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LUIS CORSI OTALORA

Miembro Correspondiente
de la Academia Boyacense de Historia

Los
Realistas
Criollos

Academia Boyacense de Historia


Tunja 1994
Academia Boyacense de Historia

COM ITE EDITORIAL: ^


JAVIER OCAMPO LOPEZ
PEDRO GUSTAVO HUERTAS RAMIREZ
ENRIQUE MEDINA FLOREZ
• A N C 9 QE LA PSEt'UWLtC*
Si»L!OTECA LUÍS ANGEL ARANGO
¡"«C C S S O S TE C N IC O S

P rim e ra Edición, 1994.

© D e re c h o s R e se rv ad o s.
P r o p ie d a d d el A u t o r .
P ro h ib id a su re p ro d u c c ió n total o parcialm ente.
A c a d e m ia B oyacen se d e H istoria.
T u n ja - B oyacá

Im p re s o en C o lo m b ia - Printed in C o lo m b ia
E ditorial T alleres G ráficos L td a .
1994
Indice

Introducción al Problema Historiográfico........ 5

Formación de la participación
de las Provincias de Ultramar
en el Imperio Hispánico................................. 13

Solidarismo Católico
vs. Utilitarismo Competitivo.......................... 25

Ante la "Privatización"
de las Masas Indígenas................................... 33

Que las Bejarano


sean tenidas por Blancas
aunque sean Negras....... ............................... 51

Independencia: Guerra C ivil............ ............. 61

Tres Monarcas, Ministros


y Diputados Criollos...................................... 77

I Epílogo:
| La Nostalgia de la Monarquía Perdida............ 91

3
Introducción

El Problema Historiográfico

D esd e cuando Isaac N ew to n im p u so e l criterio


d e q u e en su esencia la Investigación Científica
constituía un m ero p roceso d e acopio d e datos,
cu yo conjunto sería capaz d e reñejar la realidad,
sin necesidad d e apelara suposiciones -e l célebre
H yp oth eses n on fin g o - se creyó duro com o e l acero
en la unicidad de la cien cia ;y tanto qu e su influjo
s e transm itió a todas las ram as d el saber durante
m ás d e dos siglos a través d e la Escuela Positivista.
D esd e su p u n to de vista s e le explicó com o e l arte
d e coleccionar adecuadam ente observaciones y
observacionespara que, a sem ejanza délas uvas en
e l lagar, fuesen entregado e l m ás secreto fon d o d e
la naturaleza m ism a; fu e necesario esperarla apa­
rición d e otra Física, la M odern a , para que se
desvaneciese sem ejante espejism o, y a q u e señala­
ba H en ri Poincaré, su precursor, a fin es d el siglo
X IX : "E l sabio d ebe ordenar; se hace la ciencia con
hechos, com o una casa con piedras. P e ro una acu­
m ulación de hechos n o es una ciencia, lo m ism o
qu e un m ontón de piedras n o es una casa ".

D e donde p u e d e deducirse, sin vacilación, q u e


tras cualquier tipo sectorial d e análisis, o de im a­
g en g lo b a l d el universo, ha de hallarse alguna

5
"hipótesis" explicativa;y, claro está, n o dem ostrable
en cuanto tal. L o cual "rela tiviza "com pleta m en te
la ciega confianza antes depositada en la unicidad
d e sus conclusiones: Podría haber tantas com o
sistem as de pensam iento, a condición d e p o d e r ser
experim entalm ente constatadas, com o en e l caso
d éla astronom ía, m adre d e todas las ciencias&K

En cuanto a la concepción new toniana m ism a,


ju n to con sus secuelas positivistas, n o tardó en ser
señalado un bu rd o m aterialism o determ inista su b­
yacente; vale decir, e l d el axiom a o suposición d e
una auto-organización de la m ateria -incluso hu­
m ana- de acuerdo a leyes tan rigurosas y estrictas
com o las de los planetas. A pa rtir d e tal criterio
llega Benedetto C roce a l resultado d e qu e la H isto ­
ria n o es justiciera sin o justificadora; p u esto q u e
tod o lo sucedido ha d e ser abocado a la lu z d e un
criterio com plem entario aportado p o r D arw in: E l
d elp roceso interno d e una "E volu ción Creadora y
P ro g re s iv a "-o - "Progresista "-, cu yos m ecanism os
conducen a la "Selección d el m ás a p to "; n o otro
sin o e l "m ás fu erte".

Sin em bargo, los análisis históricos n o se han


lim itado a la justiñcación d e los vencedores; a
sem ejanza d é lo señalado en la m atriz new toniana,
d e la dirección d e los esfuerzos logrados en e l
pasado será visto e l ru m bo futuro. D e d on d e la
fórm ula de qu e quien logre dom inar e l ayer tendrá
entre sus m anos e l mañana.

(1) Luis Corsi Otálora. ¿Se Equivocó Galileo? Bogotá


1988 (Ed. N o v a et Vetera).

6
N in g ú n caso m ás representativo a l respecto de
este en foqu e qu e e l d éla Independencia en la qu e
fu e Hispanoam érica. E s tan nítida su configura­
ción q u e tm observa d or d esp reven id o com o fu e el
austríaco Juan Fried e n o p u é d e m e n o s d e señalar:
"A l leer las obras históricas m odernas q u e sigu e
realzando e l "h ero ísm o " d e lo s caudillos d e la
revolu ción americana, se tiene la im presión d e qu e
n o obedecen a l verdadero d eseo d e esclarecer la
realidad histórica sino a l d e Justificar la actual
situación privilegiada d e una capa m inoritaria,
q u e seprecia de ser heredera d e aquellos ca udillos
d e la revolu ción , y d e tener, p o r consiguiente, e l
derecho d e gobern a r los destinos d e las actuales
repúblicas americanas dura apreciación en con­
cordancia con otra d el D r., G u illerm o H erná n d ez
d e A lb a : "D e a q u í ha su rgid o una literatura que,
a tin en nuestros días, n os hace tan inm ediatos a la
p erson a d élo s últim os representantes d elp od erío
españolen Am érica qu e n os m antiene alerta ante el
tem or d e una n u eva reconquista. Las páginas m a­
gistrales de... parecen im pulsam os hacia la Plaza
M a yor, donde acicateados p o r la eticaría p rop a ­
gandística de... n os sum am os a l clam or p op u la r
q u e ellos conducen, para p e d ir las cabezas de
virreyes, oidores y chapetones d e v is o "® .3 2

(2) Juan Friede. La otra verdad. Bogotá 1972. Pág. 16-17


(Ed. Tercer M undo).
(3) Guillermo Hernández de Alba. Introducción a M e ­
morias sobre los Orígenes de la Independencia N a ­
cional; del D r.José Antonio de Torres y Peña (Ideólogo
del Realismo Neogranadino). Bogotá 1960. Pág. 7
(Ed. Kelly).

7
D esd e entonces y hasta la hora actual, lo s escri­
banos d el régim en dem ocràtico-capitalista se han
lim itado a loa r una larga cohorte de adm irables
m andatarios, siem p re alertas al respecto. E n tanto
qu e nadie se explica la crecientem ente trágica si­
tuación d e los p u eb lo s p o r ellos adm inistrados.

En una u otra form a, año tras año y p e río d o tras


p erío d o se lim itan a reinventar, palabra m ás pala­
bra m enos, algo q u e ya desde 1815 e l fu tu ro M in is­
tro d e Bolívar, e l H istoriador José M a n u elR estrep o
había ya ideado en relación a los fracasos d e las
nacientes repúblicas: "L os p u eblos a quienes al
p rin cip io de la revolución se les había ofrecid o en
docum entos oficiales y en los papeles p ú blicos una
gran felicidad y prosperidad, vien d o q u e éstos
bienes n o llegaban, que la lucha se prolongaba y
qu e e l gobiern o rep ublicano les había gra va d o con
el sostenim iento d e los ejércitos, con arrastrar a la
ju ven tu d a la guerra y con n uevas contribuciones,
odiaban e l sistem a actual, suspirando p o r e l régi­
m en antiguo. En vano seles decía qu e las ventajas
debían conseguirse lu ego de que cesara la guerra,
y q u e en la actualidad era p reciso hacer n u evo s
sacrificios para conseguir los grandes bien es de
independencia, libertad e igualdad; ellos n o calcu­
laban sino conform e a lo p resen te y n o había duda
quepara hom bres acostum brados a la esclavitud y
qu e n o conocían e l alto p recio de la libertad, era en
apariencia más ventajosa la calma sepulcral qu e
reinaba en las colonias españolas antes de la re vo ­
lución. Jamás se oía e l estallido d el cañón, la guerra
era desconocida y rara vez se exigían contribucio­
nes extraordinarias " -4Í

8
Era d e esperar entonces una revisión gen era l d e
sem ejante visión ; sólo lo han hecho ocasionalm en­
te algunas m entes lúcidas. Son d e citar entre los
Colom bianos los nom bres de Lu is Ospina Vás-
qu ez, A lb e rto Zalam ea Costa, A rtu ro A bella ,
Indalecio Liéva n o A gu irre, y , aparte d e los y a
m encionados H ernández d eA lba yF ried e, la para­
dójica figura de A lfon so L ó p e z M ichelsen.

E ste últim o replantea m u y bien e l problem a


diciendo: "En e l tránsito déla Colonia a la R ep ú bli­
ca, qu e n o ha sid o suficientem ente analizadoy q u e
explica gran p a rte d e nuestro fracaso nacional e
internacional, e l p o d e r p olítico p a só de m anos d e
un gobiern o independiente de los intereses p riva ­
dos a los de un gobiern o dirigido e inspirado p o r
las clases económ icas m ás afortunadas... L o s C on ­
gresos Legislativos, en los q u e ninguna responsa­
bilidad cabe individualm ente a sus m iem bros, fu e ­
ron m ás irresponsables que todos los funcionarios
de la C o lo n ia "® ; de donde deduce e l exhausti­
vam ente docum entado Lu is Ospina Vásquez: "La
idea errónea qu e d éla colonia españólanos form a­
m o s ha sid o causa fundam ental d e nuestros erro­
res en m ateria de política económ ica... La Colonia 5 4

(4) José Manuel Restrepo. Historia de la Revolución de


la República de Colombia en la América Meridional.
Besanzon 1858. Tomo 2. Pág. 301 (Jacquin).
(5) Alfonso López Ivtichelsen. El Estado Fuerte. Bogotá
1966. Págs. 31 y 75 (Ed. Populibro).
Alfonso López Michelsen. Introducción al Estudio
de la Constitución de Colombia. Bogotá 1945-1978-
1993. Págs. 13,14, 294 (Ed. U. Sto. Tomás 1983).
Alfonso López Michelsen. Cuestiones Colombianas.
México 1955. (Ed7Impresiones Modernas).

9
ha sid o nuestra gran disculpa " (6K E s d e advertir
q u e e l térm ino "C olon ia " es acá tom ado en e l
sentido d e área d ep obla m ien to n u evo, con virre­
y e s a su cabeza; d e acuerdo a lo acostum brado en
las m ás autónom as d e las p rovid en cias en la p ro ­
p ia M etróp oli, com o Navarra y Cataluña.

D e a h í q u e la siem pre '¿apocalíptica " v o z d el


lú cid o A lb e rto Zalam ea Costa en un resonante
ensayo acerca d e la Patria Grande p u ed a llegar a
una candente conclusión: "Bajo la influencia de
publicistas franceses o ingleses... N u estro s histo­
riadores escribieron literalm ente la historia a l re­
vés. Cada victoria de la Patria H ispánica fu e com ­
putada com o tma derrota y Viceversa. Esta es la
historia q u e aún h o y se aprende en las escuelas ,/(7K

E s entonces e l caso d e vo lverá exam inar todos


sus diferentes aspectos. D en tro d e estos sobresale
uno ante e l cual han sid o desde entonces en extre­
m o sensibles las en lo su cesivo acosadas p o r e l
d esem pleo naciones "latino-am ericanas E l d e la
Estructura Burocrática; cuya versión republicana
resulta m u y bien expresada d esde N o v ie m b re de
1809p o r d on Cam ilo Torres en su nunca presenta­
d o M em oria l d e A gra vios: "España ha crpído qu e
deben estar cerradas laspuertas d e todos los h ono­
res i em p leos para los americanos. E stos piensan 7 6

(6) Luis Ospina Vásquez. Industria y Protección en


Colom bia. Medellin 1955. Págs.421,434, 438, (Ed. E
SF).
(7) L a N u e v a Prensa. Bogotá 11-47 Octubre 1961.
Alberto Zalamea. Diario de un Constituyente. Bogo­
tá 1991. P á g -141 (Zalam ea Fajardo Editores).

10
q u e n o ha d ebid o n i d ebe se r así: q u e d ebem os ser
llam ados igualm ente a su participación,, i a sí será
n u estro am or, in u estra confianza m ás recíproca i
sincera

Estas afirm aciones, p osteriorm en te repetidas


unay otra vez, hallaron gran eco; son consideradas
la evidencia m ism á. N o obstante, han revela d o ser
falsas y m a lintencionadas, en cuanto q u e los acon­
tecim ientos m ism os las desvirtuaban; bastaría una
escueta enum eración d e criollos ubicados en im ­
p orta n tes posicion es decisorias para verificarlo.

Sin em bargo acá ha sid o consideradopreferible


tan so lo m encionar a los p rin cipa les; a fin de apro­
vechar la ocasión para hacer b re v e referencia al
m arco d e acontecim ientos a través d e lo s cuales
fueran d esen volvien d o su s cualidades y talentos.
N o sin antes evocar con especial énfasis e l contras­
te d e la a ctu a l ép oca d e cla u d ica cio n es y
acom odam iento con la in con m ovible fuerza de
carácter d e aquellos realistas criollos q u e se m antu­
vieron leales cuando la balanza d e tan fe ro z conflic­
to se inclinaba en contra su ya ; n ingu na p lu m a tan
apropiada com o la d el D r. G u illerm o H erná n d ez
d e A lb a : "C recien te e l espíritu republicano en las
antiguas colonias; avasallador e l em p u je de la
propaganda,profesa r ideas contrarias equivalía a l
suicido. Y sin em bargo en e l N u e v o R ein o de
Granada, com o en las dem ás colonias d e H ispa no­
am érica, h u b o éntrelos criollo realistas tanto coraje8

(8) Camilo Torres. Memorial de Agravios (Ed.Facsimilar


1832). Bogotá 1960. (Ed. Librería Voluntad).

11
q u e tod o lo sufrieron, sin dejar am inorar■, antes
bien acrecentando su fe irrestricta; bregando p o r
escrito y d e palabra, anim ando a los débiles, alen­
tando ciega fe en tm inesperado vu elco y con él, e l
regreso de su deseado m onarca, m ás anhelado
cuanto m ás lejano. Proceres Realistas, cuya acti­
tu d vehem encia hace m ás valedera la obra d e los
Proceres Republicanos q u e frente a s í encontraron
h om bres de pensam iento, definitivam ente op u es­
tos a su s ideales; gu erreros valentísim os, conduc­
tores d e huestes tan fanáticos com o las m ism as
Republicanas, qu e a l final esperaban necesaria­
m en te e l triunfo, m ientras sus contendores n o
p od ía n y a estar seguros de otra cosa sin o d el
exterm inio"& K

Tal ve z p o r eso m ism o haya caído sobre sus


n om bres la Cortina d el Silencio, arma secreta de
sus contendores délas dem ocracias capitalistas. E s
e l m om en to d e levantarla;y reubicar este recorte a
la m em oria histórica, p u es alguien h izo nota r
acertadam ente qu e en m utilaciones d e este tipo
p od ía encontrarse una de las claves d el su b ­
desarrollo.9

(9) Hernández de Alba. Introducción a Memorias sobre


los Orígenes de la Independencia Nacional. O p . cit.
Pág. 9.

12
Form ación d e la Participación
d e las Provincias de Ultramar
en el Estado Hispánico

C om o era de esperar, sólo con el desarrollo


del proceso de integración de los nuevos terri­
torios en el seno d el Estado H ispánico se iría
gradualm ente produciendo el acceso de los
naturales de las diferentes comarcas a las esfe­
ras directivas. En particular condicionado a los
resultados que en el transplante y acom oda­
m iento de las viejas y probadas instituciones
m etropolitanas fuese siendo lograd o por la
población que aquí trabajosamente iba asen­
tándose; obviam ente, no podía esperarse M i­
nistro criollo a la prim era generación de nú ­
cleos aldeanos, por cierto bien dispersos.

N o obstante, el fervor y la mística de los


mandatarios a ambas orillas d el Océano les
hacía apuntar hacia el mañana. D e ahí que casi
con simultaneidad a la fundación de las p rin ­
cipales ciudades se tuviese el cuidado de la
instalación del alto faro de brillantes U n iversi­
dades: E npoco tiem po surgieron 26, casi tantas
com o las 34 que en m ilenios habían trabajosa­
mente id o vien d o la luz en la península Ibérica;

13
y a su lad o muchas y notables Escuelas para
Caciques, con enseñanzas que llegaban hasta
e l Derecho, el Latín y las Letras Clásicas.

Era natural que estuviesen unas y otras


acompañadas p o r una im presionante conste­
lación de colegios de secundaria (23 en tan solo
e l virreinato d e la N u e v a Granada) e institucio­
nes prim arias con acopio d e enseñanza en
rudimentarios técnicos; ejem plarizado por Juan
Probst en renovadora investigación acerca de
la en tal época no m u y destacada Provincia d el
R ío de la Plata y p or A lb e rto M artínez Boom en
el caso d el brillante N u e v o R eino de Grana-
da(10). En la tarea de d esen volver estas institu­
ciones, se destacaron y rivalizaron las d iferen ­
tes com unidades religiosas, cuyo asentamiento
era condicionado a tal fin; con sus haciendas y
empresas lograron hacerlas autosufícientes.

En cambio, subraya Constantino Bayle, en


le » actuales Estados U n idos únicamente se v io
hasta 1636 el p rim er colegio de tip o universita­
rio, después con vertid o en la U n iversidad de

(10) Richard Konetzke. La Epoca Colonial. México 1981.


Pág. 316 (Siglo XXI Editores). Juan Probost. La Insti­
tución Primaria durante la Dominación Española.
Buenos Aires 1940. Pág. 4 (U . Buenos Aires). El
maestro y la Instrucción Pública en el N u e v o Reino
de Granada (1767-1809). Alberto Martínez Boom.
Bogotá 1981 (U . Pedagógica Nacional). La Ilustra­
ción en el N u e v o Reino. Juan M anuel Pacheco. (U n i­
versidad Católica Andrés Bello). Caracas 1975.

14
H arvard; y sólo 2 en el siglo siguiente. A l
producirse su independencia sólo contaba con
8 colegios que fueron convertidos posterior­
mente en U n iversid a d es.(11)

M ás aún; el esfu erzo educativo del Estado


Hispánico en las Provincias de Ultram ar ad­
quiere redoblado realce en com paración con la
misma Europa. En efecto, si a m ediados del
siglo X V III los Jesuítas dirigían 13 colegios con
5.000 alumnos en la N u eva G ran ad a(12), en la
propia Francia, faro de la cultura, para una
población 30 veces m ayor sólo disponían de
100 establecimientos del m ism o tip o (13); y si en
su celebérrim a U n iversidad de la Sorbona es­
tudiaban 6.000 jóven es(14), otros tantos y más lo
hacían en el conjunto de las U niversidades
Hispanoamericanas, en cuyas aulas la ense­
ñanza era también m uy elevada, hasta el punto
que el historiador alemán Richard Konetzke
constata: "E l n ivel de enseñanza universitaria
en el N u e v o M u n d o parece haber sido apenas
inferior al europeo. Se ha p o d id o com probar

(11) Varios autores dirigidos por José Tudela. El Legado


de España a América. M adrid 1954. Tomo II. Pág.
451. (Ediciones Pegaso).
(12) Alvaro Delgado. La Colonia. Bogotá 1976. Pág. 187.
(Ed. Suramericana).
(13) Pierre Gaxotte. Le Siecle de Louis XV. París 1974.
Pág. 302. (Ed. Marabout).
(14) E.J. H obsbaw m . Las Revoluciones Burguesas. Bar­
celona 1980. Pág. 245. (Ed. Guadarram a).

15
que en la alejada U n iversid ad P rovincial de
Guatem ala, en tiem pos d e la R evolu ción Fran­
cesa, se enseñaba lo m ism o que aprendía el
estudiante francés m edio... N o sin sorpresa se
ha verificad o que los libros im presos en Euro­
pa solían ingresar y a en e l año de su im p re­
s ió n " ^ .

L o s resultados en H ispanoam érica n o se


hicieron esperar. E n una de sus notables obras
Javier O cam po L ó p e z registra que ya a m ed ia­
dos d el siglo X V II aparecía en la rectoría del
celebérrim o coleg io d e Alcalá de H enares el
agustino Fray A n d rés d e San N icolás, autor de
11 obras, nacido en 1617 en la ciudad d e Santia­
g o d e Tunxa, en el n u evo Reino de G ranada1 (16);
5
y u n siglo después Benito Jerónimo Feijoo
(+1764) en su célebre Teatro C rítico U niversal
form ulaba su polém ica afirm ación de que los
exponentes de las Provincias de U ltram ar eran
"d e más viv eza intelectual" que los de la m e­
tró p o li(17).

D esde luego, e l debate al respecto resultó


intenso, p u d ien d o ser establecido el origen

(15) Konetzke. La Epoca Colonial. O p. cit. Pág. 317.


(16) Javier O cam po López. Historia del Pueblo Boyacen-
se. Tunja 1983. Pág. 178 y 179. (Ed. IC B A )
(17) J. Vicente V iv e s y otros autores. Historia de España
y América. Tom o IV . Barcelona 1974. Pág. 344 (Ed.
Vicens Vives).

16
am ericano de varias de las más ilustres perso­
nalidades d el momento. Tales com o Fray A n ­
tonio de M on roy, A rzo b isp o d e Santiago; José
de los Ríos, del Consejo d e Hacienda; el M ar­
qués de Villarrocha, Presidente de Panamá,
"in sign e matemático e instruido en toda buena
literatura"; el M arqués d e Casa Fuerte, V irrey
d e N u e va España; el Capitán General de la
flota, d o n P ed ro C órvete; O valle, Inquisidor
D ecano de T oled o; el M arqués d el Surco, nada
m enos que ayo de los Infantes; don N icolás
M anrique y don José M u n ive, Consejeros d e
Guerra; d on M igu el N ú ñ ez, Consejero de O r­
denes... etc.(18).

En cuanto el gob iern o d e las Providencias


d e Ultram ar, el francés M arius A n d ré en p ró ­
lo g o al esplendoroso Cesarism o Dem ocrático
(1919) d el V en ezolan o Laureano Vallenilla
Lanz, constata con asom bro los nom bres de 18
virreyes o gobernadores de origen c rio llo (19).

Cuantificación p or cierto m ínim a y difícil de


am pliar a otras esferas ya que todos los funcio­
narios oficialm ente eran "españ oles", a seme­
janza de la marca de fábrica de cualquier pro-

(18) Salvador de Madariaga. A u g e y Ocaso del Imperio


Español en América. M a d rid 1977. Pag. 371 (Ed.
Espasa Calpe).
(19) Laureano Vallenilla Lanz. Cesarismo Democrático.
Caracas 1983. Pág. LV (Ed. U . Santa M aría).

17
ducto, en cuyo rótulo aparece la nación pero no
la región de origen; habría que examinar todas
y cada una d e las partidas de nacimiento,
porque a sim ple vista puede aparecer confu­
siones com o la experim entada al leer que el
célebre "p a r d o " Venezolano N arciso López,
comandante d e la caballería realista llanera
que com b atió en C arabobo, al recu perar
V alledupar (N u e v a Granada) en un ya tardió
y desesperado M a rzo de 1823, expresaba con
em oción a su fervorosa población: "V e n g o p le­
namente autorizado por el general en jefe para
volveros Españoles y para restablecer la paz y
d u lc e calm a q u e g o z a s te is m ien tra s lo
fuisteis"(20).

N o obstante obstáculo tan destacado, inves­


tigadores tenaces, com o el norteamericano John
L. Phelan, p or p u ro am or a la verdad histórica
han logra d o supera rio, en aspectos tan cruciales
com o el de la com posición de las R eales
A u d ien cias. En am plísim as zonas durante casi
todo el p eríod o e l más alto pod er gubernativo;
en otras, confacultades paralelas a las de V irre­
yes o Gobernadores.

L os resultados al respecto no pueden sér


más dicientes; en todas partes era am plia la

(20) José M anuel Restrepo. Historia de la Revolución de


la República de Colom bia en la América Meridional.
Tomo III Besanzon 1858. Pág. 295 (Ed. Jacquin).

18
participación criolla; obviam ente con oscila­
ciones de tiem po y lugar, com o sucede con
cualquier gabinete m inisterial o departam en­
tal. A l prom ediar cifras obtiene Phelan que en
la N u e va Granada la p rop orción de america­
nos era aproxim adam ente del 17%; aunque
reconociendo que en períodos com o el 1.700-
1759 el p red om in io criollo era tal que frente a
18 oidores suyos solo aprecian 8 peninsulares
desequilibro que se acentuaba m ás en la fisca­
lía, d o n d e la con fron tación era d e 6 contra 2.
Sin em bargo estos resultados n o serán excep­
cionales en los casos de Lim a y C hile, en los
cuales dicho porcentaje era de más d el 55%;
ascendiendo al 68% en la de Charcas(21).

A h ora bien, durante el notable y renovador


reinado de Carlos III -oscurecido p o r la expul­
sión de los jesuítas en represalia a la d iv u lg a ­
ción d e una presunta carta suya en la cual le
atribuían su paternidad al cardenal A lberon i,
calumniosamente considerado amante de su
m adre, había sido falsificado p o r el nefasto
m in istro C h oisu l, agente d e las tin ieblas

(21) John Leddy Phelan. El Pueblo y el Rey (L a Revolu­


ción Com unera en Colom bia 1781). Bogotá 1980.
Pág. 25 (Valencia Editores).
John L. Phelan. A u ge y Caída de los Criollos en la
Audiencia de N u ev a Granada. Bogotá. Boletín de
Historia y Antigüedades de la Academ ia Colom bia­
na de Historia. Noviem bre-Diciem bre, de 1972. Pág.
604.

19
■i"

masónicas en la corte de Luis X V (22). Se produ­


cirá el ascenso fulgurante de una de las perso­
nalidades de la A m érica Española que más
elevadas posiciones haya ocupado en el Im pe­
rio. Obviam ente se trata de Pablo de O lavide,
natural de Lima; su carrera desde todo punto
de vista resulta significativa.

En efecto, ya en su juventud se distingue al


ser designado para em prender la reconstruc­
ción d e su ciudad natal, arrasada p or un terre­
m oto; de donde salta a la M etrópoli Ibérica
para asumir, con todo el éxito posible, la direc­
ción de una típica empresa "c o lo n ia lis ta " a la
m anera hispánica; la de la incorporación de la
castiza Sierra Morena al más innovador de los
ensayos de desarrollo económico. A l producir­
se en 1766 el llam ado M otín de Esquilache
ocupará brevem ente una jefatura en el G obier­
no para ser electo triunfalmente por todo el
pu eb lo de M adrid com o Síndico Personero del
Com ún, una original institución representati­
va que con inclusión de los entonces m argina­
dos plebeyos había sido establecida por tan
p revisor y avanzado monarca.

D e ahí en adelanta aparecerá com o una de


las grandes figuras típicas de la Ilustración

(22) Jean Descola. Les Libertadors. París 1957. Pág. 106.


(Ed. Fayard).

20
Española, a la par de Floridablanca y Jovellanos;
a quienes antecedió en su rechazo a las "luces"
(masónicas) con las que en un com ienzo habían
simpatizado. Sus experiencias en las cárceles
de la Revolución Francesa le habían curado en
salud, procediendo a una reconversión que le
llevó a la producción de su célebre obra "E l
Evangelio en Triunfo o Historia de un Filósofo
D esengañado" (M ad rid M DCC-Im prenta de
Joseph Poblado); de las intrigas británicas esta­
ba de antemano enterado, ya que ellas habían
llevad o a esas insurrecciones de Tupac Am arú
y Tupac Catari que habían inundado de sangre
su solar natal(23), por no citar las voraces agre­
siones del Alm irante Vernon y el pirata Ansen
en 1740-1741.

De ahí que resultase invulnerable y mirase


con supremo desprecio las tentativas de don
Francisco M iranda por involucrarle en el en­
tonces hipotético proceso insurreccional en
Am érica. M áxim e que este personaje era bien
conocido como espía y mercenario a sueldo de
los ingleses, en form a tan ostentosa que el
propio N apoleón Bonaparte se escandalizaba
de sus derrochadores lujos; y cuando dos de las
revoluciones gemelas, la Francesa y la Inglesa,

(23) Madariaga. A uge y Ocaso del Imperio Español en


América. Op. cit. Págs. 239-242.
Germán Arciniegas. El Tiempo. M a y o 30 de 1991.

21
se enfrentaran p or conflictos de intereses, se
vería al hábil sudamericano, alto oficial en
ambas, optar p or la del otro lado de la Mancha,
hasta e l punto de atentar contra la v id a del
flam ante Em perador Corso p or interm edio de
un precursor carro bom ba.(24).

N o fue necesario esperar a la configuración


la tenaza revolucionaria anglo-francesa para
que sus síntoma llevasen a los Borbones a tratar
d e reforzar la defensa del Im perio H ispánico a
través de una creciente unificación d e m andos
que la extrema descentralización heredera de
las Austrias dificultaba sobremanera; p ero
com o su im plem entación inevitablem ente trae­
ría recelos, y tensiones regionales, Carlos III y
sus m inistros concibieron acelerar el intercam ­
b io de posiciones entre súbditos nacidos a
ambas orillas d el Océano.

D e ahí que el Monarca expidiera varias


notables Cédulas al respecto, especialm ente
una firm ada en El Pardo el 21 de Febrero de
1776, otra enSan Lorenzo, el 15 de N o v ie m b re
d el m ism o añ o,(25).

(24) Jean Descola. Los Libertadores. París 1977. Págs. 249


y 277. (Ed. Fayard).
(25) Colección de Documentos para la Historia de la
Formación Social de Hispanoamérica 1493-1810. III
Richard Konetzke. Tomo 1. Págs. 405 y.427. M adrid
1962. (Instituto Balmes); Phelan. O p. cit. Pág. 26.

22
En adelante se redobló el aflujo de jóvenes
criollos e incluso nobles indígenas a Escuelas
N avales y M ilitares o U n iversidades de la
M etrópoli. Los allí form ados tomarían luego
parte activam ente en uno u otro bando, con la
configuración de la mencionada y atroz guerra
civil de la Independencia; el p ro p io Bolívar lo
confirm a en A g o s to de 1817: "¿Q uienes son los
actores de esta revolución? N o son los blancos,
los ricos, los títulos de Castilla y aún los jefes
m ilitares al servicio del R e y ? "(26).

Y a la inversa, varios preparados funciona­


rios peninsulares viajaron a Am érica. En espe­
cial esos eficaces pero poco políticos Intendente s
que com o G utiérrez de Piñeres en la N u eva
Granada se dejaron provocar en m otines com o
el de los Comuneros. A su lado fueron vistos
varios de los más notables sabios y científicos
de la época, quienes llevaron a cabo una virtual
Reconquista Cultural con hazañas com o la de
la Expedición Botánica en esta misma N u eva
Granada, la M inera en M éxico y el Perú y la
ganadera en el R ío de la Plata.

Su experiencia fue la de una Ilustración con


Fe capaz de transformar el deletéreo U tilita­
rism o anglosajón en apasionado interés por las

(26) Simón Bolívar. Obras Completas, Tomo V . Bogotá


1979. Pag. 303. (Ed. Tiempo Presente. Compilación y
Notas de Vicente Lee una).

23
ciencias útiles, en provecho del bien común.
Pocas expresiones tan reveladoras al respecto
com o una de D íaz Valdés, quien en el curso de
1793 p op u larizó el aserto de que ninguna
"Im a g e n más v iv a d e un verdadero filósofo
que la de un cura ilustrado y virtuoso útilm en­
te ocupado en una triste aldea"; dado que esto
no p od ía constituir m era retórica, los monarcas
participaron ap oyo a tales paladines d el desa­
rro llo m oral y m aterial de sus reinos, no sólo
con las m edidas concretas sino que buscaron
asegurar su perm anente actualización a través
del célebre "Sem anario de Agricultura y A rtes
d irig id o a los Párrocos", publicación que apa­
reció regularm ente d e 1797 a 1808(27).

(27) Gonzalo Ames. Economía e Ilustración en la España


del SigloXVIII. Barcelona 1969. Pág. 205. (Ed. Ariel).

24
Solidarism o Católico
Vs.
Utilitarismo Competitivo

A l analizar la contienda de la Independen­


cia aterra la ferocid ad en la que fue llevad a a
cabo; con el resultado de casi un m illón de
víctimas sólo en lo que sería la Gran C olom bia.
Habitualm ente esta conflagración es presenta­
da com o un heroico alzam iento en contra de
intolerable opresión; no obstante, al tratar de
precisar sus rasgos, tal aseveración se desvane­
ce, reduciéndose su m otivación concreta a sim ­
ples quejas fácilm ente solucionables que p ie r­
den importancia ante una patética constatación
sintetizada p o r A lfo n so L óp ez Michelsen con
quirúrgica precisión: //Por doloroso que sea
confesarlo, en ninguna época se conculcó la
propiedad, ni se atentó contra la vid a ajena ni
se restringieron las libertades públicas en este
continente com o en los prim eros años de la
República... el físico robo de las guerras civiles
consumieron más riqueza privada en cincuen­
ta años que el fisco español en tres s ig lo s "(28).

Entonces, para explicar semejante pugnaci­


dad, cristalizada en las convulsivas declaracio­

(28) López Michelsen. Estado Fuerte. Op. cit. Pág. 28.

25
nes de Guerra a Muerte, de Bolívar, tanto
respecto a europeos (Junio 15 de 1813) com o a
criollos (Septiembre 6 de 1813), no queda otro
camino que el de apelar al anticipado plantea­
miento, "avant la lettre" de la célebre categoría
"am igo-en em igo"; debido a Cari Sch m itt(29)3 .
0
Quien la concibió prim ordialm ente en cuanto
constatación y convencim iento de la confron­
tación de formulaciones éticas inconciliables
que al ser encarnadas en diferentes colectivi­
dades, les llevaría a legislaciones tan antagóni­
cas que la supervivencia de una im plicase la
desaparición de la otra, y con ella tod o un
sentido de la existencia; entonces surgiría la
guerra en cuanto "autoconservación" espiri­
tual, extrem o ya previsto por Francisco Suárez
en su magna obra a acerca de Guerra, Interven­
ción, Paz Internacional{30).

Y esto porque las codificaciones que vienen


a continuación de los principios legislativos, al
perm itir o im pedir instante a instante y día a
día ciertos actos, conducen insensiblemente, a
través de su repetición, a identificar lo legal
con lo moral y lo inmoral con lo prohibido;
com o en el caso típico del aborto, ante cuya
legitim ación hasta sus adversarios en ciertos

(29) Luis Corsi Otdlora. De la Democracia al Partido


Unico Bogotá 1969. Pág. 221 sig. (Edi. Tercer M u n ­
do).
(30) Francisco Suárez.Guerra, Intervención, Paz Interna­
cional. Madrid 1955. (Ed. Espasa Calpe).

26
casos están haciendo oídos sordos a la id en tifi­
cación que con el asesinato hace de él la Iglesia
Católica. De ahí que San Pío X, el G ran Pontí­
fice, repitiese a cada instante que los pueblos
son lo que de ellos hacen los gobiernos, m áxi­
m os educadores prácticos.

L o cual pone en evidencia el crucial proble­


ma de la escogencia de cierto tip o d e Etica p o r
parte de una colectividad, para que a través
suyo disponga de un criterio de referencia para
evaluar su producción legislativa.

D esde la prom ulgación del Edicto de M ilán


p or el Gran Em perador Constantino en el curso
d el año 313 D. C. hasta la agonía d el Im perio
H ispánico durante el siglo XIX, todo Occidente
adhirió a una Declaración de Deberes d el H o m ­
bre que el Catolicismo acababa de form ular
con la confirm ación de la Etica de los X M anda­
mientos, reinterpretada a la luz de los Evange­
lios; era la aceptación de una verd ad que en v e z
de surgir del consenso lo provocaba con la
consigna del "A m a o s los unos a los otros com o
y o os he am ado". D e ahí que para su cum pli­
m iento el hombre debiera disponer d e cierto
tipo de libertad, que así concebida revelaba ser
tan sólo un "m e d io " orientado a perm itir al
hom bre el ejercicio de derechos condicionados
por el bien común, dentro del m arco del " Y o
soy el camino, la verdad y la v id a " (Lucas
14-6); solidarism o que traducido a las específi­
cas condiciones de la N ueva Granada era m uy

27
b ien expresado por el escritor realista Dr. A n ­
ton io de L eón en 1816: "¡A h . Entonces, aunque
no se predicaba la igualdad, todos éram os
unos, todos nos amábamos, nos ayudábam os y
mutuam ente nos socorríamos. El ciudadano
era respetado de todos, su honor estaba segu­
ro, nadie lo molestaba y sus intereses, fuera de
toda agresión. Entonces, aunque no se jactaba
la libertad, podíam os todos hablar, todos pen ­
sar, todos tratar y honestamente divertirnos en
inocentes p la ceres!"(31).

En cambio, las nacientes Repúblicas D em o-


crático-Capitalistas se adhirieron a una m ism a
y fundam ental corriente que brotando de la
herejía protestante se vería nítidamente crista­
liza d a por prim era v e z en la Revolución In g le ­
sa d e 1688; sus principios serán los m ism os que
inspiren los de la Norteam ericana de 1766 y los
d e la Francesa de 1789, al menos en su versión
G irondina. A ellos específicamente se refiere el
p ro p io D on Sim ón Bolívar cuando en su crucial
discurso ante la tensa y expectante C onvención
d e Angostura (15 de Febrero de 1819) expresa:
" L a R evolución de estos dos grandes pueblos,
com o un radiante m eteoro, ha inundado el
m u n d o con tal profusión de luces políticas que
ya todos los seres que piensan han aprendido
cuáles son los derechos del hombre y cuáles sus

(31) Javier Ocam po López. El Proceso Ideológico de la


Emancipación en Colombia. Bogotá 1980. Págs. 273
y 492. (Ed. Colcultura).

28
1
deberes; en qué consiste la excelencia de los 1
Gobiernos y en que consisten sus v ic io s "(32).
i
Estas "L u ces", que no pasaron de ser los
I
resplandores de las tinieblas de la filosofía
materialista de Locke, Montesquieu y Kant, i
luego m agistralmente sintetizada por Hans
K elsen (33)3
, parten del principio de que la ver­
4 1
dad resulta inaccesible al conocimiento huma­ I
no; de don de deducen que éste tan sólo puede
alcanzar a form ular "O pin ion es". En conse­ I
cuencia cada cual podrá adoptar la suya propia
1
en tanto que guía para sus acciones y propósi­
tos; a condición de contar con un marco abs­ i
tracto d e Derechos Humanos que le perm itan
tratar d e lograr su alcance, en "lib re com peten­ i
cia" con sus semejantes, el dogm a de los d o g ­
i
mas de la nueva m entalidad{34).
i
Sin em bargo este proceso podría naufragar
en el caos de la anarquía; no lo hará porque la I
naturaleza material dispone según ellos -de
una especie de instinto selectivo que le perm ite
i
ir indefinidam ente progresando a través de la I
supervivencia del "m ás apto", de acuerdo con
el lenguaje que desde Charles D arw in em - i
l

(32) Bolívar. Obras Completas. Op. cit. Tomo V Pág. 340. i


(33) Hans Kelsen. Esencia y Valor de la Democracia
í
Barcelona 1934. (Ed. Labor).
(34) Capitalismo y Democracia: Las Dos Dimensiones de I
un mismo Engaño. Luis Corsi Otálora. Bog;otá 1981.
(Ed. Tercer M undo). i
i
29
I

I
plean los evolucionistas para designar al "m ás
fuerte"; cuya brújula vital solo podrá ser la de
la "Ü tilid a d " de sus actos. En el sentido concre­
to que a tal expresión da Jeremías Bentham,
(quien se definía a sí m ism o com o el N e w to n de
la legislación), una figura que desde la in d e­
pendencia hasta hoy (a través de sus adm ira­
dores de la Escuela de Chicago) ha m arcado
con el sello de su pensamiento el rumbo de esta
corriente en loqu e fue Hispanoamérica; "N a d a
de sutileza, nada de metafísica: N o es necesario
consultar a Platón ni a Aristóteles; pena y
placer, es todo lo que todos sienten com o tal, el
labrador como el príncipe, el ignorante com o el
filósofo. Para el partidario del principio de la
utilidad, la virtud no es un bien sino porque
produce los placeres, que se derivan de ella, y
el vicio no es un mal sino por la penas que son
consecuencia de él. El bien m oral no es bien
sino por su tendencia a producir bien físico, y
el mal moral no es mal sino por su tendencia a
producir males físicos, pero cuando d ig o físi­
cos entiendo las penas y los placeres de los
sentidos. Y o considero al hombre tal cual es en
su constitución actu al"(35).

M ejor descripción del Utilitarism o com o


actualizada versión del culto al Becerro de O ro
no podía darse; en adelante nada poseerá v a ­
lor, todo tendrá precio. Y a pesar de que la

(35) Jeremías Bentham. Tratados de Legislación Civil y


Penal. M adrid 1981. Págs. 28 y 29. (Ed. Nacional).

30
"ilustración" española trataba de transmutar
el deletéreo utilitarism o inglés de la Enciclope­
dia Francesa en un sano interés por esas cien­
cias útiles que apasionaron la "M o d ern id a d
T radicion al" de Cam pom anes y Jovellanos, el
m orbo extranjero iba ganando cada v e z más
am plias esferas de las capas dirigentes; no en
vano dijo Einstein en alguna oportunidad que
aún en ciencia la m oda jugaba un papel tan
im portante com o en la vid a de las mujeres. Sin
em bargo la convicción en el más allá resistía en
las conciencias; turbadas por su rechazo ante
los logros de la h oy superada física de N ew ton ,
el más precioso puntal jamás lograd o por el
pensamiento materialista.

Entonces fue cuando de la pragm ática m en­


talidad anglo-sajona brotó el más asombroso
C aballo de Troya jamás concebido por la inte­
ligencia humana; el de la Masonería; m uy
sutilmente colocada al servicio de sus intereses
a través del p riv ile g io de expedición de paten­
tes/ guardado p or la nobleza británica agrupa­
da alrededor de un Monarca Constitucional(36).
Será Bernard Fay quien en form a insuperable
descubra su estrategia y mentalidad: "L a M a ­
sonería... percibe los peligros sociales que re­
sultan de una difusión apresurada y brutal de
las teorías "filosóficas". Cree en el valor de la
ciencia humana, a la cual venera com o a la base
de tod o conocimiento, la fuente de toda certi­
tud, incluso religiosa... A s í prepara las revolu ­
ciones políticas mientras lleva a cabo la R evo ­

31
lución Intelectual del siglo X VIII. Tom a la reso­
lución de asegurar la transición y hacerla d e la
manera más dulce y armoniosa posible. Para
eso se presenta com o árbitro de los dos cam ­
pos; a los cristianos les pide renunciar a im p o ­
ner sus dogmas, considerándolos meras o p i­
niones... Luego solicita a todos que se ayuden
mutuamente y constituyan una R eligión de la
H um anidad a la que denominará "s u " religión
católica, (sic). Organiza sus ritos de manera
que tom en carácter simbólico y sincrético, que
con ven ga a la v e z a los cristianos, a los
neopaganos y a los cientifistas; sus grandes
ceremonias se llevan a cabo en las fiestas de San
Juan de invierno y verano; de ahí que mientras
un cristiano pueda ver un homenaje a la D iv i­
nidad Redentora, un filósofo cientifista podrá
encontrar un homenaje a la Astronom ía, m a­
dre de. las ciencias modernas gracias a las
inmutables leyes de su naturaleza material,
descubiertas por el ilustre N e w t o n " 3
(37).
6

(36) Bernard Fay. La Franc. Maçonnerie et la Revolution


Intellectuelle du XVIII Siecle Paris 1961. Pag- 155.
(Ed. Librairie Française).
(37) Bernard Fay. Op. cit. Pag. 200-201.

32
Ante la "Privatización"
de las Masas Indígenas

Este sincretismo o ecumenismo intelectual


colm ó de g o zo a las conciencias vacilantes;
quienes lo rechazaron se verían justificados
dos siglos después en la Física Quántica de
P L A N K y Heisenberg. Pero mientras tanto, la
M asonería se fue convirtiendo en una verda­
dera epidem ia.

Tanto que desde Londres sus m anipulado­


res se apresuraron a recolectar la cosecha; lo
cual lograron con la R evolución Francesa d e
1789, p or ellos financiada.

En cam bio esto no pu do suceder tan pronto


en el estado Hispánico, en cuyo seno las con­
vicciones eran más firmes; y en donde la enton­
ces popular Inquisición aparecía com o un v e r­
d ad ero servicio de contra-espionaje. En espe­
cial este fracaso se sintió en el rico Perú; en
donde un grupo de extranjerizantes criollos
aprovechó el resentimiento de Tupac Am arú,
ilegítim o descendiente de una d e las once estir­
pes de la nobleza Inca, para a fines de 1780
envolverlo en aspiraciones subversivas, en cuyo

33
curso se p refig u ra n va rios de los rasgos
independentistas.

A n te todo el d el condicionam iento a una


ayuda externa que será vehiculada tanto espi­
ritual com o económicam ente a través de la
Masonería, el más ingenioso C aballo de Troya
In g lé s d e la é p o c a c o n te m p o rá n e a . En
antològico estudio al respecto es constatado
p o r D a n ie l V a lc á rc e l: "E n una re la c ió n
cronológica hecha en A requipa, se afirma que
a Tupac Am arú lo acompañaban algunos hom ­
bres rubios "qu e parecían ingleses". En otro
docum ento m asónico, firm a d o p or Tupac
Catari, al lado de apellidos ingleses, queda
señalada la participación de esa sociedad se­
creta com o interm ediaria del ap oyo inglés en
favor de la reb e lió n "(38); el cual cesó al concluir
la guerra hispano-británica 1779-1783.

Sin que se h u b iese nunca v is to a los


incitadores criollos enrolarse en las filas in d í­
genas, en cuyos rangos sólo apareció uno que
otro desertor secundario.

Y a semejanza de lo posteriorm ente sucedi­


do, los dos caudillos procedieron a rodearse de
pom pa y títulos rimbombantes; con pretensio­
nes a gobernar desde Buenos A ire s a la N u eva
Granada, a donde jamás habían alcanzado a

(38) Daniel Valcárcel la Rebelión de Tupac Amarú. M éxi­


co 1975. Págs.67y 193. Ed . Fondo Cultura Económica.

34
plegar los Incas. En cuyo nom bre procedieron
en los pocos meses de su insurrección a bañarse
en la sangre de sus adversarios, prin cipalm en­
te de la Iglesia; más aún, en sus desenfrenadas
correrías aniquilaron sus propias fuentes de
organización y producción, al ab olir im pues­
tos, destruir los instrumentos d e trabajo de los
obrajes y saquear bodegas y depósitos de v ív e ­
res, tal com o hoy en día im itan los gu errilleros
que llevan sus nombres al volar las torres de
energía eléctrica y asesinar a los cam pesinos
que no les apoyan.

Era de esperar que al m enos a corto p lazo en


un país de abrumadora m ayoría indígena su
triunfo estuviese asegurado. N o p asó de ser un
cruel paréntesis de pocos meses, y a que los
legítim os descendientes de las varias ramas de
la nobleza Inca se les enfrentaron en a p oy o del
virrey. Daniel Valcárcel reconoce categórica­
mente: "L o s más im portantes rep rob aron el
m ovim ien to y auxiliaron a las autoridades
españolas... la masa indígena p o r lo común
abrazó el partido de sus c a c iq u e s "(39). A l hacer
su recuento resultan 20 los caciques realistas, la
casi totalidad de los entonces en sus cargos.

Estos acontecimientos p e rm ite n captar el


grad o de integración que las n acion es in d íge­
nas organizadas iban lo g ra n d o d e n tro del Im -

(39) Valcárcel. O p. cit. Pág. 81.

35
p erio; tanto p or parte de quienes desde las
prim eras horas se adhirieron a él com o los que
lu e g o de traumas iniciales reconsideraron su
actitud. Y com o el caso d el Perú es el principal,
es de señalar que ya en el siglo X V I el Inca
D ie g o Chokewanca era marqués de Salinas y
que a com ienzos del siglo XIX el Inca M ateo
García Pum acawa, a más de altos grados m ili­
tares, lle g ó a presidir la Audiencia de Cuzco;
otros varios ejem plos de posiciones destacadas
en manos indígenas podrían ser citadas, aun­
que p o r ahora es de destacar que los albores de
la Independencia encuentran al virreinato del
Perú representado en las Cortes de C ád iz
(1810-1814) p o r el Inca D ion isio Yupanqui, allí
d e destacada actuación y una lealtad tal que,
relata e l p ro p io general Páez, lle g ó a rechazar
desdeñosamente las ofertas acerca de una etérea
C orona de Perú, llevadas a cabo p or algunos
irónicos proceres criollos, actitud no vislum ­
brada p or el ingenuo conde de M onctezuma,
gran de de España de prim era clase y burlado
E m perador de M é x ic o (40).

Es de advertir que al conceder estas distin­


ciones, el Estado H ispánico no buscaba confi­
gurar una especie de soborno sobre la nobleza
indígena, a fin de explotar tranquilamente a
sus masas. P o r el contrario, lo que trataba era
de logra r su incorporación a través del respeto

(40) José Antonio Páez. Autobiografía. Sin fecha. Págs.


470-471. (Ed. Bedout).

36
a su especificidad y derechos; aunque dentro
del condicionam iento al m arco de sus adm ira­
bles L eyes de Indias, a las cuales d io vigencia
en lo humanamente posible, tal com o puede
verificarse en todas y cada una de las lejanas
Provincias de Ultram ar, a donde se desplaza­
ban altos funcionarios que dejando las m u lli­
das com odidades de la Corte, se adentraban
con celo y mística religiosa en los más insalu­
bres territorios para asegurar su im plem en-
tación. A l respecto resulta ilustrativa en la
N u eva Granada (hoy C olom bia), esa bien esla­
bonada cadena de notables personalidades,
que partiendo desde m ediados del siglo X V I
con el heroico y aun vituperado visitador Juan
de M ontaño, pasa p or los inquebrantables A n ­
drés V enero de Leiva, A n ton io G onzález, y
otros, hasta llegar a fines del siglo X V III al
austero y poco com unicativo regente Juan Fran­
cisco G utiérrez de P iñ eres(41).

En cuyas vicisitudes es posible captar el


vuelco que por entonces estaban ya experi­
m entando algunos sectores de las esferas d iri­
gentes, casi con unanim idad dispuestos ante­
riorm ente a condicionar -muchas veces contra
el p ro p io querer- sus particulares intereses a
los de la colectividad; encarnados e interpreta­
dos p or una Monarquía cuya legitim ación más

(41) Indalecio Liévano Aguirre. Los Grandes Conflictos


Sociales y Económicos de nuestra Historia. Vol. I.
Bogotá. (Ed. N u eva Prensa). Sin fecha.

37
honda estaba asentada de en una profunda
convicción m uy bien expresada p or las Cortes
de V a lla d o lid en 1518: "Si bien los reyes tengan
otras muchas cualidades... ninguna destas haze
R ey según el derecho, sino solo el adm inistrar
justicia".

Encontraste, con el auge d éla ética utilitarista


propia a las nacientes democracias capitalistas
iban siendo configurados otras actitudes, acer­
ca d e cuyos síntomas da testim onio ese gran
im pu lsor del periodism o neogranadino que se
llam ó e l criollo M anuel del Socorro R odríguez.
En in form e d irig id o a finales del siglo X V III a
un alto funcionario, éste hasta en las peores
épocas d e la independencia leal súbdito, se
angustiaba ya entonces de los estragos que la
im p ied ad y la relajación iban causando en
algunos influyentes ambientes; de su seno veía
brotar con alarma un nuevo tipo de encopeta­
dos ciudadanos caracterizados porque "se o l­
vid an d e que hay soberanos, leyes y religión. El
deseo d e singularidad, el interés con que am ­
bicionan el renom bre de filósofos los em peñan
en m il proyectos arriesgados porque se afren­
tan d e ir por el ordinario camino de la pru den­
cia, creyen d o que la m ayor gloria d el literato
consiste en sobresalir, aunque sea pisando los
sagrados fueros de la r a z ó n "(42).

(42) Roberto M aría Tisnés. Movimiento Pre-Indepen-


dlíentes Grancolombianos Bogotá 1963. Pág. 121
(Ed. Academ ia Colombiana Historia).

38
D entro de tales arriesgados proyectos so­
bresalieron los d el fiscal de la Real A u d ien cia,
el criollo Francisco M oreno y Escandón; quien
aprovechando su calidad de defen sor de los
indios había convencido a sus colegas de las
ventajas de "P riv a tiza r" muchos de esos céle­
bres Resguardos, tierras comunales que para
defenderles habían sido concebidos desde el
siglo X V I. A l proceso en marcha se enfren tó
con ardor el recién llegado regente eu rop eo
Juan Francisco Gutiérrez d e Piñeres, hasta el
punto d e lograr en 1779 su reversión en algu ­
nos casos{43).

Este éxito le costó caro, pues a continuación


sus adversarios lograron expulsarle d e l país a
través d e una maestra m anipulación d e l M otín
de los Com uneros del Socorro y Tunja, en 178!f;
que a la manera de lo sucedido al ap ren d iz de
brujo, estuvo a punto de desbordarlos. De no
haber sido p or la sagaz intervención d e l arzo­
bispo A n ton io de Caballero y G óngora, a cuyas
instancias se firm ó un acuerdo de "C a p itu la ­
ciones" contempladas en un preám bulo, 34
artículos y una adición.

C uando las autoridades virreinales proce­


dieron con más calma a su exam en en aras de
aplicación, encontraron varios artículos a los
cuales d ieron en seguida cabal cum plim iento; 4
3

(43) Germ án Colmenares. La Provincia de Tunja en el


N u e v o Reino de Granada. Tunja 1984. Pág. 89. (Ed.
Academ ia Boyacense de Historia).

39
com o la rebaja del im puesto a las ventas o
alcabalas, que del pequeño 4% descendió de
nuevo al irrisorio 2%. A d em ás fueron d evu el­
tos a los indígenas las salinas de N em ocón y
Zipaquirá; que casualmente les habían sido
a rre b a ta d o s p o r el ya c ita d o M o r e n o y
Escandón.

Sin em bargo, al observar con detenim iento


la Cláusula 7a. encontraron que ella contem ­
plaba sibilinam ente la atribución de los m en­
cionados Resguardos a los indígenas "e n cabal
p ro p ied a d "; con lo cual se abrían las puertas a
su fraccionam iento en pequeñas parcelas in d i­
viduales, lu ego de lo cual serían fácil presa de
los terratenientes. C om o a la postre sucedió
lu ego de la Independencia.

A d em ás se v io que la autorización del libre


sem bradío y com ercialización del tabaco re­
sultaba en extremo peligrosa, a pesar de los
buenos precios del momento, ya que el m erca­
d o internacional comenzaba a saturarse; y den ­
tro de su seno las gran d es p lan tacion es
esclavistas del sur de los Estados U nidos y el
Caribe Inglés llevan la ventaja tanto en costos
de producción com o de transporte, d eb id o a su
m ejor ubicación(44). La ceguedad de la R epúbli­
ca al respecto llevarían a la ruina de los cultivos
un siglo después.

(44) Juan Friede. Rebelión Comunera de 1781. Tomo II.


Bogotá 1982. Pág. 1.061. (Ed. Instituto Colombiano
de Cultura).

40
De ahí que para evitar semejante colapso, el
previsor Estado Hispánico procediese a la re ­
gulación de las siembras, de acuerdo a las
necesidades del país; en los terrenos más aptos
debían favorecerse cultivos de más urgente
necesidad. A fin concientizar las gentes al res­
pecto, el arzobispo em prendió un largo y
fatigante viaje a las regiones afectadas por el
m ovim iento comunero; con la propuesta de
m edidas substitutivas, com o la de reem plazar
el cultivo del tabaco en el Socorro por el de un
fortalecim iento de los cultivos de algodón,
cuyo m ercado estaba asegurado por las num e­
rosas fábricas artesanales y textiles existentes
en la región, en ese entonces el prim er centro
fabril del país. T u vo tanto éxito que J. M .
Restrepo consigna: "E l virrey concedió al m is­
m o tiem po un indulto general... el arzobispo
consiguió de varios pueblos que los com une­
ros renunciaran a las capitulaciones; otros s i­
guieron después el m ism o e je m p lo "(45).

Casi al m ism o tiem po A n ton io de C aballero


y Góngora asumía el cargo de virrey; su p e río ­
do fue de los más destacados, vien do fru ctifi­
car la célebre E xpedición Botánica. N o obstan­
te, poco es mencionada su actitud respecto a los
subterráneos alborotadores del momento; lo
hace A rtu ro A b ella en un destacado estudio:
"U n conocedor de los m eandros históricos d e

(45) Restrepo. Historia de la Revolución. O p. cit. Pag. 30.


Phelan El Pueblo y el rey. Op. cit. Pág. 267.

41
I

la época decía al padre de don M ariano Ospina


! Rodríguez: "H o m b re Santiago, com o no estu-
, dias, no conoces los méritos del señor Caballe­
ro y G óngora, que era un gran hombre; los que
| han tratado de desacreditarlo obran así porque
el señor A rzo b is p o V irrey se propuso desbara-
' tar la oligarqu ía... P or favorecer al pueblo qui-
| tando los abusos fue por lo que el señor Caba­
llero y G óngora les paró firm e a esos señores;
I p or eso ellos y sus numerosas parciales aborre-
I cen la m em oria d el A rzo b is p o -V irre y "(46).

I Estabilizada la situación en lo que sería


Colom bia, no tardaron en experim entar los
[ indígenas nuevos intentos de saqueo por parte
de quienes serían futuros proceres republica-
I nos. A l respecto resultó típico el de apoderarse
I de una rica "C aja de C om unidad", constituida
para la regulación de sus cosechas con el fruto
[ de la explotación de las minas de Sal de Z ipa-
quirá, otra v e z en plena propiedad suya; D on
■ Pedro Ferm ín de Vargas (futuro defrau dador
| adultero de caudales públicos antes de refu ­
giarse com o m ercenario inglés) argumentaba
[ en textos oficiales (reproducido p or A lb erto
( Corradine A n g u lo ) que dicho tesoro inu tiliza­
d o y superfluo en gran parte para quienes lo
constituyeron, había de ser em pleado en la
construcción de caminos, para cuya ejecución
los hacendados de las vecindades p odrían
em plear a los "v a g o s del lu g a r(47).

(46) Arturo Abella. El Florero de Llórente. Bogotá 1960.


Pág. 159. (Ed. Antares).

42
Ahora bien, quedaría la inquietud por esta­
blecer, a manera de síntesis, cual era la posición
real de los indígenas en el m om ento; y en
com paración con otras capas de la sociedad.
N in gú n testigo más autorizado al respecto que
el Barón A lejan dro de H um boldt, quien a co­
m ienzos del siglo X IX recorría Am érica: "E l
labrador in dio es pobre pero es lib re . Su estado
es m uy preferible al del cam pesinado d e gran
parte de la Europa Septentrional... M ás fe liz
hallaríamos quizá la suerte de los indios si la
com parásem os a la de los cam pesin o d e
Curlandia, Rusia y d e gran parte de A lem ania
del N o r t e " 4
(48).
7

Esta situación iba a variar radicalm ente con


el advenim iento de la Independencia. C om en­
zando porque las minas de sal les fu eron arre­
batadas, para ser entregadas a los ingleses esos
maestros del im perialism o que llegarían a p o ­
seer y explotar en el curso de los siglos más de
la mitad del planeta; a sus manos cayó sin que
vertiesen casi una gota de sangre, el fru to de las
riquezas mineras de las antiguas Provincias de
Ultramar, desde M éxico al otrora fabuloso
Potosí. D esde cuyo seno escribía el 21 de octu-

(47) Alberto Corradine Angulo. U n documento descono­


cido de Pedro Fermín de Vargas. Bogotá. Boletín
Cultural y Bibliográfico. Banco República. Vol. X N °.
11 de 1967. Págs 40-45.
(48) Madariaga. A u g e y Ocaso del Imperio Español. O p .
cit. Pág. 270.

43
bre de 1825 don Sim ón de Bolívar con orgullo
republicano: "Y o he ven d id o aquí las minas
p or dos m illones y m edio de pesos y aún creo
sacar m ucho más de otros arbitrios; y he in d i­
cado al gobiern o del Perú que venda a Inglate­
rra todas las minas, todas sus tierras y p rop ie­
dades y todos los demás arbitrios del gobierno,
por su deuda nacional, que no baja de veinte
m illo n e s "(49).

Y com o si fuera poco, al instaurar la Prim era


Apertura Económica, que en esa época se lla­
maba "L ib ré C am bio", se había producido la
ruina de la industria nacional, con la lógica
secuela de un feroz desem pleo; no tardarían en
ser prom ulgadas sucesivas leyes contra la
"vagan cia", al decir de Luis Ospina Vásquez
v e rd a d e ro s "su cedáneos de la esclavitu d
abierta"(50).

Sin em bargo, ésto no bastaba para satisfacer


a los flamantes abanderados del nuevo rég i­
m en republicano; les faltaba el bocado fa v o ri­
to: La tierra de los resguardos Indígenas. D es­
de que Bolívar invadió el Perú, procedió a dar
el ejem plo a través de un célebre Decreto, que
prom u lgado en Trujillo el 8 de A b ril de 1824

(49) Luis Corsi Otálora. Bolívar: Impacto del Desarraigo


Bogotá 1989. Pág. 116. (Ed. Tercer M undo).
(50) Ospina Vásquez. Industria y Protección en Colom ­
bia. O p. cit. Pág. 197.

44
consagraba su disolución y "p riva tiza ción "(51);
al cabo de pocos lustros se les vería desapare­
cer, sintetizando con singular cinismo Salva­
dor Camacho Roldán, futuro Presidente d e
Colom bia, un típico proceso al cual él m ism o
había dado curso "A u torizad os para enajenar
sus resguardos... inmediatamente los ve n d ie ­
ron a v il precio a los gamonales de sus pueblos,
los indígenas se convirtieron en peones de
jornal con su salario de cinco a diez centavos
por día... y los restos de la raza poseedora
siglos atrás de estas regiones se dispersaron en
busca de m ejor salario a las tierras calientes, en
donde tam poco ha m ejorado su triste con di­
ción. A l menos sin em bargo, han contribuido a
la fundación de esas haciendas notables que
pueden observarse en todo el descenso de las
cordilleras hacia el sur y el suroeste, hasta
Am balem a, en donde gran parte de ellos fue
víctim a del cólera a 1850 y de la fiebre am arilla
desde de 1856 hasta 1865(52).

N o obstante, sobrevivieron algunos. C on la


recuperación de las grandes líneas de la hispa­
nidad durante el breve p eríodo católico y so­
cialista de la Regeneración, el Partido N acional
de M igu el A n ton io Caro y Rafael N ú ñ ez buscó
su reagrupam iento. Garantizado por un p rin ­
cipio nuclear de la ley 89 de 1890: "Las comu-

(51) John Lynch. Las Revoluciones Hispanoamericanas


(1808-1826). Barcelona 1976. Pag, 311 (Ed. Ariel).
(52) Salvador Camacho Roldán. Memorias 1894. Pág.
103. (Ed. Bedout).

45
nidades indígenas o se regirán p or las leyes
generales de la República"; desde entonces
han lograd o sob revivir trabajosamente algu­
nos Resguardos, especialmente en el sur del
país.

A h ora bien, los personeros de la Dem ocra­


cia Capitalista se im pusieron proclam ando
entre sus principales banderas téoricas la de la
representación proporcional a través del dere­
cho al sufragio; no tardarían en proceder a su
restricción, pues en la práctica, diría poco des­
pués M igu el Samper, sólo había revelad o ser
"U n a mentira y un arma envenenada de que
to4ps los partidos se ha s e r v id o "(53). Entonces
com enzaron p or negárselo a los indígenas ya
que com o fue explícitam ente manifestado en
D iciem bre de 1810 por el vicepresidente de la
Junta d e Santa Fe de Bogotá, los "In d ios no han
adqu irid o ni adquirirán en muchos años los
derechos activos d e la representación civil por
la estupidez en que y a c e n "(54); no tardarían las
grandes masas en sufrir discrim inación seme­
jante, pues desde la Constitución de Cúcuta en
1821 e l acceso a las urnas fue reservado a los
p rivilegia d o s que hubiesen acumulado cierto
n ivel d e fortuna, es de decir de capital;

Sólo hasta la Constitución de 1886 cesaría


semejante aberración, a instancias del citado

(53) M iguel Sam per. La Miseria en Bogotá (1867). Bogotá


1969. Pág. 81 (Ed. U . Nacional).
(54) Liévano Aguirre. Los Grandes Conflictos. Op. cit.
Pág. 226. Tom o III. v, * u

46
don M igu el A n ton io Caro, el gran paladín de
una hispanidad renovada.

Sin em bargo, antes de que tod o sucediese,


sus integrantes habían vislum brado lo que se
avecinaba y estaba e n ju e g o en momentos tan
cruciales; no se contentaban con verse retrata­
dos en retóricas pinturas estilo M iranda, ni
eran tan estúpidos com o don C am ilo Torres
creía. D e ahí que desde un com ienzo y casi con
unanim idad hubiesen abrazado con fervor la
causa realista, enarbolando sus pendones p o r
D ios y por el Rey; y allí se m antuvieron hasta
el final, tal com o puede a cada paso constatarse
en la contemporánea H istoria de la R evolu­
ción, en cuyo texto el m inistro Restrepo no cesa
de increparlos y manifestarles su desprecio.

D esde M éxico a la Patagonia dieron ejem ­


plos de fiereza, tanto que el veterano y aguerrido
general M o rillo h izo form ar todo su ejército
p ara c o n d e c o ra r al h e r o ic o C a c iq u e de
M am atoco; y los m ilagros m ilitares de Agustín
A g u a lo n go llegaron hasta los propios oídos de
Fernando V II, quien a través de Real Cédula
firm ada en Aranjuez le con firió los encumbra­
dos galones de General d e Brigada. N o alcan­
zados a lucir ya que mientras le llegaban era
fusilado por los republicanos en Julio de 1824,
acusado de lesa lealtad, crim en poco com ún en
estas épocas m odernas (55), marcadas con el
signo de la U tilid ad Privada.

(55) Alberto Montezuma. Banderas Solitarias. Bogotá


1981. (Ed. Breviarios Colombianos).

47
N o obstante y a pesar de tan ilustrativos
ejem plos, p o r solo citar los más cercanos, resul­
ta im p osib le pasar p or alto la más significativa
de las adhesiones, cual fue la de Araucania,
nación a la cual el Im p erio H ispánico habían
renunciado a incorporar; y con la cual m ante­
nía form ales relaciones diplom áticas. A n te los
signos de los nuevos tiem pos se con virtió en el
gran aliado de las fuerzas realistas d el sur y
re fu g io seguro d e sacerdotes y religiosas que
huían de la persecución de proceres masones;
quienes cobraron cara esta actitud a sus protec­
tores pues con el advenim iento de la República
de C h ile se em prendió su subyugación y exter­
m in io, proceso que solo podrá culm inar hacia
1881 en el sacrificio del Gran Toqu i Abusto
P a n g u ilef cual nuevo Láu taro(56).

Y a propósito, es im posible desconocer que


en un prin cipio en el curso de su incorporación
al Im p erio H ispánico hubo maltratos a los
indígenas; sin em bargo, se los puso coto a
través de las Leyes Indias. Q ue sí se cum plían
en cuanto una legislación es humanamente
aplicable; y tanto que se p refirió abandonar
m inas com o la de la Plata en M ariquita p or no
tener que apelar a la "m ita ".

(56) Jean Descola. Les Libertadors. París 1964. Págs. 108


y 466. (Ed. Fayard).
Jorge I. Domínguez. Insurrección o Lealtad. México
1985. Pág. 222. (Ed. Fondo Cultural Económica).

48
Especialm ente significativo al respecto re­
sulta la resistencia del Estado Hispánico a la
generalización de los "obrajes"; o sea cadenas
de montaje en serie concebidas para los texti­
les, y otras producciones. D e haberlas aplicado
sistemáticamente, con el descubrimiento de la
m á q u in a d e v a p o r en 1769 el Im p e r io
automáticamente habría quedado a la cabeza
de la industrialización: Cúm plase la justicia
aunque perezca el m undo "fiatiustitia etpereat
m undus".

En cam bio y aunque con retraso, las d em o­


cracias capitalistas de las tres revoluciones
gem elas (Inglaterra, Estados U nidos, Francia)
se lanzaron frenéticamente por esta vía, arras­
trando al m undo entero; ningún proceso más
cruel que el de su industrialización inicial, con
sus m illones de niños y obreros muertos d e
tuberculosis y hambre, al ritm o d e un proceso
m u y bien descrito por una de sus víctimas de
la siguiente manera: "Siem pre, siem pre, siem ­
pre, es la palabra invariable que grita en nues­
tros oídos el mecanismo automático de los
telares que hace tem blar los su elos"(57).

(57) Luis Corsi Otálora. Capitalismo y Democracia: Las


Dos Dimensiones de un mismo Engaño. Bogotá
1981. Pág. 209. (Ed. Tercer M undo).

49
A Carlos M arx deberá condenársele por
esas sus convulsivas utopías, no sólo inmorales
sino catastróficas; no obstante buena parte de
su crítica al capitalism o dem ocrático contiene
constataciones objetivas, com o la de encontrar­
lo más despiadado que el cúm ulo de atrocida­
des atribuidas al Estado H ispánico a través de
la Leyenda N egra.

Son estas sus docum entadas y significativas


conclusiones, contenidas en Das Kapital su
obra cumbre: "H asta aquí hem os considerado
el afán de prolon gar la jornada laboral, la
voracidad canibalesca de plustrabajo, en un
d om in io en el que las exacciones monstruosas
d el capital -no sobre pujadas, com o dice un
economista burgués británico, p or las cruelda­
des de los españoles contra los indios de A m é ­
rica". La codicia d e los fabricantes, cuyas atro­
cidades en la prosecución de las ganancias
difícilm ente hayan sido superadas por las que
los españoles, en su búsqueda de oro, perpetra­
ron durante la conquista de A m érica " (John
W a d e-H istory o f the M id d le and W orkin g
Classes-3a. ed. Londres, 1835 p g 114.)"(58).*4
3

(58) Karl M arx. Friederich Engels. Materiales para la


Historia de Am érica Latina. México 1975. Págs. 42-
43. ( E d . P y P ) .

50
Q u e las Bej araño
sean tenidas p o r Blancas
aunque sean Negras

En cuanto a negros y mulatos, ni que decir.

A l respecto conviene com enzar recordando


que con el renacimiento y su veneración a la
An tigü edad "clásica", se había lograd o rein­
corporar con fuerza esa nefasta esclavitud que
la Cristiandad casi había lograd o extinguir
durante la Edad M edia; a Nietzsche le encan­
taba referirse a su ética com o la "m oral de los
escla vo s", p orqu e p on tífices suyos, com o
Calixto, lo habían sido, y m arcados al rojo vivo.
Sin em bargo no sólo el Renacim iento restauró
sus aberraciones sino que éstas resultaron re­
forzados por lo menos al com ienzo de las 3
revoluciones gemelas, inglesa, norteamerica­
na, francesa, con todo y su bien conocida alga­
rabía verbal de respeto a los Derechos H um a­
nos; en efecto, el mutuo condicionam iento en­
tre la industrialización textilera de L iv e rp o o l y
los grandes cultivos algodoneros de Virginia,
en los Estados Unidos, la llevaron a su apogeo
durante la década 1850-1860, m om ento en que

51
com ienza a desaparecer por el m enor costo de
los "ro b o ts".

P eo r aún, en su sistemático contrapunteo


con los Preceptos Evangélicos, procedieron a
su exaltación teórica en form a nunca vista. El
contraste resulta evidente; pues si Pablo, A p ó s ­
tol, había escrito en Gálatas (3, 28-39): "Y a no
hay judío, ni griego, no hay esclavo ni libre, no
hay varón ni mujer pues todos vosotros sois
uno en Cristo Jesús", en cam bio el Barón de
M ontesquieu, profeta de las nuevas leyes, p ro­
clamaba en su obra cumbre: "Es im posible
aceptar la idea de que Dios, quien es un ser
m uy sabio, haya puesto un alma, sobre todo un
alma buena, encuerpo negro... és natural pen­
sar que es el color el que constituye la esencia
de la humanidad... los negros no tienen sentido
común... es im posible pensar que estas gentes
sean hombres, porque si los creyésem os hom ­
bres... etc.(59).

D e ahí la buena conciencia con la que sobre


tod o norteamericanos e ingleses, asentaron
buena parte de su industrialización sobre el
tráfico de esclavos, casi que p or ellos m onopo­
lizad o; uno de sus historiadores, de la época,
Thom as Gisborne, no tem ió en escribir: "Jamás
salvaje de Am érica d io pruebas de m aldad más

(59) Montesquieu. De 1' Esprit des lois. París 1970. Pág.


204 (Ed. Gallimard).

52
im placable, de crueldad más refinada e inge­
niosa en atormentar a sus prisioneros que la
que los capitanes británicos ejercieron con los
desdichados esclavos que compraban".

A h ora bien, para un Estado Católico como el


hispánico esta nefasta institución no podía
m enos que constituir una lacra; entonces se v io
afirm ar desde su com ienzo ante los monarcas
a consejeros com o M ontúfar: "T a n injusto es el
cautiverio de los negros com o de los indios".
Tanto los Reyes Católicos com o su sucesor el
cardenal regente Francisco Jiménez de Cisneros
prohibieron su introducción en Am érica; ésta
sólo fue aceptada p or Carlos V ante las apre­
miantes solicitudes de Fray Bartolomé de las
Casas; quien lu ego se arrepintió amargamente
al respecto.

En pos suya los colones presionaban conti­


nuamente en aras del desarrollo económico,
afectado por la falta de m ano de obra, dado que
las L eyes de Indias operaban fuertemente en
defensa d e la indígena; ante el alud de m em o­
riales, el estado cedía pero acum ulando condi­
ciones y restricciones ante lo que consideraba
"m a l m enor", tal com o consta en los escritos de
Juan de Solórzano Pereira, el gran id eólogo del
p eríod o en cuestión. D e las restricciones resul­
tantes da testimonio un extranjero, el viajero
francés Depons quien al respecto escribió: "E n

53
cualquier otro país, el esclavo v iv e condenado
a sufrir bajo un am o injusto hasta la muerte.
Entre los españoles, pueden evadirse d el d o ­
m inio del que abusa de los derechos sobre su
persona. D esde luego, la ley requiere que con­
crete sus razones; pero el Juez que administra
esta le y es en estas materias, de fácil com posi­
ción. La acusación más ligera, ya sea verd a d e­
ra, ya sea falsa, basta para obligar al am o a
ven d er el esclavo que no desea seguir sirvién­
d o le " (é0); y com o el esclavo era con frecuencia
aparcero, tenía reservas monetarias que le per­
m itían com prar su libertad, y, paradójicam en­
te, a su vez, com prar otros esclavos para sí,
proceso al cual se refiere ampliamente a co­
m ien zo del siglo XIX otro viajero ilustre, el
Barón de H u m b o ld t(60)6 .
1

A l com parar cuantitativamente las situacio­


nes resultantes, el m ism o H um boldt constata
que en un solo Estado de Norteam érica, el de
V irgin ia, había más esclavos que en todas las
Provincias Españolas de Ultramar, com o él
m ism o denom ina siempre a Hispanoam érica
(61); y si en 1803 el autor H en ry Brougham
encuentra que en las posesiones holandesas e
inglesas había entre 10 y 23 esclavos p or cada
hom bre libre, de las cifras del M inistro e H is­

(60) Madariaga. A u g e y Ocaso. Op.cit. Págs. 252 y 325.


(61) M adariaga. A u ge y Ocaso Op. cit. Pág. 251.

54
toriador José M anuel Restrepo se deduce que
esta p roporción era al revés en Venezu ela pues
allí existía un esclavo por 14 hombres libres y
en la N u e va Granada uno por cada 19 lib res<62).

El caso de Venezuela es el más im portante,


sin la m enor duda, ya que de su seno surgió el
núcleo m ás duro e implacable que condujo a
las filas republicanas en esa gigantesca con­
tienda c iv il que se extendió de M é x ic o a la
Patagonia. A llí también se produjo la más
beligerante de las resistencias realistas, hasta el
punto que José D ionisio Cisneros y sus gu erri­
lleros solo hacía 1830 cesaron la lucha; al res­
pecto suyo J. M . Restrepo subraya que él "T u v o
el parricida honor de haber sido el ú ltim o que
depuso las armas".

Sin em bargo, no lo hicieron en calidad de


vencidos ya que se mantenían inexpugnables
en grandes extensiones; sólo que el hábil G ene­
ral Páez les perm itió continuar con su gobiern o
local, a condición que le reconociesen. A s í lo
hicieron, pues confiaban en él, tanto que los
propios realistas, al hacerlo prisionero luego
salvarle la vid a durante la Batalla de Carabobo,
le d evo lviero n a sus filas; de ahí que el p rop io
Bolívar reconozca el carácter de guerra c iv il de
la contienda al hablar a Perú de Lacroix de su6 2

(62) M arx. Engels. Op. cit. Pág. 167; Restrepo, Historia de


lá Revolución. Op. cit. Tomo I. Pág. 14.

55
p ro p io país Venezuela, com o de una gigantes­
ca Vendé, la provincia francesa que p refirió
dejarse masacrar antes que aceptar el régim en
de la Revolución Francesa.

Pues bien, a finales del siglo X V III y com ien­


zo s del XIX se p rod u jo en la recientemente
segregada capitanía de Venezuela (1777) un
extraordinario desarrollo económico, im pu l­
sado por el intendente José de A valos; sus
principales productos de exportación, cacao y
añil estaba a la cabeza de los del planeta. D e su
población, 800.000 habitantes, un 48% estaba
constituido por negros libres y mulatos, a los
cuales, racialmente, se incorporaba un 6,6% de
esclavos recensados y un 2,6% de fugitivos,
con lo cual este sector cubría cerca del 62% del
total, y que junto con 18% de indígenas hacía
eleva r la proporción d e gentes de color al 80%;
y d el 20% restante d e blancos, solo 12.000
personas, o sea el 13% ; nacidos en la M etró p o­
li, una proporción de "chapetones" m ayor que
en la N u eva Granada.

Y a diferencia de ésta, según el m ism o Res­


trepo, con las propiedades de Caracas concen­
tradas en pocas m a n o s(63); las de los Bolívar
entre las más opulentas. El profesor John Lynch

(63) Restrepo. Historia de la Revolución. Tom ol. O p. cit.


Págs. 32 y 587.

56
encuentra que el 1.5% de la población, 658
fam ilias integradas por 4.048 personas, acapa­
raban todas las tierras cultivables(64), caso poco
frecuente en H ispanoam érica de entonces.
Constelada de títulos esta refinada aristocracia
se había dejado ganar por la nueva m entalidad
Francesa, señalando el perpicaz Barón d e
H um bolt su contraste con la de otras P ro vin ­
cias de U ltram ar en una reveladora carta a su
hermano: "C o n frecuencia se ven hombres
que, con la boca llena de hermosas máximas
filosóficas, desm ienten los prim eros princi­
pios de filosofía con su conducta; maltratando
a sus esclavos con el Raynal en la mano, y
hablando con entusiasmo de la causa de la
libertad, venden a los hijos de sus negros unos
meses después de n a ce r"(65)

N o era entonces de extrañar su enfrentamiento


con las Autoridades Reales, empeñadas com o
nunca desde Carlos III en prom over la emanci­
pación de los esclavos y el ascenso de las castas
de color, especialmente a través de sü incorpo­
ración a las fuerzas armadas, tal como ha sido
estudiada en detalle por Jorge I. D om ínguez(66).
Pero también en form a explícita mediante la

(64) Lynch. Revoluciones Hispanoamericanas. Op. cit.


P á g .214.
(65) Madariaga. A u g e y Ocaso. O p. cit. Pág. 560. Nota:
Raynal, el mentiroso, hoy casi olvidado, figuraba
entonces a la par de Montesquieu y Voltaire.
(66) Domínguez. Insurrección o Lealtad. Op. cit. Pág. 89 sig.

57
correspondiente legislación, com enzando por
la d e las llamadas Gracias al Sacar, que com en­
zada a m ediados d el siglo X V III culminará con
la R eal O rden del 10 de Febrero de 1795, por
cu yo interm edio y com o se hacía para m ante­
ner vigentes los títulos de nobleza, se estable­
cían categorías y tarifas, desde legitim ación de
hijos naturales hasta el acceso de los "p a rd o s"
a posiciones de H idalgu ía, incluyendo el viejo
y castizo "D o n "; a la v e z las sucesivas regla­
mentaciones acerca del trato y m anum isión de
esclavos, fueron codificadas en la Real Instruc­
ción d el 31 de M a y o de 1789 que constituye un
verdadero reglam ento de trabajo, en el cual su
"P rotector", com o el de los indígenas, equ ival­
dría h oy en día a un Inspector de Trabajo con
poderes acrecentados.

D esde luego, la reacción de la clase d irigen ­


te venezolana fue fe ro z y no vista en el resto de
H is p a n o a m é ric a . En su fu lg u ra n te obra
C esarism o D em o crá tico (1919), Lau rean o
Vallenilla Lanz, de esa nacionalidad, transcribe
irrefutable docum entos al respecto, com o el
"In form e que el Ayuntam iento de Caracas
hace el R ey de España", (1790) en donde se
acusa a los funcionarios estatales p or aplicar
dichas disposiciones.

En su texto puede leerse que la Real A u d ien ­


cia "P o r una especie de desprecio de los veei-

58
nos lim pios y honrados, m anifestar en los d e ­
cretos tal adhesión a los Mulatos, que pública­
mente se hace burla y escarnio p o r la injusticia
y tem eridad de declarar Blancos o en posición
de tales, personas tenidas y reputadas p or
Pardos, sin em bargo de las representaciones
de este Ayuntam iento, y de las ciudades de
Provincia; dando ocasión a tal descaro a que se
p ie r d a e l r e s p e t o a p ú b lic a a u t o r id a d
propagándose en las plazas y calles los m oti­
vos indecentes de semejante patrocinio...(67); y
cuando en 1796 al pardo Dr. D ie g o M ejía
Bejaranos se le perm ite el acceso a todas las
dignidades, la situación llega a la cum bre al
anunciar p o r prim era vez el m ism o C ab ild o la
Independencia en los siguientes términos: " P o ­
lítica... (que)... conducirá a la subversión d el
orden social, el sistema de anarquía y se asoma
el origen de la ruina y pérdida de los Estados
de Am érica don d e p or necesidad han de p e r­
manecer sus vecinos y sufrir y sentir las conse­
cuencias funestas de este acon tecim ien to"(68).

A n te semejante algarabía y lu ego d e algu­


nas concesiones, la más hiriente e histórica d e
las respuestas fue la siguiente: "Y , y o, e l R ey,
no teniendo tiem po ni paciencia para oír los

(67) Laureano Vallenilla Lanz. Cesarismo Democrático


Caracas 1983. Pág. 38. (Ed. U. de Santa M aría).
(68) Lynch. Revolución Hispanoamericana. O p . cit.Págs.
32 y 33.

59
dim es y diretes de los vecinos de Caracas sobre
c o n d ic ió n social d e m is vasallas Rosa y
D om in ga Bejarano, decreto que sean tenidas
p or blancas aunque sean negras".

Sólo así resulta claro el aflujo de las castas


Venezolanas a las filas realistas. En las cuales,
desde 1811, se declaró libres a los esclavos que
se incorporasen en ellas; y allí se m antuvieron
con tanto fervo r que al capitular la fortaleza de
la Guaira en 1821, al proponer los com andan­
tes republicanos y atractivas condiciones de
deserción a 700 negros, mulatos y zam bos
sobrevivientes, todos, a excepción de 6, p re fi­
rieron regresar a C u b a(69), en donde sabían eran
m ejor tratados que en la flamante República.

(69) Páez. Autobiografía. O p. cit. Pág. 210.

60
Independencia:
Guerra Civil

Era de suponer que la ocupación de una


potencia extranjera en áreas tan vastas com o
las de Hispanoam érica se tradujese en sus
rasgos esenciales, cuales son los de significati­
vos vo lú m en es transitorios de p ob lación
alógena dedicados a la exacción de sus riqu e­
zas, con el ap oyo arm ado de fuertes contingen­
tes integrados por personas sin vínculo con la
región, afín de pod er ejercer una represión sin
escrúpulos.

N in gu n o de estos factores jamás lle g ó aquí


a ser configurado.

En efecto, si bien es cierto que en com ienzo


se dio un fuerte flujo de oro y plata hacia la
Península Ibérica, este -en sus cuatro quintas
partes- estaba constituido por el pago de sem i­
llas, ganando, herramientas y mercancías in­
dispensables a la puesta en valor del desarrollo
económico en sus diferentes zonas; en un deta­
llado cuadro que va de 1515 a 1660 A lb erto
Pardo Pardo muestra com o la balanza comer-

61
cial durante este período desde España fu e de
67.637 toneladas de exportación contra 43.728
toneladas de im portaciones(70). El im pacto de
las nuevas tecnologías transmitidas a través de
ellas fue verdaderam ente espectacular, pues si
un hom bre con sus solas fuerzas necesita 40
días para preparar una hectárea, este tiem po se
reduce a un día cuando lo hace con un arado y
dos caballos; hasta el tem prano 1570, d e la
M etróp oli se habían despachado 20.000 rejas
para arados. El tiem po de corte de un árbol con
hacha de acero descendía de dos meses a dos
días, p or lo cual los indígenas se batían a
muerte p or su adquisición; y una herradura de
acero valía más que su peso en oro.

D e ahí que con José Vasconcelos, el insigne


ensayista m exicano del siglo XX pueda con­
cluirse: "L a liberación de las espaldas de in d í­
genas p or la introducción de bestias, bien m e­
recen, com o el asno, más estatuas que tantos de
nuestros libertadores.

En cuanto a los flujos m igratorios es bien


sabido d e su sentido irreversible; el asenta­
m iento era logra d o a través de grupos enteros
de fam ilias ya conformadas, incluso con párro­
co a la cabeza, com o uno que al salir de

(70) Alberto Pardo Pardo. Geografía Económica y H u ­


mana de Colombia. Bogotá 1979. Pág. 351. (Ed.
T ercer M u n d o ).

62
Antequera (España) en 1520 estaba constituido
, p o r 34 fam ilias con 90 hijos. En los albores de
1 los años 1800 la proporción de nacidos en la
península no pasaba del 1.5%; este era el caso
de Venezuela, en don de éran muchos; en total
12.000 personas, en su m ayoría funcionarios,
sobre 800.000 habitantes con los que entonces
contaba dicha Capitanea.(71)

Y ya tam bién en este p eríod o term inal, hasta


la contribución tributaria para gastos de adm i­
nistración, diplom acia y defensa era irrisoria;
: el im prescindible Barón de H u m b old t consta­
taba sobre el terreno: "L a m ayorp arte d e aque­
llas provincias (a las cuales no se da p o r los
españoles el nombre de colonias sino d e rei­
nos) no envían caudal alguno neto a la Tesore-
r ría G e n e ra l"(72). Esta apreciación era refrenda­
da p or J. M . Restrepo, p or cierto futuro M in is­
tro Republicano de Bolívar: "Las rentas públi­
cas con que contaban el capitán general de
Venezuela y el virrey de Santa Fe para sostener
los establecimientos civiles, militares y ecle­
siásticos... apenas bastaban para los gastos en
la N u eva Granada... en Venezuela quedaba
algo para la M e tró p o li(73).

(71) Restnepo. Historia de la Revolución. Op. cit. Tomo I. Ftíg. 587.


(72) Citado Alvaro Uribe Rueda. El Tiempo. Bogotá A gos­
to 25 de 1988.
(73) Restrepo. Historia de la Revolución.Tomo IOp. cit. Pag. 21.

63
M ás aún, el aparato m ilitar del Estado H is­
p án ico era sim bólico en la práctica; se limitaba
a la defensa de las plazas fuertes en las Costas,
p orq u e en el interior era tal el consenso que
bastaban unos cuantos voluntarios nativos
a gru p a d os en "m ilicia s". D e nu evo es el
insospechable de parcialidad J. M . Restrepo
qu ien lo confirm a: "Las fuerzas que 1v irre y de
Santa Fe tenía a sus órdenes para defender el
V irrein a to eran harto insignificantes. Consta­
b an de tres m il ochocientos hom bres de tropa
de línea d e todas armas con nueve m il de
m ilicias (7*>.

D e ahí que al desencadenarse la insurrec­


ción republicana, correspondiere hacerle fren­
te a los realistas criollos, ya que todas las
fuerzas de la Península Ibérica estaban en inte­
g ra l m ovilización para arrojar la usurpación
napoleónica. El propio M inistro de Guerra
inform aba a las Cortes que a Venezuela, eje del
conflictos, solo habían p o d id o ser despacha­
d os entre 1811 y 1815 tan solo 1.800 hombres,
casi todos el año anterior.

D e los 10.000 de la expedición de M o rillo en


1815, más d el 20% siguieron a el Perú y Puerto
R ic o 7
(75); el resto resultó diezm ado, no solo por
4

(74) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo I. Op. cit.


Pág.21.
(75) Vallenilla Lanz. Cesarismo Democrático. Op. cit.
Pág. 7.

64
el sitio de Cartagena de Indias sino por el
m ortífero clima, siendo tan solo posteriorm en­
te reem plazado a cuenta gotas. Entonces no era
de extrañar que en pleno 1820 el Dr. Germ án
Roscio escribiera con angustia y desconcierto a
Bolívar: "L a España nos ha hecho la guerra con
hom bres criollos, con dinero criollo, con p ro v i­
siones criollas, con frailes y clérigos criollos y
con casi todo c r io llo "(76).

Hasta el punto que un republicano tan des-


ta ca d o co m o el g en e ra l Joaquín P osad a
G utiérrez lle g ó a expresar: " H e dicho pobla­
ciones hostiles porque es preciso se sepa que la
independencia fue im popular en la generali­
d ad de los habitantes... los ejércitos españoles
se com ponían de cuatro quintas partes de los
hijos del país; que los indios en general fueron
tenaces defensores del gobierno del Rey, com o
que presentían que tributarios eran más felices
que lo que serían com o ciudadanos de la
República(77).

En una de sus importantes obras, Javier


O cam po L óp ez recuerda que de los 12.600
soldados realistas de la Batalla de Ayacucho,

(76) Vallenilla Lan z. Cesarismo Democrático. Op. cit.


Pág. 16.
(77) Indalecio Liévano Aguirre. Los Grandes Conflictos
Sociales y Económicos de nuestra Historia. Tomo III.
Ed. N u eva Prensa. Pág. 248. (Sin fecha).

65
solo 600 eran peninsulares(78); se im pone en­
tonces hablar de su integración y com ando a
través de todo el conflicto.

Es cierto que, sobre todo al com ienzo, en la


alta oficialidad realista primaba el origen p e­
ninsular; la inexperiencia m ilitar de 300 años
de paz en estas provincias así lo exigía. N o
obstante, en la m edida en que se extendía y
prolongaba la guerra el ascenso de los criollos
era continuo; m áxim e que, ya fue mencionado,
los refuerzos europeos, sólo llegaban a cuenta
gotas, mientras el clima .hacia tales estragos
dentro de sus filas que el "p a r d o " coronel
Rafael López, comandante de la caballería rea­
lista llanera, en el curso de sorprendentes en­
trevistas mantenidas con su par rival, el gene­
ral J. A . Páez,^relata este mismo, intercedía por
los "pobres europeos".

Era tan hábil y valeroso dicho coronel Rafael


L ó p ez que cuando m urió en combate en e l
curso d el año de 1818, el propio Bblívar hizo un
largo viaje para constatar su muerte, haciendo
desenterrar su cadáver; pues consideraba tal
acontecimiento más importante que el triunfo
en una gran batalla. El ministro e historiador
Restrepo aclara que luego de tal diligencia no

(78) Javier Ocam po López. El Proceso Ideológico de la


Emancipación en Colombia. Bogotá 1980. Pag. 245.
(Ed. Colcultura).

66
se p rocedió a ahorcar su cadáver; tal com o ha
sid o insistentemente a firm a d o (79).

A h ora bien, este aporte d e ultram ar no cons­


tituía un rasgo de las filas realistas. Por el
contrario, su proporción fue m ayor en las re­
publicanas, a las cuales aflu yeron m iles de
mercenarios, residuos de las conflagraciones
napoleónicas, los W ilson, Fergusson, O 'Leary,
Lacróix, M iller, etc. etc.; en la sola Venezuela el
im prescindible Restrepo contabiliza 5.088 en­
tre oficiales y sold ad os(80).

D e la actuación de esta gente tenía tan mala


idea el nacionalista general Francisco de Paula
Santander que ya en A g o s to de 1822 escribí^ a
otro alto oficial republicano: "M e alegro que te
hayas desecho de los ingleses, afortunadamen­
te quedan pocos... todas las propiedades de
secuestros no son bastantes para sus peticio­
nes; además es gente que se acuerda siempre
de su país, de su nación y en un lance serían sus
servidores. M e parece, pues, m ejor com prom e­
terlos que se consuman: Pocos servicios f mu­
chos para gastos han hecho a la república";
acontecimientos futuros le darían razón a sus
prevenciones, en lo sucesivo cada v e z más

(79) Restr^po. Historia de la Revolución. TomóJI.Op.cit.


Págs«. 593-594.
(80) Restrepó. Historia de la Revolución. Tomo III. Op.
cit. Pag. 608.

67
intensas. N o obstante, toda la escuela d el reac­
cionario.

Laureano G óm ez se iría lanza en ristre con­


tra él, llegando a escribir en pleno 1940, cuando
el im perialism o inglés había llega d o a su cénit,
lu e g o de saquear m ed io m undo y mantener
bajo su férula una constelación de naciones con
475 m illones d e habitantes (Las antiquísimas
In d ia y E gipto dentro de ellas) que gem ían
sobre 35 m illones d e agobiados kilóm etros
cuadrados: En ese docum ento hay una triste
prueba de la ingratitud de Santander con los
héroes de la L e g ió n Británica !Que pronto
o lv id ó las proezas desque fuera testigo en la
campaña d el año 19!, (Que pronto o lv id ó el
h ero ico arrojo que d e c id ió la victo ria de
Carabobo! Para Santander no_merecía sino la
línea de Puerto Cabelló, donde los devoraría la
fie b r e (81).

Esta m ención a la campaña de 1819 perm ite


abocar otra influencia de la "p é rfid a " aunque
sagaz A lb ión , esta v e z en el seno m ism o de las
propias filas realistas.

En efecto, al dibujarse en el panoram a la


perspectiva de importantes combates en el
centro del virreinato d e la N u eva Granada, se

(81) Laureano Góm ez. El Mito de Santander. Bogotá


1971. Págs. 78-80. (E d. Populibro).

68
encontraba a la cabeza de la III D ivisión allí
acantonada el joven e inexperto coronel José
M aría Barreiro; su propia oficialidad, apoyada
p or el virrey Sámano, le había pedid o entregar
el m ando al célebre coronel Sebastián de la
Calzada, a quien por derecho le correspondía,
m áxim e que era considerado casi criollo por su
larga trayectoria en Am érica. Se negó hacerlo,
con el apoyo y respaldo del general en jefe, don
Pablo M orillo; su derrota resultó aplastante en
la poco sangrienta (solo 13 muertos) aunque
decisoria Batalla de Boyacá, el 7 de A gosto de
1819(82).

L u ego de caer prisionero, el coronel Barreiro


intentó salvar su vida presentando un argu­
m ento de peso al general Santander: El de sus
diplom as de m asón(S,).

N o le sirvió, actitud que anuncia un poste­


rior cambio d e rumbo de su interlocutor.

En cuanto a la carrera de su am igo el general


M o rillo cabe el recordar que de extracción de
las más humildes, asciende durante la in va­
sión napoleónica al grado de sargento; y com ­
bate con valor a las órdenes del duque de 5 3
2

(52) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo V. Págs.


529 y 596.
(53) Américo Carnicelli. La Masonería en la Independen­
cia de América. Tomo 1. Bogotá 1970. Pag. 172

69
W ellin gton , com andante del cuerpo ex p ed i­
cionario inglés. C on el apoyo de éste y a pesar
de ser casi analfabeta, obtiene en el curso de
seis años sucesivos prom ociones que le llevan
a la dirección d e la expedición a A m érica en
1814, siendo su nom bre preferido al de varios
virreyes; su afiliación a las Logias Masónicas,
registrada p o r sus b ió g ra fo s (84)8
5perm ite res­
p on d er al inquieto Jean Descola: Q ue pensa­
m iento oculto, casi m aquiavélico, había inspi­
rado la designación de M orillo, quien partien­
d o de C á d iz con consignas de amnistía debía
unos d ie z meses más tarde escribir a su rey con
ingenuidad: "P ara subyugar las provincias
sublevadas, una sola m edida, exterminarlas//(85).

N o obstante, tam poco cabía, toda la respon­


sabilidad a este hu m ilde suboficial, al cual,
com o a Francisco P izarro y a tantos otros abría
el Im p erio H ispánico las puertas de la más
encum brada nobleza. En sus duras e im p o líti­
cas decisiones debieron pesar las opiniones de
sus lugartenientes criollos, ya abrazados p or
los estragos d e la guerra civil; por ejem plo la
d el Dr. Faustino M artínez, antioqueño, quien
era prácticamente su M inistro de Justicia y la

(84) Restrepo. Historia de la Revolución. T. I. O p . cit. Pág.


425. Antonio Rodríguez Villa. El T. General Pablo
M orillo - M ad rid 1920 - Pág. 116 (Ed. América).
(85) Descola. Libertadors O p. cit. Pág. 332.

70
del profesor universitario santafereño, José
D om in go Duarte, Intendente, que había ejerci­
d o gran influencia sobre otro m odesto perso­
naje en ascenso, José Tom ás Boves.

En cuanto a los más altos oficiales es de citar


al aindiado general José Manuel de Goyeneche,
conde de Guaqui, natural de A requ ip a y d e le ­
g a d o de la Junta Suprema de Sevilla; mientras
estuvo al m ando d e las tropas en el sur d el
continente, se m antuvo im b a tid o(86).

Y cuando las fuerzas realistas se d iv id ie ro n


en liberales y absolutistas, el com ando de estas
últimas correspondió al general peruano P e ­
d ro A n ton io de Olañeta, quien libró contra los
republicanos la últim a gran batalla form al e n
Am érica, la de Tumulsa, que tuvo lu gar el 1 d e
A b ril de 1825, lu eg o de la de Ayacucho; p ero
com o a pesar de haber fallecido en e l com bate
sus fuerzas se negaban a entregar las armas,
m áxim e cuando se supo, postumamente de su
nom bram iento com o virrey, de acuerdo a las
leyes d el Reino correspondía este cargo a otro
general peruano, d on P ío Tristán, quien lo
asumió, y en tal calidad se v io ob ligad o a
capitular, resultando en extrem o sign ificativo
que el últim o v irre y de Am érica fuese criollo.

(86) La Independencia Americana. Enrique de Gandia.


Buenos Aires 1961. Pág. 156. (Ed. M irasol).

71
Este hecho hace resaltar aún más el ep ílogo
trágico y grandioso d e la dirigencia realista
criolla del Perú, la cual, encabezada por el
marqués de Torre Tagle, se encerró en la forta­
leza del Callao y allí pareció con 5.000 de sus
Conciudadanos, la élite realista, lu ego de más
de un año de asedio: Cartagena de Indias solo
había resistido tres meses y m edio a M orillo. El
23 de Enero de 1826 el comandante José Ramón
R od il se v io obligado a rendir la última gran
fortaleza del Im perio en la Am érica del Sur;
también resulta significativo que los dos p ri­
m eros presidentes del Perú, José María de la
R iva A g ü e ro y el marqués de Torre Tagle
hubiesen regresado a las filas realistas, com o
también lo hizo en Venezuela el Presidente del
I Congreso Constituyente de ese país, Juan
R od rígu ez de Toro.

Y seguramente, de m ediar mejores circuns­


tancias lo hubiese hecho en la N u eva Granada
don A n ton io Nariño, quien varias veces estuvo
a punto de dar este paso; no solo por la e v o lu ­
ción de sus convicciones sino por la presión de
su hijo G regorio, una de las figuras más
prestantes del realism o local. Seguramente no
se d ecid ió porque al regresar de las prisiones
donde estaba recluido, junto con otros destaca­
dos monarquistas liberales de ía M etrópoli,
pudo constatar en los congresos republicanos
el acom odam iento m uv a la colombiana de
j

72
notables figuras del A n tigu o Régim en que
com o el Dr. José Félix de Restrepo -el gran
adversario del utilitarismo y la esclavitud- se
creían en capacidad de hacer variar el rumbo
nuevo, adaptándose a sus formas; no contaban
con una marea masónica que en lo sucesivo
condicionaría la vid a del país, sobre todo en un
com ienzo cuando era d ifícil encontrar un
procer republicano que no estuviese afiliado a
las logia s(87).

En cam bio en Venezuela la polarización


había sido casi total, con m asivos desplaza­
mientos de población y fraccionamiento de
familias enteras; tanto qué dentro de las filas
realistas descollaba doña M aría Antonia B olí­
var, hermana de Simón, largo tiem po exiliada
en Cuba, en donde se m antuvo con pensión de
las autoridades reales. En tal fenóm eno jugó un
gran papel infatigable acción conscientizadora
del Dr. José D om ingo Díaz, el más destacado
publicista de la posición realista; ningún testi­
m onio tan diciente com o el de su antagonista
de entonces, el neogranadino José Manuel R es­
trepo: "Este hombre de una fam ilia oscura...
(sus) Cartas... contribuyeron sobremanera a
extraviar la opinión pública y a fomentar las

(87) Américo Carnicelli. Historia de la Masonería C o ­


lombiana. Bogotá 1975.

73
insurrecciones contra Bolívar y dem ás jefes
in d ep en d ien tes"(88).

P ero no eran solamente sus "C artas" o artí­


culos que aparecían en m óviles periódicos
portátiles, com o el Posta Español del general
M orales; su acción se extendió a todos los
C abildos de Venezuela, los cuales adhirieron
al célebre "M an ifiesto T rilin gü e", firm ad o por
todos ellos en el curso de 1819 y d iv u lg a d o el
m undo entero en tres idiomas. Parece que
también a su plum a se deben las resonantes
M em orias d el General M orillo, aparecidas en
París en 1826 con suplemento suyo; y desde
luego, con su firm a en M ad rid en 1829 Recuer­
dos sobre la R ebelión de Caracas.

En la N u e va Granada es de destacar la
am plia influencia ejercida por el sólid o y docu ­
m entado pensam iento del Dr. José A n ton io de
Torres y Peña, de Tunxa, cuyas M em orias
sobre la Independencia Nacional (1814) cons­
tituyen una respuesta en regla al M em orial de
A g ra vio s de d o n C am ilo Torres; a su lectura
fue tal la im potente cólera del General Santan­
der qué prácticamente lo condenó a m uerte al
desterrarlo a las más profundas y malsanas
selvas, pese a su avanzada e d a d (89). D e haber

(88) Restrepo. Historia de la Revolución. Op. cit. Tom o II.


Pág. 579.
(89) Torres y Peña. Memorias sobre la Independencia
Nacional. O p . cit. Pág. 25.

74
conocido su Réplica al Ciudadano M igu el d e
Pom bo, seguramente le habría hecho fusilar en
el acto; aunque lu ego y con la sorprendente
evolución experim entada por él ante los acon­
tecimientos, habría reconocido que su antago­
nista había visto lejos y claro al profetizar:
"Independientes en la apariencia aún no h e­
m os llega d o a calcular los males terribles que
se seguirían a esa libertad insignificante sin
recursos para sostenerla, sin com ercio, sin con­
tacto político en las Naciones Europeas, in d e­
fensos nuestros puertos, sin un hom bre que
dirija las operaciones militares, sin gente, sin
disciplina, y, sobre todo, sin dinero, es una
quim era el creer que el N u e vo R eino d e Grana­
da pueda figu rar com o soberano y sostener
todo el aparato de una nación independiente;
él vendrá a ser, atendida su d eb ilid ad y m ise­
ria, la presa del prim er pirata que se presente
en nuestras costas; entonces, entregados com o
manadas de ovejas, al extranjero, sentiremos
todo el peso de las cadenas y un sistema bárba­
ramente colonial ser dejará ve r entre nosotros
con todos sus horrores. Entonces si conocere­
mos que cosa es la opresión, entonces verem os
com o son las cadenas y la e s cla vitu d "(90).

(90) Impugnaciones al Impreso del ciudadano Miguel


Pombo. Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco Re­
pública. Vol. V I N °. 6 Pág. 823.

75
Ahora bien, y para concluir, podrá ser su­
brayado con Enrique de Gandia el carácter
intestino del conflicto de la Independencia
recordando que "L a guerra en la N u eva Espa­
ña no fue ningún m om ento de tipo nacional,
sino una verdadera guerra civil, culm inada en
el hecho representativo de que un criollo sea el
que abandone M éxico con la bandera rojo y
gualda, y tres españoles los que hagan su
entrada triunfal en la ciudad, portadores de la
bandera tricolor" (91). Y com o si fuera poco,
dentro de las mismas filas republicanas com ­
batieron destacadas personalidades peninsu­
lares, tales com o don A n ton io González, mar­
qués de Valdeterrazo, quien al regresar a la
M e trópoli llegó hasta la Presidencia del Conse­
jo del Rey, así com o el general Infante, allí
M inistro y cabeza de una Asam blea Constitu­
yente; en la Gran Colom bia se recordará al Dr.
M anuel de Torres nada menos que hasta su
muerte a cargo de la Embajada en Washington. *2 4

(91) De Gandia. Independencia Americana. Op. cit. Pag.


24.

76
Tres Monarcas, Ministros
y Diputados Criollos

Desde un com ienzo hubo en la Península


Ibérica una fuerte oposición a la empresa ame­
ricana; el propio C olón lo supo. En la m edida
en que la dilatada defensa del Im perio le arras­
traba a costosos conflictos bélicos, era más
evidente que sus fugaces tesoros aparecían
com o meros espejismos; hasta el punto que ya
desde m ediados del siglo X V III durante el
reinado de Fernando V I varios de sus pragm á­
ticos estadistas com en za ron a ve r en la
Federalización de la Monarquía, a través de
Príncipes de la Casa Real, la única solución
viable, sobre la cual insistirían crecientemente
casi que hasta las últimas batallas de la Inde­
pendencia.

Esta solución, paradógicamente adoptada


con posterioridad p or sus rivales ingleses con
el Com m onwealth, se asentaba además en el
hecho de que el autónomo desarrollo económ i­
co instaurado y propiciado por los Austrias en
cada una de las Provincias de Ultramar, iba
traduciéndose en una situación autárqüica,
acrecentada con el corte de comunicaciones

77
resultante de las guerras. Tan es así que un
cuidadoso observador com o lo fue el Barón de
H u m b old t constataba con sorpresa hacia 1800:
"L a m ayor parte *de aquellas provincias (a las
cuales no se d an p or los españoles el nombre de
colonias sino de reinos) no envían caudal algu­
no neto a la tesorería gen eral"; en cuanto a la
futura Gran Colom bia, José M anuel Restrepo,
uno de sus ministros, confirm ó: "L as rentas
públicas con que contaban el Capitán General
de Venezuela y el V irre y de Santa Fe para
sostener los establecimientos civiles, militares
y eclesiásticos..- apenas bastaban para los gas­
tos en la N u e va Granada... en Venezuela que­
daba algo para la M e tró p o li"(92).

D e ahí que e l p rofesor Thim oty E. Anna, de


la U . de Nebraska, registre: "E n realidad la
N ación Española en su totalidad no se sintió
preocupada p o r la p érdida de Am érica, por las
guerras de Independencia de Am érica... unos
cuantos españoles veían los problem as de
A m érica com o una gran interferencia a la gran
tarea de reform ar y m odernizar E spañ a"(93).

Esta apatía Ilqgo al punto de que, al final, sus


acontecimientos y a casi ni aparecen en la pren­
sa diaria, sien d om u y poco mencionados en los

(92) Restrepo. Historia de la revolución. Tomo I. O p. cit.


Pág. 21 y 22.
(93) Thimoty E. Amna. España y la Independencia de
América. México 1986. Págs. 9 y 11. (Fondo Cultura
Económica).

78
Consejos de Ministros, pues, subraya M elchor
Fernández A lm agro, solo se pensaba en la
guerra de Ultram ar "Para liqu id ar a la buena
de D ios o a la mala del d ia b lo "(94). N o obstante
esta actitud no era uniform e, pues en algunas
de sus más altas esferas perm anecía v iv a la
conciencia de su responsabilidad ante el p eli­
g ro m oral y m ortal que se cernía sobre e l alma
de esas Indias Vírgenes e Inocentes, apenas
evangelizadas; y p or tanto más vulnerables
p or su inexperiencia histórica a las asechanzas
de los resplandores de las tinieblas masónicas,
cuya sombra cubre h oy una sociedad de consu­
m o enrumbada hacia la Sociedad M afiosa. Y
com o los más angustiados y alerta fu eron p re­
cisamente los criollos con altos cargos en la
M etróp oli, se im pone hablar de su acción y sus
nombres.

Sin em bargo, antes de hacerlo será preciso


recordar que desde la cruel y forzada im posi­
ción de la Herejía Protestante en la Gran Breta­
ña, con su lógico desen volvim iento hasta el
alumbramiento de la crucial R evolu ción d e
1688, el Im perio Español se v io ob ligad o a
hacer frente a su voracidad; m áxim e cuando la
Etica Utilitarista generada p or dicho proceso
suministraba justificación teórica a una agresi­
va actitud que la lle v ó sin escrúpulos a apode-

(94) Melchor Fernández Alm agro. La Emancipación de


América y su Reflejo en la Conciencia Española.
M adrid 1957. Pág. 118. (Ed. Instituto de Estudios
Políticos).

79
rarse del super estratégico Peñón de Gibraltar
en 1704, aprovechando los traumas provoca­
dos p o r el rele v o de la dinastía de los Austrias.
C on esta acción, arrebataba a la M etróp oli las
llaves de las comunicaciones con la Provincias
de U ltram ar; sobre cuyas playas lograba poner
pie a través de la im posición del Tratado de
Utrecht (1713), con el cual adquiere en la prác­
tica el m on o p olio del contrabando y del tráfico
de esclavos.

Estos acontecimientos ponían en evidencia


la urgente necesidad de intensificar la defensa
del Im p e rio Hispánico. Su eficacia debía d e­
pen der de una reforzada unidad de mando, a
cuya consecución se levantaba el obstáculo de
una extrem a descentralización, apropiada en
la época d e los Austrias, pero no en las nuevas
circunstancias; de ahí que para aminorar las
p revisibles tensiones, hubiesen Carlos III y sus
colaboradores procedido a exp ed ir las ya m en­
cionadas C édulas de El Pardo y San Loren zo en
1766, destinados a lograr un intercam bio de
p e r s o n a lid a d e s c a p a z d e lu b r ic a r la
estructuración y transmisión de las órdenes.

L o s resultados no se hicieron esperar, pues


una enérgica corriente revitalizadora llegó hasta
los últim os y más recónditos rincones del viejo
y veteran o Estado. N o obstante, cuando sus
frutos com enzaban a cosecharse, otra y más
cercana am enaza surgió sobre sus flancos: La
de la igualm ente vora z R evolución Francesa,

80
que nacida del im pulso de los mismos postula­
dos de la Inglesa de 1688 y su proyección sobre
la Norteam ericana de 1766, se preparaba a
disputarles el terreno enarbolando desde 1789
un catálogo de Derechos d el H om b re a la
(corrom pida) Sociedad de Consumo; desde
allí tam bién era m irada Iberoam érica com o
alimento. Y a la postre, desde la Independen­
cia, se ha convertido en ésto.

N o tardarían en disputarse las presas estas


tres hermanas antagónicas.

Sus garras destrozaron la vieja Europa d el


N orte. Sólo quedó el Estado H ispánico com o
fuerza significativa que se batiese bajo la insig­
nia de los D eberes d el H om bre, para con su
Creador.

Se im ponía entonces el abatir a este cansado


aunque todavía tem ible adversario; para lo
cual era preciso segar su recuperación crecien­
te. En tal sentido se m ovieron las antagónicas
ramas de esa triple tenaza que era alimentada
por la com ún fuente de la Masonería, para
Bernard Fay en magistral estudio, m adre c o ­
mún de la R evolución Intelectual del siglo
X V III(95); y com o producto de las desvergon za­
das intrigas de N apoleón, cedió prim ero el
flanco d e los Pirineos.

(95) Bernard Fay. La Franc. Maçnnerie et la Revolution


Intellectuelle du XVIII Siecle. Paris 1961. (Ed. Librairie
Française).

81
Sin em bargo no contó con que al som eter al
M onarca al más cínico de los secuestros, p ro v o ­
caría la reacción de las más hondas reservas de
la d ign id ad y conciencia nacionales. Entonces
se v io alzarse casi con unanim idad en 1808 al
p u e b lo d e la M e tró p o li en contra d e los
usurpadores, tanto de su suelo com o de sus
conciencias; circunstancias que en buena m e­
d id a le p ro tegió largo tiem po de la contam ina­
ción intelectual. Y aunque todo lo que estaba en
ju ego no p u d o ser cabalmente captado "In
situ,/ p o r las lejanas Provincias de Ultram ar, a
pesar de un fervoroso apoyo inicial (m ás que
tod o económ ico), si lo fue por la generalidad
de altas personalidades suyas, tiem p o atrás
residentes en la Península; a quienes con sor­
presa encuentra un agudo observador d el m o­
m ento ubicadas en los más tradicionalista de
los rangos, absolutistas de acuerdo a la nom en­
clatura actual(96).

Y así fue com o desde un principio se destaca


la fig u r a d e l m e x ic a n o M ig u e l de
L A R D I Z A B A L y U rib e, a m igo ín tim o de
Fernando V II; su nombre ya aparece en la Junta
Central a com ienzos de 1809. A l año siguiente
será uno de los cinco integrantes de la prim era
Junta d e Regencia; en tal calidad aparecerá
com o R e y de España p or algunos meses, para
lu ego asum ir notables posiciones, D ipu tado a

(96) K arl M a rx . Frederich Engels. Materiales para la H is­


toria de América Latina. México 1975. Pág. 68-69.
(Ed. P y P ) .

82
las Cortes de C ádiz, m iem bro d el Consejo de
Estado y en calidad de M in istro de Indias
organizador d e la exp ed ición de 1814 a A m é ­
rica, para cuya dirección se opuso al nom bre d e
d on Pablo M orillo.
A través de trayectoria semejante, aunque
más intensa, ha de caracterizarse el neo-
g ra n a d in o , d e P o p a y á n , Dr. Joaquín d e
M osquera y Figueroa; herm ano d e un futuro
presidente republicano. En sus m anos estuvo
el juicio de d on A n ton io N ariñ o; y lu ego de
destacada actuación en M éxico, será quien en
la Caracas de 1808 inspire la resistencia a los
enviados de N ap oleón . D ipu tado a las Cortes
de C ádiz, la presidirá en 1811, para hacer
brevem ente parte d el Consejo de Regencia en
1812; lo cual también le hace acreedor a la
categoría de fu gaz R ey de España, d ign id ad
tras la cual ocupará una im portante posición
en el Consejo de Indias y otras instituciones d e
prim er orden.
Si em bargo y no obstante lo destacado en
estas trayectorias, ninguna d e más relieve aun­
que menos conocida que la del capitán d e
fragata don Pedro de A g a r y Bustillo, nacido
en Santa Fe de Bogotá en Junio de 1763; cuenta
el historiador José M aría Restrepo Sáenz que
su padre, comerciante y com isario de caballe­
ría notable, tenía com o em pleado de confianza
al padre del Sabio C ald as(97).

(97) Boletín de Historia y Antigüedades. Academia C o­


lombiana de Historia. Tom o VII. Pág. 766.

83
A p rovech an d o la aún más am plia apertura
de las academias navales en la M etrópoli, allí
viajó el joven criollo, cum pliendo una tan des­
taca carrera m ilitar en tan bélico período que la
invasión francesa lo encuentra ya com o direc­
tor de las Reales Academ ias N avales, en donde
se guarda con respeto su único retrato.

D esde esta posición don P ed ro de A g a r


pasará en 1810 con su com pañero y am igo el
capitán de navio Gabriel Ciscar a la II Junta de
Regencia, en asocio del general Joaquín Blake;
se con virtió en su presidente de 1810 a 1812; y,
hasta 1814, año de la Restauración, su figura
más destacada(98)9 . C on posterioridad, en 1820
será incorporado al nuevo órgano suprem o del
Reino, el Consejo de Estado, falleciendo en
1822(9?).

Sobre este liberal católico ha caído la más


im placable d e las Cortinas d el Silencio; por
ejem plo. J. M . Restrepo no lo cita una sola vez.

Probablem ente a causa de que en ejercicio


d e su m ando, con previsión y lu cid ez rechazó
las funestas manipulaciones de la Masonería;

(98) Apostillas a la Historia Colombiana. Eduardo Posa­


da. Bogotá 1978. Págs. 138-139. (Ed. Kelly).
Boletín de historia de Antigüedades - O p. cit. - Tomo
V II - Pág. 245.
Ricardo Ortiz - El Tiempo - 19 de junio de 1962.
(99) Timothy E. Anna. España y la Independencia de
América. M éxico 1986. Págs. 78-99-262. (Ed. Fondo
Cultura Económica).

84
un docum ento fechado en C ád iz el 19 de Enero
de 1812 resalta su refrendación; "e n cuya con­
secuencia m ando a mis virreyes, guarden, cum­
plan y executen y hagan guardar, cum plir y
excecutar la referida m i Real resolución. Y o el
Rey, P ed ro de A g a r " (100).

Estos ejem plos ilustran el frecuente acceso


de españoles americanos en las más encumbra­
das dignidades. Tal v e z a continuación de don
P ed ro de A g a r deba citarse el Duque de San
Carlos, nacido en Lim a, quien en el curso de
1814 encabezó el prim er gobiern o de la Restau­
ración, para lu ego asumir la crucial embajada
en L o n d re s (101); tam bién ocupó la presidencia
del gabinete José García de L eón y Pizarro,
educado en Quito. En seguida podría venir el
cubano Francisco de A ra n g o y Parreño otra de
las grandes figuras del Im perio, gran impulsor
del desarrollo de la isla, M inistro de Indias y
m iem bro del Consejo de Indias, antes que este
fuera reem plazado por el Consejo de Estado, al
cual se incorporó en 1820 con otros españoles
americanos; y tras ellos, varios ministros, como
José M aría Pando, quien lu ego de serlo,· ocupó
posición similar con Bolívar en el Perú.

A l respecto de estos desplazam ientos no


podría dejar de ser m encionado el caso del Dr.

(100) Américo Camicelli. La Masonería en la Independen­


cia de América. Bogotá 1970. Págs. 106-107.
(101) T. A m a . España y la Independencia de América Op.
cit. Págs. 53 y 160; 239-237.

85
Francisco A n ton io Zea, quien con posteriori­
dad a sus aventuras de 1796 en asocio con don
A n ton io N ariñ o, lu ego de haber sido preceptor
de los hijos d el V irrey Ezpeleta y destacado
m iem bro de la Expedición Botánica, fue ab­
suelto e indem nizado por los sueldos de 9 años
en la M etrópoli; allí d irig ió periódicos, asumió
la dirección del Jardín Botánico de M ad rid y
viajó p or todo Europa en misión científica
oficial. A la invasión francesa se inclinó de
parte de los usurpadores Bonaparte, figuran­
d o con 5 americanos (otro de ellos neograna-
d in o) dentro de los 150 integrantes de la fugaz
farsa de las cortes de Bayona reunidas durante
algunos días en junio de 1808; lu ego de las
cuales pasó a ocupar importantes cargos, com o
de la Prefecto de M álaga y M inistro del Interior
bajo el gobiern o de "P e p e B otella". Actitud que
le v a lió la condena a muerte con otros varios
"afrancesados", tras la derrota de sus amigos;
escapó de la sentencia saltando hasta Haití, en
donde se le encuentra al lado de Bolívar en
1815; y con él algunos años, antes de viajar a
Europa com o em isario suyo, m isión durante la
cual se caracterizó p or el despilfarro de em ­
préstitos que C olom bia aún estaba pagando en
el curso de la década de 1980, o sea 160 años
despu és(102).

(102) Hum berto Bronx. Francisco A . Zea y Selección de


sus Escritos. Medellín 1967. Pág. 33 Espectador.
Bogotá Julio 22 de 1984.

86
C on esta m ención queda planteado el tema
de la representación d e Hispanoam érica en los
cuerpos colegiados surgidos en la M etrópoli
bajo la presión del auge liberal. Es cierto que
com o resultado de las características del A n ti­
guo R égim en resultaba inequitativa en un co­
m ienzo desde el punto de vista cuantitativo;
desde el punto de vista cualitativo podría lle­
garse a la conclusión contraria, com o lo hace
John L e d d y Phelan al analizar el alto gra d o de
autogobierno de las Provincias de Ultramar,
en razón de los am plios poderes de los C abil­
dos y los G rem ios(103).
En todo caso el problem a fue rápidamente
solucionado por las Cortes de C ádiz; J. M.
Restrepo reconoce que desde febrero de 1811
se aceptó idéntico régim en a ambos lados del
océano(104). A través de él y con la participación
de 5 españoles americanos sobre los 12 que
constituía la com isión de redacción de la Cons­
titución, ésta fue prom ulgada por las Cortes en
sesión plenaria el 19 de M arzo de 1812; en su
texto se establece, artículo 157, que la diputa­
ción permanente estaría compuesta de 7 in d i­
viduos de su seno; 3 por las Provincias de
Europa y 3 por las de Ultramar, extrayéndose
el séptim o a la suerte.

Antes de seguir adelante resulta de gran


importancia el subrayar una y otra v e z el carác­

(103) Phelan. El Pueblo y el Rey. O p. cit. Pág. 105.


(104) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo II. Op. cit.
Pág. 45.

87
ter específico de este docum ento com o expre­
sión d e un original liberalism o hispánico, de
m entalidad diferente al anglosajón.

N a d a más diciente que el texto del discurso


prelim inar, en el cual su redactor, Agustín
Argü elles, hace resaltar que el propósito nu­
clear de la Constitución de C ádiz era el de
reiterar las leyes y costumbres tradicionales,
heredadas de la España gótica y m edieval,
suplantados, según él, p o r la centralización
absolutista y el despotism o ministerial (i05);
C oncepción de Castro com plem enta: "L a s
m odificaciones introducidas por el liberalis­
m o doctrinario deform an sustancialmente el
m o d elo g a d ita n o "(106). D el cual incluso surgió
la noción y el vocablo "lib e ra l"

Sin em bargo, era de esperar, no hubo acuer­


d o al respecto. Fue entonces cuando los defen­
sores de un Estado C orporativo Actualizado
form ularon su p rop io documento, conocido
com o el M a n ifie s to de los Persas, nombre
origin ad o p or la oposición de sus integrantes al
despotism o m inisterial en época de G o d o y (107);
redactado p or Bernardo M o zo , recibió la adhe-

(105) T. Anna. España y la Independencia de América. Op.


cit. Págs. 108-109.
(106) Concepción de Castro. La Revolución Liberal y los
Municipios Españoles. M adrid 1979. Pág. 57. (A lian­
za Ed.).
(107) T . A nna. España y la Independencia de Am érica. O p .
cit. Págs. 154-157.

88
sión de varios diputados españoles america­
nos, hasta el punto que uno de ellos, An ton io
Joaquín Pérez, de Puebla, encabezó, el grupo
que recibió a Fernando V II con la petición de
derogar la Constitución de Cádiz.

A h ora bien, y v o lv ie n d o al aspecto form al,


resulta constatado que para la integración de
estas Cortes fueran llevad os a cabo reñidos
com icios en provincias que com o M éxico, Cuba
y el Perú no estaban todavía afectadas p or
conflictos bélicos de consideración; tuvieron
lugar en los años 1810-1812-1813-1814-1820. El
núm ero de diputados electos pasaba de 300;
por ejem plo el solo M éxico elig ió 20 diputados
en 1810, 41 en 1813 y 61 en 1821 <108>.

En cuanto a la representación de las p rovin ­


cias abrazadas por la guerra, se apeló a com i­
cios restringidos entre quienes residían en la
Península Ibérica; m edida por cierto semejante
a la adoptada por los republicanos en los C on­
gresos de Angostura y Cúcuta. Son de destacar
entre quienes asistieron a nombre del Virreinato
de la N u eva Granada, el Dr. D om ingo Caicé-
do, futuro Presidente de la República de C o ­
lombia, y el ecuatoriano José Mejía de Lequerica,
considerado sin discusión el mejor orador de
las Cortes, fallecido prematuramente en 1813 a
los 34 años, víctim a de una epidem ia de fiebre

(108) Mayores Detalles y Cuantificación en Domínguez.


Insurrección o Lealtad. O p. cit. Cap. X.

89
amarilla cuya existencia, m uy al estilo de estos
lares, se había em peñado en negar.

Para abocar los problemas de Am érica fue­


ron dedicados por las Cortés de C ád iz los días
M iércoles y Viernes; el V enezolano Carlos
Villanueva ha analizado en detalle los ardoro­
sos debates allí planteados por los diputados
de A m érica(109). Dentro de los cuales sobresalió
el Inca D ion isio Yupanquí en representación
del Virreinato del Perú.

Es de agregar que en la dirección de tan


importante asamblea también fue registrado el
acceso norm al de los españoles de Am érica,
contándose entre quienes la presidieron en
sucesivos períodos al neogranadino Joaquín
de M osquera y Figueroa, al peruano Vicente
M orales D uarez y los mexicanos A n ton io Joa­
quín Pérez y G uridi Alcocer.

Y para terminar con este aspecto, la segunda


esposa del rey don Fernando V II fue una prin­
cesa brasileña "C rio lla ". Se trata de M aría Isa­
bel de Braganza, con la cual contrajo m atrim o­
nio en 1816; falleció el 26 de noviem bre de 1818,
luego de ejercer notable influencia sobre su
esposo, que de haber continuado eventual­
mente podría haber cambiado el rum bo de los
acontecimientos.

(109) Carlos A . Villanueva. La Monarquía en América:


Fernando V II y los Nuevos Estados. París. (Ed. Paul
Ollendorf).

90
Epílogo:
La Nostalgia
de la M onarquía Perdida

Es bien conocida la resistencia que en am ­


plios círculos de la Corte Castellana se presen­
tó a la expedición de C olón a Am érica; sola­
mente la conciencia evangelizadora de los Re­
yes Católicos p u d o dar cuenta de ella. Actitud
de la cual lograron im pregnar a todos los que
se embarcasen, por ambiciosos que fuesen; al
respecto resulta ilustrativo en extremo el m uy
conocido aserto de Bernal D íaz d el Castillo,
quien para caracterizar el espíritu de dicha
empresa, la sintetiza diciendo era realizada
"Para servir a D ios y al Rey: Para llevar la luz
a quienes v iv e n en tinieblas y también para
ganar riquezas, lo que buscan todos los hom ­
bres".

Es cierto que notables cantidades de metales


preciosos refluyeron sobre la M etrópoli; lo que
no se menciona es, p or un lado, que en sus
cuatro quintas partes constituían el p ago p o r la
im portación privada de semillas, anim ales y
herramientas de trabajo, cuyo transporte debía
ser realizado en frágiles embarcaciones desti-

91
nadas a transportar a través de 8.000 y más
kilóm etros d e aguas peligrosas y turbulentas
la carga que h oy m o viliza una tractomula. Y el
otro quinto, el de los impuestos reales, estaba
asignado a financiar la defensa de esas mismas
Provincias d e U ltram ar, apetecidas p or la
voracidad de las anglosajonas potencias p ro­
testantes y sus hordas de piratas; no tardarían
los pasmados proceres republicanos en experi­
mentar los efectos d e su "d ip lom acia arm ada",
a pesar de gastar gigantescas sumas en p roto­
colarias embajadas, que por ejem plo, en la
Gran Colom bia copaban el producido, no sólo
de ese quinto sino del de los impuestos del
aguardiente; p or no citar los gastos militares,
hasta m ediados d el siglo XIX capaces de absor­
ber más del 50% d el presupuesto(110).

De ahí que ya en su restauración Política,


sostuviese Sancho de M oneada en 1619: "L a
pobreza de España se origin ó en el Descubri­
m iento de A m érica"; esta actitud aparece ex­
plícita com o típica de los viejos españoles en el
célebre drama histórico. L e M aître de Santiago,
del francés H en ry de Montherlant. Y era tal el
cansancio al respecto de la guerra en Am érica
que el Profesor Tim othy E. Arma, de la U n iver­
sidad de Nebraska, cita el inform e de un espía

(110) El Régimen de Santander en la Gran Colombia.


David Bushnell. Bogotá 1966. Págs. 115 y 116. (Ed.
Tercer M u ndo- U . Nacional).

92
de Bolívar en el sentido de que la m ayor parte
de la opinión pública de la M etrópoli deseaba
abandonar la causa de A m é ric a (U1); y en las
esferas oficiales era grande el pesimismo ai
respecto pues los gastos de reconstrucción de
la esencialísima y vital Marina, luego de los
desastres de Trafalgar y otros, resultaban abru­
madores, m áxim o lu ego del agotamiento de
las guerras napoleónicas.

N o obstante el sentimiento de lealtad hacia


las Provincias de Ultram ar primaba; estimula­
d o por la presencia y acción de fidelísim os
españoles americanos en las más encumbradas
posiciones del Estado. En especial se vio él
em peño del m exicano M igu el de Lardizabal y
Uribe, M inistro de Indias, en la organización
de la expedición de 1814, para cuyo comando
había propuesto a antiguos virreyes de M éxico
y N u eva Granada y a Enrique O ' Donnel,
conde de la Bisbal, con nexos en ésta; el influjo
masónico del inglés duque de W ellin gton hizo
preferir a un antiguo sargento que había m ili­
tado en sus filas, don Pablo M orillo.

Y cuando a instancias del im batido general


criollo Manuel de Goyeneche, aindiado conde
de Guapi, estaba a punto de partir hacia el Río
de la Plata una expedición de 20.000 soldados 1

(111) T. Anna. España y la Independencia de América. O p .


cit. Pág. 215.

93
que al m ando del m ism o O.' D onnell serían
am pliam ente acogidos p o r unas provincias
desesperadas p or el llam ado "p rob lem a de
Buenos A ire s " y su extranjerism o(112), a instan­
cias de la misma M asonería se produ jo el 1 de
Enero de 1820 el golp e de R iego, destinado a
im p ed ir su partida, com o pretexto para im p o­
ner su garra sobre la M etrópoli. H o y se sabe
que esta m aniobra fue financiada precisamen­
te p o r los masones porteños, puesto que, según
Enrique de Gandía; "N osotros... no somos
m asones... en el A rch ivo General de la Nación,
d e Buenos Aires, hemos tenido la suerte de
hallar lo que otros historiadores no han encon­
trado; las cuentas de lo que costó la m isión
secreta, o rg a n iz a d a p o r Juan M a rtín de
Pueyrredón, de los señores Lezica y Arquibel,
desenvuelta en C ád iz con el objeto de hacer
estallar la revolución de R ie g o " (113).

D esde entonces se pasó ya no al ap oyo de los


realistas criollos sino a transar con los rebeldes,
a fin de salvar lo que podía serlo.

Entonces fue cuando la Junta Provisional y


el Consejo de Estado a nom bre d el Monarca
d irig iero n el 11 de abril de 1820 a todas las

(112) M anfred Kossoc. El Virreinato del Río de la Plata.


Buenos Aires 1972. Págs. 61 y 62. (Ed. la Pléyade).
(113) Enrique de Gandía. Bolívar y la Libertad. Buenos
Aires 1957. Pág. 77 (Ed. Oberón).

94
autoridades reales aún en sus cargos en las
Provincias de Ultramar, una circular que cons­
tituye un lím ite en concesiones: "Q u e se haga
la propuesta a los indicados jefes de los disi­
dentes en el caso de mostrar mucha repugnan­
cia a jurar la Constitución, de que se les reser­
vará p o r tiem po ilim itad o el m ando de sus
provincias con subordinación a V . E. o al G o­
biern o de la M etrópoli d irectam en te"(114).

L a reacción en buena parte de los rangos


republicanos fue favorable, especialm ente por
parte de Argentinos y Chilenos, encabezados
por R ivadavia; sobresaliendo entre N eograna-
dinos y Venezolanos Vergara, Roscio1, Peñal ver
y R evenga, tal com o lo reconoce Bolívar en
sendas cartas a Santander, fechadas el 22 de
ju lio y el 25 de septiembre de 1820(115). V in o la
tregua de Santa Ana y el en vío de José Tiburcio
Echeverría y José Rafael R even ga a la M etró p o­
li; en donde fueron am pliam ente acogidos,
tal com o se deduce de un cuidadoso estudio
al r e s p e c to d e l V e n e z o la n o C a r lo s A .
V illan u eva(116).

(114) Anna. Españay la Indepedenciade América. Op.cit.


Pag. 264. J.M. Restrepo. Historia de la Revolución.
Tomo III Op. cit. Pág. 48.
(115) Bolívar. Obras Completas. Tom o I. Págs. 475 y 495.
(116) Carlos A . Villanueva. La M onarquía en América;
Femando VII y los Nuevos Estados. París. (Ed. Paul
O llendorf).

95
Posteriormente hubo varios intentos de acer­
camiento. Hasta el punto que en la Argentina
se lle g ó a un virtual armisticio con la C on ven ­
ción del 4 de ju lio de 1823 (en 11 artículos),
firm ada p or el canciller Bernardino R ivadavia
y los em isarios realistas, Luis A . Pereira y Luis
La Robla, criollo éste; las Cámaras refrendaron
posteriorm ente el acuerdo (*).

A l enviar R ivadavia a don Félix A lza g a al


Perú para buscar la extensión del A cu erd o con
Bolívar, éste com o de costumbre, lo rechazó de
nuevo; a pesar del apoyo de los peruanos y
hasta d el enigm ático consenso-del mariscal
Sucre (**). Mientras tanto las campañas de
Junín, A yacucho y Tumulsa d efin ieron el caso
con la desintegración del Im perio.

N o obstante y a pesar de todos, la decisión


de Bolívar estaba de antemano tomada, pues
en la precipitada carta del 22 de Julio y refirién­
dose a los poderosos argumentos de Roscio y
R even ga escribe "T od o s dos tienen razón; pero
y o m e adhiero a una negativa absoluta, si no
hay oferta de independencia". Rota la tregua
de Santa Ana, por culpa republicana, lo reco­
noce Restrepo, y a la par de la guerra, siguieron
sucediéndose ofertas para una solución que
paradójicam ente sería adoptada lu ego por In~

(*) Idem. Págs. 274-275.


(**) Idem. Págs. 239-240-278.

96
glaterra con el Conm onwealth, en cuyo seno el f
M onarca Inglés ejerce una soberanía nom inal j
sobre el Canadá, Australia, N u eva Zelandia y
otras naciones. í

L o irritante del ep ílogo estriba en que con la I


recién conquistada independencia se inaugu- [
ró una convulsionada anarquía descrita por el
procer republicano, general Joaquín Posada l
Gutiérrez, al iniciar sus M em orias, com o" La [
era de las olim píadas revolucionarias, que ce­
lebram os nadando en lagos de sangre que í
celebrarán nuestros nietos; porque escrito está j
que las culpas de los padres las pagarán los
hijos hasta la quinta generación" (117)j en la cual l
estamos. Y paradójicamente, ante la avalancha j
de desastres que inundaba esa eterna "p ro m e ­
sa" de la humanidad, se d io una epidem ia d e í
m onarquism o form al de la que casi ningún j
procer escapó; más aún, el prop io Bolívar pasó
la raya el 6 de Julio de 1829 al ordenar a su f
Secretario transmitir al Consejo de M inistros ^
su exigencia de colocar a Colom bia en calidad
de Protectorado de la Gran Bretaña, com en- l
tando al respecto su M inistro e H istoriador, j
José M anuel Restrepo: "N o s parece, pues, que
su exaltada sensibilidad y una enferm edad f
grave que había debilitado Su parte moral, o j-
acaso una mala redacción de las ideas que

(117) Joaquín Posada Gutiérrez. Memorias Histórico-Po- «-


líticas. Bogotá. 1881. Pág. 9. (Ed. Am érica). *

r
97
í
i
expresara, p o r falta de su secretario, fueron
causas que le hicieron decir cosas que no pen­
saba seriam ente(118)1.
9

L o que no com prendió casi ninguno de los


proceres, tal v e z a excepción de don A n ton io
N a riñ o y unos pocos, fue el hecho de que lo
im portante n o era la "fo rm a " sino el "conteni­
d o " de las instituciones. Tan así que cuando al
fin tuvo M éxico ep 1863 su ansiado monarca
extranjero en el príncipe M axim iliano de Aus­
tria, cayó fu silado 4 años después al ser aban­
don ado p or el pueblo cuando insistió en las
mismas actitudes y orientaciones democráti-
cos-capitalistas de sus predecesores.

En cam bio no puede menos de sorprender el


caso del General Francisco de Paula Santander,
evolu cion ando en la N u eva Granada hacia una
R E P U B L IC A E N E R G IC A ; incluso desde A g o s ­
to de 1822 escribía ya: "N ecesita pues, ía Repú­
blica un gobiern o más fuerte y liberal al misino
tiem po, creo n o sería difícil aceptase con gusto
el de una monarquía m oderada y constitucio­
n a l" (U9). Sin em bargo no era; com o se podrá
apreciar; a la form a a donde apuntaba, sino a
los principios aplicados.

(118) Luis Corsi Otálora. Bolívar; Impacto del Desarraigo.


Bogotá 1983. Pág. 147. (Ed. Tercer M undo).
(119) Laureano Gómez. El Mito de Santander. Bogotá
1971. Pág. 77. (Ed. Populibro).

98
A n te tod o asentados sobre la doctrina cató­
lica; tanto que ya en D iciem bre de 1819 p ro p o­
nía un verd ad ero "Tribunal d e F e", con carác­
ter civil, encargado de evitar la d ifu sión de
principios contrarios al dogm a. A l serle som e­
tid o el proyecto de reglam ento, el ateo Bolívar
declaró incom petente al p o d e r e jecu tivo .<120).
M ás tarde protegería Santander al ortodoxo
Padre M a rga llo de las persecuciones, llegan d o
a ganarse el a p o y o de la Jerarquía y el recono­
cim iento del Pontificado a la jo v e n nación1 (121);
0
2
el p rop io M ig u el Antonio C aro da fe de la
sinceridad de su catolicism o(122).

Y si b ien es cierto que con tribuyó a la


im plantación d e la Masonería, m u y pronto se
encargaría de neutralizarla; relata su contem ­
poráneo, el historiador Groot: "L o s masones
fanáticos llegaron a detestar al General Santan­
der por su conducta últimamente observada
con la logia y hubo opiniones sobre juzgarlo;
p ero quien ponía cascabeles al gato? con San­
tander no había que chancearse"(123). M ás aún,
al lad o de Bolívar introdujo com o textos los de
utilitarism o de Bentham; y aunque tardase en

(120) M ario Germ án Romero. El Padre Margallo. Bogotá


1957. Págs 159 y 162.
(121) Pilar M oreno del Angel. Biografía Santander. Bogotá
1990. Págs. 636 y 655. (Ed. Planeta).
(122) M .G . Romero. El Padre M argallo. Op. cit. Pág. 120.
(123) M .G . Romero. El Padre M argallo. Óp. cit. Pág. 127.

99
captar su m alignidad, no vacilaría en rom per
con su gran adalid, el Dr. Vicente A zu ero, su
a m igo de siempre, a cuya candidatura presi­
dencial se opuso explícitamente diciendo:

" M i candidato ha sido Obando; no he estado


A zu e ro , porque este hombre con sus teorías
nos llevaría al fon d o del a b is m o "(124).

En cuanto a los 2 períodos suyos de ejercicio


d e l m ando, sobre todo el presidencial, cabe
ubicarlos dentro de una orientación naciona­
lista. Tanto más m eritoria en cuanto se tiene en
cuenta la avalancha de retórica mundialista
que transmitida p or la Masonería desde L o n ­
dres era m anipulada en provecho de los inte­
reses de la Gran Bretaña por sus más altos
dignatarios; quienes estatutariamente habían
d e ser designados de entre los m iem bros de la
Casa Real.

Es m u y probable que Santander no supiese


en detalle todo esto; pero podía captar el sen­
tid o de la diplom acia inglesa, a la cual desde su
arribo en '1824 com enzó por m antener a distan­
cia, tal com o inform aron sus personeros pocos
meses d esp u és(125). A l acentuarse sus m anio­
bras divisionistas procedió a la expulsión de su
agente en Venezuela, el Coronel H all, discípu-

(124) M .G . Romero. El Padre Margallo. O p . cit. Pág. 121.


(125) Laureano Góm ez. El Mito de Santander. Op. cit. Pág.
78

100
lo d e Benfcham (126); sus temores se vieron
confirm ados al producirse la segregación de
V enezu ela en cuya configuración actuaron con
tal cinism o y descaro que el M inistro J. M.
Restrepo se atreve a consignar: ''E l almirante
inglés de Barbada, Fleeming... fue... repetidas
veces a verse con Pérez, a quien diera consejos
para que llevase a cabo su resolución... y ofre­
ció a Páez elem entos de guerra, en el caso de ser
a ta ca d o "(127).

El desacuerdo entre Santander y la "P érfid a


A lb ió n " durante su gobierno lle g ó hasta el
punto que se ha llega d o a escribir al respecto
que C olom bia y la Gran Bretaña estuvieron al
bord e de la gu erra(128).

A h ora bien, aunque en parte ganado a la


id eología anglo-sajona, Santander nunca sacri­
ficó ante su altar el bienestar de la Nación.

En notable estudio sobre su régim en duran­


te la Gran C olom bia D avid Bushnell consigna
ya su desconcierto ante esa idolatría a la pro­
p iedad privada que se deriva de dichas tesis; y
a contra corriente trató de proteger de la com-

(126) D avid Bushell. El Régimen de Santander en la Gran


Colombia. Bogotá 1966. Págs. 59 y 322. (Ed. Tercer
M undo).
(127) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo IV. O p.
cit. Págs. 269 y 270.
(128) Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco República
1983. Vol. X X - N ° . 1.

101
petencia extranjera una de las más preciadas
aunque combatidas herencias del Estado H is ­
pánico, la d e las entonces en extrem o rentables
y eficaces Empresas Estatales (alias "m o n o p o ­
lio s "), las d el tabaco, sal, pólvora y licores,
siendo derrotado p or el congreso de 1826(129).
Durante su exilio en Europa podría consolidar
sus prevenciones, llegando a afrontar perso­
nalmente a Jean Baptiste Say, uno de los A p ó s ­
toles de la "A p ertu ra Económ ica", com o en­
tonces se denom ina "L ib re C am bio"; y ante el
cataclismo social provocado p or su instaura­
ción a través d e los nefastos "Tratados de
Am istad, C om ercio y N a vega ción " con Gran
Bretaña (A b ril 1825), seguidos de los Estados
U nidos y los Países Bajos (1825 y 1829 respec­
tivam ente) escribe con angustia a sus am igos
en Enero d e 1832: "P o r Dios, abandonen la
teoría del com ercio libre, quiero decir, de que
todos los productos y manufacturas extranje­
ras deben ser introducidas sin restricciones ni
recargos d e derechos. La práctica de todas las
naciones maestras en com ercio están en oposi­
ción a tales teorías... protejan pues, nuestras
miserables fábricas y artes, no excluyendo ab­
solutamente sino poniendo restricciones a los
artefactos y productos extranjeros que noso-

(129) Bushnell. Régimen de Santander. O p . cit. Págs. 158 Y


180.

102
tros tam bién producim os o podem os p ro d u ­
c ir "^ .

Esta fue precisam ente la orientación d el


Estado H ispánico durante tres siglos; incluso
durante los regím enes liberales de C á d iz y
1820. P o r e s to a n tes d e a c e p ta r e l
desmantelamiento d e las Provincias de U ltra­
mar, renunciaba m inistro tras m inistro; tal
como describe, entre varios, el profesor Tim oth y
Anna, tantas veces acá m encionado. A n te la
debacle inicial por ellos anunciada, el G eneral
Santander encabezó la resistencia a esta agre­
sión al trabajo nacional hasta el punto que en
adelante y a pesar d e las birrias de los "snobs'7,
s o lo s ig u ió v is tié n d o s e c o n b u r d a te la
neogranadina; todavía se le ataca violen ta­
mente p or ésto, siendo típico el juicio d e Lu is
Eduardo N ie to Arteta: "D isuelta la G ran C o ­
lombia... se inició una poderosa y grave reac­
ción colonialista. C om o se explicó en un capí­
tulo anterior, la representan José Ignacio de,
M árquez, quien p or lo demás reúne m uchos
conocimientos científicos, y Francisco Soto, e l 1 0
3

(130) Cartas y Mensajes del General Santander. Recopila­


ción Roberto Cortázar. Bogotá 1954. Vol. VII. Pág.
185. (Ed. Librería Voluntad).
Luis Corsi Otálora. Autarquía y Desarrollo: El Re­
chazo a la Expropiación de las Naciones Proletarias.
Bogotá 1966. (Ed. Tercer Miando).

103
desafortunado Secretario de H acienda del G e­
neral S antan der"(131).

N o en vano D ion isio Cisneros y los gu erri­


lleros realistas de los Valles del Tuy, en V en e­
zuela, vitoreaban conjuntamente en 1829 al
R ey de España y al General Santander (*).

D esde luego, la obra de Santander fue ani­


quilada p or la desastrosa II Apertura Económ i­
ca, desencadenada a partir de 1849 por el
General M osquera y Florentino González, su
M inistro de H acienda. C on el agravante de la
im plantación de un federalism o que en vez de
llegar al ansiado Gendarm e, sólo obtuvo com o
producto un Estado Pordiosero que anegó en
sangre al país a través de 50 contiendas arma­
das locales, orquestadas por 30 constituciones
sin ninguna armonía entre s í(132); nadie m ejor
que A lb erto M en d oza M orales para caracteri­
zar esta nefasta época que llega hasta 1880:
"C aos Radical y Epilepsia P o lític a "(133).

A h ora bien, lo paradójico d el caso es que


autodefiniéndose a través de Florentino Gon-

(131) Luis Eduardo Nieto Arteta. Economía y Cultura en


la Historia de Colom bia. Bogotá 1962. Pág. 244. (Ed.
Tercer M u ndo).
(132) Guillerm o Torres García. Biografía de M iguel Anto­
nio Caro. M ad rid 1956. Pág. 28. (Ed. Guadarrama).
(133) El Espectador. Bogotá. Septiembre 9 de 1980.
O Gaceta de Venezuela. 30 de M a y o de 1830.

104
zález, su portaestandarte, com o la Epoca de la f
Democracia Ilustrada -aun más que la del
Despotism o Ilustrado de los Enciclopedistas y
Voltaire- la principal víctim a de sus escarnios |
resultó ser la educación. En efecto, sus paladi-
nes procedieron a exp ed ir y aplicar con im pla­
cable rigo r solo atenuado lustros después, una j
ley, el 15 de M a y o de 1850, que constituye
cumbre en la historia universal d e la infamia;
sus artículos I o., 2o y 16°. pueden resumirse así: [
"E s libre en la República la enseñanza en todas
las ramas, de las ciencias, de las letras, de las
artes. El grado o título científico no será nece- {
sario para ejercer profesiones científicas; pero
podrán obtenerlo las personas que quieran. *
Suprímese el grado de Bachiller. Suprímanse J
las Universidades... para optar grados no es
necesario haber estudiado en los colegios pro- ^
vinciales o en los seminarios "(Gaceta O ficial [
número 1.124 de 1850, pgs. 233 y 234)".

Culminaba así una gran aspiración que el


ministro José M anuel Restrepo consignaba en *
su M em oria de 1826 con las siguientes e (
imborrables palabras: "T en er que olvidar la
m ayor parte de lo que aprendim os en la educa- *
ción colonial... y estudiar de nuevo; pero es [
necesario, para colocarnos a la par de la ilustra­
ción del siglo " (El Constitucional-Bogotá Ene- *
ro 26 de 1826). En adelante la Etica Utilitarista [
de Jeremías Bentham y discípulos aparecerá en

[
105
i
I
el firm am en to social en tanto que brújula
existencial, excepción hecha d el adm irable
paréntesis hispanizante de la Regeneración
em prendida p o r el Partido N acional de N ú ñ e z
y Caro, de 1880-1900); en consecuencia h oy en
día la am bición desenfrenada hace ve r en el
op io la redención d el pueblo.

A la m uerte d e l General Santander el libera­


lism o se d iv id ió , generando liberales - conser­
vadores después simplem ente conservadores,
y liberales - rojos, tal com o específicamente
señala el D r. M arian o Ospina R odrígu ez, fu n ­
d ad or d e los prim eros; cupo a una fracción de
los segundos, los Draconianos, continuar la
legítim a herencia de su p rop io fundador, el
General Santander, siendo masacrados por una
coalición d e radicales conservadores y libera­
les en 1854. A l referirse a los vencidos, el
m ism o Dr. Ospina los caracteriza dicien d o
"H a n e le g id o p o r su oráculo y caudillo al
en em igo más acérrim o de la independencia, al
m ás entusiasta y cruel de los defensores del
R ey Fernando V II en la N u e v a Granada al
G eneral O b a n d o "(134); ha sido el más popular
de los caudillos de la historia de C olom bia.

(134) M ariano Ospina Rodríguez. Escritos sobre Econo­


mía y Política. Bogotá 1969. Págs. 156 y 159. (Ed.
Universidad Nacional).

106
T o d o esto indica hasta que grad o se sentiría
en el pueblo la nostalgia d e esa monarquía a
causa de cuya p érd id a lloraron tribus in d íg e ­
nas enteras. C o n alguna intuición M a rv in
G old w ert en su ensayo acerca "T h e Search fo r
the lost father figu re in Spanish A m erican
Story", sintetiza: "E n lo s años de 1808 a 18241os
criollos iniciaron el cam ino hacia el derroca­
m iento de la figu ra del R ey Padre. Este fue el
acontecimiento más traumático en la historia
d e la A m é r ic a E s p a ñ o la . F u e c o m o la
escenificación de los deseos de E d ipo de asesi­
nar a su padre, creando así un com plejo d e
culpa colectivo del que la A m érica Española
nunca se ha p o d id o liberar. Una gran parte d e
la rebeldía en la historia m oderna de la A m é ­
rica Española representa la búsqueda de un
substituto paterno de los R eyes de España"(135);
en apariencia no le falta razón, pues ha llam a­
d o la atención a los sociólogos el hecho de que
aún en las más insignificantes festividades se
proceda a la elección de "rein as" y "reyes", sin
los cuales perderían substancia.

Pero no es la figura del monarca m ism o la


añorada por los pueblos; lo com probaron los
mexicanos al im portar rey austríaco en 1863
para fusilarlo 4 años después. L o que supervive

(135) T . A n n a. España y la Independencia de Am érica. O p .


cit. Pág. 32.

107
en la conciencia de las gentes es la angustia por
la ausencia del "P a d re N u estro" en la organi­
zación del Estado; cuyo vacío ha colocado
sobre los altares al "o p io " com o "red en ción "
d el pueblo.

El Estado H ispánico recibió un conjunto de


tribus que se destrozaban entre sí. Tres siglos
después y a través de unas Leyes de Indias que
asentaban su aspiración a Justicia Social sobre
los inconmovibles cimientos de la Justicia M oral
de los Preceptos Evangélicos, d evolvía rico
ram illete de provincias organizadas, cuyo n i­
v e l de vida no distaba casi del europeo del
m om ento; lo constataron con sorpresa sabios
viajeros que com o el Barón de H u m boldt y
Boussingault se tom aron el trabajo de llevar a
cabo sus observaciones sobre el terreno(136).

H o y se ha recaído a la situación prim itiva;


no en vano ya desde los albores de la indepen­
dencia escribía Bolívar a Páez, A b ril 1828:
"H e m o s p erd id o todo nuestro tiem po y hemos
dañado nuestra obra; hemos acumulado des­
acierto sobre desacierto y hemos em peorado la
condición del p u eb lo" (137). H o y en día el p or
esta v e z objetivo Germ án Arciniegas se pre-

(136) Luis Corsi Otálora. Bolívar: Impacto del Desarraigo.


O p. cit. Pág. 56. Jean Descola. Les Messagers de L'
Independence. París 1973. Pág. 158. (Ed. Laffont).
(137) Bolívar. Obras Completas. Tomo IV. Op. cit. Pág 45.

108
gunta y responde: "D oscientos años perdidos?
V am os para doscientos años de república ense- (
ñando com o ella no se h a ce "(138); y tanto que el j
Presidente Liberal Darío Echandía llegó hasta
com parar su régim en dem ocrático al de un I
orangután con Sacóle v a " (139). j

D e ahí que sigan vigentes las palabras con [


las cuales José M anuel Restrepo hacia 1848
cerraba su obra acá tan mencionada: "T a l es, l
que nos equivocam os desde el principio en j
todo el sistema de instituciones y leyes adopta­
das para nuestras nacientes repúblicas, les d i- l
m os constituciones tomadas en gran parte de lá r
República Francesa y de los Estados Unidos.
Copiam os leyes... Acaso de acá proviene esa í
inquietud y descontento de las masas, que no j
decrece con el tiem po y después de tan largos
ensayos; de aquí esas revoluciones periódicas T
en las nuevas repúblicas, don de cualquier ^
am bicioso m ueve a los pueblos a su arbitrio,
por que estos no tienen fe en las instituciones y í
leyes que nos rigen y tampoco las aman; de ^
aquí esa mudanza frecuente de constituciones,
que p or lo com ún van em peorando y que [
ninguna hace la felicidad de los pueblos: D e ^
aquí... pero seríamos difusos en extremo si
í
________ [
(138) ElTiempo. Bogotá. Agosto 6 de 1987. j
(139) El Tiempo. Bogotá. Julio 24 de 1978.
r
109 r
quisiéramos trazar el cuadro de los m ales que
han p rodu cido nuestros errores políticos y
le g is la tiv o s "(140).

Entonces sólo resta el escoger una ruta hacia


el futuro a través de la recuperación de dichos
"V alo res d el Espíritu", aún latentes en la in­
mensa m ayoría de la espontaneidad popular;
tanto que hasta las almas más envilecidas pre­
tenden aminorar sus culpas con paradójicas
ofrendas a los símbolos sacros. Sólo así, dentro
del m arco de una reinterpretada "M od ern id a d
T radicion al" podrá la vieja y atribulada H ispa­
noamérica v o lv e r a em prender lo que m agn ífi­
camente denom inó Ram iro de M aeztu la In­
conclusa Sinfonía suya dentro d el concierto de
la historia de la Creación.

(140) Restrepo. Historia de la Revolución. Tomo IV. Op.


cit. Pag. 659.

110
Esta obra se terminó de Im prim ir en
Editorial Talleres Gráficos Ltda.
Tunja - Boyacá - Colom bia
1994

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