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Prosa Modernista

Página de Manuel González Prada

LA EVOCACION DE ZÓSIMO

Mientras mi buen amigo el Espiritista cumple con los ritos de su ciencia oculta para verificar la evocación,
yo me consagro a observar la marcha de los fenómenos. Reina en la habitación una luz de clorofila, crepuscular
y difusa, filtrada por una gruesa pantalla verde. Los dos estamos sentados a una mesa de pino, sin tapiz ni más
objetos que un tintero, una pluma, unas cuantas hojas de papel y una lámpara. Mi amigo apaga la luz y -nos
quedamos en una noche sepulcral.
De pronto asoma delante de mis ojos una lucecilla viva y oscilante que palidece gradualmente hasta
despedir el brillo blanco-mate de una perla. Siento como si en la nuca me proyectaran un chorro de agua fría y
de la cabeza a los pies me corre un espeluznamiento nervioso. Sin embargo, me domino y con la mayor
serenidad continúo mis observaciones.
El foco luminoso se dilata y adquiere la forma de un gran óvalo, presentando el aspecto y las dimensiones
de una Luna convertida en elipse. La dilatación continúa, a la vez que asoman cinco apéndices, los cuales se
precisan y toman la forma de una cabeza, dos brazos y dos piernas. Al fin diviso una figura humana, hecha de
niebla comprimida o de nebulosa condensada. Súbitamente, como sucede cuando se coloca una luz en un
esteroscopio, los ojos se inflaman, las mejillas se sonrosan, los labios se entreabren, en una palabra, la vida se
comunica a la aparición. Estoy en presencia de mi amigo Zósimo, vestido de rigurosa etiqueta. La lámpara
sigue apagada, mas la habitación se encuentra débilmente iluminada por un fulgor blanco y difuso que en
forma de una gran elispe rodea la aparición: Zósimo está como retratado en la cáscara de un huevo gigantesco
y de luz propia...

Yo. -(Usted, don Zósimo, usted en persona!


Zósimo.-No, hombre, en espíritu.
Yo. - ¿Qué significa eso de "en espíritu"?
Zósimo.-Nada expresan las diferencias escolásticas y sutiles de alma y cuerpo: no hay más que una sola
sustancia; la misma en el mineral, en la planta, en el hombre, en los superhumanos. ¿Se dirá que el alcohol o
espíritu de vino es de sustancia diferente del vino? Pues bien, cuando el hombre muere, se escapa de su cuerpo
un algo que es al mismo cuerpo, como el alcohol al vino, como el perfume a la flor. La muerte, se reduce a un
proceso químico, a una destilación de espíritus.
Yo. -Me sorprende usted con sus palabras.
Zósimo. -Dejemos el usted y hablémonos de tú, como se usa en el otro mundo: el que se paga de un usía, de
un ilustrísimo, de un excelentísimo es un necio, lo mismo en la Tierra que en la luna.
Yo.-Entonces ¿cómo te va en la otra vida?
Zósimo.-Cuando se existe, en ninguna parte va del todo bien. Sin embargo, estoy muchísimo mejor que en la
Tierra.
Yo.-Y ¿qué haces?
Zósimo.-Versos. Entre los vivos era yo financista, como bien lo sabes; entre los muertos, donde no se conoce
el dinero, soy poeta. Y no desdeñes el oficio: mientras la metafísica, la teología, la historia, la jurisprudencia,
son mentiras graves, rastreras y enojosas, la poesía es una mentira alegre, alada, luminosa. Mentira por
mentira, me declaro por la más bella.
Yo. -Pues yo creí que te fuera por allá mucho peor que por aquí: tu manera de morir...
Zósimo.-Bien y mal, mérito y demérito, castigo y premio -concepciones puramente humanas. ¿Me creías en
el infierno por haber sido muerto en pecado mortal? La responsabilidad supone el libre albedrío, y ¿qué libre
albedrío se concibe donde reina un determinismo inviolado e inviolable? (Pobres hombres que se juzgan libres
y señores de sí mismos porque mueven un pie o agitan una mano! Olvidan que no hay mucha diferencia entre
ellos y la bola de billar lanzada por el taco o el marionete movido por las invisibles cuerdas del titiritero. Quien
roba o mata, quien obra bien y se sacrifica, no hacen más que obedecer a una fuerza irresistible, superior a
ellos: se corre al bien o al mal, como por una pendiente se rueda a un campo de flores o a un abismo de
oscuridad y muerte., Hay un solo culpable -la Naturaleza. Castigar al que roba o mata vale lo mismo que
volverse contra una piedra que nos hiere o una lluvia que nos moja.
Yo.-Y ¿Dios?
Zósimo. -Mejor sería que habláramos de otra cosa.
Yo. -Tú en la vida fuiste católico rancio, y hoy...
Zósimo.-También el niño ha sido acuático en el vientre de su madre.
Yo. -Así que ¿no guardas rencor a tu asesino?
Zósimo.-(Qué idea! Los que nos matan nos hacen un beneficio: nos lanzan de una vida que no vale la pena
de ser vivida.
Yo.-Quiere decir que eres amigo de XX.
Zósimo.-¿Quién es XX?
Yo.-Tu matador. ¿Olvidaste ya su nombre?
Zósimo.-Efectivamente, di poca significación al instrumento, porque "no, mata el hierro que penetra en... sino
la mano que lo empuja".
Yo.-Si se conoce el hierro inconsciente ¿dónde se oculta la mano?
Zósimo. -Las manos, querrás decir.
Yo.-Nómbrame a tus asesinos para entregarles a la reprobación universal.
Zósimo.-No me cumple nombrarles: mis declaraciones encenderían nuevos odios, concitarían venganzas
sangrientas y macularían a personajes colocados muy alto y revestidos de muchos honores. Aunque debiera
parecer el más interesado en que se descubriese la verdad y se castigara a los culpables, todo eso me importa
hoy un comino. Desde el otro mundo (vemos con tanta indiferencia las cosas de la Tierra!: nuestros padres,
nuestros hijos, nuestra misma reputación. ¿Te acuerdas hoy de los viajeros que ayer estuvieron a tu lado en un
tranvía? ¿Piensas en el vestido viejo que diste hace un año al trapero? Esos vecinos de tranvía son nuestros
parientes más cercanos, ese vestido viejo es nuestro mismo cuerpo que dejamos en la tumba. Y (la reputación!
Maldito lo que valen las personas que la otorgan. ¿Te importaría el concepto que de ti se formaran los insectos
de una carroña o los vibriones de una sepultura? Insectos y vibriones: nada más que eso me parecen hoy los
vivos, desde la altura serena de la muerte. Oye, y no lo olvides: todo el bullicio y toda la agitación de la
Humanidad en sus innumerables siglos de existencia, no valen más que el murmullo de una espuma
desvanecida en la playa o el aleteo de una mariposa abrasada por el fuego de una lámpara.
Yo. -(Cáspita! La Filosofía del otro mundo había sido tan amarga y desconsoladora como las de
Schopenhauer y Hartmann.
Zósimo.-Cuando nosotros queremos despreciar una cosa decimos: "eso no vale una Tierra", como ustedes
dicen: "eso no vale un pepino"; y si deseamos infundir mala idea de algún espíritu, exclamamos: "ese es un
hombre", como ustedes para infamar a un individuo: "ese es un perro".
Yo.-Ya esto pasa de castaño a oscuro.
Zósimo. -Comprendo que fui muy lejos: acabo de herir el orgullo humano; pero yo no hago más que
anticiparte el conocimiento de la verdad: cuando salgas de la Cueva, pensarás como yo pienso.
Yo.-Dime, ¿salir de la Cueva, o morir, causa mucho dolor?
Zósimo.-¿Has leído el Fedón? La muerte por vejez debería ser la única, la natural; y lo será en la Tierra el día
que la Higiene evite las enfermedades y suprima médicos y medicinas. Ahora bien, la muerte por decrepitud
no puede llamarse un fenómeno inesperado y súbito, como el trueno en una atmósfera serena, sino una serie
de fenómenos enlazados y sin solución de continuidad. No se muere un día, se está muriendo desde que se
nace.
Yo.-Así, tú podrás indicarme el día y la hora de mi muerte.
Zósimo.-Algo me impide revelártelo; como un hombre no descubre a un niño de seis o siete años los secretos
de la generación, así un espíritu no revela jamás a un ser inferior los misterios de la muerte. A mis ojos
apareces no sólo cadáver, sino podredumbre, esqueleto, ceniza.
Yo.-¿Adivinas el porvenir?
Zósimo. -Adivinar, palabra terrestre, sin ninguna significación en el lenguaje de los superhumanos.
Nosotros, siguiendo la hilación entre causa y efectos, podemos deducir lo que sucederá mañana en el orden
humano, como si se tratara de un eclipse o de una marea: todo lo seguimos como se ve a la aguja de un
cuadrante marcar las horas. ¿Te parece mucho predecir que después de las cinco, el puntero señalará las seis y
luego las siete? Como la sustancia es una, la ley es también una y rige tanto lo que ustedes llaman el orden
moral como lo que nombran el mundo físico. Y no creas que nosotros lo sabemos todo: dudas tan negras y tan
amargas devoran a los espíritus como a los hombres. El vulgo terrestre se imagina que por el solo hecho de
morir el hombre adquiere facultades tan poderosas que penetra la esencia íntima de las cosas y se convierte en
una especie de...capaz de crear seres y mundos: es como concebir que el enano se agiganta por el solo motivo
de pasar de un calabozo hasta un palacio. Entramos al otro mundo con todos nuestros errores y todas nuestras
miserias, y tenemos el inmenso trabajo de rehacer nuestra moral y nuestras ciencias: discípulos de una mala
escuela, nos educamos de nuevo. Practicamos una ortopedia intelectual y moral. (Si tú supieras lo que vale casi
toda la ciencia humana! Aquí, inter nos, sólo hay verdadero el 2 + 2 = 4.
Yo. -Pero, hombre, ya que te molestas en venir del otro mundo, enséñame algo útil, dime siquiera una frase
que me sirva de norma segura en el incierto camino de la vida.
Zósimo.-El "conócete a ti mismo" del filósofo griego no conduce a mucho ni sirve de gran cosa, pues el
hombre, por más que se aísle del mundo y sondee los misterios de su ser, no adquirirá un conocimiento exacto
de sí mismo. A más ¿de qué aprovecharía al hombre conocer una parte infinitesimal del Universo? ¿Se
conocería el parque de Versalles por una de sus hormigas, al león por uno de sus piojos? Para saber algo sería
preciso saberlo todo, y eso no lo podrán nunca los hijos de la Tierra. Para mí, la frase magna, la que yo me
repetiría sin descanso si tuviera la desgracia de volver a la vida terrestre, es la siguiente: "Desprécialo todo,
empezando por ti mismo".
La figura de Zósimo pierde su coloración, se transforma en una estatua de blancura marmórea y en seguida
empieza a disminuir de volumen y redondearse hasta convertirse en una estrella y desaparecer.