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¡Cómo Estar Seguro De Que Eres Salvo!

¿Estás preocupado con dudas acerca de tu


salvación? Quizá has pasado adelante en alguna
reunión, orado y pedido a Cristo que entre en tu
corazón y a pesar de todo eso, no estás seguro de
ser salvo. Te dices:

“Algunas veces siento que soy salvo y otras no. ¡Si


sólo pudiera estar seguro de mi salvación!”

¡Claro que puedes estar seguro!

Dios no quiere que pases la vida preguntándote si eres o no eres un cristiano salvado.

¿Qué es un Cristiano?

En primer lugar necesitamos descubrir lo que es un verdadero cristiano. Si alguien te


llegara a preguntar: “¿qué es un cristiano?” ¿Qué le contestarías? Quizás le dirías: “un
cristiano es una persona que lee su Biblia, ora a Dios y asiste a una iglesia”. Tendrías toda
la razón al decir que un cristiano debe hacer todo eso, pero una persona puede hacer todas
esas cosas sin ser cristiano. O podrías decir: “un cristiano es una persona que lleva una
buena vida, ayuda a los demás y hace buenas obras”. Nuevamente, una persona puede
hacer estas cosas sin ser un verdadero cristiano.

¿Qué es, entonces, un cristiano? Un cristiano es


una persona en la cual vive Cristo. Él vive en
nosotros por medio de Su Espíritu. La Biblia dice:

Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros


corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba,
Padre! (Gálatas 4:6).

La Biblia deja en claro que cualquiera que no


tenga esta relación personal con Jesucristo, no es
un verdadero hijo de Dios. La Palabra de Dios
dice:

Más vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en
vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. (Romanos 8:9b).
¿Cómo se llega a ser Cristiano?

Mucha gente no es salva o no tiene la seguridad de su salvación, porque ellos nunca han
comprendido realmente lo que deben hacer para ser cristianos. Las palabras que expresan
mejor lo que hay que hacer son: (1) Arrepentirse, (2) Creer y (3) Recibir. Veamos qué
queremos decir con estas palabras.

ARREPENTIRSE—Debemos arrepentirnos de nuestros pecados.


El arrepentimiento es esencial para la salvación. Se menciona más de 55 veces en
el Nuevo Testamento.

La Biblia dice que Dios:


Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de
esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en
todo lugar, que se arrepientan; (Hechos 17:30).

¿Qué significa arrepentirse? No sólo es estar


triste o lamentar nuestros pecados. Judas
lamentó haber traicionado al Señor Jesús, pero
nunca se arrepintió. Arrepentirse no es sólo
dejar de hacer un acto pecaminoso. Algunos
hombres han dejado ciertos pecados, no porque
deseaban obedecer a Dios, sino por razones
personales como salud, negocios, reputación o
familia. Esto no es arrepentimiento.

¿Qué es entonces, el arrepentimiento?


El arrepentimiento es el sincero pesar del corazón por el
pecado, que lleva a una persona a volverse de sus pecados a
Dios, para hacer Su voluntad. David expresa el verdadero
arrepentimiento cuando dice:

Consideré mis caminos, Y volví mis pies a tus testimonios.


(Salmo 119:59).

El Señor Jesús nos dio una ilustración clara de lo que significa


arrepentirse. Habló de un hombre que tenía dos hijos. Fue con
uno de ellos y le dijo: hijo, vé hoy a trabajar en mi viña (Mateo
21:28-31). El hijo respondió: “no iré”.

Después el padre le dijo al otro: “hijo, vé a trabajar hoy en mi


viña”. Ese hijo respondió: “sí, señor, voy”. Pero no fue.
No hay duda que el padre se sintió muy herido por la forma en que sus hijos respondieron.
Pero la historia no termina ahí. Algo ocurrió en el corazón del primer hijo. Sin duda se dio
cuenta de cuán rebelde y desobediente él había sido y cómo había herido el corazón de su
padre. Se arrepintió de su pecado y fue e hizo lo que su padre quería que hiciera.

Nosotros somos como el primer hijo. Muchas veces hemos dicho “No” a Dios. Hemos sido
egoístas y egocéntricos. Hemos seguido nuestro propio camino, haciendo lo que nos place.
Hemos endurecido nuestro corazón contra Dios.

En Su amor y misericordia, Dios usa varios


métodos para ablandar nuestro corazón y
hacernos acercar a Él. Envía Su Espíritu Santo a
convencernos de nuestros pecados y
mostrarnos cuán pecadores y egoístas hemos
sido. A veces es la bondad de Dios lo que nos
mueve a arrepentirnos. Vemos cuán paciente y
amoroso ha sido Él con nosotros.

Cuando nos arrepentimos y nos volvemos


hacia el Señor, encontramos que Él es
misericordioso, lleno de gracia, y está deseoso
de perdonarnos. La Biblia dice:

Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá
de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. (Isaías 55:7).

He aquí algunas preguntas sencillas para ayudarte a saber si de verdad te has arrepentido
o no.

Cuando abandonamos nuestra rebelión y volvemos nuestro corazón hacia Dios, estamos
listos para creer en Su Hijo y recibirlo como nuestro Salvador y Señor.
CREER—Debemos creer en el Señor Jesucristo.
Mucha gente cree las verdades referentes a Cristo. Creen que es el Hijo de Dios y
que murió en la cruz por los pecados del mundo. Pero no se han entregado a Él;
no lo aman por sobre todas las cosas, ni están dispuestos a obedecerle ni a seguirle. Esto
no es fe verdadera en Cristo y nunca traerá salvación.

La salvación de Dios es por medio de una persona, el mismo Viviente Señor Jesucristo. La
Biblia dice: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.” (1
Juan 5:12). Nos dice que creamos en Él:

“Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” (Hechos 16:31).

¿Qué significa creer en Él? Creer en el Señor Jesucristo significa creer que Él es el Hijo de
Dios y que es digno de ser amado, adorado y obedecido.

La Biblia no sólo hace énfasis en la fe, sino también subraya el amor. Debemos darle al
Señor nuestro corazón. Un día le preguntaron al Señor Jesús: “Maestro ¿cuál es el gran
mandamiento en la ley?” Jesús le dijo: “37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. 38 Este es el primero y grande mandamiento.”
(Mateo 22:37–38).

Amar al Señor no es sólo tener un sentimiento; es la elección definitiva de nuestra


voluntad. David dijo: “Te amo, oh Jehová, fortaleza mía.” (Salmo 18:1). Eso es lo que debemos
hacer. Elevemos hacia Dios nuestro corazón y digamos:

“¡Señor Jesús, te amaré con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi mente! Tú
eres digno de ser amado, adorado y obedecido!”

Si amamos verdaderamente al Señor, le obedeceremos. No es posible amar al Señor sin


desear obedecerle. Jesús dijo:
Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a
él, y haremos morada con él. (Juan 14:23).

Las preguntas siguientes te ayudarán a saber si crees verdaderamente en el Señor


Jesucristo.

RECIBIR—Debemos recibir al Señor Jesús como nuestro Salvador.

Para llegar a ser un hijo de Dios hay algo que


creer y Alguien a Quien recibir. Ese “Alguien” es el Señor
Jesucristo. Debemos creer no sólo las realidades que a Él
se refieren (Quién es y lo que Él hizo) sino que debemos
recibirlo como nuestro Salvador personal. Lo recibimos
pidiéndole que entre en nuestro corazón. Jesús compara
nuestro corazón con una casa con puerta. Él dice:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y


abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él
conmigo. (Apocalipsis 3:20).

Esta es la salvación verdadera: que el Señor Jesús venga


a vivir en nuestro corazón. La Biblia dice:

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre,


les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; (Juan 1:12).
Las Evidencias de la Salvación de Dios

Si una persona a la verdad se ha arrepentido, creído y recibido a Cristo, tendrá ciertas


evidencias claras de salvación en su vida.

Seguidamente vamos a considerar algunas de estas evidencias. Al pensar en ellas,


pregúntate: “¿son dichas evidencias una realidad en mi vida?” Con toda seguridad Dios
hablará a tu corazón mientras que las comparas con tu propia vida.

El deseo de compartir a Cristo con otras personas.


Una de las primeras señales de que una persona realmente ha nacido de nuevo es
que desea que otros conozcan a Cristo como su Salvador. Desea que otros
experimenten el gozo y la paz que ella misma ha encontrado en Cristo.

El amor por otros cristianos.


Una forma de saber que realmente somos salvos es que amamos a otros cristianos,
a aquellos que son nuestros hermanos en Cristo. La Biblia dice:

Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no
ama a su hermano, permanece en muerte. (1 Juan 3:14).

Un cambio en sus deseos.


Una persona verdaderamente salva
tiene deseos nuevos. Ya que, en el
pasado, no le importaban las cosas del Señor,
ahora las ama. La Biblia dice:

De modo que si alguno está en Cristo, nueva


criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas
son hechas nuevas. (2 Corintios 5:17).

El testimonio del Espíritu Santo.


Cuando realmente hemos nacido de
nuevo, el Espíritu Santo viene a
morar en nosotros. Una de Sus obras es la de
hacernos comprender que Dios es en verdad
nuestro Padre y que nosotros somos sus hijos.
La Biblia dice:

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. (Romanos 8:16).
La presencia de Cristo.
¿Por qué han acontecido todos estos cambios en tu vida? Han acontecido porque
Cristo mismo ha venido a morar en tu corazón. El Apóstol Pablo dijo:

Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a


vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? [Que no sean
cristianos verdaderos]? (2 Corintios 13:5).

Cristo en forma muy definida y muy personal, viene a vivir en el corazón de cada cristiano
verdadero. El Apóstol Pablo dijo:

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora
vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por
mí. (Gálatas 2:20).

Repasa estas evidencias de salvación hasta que llegues a una conclusión firme y clara en
cuanto a tu salvación. O, la evidencia de la presencia de Dios es real en tu vida y eres salvo,
o Su evidencia no es real en tu vida y en realidad nunca has nacido de nuevo.

Cómo estar seguro de tu Relación con Dios

Si no eres salvo o si tienes dudas acerca de tu salvación, necesitas tener completa


seguridad de ella.

Un joven que vivía en una granja a menudo tenía dudas sobre su salvación. A menudo por
su mente cruzaban pensamientos como éstos:

¿Estás seguro que has aceptado a Cristo como tu Salvador? ¿Sabes si en verdad eres un
hijo de Dios?
¡Un día decidió hacer algo para acabar con sus dudas
de una vez por todas! Se fue por el campo cerca del
granero, se puso de rodillas y oró algo así:

“Señor, si nunca te he recibido como mi Salvador, lo


hago ahora. Ven a mi corazón, límpiame de todos mis
pecados y hazme tu hijo de hoy en adelante. Te acepto
como mi Salvador desde este momento”.

Después tomó una estaca de madera, la enterró en el


sitio donde había orado y escribió la fecha.

De allí en adelante, cuando Satanás trataba de hacerle


dudar de su salvación, él regresaba a la estaca y
señalándola decía.

“Mira Satanás, aquí está la fecha y el lugar donde recibí a Cristo como mi Salvador. La Palabra de
Dios dice: “El que tiene al Hijo tiene la vida”.

Si tienes dudas acerca de tu salvación, ¿por qué no imitas lo que hizo este joven y dejas el
asunto aclarado de una vez por todas? Puedes hacerlo ahora mismo. Ve con humildad,
arrodíllate ante el Señor Jesús y dile:

“Señor Jesús, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios que murió por mis pecados y resucitó
para ser mi Salvador viviente. En este momento estoy confiando en ti como mi Salvador
personal. Ven a mi corazón y ocupa el lugar que te pertenece en el trono de mi corazón.
Quiero amarte y obedecerte con todo mi corazón”.

Después que hayas orado sinceramente, confiando en Cristo como tu Salvador, haz un
registro de tu decisión. Escribe en tu Biblia:

“Hoy ____________________ (Pon la fecha) he aclarado mis dudas y he puesto mi confianza en el


Señor Jesucristo como mi Salvador personal. ¡El asunto está terminado!”

Esta puede ser la “estaca” a la cual puedes referirte cada vez que Satanás te tiente a dudar
de tu salvación.

Un Asunto Último: El Comprender pero no estar Dispuesto

Si has comprendido bien lo que significa creer en el Señor Jesucristo y recibirlo y aún no
eres salvo, hay una razón. La razón es que no estás dispuesto a entregarle tu corazón al
Señor. No estás dispuesto a obedecerle.
Para ayudarte a comprender qué es lo que te impide ser salvo, estudia cuidadosamente las
preguntas siguientes:

• ¿Hay algún pecado en tu vida que no estés dispuesto a abandonar?


• ¿Estás envuelto en alguna relación pecaminosa y no estás dispuesto a dejarla?
• ¿Estás guardando rencor o amargura en tu corazón contra alguien y no estás dispuesto
a perdonar y arreglarlo?
• ¿Hay algún rasgo de orgullo que no estés dispuesto a dejar para venir a Cristo?
• ¿Has cometido algún pecado contra alguien que no estés dispuesto a enmendar?

Cualquier cosa que pueda haber en tu vida, si no estás dispuesto a obedecer a Dios,
significa que no te has arrepentido. No serás salvo a menos que cambies la actitud de tu
corazón y te arrepientas. El Señor Jesús dijo:
Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. (Lucas 13:3).

Tú necesitas volver tus pensamientos a ese Salvador que te amó tanto como para morir por
ti. El Señor Jesús no sólo derramó Su sangre preciosa por nosotros, sino que derramó
muchas lágrimas por nuestros pecados. Amorosa y fervientemente nos advirtió sobre las
consecuencias terribles de morir sin ser perdonados de nuestros pecados. Ahora lee
Marcos 9:43–48 “43 Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco,
que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, 44 donde el gusano de ellos
no muere, y el fuego nunca se apaga. 45 Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar
a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, 46
donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. 47 Y si tu ojo te fuere ocasión de caer,
sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno,
48 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.” Permite que Dios hable a tu

corazón.

Es posible que estés diciendo: “Sí, Dios está


señalando cierto pecado en mi vida, pero no sé
cómo puedo dejarlo”. Pero aún hay esperanza
para ti, si te acercas a Jesús, ¡Él es el amigo de los
pecadores!

Jesús dijo: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a


mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.” (Juan
6:37).

Ven a Jesús tal como eres. Arrodíllate ante Él y


dile la verdad sobre ti mismo. Si no estás
dispuesto a abandonar tus pecados, díselo a Él. Y
si quieres que Él te haga dispuesto, díselo
también. No tengas miedo de decirle al Señor Jesús cualquier cosa, con tal que sea la
verdad. Sé completamente sincero con Él.
No endurezcas tu corazón. Al contrario, pon tu vida en las manos de Jesús. Él puede
cambiarte. Él dijo:

“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.”
(Juan 6:37).
Las Instrucciones de Dios para Ofrendar

En la lección pasada aprendimos tres grandes principios respecto al dinero y a las


posesiones:

1. Dios es el dueño de todas las cosas.


2. Todas las cosas vienen de Dios.
3. Nosotros y todo lo que tenemos pertenecemos a Dios.

La Biblia dice que somos los “administradores” de Dios. Un administrador es uno que
maneja el dinero o las propiedades que pertenecen a otra persona. Como administradores
de Dios somos responsables ante Él por la forma en que manejamos lo que Él nos ha
encomendado. En esta lección aprenderemos cómo podemos ser buenos administradores,
especialmente en el asunto de ofrendar. Aprenderemos como podemos usar el dinero para
hacer “amistades eternas”.

La Enseñanza del Antiguo Testamento Respecto a Ofrendar


Cuando Dios sacó a Su pueblo de la esclavitud de Egipto y lo trajo a Canaán, les dio una tierra
rica y fértil. De todo lo que cosechaban en esta buena tierra, Dios pedía que le dieran la primera
décima parte. Esto se llamaba “el diezmo”. La palabra diezmo significa “la décima parte”.

El propósito del diezmo era recordar a la gente que


todas las cosas son propiedad de Dios y enseñarles
a poner a Dios primero en sus vidas. Dios es
sumamente generoso. Les permitió quedarse con
nueve décimos de todo lo que cosechaban, pero el
diezmo, la primera décima parte, pertenecía a Él.
La Biblia dice:
Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es
cosa dedicada a Jehová. (Levítico 27:30).

Además de sus diezmos, el pueblo de Dios daba ofrendas voluntarias. Los diezmos y las ofrendas
se entregaban a los sacerdotes de Dios. Este fue su modo de ganar la vida, ya que no tenían tierra
propia. Dios dijo a Su pueblo que trajeran sus diezmos y ofrendas cuando vinieran a adorarle. Dios
dijo:

16 Tres veces cada año aparecerá todo varón tuyo delante de Jehová tu Dios en el lugar que él
escogiere: en la fiesta solemne de los panes sin levadura, y en la fiesta solemne de las semanas, y en
la fiesta solemne de los tabernáculos. Y ninguno se presentará delante de Jehová con las manos
vacías; 17 cada uno con la ofrenda de su mano, conforme a la bendición que Jehová tu Dios te
hubiere dado. (Deuteronomio 16:16–17).

Dios estaba enseñando a Su pueblo a ofrendar. Cuando ellos daban libremente a Dios, Dios les
daba cosechas abundantes. La Biblia dice:

9Honra a Jehová con tus bienes, Y con las primicias de todos tus frutos; 10 Y serán llenos tus
graneros con abundancia, Y tus lagares rebosarán de mosto. (Proverbios 3:9–10).

¿Fue el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento siempre fiel para entregar sus diezmos y ofrendas
a Él? No, no lo fue. Dios dijo:

¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado?
En vuestros diezmos y ofrendas. (Malaquías 3:8).

¿Qué sucedió cuando robaron a Dios? Quedaron bajo la mano castigadora de Él. Dios dijo:

Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. (Malaquías 3:9).

Cuando el pueblo de Dios se arrepintió de su


desobediencia y empezó una vez más a
obedecerle respecto a los diezmos y a las
ofrendas, Dios derramó Sus bendiciones
sobre ellos. Dios dijo:

Traed todos los diezmos al alfolí y haya


alimento en mi casa; y probadme ahora en
esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré
las ventanas de los cielos, y derramaré sobre
vosotros bendición hasta que
sobreabunde. (Malaquías 3:10).
La Enseñanza del Nuevo Testamento Respecto a Ofrendar

Un gran principio en la Biblia respecto a ofrendar, es éste: cuando nosotros damos a Dios,
Dios nos da a nosotros. El Señor Jesucristo dijo:

Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque
con la misma medida con que medís, os volverán a medir. (Lucas 6:38).

Cuando Dios da, El da abundantemente. Es muy


generoso. En la era de Cristo, la gente compraba a
bulto su grano. Muchos vendedores vaciaban el grano
en una medida, sin permitir que el comprador lo
remeciera para asentarlo bien. No es así con el Señor.
Él da “medida buena, apretada, remecida y
rebosando”.

Él ofrendar facilita a que Dios nos dé. Mientras más


damos, más nos da Dios a nosotros; mientras menos
damos, menos nos da Dios. Jesús dijo:

Porque con la misma medida con que medís (dan), os


volverán a medir (a dar) (Lucas 6:38b).

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento establecen la misma enseñanza: Cuando nosotros
damos a Dios, Dios nos da a nosotros. Dios no es pobre; tampoco es tacaño. Le gusta darle a Sus
hijos, pero debemos cumplir Sus condiciones: “Dad y se os dará”.

Dios no pide que le ofrendemos porque Él esté en necesidad de lo que tenemos. Él dice:

Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; Porque mío es el mundo y su plenitud. (Salmo 50:12).

Dios quiere que le ofrendemos porque Él desea que Sus hijos sean como Él. Dios es generoso y
desea que nosotros seamos generosos. Otra razón por qué Dios nos pide ofrendar es para que
podamos “hacernos tesoros en el cielo”. No podemos enviar al Cielo nuestro dinero, pero podemos
ofrendarlo para ganar a otros para Cristo. Esto es hacerse tesoros en el Cielo.
Principios Sobre el Ofrendar
La Palabra de Dios nos presenta varios principios respecto al ofrendar:

Primeramente, entrégate a ti mismo a Dios.


La primera ofrenda que Dios quiere de nosotros somos nosotros
mismos. Él orden es: primero, entrégate a Dios y en seguida, da
una porción de lo que recibes de Dios. Los cristianos de Macedonia
hicieron justamente eso y el Apóstol Pablo los alabó por ello. Pablo
escribió:

Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor,


y luego a nosotros por la voluntad de Dios; (2 Corintios 8:5).

Da como Dios te haya prosperado a ti.


En el Antiguo Testamento, Dios mandó a Su pueblo que le entregaran
la décima parte de todo lo que ganaban. En el Nuevo Testamento, Dios
no estableció una regla sobre cuanto debemos ofrendar. En vez de eso, la Palabra
de Dios dice:

Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según (Dios le) haya
prosperado guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas. (1 Corintios
16:2).

¿Qué porcentaje de nuestras entradas debemos dar? Podemos tomar el diezmo (el diez por ciento)
como el mínimo de lo que debemos ofrendar, pero podríamos dar mucho más que eso. Esto depende
de cuán agradecidos estemos por las bendiciones de Dios y cuán fuerte sea nuestro deseo de
“hacernos tesoros en el cielo”.

El hombre de negocios cristiano, R.G. LeTourneau, acostumbraba a entregar el noventa por ciento
de sus ganancias a Dios. Un día alguien le preguntó: “Señor LeTourneau, ¿es cierto que usted da el
noventa por ciento de sus entradas al Señor?”

Él contestó: “No, yo no le doy nada a Dios. Todo le pertenece a Él. Yo sólo retengo el diez por
ciento”.

Da sistemáticamente.
El ofrendar es un acto de adoración y no debe ser un proyecto casual. Debemos
ofrendar sistemáticamente “cada primer día de la semana”, que es el día cuando
vamos a la iglesia. La Biblia dice:

Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado,
guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas. (1 Corintios 16:2).

Nadie queda excluido. Ancianos y jóvenes, pobres y ricos; todos debemos participar en
diezmar y ofrendar. La Biblia dice:
“Cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado”.

Da alegremente y con liberalidad.


Sea lo que fuere nuestra ofrenda, El
Señor desea que se la demos
voluntariamente y de todo corazón. Dios no
quiere que ofrendemos con tristeza. La Biblia
dice:

Cada uno dé como propuso en su corazón: no con


tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al
dador alegre. (2 Corintios 9:7).

Da con sabiduría.
El Señor Jesús dijo que teníamos que
ser “buenos y sabios
administradores”. Algunos cristianos
ofrendan con liberalidad, pero no son sabios
al ofrendar. El dar a una iglesia u organización que NO esté predicando fielmente la
Palabra de Dios, no es ofrendar con sabiduría. Debemos tener tanto cuidado al invertir
nuestro dinero para Dios, como lo tenemos al invertir en un negocio. Debemos poner el
dinero donde produzca los mayores intereses espirituales.

Como Mide Dios Nuestro Ofrendar

No tienes que poseer grandes sumas de dinero para ser un gran dador a los ojos de Dios.
Dios no mide nuestro dar por el tamaño de nuestras ofrendas. Él lo mide por la cantidad
que damos en relación a lo que tenemos. Dios mira cuánto sacrificamos cuando
ofrendamos. Según este modo de medir nuestro ofrendar, una persona pobre puede dar
igual o aún más que una persona rica.

Nuestro ofrendar debe costarnos algo. En


una ocasión el Señor Jesús se sentó en el
templo mirando a la gente presentar sus
dádivas. Algunos eran ricos y daban
mucho. Entonces vino una viuda pobre y
echó dos pequeñas monedas de cobre.
Estas monedas tenían muy poco valor
monetario; sin embargo, a los ojos de Dios,
esta mujer había dado mucho más que
todos los que habían ofrendado aquel día.
¿Por qué? Porque ella había dado todo lo
que tenía, todo su sustento. Jesús dijo:
43Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que
todos los que han echado en el arca; 44 porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su
pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento. (Marcos 12:43–44)

¿A Quién Debemos Ofrendar?

En Su Palabra, Dios nos dice a quién debemos ofrendar:

Debemos ofrendar a nuestra iglesia local.


Por lo común, la mayor parte de nuestras dádivas debemos dar a
nuestra iglesia local si es una iglesia donde se enseña fielmente la
Biblia y donde Cristo es exaltado. Dios ha ordenado que Su iglesia y Sus
ministros vivan de las dádivas de Su pueblo. La Biblia dice:

Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del
evangelio. (1 Corintios 9:14)

Debemos ofrendar a aquellos que nos han ayudado


espiritualmente.
En la Palabra de Dios se nos dan instrucciones de compartir nuestro dinero con
aquellos que nos han enseñado la Palabra de Dios y nos han ayudado espiritualmente. La
Biblia dice:

El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye. (Gálatas
6:6)

Debemos dar a los necesitados.


Debemos dar a los necesitados,
especialmente a los que son
creyentes. Ésta es una forma con la cual
podemos demostrar que tenemos el amor de
Dios en nuestro corazón. La Biblia dice:

Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su


hermano tener necesidad, y cierra contra él su
corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?
(1 Juan 3:17)

Por regla general, nuestro ofrendar para los


necesitados debe ser a través de la iglesia
local. Toda ofrenda debe ser con sencillez y
sin atraer ninguna atención a nosotros
mismos. La Biblia nos enseña que el que da,
debe hacerlo con sencillez y sin interés propio. (Romanos 12:8).
Debemos ofrendar a quienes están llevando el evangelio a los inconversos.
Cada cristiano tiene la responsabilidad de llevar el evangelio a los inconversos. El
mandamiento de Dios para nosotros es: Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el
evangelio a toda criatura. (Marcos 16:15). Si no podemos ir nosotros, debemos tomar como
privilegio el ayudar a sostener misioneros que están llevando el evangelio a quienes nunca
han aceptado a Cristo.

Ofrendar es Sembrar
Ofrendar no es tirar el dinero a la calle, es
sembrar. Cuando sembramos semillas, no las
estamos tirando; sino las estamos sembrando
para poder cosecharlas más tarde. La cantidad
de la cosecha depende de cuánto hayamos
sembrado. Esto es cierto también respecto a
ofrendar. Escribiendo a la iglesia de Corinto
respecto a las ofrendas, Pablo dijo:

Pero esto digo: El que siembra escasamente,


también segará escasamente; y el que siembra
generosamente, generosamente también
segará. (2 Corintios 9:6)

Dios quiere proveer dinero para el mantenimiento de Sus iglesias y para enviar a Sus
siervos a predicar a los inconversos del mundo. ¿Cómo hace Dios esto? Él nos da dinero
para que podamos ofrendar para Su obra. Él quiere ayudarnos a ser generosos. La Biblia
dice:

Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en
todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra; (2 Corintios 9:8)

El Señor Jesucristo mismo es nuestro ejemplo en este asunto de ofrendar. La Biblia dice:

Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre,
siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. (2 Corintios 8:9)
Haciendo Amistades Eternas

El Señor Jesús enseñó a menudo a Sus


discípulos por medio de parábolas. Una
parábola es una historia corta que contiene
una o más verdades espirituales.

En San Lucas 12:16–21, el Señor Jesús cuenta


de un hombre rico que tenía muchos bienes.
Sus tierras dieron una cosecha tan grande
que no tenía dónde guardarla. Se dijo: “Ya sé
lo que voy a hacer. Voy a derribar mis
graneros y hacer otros más grandes y allí
guardaré toda mi cosecha y todo lo que
tengo".

Entonces diré a mi alma: “Alma mía, tienes muchos bienes guardados para muchos años;
descansa, come, bebe, alégrate”.

Pero Dios le dijo: “Necio, esta misma noche vas a morir; y lo que tienes guardado, ¿de
quién será?”

Jesús dijo, Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios. (Lucas 12:21) Si deseamos
ser ricos para con Dios, debemos ser buenos mayordomos de todo lo que Dios nos ha dado.
Debemos siempre tener presente que:

La vida es una administración, no una propiedad.


Todo lo que tenemos pertenece a Dios. No somos dueños de nada. Somos sencillamente
administradores de Dios, usando lo que Él nos ha encargado. La Biblia nos enseña que
si no podemos ser fieles en las cosas pequeñas, no se nos darán responsabilidades
grandes. Si no somos fieles en administrar un poco de dinero, ¿cómo podemos esperar
que Dios nos entregue mucho dinero?

El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, (no tiene
honradez), también en lo más es injusto. (Lucas 16:10, ver también los versículos 11–13).

Un día tendremos que dar cuenta de nuestra mayordomía.


Dios nos ha dado vida, salud, talentos, habilidades, dinero y muchas cosas más.
Un día tendremos que darle cuenta de todo lo que Él nos ha entregado. El oír Su
voz diciéndonos, “Bien hecho, buen siervo y fiel”, valdrá mucho más que
cualquier otra cosa que este mundo nos pueda ofrecer.
Ganar a otros para Cristo es el más
sabio y mejor uso que se le puede
dar al dinero.
En Lucas 16:9, el Señor Jesucristo
dijo:

Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las


riquezas injustas, (el dinero), para que cuando
éstas falten, (las riquezas) falten, os reciban (los
amigos que has ganado) en las moradas eternas.

Lo que el Señor está diciendo aquí, es que debemos usar nuestro dinero para hacernos
amigos eternos, para que estos amigos, los que hemos ayudado a aceptar a Cristo, puedan
estar allá para recibirnos cuando lleguemos al Cielo.

Se cuenta la historia de un anciano en Inglaterra, quien aproximaba a los ochenta años.


No sabiendo qué regalarle para su cumpleaños, sus hijos y parientes decidieron juntar el
dinero designado para comprarle regalos y entregarle toda esa cantidad para que él
comprara lo que deseara.

Entre todos juntaron una suma equivalente a E.U. $2.400, más o menos. Cuando le
contaron esto, el anciano preguntó: “¿Quieren decir que reunieron todo este dinero y que
yo puedo hacer lo que quiera con él?”

Cuando le aseguraron que así era, él dijo: “Quiero que este dinero se use para imprimir la
Biblia en el idioma de alguna tribu que nunca la ha tenido en su propia lengua”.

Los parientes consultaron con la Sociedad Bíblica de


Inglaterra. Un oficial allí les dijo: “¡Esto es
asombroso! Unos misioneros en el África han
trabajado por años traduciendo la Biblia a un nuevo
lenguaje. Acabamos de recibir el manuscrito”.

Cuando le preguntaron cuánto costaría imprimir las


Biblias en este nuevo idioma, el oficial les contestó:
“Cerca de tres mil dólares”. Rápidamente los
familiares hicieron colecta nuevamente y reunieron
el resto del dinero.

Dentro de poco tiempo las Biblias fueron impresas y


enviadas a aquella tribu africana que jamás había
tenido la Palabra de Dios en su propia lengua.
Muchos llegaron a conocer a Cristo como Salvador a través de la lectura de la preciosa
Palabra de Dios.

(Citado por L.E. Maxwell)

Imaginemos a este caballero anciano unos años más tarde cuando entró al Cielo. Muchos
de esta misma tribu africana ya se habían muerto y estaban en el Cielo. Al entrar el anciano
lo recibe un grupo de gente que le da la bienvenida y lo abrazan diciendo, “Tú eres nuestro
amigo. Te estábamos esperando”.

Él los mira con sorpresa y les dice: “Pero no los conozco, ¿quiénes son ustedes?”

“Tal vez tú no nos conozcas”, le dicen, “pero nosotros te conocemos a ti. Tú eres aquel que
hizo posible que tuviéramos la Palabra de Dios en nuestro propio idioma. Si no hubiera
sido por ti, no estaríamos en este bellísimo lugar. ¡Tú eres nuestro amigo por toda la
eternidad!”

Llegará un día en que nuestro dinero será inútil y sin significado. El día llegará en que nuestra
mayordomía habrá terminado. En el poco tiempo que nos queda, debemos usar nuestro dinero para
ganar a otros para Cristo y hacer así amistades eternas. Ésta es la mejor y más sabia manera de
usar el dinero.

Cada uno de nosotros debe preguntarse: “¿Soy un buen mayordomo de todo lo que Dios me ha
encargado? ¿Estoy usando mi dinero para hacerme de amigos eternos? ¿Habrá alguien que me
reciba dándome la bienvenida en el Cielo y diciéndome: “Si no hubiera sido por ti, yo no estaría
en este bellísimo lugar. Tú eres mi amigo por toda la eternidad.”?

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