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COLABORACIÓN

La Fenología y los modernos sistemas


penitenciarios
Por PEDRO AI^BBRTO GALLARDO RUEDA
Doctor en Derecho
Secretario de Audiencia
Profesor Ayudante de Derecho Penal

El nuevo rumbo respecto al pensamiento penitenciario actual se


apoya, según el Profesor Sáinz Cantero, en dos ideas básicas: humani-
zación general del sistema de sanciones y transformación del pensa-
miento en cuanto a la función y fin de la pena. Ahora se mantiene que
la pena tiene fin educativo, no sólo se impone para castigar al reo, sino
también para educarlo y lograr su resocialización. Uno de los princi-
pios que inspiran el estado actual de la cuestión es que el fin de la
pena tienda a la enmienda del delincuente y su reincorporación a la
sociedad. Así aparece en el sistema penitenciario francés, belga, italia-
no, noruego, norteamericano y tantos otros. La pena supone tratamien-
to del delincuente que debe ser humano, exento de vejaciones; además
se considera esencial que ese tratamiento sea «individualizado». Por
ello, la llamada penología diferencial trata de adecuar las medidas pe-
nales a los delincuentes que las deben sufrir, al considerar que no hay
medidas penales que sean universalmente buenas para todos los tipos
de criminales; trata de hallar para cada uno1 el método de tratamiento
más adecuado a su personalidad. Por otro lado, pone en duda que la
pena deba necesariamente originar la indignación moral de la comu-
nidad ante el delito, porque esta actitud perjudicaría la natural flexi-
bilidad de las instituciones sociales. En principio, el legislador no debe-
rá contrariar la escala de valores bien mareada en la comunidad que
deberá reflejarse en la escala de sanciones, pero es frecuente que los
delitos que despiertan con más fuerza la opinión pública, que pide una
pena ejemplar, sean los menos racionalmente motivados. Los objetivos
perseguidos por los actuales sistemas penitenciarios requieren un ple-
no conocimiento empírico de la estructura sociológica de la comunidad,
de tal forma que se adecúe la pena al delincuente que la deba sufrir,
buscando su reintegración, y al mismo tiempo que no lesione aquella
escala de valores. El interés de los estudiosos por estos nuevos aspec-
tos originó una nueva rama de investigación: la penología o trata-
miento diferencial. Las palabras tratamiento y punición son hoy ana-
lizadas con nuevos planteamientos al sobreponerse, a los moldes tradi-
cionales existentes, la idea de tratamiento sobre la que se asienta la
investigación moderna.
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Lo cierto es que el sistema actual estudia los factores somáticos,
socioculturales y económicos que han influido en la vida del delincuen-
te. Estudios que se realizan por psicólogos, educadores, asistentes so-
ciales, etc. La eficacia de los métodos penales está en íntima relación
con los factores de la delincuencia que obligan al examen de la etiología
criminal.
El Profesor Fernández Albor, al estudiar la evolución de los siste-
mas penitenciarios en los distintos países, cree que a pesar de los tan-
teos y dudas que se pueden presentar, la evolución penitenciaria en
Francia ha sido muy apreeiable. Su Código Penal de 1810, si bien hizo
suyas las concepciones de la Revolución sobre legalidad y personalidad
de las penas, traduce una voluntad autoritaria, pues el legislador na-
poleónico continúa en parte ligado a la tradición represiva del antiguo
régimen, ignora la personalidad del delincuente y proporciona la san-
ción a la gravedad del desorden social provocado por el delito. Pero en
su evolución legislativa se puede observar un claro cambio de rumbo
que queda consagrado en la reforma penitenciaria puesta en marcha
desde 1945 y sobre todo en el Código de Procedimiento Penal de 31 de
diciembre de 1957. Esta apertura recibe su. plena eficacia —según un
sector doctrinal— gracias al movimiento de «defensa social» que ha
inspirado largamente las reformas de 1945. Esta renovación se hace
evidente sobre todo desde la promulgación en 1957-1958 del nuevo Có-
digo de Procedimiento Penal. «El nuevo Código, por otra parte, abre
la puerta a los aspectos más modernos de la criminología, por consa-
grar oficialmente esta exigencia fundamental de la nueva defensa so-
cial que es el examen de la personalidad del inculpado. La función edu-
cativa se dirige sobre dos objetivos que, por otra parte, se reúnen y, en
la acción, se confunden: mejorar moralmente al condenado, readaptar-
lo soeialmente. Se parte de la base de considerar que el delincuente es
con frecuencia un inadaptado social, que si no lo es en su origen, se
corre el riesgo de que lo sea después de una estancia prolongada en
prisión. Por eso, la ambición de la técnica penitenciaria moderna es
hacer de él un ser capaz de vivir en la sociedad y respetar sus leyes.
A tal fin, se utilizan dos medios: en primer lugar, se pone al detenido
en condiciones de reemprender una vida normal cuando se le ponga
en libertad una vez cumplida su pena y, en segundo lugar, se intenta
reducir los efectos desocializantes de un encarcelamiento, por otra
parte necesario, gracias a «los regímenes adecuados a reducir las dife-
rencias que puedan existir entre la vida en el interior de los muros y
la vida en el exterior».
Estas modalidades particulares en la ejecución de la pena han mo-
dificado la fisonomía y los caracteres de la pena privativa de libertad,
«han hecho nacer al Plan del Derecho penal nuevos problemas que
el legislador ha tomado en consideración, y que alientan aún en las
discusiones de la doctrina».
La educación y búsqueda de la enmienda ha tomado con la refor-
ma penitenciaria- una importancia como jamás había tenido.
El Código Penal belga, que recientemente ha cumplido su cente-
nario, reaccionó contra el autoritarismo y excesiva severidad del Có-
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digo Penal francés de 1810. En él son predominantes las preocupa-
ciones humanitarias.
Con base en este Código y en leyes posteriores, como la famosa
Ley de Defensa Social de 9 de abril de 1930 y las más recientes de 1964
y 1966, se habla de un «sistema belga» resueltamente innovador, en el
aspecto penitenciario.
No obstante, se ha destacado que en Bélgica los textos legales y
reglamentarios son bastante raros en el dominio de la acción peniten-
ciaria, pues una tradición, ya hace tiempo existente, lleva por otra vía
sobre las disposiciones muy generales del Código Penal, del Código de
Instrucción Criminal y leyes complementarias.
Esto es debido a que el tratamiento de la delincuencia exige una
rápida y continúa adaptación de los métodos, por ello, se cree conve-
niente no codificar la ejecución de las penas, pues la práctica demues-
tra que con frecuencia se dejan a un lado las disposiciones de una
reglamentación paralizadora, desfasada por las circunstancias econó-
micas y sociales.
Las Leyes de 29 de junio y I.9 de julio de 1964 suponen la puesta
en práctica del «espíritu de la nueva defensa social» con aproximación
realista y humana al fenómeno criminal.
Por otra parte, el Reglamento General de Prisiones de 30 de sep-
tiembre de 1905 que en su artículo 1.a disponía la aplicación del régimen
celular, se sustituyó por el Reglamento General de 1965 (Decreto Real
de 21 de mayo) que entró en vigor el 1.a de julio en Bélgica.
En el nuevo reglamento se puede observar que no entra en las cues-
tiones de detalle de la organización penitenciaria, que se confían a re-
glamentos particulares, sino que trata únicamente de las esenciales. Se
inspira en los principios modernos de tratamiento de los delincuentes
según las reglas elaboradas sobre esta cuestión por las Naciones Uni-
das. «Un tratamiento individualizado cuyo fin es el retorno del conde-
nado a la vida social normal.» Como ha destacado Vérsele, al comen-
tar este Código Penal y señalar sus posibles reformas, «la solidaridad
social reemplaza progresivamente el individualismo liberal en las es-
tructuras de nuestra colectividad», y aún añade que, «el criterio gene-
ral se debe liberar de una concepción metafísica de la retribución y
adoptar la eficacia individual y social, moderada por el respeto de la
dignidad humana y proporcionada a la perfectibilidad de los delin-
cuentes», pues muchas de las sanciones no corresponden a las convic-
ciones actuales de la conciencia social.
En el sistema penitenciario británico se observan características
análogas. Se orienta hacia el tratamiento y reforma del delincuente y
«se basa cada día más en el reconocimiento de la obligación que pesa
sobre la sociedad, no sólo de castigar y rechazar al violador de la ley,
sino también de evitar su reincidencia».
Para ello los tribunales tienen facultad para individualizar la pena,
dentro de ciertos límites, e imponer la sanción que consideren más
adecuada valorando, de manera primordial, las circunstancias persona-
les que ocurren en el delincuente.
En sus orígenes históricos la pena tenía como fin la retribución y
la pena de encarcelamiento fue reconocida como legal en 1275. Pero,
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paralelamente, se fue introduciendo en la práctica la recognisance o


promesa solemne de observar buena conducta, de la que había de deri-
varse el moderno sistema de ywóbatian.
Durante el siglo xrs el régimen penitenciario tenía como finalidad
la aplicación de penas duras sin pensar en la reforma del delincuente.
Así se determina en el informe de 1863, publicado por un Comité de la
Cámara de los Lores, según el cual el régimen punitivo debe aplicarse
por medio de «trabajos forzados, mala alimentación y cama dura» mo-
tivado exclusivamente por el principio de intimidación.
En cuanto a «la reforma moral del sentenciado, deberá conseguirse
principalmente a través de la disciplina impuesta por el castigo». A fi-
nales de este siglo y comienzos del xx se produce el cambio de actitud,
con ocasión del informe del Comité presidido por Gladstone en 1895.
En él se llega a la conclusión de que la pena, tal como se venía apli-
cando, no había disminuido la reincidencia y, lo que es peor, había
contribuido al empeoramiento de los delincuentes, quienes al reincor-
porarse a la vida de sociedad, demostraban su resentimiento y bruta-
lidad, con ausencia de corrección e intimidación.
Por todo ello, el informe recomendaba que la reforma y la disuasión
deberían considerarse en lo sucesivo como «objetivos primordiales y
concurrentes» y que el «tratamiento carcelario debería conducirse de
forma que mantuviera, estimulara o despertara las mejores cualidades
de los presos, a fin de que saliesen de la cárcel en mucho mejor estado,
física y moralmente, que cuando ingresaron». El tratamiento aconseja-
ba también una mayor observación a fin de adecuarlo a su personali-
dad valorando la edad y otras características del inculpado.
Este informe repercute en la legislación, como se deduce del exa-
men de la Ley de Prisiones de 1898 que se puede decir marcó un nuevo
rumbo al abolir en gran parte el sistema anterior. Otras leyes impor-
tantes de este período son la ley de régimen de prueba de delincuentes
y la Prevention of Crimei Act de 1908 que sirvió de base a la famosa
The Chitaren and Yoimg Persons Act de 1933.
Posteriormente se presentó un Proyecto en 1938, con importantes
mejoras, sobre centros correccionales para jóvenes. Esta eficaz y acer-
tada labor legislativa fue interrumpida por la guerra, a cuya termina-
ción se dictaron la Criminal Jvistice Act de 1948 y la Prisión Act
de 1952.
La primera de ellas aceptó, ya de manera firme, el principio de que
«aún para los condenados a penas de privación de libertad el objetivo
a conseguir deberá ser, en la medida de lo posible, la reforma del in-
dividuo y su reincorporación a la vida social».
Es más, el Informe Oficial de 1959 dice: «No es posible juzgar efi-
cazmente la delincuencia sin conocer sus causas con mayor profundi-
dad y sin poder medir con mayor exactitud que ahora el éxito de las
diversas formas de tratamiento penal». Actualmente se reconoce que
en esta materia las investigaciones son tan esenciales como en el terre-
no de la ciencia y la tecnología.
En esta rápida y no exhaustiva mención de los caracteres generales
de los más importantes sistemas penitenciarios actuales, es conveniente
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recordar los progresos realizados en Norteamérica durante los últi-


mos años.
Como es sabido los distintos Estados de la Unión, tienen su propio
sistema; no obstante, existen lógicamente fuertes influencias entre
ellos. El sistema retributivo de venganza organizada ha sido sustituido
por el de reeducación.
El principio de retribución está aún fuertemente arraigado en la
colectividad por la confusión con la exigencia de justicia, pero los éxi-
tos logrados con el sistema de reeducación llevan a la regulación posi-
tiva de estas modernas conquistas penitenciarias. La variedad de cen-
tros, sobre todo en el sistema federal, es grande.
Es, en frase de Mueller, «un laboratorio penitenciario y criminoló-
gico gigantesco». A juicio de este autor se ha dado mucha importancia
a la pena y muy poca al tratamiento en Norteamérica.
Se ha tratado, hasta hace pocos años, de castigar al delincuente por
todos los medios y no se ha pensado en reeducarlo. Ahora, con dis-
tintos sistemas, y especialmente el de prdbatkm, se ha comprobado
que sólo un tercio vuelve a la delincuencia. «Al principio —añade—
éramos pesimistas, pero cada vez se va reduciendo este porcentaje que
nos lleva a ser ahora más optimistas. La antigua penología está muer-
ta, ahora nace la nueva penología.» Para él, el fin de la pena, «no es
crear un gran dolor, sino buscar un tratamiento».
En las posiciones meramente doctrinales y en la legislación positiva,
hasta aquí expuestas, se puede observar la evolución que ha sufrido el
Derecho penitenciario. Las ideas de humanismo y reeducación se apli-
can cada vez con más intensidad en la fase de ejecución de la pena. En
alguna nación ostenta rango constitucional, como veremos en seguida.
En efecto, la valoración de la personalidad del delincuente y del
medio social se encuentran en el Código Penal griego de 1951, Ley pe-
nal alemana de 6 de agosto de 1953, que como es sabido modificó al-
gunos preceptos del Código Penal; Decreto de 5 de junio de 1954, que
introdujo variaciones en el Código Penal portugués; Código Penal
francés de 1957, que impone obligatoriamente, en su artículo 81, el exa-
men médico, psicológico y social del delincuente, y Proyecto del Códi-
go Penal alemán de 1962, en el que se puede observar que la retribu-
ción ya no es el único fin de la pena, sino que es también un método
de tratamiento.
En cuanto a la legislación italiana, la reeducación del delincuente
ha alcanzado el rango de principio constitucional. El artículo 27 de su
vigente Constitución declara que la pena debe dirigirse a la readap-
tación del condenado.
Un artículo importante de la legislación italiana es el 133 del Có-
digo Penal que autoriza al Juez, en el ejercicio de cierto poder discre-
cional, a observar y analizar la personalidad del reo para imponerle una
sentencia más justa.
En sus leyes penitenciarias se recogen estos nuevos horizontes. En
los últimos años se trata de poner al día su sistema penitenciario me-
diante la adecuación de sus leyes al principio constitucional mirando a
un fin: la reeducación. En fecha reciente, el Director general de la
Dirección General de los Institutos de Prevención y la Pena, doctor Al-
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fonso Garofalo, se preguntaba si la reeducación del delincuente es una


realidad y si los resultados son proporcionados.
Por lo que a la primera pregunta se refiere contesta afirmativa-
mente, en cuanto a la segunda, entiende, no debemos poner precio con-
siderando los altos fines que debe perseguir la sociedad moderna, como
se reconoce en el artículo 27 de la Constitución italiana.
En este sentido, la enmienda, según Napolitano, es el fin que debe
perseguir el penitenciarista, tratando de insertar en las reglas socia-
les a la persona que delinquió. Destaca también la humanización de la
pena, pero no considerándola como una aplicación benévola de las leyes
y reglamentos, sino como el respeto de la persona humana con el debi-
litamiento de los elementos negativos y mortificantes unidos a la eje-
cución penal, en adhesión a cuanto dispone el citado artículo 21 de la
Constitución.
No obstante, en el nuevo sistema de ejecución penal no se excluyen
las solicitudes sociales de segregación del condenado y castigo, los cua-
les son solamente medios instrumentales para conseguir el fin princi-
pal, la readaptación.
Esta labor se realiza mediante un «equipo de estudio» del que for-
man parte asistentes sociales, psicólogos, psiquíatras, endocrinólogos,,
etcétera, y el educador, una figura nueva del Derecho penitenciario
italiano.
La aplicación práctica del sistema se realizó con resultados favo-
rables en el complejo penitenciario de Roma-Rebibbia. Como ha desta-
cado Fontanesi, en este nuevo complejo, que suprimirá la famosa cár-
cel romana de Regina Coeli, se tratan de aplicar las más modernas
orientaciones de la doctrina penitenciaria.
El equipo de observación, que lleva a cabo una importante función
de estudio del delincuente, está formado por un Magistrado del Minis-
terio de Justicia, el Director, un psicólogo, un psiquíatra, un asistente
social, el comandante de la guardia de la prisión y un representante de
Prisiones, que se reúnen semanalmente.
Desde 1959 se realiza la observación científica del detenido, previa
a la ejecución de la pena; esto no quiere decir que se le ponga una
etiqueta y se desentienda de él.
El sistema comienza con la observación y la observación continúa
con el tratamiento. En principio se ha limitado la edad, entre dieciocho
y treinta años, de los delincuentes a los que se aplica este tratamiento,
y se valoran los factores objetivos (edad, sexo, delito, etc.) y subjeti-
vos (caracteres específicos) con prevalencia de estos últimos.
Solamente se aplica a los condenados a penas superiores a cuatro
años. Este instituto nacional para la observación científica de los dete-
nidos tiene por finalidad la actualización técnica del examen de su
personalidad tratando de recuperarlos socialmente mediante un trata-
miento de tipo progresivo.
En la moderna concepción de la ejecución de la pena se persigue,
ya de manera clara, como fin, la reeducación y resocialización del con-
denado.

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