señor
feudal. El hecho que este postulado descuida es que uno solo de los atributos
de la clase feudal (el señorío) no configura el conjunto de cualidades de esa
clase ni tampoco del sistema: el dominio coactivo sobre la persona supera los
límites de un determinado modo de producción. Expresado en otras palabras,
el poder que la caballería urbana ejercía, como colectivo, en beneficio del
señor de la villa, no admite ser considerado como definitorio del carácter de
clase, ya que no determinaba su sustento. Tampoco lo admite la compulsión
que los caballeros ejercieron sobre sus «paniaguados»; era sólo un exponente
de un modo general de las relaciones sociales en el medioevo, e incluso el
asalariado urbano de otras áreas sufría esas manifestaciones de fuerza
(Rutenburg, 1983).
Si bien los caballeros villanos ejercían derechos jurisdiccionales sobre las
aldeas, esos derechos no se indiferenciaban con la relación productiva, de lo
que se desprende que la forma básica de excedente no fue la renta feudal. El
monopolio de los medios de coerción no se tradujo, a diferencia de la
nobleza, en una relación feudal de propiedad. Esto se comprende mejor si se
recuerda que el campesino estaba sometido al tributo del señor de la villa, el
rey o un aristócrata, o bien a señores eclesiásticos cuando había una
jurisdicción sustraída al régimen general del municipio.[94] En la cesión que
la reina Juana, señora de Sepúlveda, realizaba en 1373 a favor de Pedro
González de Mendoza de aldeas de ese concejo, este aspecto se ve
claramente.[95] En este traspaso, se presentaba al señor con el derecho de
exigir tributos, de mandar y sancionar («justicia e señorío civil e criminal»), e
imponer una sujeción del mismo tipo que la de realengo («que reciban e ayan
por su sennor, de ellos e de dichos lugares e de cada uno de ellos, a vos, el
dicho Pedro González»). Los campesinos tenían conciencia de esta
subordinación. En San Bartolomé de Pinares, en Ávila, los representantes de
la aldea reconocían la obligación de pagar al recaudador mayor de las
alcabalas y tercias como consecuencia de la dependencia establecida por el
rey, y los testimonios de esta naturaleza abundan en la documentación
municipal.[96]
El tributo es el eje desde el cual se debería examinar la propiedad alodial de
los caballeros, que se insertaba en ese contexto feudal como forma
secundaria. Ello se tradujo en una limitación de ese alodio; su incremento
haría peligrar los ingresos del señor. Esto quedó reflejado en Paredes de Nava
en el siglo XV: para evitar que las compras de propiedades por los
privilegiados aumentaran la tasa de exacción sobre el «común», se hizo
prevalecer el carácter pechero de las heredades (Martín Cea, 1991, p. 168). Es
por esto que la ampliación significativa de esas propiedades de los caballeros,
o su transformación en señorío, sólo podía lograrse por privilegios especiales
o por violación de las reglas. En Ciudad Rodrigo, en la segunda mitad del
siglo XIV, algunos caballeros lograron constituir un señorío ilegítimo
protegiendo a los campesinos de los recaudadores, que estuvo sometido a las
usuales rectificaciones.[97]
Distintas fuerzas bloquearon los señoríos individuales. En primer término,
la monarquía, interesada en su fiscalidad, vetaba que los caballeros ejercieran
coacción sobre las aldeas, tomaran posada o construyeran fortalezas.[98] Las
normas reales para impedir la absorción de vasallos se repetían, y
evidenciaban la lucha por la fuerza de trabajo.[99] En segundo lugar estaba la
resistencia campesina.[100] Por último, las regulaciones del concejo,
interesado en conservar un estatuto igualitario entre sus miembros y las rentas
municipales.[101]
Un aspecto de especial importancia fue que el excedente que el concejo
tomaba de las aldeas se efectivizaba sólo a título colectivo,[102]
distribuyéndose por medios indirectos entre el grupo privilegiado. La
modalidad era diversa: pago a funcionarios, cobro de multas, recompensas
por encargos que los caballeros realizaban para el municipio, reparación de
obras y fortificaciones.[103] Esta tributación, cuyo origen en gran medida
estuvo en necesidades defensivas de la frontera,[104] era una forma sólo
accesoria de reproducción social de la oligarquía urbana. Los salarios que
cobraban en Paredes de Navas los alcaldes eran reducidos (Martín Cea, 1991,
pp. 188 y ss.). En Alba de Tormes las rentas concejiles en la primera mitad
del siglo XV representaban el diez por ciento de las exacciones (Monsalvo
Antón, 1988, p. 365). En Salamanca se establecía un máximo de
remuneración para los oficiales del concejo.[105] En Segovia, en 1302, el
concejo organizaba los territorios del sur de la sierra de Guadarrama, y las
rentas se cobraban en forma colegiada como un derivado del dominio
eminente de los caballeros sobre ese espacio (Asenjo González, 1986, p.
116). En Sepúlveda, se implementó una distribución de beneficios comunales
entre caballeros y otros miembros de la comunidad.[106] Una situación que
se inscribe en el conjunto de ingresos que los caballeros obtenían del
gobierno la representan las prebendas que tenían como oficiales. Ello está
expuesto por los regidores de Piedrahíta, que se apropiaban de ingresos
concejiles o recibían regalos, beneficios obtenidos por cargos municipales,
que desde la segunda mitad del siglo XV estaban acaparados por pocas
familias, y que eran adicionales de sus ingresos particulares (Luis López,
1987b, pp. 267 y ss.).
Estas detracciones, si bien eran un requisito de la gestión política, eran
funciones de interés general, percibidas a título colectivo, y redistribuidas
parcialmente en beneficio de la comunidad como obras públicas o gastos
organizacionales. No es descabellado, incluso, concebir que ciertas penas,
cuyo importe ingresaba en las arcas municipales, fueran derivadas de
antiguas composiciones comunales; un indicio de ello se percibe en la
coparticipación entre el concejo y la parentela en reparaciones judiciales.
[107] De ello se deduce que si bien en esta tributación municipal subyacía un
potencial conflicto por repartimientos no equitativos, por apropiaciones
ilegales de rentas, o por tributos de las aldeas,[108] la relación entre clases no
adquiere en este plano su plena manifestación. Eran, además, impuestos
generales de los que no se liberaba la aristocracia local.[109]
Si bien el salario en explotaciones directas a cargo de mayordomos o
caseros constituía la más extendida relación laboral de los caballeros, éstos no
desconocieron arrendamientos complementarios.[110] Se había generado así
una limitada dependencia solariega,[111] pero en la medida en que los
caballeros tenían vedados los poderes individuales, esas rentas se inscribían
en la economía doméstica.[112] En ciertos casos ese arrendamiento implicaba
restricciones. En Ávila se establecía que el que viviera en la ciudad teniendo
arrendada su heredad en las aldeas no podía usar los pastos comunes, excepto
si se hacía presente en la aldea.[113] Pero además, ese arrendamiento se
revela en su naturaleza complementaria a través de pequeñas informaciones.
En el testamento de Leonor Díez de la Campera, los bienes raíces estaban
bajo explotación directa, y sólo con respecto a uno se declaraba «... que están
aforados estas dichas casas e suelos con una tierra por un par de gallinas e
seys maravedís en cada un año...».[114] En 1477, Pedro García el Chico, de
San Bartolomé de Pinares, vendía a Alfonso de Toro, de Ávila, tierras de la
aldea, con capacidad para veintiuna fanegas de sembradura y una huerta.
[115] Esta heredad se dividía en fracciones pequeñas, según la fisonomía
usual. A continuación, el vendedor recibía en censo a perpetuidad de Alfonso
de Toro, la huerta y las tierras con la obligación de pagar a finales de agosto,
cuatro fanegas de trigo, cuatro de centeno y dos libras de lino.[116] Era una
relación que reproducía el modelo señorial (no el de los caballeros), ya que el
contrato se efectuaba «... con las condiçiones con que los señores deán e
cabillo de la yglesia de Ávila ynçensan sus heredades e posesyones...».

EXPLOTACIÓN GANADERA Y ESPACIO


PRODUCTIVO
Los cultivos de los caballeros estaban acompañados de la explotación de
ganados, que constituyeron un elemento clave de su riqueza.[117] Al
respecto interesa la disposición de pastos en comunales, sobre los cuales se
habían verificado en el período diferentes niveles de privatización. Basándose
en el uso de caballos y armas para la custodia del ganado, lo cual revela la
incidencia del estatus en las tareas productivas, los caballeros ampliaron las
dimensiones de los espacios disponibles en dos planos:
a) Lograron el usufructo de pastos en el ámbito del reino por privilegios de
la monarquía, hecho que implicaba la adjudicación de extensas fracciones de
propiedad común. Esto está representado por Segovia.[118] Con esta
apropiación de las tierras por donde pasaban los caballeros con sus ganados,
el concepto de tierra común se restringía.
b) En el ámbito comarcal, y sobre la base de la complementación entre
tierras privadas y colectivas (en especial los «extremos» eran reservados para
el ganado), se verifica el usufructo preferencial de los comunales por los
caballeros, de donde surgían tensiones crecientes.[119] En este aspecto se
revela la preeminencia progresiva de la propiedad privada como un derivado
de la división social. La conciencia que entonces se tenía de ejidos comunales
expresaba esa dicotomía clasista, cuando se reconocía su pertenencia
compartida entre los pecheros y el núcleo aristocrático.[120]
Los modos de apropiación de tierras por los caballeros variaban. Por un
lado obtenían prados y dehesas para el ganado.[121] En Ávila, donde los
montes estaban en manos del concejo, de señores o de herederos, se
reconocía la propiedad exclusiva de una porción del espacio común
(«término redondo»), y la facultad de su arrendamiento.[122] Otra versión
estaba dada por los tributos para el uso de comunes, que, como impuesto
concejil, en determinados casos se destinaban a los caballeros.[123] Se
concretaban también derechos preferenciales o casi exclusivos de uso de
tierras comunes para los caballos de la aristocracia.[124] Ciertas
prerrogativas reflejan transformaciones de la sociedad arcaica. Un ejemplo
está en el montazgo, donde había un reconocimiento al derecho originario del
vecino a la utilización de pastos, derecho que al mismo tiempo se negaba con
el tributo.
Un procedimiento distinto eran las apropiaciones con empleo de violencia.
[125] En Cuenca caballeros y escuderos apremiaban a los labradores para que
les vendieran sus heredades, y en caso de no acceder, los obligaban al pago
por el uso de tierras (Cabañas González, 1982, p. 394). La usurpación de
pastos parece haber tenido en muchas ocasiones su punto de partida en una
dehesa o una heredad del caballero, y posteriormente éste se extendía sobre
otras tierras, y derribaba mojones para incorporar comunales a su dehesa
originaria.[126]
En la toma de términos con violencia participaban también los campesinos,
limitando con su arremetida las incautaciones de los caballeros.[127] Pero los
campesinos no estaban solos en estos enfrentamientos. En Ávila o en Ciudad
Rodrigo intervenía el juez del rey para restablecer bienes comunes con el
objeto de resguardar la producción campesina y la fiscalidad.[128] Aun
cuando la monarquía respetaba los prados de la aristocracia, su intervención
incidió para que las tomas no siempre se consolidaran, y revistieran una
propensión temporal, resultado de coyunturas favorables.[129] Se expresan
aquí intereses encontrados entre la caballería municipal y el realengo.[130]
La ambigüedad de la monarquía es notable pero plenamente comprensible en
términos estructurales. También intervenía el concejo para resguardar la
fiscalidad, idea expresada en 1304, cuando el gobierno municipal abulense
entregaba tierras a las aldeas para evitar la emigración de pecheros, «... por
que podiesen labrar para pan et nuestro señor el rrey fuere más servido et se
poblase el pueblo de Ávila».[131] Por lo demás, han quedado reveladoras
indicaciones de que entre la aristocracia local surgían oposiciones a la
apropiación arbitraria, sintomáticas del mencionado ideal de equilibrio entre
sus miembros, aunque razones productivas también entraban en juego.[132]
En Palencia, donde la tierra común era reducida, se estableció un máximo de
treinta cabezas de ganado para pastar impidiendo que algunos vecinos
... por ser más rricos e cabdalosos quieran ocupar e apropiar todo el
término para sus utilidades e provechar con los muchos ganados que
tienen... (Esteban Recio, 1989, p. 80).
Ello se confirma por disposiciones similares de otros lugares.[133] Por
estas acciones el comunal estuvo sometido a una permanente tensión entre
tendencias apropiadoras («prado çerrado») y conservación de «bienes rrayzes
comunes», y con ello se amparaba la estructura dual de propiedad.[134]
Concluimos que las fuerzas que se oponían en las luchas por el espacio
impedían que la estructura de propiedad deviniera una forma rígida (aspecto
enfatizado en Luchía, 2002). Esa propiedad no puede percibirse más que
como un resultado social promedio, sujeto a avances hacia la privatización y
permanentes correcciones.

RÉGIMEN DE PRODUCCIÓN MERCANTIL SIMPLE


Los aspectos descritos de los caballeros villanos los acerca a campesinos
enriquecidos, tanto por la contratación de asalariados como por el
acaparamiento de tierras.[135] En algunos casos había incluso una
proximidad de hábitat con los «hombres buenos del común», ya que podían
vivir en el arrabal o en las aldeas.[136] Las disposiciones nos dan esta
imagen, junto con una cierta precariedad de medios ¿De qué otro modo
debemos interpretar las normas que contemplan la posibilidad de que las
viudas o hijas de los caballeros se casen con pecheros?[137] ¿No debemos
también leer en el mismo sentido el precepto que establece que muerto el
caballo disponía su dueño de cuatro meses para reparar la pérdida sin que sus
franquicias caduquen?[138] Esta cláusula habla de una relativa fragilidad, y
de que no sería siempre sencillo reponer el signo del estatus. Otra prueba de
la proximidad sociológica entre caballeros y campesinos ricos está en el
surgimiento de un grupo de los segundos, entre mediados del siglo XIV y
finales del XV, que disputaban el protagonismo.[139] Asimismo,
consideremos sin prejuicios los mandatos taxativos sobre los requerimientos
para ser incorporado a la aristocracia local: desde las primeras normas, el
requisito era propiedad de casa poblada en la villa, caballo (a veces de poca
valuación) y armas, por lo tanto, de medios cercanos a los del campesinado
rico, y esto los diferenciaba de los milites per naturam.[140] Justamente por
no tener una condición social inherente a su persona sino al estamento en su
conjunto, debían demostrar periódicamente los caballeros villanos su
pertenencia al rango privilegiado local mediante el alarde.[141]
Lo observado en la Extremadura Histórica se inscribe así en la problemática
más abarcadora de comunidades que creaban estratificación social. Pero, a
diferencia de lo ocurrido en otros ámbitos, esta diferenciación no se forjó en
un proceso gradual sino por una expeditiva transferencia bélica de riquezas
(producto de la frontera), y la doble marca genética, de campesino y de
milites, quedó reflejada en actividades como la vigilancia de los términos
concejiles que, siendo de origen y de carácter militar, se ligaba a labores
productivas, y se superponía a actividades con una connotación plebeya como
acompañar al ganado.[142]
Esta producción generaba un excedente (el ganado era esencial) cuyo
comercio superaba los marcos locales, e incluía mercados y ferias.[143] Los
privilegios políticos jugaron un rol, y en especial lo favorecía la exención
tributaria a la circulación.[144] Esta producción que pasaba por el mercado,
no significaba abandonar un objetivo de consumo; por el contrario, la
realización comercial del excedente era el recurso para obtener bienes de uso
destinados a alimentar los valores tradicionales y la economía del gasto,
aspecto que asimila a los caballeros villanos a la nobleza y corrobora la
dualidad de su cultura.[145] Esto exhibe un cierto paralelismo con la actitud
de la alta burguesía comercial de Burgos, que buscó constantemente afirmar
su prestigio a través de inversiones en tierras, asimilándose a la vida de la
nobleza tradicional.[146]
Los caballeros constituían, pues, un enclave de «producción simple de
mercancías» (según la terminología de Marx) o de «producción de
mercancías precapitalistas» (siguiendo la concepción de Sweezy, 1982), en el
interior de un espacio señorial. Esta heterogeneidad no tiene nada de extraño.
Por un lado, responde a características que se constituyeron en la ocupación
de tierras en la frontera. Por otro lado, fue un fenómeno paralelo a la
coexistencia del feudalismo con campesinos tipo kulak, como los yeomen de
Inglaterra, o con sistemas comerciales, que también se explican por un
proceso sociogenético, como el que se dio en el siglo XII, en el camino de
Santiago de Compostela, o luego en Sevilla.[147] Esto confirma que el
sistema feudal otorgaba un lugar propio a otras esferas socioeconómicas con
las que se ligaba funcionalmente.
Idealmente, cada caballero villano, como propietario independiente, se
encontraba en situación potencial de alcanzar superiores niveles de
acumulación. Pero esa hipotética prosperidad estaba impedida por
reglamentaciones institucionales y condicionamientos socioculturales que
obligaban a gastos políticos y de prestigio. La reinversión productiva estaba
limitada a una reproducción simple que no alteraba las pautas tradicionales de
la economía, como lo muestran las compras de tierras, y con esta fijación de
las actividades se fijaba un nivel estacionario de las fuerzas productivas y una
relativa homogeneidad social. La misma trashumancia, implementada por los
concejos, que presupone el espíritu cooperativo en la cabaña, alentaba la
igualación.[148] Una búsqueda similar de homogeneidad entre el grupo
dominante se daba en la reglamentación de las aguas, en la construcción de
molinos en las heredades,[149] o en impedir ventajas en la comercialización,
[150] que se agregan a las ya vistas sobre contratación laboral o número de
ganado. Ante estas limitaciones, es explicable la inclinación a romper la
legalidad para buscar alternativas de desarrollo a escala superior. Incluso, en
la apropiación de comunales se daba un proceso en cadena, por el cual,
aquellos que no habían participado en esa práctica en cierto momento
comenzaban a realizarla con el deseo de igualar a sus pares.[151]
En estos ejemplos se constata que las oportunidades del grupo se hallaban
restringidas por el colectivo, es decir, por el concejo. Constituía este último la
institución destinada a resguardar la condición de los caballeros, y otorgaba a
éstos su fisonomía definible como algo distinto de un simple sumatorio de
individualidades; era la instancia que estructuraba la clase de la misma
manera que los pactos de vasallaje eran parte de las cualidades de la clase
feudal. El concejo cumplía en este aspecto funciones equivalentes a la
comunidad campesina o al gremio del oficio. La admisión controlada de
nuevos miembros y el cierre de la institución nos acerca al mismo tipo de
estipulaciones que tenían las corporaciones de artesanos, basadas en el
criterio inclusión/exclusión y en exigencias de pertenencia.
De esta manera, si bien el acaparamiento de cargos (jueces, alcaldes, jefes
de las milicias, etc.) por los caballeros convertía al concejo en órgano de
dominio político en el ámbito comarcal (cuestión subrayada por todos los
historiadores), era también una institución que superaba los marcos de la
instancia política. Llegó incluso a ser un mecanismo integrador de la
aristocracia local en su totalidad en situaciones más decididamente
heteróclitas, cuando los mercaderes se incorporaron a los estratos superiores
de las ciudades, en algunas regiones marginalmente y no tanto en otras.[152]
De aquí deviene su centralidad para comprender a esta clase social. Por el
contrario, el parentesco y los bandos-linajes que agrietaban al grupo en
facciones (a veces irreconciliables) atentaban contra la propia estructuración
del grupo como clase social.[153]
En ese potencial económico del concejo como reunión de propietarios
residía el no desarrollo particular del caballero, que debía subordinarse a los
procedimientos del sujeto económico colectivo. Este bloqueo de las fuerzas
productivas se combinaba con un doble impedimento social: el caballero
villano no podía realizarse como capitalista ni como señor feudal.[154] Era
más bien una fuerza intermedia estacionaria, y por ello, la similitud
estructural con el campesino rico inglés, el yeoman, sólo es admisible desde
una estática perspectiva estructural, ya que en lo que atañe a su dinámica se
constata un punto crucial de divergencia: mientras este último cumplió un rol
en la transición inglesa al capitalismo, el caballero villano tendía a sostener
las estructuras tradicionales.[155]

LAS EXCEPCIONES A LA REGLA


A la falencia derivada de atribuir a una clase las informaciones de otra,
algunos historiadores agregan otro desacierto. Consiste en establecer una
tipología a partir de individualidades, cuya profusa notación documental
obedece precisamente a su anomalía. Fueron, en efecto, excepción los
caballeros villanos que lograron transformarse en modestos señores de
alcance comarcal. El problema consiste en dilucidar su origen.
Salvador de Moxó reveló el procedimiento por el que ciertos linajes de
caballeros urbanos, en los siglos XIII y XIV, desbordaron el marco al que
pertenecían para insertarse en la administración central y alcanzar, a partir de
funciones cumplidas para el rey, protagonismo señorial.[156] Se basaba en
los Dávila de Ávila, en la familia Albornoz de Cuenca, en Fernán Sánchez de
Valladolid, y en dos caballeros de Toledo, Diego García y Fernán Gómez en
el reinado de Fernando IV. Las concesiones habilitaban pequeños señoríos en
el interior de los términos concejiles. Su excepcionalidad confirma la regla,
como ilustra un análisis de estos documentos.
En 1271 Alfonso X concedía a Blasco Gómez de Ávila el lugar de Velada.
Se trataba de un caballero vinculado por servicio a la Corona, que adquiría el
derecho a dictar el fuero estableciéndolo en 1273. El texto especifica que
obtenía el poder por concesión del monarca, con el derecho de hacer la iglesia
e imponer las condiciones a las que se tendrían que sujetar los vecinos.[157]
Abarcaban, en primer lugar, los tributos que debían al señor, quien los
establecía de manera proporcional a los medios de producción. Imponía
gabelas feudales, como el acarreo hasta su casa de tres cargas de leña anuales
para aquél que tuviera bestias de carga, o el trabajo de dos días por año en su
heredad, distinguiendo entre los campesinos con animales y sin ellos («que
me labre con su cuerpo»). Fijaba las condiciones de compra-venta y percibía
los derechos de justicia que hubieran correspondido al rey. Similar es el caso
de Blasco Ximenez, que al lograr el poder sobre un territorio obtenía el
derecho de poblar (en Navamorcuende y en Cardiel, al sur de Ávila),
sustrayéndose de la normativa concejil y asumiendo la prerrogativa de dictar
el derecho.[158] En Segovia también se daban privilegios a los Arias Dávila,
vinculados a la monarquía, y se les permitía un señorío.[159] En esta zona, la
familia de la Hoz ilustra un pasaje de bienes patrimoniales, característicos de
los caballeros villanos, a tierras señoriales.[160] Según Asenjo González, esta
familia compraba entre 1474 y 1481 tierras de cereal y pastura. Se concentró
en La Armuña, aldea de Segovia, sobre la que habría mantenido, de hecho, un
dominio casi jurisdiccional, aunque sólo con el servicio en la corte logró
consolidarse, durante los reinados de Enrique IV y de los Reyes Católicos.
Con estos señoríos se formaba un segmento de campesinos sujetos a rentas
que, al igual que aquellos que estaban bajo dependencia eclesiástica, se
hallaban sujetos a jurisdicciones especiales con prohibición de cambiar de
señor.[161] Estas esferas de soberanías privadas sobre porciones del territorio
son notorias en los textos, y una prueba de su carácter inusual está dada por la
oposición que generaron muchas veces por parte de los concejos afectados.
[162]
Observada la cuestión desde una perspectiva histórica, estas prerrogativas
no eran inusuales. Ya estaban contempladas en el período de crecimiento de
la caballería villana, durante el siglo XII. En la Chronica Adefonsi
Imperatoris, los caballeros con esas posesiones son mencionados en forma
diferenciada de la «magna multitudine militum». Fue el caso de Muño
Alfonso de Toledo, alcalde, protagonista de los hechos que relata la crónica,
quien fue hecho cautivo (Sánchez Belda, 1950, [112]). Su riqueza se refleja
en el elevado rescate que pagó como tenente del castillo de Mora.[163]
También Gocelmo de Rivas, caballero de la Extremadura, obtuvo de Alfonso
VII autorización para reedificar el castillo de Azeca, a donde se trasladó con
su familia, caballeros y peones.[164] Esto contrasta con las concesiones de
castillos al concejo.[165]

CONCLUSIONES
El medievalismo no institucional quiere ordenar los tipos sociales en una
taxonomía bipolar excluyente de señores y campesinos. Si el historiador
institucional, que registra de manera especular enunciados documentales, se
pierde en una maraña formal, la mencionada dualidad desdeña matices; y lo
que importa aquí es el matiz. Cuando una conceptuación binaria no es un
criterio abstractivo de conocimiento medular, sino la representación de lo
real, peligra el análisis concreto. Los problemas epistémicos condicionan la
investigación. La centralidad que el medievalista actual reconoce en la
dependencia del campesino castellano, lo que analíticamente sería la relación
de servidumbre, no debería traducirse en una servidumbre de pensamiento
que convierta esta categoría en el único nexo social. No es posible
desconocer la entidad que revestía la propiedad libre de los caballeros
villanos ni el vínculo asalariado. Son datos que no se encuadran en la
geometría señor campesino. Se impone producir categorías de análisis
concretas para situaciones concretas. Pero aquí se presenta otra dificultad.
La antigua preocupación por la supuesta inmadurez del feudalismo
peninsular (y su originalidad extrema) inhabilita para percibir la
particularidad. El sesgo «actualizado» del historiador parece dirimirse en esa
toma de posiciones. Sin embargo, notemos que la realidad impuso en áreas
no hispánicas una conceptuación específica (yeomen, farmer, junker,
mezzadro). La historia castellana admite el mismo procedimiento, aunque
ello no niega la vigencia del feudalismo, sino que lo constituye en su
peculiaridad (de la misma manera que se constituye con sus rasgos propios en
Inglaterra o en Italia).
La caballería villana constituía una clase distinta a la señorial, aun cuando
su funcionalidad consistiera en reproducir las relaciones dominantes. Expresó
un sistema de producción mercantil simple en el interior del feudalismo. Este
régimen, lejos de favorecer una reproducción económica intensiva, jugó un
rol retardatario en las transformaciones capitalistas.
Habiendo reconocido esta particularidad, estamos en condiciones de captar
los efectos secundarios de la circulación mercantil en las aldeas, y las
innovaciones cualitativas que ello produciría. Podemos también acceder a la
formación política bajo medieval, y su interdependencia histórica y
conceptual con el estado moderno. Son temas de los próximos capítulos.

[1] Ver sobre este proceso, Astarita, 1982, 1993; Barrios García, 1983-1984, 1989 y
1990; Monsalvo Antón, 1990b, 1992a; Villar García, 1986.
[2] La definición de yeoman en Dyer, 2000b, «above the peasantry and below the
gentry».
[3] Mattoso, 1983, pp. 129 y ss.; Durand, 1982, pp. 146, 554 y ss. Martín, 1986, pp. 251
y ss.
[4] Moreta Velayos, 1978, pp. 163 y ss., con dudas rescata la propuesta de Pastor de
Togneri. Ha sido retomada en Astarita, 1982. Defiende que se trataba de una oligarquía de
campesinos ricos ennoblecidos López Rodríguez, 1982, p. 64, aunque, como veremos, esta
caracterización la condiciona por la adquisición de rasgos señoriales.
[5] Santamaría Lancho, 1985, pp. 88-90; 1989, p. 928; Mínguez Fernández, 1982, pp.
118119; 1988, p. 17; Barrios García, 1983-1984, II, p. 147; Bonachía Hernando, 1990, pp.
429 y ss. Clemente Ramos, 1991, p. 70; Martínez Moro, 1985, pp. 124, 206; Villar García,
1986, passim; Monsalvo Antón, 1988, pp. 126-127; Asenjo González, 1984, pp. 68-69.
[6] Bonachía Hernando, 1990, p. 461. También, Clemente Ramos, 1991, afirma que al
margen de la actividad productiva, los ingresos de los cargos municipales, que para muchos
estudiosos es el elemento definitorio del grupo y de la estructura concejil, «... constituyen
una renta-función, como la que extrae todo aparato estatal, y no son producto de una
dicotomía clasista» (p. 66). Es llamativo que estos autores, aun reconociendo la
circunstancia apuntada, se adhieran a una consideración sociológica feudal sobre los
caballeros.
[7] Barrios García, 1983-1984, II, pp. 142 y ss., 149-151; 1990, pp. 41 y 43; 1989, pp.
430-431.
[8] Arriaza, 1994. Fundamenta estas elaboraciones en Arriaza, 1983.
[9] La base de la información de Arriaza son los estudios de Ruiz, 1981b y Bonachía
Hernando, 1979, que han estudiado la ciudad de Burgos; de Glick, 1979, pp. 159 y ss., que
se refiere específicamente a la burguesía del norte del Duero y de Cabañas González, 1980,
sobre Cuenca, área donde tuvo importancia la industria rural y que plantea problemas
específicos.
[10] Fuero de Sepúlveda, Sáez, 1953, tít. 65a; de Colmenares, 1969, año 1278.
Compárese esta propiedad libre con la que surge en el derecho señorial de Castrocalbón, de
1152, en Rodríguez, 1984, doc. 18, (10), donde campesinos humildes con caballos,
asimilables a una capa inferior de milites, que vivían en solar del señor, estaban gravados, y
donde la propiedad se define como prestimonium. Sobre pago de diezmos, Luis López y
del Ser Quijano, 1990, p. 52.
[11] González, 1960, p. 583, Alfonso VIII: «Absolvo insuper omnes clericos et
sacerdotes totius regni mei... ab omni facendera et fossadera et qualibet alia pecta et
serviciis que ad regem pertinent»..
[12] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, Preámbulo y tít. 23, estabilidad de la propiedad con
plena disponibilidad para vender, cambiar, etc.; tít. 25 independencia del propietario para
realizar obras en sus heredades; tít. 29 herencia de propiedades; tít. 30 prohibición de labrar
en tierras ajenas; tít. 61, 65. García Gallo, 1971..
[13] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, títs. 7, 24, 106, 204. Anta Lorenzo, 1987, p. 169,
responsabilidad del colectivo en defensa de la propiedad.
[14] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Ledesma, tít. 1. Luis López y del Ser Quijano,
1990, doc. 13. Mem. Hist. Esp., I, docs. XLIII, XLIV, XLV.
[15] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 65, sobre la malhetría que hiciera el caballero o
escudero en caso de no dar fiadores, se establece que «... echel el rey de la tierra, & lo suyo
sea a mercet del rey» (p. 87).
[16] Luis López, 1987a, doc. 7 de 1441, en Piedrahíta, los caballeros no daban posada.
En las peticiones a don García Álvarez de Toledo, segundo conde de Alba, se expresa el
derecho a eximirse de un servicio con mácula inferior como dar alojamiento al señor,
aceptándose la carga en caso extremo de falta de posadas y condicionando el cumplimiento
a signos distintivos que diferencien a la elite del resto de los habitantes, en doc. 17 de 1464,
p. 52.
[17] Monsalvo Antón, 1988, pp. 127-128 y pp. 241-242, niega que los pecheros
constituyeran una clase, ya que aunque tenían un estatuto de no privilegiados, no existía
una situación uniforme social, económica o de participación en las instituciones
municipales. Da importancia a la fragmentación (mayores y menores; aldeanos y villanos;
etc.). El argumento comporta criterios teóricos sobre delimitación de la clase. Pecheros
ricos con participación en funciones diversas en Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser
Quijano, 1988, doc. 67 de 1413; Martín Cea, 1991, p. 149.
[18] Como se establece, por ejemplo, en Mem. Hist. Esp., I, doc. XXVII, fuero de
Aguilar de Campoo. El señor también imponía restricciones en el concejo y el rey prohibía
que se vendieran heredades a exentos.
[19] Esta conclusión se opone a Estepa Díez, 1984, p. 18.
[20] Mem. Hist. Esp., I, doc. LV.
[21]33 Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 74, año 1414, «... Diego Gonçález del
Aguila que tiene e posee pieça de heredat en el dicho lugar de Gallegos e quel dicho lugar
que es de herederos, cavalleros e escuderos e labradores...» (p. 268); «... el lugar de
Gallegos... es de herederos, asy cavalleros conmo escuderos e labradores...» (p. 269),
Cabañas González, 1982, XXVIII, «... los pecheros e labradores heredados... de Cuenca»
(p. 394); del Ser Quijano, 1987, doc. 63 de 1481, herederos que eran pequeños labradores
de las aldeas (pp. 156, 163, 164). Riaza, 1935. La participación de propietarios en concejos
aldeanos respondería a la dispersión de bienes (p. 486). Imagen de que constituían un
sector relevante de las aldeas (p. 480).
[22]Ídem, «... eredero... se entiende ser... el que tubiere... vna yugada de heredad o dende
arriua o a lo menos tenga media yugada de heredad de pan llebar y diez arançadas de
binnas de qualquier lei o estado o condición que sea que el tal heredero si no vbiere vinna
tenga una yugada de heredad» (pp. 486-487).
[23] Gómez Moreno, 1943, «... e fueron... cinçuenta caualleros de Auila...» (p. 32) «...
morieron y dosçientos caualleros...» (p. 37). Sánchez Belda, 1950, [115] «... consuetudo
semper fuit christianorum qui habitabant Trans Serram et in tota Extremadura... qui erant
quandoque mille milites aut duo milia aut quinque milia aut decem milia, aut plus, aut
minus...». [117] «... mille milites... de Avilia et de Secovia cum magna turba peditum...».
[24] González, 1943, doc. 3, año 1259. Mem. Hist. Esp., I, doc. XXXIII (pp. 68-69). Luis
López y del Ser Quijano, 1990, doc. 39. Rodríguez Fernández, 1990, doc. 17, Fuero de
Benavente, tít. 5..
[25] Vaca Lorenzo, 1988, doc. 101, año 1390.
[26] Ídem, doc. 176
[27] Ídem, doc. 194.
[28] Ídem, doc. 220.
[29] Ídem, doc. 154 del año 1473, se arrienda una tierra por un quintal de trigo anual;
doc. 162 de 1475, se arriendan unas casas por doce maravedíes y dos gallinas anuales; doc.
170 de 1479, arriendo de tierras en aldea de Villalpando por cuatro cargas de pan y cuatro
gallinas anuales.
[30] Ídem, doc. 144, p. 244.
[31]Ídem, doc. 175, p. 326.
[32] Ídem, doc. 201, año 1490.
[33] Luis López, 1987b, pp. 378 y ss. Pequeñas parcelas en Gaibrois de Ballesteros,
1928, doc. 481, año 1293. En Martínez Sopena, 1985, p. 503, bienes de un caballero de
Villavicencio de los Caballeros, a comienzos del siglo XIII: 14 aranzadas de viñas, 5
yugadas de heredad, 18 solares, la cuarta parte de un molino y un «quiñón» tasado en 132
mrs. Como dice Martínez Sopena, estos bienes «no son excepcionalmente abundantes».
[34] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 47.
[35] Ídem, doc. 53.
[36] Ídem, doc. 57.
[37] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 97, 100, 101, 114,
115, 116, 117, 122, 123, Álvarez de Anaya compra bienes en Cabrillas, aldea de Ciudad
Rodrigo, entre 1421 y 1426 por 39.450 mrs. Cuatro compras se realizan por valores de 500
a 800 mrs; luego por 1.800; por 11.000 y por 24.000 mrs.
[38] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 40, dice Juana Fernández, viuda: «Estos
algos... vos vendo para mantenimiento e proveymiento de mí e de los dichos mis fiios» (p.
99).
[39] Cita de Asenjo González, 1986, p. 280, n. 61: «... que los escusados que escusasen
los cavalleros de Segovia que los escusen por sus ganados e por sus heredades propias...».
[40] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 74. Rodríguez Fernández, 1990, doc. 17, Fuero
de Benavente tít. 11 (a); ídem, doc. 44, año 1222, de Toro; de Hinojosa, 1919, doc. CIV.
Mem. Hist. Esp. I, p. 178; Castro y de Onis, 1916, Fuero de Ledesma, títs. 358-360.
[41] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13.
[42] De Hinojosa, 1919, doc. CIV, tít. 2; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser
Quijano, 1988, doc. 14; Martínez Moro, 1985a, p. 209.
[43] Martínez Moro, 1985a, p. 210; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano,
1988, doc. 69, ganado exceptuado de pago por la monarquía: el concejo de Pineda
(monasterio de Oña), 15.000 cabezas; herederos de Pedro González de Mendoza, 700 vacas
y 3.500 ovejas; monasterio de Santoya, 400 vacas, 5.000 ovejas, 20 yeguas y 200 puercos;
monasterio de Santa María de Párrazes, 3.000 ovejas, 1.500 vacas, 800 puercos y 500
yeguas. En 1243 el maestre de Alcántara tenía un conflicto con la Orden del Temple por
42.000 ovejas, ver Martín, 1978, p. 532.
[44] González Díez, 1984, doc. 38 de 1269; doc. 84 de 1279; del Ser Quijano, 1987, doc.
20 de 1390; doc. 29 de 1431; doc. 40 de 1458. Otro ejemplo en Soria, cesión de heredades
para la Orden de Salvatierra con licencia de Alfonso VIII, ver, González, 1960, III, doc.
719, año 1202.
[45] Por ejemplo, Castro y de Onis, Fuero de Salamanca, tít. 293, las disposiciones sobre
los «iuneros» son dadas por los alcaldes y hombres buenos del concejo.
[46] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13, p. 50.
[47] Ídem, paniaguados, relación específica de los caballeros villanos. Mem. Hist. Esp., I,
doc. XLIII, privilegio de Alfonso X a Peñafiel, año 1256, excusa a los apaniaguados,
yugueros, molineros, hortelanos y pastores de los caballeros. Ídem, docs. XLIV y CLV.
Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 198. Sáez, 1956, año 1259, doc. 10, Alfonso X exime
de tributos a los paniaguados de clérigos, «... que sean de la quantía que los han los
cavalleros de Sepúlveda...» (p. 36). De Colmenares, 1969, año 1257, al hospital de Sancti
Spiritus se le conceden siete excusados como los caballeros de Segovia; ídem, pp. 402 y
437.
[48] Mem. Hist. Esp., I, doc. CI; Martín Cea, 1991, pp. 141-142, 150; Ureña y Smenjaud,
1935, Zorita de los Canes, «Si el siruente o el merçenario a su sennor rreuellare, o asu
plazer, no labrare, saque lo el sennor de su casa, dándole la soldada...»; Luis López y del
Ser Quijano, 1990, Ávila, doc. 13, p. 49, siervos moros de caballeros; Sáez, 1953, Fuero de
Sepúlveda, tít. 111; González Díez, 1984, doc. 32 de 1256, servían a caballeros «sus amas
que criaren sus fiios» (p. 107).
[49] Sáez, Sepúlveda, tít. 60, «... yendo el sennor o la sennora a aquella casa o aquél su
sirviente solía morar...» (p. 85).
[50] Muñoz y Romero, 1847, pp. 518 y ss.; p. 521. También, ver Rodríguez Fernández,
1990, doc. 9, de 1146, tít. 10.
[51] Rodríguez, 1984, Fuero de Sahagún, 1255, doc. 80, [29]; Rodríguez Fernández,
1990, doc. 33 de 1208, Fuero de Belver de los Montes, tít. 51; Castro y de Onis, 1916,
Fuero de Zamora tít. 67 «... Este ye el fuero de los cabaneros e de los iugueros e de todo
vasalo ayeno que en eredamiento ayeno estovier que la non tovier a aluguer, fora se for
postor, o la tovier a amor de so duenno de la heredade...»; Luis López y del Ser Quijano,
1990, doc. 13, «... que estos escusados... sy cada uno oviere valía de veynte maravedís en
mueble e en rrayz; e en quanto que oviere dende ayuso que le puedan escusar; et sy ovier
valía de más de çient maravedís, que le non puedan escusar e que peche al rey...».
[52] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Zamora, tít. 74, «... Juguero heredero que en sua
heredat laurar, peche... Cabanero que laurar heredat de padre o de madre,... ata dos fanegas
senbradura, peche». Su tamaño ínfimo en Sáez, 1956, docs. 123, 124, 125, 126, 127, 129,
129, 132, 133, 145 y 150.
[53] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 42c, se los denomina vasallos; Castro y de
Onis, 1916, Fuero de Zamora, tít. 58, el yuguero se relaciona con su señor. En la Edad
Media un mismo vocablo designó realidades diferentes. «Señor» en período prefeudal
denotaba una simple jerarquía; con la constitución de este sistema designó a la clase de
poder, y en el feudalismo maduro como «señor del paño» al empresario castellano.
[54] García García, 1986, doc. 3, pp. 52-53.
[55] Rodríguez Fernández, 1990, doc. 19, Fuero de Villalobos de 1173, la condición
ínfima del yuguero se expresa en que estaba eximido de pago y se lo equiparaba a
«mezquino», tít. 4. Luis López, 1987a, doc. 125 de 1529, da cuenta de la miserable
situación de labradores sin bueyes, sujetos a crisis de producción (p. 256). Ejemplo de
trabajador sin medios de producción en Castro y de Onis, 1916, Fuero de Ledesma, tít. 342,
«... Ortolano esterque el orto; e el senor delle bestia e açada e seron e cestos...». Ídem, tít.
336, si el yuguero se enfermaba, el propietario debía esperar nueve días, luego podía tomar
otro trabajador.
[56] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 131 «... si alquilaren obreros, el yuvero pague
su parte de la despesa, segunt que toma del fructo... non fallaren obreros, cogan omnes que
las sieguen, & pague cada uno segunt toma...» (p. 109); «... si el yuvero bestia oviere... El
sennor ponga el aradro, & el yugo con todo su adobo...» (p. 110).
[57] Ídem, doc. 13, p. 48; doc. 75, pp. 298-299; Castro y de Onis, 1916, Fuero de
Zamora, tít. 62 «... elos oveyeros, elos vaqueyros e todo pastor de ganado que a soldada
estovier».
[58] Villar García, 1986, p. 501, trabajaban todo el año yugueros, hortelanos y pastores,
contratados para labores concretas peones, mancebos, mesegueros, viñadores. El
meseguero, Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 112, trabajaba desde principios de marzo a
mediados de julio. De Foronda, Ordenanzas de Ávila, ley 2, era contratado hasta el día de
San Bartolomé en agosto. Trabajo anual, Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít.
293.
[59] Barrios García, Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 34, Cortes de 1351,
en este rango se incluían: «... carpenteros e albanis e tapiadores e peones e obreros e
obreras e jornaleros e los otros menestrales... Et los que labraren en la villa o lugar do
fueren alquilados, que labren dessde... que sale el sol et dexen de lavor quando se possiere
el sol» (p. 109).
[60] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 112, pago en especie; tít. 146, pago del
viñatero: cuatro dineros. Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 234, soldada de
viñateros en vino. Barrios García, Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 34, pago
en dinero a cavadores, excavadores, podadores, labradores de azada, y en general a
jornaleros. Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13, p. 50, montaneros y defeseros
contratados por el concejo a soldada. Martín Lázaro, 1932, Ordenanzas de Carbonero, año
1409, tít. 27, dispone que a quien se le quemase o derrumbase la casa, el concejo y
hombres buenos le den cada uno un obrero.
[61] Barrios García, Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 34, Cortes de 1351, p.
117. Martín Lázaro, 1932, Ordenanzas de Carbonero, 8: «... pechero... que diere bueyes o
bestyas o mulas para ayudar arar a qual quier heredero... saluo por sus dineros que peche
çinquenta mrs...» (p. 325). Monsalvo Antón, 1988, p. 436, medidas en Alba de Tormes
para impedir la salida de obreros en ciertas épocas, evitar acaparamiento de mano de obra,
fijar topes salariales y jornada laboral. Excepción: en Soria, libre contratación entre partes;
ver Gibert, 1951, p. 81.
[62] Riaza, 1935, Ordenanzas de Segovia de 1514, p. 472.
[63] Ídem, pp. 484 y 487; de Foronda, 1917, Ordenanzas de Ávila, ley 25, «... que le sea
dado salario o soldada según otros vinaderos de las comarcas»; Sáez, 1953, Fuero de
Sepúlveda, tít. 129.
[64] De Hinojosa, 1919, doc. CV, 7, los excusados de valía no superior a cien mrs.
debían ser tomados «... por... aquéllos que el nuestro padrón fizieren e con sabiduría del
pueblo de las aldeas de Madrit» (p. 170); Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13;
Rodríguez, 1984, doc. 32; Rodríguez Fernández, 1990, doc. 7, 1133, fuero dado por el
obispo de Zamora a Fuentesauco tít. 1 «... Ut nullus homo habeat ibi vassalu, nisi suum
iugarium vel suum ortulanum qui moratus fuerit in sua propria kasa...» Ídem, doc. 10,
Fuero de Villalonso (Zamora) y Benafarces (Valladolid), dado por el conde Osorio
Martínez, mediados del siglo XII, tít. 2, derecho de los pobladores a tener yugueros. Luis
López, 1987a, doc. 33, 1485.
[65] Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca, 43, 16 «... Laboratores conducticii
laborent donec campana laboratorum pulsetur in eclesie sancte marie. Qui opus antea
dimiserit, perdat mercedem illius diei...» (p. 822). Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, títs.
112, 128, 131, etc.
[66] Barrios García, Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 34.
[67] Del Ser Quijano, 1987, doc. 25: «... que non vayan a la dicha dehesa a cortar lenna...
nin pastar... salvo los vezinos e mor adores... de Sanct Bartolomé...» (p. 59). Luis López y
del Ser Quijano, 1990, doc. 92, 1415-1416, en el proceso entre Ávila y Peñaranda por
ocupación de términos, un testigo informa sobre cultivos de un pastor en tierras comunes
(p. 413). Castro y de Onis, 1916, Fuero de Ledesma, tít. 257, «A iunteros denle senas
ochauas de trigo entodo término de Ledesma quien bueys o de uacas coyier pan...». Riaza,
1935, pp. 483-484. Monsalvo Antón, 1988, p. 105.
[68] Del Ser Quijano, 1987, docs. 12, 14, 22, 23, 27, 28; Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda,
tít. 131, «... si el yuvero bestia oviere... la bestia que coma de común...» (p. 109); Barrios
García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 158 de 1432, en Ciudad Rodrigo,
derechos de labradores en la dehesa del buey: quien tuviera hasta cuatro bueyes no pagaba.
Ídem, doc. 19, «exidos porqueros».
[69] En el campo andaluz, en González Alcantud y González de Molina, 1992, pp. 251 y
ss.
[70] Hobsbawm y Rudé, 1978, pp. 36 y ss. Su precaria vida material fue una constante a
lo largo de la historia; ver en Grecia arcaica, Vidal Naquet, 1983, p. 191.
[71] La cita en Rodríguez Fernández, 1990, doc. 44. Rodríguez, 1984, doc. 132, año
1417, fueros dados a Oteruelo por el abad de San Marcelo de León, tít. 9, establece que los
vecinos, moradores y herederos debían dar un día de trabajo para la vendimia o los obreros
u obreras correspondientes. En los trabajos de dos días de siega en tierras de la abadía, el
abad «... a les de governar segund Jornaleros en cada año...».
[72] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13 de Ávila, «Et los pastores que
escusaren que sean aquéllos que guardaren sus ganados propios». En Piedrahíta, Luis
López, 1987a, doc. 65 de 1499, se pena a quien segare tierras de pan o prados ajenos y se
aclara «... sea creydo el dueño de los panes e prados por su juramento e de sus omes o
apaniaguados si él no lo viera...» (p. 135). Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser
Quijano, 1988, doc. 3, año 1256, Alfonso X aumenta los excusados de los caballeros de
Ciudad Rodrigo por su participación en campañas contra Jerez y Granada. También, ídem,
doc. 5.
[73] Gaibrois de Ballesteros, 1922-1928, doc. 249, p. CXLVIII.
[74] El año se dividía en tres períodos, en Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca, tít.
32, 2: «... ab introitu marcii usque ad festum sancti iohannis... a festo sancti iohannis usque
ad festum sancti michaelis... A festo sancti michaelis usque ad introitum marcii...».
[75] Fuero de Ledesma, Castro y de Onis, 1916, tít. 337: «... Si iuguero tien bueys o
uacas de parte enarada en su heredade, non ixca por iuguero [e] peche, se ualía a por que».
Lo mismo regía para el hortelano, ídem, tít. 340. Éste estaba privado de medios de
producción, ídem, tít. 342, 328 y 329, el yuguero y el hortelano no tributaban.
[76] Luis López y del ser Quijano, 1990, doc. 13, p. 48; de Hinojosa, 1919, doc. CIV,
(4). Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 187, el pastor que entraba antes del
plazo en el extremo, si se le tomaban animales debía pagar el doble al señor, quien tenía el
derecho de retenerle el salario hasta que abonara la multa. La situación de los pastores de
los caballeros de Murcia no difería de la de Extremadura Histórica, ver de los Llanos
Martínez Carrillo, 1982, pp. 124-125, se les prohibía pasar de una cabaña a otra sin
consentimiento del propietario.
[77] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Zamora, tít. 57.
[78] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 131.
[79] Luis López y del ser Quijano, 1990, doc. 77, pp. 353 y 355.
[80] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Alba de Tormes, títs. 76, 138; Sáez, 1953, Fuero
de Sepúlveda, tít. 129; etc.
[81] Ver, por ejemplo, Kula, 1966.
[82] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Zamora, tít. 68. Fuero de Alba de Tormes, tít. 76;
115. Ureña y Smenjaud, Fuero de Cuenca, 36, 7; 36, 8.
[83] La subordinación personal de los trabajadores en los concejos, en Ureña y
Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca 38, 1, «... Omne mancipium mercenarium, siue pastor,
siue bubulcus, siue ortolanus, hanc fidelitatem debet domino suo observare, scilicet, ut sit
fidelis in omni commisso, et deposito, atque secreto. Sit fidelis in custodiendo omnes res
suas, ne in eis dampnum faciat, aut facere consentiat...». La renta trabajo se diferenciaba de
otras formas, en tanto se debía controlar la producción, ver de Hinojosa, 1919, Fuero de
Villafrontín: «... debent facere laborem et sine fraude...».
[84] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 131, «... labre el yuvero allí do el sennor le
mandare, assí que pueda con sol tornar a su casa; et si non pudiere tornar con sol a su casa,
& goviérnel’ el sennor todos los días que con él labrare...». En el Castro y de Onis, 1916,
Fuero de Salamanca, tít. 57, distinción entre aldeano y yuguero. Comparativamente, de
Hinojosa, 1919, p. 78, año 1171, fuero dado por el conde Urgel a Berrueco Pardo: «... Et si
habet iugerum de bono homine qui non stet cum seniorem, et stet in sua mansione faciat
forum, et si stat cum seniorem, non faciat forum».
[85] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 30, p. 79.
[86] Ídem, p. 80.
[87] Ídem, la relación de clientelismo movilizada para el enfrentamiento social, en doc.
30, año 1330, p. 81.
[88] Barrios García, Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 34, en Cortes de
1351, estos «omes e mugeres baldíos» son tratados con labradores, peones, «... et todos los
otros serviçiales que ovieren a labrar e servir, por alquille o por soldada...», se les obliga a
cumplir el ordenamiento bajo pena de azotes (pp. 115-116).
[89] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 65, caballeros de Ávila «... toman por
escusados... los mayores pecheros...» (p. 160); Cortes de 1401, p. 539; Barrios García,
Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 25, en Cortes de 1315, control de los
encargados de los padrones para evitar excusados de superior cuantía a la autorizada (pp.
85-86); Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 215, la valía mínima para tributar
era de 10 mrs.
[90] Sáez, 1953, Fuero latino Sepúlveda, tít. 8; ídem, Apéndice Documental, doc. 12;
Ubieto Arteta, 1959, doc. 8; Ubieto Arteta, 1961, doc. 85; de Foronda, 1917, Ordenanzas
de Ávila leyes 43, 46, 48, 50, 71, 85; de Colmenares, 1969, pp. 317 y 381; Laguzzi, 1949,
el Becerro de Ávila, pp. 153 y ss., da cuenta del barrio de cesteros o la calle de los
zapateros.
[91] Villar García, 1986, pp. 415 y ss. Barrios García, 1983-1984, t. 2, pp. 66 y ss.
[92] Además de los pagos a trabajadores en especie y dinero, atestigua esta modalidad
toda la documentación que se refiere a tributos o penas judiciales. Sobre artesanos con
tierras, Ubieto Arteta, 1961, docs. 59, 137, 160.
[93] Lo muestra la masiva importación de textiles extranjeros, Cortes, 1, p. 65; Castro,
1921, pp. 9 y ss.; 1922, p. 276; 1923, pp. 115 y ss. Muchos autores otorgan un peso
pequeño a la industria textil castellana del período, entre otros, Gual Camarena, 1968, pp.
94 y 95.
[94] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 74 de 1414, declaración de un testigo en
proceso judicial, «... dixo que sabía que la dicha Gallegos que era aldea e término de Ávila
e que ally yvan a juyzio e allí pechavan todos los pecheros, así rrealengos conmo
abadengos, de la dicha Gallegos...» (p. 268).
[95] Sáez, 1956, doc. 38.
[96] Del Ser Quijano, 1987, doc. 71. Mem. Hist. Esp., II, doc. CXVI; Gaibrois de
Ballesteros, 1922-1928, doc. 119.
[97] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, doc. 19, 1376, declaración de un
testigo: «... Preguntado sy sabe que las Fuentes de Donoro que fuesen devasas en algún
tienpo, dixo que oyó dezir que Johán Gonçález e Diego Alfonso, cavallero, que avían y
algo e que al tienpo que eran bivos que los servían los del dicho logar con cosa çierta,
segund que lo labrava e avía cada uno en el dicho logar, porque los defendían de las
martiniegas e de las soldadas de los juyzes e de los otros tributos que venían, e que después
dellos que cobró Martín López este sennorío e después que lo cobró Lope Ferrández, e
usaron dello...» (p. 44). Ídem, p. 46.
[98] De Colmenares, 1969, año 1250, p. 381. Mem. Hist. Esp., doc. LXXXVI; Sáez,
1953, Fuero de Sepúlveda, títs. 4 y 5; Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 30, año
1330; Barrios García, Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 24, Cortes de 1302, p.
70, la toma de yantar por particulares en lugares de realengo, afectaba al señor.
[99] Mem. Hist. Esp., doc. CLXXI de 1280, p. 19. Los señoríos que el realengo se veía
obligado a dar por razones políticas se encontraban interferidos por razones de fiscalidad;
vid. O’Callaghan, 1986, Ordenamiento de las Cortes de 1308, (4). Rodríguez Fernández,
1990, doc. 72, año 1280.
[100] De Colmenares, 1969, año 1373, había conflictos en Segovia entre la nobleza y el
pueblo: según miembros de las capas populares, algunos, por ser caballeros, presumían
señorear bienes comunes y de particulares (p. 513).
[101] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Ledesma, tít. 367: «Ningún omne non seya
uassalo, saluo si fuer del rey don Fernando; e quien otro senor ouier, uayase espedir delle, e
sea del rey...»; ídem, tít. 320; ídem, tít. 193: «Ningún omne non prinde bestia de
aldeano...»; ídem, Fuero de Salamanca, títs. 288 y 355.
[102] Sáez, 1956, doc. 178 de 1453, Riaza debía dar a Sepúlveda tres toros por año.
[103] Luis López, 1987a, docs. 25, 65; Luis López y del Ser Quijano, 1990, p. 55;
Cabañas González, 1982, p. 390; González Díez, 1984, doc. 45; Ubieto Arteta, 1961, docs.
21, 57; Sáez, 1956, doc. 33; Partidas III, tít. 28, ley 10; Mem. Hist. Esp., I, doc. CXV;
Calderón, 1990, p. 176; Estepa Díez, 1990, pp. 490 y ss.
[104] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 3, en 1193 Alfonso VIII autoriza a los
caballeros abulenses a emplear el quinto del botín para la fortificación.
[105] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 278.
[106] Sáez, 1953, doc. 44 de 1472, p. 280.
[107] Por ejemplo, Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 63: «Qui matar
omne... E toda su bona sea en pro del conceyo; ela tercia parte ayan los parientes del
morto...».
[108] Abusos en Cabañas González, 1982, títs. XVIII, XXIX. Fuera del ámbito de
nuestro estudio, Nieto Cumplido, 1977, pp. 55 y ss. Sáez, 1956, doc. 33, la aldea de El
Cardozo debía dar 500 mrs. para muros de Sepúlveda. Barrios García, Monsalvo Antón y
del Ser Quijano, 1988, docs. 93, 96, 104, la aldea de Fuenteguinaldo pagaba la reparación
del puente de Ciudad Rodrigo.
[109] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 37; Sáez, 1953, Fuero de
Sepúlveda, tít. 8.
[110] Luis López, 1987a, doc. 61, año 1499, la relación de renta mantenida por vecinos
de Piedrahíta que no podían pagar la alcabala: «... Pero Fernández de Pineda e Rodrigo de
Tamayo e Rodrigo de Valdenebro... tienen pan de renta para vender de sus rentas, tiénenlas
fuera de la tierra; e por ser francos de alcavala, dan diez maravedíes por traer cada fanega a
su casa, e, si oviesen de pagar alcavala, no lo traerían, e otros ocho o diez personas que ay
en la villa de conprar pan en el mercado de Peñaranda e dar por cada fanega diez
maravedíes, porque ge lo traygan a esta dicha villa sería dar ocasión, si el alcavala se
repartiese sobre éstos, que se alçasen del trato...» (p. 119). Riaza, 1935, Ordenanazas de
Segovia: «... que los tales herederos no bivan ni moren en aquel lugar a lo menos lo hagan
saber a su mayordomo... y si no tubieren mayordomo que lo hagan saber a su casero... y si
no tubiere casero al rentero que tubiere en el dicho lugar...» (pp. 480-481). Luis López y
del Ser Quijano, 1990, doc. 107 de 1439, en una venta de tierras se expresa que su
propietario estaba facultado para labrar o arrendar. Ídem, doc. 74, Diego González del
Águila, con heredades en Gallegos, aldea de Ávila, arrendadas a renteros, imponía gabelas
ilegítimas por herbaje (pp. 265-266). De Foronda, 1917, Ordenanzas de Ávila, leyes 11 y
14.
[111] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Ledesma, tít. 211; 213; 247; 317; 318; 319; 321;
de Salamanca, títs. 270 y 255.
[112] Mem. Hist. Esp., ver comparativamente, doc. CXII, privilegios de Alfonso X a
Requena, 1268, «... aquellos que estobieren o moraren en las heredades de vecinos de
Requena, que tobieren casa poblada en la villa, que sean vasallos del señor de la casa e del
señor de la heredad... a él recudan con el pecho e con facenderas...» (p. 247).
[113] De Foronda, 1917, Ordenanzas de Ávila, ley 18.
[114] Vaca Lorenzo, 1988, doc. 175, p. 327.
[115] Del Ser Quijano, 1987, doc. 53.
[116] Ídem, doc. 54; las citas de pp. 136-137. Ver también docs. 55 y 56.
[117] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13, p. 48, doc. 75, p. 298, los caballeros
además de ovejas tenían ganado mayor. Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, títs. 6, 45 a, 46,
83, 101, etc.
[118] De Colmenares, 1969, año 1200 «... ego Adefonsus... recipio sub protectione...
omnes Ganatos de Secovia... ut libera habeant pascua per omnes partes regni mei...» (p.
316).
[119] Sáez, 1956, doc. 6; Ubieto Arteta, 1961, docs. 57, 160; Ubieto Arteta, 1959, docs.
1, 2; Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 30.
[120] Del Ser Quijano, 1987, doc. 15 de 1378, ante la toma de comunes por escudero
abulense con violencia, el procurador de los pecheros expresa: «... que los dichos pinares e
exidos eran comunales e perteneçian de derecho tan bien a los dichos pecheros conmo a los
(cavalleros e) escuderos de la dicha çibdat de Ávila...» (p. 41).
[121] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13; de Foronda, 1917, Ordenanzas de
Ávila, ley 62; Mem. Hist. Esp., I, doc. CII; Sáez 1961, doc. 16.
[122] De Foronda, 1917, Ordenanzas de Ávila, ley 38; ley 21.
[123] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13, p. 49. Sáez, 1953, Fuero de
Sepúlveda, tít. 6, se daba al concejo el montazgo de los ganados que entraban en los
términos camino a los extremos, privilegio específico de los caballeros villanos que lo
tomaban en tanto colectivo. Mem. Hist. Esp., I, doc. XXVIII.
[124] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 169; de Foronda, Ordenanzas de Ávila, ley 62.
Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 72.
[125] Por ejemplo, Luis López y del Ser Quijano, doc. 71, p. 196.
[126] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 19, pp. 35, 41 y 44;
Luis López y del SerQuijano, 1990, doc. 55, p. 121; docs. 70-71, p. 176; del Ser Quijano,
1987, docs. 5, 9, 6, 7, 35, etc.; Sáez, 1956, Fuero de Sepúlveda, tít. 109; Luis López y del
Ser Quijano, 1990, docs. 71, 77, pp. 353 y 355.
[127] Luis López y del Ser Quijano, 1990, docs. 5, 9, 6, 7, 36, 71, p. 196; Sáez, 1953,
Fuero de Sepúlveda, tít. 109; del Ser Quijano, 1987, docs, 9, 32, 33, 36, 47, 48, 49, 62, 63,
etc.; Sáez, 1956, docs. 40, 122.
[128] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 67. Barrios García, Monsalvo Antón y
del Ser Quijano, 1988, docs. 164, 166, 167, 168, 169, etc. Luis López, 1987a, doc. 65, año
1499, Ordenanzas de Piedraíta, confirmadas por don Fadrique de Toledo, Duque de Alba,
testimonio de que el acotamiento de tierras ponía en peligro la producción campesina: «...
por quanto segund la multiplicaçion que Nuestro Señor ha dado en las gentes e ganados de
la dicha villa e tierra, e los muchos hedefiçios de huertas e prados e montes que se han
çerrado de cada día en los heredamientos de la dicha villa e tierra, a cabsa de lo qual se ha
estrechado... mucho la tierra e pastos e comunes della, donde redunda... diminuçión de
los... ganados, que es lo más prinçipal de que los vezinos e moradores... se sostienen... por
tanto, ninguno nin algunos sean osados de çerrar ninguna çerradura de nuevo en ninguna
heredad que tenga syn liçencia... del duque... o del conçejo...» (p. 134). También, Luis
López y del Ser Quijano, 1990, docs. 25 y 84.
[129] Ídem, docs. 26, 30 y 51 de 1393, Enrique III expresa la ambivalencia del realengo,
que guardaba los comunales y los privilegios de la aristocracia de Ávila: «... sacadas las
defesas e prados acotados e previllegiados, en todas las otras tierras... que han seydo...
comunes mi merçet es que pascan los ganados de los mis pecheros... guardando panes e
viñas e defesas acotadas e previllegiadas...» (p. 114). El carácter temporal se observa en
todas las declaraciones de testigos en los procesos judiciales.
[130] Ídem, rechazo de un miembro de la oligarquía al juez del rey en doc. 73, pp. 217 y
ss. y p. 222.
[131] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 24.
[132] Ídem, doc. 74, p. 271, el procurador de Diego González, de la oligarquía de Ávila,
entre las causas por las que desautoriza la pesquisa sobre la usurpación de términos, es que
ésta fue pedida por el procurador de los caballeros. Ídem, doc. 75, p. 293, los escuderos
reclaman por la usurpación de tierras; además, pp. 295 y 298. Barrios García, Monsalvo
Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 20, el juez que sentencia por apropiación de lugares
por caballeros, declara que el rey lo envió a Ciudad Rodrigo, «... a petiçión del conçejo e
cavalleros e omes buenos della...» (p. 51).
[133] Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 73.
[134] Riaza, 1935, Ordenanzas de Segovia, p. 479.
[135] Cfr., de Moxó, 1978, pp. 165 y ss. y 1979, pp. 429-430.
[136] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 213; Castro y de Onis, 1916, Fuero de
Salamanca, tít. 182; Diago Hernando, p. 35. Fuero de Alfaiates, citado por Pescador, 1961,
pp. 180-181, n. 95.
[137] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13, pp. 49-50.
[138] Ídem, doc. 13, p. 50.
[139] Cortes de 1422, Juan II: «... fueron fechos muchos caualleros, e non eran nin son
fijos dalgo, antes pecheros e omes de poca manera, los quales rresçibían más la cauallería
por non pechar, que non por que tengan estado e manera para la mantener...» (p. 144).
También, Asenjo González, 1990, p. 806; Esteban Recio, 1989, pp. 26 y 27. García Sanz,
1987.
[140] Andrés, 1915: «... Qui non tenuerit domum populatam in villa et non habuerit
equum et arma, non habeat portellum» (p. 376). Mem. Hist. Esp., I, doc. LXXXVI; Sáez,
1953, doc. 7 de 1297, doc. 37 de 1416; Fuero de Sepúlveda, tít. 8; Luis López y del Ser
Quijano, 1990, docs. 8, 13; de Hinojosa, 1919, doc. CIV; Castro y de Onis, fueros de
Ledesma, tít. 273; de Salamanca, tít. 281; Rodríguez Fernández, doc. 73, títs. 6 y 7, doc.
33, tít. 54. Fuero de Molina: «Todo vezino... que ouiere dos yuntas de bueyes con su
heredat et cient oueias, tenga cauallo de siella. Si non ouiere ganado et ouiere heredat que
uala mille mencales, tenga cauallo de siella... Qui ouiere yunta de bueyes con su heredat et
çinquenta oueias, tenga cauallo qual pudiere», citado por García Ulecia, 1975, p. 93. Estas
condiciones fijaban la herencia del estatus de caballero, ver Ubieto Arteta, 1961, doc. 21,
«... quando el cavallero finare que fiquen el cavallo e las armas en el fijo mayor e que non
entren en partición de la mugier, nin de los otros fijos...». Ver comparativamente en Leiria,
1142 (PMH. Leges, p. 376): «Si miles per naturam ibi perdiderit equum suum et recuperare
non potuerit, semper stet in foro militis. Alius vero miles qui non fuerit per naturam stet in
foro militis per duos annos; deinde si non habuerit, det racionem» (citado por Durand,
1982, p. 537).
[141] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 6, 37.
[142] Los servicios tenían distintas denominaciones. «Anubda» en Castro y de Onis,
1916, Fuero de Salamanca, títs. 182, 183, 188, 189, 196. En este último título se observa a
los caballeros participando junto con los peones en las actividades productivas. Sobre
«rafala», ídem, tít. 196. «Azaria», en Fuero de Ledesma, tít. 300. Fuero de Ledesma, tít.
181: «... Entre dos cabanas uaya caualero; e delos aparceros meyores uaya el uno; e aquel
uaya por caualero», «Sculca» en Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca 39, 3,
participaban los propietarios que tenían desde cien ovejas y caballo valuada en cierta
cantidad. También, p. 828. De los Llanos Martínez, Carrillo, 1982, p. 125, en las
ordenanzas de ganaderos murcianos se establecía que la vigilancia y control del ganado
quedaba a cargo de hidalgos y caballeros locales. De Foronda, 1917, Ordenanzas de Ávila,
ley 89, al indicar que algunos vecinos «... que tienen ganados, van con ellos a los estremos
o a apacentarlos en las deesas e tierras e echos e pastos comunes...» hace referencia a que
implicaba muchas veces estar con los ganados «... donde la noche los tomase...» (p. 489).
En el Fuero de Ledesma, tít. 352, los escuderos se presentan en contacto directo con el
ganado. Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 70 de 1414, pp. 179 y 182, da la imagen
del caballeros participando directamente en el cuidado de los ganados.
[143] Luis López, 1987a, doc. 73, año 1509, Ordenanzas de Piedrahíta, pp. 162-163, se
establece el mercado como ámbito exclusivo de las transacciones, disposición que rige
tanto para labradores como para caballeros. Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 2,
año 1181, p. 24. Sáez, 1956, doc. 12 de 1257, deudas sobre judíos, pp. 193-195. El
comercio está mostrado reiteradamente, por ejemplo, Castro y de Onis, 1916, Fuero de
Ledesma, tít. 166. Intercambios entre regiones próximas, en Barrios García, Martín
Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 7 de 1261, concurrencia de vecinos concejiles de la
Extremadura a la feria de Alba de Tormes; ídem, doc. 12. Ferias en el Fuero de Salamanca,
títs. 249 y 250. También el intercambio entre regiones en Fuero de Ledesma, tít. 313.
Comercio ganadero, ver Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 68;
Fernández Pomar, 1980, doc. 48, año 1498; Benito Ruano, 1975; Caunedo del Potro, 1983,
pp. 63 y ss.; Asenjo González, 1986, pp. 205 y ss.; Basas Fernández, 1963, pp. 43 y ss.
[144] Sáez, 1953, doc. 23, 1367, p. 217, privilegio dado a la aristocracia de Sepúlveda.
[145] En un plano general, Astarita, 1992, passim. Mención de paños de lujo que se
vendían en los concejos, en Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 223; Ureña y Smenjaud,
1935, Fuero de Cuenca apend. cap. XLIII, p. 840. Meneses García, 1961, pp. 328-329.
Rodríguez Fernández, 1990, doc. 28, año 1199, Fuero de Castroverde de Campos, tít. 4.
Los símbolos del estatus comprendían a las casas, en Sepúlveda, según el Fuero, tít. 9, el
exento que vivía dentro de la villa estaba obligado a techarla con tejas.
[146] Ruiz, 1985, p. 53; 1981a, p. 85; 1981b, p. 167; Bonachía, y Casado, 1984, pp.
270271; Casado Alonso, 1982, pp. 173-189; 1985, p. 155; Leroy, 1984, pp. 246-247;
Caunedo del Potro, 1985, pp. 169-170; Basas Fernández, 1962, p. 39; García Rámila, 1950,
doc. 2, pp. 202-203; González Díez, 1984, docs. 38, 167. Ver también Ruiz de la Peña,
1975, pp. 119 y ss.; Rucquoi, 1987, pp. 414 y ss.
[147] Pastor de Togneri, 1964; Carlé, 1954, p. 175; Gautier Dalché, 1979, pp. 67 y ss.;
Lacarra, 1951, pp. 27 y ss.; Ruiz, 1976, p. 820; Vázquez de Parga; Lacarra y Uria, 1949, t.
II, pp. 18 y ss.; García de Valdeavellano, 1969, pp. 87 y ss.; Basas Fernández, 1954, pp.
58-59. García de Quevedo y Concellón, 1905; García Rámila; González Gallego, 1974;
Collantes de Terán Sánchez, 1980; Carande y Carriazo, 1968.
[148] Gautier Dalché, 1982b, pp. 155-156. Se reflejó en la mesta de pastores, en Sáez,
1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 198, p. 128.
[149] De Foronda 1917, Ordenanzas de Ávila, ley 13. Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda,
títs. 170-171.
[150] Riaza, 1935, Ordenanzas de Segovia 1514, prohibición de vendimiar hasta que la
vendimia sea comenzada con autorización del concejo del lugar.
[151] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 70, p. 181, un testigo manifiesta que una
tierra concejil «... la entró e tomó de tres años a esta parte... Gil Gonçález... deziendo que,
pues los otros cavalleros de Avila avían tomadas syerras, que quería él tomar su parte...».
También, ídem, doc. 71, p. 195; ídem, el caballero que debe dejar por sentencia judicial lo
ocupado, declara «... que non consentía en la dicha publicaçión, mas que, sy los otross
cavalleros de la çibdat dexasen lo que tenían tomado a la dicha çibdat e a su tierra, quél
estava presto para lo dexar luego...» (p. 197).
[152] Mínguez Fernández, 1988, p. 30.
[153] Esto se expresa en Castro y de Onis, 1916, Fuero de Salamanca, tít. 254: «... Plogo
anuestro senor el rey don Ffernando que todo el pueblo de Salamanca todo sea uno... E
quantas iuras foron fechas en Salamanca desde que fue poblada, e foras de Salamanca,
todas sean desfechas e prenominatas; las iuras que foron fechas ena uilla o en otro logar
oforon, todas sean desfechas: estas elas otras; e otras, otro si. La que fue fecha en Sancta
María dela Uega, e todas las otras, sean dessfechas, e mas non se fagan otras iuras ne otras
conpanias, ne bandos ne corral; mas seamos todos unos abona fe... se alcaldes o iusticias
pesquirieren que algunas naturas se leuantaren pora fazer bandos o iuras, uieden lo los
alcaldes e las iusticias; et si nolo uedaren, sean per iuros».
[154] Las limitaciones ya indicadas se complementaban con la de tomar señor, ver
Grassotti, 1969, pp. 122 y ss.
[155] Esta diferencia fue un aporte de Pastor de Togneri (1970) a la historia comparativa.
Ver también Hilton, 1988a y 1988b. Sobre los efectos de este sector yeoman en el aumento
de la productividad, Allen, 1992.
[156] De Moxó, 1981, pp. 412 y ss. También, Moreno Núñez, 1992b, pp. 73 y ss.;
Sánchez Albornoz, 1929, pp. 460 y ss.; Grassotti, 1967, pp. 133 y ss.; Barrios García,
1983-1984, 2, pp. 142 y ss.
[157] Moreno Núñez, 1992a, pp. 115 y ss.
[158] Ídem, pp. 115-116.
[159] Asenjo González, 1986, pp. 266 y ss.; 349 y ss.; 356 y ss.
[160] Ídem, pp. 383 y ss.
[161] González, 1944, doc. 648: «... ego mando quod, quiscumque sederit in solo aut
hereditate episcopi Cemorensis in villis aut in suis aldeis, non se tranferat cum ipsa
hereditate ad alterum dominum, nec sit vassalus alterius domini. Et qui inde aliud fecerit,
mando Pelagio Roderici, homino meo, quod ipse prendat ei ipsam hereditatem et integret
episcopo» (p. 731). Del Ser Quijano, 1987, doc. 67, año 1483, cuando Francisco de
Palomares recibe en censo del cabildo catedralicio de Ávila unas heredades, renuncia a su
fuero sometiéndose a la jurisdicción de la iglesia, obligándose a pagar con garantía de su
persona y bienes. Igual situación, en ídem, doc. 45.
[162] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 56, p. 126, en la sentencia de 1404 por el
pleito del concejo de Montalvo y lugares de Ávila con Sancho Sánchez, señor de
Villanueva, sobre una laguna, se establecía el permiso de su aprovechamiento para los «...
concejos de tierra de Ávila que non son señoríos...». Moreno Núñez, 1992a, pp. 118-119.
[163] Cabe preguntarse si este término castellum se refiere a una motta. Boüard, 1969,
pp. 45 y ss. sostiene que la mota, denominada muchas veces como castellum fue el hábitat
de pequeños y medianos señores feudales.
[164] Sánchez Belda, 1950, [130]: «... ipse praedictus miles collocavit secum multos
bellicosos milites et pedites bene armatos, ut servarent illud...».
[165] Barrios García, Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 19, Ordenamiento
de Cortes de 1295, «... los castiellos e los alcáçeres de las çibdades e de las villas de
nuestros regnos que los fiemos en cavalleros e en omnes bonos de cada una de las villas, e
que los tengan por nos...» (p. 63). Ello se relaciona con la prohibición de construir
fortalezas particulares en los términos, ídem, doc. 25, Ordenamiento de Cortes de 1315, p.
87.
CATEGORÍAS DEL ESTADO

La tradicional y controvertida caracterización del absolutismo como pro-


burgués (Pirenne, 1981; Mousnier, 1986) o feudal (Anderson, 1979; Brenner,
1986a; 1986b; Monsalvo Antón, 1986) puede parecer que está a punto de ser
relegada al desván de los pseudoproblemas. Hoy ha sobrevenido una parcial
pero profunda metamorfosis sobre el tema. Una tendencia historiográfica se
esmera en ignorar la existencia de cualquier estado premoderno (Schaub,
1981; Hespanha, 1989; Guerreau, 2001; Clavero, 1981). No es ésta,
obviamente, la única interpretación. En las antípodas, un historiador como
Werner (1998), por ejemplo, se empeña en demostrar que el estado nunca
desapareció. Pero Werner no goza del beneficio de la moda. La atención se
concentra ahora en la negación de cualquier estructura estatal. Los
historiadores que defienden esta tesis ni están solos ni son muy originales.
Tienen su correlato con las estructuras de dominación de Michel Foucault:
filósofo peculiar, del que ningún filósofo duda de su precariedad filosófica,
historiador que ha desconocido la erudición, y eximio representante del
espectro neoconservador europeo post 68, ha logrado asombrosas conquistas.
Impresionó a los historiadores con antiguas palabras como «panóptico»,
incidió para que un tema clásico como el estado fuera desplazado por la
indefinida abstracción de un poder microfísico que está en todos lados, y
como tal en ninguno, incurrió en homologías tajantes muy extrañas, por
ejemplo, entre la fábrica y la prisión, y anuló el criterio de clase en el estudio
social (ver Giddens, 1997). En sus escritos, los aparatos del estado no existen
y el antagonismo social se disuelve en un criterio circular, de redes, de
descentra-miento. De Brunhoff (1983, p. 153) esclarece el sentido de estas
proposiciones al propiciar «... una expulsión de la teoría crítica del capital y
del estado, en bien de una teoría de las mercancías y el poder». Agrega que,
con este hincapié en la circulación, la lógica del modo de producción queda
como un dato externo, la noción de dominación desaparece, el economismo,
formalmente expurgado de la teoría, reaparece en la teoría de las prácticas
como amalgama de economía de la mercancía y de sociología del poder:
economía política de los signos, del cuerpo, de la familia; lugar central de la
equivalencia y del intercambio; técnicas micro sociales del poder. Éste es el
nuevo evangelio de las ciencias sociales que una legión de historiadores
asimiló devotamente desde principios de la década de los ochenta.[1]
Negar o afirmar la estructura política precapitalista son opciones que se
inscriben en ecuaciones antitéticas. Por un lado, poder no localizado-redes de
dominación-lógica de la mercancía-circulación discursiva-equivalencias de
autoridad (erudita, paternal, sexual, política) –praxis sectorial. Por otro lado,
sociología del estado-coerción de clase-lógica del modo de producción-
representación aparencial de relaciones sociales-jerarquías problemáticas –
praxis de totalidad. Esta segunda secuencia es la que rige en este artículo; el
estado retoma aquí un lugar de preferencia en un eje conceptual solidario
histórico y sociológico, disposición intelectiva que no presupone desconocer
las dificultades de su concepto en el feudalismo.
El problema se inicia para el historiador cuando aborda el objeto tal como
le llega en los testimonios conservados. Situado en el siglo XIV hispánico,
por ejemplo, constata poder patrimonial del rey, parcelación de la soberanía
en dominios privados, desigualdad jurídica de los estamentos, burócratas del
salario, legislación general, normas locales, fiscalidad, renta del señor.
Realidades tan heteróclitas pueden embrollar el razonamiento, y cualquier
generalización es pasible de justificarse. Esta dificultad, que proviene de la
compleja ambivalencia del desarrollo real, impone que fijemos nuestro punto
de partida en el resultado, el estado moderno. Expresado de otra manera, sólo
con las categorías del estado capitalista podemos pensar las formaciones
políticas precedentes en su peculiaridad. La afirmación parecerá paradójica a
los historiadores que temen el anacronismo y la traslación de conceptos
actuales a situaciones que no los admiten. Algunos protagonizan un
conmovedor esfuerzo por evitarlos sacrificando el análisis histórico ante el
altar de la antropología. Pero el testimonio histórico se adapta mal a la
premisa antropológica. Es difícil admitir que un doctor de la ley del siglo
XIV europeo puede convivir con un primitivismo no estatal. En forma
intuitiva, el observador se inclinaría por creer que el funcionario moderno ha
comenzado a delinearse, apreciación sólo válida en referencia al concepto de
funcionario moderno.
Si el estado capitalista permite comprender las formaciones precedentes,
éstas anticipan, a su vez, el concepto de estado burgués. Compenetrarse con
esas primeras formas sociopolíticas no importa tanto para la acumulación
enciclopédica del saber como para la captación de la esencia: conocerla es
conocer el proceso formativo. La práctica reflexiva que postulo se sitúa, pues,
en el punto de confluencia del análisis histórico y del análisis sistémico. Esta
excursión por los fundamentos del estado moderno en esta doble dimensión
presupone que visitemos a los clásicos fundadores. Constituyen la genealogía
del presente ensayo.
Consideraremos tres cuestiones vinculadas con respecto al nexo entre
pasado y presente:
1) El estado moderno implica una peculiaridad extrema en el seno de las
formas sociales.
2) Esto remite a explicar esta excepcionalidad. En este punto naufragan las
razones sistémicas y se abre paso la causalidad histórica: el estado moderno
sólo se comprende como negación parcial del estado absolutista. Se inscribe
en cualidades derivadas de la transformación del feudalismo.
3) Se establece así una interdependencia conceptual entre estado feudal y
estado capitalista. Si hubo una existencia precapitalista de las categorías que
reinan en el capitalismo, éstas, en su naturaleza de categorías históricas, han
estado sujetas a un complejo proceso constructivo.
Estas elaboraciones nos proporcionarán, además de una ubicación
topográfica en la tradición del problema, las armas intelectuales para abordar
la génesis del estado feudal centralizado.

EL MODERNO ESTADO CAPITALISTA


El aspecto central en la conceptuación del estado moderno remite al
problema hegeliano de la mediación y a su reconsideración crítica por Marx.
[2] Para Hegel, entre el poder soberano y los intereses privados materiales
(sociedad civil) se interponen mediadores, los estamentos y la legislatura, que
no sólo constituyen el puente entre la esfera económica y el poder político,
sino que son también instancias preparatorias del universal, la forma por la
cual el estado absorbe las contradicciones que emanan de los intereses
privados. La conservación de los intereses particulares constituía la realidad
abstracta o la sustancia del estado.[3]
Aun cuando Marx procede a una radical inversión materialista
estableciendo que es la sociedad civil la que determina el estado, e indicando
la imposibilidad de anular las contradicciones reales por mediación (sería
sólo aparencial), conserva el esquema de escisión entre esfera económica y
vértice político. La formulación de Gramsci sobre los aparatos creadores de
hegemonía, que comprenden, en su terminología, la sociedad civil, queda
abarcada en este esquema.[4]
En definitiva, en estos tres pensadores fundacionales los problemas tienen
una entidad unitaria, en tanto tratan de la relación entre (en términos
gramscianos) estado moderno, sociedad civil y base económica capitalista.
Esta separación entre estado e intereses privados surge del hecho, específico
de la sociedad moderna, de que los propietarios de los medios de producción
no son los propietarios de los medios coactivos y administrativos, que se
hallan en manos de un estamento particular, la burocracia.[5] Esta separación
supone una diferencia abismal con relación a sistemas tributarios, en los
cuales el propietario del medio político era también propietario del medio de
producción clave (la tierra). Esta diferencia histórica condiciona la
comprensión de la naturaleza del estado moderno, cuyas determinaciones
pasamos a enunciar mediante una serie de fórmulas interdependientes.
a) Si existe una separación entre vértice político y base económica, se
impone entonces una serie de conectores institucionales que articulan esta
dualidad, mediadores en parte estructural y funcionalmente ligados al estado,
en parte ligados a la esfera privada (parlamento, centros culturales, partidos
políticos, escuelas, etc.). El estado no puede vivir en aislamiento, desde el
momento en que constituye un condicionamiento general de la producción, y
debe adecuarse a los requerimientos del capital. Necesita ser dirigido, en
definitiva, por la clase dominante, y esto se observa con claridad meridiana
en los escritos políticos de Max Weber, preocupado por resolver el liderazgo
burgués del estado alemán.[6] Deben en consecuencia existir vías de
interpelación de los intereses individuales sobre la burocracia. Hacemos
abstracción aquí del hecho de que esta intervención no puede ejercerse más
que por medio de infinitas contradicciones, según la diversidad de intereses
fraccionales de la clase dominante, para destacar el aspecto básico. La
eficacia de los conectores clásicos constitucionales, como el parlamento o los
partidos políticos, para concretar la dirección del vértice político es más bien
relativa, aunque no debe subestimarse, y se revela su funcionalidad no
esencial en el hecho de que el estado moderno ha reproducido en su ausencia
las condiciones políticas de existencia de la empresa privada. Puede
postularse entonces que la dirección de la burocracia es llevada a cabo
prioritariamente por las organizaciones corporativas de la burguesía, las más
densamente concentradas y económicamente fuertes, que son el núcleo oculto
del estado, las que le confieren su verdadera naturaleza. La sociedad política
se convierte así en la parte visible de la dominación no inmediatamente
visible de la burguesía. Con esto, el aislamiento del poder político es sólo una
ficción. Atados los funcionarios a condicionamientos impuestos por los
agentes económicos, se inhibe toda concentración despótica del poder
político aun en las condiciones de supresión del estado constitucional. Del
mismo modo que las distintas organizaciones de los capitalistas ejercen el
control sobre los funcionarios, otras organizaciones privadas que no están
bajo el control directo de la burguesía (sindicatos, iglesia, escuelas, etc.) son
fiscalizadas indirectamente a través del estado con el objetivo de ponerlas a
su servicio.
Si los capitalistas imponen la dirección del estado, y con ello le imprimen a
éste su contenido de clase, la propiedad de los medios políticos encuentra un
contexto de redefinición. Lo que se presenta como una propiedad social es en
realidad una abstracción; el funcionario se constituye en poseedor no
propietario de los medios de coacción, y la propiedad fáctica no
institucionalizada del estado radica en su control por los propietarios de los
medios de producción. El estado es, entonces, forma aparencial.
b) Efectivamente, la segunda consecuencia de esta separación entre
propietarios de medios de producción y poseedores de medios políticos,
estriba en que el reducto más concentrado del estado, el poder ejecutivo,
puede presentarse como árbitro de los intereses particulares y portador de
valores generales (el bienestar, la patria, el progreso, el orden, la colaboración
entre capital y trabajo), como encarnación, en definitiva, del universal. Es por
esto que su carácter de clase no es una evidencia. Todas las decisiones por las
que el estado crea condiciones apropiadas para el modo capitalista de
producción se presentan como opciones técnicas y neutras de sus expertos.
Incluso en las intervenciones abiertas en el conflicto social, cuando la
burguesía apela a la represión violenta contra el proletariado y sus aliados, la
sociedad política se autoerige en guardián del interés general. Por
consiguiente, si el estado nunca revela por sí mismo su verdadera naturaleza,
la forma aparencial no se limita a los mediadores entre base económica y
vértice político, sino que comprende a este último, que encubre así su
verdadero contenido. Es por ello que el lugar donde se concentra «el
monopolio de la coacción legítima» (Weber), o el reino de la fuerza de la
clase dominante (Marx), es también el más constante productor de ideología,
y la dirección burocrática, en tanto condensa la coerción y la hegemonía, es la
forma inalterable del sistema político moderno. En consecuencia, es su forma
esencial; por el contrario, las distintas versiones concretas que adopta esta
sustancia son secundarias y meramente eventuales desde el punto de vista de
la burguesía.[7] Democracia o autocracia no son cuestiones de principio para
ésta, sino formas variables de acuerdo con los requerimientos coyunturales de
la lucha de clases, o sea, momentos no esenciales.[8] El derecho, que aparece
como regulador del mundo capitalista, lo que Hegel expresó reduciendo el
estado a la constitución, que se presenta pues como rasgo intangible del
ordenamiento normativo al que se subordina el funcionario como su más fiel
servidor, y por el cual llegan a sacralizarse las libertades de las personas,
queda al descubierto en su naturaleza ideológica, es decir, como fuente de
falsa conciencia política, cuando la necesidad inmediata de la lucha de clases
impone modificaciones de ese principio jurídico supuestamente inamovible.
El carácter ideológico de ese ordenamiento se revela en el funcionamiento
real, y en ese funcionamiento aparece también la otra cara del estado, la
coacción física, que supone transgredir cualquier límite de juridicidad formal
para defender la única juridicidad esencial para la clase dominante, la
propiedad privada.[9] Esta oscilación cíclica entre constitucionalismo y
supresión de las libertades cívicas repercute necesariamente en la conciencia
popular, originando situaciones por las cuales la estabilidad institucional es la
realización del deseo acuñado en los períodos no democráticos, y la crítica de
la democracia como forma aparencial se presenta a su vez moralmente
inhibida y desautorizada como crítica que conduce a la supresión de las
libertades cívicas. Pero si hacemos a un lado este último aspecto, y nos
aferramos a la concepción central de que democracia o autocracia no
constituyen la sustancia del estado, sino sus fenómenos contingentes,
concluimos que los estudios cuyo eje está en el orden constitucional no
acceden a trascender la inmediatez del objeto en consideración.
El presupuesto para que los tecnócratas del estado puedan ser observados
como custodios del interés general es que se constituyan en árbitros entre
iguales, en jueces de individuos provistos de un idéntico estatuto cuya matriz
es la propiedad individual. Por lo tanto el estado presupone una ideología
dominante, la aceptación de determinados valores por parte de las clases
dominadas, aunque ésta es una consideración teórica general, que omite
variantes empíricas que pueden estar profundamente modificadas por la
conciencia de clase. Descubrimos aquí un aspecto de la enajenación política,
en tanto el proletariado no sólo puede aceptar de manera espontánea la
dominación que se le impone sino que, en la situación del constitucionalismo,
puede elegir el sujeto de su opresión.
Desde este punto de vista, la ideología es tanto el discurso sobre elementos
reales como lo que los elementos reales hablan por sí mismos. Dicho de otra
manera, el problema no estriba sólo en los aparatos ideológicos del estado
(según formulara Althusser, 1984), sino en la ideología implícita en esos
aparatos, porque ideología es representación de la realidad, es hablar de la
verdad, aunque, como dice Luporini (1981), de una parte de la verdad, de una
parte de lo real. Expliquémonos. La ideología de la igualdad se basa en la
uniformidad jurídica de los ciudadanos, una forma real que permite la
concurrencia de los propietarios en el mercado y constituye también el
encubrimiento de las divisiones de clase. Por su parte, las instituciones que
rodean a los poderes ejecutivo y judicial (parlamento, partidos, escuelas)
tienen una eficacia particular, en la medida en que disponen de una base
objetiva para erigirse en ámbitos reproductores de las condiciones de dominio
político, base que está dada por su misma materialidad. En su seno, el
fundamento de la oposición social, es decir, la individualidad o conciencia de
intereses peculiares, se diluye en la igualación de situaciones, y esto provee el
medio material para la reproducción consciente e inconsciente de la ideología
dominante. Un paradigma en este sentido es la escuela, la primera vivencia
que reciben las clases subalternas de su condición de ciudadanos
jurídicamente iguales a cualquier otro, hecho que mide la diferencia entre la
educación moderna y la educación estamental. Con ello concreta la escuela
burguesa su misión básica de reproducción sistémica, y no tanto por la
enseñanza del sometimiento, como dice Althusser en su esquema
reproductivo (el maestro con conciencia crítica puede impartir una enseñanza
contestataria –hecho que Althusser no advirtió–, pero deberá siempre
enfrentar el argumento de la materialidad igualitaria del medio). Los partidos
burgueses populares (las verdaderas escuelas de la población adulta), el
parlamento, las organizaciones culturales, etc., son otras tantas instancias de
igualación real-ficticia orientadas a anular la conciencia de oposición que
emerge de la vida económica. Cuanto mayor es el contenido popular de cada
una de estas organizaciones, crecen las posibilidades de conciliación
aparencial de las contradicciones. Deriva de esto que la primera condición de
la crítica social es la recuperación por parte del extremo de sus condiciones
de existencia como extremo, es decir, el partido de clase, o sea, la
constitución, en términos de Gramsci, del momento subjetivo de la estructura.
c) De esto se desprende que la ideología es real. En la escuela la igualdad es
asimilada porque es verdaderamente vivida cotidianamente como una
verdadera igualdad estatutaria. Del mismo modo, la ideología del estado
árbitro (con función justificadora del poder) se basa en un hecho real; se basa
en que el agente de gobierno no es propietario de los medios de producción, y
como tal, se integra en un estamento específico de poseedores de medios de
gestión que actúan en el escenario político y legal ciñéndose al régimen
jurídico al que se someten formalmente con sentido impersonal. La
burocracia no es entonces una clase, sino un estamento en relación con la
clase dominante a la que sirve y se supedita, subordinación que se presenta
invertida, como dirección burocrática de los asuntos capitalistas y generales
de la sociedad, y aquí radica su existencia artificiosa como un regulador del
interés colectivo no clasista. La burocracia coparticipa entonces de los
caracteres generales de los conectores (partidos políticos, organizaciones
privadas, escuelas) que se interponen entre su esfera de existencia y los
intereses particulares económicos, en la medida en que se presenta como un
medio que anula aparentemente las contradicciones reales, y como tal, la
forma (apariencia) se refiere siempre a aparatos, instituciones, es decir, a
medios materiales a partir de los cuales puede concretarse el acto ideológico
de abstracción del interés particular.
Si el funcionario del poder ejecutivo es la fuente principal de ideología en
la sociedad capitalista, el consenso no tiene un ámbito de construcción
limitado a la sociedad civil; más bien su fuente está en todo organismo del
estado y su vértice de tecnócratas es el punto de su más intensa emanación.
Esta afirmación se enfrenta polémicamente a la tesis, muy repetida, de que la
forma aparencial específica del capitalismo es el parlamento. Esta tesis estaba
presente en Gramsci, que concebía una graduación a través de los poderes
legislativo (lugar de consenso), judicial (ámbito en que se nivelan coerción y
consenso) y ejecutivo (reducto represivo). Fue recogida por Anderson (1981,
pp. 49 y ss. y pp. 71-72), que considera la democracia burguesa como el
principal cerrojo ideológico del capitalismo y el parlamento como el marco
general de todos los demás mecanismos ideológicos de la clase dominante.
Esto se relaciona con el hecho de que el dominio de la burguesía está basado
en un consenso de la masa que toma forma en la creencia de que ellas ejercen
su propio gobierno en el estado representativo. Este concepto remite a su vez
a una concepción más profunda de Gramsci, y que incidió en todo el
razonamiento crítico posterior sobre el estado. Consiste en una localización
topográfica del consenso y la coerción en dos planos diferenciados, el de la
sociedad civil y el de la sociedad política.[10] El parlamento expresaría un
medio de conexión y tránsito entre las instituciones privadas de la sociedad
civil y el estado propiamente dicho. Por el contrario, en el análisis que aquí se
desarrolla, esas funciones de hegemonía y de dominio político se ejercen
prioritariamente (es decir, sin desconocer la sociedad civil y el parlamento)
desde un solo «plano», o para ser más precisos, desde un solo centro o
instancia institucional, especialmente dotada, por su misma materialidad, para
alcanzar su más plena incidencia social. Incluso para adquirir una plasticidad
muy efectiva para la adopción simultánea de la coerción y el consenso. Los
intelectuales y los medios de comunicación dan forma discursiva a esa forma
material aparencial, y el verdadero ocultamiento surge cuando se habla de lo
real evidente, y en consecuencia, se velan las divisiones de clase inherentes a
las relaciones sociales de producción, se impulsan los mecanismos de
integración y la pasividad de los dominados. No vemos aquí, pues, la
ideología como una relación imaginaria de los individuos con las condiciones
de su existencia, como dice Althusser (1978), sino como relación inmediata,
empírica no trascendida, no imaginaria ni imaginada, del individuo con sus
condiciones objetivas de existencia.
d) La funcionalidad dependiente de la burocracia no impide que ésta posea
su propia esfera de intereses, hecho que se desprende de su autonomía
relativa. Su intervención social es, por consiguiente, contradictoriamente
dirigida y activa, aunque limitada en este último aspecto por el control que
sobre ella ejercen los propietarios de los medios de producción. Encontramos
aquí el verdadero sentido del intelectual como organizador de hegemonía,
como organizador social aun en funciones subalternas del estado.

EL PROBLEMA DE LA CAUSALIDAD DEL ESTADO


MODERNO
Esta incursión por los fundamentos del estado moderno plantea el problema
de la causalidad de su forma esencial. Es la pregunta que se formula John
Holloway:
¿Qué es entonces, lo que hace que la dominación de clase en la sociedad
capitalista (es decir, la relación de capital) genere la «forma fantástica»
del estado, que haga que el estado asuma una forma separada del
proceso inmediato de producción? (Holloway, 1994, p. 79).
Responde que el estado, como entidad aparentemente autónoma, es la
expresión institucional de la abstracción de las relaciones de fuerza del
proceso inmediato de producción, con lo cual esas relaciones de fuerza se
instalan en una instancia separada de los capitales individuales. Con la
separación de lo económico y de lo político, como dos formas de dominación
que generan ilusiones sobre la autonomía del estado, este último es visto
como una cosa, no como una forma históricamente determinada de la relación
social del capital, con lo cual la autonomización del estado debería ser
considerada como parte del fetichismo que encubre las relaciones sociales en
el capitalismo.
Esta explicación, de alguna manera arquetípica de la tradición que ha
pensado al estado como coerción de clase e ideología, se une a la que postula
su adaptación funcional a los requerimientos de reproducción capitalista,
propiciada por Weber, y retomada por pensadores marxistas de tradición
hegeliana.[11] Según esta concepción, la empresa capitalista se basa en el
cálculo racional, y por ello necesita normas fijas que eviten causalidades
perturbadoras y definan el espectro de lo previsible; no tolera por el contrario
la administración patriarcal basada en el arbitrio y la gracia. Por eso la
empresa capitalista necesita de un estado donde el administrador tenga un
comportamiento calculable, esté sometido a la norma, lo que es propio de la
dominación legal impersonal brindada por el burócrata, o, como suele
expresarse, por el juez convertido en el primer esclavo de la ley.
Esta noción, si bien indica un requisito del capital para su
desenvolvimiento, no debe sobrevalorarse. Lukács y Marcuse, defensores de
esta interpretación, advirtieron el límite contradictorio de la racionalización
legal capitalista a la que lleva la división del trabajo. La racionalización de
los elementos aislados, la independencia de las partes, se refleja en el carácter
casual de su referencia recíproca, y ello expresa la conexión casual de las
partes de la producción capitalista, el carácter puramente azaroso de la
economía. Por eso la producción capitalista se basa en la interacción entre
necesidad rígida según leyes en todos los fenómenos singulares (aspecto
sobre el que insistió Weber) y la relativa irracionalidad del proceso conjunto
(lo que Weber no advirtió). Esto no excluye la existencia de una ley que actúe
sobre el todo, en la medida en que la racionalidad de la praxis debe
manifestarse en el todo y a través del todo; pero esa ley tendría que ser el
producto «inconsciente» de la actividad autónoma de los productores, es
decir, que escapa a la racionalización. El sistema capitalista no está regido en
su totalidad por la razón, sino por el imperio ciego de fuerzas económicas.
Estas observaciones remiten al problema, decisivo desde el punto de vista
analítico, de que la forma concreta del estado no se explica por su
funcionalidad económica. Esto impone entonces el problema de la génesis de
esa forma sustancial, es decir, de la separación entre propietarios de los
medios de producción y poseedores de los medios de gestión política, y del
control de los primeros sobre los segundos. La limitación de la explicación
basada en la causalidad funcional de esa forma se revela a su vez en una
proposición contrafáctica. No hay ninguna razón de orden sistémico para que
los propietarios de los medios de producción no hayan sido los propietarios
de los medios políticos y de gestión, y elevados pensadores de la burguesía
en ascenso como Locke y Montesquieu propiciaron gobiernos de
propietarios. El voto calificado o el requisito de tener bienes raíces para
acceder al gobierno, fueron modos de acción política, en distintas fases de
evolución, que se acercan a esta proposición hipotética.
Esto lleva a un problema conexo. Se trata de la insuficiencia explicativa del
recurso subjetivo, o sea que, dicho en los términos del estructuralismo de
Poulantzas (1985), surge aquí la imposibilidad, desde el punto del
pensamiento no especulativo, de concebir el estado moderno como una
objetivación de la conciencia de clase de la burguesía. Esto significa que la
burguesía no se dio a sí misma una construcción política ex nihilo con todos
sus atributos deliberadamente elegidos, sino que actuó sobre condiciones
heredadas, y es por esto que la única respuesta posible al problema planteado
sobre la causalidad de esta forma está en la observación histórica. De manera
indefectible, la morfología del estado moderno conduce a la evolución
occidental, y es el momento en el que el medievalista tiene algo para decir.
Éste es un aspecto poco tratado en al análisis marxista, a excepción de casos
aislados como Perry Anderson. Las incursiones históricas se han limitado, o
bien a las fases iniciales del capitalismo, o sea a una visión derivada de la
lógica de la circulación mercantil, o bien a las vías de transformación
burguesa, que implicaron, por ejemplo en Gramsci, el estudio comparado
entre la revolución pasiva italiana (la inconsecuencia de Garibaldi o la
hostilidad de Cavour hacia las masas populares) y la vía jacobina. Por
consiguiente, o la lógica del estado se resuelve mediante la lógica del modo
de producción capitalista en una fase en que no es dominante, o se hace
abstracción de las condiciones sobre las que actuó la burguesía, heredadas del
feudalismo occidental, y que deberían situarse entonces en el centro de la
atención.[12]
En compensación, el problema ha sido considerado por Weber (1987),
aunque en la forma fragmentada que es característica de su modo analógico y
generalizador de análisis, y de manera más sistemática, por cuanto describe
una secuencia histórica desde el feudalismo al funcionario moderno, por uno
de sus continuadores, Hintze (1968), en las décadas de los veinte a los
cuarenta. El tema ha sido retomado ocasionalmente por algún otro historiador
como Brunner (1954). Reproducen estos autores los aportes de la escuela
histórica alemana, en especial de O. von Gierke, G. von Below y H.
Sprangerberg, de finales del siglo XIX y comienzos del XX, que pusieron de
relieve la estructura corporativa no concedida por el príncipe, sino surgida de
los súbditos.[13] Encontramos aquí un punto de apoyo para reabrir el
problema de las cualidades esenciales del estado moderno como realización
histórica, conocimiento que condiciona a su vez el discernimiento de su
estructura y funcionalidad. Pero si para el científico de sociedad
contemporánea la historia debería entrar por este derrotero a formar parte de
sus herramientas, para el medievalista no es de menor importancia reconocer
que el punto de partida de su estudio se encuentra en el resultado. Entra
entonces a jugar una serie de categorías analíticas modernas redefinidas por
su negación relativa (que debe distinguirse de la negación absoluta). Esto se
advierte si nos sumergimos en una serie encadenada de consideraciones.
El feudalismo es, en principio, la negación de la forma moderna esencial
del estado, pero constituye también su presupuesto. Las organizaciones
privadas vinculadas orgánicamente con el núcleo burocrático administrativo
del estado capitalista, que impiden la concentración autocrática del poder,
tienen su lejano antecedente en el régimen feudal, en la medida en que el
beneficio creaba, como decía Hintze, un conjunto de propietarios de derechos
subjetivos positivos (la clase estamental de los señores feudales) que se
igualaban cualitativamente a la condición del concedente (el rey). Se
bloqueaba así toda posibilidad de concentración despótica del poder en la
monarquía, rasgo que iba a tener una perdurable vigencia en todo el
transcurso del modo feudal de producción. Cuando, como resultado de un
automovimiento de la formación social, en un doble proceso vinculado, las
aristocracias urbanas, con una base económica no feudal, crean las
condiciones para el desarrollo de la monarquía, los derechos políticos
originariamente en manos de la nobleza se extienden parcialmente al nuevo
estamento social dirigente de las ciudades. Comienza entonces un principio
de separación entre instancias diferenciadas, o, dicho en otros términos, se
constituye la primera divisoria entre sociedad política-sociedad civil-base
económica. Desde el siglo XIII se constata (aunque con cronología desigual):
(1) la monarquía rodeada de burócratas (los letrados); (2) las aristocracias
urbanas dotadas de un derecho jurisdiccional colectivo sobre los territorios
circundantes, poder
En estas condiciones, la reconstitución del poder monárquico se traduce en
una forma por completo transformada con respecto al régimen estatal anterior
al feudalismo, y sólo puede entenderse en el contexto analítico del estado
moderno. Si por un lado persiste en la Baja Edad Media el carácter
patrimonial de los bienes del realengo (el príncipe como señor feudal), la
monarquía se somete a la dependencia funcional de las aristocracias urbanas
organizadas corporativamente (una primera forma de la sociedad civil
moderna en la que Gramsci reconocía su origen medieval).
Estas condiciones, que generaban la circulación de un excedente que se
transfería al vértice político, habilitaron la evolución de los funcionarios con
un comportamiento impersonal al servicio del monarca. En este sentido, la
sociedad política no surge de un fundamento burocrático, sino de una
dilatación del estado por organizaciones estamentales que condicionaron el
desenvolvimiento del doctor de la ley. Con este técnico especializado, se
establecía una interrelación entre poder y conocimiento. El producto del
intelecto (la ley), transformado en una cosa separada de la propia
personalidad, expresaba una versión primitiva de la enajenación del burócrata
moderno, confrontado a una estructura que no domina. Ante la normativa que
requería el realengo, aplicada por autómatas que se privan de la inteligencia
dubitativa, se comenzaba a consumar la subordinación de individuo al
mecanismo de ejecución.[14] Muchos rasgos psicológicos y sociales del
intelectual contemporáneo estaban presentes en esos lacayos del
Renacimiento que vendían sus capacidades por dinero y, en el caso de los
humanistas, también por notoriedad narcisista. Ese carácter inerte de la
subjetividad del funcionario, que se contraponía de manera tan drástica con la
facultad de decisión de la no-bleza (hacer o rechazar alianzas) no anulaba sus
propios intereses esta-mentales, resultado de su autonomía relativa, y que
defendía a través de sus prerrogativas, situación donde se condensa una
determinación fundamental del feudalismo.[15]
El proceso tuvo a su vez su expresión en el parlamento estamental, un punto
de encuentro entre la burocracia de la corona y los representantes del cuerpo
social, donde la clase feudal institucionalizaba sus relaciones con las clases
no feudales.[16] Si aquí se establecía un papel de conector (se resolvían
cuestiones de fiscalidad) que sólo puede ser comprendido en su plenitud a
partir de la escisión acabada moderna entre núcleo político y base económica,
una segunda dimensión del parlamento, constituirse en un ámbito en que se
concreta un principio de abstracción del interés individual, también se revela
bajo el mismo régimen de observación comparativa del proceso. En la
medida en que en el parlamento se expresaban fuerzas heteróclitas (señores
con sus respectivas fracciones, caballeros urbanos, etc.), se establecía un
terreno en el cual el antagonismo era reconducido hacia una unidad general
ficticia, cristalizada en la fórmula quod omnes tangit, de omnibus adprobare
debet.[17] El estado y sus instituciones presentan, desde su nacimiento, la
cuestión de la ideología. Pero el parlamento estamental, en tanto no anulaba
la contradicción real, constituía también un medio de expresión de
oposiciones y, como tal, contuvo una premisa para su transformación.
Toda la potencialidad de esa transformación radica en la configuración
general de la estructura. Con un entramado de señoríos individuales y
colectivos, la sociedad medieval no se organiza como una indiferenciada
masa de pobladores subordinados al vértice político, sino como un
conglomerado de segmentos dotados de prerrogativas de acción y en
condiciones de devenir sujetos políticos. Es por esto que el estado tardo
medieval no es de ningún modo asimilable a la simple extensión de los
ministeriales. Por el contrario, se constituye sobre una base profundamente
distinta a la simple burocratización central, ya que su funcionamiento se
basaba en gobiernos urbanos relativamente autónomos respecto del núcleo, o
sea, que en su integración con el estado mantenían una no inmersión en su
entramado, posición estructural que se reconocerá en formas derivadas y
metamorfoseadas modernas cuando, con la transformación de las clases
estamentales en clases económicas, las antiguas corporaciones medievales se
transmutan en organizaciones privadas vinculadas con el estado. El proceso
implica también otra alteración conexa. Mientras en la Edad Media el
realengo se reservaba la dirección última de los patriciados urbanos (de allí
que su independencia fuera relativa), hegemonía que expresaba la dominancia
del feudalismo, en el estado moderno es la burguesía la que ejerce la
dirección del vértice político. Pero además, del proceso se desprende que la
potencialidad de transformación de la estructura feudal se condensa en la
posibilidad del estamento para transformarse en sujeto político. Aquí está el
secreto de la construcción del estado moderno como una reformulación de
condiciones históricas que la burguesía no realiza sino que simplemente
encuentra. Entra aquí en juego el concepto de expropiación de Weber. El
estado moderno surge de la expropiación de los derechos subjetivos de
mando, propios de la organización estamental, y de su correspondiente
transformación en una propiedad social abstracta en posesión real de los
funcionarios. Con independencia de la mayor
o menor rapidez del proceso (el protagonismo político de la nobleza
europea, derivado de sus privilegios, termina de extinguirse en la primera
posguerra del siglo XX) la naturaleza del fenómeno se comprende
conceptualmente como «un solo acto» (Marx) de ruptura, de discontinuidad.
Al mismo tiempo que la burguesía expropia a la nobleza de sus medios de
poder político, medios que transfiere a la burocracia preexistente, se
autotransforma de clase estamental a clase económica moderna, reformula en
consecuencia de raíz el contenido de la sociedad política (que adquiere su
verdadera autonomía relativa), y da nacimiento a la sociedad civil moderna
con su conjunto de organizaciones privadas, cambios que se traducen en el
principio de división entre ciudadano (vida pública) y burgués (vida privada)
de la Constitución francesa de 1793. Tal vez nada represente con mayor
claridad esto que la noche del 4 de agosto de 1789, cuando se suprimieron los
derechos de los señores franceses y las corporaciones urbanas. El apologista
de la epopeya, Guizot, registró este camino ascendente del tercer estado llano
hacia la monarquía constitucional.
La historia, contemplada con esta generosa perspectiva, nos revela que la
libertad de las organizaciones modernas, en virtud de la cual éstas convierten
al estado en una corporación de capitalistas sin capitalistas, no es una
concesión benevolente del poder político; este último, por el contrario, ha
logrado su radio de acción de las organizaciones privadas. Es por esto que los
derechos burgueses (formulados como derechos del ciudadano) se presentan
de manera invertida con respecto a la evolución real. La burguesía adquirió
sus facultades como coronamiento político de su accionar económico, y las
detentó como propiedad del estamento, pero en el momento del ataque contra
el Antiguo Régimen, esos derechos no se presentan ya como adquisiciones
históricas, sino como derechos naturales previos a los del estado.
Surge de este recorrido que la profundidad analítica y el mismo sentido de
los fenómenos en un doble plano, sincrónico e histórico, resultarían
seriamente debilitados si son abordados de manera aislada, de modo
sistemático por un lado y diacrónico por otro. La interdependencia conceptual
entre pasado y presente es un requisito de la investigación.[18] Sólo en
referencia con el resultado estamos en condiciones de percibir que el estado
tardo medieval todavía no existía en su plenitud, en la medida en que la
burocracia apenas había comenzado su desarrollo, el realengo conservaba
tanto su base patrimonial como un derecho de arbitrio alejado de la
impersonalidad de la jurisprudencia estatal, y la mediación, como instancia de
absorción aparencial del antagonismo, no había llegado a su plenitud ni se
concretó la igualdad legal de los súbditos, además de persistir enclaves
territoriales gobernados por señores con poderes plenos de jurisdicción. Pero
el estado comenzó su existencia como estado propiamente dicho, y esto se
reflejó intelectualmente en Maquiavelo (Bobbio, 1989, p. 65). Concluimos
que la categoría estado es pasible de ser utilizada, en el análisis del
feudalismo, con el requisito de una reformulación profunda. Concluimos
también que no hay comprensión del estado moderno fuera de su
comprensión histórica.
[1] Resumen estos criterios para el medievalismo Le Goff y Schmitt, 1996, pp. 19-20,
indicando las inspiraciones que llegaron de Marc Bloch, Percy Ernst Schramm y Ernst
Kantorowicz, por una parte, y la asimilación de la antropología histórica por otra. Se
estudian las representaciones del poder, lo simbólico, el imaginario, las metáforas y los
rituales políticos. Pasa a ser central la noción de poder y lo político sustituye a la política.
[2] Hegel, 1999. Selección de textos de Marx sobre el Estado en Tarcus, 2000. Ver
Bartra, 1978; Bobbio, 1985; Cohen y Arato 2000; Cornu, 1965; Marcuse, 1983.
[3] Reproducimos el esquema básico hegeliano, aunque su propuesta es más matizada y
compleja, ya que desde la misma actividad económica surgen mecanismos no conscientes
destinados a trascender el interés privado individual como, por ejemplo, el que proporciona
la división social del trabajo con la interdependencia entre los productores.
[4] Gramsci, 1962, 1963; Bobbio, 1985, 1994; Buci-Glucksman 1978; Macciocchi 1976.
[5] No es casual que en el año 1917 dos pensadores en situaciones totalmente opuestas,
Lenin y Weber, pongan de manifiesto la significación de la burocracia en el estado
moderno. Sobre esto, Wright, 1983, pp. 175 y ss. Weber era también consciente de la
importancia que tenía esta separación entre propietarios de los medios de producción y
propietarios de los medios políticos. Posiblemente Weber tuvo incidencia en Gramsci.
Gallino, 1972, pp. 23-25, dice que Gramsci no tuvo un conocimiento sistemático de la
literatura de su época, excepto de Mosca, Michels y Pareto, conociendo de Weber sólo su
obra histórica y no la sociológica. Sin embargo, en Notas sobre Maquiavelo, sobre política
y sobre el Estado Moderno (Gramsci, 1962), «Robert Michels y los partidos políticos», p.
125, n. 2, el teórico italiano refleja haber tenido conocimiento de Economía y Sociedad. De
hecho exhibe preocupaciones compartidas por los políticos y/o académicos del momento,
sobre la burocracia y el parlamento. Sobre la relación Weber-Gramsci, Portantiero, 1981,
pp. 61-62, n. 40.
[6] Weber, 1982; Wright, 1983, pp. 177 y ss.; Giddens, 1997, pp. 29 y ss.
[7] La indiferencia que mostraron teóricos de la talla de Hobbes, Locke, Hegel o Weber,
hacia este último problema está plenamente justificada desde el punto de vista burgués.
Buci-Glucksman, 1978, p. 68, indica que la idea de Weber del estado fuerte o gobierno de
las elites, que respondía al criterio exclusivo de eficiencia, era compartida por gran parte de
los intelectuales de su momento, como Croce, Mosca y Pareto. También, Giddens, 1997,
«Al igual que en los escritos de Max Weber, el problema de la forma de autoridad
apropiada para el estado industrial, y no del “orden” en su sentido genérico, constituye el
tema principal de la obra de Durkheim» (p. 94).
[8] El mismo estado liberal tiene previstos mecanismos para autosuprimirse
temporalmente mediante el régimen de excepción, cuando ante requerimientos del
conflicto, y en especial ante crisis orgánicas, se suspenden las garantías individuales. Las
dictaduras abiertas y prolongadas son versiones bastardas del constitucional estado de sitio.
Ver Marcuse, 1970, «en ningún caso es ajena al liberalismo... la idea de la dictadura y de la
conducción autoritaria del estado» (p. 19) y agregaba que los postulados políticos del
liberalismo, como la libertad de palabra y de prensa, el sistema representativo, la división
de poderes, etc., nunca fueron realizados integralmente y han sido limitados o eliminados
según las distintas situaciones sociales (pp. 19-20).
[9] En caso de colisión entre deberes impuestos por principios éticos del derecho y por
preceptos jurídicos, Kant ya había dado carácter absoluto a la validez del derecho positivo:
«Desde entonces el positivismo de la Teoría del Estado del continente europeo rechaza
toda clase de derecho de resistencia, sacrificando por completo la juridicidad a la seguridad
jurídica» (Heller, 1947, pp. 251 y 252).
[10] Gramsci, 1963, 2, ver esta cita tan decisiva: «Si possono, per ora, fissare due grandi
“piani” superstrutturali, quello che si può chiamare della “società civile”, cioè dell’insieme
di organismi volgarmente detti “privati” e quello della “società politica o Stato” e che
corrispondono alla funzione di “egemonia” che il gruppo dominante esercita in tutta società
e a quella di “dominio directo” o di comando che si esprime nello Stato e nel governo
“giuridico”» (p. 88).
[11] En Weber es la concepción que rige todo su análisis sobre la racionalización del
capitalismo. Ver también, Lukacs, 1969, pp. 103 y ss.; Marcuse, 1970, p. 26; Cohen y
Arato, 2000, pp. 256-257; también Habermas dice que la burguesía como clase en sí no
puede gobernar, necesita de un poder unificado que permita el desenvolvimiento de la
economía capitalista. También, Heller, p. 154. Esta concepción fue retomada por parte de
la escuela del estructuralismo marxista, que veía en esta forma de gobierno un remedio
para superar las divisiones entre los capitalistas.
[12] Como dice Anderson, 1981, todo el contraste que Gramsci ve entre Rusia y Europa
occidental gira sobre la diferencia de la relación entre estado y sociedad civil; por eso, «...
una comprensión previa del desarrollo desigual del feudalismo europeo era pues un
preámbulo necesario para una definición marxista del estado zarista porque sólo ello podía
producir un concepto teórico del absolutismo» (p. 86).
[13] Guenée, 1973, pp. 234-235, la desafortunada unión de estas conclusiones históricas
con la política corporativa de Mussolini y Hitler desacreditó esta visión después de 1945.
que posibilita la fiscalidad; (3) la base económica, fundamentalmente agraria, que
proporciona el excedente regular.
[14] Los conceptos de Weber y su reelaboración por Luckács intervienen activamente en
esta representación del fenómeno. Podrían brindarse muchos casos concretos de esto. Así,
por ejemplo, en las Colecciones Diplomáticas de concejos urbanos castellanos de la Baja
Edad Media y comienzos de la Época Moderna, vemos a los jueces del rey delimitando
términos apropiados por caballeros, con el casi invariable resultado de restablecerlos en
beneficio de los pecheros, resolución que se adaptaba a los requerimientos fiscales. La
monarquía, o los grandes titulares de los estados señoriales, necesitan agentes con un
comportamiento controlable y sujeto a una norma. Esto explica que, por ejemplo, en la
Pragmática de corregidores de los Reyes Católicos del año 1500 se dispone que los
corregidores, gobernadores y asistentes lleven copia o traslado de todas las leyes que deben
aplicar en sus funciones. Esto en Maravall, 1972, 2, p. 410. La imagen de Juan de
Salisbury, cuando trata al estado como un cuerpo, es apropiada: los sacerdotes eran el alma;
el príncipe, la cabeza; los jueces, las orejas y la lengua. Mencionado por Guenée, 1973, p.
49.
[15] Un tema en el que no podemos entrar, pero que su comprensión radica en el mismo
principio general de autonomía relativa de segmentos sociales corporativos funcionalmente
apropiados para la reproducción de las relaciones sociales dominantes, es el de las
universidades. Ver Verger, 1994: «En fait, université et pouvoir ont toujours été pris dans
un jeu dialectique où chacun reconnaissait la légitimité de l’autre» (p. 49). Desde el siglo
XIV, las universidades se integraban cada vez más bajo el encuadramiento del realengo.
También, Moraw, 1994; Rüegg, 1994; Le Goff, 1977.
[16] Sobre Castilla, Gautier Dalché, 1988; Carretero Zamora, 1988.
[17] La historiografía liberal rozaba esta opinión sobre la funcionalidad de las Cortes, y
le atribuía a ello su nacimiento. Mitre Fernández, 1988, p. 81, dice que para Manuel
Colmeiro las primeras Cortes fueron convocadas para lograr la armonía social entre los
vasallos.
[18] Requisito que no es exclusivo del medievalismo y que sólo secundariamente
depende de convicciones políticas. El profesor Richard J. Evans en un libro de sumo interés
(Evans, 1997, pp. 214 y ss.) dice que el conocido historiador de la URSS E. H. Carr realizó
un análisis histórico parcial y responsabiliza de ello a su concepción del progreso. Pero esto
puede explicarse mejor por falencias en la percepción del presente, en la medida en que
Carr vio solamente el triunfo de la economía planificada y subestimó la burocracia, error
que sólo en parte deriva de las convicciones del historiador. Un estudio de la URSS
tomando el conjunto de sus cualidades «presentes» hubiera permitido ver no sólo los planes
quinquenales, sino también la no formación del proletariado como sujeto histórico y el rol
sustitutivo jugado por una burocracia que se afirmaba con cada éxito de la economía
planificada. En definitiva, el historiador debiera ser igualmente sociólogo e historiador.
EL ESTADO FEUDAL

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA


En la plena Edad Media el estado existe como multiplicidad de soberanías
políticas y, en un plano ideal, es aceptable decir que el realengo articulaba esa
conflictiva totalidad de señores independientes. Pero la monarquía, como
principio de unicidad, tuvo diferentes grados de concreción. En un
determinado momento y en ciertos lugares, dejaron de actuar las fuerzas de
cohesión en el mero plano de las concepciones para encarnarse como fuerzas
sociales comprometidas en actos de uniformidad jurídica, organización
burocrática y fiscalidad. Es esto lo que se denomina formación del estado
feudal centralizado, o bien, significa la mutación del realengo de principio
unitario ideal a fuerza material de concentración política.
La causalidad de este cambio impone una cuestión difícil si se la plantea a
partir de la contradictoria disposición de fuerzas del sistema feudal. La
monarquía medieval, rodeada de magnates, no tuvo, desde los siglos VIII y
IX, otra alternativa para imponer su autoridad que ganar fidelidades sobre la
base de concesiones de tierras y mandos, generando gobiernos autónomos
limitantes de su potestad. En áreas densamente feudales, como en el norte
hispánico, se debilitaba la autoridad superior, y la historia política se
desenvolvía en un juego de lealtades y alianzas precarias entre linajes
alternadas por enfrentamientos. Se revela así un despliegue de soberanías
dispersantes, situación que es irresoluble en términos de concentración del
poder político, y que se corresponde con procesos privados de acumulación.
Esta circunstancia impuso que se investigaran los remotos fundamentos del
estado en otro campo, fuera de los marcos en que operaba la mencionada
contradicción. Durante mucho tiempo, los historiadores conectaron la
concentración política con las comunas libres, que habrían aportado a la
corona el dinamismo de una burguesía en crecimiento desde el siglo XII,
transfiriendo al análisis político el dualismo que imperaba en la interpretación
económica. La lectura de la sociedad se efectuaba en clave de conflicto entre
dos esferas irreductibles: la economía natural, responsable de la parcelación
política, era afectada, en su pasividad constitucional, por el dinamismo
urbano mercantil, que se imponía con el soporte de la monarquía, la cual a su
vez encontraba en la burguesía apoyo para subyugar la independencia
aristocrática.[1] Esta noción dualista de la evolución social y política se unía
al concepto del estado moderno como una consecuencia de la circulación de
mercancías. En el lenguaje de Hegel, la escisión entre sociedad política
(burocracia) y sociedad civil (la esfera del interés privado) era una
determinación de la burguesía.
Sin embargo, el criterio que luego se impuso en la historiografía sobre la
compatibilidad entre comercio y feudalismo debilitó ese flanco de análisis. El
esquema de dualismo económico y concentración política por una asociación
de conveniencia entre monarquía y comunas fue abandonado.
El estudio más sólido se orientó en dos sentidos convergentes, cuyo modelo
fue proporcionado por Perry Anderson. Por un lado, el estado centralizado no
fue concebido como un organismo de dominio del capital, ni aun como una
institución de equilibrio entre burguesía y nobleza, sino como un «aparato
reorganizado y potenciado de dominación feudal», sólo secundariamente
«sobredeterminado» por la burguesía urbana (Anderson, 1979, pp. 12 y ss.).
Es un mérito de esta caracterización haber sepultado las antiguas
formulaciones derivadas del esquema binario.[2] Por otro lado, Anderson
modificó la perspectiva sobre el mecanismo constitutivo. Con la renta en
dinero y el debilitamiento de la unidad de opresión del campesinado, se
articulaba un aparato monárquico con objetivos disciplinantes. La
centralización se debió a los señores feudales que buscaron resolver en el
plano político las perturbaciones estructurales del siglo XIV, y los años
transcurridos entre 1450 y 1500 presenciaron los primeros pasos de las
monarquías unificadas de Occidente.
Esta concepción reproductiva del estado fue tomada por Robert Brenner
(1986b, pp. 270, 319). La respuesta de los señores franceses para recomponer
la caída de sus ingresos, desde mediados del siglo XIV, fue aprovechar la
guerra, la fiscalidad y la maquinaria estatal utilizando los cargos públicos. El
estado habría sido un producto de la lucha de clases en tiempos de crisis,
hecho que explica las diferencias entre Francia e Inglaterra. La incapacidad
de los señores franceses para enfrentar a los campesinos los llevó a aceptar la
concentración del poder, necesidad ausente en la clase feudal inglesa que
había consolidado su control. En sentido similar se pronunciaron
historiadores españoles que relacionaron el estado central con su rol al
servicio de la clase feudal.[3]
La herencia historiográfica ha jugado su papel en este análisis: si la práctica
beneficial no permite más que acumulaciones fraccionadas, y a su vez se
desestima la incidencia burguesa, se impone como alternativa un acto político
voluntario de los mismos feudales.
En el presente estudio se va a sostener una perspectiva ambivalente con
relación a las tesis de Anderson y Brenner. Si por una parte se suscribe la
caracterización feudal del estado, por otro lado, se discutirá su modelo de
formación. Tomando como base de análisis Castilla, se argumentará que la
centralización política no nació de una estrategia de la clase dominante, sino
que, por el contrario, fue la evolución de clases de las comunas (concejos) el
cimiento de su constitución y funcionamiento, cuestión que los especialistas
no ignoraron cuando constataron una relación causal entre municipios y
fortalecimiento de la corona.[4] El objetivo de este artículo es considerar la
formación estatal castellana en relación crítica con el modelo reseñado,
haciendo hincapié en la evolución paralela e interdependiente de estructuras
de clases y de poder. El estado castellano, cuyo período formativo clave se
situó entre 1250 y 1350,[5] expresó el desenvolvimiento de la formación eco-
nómico-social, las relaciones básicas que emergieron de la dinámica feudal,
constituyendo la estructura de clases el determinante de su autonomía relativa
y de su capacidad para modificar el dispositivo político tradicional. El
supuesto es que la configuración política bajo medieval no se dirime en el
ámbito del modo de producción, sino de la formación económica y social,
entendida como la combinatoria jerarquizada de diferentes sistemas
económicos, y de ello se desprende una restringida variedad fáctica que
posiciona al patrón evolutivo de Anderson y Brenner en un cuadro
parcialmente más adaptable a Francia que a otros lugares. Esto no significa
negar la importancia que en Francia tuvieron los patriciados urbanos en el
fortalecimiento de la monarquía, sino valorar la debilidad relativa de
determinados segmentos de la clase feudal frente a la corona.

OBJECIONES A LA TESIS DE PERRY ANDERSON


APLICADA A CASTILLA
La universalidad de las vicisitudes económicas y demográficas del siglo
XIV no fue correspondida, según se desprende de Anderson, por una paralela
universalidad política, como se ejemplifica en la situación italiana. De modo
significativo, este caso es resuelto por Anderson en un marco extraño a su
teoría, ya que la ausencia de una monarquía absolutista se habría debido a
sucesos aleatorios, en especial al fracaso de los Hohenstaufen para imponer
un gobierno unificado a las ciudades del norte (Anderson, 1979, pp. 142 y
ss.).
En Castilla, por el contrario, donde sí se desarrolló una forma institucional
centralizada, que constituyó una de sus más acabadas expresiones europeas,
las relaciones entre esa instancia política, la crisis y la estrategia de
reproducción de la clase feudal, se presentan como sumamente
problemáticas. En principio, no es atribuible a los señores castellanos un
proyecto centralista, que fue impulsado en realidad por Alfonso X a
mediados del siglo XIII, política que espontáneamente resistieron los
aristócratas, carentes de programa hasta avanzado el siglo XV.[6] En segundo
lugar, aun los nobles que abogaron por la monarquía no renunciaron a los
grandes patrimonios que debilitaban a la corona, como ilustra un Fernando de
Antequera o un Álvaro de Luna. En tercer término, si la centralización
hubiese sido una estrategia de la clase feudal, es de suponer que ésta habría
implementado un estado a su medida acaparando el aparato burocrático. Pero
la aristocracia no controló el flujo de cargos y siempre trató de desplazar a
funcionarios que no respondían a sus intereses. Por último, los señores
castellanos no sufrieron un deterioro material crítico que los impulsara a
refugiarse bajo el amparo de la monarquía. Desde aproximadamente el 1300
hubo un avance de los señores, especialmente en Andalucía, seguido por un
fortalecimiento de su poder jurisdiccional desde mediados del siglo XIV.[7]
En suma, el período de concentración estatal coincidió con una fase de
ascenso feudal (con independencia de la caída circunstancial de rentas), y los
magnates no necesitaron delegar poder en el rey para que les resolviera sus
problemas, ni tampoco la monarquía tomó la iniciativa de fortalecerse con el
propósito de asegurarles sus ingresos como portadora de una racionalidad
superior.
Pero el vínculo entre estado centralizado y crisis del siglo XIV padece,
además, de una insalvable dificultad cronológica para Castilla. Si en 1348
culmina la fase determinativa de la construcción estatal centralizada, esta
circunstancia se encuentra a las puertas del máximo punto de las dificultades
demográficas que se reflejan en las Cortes de 1351. La columna maestra que
sostiene a la monarquía, la fiscalidad, o sus organismos típicos, como el
régimen parlamentario estamental (las Cortes) y el fortalecimiento del mismo
vértice político burocrático, se originó con anterioridad al siglo XIV.[8] Aun
cuando se considere una cronología amplia de depresión bajo medieval,
incluyendo en ella la interfase de paralización del ciclo expansivo entre 1250
y 1300, la correspondencia temporal no indica una inexcusable concatenación
causal. Sobre otras regiones puede mantenerse un punto de vista similar.[9]
También es cuestionable la conexión entre lucha de clases y necesidades de
disciplinar el cuerpo social por un estado centralizado. En Castilla, los
conflictos del siglo XIV no fueron particularmente notorios. Otro caso
problemático lo constituye la «segunda servidumbre» al este del Elba, donde
la debilidad de la monarquía habría favorecido el sometimiento de los
campesinos por los señores.[10] No se comprende, además, por qué el estado
central habría sido más eficaz que el señorío particular para lograr una
coerción generalizada, y si se recuerda que las sublevaciones fiscales fueron
numerosas durante el absolutismo, es posible que la monarquía haya estado
lejos de amortiguar la lucha de clases. Es la oportunidad para observar
críticamente la última tesis que sobre el problema ensayó Brenner (1996).
Postula la imposibilidad de sostener la coerción por la clase dominante bajo
el señorío banal, situación típica de Francia, que habría llevado a la caída de
la servidumbre y a la crisis de las rentas. El estado centralizado vendría a
resolver estos problemas. Sin embargo, la realidad histórica le impone a
Brenner enfrentar circunstancias que conviven mal con su modelo, como la
pervivencia de la servidumbre en Cataluña. Su explicación sobre que los
señores pudieron reforzar allí su poder por la monarquía es muy poco
convincente. El derecho que tuvieron los señores catalanes de imponer malas
costumbres, el jus maletractandi, y obligaciones muy gravosas a los homes
de remensa habla de la alta independencia aristocrática con respecto a
cualquier poder de control.[11]
Estas objeciones se resumen en un rechazo al parámetro de Anderson, y que
consiste en dos variables interdependientes explicativas de la concentración
política, la lucha de clases y las necesidades de acumulación de la clase
dominante. A estas cuestiones, que atañen a la interpretación del proceso
histórico, se agrega otra de naturaleza sistémica. De acuerdo con la
caracterización feudal de la monarquía centralizada, este modo de producción
presupone el dominio político sobre la persona, y el problema que se ha de
resolver es cómo se concretaba ese dominio con un desarrollo estatal
embrionario, expresado en un estrato burocrático (recaudadores, ejército y
policía permanentes) sin capacidad para imponer por sí mismo el control
social.[12] Este aspecto remite al funcionamiento del estado, y se enlaza con
los puntos críticos indicados, en la medida en que el proceso histórico
condicionó su mecanismo de funcionamiento.

DIFERENCIACIÓN HISTÓRICA Y REGIONAL


Teniendo en cuenta que la tesis que se ha de demostrar gira en torno a la
incidencia de los municipios como soportes del estado, se impone una
delimitación regional.
El área de apoyo básico para la Corona se encontraba en la Extremadura
Histórica. Al norte, por el contrario, los municipios de realengo, con una
débil jurisdicción sobre el territorio circundante, ejercieron una menor
influencia en el fortalecimiento de la autoridad real.[13] Al sur tuvieron
protagonismo los dominios eclesiásticos y las órdenes militares, y solamente
entre el Tajo y el Sistema Central hubo estructuras similares a las de la
Extremadura Histórica, y aun muchos de esos municipios fueron
condicionados por el intervencionismo señorial.[14] Una situación
equivalente se ha establecido para la actual Extremadura, donde se
implantaron grandes propiedades señoriales concentrándose el realengo en
algunas ciudades, como Badajoz, Trujillo y Cáceres, con pocos pobladores y
afectadas por la nobleza, que acaparó parte del gobierno urbano a finales de
la Edad Media.[15] En Andalucía, la nobleza también aseguró su presencia
en los gobiernos locales a partir del siglo XIV, y tampoco Murcia habría de
constituir un apoyo para la monarquía.[16] En esta última comarca, la
inseguridad militar y la falta de pobladores condujeron a un predominio
señorial que debilitó los municipios de realengo.
Esta diferenciación regional puede sistematizarse en tres grandes espacios
con rasgos genéticos y estructurales particulares. La región septentrional
hasta el Duero, densamente feudal, tuvo una evolución histórica más clásica,
por decirlo de alguna manera, desde el siglo VIII en adelante. El desarrollo de
la formación social estuvo dado por la transformación de los distritos
territoriales que el rey concedía a sus fieles, los condes, en patrimonios
nobiliarios y por la absorción de las propiedades campesinas.[17] Por otra
parte, en la zona que abarca desde Toledo hacia el sur, el desarrollo estuvo
marcado por la ruptura de la formación tributaria mercantil árabe y la
estructuración de las relaciones feudales en expansión a partir de la
«Reconquista».[18]
Situada entre estas dos grandes regiones, la Extremadura Histórica presenta
una evolución singular. Hacia comienzos del siglo X la frontera de la
«Reconquista» había llegado al Duero, y se extendía hacia el sur una extensa
franja de territorio sometido a las vicisitudes del enfrentamiento cristiano-
árabe.[19] A pesar de las recurrentes razzias musulmanas, se iniciaba un
paulatino movimiento expansivo norte-sur de campesinos hacia la frontera,
que tomaban y roturaban tierras, originando comunidades cuyos caracteres se
presentan en muy escasos documentos hacia la segunda mitad del siglo XI.
Eran comunidades (concejos) libres, sin ingerencia señorial ni obligaciones
tributarias, que establecían, con el conde primero, y luego con el rey de
Castilla, una relación más bien laxa. La presencia del poder superior (o la de
su representante) en la comunidad era sólo ocasional encuadrándose este
vínculo en parámetros de extrema liberalidad (no podía tomar hospedaje por
la fuerza ni percibía obligaciones tributarias) y regido por el principio de
reciprocidad: la comunidad establecía una barrera social ante los musulmanes
y en compensación se beneficiaba con un estatuto jurídico excepcional en el
interior del feudalismo, vínculo que se expresaba formalmente en una comida
ceremonial entre el soberano y el juez concejil que recuerda los intercambios
de dones del banquete germánico. En esta exterioridad del poder superior se
fundamentaba el carácter autárquico de estas comunidades, con derecho a
elegir sus autoridades y establecer sus normas de convivencia. De la libre
instalación campesina se originaba un régimen de pequeños o medianos
propietarios, que compartían espacios comunes usados como complemento
de sus unidades domésticas (economía de recolección) y en especial como
pasturas del ganado, una riqueza que ofrecía mejores posibilidades de
protección en la frontera. En estas condiciones, la comunidad se constituía
como tal, como algo más que una simple sumatoria de familias nucleares, en
la reunión periódica y sin exclusiones de los vecinos en concilium, en
concejo.
Analíticamente considerado el asunto, estaban aquí presentes las cualidades
esenciales de lo que Marx definió como modo de producción germánico.[20]
Se había establecido, entonces, en la frontera del modo de producción feudal,
una estructura comunitaria que, desde un punto de vista socioeconómico, era
análoga a la comunidad germánica, expresándose esta articulación entre
sistemas diferenciados en la reciprocidad de deberes y obligaciones entre el
rey y la comunidad. El poder superior adquiría, sin embargo, una dimensión
contradictoria. Si por un lado su exterioridad era un requisito para que las
condiciones evolutivas se concentraran en desarrollos endógenos de las
comunidades, por otro lado, en tanto único y originario propietario legal del
suelo, ejercía un derecho de reconocimiento de la propiedad estableciendo
una premisa para una ingerencia cualitativamente distinta sobre la
comunidad.
Esta posibilidad de intervención del monarca se relaciona con las
posibilidades de transformación contenidas en la misma comunidad, que aun
con una estructura no clasista, no suponía uniformidad social. Por el
contrario, se constatan en su interior pequeñas acumulaciones desiguales que
se expresaron en la distinción entre caballeros y peones, jerarquía que tuvo
una proyección topográfica en la dependencia militar de las aldeas con
respecto a la villa como centro organizador de la defensa y de las
expediciones ofensivas. En este contexto, se presentan diferenciaciones
funcionales, y en especial, la guerra pasará a constituirse en la actividad
peculiar de los caballeros.
A partir de estas premisas, los caballeros de la villa (caballeros villanos)
logran desde la segunda mitad del siglo XII, mediante la guerra y el botín,
hacerse de un mecanismo acumulativo extraeconómico que genera la ruptura
de la originaria estructura social en un marco de expansión productiva,
coincidente con el retroceso islámico y la ofensiva cristiana.[21] La mera
transferencia de riquezas no explica, sin embargo, la forma que adopta la
transformación social. Sólo la propiedad privada originaria, que daba a los
caballeros posibilidades de acumulaciones particulares diferenciadas sin
obligarlos a una participación sustancial de excedentes con el poder superior,
y el marco histórico feudal, explican la orientación que tomaba el proceso de
nacimiento de clases.
Esta metamorfosis estuvo a su vez sobredeterminada por la monarquía. Los
caballeros obtuvieron, como retribución de su actividad militar, privilegios
tributarios otorgados por el rey, aspecto que revela al poder superior como
variable reguladora de las relaciones comunitarias. El rey afirmaba así la
diferenciación que se operó en el concejo por su propia dinámica interna,
pero también, al exigir tributos, daba nacimiento a una nueva relación
económica. Esto señala una alteración sustancial en la articulación entre el
poder superior y la comunidad con respecto a las épocas primitivas, ya que a
partir de finales del siglo XII, en la relación establecida con el sector de la
comunidad sujeto a tributos desaparecía la reciprocidad primitiva,
estableciéndose un régimen de rentas en beneficio de la monarquía similar al
de los señores feudales.
Puede así reconstruirse conceptualmente la sustancia del proceso. La
reproducción extensiva o espacial del modo de producción feudal, en una
parte de su frontera, se realizó mediante la actividad de una comunidad
campesina libre. Entre la comunidad y la expansión del feudalismo existió
una interacción dialéctica, ya que aquélla preparó las condiciones para nuevas
relaciones sociales otorgando características específicas al área, y a su vez, el
feudalismo en expansión determinaba que el desarrollo de la comunidad se
diera en un marco predefinido.
Por otra parte, se observa a partir de estos resultados, que la comunidad se
ha manifestado sumamente resistente, con una gran vitalidad para subsistir en
la frontera. Ello se relaciona con la coyuntura general de ofensiva cristiana,
pero también se vincularía con una tipología comunal favorable para estas
condiciones. Por un lado, la unión de los pequeños y medianos campesinos
independientes permitió afrontar con éxito la gran tarea colectiva, la guerra.
Por otro lado, esa estructura permitía el fraccionamiento de la sociedad y la
posibilidad de subsistencia de unidades capaces de realizar tareas productivas
con cierta independencia, lo cual se adaptaba al hábitat disperso en las aldeas,
a la economía pastoril y al débil desarrollo de las fuerzas productivas.
Esta evolución constituye el eje para analizar las relaciones que se
establecen con la monarquía, que hacia principios del siglo XIII ya presentan
los caracteres básicos que rigen en la Baja Edad Media.[22] En principio, el
rey otorgaba los cargos municipales a los caballeros, medida que revela el
carácter clasista del gobierno local, con lo cual la palabra concejo tendrá
ahora un valor ambivalente designando tanto al gobierno municipal como al
conjunto de la comunidad de villa y aldeas. Dos disposiciones se ligaban a la
construcción del poder de la monarquía: el servicio de guerra de los
caballeros como condición de su exención tributaria, pasando los municipios
a ser una fuerza militar de contenido monárquico, y el cobro fiscal, que se
discriminaba de acuerdo a los bienes de cada tributario. La fiscalidad impuso
un encuadramiento sectorial de los tributarios, sobre los que actuaban los
recaudadores elegidos anualmente por el rey y las autoridades municipales,
hecho que revela la responsabilidad del colectivo caballeresco en el ejercicio
del poder, quedando las aldeas integradas al control de la villa. El rey, por su
parte, se reservaba la jurisdicción superior.
Estos rasgos se consolidan desde mediados del siglo XIII, cuando Alfonso
X sanciona la diferenciación social del concejo y la alianza con sus
aristocracias precisando el dominio político. Se afirma entonces el poder
jurisdiccional colectivo que ejercían los caballeros sobre el territorio
municipal.[23] La forma organizativa peculiar era el concejo, la reunión de la
aristocracia urbana devenida en gobierno local, institución que pasaba a ser
una manifestación transformada de la antigua asamblea comunitaria. Este
poder, ejercido como colectivo, indica que la función política era detentada
por la clase social dominante del municipio y que no se había generado un
sector técnicamente especializado en el control social. Los linajes urbanos no
anularon este carácter de clase del gobierno, en tanto estaban constituidos por
parientes o clientes de la aristocracia local, y se encuentra una evidencia
suplementaria de esto en el hecho de que los linajes no se dieron en todas las
ciudades y no eran en consecuencia un requisito de actuación política.[24]
Se consolidaba también la posición de los caballeros como propietarios
rurales independientes que explotaban trabajo asalariado, mediante
exenciones tributarias y privilegios adicionales que aseguraban su
reproducción social, reservándose el monarca un papel de árbitro de los
conflictos sectoriales.[25] Desde esta época se manifiesta una
correspondencia entre los privilegios de los caballeros y su posicionamiento
como parte del poder de la monarquía.[26] La superior complejidad social
que esas aristocracias urbanas exhiben en los últimos tiempos de la Edad
Media, a medida que se incorporaban representantes del comercio al gobierno
de los concejos, no anula el eje de estas elaboraciones; ni siquiera las desvía
de una manera secundaria.
A partir del siglo XIII se asentó el papel de la aristocracia concejil como
sostén del sistema tributario de la monarquía, en parte para evitar abusos, en
parte para enfrentar la intromisión de los señores.[27] Este régimen
presupone una serie de prácticas, garantizadas por las aristocracias
municipales, como el repartimiento de tributos, el albergue para el rey con su
comitiva y el control de exentos.[28] En particular, concretaban una acción
disciplinante cuidadosa para no afectar la capacidad productiva o para cobrar
rentas sobre la circulación mercantil, difíciles de controlar.[29] Los
arrendadores de impuestos fiscales o los oficiales de la monarquía se
apoyaban en la franja social superior de los municipios para concretar sus
encargos, y en la medida en que el tributo suponía un conocimiento
particularizado de cada lugar (empadronamiento, recaudación) intervenía el
segmento superior de las aldeas como un agente del poder.[30] Con esta
vigilancia se garantizaban también los gastos de organización política de cada
ciudad, de manera que el estado y los poderes locales recorrían un camino
paralelo, en tanto el perfeccionamiento de la maquinaria recaudatoria central
implicaba el de sus elementos celulares.[31] La territorialidad del estado se
definía así como el alcance del dominio de clases a escala local, adquiriendo
una configuración no reductible a una mera concentración burocrática en el
vértice. Con independencia de sus particularidades, el estado terminaba
adquiriendo el contenido relacional propio de los grandes señoríos
particulares.
Un supuesto de ese poder local estaba en una acumulación desequilibrante
de armas en manos de los caballeros con su correspondiente simbología,
como la segregación por los muros urbanos o el «alarde» como muestra de
poderío ante los pobladores.[32] El subalterno, que se encontraba con los
agentes del estado en su vida cotidiana, no se representaba entonces la
dominación como fuerza abstracta sino en forma concreta, en relación con un
sujeto real, y el poder sólo de manera relativa residía en la distanciada figura
del rey como señor superior.[33] La vigilancia que ejercían los caballeros se
combinaba con roles de gestión, resolviendo sobre distribución de tierras,
instalación de pobladores, pleitos entre campesinos, deslinde de heredades,
proporcionalidad de los ejidos aldeanos, roturaciones o intercambios,
concretando un dominio no desligado de una funcionalidad socioeconómica.
[34] De esta forma, el dominio de la monarquía se desagregaba en la
capacidad de mando de los caballeros como agentes cotidianos de contención
social que, en terminología de Gramsci, expresaban una trinchera del estado
como hegemonía acorazada de coerción. El monarca legitimaba y
cohesionaba este dique de contención en una estrategia de unidad orgánica
entre concejos y corona, ya que el mismo acto de defensa del poder
municipal era el resguardo del poder central, y la exención tributaria que
permitía la formación de una fuerza política concejil era asimismo la
constitución de la monarquía.[35] Con esta alianza, la corona tenía a su
disposición una energía social que participaba en sus mecanismos
reproductivos, configurándose una única organización política segmentada.
En este sistema se basaba el consumo ostentoso de la corte y la reproducción
social de la burocracia.[36] Las remuneraciones de esos funcionarios
combinaron modalidades modernas, representadas por el letrado asalariado,
con otras heterodoxas surgidas de las tradiciones del feudalismo, como las
concesiones de beneficios retenidos en la esfera de la monarquía.[37]
Este régimen fue resultado de la evolución histórica. La monarquía no
impuso la constitución de clases concejiles, sino que actuó sobre las fuerzas
sociales formadas instituyéndolas como su basamento. Es por esto que el
señorío de los caballeros sobre las aldeas no fue una simple emanación del
poder central, sino el desenlace de evoluciones sistemáticas que moldearon la
relación social entre el rey y las aristocracias locales, realizando una
organización política que condicionó mutuamente a la monarquía y a los
municipios.[38] El problema decisivo fue la evolución del concejo y la
constitución de una forma autoorganizada de dominación de clase que
realizaba el gobierno de la monarquía.
En este sistema, el rey delegaba en la base la reproducción de sus redes de
apoyo originando el cuerpo de sus agentes sin incluirlos entre los costes de
mantenimiento del estado propiamente dicho. Este aspecto se debió tanto al
sustento de los oficiales del concejo, que recibían sus salarios de las rentas
municipales,[39] como a los mecanismos de reproducción de los caballeros
villanos, cuyo marco legal aseguraba la monarquía. Esta distancia entre la
cúspide estatal y sus apoyos permitía una reproducción no traumática del
poder, ya que su elemento constitucional (anclado en las relaciones
productivas) aportaba durabilidad a la estructura conformada, asegurando la
pervivencia del estado.En la resolución de este problema, se esclarecen
aspectos de funcionamiento y tipología del estado. Si éste es caracterizado
como feudal, y este modo de producción presupone como su condición el
dominio político sobre la persona, el interrogante sobre cómo pudo
consumarse ese dominio (requisito de la renta feudal centralizada) ante la
carencia de burocracia consolidada, queda respondido.

BLOQUE SOCIAL Y POLÍTICO


La alianza por la cual el estado incorporaba a su gestión la actividad de otra
clase representa un bloque social y político como herramienta de dominación.
[40] Este bloque social fue en principio una construcción signada por
acuerdos básicos y fricciones secundarias. Su forma era dada por una
reciprocidad que expresaba poderes complementarios, donde uno se
presentaba como función del otro, rigiéndose por una distribución de mandos
con pautas impuestas por el monarca como expresión de su superioridad. Esta
superioridad implicaba limitar los abusos de las aristocracias locales (control
que complementaba al que establecía el propio concejo), el derecho a emitir
disposiciones vinculantes para los caballeros, arbitrar en conflictos,
constituirse en último recurso de apelación e instrumentar normas.[41] En
situaciones en que el rey favorecía intereses nobiliarios en detrimento de los
concejos, imponía su voluntad (aunque ello estaba condicionado por la
coyuntura y la correlación de fuerzas), y en esto se manifiesta la separación
de rangos de esta alianza.[42]
Este bloque social se explica por el sistema alodial de la aristocracia local.
[43] En la medida en que la caballería municipal se basaba en un régimen de
producción mercantil simple, entre el rey y las fuerzas locales se establecía
un nexo entre dos clases cualitativamente diferenciadas por sus modos de
percepción del beneficio, que fue determinante para superar el
fraccionamiento jurisdiccional a que daba lugar la dinámica feudal. La base
económica de los caballeros no se encontraba en la apropiación individual de
parcelas de soberanías, y la morfología social de estas aristocracias era la
posibilidad del fortalecimiento monárquico, en tanto determinaba que el
poder que los caballeros ejercían sobre las aldeas se concretara sólo como un
colectivo funcional al estado.[44] Además, los caballeros estaban sujetos a
normas municipales que limitaban el número de sus trabajadores,
reglamentación que les negaba toda posibilidad de desarrollo a escala
superior. Si en lugar de un propietario rural ponemos a un mercader, o a un
agente económico que reúna los dos rasgos sociales (algo que no fue inusual
hacia 1450 en muchos concejos), la tesis que aquí se expone sólo se confirma
de manera redundante. También la burguesía comercial encontraba, a través
de la enajenación de valor en la circulación mercantil, una fuente de
reproducción que se independizaba del ejercicio del poder. Ambas tipologías
sociales seguían siendo, no obstante este rasgo, cualidades asociadas con el
sistema feudal, y esto ha sido tal vez la sustancia del patriciado medieval, su
verdadera esencialidad.
Esta posición de las aristocracias urbanas, de la que deriva su exterioridad
relativa en el feudalismo, no sitúa los conflictos entre esas elites y la nobleza
como un enfrentamiento entre señores (así lo han concebido muchos
historiadores), sino como un antagonismo entre clases diferenciadas, y fue
una expresión de esto el hecho de que los caballeros villanos del realengo no
estaban incorporados a la esfera de vasallos de los señores.[45] Con esta
configuración del bloque dominante, los llamados «aparatos de dominación»
se presentan menos como una cosa que como un entramado relacional, que se
manifestaba como una tensión dialéctica entre cohesión en el ámbito más
general y fraccionamiento celular en fuerzas dotadas con una independencia
restringida.
Este bloque social condicionaba a su vez el sistema de propiedad. Por una
parte, porque los privilegios de los caballeros habilitaban el régimen alodial.
Por otra parte, porque ese bloque, en la medida en que permitía transferir
trabajo campesino, definía al rey como el verdadero propietario del espacio
tributario. Esto se corrobora en cualquiera de las dos formas de imposiciones
coexistentes: las de realengo establecían al soberano como propietario en
última instancia; las municipales, destinadas al aparato de dominación, eran
parte de las condiciones para que esas relaciones de soberanía política y de
propiedad territorial pudieran concretarse. Esto plantea una dicotomía entre la
reproducción del patriciado como clase social (basada en la explotación de
trabajo asalariado o en el comercio) y su reproducción como gobierno
(basada en apropiación de una parte de la renta). El monarca era pues, clase
propietaria, en la medida en que tenía derecho a la percepción del tributo,
clase dominante en tanto regía el conjunto social de los concejos, y
limitadamente clase gobernante, ya que el ejercicio efectivo del gobierno
estaba delegado en la caballería municipal.
Se reformulaban así, aunque de manera parcial, las tradicionales relaciones
entre sectores dominantes: si el parentesco y los pactos personalizados
ocupaban un lugar en la organización señorial, aquí aparecen desplazados por
relaciones políticas de clases, aunque formalmente se preservó la simbología
del homenaje feudal que la elite municipal cumplía en calidad de vasallos con
el rey (o su representante) como su señor natural.[46] En último término, los
individuos no disponen de un repertorio ilimitado de gestos significativos,
sino que lo asimilan de los modelos dominantes. Pero más allá de las formas,
en el contenido de esta relación constatamos que la monarquía, en su
identidad sustancial con la clase feudal, adquiría connotaciones específicas. A
partir de la alianza que establecía con los caballeros como colectivo, se
delineaba un inicio de derecho no personalizado, un germen de bienes no
limitados a la esfera patrimonial del rey, filtrándose también un primer
esquema de obligaciones públicas, donde el señorío colectivo no implicaba
una pura confusión entre los expendios del cargo y los gastos privados. Por
estas cualidades, el carácter feudal de la monarquía comenzaba tímidamente a
trascenderse sin ser desplazado, desde el momento en que la inalienabilidad
no se había consumado y en que ese centro de autoridad superior sólo se
localizaba en la persona del monarca.[47]
Desde otra perspectiva, esta alianza expresaba una combinatoria de
relaciones sociales. El modo de producción feudal y el régimen mercantil
simple de los caballeros encontraron su marco de coexistencia en una
estructura que habilitaba su reproducción mutuamente condicionada. Esta
articulación entre modos de producción diferenciados concreta un aspecto
esencial de la inmovilidad social, desde el momento en que negaba la
potencialidad transformadora del sistema de producción mercantil. Los
caballeros urbanos, que dependían materialmente de los privilegios de la
monarquía y eran una parte distinta pero necesaria de la reproducción de las
relaciones feudales, quedaban subjetivamente comprometidos en la defensa
del sistema dominante, articulación sistémica jerarquizada que tuvo su
manifestación institucional en las Cortes, donde las ciudades estaban
representadas por las aristocracias locales.[48] Esta última circunstancia
expresa que si bien el eje del problema estriba en una específica modalidad
de reproducción de una parte de la clase dominante, esto constituye una sola
de las determinaciones de la estructura política. Aun cuando es un problema
que merecería un tratamiento más extenso, debemos apuntar dos
determinaciones complementarias. En primer término, el bloque sociopolítico
se organizaba en el marco institucional preexistente del feudalismo dando
lugar al parlamentarismo estamental que, en esencia, reproducía las
convocatorias de magnates de épocas anteriores a la vez que las modificaba.
Su mismo origen derivó de la transformación de la antigua asamblea feudal,
cuando a la curia regia plena, convocada en León en 1188, se incorporaron
miembros de las ciudades, aunque las Cortes alcanzaron su mayor
desenvolvimiento desde mediados del siglo XIII.[49] En segundo término,
los sujetos que intervinieron en esta forma institucional adoptaron, de hecho,
la concepción contractual del vasallaje feudal, y el principio de auxilium et
concilium subyacía en la participación de la elite urbana en el parlamento y
en cualquier otra actividad del estado. Con esta complejidad, el estado se
transformaba en un campo propicio para el despliegue de contradicciones
secundarias que surgían naturalmente de los sistemas socioeconómicos
interdependientes.

LA CABALLERÍA VILLANA Y EL ESTATUS SOCIAL


El conjunto de factores sociopolíticos que hemos tratado hasta aquí
permiten apreciar las condiciones del estatus de la caballería villana, es decir,
los elementos jurídicos, políticos y culturales que se articulaban con las
condiciones materiales de la clase.[50] Al respecto, es necesario tomar
distancia crítica con respecto a los historiadores que asimilaron los caballeros
villanos a la nobleza. Por un lado, las razones de orden económico que
implicaban, como ya vimos, el no ejercicio del poder político para la
extracción de excedentes campesinos como medio de reproducción social,
presuponen una connotación no feudal de la clase. Esto se complementa con
las prácticas sociales: sólo en forma externa los caballeros villanos asimilaron
pautas de organización nobiliaria, como el clientelismo (en conexión con los
linajes), que puede ser considerado como una modalidad bastarda del sistema
de jerarquía feudal.[51] Estas circunstancias separaban a los caballeros
villanos de la nobleza en el plano político general. La identidad estamental
propia se expresó, en un nivel más abarcador, en las hermandades (asociación
de ciudades) y en la defensa del dominio real.[52] La caballería villana
mantuvo una independencia relativa con respecto a los señores feudales y un
alineamiento más decidido con la monarquía, guiándose por la defensa de sus
intereses específicos: conservación de los privilegios tributarios, oposición a
la hegemonía señorial, defensa del régimen de ganadería.
Estas condiciones de estatus que tuvieron los caballeros urbanos,
condicionaban la forma estamental que adoptó la monarquía (Ständestaat), ya
que la preservación de este «corporativismo» (como parte de la
interdependencia establecida entre el rey y las aristocracias locales) impedía
una concentración del poder en sentido absolutista o despótico.[53] En este
aspecto, los caballeros de las ciudades de la Extremadura Histórica se
asemejaban a las burguesías de otras regiones de Europa medieval, que
formaban el sistema del patriciado. Esa similitud política y funcional no
oculta las peculiaridades de la región que estudiamos, donde la burguesía
permaneció con un rango inferior, aun en el siglo XV, cuando una fuerte
movilidad social ascendente permitió su relativa integración en antiguos
linajes municipales, y en buena medida, esa no correspondencia entre
posición económica y posición social de la burguesía subsistió en la Época
Moderna.[54] Esto se corresponde con la exclusión de los artesanos del
gobierno municipal.[55]

INDEPENDENCIA RELATIVA DEL ESTADO


A partir de este entramado se fundamentaba la autonomía relativa del
estado, que se comprueba en primer lugar por las estrategias de la corona. Si
bien el monarca se basaba en la extracción tributaria, en coincidencia con la
clase feudal, en realidad no se encontraba más que parcialmente atado a los
designios de los señores, y hasta cierto punto se ubicaba en un antagonismo
competitivo con la nobleza por la adquisición de tierras y rentas.[56] En esta
competencia se precisaba la identidad del estado, que no representaba
mecánicamente ni en forma directa los intereses de la clase feudal, y que, por
otra parte, encontraba la oportunidad de manifestar su identidad singular con
el sostén militar de las aristocracias urbanas.[57] Esta posibilidad derivaba
del paulatino crecimiento del realengo, que tuvo en los municipios los
recursos para delinear sus propias estrategias de poder y gestión organizativa,
implementar alianzas o enfrentamientos y operar con alternativas políticas
limitadamente independientes. La corona adquiría así una fisonomía propia
como sujeto social, con independencia relativa de la clase feudal, y expresa
esta diferencia su facultad para legislar para el reino, incluyendo a los
señoríos.[58]
Pero la misma cualidad dual del poder monárquico y la pervivencia de
dominios políticos particulares –con manifestaciones como los estados
señoriales que comprendían varios ámbitos de jurisdicción privada (Beceiro
Pita, 1988)– evidencian que esa soberanía no se había consumado con
capacidad absolutista, y que la reproducción de la clase feudal no era una
función del estado. Una concentración autócrata de la autoridad no podría
haberse realizado más que anulando las esferas de soberanía privada, hecho
que hubiera implicado transmutar la naturaleza social de los señores
constituyéndolos en estamento burocrático dependiente de las prebendas del
déspota. De la perspectiva que otorga el comparativismo histórico, se deduce
que el atributo feudal del estado no estuvo dado sólo por la práctica tributaria,
sino por otorgar un lugar propio a la reproducción señorial, es decir, a
detentadores privados de derechos de jurisdicción, que les aseguraban alta
autonomía de existencia. El estado mismo asumía un papel activo en la
preservación de la aristocracia garantizando la desigualdad jurídica y
otorgando concesiones que, encumbrando a nuevos miembros, aseguraban un
flujo de renovación de la clase dominante.[59] Estas cualidades conllevan la
definición del tributo como renta y otorgan un sesgo básicamente patrimonial
a los bienes de la monarquía o al espacio sobre el cual instituyó sus derechos,
sin desconocer por ello los principios de su negación.

DINÁMICA DE LA CONSTITUCIÓN DEL BLOQUE


SOCIAL DOMINANTE
A partir de esto puede captarse la dinámica del bloque social. Si por un lado
la articulación entre clases y la delegación de los mecanismos reproductivos
estatales en las aristocracias locales aportaban un equilibrio estructural, por
otra parte, ese poder combinado supone su inestabilidad latente en plazos
coyunturales, ya que el peso relativo que alternativamente adquiría uno de los
polos (la monarquía o los municipios) imponía una dimensión histórica
contingente a la dinámica social. Las crisis de la alianza entre el rey y las
aristocracias locales, que se precipitaban por la ausencia física del monarca,
expresan esta circunstancia. Con las minoridades se ponía a prueba la
constitución del estado, y en ellas se encuentra una expresión de
irrenunciable valor probatorio sobre la esfera relacional sustancialmente
personificada del poder. Si bien a partir de mediados del siglo XIII la corona
tomó la iniciativa de concentración de poder, el acaecer sociopolítico que
discurre entre 1270 y 1325, signado por la oposición de la nobleza, el
debilitamiento de Alfonso X, y las minoridades posteriores sucesivas, llevó a
un primer plano de la escena a los municipios agrupados en hermandades.
[60] Durante las minoridades, el poder municipal adquiría protagonismo, se
cohesionaba corporativamente, y cumplía un rol sustitutivo del monarca
enfrentando la ofensiva señorial.[61]Es por esto que si bien las hermandades
no adquirieron una connotación opuesta al feudalismo en sentido general
(sostenían el señorío del rey), en un plano específico fueron una alternativa
independiente frente a la nobleza asumiendo un lugar en el conflicto entre los
grandes agrupamientos sociales.[62] Cuando el equilibrio del bloque social se
restablecía, al acceder el monarca a la mayoría de edad, ese protagonismo era
restringido por el poder central, como se manifestó en las Cortes de 1325,
aunque en toda crisis similar se repetiría el mismo esquema.[63]
A partir de 1325, con Alfonso XI, la alianza de la monarquía con los
concejos se concretaba en un superior nivel, y a mediados del siglo XIV se
legitimaban los regimientos cerrados, reforma que culminó con los
corregidores como oficiales del realengo para fortalecer la política centralista.
[64] Cristalizaba así el bloque político y social, con lo cual los conflictos que
surgieron en el período en torno a estos representantes del monarca
evidencian desajustes secundarios, aspecto en el cual coinciden hoy los
historiadores.[65]
El envío de delegados del rey a los municipios expresaba la maduración del
proceso de articulación entre las estructuras de base y la corona como poder
dual segmentado, traduciendo así la dominancia del modo feudal de
producción sobre las aristocracias locales, mientras que el concejo cerrado
expresaba un reordenamiento político interno municipal.[66] El corregidor se
apoyaba en las aristocracias locales, que seguían constituyendo la garantía del
poder monárquico.[67]
Hacia mediados del siglo XIV, los componentes fundamentales del estado
se habían completado en aspectos sustanciales. Esta situación se manifestó en
términos jurídicos: cuando las Cortes de Alcalá de Henares se pronunciaron
en 1348 por la vigencia del derecho de la corona, de las normas municipales
y del derecho señorial, por una parte expresaban el cambio de la correlación
de fuerzas sociales que situaba a la monarquía como autoridad superior, pero
también manifestaban la consolidación de jurisdicciones paralelas tanto
municipales como señoriales. Esto planteaba condicionamientos al poder real
que posibilitaban nuevas variantes coyunturales.
En 1369 (triunfo de Enrique II de Trastámara sobre Pedro I) se daría un
nuevo paso con el acrecentamiento del poder de la nobleza junto al de la
corona. De aquí en más, nobleza y monarquía actuarán como dos fuerzas
sociales del mismo origen social competitivamente afirmadas en sus
posiciones adquiridas, hecho que presupone las alianzas y los
enfrentamientos arquetípicos de la clase feudal. Este crecimiento de la
aristocracia explica que hasta mediados del siglo XV por lo menos, los
procuradores de las ciudades perseveren en el objetivo de impedir el
debilitamiento del realengo y que la nobleza defina en esa misma centuria un
programa destinado a reducir el dominio de la corona. Esto último es
expresivo de que en cuanto el estado central se fortaleció, en paralelo a los
señores, éstos implementaron una estrategia para abordarlo buscando
adaptarlo a sus necesidades y la nobleza acabó por detentar los más altos
cargos de la administración.[68]

INEXISTENCIA DE UN ÚNICO MODELO DE


CENTRALIZACIÓN
Si enfocamos ahora el problema desde otra perspectiva, advertimos que la
observación comparativa impide establecer una ley de centralización
burocrática indefectible, y de idéntica vigencia para todos los lugares. En
cada país hubo distintas formas no sujetas a un esquema, en la medida en que
el fenómeno estuvo condicionado por elementos estructurales históricamente
modelados y siempre rectificados por causas eventuales.
En Castilla, el estado se originó a partir de una formación económico social
que adquirió una cierta complejidad en una determinada fase evolutiva, de la
misma manera que el señorío particular fue la manifestación política del
modo feudal de producción en sentido estricto. En la medida en que el estado
manifestaba la retícula social en la que se basaba, no podía realizarse más que
como versión política de la formación económica y social, como proceso
constitutivo, cuyo dinamismo radica en las vicisitudes de las distintas esferas
de poder. El antagonismo básico entre señores y campesinos durante la Edad
Media castellana no tuvo una manifestación abierta y significativa, y ese
vacío permitió que se precipitara el protagonismo de las distintas esferas de
soberanía (monarca, aristocracias comunales, señores individuales), que
impusieron en su accionar, alternativamente coincidente
o contradictorio, el decurso del sistema político: condados con dominios
patrimoniales, señoríos menores de tipo banal, estado centralizado. Los
orígenes del llamado estado absolutista deben buscarse, pues, en la formación
económica social como un todo, y no en el modo de producción feudal que,
por el contrario, presupone la parcelación de la autoridad. Desde otro punto
de vista, el caso examinado revaloriza parcialmente la tesis tradicional sobre
la importancia de las comunas en la constitución del estado, aunque ello no
significa el dominio de la burguesía sino la afirmación del feudalismo que, de
todos modos, incluyó entre sus componentes asociados, en su versión bajo
medieval, al capital comercial.[69]
Mientras que en Castilla la intervención de los municipios fue en este
sentido decisiva, en Francia, si bien las ciudades establecieron relaciones con
el estado que no carecieron de significación, su incidencia fue
comparativamente inferior, entre otras razones, porque las ciudades no
tuvieron extensos señoríos rurales.[70] Una incidencia menor no es sinónimo
de causalidad secundaria. Las ciudades que apoyaban la concentración de
poder permitieron quebrar la lógica circular e irresoluble del feudalismo, y
habilitaron las estrategias múltiples y convergentes de la autoridad real:
absorción de señoríos menores a través de compras u ocupaciones militares,
apoyo a las burguesías urbanas y atracción centrípeta por la corte, conductas
que fueron ayudadas por la repercusión de la Guerra de los Cien Años en la
fiscalidad, en las técnicas bélicas centralistas y en el reforzamiento del
estado.[71]
Teniendo en cuenta ese auxilio urbano como fundamento, puede entonces
considerarse que en Francia la crisis jugó un papel más activo en la
concentración estatal que lo que hemos visto en Castilla, lo que establece un
lejano parentesco con el modelo de Anderson y Brenner. Las dificultades de
los señoríos facilitaron a la monarquía la intervención en su vida interna
reduciéndolos en muchos casos a la justicia inferior y limitando sus rentas.
En el foco de este retroceso señorial se encuentra la declinación de las rentas
desde la segunda mitad del siglo XIII, notable entre 1300-1320 y 1430-1450,
y continuada hasta mediados del siglo XVI, por la coyuntura económica y
político-militar (la guerra que se desencadenó desde 1337, con sus
intermitencias, fue particularmente negativa para nobleza, por los daños
causados en sus tierras y por los rescates que pagaron), por erosiones
estructurales, y por la resistencia de los burgos, situación que obligó a los
señores a buscar en el servicio del estado ingresos sustitutivos.[72] Pero
además, esta tendencia larga de la caída de la imposición señorial tendrá
repercusiones en la base misma de la sociedad. Las rentas que se impusieron
desde 1550, en su debilidad, aproximaron más al campesino al propietario de
la época moderna que al poseedor medieval. Como elemento particular, los
obispos de Francia dispusieron de un patrimonio importante pero
fraccionado, y por esa carencia, tuvieron una predisposición permanente a
buscar apoyo en la monarquía, estrategia que contribuyó al fortalecimiento de
esta última.
Examinada la cuestión más específicamente, durante la tardía Edad Media
en la región de la Ile-de-France, de sensible trascendencia para el crecimiento
de la jurisdicción de París, se dio una parcelación en feudos por prácticas
sucesorias y por alienación para resolver la falta de recursos, a lo que se
agregaron los efectos de la Guerra de los Cien Años.[73] El empobrecimiento
de pequeños señores los llevó a ser mercenarios de la corona, entrar en la
administración o buscar un afortunado casamiento burgués. El monarca actuó
sobre esta situación exigiendo el servicio de hueste a los vasallos y
subordinando castellanos. También se abrió a la influencia de la monarquía la
región mâconnaise, comenzando por campañas de los reyes en la segunda
mitad del siglo XII, en un principio como arbitraje de conflictos privados. En
Mâconnais, los reyes protegieron señoríos eclesiásticos relevando en este
papel a los castellanos. Ello sería por un lado fuente de ingresos para los
Capetos y, por otro, se rompía el equilibrio entre los señores en favor de la
corona. Sobre esta base, los castellanos se ligaban al soberano por juramentos
de fidelidad rindiendo las fortalezas como apoyo al poder monárquico. En
esta formación de unidades territoriales mayores (incluyendo principados),
encontramos nuevamente el marasmo económico de buena parte de los
señoríos, y fue a partir de esta situación que terminó por establecerse la
jerarquía feudal, entendida ésta en el sentido técnico del concepto. La
incorporación del Languedoc a la corona, por su parte, ha tenido su propia
dinámica originada en la conquista. Varios fueron los caminos por los cuales
la monarquía acrecentó sus rentas, como la compra de posesiones en
condominio con señores (pariage), la fundación de asentamientos
planificados (bastidas) e intercambios de posesiones; aunque la recaudación
tributaria fue dificultosa por las resistencias locales. Un factor que sólo
podemos recordar, pero que tuvo un peso que distó de ser superficial, fue la
extirpación militar de la disidencia herética en el sur francés, lo que
manifiesta fuerzas disímiles (papal y monárquica) concurrentes en objetivos
de unificación.
Retornando a una consideración general, sería también necesario retener
otros aspectos, como el creciente número de dependientes fijados a la tierra,
hecho que fortalecía los estados monárquicos o principescos. Es por esto que
la crisis señorial francesa ha sido un factor más profundo que una
degradación coyuntural de rentas, y observada esta circunstancia
comparativamente, es posible establecer como hipótesis que si en Castilla la
nobleza en expansión fue contrabalanceada por municipios de realengo con
amplios territorios circundantes, en Francia, la crisis señorial compensó a los
reyes por la menor importancia de las ciudades. Una parcial excepción a esta
conclusión está representada por la Provence, donde los caballeros urbanos,
enriquecidos por el comercio, afianzaron el poder centralista regional (Poly,
1976).
En suma, la pluralidad de resoluciones responde a una complicada gama de
atributos. Tomando otro extremo comparativo, en zonas mercantiles y de
manufacturas urbanas tradicionales, como en la Italia central y septentrional,
los patriciados burgueses resguardaron una orgullosa independencia en
defensa de sus monopolios y contraria al príncipe, originándose
corporaciones políticas y económicas que, como expresarían los teóricos
escoláticos, no reconocían de facto superior en asuntos temporales y poseían
imperium por sí mismas, caso que se contrapone al de Castilla, donde no
hubo una fuerte burguesía comercial autónoma.[74] Esto se reflejó en
diferencias con respecto a los tributos. Mientras en Castilla éstos favorecían
al señor del concejo (el rey en muchos casos), en Florencia la oligarquía
urbana percibió directamente las rentas del campo y de los pequeños centros
subordinados.[75]

CONCLUSIONES
Se desprende de este estudio un principio metódico que remite al problema
inicial: la lucha de clases no se presenta como una causa general de la
constitución política. Por el contrario, pueden considerarse como
determinaciones de las formas sociopolíticas, los modos de reproducción de
la clase
o sectores dominantes, las instituciones, la constelación de prácticas y la
evolución histórica: la monarquía y sus órganos estamentales surgieron de
una transformación del régimen del feudalismo.
El modo de reproducción de una parte de la clase dominante fue el eje de
este análisis. La lucha de clases o las crisis de acumulación pueden ser
apreciadas, en este marco, como variables secundarias con referencia a esta
determinación, y con incidencia fluctuante en la configuración política. Este
enunciado remite a un plano estructural, y es aquí donde se origina la
necesidad de trascender los límites analíticos del modo feudal de producción.
Si este último tiene en sí mismo una tendencia inherente al fraccionamiento
de la soberanía política, la contratendencia centrípeta se establece a partir de
la incidencia de otros componentes de la formación social, específicamente,
los agentes surgidos de sistemas corporativos de mercaderes urbanos o de
sistemas agrarios de producción mercantil. Su desigual peso social en cada
país proporciona el secreto de la relativa variabilidad de la configuración
política.

[1] Pirenne, 1981, pp. 194-195; Romero, 1967, pp. 156-157; Elias, 1993, pp. 261 y ss.
[2] Persisten versiones emparentadas con la fórmula tradicional. Por ejemplo, Spufford,
1991, pp. 315 y ss. apoya una aproximación monetarista al fenómeno. Tilly, 1992, (passim)
proporciona un esquema donde conviven dosis de coerción y de incidencia del capital. El
análisis de Anderson sigue constituyendo, tal vez, la más relevante interpretación. Es
oportuno un breve comentario sobre el vasto programa Genèse de l´Etat Moderne
coordinado por J. Ph. Genet, desde 1985, en el cnrs de Francia. Como ha señalado
Monsalvo Antón, 1998, pp. 148 y ss. se observa aquí la falta de novedad conceptual, el
desconocimiento de Anderson, Brenner o Bois, la dispersión de tratamientos, el empirismo,
el minimalismo, el ateoricismo, en fin, la ignorancia de problemas esenciales de la
evolución estructural.
[3] Valdeón Baruque, 1975, pp. 32-33; de Dios, 1988b, p. 393. Merece una mención
específica por su grado de elaboración, Monsalvo Antón, 1986. A pesar de que en este
trabajo se va a sostener un punto de vista no concordante con este autor, sus elaboraciones
han sido una fuente de inspiración.
[4] Gerbert, 1994, p. 93; Olmeda, 1986, p. 330; Santamaría Lancho, 1985, p. 86: Estepa
Díez, 1984, pp. 14 y ss.; Iradiel, Murugarren, 1991, p. 31; Asenjo González, 1990, pp.
200203; Fortea Pérez, 1991, pp. 118 y ss. Para Portugal, Mattoso, 1993, pp. 320-328.
[5] Es decir, desde comienzos del reinado de Alfonso X en 1252, hasta las Cortes de
Alcalá de Henares en 1348, cuando la promulgación del Libro de las Siete Partidas
expresó la consolidación del proyecto centralista.
[6] González Alonso, 1988, pp. 206 y ss., p. 216; García Vega, 1993, pp. 226 y ss.
[7] Beceiro Pita y Córdoba de la Llave, 1990, pp. 165-166; Quintanilla Raso, 1984.
[8] Ladero Quesada, 1973a, passim; O’Callaghan, 1988, p. 162, calcula que desde 1252
hasta 1350 hubo cuarenta y dos reuniones de Cortes plenarias o regionales, es decir, un
promedio de una cada 2,38 años.
[9] Sobre Francia, Genet, 1990, dice: «L’État est née entre 1280 et 1360 lorsque,
confrontés a des guerres incessantes, les rois et les princes d’Occident ont voulu et pu faire
appel a ceux qui résidaient sur leurs terres pour qu’ils contribuent, de leur personne et de
leurs bien, à la défense et à la protection de la communauté». Pero aun si se considera,
como Blockmans, 1992, pp. 122-123, que el período 1348-1440 fue decisivo para la
formación de un estado único en los Países Bajos, la crisis no es causa inevitable. Este
autor adjudica la responsabilidad del proceso a la urbanización como factor de desgaste de
los señores, y desestima la incidencia de la crisis.
[10] Miskimin, 1975, pp. 67-68; Brenner, 1986b, p. 334. Es una tesis clásica formulada
por primera vez por Georg Friedrich Knapp en 1887. Al respecto, Hagen, 1998, pp. 147 y
ss.
[11] Cuando se siguen las alternativas del conflicto social en el siglo XV en Cataluña, se
constata que los reyes Juan I, Martín el Humano y su esposa, María de Luna, no estuvieron
al lado de los señores, y aunque su apoyo a los campesinos fue inconstante no dejó de ser
significativo. Ver Vicens Vives, 1978, pp. 40 y ss.; Freedman, 1991, pp. 179 y ss. Este
último autor resume: «The most dramatic dissent from acceptance of serfdom among the
elite was found in the court of the kings of Aragon» (p. 180).
[12] Para un abordaje conceptual del problema, Fulbrook y Skocpol, 1984, pp. 179 y ss.
y p. 186; Gerbert, 1994, pp. 74 y ss., si bien el rey castellano disponía de vasallos nobles
para la armada, éstos sólo representaban una fuerza episódica. Sobre esto, Cortes de 1338,
pp. 450 y ss.; Fortea Pérez, 1987, pp. 100 y ss., todavía en el siglo XVI el reino de Castilla
carecía de un aparato burocrático con capacidad de drenar los recursos de los súbditos,
hecho que llevaba a la imposición de un sistema descentralizado de cobro gestionado por
las autoridades locales. Esto constituye un rasgo general europeo. Gerhard, 1991, p. 89, a
pesar de los progresos alcanzados en el aparato estatal durante los siglos XIV y XV, una
completa profesionalización de la estructura administrativa no iba a operarse hasta bien
entrado el siglo XVIII. También, Black, 1992, p. 137.
[13] Monsalvo Antón, 1994; Estepa Díez, 1990, pp. 476 y ss.; Bonachía Hernando, 1988,
pp. 22 y ss. En Burgos, como indicó Ruiz, 1984, p. 128, los privilegios otorgados por el
realengo en los siglos XIII y XIV eran debidos al papel de los comerciantes.
[14] Rodríguez Picavea, 1994, pp. 6-7; 21. Molenat, 1988; González, 1975-1976, 2, p.
166.
[15] De Pino, 1985; Martín, 1985; Gerbert, 1979.
[16] González Jiménez, 1990; Torres Fontes, 1990 y Ladero Quesada, 1973a.
[17] Durante mucho tiempo los historiadores institucionales abogaron por la
excepcionalidad del reino asturleonés en el seno del feudalismo europeo. Hoy esta visión
ha sido permutada por otra que postula la configuración de relaciones feudales entre los
siglos VIII y X. Monografías sobre el dominio: Gautier Dalché, 1965; García de Cortázar,
1969; Mínguez Fernández, 1980; Moreta Velayos, 1971.
[18] Esta interpretación en Pastor de Togneri, 1975. El planteo general de la evolución de
frontera que aquí se hace debe mucho a esta tesis.
[19] La base documental para leer la estructura de las comunidades primitivas es el Fuero
latino de Sepúlveda, cuya relevancia se acentúa por el silencio documental que deviene de
un área sometida a permanentes campañas militares. El análisis pormenorizado en Astarita,
1993. Ver también, Barrios García, 1983-1984, 1989, 1990; Monsalvo Antón, 1990b;
Villar García, 1986.
[20] Marx, 1973; Godelier, 1971, pp. 83 y ss. Comparativamente, vid. Schmidt-Wiegand,
1979, p. 74.
[21] Expediciones, Gómez Moreno, 1943, pp. 22 y ss.; Sánchez Belda, 1950, pp. 90 y ss.
Sobre el crecimiento demográfico y productivo desde la segunda mitad del siglo XII a
principios del XIII en el área, González, 1960, 2, docs. 49, 55, 82, 123, 173, 212, 235, 238,
262, 241, 280, 287, 302, 308, 274, 370, 356, 375, 379, 376, 394, 385, 395, 445; t. 3, docs.
616, 657, 671, 707, 718, 719, 741, 748, 771, 804, 812, 810, 835, 839, 842, 847, 876, 924,
956, 972, 985, 1034, 990.
[22] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 8 de 1222.
[23] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 14; Barrios García, Monsalvo Antón y del
Ser Quijano, 1988, doc. 14; Diago Hernando, 1993a, pp. 60-63 y 72.
[24] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 77, 304; Barrios
García, 1983-1984, t. 1, p. 159; Martínez Moro, 1985a, pp. 135 y ss.; Rucquoi, 1987a, pp.
240 y ss.; Fernández-Daza Alvear, 1985, pp. 419 y ss.; Monsalvo Antón, 1993a, pp. 946-
947.
[25] Ubieto Arteta, 1961, docs. 16, 21; Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13;
González Díez, 1984, doc. 32; Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, títs. 66, 65a; Barrios
García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 3, 6 y 7; de Colmenares, 1969, pp.
399, 402, 437; de Hinojosa, 1919, doc. CIV, año 1262. Cortes de 1258, p. 56.
[26] Su régimen de propiedad estaba condicionado por el servicio del rey: Castro y de
Onis, Ledesma, tít. 1; Mem. Hist. Esp., t. 1, docs. XLIII y XLV; de Colmenares, 196, año
1278; Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13; Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít.
65; Sáez, 1956, doc. 12.
[27] En Cortes de 1268, art. 10; de 1288, art. 20; de 1293, art. 9; de 1295, art. 5; de 1299,
art. 13, p. 142; de 1301, art. 14; de 1305, art. 10. El rey trataba de limitar la coacción a
niveles no degradantes de la producción, en Cortes de 1301, arts. 2, 3, 4; de 1313, art. 10.
Ver también, Cortes de 1305, arts. 10, 9; de 1307, art. 16; de 1313, art. 7. Luis López y del
Ser Quijano, 1990, doc. 13. El papel las aristocracias locales como recaudadores continúa
mencionándose en Cortes de 1313, arts. 7j, 31j, 20m; de 1315, art. 6; de 1317, arts. 8, 20,
50; de 1322, arts. 18, 19, 82; de 1325, arts. 24, 25; de 1399, art. 20; de 1322, art. 18; de
1325, arts. 24 y 25. En todos los niveles se repetía la necesidad de asegurar la tributación,
Mem. Hist. Esp., t. 1, doc. XXIV, a. 1254; Benavides 1860, docs. XIX, CXXVI, CCXI;
Ubieto Arteta, 1961, doc. 54, a. 1304.
[28] Sobre el repartimiento, Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 30; del Ser
Quijano, 1987, docs. 69, 70, 71, 72, 73, 74, 75, 76, 80; años 1488-1490; González Díez,
1984, doc. 47, 1277; Asenjo González, 1986, p. 86; Cortes de 1293, arts. 8, 13; de 1322,
art. 70; Sánchez Rubio, 1992, p. 63.
[29] Cortes de 1288, 1 art 23; de 1293, art. 11; art. 13; art. 6; de 1268, arts. 42 y 43; de
Colmenares, 1969, p. 513; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc.
71; Sáez, 1956, doc. 39; Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, Ap. doc. 25; O’Callaghan, 1986,
año 1308, art. 12, p. 325. Los impuestos a la circulación alcanzaron importancia en la Baja
Edad Media, vid., Ladero Quesada (1973) p. 40. Las dificultades de su recaudación en
Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 69; Sáez, 1956, doc. 40;
Cortes de 1345, art. 12.
[30] Luis López y del Ser Quijano, 1990, docs. 4, 10, 18, 23, 30; Barrios García,
Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 71, 66, 69; Sáez, 1956, docs. 15, 31, 39, 60,
74, 151; Cortes, de 1305, art. 9. Los representantes de los tributarios denuncian a los
evasores, Sáez, 1956, docs. 25, 39; aplican coacciones: Berrogain, 1930, Ordenanzas de La
Albarca, tít. CXIV; Vaca Lorenzo, 1991, doc. 28; Martín Fuertes, 1985, Ap. p. 605;
cumplían funciones de policía: Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza leyes 11, 12, 26;
Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca, p. 833; Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 89;
Mem. Hist. Esp. t. 1, doc. XCVI; Puyol y Alonso, 1904, p. 250. Para empadronar y
recaudar se requería un conocimiento detallado: Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc.
30; Casado Quintanilla, 1994, doc. 18; Ubieto arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza, tít. 33;
Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 205; Sobrino Chomón, 1991, doc. 1; González Díez,
1984, doc. 47; Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca, pp. 610, 612, 613; Boletín de la
Real Academia de la Historia, X, 1914, Fuero de Peñafiel, p. 376; Asenjo González, 1985,
pp. 717 y ss.; lo mismo para la prenda que se tomaba de acuerdo a lo que se debía tributar
por padrones (Cortes de 1322, art. 18).
[31] Mem. Hist. Esp., 1, doc. CXV; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano,
1988, docs. 29, 43; del Ser Quijano, 1987, docs. 26, 29, 40; Luis López y del Ser Quijano,
1990, docs. 30, 45, 52; Sáez, 1956, docs. 25, 29; Gaibrois de Ballesteros, 1922-1928, docs.
79, 118; González Díez, 1984, doc. 38.
[32] De Colmenares, 1969, p. 513; Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 18; Esteban
Recio, 1989; Barrios García Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 14 y 37.
[33] Del Ser Quijano, 1987, doc. 71, de 1488, p. 183.
[34] El orden de este enunciado en del Ser Quijano, 1987, docs. 1, 2, 3, 4, 10; Luis López
y del Ser Quijano, 1990, docs. 20, 21; del Ser Quijano, 1987, docs. 22, 23, 24, 25; Luis
López y del Ser Quijano, 1990, doc. 24; Sáez, 1956, docs. 15 y 17; Cortes, t. 1, art. 38;
Sánchez Rubio, 1992, docs. 2, 81, 83, 90, 113, 120; ídem, docs. 13, 14, 32, 36; Luis López,
1993, La Adrada doc. 1; Luis López y del Ser Quijano, 1990, docs. 26, 27, 29, 76; Sáez,
1956, docs. 52, 53, 54, 60, 7.
[35] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 37; Cortes de 1329,
art. 45.
[36] Valdeón Baruque, 1966, pp. 99-134; Suárez Fernández, 1982, p. 239; de la Torre, A.
y de la Torre, E. A., 1956, passim; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano,
1988, doc. 138. Los procuradores de las ciudades en Cortes tuvieron conciencia de ser
sostén de los expendios de la corona y se preocuparon por moderarlos, Cortes de 1258, arts.
1, 3, 4, 5; de 1325, art. 1; de 1388, p. 413.
[37] González Díez, 1984, doc. 41, concesión de un solar que el concejo de Burgos daba
en 1273, por orden del monarca, a Sánchez Pérez, notario de la cámara real y arcediano de
Baeza, en plena propiedad, pero añadiendo el condicionante de que no saliera del ámbito
del realengo.
[38] Ello se expresó en prácticas consuetudinarias que la monarquía se limitaba a
reconocer, ver Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 4 de 1265,
Alfonso X acepta el pedido de los caballeros villanos de que si un hombre matara a otro en
pelea, salía de la villa y era perdonado por los parientes de la víctima, los jueces permitían
su reintegro a la comunidad.
[39] Sánchez Rubio, 1992, docs. 105, 106, 121; Luis López y del Ser Quijano, 1990,
docs. 14, 30; Sáez, 1956, doc. 71.
[40] Para esta aplicación teórica de un criterio, ver Poulantzas, 1988, pp. 307-308; Jakson
Lears, 1985, pp. 571 y 572; Buci-Gluksmann, 1978, passim; Macciocchi, 1975, passim.
[41] Sáez, 1956, doc. 108; Cortes de 1305, art. 14.
[42] La monarquía se enfrentaba a las exacciones arbitrarias o la toma de espacios
comunes y los procuradores de los tributarios podían apelar al monarca. Entre muchos
ejemplos, Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 89; Sánchez Rubio, 1992, docs. 4, 7,
43, 44. Los reyes protegían las aldeas para preservar los tributos en Sáez, 1953, Fuero de
Sepúlveda, tít. 65. En Sáez, 1956, doc. 40 de 1374, se observan los controles mutuos.
Además, Sánchez Rubio, 1992, doc. 5; Sáez, 1956, docs. 37, 42, 136a, 152, 154, 155, 156,
157; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 281, 283, 288, 292,
298, 301. La diferencia de rangos, Cortes de 1312, art. 37; Sáez, 1956, doc. 18; del Ser
Quijano, 1987, doc. 29.
[43] Lo que sigue se fundamenta en el capítulo 1.
[44] Es por eso también que la defensa de la justicia del rey por los oficiales concejiles
impidiendo la intromisión señorial estaba destinada a evitar el fraccionamiento del poder.
Esto se observa en Cortes de 1322, art. 94. Las concesiones de feudos en el espacio
municipal reducían la percepción de tributos y la soberanía de la corona. Esto se ve en
Casado Quintanilla, 1994, doc. 39, de 1479, p. 108. Estas elaboraciones se basan además
en Cortes de 1286, art. 4; de 1307, art. 15; de 1312, arts. 47, 99; de 1313, arts. 21 y 41; de
1322, art. 63. Luis López, 1993, La Adrada doc.7 y La Candeleda doc. 7; Mem. Hist. Esp.,
t. 1, doc. XXXIII; Anta Lorenzo, 1987, p. 168; Castro y de Onis, 1916, Fuero de Alba de
Tormes, tít. 16; Edwards, 1984, pp. 294 y 295, indica que la distribución de los pobladores
en pequeñas aldeas posiblemente facilitó el control por parte del poder y explicaría (entre
otros factores) la debilidad de la lucha de clases. En la legislación se controlaba un amplio
espectro de la vida de las poblaciones. Como ejemplo, Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda,
títs. 59a, 80, 82, 83, 87, 92. Sobre que los caballeros villanos no podían ejercer el poder a
título individual, en el capítulo 1.
[45] La no inclusión en la esfera señorial, Cortes de 1322, art. 18; en Castro y de Onis,
1916, Fuero de Ledesma, tít. 367, se establece que sólo podían ser vasallos del rey. Una
caracterización de los caballeros como señores feudales lleva a una resolución del
problema muy diferente a la que se sostiene en este artículo.
[46] Goody, 1986, p. 196, la expansión de la burocracia y de la iglesia fue tal vez la
causa más importante que debilitó los grupos de parentesco. En más de un aspecto, esta
interpretación es paralela a la de Monsalvo Antón, 1990b. Esto no significa adscribirse a la
tesis de Strayer, 1981, p. 22 sobre un estado moderno plenamente fundado en relaciones
impersonales. Sobre el homenaje, Cortes de 1313, pp. 235, 238; Sáez, 1956, docs. 79, 80,
92, 97, 107, 108, 109. Este homenaje de las villas se dio también en otros ámbitos
europeos, vid. Reynolds, 1994, pp. 268-269.
[47] El criterio de inalienabilidad para la determinación de bienes públicos se toma aquí
en un sentido relativo, ya que si bien su aplicación en el caso de la monarquía podría fijar
una masa de bona publica, no necesariamente sería atribuible a una voluntad estatal
impersonal. Por otra parte, junto a la consolidación del realengo aparecen concepciones de
una conciencia nacional, aspecto tratado por Barkai, 1984, pp. 205 y ss., en la primera
mitad del siglo XIII, La Crónica Latina de los Reyes de Castilla, el Chronicon Mundi de
Lucas, obispo de Tuy, y la Historia de rebus Hispaniae de Rodrigo Ximénez de Rada,
presentan el complejo pro patria et fide mori como valor supremo. En el último cuarto del
siglo XIII, en la Primera Crónica General de España, se prioriza la «identidad nacional
española». De todos modos, una soberanía general del monarca, con posibilidad de
instaurase como norma de la comunidad, encontraba la resistencia de las condiciones
sociales, y es por ello que la naturaleza pública del rey sólo podía concretarse como
doctrina.
[48] Piskorski, 1977, p. 49, Apéndice documental, doc. 2; Mitre Fernández, 1975, pp.
284-288.
[49] Sánchez Albornoz, 1970; Piskorski, 1977. En las Cortes de 1188 se expresa que el
rey se reunió cum omnibus episcopis, magnatibus et cum electis civibus regni sui (p. 39).
Para las cuestiones de interpretación y análisis comparativos, Hintze, 1968.
[50] No se sigue aquí la concepción de Mousnier, 1961, o de Fourquin, 1976, que
reemplazaron el criterio de clase social por el de estatus. Ha sido el criterio, para la
Antigüedad, de Finley, 1982, p. 65, que prefería la noción de estatus por su admirable
vaguedad. Una crítica a Finley en de Ste-Croix, 1981, pp. 85 y ss. La inspiración lejana
está en Weber. En este análisis hay una inclinación a separar la posición económica, el
prestigio y el papel político, aunque se admite formalmente su interdependencia; ver al
respecto Stone, 1966. Sobre las insuficiencias de olvidar el criterio económico, ver Doyle,
1992. Esto no significa negar lo político y jurídico en la caracterización de los grupos
sociales preburgueses, error en el que cayeron en su momento muchos críticos del
formalismo del estatus; por ejemplo, Valdeón Baruque, 1977, pp. 69, 70, 75. Ver como
criterio superador Guriévich, 1990, pp. 199 y 212 y ss.; Kuchenbuch y Michael, 1986.
[51] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 30. Sobre los linajes, Barrios García,
Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988; Asenjo González, 1986, p. 266; Barrios García,
1983-1984, t. 2, p. 151.
[52] Suárez Fernández, 1951; García de Valdeavellano, 1969. Han indicado con distintos
matices la diferenciación de las hermandades con respecto a los señores, Valdeón Baruque,
1975, pp. 40 y ss. y Moreta Velayos, 1978, p. 179. En las Cortes se distinguen dos tipos de
caballeros, los pertenecientes al estamento nobiliario y los de ciudades, vid., Mitre
Fernández, 1988, p. 75. Sobre la política diferenciada de los procuradores de ciudades con
respecto a la nobleza, González Alonso, 1988, pp. 244 y ss. y de Dios, 1988, pp. 143 y ss.
[53] Este es un concepto central de la sociedad feudal. Ver Hintze, 1968; Mousnier,
1986, pp. 93 y ss.; Guenée, 1973, p. 25.
[54] Del Val Valdivieso, 1994; García Sanz, 1987, p. 86, en la petición dirigida la la
monarquía en 1514 por la comunidad de Segovia se expresa, «... en la dicha cibdad ay
linajes en los cuales antiguamente no estaban sino cavalleros hijosdalgo e personas que
mantenían armas e caballo e bivían del arte militar e estos goçavan de las exençiones e
libertades de los caballeros de los dichos linajes e agora sabrá V.A. que en los dichos
linajes han metido muchas personas que ni son cavalleros ni mantienen armas ni cavallo ni
biven del arte militar, antes son mercaderes e arrendadores e ofiçiales e hombres de baxa
manera...». También, Rucquoi, 1984, pp. 35-47; 1987b, pp. 419-420. En Valladolid en el
siglo XIV se formó un partido de artesanos y burgueses enriquecidos, La Voz del Pueblo,
que logró obtener, gracias a un conflicto social, la mitad de las magistraturas del concejo:
desde entonces se produjo una mayor integración de esos «nuevos ricos» en los linajes
tradicionales. Pero éste no fue un caso típico, como indicó Gerbert, 1994: «La grande
originalité vallisolétaine fut l’overture exceptionnelle des linajes» (pp. 89-90). Además, ver
Cavillac, 1986, 1989; Bennassar, 1978, pp. 84 y ss.
[55] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 212. Medidas de discriminación contra los
menestrales, ver Asenjo González, 1986, p. 293; Martínez Llorente, 1990, pp. 229, 235.
[56] Cortes de 1288, art. 11; de 1293, art. 2, 3, 21; de 1301, art. 26; de 1313, art. 30.
[57] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 3, 5, 10, 11; Barrios
García, Martín Expósito y del Ser Quijano, 1982, doc. 16; Diago Hernando, 1993a, p. 184;
Cortes de 1268, art. 5; Sánchez Rubio, 1992, docs.1, 63, 110; Sáez, 1956, docs. 5, 11, 45,
117; de Colmenares, 1969, p. 413; Cortes de 1293, títs. 11, 12; de 1313, arts. 13, 33; de
1322, arts. 37, 83; de 1325, arts. 6, 27; de 1329, art. 39; de 1339, art. 10; Luis López y del
Ser Quijano, 1990, doc. 14; Mem. Hist. Esp., docs. CXV, CLXXI; Sáez, 1956, doc 73;
Casado Quintanilla, 1994, docs. 3, 7, 14, 15, 17.
[58] De Dios, 1985, p. 30; 1988a.
[59] López de Ayala, Crónica de Enrique IV, cap. XVI.
[60] Benavides, 1860, docs. 3, 4, 13 y 19, 55, 215, 217; Cortes de 1313, art. 37; de 1317,
arts. 28, 39 y 40; Suárez Fernández, 1951, pp. 5-78.
[61] Cortes de 1313, arts. 1, 2; de 1322, art. 25.
[62] Como lo muestra la oposición que tuvieron de parte del episcopado castellano-
leonés, vid., Díaz Ibáñez, 1994, p. 140. Valdeón Baruque, 1975, pp. 65 y ss., considera a
las hermandades movimientos antiseñoriales; Moreta Velayos, 1978, pp. 179 y ss., destaca
su elemento coyuntural para enfrentar a los malhechores feudales.
[63] Gerbert, 1994, pp. 78 y ss. El rol de los procuradores se manifestó en cada crisis
política, ver Mitre Fernández, 1975, pp. 284 y ss.
[64] Hubo manifestaciones tempranas de estas reformas, como la concesión por Alfonso
XI del regimiento de Ciudad Rodrigo a sus linajes más influyentes en 1327-1328, ver
Bernal Estévez, 1989, pp. 39-40, o la presencia de corregidores en fechas anteriores como
en Palencia, que a pesar de estar bajo señorío eclesiástico, tuvo intervención real, ver
Esteban Recio, 1989, pp. 116 y ss.
[65] Valdeón Baruque, Salrach, Zabala, 1980, p. 164; Monsalvo Antón, 1988, pp. 145 y
ss.; Casado Alonso, 1987, pp. 201-202.
[66] Indicó no confundir las dos reformas realizadas en tiempos de Alfonso XI,
Monsalvo Antón, 1988; 1990.
[67] Casado Quintanilla, 1994, docs. 21, 25, 42.
[68] Monsalvo Antón, 1988, pp. 58 y ss.; Quintanilla Raso (1999) pp. 81 y ss. La
participación de los señores en las rentas reales en Gerbert, 1979, pp. 273, 278 y ss.;
Casado Quintanilla, 1994, doc. 30.
[69] Al afirmar que el estado se constituye de acuerdo con evoluciones específicas,
aparece el peligro de que buscando la particularidad se encuentre la excentricidad. Es el
camino elegido por Rucquoi, 1990, pp. 29-30, que niega la existencia de feudalismo en los
siglos XIXIII, y postula un feudalismo tardío desde el XIV, que coincidiría con el bastard
feudalism inglés o con los feudos de bolsa franceses. Es una curiosa revalorización de los
aspectos más formalistas del análisis social.
[70] Chevalier, 1991, pp. 40 y ss.; Diago Hernando, 1994; Santel, 1955, esp. 338, la
evolución de las ciudades del sur francés ofrece un ejemplo contrastante con respecto a la
Extremadura Histórica castellana. En Francia, la institucionalización del consulado se dio
(sobre todo en el segundo tercio del siglo XII) por una transformación de los probi homines
que formaban la curia señorial, permaneciendo una capa de caballeros con feudos, capa que
va a ser eliminada desde el siglo XIII por el poder principesco (rey, condes de Toulouse o
de Provenza).
[71] Rossiaud, 1986, en esp. p. 383; Carpentier, 1986, pp. 407 y ss.; Contamine, 1972.
[72] Se sintetizan los aportes de Contamine, 1993, pp. 21-39; Charbonnier, 1993, pp.
111122; Fourquin, 1975, pp. 566-568; Neveux, 1975, pp. 35-59 y 77; Brenner, 1986b, p.
337; Bois, 1976, pp. 199 y ss.; Bloch, 1963a, p. 309; 1963b, p. 187.
[73] Las situaciones que se analizarán ahora se basan en Fourquin, 1964, passim; Duby,
1988, pp. 406 y ss.; Given, 1990, pp. 137 y ss.
[74] Blockmans, 1988; Heinig, 1988; Skinner, 1985, p. 84.
[75] Becker, 1968; de la Roncière, 1968; Maire Vigueur, 1988. Esto a su vez se relaciona
con diferencias estructurales, indicadas por Cherubini, 1990, p. 21.
PROCURADORES PECHEROS

INTRODUCCIÓN
La participación de procuradores de los tributarios (los pecheros) en
concejos bajo medievales castellanos es un hecho constatado y se han
esgrimido distintos justificativos para explicar ese suceso.[1]
No es sencillo trazar un balance equilibrado sobre estudios de variadas
situaciones particulares. No obstante, es posible indicar algunos elementos
que aparecen en los análisis con regularidad. En términos globales, los
historiadores entienden el fenómeno como un resultado de la lucha social
vinculado con el ascenso de nuevas generaciones de tributarios, que buscaban
un superior protagonismo en la defensa de sus intereses, y este proceso se
acentuó durante la coyuntura económica alcista del siglo XV. Una mezcla de
análisis sistemático estableciendo las alteraciones en la contextura
morfológica social de las comunidades y de observación secuencial de los
conflictos entre el común y las aristocracias urbanas, forma el axioma
interpretativo que se impuso.
El objeto del presente estudio es indagar la peculiaridad de este contexto
conflictivo ligado a los requerimientos del poder constituido y a la
configuración de las comunidades tributarias. Hasta cierto punto, más que la
participación política de los procuradores pecheros en los concejos, interesan
las cuestiones que revelan esa participación.
Los procuradores pecheros eran parte de la elite de las comunidades y
compartían esa posición con los oficiales de concejos agrarios. Su estudio no
puede desentenderse de otro más abarcador sobre este segmento de notables
que sobresalía entre la población común, y la cuestión se sitúa entonces en su
representación sectorial en el ámbito de las instituciones políticas
municipales.
Es necesario explicitar una advertencia que evitará ulteriores equívocos. En
la Baja Edad Media los concejos castellanos adoptaron una fisonomía de
mayor complejidad a consecuencia del crecimiento de sectores ligados a las
artesanías y al comercio, como nos han informado los especialistas en la
materia, y buena parte de los pecheros que actuaron como procuradores
estaban ligados a estos menesteres. La pregunta que se impone es si se puede
seguir hablando de una comunidad campesina, como inconfundiblemente se
ha asignado esta característica a los productores directos concejiles de la
Plena Edad Media, o bien deberíamos considerar que se trata de un amplio
sector social sujeto a tributos pero diferenciado en distintas clases. El
problema merece un estudio prolijo y presupone contestar si los pecheros
eran una clase social.
El problema puede enfocarse desde dos perspectivas. Por una parte, en el
plano de la evolución de la sociedad agraria, la diferenciación técnica y social
que la comunidad campesina ostentaba en el siglo XIII, si bien no generó un
sistema urbano con dinámica autónoma (el campo seguía dominando a la
ciudad), sí dio lugar a un régimen de industrias rurales a domicilio y
mercados de creciente importancia durante el siglo XV. Una mirada
microanalítica nos revela que las formas económicas destinadas a la
producción de valores de cambio se habían establecido en la tardía Edad
Media en el entorno rural de municipios de Castilla. Aun cuando
permanecieron como formas secundarias, imprimían una nota diferenciada en
la estructura que no puede desconocer el historiador. Esta base material
tendría sus consecuencias en el plano subjetivo: los acumuladores capitalistas
buscaron diferenciarse como una clase con sus propios objetivos
programáticos no tradicionales, y lograron adquirir su fisonomía más propia
hacia 1520-1521 con la revolución de las comunidades castellanas. Por
consiguiente, la situación puede ser apreciada con matices sujetos a cambios
cronológicos. Mientras que en el 1300 había una sola clase social tributaria
económicamente diferenciada, doscientos años más tarde se distinguen por lo
menos dos clases en una comunidad fraccionada: los campesinos tributarios y
los acumuladores capitalistas. Conceptuar como una clase social propia a los
asalariados parece, por el contrario, mucho más difícil por razones que atañen
tanto a cuestiones estructurales como subjetivas (inestabilidad de la condición
de asalariado e inexistencia de una mínima identidad como grupo social).
Con estas precisiones podemos contemplar la segunda perspectiva. Desde
un punto de vista metodológico, la extracción de renta por parte de los
señores privados o del rey fue la cualidad básica del sistema feudal, cualidad
que persistió aun cuando el campesino rico se había separado de la
comunidad como un comprador de fuerza de trabajo. Es éste el problema que
aquí nos interesará en su vínculo con la lucha de clases de los campesinos en
tanto dependientes obligados a la transferencia de rentas. El cambio en el
carácter del conflicto social, hacia principios del siglo XVI (cuestión que
trató extensamente Lacreu, 1998, desde su incubación una centuria antes), es
un aspecto sólo marginal de las preocupaciones que rigen en este artículo. Por
consiguiente, con el fin de resolver el análisis que nos presenta el
funcionamiento del régimen tributario, haremos abstracción de la mencionada
evolución económica y social, y consideraremos a los pecheros como una
única clase social profundamente estratificada. Otra razón adicional impone
esta perspectiva. Como veremos en el transcurso de este estudio, la
pertenencia del procurador a la elite económica no era una ley indefectible.
Realizada esta afirmación, esa cualidad del tributario rico, dada por la
simbiosis del campesino tradicional y del acumulador de dinero, nos
permitirá comprender formas particulares de la conducta social del
procurador.
La base documental utilizada en este estudio proviene en lo fundamental de
los grandes concejos del sur del Duero en la Extremadura Histórica.

PAPEL DE LA ELITE TRIBUTARIA


Aun cuando la presencia de los procuradores pecheros en el ayuntamiento
urbano estaba limitada, no constituía una pura formalidad. El señor del
concejo manifestaba una intencionada orientación por comprometer a
miembros del común en la gestión de gobierno, como lo exponen los Reyes
Católicos en un documento referido a Burgos, hecho que se inscribía en una
estrategia general.[2] Este interés se explica, en principio, por las funciones
que los notables del común asumían en tareas organizativas y de gestión
municipal.[3] Sin embargo, no aportan estos requerimientos participativos
una novedad con respecto al rol que durante períodos anteriores se esperaba
del segmento superior de las comunidades.[4] El hecho de que en los
ordenamientos de finales de la Edad Media y comienzos de la Época
Moderna estas funciones se presentan más claramente expuestas, no debe
necesariamente interpretarse como un aumento de la importancia de los
concejos rurales sino como reflejo de un superior reflejo legal.[5]
Una de las tareas de mayor relevancia de los procuradores pecheros en los
ayuntamientos urbanos era el control fiscal.[6] No sería entonces una
sobreinterpretación decir que el empeño de los Reyes Católicos por legitimar
la representación política encuentra aquí una razón consistente, y se
corresponde con uno de los roles más característicos de las elites del común.
Cuando escuchamos en los testimonios la voz de los notables aldeanos
admitiendo sus obligaciones tributarias («... devemos e avemos a dar e pagar
al rey e reyna nuestros señores...») y comprometiéndose con el conglomerado
de requerimientos organizativos que ellas implicaban, nos introducimos en
una esfera decisivamente significativa de la realidad medieval.[7]
Entre las tareas de la fiscalidad, el empadronamiento y la recaudación
efectuadas por los hombres buenos y oficiales de «collaciones» o aldeas era
una carga ineludible.[8] Ello responde a la necesidad de conocer en detalle la
situación de los contribuyentes, ya que los repartimientos se realizaban
proporcionalmente a los bienes de cada pechero.[9] El aumento de los
gravámenes a la circulación a finales de la Edad Media de ninguna manera
debilitó este requisito de inspección minuciosa sobre las condiciones del
cobro.[10] La percepción del plus trabajo bajo la forma directa de una parte
de la producción o por enajenación del excedente en el intercambio,
presupone un reconocimiento social minucioso que obligaba a los
recaudadores a ejercer en su lugar de residencia.[11] Asimilados al engranaje
tributario, el señor seleccionaba a estos agentes de su mecanismo fiscal entre
los miembros «abonados e quantiosos» de cada lugar.[12] Su delicada tarea
no quedaba desembarazada de prácticas no equitativas y potencialmente
conflictivas,[13] recubriéndose su instalación comunal de una incómoda
ambivalencia. Participando del mismo universo de vida que el resto de los
pecheros, constituían una personificación vecinal del mecanismo que oprimía
a las comunidades, siendo inducidos a tomar una deliberada actitud a favor
del señor.[14]
Las denuncias que ante las autoridades realizaban estos notables aldeanos
por evasión fiscal se comprenden en este entorno como una parte de sus
funciones inherentes. En el año 1361 Pedro I ordenaba a los alcaldes y
alguacil de Sepúlveda que a los que se hacían pasar por hijodalgo para no
contribuir con los tributos «... los costríngades & aprémiedes que paguen en
todos los pechos & derechos que no an pagado...», disposición adoptada a
raíz de una denuncia realizada por el procurador pechero.[15] Una situación
similar se daba en Ávila en el año 1475, cuando los Reyes Católicos
ordenaban al corregidor de esa ciudad que realizara una investigación sobre
los que se excusaban indebidamente de tributar, indagación empezada a
petición de los hombres buenos pecheros.[16] Con ello el señor de la villa
controlaba también la absorción competitiva de tributarios que realizaban
otras fuerzas sociales, ya fueran señores o caballeros.[17] El conocimiento
social y la denuncia de cualquier anomalía resaltan como uno de los rasgos
que de manera recurrente exhibe la elite tributaria.
La fiscalidad señorial implica requisitos de coacción física. No constituye
un mero postulado teórico aducir que en un contexto en el cual los
productores directos eran poseedores de sus medios de trabajo, la coacción
era un supuesto para la percepción del excedente. Su presencia está en
multitud de testimonios que se reúnen en las colecciones diplomáticas de los
concejos. Aunque en los municipios castellanos, por la singularidad de su
estructura social, eran los caballeros villanos con el rosario de oficiales los
que se encargaban de esta vigilancia, los notables de las aldeas aportaban su
cuota en estas asignaciones del poder.[18] Sus atribuciones eran muy amplias
cuando se trataba de aplicar la justicia del señor o del concejo rural,
incluyendo la facultad de movilizar a los propios vecinos contra los
transgresores.[19]
Sería arriesgado separar analíticamente el dominio coactivo y las tareas de
gestión cuando en la realidad se presentan orgánicamente ligadas. Las
acciones combinadas destinadas al cobro tributario (repartimientos,
recaudación, amenazas, impedimentos a la movilidad física, toma de prendas
y encarcelamiento) implican un conglomerado, que se condensa en la
formación de un poder disciplinando los órdenes inferiores del cuerpo social.
Si por un momento nos detenemos a pensar cómo el señor, alejado del ámbito
físico de la producción, podía concretar el ámbito físico del dominio
personal, se revela el papel del estrato notable de los tributarios campesinos
en el sistema de la renta feudal.[20] La entrada de los procuradores en
muchos de los ayuntamientos con el encargo de la supervisión fiscal se
corresponde con este conjunto de tareas, y confirma que no se encontraban
separados de los oficiales de la comunidad. La elite de los tributarios asumía
distintos perfiles, entre ellos la gestión fiscal, la vigilancia en las aldeas y el
reclamo reivindicativo como procuradores.[21]

EL ROL DE LAS ELITES TRIBUTARIAS EN LOS


CONFLICTOS SISTEMÁTICOS
Es posible que esta elaboración no constituya una novedad para quien haya
recorrido los testimonios del período. Sin embargo, el énfasis que hemos
puesto en indicar la funcionalidad de la elite del común en los engranajes de
la maquinaria señorial no se encuentra en el tratamiento promedio de la
historiografía sobre el tema. Pero no se trata sólo de subrayar un rasgo
descuidado.
La intervención de los procuradores pecheros en el antagonismo sistemático
entre señor y campesinos se comprende desde la perspectiva que brinda esta
funcionalidad. En algunos momentos, su participación en estos conflictos era
abiertamente beneficiosa para el señor al denunciar los desplazamientos de
tributarios para eludir el pago fiscal.[22] En la medida en que esos exentos
ilegales agravaban la situación de los contribuyentes, eran los mismos
pecheros quienes se encargaban de alertar al señor sobre vecinos plegados a
una «huelga de renta». De alguna manera, esta colaboración se debe al
sistema de responsabilidad colectiva de los tributarios y al compromiso
personal que les cabía a los oficiales aldeanos;[23] la denuncia contra la
movilidad campesina, que deterioraba la capacidad contributiva de la aldea,
era una constante de los oficiales del común.[24]
En otras circunstancias, el comportamiento de los representantes pecheros
se elevaba por encima de la rutinaria aceptación de disposiciones del señor
para hacerse cargo del reclamo reivindicativo. Ello era especialmente notorio
ante el aumento de la carga tributaria, pidiendo su rebaja a los niveles
establecidos por el uso y costumbre.[25] También reclamaban contra la
usurpación de términos comunes por parte de caballeros urbanos o titulares
de señoríos. Los procuradores del común se sumergían entonces en
complicados procesos de restitución, muchas veces acompañados de
reclamaciones adicionales por incautación del ganado de los campesinos.[26]
Una serie de aspectos se destaca en el comportamiento de los procuradores
ante la conflictividad social. En principio, la reclamación se originaba cuando
la normalidad se alteraba. La política del procurador era encauzar entonces la
tensión social en los carriles de la legalidad, como se expresa en las disputas
entre comunidades y arrendadores de tributos que acostumbraban a
imponerse mediante la confiscación de bienes. El procurador recurría a la
gestión regularizadora, evitando comprometer los fundamentos del sistema:
cuando expresaba que el comportamiento del arrendador pareció más robo
que prenda, la demanda se concentra en la desproporción confiscatoria sin
cuestionar la exacción ni el procedimiento mismo.[27] No encontramos
oportunidades para valorar un más que decidido enfrentamiento al sistema
cuando pedía la rebaja de las rentas. De modo similar, en la restauración de
tierras comunes ocupadas privadamente, la reclamación tendía a restablecer
la regularidad de la relación de explotación, en la medida en que el suelo de
usufructo compartido era un requisito de la renta señorial. La denuncia y el
proceso que sobre estos ilícitos llevaban los procuradores eran
balanceadamente una defensa de los derechos campesinos a tener una
subsistencia para sí y de la prerrogativa señorial a asegurar su subsistencia
por el excedente.
El procurador se atenía a una actitud defensiva cuidadosamente
seleccionada. Sólo pretendía el resguardo del uso y costumbre, y con ello la
estabilidad tradicional de la explotación sobre el campesino, lo cual era una
parte del juego establecido como legitimación de la reclamación. Un
razonamiento abstracto, o que fuera más allá del problema que originó la
reclamación, se descartaba ab initio. Ningún cuestionamiento al sistema, ni
siquiera un programa de reformas graduadas, se percibe en estas
reclamaciones, que se limitaban a cuestiones localizadamente concretas en la
búsqueda de una salida legal.
¿Puede ser esto atribuido a un déficit general de reflexión política? La
respuesta la proporcionan los adalides del proteccionismo comercial que
hacia finales de la Edad Media habían llegado a la paulatina formulación de
un programa económico y social que, cuestionando la transferencia de
excedentes primarios y la importación de manufacturas, objetaban
fundamentos de sensible importancia para el sistema.[28] Si tenemos en
cuenta que esos empresarios de manufacturas eran plebeyos enriquecidos de
las aldeas, y posiblemente procuradores de sus vecinos, ese programa casi
político de transformaciones mide la distancia que el mismo sujeto establecía
entre su percepción como acumulador insaciable y como sumiso agente del
señorío.
La ausencia de cuestionamientos sustanciales por parte de los procuradores
pecheros no se debía tanto a la ignorancia como a una opción
conscientemente elegida. La complejidad de esta tipología social se
desprende de la conjunción contradictoria, en la misma persona, del
empresario calculador y del campesino tradicional que aspira al estatuto de
privilegiado.[29] Este deseo individualista de ascender en la escala de una
sociedad de «antiguo régimen» restringía cualquier compromiso más general
y profundo con los campesinos medios que decía representar.
El criterio del reclamo moderado y circunscrito a cuestiones específicas
condicionaba la defensa de los intereses de la comunidad por parte de los
procuradores. En principio, sus demandas estaban limitadas a la esfera social
que les correspondía. Los indigentes de la comunidad, aquéllos cuya cuantía
estaba por debajo del mínimo fiscalmente imponible, no tenían cabida en sus
perspectivas, excepto cuando por efectos colaterales se favorecían de la
restitución de términos comunes. Por su misma posición, los procuradores se
inhibían de cualquier pronunciamiento por un igualitarismo que impugnara su
propia existencia social. En este aspecto, sus sentimientos se alineaban con
los valores de la comunidad poseedora de tierras.
Sus apelaciones podían exigir una retórica de sumisión lacayuna de acuerdo
con las circunstancias.[30] En el plano del contenido, su alegato por las
normas tradicionales sólo fijaba el derecho de explotar al campesino. Pero
además, su defensa de los vecinos pobres afectados por aquéllos que evadían
las gabelas estaba imbuida de un sentido ético que invocaba valores de la
comunidad. Estos valores incluían la obligación de pagar como un acto de
solidaridad hacia los miembros más pobres de la comunidad, y el huelguista
de rentas sufría entonces, además de la denuncia, una especie de condena
moral.[31] El tono suplicante iguala el contenido de la demanda y ninguna
indignación del oprimido podía verse reflejada en esas elaboradas plegarias.
Que los intereses del señor se hallaban resguardados por esas reprimendas
moralistas, es una cuestión que no merece discutirse. El procurador pechero,
comprometido con el poder señorial, se encontraba inevitablemente
condicionado a la hora de mostrar cualidades combativas en la defensa de la
comunidad.
No reviste menor importancia el movimiento estratégico. La conducta
sociopolítica del procurador pechero, muy flexible de acuerdo con las
circunstancias, se revela como un amortiguador de la oposición social. Si en
determinados momentos aceptaba las imposiciones de los dominantes, en
otros amparaba las demandas de los pecheros. Pero esto último se daba como
una actitud moderada; como expresa un testimonio sobre sus funciones,
elaboraba las gestiones reivindicativas «rrazonando & componiendo».[32] Su
limitada audacia no lo llevaba a liderar un ataque que desafiara el orden de
las cosas, sino a una educada disposición por encauzar la protesta en carriles
aceptables para la clase dominante. Todas sus reclamaciones como
representante de los tributarios, invariablemente de tipo legal y economista,
las volcaba en una elaborada sintaxis por completo extraña para sus iletrados
vecinos siguiendo las reglas vigentes de apelación. El éxito reivindicativo
dependía de la pericia negociadora de la minoría activa; para el resto de los
tributarios estaba previsto el quietismo y ninguna confianza en sus propias
capacidades.
Se establecía así en la comunidad (o por lo menos eso se pretendía) una
dicotomía entre el dinamismo leguleyo de los procuradores y la pasividad del
resto de los explotados, que habla de una significativa funcionalidad de los
representantes pecheros como fuerza estabilizadora. El movimiento
propiamente plebeyo existe aquí como mero impulso inicial para poner en
marcha la rueda del reclamo legalista y la correspondiente acción de la elite
haciéndose cargo de la energía social. Esta recurrente estrategia negociadora
tenía como resultado descomprimir tensiones potencialmente peligrosas para
el poder dominante («... e visto el clamor que por los vezinos del dicho
conçejo fue fecho...»)[33] por el doble recurso de asumir los procuradores la
parte activa del reclamo y encauzarlo por una vía manejable. El ocultamiento
que surgía de esta estrategia paralizante del movimiento social se derivaba
del procedimiento empleado. El monopolio de la escritura cavaba un foso
entre las discusiones y su objetivación en el texto: ¿estaban seguros los
vecinos iletrados de que sus procuradores redactaban una demanda reflejando
lo que se había acordado? Además, es seguro que en el texto se enfriaba el
acaloramiento de un debate en asamblea, adquiriendo la reclamación un tono
apropiado para la sensibilidad quisquillosa del señor.
De acuerdo con el conjunto de connotaciones que surgen de estas acciones,
descartamos que en esta retórica sumisa se esconda una simulación
dramatizada. Tampoco se trata de una absorción inconsciente de valores
dominantes de los cuales se toma prestado el lenguaje quejumbroso. Cuando
estas expresiones reivindicativas de los procuradores se enmarcan en su
situación de vida, encontramos su correspondencia con las cualidades de la
elite tributaria como agentes del señor.
No debemos deducir de esto que era absolutamente inocua su figura para el
resguardo campesino. En su ausencia, los campesinos quedaban
peligrosamente expuestos a los ataques, reduciéndose su capacidad de
reacción, como se observa en el lugar de Çesa en Ávila hacia 1495[34] (para
no hablar ahora de la desprotección del asalariado, que debía enfrentarse a su
empleador sin ninguna organización gremial que lo apoyara). La denuncia del
campesino contra un poderoso era inviable sin un cierto apoyo colectivo e
institucional,[35] y en este sentido los notables de la aldea cumplían su papel
poniendo obstáculos al deterioro de las condiciones de vida de los
campesinos.
La adecuada contrapartida de los procuradores pecheros se encuentra en el
señor, quien aceptaba la lucha de clases sistemática como una realidad
inevitable. El señor no era un autócrata acabado. Escuchaba pacientemente
las quejas seleccionando las decisiones de acuerdo con sus conveniencias.
Cuando se trataba de caballeros apropiadores de tierras comunales, de un
comportamiento abusivamente destructivo de sus oficiales, o incluso, de un
tributo que superaba la capacidad de pago razonablemente admitida de los
pueblos, el señor atendía con ostentosa generosidad la reclamación de los
procuradores del común,[36] y con ello las legitimaba ante los ojos de sus
representados. Por el contrario, cuando sus necesidades de renta se veían
comprometidas, imponía sus facultades de decisión en un sentido que le fuera
favorable.[37] Su estrategia era una mezcla de autoritarismo incontestable,
tácticas dilatorias y estudiada benevolencia, actitudes que en su conjunto
tendían a derivar el conflicto por canales no traumáticos. Reconocer los
intereses plebeyos, en la medida en que pudiera controlarlos o admitirlos, fue
una premisa para el ejercicio de su potestad. Sólo cuando la situación se
desbordaba en condiciones de crisis orgánica, el señor respondía
despóticamente eliminando a los sujetos irreductibles.
La dominación feudal era entonces, además de un derivado de las
estructuras sociales y de las relaciones de propiedad, una construcción
modelada por una larvada lucha de clases. La resistencia cotidiana de los
productores directos otorgaba su forma y dinamismo al régimen de
dominación imponiendo constantes adaptaciones al poder constituido. A su
vez, este poder, que ejercía su ascendencia sobre la elite de las aldeas (y ello
marcaba el límite social de su hegemonía), al encauzar las reivindicaciones de
los oprimidos por los canales que aprobaba, daba forma a la lucha de clases.
Lucha de clases y poder son dos caras de la misma moneda, dos aspectos
ligados de una relación social conflictiva por esencia. El rol de los
procuradores pecheros se inscribía en este entramado de tácticas. Rescatamos
entonces aquí el concepto de hegemonía, a condición de franquear los
estrechos marcos analíticos que lo encierran en una determinación cultural.
La hegemonía de la clase dominante es tanto cultural como política e
institucionalmente construida en el medio social que puede compartir
determinados valores. No excluye la noción de inestabilidad (el mismo
procurador que ahora estudiamos se encargó de mostrar que no era una
cualidad sociológica fija sino variable). Tampoco es posible eludir que por
detrás de estas maniobras, vigilaba la amenazante fuerza coactiva del señor.
Si a la funcionalidad que cumplieron los procuradores pecheros como
mediadores legítimos ante las tensiones sociales, agregamos que muchos eran
miembros enriquecidos de la comunidad, algunos vinculados personalmente
con el sector dirigente del concejo, habituados además al control de la
fiscalidad y a imponer la disciplina social entre los oprimidos, se concluye
que aun cuando los tributarios disponían de una representación que
formalmente cuidaba de sus intereses, carecían de una organización que
contemplara de manera inmediata sus aspiraciones. Por contraposición, en las
revueltas francas, cuando los diques de contención se derrumbaban, es
posible que hallemos una demostración más cercana de los verdaderos
sentimientos que los sumergidos tenían acerca del ordenamiento social
impuesto; tal vez encontremos en esas crisis orgánicas un índice de cambios
repentinos en el control social y en el estado de ánimo popular. Las formas de
organización de los tributarios con el desafío que nos impone esta revista a la
funcionalidad política de los procuradores pecheros.

ASPECTOS DE LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DE LOS


TRIBUTARIOS
En los concejos de aldeas los vecinos se reunían en asambleas abiertas para
elegir a sus representantes y resolver cuestiones de interés general.[38] Se
imponía así un principio de autonomía organizativa de los tributarios, que
debía responder a una búsqueda de apoyo consensual entre los vecinos.[39]
Este funcionamiento de los concejos rurales con participación generalizada
es un rasgo que se comprueba desde épocas tempranas.[40]
A pesar de ese principio de autonomía, las aristocracias concejiles se
inclinaban por intervenir en las reuniones de los concejos aldeanos y
restringir sus atribuciones, con el objeto de eximir de tributos a los
productores que se encontraban bajo su esfera de influencia o bien para
manejar los repartimientos en su beneficio.[41] En cierta manera, la
interferencia de las aristocracias locales en las asambleas de los pecheros
derivaba del señorío colectivo que imponían como sostén del poder señorial.
Pero al mismo tiempo, el señor del concejo limitaba la propensión de los
caballeros a extender las redes de protección de sus clientes y reprimía sus
abusos apoyándose en el segmento superior de los pecheros. Por ello la
monarquía defendía el uso de los pueblos y su relativa autonomía en el
sistema fiscal, jerarquizando estas organizaciones de base en los mecanismos
de su poder.[42]
El interés del realengo por reducir el intervencionismo de las aristocracias
concejiles en las asambleas pecheras cuando se afectaba la fiscalidad,
replantea analíticamente el eje del sistema concejil formado por la polaridad
básica establecida entre el señor de la villa y los tributarios, y evidencia
además el conflicto de tipo secundario que se daba entre los intereses de las
aristocracias concejiles y el señor. La monarquía (o el señor particular del
municipio) estaba obligada a preservar el manantial de su propia existencia, y
es por ello que adoptaba a los notables de las aldeas en el entramado de
mecanismos recaudatorios otorgándoles un margen de acción controlada, que
protegía de la acción de los caballeros. Subrayemos que se trataba de una
autonomía vigilada: los lugares campesinos bajo ningún aspecto podían
sustraerse del señorío jurisdiccional de los caballeros, a no ser por sedición.
[43] El poder colectivo que ejercían las aristocracias urbanas era un requisito
del dominio político señorial.
En el resultado general se mantenía, sin embargo, una cierta variabilidad
que dependía de la capacidad de maniobra de las aristocracias urbanas para
volcar la situación en su beneficio, y ello expresaba cómo se posicionaban las
fuerzas internas del concejo y las circunstancias que envolvían las relaciones
entre el señor y la dirigencia municipal. En Ciudad Rodrigo, por ejemplo, los
regidores lograron, mediante una petición de vecinos, que los Reyes
Católicos permitieran que el nombramiento del procurador general quedara a
cargo de los regidores desde 1504, a pesar de las presiones que habían
realizado los pecheros con el apoyo de la corona para que ese cargo surgiera
de la elección del común (Bernal Estévez, 1989, pp. 298-300).
Toda otra forma de organización independiente de los tributarios que
escapara a la supervisión del poder central o de sus mediadores, las
aristocracias locales, debía ser suprimida o fuertemente subordinada, como
era el caso de las cofradías de menestrales.[44] Posiblemente la preocupación
de los reyes por marginar el corporativismo gremial deba ser relacionada con
el interés fiscal de la corona, que instrumentaba para ello una organización
controlada con participación de los pecheros ricos. La debilidad de las
industrias artesanales urbanas de Castilla (evaluadas con referencia a zonas
como Flandes o Italia) sería un factor concurrente para aclarar la falta de un
corporativismo plenamente desarrollado, aunque por los ejemplos que se
conocen no es aplicable en esta explicación un puro determinismo
económico.[45] Es plausible entonces concebir que la defensa que el realengo
emprendía del limitado autonomismo de los pecheros se deba a los intereses
fiscales.
Pero más allá de las asambleas, la organización social del común tenía su
aspecto central en su estratificación interna.
El liderazgo de la elite pechera[46] atañe a una serie de cuestiones de cierta
complejidad. En general, una base del predominio estaba en la diferenciada
acumulación de riquezas que un sector de las comunidades había logrado
realizar. Sin embargo, este proceso no se había consumado en todos los
lugares. El mismo estrato superior del común estaba segmentado: mientras
que en aldeas grandes con una organización desarrollada se percibe una clara
diferenciación social, en otros lugares menos prósperos encontramos una elite
cuya base de autoridad no podía encontrarse en la abundancia,[47] y solía no
haber una relación directa entre dirección política y situación económica.[48]
Aunque la riqueza era un requisito de la elite comunal, los procuradores no se
distinguen tanto por su posición económica como por su funcionalidad. A
ello se agrega el problema de cómo explicar un liderazgo en el ámbito local
cuando se carecía de una acumulación política y militar concentrada en el
segmento superior de la comunidad. A diferencia de los caballeros concejiles,
que ostentaban un claro desequilibrio por la cualidad de su armamento con
respecto al resto de los pobladores, entre los miembros del común se daba
una uniformidad plebeya en este aspecto.[49]
Otras razones un tanto alejadas de los tradicionales recursos de dominio
deben ser alegadas para explicar este liderazgo aldeano (aunque de ninguna
manera esto significa subestimar la importancia de la riqueza en la
consideración social del tributario).[50]
El establecimiento de una autoridad moral es una de ellas; en su ausencia
parece difícil que se asentara un liderazgo viable. Una visita pastoral en la
diócesis segoviana, aunque limitadamente referida a los clérigos, nos permite
vislumbrar algunos componentes de esta autoridad moral (Bartolomé
Herrero, 1995). Su consistencia es difícil de establecer taxativamente, aunque
los rasgos negativos para el asentamiento del poder local iluminan sobre las
condiciones deseables de los notables aldeanos.
Una conducta licenciosa era condenable e inducía a un primer rechazo
comunal, que se debía potenciar con actitudes lesivas para la convivencia; la
violencia agresiva no constituía por sí misma la autoridad y podía ser una
fuente de debilidad.[51] Todo comportamiento que afectara a valores de la
comunidad, como el marido engañado o una mujer que invertía los roles
domésticos admitidos, era objeto de un énfasis agregado en la crítica.[52] En
el caso especial de los clérigos, el uso inadecuado de sus prerrogativas
eclesiásticas para la conquista amorosa provocaría un irritante desnivel del
intercambio sexual aldeano.[53] Sin embargo, una aceptable inserción social
podía inducir a que los vecinos cerraran los ojos ante las transgresiones de su
director espiritual, y al parecer este consenso promovía la indulgencia de la
autoridad eclesiástica.[54]
El líder aldeano debía disponer de un cierto grado de apoyo vecinal y estaba
obligado a conservar una conducta no contradictoria con valores establecidos
por la comunidad, aspecto sobre el cual la jerarquía eclesiástica tenía plena
conciencia. En un marco muy reducido, donde la vida privada no puede
ocultarse sino que más bien se confunde con su forma pública, las relaciones
sociales se contaminan con una dimensión doméstica. Una condición
deshonrosa en la existencia particular o una honorabilidad lesionada eran
inevitablemente notorias y podían llevar al prestigio autoritario hacia un
camino descendente sin retorno.
Si bien estos testimonios son restringidos, proporcionan pistas para
establecer un factor ineludible de la autoridad y nos informan directamente
sobre las facultades de un poder que suministraba posiblemente la única dosis
de formación intelectual algo sistemática que aprisionaba la mentalidad
campesina.
Otra fuente de liderazgo se debería a la gestión de los asuntos aldeanos, que
otorgaba su cuota de funcionalidad positiva para la vida comunal y en
consecuencia apuntalaba sobre bases más firmes el autoritarismo local. Por el
contrario, la falta en la tarea asignada era rechazada por los aldeanos, y se
evidencia en los clérigos que habían permitido el tránsito al más allá sin la
debida asistencia.[55] En el mismo sentido de una funcionalidad positiva
como fuente del liderazgo, se encontraba la procuración de las
reivindicaciones, que requería un conocimiento especializado (escribir las
reclamaciones) siendo preferible que fuera monopolizado por la aristocracia
local. En la Baja Edad Media, cuando los procesos legales se habían
convertido en más técnicos y laberínticos, se justificaba que los campesinos
delegaran su representación en peritos de los pleitos contenciosos, y en ello
radica la importancia del letrado como procurador pechero.[56] El dominio
cultural de un doctor solemnis con su retórica latinada[57] en la congregación
de analfabetos debería imponer una respetuosa deferencia. El intelectualismo
del funcionario entrenado en la demanda penetraba por esta vía en la cara
externa de la cultura de los oprimidos. Si la destreza para escribir traduce
algo de su capacidad oratoria, no es difícil suponer que sus opiniones dirigían
las asambleas de pecheros (y éstas quedaban muy lejos de ser
autogobernadas).[58] La voz de los más sojuzgados rara vez aparece en los
testimonios y, cuando lo hace, está mediada por la erudición de un burócrata
que le es ajeno. La oímos atestiguando en los procesos por usurpación de
tierras, cuando «hombres buenos antiguos y sabidores» recordaban las
costumbres del lugar y la arrogancia del caballero. La cultura de los labriegos
y pastores era la esfera de la memoria, la experiencia y el tiempo de lo vivido.
La escritura, por el contrario, se desplegaba desde el interior de la comunidad
como una práctica erudita y extraña a la sabiduría que el campesino
conservaba como tradición oral.
El control que los notables de las comunidades ejercían sobre el
reclutamiento de asalariados constituía también una fuente de influencias en
el ámbito de las aldeas,[59] en especial, teniendo en cuenta que esta forma de
trabajo era una base nada despreciable de los recursos económicos; en ello
estaba implicada también la funcionalidad del control recaudatorio, ya que
debían cuidar que no se efectuaran deslizamientos ilegales de pecheros hacia
la esfera laboral de los caballeros. Otra base de autoridad debería venir de la
actuación de los tributarios ricos como prestamistas de los campesinos, en la
medida en que el endeudamiento crea sólidas obligaciones de los deudores
hacia el acreedor (ver Casado Alonso, 1987b, p. 523). Es posible que muchos
fueran comerciantes; sabemos que sobre las necesidades de los pobres se
cebaban como aves de rapiña los intermediarios viviendo del sobreprecio y
de la usura.[60] El papel que jugaron los notables pecheros en la recaudación
de tributos, que incluía la toma de prendas y la prisión, presupone una
capacidad atemorizante sobre los vecinos.[61] A ello se agrega que disponían
de un espectro de facultades judiciales ejercidas en el estrecho círculo de las
aldeas.[62] Este último aspecto se vincula con una potestad de policía
ejercida para el cuidado de los intereses comunales.[63] La vinculación de
clientelismo que establecían los pecheros ricos con la caballería de la villa les
agregaba un poder suplementario frente a la comunidad, lo cual es un índice
del control que sobre los tributarios ejercía el poder dominante.[64]
La elite de los pecheros, constituyendo parte de la porción oprimida de la
sociedad, se aprovechaba de los pequeños intersticios que liberaba el sistema
de dominio señorial para realizar un miserable reinado sobre sus vecinos más
humildes.[65] Esa posición daba buenas oportunidades para manejar las
cuentas de la recaudación aldeana de manera no muy clara, proporcionando
nuevas ocasiones de enriquecimiento y de consolidación para el pequeño
déspota local.[66] En su nivel inferior, el estado feudal, sin armazón
burocrático desarrollado, reproducía sus niveles encumbrados e intermedios
en un punto sustancial: el cargo de gestión tributaria no era vivido como una
asignación de progresiva racionalización responsable, en el sentido idealizado
weberiano, sino como un bastión conquistado que ofrecía nuevas
oportunidades de rapiña. Las reiteradas alusiones a este problema que
aparecen en los documentos indican que cada escalón del sistema tributario
era propicio para quedarse con algún resto.
Además de las formas de control que surgían de una coacción larvada o
manifiesta, es posible que el recurso disponible para los procuradores
pecheros de concurrir en apelación a la monarquía constituyera un elemento
adicional de autoritarismo prestigioso.[67] En las vestimentas, que
menestrales y campesinos enriquecidos usaban contraviniendo las normas
suntuarias establecidas, no sólo debemos ver una modalidad disruptiva de
manifestar el ascenso social, sino también una necesidad de exponer,
ostentosamente, la superioridad lograda sobre sus vecinos en una sociedad
donde las jerarquías lo abarcaban todo (y esto es elocuente de la penetrante
incidencia de los valores de clase feudal en este estrato social).[68] La
diferencia que establece la calidad de las ropas de labriegos y menestrales
enriquecidos con la pobreza del resto marca la distancia social y la
heterogeneidad de la aldea.[69]
Todas estas manifestaciones de la elite tributaria a través del arco iris de
circunstancias que abarcaban dan una totalidad intrincada. El autoritarismo
plebeyo no era un derivado mecánico de la situación económica. Era tanto un
emergente de situaciones económicas como políticas, culturales y éticas. Se
realizaba por una mezcla de consenso, prestigio espontáneo,
encadenamientos económicos y mentales, todo ello alentado por el señor que
buscaba sus apoyos en el interior de la comunidad.
En estas condiciones, la organización del común presupone una regular
manipulación por los notables de los pueblos en el contexto de estrategias del
señor. Los tributarios carecían de una representación autónoma como clase, y
las reivindicaciones que quedaron en los documentos escritos por sus
procuradores sólo de manera defectuosa expresan sus aspiraciones. En esta
representación política, los contornos subjetivos de los tributarios se
desdibujan, aunque ello no compromete su existencia clasista objetivamente
definida.
No es extraño entonces que la aceptación consensuada del oprimido para
con su representante conviviese con un cúmulo de resentimientos que podían
descargarse en violencia. Es probable que así debiéramos interpretar la suerte
corrida por Rodrigo de Santamaría, procurador del común de Ávila, de quien
se dice en un documento de 1495, «... que fue muerto en la dicha çibdad de
Ávila por çiertos vezinos de ella...».[70] La participación colectiva en el
delito sugiere que se trató de un crimen con ribetes sociales. Esta connotación
se afirma porque ningún miembro de la comunidad pechera quería asumir el
puesto vacante, y los Reyes Católicos (que no podían privarse de un oficio de
tanta utilidad para sus intereses) debieron ordenar al corregidor que obligara a
quien la comunidad del común designara, a «... que açebten el dicho
cargo...».[71]
Otro caso surge de la mencionada visita pastoral a la diócesis de Segovia en
1446-1447, que descubre la violencia sufrida por el clérigo de la iglesia de
Santa María de la Puebla (arciprestazgo de Pedraza) a quien le «quebraron los
ojos». Dos de sus agresores contaban al parecer con el manto protector de la
complicidad de sus vecinos, indiferentes ante el delito, malla de
encubrimiento que inhibía la actuación del poder eclesiástico.[72]
El conflicto podía encauzarse en otras ocasiones por carriles más
civilizados. En el año 1487, en El Espinar, sexmo de Segovia, comenzaba un
debate entre los pecheros mayores y los pecheros menores porque la
distribución de los tributos perjudicaba a los últimos (Asenjo González, 1985,
p. 731). Si la proporcionalidad tributo-cantidad de bienes se detenía en un
límite, los campesinos pudientes al superar un cierto nivel de riqueza pagaban
una cifra relativamente inferior de rentas, y esta desproporción crecía a
medida que se ascendía en la escala comunal. Nada nos induce a pensar que
estos notables creyeran en la igualdad como un valor que se ha de sostener, y
esta influencia negativa de la renta para la homogeneidad campesina era un
sustento para situaciones enojosas en el interior de la comunidad.[73]
Estos enfrentamientos hablan de que había tanta oposición al señor como
antagonismos en el interior de los pecheros, y que estos, en general, no tenían
una verdadera comunidad de intereses. También nos permiten desconfiar del
carácter democrático de las asambleas donde los representantes pecheros eran
elegidos. Más bien podemos inclinarnos por concebir que en las asambleas
las elecciones eran previsiblemente decididas para un círculo de individuos
con influencias y pequeños clientelismos. Además, la misma naturaleza de
las reuniones plenarias del común era inhibitoria para que se manifestaran
demandas radicalmente contestatarias, ni serían el lugar adecuado para
explayar emociones peligrosas, correspondiéndose este perfil con los
reclamos legales y acotados que por norma se postulaban. En esta forma
organizativa de los subalternos no encontramos a un clandestino grupo de
juramentados, como era característico de los cautelosos subversivos de la era
preburguesa. Si el dominio sobre la persona se realiza con la meticulosa
diligencia con que se acostumbra en la sociedad medieval en un marco de
visibilidad de las relaciones, la subversión requiere un discreto silencio para
desarrollarse en condiciones normales de opresión. Por el contrario, en la
legal asamblea de participación masiva aldeana las cosas se planteaban de
otro modo. La intervención directa de los campesinos en los concejos de
aldea estaba condicionada por el tipo de asamblea y terminaba por diluirse en
las mediaciones interpuestas por su elite social. Cuando Rousseau expresaba
que los representantes del pueblo, apenas electos, se convierten en
gobernantes que esclavizan a quienes les dieron su voto, recogía una
tradición secular enraizada en la sociedad.
Es posible que, por el contrario, la taberna, como reducto específicamente
popular, fuera un lugar más libre y espontáneo para que se expresara una
sociabilidad campesina no vigilada; es al menos lo que se deduce de las
desdeñosas referencias pronunciadas por el sector superior del concejo.[74]
Es seguro que los campesinos debían mantener componendas más
discretamente ocultas de las que podían acordar en las asambleas colectivas y
legales,[75] y la lucha de clases tenía otros escenarios menos iluminados por
los documentos.
Por debajo de la vida oficial sobrevivía una subcultura popular con sus
propias pautas. El asesinato socialmente motivado expresa la forma
rudimentaria que podía adquirir el conflicto aldeano. Pero ello no se
identifica necesariamente con una conducta ciega e irascible. El malestar o la
resistencia espontánea de los oprimidos se desarrollaban con una variedad de
modos en el marco de control situacional impuesto por el poder. El rechazo al
clérigo concubinario es interpretable como una condena a más largo plazo a
la fracción eclesiástica que pretendía dirigir espiritualmente la vida cotidiana
de las comunidades; muchos movimientos heréticos de otras regiones
europeas se encargaron de encauzar este sentimiento popular. Sin embargo, la
comprensión oportunista que se mostraba ante un clérigo amancebado con
buen nexo comunal revela que la conducta campesina no se guiaba por un
irracional rigorismo moral, sino por una calculada elección de conveniencias.
La transmisión oral de noticias, una vía por la que se configuraba la
subjetividad disidente, podía detenerse ante el pesquisidor señorial si se
comprometía la seguridad del informante.[76] Como hemos advertido,
tampoco la negociación directa ni «el alborozo y el bullicio» eran
descartados. El antagonismo social, cualquiera que sea su naturaleza o el
adversario eventual, no es un acto reflejo sino un haz de estudiadas
estrategias múltiples y combinadas.
Es pertinente que nos preguntemos en qué medida este contrabalance de
poder profundo pudo mejorar la situación de los oprimidos. La cuestión es de
interés, aunque la opacidad de los documentos no permite más que algunas
respuestas generales.
En primer lugar, las rebeliones que desbordaban los carriles legales, aunque
tuvieran un vínculo con fallos en el sistema de dominación, estaban
anticipadas por acciones de entrenamiento y disciplina contestataria habitual.
En segundo lugar, es también manifiesto que las clases dominantes tenían en
cuenta lo que pasaba por debajo de la superficie legal del movimiento
tributario. Cada avance sobre los derechos de los explotados debía ser
evaluado seriamente en sus consecuencias, y ello era un freno objetivo para la
ambición señorial. La lucha de clases es igualmente una reacción defensiva y
un accionar anticipatoriamente preventivo, que condiciona la estrategia de los
dominantes.
Pero esta subcultura sólo tenía una existencia marginal, en tanto eran los
miembros del estrato superior del común los únicos habilitados para hacer
política (en su versión prepolítica). La hacían en la exclusiva manera en que
les estaba permitido: a través de protestas reivindicativas limitadas y en el
espacio que se les tenía reservado; un espacio legitimado y conflictivo, y por
eso mismo de importancia clave. Su presencia en los concejos urbanos
consumaba su pertenencia a una comunidad de poder más comprensiva a la
que se integraban, ya que no eran sólo miembros de la comunidad social a la
que por origen y naturaleza pertenecían. La entrada de los procuradores
pecheros en la escena del ayuntamiento hacia finales de la Edad Media, aun
cuando fuera en el modesto papel de actores de reparto, era una presentación
anunciada.
Estos aspectos se relacionan con las formas de organización de la clase
campesina, que eran indiscernibles de sus condiciones de existencia, de las
necesidades productivas y del pago de obligaciones. También el hecho de que
los campesinos vivieran en un hábitat separado de los caballeros favorecía el
control desde sus propios fundamentos sociales. Pero además de estas
razones, los funcionarios de las aldeas expresaban un sistema ajustado de
poder global, constituyendo un medio para que las aristocracias concejiles (y
de hecho el señor) ejercieran su vigilancia y controlaran los conflictos por
intermediación de verdaderos agentes que actuaban en las comunidades. Esto
se corresponde con que recién desde el siglo XIII las aristocracias concejiles
concedieron que las aldeas eligieran sus propios funcionarios (Carlé
1972/73), expresándose así un refinamiento del régimen de gobierno paralelo
a la mayor complejidad que por entonces adquiría la organización social.

LA ELITE DE LOS TRIBUTARIOS COMO


TRADUCCIÓN DEL HECHO SOCIAL
El papel de los procuradores pecheros revela que las comunidades estaban
internamente mucho más agrietadas que lo que supone la imagen monolítica
de las solidaridades campesinas enfrentadas al señor. Pero no se trataba de
una sola línea divisoria que segregaba a la elite del resto, sino de una cantidad
de fracturas más complicadas que atravesaban en muchas direcciones la
comunidad. La gran diferenciación entre la masa de pecheros y su círculo de
notables era un emergente más de una situación general.
Este problema atañe a una cuestión con interpretaciones dicotómicas.
Algunos historiadores, como Sánchez Albornoz (que confundía
cooperativismo laboral con un comunismo rural antiguo y consistente), al no
establecer estas realidades fraccionadas de las comunidades, sobrevaloraron
los componentes unitarios.[77] Podemos conjeturar que en algunas
interpretaciones que enfatizan la solidaridad de un bloque campesino
monolítico en los enfrentamientos con los señores, se esconden rastros de
esas concepciones un poco románticas. Otra interpretación, por el contrario,
sobreexpone los componentes individualizados de la comunidad. Este
enfoque ha tenido un antecedente ilustre en un célebre párrafo de Marx
(comparando la atomización del campesinado francés con una bolsa de
papas) y renació a partir de 1960 con el tardío descubrimiento de Chayanov
por los académicos europeos. Su objeto se concentra en la pequeña
producción familiar olvidando su inserción comunal. Un historiador como
Guy Bois ha llevado esta concepción al plano de la lucha de clases,
elucubrando una dinámica autocentrada de la unidad doméstica conducente al
deterioro de la tasa de renta señorial. La concepción de Chayanov, o de la
importancia de la unidad campesina en aislamiento comunal se extendió en
autores muy diversos como Kula, Mendras o Kriedte, y esta teoría funcional
estructuralista influye en la historia social.[78] Sería preferible recorrer un
tercer camino equidistante de estas tradiciones, considerando que la
competencia individual coexistía con el cooperativismo y, como propone
Isabel Alfonso, se debería «... profundizar en la investigación de las líneas de
antagonismo y solidaridad en el seno de las propias comunidades...».[79]
Sin negar la importancia de las tierras comunales en la vida campesina,
debe considerarse que se encontraban subordinadas a la primacía de la
tenencia, que era un basamento para que las acumulaciones diferenciales de
la comunidad renacieran con una regularidad ineluctable, aun cuando
estuvieran obstaculizadas por el excedente señorial y las constricciones
comunales. La heterogeneidad tributaria incluía fuertes estratificaciones en
cuanto a riqueza y división técnica del trabajo, abarcando sectores volcados a
una economía artesanal o comercial que podían acceder a pequeñas
posiciones notables en la comunidad.[80] Esta diferenciación social era un
resultado de evoluciones que se habían dado con anterioridad al siglo XV, y
en los caballeros de las aldeas encontramos un reflejo de este fenómeno.[81]
A las divisiones que surgían de las acumulaciones diferenciales de bienes y
posición social, se agregaban los conflictos por el predominio entre los
pequeños déspotas locales;[82] es posible que una movilización de fuerzas
decidiera a veces la supremacía de manera violenta.[83] La misma dispersión
del productor por aldeas y lugares de muy diferentes tamaños (algunos no
tenían más de cuatro casas) requería autoridades adaptables a cada situación y
era un elemento más que influía sobre la fuerza y conciencia social del
campesino en forma negativa para la autoconfiguración de clase. Sobre esas
líneas de ruptura podía infiltrarse tanto el clientelismo de los caballeros (una
presencia que se imponía atemorizante) como desplegarse el autoritarismo de
los notables aldeanos.
La solidaridad de los tributarios era el contrapeso de esos agrietamientos.
Su fundamento material radica en la explotación compartida de las tierras
comunes y la distribución de los recursos naturales. Pero esta solidaridad
tenía límites fijos: no abarcaba más allá del conjunto de pueblos que estaban
bajo una jurisdicción concejil (se expresaba en procuradores generales) e
incluso se restringía a una sola aldea. Era por otra parte una solidaridad
reactiva, ya sea porque surgía como respuesta a las agresiones del señor, o
bien porque respondía a necesidades de ayuda mutua o de coordinación para
el aprovechamiento de los comunales. Además, la tierra comunal era tanto
una fuente de colaboración como de competencias conflictivas. Si los
labriegos de un lugar consideraban como propias las tierras donde
acostumbraban a pastar sus animales, y ello obligaba a regulaciones que
evitaran un exceso de individualismo, es muy posible que esos derechos
fueran agriamente disputados por una comunidad vecina. Las energías que
los representantes de los concejos aldeanos consumían para deslindar sus
términos nos hablan mucho más de «debates y contiendas y pleitos» que de
una amigable convivencia solidaria.[84] Esto tenía una expresión legal en el
reconocimiento del derecho del heredero a prendar personas o ganados que
invadían la posesión.[85] En algunas ocasiones eran las autoridades de la
villa o los señores quienes estimulaban estas disputas para aprovecharlas en
su beneficio.[86] La crueldad de algunos enfrentamientos entre campesinos
debía dejar heridas que las agresiones del señor no suturaban,[87] y no
siempre sería sencillo lograr la movilización solidaria de los vecinos.[88]
De alguna manera, se trataba de una cohesión afectada por una irremediable
exterioridad con respecto a los soportes morfológicos de la comunidad, y ello
resentía la fuerza de los campesinos a la hora del enfrentamiento con el señor.
Por esto, un bloque de oposición eventual contra alguna medida desaforada
del señor no se confunde con una armoniosa unidad entre las fuerzas
vecinales y los mismos fundamentos de la comunidad lo debilitaban. De
acuerdo con determinadas disposiciones, sabemos que ese eventual bloque de
oposición contra las agresiones externas distaba de ser sólido, pudiéndose
fraccionar la unidad aldeana; por lo menos, la solidaridad no era una actitud
esperable por voluntad espontánea.[89] En definitiva, la subcultura disidente
campesina, a pesar de dar muestras de creatividad para expresarse, estaba
apresada entre los estrechos límites del individualismo (la unidad productiva)
y de una solidaridad vacilante limitada por el particularismo local (el mundo
terminaba en la aldea, tal vez en el espacio concejil).[90]
Por contraposición, con el advenimiento del capitalismo como sistema
dominante y la desintegración de la comunidad campesina medieval, si por
una parte se rompen los lazos de solidaridad vecinal (el obrero se encuentra
aislado en sus nuevas residencias urbanas), por otra parte el taller
uniformizaba mucho más la condición de los explotados, y esa uniformidad
se traducía topográficamente en la homogeneidad de los barrios obreros
(Rule, 1990, pp. 227 y ss.). Sobre esa similitud de condiciones, es la fábrica
el lugar donde se reconstruirá sobre otras bases la cohesión de los explotados.
Si esta incursión por las condiciones de la primera generación de obreros
urbanos en el capitalismo ascendente ilumina comparativamente las
debilidades de los campesinos de la Edad Media, impone también considerar
las diferencias en términos analíticos. Estas diferencias abren la
consideración teórica del problema de conciencia de clase.[91]
En los comportamientos culturales se manifiesta esta dialéctica
contradictoria de las comunidades aldeanas. Si encontramos expresiones
múltiples de agrietamientos sociales y conflictos, donde la condena ética
contra quienes ofendieron valores de la comunidad se mezcla con
antagonismos surgidos de una cohabitación difícil, otras prácticas, como las
procesiones masivas y obligatorias, tendrían una objetiva función de
contrarrestar con su sentido unificador las tensiones que habitualmente
surgían entre los miembros del común.[92]
Con estas elaboraciones no se pretende subestimar que los procuradores
pecheros, al expresar reivindicaciones sectoriales de los tributarios, incluían
un potencial de radicalización programática, adquiriendo su conducta una
ambivalencia constitucional. Condicionados a moverse en un resbaladizo
terreno abonado por sus modestas y difíciles hegemonías locales, por las
presiones de la autoridad superior y las reivindicaciones sectoriales de su
condición tributaria, su accionar estaba sujeto a fuertes variaciones en épocas
convulsionadas, pudiendo encauzar las emociones contenidas por la clase
subalterna. Esas presiones múltiples, que surgían de la vida cotidiana, estaban
a su vez sobredeterminadas por su dualidad económica, como campesinos
portadores de una cultura tradicional, por un lado, y como acumuladores cuyo
afán de lucro tropezaba con las trabas institucionales del feudalismo, por otro
lado. Esta última circunstancia proporcionaba una base sólida para
transformar la queja limitada y puntual por una alteración del uso y
costumbre en una acción conscientemente dirigida al cuestionamiento del
sistema. Esas contradicciones, conviviendo en un mismo sujeto social, podían
encontrar expresiones más nítidas de diferenciación. Durante la revolución de
las comunidades castellanas, de 1520-1521, se ha detectado en muchos
lugares una división en el seno de la elite de los pecheros, entre una fracción
radicalizada y otro sector más propenso a la colaboración con los regidores.
[93] La comunidad de los oprimidos tenía entonces su ocasión para redefinir
la lucha como enfrentamiento directo contra la clase feudal. Los
representantes pecheros, siendo parte del mecanismo de opresión,
conservaban por consiguiente un margen de posibilidad para volcarse
abiertamente al movimiento social campesino. Esta ambigüedad se ha
verificado en otras regiones europeas.[94] Hacia qué lado de la balanza
inclinan su peso los representantes del común no es algo predefinido, sino
que lo establecían los propios actores de acuerdo con las circunstancias en
que se encontraban (y esto explica la vacilación de la conducta y las
combinaciones de estrategias: agentes recaudadores del señor, solicitantes de
transformaciones en las reuniones de Cortes, revolucionarios comuneros). A
los observadores modernos nos basta con advertir esta ambivalencia de
comportamiento estructuralmente determinada y detectar el caso particular de
un énfasis contestatario desmedido (con respecto al comportamiento regular
de los miembros de la elite popular) en los casos de crisis orgánica.
Los efectos de esta situación eran hasta cierto punto paradójicos. La misma
polarización de los pecheros implicaba un antagonismo fraccional en el
interior de la clase tributaria, que indica un serio debilitamiento de su
cohesión. Pero en la eventualidad que los campesinos ricos se unieran al
movimiento social, toda su fuerza constrictiva debería entonces volcarse en
un sentido contrario al señor.

CONCLUSIÓN
En este estudio no se niega la importancia que tuvieron las luchas sociales
de la Baja Edad Media para que los pecheros lograran mayores cuotas de
participación política. Pero interesa también observar su comportamiento
político y social funcionalmente apropiado para los beneficios del señor. Ello
respondía a la necesidad de construcción del poder en el ámbito micro-
espacial y se basaba en la morfología heterogénea de las comunidades. El
ascenso de nuevas capas de tributarios en el siglo XV no debería verse como
la causa exclusiva de la asimilación institucionalizada de los representantes
pecheros. El surgimiento de sectores subordinados (como, por ejemplo, los
caballeros de cuantía de los concejos) es un fenómeno normal que puede
acelerarse en ciertas coyunturas, y constituye un requisito para la
permanencia del grupo dominante a través de su renovación interna. Esta
funcionalidad de la elite aldeana en las redes de dominación y en las
estrategias señoriales es una cuestión sustancial, que en ciertas situaciones se
expresó como representación política en el gobierno municipal. La actividad
de los procuradores pecheros en las luchas reivindicativas se enmarca en
estas circunstancias. Sus acciones estaban destinadas a domesticar el
movimiento social antes que a estimularlo en un sentido de enfrentamiento
profundo contra el señor.
Si esto es así, la relación de clases señor-productor directo adquiere un
rasgo particular. Por un lado está el nexo económicamente definido por la
transferencia de excedentes hacia el señor (comprendidas las partes que se
desviaban hacia los gastos organizacionales o las aristocracias urbanas). Los
historiadores inspirados por el marxismo han sido muy sensibles a esta
realidad y han destacado la lucha de clases como un elemento central de la
cotidianeidad social. La presente elaboración no niega estos análisis, sino que
indaga esta oposición social en su peculiaridad. La relación señor-campesino
se encontraba políticamente mediada por la presencia de una estratificación
específica surgida de la comunidad (mediación que se agregaba a la de los
caballeros de la villa u otros poderes intermedios del señor). Una teoría de la
explotación y del conflicto de clases no se debiera limitar al beneficio, sus
formas de obtención y los antagonismos derivados; incluye también la
modalidad política en que se realiza la relación social.
¿Dónde terminamos entonces por ubicar a estos notables de la comunidad
de explotados? Hemos dado tantas connotaciones de su posición, que en una
primera instancia cualquier casillero resulta un tanto inadecuado. Es
indudable que en la medida en que debían excedentes y no se los apropiaban,
son en lo inmediato conceptuados como una fracción de la comunidad de
productores directos que sostiene al resto de la sociedad. Pero también eran
una pieza esencial para que la antinómica relación señor-campesino
encontrara su forma rutinaria de existencia. Exponían los procuradores
pecheros de manera imperfecta aspiraciones del común, al mismo tiempo que
exhibían estrategias objetivamente provechosas para el señor. Por
consiguiente, se agrega a su ubicación económicamente subalterna en el
tejido de la sociedad una dimensión polivalente apropiada para los
requerimientos del poder feudal. A todo esto se agregaba otra cualidad
potencialmente disruptiva, dada por su situación de empresarios del trabajo
asalariado.
Asimilando las elaboraciones que con anterioridad hemos realizado a los
resultados del presente estudio, se constata que la red de relaciones por las
cuales el poder se transmitía desde el vértice señorial hasta el mínimo
labrador, pasando por los caballeros municipales y la elite de los tributarios,
indica que la sujeción social recorría una transmisión de mandos a través de
las divisiones jerárquicas de la sociedad. Romper esta sujeción que ataba a
los productores directos supone que la porción más sojuzgada del pueblo
pudiera trascender el entramado de control molecular implementado por el
poder dominante para poder expresar libremente su voluntad. Pero ello
merece otro estudio.

[1] El estudio de conjunto en Monsalvo Antón, 1989. Para elaborar una síntesis de las
explicaciones sobre el problema, Santamaría Lancho, 1993, pp. 32 y 33; ídem, 1985;
Martínez Moro, 1985a, p. 145; Gerbert, 1979, pp. 119 y 120; Armas Castro, s/f, pp. 197 y
ss.; Castillo Gómez, 1988, p. 154; Asenjo González, 1984; Diago Hernando, 1993a, p. 117;
Esteban Recio, 1989, pp. 186 y ss.; Fortea Pérez, 1991, pp. 120-121; Mangas Navas, 1981,
p. 113; Pardos Martínez, 1985, pp. 545 y ss. Esta representación campesina se dio en
muchas partes de Europa a finales de la Edad Media, ver Genicot, 1993, pp. 150 y ss.
[2] Del Val Valdivieso, 1994, doc. de 1496. En el mismo sentido, Cabañas González,
1980, p. 61, n. 160, reproduce el texto por el cual Fernando de Antequera, como regente de
Castilla, otorgaba a Cuenca las ordenanzas de 1411.
[3] Del Val Valdivieso, 1994, p. 177; Santamaría Luengos, 1993, pp. 41 y 42.
[4] En las aldeas sus elites cumplían distintas funciones, por ejemplo, control de las
dehesas en Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca, vi, p. 222, o instalación, ídem, tít.
xxxiiij, p. 150; y en Sáez, 1953, tít. 106.
[5] Berrogain, 1930, Ordenanzas de la aldea de La Alberca de la jurisdicción de la Villa
de Granada, provincia de Salamanca, específicamente título CLIV (pp. 437-438),
estableciendo las reuniones para la gestión de los asuntos comunales. También Blasco,
1933, pp. 396 y ss.; del Ser Quijano, 1987, doc. 39, año 1458; doc. 78, compra de grano;
doc. 16, heredades; Riaza, 1935, p. 483, los concejos de aldea pueden percibir penas por
invasión ilegal de términos.
[6] Martínez Moro, 1985b, p. 710; Gibert, 1949, pp. 315 y ss.; de Dios, 1995, pp. 673 y
675.
[7] Del Ser Quijano, 1987, doc. 71; Casado Alonso, 1990, p. 298; Martínez Sopena,
1985, p. 513.
[8] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 30, año 1330, pp. 79-80; Casado
Quintanilla, 1994, doc. 18; Ubieto Arteta, 1959, «Las Ordenanzas Municipales de Riaza de
1457», tít. 33. Para el diezmo, Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 205. Sobre la
percepción de diezmos por clérigos de aldea, Sobrino Chomón, 1991, doc. 1, año 1183.
[9] Casado Quintanilla, 1994, doc. 18, repartimiento de tributos. El pechero de 60 mrs. de
cuantía en muebles y raíz pagaba una moneda; el de 120 mrs. dos; el de 160 mrs. cuatro, y
el de 160 mrs. seis. También González Díez, 1984, doc. 47, año 1277. Lo establecido en el
padrón debía seguirse muy estrechamente, Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca, pp.
612-613. También Asenjo González, 1985, pp. 717 y ss.
[10] Casado Quintanilla, 1994, doc. 79, año 1491; doc. 89, año 1492.
[11] Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca, iij «Per forum mandamus, quod quelibet
collatio habeat suum collectorem» (p. 610). Fuero de Peñafiel, año 1228, p. 376.
[12] Esta disposición se encuentra reiteradamente en Cortes; también, Casado
Quintanilla, 1994, doc. 18, pp. 54-55.
[13] Del Ser Quijano, 1987, doc. 72, año 1488; que esta situación no sería muy agradable
para muchos, se refleja cuando el corregidor de Ávila impone que, «... por la presente
mando a las personas a quien ansy nonbredes por repartydores que açebten de lo fazer e
conplir, so pena de cada dos mil maravedís para la casa del conçejo desta çibdad...» (p.
185). Luis López, 1993, Ordenanzas de la villa de La Adrada y su tierra, año 1501, cap.
CXXVII: «que no rebellan la prenda al cogedor». Estas cuestiones aparecen en fueros
anteriores, Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca, xviij, pp. 566-568; Castro y de
Onís, 1916, Fuero de Ledesma, títs. 322, 323, 324.
[14] Blasco, 1933, en Villatoro, señorío particular en el término de Ávila, se establece
que los oficiales del concejo debían guardar los intereses del señor antes que los intereses
de los campesinos en la tasación de tributos: «(...) manda su merçed, que en quanto a los
que vinieren a tasa por tasadores, a sy de la villa como de la tierra, que los alcaldes e
Regidores los dexen haser su taxa, e poner a cada uno segund supiere que mereçe, e que los
dichos alcaldes e rregidores no puedan abaxar a ninguna persona, sy non antes subilla sy
ellos vieren que lo mereçe (...)» (p. 424).
[15] Sáez, 1956, doc. 25.
[16] Casado Quintanilla, 1994, docs. 13 y 91.
[17] Esto se ve reiteradamente, por ejemplo, en del Ser Quijano, 1987, doc. 20, año 1390,
por denuncia de los hombres buenos pecheros.
[18] Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, títs. 205, 88; Ureña y Smenjaud, 1935, privilegio
de Alfonso X a Cuenca, (pp. 860-861). También, Durand, 1987, p. 210.
[19] Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza, tít. 6.
[20] Ordenanzas dadas por Juan II al concejo de Salamanca en 1390 reproducido por
Mangas Navas, 1981, p. 107, n. 33. También, Sáez, 1956, doc. 38, año 1375.
[21] No es infrecuente el caso que se encuentra en Casado Quintanilla, 1994, doc. 92, año
1493, de Juan González Pajares, procurador, escribano y repartidor de tributos de los
pueblos de Ávila, o el registrado en Ubieto Arteta, 1959, doc. 30, año 1415, del procurador
participando en una compra concejil. Ídem, doc. 41, año 1442, el procurador integrado a la
elite del común. En Vaca Lorenzo, 1991, doc. 28, vemos al procurador comprometido en el
ordenamiento de la coacción por los tributos: «... nos, el conçejo e alcalles e procurador e
omes buenos de Villalobos... damos todo nuestro poder conplido por esta carta a vos,
Domingo García Barrero, e a vos, Fernán Gil Palusín?, nuestros vezinos moradores en este
dicho lugar de Villalobos, que podades vender tantas de los heredamientos de todos
aquellos omes e mugeres que tovieren la heredat forera e non quisieren pagar conosco en la
fonsadera, nin en la martiniega? de Pasqua e en todos los otros pechos que acaesçieren, que
nos el dicho conçejo avemos a dar e pagar...» (pp. 52-53). Martín Expósito y Monsalvo
Antón, 1986, docs. 74 y 75, año 1418, la participación de los procuradores de aldeas
rindiendo pleito y homenaje al señor de la villa nos ilustra sobre la variabilidad de sus
roles. Gaibrois de Ballesteros, 1928, doc. 306, sobre las funciones de los procuradores
expresa, «... para mostrar por nos a nro. ssennor el Rey nros. estados & nras. ffaziendas &
pora pedirle & ganar dél merçed en todas las cosas que mester nos fueren...» (p. CXCIII).
[22] Sáez, 1953, Apéndice, doc. 27, año 1373.
[23] En del Ser Quijano, 1987, doc. 21, año 1396, los pecheros se obligan al pago
solidario en los juicios que fueran entablados contra sus procuradores. En Berrogain, 1930,
Ordenanzas de la Alberca, tít. XLV, p. 400, la responsabilidad de los procuradores emerge
más claramente.
[24] Ubieto Arteta, 1959, Las Ordenanzas de Riaza, ley 13a; Ureña y Smenjaud, 1935,
Fuero de Cuenca, XX, p. 368.
[25] Sáez, 1956, doc. 117; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988,
docs. 93 y 269.
[26] Casado Quintanilla, 1994, docs. 65 y 73; Luis López y del Ser Quijano, 1990, docs.
51, 56, 67; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 73, 74.
[27] D. Ubieto Arteta, 1961, doc. 124. Las confiscaciones ejercidas en ocasión de las
prendas por tributos eran al parecer bastante regulares, vid por ejemplo, Cabañas González,
1982, p. 391.
[28] Este programa se elabora durante el siglo XV hasta principios del XVI y comprende
hitos de significación, Cortes de Madrid de 1419, de Madrigal de 1439, de Toledo de 1462;
Cortes 3, pp. 18, 340, 721. Se observa en el ámbito local, Benito Ruano, 1975, pp. 123 y
ss.; Iradiel Murugarren, 1974. pp. 172 y 173, y Apéndice, doc. 18, pp. 327 y 328; Asenjo
González, 1986, pp. 205, 206 y 216; Basas Fernández, 1963, pp. 233 y 234. Con estas
denuncias programáticas se fueron constituyendo las bases del refinado proyecto del
arbitrismo, Fernández Álvarez, 1963, pp. 375 y ss.
[29] Un ejemplo de este comportamiento en Millares Carlo y Artiles Rodríguez, 1932, 2
de marzo de 1480, refiere la presentación de «... Juan Calvete, guantero, e dixo que
qeryendo gozar de la libertad que los Reyes nuestros señores mandaron dar a todos los que
mantoviesen cauallo e armas...» (pp. 40-41). Esto se ha comprobado muchas veces; por
ejemplo, Diago Hernando, 1990, 174, pp. 83 y ss.
[30] Del Ser Quijano, 1987, doc. 22, año 1396, en una carta del concejo aldeano de San
Bartolomé de Pinares al de Ávila para que se le confirme una dehesa de bueyes, se expresa
«Sennores conçejo e cavalleros e escuderos, (etc.) ... el conçejo e omes buenos de Sanct
Bartolomé de Pinares, vuestros servidores, nos encomendamos en la vuestra merçed conmo
a sennores a quien somos tenudos de servir e ser mandados...» (p. 54). Blasco, 1933,
Ordenanzas de Villatoro, «... El conçejo alcaldes Regidores e ombres buenos de la villa de
uillatoro, con muy humilde Reverençia besamos las manos de vuestra merçed, a la qual
plega saber como los vecinos pecheros desta su villa e tierra reçibimos mucha fatiga...» (p.
423).
[31] En Casado Quintanilla, 1994, doc. 91, año 1493, la reclamación de los hombres
buenos de la ciudad y tierra de Ávila, originada por exceptuados ilegales del tributo,
incluye una consideración sobre los vecinos pobres que es algo más que retórica: «... E que
todo lo que estos tales han de pagar caerá sobre la gente menuda de esa dicha çibdad e su
tierra e sobre los pobres de ella. En lo qual diz que la gente menuda resçibe grand agravio e
dapno e non lo pueden sufrir» (p. 233).
[32] Gaibrois de Ballesteros, 1928, doc 306, p. CXCIII.
[33] Casado Quintanilla, 1994, doc. 73, p. 184.
[34] Casado Quintanilla, 1994, doc. 14.
[35] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 74, «... entró e tomó los dichos Salobrales,
dixo que se los tomara porque era poderoso e que los labradores de la comarca con miedo
non osaron demandarlo...»; ídem, «... que quando el dicho Nuño Gonçález lo tomara que
levara pieça de omes consygo... e, por quanto era poderoso, que non osaran rreclamar los
labradores...» (p. 260). Este apoyo podía venir del procurador o por denuncias directas que
realizaban los oficiales del concejo rural, advertencia que previene contra una sublimación
institucional de la figura del procurador; esto se observa en ídem, doc. 55, del año 1403, el
concejo de San Miguel de Serrezuela, aldea abulense, lograba por gestión colectiva directa
la restitución de términos usurpados.
[36] Como ejemplo, Casado Quintanilla, 1994, doc. 99, año 1494, con respecto al monto
de un tributo imposible de cumplimiento en los niveles anteriores a la expulsión de los
judíos de Ávila, el rey encomienda al corregidor «... que luego veays lo susodicho e lo
proveays por tal manera que los vezinos e pueblos de la dicha Tierra non resçiban nin les
sea fecho agravio nin tengan cabsa nin razón de se nos venir a quexar ante nos...» (p. 246).
Martín Expósito y Monsalvo Antón, 1986, doc. 58.
[37] Sáez, 1956, doc. 74 (1388-1394), Leonor, reina de Navarra y señora de Sepúlveda,
ordena a los oficiales del concejo que obliguen a pagar a los pecheros cinco mil
maravedíes. Este impuesto extraordinario había generado cierta tensión entre los hombres
del común de acuerdo con lo que refleja el texto, aunque el pago se impone
indefectiblemente: «... mas pues ellos se sienten agraviados, a mi plaze que non sean
apartados de la tierra e que paguen con ellos cada que ge lo yo enbiare mandar...» (p. 252).
[38] Esto es una constante, Gaibrois de Ballesteros, 1928, doc. 306; Riaza, 1935, pp.
479480; del Val Valdivieso, 1994, p. 177. También, Ordenamiento de la reina Isabel al
concejo de Cáceres, a. 1477, reproducido por Mangas Navas, 1981, p. 110; del Ser
Quijano, 1987, doc. 72, a. 1488; Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 61; Casado
Alonso, 1990, p. 295. En los concejos de aldea que se encontraban en señoríos particulares
era más generalizada la intervención del señor en el nombramiento de los oficiales, por
ejemplo en Villatoro, en Blasco, 1933, p. 395, y Ubieto Arteta, 1959, doc. 42 (concejo de
Colmenar de la Sierra).
[39] Del Ser Quijano, 1987, doc. 75, año 1488, luego de haberse nombrado seis
repartidores de la alcabala, aprobado por la asamblea general del concejo de aldea de San
Bartolomé de Pinares, el alcalde «(...) mandó a Martín Ruvio, alguazyl, que lo apregone
altas bozes, que sy todos son contentos con aquellos nonbrados para que repartan las dichas
alcavalas entre todos ellos; el qual dicho pregón el dicho Martín Ruvio dio e todos
respondieron, “una vove dicentes”, que les plazía y eran contentos dello...» (p. 187).
[40] Son conocidas las fórmulas que aparecen en Serrano, 1930, año 955, «... nos omnes
qui sumus de concilio de Berbeia et de Barrio et de S. Saturnini, barones et mulieres,
senices et iubenes, maximos et minimos, totos una pariter qui sumus habitantes villanos et
infanzones de Berveia et de Barrio et de S. Saturnini...» (p. 59). Ídem, 1910, pp. 7, 67, 113.
En estos textos se distingue la desigualdad por sexo y por edad de la desigualdad
económica (máximos y mínimos). Con la extensión del señorío jurisdiccional se reducen
las diferencias legales entre los campesinos que subsistían desde la Alta Edad Media, y se
ponen de relieve las diferencias económicas. Es entonces cuando adquiere su forma
característica la comunidad campesina del sistema feudal.
[41] Casado Quintanilla, 1994, doc. 69, año 1489, los hombres buenos de Ávila habían
denunciado ante los reyes que, «... el dicho corregidor e alcaldes e otras justiçias de esa
dicha çibdad, les ynpedis e enbargays e non consentys cobrar los dichos maravedís de
algunas de las dichas personas que están nonbradas en los dichos padrones... diziendo que
tienen dadas sentençias en su favor por vos el dicho corregidor e alcaldes e otras justiçias
de esa dicha çibdad, e otros diziendo ser esentos por ser allegados a regidores de esa dicha
çibdad e otros porque diz que viven con nos de acostamiento, e por otras diversas razones e
cabsas que asy alegan, en lo qual el dicho común e onbres buenos diz que reçiben e an
reçibido grande agravio e dapno e non pueden asy pagar...» (pp. 173-174). López Benito,
1983, p. 175.
[42] Casado Quintanilla, 1994, doc. 104, año 1494, es explicable así que los contadores
mayores de los Reyes Católicos llegaran a acuerdos directos con los concejos rurales para
el pago de las alcabalas. También, ídem, doc. 69. Cabañas González, 1980, p. 64, n. 77;
ídem, 1982, XXVI, XXIX, ante el uso indebido por regidores y oficiales de Cuenca de los
dineros recaudados en los propios concejiles, el rey dispone que haya un receptor y
administrador «... que sea ome bueno, llano e pechero, e quantioso e abonado...» (p. 395).
No parece que aquí se encontrara un ingreso sustancial para este funcionario pechero, ya
que se dispone que de salario cobrara, ídem, «... tan solamente de cada mill maravedis
veinte maravedís e no más...» (p. 395). Sáez, 1953, Apéndice doc. 32, año 1401, p. 241.
[43] Ver la anormalidad que se refiere en Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 76,
año 1414, según un testigo que declara, «... estava allí, donde agora son los dichos Exidos,
un lugar que llaman La Puebla et que, porque non queryan los que allí moravan obedeçer a
Ávila et a los cavalleros della, que venieran al dicho lugar et lo quemaron et todo lo
destruyeran...» (p. 331).
[44] De Colmenares, 1969, pp. 380-381, ordenanza de Fernando III dirigida a Segovia
prohibiendo cofradías que pudieran disminuir su poder. Martín Expósito y Momsalvo
Antón, 1986, doc. 2, 1253, ordenanza de Alfonso X.
[45] Monsalvo Antón, 1996, pp. 39-90. Por su parte, Santamaría Lancho, 1985, p. 89,
postula que las cofradías significarían construir un espacio jurisdiccional propio de
menestrales y comerciantes al margen del concejo monopolizado por los caballeros. Esta
hipótesis es adecuada y nos habla de la debilidad de las actividades económicas
secundarias y terciarias tradicionales de la Edad Media sujetas al sistema corporativo.
[46] Del Ser Quijano, doc. 80, año 1490, tal vez sea significativo que en San Bartolomé
de Pinares la reunión del concejo aldeano se realizaba en las casas del procurador Alfonso
Ferrández.
[47] Es el caso que se observa en Villatoro, Blasco, 1933, p. 423. Tampoco es raro
encontrar lugares con muy pocos habitantes. Por el contrario, otras aldeas tenían un
desarrollo mayor, al punto de llegar a sustraerse de la jurisdicción de la villa, como fue el
caso de La Adrada, de Candeleda, y de Arenas de las Ferrerías de Ávila, vid., Luis López,
1993, doc. 7 p. 53; doc. 7, p. 80; doc. 8, p. 84. La diferencia entre aldeas prósperas y pobres
se ve también en Barrios García, 1981, doc. 146.
[48] Diago Hernando, 1990, p. 91.
[49] Casado Quintanilla, 1994, doc. 116, en una demanda, el procurador de los pecheros
de Ávila caracteriza a los tributarios ricos como ajenos a las actividades militares (p. 291).
Muchos documentos que convocaban a los peones para la guerra indican armamento
general campesino, con lo cual los pecheros notables no se encontraban en una ventaja
estratégica en este sentido. Las Ordenanzas de Villatoro son explícitas sobre esto, Blasco,
1933, p. 426. También Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza, ley 8 y Bernal Estévez,
1989, pp. 334-335.
[50] En los pleitos, por ejemplo, es habitual la descalificación de testigos por el
procurador del señor o del caballero por ser pobres.
[51] Bartolomé Herrero, 1995, en Val de Sant Pedro, un clérigo había perdido los
atributos para establecer su autoridad. Su falta de inserción se revela cuando el visitador
atestigua que «... e otras cosas muchas que fueron denunçiadas ante él, e estas todas fueron
provadas por enformaçión de testigos juramentados...» (p. 326). En Poziague «... tienen
quexa del cura que non es convenible antes es revoltoso...» (p. 336).
[52] A pesar de tratarse de denuncias sobre amancebamiento de clérigos, éstas traslucen
otros elementos agravantes, Ídem, «Torredrada. El clérigo difamado con una casada e
entrava en su casa ella disiendo quele servía e el marido consentidor...» (p. 333).
«Garcillán. El capellán Antón Sánches tiene muger sospechosa que non cata reverencia a él
nin honrra e a muchos deshonrra ansy del pueblo commo a otros que a su casa vienen...»
(p. 344).
[53] Ídem, «Las Navas. El clérigo... traese mal conel pueblo por que tiene manceba...» (p.
342). Las Vegas. También, pp. 334 y 343. He tenido oportunidad de analizar documentos
de la Inquisición del período moderno sobre los delitos sexuales de los clérigos,
especialmente en el momento de la confesión.
[54] Ídem «Val de Vernes. Buena, e buen clérigo corregido aunque tuvo compannera e es
ya vieja e está sin suspicción del pueblo aunque la tiene en casa. Fallé que non usava
conella carnalmente e prometí le tener la so mandamiento...» (p. 333).
[55] Entre muchos testimonios, ídem, «Boabón... Qurellaronse... que tiempo fue que
algunas criaturas avían fallescido sin baptismo e otros sin los sacramentos...» (p. 336).
Morir sin la preparación adecuada, o carecer de un buen funeral, era una de las cuestiones
que más afligían a los pobladores, como trasluce la prohibición de Fernando III de las
cofradías de menestrales, permitiéndolas para «... soterrar muertos, e para luminarias, e
para dar a pobres...» en, de Colmenares, 1969, p. 380.
[56] Del Ser Quijano, 1987, doc. 17, en San Bartolomé de Pinares uno de los
procuradores era escribano del sexmo de San Vicente. Luis López y del Ser Quijano, 1990,
doc. 66, Alfonso Gómez de Urracamiguel escribano del sexmo de Santiago y procurador de
los pecheros de Ávila. Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 269,
año 1437, escribano del concejo de San Martín de Trevejo solicitando la rebaja del tributos.
Cabañas González, 1985, Ordenanza del concejo de Cuenca de 1458, doc. 1, se menciona a
Alfonso González de Toledo, letrado de la tierra. Casado Alonso, 1987b, p. 523, da el caso
de un escribano miembro de la aristocracia campesina con varias posesiones.
[57] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 80, año 1419, en un
memorial de diez aldeanos de El Saúgo, presentado por el procurador de la aldea ante el
juez de Ciudad Rodrigo, en reclamación de usurpación de tierras comunes, extraemos un
párrafo de esta retórica jurídica que surgía de las aldeas: «... quanto más que tenemos la
dicha sentençia pasada en cosa juzgada, la qual se presume “rrite e rrecte lata” e es tal que
dio e da justa causa de prescrivir a nosotros, segund prescrivimos, e “casu que non”
dezimos que abasta, que pues poseyamos e poseemos, que devemos gozar en la dicha
posesión...» (p. 154).
[58] La relación entre cultura escrita y oral para manejar con la palabra las asambleas se
manifestaba en una sociedad en la que el letrado era excepción. El testimonio sobre un cura
de aldea es elocuente, Bartolomé Herrero, 1995, «Las Cuevas de Provanco... El cura mal
entendido que mala bes sabe leer... pero que desía bien la forma de las palabras...» (p. 334).
[59] Monsalvo Antón, 1989, p. 45, n. 21 y capítulo 1.
[60] Cortes, t. 4, Madrid 1882, en las de Valladolid de 1537, se denuncia a mercaderes
que vendían bueyes y animales a los labradores, «... y por fiárgelos venden a muy eçesibos
preçios... y so color desta venta an pasado y se hazen muy grandes vusuras...» (p. 677). El
tipo de negocio hace pensar con fundamentos, que se trataba de mercaderes surgidos de la
propia comunidad. Esto se observa en Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza, tít. 1b,
prohibiendo comerciar a caballeros y exentos.
[61] Además de los testimonios antes alegados, Berrogain, 1930, Ordenanzas de la
Alberca, tít. CXIV, p. 424; Casado Quintanilla, 1994, docs. 108 y 119. Fuera del ámbito
geográfico en que se concentra este estudio, Martín Fuertes, 1985, p. 608.
[62] Bartolomé Herrero, 1995, pp. 326-327; Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza,
leyes 2b, 11 y 12. Esto era una práctica tradicional, Ureña y Smenjaud, Fuero de Cuenca,
Códice Valentino, p. 833; Sáez, 1953, Fuero de Sepúlveda, tít. 89; Mem. Hist. Español, I,
doc. XCVI.
[63] Por ejemplo, Puyol y Alonso, 1904, Cartas de población de El Espinar, «... tenemos
por bien que los desta puebla que puedan escarmentar & peyndrar a todos los que fallaren
en la defesa sacando corteza o descortezando robre...» (p. 250).
[64] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 65, a. 1411; Cortes de Tordesillas de 1401,
p. 539.
[65] A pesar de estos poderes locales y de sus tendencias a integrarse con los caballeros,
las elites pecheras conservaban su identidad diferenciada de los caballeros, como lo indican
las Ordenanzas de Riaza tít. 1, en Ubieto Arteta, 1959. En estas disposiciones se adivina
una motivación dada por el interés de no agravar la contribución de los vecinos, pero
además una conciencia de diferenciación. Lo mismo se observa en el contenido de muchas
reclamaciones.
[66] Bartolomé Herrero, 1995, «Serviença... Gómes Ferrándes notario que fue rreceptor
delos annos de XXXVIII e de XXXIX e de XXXX e que non dio cuenta disiendo que avíe
mercado un cálice para la eglesia» (p. 340). Ídem, «El Campo... Delos rrecceptores non
pude bien saber la verdad delas cuentas pero tome las commo mejor pude... (p. 344).
[67] La posibilidad de los habitantes comunes de concurrir al Palatium real para los
litigios ya estaba contemplada en las normas de la monarquía alto medieval, ver Sánchez
Albornoz, 1976, pp. 54 y ss.
[68] Cortes de Madrigal de 1438, tít. 38, p. 344, sobre el lujo de los pecheros en las
vestimentas.
[69] Como lo indican fuentes literarias, Alvar, 1969, «Libro de las miserias del hombre»,
p. 334. Impresiona comparar testimonios como éste con los que surgen acerca del lujo de
pecheros ricos en las reclamaciones de las Cortes citadas.
[70] Casado Quintanilla, 1994, doc. 110.
[71] Ídem, doc. 112, año 1495.
[72] Bartolomé Herrero, 1995, «... fallo se que bivian ende dos omnes vecinos e naturales
dende los quales fueron delos tres que quebraron los ojos al dicho Miguel Sánches, e fabló
conel uno e dixo que el dia de Santyago dela perdonança quele absolviera un cardenal
delos de Santyago e que se le mojara la carta e que ansy se le perdió, e por que sobresto
fiso su pesquisa lo qual es notorio él e los otros dos aver cometido el tal delicto e dela
soluçión dela perdonança de Santyago es dubdoso e nin la muestra e conversan con todos
speçialmente in divinis» (p. 324).
[73] Una situación similar en Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988,
doc. 67, año 1413. En González Díez, 1984, doc. 47, expresa Alfonso X en una carta
confirmatoria de 1277 sobre el acuerdo de proporcionalidad en los tributos, «... Bien
sabedes de commo sobre la desabenençia que era entre uos por rrazón de la taia de los
pechos que y acaeçíen, que fustes todos abenidos comunalmiente... que ninguno non sea
osado de fazer aluoroço nin bolliçio ninguno en toda la villa, nin de venir contra esto en
ninguna manera...» (p. 132).
[74] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 73, pp. 218-219; doc. 74, pp. 275, 276 y
277.
[75] Los representantes de los caballeros tenían conciencia de que existían acuerdos entre
los campesinos para la defensa de sus intereses que no llegaban a fiscalizar; así lo denuncia
uno de esos procuradores en un pleito por usurpación de tierras en Luis López y del Ser
Quijano, 1990, doc. 77, año 1414, «... por quanto todos ellos e cada uno dellos, al tienpo
que dexieron sus dichos e fueron juramentados, eran vezinos e pecheros de la dicha Ávila e
su tierra, por que el dicho pleito atañe a ellos e son e fueron partes...» (p. 361).
[76] Barrios García, 1981, cuaderno de pesquisas realizado por orden del rey en 1291
para investigar si los obispos recibían procuraciones.
[77] Sánchez Albornoz, 1978, pp. 178 y ss.; Carlé, 1966, pp. 28-29; Costa, 1944.
[78] Esta distancia crítica de la economía doméstica como unidad de análisis del modo de
producción feudal (o de cualquier otro modo de producción con base campesina) no
implica negar los fuertes componentes de individualismo del campesinado.
[79] Alfonso, 1993, pp. 143 y ss., tomando en cuenta las investigaciones de Hanawalt
sobre los delitos de campesinos ingleses en el siglo XIV. Este hecho fundamenta por sí
mismo la necesidad de un poder regulador surgido de la propia comunidad. Lo mismo
traducen el enunciado de delitos en los fueros concejiles, cfr., Ruiz Gómez, 1990, pp. 23-24
y 306. Determinadas investigaciones antropológicas se encaminan hacia la misma
dirección de análisis, ver Cancian, 1991, pp. 190 y ss., recoge las conclusiones de G.
Foster, quien encontró que los campesinos viven vidas atomizadas, son desconfiados,
murmuradores hostiles que dependen de los miembros de familias cerradas; son
competitivos más que cooperativos y entran con frecuencia en conflicto con otros
pobladores.
[80] Estas divisiones sociales se presentan en la generalidad de los concejos rurales, aun
en aquellos donde las actividades artesanales no eran muy pronunciadas. En las
Ordenanzas concedidas por el concejo de Burgos a la villa de Lara en el año 1459,
Bonachía Hernando, 1985, pp. 536 y ss., aparecen como procuradores del concejo rural tres
vecinos, uno de ellos tejedor. En Astorga, Martín Fuertes, 1985, en el acta municipal del 2-
3-1438 se mencionan por repartidores «... de la colaçión de Sant Bartolomé a Diego
çapatero, el moço, e a Juan Gago, alfayate, e de la de Santa Marta a Juan Domínguez,
ortolano, e Alonso Lucas e de la de Santa Cruz a Juan, fijo de Aluaro Malamata e de Sant
Julián a Diego Riesco e Alonso Jannez, carniçero» (p. 609). En Millares Carlo y Artiles,
1932, en el concejo de Madrid aparecen entre los pecheros, sastres, tenderos, sederos,
jubeteros, pellejeros, pañeros, sayaleros (pp. 81, 173, 246, 349). Del Ser Quijano, 1987,
doc. 63 año 1481, en San Bartolomé de Pinares la división técnica del trabajo parece menos
desarrollada, se mencionan artesanos-campesinos: «... una tierra de Alonso Sánchez,
pedrero...», (p. 162), «... un linar de Antón Sánchez, panadero...» (p. 163), «... una tierra de
Blasco Muñoz, pedrero...» (p. 163), «... una tierra de los herederos de Pero Martín,
ferrero...» (p. 163), etc.
[81] Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca iij, p. 636, ídem, pp. 762-764; ídem,
Códice Valentino, p. 817. Con respecto a las coyunturas en que se acentúa la polarización
de las comunidades campesinas, habría que evaluar en un estudio ponderado si ello no
abarcó toda la Edad Media; al respecto, cfr. Cuadrada, 1990, pp. 252-253.
[82] Bartolomé Herrero, 1995, sobre la iglesia de La Fresnada, «... que la tiene ocupada
Julio Bermúdes de trigo e tiene se él la llave de manera quel clérigo non puede cada vez
que quiere desir en el la missa...» (p. 328). Ídem, «Montejo. Bene, del alcayde que
rrescebía algunos agravios» (p. 322). La lucha por la primacía entre las autoridades
eclesiásticas y seglares en los lugares del común se observa en Barrios García, 1981, doc.
101 de la Catedral de Ávila, año 1275, «... los alcalles seglares ffazen llamar ante ssí a los
clérigos por querellas que fazen dellos los legos e costrínnenlos que respondan ante
ellos...» (p. 90).
[83] Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza, ley 3, «Que fabla de los que traen omes
de fuera contra los vezinos que pena meresçen» (p. 143).
[84] Por ejemplo, en «Documentos medievales del archivo de Higuera de las Dueñas», en
Luis López, 1993, doc. 6 de 1305 de Fernado IV en respuesta a las quejas del concejo de
La Adrada sobre un heredamiento concedido por el concejo de Ávila, expresa «... el
concejo de La Adrada enviáronseme querellar que los de Escalona y de Cadalso y otros
lugares de su vecindad que les entran y les labran y les corren estos heredamientos y sus
montes...» (p. 141). La permanencia de estos conflictos en un lugar puede ser ilustrada por
Ubieto Arteta, 1959, doc. 10, año 1327; doc. 13, año 1351; doc. 17, año 1367; doc. 19, año
1376; doc. 41, año 1442.
[85] Entre muchas reglamentaciones, Moreta, y Vaca, 1982, Ordenanzas de Zamora.
[86] Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 89, año 1419, es el
caso del conflicto entre las aldeas de El Saúgo y de Robleda (en los términos de Ciudad
Rodrigo) por la posesión de unos comunales, donde los últimos estaban apoyados por
algunos regidores de la villa que los habían ocupado junto con los de Robleda. También,
Sáez, 1956, docs. 94, 95, 96, 100.
[87] Ubieto Arteta, 1959, doc. 41, año 1442, «... Antón García e Bartolomé Sánchez,
vezinos del dicho lugar Somosierra quesieron fazer e fezieron injusta e non devidamente
mal e dampno a Juan de Cardosa, vezino de la villa de Riaça e de fecho lo ferieron e
acuchillaron e la cortaron dos dedos de la mano estándose salvo e seguro en la dicha sierra
guardando las ovejas de Benito García su amo e suyas...» (p. 111).
[88] Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza ley 4 «Que fabla de los que non acorren a
sus vezinos quando son llamados en apellido» (p. 143).
[89] Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de Riaza ley 5, «Otrosi, hordenamos que si por
auentura el conçeio o parte del conçeio ouieren pelea, o pelearen con omnes de fuera parte,
e alguno o algunos de los vezinos e moradores desta villa de Riaça e su tierra se passaren a
la otra parte... que le echen la casa de suso... E si non tuuiere casas, que aya de pena por
cada vegada dos mill maravedíes, para el dicho conçeio e le den çient açotes en su cuerpo e
miembros, e le echen fuera de la villa para siempre» (pp. 143-144).
[90] Esto parece ser una constante. Fuera de la Extremadura Histórica, según reflejan los
documentos de Santo Toribio de Liébana, en Álvarez Llopis, Blasco Campos y García de
Cortázar, 1994, docs. 336 y 536, el concejo de Potes alcanzaba en 1505 un alto grado de
cohesión y creatividad en sus luchas reivindicativas contra el monasterio. Sin embargo,
sabemos por Pérez-Bustamante, 1979-1980, Ordenanzas de 1468, p. 201, de los ineludibles
enfrentamientos internos de la comunidad.
[91] Es lo que se trata en el capítulo 6, que ha sido una consecuencia de estas
investigaciones.
[92] Por ejemplo, Martín Lazara, 1932, (año 1409), pp. 324-325, las tres primeras
normas de este pueblo de Segovia estaban destinadas a reprimir a quienes no participaban
de las procesiones religiosas organizadas por el concejo. También Ubieto Arteta, 1959,
Ordenanzas de Riaza, tít. 71.
[93] Diago Hernando, 1993, pp. 261-263, 314 y ss.; Gutiérrez Nieto, 1973, pp. 238-239;
1978, p. 585.
[94] Hilton, 1988a, pp. 24-50, la confluencia de un sector campesino rico con todos los
demás explotados del campo y de la ciudad fue característica sobresaliente del movimiento
inglés de 1381. Sin embargo, ídem, 1988c, p. 61, la administración de los señores tenía que
confiar en la capa de campesinos acomodados para la gestión. También Thomson, 1995, p.
30, sobre notables de la aldea que se adhieren a la revolución de 1381, cita el caso de
Thomas Baker, de Fobbing, en Essex, que encabezó la revuelta contra la poll tax, era un
recaudador.
LA INDUSTRIA RURAL A DOMICILIO

En la concepción clásica sobre la génesis de la subsunción del trabajo por el


capital (Verlagssystem), que implica la primera fase del modo capitalista de
producción, la declinación del feudalismo es considerada como el ineludible
prerrequisito del nuevo régimen de producción.[1] Cuando Marx, por
ejemplo, estudia la primera etapa de la manufactura rural en Inglaterra,
afirma que el sistema feudal había comenzado su disolución.[2] En
continuidad con esta reflexión, Maurice Dobb postuló, en sus Studies, que la
premisa histórica del nuevo régimen de producción fue la crisis estructural
del feudalismo.[3] El posterior modelo de proto-industria de Kriedte, Medick
y Schlumbohm participa de este criterio, al concebir que las relaciones de
producción correspondientes a este sistema surgieron no sólo donde el
feudalismo se había debilitado o había iniciado su desintegración, sino
también en áreas económicamente marginales.[4] Aunque aceptan que la
industria rural a domicilio pudo darse bajo dominio señorial, como en lugares
de Europa oriental, enfatizan una relación causal entre vínculos feudales
declinantes y un orden social más libre que permitía la aparición del nuevo
sistema. El esquema se ha perpetuado, en buena medida conectado con la
diferenciación social del campesino.[5] Todas estas elaboraciones comparten
un mismo criterio de base, que consiste en pensar el proceso de transición a
partir de lo que podría denominarse una lógica de segregación, en la medida
en que la crisis del feudalismo, entendida como un período de no
reproducción de las relaciones dominantes o debilidad del señorío
jurisdiccional, fue la condición histórica para el surgimiento del primer
capitalismo.
No obstante este consenso, muchas investigaciones muestran que el
nacimiento de las manufacturas rurales no estuvo en todos lados
condicionado por una previa declinación del señorío.[6] Como se verá en el
presente artículo, ésta es la situación del área central castellana entre
mediados del siglo XIV y comienzos del XVI. Estas comprobaciones
imponen un cambio con referencia a la noción clásica del prerrequisito, ya
que presuponen estudiar el mecanismo por el cual, en el proceso de
funcionamiento del feudalismo, se generaba el nuevo régimen económico.
Ésta es la matriz teorética que establece Guy Bois en su estudio sobre la
Normandía oriental, desarrollado como una versión sofisticada del conocido
modelo demográfico maltusiano. Aun cuando su análisis se contextualiza en
la crisis del feudalismo, inaugura un cambio de interpretación estableciendo
la génesis capitalista desde el interior de la dinámica feudal.
El desarrollo de esta perspectiva es el objeto de este artículo, aunque el
estudio revelará también que las condiciones de origen del capitalismo no
pueden explicarse bajo el esquema maltusiano de autorregulación
demográfica. Se tratará de establecer que la industria rural surge como un
subproducto de la dinámica feudal con independencia de las oscilaciones del
ciclo demográfico, lo cual implica analizar el movimiento de la estructura en
el nivel en que se concretan las relaciones sociales de producción, las
comunidades de aldea. Esta perspeciva presupone una lógica unitaria de
reproducción y cambio, enunciado que condensa el principio epistemológico
del estudio.
En el nivel celular del análisis se encuentra no sólo la posibilidad de
conocimiento, sino también la primera dificultad de la investigación. La
industria rural a domicilio, originada de rutinarias actividades campesinas que
no parecían dignas de ser registradas, está débilmente reflejada en los
documentos de los siglos XIV y XV, y es por esto que muchas veces los
medievalistas ignoraron la cuestión.[7] Pero esta dificultad es más aparente
que real, ya que el nacimiento de la industria rural no se resuelve tanto con la
descripción del hecho en sí como con la determinación de sus
condicionamientos, es decir, con el estudio de los atributos estructurales
regionalmente delimitados que, en su funcionamiento, crearon las
condiciones de un sistema productivo cualitativamente distinto del
tradicional.
Este estudio se concentra en la Extremadura Histórica castellana, donde
prevalecía la organización social de los concejos. En ese marco se constata
desde la Baja Edad Media y principios de la Época Moderna la existencia de
la industria rural a domicilio.

DINÁMICA FEUDAL Y PROLETARIZACIÓN


Observemos en principio los lineamientos que proporciona la herencia
teórica recibida sobre la dinámica feudal.
Es sabido que en las últimas décadas ha prevalecido en el análisis de la
economía medieval el modelo de los ciclos seculares de crecimiento y
decrecimiento demográfico. Inaugurado por Postan a comienzos de los años
cincuenta, el esquema se basa en una traslación de nociones de Malthus y de
Ricardo a las economías agrarias preburguesas. Su lógica es sencilla e
ingeniosa. Desde un punto de partida dado por el posicionamiento en las
tierras más fértiles, se establece un crecimiento demográfico sostenido.
Debido al carácter extensivo de la reproducción social campesina, ese
progreso demográfico sólo pudo concretarse mediante la expansión de las
economías domésticas. La ocupación creciente de tierras llevó entonces a la
invasión de áreas marginales, hecho que provocaría la subida de precios
agrarios por aumento del coste de producción, y, aún más significativo, una
tensión creciente entre recursos en disminución y población en aumento. Esta
tensión se resolvió por la abrupta caída demográfica: cuando la antinomia
entre demografía y recursos se tornaba insostenible, la mortalidad se
encargaba de resolver la contradicción con una fase secular de contracción.
Esta última fue a su vez un mecanismo autocorrectivo. Con el declive de
población, la retracción hacia las mejores tierras, y el incremento de la
productividad, el sistema estaba en condiciones de recomenzar una nueva
expansión. Como han señalado sus críticos, en esta teoría el cambio
estructural no es explicado.[8]
Entre muchos historiadores que adoptaron el modelo figura Guy Bois. En
sus análisis reconocemos dos avances significativos con respecto a la
explicación inaugural de Postan (que en general se repitió sin variantes). En
primer término, proporciona una versión refinada de los impulsos iniciales
del crecimiento. Estos se justificarían por particularidades del modo de
producción feudal en su fase de madurez (sin prestaciones personales de
servicio, es decir, con predominio de renta en dinero). En la medida en que el
campesino controlaba la producción (el señor sólo ejercía una presión
externa), lograba deteriorar la tasa de imposición del señor. Con esta caída
tendencial del tributo, la familia campesina hallaba las condiciones para su
crecimiento, provocando la multiplicación de las economías domésticas y el
aumento del volumen de renta, que compensaba la disminución de la tasa de
renta. En segundo término, Bois pretende superar la dificultad de la escuela
maltusiana para explicar la transición. Para ello, incorpora a los mecanismos
de autorregulación homeostática del ciclo efectos secundarios conducentes al
cambio estructural (Bois, 1976, pp. 342 y ss.). Éste es el aspecto que ahora
nos interesa. A pesar de los desacuerdos que aquí se indicarán, esa
incorporación de efectos secundarios en el ciclo establece un cambio de
perspectivas con referencia a tratamientos tradicionales.
Bois sitúa su análisis en la tendencia secular de acumulación feudal, que
exhibe dos rasgos originales: su discontinuidad, por una parte, y su
despliegue contradictorio, por otra, en tanto el proceso reunió, desde la fase A
de crecimiento, un nuevo fenómeno dado por la generación de trabajo
asalariado. El exceso de población se plasmaba en un fraccionamiento
creciente de las posesiones campesinas, y el productor comenzaba a buscar
recursos alternativos de vida vendiendo su fuerza de trabajo por salario. De
acuerdo con el esquema, la mortalidad catastrófica del siglo XIV, que induce
el cambio de dirección cíclica, afectó en primer lugar a los campesinos con
pocas tierras (fue el factor que corrigió la tensión entre población y recursos),
y crecieron entonces las oportunidades de instalación disminuyendo en
consecuencia la marginalidad y el trabajo asalariado. Con la caída
demográfica, las posibilidades capitalistas se diluían. Es por ello que, según
Bois, sólo a través de nuevas oleadas acumulativas, cuyos efectos se
desplegaron cada vez más lejos, se produjo un vuelco de situación pasando a
primer plano el trabajo asalariado como motor de la dinámica social, hecho
que señalaba el inicio de la producción de valores de cambio.
Notemos que Bois trata de establecer una relación orgánica, profunda, es
decir, situada en los fundamentos estructurales, entre dinámica feudal y
génesis de trabajo asalariado. Por lo que conozco, esta concepción ha sido
altamente original y creativa, aunque no escapa a una crítica inevitable si se
la somete al veredicto del cuadro histórico real. La objeción más seria se
refiere a la consecuencia estructural del colapso demográfico.
De acuerdo con comprobaciones fácticas, las condiciones de génesis del
capitalismo rural no se desplazan necesariamente a un segundo o tercer
estadio acumulativo feudal posterior al tardo medioevo, sino que se presentan
en el transcurso mismo de la depresión demográfica. Fue en ese período
cuando aparece un fenómeno crucial para el nacimiento de la manufactura
rural: la extrema fragmentación de la posesión campesina. Esta fragilidad
campesina fue coincidente con otro fenómeno, también revelador de
inconvenientes para la instalación campesina, como fue el aumento de los
vagabundos. A este fenómeno tan decisivo podría agregarse como síntoma de
los problemas de acceso a la tierra un microrregulador demográfico como la
fecundidad: es posible que entonces haya comenzado un nuevo patrón de
otros microreguladores dado por tardía edad de casamiento y elevado nivel de
celibato.[9] El aspecto básico es que tanto la fragmentación de la unidad
doméstica, como los trastornos que encontraba el campesino para lograr la
normal reproducción de su unidad familiar, alteraron la economía de auto-
subsistencia, y deriva de ello el crecimiento del vínculo salarial como recurso
de vida alternativo. La génesis de la industria rural a domicilio fue, en buena
medida, un resultado de este proceso, y en cierto modo, el tamaño de la tierra
campesina pasaba a ser un aspecto clave, en tanto condicionaba las pautas de
reproducción, el vínculo del campesino con el mercado, y, por último, el tipo
y la forma del trabajo.[10] El problema es entonces establecer cómo en una
coyuntura demográficamente depresiva no existieron mejores oportunidades
para la propiedad campesina sino que, por el contrario, ésta disminuyó. Esta
situación evidencia una incompatibilidad insalvable entre la situación
histórica real y la regulación mecánica que propone el modelo demográfico
ricardiano-maltusiano.
Si se observa bien, la cuestión planteada admite dos resoluciones lógicas.
La primera consistiría en revisar la teoría maltusiana que conduce a explicar
la regulación del ciclo secular y no el cambio de la estructura. La segunda
consistiría en insistir en la diferencia que ha establecido tradicionalmente la
literatura del problema (desde Maurice Dobb por lo menos) entre crisis
sistémica (siglo XIV) y transición (siglos XV y XVI), considerándolos como
dos momentos sólo vinculados secuencialmente y pasibles de distintos
tratamientos analíticos. Este último camino es el que toma Bois en su más
reciente tratado (Bois, 2001). A pesar de admitir que la industria rural a
domicilio aparece en el siglo XIV, postula resolver la transición mediante un
análisis específico del siglo XV. En términos analíticos, la insuficiencia de la
teoría maltusiana lo ha llevado a un retroceso teórico con respecto a la
conquista intelectual que significaba unir dinámica feudal y transformación
de las relaciones sociales.
Estas dos resoluciones son pertinentes si decidimos permanecer en el
campo analítico de la dinámica sistémica. La aclaración se refiere a que es
posible proceder a una alteración absoluta del objeto, reorientando la
explicación hacia otras determinaciones. Este procedimiento ya fue ensayado
por el recurso al llamado factor mercado en las interpretaciones que, como las
de Sweezy y más tarde las de Wallerstein, estaban inspiradas por los antiguos
estudios de Pirenne. La tesis subyacente, tácita o explícita, del modelo de
mercado, era la imposibilidad de concebir la autotransformación del sistema
feudal. Sus intérpretes recurrían entonces a lo que consideraban un factor
externo, la circulación monetaria y mercantil, que actuaba como disolvente de
la economía natural del feudalismo. Otra variante estuvo representada por los
influyentes ensayos de Robert Brenner, opuesto tanto al modelo de mercado
como al demográfico. Pero Brenner, nuevamente, desplaza el eje
problemático. Su preocupación no es el sistema, sino la denuncia de las
insuficiencias maltusianas para dar cuenta de la formación del capitalismo, y
presenta una alternativa basada en las distintas correlaciones de fuerzas de
clase como clave de las transformaciones. El desafío planteado por los
maltusianos, y aun más, las evidencias empíricas sobre una relación entre
ciclo secular y transición, quedan anuladas. Es necesario, pues, volver a la
situación histórica en su complejidad.
Cuando nos abocamos a observar el fenómeno en el nivel regional elegido,
advertimos que la célula básica campesina, que idealmente debía guardar una
extensión mínima con sus tierras comunes complementarias,[11] se
encontraba dramáticamente amenazada. La lucha rutinaria de los campesinos
durante los siglos XIV y XV por ampliar sus labranzas, incluso sobre
reservas señoriales, revela que el déficit de espacio se había convertido en
una cuestión crítica, circunstancia que se daba independientemente de las
oscilaciones demográficas, como atestigua la falta de heredades aun en
períodos de alta mortalidad y en un área que nunca se caracterizó por exceso
poblacional.[12] Lejos de una causalidad maltusiana, esta situación se
originaba en la actividad de señores y caballeros urbanos que en el período
intensificaron la apropiación de comunales para destinarlos a la ganadería
como respuesta a los estímulos del mercado de lana.[13] Es así como se
delineaba el camino para el desarrollo de la estructura social que ha señalado
Bois: fraccionamiento de tenencias, marginación social y trabajo asalariado,
aunque las cualidades del fenómeno contradicen la tesis maltusiana. La
potencial autorregulación sistémica se encontraba interferida por los
propietarios señoriales, que adaptaban las relaciones de apropiación sobre la
tierra a requerimientos económicos. Esto no constituía un hecho excepcional;
por el contrario, de manera habitual, la conducta de las clases dominantes no
se resignaba a la declinación de los rendimientos sin ofrecer respuestas
creativas reorientándose hacia economías especializadas.[14] Tampoco
encontramos en este marco una productividad decreciente por avance sobre
suelos marginales como consecuencia del ascenso demográfico, como
establece la teoría ricardiana: la obtención de un excedente comercial
implicaba el abandono de tierras antiguas y la adquisición de otras para la
explotación pecuaria, estrategia que incrementaba conjuntamente la
productividad y el despoblamiento.[15] Observemos también de manera
colateral, que la especialización por demanda de mercado es un aspecto que
sólo puede descifrarse en relación con las determinaciones heredadas. En
Europa oriental, por ejemplo, con ese estímulo se desarrolló el servicio
personal del campesino, mientras que en el área que concentra nuestra
atención, la ampliación de las reservas de pastos se correspondía con la
consolidación del sistema de producción mercantil simple de los caballeros
villanos, y en el ámbito del reino, con la expansión de fuerzas señoriales.
En estas condiciones, la reproducción campesina se encontraba
comprometida tanto en el ámbito cotidiano (reproducción simple) como
intergeneracional (reproducción extensiva) al impedir el desdoblamiento
espacial de nuevas unidades productivas.[16] De manera inevitable, surgía
una creciente pulverización de las tenencias, y el campesino, que por
fraccionamiento de sus tierras no reunía una cuantía mínima de bienes,
quedaba separado de la tributación, y por lo tanto fuera de las relaciones
básicas del sistema, pasando a constituir una especial categoría de marginado.
[17] Privado parcialmente de la subsistencia en la economía doméstica, este
campesino se inclinaba al trabajo asalariado en propiedades de caballeros
urbanos o de campesinos ricos.[18] Un punto analítico clave para las
posibilidades de evolución posterior de una nueva forma de producción
social, estriba en que el campesino era desposeído de sus medios de
subsistencia pero no de sus medios de producción.[19] El yuguero, por
ejemplo, retenía en sus manos el buey y el arado (gozaba para ello de
derechos de pasto en los comunales) con lo cual disponía de condiciones
materiales para contratarse por salario, de la misma manera que cualquier
otro miembro de la aldea sin tierras suficientes podía conservar su
rudimentario telar. El campesino comenzaba así a negarse como campesino
antes de afirmarse como proletario. De todos modos, y aun cuando la
privatización de comunales tuvo consecuencias perdurables en la estructura
social, esta práctica encontró la constante oposición de los campesinos y del
señor del concejo (interesado en garantizar el pago de la renta) con lo cual el
fenómeno reflejaba las viscisitudes de una lucha con resultados cambiantes, y
a largo plazo, esto se tradujo en una orientación sólo perceptible como
tendencia.[20]
De esta situación se desprende entonces que el trabajo asalariado no surge
del nexo demografía-espacio-recursos sino de la contradicción entre los
mecanismos reproductivos de la unidad doméstica campesina y las relaciones
de propiedad privada sobre la tierra. La situación es expresable en una
ecuación de variables antinómicas con el esquema maltusiano: lugares sin
exceso demográfico dieron como resultado la pulverización de las unidades
campesinas, de lo que derivó la exclusión de parte de la población de las
relaciones sociales básicas del sistema y el crecimiento del trabajo asalariado.
[21] Con estas conclusiones preliminares, este análisis se aleja tanto del
modelo ricardiano-maltusiano como de sus críticos radicales, que anulan el
problema relacional entre demografía, espacio y producción. En el curso del
presente estudio, por el contrario, esa relación es el primer aspecto que se ha
de resolver, en la medida en que el feudalismo se presenta como un modo de
producción estructurado sobre el espacio, y de su forma específica de
reproducción extensiva, surgen sus aspectos disfuncionales. Pero, a diferencia
del modelo ricardano, no se entiende aquí esa relación como un fluctuante
equilibrio y desequilibrio ecosistémico, sino como una cualidad derivada de
las formas históricas concretas de propiedad. También este modelo se aleja de
la explicación endógena que en su momento había proporcionado Dobb sobre
la declinación del feudalismo. Afirmaba que la sobreexplotación del señor
habría agotado al campesino, o, según su gráfica expresión, habría matado a
la gallina que ponía los huevos de oro para el castillo, argumento recogido
parcialmente por Brenner cuando explicaba incidentalmente la caída
demográfica por crisis de productividad, debida a las relaciones de extracción
de excedentes. El problema con esta tesis como eje exclusivo de la dinámica
estructural es que cuesta comprender cómo la misma relación social, que en
un período anterior impulsó procesos de acumulación por movilización de
trabajo campesino, era la responsable del hundimiento catastrófico del
sistema.[22]
Como es evidente, esta crítica a la tesis de las relaciones de explotación no
oculta los aspectos contradictorios del sistema, que en cierta manera
estuvieron presentes en el feudalismo en toda su extensión histórica.
Efectivamente, además de la incidencia de las relaciones de propiedad sobre
los mecanismos de reproducción de la unidad doméstica, los testimonios
revelan cuestiones vinculadas que incidían para que el campesino se
empobreciera y cayera en estado de marginación social.
En principio, la renta como causa de pauperización es una evidencia,
aunque no debe entenderse con abstracción de las relaciones de propiedad,
sino como un agravante de la situación de los campesinos faltos de tierras. El
señor requería un nivel regular de pagos y ello provocaba que determinados
miembros de la comunidad no podían hacer frente a esas exigencias y perdían
tierras.[23] En conexión con la renta, las prácticas jurídicas y coercitivas
también tenían su responsabilidad en este proceso. Usualmente, el agente
señorial prendaba los bienes del campesino cuando la renta no se satisfacía, y
la confiscación presentaba así una naturaleza dual como mecanismo de
reproducción con efectos disfuncionales, aspecto sobre el cual el señor
exhibía una lúcida conciencia cuando ordenaba no tomar el arado para
preservar la fuerza de trabajo.[24] Como es esperable, las crisis de
subsistencia o las guerras agravarían seriamente estos efectos de orden
estructural.[25] Cada una de estas coyunturas no debería comprenderse, sin
embargo, con independencia de la dinámica estructural, sino como uno de sus
momentos particulares, y es por ello que el cambio que aquí se describe no
debe atribuirse a una simple fluctuación temporal.[26]
En un punto de intersección entre los componentes estructurales y la
coyuntura se sitúan las alteraciones en la composición familiar. El sistema
tributario incidía negativamnente sobre la reproducción social en una de las
fases más difíciles de la unidad doméstica, la representada por las viudas, que
constituían una elevada fracción de las comunidades tanto por la superior
longevidad femenina una vez superada la etapa de muerte puerperal como por
las dificultades para el nuevo casamiento.[27] El alto porcentaje de viudas
con problemas para abonar las rentas que presenta la documentación, y que
debían vender sus tierras, exime de todo comentario adicional sobre los
efectos de esta circunstancia en la economía campesina.[28] Relacionado con
el ciclo familiar estaría el caso del joven que llegada la hora de su
incorporación al trabajo encuentra la posesión familiar ocupada por los
hermanos mayores y los padres, por lo que debe recurrir al trabajo asalariado
alternativo.[29] Cuando estos últimos desaparecen puede integrarse a la
unidad doméstica, y en este caso tendríamos una marginalidad oscilante,
donde las etapas del agente económico dependen de oportunidades de
instalación. En términos generales, toda la problemática del marginal
asalariado está imbuida de una dinámica que no permite concebirla como
forma estática: por ejemplo, la lucha por la tierra puede cambiar situaciones
particulares; o bien, la muerte precoz de un tenente supone inesperados
trueques de situación para los herederos.
Un último aporte para la comprensión del fenómeno se obtiene desde una
doble perspectiva genética y estructural. Un estrato de campesinos
empobrecido aparece desde las primeras evoluciones del sistema feudal como
una forma general constituida por dependientes sin tierras suficientes ni
animales para el arado, constituyendo un marginado potencial contenido en
los marcos del señorío.[30] En regiones donde no había servicio personal, el
campesino pobre y sin capacidad para tributar dejaba de estar contenido por
el sistema, pasando a ser un marginal asalariado. En alguna medida, este
último es la continuación del campesino pobre de las áreas de corveas en otro
contexto, y su trabajo por salario se corresponde con el servicio de brazos del
primero. La inexistencia de renta trabajo, en señoríos originados por
subordinación política del campesino, multiplicaba el número de productores
separados del sistema, y el marginado potencial de los dominios tradicionales
se transformaba en una realidad. Ello era concurrente con el incremento de la
circulación mercantil y de los recursos monetarios para que su subsistencia
fuera ocasionalmente atendida por el salario. De una u otra manera, en el
feudalismo se generaba una franja social con pocos medios de producción
que entraba en relación de trabajo con los señores, ya fuera en la forma de
prestación personal o como asalariado.[31]
En lo que acabamos de ver se revelan cuadros sociales diferenciados entre
distintas áreas. Esto se inscribe en una cuestión general, ya que en realidad, lo
que ahora tratamos como una tendencia inherente al feudalismo (generación
de trabajo asalariado) no era un resultado unívoco de la evolución; se daban
en realidad distintas formas sociales de acuerdo con las variantes regionales.
Así por ejemplo, en antiguos señoríos del norte hispano la exención tributaria
por pobreza no era la regla (inhibiendo, aunque fuera parcialmente, el
surgimiento de asalariados), y estas formas diferenciadas deben ser
adjudicadas a desiguales condiciones comunitarias tanto en lo que se refiere a
la polarización campesina como a la circulación monetaria y a la división
social del trabajo.[32] Una consideración similar es pertinente en el problema
de la herencia. En algunas áreas el señor imponía que se mantuviera en un
solo heredero la tenencia sin subdividir,[33] y si bien con ello se evitaba la
pulverización de la heredad, la exclusión de una parte de los jóvenes era
altamente probable, y se concretaba en términos absolutos, aunque pudieran
conservar ciertos derechos menores. En otros lugares, la división de las
herencias llevaba a la muy pequeña propiedad,[34] aunque el reordenamiento
por canje o por compra-venta entre herederos no era en principio desechable
para reconstruir la unidad productiva. Estas diferencias pueden explicarse por
las características originarias de las comunidades, y hasta cierto punto, la
fragmentación de tierras de la Extremadura Histórica era un resultado de la
sucesión igualitaria y de la existencia de familias nucleares desde los tiempos
primitivos de la comunidad.[35] Si bien aquí hablamos de los sistemas de
herencia (igualitarios o no) de una manera abstracta, ya que no
necesariamente uno de estos principios es sinónimo de regla exclusiva, y
podían darse acciones contra la norma predominante, en un sentido general,
las distintas transmisiones intergeneracionales tuvieron una incidencia
relativa en los resultados del proceso social. En otro aspecto, sin embargo, los
sistemas de herencia debieron producir diferentes modos de marginalidad,
desde el momento en que el régimen de transmisión con preservación del
indiviso inclinaría la balanza hacia una tipología centrífuga (o expulsora de la
comunidad), mientras que el caso opuesto daría una tendencia centrípeta por
la cual el marginal era retenido en la aldea.
El marginal se presenta, efectivamente, en dos versiones que se distinguen
por la posesión o no de vivienda con su fracción de tierra.[36] Por una parte,
el feudalismo segregaba una masa errante, desligada de todo lazo comunal,
cuya existencia es cada vez más notoria en los testimonios españoles bajo
medievales y modernos.[37] Sin medios de subsistencia, los vagabundos
lograban una miserable libertad de movimiento alternando el trabajo
ocasional con el delito.[38] La preocupación expresada permanentemente en
las Cortes por controlar a una masa dispersa y peligrosa nos dice mucho
acerca de lo difícil que era absorber a esa población «sobrante». La normativa
sobre trabajadores contratados de los municipios es una referencia para
explicarnos esa dificultad. Si para lograr la rutina laboral del asalariado
residente en la aldea se requerían coerciones físicas, cuánto mayores serían
los obstáculos que se oponían al aprovechamiento productivo de esa masa
indisciplinada. La imposibilidad de absorción laboral de los no instalados, sin
condiciones de socialización básica, era en igual medida un resultado de su
indiferencia hacia el estímulo monetario (lo revelan los salarios en alza junto
a la persistencia de vagabundos irreductibles) como de lo poco atractiva que
resultaba su fuerza de trabajo para el empleador.[39] Resultado de
evoluciones estructurales, este marginal tenía consecuencias sociales antes
que económicas en sentido riguroso, y es por eso que, a pesar de su
espectacularidad, tiene ahora para nosotros una importancia secundaria. La
disciplina laboral se erige como una de las cuestiones centrales de la
evolución económica, y este problema no se resolvía con el vagabundo, por
más que el estado ensayara sus primeras funciones represivas en el drama de
la llamada acumulación originaria de capital (y esta notable intervención
estatal es posible que confunda al investigador acerca de la verdadera entidad
del problema).[40] Pero, por otra parte, la riqueza de determinaciones que
proporciona la realidad histórica bajo medieval daba un principio de
resolución para el aprovechamiento productivo del marginal.
Como muestran los testimonios, el trabajo temporal por salario en
diferentes actividades rurales se nutría de aquellos que, habiendo sido
excluidos del sistema tributario por pauperización, conservaban su lugar en el
interior de las aldeas con residencia, huerta y núcleo familiar.[41] El uso de
comunales, como reconocimiento de derechos otorgados por la residencia en
la aldea, donde el asalariado podía realizar pequeños cultivos o alimentar a
sus animales, contribuía a la estabilidad del hábitat; y esto nos dice que el
índice salarial es inadecuado para establecer sus niveles de vida.[42] Es
posible que en esta práctica se reconozcan tradiciones muy antiguas de las
comunidades, que entendían la utilización de prados y bosques como un
complemento del fundo particular. En definitiva, en las estructuras comunales
había un espacio para asegurar la reproducción social, y todo menesteroso de
la comunidad estaba en condiciones de recibir alguna ayuda solidaria de los
vecinos.[43]
Esta estabilidad de residencia permitía que se estableciera un principio de
control social sobre este sector, ejercido por las autoridades de los municipios
y de las aldeas, y se concretaba en consecuencia un requisito para su
inclusión en el trabajo estacional, aunque ello no impidió que la rapiña
cotidiana entrara también en su repertorio de recursos para subsistir.[44] Sin
desmerecer estos factores (residencia, usos comunales) uno de los
instrumentos más importantes para el encuadramiento social de los
asalariados estuvo a cargo de los campesinos ricos de las aldeas mediante la
regulación del mercado de trabajo.[45]
La ambivalencia del asalariado, participando y saliendo de la producción,
ganándose la vida de acuerdo con los requerimientos del sistema, pero
también contradiciéndolos cuando incurría en el delito, establecía aspectos de
continuidad con prácticas consuetudinarias. El marginado vendía su fuerza de
trabajo en el mercado local como el campesino comerciaba con los pequeños
excedentes de su producción. En ambos casos se trataba de una enajenación
forzada (el campesino estaba obligado por la renta y el asalariado por obtener
recursos de existencia) y este contacto con el mercado estaba interferido por
múltiples regulaciones sociales. De la misma manera, los períodos en que
regía el contrato laboral, opuestos al ciclo de inactividad, eran una
manifestación exacerbada del carácter no continuo de toda ocupación
campesina. En un aspecto sustancial, sin embargo, el marginado imponía una
diferencia básica con el campesino arquetípico en cuanto perdía su capacidad
de reproducción autónoma, y su existencia era una función de otras clases
sociales, no sólo por su necesidad de los comunales, sino también por quedar
fuertemente subordinado a los segmentos superiores de la comunidad
adquiriendo una modalidad informal de dependencia económica. En esta
disminución de la autonomía económica es posible que encontremos una
causa de la peligrosa exposición de este sector a las crisis de subsistencia.[46]

EL SEÑOR DEL PAÑO


Cuando el asalariado instalado en tierras comenzaba a trabajar para el
«señor del paño», se verificaba un cambio cualitativo, y pasaba a producir
valores de cambio en un sistema con potencialidad de reproducción ampliada,
es decir, en una «industria industrializante» (al menos en teoría) por la
posibilidad que ofrecía, ante la falta de limitaciones corporativas, para la
reinversión productiva del beneficio. El problema sólo admite una evaluación
cualitativa.[47]
En este proceso subyace un fenómeno clave para la explicación de la
génesis del nuevo sistema, que se desplegó en paralelo con la pauperización
de una parte de la comunidad. Se trata de la creciente polarización social, que
se expresó hacia finales de la Edad Media en un consolidado segmento de
labradores ricos.[48] Es posible que una precondición de esto se encuentre
contenida en la propiedad privada individual de la primitiva comunidad de la
Extremadura Histórica, forma que posibilitaba acumulaciones diferenciadas.
[49] De esa antigua forma comunitaria deriva también el alto grado de
uniformidad jurídica aldeana, que exponía al campesino a una elevada
desigualdad económica, situación contrapuesta a las regiones en las que la
rígida fijación legal debía reducir la movilidad social.[50] Sobre estos
factores se desenvolvió el comercio, y posiblemente encontremos aquí la
principal causa de enriquecimiento de una fracción comunitaria. El
intercambio vinculaba las unidades de producción, y a través del
acaparamiento y de precios elevados, se establecía un mecanismo de
apropiación de valor mediante la circulación.[51] Disponiendo de capital
dinero, el aldeano rico acentuaba el flujo monetario en el interior de la aldea
mediante préstamos a otros campesinos, con la consecuente pérdida de tierras
por insolvencia de los deudores, mecanismo de acumulación que se sumaba
al proporcionado por la producción de lana para exportación.[52] Es posible
que los estudios comparativos nos permitan concebir razones suplementarias.
Así por ejemplo, Richard M. Smith, refiriéndose a las comunidades inglesas,
da importancia a la coyuntura inflacionaria que habría permitido acumular a
campesinos que pagaban rentas en dinero fijadas por la costumbre y que se
beneficiaban además, al contratar trabajadores, con la bajada de salarios
(Smith, 1998, p. 343). El segundo factor enunciado pudo haber sido de
significación para nuestro caso, a pesar del aumento nominal del salario en el
largo plazo (comprobable, por ejemplo, entre 1351 y 1367). También en
épocas de aumento de los precios agrarios por crisis de las cosechas (que
estuvieron presentes en los siglos XIV y XV), las posesiones grandes se
habrían beneficiado de manera no proporcional con relación a las pequeñas
que se quedaban sin excedente para el mercado.[53]
La posesión individual y el origen del señorío, signado por una primitiva
comunidad independiente que establecía con el poder superior relaciones de
reciprocidad, se vincularon causalmente con la libertad que tenía el
campesino rico para el emprendimiento de distintas iniciativas, como
contratar asalariados, comprar tierras de campesinos pobres, ejercer la usura o
acaparar tareas burocráticas. Contribuía a consolidar esta relativa libertad de
movimiento la legitimación de su autoridad en la aldea por parte del señor,
que se apoyaba en este estamento para efectivizar el cobro de las rentas.[54]
Pero más allá de los rasgos específicos de la región analizada, en esta
actividad del campesino rico subyace el principio estructural general del
feudalismo de la debilidad de la cohesión social, o sea, la autonomía
relativamente alta de sus distintas esferas socioeconómicas y sociopolíticas,
en las que se incluye la comunidad campesina que autodirige sus condiciones
de existencia.
Se configuraba así un sujeto social que combinaba actividades ganaderas,
agrarias, mercantiles y burocráticas.[55] Por su misma naturaleza, estas
complejas unidades económicas presentan una contradictoria dualidad. En el
desarrollo de sus actividades, se establecía, por un lado, un objetivo de
producción de valores de uso por mediación mercantil, como muestran los
bienes suntuarios consumidos por miembros no privilegiados del concejo,
revelando el agente social un afán por asimilarse a las pautas culturales de los
segmentos superiores urbanos o nobiliarios.[56] La economía del campesino
rico ostenta en este comportamiento una ignorancia sobre el ideal de ganancia
monetaria como objeto de su actividad para buscar beneficios socioculturales
significativos. Pero por otro lado, y en la medida en que este campesino
comercializaba una proporción creciente de excedente, el intercambio
alteraba las bases consuetudinarias de su economía doméstica que
progesivamente pasaba a depender de la circulación, y la producción para
vender se establecía paulatinamente como objetivo. Con los fundamentos de
la «economía campesina» (en sentido chayanoviano), comenzaba entonces a
convivir un esquema de cálculo encaminado a incrementar el capital dinero,
que implicó un principio de variación de la tradicional lógica comunitaria,
con lo cual, y a diferencia de la economía doméstica arquetípica donde el
comercio sólo surge como un subproducto del autoconsumo, se abre paso
aquí de manera paulatina una producción destinada a la obtención de valores
de cambio, y se establecen los fundamentos de la acumulación monetaria.[57]
De esta dualidad de lógicas derivan las dudas de los historiadores para
encuadrar estas empresas como formas tradicionales o como innovaciones
capitalistas.[58] En este campesino rico, la producción mercantil simple,
definida por producción para el mercado con un objetivo de consumo, no era
más que una forma inestable hacia la producción con objeto de lucro, y se
contraponía en este rasgo con el régimen mercantil simple del caballero
villano que era, en virtud de los condicionamientos institucionales, una forma
inmutable. Entre otras cosas, el beneficio que obtenía el campesino rico no
debía ser destinado de manera obligatoria a los expendios del estatus, y
quedaba disponible para ampliar la reinversión productiva.
Esta actividad estaba a su vez sobredeterminada por el rol político que el
señor le asignaba al segmento superior de la aldea. La distribución no
equitativa del tributo, regulada por la elite vecinal, se incorporaba a los
mecanismos de desigualdad comunitaria, desde el momento en que a partir de
un determinado nivel de bienes, cuanto más se ascendía en la escala social
menor era el monto relativo a pagar.[59] Con este procedimiento, el señor se
aseguraba en la aldea la fidelidad de un segmento social que actuaba tanto en
el mecanismo de recaudación como en la domesticación del conflicto, por lo
cual, el privilegio que obtenía de pagar proporcionalmente menos rentas era
un requisito del sistema de dominación.[60] Es por esto que esta distribución
diferencial no debe confundirse con una supuesta disminución de la renta; por
el contrario, es posible que, con el perfeccionamiento del procedimiento
fiscal y las necesidades militares, aumentara su volumen en términos
globales.[61] Es así como el dominio señorial sobre la comunidad, lejos de
debilitarse, se fortalecía por la intermediación del segmento superior
comunitario, y en la medida en que el señor acentuaba su exacción, se
profundizaba la diferenciación social, configurándose un proceso en el cual el
protagonismo de las fuerzas comunales endógenas no debería confundirse
con un supuesto carácter autónomo del movimiento social.[62]
De este mecanismo surgía también una especial forma de vinculación entre
los miembros superiores de la aldea y el conjunto de los moradores signada
por una subordinación política legitimada por el señor. Se comprende la
estratégica importancia de este factor para el nacimiento del nuevo régimen
de producción si se tiene en cuenta que de este campesino rico surgiría el
empresario del paño.[63] Ello se vincula con el hecho de que se reunían en
las aldeas de la zona central castellana (en Segovia, Cuenca, Zamora y
lugares cercanos) las condiciones primarias (acumulación de dinero,
proletarización y autoritarismo local) que posibilitaron la subordinación del
trabajo por el capital. Es decir, se dieron entonces las condiciones para la
metamorfosis del dinero en capital y para el nacimiento de una manufactura
de paños de baja calidad destinados al consumo popular, con variantes que
incluían desde un control meramente externo del mercader sobre productores
independientes, hasta el característico Verlagssystem.[64] Como condición
coadyuvante debe anotarse la debilidad de la industria urbana tradicional y la
ausencia de reglamentaciones gremiales.[65]
Debemos entender entonces a este empresario como algo más que un
simple acumulador monetario dispuesto a invertir en capital variable. Sus
vínculos con la aldea eran extensos y múltiples, no limitados a la esfera
estricta de su empresa, y su accionar económico se impregnaba de
connotaciones culturales y políticas. La convivencia con los moradores
pobres, las relaciones de clientela, el control del mercado laboral y la
dirección política de la aldea, permitían al «señor del paño» resolver el
decisivo problema de la subordinación y la vigilancia del trabajo, cualidades
que están lejos de indicar una disolución de la ancestral interacción comunal
legalmente sancionada (asambleas de concejos rurales, elección de
autoridades, etc.).[66] Es por esto que debe recalcarse la importancia que
adquirió la sólida formación del sector marginal asalariado con residencia en
la aldea para que se concretara la subordinación capitalista del trabajo.
Mientras que las esperanzas del empresario para encauzar al vagabundo bajo
una relación económica regular chocaban con su desordenada indolencia, se
le ofrecía en compensación, en las aldeas, una opción más favorable, la del
asalariado con residencia, que por una parte, ya asimilado como fuerza de
trabajo complementaria en la producción agraria, proporcionaba la mano de
obra apropiada para la producción textil, y por otra parte, en tanto individuo
libre de la dependencia económica señorial, acentuaba su supeditación al
segmento superior aldeano.[67] Es por ello de importancia decisiva para el
nacimiento de la industria rural el hecho de que la elite comunitaria
dispusiese de autonomía para actuar en la subordinación de la fuerza de
trabajo.
A esto se adicionaban una serie de condiciones favorables para el
surgimiento de una nueva rama económica. Si en el trabajo temporal agrario
los marginados residentes adquirían un entrenamiento en la rutina
ocupacional, su desamparo gremial y el sometimiento a una relación
personalizada, donde el empleador gozaba de derechos de coacción física,
abrían el camino de la sobreexplotación con ritmos de trabajo intensos y
reducción salarial.[68] Con la industria textil, la falta de agremiación de estos
trabajadores se perpetuó, y el conflicto social adquirió una connotación
individualizada que desdibujaba el antagonismo entre clases.[69] Pero
además, con el asalariado residente se resolvía un aspecto estructural del
primer capitalismo productivo, que requería un trabajador establecido en una
unidad doméstica con un mínimo de medios, instituyéndose así una
continuidad parcial con la forma de producción tradicional.[70] En esta
persistencia del antiguo modo material de producción se expresa la
inmutabilidad precapitalista de las fuerzas productivas en la primera
transición, y ello se corresponde con la debilidad de la inversión en capital
fijo en relación con el capital circulante.[71] Esto último es un aspecto más
que permitió la transformación del campesino rico en empresario del paño, ya
que en sus comienzos la industria rural requirió un capital monetario
relativamente modesto. Por último, con la manutención del marginal
asalariado en los intersticios comunitarios y en su pequeña tierra propia, se
daban las premisas materiales para que la sobreexplotación pudiera realizarse,
y como sostiene el análisis clásico, desde Adam Smith en adelante, con esa
base económica se eximía al empresario de pagar por el total de la
reproducción de la mano de obra.
A pesar de todas estas condiciones favorables para que el empresario
ejerciera un estrecho control coercitivo sobre la mano de obra, la disciplina
laboral estuvo lejos de resolverse en forma totalmente satisfactoria: el
trabajador pobre, que había hecho del hurto un complemento de vida,
difícilmente permutaba radicalmente su conducta en el nuevo marco
productivo.[72] En el período nos limitamos a observar los inicios de un
escollo que se interponía a la creación de valores de cambio, y que iba a
desplegarse como problema económico y social a lo largo de la llamada
acumulación originaria de capital.

COEXISTENCIA ENTRE FEUDALISMO E INDUSTRIA


RURAL
Este análisis remite entonces a una dinámica estructural que se traduce en
una compatibilidad originaria entre sistemas de producción diferentes. Esta
concurrencia de lógicas diferenciadas se revela por una parte en el interior
mismo de la aldea, donde el objetivo de obtención de valores de cambio, que
rige al empresario pañero, coexiste con las formas tradicionales campesinas
orientadas hacia la obtención de valores de consumo. Por otra parte, el mismo
criterio de articulación entre sistemas diferenciados permite comprender,
desde una doble perspectiva práctica y teórica, la existencia de un sector
limitado de producción capitalista en el seno de una totalidad dominada por
el régimen feudal de producción. Desde el momento en que el semiproletario
del Verlagssystem se originaba en el campesino que por falta de recursos
había caído por debajo del mínimo para tributar, su trabajo para el mercader
empresario no afectaba a la renta del señor, que aceptaba la nueva forma de
producción no cualificada de las aldeas, e incluso la alentaba, ya que
recuperaba con el impuesto a la circulación del paño lo que había perdido por
exacción directa.[73] Esta circunstancia, que aumenta el volumen de la renta,
permite comprender que lugares como Segovia y Cuenca fueran
simultáneamente ámbitos de industria rural a domicilio y de tributos
señoriales sin encuadrarse en zonas marginales.[74] Por consiguiente, de
ninguna manera supone esto una disminución de los controles
jurisdiccionales de las aristocracias urbanas, que siguieron garantizando la
percepción de los tributos, entre ellos los que gravaban la compra-venta de
mercancías.[75] En más de un aspecto, aquí se manifiesta la continuidad de
antiguas prácticas de los señores que protegían actividades económicas
secundarias y terciarias en busca de mayores rentas.[76]
En otros aspectos, la industria rural a domicilio se veía favorecida por
prácticas consuetudinarias que se combinaban con nuevas formas sociales.
Cuando esta manufactura incorporaba de manera creciente la mano de obra
femenina para la producción del hilado, es posible que se basara en una
tradición general de mujeres campesinas que trabajaban para pequeños
mercados locales.[77] Por su parte, los jóvenes segregados de la unidad
doméstica campesina, pero no desplazados a la condición de vagabundos,
podían encontrar en estos primeros talleres alternativas de existencia.[78]
También las aristocracias urbanas aportaron su contribución al nuevo
régimen económico mediante un flujo de créditos hacia los empresarios
fabricantes,[79] con lo cual adquiere una cierta relevancia para la
comprensión de los mecanismos específicos que en la región posibilitaron el
nacimiento del nuevo sistema, la existencia de un régimen de producción
mercantil simple en manos de los caballeros villanos. Otras condiciones eran
concurrentes para que se consumara este desarrollo, como el ganado lanar en
la aldea o cursos de agua adecuadamente preparados.

UNA COMPRENSIÓN DE TOTALIDAD


En el caso que aquí se estudió, la industria rural a domicilio no se origina en
la declinación del feudalismo, sino en un contexto de adaptación económica
de los señores a las condiciones tardomedievales. El problema consistió en
analizar cómo la reproducción de la relación feudal dominante originaba las
condiciones de génesis del nuevo sistema. Con la producción de excedentes
primarios (especialmente lana) destinados a mercados externos, surgía una
situación dual, de polarización social en las aldeas y de preservación del
régimen señorial.[80] La creciente privatización del espacio, llevada a cabo
por la nobleza y los caballeros urbanos para obtener un excedente primario
que se realizaba en el mercado, afectó a los mecanismos de reproducción de
la economía doméstica. El empobrecimiento campesino se presenta así como
parte del coste social inherente a un reordenamiento productivo, que elevaba
el porcentaje de tierras destinadas a generar bienes comerciales frente a los
espacios destinados a la subsistencia. A esto se sumaban efectos propios del
régimen feudal que coadyugaron al proceso de polarización social en las
aldeas, como el nivel fijo de la renta señorial contrapuesto a las fluctuaciones
de la economía doméstica o el constreñimiento jurisdiccional conducente a
una proletarización por medios políticos. En estas condiciones, la
reproducción del feudalismo generó efectos secundarios disfuncionales (no
una crisis estructural) de génesis capitalista, evidenciándose así una única
racionalidad que, afirmando al señorío, establece un principio de su negación.
El problema teórico que subyace en este análisis consiste en comprender
que los aspectos contradictorios del funcionamiento del modo feudal de
producción se originan en la oposición entre la señorialización
tendencialmente creciente del espacio y los mecanismos de reproducción
campesina, con lo cual toda la cuestión estriba en observar la pareja de
estabilidad-modificaciones de las relaciones de propiedad sobre la tierra con
independencia del esquema maltusiano, en la medida en que la parcelación de
la tenencia no se dio en un contexto de sobrepoblación.
Este resultado de la dinámica feudal tuvo como presupuesto condiciones
específicas que se dieron en determinados ámbitos regionales, en particular,
en aquéllos donde las elites aldeanas gozaron de una relativa libertad de
acumulación y donde el campesino pobre quedaba exento de tributación. Esa
libertad no representó, por otra parte, un síntoma de debilidad del señorío
sino una de las condiciones de su existencia, desde el momento en que el
segmento superior de las comunidades era un factor decisivo para garantizar
el control microsocial y con ello la regularidad de la renta. Las nuevas
relaciones de producción fueron en parte una consecuencia de efectos no
intencionales de las relaciones de coacción y de propiedad del feudalismo, es
decir, de una evolución estructural independiente de la fase particular del
ciclo demográfico, y en parte una consecuencia de la voluntaria orientación
hacia la producción de valores de cambio que adoptó el segmento superior de
la aldea como respuesta a las nuevas condiciones estructurales.[81]
Esta articulación entre el sistema feudal y el nuevo régimen económico no
debe entenderse, sin embargo, de manera abstracta y formalista. Esto
significa que la compatibilidad inicial entre feudalismo e industria rural
(compatibilidad que presenta la renta como la razón global del feudalismo) se
transforma, en el acaecer histórico, en una oposición entre los objetivos de
acumulación del empresario y el marco sociopolítico dominante. El régimen
tributario, en virtud del cual los señores aceptan y estimulan en un principio
la industria rural, se manifiesta, en el mismo proceso, como un
condicionamiento negativo para la nueva manufactura.[82] De la misma
manera fueron factores contrarios al desarrollo del nuevo sistema, la
exportación de lanas o la importación de manufacturas externas. Contra este
conjunto de condiciones se pronunciaron los empresarios del paño, desde
comienzos del siglo XV hasta culminar en la revolución de las comunidades
castellanas de 1520-1521.[83] La derrota de las comunidades decidió la
posterior historia económica de Castilla. Con abstracción de otros factores,
como la incidencia de los mercados externos, los tributos que gravaban la
circulación mercantil (un símbolo elocuente del entorno feudal) fueron un
factor de bloqueo de la industria rural a domicilio castellana, y esto se reflejó
en la manufactura de paños de Segovia y de Cuenca que, si bien alcanzó un
pico de crecimiento hacia la primera mitad del siglo XVI, sufrió desde
entonces, y hasta principios del XIX, estancamiento e incluso retroceso.[84]
La precisión interesa por los problemas interpretativos.
El estudio de la primera transición del feudalismo al capitalismo ha
discurrido por dos carriles irreconciliables, que podemos denominar como la
dinámica estructural o la lucha de clases. El primero está representado por
Guy Bois, y es el que deparó nuestra atención en este estudio, y el segundo
por Robert Brenner. La observación del proceso histórico real en el campo de
estudio aquí delimitado permite articular las dos perspectivas. Enunciado el
problema como secuencia, obtenemos un cuadro de proposiciones
interconectadas que, si por un lado tienen el inconveniente de reiterar ciertos
conceptos, por otro lado permiten obtener una visión sintética de conjunto.
La explicación del conflicto de clases no es por sí misma evidente. La razón
es sobriamente empírica: la lucha de los campesinos medievales tuvo una
fase secular deprimida, desde los siglos VIII o IX hasta mediados del siglo
XIV. La lucha de clases se nos presenta así atada al movimniento del
feudalismo.
Los análisis historiográficos, en especial los de Rodney Hilton, han
establecido una circunstancia que mostró también el escenario castellano: los
programas de transformación revolucionaria del feudalismo no surgieron del
campesino pobre o medio, sino del campesino rico, que era también un
acumulador capitalista. El problema consiste entonces en examinar el origen
del sujeto transicional, o sea, de una estructura de clases que no puede
explicarse, como sostiene Brenner, en sus propios términos.[85]
Necesariamente la atención debe dirigirse hacia el movimiento de la
estructura. Ésta fue la preocupación de Guy Bois, que concibe una única
lógica de funcionamiento y de transformación. Reconocido su mérito,
agreguemos de inmediato que su fallo estuvo en el esquema homeostático
maltusiano y ricardiano.
Liberados de esa prisión conceptual por la riqueza del objeto real en su
facticidad, constatamos que es la dinámica feudal la que crea el nuevo
sistema por una causalidad que hunde sus raíces en relaciones de propiedad y
de apropiación del excedente. Ese mismo núcleo problemático permite
comprender la crisis de autosubsistencia campesina, que, sumada a factores
exógenos como la peste, dio una mortalidad catastrófica. La explicación
remite a los fundamentos del modo de producción. El nuevo régimen
económico surgía entonces en compatibilidad genético-estructural con el
régimen dominante, y con ello aparecía el sujeto de la transformación. Esa
compatibilidad fue también la causa de la incompatibilidad. Ante el
empresario capitalista se abría la alternativa de la acción para liberarse de
todo el entramado sociopolítico y socioeconómico que restringía su
desarrollo. El movimiento de la estructura y el movimiento del sujeto no son
pues dos polaridades que se excluyen mutuamente. Por el contrario, entran en
el drama de la llamada acumulación originaria con roles protagónicos
diferenciados en escenas diferenciadas.
Con el sujeto de la transición, las condiciones de la lucha de clases se
resuelven en condiciones cualitativamente distintas, en lucha política. Ahora
todo se dirime no sólo por la correlación de las fuerzas de clases, sino
también por circunstancias accidentales. La historia es el campo de la más
estricta necesidad y de la más aleatoria contingencia. Es la negación del
indeterminismo irracional y de la determinación teleológica. No es ésta una
premisa teórica, sino una fórmula que conceptúa las divergentes trayectorias
históricas.
En Inglaterra, los acumuladores capitalistas que se rebelaron en 1381
terminaron por obtener sus reivindicaciones en la centuria siguiente.
Inglaterra lograba así una posición excepcional en la marcha al capitalismo, y
ello se habría debido al resultado del conflicto, sin incidencia de una crisis de
la clase dominante.[86] Un círculo de explicaciones políticas, que en cierto
momento se imaginaron, deberían abandonarse: los señores ingleses no
sufrieron pérdidas con la prolongada guerra con Francia ni se empobrecieron
con la guerra entre los York y los Lancaster (Thomson, 1995, pp. 70-71). En
Castilla, por el contrario, la derrota de los empresarios del paño llevó a un
prolongado bloqueo del desarrollo capitalista. Una vez más, comprobamos
que la riqueza de las situaciones reales disuelve la rigidez del esquema.

[1] Para algunos autores el Verlagssystem es una forma de transición a causa del
desajuste entre relaciones sociales capitalistas y fuerzas productivas precapitalistas. Para
otros, aun cuando el empresario controla el acceso al mercado, en la medida en que el
trabajador controla la producción, constituía un estadio feudal con gérmenes del nuevo
modo de producción. En el presente estudio se considera que fue la primera forma de
producción capitalista: si bien el capital no ha modificado el conjunto de la producción y
predomina la plusvalía absoluta, una parte de los medios de producción se han
transformado en capital y el objetivo es el acrecentamiento del valor. Es lo que Marx, 1971,
denominó la subsunción formal del trabajo por el capital, que constituye «... la forma
general de todo proceso capitalista de producción, pero a la vez es una forma particular
respecto al modo de producción específicamente capitalista» (p. 54).
[2] Marx, 1976-1977, 1: «In England war die Leibeigenschaft im letzten Teil des 14.
Jahrhunderts faktisch verschwundem» (p. 744).
[3] Dobb, 1975, pp. 51-105. Publicado originalmente en 1947, asimilaba una tradición
que se había continuado en Mantoux, 1928, pp. 208-209 ó Coornaert, 1930.
[4] Kriedt , Medick, y Schlumbohm, 1986, pp. 19, 30-57, 306, en los lugares donde los
señores feudales y los municipios disponían de poder coactivo impidieron o retrasaron el
desarrollo de las manufactureras.
[5] Seccombe, 1995: «Proto-industrial production thus tended to mushroom in pastoral
areas of weak manorial control and poor soil, in upland and moorland zones, where poverty
was endemic and underemployment acute» (p. 183). Epstein, 1992, 1991, establece una
relación entre cambio institucional y posibilidad de industria rural. Dyer, 2000b, bajo la
premisa de que un campesinado liberado podía ser la base del trabajador asalariado,
resume: «A numerous body of yeomen, farmers and clothiers were produced by the
peculiar combination of low population, falling landlord incomes and expanding rural
clothmaking that recurred after 1348/9 and especially after 1400» (p. 327). También
Soboul, 1976, «... c’est le processus particulier de la dissociation de l’économie féodale, ou
(mais c’est l’aspect fondamental du même phénomène) le mode de différentiation de la
paysannerie, qui a déterminé les traits les plus caractéristiques de la formation et de la
structure du capitalisme dans chaque pays» (p. 11).
[6] Ogilvie, 1996a, pp. 28-30; 1996b, pp. 123-125 y 130-131; 1997, pp. 40-42 y 403 y
ss.; Myska, 1996, pp. 188-207; Rudolf, 1985.
[7] En Castilla tuvieron industria doméstica lugares como Riaza y Sepúlveda, pero de
esto no informan las colecciones diplomáticas sino documentos accesorios: García Sanz,
1977, pp. 210-211. No es casual entonces que los historiadores conocieran la existencia de
Verlagssystem en Castilla sólo a partir del estudio de Iradiel Murugarren, 1974. Sobre otras
regiones, Zell, 1994: «It is dificult to discover much about the Wealden woolen industry
during its formative stages, but scattered ulnagers’ accounts show that broadcloths were
being produced in the villages of the central Weald by the mid fifteenth century» (p. 7).
[8] El primer objetor de este fallo fue Kominsky, 1957, crítica que luego reiteró Brenner.
[9] Cortes de 1351, 1369, 1419; Geremek, 1974. Sobre el modelo de matrimonio, Laslett,
1987, capítulo 4; Pérez Moreda, 1980, p. 55. A pesar de que la mayoría de los autores
acepta que el modelo se generalizó desde el tardo medioevo, pudo haber anomalías
regionales y debe tomarse este indicador cautelosamente, sobre esto, Barbagli, 1988 y Razi,
1993. La edad de casamiento estaba ligada a las posibilidades de instalación. Al respecto,
ver comparativamente la situación que describe Gaunt, 1998, pp. 325-327: Finlandia fue el
único país de Escandinavia donde hubo, en la Baja Edad Media, temprana edad de
casamiento (en el resto se dio lo que el autor llama el modelo occidental), excepción
relacionada con tierras disponibles para la instalación y que dio por resultado una alta tasa
de crecimiento demográfico. Es la misma situación de casamiento precoz de la mujer que
se dio en el dominio carolingio en fase expansiva; al respecto, Toubert 1986, 1990. El
estudio comparativo también objeta, por otra parte, la teoría, según se desprende de Razi,
1981: en Inglaterra, en determinadas comunidades, como en el manor de Halesowen, al
oeste de Birmingham, mientras que en la fase anterior a la peste (1250-1350), con
crecimiento poblacional y escasez de tierras había estabilidad de la posesión campesina y
determinadas prácticas obstaculizaban la diferenciación de la comunidad por sobre
acumulación de los kulaks, la polarización social creció entre 1350 y 1430.
[10] En sentido interpretativo general, Hatcher, 1994, «Landholding not only played a
major part in the determination of the quantities of food which needed to be purchased or
could be sold, it was also a prime influence on the amount of time that could be spared for
casual labouring or the amount of help that needed to be hired» (p. 25).
[11] Puyol y Alonso, 1904, pp. 248-249, en El Espinar (Segovia) la unidad de producción
debía tener cuatro obradas; la obrada = 0,4 hectáreas, o sea una huerta. Duby, 1973, p. 46,
la superficie para una familia era de 120 acres o 120 jornales. Para Pounds, 1981, pp. 194-
195, el mínimo serían 10 hectáreas, lo que sumado a huertas, prados y bosques, daría que
para una comunidad de 50 fuegos se requerían no menos de 10 kilómetros cuadrados.
Furió, 1998, p. 29: en las tierras valencianas que se repoblaban a partir de la reconquista la
medida, que se puede considerar más apropiada, era de 9 hectáreas. Los campesinos tenían
conciencia de que su reproducción dependía de los comunales, como se ve en del Canto de
la Fuente, Corbajo Martín y Moreta Velayos, 1991, Ordenanzas de Zamora, tít. 87, año
1448, p. 69.
[12] Del Ser Quijano, 1987, docs. 5, 6, 7, 36, 62, 63; Sáez, 1956, doc. 122; Esteban
Recio, 1989, p. 174; Moreta y Vaca, 1982, p. 363; Cabrillana, 1969, pp. 279 y ss.; Sáez,
1953, títs. 30, 109. La carencia de tierras con sobremortalidad, del Ser Quijano, 1987, doc.
1. En el siglo XIII cuando se llegaba al máximo crecimiento poblacional había poca
densidad, vid., Barrios García y Martín Expósito, 1983, pp. 113 y ss.; Villar García, 1986,
pp. 279 y ss.; Sánchez Benito, 1994, pp. 25 y ss.; Fernández Alcalá, 1991, doc. 22; Sáez,
1956, doc. 17.
[13] Del Ser Quijano, 1987, docs. 9, 15, 22, 36, 77; Barrios García, Luis Corral y Riano
Pérez, 1996, doc. 23; Luis López y del Ser Quijano, 1990, docs. 13, 55, 67, 70, 71; Barrios
García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, docs. 19, 20, 41, 44, 164, 166, 167, 168,
169; Sáez, 1956, docs. 16, 40; de Foronda, 1917, leyes 21, 38, 62, 113; Riaza, 1935, p. 479;
Mem. Hist. Esp. 1, doc. CII; Sáez, 1953, tít. 169; Castro, y de Onis, 1916, Fuero de
Salamanca, tít. 72; Luis López, 1987a, doc. 65; Lacreu, 1998, pp. 95 y ss. En Cuenca los
caballeros apremiaban a los labradores para que les vendieran comunales, ver Cabañas
González, 1982, p. 394.
[14] Álvarez Llopis, Blasco Campos y García de Cortázar, 1994, doc. 93, p. 129; López
García, 1990, pp. 27 y ss.; 45 y ss. Por otro lado, la productividad descendente en tierras
marginales es difícil de compatibilizar con la historia de los cistercienses (sobre esta orden
en Castilla, Álvarez Palenzuela, 1978). Se recuerda que estos monjes llegaron tarde al
reparto de tierras debiendo conformarse muchas veces con áreas marginales, recibieron
donaciones pequeñas de señores que sufrían el pleno fraccionamiento del poder político, y
los mismos monjes, por razones doctrinales, acentuaron su aislamiento. Nada de esto
impidió que con una organización muy racional de la economía lograran altos
rendimientos.
[15] Gerbert, 1991: «Dans les terres peuplées, les usurpateurs s’emparèrent de maisons
mais empêchaient quiconque de construire, de même que leurs ancêtres avaient naguère
favorisé les désertions de villages en évinçant les habitants. En effet, un village ou un
hameau ne rapportait à son seigneur que 500 à 600 mrs par an (à raison de 24 mrs par
vecino: feu) mais, dépeuple, transformé en dehesa baillée à ferme por l’élevage,
eventuellement les cultures, il pouvait rapporter, en 1496, de 30.000 à 40.000 mrs. par an»
(p. 27). También, Barrios García, 1995. Para Castilla la teoría maltusiana no es adecuada:
Monsalvo Antón, 1992b; Pastor de Togneri, 1983; M. A. Ladero Quesada, 1995; González
Jiménez, 1995. Para la reestructuración agraria en el área oriental de la Península Ibérica,
ver Furió, 2004, pp. 196 y ss. Ídem, dice que «... a partir del segle XV, pels seus elevats
rendiments i substituir amb avantatge l’antiga hegemonia cerealista i a transformar
profundament el paisatge agrari en algunes comarques» (p. 213). Sobre la influencia del
mercado en el ordenamiento productivo inglés tardo medieval, en un marco conceptual
crítico con la teoría de Ricardo de rendimientos decrecientes, ver Campbell, 1995.
[16] Las reservas señoriales de pastos impedían la ocupación de despoblados, como
ejemplo, Martínez Sopena, 1985, ap. doc., p. 825. Ídem, pp. 80-81 y 114-116, describe la
reproducción espacial de la unidad campesina. Luis López, 1987b, p. 378, en Piedrahíta se
concede a los nuevos matrimonios el derecho de «cerrar un pradillo». Barrios García, Luis
Corral y Riano Pérez, 1996, doc. 23 de 1432, p. 54, cuando el delegado del señor toma
tierras, prohíbe utilizarlas a los vecinos; del Ser Quijano, 1995, doc. 33, de 1486, por falta
de dehesas para los animales nadie quería vivir en Arévalo. El despoblamiento realizado
por el señor en Luis López y del Ser Quijano, 1991, pp. 749, 750 y 751.
[17] Propiedad fraccionada en Vaca Lorenzo, 1988, docs. 154, 170, 176, 194, 220; Sáez,
1956, docs. 123, 124, 125, 126, 127, 128, 129, 132, 133, 145, 150; Luis López, 1987b, p.
381. El mínimo era una cantidad variable de bienes; Rodríguez Fernández, 1990, doc. 44
de 1222, «Iugarius de quarto non pectet» ; Castro y de Onis, 1916, en Salamanca la valía
mínima para tributar era 10 mrs.; Luis López, 1987b, pp. 184-185, al morador que sólo
tenía casa, bueyes para arar, una vaca, ropa de cama y vestido no pagaba.
[18] Sáez, 1953, tít. 112; Marqués de Foronda, 1917, ley 2 ; Ureña y Smenjaud,1935, tít.
32,2. Villar García, 1986, p. 501; Santamaría Lancho, 1983. Para un lugar de señorío
privado fuera del área, Fernández Conde, Torrente Fernández y de la Noval Menéndez,
1987, docs. 33, 44, 118.
[19] Esto fue indicado por Brenner y destacado por Wood, 1999, pp. 53 y 95, como rasgo
general de las condiciones de la transición al capitalismo.
[20] Del Canto de la Fuente, Corbajo Martín y Moreta Velayos, 1991, títs. 33, 39. Hacia
1575-1580 esta tendencia continuaba, ver Salomón, 1973, p. 140. El rey enviaba jueces
que, en general, fallaban a favor de los campesinos. En otros lugares, donde no había una
motivación económica impulsando la privatización del espacio, actuaron mecanismos
maltusianos, ver Sebastián Amarilla, 1992, pp. 257-258.
[21] Puede considerarse como un ejemplo entre muchos el caso de Segovia, de donde
provienen muchos testimonios de trabajo asalariado y que al mismo tiempo tenía poca
densidad de pobladores, según se desprende de documentación de 1392, al respecto, de
Colmenares, 1969, p. 177.
[22] La explicación de Dobb, 1975, en su capítulo sobre declinación del feudalismo, de
que habían crecido los gastos de lujo y de guerra de la nobleza así como el número de sus
miembros, no son convincentes. Si esas variables se orientaban al alza, también creció la
demografía campesina, la intensidad del trabajo y el producto.
[23] Gaibrois de Ballesteros, 1922-1928, t. 3, doc. 347; Ruiz Gómez, 1990, p. 80. Cortes,
t. 3, p. 83.
[24] Cortes 1308, art. 12, p. 325. La preocupación por no afectar al nivel productivo en
Cortes de 1288, p. 105; de 1293, pp. 111-112 y 121-122; de 1301, pp. 146-147; Chacón
Gómez Monedero, 1998, doc. 26 de 1286. Muestra una racionalidad calculadora, García
Luján, 1996, pp. 99, 106, 108, 109, 110, 111, 118, 119.
[25] La situación general se expresa en muchos testimonios, como las Cortes de 1351 o
de 1367; de Colmenares, 1969, p. 445; Rosell, 1953, Crónica de Alfonso XI, pp. 197, 257 y
Crónica de Pedro I, p. 461.
[26] En este punto el estudio se diferencia de la proposición de Blanchard, 1977.
[27] Alonso Martín y Palacio Sánchez Izquierdo, 1994, pp. 90, 92, 93, 115, 158. Sobre el
problema general, ver Bresc, 1986b, p. 388.
[28] El debilitamiento se muestra en la rebaja del tributo para viudas y huérfanos, Alonso
Martín y Palacio Sánchez-Izquierdo, 1994, pp. 110, 177, 196, 197. Compra de tierras a
viudas, Luis López y del Ser Quijano, 1990, docs. 40, 47, 53. Sánchez Benito, 1994, p.
134, hubo un 30 por ciento de viudas entre los vendedores de tierras en Cuenca en el siglo
XIV. Los huérfanos sufrían también serias consecuencias, ver Franco Silva, 1991, p. 122;
Fernández Alcalá, 1991, docs. 5, 19; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Qujano,
1988, doc. 3.
[29] Muchos pastores eran jóvenes, ver Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 75; de
la misma manera se ven aprendices de oficios o sirvientes. Dupaquier, 1988:
«l’adolescence constituait une sorte de purgatoire rappelent les épreuves des jeunes oiseaux
privés de nids par les sujets adults» (p. 59).
[30] Dopsch, 1986, p. 432; Fourquin, 1975, p. 347. Hubo una progresión general del
campesino sin tierras, según Lis y Soly, 1979, p. 15, hacia 1300 entre el 40 y el 60 por
ciento del campesinado de Europa occidental tenía tierras insuficientes para mantener a la
familia. Los campesinos se diferenciaban también por los animales: a) sin bueyes, b) con
uno solo, c) con yunta, d) con caballo; sobre esto, Rodríguez, 1984 passim.
[31] Pérez Celada, 1988, doc. 101; Álvarez Palenzuela, 1978, p. 60; Martínez Sopena,
1985, pp. 242-243. No debe olvidarse el factor político represivo. En Mallorca, la pérdida
de tierras del campesino se intensificó con las represalias que siguieron a la revuelta de
1454 y se tornaría aguda con la represión posterior al estallido de las germanías de 1521-
1523; ver al respecto Furió, 2004, pp. 214 y 224.
[32] Da Graca, 1996. Es necesario multiplicar los estudios comparativos para establecer
el origen del asalariado y las variantes de su inserción funcional en la economía. Sobre
esto, Vasallo, 1996.
[33] Álvarez Llopis, Blasco Campos y García de Cortázar, 1994, docs. 165, 182, 183,
188, 190, 191.
[34] Fernández Conde, Torrente Fernández y de la Noval Menéndez, 1987, docs. 33, 44,
118.
[35] Gautier Dalché, 1982a; Gibert, 1953; Ureña y Smenjaud,1935, Fuero de Cuenca
cap. X.
[36] Cortes de 1329, pp. 410-411; Alonso Martín y Palacio Sánchez Izquierdo, 1994,
Padrones de Bureba, p. 179.
[37] Cortes de 1351, pp. 19-20; de 1369, pp. 164-165; Geremek, 1991, passim; Grice
Hutchinson, 1982, pp. 176-179 y 184-186; Martz, 1983, pp. 67 y ss.
[38] En las Cortes de 1351, p. 76, relación entre marginados y asalariados. También,
Cortes de 1369 y Ordenamiento de 1387. Para los marginados urbanos en otro ámbito,
Geremek, 1976.
[39] Cortes de 1435, pet. 38; de 1379, pet. 30; de 1469, pet. 23. López Alonso, 1986, p.
572, la pena para vagabundos era la misma que para los ladrones. Geremek,1991, la no
asimilación de estos vagabundos fue un problema generalizado desde la Baja Edad Media y
durante la Época Moderna; en lo que respecta a España, su rechazo al trabajo será un tópico
literario.
[40] En este aspecto debe revisarse el relato de Marx en El Capital sobre la acumulación
originaria, aunque el sentido general del proceso sobre el campesino desposeído como
condición del capitalismo es el aspecto central vigente. Desde el punto de vista conceptual
sobre esto, Seccombe, 1995.
[41] Situación representada en el área y también en otras zonas, ver Muñoz y Romero,
1857, p. 521; Rodríguez Fernández, 1990, doc. 9, tít. 10; doc. 44; Castro, y de Onis, 1916,
Fuero de Zamora, tít. 67; Fuero de Ledesma, títs. 337, 340, 342, 328, 329; Luis López y del
Ser Quijano, 1990, doc. 13; Sáez, 1953, tít. 131; de Hinojosa, 1919, doc. CV; Rodríguez
Fernández, 1990, doc. 7; del Ser Quijano, 1987, doc. 36 p. 90; doc. 45, p. 112; Franco
Silva, 1991, pp. 131, 136, 139, 140, 124; Pérez Celada, 1988, doc. 97, p. 186.
[42] Riaza, 1935, pp. 475, 483, 484; Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 92, p. 413;
Castro y de Onis, 1916, Fuero de Ledesma, tít. 257; de Foronda, 1917, ley 18; del Ser
Quijano, 1987, docs. 12, 14, 22, 25, 23, 27, 28; del Canto de la Fuente, Corbajo Martín y
Moreta Velayos, 1991, Ordenanzas de Zamora, tít. 7, p. 32; Mem. Hist. Esp., 1, doc. LXVI,
p. 256; Sáez, 1953, tít. 131; Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988,
docs. 19 y 158. Calderón Ortega, 1989, p. 200, plantar hortalizas era un hecho generalizado
que se
extendía por los comunales.
[43] Álvarez Llopis, Blasco Campos y García de Cortázar, 1994, doc. 398, p. 568.
[44] Castro, y de Onis, 1916, Fuero de Zamora, títs. 57, 68; Fuero de Alba de Tormes,
títs. 76, 115, 138; Ureña y Smenjaud, 1935, Fuero de Cuenca., títs. 36,7; 36,8; 38,1; 43,16;
Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 13; Sáez, 1953, tít. 129; Sánchez Benito, 1991,
pp. 415-416.
[45] Riaza, 1935, pp. 472 y 485.
[46] Los campesinos sin bueyes debían alquilarlos; un año de mala cosecha hacía peligrar
su subsistencia por imposibilidad de afrontar el arriendo, ver Luis López, 1987a, doc. 125
de 1529.
[47] Es lo opuesto de lo que dice Britnell, 1996. Reconoce que si bien después de la
Peste Negra, las rentas y los salarios en Inglaterra se realizaron de manera cada vez más
contractual, y la industria textil hacia finales del siglo XV presentaba signos de una
creciente dependencia del empresario mercader del paño, cree que se ha sobrestimado el
proceso de transición al capitalismo. Razona en términos cuantitativos, sin advertir el
significado cualitativo y la potencialidad de cambio estructural que el nuevo régimen
implicaba. Dice que estos desarrollos, «... cannot have affected more than a few thosand
people by 1500. Within the terms of Marx’s own ideas, the emphasis that has long been
placed upon the late Middle Ages as a period of transition from feudalism to capitalism
lacks adequate foundations, and seriously misrepresents the magnitude of earlier change»
(p. 234).
[48] Asenjo González, 1984, 1990, p. 806; Ginestet, 1998; Monsalvo Antón, 1988, pp.
127 y 128; Martín Cea, 1991, p. 149; de Moxó, 1978, pp. 165 y ss.; 1979, pp. 429 y 430;
Barrios García, Monsalvo Antón y del Ser Quijano, 1988, doc. 67; Cortes de 1422, p. 144.
Bernal Estévez, 1989, pp. 207-209, padrón fiscal de Benavente de 1486: tributarios
mayores: 26,42%; medianos: 9,35%; menores: 52,71% y no tributarios: 11,50%
(incluyéndose en este último escalón un ínfimo porcentaje de privilegiados).
[49] La forma primitiva de comunidad analizada en detalle en Astarita, 1993.
[50] Por consiguiente, estamos ante una forma de señorío jurisdiccional que favorece
tendencialmente el desarrollo capitalista. Esta conclusión se opone a la tesis de Comninel,
2000, que plantea que el señorío banal fue un obstáculo para el desarrollo del capitalismo.
Basa su análisis en las diferencias entre Francia, con señorío banal, e Inglaterra, donde
predominaba el manor. En Castilla es posible que el dominio tradicional (equivalente al
manor), por el contrario, no haya favorecido la diferenciación social de las comunidades y
la división del trabajo.
[51] Cortes de 1537, p. 677; de Foronda, 1917, ley 67; Esteban Recio, 1989, pp. 26 y 27.
[52] Barrios García, Luis Corral y Riano Pérez, 1996, doc. 32; del Ser Quijano, 1995,
doc. 30; Sáez Sánchez, 1991, docs. 156, 170, 171, 172; Luis López, 1987a, doc. 14; Sáez,
1953, doc. 12; Diago Hernando, 1993b, pp. 125 y ss.; Casado Alonso, 1987, p. 523.
[53] Abel 1978, pp. 52 y ss. En la búsqueda de razones contingentes o específicas de
diferenciación debe procederse con plasticidad. Por ejemplo, en áreas donde prevalecía la
no división de la herencia, con precios agrarios en crecimiento, salarios en declinación y
obligaciones señoriales fijas, las elites campesinas podían prosperar, como lo hicieron en
partes de Alemania en el siglo XVI. Sobre esto, Robisheaux, 1998, p. 123.
[54] El estudio de la función política de los tributarios ricos en el capítulo 4.
[55] Espoille de Roiz, 1982, p. 220; Diago Hernando, 1989, pp. 46 y ss.; Asenjo
González, 1986, pp. 302 y ss., 340 y ss.; Martín Cea, 1991, pp. 148 y ss.; García Sanz,
1987, pp. 86-87.
[56] Asenjo González, 1996a, pp. 137-139. La prohibición para los no privilegiados de
consumo suntuario es constante, por ejemplo, Cortes, t. 3, p. 344.
[57] Esta potencialidad acumuladora diferencia radicalmente a los tributarios ricos de los
caballeros urbanos, cuya imposibilidad de ser agentes de transformación se ha tratado en el
capítulo 1. Se verifica con esta comparación que el comercio genera sistema capitalista sólo
en determinadas circunstancias estructurales y políticolegales.
[58] Por ejemplo, Glennie, 1988, pp. 29-30, tratando la misma cuestión para el
acumulador inglés.
[59] Asenjo González, 1985; Monsalvo Antón, 1988, p. 252; Diago Hernando, 1993a,
pp. 243 y ss.; Ladero Quesada, M. F., 1991, p. 242; Barrios García, Monsalvo Antón y del
Ser Quijano, 1988, doc. 67; Chacón Gómez Monedero y Martínez Escribano, 1994, p. 69.
La recaudación daba lugar al fraude y se favorecía a la elite aldeana, ver Bartolomé
Herrero, 1995, p. 344.
[60] Ver capítulo 4.
[61] Los tributos en Grassotti, 1967, pp. 135-137; Ubieto Arteta, 1961, docs. 21, 30, 32,
34, 54, 55, 93; Sáez, 1953, títs. 203, 223; de Colmenares, 1969, p. 437; Sáez, 1956, docs.
29 y 75; Marques de Foronda, 1917, leyes 43, 45, 46; Ubieto Arteta, 1959, ley 10a; Casado
Alonso, 1990, pp. 289 y 297. Esto originó conflictos, ver Ubieto Arteta, 1961, doc. 17.
[62] En otros marcos analíticos se ha propuesto una visión estrictamente autocentrada de
la diferenciación económica de la comunidad, desligando la evolución de la tensión social
entre señores y campesinos. Al respecto, Glenie, 1988, pp. 14-20.
[63] Es difícil determinar el origen social de estos empresarios, pero las indicaciones
llevan a establecer que nacen de los tributarios ricos, ver Cabañas González, 1978, pp. 56,
57, 71, 76; Ruiz Martín, 1966, p. 102; García Sanz, 1987, ap. doc. 2 ; en Madrid los
tributarios tenían oficios textiles, Millares Carlo y Ardiles Rodríguez, 1932, pp. 81, 173,
246, 349. Lo mismo se ve en otras regiones, ver Kellembez, 1963, p. 840; Dyer, 2000b, p.
325, y en especial, Zell, 1994, pp. 189 y ss. Esta tesis se confirma por la interpretación
general del proceso.
[64] García Sanz, 1977; Iradiel Murugarren, 1974; Rueda Fernández, 1984, p. 125: en
1561, el 17,5% de la población activa de Zamora se dedicaba a la producción textil; Díaz
Medina, 1983, p. 21, en Cuenca en 1587, el 21% de la población censada trabajaba en el
paño.
[65] De Colmenares, 1969, pp. 380-381; Martín Expósito y Monsalvo Antón, 1986, doc.
2
[66] García Sanz, 1977, p. 211. Las asambleas de las comunidades eran una institución
central de la gestión.
[67] Iradiel Murugarren, 1974, Apéndice, docs. 32, 25; Vaca Lorenzo, 1988, doc. 201.
Artesanos poseedores de tierras en del Ser Quijano, 1987, docs. 63, 156, 163 y 164; Ubieto
Arteta, 1961, docs. 59, 137, 160.
[68] Sáez, 1953, tít. 131, el trabajo de los asalariados era reglamentado, y estaban bajo un
rígido control, ídem, títs. 112, 128, 131; Ureña y Smenjaud, Fuero de Cuenca, 38,1. 46,16,
36, 7 y 36, 8; Castro y de Onis, 1916, Fuero de Zamora, tít. 68 y de Alba de Tormes, títs.
115, 76, castigos. También, Franco Silva, 1991, pp. 130, 122-123; de los Llanos Martínez
Carrillo, 1982, p. 151.
[69] Asenjo González, 1991, p. 37.
[70] Referencias sobre el tejedor en su unidad doméstica, Iradiel Murugarren, 1974,
Apéndice, docs. 10, 12, 20, 24, 13, año 1510, Ordenanzas de los tundidores de Cuenca, p.
290.
[71] García Sanz, 1991, p. 393; de San Martín, 1872-1873, t. 11, la carencia de medios
no había impedido la formación del nuevo nexo laboral. La mayor proporción de capital
circulante asimila esta manufactura a las tradicionales.
[72] Iradiel Murugarren, 1974, Apéndice, docs. 6, 10.
[73] Iradiel Murugarren, 1974, Apéndice, docs. 28, 30; el trabajo no calificado doc. 24, el
paño barato, doc. 31. Asenjo González, 1991, p. 7, en 1497, los Reyes Católicos
preguntaban a los oficiales de Vitoria sobre la conveniencia de instalar sesenta telares para
que los pobres trabajen paños. Sobre industria rural en señoríos: Luis López, 1987, p. 440;
González Arce, 1993, pp. 120, 158; Portela Silva, 1981, p. 186; Rodríguez Llopis, 1984,
pp. 258 y ss.; Iradiel Murugarren, 1974, Apéndice, doc. 20, p. 338. En Zamora, donde no
había Verlagssystem sino un sistema de pequeños productores que vendían a mercaderes,
entre 1477 y 1495 el impuesto a la venta de paños pasó de 80.000 maravedíes a 188.000 y
las rentas de lana hilada que se vendía para tejer se duplican, ver Iradiel Murugarren, 1995,
pp. 528-529. También, del Ser Quijano, 1995, doc. 35 y 36; Chacón Gómez Monedero y
Martínez Escribano, 1994, pp. 74-78, 81; de Foronda, 1917, ley 47; de Moxó, 1961; Ladero
Quesada, 1973b, pp. 61 y ss. Las rentas sobre la circulación dan una idea sólo aproximada
de la verdadera importancia de la industria rural, ya que habría muchas operaciones que
eludían los controles. Sobre esto para otra área, Dyer, 2000b.
[74] La producción rural de textiles pudo darse en tierras estériles para la agricultura, ver
Iradiel Murugarren, 1974, Apéndice, doc. 28, pero en general, se implantó en distintas
áreas, incluidas las de altos excedentes de economía rural. También, ídem, 1983, 1974, p.
53 y Apéndice, docs. 1-3. Para revisar el concepto de tierras marginales, Bailey, 1989;
Harvey, 1991, pp. 9-11.
[75] Los «señores del paño» estaban bajo el mismo tratamiento en materia de rentas que
cualquier otro tributario, hecho que además habla de su origen plebeyo, ver Chacón Gómez
Monedero y Martínez Escribano, 1994, pp. 76, 77 y 81.
[76] Por ejemplo, la producción del vino, ver Barrios García, Martín Expósito y del Ser
Quijano, 1982, doc. 11, año 1268.
[77] Asenjo González, 1991, p. 26; Iradiel Murugarren, 1974, doc. 20; del Canto de la
Fuente, Corbajo Martín y Mortea Velayos, 1991, pp. 80-81 y 135; Pérez Bustamante,
19791980, Apéncice Documental, pp. 201 y 203; Álvarez Llopis, Blasco Campos y García
de Cortázar, 1994, doc. 336.
[78] Iradiel Murugarren, 1974, Apéndice, doc. 13, pp. 291-292, el reclutamiento de los
aprendices estaba sujeto a control; Rubio Vela, 1990, siendo los huérfanos una fuente de
marginación, se colocaba a las niñas como sirvientas y como aprendices a los varones.
[79] García Sanz, 1987.
[80] El señorío privado cohabitó con el de la corona. Sobre esto, Ubieto Arteta, 1959,
docs. 35, 37, 46; Sáez, 1956, docs. 155, 156, 157 y 158; de Moxó, 1964, p. 206; Clavero,
1989, pp. 103 y 104.
[81] Desde un punto de vista teorético, este encuadre no presenta similitud con la
proposición de Brenner, 2001, cuando afirma que, «... the emergence of capitalist from
feudal socialproperty relations will occur only as an unintended consequence of lords and
peasants pursuing feudal type economic behaviour in order to achieve feudal goals» (p.
174); también, pp. 185 y ss. Si bien este análisis se diferencia del esquema neoclásico,
basado en la racionalidad del actor individual, no cae en su simétrica antinomia objetivista,
desde el momento en que las acciones voluntarias de los agentes tuvieron su significación
en el marco estructural. Sobre un proceso independiente del ciclo demográfico, ídem, p.
203, proporciona un interesante ejemplo comparativo: en las afueras de Courtrai y Lila, en
el siglo XIII, con plena ocupación del espacio por sobrepoblación, encontramos
campesinos produciendo para industria rural a domicilio, y a finales del siglo XIV, en
tiempos de caída demográfica, está el ascenso de la industria del lino en los alrededores de
Gante.
[82] Cortes de 1436, pp. 260-262; Álvarez Vázquez, 1990, p. 40; Asenjo González,
1996b. Domínguez Ortiz, 1951-1952, p. 1226: el impuesto a la circulación afectaba más a
los trabajadores que, sin producción propia, debían adquirir bienes de primera necesidad.
Muchos son los ejemplos en los que se ve al señor autorizando ferias y mercados como
medio de extracción de rentas. La alcabala como causa de la ruina de las manufacturas
españolas es una opinión clásica que se encuentra en Smith, 1987, p. 797.
[83] Este conflicto se planteó muy agudamente en lugares de predominio de caballeros
ganaderos y de industria rural a domicilio; ver Benito Ruano, 1975, pp. 123 y ss.; Iradiel
Murugarren, 1974, pp. 172 y ss., apéndice, doc. 18, pp. 327 y 328; Asenjo González, 1986,
pp. 205-206 y 216; García Sanz, 1977, p. 212. En el ámbito del reino, Cortes, 3, pp. 340,
721-723. El eje de análisis que aquí planteamos, en Pérez, 1977, passim, y espec. p. 682
como conclusiones, muestra la formación de este bloque y la participación de las
aristocracias locales junto con los señores. También, Yun Casalilla, 1987, p. 94.
[84] García Sanz, 1977, p. 56; 1991, p. 388, en el año 1561 de la población activa de
Segovia el 57,4% se ocupaba del obraje de los paños, en 1586 bajó al 50,8. También, Díaz
Medina, 1983, pp. 33-34.
[85] En una declaración anterior a sus célebres artículos que desencadenaron el debate,
Brenner, 1975, afirma: «... the emergence of this specific and crucial set of class
relationships cannot be explained in terms of so-called objetive, or economic, forces, but
must be understood, at least to some extent, in its own terms: that is, as the autcome of
political processes, in particular a series of previous class struggles» (p. 68).
[86] Hacia 1520, cuando los comuneros de Castilla eran derrotados, empresarios del paño
ingleses habían logrado una considerable acumulación de riquezas, ver Cornwall, 1964-
1965. Se han discutido los alcances de 1381 en el desarrollo de Inglaterra. En especial, si el
aumento de la libertad campesina y de los arrendamientos capitalistas en el siglo XV
fueron resultado de la lucha de clases, tesis tradicional marxista, o fueron resultado de
fuerzas económicas. Aquí seguimos la primera explicación. Pero aun rechazándola en su
forma más contundente, debe admitirse que 1381 no detuvo la marcha hacia mejores
condiciones de acumulación capitalista. Entre 1330 y 1500 cayó la servidumbre, mejoraron
las condiciones de comercialización para el campesino y crecieron las áreas textiles. Ver
Britnell, 1996, pp. 202 y ss.
LA CONCIENCIA DE CLASE

INTRODUCCIÓN
Indagar acerca de una posible conciencia de clase del campesino medieval
supone delimitar, entre las ideas que pueden impregnar su mentalidad,
aquellas que hacen referencia a cómo comprende las relaciones de
explotación, sus sentimientos de identidad colectiva en oposición a otras
clases y el despliegue de esta conciencia en el conflicto social que a su vez
promueve. Pero un análisis de este tipo tropieza con tales dificultades, que
puede claudicar su plausibilidad como programa de estudio.
En principio, no deja de asombrar la débil respuesta campesina ante el
señor en comparación con el grado de organización, autonomía ideológica y
espíritu combativo que históricamente exhibió el proletariado moderno. Los
ejemplos de enfrentamientos entre señores y campesinos, desde el siglo IX
hasta la segunda mitad del XIV, indican que no hubo nada que pueda ser
catalogado como un conflicto político abierto, y el antagonismo social sólo se
muestra en el estudio particular.[1] Esto tiene su trascendencia para
comprender la estructuración de la sociedad, si consideramos que esa fase
deprimida del conflicto, que permite gravosas obligaciones tributarias, fue el
punto de apoyo de Arquímedes para el proceso acumulativo feudal y la
reproducción ampliada de la clase dominante. Desde que la implantación del
señorío se torna irreversible, los campesinos fueron sometidos con escasa
posibilidad de respuesta, asistiéndose a un cambio de orientación con
respecto a los recurrentes movimientos sociales que se dieron entre los siglos
V y VII.[2] La uniforme consistencia de este reflujo de la lucha de clases nos
inhibe atribuirlo a circunstancias aleatorias o a una particular sedimentación
cultural.
Si la dependencia personal pareciera ser un modus vivendi tolerable, la
esfera de la representación social se impone a la atención historiográfica.
Rodney Hilton afirma que el reclamo campesino no alcanzaba un
cuestionamiento del sistema, conducta que sólo se modifica con la
sublevación inglesa de 1381, aunque ésta fue impulsada por los yeomen,
acumuladores en sentido capitalista, cuyos objetivos contradecían los
fundamentos del feudalismo.[3] Sostiene que el campesino ha interiorizado
los valores de la clase dominante, adoptando de hecho la categoría de
consenso, entendida como coparticipación en representaciones que inducen a
una adhesión de voluntades.[4] Los medievalistas participan de esta
perspectiva propiciada por Hilton.[5] Persuadido del rudimentario nivel
intelectual del campesino, el investigador moderno suele desconfiar de la
competencia del subalterno precapitalista para autodefinirse en oposición al
sistema. Este postulado fue admitido por una generación de medievalistas,
cautivados por el dinamismo de las clases urbanas frente a la inmutable
tradición del mundo rural (paradigmáticamente, Romero, 1967).
En la interpretación de Hilton se reconoce una afinidad con el conocido
modelo antropológico de James C. Scout (1976) (basado en el sudeste
asiático contemporáneo), que relaciona la conciencia social (una especie de
«economía moral») con los fundamentos de una unidad doméstica limitada a
objetivos de consumo fisiológico, originando una ética de subsistencia que
sitúa en el centro de las estrategias campesinas. El enfrentamiento contra el
régimen imperante sólo se daba cuando se alteraban los niveles de
reproducción.
No se apeló a este último ejemplo para indiferenciar en una abstracta
sociedad preindustrial las cualidades del campesino medieval, sino para
revelar una preocupación compartida por los científicos sociales ante la
resignada pasividad de una clase social que se identifica, en diversos
contextos, por la imposición tributaria que pesa sobre su tierra de trabajo.
Un pequeño artículo de Reyna Pastor sobre consenso y coerción en la
sociedad medieval expone la complejidad del problema. La premisa de
Maurice Godelier de que el consentimiento de los dominados a su
dominación es la fuerza más fuerte del poder, es sometida al juicio de sus
propias investigaciones (Pastor de Togneri, 1980; 1985). El resultado es una
tensión entre documentos que sólo exhiben el rechazo campesino al dominio
señorial y una aceptación del supuesto de que si no hubiera consenso, surgiría
un estado de guerra permanente, que imposibilitaría la reproducción social.

LAS EVIDENCIAS PRAGMÁTICAS


Los testimonios sobre comunidades campesinas en concejos castellanos de
la Baja Edad Media permiten expresar un fundado escepticismo sobre la
opinión historiográfica prevaleciente: los moderados reclamos de las
comunidades, con su adhesión al sistema, no emanaron del campesino tipo
sometido, sino de la elite social aldeana con un rol asignado en el sistema
recauda-torio y en la domesticación del conflicto.[6] Nada indica que los
vecinos de la aldea, gravados con tributos, participaran de la cosmovisión de
sus representantes y, por el contrario, los enfrentamientos sectoriales fueron
frecuentes en la sociabilidad comunal.
Esto nos impone el primero de los escollos cognitivos. En la medida en que
la conciencia del campesino medio no está representada por la aristocracia
comunitaria, esta búsqueda se complica si se debe renunciar a las fuentes
discursivas más acabadas y regulares que nos han llegado de las
comunidades. No tenemos hoy más que recortes de la expresión verbal del
campesino medio, poco confiables además, como manifestación de su
verdadera subjetividad, tanto por la mediación del escriba como por los
condicionamientos del que declara,[7] aunque son, para nuestro propósito,
más aprovechables que las descripciones que sólo proporcionan un
estereotipo de su mentalidad (Martin, 1996, p. 345). Otro tipo de testimonios
nos acercan un poco más al objeto de estudio. Se refieren a sublevaciones o a
reacciones por normas abusivas.[8] Sin embargo, aun no siendo totalmente
desechables, deben tomarse con precaución, ya que en circunstancias de
conflicto, los ánimos exaltados pueden llevar a confundir lo que sólo fue una
fluctuación episódica con la conducta habitual. Una consideración similar
sugieren algunos textos, como el Tratado de los pensamientos variables, de
autor anónimo de finales del siglo XV, que en nombre de los labradores
instituye un «... duro requisitorio contra el régimen señorial» (Pérez, 1995, p.
95). Por ello, tal vez convenga aclarar que sería tan fácil mostrar una
conciencia radicalmente contestataria por testimonios excepcionales como lo
es abogar por el conformismo de una masa indiferenciada por las expresiones
más corrientes de las aristocracias aldeanas.
Pero si en el plano verbal la conciencia del subalterno se nos ofrece como
un cuarto oscuro que impide discernir sobre su subjetividad, los registros de
su conducta social pueden decir mucho acerca de la conciencia en su forma
práctica. Ello significa considerar las respuestas que desarrolla el agente
social no sólo como conciencia discursiva, sino a través de una serie de
comportamientos creativos, que configuran un complejo de acciones
significativas ante el marco de su desenvolvimiento.
Comencemos por revisar qué es lo que emerge de nuestro fichero
documental castellano leonés sobre el ágrafo que encuentra en el
comportamiento cotidiano su universo expresivo.
Los testimonios afloran de manera dispersa y en pequeñas cantidades, como
es esperable: los dominantes dejaron pocos registros sobre sus labradores.
Pero no interesa tanto la excepcionalidad como la conjunción de situaciones
de campesinos poco inclinados a consentir el papel que se les asigna como
sostenes del organismo social. Un primer atributo de lo que puede ser
considerada una subcultura específica está dado por incidentes de rechazo al
señorío con sus obligaciones adheridas.[9] Es consustancial a esta actitud la
no aceptación de las rentas y, posiblemente, el desconocimiento del señor y
de las rentas deba ser considerado como una única acción particularmente
antinobiliaria.[10] Constituye éste un punto analíticamente delicado, porque
muchos documentos indican la negativa del campesino a hacerse cargo de
exacciones ilegítimamente situadas fuera del «uso y costumbre», reclamación
que se encontraba por lo general apoyada por los miembros de la aristocracia
comunal.[11] Pero también disponemos de otros testimonios que no sólo dan
cuenta del repudio al «mal uso», sino al que se ha establecido con
regularidad, como el diezmo, eludido por comunidades que ocultan sus
rendimientos cosechando de noche y enfrentan a los recaudadores.[12] El
desplazamiento físico por los términos para no pagar era una acción habitual
de similar contenido.[13] Esta negativa a satisfacer tributos y diezmos podía
acompañarse de otras modalidades contestatarias en aquellos concejos rurales
que desconocían las iglesias parroquiales al haber adoptado una ermita propia
y una organización juramentada.[14] Una manifestación paralela, pero de
distinto alcance en cuanto impugna la discriminación estatutaria, proviene del
archivo de la catedral de León en el siglo XV, cuando se denuncia que en
algunos lugares los legos quieren que los clérigos paguen con ellos
presionando a los eclesiásticos con no pagar ofrendas y limosnas.[15] Hay
indicaciones en este testimonio de que se trata de un enfrentamiento alentado
por señores laicos, enfrentamientos que nos muestran a los dominantes
utilizando la lucha de clases para conquistar posiciones en la competencia
feudal, aunque también son consistentes los indicios de una oposición
específicamente plebeya.[16] Si éstas parecen ser pruebas convincentes de la
existencia de un rechazo que va más allá de una reacción contra agravios
irritantes, no son de menor entidad las que surgen de las invasiones sobre
espacios señoriales mediante desplazamientos de los límites de las tenencias.
[17] La tierra, objeto en que se expresaba el desconocimiento de la propiedad
impuesta, podía sufrir también las manifestaciones violentas del descontento
aldeano, como un lugar que en 1414 fue quemado, «... porque non queryan
los que allí moravan obedecer a Ávila et a los caballeros...».[18] Una
hostilidad abierta o larvada entre las clases impregnaba la atmósfera social de
los concejos con una tensa convivencia.[19]
El señor, cuyos intereses interferían sobre variados aspectos de la existencia
comunitaria, desencadenaba calculadas respuestas críticas, como muestran
los moradores de Potes en 1505, organizados para boicotear la taberna del
monasterio de Santo Toribio de Liébana: ni los hombres consumían ni las
mujeres vendían ni tampoco autorizaban que los «foráneos» la proveyeran,
conflicto que es una prolongación del uso ilegítimo que los del concejo
habían hecho de la dehesa y del prado señorial.[20]
Una de las expresiones más contundentes de que los campesinos eran
imperfectos observantes de las normas se encuentra en un señorío particular
de Ávila, donde, a causa de haberse establecido que los solteros no
tributaban, «muchos» rehusaban casarse.[21] Rechazar un sacramento y una
nueva unidad de percepción indica que el campesino se representaba su
situación en términos críticos más vastos que una simple conciencia de
reproducción fisiológica. Tenemos también el derecho de preguntarnos
cuántas veces esta actitud se habrá repetido sin haber dejado huellas en los
documentos. El repertorio de medios a los que el campesino apelaba para
expresar sus sentimientos era variado, y se materializaba en una gama de
conductas contraculturales recreadas y redefinidas de acuerdo con las
circunstancias. Algunas, como la murmuración acusatoria, parecen provenir
de tiempos antiguos y reiterarse a través de las distintas épocas inscribiéndose
en una conducta recurrente que no presenta sesgos conformistas.[22] Los
subalternos desplegaban un rosario de alternativas para alcanzar ventajas
ocasionales, y ciertas actitudes, como el despoblamiento, podían combinarse
con una deliberada manipulación de las disensiones entre los dominantes.[23]
En un espacio social donde no «hay hombre sin señor», el fraccionamiento
jurisdiccional ofrecía un margen de maniobras para mejorar
circunstancialmente la situación.[24] Surgían así estrategias de inconfundible
contenido popular que, lejos de los educados reclamos de las elites aldeanas,
se presentan como distintas versiones de un único comportamiento trasgresor.
La mera continuidad del «mal uso» no transformaba, por otra parte, las
acciones del señor en prácticas aceptadas. En los deslindes de tierras
concejiles de la Baja Edad Media, los comunales suelen permanecer durante
muchos años apropiados por señores o caballeros sin que el campesino olvide
sus derechos, y cuando la oportunidad se presentaba con la presencia de una
autoridad enviada por la corona, el testigo extraía del fondo de la memoria
colectiva los argumentos acusatorios contra el apropiador, aun cuando éste
pretendiera legitimarlo por «costumbre inmemorial».[25] Tampoco someterse
a una determinada jurisdicción, como hicieron tributarios de Tolosa hacia
mediados del siglo XV aceptando el señorío urbano, para defenderse de los
señores de la comarca, es sinónimo de consentir la dependencia social, como
esos mismos tributarios demuestran negándose a cumplir las gabelas que les
exigen sus protectores.[26] El malhechor feudal, por otra parte, podía
encontrar la decidida resistencia de los labradores cuando aparecía por la
aldea, como experimentaron los caballeros del duque de Alba hacia 1450.[27]
Ante una recursiva conducta disidente, las violentas insurrecciones «de
labradores a voz de común»[28] se pueden apreciar mucho menos como
furores súbitos que como una expansión en la superficie de una conciencia
crítica subterránea. Los campesinos sublevados simplemente no cumplen con
las disposiciones que se les imponían, utilizan a su antojo las tierras que el
señor se había reservado, y en todo sentido actúan como si hubieran
encontrado las condiciones originarias de libertad que buscan en su vida
cotidiana.[29]
No es el momento de abundar sobre una encuesta digna de ser continuada
pero, desde ya, nos asiste el derecho a desconfiar de expresiones de sumisión
logradas bajo presión coactiva.[30] Aun la más ostentosa aceptación hacia el
señor se daba en un marco de simulación ante lo inevitable, incluyendo
dramatizaciones con un cálculo de conveniencias prosaicas[31] y, en algún
caso, la ceremonia de subordinación se confunde con la sanción degradante
como represalia por la muerte de un miembro de la comunidad señorial.[32]
Los aldeanos que colaboraban con el señor podían sufrir diversas situaciones
que gravaban con una costosa incomodidad la ventaja potencial de su
conducta: desde las agresiones colectivamente concertadas, hasta los juicios
peyorativos, el «lenguaje de clase» perturbaba la convivencia vecinal.[33]
Estas evidencias, todas ellas extraídas de situaciones geográficamente
restringidas, expresan un hecho general. La copla inglesa que se recitaba en la
revuelta de 1381, «Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era el señor?»,
impresiona tanto por su radicalidad subversiva como por su irradiación en
alemán, holandés, sueco y lenguas eslavas (Burke, 1991, pp. 99-100). Con
espíritu aristotélico, podemos ver en el campesino español de nuestros
documentos a todos los campesinos medievales con respuestas sociales que
nos orientan hacia una conciencia crítica disidente.
Los testimonios del esquema subjetivo del agente no explican, sin embargo,
la naturaleza de una conciencia, que aun exhibiendo propiedades
antisistémicas, no se plasmó ni en una acción colectiva regular ni en
movimientos francamente políticos. Llegar a la teoría desde la evidencia
empírica es el paso que nos aguarda en este recorrido para responder a esta
cuestión.

LA TEORÍA SOBRE CONCIENCIA DE CLASE


Rodney Hilton y James Scott, autores que nos abrieron la revisión del
problema, participan del mismo clima cultural, el de los historiadores
marxistas ingleses. Comparten con los miembros de la escuela dos premisas
sobre el tema: 1) la conciencia de clase es peculiar de la sociedad industrial;
2) otorgan a la experiencia un rol metodológico central para comprender el
fenómeno. Cuando Hilton define la conciencia del campesino medieval,
como conciencia negativa, la contrapone implícitamente a la conciencia de
clase del obrero capitalista.[34] Por otro lado, esta cualidad del campesino la
establece describiendo situaciones en las que éste rechaza los agravios
señoriales y aspira a conservar las costumbres heredadas, y sobre esta base
actúan los ideólogos de la clase dominante otorgando una forma precisa a la
aceptación del sistema. En el relato de Hilton, el campesino se acerca a una
conciencia de clase en determinados momentos, cuando siente la injusticia
del señor que eleva las rentas y degrada su estatuto social, con lo cual, la
parcial superación del conformismo habitual obedece a un mecanismo
puramente vivencial. Eric Hobsbawm mantiene el mismo principio
metodológico e indica que la conciencia de clase aparece con el proletariado
moderno por experimentación directa (Hobsbawm, 1987, p. 35). Por su parte,
Edward P. Thompson dotó a la historia con las virtudes artísticas del lenguaje
para exponer esta tesis en múltiples situaciones del proletariado en
formación, para lograr el resultado más refinado en esta línea de reflexión. Su
obra alcanzó un justificado reconocimiento académico, y por su carácter
modélico, en tanto constituye una acabada expresión de la escuela de
historiadores marxistas ingleses, impone un examen de su aspecto sustancial.
[35]
Apelando a una descripción de alta complejidad, que disimula su matriz
teórica, Thompson establece que la clase obrera inglesa se constituye entre
1790 y 1830, cuando desarrolla su conciencia de clase, entendida como la
conciencia de una identidad de intereses entre diferentes grupos de la
población trabajadora y contra los intereses de otras clases. La
sobreexplotación del período contribuía a la «transparencia del proceso de
explotación y a la cohesión social y cultural de los explotados» de lo que se
desprende que el verdadero rostro del sistema es descubierto por el obrero
mismo experimentando las condiciones de vida, proceso autoconstituyente
que se condensa en «que la clase obrera se hizo a sí misma tanto como la
hicieron otros».[36] La conciencia surge por experimentación, en la
confrontación entre las tradiciones y la forma como viven los individuos,
siendo el conflicto parte de esas condiciones de existencia. Esta formulación
coincide en muchos aspectos con la de conciencia espontánea o inmanente.
La notable reconstrucción histórica de Thompson es, simultáneamente, una
fuente que nos libera del inexpresivo relato institucional y una británica
subestimación del asunto teorético implicado en la conciencia de clase. Si
logramos sustraernos por un momento de su fascinante narración, aflora el
aspecto problemático del concepto de experiencia como único mediador entre
ser y conciencia. La objeción se resume en que la situación de vida no
necesariamente se elabora como conocimiento real, salvo que se parta del
supuesto de que la realidad, con su desarrollo contradictorio, está fijada
especularmente en la conciencia. Pero no tratamos aquí de autómatas con
reflejos precisos, sino de hombres que, por ejemplo, durante siglos
«experimentaron» el amanecer y la puesta del sol invirtiendo en su
representación el verdadero movimiento planetario. Ellos no se engañaban: el
sol escondía en su movimiento sensible su movimiento real, únicamente
comprendido en un plano gnoseológico diferenciado.[37] La comparación
sólo en apariencia nos aleja de las ciencias sociales; Marx justifica todavía
hoy su trabajo teórico en esta dialéctica de lo real.
Recordemos entonces lo que Thompson descuida. Si la conciencia de clase
es el conocimiento de la situación que ocupa la clase en el interior de las
relaciones sociales de producción, ello está sujeto tanto a las posibilidades de
lectura que ofrecen las relaciones sociales, como a la capacidad de los
lectores.[38] Por consiguiente, la relación entre la forma como se presentan
las relaciones sociales y la posibilidad de actividad cognitiva del agente
acerca del funcionamiento social adquiere una importancia decisiva en la
resolución del problema. En este sentido, la conciencia de clase es definible
como conciencia intelectual (aunque no se exprese sólo verbalmente, y puede
encontrarse implícita en cualquier tipo de acción) sujeta en primera instancia
al grado de visibilidad de las relaciones sociales, con lo cual experimentar la
explotación no necesariamente debe traducirse en conciencia de clase. Con
esto se quiere expresar que la conciencia de clase es un problema cognitivo
relacional entre inteligibilidad de la realidad y capacidad reflexiva del agente,
posibilidad perceptiva que supera lo meramente vivencial y, por consiguiente,
las condiciones en que se desenvuelve la actividad práctico-intelectual del
individuo son las condiciones de aprehensión situacional en la conciencia. En
la existencia social, el grado de visibilidad de la estructura es doblemente lo
que las relaciones de producción habilitan comprender y lo que limitan en la
comprensión, obteniéndose una noción de sujeto inmerso en una reflexión
limitada, que es una impugnación de su sobredimensión omnisciente, criterio
este último que está muy cerca de su opuesto, el de la causalidad mecánica de
las relaciones sociales «produciendo» la conciencia de clase en algún nivel
subracional o sensorial (cualquiera de las dos opciones puede ser aplicable al
patrón analítico de Thompson y de la escuela de historiadores marxistas
ingleses). Como expresión del funcionamiento social en la subjetividad de los
agentes, el conflicto es consustancial a esta particular actividad cognitiva,
pero, al igual que la mera experimentación existencial, no la produce por sí
mismo en un sentido acumulable más que bajo la condición de su elaboración
reflexiva. El combate singular de una comunidad campesina aislada contra su
señor, la recursiva circularidad de conflictos reprimidos o la extenuante
mutilación señorial de las libres condiciones de existencia, pueden constituir
otras tantas determinaciones que fijen un curso subjetivo opuesto a la
conciencia de clase. El juicio epistemológico condenatorio sobre la
experiencia como exclusiva mediación entre ser y conciencia se fundamenta
en estas consideraciones.
La inspiración de esta crítica se encuentra en la metodología y el desarrollo
político-sociológico de Georg Luckács, que distingue entre conciencia de
clase real y conciencia de clase atribuida, refiriéndose con esta última
expresión a la que los trabajadores tendrían si pudieran comprender por
completo su situación (Lukács, 1968, pp. 60 y ss.). En el capitalismo, la
conciencia de situación real no surge por experimentación directa debido a la
no transparencia de la explotación en una sociedad donde el salario aparece
como pago del trabajo y la ganancia como fruto de los medios de producción.
[39] Esta resolución, que remite el problema de la conciencia de clase en la
sociedad capitalista a la divergencia entre la forma como se presenta la
relación social y su contenido real y, por lo tanto no apreciable como
posibilidad inmediata, descifra situaciones empírico-problemáticas que el
modelo de conciencia directamente experimentada no puede resolver, como
el de la «excepcionalidad» de la clase obrera norteamericana. Sólo es una
anomalía si por tal se considera la debilidad de la acción socialista
programada, o más bien, las sucesivas represiones y derrotas de los partidos
socialista y comunista.[40] Lo histórico-contingente no establece más que
una relación mediada con la causalidad estructural.
Lukács consideraba que las sociedades precapitalistas presentan una menor
interdependencia entre sus partes y es por esto que la relación de los diversos
grupos con el todo no puede tomar en su conciencia una forma económica,
asumiendo las luchas de los oprimidos modos religioso naturales o jurídico
estatales. En concordancia con la mayor laxitud de la cohesión económica,
las formas jurídicas, que constituyen las estratificaciones esta-mentales,
penetran constitutivamente en las relaciones económicas con el resultado de
que en estas sociedades no hay categorías económicas puras.
Las bondades que este enfoque proporciona para resolver la conciencia de
clase son nuestro punto de partida aprovechable, no tanto por un seguimiento
puntual, como por la perspectiva de comprender la conciencia en referencia a
la estructura cósica de la sociedad capitalista. Si en esta última la explotación
de clases no es una evidencia sino que aparece como una relación contractual
libre en la que aparentemente el obrero recibe mediante su salario la totalidad
de lo producido por su trabajo, y con este fundamento los ideólogos pueden
disimular lo disimulable, en el modo de producción feudal, por el contrario,
la explotación es explícita, y nadie se molesta por negarla, sino por
justificarla. A ello se destina la imagen funcional de los tres órdenes, y el
conjunto de operaciones ideológicas de los dominantes (discursos verbales o
no verbales, sanciones normativas) iluminan esa visibilidad. En un aspecto
central, la sociedad medieval se revela como el reverso de las consideraciones
de Lukács, en el sentido de que las prácticas jurídicas e ideológico-políticas
están inextricablemente unidas a la categoría económica de la explotación no
para ocultarla, sino para exhibirla como el derecho de unos pocos a disponer
del plustrabajo de la mayoría. Sin embargo, la apreciación subjetiva es una
facultad históricamente diferenciada, no sólo por la forma de la objetividad,
sino también por la situación del agente.
Efectivamente, las condiciones en que opera la actividad cognitiva del
campesino, en el sentido de su capacidad para descifrar el funcionamiento
social, son a su vez instituidas por su actividad práctico-intelectual como
organizador de su «empresa» y de los nexos con otras unidades de
producción, emergiendo, en estas condiciones, una conciencia de autonomía
emanada de la acción autosubsistente de la unidad productiva. En el sistema
feudal, el poder superior, aun cuando se empeña en controlar la producción,
sólo adquiere una incidencia puramente epidérmica. Este hecho, que se
fundamenta en la disposición de las relaciones sociales, convierte el trabajo
campesino en una propiedad cualitativa inherente del sujeto, que controla
desde la regulación del ciclo productivo, hasta la distribución de tareas de los
miembros de la casa. La subjetividad no es pasivamente contemplativa ante el
proceso laboral, sino dinámicamente educada en dirigir la reproducción
social, de la que conoce sus mecanismos íntimos, lo que establece una
vinculación orgánica entre la actividad y el producto del trabajo. Esta forma
de trabajo es radicalmente alterada con la producción mecanizada capitalista,
que descompone el proceso laboral en operaciones parciales,
transformándose la actividad productiva en una función especial, y con ello
desaparece el producto unitario como objeto del proceso de trabajo.[41] La
racionalización del capitalismo avanza mediante una apropiación de saberes,
anulando las facultades racionales del trabajador, su peculiaridad humana,
como resultado del dominio del trabajo muerto (el capital) sobre el trabajo
vivo, aspecto acerca del cual tuvieron pleno discernimiento los intelectuales
orgánicos del movimiento obrero, empeñados en el más ambicioso
emprendimiento social-gnoseológico que haya tenido en la historia cualquier
sector subalterno.[42] Con el capitalismo, los marcos culturales y la variedad
de matices ideológico-políticos comienzan a jugar un papel creciente, que se
contrapone a la menor variabilidad de las condiciones cognitivas del
campesino medieval. Desde otro punto de vista, durante mucho tiempo, las
ideas que embellecían el mundo tradicional perdido fueron la romántica
respuesta ético-idealista ante una realidad de relaciones cósicas que
degradaba la subjetividad del proletariado.[43]
De manera inevitable, el campesino ve entonces la explotación como
relación real, como sustracción periódica de una parte de su trabajo (vivo
como corvea u objetivado en el excedente), y, en la medida en que no sólo
puede reconocer su situación de inferioridad, sino también el mecanismo que
la genera, una conciencia crítica disidente deviene entonces como
consecuencia previsible de la inteligibilidad que ofrece la estructura que él
produce en su aspecto celular básico. Si el campesino prescinde del señor
cuando determina los modos concretos de su actividad, no se presenta
ninguna condición para que lo fije en su conciencia como una necesidad de
su existencia, sino como un factor que perturba la disponibilidad del producto
obtenido, y esta conciencia de rechazo se actualiza cada vez que el señor
extrae parte del producto, con lo cual la actividad cognitiva sobre las
relaciones sociales se despliega junto con el antagonismo social. Aun
determinados instrumentos, como el horno y el molino, eran componentes
orgánicos de la unidad doméstica, que el señor monopoliza como imposición
carente de toda funcionalidad económica que se inscriba en la lógica
campesina.[44]
Esta autonomía práctico-intelectual supera, en verdad, los marcos de la
relación entre señor y campesino estableciendo un esquema de percepción
que informa el campo relacional de cada unidad doméstica. Los rasgos de
competencia individual en comunidades que, stricto sensu, no estaban
configuradas por individuos como tales sino por representantes de unidades
de producción domésticas (Toubert, 1960, p. 445) se combinan con
modalidades cooperativas impuestas por necesidades organizativas. Esta
oscilación, vinculada con la dualidad posesión individual-propiedad
comunitaria, establece un marco de actividades productivas con exclusión de
cualquier presencia externa. En las reglamentaciones aldeanas, como
cristalización normativa de la capacidad autónoma del campesino, se
manifiestan estas cualidades, con lo cual, una conciencia para sí, en el
alcance limitado de conciencia de la individualidad, puede considerarse un
producto «natural» de las bases sociales. En cada acto de la vida del
campesino se revela esta representación conceptual, y el rechazo a la
transferencia de plustrabajo que le exige el señor tiene su paralelo empírico
en la aspiración a consolidar el individualismo de su propiedad y la
exclusividad de los derechos de su aldea sobre los comunales.[45] La misma
unidad de producción se encuentra afectada por este principio, y la familia
termina constituyendo un ambivalente reducto de cohesión y desgarradores
conflictos.[46] La regla del comunismo vulgar, que se constituye como la
generalización de la propiedad privada, es el supuesto de esta conciencia de
ser para sí.[47] El campesino, al que las condiciones sociales le enseñaron a
dirigir su unidad de producción, está en situación de reproducir
conceptualmente la negación del señor que aprendió en su vida práctica
reflexiva, y esta forma que adopta la conciencia campesina como
(re)establecimiento de la propiedad individual envuelve también los vínculos
con otras unidades de producción. El comunismo individualista es entonces
tanto la conciencia antiseñorial, como la conciencia competitiva en el seno de
la comunidad, dualidad que responde a un único criterio de exclusión hacia
todo factor que altere el ritmo autónomo de la unidad productiva. Un apetito
de bienes materiales, derivado del espíritu egoísta de ese «comunismo
grosero», como rechazo de ser para otro, emana como el objetivo
fácticamente alcanzable de modo parcial. Como sistema de representación,
que se inscribe en la lógica del funcionamiento social, este esquema es tanto
una idea fuerza que subyace en la conducta reproductiva del campesino,
como una ambivalencia que preserva el aislacionismo y potencia la oposición
de intereses, irreductibles por naturaleza, con el señor, con el correspondiente
desenvolvimiento colectivo trasgresor. La rebelión contra el sistema subyace
como una potencialidad contenida en el individualismo, aunque su
concreción estará condicionada por la situación histórica. En el conflicto
surgen tendencias de asociación que se resuelven como un sumatorio de
fuerzas particulares de la comunidad, y aun en los momentos de solidaridad
impuesta ante situaciones álgidas, la individuación persiste como la trama
indeclinable de la conducta campesina. El estatuto de esta apreciación puede
evaluarse comparativamente con la conciencia de clase del obrero moderno,
que se concreta como unidad de clase y no en la forma de nexo intraclase, el
signo típico de las solidaridades del campesino medieval. Cuando la lucha de
clases no es más que una suma contingente de voluntades, la simple
agregación de conciencias críticas niega la conciencia de grupo, y toda
unidad de clase queda afectada por una irremediable exterioridad,
apareciendo como fenómeno circunstancial no orgánico.
Es por esto también que cuando la ilusión de liberarse de la presencia
señorial se expresa mediante el lenguaje de una religión ecuménica (como
regresión a la pobreza evangélica) el estadio de felicidad de los antepasados
adopta un contenido que trasciende la individuación para adquirir la
connotación de una abstracta generalidad comunitaria que se sitúa en las
antípodas de la conciencia campesina. El ideal de vida apostólica, que
proclama el desprendimiento absoluto convirtiendo la miseria en una virtud,
anula la identidad campesina como sujeto social en la misma medida en que
la limosna, que obtiene el vagabundo como forma de vida, se enfrenta a la
estabilidad reproductiva del tenente, aunque los sentimientos
antieclesiásticos, por inorgánicos que sean, introducen una potencial
mediación antisistémica.
Secundariamente, es posible advertir que un aspecto cuestionable de la
teoría de Scott es creer que un objetivo económico de valores de consumo se
traduce en un mero objetivo de supervivencia fisiológica. Nada impide que el
campesino aspire a obtener acumulaciones propias y a mejorar sus
condiciones de vida más allá de lo indispensable, como muestran los
segmentos superiores de las comunidades. El presupuesto de que el
campesino actúa sólo ante el agravamiento de sus condiciones de existencia,
mientras acepta que el recaudador se lleve sólo una parte de lo que produjo,
es una seria subestimación de la inteligencia que el agente social ha dejado
traslucir en su actividad. Rodney Hilton y muchos medievalistas participan de
esta interpretación que Scott ha sistematizado.
Se deduce entonces que si un débil reconocimiento de la identidad grupal,
derivado de la orientación individualista, acompaña al sentimiento
antiseñorial del campesino, la conciencia de clase se afirma como contenido
crítico disidente y se diluye en connotaciones no clasistas. Este aspecto se
enriquece analíticamente cuando se considera que el privilegio señorial a
vincularse el trabajo ajeno es, por su propia naturaleza, una prerrogativa
intransferible del sujeto como parte de sus condiciones heredadas y, por lo
tanto, la explotación pasa a ser un derecho estamental inherente de la persona,
cualquiera que sea su naturaleza.[48] Por consiguiente, la coacción no
aparece como un derecho objetivo del estado, sino como prerrogativa natural
de la persona que lo encarna como una esfera privada de la soberanía política,
con lo cual el trabajo concreto que el campesino brinda a su señor adquiere la
forma de servicio personal hacia la figura tangible del estado en la aldea. En
estas condiciones, el nexo social no se fija en la conciencia del oprimido
como algo común a la clase, sino como fenómeno individualizado, no
percibiendo la explotación como relación universal, sino como una
perturbación de su mundo particular. Ello se observa incluso en el más
elevado nivel de protesta insurreccional, que se realiza clásicamente en la
forma de disidencia singularizada y geográficamente restringida, forma que
señala el carácter no clasista que adopta en la conciencia la relación objetiva
de clases. Aquí hay una determinación, una base material, para que el
campesino conciba que su universo termina en los límites de su posesión, y la
relación conflictiva recurrente que mantiene con otros campesinos se orienta
en el mismo sentido. De nuevo, la comparación con el sistema capitalista
puede servir de guía teórica. La cosificación que impregna las relaciones
sociales del capitalismo, si bien implica que la explotación no aparezca como
una evidencia, con su radical despersonalización del funcionamiento social,
permite que el acceso intelectual a la condición de explotado se concrete con
abstracción del sujeto individual, sin consideración de las relaciones
singulares establecidas por el capital. En el feudalismo, por el contrario, si
por un lado la enajenación del trabajo es percibida en su inmediatez es
también indiscernible de su carácter personalizado. La conciencia tiene así un
determinante objetivo en la medida en que emerge como la representación de
un nexo de subordinación a la voluntad individual del señor. El campesino,
que se impregna de una conciencia crítica de oposición al señor particular, en
la imposibilidad de transformar esa representación singular en representación
de un colectivo, no transmuta la oposición en conciencia de clase. Es por ello
que la conciencia crítica individualizada da lugar a una reflexión limitada en
su alcance, generando una actitud inconformista contestataria, como si fuera
una modalidad adolescente e ingenua de la lucha de clases, y en estas
condiciones, el tributario no accede a la autoconciencia, a su verdadero
reconocimiento. Su fuerza social permanece en estado fragmentado e
intrínsecamente contradictorio, afirmándose como conciencia crítica y
negándose como conciencia cognitiva de la totalidad, como fuerza intelectual
con potencialidad estructurante de una clase «nacional»; su conciencia social
se establece como conciencia escindida. Por lo tanto, aquí no tiene lugar el
concepto marxista de falsa conciencia en el sentido en que se da en el obrero
del sistema capitalista, como percepción de una relación laboral en términos
de intercambio contractual. La falsa conciencia del obrero capitalista en este
aspecto es un producto de la cosificación de las relaciones sociales siendo la
realidad la que engaña al individuo, una realidad que oculta, como un sol que
no permite ver en su presentación fenoménica el contenido de la explotación,
aunque se la experimente. En el feudalismo, esta conciencia, que se da como
conciencia de lo real en su aspecto limitado o inmediato, se expresó
históricamente en que los campesinos no reaccionaban siguiendo un interés
general, sino motivaciones específicas que afectaban a posiciones de cada
comunidad y aprovechando debilidades coyunturales de los dominantes. Es
por eso que el panorama de los conflictos exhibe una extrema fragmentación,
estallando como explosiones incidentales y configurándose una individuación
de la lucha de clases que se tradujo en una alteración circunstanciada en el
balance de fuerzas antagónicas con cambios limitados en el monto del
excedente, que no afectaba a la clase dominante como tal. Sólo a través de
renovadas perspectivas intelectuales, que puedan llegar por agentes
exógenos, separados de la lógica campesina, es esperable una modificación
de este campo cognitivo.
Esta forma parcial y personalizada de resistencia del oprimido resalta con
nitidez si se la contrapone a la colaboración colectiva de los opresores en
situaciones de peligro revelándose un interés de clase señorial que supera el
rasgo general de la individuación.[49] Si bien sólo puede apelarse aquí a un
mero enunciado, no está de más indicar que entre los factores que configuran
esta conciencia de clase de los señores, la cual se expresó usualmente en la
forma de conciencia estamental, debería mencionarse la movilidad física de
los nobles, sus alianzas y la fidelidad de vasallaje, su convivencia heteróclita
en diferentes escenarios cortesanos, las cohesiones de los linajes, los vínculos
de amistad que se establecían en la crianza y la coparticipación en valores
culturales comunes. Estas prácticas de sociabilidad necesariamente ampliaban
los horizontes de la percepción nobiliaria en una dirección antitética a la
localizada vida espiritual campesina. Los contenidos de la retórica erudita o
de la narrativa convencional coadyuvaban en esta realización, que tiene como
entramado subyacente la densidad del consenso que recubre el accionar de
los miembros de la clase dominante. La afirmación introduce dos problemas
que se tratarán a continuación como un requisito para complementar este
desarrollo y, aun cuando requieran una elaboración detallada, sólo se
resolverán de manera sumaria y con cierto esquematismo.

EL PROBLEMA DEL CONSENSO


Esta categoría supone, en versiones conservadoras o revolucionarias, un
sentido unitario: acatamiento por la mayoría de una dominación que es
considerada legítima (Weber) o aceptación del marco normativo por
interiorización no traumática de condiciones externas (Durkheim), o bien un
instrumento de hegemonía de clase como dirección cultural de la burguesía y
subordinación ideológica de las classi subalterni (Gramsci). Pero de ninguna
manera se trata de una categoría universal, sino de una forma de
manipulación social generada por el poder para operar en determinadas
condiciones.[50] Su aplicación descansa en la posibilidad de la cohesión
social, de generar una integración de los dominados al sistema ideológico de
los dominantes y, como tal, se despliega paradigmáticamente con la igualdad
jurídica, específica de la sociedad moderna, cuyo fundamento es la relación
de propiedad en el mercado. Sobre esta base, el diplomado en sociología de la
empresa se permite concebir proyectos de colaboración entre clases, que
anuncia con pretencioso lenguaje técnico como influjo de expectativas de rol
compartidas entre diversos actores.[51]
La sociedad feudal, en sentido contrario, con su clase estamental dominante
y su discriminación institucionalizada, es, en principio, el impedimento de
esta posibilidad, lo que limita en teoría el consenso a una esfera socialmente
restringida que no trascendía más allá del estrato superior aldeano.[52] El
campesino, segregado por los dominantes, respondía volviendo la espalda a
una sociabilidad en la que sólo participaba como espectador. Se puede
evaluar esta indiferencia si observamos comparativamente el grado de
compromiso que los pobres ostentaron en la antigua sociedad clásica en
concordancia con una riqueza y un patronazgo que los dirigentes ofrecían a la
plebe como apoyo de su carrera política (Finley, 1986, pp. 39 y ss.). En el
sistema feudal la clase dominante comenzó desde la temprana Edad Media su
progresiva separación de las comunidades de base. Si en un período
determinado se consumaba una integración entre jerarquías posicionadas de
manera desigual, pero regidas por el principio de la reciprocidad, ese
principio desaparece con la transformación de la sociedad de estatus en
sociedad de clases. Esto se manifiesta en la metamorfosis del banquete en el
tributo de posada y se objetiva en la diferenciación de clase-estamental.[53]
Desde el momento en que el consenso implica compartir determinadas
pautas que proporciona la clase dominante, el despliegue de una ideología
hegemónica es obstruido por un fundamento de segregación, como lo muestra
la cultura nobiliaria; por consiguiente, los ámbitos de pertenencia donde el
individuo adquiere distintos grados de reconocimiento, como la caballería, la
iglesia o la corporación artesanal, son esencialmente limitados. En sentido
opuesto a esas esferas, el tributario campesino está por principio excluido de
cualquier valor compartido con segmentos dotados de algún privilegio y
sujeto a una invariable retórica de descalificación por parte de los señores,
exclusión que se revela teológicamente en el sentido penitencial con el que es
entendida su actividad cotidiana y apenas corregida por participar en un
parentesco espiritual universal. El subalterno, que es ostensiblemente
separado de un mundo cultural, no puede interiorizar como suyas las
representaciones que lo configuran, y que, por el contrario, se erigen en
fuerzas impropias de su subjetividad. En consecuencia, la ideología
dominante no es la ideología que domina los comportamientos de todos los
sectores sociales sino la que domina la conducta de la clase estamental
dominante, en primer término, y de los sectores o clases vinculados a ella por
dependencias no degradantes en segundo lugar, o, en última instancia, por
tributarios enriquecidos ligados a los mecanismos del poder. En el
fundamento de este principio se encuentra la ya postulada debilidad de la
cohesión social de esta formación económica.
De ninguna manera se desconocen los esfuerzos por infundir una ideología
de obediencia y resignación mediante la procesión o el sermón ad status, que
recordaba las obligaciones sociales.[54] Pero no siempre alcanza la habilidad
del orador para convencer al auditorio, y es analíticamente arriesgado
confundir en un solo hecho social el contenido del discurso y su asimilación.
Teniendo en cuenta las habilidades escénicas de muchos predicadores, un
público masivo tampoco es un indicio seguro para medir los efectos reales de
un discurso que puede encerrar una clave de interpretación contradictoria. En
la asignación al laborator de un lugar como sostén de guerreros y
eclesiásticos está contenida la posibilidad de reconstruir la armoniosa
disposición funcionalista de los tres órdenes en oposición binaria. Si esta
posibilidad de resignificación de contenidos, derivada de la ambivalencia
significante, debe tomarse como una mera hipótesis, se encuentra por el
contrario un terreno analítico más firme en los restringidos efectos de las
constricciones espirituales. La excomunión, el castigo psíquico espiritual más
severo que podía esperarse, era insuficiente para lograr el cobro de los
tributos y, contrariando su objetivo, podía constituir un refugio para «non
cumplir derecho». Ante un desprecio tan radical por los mandamientos de la
«Sancta Eglesia» sólo la prenda y aun la prisión ejecutada por el brazo
secular podían erigirse como procedimientos eficaces para asegurar el
plustrabajo.[55] El significado de esta acción es inseparable de un decurso
propio de la religiosidad del pueblo rural, subsumido sólo de manera
tangencial en un rito litúrgico hacia el que consagraba una indiferencia difícil
de erradicar.[56]
Entre el conjunto de operaciones ideológicas realizadas por la clase de
poder sólo parece haber tenido una influencia efectiva en la conciencia
campesina la que atañe a la preparación para la vida del más allá, como lo
muestran las donaciones pro anima, y aquí estamos ante una creencia general
sobre el pasaje a otra forma de vida.[57] Sin desmerecer la literatura popular
sobre el otro mundo, que instaura el miedo metafísico en el donante potencial
(Guriévich, 1990), ni subestimar una ética que se ajusta al perdón antes que al
comportamiento, advirtamos que la religión antropocéntrica de salvación
presenta una matriz que supera el marco cronológico y conceptual del
cristianismo. En el imaginario de toda sociedad los espíritus de los muertos
siempre tuvieron que arreglar las deudas por sus faltas y fueron acreedores de
sus virtudes. Pero no se trata solamente de tradiciones, sino de las
posibilidades de resignificar los contenidos oficiales sobre el tránsito hacia la
nueva vida. Sentencias como las que indican las ventajas de un camello sobre
un rico para entrar al reino de los cielos, o que los últimos serán los primeros,
son oportunidades de devolución a largo plazo de los agravios sufridos, ideas
que podían ser alentadas por la misma literatura popular cuando advertía que
los justos gozarían de la placentera visión del eterno suplicio de los impíos.
Sin negar la objetiva funcionalidad señorial de la donación post obitum,
interesa subrayar que este tipo de conducta no expresa necesariamente una
asimilación pasiva de la ideología dominante ni tiene que estar exenta de
connotaciones antisistémicas. La condición intelectual que presupone la
actividad del campesino como organizador de su reproducción social permite
suponer que su cabeza no era un recipiente vacío que se podía llenar con
cualquier tipo de ideas.
El problema que se quiere enfatizar es que la posibilidad del consenso se
encuentra, si no impugnada en su totalidad, sí fuertemente restringida. La
ideología dominante sólo se infiltraba como una luz tenue entre los resquicios
de la cultura popular. El subalterno ostenta en su vida una serie de
inorgánicas conductas críticas hacia la esfera sociopolítica y sociocultural que
se le impone: la indiferencia, la desconfianza, el sabotaje o la sumisa
dramatización que esconde la hostilidad, representan el sustrato subjetivo
disidente al que llegan selectivamente algunas pautas de la clase dominante.

EL PROBLEMA TEÓRICO DE LA CONDUCTA


REPRODUCTIVA
La carencia (o la debilidad) de consenso por parte de los tributarios
actualiza el escollo que encontró Reyna Pastor para desplegar las
consecuencias que surgían de sus investigaciones y que se resume en
preguntas de orden teorético: ¿Significa su ausencia la pura militarización
cotidiana? Si ello fuera efectivamente así, ¿cómo se adquiría una conducta
reproductiva de parte de los campesinos?
En verdad, la violencia justiciera del señor era una amenaza que pendía
sobre los campesinos, aunque habitualmente era más invocada que
efectivamente realizada. El señor feudal no era un villicus conduciendo
diariamente al esclavo al trabajo ni tampoco se asimila al comandante de un
campo de prisioneros. La respuesta a este problema, es decir, la adopción de
una conducta reproductiva en ausencia de militarización total y de
legitimación aceptada, debería buscarse en la forma de articulación social que
se daba entre los colectivos de explotadores y de explotados.
En la medida en que cada comunidad campesina constituía un mundo
económico y cultural relativamente autónomo, la intervención del señor en la
aldea era puntual, localizada en el momento de realizarse el excedente. Es allí
cuando los mecanismos represivos se ponían en tensión comprometiendo la
movilización de fuerzas externas e internas de la comunidad, circunstancia
que se fundamenta en la referida debilidad de la cohesión social. Este criterio,
el de la falta de cohesión social, que subyace en la totalidad de este análisis,
fue oportunamente destacado por Lukács como signo distintivo de las
formaciones precapitalistas debido a la escasa circulación mercantil. La
debilidad de la economía monetaria constituye, sin embargo, una sola de las
variables que se deben tomar en cuenta, y posiblemente no sea la
fundamental (en la época en que Lukács escribió, hacia 1920, era un eje
ordenador del estudio histórico evolutivo). La exigua integración social más
bien se explica por los fundamentos de reproducción relativamente
autónomos de cada célula básica, la unidad doméstica, y su magnitud
potenciada, la comunidad; o lo que es lo mismo, la autarquía relativa de las
esferas sociales se deduce del modo de producción, siendo el modo de
circulación, o la falta de economía monetaria, una de sus cualidades
derivadas.
Desde el momento en que la injerencia del señor sobre la comunidad se
concreta como intervención temporal y espacial acotada, el comportamiento
reproductivo inercial se logra por sí mismo y sus fundamentos están en las
necesidades de la vida comunitaria. En su autarquía, la comunidad tomaba
decisiones de convivencia con una disciplina cotidiana alentada y controlada
por el señor.[58] Despojado el campesino de derechos políticos, conservaba
una esfera de independencia organizacional que se comprende por la
disposición de la propiedad. Las ordenanzas aldeanas tardío medievales son
un enunciado de reglas, en buena medida surgidas de las fuerzas
comunitarias, destinadas a establecer un comportamiento no disruptivo y que
actuaban sobre los individuos en su cotidianeidad con el objeto de lograr una
convivencia razonable sobre la base de una moral comunitaria que surgía de
las prácticas consuetudinarias, y con ello se producían también las
precondiciones del excedente señorial. Esta disciplina social permite que el
control del trabajo llegue hasta la existencia privada del individuo, algo muy
comprensible en la medida en que la observación reproductivista de cada
domus era el cimiento del trabajo social. La vigilancia del señor descansaba
sobre esta fuerza de policía interna, y es por ello que se permitía una
presencia ocasional o meramente representada en símbolos como la horca o
la picota. En definitiva, la reproducción social presupone una militarización
restringida que se apoya en la autonomía relativa de las comunidades y se
corresponde con la debilidad del consenso de los tributarios.
Sólo por un equívoco esta afirmación puede ser tildada de paradójica. Las
más elevadas expresiones de violencia y consenso se despliegan
antitéticamente como formas complementarias en el interior de un único
campo de interacción social, y rigen tanto los vínculos de los miembros de la
clase dominante feudal como las relaciones entre clases de la sociedad
moderna. En términos de ecuación, diríamos que altos grados de consenso se
corresponden con las más crueles reacciones de violencia en un medio de
elevada interdependencia entre sus miembros, constituyendo la historia
contemporánea una dramática ilustración sobre la materia. En la antinómica
relación medieval entre señor y campesino, por el contrario, la debilidad del
contacto social reduce el campo de conflicto, y el antagonismo social sólo se
actualiza como hecho puntual.[59] La compulsión extraeconómica, un
requisito de la articulación del sistema feudal, cuya necesidad es recordada en
cada instrucción sobre recaudaciones, suele velar esta correlación entre
violencia y consenso.

CONSIDERACIONES FINALES
Este análisis, sobre la causa estructural de la conciencia social campesina,
responde a un arquetipo, el campesino medio tributario, que se presenta con
mayor precisión en documentos tardo medievales (debido al aumento de la
escritura), período en que el esquema comienza a sufrir interferencias que, sin
anularlo, lo despliegan sobre otros planos. Se reformula entonces la lucha
campesina y se expresa así la doble connotación sistémica y diacrónica de la
conciencia social sometida a nuevos procesos constructivos por incidencia de
otros sectores y de transitorias crisis de hegemonía. Tanto en Inglaterra en
1381 como en Castilla en 1520-1521, la lucha de clases es conducida por
agentes impulsados por una lógica de acumulación capitalista. El mercado de
tierras o de manufacturas le revela al empresario capitalista la fuerza anónima
del capital dinero y la conexión de su empresa con la economía de la
formación social en la que se encuentra, y su conciencia crítica adopta la
forma de conciencia general. Las contradicciones en que se encuentra
inmerso el sujeto, intercedidas por el poder impersonal del mercado, le
muestran de manera inmediata que su porvenir está ligado al cuestionamiento
de una estructura de clases, de una totalidad, que se interpone en su camino
de acumulador, y la lucha económica tiene entonces abierto el camino para
transformarse en combate político revolucionario.[60] Este factor se combina
con agravamientos coyunturales de las condiciones impuestas y con fisuras
emergentes entre las distintas fracciones de las clases dominantes (que
incluyen apoyos circunstanciales a las comunidades) por donde los
campesinos encuentran otras condiciones para expresarse abiertamente en
oposición al sistema señorial.[61] La interferencia de la fijación conceptual
antisistémica restringida del campesino tributario con la agenda programática
total del acumulador capitalista de la comunidad, en tanto fenómeno que
puede transformar la cualidad no clasista del campesino en cualidad clasista
atribuida, aun en el modo restringido de coyuntura revolucionaria, es una
situación que requiere otro estudio.
Se desprende de esto que el concepto de determinación no se agota en la
relación binaria marxista de base y superestructura, antinomia que no pasa de
ser una premisa del análisis social. Si la conciencia de clase real es la
desigual comprensión del posicionamiento en el funcionamiento social, cuya
determinación fija los límites de la variabilidad empírica de la conciencia, y
como tal pasa a ser un momento del proceso histórico dialéctico que justifica
su estudio desde una totalidad jerarquizada, la conciencia de clase se
configura como una parte especializada de la actividad práctico intelectual
conflictiva del grupo, y debe diferenciarse en su aprehensión metodológica de
cualquier otra rama de la evolución cultural.[62] Fue la materia de este
análisis, que se desplegó como un diálogo entre dos vertientes de la tradición
analítica social marxista, la empírica fenomenológica inglesa y la teórica
hegeliana centroeuropea.

[1] Por ejemplo, Valdeón Baruque, 1990. En el sistema esclavista se presenta una
situación parcialmente similar, vid., Hindess, y Hirst, 1979, pp. 113 y ss.; Vidal Naquet,
1977, p. 26.
[2] Un ejemplo de la resistencia en el norte hispánico, Rodríguez, 1984, doc. 4, a. 1046.
Independientemente del criterio con que se entiendan las asambleas por la «Paz de Dios»
(respuestas populares ante los señores o lucha entre elites) los testimonios sobre reacción
de los campesinos son escasos en el panorama europeo, cfr. Fossier, 1984, 1, p. 207. Con
respecto a las cartas de franquicia de los siglos XII y XIII (que merecen un tratamiento
particular) no representan un cambio en la naturaleza de la explotación. Sobre los
movimientos del siglo V al VII, Astarita, 2000.
[3] Hilton, 1978; 1988a; 1988b. Para Castilla, Lacreu, 1998, subraya el cambio del
conflicto entre la segunda mitad del siglo XV y principios del XVI.
[4] Hilton, 1978b a pesar de que en ciertas circunstancias el campesino pudo haber
desarrollado una conciencia de clase (p. 14), «... the ruling ideas of medieval peasants seem
to have been the ideas of the rulers of society as transmited to them in innumerable
sermons about the duties and the characteristic sins of the various order of society» (p. 16).
También, Hilton 1988c, p. 18.
[5] Por ejemplo, Barros, 1990. p. 43; Saavedra, 1996.
[6] Ver Capítulo 4. Este aspecto que estudié basándome en documentos tardo
medievales, puede verse en otros períodos, por ejemplo, Rodríguez, 1984, doc. 17a. 1149,
en el fuero dado a Nocedas de Cabrera por el abad Pedro de Montes (tít. 9) se establece que
en caso de conflicto los mejores del concejo concurran al cabildo a deliberar acerca de sus
derechos.
[7] Luis López y del Ser Quijano, 1991, doc. 160, año 1489, p. 601.
[8] Del Ser Quijano, 1995, doc. 39; Monterio Tejada, 1997.
[9] Puede observarse en distintas situaciones, Rodríguez, 1984, docs. 4, 87 y 89; Franco
Silva 1996, Apéndice documental, p. 107.
[10] Villar García, 1990, doc. 229; Díaz de Durana, 1984, Apéndice, p. 236; Martín
Fuertes, 1998, doc. 4.
[11] De Colmenares, 1969, p. 436; Ubieto Arteta, 1961, docs. 54, 117, 118, 120, 124;
Sáez, 1956, doc. 117.
[12] Martín, 1982, doc. 153, año 1255.
[13] Sáez, 1953, Apéndice, doc. 27, año 1373; Ubieto Arteta, 1959, Ordenanzas de
Riaza, ley 13a; Olmos Herguedas, 1998, Ordenanzas de Cuéllar, ley 146.
[14] Oceja Gonzalo, 1986, doc. 392, año 1293.
[15] Álvarez Álvarez, 1995, doc. 3436, año 1426, pp. 207 y 210.
[16] Ídem, p. 207. Tal vez puede relacionarse con esto lo indicado en un documento
anterior, 1, año 1361, por el cual sabemos que el cabildo se quejaba del deterioro de las
rentas y pensiones: «... cotidie deterius et tardibus soluebantur penssiones per illos qui
arrendactiones et possessiones a dicto capitulo ad firman tenebant...» (p. 27).
[17] Del Ser Quijano, 1995, doc. 63, año 1487; del Ser Quijano, 1987, doc. 62, año 1481.
[18] Luis López y del Ser Quijano, 1990, doc. 76, p. 331.
[19] Chacón Gómez Monedero, 1998, doc. 29, carta de avenencia de los caballeros y
escuderos, que representaban mediante el poder señorial, para defenderse contra posibles
agresiones de los aldeanos (heridas, muertes, etc.) ; doc. 46, sobre una aldea que no quiere
obedecer al concejo.
[20] Álvarez Llopis, Blasco Campos y García de Cortázar, 1994, doc. 536.
[21] Blasco, 1933, p. 420.
[22] Bartolomé Herrero, 1995, apéndice, pp. 333, 344; Vives, 1963, Concilio de Mérida,
año 666, can. XV.
[23] De Lera Maíllo et al., 1998, doc. 102, año 1343, p. 95; Rodríguez, 1984, doc. 29,
año 1165, el obispo había dado la villa de Toldanos a un caballero y los vecinos la
despoblaron con apoyo del conde Pedro Alfonso reclamando la heredad como propia. Se
llega a un acuerdo relativamente favorable para los campesinos. Pereda Llerena, 1984,
docs. 312 y 313, año 1295, en un conflicto entre el concejo y el cabildo de la catedral se
intuye que los vecinos obtenían ventajas, desde no pagar hasta la utilización del agua.
[24] Martín Fuertes, 1998, muchos son los testimonios sobre moradores que se niegan a
tributar alegando que no pertenecen a la jurisdicción, docs. 140, 157, 172 (siglo XIV).
Ídem, en doc. 205 año 1364, los moradores de Villadangos se reconocen alfoceros de la
ciudad de León diciendo que «... estauan muy pobres por muchos agrauios...» (p. 281) que
les hiciera su señor, Pedro Álvarez Osorio.
[25] Luis López y del Ser Quijano, 1991, doc. 166, año 1489, pp. 620-621; doc. 158, p.
588; del Ser Quijano, 1998; Bonilla de la Sierra, doc. 26, año 1496, pp. 128 y ss.
[26] Lema Pueyo y Tapia Rubio, 1996, doc. 10, a. 1450, p. 23.
[27] Vaca y Bonilla, 1989, docs. 141, 142 y 143. En este enfrentamiento muere un
campesino.
[28] Rosell, 1953, Crónica de Alfonso XI, p. 197.
[29] Pujol y Alonso, 1920, en el Fuero de Sahagún se sostenía que si alguno cortase del
monte del monasterio aun tan sola una rama que sea puesto en la cárcel (p. 119). Cuando
estalla la rebelión, no sólo los campesinos dejan de pagar los tributos (p. 245), sino también
parecen usar las tierras libremente. Lo dice la crónica refiriéndose a los humildes artesanos
(«personas muy biles»), seguramente de tipo rural, y agrega, «... e ya si alguno les
reprehendiese de los exçesos sobredichos o les contradixese, duramente respondiendo
deçían: de parte del diablo fue e vino quien donó a los monjes poseer tal heredad...» (p.
356). El vínculo de esta conducta en la rebelión con comportamientos usuales se muestra
en Luis López y del Ser Quijano, 1991, doc. 186, año 1490, p. 759. Similar conducta para
otros períodos, Lucas Álvarez, 1986, doc. 46, año 933.
[30] En Rodríguez, 1984, doc. 87, año 1279, pp. 259-261.
[31] Barrios García, Luis Corral y Riano Pérez, 1996, doc. 23, a. 1432, cuando Juan
Sánchez de la Adrada, en nombre de don Álvaro de Luna toma posesión de unos alijares, al
llegar al lugar llamado los Mijares, reúne a los vecinos y les exige que respeten la
propiedad señorial. Éstos cumplen con el rito de subordinación poniendo la carta de
concesión real en sus cabezas, declaran obedecer, besan la mano derecha del representante
señorial y afirman que les complacía ser sus vasallos (p. 54). Esta dramatización es
posterior al acto de fuerza donde el señor imponía su propiedad junto con el símbolo de la
justicia, la horca. Pero no puede leerse este acto como una aceptación voluntaria. Los
aldeanos de El Colmenar llegan a un acuerdo con el representante de don Álvaro de Luna
por el cual podían llevar sus animales a los alijares, pacto que se establece «... por que
çesen debates» (ídem, doc. 25, p. 66). García Luján, 1996, el tributario podía reverenciar al
abad o al clérigo de misa besándole la mano, pero no como reconocimiento de señorío sino
«... por ganar quarenta días de perdón...» (p. 94).
[32] De Lera Maíllo, et al. 1998, doc. 307, año 1492, pp. 276-277, sanción impuesta a los
moradores de Fuentelcarnero por la muerte de un fraile en el contexto de un largo conflicto
entre el concejo y el monasterio.
[33] Casado Quintanilla, 1994, docs. 110 y 112, en 1495 fue asesinado el representante
de los tributarios de Ávila. Bartolomé Herrero, 1995, p. 324, al clérigo de la iglesia de
Santa María de la Puebla (arciprestazgo de Pedraza) le habían «quebado los ojos» y dos de
sus agresores gozaban de la protección vecinal. Luis López y del ser Quijano, 1991, doc.
160, año 1489, dice un testigo «... que le dixera su padre que por estos mojones antiguos
solíamos guardar e vezinos malos del pueblo, por ganar graçias con los señores, hizieron
que se pusieran los mojones nuevos...» (p. 603).
[34] Hilton, 1978a, pp. 171-172, la conciencia de clase negativa consistía en adoptar la
definición de clase de los enemigos y no la propia.
[35] Thompson, 1989. Los comentarios a su obra influyeron en distinta medida para este
análisis. Entre los más destacados, Anderson, 1985. Caínzos López, 1989; Eley, 1994;
Sewell, 1994; Meiksins Wood, 1994; Palmer, 1994; Giddens, 1994.
[36] Thompson, 1989, pp. 204 y 208. El mismo criterio utiliza Hobsbawm, 1979, pp. 373
y ss., aunque con una no coincidencia cronológica, ya que sitúa la formación de la
conciencia de la clase obrera inglesa especialmente entre 1815 y 1848.
[37] El ejemplo ha sido tomado de Rosenthal, 1969, p. 275.
[38] Esto implica una delimitación del problema. Encontrar en cada desviación de la
conducta «oficial» un indicio de conciencia de clase revela un empleo abusivo y
distorsiona el concepto. El campesino puede tener una cantidad de ideas extravagantes
según la ortodoxia eclesiástica, como preferir los milagros de un brujo o de un perro, y esto
es una elección muy irritante para la dignidad del santo, pero ninguna de esas creencias son
percepciones del funcionamiento social. Es oportuno aclarar que la herejía, como
movimiento de disidencia fundamentalmente espiritual, que no pertenece a la conciencia
social de un sector definido, puede ser obviada en este análisis.
[39] Ya en las versiones del capitalismo medieval se constata que la explotación no es
necesariamente percibida como tal, ver Brucker, 1968, p. 354, afirma que la explicación
más aceptable para la moderada actitud de los ciompi durante la revolución de 1378 es que
el popolo minuto admitía el capitalismo, a pesar de su carácter no equitativo.
[40] Hobsbawm, 1987, p. 45, que considera que las formas más elementales de
conciencia de clase entre los obreros modernos tienden a constituirse espontáneamente,
indica la «excepcionalidad» norteamericana. Son excepciones como ésta las que deberían
inducir a revisar la tesis sobre la inmediatez de la conciencia de clase. Ver sobre el caso
estadounidense un resumen de estudios en Pozzi, 1990.
[41] Lukács, 1968, pp. 90 y ss. La superior pericia que requieren las faenas agrícolas con
respecto a los oficios mecánicos fue indicada por Smith, 1987, pp. 123 y 124.
[42] Algunas precisiones pueden agregarse sobre esto: 1) La racionalidad capitalista es
tanto la negación de la facultad racional del proletariado en el proceso de trabajo, como la
proletarización de los atributos racionales del intelectual. 2) En el feudalismo, lo que se
presenta como producción tradicional con pocas alteraciones, se basa en la actividad fluida
y cambiante del trabajador individual. En el capitalismo, por el contrario, la constante
mutación técnica se realiza a costa de la fijación repetitiva de la actividad individual. 3) En
el sistema corporativo artesanal urbano del feudalismo se da un doble proceso
contradictorio con relación al trabajo. Por un lado, la actividad semiartística del artesano
presupone el dominio de una destreza laboral sin intermediación mecánica, como
propiedad intransferible del maestro artesano. Por otro lado, el dominio externo del capital
comercial sobre el proceso productivo comienza a separar las distintas fases de la
producción del producto, negándole al artesano el principio de relación unitaria con el
objeto de su trabajo. 4) Por último, si bien el proceso de producción capitalista es por un
lado la negación de la actividad cognitiva, ofrece también, y contradictoriamente, la
posibilidad de reconocimiento de la explotación, por el hecho de que el trabajador objetiva
su fuerza de trabajo separándola de su personalidad y la vende como una mercancía, y por
esta escisión entre objetividad y subjetividad, la situación resulta susceptible de conciencia;
sobre esto último, Lukács, 1968, p. 186.
[43] Una expresión de estas ideas se relaciona con el tema que vamos a tratar aquí.
Consiste en el estudio de Tönnies, 1920, (1.ª ed. 1887), que contraponía la Gemeinschaft
como ámbito de una cooperación idílica entre sus miembros a la competencia egoísta de la
sociedad capitalista.
[44] Muchos testimonios que hablan de absorción de propiedades campesinas por los
señores muestran los molinos comunales. Además, Rivera Garretas, 1985, doc. 114, año
1224, p. 332. Pereda Llerena, 1984, doc. 355, año 1301, construcción de un molino
comunal impedida por el cabildo de la catedral.
[45] Por ejemplo, Luis López y del ser Quijano, 1991, doc. 186, p. 764. Estos conflictos
son numerosos, por ejemplo, Ubieto Arteta, 1959, docs. 10, 13, 17, 19 y 41.
[46] Olmos Herguedas, 1998, Ordenanzas de Cuéllar, ley 162, p. 377, sobre el derecho
de labrar tierras comunes, dice que los hijos del labrador que había muerto no permitían su
usufructo a sus madres quedando pobres y desheredadas. Esto se inscribe en una conducta
general, como se ve en la ley 196 sobre disputas entre poseedores de tierras, «... porque
cada uno quiere entrar al otro la parte que puede, diziendo que es suyo» (p. 409).
[47] El concepto «comunismo vulgar» está tomado del que usara Marx, ver Cornu, 1965,
p. 600. El criterio reaparece en Marx, 1999, por su aislamiento el campesinado francés del
siglo XIX constituía una bolsa de patatas (p. 130). Estas elaboraciones se corresponden con
las de Guriévich, 1983, pp. 64 y ss. sobre que la naturaleza no representa un mero vínculo
sujeto-objeto, sino una cualidad de la persona, aunque aquí no se acuerda con su negación
del concepto de propiedad.
[48] Como expresa el Fuero de Sahagún, en Rodríguez, 1984, doc. 10, año 1085, (30)
«Istas consuetudines et foros per voluntatem Abbatis et collegio fratrum dedi ego
Adefonsus imperatur hominibus Sancti Facundi per quos serviant ei sicut Dominus in
submissione et humilitate plena. Et illi defendant eos et ament ut suos homines...» (p. 39).
El señor es siempre local y se le debe agradar en forma personalizada, ver Muñoz y
Romero, 1847, Fuero de Santa Cristina dado por Alfonso IX de León en 1212: «... Et si
homo, vel mulier de Sancta Christina, voluerit dare pro anima sua aliquam hereditatem, det
eam huic Ordini de Calatrava, et non ad aliam partem» (p. 226). Ídem, p. 338, Alfonso VIII
ordena en 1207 que los vecinos de Toledo sólo pueden donar o vender sus bienes a la
iglesia de Santa María de Toledo.
[49] En López de Ayala, 1991, Crónica de Enrique II, cap. V, la represión que efectúa
Pero Ferrrández de Velasco contra los habitantes de Paredes de Navas en 1371, que en una
sublevación por las rentas habían matado a su señor, Felipe de Castro. Lo mismo pasa entre
el sector dirigente de los municipios, usualmente fraccionado, pero que cuando ve
amenazada su posición establece la solidaridad de clase; ver del Val Valdivieso, 1994a, p.
46.
[50] En este punto nos separamos de una tradición del análisis social que cree que todas
las clases dominantes en la historia han obtenido el consentimiento de los explotados, y de
lo que se trata es de establecer las diferentes formas de ese consentimiento, ver Anderson,
1981, pp. 51 y ss.
[51] Se expresa con ello que es una categoría omnipresente en el sistema capitalista.
Sobre esto, Roseberry, 1989, pp. 46 y ss. critica con razón a los bienintencionados
escritores socialistas que rechazan el concepto de hegemonía/consenso aplicado a la clase
obrera y otros grupos subalternos en la actualidad por temor a que la descripción del
fenómeno disminuya las energías revolucionarias.
[52] La asimilación de la elite aldeana a la ideología dominante se constata en su
conducta ante la recaudación y el conflicto, y se expresa en las demandas de hidalguía.
Puede verse en Pardo de Guevara y Valdés, 1996, pp. 293-335. También, Chacón Gómez
Monedero, 1998, doc. 179.
[53] Los lineamientos de este planteo en Wickham, 1996 y da Graca, 1996. El entramado
descriptivo y conceptual en el que se desarrollan nuestras elaboraciones supone una toma
de distancia con respecto a la premisa de Godelier, 1990, pp. 187 y ss. y p. 195, cuando
afirma que todo poder opresivo duradero debe tener la forma de un intercambio, y que el
sistema de dominio debe tener un servicio que presta el dominante legitimándolo y
logrando el consentimiento de los dominados.
[54] La procesión: Díaz de Durana, 1984, Apéndice, pp. 203, 213; Martín Lázaro, 1932,
pp. 324-325. El sermón: Barreiro Somoza, 1977, pp. 33-34; Guriévich, 1997, pp. 144 y ss.
[55] Martín, Villar García y Marcos Rodríguez, 1977, doc. 419, a. 1289.
[56] Giordano, 1983, estudia la pervivencia de prácticas paganas populares e indica las
dificultades que tenía la iglesia para que se asistiera a la misa dominical (p. 32 y ss.). Esto
parece no haber cambiado en la plena Edad Media, ver Muñoz y Romero, 1847, Concilio
de Coyanza, año 1050, tít. VI, pp. 210-211. Para el tardo medioevo, Luis López, 1993, p.
187; Martín Cea, 1991, p. 385. En la época moderna las actitudes poco controlables por la
iglesia continuaron. Ver Campagne, 2002, para España.
[57] Es un rasgo que cruzaba todas las clases y estamentos medievales. Una confesión
significativa del recuerdo de pequeñas contravenciones y pecados puede leerse en Martín
Fernández de Navarrete et al., 1861, p. 407. Este problema se toma por su excepcionalidad;
recordemos que junto con las donaciones pro anima las transferencias forzadas (por juicios
o deudas) eran numerosísimas.
[58] Entre muchos otros ejemplos, Barrios García, Luis Corral y Riano Pérez, 1996, doc.
7, año 1393, cuando Enrique III concede el privilegio de villa a El Colmenar de las
Ferrerías con la facultad de elegir dos alcaldes anuales, les otorga también el derecho de
tener los instrumentos esenciales de la justicia: horca, cárcel, cepo y cadena.
[59] La historia del capitalismo moderno entraña al mismo tiempo el surgimiento de las
garantías individuales en su más elevada expresión y del genocidio como recurso extremo
de la lucha de clases, procedimiento que es posible con un sofisticado nivel tecnológico. La
debilidad del contacto entre las dos clases fundamentales del feudalismo sólo está negado
parcialmente por los enfrentamientos recurrentes de la Baja Edad Media por los espacios
productivos, y es allí, además, donde los combates campesinos reconocieron una mayor
cantidad de éxitos. Estos conflictos expresan la lucha entre señores y campesinos por el
control del proceso productivo, con lo cual la lucha de clases se inscribe en la lógica
económica del modo de producción, en el sentido teórico indicado por Wickham, 1994, p.
71.
[60] Sobre Castilla, Pérez, 1977; Astarita, 1992. Sobre Inglaterra, Hilton, 1978a, indica
(p. 230) que los movimientos más intensos de la Baja Edad Media se dieron en las áreas
con mayor comercio y producción manufacturera rural.
[61] Martín Rodríguez, 1990, pp. 21-39; Cabrera y Moros, 1991; Boone, 1991. pp. 843-
844.
[62] Puede verse por ejemplo en Burke, 1993, un modelo de estudio sobre una rama
particular de la cultura cuyas determinaciones pasan por un lugar cualitativamente
diferenciado del que aquí se ha tratado.
EL INTERCAMBIO

El intercambio desigual en la historia ha sido tratado bajo dos modelos


fundamentales: el «circulacionista», defendido por Wallerstein (1979a;
1979b), Gunder Frank (1979) y Braudel (1984), para quienes la transferencia
de valor de áreas periféricas a centrales por intercambio de no equivalentes
fue la causa de desarrollo y subdesarrollo; y el endógeno, de Brenner (1977)
o Laclau (1971), que niega la incidencia comercial en la evolución capitalista.
Tomando un espacio limitado, Castilla, en el presente artículo se estudiará el
comercio en el feudalismo y durante la primera transición al capitalismo,
analizando el funcionamiento del valor mercantil por un lado, y el vínculo
entre intercambio y reproducción económico-social por otro, con el objetivo
de redefinir el carácter de la asimetría. En este estudio se expondrá
parcialmente la teoría que surge de un estudio extenso sobre el tema
(Astarita, 1992).

I. EL INTERCAMBIO EN EL SISTEMA FEUDAL


Los bienes de prestigio
En el siglo XIII el comercio externo de Castilla presenta tres características
centrales: a) Importación de manufacturas, especialmente de textiles galo-
flamencos destinados al consumo señorial. b) Exportación de productos
primarios o semi-elaborados, como el hierro. c) Balanza comercial deficitaria
para Castilla, tanto por sobrevaluación de los textiles como por la gran
cantidad de compras realizadas.[1]
La primera pregunta que surge ante esta balanza deficitaria es acerca de la
racionalidad de la conducta de los consumidores señoriales, sometidos a
pérdida constante de moneda.
Este consumo se explica en la normativa sobre la vestimenta referida a cada
sector social, clase, estamento o minoría confesional. Eran reglamentaciones
que continuaron en la época moderna, y revelan que las vestimentas cumplían
una funcionalidad básica: dar a conocer el rango social y evidenciar el poder.
Estos textiles constituían un lenguaje, por lo que adquirían un valor semiótico
más allá de sus utilidades ordinarias, siendo bienes de prestigio con un rol en
las relaciones sociales y, en especial, en la simbología por la cual los señores
manifestaban su poder. Esto explica que los paños de lujo fueran altamente
apreciados por la clase dominante.

Consumo y fetichismo del valor de uso


La sublimación del producto que evocan los testimonios muestra que el
bien suntuario aparecía ante la conciencia de la nobleza como dotado de una
eficacia por sí mismo. Esto producía el surgimiento del fetichismo del valor
de uso de la mercancía. Para la nobleza, esta mercancía estaba dotada de una
eficacia particular en la organización social, y es por ello que el fetichismo no
era sólo un fenómeno de conciencia, sino también de ser social. El fetichismo
del valor de uso, en esencia, consiste en que las relaciones sociales surgían
del usufructo del objeto como su cualidad inherente y, en su uso, las
relaciones sociales eran manifestadas. El objeto, cuando salía del artesano, se
transformaba en mercancía al pasar por el mercado; pero este pasaje era su
nacimiento a otra forma de existencia social.
Este análisis se ilumina con la comparación del fetichismo del valor de
cambio en el capitalismo. En este último sistema, las relaciones sociales
aparecen como relaciones entre cosas. Pero el fenómeno es el inverso en el
feudalismo, donde las relaciones sociales se presentan como vínculos
jerarquizados interpersonales, y aparecen las cosas como su reflejo
transparente y también como su origen: la relación social no se reducía a
«cosa», sino que era expresada por ésta. En el feudalismo, la utilización de
los bienes suntuarios evidenciaba el nexo político sobre la persona, y su
posesión ostentosa hacía aparecer a los objetos como mediadores en la
relación de dominio, surgiendo el fetichismo en el proceso de usufructo del
bien. Derivado de este carácter activo del objeto, se generaba la forma
aparencial de que el bien determinaba la situación social. Este bien aparecía
entonces dotado con un valor social por el cual el consumidor hacía
abstracción relativa de su expresión monetaria, ya que su valor no estaba en
su precio, sino en las relaciones sociales que generaba. Ello abría la
precondición para cambiar de manera desigual el excedente eximido de estas
representaciones idealizadas, por bienes provistos de una eficacia tal que
podían pagarse por un sobreprecio.
Eran las condiciones políticas de reproducción de la clase dominante las
que condicionaron la separación y oposición entre valor de uso y valor de
cambio; condiciones que imprimían un carácter político total a la sociedad, y
que traducían la utilidad social del producto en virtudes emanadas de sus
atributos materiales. En la medida en que esta utilización de la mercancía
condicionaba el precio, el valor de uso y el consumo no pueden quedar al
margen del análisis del proceso de circulación.
Esto se relaciona con el carácter dominante que instituciones
sobreestructurales adquirieron en la sociedad feudal, cuyos fundamentos se
encuentran en las relaciones sociales de propiedad. Esta necesidad de
construcción política y de su simbología correspondiente explica la conducta
señorial: el gasto suntuario e improductivo, que impone un paralelismo con el
potlache. Este tipo de inversión feudal se hallaba condicionado, pues, de
manera pluridireccional, por la estructura social, por el desarrollo de las
fuerzas productivas, por los marcos institucionales y, especialmente, por los
requerimientos políticos de reproducción de la clase dominante.

Funcionamiento del comercio feudal: primera


aproximación
En su aspecto simplificado, este intercambio se comprende como la
obtención por parte de los señores de bienes reproductores de dominio
político a cambio de excedentes, en las condiciones de división social y
espacial del trabajo del período en el ámbito europeo. Se reproducía así una
regularidad del feudalismo, el de la producción para el consumo, aun cuando
éste estuviera mediado por el mercado, y es por eso que en su estudio se
impone el punto de vista de la demanda.
En estas evoluciones, la burguesía actuó como agente vinculante entre
formaciones sociales diferenciadas por su producción, posicionamiento que
permitía la ganancia del capital comercial a partir de la diferencia de precios
entre compras y ventas, y por ello se explica que el capital tendiera a volcarse
en la esfera de la circulación renunciando a la inversión productiva. Esta
situación nos lleva al análisis de cada uno de los momentos en que actuaba el
capital.
En la compra del mercader en los mercados flamencos, la retribución del
artesano estaba reglamentada para mantener sus condiciones como artesano
(reproducción simple).[2] Desde el momento en que el mercader, basado en
el monopolio, pagaba al artesano para que éste recreara sus condiciones de
existencia (comprendiendo los medios de producción que se debían renovar,
materias primas, costes de aprendizaje, etc.), podríamos sospechar en una
compra regida por el valor de la mercancía, es decir, por tiempo socialmente
necesario de trabajo objetivado en el producto. Pero en realidad, la
inexistencia de un fondo acumulativo en el sistema corporativo indica que el
mercader no pagaba parte del plus trabajo, de lo cual se deriva que la
ganancia del capital se originaba, en una primera instancia, por apropiación
de trabajo artesano. Sin embargo, esta explotación estaba limitada por la
necesidad de que el maestro mantuviera condiciones de dignidad laboral
(imprescindibles para que el acto creativo de su actividad tuviera lugar), y,
por otro, debido al carácter de patrono independiente del artesano. Esta
situación presenta una realidad en la que, tanto en el momento de la compra
como en el de la venta, confluían dos lógicas diferenciadas, la del mercader
por un lado, que se oponía a la de productores y consumidores por otro.
En el mercado castellano, los altos precios de las manufacturas importadas
indican una divergencia constante entre valor y precio, es decir, un
sobreprecio como elemento regular. Este fenómeno tiene un principio de
explicación en las condiciones de existencia social del textil como bien de
prestigio, con lo cual el comerciante encontraba premisas para la elevación
del precio, operando así una transferencia de parte de la renta feudal en su
beneficio. Es por ello que el consumo señorial creó el substrato objetivo para
la elevación del valor de cambio del producto artesanal. En la medida en que
el precio estaba afectado por la funcionalidad del producto, el valor de uso
era un condicionante activo del intercambio, siendo las condiciones de
reproducción social de la clase dominante las que incidían en la circulación.
El agente de esta elevación del valor de cambio era el mercader, y, como
tal, era el primer beneficiario de la asimetría que presenta este comercio en
términos monetarios entre la compra y la venta del producto. Este hecho
puede hacernos creer en una situación de hegemonía del capital mercantil,
pero este dominio estaba limitado al ámbito de los precios y su actividad
estaba determinada por las condiciones estructurales del feudalismo. Las
nociones con las que parte de la historiografía moderna ha interpretado el
capital mercantil (como un período de capitalismo comercial), expresan de
manera invertida la situación de dependencia de la burguesía de las
condiciones creadas por el feudalismo, aunque el engaño se origina en el rol
que el capital desempeñó en el control de los precios.
En los dos órdenes, compra barata al artesano y venta cara a los señores, se
constituía la ganancia del capital mercantil. Esta manifestación implica una
forma de existencia del valor que, en la medida en que se realizaba en
contradicción con la ley del valor mercantil, oscilaba en el límite de su
negación y de su aparición embrionaria, existencia del valor que estaba
determinada por las condiciones materiales en que éste se presentaba en la
sociedad. El capital hacía de esa existencia defectuosa, a cuyas
imperfecciones contribuía, la fuente en la que alimentaba su ganancia,
apropiándose de una parte del valor en circulación mediante el intercambio
de no equivalentes. Esta forma se erige al mismo tiempo en la negación del
principio del intercambio (el de la reciprocidad). Contemplado desde esta
perspectiva, el intercambio también vivía aquí en el límite, negándose en
tanto contenido y afirmándose apenas como forma. Esta existencia formal del
intercambio se corresponde con que la positiva afirmación de su contenido,
oculta en las manifestaciones aparenciales, era una apropiación de valor o
relación de explotación a través del comercio. Es en este sentido de
intercambio formal, que encubría una relación de explotación, como
hablaremos de ahora en adelante del comercio asimétrico en el sistema
feudal: como comercio de no equivalentes por funcionamiento imperfecto de
la ley del valor, que generaba acumulación de capital mercantil.
Se distingue así la conducta señorial de la lógica del capital mercantil.
Mientras que los señores, en tanto consumidores, evaluaban sobre la base de
obtener un valor de uso reproductor de su dominio político, en los
mercaderes, por el contrario, el objetivo era la maximización de sus
beneficios monetarios. En la concurrencia en el intercambio de estas dos
lógicas contradictorias, se despliega la riqueza de determinaciones que ofrece
la realidad, donde el hecho económico se establece por un juego de
oposiciones, y en ello se expresaba la exterioridad del capital respecto a los
sistemas productivos.
En el plano metodológico, esta incursión en el valor nos aleja de una
concepción subjetivista. Este comercio no estaba determinado por una
propensión subjetiva al consumo, sino por requerimientos reproductivos; el
agente no participaba como persona, sino como miembro de una clase y ello
conducía a la adquisición sistemática de medios de dominio por parte de los
señores, con lo que estamos lejos de una teoría de la utilidad marginal.
Con respecto a la relación entre intercambio y reproducción de sistemas
económicos, las conclusiones preliminares son evidentes. Este intercambio
era al mismo tiempo un mecanismo de reproducción a escala inmodificada de
artesanías, de acumulación de capital mercantil improductivo y de
reproducción de las relaciones feudales dominantes. Bajo ningún aspecto
reconocemos en estas conclusiones la tesis de Wallerstein y Braudel, ya que
el valor apropiado en la circulación no se «transmitía» a la producción de
manufacturas y, por lo tanto, el comercio de no equivalentes no determinó
desarrollo desigual.

II. EL INTERCAMBIO EN LA PRIMERA TRANSICIÓN


AL CAPITALISMO
La exportación de excedentes
Entre los siglos XIV y XVI continuó en principio el mismo esquema,
aunque se dieron también cambios significativos. A partir de mediados del
siglo XIV comenzó la exportación de lana castellana, en coincidencia con el
retroceso de las exportaciones inglesas. Además, pueden precisarse cuatro
rasgos:[3]
1) La producción de lana fue resultado de un desarrollo histórico y, cuando
la coyuntura lo permitió, Castilla disponía de una producción excedente para
exportar. No se reconoce en esta situación la tesis del «factor mercado» como
generador de la especialización económica regional.
2) La producción de lana y hierro fue protagonizada por los señores. A ellos
se agregaron los caballeros villanos, un tipo de campesino independiente que
empleaba asalariados, constituyendo un régimen de producción mercantil
subordinado al sistema feudal. Por lo tanto, las relaciones de producción que
generaban el excedente no pueden adscribirse al sistema capitalista como
pretenden las interpretaciones circulacionistas. Si bien el comercio impulsaba
la producción de excedente para el mercado, este hecho no niega la
producción para el consumo ni las relaciones precapitalistas; por el contrario,
ésta fue la modalidad de su afirmación.
3) Los comerciantes adquirían el excedente por adelantado, volcando en su
beneficio los términos de intercambio, ejerciendo así una variante de
explotación a través del comercio. Esta operatoria nos descubre un nuevo
aspecto de la balanza comercial deficitaria para los productores castellanos.
4) La monarquía garantizaba este sistema, conducta que tenía su raíz en la
percepción de tributos a la circulación. El estado centralizado se erigía en una
instancia de síntesis de la totalidad, permitiendo al mismo tiempo la
autonomía de los sistemas comprometidos en la producción y realización del
excedente (modo de producción feudal, sistema mercantil simple, capital
comercial). Esto fue acompañado por la tendencia a la concentración de la
renta y a la producción en espacios «totales» (la trashumancia), formas que
suponían una comercialización centralizada en centros como Burgos y
Sevilla.

El mercado de manufacturas
A partir del siglo XIV, junto con los paños tradicionales, se introdujeron en
el mercado castellano nuevos productos elaborados en centros regidos por
Verlagssystem, de calidad inferior y más baratos, que comenzaron a ser
consumidos por sectores populares.[4]
Entre los historiadores predomina la opinión de que esta pañería se originó
en la demanda de sectores kulak, artesanos, burócratas y por aumento en los
ingresos campesinos. Sin embargo, este enfoque no es avalado por las
evidencias: esta comercialización se dio con independencia de las fases A-B
de la economía y el argumento de una subida de los salarios reales en el siglo
XIV (tesis por otra parte controvertida) no explica un desarrollo de largo
plazo como el de la proto-industria, ni tiene en cuenta las crisis agrarias de
campesinos no asalariados. Además, los sectores medios se consolidaron en
Castilla con anterioridad a la industria rural, y no demandaron estos nuevos
productos; por el contrario, los caballeros urbanos y funcionarios del estado
adquirían paños de lujo para asimilarse a los señores, comportamiento similar
al de artesanos enriquecidos, que los adoptaban como forma de ascenso
social, comportando un modo disidente del ordenamiento social. Por otra
parte, en una sociedad en que la mayoría de la población era campesina, y
secundariamente pequeños artesanos, esta comercialización tuvo que haberse
realizado primordialmente a expensas de estos sectores, como se comprueba
empíricamente por otra parte.
Ante esta situación, no encontramos documentos que hablen de las
motivaciones de compra campesina. Sin embargo, disponemos de otro medio
para penetrar en los secretos de su comercialización: el estudio de su
racionalidad económica, incursión que mostrará que esta carencia documental
es explicable por razones estructurales.
De acuerdo con la conceptuación de Chayanov (1982), la economía
campesina limitaba sus contactos con el mercado a objetivos definidos, como
el pago de rentas dinerarias, que conducía a un nexo unilateral en tanto eran
vendedores pero no compradores. Ello respondía a la racionalidad de una
unidad productiva que tendía a proveerse del producto cualitativamente
correspondiente en especie, y, desde esta perspectiva, la tendencia
autosuficiente campesina tenía su correlato en los fundamentos autárquicos
del dominio. Sin embargo, los señores se vincularon desde siempre con el
mercado; aunque esta orientación no estaba determinada por razones
económicas, sino político culturales. En este sentido, la abstracción que el
señor hacía del factor monetario en el intercambio tenía sus raíces en una
economía de consumo que participaba de los rasgos morfológicos de la
economía campesina.
La demanda campesina podía constituirse en una realidad si de alguna
manera se realizaba la ruptura de su tendencia autárquica. Esta fue la acción
que comenzó en la acumulación feudal y que se complementó con la
industria rural a domicilio. En este punto se justifica observar la cuestión
desde la oferta.
El Verlagssystem constituía una primera fase de la producción capitalista;
en la medida en que el trabajador había perdido los medios de producción
ocasionando que se comprara fuerza de trabajo, el productor sufrió un
proceso de semi-proletarización, y el beneficio pasó a basarse en la diferencia
entre el valor de los bienes producidos para el mercado y el valor de la fuerza
de trabajo más materiales necesarios para la producción. El objetivo consistía
en la creación de plusvalía por parte de un capital productivo con la
capacidad de generar valor, a diferencia del capital mercantil, que sólo se
apropiaba de valor en la circulación del excedente.
Una de las cuestiones que suele confundir a los historiadores es que en este
sistema todavía dominaba la plusvalía absoluta. Sin embargo, se diferencia
cualitativamente del régimen anterior en que estaba orientado a la producción
de valores de cambio y en su potencialidad para la transformación
productiva, su posibilidad de producir plusvalía relativa. Esta caracterización
no supone una lectura del conjunto socio-económico de la época en términos
capitalistas. Una de las peculiaridades del Verlagssystem ha sido su desarrollo
a partir de una ubicación marginal en el interior de la formación social, que
ahora presenta rasgos transicionales.
Esta situación cuestiona la teoría de la demanda desde el punto de vista de
la producción, porque sólo mediante la comercialización se consumaba el
acrecentamiento del valor, aspecto que se ilumina si hacemos una incursión
en las relaciones entre mercado y sistema artesanal.

Mercado y artesanías urbanas


En realidad, la subsunción del trabajo por el capital no fue desconocida en
la Edad Media. En los viejos centros productivos se había desplegado una
variedad de situaciones, que comprendían desde un control externo de los
mercaderes sobre los maestros independientes, hasta una relación capitalista
por pérdida de los artesanos de sus telares. Pero a diferencia del
Verlagssystem, en los centros pañeros tradicionales no presenciamos atributos
básicos del sistema capitalista, porque el capital permanecía reproduciéndose
como capital mercantil y el control gremial impedía la reinversión
productiva, cristalizándose formas de elaboración estables. Esto justifica
tanto el análisis del capital comercial por sí mismo, en su relación sólo
externa con la producción, como el estudio del artesano con prescindencia
relativa de la incidencia del capital.
Desde un punto de vista morfológico, el sistema artesanal se basaba en una
economía doméstica limitada por controles gremiales, que anulaban la
posibilidad de acumulaciones diferenciadas. Es por ello que la corporación,
en tanto mecanismo de preservación del régimen artesanal, se asimila al
parentesco artificial con funcionalidad paralela a la comunidad de aldea
campesina. Las relaciones sociales de la unidad productiva, basadas en una
débil diferenciación social (todo oficial era un maestro en potencia), tenían un
carácter interpersonal, donde el asalariado, antes que inscribirse en una
relación de explotación, se confundía en la domus con el trabajo familiar en
un todo indiferenciado. En esta situación, las mutaciones cualitativas y
cuantitativas estaban impedidas, trabajándose de acuerdo con «costumes et
usaiges», y es por ello que acumulaciones de capital (comercial o productivo)
sólo podían lograrse mediante la salida del ámbito gremial urbano, ya sea en
los circuitos comerciales, ya mediante el traslado de manufacturas al campo.
El producto del artesano, que surgía directamente de la mano sin
intermediaciones mecánicas, adquiría un contenido no sólo económico: el
maestro que creaba un capolavoro afirmaba una cierta poetización de su
actividad, y, con ello, adquiría su derecho como integrante del grupo que lo
contenía. La esencia del oficio consistía en lograr un objeto semiartístico, a
partir del conocimiento adquirido en un aprendizaje personal, que se
incorporaba a las propiedades del sujeto como su capital propio (y por
extensión como patrimonio del gremio) y lo definía como artesano. De aquí
la importancia del secreto del oficio como arte particular de la casa, y tanto la
fabricación como el producto aparecen envueltos en un velo, que
predeterminaba el fetichismo del bien de prestigio. Subyace en esta
determinación como causalidad básica la rígida segmentación del trabajo
jurídicamente sancionada que transformaba en intransferible, en atributo
propio de la persona, la calificación adquirida en el trabajo.
Esta producción, atenta a la cualidad y no a la cantidad, no tenía como
objetivo el valor de cambio, sino el sustento, en correspondencia con el
objetivo general de la economía medieval, y cuando el mercader pagaba al
maestro para asegurar su reproducción simple, se apoyaba en estas
condiciones.
Este sistema se basaba entonces en la inmovilidad del trabajo y la baja
productividad, originándose una contradicción entre la rigidez de la oferta y
una demanda sostenida por un círculo estable de grandes consumidores,
dicotomía donde encontramos otra variable que incidía en el sobreprecio de
los textiles suntuarios.
Esta prioridad de una demanda socialmente restringida, condicionaba
también la estabilidad de la venta y la inmutabilidad de la producción, y por
ello, la crisis parcial de las industrias urbanas en el siglo XIV difícilmente se
relacione con el surgimiento del Verlagssystem (producción orientada a otro
rango de consumidores), sino con un declive de la renta feudal. En este
sentido, los historiadores que han explicado este colapso relativo por el
surgimiento de las nuevas industrias, posiblemente estén tomando un
fenómeno de correspondencia por un nexo de causalidad.

Mercantilización de la economía y sistemas productivos


Si volvemos a la industria rural a domicilio, se verifica el cambio que ésta
implicó, ya que en el sistema capitalista el trabajo, en principio, no conoce los
límites de las necesidades de los clientes, sino la amplitud en la necesidad del
capital. En el Verlagssystem no es menester que apelemos a una determinada
cualidad del producto, ni priorizar variables extraeconómicas para dar cuenta
del funcionamiento del mercado. En este sistema creció la masa de productos
junto con su abaratamiento, lo que supone una menor ganancia por unidad y
una mayor ganancia media. A diferencia del feudalismo, donde la mercancía
aparece como excedente, en el capitalismo se genera como su forma
inherente, con lo cual el razonamiento se torna inevitablemente circular, ya
que la producción mercantil presupone la venta de mercancías.
En realidad, la comercialización de la nueva pañería fue el resultado de dos
dinámicas complementarias: la aportada por la acumulación feudal que
pulverizaba las tenencias obligando a los campesinos a buscar estrategias
suplementarias en el salario, por un lado, y la del Verlagssystem por otro, que
reforzaba la mercantilización económica. Estos dos movimientos combinados
alteraban las bases autárquicas de la unidad doméstica, y ya no era la
demanda la impulsora de la producción, sino la oferta. Esto se expresó en un
nuevo fenómeno, la crisis por sobreproducción de mercancías, afirmándose
un rasgo moderno que diferencia al Verlagssystem del régimen feudal, en el
cual las crisis se mostraban como períodos prolongados de subproducción.
Esta nueva manifestación de la crisis, al mismo tiempo que confirma la
crítica a la teoría de la demanda, impone una corrección a nuestra propia
concepción en cuanto nos apartamos del estadio más acotado de la primera
transición, ya que cuando el capitalismo se desarrolla, la demanda vuelve a
estar presente en el primer plano del análisis económico.
Esta mercantilización se afirmó con matices que enriquecieron las
cualidades del proceso. Una porción de los nuevos productos fue consumida
por la nobleza como bienes de uso cotidiano. En las posibilidades de
comercialización este factor debió jugar un rol nada desdeñable, en especial
si tenemos en cuenta una segunda cuestión. Los fenómenos descritos marcan
sólo la orientación evolutiva del mercado, pero no su concreción absoluta. El
consumo popular de la «nueva pañería» se abría paso lentamente, sobre la
base de la persistencia de manufacturas campesinas para el autoconsumo.

Mercados y funcionamiento de la ley del valor


A partir del siglo XIV coexistieron en Castilla dos mercados, el feudal y el
protocapitalista, persistiendo el déficit de la balanza comercial. Ahora
debemos preguntarnos si el surgimiento del mercado protocapitalista no
presupone modificaciones en las explicaciones ya adelantadas.
En principio, el fetichismo del valor de uso no actuaba para la nueva
pañería; el fetichismo había pasado al valor de cambio, fenómeno que tuvo su
correlato en otras modificaciones.
Hemos visto que el trabajo artesano aparece como propiedad del individuo,
fijado por una segmentación corporativa y estamental. En estas condiciones,
el trabajo como tal apenas se presenta en su forma abstracta, sino en su forma
determinada, como emanación de virtudes del maestro, que creaba valores de
uso apreciados por su funcionalidad en la reproducción de las relaciones
dominantes. Esta actividad socialmente reconocida se contraponía al trabajo
del campesino dependiente que se representó con un carácter penitencial
degradante. En esta situación, se afirmaba el carácter concreto de los trabajos
artesano y campesino, ya que junto con la diferenciación de la forma
específica de actividad, se daba la irreductibilidad del trabajo humano a una
sustancia común, cuyo fundamento estaba en las condiciones sociales
existentes. Esta ausencia de trabajo socialmente igualado impedía la aparición
en su plenitud del trabajo abstracto, y aquí subyace la causalidad básica de la
forma imperfecta del valor feudal, determinación que complementa sin anular
las explicaciones anteriores.
Con la nueva pañería, por el contrario, el desdoblamiento que hacía el
campesino-proletario entre actividad rural y manufactura, la descomposición
de esta última en operaciones elementales, y la incorporación de trabajadores
sin calificación, llevaron a la pérdida de la peculiaridad artesanal, y la
destreza fue convirtiéndose en actividad abstracta, imponiéndose la
homologación de las actividades particulares como variantes de un único
gasto energético. Aparecía entonces plenamente el trabajo en su forma
general, que tenía su antecedente en las actividades aldeanas tradicionales.
Con la abstracción de las cualidades del producto y la negación de la pericia
individual como atributo intransferible de un sujeto, se afirmaba la
universalidad del trabajo y comenzaba a regir plenamente la ley del valor
mercantil (que se reflejó en la bajada de los precios). Este funcionamiento de
la ley del valor se habría dado entonces en sentido estricto, no apareciendo la
«transformación» de los valores en «precios de producción», dado que no
existía migración del capital de una industria a otra por ausencia de ramas de
la producción. Estas elaboraciones nos permiten ver que el trabajo abstracto
es un resultado histórico social.
La conclusión es que el intercambio de no equivalentes no originaba
desarrollo económico diferenciado. Por el contrario, en el comercio
capitalista, con el funcionamiento de la ley del valor, se daba el intercambio
de equivalentes, lo cual es independiente de los términos de intercambio. En
la medida en que estas conclusiones se oponen a los presupuestos
interpretativos usuales, podríamos dejarnos seducir por quienes niegan
cualquier incidencia del intercambio en el desarrollo desigual. Sin embargo,
todo el mundo sabe (excepto algunos historiadores), que el comercio
capitalista aparece asociado con el desarrollo desigual entre regiones.

El intercambio asimétrico en la primera transición al


capitalismo
Estas observaciones se complementan considerando la industria rural a
domicilio castellana, que desde el siglo XV sufría un bloqueo de su
desarrollo, por la exportación de lanas y la importación de textiles.[5] Este
bloqueo es una primera manifestación evidente de este intercambio, que nos
introduce en los efectos de asimetría: mientras el Verlagssystem castellano
estaba impedido en su desarrollo, para los centros capitalistas externos la lana
y el mercado de manufacturas que Castilla proporcionaba eran de importancia
decisiva para su crecimiento. Si consideramos ahora la relación del comercio
con la reproducción económica y social en su totalidad, otras expresiones se
manifiestan.
Mientras la materia prima exportada era una palanca del desarrollo
capitalista en las áreas externas, era un medio de realización del gasto
improductivo de los consumidores castellanos. Mientras en un polo del
intercambio la lana se metamorfoseaba en bienes de consumo personal, en el
otro polo se convertía en capital productivo con la capacidad de crear valor.
El mismo bien participaba de una reproducción capitalista ampliada y de una
reproducción feudal simple, bloqueando al mismo tiempo el sistema
capitalista castellano.
De acuerdo con esto, podemos prescindir de cuestiones como los términos
de intercambio, en tanto el análisis destaca el aspecto cualitativo del comercio
relacionado con ciclos diferenciados de reproducción económica, criterio
aplicable para la reproducción de las relaciones sociales.
El comercio de excedente primario, que era un medio para la reproducción
del sistema capitalista externo, era también la forma de obtención de bienes
para el dominio político de la clase feudal castellana. La circulación de las
mercancías se presenta como una parte de la reproducción de las relaciones
sociales diferenciadas de cada sistema vinculado (capitalista y feudal), y se
desplegaba junto con la persistencia del intercambio de no equivalentes, que
era la fuente de acumulación del capital mercantil y de reproducción simple
de la artesanía tradicional.
El consumo señorial no sólo mantenía las formas sociales tradicionales,
sino que también fue el soporte de la mercantilización capitalista, y ello
supone consecuencias teóricas. La noción de funcionalidad de la periferia,
que según el criterio circulacionista se trata por su incidencia en la
«acumulación capitalista en el centro», es pasible de reconsiderarse. La
mercancía utilizada productivamente por el sistema capitalista, y que era
también el medio de consumo señorial, en su movimiento expresaba lógicas
contradictorias pero concurrentes en la realización de un intercambio
asimétrico. Ello significa que el mercado capitalista se formó en el espacio
castellano respetando la forma de realización del excedente señorial. Este
comercio era pues bifuncional, con lo que contribuía a la reproducción del
sistema feudal en un área y del sistema capitalista en otra.
En conclusión, el intercambio desigual se define por los efectos de
asimetría que tuvo en cada una de las áreas conectadas por el flujo comercial.
Por el contrario, el presupuesto de que el comercio de no equivalentes fue
causa de desarrollo diferenciado se verifica como erróneo, en la medida en
que fue un fenómeno ligado al feudalismo, y su continuidad durante la época
moderna junto con el capital mercantil y las artesanías, fue paralela al
desarrollo de nuevas áreas con una dinámica capitalista.

[1] Gaibrois de Ballesteros, 1922-1928, Apéndice documental, en 1293-1294 hubo una


importación por cerca de un millón de maravedíes, y una exportación por unos cien mil
maravedíes en puertos del norte. Aspectos de este comercio en Cortes, 1, pp. 57, 62, 64,
103, 194, 218, 225, 278, 318 y 349; Castro, 1921, pp. 9 y ss.; 1922, pp. 271 y ss.; 1923, pp.
35 y ss.
[2] Espinas, 1923, 2; información sobre el sistema corporativo artesanal, en, ídem, 1913a,
1913b. Sobre los mercaderes, entre muchos estudios, Ruiz, 1985. A finales del siglo XVIII
en Francia, el salario se determinaba, todavía, en relación con el precio de las subsistencias,
no según el valor del trabajo; ver Soboul, 1987, pp. 59 y 61.
[3] Ver Bishko, 1981, pp. 26 y ss.; García de Cortázar, 1969, pp. 199 y ss.; Díez de
Salazar, 1985, pp. 257 y ss.
[4] Esta tendencia comenzada en el siglo XIV se constata plenamente a principios del
XVI, ver los documentos publicados por Fernández, 1977.
[5] Sobre el bloqueo de esta industria, el documento publicado por Benito Ruano, 1975,
pp. 121 y ss.; Cortes, 3, pp. 18, 340, 721.
SICILIA, TOSCANA Y CASTILLA

INTRODUCCIÓN
En los últimos años Stephan Epstein elaboró una nueva interpretación sobre
la economía medieval y la transición al capitalismo. Se fundamenta en el
estudio de Sicilia de los siglos XIV-XV y la comparación con otras regiones
italianas.[1] Consagrado a los límites regionales, su modelo se enfrenta a las
teorías de mercado de Wallerstein (1979a) y de Braudel (1984), que
consideran el comercio como el factor clave que generó desarrollo y
subdesarrollo económico. Los trabajos sobre Sicilia de Aymard (1978), Jones
(1978) y Bresc (1986a), concebidos en una línea braudeliana, concentran el
peso de sus críticas.
Epstein cree que el intercambio entre Sicilia (región agraria) y otras áreas
(de donde se importaban textiles) no tuvo incidencia en el atraso de la isla.
Sus tesis presentan, detrás de una formal y calculada heterodoxia, una matriz
teórica neoclásica, que obtuvo la consideración de historiadores como Iradiel
Murugarren (1994) y Petralia (1994).
Aquí propongo establecer un diálogo crítico entre algunas conclusiones de
Epstein y las que surgen de mis análisis sobre Castilla.[2] Las similitudes de
Sicilia y Castilla, dos regiones que han participado en el jerarquizado
comercio «internacional» en calidad de periferias, invitan a la observación
comparativa, y en ello hay un motivo valedero para aventurar este ensayo.
También la Toscana, tratada por Epstein, invita a la comparación con
Castilla: ambas zonas se asimilan en una transición problemática, si no
fallida, hacia el capitalismo. Pero además, Epstein anuncia su novedad como
un aporte a la teoría general de la economía bajo medieval. Con su esfuerzo
crítico, nos enteramos de que todo estudio sobre la incidencia del mercado
externo en el desarrollo desigual es ahora desechable. De modo inevitable, ha
presentado un desafío polémico.

EL MODELO HEREDADO
Epstein expone sus tesis con un elaborado entrelazamiento de descripción,
teoría y objeciones a la herencia historiográfica. El análisis de esta herencia
adquiere así una función activa para sus propias demostraciones.
Este procedimiento, que proporciona una densidad discursiva atrayente, es
sin embargo empobrecido por un tratamiento general de los autores que
estudiaron la incidencia del comercio en el desarrollo desigual. En la visión
de Epstein, todos ellos son englobados bajo los mismos supuestos y acusados
de una similar insuficiencia analítica.
La variedad de investigadores abocados al tema proporciona, por el
contrario, un panorama rico en matices diferenciados. Wallerstein por su
parte, en un viaje de estudios planetario desde el siglo XV en adelante, se
limita a constatar con ejemplos desparejos los efectos del comercio en el
desarrollo y el subdesarrollo sin atender a las configuraciones estructurales.
Las periferias son abarcadas de una sola mirada como partes funcionalmente
ligadas con la acumulación capitalista en el centro, y caracterizadas, por esta
funcionalidad, como economías capitalistas. Desde el punto de vista
metodológico, el modelo de «economía-mundo» que organiza su estudio lo
encasilla entre los representantes de la sociología histórica. El último Braudel
es una réplica de Wallerstein ampliando las dimensiones espaciales y
temporales de los ejemplos. Por el contrario, distinguiéndose de estos dos
autores con propensión al circulacionismo, Bresc, Jones y Aymard exhiben
conocimientos más circunscriptos a la región siciliana o a Italia (propio de los
historiadores) y muestran una superior sensibilidad por medir los efectos
estructurales del comercio. Jones y Bresc, para mencionar a dos
medievalistas, establecen que en Sicilia el predominio de la aristocracia y de
una estructura feudal consolidada por el comercio exterior inhibía el
desarrollo capitalista. Su análisis de la periferia se distingue por eso mismo
de Wallerstein. La propuesta que en el presente estudio se defiende se aleja
tanto del modelo de Wallerstein como de la teoría institucional de Epstein,
mientras que, a pesar de diferencias consistentes, tiene puntos de contacto
con los estudios de Bresc, Jones y Aymard.
Si el modelo del factor mercado doctrinalmente acabado está representado
por Wallerstein, examinemos sus proposiciones en su aspecto sustancial.
Wallerstein presupone que en el comercio de bienes primarios con
manufacturas se enfrentan mercancías que contienen diferentes cantidad de
trabajo. Esto es entonces considerado intercambio de no equivalentes, que
llevaría al desarrollo en las áreas centrales y al subdesarrollo en las
periféricas. Es por ello que determina el intercambio desigual por los terms of
trade (aunque no exhibe ninguna constancia en esto): el país productor de
bienes primarios con una balanza comercial deficitaria se encuentra
condenado al estancamiento económico. Alineado en una corriente
interpretativa más amplia de la economía y la sociología, este análisis formó
parte de la cultura política del Tercer Mundo desde mucho antes de que
Wallerstein lo popularizara en la historiografía europea.
Sin embargo, algunos casos cuestionan la validez del esquema. Uno de
ellos es la situación inglesa de mediados del siglo XIV y durante la centuria
siguiente, cuando una balanza comercial deficitaria por la caída de las
exportaciones de lanas no impidió que se dieran transformaciones decisivas,
como fue el nacimiento del putting-out-system (industria rural a domicilio), lo
que inició una etapa de crecimiento (Postan, 1981a; Miskimin, 1964; Dobb,
1975). Otro caso problemático para la estabilidad de este modelo está en la
Polonia de los siglos XVI a XVIII, país exportador agrario que por aumento
del precio de los cereales gozaba de condiciones favorables en el comercio
exterior (Kula, 1974; Zytkowicz, 1978). A pesar de esta balanza comercial, el
caso polaco es típico de una estructura arcaica sin transformaciones de
sentido moderno. Estos casos pueden repetirse, y de ellos no está excluida la
misma Sicilia, donde la exportación de granos proporcionó una balanza
comercial positiva durante la Baja Edad Media, cuestión que Bresc resuelve
alegando que los efectos retardatarios de este sistema comercial en cuanto se
constatan en un mediano plazo.
Estas cuestiones remiten a una esfera conceptual. Supongamos que
cambiamos una pluma estilográfica con valor de 20 dólares por una hoja de
papel que sólo vale 1 dólar. En este caso, el que adquiere la pluma deberá
pagar una diferencia de 19 dólares, pero nadie dudaría de que aquí se realizó
un intercambio de equivalentes. Ninguno de los actores que se encontraron en
este comercio puede alegar que ha ganado; sólo han cambiado una forma de
riqueza por otra. Distinto sería el caso si en lugar de vender la estilográfica a
20 dólares se elevara su precio a 50. Pero para que esto ocurra, debe haber
alguna circunstancia que permita imponer un sobreprecio, como por ejemplo,
la subordinación de uno de los individuos con respecto al otro, cuestión que
transportada a otro escenario sería el caso del intercambio colonial, donde el
dominio político de la metrópoli es un presupuesto de la desigualdad
comercial.
Esta sencilla excursión intelectual nos indica, por una parte, que la balanza
comercial refleja de manera muy imperfecta la naturaleza del intercambio, y
por otra, que la posesión de metales preciosos no debe ser confundida con la
creación de riquezas, como ha indicado Flynn (1984) objetando a
Wallerstein. En consecuencia, el comercio entre productos que contienen
diferentes cantidades de trabajo no necesariamente significa un intercambio
desigual que empobrece al país exportador de materias primas. De esto se
deduce que el análisis del intercambio deberá pasar por el examen del valor
mercantil para determinar si los bienes se comercian por los tiempos de
trabajo contenidos en ellos o por un sobreprecio. En el primer caso
tendríamos un intercambio de equivalentes; en el segundo caso el
intercambio sería de no equivalentes (la pluma estilográfica se vende por
encima de su valor, lo que genera una sobreganancia). Para medir los efectos
del comercio en el desarrollo, este análisis sobre el valor deberá vincularse
con el estudio de la reproducción de los sistemas económicos. En Castilla, al
igual que en Sicilia, la notable importación de textiles lujosos y caros permite
emprender un estudio de esta naturaleza.
Epstein toma otro camino. Descarta que la importación de textiles lujosos
haya tenido incidencia en la economía siciliana alegando que su consumo se
reducía a una minoría de la población. Pero determinar la importancia de este
flujo comercial requiere un análisis vinculado social y económico,
entendiendo este concepto como algo distinto a la medición cuantitativa del
consumo. Una metodología economista no permite apreciar que precisamente
un consumo minoritario tuvo un significado especial en los mecanismos de
reproducción del sistema.

EL INTERCAMBIO FEUDAL
Hacia finales del siglo XIII, Castilla exportaba bienes primarios o
semielaborados, principalmente el hierro, e importaba textiles del área galo
flamenca, lo que genera una balanza comercial ampliamente deficitaria. A
modo de ejemplo, según cuentas de aduanas de 1293-1294, las exportaciones
sumaban unos cien mil maravedíes y las importaciones alrededor del millón.
El metal precioso necesario para atender este déficit comercial se había
logrado gracias a la transferencia de excedentes que desde el área musulmana
proporcionó la Reconquista.
La causa de esta balanza comercial deficitaria radicaba en la masiva
importación de textiles. Eran paños caros, sobrevaluados con referencia a los
bienes internos, y destinados a un consumo socialmente restringido, en
especial la corte, los señores y el patriciado urbano. Otro rasgo estuvo dado
por la larga vigencia de este sistema en consonancia con el mantenimiento del
consumo aristocrático, aun cuando con el tiempo hubo variaciones en la
procedencia y tipo de textiles.
Esta situación implica la necesidad de explicarnos la conducta económica
de los señores sometidos a una constante pérdida de dinero para adquirir estas
manufacturas. La motivación de estos consumidores, que nos conduce a
descubrir la peculiar racionalidad de su comportamiento, puede develarse en
una extendida legislación estableciendo el rol que estos bienes cumplían en la
organización social.
Dos eran las funciones primordiales de estas manufacturas: evidenciar el
poder señorial y dar a conocer el rango social. Todos los estratos sociales
tenían asignada su posición en este ordenamiento, desde los excluidos con
paños penitenciales, hasta la cumbre de la escala social, el rey, a quien se le
reservaba el uso de prendas exclusivas. Los textiles de lujo eran, pues, bienes
de prestigio, que adquirían un valor semiótico en el discurso no verbal del
poder y en la organización estratificada de la sociedad.
Esta funcionalidad de las manufacturas era el fundamento de un consumo
aristocrático que se inscribía en los mecanismos de reproducción de su poder
y en sus condiciones de existencia como clase. En correspondencia con el
carácter personalizado que tenían las relaciones sociales, los bienes de
prestigio expresaban el dominio político, y de aquí surge lo que se podría
denominar el fetichismo del valor de uso de la mercancía, creándose el
substrato para la elevación de su precio. Con esta situación se comprende
también la peculiar racionalidad del comportamiento señorial, que a
diferencia del agente económico moderno, no evaluaba de acuerdo con
criterios de maximizar la ganancia monetaria, sino en función de lograr un
consumo de objetos constructores de poder; el valor del paño no estaba en su
precio sino en las relaciones sociales que creaba.
A partir de este consumo se ilumina el sistema comercial. El señor feudal
transfería bienes primarios (primero hierro y desde mediados del siglo XIV
lana) para lograr un consumo políticamente motivado en las condiciones de
división social y espacial del trabajo de la Baja Edad Media. Ello evidencia
una modalidad mercantil de realización de la renta, que reproducía, en otra
escala, formas anteriores de organización del feudalismo. Es por ello que el
significado de este comercio, como parte de las condiciones de existencia de
la clase dominante, no puede reducirse a una dimensión cuantitativa. Se
comprende en el interior del conjunto de mecanismos de subordinación
política construidos por la clase de poder, y su estudio admite un enfoque
antropológico que nos aproxima a pautas que regían en sociedades primitivas.
Vinculando al consumidor aristocrático castellano con el artesano de las
ciudades pañeras se encontraba el mercader. Los testimonios que se
conservan de sus actividades y los estudios sobre familias de comerciantes,
atestiguan la notable riqueza que obtenían del tráfico de larga distancia. Esto
nos obliga a observar la fuente del beneficio comercial.
En el momento de compra del mercader al artesano, la ganancia de este
último aparece reglamentada para mantener sus condiciones como artesano
(se apela a la idea del justo precio y al acuerdo entre partes) sin permitirle
adquirir un fondo acumulativo que pudiera desestabilizar el sistema
corporativo. Por esta vía el mercader se apropiaba de trabajo del artesano,
reduciendo a éste a la limitada expectativa de una prosperidad modesta. En
este contacto se establecía entonces un primer vínculo de explotación del
mercader sobre el artesano, aunque esta explotación tenía sus límites en la
necesidad de preservar el carácter semiartístico de la manufactura.
En el momento de venta del paño, el mercader, aprovechándose de las
condiciones políticas de existencia del bien suntuario, elevaba su precio
enajenándose por vía comercial una parte de la renta señorial. El monopolio
que el mercader obtenía por privilegios políticos era una condición de este
procedimiento que permitía comprar barato al artesano y vender caro al
consumidor aristocrático.
Se daban así dos lógicas contrapuestas, la del mercader por un lado, cuyo
interés estaba en la obtención de un beneficio monetario, y la del señor y del
artesano por otro, cuyo objetivo era conseguir un valor de consumo. Estas
dos lógicas eran sin embargo concurrentes para que se diera un intercambio
asimétrico, entendiendo por tal un comercio basado en un funcionamiento
imperfecto de la ley del valor mercantil por el sobreprecio de las
manufacturas que permitía la acumulación de capital comercial.
Adicionalmente, otros factores incidían en la elevación del precio de los
paños. Por un lado, una oferta rígida, limitada por el trabajo cualificado y a
pequeña escala del maestro, se contraponía a una demanda superior y
constante por parte del consumidor señorial, que en cada uno de sus actos
debía reafirmar ostentosamente su condición. Por otro lado, el monopolio
comercial, que eliminaba la posibilidad del libre juego de oferta y demanda,
era otra variable conducente al sobreprecio de los textiles de lujo. Por último,
las propias características del trabajo medieval incidían en este intercambio
desigual. El trabajo del productor de bienes primarios no era asimilable, en
las condiciones de segmentación corporativa de la Edad Media, al trabajo del
artesano. Entre el dependiente del señor y el maestro del oficio se enfrentaban
dos tipos de trabajo concretos que no se homologaban. En sentido estricto, y
a diferencia de lo que postula el modelo de Wallerstein, en este comercio no
se encontraban distintas cantidades de trabajo pertenecientes a un mismo
segmento social, sino dos trabajos concretos cualitativamente diferenciados,
lo que generaba un funcionamiento imperfecto de la ley del valor (y expresa
esta ausencia de trabajo abstracto plenamente desarrollado la carencia en la
Edad Media del concepto de trabajo en general). En sentido estricto, se
trataba entonces de un comercio en la forma cuyo contenido estaba en la
enajenación de beneficio por el capital comercial.
Observemos que Wallerstein se apoya en la teoría clásica del valor de
producción para sus descripciones sobre el intercambio. Su fallo más serio
estriba en que ha creído en una vigencia ilimitada de la teoría del valor
trabajo. Epstein considera que el producto caro se explica por los altos costes
de transacción, y apoya sus conjeturas en que después de 1350, con mejoras
tecnológicas de los transportes y la consolidación de mercados regionales o
nacionales, se redujeron estos costes, desarrollándose desde entonces un
comercio de bulto de productos baratos. Una seria objeción a esta
interpretación está en que los bienes suntuarios persistieron con sus elevados
precios en el período posterior a 1350 y durante la Época Moderna. Incluso
esos precios se elevaron en términos relativos en la tardía Edad Media. Ello
evidencia que el problema del valor no se resuelve limitando el análisis a la
esfera de la circulación.
Si bien constatamos que en las relaciones entre Castilla y otras áreas existía
un comercio de no equivalentes, este intercambio no llevaba al desarrollo
desigual entre regiones. Por un lado, con este comercio se aseguraba el
consumo aristocrático, y por consiguiente, era parte de las condiciones de
reproducción del sistema feudal. En el polo de las ciudades pañeras, y en la
medida en que el mercader, mediante el control de los precios, negaba al
maestro artesano posibilidades de acumulación, este comercio sólo permitía
una reproducción simple (a escala no modificada) del sistema gremial. El
comerciante, por su parte, ligado al funcionamiento de este mercado, no tenía
ningún interés en transformar las condiciones en las que se basaba su
ganancia, sino en conservarlas. Su beneficio se invertía en rentas agrarias, en
consumo suntuario como forma de elevación social, en préstamos para lograr
prebendas, o bien era relanzado a los riesgos de la circulación; pero no
realizaba inversiones productivas, comportamiento que está ilustrado por los
comerciantes de Burgos.
En consecuencia, este intercambio no originaba desarrollo y subdesarrollo,
sino que era una modalidad de reproducción de las cualidades esenciales del
sistema feudal (sistema señorial, régimen artesanal y capital comercial)
limitándose a cristalizar evoluciones diferenciales previas. Con estas
conclusiones nos apartamos del modelo de Wallerstein. Pero esto no autoriza
a desconocer la incidencia del comercio como una condición básica de la
situación regional de la Baja Edad Media, y ello será de importancia para
entender los obstáculos que se presentan en Castilla para una futura evolución
hacia el capitalismo.

LAS CONDICIONES DE NACIMIENTO DE LA


INDUSTRIA RURAL A DOMICILIO SEGÚN EPSTEIN
En un aspecto las conclusiones que obtenemos del estudio castellano
coinciden con el análisis de Epstein sobre Sicilia. Se refieren a que el
comercio de lujo no impidió el surgimiento de la industria rural a domicilio
(Verlagssystem) en los países exportadores de bienes primarios. Este punto es
de importancia, porque, como dice Epstein, muchos historiadores (más
preciso sería decir medievalistas) han subestimado esta forma de producción
originada en la Baja Edad Media. Sin embargo, aquí se terminan los
acuerdos.
Para Epstein, el significado de la industria rural a domicilio está en la
ampliación del mercado, ya que llegaron a ser comercializados los productos
de la nueva pañería entre amplios sectores populares. La información de
Castilla permite constatar que, efectivamente, a comienzos del siglo XVI se
había extendido un consumo popular y campesino de paños provenientes de
la nueva producción rural. Empero, con la importancia que tuvo este
fenómeno, la extensión del nuevo mercado se dio lentamente y sobre la base
de una persistente producción textil doméstica para el autoconsumo. No es
conveniente sobrestimar el mercado de esta pañería tardo medieval.
La importancia de esta industria está más bien en otro aspecto. La ausencia
en la industria rural de reglamentaciones, como eran usuales en la artesanía
urbana, permitía la inversión productiva de la ganancia y abría así el camino a
una dinámica acumulativa y de transformaciones cualitativas inéditas hasta
entonces en la economía europea, hasta el punto de que hacia el siglo XVI ya
se registran casos excepcionales de factory system. Con la industria rural se
daba entonces la posibilidad de una reproducción intensiva capitalista que
podía evolucionar en el seno de la sociedad feudal dominante, aunque esto no
significa que necesariamente debía ocurrir esta evolución.
Por otra parte, el esquema de Epstein sobre el origen de la industria rural y
sus posibilidades de desarrollo en Sicilia difieren de las observaciones que
surgen de Castilla. Veamos la teoría de Epstein sobre la cuestión.
Su punto de partida está en el nuevo equilibrio entre hombres y recursos
que se origina con la crisis demográfica del siglo XIV. Habrían crecido
entonces los ingresos de sectores inferiores de la población, que comenzarían
a demandar productos de baja calidad en el mercado, dando nacimiento a la
industria rural. Pero este protagonismo de la demanda no es compatible con
los rasgos que hasta entonces había presentado la relación del campesino con
el mercado. El problema es por qué el campesino comienza a demandar
productos baratos desde la Baja Edad Media. Para Epstein, este interrogante
sólo puede responderse si se invalida la teoría sobre la economía campesina
medieval con orientación a la subsistencia. Afirma que el campesino estaba
dotado de una racionalidad económica que en nada se diferencia del
comportamiento moderno, y si no demandaba bienes en el mercado era por
constreñimientos institucionales. Cuando acontecimientos políticos
debilitaron esas constricciones, el productor agrario encontró las
oportunidades para sumergirse en la compraventa. Pudo entonces generarse
un proceso de especialización y diferenciación económica regional, en el cual
el comercio interno, impulsado por la disminución de los costes de
transacción, sería el motor del crecimiento. Es así como en su cuadro
explicativo el sistema institucional tiene un papel relevante para dar cuenta de
la nueva industria. En Sicilia, la inestabilidad política habría debilitado el
control jurisdiccional de la ciudad sobre el campo permitiendo la movilidad
física de los trabajadores, que fue una condición para el origen de la industria
rural, comenzando su evolución junto con otros despegues sectoriales (como
la producción de azúcar). Apoya esta tesis en la comparación con Florencia y
su territorio, donde el fuerte dominio de la ciudad sobre el campo, con la
detracción de excedentes por parte de la oligarquía urbana, habría abortado la
posibilidad de la nueva organización productiva. Sicilia, con una sociedad
urbana menos estructurada y más informal, pudo ser el escenario para que
naciera una impetuosa industria rural a domicilio y una economía regional
integrada. Lombardía, con un sistema urbano policéntrico, sería un modelo
intermedio entre el toscano y el siciliano.
La afinidad de estas tesis con interpretaciones endógenas del desarrollo
económico (como la de Brenner) no alcanza para disimular que Epstein se
comporta como un aplicado alumno de North y Thomas (1970). Para estas
prestigiosas autoridades, las instituciones son variables de primera
importancia en el desarrollo económico, cuya modificación puede originarse
en cambios desequilibrantes como lo fue la caída demográfica del siglo XIV.
Epstein sigue prolijamente a estos autores en la secuencia de mutaciones
demográficas e institucionales y en jerarquizar la disminución de los costes
de transacción (desglosados en costes de prospección, negociación,
aplicación y transporte) como impulso del crecimiento comercial y
económico. Este esquema es sólo tangencialmente corregido por incluir las
relaciones de clase como la causalidad del cambio institucional, estableciendo
así un nuevo parentesco con los estudios de inspiración marxista de Brenner
(1986a; 1986b). Completa su cuadro la coincidencia con opiniones (como la
de Topolski, 1979) que permutan una visión catastrófica de los siglos XIV y
XV por otra optimista como fase de especialización y desarrollo.

EL ORIGEN DE LA INDUSTRIA RURAL A


DOMICILIO EN CASTILLA
En dos aspectos la situación de Castilla puede ser asimilada a la que Epstein
describe para Sicilia. En principio, el tradicional comercio externo feudal no
fue un obstáculo para que surgiera la industria rural a domicilio. En segundo
lugar, esta nueva forma de producción no se dio exclusivamente en lugares de
economía marginal, como lo muestran los casos de Segovia y Cuenca. Sin
embargo, las causas de su nacimiento difieren de las que da Epstein para
Sicilia, y aquí nos enfrentamos con cuestiones empíricas e interpretativas.
No se entiende por qué hay que condenar la teoría usual sobre la economía
campesina. Epstein no se esfuerza en argumentar sobre esto; sólo puede
invocarse en su apoyo la noción de homo oeconomicus en general que
Polanyi y su escuela criticaron (Polanyi et al., 1975). Como han mostrado
múltiples estudios, la economía campesina precapitalista tenía orientación a
la subsistencia y, por norma, procuraba obtener un producto in natura
prescindiendo del mercado. Ello no impidió que se conectara con los
circuitos de mercado para afrontar las rentas señoriales, con lo cual se daba
una «comercialización forzada», que llevaba a un contacto unilateral en tanto
el campesino era vendedor pero no comprador (Kula, 1974; Hilton, 1985). En
este rasgo, la economía campesina se asimila a los fundamentos de la
producción señorial. Es por esto que la vinculación del señor con el mercado
«internacional» no tenía razones económicas, sino que estaba políticamente
motivada por la adquisición de bienes de prestigio. Bastaría adoptar este
punto de vista para desechar que un cambio en los ingresos o una debilidad
de los controles institucionales de la ciudad sobre el campo liberaban fuerzas
campesinas ansiosas de sumergirse en la comercialización. Pero aun
aceptando la premisa equivocada de un campesino medieval como subespecie
del eterno hombre de mercado, la teoría institucional de Epstein es
inaplicable para Castilla.
En la Extremadura Histórica castellana, durante los siglos XIV y XV, no se
debilitaron los controles institucionales de los concejos sobre sus territorios.
Las oligarquías urbanas, constituidas por caballeros villanos, ejercían una
constante vigilancia sobre los campesinos de las aldeas y con ello aseguraban
las rentas del señor. El punto significativo en relación con la teoría que ahora
consideramos, es que este dominio jerarquizado de la ciudad sobre el campo
no fue un obstáculo para que en esos territorios surgiera la industria rural a
domicilio, documentalmente comprobada en los siglos XV y XVI.
En ese contexto sometido a tributación, hay evidencias de que la industria
rural a domicilio surgía por efecto de un movimiento del sistema feudal, que
en determinadas condiciones daba lugar a que sectores aldeanos pudieran
realizar acumulaciones de capital dinero y convertirse en mercaderes
empresarios («señores del paño») contratando por salario a campesinos con
ínfimas porciones de tierra. Las condiciones económicas y sociales del
Verlagssystem se relacionan pues, con procesos de polarización de las
comunidades campesinas. En especial, tiene importancia el fraccionamiento
de las tenencias campesinas, que condujo a un progresivo empobrecimiento
social, según mostraron estudios (como el de Bois, 1976) inspirados en la
tradición maltusiana. Según este modelo (y que Epstein acepta como
principio del proceso conducente a la industria rural siciliana) el crecimiento
poblacional habría llevado a una extrema parcelación de las economías
campesinas.
En Castilla los hechos se manifiestan contrarios a esta teoría en cuanto a las
causas del fraccionamiento de las tenencias. Por una parte, en Castilla en
general, y en la Extremadura Histórica en particular, no se constata en la
Edad Media exceso demográfico, aunque los campesinos con pocas tierras
fueron una constante. Por otro lado, el modelo maltusiano establece que en
los siglos XIV y XV crecieron las oportunidades de instalación campesina en
tierras vacantes por el descenso de población. La consecuencia debió de ser la
disminución de los marginales. Sin embargo, en Castilla el aumento de la
marginalidad en el período fue de tal magnitud que los vagabundos pasaron a
ser una preocupación que se expresa de manera reiterada en Cortes.
Como indican múltiples testimonios, en Castilla la causa del
fraccionamiento de las economías campesinas y del aumento de los
desheredados se encuentra en la creciente privatización de los espacios
productivos por parte de señores y caballeros villanos para dedicar tierras a la
explotación ganadera. Este impulso estuvo motivado por la demanda de lana
para exportar, hecho que llevaba a una creciente especialización económica.
El período que abarca desde el siglo XIV hasta comienzos del XVI estuvo
plagado de conflictos por los pastos entre las comunidades aldeanas y los
medianos o grandes propietarios de ganados, lucha social que testimonia
cómo se había agudizado la contradicción entre los requerimientos de las
economías campesinas y las tendencias a la apropiación señorial del espacio.
Con ello se ponía en peligro tanto la subsistencia cotidiana de la economía
campesina, como su reproducción generacional. A este factor básico se
agregaban otros que empujaban al empobrecimiento campesino, como la tasa
de renta, las crisis de subsistencia y las fases críticas del ciclo familiar (se
comprueba un alto nivel de ventas de tierras entre las viudas).
En estas condiciones surgían dos clases de marginados. Los desposeídos
absolutos, que aparecen en la legislación de Cortes como vagabundos
oscilando entre el trabajo asalariado temporal y el delito (una expresión de
movilidad física por fuera de los controles señoriales) y los que por pobreza
habían caído por debajo del nivel mínimo requerido para tributar quedando
excluidos de la relación básica señor-campesino, aunque permanecían
viviendo con una pequeña fracción de tierra en el interior de las
comunidades. Estos últimos, presentes en la documentación de la
Extremadura Histórica, limitados a pequeñas heredades, encontraban un
complemento de vida en el usufructo de los comunales (se les permitía tener
algunos cultivos o llevar animales). Pero también eran contratados por
señores, caballeros urbanos o campesinos ricos como asalariados temporarios
para cumplir diferentes tareas (pastores, viñateros, yugueros, etc.). Su trabajo
se correspondía con los requerimientos del sistema, siendo apropiado para el
carácter no continuo de las labores agrarias y produciendo valores de
consumo para los caballeros o la aristocracia. Adicionalmente, y en la medida
en que este asalariado era también contratado por campesinos ricos,
representaba un factor de acumulación diferenciada en el interior de las
comunidades, presentándose ya una inicial dinámica de capitalismo rural que
desplazaba la antigua lógica de subsistencia. Cuando este marginal asalariado
instalado en tierras comenzaba a trabajar para el «señor del paño» la
producción de valores de cambio, es decir, de mercancías destinadas a la
venta con el objeto de conseguir una ganancia para el empresario capitalista,
era una evidencia. Dos fueron las fases históricamente reconocidas de este
proceso: el Kaufsystem, por el cual el empresario proporcionaba la materia
prima y recogía el producto terminado, pero donde el telar era propiedad del
trabajador, y el Verlagssystem, donde éste había perdido los medios de
producción en manos del empresario (Kriedte, Medick, y Schlumbohm,
1986). En Castilla estas dos versiones se dieron de manera superpuesta.
Por los datos que se obtienen de la documentación, si bien escasos y parcos,
puede aventurarse que estos empresarios del paño surgían de los miembros
más ricos de la comunidad tributaria. En especial, parece que tuvieron
importancia las actividades secundarias y terciarias en el proceso por el cual
se diferenció un estrato social de las comunidades a partir de la acumulación
de riquezas. En correspondencia con su camino económicamente ascendente,
estos tributarios ricos asumieron la representación política de las aldeas,
actuando en una constante dualidad como agentes del señor (eran los
encargados del mecanismo de recaudación en las comunidades) y como
representantes de los tributarios (pecheros). Lograban así el control del
mercado laboral en las aldeas, hecho que seguramente facilitó el
reclutamiento de asalariados cuando algunos miembros de la elite comunal
iniciaron la producción de manufacturas. Esta evolución estuvo ligada a la
estructura de comunidades de la Extremadura Histórica, donde desde su
período primitivo en los siglos X y XI, una sólida implantación de propiedad
privada había posibilitado un superior nivel de acumulación privada y de
circulación mercantil con respecto a otras comunidades, creándose las
condiciones para procesos de polarización social. Se habría verificado así una
transformación del capital comercial y usurario que brotaba de las aldeas en
capital productivo.
Desde el momento en que el proletario del Verlagssystem se origina en el
campesino que por falta de recursos había caído por debajo del mínimo de
cuantía indispensable para tributar, su trabajo para el mercader empresario no
afectaba a la renta señorial, y esto explica que el señor aceptara esta forma de
producción. Incluso la alentaba (en este sentido hay algún testimonio
elocuente), ya que el señor recuperaba por vía del impuesto a la circulación
de mercancías las rentas que había perdido por tributación directa. Estas
condiciones permiten comprender que lugares como Segovia y Cuenca fueran
ámbitos de industria rural a domicilio y también de rentas para el señor del
concejo.

DIFERENCIAS HISTÓRICAS Y CONCEPTUALES


Arribamos aquí a conclusiones que se apartan de las que Epstein obtuvo
sobre Sicilia. La industria rural castellana no se originó por cambios
institucionales que debilitaban la jerarquía ciudad campo, sino en el contexto
de un estricto señorío jurisdiccional que como colectivo aplicaban las
oligarquías urbanas en los territorios concejiles. La tributación no impedía la
diferenciación social de las aldeas, más bien la favorecía, en la medida en que
el sector superior de los «pecheros» pagaba comparativamente menos
impuestos. Este movimiento del sistema, que alteraba las bases de
subsistencia de la unidad doméstica, obligaba a los campesinos con pocas
tierras a procurarse sus medios de consumo en el mercado, y ello a su vez era
estimulado por el salario de la propia industria rural. Podemos aquí obtener
algunas conclusiones provisorias:
a) Esta primera fase del capitalismo no surgió necesariamente del proceso
de declinación feudal, como afirma una tradición que se remonta a las pautas
que Marx diera para Inglaterra. En Castilla se asiste, durante los siglos XIV y
XV, a la consolidación señorial.
b)A diferencia del mercado suntuario, donde la demanda señorial impulsa
la producción, el mercado de la pañería rural nace de cambios generados por
la dinámica feudal por un lado (mercantilización creciente de la mano de
obra), y de la misma oferta por otro (el capitalismo crea su propio mercado),
como lo prueba un nuevo fenómeno, la crisis de sobreproducción,
cualitativamente distinta de las crisis feudales de subproducción, y ello es
inexplicable si la demanda actuara como la ingeniería de la manufactura.
c) En la búsqueda de argumentos para sustentar su tesis sobre la prioridad
de cambios institucionales, Epstein sostiene una convencional diferencia de
naturaleza entre estado feudal y monarquía proto-absolutista. Presume que
esta última debilitaba los controles jurisdiccionales de las ciudades sobre
poblaciones pequeñas, favorecía la movilidad social y disminuía la
posibilidad de que los patriciados urbanos vetaran las nuevas industrias
rurales. Se constata que en Castilla, por el contrario, la monarquía se
fortaleció gracias al control jurisdiccional de las aristocracias municipales
sobre sus territorios, camino que fue paralelo a la consolidación señorial. El
mismo monarca actuaba sobre los concejos como un señor feudal
imponiendo los tributos usuales que regían en otros lugares.
d)Para Epstein, los cambios institucionales explican los procesos de
circulación mercantil en el ámbito regional, procesos que ocupan un lugar
relevante en su teoría del crecimiento económico. En Castilla, en cambio, la
transformación de las relaciones de producción no tuvo como prerrequisito
una metamorfosis institucional. Sólo a partir de esa transformación de las
relaciones sociales comenzó a evolucionar el nuevo mercado de la industria
rural, en un marco de múltiples escollos que interponía el entorno feudal: no
disminuyeron los gravámenes a las transacciones ni las trabas a la movilidad
campesina, ni tampoco las perturbaciones señoriales (rapiñas, incautaciones,
guerras). A ello se agregaba la persistencia de amplios sectores en economía
de subsistencia. Como ya había advertido Adam Smith (1987), el nuevo
sistema tropezaba con dificultades para realizar comercialmente su producto,
y en el capitalismo inicial los mercados externos adquieren un papel relevante
ampliando los marcos «nacionales». Estos obstáculos, que encuentra la nueva
industria en general, crecían en regiones como Castilla, sometidas a la
importación de manufacturas y exportación de materias primas.
e) La teoría del crecimiento bajo medieval tiene sus puntos de apoyo en
nuevas ramas de producción, y en este sentido debería matizarse la visión
demasiado catastrófica que a veces se proporcionó sobre el siglo XIV,
aunque de ninguna manera esa rectificación autoriza una concepción
optimista que olvide las caídas de la demografía y de la producción agraria.
Pero la tesis sobre crecimiento justifica una premisa teórica: concebir el
capitalismo como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas. Para
Castilla ello no está demostrado. En realidad, el «hacedor de paños» se
apoderaba de la producción en las condiciones técnicas en que ésta se
encontraba (una idea clásica de Marx sobre la subsunción del trabajo por el
capital), y el empobrecimiento campesino derivado de la crisis acrecentaba la
mano de obra en busca de salario como medio de subsistencia.
f) Con respecto al caso florentino, más que un problema de controles
políticos de la ciudad sobre su territorio, deberíamos considerar otras
variables que inhibieron una industria rural domiciliaria.[3] Debería tenerse
en cuenta, de manera prioritaria, la inversión de ganancias comerciales en el
campo de la Italia centro y norte. Ello provocó una reorganización del
espacio productivo: surgieron relaciones contractuales (mezzadria), se
implementó la casa colonica con su infraestructura compleja, se empleó una
mayor proporción de mano de obra y métodos intensivos en la coltura
promiscua (arbustivas o especializadas). En consecuencia, las fuerzas
productivas se renovaron, pero esa renovación fue, en el largo plazo, mucho
más ilusoria que efectiva, y en la mezzadria clásica encontramos causas
valederas que explican una salida en falso hacia el capitalismo. El contrato,
que impulsaba el trabajo campesino a tiempo completo, no se adecuaba a la
inactividad temporaria que requería la industria rural a domicilio. Esto no es
una simple cuestión técnica (como afirma Epstein), sino de organización
social, o más bien, de sobreexplotación del trabajo por una racionalización
extrema de la producción. Por otra parte, en un estudio anterior a la
elaboración de las tesis que ahora consideramos, Epstein daba argumentos
para dilucidar las trabas que la mezzadria oponía al capitalismo. Estudiando
el hospital de Santa María della Scala (Siena), establecía cómo la mezzadria,
favorecida aquí por la organización de granjas, reducía la acción del mercado
en beneficio del autoconsumo, y con ello se presentaba como una fuerza
opuesta al desarrollo mercantil y capitalista (Epstein, 1986, esp. pp. 36, 43,
44 y 272).
Efectivamente, la mezzadria fue un impedimento para la formación del
mercado, por el agotamiento del arrendatario, en estrecha dependencia del
propietario, por su objetivo económico de subsistencia, que reducía el
comercio a excedentes meramente eventuales, y por un capitalista urbano que
prefería la seguridad y la inercia del rentista a la inversión. Es notorio que
aun cuando se produjo empobrecimiento campesino, no se crearon
condiciones de capitalismo rural. En este sentido, la rigidez de los
gravámenes provocó que muchos campesinos perdieran sus tierras e
inmigraran a la ciudad. Pero ese nuevo proletariado era absorbido por la
industria tradicional, y se constatan casos concretos del camino que un
mezzadro recorrió hasta llegar a cardador de lana (Mazzi y Raveggi, 1983,
pp. 307 y ss.). En la misma naturaleza del fenómeno se inscribe un
Verlagssystem constituido por hilanderas que trabajaban para la manufactura
urbana (Franceschi, 1993). Esto, más que un problema jurisdiccional, revela
que esa manufactura ejercía una atracción subordinante sobre otras formas
económicas. Por último, recordemos la no inversión productiva del mercader
medieval (esto debe entenderse, obviamente, en su aspecto sustancial). Los
florentinos no eran excepción, y su comercio de paños no aseguraba un
crecimiento capitalista. Tampoco eludieron las leyes generales de la actividad
cuando parte de sus ganancias debían alimentar los privilegios políticos en las
áreas donde operaban.
En estas condiciones, las transformaciones en el régimen instituido sólo
podían tener un recorrido muy estrecho. Si bien hubo artesanos que, por
endeudamiento, se transformaron en asalariados (una condición no definitiva
porque al recuperar sus medios de producción volvían a ser maestros
independientes), no se originaba con esa proletarización parcial un sistema
capitalista de producción, como en un tiempo afirmara Rutenburg (1985).[4]
Por el contrario, los atributos más tradicionales del capital mercantil se
afirmaban, en un contexto que impedía la reinversión y, a largo plazo, esa
industria tradicional fue un factor retardatario en la evolución económica
italiana, decayendo desde el siglo XVII (Cipolla, 1952). Aun cuando en los
siglos XVIII y XIX se organizó la fattoria, que reunía varios poderes
(unidades de producción) para racionalizar la producción y el comercio, la
innovación técnica no sobrevino y predominó un clientelismo paternalista
que inhibió toda polarización social.[5]
En esta explicación hay un punto de contacto con historiadores que han
reflexionado sobre esta transición fallida (seguidores de la orientación de
Gramsci), como Romano, Procacci y Sereni, aunque también diferencias. El
paralelismo se establece en la conceptuación de esa manufactura tradicional
como no capitalista. Pero para estos historiadores, el fracaso del capitalismo
estaba en la «crisis del siglo XIV» (ver Molho, 1975, pp. 16-17). Según este
pensamiento, enmarcado en las dos lógicas de la transición, mientras que en
otros países el feudalismo se debilitó, en Italia se reforzaba por la
mencionada inversión de capital urbano en el campo. A diferencia de esa
tesis, hemos hecho aquí un esfuerzo por pensar los factores socioeconómicos
y sociopolíticos que, en la reproducción del feudalismo, anularon toda
posibilidad para un subsistema de producción de valores de cambio.
g) La industria tradicional de Florencia con su influjo en el contado
circundante, por un lado, y el régimen de producción mercantil simple de los
caballeros villanos de la Extremadura Histórica castellana, por otro, son dos
casos de modernidad precoz que planteaban obstáculos a la transición al
capitalismo. Pero esta similitud no disimula las diferencias estructurales,
derivadas de la evolución histórica y de la inserción en el feudalismo
europeo. Incluso la práctica jurisdiccional, que subordinaba a las poblaciones
del entorno urbano, tenía efectos diferentes en Toscana y en la Extremadura
Histórica. En el primer caso favorecía a la oligarquía de Florencia, mientras
que en Castilla era el señor del concejo el que se apropiaba de manera
sustancial de los tributos de las aldeas.[6] En consecuencia, los caracteres de
esos obstáculos para la transición se diferencian, y determinarán distintas vías
no capitalistas de desarrollo. Pueden resumirse en dos aspectos medulares. En
la Toscana no se generó un régimen de manufacturas rurales ni de
capitalismo agrario. En la Extremadura Histórica sí se generó un régimen de
manufacturas rurales, pero éste estuvo sometido a una presión negativa tanto
por la inserción del área en el escenario interregional, como por el papel que
jugaron los caballeros villanos y fuerzas señoriales. Son estas últimas las
cuestiones que examinamos a continuación.

EL INTERCAMBIO DESIGUAL EN LA PRIMERA


TRANSICIÓN AL CAPITALISMO
Durante los siglos XIV y XV el comercio castellano experimenta cambios.
La lana comenzó a exportarse desde mediados del siglo XIV, cuando debido
a la Guerra de los Cien Años retrocedieron las ventas inglesas. La cría de
ovejas fue impulsada por señores y caballeros de las ciudades desde las
épocas de la «Reconquista»; con lo cual interesa enfatizar que esta
producción no fue resultado de estímulos del mercado, aunque éste la
consolidó, y las relaciones sociales que generaban el excedente se inscribían
en el sistema de producción del feudalismo. Estos aspectos se enfrentan con
la concepción doctrinal de mercado.
Los mercaderes compraban el hierro o la lana en el mercado castellano
pagando por adelantado, procedimiento que les permitía deprimir el precio.
Epstein, analizando la compra de cereales sicilianos por el capital comercial,
es excesivamente formal al afirmar que no existía un vínculo de explotación
entre mercaderes y productores por tratarse de una relación contractual. Sin
embargo, la alta cuota de ganancia que los mercaderes sacaban de esta
primera realización del excedente (se ha calculado que el transporte y lavado
de la lana incrementarían su precio entre un 200 y 300%) revela que por este
mecanismo el capital mercantil reproducía un sistema de explotación
indirecta a través del comercio a costa de los productores, aprovechándose de
los descalabros financieros permanentes de los señores y gracias al
monopolio que ejercían sobre el mercado. Este circuito de ventas de materias
primas a mercados externos suponía una alianza de intereses entre la
monarquía, que cobraba derechos a la compraventa, los señores y los
caballeros urbanos, como ganaderos, y los mercaderes, hecho que establece
un paralelismo con las observaciones de Bresc para Sicilia, y que en Castilla
tendría nítidas expresiones políticas.
También varió la importación. Entre los siglos XIV y XVI, junto con los
textiles de lujo, comienzan a introducirse paños de nuevos centros rurales
europeos. Estos productos reflejan una fuerte baja del precio, que Epstein
comprueba en Sicilia, y la atribuye a la falta de sistema gremial junto con una
disminución de los costes de transacción. Este argumento sólo es aceptable
con modificaciones. En principio, en las mercancías de lujo no incidía el
sistema gremial en general, sino el monopolio de los mercaderes, que les
permitía multiplicar el precio, como lo muestra el periplo de un paño desde
su salida de Flandes hasta su venta en el área meridional. Los mercaderes se
apropiaban del reconocimiento social que tenía el trabajo calificado del
artesano. Además, ya se indicó que la disminución del coste de transacción
no fue correspondida con la caída del precio suntuario.
En realidad, las variables que condicionaban el sobreprecio de los bienes de
lujo permiten encontrar un campo de referencias para analizar el valor de las
mercancías de la industria rural. Con la nueva pañería se alteraron las
condiciones de producción y de venta que habían regido en las artesanías
tradicionales. Estos textiles, destinados al consumo popular, no tenían la
significación política del paño de lujo que justificara sobreprecios. Estos
cambios del consumo se correspondían con otros en la oferta, que permitían
una producción masiva con menor ganancia por unidad de producto y con
mayor ganancia media. La mano de obra no calificada de la industria rural (y
de inferior coste de reproducción que la artesana) replanteaba la naturaleza
del trabajo. Si el régimen corporativo urbano impedía que el trabajo
cualificado del artesano se homologara con el trabajo del campesino, con la
industria rural sobrevenía un cambio trascendente. El mismo productor, que
durante una parte del año trabajaba para el empresario del paño y durante otra
parte se convertía en trabajador rural, con su misma actividad igualaba los
trabajos concretos del artesano y del campesino convirtiéndolos en segmentos
de un mismo esfuerzo laboral, en partes de un único gasto de energía física e
intelectual. Los nuevos textiles, sin el carácter elevado del paño tradicional,
podían ser fabricados por individuos privados de pericias técnicas
particulares. En estas condiciones surgía el trabajo en su forma general, con
lo cual concluimos que el trabajo abstracto no es una noción fisiológica, sino
una categoría histórica que sólo aparece en determinadas circunstancias
(Rubin, 1982). Con ello también comenzaba a regir plenamente la ley del
valor mercantil, es decir, de acuerdo con la cantidad de trabajo social
objetivado en las mercancías. La exportación a Castilla de textiles producidos
en distintas regiones europeas de industria rural se realizaba de acuerdo con
el valor mercantil, con lo cual el intercambio de bienes primarios por
manufacturas adquiría su forma plena como intercambio de equivalentes.
En suma, desde mediados del siglo XV, por lo menos, hubo tres mercados
de manufacturas en Castilla: el tradicional suntuario, el de los nuevos paños
baratos importados desde el Brabante, Inglaterra o Normandía, y los textiles
que se producían en varios puntos de Castilla bajo el régimen de
Verlaggsystem.
Habíamos concluido, además, que el sistema de exportación de bienes
primarios e importación de textiles de lujo del cual resultaba un intercambio
de no equivalentes, no generaba desarrollo desigual. Debemos ahora
preguntarnos cómo afectó en el desarrollo económico castellano la
importación de la nueva pañería.
Para Epstein el mercado externo no incidió de manera negativa en el
desarrollo siciliano, y a pesar de que Bresc ya había establecido la
importación de manufacturas baratas, desestima que ello anulara las
potencialidades económicas del área. Sostiene que su industria rural estaba
capacitada para resistir la competencia externa, y desde esta perspectiva,
Sicilia sería propiamente an island for itself. Desde otro punto de vista, la
especialización de la isla en producción primaria implicaba una beneficiosa y
«neoclásica» economía de escala.
Solamente si por resistir se entiende una vida limitada en su expansión
podemos concordar que la industria castellana tuvo una situación paralela a la
que Epstein describe para Sicilia, porque, en verdad, el comercio externo tuvo
una clara función de bloquear su desarrollo. Esto remite a un estudio
cualitativo de los efectos que el comercio tuvo en la estructura de la periferia.
El problema del desarrollo desigual entre regiones se relaciona con los
efectos que el comercio entre manufacturas y materias primas tuvo en las
estructuras socioeconómicas de las áreas relacionadas, y en este sentido nos
acercamos a los análisis de Bresc. Observemos el conjunto de la situación
castellana tal como se presentaba hacia finales de la Edad Media.
Por un lado, el señor feudal vendía en el mercado externo sus excedentes
primarios, lana o hierro, como una forma de realización mercantil de sus
rentas para obtener bienes de prestigio reproductores de su poder político. El
objetivo era el consumo, y este comercio supone un ciclo tipo repetición sin
el presupuesto de inversión productiva. Una vez transferido el excedente e
importados los bienes suntuarios, el proceso productivo recomenzaba,
teóricamente a nivel cero. Ello se vincula con la dinámica estructural del
feudalismo, régimen sujeto a una reproducción extensiva antes que intensiva.
Esa lana exportada era utilizada, por una parte, en los gremios urbanos y,
por otra, en los nuevos centros de industria rural. Pero mientras en el primer
caso la lana entraba en el sistema de producción tradicional sin dar lugar a
crecimientos intensivos, en el segundo se transmutaba en capital productivo
con capacidad de generar inversión ampliada del beneficio. Ello era un
derivado de las características de la industria rural a domicilio, que liberada
de las trabas corporativas, permitía ampliar permanentemente los medios de
producción y la contratación de fuerza de trabajo. Por lo tanto, este comercio
tenía efectos asimétricos: mientras en un polo la lana era un medio de
realización del consumo señorial castellano (al mismo tiempo que preservaba
la manufactura tradicional de lujo) en el otro polo era un factor de
crecimiento de las industrias rurales europeas.
A su vez esa lana, transferida a mercados externos, le era negada a la
industria rural castellana impidiendo que pudiera desplegar su potencialidad
de crecimiento, con lo cual el comercio externo bloqueaba el desarrollo del
nuevo sistema. Esto se expresó durante el siglo XV en un creciente malestar
de los empresarios textiles castellanos, malestar que llevó a la revolución de
las comunidades en 1520-1521. En este primer estadio del Verlagssystem
castellano, la disputa por la lana (destinada a su exportación o a su consumo
productivo por las industrias locales) enfrentaba a los empresarios del paño
con el bloque social de señores, caballeros urbanos, comerciantes y
monarquía. Esta tensión creciente era acompañada por otro factor de bloqueo
de la industria rural de Castilla. La pañería que llegaba desde diferentes
regiones obstaculizaba la venta de las manufacturas castellanas, y este
fenómeno también se manifestó en la protesta de los empresarios capitalistas.
Constatamos que este comercio de equivalentes entre productos de
industrias rurales externas y lanas o hierros castellanos tenía efectos
desiguales. En Castilla perpetuaba la reproducción de la aristocracia, del
capital mercantil, y del sistema de producción mercantil simple de los
caballeros urbanos. Era, a su vez, un factor que permitía sobrevivir al sistema
corporativo artesanal externo, y de hecho, las manufacturas suntuarias
destinadas al consumo aristocrático continuaron en la época moderna. Este
comercio también bloqueaba, por otro lado, el capitalismo rural castellano y,
al mismo tiempo, posibilitaba su desarrollo en otras regiones. Este comercio
se define, pues, por los efectos de asimetría que tuvo en los distintos polos
conectados por el flujo comercial. Con este mecanismo, la mercantilización
capitalista no anulaba el régimen feudal castellano; por el contrario, respetaba
su lógica de reproducción, y esto puede representarse, teóricamente, como
una forma de articulación entre modos de producción diferenciados, concepto
brindado por antropólogos para situaciones coloniales y que Bresc ha
rescatado en su estudio de Sicilia.
En esta visión cualitativa, se elude, pues, el impreciso empleo de los
indicadores cuantitativos que conlleva la pareja de desarrollo y subdesarrollo
y, en su reemplazo, se apela a la teoría del valor y a los mecanismos de
reproducción. Pasan a primer plano las diferencias entre modos de
producción y sus dinámicas estructurales. El régimen ganadero castellano
pudo ser altamente productivo del mismo modo que pudo serlo el latifundio
de cereal de Sicilia. Pero en uno y otro caso se trataba de una productividad
cuyo objetivo era realizar el consumo de los señores perpetuando el
feudalismo.
[1] Los estudios de Epstein (ver bibliografía) forman, con la limitada excepción de su
trabajo de 1986, un conjunto coherente en el que recupera una y otra vez una serie de
argumentos unidos por una misma matriz conceptual.
[2] Astarita, 1992, y capítulos precedentes de este libro.
[3] Para Florencia con su entorno rural, y aspectos de la economía italiana en general, se
sintetizan aquí las opiniones de Abulafia, 1981; Aymard, 1978, pp. 139 y ss.; Cortonesi,
1995, p. 115; Cristiani, 1963, pp. 829 y ss.; Cherubini, 1977, pp. 79 y ss.; de Roover, 1966,
pp. 171 y ss.; 1968, pp. 297 y ss.; Dini, 1990, pp. 352 y ss.; Franceschi, 1993, esp. pp. 37 y
ss.; Herlihy, 1968, pp. 246 y ss.; 1978, pp. 156-157; Hoshino, 1972-1973; Jones, 1968, pp.
206 y ss.; 1978, pp. 200 y ss.; Malamina, 1982; Piccinni, 1987; Pinto, 1982, p. 225; 1990,
pp. 432 y ss.; 1993, pp. 153 y ss.; 1995, pp. 58-59; Poni, 1982, p. 1110; Procacci, 1982, pp.
194 y ss.; Rutenburg, 1985, pp. 25 y ss.; Stella, 1989, pp. 530 y ss.
[4] Este problema generó una polémica muy poco amable entre Rutemburg 1966 a;
1966b y Melis, 1966, que negaba las relaciones capitalistas, ver también Sapori, 1966.
Ahora pueden consultarse Stella, 1989 y Franceschi, 1993, quien con datos de 1380/89 y
1421/30 comprueba que las tres cuartas partes de los tejedores habían conservado la
propiedad de telar. Muestran estos dos últimos autores que hubo distintos grados de
subordinación del artesano con respecto al capital, y el maestro quedó comprendido entre
dos extremos: el pequeño empresario y el salario a destajo.
[5] Sobre el largo plazo, Romano, 1974, pp. 1881 y ss.; Georgetti, 1970; Mirri, 1970;
Lutazzi Gregori, 1981.
[6] Para el sistema fiscal de Florencia, Maire Vigueur, 1988; Becker, 1968; de la
Roncière, 1968. Ver para el análisis comparativo, Cherubini, 1990, p. 21.
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