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Guanajo

GUANAJO

Gregorio Dorta Martín


A María del Carmen González Martín, mi
mujer y amiga, mi esposa,por su amor y paciencia
al aguantar a alguien como yo, con una única
pasión: escribir, escribir y escribir.

A mis adorables hijos:


Abián y Yeray Felipe Dorta González.
ÍNDICE

Prólogo ............................................................................ 9
Un escritor del montón .................................................. 15
Mi primera comunión .................................................... 17
Mi balón de badana ........................................................ 23
San Telmo, mi playa ........................................................ 29
El Rincón, ¿y si no fuera real? ........................................ 33
Parque Taoro, por nada del mundo................................ 37
Don Benjamín Afonso, mi primer maestro................... 43
Carta a los Reyes Magos ................................................ 47
Mi más sentido pésame ................................................. 51
Sueños de Navidad.......................................................... 53
Un día en las grandes superficies................................... 59
Tito del Pino, mi único ídolo .......................................... 69
Incidente desde los once metros ................................... 75
El banquillo físico y emocional ...................................... 81
El intermedio ................................................................... 87
El trencilla ........................................................................ 91
Las vacas gordas del vestuario ....................................... 97
Tierra y polvo .................................................................. 103
Amor y fútbol .................................................................. 107
Al límite ........................................................................... 111
Paisaje de amor ............................................................... 117
La princesa cangreja no sabía leer ................................ 121

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Gregorio Dorta Martín

Resaca .............................................................................. 127


¡Ay, amor! ........................................................................ 133
Patidifuso ......................................................................... 137
Un cangrejo diferente ..................................................... 143

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PRÓLOGO

H ay dos referencias de Gregorio Dorta en la memoria


personal. Una tiene que ver directamente con la prác-
tica del deporte. La otra, con la comunicación deportiva que
durante un tiempo desarrollamos conjuntamente.
Dorta es alto. Esa estatura le convertía en un privilegia-
do para jugar al baloncesto. En el instituto le animaban sus
compañeros, sobre todo, a superar la lentitud en los movi-
mientos del «centro» o del «5», una circunstancia natural en
casi todos los que ocupan esa posición. Pero le estimulaban
también a ser más duro, a emplear más los codos, a desenvol-
verse en la zona —en «la llave» se decía entonces—, sortean-
do el poderío o las artimañas de los adversarios. Porque Goyo
era alto, pero también blando. Forzaba muchas personales; a
cambio recibía mucha «leña».
Y con esos perfiles descubrimos un jugador, un pí-
vot, allá a principios de los años setenta. Debieron de ser las
penúltimas opciones del baloncesto local que pugnaba por
contar con un patrocinador estable y disponer de una cancha
propia, mientras habría de conformarse con jugar en el habi-
litado parque San Francisco. Goyo era «el Romay» de aquel
Ucanca redivivo. Le llovían golpes, manotazos y empujones,

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Gregorio Dorta Martín

pero solía terminar con un buen índice anotador. Era proclive


a la desmoralización cuando las cosas no le salían bien, sin
embargo se animaba a medida que los entrenadores o los es-
pectadores le picaban.
La otra referencia es la de la información deportiva.
Residenciado en La Vera, se incorporó al equipo de corres-
ponsales de Radio Popular de Tenerife (COPE) que prestó
una formidable cobertura al deporte provincial durante varias
temporadas. El Vera se codeaba entonces en las primeras ca-
tegorías del fútbol regional y su equipo de juveniles atravesó
también una fecunda etapa de producción de futbolistas. Ahí
estaba Gregorio Dorta, puntual cada fin de semana, esmerán-
dose por enriquecer la actualidad de los deportistas de aquel
barrio enclavado en el centro del valle.
En esta segunda faceta, fue atesorando experiencia
hasta el punto de que sus más allegados, con esa tendencia a
colocar motes que tienen los portuenses, le bautizaron como
Parrado, en alusión al periodista deportivo que se inició con
José María García en Hora 25. Se acercó al C. D. Puerto Cruz,
cuando este aún competía con los grandes; al Puerto Cruz
de balonmano, que llegó a militar en la División de Honor
jugando en el pabellón Díaz Molina, después de un codicioso
ascenso; al Martiánez de waterpolo, que hacía frente a los po-
derosos equipos catalanes; a la lucha canaria; a los juveniles
nacionales y a los Marlins de béisbol, campeones de Europa,
aunque mucha gente aún no lo sepa.

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Guanajo

En varias emisoras de radio está el sello de Gregorio


Dorta. Informaciones en directo, aunque fuera a horas intem-
pestivas, utilizando la primera cabina al alcance y luego las
modernas tecnologías que tanto han facilitado el trabajo de
quienes habían de moverse en los ámbitos modestos o mi-
noritarios del deporte. Transmisiones, crónicas telefónicas,
impresiones sobre el terreno y grabaciones con prisas o en
condiciones de cierta tensión se acumulan en el bagaje de la
producción informativa de alguien al que sobrevino la voca-
ción desde su propia práctica baloncestística.
Pero resulta que Dorta tiene también su inquietud por
la escritura. Ahí donde le ven tienen a un lector empedernido,
a alguien movido por sentimientos de búsqueda de valores
en los libros que le han ido cautivando. Es una vena que ha
ido fluyendo, que ha mantenido casi en secreto y que ahora,
cuando aflora, revela sin alardes la voluntad de dar un paso,
mejor dicho, un salto en su propio quehacer. Se empeñó en
un libro y aquí está.
Escribe cuentos, le gusta el género. Sus vivencias en las
canchas y en las gradas o las cabinas de los recintos depor-
tivos, desde donde informaba, son su fuente de inspiración.
Aunque no es la única, como el lector comprobará. Incursionó
con su propio sitio web, buscó soportes fotográficos. Lleva-
ba un par de años rumiando con un volumen modesto que
proyectara esa vena y la escritura que ha ido modulando con
ilusión y con ganas de no defraudar.

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Gregorio Dorta Martín

Las historias relatadas por Gregorio Dorta Martín in-


mediatamente hacen que el lector saque dos primeras con-
clusiones: su afición al fútbol, deporte al que dedica nueve
narraciones; y por la escritura, que el propio autor recalca que
es una pasión que surgió en su infancia.
Aunque nacido en La Orotava, ha estado más vinculado
a la ciudad de Puerto de la Cruz, en la que enmarca muchos
de sus relatos, que describen el pasado de la ciudad turística,
sus rincones, olores y paisaje, y en los que tienen un espacio
destacado numerosos vecinos de este municipio norteño, a
los que el escritor hace un emotivo homenaje en cada una de
las líneas que escribe sobre ellos.
Las narraciones surgen de los recuerdos amontonados
desde su más tierna infancia, sobre todo las relacionadas con
el deporte rey. En esos cuentos, el autor destaca los aspectos
positivos del deporte como la honradez, el compañerismo, la
perseverancia, la amistad, el esfuerzo, la dedicación, la supe-
ración y la colaboración entre otros. Gregorio Dorta se em-
peña una y otra vez en destacar las buenas acciones y com-
portamientos de los protagonistas de sus historias, acaso para
demostrar que esos valores existen, aunque en el deporte de
élite casi hayan desaparecido.
Al margen del futbol, el autor también aborda temas
tan importantes para la sociedad en su conjunto como la in-
migración, la educación o la defensa del medio ambiente.
Dorta, a propósito, se pone al lado de los valores huma-
nos al hablar del rechazo al diferente. En el cuento titulado «Un

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Guanajo

cangrejo diferente», una vez más da una lección de humanidad


al criticar la crueldad con los inmigrantes, en clara alusión a las
personas que llegaron en patera a Canarias, sobre todo antes
de la crisis económica, con la única intención de buscar una
vida mejor para ellos y sus familias. Deja vislumbrar la débil
memoria de los españoles, especialmente de los canarios, al
hacer mención a la tradición emigrante de la población isleña,
que abandonaba su tierra para buscar también una mejor vida,
una aspiración tan legítima para unos como para otros.
En el relato «Don Benjamín Afonso, mi primer maes-
tro», el autor rememora la importancia de la enseñanza y la
educación, pero sobre todo de los docentes. Subraya la moti-
vación de los alumnos para que aprendan no solo los concep-
tos académicos, sino también los valores humanos, algo que
se capta en cada una de las historias.
En Guanajo también alude a un asunto muy candente
en los últimos meses en Canarias: la oposición a las pros-
pecciones petrolíferas y la defensa del medio ambiente, esta
vez de la mano de su hijo pequeño y de las reflexiones de
este ante la tragedia del Prestige, cuyo hundimiento, en no-
viembre de 2002, generó una marea negra que afectó espe-
cialmente a las costas gallegas. «Que la mancha no llegue a
Canarias», es la petición que hace su hijo de nueve años en
su carta a los Reyes Magos, una solicitud que sirve de excusa
al autor para alertar de las consecuencias medioambientales y
económicas que supondría para Canarias un desastre similar
en las aguas de su entorno.

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Gregorio Dorta Martín

El amor es otro de los sentimientos que impregnan esta


obra; el amor por el otro, pero sobre todo el amor por la ciu-
dad de Puerto de la Cruz, de la que describe rincones como el
Parque Taoro o la playa de San Telmo a través de los recuerdos
de su juventud. Añoranzas que fija en estos espacios, con una
visión de su pasado y su presente. A pesar de los cambios
experimentados por la ciudad en su conjunto, el autor sigue
apreciando esos lugares como zonas mágicas y especialmente
bellas.
En definitiva, Guanajo es la síntesis de las vivencias de
un hombre bueno, al que estimulaban de joven para que im-
pusiera la autoridad de su estatura bajo los tableros y al que
cariñosamente llamaban Parrado cuando se consolidó como
informador deportivo. Sus impresiones se desgranan con
sencillez, la cualidad de la que humanamente también puede
presumir.
Se empeñó en publicar y ya lo ha hecho. Gregorio Dor-
ta quería contar. Sus cosas, sus impresiones. Y ya lo ha hecho.
En cierto modo, es el relato de su vida.

Salvador García llanos,


exalcalde de Puerto de la Cruz

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UN ESCRITOR DEL MONTON

S oy un escritor del montón. Lo reconozco. A diario les


digo a mis amigos y conocidos que también los escritores
del montón tenemos derecho a la vida. A que nos tengan en
cuenta de vez en cuando. ¿Digo yo? La vida es así; a mí me
gusta tanto escribir y leer que no paro de garrapatear. Incluso
a veces, cuando tengo la oportunidad de mostrar mis escritos,
mucha gente los sabe valorar y suelo siempre decir aquello:
«No sé si soy un escritor del montón y de calidad o del mon-
tón y sin calidad». Serán los lectores de mis cuentos, relatos,
poemas, novelas, artículos y otros géneros los que deciden
sobre mis escritos. Escribo para aprender, no para enseñar,
pero, sobre todo, escribo para incitar a la reflexión; no pre-
tendo tener toda la razón y no me molesta en absoluto leer
los comentarios que corten mis alegatos, si lo hacen de forma
motivada; el diálogo es siempre inmensamente rico.
Cuando presento mis trabajos, algunos amigos los co-
gen por pura diplomacia, no parecen demostrar ni el más mí-
nimo interés por ellos, pero esto para mí no tiene la menor
importancia, todo lo contrario, ya que convierto la parte ne-
gativa en positiva y este es mi lema y mi optimismo por seguir
escribiendo, porque a mí lo que más me gusta en esta vida es

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Gregorio Dorta Martín

escribir, escribir y escribir. ¡Nada más! Sin mi pluma, sin mi


teclado, sin PC, mi vida no tiene el menor sentido. Sin em-
bargo, soy el hombre más feliz del planeta escribiendo tantas
historias que pasan por mi cabeza. Jamás he ganado un con-
curso y tampoco me trae de cabeza. Solo me interesa escribir,
dejar huella en aquellos lectores que quieran leer lo que sale
de mi ego interior, el resto me importa un bledo. ¿O sí me
importa?
Recuerdo que en una etapa de mi vida estuve haciendo,
al mismo tiempo, programas de radio, televisión y colaboraba
con un periódico, con una página diaria, tanto con fotos como
con texto. Creo que eran muy pocos los periodistas deporti-
vos, por lo menos en Canarias, que se atrevían a llevar a cabo
estos menesteres. Me pongo algo rojo al contar cosas que me
salen desde dentro, porque creo que soy una persona humil-
de y los que tendrían que hablar de mí son mi familia, mis
amigos y no debería ser yo. Sin embargo, mis intenciones en
este libro son las de reflejar toda mi pasión, mis sentimientos
y sobre todo compartir con todos los lectores algo que no se
quede en un simple archivo, sino que se traslade desde mi
interior hasta la mirada de los lectores.
Ahora soy feliz porque escribir cosas de mi barrio en
este apartado me hace ir a mis propias raíces, a mis buenos
vecinos y a lo feliz que fui en mi infancia, disfrutando de mi
hogar, de los juegos en el barranco, de la iglesia, de su plaza,
de mis buenos vecinos, de sus fiestas y de todos esos grandes
amigos.

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MI PRIMERA COMUNIÓN

— N o te vayas ni para el campo de fútbol y menos para


el barranco —gritó mi madre—. Mira que ya estás
bien vestido con tu traje de marinero para que vayas a recibir
a dios, para que vayas hacer la primera comunión, mientras
yo sigo preparando a tu demás hermanos. ¿Me entendiste,
renacuajo?
La oí sacudiendo los calderos, platos y demás utensilios
de la cocina, empujando los tenedores y cuchillos y rezando
complacencias: «qué vida la mía, los pare, los cría y lo peor
es que hay que buscarles todos los días la comida. Si todavía
se quedaran tranquilos, pero qué va… que si se metieron en
la platanera del amigo Ramón y lo destrozaron todo, que si
rompieron las bombillas de la plaza del barrio, que si se me-
tieron en la casa de Rosita y la vieron haciendo el amor con
su novio, mientras su madre andaba por la cocina… y para
rematarlo todo, jodido fútbol. No salen del colegio y ya están
metidos en ese campo lleno de lodo y tierra, una hora, dos y
tres y ellos se olvidan de todo; no hay final de partido que no
concluya como el rosario de la aurora, dándose puñetazos y
pedradas entre los dos equipos. Y una no tiene quién le haga
un mandado, que vaya a la venta de doña Juana o de Concha

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Gregorio Dorta Martín

Cantare, a comprarme azúcar, café, verduras, sardinas… por-


que otra cosa no hay en estos lugares de compra. Seis hijos,
¡¿para qué?! ¿No te lo digo? Cualquier día de estos cojo las
maletas y los dejo, me largo para la mismísima puñeta o me
voy con mi marido, a buscarlo a Caracas, a Venezuela».
Entre las varas del corral de la pequeña granja de cone-
jos, entré a jugar y toqué la mierda, la porquería, todo el es-
tiércol de los animales que luego mataban, poco antes de que
celebráramos el recibimiento de la primera hostia sagrada.
Me acurruqué agachándome sobre mis piernas y comencé a
escarbar con los dedos y las uñas de los pies dentro de aquella
conejera. Los tenía sucios y malolientes, fétidos y hediondos.
«¡Que no me los vea mamá! Si me los ve —pensé—, va a se-
guir con la cantinela de que si me paso todo el día buscando
las desgracias y de que si no soy un niño, sino un verdadero
cochino».
Así pasó poco después; estaba con su delantal de co-
cina, bien limpio y planchado, con la vela de cera encendida
en una mano y las tijeras en otra y mis dedos lastimados, con
las uñas llenas de mierdas de la conejera hasta lo más alto.
Limpiándome el estiércol y cortándome las uñas hasta que
hicieron saltar la sangre:
—¡Y no te quejes, flojo, bobo mierda!
Me quedé quieto, quietor, como bien dice el «niño de la
calzada», como oyéndome la respiración y, como en postrada
indiferencia, fui trepando la mirada por el bello y solariego
patio de mi casa y me acordé de mi amigo, Diego, el Pijo, el

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guapo de la clase, cuyo padre es militante del PP al cual coli-


sioné en la plaza, muy cerca de la iglesia donde juntos íbamos
a tomar por primera vez el cuerpo de Cristo. Él con su fina
corbata y su chaqueta y pantalón de una prestigiosa marca y
yo de marinero, sucio y con cara de borrego, tímido y sumiso.
Sin embargo, me vi en la plaza engreído y muy alegre, orien-
tando el balón con un golpe sutil para pasárselo al resto de
mis compañeros.
Llegó la hora de ir a misa al repique de las campanas. De
mi madre y mis hermanas y hermanos ni rastro; «mejor así»,
me dije. Siempre llegan tarde a los actos más importantes de
mi vida. Me presioné ante la mirada atenta y de mal ver de
todos los fieles y vecinos del barrio. Me puse al lado de Javier,
algo más limpio que yo, pero con secuelas de sudor y barro
por su cara. Me recosté y lentamente fui estirando las piernas
para sentarme poco a poco. En debilitada somnolencia me
fui abandonando, cansado ya de tanto juego y tanta pillería
que tanto me gustaba hacer. Me fui abandonando y un sueño
agonizante encerró la libertad de mi conciencia y me mostró
a mi madre, soberbia, atrevida, enfadada y con cara de pocos
amigos, rodeada de todos mis hermanos y hermanas. La vi
lanzándose sin miedo hacia mí, con sus bellos labios movién-
dose, sin gritar, como si fuera sordomuda. Turbulentas frases
le salían dirigidas hacia mí, viendo en qué estado iba a recibir
el cuerpo de Cristo.
Llegó la hora de la comunión. A su lado iba yo, amora-
tado, congelado, viendo la cara de mi madre, abrigado por sus

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brazos y, lejos, en la primera fila, en un remolino de sombras


circulares, contemplé la figura ascendente de Diego, coronan-
do grises y azules movimientos. Atontado, lenta, pero muy
lentamente, apartando los parpados y volviéndolos a dejar
caer, me fui escapando de lo imaginado y una realidad de in-
signias y de cosas conocidas, desparramándose entre mis ojos,
fueron ocupando los habituales espacios de mi conciencia.
Diego casi no conocía al cura del barrio. La primera vez
que le vi fue con Esteban, su padre, en un bar, con el párroco
viejo; los dos borrachos. Su madre les abandonó a su padre y a
él desde muy pequeño para empacharse de hombres y de sexo
en las lejanas ciudades de los rascacielos. Luego, tuvo suerte
Diego y su padre amasó una gran fortuna con el ladrillo, aun-
que hubo muchos intercambios de críticas por todo el barrio,
por los favores del alcalde y del cura hacia don Esteban.
Diego se llevó todos los piropos de los fieles, para él
fueron las mejores miradas, para mí todo lo contrario, debido
a la manera en que llegué al altar, delante del propio cura, con
su cáliz en la mano y su hostia sagrada en la otra; no era para
menos.
—¡Palabra de dios! —me dijo.
—¡Amén! —le contesté.
Terminada toda la ceremonia cristiana en la iglesia, co-
rrí presuroso para quitarme la ropa de gala y volver a jugar
con mis compañeros.
—Te lo dije, te lo dije —entró gritando mi madre y llo-
rando y arrodillándose para abrazarme; me estrechó entre

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Guanajo

sus brazos—. Hijo mío, hijo mío —se me quedó mirando—,


no importa de nuevo tu fechoría, somos una familia humilde,
sana y has recibido a Dios por primera vez, que es lo más
importante. No como ese Diego, presumido, con un padre
que pronto irá a la cárcel. El pueblo hoy está de su parte, en el
futuro no muy lejano estará y comprenderá nuestra situación
y lo normales y felices que somos en esta familia.
Con aquella edad, no lo sabía, pero no logro entender
todavía, por qué los adultos no se entienden ni ellos mismos,
aunque la verdad es que mi madre, sin ser bruja, adivinó el
futuro de las dos familias.

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MI BALÓN DE BADANA

Se quiere más lo que se ha


conquistado con más fatiga.
Aristóteles

C uando vuelvo con la memoria a mi más tierna infancia


veo un juguete que jamás he podido olvidar: mi pelota
de badana. Recuerdo la tarde en que mi padre me llevó por
primera vez a presenciar un partido de fútbol; cuando los dos
equipos salían del vestuario vi un objeto redondo, de cuero.
—¿Qué es eso redondo, papá? —pregunté con todo el
entusiasmo de mis escasos siete u ocho años.
Mi padre alzó la cabeza para mirar hacia el polvoriento
campo de tierra:
—¡Es un auténtico balón de fútbol, de cuero, oficial,
para jugar encuentros federados! —exclamó.
Aquella era una palabra nueva y mágica para mí. Co-
menzó el partido; once contra once, los dos equipos uniforma-
dos y de diferentes colores; en medio del terreno de juego un
señor vestido de negro al que todos llamaban árbitro y al cual
le decían muchos improperios e insultos y, a nuestro alrededor,
varias decenas de aficionados que gesticulaban muy emocio-
nados con cánticos y gritos de aliento a sus colores, a su equipo.

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Gregorio Dorta Martín

Aquel balón de cuero tenía un marco construido con


hilo bien armado. Por cada costado estaba pintado, un lado
de color blanco y otro negro. El balón, en aquel mi primer
partido, fue el centro de la atención de todos, no solo de los
dos equipos que se lo disputaban como si fuera un auténtico
tesoro, sino también del árbitro, que lo miraba un tanto re-
celoso, como con miedo a que le hiciera daño, por lo que lo
perseguía corriendo constantemente sin apartar la mirada de
él y, de la misma forma, de todos los aficionados que giraban
la cabeza en continuo zigzag según la situación del balón en
el terreno de juego.
Comenzó el partido y el balón iba de un lado a otro
del campo; cuando llegaba a la red o dentro de alguna de las
porterías, una parte del público vociferaba «¡Gol... gol... gol!».
Al finalizar el partido unos salieron del campo muy conten-
tos, eufóricos y otros tristes, cabizbajos y totalmente decep-
cionados. Comprendí luego que esa manera de terminar un
partido era la ley del fútbol y muchas veces de la propia vida:
ganar o perder. Fue aquel partido mi primera experiencia de-
portiva a mis solo siete años. Por supuesto, no me acuerdo ni
del nombre del árbitro al que tanto nombraban e insultaban
desde las gradas, ni mucho menos de los dos equipos que con
tanto ardor luchaban por conquistar mi, desde aquel día, ju-
guete preferido. A mí lo que más me impresionó fue el objeto
redondo, duro y de cuero al que todos miraban y al que los
jugadores luchaban por parar y mandar su loca carrera. Quién
sabe cómo, el maravilloso juguete pasó a manos de mi pa-

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Guanajo

dre. Y durante una temporada y siempre que el tiempo y sus


ocupaciones y obligaciones lo permitían, me llevaba al campo
para jugar con él y lanzarlo al aire para emular a aquellos, mis
primeros jugadores, que tanto corrían por dirigirlo hacia la
portería enemiga. Recuerdo que mi padre ponía el balón en
mis manos para que yo lo controlara mientras me decía:
—Sujétalo bien. ¡Este balón se convertirá en tu mejor
amigo! Será tu juguete preferido, pero se irá para siempre si
lo maltratas con los pies.
Al oír todo esto, aferraba mis manos con tanta fuerza
sobre su esfera que podía sentir las vibraciones que emitía
desde dentro. ¡El buen balón de cuero cobraba vida a ras de
suelo y por el aire, en el cielo! Me gustó tanto este juguete
que, con el tiempo y después de darle tantas patadas, se fue
deteriorando y al final terminó desinflado, maltrecho, roto y
dentro del cubo de la basura. No obstante, ya tenía la noción
de lo que era un balón de fútbol y decidí diseñar y construir
uno nuevo, no de cuero, sino de badana, que resultaba mu-
chísimo más económico.
Sin embargo, mi primer balón de badana fue un fracaso
y no se sostuvo ni en el aire ni en el suelo. Se estrelló contra
la pared en cuanto le comenzamos a dar las primeras patadas.
Una y otra vez lo volví a intentar y le hice pequeños ajustes;
tenía que ganar mi primera batalla en la vida y comencé a tra-
bajar con mucha ilusión. Finalmente, até de nuevo el marco,
rellenándolo de mucho papel y de viejos periódicos. Con el
nuevo balón de badana recién terminado, al atardecer, salí a

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Gregorio Dorta Martín

encontrarme con los amigos que esperaban para ver mi nue-


vo artilugio. Hicimos dos equipos sobre aquel espacio seco y
pedroso del barranco del barrio. Como éramos ocho, lo divi-
dimos: cuatro a un lado y los otros en el otro lado del cam-
po. No teníamos aficionados que nos animaran, solo alguna
madre que nos vigilaba desde lo alto de la casa o del propio
balcón de la misma; sin embargo, a pocos metros, había un
par de cabras y, entre las piedras del fuerte calor reinante, al-
gún lagarto que se convertían en los únicos interesados en
nuestro simulacro del partido.
Mi balón de badana fue el centro de interés de todos
y aquello me hizo sentirme importante y muy orgulloso. Le
pedí a uno de mis amigos que lo lanzara y el partido dio co-
mienzo. En el maltrecho campo el balón de badana rodaba a
sus anchas y todos disfrutábamos de nuestro juego de niños.
No llevábamos mucho tiempo jugando cuando llegaron otros
niños que quisieron apuntarse al partido. Uno de ellos se con-
virtió en el narrador del encuentro y comenzó su «trabajo»
anunciando las alineaciones: por los de la Calle Nueva, que era
como se llamaba el equipo rival, jugaban el Buque en la puerta
y en la defensa Mongo, Tato y Lelo, y en el nuestro, que se de-
nominaba el Casamata C.F., lo hacía el Manco de portero y en
defensa el Alpispa, Apache y, el más rápido de todos, el Avioneta.
Fue fantástico y a partir de ese día organizamos nues-
tros campeonatos, nuestros propios torneos, nuestros mun-
diales. Cada tarde, cada fin de semana, nuestra cita estaba
en aquel lugar, estrecho campo de tierra y piedras, y siempre

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Guanajo

con mi balón. Y aquellos momentos luego sirvieron para que


muchos de nosotros perdiéramos nuestra timidez; nos hicie-
ron más sociables y, lo más importante, forjaron la amistad
que compartimos y que aún muchos mantenemos a lo largo
de tantos años, sobre todo con mi balón de badana con el
que tanto disfruté. En cada período de descanso se hablaba
de todo, aunque los temas fundamentales siempre giraban
alrededor del juego y el colegio, pero sin olvidar otros que nos
llamaban ya poderosamente la atención. Ese balón nos hizo
saber ganar y perder, algo muy importante en la vida y en el
deporte; el respeto y el amor; el cariño que mantuvimos y,
sobre todo, nos enseñó a amar las cosas más insignificantes
por muy pequeñas que sean.
Me gustaba describir con mis amigos de infancia la pla-
cidez del juego y del balón. Me gustaba su cara, su voz, su risa,
su forma de hacernos tan felices, porque mi balón, aunque
les parezca mentira, reunía características casi humanas. Fue
como un ser vivo a través del que giró toda nuestra infan-
cia: rodaba, saltaba, volaba, hacía piruetas. Constituyó el pilar
para que los amigos jugaran, los curiosos miraran. Hoy en día
no tendría cabida mi pequeño artilugio. Hoy ocupan las habi-
taciones de los más pequeños otros aparatos más sofisticados;
sin embargo, todo eso no lo cambiaría por nada y menos por
mi balón de badana que me hizo disfrutar como a un enano
y, a larga, enriquecerme de tantos valores. Por eso comprendo
esa frase de Aristóteles que dice que se quiere mucho más lo
que se ha creado con fatiga que lo comprado. ¿O no?

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SAN TELMO, MI PLAYA

E stá claro. La gente de hoy tiene otros sitios y otros lu-


gares. Antes todos íbamos a la playa de San Telmo. No-
sotros, los jóvenes de los años 70, no queríamos sentarnos
simplemente en una playa, era muy aburrido y monótono,
buscábamos mucho más. En verano casi todos acudíamos a
San Telmo porque era un rincón muy diferente. Allí la luz bri-
lla más y los sonidos son muy distintos a los de otras playas.
El flujo y reflujo de las olas contra los grandes riscos del Peni-
tente nos susurraba al oído, como si de una música celestial
se tratara, y la rechinante piedrilla de la arena se restregaba
contra nuestras manos dejándolas muy limpias. Es una es-
pecie de realidad reforzada, y cada vez que nos encontramos
en la mágica bahía de San Telmo, entre el agua y la arena,
podemos saltar hacia atrás, hasta el pasado, hasta nuestras
propias infancias.
La playa que se extendía al abrigo del acantilado cal-
cáreo bajo la ermita de San Telmo era de piedrillas muy pe-
queñas y otras más grandes. Un lugar paradisíaco donde nos
bañamos y existía el diálogo, con su pequeño muelle que nos
protegía de las grandes olas, una especie de recoveco; había
tres charcos: el pequeño se llama «Charco del Espadarte»;

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Gregorio Dorta Martín

otro que daba hacia el Penitente, conocido como «el Charco


del Lago»; y el de la punta del dique, el de mayor tamaño,
«El Rebozo». Al primero se iba a través del resbaladizo pasa-
dizo de piedras con «musgo» que a más de uno y en más de
una oportunidad le costó dar con los huesos contra las duras
rocas. El otro, el de mayor proporción, «El Rebozo», donde
muchos aprendimos desde muy temprana edad a lanzarnos
al agua de cabeza, era un pozo profundo y misterioso.
En San Telmo se podían hacer cosas muy distintas: na-
dar, leer, comer, ligar, pescar, ir a las rocas de la piscina de
Martiánez, dialogar con los amigos, como lo hacían cada
mañana en la puna donde había un taburete de cemento en
forma de medio círculo. Allí era raro no ver muy temprano a
Lolo el Flaco, maestro, al matemático don Jesús, o a don Pe-
dro, el cura de la Vera. Y los que nunca fallaban a su cita, tanto
en invierno como en verano: Carmen Martín, Nena Molina o
Gerardo Gleixner, el dueño del hotel Monopol. Hacer el salto
del ángel desde la palmera de la ermita o desde lo alto del
acantilado del Penitente era para los grandes especialistas.
Todo un espectáculo, ¡el más difícil todavía! Nada que envi-
diar a los que veíamos realizar en Acapulco en México a través
de la televisión o del cine de la época. Recuerdo con nostalgia
los saltos de los hermanos Coyote, Peláez, Carmelo, David
Carpenter, aquel que hizo de actor principal en una pelícu-
la de Tarzán. Los que ya estábamos acostumbrados al lugar,
los del pueblo, corríamos sobre su playa, piedras y rocas con
«musgo», descalzos; los veraneantes llevaban zapatos. Nues-

30
Guanajo

tros pies se hundía en las «chinitas» y las olas desde la orilla


las arrojaban con mucha fuerza contra nuestros tobillos. No
era un lugar monótono, casi todos los días sucedían cosas di-
ferentes. Cuando se armaba un gran revuelo en el Penitente
era porque allí había aparecido bien una manta o un chucho,
bien, en más de una oportunidad, algún tiburón. Y si el al-
boroto era por el lado de la salida del muelle de San Telmo,
algún barco que llamaba a los más potentes nadadores para
que vieran la suculenta pesca de algún pescador de la zona.
Las sardinas, chicharros o caballas saltaban dentro de la barca
con un entusiasmo suicida.
Muchos de los amigos se ligaron a las guapas chicas de
la época e incluso muchos de ellos pasaron luego por vica-
ría, convirtiendo aún mucho más a nuestra playa en un lugar
de vivos recuerdos. Había dúos de parejas inseparables. Por
ejemplo, Paco Afonso (el que luego fuera alcalde de la ciu-
dad y que perdimos lamentablemente en el voraz incendio de
La Gomera) con Loly; Pepe Lechado y Mercedes, Fife y Mey,
Michan y Mari, Aquillo y Marili, Gregorín Pestana y Masu,
Miguel Ángel Díaz Molina (q.e.p.d.) y Pepita, Vicente y Mila-
gros, Susi y María, etc. No había nada mejor que levantarse
una mañana soleada y dejarse arrastrar a la playa en bañador
con una ligera camiseta muy grande. No hay nadie, solo unas
cuantas gaviotas, algún perro perdido que vaga entre las ro-
cosas piedras buscando algo de comida de algún olvidado y
desconsolado turista o pescador de caña. Nos pasamos todo
el día allí. Por la noche, los niños corren a la luz de la luna,

31
Gregorio Dorta Martín

las parejas se escondían en la oscuridad escuchando el suave


murmullo de la marea…
San Telmo era y es un lugar mágico. Volvía el día y sal-
tamos y nos deslizamos y bordeamos las rocas, examinando
los charcos formados por el mar, sintiéndonos pioneros. Si
no fuera porque ayer hicimos lo mismo, hoy, si volviéramos
a nacer, seguro que lo haríamos de nuevo. La vida en San
Telmo esta llena de pasión y entrega. La salida del Santo, la
embarcación de la Virgen del Carmen, también se podían dis-
frutar en ese lugar de ensueño. Ahora es verano, vamos a San
Telmo. Nuestro lugar de encuentro.

32
El RINCÓN, ¿Y SI NO FUERA REAL?

El que no lleva la belleza dentro del alma no la


encontrará en ninguna parte.
Noel Clarasó

C uando solía pasar largas temporadas en casa de mi


abuela Carmen, lo único que oía era el murmullo de las
fuertes olas del mar que rebotaban contra las duras rocas y
cuevas de la playa de arena negra del Bollullo y, si alguna vez
llovía —no lo hacía con relativa frecuencia—, de las hojas de
la platanera caían gotas que resbalaban por el cuello y los pies.
Para llegar a este espléndido paraje puede hacerse des-
de dos rutas: una desde la avenida central de la urbanización
La Paz, situada por debajo del Jardín Botánico de Puerto de
la Cruz. Al final se encuentra el inicio del sendero, que llega
hasta la carretera de Martiánez. Al otro lado de la misma, el
camino es empedrado y comienza a descender hacia el Ba-
rranco de las Arenas, donde el sendero continua hasta conec-
tar con la pista que va a la playa de Bollullo; la segunda ruta
parte desde la autopista del norte a la altura del Barranco de
las Arenas, muy cerca de la ermita de la Virgen del Carmen
y luego en uno de sus cruces hay que pasar por debajo de

33
Gregorio Dorta Martín

la propia autopista que engancha con una de las zonas más


importante de plátanos de la isla. Allí, en esa franja conocida
por San Diego, hay que girar a la izquierda para seguir por
una carretera, no en muy buen estado, de arena y piedra, pero
en cuyos alrededores, aparte de lo hermoso de su platanar, se
encuentra una flora y fauna dignas de destacar, desde rosales,
geranios o clavellinas, hasta animales como pispas, canarios
o andorinas, que hacen aún mucho más mágico este lugar de
ensueño.
Cerca de ese giro a la izquierda del bar San Diego, se
encuentra la pequeña montaña donde habitaba mi abuela
Carmen. Sobre esa ladera de media montaña que se alzaba
frente a la vieja casa de mi abuela se contemplaba un auten-
tico vergel de belleza exultante. Prácticamente se unía el azul
fuerte del cielo con el del mar, mucho más recio en colorido y
en absoluta calma; además, con el color del verde platanar y
el amarillento del sol, que formaba un autentico lienzo de co-
lores, se conseguía este bello paraje isleño, como un lugar de
ensueño. ¡Qué embriagadora profusión de colores e intensos
aromas se desplegaban por toda la zona!

Toda esta mezcla de sensaciones y de auténtica belleza
forma un verdadero bosque de plataneras que da frescor y
humedad; se hace muy agradable la estancia por todos sus
rincones. En realidad, el Rincón es muchísimo más que un
hermoso paisaje. Es un duelo de voluntades que, entre tanta
belleza, se parece más a un paraíso que a un solitario rincón
apartado de la isla. Los que vivíamos en él no teníamos idea

34
Guanajo

de las grandes riquezas paisajísticas que guardaba toda aque-


lla comarca. Era tal que desde el amanecer hasta el atardecer
del sol, e incluso de noche, el tiempo parecía inmóvil. Que-
daba anclado.
Mi interés por toda la zona aumentó cuando ya no acu-
día con tanta frecuencia a la casa de mi abuela. A partir de ese
momento cada vez que la visitaba disfrutaba por su belleza y
por la nostalgia de la feliz infancia donde había pasado mu-
cho tiempo con la familia, así como por la playa de arenas
negras con sus rocas y sus profundas cuevas.

El Rincón, con su playa Bollullo de arena negra, con
su mar bravo y sereno, con su abrupta costa, que limita con
el Ancón y con Martiánez. Su vieja escuela, su nueva iglesia,
sus tradiciones, algunas desaparecidas, como aquella fiesta
en el Ancón donde la mayoría de los agricultores de la zona
llevaban frutas y verduras y las colgaban de un arco que des-
pués llegaba desde la ranilla (Puerto de la Cruz) hasta el lugar
en que se hallaban los hombres de la mar y bajaban todos
los productos que en ella se colgaban: calabazas, bubangos,
cebollas, tomates, plátanos, manzanas y muchas más frutas
y verduras que ahora no recuerdo; todo ello con el jolgorio
típico de las fiestas y en auténtica camaradería.
Quizás esa feliz infancia tenga que ver los recuerdos
de mi madre, con sus propias raíces; allí pasó gran parte de
su vida, junto a ese pedazo de cielo, mar, verde platanar, que
tanto nos llenó, y que tanto disfrutamos junto al resto de pri-
mos y primas. Muchas son las vivencias de una vida infan-

35
Gregorio Dorta Martín

til llena de felicidad y ternura: mi abuela Carmen, mi abuelo


Gregorio, sus hijos y sus nietos, todo en plena familiaridad.
Recuerdo cómo de muy pequeño llegaba y mi abuelo
ordeñaba sus dos o tres preciosas vacas sobre la propia taza o
escudilla, con el gofio en el fondo de la misma; esa etapa sa-
bía a gloria. También recuerdo cuando algunos de mis primos,
que vivían en la zona, nos enseñaban dónde estaba la piña de
plátano que colgaba madura del mismo ramo y los potajes de
verdura de la propia huerta de mi tía Maruca que impregnaba
su olor a gran distancia. Todo era tan natural como su propio
paisaje indicaba, como las largas caminatas a hombros de mi
padre.
El Rincón es un lugar único, lleno de tranquilidad y de
ruidos naturales, todo ello a los ojos de Dios es precioso y
también a los nuestros. Vamos a seguir queriéndote mucho en
nuestra nostalgia, pedazo de edén.

36
PARQUE TAORO,
POR NADA DEL MUNDO

No pido otra cosa: el cielo sobre mí y el cami-


no bajo mis pies.
Robert L. Stevenson

M i viejo reloj marcaba las ocho menos cinco de la maña-


na, cogí mis libros de texto y salí corriendo de mi casa,
gritando por encima de mis hombros a mis amigos:
—¿Nos da tiempo a pasar por el Parque Taoro?
—¡Si vamos deprisa nos dará tiempo! —contestó la
mayoría.
Salíamos de nuestras respectivas casas de nuestro Ba-
rrio de La Vera, con dirección hacia el instituto, donde recibía-
mos nuestras enseñanzas de bachillerato. Para llegar al cole-
gio en esta trayectoria había dos vías, la del propio parque y
el itinerario más corto, calle Nueva, barrio San Antonio, Las
Cabezas y bajada por la calle Nieves Ravelo con Doctor In-
gram y llegada a Pérez Zamora. Prácticamente todo el grupo
de compañeros quería ir por el parque, a pesar de que su re-
corrido podía resultar mucho más peligroso e incluso estaba
prohibido por nuestros propios padres. Había que atravesar
la carretera general que sale de la ciudad hasta Las Arenas,

37
Gregorio Dorta Martín

donde ya en esa época solían pasar numerosos vehículos y


teníamos que emplear más tiempo en su largo recorrido para
llevarnos hasta nuestra academia. Sin embargo, nuestras me-
tas eran atravesar el parque para peregrinar por sus bellezas
y como jóvenes que éramos lo hacíamos del mismo modo
por ver alguna chica turista, sueca, alemana o inglesa que en
algunos de los apartamentos donde se alojaban se ponían sin
ropas a tomar el sol.
Hablando de la hermosura del paraje, nada más llegar
notabas un fuerte olor en todo el entorno a flores salvajes y
veíamos un montón de árboles a lo largo de su amplia ca-
rretera. Algunos eran muy altos y otros más pequeños, casi
redondos, pero todos tenían grandes sus hojas y su espeso
tronco. Desde palmeras, pasando por pinos, hasta nogales,
etc. El Taoro está lleno de olores, todos aromáticos, algunos
muy seductores, un lugar para el descanso y el largo paseo.
Un sitio que enamora, un espacio muy romántico. Con hedo-
res muy penetrantes. Muchos visitantes del parque han visto
muy de cerca el vergel de toda la rica zona, la cantidad de
plantas y hierbas y mucho más la cuantía de arbustos que
hay por toda la franja. Los amantes de la naturaleza sabrán
valorar la variedad de paisajes que se puede encontrar al re-
correr el parque; se observa cómo uno de los barrancos lo
divide en dos otorgándole a cada mitad unas características
propias. Son numerosos los deportes al aire libre que se pue-
den practicar: tenis, atletismo, cicloturismo, senderismo… y
que invitan al visitante a descubrir los encantos que poseen.

38
Guanajo

La cámara fotográfica no debe faltar en estos paseos por todo


el jardín, ya que se pueden captar hermosas instantáneas de
toda variedad de especies y de paisajes que embelesan a cual-
quiera solo con verlos.
Parece increíble, pero es verdad. Durante decenios de
años y debido al auge económico del turismo en la ciudad, la
misma ha cambiado casi por completo y en muchas oportuni-
dades ha sido catalogada por aparejadores y arquitectos como
un fracaso arquitectónico. Durante los últimos veinte años la
primera urbe turística de Canarias ha sufrido un cambio muy
simbólico. Gracias a Dios, el Parque Taoro no ha variado mu-
cho; su entorno perdura aún en nuestros años: cinco hoteles,
Chiripa, Atalaya, Tigaiga, Parque San Antonio y Miramar, un
casino de juego que lleva su mismo nombre y que otrora fuera
hotel y que recibió en sus dependencias a personalidades de
los más altos rangos en el ámbito internacional. Fue un 22 de
diciembre de 1890 cuando el Hotel Taoro abrió sus puertas.
En aquella fecha, memorable para la historia del turismo de la
ciudad, se inauguró el pabellón central del edificio en medio
de un ambiente festivo. Las dos alas del hotel fueron levan-
tadas en los años siguientes, completándose la obra en julio
de 1893. El gran Hotel Taoro fue el resultado del entusiasmo
de una sociedad: Taoro Compañía de Hoteles y Sanatorium
del Valle de la Orotava. Había nacido en 1888 de la fusión de
dos compañías surgidas con anterioridad y en ella había vol-
cado capitales y esperanzas no solo un grupo importante de
extranjeros (cuyas acciones representaban casi la mitad del

39
Gregorio Dorta Martín

total), sino también lo más destacado de la burguesía tiner-


feña. El edificio, radicalmente transformado en tiempos re-
cientes, había sido diseñado por el arquitecto francés Adolph
Coquet y constaba de un entresuelo y dos plantas, más una
adicional en los cuatro torreones angulares. Su estructura y
tamaño permitía la existencia de 217 habitaciones, constitu-
yendo así el mayor establecimiento turístico de Canarias de
aquella etapa.
En sus alrededores se hallaba un gran espacio verde a la
manera de un jardín inglés; este inmenso vergel era atravesa-
do por un paseo (el todavía existente Camino de la Sortija) y
proliferaban en su seno bosquecillos, glorietas con templetes,
bancos, pequeños estanques y una cancha de tenis. Cuando
este deporte solo era practicado por la elite social de la isla y
de los ingleses que acudían a este emblemático hotel de este
parque y de está ciudad. En este marco extraordinario tuvie-
ron lugar conciertos de la Banda de Música Municipal, carre-
ras de sortija a caballo, meriendas de carácter benéfico, parti-
dos de tenis y recepciones a personalidades ilustres, como la
brindada al Rey Alfonso XIII en su visita a la isla en 1906.
El vendaval de la Gran Guerra de 1914-1918 dio fin a
este período, rico en acontecimientos y expectativas. Además,
un terrible incendio en 1929 destruyó la mitad de las instala-
ciones. Eran los tiempos de la posguerra, el edificio fue cedido
al Cabildo insular a cambio de comprometerse a la restaura-
ción del ala devastada por el incendio y a su mantenimiento.
En 1950 el Taoro fue arrendado a la sociedad Hoteles Unidos

40
Guanajo

(HUSA) que regentó el Taoro hasta julio de 1975. A partir del


año siguiente, el cabildo lo acondicionó como casino de juego.
Como niños que éramos, lo que más nos llamaba la
atención en uno de los costados del edificio era que había un
pequeño lago, de reducida capacidad, en el cual habitaba una
legión importante de patos que hacía las delicias de los más
pequeños y de los que habitualmente solíamos pasar por la
zona o de algún turista de esta época, que disfrutaba de los
largos paseos, no solo por la población, sino también por el
Taoro. El lugar es un mundo lleno de realidades, un verdade-
ro pulmón de la ciudad, un auténtico regalo del cielo; había
flores y rosas en abundancia, algunas muy raras y otras muy
hermosas, y animales típicos de la zona, pero todos animales
y flores de una gran sencillez que convertían el lugar en un
sitio bello y paradisíaco. Sea de noche o de día, con buena o
refrescante temperatura, siempre dentro del parque hay un
desafío, algo que en cierto modo nos define a los que habi-
tualmente disfrutábamos del lugar: el amor a la naturaleza.
En la actualidad se puede tomar una copa o un sim-
ple café y charlar con los amigos en dos lugares muy bellos:
por un lado el Bar Alberto, para ver desde su terraza parte
de la ciudad a nuestros pies y enfrente, y debajo de la puerta
principal del casino, se encuentra otro lugar, el Bar Terrazas
Pamarsa. Tal son los atractivos del lugar que todos sentimos
sana envidia de los que viven en este paradisíaco parque. Es
un sitio donde se respira la tierra, sus plantas y todo su vergel,
para vivir y moverse. Aun después de tanto tiempo, cuando

41
Gregorio Dorta Martín

solíamos pasar casi a diario por este bello entorno, la emoción


que me provoca no ha disminuido. Nadie diría que la vida
es y ha sido fácil cuando se vive tan lejos del camino más
próximo al parque, pero aquellos paseos colegiales yo no los
cambiaría por nada del mundo.

42
DON BENJAMIN AFONSO,
MI PRIMER MAESTRO

Amargas son las raíces del estudio, pero los


frutos son dulces.
Catón

D on Benjamín Afonso fue mi primer maestro. Era un


maestro nato. En el segundo curso de primaria le ayudé
mucho en su cometido. Tal vez por ser un niño tímido y de
gran altura, el mayor de la clase de una treintena de alumnos.
Fui uno de sus preferidos. Al poco tiempo me dio libertad de
acción y me puso ante el resto de compañeros en algún apuro.
—No estoy listo para esto —objeté.
—¡Claro que lo estás! —insistió—. Y más de lo que te
imaginas.
Creyó y confió en mí. En cierta oportunidad nos dio un
trabajo a todos los alumnos para hacer en casa, de un folio
como mínimo y tres como máximo, sobre la escuela y como
ya me gustaba tanto escribir hice, si mal no recuerdo, cinco
folios; me pasé. Sin embargo, al siguiente día se lo entregué.
Pensaba que lo iba a botar a la papelera e hizo todo lo contra-
rio. Una vez leyó todo el texto, lo revisó y lo aprobó. Aquel día
me sentí muy feliz. Había aprendido dos grandes lecciones.

43
Gregorio Dorta Martín

Era capaz de lo que pensaba y no hay nada mejor que hacer


frente a los grandes retos.
Y don Benjamín Afonso siguió retándome. Un día a la
hora de ir al campo de fútbol —otra de mis pasiones, el de-
porte—, un perro de un vecino de grandes dimensiones se
atravesó en mi camino. Me puse a temblar contra la pared y
estuve mucho tiempo sin moverme. Puso su terrible y larga
cara contra la mía, respirando boca con boca, diente con dien-
te, ojo con ojo; de ahí nació mi terror, e incluso pánico, a estos
animales, por muy pequeños que fueran. Pero él, mi maestro,
era de la idea de que hay que encarar los miedos, con mucha
valentía. Un día me dijo:
—Tienes que escribir sobre un perro vagabundo.
—Ya le dije que no pienso escribir sobre ningún ani-
mal vagabundo —protesté—. Y menos de estos animales. De
cualquier modo, no sé mucho de ellos.
—Pero si tú sabes más que sus propios dueños —res-
pondió—. Date prisa. Hay que presentar este nuevo trabajo,
antes del comienzo de las vacaciones.
Me calmé poco a poco, y al cabo de un buen rato me
puse mano a la obra.
—Gracias, me dijo el maestro.
—Me alegro de haber podido ayudarle —contesté.
De vuelta a casa, afirmaba sonriendo:
—Ya le voy a perder el miedo a los perros, sea cual sea
su tamaño.

44
Guanajo

Sin embargo, me asaltaban las dudas. «¡De ninguna


manera! No quiero saber más, y menos de escribir sobre estos
terribles sabuesos».
Como era de esperar, mi maestro, desde entonces, todos
los días me preguntaba cómo iban mis escritos sobre estos ca-
chorros. Lo cierto es que con todo ello fui ganando en confian-
za y mi formación iba viento en popa, y mi primer maestro y
mis padres estaban encantados con mi gran progreso.
Un día anuncié:
—No puedo hacerme cargo yo solo, siendo aún un
niño, de todo esto.
Confío en ti —dijo al cerrar la puerta de la escuela y
salir de clase.
Poco a poco llegue a ver que don Benjamín Afonso, con
su ejemplo, era una maestro con mucho mérito, de valores
fundamentales, respetado por su integridad, su experiencia
de la vida y de las cosas, y de su gran sentido común. Los ni-
ños de la escuela de la Vera fuimos siempre muy importantes
para él. Si alguno de nosotros no comprendía lo que a veces
nos decía, lo repetía hasta la saciedad, hasta que se disiparan
todas las dudas.
La Vera, mi barrio, está en deuda con este ejemplar
maestro. La gente de mi edad mucho le debemos a don Ben-
jamín Afonso. Y me enorgullece haber contribuido al desarro-
llo de mi escuela y de contar con un maestro que dio todo por
sus alumnos.

45
CARTA A LOS REYES MAGOS

Dime lo que verdaderamente amas, y me ha-


brás dado con eso una expresión de tu vida. Amas
lo que tú vives.
J. G. Fitche

Y eray, mi hijo de nueve años, ha sido el motivo de que hoy


escriba estas palabras. Hace unos días me dijo que había
decidido rehacer la carta de los Reyes Magos que escribió a
finales de noviembre. Y me quedé enormemente asombrado
al leer su nueva petición: «haced que la mancha no llegue a
Canarias». Lo del vertido de fuel es una enorme catástrofe
ecológica y un drama personal para todas aquellas familias
cuya economía depende directamente de la pesca, pero tam-
bién es un enorme daño moral para todas las personas de la
tierra, que amamos nuestros bosques, nuestras montañas y,
cómo no, nuestro mar.
Aquí en Canarias estamos rodeados de mar por los
cuatros costado; sabemos lo bonito que es. Ese de color azul,
blanco, de numerosos colores, sin y con olas. A veces con mar
en calma y en otras no tanto, lleno de sal y de un agua cris-
talina y de un horizonte que lo hace mágico. Con sus playas
volcánicas de arena negra y otras rubias. La de los muelles de

47
Gregorio Dorta Martín

grandes dimensiones, con trasatlánticos y numerosos barcos


de pesca. Otros, con reducidos muelles deportivos, con barcos
de ocio y de competición. Ese mar de grandes profundidades
y de numerosas especies, tan vivas y tan raras a la vez. La de
los grandes pescados y de los pequeños. Ahora, en Galicia ha
ocurrido la gran tragedia que pudo suceder en cualquier lu-
gar del nuestro cada día maltrecho paraíso terrenal. El propio
hombre, prácticamente sin darse cuenta, va destruyendo en
cada jornada este mundo cada vez más loco e inseguro que
nos ha tocado vivir. ¿Cuál será el futuro terreno que le vamos
a dejar a nuestros hijos, a nuestras venideras generaciones? A
este paso, será un mundo lleno de disparates ecológicos por
doquier. A todos nosotros nos han vertido veneno por enci-
ma, porque el mar, la tierra y la costa de nuestro país forman
parte de nosotros y algo nuestro está también en ellas.
Un cero para esos políticos que se han paseado por
nuestras costas días después de la tragedia, lanzando mensa-
jes de optimismo que no se han cumplido. Un diez para esos
marineros y voluntarios que no salen en las fotos, pero que
están ayudando con todas sus fuerzas a la limpieza del mar.
Deberíamos salir a la calle a lanzar nuestro grito uná-
nime de dolor, ya que parece que las otras voces, en las otras
mareas, nadie las ha sentido. Ojalá que esta generación de
niños que hoy no entienden por qué las aves y los peces se es-
tán muriendo, pero que piden que no llegue la mancha, sean
capaces de hacerlo un poco mejor de lo que nosotros estamos
haciéndolo.

48
Guanajo

Hay, Reyes Magos de Oriente, muchos políticos preocu-


pados porque este año no van a comer tanta parrillada de
marisco en estás fiestas navideñas. Nosotros, los de a pie,
preocupados más por el presente y futuro de muchas familias
que viven del mar, de los animales que han muerto y de aque-
llos que no van a nacer.
Esperamos que de una vez por todas se tomen las me-
didas oportunas para que ese veneno que ha soltado y suelta
el Prestige sea el último en cualquier océano o mar de nues-
tro planeta y que los políticos «basura» reflexionen acerca de
todo lo que está sucediendo en las costas gallegas.
Los Reyes Magos estarán solo preocupados de llevarles
a los niños unos juguetes mucho más lindos que el futuro de
nuestra humanidad.

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MI MÁS SENTIDO PÉSAME

A migo mío:

Tu carta ha hecho que me salten las lágrimas, te lo pro-


meto. De nada te serviría que te contara la retahíla de perso-
nas que yo he perdido… así que no te voy a hacer pasar por
ello. Tan solo quiero decirte una cosa: me uno —nos unimos
todos— a tu pena, a tu dolor… Patalea, grita, llora, sufre, ca-
bréate, vuelve a llorar, enfádate con el mundo…
Hazlo, porque así debe ser, porque tienes que exteriori-
zar la impotencia y el dolor que sientes. ¡Qué jodida es la vida,
con perdón! Pero, una vez que hayas hecho eso, cuando ya
no te queden lágrimas que derramar, prácticamente cuando
la luz sea muy leve y no sepas qué hacer con tu existencia…
vuelve… No me refiero solo a la amistad que siempre hemos
llevado juntos, vuelve ¡a la vida!, porque tienes que vivirla, no
te queda más remedio y, además, tienes la obligación de ser
feliz… Y seguro que, aunque creas ahora que es imposible, lo
conseguirás… Nunca lo olvides. Seguro que no lo harás.
Recuerda los buenos momentos vividos, y ten por se-
guro que, una vez que tu existencia acabe, vayas a donde va-
yas («ni ojo vio, ni oído oyó»), él estará ahí, esperándote… De
eso estoy seguro. Perdona este rollo (si es que te lo parece). Te

51
Gregorio Dorta Martín

juro que me sale del alma, y que estoy llorando lágrimas de


verdad… Sí me importa mucho que él se fuera para siempre,
que era tu mejor amigo y no sé cuántas cosas más. Tú lo sabes
de sobra.
Te ha dejado por medio bellas historias: ambos con la
cámara y micrófono a cuestas; por ello tienes que luchar. No
hay palabras que atesorar, si él te ve sufrir, ellos sufrirán mu-
cho más. Ahora, quiero compartirlo todo contigo, recibes mi
apoyo y lo buen amigo que has sido. La vida tiene estas cosas
que Dios creo que no sabe por qué las ha elegido. No sé si
desearle una maldición a ese cañón americano que lanzó ese
proyectil contra el Hotel Palestina, donde estaban los dos…
Sin embargo, solo queda la resignación y seguir adelante.
Otra cosa no podemos hacer.
¡Amigo mío, hasta que la vida nos vuelva a hacer coin-
cidir!
Un abrazo fuerte, muy fuerte…

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SUEÑOS DE NAVIDAD

I one es un niño que vivía en las laderas del barrio Tigaiga de


la Villa de los Realejos. Sus padres, unos humildes agricul-
tores de la zona, solo contaban con este pequeño y único hijo.
Los papás habían trabajado mucho durante todo el año
para ofrecer en ese día mágico de la Nochebuena lo mejor de
la tierra. La finca fértil de esa agraciada zona de los Realejos
era muy trabajada por estos humildes agricultores: se les veía
surcando las tierras, sembrando las verduras, recogiendo las
papas o atando la viña o, llegado el momento, en la recopila-
ción de la uva y la pisada del mosto. Además, contaban con
una serie de animales como bueyes, mulas, gallinas, conejos,
perros, gatos…
Era una familia unida, se les veía felices con todo el en-
torno por el que solían moverse. La casa estaba situada en la
misma ladera que les llevaba hasta lo alto de la montaña, era
de piedra y con una sencillez fuera de lo común. Pobre pero
muy limpia, porque la madre no solo ayudaba a su marido
en sus labores, sino que trataba de que todo estuviera muy
ordenado e higiénico dentro del hogar donde habitaban. La
morada salía hacia fuera de la propia ladera y la rodeaban
toda clase de arbustos de la zona. Una postal navideña, con

53
Gregorio Dorta Martín

lo precioso del lugar: la casa rústica, los animales sueltos y


la finca llena de producción propia. En definitiva, un portal
navideño en toda su dimensión.
Ione, después de que su madre le diera el pecho y lo
colocara en su canasto, embobecía mirándole en su plácido
sueño; el pequeño tenía un encanto fuera de lo común, su
apariencia era la de un niño dotado de hermosura, con una
auténtica cara de ángel o con la silueta de un príncipe en-
cantado, como el de los propios cuentos. Ione, tan cansado
estaba, se quedó dormido en su cama y se dejó llevar por la
visión y comenzó a soñar con la víspera de Navidad, rodeado
de una vaca y un burro y su lecho lleno de paja, y se vio con-
vertido en un niño Jesús. En un lugar sin luz artificial, pero
con una descomunal claridad que le llegaba del propio cielo,
muy negro, pero claro a la vez, con muchas estrellas en su
firmamento y, sobre todo, con una estrella con una cola muy
larga. Desconocía Ione el lugar de sus sueños, pero tenía mu-
cha similitud con el paisaje de su barrio de Tigaiga en la Villa
de los Realejos. Vio a su padre y madre convertidos en los
padres de Jesús, María y José, muy felices por su nacimiento y
a sus oídos le llegaban sonidos de pastores, cantando los clá-
sicos villancicos. «Venid pastorcillos, venid a adorar al Rey de
los cielos nacido en Judá; sin ricas ofrendas podemos llegar,
que el Niño prefiere la fe y la bondad…». No obstante, sen-
tía miedo por la pesadilla que estaba viviendo. Dos animales
muy cerca que le podían hacer mucho daño: el buey parecía
doméstico y tranquilo, echado sobre el suelo y, por otro lado,

54
Guanajo

el de su derecha, una mula con cara de simpática, con su mi-


rada guasona y una sonrisa agradable. Pronto se dio cuenta
que estos animales que le acompañaban, pese a su volumen y
a la magnitud de sus cuerpos, eran muy mansos, iguales a los
que tenía su padre en su huerto.
Ione miraba al cielo y veía cómo la estrella se movía
en línea horizontal, como indicando el camino, seguramente
como le había contado en alguna oportunidad su madre: la
llegada de los Reyes Magos al portal de Belén.
Me siento el creador del universo, reducido a un niño
reclinado en un pesebre, en un establo de animales. Sin em-
bargo, ante tanta confusión mental, veía a sus vecinos vesti-
dos de pastores que le llevaban regalos, percibía a sus compa-
ñeros de la escuela vestidos con ropa de la época. Apenas po-
día creer lo que estaba sucediendo, se sentía embargado por
la emoción de ese momento. De lo único que estaba seguro
era de que eran las fechas de Navidad, porque hacia el fondo,
muy cerca de la plaza, advertía un abeto muy alto, igual al que
se encontraba en realidad en su barrio de Tigaiga. Todo lleno
de bombillas de todos los colores, cintas, bolas y paquetes de
regalos y esto eran señales de que había llegado la Navidad.
El barrio era un ir y venir de gente de aquí y de más allá.
Ione lo presenciaba todo desde su retablo con su lecho de
paja, seguía recibiendo muchos regalos de la gente del lugar.
No se oía ningún ruido, solo la música, los villancicos con sus
peculiares instrumentos. Todo es entrañable y fantástico en
estas fechas que nos unen a todos y que son un verdadero

55
Gregorio Dorta Martín

mensaje de amor y caridad por el prójimo. Navidad debería


ser todo el año. A la gente se le ablanda el corazón y muchos
recuerdan con nostalgia la infancia junto a seres queridos,
que ya no se encuentran a su lado.
De pronto fuera se oyó un gran alboroto. Llegaban los
Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar. ¡Qué máxima im-
presión me llevaba!, porque sus majestades levantaban un
gran alboroto por donde pasaban y centraban la atención de
todos los que se encontraban junto a la plaza. A Ione le em-
bargaba la emoción del momento y sus ojos se iluminaban al
ver todo el espectáculo que ofrecía la llegada de los tres Reyes
Magos de Oriente.
Los tres, abrigados con grandes mantos y con las co-
ronas puestas sobre sus cabezas, venían a Belén, buscando al
nuevo Rey que había nacido. En sus manos los regalos que le
iban a traer al niño Dios. Se acercaron al retablo, saludaron a
María y José, los padres de Ione, y se dirigieron al pequeño,
para ofrecerle mirra, oro e incienso. Primero fue Melchor, un
anciano con barbas blancas y de gran tamaño. El regalo para
Ione es oro, representando su naturaleza real. Luego, Gaspar,
era un hombre joven de tez morena. Su principal regalo es el
incienso, que representa la naturaleza divina de Jesús. Por úl-
timo, Baltasar, de raza y color negro. Su especial regalo al niño
Jesús es mirra, la cual representa su sufrimiento y la muerte
futura.
Ione, de repente, se despertó y se dio cuenta que dor-
mía sobre el retablo, miró al frente y veía unas cámaras de te-

56
Guanajo

levisión que le enfocaban. A su lado vio a sus padres vestidos


de María y José, enfrente a sus compañeros de colegio con
atuendos pastoriles. Vio la cara de los Reyes Magos, que eran
las de sus vecinos. Hacia la derecha estaba el párroco de Ti-
gaiga y, sentadas, las autoridades municipales de los Realejos.
Todo el barrio participa de la Navidad viviente de Ti-
gaiga. Todo ese sueño de Ione era la representación viva de la
Navidad viviente de este barrio. Se emocionó tanto por ser el
centro de la atención de tanta gente, que nunca olvidaría esa
Navidad en que él representaba al personaje más importante,
al niño Jesús.
Tigaiga, barrio de Los Realejos, es un escenario de una
verdadera postal navideña, que recuerda con mucha pasión
los antiguos lugares por donde se desarrolló el nacimiento
del niño Dios.

57
UN DÍA EN LAS GRANDES SUPERFICIES

H oy he estado por primera vez en un gran centro comer-


cial, uno de esos que denominan gran superficie. Nada
tiene que ver con el pequeño comercio de doña Concha Can-
tare, que está a dos pasos, muy cerca de mi casa, con sus cua-
tro verduras colgadas del techo, sus latas de sardinas y atún
en la vieja vitrina, sus grandes bolsas de 50 kilos de azúcar y
arroz sobre el duro suelo, las ristras de cebolla y ajos junto a
las latas de aceite y la vieja pesa de hierro, con sus correspon-
dientes pesos, cada uno con su número, a lo largo del mostra-
dor de madera del antiguo comercio.
Doña Concha Cantare es una mujer hechicera, ama-
ble, encantadora y bondadosa donde las haya, muy popular
entre los vecinos. Detrás del mostrador atendió a mi tatara-
buela, a mi abuela, a mi madre, a mi suegra y ahora también
me atiende a mí. Aunque no sé si podrá hacerlo con mis
nietos.
Ella es famosa en el vecindario por su forma de llevar
las cuentas. En su pequeña libreta no hay números, solo re-
dondeles, circunferencias anotadas sobre un blanco inma-
culado. Es muy raro que ella se equivoque; con su cabeza y
su libreta como únicas armas, cuadra los totales haciéndolos

59
Gregorio Dorta Martín

coincidir con precisión con las cantidades que uno le adeuda


cada mes que ella da de plazo.
Doña Concha Cantare es parte de la familia. Nos cono-
ce, no solo a mí y a mi familia, sino también a todos los veci-
nos. Jamás le he escuchado una crítica destructiva sobre algún
vecino del barrio. Siempre tan amable, tan bondadosa con los
abuelos, con los padres, con los hijos. Realmente ella es única.
No sé muy bien qué futuro le espera a este pequeño
comercio que tanto arraigo ha tenido entre diferentes gene-
raciones de vecinos. Si sus hijos continúan con el pequeño
negocio espero que las grandes superficies no acaben con él.
Como decía, hoy he ido, por primera vez en mi vida,
a hacer la compra fuera del barrio, a una de esas moles del
consumismo más desaforado y, la verdad, no me ha gusta-
do nada. Me lo habían recomendado mis vecinos y algunos
amigos, amén de la publicidad con la que nos bombardean
a través de los periódicos y demás medios. ¡¡Llévese tres y
pague dos!! ¡¡Si lo encuentra más barato, le devolvemos su
dinero!! ¡¡Hoy es el día de la madre, mañana del padre y luego
del perro, del gato…!!
Para mi mujer y mis hijos era como el primer día de
vacaciones. Yo, ya de entrada, estaba en desacuerdo; sin em-
bargo estaba dispuesto a todo con tal de que la familia pasara
un día maravilloso, y se les veía tan felices y contentos…
El centro comercial está a 50 kilómetros de mi casa.
Tengo dos hijos, uno de diez y otro de seis años a cuál más
inquieto. Nada más subirse al coche, entre juegos, empujones

60
Guanajo

y quejas, ya ponen a prueba mi paciencia y a punto estoy de


perder los nervios. Yo conduzco con mi mujer al lado, mien-
tras los niños revolotean en los asientos de atrás. Ellos chillan
y nosotros tratamos de dialogar, pero al final terminamos los
dos peleándonos a grito limpio. Después de pasar ya el mal
trago de la distancia, al fin llegamos al centro comercial. Es
imposible equivocarse con esos carteles enormes que anun-
cian tu llegada. Los niños los leen en voz alta: «Beba Coca-
Cola de día y de noche». Mira, mamá, esto va para ti: «Lejía
el Herrero; lava la señora y lava el caballero». El otro, para ti,
papá: «Use corbatas Las Anchas, para que su amante se la
quite fácilmente».
Es una suerte que en los centros comerciales haya apar-
camiento gratuito, o lo sería si todo el mundo no hubiera de-
cidido ir a comprar a la misma hora. Después de descartar
encontrar aparcamiento cerca de la puerta principal, consegui-
mos aparcar a 2 km después de sortear coches y gente, mucha
gente, unos con bolsas y la mayoría con carros tan llenos de
productos que casi parece que esas jaulas con ruedas se con-
duzcan solas. No solo llevan productos alimenticios, sino tam-
bién ropa, cajas, fregonas, incluso plantas. Es una rara mez-
cla; ropa y comida todo junto. En los pequeños comercios de
nuestro barrio o se va por una cosa o se va por otra. Es decir,
que en la tienda de doña Concha Cantare solo se venden co-
mestibles y en los almacenes de los Herreros, solo tejidos.
En las grandes superficies nadie nos saluda. No es
como cuando vamos por nuestro barrio al comercio de doña

61
Gregorio Dorta Martín

Concha Cantare, donde nos cruzamos con cada vecino y nos


preguntan por los niños e incluso hasta por el número de
nuestro carné de identidad.
Después del largo viaje mi vejiga no aguanta más y
busco los baños. Sigo las direcciones que marcan las flechas:
Servicios a la derecha, todo recto, ahora a la izquierda, punto
muerto. ¿Y ahora qué? Opto por seguir mi instinto y giro a
la derecha. Efectivamente, tenía el 50 % de posibilidades de
tomar la dirección correcta, pero no encuentro ninguna in-
dicación. Doy media vuelta, choco con una señora enorme
que me dedica una mirada asesina, y vuelvo sobre mis pasos
hasta el punto de intersección. Esta vez giro a la izquierda y
por fin atisbo en la lejanía el ansiado cartel de Servicios. Al
llegar compruebo con decepción que en las puertas no están
esos simbolitos tan simpáticos, uno desnudo y otro con un
triangulito simulando una faldita, que marcan la diferencia de
género. En su lugar, una M y una H establecen la diferencia.
Sin dudarlo me meto en la M. Una tía casi en pelotas da un
grito escalofriante al verme, como si hubiese visto al mismí-
simo Juan Pablo II ante ella. Resulta que la M no significa
Machos, sino Mujeres y la H no es Hembras, sino Hombres, pero
cualquiera le explica a esa mujer que se trata simplemente de
un matiz lingüístico y no de la actitud de un pervertido. Entro,
pues, en la H. Me bajo la cremallera en un esquinita y, justo
cuando estoy dispuesto a liberarme del todo, el vigilante me
dice que no puedo orinar porque el lavabo está en obras, que
hay un cartel muy hermoso en la puerta que lo indica. Me

62
Guanajo

dice que hay otro lavabo en la segunda planta al final de las


escaleras, aunque no está muy seguro de dónde está exacta-
mente. Estoy inflado como un globo, pero le hago caso para
no crear conflictos y vuelvo a subirme la cremallera. Le digo
que gracias. Gracias por nada.
Podría buscar el lavabo de la segunda planta, pero por
hoy ya he tenido suficiente excursión y lo cierto es que hace
años que perdí el espíritu aventurero, así que no me queda
otra opción. Me escondo detrás de una columna y me quedo
a la espera hasta que la mujer a la que he sorprendido sale
por la puerta M. Supongo que cualquiera que me viera pen-
saría que soy una especie de sátiro, pero es muy intensa mi
necesidad y, por otro lado, la gente está demasiado ocupada
controlando el carrito, vigilando a los niños y mirando ofertas
como para fijarse en mí.
En cuanto la mujer se aleja un poco, me introduzco rá-
pidamente por la puerta prohibida y me cuelo en uno de los
servicios corriendo el pestillo y liberando por fin la tensión
que me oprimía.
Más ligero, salgo del servicio bajo la mirada de repro-
bación que me dedican unas señoras que están acicalándose
delante del espejo. Opto por no lavarme las manos y salir de
allí lo antes posible.
Cuando por fin regreso al lado de mi familia, mi mujer
está hecha un basilisco. Me dirige una mirada acusadora por
haberla dejado abandonada con los dos niños tanto rato. Si
tú supieras…

63
Gregorio Dorta Martín

Vamos donde están aparcados los carros y nos lanza-


mos casi en plancha por la avalancha de gente que corre ha-
cia ellos como si les hubiera tocado el Gordo de la lotería de
Navidad. Un vigilante me indica que al final de la fila queda
alguno libre, ya que nadie los quiere porque tienen las ruedas
mal y, a pesar de mi rechazo inicial, trato de hacerme con
uno, pero una cadena me lo impide. Tiro con fuerza para des-
engancharlo, pero nada, no hay manera. «¡Papá! ¡Papá! Tienes
que poner un euro para sacarlo de aquí». Después de buscar y
rebuscar una moneda, por fin logro liberar el maldito carro con
la ayuda de mis hijos. Tengo la camisa empapada en sudor, y
casi se me saltan las lágrimas cuando constato que, en efecto,
las ruedas están mal y el carro se desvía hacia un lado, pero
pronto se me pasa viendo a los míos con una sonrisa triunfal.
Cuando todo parece ir sobre ruedas, surge una incógni-
ta: ¿por dónde se entra al supermercado? Una hilera formada
por más de treinta cajeras todas uniformadas y en fila india
nos separa de nuestro objetivo. Tratamos de entrar por una de
las cajas con el carro y los niños; sin embargo, la cajera nos lo
impide con un «¿adónde se creen que van», que nos deja a to-
dos paralizados por el susto. Con voz más agradable nos indi-
ca que por allí no se entra, que vayamos a la entrada principal.
Como no parece muy simpática, no insistimos más y vamos
en busca de la famosa entrada principal mientras pienso que,
de todos modos, el carro tampoco cabía por la caja.
Andamos y andamos dejando atrás, una tras otra, las
incontables cajas con sus respectivas cajeras. Pero aquello no

64
Guanajo

parece tener fin. Cansado de tanto paseo con el carro que se


va de un lado, pregunto a una de esas lindas señoritas por
dónde se entra. «Al final del pasillo», me contesta, como si
yo fuera un paleto. Respiro profundamente tratando de guar-
dar la compostura y al final del pasillo de más de doscientos
metros encontramos la entrada. Por fin pasamos, los niños
saltando y la mujer mirando con ojos de llevárselo todo.
En estos centros hay de todo y todo está muy bien pues-
to, pero como no se sabe muy bien dónde están los produc-
tos que necesitas, tienes que recorrer absolutamente todos
los pasillos, y acabas llevándote artículos que no sabes muy
bien para qué sirven, pero como están ahí para comprarlos…
Mi mujer pregunta dónde está la mantequilla, dónde está la
miel, el queso, el jamón… así hasta volverme loco mientras
vamos de un sitio para otro corriendo, detrás de los dos pe-
queños para no perderlos de vista; me peleo con el carro que
con el peso se ha vuelto todavía más rebelde y más difícil de
manejar; choco con los demás carros y, a cada paso, se forma
un «pequeño desbarajuste» —digamos mejor «atasco de ca-
rros»—, con lo que más parece que estemos en la Gran Vía
que en un centro comercial.
En los grandes almacenes te lo tienes que montar tú
todo; si preguntas a alguna de las bellas señoritas (muchas
están más para un concurso de Miss que para atender a la
clientela), te responden con una cautivadora sonrisa para
desviar tu atención de lo que dice. Y es que, en realidad, no te
dice nada, pero como es tan encantadora, la escuchas. Aun-

65
Gregorio Dorta Martín

que la duda siga estando sin resolver. Esto no ocurre en la


tienda de la esquina. Doña Concha, si le preguntas por una
fruta, te dice hasta la procedencia e incluso cómo llegó a su
comercio, es decir, el nombre del barco y todo su contenido,
¡hasta el nombre del capitán que lo tripulaba!
Después de llenar el carro de la compra con todo lo que
a mi mujer y mis hijos se les antoja, llega por fin la hora de di-
rigirnos a la caja. Después de una cola kilométrica, nos recibe
con una sonrisa entrecortada una bella señorita.
—¡Buenas tardes!
—¡Buenas tardes!, contestamos al unísono.
Y comenzamos a poner sobre la pequeña esterilla toda
la mercancía que con anterioridad habíamos introducido en
el carro; uno, dos, tres y hasta más de cien artículos, muchos
de ellos totalmente desconocidos para mí hasta ese momen-
to. En la lucha desenfrenada por descargar el carro lo antes
posible, a uno de los pequeños se le revienta un paquete de
azúcar que deja el TPV más dulce que los caramelos que he-
mos comprado, ante el mohín de desagrado de la cajera que,
con gesto rápido, se agacha, se incorpora armada con un mul-
tiusos y un trapo, limpia la pantalla y continúa con su trabajo
mecánico.
Cada cual vigila lo que más le conviene; los pequeños,
sus juguetes preferidos; mi mujer, la ropa interior y yo, el jue-
go de mus que he comprado para jugar con los amigos.
Después de algunos minutos, al final, la cuenta. Vuel-
ve a sonreír la cajera y con dulzura te dice: «650 euros». Me

66
Guanajo

quedo anonadado y no es para menos: cualquiera revisa la


larga lista que tiene la cajera en sus manos. Mi mujer agacha
la cabeza y se entretiene metiendo la valiosa mercancía de
nuevo en el carro, como si la cosa no fuera con ella ni con
nuestra pobre cuenta corriente. Me dan ganas de protestar,
pero detrás de nosotros hay una cola impaciente que clava sus
ojos en mí con cara de pocos amigos, diría incluso de forma
amenazante, con ganas de que me vaya lo más rápido posi-
ble, como si uno fuera Fernando Alonso, nuestro corredor de
fórmula uno.
Me voy con la inacabable cuenta en la mano y con un
carro lleno hasta los topes.
Mientras nos alejamos de la caja, pienso con nostalgia
en doña Concha, que, cuando económicamente no vamos
muy bien —en realidad prácticamente cada final de mes—,
nos da fiado y no nos cobra nada por la demora. En las gran-
des superficies todo se paga al contado o en cómodos plazos.
¡Y qué plazos! Te cobran un tanto por ciento, aparte del IGIG
y el TAE, que no sé lo que significa, pero siempre aparece por
todos lados.
Llego al coche agotado, con la sensación de haber co-
rrido un rally, pues he tenido que esquivar por el camino a un
montón de gente. Con tanto gentío, por un momento tengo
la sensación de que estamos en el día de la fiesta grande del
pueblo.
Al abrir el maletero nos damos cuenta de que no cabe
ni una caja de cerveza. Como no podemos dejarlo atrás, me-

67
Gregorio Dorta Martín

temos las cosas por todos lados, hasta en el asiento trasero


donde están los niños; incluso en el de al lado, donde se colo-
ca mi mujer entre sus latas de aceite, su jamón y los yogures,
para que no se deterioren. ¡Madre mía! Con lo fácil que es
comprar en la tienda de doña Concha, con su simpatía, su
amabilidad, sus cortas compras y sus cortos precios.
Al final llegamos a casa; ahora toca sacar todo lo que
hemos comprado. Y así, mientras mi mujer coloca cada cosa
en su sitio, yo no paro de hacer viajes desde el coche hasta la
cocina, desde la cocina al coche, y a cada paso una idea cobra
cada vez más forma: está más que claro, no vuelvo a comprar
en ningún centro comercial, yo me quedo en la tienda de al
lado de casa. Por mucho que mi mujer me lo pida, que los
niños supliquen, no pienso hacer caso a sus ruegos; seguiré
comprando al lado de mi casa.
Cuando por fin termino de transportarlo todo, voy a
nuestra habitación, rompo un pedazo de sábana y con un
grueso rotulador escribo: ¡¡NO A LAS GRANDES SUPERFI-
CIES!! Compra en tu pueblo, al lado de tu casa. Los niños me
aplauden y mi mujer sonríe. ¡Por fin! Estamos todos unidos
en nuestras reivindicaciones y por ello me siento feliz, pese al
mal trago de este maldito día.
Gregorio Dorta (Gredoma) — Tenerife, Puerto de la
Cruz, 12 de Enero de 2004.

68
TITO DEL PINO, MI ÚNICO IDOLO

Nada consigue tantos triunfos como el éxito.


Alejandro Dumas

T ito del Pino llegó al estadio El Peñón, como de costum-


bre. Llevaba camisa, jersey y pantalón vaquero, y entró
muy sonriente con la mochila a cuesta. Sus compañeros de
equipo iban vestidos como siempre, pero, a juzgar por la ex-
presión, algo inquietaba en el ambiente antes del comienzo
de un rutinario entrenamiento. Del Pino atravesó el campo
de un lado a otro, se acercó al entrenador y charlaron largo y
tendido de lo ocurrido un partido anterior de la semifinal del
Trofeo Teide que enfrentó en El Peñón al Puerto Cruz y al Es-
pañol de Barcelona. El fino delantero portuense le explicaba
al técnico la jugada: «No, no fue una provocación, míster, él
me tenía todo el tiempo muy jodido, porque cada que sacaba
nuestro portero de puerta, yo no podía brincar con él, porque
De Felipe era mucho más alto y me tenía cansado de tanto in-
sultarme y provocarme, aunque yo también le decía y no me
quedaba nada corto en este sentido; y fue entonces cuando
aproveché un balón, él se frenó a tres metros de mí y yo paré
la pelota y le dije con la mano: ven para acá que te voy a enseñar

69
Gregorio Dorta Martín

algo que nadie te ha hecho nunca. Le hice un puente y la gente


en las gradas empezó a reírse, vacilar y a meterse con él».
El entrenador del Puerto Cruz se quedó atónito al escu-
char las explicaciones de Del Pino acerca de la jugada que ha-
bía generado tantos comentarios. Seguramente, cada vez que
alguien habla de acontecimientos sucedidos en la historia del
trofeo es raro que no nombre el sonado puente que un jugador
amateur le hizo a un profesional; y es que en nada tenía que en-
vidiar Del Pino a las grandes estrellas de aquella etapa gloriosa».
Fue una nueva edición del Trofeo Teide, el Real Club
Deportivo Español fue el equipo invitado. En ese club de la
Primera División jugaba De Felipe, un fornido central que mi-
litó en el Real Madrid durante varias temporadas y que luego
recalo en los periquitos. Tito tuvo muchas historias como esta
y jugadas de sobrado mérito; jugó casi siempre de titular con
todos sus entrenadores. Consagrado toda la vida al fútbol,
a su familia y a su trabajo, hoy es un gran día por el cálido
homenaje que se le va rendir antes del comienzo de la gran
final que va a enfrentar al Tenerife contra el Real Madrid B.
Probablemente muchos serán los nostálgicos que guardan en
su mente y retina jugadas de este excelente delantero blanco.
Fue el buque insignia, no solo de aquella etapa, e incluso ha
sido el jugador más nombrado a lo largo de la historia del
equipo de la ranilla y eso que de esta ciudad han salido futbo-
listas con mucho peso, que han militado en categorías profe-
sionales, como Diego, Manolo Domínguez, Gerardo Movilla,
Alberto, Pier, Toni, Oti y otros que, como Del Pino, mostraron

70
Guanajo

mucha clase sobre el terreno de juego: Mingole, Germán, So-


riano, Galindo, Fabián, Peyo, Tomás Real, Bernardo, Chelo…
Sin embargo, no ha habido un jugador del talento de Tito del
Pino y será muy difícil que en el futuro lo pueda haber. Dicha-
rachero, poco amigo de los rivales, con clase y temperamento,
Del Pino ha sido mi único ídolo; por timidez me faltó su au-
tógrafo. No obstante, tengo en la memoria muchos partidos y
jugadas para comentar con los futboleros de hoy. Del Pino fue
un ejemplo para muchos de su clase, por su gran dominio del
balón y al lado de aquella delantera con Méndez, Mingole, So-
riano y Mahugo. El fino delantero blanco hizo gala de su espíri-
tu lúcido sobre el campo y rebelde al mismo tiempo y todo para
que su equipo, el de toda la vida, al final consiguiera la victoria.
El resto para Del Pino sobraba, se le veía feliz cuando llegaban
las victorias y muy triste cuando llegaban las horas amargas.
No se puede pedir más… O tal vez sí. La culpa para bien la
tiene el talento de un gran jugador que marcó diferencias.
Tito del Pino, por todo lo realizado debemos felicitar-
nos y hoy, desde lo más alto del cielo, habrás recordado todos
esos momentos brillantes que nos dejaste sobre el campo.
Tito del Pino ha sido mi único ídolo.

71
Gregorio Dorta Martín

***IN MEMORIAM

Era un genio dentro de la cancha. Un genio cargado


de sapiencia: pícaro, zorruno, ácrata, motivado… Y además
de todo ello, pletórico de técnica futbolística: toque, desmar-
que, regate, disparo, habilidad… Puede que en el juego aéreo
no anduviera sobrado y que, en los últimos años activos, al
mermar su condición física, disminuyera el brillo que cabía
esperar de él; pero aun así, siempre dejó el sello de un jugador
singular. Quienes le vieron y le recuerden, lo saben.
El genio salía de la lámpara en cualquier momento. Sa-
gaz, astuto como él solo. Imponía respeto, más de una vez
temor, y en su intelecto balompédico había un cierto instinto
provocador. (En cierta ocasión, ya con 35 años, en una semi-
final del Trofeo Teide frente al Español, se apropió prodigio-
samente del balón en una esquina y llamaba con las manos
a Pedro de Felipe, central del equipo catalán, para colocárselo
entre las piernas en medio del regocijo popular y de la sonrisa
del propio defensor).
El instinto, es cierto, le jugó más de una mala pasada.
Algún adversario le tenía fijación y, por si acaso, renunciaba a
jugar cuando le tocaba como visitante. Una cierta fama de mal-
criadez se extendió entre el cuerpo arbitral, algunos de cuyos
miembros, cuando las tarjetas todavía no eran herramientas, le
recriminaron y expulsaron con ganas. Pero Tito del Pino obse-
quió al fútbol regional durante casi dos décadas con acciones y

72
Guanajo

lances que acreditaron su lucidez futbolística. Estaba llamado a


jugar en categorías superiores pero cuando emprendió la aven-
tura peninsular, como otros muchos, acaso porque el terruño
y las circunstancias casi siempre pueden más, se quedó en el
intento. El blanco de color portuense siempre fue el suyo.
Integrante de aquella alineación que en la isla se reci-
taba de corrido (Tito, Alberto, Galindo, Elfidio, Berto, Arturo,
Germán, Del Pino, Pagés, Soriano y Vicente), fue protagonista
decisivo del esplendor del fútbol local. Curiosamente, tanta ge-
nialidad no tuvo traducción cuando colgó las botas, o sea, que
ni siquiera se sintió tentado para entrenar a un equipo infantil.
Un genio debía tener un homenaje a su altura. Por eso,
le trajeron a Alfredo Di Stefano y a los ilustres veteranos del
Madrid para jugar en un Peñón tan abarrotado como el in-
olvidable día del ascenso frente al Silense. «Los dos maes-
tros», fue el título de una foto periodística de aquel auténtico
acontecimiento deportivo en que Del Pino recibió uno de los
mayores testimonios de reconocimiento social y deportivo
que se recuerda. Tito del Pino, sin hipérboles, es leyenda de
pleno derecho del fútbol de Tenerife. Su fallecimiento, como a
tantos otros paisanos, nos ha entristecido, pero también nos
ha permitido evocar su trayectoria, su personalidad deportiva,
sus episodios sobresalientes, sus arranques… en definitiva, su
genialidad. Que siempre nos quedará. Descanse en paz.

***Salvador García es periodista y exalcalde de Puerto de


la Cruz (artículo publicado en Diario de Aviso).

73
INCIDENTE DESDE LOS ONCE METROS

A Ewlell no se le había ocurrido en ningún momento


dudar en aquel lanzamiento de penalti. Pese a su corta
edad, 24 años, sabía que estaba en el momento más impor-
tante de su carrera, no solo deportiva, sino también personal.
Tenía tanta presión encima que se jugaba todo a la distancia
de once metros. El estadio, completamente abarrotado, era
todo un clamor. Dos países pendientes de ese último defini-
tivo lanzamiento, no solo dos continentes, sino todo el uni-
verso. El fútbol, el deporte rey que más pasiones arrastra. Allí
estaba él solo, tomando la responsabilidad de buscar con su
gol el trofeo mas apreciado, más histórico. Para él todos esos
logros no eran tan importantes, así lo sabía la opinión pública,
que ya lo veía como un líder. Era ese lanzamiento máximo el
último que podía dar la felicidad o la tristeza y la desaparición
como persona. La copa que podía cambiar el signo de su vida.
Ewlell era un chico feliz, jugaba al fútbol desde corta
edad, fue creciendo en aquel distorsionado barrio, en el cam-
po de tierra que luego dio paso a otros en mejores condi-
ciones. Se enamoró de aquella chica, Susan. Contrajo matri-
monio con solo veinte años y su vida fue un tormento, un
calvario. Ewlell, de familia humilde, se metió en muchos pro-

75
Gregorio Dorta Martín

blemas, no fue un buen estudiante, prácticamente nulo, jugar


al fútbol fue su única pasión y sus únicos objetivos. La droga,
el alcohol… fueron las grandes losas que no le dejaban respi-
rar, la parte negativa de su vida. Se había enrollado en los re-
partos de droga y la conservaba para luego venderla. Fue muy
seguido por la policía. Él sabía que en cualquier momento
podía entrar en la cárcel que nadie quería; vivía con ansiedad.
Ninguno de esos recuerdos que razonablemente po-
drían haberle alarmado había debilitado su certeza. Se dirigió
al balón desde el centro del campo, en la gran final. El mar-
cador en los lanzamientos iba tres a tres tantos. Faltaba el
definitivo gol que le diera la gloria a unos y la humillación a
otros. Ewlell solo quería concentrarse, pese a los chillidos de
los aficionados rivales que se oían en todo el estadio. Mien-
tras se dirigía al balón, se le pasaron muchos recuerdos…
Susan fue su chica especial, no comprendía y no le
perdonaba uno de sus errores. «Susan, ¡fue la única vez! ¡No
hubo otra!». Últimamente no estaba tan unidos como duran-
te mucho tiempo de la relación. Además, ya en alguna opor-
tunidad habían hablado entre los dos de separarse, de divor-
ciarse… Había encontrado a su marido con una vecina del
barrio, muy entusiasmado, y eso le produjo cierto dolor, pero
recobró el ánimo al considerar que ya no estaría dispuesta
a ser engañada, al menos por su marido, por el amor de su
vida, por Ewlell. Había abandonado ya por completo la idea
de esperar nada de su marido. Ni siquiera deseaba que este
renovara sus atenciones y su confianza, pues ambas las tenía

76
Guanajo

perdidas. ¡Qué raro, por lo tanto, que ocurriera por prime-


ra vez! No obstante, ocurrió, y hasta por quinta vez. Parecía
mala intención o una penitencia voluntaria; en aquellas opor-
tunidades no se limitaba a decirle algunas frases formales y a
marcharse tras una disputa dialéctica de la que se enteraba
todo el vecindario. Nunca decía gran cosa. Susan vivía ate-
rrizada, tuvo esa sensación de estar atrapada y muy asustada,
confundida y temblorosa. Tuvo sobrepeso, insomnio, dolores
de cabeza, angustias, nervios y problemas estomacales; todo
lo que quería hacer era salir de la casa y dejarlo todo atrás.
Ewlell lo sabía todo y no quería ver sufrir a su esposa,
él sabía que era culpable de toda esa situación, que había sido
por su mala cabeza. «Hay veces que tengo la pena colgada,
si pasa un minuto y no veo tu cara», se decía. Estaba obse-
sionado con Susan. Se daba cuenta que cada día que pasaba
la quería mucho más; incluso después del daño que le había
hecho y viéndola de la forma en la que se encontraba, mucho
más todavía.
Ewlell siguió caminando sobre el campo en este esta-
do de ánimo perturbado, con unos pensamientos que no en-
contraban tranquilidad en nada, pero era imposible: quizás
sea una mera cuestión de química, de piel, de carácter. Había
tenido sus más y sus menos con su mujer desde que sucedió
todo aquello de tener sexo con otra. Al cabo de unos segun-
dos se volvió a concentrar en el lanzamiento desde el punto
de penalti que le podía dar la gloria y volver eufórico en busca
de Susan.

77
Gregorio Dorta Martín

Enseguida ya se encontraba junto al balón. El portero


rival enfrente, que no le quitaba el ojo de encima. Hasta ahí
todos esperaban el remate final; sus seguidores querían que el
balón atravesara la línea de gol y así festejar por todo lo alto el
nuevo título de Copa. Ewlell sabía que desde el punto fatídico
se iba a jugar su porvenir y lo que menos le preocupaba era su
futuro económico y que en su país se convirtiera de la noche
a la mañana en todo un héroe. Su mayor preocupación era ver
feliz a su amada Susan. «Seguro que estará delante de la te-
levisión, sosegada, esperando el momento fatídico», pensaba.
El árbitro le indicó el sitio donde tenía que lanzar la
pena máxima. El portero rival, alto y de buen aspecto, iba
prácticamente por los mismo derroteros, es decir, quería con-
vertirse en un personaje histórico de su país; su cara era fiel
reflejo de lo que podía suceder en esos momentos a la hora
de lanzar el penalti. Hubo silencio en el estadio y en el mundo
entero. El balón en sus pies. Tomó carrerilla, respiró y lanzó
con tanta potencia que el balón dio en el poste, se paseó por
delante de toda la portería y llegó a tocar en el otro poste. La
puerta le pareció más grande que la plaza de su barrio y antes
de entrar Ewlell exclamó: «Va por ti, Susan…», algo que las
cámaras de televisión dejaron patente en su retransmisión. El
balón había traspasado la portería del equipo rival.
Ewlell se quedó con los ojos fijos sobre el verde césped
y también de reojo miraba la decepción y la cara de tristeza
del guardameta que no pudo sujetar el balón. Los gritos en
el campo, exclamando la palabra gol, fueron impresionantes.

78
Guanajo

Las caras de sus compañeros y entrenadores eran el reflejo


del éxtasis y de la alegría por todo los lados. Cabizbajo, sin
aparente alegría, escuchó decir a un popular locutor depor-
tivo: «Ewlell, muy tranquilo, celebrando el gol de penalti que
le da el título a su país». El jugador reaccionó y se quitó la
camiseta, debajo de la misma se podía leer: Esto va por Susan,
perdóname.
 Mientras, en la casa de su mujer, Susan recibía el
mensaje con mucha alegría.
La vida les va hacer cambiar. «Un penalti ha vuelto a
darle una oportunidad al hombre que más quiero…».

79
EL BANQUILLO FÍSICO Y EMOCIONAL

C iertamente era una idea intrigante. Quizás no superaba


el deseo de conseguir el resultado final. Quizás fuese
inevitable que algún equipo, o algunos de su faceta, o sim-
plemente algún doctorado en los banquillo, lo hiciese. Como
lo dijo siempre Felin Alonso, la capacidad de destruir un en-
cuentro de fútbol a escala masiva se hace mucho más fácil-
mente que cuando un equipo trata de jugar al «tiki-taka» o
de construir fútbol de la más pura esencia. Cuando se ve a un
buen técnico es cuando un equipo construye fútbol, cuando
es al revés, al tentetieso. Para un entrenador el fútbol se conci-
be de otra manera que el resto de los que aman este deporte.
Para un banquillo cada partido que juega su equipo es un su-
frimiento; sin embargo, las desgracias que han ocurrido den-
tro de los campos de fútbol son mucho más elocuentes y más
numerosas que las que ocurren en un banquillo; Felín Alonso
no recordaba ninguna desgracia personal en este apartado.
Felin Alonso no es un entrenador de los grandes, no
es Pep Guardiola ni Mourinho y menos Vicente del Bosque.
Él no sale del fútbol regional, ha entrenado en todas las ca-
tegorías y, a sus 74 años su vida, su mundo sigue rodeado del
balón y del juego. Con el diario deportivo Marca entre sus

81
Gregorio Dorta Martín

manos, sentado en el banquillo, mientras sus jugadores ca-


lentaban con el preparador físico para iniciar una nueva sec-
ción de trabajo leía: «El exentrenador de la selección nacional
italiana, campeona del mundo en 2006, percibirá unos emo-
lumentos anuales de diez millones de euros. Lippi se encara-
ma al podio de los preparadores mejor pagados del mundo,
empatado con José Mourinho. El luso, que está al frente del
Real Madrid y que acaba de conquistar su primer título de
liga, percibe diez millones de euros por temporada. El barce-
lonista Pep Guardiola, que cobra 7,5 millones de euros, ocupa
la tercera plaza, aunque su posición es temporal ya que este
año ha abandonado el banquillo azulgrana».
Se preguntaba si alguno de esos ilustres del banquillo
había empezado a entrenar equipos de tierra y polvo, porque
en los campos de juego donde él ha entrenado no existe el
césped y esto es un gran handicap para hacer un buen traba-
jo. Sin embargo, Felin Alonso siempre reflexionaba de forma
muy positiva. No se le caían los anillos por ello. Había conoci-
do a muchos jugadores de base que luego llegaron a grandes
conjuntos e incluso más de uno terminó viviendo del fútbol.
Conocía a los más pequeños que luego se hacían hombres y
que le dejaban a sus hijos para que los cuidara o les enseñara
a jugar al deporte rey.
Felin Alonso llegaba de una familia humilde, su padre
era carpintero y su madre limpiaba los centro públicos del ba-
rrio. Se quedó soltero, eligió como los curas, que anteponen
su entrega a Dios que al amor de las mujeres. Él se entregó

82
Guanajo

tanto al deporte que más le gustaba que no formó una fami-


lia; incluso más de un aficionado o vecino del barrio había
manifestado que Felin Alonso, en su juventud y bien entrado
en años, se había visto con algún hombre. Estas sospechas
las habían manifestado algunos de sus jugadores, que en una
ocasión antes de comenzar un partido, dijeron que en el pro-
pio vestuario les pidió que calentaran con la camiseta y sin
pantalón, porque esto era bueno para soltar músculos y así
corría mejor la sangre. Fueron comentarios nada probados,
porque cuando dirigía equipos de fútbol base, respetaba mu-
chos a los niños que pertenecían a sus equipos.
De Felin Alonso hay mucho que contar. Su fútbol mo-
delo fue crear, ser creativos con el balón y con las jugadas.
Nada de lanzar el balón sin sentido. Hacía que sus jugadores
se sintieran muy cómodos sobre el campo: primero el trabajo,
luego el balón y por último los objetivos, que no son otros que
marcar más goles que el contrario y con ello la victoria final.
Mientras se devanaba los sesos en un encuentro de riva-
lidad que su equipo iba perdiendo por un claro 0-3, consiguió
invertir la decisión que hasta ese momento le hacía perder un
partido tan importante y acabó ganando un encuentro que
todos veían como perdido. De todos modos, este sabio del
fútbol tenía muy claro que era un partido trampa: «Nues-
tro jugadores suspiraban aliviados después de gol que nos
daba la victoria. Nervios y, sobre todo, mucho sufrimiento,
es lo que queda reflejado tras vivir algo a lo que yo nos es-
tábamos acostumbrados. De todos modos todos sabemos

83
Gregorio Dorta Martín

que lo teníamos muy claro, que era un partido complicado,


con un rival defendiendo y con dudas por todo lo que ha
pasado en el barrio ante de este encuentro de rivalidad».
Felin Alonso hacía la lectura positiva del cambio de men-
talidad de su equipo en un mal partido que ganaron por la
fortaleza física empleada en el último cuarto de hora por
sus jugadores.
Aparte del fútbol, a este entrenador le gustaba el mar, la
pesca. Vivía lejos del campo donde entrenaba. Era un campo
de fútbol de tierra, mejor de arena, ya que estaba muy cerca
de la playa, tan cerca… que en muchas de las oportunidades,
el balón iba a parar a la misma playa o se iba a pleno mar, lan-
zado por algún defensa o jugador que lo maltrataba. En una
oportunidad Felin Alonso salió de su pueblo costero y tuvo
un pequeño percance con el motor de su lancha, lo que moti-
vó que llegara tarde al encuentro. Los jugadores lo veían des-
de el propio terreno de juego a algunos kilómetros de la orilla
y se mostraban tranquilos. Y los aficionados con sus cánticos
animándole para que llegara lo más pronto posible. Era un
espectáculo más del juego, «el patrón de la lancha y el patrón
del juego», coreaban los aficionados.
Entre las cosas más curiosas que le pasaron a Felin
Alonso, durante su larga estancia en los banquillos, destaca lo
sucedido en una ocasión en que le tocaba jugar un partido el
primero de año; sí, el primer día del año nuevo. En su víspera,
un día antes, después de realizar el entrenamiento celebró
en el vestuario con los jugadores la llegada del nuevo año

84
Guanajo

tomando una copa de cava. Uno de los jugadores titulares del


equipo que era de fuera de la provincia y que se iba a quedar
solo, sin salir de casa en ese día de diversión y fiesta, le dijo
al propio Felin Alonso que lo invitaba a festejar el nuevo año
con él, tomando algunas copas en algún bar de la ciudad. El
entrenador no se negó y se fueron de copas los dos juntos,
celebrando por todo lo alto aquella fecha, por lo que se acos-
taron muy tarde. Al siguiente día, ya en el vestuario, dio la
alineación y no se encontraba su compañero y jugador de la
noche anterior, ya que regresaron con algunas copas de más.
El jugador, algo molesto, pensaba que la noche anterior había
reforzado su amistad con el entrenador. Este le dijo cuáles
habían sido los motivos por los que lo iba a dejar en el ban-
quillo. Felin Alonso le manifestó que había estado de copas y
de fiesta y que por ello no estaba en condiciones de jugar un
partido al día siguiente:
—Esos no son motivos para dejarme fuera, míster —
aventuró el jugador dolido por no jugar.
Felin Alonso asintió.
—Lo son, ¿no?
—¡Pero si todos mis compañeros se han acostado in-
cluso más tarde que yo!
—Sí, puede ser. A ellos no los había visto, mientras que
a ti sí, porque has estado durante toda la noche conmigo.
Fue un ejemplo más de los muchos que Felin Alonso
había dado como muestra de su imparcialidad y de tratar a
todos por igual.

85
Gregorio Dorta Martín

No es fácil ser entrenador de fútbol, tiene sus ventajas


y desventajas como todo en la vida. Hay que tener una casta
muy especial para ordenar a dieciséis o dieciocho jugadores.
Cuando Felín Alonso echa la vista atrás se queda sobre todo
con la persona por encima del deportista. Su filosofía se ha
basado en varios principios de formación: que el niño se en-
cuentre a gusto y educar de la mejor manera posible; si se
consigue habrá muy buenos resultados. De hecho nunca le
tembló la mano a la hora de echar a algún deportista por no
cumplir con las normas.
El terreno de juego es un paraíso para disfrute de los
jugadores, pero en el banquillo todo es muy diferente. Lo que
tenía muy claro Felin Alonso era que el banquillo, y todo lo
que rodea este deporte, era su hogar.

86
EL INTERMEDIO

K ebede había nacido en Etiopía. Sus padres lo abandona-


ron en las puertas de la dependencia de la policía y estos
lo recogieron y se lo entregaron a un orfanato de la capital
etíope. Sin embargo, un matrimonio de Tenerife se desplazó a
Etiopía y adoptó al pequeño niño de color. Aunque a primera
vista los requisitos no parecen muchos ni difíciles de cumplir,
lo cierto es que las demandas de adopción han aumentado
tanto en los últimos años que la adopción nacional es prác-
ticamente imposible, por lo que la adopción internacional es
casi el único recurso para los que desean tener un hijo.
Kebede, niño adoptado, con solo seis años se despla-
zó tras un largo viaje desde Etiopía con sus nuevos padres
a la islas Canarias. Cuando llegó todo le extrañaba y todo le
llamaba la atención; fue genial su adaptación al ambiente de
su nueva ciudad y de todo lo nuevo que le rodeaba. Princi-
palmente le llamó la atención un balón de fútbol, en su tierra
natal no había visto uno nunca. Balón sí, pero de trapo o ropa
inservible.
Comenzó muy pronto a darle patadas y a corretear con
él. Además, su padre era un gran aficionado al deporte rey,
primero del equipo de su ciudad el C. D. Puerto Cruz y lue-

87
Gregorio Dorta Martín

go el Tenerife. Pronto el hijo adoptivo comenzó a practicar el


deporte rey en su colegio y luego de ahí dio el salto al fútbol
federado. Aunque en esos instantes, por su corta edad, aún
no podía formalizar su ficha, las enseñanzas de los monitores
fueron muy bien recibidas por parte del jugador. Incluso, se
adaptó perfectamente a los demás niños que lo recibieron con
mucho cariño. Con el tiempo fue creciendo, los días de la se-
mana después de sus clases, participaba en los entrenamien-
tos y los fines de semana, acompañado por sus padres, iba a
ver los partidos en los que jugaba el Puerto Cruz o el Tenerife.
Se fijaba en todos los detalles de los jugadores sobre el cam-
po y trataba de igualarlos en los entrenamientos; fue poco a
poco asimilando las reglas del deporte y al mismo tiempo en
el colegio disfrutaba con sus estudios.
Sus padres isleños tenían puesta mucha ilusión en el
pequeño. Para Kebede hubo un antes y un después. Sus pri-
meros recuerdos de la infancia eran felices, pese a no contar
con tantas cosas como luego a su llegada a Tenerife. En las dos
partes se sentía muy cómodo, aunque al pasar los años, su
nueva patria la había cogido con mucho cariño y lo trataban
fenomenal. Tenía todo el amor y el apoyo de su nueva familia,
la cual le dejaba practicar el deporte que más le gustaba.
A Kebede del deporte rey le gustaba todo, le daba igual
jugar de portero que de medio o delantero, aunque conse-
guir goles era el éxtasis de este deporte porque veía y notaba
que le daba muchas alegrías a los aficionados que acudían a
verlo jugar o a sus propios padres. Además, veía con mucha

88
Guanajo

atención los partidos donde acudía con su padre, pues en el


intermedio analizaba con profundidad todas las jugadas que
se producían en la primera parte y encima comiéndose un
rico bocadillo de chorizo, que tanto le gustaba, con alguna
bebida refrescante.
Kebede fue creciendo y seguía practicando con más ga-
nas que nunca. Destacó en alevines, infantiles, cadetes y ya
en juveniles hizo una memorable campaña, con lo que dio
el salto al juvenil nacional del primer equipo de la provincia.
Marcaba goles con relativa facilidad, sin ser un punta, punta.
Su recorrido por el fútbol isleño le otorgó mucha relevancia,
se hizo un jugador con muy buen gusto. Y muchos de sus
compañeros le pusieron el apodo de Intermedio, por su forma
de hacer y de hablar tanto tras los primeros cuarenta y cin-
co minutos. Incluso con su bocadillo de chorizo, costumbre
que no llegó a perder nunca. Con su juego rápido, su fuerza
y sus goles se llegó a convertir en el mejor jugador de la liga.
Kebede, con ansia por seguir sumando y llegar muy lejos, se
convirtió con el fútbol en un joven muy feliz.
Fue la revelación del campeonato y muchos de los
grandes lo tenían anotado en su agenda. Estaba siempre
agradecido a sus padres que lo recogieron en el orfanato de
Etiopía y lo habían llevado a ser primero muy buena persona
y después ejemplar deportista. Detrás de lo que los aficiona-
dos ven, la imagen de Intermedio, hay una capacidad técnica
y un excelente trabajo de equipo. Intermedio está muy traba-
jado: a sus dotes y sus características técnicas hay que unirle

89
Gregorio Dorta Martín

su fortaleza física. Kebede estuvo siempre muy concentrado


con lo que debía hacer, que no era otra cosa que poner todos
los sentidos en llegar a jugar con la selección española. Su
gran sueño era jugar con la roja. Se nacionalizó y nunca se
puso nervioso ni intranquilo, porque sabía que todo iría muy
bien. Su juego espectacular en la base ya era historia y al final
recibió una llamada de su padre, que le confirmó su trabajo a
uno de los equipos grandes del campeonato nacional. Nadie
mejor que su padre, para hacerle llegar esta noticia, una de las
mejores de su vida.
En ese estado no cambió ni su forma de jugar ni la de
seguir aprendiendo todo lo que sus nuevos entrenadores le
manifestaban y su fútbol volvió y corrió como un reguero de
pólvora por las escuelas de fútbol nacional. Participó y fue
convocado por las selecciones nacionales sub-17 y sub-19.
Paralelamente, comenzó a salir en los medios deportivos na-
cionales y no había nada que parara al bueno de Kebede, al
Intermedio, que ilusionó a todos y que es un ejemplo para los
más jóvenes, por su fácil fútbol y su regates endiablados; ha
nacido una nueva estrella de este deporte, de color, fuerte, y
con un futuro más que prometedor.

90
EL TRENCILLA

M acario Fernández tuvo la desgracia de recibir la carta


que nunca deseó recoger. En cuanto la tuvo en sus ma-
nos se retiró apresuradamente a la garita donde vivía con sus
animales, donde era mucho más difícil que le interrumpieran,
se sentó en uno de los bancos pequeños que tenía para orde-
ñar las vacas y se dispuso a abrirla. La extensión de la misma
le convenció de que contenía una gran parte negativa:

Calle Zivago, 38555, Porrata


Estimado señor:

Reunidos Felipe Estévez Díaz, como presidente del Colegio


de Árbitros, domiciliado en Porrata, en la calle Zivago, con Fernan-
do Fernández, auxiliar administrativo del colectivo y con el mismo
domicilio, manifestamos que es interés de ambas partes el proceder
a la extinción de su carné de árbitro de fútbol y, en consecuencia,
con esta misma fecha, la relación que mantenía con el Colegio Na-
cional de Árbitros se declara expresamente extinguida. No podrá,
por tanto, dirigir ningún partido cuyo arbitraje pertenezca a la Fe-
deración Nacional de Fútbol.
Lo firmamos y ratificamos en fecha y lugar indicados.

91
Gregorio Dorta Martín

Esta última carta produjo cierto dolor e impotencia al


árbitro Macario Fernández. Después de treinta y dos años di-
rigiendo muchos partidos de fútbol, no solo de fútbol base y
regional, sino también de la tercera división y segunda divi-
sión B. Por su edad, no pudo llegar más lejos, si no hubiera
intentado convertirse en profesional.
Macario esperaba algo más serio, no esa carta donde
le indicaban el despido de manera tan fría; incluso, muchos
de sus allegados, esperaban que se le hiciera algún home-
naje. Aunque él quería seguir, el comité nacional le daba
la espalda y en las normas estaba establecido que siempre
había la posibilidad de dirigir partidos de fútbol base. A
Macario Fernández le daba igual qué clase de partidos le
tocaba dirigir, él le daba la misma importancia a un parti-
do de alevines que a un encuentro de la segunda división
B. A él lo que más le encantaba era impartir justicia so-
bre el campo. No se cortaba un pelo a la hora de señalar
las correspondientes faltas. Sabía que no era un colegiado
conflictivo, sin embargo, a muchos de los presidente y di-
rectivos de club no les gustaba cuando les pitaba en sus
partidos. Además lo tenían muy claro: a Macario Fernán-
dez no se le podía sobornar ni se podía «arreglar» algún
encuentro, como pretendían muchos de esos directivos
que sí compraban y pujaban para que el colegiado de tur-
no les pitara a favor. Macario Fernández, el humilde y justo,
ponía sobre el campo un par de huevos para que nadie se
metiera en su terreno.

92
Guanajo

También es cierto que Macario Fernández pulverizó to-


dos los récords que se pueden dar en un terreno de juego. In-
cluso estuvo y está anotado en los récords Guinness. Después
de treinta y dos años sobre los campos de juego, son muchas
las anécdotas que pueden hablar del mismo.
Lo recordaba con nostalgia, allí debajo de aquellas dos
hermosas vacas, sentado sobre el pequeño banco. Gritó a los
propios animales: «¡Nadie me puede objetar nada! Si soy una
persona sencilla y bondadosa; aunque tengo algunas rarezas,
poseo dotes que ni el propio presidente del gobierno tiene…
La vida pone a cada uno en su sitio y espero vivir para ver caer
a esos personajes de la hipocresía y la sinrazón. Gente con
más poder que ellos se ha ido directamente al suelo, incluso
pongo el ejemplo de la gigantescas torres gemelas de Nue-
va York. Todo un símbolo para los americanos también fue al
suelo, por culpa de una partida de inútiles terroristas».
Macario Fernández les comentaba a sus amistades que
desde que él vino al mundo el primer color que vio fue el
negro, con el cual se vistió para dirigir partidos de fútbol. Co-
menzó practicando este deporte en el colegio de su pueblo
agrícola, pero pronto lo que más le llamaba la atención den-
tro del campo era aquel personaje que en cada momento era
insultado por los aficionados y jugadores de ambos equipos.
No fue capaz de comentárselo a su familia, compañeros o
entrenadores del equipo base donde jugaba. Fue una ilusión
muy grande y que tenía siempre guardada, porque en caso de
decirlo en público iba a ser el centro de las carcajadas y de las

93
Gregorio Dorta Martín

mofas de sus compañeros. Fue su propio entrenador quien le


dijo que no tenía nada que hacer practicando este deporte,
que se buscara otro. Macario le comentó que le gustaba arbi-
trar partidos de fútbol. El club de base al que pertenencia lo
relacionó con los delegados del colegio de su provincia y así
fue como comenzó a vestirse de negro. Estuvo un mes apren-
diendo todas las reglas del libro gordo de las normas y reglas
del fútbol No solo de día, sino también de noche.
…Y comenzó pitando su primer encuentro, luego otro
y empezó a hacerse famoso entre los equipos de la zona. No
es que pitara de una forma rara y fuera de lo común, es que su
corto cuerpo no le ayudaba a poner justicia sobre el campo.
Los jugadores no le respetaban y no comprendía los saltos
que daban cada vez que señalaba un penalti o una falta cerca
del área. Otras de sus grandes virtudes era la forma en que
mostraba alguna tarjeta amarilla o la temida roja: la anotaba
primero y luego la enseñaba y le preguntaba al jugador si la
veía justa o no. Si le respondía al revés, le regalaba un regla-
mento al final del partido. Una vez visitó un campo donde
el marcador era muy apretado para el equipo de casa y los
aficionados en los últimos minutos de ese encuentro le grita-
ban: ¡árbitro, la hora, la hora! Él se fue al delegado de campo,
le pidió un micrófono inalámbrico y dijo que aquel que tu-
viera prisa podía irse, porque las puertas del campo estaban
abiertas, que allí nadie los había invitado a estar. Él lo decía
muy serio y los propios seguidores se lo tomaban con risas y
fiestas.

94
Guanajo

Otro de los partidos más nombrados fue aquel en que


se consumó el récord del encuentro más largo de la historia.
El campo estaba entre dos montañas, lo cruzaba un aparatoso
cableado eléctrico y cada vez que el balón tocaba los cables,
el árbitro, según indicaba el reglamento, había de lanzar el
balón neutro entre dos jugadores y así luego al final hubo que
añadir mucho tiempo. Duró más de 150 minutos, sin haber
prórroga ni nada por el estilo. Fueron muchas cosas curiosas
y fuera de lo común las que vivió Macario Fernández: en otra
ocasión, vio a una manada de cabras con su pastor al frente;
era un día de mucho, paró el juego y dejó que aquel rebaño
atravesara el terreno de juego por el centro en busca del agua
del río que se encontraba al otro lado. Esto le hacía ganar mu-
chas simpatías entre los aficionados, pero no con los jugado-
res y los directivos de ciertos clubes.
Con la carta entre sus manos y con las lágrimas cayen-
do por sus mejillas, cogió su bolígrafo con el que tantas actas
había rellenado y escribió:

Mi estimado presidente:

Acabo de recibir su carta, y dedicaré toda esta mañana a


darle una respuesta, pues preveo que lo que tengo que contarle no
se puede abarcar con pocas palabras. Debo reconocer que me ha
sorprendido mi despido como árbitro de fútbol; no lo esperaba de
ustedes. Sin embargo, no crean que estoy enfadado, pues solo quie-
ro dar a entender que no me imaginaba que tuviera la necesidad de

95
Gregorio Dorta Martín

enviar esa carta. Si no quiere entenderme, perdóneme mi imperti-


nencia. Seguro que todos en este pueblo agrícola están sorprendidos
como yo, y si he obrado siempre así sobre los terrenos de juego ha
sido porque únicamente creía que podía aportar mucho al fútbol de
esta era. Me voy tranquilo, con las botas puestas, me llevo el cariño
de mucha gente que de verdad ha valorado mi trabajo, mientras
que a ustedes solo les interesaba el expediente de cubrir todos los
campos y se olvidaron de que, seamos como seamos, al final todos
somos personas y por ello debemos recibir otro trato. No somos un
bulto, ni números, somos árbitros y al mismo tiempo personas.

96
LAS VACAS GORDAS DEL VESTUARIO

S ería imposible convencer a un jugador de que el vestua-


rio de un equipo es muy importante para el futuro de la
competición o del propio juego de ese conjunto. Sin embar-
go, Samuel llegó a su nuevo equipo con la máxima ilusión de
hacer tres grandes temporadas, como así había firmado en
su contrato. La presentación suya en aquel caluroso verano
fue muy comentada por la prensa, que decía que iba a ser el
revulsivo que el conjunto necesitaba, para olvidar las malas
temporadas que venía realizando en el campeonato. Además,
lo había notado ya en las calles, con su primer contacto con
los aficionados, lo habían recibido de maravilla. Más bien este
chico envuelto en papel cebolla podría ser el último supervi-
viente del Casamata C. F. Decían que tenía un gran parentes-
co con una «estrella o un autentico crack»; su juego de fácil
visión, de apurado regate y de lanzamiento a gol con las dos
piernas era lo que más destacaban.
Samuel merecía un lugar de privilegio entre los grandes
jugadores de aquella competición. Si su divisa era la levedad
atlética, su secreto era el sentido de la orientación. Nadie co-
nocía tanto las profundidades del juego, nadie se movía me-
jor entre dos aguas, nadie superaba su intuición de capitán de

97
Gregorio Dorta Martín

barco, ni su instinto a la hora de hacer gol. En resumen, nadie


sabía convivir con el balón como este talento de jugador.
Samuel llegó al Casamata C. F. envuelto en la gloria por
sus dos últimas temporadas en un club pequeño, familiar y
humilde, lo que había conllevado su fichaje por este equipo,
que necesitaba una renovación total de su plantilla, cuestio-
nada en las dos últimas campañas por el mal juego desplega-
do y por lo poco conseguido en el campeonato, cuando era el
conjunto más copero y liguero de toda la historia del país. Fue
en numerosas etapas el más laureado de todos, no solo a nivel
nacional, sino incluso a nivel de toda Europa. Samuel lo tenía
todo para seguir triunfando en su nuevo conjunto. A pesar de
sus logros, era humilde y no lo pregonaba.
Comenzó la pretemporada y empezaron los primeros
problemas. A Samuel le gustaba hablar dentro del campo; en
el vestuario de su anterior equipo hablaba con sus compañe-
ros en todo momento: tras ducharse, al cambiarse de ropa o
al ponerse los colores del club. El nuevo fichaje se dio cuenta
pronto de que el vestuario del Casamata C. F. era diferen-
te. Su nuevo club, sus nuevos compañeros, tanto jugadores
como entrenadores, eran prepotentes, arrogantes y una cosa
que le molestaba mucho: solían mirar a las demás personas
por encima del hombro.
Samuel había escuchado alguna rueda de prensa de su
nuevo entrenador y a veces no salía bien parado; además, en
los partidos alguna de sus artimañas rozaba la antideporti-
vidad, tantos con jugadores, entrenadores como aficionados

98
Guanajo

contrarios y, por supuesto, se enfrentaba a los periodistas en


las rueda de prensa. Samuel llegó a pensar que su nuevo en-
trenador hacía todo eso con el propósito de mejorar el nivel
del equipo y de buscar soluciones cuando su conjunto estaba
haciendo aguas sobre el campo.
El vestuario del Casamata C. F. estaba formado por dos
gigantescos corceles de cemento alzados sobre la parte infe-
rior de la grada de los estudiantes, con los cascos delanteros
juntos, cincuenta grifos en las duchas por encima de la cabeza
de los jugadores, para formar un cuadrado donde no fallaba
nunca el agua a la temperatura adecuada para cada uno. De-
trás había dos jacuzzis que adornaban mejor la zona. Enfrente
una sala de masaje y relajación. En el vestuario central, ar-
marios empotrados en la pared y a su alrededor una clase de
asiento donde se colocaban los equipajes o vestuarios de los
jugadores. En ese apartado Samuel y compañía lo tenían todo
a su favor, grandes comodidades para sentirse mucho mejor.
Samuel no entendía la postura de algunos de sus nue-
vos compañeros. Los veía prepotentes y fuera de lugar. Estaba
el grupo de los guapos de Hollywood, los Paul Newman, Gre-
gory Peck o el propio James Dean, había otros con personali-
dades muy diferentes al resto, incluso con actos que parecían
más propios de niños que de jugadores curtidos en mil y una
batallas. Luego estaba el grupo de los cultos. Los que lo sa-
bían todo, tanto de la vida deportiva, como social y política.
Más para un concurso de televisión que para saltar a un cam-
po de juego. A todos estos grupos había que unirlos, teniendo

99
Gregorio Dorta Martín

en cuenta su nacionalidad, color de piel, idioma, etc. En aquel


vestuario había gente de muchos países del mundo, con cul-
turas muy diferentes y que le iban a hacer la vida imposible.
El nuevo jugador del Casamata C. F., de personalidad tímida,
se iba a encontrar con grandes dificultades.
Tanto fue así que en una de las ocasiones llegó tempra-
no al vestuario y al entrar vio a esos dos jugadores de color
que se estaban masturbando. Para Samuel aquello fue una
escena muy fuerte, no esperaba encontrar algo así entre com-
pañeros que se iban a partir el pecho por el conjunto. Se ru-
borizó, se metió en su armario, mientras que sus compañeros
dejaron de masturbarse y comenzaron a reírse, diciéndole al
nuevo inquilino: «¿Tú no te la tocas?». Samuel no contestó
y trató de guardar el nuevo secreto. Empezaba a averiguar el
porqué de los malos resultados y de las muchas excusas en
que se culpaba al rival o a los árbitros del pobre juego que se
había exhibido sobre el césped.
Para un jugador tímido de personalidad, situaciones de
esta índole le provocaban malestar, sobre todo psicológico.
Luego fueron cayendo muchas más; se hablaba de las for-
tunas que cada uno tenía y aquel que aparentaba conseguir
mucho más que el resto miraba a los demás jugadores como
raros, como si lo único que les importara fuera la bolsa o la
prima de riesgo. En el Casamata C. F. no había nada más que
vacas gordas y esto era un tema difícil de erradicar.
Todas estas aventuras por los vestuarios le sirvió a
Samuel para ver que, pese a ser los más ricos, guapos y de-

100
Guanajo

seosos del planeta, eran infelices, lo único que les llamaba la


atención era engrosar mucho más dinero cada mes. Por amar
o querer, que son cosas muy importantes en la vida, no se
querían ni se amaban ellos mismo.
Ese era el único reto para esta clase de vacas gordas que
perjudicaban totalmente al equipo, pese a que el presiden-
te, un hombre poderoso económicamente, pasaba mucho de
todo lo que sucedía en el vestuario. Solo le interesaba, como
gran empresario que era, salir muchas veces en los programas
deportivos de la radio, prensa y televisión, ganar popularidad
y convertirse en un icono a nivel nacional.Y no por los buenos
resultados positivos, sino por la contabilidad del club. Eso era
lo que más le interesaba, para que viera el público las nuevas
formas de llevar a un gran equipo de fútbol. Además, se aho-
rraba mucho dinero en temas de publicidad para las más de
cien empresas que dirigía. Para cualquier problema que fuera
a contar algún jugador de lo que estaba sucediendo en el ves-
tuario, él siempre respondía que ese espacio no era el Gran
hermano y no lo iba a convertir en este popular programa de
la tele. Que la vida es así, unos tienen tanto y otros no tienen
ni para comer.
Samuel se dio cuenta pronto de que se había metido
en un lugar donde lo tenía muy complicado. Aunque algún
compañero lo había recibido de una manera justa, el resto pa-
saba olímpicamente del nuevo refuerzo. Incluso en los entre-
namientos y en los partidos de pretemporada se daba cuenta
de que como a algunos no les caía nada bien, no le pasaban

101
Gregorio Dorta Martín

el balón. Se tenía que hacer una vaca sagrada dentro del ves-
tuario si quería conseguir triunfos y títulos para su conjunto.
Sin embargo, la temporada nuevamente fue un fraca-
so; no se podía pese al nivel individual, ya que allí estaba lo
mejor del mercado nacional e internacional. Los aficionados
protestaron por el mal juego desplegado y por la filtración
de hechos como la subida de tono de algunos jugadores que
sacaron a relucir su fortaleza dentro del vestuario.
Está claro: los grandes entrenadores saben que desde el
vestuario se ganan muchos partidos, que a veces son temas
muy difíciles de solucionar, pero hay fórmulas para mejorar
el colectivo. Es una palabra que no encierra ningún misterio,
que no es otra que humildad; humildad y más humildad, el
resto sobra. Los deportistas cuanto más humildes son, más
títulos consiguen.

102
TIERRA Y POLVO, TRAJE Y CORBATA

A yer vi uno de los últimos partidos de fútbol de arte puro


y distinto, uno de esos partidos que levanta pasiones
porque los dos equipos salieron con ganas de agradar al res-
petable con unas individualidades que ofrecieron una técnica
depurada y exquisita y donde los dos conjuntos, como bien
diría un periodista deportivo, «pusieron toda la carne en el
asador». Un fútbol de coctelera con arte puro, distinto y defi-
nitivo que mezclado entre sí, da un toque de balón ingenioso,
sutil y bello. Cambió el equipo, el sistema, los nombres, pero
la idea se mantiene. Una férrea defensa, un hombre pensante
en el centro del campo, contraataques certeros y dinamita en
la delantera. No me gusta ese fútbol donde el rival o tu propio
equipo se atrinchera con cinco defensas en su arco para con-
servar un resultado y lastimar de contraataque, sin embargo,
el rival fue un equipo veloz, inteligente y con mucho criterio.
Tuvo mayor posición de balón. Aunque el partido concluyó
con empate a dos, fueron realmente dos estilos de juego muy
diferentes.
Además fue una fecha histórica para el guardameta del
Pechulete, Miguel Carrero, ya que decidió en ese magnifico
partido que era el momento de su retiro y este jueves daría en

103
Gregorio Dorta Martín

la sala de prensa el anuncio de esta decisión. La explicación


es muy sencilla: después de más de veinticinco años sobre
los terrenos de juegos, la mitad de ese tiempo en el fútbol de
Europa, el chileno considera que ha llegado el momento de
encaminar sus esfuerzos a otras áreas del fútbol. Sin embargo,
Carrero tomó esta decisión porque la lesión que sufrió en su
pierna derecha lo había relegado al banquillo y encontraba
complicado retomar el gran nivel que le llevó a la selección de
su país. Diez títulos de liga y seis copas en diferentes países
donde jugó es el legado con el que Carrero se despedirá del
mundo del fútbol y de su equipo, Pechulete, conjunto de sus
amores.
¿Cuál es su fútbol? De campos de tierra y polvo o de
traje y corbata. Esta claro, este deporte se divide en dos te-
rrenos en que uno no puede vivir sin otro. Me explico: el de
campos de tierra y polvo es el de los pequeños, el de la base;
el de traje y corbata el de aquellos equipos profesionales, de
los más grandes o los que mejor se cuidan, los más mimados.
Los otros empiezan por hobby y algunos de ello se convierten
en jugadores de traje y corbata.
Muchos de los jugadores pequeños se quedan por el
camino, porque o no están preparados tecnológicamente o no
realizan el esfuerzo necesario como subirse al tren y llegar a
convertirse en profesionales del balón. Muchas de las culpas
de que los pequeños no lleguen o se queden por el camino
son de los propios padres, porque aun sin pisar un terreno de
juego, engolosinan al más pequeño con que va a ser un astro

104
Guanajo

del balompié e incluso ya en benjamines le invitan a que por


cada gol que consiga le dejan cinco euros. Cuando realmente
lo que deberían hacer los familiares es decir al pequeño que
juegue y que sea feliz con este deporte de grupo. Conozco a
muchos jugadores de base, muy buenos tanto técnicamente
como físicamente, pero que después de grandes campañas en
alevines e infantiles, cuando llegan a cadete estallan y, seguro
y no me equivoco, que todo es por culpa de los padres. En ca-
dete, las fuerzas están más niveladas y el que era un pequeño
rey en las categoría primarias se convierte en las divisiones
de la pubertad en un jugador sin fe, donde le fallan hasta sus
piernas.
El balón se tomará un descanso, durante el cual sufri-
rá profundos cambios de diseño, contenidos y demás para
volver a funcionar como todos los años. Volverán los clásicos,
volverá el fútbol de traje y corbata, pero también casi para-
lelamente comenzarán las otras competiciones del fútbol de
campos de tierra y polvo.

105
AMOR Y FUTBOL

S aben lo que toca, levantar el trofeo más prestigioso del


mundo del fútbol y es el éxito más grande jamás conse-
guido por ningún equipo: seis títulos en menos de dos años.
Algo que parecía imposible, estar a noventa minutos del éxito
soñado. ¡Quién ha visto al Casamata y quién lo ve! De aque-
llos tiempos en que fracasaba en todas las competiciones,
donde parecía condenado a no pasar de un quinto o como
máximo cuarto puesto en la temporada, se ha pasado a una
etapa donde se encadenan títulos y el equipo es la envidia
de los rivales. De aquel equipo casposo, defensivo a ultranza,
con miedo al juego y al rival, triste y cabreado, que parecía
una fosa, una charca, un terreno abandonado cercado por una
línea de incertidumbre, donde la directiva del club se empe-
ñaba en transmitir una frágil estabilidad dentro de un hoja de
ruta, y todos sabíamos que no era verdad, ahora se ha pasado
a un conjunto genial, que enamora y levanta pasiones y es
admirado por todos.
El milagro del gran cambio ha sido la llegada de la nue-
va directiva que preside un hombre que fue santo y seña del
juego, que se conoce todos los entresijos de este deporte, uni-
do a los responsables técnicos que apuestan por el jugador de

107
Gregorio Dorta Martín

cantera y su técnica. El nuevo presidente abrió el camino con


su filosofía de cantera y su estilo de juego se ha aprovecha-
do de unos jugadores que miman el balón y disfrutan como
nadie del juego del equipo. Se está en el buen camino, en
la ruta marcada por el presidente que fue proclamado nuevo
mandatario del club, en unas votaciones ganadas a pulso y
totalmente democráticas. Saxo Moor saltó a la fama cuando
se hizo jugador profesional y realizó excelentes temporadas
como jugador fino y elegante. En su discurso, criticó al que
fuera presidente del club por lo mal que lo había hecho. Se
ganó enemigos y recibió muchas adhesiones. Desde enton-
ces su carrera de presidente era envidiada por el resto de los
equipos; simpatizaba con la gente sencilla, todo con un des-
parpajo inquisitivo que solo los despistados confundían con
el candor.
Saxo Moor lo tenía muy claro, quería hacer historia con
este equipo y de momento lo estaba consiguiendo. Su renaci-
da fama le llevó a obtener muchas y nuevas amistades, entre
ellas la de una mujer de terciopelo que se enamoró locamente
de él.
A Moor la presencia de su mujer le incomodaba. Sí, lo
sintió.Ya no le parecía el olor infantil de su ropa y la separación
estaba en boca de todos. El amor, además de arrebatado, tam-
bién puede reventar la dialéctica al más sesudo de los hombres.
—¿Te has enamorado de ella? —le había preguntado
su mujer la tarde antes de un partido en la que empezó a
balbucear.

108
Guanajo

—¡Qué tonterías! Estamos preparando un dossier de


normas y conductas para entregárselas a los jugadores y en-
trenadores —ella le clavó los ojos por encima de las gafas y
aguó toda entereza—. No lo sé, le contestó.
Podría haber reprobado su actitud o trazado un plan
de reconquista, urdido mil revanchas contra quien no dejaba
de ser un esposo. Se echó a un lado elegantemente y dejó al
hombre, al presidente de su vida vivirla, convencida de que
más pronto que tarde regresaría.
No fue así y ahora metía sus ropas y sus enseres de su
casa en maletas y se iba de aquel hogar donde mucho tiempo
fue feliz al lado del hombre que quería. Aunque lo peor no re-
sultó descubrir a un calzonazos en el presidente, sino echarse
en cara a una amante incendiaria y vengativa, pretendiendo
borrar de un plumazo la historia de dos seres que se quisieron
mucho en su justo momento. En estas situaciones Saxo Moor
respondía con puntos suspensivos.
Otra vez la coctelera amor y fútbol vuelve a aparecer,
como la vida misma. Al presidente no le dio tiempo a mu-
cho, solo a poner cara de pánico. La mano derecha del máxi-
mo mandatario actuó rápido. De los problemas personales
no debían enterarse ni los jugadores y menos la prensa. Sin
embargo, una conversación de la mujer del presidente con un
conocido, amigo periodista, tiró todo por la borda. Se anunció
la bomba. El comunicador cruzó en antena a la mujer y al
presidente Saxo Moor, que se sorprendió cuando escucho la
voz de su mujer a través del receptor. Fue una de las noticias

109
Gregorio Dorta Martín

más comentadas y pese a las muestras de apoyo, aquello se


convirtió en un reguero de pólvora.
Al día siguiente desencajado, superado, muy nervioso
y escondido bajo un sombrero, en la sala de prensa del pro-
pio estadio, tuvo su último contacto con los periodistas, co-
mentándoles que dejaba la presidencia del club por motivos
personales. Luego se sometió a todos los medios. Se trataba
de firmar una tregua y no mezclar a cada instante su vida par-
ticular con el fútbol. Aseguró que su decisión obedecía a cues-
tiones personales, que no tenía que ver con el fútbol, pero que
le obligaban a dejar su club. Ahora, ya no iba a hablar más del
asunto. Con lágrimas en los ojos se levantó y dejó su sitio: la
poltrona donde se sentía muy feliz y que, por cuestiones que
nada tenían que ver con el deporte, debía abandonar.

110
AL LÍMITE

S iento una impotencia tremenda. Cuando más feliz me en-


contraba viendo el triunfo de la selección española contra
Italia en la gran final del continente europeo, llegó la sorpresa
desde la habitación de mi hijo, el pequeño de tres años, con
el cual estuve a punto de tirar la toalla o casi al límite de des-
esperación.
Mi hijo comenzó con un golpe de tos, al que al princi-
pio no di tanta importancia. Pensé que eran cosas de niños.
Mi mujer, como no le gusta el fútbol, se fue para casa de una
buena amiga a charlar de sus cosas, yo me quede solo en casa
con mi hijo, me gusta ver los partidos de fútbol en casa y si
puede ser solo mucho mejor, porque el deporte rey me rela-
ja, me hace olvidar todos los problemas cotidianos de la vida
diaria y observo todo lo que pueda pasar dentro y fuera del
terreno de juego. A través de la radio escucho las opiniones
de los periodistas deportivos y la imagen por la televisión. Lo
cierto es que disfruto como un enano viendo a la selección
española jugar a la pelota.
Mientras llega el descanso, mi hijo aumenta los golpes
de tos y sigo echado sobre el sofá y cojo, por hacer algo, un
libro de autoayuda que se encuentra en la mesa y empiezo a

111
Gregorio Dorta Martín

leer: «Soy de los que pienso que para triunfar en la vida, no es


importante llegar el primero, para triunfar simplemente hay
que llegar levantándose cada vez que se cae en el camino.
Ve adelante y lucha. El camino es largo, difícil y peligroso. El
inicio está escrito, está en tus manos».
Dejo la lectura de autoayuda, la cual me refuerza mu-
cho la moral, trato de llamar a mi mujer a su móvil y está
fuera de cobertura, no recuerdo el teléfono de su amiga, por-
que nunca me había preocupado; si encima lo tiene mi mujer
grabado en su propio teléfono, para qué lo iba yo a necesitar.
Mi hijo sigue tosiendo cada vez más y va a peor, trato de bus-
car algún medicamento que le ayude acabar con esa pesadilla
de tos. Hay de todo, menos aerosoles para su maldita asma.
Me acerco a su cuarto, oigo al mismo tiempo el tercer gol de
España y me digo que ya somos campeones de Europa. Me
olvido del fútbol y trato de vestir a mi pequeño hijo, lo cojo
entre los brazos y me voy al coche. Lo sujeto en el asiento de
la parte trasera, mientras sigue con su fastidiada tos. Arranco
mi auto, pongo la radio para escuchar el encuentro tan im-
portante y me entero que España ganaba por cuatro a cero a
Italia. Comenzaba la fiesta.
Salgo de la calle de mi casa para coger la carretera ge-
neral que me llevara al centro médico, ya empiezan a salir los
primeros aficionados con su claxon a todo meter y sus bande-
ras nacionales desplegadas en toda su extensión con la brisa.
Veo, uno, dos, tres… y empiezan a ser muchos. Ellos tocan el
claxon de alegría y yo preocupado por mi hijo. Incluso, veo

112
Guanajo

por la bajada de la carretera dos coches a gran velocidad que


fueron a parar contra el muro que divide las dos vías. No pue-
do parar, tengo a mi hijo enfermo que sigue con su maldita
tos, cada vez más aguda. Pero, a la fuerza tengo que detener-
me, se forma una cola de automóviles que es frenada en la
propia carretera por un grupo de aficionados que borrachos,
van saludando coche por coche a los que acuden a la plaza,
lugar de concentración cada vez que hay algo deportivo que
celebrar.
La espera en esa cola de automóviles se me hace larga,
si toco mi claxon no me van hacer el menor de los casos, por-
que piensan que lo hago por la selección y no por otros moti-
vos, si pongo los cuatro intermitentes tampoco me va a valer
de mucho, más de lo mismo. Pienso que tenía que haber lla-
mado a una ambulancia, en ella todo sería diferente. Me en-
cuentro en un callejón sin salida, no puedo dar marcha atrás
y volver por ese lado, porque la cola de autos también está
ahí. A este paso, mi cabeza estallará en cualquier momento.
No puedo más, estoy demasiado agotado de luchar incansa-
blemente. Ya no sé qué hacer, mis miedos se apoderan de mí,
cada instante miro a mi hijo enfermo y lo veo cada vez más
débil, cada vez me atormento más, estoy llegando a un límite.
No puedo salir de allí, estoy en el centro de un gran número
de personas y coches, sin salida alguna. No sé cómo lidiar con
todo esto y poner a mi hijo en manos de un médico para que
solucione su fuerte tos. Quisiera que alguien me tendiese una
mano y me ayudara a salir de esta difícil solución, pero la-

113
Gregorio Dorta Martín

mentablemente, pese a que hay un gran número de personas


cantando y festejando el nuevo titulo de la selección española,
yo me encuentro atascado. Estoy realmente desesperado, mis
impulsos son cada vez más grandes. Tal vez pronto termine
descargando mi ira contra todos aquellos aficionados alegres
y bulliciosos, que no tenían culpa de nada. Sé que tengo que
seguir luchando, aunque estoy en el límite, peligra la salud
de mi hijo. ¿Será que realmente hay cosas imposibles? Me
niego a aceptar esta idea aunque me estoy volviendo loco. Mi
pequeño sigue asfixiado y con un fuerte dolor de pecho. Se
me pasan por la cabeza muchas cosas negativas. No quiero
pensar en lo peor. Mis lágrimas no quieren caer, voces dentro
de mi cabeza hablan y discuten.
Con mis ojos llenos de impotencia y sin vista, veo a lo
lejos una sirena ante tanta fiesta. Allí hay un policía en su
moto y su pequeña sirena, veo la luz tenue al final del túnel.
Me agarro a ella y trato de sobreponerme. Cuánto me hubiera
gustado a mí disfrutar de esa gran victoria, con lo futbolero
que soy. Primero mi hijo, mi niño del alma. Me bajo del coche,
dejo a mi niño detrás sujeto en su asiento sin poder respirar.
Busco con ansiedad al policía, me quito de en medio banderas
y bufandas y a muchos aficionados que trataban de meterme
en su fiesta. Al final, llego a aquella luz intermitente y con un
fuerte dolor de cabeza y ansiedad, me dirijo a la persona uni-
formada. Mi mente volaba sin control.
Grité como un loco:
—¡Policía, policía!

114
Guanajo

—¿Qué pasa, qué pasa? Venga a disfrutar, que tiene us-


ted cara de beber alguna copa de más —contestó el agente
con cara de tranquilidad.
—No, señor, que tengo a mi hijo de tres años muy en-
fermo en el coche y no puedo llegar al centro médico.
—¿Ah sí?—dijo el policía con sequedad, como si duda-
ra de las palabras.
—Haga algo, muévase por favor. Dejadme salir de este
lugar maldito.
Fue entonces cuando el agente se dio cuenta de la gra-
vedad de la situación y corrió al coche, que estaba totalmente
bloqueado por aquellos aficionados que celebraban la victoria
de España contra Italia en la Eurocopa.
—¡Dios mío! —dijo el policía al ver al niño práctica-
mente muerto—. ¿Qué ha pasado?
—Le dio un ataque de asma y no he podido llegar al
médico y menos al hospital. Son tres años solo. Daría cual-
quier cosa por ver a mi niño a salvo. Es mi familia, mi vida.
Me recliné sobre su moto.
—Venga suba a su coche, que yo le abro paso.
El niño respiraba algo todavía. El policía, además, cogió
su altavoz y alarmó a todos los manifestantes que se encon-
traban rodeando el coche. Y abrió paso. La gente, al ver al po-
licía y la cara de ansiedad de un padre al límite, fue haciendo
caso, hasta llegar de nuevo a la calle que enfilaba el centro
médico; por allí había algún aficionado ebrio celebrando la
gran victoria, pero al final se llegó y rápidamente fue atendido

115
Gregorio Dorta Martín

en el hospital y el niño volvió a respirar con tranquilidad y


volvió a ser el mismo de antes del partido. Me faltaron pala-
bras de agradecimientos hacia el agente.
Los médicos me devolvieron a mi hijo sano y salvo.
Apareció mi mujer, ya que alguien le había comentado la gra-
vedad del estado de su hijo, se me abrazó y lloramos de felici-
dad, y el coche se puso de nuevo en camino. Al llegar a casa,
totalmente cansado, encendí la televisión y escuché decir al
presentador deportivo que España jugó al límite y por ello
venció a Italia. ¿Quien jugó al límite, fui yo?

116
PAISAJE DE AMOR…

Y transito por esa calle con la mirada puesta en nuestro


santuario, templo de nuestra hazaña de amor... tratando
de detenerme en el tiempo, de permanecer allí para el resto
de la vida; pero tengo que seguir mi camino; asumo que debo
continuar con mi existencia, las manos en el volante y la mi-
rada fija en la estropeada y vieja carretera.
En ese instante de recuerdos, soy el hombre más di-
choso del planeta, rememorando nuestros primeros besos en
aquella doble puerta de aquel viejo cortijo. A su paso, para
recordarte, beso mi mano buscando tu golosa boca. Soy feliz
conmemorando aquel encantador pasado. Era la madrugada
de no sé qué día de la semana; llovía y la acera y la carrete-
ra estaban mojadas; hacía frío y, en aquella doble puerta, el
tiempo se suspendió por un precioso momento y luego con-
tinuó llevándonos a vidas diferentes.
Ese mágico lugar no tiene importancia para los tran-
seúntes, peatones o peregrinos, pero para mí significa mi
vida, mi energía, mi existencia y mi mundo. Jamás, después
de tanto tiempo, nadie ha creado para mí los besos que tú
me regalaste; nadie ha puesto sus labios frescos y dulce boca

117
Gregorio Dorta Martín

sobre la mía y mi sombra. De ese paisaje, de aquel lucido mo-


mento, jamás podré borrar la impronta, pues me dejó señala-
do para el resto de mi vida. No te he podido olvidar y creo que
no llegaré nunca a rechazarte. ¡Te quise! ¡Te amo tanto! He
besado y he vuelto amar, muchas o pocas, da todo igual; he
luchado por reemplazarte; he comparado, malditas pruebas
siempre tan odiosas, pero nadie te ha podido igualar; nadie
ha podido quitarme tu venda de amor, acallar mis deseos por
una noche de pasión.
Después de los muchos años, ninguno ha sido capaz
de parar el tiempo y revivir tus besos y caricias con tanta de-
dicación y vehemencia. Ese santuario tan pobre y tan frío, se
convirtió, en una noche de lluvia , en un lugar permanente
en mi profundo paisaje de amor; en un lugar rico, próspero,
magnífico, poderoso… Con la mirada perdida en la memoria
observo sus viejas puertas; soy feliz allí, aunque tú no estés ya
entre mis brazos.
Me gustaría permanecer largos ratos recordando nues-
tra vivencia de ardor, de deleite, donde se gestó aquel rico
amor. Sigo mi camino y luego vuelvo, al término de la jorna-
da, a pasar por su umbral, por su paz y su silencio. Duró poco,
obstinado; fue tan efímero, que por ello me dejó su huella
indeleble.
Después de los largos años pasados, espero de nuevo
esa oportunidad; tú con tu vida y yo con la mía, es difícil re-
tomar el pasado; resultaría excesivamente embarazoso volver
a revivirlo. No obstante, creo que tú también, pese al tiempo

118
Guanajo

transcurrido, lo sigues recordando; se te ve en tu mirada y en


la misma tu deseo.
Así, ¿qué paso hay que dar?, ¿qué cobardía encierra
todo este misterio? Espero, deseo, anhelo, persisto, aguanto
y no me canso de renunciar. Algún día ese milagro se puede
producir, no pierdo la fe. Con el paso del tiempo tu mirada
todavía me cautiva, tus ojos claros me seducen y, cada vez que
nos cruzamos, sigo pensando en aquel santuario y en el con-
tinuo deseo, esperando que llegue ese feliz momento en el
que veamos de nuevo realizados nuestros sueños guardados
desde hace tanto tiempo. Aunque afronto que no será como
la primera vez, te amo y quiero estar contigo en mi paisaje de
amor.

119
LA PRINCESA CANGREJA NO SABÍA LEER

Si te atreves a enseñar, no dejes de aprender.


John Cotton Dana

E n unas rocas, en lo alto de una playa, vivía hace tiempo


una princesa cangreja muy justa y enamorada.
Tenía el
caparazón azul como las infantas y la piel de su cara era tan
clara como los rayos del sol.
Estaba sola y muy triste, porque
con el mar bravo nadie podía visitarla.
Lo único que tenía era
una vieja botella con una glosa dentro, pero como no sabía
leer, nunca se pudo enterar de su significado.
La joven can-
greja conocía muy bien cuándo el mar estaba en calma o ha-
bía tormenta, cuándo era marea larga o corta. Cuando el mar
estaba muy bravo, no podía salir de la cueva, porque las olas
daban contra las rocas y podía arrastrarla por las piedras.

Desde hacía mucho tiempo miraba a la botella y pensa-
ba qué idiota había sido… si hubiera ido a la escuela. Hubie-
ra aprendido tanto, que pensó que sería buena idea intentar
bajar al pueblo para hablar con los demás. Así aprenderían
todo lo que ella podía enseñarles.
Ella les educaría a ser va-
lientes cuando estuvieran solos, a ser fuertes para vencer los

121
Gregorio Dorta Martín

problemas de cada día y algo muy, muy importante: a crear


ilusiones, sueños y fantasías.
Las horas pasaban junto a las fuertes rocas y la princesa
cangreja esperaba con impaciencia un cambio en su vida. Se-
guramente le hubiera gustado conocer a un cangrejo príncipe
macho que le hiciera mucha compañía.
La princesa cangreja,
aislada del exterior, apenas podía conciliar el sueño y a pesar
de su juventud se sentía cansada. «¡Me pesa mucho este ca-
parazón que llevo encima!», se decía la princesa cangreja.

Un día, la desdichada pensó que ya había llegado el
momento de poner en práctica su idea.
«¿Sabes, lo que voy
hacer? —se dijo—. ¡Iré a la escuela para aprender a leer y a
escribir! ¡Así me enterare qué secreto guarda el mensaje de
esta botella! Y podremos ver a otros crustáceos y hablar con
ellos!».

La cangreja no estaba muy convencida.
Pensaba que
hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie. «¿Voy a salir
de mi protegida casa-cueva, para que el mar me arrastre con
sus corrientes y me lleve muy afuera?
¿De verdad puede im-
portarle a alguien lo que yo le diga?».
Luego pensaba que sí y
se decía que disfrutaría.
Por la mañana, cada vez que se levantaba, miraba al
mar, miraba su botella. Ese día la masa de agua estaba en cal-
ma.
Se puso en marcha, bajó despacito, como el que no
quie-
re perder ni un minuto de la vida.
Iba admirando el paisaje,
los árboles, las flores y los pequeños animalitos que veía por
el camino.
Llegó a la escuela y vio tantos cangrejos pequeños

122
Guanajo

que tuvo ciertos complejos.
Todos se paraban a mirarla. ¡Era


tan bella! Llamaba mucho la atención.
Algunos se pregun-
taban si era la nueva maestra o una alumna que había re-
petido unos cuantos cursos.
Habló con la maestra y le contó
su problema; rápidamente se puso a hacer tareas. ¡Además
se hicieron buenos amigos!
Apresuradamente, los demás se
dieron cuenta de la gran persona que era la princesa cangre-
jo y le pedían consejo sobre sus problemillas.
Al principio le
daba un poco de vergüenza que todo el mundo le preguntara
cosas, pero poco a poco descubrió el gran valor que tienen las
palabras y cómo muchas veces un término ayuda a superar
las tristezas.
Palabras llenas de cariño como:
ánimo, adelante,
puedes conseguirlo, confía en ti, cree en ti…

Ella también aprendió ese día que las cosas que sen-
timos en el corazón debemos sacarlas fuera, quizá los otros
puedan aprovecharlas para su vida.
La maestra cangreja le
decía: «¡Deja volar tus sentimientos, sé alegre, espontánea,
ofrece siempre lo mejor de ti!».
La maestra y la cangreja princesa partían juntas hacia
su casita de las rocas.
Caminaron mucho con su andar tan
particular y cuando llegaba la noche la maestra cangreja se
iba a su rinconcito a dormir. La princesa se despedía de ella y
le decía: «¡Gracias por ser mi amiga!
Una buena amiga es el
regalo más hermoso que uno puede tener. Vale más que lotes
de oro y riquezas, llora y ríe contigo y también sueña».

Mientras sentía estos pensamientos, la princesa can-
greja se iba quedando dormida, sus ojos cansados se cerraron

123
Gregorio Dorta Martín

y la paz brilló en su cara.
La luna siempre las acompañaba y


por la mañana decidieron abrir la botella en busca de la nota
que la profesora con su ayuda podía leer: ¡qué sorpresa! La
maestra y la princesa cangreja abrieron la botella y contenía
un importante mensaje, que decía:


No pudo ser. Fui a buscarte con todo mi corazón, pero no te


encontré. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas. Todo se borró,
tanto las cosas buenas como las malas. Ahora estoy como perdido,
sin fuerzas y muy mal. Pero la vida sigue, tanto para ti como para
mí. Aunque esto no lo leas jamás, solo quiero que sepas (que sepa
todo el mundo) que te he querido más que a mi vida y que siempre
serás mi historia de amor. Te quiero, mi princesa, mi niña, mi amor.

Firmado: el príncipe cangrejo


Y la cangreja, que ya había aprendido a leer y escribir,


con las lagrimas cayéndole por su mejilla, cogió la botella y
puso un nuevo mensaje en su interior:


Perdimos las naves pero nos agarramos con fuerza y lle-


gamos a tierra. Con los restos hicimos una nave nueva, pero se
hundió. El mar nos lo trajo y el mar vino a buscarlo. Déjalo ir, por
favor. Ya no está y no es culpa nuestra. Tal vez, algún día podré
visitar tu isla y recibirte en la mía, sin reprocharle al mar que se
lleve lo que es suyo. Aquí te dejo un mapa para que vuelvas pronto,
amor mío.

Firmado: la princesa cangreja


124
Guanajo

Luego con sus rejos lanzaron la botella de nuevo al mar


y esperaron y pasó el tiempo, hasta que de pronto un día en
calma, de repente, por las duras rocas aparecieron muchos
cangrejos en fila india. Al verlos, la maestra y la princesa can-
greja les lanzaron de inmediato todo lo que estaba al alcance,
mientras gritaban que las salvaran.
Era el príncipe cangrejo que la buscaba con mucho
desespero. Llevaba la botella con el mensaje dentro.
Fueron
todos muy felices y se fueron a palacio a celebrarlo. El rey
también lloró de felicidad y abrazó a su princesa con ternura.
—Solo alguien con un corazón tan bondadoso como el
tuyo haría ese sacrifico de aprender a leer y escribir.

La princesa y el príncipe cangrejo lloraban de alegría.
—No llores —la consoló la maestra cangreja.
Si todos los niños hicieron los deberes no habría tanto
problemas, el fracaso escolar no existiría y seguro que saldrían
adelante en muchas situaciones difíciles de la vida.

Gracias al interés de la princesa por aprender a leer y
escribir para encontrar a su tesoro amado y ser feliz junto a él,
pudo cumplir su sueño.

125
Llega el verano y con él las numerosas fiestas que hay
por todo el país. No soy un experto y por ello no voy a dar
ningún consejo a los que se pasan con el líquido. Tomar be-
bidas alcohólicas supone para gran parte de la población un
placer asociado a festividades, celebraciones, fines de semana
o simplemente el disfrute de una buena comida; por ello es
conveniente saber beber, comportase como un ser humano,
serio y responsable, cuando tomamos algo, ser felices bebien-
do y respetando siempre a los que están en el camino y al
lado. También me remito de una manera muy especial a los
automovilistas: por favor, como bien decía aquel mensaje: «Si
conduces no bebas». Coja usted una guagua (bus) o un taxi.

RESACA

S alitre el pescador se despertó sobre su lancha una ma-


ñana de pesca y fiesta, con el mar en calma y nadie a mil
leguas. Todo después de un sueño perturbador: se encontra-
ba, con el vaivén de su barca sobre el mar, convertido en un
monstruoso cangrejo. Se hallaba echado semidesnudo sobre
las duras vigas de su viejo bote, y, al levantar la vista, vio la
imagen de la Virgen del Carmen sobre las enfiladas olas del
océano que los bañaba, en cuyo relieve creía ver una bella

127
Gregorio Dorta Martín

postal de las fiestas populares de Puerto de la Cruz. Ante su


asombro, sorprendentemente, todas sus púas descoloridas
salían de su propio organismo en balance con el espesor fre-
cuente de sus piernas. Todo ello ofrecía a sus ojos el asombro-
so sueño de una sacudida sin equilibrio.
Durante los sueños se desarrolla en el cerebro una ac-
tividad eléctrica que también alcanza la zona encargada de la
información visual. Por ello se crean imágenes completamen-
te aleatorias, que son ordenadas y provistas de contenido por
el soñador, en este caso por el pescador. Esta es una teoría,
pero existen más, comenzando por la del famoso siquiatra
vienés Sigmund Freud, quien opinaba que todo sueño tiene
un significado.
«¿Que me ha sucedido?», se dijo entonces.
No deliraba, no. No soñaba, no. Su barca, una barca
de verdad, si bien colosalmente muy comprimida, afloraba de
forma habitual: con su guitarra, su red, el tambor para atra-
par morenas, su cubo, sus cañas de pescar, sus cuatro cajas
de cerveza y sus numerosas botellas de ron; todas estas be-
bidas, harto famosas por todos sus colindantes. Presidiendo
esta mañana había un sol que empezaba a brillar en todo su
esplendor, y a lo lejos una música escandalosa que llegaba a
sus maltrechos oídos, como un sutil eco, y de idéntica mane-
ra, voladores, petardos y cañones de esos fuegos artificiales
de las fiestas de julio, que explotaban en el cielo azul y los
cuales retumbaban a lo lejos en aquel abrupto acantilado. De
pronto cogió el cubo, lo llenó de agua salada y se lo echó por

128
Guanajo

encima de su aturdida mente. Se sacudió la misma como lo


hace un perro cuando se encuentra totalmente mojado. Ni
el rápido movimiento de su cabeza, ni el frescor del agua le
hizo efecto alguno, porque él seguía viendo en sus piernas los
rejos de un monstruoso cangrejo y, al levantar la vista, seguía
distinguiendo a la Virgen del Carmen sobre las enfiladas olas
del Océano Atlántico. Como si fuera la misma estampa que
Salitre había visto colgada sobre el cuello del escapulario de
su desaparecida y santa madre.
«¿Virgen mía, qué tengo? No, no estoy delirando. ¡Es
esto un milagro! ¡Qué cansada es la profesión de pescador
que he elegido! ¡Puta vida! Luchando contra el duro y amplio
océano un día sí y otro también. La preocupación de llevarle
la comida a los hijos es mucho mayor cuando se trabaja en
estos menesteres, y no hablemos de los días malos y regulares
que tenemos que soportar, esperando que el sargo, la vieja, la
chopa, la caballa, el chicharro o la sardina lleguen a raudales
sobre mi vieja falúa, para que a mis hijos, que no paran de
comer, no les falta nada de las primeras materias primas. Ellos
no saben aún, por lo pequeños que son, qué dura es la vida
del pescador sobre una lancha a la deriva en este mundo lleno
de soledades y malaventuras. Además, con estas alusiones de
padre y señor mío, mis pies parecen púas de cangrejos y al
frente sobre el mar veo a mi patrona, la Virgen del Carmen.
¡Al diablo con todo!», pensaba.
La cabeza le daba mil y una vueltas y perezosamente
se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la cabe-

129
Gregorio Dorta Martín

cera del barco, a fin de poder alzar mejor la cabeza. Pero su


mente seguía dando vueltas. Vio, pese al cambio de postura,
que todo seguía igual. Notaba sus piernas anómalas y sobre el
movimiento de las olas a su señora, a su protectora. Quiso ali-
viarse tocando el lugar de sus piernas una con la otra y fue tan
grande el lío que sus numerosos rejos de cangrejos se unieron
unos con otros. El rozamiento le producía estremecimientos.
«Estos madrugones —señaló— le emboban a uno por com-
pleto. El pescador necesita dormir lo justo. Hay algunos que
se dan una vida de padre y señor mío.Ya sé lo que me pasa: he
bebido demasiado, los pescadores vivimos en una cultura del
alcohol, en donde está perfectamente tolerado que la gente,
incluso los más jóvenes, se emborrache de vez en cuando e
incluso algunos todos los días».
En oportunidades el hecho es tomado como un signo
de fortaleza a imitar al tipo de «El llanero solitario». La faci-
lidad con que es posible conseguir alcohol y la permisividad
para ello convierte en poco realista pensar en la abstinencia
total, por lo que la prevención ha de ser un objetivo prioritario.
Salitre dirigió luego la vista hacia la otra parte del barco,
comenzó a temblar de frío y no tenía fuerzas para poner el
motor en marcha o remar hasta la costa.
«Bueno —especuló—, ¿qué pasaría si yo siguiese dur-
miendo un instante y me desatendiese de todas estas uto-
pías?».
Era esto algo de todo punto viable, porque Salitre es-
taba acostumbrado a dormir sobre su lancha. No era la pri-

130
Guanajo

mera vez ni iba a ser la ultima. Cerró los ojos para no ver
más todas aquellas insinuaciones de vírgenes sobre el mar
y de sus pies con los rejos de un cangrejo. Al final se quedó
completamente dormido. Se le acercaron varias barcas que lo
estaban buscando por toda aquella orilla de puerto, playa y
acantilado. ¡Salitre, Salitre, ¿dónde te has metido?!, gritaban
todos sus amigos pescadores y se sorprendieron al verlo de
aquella forma, plácidamente soñando. Creyeron que estaba
muerto, pero por su respiración pausada y cansina desistie-
ron de ello. Al acercarse sus aliados notaron que de las cuatro
cajas de cerveza no quedaba ninguna y de las botellas de ron
solo los recipientes y algún obturador de corcho arrojado por
los suelos. Le notaron que había bebido toda la noche como
un cosaco por el aliento de la borrachera que emanaba de
su garganta. Rápidamente le dieron de beber un refresco de
naranja con mucho azúcar y lo llevaron velozmente hacia la
costa. Y de allí, ante las miradas de la gente y conocidos, hacia
un centro hospitalario.
Cuando al siguiente día Salitre regresó al bar para to-
mar su primer café como hacía cada mañana antes de co-
menzar con sus tareas, se le notaba aún en su cara la resaca
de cerveza y alcohol. En aquel momento, tomando el café en
el bar del muelle, empezó a asociar todas aquellas reticencias
sobre su vieja barca que lo llevaron a la locura.
Sonrió, se miró a los pies y se preguntó dónde estaban
los rejos de cangrejo y la Virgen del Carmen sobre las olas. No
fueron sueños, no. Fue una larga y penosa resaca que le hizo

131
Gregorio Dorta Martín

deliberar de aquella forma. Se tomó la ultima gota de café que


le quedaba en la taza, apresó su cañas, su cubo y se escaló a
su vieja barca, pero en esta oportunidad no quiso llevar ni sus
cervezas ni sus botellas de ron.
Toda aquella anécdota del día anterior le había servi-
do como ejemplo para no cometer un nuevo disparate. Otro
nuevo despropósito.

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¡AY, AMOR…!

La violencia (incluida la verbal, la más coti-


diana, la violencia del que culpa sin razón, la del
que riñe hasta que aburre) es siempre un acto de
debilidad y la operan quienes se sienten perdidos.
Paul Valery

C uando vi a Leila pensé que iba a ser el amor de mi vida.


Se acercó con la sartén en la mano y me levantó en vilo;
mi cuerpo emitió una sensación hasta ponerme la piel de
gallina. Mi corazón y mi alma, entonces, dejaron de corres-
ponderme; nunca llego a entender sus reacciones; es como
si estuviera en lo más alto, sin poder controlar mis propios
pensamientos.


Mi mayor placer es estar junto a ella. Leila me mata con
su mirada y te alegra la vida con su sonrisa. Busco su amor
como si fuera una droga. Cuando mi cuerpo se estremece, es
porque seguramente me encuentro junto a ella. Las palabras
de cariño entre los dos adquieren tal dimensión que salen en-
trecortadas. Oigo su voz y siento su aliento. Soy feliz hasta
que el destino nos separe.

Su cara es perfectamente clásica y
su cuerpo simétricamente perfecto. Tiene hermosura del sép-
timo arte. Es legítima muñeca. Una mujer casi perfecta. Ade-
más, tiene una desbordante vitalidad por todo lo que hace. Es

133
Gregorio Dorta Martín

divina, mágica y terriblemente apasionada. Sus ojos azules


tras los cristales de las gafas brillan con la intensidad de un
sol en sus horas más señaladas. Y su forma absoluta de amar
es desesperadamente ambiciosa.
Nuestro primer encuentro es fortuito, porque no hay
nadie más natural. Su belleza tanto por dentro como por fue-
ra es sencilla y raya la perfección. Leila sonríe y con la sartén
en la mano se decide hablar por primera vez en aquel bazar:
—¡Pobre hombre el que se case conmigo! —me dice.
«Eres la mujer que deseaba encontrar». En mi cerebro
se acumula mucha información, de todo nuestro amor. De
forma irónica, salto:

—¡Con esa sartén en la mano es difícil rechazar a tan
bella mujer!
Leila se aproxima y puedo ver su elástico cuerpo bajo
una ropa muy ajustada. Su talla se revela insinuantemente
bajo su estrecha blusa. Sale a la calle y alguien que ella no
quiere la espera. Ay, amor, qué soledad y celos me embargan.
Tengo el valor de acercarme a la pareja, solo dos metros esca-
sos separan a uno del otro. Veo la figura de un hombre de muy
mal aspecto, que la frecuenta de muy mala manera. Aunque
está llegando la noche puedo reconocer su rostro. Me muevo
y junto a su coche, le digo:
—Deja de hablar así y de maltratar a esta mujer.
—¡¿Pero quién coño eres tú?!
No contesto. Siento compasión. Busco, de nuevo, los
azules ojos de Leila esperando una respuesta solidaria. No

134
Guanajo

obstante, sientes por detrás de ella, a traición, la figura de su


acompañante.
Leila recibe una puñalada de muerte total; lentamente
va cediendo y se desploma en mis brazos.


—¡Ay, amor, te quiero…!
Siento preocupación por su estado y alivio por su de-
claración de amor. Luego, ese animal de hombre, matador,
traspasa fácilmente con el mismo puñal mi cuerpo. Siento
gran piedad por ese verdugo porque solo tendrá clausura
hasta el final de sus días.


La vida se me va y me aferró al cuerpo de mi amada,
hasta que, sin poder evitarlo, nos besamos, precipitándonos,
de un duro golpe, hacia el suelo. Y en el túnel que separa la
vida de la muerte, tenemos aún mucha fuerza y nos decimos
mutualmente.
—¡Ay, amor, te quiero!

135
PATIDIFUSO

A media tarde, como siempre hacía, solicitó permiso para


ausentarse un par de horas. La dueña del local de per-
fumería se lo concedió, por supuesto, aunque no pudo evitar
preguntarse, una vez más, qué demonios hacía aquella mujer
todos los días a la misma hora. Cómo era posible que en una
empresa pequeña, siendo una empleada genial, tuviera que
irse cada tarde tras solicitar permiso. Con tanta gente en las
lista del paro como había, Rosalva, la propietaria, accedía a
todo lo que su empleada Mónica le pedía. En la balanza de
su aportación a la empresa el resultado era positivo: no ha-
bía entre las tres empleadas nadie tan perfecta, que vendiera
tanto como lo hacía Mónica ni tratara tan bien a los clientes.
Además, esa ausencia de dos a tres horas la suplía con ho-
rarios en domingos y festivos. Siempre era la primera para
apuntarse cuando alguien estaba enfermo o de baja. Podía
ser la empleada perfecta; sin embargo, su gran fallo llegaba a
esa hora de la tarde, cuando siempre solicitaba permiso para
ausentarse. Toda una incógnita.
Pasaba media hora de las cuatro de la tarde cuando
Mónica, tras comprobar desde la ventana que no había nin-
gún cliente dentro del negocio, cruzó la puerta y se encaminó

137
Gregorio Dorta Martín

calle arriba, con pasos rápidos y cortos, y un gran bolso de


cuero de marca bamboleándose en su costado. No había re-
corrido más de cincuenta metros cuando abandonó la calle
principal, se internó por el camino y se puso a dar vueltas de
un lado a otro. Ella era consciente del gran riesgo que corría
con aquellas salidas, podía perder el trabajo que tanto le costó
conseguir.
Entre dudas e incógnitas decidió, como cada tarde,
guiarse por su instinto, aunque estuviera en desacuerdo con
lo que su mente le dictaminaba. Su cuerpo le manifestaba que
lo que hacía no estaba nada bien, absolutamente nada bien
visto. Sin embargo, ella seguía lo que le ordenaba su corazón.
Todo porque el amor no tiene precio y ella cada tarde veía
pasar por aquel camino al ser del que se había enamorado
completamente, aunque la otra parte no ponía el interés o por
lo menos no mostraba inquietud por Mónica, ya que solo se
cruzaba con ella, se saludaban y en muchos casos se miraban.
La empleada solo se conformaba con la mirada, le complacía
y le levantaba la moral para volver de nuevo al siguiente día
a la fiel cita.
Mónica se ocultó entre la arboleda de aquel viejo y ro-
mántico camino, sacó del bolso unos prismáticos, se los llevó
a los ojos y asustó el enfoque. A través de las lentes pudo con-
templar la imagen ampliada del camino de su amor. Se sentó
en el suelo y apoyó la espalda contra el viejo tronco del árbol.
Sus bellos ojos verdes permanecían fijos en el ir y venir de las
gentes que entraban o salían de ese camino.

138
Guanajo

Durante más de media hora nada ocurrió, luego apa-


reció la imagen de una persona muy diferente al resto: era
su media naranja, flanqueada por cuatro individuos con
trajes y gafas muy oscuras que tras caminar unos ciento
cincuenta metros se dirigían a un Audi, último modelo,
situado en uno de los aparcamientos del propio camino.
Súbitamente alerta contempló a través de los binoculares
los rostros de los integrantes de aquel grupo. Todos ellos
tenían el típico aspecto rudo. A ninguno de ellos jamás lo
había visto. Su presa, su amor platónico, seguía en el cen-
tro, con la mirada perdida y su mente, seguramente, lle-
na de cuestiones o problemas por resolver. Vestía siempre
impecable, los colores de su ropa siempre muy bien com-
binados. Esa vez un azul con blanco que llamaba podero-
samente la atención de los pocos caminantes que pasaban
por ese sitio. Sombrero ancho con una sonrisa expandida,
genial, que con su cuerpo en movimiento enamoraba a la
más pintada.
A Mónica se le iluminaba su cara, su rostro e incluso su
sonrisa. Entre los arbustos pasaba miedo, mucha tensión, y se
preguntaba si toda aquella escena valía la pena solo por ver al
hombre que más le atraía. El amor rompe barreras y es algo
tan íntimo que incluso es difícil de explicar con palabras. Ade-
más, tenía que estar pendiente de que los cuatro gorilas que
rodeaban a su amor no sospecharan que ella estaba escon-
dida detrás de esos arboles. Toda esa incertidumbre creaba
en el ambiente un morbo típico de ciertas películas. Todo ello

139
Gregorio Dorta Martín

durante los dos o tres minutos que duraba el paseo después


de haber salido de aquel edificio de color amarillento.
Sin embargo, en esa salida ocurrió algo inesperado.
Su hombre dio una calada a su cigarrillo y exhaló una densa
nube de humo a muy poca distancia de donde se encontraba
Mónica. Estaba de mal humor, porque algo había ocurrido en
aquella reunión que duró menos de una hora. Tiró el cigarro
al suelo y lo aplastó con el tacón de sus finos zapatos. Se de-
tuvo, agudizó la vista y vio a Mónica entre los arbustos. Les
dijo a sus acompañantes vestidos de negros que era una mu-
jer. Mónica trató de ocultarse y aguardó a que los hombres de
negro y el galán estuvieran más cerca.
—¡Compañeros, pero si es una linda mujer! —dijo
mientras observaba con más detalle su rostro.
De pronto, sus ojos formaron dos círculos perfectos.
Tras algunos segundos de estupor comenzó a rebuscar en
aquellos arbustos hasta encontrar la figura esbelta de Mónica,
que se daba por vencida y se entregaba a la divinidad para
resolver ese serio problema. Las cosas habían ido muy lejos
esa tarde. Su mirada tan cerca fue de película; parecía imposi-
ble, pero no cabía la menor duda: allí, delante de sus narices,
estaba el mismísimo Juanco Floirán, presidente de la nación,
soltero, guapo, elegante…
Mónica se mordió los labios para no gritar de júbilo.
¡Acababa de cumplir unos de sus grandes sueños! Después de
ponerse rápidamente en pie y de colocar sus prismáticos con
la correa que le rodeaba la garganta, lo saludó cordialmente

140
Guanajo

y recibió la sonrisa del presidente, el hombre más famoso del


país, tan lejos en otras ocasiones y ahora tan cerca, mucho
más elegante en persona que ante las cámaras de televisión.
—Arriba —ordenó uno de los hombres que lo custo-
diaban.
Mónica, en un abrir y cerrar de ojos, se vio rodeada por
los gorilas del presidente, mientras ella con un movimiento
rápido y brusco se puso en pie; sintió un escalofrío que le
llegó hasta los huesos. ¿Qué posibilidades tenía ella de ha-
blar con un hombre tan importante? Sin embargo, tan rápida
como se levantó, contestó:
—Buenas tardes, señor.
—¡Buenas tardes, señorita! ¿Qué hace ahí, de quién se
esconde?
—De nadie, señor, solo son cosas mías. Me gusta verlo
en persona.
—Pues nada, gracias. Que tenga una buena tarde.
Se retiró de la misma forma que llegó. Mónica se que-
dó sin palabras, de pie, viéndolos marchar. Este fue el único
tropiezo que tuvo con el hombre que tanto tiempo la tuvo en
vilo, pero todo ello acabó y ya hubo de conformarse con verlo
por televisión. Comprendió que era muy complicado llegar
hasta ese hombre, que parecía rodeado de focos y de música
glamurosa. Comprendió que su amor platónico por él solo
fue un sueño difícil de cumplir y decidió poner tierra de por
medio y seguir su vida normal, trabajando en la perfumería y
buscando un hombre mucho más cercano.

141
UN CANGREJO DIFERENTE

U K me ha venido a buscar esta mañana muy pronto mien-


tras el mar salpicaba las rocas donde vivo. Mi casa es de
piedra y está encima de las rocas, junto a una pequeña playa.
Yo aún no había desayunado, pero no me ha importado
porque podría comer algo mucho mejor cuando saliera a dar
una vuelta por las difíciles rocas.
En Tenerife, muchos pescadores y la mayoría de sus
habitantes creen que los cangrejos marchan hacia atrás
aunque verdaderamente lo hacen de lado, porque esa es
la forma en que tienen arqueadas sus patas. En esta isla es
muy fácil encontrar cangrejos en una visita a la costa. Los
hay de muchas formas, tamaños y colores, y huyen por la
arena y las rocas cuando detectan la presencia del algún pe-
ligro. Incluso, entre los seres humanos de esta isla, cuando a
algún compañero le va mal en los negocios, en los estudios,
etc., se le suele decir el tópico de: «Vas para atrás como los
cangrejos».
UK y yo hemos ido arriba y abajo, aquí y allá, a la iz-
quierda y a la derecha, hemos dado bastantes vueltas hasta
que…¿te lo imaginas? Pues cerca de unas rocas, en una cue-
va, hemos encontrado el cangrejo más raro del mundo.

143
Gregorio Dorta Martín

—¡Fíjate! —ha dicho UK—. Mira cómo camina este


simpático cangrejo. Lo hace diferente al resto de nuestra pro-
pia especie.
El cangrejo de mar, por naturaleza, circula siempre
hacia un lado, tanto cuando está en tierra, como dentro del
agua, es decir, que nada hacia un lado. Sin embargo, todos
los habitantes de esta isla creen que caminan hacia atrás y
este cangrejo, a diferencia de las especies que habitan por esta
zona, camina como los seres humanos, hacia delante.
Y se ha echado a reír. No ha sido una risa muy agra-
dable. Y, ¿sabes qué? Cuando he visto a ese cangrejo, no
he querido que le arrojaras piedras y mucho menos, que-
rido amigo, que lo maltrataras. Pero UK no me ha querido
escuchar. ¡Ha lanzado piedras una detrás de otra con sus
horribles rejos y hasta con todo su cuerpo contra aquel raro
cangrejo!, pero este se ha escondido rápidamente entre las
rocas ante el sonido ensordecedor de las piedras que cho-
caban contra ellas y que a punto estuvieron de darle en su
cuerpo. Se ha metido de una forma rara en la cueva que le
protegía de los malvados e inicuos cangrejos que intenta-
ban quitarle la vida. El cangrejo diferente ha salido cami-
nando y se ha ido llorando. Me ha dado mucha pena. UK
ha salido corriendo detrás de él, pero el cangrejo ha sido
muy rápido y mi amigo no lo ha podido coger. Al volver me
ha dicho:
—¡Ya ves, mocoso! ¡Así hay que tratar a estos raros ani-
males: de una pedrada!

144
Guanajo

Yo no le he dicho que le he contado sus lanzamientos,


pero por lo menos le ha arrojado diez piedras que han podido
hacerle mucho daño. Estos animales tienen diez patas, dos
de ellas se convierten en unas pinzas enormes y de gran al-
cance que son utilizadas para coger alimentos y también para
luchar. Cada miembro de la colonia defiende su propio te-
rritorio. Después de haber preparado su escondite y haberse
procurado una buena comida, el macho se sitúa a la boca de
la madriguera y cimbrea su enorme pinza que tiene un color
más claro que el resto del cuerpo. Esta es una clara señal para
los otros machos, que deberán mantenerse alejados, y para
las hembras, que les indica que serán bien recibidas.
Yo quería irme ya a casa, con mis padres, para salir a
pescar. Mis padres tienen muchos amigos entre los pesca-
dores de la zona, todos ellos divertidos y muy graciosos. Sin
embargo, cuando me disponía a marchar, UK me ha dicho
que tenía que ir con él y ver cómo mataba a otros cangrejos
diferentes de una sola pedrada. Él es más grande que yo, me
dobla en meses y altura. Él cuenta con nueve y yo con solo
tres meses. Pero somos los únicos cangrejos infantiles de los
pocos que viven por el poblado de pescadores. Se le veía tan
feroz que he preferido no decirle que no. Hemos vuelto a ca-
minar por las duras rocas. Mi amigo UK llevaba su mortífera
arma entre sus aguijones; las piedras. Hemos ido hacia un
lado y otro, hemos dado mil vueltas, y, finalmente, hemos en-
contrado una colonia de cangrejos que caminaban de forma
muy diferente a nosotros. Yo le he suplicado:

145
Gregorio Dorta Martín

—¡Por favor, no los mates!


Pero UK ha rugido:
—¡Quédate callado, mocoso, que estás mucho mejor!
Entonces ha tirado una piedra, y luego ha lanzado otra
con la cara roja por el esfuerzo y la rabia. Los cangrejos dife-
rentes, muy asustados, han ido cayendo uno a uno hacia el
mar. Esa situación ha sido muy dura para mí... ¡Y tres de los
más pequeños han salido corriendo! Los cangrejos son muy
ávidos y de muchas disputas; nunca parecen estar satisfechos
con lo que tienen. Siempre quieren mucho más. Y mi amigo
UK no iba a ser menos, por eso constantemente está metido
en todo lo que sean riñas, altercados y disputas.
—¡Ahí lo tienes, mocoso! —ha gritado exultante—.
¡Dos lanzamientos de piedras! ¡Dos nada más, y todos han
ido a parar al agua!
Yo no sabía qué decir. Él no se ha dado cuenta de que yo
no decía nada. Ha cogido uno de mis rejos y me ha arrastrado
por todo el camino.
—¡Ahora vamos a seguir buscando a esos que faltan y
que caminan diferente, mocoso! —ha dicho—. ¡Y esta vez los
cogeré a todos! ¡Los pillaré y me los comeré vivos!
¿Verdad que es horrible? Me he dado cuenta de que UK
es un auténtico cangrejo de mar, un crustáceo muy diabólico.
Quería salir corriendo pero no podía, porque él me sujetaba
con fuerza. El sitio a donde me ha llevado es un lugar muy
bonito. El mar estaba en calma; había alguien pescando en la
zona con sus correspondientes cañas, y muchos poblados de

146
Guanajo

cangrejos, todos de la misma especie. UK se sentía un líder,


un dictador que quería consumar el exterminio de los cangre-
jos que caminaban diferente. Mi amigo es, a pesar de su corta
edad, un cangrejo obeso, robusto y muy fuerte.
De pronto UK ha corrido hacia el acantilado. Allí había
un grupo de doce o quince cangrejos que caminaban dife-
rente y mi gordinflón amigo ha empezado a lanzar de nuevo
piedras y más piedras. Ha lanzado, ha vuelto a lanzar, ha tira-
do hasta que se ha puesto muy bravo, pero no ha podido de-
rribar y menos matar a ninguno de los cangrejos que corrían
despavoridos por todo el lugar. Entre ellos iba algún cangrejo
hembra que suelen llevar muy a menudo masas de huevos en
la superficie inferior de su cuerpo. Las cuidan durante varios
meses hasta que nacen las minúsculas larvas de cangrejos.
¡UK, gracias a que tienes muy mala puntería! ¿Yo me sen-
tía encantado? Cuando veía a aquellos indefensos animalitos
que salían y se escondía en sus refugios... Entonces ha dicho:
—¡Tengo un trabajo para ti!
Y me ha lanzado con mucha fuerza hacia el recoveco
donde se escondían muchos de aquellos animales indefen-
sos. ¡Yo estaba aturdido!
—¡Sácame! —le he suplicado.
—¿Para qué crees que te he lanzado ahí dentro, rena-
cuajo?—rugió UK—. ¡Baja por estas rocas o si no…!
Y me ha enseñado los rejos de sus patas. ¡Estaban tan
afilados! Me he deslizado por la cueva y he llegado hasta el
fondo de la misma gritando aterrorizado. Cuando he logra-

147
Gregorio Dorta Martín

do tranquilizarme y acostumbrarme a la penumbra, he visto


como, frente a mí, se encontraba el grupo de cangrejos a los
que mi compañero UK había lanzado numerosas piedras. ¡To-
dos estaban muy sorprendidos! ¡No hacían más que mirarme
fijamente! Estaban atemorizados, espantados, esperando tal
vez lo peor de mi parte. A mí me pasaba igual. No obstante,
me he llenado de valor y les he dicho que lo sentía mucho,
que UK no era amigo mío. Les he preguntado por qué cami-
naban diferente y, uno de ellos, me ha contestado que, aparte
de tener las patas muy curvadas hacia dentro, en su país, las
especies de cangrejo lo hacían de esa manera y que han salido
de su tierra para conseguir un trabajo digno.
—Nosotros somos de la costa de África y hemos llega-
do en una patera que nos ha arrastrado hacia esta franja
Que ahora ese iba a ser su mundo y su nuevo destino.
—Pedimos disculpas por introducirnos en vuestro lugar.
—¿Fue peligrosa la travesía?
—Muchos de los nuestros se quedaron en el camino.
Ha sido muy duro. Los temporales eran muy frecuentes, po-
dían desmenuzar la patera.
—¿Y el miedo? ¿No sentías miedo?
—El miedo también te da valor. No puedes decir «tuve
miedo o sentí miedo», porque cuando llegas a tierra ya cam-
bias de modo de pensar. En el peor momento puedes decir:
«Dios, esto no es vida, no volveré nunca más al mar», pero
llegas a tierra y todo cambia; ves a unos que entran, otros
que salen, y la vida sigue, no vale hundirse. Porque te coja un

148
Guanajo

temporal, no vale decir no voy, porque si te quedas te puedes


morir de hambre. No solo tú, sino toda tu familia. Por aquí
nos llaman «cangrejos moros», porque somos diferentes a vo-
sotros, nos gusta más el sol que el agua.
Poco a poco me he dado cuenta de que, dentro de las
diferencias con respecto a nosotros, entre ellos existen varios
colores. Uno de ellos, por ejemplo, tenía una mancha negra
en uno de los lados de su caparazón. Más tarde me he entera-
do de que se había unido al grupo y que venía desde muy le-
jos. Que apareció en la proa de un petrolero llamado Prestige
que se hundió en las costas gallegas y que lanzó petróleo por
doquier, matando a muchos animales de todas las especies
marinas. Les he hecho saber que los habitantes de este archi-
piélago somos cangrejos tranquilos y que la tierra es de todos.
—Nuestros padres, al igual que vosotros, fueron tam-
bién emigrantes que un día tuvieron que dejar este lugar e irse
a algún país sudamericano, en busca de un mejor porvenir.
El único maléfico de nuestra comunidad es mi amigo
UK. Cuando iba a explicarles por qué lanzaba tantas piedras
con sus feos rejos, se ha oído un extraño sonido encima de
nuestras cabezas. Todos hemos mirado a lo alto. UK estaba
intentando meter uno de sus rejos por el hueco de entrada a
la cueva. Yo he mirado a los inocentes crustáceos y todos han
fijado su mirada en mí, expectantes.
—¡Corred! —les he gritado, y han empezado a recoger
troncos afilados de varias embarcaciones de madera, que el
mar bravo un día hizo pedazos y fueron a parar a aquel hueco,

149
Gregorio Dorta Martín

a aquella cueva donde se encontraban esos cangrejos asus-


tados por la presencia de las púas y del malvado amigo UK.
—Creo que está demasiado gordo para bajar por ese
hueco tan pequeño —les he dicho.
Hemos cogido una de las maderas con la punta más
afilada y hemos empujado todos al mismo tiempo, gritando:
«¡Todos para uno y uno para todos!». Hemos alcanzado el
rejo negro, grotesco y deslucido de mi amigo UK con toda
la fuerza y precisión del mundo. Ha echado a correr con su
espuela rota. Los demás cangrejos desiguales aplaudían sin
parar. No solo los veía felices, sino que yo también me he
sentido muy satisfecho por haber realizado una buena acción.
En la despedida, les he prometido que no volveré a salir
nunca más con este mal compañero. No quiero tirar piedras.
Vendré a visitarlos con relativa frecuencia y me enseñarán a
caminar como lo hacen. Nada de dictaduras y guerras de tirar
piedras absurdas. Nada de quitarle la vida a los demás por ser
diferentes, tanto por su físico, por su forma de andar, por su
color o por su forma de pensar de diferente modo que el resto
de las especies. Por ganarse el pan sin maldad, sin hacer daño
al resto. Creo que eso me gustará mucho, mucho más.

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