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Leopold von Sacher-Masoch: literatura y masoquismo.

Guido Fernández Parmo


Universidad de Morón
guido@fernandezparmo.com.ar

Introducción
En el siguiente trabajo nos proponemos realizar un análisis filosófico de dos novelas del
escritor ucraniano del siglo XIX Leopold von Sacher-Masoch. Como veremos, este singular
escritor, injustamente célebre por haber dado el nombre a una perversión, presenta un
mundo atravesado de la filosofía platónica. En este mundo, el de los simulacros, sexualidad
y política se convierten en un único dispositivo para hacer saltar a las ideas principales de
su época.

El contrato masoquista y la entrada al platonismo. Masoch y la ley


Todo comienza con un contrato: un aviso en el diario, una carta, un documento. El contrato
dice que uno quiere ser humillado voluntariamente, pegado, azotado, atado, etc. El contrato
dice, en última instancia, que uno quiere ser esclavo del otro contratante, que uno quiere
dejar anulada su voluntad. Aquí comienza todo, por aquí entra el platonismo. La
experiencia masoquista muestra como el contrato social se continua en una crueldad que
deja afuera, tal como lo había previsto Hobbes, a una de las partes. Dice Deleuze: “la ley
tiende siempre a olvidar su origen y a anular las condiciones originales en donde
voluntariamente se enfrentaban dos personas” 1. La ley parece tener como fin la esclavitud
del hombre, de allí que se pueda decir que ese mismo fue el objeto del mismo contrato: la
esclavitud presente desde el comienzo.
De esta forma, Masoch realiza humorísticamente una crítica al contrato social y a la
ley. Si la ley está para prohibir y negar ciertas conductas y ciertos placeres, el masoquista
toma al pie de la letra a la ley para encontrar placer en su castigo. Mientras es castigado, el
masoquista se ríe al sentir placer: la ley, con todo su peso, aplicada estrictamente, no puede
escapar a su negación, a su derrumbe y, en definitiva, a su desenmascaramiento por
absurdidad. Dice Deleuze: “la más estricta aplicación de la ley tiene aquí el efecto opuesto
al que se habría esperado normalmente (los latigazos, por ejemplo, lejos de castigar o de

1
Deleuze, G. Presentación de Sacher-Masoch, 95
prevenir una erección la provocan, la garantizan)”. El masoquista es un monstruo sexual
porque ante él la ley ya no sabe qué hacer. Definitivamente, el masoquista pone en
evidencia que el modelo de poder negativo basado fundamentalmente en el castigo ya no
tiene lugar.
El masoquista, de esta manera, se vuelve un monstruo imbatible: él suspende a la
misma ley. Dice Reik: “El masoquista exhibe tanto el castigo como su fracaso; muestra
ciertamente su sumisión, pero también su revuelta invencible, confirmando que obtiene
placer pese al sufrimiento [...] Es imposible batirlo desde afuera, tiene una capacidad
infinita para soportar un escarmiento sabiendo subconcientemente que no está vencido” 2.
El contrato en Masoch revela el carácter arbitrario de la ley: a medida que más se lo
quiere, que más comprometido se está en él, el contrato se vuelve más arbitrario, más
riguroso, se vuelve, en última instancia, injusto: el contrato se niega a sí mismo. En la
entrega total de la vida de uno de los contratantes se produce una operación tendiente a
ridiculizar, a desenmascarar, la legitimidad del contrato: el contrato se vuelve pura
arbitrariedad y se pone al servicio del amo. De alguna manera, es el problema que los
propios contractualistas pudieron observar, el punto débil del contrato: hasta dónde llegan
las facultades, los poderes, de los elegidos. Conocemos la oposición de Hobbes y Rousseau
al respecto: para el primero, las libertades quedan completamente alienadas en el soberano,
mientras que para el segundo el límite al poder es, precisamente, la libertad individual que
no se aliena.
Lo que se contrata voluntariamente entre las partes es, precisamente, la anulación de
la voluntad de una de ellas y, así, la omnipotencia del otro y el carácter ilimitado de las
acciones de uno sobre el otro. Ante la anulación de la voluntad del que propone el contrato,
de allí en adelante todo es posible, todo se reduce a una apuesta ciega en donde hasta la
propia vida se pone en juego. Esa es la suspensión masoquista, ese el suspenso masoquista,
ese es el tiempo detenido del masoquista, esa es la duda masoquista. Dice Severin: “El
saberme entregado tan por completo, tan indondicionalmente, en manos de una mujer me
produce a veces, sin embargo, una sensación inquietante. ¿Y si ella abusa de mi pasión, de
su poder?”3.

2
Reik, T. Le masochisme; citado por Deleuze, G. Presentación de Sacher-Masoch, 93
3
von Sacher-Masoch, L. La Venus de las pieles, 82
El todo es posible, el universo de simulacros en donde no los referentes-modelos se
pierden en la sucesión de posibles, es lo que hace de la anulación de la voluntad el inicio de
la apertura de todas las cosas, de todos los caminos posibles. Se trata de un mundo
obsesivo que pone en duda hasta el más mínimo detalle. La anulación de la voluntad
también es un acto de suspensión: se suspende la voluntad antes que negarla, se la difiere,
se la desplaza, se la anula sin negarla, se la neutraliza. En este contexto masoquista, en
donde la fantasía se vuelve real, se hace presente el simulacro, el phantasma que, según
Platón en Sofista, es una imagen que existe pero que no tiene referente, que no tiene
ninguna participación en la Idea que da el ser a todas las cosas, diferenciándose así de la
imagen con participación en la Idea (eikon).
Si la víctima vive en el mundo de los simulacros, en el sueño, habiendo suspendido
a lo real, el verdugo se encarga siempre de hacer real las fantasías, de vivirlas como reales.
Aquí se encuentra la duda del masoquista que pide al otro que viva como real lo que para él
es una fantasía. En la conjunción de fantasía y realidad se produce el simulacro. Severin
dice: “Tomas demasiado en serio mis fantasías”, a lo que Wanda responde: “¿Demasiado
en serio? Tan pronto como las cumpla no podré detenerme en las bromas [...], saber lo
mucho que odio el juego, la comedia. Tú lo has querido así. ¿Ha sido idea mía, o ha sido
idea tuya? ¿Te he inducido yo a hacerlo, o has sido tú el que ha enardecido mi
imaginación? En todo caso, ahora las cosas van en serio para mí?”4. En un punto, ya no hay
cómo distinguir entre lo real y la representación, entre lo real y el juego. Severin duda más
de una vez a lo largo de su relato sobre su querida: Wanda se ausenta por un buen tiempo,
Severin comienza a dudar, ¿y si ella lo deja abandonado? No hay cómo saber si el
abandono es real o forma parte del contrato.
De esta manera, el masoquismo nos presente un mundo platónico de copias y
simulacros. Universo de espejos, de reflejos, de velos, de transparencias: un biombo, una
piel apenas cubriendo el cuerpo de la mujer, etc.: se trata de una puesta en escena en donde
todo, ropa, acciones, pensamientos o ideas, se encuentran en un estado «inacabado»,
incompleto, como si las cosas no terminaran de cubrir lo que hay que cubrir, de realizar lo
que hay que realizar.

4
von Sacher-Masoch, L. La Venus de las pieles, 85
El propio amor, el propio deseo, caen presos de estas caracterísitcas. Porque, si bien
el vínculo se inaugura con un contrato en donde una voluntad queda anulada
absolutamente, lo cierto es que los términos del contrato nunca terminan de cumplirse. Por
estos motivos existe el contrapunto a La Venus de las pieles: El amor de Platón. Si en la
primera la sensualidad, el sensualismo reino por doquier, y el contacto físico es el medio
para alcanzar la suspensión y la simulación (simulacro), en la segundo Masoch apela al
propio Platón.

Lo semi-velado: ambigüedad y simulacro


La ambigüedad es el tono predominante del masoquismo. Lo semi-desnudo, nunca
pornográfico, lo inacabado, son el tono que atraviesan su atmósfera. La mujer cubierta de
pieles oculta lo pornográfico (caso contrario del sadismo) y cubre así a todas las
representaciones o grados de representación con el mismo manto de ambigüedad, de
simulacro. De esta manera, vemos cómo en la propia puesta en escena de las novelas se
encuentra esta visión o experiencia en donde ya no hay distancia entre lo real y su
representación, entre lo real y lo imaginario, entre ser y actuar. El contrato abre un universo
de realidades únicas, abre un universo monista. El platonismo de Masoch radica
precisamente en que sus historias se juegan en el espacio entre lo real y lo ideal, sin que
nunca sea posible llegar al ideal y estando, así, condenado al reino del simulacro. Toda la
temática del sueño y del arte nos hablan de este universo. La Venus de las pieles comienza
con una alusión a una pintura que da paso a un sueño y éste a la propia historia: la Venus de
la pieles, la venus de piedra, de mármol, pintada en un cuadra, esculpida en una roca.
La Venus de las pieles comienza con un breve sueño de un narrador sobre una
mujer déspota y cruel que pone, desde el principio, los pilares fundamentales de la mujer
masoquista: “Sí, soy cruel..., ya que tanto os gusta esa palabra...; ¿y es que no tengo
derecho a serlo? El varón es el que desea, la hembra es la deseada; ésa es su única, pero
decisiva ventaja; merced a la pasión del varón la naturaleza lo ha entregado a la mujer, y la
que no sabe convertir al varón en su súbdito, en su esclavo, incluso en su juguete, y que no
sabe a la postre traicionarlo entre risas, no es una mujer inteligente”5. El narrador despietra,

5
von Sacher-Masoch, L. La Venus de las pieles, 14-15
y se encuentra en un sala densamente decorada, frente a un cuadro y junto a su amigo
Severin, el héroe de la novela:

Recorrí con la mirada los extraños objetos que habían ido acumulándose en aquella habitación:
esqueletos de animales, pájaros disecados, esferas armillares, vaciados de escayola, hasta que mis
ojos quedaron prendidos casualmente en un cuadro que ya había visto muchas veces, pero que
precisamente aquel día, iluminado como estaba por los rojizos resplandores del fuego de la
chimenea, me produjo una impresión indescriptible.
Era un gran cuadro al óleo, pintado con la energía y la densidad de los colores de la escuela
flamenca. Su asunto era bastante extraño.
Una hermosa mujer en cuyo fino rostro se dibujaba una risa radiante, una mujer de cabellera
abundante y empolvada, recogida en un moño a la manera de la Antigüedad, sobre la cual los
blancos polvos parecían una escarcha ligera, reposaba en una otomana; estaba desnuda, envuelta en
un abrigo ribeteado de pieles oscuras, y se apoyaba en el brazo izquierdo; su mano derecha
jugueteaba con un látigo, mientras su desnudo pie se apoyaba con descuido sobre el varón que yacía
ante ella como un esclavo; y aquél varón, de rasgos marcados, pero bien formados, en los que había
una melancolía ensimismada y una pasión entregada, y que alzaba hacia ella sus soñadores y
ardientes ojos de mártir, aquel varón que formaba el escabel de los pies de la mujer, era Severin;
pero allí no llevaba barba y parecía diez años más joven.
–La Venus de las pieles –exclamé, señalando el cuadro–, así es como la he visto en mi
sueño.
–También yo la he visto así –dijo Severin–, sólo que yo soñé con los ojos abiertos 6.

Este mundo de ensueños, de representaciones, de máscaras y roles es el ambiente de la


novela de Masoch; expresa una visión culturalista, no jurídica, de las relaciones humanas y
pone en cuestión la primacía de la ley. En efecto, este mundo de ensueños y simulacros
aparece cuando la ley es negada o, para decirlo con un lenguaje más masoquista, cuando la
ley es suspendida.
La denegación o suspensión es el vínculo entre la concepción filosófica y la lógica
del contrato. En efecto, suspender el mundo no es negarlo o destruirlo, como pretendería el
sadismo, sino que es una puesta entre paréntesis y arrojarse a ese otro mundo de sueños,
mundo suprasensual en donde ya no hay diferencia entre ser y actuar. Dice Deleuze: “no se
trata, dice en La mujer divorciada, de creer que el mundo es perfecto sino, por el contrario,
de «engancharse unas alas» y escapar de este mundo hacia el sueño” 7. El héroe masoquista
vive en este mundo ficticio, fundado únicamente en el consenso de los involucrados. Pero,
como tal, ese mundo ficticio contractual se ve desbordado por la propia lógica del sueño-
simulacro. Si todo acabara en el plano jurídico del contrato, la ley terminaría dividiendo
nuevamente un mundo real de otro imaginario, uno permitido y otro prohibido
(precisamente el lugar de la monstruosidad, la violación de lo natural y lo jurídico). Lo
cierto es que en la experiencia masoquista la ley sólo trae confusión de planos y
ambigüedad ya que se ve negada constantemente por uno de los que pactan.
Esta arbitrariedad que «simula» a la realidad tiene un agente privilegiado, sin bien
nunca hay que perder de vista que en el masoquismo estamos siempre ante una relación
entre dos: el Ama. Nuevamente en el sueño inicial de La Venus, la mujer continua su
exposición sobre las relaciones entre el hombre y la mujer:

– [...] Cuanto más fácilmente se entregue la hembra, tanto más pronto se volverá frío y
dominador el varón; pero cuanto más cruel y desleal sea ella, cuanto más lo maltrate, cuanto más
despiadadamente juegue con él, cuanto menos compasión muestre, tanto más excitará la sensualidad
en el hombre y más amada y adorada será para él. Así ha sido siempre, desde los tiempos de Helena
y Dalila hasta los de Catalina II y Lola Montes.
–No puede negarlo –decía yo–, nada hay que pueda excitar tanto al varón como la estampa
de una déspota bella, voluptuosa y cruel, que, arrogante y desconsiderada, cambia de favoritos
como le viene la gana...8

La mujer, así, para el héroe masoquista es la encargada de dar vuelta al contrato, de mostrar
su revés arbitrario y fantasmático. Estamos en el reino de las apariencias.

Denegación, idealismo y género


El mundo platónico de los simulacros es un mundo estallado en mil pedazos, un mundo
puesto en perspectiva horizontal que rompe las jerarquías. En El amor de Platón, novela
que hace de contrapunto a La Venus de las pieles en la medida en que allí todo contacto

6
von Sacher-Masoch, L. La Venus de las pieles, 18
7
Deleuze, G. Presentación de Sacher-Masoch, 37
físico está negado y sublimado, el sensualismo propio de la Venus está idealizado al modo
platónico. El personaje principal sólo puede enamorarse de un hombre: “Lo más noble, el
mejor de los sentimientos, el que ofrece la mayor de las satisfacciones es para mí la amistad
del varón, porque es la única relación que reposa sobre una igualdad y es completamente
espiritual”9. Platón, seudónimo que el mismo protagonista, Henryk, adopta, niega la
posibilidad a la mujer de poder estar a la altura del hombre para tener una relación sublime
y espiritual. Dice Henryk: “Una mujer bella es como una obra de arte, por ejemplo una
pintura, que no está permitido rozar con los dedos, a la que ni siquiera es posible acercarse
demasiado si no se quiere hacer desaparecer la magia” 10. Esta dualidad sensualismo-
espiritualidad define las coordenadas de la historia de la novela bajo la forma de una
tensión que no siempre puede ser mantenida: habrá momentos en que la sensualidad
arrebaten las finas teorías de Platón. Y el escándalo ocurrirá precisamente por la
voluptuosidad que provoca una joven en nuestro héroe. La mujer en cuestión posee en
principio todos los elementos del Ama, y el protagonista sólo la ve pasar arriba de un trineo
fugasmente, pero con la belleza suficiente para no ser olvidada:

En el trineo iba sentada una mujer joven vestida con las galas más suntuosas. La vi sólo por un
instante, pero sabría decir que era rubia, que poseía unos ojos hermosos y la arrogancia de alguien
de alto rango, es decir, de alguien acostumbrado a mandar. Me quedé petrificado mirando ese
vertiginoso pasaje, y si sus cuatro caballitos ucranianos no hubieran tenido alas, me hubiera ido en
pos de ella. Naturalmente, estoy dispuesto a recorrer la calle del Paseo, a asistir al teatro, inclusive a
visitar las iglesias, con el propósito de descubrirla. Y si me llegara a enterar dónde vive, me pasaría
horas bajo sus ventanas con tal de ver su sombra detrás de las cortinas de su casa 11.

La mujer acostumbrada a mandar, la belleza inalcanzable, las transparencias de las cortinas,


etc.: todo encaja en la mujer ideal a la cual someterse. Sin embargo, sabemos de los altos
ideales de nuestro héroe. Bien, esta mujer le tenderá una trampa, fiel a su arrogancia y
despreocupación, a su fortaleza que hace que se desentienda de las buenas costumbres. Esta
mujer, con la cual el personaje termina por encontrarse, enterada de la ética viril de Henryk,

8
von Sacher-Masoch, L. La Venus de las pieles, p. 15
9
von Sacher-Masoch, L. El amor de Platón, p. 40
10
von Sacher-Masoch, L. El amor de Platón, p. 24
11
von Sacher-Masoch, L. El amor de Platón, p. 24
se le presentará vestida de hombre, pasando por hermano de ella misma, y enamorará al
nuevo Platón: eidolon, imagen desdoblada, copia en donde en le modelo está ausente,
doble12.
La mujer en cuestión era la condesa rusa Nadiezhda Baragreff, y el encuentro se
produjo en un baile. “La condesa rusa me atraía y repelía al mismo tiempo. Era una
presencia inquietante en mi alma”13, dice Platón. Esta contradictoria afección marcará toda
la relación subsiguiente, ya que lo que comienza así se sigue en una serie de
desdoblamientos. El problema parece presentarse en que la condesa tiene algo espiritual
que le “atrae indescriptiblemente”14:

–¿Cree en un amor espiritual, entonces? –preguntó abruptamente.


–No en la mujer, pero sí en el varón –le respondí
–¿Entonces me ama usted espiritualmente?
–Creo que podría amarla, si usted no fuera una mujer15.

De esta manera, la desenmascarización del contrato deriva en una dimensión estética: por
un lado, el platonismo sin ideas, en donde todo se vuelve simulacro. Mundo lleno de
espejos, reflejos, sombras. Mundo recargado, en profundidad, compuesto de capas que se
suceden hasta el infinito. El héroe masoquista se pierde entre esas capas, en esas líneas de
fuga que ponen todo en perspectiva, como si, luego de mostrar que el contrato deriva en el
capricho de la voluntad de la Ama, el mundo se desdoblara constantemente sobre sí mismo.
De allí la importancia de la pintura, de las máscaras, de los velos, etc.: se trata de una
puesta en escena compuesta de elementos dispuestos a engañar, a velar, a enmascarar.
Podemos pensar que esta superación del contrato hacia ese mundo de simulacros, el
paso de la dimensión jurídica a la dimensión estética, tiene sus fundamentos más políticos
en el culturalismo de Masoch. Aquí se encuentra la dimensión política más clara en
Masoch. El platonismo desfondado, el universo de los simulacros es la filosofía que
fundamenta la concepción política de la diversidad cultural. Mucho antes que la

12
ver: Vernant, J.-P- El individuo, la muerte y el amor, y Vernant, J.P. Mito y pensamiento en la Grecia
antigua.
13
von Sacher-Masoch, L. El amor de Platón, p. 51
14
von Sacher-Masoch, L. El amor de Platón, p. 54
15
von Sacher-Masoch, L. El amor de Platón, p. 54
antropología estructuralista, Masoch puso en escena el problema de la diversidad cultural.
Su crítica al contrato, de alguna manera, socava los fundamentos de las concepciones
eurocentristas que hacen de Europa, y particularmente de algunas supuestas “razas”, lo más
perfecto de la humanidad. Si el contrato queda sin efecto, se disuelve por exageración y
ridicularización, si todo se vuelve simulacro, no puede pensarse ya más en que los distintos
contratos sociales diferencien a la humanidad. Lo que caracteriza al hombre, antes que su
pertenencia a una comunidad jurídica, es la pertenencia a una cultura, precisamente, a algo
del orden de la producción, del invento, del simulacro. Dice Masoch en su Autobiografía:
“Se deduce de esta historia que es falso hablar del odio de la población de Galitzia contra
los judíos. En un país como Galitzia donde existen desde hace siglos tantas nacionalidades
y confesiones, tolerarse y respetarse mutuamente es casi una evidencia. En un territorio en
el que viven juntos y en concordia desde hace siglos polacos, judíos, rusos, pequeño-rusos,
rumanos, alemanes, armenios, húngaros, gitanos y turcos, un país que, en lo que concierne
a las confesiones, ha acogido a católicos griegos y romanos, armenios, griegos ortodoxos,
lipovanios, duchoborzos, judíos, careénos, hassidim, luteranos, calvinistas, mennonitas,
musulmanes y paganos, no puede alentar odio entre las razas, persecusiones religiosas ni
tampoco antisemitismo”16.

Conclusión
Sacher-Masoch, así como Sade, tiene dos grandes continuadores en el siglo XX,
sumamente dispares entre sí: J. Ballard y E. Jelinek. En ambos casos nos encontramos con
la continuación de un proyecto literario que reúne sexualidad y política. El deseo sexual,
como supieron verlo Deleuze y Guattari, no es una producción individual, interior, sino que
está volcado sobre el cuerpo social dándole forma. En el caso de Masoch su estrategia es
recuperando a su vez la filosofía platónica. Masoch supo ver en Platón, mucho antes que
los comentaristas menos ortodoxos del siglo XX, que el mundo no se divide en dos, sino en
tres, siendo el tres no una superación dialéctica sino esa imagen veraz donde lo real está
ausente.
En esa indistinción entre la fantasía y la realidad, lo que se da también es un
sacrificio del propio Yo. El punto de partida del masoquista es la anulación de la voluntad
indiviudal y la entrega completa y total al otro: “Simplemente queremos tornarnos un único

16
von Sacher-Masoch, L. Escritos autobiográficos. P. 52
ser, queremos fundir todas las cualidades, las ideas, las adoraciones de la vida en una
entidad única con el otro. Nos entregamos, como un objeto, como una tela que deberá
cortarse a la medida, diciendo «¡haz de mí lo que tú eres!»” (Sacher-Masoch, L. Don Juan
de Kolomea, 52). El sacrificio en tanto anulación de la volutnad hace saltar la Ley, hace
saltar los propios fundamentos del contrato social. De esta manera, Masoch realiza su
crítica al contractualismo por medio de esta burla de la ley del masoquista.

En la historia de Jelinek presente en su novela La pianista y llevada magistralmente al cine


por Haneke, asistimos a una típica escena masoquista conmovedora, aterradora, inquietante,
precisamente porque nos presenta la imposibilidad de distinguir el plano de lo real del
plano de la fantasía o representación. Una profesora de piano, que vive con una madre
severísima en una relación patológica de protección, comienza una relación con un joven
alumno, Walter. Luego de algunos encuentros, Erika decide mostrarle una carta que tiene
bien guardada y escondida. Erika “Lo ha escrito todo. Quiere dejarse absorber íntegramente
por el hombre, hasta desaparecer” (Jelinek, E. La Pianista, 209); “Erika se desprende de su
voluntad. Se desprende de una voluntad que siempre le ha pertenecido a la madre y ahora
se la entrega a Walter Klemmer como el testigo en una carrera de postas” (Jelinek, E. La
Pianista, 210). Primera ambigüedad de la relación masoquista: en este caso, la anulación de
la voluntad implica una relación de poder en donde Erika, terriblemente dominada por su
madre, dominará a Walter al entregarse ella misma. Nada es lo que parece, las coordenadas
de lo real y conocido comienzan a desdibujarse. Erika, al entregarse completamente a
Walter, realiza su fantasía y, así, escapa del mundo cerrado y casto al que la madre la
sometía. Al entregar su voluntad, Erika cumple su fantasía. Erika logra hacer que el otro
cumpla su fantasía de dejar de ser un sujeto autónomo (si bien ella lo era muy pobremente
debido a su madre).
En la carta o contrato, ella le pide a su amante que no le haga caso si ella, en medio
de los azotes o golpes que recibirá, pide que se detenga: la anulación de la voluntad debe
ser absoluta, la desintegración total: “Si satisfaces mis ruegos, cuando te pida, amado mío,
que sueltes un poco mis cadenas, quizás podría llegar a liberarme. Por ello, por favor,
nunca hagas caso, ¡aunque te lo suplique! Por el contrario, ante mis súplicas haz como si
quisieras seguir adelante, de hecho, ciñe y aprieta aun más las cadenas” (La pianista, 211),
“no prestes atención cuando diga no. No oigas mis ruegos” (La pianista, 229). El estudiante
se ríe, cree que todo es una broma, que Erika simplemente le está jugando una broma. Erika
insiste seriamente que no es un juego. Walter duda, esta mujer está loca. Pero a la larga, la
fantasía se realizará. ¿Qué quiere decir que una fantasía se realice? Por lo general, la
naturaleza misma de una fantasía es ser precisamente eso, una fantasía, es decir, algo que
no es real, que no puede ocurrir. Recordemos a Platón: phántasma, la fantasía es una
representación que no es real para nada, es lo falso. La fantasía se opone a lo real, aunque
exista. Ese es el simulacro: existe pero no es real en el sentido en que sólo las Ideas son
reales. ¿Qué es lo real en este caso? Lo real, que es definido culturalmente pero vivido
siempre como incausado, natural, normal, eterno, es la sexualidad libre, en donde dos
sujetos se encuentran para libremente darse placer. Lo real es que a nadie le gusta el dolor,
que nadie quiere ser voluntariamente golpeado, azotado, humillado, etc. Eso no puede ser
real. La psiquiatría del siglo XX le pondrá un nombre a eso que se desvía de lo real-normal-
natural: perversión. Y nacerá el término masoquismo (así como el de sadismo de Sade) a
partir de considerar que esa forma de sexualidad no es real con todas las letras, sino formas
de sexualidad alejadas de lo real.
Sin embargo, el masoquista, Erika en este caso, hacen de la fantasía lo real mismo.
Si ocurre esto, cómo compararse con el modelo, con lo real, si ahora parece que hay
muchas realidades, si ahora lo que debería haber sido una fantasía (una forma desviada del
modelo real) se ha vuelto real también. Todo se vuelve confuso, las coordenadas que nos
permiten orientarnos en nuestro mundo caen y se pierde el rumbo.
Walter perderá su rumbo y se encontrará en medio de la fantasía, peleándose
violentamente con Erika. En medio de esta pelea, el amante comienza a realizar lo que la
fantasía pedía. Todo parece indicar que al principio estamos frente a una escena real, donde
efectivamente los amantes tienen una pelea real, pero lenta y gradualmente esa realidad se
va metiendo en el terreno de la fantasía, el amante comienza, en medio de la pelea, a hacer
todo aquello que ella le había pedido. Él la golpea fuertemente, la violenta y comienza a
violarla rudamente, ella se resiste, lucha, le pide que se detenga, que por favor pare, él no
para, y al no parar no hace otra cosa que hacer lo que ella había contratado: que no parara si
ella se lo pedía.
Cuando el momento llegue ya no hay cómo distinguir la fantasía de lo real porque la
fantasía es lo real y nada más. No habrá una adecuación más o menos perfecta con el Ideal
porque el Ideal será la Fantasía sensible, será el acontecimiento mismo, lo que ocurra en los
cuerpos mismos. Lo único real son los simulacros y lo que debía ser real pasa por ser una
normalidad ingenua, culturalmente construida, un invento también. El simulacro termina
haciendo de todas las cosas simulacros, uno se pierde en una sucesión infinita de
simulacros, todo se vuelve ficción, todo se vuelve simulación, máscara, y lo real queda no
sólo perdido sino abolido: si algo aprenderá Walter, así como Wanda, es que la vida real ya
no tendrá la misma consistencia: algunos eligen creer en una cosa y otros en otra, pero
todas las cosas (antes divididas entre realidades y representaciones o ficciones) pasan a
estar en un mismo plano, unas al lado de las otras.
El masoquismo nos presenta así una experiencia viva del simulacro. En efecto, en la
medida en que el simulacro es lo que no admite la representación porque la anula por
esencia, éste sólo puede aparecer como una experiencia intransferible, irreductible. Platón
fue el que originó esta posibilidad del masoquismo cuando afirmó esa tercera forma de
existir presente en el simulacro: una imagen que existe pero que no es: podemos pensar en
un modelo, en una copia, en una copia de la copia, etc., hasta llegar a una imagen que ya no
tiene nada que ver con el modelo, una imagen en donde la Idea ya no está presente para
nada, pero que sin embargo existe. El simulacro es la fantasía hecha realidad: deja de ser
una representación, una actuación. En el simulacro ser y actuar quieren decir lo mismo:
todo se vuelve una ficción, todo se vuelve máscara.

Referencias Bibliográficas
Deleuze, G. (2001) Presentación de Sacher-Masoch, Amorrortu, Buenos Aires
Jelinek, E. (2005) La pianista, Mondadori, Buenos Aires
Sacher-Masoch, Leopold von (2008) Cuentos Judíos, José J. Olañeta Editor, Barcelona
Sacher-Masoch, Leopold von (2007) Don Juan de Kolomea, El Cuenco de Plata, Buenos
Aires
Sacher-Masoch, Leopold von (2004) El amor de Platón, El Cuenco de Plata, Buenos Aires
Sacher-Masoch, Leopold von (1993) La Venus de la Pieles, Tusquets, Barcelona
Vernant, J.-P. (2001) El individuo, la muerte y el amor en la Antigua Grecia, Paidós,
Barcelona.