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Historias

de Gatos

Con cariño para Nilda Werchez.


El gato cansado
Los gatos, grandes cazadores, tienden a alimentarse de presas más
débiles, y su agilidad hace que no pasen hambre en todo el año, aunque
se trate de gatos solitarios. Los ratones son sus principales víctimas, ya
que a pesar de las grandes velocidades que estos pueden alcanzar, su
pequeño tamaño les
convierte en una presa
fácil para los gatos.
Precisamente, sabedor
de todo aquello, vivió
una vez un gato,
conocido entre sus
secuaces por tener
siempre la barriga muy
grande y llena. Pero el
gato fue cumpliendo
años, y con el paso del
tiempo, se daba cuenta de que su agilidad ya no era la de cuando era
joven, ni sus ganas de correr de acá para allá eran tampoco las mismas.
Ya no podía perseguir a los ratones con la misma facilidad, y poco a poco,
fue convirtiéndose en un gato callejero apostado en una esquina con
hambre y aterido de frío.

A los viandantes que se cruzaban con él se les llenaban los ojos de


lágrimas, y muy compadecidos por su estado, se fueron haciendo amigos
de él, incluso algunos ratones con el corazón lleno de amor y de
solidaridad.

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Sin embargo, uno de aquellos ratones que se encontraba por las
cercanías, y que le observaba día tras día, no terminaba de confiar en él
ni de creer que el hambre le hubiese apaciguado también su frío corazón.
Un día, surgió una disputa entre dos pájaros ante la aparente mirada
impasible del gato. El ratón, que observaba la escena sin perder detalle,
estaba convencido de que el gato se lanzaría hambriento sobre los dos
pájaros, y de este modo, todo el mundo descubriría las verdaderas
intenciones del gato.

El gato, aproximándose a la rama del árbol desde la cual vociferaban los


pájaros, dijo:

No os peléis. Confiad en mí e intentemos arreglar vuestro malentendido.


Efectivamente, y como temía el ratón, el gato parecía cercar cada vez más
a los pobres pájaros con la intención de lanzarse sobre ellos. Ya no era un
gato cazador, y los años, le conducían a vivir de ocasiones fortuitas y
desesperadas.

El ratón, contemplando la lastimosa escena, llamó la atención del gato


con un agudo silbido y libró a los pajarillos de su destino. Pero ya no podía
ver a aquel gato
cansado con los
mismos ojos, y
decidió
acompañarle en la
distancia hasta el
fin de sus días.

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El gato con botas
Érase una vez un viejo molinero que tenía tres hijos. El molinero solo
tenía tres posesiones para dejarles cuando muriera: su molino, un asno
y un gato. Estaba en su lecho de muerte cuando llamó a sus hijos para
hacer el reparto de su herencia.

“Hijos míos, quiero dejarles lo poco que tengo antes de morir”, les dijo.
Al hijo mayor le tocó el molino, que era el sustento de la familia. Al
mediano le dejó al burro que se encargaba de acarrear el grano y
transportar la harina, mientras que al más pequeño le dejó el gato que
no hacía más que cazar ratones. Dicho esto, el padre murió.
El hijo más joven estaba triste
e inconforme con la herencia
que había recibido. –“Yo soy el
que peor ha salido ¿Para qué
me puede servir este gato?”, –
pensaba en voz alta.

El gato que lo había escuchado,


decidió hacer todo lo que estuviese a su alcance para ayudar a su nuevo
amo. – “No te preocupes joven amo, si me das un bolso y un par de botas
podremos salir a recorrer el mundo y verás cuántas riquezas
conseguiremos juntos”.

El joven no tenía muchas esperanzas con las promesas del gato, pero
tampoco tenía nada que perder. Si se quedaba en aquella casa moriría
de hambre o tendría que depender de sus hermanos, así que le dio lo que
pedía y se fueron a recorrer el mundo.
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Caminaron y caminaron durante días hasta que llegaron a un reino
lejano. El gato con botas había escuchado que al rey de aquel país le
gustaba comer perdices, pero como eran tan escurridizas se hacían casi
imposibles de conseguir. Mientras que el joven amo descansaba bajo la
sombra de un árbol, el gato abrió su bolsa, esparció algunos granos que
le quedaban sobre ella y se escondió a esperar.

Llevaba un rato acechando cuando aparecieron un grupo de perdices,


que encontraron el grano y se fueron metiendo una a una en el saco para
comérselo. Cuando ya había suficientes, el gato tiró de la cuerda que se
encontraba oculta, cerrando el saco y dejando atrapadas a las perdices.
Luego se echó el saco al hombro y se dirigió al palacio para entregárselas
al rey.

Cuando se presentó ante el rey le dijo: – “Mi rey, el Marqués de Carabás


le envía este obsequio. (Este fue el nombre
que se le ocurrió darle a su amo)”. El rey
complacido aceptó aquella oferta y le pidió
que le agradeciera a su señor. Pasaron los
días y el gato seguía mandándole regalos al
rey, siempre de parte de su amo.

Un día el gato se enteró de que el rey iba a


pasear con su hermosa hija cerca de la ribera
del río y tuvo una idea. Le dijo a su amo: –
“Si me sigues la corriente podrás hacer una
fortuna, solo quítate la ropa y métete al río”.
Así lo hizo el hijo del molinero hasta que

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escuchó a su gato gritando: – “¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Se ahoga el Marqués
de Carabás! ¡Le han robado sus ropas!”.
El rey atraído por los gritos se acercó a ver qué pasaba. Al ver que se
trataba del Marqués que tantos obsequios le había enviado, lo envolvió
en ropas delicadas y lo subió en su carruaje para que les acompañara en
el paseo.

El astuto gato se adelantó a la comitiva real y se dirigió a las tierras de un


temido ogro, donde se encontraban trabajando unos campesinos. Los
amenazó diciéndoles: – “Cuando el rey pase por aquí y les pregunte de
quién son estas tierras, deberán responder que pertenecen al Marqués
de Carabás, sino morirán”.

De esta manera cuando el rey


cruzó con su carruaje y
preguntó a quién
pertenecían aquellas tierras,
todos los campesinos
contestaron: – “Son del señor
Marqués de Carabás”.

El gato con botas que se sentía muy complacido con su plan, se dirigió
luego al castillo del ogro, pensando en reclamarlo para su amo. Ya había
escuchado todo lo que el ogro podía hacer y lo mucho que le gustaba que
lo adularan. Así que se anunció ante él con el pretexto de haber viajado
hasta allí para presentarle sus respetos.

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Cuando estuvo solo con el ogro, el gato le dijo: – “Me han dicho que es
capaz de convertirse en cualquier clase de animal, como por ejemplo un
elefante o un león”.

– “Es cierto”, – contestó el ogro muy halagado y se transformó de


inmediato en un rugiente león para demostrarlo.

A lo que el gato contestó: – “¡Sorprendente! ¡Ha sido increíble! Pero me


impresionaría más si pudieras transformarte en algo tan pequeñito como
un ratón. Eso debe ser imposible, incluso para un ogro tan poderoso
como tú”.

El ogro ansioso por impresionar al gato, se convirtió en un segundo en un


diminuto ratón, pero apenas lo hizo el gato se lanzó sobre él y se lo tragó
de un bocado.

Fue así como el gato reclamó aquel palacio y las tierras circundantes para
el recién nombrado Marques de Carabás, su joven amo. Allí recibió al rey,
que, impresionado ante el lujo y la majestuosidad del castillo, le propuso
de inmediato la mano de su hija en matrimonio. El hijo del molinero
aceptó y luego de que el
rey murió gobernó
aquellas tierras, al lado del
gato con botas a quien
nombró primer ministro.

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El gato soñador
Había una vez un pueblo pequeño. Un pueblo con casas de piedras, calles
retorcidas y muchos, muchos gatos. Los gatos vivían allí felices, de casa
en casa durante el día, de tejado en tejado durante la noche.

La convivencia entre las personas y los gatos era perfecta. Los humanos
les dejaban campar a sus anchas por sus casas, les acariciaban el lomo, y
le daban de comer. A cambio, los felinos perseguían a los ratones cuando
estos trataban de invadir las casas y les regalaban su compañía las tardes
de lluvia.

Y no había quejas…

Hasta que llegó Misifú. Al principio, este


gato de pelaje blanco y largos bigotes hizo
exactamente lo mismo que el resto:
merodeaba por los tejados, perseguía
ratones, se dejaba acariciar las tardes de
lluvia.

Pero pronto, el gato Misifú se aburrió de hacer siempre lo mismo, de que


la vida gatuna en aquel pueblo de piedra se limitara a aquella rutina y
dejó de salir a cazar ratones. Se pasaba las noches mirando a la luna.
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– Te vas a quedar tonto de tanto mirarla – le decían sus amigos.

Pero Misifú no quería escucharles. No era la luna lo que le tenía


enganchado, sino aquel aire de
magia que tenían las noches en los
que su luz invadía todos los
rincones.

– ¿No ves que no conseguirás nada?


Por más que la mires, la luna no
bajará a estar contigo.

Pero Misifú no quería que la luna


bajara a hacerle compañía. Le valía
con sentir la dulzura con la que
impregnaba el cielo cuando brillaba
con todo su esplendor.

Porque, aunque nadie parecía


entenderlo, al gato Misifú le gustaba lo que esa luna redonda y plateada
le hacía sentir, lo que le hacía pensar, lo que le hacía soñar.

– Mira la luna. Es grande, brillante y está tan lejos. ¿No podremos


llegar nosotros ahí donde está ella? ¿No podremos salir de aquí, ir
más allá? – preguntaba Misifú a su amiga Ranina.

Ranina se estiraba con elegancia y le lanzaba un gruñido.

– ¡Ay que ver, Misifú! ¡Cuántos pájaros tienes en la cabeza!

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Pero Misifú no tenía pájaros sino sueños, muchos y quería cumplirlos
todos…

– Tendríamos que viajar, conocer otros lugares, perseguir otros


animales y otras vidas. ¿Es que nuestra existencia va a ser solo esto?

Muy pronto los gatos de aquel pueblo dejaron de hacerle caso. Hasta su
amiga Ranina se cansó de escucharle suspirar.

Tal vez por eso, tal vez porque la luna le dio la clave, el gato Misifú
desapareció un día del pueblo de piedra. Nadie consiguió encontrarle.

– Se ha marchado a buscar sus sueños. ¿Habrá llegado hasta la luna?


– se preguntaba con
curiosidad Ranina…

Nunca más se supo del gato


Misifú, pero algunas noches de
luna llena hay quien mira hacia el
cielo y puede distinguir entre las
manchas oscuras de la luna unos
bigotes alargados.

No todos pueden verlo. Solo los


soñadores son capaces.
¿Eres capaz tú?

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Cambio de papeles
Mario era el humano de Zeta y Zeta, que tenía el pelo rojizo como un
zorro, era el gato de Mario. A Zeta le gustaba mucho su humano, pero
también le gustaba ir a su aire. Por mucho que el niño insistía, Zeta nunca
dormía en su cama cuando él
estaba dentro, prefería hacerlo
acurrucado en un cojín junto al
radiador. A Zeta le gustaba
descubrirlo todo, ¡era tan
curioso! y no tenía miedo a
nada, o casi a nada. Porque el
aspirador, en verdad, le
asustaba un poquito. Cuando
olía, oía o veía algo nuevo, Zeta
no se lo pensaba dos veces…
acudía sigiloso a olfatear,
escuchar y observar lo que
pasaba. Era todo lo contrario
que su humano. Y es que a
Mario no le gustaban las cosas
nuevas: le daban miedo.

Por eso cuando aquel otoño comenzó en una escuela nueva, un colegio
de mayores, que decía su abuela, Mario no paraba de quejarse. Eso a
pesar de que había muchas cosas que le gustaban de su nuevo colegio.
Para empezar ya no tenían que llevar ese babi color verde que tanto
odiaba. Además, el colegio nuevo era mucho más grande y en vez de un
patio de arena, tenían una pista de fútbol y otra de baloncesto. Sin
embargo, las clases eran cada vez más complicadas. Lo que menos le
gustaba a Mario era cuando le tocaba leer en alto delante de toda la
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clase. Se ponía tan nervioso que todas las letras comenzaban a bailar y a
mezclarse unas con otras. Al final Mario comenzaba a tartamudear y le
tocaba a otro releer lo que él había leído.

Mario le contaba a Zeta todas estas cosas y el gato, mientras se dejaba


acariciar con paciencia, pensaba en lo injusto que era que Mario, que no
quería ir al colegio, tuviera que acudir a él cada día.

– Y mientras yo, que me encantaría, tengo que quedarme en casa cada


día. ¡Con lo que me gustaría a mí ir al colegio y aprender a leer!

Para Mario, sin embargo, era todo lo contrario:

– Qué suerte tienes Zeta, tú puedes estar en casa todo el día… ¡Si yo
fuera un gato: sería tan feliz!

Y tanto quería Zeta ir al colegio y tanto quería Mario ser un gato, que una
noche de luna llena un hada traviesa que pasaba por la ventana decidió
concederles el deseo.

– Durante una semana Zeta será un humano y Mario un gato…

Imaginaros el lío que se montó a la mañana siguiente… Zeta con su


cuerpo de niño de 6 años y Mario lleno
de pelo color rojizo.

–Y ahora, ¿qué hacemos? –exclamó


Zeta que ahora hablaba como los
humanos, puesto que era uno de ellos.

–Pues tendrás que ir al colegio y


hacerte pasar por mí –maulló Mario

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mientras se chupaba la pata con su lengua aterciopelada.

Y así lo hicieron. Zeta se marchó al colegio y allí vio con sus ojos todo lo
que Mario le había contado. Lo campos de fútbol y baloncesto, los libros
repletos de letras y aquella maestra que les hacía leer en voz alta. Como
Zeta era muy curioso y no le tenía miedo a nada, estuvo observando a
todos los niños, mirando bien los libros y descubriendo en qué consistía
eso de leer. Pero, aunque todo era muy divertido, Zeta estaba agotado.
Así que cuando llegó el recreo pensó quedarse acurrucado en una
esquina y echarse una siestecita: aquello de ser niño era muy
entretenido, pero también muy
agotador. Pero cuando estaba a
punto de quedarse dormido, sus
amigos vinieron y le obligaron a
jugar un partido de fútbol con
ellos.

Mientras tanto, en casa, Mario se


había quedado en la cama tan a
gusto que pensó que eso de ser
gato era lo mejor del mundo. A
mediodía se fue al despacho de
Papá, se subió a la mesa y empezó
a ronronear. Papá, que estaba
revisando unos papeles muy
complicados le apartó de un manotazo. Y el pobre Mario convertido en
gato acabó de bruces en el suelo.

– Bueno, volveré a mi camita. No tengo nada que hacer más que


dormir, comer y jugar…

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Pero dormir tantas horas era aburrido, y no hablemos de jugar: perseguir
una bola de lana no era la idea que Mario tenía de diversión. Tampoco
era mejor comer: aquellas bolitas secas que Zeta solía devorar a todas
horas sabían a rayos y truenos.

Y así fueron pasando los días. Zeta en el colegio, tan observador, había
aprendido a leer. Mario, en casa, como no tenía nada que hacer, se
dedicaba a curiosear por todas
partes y a descubrir rincones en
los que nunca se había fijado.
También se estaba volviendo
más valiente: ¡hasta había
aprendido a enfrentarse al
aspirador como nunca lo había
hecho su gato! Y eso que, al
principio, cuando sintió la
máquina apuntando hacia él
casi se cae del susto, pero sabía
que no tenía nada que temer,
porque, aunque esa máquina era muy potente, él era mucho más rápido.

Pero ambos echaban de menos su vida anterior: el colegio estaba bien, y


leer era muy divertido para Zeta, pero era mucho mejor pasarse todo el
día durmiendo y curioseando a su antojo. A Mario ser gato le parecía muy
cómodo, pero también muy aburrido. No podía salir a a la calle, ni jugar
al fútbol con amigos. Extrañaba el colegio, ¡incluso aunque le hicieran
leer en alto!

Así que aquella noche, cuando habían pasado ya siete días desde que se
cambiaron los papeles, Mario y Zeta empezaron a discutir cómo acabar
con aquella situación:

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– Yo no quiero ir más al colegio. ¡Vaya aburrimiento!

– Y yo no quiero quedarme todo el día en casa… ¡eso sí que es


aburrido!

– Pero ¿qué hacemos? No sabemos por qué ha pasado esto, ni


tampoco cómo solucionarlo…

Y justo en aquel momento, el hada traviesa que había creado el


encantamiento apareció en la habitación. Era pequeña como una
mariposa y no llevaba una barita mágica, sino una pistola de agua con la
que disparó a Zeta y a Mario que volvieron a sus cuerpos originales.

– ¡Espero que hayáis aprendido la lección y ahora disfrutéis con lo que


sois!

Pero tanto Zeta como Mario habían aprendido algo más. Zeta había
aprendido a leer y desde entonces, además de husmear por todas partes,
jugar con bolas de lana, dormir y comer, también le pedía a Mario que le
dejara abierto algún libro de cuentos para leer un ratito. Mario, a su vez,
había aprendido a ser más
curioso y a no tener miedo
cuando la profesora le pedía que
leyera en alto. Si se había
enfrentado valiente a una
máquina que absorbía pelos…
¿cómo no iba a atreverse con la
lectura?

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El gato Vladimir
Como todas las mañanas de invierno el gatito Vladimir está asomado a la
ventana. ¡Es un minino muy curioso! Le encanta ver nevar sobre los
tejados y a los niños jugando sobre el parque cubierto de blanco. A través
del cristal escucha sus risas y se entretiene observando cómo hacen
divertidos y rechonchos muñecos de nieve.
Con sus manitas protegidas con guantes de lana, los pequeños forman
dos bolas: una grande para el cuerpo y otra más pequeña para la cabeza.
Después, le ponen botones en la tripa y dos piedras redonditas en el lugar
de los ojos. La nariz es una zanahoria larguirucha y dos palitos son los
brazos. Una niña pelirroja se quita la bufanda y la enrosca en el cuello del
pasmado muñeco. En su cabeza, ponen un gorro de lana de tres alegres
colores ¡Le queda pequeño pero muy gracioso!
Los niños aplauden cuando ven el
resultado. Hacen un coro y dan
vueltas alrededor de él mientras
cantan canciones.
Vladimir bosteza y piensa en lo
resbaladiza y fría que debe estar
esa nieve. Se aleja de la ventana y
se tumba en su suave y calentito
cojín junto al radiador, satisfecho
de vivir en una casa tan
confortable.

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El gato y los ratones
En cierto lugar, hace mucho tiempo, vivía una niña llamada Ana. como ya
era un poco mayorcita, después de salir de la escuela, ayudaba a su
madre en los quehaceres de la casa.

- ¡Un ratón! -se asustó un día la niña,


mientras limpiaba la cocina.

- ¿Qué te ocurre, hija mía? -acudió


presurosa su madre-. ¿A qué vienen
esos gritos? - ¡He visto un ratón,
mamá!

- ¡Hum! -dijo la madre-. No me gusta tener en casa a esa clase de


huéspedes. Tendremos que comprar un gato.

Al día siguiente, cuando el padre de Ana fue al mercado del pueblo, un


vendedor le entregó un hermoso gato a cambio de un cesto de manzanas.

- ¿Es buen cazador? -preguntó el padre de Ana.

- ¡No lo hay mejor! -le respondieron-. No hay ratón que pueda


escapar de sus garras.

Contento se fue el hombre a casa, donde mostró a todos el gato que


había adquirido.

- ¡Ya podremos dormir tranquilos! -aseguró-. A partir de este


momento, se acabaron los ratones.
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- ¡Miau! -afirmó el gato, muy
orgulloso de su papel de terrible
cazador.

Al llegar la noche, los ratones, que no


sabían nada de la presencia de su
terrible enemigo, como de
costumbre, salieron en busca de
comida.

- ¡Adelante, compañeros! -gritó el


jefe de los roedores, animando a sus
amigos-. ¡No vamos a dejar ni una migaja de pan!

Pero, cuando estaban más entretenidos saqueando la bien provista


despensa, ¡zas!, el gato se lanzó sobre ellos.

- ¡Socorro! -gritaron los ratones, escapando a toda prisa hacia sus


agujeros.

Sin embargo, muy pocos pudieron refugiarse en sus madrigueras. el gato,


que era muy ágil y astuto, se zampó a la mayor parte de ellos, dándose
un gran banquete.

- ¡Miau, miau! -se relamió el gato, satisfecho de su hazaña-. ¡Buen


lugar es éste, por cierto!

- ¿No os lo dije? -habló el padre de Ana al día siguiente-. Este gato es


una verdadera maravilla.

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Pero, advertidos los ratones de la presencia del minino, ya no se dejaron
atrapar tan fácilmente. Los roedores sólo salían en contadas ocasiones,
pasándose la vida en el interior de sus agujeros.

- ¡Hum! -se dijo el gato-. Tendré que imaginar una trampa para
atraerlos.

Subió el gato sobre un montón de troncos que había junto a la chimenea


y gritó:

- ¡Soy un tronco! ¡soy un tronco!

- ¡Ja, ja, ja, ja! -se burló de uno de los ratones, asomando el hocico.

- ¡Soy un tronco! -repitió el gato.

- No lo dudo -repuso el ratón, precavido-. Pero, aunque fueras un


ladrillo, no me acercaría. ¡Los troncos y los ladrillos no tienen garras,
amigo!

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El gato negro
En un poblado lejano vivía una pareja de novios muy enamorados y a
punto de casarse, la novia se llamaba Leticia y el novio se llamaba Miguel;
ellos estaban muy felices porque cada vez se acercaba más la fecha del
gran día de su boda, sin embargo, antes de esto ocurrió algo que sin duda
Leticia no puede olvidar.

Leticia era una joven sola y amante de los gatos, ella tenía un gato negro
al que trataba como si fuera su hijo, ella siempre lo consentía y le daba
lo mejor para brindarle mucho bienestar. Este gato parecía no querer al
novio de Leticia y cada noche que estaban en casa, el gato le mordía el
pantalón e incluso la Piel.

Miguel cada vez odiaba más al


gato, pero ante su novia fingía
que o quería mucho; un día
Leticia tuvo que ir a casa de sus
padres y le encomendó a Miguel
que cuidara de su pequeña
adoración, él por supuesto
aceptó y allí vio una oportunidad
para deshacerse del Felino.

Cuando Leticia se fue, Miguel aprovechó y mató al gato, se sentía feliz


porque ya no estaría molestándolo cada noche con sus mordidas, sin
embargo, algo extraño empezó a ocurrir en la casa y entre más caía la
noche más aterrador parecía todo. Un frío estremeció a Miguel y poco a
poco vio una horrenda sombra en la que aparecía el felino con un

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demonio aterrador, él se asustó mucho y de esta casa solo se escuchó un
fuerte grito.

Al día siguiente cuando Leticia volvió a casa la imagen que vio fue de
verdad horrorosa, ella encontró a su futuro esposo muerto colgado de un
lazo, al lado de él se encontraba el felino completamente desangrado y
muerto. Nadie sabe lo que ocurrió, pero desde ese entonces la casa de
Leticia está abandonada y se dice que allí aún se escucha el grito
estremecedor de este hombre en pena.

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Palabra de gato
“Una confesión se susurra o se escribe para transformar la vida gracias a
una verdad”, escucho rebotar en la pared antes del golpe de un libro que
se cierra. ¡Pooooomm! Los bigotes se me encrespan. El crujido del papel
ha arruinado el duermevela donde
me he sumergido estas dos últimas
horas.

Purrrrrrrrrr.

Me llamo Cooper y soy un gato. Han


leído bien: un g-a-t-o. Lamento
iniciar un tanto enojado este relato,
pero es pasajero y sólo causa del despertar repentino. No se habrán
asustado porque quien les habla sea un felino, para más señas, blanco y
negro, de maullido amable y origen callejero, ¿verdad? No soy el
primero. Antes de mí lo hicieron el Gato filósofo Sin Nombre, Murr, el
Gato con Botas, el lapidario Garfield y hasta el metafísico Gato de
Cheshire, cuya sonrisa cuántica desmoronó a la Alicia del país de las
maravillas con sesudas reflexiones: “Siempre llegarás a alguna parte, si
caminas no suficiente”. ¿Lo recuerdan? No seamos mojigatos entonces,
y déjenme que continúe.

Me llamo Cooper, como el Gary de Solo ante el peligro. Y soy un gato


ilustrado, elegante, sesudo e ingenioso. Ahora bien, no siempre he
hablado ni dominado el arte de la prosa. Cuando conocí a mis humanos
sólo maullaba, bufaba y escupía, de puro miedo. Nací en una calle del
Campo del Sur de Cádiz, malecón azotado por rudas olas atlánticas.

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¿Cómo pretenden que dedicara mis horas a la lectura? Antes debía
aprender a sobrevivir y comer por mí mismo.
Era agosto y por la tarde. Yo tenía un mes y medio. ¡Sucio como el hollín!
Las orejas puntiagudas y tan desproporcionadas respecto a mi cuerpo
escuálido, dos cumbres nevadas destacando en la noche calma. Mi vida
era recorrer las escolleras en busca de restos de pescados junto a mi
madre y mis cuatro hermanos, todos flacos y moteados.

¡Cataplum! El estruendo de
un zapato resonó en las rocas,
nos espantó y separó. ¿Qué
estaba pasando? Tras la
carrera entre los bloques,
encontré refugio bajo un
coche; pero ya no había rastro
de mis hermanos ni de mi
madre. Era la primera vez que
estaba solo: me moría de miedo y empecé a temblar. Pero confié en que,
si esperaba, no tardarían en volver. Maullé y les llamé hasta
desgañitarme. Cayó la noche. Despertó el sol. Tenía hambre.

Llevaba dos días bajo aquel motor, y sus largas noches, cuando sucedió
algo aún peor: un par de ojos enormes aparecieron en mi refugio. Y,
¡zaaahas! Su mano me apresó el cogote y me encerró entre unas
canastillas de pan. Bufé y escupí con todas mis fuerzas. La garganta me
pinchaba. Estaba tan aterrorizado y exhausto mientras recorríamos todo
el malecón dentro de las canastillas: lo sé porque aún escuchaba el rugir
del mar.

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Gurrhrrrrrr.

¿Quiénes son estos? ¡Qué gatos tan raros! Me repetí los tres días
siguientes, mientras examinaba de cerca sus caras sin pelo. ¡Y lo más
sorprendente: sin finos bigotes! Aquellos seres hablaban sin parar, y yo
aprendí mis primeras palabras: comida, veterinario, sardinas, no, gatito,
pelusa, cuerda, calcetines, voces que rebotaban cual pelotas, y cuyos
ecos yo perseguía con entusiasmo.

Aunque ninguna emoción fue comparable a la excitación de conocer a la


perra blanca como la nieve que habitaba aquel lugar: Habichuela me
adoptó como si fuera su cachorro. ¡Qué feliz me pusieron sus lametazos!
Todo era nuevo para mí. El espacio y las reglas de vida. La habitación con
ventanas. El largo corredor. La perra, a quien no le importaba que yo no
ladrase ni que le robara la
cama. Y las suculentas
latas de atún y salmón
disponibles a cualquier
hora.

Chup, chup, chup.

Con aquel pasillo


delante, no tardé en
recuperar mi instinto
explorador. Necesitaba averiguar dónde estaba. Acompañado por mi
protectora amiga la perra, decidí aventurarme más allá de donde jamás
había llegado. Solo entonces tuve otra gran revelación: al frenar de

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bruces contra una pared, montones de letras abandonaron las tapas que
las encerraban. ¡Tenían que haberme visto saltar detrás de todas ellas!

Miau, miau, ¡MIAU!

¿Pero, qué hacen?, me


pregunté cuando vi a los
humanos desmontar aquella
pared de palabras. Sus
pulgares capturaban lo que
ellos llamaban libro mientras
se acomodaban en sillones
orejeros y desplegaban sus
tripas de papel. Yo presencié maravillado el espectáculo desde la cama
que compartía con la perra. ¡Centenares de frases sobre las que lanzarme
escapaban a tropel! Voces que se deslizaban huyendo de mis zarpazos.
Palabras que lo ocupaban todo. Párrafos estirados que entraban y salían
de nosotros, como los gatos del Campo de Sur movidos por el olor del
pescado. Yo era un pequeño gato feliz corriendo tras la verborrea
informe y revoltosa. Derrapar, cazar letras, comida, siestas con la perra,
derrapar.

Cuando hoy esto escribo, han pasado siete años. Ya soy un cazador
experimentado de palabras. Y me he transformado en un colosal gato de
pelo sedoso. Los humanos me llaman amigo: “Cooper, amigo”, dicen
mientras rascan mi barbilla o atusan la piel de la nuca y me cuentan
intimidades. ¡Podría dejar que esos pulgares me acaricien para siempre!
Yo amaso sus barrigas con las garras para mostrarles mi afecto. Tampoco
me enoja no ser ya el único gato: están Cabo, un felino bonachón que
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llegó un año después de mí a casa, Martes, una princesa peluda de ojos
verdes, y Billy, el minino atigrado que da volteretas de felicidad por la
casa.
El tiempo ha pasado, aunque hay cosas que no cambian. Enfilo el sofá
con un estudiado rodeo. Oteo para atinar el salto en el hueco entre los
dos humanos, absortos en sus respectivos libros. La noche entra por la
ventana. Yo me desplomo sobre mi cojín de terciopelo, me lamo la pata,
atuso la mejilla, me lamo la panza, y disfruto del vientecillo locuaz que
mece mis bigotes. ¡No hay lugar mejor!

Mrrrooww.

Ya conocen mi secreto. Pero pido discreción. Solo así tendrá fuerza para
transformar a los humanos que merezcan llegar a alguna parte: aquellos
que caminen lo suficiente.

PS. Antes de que se vayan,


¿podrían rascarme detrás
de la oreja con su pulgar?

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Úngulo, el gato mentiroso
Úngulo era un regordete gato siamés que solía cortarse el pelo una vez a
la semana.

El pelo le crecía rápidamente.


No le sucedía lo mismo a sus
uñas. No le crecían nada y,
claro, Úngulo se sentía muy
mal.

En la peluquería hablaba con


Roberto, el oso peluquero:

- No logro entender por qué no puedo tener unas uñas largas como el
resto de los felinos.

- Lo pasarás fatal cuando quieras rascarte –le dijo Roberto.

- Utilizo un cepillo de dientes que me dio Rufo, el cocodrilo, aunque


no es lo mismo.

Roberto, mientras le arreglaba el pelo al gato, le comentó:

- Recuerdo que, siendo todavía osito, oía contar a mi abuelo la


historia de un tigre mentiroso, pero que muy mentiroso, al que no
le crecían las uñas por su falta de sinceridad.

- Bueno, pero yo no soy ningún tigre. Y tampoco digo mentiras –


contestó rápidamente Úngulo algo enfadado.
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- No te pongas así, gato desuñado. Lo cierto es que el tigre de aquella
historia estuvo una semana sin decir mentiras y sus uñas volvieron
a salir.

“¡Qué suerte, uñas largas y afiladas como cuchillos!” –pensó Úngulo.

El peluquero terminó su trabajo echándole un poco de colonia al pelaje


del gato.

- Hasta dentro de siete días, Roberto.

El gato se fue a su casa y no salió a la calle en toda una semana, ni siquiera


a comprar pescado.

Pasado este tiempo, llegó el día de su visita a la peluquería. Úngulo lucía


unas uñas estupendas.

- ¿Estarás muy
contento con tus
nuevas uñas? –le
preguntó el oso.

- ¡Ya lo creo!,
ahora ya no me
falta nada. Soy el
más guapo,
elegante y
refinado de todo
el pueblo.

28
- Por cierto, esta semana no se te han visto los bigotes por el barrio...

- Es que tenía muchas cosas que hacer en casa y... –dudó un


momento– y.… además... he estado enfermo.

Roberto, sin hablar de nada más terminó su faena con el gato.

A la hora de pagar, Úngulo dijo que no llevaba dinero encima, que ya le


pagaría la semana siguiente.

Al instante sus uñas desaparecieron y se puso muy colorado.

- ¿Qué me sucede? –comentó muy nervioso el gato tocándose sus


almohadillas desnudas.

- Sabes, gato… –le dijo el oso peluquero–, no terminé de contarte la


historia del tigre. Las uñas del tigre, cuando volvía a mentir,
decrecían como le ha ocurrido a las tuyas. Y debía de pasar otra
semana sin decir mentiras para
que nacieran de nuevo.

- Ahora págame y la próxima


semana, si no dices mentiras,
sacaré brillo a tus uñas.

El gato Úngulo le pagó a Roberto, el


oso peluquero y, sonrojado de
vergüenza, salió de la peluquería
con el propósito de no mentir nunca
jamás.
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El gato dormilón
Había una vez un gato muy dormilón que se pasaba los días y las tardes
enteras echado en el sofá. Siempre se preguntaban qué es lo que hacía
para quedar tan exhausto, pero nadie lo veía haciendo otra cosa que no
fuera descansar.

Una noche su dueño tuvo la idea de ir a buscarlo y ver si también dormía


toda la noche, pero mientras bajaba la escalera pudo verlo… ahí estaba
él, sentado frente al acuario, viendo cómo dormía la tortuga. Sólo se
quedó allí mirando en silencio a su gato, despierto y sereno estaba
cuidando el sueño de su amiga tortuga.

Al día siguiente pudo verlo como de costumbre, durmiendo en el sofá y


entonces pudo comprender el porqué de su sueño durante el día, pero
no notó que la tortuga también lo cuidaba desde su sitio.

30
El gato valiente
En la ciudad de México vivía un gato llamado Manchita, le decían el Gato
Valiente porque él contaba que salvaba a las personas que estaban en
apuros.

El gato valiente todos los días iba a las casas de los demás animales a
contarles sus historias, las contaba más a los niños que a los mayores.
Cuando terminaba de detallarles sus grandes hazañas, se iba por las
calles a ver la noche.
Manchita estaba en su casa sin saber qué hacer, ya que no había nadie a
quien salvar. Por este motivo buscaba a amigos a quienes contarle las
historias. De repente un día todos
desaparecieron y dejaron una
carta que decía:
– “Manchita, estamos en
peligro, nos están llevando
al cañón profundo”.

Manchita corrió muy veloz al


cañón para salvar a sus amigos.

Pudo salvar a sus amigos y fue


una gran historia que poder
contar a todo aquel con el que se
encontraba en sus viajes por
todas partes del país.

El gato vivió feliz por siempre.


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Lolo, el gato
Lolo el gato ya estaba harto de ver a la pequeña ratona Maria andar de
aquí para allá en la casa de sus dueños, la pequeña Maria se escabullía
por toda la casa y es que Lolo sólo se quejaba. claro, la perseguía por
todas partes, pero ella siempre se le escapaba, un día Lolo decidió
seguirá, no asustarla y encontrar por fin su madriguera, Maria salió por
comida cómo todas las noches y Lolo encontró su madriguera, pero vio
que ahí habían tres hermosos y muy tiernos ratoncitos, le conmovieron
tanto que les dejo comida, y ellos agradecidos le lamían las patitas a Lolo,
fue así cómo Maria y Lolo se llevaron muy bien.

32
El gato enamorado
Un día un ratón y un gato jugaban en el parque, y como siempre, se
revolcaban en el suelo e iban tras una pelotita chiquita y muy colorida
que a veces estaba tan sucia que no podía rodar.

Pasaron los días ¡Que sorpresa! llego una perrita que era el animalito más
lindo del barrio, se llamaba Bambi. El gato se enamoró completamente
de ella, pero él no se animaba a decirle ni ¡hola!; quedo admirado por su
belleza.

Cierto día se juntaron todos los animalitos del barrio e hicieron reunión,
no habían llegado todos.

- Vamos a esperar – dijo Bambi.

- ¡Al fin llegaron todos! ¡Los estábamos esperando!, les dijo cuándo
los vio entrar.

- ¡Comencemos! - Hoy es el cumpleaños de ratoncito y tenemos que


regalarle algo-dijo Bambi.

- ¡Ya se! _dijo el gato_ se me acaba de ocurrir una idea, podemos


hacer una gran fiesta sorpresa.

Luego de la fiesta el gato le pidió a la perrita que, si quería casarse con


ella, y tener una gran familia. Ella para no herir sus sentimientos le
explicó en forma muy dulce que una perrita con un gato no era posible
casarse ya que debían ser de la misma especie, pero que sí podrían ser
muy buenos amigos.
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El gato a pesar de todo, estaba contento porque había encontrado una
nueva amiga. Ese día todos aprendieron q podemos ser diferentes, tener
distintos pensamientos, pero podemos ser muy buenos amigos, si
respetamos al otro.

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El gato que tenía los bigotes embadurnados de
chocolate
Érase una vez un gato que no era del todo feliz. Llevaba siempre los
bigotes embadurnados de chocolate y se burlaban de él. Chismorreaban
entre ellos haciéndole burla:

- ¿Has visto sus bigotes


embadurnados?

- ¡Qué falta de elegancia!

La burla llegó a los oídos del ama del


gato. La niña, apenada por las burlas,
fue a consolar a su querido gato.

-Mi pobre gato, con lo bien que nos los pasamos compartiendo una
tableta de chocolate…

Quizás fuera esa la razón que se escondía detrás de la burla. Así que ante
la clara sospecha la niña cogió una tableta de chocolate y la compartió
una vez más con su querido gato. Y el gato, con sus bigotes llenos de
chocolate, ofreció chocolate a la mariposa. La mariposa, con sus antenas
también embadurnadas, ofreció el resto del chocolate al guacamayo. Y
el guacamayo, con el pico lleno de chocolate, exclamó:

- ¡Este chocolate está para chuparse los dedos!

Y fue así, compartiendo el dulce chocolate, como la niña y el gato


consiguieron acabar con la envidia y hacer nuevos amigos.
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Un gatito curioso
Estaba el gato Pepe muy pensativo… muy pensativo…
-Escuche el otro día decir a alguien, que todos servimos para algo, y me
pregunto, ¿yo para que sirvo? soy lindo y abrazable, eso lo sé, pero debo
servir para algo más que ser bonito. Ya sé, preguntare a mis amigos…

Salió de la casa y se dirigió al establo, ahí encontró a su amigo Jorge el


cerdito. Se acercó a su chiquero lo más posible para hablar con él, pero
sin ensuciarse ya que se acababa de dar su baño con lengua. Era un gato
muy limpio, eso
sí.
- ¡Hola Jorge!
- ¡Hola Pepe!
- Oye, ¿tú sabes
para qué sirves?
- Jajaja, ¡claro
que sí! para
comer todo lo
que no quieren
los demás. Para
rodar en el lodo y jugar con mis hermanos.
- Ah, no lo sabía.
- Así es amigo.
Aunque a Pepe no le quedó muy claro que lo que hacía Jorge sirviera de
algo, se fue a buscar a alguien más.

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- Bueno ya me voy.
- ¡Adiós Pepe!

Y Jorge siguió jugando


en el lodo. Pepe salió
limpiándose sus patitas.
Siguió caminando y
encontró al pato
Lencho.

- ¡Hola Lencho!
- ¡Hola Pepe!
- Oye Lencho, ¿tú sabes
para que sirves?
- Claro Pepe, me como el maíz, cuido a mi familia y hago mucho ruido
para asustar a los intrusos. Además, a nuestros dueños les gusta vernos
flotar en el lago, somos muy elegantes.
- Pero ¿no crees que el ruido que haces molesta a los dueños?
- ¡Para nada!, todos nos imitan para divertirse, es gracioso, mira… ¡Cuack,
cuack, cuak!
- Si tú lo dices, ¡adiós Lencho!
- ¡Adiós Pepe! ¡Cuack, cuack, cuak!

Lencho se aleja hacia el pequeño lago aleteando y caminando muy


gracioso. Pepe cree que ese pato está un poco loco y no le encuentra
mucha utilidad, pero, en fin.

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Siguió caminando y se encontró al caballo Macario. Esperaba que tuviera
una respuesta más inteligente.

- ¡Hola Mac!
- ¡Hola Pepillo!
- ¿Tú sabes para
que sirves Mac?
- ¡Claro que sí!,
paseo a la
familia, cargo
cosas pesadas y
además a los
niños les gusta
subir en mi para
pasearlos muy suavemente.
- ¡Niños!… es cierto, ¡adiós Mac!
- ¡Adiós Pepillo! (que gato tan extraño, pensó el caballo).

Corrió a la casa, atravesó la sala, el comedor, el pasillo… llegó a la


recamara de una niña de 5 años, Carlita, la menor de todos los pequeños
que vivían en esa casa. La encontró sentada en la alfombra jugando con
sus muñecas.

- Miau, miau (dijo frotándose contra sus piernitas).


- ¡Hola Pepe! ¿dónde estabas? Es la hora del té, siéntate ahí junto a
Simona (una muñeca muy extraña, casi sin pelo en la cabeza y un ojo
cerrado y el otro medio abierto), ¿Te sirvo tu plato con leche?
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- Miau, miau, yo siempre estaré donde este un plato de leche, sí señor.
Y así nuestro gatito se dio cuenta de que los gatos tienen una función
muy simple. Cuidar a su dueña, ronronearle y jugar con ella. Permitir que
su niña lo use como un bebe y le dé biberón con leche. ¿No es maravilloso
como todo tiene una razón de ser?
- ¡Miauuuu! ¡Ahora ya sé para qué sirvo!
-Miauuuu ¡Soy el gato más feliz del mundo mundial!

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Una navidad muy musical
Los gatitos estaban organizando un concurso de canto. Era ese momento
del año cuando la vecindad se quejaba de mucha bulla porque los gatitos
maullaban sin cesar.

Quedaban dos días para celebrar la Nochebuena y ellos también querían


participar con sus cantos. Eso solo lo sabían los niños y niñas del
vecindario, ya que ellos podían entender que los fuertes maullidos tenían
el toque musical de la Navidad.

Con mucho cuidado y para no obstaculizar el despliegue de talento


gatuno, decidieron que los gatitos podían participar de sus preparaciones
para cantar los villancicos y así ayudarlos a afinar sus maullidos.

Los gatitos primero escucharon con deleite. La melodía navideña les llegó
al corazón, y ese era el secreto: cantar con el corazón. Esa fue una
Nochebuena inolvidable.

Los niños cantaron en compañía de los gatos del vecindario el tradicional


“Noche de Paz”. Hasta don Pedro se sintió muy triste por haberse
enojado tanto y decidió que los gatitos siempre tendrían un lugar en su
casa para compartir un
delicioso tazón de leche.

¡Y todos los vecinos


aplaudieron a rabiar!
¡MIAU! ¡Feliz navidad!

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Mi gato travieso
Camila tenía un hermoso gato su nombre era Morita, era blanco como la
nieve con manchas color café, en forma de pequeñas moras.

Era un gato travieso y juguetón, a Camila la hacían reír todas sus


travesuras.
Una vez quiso saber
qué era lo que
escuchaba cada vez
que Camila iba al baño
y dio un salto y cayó
dentro del retrete.

Ella lo dejaba subir a la


mesa mientras comía,
le permitía jugar con
su ropa, se divertía
viéndolo jugar con sus medias, subía, brincaba y saltaba a su antojo.

Su madre siempre le decía: “Camila consentir tanto a ese gato te traerá


problemas un día”.

Y a Camila eso no parecía importarle, su amor por Morita era lo único


que su gato necesitaba.

Pasaba mucho tiempo consintiéndolo y sus hermanas se quejaban


porque metía sus patas en sus platos de comida y Camila con una sonrisa
lo bajaba de la mesa sin decirle nada.

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Una tarde Camila estaba muy apresurada, parecía que algo importante
iba a pasarle, Morita la miraba curioso y de pronto vio como ella colocaba
en su cama un hermoso vestido de lentejuelas, brillaba con la luz de la
lámpara.

Morita se lanzó sobre el vestido y empezó a arañarlo y rasgar cuanta


lentejuela había en el vestido, lo arrastró por el piso hasta que lo dejó
hecho un añico.

Cuando Camila salió de la ducha no encontró su vestido en la cama, si no


en el piso hecho un harapo. Gritó: ¡Mamá!

Su madre llegó corriendo al entrar a su habitación y ver el vestido en el


piso y a su hija llorando le dijo:

“Camila, cariño, te dije que ese gato necesitaba más que tu amor,
necesitaba disciplina”.

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El gato que no le tiene miedo al agua
En la escuela de danza del Señor Kapil hay un famoso gato bailarín.

Uno, dos, tres…

El señor Kapil da instrucciones en voz alta para que los pasos se repitan.
El gato se mantiene atento y luego deja escapar un suave maullido. No
quiere interrumpir la danza. Se desliza
silencioso y estira sus patitas caminando en
pas de chat.

Es cuando empieza la lluvia que entonces


salta muy feliz. Me sorprende ve que no se
sienta asustado.

Presuroso sale al jardín, mientras lo sigo con


mi mirada.

Va lamiendo las gotitas que caen sobre sus


patitas entre movimientos giratorios y
posturas improvisadas. Su cola va creando
signos y giros, cual director de una orquesta.

Es, sin duda, un gato que no teme al agua.

Todos lo observan. Es su momento de fama.


Al retornar a la casa los bailarines lo levantan en sus brazos, sin importar
su pelaje mojado, y se va a una esquina entre redobles de tambores con
sonidos de oboes y de arpas, combinados.

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El señor Kapil lo encontró bajo un arbusto, cerca de la entrada de su casa,
en una caja de cartón.

“Ese día llovió mucho. Todos estaban en sus casas pero alguien lo había
dejado abandonado. El gatito no estaba asustado. Parecía atento al
sonido de la lluvia. Creo que el agua forma parte de su corazón y eso le
ha dado valor, No es como otros gatos que huyen de un baño o del primer
chapuzón. Este micifuz cada vez que llueve, salta y gira para jugar
mientras todos esperamos por turnos verlo danzar”.

Los signos de su danza siempre quedan escritos en el aire.

Tres, dos, uno…

¡Todo parece al revés!

Y me imagino una escuela de danza


para gatos a cargo del Señor Micifuz,
un profesor que enseña también a
nadar y a saltar de un trampolín a los
gatos estudiantes. Nadie tiene miedo
y todo es como un gran juego.

¡Quién dice que los gatos no pueden


hacer piruetas o ganar un concurso de
natación en una gran pileta!

Porque hay gatos que les encanta


mojarse sobre todo en un día de sol, y

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otros que juegan en los charcos de una plaza. Todos ellos formarían parte
de este primer grupo de danza.

Luego nuestro profesor gatuno satisfecho de la labor iría a sumergirse en


una bañera rodante llena de burbujas para continuar con mil aventuras.
Todos los gatos le harían compañía con carteles de colores diciendo “Los
gatos también amamos el agua”.

Todos quieren ver al gato del señor Kapil. Cuando el gato no está, los
bailarines no danzan. Y es que ese gatito tan valiente y osado, va con su
música a todos lados. Siente que hay música en el agua.

Cuando llueve hay melodía y “los gatos de agua” son una maravilla,
parece decir.

Y así sigue bailando el gato del señor Kapil.

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Tuco
En mi vida he tenido algunos gatos que me han hecho pasar muy duros
ratos…

El primero fue Tuco, tan malo como el cuco. ¡Ladrón de milanesas,


asustador de patos!

Desde ese entonces me ha negado el saludo la cruel vecina de rostro tan


ceñudo…

¡Qué genio más


obtuso! ¡No hubo
intención de abuso,
sólo fue Tuco un
gato confianzudo!

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El gato Salchichón
El gato Salchichón dormía sobre la ventana de la habitación del ogro.

- Tzzsss- Un
mosquito muy
molesto lo
despertó, pero
Salchichón
estaba tan
cansado que
volvió a quedarse
dormido.

- Tzzsss- El molesto
volador volvió a
zumbarle en el oído y Salchichón, sobresaltado, se enojó tanto que
empezó a correrlo por la habitación. El mosquito se metió en la bota
del ogro que roncaba como una tormenta, y atrás, apretando el
cuerpo para poder pasar, entró Salchichón.

El mosquito logró salir y el gato quedó atascado. Empujó, empujó, pero


era tanto el sueño que tenía que se quedó dormido de nuevo.

Cuando salió el sol, el ogro abrió apenas los ojos, se los refregó y se sentó
en la cama. Se rascó el ombligo y metió un pie en la bota. Se rascó la oreja
y cuando fue a meter el otro pie…

- ¡Miauuuu! - Salchichón pegó un grito que se oyó por todo el castillo.


El ogro se asustó y de un sacudón hizo volar la bota por la ventana.
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Cuando se asomó para ver dónde había ido a parar vio que la
corriente del arroyo la empujaba hacia el sur. Y la bota se perdió
entre vaivén de las aguas…

Un bigote se asomó y el viento lo movió de un lado a otro como un


limpiaparabrisas. Después el hocico y, finalmente, el gato Salchichón
sacó la cabeza.
- ¡Recorcholis! ¿Dónde fui
a…? ¡Pararrrrrr! - Un
remolino se tragó a la
bota y a Salchichón y
empezó a girar como un
lavarropas.
Inesperadamente, se
estrellaron contra una
piedra gigante.

El impacto fue tan grande que los hizo volar bien alto y Salchichón pegó
contra la cabeza de un pájaro carpintero que descansaba en una rama.

Al caer, una aureola de estrellitas dio vueltas sobre la cabeza de


Salchichón, quien medio mareado y enredado, tuvo que salir corriendo
porque el carpintero empezaba a picotearle la cabeza. Tan rápido iba
Salchichón que se llevó puesto el vestido que la ogra había dejado a un
costado mientras se bañaba en el arroyo. Sin poder ver, Salchichón dio
tres volteretas hasta que, de un salto, volvió a meterse en la bota. El
impulso fue tan fuerte que cayeron de nuevo al arroyo y el vaivén de las
aguas los arrastró de regreso. Atrás iba la ogra, flotando sobre un pedazo
de tronco, a los gritos y con los pelos parados como alambres de púa.
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Llegando a la orilla del castillo, Salchichón vio que el ogro estaba a punto
de salir en un bote a buscarlo. Los ojos se le salieron como dos globos y
empezó a remar con las patas delanteras para el otro lado, pero cuando
el ogro vio a la ogra quedó boquiabierto ¡y eso que venía gritando y con
los pelos parados! Salchichón aprovechó la ocasión y cuando llegó a la
orilla salió disparado por el parque. Así fue como la ogra y el ogro se
conocieron y se enamoraron ¡y se casaron!

¿Y salchichón? Salchichón no sólo fue el padrino, sino que, a partir de ese


día, abrió una agencia de solos y solas porque si no hubiese sido por él,
el ogro y la ogra no se hubieran conocido. Eso sí, nuestro amigo contrató
al mosquito y al carpintero porque sin ellos esta historia tampoco
hubiese existido.

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