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Tucídides

El DISCURSO FÚNEBRE DE PERICLES *

Introducción

El Discurso Fúnebre Pericles, pronunciado el año 431 a.C. en


el Cementerio del Cerámico, en Atenas, es uno de los más
altos testimonios de cultura y civismo que nos haya legado la
Antigüedad. Por de pronto, es mucho más que un mero
discurso fúnebre. Las exequias de las víctimas del primer año
de la guerra contra Esparta le brindan a Pericles la
oportunidad de definir el espíritu profundo de la democracia
ateniense, explayándose sobre los valores que presiden la
vida de sus conciudadanos y que explican la grandeza
alcanzada por su ciudad. El discurso no es, por cierto,
transcripción fiel de lo efectivamente dicho por el político y
orador ateniense, sino la verosímil recreación de su
contemporáneo, el historiador Tucídides, que lo incorporó al
relato de sus Historias (II, 35-46), donde se narran las
guerras entre Atenas y los peloponesios. También es claro,
por otra parte, que en esta pieza no hay una cabal exactitud
histórica en la descripción de Atenas, cuya realidad aparece
idealizada. Pero todo esto, en última instancia, es irrelevante
para la historia. Al menos, para la historia espiritual. Lo que a
ésta le importa, en rigor, no es tanto saber lo que de hecho
Atenas fue, sino más bien lo que ella creía ser.

TUCÍDIDES. Nació aproximadamente 460 a.C. y murió 400


a.C. Participó en la guerra que su obra clásica relata . La
guerra del Peloponeso. Este célebre discurso aparece en el
Libro II de dicha obra.

Es preciso que el lector sepa que este discurso fue escrito por
Tucídides bastantes años después de que fuera pronunciado y
cuando ya Ate-nas había sido derrotada. Así, más que el
discurso fúnebre de Pericles a los caídos durante el primer
año de la guerra, éste es el discurso fúnebre de Tucídides a la
Atenas vencida que, aunque humillada en su derrota, se
levantaba ya como un paradigma universal su cultura cívica.
El panegírico a los muertos en combate, pues, aparece casi
como un pretexto para abordar el elogio de la gloriosa Atenas
antigua y hacer la defensa de la eternidad de su patrimonio.

El Discurso Fúnebre de Pericles es un texto fundacional.


Enclavado en los orígenes mismos de nuestra historia,
constituye un originalísimo ejemplo de conciencia ciudadana y
un modelo de reflexión política alentada por una optimista
confianza en las posibilidades del hombre y en el progre-so
de la cultura humana.

Conservando el tono retórico del original, la traducción que


aquí ofrecemos ha procurado resolver con prudencia la
oscuridad de ciertos pasajes de cuestionada interpretación.
Notas mínimas, en fin, intentan enriquecer la comprensión del
texto y satisfacer la curiosidad del lector.
Antonio Arbea
Traducción
Fuente:* Introducción, traducción y notas de Antonio Arbea
G., profesor de Lenguas Clásicas de la Universidad Católica de
Chile.
Estudios Públicos, 11

1 Por entonces, Pericles tenía aproximadamente 64


años.
I

La mayor parte de quienes en el pasado han hecho uso de la


palabra en esta tribuna, han tenido por costumbre elogiar a
aquel que introdujo este discurso en el rito tradicional, pues
pensaban que su proferimiento con ocasión del entierro de
los caídos en combate era algo hermoso. A mí, en cambio,
me habría parecido suficiente que quienes con obras
probaron su valor, también con obras recibieran su homenaje
–como este que véis dis-puesto para ellos en sus exequias
por el Estado–, y no aventurar en un solo individuo, que tanto
puede ser un buen orador como no serlo, la fe en los méritos
de muchos.

Es difícil, en efecto, hablar adecuadamente sobre un asunto


respecto del cual no es segura la apreciación de la verdad, ya
que quien escucha, si está bien informado acerca del
homenajeado y favorablemente dispuesto hacia él, es muy
posible que encuentre que lo que se dice está por debajo de
lo que él desea y de lo que él conoce; y si, por el contrario,
está mal informado, lo más probable es que, por envidia,
cuando oiga hablar de algo que esté por encima de sus
propias posibilidades, piense que se está cayendo en una
exageración. Porque los elogios que se formulan a los demás
se toleran sólo en tanto quien los oye se considera a sí mismo
capaz también, en alguna medida, de realizar los actos
elogiados; cuando, en cambio, los que escuchan comienzan a
sentir envidia de las excelencias de que está siendo alabado,
al punto prende en ellos también la incredulidad

Pero, puesto que a los antiguos les pareció que sí estaba


bien, debo ahora yo, siguiendo la costumbre establecida,
intentar ganarme la voluntad y la aprobación de cada uno de
vosotros tanto como me sea posible.
II

Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados, pues es


justo y, al mismo tiempo, apropiado a una ocasión como la
presente, que se les rinda este homenaje de recordación.
Habitando siempre ellos mismos esta tierra a través de
sucesivas generaciones, es mérito suyo el habérnosla legado
libre hasta nuestros días. Y si ellos son dignos de alabanza,
más aún lo son nuestros padres, quienes, además de lo que
recibieron como herencia, gana-ron para sí, no sin fatigas,
todo el imperio que tenemos, y nos lo entregaron a los
hombres de hoy.

En cuanto a lo que a ese imperio le faltaba, hemos sido


nosotros mismos, los que estamos aquí presentes, en
particular los que nos encontramos aún en la plenitud de la
edad , quienes lo hemos incrementado, al paso que también
le hemos dado completa autarquía a la ciudad, tanto para la
guerra como para la paz. Pasaré por alto las hazañas bélicas
de nuestros antepasados, gracias a las cuales las diversas
partes de nuestro imperio fueron conquistadas, como
asimismo las ocasiones en que nosotros mismos o nuestros
padres repelimos ardorosamente las incursiones hostiles de
extranjeros o de griegos, ya que no quiero extenderme
tediosamente entre conocedores de tales asuntos. Antes,
empero, de abocarme al elogio de estos muertos, quiero
señalar en virtud en qué normas hemos llegado a la situación
actual, y con qué sistema político y gracias a qué costumbres
hemos alcanzado nuestra grandeza. No considero inadecuado
referirme a asuntos tales en una ocasión como la actual, y
creo que será provechoso que toda esta multitud de
ciudadanos y extranjeros lo pueda escuchar.
III

Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de


los vecinos2; más que imitadores de otros, en efecto,
nosotros mismos servimos de modelo para algunos3. En
cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en
favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo
ha llamado democracia4; respecto a las leyes, todos gozan de
iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares;
en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en
algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo
elige más por sus méritos que por su categoría social; y
tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le
impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la
posibilidad de hacerlo.

Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos


públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin
enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa
espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta,
aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los
asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en
cambio, ante todo por un respetuoso temor, jamás obramos
ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno
de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en
favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que,
aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso
infringir.

(2 Alusión a Esparta, cuya constitución –se decía–era


imitación de la de Creta.)

El tema de la oposición entre el espíritu espartano y el


ateniense reaparecerá, implícita o explícitamente, en
muchos pasajes de este retrato ideal de Atenas que aquí
comienza y que ocupa los cinco capítulos centrales del
discurso, desde el III al VII.

3 Probablemente alude a Roma, que algunos años antes


había enviado emisarios a Atenas con el propósito de
aprender de su desenvolvimiento cívico.

4 Desde antiguo, al parecer, llamó la atención esta definición


de democracia, y ya un par de manuscritos medievales
corrigieron el texto griego tradicionalmente transmitido,
cambiando oikeîn por hékein, de modo de hacerlo decir:
“...puesto que la administración está en manos de(en vez de:
se ejerce en favor de) la mayoría y no de unos pocos...”. La
corrección satisface también, ciertamente, las expectativas
del lector de hoy, y muchos traductores modernos la han
acogido. Me parece claro, sin embargo, que no se trata sino
de una fácil y hasta anacrónica acomodación del original,
desautorizada

por la lectura de los principales manuscritos. Al caracterizar el


régimen democrático como aquel en que se gobierna en el
interés de la mayoría y no de unos pocos, Pericles (o
Tucídides) no hace sino –con cierta ingenuidad, es cierto–
afirmar que los gobiernos favorecen básicamente a quienes lo
ejercen. Y en esto, la propia historia de Atenas lo respaldaba.
No debemos olvidar, además, que estamos ante un texto
constituyente, instaurador, donde la reflexión política está
recién dando sus primeros pasos. ¡Si hasta la palabra misma
democracia no tenía entonces medio siglo de vida todavía!
IV

Por otra parte, como descanso de nuestros trabajos, le hemos


procu-rado a nuestro espíritu una serie de recreaciones. No
sólo tenemos, en efecto, certámenes públicos y celebraciones
religiosas repartidos a lo largo de todo el año, sino que
también gozamos individualmente de un digno y satisfactorio
bienestar material, cuyo continuo disfrute ahuyenta a la
melancolía. Y gracias al elevado número de sus habitantes,
nuestra ciudad importa desde todo el mundo toda clase de
bienes, de manera que los que ella produce para nuestro
provecho no son, en rigor, más nuestros que los foráneos.

A nuestros enemigos les llevamos ventaja también en cuanto


al adiestramiento en las artes de la guerra, ya que
mantenemos siempre abiertas las puertas de nuestra ciudad y
jamás recurrimos a la expulsión de los extranjeros para
impedir que se conozca o se presencie algo que, por no
hallarse oculto, bien podría a un enemigo resultarle de
provecho observar-lo6. Y es que, más que en los armamentos
y estratagemas, confiamos en la fortaleza de alma con que
naturalmente acometemos nuestras empresas. Y en cuanto a
la educación, mientras ellos procuran adquirir coraje
realizando desde muy jóvenes una ardua ejercitación,
nosotros, aunque vivimos más regaladamente, podemos
afrontar peligros no menores que ellos7.

Prueba de esto es que los espartanos no realizan sin la


compañía de otros sus expediciones militares contra nuestro
territorio, sino junto a todos sus aliados; nosotros, en cambio,
aun invadiendo solos tierra enemiga y combatiendo en suelo
extraño contra quienes defienden lo suyo, la mayor parte de
las veces nos llevamos la victoria sin dificultad. Además,
ninguno de nuestros enemigos se ha topado jamás en el
campo de batalla con todas nuestras fuerzas reunidas, pues
simultáneamente debemos atender la man-tención de nuestra
flota y, en tierra, el envío de nuestra gente a diversos
lugares. Sin embargo, cada vez que en algún lugar ellos se
trenzan en lucha con una facción de los nuestros y resultan
vencedores, se ufanan de haber-

5 En Esparta, por el contrario, la posesión de riquezas estaba


oficialmente prohibida.

6 Alusión a Esparta, que no tenía metecos, esto es, colonos o


extranjeros naturalizados. En Esparta, tradicionalmente
xenófoba, los extranjeros permanecían como tales, y podían
ser desterrados al arbitrio de los éforos.
7 La disciplina espartana en la educación de los jóvenes era
proverbial.

nos rechazado a todos, aunque sólo han vencido a algunos; y


si salen derrotados, alegan que lo fueron ante todos nosotros
juntos. Pero lo cierto es que, ya que preferimos afrontar los
peligros de la guerra con serenidad antes que habiéndonos
preparado con arduos ejercicios, ayudados más por la
valentía de los caracteres que por la prescrita en ordenanzas,
les llevamos la ventaja de que no nos angustiamos de
antemano por las penurias futuras, y, cuando nos toca
enfrentarlas, no demostramos menos valor que ellos viven en
permanente fatiga.

Pero no sólo por éstas, sino también por otras cualidades


nuestra ciudad merece ser admirada.
VI

En efecto, amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y


cultivamos el saber sin ablandarnos. La riqueza representa
para nosotros la oportunidad de realizar algo, y no un motivo
para hablar con soberbia; y en cuanto a la pobreza, para
nadie constituye una vergüenza el reconocerla, sino el no
esforzarse por evitarla. Los individuos pueden ellos mismos
ocuparse simultáneamente de sus asuntos privados y de los
públicos; no por el hecho de que cada uno esté entregado a
lo suyo, su conocimiento de las materias políticas es
insuficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que
por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la
comunidad. Somos nosotros mismos los que deliberamos y
decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no
creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino
precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de
llevar a cabo lo que hay que hacer. Y esto porque también
nos diferenciamos de los demás en que podemos ser muy
osados y, al mismo tiempo, examinar cuidadosamente las
acciones que estamos por emprender; en este aspecto, en
cambio, para los otros la audacia es producto de su
ignorancia, y la reflexión los vuelve temerosos. Con justicia
pueden ser reputados como los de mayor fortaleza espiritual
aquellos que, conociendo tanto los padecimientos como los
placeres, no por ello retroceden ante los peligros.

También por nuestra liberalidad somos muy distintos de la


mayoría de los hombres, ya que no es recibiendo beneficios,
sino prestándolos, que nos granjeamos amigos. El que hace
un beneficio establece lazos de amistad más sólidos, puesto
que con sus servicios al beneficiado alimenta la deuda de
gratitud de éste. El que debe favores, en cambio, es más
desafecto, pues sabe que al retribuir la generosidad de que
ha sido objeto, no se hará merecedor de la gratitud, sino que
tan sólo estará pagando una deuda. Somos los únicos que,
movidos, no por un cálculo de conveniencia, sino por nuestra
fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a
cualquiera8.
VII

Para abreviar, diré que nuestra ciudad, tomada en su


conjunto, es norma para toda Grecia, y que, individualmente,
un mismo hombre de los nuestros se basta para enfrentar las
más diversas situaciones, y lo hace con gracia y con la mayor
destreza. Y que estas palabras no son un ocasional alarde
retórico, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el
poderío mismo que nuestra ciudad ha alcanzado gracias a
estas cualidades. Ella, en efecto, es la única de las actuales
que, puesta a prueba, supera su propia reputación; es la
única cuya victoria, el agresor vencido, dada la superioridad
de los causantes de su desgracia, acepta con resignación; es
la única, en fin, que no les da motivo a sus súbditos para
alegar que están inmerecidamente bajo su yugo.

Nuestro poderío, pues, es manifiesto para todos, y está


ciertamente más que probado. No sólo somos motivo de
admiración para nuestros con-temporáneos, sino que lo
seremos también para los que han de venir después. No
necesitamos ni a un Homero que haga nuestro panegírico, ni
a ningún otro que venga a darnos momentáneamente en el
gusto con sus versos, y cuyas ficciones resulten luego
desbaratadas por la verdad de los hechos. Por todos los
mares y por todas las tierras se ha abierto camino nuestro
coraje, dejando aquí y allá, para bien o para mal,
imperecederos recuerdos.

Combatiendo por tal ciudad y resistiéndose a perderla es que


estos hombres entregamos notablemente sus vidas; justo es,
por tanto, que cada uno de quienes les hemos sobrevivido
anhele también bregar por ella.
VIII

La razón por la que me he referido con tanto detalle a


asuntos con-cernientes a la ciudad, no ha sido otra que para
haceros ver que no estamos luchando por algo equivalente a
aquello por lo que luchan quienes en modo alguno gozan de
bienes semejantes a los nuestros y, asimismo, para darle un
claro fundamento al elogio de los muertos en cuyo honor
hablo en esta ocasión.

8 Un bello capítulo sobre esta materia nos ofrece


Arístóteles en su Etica a Nicómaco, IX, 7.

La mayor parte de este elogio ya está hecha, pues las


excelencias por las que he celebrado a nuestra ciudad no son
sino fruto del valor de estos hombres y de otros que se les
asemejan en virtud. No de muchos griegos podría afirmarse,
como sí en el caso de éstos, que su fama está en
conformidad con sus obras. Su muerte, en mi opinión, ya
fuera ella el primer testimonio de su valentía, ya su
confirmación postrera, demuestra un coraje genuinamente
varonil. Aun aquellos que puedan haber obrado mal en su
vida pasada, es justo que sean recordados ante todo por el
valor que mostraron combatiendo por su patria, pues al
anular lo malo con lo bueno resultaron más beneficiosos por
su servicio público que perjudiciales por su conducta privada.

A ninguno de estos hombres lo ablandó el deseo de seguir


gozando de su riqueza; a ninguno lo hizo aplazar el peligro la
posibilidad de huir de su pobreza y enriquecerse algún día.
Tuvieron por más deseable vengarse de sus enemigos, al
tiempo que les pareció que ese era el más hermoso de los
riesgos. Optaron por correrlo, y, sin renunciar a sus deseos y
expectativas más personales, las condicionaron, sí, al éxito de
su venganza. Encomendaron a la esperanza lo incierto de su
victoria final, y, en cuanto al desafío inmediato que tenían por
delante, se confiaron a sus propias fuer-zas. En ese trance,
también más resueltos a resistir y padecer que a salvarse
huyendo, evitaron la deshonra e hicieron frente a la situación
con sus per-sonas. Al morir, en ese brevísimo instante
arbitrado por la fortuna, se halla-ban más en la cumbre de la
determinación que del temor.
IX

Estos hombres, al actuar como actuaron, estuvieron a la


altura de su ciudad. Deber de quienes les han sobrevivido,
pues, es hacer preces por una mejor suerte en los designios
bélicos, y llevarlos a cabo con no menor resolución. No sólo
oyendo las palabras que alguien pueda deciros debéis
reflexionar sobre el servicio que prestáis –servicio que
cualquiera podría detenerse a considerarse ante vosotros, que
muy bien lo conocéis por propia experiencia, señalándoos
cuántos bienes están comprometidos en el acto de
defenderse de los enemigos–; antes bien, debéis pensar en él
con-templando en los hechos, cada día, el poderío de nuestra
ciudad, y prendándoos de ella. Entonces, cuando la ciudad se
os manifieste en todo su esplendor, parad mientes en que
éste es el logro de hombres bizarros, conscientes de su deber
y pundonorosos en su obrar; de hombres que, si alguna vez
fracasaron al intentar algo, jamás pensaron en privar a la
ciudad del coraje que los animaba, sino que se lo ofrendaron
como el más hermoso de sus tributos. Al entregar cada uno
de ellos la vida por su comunidad, se hicieron merecedores de
un elogio imperecedero y de la sepultura más ilus-tre. Esta,
más que el lugar en que yacen sus cuerpos, es donde su
fama reposa, para ser una y otra vez recordada, de palabra y
de obra, en cada ocasión que se presente.

La tumba de los grandes hombres es la tierra entera: de ellos


nos habla no sólo una inscripción sobre sus lápidas
sepulcrales; también en suelo extranjero pervive su recuerdo,
grabado no en un monumento, sino, sin palabras, en el
espíritu de cada hombre.

Imitad a éstos ahora vosotros, cifrando la felicidad en la


libertad, y la libertad en la valentía, sin inquietaros por los
peligros de la guerra. Quienes con más razón pueden
ofrendar su vida no son aquellos infortunados que ya nada
bueno esperan, sino, por el contrario, quienes corren el riesgo
de sufrir un revés de fortuna en lo que les queda por vivir, y
para los que, en caso de experimentar una derrota, el cambio
sería particularmente grande. Para un hombre que se precia a
sí mismo, en efecto, padecer cobardemente la dominación es
más penoso que, casi sin darse cuenta, morir animosamente
y compartiendo una esperanza.
X

Por tal razón es que a vosotros, padres de estos muertos, que


estáis aquí presentes, más que compadeceros, intentaré
consolaros. Puesto que habéis ya pasado por las variadas
vicisitudes de la vida, debéis de saber que la buena fortuna
consiste en estar destinado al más alto grado de nobleza –ya
sea en la muerte, como éstos; ya en el dolor, como vosotros–
, y en que el fin de la felicidad que nos ha sido asignada
coincida con el fin de nuestra vida. Sé que es difícil que
aceptéis esto tratándose de vuestros hijos, de quienes
muchas veces os acordaréis al ver a otros gozando de la
felicidad de que vosotros mismos una vez gozásteis. El
hombre no experimenta tristeza cuando se lo priva de bienes
que aún no ha probado, sino cuando se le arrebata uno al
que ya se había acostumbrado. Pero es preciso que sepáis
sobrellevar vuestra situación, incluso con la esperanza de
tener otros hijos, si es que estáis aún en edad de procrearlos.
En lo personal, los hijos que nazcan representarán para
algunos la posibilidad de apartar el recuerdo de los que
perdieron; para la ciudad, entretanto, su nacimiento será
doblemente provechoso, pues no sólo impedirá que ella se
despueble, sino que la hará más segura, ya que nadie puede
participar en igualdad de condiciones y equitativamente en las
deliberaciones políticas de la comunidad, a menos que, tal
como los demás, también él exponga su prole a las
consecuencias de sus resoluciones.

Y aquellos de vosotros que habéis llegado ya a la ancianidad,


tened por ganancia el haber vivido felizmente la mayor parte
de vuestra vida, considerad que la que os queda ha de ser
breve, y consolaos con la fama alcanzada por éstos vuestros
hijos. Lo único que no envejece, en efecto, es el amor a la
gloria; y cuando la edad ya declina, no es atesorar bienes lo
que más deleita, como algunos dicen, sino recibir honores.
XI

Y en cuanto a vosotros, hijos o hermanos, aquí presentes, de


estas víctimas de la guerra, veo grande el desafío que tenéis
por delante, porque solamente aquel que ya no existe suele
concertar el elogio de todos; a duras penas podréis conseguir,
por sobresalientes que sean vuestros méritos, ser
considerados no ya sus iguales, sino incluso sus cercanos
émulos. La envidia de los rivales la sufren quienes están
vivos; el que, en cambio, ya no representa un obstáculo para
nadie, es honrado con generosa benignidad.

Y si, para aquellas esposas que ahora quedan viudas, debo


también decir algo acerca de las virtudes propias de la mujer,
lo resumiré todo en un breve consejo: grande será vuestra
gloria si no desmerecéis vuestra condi-ción natural de
mujeres y si conseguís que vuestro nombre ande lo menos
posible en boca de los hombres, ni para bien ni para mal.
XII

En conformidad con nuestras leyes y costumbres, pues,


queda dicho en mi discurso lo que me parecía pertinente.
Ahora, en cuanto a los hechos, los hombres a quienes
estamos sepultando han recibido ya nuestro home-naje. De la
educación de sus hijos, desde este momento hasta su
juventud, se hará cargo la ciudad. Tal es la provechosa
corona que ella impone a estas víctimas, y a los que ellas
dejan, como premio de tan valerosas hazañas. Cuando los
más preciados galardones que una ciudad otorga son los que
recompensan la valentía, entonces también posee ella los
ciudadanos más valientes.

Y ahora, después de haber llorado cada uno a sus deudos,


podéis marcharos.
Discurso final de la película "El gran
dictador", de Charlie Chaplin, 1940

"Lo siento.
Pero... yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino
ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o
gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los
seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los
demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni
despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la
buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El
camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos
perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado
barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las
matanzas.

Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado


a nosotros mismos. El maquinismo, que crea abundancia, nos
deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho
cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos
demasiado, sentimos muy poco.
Más que máquinas necesitamos más humanidad. Más que
inteligencia, tener bondad y dulzura.

Sin estas cualidades la vida será violenta, se perderá todo.


Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La
verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad
humana, exige la hermandad universal que nos una a todos
nosotros.

Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el


mundo, millones de hombres desesperados, mujeres y niños,
víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y
encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oírme, les
digo: no desesperéis. La desdicha que padecemos no es más
que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen
seguir el camino del progreso humano.

El odio pasará y caerán los dictadores, y el poder que se le


quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el
Hombre exista, la libertad no perecerá.

Soldados:

No os entreguéis a ésos que en realidad os desprecian, os


esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis
que hacer, qué decir y qué sentir.

Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y


como carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos
inhumanos, hombres máquina, con cerebros y corazones de
máquina.

Vosotros no sois ganado, no sois máquinas, sois Hombres.


Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros corazones, no el
odio. Sólo los que no aman odian, los que nos aman y los
inhumanos.

Soldados:

No luchéis por la esclavitud, sino por la libertad. En el capítulo


17 de San Lucas se lee: "El Reino de Dios no está en un
hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos los
hombres..." Vosotros los hombres tenéis el poder. El poder de
crear máquinas, el poder de crear felicidad, el poder de hacer
esta vida libre y hermosa y convertirla en una maravillosa
aventura.
En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando
todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble
que garantice a los hombres un trabajo, a la juventud un
futuro y a la vejez seguridad. Pero bajo la promesa de esas
cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron; nunca han
cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán.

Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo.


Luchemos ahora para hacer realidad lo prometido. Todos a
luchar para liberar al mundo. Para derribar barreras
nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.

Luchemos por el mundo de la razón. Un mundo donde la


ciencia, el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.

Soldados:

En nombre de la democracia, debemos unirnos todos.


Discurso de José Mujica en la ONU

Señor Presidente,

Soy del SUR, vengo del SUR. Esquina del Atlántico y el Plata.
Mi país es una penillanura suave, templada y pecuaria. Su
historia es de puertos, cueros, tasajo, lanas y carne. Tuvo
décadas púrpuras de lanzas y caballos hasta que por fin, al
arrancar el siglo 20 se puso a ser vanguardia en lo social, en
el Estado y la enseñanza. Diría: la social democracia se
inventó en el Uruguay. Por casi 50 años el Mundo nos vio
como una Suiza, en realidad fuimos hijuelos bastardos del
Imperio Británico, y cuando éste sucumbió “vivimos” las
mieles amargas de términos de intercambio funestos y
quedamos estancados añorando el pasado. Pasamos 50 años
recordando Maracaná casi sin crecer. Hoy hemos resurgido en
este Mundo Globalizado, aprendiendo de nuestro dolor. Mi
historia personal: la de un muchacho que como otros quiso
cambiar su época y su Mundo tras el sueño de una sociedad
libertaria y sin clases. Mis errores: son hijos de mi tiempo, los
asumo pero hay veces que me grito: “Quién tuviera la fuerza
de cuando abrevábamos tanta Utopía!!!!

Sin embargo, no miro hacia atrás porque el hoy real nació en


las cenizas fértiles del ayer. Por el contrario, no vivo para
cobrar cuentas o reverberar recuerdos, me angustia el
porvenir que no veré y por el que me comprometo. Es posible
un Mundo con una humanidad mejor, pero tal vez hoy la
primera tarea sea salvar la vida.

Pero soy del SUR y vengo del SUR a esta asamblea. Cargo
con los millones de compatriotas pobres en las ciudades,
páramos, selvas, pampas y socavones de la América Latina,
patria común que está haciéndose cargo con las culturas
originarias aplastadas, con los restos del colonialismo en
Malvinas, con los bloqueos inútiles y tristes a Cuba, con la
vigilancia electrónica hija de las desconfianzas que nos
envenenan, a países como Brasil. Cargo con una gigantesca
deuda social, con la necesidad de defender la Amazonia, los
mares, nuestros grandes ríos. Cargo con el deber de luchar
por Patria para todos y para que Colombia pueda encontrar la
paz, y cargo con el deber de luchar por tolerancia para
quienes son distintos y con el deber de respetar y nunca
intervenir contra la voluntad de las partes.

El combate a la economía sucia, al narcotráfico, a la estafa y


el fraude, a la corrupción, plagas contemporáneas prohijadas
por el antivalor, ese que sostiene que somos más felices si
nos enriquecemos como sea.

Hemos sacrificado los viejos dioses inmateriales, y ocupamos


el templo con el Dios Mercado. Él nos organiza la economía,
la Política, los hábitos, la vida y hasta nos financia en cuotas y
tarjetas, la apariencia de felicidad. Parecería que hemos
nacido sólo para consumir y consumir y cuando no podemos
cargamos con la frustración, la pobreza y la autoexclusión. Lo
cierto hoy, que para gastar y enterrar detritos, la llamada
huella de carbono por la ciencia, dice que si la humanidad
total aspira a vivir como un norteamericano medio, serían
necesarios tres Planetas. Es decir: nuestra civilización montó
un desafío mentiroso y así como vamos, no es posible para
Todos colmar este “sentido de la vida” que en los hechos
masifica como cultura nuestra época dirigida por la
acumulación y el Mercado. Prometemos una vida de derroche
y despilfarro, que constituye una cuenta regresiva contra la
naturaleza, y contra la humanidad como futuro. Civilización
contra la sencillez, contra la sobriedad, contra todos los ciclos
naturales, pero lo peor, civilización contra la libertad que
supone Tiempo para vivir las relaciones humanas, amor,
amistad, aventura, solidaridad, familia. Civilización contra el
tiempo libre que no paga y puede gozar escudriñando la
naturaleza. Arrasamos las selvas verdaderas, e implantamos
selvas anónimas de cemento. Enfrentamos al sedentarismo
con caminadores, al insomnio con pastillas, a la soledad con
electrónica…. ¿Es que somos felices alejados de lo eterno
humano? Aturdidos, huimos de nuestra Biología que defiende
la vida por la vida misma como causa superior y la
suplantamos por el consumismo funcional a la acumulación.
La política, eterna madre del acontecer humano, quedó
engrillada a la economía y al Mercado.

De salto en salto la política no puede más que perpetuarse y


como tal delegó el poder y se entretiene aturdida luchando
por el Gobierno. Desbocada marcha la Historieta Humana
comprando y vendiendo todo e innovando para poder
negociar de algún modo lo innegociable. Hay marketing para
los cementerios y el servicio fúnebre, para las maternidades,
para padres, madres, abuelos y tíos, pasando por las
secretarias, los autos y las vacaciones. Todo, todo es negocio.
Todavía, las campañas de marketing caen deliberadamente
sobre los niños y su sicología para influir sobre los mayores y
tener un territorio asegurado hacia el futuro. Sobran pruebas
de estas tecnologías abominables que inducen a veces a
frustraciones.

El hombrecito de nuestro tiempo deambula entre financieras y


el tedio rutinario de las oficinas atemperadas con aire
acondicionado. Siempre sueña con las vacaciones y la
libertad. Siempre sueña con concluir las cuentas, hasta que
un día, el corazón se para y adiós…

Habrá otro soldado cubriendo las fauces del Mercado


asegurando la acumulación. Es que la crisis es la impotencia
de la política incapaz de entender que la humanidad no se
escapa ni se escapará del Sentimiento de Nación, porque casi
está en nuestro Código, pero hoy es tiempo de batallar para
preparar un Mundo sin fronteras.

La economía globalizada no tiene otra conducción que el


interés privado de muy pocos y cada Estado Nacional mira su
estabilidad continuista y hoy, la gran tarea para nuestros
pueblos es el Todo. Como si esto fuera poco, el Capitalismo
Productivo está preso en la caja de los bancos y estos, son la
cúspide del Poder Mundial.

Más claro: el Mundo requiere a gritos reglas globales que


respeten los logros de las Ciencias que abunda pero no
gobierna para el bien.

Se precisa hoy definir las horas de trabajo, la posible


convergencia de las monedas, cómo se financia la lucha
global por agua y contra la desertificación, cómo y qué se
recicla y cómo se presiona contra el calentamiento del
Mundo. Cuáles &on los límites a cada quehacer etc. etc. Sería
imperioso lograr grandes consensos para desatar solidaridad
hacia los más oprimidos, castigar impositivamente el
despilfarro y la especulación. Movilizar las grandes economías
no para crear descartables sino bienes útiles sin frivolidades
ni obsolescencias calculadas, para ayudar al Mundo Pobre.
Bienes útiles contra la Pobreza Mundial. Mucho más
redituable que hacer guerras es volcar un Neokeinesianismo
útil de escala planetaria para abolir las vergüenzas más
flagrantes del Mundo.

Nuestro Mundo precisa menos organismos mundiales de toda


laya, que organizan Foros y Conferencias que sólo sirven a las
cadenas hoteleras y a las compañías aéreas y que en el mejor
de los casos nadie recoge ni obra por sus decisiones. Si,
necesitamos mascar mucho lo viejo y eterno y convocar
desde y con la política al Mundo de la Ciencia que se empeña
por la humanidad y no por hacerse ricos.

Con ellos crear acuerdos para el Mundo entero. Ni los Estados


Nacionales Grandes, ni las trasnacionales y menos el Sistema
Financiero, deberían gobernar el Mundo Humano. Sí, la Alta
Política entrelazada con la sabiduría científica. Esa Ciencia que
no apetece el lucro, sino el porvenir. La inteligencia y no el
interés al Timón de la Nave.

Cosas de este estilo no parecen imprescindibles, pero


requerirían que lo determinante fuera la vida y no la
acumulación. No somos tan ilusos, estas cosas no pasarán, ni
otras parecidas. Nos quedan por delante muchos sacrificios
inútiles. Hoy el Mundo es incapaz de crear regulación
planetaria a la globalización y ello por el debilitamiento de la
Alta Política (la que se ocupa de Todo).
Por un tiempo asistiremos al refugio de Acuerdos más o
menos regionales con un mentiroso Libre Comercio pero que
construirán parapetos proteccionistas. A su vez crecerán
ramas industriales y de servicios dedicadas a salvar el Medio
Ambiente. Así, nos consolaremos. Continuará impertérrita la
acumulación para regodeo del Sistema Financiero.
Continuarán las guerras y por tanto los fanatismos, hasta que
la naturaleza haga inviable esta civilización. Tal vez nuestra
visión es demasiado cruda y vemos al hombre como una
criatura única, capaz de ir contra su propia especie.

Vuelvo a repetir, la crisis ecológica del Planeta es


consecuencia del triunfo avasallante de la ambición humana,
también lo es su derrota, por impotencia política de
encuadrarse en otra época que sin conciencia hemos
construido.

Lo cierto es que la población se cuadriplicó y el PIS creció por


lo menos veinte veces en el último siglo. Desde 1990, el
comercio mundial creció un 12 % anual, duplicándose cada 6
años. Podríamos seguir anotando datos de la globalización
pero concluyamos: entramos en otra época aceleradamente,
pero con políticos, atavíos culturales, partidos y jóvenes todos
viejos, ante la pavorosa acumulación de cambios. No
podemos manejar la globalización porque nuestro
pensamiento no es global, no sabemos si es por una Iimitante
cultural o lIegCimos a límites biológicos. Nuestra época es
portentosamente revolucionaria, como no conoció otra la
humanidad, pero sin conducción consciente o simplemente
instintiva. Menos aún con conducción Política Organizada
porque sin siquiera hemos tenido filosofía precursora de
importancia. La codicia que tanto empujó al progreso
material, técnico y científico, paradojalmente nos precipita a
un abismo brumoso. Una época sin historia y nos quedamos
sin ojos ni inteligencia colectiva para seguir colonizando y
perpetuar transformándonos. Parece que las cosas toman
autonomía y someten a los hombres. Por un lado u otro,
sobran atisbos para vislumbrar el rumbo pero es imposible
colectivizar grandes decisiones por El Todo. La codicia
individual triunfa sobre la codicia superior de la especie.
Aclaremos: qué es el Todo para nosotros? La vida global del
Sistema Tierra incluyendo la vida humana con todos los
equilibrios frágiles que hacen posible perpetuarnos.

Por otro lado Las Repúblicas nacidas para afirmar que los
hombres somos iguales, que nadie es más que nadie, que sus
gobiernos deberían representar el bien común, la justicia y la
equidad. Muchas veces se deforman y caen en el olvido de la
gente corriente. No fueron, Las Repúblicas, construidas para
vegetar encima de la Grey, sino por el contrario son parte
funcional de la misma y se deben por lo tanto a las mayorías.

Por reminiscencias feudales o por clasismo dominador o por


la cultura consumista, las Repúblicas en sus direcciones
adoptan un diario vivir “espléndido” y excluyente en los
hechos del pueblo común que vive y sueña y que debería ser
objeto central a servir. Los Gobiernos deberían ser como los
comunes republicanos de sus pueblos.

Solemos cultivar arcaísmos feudales, cortesanismos


consentidos, diferenciaciones jerárquicas, que sacaban lo
mejor de Las Repúblicas. El juego de estos y otros factores
nos retienen en la prehistoria, y hoy, es imposible renunciar a
la guerra cuando la política fracasa. Así estrangula la
economía y derrochamos recursos. Cada minuto se gastan
dos millones de dólares de presupuestos militares en el
Mundo, la investigación médica en el planeta apenas cubre
una quinta parte de la investigación y desarrollo militar. Este
proceso asegura el odio y los fanatismos, fuentes de nuevas
guerras y esto también gasta fortunas.
Es fácil autocriticarnos nacionalmente y es inocente plantear,
ahorrar de esos presupuestos como otras cosas requiere
acuerdos y prevenciones mundiales y políticas planetarias de
paz o garantías imposibles hoy. Allí habría enormes recursos a
recortar, pero…. la humanidad a qué manos iría? Las
instituciones mundiales de hoy en particular vegetan a la
sombra de las disidencias de las grandes naciones, y como
éstas quieren para sí retener poder, bloquean en los hechos a
la ONU, la desarraigan de la democracia planetaria y le
cercenan a la historia el germen de un acuerdo mundial para
la paz. Difícil inventar una Fuerza peor que el nacionalismo
chovinista de las grandes potencias. La Fuerza que es
liberadora para los débiles se tornó opresora en los brazos de
los fuertes. En los dos últimos siglos abundan los ejemplos.

La ONU languidece y se burocratiza por falta de poder y de


autonomía, de reconocimiento sobre todo de democracia
hacia el Mundo débil que es la mayoría. A título de ejemplo,
los uruguayos participamos con 13 a 15 % de nuestras FFAA
en las misiones de Paz. Llevamos años y años, siempre
estamos en los lugares que nos asignan, sin embargo donde
se decide y reparten los recursos no existimos ni para servir
el café. En lo más profundo de nuestro corazón existe un
anhelo de ayudar a que el hombre salga de la prehistoria y
archive la guerra como recurso cuando la política fracasa,
conocemos en nuestras soledades lo que es la guerra.

Sin embargo estos sueños implican luchar por una agenda de


acuerdos mundiales que empiecen a gobernar nuestra
historia, y superar las amenazas a la vida. La especie debería
tener un gobierno para la humanidad que supere el
individualismo y bregue por recrear cabezas políticas que
acudan a la ciencia y no sólo a los intereses inmediatos. Esto
no es fácil ni rápido en el caso de ser posible.
Paralelamente, entender que los indigentes del mundo lo son
de la humanidad y ésta debe promoverlos para que se
desarrollen por sí mismos. Los recursos necesarios existen en
el depredador despilfarro de nuestra civilización. Pero… hace
casi 20 años discutimos la humilde Tasa Tobin y esto ilumina
nuestras impotencias.

Sin embargo, con talento y trabajo colectivo el hombre puede


hacer verdear a los desiertos, llevar la agricultura al mar,
desarrollar nuestra agricultura con agua salada, etc, etc.

Es posible arrancar la indigencia del mundo y marchar a la


estabilidad, es posible que el futuro lleve la vida a la galaxia y
el hombre, animal conquistador, continúe con su inclinación
antropológica, pero…. Necesitará gobernarse como especie o
sucumbirá.

Muchas gracias.-
Discurso Emma Watson en la ONU:

"Fui nombrada embajadora de buena voluntad de la ONU


hace seis meses y he descubierto que mientras más hablo del
feminismo, más caigo en cuenta de que luchar por los
derechos de las mujeres es para muchos sinónimo de odiar a
los hombres. Y si de algo estoy segura es
de que esto tiene que terminar. Para el registro, feminismo,
por definición, es creer que tanto hombres como mujeres
deben tener iguales derechos y oportunidades. Es la teoría
política, económica y social de la igualdad de sexos.

Me empecé a cuestionar sobre la igualdad entre los géneros


hace mucho tiempo. A los ocho años, por ejemplo, me
preguntaba por qué me llamaban mandona por querer dirigir
una obra para nuestros padres cuando a los chicos no les
decían lo mismo. A los 14, (cuando ya trabajaba en el cine),
comencé a ser sexualizada por ciertos grupos de la prensa. A
los 15, mis amigas rechazaban unirse a equipos deportivos
para no parecer masculinas. A los 18, mis amigos varones
eran incapaces de manifestar sus sentimientos. Entonces
decidí que era feminista.

Esto no parecía complicado para mí, pero mis investigaciones


recientes me han demostrado que feminismo se ha vuelto
una palabra poco popular. Las mujeres han decidido no
identificarse como feministas por que, aparentemente, ante
los ojos de otros, esta expresión las hace ver agresivas, anti-
hombres y hasta poco atractiva. ¿Por qué se ha convertido en
una palabra incómoda?

Yo nací en el Reino Unido y creo que es justo que me paguen


lo mismo que a mis compañeros varones. Creo que es lo
debido que yo pueda tomar decisiones sobre mi propio
cuerpo y que las mujeres sean parte de las políticas y
decisiones que afectarán a mi vida.

Creo que, socialmente, merezco el mismo respeto que un


hombre. Pero, lamentablemente, puedo decir que no existe
un solo país en el mundo en el que todas las mujeres puedan
ver estos derechos cristalizados. Ningún país en el mundo
puede decir que ha alcanzado por completo la igualdad de
género. Estos derechos, que yo considero derechos humanos,
no son para todas... soy una de las pocas afortunadas.
Me considero privilegia porque mis padres no me quisieron
menos por haber nacido mujer y porque en mi escuela no me
limitaron por serlo. Mis mentores (en la actuación) no
asumieron que yo llegaría menos lejos por la posibilidad de
que en algún momento me convierta en madre. Y estas son
las influencias que me han hecho la persona que soy hoy.
Ellos pueden no saberlo pero ellos son los embajadores de
igualdad que están cambiando el mundo. Necesitamos más
como ellos.

Y si todavía odias la palabra feminismo, te diré que no es la


palabra lo importante. Es la idea y la ambición que hay
detrás, porque no todas las
mujeres tienen los mismos derechos que yo tengo hoy. En
realidad, estadísticamente, muy pocas los tienen.

En 1997, Hillary Clinton dio un famoso discurso en Beijing


sobre los derechos de las mujeres.

Lamentablemente, aquellas cosas que ella deseaba cambiar


en esa época son hoy todavía una realidad. Menos del 30%
de los que le oían eran varones. ¿Cómo podemos esperar un
cambio cuando la mitad de ellos está invitado a participar de
la conversación?
Hombres, me gustaría tomar esta oportunidad para hacerles
llegar una invitación formal. La igualdad de género también
es tu problema. Hasta la fecha, veo como el rol de mi padre
es valorado menos por la sociedad pese a que ha sido igual
de importante en mi vida que mi madre. También he visto a
hombres aguantando el dolor de una enfermedad mental por
miedo a pedir ayuda porque eso los hará ver menos
masculinos. De hecho, el suicidio en el Reino Unido es lo que
más hombres mata. Los he visto asustados de lo que se les
indica que es el éxito para un varón porque los hombres
tampoco tienen los beneficios de la igualdad.

No hablamos sobre hombres encarcelados por los


estereotipos de su género, pero allí están.

Si al hombre no se le hace creer que tiene que ser agresivo,


la mujer no será sumisa. Si al hombre no se le enseña que
tiene que ser controlador, la mujer no será controlada.
Ambos.

Hombres y mujeres deben sentirse libres de ser fuertes. Es


hora de que veamos a los géneros como un conjunto en vez
de como un juego de polos opuestos. Debemos parar de
desafiarnos los unos a los otros. Ambos podemos ser más
libres y de esto es de lo que se trata la campaña: de libertad.

Quiero que los hombres se comprometan para que así sus


hijas, hermanas y madres se liberen del prejuicio y también
para que sus hijos se sientan con permiso de ser vulnerables,
humanos y una versión más honesta y completa de ellos
mismos.

Ustedes deben pensar: ¿Quién es esta chica de "Harry Potter"


y qué hace aquí en la ONU?
Pues es una muy buena pregunta, yo también me la he
estado haciendo. Pero todo lo que sé ahora es que,
realmente, me interesa este problema y quiero ayudar a que
las cosas mejoren.

Habiendo visto lo que he visto y teniendo la oportunidad de


hacer algo para cambiarlo, es mi responsabilidad decir algo.

Edmund Burke decía que todo lo que se necesita para que


triunfe el mal es que los hombres buenos y las mujeres
buenas no hagan nada.

En mi nerviosismo por este discurso... en mis momentos de


duda me digo firmemente: "Si no soy yo, ¿quién? Si no es
hoy, ¿cuándo? Si tienes dudas cuando se te presenta una
oportunidad, espero que estas palabras te sean útiles. Porque
la realidad es que si no hacemos nada hoy, van a tener que
pasar 75 años o quizás 100 para que una mujer pueda
esperar recibir el mismo salario que un hombre por el mismo
trabajo. Más de 15 millones de niñas serán forzadas a casarse
en los próximos 16 años y, al mismo ritmo, no será hasta el
2086 que las mujeres de las áreas rurales de África puedan ir
a la escuela secundaria.
Si crees en la igualdad, debes ser uno de esos feministas de
las que hable poco antes y por eso yo te aplaudo. Para hacer
el cambio necesitamos estar unidos y las buenas noticias son
que ahora tenemos una organización unida. Te invito a que te
dejes ver y que te preguntes: Si no soy yo, ¿quién? Si no es
hoy, ¿cuándo?

Muchas gracias".
Discurso Del Pintor Roberto Matta
Quilapayún

Esta historia es tan redonda


Como es redonda la tierra
Y por eso para verla
Redondo ha de ser el ojo.

Ahoranza es ver el centro


Desde el centro de la esfera
Un ver que es ver de una vez
Un alboroto en la vista.

Ver a los destacagados


Que quieren arauco muerto
Para sembrar sacristanes
Descargando avemarías.

Que alonso ensille su zúñiga


Y alborote el verbo ser
Para que redondamente
Se sepa lo que hoy ocurre:
Se proponen liquidar
Lo que arranque en nuestra américa
Con pinocharcos de sangre
Servidores del imperio.

Estos los destacagados


Programados, programadores de agravios
Que con balidos de pólvora
Tumban y tumban sin tumba.
Para salir del agravio
De que no seamos hoy día
Se requiere agricultura
De una real demogracia.

El estado del humano


En el sepultado estado
En que está cualquier estado
Está en deplorable estado.

Reorganizar la amistad
Es la cuestión más urgente
Y una sola religión
No sirve para este asunto.
Sacar la luz de la tierra
Y de toda conflicción
De raspares y rascares
Bajo la lucha de clases.

Que salga el sol en el ser


Que nos dejen ser humanos
Que el sujeto humano está
Muy sujeto a ser humano.
Hay que sacarse la mierda
Volver a la inteligencia
Iluminar nuestro verbo
Reoxigenar la vida.
Mañana es hoy día mismo
Y estamos muy atrasados.

Hay que alegrar esta tierra


Construir nuevas justicias.
El cuezco de este problema
Es que estamos todos solos.
Abrir el verbo sin miedo,
Atención al infrarrojo.
Y esto es todo lo que digo
Que les digo que se diga.
Señoritas, señoronas y señores:
Muchas gracias.
© FUNDACIÓN NOBEL 2010
Se concede permiso general para la publicación
Mario Vargas Llosa: Elogio de la lectura y la ficción. Discurso
Nobel
7 diciembre de 2010

I
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano
Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia).
Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi
setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia,
traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi
vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y
permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas
de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y
Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los
tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas
de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de
Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y


ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el
universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras
cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que
leía pues me apenaba que se terminaran o quería
enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he
pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el
tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias
que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía


emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y
de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y
calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que
tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir
aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan
mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes
así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe
cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi
terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de
mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir,
crear una vida paralela donde refugiarnos contra la
adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y
extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo,
eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo
pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los


proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes
desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los
maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert
me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga
paciencia. Faulkner, que es la forma la escritura y la
estructura lo que engrandece o empobrece los temas.

Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad,


Thomas Mann, que el número y la ambición son tan
importantes en una novela como la destreza estilística y la
estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que
una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos
con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el
curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura
desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo
y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de
los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que


debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad.
Son innumerables. Además de revelarme los secretos del
oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo
humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus
desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores
de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las
peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena
vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer
ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con


escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias,
donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un
lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación
y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en
que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo.
Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca
en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta
cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera
existido nunca.

Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que


formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo
real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la
civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores
de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas.
Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que
leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el
espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual
que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la
vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin
necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como
es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto,
fundamento de la condición humana, y que debería ser
mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna
manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando
apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la
importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del
infierno en que se convierte cuando es conculcada por un
tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la
literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la
felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión,
pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en
controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la
tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura
para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores
independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren
dejando que la imaginación discurra por los libros, lo
sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja
la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con
el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real.
Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar
historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo
está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la
de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la
sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más
difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes
quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y
carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y,


haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por
debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y
prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca
sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de
los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú.

Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se


arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El
Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería
de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o
advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de
Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es
semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá
o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o
bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la
diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre
hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las
religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es


la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua
especie convencida de que matando se gana el paraíso, que
la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige
las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias.
Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos
lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de
verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los
imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los
derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás
los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de
exterminio. Nada de eso ha ocurrido.

Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el


fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción
masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de
enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo
nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos.

No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes


retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las
pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por
quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido
conquistando en la larga hazaña de la civilización.
Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus
limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la
convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a
la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en
el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral
y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla a la
hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que
sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos
merecer.

Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos


nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación,


fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la
explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi
país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi
decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia
el demócrata y el liberal que soy - que trato de ser– fue largo,
difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la
conversión de la Revolución Cubana, que me había
entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de
la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que
conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la
invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de
Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron,
JeanFrançois Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes
debo mi revalorización de la cultura democrática y de las
sociedades abiertas.

Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía


cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u
oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo
soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la
revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque,
deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y
respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire,
Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor,
que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días
domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la
cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la
literatura es tanto una vocación como una disciplina, un
trabajo y una terquedad.

Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo,


en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del
descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar
Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis
Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los
discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal
vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo,
las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general
de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea
el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú
era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la
historia, la geografía, la problemática social y política, una
cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y
escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura
novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar,
García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti,
Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos
estaban revolucionando la narrativa en lengua española y
gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo
descubrían que América Latina no era sólo el continente de
los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros
barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino
también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que
trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones,
América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el
verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo
que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo
Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas
seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y
Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la
democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos
populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos
una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile,
Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y
casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de
crítica, las elecciones y la renovación en el poder.

Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la


insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América
Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a
serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad,


en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en
París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en
Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana,
me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde
podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar
ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para
escribir. No me parece que haberme convertido, sin
proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado
eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –
lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así
fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome
como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun
cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que
vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido
más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva
más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo
sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al
país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual
que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del
corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a
los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí,


me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud
que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y
porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre
me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que
sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he
impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me
acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía
cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos
democráticos del mundo que penalizaran al régimen con
sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho
siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de
Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán,
la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la
de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo
volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los
peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más
de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil
democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de
un resentido, como escribieron algunos polígrafos
acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia
pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que
una dictadura representa el mal absoluto para un país, una
fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que
tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos
y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las
generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por
eso, las dictaduras deben ser combatidas sin
contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance,
incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los
gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo,
solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en
Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu
Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que
sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos
sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su
libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el


país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo
defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los
peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas,
creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos
cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las
culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de
plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas
que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los
constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan,
Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y
de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos,
trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeocristiana, el
Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua
recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con
España llegara también el África con su reciedumbre, su
música y su efervescente imaginación a enriquecer la
heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos
que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato
el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país
que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las


conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin
olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos
y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y
tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se
acriollaron, no los que se quedaron en su tierra.

Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica.


Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años,
quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez
de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios,
siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los
conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y
exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace
dos siglos la emancipación de los indígenas es una
responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos
incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en
toda América Latina. No hay una sola excepción a este
oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es


tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no
hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna,
ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas
desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin
suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento
acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En
España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos
exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y
tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran
lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad
cuando podía perder la mía.

Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano


y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que
España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma
cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en
realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo
con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a
comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba
todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas,
y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener
los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la
censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad
española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de
pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces
prohibidos por subversivos.

Ninguna ciudad aprovechó tanto ymejor que Barcelona este


comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante
en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió
en la capital cultural de España, el lugar donde había que
estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y,
en cierto modo, fue también la capital cultural de América
Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y
artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se
instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde
había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o
compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos
años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones
y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona
fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal,
donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera
vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles
y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron,
reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en
una empresa común y una certeza: que el final de la
dictadura era inminente y que en la España democrática la
cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de
la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores
historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como,
cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los
adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien
común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de
las novelas del realismo mágico. La transición española del
autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad,
de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades
tercermundistas a un país de clases medias, su integración a
Europa y su adopción en pocos años de una cultura
democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la
modernización de España. Ha sido para mí una experiencia
emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos
desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable
del mundo moderno y también de España, no estropeen esta
historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien,


religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta
el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios
étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en
privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar
de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido
la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de
las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio
Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a
que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en
insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos
recursos en comprar armas en vez de construir escuelas,
bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su


rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el
patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra
donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se
forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías,
seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la
memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las
banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los
héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas
que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la
sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un
hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví,


una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me
enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas,
porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los
arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en
su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo
y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud
llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde
descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al
mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas
barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San
Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir
al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego
Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el
Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo,
fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a
declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa
redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años,
velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la
literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como
los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a
gente de todas partes y de todos los registros, gente
excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar
Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño
reducto de clase media en el que yo había vivido hasta
entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo,
enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas
sociales.

Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un


puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución
mundial. Y el Perú son mis
amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres
años, entre las bombas, apagones y asesinatos del
terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la
cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter


indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45
años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas
que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto
hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido
Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan
y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien.
Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden
en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos,
defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y
deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando
cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario,
para lo único que tú sirves es para escribir”.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para


mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la
gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con
mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las
historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura,
en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras
silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de
esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego
que me celebraba la familia, una gracia que me merecía
aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque
mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto
y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba
mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir.
Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme
recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en
verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir
con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo
cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad,
la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los
buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era
exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía
sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas,
como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión
prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una
manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme,
de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces
y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he
sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación,
entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha
sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación
que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota


gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la
parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho
gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años
construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa
imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia
vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un
fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión
de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una
historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí,
muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un
fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las
palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho
mundo como un cazador en pos de presas codiciables para
alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de
toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las
historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una
novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a
vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven,
actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a
los que ya no es posible imponer arbitrariamente una
conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin
que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia
que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y
vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días,
semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco


del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia,
desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que,
adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de
un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó
traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama
con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un
movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que
novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más
hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó,
dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una
tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna
pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz
de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos
años de su vida, cortó con la realidad circundante para
refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una
historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una
historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la
animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí
con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola
en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína,
que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo,
he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis
setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría)
a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir
por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para
alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones,
encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la
ficción delante de un público.

Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el


director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme
animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia
(pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin


embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el
laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella
nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige
la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos
parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la
gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos
que alentamos más dudas que certezas, y confesamos
nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el
destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el
sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del
conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta


circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes
todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía
comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las
hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos,
gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas.
Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en
esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la
fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo
transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a
inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la
ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las
entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a
viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos,
leyendas, que resonaron por primera vez como una música
nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros
de un mundo donde todo era desconocido y peligroso,
debieron ser un baño refrescante, unremanso para esos
espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería
decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y
fornicar.

Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los


sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de
estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de
quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce,
fantasía y un designio revolucionario: romper aquel
confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar
aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas
figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que
estaba constelado su entorno. Ese proceso nunca
interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las
historias, además de escucharse, pudieron leerse y
alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por
eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las
nuevas generaciones: la ficción es más que un
entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la
sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad
imprescindible para que la civilización siga existiendo,
renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo
humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la
incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los
especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran
lo que las rodea, precede y continúa.

Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que


inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un
mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni
desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace
que el ser humano sea de veras humano: la
capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros,
modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de


destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era
de la globalización, las ficciones de la literatura han
multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que
hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al
ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto
la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos,
como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos
gracias a la literatura para protagonizar las grandes
aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca
nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a
través de nosotros, los lectores transformados, contaminados
de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente
entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al
ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no
somos, acceder a esa imposible existencia donde, como
dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la
literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la
rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han
contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas.
A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la
nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa.
Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo,
la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar
nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del
tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.


DISCURSO MAGISTRAL DE EDUARDO
GALEANO

Cuando fueron desalojados del Paraíso, Adán y Eva se


mudaron al África, no a París.

Algún tiempo después, cuando ya sus hijos se habían lanzado


a los caminos del mundo, se inventó la escritura. En Irak, no
en Texas.

También el álgebra se inventó en Irak. La fundó Mohamed al-


Jwarizmi, hace mil 200 años, y las palabras algoritmo y
guarismo derivan de su nombre.

Los nombres suelen no coincidir con lo que nombran. En el


British Museum, pongamos por caso, las esculturas del
Partenón se llaman "mármoles de Elgin", pero son mármoles
de Fidias. Elgin se llamaba el inglés que las vendió al museo.

Las tres novedades que hicieron posible el Renacimiento


europeo, la brújula, la pólvora y la imprenta, habían sido
inventadas por los chinos, que también inventaron casi todo
lo que Europa reinventó.

Los hindúes habían sabido antes que nadie que la Tierra era
redonda y los mayas habían creado el calendario más exacto
de todos los tiempos.

En 1493, el Vaticano regaló América a España y obsequió el


África negra a Portugal, "para que las naciones bárbaras sean
reducidas a la fe católica". Por entonces, América tenía 15
veces más habitantes que España y el África negra 100 veces
más que Portugal.

Tal como había mandado el Papa, las naciones bárbaras


fueron reducidas. Y muy.

Tenochtitlán, el centro del imperio azteca, era de agua.


Hernán Cortés demolió la ciudad, piedra por piedra, y con los
escombros tapó los canales por donde navegaban 200 mil
canoas. Ésta fue la primera guerra del agua en América.
Ahora Tenochtitlán se llama México DF. Por donde corría el
agua, corren los autos.

El monumento más alto de la Argentina se ha erigido en


homenaje al general Roca, que en el siglo XIX exterminó a los
indios de la Patagonia.

La avenida más larga del Uruguay lleva el nombre del general


Rivera, que en el siglo XIX exterminó a los últimos indios
charrúas.

John Locke, el filósofo de la libertad, era accionista de la


Royal Africa Company, que compraba y vendía esclavos.

Mientras nacía el siglo XVIII, el primero de los borbones,


Felipe V, estrenó su trono firmando un contrato con su primo,
el rey de Francia, para que la Compagnie de Guinée vendiera
negros en América. Cada monarca llevaba un 25 por ciento
de las ganancias.

Nombres de algunos navíos negreros: Voltaire, Rousseau,


Jesús, Esperanza, Igualdad, Amistad.

Dos de los Padres Fundadores de Estados Unidos se


desvanecieron en la niebla de la historia oficial. Nadie
recuerda a Robert Carter ni a Gouverner Morris. La amnesia
recompensó sus actos. Carter fue el único prócer de la
independencia que liberó a sus esclavos. Morris, redactor de
la Constitución, se opuso a la cláusula que estableció que un
esclavo equivalía a las tres quintas partes de una persona.

El nacimiento de una nación, la primera superproducción de


Hollywood, se estrenó en 1915, en la Casa Blanca. El
presidente Woodrow Wilson la aplaudió de pie. Él era el autor
de los textos de la película, un himno racista de alabanza al
Ku Klux Klan.

Desde el año 1234, y durante los siete siglos siguientes, la


Iglesia católica prohibió que las mujeres cantaran en los
templos. Eran impuras sus voces, por aquel asunto de Eva y
el pecado original.

En el año 1783, el rey de España decretó que no eran


deshonrosos los trabajos manuales, los llamados "oficios
viles", que hasta entonces implicaban la pérdida de la
hidalguía.

Hasta el año 1986 fue legal el castigo de los niños en las


escuelas de Inglaterra, con correas, varas y cachiporras.

En nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, la


Revolución Francesa proclamó en 1793 la Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano. Entonces, la militante
revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de
los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. La guillotina le
cortó la cabeza.

Medio siglo después, otro gobierno revolucionario, durante la


Primera Comuna de París, proclamó el sufragio universal. Al
mismo tiempo, negó el derecho de voto a las mujeres, por
unanimidad menos uno: 899 votos en contra, uno a favor.

La emperatriz cristiana Teodora nunca dijo ser revolucionaria,


ni cosa por el estilo. Pero hace mil 500 años el imperio
bizantino fue, gracias a ella, el primer lugar del mundo donde
el aborto y el divorcio fueron derechos de las mujeres.

El general Ulises Grant, vencedor en la guerra del norte


industrial contra el sur esclavista, fue luego presidente de
Estados Unidos. En 1875, respondiendo a las presiones
británicas, contestó:

–Dentro de 200 años, cuando hayamos obtenido del


proteccionismo todo lo que nos puede ofrecer, también
nosotros adoptaremos la libertad de comercio.

Así pues, en el año 2075, la nación más proteccionista del


mundo adoptará la libertad de comercio.

Lootie, Botincito, fue el primer perro pequinés que llegó a


Europa. Viajó a Londres en 1860. Los ingleses lo bautizaron
así, porque era parte del botín arrancado a China, al cabo de
las dos largas guerras del opio.

Victoria, la reina narcotraficante, había impuesto el opio a


cañonazos. China fue convertida en una nación de
drogadictos, en nombre de la libertad, la libertad de
comercio.

En nombre de la libertad, la libertad de comercio, Paraguay


fue aniquilado en 1870. Al cabo de una guerra de cinco años,
este país, el único país de las Américas que no debía un
centavo a nadie, inauguró su deuda externa. A sus ruinas
humeantes llegó, desde Londres, el primer préstamo. Fue
destinado a pagar una enorme indemnización a Brasil,
Argentina y Uruguay. El país asesinado pagó a los países
asesinos, por el trabajo que se habían tomado asesinándolo.

Haití también pagó una enorme indemnización. Desde que en


1804 conquistó su independencia, la nueva nación arrasada
tuvo que pagar a Francia una fortuna, durante un siglo y
medio, para expiar el pecado de su libertad.

Las grandes empresas tienen derechos humanos en Estados


Unidos. En 1886, la Suprema Corte de Justicia extendió los
derechos humanos a las corporaciones privadas, y así sigue
siendo.

Pocos años después, en defensa de los derechos humanos de


sus empresas, Estados Unidos invadió 10 países, en diversos
mares del mundo.

Entonces Mark Twain, dirigente de la Liga Antiimperialista,


propuso una nueva bandera, con calaveritas en lugar de
estrellas, y otro escritor, Ambrose Bierce, comprobó:

–La guerra es el camino que Dios ha elegido para enseñarnos


geografía.

Los campos de concentración nacieron en África. Los ingleses


iniciaron el experimento, y los alemanes lo desarrollaron.
Después Hermann Göring aplicó, en Alemania, el modelo que
su papá había ensayado, en 1904, en Namibia. Los maestros
de Joseph Mengele habían estudiado, en el campo de
concentración de Namibia, la anatomía de las razas inferiores.
Los cobayos eran todos negros.

En 1936, el Comité Olímpico Internacional no toleraba


insolencias. En las Olimpiadas de 1936, organizadas por
Hitler, la selección de futbol de Perú derrotó 4 a 2 a la
selección de Austria, el país natal del Führer. El Comité
Olímpico anuló el partido..

A Hitler no le faltaron amigos. La Fundación Rockefeller


financió investigaciones raciales y racistas de la medicina
nazi. La Coca-Cola inventó la Fanta, en plena guerra, para el
mercado alemán. La IBM hizo posible la identificación y
clasificación de los judíos, y ésa fue la primera hazaña en
gran escala del sistema de tarjetas perforadas.

En 1953 estalló la protesta de la clase trabajadora en la


Alemania Socialista. Los trabajadores se lanzaron a las calles
y los tanques soviéticos se ocuparon de callarles la boca.
Entonces Bertolt Brecht propuso: ¿No sería más fácil que el
gobierno disuelva al pueblo y elija otro?

Operaciones de marketing. La opinión pública es el target.


Las guerras se venden mintiendo, como se venden los autos.

En 1964, Estados Unidos invadió Vietnam, porque Vietnam


había atacado dos buques de Estados Unidos en el golfo de
Tonkin. Cuando ya la guerra había destripado a una multitud
de vietnamitas, el ministro de Defensa, Robert McNamara,
reconoció que el ataque de Tonkin no había existido.

Cuarenta años después, la historia se repitió en Irak.


Miles de años antes de que la invasión estadunidense llevara
la Civilización a Irak, en esa tierra bárbara había nacido el
primer poema de amor de la historia universal. En lengua
sumeria, escrito en el barro, el poema narró el encuentro de
una diosa y un pastor. Inanna, la diosa, amó esa noche como
si fuera mortal. Dumuzi, el pastor, fue inmortal mientras duró
esa noche.
El Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más
hermosas esculturas de la era colonial americana.

El libro de viajes de Marco Polo, aventura de la libertad, fue


escrito en la cárcel de Génova.

Don Quijote de La Mancha, otra aventura de la libertad, nació


en la cárcel de Sevilla.

Fueron nietos de esclavos los negros que generaron el jazz, la


más libre de las músicas. Uno de los mejores guitarristas de
jazz, el gitano Django Reinhardt, tenía no más que dos dedos
en su mano izquierda.

No tenía manos Grimod de la Reynière, el gran maestro de la


cocina francesa. Con garfios escribía, cocinaba y comía.

Fuente: enviado desde Berlín por Hugo Moreno Peralta, Director del Cesal Ev Berlin. Alemania.
Discurso de agradecimiento de Eduardo
Galeano al título de 1er. Ciudadano Ilustre
del Mercosur. (3 de julio 2008.
Montevideo)
06
Domingo
Jul 2008
Posted by Pedro A. Martín in General, Prensa ≈ 9 comentarios
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Eduardo Galeano / Rebelión

Collar de historias

Nuestra región es el reino de las paradojas.

Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el


hombre más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del
arte de la época colonial; paradójicamente, Garrincha,
arruinado desde la infancia por la miseria y la poliomelitis,
nacido para la desdicha, fue el jugador que más alegría
ofreció en toda la historia del fútbol; y paradójicamente, ya
ha cumplido cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el
más nuevo de los arquitectos y el más joven de los
brasileños.

O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres


voltearon una dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia
se burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre.
Paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando con ellas,
hasta que la dictadura cayó. Yo había conocido a una de esas
cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el pueblo minero de
Llallagua. En una asamblea de obreros de las minas, todos
hombres, ella se había alzado y había hecho callar a todos.
-Quiero decirles estito –había dicho-. Nuestro enemigo
principal no es el imperialismo, ni la burguesía, ni la
burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo
llevamos adentro.

Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. La


habían echado de Bolivia, y ella había marchado al exilio, con
sus siete hijos. Domitila estaba muy agradecida de la
solidaridad de los suecos, y les admiraba la libertad, pero
ellos le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo solos,
comiendo solos, hablando solos. Y les daba consejos: -No
sean bobos –les decía-. Júntense. Nosotros, allá en Bolivia,
nos juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos juntamos. Y
cuánta razón tenía.

Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en la


boca? ¿Existen los dedos, si no se juntan en la mano?
Juntarnos: y no sólo para defender el precio de nuestros
productos, sino también, y sobre todo, para defender el valor
de nuestros derechos. Bien juntos están, aunque de vez en
cuando simulen riñas y disputas, los pocos países ricos que
ejercen la arrogancia sobre todos los demás. Su riqueza come
pobreza, y su arrogancia come miedo. Hace bien poquito,
pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los
inmigrantes en criminales. Paradoja de paradojas: Europa,
que durante siglos ha invadido el mundo, cierra la puerta en
las narices de los invadidos, cuando le retribuyen la visita. Y
esa ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad, que
resultaría inexplicable si no estuviéramos acostumbrados a
ser comidos y a vivir con miedo.

Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región


nuestra forma parte de una América Latina organizada para el
divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua
ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos capaces de
descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos
ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y
que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo,
a copiar en lugar de crear. Todo a lo largo de la primera
mitad del siglo diecinueve, un venezolano llamado Simón
Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a
lomo de mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:
-Ustedes –clamaba don Simón-, ustedes que tanto imitan a
los europeos, ¿por qué no les imitan lo más importante, que
es la originalidad?

Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que


tanto merecía ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban
loco, porque cometía la cordura de creer que debemos pensar
con nuestra propia cabeza, porque cometía la cordura de
proponer una educación para todos y una América de todos,
y decía que al que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no
tiene, cualquiera lo compra, y porque cometía la cordura de
dudar de la independencia de nuestros países recién nacidos:
-No somos dueños de nosotros mismos –decía -. Somos
independientes, pero no somos libres. Quince años después
de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue exterminado.
El único país hispanoamericano de veras libre fue
paradójicamente asesinado en nombre de la libertad.
Paraguay no estaba preso en la jaula de la deuda externa,
porque no debía un centavo a nadie, y no practicaba la
mentirosa libertad de comercio, que nos imponía y nos
impone una economía de importación y una cultura de
impostación.

Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra feroz, entre


tanta muerte sobrevivió el origen. Según la más antigua de
sus tradiciones, los paraguayos habían nacido de la lengua
que los nombró, y entre las ruinas humeantes sobrevivió esa
lengua sagrada, la lengua primera, la lengua guaraní. Y en
guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de la verdad,
que es la hora del amor y del humor. En guaraní, ñe’é
significa palabra y también significa alma. Quien miente la
palabra, traiciona el alma.

Si te doy mi palabra, me doy. Un siglo después de la guerra


del Paraguay, un presidente de Chile dio su palabra, y se dio.
Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno,
también ametrallado por las tropas de tierra. Él había dicho: -
Yo de aquí no salgo vivo. En la historia latinoamericana, es
una frase frecuente. La han pronunciado unos cuantos
presidentes que después han salido vivos, para seguir
pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala de Salvador
Allende no mintió.

Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago


de Chile se llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama
así por las víctimas de las Torres Gemelas de Nueva York. No.
Se llama así en homenaje a los verdugos de la democracia en
Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me atrevo a
preguntar, por puro sentido común: ¿No sería hora de
cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla Avenida
Salvador Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia
y a la dignidad de la palabra? Y saltando la cordillera, me
pregunto: ¿por qué será que el Che Guevara, el argentino
más famoso de todos los tiempos, el más universal de los
latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo?
Paradójicamente, cuanto más lo manipulan, cuanto más lo
traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos.

Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo que pensaba, y


hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan
extraordinario, en este mundo donde las palabras y los
hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran
no se saludan, porque no se reconocen? *** Los mapas del
alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias.
Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región,
evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio pero sigue
siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la
dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola
frase suya que no fuera subversiva, y tuvo que decorar con
fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para
ofender su memoria. A él, que se negó a aceptar que nuestra
patria grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a
aceptar que la independencia de América fuera una
emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el
verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta
distinción, que recibo en su nombre.

Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:


1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se
hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el
Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su
poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás
usted no sabe, todavía, que se va para siempre.

Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se


queda sin aliento. ¿Le devolverán la respiración los hijos que
le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra
broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza
tan honda?

Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario,


don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la
humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril,
usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general
de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.

Eduardo Galeano, escritor y periodista uruguayo, autor de Las venas abiertas de América Latina,
Memorias del fuego y Espejos/Una historia casi universal.
Madonna. Discurso. Al ser elegida mujer
del año 12 diciembre 2016

"Hoy me paro frentre a ustedes como un felpudo... Oh, es


decir como una entretenedora. Gracias por reconocer la
capacidad de continuar mi carrera durante 34 años en la cara
de un sexismo descarado, misoginia y constante e implacable
abuso.

Por supuesto que me inspiraron Debbie Harry y Chrissie


Hynde y Aretha Franklin, pero mi verdadera musa fue David
Bowie. Él personificaba al espíritu masculino y femenino que
me cabía perfectamente. Él fue el que me hizo entender que
no hay reglas. Pero entendí mal, no hay reglas si sos varón.
Sí las hay si sos mujer.

Cuando sos mujer tenés que jugar el juego. Se te permite ser


linda y sexy. Pero no parezcas inteligente. No tengas una
opinión que no esté alineada con el status quo. Se te permite
ser cosificada por los hombres y vestirte como una puta, pero
no podés apropiarte de tu putez. Y ni se te ocurra, repito, ni
se te ocurra compartir tus propias fantasías sexuales con el
mundo. Sé lo que los hombres quieren que seas, pero más
importante, sé lo que las otras mujeres se sienten cómodas
que vos seas alrededor de otros hombres. Y finalmente, no
envejezcas. Porque envejecer es un pecado. Vas a ser
criticada y denigrada y definitivamente no te van a pasar en
la radio.

Eventualmente me dejaron en paz por que me casé con Sean


Penn, y no fue solo porque él era peleador, sino que yo había
pasado a estar fuera del mercado. Por un tiempo dejaron de
considerarme una amenaza. Años más tarde, divorciada y
soltera (lo siento, Sean) hice mi disco Erotica y edité mi libro
Sex. Recuerdo haber sido el titular de cada diario y revista.
Todo lo que leía sobre mí misma era condenatorio, me
llamaron prostituta y bruja. Un titular me comparaba con
Satanás. Y yo decía “paren un poco ¿no está Prince dando
vueltas por ahí con medias de red y tacos altos y lápiz de
labios y el culo al aire?” Y así era, pero él era un hombre. Esa
fue la primera vez que entendí que las mujeres no tenemos la
misma libertad que los hombres.

Recuerdo un momento en mi vida donde deseaba tener un


par femenino a quien admirar para que me apoye. Camille
Paglia, la famosa escritora feminista, dijo que retrasé al
colectivo femenino por haberme cosificado sexualmente a mí
misma. Entonces pensé “ah, si sos feminista no tenés
sexualidad, la tenés que negar”, entonces dije “a la mierda
todo, soy otro tipo de feminista, soy una mala feminista”.

Pero creo que lo más controversial que he hecho es seguir


viva. Michael se ha ido. Tupac se ha ido. Prince se ha ido.
Whitney se ha ido. Amy Winehouse se ha ido. David Bowie se
ha ido. Pero yo sigo viva. Soy una de las afortunadas y cada
día doy las gracias.

Lo que quisiera transmitirle a todas las mujeres de hoy acá es


esto: Las mujeres han sido oprimidas por tanto tiempo que
llegan a creer lo que los hombres dicen de ellas. Creen que
necesitan a un hombre para hacer bien el trabajo. Y hay unos
cuantos buenos hombres que hacen falta, pero no porque
sean hombres, sino porque son buenos. Como mujeres
tenemos que empezar a apreciar nuestro propio valor y el
valor de las demás. Busquen mujeres fuertes para tener de
amigas, de aliadas, de maestras, de colaboradoras, de
inspiradoras, de apoyo, de iluminadoras.
No es tanto para recibir este premio que he venido hoy sino
para pararme y decirles gracias. No solo a la gente que me ha
amado y apoyado a lo largo del camino, no tienen idea… no
tienen ni la menor idea de todo lo que significa para mí ese
apoyo. Pero también además para los que han dudado de mí
y los que me han rechazado y todos los que me hicieron
padecer y dijeron que yo no podía, que no lo haría o que no
debía. Su resistencia me ha hecho más fuerte, me hizo
empujar hacia adelante y me ha convertido en la luchadora
que soy hoy. Me hizo la mujer que soy. Así que gracias".
Discursos

Antología de discursos

Editorial
La piedrablanca